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El tiempo es una invención o no es nada. En arqueología y en las demás ciencias sociales han aparecido durante la última década una serie de investigaciones que algunas voces han considerado "irrelevantes", "pretenciosas", "resultado de la moda postmoderna", y otras "la revolución más importante de la disciplina en los últimos cien años". Sea cual sea la verdad o la pertinencia de estos comentarios, gran parte del discurso arqueológico más reciente se ha visto implicado en el examen de los procesos y premisas en los que se basa su posición como objeto ontológico de investigación y como disciplina histórica. Se ha procedido a reexaminar la diversidad de plataformas metodológicas y teóricas de la arqueología. Este período de autorreflexión ha estado marcado por una continua polémica sobre la verdadera naturaleza y las posibilidades de recuperación del conocimiento arqueológico. Uno de los aspectos más destacados de la perspectiva postprocesual es un discurso académico que debe mucho al redescubrimiento de la teoría crítica, sobre todo de la obra de Adorno y de otros miembros de la escuela de Frankfurt y su crítica de la práctica y la ideología de la ciencia occidental. A partir de esta inspiración, diversos autores han intentado proponer una metodología postpositivista para la arqueología (p.e. La toma de posiciones enfrentadas, el elitismo y la búsqueda de una ética superior han caracterizado estos debates y, en ocasiones, han implicado un fervor pseudorreligioso en el intento de establecer la superioridad epistemológica de una manera de conocimiento sobre las demás. Lo que está enjuego es la posición y la autoridad de las interpretaciones que hacemos del material arqueológico; es decir, qué tipo de "pasado" queremos construir y para quién. La relación entre teoría y práctica que se plantea en estos debates debe situarse en el contexto general de la teoría crítica contemporánea: la arqueología se sitúa en un discurso global de las ciencias sociales cuya principal preocupación es la búsqueda de salidas del laberinto de perspectivas que se pone en relación con la condición postmodema. Una importante consecuencia de este discurso "post mortem de la modernidad" ha sido el examen crítico de la historiografía y de los métodos de reconstrucción histórica y, sobre todo, la preocupación por las formas de entender los procesos que estructuran el cambio social, político y económico. Este panorama implica una crisis de confianza y el rechazo de la historia que conocemos, o al menos, de la problemática posición de las metanarrativas, los grandes modelos de civilización. La crisis se presenta con afirmaciones discutibles sobre el "fin de la historia" (Fukuyama, 1992). Estos debates no se limitan al campo de la historiografía y han llegado a dominar el discurso postmodernista en las ciencias sociales incluyendo, en época más reciente, el de la arqueología (p.e. El razonamiento deconstructivo ha promovido la caída o, al menos, el debilitamiento de la posición arrogante y autocomplaciente que había asumido la historia. Se trata de poner en tela de juicio el discurso histórico (y, por tanto, el arqueológico) cuando asume una trayectoria única y confortable que proclama la superioridad del desarrollo desde el punto de vista del mundo occidental. Hayden White (1971) ha señalado que la historia es un discurso narrativo esencialmente imaginado o inventado y que, por tanto, no puede legitimar supuestas verdades fundamentales. Siguiendo a Kant, sugiere que somos libres de crear el tipo de histo-ria que queramos. Por tanto, la única alternativa lógica es proponer una pluralidad de historias que corresponda a la continua serie de construcciones históricas connotadas de las que se nutre nuestra sociedad. Una de esas construcciones es la perpetuación del mito de la historia como una trayectoria coherente única fruto de una dinámica evolutiva lineal. Nos enfrentamos a la temible imagen que sugiere la frase de Jameson (1991: 34), según el cual nuestra época se caracteriza por "un único síntoma, la pérdida de la historicidad". Este pensamiento plantea un dilema, porque si rechazamos la idea de historia global que propusieron escritores como Engels, Spengler, y Toynbee, ¿qué pondremos en su lugar? ¿Nos enfrentamos al horror vacui del relativismo, a un mundo de interminables "descripciones gruesas"? Quizás la angustia que plantea la frase de Jameson es equívoca: sin duda las grandes narraciones y su modelo implícito de progreso son discutibles, por no decir inútiles, pero aunque es necesario sustituir este modelo de temporalidad lineal, basado en la acumulación de episodios, la escritura de la historia (y la arqueología es una parte central de ese proyecto) es, sin duda, posible. Se trata de replantear el problema y de resituar el discurso en otro escenario que permita proponer un modo alternativo de causalidad para obtener una lectura diferente del Tiempo. El éxito de este proyecto depende de nuestra capacidad de crear un rapprochement entre la naturaleza temporal de los fenómenos sociales y las temporalidades no lineales que son la base de la dinámica estructural que articula los procesos históricos. Ha de plantearse un cambio radical de la concepción dominante en la teoría arqueológica de la causalidad; un cambio en el que se replantee la relación entre contingencia y determinismo para abordar la naturaleza temporal de la dialéctica socio-histórica tanto a escala local como en la dinámica a largo plazo (1). Podemos preguntamos cuáles serían las consecuencias de esta nueva lectura de tiempo en arqueología y como afectarían a la construccción de la narrativa histórica. A lo largo de este trabajo trataremos de esas cuestiones y del cambio perceptual y filosófico que exigen, no solo para una epistemología arqueológica, sino como base de una ontología revisada. Nuestra primera tarea es situar estas cuestiones en el contexto general de la representación del tiempo en la práctica arqueológica. La arqueología está dominada por un discurso cronocéntrico, un discurso que se retuerce sobre si mismo en búsqueda de un orden temporal perfecto y coherente. El pasado se forma a partir de una serie de fases temporales concretas que coinciden y explican los diferentes períodos del desarrollo cultural. Esas periodizaciones constituyen la base aparentemente segura sobre la que se construye la escritura de la historia. El discurso del tiempo en arqueología se ha caracterizado durante muchos años por una posición objetiva y una naturaleza que no presentaba problemas: el tiempo era evidente. Sin embargo, en los últimos años, la influencia gradual de la teoría postmoderna en las ciencias sociales ha debilitado esta posición y una serie de arqueólogos han presentado propuestas para una nueva teoría del tiempo (p.e., Bailey, 1983Bailey,, 1987;;Shanks y Tilley, 1987; McGlade, 1987; Gosden, 1994; McGlade y van der Leeuw, 1997). Una característica clave de esta reorientación es que, a pesar de que estos autores representan perspectivas muy diferentes, su crítica coincide con el punto de vista postmoderno que propone discusiones sobre la naturaleza del tiempo que han tenido un papel esencial en el proyecto postprocesual en arqueología. La experiencia del tiempo, su cara humana, se ha convertido en la clave de las posiciones contrarias a la omnipresencia de un tiempo objetivo y medido, propio de gran parte de la práctica arqueológica. Con todo, la aparición de un nuevo discurso crítico sobre el tiempo en arqueología no ha logrado situar esa crítica en el contexto de la práctica. Porque más allá de un limitado campo teórico desarrollado por un restringido grupo de autores, persiste el punto de vista normativo en gran parte de la investigación arqueológica {cf. Giddens, 1984; Shanks yXilley, 1987; Gosden, 1994). En ese esquema, las múltiples periodicidades que constituyen y definen la existencia socio-cultural se eliminan y se reducen a una serie de fechas. De este modo se construye una cronología escalonada donde se ordenan los sucesos del pasado. Las rupturas y discontinuidades del esquema cronológico se consideran simples anomalías, zonas de vacío que con la aparición de nuevos datos podrán rellenarse. Esas construcciones de desarrollo progresivo se ordenan al servicio de "narrativas sin costuras" que proporcionen la clave para la comprensión y, por tanto, para la interpretación del registro arqueológico. Está claro que se supone que sin esas narrativas la arqueología fracasaría y no sería capaz de reconstruir la historia a largo término. Se hundiría, perdida entre la masa incompleta de materiales, y surgiría el espectro del desorden y lo ininteligible. Esta búsqueda del orden a partir de la eliminación de la diferencia está enraizada en la tradición intelectual occidental, donde la obsesión por la coherencia y la similitud constituye la base de la clasificación: el desorden, la discontinuidad y la diferencia no tienen lugar en ese esquema. Este énfasis en la similitud y la concordancia distorsiona nuestra lectura del registro arqueológico y nos aleja de la innegable diversidad de los datos, al uniformizar su inherente complejidad que se reduce a una narrativa convincente apoyada en las dataciones cronométricas. La seductora lógica de este tipo de razonamiento arqueológico es peligrosa y perniciosa: peligrosa porque da preferencia a una dimensión del tiempo única, continua y lineal, y perniciosa porque propone un punto de vista falso del comportamiento humano y de la relación del tiempo con la práctica social. Aunque los arqueólogos nos sentimos atraídos por la lógica de las cronologías "absolutas", debemos enfrentarnos al hecho de que los esquemas construidos a partir de series de fechas de C14, pueden ser equívocos. La aparente objetividad de esta forma de datación es limitada, porque los sucesos que se asignan "científicamente" a un mismo tiempo, pueden tener poca relación entre sí. Y de la misma manera, si tenemos dos sucesos que parecen ser totalmente discontinuos, uno puede proceder de procesos que se remontan a un pasado remoto, y el otro pudo originarse en una acción breve, casi instantánea. De hecho, las cronologías absolutas que se construyen a partir de dataciones radiocarbónicas alcanzan su valoración científica a partir de tiempos que ignoran o dejan de lado. Los tiempos intrínsecos de la cultura material una vez usada se olvidan en favor de los tiempos "terminales". El "tiempo absoluto" sólo es el tiempo de la decadencia orgánica, es estadístico y probabilístico (González Mareen y Picazo, 1998). El paso del tiempo y el deseo de reconstruir la secuencia de los acontecimientos históricos se plantea usualmente a partir de la construcción de cronologías relativas por medio de esquemas tipológicos, es decir, tipos estilísticos que se convierten en tiempo fosilizado. Además las clasificaciones tipológicas se elaboran seleccionando unos atributos y olvidando otros, lo que implica pérdida de la diversidad intrínseca del material: el sentido cronológico se reduce al servicio de una ciencia reduccionista. Los problemas de estas prácticas son bien conocidos, aunque sigan siendo básicas en el funcionamiento de la disciplina. Por ejemplo, gran parte de la cronología de la Edad del Bronce europea se ha basado en los cambios de estilo de la cerámica, representados por los fósilestipo cerámicos. De esta manera, los criterios estéticos se convierten en marcadores cronológicos que implican episodios temporales diferentes en la trayectoria histórica de la Edad del Bronce. Todavía es más problemático el hecho de que esos esquemas se han usado también para inferir cambios interculturales. Parece evidente que utilizar una única categoría de artefactos materiales, frecuentemente la cerámica fina, como base de las inferencias cronológicas resulta, como mínimo, problemático. Si escogiéramos la cerámica grosera en vez de la fina, se obtendría un esquema temporal diferente. Y no sólo eso, puesto que la cerámica grosera se usa normalmente en contextos domésticos, como la cocina u otras tareas de la casa, nos enfrentaríamos en este caso a la relación entre cronología y género. Una investigación reciente (2) ha demostrado que cierto tipo de cronologías convencionales se construyen a partir de objetos funerarios masculinos. Usando un ejemplo del Bronce argárico del Sudeste, la autora muestra que cuando se parte de los ajuares femeninos se logra una ordenación cronológica diferente. Esta propuesta demuestra la arbitrariedad con la que se construyen las inferencias culturales, en base a criterios restringidos que no tienen en cuenta la categoría de género. La reducción de la diferencia implicada en esos métodos es una de las consecuencias de las preocupaciones cronocéntricas de la arqueología. (2) Paloma González Mareen: Cronología del Grupo Argárico. Ensayo de fasificación radiométrica a partir de la curva de calibración de alta precisión. Tiempo cronológico versus tiempo cairológico. La perdurabilidad del modelo normativo de periodización arqueológica testimonia una forma de inercia intelectual más que la defensa continuada de una posición filosófica. Desde sus orígenes en el siglo XIX, la arqueología y las ciencias naturales han estado sometidas a la tiranía de la narrativa histórica y, por esta razón, han desarrollado una relación singular y predecible con los fenómenos temporales. Al igual que otras disciplinas que emergieron en el siglo pasado, en la época de la eclosión evolucionista, la arqueología se constituyó como disciplina a partir de una metodología práctica para la interpretación del paso lineal del tiempo. La atracción de los métodos cronoestratigráficos los convirtió en "naturales", una demostración elegante de la ley del progreso. Durante más de un siglo, el objetivo del conocimiento arqueológico se organizó en función de ese único modelo. La situación persiste porque la teoría de la evolución revolucionó la comprensión de la historia de la tierra, en gran parte a partir de los esquemas geocronológicos de Hutton y Lyell. Esas obras innovadoras reforzaron la idea de progreso que la Ilustración había promovido. A partir de la obra de Comte, Darwin y Marx, la idea de progreso llegó a dominar la vida intelectual de los siglos XIX y XX, asumiendo el papel de Zeitgeist. En ese clima de principios universalistas, la propia noción de civilización se hizo sinónima de progreso, y Herbert Spencer llegó a considerarlo una ley básica del universo. La selección de esta perspectiva acumulativa de desarrollo del tiempo implicó la renuncia a otra noción temporal: el tiempo cairológico. Los griegos lo consideraban distinto al tiempo de las mediciones cronológicas; el útm^o cairológico se basa en la experiencia, en la duración de las actividades que realizan los seres humanos (Hahn, 1976: 826). Resulta curioso que, a pesar de que los fenómenos cairológicos tienen un importante papel en los procesos de reproducción social, como demuestran numerosos datos etnográficos y antropológicos, ese modelo temporal haya sido largamente ignorado. Así, las primeras propuestas sociológicas que enfatizaban la naturaleza cualitativa del tiempo frente a una concepción meramente cuantitiva (p.e. Durkheim, 1915; Sorokin y Merton, 1937) no han inñuido en el discurso de la arqueología hasta época relativamente reciente. El énfasis que esos autores daban a la rutina cotidiana del tiempo y a su construcción social aparece tan solo en trabajos recientes (ver la revisión de Gosden, 1994). La premisa central de esta perspectiva puede verse en la reflexión de Durkheim sobre la multiplicidad de ritmos temporales que constituyen la vida social y su énfasis en la importancia de la participación del cuerpo humano en el mundo, siguiendo los trabajos de Husserl y Heidegger. En ese sentido, la fenomenología se ha preocupado de la naturaleza temporal de las acciones humanas y de la construcción del mundo de la vida (Schutz, 1962), destacando la importancia de las experiencias del tiempo y del espacio. Esa preocupación ha tenido un destacado impacto en la arqueología postprocesual. Puede verse ese proceso, por ejemplo, en el intento de Gosden (1994) de rehabilitar la relevancia del tiempo para las prácticas arqueológicas. Siguiendo a Heidegger plantea que es necesario el análisis de la oposición sociedad / tiempo y, especialmente, entre tiempo "público" y tiempo "privado". Considera que la naturaleza del proceso social se observa en el encuentro entre los tiempos habituales y los tiempos públicos (Gosden, 1994: 190). Así, "El tiempo público surge como un mecanismo para enfrentarse a los problemas del hábito, a partir de los aspectos temporales de las acciones habituales que forman un ciclo de pautas de vida pensadas y no pensadas" (Gosden, 1994: 189). Pero la complejidad de la estructuración social no puede reducirse a un esquema de opuestos en el que el tiempo público es una manera de enfrentarse al "problema del hábito". Considerar la noción de acción habitual, rutinaria, como una problemática a pnon del espacio social es, como mínimo, un planteamiento dudoso. Además la idea de la oposición binaria entre lo público y lo privado es especialmente problemática para el análisis de la división sexual del trabajo y de las temporalidades que rigen los tiempos del trabajos de las mujeres. Tanto Leccardi (1996) como Picazo (1996) han señalado la compleja serie de ritmos temporales que definen las actividades domésticas. Leccardi y otras teóricas feministas han rechazado explícitamente la división institucional del tiempo en dos esferas opuestas porque perpetúa la ecuación de "tiempo público" como dominio masculino centrado en la producción, frente a un tiempo "privado" o "reproductivo" asociado al trabajo de las mujeres. Además el proceso de insertar la oposición producción /reproducción en contextos arqueológicos puede ser totalmente equívoco, puesto que la propia clasificación es un producto de la modernidad. Picazo (1996) hace una propuesta útil para discutir esta problemática a partir del concepto de actividades de mantenimiento, es decir, las relacionadas con el cuidado, alimentación y bienestar del grupo social, tareas que normalmente son realizadas en la esfera doméstica por las mujeres. Estas actividades son frecuentemente devaluadas precisamente porque son "domésticas" y, por tanto, de orden inferior. Alternativamente, en el análisis marxista han sido relegadas a la esfera del trabajo "no productivo" (Picazo 1996: 60-61). Desde esa perspectiva parece que el "problema del hábito" y su potencial integración en la esfera pública es un pseudoproblema. Si los aspectos temporales de la vida social tienen valor, el único modelo útil parte de su mutua implicación en un contexto que sea explícitamente de género. Parece claro, a partir de las observaciones de Hubert y Durkheim, que la arqueología debe implicarse más en las estructuras diarias de la experiencia viva, aunque el recorrido del "tiempo subjetivo" por si mismo es insuficiente para llegar a una narrativa convincente a largo plazo. Por tanto, aunque el interés por el tiempo como construcción social ha añadido un nuevo y valioso nivel teórico a la comprensión de los fenómenos temporales, sobre todo porque ha eliminado las premisas de "objetividad", la perspectiva sigue siendo deficiente en relación a (i) el carácter sincrónico, (ii) la concepción normativa del cambio y (iii) la caracterización del largo plazo. LA HISTORIOGRAFÍA Y EL TIEMPO DE LA NARRACIÓN La escuela de los Annales, fundada por Febvre y Bloch en 1929, ha intentado superar el inmovilismo de la perspectiva del tiempo histórico basado en episodios cronológicos. Con su crítica a la historia concebida como una secuencia de acontecimientos al servicio de la cronología y su extremo cuidado por los detalles, promovió un manifiesto para un cambio radical. Un elemento esencial de su propuesta teórica era que, frente a los esquemas históricos normativos basados en la primacía de los grandes hombres o de los sucesos políticos únicos, son más importantes las con*espondencias e interacciones entre las estructuras materiales, sociales y mentales. La tesis central de Braudel era que el cambio social es consecuencia de la confluencia de las diferentes temporalidades que estructuran la longue durée. Su énfasis en la duración larga hace de su obra una reflexión importante para la arqueología y una serie de investigadores han destacado su interés desde distintas perspectivas (p.e., Hodder, 1987; Bintliff, 1991; Knapp, 1992). El modelo de Braudel era innovador porque se enfrentaba a las dificultades de conceptualización de la trayectoria de la evolución social y subrayaba la necesidad de una nueva lectura de la relación entre estructura y suceso. Con todo, su preocupación con las formas de estructuración de la historia hace que el papel de los sucesos individuales y de la intervención humana tienda a ser secundario y se sitúe en la marginalidad de la historia. Los individuos son meramente la espuma momentánea de las olas de la historia, una idea que Braudel (1953Braudel (: 721, 1991: 10-11: 10-11) representó a través de la imagen de moscas del fuego que en una ocasión vio en Brasil: "sus pálidas luces resplandecían, se difumi-naban, brillaban de nuevo, sin atravesar la noche con una luz verdadera. Lo mismo pasa con los sucesos; más allá del resplandor prevalece la oscuridad". Además, el interés de Braudel por los procesos geohistóricos da mayor importancia a las variables medioambientales, lo que plantea un problema de determinismo incipiente en el centro de la longue durée. Representa un punto de vista de la estructura como entidad monolítica, que cambia lentamente, lo que minimiza el papel de los acontecimientos contingentes en la emergencia de la estructura socio-espacial. Los sucesos parecen ser engullidos por la inexorable marea de la historia. La aparente sofisticación del método de Braudel casi nos lleva a creer que estamos inmersos en una trayectoria no determinista. Pero es una ilusión, porque la estructura narrativa que trata de constmir se basa en la primacía de los procesos geohistóricos sobre la intervención humana: inevitablemente nos deja con una estructura causal totalmente determinista en la que "el largo plazo siempre gana al final". Quizás el rasgo más notable de las propuestas de Braudel es la incapacidad, a pesar de sus intenciones innovadoras, de conseguir un modelo convincente de la larga duración; no es suficiente con decir que las diferentes periodizaciones representan tiempos distintos. Althusser y Balibar (1969) han criticado el carácter "objetivo" del esquema de Braudel que, de hecho, congela el tiempo en una serie de etapas sincrónicas, dejando de lado el hecho de que los tiempos sociales están inmersos en una "totalidad" social. Así, aunque Braudel planeó el estudio del Mediterráneo como una demostración de que el tiempo se mueve a velocidades diferentes, no logró mostrar cómo esas temporalidades interaccionan en un sentido dinámico. Además, parece que no admite el cambio episódico o abrupto: la continuidad se enfatiza a expensas de la discontinuidad. La primacía que se da a la longue durée nos presenta un punto de vista esencialmente lineal de la historia. No logra explicitar claramente cómo las diferentes temporalidades, corta, media y larga, implican una variedad de distintos ritmos de cambio de los criterios sociales, políticos y económicos: son esos ritmos de cambio con sus pautas de aceleración y desaceleración los que constituyen la historia estructural de las sociedades y los que pueden permitir un modelo de historia como sistema dinámico no lineal. DE LA CAUSALIDAD LINEAL A LA NO LINEAL Hemos analizado tres esquemas causales de construcción de la narración histórica: el primer modelo opta por un nivel micro proponiendo secuencias de eventos individuales en la ordenación de secuencias cronométricas concretas, hasta formar una trayectoria evolutiva acumulativa. El segundo propone una secuencia temporal que no tiene sentido objetivo independiente de la experiencia del observador y el tercer modelo enfatiza el papel de los acontecimientos sociales y minimiza la importancia de la intervención humana en el cambio estructural a largo plazo. Esos modelos parecen ser irreductibles ya que representan los dos lados de un debate entre suceso y estructura, rasgo omnipresente en las discusiones teóricas actuales en arqueología y en las ciencias sociales en general. Pero existe otra perspectiva de los mismos temas, una perspectiva cuyo principal mérito es que puede ligar los dos lados del debate uniendo el evento y la estructura en una síntesis evolutiva alternativa. Este modelo supera el dominio de la perspectiva lineal en la consideración arqueológica del tiempo. Lineariedad frente a no linearidad Que vivimos en un mundo no lineal es un hecho indudable; en un mundo postnewtoniano los grandes efectos no son siempre consecuencia de grandes causas. Sin embargo, seguimos aceptando e insistiendo en el predominio de la causalidad lineal y esa aceptación es un rasgo recurrente en gran parte de la actividad intelectual de nuestra sociedad. Desde la perspectiva del final del siglo XX es sorprendente, por no decir incomprensible: este siglo más que ningún otro se ha destacado por su contribución fundamental a la reteorización del tiempo y del espacio. Es decir, por su irreductibilidad a la relatividad de Einstein y a la mecánica cuántica. Además, una de las revoluciones más importantes de las pasadas dos décadas ha sido el desarrollo de la ciencia no lineal que parte de la evidencia de que el comportamiento evolutivo de muchos sistemas naturales: climáticos, geomorfológicos, ecológicos, biológicos y económicos, tiene propiedades que no pueden predecirse y comportamientos caóticos complejos. Sin embargo, la paradoja es que el modelo dominante de investigación científica que predomina en el discurso académico parte de premisas lineales. En arqueología e historia, por ejemplo, persistimos en proponer interpretaciones y estructuras de significado que se basan en el determinismo causal. De hecho, una de las imágenes más persistentes del pensamiento occidental es la construcción del tiempo en una trayectoria lineal: todos los acontecimientos pasados, presentes y futuros viajan en esa dirección y se supone, implícitamente, que el quehacer científico implica de alguna manera, la predicción del futuro. Desde la perspectiva de nuestra disciplina, por ejemplo, podría parecer que la relación de la arqueología con la historia a largo plazo es evidente; sin embargo, tradicionalmente se ha concebido esa relación de forma muy limitada. Así, la evolución a largo plazo de las estructuras sociales, políticas e ideológicas se encuadra de forma consistente en un modelo que da primacía al desarrollo temporal de la cultura material. En ese modelo el tiempo se relaciona sobre todo con el desarrollo progresivo de las fuerzas económicas productivas. La filosofía de progreso que subyace a gran parte de la teoría arqueológica y su preocupación por la noción de los orígenes y por los modelos que muestran el desarrollo de la "complejidad" no es tan solo una consecuencia de las ideas del siglo XIX. El libro de Fukuyama (1992) demuestra la persistente preocupación por un modelo progresivo de la historia y confirma su perduración en la conciencia occidental. La continuidad y fuerza de este punto de vista son preocupantes porque oscurecen la complejidad real que subyace en la dinámica histórica. De hecho, la exclusión de modelos alternativos de evolución y causalidad en el discurso académico ha tenido una profunda inñuencia en la naturaleza de la explicación en las ciencias sociales en general. El fínal del antiguo orden En las últimas décadas del siglo XIX el antiguo orden espacio-temporal ya estaba en decadencia. Su punto final (aunque no fue reconocido en aquel momento) se originó a partir de las investigaciones de Henri Poincaré sobre la dinámica cualitativa. Las complejas estructuras topológicas (atractores) pensadas por Poincaré no fueron puestas en práctica hasta la revolución de los ordenadores en los años sesenta pero revelaron nueva y sorprendente información sobre la estructura de la complejidad: orden y caos, que durante largo tiempo se había asumido que eran opuestos irreconciliables, están ligados en una relación insospechada anteriormente. Es un mundo paradójico de caos determinista. La emergencia de la probabilidad y de la geometría no euclidiana junto a los descubrimientos de Poincaré sirvieron para difuminar los límites entre arte y ciencia, y se vio que era falsa la dicotomía establecida entre las ciencias llamadas 'objetivas' y las 'subjetivas'. Con todo, es sorprendente que durante gran parte de este siglo esa falsa dicotomía haya sido y siga siendo una y otra vez replanteada. Por otra parte, las visiones de ese nuevo mundo iban a provocar otro problema: el de la predicción de los sistemas complejos. El significado revolucionario del tema fue confirmado por el descubrimiento de que muchos sistemas físicos, químicos y biológicos poseen la capacidad de autoorganizarse y de generar espontáneamente estructuras. En esos sistemas la estructura evolutiva se da a través de un proceso de transiciones inestables, provocadas por fenómenos de bifurcación. Las bifurcaciones son puntos de inestabiUdad en los que el sistema experimenta formas de reestructuración cualitativa. El comportamiento sin equilibrio es una propiedad intrínsica de los sistemas sociales y puede provocar autoorganización y por tanto, un impulso para la reestructuración cualitativa a medida que el siste-T. P., 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ma "evoluciona" de un estado al otro. En ese paradigma la evolución se da a partir de una serie de fases de transición entre estados ordenados y desordenados; bifurcaciones sucesivas que generan nuevo orden estructurado. Sea cual sea el valor de estas propuestas, desde una perspectiva evolutiva son conceptualmente superiores a las soluciones lineales de los esquemas neoevolutivos convencionales. Además, estas ideas ofrecen una metáfora morfogenética que lleva a la descripción e interpretación de las pautas discontinuas del cambio. Lo importante es destacar el funcionamiento de las propiedades esenciales que no están en equilibrio en los sistemas sociales y la identificación de los umbrales que funcionan como precursores de la transformación social {cf. Allen y McGlade, 1987). La estructura del desorden Un atributo fundamental de estas ideas evolutivas es la importancia de los mecanismos de autorreforzamiento (positive feedback), como los ha llamado Arthur (1988a). En líneas generales, procesos como la reproducción, cooperación y competición son puntos de encuentro del individuo y la comunidad y pueden, bajo condiciones específicas, generar comportamientos inestables potencialmente transformadores. El predominio de interacciones no lineales hace a los sistemas sociales endémicamente no estables y provoca la emergencia de fluctuaciones erráticas, aperiódicas, en el comportamiento del sistema. Estas fluctuaciones irregulares contienen una estructura sutil y difícil de captar conocida en matemáticas como caos. Fue descrita por primera vez en un artículo esencial de Lorenz (1963) donde se demostraba que el comportamiento caótico es una propiedad de los sistemas puramente deterministas. Como resultado de observaciones posteriores de las ciencias físicas, químicas y biológicas, surgió una especie de consenso sobre el papel de la dinámica caótica en la evolución temporal de sistemas tan diversos como los regímenes climáticos globales, las estructuras biofísicas y procesos fisiológicos del tipo de la corriente sanguínea. Sabemos que es probable que trayectorias aperiódicas, caóticas, se encuentren en todos los sistemas, y la investigación se ha centrado en estas interacciones no lineales. Los sistemas dinámicos no tíenen un equilibrio inherente sino que se caracterizan por la existencia de equi-librios múltiples y de series de atractores coexistentes a los que está ligado el sistema y entre los cuales puede oscilar. Desde nuestra perspectiva actual para la comprensión de la relación entre las estructuras de la duración corta y larga (en términos braudelianos), el descubrimiento de la dinámica compleja es de gran importancia evolutiva, puesto que permite identificar una importante causa de comportamiento emergente. El origen de los comportamientos heterogéneos y asimétricos que se observan en el paisaje arqueológico puede que no sea tan intratable como parece; la creación de estructuras espacialmente heterogéneas puede tener orígenes caóticos. Lo que parece claro es que las oscilaciones no periódicas que proceden de la dinámica caótica, en vez de constituir elementos patológicos, pueden tener un papel operativo significativo en la evolución del sistema, sobre todo porque incrementan la diversidad (c/. La importancia evolutiva de la inestabilidad La discontinuidad, un concepto frecuente en los análisis de la estructura social, no ha recibido la importancia que merece. El énfasis en el orden como una verdad intelectual indudable ha modificado su lugar en la descripción dinámica de los sistemas humanos. De hecho, algunos descubrimientos recientes en ciencias naturales refuerzan el papel fundamental de las bifurcaciones y de las fluctuaciones en la evolución temporal de los sistemas no lineales. El cambio conceptual ligado al análisis de las propiedades discontinuas en los sistemas sociales es atractivo porque implica considerar las estructuras sociales como entidades autoorganizativas en un sistema complejo abierto y, por tanto, convierte en redundantes las actitudes convencionales respecto a la homogeneidad del tiempo y del espacio. Nos movemos de un mundo definido por las propiedades simétricas clásicas, a un mundo donde la posibilidad de desequilibrio de la organización social puede generar inestabilidades que rompan la simetría. La inestabilidad, lejos de ser la aberración de un sistema "estable" es fundamental para la reproducción del orden social. Desde ese punto de vista, se puede ver la evolución a largo plazo de la estructura social como una historia de discontinuidades en el espacio social; es decir, la historia no es una tela cuidadosamente tejida, sino que ha estado T. R, 56, n.° 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es punteada por cambios de fase como consecuencia de acciones conscientes e inconscientes. Tales discontinuidades son umbrales de cambio, donde el papel de la intervención humana y/o de los comportamientos ideosincráticos asume una importancia vital en la producción y reproducción de las estructuras sociales. ARQUEOLOGÍA Y DINÁMICA NO LINEAL La consecuencia de estos argumentos para la arqueología (y, de hecho, para las ciencias sociales en general) es que han de verse las relaciones entre los seres humanos y el medioambiente como propias de un sistema dinámico no lineal. Es importante destacar la oposición o tensión entre los ritmos temporales de los procesos naturales y los de las estructuras sociales. Las asimetrías provocadas por los conflictos y las contradicciones proporcionan el contexto para transiciones discontinuas a través de las bifurcaciones que generan los cambios del espacio social. Hasta época reciente, estas ideas han tenido poca resonancia en los trabajos de teoría arqueológica. Diversas investigaciones recientes han intentado demostrar la importancia del paradigma no lineal para la arqueología (p. e. Un rasgo importante de esos estudios es que destacan el papel de los procesos autoorganizativos que a escala local pueden provocar variaciones endógenas y, desde éstas, formas de cambio a escala mayor. Quizás la principal lección de la estructuración evolutiva implicada en la acción de procesos no lineales, es que algunos problemas "permanentes" de la explicación arqueológica, como la transición a la agricultura o el colapso de las sociedades complejas, son enteramente explicables en un paradigma no lineal. Otro tema central es la cuestión del papel de fenómenos de generación espontánea de nuevos modos de comportamiento. En gran medida, estos procesos son la base de la diversidad espacial que encontramos en el paisaje arqueológico. Por otra parte, es importante destacar que los sistemas humanos, a causa de la presencia de estructuras autorreferenciadas o autocatalíticas en las relaciones y la organización social, son intrínsecamente inestables. Puede observarse en la dinámica de la población y en los complejos procesos de intercambio y distribución, donde modelos de simu-lación de la economía de bienes de prestigio han demostrado que cambios temporales pueden producir trayectorias caóticas (McGlade, 1997b). De modo similar, la investigación de la dinámica estructural de explotación de los recursos por agentes competidores, ha permitido a Huberman (1988) señalar que en situaciones donde la decisión se basa en un conocimiento incompleto y se acompaña de retrasos temporales, pueden darse soluciones periódicas o caóticas en la disposición de recursos. Lo que comparten esas nuevas explicaciones arqueológicas es el deseo de entender la complejidad evolutiva a partir de un modelo de cambio que elimine mecanismos causales simplistas. Además, proponen que la lectura dinámica no lineal de los problemas arqueológicos convencionales puede dar la clave de una explicación coherente de la relación entre suceso y estructura. COEVOLUCION SOCIO-NATURAL Dinámica humana-medioambiental Un aspecto fundamental de la relectura del método y de la teoría arqueológicos propuesta por los arqueólogos postprocesuales ha sido el rechazo a analizar el medioambiente. Probablemente este rechazo surgió como una reacción a los excesos determinísticos de las perspectivas economicistas de la prehistoria, como la de la escuela de paleoeconomía de Cambridge y sus seguidores. Pero, como consecuencia de ese rechazo a los conceptos ecológicos en busca de las "estructuras de sentido" que articulan la vida social, se ha relegado la dinámica medioambiental a la posición de epifenómeno. Este planteamiento ha tenido un efecto debilitador en la discusión teórica porque fomenta el desconocimiento de la complejidad espacio-temporal de la dinámica ecológica y coevolutiva que define la interacción socio-natural. Como consecuencia se ha llegado a un punto de vista supersocializado de la naturaleza. De esa manera, la teoría arqueológica se ha movido de un tipo de reduccionismo a otro: del reduccionismo medioambiental característico de la teoría paleoeconómica a una serie de puntos de vista diametralmente opuestos pero igualmente limitadores propuestos desde perspectivas teóricas sociales que enfatizan el papel del sentido. La deficiente búsqueda de una arqueología científica "objetiva" ha sido reemplazada por un modelo crítico que se preten-T.R,56,n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de, a la vez, anticientífico y relativista. Esta tendencia "idealista" de las ciencias sociales es limitadora porque no puede tratar de las consecuencias ecológicas y sociales de condiciones no reconocidas de las prácticas sociales en relación al mundo natural, y de sus consecuencias no intencionales ni previstas. Cualquier representación de esquemas culturales (sociales, simbólicos, estructurales) que se distancia de las temporalidades de la experiencia viva, es problemática. Se puede llegar a construir paisajes ficticios, paisajes cuyos únicos puntos de referencia sean redes residuales de estructuras de significado. Además, el reduccionismo inherente de estas perspectivas tiende a hacer incompletas y, en última instancia, erróneas, las interpretaciones de la dinámica socionatural. En un esfuerzo para obviar la falsa dicotomía representada por las posiciones procesual / postprocesual, recientemente (McGlade, 1995a) se ha enfatizado la importancia de una dinámica coevolutiva para la comprensión de la interacción socio-natural. Se busca proponer una ecología humana no funcionalista en la que la intervención humana pueda resituarse en un contexto socionatural que es, a la vez, evolutivo y contingente. Tenemos que desarrollar estrategias apropiadas para la construcción de una ecología dinámica del espacio social visto como un proceso a largo plazo, dinámico: una ecodinámica humana. Este concepto se refiere a la importancia de la dinámica a largo plazo para generar estructuras y contempla la problemática humano-medioambiental en un esquema de referencia explícitamente ecológico y socio-histórico. Se trata de presentar un punto de vista más completo e integrado de la estructuración social humana, rechazando los modelos de desarrollo evolutivo convencionales y enfatizando en su lugar una perspectiva discontinua, no lineal, que reconoce la importancia crucial de las diferentes temporalidades y de la dinámica dependiente de la escala en la emergencia de la estructura social. Escalas de los tiempos propios de los fenómenos ecodinámicos humanos Uno de los temas más importantes que plantea una perspectiva de ecodinámica humana es la centralidad de la dinámica temporal, es decir, el edificio temporal del mundo socionatural articulado por series de temporalidades que podemos definir como tiempos intrínsecos. Lo que decimos es que los sis-temas biológicos, sociales, políticos y tecnológicos en los que se sitúan los seres humanos tienen sistemas temporales propios (Kümmerer, 1996). Hay tiempos que corresponden a las actividades sociales y naturales, tiempos de los movimientos, tiempos reproductivos que van de la reproducción de la célula, a través de los ciclos estacionales de plantas y animales, hasta las escalas temporales mayores (globales) del tiempo glacial. En un cierto sentido, todas las cosas vivas pueden definirse por un cronotipo o tiempo vital (Fraser, 1981(Fraser,,1987;;Bender yWellbery, 1991). Esos tiempos intrínsecos y sus correlatos espaciales forman colectivamente una jerarquía espaciotemporal. En relación a la evolución del paisaje, invesügaciones recientes han enfatizado el papel de las temporalidades a diferentes escalas en la estructuración de los entornos semiáridos de la Depresión de Vera, enAlmería (McGlade, 1995b; Fedoroff and Courty, 1995). La estructura del paisaje debe considerarse producto de la interrelación de un amplio espectro de temporalidades, desde los procesos más lentos, como los movimientos tectónicos (10^), los ciclos climáticos (10^), hasta la dinámica de población (10^) y otros fenómenos a micronivel (10-O-Es importante destacar que estas temporalidades representan diferentes ritmos de cambio; tenemos velocidades lentas, acumulativas, representadas por los movimientos glaciares y tectónicos, y otras como la dinámica del suelo o de la vegetación que tienen un movimiento rápido. La investigación de diferentes sistemas ecológicos demuestra que la discontinuidad, y sus consecuencias catastróficas, pueden ser resultado de la conjunción de variables "rápidas" y "lentas" (Holling, 1986). Esta complejidad se enfatiza más por la superimposición de sistemas humanos sociales, políticos y económicos. Lo que tenemos en última instancia son series de dependencias intertemporales que definen una dinámica recíproca que sitúa lo social en lo natural y lo natural en lo social. Este énfasis en los tiempos intrínsecos y sus atributos de escala subraya la importancia del estudio de los procesos evolutivos desde una perspectiva que enfatice el papel de los procesos autorreforzadores en la generación de estructuras sociales. Además, no es importante el cambio per se y los arqueólogos debemos considerar las cuestiones de (i) la medida del cambio y quizás, todavía más importante, (ii) el cambio en la velocidad del cambio. Son esos atributos los que definen los sistemas dinámicos. Este último punto es particularmente importante en las perspectivas evolutivas convencionales que consideran el cambio en los sistemas sociales y naturales como el producto de fuerzas contingentes. La emergencia de sucesos no predecibles ni planificados en el centro del proceso social se atribuye al azar. Sin embargo, la confianza con que se propone esa idea no es irrebatible y, en última instancia, puede considerarse reduccionista. No es satisfactoria por su atribución de toda la creatividad humana a lo no previsto, fortuito, al azar. La evolución social no es consecuencia tan sólo de sucesos contingentes pero tampoco de la acción continua de procesos deterministas. Lo que planteamos es que la evolución social debe considerarse como una narrativa compuesta, discontinua. HACIA UNA NARRATIVA ARQUEOLÓGICA ALTERNATIVA: UN MODELO DE "NECESIDAD CONTINGENTE" Una de las primeras implicaciones del paradigma evolutivo alternativo que emerge como una consecuencia de la autoorganización es que la estructuración evolutiva de los sistemas socionaturales debe verse como una confluencia de procesos de estructuración basados en la intervención humana y en redes dinámicas no lineales. Ese modelo enf atiza la importancia de las facetas no pensadas, irracionales, estocásticas de las decisiones humanas y su papel en la generación de estructuras en los momentos críticos de la historia de los sucesos sociales. El tema crucial es la cuestión de la transformación estructural de los sistemas sociales y el papel de la necesidad y del cambio en la generación de un paisaje de posibilidades de bifurcación. En el lenguaje de la dinámica no lineal, la necesidad (en forma de ideología dominante de una organización política y económica) sigue una historia en cuyo desarrollo predominan procesos deterministas, hasta que se llega a un punto de bifurcación. En ese punto, cuando en el sistema social pueden aparecer fluctuaciones estocásticas o impactos no previstos, la contingencia juega un papel cada vez más influyente para llevar el sistema hacia una nueva trayectoria histórica. Podemos considerar la historia como un modelo de "necesidad contingente" (Shermer, 1995:63), es decir, "una conjunción de sucesos que tienen un determinado curso de acción delimitado por condiciones anteriores". Es decir, una defini-ción del caos: la acción de un comportamiento estocástico en un sistema determinista. Como dice lan Stewart ( 1991:17) si el comportamiento estocástico es "irregular y no tiene leyes" y el comportamiento determinista está "regido por leyes exactas e inquebrantables", el caos puede definirse como "un comportamiento sin leyes gobernado enteramente por la ley". Es esta coyuntura de necesidad y azar lo que constituye la historia del sistema. La necesidad lleva a un sistema histórico en un cierto sentido hasta que llega a un punto de bifurcación. En ese punto la contingencia juega un papel dominante (en las fluctuaciones) en el impulso del sistema hacia un nuevo camino que, a la larga, desarrollará una nueva necesidad, atenuando la importancia de la contingencia hasta que el sistema llegue a su próxima bifurcación (Prigogine y Stengers, 1979). Aunque parece claro que los determinismos históricos forman parte de los sistemas sociales y económicos y ejercen impacto en los individuos y las sociedades, las contingencias actúan a menudo sean cuales sean las fuerzas (necesidades) que las influyen. De este modo reconfiguran las futuras necesidades (Shermer, 1995: 70). El mundo social y natural que habitamos está lleno de ejemplos de cómo factores esencialmente arbitrarios y no previstos determinan los posteriores modos históricos. Como ha señalado Brian Arthur (1988b), la evolución de las tecnologías nos da ejemplos del papel del azar en la creación de nuevas trayectorias evolutivas irreversibles. Por ejemplo, el primer sistema de teclado para máquinas de escribir apareció en un rriercado competitivo con el dominio del sistema QWERTY que todavía existe. Su aparición se debió más al azar que a una ventaja tecnológica estricta; de hecho, este sistema era inferior al menos a otro de sus rivales. En otro ejemplo, Arthur (1988b) discute el papel de ladependencia de sentido histórica y apunta a la importancia del papel del azar y de la necesidad en la dirección de la evolución de los conjuntos urbanos. Al explicar la evolución histórica del urbanismo a nivel regional, usa la analogía de la genética, es decir, que el azar actúa para seleccionar las pautas que se estabiUzan, aunque las regiones económicamente atractivas tienen una ventaja selectiva intrínseca y, por tanto, una mayor probabilidad de alcanzar predominio. Estos ejemplos citados por Arthur se conforman al "principio de la historia QWER-TY" como sucesos que se juntan de forma no prevista y crean resultados históricos inevitables e irreversibles. UNA CONCLUSION REFLEXIVA: ARQUEOLOGÍA COMO HISTORIA A LARGO PLAZO ¿Cuáles son las implicaciones que surgen de la anterior discusión desde el punto de vista de nuestro interés por los fenómenos temporales? En primer lugar, está claro que la existencia de un mundo no lineal presenta para la arqueología una especie de dilema: un tiempo no lineal significa el final de la historia como la hemos conocido, es decir, como una secuencia de desarrollo y como gran narrativa. En pocas palabras, hace obsoletos los modelos basados en la causalidad aristotélica, y relega la certidumbre de la ciencia newtoniana con su reversibilidad al reino de la ciencia ficción. En contraste a las certezas de pensamiento en Newton / Descartes, con su coherencia temporal, nos enfrentamos a un nuevo territorio probabilístico; nos sumergimos en un océano de tiempos inmersos en un universo cuya única realidad es la ausencia de certeza. Paradójicamente, desde este punto de partida, podemos construir un tipo más sofisticado de interpretación arqueológica. A pesar de las pretensiones de la retórica postprocesual, la arqueología ha experimentado un renacer, una nueva sensibilidad e incluso una nueva apreciación de los fenómenos temporales. Pero la realidad es diferente más allá del sillón del teórico. La práctica arqueológica todavía está inmersa en el mundo euclidiano con sus geometrías confortables, un mundo de medidas seguras, de lógica metrológica impecable, de realidad "objetiva" que el observador puede contemplar confortablemente desde el exterior. Pero este mundo mítico espacial y temporal es enteramente ficticio. Los paisajes en los que puede inscribirse la certeza lineal del tiempo han sido reemplazados por un espacio menos predecible; usando palabras de Borges, por una trayectoria más contingente, compuesta de 'senderos que se bifurcan'. Es un mundo desprovisto de verdades universales, un mundo en el que domina lo caprichoso y lo provisional y su relación ambigua con los aspectos deterministas, irrevocables de la evolución. Así, el mundo de los absolutos ha sido reemplazado por un mundo definido sólo por el espacio de posibilidad de la acción. En lugar de un paisaje conocible, medible, tenemos una zona de encuentros donde los esquemas intertemporales crean convergencia y divergencia, no según propensiones deterministas o estocásticas, sino según prioridades regidas por la acción de la dinámica no lineal que subyace en los sistemas sociales y naturales. La historia, en el análisis final, es una pluralidad de tiempos (continuos y discontinuos), un producto de fuerzas contingentes y deterministas. Pero la historia a menudo se escribe para cumplimentar ideales que son sinónimos del establecimiento de las estructuras de poder, para obtener ventajas políticas, por razones racistas o nacionalistas, o simplemente para promover un punto de vista progresivo, de desarrollo de la evolución social y cultural humana. Es la defensa de estas trayectorias frecuentemente espúreas la que debe ser examinada críticamente si queremos descubrir las estructuras funcionales y de sentido reales que subyacen al compromiso social con el paisaje y con el mundo en general. La coevolución socionatural con sus inestabilidades intrínsecas y su dinámica de no equilibrio es la manifestación más clara de que habitamos y siempre lo hemos hecho, un mundo no lineal. La arqueología debe empezar a preocuparse de las implicaciones de esta situación si quiere contribuir a los debates sobre la historia a largo plazo. Finalmente, resumiremos las implicaciones de esta discusión sobre la estructuración no lineal, y específicamente sus consecuencias para la investigación arqueológica: 1 ) un modelo revisado de historia. No hay una única línea de historia: hemos de reconceptualizar la historia como una serie de estructuraciones contingentes que son resultado de la interrelación entre sucesos deterministas, estocásticos y caóticos; la historia no es el símbolo modernista de un árbol con ramas, más bien la "historia es un árbol sin tronco"; 2) un modelo revisado de cambio estructural (evolución). Los paisajes arqueológicos no son el centro de un comportamiento adaptativo acumulativo o el palimpsesto acumulativo de la metáfora textual, sino el espacio discontinuo donde se negocia la acción social. Podemos hablar de la historia de bifurcaciones del paisaje; 3) un modelo revisado de causalidad: grandes efectos no son necesariamente resultado de grandes causas; sucesos infinitamente pequeños y/o sucesos insignificantes pueden generar transformaciones mayores; 4) un modelo revisado de tiempo: el determinismo teleológico es ficticio; la realidad es una multiplicidad de temporalidades sociales y naturales caracterizada por diferentes velocidades o tiempos intrínsecos, componentes individuales de un siste-T. P.,56,n.°2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ma de paisaje mayor que pueden comportarse de modos muy diferentes en distintos intervalos temporales; 5) posibilidad de caminos evolutivos múltiples: la no linealidad enfatiza la noción de que no hay un "pasado", sino interpretaciones culturalmente mediatizadas del pasado y deben considerarse como producto de una historia de bifurcaciones. A un nivel fundamental, lo que estos puntos enfatizan es el papel de la dinámica no lineal en la estructuración del tiempo y del espacio y, por tanto, de la organización social, que exige la construcción de una nueva ontología arqueológica, en la que la autoorganización, la dinámica de bifurcaciones y la evolución caótica sean conceptos claves en la evolución de los sistemas socionaturales. La integración de estos conceptos en un nuevo modelo de práctica arqueológica es un desafío de gran importancia para el futuro de la disciplina.
Ante el reciente auge del interés por los aspectos cognitivos de las sociedades de la Prehistoria y del uso que de la hermenéutica fenomenológica se está haciendo para este fin, propongo en este trabajo varias líneas de reflexión: a) analizar las razones de ese interés en los aspectos "mentales" del pasado, b) Comprender las bases de interpretación y posibilidades de aplicación de la hermenéutica fenomenológica, inapropiadas a mi juicio para la interpretación de la Prehistoria; y c) justificar la necesidad de comprender otros órdenes de racionalidad para poder comenzar a plantear el desarrollo cultural de las sociedades de la Prehistoria. Cualquier estudio historiográfico que contemple las circunstancias socio-económicas en que se han desarrollado nuestras disciplinas científicas demuestra que el contenido de nuestros discursos de conocimiento está determinado por los intereses, conflictos, preocupaciones y sensibilidad general de cada época. La convicción se incrementa cuando la referencia es a las Ciencias Sociales, donde la trasposición de preocupaciones e intereses puede llegar a ser casi directa, alcanzando lo que los psicólogos denominarían su "proyección" desde el presente. En efecto, una mirada a los objetivos de nuestros estudios en Prehistoria nos enseña, por ejemplo, que dependiendo de las fases históricas por las que ha atravesado Europa, nuestra búsqueda en el más remoto pasado se ha centrado consecutivamente en: 1. sus objetos materiales, cuando se iniciaba el mercantilismo capitalista en el ámbito económico y los nacionalismos en el político, y el desarrollo de los hábitos de consumo exigía un incremento de la atención a los objetos y una especialización T. P., 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es del deseo por los generados dentro de nuestra sociedad. Esta etapa, al ser la primera, revistió además un fondo teórico evolucionista. La Prehistoria nació vinculada a las Ciencias Naturales en un esfuerzo común de todas las nuevas disciplinas por renovar la construcción social de la realidad esencial al desarrollo del capitalismo. Para ello necesitaban sustituir el espacio y el estatismo que caracterizan al Mito por el tiempo y el cambio que definen a la Ciencia, y ello exigía, a su vez, probar que la historia de cualquier fenómeno -geológico, biológico o cultural-, se caracterizaba por una sucesión de transformaciones hacia la progresiva complejidad. Por ello, cuando Lubbock sintetizó su primera visión de la Prehistoria en su Prehistoric Times de 1865, estableció estadios sucesivos definidos cada uno de ellos por una innovación tecnológica que, en la filosofía ilustrada, demostraría la tendencia innata de la humanidad a mejorar sus condiciones de vida a través de la razón. Los objetos materiales estaban revestidos, así, de un significado muy profundo, pues se convertían en las evidencias manifiestas de dicha tendencia. A su vez, el evolucionismo (Elias, 1993:22-31) caracterizaba un momento en el que el progreso industrial ponía de manifiesto dos factores: la posibilidad de claras mejoras en las condiciones materiales de vida por un lado, y la distribución irregular de dichas posibilidades, que sólo afectaban a unos cuantos, por otra. Por ello, es lógico que la preocupación básica de los pensadores de la época reflejara una idealización del futuro, en el que la generalización de ese progreso material podría ser un hecho. A medida que la nueva sociedad capitalista iba desarrollándose, la preocupación por los objetos iba siendo sustituida, en consecuencia, por la preocupación por las relaciones sociales. Ya no hacía falta demostrar la transformación que caracterizaba a las sociedades, pues dicha variable había pasado a formar parte de la "mentalidad" de la sociedad europea, de su percepción de la realidad. Y así, la Prehistoria, al igual que todas las Ciencias Sociales, entrará en una nueva etapa, definida ahora por su interés en: 2. las relaciones sociales. Podría decirse que esta etapa tiene dos fases, aunque se define como paradigma en Prehistoria sólo en la segunda de ellas. La primera manifiesta ese deseo de transformación, se hace cargo de la palpable y omnipresente injusficia social que perpetúa el naciente capitalismo. El deseo de cambio, de generalización del nivel de bienestar, de una ausencia de explotación entre las clases y la evidencia del conflicto social interno constituía así tanto el estado de la sociedad del momento, como los ejes principales sobre los que estructurar las teorías con que analizar el pasado. El materialismo dialéctico, formulado desde mitad de siglo XIX, pero aplicado a las Ciencias Sociales hasta incluso nuestros días, representa esas preocupaciones. Gordon Childe ayudó a sintetizar el particularismo previo de los objetos con las corrientes marxistas tras el impacto de su visita a la URSS en 1935(Trigger, 1992: 239-240), y desde entonces han sido varios los representantes de esta tendencia en Prehistoria y Arqueología (cfr. Ahora bien, los arqueólogos, integrantes de la clase intelectual y funcionarial de la sociedad occidental, no han solido ser representantes de las clases a las que no pertenecían, las más desfavorecidas. Por ello, cuando el énfasis en los objetos empezó a resultar obsoleto porque se hacía evidente su incapacidad para la explicación histórica, la mayor parte de ellos, conscientes de la transformación de las estructuras y relaciones sociales que acompañaban el desarrollo del nuevo orden económico -o que permitían que ése se desarrollara, pues ambos forman parte del mismo proceso de transformacionescomenzó a centrar la atención en el orden social, pero desde su propia posición de "favorecidos". el intento de formulación de leyes generales sobre el comportamiento social: 1) la tradición ecológica escandinava, desarrollada ya desde mitad del siglo XIX, cuando Worsaae defendía la necesidad de estudiar los hallazgos arqueológicos en relación a su entorno paleoambiental (Trigger, 1992:233); 2) la Arqueología Soviética, que desde los años 20 intentaba un análisis materialista de la condición humana, pasada y presente (Trigger, 1992:205-209); y 3) el desarrollo del funcionalismo en los estudios etnológicos, constituyendo la corriente de la Antropología Social. En el Reino Unido, se produjo una reacción contra el historicismo y difusionismo previo de Elliot Smith a través de la adopción del enfoque estructural-funcionalista de Malinowski y Radcliffe-Brown, cuyas dos obras más importantes fueron publicadas en 1922. Ambos insistían en la necesidad de comprender el comportamiento humano en relación a los sistemas sociales donde se insertaban, concibiendo éstos como un cojunto de elementos funcionalmente interdependientes. Este enfoque se basaba, a su vez, en los estudios de E. Durkheim (1858Durkheim ( -1917)), quien al igual que Marx, concebía las sociedades como conjuntos interdependientes de elementos (Trigger, 1992: 231). Podríamos decir que el materialismo histórico de V. Gordon Childe fue el resultado concreto de la unión de las influencias 2 y 3 -Arqueología Soviética y Funcionalismo-, mientras que el funcionalismo conservador de Grábame Clark lo fue de la síntesis de las influencias 1 y 3 -tradición ecológica escandinava y funcionalismo- (Trigger, 1992: 247-8). Por su parte, el evolucionismo multilineal en Estados Unidos tuvo sus principales representantes en A. Leslie White y en J. Steward, en los años 40 y 50. Ya en los años 20, Leslie White se había interesado vivamente por la Teoría Social, visitando incluso la Unión Soviética en 1929, y en los años 30, J. Steward había empezado a formular su teoría de la Ecología Cultural (McGuire, 1992:70). De hecho, las dos décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial fueron una época de prosperidad económica sin precedentes en los Estados Unidos, que al tiempo contemplaba una hegemonía política incuestionable. La autoconfianza que esto generó explica, en parte, el auge que allí habrían de tomar los modelos funcionalistas-materialistas, y la creencia de que el progreso tecnológico era la clave de la superación histórica (Trigger, 1992: 271). En efecto, a partir de los años 60, de manera clara en Estados Unidos -con la Nueva Arqueología, li-derada por L. Binford-, y un poco más tarde en Europa -que tenía que recuperarse de las dos guerras mundiales sufridas en su suelo-, la sociedad del bienestar era ya un hecho para una parte signiñcativa de la sociedad. La clase media se iba haciendo dominante y aunque semejante grado de bienestar se conseguía a través de la explotación de un sector desfavorecido de ella, y sobre todo, del resto del mundo no-europeo, la mayor parte de la población no tenía ya esa urgencia en transformar sus propias condiciones de vida. Además, ahora, por primera vez, las dos clases industriales se empezaban a integrar en el entramado estatal, pues el el acuerdo de los representantes del proletariado industrial comenzaba a resultar esencial para gobernar los estados de la sociedad occidental (Elias, 1993: 27). Por todo ello, el funcionalismo comenzó a proyectar al pasado una idea de la sociedad como un todo armónico que tiende al equilibrio -no al cambio-, y en el que todas las partes cumplen una función positiva en el conjunto. Si nos detuviéramos sólo un momento a reconocer, como sugiere Elias (1993: 29) hasta qué punto estos modelos de "sistema social" son inadecuados como instrumentos teóricos para la investigación científica de sociedades caracterizadas por la desigualdad, como las sociedades esclavistas, las feudales o las estamentales -por no salir de nuestra propia trayectoria histórica-, no nos quedaría otro remedio que reconocer que los modelos teóricos utilizados para analizar el pasado están, en realidad, centrados en el presente. Ahora bien, a medida que la sociedad del siglo XX ha ido avanzando y la generalización del bienestar afectando a un mayor porcentaje de población, se ha ido comprobando también que el bienestar material no implica el psicológico. De hecho, el aumento de las disfunciones de este tipo es correlativa al incremento de la renta per capita de los prósperos países europeos y norteamericanos. Los índices de depresión y suicidio juvenil están conociendo cotas inimaginables hasta hace muy poco tiempo, lo que empieza a hacer que centremos la atención en los mecanismos de la mente como contexto problemático, en lugar del económico o del social -resuelto para esa parte de la población que puede dedicar sus energías al estudio de la Prehistoria, y cuyos hijos, alumnos o conocidos son los que se deprimen y suicidan-. De hecho, ya las propias tendencias marxistas, a través de la Escuela de Franckfurt, habían generado desde hacía tiempo un interés por los estudios sobre la "falsa conciencia" o modo particular y subjetivo de percibir la realidad T. R,56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es desde distintas posiciones sociales, para enmascarar sus problemáticas actitudes dentro de ellas. Por su parte, la Arqueología británica -sin que sea casual, a mi juicio, el carácter protestante y, en consecuencia, individualista de la sociedad anglosajona-, comenzó a desarrollar posiciones relativistas y subjetivistas a través de la llamada corriente postprocesual, personalizada en la figura de lan Hodder desde los años 80. Pero es fundamentalmente a partir de la década de los 90, en que la trayectoria social del mundo moderno-occidental implica una generalización del individualismo a cualquier contexto europeo y norteamericano -lo que va asociado a una transformación de la relación subjetiva con la realidad-, cuando los estudios de Prehistoria están empezando a centrar la atención en: Las cuestiones cognitivas o el funcionamiento de \di subjetividad. Existe además otro tipo de factores que inciden en el estudio de las "ideas" y de la subjetividad humana y en su desarrollo en la Prehistoria: el individualismo extremo a que va conduciendo la sociedad post-moderna implica un paralelo abandono de la lucha social. El individuo se va convirtiendo en referencia básica desde la que percibir la realidad, y por tanto, desde la que juzgarla, y a medida que su identidad es menos colectiva, la formación de "bloques" de lucha se hace más difícil. A partir de ahora la sensibilidad y preocupación por los desfavorecidos se manifiesta de forma progresiva en la participación solidaria, pero no política, en la actividad que las ONGs van desarrollando para rellenar los vacíos de atención social del estado del bienestar. Resulta difícil imaginar un mejor acuerdo entre necesidades individuales y conveniencias políticas, una manera más ajustada de atender la desigualdad sin entrar en conflicto con quien la provoca o, al menos, la mantiene. Y es que, ahora, el locus del conflicto ha pasado de lo social a lo estrictamente individual, del mundo extra-psíquico al intra-psíquico. Por otra parte, dado el individualismo extremo de la sociedad norteamericana, y dado que en este momento hay más énfasis en el mantenimiento de la situación presente que en la transformación para el futuro que venía asociada a la idea de progreso que guiaba a sus "pioneros", su población no distingue claramente entre los rasgos liberales y los conservadores, que ni siquiera se consideran contrapuestos (Elias, 1993: 27). Con la misma idealización del presente, pero sustituyendo el valor explicativo que en el funcionalismo tenía el grupo social por el papel del individuo en coherente corre-lación con la desmembración individualista de la sociedad post-moderna, estamos viviendo un auge de los modelos "interpretativos", hermenéuticos, del pasado prehistórico, cuyo grado de compromiso social parece, en todo caso, reducido, y cuyo riesgo de solipsismo y diletantismo es grande. Como era de esperar, la bandera del nuevo paradigma está en manos anglosajonas, cuyo individualismo protestante sigue llevando la delantera a la más colectivista identidad católica del centro y sur de Europa. Por ello, la muy prolífica producción británica y americana empieza a llenarse de títulos que hacen alusión al "significado" o la "interpretación", frente a los esfuerzos por calar en las condiciones sociales del pasado que definieron la disciplina arqueológica de otras décadas (Hodder et alii, 1995; Shanks, 1992; Barret, 1994; Mithen, 1996; Bradley, 1998; Renfrew y Zubrow, 1994, por ejemplo). La llamada "Arqueología Interpretativa", o "Cognitiva", representa el nuevo paradigma, como correlato a la "Antropología Interpretativa" que, en palabras de E. Gellner (1995: 48), constituye "el desarrollo teórico más conspicuo y visible de la Antropología Social de los últimos años". Incluso los funcionalistas hacen esfuerzos por incorporarse a la nueva corriente (Renfrew, 1993(Renfrew, y 1994)), ante la evidencia de que el análisis de otras culturas -tanto en el tiempo como en el espacio-se hace desde las pautas de percepción de la realidad que caracterizan a la del investigador, lo que introduce el reconocimiento de factores subjetivos en la investigación que hasta hace poco no se tenían en cuenta. El creciente individualismo de nuestra sociedad va transformando el tipo de relaciones que sostenemos tanto con nosotros mismos, como con el resto de la sociedad, o con el conjunto de la realidad en la que vivimos. Cada vez nos sentimos más aislados, nuestro modo de identidad se basa más en la diferencia que nos distingue de los demás que en la similiaridad que nos une al resto del colectivo al que pertenecemos.Y por eso, cada vez somos más conscientes de que existen modos distintos de percibir la realidad, de entenderla, de manejarla. En consecuencia, se nos empieza a abrir la posibilidad de aplicar nuestra propia experiencia a otras culturas, para aceptar que quizás los "otros" no entendieron -o no entienden-las cosas del mismo modo, no tuvieron los mismos deseos y no persiguieron los mismos objetivos. Vamos teniendo cada vez más claro que la relación material con la realidad -único aspecto tenido hasta ahora en cuenta por la Pre-T. P.,56,n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es historia-depende de la percepción que de ella tengamos en una relación de mutua dependencia, como ya venían reclamando desde hace tiempo los estructuralistas (Criado, 1993: 41). Por tanto, si queremos comprender otras culturas, debe ser necesario investigar cómo percibían ellas su propia realidad. Como podrá imaginarse, esta tendencia no es particular de la Prehistoria, sino que se manifiesta en los últimos años en todas las Ciencias Sociales, en tanto que la Ciencia fue el modo de relación con la realidad que sustituyó al Mito a partir de la Modernidad (Hernando, 1997). Es decir, la Ciencia constituye uno de los mecanismos esenciales de orientación e identidad en la sociedad industrial y post-industrial, por lo que será expresión de las preocupaciones y necesidades de quienes la formulan. De ahí que todas las disciplinas que intentan dar unas pautas de localización existencial a la sociedad actual sobre quiénes somos en realidad -a través de la investigación de nosotros mismos o de lo "otro" reflejen el mismo interés por analizar la percepción. Buena prueba de ello es, por ejemplo, la muy reciente disciplina de la "Psicología Cultural" que, nacida en Estados Unidos en esta última década, se propone investigar los mecanismos mentales de otras culturas (Shweder, 1991; Stigler^ía///, 1990) de forma más introspectiva y personal aún que lo que llega a hacer la llamada "Antropología de Uno Mismo" {Anthropology of Self) (Erchark, 1992). Es precisamente en el grado de "subjetivismo" y en los métodos de análisis de "conciencias pasadas" donde me gustaría incidir en este artículo, porque creo que estamos viviendo un momento de cierta pérdida de referentes teóricos en el estudio de la Prehistoria, y que ni los procesuales por un lado, ni los post-procesuales, que han asumido sin crítica lo que Gellner denominó la "vuelta de tuerca hermenéutica" (hermeneutic twist) por otro, consiguen desarrollar un marco de interpretación válido para acceder con cierto rigor al problema de la percepción de la realidad en el pasado. Ambas resultan epistemológica y metodológicamente incapaces de "escapar" a la "mente" del investigador, y además, los post-procesuales, al basarse en la hermenéutica fenomenológica e intentar comprender así "intuitivamente" el significado de los hechos del pasado, abandonan cualquier análisis del contexto socio-económico donde se generaron, bloqueando las posibilidades de conocimiento de las condiciones reales en las que se desarrolló el proceso a investigar. El principal obstáculo que, a mi juicio, presentan los estudios cognitivos o interpretativos más recientes es que no tienen en cuenta que la cultura es un conjunto integrado de rasgos, un fenómeno complejo y amplio en el que las condiciones materiales y las cualidades subjetivas de percepción de esas condiciones exigen coherencia entre sí, se transforman correlativamente y están mutuamente determinadas. En consecuencia, sus posibilidades de comprensión de las culturas del pasado es tan limitada como la de su polo opuesto, los materialistas positivistas que, en recíproca actitud, niegan el papel fundamental de la percepción de la realidad en la valoración de una cultura. Quiero detenerme en esta cuestión en las páginas que siguen, y utilizar el espacio del que dispongo para plantear lo que, a mi juicio, constituyen las premisas básicas sobre las que asentar futuros esfuerzos. Como podrá haber empezando a deducirse, considero que el Estructuralismo constituye la única vía de encape a las limitaciones de laArqueología procesual y post-procesual en lo que al acercamiento a algunos de los aspectos cognitivos del pasado se refiere. ESTUDIOS COGNITIVOS EN PREHISTORIA Resulta difícil comprender el énfasis en los estudios de la cognición en Prehistoria sin tener en cuenta que forman parte de la lógica correspondiente al estado de cultura en el que nos encontramos, la llamada Post-modernidad. Ahora bien, dentro de ella, existen corrientes diferentes que, aunque parecen tener un objetivo común, en realidad parten de posiciones filosóficas muy distintas. Digamos que algunas de ellas siguen consistiendo esencialmente en propuestsis modernas, mientras que otras son ya, realmente, post-modernas. Intentaré hacer un esquema de conjunto que sirva para esclarecer en la medida de lo posible lo que entendemos por propuestas cognitivas o Arqueología Cognitiva. Como luego tendremos también ocasión de ver, la Modernidad se definió esencialmente por dos rasgos culturales: el desarrollo de la individualidad y la prioridad del conocimiento científico. En efecto, la Modernidad podría caracterizarse por un desarrollo extremo de la individualidad, pues presenta el máximo grado de esferas de relación, actuación social, división de funciones y especialización del trabajo de todas las formaciones sociales que han existido en la Historia. Eso hace que las personas que la representan tengan que desarrollar un alto control de las emociones que les permita actuar con distintos niveles de implicación y distancia emocional en cada uno de esos niveles y esferas, lo cual produce, a su vez, la conciencia de un conjunto de emociones reprimidas o controladas y esto la percepción de un "yo" particular, personal e intransferible, que nos distingue en lo más profundo del resto de los seres que tenemos alrededor. Es decir, a partir de un cierto momento, la sociedad empezó a estar formada por "individuos" que se creían (nos creemos) aislados de la realidad que les rodeaba, o lo que es igual, que creían que existía una distancia entre ellos y el resto de la realidad. Y esta distancia les permitía observar con perspectiva, sin implicación emocional esa realidad. La Naturaleza no-humana, considerada como algo distinto y distanciado de la Naturaleza humana comenzará así, a poder ser explicada en sus propios términos, para lo que se generarán los modos científicos de conocimiento. Por eso la Ciencia se generaliza en la Modernidad, si bien su inicio coincide con todos los episodios históricos en los que ha habido un desarrollo de la individualidad porque la división de funciones dentro de la sociedad permitía, al menos a determinados individuos, adoptar posiciones, y por tanto, percibirlas, como algo diferente del resto de su comunidad social. Digamos así que la Modernidad está basada en dos premisas esenciales, pero contradictorias: la Subjetividad o percepción de la existencia de esa individualidad, y la Razón Universal, o creencia en que los fenómenos de la Naturaleza pueden ser explicados conforme a modelos propios de funcionamiento. Durante la Modernidad, la segunda premisa tenía mucho más peso que la primera, pues el nuevo Sujeto estaba conformándose aún y, aunque ya había conciencia de diferenciación con el resto de los miembros del grupo social, todavía existía una sociedad donde las relaciones -familiares, de clase, sociales-eran un factor muy importante de identidad. De esta forma, podemos decir que el fenómeno más visible durante esa etapa fue el desarrollo vertiginoso, la irrupción explosiva, la intensa y sorprendente generalización de la Ciencia como nuevo modo de relación con la realidad, de comprender cualquier aspecto de ella, en el que se incluía el propio sujeto de la Modernidad que intentaba ser explicado y contextualizado a través de las recién creadas Ciencias Sociales. Ahora bien, Subjetividad y Razón Universal son dos términos contradictorios. O bien se cree que la que ambas generen y se interesen por cuestiones cognitivas. Por otra parte, las sociedades humanas pueden analizarse desde el punto de vista del individuo o de la sociedad. Tanto con el lenguaje como con el pensamiento parecemos tratar a ambos como si fueran dos manifestaciones con existencia separada, una de ellas real -los individuos-y otra irreal -la sociedad- (Elias, 1993:30). Sin embargo, cuando hablamos de "individuos" nos estamos refiriendo a un particular modo de concebir a cada integrante de un grupo humano, y cuando lo hacemos de "sociedad", estamos aludiendo al conjunto de interrelaciones que ésos establecen entre sí. Así pues, no son más que dos caras de una misma moneda a través de la cual encarar el análisis de la Naturaleza humana y de todos los fenómenos que la caracterizan. De esta forma, podría decir que las posiciones teóricas desarrolladas para ello pueden clasificarse teniendo en cuenta la combinación que establecen entre los cuatro factores siguientes: -Por un lado, individuo y sociedad. -Por otro, subjetividad y razón universal. Desde un énfasis moderno, caracterizado por la prioridad dada a la razón universal: -el estudio del individuo ha dado lugar a las posiciones historicistas; -el estudio de la sociedad ha dado lugar a las posiciones materialistas y funcionalistas. Desde un énfasis post-moderno, caracterizado por la prioridad dada a la.subjetividad en la relación con la realidad, -el estudio del individuo ha dado lugar a las posiciones hermenéuticas; -el estudio de ISL sociedad ha dado lugar a la Escuela de Franckfurt. Creo que habría que reservar un lugar aparte en este esquema para el Estructuralismo, pues constituye una posición intermedia entre ambas. Es el intento de estudiar objetivamente subjetividades sociales o colectivas -estructuras de percepción de la realidad de los grupos humanos-. Es decir, el estructuralismo cree que a cada relación material con la realidad corresponde una cierta percepción de ella, por lo que se interesa en el estudio de esta percepción o construcción social de la realidad que es distinto en grupos humanos con distinto nivel de complejidad socio-económica. Ahora bien, no le interesan las variaciones particulares, individuales dentro del grupo -como sucede con las posiciones más post-modernas y hermenéuticas-, sino los rasgos generales que comparten todos los miembros de cada grupo social, y que les permite sobrevivir eficazmente dadas unas condiciones materiales concretas. Es decir, el Estructuralismo intenta lo que podría calificarse como una interpretación objetiva, pues para él, el sujeto que se analiza no es importante dado que está determinado socialmente, y el que observa tampoco, porque sólo intenta descubir códigos de sentido que le lleven a entender la percepción de la realidad del grupo observado (1). Puede entenderse así, que dentro de la llamada Arqueología Cognitiva, hay corrientes sustentadas en principios filosóficos muy diversos, pues aunque todas ellas son reflejo de esta conciencia post-moderna en la que la subjetividad va ganando puestos, sin embargo, algunas de ellas -como la Arqueología Procesual-Cognitiva de C. Renfrewsiguen dando prioridad a la Razón Universal y al positivismo, mientras que otras -como la Arqueología Interpretativa de I. Hodder-ponen el peso definitivamente en el relativismo inherente a la determinación subjetiva de cada individuo de su percepción de la realidad. Personalmente creo que ambas tendencias bloquean la posibilidad de captar fenómenos relacionados con la cognición en sociedades pasadas. Por un lado, la Escuela Procesual y su Arqueología Procesual-Cognitiva, con C. Renfrew (1993Renfrew (,1994) ) a la cabeza, no pueden escapar a su afán positivista y la consecuente confianza en Idiverdadátl conocimiento. La prioridad que se da a la lógica propia (o modelo científico) que explica la dinámica de cualquier fenómeno que se estudie, impide asignar un papel significativo a la subjetividad de quien ha inventado el modelo de explicación. Digamos que la mente humana se habría limitado, ajuicio de los procesuales, a "desvelar" el mecanismo causal que da cuenta de los efectos visibles. Que determinados grupos humanos no hayan sabido o podido desentrañar aún los "secretos" de ciertos fenómenos naturales se debe, exclusivamente, a problemas de capacidad técnica o de interés, por lo que un/a positivista asume que los símbolos de cualquier grupo humano representan siempre el mismo orden de racionalidad, porque tienden a descubrir significados que pertenecen a la realidad; esto sólo significa que se atribuye a todos los grupos humanos la mente y el sentido de la realidad del propio investigador. L. Binford (1965: 204; Renfrew, 1994: 4) despreció los estudios cognitivos por considerarlos "paleo-(1) F. Criado: "¿Existe la Arqueología Estructural?". Conferencia impartida en la Universidad Complutense de Madrid. T. R,56,n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es psicología" y aunque C. Renfrew (1993: 248-9) se propone ahora recuperar ese aspecto, lo quiere hacer a través del "método explícito" que siempre reclamó la Arqueología Procesual, rechazando el relativismo de la corriente post-procesual. Ello le lleva a un modo particular de encarar la cuestión (Renfrew, 1993: 249): los procesuales no estudian ^w^ pensaba la gente -pues creen que eso es paleopsicología-, sino como pensaba. Por ejemplo, ¿cuándo apareció el lenguaje y cómo? Analizan objetivamente el fenómeno de la cognición desde el punto de vista de cómo se conoce, y distinguen dos campos de actuación: los grupospre-sapiens y los sapiens. Es cierto que en el primero, aún quedan aspectos por conocer desde un punto de vista positivista, como por ejemplo, ¿cómo avanzan las capacidades intelectuales de los primeros Homo, o la comparación de las del neandertal y el sapiensl Sin embargo, es mucho más difícil analizar cuestiones de este tipo cuando empiezan las culturas del Holoceno. Un ejemplo podría ser la obra de S. Mithen (1996), The Prehistory of the Mind, donde se intentan comprender las transformaciones culturales del pasado vinculándolas con modificaciones del modo en que la mente pudo estar organizada. Por su parte, Renfrew (1993) incluye en esta corriente el estudio de la forma en que se han utilizado los símbolos en diseños, medidas, relaciones sociales (para regular comportamientos) y señala que el avance en este campo es más fácil en Arqueología histórica, lo que resulta fácilmente comprensible. Por su parte, la Escuela Post-Procesual (o Arqueología Interpretativa, con I. Hodder a la cabeza), al asumir la imposibilidad de escapar a la subjetividad (la mente) del investigador, abandona cualquier intento de aproximación a la percepción que "otros" puedan tener de la realidad. No se trata, en su caso, de negar que esa percepción pueda haber sido diferente, sino de aceptar que es inextricable. Dado que tenemos que utilizar nuestra propia mente para acceder a ese conocimiento, y dado que ésta está culturalmente determinada por nuestra lógica y orden de comprensión de la realidad, nunca podremos acceder de forma libre y abierta al modo en que "otros" han percibido la realidad y han dado sentido a sus símbolos. La única posibilidad de trabajo es el desarrollo de una "naiTativa" del pasado, donde sólo cambian el "escenario" de la representación, mientras que la "mente" que se atribuye a sus actores sigue siendo la del investigador -pues ellos mismos reconocen que no podemos escapar de ella-. Es decir, intentan la aprehensión del sentido a través de un pensamiento especulativo, pretendiendo acceder a la intención que el autor de la obra -arqueológica-tuvo al realizarla, mediante laintuición del investigador. Esto es, aplican principios hermenéuticos. De hecho, I. Hodder (1991: 10;1993: 257) defendió ya explícitamente el fundamento hermenéutico de la Arqueología Interpretativa, en lo que me gustaría detenerme un momento para aclarar por qué la corriente teórica que, en apariencia, más ha hecho por poner de relieve la importancia del estudio de los aspectos cognitivos del pasado, resulta -a mi juicio-incapaz de profundizar en ellos. LA HERMENÉUTICA Y LA INTERPRETACIÓN DE LAS SOCIEDADES ORALES Sin duda ninguna, la hermenéutica abrió las posibilidades de entender nuestro propio proceso de conocimiento y la cualidad emocional de todo lo intelectualmente significativo para uno mismo. W. Dilthey, profesor de filosofía en Berlín durante la Alemania guillermina de la segunda mitad del siglo XIX, profundizó en el problema de la historicidad y de la comprensión de los hechos históricos, consiguiendo aunar en una síntesis lúcida y explicativa la filosofía, la psicología y la historia (Gadamer, 1994: 36). Dilthey basó su filosofía en la experiencia interna de la comprensión, que muchas veces constituye una totalidad de sentido que va mucho más allá que el mero razonamiento causal a que lleva la concatenación de conceptos. El sentido de la estructura no se formaría en tomo a la última vivencia, sino en torno a una vivencia decisiva, crucial por su significación, ya nos refiramos a la trayectoria vital individual o a la secuencia histórica (Gadamer, 1994: 36-37). Es decir, la comprensión en las llamadas Ciencias del Espíritu diferiría estructuralmente, a su juicio, del método cognitivo de las Ciencias Naturales, porque en las primeras el sentido se produce cuando el sujeto es capaz de interpretar, en función de su propia experiencia, el significado global de aquello que estudia. Reconozco parte de mis estrategias de conocimiento en lo que Heidegger denominó "el círculo hermenéutico" y todo mi discurso inicial podría reconocerse en la declaración de Gadamer (1994: 61) -quien matiza y modifica en parte los planteamientos de Dilthey-, respecto a que "el que reali- za estudios históricos depende de la experiencia que él mismo posea de la historia. Por eso la historia debe escribirse siempre de nuevo, ya que el presente nos define". Sin embargo, y a pesar de todo ello, creo que la hermenéutica fenomenológica resulta incapaz de comprender los procesos vividos en la Prehistoria porque les atribuye el sentido que para nosotros tiene la realidad, derivado de nuestra propia experiencia. De hecho, el núcleo de la hermenéutica antigua es el problema de la interpretación alegórica (Gadamer, 1994:97). Hacía referencia al arte de traducir, explicar e interpretar, cuando el sentido no era evidente, los textos que conectaban el mundo de los dioses con el de los humanos. Actualmente tiene implícita una especie de conciencia metodológica (Gadamer, 1994: 96) cuyo fin es aclarar el significado de discursos que utilizan un lenguaje distinto del propio. El primer documento en el que la palabra "hermenéutica" se utiliza en el título de un libro data de 1654, fecha desde la que se distingue una hermenéutica teológico-filológica y una hermenéutica jurídica (Gadamer, 1994: 96). En sentido teológico la "hermenéutica" significa "el arte de la correcta exposición de la Sagrada Escritura", y en ella, tanto como en la hermenéutica humanista de la Edad Moderna, el objetivo es "la correcta interpretación de aquellos textos que contienen lo decisivo, lo que es preciso recuperar" (Gadamer, 1994: 97). La hermenéutica intenta dejar a un lado la comprensión tradicional de los hechos pasados para rescatar el sentido original encubierto o desfigurado, para lo que debe acudir a las fuentes originales (Gadamer, 1994: 98). Y el proceso de recuperación del sentido es, siguiendo a Gadamer (1994: 65), el siguiente: "El que intenta comprender un texto hace siempre un proyecto. Anticipa un sentido del conjunto una vez que aparece un primer sentido en el texto. Este primer sentido se manifiesta a su vez porque leemos ya el texto con ciertas expectativas sobre un determinado sentido. La comprensión del texto consiste en la elaboración de tal proyecto, siempre sujeto a revisión como resultado de una profundización del sentido". Es decir, "la anticipación del sentido, que involucra el todo, se hace comprensión explícita cuando las partes que se definen desde el todo definen a su vez ese todo" (Gadamer, 1994: 63), marcando con ello la relación circular propia de la hermenéutica. Si me he querido detener en este punto es porque, como digo, la hermenéutica constituye la base más generalizada sobre la que sustentar filosófica-mente los últimos intentos de acceder a aspectos cognitivos del pasado pero, como espero haber dejado suficientemente claro, la hermenéutica es una praxis de traducción e interpretación de textos, cuyo sentido último intenta recuperar. Es decir, la hermenéutica surge como un método de interpretación histórica en el que el sentido que desde el presente tiene la historia puede ayudarnos a entender los procesos ocurridos a lo largo de su desarrollo. Pero se trata siempre de sociedades con textos, y es aquí donde yo creo que reside una de las confusiones más importantes respecto a las posibilidades de su aplicación a las sociedades prehistóricas, ya que, por definición, éstas no generaron textos. El argumento de ninguna manera convencerá a los defensores de la Arqueología Interpretativa que, como de sobra sabemos (Shanks y Tilley, 1987, por ej.), decidieron considerar que el registro arqueológico constituía un texto a la espera de ser descifrado, por lo que cabía "leer" sus significados como en cualquier texto compuesto por palabras. Los objetos son símbolos, y su mera elaboración ya constituye un cierto tipo de lenguaje que está sujeto a "interpretación" como cualquier texto literario. Sin embargo, a mi juicio, semejantes conclusiones no pueden sostenerse desde el rigor filosófico, puesto que la escritura constituye un modo de representación de la realidad específico que implica una cierta percepción de la realidad por parte de la sociedad que la produce y por tanto, un modo de relacionarse con ella que es estructuralmente distinto al que poseen las sociedades orales. Es decir, creo que interpretar desde la hermenéutica fenomenológica el pasado prehistórico no lleva sino a proyectar la base común de experiencia de la realidad que comparten las sociedades con escritura a las que poseen un tipo muy distinto de experiencia, y por tanto, de sentido de la realidad. De otra forma: la interpretación hermenéutica exige una base común de experiencia, un horizonte de intelegibilidad que yo creo que no comparten las sociedades agrafas y las literarias. Lo que quizá no se comprende desde las posiciones hermenéuticas es que la experiencia de la realidad está culturalmente determinada, no es abierta y aséptica; nosotros no podemos elegir percibir cualquier realidad; no la seleccionamos en términos absolutos, sino que la cultura predetermina qué porción va a constituir "la realidad" para cada uno de sus miembros, ya que la realidad -entendida como el conjunto de la naturaleza humana y no-humana y las dinámicas en las que se insertan-es incommensurable e inabarcable para la T. P.,56, n/'2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mente humana. Éste es el punto esencial que diferencia a las posiciones hermenéuticas de las estructuralistas, que intentan por ello desentrañar las estructuras básicas de ordenación del mundo y comprensión de la realidad de cada grupo humano, lo que para cada uno de ellos, colectivamente, constituye "la realidad". Cada sociedad selecciona la porción de realidad que puede contemplar en función del control material que haya desarrollado sobre ella, por lo que no podemos pensar que la realidad es una y la misma para todos los grupos humanos. El modo en que se realiza semejante selección consiste en ordenar sólo parte de la desordenada realidad, poniendo en relación los hechos y fenómenos que se van a contemplar con dos parámetros esenciales: el Tiempo y el Espacio. TIEMPO Y ESPACIO COMO CUALIDADES DEL ORDEN QUE ATRIBUÍMOS A LA REALIDAD PARA PODER COMPRENDERLA La realidad es demasiado compleja como para que podamos hacernos cargo de su totalidad; la angustia que se derivaría de nuestra impotencia, de la conciencia lúcida de la pequenez esencial de lo humano, impediría el desarrollo de recursos que garantizaran nuestra supervivencia. Y sin embargo, ningún grupo humano ha muerto de angustia, que se sepa, ni ha sido incapaz de generar estrategias tan exitosas como variadas para sobrevivir en cualquier medio que podamos imaginar. De hecho, como ya apuntara Elias (1990b) la confianza en que somos capaces de hacernos cargo de las circunstancias en las que nos ha tocado vivir es fundamental para desarrollar sistemas de control de esas circunstancias. Ahora bien, el control real de las condiciones materiales de vida puede ser muy variado, y en ocasiones -como en las sociedades de cazadores-recolectores-, ciertamente reducido. Sin embargo, no hay sociedades que tengan una mayor sensación de control que otras, que se consideren más seguras que otras, que sufran de miedo e impotencia más que otras. Esto es así porque los grupos humanos seleccionan la experiencia que son capaces de asimilar y lo hacen a través de la configuración particular de los dos parámetros básicos de orientación en la realidad: el Tiempo y el Espacio. Tiempo y Espacio no son realidades dadas. No existe algo como el Tiempo, o como el Espacio, que se pueda tocar, poseer o delimitar (Gell, 1996:231 ). Tiempo y Espacio son cualidades de nuestra percepción de la realidad, referencias de orden que nos permiten clasificar y de esa forma asimilar los de otro modo desordenados hechos de la experiencia. La experiencia, para ser, tiene que estar ordenada porque si no, no la podríamos asumir, ni relatar, ni utilizar para seguir construyendo nuestra vida. Si no pudiéramos conferirle un cierto orden y un mínimo sentido, sólo tendríamos inputs sensoriales que no tendrían cabida en un esquema de comprensión o asimilación, lo que significaría nuestro enloquecimiento, además, desde luego, de nuestra incapacidad para desarrollar modos operativos de actuación material sobre la realidad. Es decir, nuestra percepción del Tiempo y el Espacio no es resultado de nuestra experiencia, no tenemos una idea de lo que es el Tiempo y el Espacio porque hayamos tenido ciertas experiencias, sino que tenemos ciertas experiencias porque tenemos una cierta percepción espacial y temporal de cualquier hecho de la realidad que se nos transmite al nacer para que podamos comprender esa realidad. Esta es la diferencia esencial entre las posiciones hermenéuticas y las estructuralistas: las primeras creen que el individuo construye su realidad, mientras que las segundas creen -y yo con ellas-que la realidad, y con ella el individuo, están socialmente construidas. Por eso creo que existe una relación, estructural y directa, entre percepción de la realidad -de la que se ha seleccionado ordenándola espacial y temporalmente-y complejidad socio-económica; por eso creo que se puede investigar, y por eso considero tan estéril e improcedente generalizar nuestra propia percepción a las sociedades de la Prehistoria. El problema que tenemos en Historia y a mi juicio, desde luego en Prehistoria, es que confundimos la referencia de orden con la realidad que ordenamos, y atribuímos a la realidad lo que pertenece a nuestra percepción de ella. Esto no tendría mayor importancia si no fuera porque lo que hacemos al ordenarla es seleccionar la realidad que podemos contemplar. La consecuencia de esto es que si no somos conscientes de los problemas de delimitación ontológica en que nos movemos, atribuiremos -y de hecho atribuimos-a los grupos de la Prehistoria una percepción de la realidad como la que a nosotros nos caracteriza, incurriendo en un error que imposibilita, de entrada, comprender la realidad en la que ellos se movieron. Para demostrar que nuestro modo de percepción de la realidad, y por tanto, delTiempo y el Espacio, es particular de nuestra cultura, comen-T. R, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es zaré por analizar la determinación cultural de nuestro propio sistema de identidad. CONCEPTOS DE "INDIVIDUO" Y "SOCIEDAD". EMPEZANDO POR EL PRINCIPIO El concepto de "individuo" hace alusión a una entidad aislada, un elemento que tiene identidad propia, cuya existencia se puede concebir en sus propios términos. Pues bien, el término "individuo" no se empezó a aplicar a las personas hasta el siglo XVII (Elias, 1990a: 185), en prueba de que hasta entonces éstas no se consideraron a sí mismas susceptibles de dicha identidad. En latín clásico no existía el término individuum y aunque existía el de "persona", presentaba un grado bajo de generalización (Elias, 1990a: 184), refiriéndose sólo a una categoría de derecho -junto a las res y las actiones- (Mauss, 1991: 323). En el latín medieval, las palabras individualis o individuus se utilizaban para hacer referencia a algo indivisible, inseparable. Se aludía a la especificidad de cada caso particular de una especie, advertida por los escolásticos (Elias, 1990a: 185-186). Y aunque desde el punto de vista de las instituciones y el derecho parece poder situarse el germen del desarrollo constitucional y de la emergencia del individuo en el paso del siglo XII al XIII, momento de la aparición del "ciudadano" -tanto de esta vida como de la otra, como demuestra a su vez el nacimiento del Purgatorio (Le Goff, 1981: 268-269)-, sólo a partir del Renacimiento empieza a aplicarse el concepto "individuo" a las personas (Elias, 1990a: 185). Parece obvio que porque sólo en este momento el desarrollo de las sociedades occidentales había desembocado en un tipo de estructura y situación en la cual la percepción del ser humano sobre si mismo le hacia concebirse como algo que podía ser independiente y distinto de los demás, como un agente de acciones particulares que podían diferenciarse de las colectivas, como alguien suficientemente seguro del control sobre las circunstancias en las que vivía como para poder concebirse como una parte aislada del grupo protector (sea la familia, el clan, la tribu o el Estado) sin el que, hasta ese momento, se podía concebir. Y le hizo falta una palabra para designar la nueva percepción de si mismo (2). Por ello, esta percepción individualizada de nosotros mismos no puede generalizarse a otras culturas. Al parecer, en todas ellas existe una palabra para denominar a uno mismo, al "yo", asi como sufijos y mecanismos verbales que expresan la relación entre el sujeto que habla y el objeto del que habla (Mauss, 1991: 310; Elias, 1990a: 123). La cuestión es que la representación, el concepto, la comprensión de ese "yo" es distinta, dependiendo entre otros factores, del nivel de complejidad socioeconómica. En aquellos grupos donde la economía y la política no constituye una esfera escindida de la malla social (Dumont, 1987:18; Clastres, 1987: 111-112) y a los que Lévi-Strauss (1964) atribuyó un tipo de pensamiento "salvaje", el grupo supone hasta tal punto la garantía de supervivencia de cada uno de sus miembros, que éstos no se pueden concebir sin aquel. Por su parte, la "sociedad" es sólo el conjunto de interrelaciones de los seres humanos que la componen. Por tanto, hacer referencia a sociedades distintas es hacerlo al establecimiento de relaciones diferentes entre sus miembros. Pero las relaciones no son algo superpuesto a las personas, ajeno a su propia constitución como seres humanos (Elias, 1990a), sino la expresión, a distintos niveles, de sus funciones psíquicas. Para poder sobrevivir, todos los humanos hemos desarrollado dos tipos de funciones: físicas y psíquicas. Las primeras son inmutables, pues el corazón, los pulmones o el estómago tienen en todos los mismos procesos y ritmos; pero las segundas varían dependiendo del contexto de conocimiento que caracterice a cada sociedad particular, pues para darse necesitan del aprendizaje (2) Indudablemente, esta percepción de uno mismo como una entidad aislada de realidad se había desarrollado ya entre algunos sectores de la población en las grandes civilizaciones clá-sicas. Es decir, allí donde la división de funciones y especialización del trabajo habían revestido suficiente complejidad como para permitir el surgimiento de personas con conciencia de su diferencia respecto al resto de los componentes del grupo social, en un grado mayor que de las semejanzas que a ellos les unía. Como intentaré explicar a continuación, esto implica, en sí mismo, una relación menos conectada emocionalmente con la realidad a la que, por lo tanto, se intenta comprender en términos lógicos. Los grandes filósofos clásicos son, este sentido, claros ejemplos de los que yo llamaría "primeros individuos de la Historia", lo que permite entender que la reflexión en torno al tema pueda remontarse hasta Aristóteles, retomándose después en la filosofía del siglo Xn y Xni, momento histórico en el que a través de la burguesía, como digo, se comienza a generalizar la existencia de individuos. Sin embargo, esta percepción no se generalizará en la sociedad hasta el comienzo de la Modernidad, en que la complejidad socio-económica sitúa a cada miembro del grupo social en una posición diferente desde la que contemplar la realidad. T. P.,56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es y la relación. Es decir, cuando hacemos referencia a la existencia de sociedades diferentes, lo que estamos diciendo en realidad es que sus miembros tienen una modelación distinta de las funciones psíquicas (manteniendo siempre la misma capacidad lógica y emocional) que se traduce en relaciones diferentes entre sí. O lo que es lo mismo: que tienen distintos órdenes de racionalidad -si por este concepto entendemos el conjunto de las pautas afectivas e intelectuales de un grupo humano-, o modos distintos de percepción de la realidad. Como ya empecé a señalar párrafos atrás, los distintos grupos humanos creemos que controlamos en medida suficiente el mundo en que vivimos, cuando en realidad lo hacemos en medidas muy distintas, y nunca, nunca, suficientes. Sin embargo, todos nos sentimos seguros en el mundo en el que nos ha tocado vivir, lo cual constituye la prueba evidente de que construímos socialmente la realidad que percibimos. Es decir, {apercepción que las funciones psíquicas determinan y por las que se ven determinadas, debe ser coherente con la relación material con la realidad que cada grupo humano establece para permitir una supervivencia efectiva, de lo que cabe deducir una relación estructural tnixt percepción de la realidady control material de la realidad, lo que significa decir entre modelación de la conciencia (funcionespsíquicas=pautas afectivas e intelectuales) y complejidad socio-económica en cada grupo humano. Atendiendo a esta relación, podríamos resumir el modo en que los grupos de escasa complejidad socio-económica (entendiendo por tal una reducida división de funciones y especialización del trabajo) construyen su identidad del modo esquematizado en la figura 1. En la tradición occidental, comenzando en el siglo XII como decía antes -momento de aparición de la burguesía como tercer estamento social y de su progresión social a través de mecanismos individualizadores-, empieza a abrirse paso un modo distinto de percepción de la realidad (Olson, 1994: 61), lo que incluye, obviamente, tanto a uno mismo como a todo el conjunto de elementos y dinámicas que nos rodean. Este nuevo modo de percepción llega a su plena conformación cuando el contexto socio-económico exige -y es resultado de, en una relación de mutua determinación-la existencia de individuos conscientes de sus deseos y de su capacidad de satisfacerlos como agentes sociales. Es decir, cuando el capitalismo sea el resultado -y exija la existencia-de personas consumidoras y traba-escasa división de funciones y es|Decialización del trabajo menor n° de esferas y niveles de relación (no hay ámbitos de actuación diferenciados -salvo por género) menor regulación del comportamiento, menor represión emocional menor control material de las condiciones de vida 41 mayor percepción de nesgo en la Naturaleza no-humana menor diferenciación de comportamientos menor-percepción de riesgo en la Naturaleza humana mayor identificación con el grupo como fuente de protección y seguridad identidad menos individualizada: no se percibe la dicotomía yo/1o demás. Mecanismo básico de construcción de la identidad en grupos de escasa complejidad socio-económica. jadores a cambio de un salario con que satisfacer sus necesidades de consumo. Este estado de cultura se ha dado en llamar Modernidad. Esto es, a partir de la Modernidad, la percepción de la realidad se caracteriza por dos rasgos complementarios: el desarrollo de la individualidad y la prioridad, como forma de relación con la realidad, del conocimiento científico -aunque siempre se mantendrá también la forma más emocional, menos individualizada, según de qué sectores del grupo social se trate o de qué esferas de la realidad hablemos-. El modo de identidad que corresponde a las personas que se relacionan de este modo con la realidad será, por tanto, muy diferente, y se basará, esencialmente, en el mecanismo reflejado en la figura 2. Es decir, aquí la ficción de que controlamos las circunstancias en las que vivimos hasta un punto suficiente no viene ya dada por la seguridad que confiere el grupo, sino por el alejamiento emocional respecto a esas circunstancias -la confianza en la existencia de un "yo" separado de lo demás-y por el grado de predicción del modelo de representación que utilicemos. Ello conduce a una necesidad ilimitada de perfeccionar constantemente esos modelos, de profundizar cada vez más detallada y analíticamente en los vínculos causales que los pueden explicar, lo que no es sino decir que al tiempo que la subjetividad gana campos en nuestra percepción de la realidad, lo hace también el desarrollo de los modelos científicos y la inversión económica destinada a promoverlos. Las emociones parecen quedar El campo de representación y reflexión fuera del modo en que se "entiende" puede ampliarse hasta el infinito, el mundo centrándose la reflexión en aspectos parciales de los modelos de representación (aumenta la "especialización") [Sensación de control, de orientación) 1) Seguridad por alejamiento emocional ("Yo" separado de lo demás) 2) Seguridad por la exactitud del modelo de representación: necesidad de perfeccionamiento constante del modelo (Razón Universal) Fig. 2. Mecanismo básico de construcción de la identidad a partir de la Modernidad. Relación entre construcción social de la realidad y percepción del Tiempo y el Espacio Como habíamos empezado a ver, la "realidad" se selecciona a través de dos ejes básicos de ordenación: elTiempo y el Espacio; estos dos parámetros determinan la porción de realidad que cada grupo humano va a contemplar como existente, la que va a tener en cuenta; ambos establecen relaciones posicionales entre hechos observables, y la única diferencia entre ellos es que el Espacio pone en relación los hechos observables con referencias inmóviles, y el Tiempo con referencias móviles, aunque de movimiento recurrente (los ciclos del sol, de la luna o los movimientos de las manecillas de un reloj) para que puedan servir como principio de ordenación (Elias, 1992:98-99). Sólo aquellos hechos que se ponen en relación con alguna de estas dos referencias son contemplados como parte de la realidad existente para un grupo humano, ya que es la única ordenada, por lo que resulta tan importante comprender los mecanismos que utilizamos para construirlas.Y puesto que defiendo una relación es-tructural entre modo de percepción de la realidad y complejidad socio-económica de un grupo humano, asumo consecuentemente una relación estructural entre las pautas básicas de percepción delTiempo y el Espacio y dicho grado de complejidad. La primera hipótesis que se deriva de ello es la afirmación de que los grupos de la Prehistoria no podían percibir el Tiempo o el Espacio como nosotros lo hacemos, por lo que la realidad que podían conocer era distinta de la que nosotros contemplamos. Para comprender los mecanismos a través de los cuales construimos socialmente la realidad en la que vivimos, he utilizado (cfr. también Hernando, 1997;e.p.) la distinción que hace Olson (1994) entre los dos modos esenciales en que los humanos pueden representar la realidad: la metonimia y la metáfora. La metonimia utiliza signos que están contenidos en la realidad que representa, mientras que la metáfora utiliza signos arbitrarios, ajenos, externos a la realidad que representa. En este sentido, por ejemplo, el nombre de dios o una estatua sacra o una bandera son representaciones metonímicas -de lo que se derivan los pecados de blasfemia, el de utilizar el nombre de dios "en vano", el sacrilegio de la mutilación de los "santos" o el delito de ultraje a la patria, pues atacando la representación se ataca la realidad a la que representa (Olson, 1994: 167)-, mientras que la escritura o una fórmula matemática son representaciones metafóricas, por cuanto utilizan signos arbitrarios para representar la realidad. Aquí se puede cambiar el signo sin cambiar la realidad, mientras que en el caso de los signos metonímicos cambiará la realidad si cambiamos el signo. En este sentido, el Mito es una representación metonímica de la realidad, mientras que la Ciencia es una representación metafórica. Todas las sociedades utilizan ambos modos de representación, pero dan prioridad a uno de ellos. A mi juicio, se establece una relación directa entre control material de la realidad y modo de representación: se representa metonímicamente aquella parte de la realidad a la que no se controla y cuya dinámica de funcionamiento no puede explicarse, por tanto, conforme a una lógica abstracta -representada a través de símbolos o ecuaciones, de hipótesis o leyes-que le dé sentido.Y es precisamente porque no puede explicarse así-representarse asípor lo que se la teme. Por ello, cuanto menor es el control material sobre la realidad, es decir, la complejidad socio-económica de un grupo humano, mayor es el uso de representaciones metonímicas para representar su realidad. En consecuencia, los grupos cazadores-recolectores o agricultores de roza suelen utilizar como signos de representación elementos que, a su vez, forman parte de la realidad en la que viven: los montes, las nubes, los árboles, los ríos. Su modo de relación con la realidad no ha desarrollado la distancia que permitiría elaborar modelos científicos de explicación -interponer signos metafóricos de representación-para comprender la lógica que guía sus dinámicas, y por lo tanto, la temen. La única lógica (¿?) que conocen es la del comportamiento humano, por lo que la atribuyen al funcionamiento de cualquier aspecto de la Naturaleza no-humana a la que, además, sacralizan, dado su poder de dar y quitar la vida. Por eso la vida se explica en función de los caprichos o generosidades de los montes o las nubes que, además, hablan entre sí y se comunican permanentemente con los humanos cuyas vidas determinan. Por su parte, existe una relación directa entre desarrollo del individualismo y el modo de representación, pues a medida que se percibe una distancia entre un "yo" y el resto de la realidad, ésta se podrá explicar a través de dinámicas que le son propias -la Ciencia-y que implican la utilización de símbolos arbitrarios, esto es, metafóricos -las matemáticas, física, hipótesis sociológicas, económicas, antropológicas, etc.-. Es decir, creo que no solamente en términos sociales, sino también en términos personales, un aumento del individualismo se corresponde con un aumento de la representación metafórica de la realidad. Pero a pesar de que estas diferencias puedan detectarse entre los distintos colectivos de una sociedad definida por tanta diversidad de f uncionesx^omo la nuestra -no es igual la percepción de la realidad de un campesino que de un profesor de astrofísica-, cada sociedad como conjunto enfatiza uno de ambos modos para la construcción colectiva de la realidad en la que vive. Por eso, las sociedades menos divididas o complejas dan prioridad al modo metonímico, mientras que las más complejas al metafórico. Sin embargo, ambos existen en ambas, y al igual que en nuestra sociedad la metonimia se utiliza, por ejemplo, para representar la muerte, esfera aún no explicada y sobre la que, desde luego, no se posee sensación de control -y ya sabemos la forma humana de varón adulto del dios católico y las iras y generosidades que le pueden caracterizar-, en sociedades orales, sin división de funciones o especialización del trabajo, la metáfora se utiliza también en determinadas ocasiones. Sin embargo, como Olson (1994: 141) señala, mientras en nuestra sociedad utilizamos la metáfora en cualquier género de discurso -nos movemos a través de mapas, comerciamos con el concurso de cálculos matemáticos y nos comunicamos a través de la escritura-, en las sociedades orales la metáfora sólo se utiliza en determinados géneros, como la oratoria o la poesía, propios no de la vida cotidiana sino de ocasiones ceremoniales. Y además, los discursos que así se construyen están siempre sujetos a interpretación. Es decir, hay sociedades donde la representación metonímica es la generalizada para la construcción y dinámica colectiva de la realidad, y hay otras donde el modo generalizado es la metáfora, aunque en todas se utilicen ambas en alguna esfera de actuación determinada. Esto es así porque todos los grupos humanos tenemos la misma lógica, y somos capaces de los mismos modos de representación. Por ello insisto en que no se trata de capacidades o de diferencias intrínsecas, sino de modos de supervivencia psíquica en función de los sistemas socio-económicos, de maneras distintas de contemplar la realidad dependiendo de lo que podamos hacer con ella. ¿Qué tiene esto que ver con el Tiempo y el Espacio? En una representación metonímica de la Naturaleza humana y no-humana, la realidad que se representa contiene los símbolos para hacerlo. Luego para representar el Tiempo se elegirán fenómenos dinámicos de movimiento recurrente contenidos en la realidad: mareas marinas, movimientos del sol o de la luna, etc., y para representar el Espacio -o lo que es lo mismo, para ordenar espacialmente la realidad-, elementos inmóviles de la Naturaleza: árboles, montañas, ríos o rocas. Es decir, en una representación metonímica de la realidad, propia de las sociedades escasamente complejas en términos de división de funciones o de especialización del trabajo, el Espacio se confunde con la "Naturaleza no-humana inmóvil" y elTiempo con la''Naturaleza no-humana de movimiento recurrente'', vivenciada a través de la actividad. Esto es así porque: a) el único "espacio" que puede contemplarse es el que forma parte de la experiencia (al estar contenido el símbolo en la realidad, sólo puede ordenarse la realidad que se conoce, la que se experimenta vivencialmente). El resto es caos (no está ordenado, no puede ordenarse, porque para ordenarlo hay que tomar parte de sus elementos como símbolos, es decir, hay que conocerlo), luego no se contempla. Lo mismo sucede con elTiempo, de lo T. P.,56,n.«2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es que se deriva que sean grupos humanos que tienden a vivir sobre todo en el presente, pues sus modos de representación no dan cabida -y no incentivan el interés-por aquello que no es acogido por los ritmos marcados por los fenómenos naturales que sirven de referencia. Por eso, su presente puede llegar a ser un presente amplio, que incluya toda la variación recurrente inherente, por ejemplo, a cada ciclo estacional, pero varían profundamente el sentido del pasado y del futuro lejano, que pueden no incluirse en modo alguno en el sistema de ordenamiento de la realidad. b) El espacio está referido a elementos heterogéneos (ese árbol, aquella montaña,...), al confundirse el símbolo y la realidad. Por ello, el hecho de que un elemento de la Naturaleza no-humana pueda considerarse símbolo de ordenación espacial o temporal exige que forme parte de la experiencia personal. De ahí que el Espacio en estos grupos no sea transformable, pues al quitar un árbol se anula un símbolo también, lo que llevaría a la desorientación. El Espacio es, en los grupos de escasa complejidad socio-económica, su contenido (al contrario que en nuestra cultura, donde llamamos "espacio" al continente, a los límites). Por el contrario, en una representación metafórica, como la que caracteriza a la sociedad moderna-occidental. Tiempo y Espacio proveen de una representación y ordenación de los hechos de la experiencia a través de modelos interpuestos, de referencias superpuestas. Es decir, refieren los hechos que ordenan a modelos pensables en sí mismos como entidades distintas de la realidad que ordenan. Los símbolos con que se representa la realidad no están contenidos en ella: para el Tiempo se utilizan relojes o calendarios; para el Espacio, mapas, delimitaciones político-administrativas, etc.. Es decir, en el modo de percepción que corresponde a sociedades complejas e individualizadas: Los contenidos del Espacio o del Tiempo se homogenizan a través de su representación simbólica con signos de igual peso representativo. En un mapa o en un calendario cada uno de los símbolos tienen el mismo valor, pues la relación que establecemos con ellos no es emocional. El significado no pertenece a los elementos que se ordenan, sino a los símbolos con que se representan, lo que hace que el Espacio y el Tiempo tengan significados transformables. Nos sentimos orientados cuando somos capaces de imaginar una representación de nosotros mismos en un modelo de representación de la realidad -sabemos dónde estamos cuando nos localizamos en un mapa o en un calendario o en un reloj-. Por eso puede destruirse la Naturaleza no-humana, podemos quemar los montes o alterar las montañas sin que ello haga que nos sintamos desorientados en la realidad. Sin embargo, y a cambio, para sentirnos seguros necesitamos ampliar constantemente el modelo de representación, pues es con él con quien establecemos la relación. Y de ahí el desarrollo de sistemas geográficos, satélites, fotografías de subsuelos, mapas del Universo, viajes interplanetarios, etc., para que podamos seguir manteniendo nuestra sensación de seguridad y orientación en el Espacio, y el perfeccionamiento insaciable de los sistemas de cronología o de los detalles y límites de la Historia para que nos suceda lo mismo en relación al Tiempo. Se me dirá, con razón, que la cultura modernaoccidental no sólo presenta este modo de relación con elTiempo.y con el Espacio, sino que aún mantenemos una vinculación emocional con ciertos lugares, o que determinados hechos son valorados en términos temporales de distinta manera, según la "carga" emocional que representaran para nosotros. Como antes señalaba, los modos metonímicos de representación no se abandonan necesariamente porque se adopten prioritariamente los metafóricos, por lo que, como Entrikin (1991: 1) afirmaba -refiriéndose al Espacio-, existe una bipolaridad en nuestra percepción del tiempo y el espacio que hace que nos sintamos el centro de un mundo al qnt sabemos sin centro, mientras que los grupos de escasa complejidad socio-económica ajenos a esa paradoja, se sienten el centro de un mundo qxxt creen centrado en ellos mismos. Y esto tanto en términos de Tiempo como de Espacio: la importancia que damos en términos emocionales a lo que nos sucede en el presente en nuestra cultura es contradictorio con la prioridad que, en términos racionales damos al futuro, donde depositamos toda la expectativa de nuestra vida; sin embargo, los grupos de escasa complejidad, viven esencialmente en el presente en términos emocionales y racionales. Todo esto lleva a una última consecuencia: aquellas sociedades que son más complejas y tienen un mayor control material de las circunstancias de vida valoran el cambio como parte esencial y positiva de la lógica social. Sin embargo, los grupos cuyo control material de la realidad es reducido, asumen siempre el cambio como una amenaza, pues dada su escaso dominio y entendimiento de las causas que provocan los fenómenos naturales, sólo tienen seguridad de supervivencia en las condiciones que ya Esto hace que éstos últimos privilegien el Espacio, el parámetro más estático, como eje esencial sobre el que ordenar la realidad, mientras que la cultura moderna-occidental da prioridad al Tiempo, más dinámico y por tanto estructuralmente más coherente con la posibilidad de introducir hechos nuevos de experiencia. La conclusión general parece clara: no podemos entender a los grupos de la Prehistoria si aplicamos los principios positivistas de la Arqueología procesual, o los subjetivistas de la post-procesual puesto que, como vimos al principio, ambos proyectan al pasado la propia mente del investigador y como acabamos de ver ahora, las sociedades del pasado y la nuestra deben haber estado guiadas por lógicas o pautas de racionalidad o modos de percepción y relación con la realidad distintas. Creo que es necesario aplicar principios estructuralistas al estudio de aspectos cognitivos del pasado, pues a menos que asumamos que el comportamiento material de un grupo humano exige un entendimiento del mundo y de la realidad coherente con él para que la supervivencia pueda ser eficaz, será imposible establecer un marco de comprensión de las sociedades de la Prehistoria y de la lógica que guió cualquiera de sus actuaciones. No se puede comprender la Historia desde el punto de vista del individuo, a mi juicio, porque el individuo es en sí una construcción social que sólo se inició a partir de determinado momento histórico. Por tanto, pretender que nuestra "intuición" puede constituir una buena base desde la que partir para interpretar los restos del pasado, como hacen los últimos intentos hermenéuticos, implica ignorar que las pautas intelectuales y emocionales -y por tanto la intuición-de cada grupo humano están culturalmente constituidas. Como digo, el estructuraUsmo ha venido defendiendo estos principios desde hace ya bastantes años (cfr., por ejemplo. Pero no parece suficiente, dado el peso de la Arqueología anglosajona en el panorama de los estudios prehistóricos y los problemas que la corriente post-procesual presenta en sus fundamentos filosóficos. Sin embargo, creo que es importante seguir reivindicando los argumentos estructuralistas, pues quizá sea la única manera de asumir que el relativis-mo debe estar implicado en el estudio de las culturas, sin que ello conduzca a nihilismo metodológico alguno: no es posible interpretar las culturas del pasado sin tener en cuenta sus formas específicas de percepción de la realidad, pero esas formas, a diferencia de lo pretendido por los post-procesuales,^(9n accesibles, pues son coherentes con el grado de complejidad socio-económica. Hay formas, estructuras generales, que pueden suponerse a distintos grupos humanos con similares grados de complejidad, más allá de las características particulares que pueda alcanzar luego la formulación concreta de mitos o de ritos en cada una de ellas. Hay una ordenación y una selección básica de la realidad que 5^ puede conocerán términos objetivos, porque resulta contrastable entre la diversidad de grupos humanos que hoy existe. Y creo que esto marca un prometedor y fructífero campo de estudio (3).
Las secuencias de talla lítica constituyen un tema fundamental en la investigación del Paleolítico, ya que proporcionan datos sobre las capacidades conductuales de los primeros homínidos. Este artículo estudia la variabilidad de las estrategias de talla en el Abric Romaní (Capellades, Barcelona), yacimiento que cuenta con una amplia secuencia estratigráfica datada entre los 40 y los 70 ka BP. En dicha secuencia, formada en su mayor parte por depósitos travertínicos, se han reconocido 27 niveles de ocupación, la mayor parte de los cuales atribuidos al Paleolítico Medio. Los niveles del Paleolítico Medio excavados hasta el momento (B-L), datados entre los 40 y los 52 ka BP, han permitido una reconstrucción de los patrones conductuales de los grupos de neandertales inmediatamente anteriores a la aparición del Paleolítico Superior. A partir del concepto de campo operativo se presenta la variabilidad de las estrategias de talla a nivel sincrónico y los procesos de cambio temporal. Los resultados sugieren que los cambios tecnológicos en el Paleolítico Medio pueden explicarse por criterios técnicos que se reflejan en diferentes ámbitos de análisis; estos criterios están relacionados con el grado de conocimiento técnico invertido en la producción lítica y con el espectro de opciones técnicas contemplado en cada nivel arqueológico. La relevancia de las secuencias de talla lítica en la investigación prehistórica se ha incrementado extraordinariamente a lo largo de los últimos años, especialmente en la arqueología del Paleolítico. Desde esta perspectiva, el estudio de las estrategias de explotación de núcleos, entendidas como los procesos de reducción volumétrica encaminados a la obtención sistemática de lascas, representa una línea de trabajo fundamental. La re valorización de las secuencias de talla ha de entenderse en el marco de la renovación teórica y metodológica expresada en el concepto de cadena operativa, que ha permitido superar las limitaciones implícitas en las concepciones tipológicas empleadas con anterioridad, tanto en el contexo del método Bordes (1961) como en el de la tipología analítica (Laplace, 1972). En el marco de la interpretación de los conjuntos líticos del Paleolítico Medio, la aproximación tecnológica desarrollada en los últimos 20 años ha enriquecido la dimensión dinámica y procesual de la investigación, fundamentalmente en torno a las dos líneas de trabajo definidas por Jean-Michel Geneste (1991): la tecno-económica, que pone el énfasis en los aspectos funcionales y ambientales de la producción, y la tecno-psicológica, que analiza las operaciones cognitivas y psicomotrices que intervienen en la acción técnica. Por otra parte, la tecnología prehistórica constituye uno de los ejes fundamentales a partir de los cuales es posible desarrollar la interpretación conductual que exigen algunas problemáticas planteadas actualmente por la investigación (por ejemplo, la transición entre el Paleolítico Medio y el Superior o la relación entre constitución biológica y comportamiento). No obstante, sería erróneo plantear una ruptura radical entre la tradición tipológica y las nuevas tendencias tecnológicas. Las innovaciones teóricas no surgen ex nihilo, como consecuencia de la intuición genial de un investigador o grupo de investigadores, sino que son el resultado de la reflexión en torno a las cuestiones surgidas en un contexto científico concreto. Las insuficiencias percibidas en el marco de la concepción tipológica forman la base a partir de la cual surgen las aproximaciones tecnológicas. La formación tipológica de los investigadores que plantearon la aplicación del concepto de cadena operativa es la expresión social de la continuidad entre tradiciones de investigación. La continuidad se refleja en la forma de conceptualizar los procesos de talla y de establecer líneas de trabajo. Así, no es de extrañar que los métodos de explotación definidos en términos tecnológicos hayan continuado utilizando la terminología tipológica. Las estrategias de talla con una mayor significación en la escuela tipológica han seguido ocupando este lugar central en la investigación. Sin embargo, esta continuidad, inevitable desde la perspectiva del devenir científico, determina algunas de las dificultades con las que se viene enfrentando la tecnología prehistórica. El principal problema radica en cómo abordar la variabilidad de los métodos de talla y de que forma esta variabilidad tiene cabida en un aparato conceptual que mantiene una fuerte carga tipológica. La existencia de métodos de talla discretos, perfectamente diferenciados entre sí, y a los que es posible otorgar una significación cultural de carácter normativo, no se sigue necesariamente de los trabajos tecnológicos realizados hasta la fecha. La ampliación del dominio empírico de algunos métodos de talla, especialmente el levallois, ha generado espacios de variabilidad formal que se solapan con los de otras estrategias, como la laminar o la discoide. La dificultad para discernir en algunos casos a qué método corresponde un objeto es una buena muestra de cómo este solapamiento se percibe de forma creciente entre los investigadores (Moncel, 1998). Por otra parte, la simple clasificación de los objetos en función del método de talla al que corresponden oculta la articulación entre los distintos métodos existentes en un conjunto lítico, derivada de los criterios técnicos que comparten y de la continuidad entre sus respectivos espacios de variabilidad formal. Esta articulación permitiría definir los conjuntos no solamente a partir de los métodos representados, sino de criterios generales que proporcionarían una interpretación del sistema técnico en su conjunto y de los procesos de decisión que, en última instancia, explican la varibilidad morfológica de los objetos líticos. En este trabajo abordaremos estas cuestiones centrándonos en la problemática planteada por los conjuntos del Paleolítico Medio y tomando como referencia el registro lítico documentado en el Abric Romaní de Capellades (Anoia, Barcelona). El estudio de una amplia secuencia, como la del Abric Romaní, hará posible una aproximación a las tendencias de cambio diacrónico experimentadas por los métodos de talla y a su interrelación con otros fenómenos de cambio técnico. La interpretación de los datos morfotécnicos se realizará a partir de la definición de los espacios de variabilidad formal T. P., 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es que caracterizan a cada conjunto lítico, tomando como base el concepto de campo operativo, desarrollado por Michel Guilbaud (1995). Esta aproximación añade un dimensión espacial a la visión procesual derivada del concepto de cadena operativa y permite una mejor aproximación a los fenómenos de continuidad morfológica que se producen a nivel sincrónico. Esta interpretación es complementaria a la perspectiva representada por el concepto de cadena operativa y no se ha de entender como un intento de formular una alternativa al mismo, entre otras cosas porque surge de las herramientas teóricas y de la práctica analítica desarrollada en el marco de dicho concepto. MARCO TEÓRICO: ACCIÓN INTENCIONAL Y CAMPO OPERATIVO El concepto de cadena operativa ha marcado el desarrollo de los estudios tecnológicos en prehistoria durante los últimos veinte años. No obstante, se viene haciendo énfasis en la necesidad de dotar a la tecnología prehistórica de nuevas herramientas teóricas que, si bien no constituyen por si mismas una alternativa al concepto de cadena operativa, pueden dar respuesta a algunas de las cuestiones que deja abiertas. Estas cuestiones pueden sintetizarse en dos aspectos que expresan la necesidad de, por un lado, matizar la dimensión normativa que subyace en la aplicación que se ha hecho del concepto de cadena operativa, y, por otro lado, de otorgar al análisis procesual una dimensión sincrónica que haga inteligible el razonamiento inherente a cualquier proceso de acción humana. Desde esta perspectiva, el objetivo del análisis tecnológico es reconstruir el contexto técnico en el que tiene lugar la toma de decisiones y entender la realidad técnica en el marco de una teoría de la acción intencional (Mosterín, 1978). Esto supone enfatizar las relaciones entre conocimiento y práctica como elementos indisociables de la acción técnica, mutuamente constituyentes. Esta síntesis de conocimiento y práctica es lo que confiere su carácter emergente a la tecnología y a la conducta humana en general (Dougherty y Keller, 1982; Keller y Keller, 1996; Schlanger, 1994), y permite interpretar el cambio tecnológico a partir de la dinámica interna de los sistemas técnicos. Los estudios realizados en el marco de la tecnología cultural y en el de la tecnología prehistórica sugieren que el comportamiento técnico en las so-ciedades preindustriales no obedece a pautas estrictas e ineludibles que marcan de principio a fin el desarrollo de la acción. A nivel conceptual, el sistema técnico está constituido por un conjunto de criterios que definen el ámbito de opciones posibles en un contexto determinado. Ante cualquier problema concreto, los individuos acudirán a este stock de conocimientos en busca de las soluciones que mejor respondan a sus necesidades y a las circunstancias materiales del momento. La dimensión normativa de la acción pierde peso ante la caracterización del sistema técnico como un medio en el que prima la elección entre distintas alternativas posibles. Uno de los objetivos de los estudios tecnológicos ha de ser el de reconstruir el conjunto de conocimientos técnicos disponibles en un momento de la historia y evaluar la toma de decisiones implícita en la acción técnica. Desde el punto de vista formal, la primera consecuencia de dicha toma de decisiones es la génesis de un espacio de variabilidad morfotécnica. En un contexto tecnológico determinado, los criterios de actuación aceptables socialmente configuran un ámbito de posibilidades que, siguiendo a Michel Guilbaud (1993Guilbaud (,1995Guilbaud (,1996)), puede definirse mediante el concepto de campo operativo. Desde esta perspectiva, las secuencias técnicas no constituyen procesos lineales independientes, sino que crean una red operativa interconectada por los criterios técnicos que comparten. El concepto de campo morfotécnico remite a un espacio de variabilidad formal en el que su ubican los objetos generados en un sistema técnico; la interpretación de cada objeto depende de su posición relativa en dicho espacio y se fundamenta en sus semejanzas y diferencias con el resto de objetos. La idea de espacio morfotécnico se opone a la de clase en virtud de un cambio de énfasis; mientras que la clasificación entiende el objeto en su individualidad, definiéndolo en función de unos caracteres intrínsecos, el concepto de espacio morfotécnico entiende el objeto a partir de la red de relaciones en la que está inmerso, es decir, a partir de una realidad que es externa a él mismo. Se trata, en otras palabras, de privilegiar una interpretación sintáctica de los elementos del registro frente a una de tipo semántico. Este punto de vista espacial, que enfatiza los conceptos de exterioridad mutua y posición relativa, ha sido ya planteado en otros ámbitos de la ciencia social y ha demostrado su capacidad para interpretar el comportamiento de los individuos inmersos en redes sociales complejas (véase, por ejemplo, Bourdieu, 1997). La concepción sintáctica de los espacios de variabilidad permite eludir las rupturas que se establecen entre distintos métodos de talla, a partir de los criterios morfotéemeos (Guilbaud, 1993) que caracterizan un conjunto lítico. Las secuencias de explotación no son procesos lineales guiados por un objetivo preciso, sino que están continuamente bajo la influencia del contexto, lo que permite interpretar la variabilidad diacrónica en un conjunto determinado. La dimensión relacional de los sistemas técnicos sugiere que la interpretación de una morfología o método de talla variará en función del espacio morfotécnico en el que se ubica. Por poner un ejemplo, un núcleo discoide no tendrá la misma significación en un contexto en el que sea el método dominante que en un campo morfotécnico caracterizado por el predominio de las estrategias de explotación laminares. El papel dominante, en un caso, y subsidiario, en otro, de un mismo método de talla está expresando distintas modalidades de inserción en el sistema técnico, susceptibles de una lectura en términos funcionales o económicos. El concepto de campo operativo proporciona criterios para conceptualizar los procesos de cambio temporal en función de las modificaciones que experimenta el conjunto del campo operativo. Estos cambios pueden estar motivados por causas externas al sistema, como la introducción de un nuevo tema morfotécnico desde otro sistema técnico. Pueden expresar también la dinámica interna de un sistema, reordenando los criterios de selección preferencial en un campo operativo o jerarquizando un criterio técnico en un espacio de variabilidad caracterizado previamente por una gran flexibilidad. En el primer caso se trataría de un cambio por desplazamiento del centro de gravedad desde un tema morfotécnico a otro (Fig. 1 A); un tema morfotécnico seleccionado preferencialmente puede perder este papel hegemónico en beneficio de otro que previamente se encontraba en una posición secundaria. En el segundo caso se trataría de un cambio por especialización (Fig. IB); a partir de un campo operativo no jerarquizado, de gran variabilidad, en el que se desarrollan distintas alternativas posibles sin que ninguna de ellas predomine sobre las demás, se focalizaría la atención sobre una de dichas alternativas, que desempeñaría a partir de ese momento el papel de opción preferencial. También puede tener lugar el fenómeno contrario, en cuyo caso tendríamos un cambio por flexibilización. Estas posibilidades teóricas han de valorarse en los contextos arqueológicos concretos, pero enfatizan Fig. 1. Representación esquemática de dos modalidades de cambio diacrónico en un campo morfotécnico. Cada circunferencia corresponde a un método de talla (MT) y su tamaño expresa su importancia relativa en el contexto del campo operativo. El esquema A caracteriza el cambio del centro de gravedad de un método de talla a otro. El esquema B representa la aparición de un método de talla preferencial (FREE) a partir de un contexto de gran flexibilidad. los fenómenos de cambio tecnológico a partir de las dinámicas de reordenación interna de los sistemas técnicos. VARIABILIDAD DE LAS ESTRATEGIAS DE EXPLOTACIÓN EN EL PALEOLÍTICO MEDIO La variabilidad de los métodos de talla durante el Paleolítico Medio ha sido objeto de distintas interpretaciones en lo que concierne a sus causas y a su carga de intencionalidad. Los estudios tecnológicos han ido encaminados a definir los distintos métodos documentados, estableciendo los criterios técnicos que los caracterizan, los cuales aparecerían reflejados fundamentalmente en la estructura volumétrica de los núcleos. Esta línea de investigación, desarrollada sobre todo por prehistoriadores franceses y estrechamente ligada al concepto de cadena operativa, ha tendido a enfatizar la variabilidad conceptual de los métodos de talla, poniendo de T. R,56,n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es manifiesto la multiplicidad de estrategias técnicas existentes y la capacidad para optar de forma consciente entre distintas alternativas. A partir de la experimentación y la reconstrucción de secuencias concretas, se ha planteado la existencia de una serie de estrategias de explotación, perfectamente individualizadas tanto operativa como conceptualmente (Boëda, 1991a; Bo'éda. et alii, 1990). Entre estos métodos se encontrarían la talla discoide (Boëda, 1993; Jaubert, 1993) o la talla laminar (Boëda, 1988b; Revillion, 1995), aunque han sido los trabajos en relación con el método levallois (Boëda, 1988a(Boëda,, 1994;;Schlanger, 1996; Van Peer, 1992) los que han marcado la pauta, generando un modelo a partir del cual, por oposición, se han definido el resto de estrategias. Otros trabajos indican que la variabilidad de las secuencias de talla durante el Paleolítico Medio no se agota en los métodos levallois, discoide y laminar. El análisis diacrítico de los núcleos y los remontajes han permitido reconstruir métodos de explotación específicos, entre los que se encuentran, por ejemplo, los definidos por Alain Turq (1989Turq (,1992) ) para el Musteriense de tipo Quina o el descrito por Anne Delagnes (1993) en el nivel 6e de Pucheuil. Estos trabajos ponen de relieve una variabilidad inabarcable desde la clasificación tipológica de los objetos. Una de sus principales aportaciones es la vinculación entre las distintas fases de la cadena operativa, especialmente entre la producción de soportes y la configuración de artefactos. Los criterios de configuración inciden en la elección de determinados métodos de explotación, y, a la inversa, estos últimos pueden mediatizar la morfología de los artefactos retocados. En particular, los trabajos de Alain Turq (1989Turq (, 1992) ) han evidenciado como los criterios de explotación pueden adaptarse a la necesidad de producir soportes específicos, como en el Musteriense de tipo Quina. La interrelación entre los estadios del proceso operativo plantea la necesidad de abordar los sistemas técnicos de una forma global si se quiere explicar la elección de un determinado método de talla en detrimento de otros. Sin embargo, ha sido el método levallois el que ha centrado el interés de los investigadores. La definición de la concepción levallois planteada por Eric Boëda (1988aBoëda (, 1994) ) ha sido ampliamente aceptada entre los arqueólogos franceses y, en general, europeos, siendo el punto de arranque de numerosos trabajos. Siguiendo a Boëda, el método levallois se caracteriza por una concepción volumé-trica del núcleo, que se estructura a partir de dos superficies de convexidad opuesta. Una de ellas presenta los criterios de convexidad bilateral y próximo-distal que permiten obtener lascas predeterminadas, actuando como superficie de lascado preferencial; sobre la superficie opuesta se prepararían los planos de percusión de las extracciones preferenciales. A partir de esta concepción, la talla levallois presentaría una amplia variabilidad en función de tres criterios: el número de levantamientos predeterminados sobre la superficie de lascado preferencial, que permite distinguir entre las modalidades lineal y recurrente, la disposición de los levantamientos preferenciales (centrípeta, unipolar o bipolar) y su morfología (lasca, lámina o punta levallois). Para Boëda, cada una de estas modalidades responde a esquemas mentales bien definidos, que se manifestarían desde el inicio de la secuencia; la adopción de una u otra modalidad expresaría la intencionalidad del tallador en función de distintos factores, entre los cuales se encontraría la tradición cultural. Esta definición ha ampliado el dominio empírico de aplicación del concepto levallois, especialmente con respecto a la definición clásica propuesta por Bordes (1961), más restrictiva. La consecuencia ha sido un solapamiento parcial con el ámbito de aplicación de otros métodos de talla, sobre todo el discoide, de forma que a veces resulta complicado determinar a qué método corresponde un núcleo determinado. Teniendo en cuenta que, según Boëda, los métodos de talla responden a esquemas mentales bien definidos y característicos, se hacía necesario encontrar criterios técnicos que permitieran diferenciar ambas estrategias. Para Boëda, tanto la talla levallois como la discoide obedecen a concepciones que integran varios criterios técnicos diferentes, la mayoría de los cuales se manifiestan en la estructura volumétrica de los núcleos. La redefinición del término levallois se sintetizó más tarde en torno a seis criterios (Boëda 1993(Boëda, 1994) ) que conjuntamente constituían su carácter específico. Paralelamente, la talla discoide fue definida también a partir de la interacción de seis criterios técnicos. No obstante, no parece que la distinción de dichos criterios implique, tal como pretende Boëda, una demarcación nítida de ambas estrategias de explotación. La talla levallois y la discoide comparten cuatro de los seis criterios utilizados por Boëda para definirlas: la concepción volumétrica del núcleo como dos superficies de convexidad opuesta, la predeter-T. P., 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es minación de determinados productos mediante la configuración de las superficies de lascado, la preparación de los planos de percusión y la utilización de la percusión directa con percutor duro. Sólo dos criterios sustentarían una diferenciación categórica: la jerarquización entre las distintas superficies del núcleo, presente en la talla levallois y no imprescindible en la estrategia discoide (aunque también puede darse, por lo que su valor como criterio discriminatorio es relativo) y, sobre todo, la disposición de los planos de fractura de las extracciones con respecto al plano de intersección, que es paralela en la talla levallois y secante en la discoide; este último sería el criterio decisivo para diferenciar ambas estrategias. No obstante, al traducir una variable cuantitativa continua, las modalidades discriminadas por Boëda expresarían dos valores dentro de un continuo, en el que son concebibles todo tipo de modalidades intermedias, lo que permite plantear la existencia de una zona de indeterminación en la que toda atribución a una u otra estrategia adquiriría un carácter marcadamente borroso. El planteamiento defendido por Boëda se ha visto cuestionado desde otra perspectiva, que pone en duda que las distintas modalidades del método levallois correspondan a esquemas mentales bien diferenciados que mantendrían su coherencia a lo largo de la secuencia de talla. Este planteamiento se encuadra en una tendencia a minimizar el componente intencional de la variabilidad técnica durante el Paleolítico Medio, que encuentra su mejor expresión en el trabajo de autores anglosajones, especialmente en el de Harold Dibble (1988, 1995b), que parte del principio de reducción progresiva para interpretar las diferencias formales entre los artefactos. Este argumento, formulado inicialmente como explicación de la variabilidad de las raederas, ha sido aplicado posteriormente a las secuencias de explotación. A partir del estudio del nivel II de Biache-Saint-Vaast, Dibble (1995a) plantea que no hay datos que indiquen la existencia de distintas modalidades de talla levallois completamente independientes; las distintas morfologías de los núcleos responderían a los cambios experimentados a lo largo de la secuencia de reducción. Las modalidades uni y bidireccionales corresponderían a los primeros estadios, tendiendo a adoptarse la modalidad centrípeta en los estadios finales. Esta interpretación choca con la dimensión normativa que los tecnologos franceses tienden a otorgar a la variabilidad en los métodos de talla. Este carácter normativo vendría determinado por unos meca-tivas posibles. La discusión que acabamos de sintetizar puede resumirse en dos cuestiones que constituyen el eje central de este artículo y que serán abordadas a la luz de la evidencia procedente del Abric Romaní: a) Hasta qué punto pueden definirse en el Paleolítico Medio estrategias de talla bien diferenciadas e independientes y cuáles son los criterios técnicos que las caracterizan. Se trata de definir el espacio de variabilidad morfotécnica de los conjuntos líticos y el papel de las distintas estrategias en dicho campo morfotécnico. El punto de partida será el análisis morfotécnico de los núcleos sin tener en cuenta su clasificación en función de métodos de talla definidos a/?non (discoide, levallois...), que crearían previamente un estructuración en clases discretas de lo que puede ser un espacio de variabilidad continuo. Dicha clasificación se realizará en todo caso con posterioridad al análisis, una vez establecidos los criterios técnicos que caracterizan el campo operativo. b) Cuáles son los factores que inciden en la variabilidad de los métodos de talla y en qué medida los condicionantes externos constituyen una explicación suficiente. La hipótesis de la reducción progresiva como explicación de la variabilidad morfotécnica será sometida a contrastación a partir de variables analíticas relacionadas con el nivel de productividad o la intensidad de la reducción volumétrica de los núcleos. Por otra parte, el estudio de las variaciones en la secuencia de un único yacimiento, sin que haya datos que indiquen que la disponibilidad de materias primas experimentó cambios a lo largo del tiempo, nos indicará si las variaciones en los métodos de talla se explican en función de las potencialidades litológicas del entorno. El Abric Romaní está situado en la localidad de Capellades, a unos 45 km al NO de Barcelona (Fig. 2) y a unos 317 m.s.m. Es un abrigo de unos 35 m de longitud y 6 m de anchura abierto en las formaciones travertínicas que se levantan en el margen derecho del río Anoia, que discurre a los pies del yacimiento. Descubierto a principios de siglo, ha sido objeto de excavación primero a cargo de Amador Romaní (1909Romaní ( -1930) ) y más tarde del Dr. EduardRipoll (1956-1961) estratigráfica alcanza casi los 20 m de potencia (Fig. 3) y está compuesta básicamente por una sucesión de niveles travertínicos (Carbonell et alii, 1994; Giralt y Julia, 1996). En esta secuencia han sido identificados 27 niveles arqueológicos, aunque sólo doce han sido excavados hasta el momento (niveles A-L). La mayoría corresponden al Paleolítico Medio, excepto el superior (nivel A), atribuido al Paleolítico Superior inicial (Vaquero, 1992). Una serie de dataciones mediante el método de las series del Uranio sitúan el conjunto de la secuencia entre los 40 y los 70 ka BP (Bischoff et alii, 1988); por otra parte, se obtuvieron varias fechas C14 (AMS) en el techo de la secuencia (Bischoff et alii, 1994). Ambos métodos sugieren una fecha en torno a los 40-42 ka BP para la transición entre el Paleolítico Medio y el Superior. Los análisis polínicos han proporcionado una sucesión de eventos paleoclimáticos correspondientes a los estadios isotópicos 3, 4 y 5 (Burjachs y JuHà, 1994). Las condiciones sedimentarias han favorecido la preseiTación de hogares y artefactos de madera. Los hogares están bien representados en todos los niveles, documentándose, por ejemplo, en tomo a los 50 Secuencia litoestratigráfica del Abric Romaní (Capellades, Barcelona). A la izquierda de las columnas se indica la localización de los niveles arqueológicos. La situación de las columnas se indica en la planta del yacimiento que aparece en el ángulo inferior izquierdo. En cuanto a los restos de fauna, el caballo y el ciervo son las especies predominantes a lo largo de toda la secuencia. Los carnívoros están mal representados y los estudios tafonómicos indican que los conjuntos óseos son básicamente el resultado de la aportación humana. Distintos criterios sugieren que las ocupaciones difieren en duración e intensidad, pudiendo plantearse la sucesión de distintos tipos de asentamiento (Carbonell^í a///, 1996). Además de las diferencias en la cantidad de restos recuperados en cada nivel, esta interpretación se basa en la organización espacio-temporal de los procesos operativos y en los criterios de organiza-ción del espacio (Vaquero et alii, 1997). Junto a niveles que registrarían eventos ocupacionales relativamente intensos (sobre todo el E y el Ja) se observan otros con impactos mucho más puntuales y efímeros (especialmente el H y el I). El registro lítico analizado corresponde al tramo de la secuencia comprendido entre los niveles B y Jb, ambos inclusive, y procede en su totalidad de los trabajos realizados desde 1983. Los superiores (B, C y D) sólo pudieron documentarse en sectores muy restringidos del abrigo, ya que fueron excavados en su mayor parte en fases anteriores de los trabajos. Dado su escaso número de efectivos, se ha decidido considerarlos conjuntamente, bajo la denominación de Conjunto II. En una primera aproximación, distintos criterios sugieren tendencias diacrónicas en las actividades de producción y configuración líticas, tendencias que se observan en todos los estadios de la cadena operativa: captación de materias primas, reducción de núcleos y configuración de artefactos. Las estrategias de captación de materias primas indican que el aprovisionamiento de materiales no es un simple reflejo de las potencialidades del medio, sino que expresa la capacidad de los grupos humanos para elegir entre distintas posibilidades. Aunque el sílex es el material preferido en todas las unidades arqueológicas, las estrategias de aprovisionamiento muestran importantes variaciones (Tab. Mientras que el sílex es claramente dominante en los niveles superiores (B-H), en los inferiores (I-Jb) otros materiales, como el cuarzo y la caliza, registran elevadas frecuencias. Si estas diferencias reflejan las distintas formas de aprovechar un mismo entorno litológico, la carga de intencionalidad en las estrategias de captación se observa también en la selección del sílex como materia prima preferencial. Los materiales más abundantes en el entorno inmediato al yacimiento (radio de 1 km) son la caliza y el cuarzo, especialmente este último, que presenta numerosos afloramientos en las formaciones paleozoicas sobre las que se asienta el edificio travertínico del abrigo. En cambio, los principales afloramientos de sílex se localizan en las formaciones paleógenas de la Depresión del Ebro, apareciendo también en posición secundaria en las terrazas del Aaoia y sus cursos tributarios. En cualquier caso, son necesarios desplazamientos de al menos 5-10 km para encontrar concentraciones significativas de este material. Algo similar ocurre al observar la distribución por niveles de los artefactos retocados (Tab. 2). tamaño las elegidas de forma sistemática para ser transformadas en objetos retocados. Por otra parte, se observa una relación entre los artefactos retocados y los fenómenos de transporte. El remontaje de elementos líticos indica que una buena parte de los objetos retocados documentados en cada nivel arqueológico no procede de secuencias de talla desarrolladas en el interior del abrigo, sino que han sido introducidos ya configurados o en forma de lascas de gran formato que posteriormente serían modificadas en el yacimiento. A continuación se expondrán las características fundamentales de las estrategias de talla, estableciendo si sus variaciones diacrónicas son similares a las observadas en la selección de materias primas y en los criterios de configuración. La descripción e interpretación de los métodos de talla se basa en el análisis morfotécnico de los núcleos, aunque también se tendrán en cuenta algunas variables consideradas en el análisis de las lascas, en el que se han contemplado una serie de atributos morfotécnicos (tipo de talón, facetado y delincación del talón, corticalidad del talón y de la cara dorsal, número de aristas, bulbo y delincación de la cara ventral, etc) y volumétricos (dimensiones, índices de alargamiento y carenado), incluyendo la clasificación en seis clases de tamaño. El número de núcleos es muy bajo en la mayor parte de los niveles arqueológicos (Tab. 1), por lo que los datos que presentaremos proceden básicamente de las unidades E y Ja, que son las que han proporcionado un mayor número de Denticulados y muescas son las morfologías dominantes en toda la secuencia, con proporciones superiores al 80 % en los niveles Ja y Jb, pero las raederas tienden a incrementarse significativamente hacia la parte superior de la secuencia, especialmente a partir del nivel E, donde alcanzan un porcentaje próximo al 20 %. Las estrategias de configuración de artefactos muestran criterios volumétricos en la selección de los soportes; son las lascas de mayor T P., 56, n.« 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es elementos. Teniendo en cuenta las tendencias diacrónicas apuntadas más arriba, estos dos niveles pueden considerarse representativos, respectivamente, de los tramos superior e inferior de la secuencia analizada. La metodología se deriva de los sistemas de análisis utilizados en el marco del Sistema Lógico-Analítico, y ha sido expuesta en otros trabajos (Vaquero, 1992), razón por la cual no la presentaremos en detalle. Se fundamenta en la distinción en todo núcleo de dos elementos estructurales: un plano de interacción o percusión y un plano de lascado o configuración. A partir de aquí, se consideran las siguientes variables analíticas: el número, disposición y continuidad de los planos de intervención, la fase de la cadena operativa en la que se encuentra el objeto, el carácter centrípeto, de oblicuidad y profundidad de la superficie de lascado y el modo de configuración. También se han tenido en cuenta una serie de variables tipométricas, que incluyen las tres medidas fundamentales del objeto (longitud, anchura y grosor) y los índices de alargamiento y carenado. Por último, se ha considerado una medida de la relación entre núcleos y soportes (índice de producción), que consiste en dividir el número de soportes (lascas, lascas fragmentadas y artefactos retocados) por el número de núcleos documentado en cada conjunto. El análisis morfotécnico de los núcleos pone de manifiesto algunos de los fenómenos de variabilidad técnica documentados en la secuencia del Abric Romaní. Como se indicó más arriba, los niveles arqueológicos E y Ja constituyen la base a partir de la cual integrar los datos correspondientes al resto de momentos ocupacionales, ya que han proporcionado un mayor número de núcleos y han permitido esbozar un espacio de variabilidad morfotécnica. En primer lugar, hay que abordar los criterios comunes al conjunto de la secuencia, que pueden interpretarse como el resultado de un contexto natural y cultural que no ha experimentado variaciones con el tiempo: El primer aspecto a considerar se refiere a la intensidad de la reducción volumétrica, tal como se expresa en el índice de producción y en las dimensiones de los núcleos. Los dos niveles de referencia presentan índices de producción similares (53 para el nivel E y 63.7 para el nivel Ja) lo que permite descartar diferencias significativas en el grado de productividad. Tampoco las dimensiones de los núcleos sugieren cambios en la intensidad de la reducción (Tab. 3), lo que muestra la estabihdad en los criterios volumétricos de abandono de los núcleos, en consonancia con una tendencia a la estandarización que, a nivel sincrónico, evidencian en cada unidad arqueológica. Las medidas de tendencia central de las tres variables tipométricas arrojan cifras muy similares para las unidades E y Ja; las principales variaciones se producen en niveles con muy pocos efectivos, por lo que pueden atribuirse a lo reducido de la muestra. Tampoco los índices tipométricos arrojan diferencias sustanciales (Tab. 3): el de alargamiento muestra valores prácticamente idénticos en ambos casos, mientras que el de carenado es algo más elevado en el nivel E, lo que indica que los núcleos tienden a ser algo más planos que en el nivel Ja. Estos datos indican que a lo largo de la secuencia no se producen diferencias significativas en el grado de reducción de los núcleos, lo que permite descartar este factor como explicación de las diferencias morfotécnicas que veremos más abajo. En todos los niveles de la secuencia se observa una tendencia a maximizar el aprovechamiento de los recursos, que se refleja en el grado de reducción de los núcleos y en aspectos como la explotación de productos de talla o el reaprovechamiento de elementos utilizados previamente en otras actividades. La explotación de lascas enteras o fragmentadas ha sido contrastada en toda la secuencia; generalmente se trata de episodios de talla de una productividad muy baja, ya que sólo permiten obtener series cortas de extracciones de formato pequeño o mediano. Los núcleos sobre lasca representan un 26 % en el nivel E y un 24 % en el nivel Ja. El reaprovechamiento secundario de los restos generados en otras actividades se documenta en la explotación de fragmentos de cantos de caliza utilizados previamente como percutores, aunque el nivel de productividad de estas intervenciones es siempre muy bajo. Estas evidencias sugieren que en determinadas circunstancias cualquier elemento susceptible de proporcionar algunos soportes puede ser explotado. No se han localizado nodulos de sílex sin trabajar interpretables como reservas no utilizadas de materia prima. Los nodulos apenas inicializados, abandonados cuando conservan la mayor parte de su capacidad productiva, se limitan a los niveles arqueológicos que responden a contextos ocupacionales más estables (E y Ja). Esta economía de la materia prima es una de las constantes estructurales que caracterizan el conjunto de la secuencia y se interpreta en el contexto de unas estrategias de captación que seleccionan preferencialmente el sílex, que es el material menos abundante en el entorno inmediato del yacimiento. Las variaciones en las estrategias de explotación se articulan, tanto a nivel diacrónico como sincrónico, a partir del concepto de campo operativo. El análisis morfotécnico de los núcleos sugiere que el conjunto de las estrategias de talla identificadas se inscriben en un mismo contexto técnico, definido por una concepción básica de estructuración volumétrica. La explotación unipolarizada bifacial a partir del plano horizontal del objeto constituye el criterio central desde el que se estructura la variabilidad en las estrategias de explotación. Esta estructuración volumétrica, que define dos superficies de lascado opuestas separadas por un plano de intersección, nos sitúa en el contexto de los métodos levallois y discoide, habituales en el Paleolítico Medio. Este criterio técnico es el predominante en todas las unidades arqueológicas; la aparición de otros criterios, como la talla a partir de más de un plano de intervención, unifacial o desde otros planos diferentes al horizontal, presenta un carácter marginal y a menudo puede interpretarse como un producto del espacio de variabilidad generado a partir del criterio central. El principio de recurrencia en la obtención de soportes es el objetivo prioritario de las secuencias de explotación; en ningún caso se han documentado las estrategias de tipo lineal que en otros contextos se relacionan con la obtención predeterminada de una única extracción (Boëda, 1988a). La definición de un espacio periférico dentro del campo de variabilidad morfotécnica es otra de las constantes que se perciben de un examen global de las estrategias de talla. En este espacio se localizan soluciones técnicas subsidiarias con relación al criterio central de organización volumétrica definido en el punto anterior; dichas soluciones, como la talla unifacial o la explotación desde más de un plano de intervención, aparecen generalmente en los extremos de la cadena operativa, bien en sus fases iniciales, bien en núcleos que se encuentran al límite de sus posibilidades productivas. Algunos fenómenos de bipolarizapión a partir de morfologías de sección triangular creadas mediante una estrategia unipolarizada se aproximan a la concepción trifacial definida por E. Boëda (1991b). En este contexto, la bipolarización no constituiría un método diferenciado, sino un recurso encaminado a maximizar el aprovechamiento del núcleo en el marco de una estrategia unipolar. Este tipo de intervención reflej a la capacidad para adaptar el procedimiento técnico a la morfología del volumen a explotar. La adecuación a la morfología natural de los nodulos es otra muestra de esta capacidad, que se manifiesta en la utilización de las aristas naturales de los bloques como guía para la obtención de las extracciones o en la estructuración volumétrica del núcleo en función de la morfología del canto. La morfología ovoide de los cantos prefigura la estructura volumétrica del núcleo, con dos superficies de lascado de convexidad opuesta separadas por un plano de intersección; el carácter simétrico o asimétrico del volumen estará en función de la simetría o asimetría del canto. Esta adaptación a las formas naturales de las matrices refleja, además T. E, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de un principio de economía gestual, una aplicación consecuente del criterio de recurrencia. El objetivo de la talla, la obtención sistemática de soportes, se manifiesta ya en su fase de inicialización, sin que se pueda plantear un estadio de preparación y configuración del volumen previo y diferenciado de la fase de explotación recurrente. Cuando la forma del nodulo lo permite, desde las primeras extracciones se aplican los criterios técnicos que regirán la talla hasta el final del proceso de reducción. Un examen preliminar de los datos indica que, dentro del marco estructural que hemos definido, las estrategias de explotación se caracterizan por una amplia variabilidad. Las diferencias entre unidades arqueológicas no obedecen a cambios sustanciales en la concepción volumétrica, sino a fenómenos de orientación preferencial dentro de un campo morfotécnico común. En cada momento ocupacional, dicho campo se estructura a partir del tratamiento diferencial de las dos superficies de lascado creadas desde el plano de intervención horizontal. Su configuración diferencial, definida a partir de la oblicuidad, profundidad, continuidad y carácter centrípeto de las extracciones, se expresa a través de los principios á^ simetría y át jerarquizacion. La simetría o asimetría del volumen está determinada por la ubicación del plano de intervención con respecto al centro de gravedad del objeto; un plano de intervención próximo a dicho centro de gravedad dará lugar a un volumen simétrico, mientras que un plano situado en posición excéntrica generará una estructura asimétrica. El principio de jerarquizacion parte de una valoración del papel que cada superficie de lascado desempeña a lo largo de la talla y de un juicio de intenciones acerca de la finalidad de los levantamientos. Si ambas caras funcionan como superficies de explotación y como plataformas de percusión estaremos ante una estrategia no jerarquizada; en cambio, si para una de las superficies, en función de la intensidad de la explotación, puede proponerse un papel preferencial, mientras que la opuesta muestra una reducción mucho menor, encaminada a preparar las superficies de percusión, podrá hablarse de un método jerarquizado. Estos principios de simetría y jerarquizacion están implícitos en la distinción entre los métodos levallois y discoide (Boeda, 1993); a partir de ellos se pueden establecer los siguientes modelos de organización volumétrica en los núcleos bifaciales (Fig. 4): -Modelo A. Núcleos simétricos no jerarquizados. -Modelo D. Núcleos asimétricos jerarquizados. En este modelo se pueden diferenciar dos variantes en función de cuál sea la superficie de lascado explotada preferencialmente: Es la superficie de oblicuidad plana la explotada de forma preferente. -D2. La explotación preferencia! se realiza sobre las superficies de oblicuidad simple o abrupta. Dichos principios permiten articular la variabilidad del campo morfotécnico a nivel sincrónico y sirven como referencia para definir el carácter de los cambios acaecidos a lo largo de la secuencia. Las unidades arqueológicas E y Ja son las que mejor expresan dicha variabilidad; una representación esquemática de los campos morfotécnicos de ambos niveles aparece en las figuras 5 y 7. A partir de una estructura volumétrica fundamental que aparece representada en la parte central, se desarrollan las distintas alternativas en función de los criterios de simetría y jerarquización (modelosA, C, DI y D2); el modelo B (núcleos simétricos jerarquizados) no se ha incluido por no haberse documentado ningún núcleo que pueda identificarse con este tipo de explotación. En la parte exterior del campo se localizan algunas soluciones secundarias que aprovechan las morfologías creadas a partir del espacio de variabilidad central. Junto a cada modelo se expresa porcentualmente su representación en cada nivel arqueológico. Las principales características de los campos morfotécnicos de los niveles E y Ja pueden sintetizarse de la forma siguiente: -El nivel E (Fig. 5) muestra el predominio de las estrategias jerarquizadas que dan lugar a volúmenes asimétricos, con una superficie de oblicuidad plana en la que se obtienen las extracciones T49 Fig. 6. Núcleos del nivel E del Abric Romaní (Capellades, Barcelona). preferenciales, mientras que en la cara opuesta se realizan levantamientos de oblicuidad simple que preparan las plataformas de percusión (Modelo DI). Estos núcleos presentan un mayor grado de estandarización, tanto morfotécnica como volumétrica, lo que indica un alto nivel de sistematicidad en el desarrollo de la talla, que, unido a su importancia cuantitativa, refuerza su carácter central en el espacio de alternativas posibles (Fig. 6). La mayor parte de los núcleos conserva parcialmente cortical la superficie no preferencial, lo que indica que la estructuración volumétrica se ha mantenido constante desde el inicio de la secuencia. A la misma concepción volumétrica, aunque en el marco de una gran simplicidad operativa, responde la talla unifacial sobre las caras ventrales de las lascas, que también se ha documentado en este nivel. También se documentan, no obstante, núcleos que contemplan otras concepciones volumétricas, simétricas o asimétricas no jerarquizadas. -El espacio de variabilidad del nivel Ja (Fig. 7) es similar al del nivel E, aunque en este caso es más convexidad bilateral y próximo-distal característicos de la estrategia desarrollada preferencialmente en este nivel. La presencia de lascas kombewa, producto de la explotación de las caras ventrales de otras lascas, refleja estas diferencias entre ambos niveles; mientras que se encuentran bien documentadas en el nivel É, aunque en un porcentaje muy bajo, en el subnivel Ja son prácticamente inexistentes. Ante una misma situación, como puede ser la explotación de una lasca, se sigue un procedimiento coherente con los criterios técnicos que presiden el conjunto de las estrategias de explotación. El cambio que tiene lugar en el marco de las secuencias de explotación entre los niveles Ja y E puede interpretarse como un proceso de selección direccional, siguiendo el modelo de cambio por especialización planteado previamente. De un contexto de gran variabilidad como el del nivel Ja se pasaría en el nivel E a un espectro de variabilidad más'restringido como consecuencia de la orientación preferencial hacia uno de los ámbitos del esdifícil determinar una opción preferencial que predomine sobre las demás y jerarquice el conjunto. El Modelo DI, predominante en el nivel E, también está representado, aunque en un plano de igualdad con otras estrategias como la asimétrica no jerarquizada (Modelo C), que es la más frecuente, la simétrica no jerarquizada (Modelo A) o la asimétrica jerarquizada con superficie preferencial cónica (Modelo D2). En conjunto, los modelos no jerarquizados predominan sobre los jerarquizados, en el contexto de una tendencia a desarrollar superficies de lascado de configuración cónica, producto de unas extracciones de dirección secante con respecto al plano de intervención (Fig. 8). Estas diferencias se manifiestan especialmente cuando se examinan los criterios de intervención en las secuencias sobre lasca. La explotación de soportes que de entrada muestran una capacidad productiva limitada se interpreta en el marco de una optimización en el aprovechamiento de los recursos. Este principio de economía de la materia prima se manifiesta de forma diferente en función de la orientación general de los criterios técnicos. En el nivel Ja la intervención se efectúa preferentemente sobre las caras dorsales de las lascas, que se adaptan mejor al criterio de orientación secante de las extracciones. En cambio, en el nivel E son las caras ventrales las explotadas de forma mayoritaria; estas superficies, sobre todo cuando cuentan con bulbos marcados, proporcionan los criterios de pació morfotécnico perfilados en el nivel Ja. Los criterios que definen las alternativas posibles se han hecho más restrictivos, lo que implica la mayor sistematicidad en el desarrollo de la opción seleccionada; la especialización en un determinado procedimiento técnico va acompañada de un incremento en la estandarización de los núcleos. Este fenómeno se observa si comparamos el tratamiento de las superficies de lascado de los núcleos del Modelo DI en ambas unidades arqueológicas. En el nivel E se aprecia una tendencia a organizar las extracciones de forma centrípeta; de 11 núcleos, 9 presentan este tipo de disposición de los negativos. En cambio, en el nivel Ja la organización de las extracciones es mucho más variable, documentádose tanto las disposiciones centrípetas (N=6), como las unidireccionales (N=4) y bidireccionales (N=2). La obtención al final de la explotación de una última extracción que levanta buena parte de la superficie de lascado es más frecuente en el nivel Ja, donde se registra en nueve de los doce núcleos, mientras que en el nivel E sólo se documenta en dos ocasiones. La interpretación de los cambios en las estrategias de explotación ha de contemplar las diferencias observadas en las características morfotécnicas de los productos. Los cambios en las estrategias de explotación entre los niveles Ja y E van acompañados de variaciones significativas en aspectos como la preparación de las superficies talonares o la delincación de las caras ventrales. La variabilidad entre los niveles superiores e inferiores de la secuencia es una de las principales conclusiones extraídas del análisis de las lascas, tal como se aprecia en la tabla 4, en la que sólo se han contabilizado las piezas de sflex para evitar el componente de variabilidad introducido por el tipo de materia prima. El incremento de talones multifacetados en el nivel E, y en general en las unidades superiores, sugiere una mayor incidencia de los procedimientos que permiten incrementar el control en la obtención de levantamientos. El facetado de los talones contribuye a precisar la ubicación de los puntos de impacto y, por, tanto, a incrementar el control sobre la longitud y el grosor de los soportes. Por otra parte, el aumento de las delincaciones cóncavas en las caras ventrales puede relacionarse con una gestión de las superficies de lascado tendente a mantener las convexidades que aseguren el principio de recurren- Distribución de las lascas en función de la preparación de las caras talonares (NF: no facetado, UF: unifacetado, BP: bifacetado, MF: multifacetado) y de la delineación de sus caras ventrales (CC: cóncavo, CX: convexo, RT: recto, SIN: sinuoso). Distribución de las lascas por categorías de tamaño, de más pequeña (BPl) a más grande (BP6). cia. Ambos casos implican un mayor nivel de exigencia técnica encaminada a incrementar el control sobre el proceso productivo. El incremento en el control de la producción y en la predeterminación de la morfología de los soportes sería una de las implicaciones del cambio técnico documentado en el Paleolítico Medio del Abric Romaní. Cabe plantearse, sin embargo, qué tipo de beneficios, cuantitativos o cualitativos, puede comportar este cambio en la orientación de la talla. Desde el punto de vista cuantitativo, no parece que una de las consecuencias haya sido un incremento en los niveles de productividad. Las diferencias entre los niveles Ja y E en la relación núcleos/soportes son poco importantes y, en todo caso, irían más en la línea de una menor productividad en las unidades superiores. Tampoco las diferencias en los índices de alargamiento y espesor de las lascas son lo bastante pronunciadas como para justificar este cambio. Sí se observan diferencias significativas en la distribución de las lascas por tamaños, que indica una mayor presencia de soportes de tamaño grande en el nivel E (Tab. 5), lo cual es coherente con los criterios de explotación documentados en dicho nivel. La convexidad de la superficie de lascado preferencial amplía el tamaño potencial de las extracciones, cuyas dimensiones sólo están limitadas por las de dicha superficie. Este método permite maximizar el tamaño de las lascas con respecto al de la superficie de lascado. En cambio, en una superficie de lascado cónica, el vértice central definido por la dirección secante de las extracciones limita la extensión del plano de fractura. Por otra parte, el mayor control sobre el punto de impacto que implica el incremento en la proporción de talones multifacetados permite un mejor predeterminación del tamaño de la extracción. Este cambio morfotécnico coincide con las variaciones en las estrategias de captación de materias primas, tendentes a acentuar en los niveles superiores la selección preferencial del sílex. En comparación con el resto de materiales, el sílex presenta una mejor aptitud para la talla, lo que puede encuadrarse en el cambio de orientación del sistema técnico encaminado a incrementar el control sobre el proceso de explotación y el tamaño de los soportes. Las diferentes estrategias de aprovechamiento del entorno se integrarían en el contexto de los criterios de explotación predominantes en cada caso, lo que refuerza la idea de que la captación de materias primas no es una simple adaptación a las condiciones del entorno, sino una respuesta selectiva ante las necesidades impuestas por el propio sistema técnico. Una vez definido el patrón general de variación en las estrategias de talla a partir de las dos unidades arqueológicas más significativas, se trataría de situar el resto de unidades arqueológicas en este contexto. En líneas generales, se perfilan dos momentos técnicos diferenciados en la secuencia analizada: un tramo superior (ca. 43-47 ka BP), caracterizado por los criterios dominantes en el nivel E, y un tramo inferior (ca. 47-50), en el que predominarían las tendencias observadas en el Ja. No obstante, algunos niveles muestran variaciones que expresan el espectro de variabilidad existente en cada momento técnico. En cuanto al análisis de las lascas, las características morfotécnicas más informativas con respecto a las variaciones en las estrategias de talla, la preparación de los talones y la delincación de la cara dorsal, tienden a asociar las unidades C.II y F-G con el nivel E, mientras que el nivel Jb se aproxima de forma recurrente al nivel Ja. Las unidades H e I muestran un comportamiento diferencial debido a una peculiar estructura volumétrica, caracterizada por una subrepresentación de las lascas de tamaño grande. Este fenómeno puede atribuirse a una marcada fragmentación de la cadena operativa, de la cual sólo los estadios finales se realizarían en el yacimiento. La mayoría de las variables morfotécnicas de las lascas experimenta variaciones en función del tamaño de las mismas, por lo que las anomalías observadas en los niveles H e I no han de atribuirse a cambios en las estrategias de talla. El análisis de los núcleos permite precisar un poco más estas asociaciones. En el Conjunto II el Modelo DI se encuentra bien representado, aunque se ve superado por el Modelo C; en cambio, las estructuras simétricas son poco frecuentes. En la unidad del Conjunto II que ha aportado un mayor número de objetos, ambas estrategias, jerarquizadas y no jerarquizadas, muestran una presencia prácticamente idéntica. En el nivel F-G los núcleos jerarquizados con una superficie preferencial de oblicuidad plana (Modelo DI) son mayoritarios. Tanto el Conjunto II como el nivel F-G comparten con el nivel E el claro predominio del sflex entre las materias primas utilizadas; no obstante, el incremento en el porcentaje de raederas se observa solamente en el Conjunto II, si bien en el caso del nivel F-G hay que valorar el escaso número de artefactos retocados con el que contamos. En el nivel I sólo hay dos núcleos que evidencien un grado de explotación suficiente como para ubicarlos en el contexto de variabilidad que hemos san las posibilidades de variación en el marco de una misma tendencia técnica. El nivel E representaría el momento en que el sistema técnico expresa una direccionalidad más acusada, mientras que en el Conjunto II y en el nivel F-G dicha tendencia se manifestaría de una forma más atenuada. Globalmente, los cambios documentados a lo largo de la secuencia pueden sintetizarse de la siguiente forma, siempre tomando como eje de referencia la oposición entre las unidades E y Ja: En los niveles de base (ca. 47-50 ka BP) las estrategias de explotación definen un espacio de variabilidad muy amplio. A partir de unos criterios fundamentales, como son la explotación unipolarizada bifacial desde el plano horizontal del objeto, se desarrolla un espectro de alternativas posibles que se estructura en torno a los principios de simetría/asimetría y jerarquización de las superficies de lascado. En este contexto de variabilidad, definido a partir del nivel Ja, se producen fenómenos de orientación preferencial, como el del nivel Jb, que carecen de continuidad temporal. Esta estrategia de amplio espectro tienen su correlato en los procesos de captación de materias primas que, en el marco de una selección preferencial del sflex, contemplan un aprovechamiento significativo del cuarzo y la caliza. Esta flexibilidad en el terreno de los métodos de talla y de la selección de materiales no se extiende a las estrategias de configuración de artefactos, que muestran un abrumador predominio de los denticulados. En las unidades superiores (ca. 43-47 ka BP) el ámbito de las preferencias técnicas se hace más restrictivo, en los planos morfotécnico y litológico, con una acentuación del predominio del sílex en los procesos de talla. Los métodos jerarquizados con una superficie de lascado preferencial de oblicuidad plana, que aparecían como una de las alternativas posibles en los niveles inferiores, adquieren un papel predominante, de forma clara en el nivel E y más matizada en las otras dos unidades. Esta orientación de los métodos de explotación va acompañada de un incremento significativo en los niveles de control de las extracciones y de la gestión de la superficie de lascado, con el aumento de los talones multifacetados y de las caras ventrales cóncavas. Estos cambios se traducen en el nivel E, y tal vez en el Conjunto II, en una mayor proporción de lascas de tamaño grande, que no se produce, en cambio, en el nivel F-G. En el nivel E y en el Conjunto II tiene lugar también una subida significafiva en el porcentaje de raederas. Los distintos ámbitos de análisis sugieren un claro patrón de variación diacrónica a lo largo de la secuencia. Esta tendencia de cambio se refleja tanto en los caracteres morfotécnicos de las lascas como en los de núcleos y objetos configurados, lo que indica que no se trata de un fenómeno puntual sino de un cambio de orientación consistente en las preferencias técnicas. Si bien la mayoría de las unidades arqueológicas pueden integrarse en este proceso de cambio, su expresión más evidente se produce al comparar los niveles E y Ja, que son los que han proporcionado un mayor número de restos. También son los momentos que contemplan unos impactos ocupacionales más estables, si atendemos a la dimensión espacial de las ocupaciones y a la organización de las cadenas operativas. Los criterios morfotécnicos que en mayor medida reflejan la diferenciación entre ambos niveles afectan tanto a las estrategias de explotación de núcleos como a las de configuración de artefactos. En el nivel Ja, el predominio de las estrategias de talla no jerarquizadas va acompañado de un claro predominio de los talones unifacetados, mientras que la modalidad recta es la más representada entre las caras ventrales. Los denticulados representan el 84 % de los objetos retocados. En cambio, el nivel E muestra un predominio de las estrategias de talla jerarquizadas, a lo que va unido un incremento significativo en el porcentaje de talones multifacetados y un predominio de las caras ventrales cóncavas. En cuanto a los objetos retocados, los denticulados descienden hasta el 64 %, en beneficio de las raederas. Este cambio morfotécnico va acompañado de modificaciones en las estrategias de captación de materias primas, tendentes a incrementar el uso del sílex en los niveles superiores. Estos cambios diacrónicos se han de matizar en el marco de las continuidades que mantienen constantes las grandes líneas estructurales de los procesos de intervención. En las secuencias de explotación la continuidad viene marcada por el principio de organización volumétrica de los núcleos a partir de dos superficie de lascado opuestas separadas por un plano de intersección horizontal; la talla unipolarizada bifacial es el criterio central que unifica el conjunto de los procesos de explotación. En las secuencias de retoque es el predominio de la propiedad denticulada el que cohesiona los diferentes unidades arqueológicas en un mismo marco estructural. Las variaciones se producen en el contexto de preferencias técnicas definido por estos dos principios. Es preferible, por tanto, caracterizar las modificaciones apuntadas como cambios de orientación en el marco de un mismo espacio de variabilidad; no hay razones para plantear una ruptura en el contexto tecnológico como la que se producirá con la aparición del Paleolítico Superior en el nivel A. El Paleolítico Medio del Abric Romaní documenta una tendencia de cambio diacrónico dentro de la continuidad. No obstante, a pesar de ese trasfondo técnico común, el cambio es lo bastante consistente como para individualizar distintos tramos de la secuencia. Las unidades C.II, F-G y, aunque con reservas, H se aproximarían a la tendencia marcada por el nivel É, mientras que las unidades I y Jb estarían más próximas al nivel Ja. Sin embargo, estas atracciones no deben hacer olvidar los fenómenos de variabilidad que se registran en cada tramo de la secuencia. Cada unidad participa de forma diferencial de la tendencia técnica en la que se inscribe, de forma que si entre los niveles E y Ja las diferencias son claras, entre el resto de unidades las oposiciones no son tan marcadas, permitiendo establecer un espacio de continuidad entre los polos morfotécnicos que representarían los dos momentos ocupacionales más importantes. El Conjunto II es el que más se aproxima al nivel E en la mayor parte de los parámetros analizados, aunque hay que recordar los fenómenos de selección volumétrica que afectan a la muestra estudiada. El predominio de los métodos de talla jerarquizados no es tan acusado como en el nivel E, lo que va acompañado de un descenso de los talones multifacetados y de las delincaciones ventrales cóncavas. Sí comparte claramente el carácter positivo de las raederas. El nivel F-G muestra un comportamiento similar al del Conjunto II; los caracteres morfotécnicos que singularizan al nivel E muestran también un carácter positivo, aunque de forma más atenuada. En cambio, se registra una ausencia total de las raederas, si bien hay que valorar en este caso el reducido número de objetos configurados que ha proporcionado este nivel. El porcentaje de sílex es algo más bajo que en las unidades superiores. El nivel H muestra un énfasis en la talla del sílex similar al de los niveles superiores, aunque poco puede decirse de las estrategias de explotación a partir de los restos recuperados; los objetos configurados son casi exclusivamente dendculados, si bien hay que tener en cuenta de nuevo el reducido tamaño de la muestra. En cuanto a las unidades básales, el nivel Jb se aproxima en algunos aspectos a la tendencia definida en los niveles superiores, por ejemplo en el porcentaje de sflex y en el predominio de los núcleos jerarquizados. En cambio, esta orientación jerarquizada de la talla no va acompañada del incremento en los caracteres morfotécnicos üe las lascas que en la parte superior de la secuencia se asocian a este tipo de explotación; tampoco se aprecia en esta unidad una presencia significativa de las raederas. El nivel I, a pesar de su escaso número de efectivos, se aproxima a la tendencia apuntada por el nivel Ja, acentuándose aún más la variabilidad litológica. Estos cambios se producen en el marco de un mismo yacimiento, lo que indica que la disponibilidad de materias primas no puede considerarse la causa de las modificaciones en las estrategias de talla. Tampoco el tipo de ocupación sería una explicación suficiente, ya que los niveles E y Ja, que son los que más se diferencian a nivel morfotécnico, corresponden a ocupaciones relativamente estables, a juzgar por la organización espacial de las ocupaciones y la fragmentación de las cadenas operativas. Determinadas circunstancias ambientales pueden implicar una presión sobre los recursos que haga adaptativa una tendencia a maximizar su aprovechamiento. Pero de esto no se sigue necesariamente la aplicación de unos criterios técnicos de maximización, a no ser que exista una voluntad de optimizar el aprovechamiento de los recursos, sobre todo cuando dichos criterios implican cambios en la estructuración volumétrica del núcleo y en la disposición de las extracciones sobre la superficie de lascado. Algunos de los argumentos explicativos utilizados por Rolland y Dibble responden a concepciones apriorísticas sobre las consecuencias de los cambios ambientales, consecuencias de las no se aporta una evidencia directa. Es el caso de la intensidad ocupacional, que se hace depender de las variaciones en las condiciones climáticas, sin que se planteen los criterios arqueológicos que evidenciarían de forma directa las diferencias en el tipo de ocupación. Los datos etnoarqueológicos sugieren que son las evidencias relacionadas con la organización espacial y la gestión de los recursos las que mejor indican la intensidad o duración de las ocupaciones. Dichas evidencias sugieren que la intensidad ocupacional no es un factor relevante en las principales tendencias de cambio tecnológico observadas en el Abric Romaní. Las diferencias entre los dos tramos de la secuencia expresan las distintas formas de gestionar T. P.,56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es un mismo espacio de variabilidad, entre tecnologías de amplio espectro y tecnologías orientadas preferencialmente hacia un sector del campo morfotécnico. El tramo basal se caracterizaría por unas estrategias de talla que permiten diversas soluciones técnicas, aunque en el marco de un predominio de los procedimientos no jerarquizados. En este contexto se producen variaciones que restringen el campo de las soluciones posibles en la dirección que luego singularizará al tramo superior de la secuencia. Así cabría interpretar el nivel Jb, que apunta la tendencia de cambio que se manifestará posteriormente pero que no alcanza una continuidad diacrónica. Esta tendencia adquiere una constancia temporal a partir del nivel F-G, definiendo un cambio técnico caracterizado por la introducción de procedimientos encaminados a incrementar el control sobre el proceso de explotación, aumentando el nivel de exigencia técnica en la gestión de las superficies de lascado. El criterio central que estructura las estrategias de talla es la definición de una superficie de lascado preferencial cuya morfología se estructura a partir de un doble principio de convexidad bilateral y próximo-distal. La interpretación de las secuencias de talla mediante el concepto de campo morfotécnico representa una alternativa a los procedimientos clasificatorios que definen métodos de talla discretos, perfectamente delimitados entre sí. Las diferencias en el espacio de variabilidad morfotécnica podrían interpretarse en el marco de la distinción entre los métodos levallois y discoide. La estrategia de explotación predominante en el nivel E puede equipararse con la concepción levallois, tal como ha sido definida por E. Boëda, y más concretamente con la variante centrípeta recurrente, aunque en este caso concedemos una mayor importancia al criterio de jerarquizacion y asumimos una mayor variabilidad en la oblicuidad de las superficies de lascado preferenciales. En cambio, el nivel Ja, con un mayor énfasis en las estrategias no jerarquizadas que contemplan la obtención recurrente de extracciones secantes con respecto al plano de intervención, se encontraría más próximo a la concepción discoide. El proceso de cambio documentado en el Abric Romaní sería similar al de otras secuencias arqueológicas del Paleolítico Medio. En este marco conceptual, se ha planteado que la talla levallois tendería a incrementar la predeterminación de los productos; permitiría un mejor aprovechamiento de las superficies de lascado, con la posibilidad de obtener soportes de mayor tamaño. Sería un método más reflexivo y de consecuencias más previsibles que se traduciría en una mejora cualitativa de los productos y la estandarización de determinados parámetros formales (Boëda, 1988a(Boëda,, 1994;;Pigeot, 1991; Turq, 1992). La capacidad de los métodos jerarquizados para contrarrestar los efectos de la progresiva reducción volumétrica de los núcleos han sido ya indicados por Nathan Schlanger ( 1996: 243). La reconstrucción de la secuencia de talla procedente del yacimiento de Maastricht-Belvédère muestra que las dimensiones de las lascas levallois no disminuyen a medida que avanza la secuencia y el núcleo se va haciendo cada vez más pequeño. El concepto de espacio morfotécnico obliga a matizar las consecuencias conceptuales de estos cambios en la estructuración volumétrica de los núcleos. Lejos de existir una distinción conceptual estricta, ambos métodos de talla pueden integrarse en un mismo espacio de variabilidad; el método levallois formaría parte del espectro de variabilidad de la talla discoide y a la inversa, la variabilidad de la talla levallois define un espacio en el que se ubicaría la talla discoide. Las diferencias entre conjuntos expresarían las distintas formas de estructurar ese campo morfotécnico y la tendencia a orientarse preferentemente dentro de él. En el Abric Romaní, la talla levallois se inscribiría en un contexto técnico selectivo, en el que se aprecia una reducción intencional del campo morfotécnico; en cambio, el predominio de la concepción discoide aparece en un contexto de variabilidad mucho más ampHo y versátil, menos exigente desde el punto de vista técnico. En cualquier caso, la aplicación del concepto de campo morfotécnico a los conjuntos líticos del Abric Romaní sugiere que las diferencias no se circunscriben a la elección de un método de talla, sino que responden a criterios globales de organización del conjunto del sistema técnico. Son estos criterios los que explicarían la selección preferencial de determinadas estrategias de explotación. Los distintos parámetros observables en un sistema técnico no pueden entenderse de forma aislada, sino que mantienen una coherencia interna, resultado de la selección intencional del conjunto de opciones posibles que responden mejor a un objetivo determinado. Otras secuencias arqueológicas muestran tendencias de cambio diacrónico en las que se observa la asociación entre el incremento de los métodos de talla jerarquizados, de la utilización del sílex y del porcentaje de raederas (Moncel y Combler, 1992; Raposo y Cardoso, 1997; Rigaud, T. P., 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es
EL SANTUARIO EXTREMEÑO DE LAS MANOS El proyecto de investigación llevado a cabo en la cueva de Maltravieso, no sólo ha supuesto un notable incremento en el inventario de representaciones artísticas -manos, zoomorfos e ideomorfos-conocidos en la cueva de Maltravieso, sino que aporta importantes novedades, respecto al momento cronológico de realización de las distintas manifestaciones, fases de ejecución, técnica empleada en la elaboración de las figuras y tipología de los motivos. Otra novedad importante derivada de nuestra investigación, ha sido la constatación de la inexistencia de mutilaciones en las manos. Estas amputaciones, tan largamente comentadas por la bibliografía tradicional, no son tales, sino simples ocultaciones intencionales del dedo meñique con el mismo pigmento empleado para plasmar la mano en negativo. Hasta donde ha llegado el hombre en su ocupación de las tierras habitables del ecúmene ha sido portador de la representación de la mano como un símbolo de su propio ser. Uno de los puntos extremos de las migraciones humanas es la América austral: allí se encuentran los espléndidos frisos de manos negativas, junto con otras pinturas, de la gran garganta del Río Pinturas (Argentina). De Maltravieso a la Patagonia hay una larga distancia, que se acrece si se recuerda que el hombre entró en el con-T. P,56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tinente americano por el estrecho de Behring. Enfrentarse con el estudio de una cueva como Maltravieso será siempre un reto a pesar de la ayuda de las tecnologías actuales, que aquí hemos utilizado ampliamente. De ellas no disponían los pioneros de las estudios de arte prehistórico y, entre ellos, Carlos Callejo Serrano que supo valorar enseguida su propio y muy notable descubrimiento y cuyos pasos hemos seguido. En una visita realizada en 1994 por técnicos de la Dirección General de Patrimonio, se constató el grado de abandono y deterioro, no sólo del yacimiento, sino también de su entorno, que en caso de no atajarse con prontitud abocaría irremisiblemente a la pérdida de todas las representaciones artísticas. En el informe emitido tras la visita se daba cuenta de que el estado de conservación era el resultado de un largo proceso que comienza ya con el mismo descubrimiento de la cueva, pero que se aceleró fundamentalmente a partir de la segunda mitad de la década de los sesenta con la construcción indiscriminada de edificaciones en las proximidades, que originaron en 1968 algunos derrumbes parciales en el interior de la cueva con riesgo de pérdida de cuatro paneles con pinturas. A mediados de los años ochenta coincidiendo con las intenciones de la Diputación Provincial de Cáceres de acondicionar el entorno de la cueva, se llevaron a cabo los trabajos de documentación efectuados por el profesor F. Jordá y don J.L. Sanchidrián que elaboraron un proyecto detallado que finalmente no se llevó a cabo y las constantes acciones vandálicas de que fueron objeto, volvieron a sumir a Maltravieso en el más absoluto de los abandonos. Ante esta lamentable situación la Dirección General de Patrimonio, decidió la recuperación integral no sólo de la cueva, sino también del espacio que la rodea. Siguiendo las directrices marcadas por los técnicos del Servicio de Patrimonio Histórico Artístico, se coordinó un proyecto multidisciplinar con el objetivo de recuperar de forma definitiva el yacimiento y ponerlo en valor mediante la creación de un Centro de Interpretación que pusiera a disposición del público en general el contenido histórico y artístico de la cueva de Maltravieso. Entre los meses de octubre y noviembre del año 1996 se procedió a la documentación arqueológica de la cueva, que fue asumida por el Laboratorio de Estudios Paleolíticos de la U.N.E.D., estando codirigido por los autores de este texto. La revisión cuidadosa de la totalidad de la cueva y la aplicación de nuevos sistemas de documentación basados en el empleo de longitudes de onda fuera del espectro luminoso visible generó un importante número de representaciones inéditas lo que obligó a un replanteamiento de nuestro proyecto inicial que pasó, en primer lugar, por un cambio en la tradicional numeración de los paneles de cara a mejorar nuestra operatividad y con objeto de clarificar su lectura en futuras publicaciones. Para todo el proceso de toma de datos se empleó un sistema no destructivo basado en la aplicación de una serie de fichas de catalogación a la que se adjuntaba una serie completa de fotografías, además de la correspondiente filmación en vídeo. Este material gráfico fue tmclt^áo a posteriori, tras su digitalización, para la obtención de las reproducciones-calcos correspondientes a cada motivo. La consecución de esta investigación no sólo ha supuesto un notable incremento en el inventario de representaciones artísticas conocidas en la cueva de Maltravieso, sino que aporta importantes novedades, algunas de ellas ya intuidas brevemente con anterioridad, respecto al momento cronológico de realización de las manifestaciones, fases de ejecución, técnica empleada en la elaboración de las figuras y tipología de los motivos. La primera de las manos representadas en el arte paleolítico que se conoció fue hallada por Émile Cartailhac y el abate Henri Breuil en su expedición a la cueva de Altamira en 1902 (Breuil y Cartailhac, 1906). En los años 1905/1906 F Regnault empezó a explorar la cueva pirenaica de Cargas (Hautes-Pyrénées), encontrando algunas de sus manos pintadas, estudio que fue asumido posteriormente por Cartailhac y Breuil. Con los años se sucedieron otros descubrimientos de manos, pero siempre en lo que entonces se denominaba "provincia francocantábrica", pero la geografía del arte paleolítico de la Península Ibérica sufrió cincuenta años más tarde, en 1956, un cambio sustancial al anunciarse el de las manos pintadas de Maltravieso, siendo el autor de tan importante hallazgo científico el erudito y arqueólogo C. Callejo Serrano. La cavidad había sido encontrada en 1951 al avanzar la explotación de una cantera de la que se T. R, 56, n. ^^ 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Lám. I. Vista de la actual boca de la Cueva de Maltravieso, antes de que se construyeran los edificios que hoy se sitúan en sus cercanías. extraía caliza para transformarla en cal (Lám. Entonces se localizaron algunos materiales arqueológicos, de los que se hizo eco la prensa extremeña. En aquella primera e irregular recolección, se retiraron algunos restos humanos, cerámicos y paleontológicos por varias personas, quedando dichos materiales dispersos. En 1955, C. Callejo inició la recuperación y el estudio de aquellos materiales, empezando al mismo tiempo la exploración sistemática de la cueva. En 1956, tuvo la fortuna de identificar una parte de las manos que conserva la caverna. Esta habría quedado como un hito más en la rica carta arqueológica cacereña de no ser por el alto valor de su hallazgo en una zona carente de este tipo de representaciones. C. Callejo hizo llegar su estudio a algunos arqueólogos y a diversas instituciones. Así llego a las manos del profesor M. Almagro Basch, que visitó la cueva en 1959 y en 1960, esta vez con el profesor F. Jordá Cerda, siempre acompañados por el descubridor. Ambos especialistas refrendaron el carácter paleolítico de las representaciones en ese momento atribuyéndolas al Perigordiense o al Auriñaciense medio (Almagro Basch, 1969) (Lám. Con la misma fecha de 1960, M. Almagro Basch publicó su propio estudio. Unos años después lo amplió y puso al día en una "guía" publicada por la Dirección General de Bellas Artes con la colaboración del Ayuntamiento de Cáceres. Los datos esenciales sobre la cueva y su contenido artístico eran prácticamente los que había publicado C. Callejo, pero ahora con más detalle y añadiendo entre los hallazgos arqueológicos una punta de lanza del Bronce final y algunas otras manos al repertorio pictórico. En total, M. Almagro documenta treinta manos, numerosas series de puntuaciones, tres trianguliformes, un serpentiforme, varias curvas concéntricas, líneas verticales paralelas y una posible cabeza de cérvido (Almagro Basch, 1969). En el mes de marzo de 1969 tuvieron lugar en Mérida las sesiones del XF Congreso Arqueológico Nacional que se clausuró en Cáceres. Al Congreso se presentaron dos comunicaciones referidas a Maltravieso (Callejo Serrano, 1970; Jordá Cerda, 1970). Durante la celebración de esta reunión, C. Callejo propuso a E. Ripoll Perelló efectuar una visita a la cueva, durante la cual se produjo el descubrimiento en la Sala de las Chimeneas de un conjunto de líneas grabadas entre las que identificó un protomos de cierva y otro zoomorfo acéfalo. IL De izquierda a derecha, Martín Almagro, Carlos Callejo y Francisco Jordá (1960) se disponen a iniciar una de las exploraciones llevadas a cabo en la Cueva de Maltravieso (Cortesía archivo F. Jordá). T. P.,56, n.'^2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es La labor de F. Jordá Cerda y J.L. Sanchidrián, estaba enmarcada en el proyecto de investigación denominado "El Pleistoceno en Extremadura", dentro del cual se efectuaron la documentación e inventario de las manifestaciones artísticas de la cueva cacereña. Señalaron, así mismo, que a su parecer, posiblemente, los dedos meñiques no representados, no estuvieran ni mutilados ni doblados, sino que pudieran en algún caso haber sido repintados una vez realizada la silueta. En cuanto a la atribución cultural del conjunto, establecieron que la asociación entre trianguliformes, manos y serpentiformes correspondía a un Magdaleniense medio, en torno al 14000. La última actuación efectuada en la cueva de Maltravieso ha sido la realizada por los autores de este artículo, con el objetivo de documentar definitivamente el yacimiento de cara a la construcción del Centro de Interpretación-Museo de la Cueva de Maltravieso. Este proyecto se ha desarrollado paralelamente a los trabajos del LC.R.B.C (Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales) y el Ayuntamiento de Cáceres. El objetivo del trabajo conjunto era recuperar la Cueva de Maltravieso, que había sufrido un alto grado de contaminación debido tanto a su posición geográfica, dentro de la ciudad de Cáceres, como al hecho de haber sido objeto de numerosos actos vandálicos que deterioraron y pusieron en peligro las representaciones pictóricas que contiene. A partir de estos estudios se ha colaborado en la realización de un Museo-Centro de Interpretación del yacimiento, en el que el público pueda disfrutar de la cavidad sin que entrañe ningún riesgo directo para su conservación. Nuestros trabajos han servido para complementar este importante proyecto de protección y restauración documentando el arte rupestre de forma definitiva sobre un soporte informático que permita su consulta directa, evitando así continuadas visitas al yacimiento con los riesgos de contaminación que esto conlleva y al propio tiempo dar a conocer la cavidad a los diferentes especialistas interesados en el tema. A partir de un análisis exhaustivo de todas las superficies de la cueva susceptibles de contener representaciones artísticas, hemos localizado una total de 71 representaciones de manos y huellas leves de las que un día lo fueron. Con nuestro trabajo hemos querido redescubrir el yacimiento de Maltravieso en función de los adelantos y nuevos hallazgos acaecidos tanto en la Península Ibérica como en Extremadura, dentro del contexto del Arte Rupestre Extracantábrico, dándole la valoración merecida en el ámbito científico nacional e internacional y recuperándolo a nivel divulgativo. CARACTERÍSTICAS GEOLÓGICAS DE LA CUEVA DE MALTRAVIESO La Cueva de Maltravieso se encuentra situada en la zona Sur de la ciudad de Cáceres (Fig. 1). Su entrada se abre en el frente de una antigua cantera utilizada para la extracción de las calizas paleozoicas en las que se desarrolla la cavidad, cantera que en la actualidad ha sido transformada en un parque urbano. Esta zona calcárea es conocida en Cáceres con el nombre de El Calerizo y durante mucho tiempo constituyó una de las áreas urbanas más deprimidas económicamente de la ciudad, precisamente por los problemas geotécnicos que plantean las características del subsuelo de cara a la construcción, a los que hay que unir los debidos a las antiguas explotaciones mineras abandonadas de fosfatos y calizas llevadas a cabo en esta formación carbonatada desde tiempos históricos (I.G. M.E., 1985). En la primera publicación científica sobre la cueva (Callejo Serrano, 1958) ya aparecen las primeras notas sobre sus características geológicas escritas con gran acierto por el profesor Dr. F. Hernández Pacheco, quien en 1951 realizó su pri-T. E, 56, n.« 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mera visita a esta cavidad cacereña (Jordá Pardo, 1992). Desde el punto de vista geológico, la Cueva de Maltravieso se encuentra ubicada en el extremo centro-meridional del occidente de la zona Centro-Ibérica del Macizo Ibérico o Macizo Hespérico ( Julivert et alii, 1972; Julivert, 1983). En general, puede decirse que esta zona del Macizo Ibérico no es especialmente rica en afloramientos calcáreos (Val y Hernández, 1989), correspondiendo estos a escasas excepciones de intercalaciones carbonatadas en el registro estratigráfico de la zona Centro-Ibérica, con un mayor o menor grado de recristalización y dolomitización, situadas, dentro de la escala cronoestratigráfica, en el Precámbrico, el Cámbrico, el Devónico y el Carbonífero. El aparato kárstico de la Cueva de Maltravieso se desarrolla en una estrecha franja de calizas y dolomías marmóreas del Carbonífero inferior (Paleozoico) (Tena Dávila y Corretgé, 1982), que en la zona que nos ocupa se encuentran plegadas y fracturadas, dispuestas en bancos de 1 a 2 m, formando parte del flanco suroriental del sinclinal de Cáceres, estructura de plegamiento originada por la orogenia Varisca, cuyo núcleo se encuentra constituido por pizarras también carboníferas, siguiendo su eje la dirección Noroeste-Sureste. Las calizas se encuentran limitadas en los bordes del sinclinal por materiales impermeables o de baja permeabilidad, como pizarras, areniscas y cuarcitas. Estas calizas, masivas, de color gris, con óxidos de hiero y abundantes arcillas en los planos de estratificación, se encuentran además afectadas por una fracturación varisca que da lugar a un sistema de diaclasas, fracturación que se manifiesta con más claridad que la superficie de estratificación (SQ). Este sistema de superficies de debilidad, estratificación y fracturación, es el responsable de las directrices generales de la karstificación externa y del acavernamiento. Geomorfológicamente, la Cueva de Maltravieso se encuentra situada en la unidad morfoestructural de la Península Ibérica denominada Macizo Hespérico Meridional (Gutiérrez Elorza, 1994) y más concretamente, en la parte central de la llamada penillanura extremeña, comprendida entre la Depresión del Tajo al Norte y la Depresión del Guadiana al Sur. El marco cronológico de la penillanura extremeña es muy amplio encontrándose acotado por los arrasamientos premesozoicos del Macizo Hespérico y el desarrollo plio-cuaternario de las rañas (Rodríguez Vidal y Díaz del Olmo, 1994). Panorámica general del conjunto Sala de las Columnas visto desde la entrada de la cueva. DESCRIPCIÓN DE LA CAVIDAD La actual entrada o boca de acceso a la cueva se abre en la pared frontal de la antigua cantera antes mencionada, resultando de esta forma una abertura triangular, correspondiente a las sección de la galería por la que se accede a la cueva. Esta galería fue cortada por la cantera y su continuación hacia el interior de la cavidad se destruyó a consecuencia de las actividades mineras, quedando en la actualidad el sector de cavidad más próximo a la primitiva entrada, situado en la última sala. En general, los conductos, galerías y salas que configuran la cueva presentan un condicionamiento estructural muy acusado, como así se desprende del análisis de las direcciones de los segmentos longitudinales del trazado subterráneo (Val y Hernández, 1989). Por tanto, la cueva de Maltravieso corresponde a un karst estructural, originado fundamentalmente por corrosión desarrollada a favor de los planos de debilidad de la roca carbonatada, con una alimentación autóctona, producida por infiltración de agua de lluvia de forma gravitacional. En la actualidad constituye un ejemplo de karst muerto, en el que los procesos de reconstrucción litoquímica son mínimos, manifestándose en algunos puntos procesos de alteración de cierta importancia en las formaciones y paredes de la cueva. Los conductos que componen la cavidad se encuentran parcialmente colmatados por sedimentos detríticos, tanto autóctonos como alóctonos, sobre los cuales se han desarrollado en algunos puntos espeleotemas (Lám. LA RECUPERACIÓN DE UN PARAJE KÁRSTICO URBANO Con la rehabilitación sufrida por este paraje kárstico realizada a partir de 1986, el entorno de la Cueva de Maltravieso ha adquirido, dentro de sus especiales circunstancias, unas características de visitabilidad y conservación muy dignas, que permiten el disfrute de la zona, así como la conservación y perdurabilidad en el tiempo de las singulares manifestaciones artísticas prehistóricas que la cueva contiene. Estas sustanciales mejoras hacen que una de las escasa cavidades kársticas urbanas españolas se encuentre plenamente integrada en el entorno de la ciudad. En este sentido, es necesario destacar el hecho de que, dada la escasez de zonas kársticas y cavidades en esta zona del Macizo Hespérico, la Cueva de Maltravieso constituye por si misma, independientemente de servir de soporte de manifestaciones artísticas prehistóricas de indiscutible valor cultural, un interesante georrecurso cultural no renovable o punto de interés geológico, que integra el Patrimonio Geológico de Extremadura. La situación de la Cueva de Maltravieso dentro del casco urbano, si bien ha constituido en el pasado uno de los factores de su degradación y de la desaparición de parte de su recorrido, en la actualidad ofrece las mejores oportunidades para la adecuada promoción de este georrecurso cultural, dado que su integración en un parque público y su cercanía a centros de enseñanza permiten la explicación sobre el terreno de los aspectos de la geomorfología kárstica, los cuales son difíciles de observar por los estudiantes y el público en general en esta zona de la península. menor proporción, aunque con una importancia significativa puesto que muchas de las figuraciones no habían sido documentadas, se representan signos (puntuaciones y líneas paralelas, siempre en pintura), figuraciones zoomorfas y trianguliformes grabados o pintados, que aparecen en los diferentes paneles unas veces de manera independiente y otras asociada a aquéllas (Fig. 2). Las improntas de manos son el tema básico de las representaciones documentadas en Maltravieso. El conjunto está formado por 71 siluetas distribuidas heterogéneamente a lo largo de la cueva. Hasta el inicio de nuestros estudios tlcorpusát manos era de 37. Durante nuestra investigación hemos identificado estas representaciones, incluyendo la recuperación de una descubierta por M. Almagro (1960) y no mencionada en posteriores trabajos (Jordá Cerda y Sanchidrián Torti, 1992; SanchidriánTorti, 1988SanchidriánTorti, /1989)), y hemos registrado otras 44 nuevas. En la tabla 1 podemos apreciar la evolución seguida en la identificación de representaciones de manos a lo largo de la historia de la investigación de Maltravieso. La información aparece estructurada por salas y dentro de éstas por paneles. Si a lo largo de la historia de la investigación se ha mantenido el nombre de las salas, no ha sucedido así con los paneles, ya que cada investigador les dio distinta numeración. En la citada figura podemos apreciar la equivalencia de la diferente numeración de los paneles y las representaciones de manos que cada autor registró en su estudio. TEMÁTICA DE LAS DISTINTAS REPRESENTACIONES En el conjunto de las manifestaciones artísticas de Maltravieso se constata la utilización de la pintura y del grabado. En la pintura encontramos el uso de diferentes pigmentos, fundamentalmente rojos (posiblemente obtenidos del propio sedimento de la cueva) y en menor medida marrones, negros y blancos, con los que se han realizado manos, ideomorfos y zoomorfos. El tema básico en esta estación son las representaciones de manos, que se encuentran en 20 de los 29 paneles diferenciados. Junto a las manos y en Realización de las representaciones de manos Todas las improntas de manos fueron realizadas con ocre rojo que han adquirido diversas tonalidades, aunque inicialmente debió de ser la misma, y en tres de ellas se emplearon además pigmentos blancos, como veremos más adelante. Aunque todavía no se ha realizado un análisis exhaustivo de la procedencia de estos materiales, el ocre rojo y los pigmentos negros se obtuvieron probablemente de las arcillas que hay depositadas en la cueva. A excepción de tres representaciones, todas las improntas de mano han sido realizadas en negativo. Nuestra investigación nos induce a pensar que es- tas improntas se elaboraron apoyando la mano, bien la palma o el dorso, sobre la superficie y posteriormente se aplicó el pigmento mediante soplado, creando de esta forma el negativo, aunque no descartamos el empleo de otras técnicas. En la Sala de las Pinturas, en el panel III denominado "Camarín de las Manos" (Almagro Basch, 1960), se localizan tres representaciones realizadas mediante técnica mixta en la aplicación del pigmento (Lám. Por un lado se trata de manos de color blanco en positivo, que a su vez lo son en negativo puesto que poseen un halo de color rojo. Realizamos un minucioso examen utilizando una potente lupa, que nos permitiera determinar si la parte interior de las manos era la superficie de la colada calcítica blancuzca, o si bien se trataba de un pigmento. De este modo comprobamos que la superficie original es de color grisáceo, mientras que el interior de las manos es de color blanquecino marfileño. En su realización probablemente se aplicaron pigmentos blancos en la palma, posterior-mente ésta se apoyó en la roca soporte y se proyectó el colorante ocre rojo mediante soplado, depositándose alrededor de la palma y entre los dedos, definiendo una mano en negativo con una silueta muy Lám. Fotográfica con película infrarroja del Camarín de las Manos (panel III). Esta técnica nos permite observar el orden de superposición de las distintas representaciones ya sean incisas o pintadas.. Representaciones de manos documentadas en los distintos momentos de investigación de Maltravieso. (L.E.P. = Laboratorio de Estudios Paleolíticos; SN = Sin Numeración). Las manos: 7, 8 y 9 del panel III son los únicos casos existentes en los que se aprecia esta técnica. Por otro lado este panel es uno de los más significativos de la cueva dada la asociación de temas que contiene. Distribución de las representaciones de manos Encontramos representaciones de manos en todas las salas, con excepción de la Sala de las Chimeneas que fue la entrada original de la cueva. La mayor concentración aparece en la zona central, con la Sala de las Pinturas, que reúne en 9 paneles 38 representaciones de manos (el 55 %), y la Galería de la Serpiente con 22 (31 %). Estos resultados contrastan con las representaciones localizadas en la Entrada, Galería y Sala de la Mesita todas ellas con tan sólo una representación (Fig. 3). Respecto a la anatomía de las representaciones de manos de Mal travieso, en el mejor de los casos, se puede diferenciar entre: antebrazo, palma y dedos. En función de su presencia o ausencia y su orientación podremos inferir ciertos aspectos relativos a su realización y en algunos casos a su interpretación. El primer elemento que debemos tener en cuenta es el estado de conservación de las representaciones, puesto que va a condicionar la observación de las distintas partes de las manos y por tanto será un aspecto de extraordinaria importancia para el planteamiento de hipótesis en su interpretación. Con la finalidad de ser lo más objetivos posible hemos diferenciado cuatro categorías (Fig. 4B y Tab. 2) -Grado de conservación bueno. Aquellas representaciones que han sido documentadas a simple vista, y en las que podemos apreciar el contorno perfectamente delimitado de los dedos, la palma, y de la muñeca y antebrazo si los tuviera. Solamente 10 manos, es decir el 14%, muestran buena conservación. -Grado de conservación regular. En este campo incluimos las representaciones de manos que han perdido parte del pigmento con que fueron realizadas, y los contornos de dedos y manos no se observan tan nítidamente como en el caso anterior. En total 15 manos, el 21%, todas provistas de palma excepto 6. -Grado de conservación deficiente. Las representaciones con los contornos desvaídos que difi-cultan su visualización. Casi una cuarta parte de las manos, 17, se adscriben a esta categoría. Pese a su estado de conservación, en nueve casos es apreciable la palma, en dos además la muñeca y el antebrazo y en uno la muñeca, mientras en los nueve restantes sólo los dedos. -Grado dé conservación muy deficiente. Incluye las representaciones de manos cuya observación de los contomos de dedos y palmas es tan compleja que fue necesario un análisis exhaustivo en el laboratorio mediante el uso de técnicas específicas como diapositivas, vídeo o tratamiento digital de las imágenes. Este estudió se completó en posteriores visitas a la cavidad en momentos en que las condiciones de humedad aumentaron, facilitando así su observación. Es la categoría en la que más manos se adscriben, el 41 % (29). La palma es apreciable sólo en tres representaciones, sin muñeca o antebrazo, y en las veintiséis restantes sólo los dedos. Casi en el 60 % de las manos (41) sólo son visibles sus dedos, siendo su palma total o parcialmente inapreciable (Tab. Probablemente este hecho sea debido al estado de conservación, si consideramos que en veintiséis casos es deficiente, en nueve muy deficiente y en seis regular. Pese a estos datos en tres manos se distinguen los cinco dedos, en siete, cuatro, en veintiuna, tres, y en diez sólo dos. En el 40 % de las representaciones se distingue la palma (30), de las que diez van acompañadas de la muñeca y siete además del antebrazo, a pesar de que la conservación sea deficiente en tres casos y muy deficiente en ocho (Fig. 4A). En más de la mitad, 16, son perceptibles cuatro dedos, estando todos representados sólo en nueve improntas, mientras que tres solo muestran tres dedos, y las dos restantes dos dedos (Fig. 5). Respecto a qué dedos se representaron en primer lugar debemos tener en cuenta que en 33 represen- -35% 3 dedos(25) taciones de manos (46 %) no es posible su determinación. En los 38 casos restantes siempre están presentes el índice y el medio, el anular y el pulgar están representados en la mayoría de los casos (92 % y 89 % respectivamente), mientras que el meñique es el menos representado (45 %). Debemos considerar que aunque haya sido posible la identificación de los dedos representados, el estado de conservación puede influir en la ausencia de alguno de ellos (Fig. 6 y Tab. En cuanto a la distribución de manos por paneles, observamos que en 9 paneles (II, III, IV, V, VIII, IX, XIX, XXVI y XXVII) se conserva alguna mano completa, en muchas ocasiones junto a otras incompletas, pero en la mayoría de los casos predominan abundantemente las incompletas (Fig. 7). Para determinar la lateralidad recordamos que es necesario la presencia del dedo pulgar (será izquierda si la palma está a la izquierda y derecha en caso contrario), por lo que es indeterminada en el 49 % Respecto a la orientación predomina considerablemente la horizontal con 26 manos, seguida de las inclinadas y de las inclinadas-invertidas, estando representadas las invertidas tan sólo en dos casos. El predominio de manos horizontales, inclinadas o invertidas pudieran haber sido realizadas por dos individuos, uno apoyaría la mano en la superficie mientras el otro procedía a la aplicación del pigmento, mientras que las que muestran orientación vertical tal vez fueran realizadas por la misma persona, que proyectaría el pigmento mientras apoyaba la palma en la pared (Fig. 9 y Tab. En la realización de las representaciones se seleccionaron superficies más o menos verticales, excepto en dos casos muy significativos en que éstas fueron horizontales (manos 40 y 41) y a escasa altura del suelo lo que debió dificultar considerablemente su realización (1). Con una inclinación po-Fig. Gráfico mostrando en número de dedos representados en las distintas manos. sitiva respecto a la vertical, se disponen la mayoría de los negativos de manos, en 49 casos (69 %), seguidas de las superficies prácticamente verticales, 15 casos (21,1 %), mientras que 5 manos (7 %) se disponen en superficies cóncavas (Figs. En cuanto a la altura de los paneles con respecto al suelo no se deducen datos significativos puesto que predominan alturas de fácil accesibilidad. De los 29 paneles descritos, hemos documentado figuras zoomorfas en cuatro de ellos. En el panel número XXVII, que se ubica hacia la mitad de la pared derecha de la Sala de las Columnas, se localiza una figura de animal que aunque fue descrita en investigaciones precedentes no se hizo de forma suficientemente precisa. Tras un detallado análisis, hemos llegado a la conclusión de que, efectivamente, se trata de una figura de ciervo. Ño es una figura de interpretación sencilla, ya que en ella coinciden dos técnicas diferentes de ejecución, pintura y grabado. La cabeza está silueteada con un trazo de color marrón de apenas 0,5 mm de anchura que dibuja con bastante precisión astas, testuz, morro y quijada. Las astas representadas en perspectiva semitorcida, ya que se aprecian las dos, se desarrollan en posición vertical mediante sendos trazos ligeramente curvos de los que parten las restantes puntas. Por otra parte la cabeza y el inicio tanto de la línea cérvico-dorsal como del pecho, aparecen realizadas mediante un surco inciso bastante ancho (0,8 mm) aunque de escasa profundidad y de sección en "U". En el panel XXVIII hemos documentado una figura de bóvido de color negro (Lám. V), no descrito anteriormente, aunque J.L. Sanchidrián (1988/ 89) identificó en esta zona una línea negruzca. Hasta nuestra intervención sólo se tenía noticia de una figura zoomorfa grabada, una cierva documentada por E. Ripoll Perelló y J.A. Moure Romanillo (1979) que prácücamente fue ignorado en estudios monográficos posteriores de Maltra- vieso (Sanchidrian Torti,1988/1989). A partir de las investigaciones actuales este repertorio ha aumentado. En el panel XIII, situado en la Sala de las Chimeneas, aparece el primer grupo de figuras, donde se han podido distinguir tres representaciones zoomorfas. La primera ñgura puede ser un bóvido de 10 cm de longitud y 6 cm de anchura que mira a la Lám. V. Bóvido hacia la izquierda, pintado en negro. derecha. Presenta la línea del dorso y la cabeza subrectangular de aspecto muy macizo. Debido a la gran cantidad de trazos verticales que aparecen en esta zona es muy difícil de individualizar la comamenta. La siguiente representación es la antes mencionada cierva de 40 cm de longitud y 15 cm de anchura. La cabeza muestra tendencia triangular, y en la parte posterior se disponen dos trazos simples hacia atrás que representan las orejas. La línea superior del cuello enlaza sin solución de continuidad con el dorso hasta el arranque de la grupa. Para la realización de la pata trasera se aprovechó un resalte natural de la colada calcítica. El desarrollo del pecho y parte del vientre se solucionan con una sola incisión. La tercera figura es un cérvido acéfalo, posiblemente una cierva, de 18,5 cm de longitud y 12 cm de anchura que mira a la izquierda. Se conserva la línea del pecho, muy bien definida con un trazo bastante profundo, de casi 1 mm, al igual que la pata delantera, que está realizada con sendos trazos paralelos cerrados en la parte final por una línea perpendicular. Aunque el arranque de la línea cérvicodorsal y la del vientre sean muy marcados, van perdiendo profundidad a medida que se alejan del cuello, hasta llegar a ser prácticamente imperceptibles. Actualmente no es posible apreciar la parte trasera, debido a un desconchón de la colada calcítica junto a una bandera. Tal vez se utilizó esta protuberancia para dar volumen al anca y a la pata trasera, hoy desaparecidas. No se observa ningún vestigio de la existencia de la cabeza, aunque la mayoría de los trazos de este panel son de muy escasa profundidad (menor a 0,5 mm), por lo que no es difícil que se perdieran por algún proceso erosivo producido en la Sala de las Chimeneas. En el panel III, descrito por M. Almagro (1960) como el "Camarín de las Manos" también se documentan figuras animales grabadas, que hasta ahora había pasado inadvertidas. Así, se ha identifica- do unprotomos de caprino orientado a la izquierda, de cabeza subrectangular. Las incisiones son de 1 mm de profundidad y anchura. No se aprecia ningún detalle anatómico del interior de la cabeza, ni el arranque del pecho ni la línea cérvico-dorsal. De la parte posterior arrancan dos trazos paralelos y curvos hacia atrás que representan los cuernos. Además de estas representaciones indudablemente zoomorfas, se documentan una serie de figuras cuya atribución, debido al estado de conservación, no es tan clara. Tal es el caso de una serie de trazos en el panel XIV de la Sala de las Chimeneas, que podrían interpretarse como una cabeza de caballo entre una serie de signos. Esta posible cabeza de équido había sido descrita como una flecha con punta de aletas o signos diversos, pero su color rojo más intenso que el de las figuras de alrededor y el hecho de que se superponga a aquéllas nos hizo pensar que podría tratarse de otro tipo de representación. Es de pequeño tamaño 10 cm de longitud por 5 cm de anchura), y su deficiente estado de conservación nos obliga a ser cautos a la hora de afirmar que se trate, sin lugar a dudas, de un animal. En esta misma situación se encuentran ciertos trazos que encontramos en los paneles I, XVII, XXII y XXIX, de color rojo, excepto en el panel I que son negros, y en posición horizontal, subparalelos, cóncavos y con tendencia a ser convergentes. Presentan unas dimensiones reducidas, entre 5 y 9 cm, excepto los del panel XXIX, que tienen una longitud de 20 cm. Su configuración y estado de conservación nos inducen a pensar que podrían corresponder a figuras zoomorfas. Otra posibilidad es que configuren pares de líneas como los que se hallan en La Pileta (Benaoján, Málaga), y que han sido interpretadas como huellas de animales (Almagro Basch, 1960). En muchas zonas de la cueva se localizan diversas manchas de ocre, de las que por el momento no podemos discernir si se corresponden a figuras, signos, restos o simples manchas. -un semicírculo (panel XIV); -haces de líneas verticales (paneles VIII y XIV). En el que hemos denominado "panel principal" o número XXII, situado en la pared derecha de la Sala de las Pinturas, encontramos tres triángulos pintados con ocre de color rojo muy vivo e intenso, que ya fueron descritos en investigaciones anteriores. El primero de ellos, en la parte izquierda del panel, es un triángulo equilátero con el vértice hacia arriba y cuyos ángulos laterales se prolongan con una curvatura en la misma dirección, otorgándole un singular aspecto. Sus medidas son de 11 cm de base por 7 cm de altura. A la derecha de éste, se dispone otro triángulo de forma más sencilla, sin apéndices, tanlbién con el vértice hacia arriba y con unas dimensiones similares: 8 cm de base por 7 cm de altura, en peor estado de conservación. Por último a la derecha del panel, bajo la mano número 53, encontramos un tercer triángulo de características algo dispares a los anteriores, ya que éste presenta prolongaciones de líneas rectas en sus vértices y la base formada con dos concavidades, dando lugar a un nuevo ángulo agudo a la mitad de ésta. Su color es muy similar al de las manos, lo que podría interpretarse que su realización fuera coetánea. El otro panel en el que se han documentado figuras trianguliformes es el identificado como panel III, donde se observan dos triángulos grabados de morfología casi isósceles, de 11 cm de longitud y 7 cm de altura el mayor de ellos, y 10,5 de base y 4,5 cm de altura el otro. El trazo es bastante somero de 0,5 mm de profundidad y anchura y de sección en "V", aunque debemos considerar que aparece recubierto por la colada calcítica. Además de manos y zoomorfos, en Maltravieso se documenta un conjunto claro de signos que podemos dividir en cinco tipos: -trianguliformes (paneles III y XXII); -puntuaciones (paneles I, II, III, XIV, XXII, XXIII y XXV); -un "serpentiforme" (panel V); Se disponen series de puntuaciones realizadas con pigmentos negros, superpuestas o próximas a otras representaciones, especialmente en el panel XXII de la Sala de las Pinturas, que ya han sido descritas. Fuera de esta sala sólo se han registrado estos elementos en el panel XIV (Sala de las Chimeneas) y en el XXV (Galería entre la Sala de las Columnas y la de la Mesita), siendo en este último caso los puntos de ocre rojo, rompiendo la tónica T. P., 56, n. ^^ 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es general del conjunto. La mayoría de estas puntuaciones conforman líneas largas, verticales, de trazado irregular y habitualmente varias series paralelas. En el centro del panel V, situado en una losa cóncava al principio de la galería a la que da nombre esta figura, se puede observar la única representación de este tipo que existe en la estación, rodeada de cinco manos de factura posterior, ya que puede apreciarse claramente que donde las manos se superponen la figura pierde parte de su color rojo intenso. Se trata de un trazo largo dispuesto longitudinalmente respecto al suelo de forma sinuosa, por lo que tal vez sería más oportuno denominar esta figura como meandriforme y no serpentiforme como tradicionalmente se ha calificado, debido a las connotaciones que este término implica. En su parte inferior el trazo es más concreto y se ondula, terminando en punta. Infrapuesto a la cabecita de caballo del panel XIV antes descrito, en la Sala de las Chimeneas se aprecia un signo compuesto por siete trazos concéntricos semicirculares, actualmente difíciles de definir por su mal estado de conservación. Tiene unas medidas de 15 cm de longitud por 13 cm de anchura y está realizada con ocre de color marrón, diferenciándose así del resto de las representaciones de esta estación. "ASOCIACIONES" ENTRE MANOS Y OTRAS REPRESENTACIONES En este apartado nos limitamos solamente a señalar la asociaciones existentes entre las manos y otro tipo de representaciones. Partiendo de la antigua entrada a la cueva de Maltravieso, Sala de las Chimeneas, la primera asociación entre manos y otras representaciones la encontramos en el panel V ubicado en la Galería de la Serpiente, donde como ya hemos visto aparecen asociadas al meandriforme. En la Sala de las Pinturas las manos se relacionan también con ideomorfos, bien puntuaciones o bien triángulos superpuestos. En el panel III, en el camarín de las manos, éstas se superponen a un caprino y a dos triángulos grabados. También en la Sala de las Pinturas encontramos en el panel XXII la asociación más significativa por los temas que contiene. Aparecen cinco manos, una de ellas con antebrazo, junto a varias líneas de puntuaciones negras que se superponen a las mismas y tres trianguliformes pintados en rojo (Lám. En la Sala de la Mesita aparece una mano aislada, mientras que la situada en el Corredor de la Mesita está asociada a puntos rojos. En la Sala de las Columnas las manos existentes se encuentran de nuevo próximas a zoomorfos, como el cérvido del panel XXVII o el bóvido del panel XXVIII. Por último, J.L. Sanchidrián (1988Sanchidrián ( /1989) en la pequeña sala de la actual entrada a la cueva identifico tres manos y una línea curva de las cuales nosotros únicamente hemos hallado unos escasos restos pictóricos y otra representación de mano que no se corresponde con las anteriormente descritas. Haces de líneas verticales También en el panel XIV y a inferior altura, separados por una pequeña grieta de la pared, encontramos dos series de trazos paralelos y verticales del mismo color que la figura anterior. Se trata de dos series: una más a la izquierda, de siete trazos de 15 cm de longitud, y otra de dos trazos, con las mismas características que la anterior, pero cuyo pigmento parece ser más intenso. Algo similar se aprecia en el panel VIII, situado en la Galería de la Serpiente: donde se ubican dos trazos verticales paralelos, de 8 cm de longitud el de la izquierda y 5 el de la derecha, pero en esta ocasión de color negro. Posiblemente se deba a las malas condiciones de conservación que presenta la cavidad. Así podemos inferir, en contra de lo expuesto por F. Jordá (1970) quien afirma que "... las manos se sitúan dentro de un espacio comprendido entre la parte media de la cueva y el pasillo que conduce a la sala con los ideomorfos y las figuras grabadas (Sala de las Chimeneas)", que las manos se distribuyen de la siguiente forma: bien aisladas o bien asociadas en la zona media de la cavidad, pues las tres citadas con anterioridad no se conservan actualmente. TEORÍAS INTERPRETATIVAS DE LAS REPRESENTACIONES DE MANOS Desde el descubrimiento de la cueva de Cargas (Aventignan, Hautes-Pyrénées) a principios de siglo (Cartailhac, 1906a, b), las representaciones de manos con los dedos incompletos o acortados han sido objeto de estudio por gran parte de sus investigadores y han suscitado numerosas hipótesis. Después de haberse propuesto a principios de siglo la teoría de las mutilaciones voluntarias (2), otros investigadores, concretamente médicos aficionados al arte rupestre, propusieron un origen patológico para justificar la ausencia de determinadas falanges de los dedos. La teoría de las manos con alteraciones morfopatológicas fue defendida fundamentalmente por A. Salhy (1966), quién a su vez se basaba en una propuesta planteada por H. Breuil y E. Cartailhac (1910). Para aquel autor la idea de los dedos flexionados, suscitada por otros investigadores más escépticos, estaba llena de dificultades a causa de las complicadas contorsiones que supuestamente tendrían que adoptar los autores de dichas improntas. Este sería el caso de la posición de algunas manos derechas con el pulgar hacia abajo y con el eje de la misma también dispuesta hacia abajo y hacia la derecha. Por otra parte, redundaba en que algunas de las mutilaciones se localizan en la zona media de una falange y no a la altura de una articulación interfalángica. Sin embargo, la formación médica de este investigador le permitió proponer un amplio catálogo de enfermedades, a cual más rara (como pue-(1966), sin duda serían de tipo quirúrgico, hecho que le induce a pensar en algún tipo de rito sanguinario. B. y G. Delluc (1993) consideran que la hipótesis de las manos accidentadas o mutiladas ritualmente "resulta clarísima en Maltravieso, donde 'siempre' falta el dedo meñique". Para A. Leroi-Gourhan (1964) esta teoría con paralelos etnográficos en países en los que algunas viudas se cortan las falanges distales a la muerte de su marido, se refleja en la bibliografía prehistórica como una curiosa costumbre paleolítica, debiéndose encuadrar las manos mutiladas dentro del capítulo del folklore científico. Nosotros, siguiendo parcialmente a este último investigador, con el que no estamos de acuerdo en todos sus postulados, pensamos que unos cazadores-recolectores de hace unos 20/30.000 años pudieron en algún caso amputarse los dedos en un rito, con el fin de propiciar un mayor rendimiento cinegético. Pero el hecho de que se repita como un acto consuetudinario no se corresponde con el concepto de economía precaria, en la que la plenitud de facultades era una necesidad perentoria. Podemos pensar en la existencia de algún tipo de mutilación fortuita bien por causas mecánicas o por congelación de alguna de las falanges, pero su reiteración en ámbitos geográficos tan dispares nos induce a pensar en otras causas mucho menos "sangrientas" para explicar su ausencia, como puede ser la existencia de un código o lenguaje críptico por signos. Entre los esquimales contemporáneos, con un clima tanto o más riguroso que el de la última glaciación, no se sufre este tipo de mutilaciones. Su tecnología y vestimenta se adaptó perfectamente a un medio hostil. Así mismo es de suponer que nuestros antepasados supieron aprovechar con acierto las aptitudes térmicas de las pieles de los animales y de los recursos que les ofrecía el entorno, como demuestra el sensacional hallazgo de Ótzi, el Hombre del Similaun o el Hombre de los Hielos, el cual portaba en el interior de sus botas de piel una espesa capa de heno como aislante para el frío (Spindler, 1993). Sin embargo, la objeción de mayor peso en contra de estas sangrientas teorías la proporciona el hecho de que no se haya encontrado ningún esqueleto, ni cualquier otro resto óseo aislado encuadrable en el Paleolítico Superior, carente de algunas de las falanges de las manos o de los pies (mucho más sensibles al frío). Tampoco se ha constatado la existencia de deformaciones o amputaciones parciales en estos restos óseos. En cuanto a las llamadas mutilaciones patológicas sorprende que las mismas se produjeran siempre sobre los dedos más largos y NUNCA sobre el dedo pulgar. Compartimos en líneas generales las teorías de A. Leroi-Gourhan (1967), quien en su momento planteó la posibilidad de interpretarlas como un repliegue intencional de los dedos y, de esta forma, tratarse de un código gestual con algún significado cinegético. Además, este autor observa un orden de frecuencia de aparición de estas mutilaciones, pudiéndose corresponder con las cinco especies de animales más representadas. Este lenguaje, practicado incluso actualmente por los bosquimanos del desierto del Kalahari, es de gran utilidad, ya que permite la comunicación entre los cazadores sobre el tipo de presa que han avistado sin necesidad de articular sonidos que podrían alertar a los animales. Nosotros, con las importantes novedades que nos ha aportado el descubrimiento de la ocultación intencional del dedo meñique en numerosas representaciones de manos, y retomando en parte la teoría de A. Leroi-Gourhan, creemos que podría interpretarse en efecto como un código, cuyo significado conceptual se nos escapa. Su repetición obedece posiblemente a una intencionalidad manifiesta, como una marca de posesión de un determinado espacio, en definitiva un signo de propiedad que estaría asociado con la ausencia del dedo meñique. Sin embargo, al mismo tiempo somos conscientes de las limitaciones que esta interpretación tiene. ¿Cómo puede ser que ese mismo código se repita en lugares tan distantes, como son Cargas y Maltravieso, entre otros? Otra objeción a esta teoría es ¿por qué en un código de cinco dedos, el pulgar siempre aparece en su totalidad, limitando las variables combinatorias de dicho código? También sería plausible realizarse otras preguntas: ¿cómo se interpretarían entonces las manos que aparecen completas con todos sus dedos?, ¿por qué aparece siempre la primera falange en todas las representaciones identificadas hasta ahora?, ¿por qué se repinta el dedo meñique en Maltravieso?, ¿por qué la gran mayoría (98 %) de las denominadas manos positivas están completas? Todas las hipótesis a propósito de las manos mutiladas han hecho correr ríos de tinta sin que ninguna de ellas pueda explicar de una manera precisa los hechos observados. Por otro lado, el reciente descubrimiento en Maltravieso de la ocultación intencional del dedo meñique, ya intuida por F. Jordá y J.L Sanchidrián (1992) en la mano del pa-T. P., 56, n.« 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es nel principal (n° 22), ha sido corroborado fehacientemente por nosotros en otras representaciones de este tipo en la cavidad. Este hecho introduce una nueva variable no contemplada hasta el momento en ninguna otra cueva, que habrá que analizar más extensamente, no sólo referida a esta gruta extremeña, sino también al resto de cavemamientos con este tipo de manifestaciones. De cualquier forma, su significado sigue siendo desconocido. El intentar dar actualmente una explicación definitiva y absoluta para un símbolo de hace más de 25.000 años, sería por nuestra parte una osadía, ya que no poseemos la piedra de Rosetta que nos pudiera facilitar su interpretación y desciframiento, y además muchos de los datos son desgraciadamente irrecuperables. Parece claro que ya sean autógrafos, signos (según A. Leroi-Gourhan femeninos), símbolos de poder o de posesión, estas representaciones serían posiblemente el testimonio directo de un intento de entrar en contacto con alguna divinidad o el reflejo de un acto intencionado por parte del autor de dejar sobre una pared rocosa la silueta de su herramienta más preciosa y por ende de sí mismo. Todas éstas son cuestiones en las que, a pesar de los avances que se han producido tanto en este campo de la investigación como en las nuevas metodologías aplicadas a su estudio, el significado de las manos no parece que pueda tener una clara e inmediata solución y permanecerá como otro más de los misterios interpretativos de este arte dejado por nuestros antepasados. Creemos que en la actualidad, las interpretaciones se encuentran muy influenciadas por trances chámameos, visiones entópticas y demás hechos relacionados con un mundo mágico o alucinógeno, y a falta de pruebas documentales claras, debemos limitamos a constatar científicamente su existencia a través de una exhaustiva recogida de todos los datos disponibles, que tal vez permita a nuestros sucesores averiguar el código para descifrar su significado. Esto no quiere decir que íntimamente, cada uno de nosotros pueda pensar que detrás de esas huellas hay algo más. Lo único que podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que las manos son un símbolo unívoco que se repite en lugares muy distantes geográficamente, con cronologías dispares y en culturas muy diversas. Este tipo de representaciones no sólo se conocen en el arte rupestre paleolítico europeo, fundamentalmente de Francia y España, sino también en manifestaciones más o menos recientes desde Italia hasta Indonesia, entre los antiguos cazadores recolectores de la Patagonia, en las cuevas sagradas de los mayas o en infinidad de abrigos decorados del sur del Sahara. Australia es la isla-continente con mayor número de figuras de manos. Algunas de ellas han sido datadas indirectamente por métodos poco fiables en torno a los 20.000 años B.P., otras son posteriores a la colonización europea y algunas de ellas son incluso subactuales. PARALELOS DE MANOS EN EL ARTE RUPESTRE PALEOLÍTICO Son muy abundantes las estaciones tanto de la Comisa Cantábrica, como de la zona pirenaica francesa en las que se han documentado representaciones de manos, ya sean en negativo o en positivo, aunque también aparecen en otras áreas del país vecino. Es sorprendente la diferencia numérica en nuestro país de cavidades que contienen representaciones de manos en proporción a las que se han descrito en Francia. Sin embargo no creemos que este hecho deba de considerarse como un factor competitivo, sino más bien debido a una falta de prospecciones sistemáticas que permitan localizar un mayor número de cuevas fuera de las zonas clásicas. De las ocho cavidades con manifestaciones pictóricas de manos, únicamente tres se sitúan fuera de la Comisa Cantábrica. Numéricamente es la cueva de Maltravieso, objeto de este artículo, la que presenta un mayor porcentaje de este tipo de figuraciones. Como síntesis de las manos halladas en la Península Ibérica, podemos concluir que de las setenta y una manos encontradas en la cueva de Maltravieso, salvo tres manos positivas blancas, realizadas con una técnica mixta, el resto de las representaciones se realizan con ocre rojo. Este predominio del color rojo se constata también en el resto de representaciones que podemos encontrar tanto en España como en Francia. En España de las ciento noventa y siete manos identificadas (Tab. 3), sin contar las dos supuestas manos de La Pasiega y las dieciséis de Santián, predomina el ocre rojo (90,35 %) con varias tonalidades, seguidas por las 11 manos con el halo de color marrón (5,58 %) de la cueva de La Garma. Con una coloración poco frecuente, encontramos las 4 (2,03 %) manos en ocre violáceo de la Cueva de Tab. Tabla de las manos representadas en estaciones francesas y españolas, así como del color y la técnica con que fueron realizadas. Altamira y pintadas con una técnica mixta, única en el arte rupestre paleolítico, hallamos las 3 siluetas-improntas 1,52 %) de la cueva de Maltravieso. Por último y con una escasa representatividad, está la mano negra aislada (0,50 %) de la Cueva de Árdales. En el país vecino, no se mantiene esta relación, ya que de las trescientas cuarenta y dos manos donde se ha podido identificar el color, ciento veintisiete (37,1 %) son de color rojo, doscientas cinco (59,9 %) de color negro. Siete se realizan con ocre marrón, dos con ocre rojo amarillento y una última mano es de color blanco. En Francia se ha podido determinar en trescientas cuarenta y dos representaciones la técnica con que fueron elaboradas. De éstas, trescientas treinta y cuatro (97,66 %) son negativas y tan sólo ocho (2,33 %) son manos positivas. Donde sí se aprecia una consonancia entre las representaciones encontradas en la cueva de Maltravieso y el resto de las representaciones analizadas anteriormente es en la técnica con que fueron rea-Hzadas. Como ya se ha dicho, de las 71 manos localizadas en la cueva cacereña, salvo tres, que tienen una técnica mixta, el resto están realizadas en negativo. En España podemos comprobar que de las ciento noventa y siete manos ya mencionadas la gran mayoría, 193 (97,96 %) son negativas y sólo cuatro (2,03 %) han sido plasmadas en positivo. UNA PROPUESTA CRONOLÓGICA PARA LAS MANIFESTACIONES DE MALTRAVIESO El intentar establecer un marco cronológico para las diferentes representaciones pictóricas halladas en la cueva de Maltravieso es una tarea complicada, ya que no existen superposiciones que abarquen todas las manifestaciones. Por otra parte el intento realizado para obtener una datación radiométrica de una de las puntuaciones negras superpuestas en forma de haces a todas las representaciones de manos no nos proporcionó ningún resultado, ya que el pigmento analizable no era carbón vegetal sino manganeso mineral. Esta imposibilidad de conseguir una fecha que posibilitara una datación post quem de la mayor parte de las manos, nos ha llevado a intentar establecer una cronología diacrónica basada en la sucesión iconográfica. Estratigráficamente, las sucesiones de pictogramas únicamente se pueden constatar fehacientemente en el llamado "Camarín de las Manos", aunque para determinadas fases de la secuencia hemos tenido que recurrir al panel V de la Galería de la Serpiente o al panel XXII de la Sala de las Pinturas. r Fase En la base estratigráfica se sitúan las manifestaciones profundamente incisas correspondientes a nnprotomos de caprino y dos triángulos yuxtapuestos recubiertos por una colada estalagmítica del panel III. Para los ideomorfos, tradicionalmente asociados a símbolos femeninos, se conocen abundantes paralelos cuya atribución cronológica generalmente se sitúa en los primeros estadios de las manifestaciones rupestres dejadas por nuestros antepasados. Así recurriendo al cuestionado sistema cronológico basado en las características estilísticas de A. Leroi-Gourhan, estas figuras que se encuadrarían en el Esdlo I, deben adscribirse al Auriñaciense. Son numerosos los testimonios de este tipo de manifestaciones, asociados generalmente a conceptos de fertilidad y fecundidad, como por ejemplo el conocido bloque calizo de La Ferras-T. P.,56,n.«2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sie (Dordogne) descubierto en 1911 por D. Peyrony (1934) en un nivel arqueológico fechado en el entonces llamado Auriñaciense III, y que en la actualidad se corresponde con un Auriñaciense Medio. Otro resto paralelizable con estas formas triangulares, es el bloque calcáreo hallado por L. Didon (1911) en el nivel Auriñaciense Medio del Abri Blanchard (Dordogne), en el que se distinguen algunos triángulos que se han identificado como vulvas femeninas. Sin embargo en esta fase estilística son extremadamente raras las representaciones de zoomorfos. El caprino, toscamente representado, posee unas características morfoestilísticas más propias de representaciones del Estilo III, pero el recubrimiento calcítico y la proximidad con los triángulos, por otra parte ausentes en esta fase estilística avanzada, nos lleva proponer para estas manifestaciones una cronología encuadrable en el Auriñaciense Medio-Final. Para este segundo estadio, debemos recurrir al panel V del Corredor de la Serpiente en el que se aprecia claramente la figura de un meandriforme que se encuentra infrapuesta a tres de las manos negativas que se distinguen en esta superficie y por lo tanto debe de ser anterior en su ejecución, sin descartarse su posible simultaneidad. Dado que carecemos de unos criterios cronológicos más precisos, lo único que podemos evidenciar es su posición estratigráfica intermedia entre la fase (1) de las figuras profundamente incisas y la fase (3) de las siluetas de manos. Según F. Jordá y J.L. Sanchidrián ( 1992) esta figura "ofrece una cronología más precisa, figura que tiene un amplio desarrollo en toda la península durante el Magdaleniense medio". Aparentemente esta afirmación, como veremos a continuación por la cronología de las manos no se puede generalizar. Tras un largo abandono de la cueva, aunque el lapso de tiempo no se puede fijar con exactitud debido a las diversas variables que se pudieron producir como pueden ser la canfidad de precipitaciones, el volumen de agua filtrada, etc., durante el cual se formó la colada estalagmítica que recubre las figu-ras antes descritas, se realizó el conjunto de las manos, aparentemente, sólo interrumpido por la realización del meandriforme. Teniendo en cuenta su similitud morfométrica, coloración y distribución espacial en la cavidad, creemos que todas ellas poseen una unidad cronocultural que puede ser más o menos dilatada, pero que por paralelismos con otros conjuntos se puede fechar en el Perigordiense o Gravetiense. A pesar de la abundancia de testimonios de manos en el arte rupestre, solamente contamos con dos dataciones radiocarbónicas directas para una de estas representaciones. Se trata de una de las manos silueteada en negro de la Grotte Cosquer (Bouchesdu-Rhone) (Glottes y Courtin, 1994). A lo largo de la historia de la investigación de la Grotte de Gargas (Hautes-Pyrénées) diversos autores propusieron la hipótesis de que las manos y las series de grabados pudieran ser contemporáneos, teniendo en cuenta que las figuras incisas habían sido encuadradas por sus paralelos en objetos de arte mueble en un horizonte cultural Perigordiense Superior o Gravetiense (Nougier, 1984). Pero recientemente esta cueva ha entrado a formar parte de las estaciones con figuras rupestres datadas por métodos físico-químicos. A pesar de que algunas manos negativas están pintadas con el halo de color negro, el análisis de pigmentos demostró que éstas se habían realizado con manganeso (Clot et alii, 1995) y por tanto no podían ser fechadas. Pero a raíz del descubrimiento de la cueva submarina del Cap Morgiou, y con el fin de paralelizar las manos en ella encontradas, se volvió a revisar la cavidad pirenaica permitiendo a J. Glottes efectuar el sensacional hallazgo de unas pequeñas esquirlas de hueso en una de las grietas de la cueva muy próxima a una de las manos situada en el panel IV de la sala I. Una vez analizados estos restos óseos mediante el acelerador de partículas se obtuvo una datación de 26860 ± 460BP (GIFA92369) (Clottes etalii, 1992). De forma indirecta poseemos otra datación radiométrica, en este caso para la cueva de La Fuente del Salín (Cantabria). Esta cueva tiene una unidad temática restringida a representaciones de manos y el yacimiento hallado en el interior de la T. R, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cavidad sólo posee un nivel arqueológico. Si tenemos en cuenta que se trata de un conjunto cerrado se puede inferir que el hogar estuvo encendido cuando se pintaron las manos y por lo tanto la fecha de las mismas debe de ser similar a la del hogar. Como podemos comprobar poco a poco se van concretando las fechas y confirmando las suposiciones del abate H. Breuil (1952) que ya situaba las siluetas de manos entre las manifestaciones más antiguas del arte pleistoceno. En su ordenación cultural, basada en el análisis de las superposiciones, las manos se encuadraban en el llamado ciclo auriñaco-perigordiense. Esta clasificación se fundamentaba en la minuciosa observación de cientos de paneles decorados como los de las cuevas de Font de Gaume o El Castillo, en los que las improntas de manos siempre estaban infrapuestas al resto de las figuras, ya fueran grabadas o pintadas. El gran número de manos en negativo de la cueva de El Castillo (Cantabria) se sitúan siempre infrapuestas al resto de las figuras que aparecen en los diferentes paneles. Recientemente, en el marco de dos proyectos de investigación para obtener dataciones y realizar estudios en diversas cavidades de la Cornisa Cantábrica, se han conseguido fechar dos representaciones zoomorfas de esta cueva de la vega del Pas. Se trata por un lado del bisonte bícromo situado en la gran sala de la entrada y que recubre cuatro manos negativas en ocre rojo. Como vemos las mediciones radiométricas sitúan con bastante precisión estas dos figuras zoomorfas en un horizonte cultural Magdaleniense Medio regional (Moure Romanillo ^í a///, 1996). Es evidente que no se pueden correlacionar los dos tipos de manifestaciones, ni tampoco excluir la posible contemporaneidad de las mismas, pero teniendo en cuenta la diferencia de coloración, así como el estado de conservación de las siluetas de manos, dicha sincronía a nosotros, nos parece cuando menos dificultosa, considerando como más plausible una cronología más antigua. Algo similar ocurre con la cueva de Altamira (Santillana del Mar, Cantabria), aunque en este caso la superposición de las figuras fechadas no es tan directa como en el caso antes descrito. En el estudio inédito todavía de las diferentes figuras del techo de Altamira, encargado por el prof. F. Bernaldo de Quirós entonces, director del Centro y Museo de Altamira, pudimos comprobar que los estudios realizados con anterioridad no se habían llevado a cabo directamente en la cavidad (Jordá Cerda, 1972), sino basándose en los dibujos del abate Breuil (Breuil y Cartailhac, 1906), que sin embargo están cargados de errores al haberse realizado a mano alzada y haber compuesto las láminas a distancia. En síntesis la secuencia pictórica constatada es la siguiente: existe una primera etapa de grabado en la que se asocian elementos figurativos (ciervos y peces) y diseños abstractos (las llamadas chozas que nosotros creemos que representan vellos púbicos), seguida por un segundo momento esencialmente pictórico y figurativo sin aparente relación con la fase precedente. En esta segunda fase, cabría señalar la presencia -y por este orden-de: a) siluetas negras perfiladas b) contornos grabados de los grandes bisontes c) bícromos (o polícromos) d) dibujos naturalistas grabados (ciervo bramando y antropomorfos) Contrariamente a lo que se ha señalado en varias ocasiones una parte de estos bícromos se encuentran infrapuestos a los claviformes. Estos signos rojos femeninos (llamados clavif ormes) de color carmín y que constituyen la tercera etapa, se distribuyen a lo largo de la zona sureste de la sala recubriendo frecuentemente a los dibujos grabados de chozas o vellos púbicos que indicaban el inicio de la frecuentación artística del lugar. Esta fase puede asociarse por lo menos desde un punto de vista cromático a los llamados caballos chinos realizados así mismo en color carmín. Existe una cuarta etapa, escasamente representada, de figuras contorneadas con pigmentos de color violáceo cuya posición cronológica en términos relativos, contrariamente a lo expuesto con anterioridad, cabe atribuirla a una fase posterior a la pintura carmín -es el caso de las manos en negativo sobre los denominados caballos chinos-y por consiguiente también después de los bícromos. Por último, el detallado examen de este techo, revela la existencia de una serie de figuraciones grabadas que constituyen una quinta etapa, entre los que destaca el grupo de 9 antropomorfos (Breuil y Obermaier, 1935: 72-76; Ripoll Perelló, 1957-T. P., 56, n/'2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 58). Éstos no han podido ser relacionados con las fases antes descritas ya que estas representaciones al igual que otros grabados, básicamente de cérvidos, no aparecen infrapuestos o superpuestos a ningún otro motivo. Esta sucinta descripción nos demuestra que en el caso de la llamada Cap///a Sixtina del Arte Cuaternario, las manos no se sitúan en la base pictórica sino todo lo contrario. Se han obtenido varias dataciones de C14 para varios de los zoomorfos del techo. La primera de ellas es de 13570 ± 190BP (GIFA91178) y corresponde al pequeño bisonte silueteado en negro en la zona central del techo, próximo a la cabeza del gran bisonte estático bícromo. Para los llamados bisontes polícromos se han realizados dos dataciones, una de ellas en el gran bisonte bícromo hacia la izquierda, en el centro exacto del techo, ha proporcionado una fecha de 13940± 170BP(GIFA91179). Si tenemos en cuenta estas mediciones radiocarbónicas, podemos comprobar que las grandes manifestaciones de bisontes en Altamira son ligeramente anteriores a las de El Castillo y por lo tanto se sitúan en un Magdaleniense Medio. En relación con las figuras de manos que, como ya hemos visto antes, se sitúan prácticamente al final de la secuencia pictórica, es evidente que en este caso son posteriores a los zoomorfos y por lo tanto, sin excluir una relativa contemporaneidad, deben de atribuirse culturalmente a un Magdaleniense Superior. Como conclusión a esta segunda fase pictórica de Maltravieso podemos decir que salvo algunas excepciones como el caso de la cueva de Altamira o el resto de estaciones que no han podido ser fechadas, si tenemos en cuenta la coherencia del conjunto de dataciones que poseemos para siluetas de manos, es posible incluir las de la cueva cacereña en un horizonte cultural gravetiense, aunque no se conozca por el momento ningún yacimiento atribuido a esta época en la zona. Al igual que ocurría en la segunda fase, para explicar esta, debemos referirnos a otro conjunto de representaciones que no se encuentran en el panel III o Camarín de las Manos, sino en el panel XXII o panel principal. En una posición secuencial intermedia entre las siluetas de manos y la quinta fase en la que se representan los haces de puntuaciones negras, sobre la superficie antes descrita, se trazaron tres ideomorfos trianguliformes. Estas figuras pintadas, en ocre rojo carmín muy intenso y con diferentes características morfométricas, se sitúan por encima del halo de varias manos e infrapuestos de forma evidente a las serie de puntos. Para establecer su cronología se ha recurrido en varias ocasiones (Almagro Basch, 1969; Jordá Cerda y Sanchidrián Torü, 1992) a paralelismos con otras cavidades de la Cornisa Cantábrica o con la cueva de La Pileta (Benaoján, Málaga). Esto ha hecho suponer a estos autores que tales figuras se debieron realizar durante etapas ya avanzadas del arte paleolítico (Jordá Cerda, 1970). Nosotros no creemos que exista una base sólida sobre la que sustentar un encuadre cronológico o una interpretación de estos triángulos, simplemente podemos explicitar su posición intermedia en esta secuencia. En la capa superior de la seriación pictórica del Camarín de las Manos, se distinguen claramente dos haces de líneas de puntuaciones negruzcas. En este caso tampoco podemos precisar el lapso de tiempo transcurrido desde que se plasmaran las siluetas de manos, o en el caso del panel XXII, desde que se realizaron los triángulos. La única circunstancia constatada es que estos trazos discontinuos negros siempre se superponen a las manos en todos los paneles. Como ya decíamos al principio de este capítulo, tomamos dos muestras de sendas puntuaciones con el fin de conseguir una datación. Un análisis preliminar del pigmento nos constató que se trataba de manganeso y que por lo tanto no se podía efectuar la datación. Una vez enviadas las muestras y cuando estábamos analizando en detalle la documentación fotográfica, fundamentalmente las diapositivas con película infrarroja, comprobamos que las mencionadas digitaciones negras no respondían al espectro lumínico, hecho que nos puso sobre la pista de que podría tratarse de un pigmento inorgánico. Todas estas superposiciones de las puntuaciones sobre las manos se han podido constatar en otros paneles, como por ejemplo en los identificados con T. P.,56,n.°2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es los números XXII y XXIII de la misma Sala de las Pinturas. Leroi-Gourhan (1964) asociaba en su interpretación dicotómica estas series de puntos con signos masculinos, pero como en su momento escribía M. Almagro (1969) "sobre su significación segura es difícil dar una solución válida". Por último, sin una correlación evidente con las series superpuestas, encontramos otro conjunto de manifestaciones difícilmente correlacionables con el resto. Se trata del panel XIII con grabados de trazo fino de la Sala de las Chimeneas, el panel XIV con un protomos de équido pintado en ocre rojo y un ideomorfo semicircular, también pintado en ocre marrón-beige, así como los paneles XXVII y XXVIII de la Sala de las Columnas con sendas representaciones pintadas de un ciervo y un bóvido. Cada una de estas figuras posee de manera independiente una técnica y un estilo diferente en cuanto a su realización. Sin embargo estas mismas características estilísticas nos llevan a proponer un estadio bastante más avanzado que el de las manos, posiblemente paralelizable con la fase de las puntuaciones negruzcas. En el caso de los grabados filiformes creemos que las características estilísticas, ya evidenciadas en otros conjuntos situados en la zona sur de la Península Ibérica, como pueden ser las líneas cérvico-dorsales muy marcadas, la ausencia de detalles en las extremidades o de otros caracteres morfológicos, junto con las cabezas muy alargadas, se pueden situar en el habitual Estilo III-IV de A. Leroi-Gourhan. Hacemos hincapié en el hecho de que la gran mayoría de los grupos artísticos descubiertos en esta zona geográfica poseen unas características similares, difíciles de encajar estrictamente en alguno de los estilos propuestos, hecho que nos hace pensar en la posibilidad de establecer un nuevo estilo, el ibérico o extracantábrico que podría incluirlos a todos. En uno de los casos esta circunstancia es plausible dado que, a falta de un análisis de pigmentos, el bóvido pintado en negro se puede correlacionar con las puntuaciones negras superpuestas a las manos. Si este hecho se constatara, posiblemente podríamos incorporar a este último estadio de manifestaciones aquellas representaciones incisas o pintadas que antes mencionábamos. El establecer un marco cronológico para la cueva de Maltravieso resulta extremadamente complejo, precisamente por la ausencia de representaciones zoomorfas características que por lo menos nos permitan hacer un encuadre estilístico. En definitiva, comprobamos que existe un primer y fugaz momento encuadrable en el Auriñaciense Medio o Final. Una segunda fase igualmente esporádica, previa a la plasmación de las manos que se corresponde con la tercera fase, la más importante, y situada posiblemente en un horizonte cultural gravetiense. Posteriormente se documentan otras pictografías cuya cronología es aún más imprecisa si cabe, aunque creemos que se posicionaría en un momento transicional entre el Solutrense Final y el Magdaleniense Inicial (Tab. Esperamos que en un futuro próximo las técnicas de datación avancen sustancialmente y permitan la posibilidad de fechar otros materiales que no sólo sea el carbón. Sin duda el realizar una excavación en la Sala de las Chimeneas nos proporcionaría, de existir un yacimiento, la posibilidad de encuadrar con una mayor fiabilidad el conjunto de representaciones de esta cueva cacereña. A lo largo de las páginas precedentes hemos podido apreciar la calidad e importancia de las representaciones de la cueva de Maltravieso fundamentalmente de manos. Esta significación viene dada no sólo por el hecho de hallarse aislada en una zona geográfica en la que únicamente desde hace unos pocos años se conoce otra estación con representaciones superopaleolíticas. Nos referimos a la cueva de la Mina de Ibor (Castañar de Ibor, Cáceres), que es una pequeña cavidad de poco más de treinta metros de profundidad. Las representaciones aparecen en las únicas superficies aptas para contener grabados, sobre una pequeña superficie vertical de la pared derecha, a unos 15 m de la entrada y a 90 cm del nivel actual de suelo. Los grabados documentados son: dos cérvidos, dos équidos, un posible oso y dos cuadrúpedos indeterminados, además de otros trazos inconexos que no conforman ninguna figura identificable. Este repertorio figurativo sigue la corriente iconográfica de las estaciones con manifestaciones de arte paleolítico extracantábrico. La fauna documentada, fundamentalmente caballos y ciervos, incluye sin embargo, un animal que aparece escasamente representado en el arte Cuaternario, como es Cuadro-resumen de la propuesta cronológica de las distintas representaciones. Todas las figuras se realizaron mediante grabado lineal de sección en "U" o "V", muy fino y con escasa proñmdidad. El surco del grabado se encuentra totalmente patinado y recubierto por una fina capa de la colada calcítica, elemento que unido a las características estilísticas induce a situar estas figuras en un momento final del Paleolítico Superior. Así, y centrándonos en la representación del ciervo, podemos ver como mediante un único trazo se ha conseguido realizar la parte anterior del ciervo (desde la cuerna hasta el pecho pasando por la cabeza), esta convención estilística se ha observado repetidamente en figuras cuya adscripción se corresponde con un momento inicial del Magdaleniense. La importancia de la Mina de Ibor radica en su posición geográfica, ya que se sitúa en una zona en la que la única estación superopaleolítica conocida hasta el momento era la Cueva de Maltravieso, por lo que representa un importante hito en el estudio del arte rupestre a pesar de sus reducidas dimensiones y de su pequeño panel inciso. En los alrededores de la ciudad de Cáceres se conocen otras cavidades como la cueva de Santa Ana que ya fue prospectada en su momento por M. Almagro Basch (1969:14) y también por C. Callejo (1981) que además cita otras cavernas en el llamado calerizo de Cáceres como son la cueva de El Conejar y la de La Becerra. En nuestro afán por encontrar otras manifestaciones artísticas similares a las de Maltravieso con el fin de realizar un encuadre cronoestilístico pluriestacional, hemos prospectado todas estas cavidades añadiendo además un nuevo cavernamiento colmatado que en la zona se conoce bajo la denominación de cueva de El Oso. Prescindiendo de los trabajos anteriores y con el fin de asegurarnos que no existía ningún resto pictórico o inciso y tampoco arqueológico, después de obtener los permisos correspondientes, pudimos acceder a la mencionada cueva de Santa Ana. Después de una revisión exhaustiva de las superficies, únicamente hemos hallado un pequeño panel con incisiones que no presenta ninguna figura reconocible, limitándose a simples trazos verticales atravesados perpendicularmente por otros surcos y algunas líneas curvas. Este descubrimiento, lo avanzamos aquí con muchas reservas, a falta de un análisis más detallado ya que no descartamos encontrar otros restos en esta gran cavidad con numerosas galerías e incluso un sifón que suponemos que bloquea el acceso a otros sectores de la cavidad. En definitiva comprobamos que la única cavidad con un elenco de manifestaciones lo suficientemente amplio para poder establecer unas conclusiones, es la cueva de Maltravieso. A modo de síntesis o colofón al texto presentado, podemos concretar que en la actualidad se conocen 71 representaciones de manos que se incluyen en el presente trabajo, más otra inédita que se incorporará en breve tras su estudio directo. Esperamos y deseamos que tanto los trabajos científicos, como las inversiones económicas que están realizando las administraciones públicas, ya sea en la propia cueva o en el entorno inmediato, supongan la recuperación definitiva de Maltravieso para la ciencia prehistórica y para la ciudad de Cáceres. También esperamos que las prospecciones intensivas que se están llevando a cabo en la zona extremeña tanto española como portuguesa, nos aporten nuevos datos que permitan ampliar el número de estaciones con manifestaciones rupestres y otros yacimientos encuadrables en el Paleolítico Superior que nos ayuden a posicionar con más precisión el repertorio pictórico de la cueva de Maltravieso.
Los trabajos arqueológicos de campo en el sitio de Gorny (habitado durante los siglos XVII-XV AC) han proporcionado una importante colección de materiales relacionados con actividades metalúrgicas (minerales, escorias, restos de fundición y objetos metálicos). En su estudio analítico se han empleado diversas técnicas de laboratorio (microscopía electrónica de barrido, espectrometría por fluorescencia de rayos x, metalografía) cuyos resultados caracterizan una metalurgia de rasgos primitivos que parte de la fundición directa de minerales oxídicos de cobre. Los objetos de metal, fundidos en molde, eran terminados mediante trabajos de forja y aplicación, en ocasiones, de tratamientos térmicos. Con la ayuda de experimentos de fundición ¿n situ se ha reproducido el proceso prehistórico, permitiendo de ese modo establecer variables económicas tales como el rendimiento en cobre de las fundiciones y el consumo de combustible, a partir de las cuales se elaboran modelos teóricos estimativos de la producción metalúrgica y su impacto en el medio ambiente. El presente estudio es uno de los frutos del proyecto de investigación PS95-0031, El inicio de la economía productiva en la gran estepa eurasiática y su impacto en el medio ambiente: ¿ catástrofes ecológicas en las estepas?, dirigido por la Dra. Pero las relaciones con el equipo ruso que dirige el Prof. Ye. N. Chernyj, del Instituto de Arqueología de la Academia Rusa de Ciencias (Moscú), datan de mucho más T. P., 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es atrás. De hecho mi primer contacto con la estepa de Kargaly se remonta a la campaña de 1993, y desde entonces me he sentido fascinado por su inmensa cuenca minera, con sus miles de pozos abiertos en la llanura como pequeños cráteres. Entre las primeras noticias sobre las expediciones a Kargaly publicadas fuera de Rusia figuran los artículos de Chernykh (1994de Chernykh (,1995)), en los que ya se planteaban hipótesis catastrofistas acerca del impacto ecológico de la metalurgia del cobre. En aquellos momentos el conocimiento real de las características de dicha metalurgia era más bien escaso y parcial, y hasta unos años más tarde no pudimos ofrecer resultados más concretos (Chernykh y Rovira, 1998). El trabajo arqueológico de campo se ha concentrado durante los últimos años en el sitio denominado Gorny, donde se ha excavado un complejo espacio de habitación y taller metalúrgico. Fase A, desde comienzos hasta finales del siglo XVII a.C. Fase B-1, desde finales del siglo XVII hasta finales del XVI a.C. Fase B-2, desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XV a.C. Fase B-3, desde mediados hasta finales del siglo XV a.C. Esta división en fases tiene mucho que ver con la organización del habitat de Gorny. Así, la Fase A se caracteriza por muchas pequeñas viviendas excavadas en el suelo hasta unos 2 m de profundidad, auténticas fosas de 1,4 a 4 m^ de superficie. La Fase B-1 corresponde a la construcción y habitación de una gran vivienda-taller que ocupa la mayor parte del área excavada (unos 700 m^). La Fase B-3 se inicia con la destrucción de la gran vivienda, cuyas ruinas siguieron sirviendo de refugio a la población. Finalmente, en la Fase B-3 no se distingue claramente el tipo de vivienda utilizado y está atestiguada por el relleno de las fosas anteriores con grandes cantidades de materiales de desecho de este último periodo de ocupación del lugar. Estas fases corresponden al Bronce Final de la zona, cultura Srubnaia. (1) A efectos de la cronología absoluta se han tomado las calibraciones en el intervalo de 1 sigma. En el mencionado trabajo de Chernykh et alii (1999) las fases se denominan utilizando la numeración romana (I a IV). Con posterioridad se ha modificado la nomenclatura, pero no su contenido. La explotación de los recursos mineros de Kargaly en época pre-Srubnaia está sujeta a discusión. Mientras hay quien opina que la antigüedad no debe ser mucho mayor, rechazando su beneficio en el Calcolítico y Bronce Antiguo (N. Ryndina, comunicación personal), el hallazgo de un enterramiento juvenil en fosa, cubierto por la estructura de un kurgan arrasado por los movimientos de tierra derivados del trazado de un camino rural en Pershin, a pocos kilómetros de Gorny, y en cuyo ajuar apareció un molde de fundición y un hacha plana, permite abrigar la esperanza de encontrar ocupaciones algo más antiguas que las del Bronce Final (Chernyj, campaña de urgencia efectuada en 1997, comunicación personal). En cualquier caso, Kargaly es uno de esos pocos grandes centros minero-metalúrgicos, junto con Feinan (Jordania) yTimna (Israel), de capital importancia para el estudio de la producción de cobre desde tiempos prehistóricos hasta épocas modernas. Es más singular, si cabe, que los sitios mencionados porque, como se verá más adelante, la producción estimada de mineral y de metal arroja cifras enormes conseguidas con una tecnología muy sencilla (esta es la característica diferenciadora) que apenas evoluciona hasta la fase preindustrial rusa (siglo XVIII AD). Su particular interés para nosotros estriba en las posibilidades de comparación con la metalurgia prehistórica de la Península Ibérica, también de rasgos sencillos pero con un nivel de producción muy inferior. Sin duda nos hallamos ante dos áreas de una periferia con rasgos muy personales, aunque no tan distintos en términos tecnológicos. Tras el primer contacto con la inmensa región minera de Kargaly fuimos conscientes de que nuestros objetivos arqueometalúrgicos debían limitarse o atemperarse al ritmo de la excavación arqueológica, sin por ello dejar de lado la prospección de los alrededores y, si había oportunidad, de alguna mina. Las posibilidades de estudio se centraron en Gorny, participando en los trabajos de excavación propiamente dichos, en la recuperación de materiales pirometalúrgicos y en el estudio de las estructuras que se iban desenterrando. El conocimiento de estos aspectos es básico para lograr una buena interpretación arqueometalúrgica del conjunto (Rovira, 1992). T. P.,56,n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Los objetivos globales de la investigación se han enfocado hacia el establecimiento de los procesos de obtención de cobre a partir de los minerales locales y de los tratamientos de taller para la producción de objetos de metal. Para poder llevar a cabo el estudio se fueron seleccionando muestras de materiales interesantes (escorias, minerales, restos de fundición y fragmentos de objetos metálicos), en unos casos personalmente en la propia excavación y en otros casos por los técnicos rusos al hacer la revisión de cada campaña arqueológica. Este procedimiento de muestreo es adecuado para resolver problemas tecnológicos, pues se eligen las muestras que mejor respuesta pueden dar a las cuestiones concretas planteadas como hipótesis de trabajo. Es menos conveniente para analizar procesos de cambio, pero aquí tropezábamos con un problema y es que las correlaciones crono-estratigráficas no se han podido fijar hasta el último momento por el equipo ruso (en 1999). En cualquier caso, intuíamos que este sería un problema menor pues los restos arqueometalúrgicos mostraban una gran homogeneidad en todas las fases de la excavación, avalada por los resultados analíticos que íbamos obteniendo desde 1995, aunque resultara que no todas las fases del yacimiento estuvieran igualmente representadas en cuanto a cantidad de muestras. Hemos tenido, por otro lado, las limitaciones presupuestarias que impone todo proyecto de investigación y ello ha obligado a ser particularmente meticulosos para no exceder lo presupuestado en el capítulo de análisis y, al mismo tiempo, obtener los resultados apetecidos. También había que tener en cuenta las dificultades aduaneras para la salida de Rusia de este material científico, a pesar de todo el apoyo oficial prestado por la Academia Rusa de Ciencias. Con todo, el hecho cierto es que hemos podido estudiar un conjunto relevante de materiales que supera, con mucho, lo habitual en los estudios arqueometalúrgicos. Los trabajos de laboratorio han sido efectuados en Madrid, coordinados desde el Departamento de Conservación del Museo Arqueológico Nacional, utilizando las siguientes técnicas instrumentales: -Microscopía óptica (MO), para la observación de estructuras y fases en metales, minerales y escorias. Se ha utilizado un microscopio metalográfico invertido Reichert MeF3 A y un microscopio convencional Reichert Polyvar, del Laboratorio del Museo de América. -Microscopía electrónica de barrido (MEB) para la observación y análisis semicuantitativo (vía ZAP) de estructuras y fases en metales, minerales y escorias. Se ha utilizado un equipo Philips XL 30, con fuente de wolframio, detectores de electrones secundarios y retrodispersados, alcanzando un vacío de 3 x lO'^torr. El análisis químico es por energía dispersiva de rayos X, con detector de Si-Li y analizador DX4i de EDAX. El equipo ha sido operado por Esperanza Salvador, técnico especialista del Servicio Interdepartamental de Investigación de la Universidad Autónoma de Madrid. -Espectrometría por fluorescencia de rayos X (energía dispersiva), para el análisis elemental cualitativo y semicuantitativo de elementos pesados en minerales y escorias. Se ha utilizado el espectrómetro multicanal Kevex Mod. 7000, con detector de Si-Li y fuente de^'^^Am, del proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica (2), instalado en el Instituto de Patrimonio Histórico Español. Con los datos analíticos obtenidos se ha podido reconstruir el proceso metalúrgico de obtención de cobre en Gorny y su posterior empleo para elaborar lingotes y objetos de metal. Pero dado que uno de los objetivos del proyecto DGICYT PS95-0031 era evaluar el impacto ecológico de la explotación minero-metalúrgica en Kargaly, se hacía imprescindible realizar experimentos de fundición de minerales de cobre usando las técnicas deducidas a partir del análisis de los restos arqueológicos. De ese modo podríamos valorar parámetros tales como el consumo de carbón, duración y rendimiento de las operaciones, etc., con los que trazar modelos estimativos. Se llevaron a cabo cinco experimentos con minerales y dos con el metal obtenido, siendo analizados los materiales con las mismas técnicas instrumentales aplicadas a los arqueológicos. El empleo de la vía experimental para discutir y comprender mejor la metalurgia prehistórica no es ninguna novedad, si bien el número de experimentos realizados es relativamente pequeño (Tylecote y Merkel, 1985). Sin embargo, raramente se ha utilizado esta vía para elaborar modelos globales de producción ni, en términos más modestos pero de gran interés, para comparaciones directas de rendimientos deducidos a partir de materiales arqueológicos y de experimentos. En esta situación ha influi- (2) Este proyecto, iniciado en 1982 bajo la dirección de los profesores Manuel Fernández-Miranda y Germán Delibes de Castro ha contado con diversas fuentes de financiación de sus distintos subproyectos. T. R, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Tab. Análisis de minerales de cobre de Gorny (Microsonda MEB, % en peso; Sup.= Superficie). do la poca atención prestada antes a los procesos más antiguos de obtención de metal, poco o nada convencionales, descubiertos y descritos en los últimos años (Rovira, 1989; Hauptmann et alii, 1996; Rehren, 1997 (3)), y que están reconduciendo, tanto los estudios de escorias al establecer nuevas categorías, como la propia experimentación (Ambert,. Por otro lado, la estimación de la producción en los grandes centros minero-metalúrgicos se efectúa habitualmente (y de forma bastante precisa) a partir del cubicado de los escoriales, método que, como se verá seguidamente, no es aplicable en Kargaly. Tesis de Habilitación inédita. El material arqueometalúrgico de Gorny, por las peculiaridades detectadas en los estudios preliminares (Chernykh y Rovira, 1998), hacía imprescindible la experimentación como condición sine quae non para avanzar en estudios de verdadero alcance que realmente pudieran integrarse en un proyecto pluridisciplinar cuyas conclusiones rebasaran la simple y habitual yuxtaposición de conocimientos. LOS MINERALES DE KARGALY El complejo minero de Kargaly se extiende formando una gran cuenca de superficie aproximadamente ovalada, de unos 50 km de eje mayor y unos 10 km de anchura máxima. Se halla situado al norte de la ciudad de Orenburg, en las estribaciones me-T. P., 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ridionales de los Urales, en la línea imaginaria de frontera entre Europa y Asia (Fig. 1). El paisaje es el típico de la estepa rusa, en este caso una llanura surcada por pequeños valles abiertos por los cursos fluviales del Kargalka y el Yangiz, afluentes del Ural, cuyo efecto erosivo ha generado un relieve suavemente ondulado (Lám. El substrato rocoso está constituido por series litológicas de areniscas rojas y grises del Permiano. En un determinado periodo de la fase formativa de estas rocas se produjeron arrastres aluvionares de minerales de cobre que con el tiempo formaron bolsadas, lentejones e impregnaciones de cuprita, malaquita y azurita, de tamaño variable, desde unos pocos centímetros hasta una decena de metros, así como sustituciones fibrosas en lechos con madera fosilizada. Se trata, pues, de un criadero del ciclo sedimentario. La capa metalífera yace en las areniscas grises, acompañada con frecuencia por conglomerados calizos y ferruginosos en sus niveles básales. Las areniscas de Kargaly se encuentran perforadas por miles de pozos y cientos de kilómetros de galerías cuya maraña está en su inmensa mayor parte sin explorar (Lám. N. Chernyj (comunicación personal), durante la Edad del Bronce se debieron abrir muchos de ellos, pues según las fuentes escritas, cuando en el siglo XVIII se re-descubre la riqueza minera de esta zona, abandonada misteriosamente a finales del Bronce Final y apenas explotada durante la Edad Media, los nuevos mineros se limitaron a seguir y ampliar los trabajos (4) Agradecemos al Dr. V. Poutchkov (Ufimian Scientific Center, Bashkiria, Rusia) su amabilidad al traducirnos al inglés las partes del libro original ruso concernientes a las minas de Kargaly. I. Paisaje de la estepa de Kargaly con los característicos amontonamientos fomiados por los vacíes de las minas. efectuados por sus predecesores. A lo largo de las sucesivas campañas de trabajo en el sitio de Gorny se ha ido formando una colección de muestras de mineral, unas halladas en los sedimentos de la propia excavación arqueológica y otros en los vacies de las minas del entorno inmediato. Los análisis generales (Tab. 1) dan una riqueza en cobre (analizado como CuO) que oscila entre el 20% y el 80%, es decir, cuprita prácticamente pura e impregnaciones en arenisca con leyes de cobre muy variadas. La ganga está compuesta principalmente por la roca encajante (sílice) y silicato de aluminio, en la que se encuentran también compuestos de calcio, magnesio y potasio. El contenido en óxido de hierro es, en general, inferior al 5% FeO. El bario y el azufre son consecuencia de la presencia diseminada Lám. T. P.,56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Análisis de elementos traza en menas de cobre (malaquita) de Gorny (Espectrómetro de fluorescencia de rayos X, % en peso respecto 100% Cu. No se han detectado Ni, Zn, As, Sn). de baritina (sulfato de bario), mineral cementante frecuente en los lechos de arenisca. Sin embargo, en ocasiones, el contenido de azufre es mayor que el necesario para formar la baritina en algunas muestras (p. ej. GOR-m09), de lo que se deduce que, además de los óxidos y carbonatos de cobre, hay pequeñas cantidades de sulfato (brochantita, antlerita) (5). Veamos con más detalle la estructura de alguno de estos minerales. IIIA) es un conglomerado formado por pequeños granos de sílice (color negro) embebidos en el mineral de cobre (color gris), surcado por vetas blancas de baritina. Contiene un 30,7% CuO y el resto ganga. A este mismo tipo de estructura responden las muestras EXGOR5/ml y GOR-ml3. IIIB), en cambio, es veteada, alternando distintas formas de mineral de cobre (capas de cristales poligonales), baritina (capas de color gris continuo) y arenisca (color negro). Es un mineral con poca ganga (análisis GOR-m08/4). Un tercer tipo de mena cuprífera es la GOR-m06, también estratiforme (Lám. IIIC), constituida por (5) También podría deberse a otros siilfatos complejos con calcio, potasio y aluminio, aunque precisamente en la muestra aludida estos tres elementos son escasos, lo que refuerza la hipótesis del sulfato de cobre. Imágenes obtenida en el MEB con electrones retrodispersados. Las vetas blancas son de baridna; en negro los granos de sílice. Estructura veteada en la que alternan capas ricas en cobre (gris reticulado) con otras de baritina (gris continuo) y arenisca (negro). Capas ricas en cobre (gris) alternan con arenisca (negro). T. E, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es capas ricas en metal (color gris claro) y capas fuertemente silicatadas (color gris oscuro). Análisis de escorias metalúrgicas de Gorny (Microsonda MEB, % en peso de óxidos. Para determinar el contenido de elementos traza que, por su baja concentración, pasan desapercibidos en los análisis con microsonda, una serie de minerales procedentes del contexto arqueológico ha sido analizada por fluorescencia de rayos X (ED-XRF), con los resultados apuntados en la tabla 2. Como vemos, las trazas más frecuentes son las de plata, aunque tomando valores muy pequeños. Unas pocas muestras tienen antimonio, también en cantidades bajas, y otras pocas algo de plomo. No se detectan trazas de arsénico, estaño ni cinc. LAS ESCORIAS METALÚRGICAS DE GORNY El registro arqueológico de Gorny es pródigo en pequeños fragmentos de material escoriáceo relacionado con la metalurgia de obtención de cobre (Lám. Sólo excepcionalmente se ha encontrado algún fragmento de más de 300 g de peso. Su aspecto externo es el de un material vitreo de fractu-Lám. Aspecto externo de las escorias de Gorny. ra concoidea, de superficies bulbosas como consecuencia de haber estado fundido o, al menos, en estado pastoso. Suelen ser porosas en su interior (salvo excepciones) y el color es variable: desde el rojo de la cuprita al negro brillante. A menudo se perciben a simple vista pequeñas inclusiones esféricas de cobre metálico o de sulfuro de cobre. No hay escoriales en las inmediaciones del yacimiento ni en los alrededores, a pesar de las minuciosas prospecciones llevadas a cabo sobre el terreno en un radio de varios kilómetros en tomo al sitio de Gorny, hecho llamativo que contrasta con la opinión fuertemente arraigada entre los colegas rusos de que la producción de cobre en Kargaly durante la Edad del Bronce debió ascender a varios cientos de miles de toneladas (Chernykh, 1998: 72). Esta circunstancia junto con la naturaleza de las escorias nos hizo pronto pensar que nos hallábamos ante un peculiar gran centro minero-metalúrgico con rasgos tecnológicos muy distintos a los conocidos hasta ahora, como por ejemplo los casos de Peinan (Jordania) (Hauptmann, 1989) y WadiArabah (Israel) (Rothenberg, 1985). Durante el desarrollo del proyecto se han seleccionado y analizado treinta muestras de escorias con los resultados expuestos en las tablas 3 y 4, que comentaremos a continuación. Los análisis generales, representativos de la composición global de la muestra, indican que son escorias con altos contenidos de sílice, del orden del 50% o más, salvo alguna excepción. La fracción de óxido de hierro es, por el contrario, baja, frecuentemente menor que el 10% FeO; unas pocas se sitúan entre el 20% y el 30%, y tan sólo una alcanza el 60% FeO (GOR-E09/3). El contenido de calcio es variable, aunque son frecuentes los valores alrededor del 10% CaO. Otros acompañantes habituales son aluminio, bario, potasio y, más raramente, magnesio. Conservan mucho cobre, bien como bolitas metálicas con diámetros que van desde unas cuan-tas mieras a dos o tres milímetros (Lám. V), o como minerales sin reducir. Las pérdidas de cobre en la escoria son también irregulares; algunas, como la muestra GOR-E09/3, apenas arrastra un 0,45 % CuO; otras como la GOR-E19/8 y la GOR-E20/3 mantienen atrapado un 46% CuO. La figura 2 representa gráficamente la retención de cobre en la escoria. Las posiciones de las escorias en el diagrama ternario CaO-FeO-SiO^ de equilibrio de fases, calculadas tras eliminar el cobre, es decir, suponiendo que todo el cobre ha sido extraído, se distribuyen según el gráfico de la figura 3 en el que se observan tres agrupamientos: uno por encima de la región de la cristobalita, con temperaturas de fusión superiores a los 1.600°C; otro en la región de la tridimita cuyas temperaturas están entre 1.200° y algo más de 1.400°C, y un tercero, formado por una sola muestra, cae en la región del olivino (fayalita), que funde entre 1.100° y 1.200°C. Aun sin entrar en estudios de detalle sobre la estructura de fases de las escorias de Gorny, es evidente que constituyen un conjunto de materiales 4Mt Lám.V. Imagen obtenida con el MO de una escoria característica de Gorny. Obsérvese la estructura amorfa conteniendo bolitas de cobre (blanco) de diferentes tamaños. % CuO en la escoria Fig. 2. Histograma representando el porcentaje de óxido de cobre retenido en las escorias de Gorny. La mayor parte de las muestras retienen menos del 10% y las restantes, especialmente las de mayor retención, son más bien porciones de óxido cuproso sin reducir. muy heterogéneo, alejado de la composición canónica de una escoria de bajo punto de fusión (excepto el ejemplar del tercer grupo antes mencionado, que parece una excepción). Dejando a un lado que el diagrama ternario empleado para la representación no se adapta bien a estos materiales por las razones que más adelante se irán viendo, hecho que ya había sido puesto en evidencia por otros autores (Hauptmann et alii, 1996: 9, Fig. 4), la primera impresión que se recoge es que son necesarias temperaturas muy elevadas para extraer el cobre del mineral. Sin embargo, tales temperaturas son impensables en los hornos prehistóricos y, por tanto, la comprensión del proceso de formación de estas escorias ha de hacerse por otras vías. Los estudios microscópicos permiten apreciar varios tipos de estructuras en las cuales reside el quid de la cuestión. Tenemos, por un lado, escorias con abundante sílice libre que no ha reaccionado con el resto de los componentes del material. Un ejemplo típico es la muestra GOR-E30, cuya estructura general se aprecia en la láminaVIA. Abundantes granos de sílice (de color gris oscuro) tapizan el campo observado. Sus perfiles abruptos y limpios son la mejor evidencia de que están intactos y, por tanto, no han intervenido en ninguna reacción química durante la formación de la escoria. Esta sflice puede provenir de la carga en el horno de minerales como el representado en la lámina IIIA o de fragmentos de roca encajante triturados inadvertidamente junto con la mena metalífera. El resultado es una especie de conglomerado unido por una matriz amorfa que contiene piroxeno y akermani-ta, principalmente, formados por la reacción de una parte del silicio con el calcio, aluminio, hierro, bario, magnesio y potasio presentes (análisis GOR-E30/3). La pérdida de cobre es relativamente baja (un 1 % en la matriz y un 7,4% en el análisis global), la mayor parte en forma de bolitas metálicas (véase Lám. VIA), lo cual indica que se consiguió reducir con éxito el mineral de cobre. El exceso de sflice libre falsea la analítica, pues si en lugar de representar en el diagrama ternario la composición general equivalente (71,9% SiO^, 15% CaO, 13% FeO), usáramos la de la matriz vitrea (la verdadera escoria), 64,5% SiO^, 27,3% CaO, 8,2% FeO, la temperatura de fusión sería ahora de unos 300°C menos y, aunque sigue siendo elevada, se aproxima más a cotas reales alcanzables en el horno. Esta es una de las razones por las cuales el diagrama de fases no es fiable para representar escorias inmaduras como las de Gorny, cuando la proporción de sílice es demasiado alta, mayor del 60%. Cuando la composición de la escoria es del orden de 20% FeO, 40% SiO^, 20% CuO y cantidades menores de calcio y aluminio, se forman finas agujas de material piroxénico (Lám. Es el caso de las escorias GOR-El 1 y GOR-E28. En el extremo opuesto tendríamos las escorias muy ricas en cobre, como la GOR-E20, con un 46,2% CuO residual. Es más propiamente un mineral de cobre fundido que una escoria, como demuestra su estudio microscópico (Lám. El campo está dominado por formaciones dendríticas de óxi- Lám. Imágenes obtenidas con el MEB con electrones retrodispersados. En blanco, cobre retenido. Se aprecia sílice libre (granos de color gris oscuro y perfiles abruptos) en una matriz de vidrio silícico (gris). Las formaciones circulares son vacuolas. El campo está dominado por formaciones de finas agujas de piroxeno. En el centro de la imagen se aprecian dos esferas de cobre. Formaciones dendríticas de cuprita con dos morfologías diferentes: racimos y esqueletos lineales ramificados. do cuproso (análisis GOR-E20/1) en una matriz piroxénica (análisis GOR-E20/2) en la que también hay mineral en disolución, probablemente en forma de delafosita. La buena disposición de las dendritas sugiere que el material estuvo a una temperatura generosamente por encima de la de fusión de la cuprita y se enfrió con cierta lentitud para dar tiempo al crecimiento ordenado de las dendritas pequeñas. Es interesante hacer notar que esta escoria no contiene bolitas de metal, lo cual significa que el ambiente en el que se formó no alcanzó las condiciones reductoras necesarias. Sólo dos muestras tienen fayalita cristalizada, la G0R-E2 y la GOR-E9, debido a su alto contenido en hierro. En ambos ejemplares los cristales son de tamaños irregulares y poco ordenados, con estructuras nacientes (Lám. No se aprecian fenómenos de re-disolución, lo que podría interpretarse como que el proceso de formación fue rápido o, lo que es lo mismo, que el tiempo de funcionamiento del horno, una vez alcanzada la temperatura de trabajo, fue relativamente breve. La estructura general de estas escorias está constituida por cristales de fayalita en una matriz de relleno formada por un vidrio ferrosilicatado conteniendo calcio y aluminio (análisis GOR-E2/2 y GOR-E9/2). Una de las características de estas escorias es, como era de esperar, su baja retención de cobre (0,45% CuO en GOR-E9/3), ya que al encontrarse fundidas entre 1.150° y 1.200°C, el metal formado se separa como gotas líquidas por su diferencia de densidades. Las inclusiones más numerosas y habituales de las escorias de Gomy son las de cobre metálico y de sulfuro de cobre (Cu^S), generalmente en forma de esferas de tamaños variables. Las estudiaremos con detalle en el próximo epígrafe. Otras, menos frecuentes, son los nodulillos microscópicos de baritina, óxido de bario y de óxido de titanio. Un último grupo lo forman inclusiones raras con cromo (GOR-ElO/3 y GOR-E19/3) y con plata-cobre (GOR-El 8/4). Todas ellas se justifican plenamente atendiendo a la composición de los minerales de Gomy (véanse las Tabs. Otro componente habitual de estas escorias es la magnetita. Suele aparecer como cristales aislados o como familias de cristales. Raramente en forma dendrítica, como en la muestra GOR-E26 (Lám. Esta imagen es muy ilustrativa ya que evidencia que se alcanzaron temperaturas muy altas (7), superiores a los 1.300°C, con lo que el grupo de escorias de la figura 3 que se encuentra entre las isotermas de 1.lOO^' y 1.400°C podría estar configu-rando una situación real. Confirmación de este supuesto la proporcionan los fragmentos de arenisca vidriada superficialmente por efecto térmico, sin duda por formar parte de las estructuras en las que se fundió mineral (véase laTab. Por otro lado, la presencia de magnetita es una indicación fiel de que había períodos de ambiente oxidante en el horno. Una serie de muestras de escoria ha sido analizada en el espectrómetro de fluorescencia de rayos X, comprobando así que contienen también impurezas de plata, antimonio y plomo en el orden de magnitud de las decenas de partes por millón, como ocurre con los minerales (véase la Tab. En general la composición de las escorias se corresponde bastante bien con la de los minerales, teniendo en cuenta la poca homogeneidad compositiva de ambos conjuntos y la selección al azar las muestras. Siendo estrictos, las diferencias entre los valores medios de K, Ca y Fe en las escorias son significativas (8), lo cual podría interpretarse como (6) El cromo no ha sido detectado en los minerales, pero ello se debe a su presencia excepcional que lo hace imposible de detectar con los medios analíticos empleados. (7) El óxido ferroso funde a 1.377° C, aunque la formación de wüstita dendrítica en una escoria quizá se inicie a una temperatura algo más baja. La magnetita funde a 1.597° C. No podemos pensar que en los hornos de Gorny se alcanzara la temperatura de fundición de la magnetita, por lo que la imagen de las dendritas de la lámina VI hay que interpretarla como consecuencia de la reducción de la magnetita a wüstita, a una temperatura superior a los 1.300° C, situación en la cual el óxido ferroso fundiría y formaría las dendritas que parten de los vértices (en realidad aristas) de los cristales de sección poligonal. (8) Según se desprende de la aplicación del test estadístico del análisis de la varianza a las composiciones medias, una vez eliminado el efecto del cobre presente. Imagen obtenida en el MEB con electrones retrodispersados tie la escoria GOR-E26. Obsérvese la íormación de finas dendritas de óxido de hierro que parten de las aristas de los cristales de magnetita. La escoria retiene en esta zona numerosas bolitas de cobre de distintos tamaños. una adición intencionada de un fundente ferrocalizo a la carga del horno. Pero hay varias consideraciones que invitan a no tomar en cuenta al pie de la letra los resultados estadísticos. En primer lugar, este supuesto fundente no facilitaría substancialmente el proceso general de escorificación, como demuestran los análisis estructurales de las escorias. En segundo lugar, ya hemos dicho al hablar de los minerales que existe en algunas mineralizaciones una capa de conglomerados calizos algo ferruginosos que contienen también malaquita: la explotación de minerales de dicha capa puede justificar las variaciones estadísticas observadas. Finalmente, la diferencia de potasio, elemento que se encuentra en la arenisca, confirma que se explotaron mineralizaciones con distintas composiciones de caja, lo cual afecta también al calcio y al hierro, y no debe sorprender si recordamos que los materiales de las tablas 3 y 4 corresponden a todas las fases de ocupación del yacimiento de Gorny. Así, pues, estas escorias son consecuencia de un proceso de obtención de cobre directamente de los minerales, sin que los antiguos metalúrgicos de esta localidad de la estepa rusa emplearan ningún procedimiento para facilitar la extracción por procedimientos de escorificación añadiendo fundentes. Las escorias reflejan la composición química de los minerales que, en este caso, son poco autofundentes por su bajo contenido en hierro. A pesar de todo, el rendimiento medio teórico de la operación es del orden del 73,6%, es decir, de cada 100 kg de mineral con una composición media del 43,6% CuO (9) (equivalente a 34,9 kg de cobre elemental) se reduciría el 32,1% CuO (equivalente a 25,7 kg de cobre metálico) y quedarían retenidos en la escoria los 9,2 kg de cobre restantes, como pequeñas bolitas de metal y como óxidos no reduci-dos (10). El residuo sólido, una vez separado el cobre, sería de unos 35-40 kg y el resto de materiales se habría volatilizado en los humos (11). El paralelo más cercano a las escorias de Gorny lo encontramos en los subproductos de fundición calcolíticos de Wadi Fidan 4, Jordania, donde se explotaban minerales de cobre de las areniscas de Feinan (Hauptmann et alii, 1996: 4). A pesar de la diferencia temporal (el Calcolítico de Feinan discurre entre el 4500-3100 a.C, mientras que Gorny se ha fechado entre 1690 y 1410 AC según Chernyj et alii, 1999: 98) en ambos casos nos enfrentamos a procesos sencillos de reducción directa de minerales, sin empleo de fundentes. Hay diferencias de procedimiento, pues los metalúrgicos prehistóricos jordanos utilizaban crisoles de entre 11 y 13 cm de diámetro para fundir el mineral, dotados de mango para verter su contenido, lo cual significa, como bien deducen los mencionados autores, que intentaban conseguir metal líquido u óxido cuproso fundido para separarlo más fácilmente de la ganga. En Gorny no conocemos estructuras de homo metalúrgico ni tampoco crisoles excepto los usados habitualmente para fundir el metal. En Norsun-Tepe, en el alto Eufrates, se beneficiaron también minerales de cobre encajados en arenisca (aunque sin bario) desde mediados del IV milenio a.C. Los estudios y experimentos de Zwicker (1980) demostraron que se podía extraer con cierta facilidad hasta un 25% en peso del cobre de la carga (una cifra muy similar a la que hemos calculado para Gorny), sin rebasar temperaturas del orden de los 1.200''C. En los experimentos no se usaron fundentes y la proporción mineral/carbón era de 1:1 en peso. (9) Dato obtenido promediando los análisis generales de minerales de la tabla 1. (10) Véase más adelante la crítica realizada a estos cálculos, basada en los experimentos de fundición realizados durante la campaña de 1998. (11) Ko olvidemos que estamos trazando un modelo teórico basado en los datos aportados por los materiales recogidos y analizados. Su bondad depende de la representatividad que queramos otorgar a dichos datos. En cualquier caso, sirve para hacernos una idea, aunque sea aproximada, del rendimiento y volumen de cobre obtenido. No obstante, véase más adelante la crítica a este modelo. Las excavaciones realizadas hasta el momento en el sitio han puesto al descubierto una vivienda de la Fase B-1 dedicada a actividades metalúrgicas (Fig. 4), constituida por un espacio presumiblemente cubierto, habitable, dispuesto alrededor de un hogar, que comunicaba a través de un ligero estrangulamiento con otro espacio descubierto, a manera de patio, donde al parecer se realizaban las tareas pirometalúrgicas. En la parte central de este patio había una plataforma rodeada de cenizas, carbones y abundantes fragmentos de escorias y minerales; gruesas capas de ceniza mezclada con subproductos de la fundición se extendían por todo el suelo del patio. En el interior de la vivienda hay excavado un apéndice en la parte sur en el que apareció gran cantidad de mineral de cobre almacenado. La plataforma del patio, a la que el Prof. Chernykh (1998: 74) denominó horno metalúrgico por su forma aproximadamente rectangular y su tamaño (1,5 X 1 m), no es propiamente la solera de un horno (parece excesivamente grande), pero es sin duda el lugar en el que se reducía el mineral de cobre, no sabemos si mediante pequeñas estructuras construidas sobre ella que eran destruidas y sustituidas tras cada fundición, o como un fuego abierto. Lo cierto es que la arcilla de esta estructura se encuentra rubefactada por haber soportado temperaturas elevadas. También se debió instalar allí la hornilla para calentar los crisoles en los que se fundía el metal, como evidencian las numerosas gotas de cobre halladas en sus proximidades. Fuera como fuese el horno de reducción (en todo caso una estructura muy simple), podemos saber a través de las escorias cómo era el proceso de formación del metal. Ya hemos dicho que en las escorias hay numerosas bolitas de cobre. La tabla 4 recoge los datos analíticos y podemos ver que las hay de cobre prácticamente puro pero también es frecuente que lleven en disolución algo de hierro (hasta un 2,5% Fe en el análisis GOR-E25/3) y, desde luego, casi todas ellas, en particular las de mayor tamaño, contienen segregados de óxido y de sulfuro cuproso (Lám. La formación de sulfuro de cobre es una de las características del método de obtención de cobre en Gorny, pero no debemos entender en modo alguno que estamos proponiendo un método similar al de la mata, comúnmente empleado en la metalurgia actual. A pesar de que, como hemos visto al estudiar los minerales, las fracciones de sulfuros metá- Tabla 5. Análisis de restos de fundición de Gorny (Microsonda MEB, % en peso). ficio de sulfuros metálicos. Ya Tylecote et alii (1911: 330) denunciaron este hecho, a pesar de lo cual y sin la base analítica adecuada, con excesiva frecuencia se sigue cayendo en el error. Los minerales de Kargaly son básicamente oxídicos y sin embargo la composición de la ganga y el proceso de fundición dan lugar a la formación de sulfuro de cobre (que no de mata cuprosa). El producto final de la fundición del mineral resulta incierto, a tenor de los datos disponibles. Es evidente que nos hallamos ante hornos muy sencillos en los que la separación cobre-ganga no es buena, pero cuyo rendimiento en metal es más que aceptable. La hipótesis más probable sugiere que del horno saldría una masa de escoria en la que permanecería atrapada la mayor parte del cobre producido, en forma de bolitas y nodulillos de tamaños muy diversos. Algunos, los de mayor tamaño, se habrían desprendido de la masa de escoria y caído a la solera, particularmente si se conseguía formar una escoria de tipo fayalítico. No sabemos con seguridad si se empleaban crisoles para recoger este material, como en Wadi Pidan y Norsun-Tepe, o simplemente se recogían de la parte baja del horno, una vez enfriado. Esta última hipótesis parece la más probable, según podemos deducir de los restos excavados, entre los que no abundan precisamente los crisoles. También parece evidente que la escoria resultante era machacada para recuperar las bolitas de cobre y de sulfuro de cobre que contenía. Así se hacía en los lugares mencionados y es un procedimiento, por lo que sabemos, de uso común en las fundiciones primitivas no escorificantes (12). Durante las prospecciones en Kargaly se han recogido piedras (12) En la Península Ibérica, por ejemplo, así se hizo durante el Calcolítico y gran parte de la Edad del Bronce. Véase, entre otros, Gómez Ramos (1999: 76). con cazoleta que pudieron servir de mortero, tanto para minerales como para la escoria. Este proceder podría explicar la inexistencia de los escoriales que serían de esperar en un área de intensa actividad metalúrgica. El polvo de escoria puede haber sido dispersado por los fuertes vientos de la estepa o arrastrado por las aguas suponiendo que la recuperación se hiciera en sencillos lavaderos junto a las comentes de agua. El yacimiento se encuentra, por cierto, a unos cientos de metros de un arroyo de curso continuo durante todo el año. El cobre así separado sería fundido en crisoles, obteniendo lingotes planos o planoconvexos, de los que se han encontrado fragmentos en Gorny (Tab. La composición general de estos lingotes no difiere substancialmente de la de las porciones de cobre de la tabla 5, si bien la presencia de bario en uno de ellos está sugiriendo que junto al metal recolectado que ha servido para formarlo había sulfuro de cobre balitado (véanse los análisis GOR-E04/1 ( 1 ) y (2) en laTab. 4), prueba indirecta de que, efectivamente, el sulfuro obtenido en el horno era aprovechado. Las condiciones oxidantes en la hornilla de carbón usada para calentar el crisol a más de 1.100°C favorecerían su descomposición. De los dos lingotes (Tab. 6), uno conserva una apreciable cantidad de sulfuro (0,98% S), es decir, que sigue siendo un cobre gris o blister. La microestructura del lingote G0R-M9 se puede considerar prototípica (Lám. Los granos de cobre quedan delineados por grandes segregados globulares de sulfuro (de color gris en la imagen), mientras globulillos de menor tamaño ocupan el interior. El sulfuro de cobre es poco miscible en el cobre, tanto en estado líquido como en sólido, y a poco más de 1.100" C precipitan agregados sólidos de sulfuro en un baño de cobre líquido, que son empujados a los bordes de grano conforme va so- lidificando el metal. A LOSS'' C tiene lugar una reacción peritética en la que solidifica el líquido residual con un 0,77 % de azufre. La reducción del sulfuro de cobre a cobre metálico no parece un proceso complejo, según demostraron experimentalmente Zwicker et alii (1980: 137-138) trabajando con minerales sulfurosos sardos. El flujo de aire en la tobera y el tiempo de operación son las variables más importantes a considerar. Las imágenes microscópicas de la serie de escorias y de metal (bolitas embebidas en la escoria) obtenidas en ese experimento se asemejan mucho a las de los materiales de Gorny. Paloma Uzquiano Ollero (Laboratorio de Arqueobotánica, IH, CSIC) ha identificado las muestras de carbón del yacimiento. Nos interesa mencionar de su estudio aquéllas que tienen una relación directa con el combustible empleado en los procesos metalúrgicos. En su momento le proporcionamos cuatro pequeñas muestras atrapadas en escorias, una de las cuales resultó ser Popidus sp. (álamo), otra Be-J«iM^iMilÍwiMÍL ^i^^^^^lSíM Lám. X. hnagen obtenida en el MEB con electrones retrodifundidos del lingote G0R-M9. Los nodulos grises y los puntos son sulfuro de cobre. tulaceae indet. (familia del abedul), la tercera es hueso carbonizado y la cuarta fue indeterminable. Localizamos una quinta muestra mientras se hacía el estudio por microscopía electrónica de una escoria y, partir de la imagen fotográfica, ha podido ser identificada como perteneciente a un arbusto de la familia de las Rosáceas. De estas determinaciones se deduce que los fundidores de Gorny ufilizaban combustibles variados obtenidos de la vegetación de su entorno inmediato, y no sólo carbón de leña de árboles como el abedul o el álamo sino también las ramas de los arbustos. El carbón vegetal, con independencia del árbol de procedencia, tiene un poder calorífico parecido, en torno a las 8.000 kcal/ kg (Fluzin, 1983:20). LOS OBJETOS DE METAL DE GORNY En los talleres de Kargaly se completaba el ciclo metalúrgico con la producción de objetos de cobre de tipología diversa, característicos del elenco de la cultura Srubnaia. Son numerosos los hallazgos de mi Lám. Fragmento de molde para fundir un pico o martillo de minero, en el momento de ser desenterrado. moldes bivalvos para fundir hachas, picos, martillos, hoces, puntas y otros objetos (Lám. Todos ellos están elaborados sobre bloques de arenisca local, fácil de tallar, y en ninguno se aprecian canales de evacuación de gases ni mazarotas. También se han recogido abundantes desechos de taller, principalmente recortes de metal y gotas caídas del crisol, indicios inequívocos, sobre todo los primeros, de las actividades de producción in situ de objetos metálicos. La tabla 7 recoge los análisis químicos de una selección de estas piezas y, salvo la punta de venablo GOR-M 16, que es de bronce binario, el resto de los materiales son de cobre con impurezas variables de hierro y azufre, es decir, cobres de Gorny. La punta de bronce es un producto extraño a las manufacturas locales, llegado de algún punto de las estepas de Asia central, según la experta opinión de Ye.N. Chernyj (comunicación personal), y es indicio de los contactos a gran distancia que tuvieron lugar durante el largo período de explotación de los recursos cupríferos de Kargaly. Ninguno de los objetos metalografiados conser-( 13) Estos moldes se distribuyen por fases del siguiente modo: A 2, B-1 13, B-2 9, B-3 25. va intacta la estructura de fundición. Las piezas, después de ser sacadas del molde, fueron trabajadas a martillo en frío en mayor o menor grado según su función. Un ejemplo evidente es el fragmento GOR-M6 correspondiente a la punta afilada de un puñal. La lámina XIIA muestra la estructura metálica en la zona central de la hoja, en la que.se aprecia la retícula de granos formados durante la solidificación del cobre en el molde, según un proceso de enfriamiento lento propiciado por las buenas condiciones refractarias y de aislamiento térmico del molde de arenisca, probablemente reforzadas por el calentamiento previo del propio molde para facilitar la colada. Esta estructura está ligeramente deformada por golpes de martillo que han aplastado levemente los granos produciendo una cierta orientación. En la parte del filo la acción del martilleo en frío ha sido mucho más intensa y como consecuencia de ello los granos se encuentran muy deformados por un notable estiramiento (Lám. XIIB) que todavía es mayor en el propio filo. No hay duda de que el metalúrgico trabajó de manera muy consciente el metal para conseguir en el puñal unos filos duros, cortantes (aunque frágiles), mientras que en el interior de la hoja un cobre más maleable proporcionaba al conjunto la capacidad de resistir una cierta deformación sin romperse. XIL Metalografías de la sección del puñal GOR-MÓ. A: zona del centro de la hoja. Retícula producida por el enfriamiento lento de la colada metálica, ligeramente deformada por la acción de una leve forja en frío que ha provocado una cierta orientación de los granos. Obsérvese la deformación de los granos (estiramiento) debida a un intenso trabajo de forja en frío. Otro tratamiento metalúrgico muy frecuente es el recocido del metal con posterioridad al trabajo de forja. Lo apreciamos en un pico de minero (Lám. XIII), entre otros objetos de naturaleza masiva. El recocido provoca la recristalización del cobre y corrige las tensiones internas introducidas por las deformaciones mecánicas al forjar el metal. La nueva estructura, formadas por cristales de hábito poliédrico más o menos maclados (líneas paralelas) es más resistente al choque. Esto es especialmente útil en un cobre blister con abundantes inclusiones de sulfuro de cobre (0,2% S en el análisis GOR-M26 de laTab. 7), ya frágil de por sí. Este tratamiento térmico se aplicaba también a los objetos laminares en las distintas fases de la laminación en frío, pues el metal severamente deformado por martilleo se hace frágil y duro, y es necesario recuperarlo por medio de recocidos pues de lo contrario se rompería. Metalografía de un pico de minero. Estructura de cobre forjado en frío y recocido: granos de sección poligonal maclados. La colada es sucia, con abundantes impurezas (picaduras), glóbulos de sulfuro de cobre (gris oscuro) y micro-rechupes o burbujas gaseosas, aplastados al forjar el metal. EL COBRE DE KARGALY EN TIEMPOS MODERNOS Hacia el siglo XIII a.C. el distrito minero de Kargaly fue misteriosamente abandonado y su memoria, al parecer, se pierde hasta el siglo XVIII cuando Iván Tverdishev, señor de vidas y haciendas, vuelve a poner en explotación las minas en 1745 (Chernij, 1995: 34). En esta segunda etapa, que duraría hasta finales del siglo XIX, se extrajeron 115.000Tm de cobre, según las fuentes consultadas por Chernyj. Nos interesa destacar aquí dos aspectos, por su interés para entender la metalurgia del pasado más remoto. En primer lugar, las fundiciones se instalaron en Bashkiria, en la zona boscosa de los Urales del sur, donde el aprovisionamiento de combustible era seguro, distante unos 300 km de Kargaly. El mineral extraído era, pues, transportado esa distancia en carros y trineos, según la estación. En segundo lugar, y a pesar de lo avanzado de la época, la obtención de cobre no parece que resultara sencilla. Hemos tenido ocasión de realizar una somera prospección por las ruinas de las fundiciones de Voskresesnskoye y Verkhoter, rodeadas de enormes extensiones de escoriales. Durante el rápido paseo por los amontonamientos de escorias no percibimos diferencias morfológicas significativas entre estos materiales de desecho, lo que nos hace pensar que la tecnología de fundición no parece que cambiara demasiado a lo largo de los 150 años de vida de estas instalaciones industriales. Las escorias son todas de sangrado, de aspecto vitreo de vivos colores. Las muestras recogidas de diversos puntos tienen una composición poco homogénea (Tab. 8) que se caracteriza grosso modo por ser pobre en hierro (en general) y rica en calcio. La representación de sus composiciones globales en el diagrama de equilibrio de fases se muestra en la figura 5. Si la comparamos con la figura 3 correspondiente a las escorias arqueológicas observaremos un claro desplazamiento de algunos puntos hacia la izquierda porque esas escorias de Bashkiria contienen todavía menos hierro que las de Corny, mientras que otros puntos comparten el mismo campo que aquéllas; los contenidos de calcio son similares en ambos conjuntos. Es sorprendente pero los metalúrgicos rusos de los siglos XVIII y XIX no habían avanzado un ápice en relación con los del Bronce Final de Gorny para conseguir escoria de bajo punto de fusión. Se seguían fundiendo los minerales directamente, sin añadir fundentes, pero eso sí, en hornos mucho más evolucionados que permitían alcanzar y mantener las altas temperaturas necesarias para fundir la escoria (por encima de los 1.300° C), que sobreañadiría el baño de cobre líquido y podía ser sangrada en el momento oportuno. Todo ello a base de un superconsumo de carbón vegetal. Con carbón mineral, ni aun de la calidad de la buena antracita, probablemente no se hubiera podido obtener cobre de forma rentable porque su capacidad calórica es sensiblemente inferior al carbón de mandera. Sólo cabe pensar que la búsqueda e importación de óxido de hierro, el fundente ideal • Voskresenskoye » Verkhoter Fig. 5. Diagrama de equilibrio de fases de las escorias modernas de Bashkiria. para conseguir una buena escorificación a baja temperatura, resultaron infructuosas o más onerosas que el consumo en exceso de carbón. La retención de cobre en las escorias de Bashkiria es baja. Muchos de los análisis generales arrojan una cifra O que, dada la sensibilidad de la microsonda en este tipo de análisis, debe interpretarse del orden de algunas décimas por ciento. En otras muestras se han medido porcentajes del orden del 2,5 al 3 %, una pérdida elevada para un homo moderno. Otro aspecto que acerca la metalurgia reciente a la de la Edad del Bronce es que el metal obtenido contiene cantidades apreciables de sulfuro de cobre. Se han analizado muestras tomadas de dos grandes masas de cobre tiradas en los escoriales cuya composición encaja sin dificultad en los cobres de Gorny. METALURGIA EXPERIMENTAL EN KARGALY Los materiales pirometalúrgicos de Gorny permiten trazar un panorama coherente (aunque no exento de puntos oscuros) de la tecnología puesta en juego para la obtención y el trabajo del cobre. Había, sin embargo, ciertos aspectos llamativos sobre los que convenía experimentar con el fin de llegar a un conocimiento más profundo y, sobre todo, obtener datos de algunas variables económicas que nos permitieran una mejor aproximación al modelo global de explotación.Aunque no vamos a entrar de forma detallada en la descripción de la vía experimental, que será objeto de futuros trabajos, usaremos aquí algunos de sus resultados de orden práctico. Un primer aspecto a determinar era si la formación de escorias de alto punto de fusión, superior a los 1.400°C según el diagrama de fases (véase la Fig. 3), es posible utilizando un horno metalúrgico sencillo. La respuesta es afirmativa, si bien la temperatura de formación de la escoria es notablemente más baja que la teórica antes mencionada. Se probaron dos tipos de horno: simples hoyos en el suelo de 30,20 y 15 cm de diámetro y similar profundidad, sin ningún revestimiento especial (Lám. XIVA), y dos hornos cilindricos con paredes de piedra arenisca trabada con barro, de unos 40-50 cm de diámetro y unos 30-40 cm de altura útil en la cámara (14) (Lám. Se utilizaron dos fuelles de 30 litros de capacidad cada uno que alimentaban dos toberas de cerámica con boquilla de 10 mm de paso, excepto en el último experimento que fueron Lám XIV. A: Experimento de fundición de minerales de cobre en Gorny (1998). El horno es una simple cubeta de unos 20 cm de diámetro máximo y otros tantos de profundidad, excavada en el suelo. La ventilación forzada es proporcionada por dos fuelles y dos toberas calzadas con piedras. B: Horno cilindrico de mampostería utilizado en el experimento n° 5. tres los fuelles y las toberas más abiertas, unos 25 mm de diámetro en la boquilla, y en el primero, aireado por la corriente natural del viento penetrando por tres ventanillas abiertas en la base del horno. Las características de los hornos experimentales se dan a continuación: Horno cilindrico de mampostería. Altura 50 cm, diámetro 40 cm. Ventilación por corriente natural de aire. Profundidad 30 cm, diámetro 30 cm. Ventilación con dos fuelles y dos toberas. Profundidad 25 cm, diámetro 25 cm. Ventilación con dos fuelles y dos toberas. Profundidad 15 cm, diámetro 15 cm. Ventilación con dos fuelles y dos toberas. Homo cilindrico de mampostería. Altura 40 cm, diámetro 40 cm. Ventilación con tres fuelles y tres toberas. Para los experimentos se recogieron fragmentos de malaquita y azurita de los alrededores de Gorny, seleccionando aquellos que por sus colores más vivos indicaban una mayor riqueza en cobre. Fueron triturados con martillos sobre durmientes de piedra hasta reducirlos a porciones de unos 2-3 mm como máximo (Lám. La puesta en operación de los hornos consistió en una primera fase de precaldeo, de algo más de media hora, durante la cual el carbón vegetal se hacía arder hasta su máximo brillo (brasas de color amarillo-blanco) ayudado por un accionamiento suave de los fuelles, y las paredes del horno tomaban un color rojo cereza en las partes bajas. A partir de ese momento se iniciaba la fundición propiamente dicha, agregando un puñado de mineral humedecido para evitar la pérdida de polvo, repartido más o menos homogéneamente sobre las brasas, que se tapaba inmediatamente con carbón desmenuzado. Conforme se iba consumiento el carbón de la superficie estaba incandescente, se añadía más mineral y carbón de la manera que se ha indicado, hasta completar el ciclo. Tras la última carga se seguía añadiendo carbón durante una media hora y luego se dejaba que se fuera consumiendo. Los fuelles eran accionados simultáneamente, de manera que se producían periodos de gran ventilación de unos 5 segundos de duración, mientras se descargaban los fuelles, en los que la atmósfera en la cámara es más oxidante y la temperatura se eleva, seguidos de periodos de carencia para llenar los (14) El último de los experimentos de fundición de mineral fue realizado en un horno cilindrico construido por Jacques Happ, con cuya colaboración llevamos a cabo la parte final de la experimentación. Operación de machacado del mineral. T. P.,56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es fuelles, de unos 2-3 segundos, en los que el ambiente es reductor y la temperatura desciende notablemente. Cuando comenzaba a aflorar la masa de escoria se interrumpía la ventilación y se dejaba apagar y enfriar el horno. En todos los experimentos de fundición de mineral se obtuvo un bloque de escoria de características similares: un material ligero, esponjoso, con numerosas bolitas de cobre atrapadas cuyos diámetros oscilan entre 3-4 mm y tamaño microscópico (Lám. Se formó una cantidad en tomo al 10% de sulfuro de cobre. La composición y estructura de estas escorias no difieren significativamente de las arqueológicas pero son menos densas y más homogéneas (Tab. Al representar los análisis en el diagrama ternario CaO-FeO-SiO^ observamos que todas caen en la región de las temperaturas más elevadas, junto con el primer grupo de las escorias arqueológicas comentado antes (Fig. 6). Aunque no pudimos disponer de ningún pirómetro para la medición precisa de temperaturas en el horno, la escala de colores que tomaban ciertos materiales del hogar por el impacto térmico resultaron buenos indicadores. Además, los efectos de las altas temperaturas quedaban reflejados en la formación de vidriados y escorificaciones apreciables cuando el horno se enfriaba. Uno de estos efectos fue el vidriado e incluso fundición de las boquillas de las toberas, fabricadas con material refractario (arcilla con desgrasante de cuarzo), como muestra elocuentemente la lámina XVII. Dado que en ninguno de los experimentos se consiguió separar cobre de la escoria en el horno, hay que pensar que todo el cobre existente en el mineral de origen se encuentra en la escoria como cobre metálico y compuestos de cobre no reducidos. Diagrama de equilibrio de fases de las escorias arqueológicas y experimentales de Gorny. Obsérvese al agrupamiento de estas últimas dentro de uno de los grupos de escorias arqueológicas. Tomando como referencia de cálculo los datos del último experimento (n° 5), la cantidad media de cobre en la escoria es del 8,6%, medido como CuO, lo que equivale a un 6,9% de cobre metáUco.Teniendo en cuenta las pérdidas en los humos de elementos del mineral (principalmente carbono y oxígeno), la riqueza en cobre del mineral, calculada a partir de la escoria, es aproximadamente del 6%, dato que contrasta con los análisis de algunas muestras de mineral empleado en el experimento, señaladas como EXGOR5 en la tabla 1, cuya riqueza media es del 28% CuO (22% Cu). Ello significa que las muestras analizadas no son representativas del conjunto de minerales fundidos (15), lo cual resta credibilidad a los cálculos teóricos sobre rendimiento realizados anteriormente en el apartado de las escorias arqueológicas, si bien la cifra en torno al 9% Cu remanente en la escoria arqueológica resulta bastante concordante con la obtenida experimentalmente (6% Cu) e indica dos cosas: que, en general, las fundiciones prehistóricas se hicieron con minerales menos ricos que los seleccionados para su análisis y que los cálculos de rendimiento no pueden efectuarse de manera fiable comparando las analíticas de minerales y escorias, porque son las escorias en sí mismas las que contienen retenido el cobre metálico Lám. Bloque de escoria obtenido en el experimen- Tab. Análisis de escorias experimentales de Gorny (Microsonda MEB, % en peso de óxidos). Esta afirmación vale, claro está, para los procesos de fundición sin escorificación ni separación de metal como el practicado en Gorny. En el experimento n° 5 se fundieron 3 kg de mineral, con un consumo de carbón de 6 kg (incluyendo la fase de precaldeo del horno). La escoria resultante fue triturada y lavada con agua en una batea para separar por diferencia de densidades el cobre metálico, obteniéndose 110 g de metal. Esto significa un rendimiento del 3,7% en peso en relación con el mineral. Considerando que el mineral contenía 207 g de cobre (6,9% Cu), el rendimiento neto de la extracción es del 53,1%, cifra real nada despreciable, superior al 25% obtenido por Zwicker (1980: 15) con los minerales de Norsun-Tepe. Conviene traer a colación los experimentos de fundición realizados por Lorenzen (1966) con minerales de cobre encajados en arenisca de Heligoland, en los que consiguió obtener bolitas de cobre con un peso total equivalente al 5,6% del mineral empleado, algo superior al obtenido por nosotros. Pero conviene puntualizar que Lorenzen utilizó medios de laboratorio para la trituración y recuperación del cobre, mientras que nosotros usamosprocedimientos muy similares a los prehistóricos y, por tanto, con mayor probabilidad de pérdidas. Extremo de la boquilla de una tobera de arcilla, fundido como consecuencia de las elevadas temperaturas conseguidas en el hogar del horno. HACIA UN MODELO TEÓRICO DE LA EXPLOTACIÓN DE RECURSOS NATURALES EN KARGALY La arqueometalurgia experimental junto con los datos objetivos de la arqueología de campo han proporcionado información que nos permiten esbozar unos modelos de interés económico con los que evaluar la producción de cobre en Kargaly. Parece evidente que los hornos empleados fueron estructuras muy sencillas apenas reconocibles, y existían espacios concretos para las prácticas metalúrgicas en las viviendas-taller. Pero no tenemos la completa seguridad de que la vía experimental reproduzca fielmente el proceso metalúr-gico prehistórico. De hecho sabemos que en las fundiciones prehistóricas se lograba separar por gravedad algo de metal, aunque suponemos que no sería demasiado dada la elevada viscosidad de la escoria, cosa que en los experimentos no conseguimos (16). Sin embargo, tanto nuestros resultados experimentales como los de otros colegas indican que la mayor parte del cobre producido permanecía embebido en la escoria como pequeñas bolitas metálicas, como sucede en las arqueológicas. El mineral extraído de las minas debía ser seleccionado y machacado hasta porciones pequeñas, de (16) El Dr. Chernyh nos ha informado de un experimento realizado por uno de los colaboradores de la excavación, Nikola, de la aldea de Maximovsky, después de nuestra partida de Kargaly en 1998. Construyó un horno de chimenea con ladrillos y bloques prefabricados, de 1,5 m de altura, con tiro natural, y consiguió separar de la escoria una masa de cobre de unos 50 g. Desconocemos las características de la carga y las condiciones del trabajo de dicho horno. unos pocos milímetros, antes de ser cargado en el horno. No tenemos datos en términos trabajador/ hora de lo que podría costar la extracción de mineral, pero sí los tenemos acerca de lo que costó la trituración: 2,5 horas, tres personas, para triturar 6 kg de fragmentos de mineral recogido previamente en superficie ( 1,5 hombres/hora/kg de mineral). Como sólo se emplearon 3 kg el valor real es la mitad. Esta cifra y otras que se manejarán más adelante podrían reducirse si tenemos en cuenta que las tareas experimentales fueron realizadas por personas no especialmente adiestradas. En los cinco experimentos efectuados, la fundición propiamente dicha ocupó entre 2 y 4 horas, a las que hay que añadir algo más de media hora de precalentamiento del horno. Dado que en todos los experimentos se obtuvo una masa de escoria de características similares, puede tomarse la cifra de 3 horas como tiempo normal de reducción (17). La escoria correspondiente a 3 kg de mineral fue triturada por tres personas trabajando durante 2 horas ( 1,3 personas/liora/kg de escoria), obteniéndose tras el lavado 110 g de cobre en granos. Este cobre fue refundido en un crisol, en una hornilla con un kilo de carbón aproximadamente (18), ventilada con dos fuelles, empleando en esta operación unos 30 minutos dos personas (19). El resultado fue un lingote planoconvexo de 90 g, con el restante cobre en forma de bolitas pegadas a las paredes del crisol (Lám. En resumen, sin contar la extracción del mineral, las distintas operaciones sucesivas pueden ser ejecutadas por 2-3 personas en unas ocho horas. Racionalizando tiempos y movimientos es posible obtener unos 200 g de cobre en ese tiempo (20), contando con minerales como los usados en los experimentos. El consumo de carbón puede fijarse en 13 kg, lo que supone 65 kg por kilo de cobre en lingote. Para conseguir dicho carbón serían necesarios, en las condiciones más desfavorables, unos 500 kg de madera seca (Horne, 1982) (21). (18) Operación realizada Por J. Happ y el autor. (19) Entre la introducción del crisol en la hornilla y su extracción con el cobre fundido transcurrieron unos 15 minutos. (20) Fundir los otros 3 kg de mineral, con el horno a pleno rendimiento, hubiera tomado 1,5 horas más. (21) Este autor ha calculado que la proporción en peso madera/carbón oscila entre 5/1 y 7/1. Asimismo, establece que para obtener un kilogramo de metal son necesarios unos 40 kg de carbón, cifra bastante concordante con la obtenida por nosotros si le añadimos el carbón necesario para obtener el lingote. Lingote planoconvexo de cobre y crisol en el que fue obtenido. Eugen N. Chernykh (1998: 72) ha propuesto la producción de unas 150.000 Tm de cobre a lo largo de la Edad del Bronce, lo cual supondría la tala de árboles equivalente a 75.000.000 Tm de madera, una cifra verdaderamente escalofriante que ha dado lugar a que nos preguntáramos en más de una ocasión si la metalurgia prehistórica no habría provocado una catástrofe ecológica con una deforestación intensiva que llegó a colapsar esta actividad a finales del Bronce, convirtiendo una comarca boscosa en la estepa que ahora conocemos. Llegados a este punto, buscar un modelo explicativo no resulta fácil pues hay más carencias de información que datos prácticos. Desconocemos el grado de explotación de los recursos minero-metalúrgicos a lo largo del Calcolítico y la Edad del Bronce y la densidad de ocupación del territorio. Si nos atenemos a un modelo lineal, poco creíble, y consideramos que la explotación tuvo lugar a lo largo de 2.000 años, la producción de cobre sería de 75 Tm/año y el consumo de madera de 37.500Tm/ año, una cifra que no parece soportable por la población arbórea actual (suponiendo que fuera similar a la prehistórica), lo que implicaría considerar una masa forestal mayor en el pasado que habría sido esquilmada por la metalurgia, o la importación de madera de otras latitudes. Quizás fuera más acertado actuar a la inversa, partiendo de la realidad arqueológica. La excavación de Gorny ha desenterrado un complejo que parece ser una vivienda unifamiliar o, en todo caso, de un pequeño grupo, con un solo patio de fundición, es decir, que la actividad metalúrgica se realizaba en un solo lugar. Si esta interpretación es acertada, el grupo se ocupaba de todas las actividades inherentes al proceso: mine-ría ( 22), fundición de minerales, fabricación de lingotes y producción de objetos de metal, pues de to~ das ellas hay pruebas en el registro. Dando por bue~ nos los resultados experimentales, en esa vivienda no se debían producir más allá de 200 ó 300 g. de cobre por hornada. Suponiendo que el horno trabajara todos los días del año, cosa poco probable porque debían realizarse otras tareas en el banco de fuego, podemos calcular, siendo generosos, unos 100 kg. de cobre al año poi' familia o taller. Esta instalación consumiría unas 50 Tm de madera al año para producir el carbón necesario para fundir del orden de 3 Tm de mineral. Sin embargo, la cantidad de hallazgos metalúrgicos en cada una de las cuatro fases es muy distinto, como muestra la figura 7. Es interesante hacer notar la coincidencia entre hallazgos metálicos y moldes, lo que otorga cierta confianza a su valor como modelo. En función de estos datos podemos suponer una producción metalúrgica poco intensa (en términos relativos) al comienzo, que crece considerablemente en la Fase B-1, pasa por un dempo de crisis en la B-2 y vuelve a crecer espectacularmente en la última fase de Gorny. Así, pues, siguiendo las sugerencias de la figura 7 podríamos dividir la producción global del taller según los coeficientes de proporcionalidad 1,9, 31, 12,4 y 54,7. Si antes habíamos calculado una producción esümada en 100 kg de cobre al año como dato más favorable para la vivienda (Fase B-2), a la Fase A le corresponderían 6,1 kg/año, a la B-1 100 kg/año, a la B-2 40 kg/año y a la B-3 176,5 kg/año. Hacer el cálculo esümativo del consumo de leña durante todo el período es ya un simple problema aritméfico que arroja la cifra de 10.700 Tm en 300 años. Se habrían extraído de las minas 640 Tm de mineral, de las que habrían salido 21,4 Tm de cobre en lingotes. La primera pregunta que cabe hacerse es si el entorno de Gorny podía proporcionar la madera necesaria. Si el paisaje arbóreo en el Bronce Final era similar al actual, como parecen indicar los estu- (22) No hay duda de que los habitantes de Gorny conocían las artes de la minería. La propia casa cuenta con una galería sacra excavada en el subsuelo (véase la figura 4) pero, además, a pocos metros se ha localizado una zanja profunda, antigua, que podría ser una rampa de descenso a una bocamina o a una explotación a cielo abierto. dios polínicos (23), resulta razonable pensar que, al menos desde la Fase B-1, fue necesario traer madera de las zonas boscosas situadas más al norte, actualmente a más 200 km de distancia pero quizás algo más cercanas entonces. Hay un indicio que permite apoyar esta suposición: el progresivo aumento de la presencia de caballo adulto entre los huesos del yacimiento, como ha identificado Antipina (1999: 104). Los datos osteológicos, medidos con el mismo parámetro que los restos metálicos, están representados en la figura 8, en la que puede apreciarse un ritmo de crecimiento de la cabana equina con pautas semejantes a la supuesta producción metalúrgica, en especial en el último tramo, que es también el de mayor intensificación de las fundiciones. Los coeficientes de proporcionalidad que hemos manejado antes permiten otras interpretaciones del fenómeno metalúrgico. Dado que la tecnología empleada para la fundición de minerales es tan sencilla y no parece cambiar substancialmente a lo largo de las distintas fases, podemos asumir que el rendimiento de los hornos se mantuvo prácticamente constante. Los coeficientes mencionados serían también un indicador de la intensidad de la producción y, en otros términos, de la densidad de asentamientos. Volviendo a la estimación de Chernyj, y suponiendo que de las 150.000Tm de cobre producidas en el Bronce Final sólo 100.000 lo fueran en el pe-(23) Se encuentra en avanzado proceso de elaboración un trabajo de Vicent, J.M.; Rodríguez Alcalde, A.L.; López Sáez, J.A.; Zavala, L; López García, P. y Martínez Navarrete, M.I.: "¿Catástrofes ecológicas en la estepa? Arqueología del paisaje en el complejo minero-metalúrgico de Kargaly (Región de Orenburg, Rusia)", cuya publicación está prevista en el próximo número de Trabajos de Prehistoria, 57(1). Para alcanzar estas cifras sería necesario que un determinado número de hornos estuviera operando a diario en cada fase. Estas cifras sugieren, a pesar de la rigidez del modelo, un progresivo aumento de la población minero-metalúrgica según una función exponencial, con una explotación de baja intensidad (en términos relativos) en los dos milenios largos que preceden al Bronce Final, que se intensifica a partir de la Fase B-1 de Gorny. Aunque no disponemos de datos sobre la densidad de los asentamientos, las dificultades para localizarlos mediante la prospección realizada sería indicio de una baja densidad de ocupación en la extensa área de 800 km-que ocupa la cuenca minera que, en su fase más productiva, no pasaría de 14 hornos/km^. El asentamiento de Gorny sugiere, efectivamente, un habitat disperso e independiente, pero ignoramos hasta qué punto se atiene a una norma de poblamiento o es excepcional. Nuevas campañas de prospección y las correspondientes excavaciones permitirán establecer un panorama mejor definido. En cualquier caso, la producción de cobre propuesta por Chernyj parece razonable a la vista de los modelos que pueden establecerse a partir de la metalurgia experimental. Otra posible interpretación que ya fue sugerida por Chernykh ( 1994) es que la actividad metalúrgica local no fuera demasiado importante, dedicada principalmente a la producción de herramientas T. P.,56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es para el laboreo de las minas, funcionando quizás a expensas de la escasa reserva arbórea del entorno. Sería la actividad minera la de mayor intensidad, generando una extensa red de distribución de mineral en torno a Kargaly. Esta hipótesis explicaría una carencia preocupante, los escoriales, al tiempo que, en términos ponderales, resultaría menos gravoso exportar el mineral que importar la leña. Es, por otro lado, una hipótesis fácil de confirmar dadas las peculiaridades de los minerales de la zona. Sería necesario, eso sí, localizar y excavar otros poblados alejados de la cuenca minera, efectuando los estudios arqueometalúrgicos pertinentes. El transporte de minerales de Kargaly hacia las zonas boscosas de los Urales (a 250-300 km de distancia) dio lugar a una floreciente industria del cobre en Bashkiria a lo largo de los siglos XVIII y XIX AD. Por los datos históricos que conocemos, no parece que los medios de transporte empleados en la Edad Moderna (caballerías, carros y trineos) fueran muy diferentes de los disponibles en la Edad del Bronce. Es, por tanto, un modelo de producción que no debemos rechazar de antemano. Muchas personas han colaborado activamente, allá en Rusia, para que nuestro trabajo fructificara. Del Dr. Chernyj obtuvimos todo el apoyo logístico que necesitamos, amén de contrastes de ideas e informaciones valiosísimas, y con los años, una sincera amistad. La actitud de todos los miembros de su equipo, Tamara O. Teneishvili, Ekaterina E. Andpina, Sergei V. Kuzminyj, HelenaYu. Lunkov, Sergei V. Bikov "Sturmann", Denis V. Valkov y Alexei Karpujin ha sobrepasado con mucho la relación estrictamente profesional. De la recogida de mineral para los experimentos se ocuparon diligentemente Galina Nikoforova y sus chicas y chicos del campo de trabajo, y pude contar con la ayuda directa de varios de ellos coordinados por Ilia Plotnikov en las tediosas tareas de machacar el mineral y accionar los fuelles. En la última parte experimental se incorporaron Jacques Happ y Marie-Chantal Frère-Sautot (de laAPAB, Arqueódromo de la Borgoña, Francia). En lugar preferente debo mencionar a Maribel Martínez Navarrete, Investigadora Principal del proyecto español, paciente, eficaz y minuciosa gestora de los innumerables trámites que todavía exige la entrada, desplazamiento y salida de Rusia de personas y pertrechos, además de excelente compañera de fatigas en los trabajos de campo. Sin Maribel habría sido otra cosa o, sencillamente, no habría sido...
Durante el Bronce Final I se produjo un claro proceso de concentración poblacional en las comarcas del Bajo Segura, Medio y Alto Vinalopó (Alicante), en poblados como Laderas del Castillo, El Portitxol y Cabezo Redondo. 1575-1400 AC, es el conjunto de vajilla áurea más importante de Europa durante el Bronce Final, después de las tumbas de fosa de Micenas. Este "tesoro", que exigió para su acumulación el trabajo a tiempo completo de 130-150 personas durante, al menos, 1 año y 3 meses, procede de oro aluvial. También durante el Bronce Final I se incrementan en el Sureste los poblados costeros, el uso del bronce (Sn, 8-12 %) y la cría de caballos. La mayor parte de este oro y estaño debió obtenerse por comercio marítimo con el Noroeste Peninsular a cambio de sal, de la que Galicia es deficitaria como otras regiones atlánticas europeas. La sal procedería de la laguna de La Mata (Alicante), actualmente el mayor complejo salinero de Europa. de Motes (1970a: 127) ha considerado la obra maestra de la orfebrería europea de la Edad del Bronce. Más significativo que su excepcional riqueza es la búsqueda de una explicación coherente sobre cuándo y cómo se pudo formar un "tesoro" de esta entidad, sin duda el más importante del Bronce Final de la Península Ibérica y, por extensión, del Occidente de Europa. No obstante, el principal motivo de este estudio será tratar de revalorizar la imagen del Bronce Final I en el Sureste de la Península Ibérica, tradicionalmente denominado Bronce Tardío (Molina González, 1978: 202-206, fíg. Nuestro objetivo será resaltar algunos elementos de ruptura que lo individualizan frente a las fases precedentes del Bronce Inicial y Medio, y en particular continuar el análisis de las redes comerciales de la Península Ibérica durante la Prehistoria Reciente, en concreto 1625-1325/1300 AC, Bronce Final lA-IC, siguiendo las premisas de los'^Sistemas Mundiales Antiguos (Sherratt y Sherratt, 1991; Mederos, 1995bMederos,, 1996Mederos, y 1997a)). Estado de la cuestión Antes de la aparición del depósito de Villena, la cronología de las piezas asignables a este tipo de orfebrería, ha oscilado, a veces bruscamente por falta de contextos arqueológicos adecuados, entre el Bronce Inicial-Medio y el mundo celtibérico coetáneo con la conquista romana. A raíz del descubrimiento, Soler (1965: 43-46, 49-50) resaltará la forma argárica del contenedor del "tesoro" y, particularmente, la evidente similitud entre la tipología de los cuencos metálicos y su decoración de puntos en relieve y de temas en guirnaldas, con las cerámicas tipo Cogotas I de los poblados del Cabezo Redondo y la Isleta de Campello. A su vez, el departamento VII del Cabezo Redondo había aportado una cuenta de ámbar, material importado también presente en el "tesoro". Todo ello le sugiere una cronología del 1000 a.C, dentro de un Bronce Tardío postargárico. Comparación de un cuenco-cazuela con decoración de guirnaldas y una botella del Cerro de la Encina (Granada) con un cuenco y botella de oro del "tesoro" de Villena (Alicante). ro", y correlaciona la presencia de botellas y cuencos cerámicos con formas similares a la vajilla de oro y plata, proponiendo de nuevo una cronología del 1000 a.C. Inicialmente, Schüle (1965: 177) había situado el "tesoro" dentro de una banda temporal más amplia, ca. Además, Soler (1965:43; Tarradell, 1964: 9-10; Maluquer de Motes, 1970a: 128; Almagro Gorbea, 1974b: 53) utiUzará la presencia de un fragmento de brazalete en el "tesorillo" del Cabezo Redondo, similar a los presentes en el "tesoro" de Villena, para relacionar ambos y retrotraer la cronología de este último a las fases de ocupación del Cabezo Redondo. A este dato se suman la existencia de un mismo tipo de colgante de oro tanto en el estrato V de Cuesta del Negro como en el "tesorillo" del Cabezo Redondo, y de "botellas" cerámicas en el Cerro de la Encina lia, similares a las de oro y plata del "tesoro" de Villena, asociaciones que permitirán fecharlo (Molina González, 1978: 203) entre el 1100-1000 a.C. 1000-800 a.C, la ocultación del depósito se produciría cuando ya se realizaban las primeras navegaciones fenicias. A. Perca (1991: 129, 131, 136-137), partidaria de una fecha del Bronce Final, ha rebatido la cronología del Bronce Tardío, resaltando que la asociación del Cabezo Redondo con Villena sólo se apoya en la pieza más reciente, el fragmento de brazalete, mientras para fechar el depósito de Abía de la Obispalía (Almagro Gorbea, 1974b; vide infra) sólo se utilizan las piezas más antiguas, las empuñaduras de espada. Además, como realmente las únicas asociaciones directas que conocemos con los brazaletes de la orfebrería Villena-Estremoz son el hieiTO y ámbar del depósito de Villena, carentes de analíticas adecuadas, se inclina por una procedencia local del hierro. Más recientemente sugiere un contacto foráneo vinculándolo a un tercer tipo de orfebrería que denomina mediterránea (Perca, 1995:75-76). El problema reside en la cronología que defiende esta autora para los brazaletes tipo Villena- Estremoz. Según Perca (1994b: 10; Armbruster y Perca, 1994: 84) el depósito de Villena corresponde a la última etapa de uso de los brazaletes tipo Villena-Estremoz, siendo ya considerados como material de desecho "para la exportación", presuntamente desde Peña Negra (Alicante), durante el sigloVIII a.C, el cual interpreta como un asentamiento indígena "que alojase permanente o temporalmente misiones comerciales de pueblos del Mediterráneo" (Perca, 1994a(Perca,: 295 y 1994b: 11): 11). Sin embargo, difícilmente podemos compartir esta cronología cuando obvia los datos contextúales que aporta el yacimiento de Cabezo Redondo {vide supra). Otro tanto sucede con Abía de la Obispalía. No hay razones objetivas para rechazar una cronología homogénea del depósito. J. Maluquer de Motes (1970b: 90-92) ya sugirió la similitud decorativa de las dos líneas de puntos gruesos y líneas de hoyuelos de la empuñadura de una de las espadas de Guadalajara con la decoración de punto en raya, propia de las decoraciones cerámicas tipo Boquique. Un segundo aspecto que el modelo de Perca no explicita es hacia donde los fenicios pretendían exportar estos objetos de oro, porque no se ha encontrado ningún ejemplar en el Mediterráneo Central u Oriental. 1 ) Diversidad funcional con presencia de adornos, vajilla y armas. Sin embargo, se trata de un depósito mediterráneo que no responde al típico patrón atlántico con una o pocas piezas de orfebrería exclusivamente. 2) Diversidad tecnológica entre unos brazaletes fabricados mediante el uso de cera perdida y torno de eje horizontal, tipo Villena-Estremoz, y una vajilla elaborada mediante batido de láminas, con posterior decoración utilizando cinceles para las nerviaciones y punzones para el embutido (Perea, 1991:103-104; Armbruster, 1995c: 167-171), asignada al tipo Sagrajas-Berzocana (Perea, 1995:75). Sin embargo, la coexistencia de técnicas diferentes, aplicadas sobre objetos distintos, no implica necesariamente separación cronológica. El problema que subyace en esta argumentación es que, una vez asumido el tomo de eje horizontal como una importante innovación tecnológica, le resulta muy difícil aceptar una cronología demasiado "antigua" para el depósito de Villena. Por el contrario, puede asumir el batido o martilleado indirecto de láminas empleado en la vajilla, al estar constatado desde el Calcolítico. 3) Diversa calidad técnica entre los brazaletes, puesto que en algunos como el rf 27 las grietas externas por defectos de fundición exigieron fundición adicional en la cara interna para repararlos, frente a brazaletes excelentes como los n° 28 y 29 (Armbruster y Perea, 1994:82). Sin embargo, estos puntuales defectos tecnológicos no afectan al valor intrínseco y metrológico del oro que posee la pieza. El interés por reparar estos brazaletes demuestra que dichos fallos no bastaron para desecharlos. 4) Finalmente, distinto grado de conservación. Además, la totalidad de los 28 brazaletes se abrieron con posterioridad mediante un corte para que cupieran dentro del brazo (Armbruster y Perea, 1994: 81). No obstante, dado su escaso diámetro, es posible que hubiesen sido entregados durante la infancia, y el corte fuera necesario para seguir usándolos en edad adulta. Por último, un notable número de investigadores asignan el "tesoro" a la Edad del Hierro. Esta propuesta parte del trabajo de Almagro Basch (1969:287), quien considera la decoración de púas en relieve originaria de Centroeuropa, situando los ejemplos de Villena en el 600 a.C. Las similitudes con los ajuares de las sepulturas principescas hallstátticas (Kimmig, 1983:113-115,117) han llevado a situarlo hacia el 600-500 a.C. (Lenerz- de Wilde, 1991: 175), cronología reciente que también se apoya en la presencia de hierro en el depósito. En esta línea, Armbruster (1995b: 161), al fechar el torques de Sintra en el tránsito entre el Bronce Final y la Edad del Hierro, y presuponer que la orfebrería Sagrajas-Berzocana coexistiría en sus últimas etapas con los inicios de la orfebrería Villena-Estremoz, deja a esta última prácticamente en plena Edad del Hierro. Cronología de los brazaletes No obstante, Blanco (1957: 8; Cardozo, 1959: 21) defendió el soldado de púas y calados a aros realizados mediante batido de una barra de oro en un molde, y Russell (1954: 72) el moldeo individual de los aros, soldados después, supuestamente mediante percusión. La revisión de los parámetros tecnológicos ha logrado precisar el empleo de intrumentos rotativos del tipo de un torno lento de eje horizontal y rotación alternativa, accionado por arco, utilizado para la fabricación de moldes a cera perdida y, posteriormente, un perforador de cuerda o arco con broca de punta hueca para el acabado puliendo la superficie de los brazaletes. La presencia de características técnicas comunes de los tipos Sagrajas-Berzocana y Villena-Estremoz en el brazalete de Cantonha y el torques de S intra posibilita defender la coexistencia de ambos, otorgándose a veces mayor antigüedad al tipo Sagrajas-Berzocana (Almagro Basch, 1969: 287; Armbrus-teryPerea, 1994: 84-85, fig. 8; Armbruster, 1995b: 159-160). En cambio, otros autores como Ruiz-Gálvez (1984:392) defienden precisamente lo contrario, la prioridad de la orfebrería tipo Villena-Estremoz, una posterior coexistencia de ambas y un desarrollo más tardío de los tipos Sagrajas-Berzocana. Cronología de la vajilla áurea La vajilla áurea que había alcanzado un gran desarrollo desde la Edad del Cobre en Anatolia, comienza a generalizarse con el inicio del Bronce Final. Aparte de regiones mediterráneas como Siria, Anatolia, Grecia y la Península Ibérica, encontramos numerosos ejemplares en el Mar Báltico, Dinamarca con 40 ó 42 vasijas y Alemania con 23. Sin embargo, si valoramos estos conjuntos por su peso, los 60 obje-tos del "tesoro" de Villena dieron 9.112 g de oro (Soler, 1965: 13), mientras las 81 piezas de oro de Messingwerk, también aparecidas dentro de una vasija cerámica, sólo aportan 2.594 g. Teniendo en cuenta estos datos, en Villena nos encontramos con el segundo conjunto de yajilla áurea más importante de Europa del Bronce Final, tanto en función del número de vasijas como del peso del conjunto en oro. Por ello queremos en primer lugar señalar que, sin ninguna duda, el único conjunto europeo comparable son las Tumbas de Fosa de Micenas, cuya riqueza se manifiesta en el grupo de 28 vasijas de oro y 42 vasijas de plata. Otros conjuntos micénicos en Peristeria o Kalamata apenas cuentan con 3 vasijas de oro cada uno. En segundo lugar, la cronología de ambos conjuntos no resulta muy distante. En Micenas, las sepulturas del círculo B se fechan entre muy a final del Heládico Medio III y el Heládico Final I y las del círculoA, entre un pleno Heládico Final I e inicios del Heládico Final IIA (Dickinson, 1977: 46, 50). Respecto al Cabezo Redondo (Villena, Alicante), la única datación disponible (Soler, 1969: 20) Fig. 3. Principales conjuntos de vajilla áurea de Europa durante el Bronce Final. 1: Sepulturas de Fosa de Micenas (Argólide, Grecia). 2: Villena (Alicante, España). Uno de los aspectos más complejos del "tesoro" es buscar una explicación razonable a su presencia en Villena y a la distribución de la orfebrería Villena-Estremoz en la Península Ibérica. 3) Nudo de comunicaciones donde confluyen los caminos viejos de Chinchilla haciaAlmansa, Játiva, Alicante y Granada. 4) Recursos salinos por evaporación de manantiales en contacto con formaciones del Keuper, como los saleros viejo y nuevo, etc. 5) Orientación preferentemente ganadera, con un peso secundario de la agricultura, y 6) posible río aurífero según la toponimia. A su juicio, la explicación más plausible del ocultamiento de Villena sería el control de una importante vía de comunicación desde la Meseta hacia la costa. Esta ruta sería transitada principalmente por ganados transhumantes desde los pastos de verano de la Serranía de Cuenca a los de invierno que finalizan en la Sierra de Crevillente y Peña Negra. Allí navegantes chipriotas, con base en Cerdeña, en su ruta hacia el Atlántico a la búsqueda de estaño y cobre, se avituallaban de carne, sal para su conservación, productos lácteos y pieles. Este control de vías de paso del ganado hacia la costa, áreas de pasto y sal en el entorno de laguna de Villena, permitió recibir los brazaletes como forma de pago o tributo. M. Ruiz-Gálvez (1995c: 143-144; Hernández Pérez, 1997:111) ha reinterpretado el ocultamiento de Villena como un "regalo de embajada" de navegantes chipriotas, vía Cerdeña, a cambio de facilidades de atraque y el abastecimiento de carne y sal para conservarla, pieles, minerales del Alto Guadalquivir y quizás lana. Por el contrario, en el Suroeste, los brazaletes de tipo Villena-Estremoz presuponen la llegada de técnicas, y tal vez también de mujeres, desde el Sureste ibérico, como parte de unas alianzas políticas matrimoniales para facilitar la navegación de indígenas y sardos entre el Atlántico y el Mediterráneo a la búsqueda de estaño y cobre (Ruiz-Gálvez, 1992: 236 y 1993: 56, 58). Además, Ruiz-Gálvez (1995c: 145-146) propone que los brazaletes portugueses serían fabricados in situ por artesanos mediterráneos adaptándose a los gustos locales, e indicarían el establecimiento de alianzas políticas que permitirían la instalación de "bases sardas" en el Centro de Portugal para acceder a los recursos cupríferos presentes en Setúbal, Alto Alentejo y Algarve. La primera hipótesis de Ruiz-Gálvez falla en cuatro aspectos de su estructura interna. En principio, desconocemos la procedencia del oro utilizado, pues la única zona aurífera de la Mancha Oriental se limita a la zona de las Navas de Jadraque (Guadalajara), que presenta pequeños aluviones auríferos en los ríos Sorbe y Bornoba, porque en su propuesta los brazaletes se fabricarían en regiones más o menos inmediatas a Villena, como la Serranía de Cuenca, ya que son entregados como derecho de paso del ganado al regresar de los pastos de verano. En segundo lugar, tampoco se especifica quién los fabrica, pues el poder político de Villena sólo los recibe como pago del paso del ganado hacia la costa. Un tercer problema es qué obtienen a cambio de avituallar a los navegantes mediterráneos con carne, sal para su conservación, productos lácteos y pieles, tanto los ganaderos que pagan impuestos por atravesar Villena, como el propio poder político de dicha área, puesto que los únicos productos claramente importados son el ámbar y probablemente el hierro. Finalmente, estos brazaletes se envían hacia el Suroeste como parte de alianzas que incluyen el intercambio de mujeres, tecnología y el comercio de metales. Ya que el poder político de Villena no los fabrica debería enviar parte de los que recibe como tributo. Pero en este caso, no queda precisado qué intereses comerciales pueda tener para establecer estas alianzas entre ambos extremos de la Península Ibérica, ya que sus principales beneficios proceden de los impuestos que cobra a los ganaderos que atraviesan sus territorios y dispone de fuentes de aprovisionamiento de cobre más cercanas en Murcia y Almería. Su propuesta más reciente resuelve varios de estos problemas. En principio, con su nuevo modelo, resulta claro que la vajilla, los brazaletes, y consecuentemente el oro, proceden del Mediterráneo Oriental al ser entregados como un "regalo de embajada", y éste es el beneficio obtenido a cambio de la autorización de atraque y avituallamiento. Además, los brazaletes portugueses serían fabricados in situ, con oro portugués, por artesanos llegados del mediterráneo central u oriental, sin intervención del poder político de Villena (Fig. 4). Sin embargo, surgen cuatro nuevas objeciones. Salvo en Egipto y Bulgaria, el oro no abunda precisamente en el Mediterráneo Oriental. Un segundo aspecto es que los análisis del oro de Villena apuntan a un origen en la Península Ibérica (vide infra). En tercer lugar, desconocemos evidencias Fig. 4. Distribución de la orfebrería Villena-Estremoz en la Península Ibérica. 1: Rambla del Panadero (Villena, Alicante). 2: Cabezo Redondo (Villena). 3: Abía de la Obispalía (Cuenca). 4: Arenero de la Torrecilla (Getafe, Madrid). 5: El Torrión (Navamorales, Salamanca). 9: Alto da Pedisquería-Chaves (Trás-os-Montes). 11: Casal de Santo Amaro (Sintra, Extremadura Portuguesa). 13: Extremoz (Alto Alentejo). 14: Évora (Alto Alentejo). 17: Colos (Beja, Baixo Alentejo). arqueológicas que confirmen o, al menos, sugieran puntos de atraque y "bases" sardas o chipriotas en Alicante y el centro de Portugal. Finalmente, resulta particularmente extraño el interés de sardos o chipriotas en la explotación del cobre portugués del Alentejo yAlgarve, cuando en ambas islas abunda este mineral, e incluso Chipre fue un claro exportador durante el Bronce Final (Stos-Gale et alii, 1997: 111-115). Al encontrarse cortados todos los brazaletes de Villena, se trataría de piezas inacabadas destinadas a ser divididas como medio de pago, pudiendo ser su forma y decoración una indicación visual de su peso. En los brazaletes que presentan características comunes con la orfebrería Sagrajas-Berzocana, Ruiz-Gálvez (1995a: 56, tabla 3) cree detectar una segunda unidad de 375 g. Sin embargo, la correlación no es buena en el brazalete de Sintra ya que implicaría 3.35 veces esa unidad. En las vasijas vuelve a reconocer agrupaciones en torno a 393 y 524 g, que corresponderían a triple y cuádruple de su unidad de 131 g. Esta última sería ahora el doble de la unidad egea de 65,27 g (x 2= 130,54 g), que estaría asociada a una corriente comercial chipro-sarda en el epílogo del comercio micénico del Mediterráneo. El peligro que afecta a estas aproximaciones es extraer lecturas a partir de artefactos de escaso peso, cuando carecemos de series de ponderales que nos permitan encuadrarlos adecuadamente en un sistema metrológico concreto. Además, a menudo están incompletos. No olvidemos que todos los brazaletes de Villena están cortados al igual que los de Aljustrel, Chaves, MAN 1962/7-¿León? y Portalegre (Tab. En todo caso, el valor del oro exigiría un control tanto del peso inicial entregado al artesano para la elaboración de las piezas, como del peso final cuando se devolviese el oro a su propietario, en forma de productos terminados. Si contrastamos la orfebrería Villena-Estremoz con los cuatro principales sistemas de peso del Mediterráneo, el más recurrente en esta serie de 60 piezas es el Ugarítico o Sirio Occidental con 38 correlaciones, seguido por el Eblaita-Karkemish con 32, Egeo con 31 y Mesopotámico con 29. Es particularmente interesante el caso del anillo de Trindade, cuyos 7,42 g, son exactamente 1/3800 veces de un talento ugarítico. Estos datos nos inclinan a sugerir prudentemen- (Zaccagnini, 1979(Zaccagnini, y 1991: 46-47): 46-47) que durante el Bronce Final las copas de oro sean un producto típico de la Siria Occidental y la Anatolia Hitita, con esporádicas prolongaciones hacia Mari y Nuzi, región que sigue el patrón metrológico Eblaita-Karkemish, en contraposición con el área mesopotámica. Esta vajilla áurea reunía las dos connotaciones siempre presentes en este tipo de objetos, metal precioso estandarizado y, particularmente, "regalo" personal destinado a un número restringido de individuos, el monarca, miembros de la familia real y altos funcionarios. Sin embargo, el volumen de oro del ocultamiento de Villena es demasiado importante para asociarlo a un área donde actualmente no se reconoce riqueza aurífera. En este sentido, no conviene olvidar que todo el oro argárico en conjunto no suma más de unos 400 g, acaparando sólo los dos brazaletes de Fuente Alamo (Cuevas del Almanzora) el 78 % de dicho peso (Perea, 1991: 87). De acuerdo con los análisis disponibles, el oro de Villena es bastante homogéneo y se incluye mayoritariamente, con 43 piezas, en los tipos L o L/ Q de Hartmann (1982: 92-95; Pingel, 1992a: 62, abb. El principal problema es que el antiguo tipo L fue subdividido posteriormente por Hartmann (1979: 217-221) en dos subgrupos, tipos Lj y L^, con porcentajes medios de cobre del 0,1 % y 0,22 % y máximos respectivamente de 0,8 % y 0,45 %, proponiendo un origen ibérico para ambos o, al menos, para el tipo L^ mientras el L^ provendría de Irlanda o Gran Bretaña. Pero ello implicaría significativas importaciones de oro irlandés y británico hacia Iberia, hipótesis que no compartimos. POSIBLES MATERIAS PRIMAS OBJETO DE COMERCIO ENTRE EL ATLÁNTICO Y EL MEDITERRÁNEO Oro aluvial del Sureste La presencia de oro aluvial en el río Segura, y más aún en el río Vinalopó, es un tema de discusión. Aunque el Segura a veces es citado como un río aurífero (Pingel, 1986(Pingel,: 194, abb. 1/a), en otras ocasiones no sucede así (Sánchez-Palencia y Carlos Pérez, 1989: 17fig. 1, 21), aunque se recoja la mención del Pseudo-Aristóteles {De mirab. ausc, XLVI) sobre las arenas auríferas del río Teodoro, quizás el Segura. Esta posible riqueza aurífera podría explicar la relativa presencia de oro en poblados de la desembocadura del Segura durante el Bronce Inicial y Oro aluvial del Noroeste Como ya sugiriese Savory (1968:219), hay más posibilidades de que el oro del "tesoro" de Villena procediera del Noroeste peninsular. La principal franja de pizarras auríferas de la Península Ibérica atraviesa Asturias, Lugo, León, Orense, Zamora y Tras-os-Montes (Monteagudo, 1953:279,276 fig. 2), y durante época romana llegó a proporcionar 3.880 kg de oro anuales (Plinio,M//., XXXIII, 21). Sin embargo, durante el Bronce Final, la producción aurífera provendría de los placeres aluviales, móviles o no consolidados, de los ríos que drenan hacia la región galaica el oro erosionado de yacimientos primarios. Estos se sitúan en la franja de las pizarras auríferas, especialmente las cuencas de los ríos Lor, Xares, Sil, Bibei, Miño, Camba, Limia y Támega, que se prolongan en menor medida hacia el Sur en el Duero, Vouga, Mondego y Tajo {Str., III, 3, 4; Sánchez-Palencia, 1983: 35, 55; Pingel, T. P.,56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 1992a: 177-181, abb. Para ello se aprovecharía el verano, cuando el nivel del agua bajaba, disminuía su velocidad y, al perder capacidad de arrastre, parte de sus aluviones se depositaban por gravedad en las confluencias de los ríos y afluentes, meandros sinuosos o afloramientos de rocas que frenan la corriente y facilitan la deposición. Ello implicaría que los 9.112 g de oro del "tesoro" de Villena habrían exigido el trabajo de entre 650 y 760 personas a lo largo de un mínimo de tres meses, o entre 130 y 152 personas a lo largo de 5 años durante los tres meses de verano, poniendo en evidencia la magnitud de la inversión de trabajo requerida para poder acumular esta cantidad de oro. Un artículo de Jáuregui y el ingeniero de minas Poblet (1948: 90-91), simultáneo a otro de Carriazo (1947: 757, 831), ha creado la impresión de una explotación suñciente de recursos estanníferos del Sureste para conseguir el autoabastecimiento de la región. Sin embargo, no será hasta inicios de los ochenta cuando esta hipótesis se ha reforzado con nuevos estudios. Lo interesante, cuando se observan los análisis de Jáuregui y Poblet ( 1948:90-91, lám. 14), es que las muestras tomadas en filones explotados de hierro, entre pizarras de Cabo de Palos y Cala Reona, no superan porcentajes de estaño del 0,35 % al 0,90 %. Con estos datos resulta obvio que el mineral de estaño obtenido a principios de siglo era un aprovechamiento secundario en explotaciones mineras claramente orientadas hacia la producción de hieiTO y plata. Si buscamos auténticos bronces, con valores óptimos entre el 8-12 % de estaño, anteriores al Bronce Final I en el Sureste (Montero, 1994; Hook et alii, 1987), observamos la práctica inexistencia de artefactos de bronce, la presencia de análisis antiguos o dudosos y una cronología menos segura de la que aparentan. La serie del Cerro del Culantrillo (García Sánchez, 1963: 80-81) debe ser descartada a/7n6>n por su carácter excepcional y atípico hasta nueva contrastación. Otro tanto sería deseable respecto a los efectuados por E. y L. Siret ( 1890), e incluso a los del proyecto de Stuttgart (Junghans et alii, 1968). Los bronces del Cerro de la Campana, Cuesta del Negro, El Oñcio y Cabezo Córdoba pueden asignarse a ocupaciones del Bronce Final I, y la tipología de la punta de flecha con pedúnculo y aletas del primer yacimiento igualmente lo sugiere. Finalmente, los bronces de las sepulturas de El Barranquete 8, Llano de la Atalaya 8, Cuesta de la Sabina 34, Hoya de los Castellones 38 y Llano de la Gabiarra 86, todas calcolíticas, corresponden con toda seguridad a reutilizaciones posteriores. El hecho fundamental a recordar no es tanto que puedan existir algunos artefactos con aleaciones de verdadero estaño, sino particularmente, el carácter generalmente excepcional de éstos. En los bronces pobres, con valores generalmente inferiores al 5 % de estaño, se aprecia claramente que el mayor porcentaje durante el Bronce Inicial-Medio se concentra en los adornos (Montero, 1994: 256-257,259, fig. 33). Este autor considera que la dificultad de obtención del estaño le conferiría un mayor valor y prestigio (Montero, 1992: 474 y 1994: 259; Fernández-Miranda eí (2///, 1995: 66), pero creemos que existía una simple razón funcional, el incremento del porcentaje de estaño aumentaba la fluidez de la aleación, retardaba su solidificación y facilitaba la elaboración de adornos con fino hilo metálico como pendientes, anillos y brazaletes. La reciente revisión de la metalurgia del País Valenciano por Simón (1997a: 553,556-557) aporta una imagen similar sobre la escasez del estaño hasta el Bronce Medio y un notorio incremento de su uso a partir del Bronce Final I. De 1221 artefactos, sólo 44 son bronces, 35 en la provincia de Alicante, 2 en Valencia y 1 en Castellón. Significativamente, todos los obtenidos en excavaciones recientes en poblados proceden de niveles asignables al Bronce Final I-II, caso de El Tabayá, La Horná, El Portixol, Peña del Sax y Cabezo Redondo. Según Simón (1997a: 557), el Campo de Cartagena podría proveer de estaño a la región alicantina, conjuntamente con parte del cobre consumido, pero ello no deja de crear cierto escepticismo, y nos preguntamos si resultaba suficiente para el consumo local. Llama particularmente la atención que, con el inicio del Bronce Final I, piezas metálicas tipológicamente continuistas presenten contenidos mucho más elevados de estaño que antes, como puede observarse en la serie de yacimientos del Vinalopó y, especialmente, en el Cabezo Redondo. Consecuentemente, como otros autores ya habían apuntado (Carrascoeí a///, 1985: 313-317; Simón, 1997a: 556-557), puede decirse que la generalización de las aleaciones de bronce no se producirá hasta el Bronce Final L Algo de estaño pudo obtenerse en las mineralizaciones de La Unión-Calnegre-Cabo de Palos (Murcia), ya suficientemente conocidas durante el Bronce Inicial-Medio, pero consideramos muy dudosa la presencia de una ruta terrestre procedente de los afloramientos de estaño en la Sierra de Guadarrama (Madrid). En cambio, pudo también haberse obtenido accediendo a nuevas fuentes de aprovisionamiento por vía marítima, tanto en forma de mineral, como de artefactos de bronce desechados, ricos en estaño, susceptibles de volver a ser aprovechados. Recordamos que no se trata de la introducción de una nueva tecnología, sino de la posibilidad de acceder a un mineral antes muy escaso por la apertura de nuevas rutas de comercio. Estaño aluvial del Noroeste La principal fuente de obtención de estaño filoniano y aluvial está, al igual que en el caso del oro, en Galicia. Durante el habitual bateo de las arenas fluviales, no sólo aparecía oro, sino también la casiterita u óxido de estaño. Una opción alternativa pudo haber sido la explotación de los filones de casiterita del interior, particularmente los que se extienden por Zamora y Cáceres. En este sentido, se han iniciado en 1998 investigaciones en el Cerro de San Cristobal (Logrosan, Cáceres) donde coexisten posibles explotaciones mineras de casiterita junto a un poblado amurallado que se extiende desde el Calcolítico hasta el Bronce Final. Sin embargo, este prometedor yacimiento aún no ha ofrecido evidencias que prueben su explotación durante la Prehistoria como manifiesta su excavador (Merideth,'1998a: 78). La ausencia de martillos de minero en la ladera inferior norte donde se encuentran los filones (Merideth, 1998a: 86), la falta de referencias en fuentes clásicas sobre Extremadura como un área de explotación de casiterita (Merideth, 1998a: 61) y la inexistencia en los análisis de artefactos de bronce de elementos traza como el titanio o el niobio, característicos de estos filones (Merideth, 1998a: 77), son datos en su contra. Sin descartar esta posibilidad, que tiene la ventaja de una mayor cercanía respecto al Sureste ibérico, presenta el problema de la mayor dificultad para acceder hacia la costa por su emplazamiento interior, siendo la vía más rápida una ruta fluvial descendente por el Guadiana. A ello se suma su carácter filoniano, que exige una explotación minera específica frente a la explotación de placeres aluviales. La explotación del estaño del Noroeste está vinculada a la polémica sobre el emplazamiento de las islas Oestrymnides y Casitérides, cuya traducción del griego significa islas Estánnicas (Monteagudo, 1950: 6), punto de salida del estaño atlántico, no necesariamente de su producción. Esta denominación siempre se la han disputado tres regiones, Galicia, Armorica y Cornualles, siendo la tesis más generalizada la de quienes defienden un progresivo desplazamiento hacia el Sur del nombre a partir de la Península de Cornualles, continuando por las islas de Morbihan (Siret, 1908: 143-144; Ramin, 1965: 112; Lewuillon, 1980: 248) hasta Galicia (Obermaier, 1923: 47), e inclusive alcanzando las desembocaduras de los ríos Vouga o Duero (Alvar, 1980:47). En este sentido, dos textos son reveladores. Según Diodoro (V, 38, 4), "Exactamente al Norte de la Lusitania hay mucho estaño por las islitas situadas frente a Iberia, en el Océano, llamadas Casitérides por lo que se encuentra en ellas. Por otra parte, también de la isla Británica es transportado mucho estaño a la Galia, que está en frente, el cual, sobre los caballos de los comerciantes y atravesando el centro de la Céltica, llega a los massaliotas..." (trad. Según Estrabón (III, 5,11) "Las Casitérides son diez; están próximas entre sí, al norte del Puerto de los Ártabros, en alta mar (...) Viven de sus rebaños, al estilo nómada generalmente. Como tienen minas de estaño y plomo cambian estas materias, así como sus pieles, por cerámica, sal y utensilios de bronce con los mercaderes. Antes eran los fenicios los únicos que explotaban este comercio desde Gádira, (...)Y esto es todo lo referente a Iberia e islas cercanas". Si lo complementamos con un segundo texto de Estrabón (III, 2,9), "Cuenta que entre los ártabros, que son los pueblos más remotos de Lusitania hacia el Noroeste, la tierra tiene eflorescencias de plata, estaño y oro blanco (por estar mezclado con plata) y que esa tierra la arrastran los ríos. Y las mujeres, rascándola con sachos, la lavan en cribas..." (trad. M.^J. Meana), resulta flagrante que el territorio de los Ártabros (Artabri) se situaba en La Coruña. Monte Neme y Arteixo. Consecuentemente, al menos en la época del contacto romano con estos pueblos celtas, ca. 100 AC, existía una clara diferenciación entre las Casitérides, situadas en Galicia, respecto a Gran Bretaña y la Galia. Y se hablaba sólo de las dos primeras como centros productores de estaño, pues aunque conocemos importantes recursos estanníferos en Armorica, muchos de ellos aluviales (Jannot, 1977: 99-100, fig. 1-2), ni un solo autor griego o romano aporta referencias sobre la explotación del estaño en dicho territorio (Blázquez y Delgado-Aguilera, 1915:363). Salinas del Bajo Segura La sal es un producto vital tanto en la dieta humana como animal, siendo precisa su adición para compensar su insuficiente presencia en los alimen-tos que, de forma natural, sólo cubren alrededor de un 50 % de las necesidades diarias. Además, su uso es obligado para la conservación de la carne, salazones de pescado, preparación de queso, manteca y pan, como condimento en la alimentación para dar sabor y disimular el mal estado de algunos alimentos que empiezan a descomponerse, etc. Si el área circundante aVillena disponía de unos recursos salinos importantes, aunque no decisivos (García Martínez, 1969:279,284), cabe preguntarnos qué sucedía en la comarca del Bajo Segura. La evidencia más antigua que conocemos son las salinas de La Mata (Guardamar del Segura) y el embarcadero romano situado en sus inmediaciones, junto a la playa de la Estación. Prospecciones submarinas han permitido constatar una factoría salina romana al menos desde época de Augusto, en los inicios del siglo I. Pozos de agua dulce junto a la playa, ánforas romanas de los siglos IAC-II DC y un posible pecio romano de los siglos III-IV DC avalan su uso (García Menárquez, 1991: 110,114-116) (Fig. 5). Aunque existen poblados de la Edad del Bronce relativamente próximos a las salinas como el Cabezo de las Particiones (Rojales) o la Loma de Bigastro (Soriano, 1985: 113-123, fig. 3, 5-9), no tenemos evidencias sobre su explotación durante época prehistórica como se ha propuesto para Santioste (Zamora) (Delibes et alii, 1998: 157, 161, 172-173,176), situada en las lagunas de Villafáfila en Tierra de Campos, que en la Baja Edad Media (Ladero, 1987: 827) eran las únicas importantes del valle medio del Duero. Incluso en este último caso resulta problemática la diversidad formal de la cerámica en contraposición a una presumible mayor estandarización de los recipientes para la obtención de moldes y la relativa escasez de residuos cerámicos en comparación con otras regiones del litoral atlántico donde también se recurre a la evaporación del agua mediante ignición. Antiguamente, la producción de sal se realizaba en la laguna de La Mata, mientras Torrevieja, que comienza a explotarse en 1763, requería de la introducción de agua del mar durante el invierno porque la sal era más amarga, para mejorar el producto. 8: Peñón del Trinitario. 12: "Tesoro" de Villena. Reconstrucción del estuario marino de las desembocaduras de los ríos Segura y Vinalopó según Fernández Gutiérrez (1986: 30, fig. 16), modificado. ft km entre La Mata y Torrevieja, la cual pasó a convertirse en el centro principal de la producción, por sus mejores condiciones portuarias. Actualmente, las Salinas de La Mata y Torrevieja constituyen el mayor complejo salinero de Europa, proporcionando en 1978 dos tercios de la sal marina producida en España, siendo las únicas cuya propiedad aún retiene el estado español (Costa, 1981: 397-398,421). Quizás el dato más importante es que no se trata de salinas acondicionadas por el hombre, sino de dos lagunas naturales separadas por 1,5 km. La Mata tiene unas 700 ha y Torrevieja unas 1.400 ha, quedando la superficie de ambas 216 m por debajo del nivel del mar (Costa,. En este sentido, los mapas geológicos de Torrevieja (Martínez ^ía/n, 1977:10) y Guardamar del Segura (Al-melaeí alii, 1978) recogen el cordón o barra litoral formada por calcarenitas y calizas oolíticas que constituye el cierre de las salinas. Habida cuenta que este cordón litoral parece que existe desde el Tirreniense, la posible explotación prehistórica de estas salinas no se ve afectada por el principal problema que afecta a todos los estudios sobre el comercio de la sal en la Pre-y Protohistoria: el desplazamiento de la línea de costa y la existencia de importantes procesos de sedimentación que han alterado profundamente el paisaje en los últimos siglos. Esta limitación afecta a las del Puerto de Santa María, las más importante de Andalucía, o a las de la Península de Setúbal, dos de los principales centros salineros desde la Edad Media hasta la actualidad. Consecuentemente, nos encontramos en La Mata con un fenómeno tectónico y no uno derivado de procesos de colmatación por la erosión generada a causa de la acción antrópica. En segundo lugar, como claramente señala Cavanilles (1989:294), a fines del siglo XVIII, el agua de lluvia que recogía La Mata durante el invierno, al evaporarse durante la primavera y parte del verano, empezaba a cuajarse en mayo dejando a fines de julio o inicios de agosto una costra de sal que simplemente había que quebrar y trasportar hacia la costa, por lo que su producción simplemente era fruto de "la naturaleza". Una vez extraída, se acumulaba en montones verticales durante unos pocos días para que acabase de escurrir el agua, mientras que las lloviznas ayudaban a ir disolviendo las sales magnésicas. La sal que se obtendría no es la que habitualmente hoy conocemos, sino una sal gruesa, no lavada, muy mezclada con sales calcicas y magnésicas, sulfatos, yoduros, bromuros, lodos, etc., que recubren los cristales de sal y solían darle un sabor más amargo y picante. Se la denominaba sal roja por este elevado porcentaje de impurezas depositadas por el viento. Ello sucedía precisamente por no realizarse las dos etapas típicas de una salina, el depósito del sulfato calcico en los estanques concentradores, y la posterior precipitación de la sal sódica en los estanques cristalizadores. La primera función actualmente se realiza en La Mata y la segunda en Torrevieja. Esta sal quizás exigiría posteriormente moliendas parciales para utilizarse en salazones de pescado y moliendas más intensivas si se emplease para conservas de carne, alimentación diaria, etc., ya que el grosor del grano podía dificultar el proceso y casi no salar. Gracias a su calidad, en el Reino de Murcia, durante la Edad Media, aunque se disponía de salinas en el Mar Menor, se venía a buscar sal a La Mata (Hinojosa, 1993: 287). En 1797, Cavanilles (1989:294) comenta que "La sal de estas salinas se prefiere á quantas se conocen, por exceder á todas en la virtud de preservar de la corrupción las carnes y pescado. Si algunas carnes saladas con otra sal empiezan á corromperse, se ataja el daño (...) salándolas de nuevo con sal de la Mata". Y actualmente, gracias a su pureza, es la más demandada por la industria electroquímica (Costa, 1981: 425). No conviene olvidar, en primer lugar, que la producción dependía mucho de factores climatológicos, como el nivel de insolación anual. También un exceso de lluvias podía hacer que no cuajase la sal, caso de los temporales en verano, o si se adelantaban las lluvias de otoño en forma de temporales y disolvían parte de la costra de sal ya cristalizada. En este sentido, el Sureste, por ser la región más árida, soleada y menos lluviosa, junto a la habitual presencia de vientos favorables, dispone de las condiciones naturales más adecuadas de la Península Ibérica. A ello se unen las ventajas naturales de todas las regiones costeras del Mediterráneo, donde un metro cúbico de agua produce entre 30-31,5 kg de sal, mientras que otros mares septentrionales como el Báltico apenas aportan 14,5 kg (ViláValentí, 1953: 363). En tercer lugar, la extracción de sal exigía una numerosa mano de obra temporal, disponible al final de la cosecha, que debía realizar un dura labor picando y recogiéndola lo más rápido posible durante agosto y mediados de septiembre. Los trabajadores sufrían además la humedad del suelo y el escozor de la sal, antes de volver a la siembra de los cereales (ViláValentí, 1953: 364-388). Finalmente, aunque ni La Mata ni Torrevieja ofrecían buenos puntos de atraque, ya que son ensenadas abiertas, disponían de las dos mejores condiciones naturales exigibles para convertirse en un punto clave de escala en el comercio de la sal: -Proximidad a la costa, 1,4 km actualmente, ya que se trata de un producto pesado y de gran volumen que se beneficiaba de un transporte marítimo, porque el terrestre lo encarecía notablemente. -Emplazamiento en las principales rutas marítimas previamente existentes que permitían cargar la sal como flete de ida o retorno hacia el Atlántico. En este sentido, no sólo por razones naturales las principales áreas salineras se sitúan justamente en los puntos claves de necesario recalaje en los trayec-tos marítimos: Chipre, Trapani, Cagliari, Ibiza, La Mata, Puerto de Santa María o Setúbal, todas ellas escalas utilizadas por pueblos navegantes como los fenicios: Kition, Mozia, Cagliari, Ibiza, Guardamar del Segura, Cádiz o Abul. En la Península Ibérica, Galicia y Asturias han sido los territorios atlánticos más claramente deficitarios de sal desde la Prehistoria hasta la actualidad. Dada la ausencia de minas de sal gema o de manantiales salinos en ambas regiones, la única alternativa fue la creación de pequeñas salinas costeras, las cuales, ante la insuficiente insolación, exigían el recurso a la ebullición del agua salada mediante ignición. En Galicia conocemos a partir del siglo X las salinas de la isla de Arosa (La Coruña). En Asturias se citan, entre los siglos X-XI, las de Santa María deTaule, Miudes, Pravia, Bayas, Santa María del Mar, Salinas y San Martín de la Collera (González García y Ruiz de la Peña, 1972: 21-26). Sin embargo, la presencia de salinas orientadas a la obtención de sal en las costas galaicas o asturianas no debe implicar siempre que de ellas conseguieran su total abastecimiento, sino que debió tratarse de un recurso al que se recurría principalmente en momentos de desabastecimiento. En este sentido, no será hasta el siglo XII cuando se reanuden las importaciones marinas de sal en Asturias, porque entonces comenzó a remitir la piratería musulmana que actuaba desde los puertos de Almería y Lisboa y asolaba las costas gallegas y asturianas. La presencia de importaciones regulares de sal inmediatamente produjo el abandono de las explotaciones litorales salineras de la región. Desde el siglo XIII la sal pasó a convertirse en la principal importación de la región. Posteriormente, el incremento de las pesquerías a fines del siglo XIII exigió un nuevo aumento de las importaciones (González García y Ruiz de la Peña, 1972: 28, 35, 37). Este abandono de la mayor parte de las salinas del Noroeste a partir del siglo XII parece que pasa innadvertido a Fernández Ochoa y Martínez Maganto (1994:129-130) cuando pretenden apoyarse en estos datos y en la presencia de topónimos relacionados con la sal para incluso desmentir el texto T. P., 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de Estrabon (III, 5,11; vide supra) y propugnar una producción de sal exclusivamente local durante época romana en el Noroeste. Una revisión de las salinas de la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media pone en evidencia su práctica ausencia en las costas gallegas y asturianas, sustituidas por alfolíes de propiedad real donde se almacenaba la sal importada por vía marítima, procedente principalmente de Portugal y Andalucía Occidental. No viene mal recordar que durante la Alta Edad Media, como contrapartida a las importaciones de sal, los principales productos exportados desde Asturias fueron madera y hierro (González García y Ruiz de la Peña, 1972:49), materias primas también difícilmente rastreables en el registro arqueológico. A esta sal probablemente se le daría, mediante moldes, una forma determinada con similar peso, previo a su comercialización, que los convertía en elementos de trueque de tipo premonentario, osait currency, con peso y valor garantizado. 2, 26 fig. 15), siendo habitual, si se rompía en el trayecto el bloque moldeado de sal, que perdiera parte de su valor, ya que se podía exigir volver a pesar el producto. Si quizás parte del oro y el estaño consumido en el Sureste durante el Bronce Final I pudo provenir de la fachada atlántica peninsular, y más probablemente del extremo Noroeste, la sal pudo ser el principal recurso disponible en Alicante que tal vez interesara más en el Noroeste. El entorno del Cabezo Redondo y la comarca de Villena no presentan unos recursos demasiado importantes, salvo los faunísticos y el acuífero disponible alrededor de la laguna de Villena. Tampoco creemos que la transhumancia de largo recorrido tuviese tanta importancia en este periodo, principalmente porque aún no existía una demanda foránea de lana ibérica de alta calidad para la producción de manufacturas en otros países, y además los ganados deberían atravesar diferentes territorios políticos. los cuales aún carecían de las garantías de tránsito que posteriormente ofrecerán los grandes estados mediterráneos desde la Baja Edad Media. De admitirse incluso esta posibilidad, nos resulta difícil aceptar el pago de tasas de paso tan importantes para producir esta acumulación de riqueza por tres razones. Y aunque este último autor sugiera que en una transhumancia anual no tendrían por qué existir asentamientos estables, tampoco se han documentado áreas de ocupación estacionales en zonas de paso. En segundo lugar, en ninguna de las otras provincias mediterráneas vecinas como Castellón, Valencia o Murcia, a donde también hasta fechas recientes llegaban ganados transhumantes, se han encontrado evidencias similares, ni tampoco un solo brazalete de oro, y los ganados igualmente deberían atravesar estos territorios desde las mismas regiones de procedencia. Finalmente, no constatamos recursos auríferos suficientes en la Meseta oriental para realmente poder efectuar pagos por peaje de esta importancia, ya que lo lógico es que en las áreas productoras se encontrase un número de objetos de oro aún mayor que no aparecen por ninguna parte. Por ello creemos que merece considerarse nuestra propuesta que sugiere que la comercialización de sal en las regiones atlánticas posibilitó obtener, a cambio, oro y estaño. Artefactos elaborados con ambas materias primas incrementan notablemente su presencia en el registro arqueológico del Sureste durante el Bronce Final I, y contribuyen a ofrecer una explicación coherente de la ingente acumulación de riqueza que revela el "tesoro" de Villena. Desde el inicio del Bronce Final I se produjo un claro proceso de concentración poblacional en la comarca de Villena, reduciéndose los 25 poblados del Bronce Inicial-Medio a sólo uno, el Cabezo Redondo (Jover et alii, 1995: 118; Hernández Pérez, 1997: 98). Otro tanto debió suceder en el Bajo Segura, abandonándose poblados ocupados durante el Bronce Medio (Simón, 1998: 339) eirá un fenómeno similar de concentración del poblamiento en la cuenca media del Vinalopó, abandonándose poblados como el Peñón del Trinitario (Elda) (Jover y Segura, 1994-95: 20-21) o La Horná (Aspe) (Hernández Pérez, 1994), entre otros, los cuales habían estado orientados principalmente hacia el control del territorio desde el Bronce Medio II, para agruparse en el Portitxol (Monforte del Cid) (Navarro, 1982: 38-40; Jover y Segura, 1992-93) y quizás en el Tabayá (Aspe) (Simón, 1998. 343), cuyas excavaciones permanecen inéditas para este periodo, lo que acentuará el control de la ruta ascendente y descendente hacia el estuario marino del río Segura. Este proceso es particularmente importante porque clarifica la crisis argárica, la cual antes que un colapso regional, habría que verla como el desplazamiento definitivo del área hegemónica regional desde el Bajo Almanzora hacia nuevos centros políticos del Alto Vinalopó y Bajo Segura situados en su periferia política. De esta forma la comarca del Bajo Segura volverá a recuperar un protagonismo que ya había ostentado durante el Bronce Inicial. Si interpretamos entonces el "tesoro" de Villena como representativo de un poder político regional, quizás de tipo estatal, adquiere otra imagen el Bronce Final I del Sureste de la Península Ibérica. Dentro del poblado de Cabezo Redondo, donde se aprecia una evidente planificación del espacio urbano con calles y manzanas de casas (Hernández Pérez, 1997: 102), nos encontramos con un líder político que utilizaba un posible cetro de oro, ámbar y hierro, disponía de vajilla de oro y plata para comer y beber, y cuya mujer o mujeres, hijas u otros familiares, pudieron lucir brazaletes de oro en sus brazos como símbolo de distinción social. Simultáneamente, se advierte una creciente importancia de las comunicaciones terrestres como sugieren el incremento del número de caballos en poblados como Cabezo Redondo (Hernández Pérez, 1997:103) y el estrato Id del Cerro de la Encina (Monachil, Granada) (Lauk, 1976: 7, tab. 1), en el cual se alcanzan valores que superan el 40 % de la fauna doméstica. No obstante, frente a la reciente hipótesis que defiende la potenciación de una ruta interior que. Dos reconstrucciones del posible cetro de oro, hierro y ámbar del "tesoro" de Villena. Dibujos de E. Llobregat. una vez pasada la Sierra del Cid, atravesaba El Portitxol (Monforte del Cid) y El Negret (Agost) hasta la nieta deis Banyets de El Campello (Simón, 1997b: 127; Hernández Pérez, 1997: 109, 111), creemos que siguió siendo prioritaria la ruta descendente por el río Vinalopó que desde el Cabezo Redondo atravesaba El Portitxol (Navarro, 1982: 38-40) hasta las Laderas del Castillo de Callosa del Segura (Soriano, 1984: 131) para poder acceder al gran estuario marítimo entonces existente en la desembocadura del río Segura (Fernández Gutiérrez, 1986: 30). Estos contactos entre el interior y la costa los reafirman las más de 250 conchas marinas presentes en el Cabezo Redondo (Soler, 1986: 396), a pesar de los 60 km que actualmente distan del poblado al mar. Esta ruta terrestre mantendrá su vigencia a lo largo del Bronce Final IC-II, con presencia de cerámicas Cogotas I (Delibes y Abarquero, 1997:119-120), cuando nuevos poblados como El Monastil (Elda) (Gil Mascarell, 1981: 38), Peña de Sax (Hernández Pérez y López Mira, 1992: 9, 11), La Horná (Aspe) (Hernández Pérez, 1994:112) y quizás El Tabayá (Aspe) (Navarro, 1982: 57-64), surgirán a raíz de una reestructuración del territorio político en las regiones meridionales alicantinas.
Los autores presentan un nuevo método para obtener fechas de datación absoluta a partir de restos de hueso sometidos a diferentes grados de combustión y explican algunas de sus recientes experiencias y los resultados obtenidos. El hueso consiste en largas cadenas de proteínas (colágeno) en las que se intercalan partículas de materia inorgánica escasamente cristalizadas. Esta materia inorgánica es en esencia fosfato calcico con estructura parecida a una apatita (bio-apatita). Una característica de esta bioapatita es que incorpora determinada cantidad de carbonato (0,5-1 %) susti-(1) El original en inglés fue traducido por Alicia Perea (Dpto. de Prehistoria. Madrid) y revisado por F. Alonso Mathias (Instituto de Química Física Rocasolano, Laboratorio de Geocronología. tuyendo al fosfato en la red cristalina. El llamado carbonato estructural tiene su origen en el bicarbonato de la sangre que se genera en las células al producir energía; por tanto, está en relación directa con la comida ingerida por la persona o el animal en cuestión. El carbonato estructural es de gran interés para los estudios sobre paleo-dieta; consecuentemente, se han desarrollado y ensayado métodos para obtener carbonato estructural a partir de la bioapatita y separarlo del carbonato "absorbido" por los huesos arqueológicos (hce-Thorp et alii, 1989; Lee-Thorp y Van der Merwe, 1991; Ambrose y Norr, 1993). También se ha utilizado para datación radiocarbónica, aunque en menor medida. El carbonato procedente del esmalte dental no quemado (muy parecido a la bioapatita desde el punto de vista químico) proporcionaba fechas aberrantes supuestamente debidas a cambios post-deposicionales (Htágos et alii, 1995). En el Tercer Simposio Internacional de 14C y Arqueología del 6 al 10 de Abril de 1998 en Lyon, un grupo de científicos franceses (Saliège et alii, 1998; Persone?a///, 1998) presentaron los resultados de un programa de datación basado en el carbonato estructural de esqueletos prehistóricos del Sahel. Estas fechas de carbonato pudieron contrastarse con fechas de colágeno, carbón vegetal o hueso quemado, resultando ser fiables. Debido al clima extremadamente seco de la zona, no existían cambios post-deposicionales. Damos los resultados en la tabla 1. Después de haber escuchado esta comunicación de Lyon, uno de nosotros (JNL) se dio cuenta que sería posible fechar hueso cremado debido a los cambios que ocurren durante el proceso de crema- ción. Con anterioridad, todos los intentos de fechar hueso cremado habían fracasado porque los laboratorios de radiocarbono trataban el hueso cremado del mismo modo que el hueso quemado. El hueso quemado ha sido sometido a temperaturas relativamente bajas (200-300°C), contiene grasas y proteínas carbonizadas, y tiene el interior gris o negro. El hueso cremado ha sido sometido a una temperatura bastante más alta (por encima de los 600°C), no contiene en absoluto materia carbonizada, y es blanco por todos lados. Durante un proceso de incineración a temperatura superior a los 600°C, la bioapatita recristaliza formando cristales más grandes y con mejor estructura (Shipman et alii, 1984). Esta es una de las razones por las que el hueso cremado se conserva, aún en suelo ácido. Al mismo tiempo, sin embargo, desaparece cierta cantidad del carbonato estructural (Stintr et alii, 1995). Al considerar muy poco probable que todo el carbonato estructural desaparezca en una pira prehistórica, pedimos al laboratorio de Groningen que datase el carbonato estructural de determinado número de cremaciones. Éstas habían sido datadas previamente utilizando el carbón encontrado entre los huesos cremados, de forma que fue posible contrastar sus resultados con los del carbonato. Resultó que las cremaciones efectivamente contenían suficiente carbonato estructural para hacer una datación porAMS, aunque en algunos casos no superase el 0,1%. La proporción estable del isótopo di 3C mostraba que una cantidad considerable de carbonato debió desaparecer quemada, teniendo como resultado un cambio notable en el dl3C, debido al fraccionamiento isotópico durante el proceso. Sin embargo, esto no condicionaba la databilidad del hueso cremado. Los resultados de los ensayos aparecen en la tabla 2. Demuestran que no se requiere más de 1,5-2 g de hueso cremado para una datación, y que se pueden utilizar pequeños fragmentos, incluidos los huesos porosos, en vez de fragmentos más grandes de hueso compacto. De especial interés son las fechas de un conjunto de huesos humanos, en parte chamuscados y en parte cremados, de un nivel de turbas margosas cerca de Diepenveen (ver tabla 3). Podemos asumir que la "vida" del carbonato estructural es corta, y del mismo orden de magnitud que la "vida" del colágeno del hueso, pongamos unos 15-20 años como mucho. La bioapatita y el Tab. Fechas de varias muestras de hueso humano, en parte quemado y en parte cremado, procedente de una turbera cerca de Diepenveen, Holanda. colágeno de los huesos son reemplazados en vida a un ritmo lento pero constante. Debemos hacer hincapié, por tanto, en que fechar el carbonato estructural en la bioapatita no tiene nada que ver con fechar el "carbonato del hueso" según se hacía en los primeros años de las dataciones de radiocarbono. De hecho, el "carbonato del hueso" era el carbonato absorbido por la superficie de los cristales de bioapatita. Su origen estaba en el dióxido de carbono o carbonato del suelo, procedente de fuentes diversas, que rodeaba al hueso en cuestión. No sorprendía que estas fechas de carbonato "absorbido" fueran aberrantes en la mayoría de los casos y que, por tanto, desprestigiasen la datacion radiocarbónica del hueso hasta que se normalizó la datacion del colágeno. Cuando fechamos carbonato estructural, el carbonato "absorbido" se elimina con la preparación de la muestra. Despues de obtener estos prometedores resultados para el hueso cremado, decidimos ensayar las posibilidades de datacion del hueso no quemado, a pesar de los resultados negativos obtenidos previamente por el programa sobre esmalte dental de Oxford. Se eligieron siete muestras ya fechadas por colágeno. Para nuestra sorpresa, no aparecieron diferencias significativas entre las fechas del carbonato y las del colágeno (Tab. Todavía no es totalmente seguro que el carbonato del hueso no quemado sea siempre un buen sustituto del colágeno. En este caso, sin embargo, no está claro cuál de las dos es la correcta. Es necesario, por tanto, más trabajo sobre hueso no quemado. Desde un punto de vista teórico, el carbonato estructural tiene claras ventajas sobre el colágeno. Éste tiene su origen en las proteínas de los alimentos, y es propenso al efecto "pescado" cuando la dieta contiene cantidades considerables de pescado de agua salada o dulce y marisco. En estos casos las fechas de colágeno serán demasiado altas (Lanting y Van der Plicht, 1995-96). El carbonato estructural tiene su origen en la dieta completa, por tanto, también en los carbohidratos y grasas, que en una dieta "normal" son las fuentes principales de energía. Consecuentemente el carbonato estructural producirá fechas más fiables (2). Resultados de CIO sobre carbonato en hueso no quemado, comparados con fechas de colágeno del mismo hueso (columna derecha). (2) La datacion del carbonato estructural en huesos cremados está comercialmente disponible en el laboratorio de radiocarbono de Groningen. La persona de contacto: Dr. J. Van der Plicht en el Centro de Investigación de Isótopos, Nijenborgh 4, 9747 AG Groningen, Holanda.
A través del análisis de los microdesechos líticos se puede identificar aspectos relacionados con el aprovechamiento y uso de materias primas; constatar el desarrollo de actividades enfocadas a la elaboración, modificación y mantenimiento opcional de los útiles; inferir las diferentes técnicas de talla empleadas; observar, a través de mapas de densidad, la distribución espacial de los microdesechos, y entender mejor la dinámica de formación de los registros arqueológicos. En este trabajo se han estudiado los microdesechos líticos del nivel 18b (Auriñaciense de Transición) de la cueva de El Castillo. En él se presentan la metodología empleada y los resultados obtenidos. Este estudio que aquí se presenta es la continuación del que llevaron a cabo Peretti y Mingo (2000) sobre los microdesechos líticos provenientes de los niveles 18c, 18c Base y 19 Superior del yacimiento de la cueva de El Castillo. Ambos trabajos se enmarcan dentro de los proyectos de investigación "El final de los Neandertales: La transición cultural en Cantabria y su contexto europeo. Una visión multidisciplinar" (BHA 2000-00200) de la OCYT y "Cambios sociales y condiciones paleoambientales en el Pleistoceno Superior de Cantabria: Monte Castillo y su contexto" de la UNED, dirigidos por la Dra. Estas investigaciones, también apoyadas por la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria tienen por objeto la obtención de información relevante que permita la contrastación o identificación de modelos de desa-rrollo cultural en la transición del Paleolítico Medio al Superior en el área Cantábrica. Este trabajo aborda específicamente el análisis de los microdesechos líticos provenientes del nivel 18b, que como los niveles analizados en el anterior estudio, se encuendra en la escala temporal coincidente con la transición del Paleolítico Medio al Superior, en concreto con el Auriñacience de Transición del yacimiento arqueológico Cueva de El Castillo. A los fines operativos de este estudio, se consideran como microdesechos líticos a todos los fragmentos menores de 1 cm 2 dentro de una amplia categoría propuesta por Fish (1981) que incluye a todos los subproductos de preparación del núcleo, etapas de elaboración de útiles y los resultantes de la modificación y mantenimiento durante la vida útil de los artefactos (Fish 1981:374). El objetivo general de este trabajo es la identificación de actividades relacionadas con el subsistema de producción lítico (o cadena operativa) llevadas a cabo en El Castillo durante la manufactura, reciclado, mantenimiento y el uso de instrumentos (Peretti y Mingo 2000). Igualmente, nos hemos planteado otros objetivos específicos: Analizar y discutir el aprovechamiento de las diferentes materias primas líticas. Analizar la variabilidad en la distribución espacial (horizontal y vertical) de los microdesechos líticos a nivel intrasitio. Contribuir a la mejor comprensión de la dinámica de formación de este yacimiento. Aportar un nuevo caso de estudio que sirva de modelo en el análisis de los microdesechos líticos. Esta cueva se localiza en Puente Viesgo (Cantabria, España), 30 kilómetros al sur de Santander, concretamente se encuentra en un monte calcáreo de origen Namuriense (Carbonífero Superior) llamado del Castillo (Figura 1). El yacimiento se localiza en el área externa de una amplia red de complejos cársticos, correspondiendo con una amplia sala cortada en su extremo por la evolución de la vertiente dando lugar a una gran cavidad con un vestíbulo de sección pseudo rómbica de 18 a 20 m de ancho y una altura visible actual alrededor de los 20 m; se debe destacar que en el pasado estuvo prácticamente colmatada por sedimentos (Cabrera Valdés et al. 1993). La secuencia estratigráfica de la cueva de El Castillo representa una de las más amplias conocidas en la Península Ibérica, albergando una sucesión completa de ocupaciones paleolíticas a lo largo de 26 capas, en donde se alternan las estériles con las de ocupación humana. Se determinaron los siguientes niveles culturales: 2 niveles con Paleolítico Medio Antiguo, un nivel Achelense Superior, dos niveles Musterienses, dos niveles Auriñacienses (entre ellos el nivel 18b, denominado Auriñaciense de Transición), dos del Perigordiense Superior, uno del Solutrense Medio, tres niveles Magdalenienses y, por último, un Aziliense. En cuanto a las características del nivel 18b hay que decir que en la intersección con el nivel 18c se encuentran arcillas pardas ricas en materia orgánica englobando cantos y bloques de caliza dispersos o en concentraciones irregulares; ambos niveles se caracterizan por presentar abundante materia orgánica en detrimento de elementos detríticos calcáreos. La estratigrafía es masiva e irregular, tendiendo a paralela, con un ligero buzamiento hacia el interior. El análisis de la sedimentación del nivel 18b es complejo debido a las transformaciones antrópicas. El nivel 18b se sitúa en la zona exterior y presenta arcillas y algunos bloques que se apoyan sobre el contrafuerte externo del nivel 19. Al final de la sedimentación de este nivel, se produce un derrumbamiento de bloques de la bóveda, con un con- siderable retroceso del techo de la entrada y una importante modificación de la morfología del yacimiento. Todo esto origina un nuevo contrafuerte externo que condicionará la zona de ocupación desplazándola y retrotrayéndola hacia el interior. La interpretación climática del nivel 18 ha sido considerada como el inicio de una pulsación fría no demasiado rigurosa. La industria lítica hallada en el nivel 18 (tanto 18b como 18c) es bastante homogénea y se caracteriza principalmente por poseer una porcentaje importante de raspadores. Estos datos concuerdan con los obtenidos para estos niveles en las excavaciones que Obermaier realizó en este yacimiento a principios de siglo. La industria ósea esta representada por numerosos elementos descubiertos en la base del nivel 18c: extremo distal de un cincel que contiene una serie rítmica de trazos horizontales (marcas de caza), un extremo distal de una azagaya en asta y fragmentos de asta que se podrían relacionar con la fabricación de azagayas. Este tipo de materiales están ya presentes en la colección antigua (Cabrera Valdés et al. 1996). Es reseñable también el hallazgo reciente en el nivel 18b de un fragmento de hueso hioides que presenta un grabado naturalista, quizá una cierva, y de un fragmento de plaqueta de arenisca grabada con unas líneas profundas en U (Cabrera Valdés et al. 2001). Se dispone de cinco dataciones por C14 AMS para el nivel 18b, obtenidas en dos laboratorios diferentes, Tucson (Cabrera y Bischoff 1989) y Oxford (Hedges et al. 1994). Estas fechas, junto con las obtenidas para el nivel 18c (en torno al 40.000 BP) podrían confirmar la existencia de un Auriñaciense anterior al Chatelperroniense. En términos culturales, este yacimiento, durante el período de ocupación coincidente con el nivel 18, ha sido considerado como un sitio de agregación siendo su tendencia funcional como campamento base (Bernaldo de Quirós y Cabrera Valdés 1996). Breves apuntes sobre las investigaciones de microdesechos líticos Los estudios referidos al registro arqueológico de características microscópicas se vienen desarrollando desde la década de los setenta. Durante todo este periodo hasta la actualidad estos trabajos han profundizado en distintas vías de análisis entre las que se pueden destacar: identificación de patrones de organización espacial de comportamiento dentro de las estructuras de un sitio, reconstrucción de áreas de actividad e interpretación funcional de sitios, inferencias acerca del carácter y la magnitud de las alteraciones post-ocupacionales, determinación de técnicas de talla lítica, diferenciación de desechos primarios y secundarios, descubrimiento y detección de sitios en condiciones de baja visibilidad y reconstrucción de los ambientes deposicionales (Clark 1986; Dunnell y Stein 1989; Fladmark 1982; Hassan 1978; Hull 1987; Patterson y Sollberger 1978; Peretti y Mingo 2000; Sullivan y Rozen 1985; Schiffer 1972). Una gran cantidad de investigadores reconocen la importancia del análisis de los restos de talla (Ericson 1984; Shott 1994; Sullivan y Rozen 1985). En concreto, los microdesechos se distinguen de otros artefactos ya que no son objeto frecuente de transporte sino que una vez depositados, a priori, permanecen in situ. Estos restos originados a lo largo de las diferentes fases de la cadena operativa son retenidos en las matrices de los sitios arqueológicos y pueden ser analizados desde aspectos funcionales al tiempo que se pueden detectar posibles efectos generados por agentes naturales (Clark 1986; Cowan 1999; Dunnell y Stein 1989; Fladmark 1982; Hull 1987; Patterson y Sollberger 1978; Peretti 1997; Peretti y Mingo 2000). En este sentido, Morrow (1996) sugiere que los artefactos manufacturados en un yacimiento y posteriormente transportados quedarán separados de los microdesechos derivados de su manufactura. En esta situación, los microdesechos que quedan en el yacimiento inicial forman un "Ghost" con respecto a los artefactos transportados. Del mismo modo, los útiles que han entrado en un yacimiento y que no están acompañados de los microdesechos derivados de su elaboración formarán "Orphans". Las distintas etapas de la secuencia de reducción lítica (i.e. manufactura, uso, modificación y mantenimiento opcional) pueden ser identificadas mediante una alta densidad de microdesechos líticos, comparados con las densidades de macrodesechos y útiles (Hull 1987:773; Morrow 1996:358). Por lo tanto, la comparación de objetos pequeños y grandes mediante diagramas de distribución, teniendo en cuenta el tipo de materias primas y las categorías de manufactura de utensilios, permite la identificación de los procesos de formación de sitios específicamente culturales (Morrow 1996; Schiffer 1983). En cuanto a las distribuciones espaciales, la mayoría de los investigadores insisten en la realización de este tipo de análisis a nivel intrasitio para esclarecer disposiciones no aleatorias de elementos. Desde el trabajo pionero de Ascher (1961) los investigadores vienen tomando conciencia de la importancia que tienen estos estudios y los procesos de formación de los depósitos arqueológicos como un medio para comprender mejor la dinámica del comportamiento humano en el pasado. CONSIDERACIONES METODOLÓGICAS Y TÉCNICAS La identificación de los productos de talla se realizó según la presencia de ciertos atributos. Así, se consideraron como lascas a aquellos artefactos producidos por la fractura intencional de formas base donde se diferencian atributos tecnológicos tales como talón, bulbo, estrías, etc. Los materiales de planta, por una parte, fueron registrados tridimensionalmente mientras que el material de dimensiones muy pequeñas, por otra, fue recogido mediante el uso de cribas de malla fina de 0,04 cm. Una vez en el laboratorio se llevo a cabo la separación de los diferentes materiales contenidos en las bolsas (i.e. óseos, coprolitos, carbones, líticos). Posteriormente, se realizaron los siguientes pasos: -Análisis macroscópico y microscópico de los microdesechos con objeto de registrar los atributos tecnológicos. Para la observación microscópica de los elementos se usó un microscopio estereoscopico Kyowa SDZ. Con un calibre manual se tomaron medidas de largo, ancho y espesor a fin de determinar un máximo y un mínimo de tamaño. La información recogida fue almacenada en la ficha de análisis propuesta por Bellelli et al (1985Bellelli et al ( -1987)). -Utilización de las variables propuestas en el programa DELCO (Desechos Líticos Computarizados), metodología que hace posible el análisis del conjunto de atributos controlados (Bellelli et al.. -Utilización del programa EXCEL 2000 (Mi- crosoft Corporation) en la elaboración de tablas y figuras. Las variables y atributos analizados en los microdesechos líticos son los siguientes: • Materia prima: identificación de los diferentes tipos de materia prima existentes en el yacimiento. • Estado: mediante esta categoría se realiza una primera clasificación de los desechos de talla a partir de la presencia o ausencia de fragmentación (Bellelli et al., 1985(Bellelli et al., -1987)). En el mismo pueden intervenir diversos factores como, por ejemplo, la calidad de la materia prima, los accidentes de talla, el pisoteo, el transporte, el uso, etc. Dentro de esta categoría hemos definido cuatro tipos de microdesechos: lasca entera, lasca fracturada con talón, lasca fracturada sin talón y lasca indiferenciada. A éste último tipo corresponden aquellos microdesechos que a pesar de proceder de la talla lítica presentan un grado de fracturación tan elevado o una morfología que no permite diferenciar su cara dorsal de la bulbar. • Tipo: es un indicador tecno-morfológico que permite inferir en que etapa de la secuencia de producción lítica se encuentran los microdesechos. En esta categoría hemos identificado lascas primarias, secundarias, de arista, angulares, planas, de reactivación directa (en este grupo se incluyen las lascas procedentes del reavivado de los filos de los útiles) e indiferenciadas (a este segmento corresponden las lascas que aún presentando atributos claros no se las puede englobar en otras categorías porque presentan fracturas, de modo que no se puede reconocer de una forma segura el tipo de lasca; así, todas aquellas lascas fracturadas cuya cara dorsal fuera plana, de arista o con presencia de corteza han integrado las indiferenciadas) (Aschero 1975(Aschero, 1983)). • Módulo de Longitud-Anchura y Espesor: configuran dimensiones relativas de largo y ancho utilizando el gráfico de Bagolini (1968), modificado por Aschero (1975, 1983), y una medida absoluta como el espesor. Estos atributos se utilizan específicamente en la evaluación de las distintas etapas de manufactura presentes. • Las características de talón y bulbo son indicadoras de las técnicas de percusión y presión aplicadas con percutores blandos y duros (Baumler 1985; Nami 1991a; Patterson y Sollberger 1978). Es necesario añadir que, en relación a los atributos, la no existencia de un grado de certeza absoluta acerca de los mismos nos hace considerarlos ausentes. Para identificar los procesos de formación cultural de El Castillo, se implementaron diagramas de distribución sobre la base de los análisis realizados en los microdesechos por cuadrícula y sector en las áreas excavadas. En cada cuadrícula se analizaron la frecuencia de las distintas materias primas, con el fin de identificar patrones que pudieron alterar la distribución y el estado de los microdesechos líticos, y así poder evaluar el comportamiento de diferentes matrices con respecto a: migración, dispersión y alteración morfológica de elementos líticos contenidas en ellas. Para el estudio de los procesos de formación y con el fin de poder determinar los factores culturales y/o naturales que hayan podido modificar el depósito arqueológico se consideraron en este trabajo los aportes efectuados por los: A. Estudios de arqueología experimental (i.e. B. Estudios de etno-arqueología (i.e. Hemos podido identificar en el registro de microdesechos líticos los siguientes tipos de materia prima: arenisca, cuarcita, calcita, caliza, cuarzo, limonita, sílex y ofita, y un número de rocas que no han podido ser determinadas y que han sido calificadas como indiferenciadas. La calcita no se ha contabilizado en el cómputo general ya que el estado descompuesto en que aparece hace prácticamente imposible discernir si su origen es natural o antrópico. La caliza, por el contrario, si ha sido tenida en cuenta a efectos de cómputo puesto que esta materia prima fue aportada al yacimiento, si bien, como en la cal-cita, su estado alterado y en descomposición tampoco nos ha permitido diferenciar con claridad sus atributos, de esta forma en el resto de tablas no ha sido tenida en cuenta. Las materias primas identificadas en el nivel 18b fueron definidas por Cabrera Valdés et al., (1996). El sílex aparece muy alterado (desilificado). Con respecto a la cuarcita se presenta de la siguiente manera: Cuarcita 1: en cantos pequeños, de colores variados y de grano muy fino. Cuarcita 2: de grano fino, de cantos mayores y de color verde. Cuarcita 3: de grano fino muy compacto con inclusiones de minúsculas puntuaciones de manganeso de color gris opaco. El resto de materias primas no superaría el 2% (tabla 1). Materias primas líticas de la muestra general. Se han considerado un total de 11.984 microdesechos, al no poderse tener en cuenta a las calizas (Tab. Se observa a las lascas enteras como las más numerosas (37,38%), inmediatamente después y con un porcentaje muy similar están las indiferenciadas (36,27%). Según lo expuesto por Bellelli et al. (1985Bellelli et al. ( -1987) el análisis de esta variable tan solo se puede llevar a cabo sobre los microdesechos enteros (Tabla 6). De un total de 4480 elementos se observa un predominio del rango mediano normal (30,65%) y corto (24,29%), superando entre ambos el 55% del conjunto total de elementos analizados. Por último, estarían representados con una frecuencia baja con respecto al resto los módulos laminares: laminar normal (5,85%), laminar angosto (1,29%) y laminar muy angosto (0,04%). Estado de los microdesechos. El análisis del estado de fragmentación por materia prima (Fig. 3) nos hace constatar que la frecuencia de lascas enteras es muy alta en la cuarcita 3 (54,02%), cuarcita 2 (50%), ofita (49,73%) y sílex (48,57%) por este orden; todas ellas en torno al 50% del total de las mismas. Se han analizado 7638 elementos del total no habiéndose considerado las indiferenciadas (tabla 3). De estos resultados se puede observar que las lascas angulares dominan ampliamente el conjunto con un 57,34%, seguidas por las planas con un 15,11% y las indiferenciadas con un 14,57%. El resto de las categorías, no supera el 5%. La presencia de corteza (que engloba tanto a lascas primarias y secundarias como a las que tienen talón cortical o algo de corteza en su cara dorsal) representa con respecto al resto del conjunto el 13,31% (tabla 4). En este sentido, la materia prima que presenta mayor frecuencia de corteza (tabla 5) es la cuarcita 1 con un 83,82%, el cuarzo tiene un 10,28% y el resto no supera el 3%. Completando esta información, presentamos una escala para tres rangos de espesores (Figura 4), donde se puede comprobar el dominio del rango 0,005-0,3 (el más delgado) sobre los otros dos. En nuestro estudio, a diferencia del trabajo anterior de Peretti y Mingo (2000), tan solo hemos analizado los bulbos de las lascas enteras o fracturadas que también conservan su talón. El talón indiferenciado (1,72%) es aquel que presenta una fractura, de tal forma que es imposible aseverar totalmente su tipología. Para los talones no preparados (corticales) se aprecia una baja presencia (6,85%) con respecto al total. Para profundizar en el análisis se han combinado estos atributos, estudiando cada materia prima de forma individualizada. No fueron consideradas en este análisis por su bajo número (ya que sobredimensionarían los resultados) la arenisca, el cuarzo, las indeferenciadas, la limonita y la ofita. La cuarcita 2 y la cuarcita 3 se decidió analizarlas para comparar sus resultados con la cuarcita 1 ya que, presumiblemente, podrían tener propiedades de talla parecidas. Del total de microdesechos (N=11984) se pudieron reconocer 341 lascas de reactivación directas. Cantidad y porcentaje de talones y bulbos en cuarcita 1. Lasca de reactivación directa (RD) por materia prima. Hemos registrado 5 microdesechos de sílex quemados y 16 microdesechos rubefactados cuya materia prima nos ha sido imposible identificar con total certitud por lo que se han considerado como materia prima indiferenciada. Su distribución espacial no refleja la existencia de concentraciones de los mismos, por el contrario, se localizan bastante dispersos. El diagrama de distribución de los microdesechos en el área excavada del nivel 18b nos muestra que hay una mayor concentración de elementos en la K 14, L 14 y en los sectores colindantes de la K 15 y L 15 con las cuadrículas anteriores. Dentro de este área destacan tres picos de máxima densidad que coinciden con la zona limítrofe superior entre la L 14 y L 15, la zona limítrofe entre la K 14 y K 15, y en el espacio de contacto entre K 13, K 14, L 13 y L 14. De modo más general, también se aprecia que el área comprendida entre la I 14 y la L 14 alberga una franja densa de microdesechos en este nivel. En el resto de la zona excavada, a pesar de la existencia de algún pequeño pico de densidad, se observa una distribución cuantitativa más o menos uniforme de los elementos. A través de los resultados obtenidos se pueden realizar inferencias sobre el conjunto de microdesechos analizados. La identificación y análisis de las materias primas empleadas para la talla de los útiles encontrados en niveles arqueológicos nos puede proporcionar datos importantes para constatar las posibles estrategias tecnológicas desarrolladas por los grupos humanos. En el nivel 18b, hemos registrado una presencia predominante de la cuarcita 1 (55,85%) frente al resto de materias primas presentes. En este sentido, Cabrera Valdés et al. (1996) ya observaron una presencia mayoritaria de cuarcita 1 en las capas coincidentes con el Auriñaciense Arcaico de El Castillo. La comparación (Tabla 14) entre las materias primas encontradas en los microdesechos del 18b y las empleadas en los útiles (N=240) de este mismo nivel nos permite observar: En los microdesechos se registra arenisca mientras que en los útiles hay ausencia de esta materia prima. Un bajo porcentaje de microdesechos en cuarcita 2 (0,68%) en relación a su frecuencia en los útiles (7,92%). El porcentaje de microdesechos en cuarzo (5,90%) y caliza (22,11%) es elevado con respecto al de los útiles (0,41% y 5,83% respectivamente) de estas materias primas. Para el resto de materias primas la diferencia porcentual entre microdesechos y útiles no es muy significativa. De acuerdo con estos resultados se podría inferir que la arenisca fue tallada en el yacimiento, si bien sus correspondientes útiles no fueron hallados en el área excavada. De este modo, se podría decir que los microdesechos de arenisca forman un "ghost" con respecto a sus útiles (Morrow 1996). El bajo porcentaje de microdesechos (13,31%) que albergan presencia de corteza (incluyendo a las lascas primarias y secundarias) podría deberse a que las materias primas hubieran entrado descortezadas o en un estado avanzado de reducción en la que las lascas grandes y núcleos pudieron conservar parte de la corteza en alguna de sus caras (Cowan 1999:604; Nash 1996:86). Es destacable el elevado porcentaje de cuarcita 1 con resto de corteza (83,82%), esto puede responder a que pudo haber ingresado en un estado de menor desbastado que el resto de las materias primas. El sílex, por el contrario, presenta un índice de presencia de corteza muy bajo (2,07%) en comparación con el porcentaje que representa respecto del total (14,59%) de materias primas (sin tener en cuenta las calizas), lo que podría indicar que el sílex registrado en el yacimiento ingresó en una fase avanzada de la cadena operativa. En cuanto al estado de fragmentación, aunque se constata un ligero predominio de las lasca enteras, también se observa que las lascas indiferenciadas junto con las fracturadas con y sin talón dominan el conjunto. Esto coincide con lo propuesto por Ingbar et al. (1989:120-121) y Sullivan y Rozen (1985:762-763), según los cuales los desechos derivados de las actividades de talla de útiles alcanzan un porcentaje mayor de indiferenciados y fracturados. Por lo tanto, según estos autores, se habrían llevado a cabo en este nivel actividades involucradas en la formatización, regularización y mantenimiento de utensilios. La fracturación de los microdesechos podría explicarse por el uso de percutores duros en el proceso de talla, a diferencia del uso de percutores blandos y la talla por presión que producen más cantidad de lascas enteras (Patterson y Sollberger 1978). Éstas se fracturan fácilmente, al tiempo que desprenden un número elevado de astillas, esquirlas, y microdesechos (Nami 1992 b). Desde nuestro punto de vista, el alto índice de fracturas y de lascas indiferenciadas detectado en la cuarcita 1 y el cuarzo, tiene relación con las condiciones particulares de las mismas. Teniendo en cuenta la presencia de lascas angulares, planas y de reactivación directa se puede afirmar que se han desarrollado actividades relacionadas con la manufactura, mantenimiento y/o regularización de utensilios. El análisis de las variables materia prima por tipo de lasca nos indica que las materias primas con un alto índice de lascas primarias y secundarias presentan un bajo porcentaje de lascas de reactivación y un número elevado de lascas indeferenciadas (por estado); de igual manera, las materias primas con una relativa alta frecuencia de lascas de reactivación directa presentan un bajo número de indiferenciadas y un alto de lascas enteras. De esta observación, se deduce que las materias primas que ingresaron al yacimiento en estado de menor desbastado (cuarzo, limonita y arenisca) apenas fueron sometidas actividades de mantenimiento y reavivado de los filos; por el contrario, las materias primas que entraron en etapas más avanzadas de la cadena operativa (sílex) estuvieron más sometidas a estas actividades. Este comportamiento podría estar en función de la mayor o menor cercanía de las fuentes de aprovisionamiento de estas materias o de las mejores o peores condiciones de las mismas para su talla y uso. Los resultados derivados del análisis del módulo de longitud anchura no altera, en ningún modo, la constatación del desarrollo de actividades enfocadas a la manufactura, mantenimiento y/o regularización de útiles si tenemos presente la alta frecuencia de los módulos medios como subproductos de estas actividades. Es reseñable la escasa presencia de módulos laminares (7,18%). Por su parte, los resultados de los espesores permiten apoyar las ideas planteadas en lo concerniente a las actividades de talla mencionadas anteriormente. Las variables de talones y bulbos nos han facilitado información relevante a nivel tecnológico. La elevada proporción de talones preparados (91,43%) (talones cuya superficie es parte del negativo de una o varias extracciones anteriores) en oposición a los no preparados o corticales (6,85%) evidencia claramente que las actividades orientadas a las últimas etapas de reducción lítica se han desarrollado en mayor medida que las primeras etapas. Los talones preparados también son indicadores de estrategias conservadoras (Nash 1996:88). La combinación de resultados de los talones y bulbos en diversas materias primas (los tres tipos de cuarcita y el sílex) ha permitido observar algunas tendencias en las técnicas de talla: 1) la alta presencia de talones lisos y bulbos difusos es probablemente derivada de la aplicación de percutores blandos, y 2) de igual forma, los talones filiformes y puntiformes parecen ser característicos de la talla por presión (Espinosa 1995; Nami 1991 a y b; Patterson y Sollberger 1978). Algunos estudios ponen en relación la aplicación de percutores duros con los bulbos pronunciados (Baumler 1985; Bergman y Roberts 1988; Patterson y Sollberger 1978) en menor medida que los blandos. El análisis por materia prima nos sugiere algunas particularidades. Por un lado, las cuarcitas tienen un comportamiento semejante: 1) se observa un alto número de talones lisos (sobre todo en cuarcita 2 y 3), 2) dominan los bulbos difusos seguidos de los indiferenciados, 3) es destacable el hecho de que los talones filiformes y puntiformes van aparejados con bulbos indiferenciados en mayor medida que con los pronunciados. Estos datos contrastan con los obtenidos para el sílex, en donde se registra para este tipo de talones (filiformes y puntiformes) una relación más próxima entre bulbos pronunciados e indiferenciados. En las cuarcitas también es reseñable el alto índice de talones corticales (en torno a un 8%). Este dato apoyaría la idea ya antes comentada del ingreso al yacimiento de la cuarcita (en mayor medida que el resto de materias primas) en estados iniciales de reducción lítica. En cuanto al sílex, es interesante destacar: 1) el elevado porcentaje de talones filiformes y puntiformes; 2) la existencia de un mayor número de bulbos pronunciados para este tipo de talones, con respecto a las otras materias primas, que podría deberse a las particulares propiedades del sílex para la talla; y 3) la casi nula presencia de talones corticales, lo que nuevamente apoyaría la idea de que el sílex entraría al yacimiento en un estado avanzado de descortezado. La presencia de lascas de reactivación (N=347) distribuidas en todas las cuadrículas del área excavada indica el desarrollo de actividades de reavivado y mantenimiento de los filos en los útiles (Binford 1979; Dibble 1984; Fish 1981; Kuhn 1991; Stevenson 1985; entre otros), principalmente sobre sílex (porcentualmente). El estudio de los útiles del nivel 18b permite pensar que se han desarrollado preferentemente estrategias tecnológicas conservadoras (curated) con respecto a las expeditivas (expedient) siempre y cuando se considere que las estrategias conservadoras producen conjuntos que son tecnológicamente sofisticados y probablemente distintos en su forma, donde los utensilios individuales serán destinados para una variedad de propósitos anticipados, mantenidos para un número indeterminado de usos, transportados entre yacimientos para estos usos y reciclados para otras tareas (Bamforth 1986:38; Binford 1979:269-270; Shott 1989:24). La industria lítica del nivel 18b (N=240) se caracteriza, en primer lugar, por utensilios con un mayor grado de inversión de energía en su elaboración (Bamforth 1986:38). Esta compuesto por una elevada representatividad del grupo de raspadores (33 en cuarcita, 8 en sílex, 5 en calizas, 1 en ofita y 1 en limonita), seguidos por el grupo de piezas retocadas (raederas y piezas con retoque continuo; 60 en cuarcita, 10 en sílex y 2 en caliza), perforadores (11 en cuarcita, 2 en limonita, 1 en caliza y 1 en sílex), buriles (13 en cuarcita, 3 en sílex, 1 en caliza y 1 en cuarzo), puntas (1 en cuarcita) y, por último, el grupo de útiles compuestos (piezas retocadas que a su vez presentan una muesca, un raspador u otro útil; 8 en cuarcita) (Cabrera Valdés et al. 2001). En segundo lugar, se encuentra un conjunto de útiles que tienen un menor costo energético en su elaboración lo que implicaría estrategias tecnológicas expeditivas que producen conjuntos que son tecnológicamente más simples, la manufactura de utensilios sería una respuesta inmediata a tareas específicas y éstos serían descartados posteriormente a su uso (Binford 1979:269; Bamforth 1986:38). Estos útiles se encuentran comprendidos por el grupo de piezas escotadas (11 en cuarcita, 4 en sílex y 3 en caliza), seguidas por el grupo de piezas denticuladas (11 en cuarcita, 2 en sílex, 1 en caliza y 1 en limonita) y el grupo de piezas truncadas (5 en cuarcita). Como se puede observar, las materias primas usadas en la manufactura de los diferentes utensilios son preferentemente cuarcita y sílex y, en menor medida, caliza y limonita (Cabrera Valdés et al. 2001). Sin embargo, a pesar de que las estrategias conservadoras y expeditivas se han constatado en esta yacimiento, éstas no deberían considerarse como únicas y excluyentes según lo propuesto por Nelson, en donde el oportunismo (opportunistic) no esta planificado y responde a condiciones inmediatas y no anticipadas (Nelson 1991:62-66). El bajo número y la dispersión de los microdesechos quemados encontrados no permite realizar con total seguridad ninguna inferencia. En nuestra opinión, podrían ser el resultado de las actividades de limpieza llevadas a cabo en los hogares y posteriormente transportados y depositados en estas áreas. En la distribución espacial de estos microdesechos se localizan unos picos y áreas de elevada densidad que pueden ser el resultado de: 1) acumulaciones de carácter primario derivadas de las actividades de talla in situ (Gould 1981; Moholoy-Nagy 1990), 2) acumulaciones secundarias producto de actividades de limpieza, y 3) finalmente, también podrían deberse en parte a procesos naturales y postdepositacionales que pueden actuar y afectar a los niveles arqueológicos (Peretti y Mingo 2000). En este sentido, hay que destacar que el estrato correspondiente a este nivel se acuña hacia el exterior de la cueva, siendo por tanto más gruesa la potencia del estrato en la franja del interior coincidente con las cuadrículas de número 14 y el área excavada de las 15 que en la parte más exterior del área excavada. La existencia de sectores con poca o nula presencia de microdesechos (sobre todo en las áreas de alta densidad) se debe a la localización en estos puntos de bloques calizos de tamaño variable, y que por tanto no fueron excavados. Finalmente, dado que el nivel 18a y el nivel 17 son estériles, no cabría la posibilidad de pensar que entre el conjunto de microdesechos del nivel 18b existiesen algunos con origen en los niveles anteriores. En nuestra opinión, consideramos que, debido al reducido tamaño y al elevado número de los microdesechos analizados, esta acumulación responde fundamentalmente a la talla en estas áreas. Las conclusiones que se derivan de este trabajo deben considerarse preliminares, hasta que se puedan integrar los resultados aquí obtenidos con los provenientes del estudio de la totalidad de los microdesechos líticos recuperados en los demás niveles involucrados en la transición del Paleolítico Medio al Superior. Esta es la razón que impide formular conclusiones de orden más general relativas a las actividades realizadas en el sitio o a la dedicación funcional en cada una de las áreas. En cualquier caso, el análisis de los microdesechos recogidos en el nivel 18b de la cueva de El Castillo nos ha permitido obtener la siguiente información: Presencia mayoritaria de la cuarcita (C1) en relación con el resto de materias primas presentes en el registro. Bajo índice de corteza, lo que estaría indicando que las primeras etapas de la cadena operativa se desarrollaron en otro área. La cuarcita (C1) ingresó en el yacimiento en un estado de menor desbastado que el resto de las materias primas. De acuerdo con los resultados de talones y bultos se podría deducir una mayor aplicación de percutores blandos, aunque también se advierte la aplicación de percutores duros. Constatación del desarrollo de actividades de elaboración, modificación y mantenimiento opcional de los útiles 5. Mantenimiento y reavivado preferencial de los utensilios elaborados en sílex. Los resultados derivados de este análisis y el examen de los útiles líticos indican una preferencia de las estrategias tecnológicas conservadoras en detrimento de las expeditivas. Existencia de una distribución espacial diferencial de los microdesechos. Posible identificación de áreas de talla in situ (sin descartar aportes de carácter secundario). Consecuentemente, afirmamos que el análisis de microdesechos líticos es ciertamente relevante, ya que, como hemos visto, puede orientar a identificar y detectar las actividades y procesos que derivan del subsistema de producción lítico, y puede facilitar un mejor y más preciso entendimiento de la dinámica de formación de los registros arqueológicos.
PRIMITIVA BUENO RAMÍREZ (*) RODRIGO DE BALBÍN BEHRMANN (*) ROSA BARROSO BERMEJO (*; JUAN MANUEL ROJAS RODRIGUEZ-MALO (**) RAMÓN VILLA GONZÁLEZ (**) RODOLFO FÉLIX LÓPEZ (***) SALVADOR ROVIRA LLORENS (****) La excavación del túmulo del Castillejo, en Huecas, ha proporcionado restos óseos de al menos nueve individuos. La disposición de los cadáveres, la visibilidad del túmulo y su proximidad a un poblado importante y a otros enterramientos en cueva artificial, plantea numerosas cuestiones acerca de la interpretación tradicional del mundo funerario neolítico y calcolitico meseteño. Su claro colectivismo y la envergadura del túmulo relacionan este enterramiento con el megalitismo, pese a carecer de estructuras Üe esa índole. La posible conexión simbólica entre los enterra&os y una subestructura habitacional, añade interés a los resultados de una investigación que esperamos poder continuar. its proximity to an important village and to artificial caves, raises numerous problems about the traditional interpretation of the Neolithic fiinerary world and the Chalcolithic in the Meseta. túmulo del Castillejo de Huecas, interpretándolo como un posible dolmen. Señala el mismo autor, abundantes materiales líticos y cerámicos en una tierra próxima, El Fontarrón (Esteban et alii, 1998: 26), zona que nosotros interpretamos como un poblado conectado con las ocupaciones funerarias que vamos a describir. Por otro lado, la Junta de Castilla-La Mancha había enviado a los arqueólogos J.M. Rojas y R. Villa a realizar un informe sobre la apertura de un camino al sur del pueblo que afectaba a una serie de tumbas de la Era. Su estancia en Huecas los puso en contacto con R. Félix, gran conocedor del terreno y apasionado defensor de la riqueza arqueológica de su pueblo, el cual les informó de la presencia, interés y peligro del túmulo del Castillejo. Efectivamente, el túmulo se encuentra en una zona que quedará afectada por los inminentes planes de regadío por lo que la información arqueológica era de todo punto necesaria y urgente. J.M. Rojas y R. Villa realizaron un corte en el mismo localizando restos humanos acompañados de elementos líticos y cerámicos. De este modo comenzaron los trámites con la Junta de Castilla-La Mancha interesada por cumplir con el preceptivo informe arqueológico, teniendo lugar la primera campaña en el mes de Septiembre de 1998. UBICACIÓN DE LOS YACIMIENTOS NEOLÍTICOS Y CALCOLÍTICOS DE HUECAS. Una de las primeras características del Castillejo es su posición en el paisaje. Destaca en el valle que se forma entre los arroyos de Barcience y Rielves. Su visión desde el poblado, con la laguna delante, nos remite a un "escenario" (Criado y Villoch, 1998) de gran fuerza visual, evidentemente buscado por los realizadores del túmulo. El túmulo del Castillejo no es el único yacimiento detectado en término de Huecas (Fig. 1). Junto a él, se localiza el gran poblado del Fontarrón que se extiende por una superficie de más de 1 km, aunque no podremos precisar más hasta conocer realmente su perímetro. En superficie aparece gran cantidad de material: hachas pulimentadas, cerámicas lisas, pintadas e incisas campaniformes, molinos, molederas y puntas de flecha. Carrobles (1998: 43) muestra algunas piezas, a las que habría que añadir las localizadas por R. Félix. De las prospecciones realizadas por J.M. Rojas y R. Villa procede un fragmento de borde de plato engrosado con restos de cobre y de fuerte calentamiento que ha sido analizado por Salvador Rovira, interpretándolo como un fragmento de vasija horno. Este dato permite integrar el poblado del Fontarrón entre los poblados campaniformes del Tajo interior con metalurgia, aunque creemos más que factible que posea un nivel de habitación anterior, por lo que podemos deducir de otros materiales. Si nos atenemos a los presupuestos tipológicos que han planteado otros autores para el poblamiento del sector (Alvaro et alii, 1987; Carrobles, 1990; Carrobles y Méndez, 1991; Carrobles^í a///, 1994; Muñoz, 1993; Muñoz etalii, 1995), tendríamos que hablar de una etapa precampaniforme y otra campaniforme. En una altura mayor y al Este del túmulo, en el valle de las Higueras, se localizan unas estructuras que interpretamos como cuevas artificiales, de las que proceden dos puñalitos de cobre, uno de ellos con espigo (Lám. lA), una punta Pálmela (Lám. IB), cuencos campaniformes incisos, mucha cerámica lisa, cuentas de piedra verde (Lám. IC) y restos humanos. A la espera del resultado de nuestras excavaciones de la campaña de 1999, las cuevas artificiales de Huecas se muestran como un argumento de enorme interés para revalorizar la vía del Tajo respecto a la interpretación del Calcolítico meseteño. La riqueza de los ajuares presenta una faceta social hasta ahora inédita en los conjuntos interiores, pues la capacidad de apropiación de excedentes que podemos deducir de la presencia de materiales de prestigio es muy notoria. Las cuevas artificiales del Valle de las Higueras suponen además una ratificación de nuestra interpretación (Bueno Ramírez et alii, 1999: 103) de Yuncos (Ruiz Fernández, 1975), como cueva artificial con piezas que contribuyen a afianzar la conexión cultural entre los grupos de la zona de Lisboa y los del interior de la Península Ibérica. El conjunto de los materiales metálicos descritos más el punzón de cobre que procede de la excavación del túmulo, constituye una evidencia muy sólida acerca de la importancia de la metalurgia en la zona, dando nuevo valor a los datos más o menos dispersos de que disponíamos hasta la actualidad en la provincia de Toledo (Alvaro, 1987: 29; Harrison, 1974; Rovira ^í a///, 1997). La tabla 1 expresa los resultados del análisis llevado a cabo por S. Rovira en el Laboratorio del Tab. Análisis elemental por fluorescencia de rayos X (% en peso). Museo del Prado, que traduce un conjunto bastante homogéneo realizado en cobre, con tasas de arsénico entre el 0,8 % y el 1,5 %, correspondiendo a los puñales el metal más arsenicado de esta serie. La mencionada homogeneidad que se concreta también en valores semejantes de impurezas de plata y antimonio, permite plantear una fuente de materia prima común Si bien las evidencias para sostener una metalurgia local no son muchas, recordemos el mencionado plato de borde engrosado, procedente del poblado del Fontarrón. Tras un meticuloso rastreo con el microscopio electrónico de barrido, se pudo localizar un punto de escorificación con la composición porcentual siguiente: 2,8 CuO; 0,5 MgO; 9,9 AIP3; 39,7 Si O^; 1,4 Kp;2,6CaOy43, lFeO. La existencia de metalurgia del cobre con evidencias de vasijas horno y objetos sencillos ha sido valorada por Blasco y Rovira (1993: 399) como la expresión de manufacturas locales basadas en afloramientos filonianos situados en la Sierra de Guadarrama, y, por tanto, como la constatación de una metalurgia local en el Tajo interior con expresiones tan claras como las documentadas en el poblado del Ventorro, Madrid (Harrison et alii, 1975). Hay referencias sobre mineralizaciones de cobre en la provincia de Toledo (Montero et alii, 1990). Sectores próximos como Guadamur, Polán, Layos o, algo más abajo pero siempre siguiendo el curso de los afluentes del Tajo: Mora, Orgaz, Pulgar... etc., poseen pruebas de esta presencia. El Tajo, se encuentra unos 10 km al Sur de Huecas y el Guadarrama también está muy próximo a nuestro yacimiento. Su situación respecto a las vías de comunicación es muy buena, como se observa en la notoria proximidad que tiene a la tradicional Cañada Segoviana, referencia que entendemos en el sentido ya expresado de la búsqueda de estos yacimientos de situaciones con fácil acceso y control de pasos (Bueno Ramírez, 1991; Bueno Ramírez et alii, 1999). No hay que olvidar que en la zona del Guadarrama se recogen yacimientos cupríferos en superficie (Blasco y Rovira, 1993). Huecas se encuentra en las proximidades de Torrijos, por tanto en el sector que J. Muñoz (1977) denomina comarca de Torrijos, pero también participa de las características paisajísticas y geoló-gicas de la meseta de Toledo. Presenta relieves de cerros testigo con base caliza, como los que se conocen en otros términos del valle bajo del río Guadarrama, en Bargas y Yunclillos (Carrobles, T. P.,56,n.'^2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 1990: 34), aquí acompañados de valles de carácter aluvial. Los indicios de una población neolítica que conectase con los datos que nos proporcionan los enterramientos del Castillejo son muy difusos en la provincia de Toledo y, hasta ahora, sólo se han localizado en yacimientos funerarios. No obstante, evidencias como la señalada por E. de Alvaro (1987: 19) sobre un enterramiento en fosa con muchos individuos en San Martín de Pusa, Toledo o las publicadas por Villa y Rojas (1996) en Mesegar del Tajo, hacen albergar esperanzas acerca de las posibilidades de documentación que se abren para el futuro. La constatación de materiales neolíticos en la Comunidad de Madrid (Castañeda y González, 1996; Fernández-Posse, 1980), viene a ratificar la entidad cada vez más marcada del Neolítico interior. El Calcolítico está mejor documentado, constituyendo la presencia de habitats campaniformes, un hecho contrastado. Así en Layos o Mazambroz, o muy próximos a Huecas caso de Calaña, en Albarreal de Tajo (Rojas, 1988: 200) y en el mismo valle del Guadarrama: Yunclillos. Un trabajo posterior (Rojas y Rodríguez, 1990) señala la abundante presencia de cerámica Ciempozuelos en Toledo, desgraciadamente sin contexto. Más recientemente otros datos han venido a sumarse a este panorama del campaniforme toledano. Respecto a fuentes de materias prima próximas a los yacimientos que referimos, son destacables las extracciones de sílex que probablemente constituyeron un elemento de intercambio en momentos paralelos al desarrollo de estas poblaciones. Precisamente, el estudio y análisis de estas zonas de extracción constituirá uno de nuestros objetivos en un futuro próximo. La riqueza más obvia de estas tierras es la agrícola. De hecho el valle en el que se sitúa el túmulo del Castillejo es especialmente rico para cultivos de trigo y cebada aún en la actualidad. Como se observa en el mapa de dedicación actual (Fig. 1), el valle del que hablamos es una zona de labor intensiva. La proximidad de una laguna que estuvo activa hasta épocas relativamente recientes, acrecienta las opciones agrícolas que hemos mencionado. La ocupación neolítica y calcolítica de los yacimientos de Huecas parece responder a una explotación del territorio que daría como resultado buenos excedentes agrícolas. Sólo análisis detallados procedentes de la excavación en el área de habitat nos permitirán saber algo más sobre esta dedicación agrícola que suponemos especializada en gramíneas y legumbres por las características del terreno y, desde luego, sobre el espectro ganadero del que nada sabemos. Las materias primas como el cobre o el sílex tienen posibilidades cercanas de fácil acceso y buena calidad. A ello deberíamos añadir, cuando las analíticas sean más explícitas, una más que probable explotación de sustancias colorantes. La situación de la población, próxima a una importante vía de paso, le permite controlar las redes de intercambio que se generaron entre las zonas interiores y el Atlántico en la época a la que nos referimos. METODOLOGÍA Y RESULTADOS DE LA PRIMERA CAMPAÑA DE EXCAVACIONES EN EL TÚMULO DEL CASTILLEJO DE HUECAS El túmulo del Castillejo de Huecas es una elevación, que destaca claramente en el terreno, de 26,50 m (E/O) X 21,50 m (N/S), tanto por su altura -prácticamente 2 m-como por el color oscuro de la tierra que lo compone y que contrasta nítidamente con el barbecho circundante de color gris, casi blanco. Tiene un contorno oval, amesetado en la zona superior (Lám. Nuestra primera tarea consistió en una limpieza de todo el perímetro tumular que se nos reveló como bastante amplio, y deforme en su zona central. Efectuada ésta, pudimos comprobar que no se Lám. IL Vista del túmulo del Castillejo (Huecas, Toledo), desde el poblado del Fontarrón. T. P.,56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es trataba de un monumento dolménico, como en un principio nos había parecido, o al menos no respondía a la forma tradicional de los túmulos dolménicos de la provincia, cuya excavación ha sido realizada por nosotros (Bueno Ramírez, 1990, 1991; Bueno Ramírez y de Balbín Behrmann, 1996; Bueno Ramírez et alii 1998). Situamos el P. O en una piedra caliza de mediana envergadura localizada en la zona superior, junto al lugar donde J.M. Rojas y R. Villa habían realizado su corte en 1997, y trazamos dos cortes longitudinales abarcando la zona central y el contorno tumular. El Corte 1 queda orientado S. E/N. O y mide 14 m X 4 m. El Corte 2, perpendicular al anterior, mide 8,5 m en sentido N/S y 4 m E/O. Nuestro sistema de excavación sigue las tradicionales coordenadas de Wheeler, con delimitaciones internas de Im, que se indican con letras. Las piezas se sitúan en plano y en cotas respecto al P. O, numerándose correlativamente y se empaquetan con una ficha propia, en la que se refleja la información mencionada. Los huesos se recuperan de la misma manera. El túmulo está compuesto por piedra caliza de tamaño pequeño, mezclada con una tierra de color oscuro que no procede del lugar. Esta tierra se ha acarreado desde el valle próximo y posee en su interior muchos restos líticos de aspecto Paleolítico Inferior y Medio. En amplias zonas del valle, R. Félix ha comprobado la existencia de estas piezas, huella de una importante ocupación paleolítica que está comenzando a constatarse en otros sectores de Lám. Detalle de la imbricación entre los huesos humanos y las piedras del túmulo en el Nivel I. Túmulo del Castillejo (Huecas, Toledo). Tanto las piedras que hemos mencionado como los primeros hallazgos se localizan prácticamente en superficie (Lám. III), como los restos de una coraza tumular que se ha hundido sobre los enterramientos, lo que hace que encontremos huesos y piedras en una amalgama, junto con las primeras evidencias de ajuar (Fig. 2). En el sector Este del Corte 1, la caliza aflora a -0,80 m del R O y sobre ella y aprovechando su altura, ya de por sí destacada en el paisaje, se ha comenzado a rellenar con esa tierra más oscura que antes mencionábamos, entre la cual aparecen algunas evidencias líticas paleolíticas, además de restos cerámicos y líticos contemporáneos a los enterra- mientos. Estos últimos se han incluido en el relleno de modo intencional. El relleno descrito alcanza hasta la cota -0,49, en la que se han depositado los enterramientos que describiremos a continuación. Esto podemos deducir de lo que hoy se conserva: no sería de extrañar que la altura original fuese mayor pues los agentes erosivos han debido jugar un papel importante. En la zona más alta afloran restos humanos que se encuentran a una cota ligeramente inferior en la zona Este. En este sector comenzamos a delimitar unas piedras de mayor tamaño en su lateral Norte e inmediatamente también, restos humanos. Esta diferencia nos llevó a separar los restos como nivel IL Así la parte más alta de los enterramientos se denominará Corte 1 Oeste, Nivel I y la más baja. Corte 1 Este, Nivel IL Los restos humanos del Nivel I (Corte 1 Oeste) muestran una disposición que argumenta la existencia de, al menos, cuatro individuos colocados en posición encogida. Los restos del cráneo se asocian siempre al hueso largo del brazo. A estos cuatro individuos habría que sumar un quinto, exhumado en la excavación de 1997. La posición que proponemos, y con ella la adjudicación de los ajuares, es solo una hipótesis que habrá de ser contrastada con los datos de la campaña de 1999 (Fig. 3). Hemos numerado los individuos empezando por el situado más al Oeste y de izquierda a derecha. Los restos se encuentran en estudio por el Dr. F. Etxeberría, por lo que no podemos concretar sexos y edades. No obstante, en lo que nosotros podemos observar, se trata de restos de adultos. Al Muerto 1 se asocian un punzón de hueso, seis o siete láminas, un microlito, un núcleo, una lasca y cerámica lisa e incisa. Al Muerto 2, ocho o nueve láminas, un microlito, un núcleo, cuatro lascas, una arandela o cuenta de hueso y cerámica lisa. Destaca como en el anterior, la presencia de lascas que sugieren una talla in situ. Al Muerto 3, tres láminas, dos de ellas situadas sobre el esternón, un punzón de cobre (Fig. 4A) y un fragmento de piedra pulida (Fig. 4B). No nos extrañaría por la posición de este individuo que parte de los materiales extraídos por nuestros compañeros J.M. Rojas y R. Villa hubiesen pertenecido a su ajuar. Como en los anteriores, hay abundante presencia de esquirlas de sílex que creemos se deben a que se ha tallado in situ. El objeto de piedra pulida es de difícil identificación pues está fragmentado, pero de alguna ma- ñera recuerda piezas con depresión central como las documentadas por nosotros en el toledano dolmen de la Estrella (Bueno Ramírez, 1991: 82). Al Muerto 4, se asocian cuatro láminas, un microlito, cerámica incisa y cerámica lisa. No sabemos su situación exacta, pero debía encontrarse entre Ic y Corte 1 Este. Nuestros compañeros nos entregaron los restos óseos y los materiales. De ello podemos deducir que se trata de un individuo prácticamente completo, acompañado de laminitas, cerámica lisa y un fragmento de escobillada. Se observa una cierta "estandarización". Todos los individuos portan láminas (Lám. IVA) y cerámica lisa, cuatro un microlito (Lám. IV B), tres restos de talla y cerámica decorada (Lám. IV C), dos un punzón de hueso (Lám. La presencia del punzón de metal desentona claramente en un conjunto de fuertes reminiscencias antiguas que, por otra parte no presenta ninguna de los elementos "estándar" de los ajuares campaniformes. La situación de los restos en la superficie actual y la proximidad del poblado del Fontarrón explicarían una posible frecuentación campaniforme del lugar. La presencia de microlitos y la ausencia de puntas de flecha, junto con la abundancia de laminitas y restos de talla, siempre en sílex, punzones de hueso, alguna cerámica lisa de borde indicado y algún fragmento decorado, reitera el ajuar documentado por nosotros en el dolmen de Azután (Bueno Ramírez, 1991), ratificando la conexión cultural con el megalitismo y proponiendo el desarrollo de este horizonte de enterramientos en el IV milenio a.C. Para este nivel poseemos una fecha realizada por el procedimiento tradicional, sobre huesos del Lám. Ajuares de los muertos de Corte 1 Oeste. A: Láminas; B: Microlitos; C: Cerámica incisa; D: Punzón de hueso. En el análisis propuesto por el laboratorio, la fecha probable es 4535 Cal BC. El punzón de cobre de sección cuadrangular remite a evidencias de un Calcolítico pleno, de las cuales disponemos de muchos ejemplos en la Península (Pérez Arrondo y López de Calle, 1986), alguno de ellos muy cercanos, como el del Cerro del Bu (Rovira et alii, 1997: 377) o en la provincia de Madrid (Martínez Navarrete, 1984). Teniendo en cuenta los enterramientos ya descritos de Valle de las Higueras con metal y campaniforme, nuestro punzón no desentona en la ocupación calcolítica del Valle, como señalábamos más amba. En esta zona no pudimos profundizar más, pero sí en el sector "Corte 1 Este", a mayor profundidad que los restos descritos. En él se delimitan inmediatamente dos partes: la Sur con escasos y dispersos restos óseos acompañados de algún material y la Norte, en la que aparecen piedras de tamaño mediano y muy pronto importantes restos humanos. En Corte 1 Este, sector Sur, localizamos un mi- crolito, dos punzones de hueso y una hoja apuntada. Las características tipológicas del material, especialmente la presencia de punzones de hueso como en el Muerto 1, o la de un microhto como en los Muertos 1, 2 y 4, nos permiten sugerir que nos encontramos ante los restos de otro depósito mortuorio. Quizá había aquí otro cadáver (posible Muerto 6) aunque no descartamos que éste hubie-se pertenecido al Muerto 5, excavado por nuestros compañeros. El mal tiempo hizo su aparición y como nos preocupaba no poder documentar todas las cuadrículas que teníamos abiertas, optamos por profundizar sólo en el lateral Norte de Ic y en el sector Norte del Corte 1 Este (Fig. 5). En Corte 1 Este, sector Norte, al interior de las http://tp.revistas.csic.es Fig. 6. Cotas de nivel II en corte 1 Este en el uso inicial de la "plataforma" y detalle de la extensión del "suelo" preparado marcado en oscuro. mencionadas piedras, comienzan a delimitarse en torno a -0,54 m del P. O restos óseos, ahora dispuestos de un modo diferente al que hemos descrito en el Nivel I: están literalmente encajados en una estructura de aspecto paracircular de 1 m de diámetro (Fig. 6). Por tanto, no aparecen depositados en un espacio amplio como los anteriores. Los primeros son un cráneo completo con órbitas supraciüares hacia el Oeste junto al cual y, concretamente, pegados a sus fosas nasales se aprecian las falanges de una mano; bajo el cráneo, un hueso largo. Pocos centímetros a la izquierda de este individuo que interpretamos como femenino, a la espera de los resultados del estudio antropológico, aparecen los restos de un parietal infantil. Algunos huesos infantiles dispersos quedan documentados también en la zona Oeste de esta estructura a la que denominaremos "plataforma". Junto a la mujer y el niño, una mandíbula en la parte Este del Corte que interpretamos como perteneciente a un individuo adulto masculino del que no localizamos más restos (Lám. Su ajuar es indiferenciable por la Lám. V. Detalle de los hallagos de restos humanos del nivel II del corte 1 Este. Foto R. de Balbín. posición de proximidad que mantienen los restos. A estos restos humanos podemos asociar cinco láminas, un microlito, cinco lascas, un machacador y una cerámica decorada con incisiones horizontales y verticales. Es decir un ajuar bastante similar a los que hemos descritos para el Nivel I, en este caso, interpretable como una ofrenda colectiva. La intersección de Corte 1 Este y Corte 2 parece haber sufrido alguna remoción, pues la tierra está suelta, no compacta como pudimos comprobar en las zonas más intactas de Corte 1 Este excavadas en la campaña de 1999. No obstante, esta remoción ha afectado muy parcialmente a los restos descritos. Una vez delimitados, excavados, dibujados y fotografiados, los levantamos y locaUzamos los de un individuo completo en posición encogida con el cráneo al Sur del de la mujer y el cuerpo por debajo de las inhumaciones descritas (Lám. La limpieza de este enterramiento nos revela que la antedicha "plataforma" se asienta sobre un suelo preparado de color oscuro, por lo que creemos contiene restos de materia orgánica, quizá madera por el aspecto fibrilar que presentaba. A esta cota -0,67m/-0,70 m del P. O-se localizan los siguientes materiales que interpretamos pertenecen al depósito del individuo que acabamos de describir o, cuando menos, fueron depositados a la vez que él. Se trata de una lámina, un machacador vertical con restos de color rojo, dos fragmentos de cerámica decorada, una de ellas con incisiones e impresiones y otra, con zig-zags incisos, además de un borde de cerámica lisa. En el reducido espacio que hemos denominado "plataforma" hay cuatro enterramientos y la posibilidad de que los análisis antropológicos nos indiquen alguno más. No nos resistimos a sugerir que las cinco láminas y las cinco lascas arriba mencionadas indiquen el ajuar de cinco individuos. A ellas habría que sumar la lámina del último cadáver, el primero en ser depositado. Por tanto, nos parece que queda claro que tanto estructuralmente como socialmente, el significado de los enterramientos descritos en Nivel I y en Nivel II es nítidamente distinto, pese a que los materiales genéricamente podrían ser contemporáneos. El corte en profundidad que planteamos en Corte 1 Este también afectó a la zona más próxima de nivel I. En dicho cuadro localizamos tierra más suelta, con materiales dispersos y escasos y, en la base del mismo la continuación de la preparación de color oscuro y textura sólida a la que hemos denominado "suelo" en la plataforma. Esta se aprecia exclusivamente en la parte derecha del corte. En la izquierda, en el cuadrante Noroeste, apareció un fragmento de mango tallado de hueso que numeramos como hallazgo 100, de gran interés (Fig. 7). Estos mangos han sido localizados en enterramientos de la Meseta Norte y de la Rioja (Delibes et alii, 1987)y se interpretan como mangos de espátulas. Un reciente análisis (Mujika, 1998) destaca que se realizan sobre tibias de Capra/Ovis, aunque dada la transformación del original, es difícil asegurar si es uno u otro animal. Las piezas meseteñas tienden a presentar formas de menor anchura que la que nosotros hemos documentado en Huecas que podría ponerse mejor en relación con las de Gurpide (Pérez Arrondo y López de Calle, 1986: 60). Un objeto similar, que también posee acanaladuras en la zona superior, procede de Kurtzebide, hallazgo que nos interesa por la descripción que realiza Vegas (1981) como enterramiento megalítico sin estructuras reconocibles. G. Delibes ha tenido la amabilidad de comunicamos que en las recientes excavaciones de la cueva de la Vaquera, llevadas a cabo por un equipo de la Universidad de Valladolid, se ha localizado una pieza semejante en los niveles de Neolítico final/ transición Calcolítico. Otra comunicación personal, esta vez de C. Barrio, nos indica la presencia de estos mangos decorados en un enterramiento colectivo de Villanueva de la Fuente (Ciudad Real). Todos estos datos abogan por una dispersión mayor de estas piezas que la que se proponía a finales de los años 80 (Delibes ^í a///, 1987: 190). Para completar nuestra información sobre la forma y potencia del túmulo y sobre la extensión de los enterramientos en la cota más alta del mismo, marcamos otro Corte perpendicular al primero, al que denominamos Corte 2. Nuestra primera observación es que en el primer metro de este Corte (2A), no localizamos ni un sólo resto humano, luego podemos afirmar que en este lado se agrupan claramente en la zona más alta del túmulo. Sólo aparecen algunos fragmentos de cerámica y de sílex y el mismo relleno que hemos verificado en otros sectores del túmulo: piedra pequeña asociada a tierra oscura que contiene evidencias paleolíticas. La zona central del Corte 2 dibuja, tras el relleno ya mencionado, una estructura en la que aparecen cuatro piedras -dos de sílex y dos de caliza-con claras huellas de fuego y tamaño destacable. Toda ella ha sido excavada en la caliza, como se aprecia en el perfil que adjuntamos (Fig. 8 A). Hay restos de materia orgánica que nos permiten sospechar de la existencia de más evidencias, pero cuya excavación dejamos para la próxima campaña. La interpretamos como una cabana en la que quizá se realizó algún trabajo artesanal especializado en el que el fuego jugaba un papel importante. Sobre la probabilidad de que se hubiese obtenido colorante a partir de óxidos de hierro, el argumento podría ser: la zona central tenía un fuego delimitado por las cuatro piedras mencionadas, en el que se calentaba agua en vasijas para incorporar hematites machacadas en polvo y obtener por fin una sustancia colorante de buena calidad. Algunas piezas de la excavación tienen restos de color como el punzón de hueso de Ib o el machacador vertical, asociado a los enterramientos del Nivel II. La actividad de realización de colorante a partir de hematites está documentada arqueológicamente en la Península en un único yacimiento. Se trata del poblado de la Edad del Bronce del Acequión, en Albacete. M. Fernández-Miranda, M.^D. Fernán-Lám. Estructura k)cali/ada en corte 2. Túmulo del Castillejo (Huecas. Foto R. de Balbín dez-Posse y C. Martín ( 1990) recogen la existencia de una cabana con restos de óxido de hierro asociados a la tintura de tejidos. Éste no es nuestro caso pero, como decíamos antes, es la única referencia arqueológica de fabricación de hematites como colorante. Presencia de hematites en bruto, como la nuestra se ha detectado en el monumento megalítico de Eira Cavada (Gonçalves, 1989: 67) datable en el Calcolítico. Los restos más dispersos de posibles áreas de habitación en el Corte 1 contribuyen a que planteemos que el túmulo del Castillejo refleja una secuencia habitación/necrópolis al estilo de otras que están comenzando a constatarse en la Meseta Norte (Delibes y Zapatero, 1996). MEGALITISMO CON Y SIN ESTRUCTURAS MEGALÍTICAS El túmulo del Castillejo plantea una serie de cuestiones de gran interés para comprender la dinámica de los enterramientos neolíticos y calcolíticos en el interior de la Península. La sección que adjuntamos nos describe una elevación artificial de envergadura notoria que destaca especialmente en su entorno (Fig. 8 B). Está situada en un lugar central de un valle con grandes potencialidades agrícolas. Su volumen y su color contribuyen a su visualización desde todos los puntos del valle. Se encuentra al borde de una antigua laguna y en las proximidades del poblado del Fontarrón que creemos se habitó en momentos contemporáneos o muy próximos al uso del monumento funerario, aunque habrá que documentarlo mediante una excavación arqueológica. La reconstrucción visual de un poblado desde el que se contemplaría la laguna y destacando sobre ella el oscuro túmulo en el que se enterraban sus antepasados es una parte que no debemos olvidar en la interpretación de estas inhumaciones. Tenemos documentados otros enterramientos en el entorno que nos permiten deducir la variedad de los mismos en un Calcolítico pleno al parecer de gran vigor, que indica una población continuada en el mismo valle, asentada por lo menos desde el IV milenio a.C, en fechas sin calibrar. Sobre esta elevación se realizaron diversas estructuras de forma paracircular, entre las que destaca la localizada en el Corte 2. Su funcionalidad ha sido discutida en párrafos anteriores. La "Cabana" descrita, más las perceptibles en el Corte 1 forman un núcleo habitacional adaptado al relieve del afloramiento calizo, más notorio en su vertiente Este. En un momento determinado, la estructura del Corte 2, junto con los restos mencionados en el Corte 1, fue arrasada y sobre ellas se distribuyó un relleno de tierra negra, probablemente tomada del valle próximo a tenor de los materiales paleolíticos que contiene. Este arrasamiento es más notorio en Corte 1 que en Corte 2. En la zona más alta, que no coincide exactamente con el centro del túmulo, pero sí con la mayor concentración de restos habitacionales por lo que hemos podido comprobar en la campaña de 1999, se situaron los enterramientos. Con orientación Este, se preparó un suelo con tierras de carácter orgánico, se delimitó un contorno más o menos circular con piedras calizas de tendencia plana y tamaño entre 30 cm y 40 cm y comenzaron a depositarse los restos. Primero un individuo completo, sobre y junto a él, una mujer acoplada al espacio como un paquete de huesos que significa una manipulación del cadáver, según la cual, los ligamentos son rotos y el total del cuerpo se ata fuertemente. Junto a ella, restos de un niño y posibles restos de otro adulto. Es pues, un espacio reducido en el que se han depositado varios cadáveres aparentemente en conjunto, dado lo imbricado de su conexión. Se trata de un auténtico enterramiento colectivo con fuertes aires de organización familiar. No descartamos que junto a inhumados completos. se incluyesen restos más antiguos procedentes de enterramientos anteriores. Esto explicaría la conexión anatómica evidente de algunos de los descritos y la presencia de osamentas sueltas. Los materiales que aparecen con estos enterramientos se depositaron en conjunto. El relleno de piedras medianas y pequeñas que tenía la estructura, indica que ésta tuvo una relativa altura inicial, posiblemente a modo de pequeño túmulo. Los enterramientos de nivel I se han situado en cotas ligeramente superiores y fueron cubiertos completamente por piedras pequeñas. No nos extrañaría que sobre éstas se hubieran depositado piezas mayores desaparecidas con el tiempo, como podemos sospechar sucedió en la fosa de la Atalayuela (Barandiaran, 1978: 384), aunque sea de momentos posteriores y como está constatado en enterramientos similares franceses (Loison, 1998: 202). Acerca de la presencia de estas piedras tenemos constancia por algunos restos sueltos sobre el túmulo y por la memoria popular que insiste en el topónimo "El Castillejo" como recuerdo de las grandes piedras que allí se ubicaban. Sería igualmente lógico suponer que parte del relleno original de piedra pequeña ha desaparecido y que la altura debía ser mayor a la que hoy podemos constatar. En la actualidad no estamos en condiciones de afirmar el modo de depósito de los enterramientos de este nivel, pues no alcanzamos las cotas inferiores en el sector Oeste del Corte 1. Esperamos cumplir este objetivo en la próxima campaña. La fecha para nivel I de Beta, encaja con las que tenemos para el dolmen de Azután (Bueno Ramírez, 1991), sobre todo con la más antigua de ellas o con la recientemente conocida de Valdemuriel 1 (Delibes y Rojo, 1997: 400). Esta fecha ha sido realizada sobre huesos, mientras que la procedente de la cabana es de AMS. Tenemos otra fecha de AMS de una de las estructuras de habitación que se encuentra bajo el nivel I de enterramientos: 150 ± 50 BP (Beta-132916) que, simplemente debe responder a una contaminación. La desconexión entre la fecha del enterramiento y la de la cabana de corte 2 podría explicarse si entendemos que ésta, de mayor relleno que todas las constadas en ambas campañas y en una zona de depresión del túmulo, estuvo abierta a la par que los enterramientos o parte de ellos se habían depositado y, que el fuego que observamos responde a algún tipo de actividad ritual, como proponen Delibes y Rojo (1997: 405-406) para el túmulo de Rebolledo. Ciertamente habremos de contrastar las fechas. Más interesante nos parece la reiteración de un mismo ajuar con microlitos y láminas del que forman parte las espátulas decoradas que tenemos datadas en la Meseta Norte dentro del IV milenio a.C. (De-libes^í alii, 1987). La poca cerámica documentada entronca con lo que sabemos de expresiones semejantes en el Neolítico interior (Fernández-Posse, 1980), con el interés de que poseemos algunas fechas de referencia. Para el nivel II aún no disponemos de ninguna fecha, pero los materiales indican una relativa sincronía cuando menos desde el punto de vista cultural. ¿Cómo interpretar esta sincronía entre los dos grupos de enterramientos descritos con las diferencias estructurales que manifiestan? Podríamos pensar que a un enterramiento familiar originario -Nivel II-se han sumado enterramientos consecutivos de individuos ligados al mismo linaje o que pretenden asociarse a él, con lo que la diferencia entre unos y otros sería de unos cientos de años. Tendremos que sustentar esta hipótesis en datos antropológicos y de ADN, pero no deja de ser sugestiva a la luz de la utilización del espacio que hemos descrito. Otra opción es que los distintos enterramientos se hayan realizado en conjunto, constituyendo el grupo familiar de Nivel II un espacio destacado dentro del conjunto general, quizá por las razones de estirpe arriba mencionadas. La presencia de un túmulo con enterramientos colectivos en la Meseta Sur viene a sumarse a la problemática de la variabilidad de los sistemas de enteri'amiento en el interior y a incidir sobre la cuestión del poco conocimiento que tenemos de los sectores menos investigados. La asociación habitat/enterramiento nuevamente reiterada (Delibes y Zapatero, 1996) llama la atención sobre estas situaciones de continuidad, mucho más abundantes de lo supuesto hace sólo pocos años. Nosotros mismos hemos localizado materiales en el túmulo en la última campaña de Azután que esperamos publicar en breve. Los habitat neolíticos del interior se están conociendo más a través de los enterramientos que de una prospección sistemática en su busca. El afán de estos grupos por argumentar su derecho a la tierra es lo que ha permitido que en los años 90 podamos acercarnos a una hipótesis de poblamiento al aire libre en el V y IV milenio a.C. en el interior de la Península que, en lo que hoy sabemos, traduce la presencia de grupos humanos en tierras de potencialidad agrícola en las que se asientan mediante cabanas perecederas, con un sistema de vuelta recuiTcnte a los mismos lugares (Delibes y Zapatero, 1996: 342). Su interés por la demostración de la propiedad de un tenitorio es más visible mediante sus estructuras funerarias que mediante sus sistemas de habitación. La potencia y visibilidad del túmulo del Castillejo así lo ratifica, al igual que las construcciones dolménicas tipo Azután, que tenemos documentadas en la misma línea del Tajo. La conexión simbólica de los túmulos sin estructura megalítica con los que sí la poseen es obvia tanto desde el punto de vista del papel de estos en el paisaje como desde el punto de vista ergológico. Los túmulos sin estructura megalítica realizados sobre zonas de habitación sugieren una conexión entre estos sistemas de enterramiento colectivo y los conocidos con unos milenios de anterioridad en los concheros de los afluentes del Tajo. Conjuntos humanos con un modo de vida más estable que el de Valdemuriel. Los dos primeros son más similares al del Castillejo por su configuración no megalítica y los otros dos poseen construcciones no exactamente megalíticas y buenas fechas de referencia para interpretar nuestro yacimiento. Tanto en el Miradero como en la Velilla hay espátulas decoradas, al igual que en el Castillejo. El túmulo del Miradero, en Villanueva de los Caballeros, Valladolid, estaba sellado por una capa de cal desigualmente compactada (Delibes et alii, 1987). Curiosamente, el medio natural del túmulo del Castillejo es la caliza que creemos ha tenido el papel de conservante de los restos óseos que han llegado hasta nosotros. Restos de madera se localizaron en las zonas marginales. Nosotros estamos analizando evidencias que nos permiten sospechar la presencia de madera. En el Miradero, los individuos estaban en posición fetal, podían individualizarse sus ajuares y en su mayoría se encontraban a la altura de la cabeza. Lo mismo podemos decir del Castillejo. Las espátulas aparecen sólo junto a algunos personajes, lo que revierte en la poca igualdad de algunos de los enterramientos. Efectivamente, en el Castillejo las espátulas se asocian a dos enterramientos: uno de la campaña que describimos y otro, de la de este año. Estas espátulas son de uso incierto (Delibes ^í alii, 1987: 192), pero tanto en el Miradero como en el Castillejo poseen restos de ocre. Delibes et alii (1987: 192) proponen que pudieron haberse utilizado para espolvorear los cadáveres, función que nos parece defendible. La forma de pala curva del extremo no decorado sugiere su uso como "cucharilla" para tomar el polvo rojo y utilizarlo como corresponda. El túmulo de Rebolledo, en Sedaño (Delibes y Rojo, 1997:405-406) posee también varias inhumaciones que los autores interpretan como simultáneas y que fueron clausuradas mediante un fuego datado en 3.333± 30 a.C. El lecho de arcilla preparado sobre el que se asentaban los enterramientos estaba repleto de cerámica y material lítico ¿quizá evidencia de un poblamiento anterior?. Los restos se depositaron enmarcados por piedras de tamaño medio, estructura que recuerda la que hemos descrito para nuestro Nivel IL Otra fecha procedente de una hoguera lateral, que los autores interpretan como continuación del uso ritual del monumento, dio 3.125+ conocidos en las cuevas artificiales portuguesas que igualmente apuntan hacia el origen de su uso dentro del IV milenio a.C, con una ocupación muy fuerte en época campaniforme, como tenemos documentado en Huecas. El Castillejo y su situación junto al poblado del Tontarrón nos da la oportunidad de observar la continuidad de esa secuencia Neolítico/Calcolítico pues, como dijimos arriba, el poblado posee evidencias pre y campaniformes. A ello hay que sumar la importantísima necrópolis de cuevas artificiales con campaniforme inciso y las evidencias que plantean la manufactura de cobre. Esperamos que la continuación de nuestros trabajos pueda ofrecer una perspectiva diacrónica sobre la evolución del habitat y del mundo funerario desde el IV milenio a.C. hasta el II milenio a.C, en el valle de Huecas. El Castillejo muestra el interés de unos pobladores neolíticos con cerámicas decoradas, por asentarse sobre una tierra poblada por sus ancestros. Su conexión con el megalitismo arquitectónico se traduce en la volumetría del túmulo y en la visualización del mismo en el entorno de un paisaje antropomorfizado. El gran habitat del Fontarrón, anexo al habitat antiguo posee como referencia central el túmulo del Castillejo, al igual que la necrópolis de cuevas campaniformes. Los enterramientos de los ancestros han jugado en el valle de Huecas el papel de cohesión social, de referencia ancestral, para argumentar la posesión de la tierra en un sistema de mensajes visuales que ha resultado operativo en el lugar durante más de dos milenios. trabajo fuera posible, hubiera sido muy difícil conseguirlo. No podemos olvidar tampoco, la acogida que hemos tenido en la localidad, el respeto de todos los huecanos por su historia, el afán de saber y la educación que han demostrado en todo momento y que consideramos a todas luces ejemplar. Nuestro agradecimiento a H. Rodríguez, dueño de la casa que utilizamos, al Sr. Juez de Paz que nos prestó su frigorífico, a la familia de E. Gómez de Agüero, propietarios del terreno que nos dieron todo tipo de facilidades, a la familia de M. Sánchez en cuyo negocio comimos y disfrutamos de su cordialidad y cariño. Y, sobre todo, a Rodolfo y Encarnita que estuvieron al tanto diariamente de nuestros problemas en el campo y en casa. En los trabajos de campo participaron los miembros del Área de Prehistoria de la Universidad de Alcalá de Henares que firman este trabajo, con el apoyo diario de R. Félix, además de Amparo Aldecoa Quintana, Ana B. Casado Mateos, Víctor Martínez Palacios, Alicia Prada Gallardo, Susana Ruiz Pedraza y Natalia Suárez de la Universidad de Alcalá y Enrique Cerrillo de la Universidad de Extremadura. Los trabajos en el campo contaron con la colaboración del Ayuntamiento de la localidad en las personas de Manuel del Viso, imprescindible por su sabiduría de campo y Francisco Franco. Al profesor Darden Hood y a todos sus colaboradores de BetaAnalytic, hemos de agradecerles el interés que han mostrado en ofrecernos toda la información posible sobre la elaboración de las muestras que han realizado. El que estas excavaciones se hayan llevado a cabo, hemos de agradecerlo a muchas personas. En primer lugar a J.M. Rojas y R. Villa que, sabiendo de nuestro interés por estos temas en la provincia de Toledo, nos avisaron inmediatamente y pusieron a nuestra disposición los materiales documentados en su sondeo. A la Dirección de Educación y Cultura de la Junta de Castilla-La Mancha y a la Delegación de Toledo, por su rápida intervención, al Servicio de Arqueología de la Diputación de Toledo por su apoyo. Y, desde luego, a las autoridades de Huecas, que en la persona de su alcalde M.A. Lorente y de su Teniente de Alcalde, R. Félix, han constituido un apoyo en todos los sentidos para el buen desarrollo de un proyecto que esperamos poder continuar. Sin el interés expreso de la corporación en que nuestro BIBLIOGRAFÍA ALVARO, E. (1987) poblamiento que permitiría explicar los megalitos en la dinámica de competencia por la tierra propia de las culturas productoras. Si diéramos por válida la arriba comentada (Beta 132917) de la primera mitad del IV milenio a.C. sin calibrar, conectaría con la más antigua de Azután (Bueno Ramírez, 1991), y con la de Valdemuriel (Delibes y Rojo, 1997:400), planteando que quizá los primeros megalitos, con y sin estructura megalítica, estaban realizándose al interior de la Península en la primera mitad del IV milenio a.C, en fechas sin calibrar. Túmulos funerarios sin estructura interior se conocen a lo largo de todo el IV milenio a.C, como venimos señalando, pero también en fechas más recientes. De nuevo nos surge esa idea de continuidad y de polimorfismo que expresábamos arriba: hay dólmenes con ocupaciones campaniformes y hay túmulos no megalíticos con ocupaciones campaniformes. A ello hay que añadir los datos
La transición del Bronce Final a la Edad del Hierro y la primera fase de éste, el Hierro I en el Sur de la Meseta Norte, ha dado lugar a una polémica científica continua en las últimas décadas que no ha logrado todavía un consenso entre los investigadores. El hecho de que la cuestión principal, el eje de las discrepancias, afecte aspectos de base tales como la propia seriación de etapas y/o fases y su correspondiente filiación, supone una cuestión de suma importancia para entender la secuencia cultural de ese momento en el Sur de la Meseta Norte y avanzar con seguridad hacia otros aspectos. Mientras que en zonas próximas como el centro del valle del Duero, trabajos antiguos y recientes han permitido clarificar este aspecto desde hace tiempo, aquí la polémica y las dudas han llegado hasta el presente, propiciadas por la carencia de trabajos arqueológicos de prospección y de excavación sistemática de cierta entidad. 1 La Mesa de Miranda (Chamartín). 3 Las Zorreras (Muñana). 4 Los Arenalones (Guareña). 5 Los Castillejos (Sanchorreja). 6 Las Cogotas (Cardeñosa). 7 Cerro de la Cabeza (Ávila). 8 La Viña Vieja (Ávila). IQ La Solana Angosta (fitvxmySdilintxo). 12 El Campillo (Gemuño). 13 £^/ Pradillo (Gemuño). Este trabajo pretende, en primer lugar, aportar datos empíricos novedosos, completando con ello una geografía carente en gran medida de yacimientos fechables en la transición del Bronce Final al Hierro I y del Hierro I propiamente (Fig. 1). Una parte de estos datos proceden de las diversas campañas del reciente Inventario Arqueológico de Ávila y otra de hallazgos casuales y búsquedas selectivas de yacimientos a partir de un patrón previamente conocido. En segundo lugar, trata de clarificar la secuencia cultural entre el Bronce Final y el Hierro II de la zona de que se trata, revisando las posturas mantenidas hasta el momento a la vista del nuevo registro. Desde luego no busca ser todavía un proyecto de estudio espacial para las etapas referidas, como el publicado para el centro del Valle del Duero (Quintana y Cruz, 1996). Es, solamente, una contribución al establecimiento de una base más clara desde la que emprender nuevos proyectos de investigación. La reciente publicación de J. Quintana y P.J. Cruz (1996) conjuntando e interpretando todos los datos conocidos y publicados para el centro del valle del Duero, es referencia obligada para este trabajo por proximidad geográfica, por tratarse de un estudio basado en un mayor número de datos y por la similitud evidente entre los procesos culturales y los registros arqueológicos de ambas zonas. LA BASE DOCUMENTAL DISPONIBLE ACTUALMENTE Los yacimientos excavados que han intervenido en la problemática hasta donde está planteada en este momento serían: Cancho Enamorado, dentro del complejo conocido como Cerro del Berrueco, entre las provincias de Ávila y Salamanca; Las Cogotas (Cardeñosa) y Los Castillejos (Sanchorreja), ambos en Ávila, y en Salamanca, La Plaza de San Martín (Ledesma), El Cerro de San Pelayo (Martinamor) y El Cerro de San Vicente (Salamanca) (Fig. 1). Todos ellos son conocidos ya a través de la bibliografía. Además, habría que añadir las excavaciones de urgencia llevadas a cabo en la pro-T. P., 56, n.° 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es vincia de Ávila, en El Cerro de la Cabeza (Ávila) y Las Zorreras (Muñana), ambos en la unidad geográfica conocida como Valle Ambles (Fig. 2). En el primero, el resultado de la excavación está en fase de estudio y en el segundo no ha sido publicado como tal nada, aunque se dispone de la memoria de los trabajos (1). En el imponente poblado de Cancho Enamorado, en lo alto del Cerro del Berrueco, Maluquer de Motes llevó a cabo excavaciones en los años cincuenta, resultando corresponder, para nuestros conocimientos actuales, al Bronce Final, a la cultura de Cogotas I. Los resultados de aquellas excavaciones no tendrían propiamente lugar en este trabajo a no ser por el problemático hallazgo de un lote de hierros (una navaja de afeitar, una hoja de cuchillo, dos escoplos, un punzón y una anilla amorfa) en el nivel inferior de la choza individualizada como 5^ 2. En ella Maluquer de Motes distinguió dos niveles de habitación similares atendiendo a la tipología de las cerámicas y separados entre sí por otro estéril. Fue en el inferior, en contacto con la roca madre, en el que Maluquer de Motes (1958:46-48) halló dicho lote. En la misma publicación aludía a otros hallazgos de hierro y de bronce atribuidos supuestamente al mismo yacimiento, aunque procedentes de las múltiples colecciones privadas que han surgido a partir de la extraordinaria abundancia de materiales que los yacimientos del Bronce Final y de la Edad del Hierro han deparado, propiciando de paso, un lamentable expolio. Sólo sería fiable en principio el lote de hierros de la choza Be 2. Las fíbulas de doble resorte sencillas o de puente cruciforme y las de codo y pie largo que Maluquer de Motes incluyó en Cancho Enamorado a partir de las noticias que tuvo, en realidad, pudieron haber aparecido en la superficie de ese poblado o no, correspondiendo en este caso a cualquiera de los dos poblados clasificables al menos en la II Edad del Hierro, situados en la base del Cerro del Berrueco. En muchos casos la denominación genérica Cerro del Berrueco, arrastrada hasta el presente desde la bibliografía antigua, ha provocado una cierta confusión al localizar con esa referencia materiales cuya procedencia exacta dentro del complejo arqueológico del Berrueco se desconocía, restando por tanto posibilidades de mejor interpretación. (1) J. Caballero, L.C. García-Cruces y F. Forres, "Informe de la excavación arqueológica de urgencia en el yacimiento de Las Zorreras, término de Muñana, Avila", 1991. Trabajo manuscrito inédito depositado en la Unidad Técnica de Arqueología del Servicio Territorial de Educación y Cultura de Ávila. Desde los trabajos de Maluquer de Motes no se han realizado otros en Cancho Enamorado salvo los de prospección y recopilación de hallazgos casuales, por tanto sus datos, debidamente revisados en la actualidad, son toda la información que poseemos sobre este yacimiento. Cancho Enamorado contiene en su estratigrafía un sólo momento cultural, correspondiente a la cultura de Cogotas I. La tipología de sus cerámicas y sus decoraciones hacen pensar que se trata de un momento medio y final dentro de esa cultura, sin conexión con la etapa siguiente. La continuidad podría estar en alguno de los poblados de la Edad del Hierro situados en la base misma del cerro donde se encuentra Cancho Enamorado: Las Paredejas y LosTejares, ambos de gran importancia, sólo estudiados a partir de conjuntos de piezas recogidas por los labradores al cultivar las tierras (Piñel, 1976; Fabián, 1985Fabián,,1986-7)-7). Por algunos de estos hallazgos podría pensarse, al menos para el de Las Paredejas, que es la fase siguiente a Cancho Enamorado, aunque sólo las excavaciones podrán confirmarlo con seguridad. De momento el conocimiento que tenemos implicaría a toda o a buena parte de la Edad del Hierro, aunque por la trayectoria cronológica que se atribuye a algunas de las piezas, sobre todo las fíbulas, no es posible saber si son más o menos antiguas, al carecer de un contexto estratigráfico claro. No sería en absoluto descabellado considerar que el lote de hierros de la choza Be 2 de Maluquer de Motes proceda de algún escondrijo practicado por los habitantes de los poblados sucesivos, para los que sin duda las características físicas del monumental Cerro del Berrueco, con el poblado de Cancho Enamorado en su cima, tuvo que ser una referencia como mínimo defensiva en caso de necesidad. En Los Castillejos de Sanchorreja (Ávila), Navascués y Camps realizaron entre 1931 y 1934 las excavaciones que Maluquer de Motes publicaría en 1958. En los años ochenta González-Tablas llevó cabo nuevos trabajos en el yacimiento, dando lugar a una novedosa interpretación general de los inicios de la Edad del Hierro en la zona, provocando de paso una importante polémica. Las investigaciones de una y otra época constataron dos momentos culturales y sucesivos que han venido denominándose Sanchorreja Inferior y Sanchorreja Superior o nivel Inferior y Superior. El primero corresponde a Cogotas I y el otro a la Edad del Hierro. En esto coincidieron los dos equipos de trabajo, aunque en lo que se refiere a la posición de algunos materiales en la secuencia del yacimiento difirieron considerablemente. Así Maluquer de Motes sitúa las cerámicas bícromas y las fíbulas de doble resorte, en el nivel inferior. González-Tablas (1990: 64), en cambio, a partir de sus excavaciones situará tanto a unas como a otras en el nivel superior. Llama la atención el bérico y T.S.H. Los autores sospechan que pudiera haber habido un lapso de tiempo entre la primera ocupación y la de la Edad del HieiTo, aunque estratigráficamente no quede constatada con la claridad deseable (Benet et alii, 1991). En los años veinte J. Cabré excavó en el Castro de Las Cogotas reconociendo un nivel correspondiente a la Segunda Edad del Hierro, dentro del cual aparecían materiales intrusos con^espondientes a la cultura de Cogotas I evidenciando una ocupación anterior. Explícitamente Cabré (1930:45) dice que, salvo en algunas viviendas, en el poblado hay un sólo nivel arqueológico, apareciendo la cerámica más moderna y la más antigua juntas. Tal vez la mezcla puede deberse a la alteración del más antiguo durante la segunda ocupación o, en último caso, a la técnica de excavación utilizada en algunas cabanas. En los años ochenta, se han llevado a cabo nuevas excavaciones en Las Cogotas, en la zona que Cabré consideraba destinada ^.encerradero de ganados, sin que se haya observado una secuencia cultural continuada entre los dos momentos, ni la presencia de un nivel correspondiente a Cogotas I en el segundo recinto del yacimiento (Ruiz Zapatero y Alvarez Sanchís, 1995, 1998). En el Cerro de San Pelayo, en Martinamor (Salamanca), a unos 18 km al Sur de la ciudad de Salamanca, las excavaciones de N. Benet (1990) a mediados de los ochenta dieron a conocer un horizonte, que era desconocido hasta ese momento en la zona. Se trata de un cerro bien destacado, coronado por un afloramiento rocoso, con muy buena posición estratégica dominando una importante extensión de la vega del ríoTormes. Lo reducido de la excavación arqueológica sólo permitió la documentación parcial de una estructura en el nivel VI en la que aparecía un hogar, al lado del cual había tres recipientes cerámicos, dos lisos y uno decorado con vistosos motivos geométricos pintados en el interior que, a juicio del excavador, estarían emparentados con algunos recipientes hallados en la ría de Huelva y que, a su vez, tienen relación con las cerámicas de retícula bruñida (Benet ^í a///, 1991: 134). Las fechas de C-14 para el nivel VI, aunque en otro punto distinto de donde aparecieron los recipientes, fueron: 765 + 30 y 710+ 30 a.C. En las referencias bibliográficas a este yacimiento no se cita cerámica correspondiente a Cogotas I pero sí, en cambio, a la etapa campaniforme, con lo cual puede entenderse que la ocupación del Hierro I en el Cerro de San Pelayo es una rehabitación del yacimiento dentro de su historia particular. terada. Se mezclan materiales del final del Calcolitico y principios de la Edad del Bronce con otros, más frecuentes, correspondientes a Cogotas I y, todos ellos, a su vez con materiales cuya cronología implica a la fase inicial de la cultura del Soto, momento del que se pudo aislar un punto determinado en el que sólo aparecían cerámicas de este momento y fragmentos de bronce, uno de ellos una aguja. Como en el yacimiento de El Cerro de la Cabeza, interesa especialmente ahora constatar este momento cultural del Soto inicial. Además de los trabajos de campo en estos dos yacimientos, el reciente descubrimiento de otros seis nuevos en el mismoValleAmblés -La Lomilla (Muñopepe) (Figs. 1-2, 5), El Pradillo (Gemuño), LosArenalones (Guareña) (3) y posiblemente también El Cogote II (LaTorre) y El Campillo (Gemuño)-y en el inmediato por el Este Campo Azálvaro -Guaya (Berrocalejo de Aragona) y La Solana Angosta (Bernuy-Salinero)-suponen, por el volumen de materiales de superficie que han proporcionado, un conjunto de datos cuyo contenido es una novedad muy digna de tenerse en cuenta. Es importante resaltar, ahora que he aludido a la presencia de estos yacimientos de tipo Soto en el ValleAmblés, la proximidad geográfica que existe entre éstos y Los Castillejos de Sanchorreja, base principal para la formulación de las tesis de González-Tablas. El Valle Ambles es una unidad geográfica perfectamente definida y delimitada por el relieve (Fig. 1 ). Una de las altitudes mayores que flanquean el reborde norte de este valle, denominado Sierra de Ávila, es, precisamente, un significativo promontorio a 1.553 m de altitud (a 460 m de diferencia con respecto al fondo del valle), que preside la zona final del valle por el noreste en uno de cuyos picachos están enclavados Los Casfillejos de Sanchorreja. Los yacimientos aludidos de El Cerro de la Cabeza, Guaya (Figs. 2-3), Las Zorreras (Figs. 2,5) o LosArenalones (Figs. EL ESTADO DE LA CUESTIÓN J. González-Tablas ha sido quien más se ha preocupado por investigar directamente la etapa Ínteres) Debo agradecer a su descubridor, Jesús López Jiménez y a Rogelio Muñoz, propietario de las tierras donde se encuentra el yacimiento, ambos vecinos de Guareña, su ayuda en el rescate de materiales de este yacimiento. media entre el Bronce Final y la II Edad del Hierro en el Sur de la Meseta Norte. A principios de los ochenta González-Tablas retoma las investigaciones en Los Castillejos de Sanchorreja, iniciadas por Camps y Navascués y publicadas posteriormente por Maluquer de Motes (1958), con nuevas campañas de excavación que se interesan principalmente por el desarrollo de la secuencia cultural y su problemática. En una segunda fase, en 1987-88, continuará excavando en otra zona del yacimiento donde interpreta que se dieron rituales funerarios (González-Tablas, 1990). Las excavaciones de González-Tablas supondrán primero la verificación de que la estratigrafía hallada por Camps y Navascués y su agrupación en dos momentos sin hiatus alguno -Sanchorreja I o Inferior y Sanchorreja II o Superior-es cierta como evidencia morfológica del registro arqueológico. Encuentra tres momentos: el más reciente, denominado Sanchorreja Superior, representado por los niveles III y IV, con cerámicas a peine, pintadas bícromas abundantes y a torno pintadas con bandas paralelas en el borde, además de fíbulas de doble resorte, cuchillos de hierro, hachas planas y puntas de lanza. A diferencia de Camps y Navascués, a juzgar por lo escrito por Maluquer de Motes (1958: 64), González-Tablas sólo halla las cerámicas bícromas y las fíbulas de doble resorte en Sanchorreja Superior, ligadas a las cerámicas a peine. Sin solución de continuidad, tanto para él como para Camps y Navascués, antecede a lo anterior el nivel V (nivel (i y ^ de Camps y Navascués), atribuible al Bronce Final Cogotas I. Es el denominado Sanchorreja Inferior. Debajo de éste, pero sólo en la zona alta, se encuentra otro, no documentado en las excavaciones antiguas, del que dice contener cerámicas lisas (González-Tablas, 1989: 118). Un detalle de la base empírica parece quedar claro en los trabajos de campo antiguos y recientes de Los Castillejos: la no interrupción morfológica de la secuencia estratigráfica entre el Bronce Final y la Edad del Hierro, por tanto la aparente continuidad habitacional entre ambas fases, continuidad que admite Maluquer de Motes (1958: 93), si bien interpretando que la ruptura en la cultura material puede ser debida a un posible dominio exterior o influencia que posibilita el cambio. Previsiblemente, de la continuidad estratigráfica parta la primera certeza de González-Tablas (1990: 71) para considerar, en primer lugar, como Maluquer de Motes, que no hay ruptura entre Sanchorreja Inferior y Sanchorreja Superior, entre Cogotas I y las cerámicas a peine y, en segundo lugar, que los niveles superiores corresponden al Hierro I. Además de la evidencia estratigráfica, González-Tablas apunta con más énfasis otras adicionales y coincidentes con la esencia de la anterior: el factor morfológico diferencial aportado por las cerámicas a peine de Sanchorreja que, a su entender, suponen un estadio inmediatamente anterior a las cerámicas a peine características del horizonte Cogotas II en la Meseta Norte. Denomina a este estadio Sanchorreja II o Cogotas lia, le da una cronología de arranque cuando menos del 650 a.C. y lo cree paralelo al Soto II del centro de la cuenca del Duero. Con ello se muestra partidario de la existencia en ese momento de dos culturas paralelas en la Meseta Norte: Sanchorreja II y Soto II, con interrelación, sobre todo de la primera en la segunda. Ello le lleva, por una parte, a poner en duda su verdadera entidad, ya que hay bastantes yacimientos de ese momento en el valle del Duero en los que se dan cerámicas representativas de Sanchorreja II: las cerámicas a peine de tipo antiguo, las que se han denominado también de la fase Cogotas lia. Observa, por otra parte, una importante falta de tipismo en esas cerámicas de Sanchorreja, que atribuye a su carácter arcaico, por ejemplo los soportes formales, que reflejan la influencia de los Campos de Urnas delValle del Ebro (González-Tablas, 1990:64) o en la decoración interior de los vasos, a los que vincula con el Bronce Final, que culturalmente les antecedería, como la estratigrafía de Los Castillejos habría dejado patente en las excavaciones antiguas y en las modernas. Por tanto Sanchorreja II, según la opinión de González-Tablas, surgía como germen prematuro de Cogotas II y lo hacía a partir de la raíz tardía y perdurada de Cogotas I cien años más tarde de lo corriente en zonas limítrofes. Sanchorreja II alcanzaría desde principios del siglo VII a.C, a partir de la cronología de un botón cónico, hasta comienzos del sigloV a.C, como indicarían las cerámicas a tomo antiguas del yacimiento (González-Tablas, 1990: 66). Si bien en la estratigrafía de Sanchorreja no falta nada o no parece faltar nada, como tendría que significar la evidencia mostrada por dos excavaciones distintas en dos épocas distintas y dos lugares también distintos del yacimiento, ese espacio de tiempo de aproximadamente un siglo tendría que estar justificado por la perduración de Cogotas I hasta el 700 a.C, un siglo más de lo que se admite por la mayoría de los investigadores. Tendría que haber perdurado en las sierras del Sur de la Meseta Norte, hipótesis que se ha esbozado en más de una ocasión ante la falta de datos para negarlo. Para González-Tablas las cerámicas a peine de Sanchorreja son anteriores a las similares en técnica de la Meseta Norte, constituyen su precedente y representan el Hierro I de esa zona. Este momento es asociable a lo conocido en otros yacimientos como los salmantinos de El Picón de la Mora (Cerralbo) o El Cerro de San Vicente (Salamanca), situados más al Oeste de la zona que venimos tratando. Todos ellos representarán en el Sur de la Meseta Norte un mundo paralelo a la cultura del Soto de Medinilla en el centro de la cuenca del Duero (González-Tablas, 1990: 69), dándose la influencia de ambas faciès del Hierro I en el Cerro de S an Vicente de Salamanca como zona de transición (González-Tablas, 1989). Para ratificar su teoría, el citado autor analiza las secuencias más completas de la zona sedimentaria. Una de las estratigrafías más próximas y que mejor cuadran con sus postulados es la aportada por M. García y M. Urteaga ( 1985) en El Castillo de la Mota, en Medina del Campo. Esta estratigrafía es interpretada a favor de sus tesis considerando un hecho evidente y problemático: la presencia de cerámicas a peine en toda la secuencia del yacimiento, cuyo inicio se atribuye al Soto I (nivel II-3: 800-650 a.C), siguiendo con el Soto II (Nivel II-2: 700/650-550 a.C.) y por último el nivel II-1, fechable entre el 550-400 a.C, que los excavadores atribuyen a un momento antiguo de Cogotas II (Cogotas lia). La presencia de cerámicas a peine en la estratigrafía de La Mota desde el inicio (800-650 a.C.) ratifica las tesis de González-Tablas ( 1990:69) haciendo contemporáneas, paralelas e interrelacionadas las culturas del Soto y Sanchorreja II. Desde que González-Tablas expusiera su teoría hasta el presente se ha mantenido una importante controversia entre los investigadores de estas etapas en la Meseta Norte, centrada fundamentalmente en la aparición y origen de las cerámicas a peine y en la posible perduración de la Cultura de Cogotas I en el Sur de la Meseta Norte. R. Martín Valls (1986-87) veía una cierta indefinición en esta zona y consideraba esencial para la clarificación del problema la estratigrafía de Sanchorreja, cuya sucesión tal y como quedaba marcada por el registro arqueológico, a nadie le cuadraba. Es decir o sucedía algo se- dimentológicamente nada claro o en Sanchorreja Superior los niveles mostraban alguna alteración que producía la confusión. Era evidente que entre Sanchorreja Inferior y Sanchorreja Superior había una ruptura cultural presumiblemente motivada por una causa importante, bien una influencia externa, como la indicada por Maluquer de Motes, o bien por la transición insinuada por González-Tablas (las primeras cerámicas a peine decoradas al interior, localización similar a la de sus antecesoras de Cogotas I...), o por la apuntada por R. Martín Valls (1986-87: 60). Este admite la existencia de un/z/atus entre Sanchorreja Inferior y Superior, situando entre ambos momentos las cerámicas hallsttáticas que Maluquer de Motes coloca en los dos, así como las fíbulas de doble resorte, que González-Tablas sólo encuentra en el Superior. Interpreto que la propuesta de Martín Valls presupone una alteración en la estratigrafía por la cual no se distingue con claridad ese nivel transicional que él propone como intermedio hasta las cerámicas a peine, cuyo inicio sitúa hacia el 500 a.C., representando el principio de la II Edad del Hierro. Martín Valls (1986-87: 60) confiaba entonces que futuras investigaciones en el propio yacimiento de Los Castillejos de Sanchorreja o en Las Cogotas harían reconocer en la zona un nivel de transición a las cerámicas a peine tipo Soto o similar. No admitía, por tanto, las teorías de González-Tablas creyendo, además, que las cerámicas a peine marcarán en Sanchorreja el inicio de la II Edad del Hierro (hacia el 500 a. C.), coincidente con el fin del Soto II en el centro de la cuenca del Duero. En esa zona es, por otra parte, donde empiezan las primeras cerámicas de este tipo, como quedaría patente a través del C-14 en el yacimiento de El Castillo de la Mota, en Medina del Campo, no así en el registro arqueológico, ya que aparecen en la secuencia desde el principio -nivel II-3, entre el 800 y el 650 a.C-al final (García y Urteaga, 1985:134). Claro que nada impide pensar que estén más próximas a la fecha más reciente del nivel. Ello cuadraría mejor con la tesis de González-Tablas para esas cerámicas en Sanchorreja Superior, cuya cronología inicial sitúa en torno a la mitad del siglo VII a.C. De todos modos es necesario que los datos aportados por la secuencia de La Mota queden ratificados por nuevos trabajos con estratigrafías de potencia similar. Al no haberse producido nuevas investigaciones de campo en el sector suroriental de la Meseta Norte, la cuestión ha permanecido estancada durante una década sin que se modificaran las posturas, siempre basadas sobre la misma base empírica. Concretamente Delibes (1995), en un trabajo que contempla todos los datos existentes hasta ese momento para abordar la Prehistoria reciente de Ávila, considera que lo más prudente es esperar nuevos datos, mostrándose escéptico sobre la existencia de culturas residuales, como tendría que ser el caso de Cogotas I en el Sur de la Meseta Norte, según González-Tablas. Precisamente la intención de este artículo es aportar esos nuevos datos, contribuyendo a la definitiva clarificación de la secuencia y, al menos, a una parte del problema, aunque queden aún ámbitos o aspectos muy concretos por clarificar, como la tipología antigua, según González-Tablas (1989), délas cerámicas a peine de Sanchorreja con respecto a las más típicas y habituales que aparecen en el centro y en el Sur de la Meseta Norte. Los trabajos para el Inventario Arqueológico de Avila por una parte, algunos hallazgos casuales y el resultado de determinadas excavaciones de urgencia, muestran ahora un espectro de datos mucho más amplio y variado y, sobre todo, más acorde con una realidad que ya había sido verificada en otras zonas de la Meseta Norte, como en el centro de la cuenca del Duero. A través de lo que conocemos actualmente y expondré a continuación, estamos en disposición de extender, al menos hasta el sector sureste de la Meseta Norte, la secuencia cultural conocida para el Duero Medio, con sus mismos componentes. Es decir que la estratigrafía de Los Castillejos de Sanchorreja y, también, por lo que le toca de similaridad, la de Las Cogotas, no son el fiel reflejo de la realidad diacrónica sucedida desde el Bronce Final hasta la II Edad del Hierro. Considerar que en tan restringido territorio pudiera darse una dualidad de procesos evolutivos, con yacimientos en los que Cogotas I perdura y otros, al lado mismo, sincrónicos pero culturalmente distintos, sería sin duda forzar la interpretación de una realidad que parece mucho más simple. Si durante un tiempo la firmeza y doble confirmación de la estratigrafía de Los Castillejos pudo ser una razón a la que aferrarse como base, apoyán- dose, además, en la falta de otros datos empíricos que lo negaran, se vuelve ahora a la inversa con la aparición de esos datos. Es decir, parece necesario buscarle una explicación en Los Castillejos a la falta de un nivel de interposición entre la fase Inferior y la Superior, entre Cogotas I y Cogotas II representada allí, porque la realidad confirmada es otra y pone claramente en entredicho aquel proceso mostrado por una estratigrafía, que tiene que estar necesariamente incompleta. Posiblemente la explicación de esa estratigrafía sea la actuación de determinados procesos geológicos o geo-antrópicos que eliminaron el nivel arqueológico o estéril intermedio entre ambos momentos. Ese nivel curiosamente estaría presente en la Plaza de San Martín de Ledesma aunque, al parecer, según sus excavadores (Benêt et alii, 1991: 119) bastante alterado a causa de posibles tareas de terraplenado. Por el momento conocemos 14 yacirnientos adscribibles al Hierro I en la provincia de Avila y uno, al menos, en el Este de la provincia de Salamanca, sin contar con los datos antiguos y modernos sobre el particular aportados por las excavaciones en la ciudad de Salamanca. Todos los de Ávila se encuentran al Norte del macizo de Credos. Sin duda no son los únicos. De hecho algunos de ellos han sido identificados como tales a través de la revisión de los materiales de muestra recogidos por los prospectores y depositados en el Museo de Avila (4). A grandes rasgos podemos distinguir cuatro tipos de yacimientos entre los que novedosamente aporta este trabajo: Asentamientos en los que aparecen conjuntamente materiales correspondientes a Cogotas I y al Soto inicial. Representados por El Cerro de la Cabeza (Ávila) y Las Zorreras (Muñana) (Figs. Cuando se trata de cerámicas son de tipo tosco, grandes recipientes decorados con cordones digitados o labios incisos o impresos y, en ocasiones, con acanaladuras. Con éstas aparecen también cerámicas de pequeña capacidad, con pastas muy finas y superficies bruñidas, carenadas, decoradas con finas incisiones y adornadas con asas que parecen conseguidas por medio de un pellizco o pequeño mamelón perforado en la pasta, características inequívocas de este momento en todos los yacimientos conocidos y con paralelos en el Duero Medio (Quintana y Cruz, 1996; Balado, 1989). Paralela-mente se encuentran con cierta frecuencia piezas de bronce. Ambos yacimientos están ubicados en el borde mismo del Valle Ambles, en una situación coincidente con lo que es el habitat prototípico de los yacimientos calcolíticos allí mismo, sin preocupación defensiva. Simplemente parece buscarse el abrigo respecto a las inclemencias que vienen por el Norte a estas tierras frías abulenses. Yacimientos donde exclusivamente aparecen materiales correspondientes al Soto inicial, como Los Arenalones (Guareña) (Figs. 1-3) y El Pradillo (Gemuño), todos en Ávila. Se diferencian de los del grupo anterior en que no aparecen cerámicas de Cogotas I. El resto de la cultura material es la propia del Hierro I con una extraordinaria proliferación de cerámicas muy finas, carenadas y decoradas a veces con finas incisiones. La metalurgia de bronce está presente siempre. Del Pradillo se conoce una punta de largo pedúnculo y aletas. En LosArenalones es abundante con punzones, agujas, la punta de un puñal y frecuentes restos de fundición, como en Guaya donde, además, apareció un pequeño punzón. Los análisis realizados por el Dr. Salvador Rovira (5) confirmaron que siempre se trataba de bronce. Estos datos parecen indicar que la metalurgia del bronce sigue teniendo un peso específico muy importante, pareciendo ausente la del hierro. Están enclavados en lugares sin ninguna defensa natural, puede-decirse que todo lo contrario. Uno y otro están al lado de cursos de agua estacionales, sobre suaves laderas, en zonas con pastos que gozan de agua subterránea capaz de retardar el habitual agostamiento de los pastos al inicio del verano. En torno a Los Arenalones es posible la práctica de la agricultura además de la ganadería. En el de Guaya es la ganadería, al parecer, el único recurso adecuado a las circunstancias naturales de su entorno. Yacimientos en los que los materiales parecen corresponder al Soto I avanzado, tal vez en la transición al Soto II. 1-2,5) y Prados Galludos (Cabizuela), ambos en la provincia de Ávila.Todos ellos tienen un número suficiente de materiales estudiables con garantía para su catalogación cultural. Probablemente con ellos deban ser incluidos también El Campillo (Gemuño), El Cogote II (La Torre), El Rompido de las Berlanas (Hernansancho), La Lo- ^ milla (Muñopepe) (Figs. 1-2,5), Cerro de la Horca y Los Quijares (Mirueña de los Infanzones), Cerro del Río (Mesegar de Corneja) y El Gualdar (El Oso), todos ellos en Ávila. Presentan entre los materiales de prospección elementos del Hierro I, pero insuficientes por ahora para encuadrarlos con claridad dentro de un momento concreto. Por lo que sabemos aquí las asas dep^///zco o mamelón perforado disminuyen, lo mismo que los vasitos con finas incisiones. Se mantienen las cerámicas ñnas, bruñidas y carenadas y los labios y cordones incisos y/o impresos y digitaciones y/o ungulaciones en el cuerpo de las piezas, siempre ligadas a recipientes más toscos que los referidos vasitos. Son poblados poco extensos, ubicados, como los de los tipos anteriores, en lugares sin defensas naturales, ya sea en el reborde de un valle o en zonas llanas sobre suaves laderas al borde de arroyos poco importantes o en el entorno de zonas lagunares de las que abundan al Norte de Ávila. La Solana Angosta está en medio de un páramo húmedo en el que el aprovechamiento potencial parece ser más el ganadero que el agrícola, posiblemente un modelo económico aplicable a los restantes yacimientos mencionados anteriormente. Yacimientos con materiales que, en su conjunto, parecen apuntar al Soto II y a los inicios del Hierro II. Conocemos solamente el caso de El Castillo Bayuela (Hoyorredondo, Ávila) (Figs. 2, 9) y es importante su existencia en la zona para plantear algunas hipótesis sobre el desarrollo de la Edad del Hierro. Se encuentra en el Valle del río Corneja, afluente delTormes en el inicio de su curso medio, a tan sólo 16 km de los conocidos poblados de la II Edad del Hierro de Las Paredejas y Los Tejares, ambos englobados dentro del complejo arqueológico conocido como Cerro del Berrueco (Fabián, 1985). El Castillo Bayuela tiene una superficie en torno a las 2 ha. Está situado en una terraza ligeramente elevada sobre el río Corneja, en un punto aparentemente sin buenas condiciones defensivas naturales ni indicios de defensas artificiales, aunque llama la atención el topónimo (Castillo...), tal vez indicativo de algún tipo de defensa desaparecida para facilitar el cultivo que se lleva a cabo actualmente en todo el área del yacimiento. Sin estar dotada la zona de grandes condiciones económicas, puede desarrollarse la agricultura en los alrededores, a la vez que la inmediata vega del río puede proporcionar humedad suficiente para crear pastos hasta entrado el verano. Los materiales conocidos permitirían situarle a grandes rasgos en la transición de la I a la II Edad del Hierro, en la etapa que se ha denominado Cogotas lia. Hay cerámicas decoradas a peine antiguo (Martín Valls, 1986-87), algunas a torno muy finas, minoritarias entre el grueso de la vajilla, cerámicas a mano con estampillados muy simples, vasitos con pintura roja, cuentas de pasta vitrea y algunas cerámicas cuyas finas incisiones recuerdan a las decoraciones del momento de transición entre el Bronce Final y el Hierro I en el vecino Valle Ambles y en todo el centro del Valle del Duero. La secuencia cultural del yacimiento por sí misma no importa tanto ahora, como su propia existencia, representante, al menos, del final de la I Edad del Hierro en esa zona y de los momentos iniciales de la II Edad del Hierro tan elocuente en los oppida de Las Paredejas (16 km al Oeste), La Mesa de Miranda (Chamartín, Ávila, a 44 km). Las Cogotas (a 60 Km.) o el propio de los Castillejos de Sanchorreja (a 60 km) (Ruiz Zapatero y Alvarez Sanchís, 1995). Quizá pueda ser considerado un prototipo del momento inmediatamente anterior a la agrupación de la población en esos oppida ubicados en lugares altos, reforzados con importantes defensas aitificiales que deben ser el indicador del status reinante y en el que se han producido transformaciones de todo tipo capaces de generar un nuevo ambiente cultural y social. Yacimientos como El Castillo Bayuela ratificarían la teoría generalmente admitida de que, a partir de fines del siglo V a.C, se construyen los castros abulenses y salmantinos en detrimento de poblados como aquél. Sin embargo habría que aclarar la cuestión de si esos oppida son los yacimientos-tipo de ese momento y los únicos que existen, o hay otros menos evidentes, en lugares de menor referencia para el prospector, por ejemplo en llanura. Hasta ahora no se conocen a pesar de estar finalizado el Inventario Arqueológico de Ávila, si bien a un nivel de prospección arqueológica selectiva. Por tanto, la etapa que seguiría al momento representado por El Castillo de Bayuela sería la de los grandes castros abulenses, incluido el de Los Castillejos de Sanchorreja, cuyo inicio podría ser contemporáneo de aquel, como probablemente también lo sea el de Las Paredejas, dentro del complejo arqueológico de El Cerro del Berrueco (Fig. 10). CONCLUSIONES A PARTIR DEL NUEVO REGISTRO ARQUEOLÓGICO Las novedades mostradas por el registro arqueológico actual implican un cambio sustancial respec- necesariamente la revisión de los planteamientos de González-Tablas sobre la transición del Bronce Final a la Edad del Hierro y su idiosincracia. La evidencia de los materiales, aunque una parte sean producto de prospecciones superficiales, parece innegable: existe una etapa siguiente al Bronce Final Cogotas I cuyos materiales más representativos son, sobre todo, los pequeños recipientes cerámicos con frecuencia carenados de pastas muy finas y cuidadas, reductoras y bruñidas, a veces adornados con mamelones perforados y con asas muy características. La documentación obtenida ahora permite intuir, con todas las garantías y con paralelos suficientes, una fase de transición entre Cogotas I y el Hierro I que en algunos casos aparece representada a través de materiales de ambos momentos y en otros sin cerámicas de Cogotas L El desconocimiento de las claves de la transición impide por el momento saber si estos yacimientos suceden a los anteriores o son paralelos. En cualquier caso Cogotas I es sustituida en un determinado momento por otra cultura cuyas manifestaciones tienen paralelos muy claros y amplios en, al menos, la mitad meridional de la Península Ibérica, Levante y el Valle del Ebro. Claros delatores de ese cambio son los vasitos carenados y las decoraciones incisas, muchas veces ligadas a aquéllos y tan característicos de buena parte de la Península Ibérica -sureste. Baja Andalucía, Valle del Ebro, Extremadura y centro de Portugal-(Balado,1989; Romero, 1980). Estos vasitos parecen determinantes para situar la transición entre el Bronce Final y el Hierro I, aunque la cronología general de su uso conoce algunas fluctuaciones, posiblemente por la falta de investigación sistemática y de conjunto en algunas zonas en las que desde hace no mucho tiempo son novedad. Se dan fechas más altas o más bajas en función de los paralelos y asociaciones, algo lógico si tenemos en cuenta que estarían en uso durante un tiempo. Interesa aquí fundamentalmente el hecho de que constituyen, al menos en todas las zonas señaladas más arriba, la transición de la Edad del Bronce a la del Hierro y los primeros momentos de ésta, si nos atenemos, por ejemplo, a las fechas dadas para ellas en yacimientos bien conocidos como Peña Negra I, donde se fechan entre el 900/800 y el 700 a.C. (González Prats, 1992: 249, 253). Quintana y Cruz (1996: 34), valorando los datos externos e internos más al día en el centro del valle del Duero, las sitúan gro^^o modo entre principios del siglo IX y fines del VIII a. Naturalmente es necesario llevar a cabo un estudio más profundo de este momento en el Sur de la Meseta Norte, con excavaciones que impliquen dataciones absolutas fiables y datos arqueológicos en cantidad suficiente para establecer comparaciones. Pero por el momento, con lo que ahora sabemos, no hay motivos ya para seguir considerando T. R,56,n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es una perduración de Cogotas I, arrinconada y excepcional en estas tieiTas montañosas, mientras en su entorno se apuntaban a las nuevas tendencias venidas, al parecer principalmente, de la mitad meridional. La prueba más evidente es que los nuevos yacimientos del Hierro I están a los pies de Los Castillejos de Sanchorreja. El caso de la estratigrafía de Sanchorreja precisa pues de una explicación diferente, posiblemente de tipo sedimentológico y con ello, de la matización de las teorías de González-Tablas con respecto a las cerámicas a peine que él consideraba emparentadas con determinados patrones de la etapa anterior-Cogotas I-. Esto es algo que, de momento, no se podrá negar morfológicamente, pero ya de ninguna manera recurriendo a la proximidad cronológica y cultural de la fase de Sanchorreja Superior con Sanchorreja Inferior, por más que no encontremos un hiatus arqueológico entre ambos. Es necesario comentar también las circunstancias que rodean el habitat del Hierro I en el Sur de la Meseta Norte, sobre todo por cuanto difiere respecto a lo que va a suceder en la fase siguiente, el Hierro IL Los habitats del Bronce Final en la zona que tratamos tienen una doble tendencia: los hay en llano, en lugares poco escarpados al borde de valles y en lo alto de cerros que muestran con claridad una finalidad defensiva que incluso parece exagerada. Quien haya subido, sobre todo, a Cancho Enamorado, en el Cerro del Berrueco o a los Castillejos de Sanchorreja lo entenderá mejor. Unos y otros están mostrando sin duda, primero, que Cogotas I es una cultura que se desarrolla durante al menos quinientos años y, en consecuencia, que en tanto tiempo pudieron existir etapas en las que las circunstancias aconsejaran uno u otro tipo de habitats. Segundo que, dentro de la organización de dicha cultura, puede haber habido poblados coetáneos de diferente tipo en función de algunas circunstancias, que por falta de datos desconocemos. Y, finalmente, no debe ser despreciada la idea de que poblados en altura se dieran en los momentos finales de Cogotas I, más que en las fases inicial y plena. Eso parece contrastado suficientemente a partir de lo que se conoce y de cómo se enjuicia la cultura material de yacimientos como Carpió Bernardo, la Mesa de Carpió y el citado Cancho Enamorado en Salamanca y, en Avila, los de Los Castillejos de Sanchorreja, Las Cogotas o el poco conocido de LaTejeda (Órbita). Curiosamente Cancho Enamorado, Los Castillejos, La Mesa del Carpió, Carpió Bernardo y Las Cogotas, poblados todos ubicados en cerros escarpados, parecen corresponder a un momento terminal de Cogotas I, interrumpiendo su habitación antes de que aparezca ni una sola cerámica que implique al Hierro I. ¿Significa esta circunstancia que hacia los últimos tiempos de Cogotas I se produce una situación de intranquilidad general propiciada por el movimiento de pueblos y/o por el cambio cultural que entra por los Pirineos y por el Mediterráneo? Reiterando lo dicho anteriormente, elegir como lugar de habitación Cancho Enamorado, en lo alto del Cerro del Berrueco, debe indicar una situación muy difícil en ese sentido, otra explicación no cabe. Si los yacimientos en altura corresponden a esa hipotética intranquilidad transicional, lo cierto es que lo que siguió tras el cambio, a juzgar por lo visto en los yacimientos abulenses, fue lo manifestado por esos poblados en llano, previsiblemente anteriores a los de la etapa final, al lado de arroyos, sin especial preocupación defensiva, tal vez expresando con ello una cierta provisionalidad. A esa aparente despreocupación en la búsqueda de habitats defensivos del Hierro I va a seguir, ya durante el Hierro II, otra mentalidad diferente que no merece muchas explicaciones si se conocen los poblados de La Mesa de Miranda, Ulaca, Las Cogotas, LaTejeda o Los Castillejos, por citar sólo los abulenses, dentro de un panorama enteramente similar en todo el Sur de la Meseta Norte. El surgimiento de los oppida de la II Edad del Hierro, al parecer como único testimonio del habitat de esa época, está indicando un cambio sustancial no sólo en cuanto a los posibles peligros que provocan la elección de lugares altos y su refuerzo con murallas, sino también una organización de la sociedad que se agrupará en grandes poblados con todo lo que eso debe suponer.
Luis Vázquez es un antropólogo social del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social de Occidente (Guadalajara, Jalisco) que, por primera y única vez, estudia a los arqueólogos como grupo sociocultural. Su decisión nace del interés por comprender su ventaja respecto a los antropólogos en el control de los recursos asignados a cada campo de investigación en. Quiza por eso, y a diferencia de otros análisis sociales de la ciencia y los científicos, el autor nunca fue invitado a realizar su investigación. Los problemas de acceso, cuando no de rechazo, restringieron su uso de entrevistas formales y encuestas orientándole al análisis del dato cualitativo (pp. 19-20). Dentro de una "incipiente antropología de la ciencia comprende la arqueología en México como una tradición heredada de ciencia y cultivada en un entorno de tradicionalismo nacionalista...pero también de una administración anticuada de los bienes culturales, a su vez sujeta de un patrimonialismo presidencialista. En este marco sociopolítico, (dicha)...tradición es reproducida...(en) una cultura disciplinaria de evitación, desconfianza y conflicto...que impide, en conjunto, su transformación conceptual y la eclosión de masas críticas de arqueólogos cooperativos" (p. La obra es deudora de la filosofía hermenéutica crítica. Valora las experiencias y conceptualizaciones del observador externo y de los arqueólogos, asi como las conductas intencionales de estos últimos (Apéndice I). Ese enfoque y algunos aspectos de la temática (Rao, 1995) la acercan a la arqueología post-procesual. Entre ellos está ese énfasis en la importancia de las tradiciones regionales para comprender la práctica profesional, así como en el papel del nacionalismo como principal factor de desarrollo de dichas tradiciones. El caso escogido es relevante. México, como centro civilizatorio reconocido internacionalmente y una de las potencias mundiales de turismo arqueológico, focaliza la atención de numerosos arqueólogos. Pero, sobre todo, la República mexicana ha logrado un notorio consenso social sobre la conexión entre patrimonio arqueológico e identidad nacional. La paralización desde mayo de 1999 de las universidades "contra la privatización de la educación y de la herencia histó-rica", cuya gestión monopoliza el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH, 1938), expresa la vigencia del libro (Prefacio, p. 3) y su trascendencia mas allá del ámbito disciplinar. El Leviatán consta de un glosario de revistas e instituciones, prefacio, introducción, seis capítulos, dos apéndices y Summary (pp. 380-388). Los capítulos descienden del "mundo de las ideas arqueológicas... hacia el mundo social de la arqueología institucional, y con ella (al) conocimiento...de los grupos e individuos que la componen" (p. El capítulo 1 y el apéndice II conectan el desarrollo teórico de la arqueología mexicana entre los dos siglos con los etnólogos alemanes vinculados con la historia cultural. Según Vázquez, gracias a su difusionismo, la Escuela Mexicana de Arqueología conceptualizó el "área cultural mesoamericana" que permitiría incorporar los resultados de las excavaciones en todo el país a una historia cultural integrada del México antiguo. Este concepto seminal facilitaría, además, una continuidad histórica que serviría a la cohesión nacional, justificando la conservación y puesta en valor de los monumentos arqueológicos. El capítulo 2 refiere al sistema jurídico patrimonial de la arqueología mexicana la génesis y contexto social de su institucionalización y profesionalización. El peculiar dominio de lo público en función de lo privado de la corona española sobreviviría tras la independencia. La apropiación de la antigüedad indígena por el patriotismo criollo fundamentaría simbólicamente el nuevo nacionalismo mexicano. Desde entonces la arqueología crecería en profesionalidad pero no en autonomía. Incluso hoy el Presidente de la República es la única persona cualificada para determinar el estatuto del patrimonio antiguo (pp. 90 y 384). Esta administración clientelar conectaría la gestión de un patrimonio cultural pretendidamente público con la ciencia arqueológica. La arqueología se beneficiaría así de su compromiso esencial con la preservación de los monumentos identificados con el origen de la nación. El capítulo 3 caracteriza la práctica de la arqueología estatal y universitaria a través de sus instituciones, producción científica y grupos profesionales. De ello resulta una inesperada diversificación institucional conectada con la reciente proliferación de arqueologías regionales. El capítulo 4 valora la verticalidad (tamaño de la jerarquía interna) e intensidad (número de miembros o recursos aplicados)(p. 174) de los proyectos arqueológicos, gubernamentales y universitarios, "cualificadores de las clases de arqueología y de arqueólogos" T. R, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es (p. Según Vázquez, su concesión por el INAH introduce a los arqueólogos en una dinámica mas política que científica que mediatiza logros y "situaciones de conflicto por la prioridad de los descubrimientos o de rivalidad por la consecución de prestigio, poder o validación de una teoría o interpretación" (p. En el capítulo final "los dilemas de la arqueología mexicana" oscilarían entre la cooperación o la competición en la búsqueda del descubrimiento monumental y en el cometido interpretativo de la disciplina como ciencia. El "nudo gordiano parece estar en el concepto del pasado como monumento a la nacionalidad, concepto que aprisiona tanto a los arqueólogos como al poderoso Leviatán" (p. 278) que constituye el patrimonio enterrado. El libro encontró una "cierta resistencia a su difusión" en México (Rodríguez García, 1996: 7). El escaso interés de los arqueólogos en ser analizados como "grupo sociocultural" no dejaba mucha alternativa a la estrategia de su autor de "cuantificar lo cualitativo" (p. Puede que cualquier grupo profesional de ese u otro país, sometido a la antropología de la ciencia de Luis Vázquez, hubiera reaccionado de modo similar. Sea como fuere, ese escrutinio llevó aparejado un desvelamiento de identidades inusual en los estudios antropológicos. En realidad, los actos de "secreto y evitación son del todo normales" en los grupos científicos (p. Ponerlo en evidencia es una de las aportaciones del libro y el hecho de que el autor los experimente en carne propia no hace mas que reforzar su relevancia. Pero esos actos también pueden estar informándonos acerca del propio contenido del Leviatán y, en concreto, del modo como desciende de la historia interna de la arqueología mexicana a su historia externa. El autor demuestra su manejo de los debates actuales en epistemología y sociología en los apéndices y capítulos iniciales y, frecuentemente, en amplias disgresiones en los restantes (por ejemplo, pp. 258-262). Probablemente su tratamiento en un capítulo introductorio específico hubiera evitado esta redacción que confunde "la motivación central de esta indagación:...comprender y explicar la especificidad del pensamiento arqueológico mexicano y su modo de responder al cambio conceptual y ontológico" (p. En mi opinión, el contraste entre esa situación y la bien articulada presentación de la vertiente antropológica del Leviatán recarga la descripción del caso mexicano de un personahsmo que Vazquez rechaza explícitamente (p. Sin duda, reforzaron esa lectura de la obra los comportamientos de envidia y maledicencia, también normales entre científicos (p. 188), y el hecho de que el estudio de casos nos resulte mas familiar a cualquier arqueólogo que el de sus correspondientes fundamentos epistemológicos y sociológicos. Sería de lamentar que las reacciones emocionales, previsibles, que el libro despierta desvirtuaran su interés como análisis de una problemática mucho mas amplia que la mexicana: la interconexión entre la estructura social y cognitiva de una tradición científica y la administración pública del país donde se pone en práctica. A ese respecto, algunos argumentos específicos para la consulta del Leviatán por los lectores españoles son la conexión entre la concepción patrimonialista de la arqueología española y mexicana y el paralelismo del enfoque teórico-metodológico que las guía. Sobre ese trasfondo común, las notorias diferencias en la utilización política del patrimonio arqueológico en cada país pueden ayudar a valorar en su justa dimensión los sesgos nacionalistas que se han querido ver en la arqueología española tras las transferencias de las competencias en cultura a las diecisiete comunidades autónomas {contra Martínez Navarrete, 1998: 334-336). Las implicaciones que una y otra política arqueológica tienen en el protagonismo de las diversas instituciones y en la atención prestada por las respectivas autoridades nacionales a la presentación del pasado al público dan lugar a contrastes muy expresivos también. En líneas generales, el patrocinio de la universidad española sobre el patrimonio arqueológico -asumido tradicionalmente por la administración estatalfrente a la dependencia de la universidad mexicana respecto al INAH se corresponde con una difusión orientada en cada país a la publicación científica y a la conservación y reconstrucción de yacimientos. Esta última estrategia y otras de carácter preventivo son el reto que la administración, descentralizada desde mediados de los ochenta, planteará a la Universidad (Querol y Martínez Díaz, 1996). La aparición de un incipiente paralelismo entre la política arqueológica de las instituciones estatales españolas y mexicanas a partir de la democratización de nuestro país (Querol y Martínez Díaz, 1996) remite a la reflexión de fondo de Luis Vázquez: ¿a quien pertenece el pasado? El autor pone en evidencia la falsedad de identificar el uso patrimonialista del pasado con su «uso público» y de asimilar este último con los fines que los administradores estatales reservan al patrimonio arqueológico (Prefacio, p. Afirmaciones como «el patrimonio pertenece a la sociedad» o «al pueblo español» o mexicano ocultan la mediación de instituciones y leyes específicas que, por motivos científicos, nacionales o de competencia académica, en realidad, lo mantienen en muy pocas manos. En efecto, desde hace una década se vienen desvelando los conflictos en sociedades multiculturales y multiétnicas entre "lo público" y sectores sociales que reclaman la reinhumación de ancestros arqueológicos o conceptualizan "las zonas arqueológicas...como lugares sagrados, recursos turísticos, etnogénesis míticas o meras apropiaciones campesinas en litigio" (pp. 98-99; Layton (éd.), 1989). En el caso de España sólo recientemente algunas excavaciones en cementerios musulmanes y judíos han despertado ese tipo de sen-T. R, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es timiento de expropiación. Mas habitual es la decepción ante el poco eco que el interés local por el pasado suele encontrar en las instituciones. Los conflictos surgen, mas bien, entre la administración arqueológica y los particulares que se sienten perjudicados en sus intereses económicos, en su afán coleccionista o que se ven inmersos en las disputas por simple desconocimiento de la trascendencia de los vestigios. En cualquier caso, unas situaciones y otras ponen de manifiesto la contradicción de ocuparse del ingente patrimonio arqueológico "mediante una organización social de la ciencia con...resabios cortesanos y patrimonialistas" (Prefacio, p. Frente a esa paradoja, Luis Vázquez reivindica "una nueva actitud abierta de los arqueólogos para negociar su objeto de estudio con otros actores sociales" (p. Pienso que ese programa no sólo beneficiaría al conocimiento del pasado. Reduciría, además, ese otro Leviatan de los administradores de las cosas antiguas y de sus tributarios arqueólogos cuyas colosales dimensiones su libro ha ayudado a desvelar. Posiblemente esta obra sea la primera tesis doctoral leída en España sobre gestión del patrimonio histórico, motivo por el cual merece ser felicitada la autora. No es poco mérito romper fórmulas tradicionales e introducir temáticas tan nuevas como necesarias. Sin embargo, este buen principio no aparece secundado por otras características que, a mi juicio, explotaran más eficazmente su novedad. Me refiero especialmente a la desconexión entre el marco del trabajo y la realidad, tanto estatal como internacional. El libro se configura básicamente como una recopilación de reflexiones y consejos, extraídos fundamentalmente de autores extranjeros y documentos internacionales, sobre el modo ideal en que debería gestionarse el patrimonio histórico y cultural. En este marco, la situación actual se reduce a unas referencias extremadamente vagas, casi siempre en tonos negativos; tampoco se analiza la situación de quienes se dedican a la gestión de este patrimonio, que simplemente -es de suponer-aparecen englobados entre los reacios a la adopción de los nuevos enfoques preconizados por la autora. Esta ausencia de conexión con la realidad es tanto más chocante cuanto que el propósito del trabajo es incidir directamente sobre ella, intentando cambiar unas supuestas tendencias actuales que desconoce, o prefiere ignorar. Esta óptica idealista resulta esencial para comprender la significación del libro. Pero antes de entrar en ello, quiero hacer una anotación sobre su propuesta de denominación al patrimonio histórico, como «patrimonio histórico cultural», botón de muestra del trasfondo ideológico de este libro. El uso redundante de estos dos epítetos (todo hecho histórico lo es igualmente cultural) lo justifica en el desconcierto provocado por la amplitud semántica del término «cultural»; ante tanta dispersión prefiere seleccionar exclusivamente tras el concepto de patrimonio histórico cultural aquellos "bienes que han dejado huella en la historia, esos que no han seguido el destino de lo irrelevante y han marcado a los pueblos con rasgos propios" (p. Es decir, una vuelta a una historia de España del tipo "Sagunto, Cádiz, Numancia, Zaragoza y San Marcial", justamente lo que pretendía erradicarse con amplias definiciones sobre qué constituye nuestra herencia del pasado. A estos conceptos no se ha llegado como producto de la falta de orientación o del atraso, como sugiere la autora, sino que, antes bien, responden a deliberadas visiones de nuestro entorno más abiertas y plurales, que reaccionan contra el dirigismo oculto bajo intentos de "poner orden y marcar rumbos", como el abanderado por el libro que comento. Al recoger, para armar su propuesta, criterios sacados de otros campos de la gestión empresarial, R. Campillo ha captado perfectamente lo esencial del recetario neoliberal, para aplicarlo a la gestión del patrimonio histórico. Es justamente en esta virtualidad donde reside mi interés por el libro. La tesis básica mantenida con insistencia en la obra es que la gestión del patrimonio histórico debe abrirse a nuevos modos, cuya característica esencial es la conversión de la masa de bienes integrantes del patrimonio histórico en productos culturales destinados al consumo social. Hay muchas personas a quienes esta mercantilización de los bienes culturales nos horripila, no porque consideremos el patrimonio histórico como un mundo sacrosanto que no deba contaminarse al contacto con la economía, sino porque el sometimiento de cualquier otra consideración al vector económico, característica del neoliberal pensamiento único, nos resulta un reduccionismo nocivo para la finalidad social que debe perseguir la valorización de esa masa patrimonial. Contrariamente a la idea tan difundida hoy día, la T. P, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es teoría de mercado no se acopla a la poliédrica realidad del mundo de los bienes culturales. La adaptación entre ambos propugnada sólo cabe hacerla mediante la simplificación de los bienes pertenecientes al patrimonio histórico para convertirlos de recursos en productos aptos para el consumo. En este proceso, lo primero en perder significación es el valor educativo (término desgraciada, pero significativamente, poco frecuente en el libro), como testimonio de un itinerario social con sus luces, sombras y contradicciones. Esta consideración del bien cultural, como testimonio que incorpora una referencia a la cultura, que posibilita el enriquecimiento de la capacidad intelectual de las personas, es precisamente el bien público tutelado por el derecho. Suele argumentarse que ambas concepciones de los bienes culturales (la educativa y la económica) no sólo no son contradictorias, sino que deben ser complementarias. En teoría está muy bien, pero en la práctica resultan no ser tan amigables. La experiencia de los gabinetes pedagógicos de bellas artes de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía demuestra que efectivamente no es tan fácil. Ante la multiplicación por cinco del número de escolares que visitan actualmente museos o catedrales, tras los trece años de trabajo de estos gabinetes, algunos responsables de estos monumentos han intentado limitar la afluencia de menores (o confinarla en la franja horaria del mediodía) aduciendo que estorban a los turistas, principales receptores del consumo cultural. Otro ejemplo: hoy día se gastan considerables sumas de dinero en montar exposiciones, que gozan de un éxito de público sin precedentes, pero sólo ocasionalmente en el montaje de estos eventos se integran educadores y pedagogos para elaborar el material didáctico necesario para optimizar su aprovechamiento educativo infantil. En fin, podría seguirse y no parar, pero lo expuesto es suficiente como muestra. Si la autora de este libro hubiese descendido al análisis de la realidad, habría comprobado que se precisan algo más que píos y buenos propósitos para enmendar los problemas que presenta la gestión de nuestro patrimonio histórico. Estos tres libros tratan de ahondar en porqué se explica como se explica el origen de la humanidad en nuestros días, porqué han llegado a darse y a consolidarse un tipo de explicaciones y cómo se representan visualmente. Por lo tanto la doble vertiente gráfica y textual, el mundo de las teorías y las imágenes se encuentran indisolublemente ligados. Quizá lo que podemos leer entre líneas es que la mirada con la que nos acercamos a los textos arqueológicos en general y a estos tres en concreto puede estar algo distorsionada por nuestras propias preconcepciones. Pensar en las imágenes sugiere imaginación, licencia poética de los autores/artistas versus las teorías, los textos, la verdad objetiva. Sin embargo vemos a través de estas lecturas como el poso cultural que alimenta las imágenes no está ausente en el desarrollo de las teorías científicas que intentan y han intentado dar explicación al origen de la humanidad. Son manifestaciones distintas de un mismo sentir, expresión de una época y un marco geográfico concreto. Las relaciones entre las imágenes y las teorías, y así mismo entre el saber popular o de sentido común -sería ésta una aproximación más que una traducción a lo que el autor denomina antropología inocente-y el saber científico son complejas y ambiguas resultando a menudo difícil trazar la línea de separación entre ellos, tal como Stoczkowski (1994) plantea desde las primeras líneas. El libro más reciente, Moser (1998), quizá es el que más eco ha tenido. Sus planteamientos habían aparecido con anterioridad (Moser, 1992). Posteriormente han sido difundidos al gran público por Stringer y Gamble (1993), en el primer capítulo de su obra, al hacer referencia a los cambios en la forma de representar a los neandertales confrontando imágenes científicas y populares, algo realmente novedoso para el momento de su publicación. Merecía algún comentario por tanto. También el libro de Wiber (1997) ha tenido cierto reconocimiento al ser recensionado por Moser (1998). Si bien en el caso de Stoczkowski (1994), algo más antiguo, nos parecía justo hacernos eco de un libro interesante, algunas de cuyas ideas son compartidas por Moser (1998). Sin embargo pasó algo desapercibido, lo que podría explicarse en parte por el hecho de no estar publicado en inglés, sino en francés. Esto resulta coherente con la tendencia general de las revistas arqueológicas de mayor peso internacional que principalmente reseñan los textos escritos en lengua inglesa en detrimento de las producciones de países no anglófonos. Por otro lado, dado que no abordan un tema de máximo interés dentro de las líneas de investigación arqueológica en España, nos pareció necesario dedi- T P, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es carles unas líneas al menos a modo de curiosidad ante la probable no traducción de los mismos al castellano, no siendo por tanto la diferencia cronológica entre ellos un obstáculo para incluirlos juntos. En relación con los títulos, significativos en toda obra pues son la primera referencia sobre lo que puede contener, es en el de Moser (1998) donde encontramos una mayor coherencia entre el título y el texto: un estudio de la iconografía relativa a los orígenes de la humanidad. Si bien Stoczkowski (1994) en su planteamiento, que intenta analizar críticamente la ambigüedad de las relaciones entre el pensamiento popular y científico, nos introduce a su vez en el mundo de la imagen y no sólo de la palabra. Mientras que para Wiber (1997), que explícitamente se refiere a las ilustraciones, éstas constituyen más bien la excusa para extenderse sobre las teorías relativas a la evolución de la humanidad, resultando algo pobres las referencias visuales. Tanto el propio título del libro como los de los capítulos no son fiel reflejo del contenido, sino que pretenden captar la atención del lector. Así la cuestión de la posición erguida/curva no deja de ser anecdótica, sin ser en absoluto el hilo conductor (cfr. Stoczkowski nos ofrece una idea bastante clara de lo que abordará a lo largo de sus páginas: la dualidad entre el pensamiento "naïve" y "savante". Dos términos que reflejan la oposición que Ibáñez (1988: 33) plantea al definir la noción de representación social: En pocas palabras el conocimiento espontáneo, ingenuo (...) ese que habitualmente se denomina conocimiento de sentido común, o bien pensamiento natural, por oposición al pensamiento científico. Uno de sus mecanismos de funcionamiento es la objetivación esa proyección reificante que nos hace materializar en imágenes concretas lo que es puramente conceptual (Ibáñez, 1988: 48). El título también remite a la dualidad que Foucault (1991) estableció entre saber autorizado y no autorizado. La base sobre la que descansa el texto es esa ambigua, flexible y fluida relación entre los descubrimientos arqueológicos, las teorías y las representaciones sociales de los orígenes de la humanidad. El campo de los estudios sobre discurso visual en arqueología está aún por desarrollar. El hecho de que algunos de estos trabajos pioneros se centren en la etapa más antigua de la humanidad ha sido otro de los factores que nos ha llevado a valorarlos conjuntamente. La propia Moser (1998a) echa en falta en la obra de Wiber (1997) la consideración de tales antecedentes. La singularidad radica, sin embargo, en la forma de abordar un mismo tema ofreciendo visiones abiertas y enriquecedoras para la investigación. Podríamos haber incluido la obra de Molyneaux (1997) que se ocupa de las imágenes arqueológicas, donde aparecen sendos capítulos de Moser, junto con otros de Gamble, y Stoczkowski, pero dada la variedad de temas que aborda nos pareció más interesante centrarnos en uno solo, los orígenes de la humanidad. Curiosamente es volviendo la mirada al pasado más remoto de donde han surgido replanteamientos novedosos y cuestionamientos de la disciplina desde la arqueología del género (Conkey, 1991; Dobres, 1992; Gifford-González, 1993, Hurcombe, 1997). Wiber (1997: 1) incide en la popularidad del tema, siendo tal vez esto lo que explique el interés de los distintos autores por el mismo. Dos aspectos importantes a tener en cuenta son, por un lado, el hecho de que los tres autores se centren en las teorías e imágenes relativos al origen.de la humanidad en occidente, lo que está relacionado con la estrecha vinculación entre la historiografía de la arqueología y la iconografía arqueológica. En este sentido no es de extrañar que estas dos aproximaciones a la disciplina hayan sido objeto de estudio por Stoczkowski (1993Stoczkowski (, 1994Stoczkowski ( y 1997)). No podemos separar el estudio de las teorías interpretativas en arqueología de sus representaciones gráficas, por ello si la arqueología europea, occidental, tiene una historiografía y una terminología propias bastante diferentes de aquéllas de los contextos extraeuropeos como algunos estudios han puesto de manifiesto (Barnes 1990), un análisis de "otras" representaciones gráficas resultaría interesante y probablemente no coincidente con la tradición occidental, al menos totalmente (Gifford-González, 1993: 39-40). Otro aspecto que merece la pena destacar relativo a la interrelación entre las disciplinas es la visión antropológica. Stoczkowski y Wiber están hablando en todo momento de teorías antropológicas en sus diferentes versiones popular y científica. En este contexto antropológico no podemos dejar de lado la dependencia teórica de la arqueología respecto a aquélla. Así pues la arqueología no podía ser ajena a su interés por la dimensión visual, aunque sea con cierto retraso, cuando ya hay una importante tradición de estudios de antropología visual. El libro de Stoczkowski está estructurado en cinco capítulos. Cuenta con una breve introducción, si bien podemos considerar también como tal, a modo de planteamientos teóricos los capítulos uno y dos, siendo los capítulos tres y cuatro de análisis y el cinco las conclusiones. Resultan algo desequilibrados pues si casi todos ellos rondan las treinta páginas el capítulo tres con setenta resulta excesivamente largo al abordar distintos subtemas. Se trata no obstante de un libro breve que se lee con el mayor interés, con una prosa no exenta de ironía y un estilo que consciente del tema que aborda sabe conjugar los ejemplos "naïves" y "savantes" para resultar comprensible a un público amplio y no un mero ejercicio de erudición. En cuanto a las imágenes se echa de menos su intercalado en el texto, lo que daría más fuerza a su propio argumento: textos e ideas no pueden desligarse. Tal vez son escasas en número, sólo veinte, pero suficientemente representativas, teniendo en cuenta que no es la iconografía su objeto principal de estudio. La obra de Wiber está dividida en diez capítulos. Coincidimos con Moser (1998a) al considerar la muestra objeto de análisis algo limitada que, sin embargo, no presenta de forma sintética sino que resulta un texto tal vez demasiado extenso. En cuanto a las imágenes sorprendentemente pese a ser la imaginería visual su tema sólo son dieciséis, casi todas ellas muy recientes. Se echa de menos también su alternancia en el texto en vez de al final. Moser articula el texto en seis capítulos más un prólogo y las conclusiones, ambos muy valiosos por su carácter sintético y sugerente, sin que el prologuista eclipse a la autora como parece sugerir Chippindale (1999). El hilo conductor es cronológico, aunque como señala Kemp (1999) confiriendo especial relevancia a dos hitos que marcaron notablemente la visión de los ancestros europeos: el Renacimiento con el descubrimiento de las razas exóticas y el impacto de las teorías evolucionistas. Es la obra que más profundiza en los orígenes de las imágenes prehistóricas remontándose a las visiones míticas clásicas para llegar hasta nuestros días mostrando el complejo tejido de elementos antiguos y nuevos que se integran, matizan o refuerzan unos a otros. Podría decirse que las imágenes funcionan como los mitos según la visión levistraussiana. Tanto Stoczkowski como Wiber dan importancia a este aspecto narrativo estereotipado de las teorías relativas a la evolución y sus ilustraciones. Este esquema lineal de Moser se amolda también a los planteamientos de Stoczkowski al situar según las distintas épocas el saber autorizado en forma de discurso textual y visual en un ámbito concreto: la mitología, la religión, la historia, la ciencia o la cultura popular como crisol de todo lo anterior en la sociedad contemporánea. Respecto a las imágenes a pesar de que Chippindale (1999) considera que el número de imágenes es reducido, en nuestra opinión son las suficientes, ciento trece, para poder seguir con gusto la lectura. Por otro lado, está bastante equilibrada la extensión del texto y el número de imágenes, pues incluir más habría aumentado considerablemente las dimensiones de la obra y como el propio Chippindale (1999) reconoce también su precio. Es precisamente su brevedad y concisión lo que hace su lectura más atractiva. En este caso al contrario que en la obra de Wiber son más escasas las imágenes recientes debido al elevado coste y dificultades para reproducir imágenes protegidas por el copyright, problemática a la que se enfrentaron ambas autoras. A pesar de las diferencias, dos de los temas más interesantes que abordan Moser y Wiber en cierto modo el punto de partida y de llegada son compartidos por ambas dedicándoles sendos capítulos: las constricciones que las convenciones artísticas imponen a las imágenes científicas y la popularización de las imágenes prehistóricas. Podríamos considerar dos formas de aproximarse a la iconografía prehistórica, mientras que Moser opta por una prospeccción en vertical, buscando las raíces de la iconografía de la humanidad prehistórica dando respuesta a la pregunta ¿De dónde surgen estos motivos y elementos gráficos? Wiber parece realizar una prospección en horizontal lo que le lleva a moverse por diferentes disciplinas, antropología, historia del arte, teorías feministas, estudios de cultura material, popular y de masas etc. para comprender por qué se representa así a a los primeros seres humanos, por qué las mujeres se muestran de este modo y por qué desempeña la otredad el papel que se refleja en la línea evolutiva. Kemp (1999) recalca la ausencia en la obra de Moser de una variable más al estudiar las imágenes de la humanidad prehistórica: la influencia de los estudios fisiognómicos de fines del siglo XIX y la lectura moral que se hacía de las ilustraciones. Tampoco Wiber la tiene en cuenta pese abordar la dimensión moral relativa a las ideas de género, raza y progreso implícita en las imágenes. Un aspecto distintivo del tratamiento de Wiber respecto a los otros dos autores es el dinamismo. Wiber sigue un enfoque postmoderno, deconstructivista que no comparten Moser, como también señala Kemp (1999), ni Stoczkowski. Mientras su visión enfatiza el proceso de construcción y deconstrucción al que estas imágenes están sometidas enfatizando la posibilidad de ofrecer mensajes alternativos una vez que se conozcan claramente los que las imágenes actuales dejan entrever, consciente de su rápida difusión y globalidad. Moser y Stoczkowski ofrecen una visión más estática. Sin negar la posibilidad de cambios, muestran una serie de elementos que desde antiguas tradiciones se han ido perpetuando con pequeñas variaciones, o movimientos pendulares en su significado, lo que ha facilitado su asimilación y difusión sin dar importancia al proceso continuo, activo de creación que pueden sufrir tales imágenes en función de múltiples factores contextúales: público, ciencia, soportes, ideologías etc. Sin embargo, no podemos considerar estas imágenes el resultado inevitable de una línea evolutiva. Un problema que los tres autores destacan es la excesiva simplificación del texto y la imagen -centrándose en las imágenes bidimensionales (sobre dioramas cfr. La imagen no es un elemento pasivo fiel reflejo de una teoría sino que ella misma es teoría (Moser, 1992: 831; Van Reybrouck, (1998: 63) y tiene un activo papel al cubrir lagunas que el texto y los datos dejan (Kemp, 1999). Wiber (1997: 236) da importancia a algo que ya señalaba en mi Tesis de Licenciatura inédita Las dimensiones del Neolítico. Un análisis crítico del discrurso arqueológico. Plantea cómo los gustos, intereses y expectativas del público revierten en la divulgación. En su último capítulo sobre la mercantilización (en relación con las imágenes mercantilizadas, las ideas de género, progreso y raza implícitas y el papel que desempeña el turismo en su difusión cfr. Morgan y Pritchard, 1998) de las imágenes relativas a la evolución humana aborda toda una serie de factores que afectan a la ilustración, motivaciones de editores, ilustradores y autores. Plantea toda una serie de problemas que son ya un hecho como la dinámica de populari-T. P, 56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es zación y todos los mecanismos que despliega (Wiber, 1997: 218). Un ejemplo paradigmático en España sería Atapuerca en el contexto de los orígenes de la humanidad. En cierto modo la autora ofrece un amplio abanico de líneas de investigación a desarrollar más que un estudio de caso cerrado. Se mueve en un terreno interactivo, realizando entrevistas a investigadores, artistas y editores y encuestas para conocer cómo el público, los estudiantes en concreto, interpreta hoy las imágenes. La denominada arqueología cognitiva (Renfrew, 1994) ha experimentado un auge notable en la última década. Dicha corriente parte de una idea básica: que la mente es un aspecto fundamental en la comprensión del comportamiento humano. Esto atañe, entre otras disciplinas, a la arqueología, pese al reto metodológico que supone para ella. La arqueología cognitiva tiene dos campos de aplicación (Renfrew, 1994: 5). Uno es la mente moderna (la de Homo sapiens sapiens) y sus T. R, 56, n.^'2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es diversas manifestaciones en diferentes contextos; el otro es la emergencia de dicha mente moderna a partir de las de sus antepasados en la escala evolutiva. El libro que aquí se comenta es un ejemplo de este segundo aspecto. Su autor, Steven Mithen, acreditado paleolitista, es una clara muestra de la "conversión" al cognitivismo, como se advierte en la "Introducción", de no pocos arqueólogos procesuales, entre ellos Colin Renfrew (1994), tradicionalmente reacios a la consideración explícita de lo mental en virtud de su vinculación al funcionalismo y, más genéricamente, al materialismo. Hay que destacar, asimismo, la aparición prácticamente simultánea del libro del psicólogo William Noble y del arqueólogo lan Davidson (1996), alusivo al mismo tema, aunque con diferencias de planteamiento, como hacen notar los autores de sendas obras en recíprocos comentarios (VV.AA., 1997). La dedicación de la arqueología a este tema ha sido tardía en comparación con otras disciplinas, como la psicología. Sin embargo, su incorporación no puede considerarse gratuita, pues aporta un tipo de evidencia, el registro arqueológico, que se refiere de forma directa al comportamiento y, por tanto, a la mente de las especies estudiadas. Hay que resaltar la rápida traducción del inglés al castellano, de mano de María Eugenia Aubet, con apenas dos años de diferencia entre ambas ediciones, lo cual hace que la española no pierda apenas actualidad. A mi entender habría sido más correcto mantener en el título el término prehistoria en lugar de cambiarlo por el de arqueología, ya que el primero se ajusta mejor al tema del libro que el segundo, más apropiado para hacer alusión a la arqueología cognitiva en general, sobre todo a sus aspectos metodológicos. El libro tiene carácter tanto divulgativo como académico-científico. La publicación en la serie "Drakontos" de la editorial Crítica es muestra del primero, al estar dedicada dicha serie a temas del saber en general. Su carácter científico se advierte en la amplia bibliografía y en la nutrida sección de notas que refuerzan, amplían o matizan las afirmaciones vertidas en él. El libro se organiza en once capítulos y un epílogo. El primero ("Introducción") plantea el tema del libro y cómo la arqueología puede contribuir a su estudio. El segundo, claramente dedicado al público no especializado, hace una ingeniosa sinopsis arqueológica y paleontológica del largo período a considerar mediante una metáfora dramatúrgica, en la que divide el recorrido en actos y escenas y designa actores (las diferentes especies de homínidos). En el capítulo 3 se hace una exposición de los modelos de la mente moderna. A partir de aquí entramos en el meollo del libro, esto es, en cómo se fue gestando la mente moderna. Mithen plantea un modelo teórico (capítulo 4) en tres fases, el cual ilustra en los capítulos siguientes (capítulos 5 a 10) con cuatro ejemplos sucesivos, relativos a sendas especies o grupos de especies. El capítulo 11 es una recapitulación sobre lo expuesto en la que se incluye la evolución de la mente humana dentro de un modelo más amplio sobre la evolución de la mente de los primates. La estructura del libro plantea, por tanto, dos cuestiones básicas íntimamente relacionadas: una central, la evolución de la mente humana, y otra de referencia, cómo está configurada ésta. La primera cuestión remite, cómo no, al campo de la psicología y disciplinas afines. Existen dos modelos básicos respecto a la configuración de la mente en su faceta cognitiva, los cuales Mithen sintetiza con toda claridad: la inteligencia generalizada y la inteligencia especializada. Según el primero, la mente no tiene una estructura predeterminada, sino que la adquiere a través de la experiencia. Según el segundo modelo, la mente se organiza de forma innata en módulos funcionalmente especializados. Cada modelo lleva implícita una antropología. El modelo de la inteligencia generalizada se vincularía a aquéllas que hacen hincapié en los factores externos en la modelación del comportamiento humano, tanto desde un enfoque materialista (ambientalismo) como idealista (culturalismo). El modelo de las inteligencias especializadas partiría de aquellas concepciones que consideran que el comportamiento humano viene en gran medida determinado de forma innata. Mithen adopta una postura intermedia, según la cual la mente humana tendría diversos módulos especializados en funciones cognitivas concretas y, a la vez, una inteligencia generalizada que permitiría combinar estos conocimientos de forma creativa. Propone cuatro módulos o capacidades innatas para la mente humana, formados a instancias del carácter cazador-recolector que las sociedades humanas han mantenido durante la mayor parte de su historia. Uno estaría dirigido a la fabricación y manipulación de objetos (inteligencia técnica). Para este aspecto se basa, en gran medida, en los trabajos de Thomas Wynn. Un segundo módulo se orientaría al reconocimiento y conceptualización de los seres vivos (inteligencia de la historia natural). Un tercero, a la comprensión de los demás y a las relaciones con ellos (inteligencia social). El cuarto módulo sería el del lenguaje. En cuanto a la segunda cuestión, la evolución de la mente, Mithen expone su modelo teórico a dos niveles: general y concreto. A nivel general, mantiene que en la evolución de la mente se da una oscilación entre las mentalidades generalizadas y las especializadas. A un nivel más concreto, alusivo a la mente humana y la de sus antecesores más próximos, sugiere un modelo en tres etapas, el cual expresa mediante una metáfora arquitectónica, en la que equipara la mente a una catedral formada por módulos o capillas. En una primera etapa, la mente tendría una estructura meramente generalizada; en la segunda, se añadirían una serie de módulos, incomunicados entre sí; en la tercera, correspondiente a la mente moderna, se establecería la comunicación entre los módulos y su compenetración por medio déla inteligencia generalizada. Sustenta este modelo evolutivo mediante el estudio detallado de cuatro categorías de homínidos: 1) el antropomorfo ancestral o antepasado común del ser humano y el chimpancé; 2) los primeros Homo {habilis, ergaster y rudolfensis); 3) Homo primitivo (erectus y neanderthalensis); 4) Homo moderno (sapiens sapiens). Dicho T. P, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es proceso entrañaría en principio (de la fase 1 a la 2) una modificación creciente, que comenzaría por la inteligencia social en el antropomorfo ancestral, continuaría con la emergencia de los otros módulos en Homo habilis y culminaría con una modularización total en Homo erectus y Homo neanderthalensis. A dicha modularización sucedería (fase 3), ya en Homo sapiens sapiens, un renovado protagonismo de la inteligencia generalizada, la cual articularía los diversos módulos. Dicha articulación se basaría en el lenguaje, en origen exclusivamente ligado a la inteligencia social y, ahora, plurifuncional. Según esto, la mente del Homo moderno sería, al contrario que la de erectus y neanderthalensis, creativa y plástica. El autor recurre a diversas fuentes de información. La información arqueológica es utilizada mayoritariamente para los módulos técnico y de la historia natural, mientras que para el social y el lingüístico recurre más a trabajos de paleontología y etología. Esta segunda línea se advierte de forma particularmente acusada en el capítulo dedicado al antropomorfo ancestral, en el que Mithen echa mano de la analogía etológica de forma absoluta, debido a la ausencia de registro arqueológico y paleontológico. Para ello utiliza como referencia el comportamiento de otra especie, el chimpancé. El libro está bien escrito y construido, lo cual contribuye enormemente a que el modelo que propone Mithen resulte plausible. Sin embargo, es un modelo más entre otros, elaborado además de manera "advenediza" por un investigador cuyo interés explícito por las cuestiones es reciente. Para empezar, establece una estrecha correlación entre especie biológica y comportamiento, entre rasgos somáticos y psíquicos, la cual algunos investigadores no comparten (Lindly y Clark, 1990). El argumento básico esgrimido en contra de esta postura biologicista es que las manifestaciones materiales propias de la mente humana moderna (arte, ritual, etc.) aparecen muy posteriormente a la especie Homo sapiens. Otra cuestión es la relativa al modelo psíquico en sí. Que la mente humana está de algún modo jerarquizada es algo que sólo se le ocurriría negar al relativista más recalcitrante. Pero, ¿está ^tructurada como Mithen mantiene? Algunos de los módulos que propone le vienen en gran medida inspirados por su formación de paleolitista y estudioso de las sociedades cazadoras-recolectoras y difieren en mucho de otros más básicos o "abstractos", formulados por psicólogos, como el modelo de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, al que el mismo Mithen cita (pp. 46-48). Por ejemplo, en relación a la inteligencia técnica, existen dudas razonables en torno a la idea de que los Homo primitivos posean una propensión innata hacia la fabricación de útiles altamente estandarizados. Es lo que Davidson y Noble (1993: 365) denominan "falacia del instrumento acabado". Más compleja resulta la cuestión del lenguaje y sus orígenes (ver, por ejemplo, VV.AA., 1998), sobre todo si tenemos en cuenta la gran atención que ha recibido a lo largo de la historia del pensamiento occidental. En la actualidad, existe un acuerdo casi generalizado en que el lenguaje es una función psíquica altamente compleja, que requiere mecanismos innatos para su adquisición. Las diferencias se advierten a la hora de determinar su origen, temprano y gradual según Mithen, tardío y relativamente repentino según Davidson y Noble. Argumentan éstos últimos que el lenguaje es una forma muy compleja y diferenciada de comunicación, exclusiva de Homo sapiens sapiens, y en nada equiparable las utilizadas por el resto de los organismos. En conclusión, pese a la polémica que pueda suscitar (lo cual es más una virtud que un defecto), es un libro interesante, atractivo y muy bien construido y documentado, que transporta el estudio de la evolución humana y el Paleolítico a un campo nuevo y refrescante y que hace de la arqueología cognitiva algo más que una mera declaración de intenciones. Como parte de la colección "Science ouverte", este libro se destina a "todos los que se interesan por los orígenes del hombre" y brinda "los medios para comprender mejor los debates contemporáneos que se dan en el campo de la paleontología humana y de la prehistoria recurriendo, asimismo, al marco general de la historia de las ciencias de la vida, de la Tierra y del hombre". En tal sentido, esta obra se puede incluir en una doble tradición: por un lado, la inaugurada por Martin J.S. Rudwick (1987) con su ya clásico libro El significado de los fósiles. La conexión, en este caso. T. P, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es estaría dada por la idea de tomar una serie de episodios de la historia de las ciencias, que a la manera de pequeñas historias que se abren y se cierran, sirven asimismo como elementos indiciarlos para entender la consolidación y el abandono de determinadas ideas. Por otro lado, se puede relacionar también con la obra de Stephen Jay Gould (1981), quien toma a la historia de las ciencias para desarmar mitos científicos que actuaron o actúan no sólo en el extramuros sino también dentro de los confines académicos. Ambas tradiciones apuntan a un público amplio e incluyen tanto al lector no educado en la práctica científica como a los científicos mismos: conociendo los lenguajes y los debates desde el seno mismo de las ciencias, adoptan -a través del relato histórico-un modelo de relato corto que ilustra la estrecha relación entre las ideas y la sociedad que las produce y recibe. En el caso del libro que aquí nos ocupa, el recorrido de cada capítulo excede a los episodios que disparan el relato para llegar a una idea vigente en la sociedad contemporánea: de esta manera la función del suceso del pasado como espejo crítico del presente se hace evidente. El pasado, el origen del hombre, la vida cotidiana en la prehistoria, temas tan caros a las reconstrucciones y que han dado lugar a representaciones tan diversas en el imaginario público, son un campo propicio para esta crítica. Quiero destacar, que uno de los méritos del libro de Claudine Cohen consiste en no separar el imaginario científico de las ficciones públicas. Sin embargo, tampoco cae en la simplificación de igualarlos: los saberes están cargados de ficciones pero no es lo mismo consumirlas, producirlas para el gran público que lograr consenso dentro de un campo profesional para que tal idea sea aceptada. La obra está estructurada en tres partes: "Les mythes du premier homme'',''L 'invention des races humaines" y''Les fictions de la Préhistoire", unidas por las idées reçues de Gustave Flaubert Actuando como leitmotiv de toda la obra, las citas del imaginado diccionario de ideas conducen al capítulo final -claro que pasando por Víctor Hugo-donde Bouvard y Pécuchet, condensan el recorrido del libro. Esta mirada flaubertiana sobre las prácticas de las ciencias de la tierra es otro de los puntos más sobresalientes: la crítica de Flaubert a su propio siglo incluía al entronamiento de las ciencias en la vida cotidiana como parte de ese mundo de ilusiones tejido por la sociedad burguesa. Las ciencias de la tierra, surgidas en siglos anteriores fueron efectivamente "hechas una novela" hacia fines de la primera década del siglo XIX. La primera de las partes incluye una presentación de las tesis diluvista como marco de referencia para entender la emergencia de la idea del "hombre fósil". Aceptado como "hombre antidiluviano", es en los finales del siglo que la idea de "hombre prehistórico" dará lugar a las controversias sobre el lugar del hombre en la naturaleza, la búsqueda de orígenes y parentescos y del rasgo específicamente humano que hubiese permitido detectar materialmente el privilegio particular de nuestra especie. El capítulo''Sexe et erotisme dans la préhistoire'' introduce las interpretaciones del "arte prehistórico" como un campo particularmente proclive a las ideas provenientes de saberes diversos. Claudine Cohen afirma que no sólo constituyen "verdaderos tests proyectivos", sino que también presuponen una concepción del arte como un realismo casi ingenuo y acuñado con las representaciones del presente. Por ello destaca la obra de Leroi-Gourhan como un intento de encontrar sentido en el sistema mismo. Más allá de los cuestionamientos que la autora hace al marco interpretativo de Leroi-Gourhan, me parece oportuno recordar que los intentos que la arqueología post-procesual pretende haber acuñado en la última década resultan sólo una lectura algo tardía -y gracias a las traducciones al inglés-de la obra de los franceses. La segunda parte del libro presenta uno de los bestsellers del siglo XVIIL el Telliamed, libro donde el hombre se inscribe en la historia natural. De allí, se analizan en este capítulo y en los que siguen el problema de la unidad de la especie humana, la creación de la idea de "raza", la clasificación racial en las posesiones francesas de ultramar, la asociación de la raza a la lengua y a la cultura. La tercera parte, por último, relaciona la literatura francesa y los saberes antropológicos del siglo XIX. En el capítulo 7 "Une tempête sous un crâne. Profils et fossils chez Victor Hugo", el conocimiento de los métodos de la antropología que poseía y utilizaba en sus obras este escritor, le permite acceder a la importancia que el cráneo tenía como símbolo para la ciencia y la cultura del momento. Pero es a fines del siglo que la prehistoria se vuelve tema y escenario de la literatura popular. Consolidada como saber científico, da origen asimismo a aventuras ambientadas en paisajes de una Francia salvaje, habitada por hombres y mujeres remotos. Es interesante el T. P, 56, n."2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es caso de prehistoriadores que desdoblan su producción e identidad bajo seudónimo para sostener precisamente esta visión "viva" de la prehistoria. UHomme des origines está muy bien ilustrado y muchas de los grabados de fines del XIX y de inicios del XX muestran precisamente cómo las imágenes "secas" de los instrumentos prehistóricos se cargaban de emociones y de relatos a través de su inclusión en imágenes de paisajes inventados y construidos con elementos de procedencias diversas. Otro elemento original del libro es la combinación de episodios de la "paleontología" con la prehistoria y la paleontología humana. Si bien en los últimos años, tanto en la tradición anglosajona como en las francesa y española, han aparecido estudios sobre la paleontología o de las prácticas que hoy se ocupan del objeto de estudio de esta ciencia (entre otros Pelayo, 1996; López Pineiro, 1993), ni la prehistoria ni la arqueología geológica europeas del siglo XIX han merecido mayor atención (con la excepción de los clásicos de Glyn Daniel, 1974; van Riper, 1993). Es de destacar que Claudine Cohen señala un camino interesante: el estudio conjunto de la historia de la prehistoria y de la paleontología, manera en la que estas disciplinas eran desarrolladas antes de su profesionalización y de su institucionalización como saberes separados. El último capítulo sobre Bouvard y Pécuchet, estos personajes de Flaubert que encarnan al burgués ansiosos del consumo de saber, también nos muestra, como envés de esa ficción, que la práctica de estas ciencias en provincias unió historia, prehistoria e historia natural por mucho más tiempo que lo visible en las grandes instituciones metropolitanas. La incorporación de la distancia crítica flaubertiana nos recuerda que las ficciones literarias también generaron críticas en el mismo campo de la literatura. Como a Don Quijote sus novelas de aventuras, los libros de ciencia embarcan a Bouvard y Pécuchet en las aventuras del burgués del siglo XIX. Sin embargo no tropiezan con un mundo que ya no existe y que los mira como extemporáneos: el equipo del científico puede ser comprado por catálogo en los comercios de historia natural de París y las sociedades de amigos de las ciencias proliferan en la campaña francesa. Bouvard y Pécuchet no son dos caballeros andantes fuera de época, por el contrario, son el resultado de creer a fondo en estos saberes y ficciones literarios y científicos. A diferencia de Don Alonso Quijano, el fin de la aventura no es el retorno a una identidad abandonada. Bouvard y Pécuchet representan, en cambio, al hombre moderno atravesado por el consumo sucesivo de múltiples saberes banalizados que llevan, a veces, al hastío y a la desilusión. La aparición de un libro de Jean Guilaine, pese a ser un hecho bastante corriente, nunca deja de generar expectación. Desde hace treinta años este prehistoriador nos tiene acostumbrados a entregas de indudable atractivo -monografías sobre yacimientos, síntesis sobre culturas o periodos, trabajos de alta divulgación sobre grandes temas-y ésta que nos brinda hoy no constituye, felizmente, una excepción. Sin embargo nos apresuramos a advertir que, en rigor, no se trata de un libro más de Guilaine, sino de una obra que, aunque bosquejada por él, cobra vida de la mano de muy diferentes autores. Se compone, en efecto, de once piezas distintas que, por orden de aparición, firman N. Cauwe (1), H. Duday y R Courtaud (2), Ch. Boujot y S. Cassen (7), P. Moinat (8), A. Beeching y E. Crubezy (9), J. Vaquer (10) y, en último lugar, G. Loison, las cuales se utilizaron como texto de partida de un Seminario mantenido durante el Curso 1996-1997 en el Collège de France (Paris) bajo el título Sépultures mésolithiques et néolithiques, genèses mégalithiques. La dirección del mismo corrió a cargo, es casi innecesario decirlo, del Profesor Guilaine, de ahí su responsabilidad en la estructuración de esta obra, tal como él mismo explica en un breve avant propos, y en la redacción de unas presentaciones, también breves pero llenas de mordiente, a cada uno de los capítulos. Son, pues, incumbencia de Guilaine las preguntas que, sobre el amplio tema del megalitismo, desfilan a lo largo y ancho de este libro; también la oportunidad y habilidad de formularlas y, por supuesto, la elección de quienes, desde sus correspondientes dominios T. R, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es intelectuales, se hallan en condiciones de darlas cumplida respuesta. Y se trata de una responsabilidad y de un mérito no menores por cuanto dan la pauta y son el germen -aunque nada hubiera sido posible, evidentemente, sin la aportación de los auténticos escribidores-de esta original e interesante iniciativa que tiene por objeto analizar, desde ópticas no siempre coincidentes, aspectos tan controvertidos como la componente autóctona (o mesolítica) del megalitismo, la posible aparición de arquitecturas monumentales previas a los primeros dólmenes o el marco en que se produjo la irrupción de la costumbre del enterramiento colectivo en el Este y Sudeste de Francia, sin olvidar otros no menos actuales como la incipiente jerarquización que, a través de los documentos funerarios, se percibe entre las primeras sociedades agrícolas. El arrinconamiento de las viejas tesis difusionistas y el desplazamiento a un discreto segundo término de la obsesión por localizar la cuna del megalitismo no han conseguido mermar en los últimos años el interés por la cuestión del origen de este fenómeno. El debate sobrevive pero en términos bien distintos y, en apariencia, mucho más productivos. Autores destacados, como Hodder o como Sherratt, han vertido la idea, encontrando excelente acogida, de que en el Oeste de la Europa templada los dólmenes constituyeron una versión de la casa danubiana (Rubané), transferida así al ámbito de los muertos, lo que vendría a suponer que el megalitismo fue una realidad consustancial a la vanguardia del neolítico centroeuropeo en su asomada al Noroeste de Francia. Pero, en la estela de lo que años ha postulara H. Case, nadie se atreve a negar cierta componente mesolítica en la configuración de los primeros dólmenes, también reivindicada por algunos de los firmantes de nuestro libro. Duday y Courtaud, por ejemplo, llamarán la atención sobre la entidad y centralidad de las necrópolis mesolíticas en el ámbito atlántico y apelarán a su condición de precedentes funerarios indígenas, ya no sólo amparándose en el archiconocido testimonio de los cementerios bretones de Teviec y Hoëdic, sino sobre todo en la relevancia de una nueva necrópolis del VIII milenio a.C. excavada por ellos mismos: La Vergne, en Charente-Maritime. Pero los argumentos más contundentes de cara a reclamar esa componente mesolítica, y aún paleolítica, los encontramos, sin duda, en la contribución de Cauwe, quien sostiene que las tumbas dolménicas manifiestan los mismos comportamientos rituales (fueron sepulturas colectivas, abiertas, en las que los esqueletos, sometidos a reducciones y mutilaciones sucesivas, no encuentran ese descanso definitivo que sí consiguen los inhumados individuales del Rubané) que en ciertas sepulturas magdalenienses y sobre todo epipaleolíticas (la Grotte Margaux y l'Abri des Autours, en Bélgica, como casos más expresivos). Una situación que dará pié a afirmar que, como mínimo, en el megalitismo occidental se amalgaman dos tradiciones independientes: la del enterramiento colectivo, de raigambre mesolítica, y la de la monumentalización o tumulización, en este último caso, sí, uncida a las primeras sociedades agrícolas. tal como, por ejemplo en Bretaña, se encargan de recordarnos túmulos carnacenses y tertres tumulaires. Esta misma cuestión de la monumentalidad se convierte en piedra angular de otra gavilla de artículos del libro reseñado. El reconocimiento del megalitismo como primera arquitectura monumental de la historia, aquel discurso que dio en repetirse pomposamente cuando se comprobó, tras la primera revolución del radiocarbono, su mayor antigüedad que la de las pirámides de Egipto, ha ido derivando a otros planteamientos más complejos en los que se contempla el fenómeno de la monumentalización como algo progresivo. Ya, en su día, prehistoriadores como Thomas o Bradley desconfiaron de que la monumentalidad tuviera que haberse desenvuelto necesariamente en el seno de comunidades con una economía neolítica plenamente desarrollada y con sólidos excedentes, y ahora se recupera esa misma idea al incrementarse la profundidad cronológica de los primeros intentos de monumentalizar el paisaje. Estos habrían precedido, en efecto, a la etapa propiamente megalítica, conforme se aprecia en la clásica secuencia de las sepulturas bretonas neolíticas trazada por Boujot y Cassen en 1991, y no sólo en el caso de las ya referidas tumbas carnacenses o de sus asimiladas del golfo de Morbihan -de mediados del V milenio-sino también en el de los complicados enterramientos tipo Bolloy o Passy de los valles del Sena y del Yonne, que han invitado a Mordant a hablar de la emergencia de una arquitectura monumental ante-megalítica, en la que, en justicia, también habrían de incluirse agregarse las tumbas «sous dalle» de tipo Chambon/Malesherbes y los «premegalitos» normandos de la llanura de Caen. Se llega a la conclusión, así, de que no existe una línea de demarcación neta y simple entre paisaje salvaje y paisaje doméstico, sino una rica gradación cuyos matices será preciso perfilar en cada caso. Si se desplaza la vista a las tierras orientales de Francia (el Macizo Central, el valle del Ródano, los Alpes o el Midi) conservando idéntica altura cronológica, no debería sorprender, en principio, una momentánea pérdida de contacto con ese mundo de las sepulturas megalíticas tan tempranamente arraigado en la fachada Atlántica, pues es sabido que los dólmenes en este espacio tardaron en cuajar. Mas los elegidos por Guilaine para tratar este aspecto enseguida nos previenen de que la situación no es tan simple como acostumbra a pintársenos desde el momento en que, sobre todo en el complicado mundo funerario chasseuse, cada vez se perciben más rasgos afines a la tradición de las grandes sepulturas del Oeste. Una percepción, por cierto, que propicia precisamente ese juego de palabras de las génesis de los megalitismos del que queda constancia en el propio título de nuestro libro. Es cierto que el tipo de poblamiento registrado en el Midi pudo influir en la adopción de un particular modelo funerario -en teoría, la entidad de los habitats languedocienses y provenzales del Neolítico Medio haría innecesario dotar de monumentalidad a unas tumbas no llamadas a ser símbolos territoriales-, pero los datos arqueológicos no acom-T. E, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es pañan tan dócilmente a la teoría. Con frecuencia tales tumbas, aunque denotando un fuerte polimorfismo, revisten carácter colectivo y, cual ocurre en los mejores megalitos, actúan como osarios abiertos de uso diacrónico; no escapan, además, a periódicas reaperturas ni a ceremonias que implican la manipulación de los restos esqueléticos de los difuntos, y, en ocasiones, como en el Camp del Ginèbre, Caramany (Pirineos Orientales), aunque se trate de simples inhumaciones individuales, en cista, no renuncian a la monumentalidad -cuentan con la protección de cairns circulares-mostrando bien a las claras una voluntad de exhibición. Así se comprende por qué Beeching y Crubezy, al analizar las sepulturas chasseuses del corredor del Ródano, reclaman que no se disocie tajantemente su problemática de «las» génesis del megalitismo, por más que Vaquer proclame coherentemente la originalidad y complejidad de las prácticas funerarias de dicho grupo. Como colofón y desde su omnipresente silencio, Guilaine lanza a la arena una última cuestión de indudable interés, pero también de enorme dificultad, al preguntarse por la validez de la ecuación sociedades neolíticas = sociedades igualitarias. Tal vez una pretensión algo ingenua por cuanto la documentación para explorar en este asunto, aunque con nuevos nombres, se limita a los mismos lugares comunes invocados en otras muchas ocasiones -el reconocimiento de «solidaridades verticales»-, a través de la riqueza de los ajuares de ciertas tumbas infantiles, tanto en las fosas simples del horizonte de las cerámicas lineares (v.g. Vedrovice), según destaca Jeunesse, como en las cistas del grupo de Chamblandes; el trasiego de bienes de prestigio a larga distancia; los contrastes en la energía invertida en la estructura de las tumbas, etc., pero, indudablemente, también una apuesta de futuro que se nos antoja particularmente promisoria en el territorio del Midi donde es posible recurrir no sólo a los datos del mundo funerario sino también a aquellos correspondientes a los lugares domésticos (no faltan pruebas irrefutable, por ejemplo, de una acusada jerarquía de poblamiento desde el Neolítico Medio). El reconocimiento de algún tipo de estratificación en las sociedades neolíticas no constituye ninguna novedad; también la hay en las sociedades cazadoras-recolectoras. El reto consiste en descifrar el tipo de la misma, en ser capaces de distinguir entre estatus adquirido y adscrito, en llegar a captar verdaderas estructuras de desigualdad y dominación, en precisar en qué medida el almacenamiento social revierte equitativamente en la sociedad o beneficia preferentemente a quienes lo administran y controlan, etc. Insistimos por ello en que se trata, tal vez, de una pretensión ingenua y desmedida pero que no carece de la virtud de operar como una prospectiva y como una invitación para que el análisis de tan apasionante tema sea abordado en un próximo futuro con la necesaria profundidad. El mérito y el interés de la obra reseñada son incuestionables y no queremos dejar de manifestar nuestra admiración por ella. La investigación sobre el tema de los enterramientos neolíticos ha experimentado gracias a ella un avance resuelto que permite cobren sentido nuevas preguntas antes impensables, lo cual representa un virtuoso ejercicio de anamnesis. Personalmente, sin embargo, hubiéramos deseado encontrar como pórtico de este valioso trabajo una introducción más sosegada y erudita, en la que no se pasaran por alto aspectos historiográficos que consideramos fundamentales y en la que, más concretamente, se trazara una panorámica o síntesis de tanta teoría general como hay hoy disponible para el estudio de las prácticas funerarias neolíticas. Es posible que no se trate de una omisión sino de una actitud deliberada, de rechazo a tanto discurso en Prehistoria reducido a la especulación. No obstante, tan negativo es que prevalezca el paradigma sobre los datos como confiar candorosamente en que éstos sean capaces de cobrar vida al margen de aquél. Porque ¿acaso resulta viable convertir los documentos en información sin la referencia de un modelo externo? Reivindicar a estas alturas un equilibrio entre teoría y datos es poco más que un brindis al sol y una de las coautoras de este libro, Christian Jeunesse, viene a reconocerlo con rotundidad cuaijdo escribe: «Los datos existen; es preciso liberarse simplemente del corché del paradigma dominante para poder extraer de ellos toda su riqueza» (p. En esa frase se resume todo un procedimiento de investigación que no puede prescindir del paradigma como telón de fondo dialéctico; por el contrario, pretender que las teorías lleguen a germinar a partir de la simple observación puntual de los datos arqueológicos nos devuelve sencillamente a la utopía. Germán Delibes de Castro Dpto. de Prehistoria y Arqueología. Facultad de Filosofía y Letras. J.L. MONTERO FENOLLOS: La metalurgia en el Próximo Oriente antiguo (IIIy II milenios a.C). La escasa aportación de la arqueología española a la investigación del Próximo Oriente antiguo es un hecho historiográficamente reconocido. Esta situación se ha paliado levemente desde finales de los 80 y en los 90 con un mayor número de intervenciones de misiones arqueológicas en el extranjero, aunque no siempre con el adecuado apoyo institucional. Pero si centramos el tema en la arqueometalurgia, la aportación puede decirse que ha sido inexistente hasta los trabajos de Montero Fenollós, publicados parcialmente en revistas especializadas extranjeras (por ejemplo en Akkadica u Orient Express) y ahora en este magnifico libro de síntesis, resultado de su Tesis doctoral defendida en la Universidad Central de Barcelona. Varios son los méritos de este libro, que debería ser imprescindible en la bibliografía recomendada por pro-T. P, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es fesores universitarios de nuestro país. Por primera vez se dispone en castellano de un trabajo actualizado sobre la metalurgia en esta zona, con una exhaustiva documentación bibliográfica y aportación de las últimas novedades de materiales y análisis, especialmente de la zona del Alto Eufrates. Además se combina de forma integradora la información arqueológica, tecnológica y textual, de modo que las carencias de unas se suplen o explican con las de los otros. La lectura es, además, fácil y ágil, y las argumentaciones se desarrollan sin miedo a confrontar posiciones distintas, aclarando datos utilizados muchas veces incorrectamente. Las figuras, mapas y gráficos complementan de manera adecuada la lectura del texto. El único matiz que se le puede poner es que no cubre completamente el II milenio a.C, y atiende principalmente a su primer cuarto, como claramente se aprecia en los cuadros tipológicos del Alto Eufrates. Pero además de sus cualidades didácticas entra de lleno en los problemas que hoy tiene abiertos la investigación arqueometalúrgica. Durante la década de los 90 dos han sido las polémicas más intensas: una centrada en el comercio y procedencia de los lingotes piel de buey {oxhide ingots) del Mediterráneo Oriental (por ejemplo Budd et alii, 1995 contra Stos-Gale et alii, 1997) y otra sobre las minas de estaño de Kestel en el sur de Anatolia, con el debate mantenido entre Muhly contra Yener y Vandiver en el n° 97 del American Journal of Archaeology (1993). Es en este segundo tema donde las aportaciones de este trabajo son determinantes y en especial los datos de los materiales del yacimiento de Qara Quzaq, en el norte de Siria. La constatación del uso de bronces (aleación de cobre y estaño) en los inicios del III milenio a.C. y su presencia, aunque no mayoritaria, en los objetos manufacturados durante todo el milenio disipan las dudas argumentadas por Muhly sobre la escasez de la aleación con estaño en la metalurgia de la zona. El siempre polémico tema de la intencionalidad o no del cobre arsenicado queda detalladamente expuesto con los pros y contras según los autores y marca claramente la complejidad de situaciones existentes y la posibilidad de que ambas opciones sean ciertas, dependiendo de los casos. Se echa en falta, sin embargo, algunos comentarios críticos a ciertos datos que no son en si mismos concluyentes, aunque los autores que los manejan así los consideran. Sirva de ejemplo la drástica sustitución del arsénico por el estaño, argumentada para marcar la intencionalidad de su adición (p. Pero en realidad, aunque la presencia de arsénico disminuye claramente en las piezas de bronce, esa sustitución no es tan drástica, ya que no deja de existir un porcentaje cercano al 20 % de objetos aleados con estaño en yacimientos de la zona de la presa de Tisrin que presentan valores de arsénico superiores al 1%. En las piezas de cobre de la misma zona algo menos del 50 % superan el 1 % As. Teniendo en cuenta que la fijación del estaño al cobre exige temperaturas medias de trabajo más altas, con los riesgos de mayor volatización del arsénico, es posible entender que con materia prima similar los porcentajes de arsénico se reduzcan de manera natural. Si además la aleación de cobre-estaño se realiza a partir de los elementos metálicos, como indicaría la existencia de los lingotes, la fundición del cobre provocará perdidas inevitables de arsénico y una menor retención en las reacciones de captura del estaño. Sin olvidar, no obstante, que nos queda mucho por conocer de esas reacciones termo-químicas en el interior del horno y en los crisoles en condiciones de bajo control térmico o, dicho de otro modo, de inhomogeneidades internas de temperatura durante el proceso. Resulta reveladora de las nuevas formas en que debe abordarse esta cuestión y de la visión integradora del autor la frase siguiente (p. 112): "El problema del origen natural o artificial de la aleación de cobre arsenicado no debe analizarse, como suele ser habitual, de un modo global, sino de una forma más local o regional. El estudio de diferentes áreas de producción metálica en conexión con sus fuentes de suministro de mineral está aportando nueva luz al respecto". Por último quisiera destacar el esfuerzo y habilidad que implica el uso de información procedente de diferentes equipos. No sólo en el análisis de materiales inéditos, tanto de las nuevas excavaciones en el área de la presa de Tisrin por parte de equipos de nacionalidades distintas (española, francesa, italiana e inglesa), sino de materiales antiguos de museos como los del Louvre, British Museum o Ashmolean de Oxford, y su ejecución en laboratorios de Heidelberg, Oxford y Barcelona. Es claramente un trabajo de vocación internacional, no sujeto a fronteras, y menos a absurdos localismos. Su elaboración demuestra una gran valentía, pero también una capacidad intelectual que no esta al alcance de muchos investigadores. El trabajo, sin duda, ha merecido la pena. De la PhD de Craig Merideth se hablaba en los ambientes arqueometalúrgicos iniciados incluso antes de que fuera defendida en Londres en 1996 ó 1997 (la bibliografía más reciente que ha manejado es de 1994). Es de agradecer, pues, su publicación por Archeopress, aunque los precios a los que se están poniendo (inexplicablemente) los BAR no facilitan precisamente su adquisición. Leyendo la relación de agradecimientos de las páginas 1 y 2 uno encuentra sobradamente justificada la fama de incansable correcaminos de Merideth, viajando en su pequeño todo-terreno atestado de herramientas para el trabajo de campo, cajas de embalaje y equipaje para sus largas campañas -en ocasiones en solitario-por las tierras de Salamanca, Extremadura, las Beiras y el Alentejo, estirando casi milagrosamente un nada magro presupuesto. Recuerdo entrañablemente nuestro encuentro en septiembre de 1998 en Logrosán (Cáceres), un día de recias tormentas. El equipo de arqueólogos de la Universidad de Extremadura había abandonado el campo el día anterior debido al mal tiempo, pero en la pensión del pueblo me dijeron que "el inglés" -en realidad es estadounidense-estaba en lo alto del Cerro de San Cristóbal. Cuando bajó, ya caída la tarde, me contó con entusiasmo los resultados de la campaña y me enseñó los materiales recogidos, sobre los que discutimos largamente. Este párrafo introductorio creo que es necesario para entender en sus justos términos el candor que destilan el Capítulo 1 {Project intentions and explanations) y otras partes del libro, en las que el autor nos narra con meticulosidad de diario detalles que parecen innecesarios, pero que sin duda forman parte de la experiencia personal del investigador con las que justifica por qué no ha podido llegar más lejos. Porque, ciertamente, y aunque sea adelantar acontecimientos, los resultados de este proyecto, meritorios en muchos aspectos, tienen su otra cara decepcionante pues las prospecciones no siempre han sido lo fructíferas que esperaba. Merideth es honrado y no nos oculta nada, para aviso de navegantes. La propia expresión survey for empleada en el título ya nos anticipa que es una búsqueda de las desconocidas o poco conocidas minas y fundiciones antiguas. No siempre las encontrará, y cuando las halla, no siempre obtendrá información relevante de su prospección superficial. Sobre un esquema clásico de tesis, el libro acoge una serie de capítulos necesarios para la puesta en escena que van desde una breve historia del estaño a aspectos geológicos y mineralógicos de dicho metal y su localización geográfica en Europa, ¡todo ello en 17 páginas! El Capítulo 7 (pp. 38-44) está dedicado a una síntesis de las culturas prehistóricas del área en estudio, extraída principalmente del manual de Jordá et alii (1989) y de otras obras generales. Es evidente que a C. Merideth no le preocupa profundizar en cuestiones en revisión tales como el Bronce del Suroeste o el Campaniforme. El mencionado capítulo quizás no alcanzara el aprobado ante un tribunal de investigadores españoles, aunque haya resultado pasable para los ingleses. Es sintomático, por otro lado, de lo poco rigurosos que son en ocasiones los arqueometalúrgicos de la escuela anglosajona a la hora de trabar los hechos tecnológicos en una armadura cronológico-cultural, en particular cuando trabajan fuera de sus fronteras. El meollo del libro de Merideth comienza en realidad en el Capítulo 8 {The archaeometallurgical survey, p. 45), un detallado inventario de los 42 sitios visitados y de los materiales recogidos en superficie. Los de interés arqueometalúrgico se reducen a 103 muestras, de las que tan sólo 18 son escorias metalúrgicas, lo que da idea, por un lado, de la escasez de restos conservados en superficie, y por otro de la magnitud de la inversión (más en tiempo que en dinero) efectuada para encontrarlos. Tras un breve capítulo de metodología de laboratorio se entra en los resultados analíticos (Capítulo 10). Desde el punto de vista metodológico, la instrumentación empleada es la adecuada para los fines que se pretenden: microscopía óptica de muestras pulidas, microscopía electrónica de barrido (MEB), análisis semicuantitativo con la microsonda del MEB y con otros microanalizadores y difracción de rayos X. Serios reparos pondría yo a la forma de presentar los resultados analíticos. El primero es de orden práctico pues el autor rechaza la posibilidad de ajustar las composiciones al 100 % y las da "en crudo", obligando al lector interesado a hacer los cálculos necesarios para el ajuste, sin dar pistas acerca de qué elementos químicos se han buscado (¿sólo los analizados?) y qué otros no. Al faltar estos datos, uno puede llegar a la conclusión de que las calibraciones de la microsonda empleada son más bien deficientes, pues actualmente, con una buena calibración del aparato, la composición sin ajustar y la ajustada a 100 se parecen bastante incluso cuando se analizan como elementos los óxidos (oxígeno incluido, claro está). Se equivoca el autor al pensar que esa manera de dar la composición de un mineral o de una escoria es "más real", como veremos a continuación. Las escorias están constituidas habitualmente por compuestos oxídicos y, por regla general, su composición se da como óxidos según un modelo más o menos estandarizado en las publicaciones especializadas. En cambio el autor, quizás para economizar tablas, nos la ofrece como porcentajes de elementos, una forma poco legible a primera vista. Algo similar podríamos decir de la mayoría de los minerales estudiados. Veamos un ejemplo: la muestra n° 10 de la mina Santa Eulalia (p. Efectivamente, la casiterita pura contiene 78,8 % de estaño y el resto oxígeno, dato que apunto porque me T. P., 56, n.« 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es he tomado la molestia de hacer los cálculos pertinentes, pues no suelo conservar en la memoria las composiciones elementales de los minerales metalíferos sino su fórmula química. Si la entrada de la tabla correspondiente fuera por SnO^ (casiterita) en lugar de Sn (estaño) las cifras anteriores serían 97,8 % y 94,8 %, que de un modo directo e inmediato indican al lector que está, en efecto, ante un mineral muy puro sin necesidad de recurrir a relaciones estequiométricas o a actos de fe. Algo similar se podría haber hecho con los análisis de las escorias, pero aquí nos encontraríamos ante un camino hacia ninguna parte. Merideth, que se ha tomado la molestia de explicarnos con todo lujo de detalles cómo ha preparado las muestras para ser analizadas y anota meticulosamente las áreas de cada una donde ha efectuado tomas analíticas, ha olvidado algo fundamental: que las escorias tienen diversas fases constitutivas que hay que identificar desde el punto de vista químico y cristalográfico (lo ha dicho, entre otros, Bachmann en el trabajo de 1982 que cita), y que a cada escoria debe hacérsele un análisis global (en microscopía electrónica solemos usar ventanas de 25x o 50x con esa finalidad) para poder caracterizar correctamente dicha escoria, establecer sus propiedades, dibujar diagramas temarios, etc. El autor nos dice que ha barrido ventanas de 800x en cada toma (p. 133), por lo que se deduce fácilmente que ninguna de ellas es representativa de la composición global de la muestra ni, seguramente, de ninguna fase en particular, y como tampoco nos enseña en imagen los campos investigados (excepto en un caso y poco claro, p. 146), nos quedamos sin saber a qué se refieren los análisis. No entiendo por qué no ha utilizado todos los recursos de un instrumento tan potente como el MEB, y es una lástima porque la serie de escorias de estaño de la Torre Romana de Centumcellas (Portugal) es excelente. Volviendo al asunto de las tablas, uno no se explica por qué no se ha empleado un formato unificado, disminuyendo el tamaño de letra, y tiene que sufrir constantes cambios en los elementos químicos y su orden en las cabeceras. Cuando tratamos de comparar unos yacimientos con otros, o materiales similares de distintos yacimientos, el proceso se complica innecesariamente. Además del trabajo analítico, el autor realizó experimentos de fundición de minerales y de temperaturas de fusión de las escorias. Desgraciadamente no ha dedicado un capítulo especial a estos experimentos, que aparecen relatados junto con los datos de los yacimientos correspondientes, lo que obliga a una atenta lectura para no pasarlos por alto. Particularmente interesantes me parecen los realizados con mineral complejo de estaño y cobre encontrado en la mina Golpejas (Salamanca), comprobando la posibilidad real de obtener bronces naturales cuando se funden en un crisol en el laboratorio (p. El éxito del experimento no es probablemente tan generalizable como pretende el autor, pues conocemos al menos un ejemplo arqueológico en el que la fundición en crisol de estos minerales complejos no derivó necesariamente en bronce (Rovira y Montero, 1994: 166). En cambio con las de-terminaciones de las temperaturas de fusión de las escorias los resultados son incompletos y, aunque no lo fueran, tampoco servirían de mucho al desconocer la composición de estos materiales. El Capítulo 11 {Discussion and conclusions, pp. 161-166) peca de simplista y algo desordenado. Bien es cierto que el survey no ha dado mucho de sí en términos arqueometalúrgicos: con los materiales de superficie recogidos, la explotación minera más temprana de casiterita en el área prospectada no remonta posiblemente el Bronce Final en Logrosán (Cáceres), hipótesis que ya habíamos formulado hace algunos años como explicación más plausible del auge metalúrgico que experimenta el Suroeste en época pre-tartésica (Rovira, 1993: 46;1995: 478), y las escorias de estaño más antiguas que se nos presentan son del Bajo Imperio. Ciertas conclusiones extraídas a partir de la analítica son discutibles además de poco novedosas. Cuando afirma que la escasez de escorias prehistóricas de estaño podría deberse a la cuidadosa selección de minerales con poca ganga no hace sino adherirse a un tópico que venimos manejando desde hace tiempo para explicar el excepcional hallazgo de escorias de cobre calcolíticas en los asentamientos donde existen otras evidencias de prácticas metalúrgicas, pero no tiene en cuenta la alta probabilidad de que el mineral estannífero viajara hasta los centros de producción de bronce y no dejara demasiados residuos metalúrgicos a pie de mina, máxime cuando el propio autor propone el empleo directo de la casiterita (no del estaño metálico) como método para la obtención de la liga cobre-estaño (procedimiento con el que estamos de acuerdo), aunque quizás yerra al decir que se agregaba al crisol con cobre refinado fundido; las evidencias recogidas por otros investigadores apuntan más hacia la fusión conjunta de minerales (co-smelting) hasta épocas bien recientes (Rostoker et alii, 1983; Rostoker y Dvorak, 1991; Gómez Ramos, 1996; Rovira etalii, 1998). La palabra decepción ronda en mi cabeza tras la lectura de este libro, no tanto por su contenido (que es el que es) como por el desvanecimiento de la idea previa que me había formado, seducido por los comentarios de colegas que seguían de cerca su gestación. Esperaba con toda la fuerza del deseo que este largo peregrinaje por nuestras fierras del estaño sirviera para dar respuestas más concretas al interrogante del inicio de la explotación de los recursos peninsulares. Imagino que el propio Craig Merideth la sufrió en numerosas ocasiones ante el mutismo de los sitios que visitaba. Otra vez se demuestra que la prospección sin excavación sistemática rinde dudosos frutos (me viene a la mente la prospección "a la inglesa" de Blanco y Rothenberg, 1981, con más volumen que sustancia). Mi decepción no significa que el libro no tenga partes aprovechables. Hay datos analíticos que conviene retener tras reconvertirlos adecuadamente con la calculadora, pero, sobre todo, hay mucho camino andado que no vale la pena recorrer de nuevo (al menos del modo como se ha hecho) y eso también merece ser dado a conocer. El autor lo sabe y por eso ha seguido trabajando en Extremadura, concentrando T. P, 56, n.° 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es esfuerzos, hasta por lo menos 1998, después de dar el carpetazo al original que ahora tenemos en la mano ya con letras de molde. Es de desear que las nuevas evidencias se nos sirvan de otro modo. De este libro me sorprenden muchas cosas. Tras finalizar su lectura, no exenta de vaivenes, he vuelto al principio, a las páginas de agradecimientos, y me encuentro con que John F. Merkel -un excelente arqueometalúrgico-ha sido el director de esta tesis; que han habido cambios de impresiones y discusiones con RT. Craddock, H.G. Bachmann, B. Rothenberg y otros proceres del entorno londinense. Eso sin contar con que la editora, Archeopress, suele enviar los originales a varios referees antes de decidir su publicación. Este libro viene a unirse a las cada vez más frecuentes síntesis sobre Prehistoria europea y, como ellas, acusa la pluralidad cultural que, ahora y entonces, caracteriza a ese espacio. Todo él es un esfuerzo -bien apoyado en la erudición a la que su autora nos tiene acostumbrados-encaminado a salvar las desigualdades del registro y la diversidad de desarrollos de las comunidades atlánticas para trazar un proceso único, de tiempo largo, que tiene lugar en un ámbito geográfico de pretendida uniformidad cultural. Las dificultades provienen de que la entidad cultural que conocemos como Bronce Atlántico es un concepto construido por la investigación a lo largo de los últimos 60 años. La autora es consciente de ello, no en vano ha contribuido a lograr su momento historiográfico más pujante. En efecto, desde su tesis doctoral y durante las dos últimas décadas ha sido la propia Ruiz-Gálvez quien ha incorporado diferentes matizaciones y enfoques explicativos sobre ese concepto que van desde su reducción a una diversidad de culturas con un comercio y una metalurgia común (1987) hasta dotar a esos intercambios de un contenido socio-económico, que permite presentar a esa comunidad atlántica como una red de élites en competencia política, primero, y de una identidad, también común y de carácter simbólico, después (1993). Más recientemente aplicará modelos de sistemas mundiales, en los que lo económico se impregna de ideología y los objetos/símbolos (que no son otros que las manufacturas metálicas de siempre) son manipulados en sus respectivas regiones tipológicas a la conveniencia de las élites locales (1995). Este apresurado relato de una serie ininterrumpida de meritorios trabajos encuentra su desembocadura natural en el libro que hoy comento. En el están, de hecho, todas esas sucesivas relecturas de un mismo registro, en un proceso más acumulativo que sustitutorio, y en uno de los momentos en que la autora oscila entre las explicaciones de corte más universalista y la sentida necesidad de estudios de escala más reducida, esto es comarcales o regionales. La razón de estas aparentes contradicciones -que en nada disminuyen el interés de la publicación-está quizás en las primeras páginas del libro donde se confiesan las sucesivas actualizaciones a que ha sido sometido un texto escrito a lo largo de seis años. En esa primera parte, Ruiz-Gálvez no va emplear más de un par de páginas en discutir la realidad que existe tras la denominación de Bronce Atlántico. Y acaso le asiste la razón de que sería una discusión inútil. Sobre todo si se tienen en cuenta las respuestas que autores, muy diferentes pero de indudable competencia, dieron a la pregunta que constituía el título del Coloquio Internacional celebrado en Lisboa en octubre de 1995: ¿Existe una Edad del Bronce Atlántico?. Su directora, y posterior editora de las actas, Susana Oli-T. R, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es veira Jorge, estaba a la vez poniendo el título y el dedo en la llaga. Las respuestas de los investigadores reunidos en aquella ocasión se formularon desde la prudencia a la ironía, pero el Bronce Atlántico consiguió, aunque fuera entre minuciosas matizaciones y todo tipo de eufemismos, su pervivencia como entidad arqueológica. Las consecuencias de una metalurgia y una orfebrería más o menos común, la aparente uniformidad de significado -sea del tipo que sea-de esa expresión cultural que son los depósitos, la siempre práctica contraposición entre lo atlántico, de un lado, y lo continental y mediterráneo, de otro, siguen siendo determinantes a la hora de hablar de la zona y el periodo que Ruiz-Gálvez ha elegido para su obra. Y a ello se añade lo que, de forma proverbial, el metal trae consigo: especialización artesanal y talleres, jerarquización social, intensificación de la producción agropecuaria, estabilización de las comunidades en el territorio, redes de intercambio de materias primas y manufacturas, entre otras muchas cosas. Todo ello teniendo que mantener en la obscuridad, todavía, los poblados y enterramientos de la mayor parte de las poblaciones a las que, en definitiva, se les atribuye una comunidad de ideas basada en su vocación naval. Es en ese carácter marítimo donde la autora, precisamente, comienza asentando la entidad cultural del mundo atlántico que se propone estudiar. Se muestra, en principio, profundamente braudeliana (el medio hace al hombre); pero esos condicionamientos físicos o medioambientales, a excepción del pequeño capítulo cuarto, se intercalan, más que seleccionados sectorializados, allí donde es necesario. En todos los casos utiliza datos históricos. Algo que no sólo es legítimo sino ilustrativo en el caso, por ejemplo, de tiempos y medios de trasporte, pero que ya no lo es tanto cuando se habla de causalidades. Sirva de muestra la afirmación de que es la dificultad de comunicación interior de la Península Ibérica la que termina primando el trasporte marítimo. Algo que puede ser cierto en la economía compleja del siglo XVI español, queda fuera de lugar en la Edad del Bronce. En los capítulos anteriores a ese apunte geográfico Ruiz-Gálvez da un repaso a una serie de temas que convergen, unos más que otros, en las relaciones externas de las sociedades antiguas. Lo hace en términos antropológicos y económicos, explicados de forma amena y en las dimensiones convenientes para un manual. Desfilan por sus pequeños apartados casi todos los conceptos, mecanismos sociales o personajes que han llegado a sernos tan familiares como el don, tlpotchlach y el Big Man y autores no menos habituales que Godelier, Shalins o Rowlands. Pero sus preferencias están en ciertos modelos nacidos al abrigo de esos temas: el modelo empresarial -aplicado por Wells a la prehistoria centroeuropea-, en lo que permite la emergencia de individualidades emprendedoras y, sobre todo, de oportunistas navegantes tras la caida del mundo micénico; la existencia de comunidades de paso, definidas por Hirth, y algunas de sus características, como la gestación de lenguas francas o sistemas premoneta-les; o los aspectos simbólicos de viajes, caminos o personas, entre estas últimas, como no podía ser menos, los artesanos metalúrgicos. Son estos temas los que la autora ilustra con la mayor cantidad de anécdotas, históricas o literarias, y analogías, en ocasiones pintorescas, que jalonan el libro. Un aspecto -este último-que lo separa de otras publicaciones similares, por más que se advierta en esa declaración de intenciones del autor (siempre comprometida, pero siempre de agradecer) que son los prólogos, que echará mano de otras fuentes que las arqueológicas. Los dos capítulos centrales, cualitativamente mucho más dentro de la disciplina, se ocupan de las relaciones entre las zonas atlánticas desde la Península. Sin embargo, serán los modelos propuestos y más o menos asentados en otras zonas europeas los que la autora pretenderá acomodar al occidente ibérico. Esto es particularmente acusado en la etapa más antigua, donde los cambios tecnológicos que produce la llamada revolución de los productos secundarios deben luchar contra la invisibilidad de las poblaciones que teóricamente la llevan a cabo y se aprovecharían de sus consecuencias en la, Edad del Bronce. El reducido y escasamente explícito registro no muestra como la supuesta intensificación agraria -que la autora basa en datos paleoecológicos como la desforestación-fija a las poblaciones a la tierra. El modelo de poblamiento debe ser, por lo tanto, itinerante al igual que su base económica. La ganadería, los petroglifos gallegos y cierta expansión demográfica no consiguen, sin embargo, evitar que Ruiz-Gálvez tenga que renunciar a cualquier paralelismo entre las jefaturas europeas, plausibles en Wessex e incluso en Bretaña, y las negadas por el registro portugués y gallego. Pese a ese resultado en cierto modo descorazonador, el capítulo dedicado a estos «primeros contactos» no deja de ser una muestra de su conocimiento detallado de una información muy desigual y de su capacidad para exponer viejos temas desde perspectivas actuales. Entre las consecuencias de esos supuestos cambios en la economía agraria europea de la primera mitad de la Edad del Bronce, ve la autora el auge de la red de intercambios que se sucederán a lo largo de las etapas siguientes entre los tres ámbitos geográficos tradicionales de la Prehistoria europea: el atlántico, el continental y el mediterráneo, donde el occidente peninsular parece, por su situación, estar abocado a un papel de intermediario. Pese a las indudables transformaciones e intensificaciones de todo tipo que se suceden en tales ámbitos durante el Bronce Final, Ruiz-Gálvez va a encontrar las mismas dificultades que en el capítulo anterior. Las subsanará, en primer lugar, con una serie de elementos y factores que se añaden al metal -que no pierde su tradicional primacía como causa y efecto de las relaciones sociales y de intercambio-y que abarcan, entre otras cosas, desde las modificaciones del clima a la generalización de ciertos cultígenos, de la explotación intensiva de la sal a la inestabilidad política del Mediterráneo oriental. En ellas tomarán categoría casi de personajes la Vicia faba L, la oveja lanera de Sherratt o los comerciantes chipriotas. Y, en segundo término. tales consideraciones la conducirán a una serie de interpretaciones y explicaciones que tratará de compaginar con las diversas manifestaciones del registro que han sido los temas centrales de sus últimos trabajos. De esta forma, el significado o simbología liminaU ésto es de límite o marca territorial, es aplicado a los testimonios más habituales, es decir, los metálicos, del Bronce Final. Comunidades de paso, áreas de frontera, zonas colchón, lugares neutrales, puntos de paso, etc., explican depósitos, tesoros o armas arrojadas a las aguas, aunque no se identifiquen ni caractericen las poblaciones que separan, comunican o los utilizan. Otras expresiones culturales más peculiares o locales, como puedan ser las estelas extremeñas, se explican, en cambio, en el terreno económico. En este caso es una ganadería especializada la que diseña una red de comunicación física y política, basada en la transterminancia y en las alianzas que la hacían posible, establecidas entre las comunidades complejas de las zonas costeras e interiores. Un ejemplo, para la autora, de un proceso de tiempo largo -de hecho esta explicación se presenta en todo su alcance en el capítulo final-que habría comenzado un milenio antes. Asimismo, en un pequeño capítulo dedicado a transición del Bronce Final a la Edad del Hierro, se integrarán sus ideas sobre esos tiempos largos y cortos aplicadas, con preferencia, al desarrollo de los sistemas premonetales. Su lectura en clave indigenista de esta etapa -es decir, los cambios se operan ya en momentos anteriores a la presencia colonial-se apoyan, paradójicamente, en la demostración que la Península ya se encontraba en ese periodo inmersa en los sistemas de peso del Mediterráneo oriental. Parece pues coherente que sea, como ya apuntó, el modelo centro/periferia/borde el que Ruiz-Gálvez elige, en último término, como más idóneo para explicar la etapa. Es bien cierto que se trata de un modelo al que hace atractivo su carácter dinámico; pero también es cierta su facilidad para incurrir tanto en un flagrante difusionismo -por más que se le llame interacción-, como para caer en la inoperancia cuando se habla de márgenes, categoría a la que precisamente corresponde la zona atlántica. Se unen a este modelo una serie de mecanismos acumulativos utilizados con frecuencia para justificar transformaciones culturales en las que no se quiere, o simplemente no se puede, proponer movimientos masivos de población o se tratan temas espinosos como lenguas o etnias. En definitiva, se trata de un libro en el que no falta nada, pero cuya estructura llega a producir, en ocasiones, la sensación sobre todo para los que hemos seguido la trayectoria investigadora de la autora-de estar ante una recopilación de sus trabajos más que ante una obra unitaria. Su recomendable lectura causa algo parecido a una de las imágenes preferidas de Ruiz-Gálvez para explicar los cambios culturales: el «vaso desbordado» de Kristiansen. A finales del siglo XX el mundo de la investigación y la ciencia utiliza como lengua franca el inglés, y eso también cuenta para la Arqueología. Se puede afirmar que nada verdaderamente importante deja de publicarse en este idioma. Lo que no significa que carezca de sentido sostener revistas de arqueología en las lenguas propias de cada país, o que se deba -como he defendido en otro lugar-renunciar a la lucha contra el dominio lingüístico aplastante del inglés, especialmente desde revistas que representan a la arqueología europea (Ruiz Zapatero, 1994). Lo cierto es que, en las últimas décadas de nuestro siglo, lo que podríamos llamar tradiciones arqueológicas «menores» -entendiendo por tales aquellas cuya lengua no es demasiado conocida por la comunidad científica internacional-han percibido la necesidad de publicar en inglés, a través de una revista propia que sea un poco el «escaparate» privilegiado de la arqueología de esos países, y que sirva para difundir a nivel internacional los resultados más relevantes. Consecuencia de tales reflexiones son, por ejemplo, las revistas Norwegian Archaeological Review, Archaeologia Polona y Journal of Danish Archaeology que cumplen el objetivo señalado en sus respectivos países. Con ello razonablemente se previene el aislacionismo de una pequeña comunidad profesional y se ofrecen sus logros e ideas a una audiencia mucho más amplia (Millar, 1998). Un nivel todavía superior lo representa la aparición de revistas de tradiciones «menores» pero con la intención de abrir un foro de debate internacional y no limitarse a ser el escaparate de su país, como el reciente caso de la holandesa Archaeological Dialogues. Nada similar existía en España y Portugal, aunque ya hace años algunos comentábamos la necesidad de lanzar una revista de características similares a las T. P, 56, n.^' 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es citadas más arriba. Y aunque muchos colegas argumentan que con nuestra lengua, hablada por más de 300 millones de personas y con una expectativa de crecimiento a corto plazo muy alta, no debíamos rebajarnos a publicar en inglés, lo cierto es que la consulta de las listas bibliográficas de cualquier monografía o revista internacional revela que las publicaciones españolas son desconocidas por la inmensa mayoría de arqueólogos de otros países. O publicamos en inglés o mi impresión es que esta situación se mantendrá. Compartiendo esta idea ha surgido el Journal of Iberian Archaeology, publicado por la ADECAP (Asocciaçâo para o Desenvolvimento da Cooperaçâo em Arqueologia Peninsular) al calor de los Congresos de Arqueología Peninsular iniciados en 1993, con Vítor Oliveira Jorge, de la Universidad de Oporto, como editor general y un amplio comité científico (7 españoles, 4 portugueses, más 3 británicos, 2 franceses, 2 estadounidenses y 1 alemán, todos ellos vinculados de una u otra manera con la arqueología ibérica). En el editorial de Vítor Oliveira se explica cómo las transformaciones de la arqueología española y portuguesa exigen mejores canales de comunicación entre colegas de nuestros países y los colegas extranjeros. Con la pretensión de constituir un foro más amplio de presentación de novedades de hallazgos y también teóricas e interpretativas nace esta revista, que publicará un número al año en inglés, integramente a juzgar por la primera entrega. Lo que se piensa que debería constituir el armazón de la revista lo podemos deducir de la petición expresa de trabajos futuros. Así se piden, especialmente, trabajos que, por un lado, exploren el papel de la arqueología como disciplina científica y servicio público, y por otro lado aborden problemáticas de la investigación actual, realicen síntesis o estudien la relación de la arqueología con otras disciplinas próximas. Se presenta con un talante abierto y receptivo a la crítica constructiva. En este primer número se incluyen 10 artículos, 2 informes de excavación y una pequeña sección de noticias. Los trabajos recogen un amplio espectro temático, claramente sesgado a favor de la Prehistoria, con dos estudios de temas romanos y ninguno medieval. En la autoría españoles y portugueses mantienen un buen equilibrio y no faltan algunos trabajos de extranjeros sobre tema peninsular. Sin que suponga ningún menoscabo para los trabajos publicados, todos de indudable calidad e interés, sí creo que algo falla en en resultado global. Y es que algunos trabajos no están debidamente pensados para ser publicados en inglés de cara a una audiencia internacional, y repito, sin que ello suponga crítica alguna al contenido del artículo. No se puede escribir igual un artículo para una revista española o portuguesa que otro para una revista internacional: la perspectiva y algunos detalles deben ser necesariamente diferentes. Pienso que de cara al futuro de la revista hay que preguntarse dos cuestiones fundamentales: primero, ¿Qué puede elevar el interés y la comunicación entre la comunidad arqueológica peninsular?, y segundo, ¿Qué aspectos de la arqueología de la Península Ibérica interesan a un colega extranjero, que usualmente no lee español ni portugués?. En la primera cuestión es preciso acordar que tienen que publicarse estudios distintos a lo que hace ya un elevado número de revistas de arqueología españolas y portuguesas, especialmente superando algunos de los problemas generales a todas ellas (Rodríguez Alcalde et alii, 1996) y por otro lado rompiendo el desconocimiento mutuo (García Marín et alii, 1997). Sobre la segunda cuestión, la respuesta es también idéntica, no se pueden incluir trabajos como los que se encuentran en las revistas nacionales. Mi opinión, teniendo muy presente las dos preguntas anteriores, sobre cuál podría ser la estructura ideal de la revista es la siguiente: (1) Editoriales de peso, que traten de reflejar las novedades generales al estilo de los que publica Antiquity; posiblemente una buena idea podría ser buscar autores que sostengan por unos pocos años este tipo de editoriales, abiertos por supuesto a todos los comentarios que se quisieran enviar a la revista. Ninguna revista española o portuguesa hace esto. (2) Incluir, en cada número a ser posible, un dossier sobre un tema monográfico con varios trabajos, y abrirlo a comentarios críticos de distintos especialista con respuesta del autor, al estilo de Current Anthropology. (3) sección con artículos de fondo, tal vez sólo uno o dos, que busquen ofrecer síntesis temáticas y/o cronoculturales por grandes áreas al estilo de lo que hace el Journal of World Prehistory. Es muy importante de cara a los lectores internacionales y esto sólo lo hacen los autores españoles ¡cuando publican en el extranjero! Y (4) una buena sección de recensiones y review articles, selectiva y que sirva para destacar las obras más importantes a nivel nacional. Un problema especial que quiero tratar mínimamente es el de la calidad de los textos. Primeramente debemos ser conscientes de que al solicitar textos para la revista muchos autores preguntarán si la revista va a traducir sus trabajos al inglés. Como eso sospecho que no es posible entonces bastantes desistirán ya que raramente podrán escribir en un inglés aceptable sus propios textos y los costes de traducción son ciertamente elevados. ¿Se podría conseguir que la revista se hiciera cargo de algunas traducciones? En cualquier caso la revista debería, al menos, tener alguna posibilidad de revisar el inglés de todos los textos. Independientemente de cómo se realicen las traducciones, para maximizar su calidad los autores deben recordar que escribir para una traducción es diferente que escribir para publicar en su propia lengua. Por su parte los traductores deben trabajar directamente con los autores en el área del vocabulario especializado y poder realizar revisiones finales. Se ha llegado a proponer una metodología para optimizar los resultados de la traducciones en temas de arqueología (Millar, 1998). La iniciativa del Journal of Iberian Archaeology debe acogerse con el mayor entusiasmo y el mayor agradecimiento. Las ideas reflejadas por mi parte surgen de esos sentimientos. La revista está pidiendo ampliamente colaboraciones, ideas y crítica construc-T. P, 56, n." 2, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tiva y desde luego el resultado final de lo que llegue a significar es algo que compete a todos, no sólo a los responsables de la revista. Sería muy deseable que todos nos esforzásemos por hacer del Journal of Iberian Archaeology algo muy especial para la Arqueología de nuestros dos países. La Revista Portuguesa de Arqueología es una iniciativa del Instituto Portugués de Arqueología coordinada por Antonio Marques de Faria. No incluye ni editorial ni presentación de la nueva publicación periódica. El primer niimero cubre temas desde Paleolítico a Baja Romanidad, en un formato grande, con atractiva maquetación, buena calidad en ilustraciones y fotografías y un formato elegante. El volumen es un buen exponente de lo que una revista de alcance nacional debe pretender: es una revista que puede interesar al investigador extranjero que mínimamente pueda leer portugués. Sólo una queja rotunda, no es de ninguna manera aceptable que las dos reseñas de la sección de recensiones vayan sin firma. Algo especialmente lamentable para los que pensamos que la tarea de escribir reseñas críticas es importante y digna. El anonimato no parece ayudar a ninguno de esos dos valores.
DELIBES, G. y MONTERO, I. (coord.): Las primeras etapas metalúrgicas en la Península Ibérica. Instituto Universitario Ortega y Gasset. Tras el corpus analítico presentado en el primer volumen del Proyecto "Arqueometalurgia de la Península Ibérica", aparece este segundo que realiza una valoración y cuantificación general de la metalurgia del Calcolítico al Bronce Pleno en las diferentes regiones peninsulares. Consta de 10 capítulos, escritos por diferentes autores, con una estructura de contenidos común (recursos minerales, datos sobre las diversas fases del proceso metalúrgico, información sobre aleaciones, objetos de oro y plata). Acompañan al texto mapas de cada una de las zonas estudiadas, tablas, dibujos de materiales significativos, y algunos resultados analíticos comparativos. En resumen, se trata de una síntesis actualizada sobre los conocimientos metalúrgicos, con abundante aporte de información inédita. MMN DELIBES DE CASTRO, G.; FERNÁNDEZ MANZANO, J.; FONTANEDA PÉREZ, E. y ROVIRA LLORENS, S.: Metalurgia de la Edad del Bronce en el piedemonte meridional de la Cordillera Cantábrica: La Colección Fontaneda. Arqueología en Castilla y León, 3. Junta de Castilla y León. DUPRÉ, Xavier; AQUILUÉ, Xavier; MATEOS, Pedro; NÚÑEZ, Julio y SANTOS, Juan A.: Excavaciones arqueológicas en Tusculum: informe de la campaña de 1996. CSIC, Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma.
La revista Trabajos de Prehistoria da a conocer su página web [URL] prehistoria/tp/index.html) como otras revistas (Peachey y Chippindale, 1997). ¿Por qué esta decisión? Los comités de Redacción y Asesor quieren aprovechar esta nueva vía de comunicación para mejorar la relación con sus colaboradores y aumentar su presencia fuera de nuestro país. Por ello se edita en inglés, además de en español, y se está preparando la versión francesa. Estos nuevos cauces de difusión facilitarán, además, su acceso a un público más amplio. Sin embargo, y contra lo que pensábamos (Martínez Navarrete y Cacho, 1997:7), consideramos prematuro abandonar el soporte impreso debido a los problemas técnicos y económicos que todavía presenta la publicación electrónica. ¿Cómo hemos diseñado la página? Los objetivos prioritarios que nos hemos planteado a ese respecto son la rapidez de acceso y la facilidad de manejo para lo que hemos buscado un entorno lo más amigable posible al usuario. Para lograr esa agilidad en la conexión hemos primado la información textual, reduciéndola a lo imprescindible. Hemos utilizado las imágenes sólo cuando era estrictamente necesario, para limitar al mínimo el riesgo de que la ima-C^O Centro de Estudios Históricos, CSIC. Duque de Medinaceli, 6. Correo electrónico: [EMAIL] (*''0 Departamento de Prehistoria. Centro de Estudios Históricos, CSlC. Correo electrónico: [EMAIL] (*-'"'•) Museo Arqueológico Nacional. Correo electrónico: [EMAIL] gen se convierta en un obstáculo en lugar de una vía de comunicación. ¿Cuáles son sus características técnicas? El logotipo se basa en el de la cubierta impresa de Trabajos de Prehistoria y será, a partir de estos momentos, su identificador en Internet. Las páginas se distribuyen en tres marcos (frames), siendo fijos la cabecera y el índice situado a la izquierda. El carácter fijo, por un lado, muestra en todo momento que la revista es uno de los órganos difusores del CSIC y, por otro, permite el acceso directo a la información completa desde cualquier página. ¿Qué información hemos incluido? En primer lugar, una presentación de la trayectoria de la revista, de su línea editorial y temas de interés, de la institución editora y de los actuales miembros de los Comités de Redacción y Asesor. Como información complementaria de estos aspectos se incorpora la publicación electrónica de un estudio bibliométrico de las tres últimas décadas (Rodríguez Alcalde et alii, 1993). En segundo lugar, se incluyen los índices de los ocho últimos números y resúmenes y palabras clave de los cuatro últimos. Esta selección permite dar una información actualizada sin cargar en exceso la página. La versión electrónica completa, además, la impresa porque incorpora los índices del número de próxima aparición. Por otro lado dicha selección está justificada porque se puede conectar desde aquí con la base de datos que contiene los índices completos de Trabajos de Prehistoria (http:// T. P.,56, n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es www.bdcsic.csic.es:8080/RTRAPRE/BASIS/rtrapre/rtpw w w/docu/SF). En tercer lugar, se facilitan a los colaboradores las normas de presentación de originales, los mapas normalizados de la Península Ibérica y la maqueta de la revista. Las imágenes, en formato GIF, se pueden imprimir directamente o archivar. Este recurso será de gran utilidad y estamos seguras que agilizará la comunicación entre los autores y el equipo editorial. El último bloque de información se refiere a su distribución por venta o intercambio. Existen también una serie de ofertas de publicaciones del antiguo Instituto Español de Prehistoria como la Bibliotheca Praehistorica Hispana y las Memorias de la Misión Arqueológica Española en Egipto y Nubia y de la propia colección de Trabajos de Prehistoria, entre otras. Todas estas publicaciones se pueden conseguir ahora de manera mas ágil e inmediata a través de una conexión directa con el Departamento de Publicaciones del CSIC. Una novedad en el panorama de las revistas científicas de Prehistoria yArqueología es, sin duda, la que hemos adoptado desde 1998. Se trata de la venta de publicidad de otras revistas, distribuidoras, editoriales, empresas de gestión de la arqueología, y otras iniciativas conectadas con nuestro ámbito. Creemos que esta alternativa, además de sus ventajas comerciales, puede abrirnos nuevas vías de difusión. Esperamos que nuestra manera de presentar la revista resulte atractiva y anime a otras revistas e instituciones con temas afines a enlazar sus páginas con la nuestra. De este modo queremos contribuir a un intercambio más fluido entre todos los interesados por el estudio de la Prehistoria y Protohistoria. De momento se nos puede encontrar en el portal de entrada http://www.teleline.es/personal/ jtovar/biblio.htm y confiamos en conectarnos de forma progresiva con otros. En definitiva, nuestro objetivo principal al editar la página web de Trabajos de Prehistoria ha sido facilitar una información útil, dinámica y rápida de uso que ofrezca soluciones a los potenciales suscriptores y colaboradores. Hemos abierto un buzón de sugerencias sobre la página web en la dirección del correo electrónico de la revista: [EMAIL]
PILAR LÓPEZ GARCÍA (*) Me hubiera gustado hablar de Ricardo Téllez en otras circunstancias, pero desgraciadamente tengo que hacerlo con motivo de recordarle tras su fallecimiento ocurrido hace ahora un año. Ricardo Téllez era un ingeniero agrónomo totalmente integrado en el mundo de la Arqueología, y cosa poco habitual, perfectamente concienciado de las necesidades que los arqueólogos demandamos de los botánicos. Había nacido en Almería en 1913, estudiando en Madrid la carrera de Ingeniero agrónomo. Desde su ingreso en el Centro de Cerealicultura de Madrid en 1949 comenzó a interesarse por los cereales españoles, tanto desde el punto de vista de su mejora como de su evolución histórica, interesándose por los que aparecían en yacimientos arqueológicos. Ingresó en la FAO en 1956, pasando varios años en América Latina (Chile y Méjico) donde colaboró en temas de desarrollo de la investigación, enseñanza y extensión agrarias. En 1965 se trasladó a Roma dentro de la misma Organización siguiendo trabajando con temas relacionados con América latina. En 1970 regresa a España siendo nombrado Presidente del Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas (INIA) con el fin de poner en marcha un Acuerdo con el Banco Mundial para el desarrollo de la investigación agraria, vinculándose al CSIC como Consejero Técnico Asesor del Patronato Alonso Herrera en 1971. Ya por entonces comenzaban a ser conocidas entre algunos arqueólogos dos de sus obras: Los trigos de la Ceres hispánica de Lagasca y Clemente, publicado en 1952 y, fundamentalmente Trigos arqueológicos de España publicado en 1954 junto a E Ciferri. Este libro resultó fundamental en cualquier estudio en el que se abordara el tema de semillas (*) Directora del Centro de Estudios Históricos, CSIC. Duque de Medinaceli, 6. Correo electrónico: [EMAIL] carbonizadas procedentes de sedimentos arqueológicos. Cuando en 1975 finalizo mis estudios en la Universidad Complutense y decido integrarme entre los que veían las plantas como una parte más del registro arqueológico, me pongo en contacto con Ricardo en un alarde de optimismo, y digo esto porque no era fácil entonces acceder a alguien que ostentara un puesto como el que él tenía en ese momento. En honor a la verdad tengo que decir que pocas veces he visto a nadie tan entusiasmado con que alguien ajeno a su profesión se inmiscuyera en un área de su especialidad. Con él comencé a identificar semillas carbonizadas, poniendo a mi disposición, no sólo su colección de referencia, sino toda su bibliografía y algunos de los instrumentos utilizados en la medición de semillas. Revisó la parte de mi tesis doctoral dedicada a las semillas arqueológicas desplazándose para ello a París, ciudad en la que me encontraba formándome en lo que sería posteriormente mi dedicación primordial: los análisis polínicos. Una vez que me desligué del estudio de las semillas, Ricardo continuó hasta el final interesándose y ayudando a cuantos estudiantes de nuestra es- T. P.,56, n."l, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Pilar López García pecialidad se acercaron a él en busca de informa-Museos en los que se depositaba material carpolóción y formación, pudiendo dar buena cuenta de gico, facilitándoles el acceso a los mismos. Está ello alguna de las personas que, en la actualidad, claro que aquellos "trigos arqueológicos" dieron trabajan en el laboratorio de Arqueobotánica de muchojuego en la formación de generaciones posnuestro Departamento. Ricardo visitó con ellos tenores a su aparición.
El Dr. José Luis Argente Oliver, Director del Museo Numantino, de Soria, falleció en dicha ciudad el pasado mes de Agosto. Nacido en Zaragoza el 14 de Marzo de 1949, cursó sus estudios en la Universidad Complutense de Madrid, donde se licenció en Historia Antigua en la Facultad de Filosofía y Letras en 1971. Sin embargo, pronto demostró su vocación por la Protohistoria, pues su Memoria de Licenciatura, dirigida por el Prof. Martín Almagro Basch y leída ese mismo año de 1971 con la calificación de Sobresaliente, Aportación al estudio de los materiales prehistóricos de la necrópolis deAguilar deAnguita (Guadalajara), en el Museo Arqueológico Nacional, estudiaba este significativo yacimiento celtibérico excavado a inicios de siglo por el Marqués de Cerralbo y que permanecía, prácticamente inédito, en el Museo Arqueológico Nacional. El Dr. Argente mantuvo siempre su vocación de investigador. Posteriormente, dedicado de pleno a la Museología, siempre supo compaginar la investigación con el trabajo en museos y excavaciones. Este esfuerzo le permitió presentar en 1988, en la Universidad Complutense, su Tesis Doctoral sobre Las fíbulas en la Meseta. Su valoración tipológica, cultural y cronológica, con la calificación de Apto cum Laude por unanimidad, estudio que supuso el primer esfuerzo coherente para revisar los fondos arqueológicos celtibéricos procedentes de antiguas excavaciones que, en su mayor parte, permanecían insuficientemente conocidos por museos y colecciones. Pero, aunque el Dr. Argente dedicó la mayor parte de su trabajo al servicio de la Museología, (*) Director del Museo Arqueológico Nacional. 28001 Madrid. gracias a su vocación como investigador ha llegado a publicar un centenar largo de artículos científicos y divulgativos, siendo también editor de diversas obras y participando en congresos sobre Museología y temas arqueológicos referentes a excavaciones a su cargo. Por ello, sus trabajos, en su mayor parte, versan sobre la Arqueología de Soria y sobre las fíbulas y necrópolis celtibéricas, pudiéndose destacar "Las fíbulas de la necrópolis celtibérica deAguilar deAnguita", en Trabajos de Prehistoria, 31: 143-216, y su monografía sobre Las fíbulas en la Meseta. Su valoración tipológica, cultural y cronológica (Excavaciones Arqueológicas en España 168), Madrid, 1994. No menos importante ha sido su interés por estudiar y poner en valor la ciudad celtibérica y romana deTiermes, yacimiento al que dedicó más de 60 títulos y que él recuperó del olvido, valorando su importancia científica, cultural y turística, pues supo, con la ayuda de su mujer y colaboradora, Adelia Díaz, convertir en un centro modélico de investigación arqueológica y museológica, que ha quedado definitivamente consolidado en el marco de su singular paisaje celtibérico, recuperado para la Cultura y el Turismo aquella deprimida zona de las serranías sorianas. Entre sus numerosos trabajos sobre Tiermes, cabría destacar "La necrópolis celtibérica deTiermes (Carratiermes, Soria)", tn Noticiario Arqueológico Hispánico, 7: 95-151 (conAdelia Díaz) y diversas memorias de excavación, como Tiermes L Trabajos de excavaciones realizadas en la ciudad romana y en el entorno de la Ermita Románica de Nuestra Señora deTiermes. Excavaciones Arqueológicas en España, 111, Madrid, 1980 ( Todos estos estudios permitieron ofrecer una visión más actualizada de la Protohistoria de la Celtiberia, en las actuales provincias de Soria y Guadalajara, así como de los materiales conservados en el Museo Arqueológico Nacional y en el Museo Numantino de Soria, contribuyendo a renovar la visión sobre la Cultura Celtibérica existente desde los trabajos del Marqués de Cerralbo, Juan Cabré y BlasTaracena y facilitando el trabajo ulterior de jóvenes investigadores. José Luis Argente fue también un buen arqueólogo de campo. Desde 1970 participó como Ayudante o Adjunto a la Dirección en Fuentespreadas (Zamora), con Luis Caballero Zoreda, y en la necrópolis de Pozo Moro (Albacete), con quien esto suscribe; en 1972 fue Inspector de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas en la misión canadiense del Dr. Sadek en el Cerro de la Muela (Carrascosa del Campo, Cuenca) y también trabajó en la excavación del Acueducto de Segovia y en el Tell Mediniye (Kerak, Jordania). Ya como Director, realizó excavaciones en la necrópolis celtibérica de Aguilar deAnguita (Guadalajara) en la necrópolis visigoda de LaVarella-Castellar (Codo, Zaragoza), en la Villa Tardorromana de Baños de Valdearados (Burgos), en la Iglesia de San Nicolás, en Soria capital, y en laVillaTardorromana de Valdanzo (Soria). Pero el yacimiento al que más atención prestó, como ya se ha comentado, ha sido el de Tiermes, donde llevó a cabo 24 campañas de excavación consecutivas a partir de 1975, restaurando y valorando los restos descubiertos en excavaciones anteriores en esta singular ciudad celtíbera y romana y ampliando las zonas conocidas de la ciudad romana y de su acueducto, aunque, tal vez, su descubrimiento de mayor interés científico haya sido la excavación de la necrópolis celtibérica de CaiTatiermes, actualmente una de las más ricas y mejor conocidas de la Celtiberia. Esta faceta de arqueólogo que hemos resaltado en la vida del Dr. Argente tal vez quede eclipsada en el futuro por su labor profesional al servicio de todo el Patrimonio Cultural, pues paralelo a su interés por la Arqueología debe considerarse su labor como museólogo. Realizó su formación en este campo en el Museo Arqueológico Nacional, donde, de 1971 a 1974, llevó a cabo una magnífica labor aprovechando sus Prácticas Profesionales de Museos y, después, a cargo del Taller de Restauración y del Laboratorio de Fotografía, así como de los Almacenes de la Edad del Hierro, donde destaca su labor de organización de la Colección del Marqués de Cerralbo. Nombrado Conservador Asimilado al Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos en el Museo Arqueológico Nacional en 1974 y, a continuación. Conservador Interino del Museo Numantino de Soria, en 1976 ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Museos como Director del Museo Numantino. Este centro lo ha sabido renovar y vitalizar, alcanzando bajo su dirección y gracias a su esfuerzo y constancia la etapa más próspera de su ya larga historia, pues al Dr. Argente le cupo celebrar, y lo hizo con gran acierto, su LXXV aniversario, al que dedicó una gran exposición con su correspondiente catálogo El Museo Numantino, 75 años de la Historia de Soria (Soria 1994). En su labor al servicio de los museos y yacimientos Sorianos, cabe destacar el acondicionamiento de San Juan de Duero como Sección Medieval del Museo Numantino, la citada modernización y ampliación del Museo Numantino y también colaboró en el montaje del Museo de Palencia. Pero, ante todo, debe resaltarse su labor de especialista en museos locales, intuyendo una necesidad cultural que cada vez es más sentida y exigida por la sociedad. Obra suya son el magnífico Museo Monográfico de Tiermes, inaugurado en 1986, anexo al Museo Numantino, el Museo de Ambrona en 1992 y, en 1998, los museos de Arte Sacro en la iglesia de San Miguel, el de San Esteban de Gormaz ^Soria), el de Arte Sacro en la iglesia de La Peña (Agreda, Soria) y el Museo Etnológico de Matamala (Soria). Gracias a esta labor, con justicia puede decirse que la provincia de Soria es un buen ejemplo en la creación y en la difícil gestión de los museos locales. Para dar la mayor difusión posible a los museos y a la riqueza de la Arqueología, la Etnología y el Patrimonio Cultural de Soria escribió y editó numerosas guías de museos y yacimientos sorianos y supo, con medios mínimos, organizar continuas exposiciones que animaran la vida cultural de Soria y contribuyeran a dar a conocer su Patrimonio Cultural. Entre las guías, se puede recordar, como T. P.,56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es más conocida, Tiennes. Guía del Yacimiento Arqueológico, obra rehecha en numerosas ocasiones para renovar su contenido y Museo Numantino. Guía del Museo, Soria, 1990, sin olvidar su papel como editor y coautor de El Museo Numantino. 75 años de la Historia de Soria, Soria, 1994, que constituye el catálogo de la Exposición sobre el LXXV aniversario del citado Museo. Entre las numerosas exposiciones que organizó desde el año 1980 hasta su fallecimiento, señalaremos la dedicada a Soria en Zaragoza, celebrada en el Palacio de la Lonja de esta última ciudad. En esta actividad destaca las exposiciones Diez años de Arqueología Soriana (1978-1988) y la citada Museo Numantino: 75 años de la Historia de Soria, que conmemoró en 1994-1995 el citado aniversario del Museo, así como las que cada año montaba con eficacia modélica en el Museo Monográfico de Tiermes para renovar el interés por la visita del yacimiento e informar de los avances realizados en su estudio. Pero también colaboró con generosidad en exposiciones llevadas a cabo por otras instituciones, facilitando siempre fondos del Museo Numantino para mejor darlos a conocer en España y el extranjero, pues todavía se recuerda el impacto producido por las cerámicas del Museo Numantino en la famosa exposición sobre / Celti, de Palazzo Grassi, en Venecia, en 1991. El Dr. Argente también dedicó sus esfuerzos a la enseñanza universitaria y a la divulgación de temas arqueológicos referentes a los museos y excavaciones a su cargo. En esta actividad participó en diversos Cursos Monográficos, como en los Cursos sobre Museos de la Junta de Castilla y León, en el Magister de Museología de la Universidad Complutense de Madrid (1992 a 1996), en el Curso de Postgrado de la Universidad de Zaragoza en el Colegio Universitario de Huesca, etc.. y él mismo organizó e impulsó diversos cursos en Tiermes bajo el patrocinio de la Fundación Duques de Soria.
"Quien por distracción o incompetencia detenga, aunque sólo sea un momento, la marcha de la humanidad, será su salvador". E. M. Cloran: Silogismos de la amargura. Este texto plantea la necesidad de establecer procedimientos y convenciones de práctica arqueológica para resolver los problemas y demandas en la gestión actual del Patrimonio Arqueológico. En concreto se presenta el programa CAPA {criterios y convenciones en Arqueología del Paisaje y Patrimonio Arqueológico) en vía de realización por nuestro Grupo de Investigación. El objetivo de este programa es contribuir al desarrollo de sistemas y metodologías de gestión y evaluación del Patrimonio Arqueológico y llegar a componer un Manual de Usos Internos que nuestro grupo aplicaría en los diferentes proyectos de investigación y de asistencia técnica. Como ejemplo de estos desarrollos, se considera la Evaluación de Impacto Arqueológico y se propone un esquema metodológico para la realización de este nuevo tipo de práctica arqueológica, que forma parte importante de la Evaluación de Impacto Ambiental. (*) Grupo de investigación en Arqueología del Paisaje, Universidade de Santiago de Compostela. El artículo fue remitido en su versión final el 2-IX-98. LA INVESTIGACIÓN APLICADA: NUEVAS FRONTERAS PARA LA ARQUEOLOGÍA El desarrollo de la gestión del Patrimonio Arqueológico como campo especializado de actividad genera necesidades prácticas inéditas. La disciplina arqueológica debe responder a éstas adaptando sus metodologías, criterios e, incluso, objetivos de trabajo. En cierto sentido, la Arqueología tiene que empezar a considerar que su finalidad única y prioritaria ya no es excavar yacimientos ni puede ser reconstruir el pasado arqueológico en abstracto. Sino que, parte al menos de sus objetivos prácticos, se deben encardinar con la gestión de la problemática presentada por el Patrimonio Arqueológico en el contexto de una sociedad compleja y plural. Esto implica que la Arqueología debe desarrollar, establecer y consensuar formas de trabajo en contextos innovadores, determinados por temas y ámbitos relacionados con la gestión del Patrimonio Arqueológico (PArq en adelante). Conviene concretar en qué sentido se utiliza el término gestión, dado que se tiende a vincularlo de forma directa y exclusiva con laAdministración, lo que no sólo es erróneo sino que además levanta suspicacias. Por nuestra parte entendemos ge^í/onar como: aplicar conocimiento y administrar recursos (generalmente escasos) para resolver problemas concretos que, lejos de ser abstractos, están vinculados a condiciones objetivas específicas. Ahora bien, para reconvertir la Arqueología en una disciplina de gestión del PArq es necesario ante todo apurar el desarrollo de metodologías, procedimientos y especificaciones, entendiendo estas últimas como la definición de directrices sobre qué y cómo hacer para gestionar ese Patrimonio. Simultáneamente es preciso establecer cnY^no^ tanto de evaluación como de intervención en todos los nuevos frentes de acción vinculados a esta gestión. Y por último es necesario alcanzar un elevado grado de consenso sobre estos desarrollos dentro de la disciplina y con los agentes sociales implicados. Esto supone un proceso de debate público, que puede tener lugar por los medios habituales para esta finalidad, empezando por la correcta difusión de los avances en criterios y especificaciones. Pero antes hay que acrecentar estos avances, incorporando la Arqueología a la política de I+D (innovación y desarrollo tecnológico). La tecnología debería dejar de ser concebida como algo ajeno a las disciplinas humanísticas. En cambio hay que con-siderarla como lo que es, un saber-hacer o saber teórico que permite hacer cosas, para incorporar así nuestra disciplina al desarrollo tecnológico y a la investigación aplicada, centrándonos en nuestro caso en la puesta a punto de procedimientos y valores prácticos para resolver los problemas que presenta la existencia del PArq y reconvertir éste en recursos culturales que puedan ser adecuadamente rentabihzados por la sociedad (Criado, 1996a: 17). En este contexto, el Grupo de Investigación en Arqueología del Paisaje de la Universidad de Santiago de Compostela ha puesto en marcha el Programa CAPA, acrónimo de Criterios y Convenciones en Arqueología del Paisaje y Patrimonio Arqueológico. Es un programa de trabajo propio del grupo (es decir, no subvencionado por ningún proyecto de investigación o institución concreta) que atraviesa verticalmente diferentes proyectos y líneas de trabajo en curso de realización, y que constituye un programa de investigación aplicada y de desarrollo tecnológico en el sentido antes apuntado. El objetivo que persigue es innovar en metodología arqueológica y, sobre todo, adaptar ésta a las nuevas demandas prácticas citadas, mediante la retroalimentación con los trabajos concretos y aprovechándose de las soluciones específicas que se ponen coyunturalmente a punto para solventar los problemas prácticos que la ejecución de todo proyecto supone. El Programa CAPA pretende contribuir a que los trabajos más tradicionales do investigación básica, centrados en la interpretación del registro arqueológico, se puedan completar en Arqueología con uxidiinvestigación aplicada al desarrollo de metodologías de Gestión y Evaluación del Patrimonio Cultural. Consideramos urgente perfeccionar esta temática porque la consolidación de esta actividad y del mercado de trabajo a ella asociado depende en gran medida de la capacidad de laArqueología para responder a problemas prácticos, hacerlo con agilidad y eficacia y de un modo que sea objetivo o, cuando menos, fiable. Lo que está enjuego por lo tanto es una plena profesionalización del trabajo arqueológico, entendiendo por ello no lo que habitualmente se entiende en nuestro país (a saber, que ese trabajo lo realicen profesionales), sino que la Arqueología se desarrolle para intervenir de forma ágil y productiva en los diferentes ámbitos del estudio y gestión del PArq y que de esta forma crezca un sector profesional maduro y capaz. El Programa CAPA tiene por objetivo concreto producir una serie de especificaciones técnicas que T. P.,56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es contengan presentaciones sintéticas de los criterios, procedimientos y convenciones de actuación en diferentes frentes. Constituye en su conjunto una suerte de manual interno de usos y estándares de nuestro grupo de investigación, que permite mantener formas de trabajo homogéneas, lo que es básico dentro de un equipo numeroso y de una dinámica que es, fundamentalmente, interactiva (diferentes instancias e individuos intervienen en diferentes momentos de un mismo proyecto) e iterativa (se vuelve en momentos sucesivos sobre las mismas circunstancias y entidades de información). Asimismo, facilita la integración y formación de personal colaborador que se incorpora a los diferentes proyectos. Para ello, el manual CAPA debía ser accesible. Esta necesidad se cubrió incluyendo los diferentes documentos con especificaciones técnicas en la Intranet del grupo. En la actualidad se dispone de 344 páginas con este material, que están elaboradas con tecnología hipertextual, lo que permite acceder con facilidad a los segmentos de información de interés concreto. El índice general de esta sección de la Intranet se puede observar en la tabla 1(1). Dado que el conjunto de este material no está totalmente verificado y que su utilidad es en muchos casos fundamentalmente interna, el manual CAPA no es de acceso público generalizado. Recientemente, sin embargo, pusimos en marcha una iniciativa editorial para publicar y difundir aquella parte de este material que cumpla la doble condición de ser de amplia utilidad y haber sido verificado en periodos de aplicación práctica más o menos largos. De este modo, el Programa CAPA se concreta en la serie de cuadernos CAPA, que presentan los criterios, convenciones, procedimientos y técnicas de trabajo utilizados por nosotros (2). Como ejemplificación del Programa CAPA se ha optado por mostrar de forma sumaria el desarrollo de la metodología arqueológica necesaria para operar en un campo nuevo como es la Evaluación de Impacto Ambiental (ElA en adelante), que implica establecer criterios y procedimientos de Evaluación de Impacto Arqueológico (EIArq en adelante) y concretar los mismos en forma deespe- (1) El diseño y mantenimiento de este servicio es responsabilidad de la unidad de telemática del grupo, concretamente de su coordinador (C. González) y del administrador de sistemas (R. Gómez). (2) Los títulos publicados de la serie CAPA aparecen en la bibliografía. Se distribuyen en versión impresa o a través de Internet [URL], y http://www-gtarpa.usc.es/ TAPA para la serie de Trabajos en Arqueología del Paisaje). La necesidad de hacer estos trabajos había sido adelantada por los responsables de los Servicios de Arqueoloxía de la Consellería de Cultura gallega, que han insistido en la importancia de realizar evaluaciones de impacto y en la inevitabilidad de llevar a cabo seguimientos arqueológicos de los proyectos de construcción (Tallón, 1993). Todas estas actuaciones han posibilitado predefinir un esquema metodológico para evaluar y corregir el Impacto Arqueológico de la construcción de Obras Públicas (4). Paulatinamente se ha podido definir tanto el propio concepto àt Impacto Arqueológico, como el àt Evaluación de Impacto Arqueológico, y observar su articulación con la Evaluación de Impacto Ambiental, entendida ésta como el "proceso de análisis (...) encaminado a formar un juicio previo, lo más objetivo posible, sobre los efectos ambientales de una acción humana prevista (...) y sobre la posibilidad de evitarlos o reducirlos aniveles aceptables" (Gómez, 1994: 35). A este respecto, la normativa existente (comunitaria, estatal y autonómica) considera el Patrimonio Cultural, incluyendo el Arqueológico, como uno de los factores que conforman el Medio Ambiente. Sin embargo, las principales guías metodológicas para la EIA tratan el tema de un modo tangencial y, en algunos casos, anecdótico, lo cual no deja de ser lógico, teniendo en cuenta la singularidad de la Arqueología respecto a otras disciplinas manejadas en los estudios de impacto ambiental (5). Nuestro primer objetivo es, por lo tanto, el desarrollo de una metodología que permita la inclusión del PArq como un factor específico dentro del proceso global de EIA, y orientada igual que ésta por parámetros no sólo cualitativos sino también cuantitativos. (3) Este texto se completa con otro en preparación por parte de F. Criado, J. Amado y M.C. Martínez en el que se continúa la temática aquí tratada, relativa a la EIArq antes de las obras, con el análisis y definición de las estrategias de Corrección del Impacto durante la fase de construcción. (4) Las bases metodológicas de este trabajo han sido definidas gracias al esfuerzo, desde 1991, de todos los componentes de nuestro Grupo de Investigación. Nuestro agradecimiento a todos ellos. (5) Véase Gómez, 1994; Conesa, 1995, o cualquiera de las Guías editadas sobre el tema por el Ministerio de Obras Públicas y Transportes. Desde un punto de vista conceptual, podemos entender por EIArq el proceso de análisis por el que ^t identifica (relaciones causa-efecto), pr^J/ce (diagnosis y previsión de impactos), valora (evaluación), pr^v/e/i^ (introducción de medidas correctoras) y comwnfca (participación pública) el impacto de un proyecto sobre el PArq (Gómez, 1988). Este proceso se articula, sintéticamente, en cuatro fases: el análisis del proyecto, la elaboración del inventario de bienes arqueológicos que pueden ser afectados, \?i evaluación de esa afección (que constituye la EIArq propiamente dicha) y la definición de las medidas correctoras de ese impacto. Estas fases no deben ser consideradas como eslabones fijos dentro de la cadena valorativa, sino como estadios intermedios de un proceso retroalimentado, como se podrá observar en cada uno de los apartados de este texto, a medida que se expongan los criterios y procedimientos que los orientan. lio, general para todo tipo de proyectos que impliquen una modificación física del espacio, que distingue entre las fases de planificación, construcción, explotación, previsiones de modificación y, eventualmente, abandono o desmantelamiento. Para un correcto proceso de evaluación, el momento idóneo para el estudio es la fase de planificación. De no ser así, la minimización de los efectos sobre el PArq resultará más compleja, pues será difícil elaborar previsiones y proponer medidas correctoras. Igualmente, será necesario determinar las características específicas del proyecto, especialmente en cuanto a exigencias de uso del suelo, para delimitar con mayor precisión las áreas de afección e incidencia (conceptos definidos más abajo), y a la tecnología que se empleará en las diferentes fases (lo que permitirá precisar las acciones susceptibles de producir efectos sobre el medio). En un nivel más concreto, y basándonos en los resultados obtenidos en esta primera aproximación, el análisis de los distintos componentes que conforman el proyecto, es decir, cada uno de los elementos que lo integran, considerados desde el punto de vista de su potencialidad para producir impactos ambientales o arqueológicos, nos permitirá identificar con precisión y desagregar tres niveles diferentes: agentes, factores y acciones. Por agente entendemos aquel componente del proyecto, físico y concreto, a causa del cual tiene lugar una afección. Se consideran agentes todas las infraestructuras e instalaciones necesarias para la construcción y el funcionamiento del proyecto, desde las obras de instalación específicas que configuran su singularidad hasta la maquinaria empleada para transporte y mantenimiento (8). Factor es un concepto genérico que engloba aquellas modificaciones del medio que, en mayor o menor medida, presentan unas características similares, pudiendo mencionar en este sentido lar^moción de tierras como uno de los principales. No obstante, conviene recordar que nos podemos encontrar con otros, como el tránsito de maquinaria, que en determinadas circunstancias puede resultar muy agresivo. Para aclarar este concepto, es conve-niente tener en cuenta que una EIArq siempre supone una previsión razonada, y que es tarea del arqueólogo determinar qué agentes y factores presentan una afección potencial sobre el entorno. Si consideramos las acciones como aquellas actividades concretas que generan un efecto sobre el medio, y, consiguientemente, causa directa del impacto, encontramos englobadas dentro del factor remoción de tierras, y de mayor a menor grado de afección, algunos ejemplos como excavaciones, voladuras, préstamos, desbrozado, afirmado, rellenos, restituciones, etc... También, aunque en menor grado, se engloban en ese mismo factor distintas obras de fábrica y de mantenimiento como pueden ser desviaciones de cauce, drenajes e instalaciones menores. A partir de esta propuesta de desagregación (9) de los componentes del proyecto se puede elaborar un esquema-modelo (Tab. 2), tomando como ejemplo la construcción de un Parque Eólico. Por ámbito de afección del proyecto se entiende el territorio sobre el que un proyecto de obra actúa, para lo que hay que tener en cuenta tanto los datos referentes a la ubicación y extensión del mismo (sus características espaciales) como los provenientes de una descripción general de la zona. La experiencia de nuestro grupo en estudios de EIArq nos ha mostrado la conveniencia de diferenciar en los proyectos, de forma general, tres zonas: La de afección propiamente dicha es sobre la que el proyecto incide de forma directa. Genéricamente, tomamos un área cuyo perímetro dista 50 m. de las obras. La utilización indiscriminada de medios mecánicos masivos y la existencia de prácticas tales como la toma de préstamos, hace que las remociones de terrenos tiendan a superar, o al menos desbordar, los contornos previstos inicialmente. La àeincidencia, indirectamente afectada por el proyecto, y que abarca entre los 50 y los 200 m. medidos desde el perímetro exterior de las obras. Este límite deriva de razones legales, dado el imperativo planteado por las Normas Subsidiarias e Complementarias de Planeamento Urbanístico das Catro Provincias Galegas, según las cuales cualquier obra en el ámbito de los 200 m. de cualquier yacimiento arqueológico debe ser informada. Finalmente está la zona de muestreo, que abarca a partir de los 200 m. y cuya consideración deriva de una razón metodológica, que viene dada por la conveniencia de reunir información arqueológica adicional para poder completar la valoración del PArq existente en el área de estudio, y fundar la EIArq en procedimientos e interpretaciones basados en el conocimiento del contexto de la zona y en estimaciones basadas en laArqueología del Paisaje. Por ello, los límites exteriores del área de muestreo pueden variar tanto en función de sus condiciones topográficas como del entorno arqueológico, oscilando generalmente entre 0,5 y 1 km. Una vez que el ámbito de afección del proyecto ha sido determinado, y las acciones susceptibles de generar impacto identificadas, podemos considerar que el proyecto ha sido convenientemente caracterizado. Será en una fase posterior (Evaluación del Impacto) cuando estemos en disposición de manejar los datos obtenidos. IDENTIFICACIÓN Y VALORACIÓN DE LOS BIENES AFECTADOS El proceso de identificación y valoración de los bienes arqueológicos y patrimoniales afectados por el proyecto debe iniciarse con los trabajos de campo necesarios para inventariar las entidades que componen el registro arqueológico existente en la zona y valorarlas. Se corresponde con la fase de inventario en los procesos de EIA. Sin embargo, el primer problema es relativo al objeto de trabajo (qué, cómo y para qué debe ser inventariado). Aunque para enfocar la cuestión más adecuadamente sería necesario considerar los problemas específicos del registro del PArq gallego, un intento de sistematizar los procedimientos de valoración de los bienes afectados por un proyecto debe contemplar igualmente los problemas de índole general. Los objetos arqueológicos no son meros objetos, sino que "son valores intelectuales adscritos a elementos físicos que existen^era de la sociedad pero no-son nada sin ella, ya que^fueron el producto de otra sociedad distinta" (Criado, 1996a: 27). Así, el concepto de vator les es inherente, y es su consideración (suvaloración) como documentos históricos lo que los convierte en objetos arqueológicos y en parte integrante del Registro Arqueológico. Por esta razón, de cara a su inclusión dentro de la EIArq, la valoración de los bienes debe adaptarse a un proceso especial, articulándose en tres fases: identificación, caracterización y valoración, cada una de las cuales responde a una necesidad concreta dentro del proceso, se orienta mediante unos criterios definidos y se articula a través de unos procedimientos específicos. Igualmente, este proceso de valoración debe organizarse como una operación secuencial que permitirá adjudicar un valor numérico (10) a cada bien inventariado, pues será este valor cuantitativo el que propicie su inclusión en la operación de evaluación del impacto. En el inventario de objetos arqueológicos se puede establecer una distinción básica entre los elementos mejor definidos y todos aquellos puntos en los que han sido documentados indicios arqueológicos. Esto es, entre los objetos arqueológicos reales, constituidos por los yacimientos y elementos arqueológicos visibles en superficie y los objetos arqueológicos hipotéticos, constituidos por valoraciones e interpretaciones bien justificadas y documentadas sobre la posible existencia de yacimientos no evidenciados físicamente, es decir, caracterizados por su potencialidad. Es imprescindible considerar los segundos porque una gran parte de los yacimientos arqueológi-(10) Cuando hablamos de valor numérico nos estamos refiriendo a la inferencia para integrar, mediante parámetros cuantitativos, un determinado objeto dentro del proceso de evaluación. No nos referimos al valor "económico" del objeto. COS gallegos no se evidencian a simple vista y resulta difícil delimitar su presencia y extensión. Sin embargo, el estado actual de la investigación nos permite interpretar, categorizar y valorar hasta cierto punto esas evidencias potenciales (pudiendo así ser considerado el impacto potencial sobre las mismas antes de que sea efectivo). Para ello contamos con la posible recuperación de material arqueológico en la fase de prospección y, sobre todo, con modelos predictivos de localización de yacimientos, fundamentados en circunstancias como la existencia en el entorno de determinados tipos de yacimientos visibles, las características geográficas y topográficas de la zona, y analogías y extrapolaciones basadas en otros casos y zonas. La estrategia de trabajo de campo aplica para ello tres técnicas de prospección complementarias {extensiva, intensiva y de cobertura total). El considerar no sólo el área directamente afectada por el proyecto, sino también el entorno, tiene como principal finalidad objetivar y formalizar nuestra propia percepción del espacio natural para que, ya en la fase de caracterización, esto pueda servir de base a un análisis formal del paisaje, en el que se incluyan tanto los componentes y unidades naturales derivados del análisis fisiográfico como aquellos componentes pertenecientes al espacio construido (11). La elaboración del inventario implica una clasificación de objetos arqueológicos, que permitirá establecer las pautas necesarias para modelar un sistema de valoración de los bienes arqueológicos y su inclusión dentro de un proceso global de EIArq (12). Para ello será preciso proceder a IsLcaracterización de los diferentes objetos que conforman el inventario. Esto supone definir los atributos o características particulares de cada objeto y, en última instancia, implica adscribirlo a una clase, entendiendo ésta como "el conjunto de objetos que responden a un patrón o 'molde' de apariencia y comportamiento determinado, y el proceso de clasificación como la adscripción de objetos a clases" (11) Sobre el análisis formal como instrumento para la valoración de los elementos integrantes del paisaje véase Santos et alii, 1997. (12) Para una comprensión más completa de nuestro sistema de inventario y clasificación véase Martínez, 1997 y Méndez, 1998. En definitiva, se trataría de transformar el mapa de puntos (entidades locacionales) en un mapa de yacimientos adscritos tipológica y crono-culturalmente (clasificados) (13). Como se podrá observar, el procedimiento de clasificación (y también el de identificación) implica undivaloración arqueológica y patrimonial previa a la posterior fase de valoración de los bienes, por lo que conviene incidir en que estamos exponiendo las fases del proceso en una sucesión lógica (no cronológica), cuando en realidad estas fases interactúan constantemente. El primer nivel de articulación del sistema clasificatorio propuesto estará constituido por una división en categorías (para evitar confusiones, denominamos así a las clases más genéricas), que sigue un orden jerárquico decreciente.' paisajes arqueológicos^ yacimientos, estructuras y materiales. La operación de clasificación debe comenzar por los objetos concretos, pues sólo a partir su conocimiento se puede ir más allá y articular los datos obtenidos en un contexto más amplio. Esta estrategia puede derivar de principios teóricos basados en la Arqueología del Paisaje ya que, en definitiva, se trata de "reconstruir e interpretar los paisajes arqueológicos a partir de los objetos que los concretan" (Criado, e.p.). Así, de cara a la categorización de los objetos documentados (el problema fundamental suele estribar en cuándo una estructura o un conjunto de materiales se pueden calificar como yacimiento) habría que considerar una serie de parámetros de los que en primer lugar debemos señalar Isíimportancia y abundancia de la evidencia documental, entendiendo por ésta los conjuntos de materiales y/ o estructuras que testimonian la existencia de yacimientos arqueológicos. Evidentemente, no se trata de dos parámetros equiparables ya que el segundo posee un carácter cuantitativo y el primero un carácter cualitativo. Ambos deben ser simultáneamente estimados desde el momento en que pueden excluirse mutuamente, siendo el criterio del arqueólogo el que permite valorarlos tanto por sí mismos como en función de su relación con evidencias análogas en contextos similares. Otro parámetro a tener en cuenta es elgrado de estructuración de la evidencia. Para los restos documentados no visibles en superficie esto implica una disposición estratigráfica originaria, mientras (13) Sobre la sistematización del registro de yacimientos arqueológicos véase Martínez, 1997. que para los yacimientos visibles, es su condición lo que nos revela el grado de estructuración, lo que no se debe confundir con la disposición o características de las estructuras que componen el yacimiento en caso de que las haya. Por otra parte contamos con todos aquellos datos derivados de los modelos predictivos de localización de yacimientos, que pueden ser un factor más de apoyo para categorizar una evidencia como yacimiento. La aplicación razonada de estos modelos, en relación con labores de evaluación y corrección de impacto en obras públicas, ha permitido a nuestro grupo delimitar en numerosas ocasiones (a veces sin la concurrencia de evidencias materiales en superficie) zonas de potencial arqueológico posteriormente reveladas como emplazamientos arqueológicos reales; con más razón permitirá calificar un conjunto de evidencias como yacimiento en función de esos mismos factores. Concluimos así que otro de los parámetros a tener en cuenta a la hora de determinar cuándo una evidencia se puede considerar yacimiento es QI entorno arqueológico. Una vez efectuada la categorización, el procedimiento clasificatorio que proponemos nos llevaría a una distinción de rango entre las clases de objetos que conforman cada categoría. En primer lugar, si se conocen el uso y ISL función originarios del yacimiento, podemos establecer un primer rango (clases propiamente dichas), según se trate atareas de asentamiento, lugares funerarios o cultuales, áreas de explotación económica, obras o edificios públicos o representaciones gráficas. Dentro de cada una de esas clases, si se dispone de la información suficiente a partir de los restos materiales documentados durante la prospección, y/o si el yacimiento presenta unas características o atributos identificables que permiten su inclusión en una clase más concreta, es factible llevar a cabo una subdivisión. Para evitar problemas terminológicos, podemos referirnos a estas clases más concretas como tipos. Así, a una clase como lugar funerario, pueden pertenecer tipos diversos como necrópolis, túmulo, cista, fosa, urna, sepulcro o sarcófago. En el caso de los yacimientos de naturaleza invisible puede ser suficiente con determinar su clase, dada la dificultad intrínseca que presenta su proceso de caracterización, sobre todo si éste ha podido tener lugar durante la fase de prospección superficial. Los criterios que regirán la posterior valoración de los bienes están determinados en buena medida a partir de las características genéricas de cada clase o tipo, por lo que dichas características, si bien sometidas a una constante revisión y ampliación derivada de la investigación básica en constante desarrollo, deben ser estandarizadas dentro de un margen de flexibilidad. Se trata, en definitiva, de crear un marco de referencia para el objeto arqueológico que pueda guiar y orientar al arqueólogo en la fase de valoración. Una clasificación tipológica de yacimientos no debe ser, a priori, tan problemática como la clasificación de las posibles estructuras identificables, tanto por la mayor diversidad tipológica existente entre éstas como por su carácter ambiguo, ya que pueden funcionar no sólo como entidades independientes, sino también, y sobre todo, como componentes de una unidad de articulación mayor, dentro de la categoría de yacimiento y/o de paisaje arqueológico. El mismo problema se presenta para el caso de los materiales documentados. El sistema de clasificación debe contemplar, por lo tanto, la posibilidad de considerar las estructuras como categorías agregadas, ligadas entre sí por relaciones de asociación y englobadas por relaciones de inclusión en una categoría de rango mayor. En el nivel más concreto de los objetos, esto se plasma en el hecho de que cada pieza del registro de materiales puede ser agregada igualmente a un conjunto mayor {conjunto de materiales), que bien por sí misma o bien enasociación con otros conjuntos pueden (o no) ser caracterizadas y agregadas a una unidad mayor (que puede ser tanto una estructura aislada o agregada a un yacimiento, como el yacimiento por sí solo) y así sucesivamente hasta llegar a la unidad máxima, que en el caso concreto de una evaluación de impacto vendría definida directamente por la escala del proyecto. Por último sistematizamos la clasificación en función de la adscripción cultural de los objetos, siempre que ésta haya podido ser determinada. Para paliar esta indeterminación, indisociable de la práctica arqueológica, proponemos establecer dos rangos dentro de la clasificación, el primero de los cuales presenta un carácter más genérico, lo que nos permite un mayor margen de flexibilidad en la adscripción (como puede ser el concepto de Neolítico). Cuando las características del objeto permiten una datación más ajustada, contamos con un segundo nivel de adscripción, más concreto y preciso (siguiendo con el ejemplo anterior, podríamos hablar de Neolítico Inicial, Neolítico Medio, Neolítico Final). El proceso de valoración de los bienes afectados por un proyecto tiene como objetivo principal el poder adjudicar un valor cuantitativo a dichos bienes, de cara a su inclusión en el proceso global de evaluación. Este valor posee un carácter indicativo, ya que profundizar en cuestiones sobre qué es el valor arqueológico y cómo se puede gestionar desde el presente supondría salirse del horizonte de este trabajo ( 14). No obstante, debemos encauzar los distintos componentes valorativos desarrollados hasta el momento hacia nuestro objetivo. Estos componentes se plasman en una serie de entidades, dentro del sistema de información (15) en que nos manejamos, que se pueden calificar como valorativas y que, partiendo del inventario realizado, se articularía en dos ejes confluyentes. Por un lado, la situación patrimonial, como diagnóstico, se refiere esencialmente al estado de conservación del yacimiento en el presente {vestigio), mientras que la valoración arqueológica consiste en una estimación del valor arqueológico del yacimiento como instrumento para la reconstrucción histórica {signo), elaborada a partir de una síntesis de las evidencias documentadas, abarcando el entorno del yacimiento, y planteando una hipótesis sobre su significado dentro de aquel. Del cruce simultáneo de las dos entidades señaladas (valor como documento y estado de conservación) obtendríamos la valoración patrimonial del yacimiento, es decir, una serie de recomendaciones valoradas, tanto de cara al establecimiento de medidas correctoras como a las perspectivas de rentabilización social existentes, y que vendría a ser en definitiva el valor final o absoluto del bien. Tanto en el caso de la valoración arqueológica como en el de la situación patrimonial, creemos que es factible diseñar una estrategia de valoración que, partiendo át criterios flexibles, mantenga un cierto grado de homogeneidad en el resultado final. Significatividad: Consiste en el potencial informativo de los restos en función de su relación con el entorno y de las características que presenta como perteneciente a la clase o tipo en que haya sido incluido. Se trata del criterio básico de cara a una valoración arqueológica. (15) La exposición detallada de la estructura organizativa de la base de datos SIA+ (referida en el texto) se encuentra en González, 1997. Consideramos que una primera valoración consiste precisamente en atribuir al objeto la condición designo, dado que el objeto (sus atributos y su relación con el contexto) nos dice algo y lo calificamos por lo tanto como eje de una argumentación basada en el desciframiento de un código interpretativo. La perspectiva que nos interesa es aquella que el arqueólogo debe mantener a partir de un análisis de las formas en el espacio que se traduzca en la "aproximación a la racionalidad de unos modos de expresión social" (Velandia, 1994: 25). Sin embargo, carece de sentido intentar delimitar, definir o sistematizar a pnon las circunstancias que otorgan el significado a un objeto y/o a su entorno. Será el criterio subjetivo del arqueólogo el que estime el grado de significatividad que un objeto posee en función de: -El número de atributos que pueden ser identificados como unidades de significado, articuladas entre niveles, progresivos que van desde el yacimiento como objeto con identidad propia hasta el último resto de cultura material, que aparecerá como objeto con identidad pero integrante de un contexto inmediato. -Los indicios que permiten interrelacionarlo con otros componentes del entorno e introducirlo finalmente en una reconstrucción del paisaje arqueológico, valorando lo que éste, como última unidad estructural de significado, debe al objeto en cuanto componente del mismo. Representatividad: Se trata de la relación que se establece entre las características o atributos propios del objeto y los atributos genéricos que presentan los de su clase y que, consiguientemente, han permitido su inclusión en la misma. Así, el objeto se convierte en representativo de una determinada clase o tipo por ser esas características y su relación con el contexto las típicas que presentan los objetos que la conforman. La valoración del grado de representatividad de un objeto se basaría por tanto en las mismas claves utilizadas para evaluar su significatividad, pero en este caso, una vez que se ha realizado la desagregación del objeto en unidades de significado, habrá que interrelacionar cada una de ellas con aquellas en las que se puede articular la clase a la que el objeto pertenece. Se trataría, en definitiva, de un criterio aplicable no tanto a la valoración arqueológica como a la situación patrimonial. Excepcionalidad: Se establece, en el eje de la valoración arqueológica, en función de las anomalías que el yacimiento presenta en relación con las características genéricas de su clase. Si un objeto se considera representativo por poseer gran número de características típicas, lo será como excepcional cuando no sea así. Se trata de un criterio que, en este sentido, actúa en relación inversa al anterior, mientras que la estimación de un objeto como excepcional desde el punto de wisisi patrimonial tient una doble lectura: puede ser coincidente con este punto de vista o bien puede valorar el grado de excepcionalidad de un yacimiento en la medida en que mantenga inusualmente bien conservados sus atributos. DiversidadoValorde Grupo: Depende directamente del entorno arqueológico del yacimiento, pudiendo hacerse una sintética distinción en cuatro niveles: -Yacimientos aislados, donde debemos considerar tanto que distintos tipos presenten patrones de emplazamiento diferentes ( 16), como que la escala espacial se restrinja al entorno inmediato o abarque un área más amplia. -Yacimientos del mismo tipo conformando conjuntos {i.e.: necrópolis tumulares, estaciones de grabados rupestres...). -Yacimientos que conforman un paisaje sincrónico-cultural, en los que el yacimiento forma parte de un conjunto más amplio de yacimientos de distinta clase pero de un mismo horizonte cronocultural {i.e.: paisaje conformado por túmulos, grabados de cazoletas y asentamientos de época neolítica). -Diversidad cronocultural de los yacimientos documentados en el área (17). La concreción y definición de los criterios y procedimientos de la valoración del inventario permitirá su transformación en términos cuantitativos de cara al desarrollo del proceso de evaluación de impacto, y que dicha valoración sirva de fundamento para posteriores líneas de investigación relacionadas con la gestión integral de los recursos culturales, siguiendo la orientación de trabajos relacionados con la valorización social del patrimonio (Criado, 1996b). Los criterios analizados hasta ahora (significa-( 16) Son especialmente significativos al respecto los trabajos de investigación y tesis de licenciatura de González Méndez, Méndez Fernández, Parcero Oiibiña, Santos Estévez y Villoch Vázquez, así como la tesis doctoral en preparación de Méndez Fernández. (17) La idea de relación de diversidad en función de la diacronía de un conjunto de yacimientos o de la articulación de un patrón productivo completo (que orienta la definición de paisaje sincrónico-cultural del punto anterior) se recoge en Zafra, 1996. tividad, representatividad, excepcionalidad y diversidad) orientan tanto la valoración arqueológica como el diagnóstico de la situación patrimonial. No obstante, en este punto es necesario transformar esos criterios de valoración en términos cuantitativos o parámetros de medida. Así, en cada uno de estos parámetros, y en lo que respecta a la valoración arqueológica, el índice puede adoptar unos valores de entre 7 y S (la elección no es arbitraria, sino que se establece en función de la operación de evaluación de impacto que más adelante se desarrolla) siendo el arqueólogo el que, de forma ajustada y según los criterios expuestos y sus claves, los adjudique. Los parámetros de medida, a diferencia de los que rigen en la operación de evaluación del impacto, no están sometidos a un baremo objetivo, ya que no poseen una auténtica dimensión física. Recalcamos por esto que la fiabilidad del proceso depende no tanto de la rigidez de dichos parámetros conio de la homogeneidad en la aplicación de los criterios de valoración. Como se puede observar en la tabla 3, los criterios de representatividad y excepcionalidad (en lo que respecta a la valoración arqueológica) son mutuamente excluyentes. Esto quiere decir que a la hora de operar con sus respectivos valores de cara a la obtención de un índice final, debe optarse por aquel de los dos que presenta un valor más alto. Así, el resultado final se deduce a partir de la elaboración de una media aritmética de los tres valores obtenidos, por lo que éste nunca podrá reflejar un índice superior a 8. Retomando el diagnóstico de la situación patrimonial, y a partir de los criterios reseñados anteriormente (sin necesidad de cuantificación, puesto que serán otros los parámetros) procederíamos a efectuar un contraste entre su estado de conservación y su vulnerabilidad. Se trata por lo tanto de manejar una escala relativa en dos direcciones. Por un lado, consiste en calibrar el grado de conservación de un objeto en relación a todos aquellos similares de los que se tiene constancia. Por otro lado, aunque objetivamente dos objetos diferentes presenten un estado de conservación similar, el arqueólogo debe discernir cuál de ellos posee un mayor grado de vulnerabilidad y, por lo tanto, debe valorar cuál muestra un mejor estado de conservación. El resultado final del análisis de la situación patrimonial contempla cinco posibilidades, junto a las cuales hemos señalado el valor que adquieren como parámetros de cara a su inclusión en el proceso de valoración de los bienes: desaparecido (0), casi destruido (0,5), gravemente alterado {l),poco alterado (1,5) y no se aprecia alteración (2). Como una adición de los valores obtenidos en las fases de valoración arqueológica y situación patrimonial, deducimos el valor final (valoración patrimonial) con el que el bien afectado figurará en las posteriores fases del proceso de evaluación, donde habrá de ser contrastado con otros índices referentes a los demás factores implicados. De ello se deduce que el nuevo índice oscilará entre un valor mínimo de 3 fJ + OJ, en caso de que un objeto haya dejado de existir materialmente, y un máximo de 10 (8 4-2), para aquellos objetos de suprema valía y condiciones excepcionales de conservación. Una vez realizados el análisis del proyecto y la valoración de los bienes afectados, cruzando entre silos datos procedentes de ambas fases, es posible identificar los Impactos Arqueológicos concretos y valorarlos. Esta es la fase que, con propiedad, debemos denominar evaluación de impacto arqueológico. En ella se han considerar no sólo los objetos arqueológicos reales, sino también los objetos hipotéticos antes definidos, esto es: todos aquellos que, a pesar de no ser reconocidos empíricamente, fomentan una sospecha razonable de producir incidencias arqueológicas durante las obras. El proceso de EIArq resulta más sencillo (en el plano operacional, no en el conceptual o interpretativo) cuando hay que tratar con objetos hipotéticos, constituidos en definitiva por valores intelectuales o interpretaciones, en cuyo caso la evaluación se tendrá que limitar a establecer previsiones razonadas sobre la presencia potencial de yacimientos no visibles superficialmente. Naturalmente, una vez que las obras hayan comenzado, en la medida en que las remociones del terreno permitan documentar información antes oculta, las previsiones de impacto pueden ser revisadas (si ya existían) o formuladas por vez primera. En cualquier caso, la evaluación del impacto sobre objetos arqueológicos hipotéticos siempre tendrá un carácter estimativo, a expensas de las incidencias que posteriormente revelen las labores de control y seguimiento arqueológicos, ya en fase de ejecución. Esto se relaciona directamente con la problemática específica que presentan los puntos y yacimientos que no son descubiertos hasta el momento en que se ven afectados por las obras, lo que concierne más a una metodología de control y corrección que a la de evaluación. El proceso de evaluación permitirá prever el impacto en cuanto trate, fundamentalmente, con objetos arqueológicos reales, visibles en superficie. Es con este tipo de entidades con las que es factible aplicar criterios y procedimientos evaluativos completos. Los ejemplos de este tipo más destacados en Galicia son los monumentos tumulares de finalidad funeraria, que se documentan desde el Neolítico Final hasta finales de la Edad del Bronce; los castros, que constituyen asentamientos fortificados de la Edad del Hierro y los petroglifos. Inventario de impactos y criterios de evaluación de impacto La secuencia operacional de la evaluación partiría de la elaboración de un inventario de impactos, fase previa a la valoración de los mismos, que se plasmaría en la fórmula: una acción + una entidad arqueológica = un impacto. Así, del mismo modo que un acción puede presentar un impacto sobre más de un punto o yacimiento, se pueden dar circunstancias en las que más de una acción impacte sobre el mismo yacimiento (como puede ser el caso de un túmulo sobre el que haya circulado maquinaria y que haya servido para extraer tierras de préstamo). Una vez inventariados los impactos, estaremos en disposición de entrar en la fase de evaluación. Esto requiere definir los criterios sobre los que se realiza, dentro de los cuales es posible establecer unos parámetros según el grado de afección de cada impacto concreto, y articular un procedimiento de realización. Así, es factible predefinir unas pautas operacionales que nos permitan ajustar nuestra propia percepción de la afección. Se trata, en definitiva, antes que de anular o suplir la limitación derivada del criterio subjetivo del arqueólogo, de canalizar éste hacia parámetros objetivables y de validez intersubjetiva. Los criterios son: extensiónmagnitud, incidencia y certidumbre. Por extensión entendemos la superficie afectada por el impacto en relación a la estimada para el T. P.,56, n."l, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es yacimiento y su entorno, ha. magnitud nos indica la relación proporcional entre el tipo de acción (por ejemplo, las perforaciones producidas para la instalación de un cierre) y la entidad arqueológica en sí (como pueden ser un castro o un túmulo), ya que las consecuencias de una misma acción no tienen por qué ser las mismas para distintos tipos de yacimientos, aunque objetivamente la extensión afectada sea la misma (sería parcial, por ejemplo, si afectase lateralmente al yacimiento). Por ello, la estimación de la magnitud se debe hacer simultáneamente a la de la extensión del impacto, siguiendo los mismos parámetros de medida; esto es: nula (0), puntual (1), parcial (2), amplia (4) y total (8). Siguiendo con el ejemplo, la instalación del cierre afectaría parcialmente al castro, pero su magnitud respecto a un túmulo sería amplia. Lógicamente, el incremento de la extensión afectada supone una mayor confluencia entre ambos parámetros. Laincidencia hace referencia a la intensidad de la alteración producida y está directamente relacionada con el tipo de acción que genera el impacto. A diferencia del criterio extensión-magnitud, la determinación del criterio incidencia no se realiza en una sola dimensión, sino que la secuencia lógica de la operación se lleva a cabo en dos ámbitos diferentes: físico y visual, que deberán ser reflejados convenientemente a la hora de proceder a la valoración conjunta. Así, dentro de la incidencia física, las pautas operacionales se corresponden con el análisis de aquellas acciones, más o menos profundas, englobadas dentro de factores como la remoción de tierras o el tránsito de maquinaria. La incidencia visual hace referencia a los proyectos que afectan a la estructura perceptual del paisaje, o lo que es lo mismo, a la legibilidad del mismo. En este sentido, resultan especialmente significativos los proyectos que implican edificación, aunque también se debe tener en cuenta en los estudios de evaluación de proyectos de ordenación territorial y repoblaciones forestales, que en Galicia poseen un alto grado de incidencia sobre los paisajes. En ambos casos, los parámetros hacen referencia a la intensidad de la alteración, bien por la profundidad de la misma en la incidencia física, bien por el grado de ocultación en la visual: nula (0), baja (1), media (2), alta (4) y total (8). Huelga decir que si tanto laextensión-magnitud como la incidencia tienen valor O, estamos admitiendo que el proyecto no produce ningún tipo de afección. Por la misma razón, el cúterio certidumbre oscilará entre unos valores de 1 a 8, y se vincula implícitamente a la evaluación en la fase de planificación del proyecto, ya que consiste en la certeza de que un agente determinado producirá un impacto sobre el objeto. En caso de que el impacto haya sido detectado en la fase de construcción, se trataría tanto de corroborar o modificar las previsiones efectuadas (si ya existían) como de reflejar la afección detectada si no estaba prevista (bien por suponer una acción no previsible sobre un yacimiento documentado, bien por tratarse de un punto o yacimiento no visible en superficie y sólo documentable durante las obras). Así, los parámetros a aplicar se relacionarán con las áreas de afección delimitadas previamente en función de las características del proyecto, y se puede valorar el impacto como poco probable (1), posible (2), probable (4) o seguro (8), ya que en este país y en lo que respecta a planificación no hay nada imposible. El método de objetivación y cuantificación para la EIArq se orienta a la elaboración de una matriz de impactos en la que se reflejen los parámetros adoptados. Mediante la operación englobada en dicha matriz, la conjunción de los valores obtenidos en la evaluación con la valoración que se haya hecho de la propia entidad arqueológica se concretará en la definitiva caracterización del impacto. El conducir el proceso de evaluación hasta este punto responde a la necesidad de someterlo a parámetros controlables, explícitos y objetivables. Ello supone que el resultado pueda ser reflejado en las categorías establecidas para las evaluaciones de impacto ambiental; es decir, impacto compatible, moderado, severo y crítico, y, consiguientemente, el objetivo del trabajo consistirá en la inclusión de un factor específico y singular, como es el PArq, dentro del proceso de El A. Uno de los aspectos del proceso de cuantificación que debe quedar mejor definido es el concerniente a la diferente función que desempeñan los criterios de evaluación en la operación, según la fase de realización del proyecto en la que ésta se efectúe. Así, hay que discernir entre evaluación en fase de planificación (estudio de evaluación), donde el impacto espotencial, y evaluación en fase de construcción (seguimiento y control), donde el impacto es efectivo. En el primer caso, es la estimación del valor del criterio de certidumbre el eje fundamental del estudio, mientras que la extensión y la incidencia deben ser consideradas de forma secundaria a la hora de valorar el tipo de impacto, por tratarse de criterios referentes a la caracterización de la afección que el proyecto presenta sobre la entidad arqueológica una vez que han comenzado las obras. Por el contrario, en las evaluaciones efectuadas en fase de seguimiento, la certidumbre puede adoptar un valor definitivo (en la medida en que la afección pasa de ser una estimación a ser una realidad) mientras que la valoración del impacto variará en función de la caracterización de la afección, efectuada tomando como referencia los criterios de extensión e incidencia. El modelo de matriz de impactos que proponemos (Tab. 4) contempla una serie de campos para incluir los valores obtenidos en la medición de la extensión-magnitud, la incidencia y la certidumbre. Junto a estos valores, se incluye igualmente el valor final obtenido en la valoración de los bienes. De la operación realizada con ellos, reflejada en la matriz, se deduce el valor final del impacto (que oscilaría en una escala de valores de 1 a 128, siendo el impacto mayor cuanto mayor sea el índice obtenido). Además de aumentar el grado de fiabilidad del proceso evaluativo, lo que permite el modelo de matriz propuesto, ya que se trata de una tabla individualizada para cada yacimiento o punto afectado, es reflejar todas aquellas acciones susceptibles de producir un impacto sobre dicho punto y permitir, consiguientemente, que sea el mismo procedimiento operacional el que nos indique cuál es la acción que presenta un mayor grado de afección. Una vez valorados los impactos, se procede a estudiar las diferentes alternativas posibles para proponer una determinada estrategia de control y corrección del impacto, que presenta una problemáüca metodológica específica, sobrepasando el ámbito del presente texto (18). Hasta aquí hemos intentado exponer cómo se puede encardinar un proceso de EIArq dentro de una estrategia de sistematización de la gestión del patrimonio arqueológico. Hemos expuesto para ello un resumen de las bases metodológicas para estudios de Impacto Arqueológico y para incluir éstos dentro del proceso de EIA. Los criterios y procedimientos expuestos no son definitivos ni estáticos, sino que deben ser aplicados y contrastados en contextos distintos para establecer una metodología de evaluación que pueda llegar a ser utilizada por diferentes especialistas. Este mismo texto no es más que el boceto que resume la experiencia y el trabajo realizado al respecto y hasta el momento por nuestro Grupo de Investigación (19).
A partir del análisis de las puntas ligeras de proyectil del Solutrense Extracantábrico (punta de aletas y pedúnculo y punta de muesca de tipo mediterráneo) se establecen las características balísticas de este tipo de utillaje. Estas características permiten establecer algunas hipótesis sobre su funcionalidad en relación a los sistemas de engaste y propulsión. La idea generalizada de la funcionalidad como elementos arrojadizos de las puntas solutrenses ha sido casi siempre más intuitiva que científica. Sin embargo, el examen exhaustivo tanto de las puntas de aletas y pedúnculo y como de las puntas de muesca de retoque abrupto del Solutrense Extracantábrico ha demostrado que este tipo de utillaje fue concebido para un uso como punta ligera de proyectil (Muñoz, 1997, e.p.). Este estudio se realizó sobre una muestra de 70 puntas de aletas y pedúnculo y 511 puntas de muesca procedentes de los yacimientos de la Cova del Parpalló (Gandía, Valencia) y la Cueva de Ambrosio (Vélez Blanco, Almería) (Fig. 1). Ambas estaciones son las únicas con series líticas especialmente significativas para realizar un análisis de esta naturaleza. En el resto de las estaciones del Solutrense Extracantábrico, la extrapolación que se podría hacer de sus exiguas colecciones de puntas de proyectil no sería suficientemente representativa de las mismas. Entre ellos, como idea más recurrente se sitúa el posible uso del arco como una invención de este periodo. Incluso, diversos especialistas en arquería prehistórica y antigua propugnan la posible aparición del arco en el Paleolítico Superior Inicial, con las puntas de la Font-Robert como los primeros proyectiles de flecha, (Bergman et alii, 1988). Sin embargo, su evidencia material no se documenta hasta el Mesolítico. Esto ha llevado a otros autores (Rozoy, 1978(Rozoy,,1992(Rozoy,,1993) ) a situar el origen de la arquería en este momento, considerando los T. P.,56, n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Como en el caso de los arcos, las primeras evidencias de astiles de flecha conservados pertenecen a estaciones situadas en latitudes septentrionales. En el yacimiento alemán de Stellmoor (Rust, 1943), cerca de Hamburgo, se han recuperado casi un centenar de astiles con una ranura estrecha y rectangular en su extremo proximal para ser encajada en la cuerda del arco, que se fechan en el Dryas III. En la estación danesa de Loshult (Petersson, 1951; Maimer, 1968) se encontraron dos ejemplares pertenecientes al Boreal Antiguo. Asimismo, en Vinkel se documentan varios astiles datados en la fase final del Boreal (Troels-Smith, 1961), igual que los del yacimiento ruso de Wis (Bourov, 1973). elementos microlíticos como las primeras puntas de flecha. Es indudable que los primeros testimonios de arcos, astiles, puntas enmangadas en éstos y restos óseos con marcas de penetración de proyectiles, incluso puntas clavadas sobre ellos, se sitúan en este periodo. Los primeros arcos documentados aparecen en el norte y este de Europa, donde las características singulares del depósito arqueológico han permitido su conservación. En muchos casos se trata de evidencias recuperadas en zonas pantanosas, habitat en palafitos, o en regiones de tundra, donde se han creado las condiciones necesarias para que hayan podido llegar relativamente intactos hasta nuestros días. Los ejemplares más antiguos corresponden a los arcos recuperados en el yacimiento danés de Elm (Alrune, 1992), que está fechado en el Dryas III, y en el alemán de Stellmoor (Rust, 1943), datado en el mismo periodo. Siguiendo una evolución cronológica, en el final del Boreal se situarían la estación danesa de Holmegaard (Becker, 1945; Mathiassen, 1948) y en la cuenca del Petchora el yacimiento ruso de Wis (Bourov, 1973), cuya cronología oscila entre el final del Boreal y el inicio del Atlántico. Asimismo, del final de este periodo, el Ertebolliense, como últimos ejemplares mesolíticos se documentan los arcos aparecidos en las estaciones danesas de Muldbjerg (Troels-Smith, 1959) y Braband (Tomsen y lessen, 1904). También, del Neolítico se han podido recuperar algunos arcos, como el del yacimiento ingles de Meare Heart (Clark, 1963) o el de Charavines en Francia (Bocquet, 1994), datados en el 2960±120 a.C. y hacia el 5000 a.C, respectivamente. El concepto de arco es, en principio, muy simple: dos brazos armados por medio de una cuerda que los mantiene en tensión, (Hamilton, 1982). En arquería se entiende por tensión la longitud a la cual puede tensarse un arco. Esta tensión almacena en el arco una energía potencial que se transfiere de la cuerda a la flecha cuando ésta se dispara. La energía potencial es producto de la fuerza de tracción que se genera a lo largo del lomo o curva exterior y de la fuerza de compresión que se desarrolla en el vientre o curva interior. Cualquier arco debe adaptarse a estas fuerzas a fin de evitar que se rompa. Los arcos antiguos se clasifican en tres categorías en función de los materiales usados en su construcción (Bergman et alii, 1988): -Arco simple: realizado a partir de una sola pieza de madera. -Arco reforzado: es un arco simple con un tendón engomado en el dorso que permite aumentar la velocidad y distancia de tiro, al mismo tiempo que se reduce el riesgo de fractura al necesitar una menor tensión. -Arco compuesto: consta de un fino núcleo de madera en el que se pega un tendón en el lomo y cuerno en el vientre. La combinación de estos materiales permite soportar al arco una gran fuerza de tracción y compresión, con un riesgo casi nulo de fractura aunque los brazos sean muy cortos. Todos los arcos conocidos, tanto del Mesolítico como del Neolítico, se corresponden con el primer tipo. Aunque algunos autores (Rozoy, 1978) argumentan la posibilidad de la existencia de tipos reforzados con tendones, el registro arqueológico no indica la presencia de los mismos. En su inmensa T. P., 56,n."l, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mayoría están realizados en tejo {Taxus baccata), éste sería el caso del ejemplar de Meare Heath, y en olmo (Ulmus sp.) como los de Holmegaard y Muldbjerg. No obstante, cualquier madera que sea relativamente elástica para resistir las fuerzas de tensión y compresión sin quebrarse y tenga la capacidad de recuperar su forma original después del esfuerzo, pudo ser usada en la fabricación de estos arcos primitivos. Así, el encontrado en Braband estaba realizado en fresno {Fraxinus excelsior), e incluso los arcos de Wis eran de conifera {Picea abies y Pinus sylvestris). Aún así, siempre el tejo es la primera materia prima elegida en la construcción de arcos y solo cuando no está disponible se opta por otras especies arbóreas. Además, la madera escogida no debe tener en su interior ni nudos, ni granos retorcidos, ya que esto provoca una respuesta diferencial a la tensión en las distintas partes del arco, lo que acaba por deformarlo o fracturarlo. Por último, también hay que tener en cuenta la combinación ideal de duramen y de albura. Cuando se tensa el arco, la albura, que forma el lomo, también se dobla mientras que el duramen, que forma el vientre, se contrae. La flexibilidad de la albura impide que el duramen, que forma el núcleo central, se fracture. Si la proporción de albura es demasiado alta, el arco no recupera su forma original y, a la inversa, éste no posee la suficiente elasticidad para aguantar la tensión. Todos estos factores condicionan que los troncos o ramas de los que es posible construir arcos de una sola pieza sean muy escasos. Los primeros arcos mesolíticos presentan unos brazos anchos y aplanados, más delgados y estrechos en los extremos que en el centro. Asimismo, la parte interior está finamente trabajada, dándole al arco una sección semicircular o hemilenticular. El lomo redondeado y el vientre plano aprovechan en gran medida la morfología original de la rama o árbol seleccionado. Además, esta forma es la que menos alteración provoca en las distintas capas de albura, lo que evita un debilitamiento de la materia prima al no trabajar la madera a contraveta. De lo contrario, las fibras leñosas se separan y el arco se fisura. El ejemplar de Holmegaard presenta una empuñadura más estrecha y gruesa, lo que facilita el tiro y aumenta la tensión sin disminuir la resistencia. Uno de los arcos del yacimiento de Wis presenta una gran curvatura cuando no está armado, muy probablemente debido al tipo de materia prima empleado que es poco flexible y mediante este diseño se reducen las posibilidades de fractura. consiguiéndose una mayor longitud de lanzamiento con una menor tensión. Los arcos simples tienen palas bastante largas para obtener una tensión importante sin que el arco se doble excesivamente y con ello se disminuya el riesgo de fractura, con valores asimilables a la arquería medieval. Esta longitud de brazos permite efectuar un tiro rápido y de largo alcance. Los arcos de Holmegard oscilan entre 150 cm. y 180 cm., el de Muldbjerg mide 170 cm., los ejemplares de Wis varían entre 130 cm. y 150 cm., aunque aquí hay un ejemplar desmesuradamente largo que alcanza los 3,5 m. La flecha está formada por el astil -emplumado o no en su extremo proximal-y la punta de proyectil en el extremo distal. Presentan un tamaño y peso variable en función de la longitud de tensión del arco, así como de la propia función para la que fue ideada la flecha. No es igual una flecha concebida para matar un ave y obtener sus plumas que otra destinada a cazar un búfalo a caballo. La afirmación según la cual, un arquero de estatura media no puede disparar una flecha de más de 75 cm. porque es la longitud disponible aproximada entre el brazo tenso que sujeta el arco y el brazo flexionado que tira de la cuerda (Pope, 1962), no es del todo correcta ya que la punta de flecha no necesariamente tiene que llegar hasta el lomo del arco. Por ejemplo, algunas flechas de caña de los indios brasileños son únicamente tensadas hasta V3 de su longitud total, (Heath y Chiara, 1977). Por regla general, en los arcos simples las flechas no pueden tensarse más de la mitad de su longitud total sin que haya un riesgo importante de fractura, (Hamilton, 1982). Por lo tanto, la relación entre la longitud del arco y la longitud de tensión no puede ser mayor de 2:1. Sin embargo, en las experimentaciones de C. Bergman, E. McEven y R. Miller (1988) con un arco simple de tejo, esta relación llega a 2,4:1. La longitud de los ejemplares arqueológicos presenta muy pocas variaciones. En Homelgaard oscilan entre los 70 cm. y los 90 cm. Aquí los astiles más cortos presentan dos muescas en "V" que permiten unir dos piezas en una sola hasta alcanzar longitudes máximas de casi 1 m. La parte más corta es donde se aloja la punta. Al ser esta zona la más frecuentemente fracturada, este sistema permite reemplazar sólo el fragmento dañado y no hacer un as-T. P.,56, n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es til totalmente nuevo, que necesita una gran inversión de tiempo en su fabricación. En Loshult el ejemplar conservado alcanza los 88 cm., mientras que enVinkel se sitúan entre 101 cm. y 102 cm. El diámetro de los astiles oscila, por regla general, entre los 8 mm. y los 9 mm., siendo muy raros los ejemplares que sobrepasan los 10 mm. y los que no alcanzan los 5 mm. Por lo tanto, la evidencia arqueológica constata que la relación entre la longitud de tensión y la longitud de la flecha es algo superior a 2:1. No obstante, es imposible conocer si la tensión de las palas provocaba que la punta de proyectil retrocediera hasta el lomo o por el contrario no se tensara hasta su longitud total. El material para la fabricación de los astiles puede ser muy variado y su elección depende en gran medida de los recursos que ofrezca el entorno. Árboles jóvenes, ramas y cañas son un buen soporte para la obtención de astiles. En todos los yacimientos citados la madera usada es el pino {Pinus sylvestris) y en todos los casos los astiles se han elaborado a partir de troncos muy gruesos, eliminando toda la albura y dejando únicamente el núcleo central del duramen. La estimación que hace A. Rust (1943) sobre la edad de los árboles usados en la fabricación de los astiles de Stelmoor, 50 años, parece excesivamente elevada. Lo que sí queda constatado es que las flechas se realizan a partir de árboles relativamente viejos y no sobre ramas jóvenes. Los troncos están cuidadosamente elegidos y no presentan nudos o deformaciones. A pesar de esta esmerada selección, es probable que algunos ejemplares debieran ser rectificados por calentamiento para conseguir una morfología rectilínea, debido a que el uso de cinceles de hueso para la extracción de los soportes (Rozoy, 1978) no permite una total precisión en este trabajo. Incluso algunos investigadores (Olsen, 1973; Bergman ^í¿z///, 1988) han indicado que el bastón de mando podría servir para este uso. Sin embargo, los astiles de madera enderezados por calor, generalmente, permanecen menos tiempo rectos. Los astiles han sido cuidadosamente puUdos mediante raspado y/o abrasión, aunque es muy difícil individualizar una técnica de otra ya que sus resultados son muy parejos (Stordeur-Yedid, 1975; Camps-Fabrer, 1975). El uso de otras especies vegetales, como la caña, es actualmente muy difícil de atestiguar debido a un problema de conservación diferencial. Aunque su vida útil es muy reducida y únicamente servirían para cobrar piezas de caza menor, la rapidez con que se fabrican los hacen bastante rentables, (Olsen, 1973). Es relativamente fácil encontrar fragmentos rectos de forma natural y el centro hueco de la caña es ideal para insertar una punta de flecha larga y estrecha (Elmer, 1952). Las puntas de flecha presentan un gran poliformismo, aunque generalmente la morfología y los materiales de las mismas están íntimamente unidos a su funcionalidad. Así, hay puntas de madera muy aguzadas, de metal y de piedra; puntas redondeadas, transversales, etc. "Desde el punto de vista aerodinámico, la forma idónea es el cilindro rematado en cono (forma de huso o bala). Pero esta forma (que es la utilizada en competición) no es útil para la caza, ya que al mismo tiempo que penetra en los tejidos del animal hace -el astil-de tapón evitando el desencadenamiento de la hemorragia. Entonces, la forma idónea para la caza es aquella que teniendo un desarrollo aerodinámico suficiente permite crear una herida amplia que no sea taponada por el astil. La forma ideal es aquella radial con aspas de sección hemifusiforme que dejará en el animal una zona cruenta amplia e imposible de taponar por el astil. Dentro de este grupo, la única accesible a su fabricación con los medios disponibles en el Paleolítico es la plana (dos aspas)" (Rasilla, 1989). Las puntas cónicas y largas de un diámetro similar al del astil penetran muy mal en los tejidos animales, ya que no generan un corte limpio en la herida y el rozamiento con los bordes de la misma provocan que se frene. Así, las puntas de sílex y, sobre todo, las de obsidiana penetran mejor en los tejidos que las de acero. Además, el ángulo que forma el extremo distal de la punta es un elemento importante que influye en la penetración del proyectil: cuando mayor es el ángulo, mayor es la posibilidad de que la punta rebote en el blanco. Estudios experimentales demuestran que las piezas con ángulos superiores a 56° tienen una gran probabilidad de rebotar en el blanco (Odell y Cowan, 1986). El último proceso en la fabricación de la flecha es el emplumado de la misma. Este consiste en varias plumas colocadas en el extremo proximal del astil para ayudar a estabilizar el proyectil durante el vuelo y a trazar una trayectoria rectilínea. La longitud y anchura de las plumas deben ser proporcionales a la longitud y peso de la flecha para evitar un rozamiento innecesario que provoque una merma en la capacidad de alcance y de penetración. Existen dos formas de emplumado: el radial, en donde 3 ó 4 plumas partidas por la mitad, conservando el raquis, se unen por separado al astil quedando equidistantes entre sí y, la tangencial, en donde dos plumas enteras se colocan enfrentadas sobre el astil. Lógicamente, en el material arqueológico de la secuencia europea no existen evidencias directas del uso de flechas emplumadas, aunque los primeros indicios de dardos con un posible emplumado para ser lanzados con propulsor proceden del Magdaleniense (Mayet y Pissot, 1915). Teniendo en cuenta la complejidad de las operaciones llevadas a cabo en la fabricación de los astiles mesolíticos, es probable que éstos tuvieran plumas. No obstante, este elemento no es imprescindible para que la flecha pueda ser disparada desde el arco. El emplumado del astií y la sujeción de los proyectiles al mismo, aunque estos últimos pueden estar únicamente atados con fibras vegetales o tendones animales, presupone el uso de elementos adhesivos. Las colas puramente orgánicas han desaparecido, aunque las estrías y acanaladuras del utillaje óseo atestiguan su empleo al menos desde el final del Solutrense. Las diferentes investigaciones sobre este tema han demostrado que las resinas vegetales son bastante eficientes para la sujeción del utillaje. La resina de abedul {Betula alba) se ha mostrado mucho más eficaz y resistente que la proporcionada por las coniferas (Olsen, 1973). Sin embargo, la combinación de resina de pino (3 partes) y cera (1 parte), añadiendo polvo de ocre como emulsionante, forma una mezcla homogénea parecida al lacre. Para ligar estos tres elementos se necesita una fuente de calor no muy elevada, alrededor de 120°, aunque si la resina de pino se sustituye por la de abedul el punto de fusión es más bajo, (AUain y Rigaud, 1989). La efectividad de este pegamento queda demostrada por su empleo hasta principios de siglo para fijar útiles metálicos en una espiga de madera. No obstante, en los yacimientos magdalenienses de Garenne (Allain y Descout, 1957), Lascaux (Leroi-Gourhan y Allain, 1977) y Pincevent (Leroi-Gourhan, 1983) aparecen elementos líticos y óseos con restos de ocre como posible testimonio indirecto del uso de este tipo de adhesivo. Tampoco se puede descartar el empleo de colas realizadas a partir de piel, hueso o espinas de pescado mediante una cocción más o menos prolongada, añadiendo como aglutinante un poco de cal viva, aunque lamentablemente no dejan ninguna huella identificable de su posible uso. Entre todas ellas, la más efectiva es la llamada "Cola de Moscovia" obtenida a partir de la vejiga natatoria del esturión (Allain y Rigaud, 1989). CONDICIONAMIENTOS BALÍSTICOS PARA EL EMPLEO DE PUNTAS DE FLECHA EN ACTIVIDADES CINEGÉTICAS Tradicionalmente, el peso tanto de los astiles como de las puntas se ha considerado como el indicador más válido para ponderar la funcionalidad del proyectil como punta de flecha o punta de dardo (Fenega, 1953). En muchas ocasiones el término "punta de proyectil" se ha usado como un eufemismo ante la imposibilidad de establecer una interpretación funcional precisa. Para obtener la máxima estabilidad direccional y una penetración efectiva el peso de la punta debe repartirse a lo largo del astil, ya que sino el vuelo de la flecha es muy corto y de escasa potencia. Otros autores, sin embargo, concluyen que el área de enmangue es el indicador funcional más importante ya que esta zona debe correlacionarse con el diámetro del astil (Forbis, 1960; Wyckoff, 1964). Otro sistema de análisis ha sido la experimentación directa con arcos y propulsores, como los trabajos de J. Browne (1938Browne ( y 1940) ) quien demostró que las puntas de flecha de unos 5 cm. de longitud son las más efectivas. Las flechas conocidas por los pueblos primitivos actuales pesan, por regla general, entre 20 y 30 gr. aproximadamente (Pope, 1962). Sin embargo, este mismo autor ha usado flechas de hasta 42 gr. de peso, de los que 14 gr. corresponden a la punta de proyectil, con arcos simples y se han mostrado de gran eficacia para abatir presas de gran tamaño, como cérvidos. Aunque J.G. Rozoy (1978) considera que las puntas de flecha para los arcos mesolíticos no deberían sobrepasar los 5 gr. y el peso total de las flechas apenas superaría los 30 gr., hay ejemplos etnográficos de primitivos actuales africanos, como la tribu Tindiga (Kohl-Larsen, 1958), que utilizan flechas de 65 gr. a 100 gr. con puntas de metal. Asimismo, los trabajos con arcos experimentales llevados a cabo por J. Browne (1938Browne ( y 1940) ) demuestran que es factible lanzar puntas de proyectil, supuestamente de jabalina, de hasta 60 mm. de longitud y hasta 10 gr. de peso enmangadas en astiles de flecha con un peso total de unos 40 gr. No obstante, este investigador también señala que los En el estudio con materiales etnográficos y arqueológicos realizado por D. Hurst (1978) sobre 118 puntas de flecha y 10 puntas de jabalina pertenecientes a 12 pueblos de diferentes tribus de América del Norte, el peso máximo que alcanzan las primeras es de 17,4 gr., aunque solo 5 ejemplares sobrepasan los 5 gr. Asimismo, en este trabajo se constata una fuerte correlación entre el peso de la punta y el tamaño de la flecha: los astiles más grandes tienden a albergar las puntas más pesadas. El análisis multivariante que realiza entre los dos tipos de proyectiles da como resultado que la anchura del elemento de enmangue es el valor discriminante más importante entre las puntas de flecha y las puntas de dardo. En estas últimas, la anchura del punto de enmangue siempre sobrepasa los 11 mm., mientras que en las puntas de flecha casi nunca rebasa esta medida. En los lanzamientos con distintos arcos experimentales y un propulsor llevados a cabo por C. Bergman, E. McEven y R. Miller (1988), utilizaron para este último una jabalina de 152 cm. de longitud con un proyectil bifacial y un peso total de 195 gr. En el arco simple sioux de doble curvatura y de 112 cm. de largo, realizado en hickory {Carya glabra), el peso de la flecha era de 30 gr. Para el arco simple de tipo africano, realizado en una sola pieza de madera dura no identificada, de 173 cm. de largo, la flecha alcanzaba los 40 gr. Los ejemplares más pesados, 90 gr., fueron utilizados tanto en la réplica át longbow medieval simple de 293 cm. de longitud, fabricado mediante dos brazos de tejo empalmados en el centro, y en un arco compuesto angular egipcio de cuerno, madera y tendón. Todas las flechas utilizadas fueron réplicas de piezas originales. Estos datos demuestran que a medida que el arco es tecnológicamente más desarrollado, permite el uso de flechas de mayor peso ya que la energía cinética almacenada es mucho mayor. El material arqueológico europeo revela también la existencia de proyectiles de muy escaso peso. Por ejemplo, las puntas tardenoienses (trapecios) alcanzan los 2 gr. (Rozoy, 1978). Las puntas de Istres no superan los 1,5 gr. (comunicación personal de Escalón de Pontón a Rozoy, 1978). Las puntas azilienses de Roe d'Arbeilles tienen un peso medio de 1,76 gr., mientras que las puntas de Malaune y de Laugerie Basse del mismo yacimiento son aún más ligeras: en torno a 0,7 gr. (comunicación personal de Champagne a Rozoy, 1978). Por último, casi todas las puntas bifaciales neolíticas se sitúan en tomo a los 2 gr. de peso (Baye, 1874a,b; Harmand, 1952). Los factores más importantes que afectan tanto a la velocidad que alcanza la flecha como la del disparo son el diseño del proyectil y del arco, así como el peso del primero y las materias primas empleadas en la fabricación del segundo. A lo largo del vuelo de la flecha hay una pérdida progresiva de la energía cinética inicial que se traduce en una disminución de la velocidad de partida en función de las fuerzas de rozamiento y gravedad que están íntimamente relacionadas con el peso y la forma del astil y la punta. Por lo tanto, la eficacia del lanzamiento depende de la cantidad de energía cinética de la flecha en el momento del impacto y en que parte del animal se localiza éste. En la penetración de la piel y de la aponeurosis superficial se pierde una parte importante de esta energía, mientras que el impacto o rozamiento del proyectil contra huesos, tendones o cartílagos puede frenar considerablemente la longitud de penetración o parar totalmente la misma. La velocidad inicial del lanzamiento depende de tres variables básicas: la magnitud de la fuerza desarrollada por el arco, la velocidad de transmisión de la misma a la flecha y la masa a desplazar. La energía potencial que acumula el arco y que luego se transfiere a la flecha es menor en los prototipos de madera simples de una sola pieza que en los arcos reforzados o compuestos. El excesivo peso de la punta o su defectuosa distribución a lo largo del astil provoca una disminución de la velocidad y por lo tanto una pérdida de eficacia. Asimismo, la velocidad de expansión de los brazos y de la cuerda determinará en gran medida la cantidad de energía cinética inicial que se transfiere a la flecha. Los primeros trabajos experimentales sobre el alcance de los arcos, es decir, la distancia a la que se dispara la flecha, se deben a S. Pope ( 1923Pope ( y 1974)). Aunque, como todo estudio pionero, presenta algunas connotaciones que invalidan en parte los resultados obtenidos. Por un lado, no se tuvo en cuenta la función para la que fueron concebidos los diferentes tipos de arcos y, por otro, las réplicas experimentales no siempre se fabricaron con los materiales usados en el original. Además, las flechas utilizadas no se correspondían en todos los casos con el registro arqueológico o etnográfico. El artículo, ya clásico, de C. Bergman, E. McEven y R. Miller (1988) sobre la comparación de la velocidad de diferentes proyectiles y arcos es el que cuenta con una documentación más rigurosa y precisa. Además de una fiel réplica de los distintos tipos de arcos y fle-T. P.,56, n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es chas, se usó un sistema informatizado de medición de la velocidad inicial de los proyectiles de una gran precisión, con un equipo especialmente diseñado para ello de la. Las experimentaciones con los arcos más primitivos, que se pueden asimilar a los ejemplares mesolíticos y neolíticos, fueron las realizadas con un arco sioux simple de hickory y un arco africano, también simple, de una madera dura desconocida. El tipo más lento fue el primero, ya que con una tensión de 25 kg. logro imprimir a una flecha de 30 gr. una velocidad inicial de 30 m/s. En este caso, la materia prima tuvo una gran influencia ya que es una madera débil y rebota rápidamente cuando se libera la tensión de la cuerda. En el segundo tipo, con una tensión de 24 kg. una flecha de 40 gr. alcanzó una velocidad inicial de 35 m/s. Los lanzamientos experimentales demostraron que el peso y diseño de la flecha inciden directamente en la velocidad inicial. Las flechas más ligeras alcanzan una mayor velocidad inicial. Sin embargo, sólo los ejemplares más pesados son capaces de absorber toda la energía potencial que genera el arco (Klopsteg, 1947). Los primeros arcos aparecidos en el registro arqueológico europeo debieron tener una mayor tensión que los ejemplares analizados; ya que sus largas palas agotan una parte importante de la energía potencial almacenada al tensarse. No obstante, la longitud que alcanza una flecha lanzada mediante un arco simple puede ser muy elevada. Por ejemplo, J. Browne (1938Browne ( y 1940) ) constata que con una flecha de unos 40 gr. se puede abatir un alce adulto a una distancia de 175 m., aunque se emplearon puntas metálicas. No obstante, con réplicas de arcos simples solo se llegó a los 200 m. En las actividades cinegéticas este factor no es del todo determinante, ya que una distancia de entre 40 m. y 50 m. es suficiente para no alertar a la presa y tener una precisión bastante buena. El impacto que registra a esta distancia el proyectil a unos 30 m./s. es de 3,5 kg. aproximadamente (Rozoy, 1978). LAS PUNTAS LIGERAS DE PROYECTIL DEL SOLUTRENSE EXTRACANTÁBRICO Una vez establecidas las principales características técnicas, morfométricas y balísticas que inci-den en el uso del arco y la flecha y, que condicionan el nivel tecnológico que se debe alcanzar para un hipotético inicio de la arquería prehistórica, el siguiente paso será analizar los testimonios que pudieran evidenciar el uso del arco como sistema de propulsión de las puntas ligeras de proyectil del Solutrense Extracantábrico. En primer lugar, nos encontramos ante un hecho incontestable, la falta de evidencias materiales en todo el continente europeo antes del Mesolítico. Sin embargo, la conservación diferencial de los elementos que conforman el registro arqueológico y las circunstancias excepcionales que han permitido la preservación de los primeros ejemplares, no presupone la aparición del arco en este momento. Por un lado, la perfección formal tanto de las palas como de la empuñadura de los arcos mesolíticos hace pensar que no es posible su súbita aparición en el acervo cultural y tecnológico de uno o varios grupos, sino que más bien, es el resultado de una evolución gestada en momentos anteriores y producto de un largo proceso de experimentación. Por otro lado, la complejidad del sistema de fabricación y el control de todos los factores que inciden en una mayor o menor rentabilidad cinegética del arco, también hacen pensar en un proceso evolutivo largo y costoso en donde hay una gradación temporal en los avances técnicos conseguidos. Igual que no es factible pensar en la invención del arco compuesto sin la experiencia previa del arco reforzado, del mismo modo, la aparición del arco simple no hubiera sido posible sin prototipos más rudimentarios, en donde el concepto de la transmisión de la energía no se materializa de forma totalmente correcta. Asimismo, la elaboración de astiles del corazón de árboles viejos, sin nudos ni deformaciones, y divididos en dos partes intercambiables para reponer únicamente la pieza distal cuando ésta se fracturara por el impacto o durante la penetración, lo que supone una gran inversión de tiempo y trabajo, además de un esquema mental complejo, presuponen un proceso de experimentación previa que da como resultado una progresiva optimización de los patrones de trabajo y de la eficacia del instrumental cinegético. Todas estas consideraciones, nos llevan a plantear la hipótesis de la aparición del arco durante el Solutrense Superior, por lo menos, en la vertiente mediterránea de la Península Ibérica, cuando surgen los primeros proyectiles susceptibles de ser puntas de flecha. Lógicamente los primeros prototipos de "arcos" estarían realizados, o bien de ramas más o T. P.,56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es menos rectas y gruesas, o bien de árboles jóvenes, ambos con una modificación muy somera del soporte original. Del mismo modo, los astiles serían fabricados de una sola pieza, a partir de ramas rectas y delgadas de árboles también jóvenes, y posiblemente no estarían emplumados. El análisis polínico con que cuenta la Cueva de Ambrosio (Ripoll, 1988) demuestra la existencia en el entorno de este yacimiento de las materias primas necesarias para la fabricación de arcos y astiles. Así, los primeros pudieron estar realizados en madera de olmo (Ulmus), nogal (Juglans) o tilo (Tilia) y los segundos a partir de ramas de pino (Pinus), avellano (Corylus) o incluso de boj (Buxus). Lógicamente, todas estas afirmaciones quedarían en meras especulaciones si las únicas evidencias posibles del uso del arco en el Solutrense, las puntas de aletas y pedúnculo y las puntas de muesca de retoque abrupto de tipo mediterráneo, no se adaptaran a las exigencias balísticas para ser puntas de flecha. Como hemos visto, los proyectiles que sobrepasan los 35 mm. de longitud son menos efectivos al tener una mayor posibilidad de quebrarse. Asimismo, las puntas de flecha no sobrepasan los 5 gr. de peso y la anchura de la zona de enmangue no supera los 11 mm. de longitud. Por otro lado, el diámetro de los astiles normalmente se sitúa entre los 8 mm. y los 9 mm. En las puntas de aletas y pedúnculo, la media aritmética de la longitud total es de 37,11 mm. en la Cova del Parpalló y de 41,09 mm. en la Cueva de Ambrosio, con una amplitud de valores que oscila entre los 67 mm. y los 14 mm. (Fig. 2A). Sin embargo, la media aritmética de la longitud de la punta (una vez embutido el pedúnculo en el astil) es de 28,58 mm. en el yacimiento valenciano y de 32,29 mm. en el almeriense, con unos valores extremos que se sitúan entre 61 mm. y 11 mm. (Fig. 2B). En las puntas de muesca, la media aritmética de la longitud total oscila entre los 35,74 mm. de la Cueva de Ambrosio y los 32,95 mm. de la Cova del Parpalló. La amplitud de los guarismos máximos y mínimos es de 69 mm. y 15 mm. respectivamente (Fig. 3A). La media aritmética de la longitud de la punta es de 28,74 mm. en la estación almeriense y de 24,4 mm. en la valenciana, llegando a alcanzar hasta los 59 mm. y en el otro extremo los 9 mm. (Fig. 3B). Así pues, la longitud de la punta de ambos tipos de proyectiles se sitúa en la mayoría de las ocasiones por debajo de los 35 mm., medida a partir de la cual se reduce la efectividad de las puntas al aumentar el riesgo de fractura. astil, perpendicular al eje longitudinal del mismo (Fig. 5). En esta muesca se introduciría el pedúnculo hasta el punto de unión con el arranque de las aletas, sujetándolo al astil con resinas y/u otros elementos adhesivos. El retoque plano del pedúnculo crea una superficie algo rugosa que facilita una mayor y mejor adherencia del pegamento entre el elemento de enmangue y la superficie fibrosa del astil. Por último, se realizaría un amarre circular a lo largo de toda la zona del astil donde queda embutido el pedúnculo para reforzar el enmangue. Por lo tanto, la anchura del pedúnculo marcaría el diámetro mínimo que puede alcanzar el astil, aunque no debe descartarse una morfología cónica del mismo para adaptarse mejor a las dimensiones del pedúnculo o, simplemente, astiles más anchos. Las aletas actuarían como elemento de tope entre la punta y el astil, impidiendo que la primera retroceda en el momento del impacto, lo que explicaría el alto porcentaje de fracturas a la altura del pedúnculo y en la parte inmediatamente superior (Fig. 5). También, estos elementos disminuyen el rozamiento durante la penetración, ya que sobresalen más que la zona atada, en la mitad del diámetro del astil. Las aletas en ángulo recto solo tendrían esta función. Sin embargo, las morfologías triangulares y en gancho, además, impedirían que el proyectil pudiera salirse del blanco una vez dentro, penetrando aún más en los tejidos en el caso que el animal intentara deshacerse de la flecha frotándose contra algún elemento del entorno. Por lo tanto, las posibilidades de recuperar el proyectil son mucho más altas. El retoque plano de la punta genera un filo extremadamente cortante y, por tanto, con una gran capacidad de desgarrar tejidos, es decir, es capaz de provocar importantes hemorragias y heridas internas en el animal que le pueden causar la muerte en un corto espacio de tiempo o dejarlo muy debilitado. Además, el ángulo del extremo distal del proyectil asegura un gran coeficiente de penetración. Así, la media aritmética de esta magnitud es de 18,72° en la Cova del Parpalló y de 15,52° en la Cueva de Ambrosio. Los ángulos máximos nunca sobrepasan los 30° y los valores mínimos se sitúan en 5°. Los ángulos más abiertos quedan bastante alejados de los 56°, cifra a partir de la cual las posibilidades que tiene la punta de rebotar en la presa y no penetrar en ella son muy elevadas (Fig. 7A). La morfometría de las puntas de aletas y pedúnculo, plana y con dos aspas, es la más idónea -teniendo en cuenta el grado de desarrollo tecnoló- gico alcanzado en el Solutrense-para la función de punta de flecha. Resulta, entonces, difícil de entender porque a lo largo del Solutrense Superior Evo-T. P.,56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lucionado hay un progresivo abandono, hasta casi su total desaparición, de este morfotipo en favor de la punta de muesca de tipo mediterráneo. Si la forma ideal de la punta de flecha, para las actividades cinegéticas, es la radial con cuatro aspas y de sección hemifusiforme, y la punta de aletas y pedúnculo solo presenta dos, parece lógico pensar que la supresión de las mismas del registro arqueológico está relacionada con la aparición de una morfología más efectiva (3 ó 4 aspas) o cuyo proceso de fabricación sea más sencillo. La hipótesis de enmangue que hemos elaborado para la punta de muesca cumple estas dos premisas (Fig. 6). Este tipo de proyectiles estaría enmangado en un astil circular cuyo extremo distal sería puntiagudo, con una progresiva disminución del diámetro del mismo (Fig. 6A). Las puntas de muesca irían embutidas en el extremo distal del astil y paralelas al eje longitudinal del mismo. Mediante un cajeado en la madera, cuya profundidad disminuiría a medida que se llega al extremo distal, la muesca quedaría totalmente introducida en el astil. Este sistema de enmangue permite crear una punta de 2,3 ó 4 aspas equidistantes entre sí (Fig. 6B). Sistema de enmangue propuesto para la punta de muesca. A: Cajeado del extremo distal del astil. B: Sujeción de los proyectiles en el astil mediante elementos adhesivos. C: Sujeción de los proyectiles en el astil mediante un amarre circular. D: Implementación de tres o cuatro elementos. Ángulo del extremo distal del proyectil. A: Punta de aletas y pedúnculo. El borde opuesto a la muesca generalmente presenta un retoque abrupto con varias series de levantamientos que crea una superficie rugosa. Como en el caso anterior, esto otorga una mayor efectividad a los elementos adhesivos, creando una sujeción bastante fuerte. El borde contrario presenta un filo natural, o parcialmente retocado, que también asegura una gran capacidad de corte. Asimismo, la concavidad de la muesca permite atar los distintos proyectiles, a lo largo de toda la muesca, mediante un amarre circular sin que se produzca ningún rozamiento suplementario durante la penetración (Fig. 6C). Los astiles con dos puntas de muesca enfrentadas y equidistante entre sí tendrían las mismas propiedades balísticas y cinegéticas que los enmangados con puntas de aletas y pedúnculo. Sin embargo, la fabricación de una punta de muesca es mucho más sencilla, requiere una menor inversión de tiempo y tiene una mayor posibilidad de éxito en su ejecución, con un mayor control de las variables morfométricas para su función como punta de flecha, que la punta de aletas y pedúnculo. Los astiles con 3 ó 4 puntas aumentan la efectividad del disparo, adquiriendo morfologías similares a las puntas de flecha realizadas en metal y utilizadas hasta la aparición de las primeras armas de fuego (Fig. 6D). La implementación de hasta 4 puntas de muesca en un mismo astil no varía las características analizadas y que hacían teóricamente factible su uso como punta de flecha. Tanto la longitud total como la longitud de la punta y la anchura del punto de enmangue no modifican sus propiedades balísticas. Únicamente, el peso conjunto de varias puntas podría descalificar esta hipótesis. Sin embargo, como la media aritmética de esta magnitud es menor de 1 gr., la mayor parte de las flechas podrían contar con 3 y 4 puntas sin que el peso total sobrepasara los 5 gr., es decir, la barrera teórica a partir de la cual el peso de la punta es excesivo para repartirse de forma homogénea a lo largo del astil. Por otro lado, el ángulo del extremo distal de la punta tampoco presenta modificaciones importantes, ya que su medición supone la mitad del ángulo obtenido para las puntas de aletas y pedúnculo. Así, la media aritmética del ángulo de las puntas de muesca de la Cova del Parpalló es de 28,56° mientras que en la Cueva de Ambrosio es de 21,96°. Los valores máximos de esta magnitud alcanzan los 50° y los mínimos los 10°. En la totalidad de los casos el ángulo del extremo distal nunca supera los 56° (Fig. 7B). La dinámica evolutiva que siguen las puntas ligeras de proyectil del Solutrense Extracantábrico parece tener una continuación lógica en las etapas culturales posteriores. Así, la punta de aletas y pedúnculo es sustituida por la punta de muesca y no volverá a reaparecer hasta el Neolítico, cuando el grado de desarrollo tecnológico permita la existencia de sistemas de lanzamiento que acumulen una mayor energía cinética inicial, es decir, arcos de mayor potencia. Las puntas de muesca, que perviven en el Magdaleniense, el Epipaleolítico y el Neolítico aunque su importancia sea cada vez menor, serían sustituidas por las hojitas de dorso. La presencia cada vez más numerosa de este tipo de utillaje junto con el ascenso de las puntas de proyectil en asta y hueso, muchas de ellas con una acanaladura central, se documenta a partir de los momentos finales del Solutrense. Así, no parece descabellado pensar en la existencia de proyectiles compuestos en donde las hojitas de dorso irían pegadas en las azagayas, generando puntas de 4 aspas, o incluso embutidos en los mismos astiles a modo de arpones dentados. Además, estos elementos líticos de proyectil presentan, aún si cabe, una mayor facilidad y rapidez en su fabricación. Por otro lado, el enmangue de la azagaya preservaría al extremo distal del astil de fracturas en esta zona, su parte más débil, siendo más fácil fabricar una nueva azagaya que un astil. Por último, las hojitas de dorso serían sustituidas por los microlitos geométricos del Epipaleolítico. Sin embargo, la aparición del arco y la flecha no significa necesariamente la exclusión de otros sistemas de lanzamiento ya existentes para el desarrollo de las actividades cinegéticas concretas. Así, a pesar del conocimiento de la tecnología del arco y la flecha, los aztecas usaron propulsores para pescar y cazar aves acuáticas (Nuttall, 1891). Los esquimales también usaron el propulsor para cazar aves y focas desde pequeñas embarcaciones (Stirling, 1960). En este sentido, el propulsor, documentado desde el final del Solutrense en materias duras animales (Cattelain, 1988(Cattelain,,1989)), pudo haber tenido precedentes realizados en materiales orgánicos como la madera y que habrían desaparecido por un problema de conservación diferencial. Este sistema de propulsión podría haber sido perfectamente utilizado para lanzar dardos que tendrían como puntas de proyectil hojas de laurel. La principal ventaja del arco frente al propulsor radica en la mayor rapidez, facilidad, alcance y precisión del disparo. Además, el lanzamiento de un dardo mediante este último sistema requiere de un conjunto de movimientos coordinados, complejos y violentos que pueden asustar a la presa (Raymond, 1986). Todas estas consideraciones demuestran que el nivel técnico y tecnológico alcanzado en la fabricación de proyectiles líticos durante el Solutrense es suficiente como para que los inicios de la arquería prehistórica puedan situarse en este momento. Lamentablemente, como en muchos problemas planteados en la investigación de las sociedades paleolíticas, la información fragmentaria del registro arqueológico nos impide contrastar fehacientemente las hipótesis elaboradas a partir de la cultura material recuperada de los grupos de cazadoresrecolectores prehistóricos. Como en el caso que nos ocupa, la validación de estas hipótesis se basa en la mayoría de las ocasiones en la viabilidad de las mismas y no en una certeza absoluta corroborada por las evidencias materiales. Las hipótesis aquí planteadas conforman el punto de partida de un plan de trabajo experimental, en T. P.,56,n."l, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es curso de realización, sobre distintos sistemas de propulsión, enmangue y efectividad de las puntas ligeras de proyectil del Solutrense Extracantábrico y que pretende lograr un mejor conocimiento de su funcionalidad para corroborar las mismas.
La originalidad del yacimiento de Roc-aux-Sorciers en Angles-sur-l'Anglin, en Vienne (Franci), se debe a la exis-
El autor sostiene que la hipótesis de la evolución de los estilos para explicar la variedad de las formas de las figuras paleolíticas no tiene valor. Porque carece de una teoría de la forma y presenta grandes vacíos y contradicciones. Para sustituirla propone una teoría de la forma según la cual las diferencias se interpretarían como combinaciones aleatorias de variaciones también aleatorias en la delineación de los contornos, el modelado y la perspectiva a partir de un modelo común invariable de base lejanamente figurativa. Para tratar este tipo de figuras propone como medio adecuado el método de atribución de su autoría. Este permitiría comprender las relaciones formales entre figuras, la formación de tradiciones o «escuelas», y el proceso de decorado de los santuarios. Se describe el mecanismo lógico del discurso y la argumentación del método, basados en la observación macroscópica, su tratamiento estadístico y la experimentación replicativa. Palabras clave: Paleolítico Superior. INTRODUCCIÓN, OBJETIVO Y PLANTEAMIENTO Para comprender la variedad formal de las figuras que componen el arte paleolítico los prehistoriadores han recurrido a la hipótesis evolutiva. Según ésta las semejanzas y desemejanzas de las figuras se explicarían como resultado de los cambios generalizados producidos en las formas y técnicas a lo largo del tiempo. La hipótesis adolece de dos graves defectos: carece de una teoría sobre la forma y presenta sustanciales equívocos y contradicciones. Para subsanar estos defectos propongo una teoría sobre la forma y un método de análisis adecuado a la naturaleza de la misma. En consecuencia este trabajo constará de tres partes: la crítica de la hipótesis evolutiva, la expo-(*) Universidad de Deusto, Apdo. Correo electrónico: j.m.apellaniz@ eukalnet.net Recibido: 21-I-03; aceptado: 10-X-03 sición de la teoría de la forma y la presentación del método de atribución de autoría. Cuando hable de arte paleolítico, me referiré exclusivamente al aspecto formal de las figuras pintadas y grabadas en paredes y objetos. Dejaré de lado la escultura y la técnica. Para comprender bien las acepciones de la terminología con que abordo el análisis formal y su conceptualización remito a mis trabajos anteriores (Apellániz 1995; Apellániz et al. 1999, y Apellániz et al. 2002). CRÍTICA DE LA HIPÓTESIS EVOLUTIVA DE LOS ESTILOS PALEOLÍTICOS Importantes defectos de esta hipótesis están analizados en trabajos anteriores (Apellániz et al. 1999(Apellániz et al. y 2002)). Ahora criticaré algunos de los defectos mayores de la metodología. La ausencia de una teoría de la forma La hipótesis evolutiva intenta explicar las diferencias de forma entre las figuras atribuyéndolas a cambios de estilo generalizados. Sin embargo no analiza ni valora la naturaleza formal de la diferencia entre unas y otras ni reflexiona sobre el valor de las diferencias y su magnitud. Las contempla globalmente, como diferencias en general, pero no establece cuál es el «tamaño» de la diferencia de cada una con las demás y en qué partes del contorno o del interior y en qué aspectos como la perspectiva y el modelado, se encuentran. La comparación se ha efectuado entre algunas de ellas, pero no entre todas y cada una. De esta superficial comparación se ha deducido que existen formas diferentes, pero no de qué importancia y extensión son las diferencias. Como las diferencias entre unas figuras y otras se situaban en el terreno de la mayor o menor fidelidad al natural ha bastado aplicar el paradigma evolutivo del siglo XIX para construir una Historia, pero no una teoría que explicara el sentido y valor de las semejanzas y desemejanzas. Una hipótesis no contrastable De la hipótesis evolutiva no se han deducido implicaciones de contrastación que luego se hayan controlado. De ahí que resulte una hipótesis que no tiene un valor mayor que cualquiera otra, que tampoco presentara implicaciones de contrastación. La inversión del valor de la hipótesis La inversión consiste en que la hipótesis ha sido transformada en prueba. Por ejemplo, de ella se ha deducido la cronología que se debe atribuir a las figuras. Así las que a juicio del observador son tenidas como torpes o esquemáticas son atribuidas a una etapa antigua y al contrario, las tenidas como hábiles y realistas a una reciente. No ha tenido en cuenta que lo considerado como esquemático o inhábil puede significar «voluntad de arte» y ser atribuible a una etapa reciente. Cuando se ha tratado de figuras descubiertas con posterioridad, se las ha situado en un tiempo que se deduce de la aplicación del supuesto que ha servido de base de la hipótesis. El supuesto del realismo / naturalismo El arte paleolítico es descubierto y su estudio es iniciado a principios del siglo XX cuando el pensamiento europeo estaba dominado por el paradigma evolucionista nacido como extensión del evolucionismo biológico de Ch. Este paradigma se extendió al hombre prehistórico y de ahí a su arte como si fueran una manifestación más de la evolución histórica. Pero nadie se preocupó por demostrar que la transferencia del modelo al arte paleolítico estaba justificada. Aquel momento coincidió con el dominio del pensamiento naturalista estético en la Crítica de arte. Los prehistoriadores tomaron prestado el principio de que el arte más perfecto era el que más fielmente imitaba la naturaleza y lo trasladaron al arte prehistórico. Este también debería ser entendido de manera que las más fieles imitaciones del natural habían sido producidas en tiempos más recientes. Lo cual además coincidía con otro aspecto del paradigma evolutivo según el cual el hombre habría alcanzado la habilidad suficiente para realizar este tipo de obras después de mucho tiempo de esfuerzo y ejercicio. En consecuencia se supuso que las obras del arte paleolítico, que más fielmente imitaran al natural serían las de fecha más reciente y las más esquematizantes y menos imitadoras del natural serían las más antiguas y las más torpes. De este modo, la hipótesis evolutiva disponía de un meca-nismo cronológico. Había invertido el valor de la hipótesis, de manera que sus supuestos se convertirían en sus pruebas. Lógicamente nadie se interesó por aportar alguna prueba de que así fuera, pese a que precisamente en aquellos años nacían las primeras vanguardias del arte europeo. Estas representaban una posición intelectual completamente opuesta al naturalismo, ya que mantenían después de tantos siglos de naturalismo, incluso como principio estético, la deformación del natural. Nadie sospechó que el arte paleolítico podría haber sido también un caso más del mismo pensamiento. Hoy la mayor parte de los prehistoriadores siguen afiliados al pensamiento naturalista. La comparación formal entre figuras fechadas y no fechadas Pero ya desde el principio, Breuil (Alcalde del Rio et al. 1912) quiso apuntalar el principio naturalista mediante un procedimiento extrínseco. Para ello utilizó la comparación entre las obras no fechadas, sobre todo las rupestres, y las encontradas en contextos culturales, sobre todo las mobiliares. El uso del mecanismo estaba justificado, pero su aplicación era incorrecta. Sobre todo porque se compararon las formas globalmente pero no cada una de sus partes, y porque se compararon no obra a obra sino fundamentalmente grupos de ellas. Lo global de esta comparación estaba favorecida por lo impreciso de los criterios a utilizar en ella, como la torpeza de las líneas, su tendencia al esquematismo o al naturalismo, el mayor o menor modelado, etc. A modo de ejemplo, pongo la conocida atribución al auriñaciense del conjunto de figuras grabadas de Venta Laperra por su relación formal y técnica con el cuarto trasero de caballo grabado sobre un omoplato del nivel auriñaciense de Hornos de la Peña. Si la atribución hubiera sido hecha sólo en razón de la técnica de grabado en surco ancho y profundo, sería metodológicamente correcta. Pero también se apoyó en su semejanza formal. Pero esto es incorrecto. En primer lugar porque se comparan una parte pequeña de una figura, con varias figuras una completa y las demás mucho más completas que la del caballo. En segundo lugar porque todos los indicios que presenta el caballo manifiestan una tendencia a la figuración más realista mientras que la de las figuras de Venta Laperra es diversa, en el oso claramente esquematizante, menos en uno de los bisontes afrontados y menos en su opuesto. Eso indican la manera de curvar la grupa y nalga del caballo, el diseño de la cola (en uno de los bisontes afrontados en doble ángulo recto), y el detallismo con que se describe el desflecado de la cola del caballo, comparado con el apuntamiento la de uno de los afrontados y el recorte de la del opuesto. Un defecto metodológico de la atribución consiste en atribuir la figura del oso al mismo estilo que la de los bisontes sin haber tenido en cuenta la deformación de su línea de contorno y el carácter simultáneamente detallista de su morro y garras y una esquematización rigurosamente desproporcionada, que nada tiene que ver con la delineación proporcionada del caballo. La inclusión del oso en el grupo y estilo de las demás figuras implica la adopción de un procedimiento metodológico abusivo: que la unidad de clasificación no es la figura individual sino el conjunto de figuras en el que esté incluida. Este procedimiento se sigue utilizando en nuestros días. El concepto de estilo y su aplicación al arte paleolítico El concepto de estilo es la pieza básica de la hipótesis de los estilos. Este concepto dice que las obras de una época, región o escuela presentan unos caracteres originales y persistentes por los cuales se les reconoce y se les distingue de los demás. Además dice que los caracteres que lo identifican aparecen en obras presentes en toda el área por la que se extiende este arte. Y lo mismo cuando en él se producen provincias o escuelas. Como concepto fue tomado de la Historia General del Arte, dando por supuesto que por el hecho de ser arte, el paleolítico debería haberse comportado como los demás estilos históricos y por tanto debería poder ser comprendido con los mismos conceptos que ellos. Pese a ello, la investigación fue aumentando el número de estilos con el paso del tiempo (Breuil dos ciclos, Graziosi tres y dos provincias, Leroi-Gourhan cuatro estilos, y últimamente el intento no aceptado de un quinto), que fueron sustituyéndose sin haber conseguido una aceptación completa e indiscutida. A la hora de aplicar el concepto de estilo al arte paleolítico la investigación no ha seguido el método utilizado en la Historia del Arte. Lo cual se puede observar en varios procedimientos: • El primero, que los prehistoriadores no aportaron pruebas de que la aplicación del concepto estuviera legitimada. • El segundo, que no se catalogaron las obras una a una para observar si en ellas se encuentran los caracteres que definen el estilo a que se dicen atribuir. Por el contrario, se catalogaron conjuntos como paneles, galerías o cuevas y a ellos se les han atribuido los caracteres del estilo. Lo cual se ha hecho sin precisar si tales caracteres se encontraban en todas y cada una de las figuras del panel, la galería o la cueva. Porque ocurre que en todos los conjuntos se encuentran obras, que no presentan los caracteres típicos del estilo a que se atribuyen sino que son una mezcla de figuras con muchas formas diferentes. Dicho de otro modo, la unidad de clasificación ha sido en el arte histórico la obra y no el conjunto, luego en el prehistórico debería haberse hecho lo mismo. • El tercero, que no se han descrito suficiente número y calidad formal de caracteres para identificar los estilos de tal manera que unos se distinguieran de otros, como se ha hecho en el arte histórico. En efecto, los historiadores del arte describen un número elevado de caracteres formales exclusivos del estilo que pretenden definir y diferenciadores de los de otros estilos. Por ejemplo, si se trata del estilo reflejado en la pintura se indican la distribución de los volúmenes, la relación entre las partes, la posición de las figuras y su relación con las demás, el plegado de los vestidos, los puntos de fuga o perspectiva, los tipos y la distribución de los colores, los modelados, etc. Es decir son muchos caracteres y se refieren a todos los aspectos de la obra. De este modo es difícil que se confundan los estilos de las obras incluso si están formalmente muy próximos y en fase de transición. Además la mayoría de estos caracteres son exclusivos del estilo, otros se repiten en forma muy semejante a la de los anteriores pero en combinación con otros exclusivos de modo que el estilo es identificable como diferente. En cambio los estilos paleolíticos están definidos por muy pocos caracteres, muy generales y se refieren a sólo partes de la figura, algunos se repiten en todos los estilos, como la perspectiva torcida, la ausencia de manos y patas o su reducción a líneas convergentes, modelado sumario incluso muy sumario, etc. Este mecanismo de caracterización se utiliza en las artes históricas igualmente cuando se trata de definir las circunscripciones geográficas (regiones, escuelas) en las que se desarrolla alguna variante de un arte: se especifican las obras y se describen sus caracteres diferenciadores. En la investigación paleolítica las carencias observadas en la definición del estilo se refuerzan y duplican, sobre todo por la naturaleza misma del arte de figuras aisladas casi siempre incompletas, sin escenas, composición, ni referencia al suelo, y donde todo se reduce al contorno y a colores sin matices. Por esta razón, haría falta identificar mayor número de caracteres bien definidos para que la clasificación de las obras resultase convincente. La caracterización de los estilos por Breuil y Leroi-Gourhan Breuil identificó dos ciclos, asimilables a estilos, atribuyéndoles caracteres muy generales. En realidad sus estilos se diferenciaban por la ausencia o presencia de la presencia o ausencia de partes, esquematización, perspectiva torcida o natural, torpeza, proporción y habilidad con que se producían formas no realistas o realistas. La transición entre ambas era fluida. Pero no detalló cuál era el grado de la desproporción que caracterizaría al ciclo antiguo o hasta dónde llegaba la escasez de los caracteres anatómicos, la extensión del modelado o de la perspectiva torcida en las figuras. Y sobre todo no determinó cuántos y cuáles de estos caracteres debían presentarse simultáneamente en una obra para que fuera considerada propia de un ciclo o en qué proporción podían mezclarse para que fuera considerada del otro. Este alto grado de imprecisión dejaba la clasificación de la mayoría de las figuras al juicio del observador y obligaba a éste a considerar que muchas obras más o menos dotadas de algunos de estos caracteres fueran tenidas como pertenecientes a fases intermedias, denominadas «plena», «avanzada», «evolucionada» o, al contrario, «arcaica» «inicial» «primitiva» etc., por supuesto nunca definidas. Las características de los estilos ideados por Leroi-Gourhan, eran sin duda más precisas que las de Breuil, a excepción de las del estilo I. Este fue declarado «no determinable más que por sus referencias al período siguiente» y fue definido exclusivamente sobre dudosas figuraciones de animales, como tren delantero, línea dorsal, y signos tenidos por «vulvas» y bastoncillos, procedentes de seis yacimientos franceses (Leroi-Gourhan 1995:279). La caracterización del estilo no se basa ni siquiera en la sinuosidad de la curva cérvicodorsal porque sólo existen rastros de ella en los trenes delanteros y en líneas dorsales, de las que no se puede demos-trar que sean partes de una sola figura. Por otra parte el carácter figurativo de las obras de este estilo, como la cabeza y la vulva, resultan más que discutibles (Apellániz et al. 1999). Asegurar que la referencia del estilo I, definido sobre tales bases, es el estilo II viene a ser una expresión del pensamiento evolucionista. El carácter fundamental del II derivan consiste en que la línea cérvicodorsal la sinuosidad de cuya parte cervical alcanza los 2/3 del total. Esta línea, se dice heredada del estilo I, del cual también se dice que sólo tiene partes de figuras como contornos dorsales o trenes delanteros. Es tan importante este carácter que el autor lo extiende a las figuras de todas las especies, incluida la humana (femenina). Este resulta muy difícil de comprender porque requeriría una explicación adicional, toda vez que la posición humana es erecta y por lo tanto no comparable con la animal. La extensión de este carácter a las figuras de todas las especies requeriría una aclaración adicional porque su aplicación resulta especialmente discutible cuando se trata de especies en las que los cuellos son largos como el del ciervo/cierva, en los que se puede confundir la distribución de la masa con la actitud de atención. Pero quizá lo más importante sea la observación de que la desproporción de 2/3 sólo se encuentra en contados casos. La mayor parte de las figuras presenta un levantamiento mucho menos acusado sobre todo del dorso. Ahora bien, si se admitiera que figuras con una desproporción menor también forman parte del grupo, se introduciría una vía de subjetividad nada deseable. Y ello porque precisamente la atenuación de esta potente sinuosidad o su sustitución por «una sutil distribución de las curvas» es precisamente lo que constituye el carácter básico del estilo III. Lo cual, a su vez, no queda claramente diferenciado de las proporciones realistas, que constituyen el carácter principal del estilo IV. A otro carácter bien precisado como el de la desproporción entre la cabeza y las extremidades por una parte y el cuerpo por la otra, le ocurría algo parecido a lo que le ocurría al canon: que era un carácter más frecuente pero de muy limitada difusión. En este caso se estaría fácilmente confundiendo una tradición regional con un estilo, como ocurriría más adelante con la propuesta de un estilo V basada en los cuerpos de toros con modelado reticulado de la Gironde. La tendencia al realismo, la abundancia de deta-lles anatómicos, la amplitud del modelado, etc. también son caracteres poco precisos, por lo cual la determinación de cuándo una figura es más o menos realista y debe ser incluida en un estilo u otro queda al arbitrio del observador. También porque, como Breuil, tampoco Leroi-Gourhan decidía cuáles y cuántos caracteres debían cumplir todas las figuras para que fueran clasificadas como pertenecientes a uno u otro estilo. Es decir, si todos los caracteres, ya de por sí pocos e imprecisos, deberían encontrarse juntos en una obra, lo que raras veces se producía. Y, en caso de no ocurrir, cuántos y cuáles eran los que decidían su clasificación. A estas imprecisiones se añadía la imposibilidad, declarada repetidas veces por el autor, de establecer los caracteres de las transiciones entre los estilos o entre sus fases. El estilo IV reciente representa el período de mayor realismo, período que coincide con la fase Magdaleniense VI, a la vez que reconoce que este arte pasa por una fase de decadencia antes de desaparecer. Esta decadencia está representada por un retroceso hacia la esquematización al estilo de una las fases más antiguas. Sin embargo entre el Magdaleniense IV y el Aziliense, en el que comúnmente no se reconoce arte figurativo generalizado, no hay en las clasificaciones tradicionales una fase intermedia en la cual se pueda producir la decadencia. Los caracteres que se han defendido como propios de las provincias o regiones en el arte paleolítico son de menor precisión, si cabe, que los expuestos a propósito de los estilos (Leroi-Gourhan s/a:129) Los prototipos de los estilos de Leroi-Gourhan Mostraré cómo se manifiesta la pobreza y a veces hasta la ausencia de caracteres definidores de los estilos en Leroi-Gourhan tomando las series de figuras que presentó como características de los estilos y en algunos de sus regiones dándoles la categoría de prototipos de los estilos cuyos caracteres había definido en las páginas anteriores (1995:595-602). En su «Tabla que presenta los caracteres principales del estilo III» el autor recoge los prototipos de las figuras del bisonte, uro, caballo, cabra y ciervo en las regiones de Perigord, Lot, España y Pirineos (1995:598). El prototipo característico de bisonte de España sólo consta de cabe-za, fragmento anterior de la línea dorsal y un fragmento de vientre, a falta de par delantero y de todo el tren trasero. El de Pirineos consta de cabeza y línea dorsal hasta la cola y un fragmento de vientre y carece del par delantero, parte del vientre y parte del tren trasero. El prototipo de la cabra en Lot es el único que puede decirse completo. El de Pirineos sólo consta de cabeza, pecho y nalga. El de Perigord carece de par delantero, vientre y par trasero y el de España está a falta de la mayor parte del tren trasero. El prototipo del ciervo de Pirineos sólo presenta cuernos sin el resto de la cabeza y línea dorsal, el de España sólo cabeza y cuerna y el de Lot parte de la cabeza, cuerna y parte de la línea dorsal. Difícilmente los historiadores del arte apoyarían sus definiciones de estilo y de escuela o región en representaciones fragmentarias. Ahora veamos cómo la diferencia entre los caracteres que distinguen a un estilo de otro resulta nula en la mayoría de los casos. Por vía de ejemplo he reproducido en la figura 1 las formas que el autor considera prototípicas del caballo en los estilos II (tres arriba), III (cuatro a izquierda) y IV (doble columna de a cuatro a derecha), y que presenta en su obra (1995:597-599) a fin de mostrar la imprecisión de los caracteres que conforman sus estilos. • La curva cérvico dorsal, (elemento determinante y diferenciador, que se dice que ordena las formas del resto del cuerpo en los estilos II y III) del 2o caballo del estilo II, no puede decirse sensiblemente distinta de la del caballo 2o del estilo III ni de las del 3o (izda. y dcha.) del estilo IV. Y esto se funda en que la diferencia entre las curvas de los tres caballos que representan el estilo II es muy diferente. El modelo de los caballos de cabeza y extremidades pequeñas y cuerpo abultado, característico del estilo III, se cumple en el caballo1o del estilo III gracias a que las patas están terminadas, pero no es el caso de los caballos 2o y 3o en que están sustituidas por convenciones, como es frecuente en figuras de todo tipo de proporciones. • La proporción realista del cuerpo, característica del estilo IV, no está claro que se cumpla en el caballo 2o (izda.) del estilo IV, caracterizado por la desproporción del cuello, manos y tren trasero. Las proporciones del 2o caballo del estilo II son más realistas que las del 3o del estilo III. Lo mismo puede decirse de las del caballo 1o del estilo III respecto del 2o (izda.) del estilo IV. • No parece razonable suponer que el 3o caballo del estilo III con tan fuerte desproporción y esquematización pueda ser la variante de un estilo en España (Altamira), cuando este mismo está definido en Perigord por el de mucha mayor proporción y realismo como el caballo 1o, y ambas formen simultáneamente parte del modelo general del estilo. • La figura del caballo 4o del estilo III no puede servir de prototipo para un estilo en cuya definición se incluye la delineación de la curva cérvicodorsal, porque carece de dorsal. Sin embargo, al proponerla como tal, se supone que el resto de la figura seguiría el modelo de las demás de su estilo. El autor no está legitimado para ello, porque lo más frecuente es que las figuras posan desproporciones en alguna parte de sus cuerpos. Aunque en menor proporción, lo mismo ocurre con los caballos 3o del estilo II y 2o (dcha.) del III. • Obsérvese cómo las características que se tie- nen como fundamentales de los estilos no se cumplen nunca simultáneamente en su totalidad, sino que en unos casos faltan unas y en otros otras. Así, el caballo 2o (dcha.) del estilo IV presenta gran número de detalles anatómicos y modelado pero sus proporciones no son realistas, como se observa si se compara la cabeza y el cuello con el cuarto trasero, las manos con las patas y la cabeza con las patas. Por su parte, el caballo 2o (izda.) del estilo IV ni tiene detalles anatómicos, ni modelado, ni perspectiva correcta ni proporciones realistas. Lo que se dice de la figura del caballo puede decirse igualmente al menos del bisonte y quizá de la del toro, especies que cuentan con mayor número de representaciones. El estilo y los autores El autor incurre en una contradicción, que anula el valor de la hipótesis de los estilos. Así: En realidad resulta materialmente imposible, en la misma cueva, saber si dos pinturas vecinas son de la misma mano» (Leroi-Gourhan 1995: 7. La contradicción entre esta afirmación y la identificación de un estilo puede verse en dos aspectos. El primero sería el de la imposibilidad de definir o identificar un estilo si no se identifican previamente los autores de las obras, sobre las que se pretende definir el estilo. En efecto, de no hacerse así, las obras podrían ser interpretadas como variaciones de un mismo autor o como obras de varios o variaciones de ellos, pero no necesariamente como obras de suficientes autores diferentes para justificar la existencia de un estilo. El segundo, en que para que se pueda hablar de un estilo hay que demostrar que las obras fueran realizadas dentro de un determinado período de tiempo, porque de otro modo se podrían interpretar como la continuidad de similitudes muy elementales a lo largo de mucho tiempo. La investigación ha hecho al revés: las obras se han situado en un tiempo porque se han observado en ellas los mismos caracteres. Esta situación de ausencia de estudio en detalle se ha visto reflejada en la terminología con la que se han descrito los caracteres definidores del estilo. Así, los prehistoriadores han definido los estilos mediante expresiones como la «línea mórbida», la «sutil ordenación de las líneas», las «líneas que arman la figura», etc. La no necesidad de recurrir a los estilos para entender el arte paleolítico La idea de los cuatro estilos de Leroi-Gourhan, que entiendo ser un desdoblamiento de los dos ciclos de Breuil, resulta ser el reconocimiento de que existen dos extremos, el geometrismo y el realismo y grados de combinación entre geometrismo y realismo, grados que son casi tantos como figuras, porque siempre puede encontrarse un grado intermedio entre otros dos. Lo que hace la teoría evolutiva es convertir las diferencias, que puede ser contemporáneas, en evolutivas. Pero sin aportar razones. Por eso en todos los lugares se idean fases como «plena», «avanzada», «final», que no se ven en otros. En cien años de investigación no se ha logrado unanimidad en el número de los estilos. Las semejanzas y desemejanzas que ofrecen las obras paleolíticas pueden explicarse mejor de dos maneras. Como obra de diferentes autores y como expresión de modelos que dominan en algunos períodos de tiempo en determinadas zonas y que forman una tradición o son agrupables en lo que he llamado una «escuela». Es evidente que carecemos de gran parte de la documentación para establecer los lazos de unión entre los autores de varias o muchas generaciones. Pero existe la posibilidad de obtener una idea aproximada del proceso analizando grandes conjuntos. Por citar sólo uno en España, me referiré al de Parpalló. Sus figuras presentan a simple vista gran número de semejanzas formales y técnicas y el mismo uso de los recursos más sencillos de representación y forman una serie al parecer ininterrumpida, que va desde el Auriñaciense al Magdaleniense. Es lo que yo habría denominado una escuela o una tradición. Esta colección estudiada mediante el método de determinación de autor, revelaría las relaciones formales entre autores y el proceso de producción. Pero la formidable serie fue dejada de lado por Leroi-Gourhan a la hora de construir su teoría de los estilos, entiendo que porque la anulaba por completo. Todos los prehistoriadores, quizá por la fascinación que ejerció la supuesta coherencia de su teoría, le hemos seguido en el mismo error. UNA TEORÍA DE LA FORMA PALEOLÍTICA: VARIACIONES SOBRE UN MODELO GENERAL Bajo la expresión «teoría sobre la forma paleolítica» entiendo el conjunto de las cualidades for-males que dieron a la imagen de la figura, que la sociedad paleolítica impuso a sus miembros. Estas cualidades se encuentran diseminadas por todas las figuras que los artistas dibujaron y que hacen que todas ellas poseen un denominador común formal. Para reconocerlo basta con comparar las formas que presenta una muestra significativa de aquellas y deducirlo. La forma paleolítica no ha sido estudiada propiamente por la Prehistoria, excepto de una manera muy global al diseñar la teoría evolutiva, pero no ha sido tratada por los métodos propios de la Historia del Arte, y más específicamente por la Crítica de arte. La trataré desde estos puntos de vista. La figura paleolítica es de una básica pero variable fidelidad al natural. No presenta recursos representativos complicados (ni escenas ni organización de las figuras en ellas, ni distribución de volúmenes, referencia al suelo, perspectiva de la tradición occidental, color matizado y combinaciones de colores, etc.). Está definida por tres parámetros: la delineación del contorno, el modelado (donde incluyo el color, por ser plano) y la perspectiva. Es gráfica y plana; su modelado elemental se sitúa habitualmente junto al contorno y menos habitualmente se extiende al interior, y su perspectiva es torcida. Dentro de este marco general las figuras presentan a simple vista muchas semejanzas y muchas diferencias. La exploración del valor y significado de las semejanzas y desemejanzas se puede realizar aprovechando las cualidades gráficas de las figuras. Estas permiten cuantificarlas y de este modo someterlas a contrastaciones, lo cual convierte la hipótesis en contrastable. Los detalles de los mecanismos metodológicos, entre ellos los de contrastación están expuesto en una reciente monografía (Apellániz et al. 1999). La metodología de la investigación sobre la forma El estudio de todas las figuras rupestres y mobiliares conocidas sería imposible por lo que las reduje a una muestra significativa. Elegí las figuras rupestres de caballo por ser éstas las más abundantes y más extensamente distribuidas. Una primera inspección sobre el colectivo me reveló que en él no había figuras que presentaran grandes semejanzas simultáneamente en la delineación del contorno, el modelado y la perspectiva sino que todas presenta-ban en estos parámetros simultáneamente muchas semejanzas y muchas desemejanzas. A partir de esta primera intuición estudié las figuras en detalle y de manera macroscópica en busca de una primera confirmación. Así, comprobé que la línea del contorno consistía siempre en una serie de aplanamiento, elevaciones y depresiones de diferente posición, longitud y anchura, colocadas en un orden diferente en cada figura. Por ejemplo el lomo en unas es plano, en otras elevado, en otras deprimido. Y lo mismo en todas las demás partes del contorno. Este juego de aplanamientos/ elevaciones / depresiones describe la sucesión de las formas que impone la mente del dibujante. Siendo ésta esquematizadora, desproporcionadora y deformadora, el resultado es un contorno que nunca coincide fielmente con el natural, pero lo recuerda unas veces más y casi siempre menos o muy poco (Fig. 2). El modelado presenta las mismas características. Se convierte en manchas de distinto tamaño, longitud y forma y se aplica generalmente a cualquiera de las partes del contorno sin ningún criterio. Lo mismo vale para la perspectiva. Las variaciones que pueden conseguirse combinando las variaciones de los tres parámetros son casi infinitas. De ahí que cada figura resulta ser una combinación aleatoria siempre diferente de la variación aleatoria de la forma y posición de los tres parámetros. Pero a esta diferencia se une el hecho de que todas las figuras tienen una semejanza, la que impone los límites máximos que la mente paleolítica aplica al natural. Estos obligan a representar figuras identificables en el natural pero siempre Fig. 2. Esquema de las variaciones más importantes que se producen en las figuras paleolíticas de caballo sobre una figura de Ekain. Este modelo sirve, después de adaptado a cada especie, para identificar las que se producen en las demás figuras. esquematizándolas y a veces deformándolas hasta el punto en que tocan los bordes de la abstracción. Es decir que son a la vez muy semejantes y muy diferentes. Con estas primeras observaciones construí la primera hipótesis. • que los parámetros analizados y variables seleccionadas poseían un alto valor explicativo del objeto de la investigación • que las semejanzas y desemejanzas descubiertas como consecuencia de la comparación eran significativas, es decir no debidas al azar • que podrían explicarse como resultado de la obra de varios autores pero que esta explicación no estaba probada suficientemente. La contrastación de la hipótesis La hipótesis debía ser contrastada. Entendí que la naturaleza gráfica de las figuras permitía cuantificar sus valores formales y convertirlos en variables cuantitativas y cualitativas (entendido este último término en sentido lato). También entendí que, al presentar las figuras una posición en suspensión a excepción de la cabeza y parte del cuello, las variables podrían ser tratadas mediante procedimientos estadísticos especializados en valorar sobre todo sus desemejanzas, puesto que las semejanzas eran debidas a la concepción de la figura, no a sus formas. Tomé las figuras de caballo con el contorno completo o fácilmente completable con riesgos controlables, con o sin modelados. Partía del hecho de que la figura es de tendencia básica naturalista, pero su posición no presenta relación con el suelo. En efecto, aparece suspendida y rígida o hierática y el tronco es visto en su totalidad y siempre en una perspectiva lateral, excepto los casos de una tímida perspectiva del cuarto trasero y de la distinta posición, elevada o abajada del cuello y la cabeza. Esto me permitía comparar entre sí todas las figuras. Comencé por tratar la delineación del contorno mediante variables cuantitativas. Como todas las figuras presentaban en el contorno inferior o ventral formas coincidentes, el encuentro, la cinchera, el vientre, el inguinal, el ano), ideé un sistema de variables que partiera de estos puntos fijos. Pero el contorno superior no ofrecía esta posibilidad porque con frecuencia es eliminada la cruz, eliminadas las separaciones entre la grupo, el lomo y el dorso y deformada su relación. Por eso elegí puntos equiparables como el más elevado de la grupa, el más deprimido del dorso. Después tendí un eje transversal y rebatí en forma ortogonal los puntos del contorno ventral sobre el dorsal y los de éste sobre aquél. De este modo logré 22 variables con las que podía describir la totalidad de la figura (Fig. 3). De toda la muestra elegí 70 figuras procedentes de gran parte de las regiones por las que se extiende el arte rupestre. Dividí este colectivo en 4 grupos. Formé uno sólo con el santuario que presentaba un número de figuras de caballo muy elevado (Ekain), otro con las de regiones especialmente ricas en estas figuras (Cantábrico y toda Francia), otra con figuras atribuidas por Leroi-Gourhan al estilo III y otra con las del estilo IV. De este modo intenté crear una muestra significativa que me permitiera atribuir las formas de las figuras a santuarios particulares, a regiones o a estilos. Así, sometí el conjunto completo y grupo a grupo aislada y sucesivamente al Análisis factorial de correspondencias, de modo que pudiera comprenderse su comportamiento en relación con los demás. Este tratamiento estadístico me fue sugerido por el Dr. Calvo Gómez por su capacidad para subrayar las desemejanzas y fue tratado mediante el programa informático PROGSTAT, que había él había ideado y adaptado a este caso. Del análisis se deducía que no existían caracteres específicos y privativos ni de los santuarios ni de las regiones ni de los estilos de Leroi-Gourhan. Cada figura aparecía como una combinación diferente de variaciones del contorno que se unía aleatoriamente a los santuarios, a las regiones y a los estilos de manera aleatoria. Después traté el modelado y la perspectiva por medio de variables cualitativas, que buscaban describir el tipo y la posición de ambos en relación con el contorno. Después traté las variables de la misma manera que las del contorno. Primero el modelado y luego la perspectiva considerados como una unidad independiente y luego en relación consigo mismos y con la delineación del contorno. Los resultados fueron los mismos que había arrojado el estudio del contorno. Hechas todas las pruebas contrarias, los resultados tampoco variaron. En consecuencia consideré confirmado: • que las variables que había ideado poseían un elevado poder explicativo; • que no existía relación significativa entre caracteres del contorno, modelado y perspectiva ni aislados ni en su conjunto entre santuarios, regiones y estilos y por lo tanto; • que las figuras eran combinaciones aleatorias de un elevado y aleatorio número de variaciones de la forma del contorno (longitud, anchura y elevación) y de su posición (situación dentro del contorno), de la forma y posición (posición en relación con el contorno) del modelado y de la forma y posición de la perspectiva. De aquí deduje que las figuras estaban reflejando las muy diversas maneras de interpretar un modelo general de la figura animal persistente, unas veces como entidades sin clara relación formal y otras como partícipes de comunes tradiciones formales a la manera de tradiciones o «escuelas». Deduje así mismo que la forma paleolítica no era el producto del cambio en el tiempo y en el espacio sino un infinito número de interpretaciones de un modelo. Lo que no se confirmo fue la explicación de que las diferencias entre figuras de debían a la diferente autoría. Y eso me llevó a proyectar un estudio de este mismo género pero limitado al trazado de las figuras, cuyo valor como criterio de la autoría ya había descubierto. Entender que cada figura era una combinación aleatoria de variaciones me permitía explicar a posteriori el sentimiento de hallarme ante una disyuntiva, que había experimentado al atribuir una cronología de acuerdo con los estilos de Leroi-Gourhan a los conjuntos de Altxerri o Ekain. La dificultad que incluía el dilema consistía en que había tenido que conceder a algunos criterios estilísticos de Leroi-Gourhan, mayor valor que a otros sin ningún argumento. Lo que me sugería que no servían para clasificar el conjunto de las representaciones. Sin embargo, a fin de salvar el sistema que estaba utilizando, recurrí a la idea de que la decoración había sido realizada a lo largo de mucho tiempo. De este modo, podía encajar en un tiempo impreciso todas las figuras del conjunto por diferentes que fueran. Cuando estudié Ekain (Apellániz 1978), siguiendo también el modelo de Leroi-Gourhan, di una decisiva importancia al criterio de la bicromía como signo de modernidad, a costa de dejar sin cronología suficientemente fundada a muchas figuras monócromas, que no la admitían. El problema se encontraba en que no debía haber atribuido, como hacía Leroi-Gourhan, la cronología al santuario como una unidad indivisible sino a cada de sus figuras en particular. Y, en el fondo, se encontraba en que carecía de una verdadera teoría de la forma. El MÉTODO DE LA ATRIBUCIÓN DE AUTORÍA Pero la nueva hipótesis sobre la forma, al destruir el ordenado mundo de los estilos, plantea un problema ulterior: qué metodología utilizar para estudiar un universo de combinaciones aleatorias de variaciones de forma, modelado y perspectiva? Una forma de aproximarse a la solución sería la de fechar todas y cada una de las obras, de manera que pudieran ser ordenadas cronológicamente. Pero esto no resulta siempre posible y no resuelve el problema de qué significan las grandes, medias y pequeñas variaciones. Utilizándolo en cuanto sea posible se le puede unir un método que atienda al sentido de las variaciones, se le podría unir otro que atendiera a la naturaleza anónima de las figuras y permitiera entender mejor los diferentes aspectos del fenómeno artístico en la sociedad paleolítica, tales como: • Agrupar las figuras formalmente más próximas y establecer grupos que participaron de las mismas tradiciones artísticas y que se desarrollaron en determinados lugares y tiempos a la manera de lo que he denominado «escuelas», como la de La Madeleine (Apellániz 1990). • Conocer cómo se produjeron y difundieron las obras de arte, problema que plantean los conjuntos de obras como, por ejemplo, el de las cabezas de bisontes grabadas en Isturitz (Apellániz 1991). • El proceso de la decoración de los santuarios paleolíticos, a la manera como he propuesto para Ekain (Apellániz 1978). Este mecanismo y sobre todo su aplicación al arte paleolítico no se encuentre en este momento en un estado de completa terminación, porque todavía falta por probar el valor de variables diferentes a las que he utilizado, por extenderlo al arte figurativo y por practicar más aplicaciones y controles. Sin embargo presenta un grado de comprobación suficiente como para presentar lo esencial de lo ya conseguido y proponerlo como un mecanismo útil para la finalidad que pretendo. La posibilidad de investigar la individualidad en el arte La primera pregunta lógica sería: es posible llegar a reconocer la individualidad en las obras del arte prehistórico? Las opiniones más autorizadas y las de la práctica totalidad de los prehistoriadores han respondido tradicionalmente que no. Para Leroi-Gourhan diferenciar los autores de figuras de un panel en una cueva resultaba imposible. Más arriba recojo unas terminantes palabras de Leroi-Gourhan, en las que muestra no su convicción sino la seguridad de que es imposible. Esta frágil seguridad se basaba en su convicción de que las líneas fundamentales del trazado procedían de un fondo étnico y no individual. Así se manifestaba a continuación: «Separando el arabesco del bisonte o del caballo, se hallarán siempre los mismos trazos fundamentales, que son de tradición étnica y no individual» (Ibid.). No entiendo bien qué quiso decir el autor. Pero a simple vista parece defender una vieja tesis romántica, como es la de atribuir una acción a un grupo (etnia) y no a un individuo, tesis que estaba abandonada muchos años antes de que escribiera esas líneas. Todos los así llamados «arabescos», que conoció el autor y que todos conocemos han sido obra de individuos, no de pueblos indefinidos y fantasmagóricos. El deseo de entrar en el terreno de la individualidad está presente desde siempre en la investigación del arte paleolítico. Ya desde los orígenes los tratadistas intuyeron que al menos determinadas figuras eran atribuibles a sus autores. Nadie se dedicó después a explorar lo que de verdad habría en aquella intuición. De lo que me han transmitido los críticos de mis propuestas, deduzco que todos imaginaron que aquél era un camino que no llevaba a ninguna parte y por tanto no merecía la pena reco-rrerlo. Supongo que esta posición se debía a una fantasía porque, nadie había hecho un serio intento por conocer si era posible atribuir las obras a sus autores. Entiendo que es posible llegar a conocer la individualidad en el arte paleolítico porque éste es de naturaleza gráfica y porque conserva muy bien la huella de los movimientos de la mano del autor de las figuras. La pintura y el grabado se producen mediante muchos movimientos de la mano en un solo impulso, en los cuales, sobre todo en el grabado, son repetidos, a veces repasados y corregidos. Estos impulsos se parecen tanto que se identifican con los que componen la escritura hasta el punto de ser equiparable a ella. Las formas de ésta las estudia la Grafología, la cual indica cuáles son los criterios que permiten atribuir una escritura a un autor y no a otro. A este procedimiento se denomina la peritación grafológica. Lo usa habitualmente la judicatura y la policía para resolver los problemas de su competencia. Este procedimiento es aplicable al grafismo paleolítico en la forma que he llamado la «peritación gráfica». La investigación sobre la individualidad aplicada tanto a la escritura como a la producción artesana de objetos (cestería, instrumentos, etc.) fue iniciada hace ya un cierto tiempo (Clarke 1972), y aplicada a la decoración geométrica de vasos, a la escritura, etc. (Hill y Gunn 1977). Estas investigaciones se interesaron por el análisis de los criterios por los que se puede detectar la individualidad, en concreto por la forma, ni se interesaron por estudiar la posibilidad de atribución de las obras prehistóricas a sus autores. La investigación sobre las cadenas líticas (Karlin 1991), (Bracco et al. 1991) abordó también el tema pero estableciendo como criterio de identificación de los autores la habilidad (por ejemplo, la producción laminar en Pincevent). La investigación sobre la individualidad tiene su último fundamento en la Psicología (Teoría de los esquemas de Bartlett) (Gardner 1988:132-134). Existen movimientos inconscientes o instintivos y por tanto mecánicos, que revelan lo más estrictamente individual de la persona, entre los cuales se cuentan los de la mano cuando son de un único impulso, como los que se producen en la escritura y el dibujo. En el dibujo el análisis de los impulsos de la mano o trazado revela con mayor seguridad al autor. Sin embargo el análisis de la forma ayuda, unida al del trazado a construir una atribución con mayor probabilidad. Las asunciones de la hipótesis La hipótesis conjuga unos pocos principios que considero probados y que vienen a parecerse a las asunciones, que se incluyen como parte de toda investigación. • Todas las obras son fruto de la acción individual. • La acción del individuo deja improntas o caracteres (convertibles en variables) en sus obras gráficas, por las que pueden ser atribuidas a sus autores. • Es posible identificar a los autores de obras en las que el trazado sea reconocible. • Las semejanzas y desemejanzas de los caracteres que muestran las obras de un autor son mayores que las que tienen respecto de las de los demás autores. • Hay semejanzas y desemejanzas que no pueden interpretarse correctamente sin grandes márgenes de improbabilidad. La atribución de autoría es un método, que produce resultados de un cierto grado de probabilidad. La he practicado mediante la observación macroscópica y la he confirmado mediante procedimientos estadísticos (Apellániz 1986). Pero sus resultados son sólo un poco probables. Una posibilidad de mejorarlos consiste en concatenar los resultados de la observación macroscópica con los de la estadística y contrastarlos con la experimentación. Muestro a continuación un modelo de análisis realizado sobre obras de arte decorativo (preparo otro destinado a interpretar el arte figurativo, elaborado a partir de la experimentación con 10 grabadores trabajando durante 10 años). El modelo decorativo integra los valores de la delineación del contorno sólo cuando está unida al trazado, el cual es reconocido como el primero y principal carácter que revela la individualidad, y aspira a integrar a ambos en uno solo. En colaboración con la Dra. Ruiz Idarraga y el Prof. Amayra he estudiado la decoración más sencilla presente en objetos epipaleolíticos y paleolíticos en general. Está compuesta por surcos parale-los, transversos al eje principal, paralelos y agrupados en series, que ocupan una o las dos caras (Apellániz et al. 2002). El estudio del surco sobre estos objetos tan estrechos es particularmente interesante porque, por su tamaño, el movimiento de vaivén, que lo genera, es tan exiguo y la manera de practicarlo tan mecánica que difícilmente podría ser otra cosa que un movimiento instintivo. Estaríamos por lo tanto situados directamente ante la individualidad. Analizamos un grupo de costillas y estiletes de una ocupación aziliense de la cueva de Arenaza (Galdames, Vizcaya), algunos decorados en sus dos caras, formado por 4 ejemplares con 6 conjuntos, compuestos por 23 series, los cuales suman 198 surcos (Lám. Nuestro objetivo era el de atribuir con un alto grado de probabilidad las series de surcos a sus autores, intentando construir al mismo tiempo un proceso lógico de comprobaciones con las que generar una hipótesis de alto grado de probabilidad. El primer paso de la investigación consistió en observar y describir las semejanzas y desemejanzas que los caracteres de forma y de trazado de los surcos presentaban a la observación macroscópica. Con él ya se iniciaba el análisis de la individualidad, porque describíamos los caracteres de la forma, que a la vez era el trazado, y establecíamos las variables que nos parecían más significativas. I. Ampliación de una de las series de surcos de uno de los objetos azilienses de la cueva de Arenaza. ban de medir el surco en 12 posiciones tanto en su altura como la anchura y la profundidad así como la forma de la sección del surco. Añadimos algunas procedentes de la posición de los surcos en el espacio (inclinación y distancia entre los diversos puntos en que habíamos ejecutado la medición) para comprobar qué grado de valor discriminatorio poseían. La práctica de este análisis reveló que la semejanza entre los surcos de cada serie y entre las series de cada objeto nunca es completa, sino que siempre presenta diferencias, pero que éstas son mucho más pequeñas que las semejanzas. De las observaciones macroscópicas, se dedujo una primera hipótesis, en la que se supuso que las semejanzas y desemejanzas eran significativas, que podían ser interpretadas en términos de autoría es decir unas veces como reflejo de las variaciones de la obra de un mismo autor y otras como de distintos autores, que los surcos de cada serie eran obra del mismo autor, y que, salvo excepciones, las series de un mismo objeto eran obra de un mismo o autor. La hipótesis atribuía dos conjuntos de series al mismo autor. Eran las dos caras del mismo objeto. Por el contrario, en la misma cara del mismo objeto había dos grupos de series que por su desemejanza atribuimos a autores diferentes del autor de las otras series del objeto, pero encontramos poca probabilidad en atribuir una de ellas a un autor diferente. Para contrastarla la sometimos a un tratamiento estadístico. Se utilizaron en el comienzo las mismas variables del estudio macroscópico, con el que pretendíamos comprobar si tenían valor discriminante y cuáles lo poseían en mayor grado, de manera que pudiéramos continuar el análisis sólo con las variables del más alto valor. En la Fig. 4 se muestra la manera en que hemos descrito la cuantificación de las variables. El tratamiento se desarrolló en tres fases, en la primera de las cuales aplicamos el ANOVA Unifactorial para determinar la existencia o no de diferencia entre los individuos en función de las medias y desviaciones típicas de las variables que habíamos seleccionado. En la segunda utilizamos el escalamiento multidimensional (EMD) de Torgerson (1952), que estudia la estructura de los individuos (variables) en un espacio multidimensional y que además tiene la posibilidad de presentar el posicionamiento de puntos en un espacio geométrico. Y en la tercera volvimos a utilizar el ANOVA para estudiar casos en los que el EMD presentara semejanzas y desemejanzas menos precisas a fin de conocer en qué variables se producía la diferencia. La aplicación del tratamiento progresivo a la colección de Arenaza (colección arqueológica) comenzó por sustituir el surco por la serie como sujeto del tratamiento. Para ello nos basamos en razones de dos tipos. Las del primero eran tres: que 197 surcos era un número excesivo para su tratamiento estadístico, que presentaban mucha desviación estándar dentro de cada serie y objeto, así como un excesivo número de casos particulares a estudiar en detalle y, en último lugar que, por su número, no permiten que se reflejen con claridad las posiciones en los gráficos del EMD. Las razones de segundo tipo eran dos: primera, que la serie representa mejor al surco que él a sí mismo porque es posible reducirla al promedio de cada una de las variables de todos los surcos y, segunda, que la experimentación revela que el grabador mantiene una coherencia en sus movimientos hasta que termina la serie y comienza la siguiente. Como esta última razón incluía el supuesto de que cada serie arqueológica no hubiera sido grabada de una sola vez, sometimos al EMD tres casos aleatorios, dos de la colección arqueológica y uno de la experimental. El resultado fue que en todos Fig. 4. Esquema que muestra la selección, establecimiento y cuantificación de las variables que describen tanto la forma como el trazado de los surcos. Según Ruiz Idarraga. ellos se manifiesta la tendencia de los surcos de cada serie a agruparse entre sí y a distanciarse de los surcos, también agrupados, de las demás series. El tratamiento confirmó las suposiciones de la hipótesis macroscópica en cuanto al valor de las variables y al mayor valor de las de la forma/trazado que las de la disposición en el espacio. Pero no tanto en la atribución de algunos de los grupos de series. En la Fig. 5 se muestra la distribución de las series arqueológicas de acuerdo con las medias de los valores de la forma y la disposición en el soporte. Para trasladar los valores de las semejanzas y desemejanzas a la autoría, sustituimos los grados de semejanza por los de probabilidad en la atribución, con arreglo a este baremo: • Se da la más alta probabilidad en la atribución de una obra a un autor diferente de los demás cuando las semejanzas entre sus series y las desemejanzas respecto de las series de otros objetos se repiten tanto en el EMD de la forma/trazado y disposición, como en la Varianza. • Igualmente lo reconocemos cuando las series de dos objetos son muy semejantes entre sí y muy desemejantes respecto de los demás en forma/trazado y disposición y esta situación se repite en el EMD y la Varianza. • Reconocemos un autor diferente, aunque con menor grado de probabilidad, cuando aparecen diferencias entre los resultados del EMD y la Varianza en un grupo de variables sobre todo en las de la forma/trazado. • La probabilidad decrece igualmente cuando la situación de las semejanzas y desemejanzas en la forma/trazado y la disposición aparece en el EMD pero no se repite en la Varianza. En este punto situamos el límite de la razonable probabilidad en la atribución de obras a un autor diferente y donde comienza la variación de un mismo autor. Respecto de los autores repitió lo que se había establecido en la identidad del autor de las series de las dos caras de uno de los objetos. La probabilidad es menor en cuanto a quién deban atribuirse algunos conjuntos. Este tratamiento tal como lo hemos desarrollado, ofrece una probabilidad baja en cuanto a interpretar el significado de las semejanzas y desemejanzas de algunos conjuntos de series, lo cual puede proceder de varias fuentes. Una sería la de que las variables elegidas no son tan eficaces como otras que podían elegirse y de que no conocemos bien el grado de discriminación de las mismas variables empleadas. Para mejorar este conocimiento ideamos someter la hipótesis al efecto de la experimentación. En trabajos anteriores habíamos probado esta vía de análisis para determinados aspectos de algunas figuras rupestres de la cueva de Venta Laperra (Ruiz Idarraga y Apellániz 1999). En este caso buscamos una fórmula un poco diferente, con la cual combinar la experimentación replicativa con la Fig. 5. Gráfico que muestra la comparación de las medias de los valores de la forma y de la disposición en el soporte de los objetos arqueológicos. Gráfico que muestra la comparación de las medias de los valores de la forma y de la disposición en el soporte de los objetos experimentales. imitativa a fin de poder introducir en ella variables cuyo valor fuera necesario o útil establecer. El experimento se desarrolló en dos fases: una previa y otra principal. La primera tuvo como objetivo eliminar todas las variables experimentales e independientes, que podían ser determinadas previamente, así como estudiar los tipos de instrumento que debíamos utilizar, el número de movimientos de vaivén a practicar, la profundidad del surco alcanzada con el movimiento y sobre todo el ritmo, la regularidad y los cambios que los grabadores introducíamos en el trabajo. La fase principal consistió en que 6 adultos grabamos 12 objetos a 2 series al menos por surco, con un mínimo de 24 series y 192 surcos, sobre costillas de cabra, con 20 movimientos completos de vaivén y empuñando una lasca o lámina de silex, tallado también de forma experimental (Lám. Seguimos el modelo de la colección arqueológica. El experimento permitió comprobar que la profundidad y la forma de las paredes del surco, que son resultado de la acción automática del grabador, permiten diferenciar a un autor de otros. Las variables que hemos podido analizar son pocas y menos discriminantes que las que es posible estudiar con medios técnicos mejores. Aplicada esta observación a la colección arqueológica, dedujimos que también en ella podríamos diferenciar a sus autores. También observamos que, aunque se quisiera mantener el útil en una posición determinada sobre el hueso, al cabo de pocos movimientos, éste venía a la posición más natural y propia del grabador, la cual se conservaba ya hasta el final de la operación de grabado. Y por fin, que la forma de la sección depende de la posición del útil en la mano, variable que tendríamos en cuenta más adelante. La observación macroscópica fue hecha con las mismas variables que las que utilizamos en el análisis de la colección arqueológica. Sus resultados mostraban que las semejanzas entre los surcos y series del mismo autor eran siempre mayores que las que presentaba respecto de los demás autores y que había varios grados de semejanza y desemejanza en surcos y series de los diferentes objetos. Aplicamos a sus resultados el mismo tratamiento estadístico utilizado con la colección arqueológica y en la misma progresión pero hemos introducido variables que no pudimos tratar en la colección arqueológica, como la profundidad y forma de las paredes del surco. También hemos establecido una diferencia entre las variables que creímos definían exclusivamente la forma y el trazado, de aquellas que definían su disposición en el soporte para mostrar la influencia real que ambas tenían en la caracterización de la individualidad. Nuestra previsión era que la distribución de las series en los gráficos serían análogas a las que se habían producido en el tratamiento de la colección arqueológica. La Fig. 6 muestra la distribución de las series en los objetos experimentales. Los resultados del tratamiento arrojan nuevos conocimientos, a parte de confirmar que las variables que describen la forma/trazado son más discriminantes que las que describen la disposición sobre el soporte. Estos serían las siguientes, En primer lugar permite reconocer cuáles son los caracteres que identifican a cada autor como diferente de los demás. Además indica que, dentro de las variables que describen la forma/trazado, la profundidad del surco es la de mayor valor de discriminación. Esto es doblemente importante porque todos los surcos habían sido grabados con 20 movimientos comple-Lám. La operación de grabado de los surcos experimentales por uno de los participantes, en este caso, la Dra. Ampliación de una de las series de surcos experimentales. Foto Ruiz Idarraga. tos de vaivén, por lo que puede decirse que la variable mide la intensidad con que la mano incide sobre el soporte. Otro conocimiento importante deducido del tratamiento consiste en que una de las variables más discriminantes es la regularidad de la forma/trazado, variable que no había sido apreciada en el análisis de la colección arqueológica. Lo mismo puede decirse respecto del ritmo: que cambia cada vez que se inicia una serie nueva, de manera que los estigmas que deja el útil en el lecho del surco sólo mantienen la misma orientación si están hechos consecutivamente de una misma vez. Comparando ambas colecciones encontramos que los experimentales se parecen menos a sí mismos que los arqueológicos y que éstos son menos variables en los valores medios de todas las variables que aquellos, que los arqueológicos son mucho más regulares que los experimentales, y que las relaciones de semejanza y desemejanza entre ellas son análogas. Véase al respecto la (Fig. 7). La experimentación ha añadido a la confirmación estadística de la hipótesis el valor de definir en qué variables se diferencian las obras y qué valor tienen esas variables. Esto hace que las improbabilidades generadas en la interpretación de la prueba estadística puedan ser fácilmente evitadas. Aplicamos ahora los conocimientos nacidos del experimento a la atribución de la serie arqueológica y mantenemos el más alto grado de probabilidad para la atribución de dos conjuntos a un mismo autor, con elevada probabilidad se diferencian otros tres autores, uno de los cuales es autor de un con-junto de series de un objeto distinto y con muchas dudas atribuimos otro conjunto de series al primero de los identificados. Puede decirse que desde que establecimos la primera hipótesis se han mantenido las identidades diferenciadas de cuatro autores, pero han variado en parte las atribuciones a su autor de dos conjuntos de series. Asumiendo que el método presenta las deficiencias de una hipótesis todavía sujeta a nueva y mejor investigación sobre todo en lo que hace a las variables del trazado, resulta un instrumento suficientemente útil para alcanzar un buen nivel de probabilidad en la tarea de identificar autores. Y ésta es el paso obligado en la tarea de identificar tradiciones regionales en el trabajo artístico así como un instrumento imprescindible para reconstruir el proceso histórico de la producción del arte paleolítico, lo cual permite también reconstruir el de la decoración de los santuarios.
MARÍA CRUZ BERROCAL (*) JAVIER GOYTRE SAMANIEGO (**) JUAN GASPAR LEAL VALLADARES (*) MYRIAM LÓPEZ DOMÍNGUEZ (***) RESUMEN Presentamos un análisis historiográfico de la investigación del arte levantino desde su comienzo hasta nuestros días, a través de un estudio bibliométrico basado en una muestra de 521 registros (notas, comunicaciones en congresos, artículos, capítulos de libros y monografías) y 235 autores, que consideramos suficientemente representativa. Hacemos hincapié en la institucionalización de la arqueología española, el personalismo y el actual localismo de la investigación. La primera etapa destaca por la gran actividad de eruditos locales, mientras que en la segunda el número de autores se reduce, monopolizando éstos gran parte de la investigación. Desaparece casi totalmente la aportación extranjera, mientras aparece la mujer investigadora. La tercera etapa es el momento de máxima expansión de la investigación y descentralización del estudio del arte levantino. Predominan los autores independientes o adscritos a las administraciones autonómicas, fuera de los circuitos aca-(*) Departamento de Prehistoria, CEH, CSIC. Este análisis se integra en el proyecto "Aplicaciones del proceso digital de imagen al estudio y conservación del arte rupestre prehistórico" (PB95-0227) de la DGICYT que dirige Juan Manuel Vicent García (1994) en el Departamento de Prehistoria del CEH, CSIC. Este proyecto pretende revalorizar y rescatar del olvido y la degradación el archivo fotográfico y textual Corpus de Pintura Rupestre Levantina (CPRL), creado entre los años 1971 y 1975 bajo la dirección e iniciativa del profesor Martín Almagro Basch en el, entonces, Instituto Español de Prehistoria (CSIC). Conocido como "Archivo Gil Caries", contiene la documentación de 96 estaciones de arte rupestre pertenecientes a las comunidades autónomas de Aragón, Castilla la Mancha, Cataluña, Comunidad Valenciana y Murcia. Además una base de datos bibliográfica, en permanente proceso de ampliación, complementa la documentación existente y recoge, con las limitaciones que comentaremos, la producción referida al arte levantino a lo largo de todo este siglo. Hasta que se publique, se facilita su acceso controlado a los investigadores que lo soliciten (Dfaz-Andreu, 1998). La información, que constituye la base del presente trabajo, ha sido recopilada a lo largo de seis años por diferentes equipos, con algunos períodos de interrupción. La bibliometría se emplea cada vez con más frecuencia en la evaluación de la calidad de la investigación (Gómez y Bordons, 1996). En nuestro país se ha aplicado con estos fines en las ciencias naturales y, más recientemente, en las sociales y en concreto en arqueología, donde se ha convertido en ios últimos tiempos en un medio muy importante de autocrítica (Ruiz Zapatero y Alvarez-Sanchís, 1989; Rodríguez Alcalde et alii, 1993, 1996y 1997; Rovira, 1994; García Marín et alii, 1997; García y Román, 1998), contribuyendo a afianzar la disciplina al objetivar los parámetros que influyen en la investigación. El análisis bibliométrico de un tema concreto de investigación prehistórica es una práctica aún poco habitual aunque con precedentes (García Heras, 1997; García Santos, 1997). Nuestro objetivo será contribuir a la historiografía de la investigación del arte levantino trazando su evolución desde su origen hasta nuestros días y valorando los posibles factores sociales y políticos que han influido en su desarrollo. El arte prehistórico, como ámbito de estudio muy especializado, presenta algunas características propias diferentes de la investigación prehistórica en general. Contiene dificultades que, en nuestra opinión, influyen por una parte en el retraso sustancial en cuanto a volumen de producción y falta de novedad en general de la misma, y por otra paite en la escasez de investigadores españoles de arte en relación con otras especialidades. En especial destaca el estancamiento que ha sufrido el arte postpaleolítico en España, incluido el arte levantino. El personalismo es una constante de las distintas <etapas tratadas, por lo que prestaremos a este rasgo especial atención. Lo entendemos como la concentración de la producción en un número reducido de autores, que son además de gran relevancia en la investigación. Por supuesto las causas y los matices de este personalismo varían a lo largo de las tres etapas definidas, aunque sus consecuencias son similares (1). Así, por ejemplo, en la primera etapa hay sobre todo investigadores no formados como arqueólogos, que firman en colaboración y que desde ciertas instituciones aglutinan gran parte de la investigación. En la segunda etapa se trata de profesionales ligados a una institución y a una revista, y firman en solitario. En la tercera etapa encontramos mayoritariamente no profesionales que se vinculan a revistas y sobre todo a áreas concretas. En ciertos momentos esas figuras sobresalientes han constituido en sí mismas el fundamento necesario para conformar la trayectoria institucional de la disciplina. No se puede juzgar negativamente, aplicando un criterio moderno de política científica que valora ante todo el trabajo en equipo, la aportación de los arqueólogos tradicionales. Sin embargo, sí podemos juzgar el de nuestros contemporáneos de acuerdo con él y con los relativos a la innovación teórica y metodológica, y el panorama no resulta muy halagüeño. (1) Como dice M. Martín-Bueno (1984: 46) "...las líneas trazadas dieron grandes individualidades, labores ingentes y personales que frecuentemente significaban, con la pérdida del protagonista, la ausencia de elementos y bases suficientes para continuar una tarea iniciada, con el grave dispendio de recursos e informaciones que quedaban inútiles para su utilización posterior". T. P., 56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Definimos el arte levantino ateniéndonos al juicio de experto de Antonio Beltrán Martínez, el productor más prolífico en la muestra recogida, que entrecomilla [URL]. 1981) muy significativamente esta denominación en sus escritos de las últimas décadas, expresando así sus dudas respecto a su validez. Arte "levantino" sería el arte postpaleolítico, naturalista, no homogéneo, distribuido a lo largo de un amplio territorio que abarcaría (llevando al extremo la premisa del naturalismo) desde Barcelona hasta Cádiz (Tajo de las Figuras) (2), y que llega en zonas del interior hasta Huesca (Arpan y Regacéns) y Guadalajara (Abrigo del Llano). Esta distribución se basa también en el criterio del resto de autores de la muestra. LA MUESTRA Y SU ELABORACIÓN Para que un trabajo bibliométrico sirva realmente como referencia para la investigación es necesario especificar previamente los criterios de selección de la muestra. Así se evitan sesgos del análisis o al menos se deja al lector que juzgue por sí mismo. Nuestra muestra se compone de 521 registros, ceñidos a referencias bibliográficas de primera mano. Las obras se han seleccionado conforme a varios criterios: 1) Hemos centrado la consulta en la Biblioteca del Museo Arqueológico Nacional, que integra fondos del propio Museo y de la "Colección de Prehistoria" del CSIC. Hemos considerado que es depositarla de las publicaciones de mayor impacto en la investigación de arte levantino, gracias a las compras específicas con cargo a los proyectos (el CPRL y los actuales) y al gran volumen de intercambios de las publicaciones del CSIC y el Ministerio de Cultura. Hasta el momento, se registran unas 50.000 monografías en la biblioteca. De ahí la validez de un análisis historiográfico basado en una muestra extraída de ella. 2) Los tipos de fuentes documentales consultadas han sido monografías y series monográficas españolas, revistas españolas y extranjeras, congresos nacionales, autonómicos y extranjeros. (2) Se suele denominar al arte de la zona de Almería y Cádiz "arte esquemático de tendencia naturalista". Sin embargo lo incluimos porque se sigue considerando en general al tratar el arte levantino. (3) Información recogida de la Memoria Anual de la Biblioteca del Museo Arqueológico Nacional 1997, de libre acceso. vaciado sistemáticamente 158 publicaciones periódicas de prehistoria, arqueología, historia y arte en general o publicaciones generales de instituciones locales del Levante español. Se han revisado los Congresos Nacionales de Arqueología y los monográficos de arte, y en el caso de los congresos extranjeros, los"Bedicados al arte prehistórico. Las monografías pertenecen a series específicas de arte prehistórico reconocidas como tales, y a especialistas de arte levantino. El resultado ha sido una muestra basada en 86 revistas, 35 monografías y 30 congresos. 3) Las publicaciones se han vaciado combinando la inclusión en su título del término 'levantino' o de topónimos de este área con la especialización del autor. Las fechas de edición de las publicaciones periódicas pueden tener un desfase de varios años con respecto a la fecha de impresión. En estos casos hemos preferido tomar la segunda (cuando aparece). Aquélla práctica supone un importante problema de catalogación, como hemos podido constatar, y es una de las razones por las cuales las revistas españolas suelen ser excluidas de los corpora internacionales (Rodríguez Alcalde eí a///, 1996). Además implica que no se está estudiando la producción "en tiempo real", sino las fechas de aparición de las obras. La representadvidad de la muestra se ha evaluado mediante A) su cotejo con bibliografía de Murcia y B) el recurso a la llamada "opinión de expertos". A) Murcia es una comunidad autónoma uniprovincial con multitud de publicaciones, expresiva de la creciente diseminación de la información en revistas locales cuya difusión, muy limitada, supone una traba de cara a un estudio bibliométrico y también al desarrollo normal de la investigación. El arte rupestre levanfino' publicada en forma de base de datos electrónica por la Consejería de Cultura y Educación de Murcia [URL] ) (5) contiene 93 registros, de los cuales se han descontado 10 para elaborar el porcentaje por tratarse de referencias in-(4) Sólo un registro no tiene fecha. Actualmente esta base de datos cuenta con 134 registros. T. P.,56, n.«l, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es completas o inéditos. La coincidencia del 62,6% (52 referencias) con el contenido de la muestra nos parece aceptable, dado el localismo de esta bibliografía. B) La verificación efectuada a partir de la opinión de expertos ha tenido resultados mucho más positivos. Se han seleccionado tres obras relevantes atendiendo al ámbito de análisis, prefiriéndose las obras de síntesis a las que se circunscriben a una zona. En cuanto a la fecha de edición, se ha evitado primar la bibliografía de reciente aparición. El resto se refieren a prehistoria de la Península Ibérica en general y arte prehistórico de otras zonas del mundo. Hemos encontrado una coincidencia del 78'4% (69), la más alta, que tomamos como un buen indicador de la representatividad de nuestra muestra (6). Los criterios de clasificación de ésta son los siguientes: -Tema, establecido de acuerdo con cinco categorías: "iconografía", "cronología", "conservación y metodología" (suelen tratarse unidas, y de hecho la metodología es escasa y referida normalmente a procedimientos enfocados hacia la conservación), "hallazgos" y "sin especificar". -Tipo de publicación: 1) ponencias y comunicaciones en congresos, 2) artículos de revista, 3) monografías, 4) capítulos de monografías, 5) notas y 6) recensiones. En las monografías generales (por ejemplo, una Historia de España) sólo se utiliza en el análisis el capítulo coiTespondiente. A la ciudad de edición se añadieron la provincia y comunidad autónoma. Las publicaciones de fuera de nuestras fronteras se han clasificado simplemente como extranjero. En este apartado hay que diferenciar entre los autores y los firmantes. La firma es la cantidad de veces que aparece cada autor en la muestra. Se han recogido todos los firmantes de cada obra y se incluyen las habituales referencias bibliométricas a sexo y nacionahdad, distinguiendo en principio exclusivamente entre españoles y extranjeros. Los anónimos y los autores con nombre propio no especificado han sido clasificados como indeterminados. Los autores se han clasificado en tres categorías, dependiendo de su productividad. Cuando el total de referencias a analizar es muy grande, en bibliometría son precisas operaciones matemáticas complejas. Así Sánchez Nistal (1995) obtiene la cifra de 10 obras en adelante para un gran productor. En cambio nuestra muestra es lo suficientemente reducida -235 autores (7)-como para introducir parámetros cualitativos sin limitarnos a la operación matemática, puesto que es evidente que no podemos valorar de la misma manera dentro de la historia de la disciplina a un autor que escribe 10 notas que a otro con varios artículos y monografías. Así, a partir de la mera cuantificación, la categorización resultante es: 1) autores francotiradores (139) que publican una sola vez; 2) autores ocasionales (77) que no publican habitualmente y 3) grandes productores (20) con 10 ó más obras. Sin embargo, a causa del tipo de publicación que producen, algunos autores han sido excluidos en esta categoría (por ejemplo R. Montes, con 9 notas sobre 10 registros) y otros incluidos (por ejemplo, F. Piñón, con una monografía). La vinculación institucional se ha tenido en cuenta en relación con autores concretos, pero no ha sido un criterio de clasificación global. Se publica en alemán, castellano, catalán, francés e inglés. -Lugar investigado, agrupados por provincias. Cuando la adscripción de ciertos autores con sitios concretos es muy clara se especifica en el texto. La estructura del artículo va a estar engarzada por un hilo temporal con una serie de subdivisiones periódicas. Se ha elegido este esquema de trabajo en lugar de la más habitual subdivisión temática por varias razones. En primer lugar, se trata de una acfitud epistemológica, puesto que consideramos que la evolución es algo consustancial a la ciencia. La creación de períodos permite detectarla, puesto que (6) No hemos incorporado a la misma las referencias ausentes, una vez comprobada su validez, pero sí a la base de datos del proyecto. (7) De esta cifra se excluyen los 16 anónimos y el Centre d'Estudis Contestans (Hernández Pérez y CEC, 1983a, b), que también aparece como firmante. La distribución de los anónimos a lo largo de las tres etapas no presenta ninguna tendencia significativa, tratándose en todos los casos de notas informativas. Hay 3 en la primera etapa, 8 en la segunda y 5 en la tercera. Por esto no se han tenido en cuenta en los análisis de autoría. normalmente no se perciben cortes bruscos y evidentes y, sin embargo, las estructuras de la investigación varían. Centrar nuestra atención en los criterios mencionados nos ha dado pie a establecer, tras la comparación entre etapas, cambios sustanciales entre ellas en lo referido al tipo de producción y a su calidad. En segundo lugar, dada nuestra orientación historiográfica, un esquema temporal de tipo tradicional parece adecuado. Se suele elegir la década como unidad temporal válida para establecer las pautas de desarrollo de una disciplina. Los períodos coinciden a grandes rasgos con los de la periodización de A. Sebastián (1997), que sigue criterios fluctuantes entre descubrimientos y nuevos enfoques. Nuestra división en etapas se basa de manera fundamental en la producción y en la temática ya que ofrecen respectivamente una medida tanto cuantitativa como cualitativa sobre el estudio del arte levantino, siendo factores importantes pero no condicionantes los autores, la presencia extranjera y la incorporación de la mujer: La producción, considerada como incidencia de la investigación (Fig. l). La Guerra Civil supone cierta ruptura que provoca que, hasta los años cuarenta y cincuenta, no se recupere el nivel de publicación de los productivos años veinte. Por esto, una visión amplia impide realizar un corte anterior a los años sesenta, aunque existan diferencias en las circunstancias de esa producción entre el franquismo y las tres décadas anteriores. A partir de los sesenta se produce un aumento de la producción destacable, y es ya en la tercera etapa, a partir de 1980, cuando se da un auténtico boom. La temática, como concepción teórica del arte levantino. Hasta los años sesenta el grueso de la investigación se centra fundamentalmente en la visión cronológica del fenómeno. En el período posterior predominan las aproximaciones relacionadas con la iconografía, y a partir de los años setenta se rompe con la visión globalizadora que se había mantenido hasta ese momento, dejando paso a una concepción segmentada y regionalista. El número de autores en activo, así como el de las incorporaciones en cada etapa, son datos muy importantes para detectar cambios en la estructura de la investigación. A partir de los años ochenta, cuando sus instituciones promotoras se amplían y diversifican, se produce una expansión en la variedad y cantidad de autores. Aspectos muy importantes de la autoría son además la nacionalidad y el género. En la primera etapa se da en su tasa más alta, disminuyendo significativamente en la segunda, en la que sin embargo, debido a la cierta apertura política hacia el exterior de la década de los sesenta, aún firman extranjeros. Por último, con la descentralización administrativa de la tercera etapa, el aislamiento del estudio del arte levantino es evidente: no hay investigadores foráneos excepto casos anecdóticos, ni tampoco presencia española en publicaciones extranjeras. La incorporación de la mujer empieza a generalizarse también durante los sesenta, y en los ochenta se consolida. El primer artículo sobre una estación de arte rupestre levantino fue publicado por E. Marconell en 1892 (Sebastián, 1997: 86). Corresponde a la primera cita bibliográfica recogida en nuestra muestra. En segundo lugar es cuando, tras el reconocimiento internacional del arte paleolítico cántabro, H. Breuil visita el Barranco de Calapatá (Teruel) y alienta a J. Cabré a la publicación de este conjunto, quedando verificada la existencia de otro nuevo foco peninsular (Baquedano, 1991: 46). No había dudas respecto al origen prehistórico de los nuevos conjuntos de arte que estaban apareciendo en la franja levantina. Sin embargo, empezaron a surgir puntos de fricción en torno a su cronología. Únicamente E. Hernández Pacheco, a raíz de un estudio realizado en Morella la Vella (Castellón) en 1918, puso en tela de juicio su origen pa-T. P.,56, n."l, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es leolítico. Pero no será hasta las décadas de los cuarenta y los cincuenta, sobre todo con la labor de M. Almagro Basch, cuando empiece a consolidarse la idea de una cronología postpaleolítica, dando paso a otra etapa historiográfica (Sebastián, 1997: 5). Uno de los rasgos que más llama la atención es que las publicaciones representan la cifra más baja, 21,1%, de todas las etapas, a pesar de que ésta es la más amplia. Esto se explica por el escaso desarrollo de las investigaciones arqueológicas en nuestro país (Díaz-Andreu, 1993: 74-75) como se puede apreciar en el reducido número de autores identificados en esta etapa: el 17,4% de toda la muestra (Tab. Incidencia de cada categoría de productor por etapas. 1: total autores; 2: francotiradores; 3: autores ocasionales; 4: grandes productores. En este sentido, es relevante el porcentaje de autoría que suponen los investigadores extranjeros, en su mayoría alemanes y franceses. Sus publicaciones representan algo más de un cuarto del total. Dichas cifras son elevadas si las comparamos con las del segundo y el tercer período (Tab. Esos rasgos, junto con la ausencia de la mujer investigadora, marcan algunas diferencias más con respecto a otros períodos (8). De los 7 autores extranjeros recogidos en la muestra, H. Breuil y H. Obermaier abarcan respectivamente el 10,9% y el 10% de las publicaciones. La actividad de H. Obermaier se conecta con la Cátedra de Historia Primitiva del Hombre de la Universidad Complutense (Moure, 1996: 4) y anteriormente con la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. El abate Breuil, a través del Instituto de Paleontología Humana de París, desarrollará una importante investigación en torno al arte rupestre tanto de la cornisa cantábrica como de la costa mediterránea. Su actuación en un primer momento con J. Cabré y posteriormente en solitario ha sido decisiva para la investigación del arte levantino, a pesar de su obstinada fechación paleolítica de este arte. El gran productor de nacionalidad española es J.B. Porcar con un 14,54%. La formación universitaria de la mayoría de ellos no estaba estrictamente relacionada con la arqueología. Pertenecientes a otras disciplinas como la geología, la paleontología, las bellas artes, el derecho o las letras en general, pueden ser considerados los profesionales de la época. Es destacable el hecho de que 4 de los 7 grandes productores mantengan redes de colaboración entre ellos (Fig. 2). El 43,4% de los trabajos se firman en coautoría, desglosándose este porcentaje entre un 46,8% de investigadores ocasionales y un 53,1 % de autores que sólo firman una vez a lo largo de todo el período. Esta última cifra puede ser explicada en función de la participación de eruditos locales en trabajos de campo. El Servei d'Investigacions Arqueologiques de Catalunya (Barcelona) creado por R Bosch Grimpera, llevó a cabo una amplia investigación en diferentes conjuntos de arte rupestre del Levante, sin que ello implicara una mayor atención a los catalanes. En cambio, el Servicio de Investigación Prehistórica (Valencia), a través de algunos de sus miembros, recogidos en la muestra, como L. Pericot, D. Fletcher, M. Vidal López, F. Jordá Cerda, J. Alcacer Grau y E. Pía Ballester, participará activamente en la investigación sobre arte levantino de la Comunidad Valenciana (Martí, 1995: 14). Por otra parte, la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas (Madrid) desde 1913 aglutinó, en general, a los principales investigadores del arte levantino (Rasilla, 1997: 432), pero sus trabajos no responden a ningún planteamiento de investigación a priori. Es decir, a medida que se van descubriendo nuevos sitios se publican y se elaboran teorías. No existieron proyectos específicos sobre este tema. La Comisión y el Institut d'Estudis Catalans exploraron el importante conjunto del Barranco de la Valltorta (Castellón). Cada una de estas instituciones se apropió del estudio de una parte del barranco dando lugar a dos publicaciones parciales (Obermaier y Wernert, 1919y Duran i Sanpere, 1920). Este es uno de los casos más sobresalientes de personalismo de esta primera etapa, cuyas consecuencias negativas fueron percibidas incluso en la época: "... quisiéramos que la labor científica impulsada por la Diputación valenciana fuese obra conjunta y fraterna de todo Levante, de un amplio Levante ibérico; obra presidida por una gran transigencia que imposibilite exclusivismos de personas y de escuelas" (Ballester, 1928: 10). Se pasó de una tasa de crecimiento bibliográfico en los años veinte del 25,8% respecto a la década anterior, a una negativa de 2,2% en la década de los treinta (9). A pesar de ello no se interrumpen las publicaciones (Fig. 1). Este hecho, junto a la patente homogeneidad de la concepción teórica del arte levantino, y pese a la llegada de la Pero el carácter de la investigación perdura durante toda la etapa, con clara continuidad de las escuelas. Los temas de este medio siglo de investigación son homogéneos. Predominan las obras de carácter general en todos los tipos de publicación. Les siguen en orden de importancia los "hallazgos", que suelen coincidir con la publicación de un conjunto o un abrigo inédito, la "iconografía", la "conservación y metodología" y por último la "cronología". Este último tema suele aparecer incluido en trabajos de síntesis de manera confusa hasta finales de la década de los cuarenta. Como se puede apreciar en la tabla 3, los artículos en revistas especializadas representan el 60 % del total. Hasta los años veinte, L'Anthropologie acapara el 13,4% debido a que difundió el 75% de las publicaciones del abate Breuil. El Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura con el 19,4% del total de artículos y el Anuari de VInstitut d'Estudis Catalans con un 7,4%, son las revistas españolas con más impacto hasta los años sesenta. Las notas representan el \1,A% de la muestra y están relacionadas con los "hallazgos", mientras que las monografías tienen carácter general, salvo una dedicada a la "iconografía". Las comunicaciones en congresos, el 6,4% del total, no aparecen hasta 1946, cuando de la mano de A. Beltrán se crean en Cartagena (Murcia) los Congresos Ar-queológicos del Sureste Español, que tres años después se convertirán en Nacionales (Ruiz Zapatero, 1993:48-50). Recogen todos los temas pero abundan más los de síntesis y los cronológicos. En tales congresos se debate el origen del arte levantino, iniciado ya prácticamente desde su descubrimiento pero que se convertirá en un tema candente en las décadas de los cincuenta y los sesenta. Los capítulos y los libros mantienen porcentajes bajos de publicación, y todos ellos enfocan la cuestión desde una perspectiva general. Las provincias más estudiadas son por orden de importancia: Castellón, Teruel, Albacete y Valencia (Fig. 4.1 y 5.1). Se debe señalar la labor realizada por M. Almagro Basch en Teruel, al que dedica el 37,5% de su producción. Frente a la diversidad de investigadores (tanto nacionales como extranjeros) y de lugares de publicación descrita en el apartado anterior, este período destaca por la concentración de la producción en una minoría de autores. Estos están ligados a diferentes instituciones y publican en solitario en sus respectivos órganos difusores, rasgos éstos de personalismo. Se detecta un aumento significativo de los profesionales (Fig. 6) y de la producción, que crece un 29% respecto a la etapa anterior (Tab. Estos veinte años de desarrollo profesional de la disciplina en los que se crean cátedras de arqueología en diversas universidades españolas y aparece la especialidad de Prehistoria, Arqueología e Historia Antigua en la Universidad de Barcelona (Martínez Navarrete, 1990: 442-443), representan un proceso que coincide con un momento político muy determinado: la etapa más "aperturista" del régimen franquista y el inicio de la democracia (Díaz-Andreu y Mora, 1995: 34). En general, ciertos organismos e instituciones ya existentes o creados ahora, como el Instituto Español de Prehistoria (1958) en Madrid y la revista Trabajos de Prehistoria (I960) porM. Almagro Basch (Martínez Navarrete, 1990: 443), permiten dotar a la investigación arqueológica de un apoyo institucional nunca conocido hasta el momento. La producción temática (Fig. 7) sigue las líneas desaiTolladas en la etapa anterior con un alto porcentaje de pubHcaciones (42,3%) que tocan el tema del arte levantino como un fenómeno global. La novedad radica en que, a principios de los sesenta, Tab. Porcentaje y valor numérico de los temas en cada tipo de publicación respecto al total de cada etapa. En vertical y negrita, valor numérico y porcentaje de temas. En horizontal y negrita, valor numérico y porcentaje de cada tipo de publicación. se llevaron a cabo una serie de trabajos que conectaban el arte levantino con otras manifestaciones rupestres de la región mediterránea, en un intento de establecer un paralelismo que ayudara a la datación a partir de modelos difusionistas. Esta línea se abandonará posteriormente. El debate sobre la "cronología" concluye con la aceptación mayoritaria de una datación postpaleolítica. Cabe señalar a este respecto que el 72% de las referencias pertenecen a publicaciones en el extran-jero (Fig. 5.2), incorporándose al debate autores de diversas nacionalidades tras dos décadas de ausencia. Este hecho muestra que al igual que el arte de la cornisa cantábrica, el arte levantino despertó el interés internacional. Pero a mediados de los sesenta, cuando pase a entenderse como un fenómeno estrictamente peninsular, desaparecen las publicaciones extranjeras. Valga como ejemplo L'Anthropologie, con ninguna referencia en esta etapa (Tab. Precisamente los autores extranjeros no o O) volverán a publicar con cierta regularidad hasta los años ochenta (en los setenta sólo hay una referencia). Los investigadores españoles, el 84% del total, son los que llevan a cabo la revisión cronológica y por ello los que más publican. En orden creciente de producción, A. Beltrán, M. Almagro Basch, F. Jordá y E. Ripoll suman el 56% de los títulos. Los congresos fueron el escenario de estas discusiones (Tab. 3), ya que eran uno de los vehículos de difusión más importantes del momento y en general de todo el período analizado. Con un total de 21'8% publicaciones, ocupan el segundo lugar después de los artículos. La "iconografía" será la base de numerosos trabajos de investigación, debido a dos causas principales. En primer lugar, los autores interpretaron las pinturas como representaciones de poblaciones de características socioeconómicas diferenciadas y Tab. Producción por etapas (en vertical) e índice de autoría y coautoría (en horizontal). 1: total de referencias; 2: referencias con un solo autor; 3: referencias con dos autores; 4: referencias con tres o más autores. sucesivas. Por ejemplo, escenas con motivos de caza y recolección con ciervos y arqueros, serían paleolíticas (o epipaieolíticas tras la nueva verificación), y otras con imágenes agrícolas tales como figuras humanas portando objetos o bastones de cavar serían neolíticas. En segundo lugar, fundamentó una línea de investigación arqueoetnológica (Sebastián, 1997: 101). F. Jordá es el mejor ejemplo en ambas líneas de investigación ya que el 78% de sus trabajos versan sobre "cronología" (28%) e "iconografía" (50%). Sin duda alguna, la característica más definitoria de la investigación durante estos años es la aportación de los grandes productores: A. Beltrán (15,2%), E. Ripoll (10%), F. Jordá (9,2%), R. Viñas (8,5%), J.B. Porcar (6%) y M. Almagro Basch (4%). Su producción suma el 53% del total frente al 47% distribuido entre los 57 autores restantes. El predominio de aquéllos (salvo R. Viñas y J.B. Porcar) en la universidad y en revistas especializadas unido a la centralización de la publicación, provocó un descenso de los francotiradores (Tab. Los niveles de coautoría, bastante bajos (Tab. 4 y 6), se explican por una política científica supeditada a la investigación individual y por la ausencia de grandes proyectos que comprometan a equipos de trabajo. A pesar de todo, la década de los setenta supone un punto de inflexión ya que aumenta claramente el número de firmantes por trabajo (Tab. En cuanto a los lugares investigados destaca el descubrimiento de conjuntos de pinturas que amplían la zona de distribución del arte levantino y completan las conocidas en la zona clásica. Este incremento se debe al aumento del número de autores. Corresponde a este momento la publicación de las pinturas de la Sierra de la Pietat (Ulldecona, Tarragona) (Viñas, 1975) y de la cuenca del río Vero (Colungo y Asque, Huesca) (Baldellou, 1979). Ranking de las revistas con mayor publicación (más de cinco referencias en la muestra), en cada etapa. El total se refiere al total de referencias, al igual que Artículos y Notas. Lugar pub.: lugar de publicación. La profesionalización se expresa, primero, en que los investigadores están relacionados directamente con una institución investigadora, universidad, museo... En segundo lugar, determinadas revistas o centros serán la vanguardia de los estudios sobre arte levantino. El caso más significativo es el del aragonés A. Beltrán, catedrático de la Universidad de Zaragoza y director y fundador de Caesaraugusta, que contribuyó a que Zaragoza fuese uno de los centros de investigación más activos, también con la publicación de los CNA, y dicha revista una de las más importantes (Tab. De las 7 referencias a esta revista, 6 son de Beltrán. A su vez el interés de la revista Zephyrus se debe a la presencia del valenciano F. Jordá, que, procedente del Servicio de Investigación Prehistórica, se incorpora a la cátedra de la Universidad de Salamanca. Resulta excepcional que una publicación manifieste atención por un La adscripción a una zona y a una revista local es clara en el caso de J.B. Porcar: el Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura publica el 78% de su producción en estos años, que versa en su totalidad sobre las estaciones del Maestrazgo (Castellón) (10). E. Ripoll (catedrático de la Universidad de Barcelona) investiga, por su parte, el arte levantino en las provincias catalanas y en Castellón principalmente, y la mitad de sus trabajos aparecieron en revistas de esta última provincia. R. Viñas publica la casi totalidad de los mismos en Barcelona y Castellón siempre en los Cuadernos de Prehistoria y Arqueología Castellonense, siendo a su vez éstos los lugares que más investiga. Expresivo de la profesionalización que venimos comentando es el caso de M. Almagro Basch. Su traslado a Madrid a finales de los cincuenta coincide con la desaparición de la capital como principal centro de investigación del arte levantino (en los sesenta sólo se publica una referencia) (Fig. 5.2), papel que recuperará más tarde. Trabajos de Prehistoria, de la que fue director, publica solamente una referencia, en 1971. Esta situación se debe a que, desde principios de los sesenta, su vinculación al estudio del arte se concreta en publicaciones en el extranjero y en la asistencia a congresos por invitación o encargo. Estamos ante un claro ejemplo de cómo, cuando un tema está circunscrito a un investigador y éste lo abandona, la institución a la que pertenece con su correspondiente órgano difusor también lo hacen. Almagro no vuelve a publicar nada relacionado con el arte hasta principios de los setenta, coincidiendo con la puesta en marcha del CPRL. Esta década es la de la incorporación de algunas mujeres a la investigación del arte (11). Un apartado especial merece el primer trabajo recogido en nuestra muestra firmado por una mujer, Julia Sánchez (1962). Aunque en la década de los sesenta solamente tenemos dos firmas (la ya mencionada y otra de PurificaciónAtrián, 1966), ya en los setenta son 18 (Tab. Los tres trabajos que tenemos en catalán fueron publicados en los setenta. De los idiomas extranjeros, el más destacado es el francés. El inglés se utiliza por primera vez a lo largo de esta etapa, mientras que el alemán desciende considerablemente respecto a la anterior. El uso de ambos no es más que anecdótico, siendo empleados por autores españoles que publican en el extranjero. Siguiendo las pautas marcadas en la etapa anterior como consecuencia del proceso de institucionalización de la disciplina, los datos bibliométricos para este nuevo período muestran el incremento del número de investigadores (59,9%) y de trabajos sobre arte levantino (50%). Estos datos, así como las demás particularidades de esta etapa, están íntimamente ligados al nuevo sistema político y administrativo y sobre todo a la aparición de numerosos centros de investigación. Se aprecia un interés creciente por la "conservación y metodología" (el 67% de los trabajos se encuentran a partir de 1980) (Fig. 8). Este nuevo ámbito de interés, abonado por el surgimiento de la arqueología pública y una mayor sensibilización hacia la protección del patrimonio (que se define ahora) de la sociedad en general, se justifica por la fuerte aceleración del proceso de degradación que sufren las pinturas y la mejora de las técnicas de análisis y detección de factores erosivos. Las 17 comunidades autónomas empiezan a tener competencia no sólo en la investigación, sino también, y sobre todo, en la protección de los yacimientos (Querol y Martínez, 1996). Las publicaciones sobre "hallazgos" (Fig. 7 y 8) también se incrementan, resultado lógico de un mayor dinamismo en la investigación y de la política arqueológica de carácter preventivo llevada a cabo desde las administraciones autonómicas y museos locales, que da preferencia a la prospección y a las intervenciones de urgencia en detrimento de la excavación tradicional. Durante este período casi una cincuentena de abrigos y conjuntos de arte levantino se incorporan a la investigación (12) (porque se publican), lo que amplía el mapa de distribución y densidad de manifestaciones calificadas de levantinas desde Huesca a Cádiz (Fig. 4.3). Las "novedades" y la "iconografía" se prefieren para los congresos (Tab. 3), puesto que la tradicional inclinación de los arqueólogos hacia la tipología y la "iconografía" se mantiene (un 10% de los trabajos publicados en esta etapa y el 47% del total de la muestra). En contraste con las etapas anteriores las formas de vida y la economía explican en numerosas ocasiones la filiación cultural de las pinturas entre grupos epipaleolíticos y neolíticos, pero sin duda alguna la novedad recae en un enorme interés por el estudio de la figura humana, principalmente femenina. El 3,8% de los registros versan sobre "cronología", en cuyo ámbito se produce una de las grandes novedades de la etapa y una de las más importantes en la investigación del arte levantino: el descubrimiento y la definición de un nuevo tipo de expresiones artísticas, el llamado arte macroesquemático. A partir de él se propone la aparición del arte levantino en el neolítico (Hernández y C.E.C., 1983a, b; Martí y Hernández, 1988). Esta datación se ha aceptado por gran parte de los investigadores, aunque algunos como A. Alonso y A. Grimai (1994b) (12) Muchos de estos hallazgos son llevados a cabo por aficionados y eruditos locales, por ejemplo los miembros del Centre D'Estudis Contestans (CEC), que firman con M. Hernández. sigan insistiendo en la edad epipaleolítica de las pinturas. Tan sólo un 15% son síntesis o tratan el tema del arte levantino de manera global. De éstos casi el 60% son obra de A. Beltrán, representante de una línea de estudios arqueológicos anterior a la descentralización, de enfoque más amplio. En contraste, se produce un aumento espectacular del número de yacimientos investigados como consecuencia, tal vez, de la puesta en marcha de la transferencia de competencias en materia de cultura a los gobiernos autonómicos por parte de la administración central entre 1979 y 1985. A pesar de que existen otras formas de financiación ajenas a las comunidades autónomas, la mayor parte de las subvenciones parten de sus Consejerías de Cultura, desde las que se promociona la investigación y la publicación de temas locales (Díaz-Andreu, 1995: 35). En este sentido, destaca el proyecto Corpus de Pinturas Rupestres de Catalunya (Castells y Hernández, 1990Hernández, y 1994)). Paralelamente disminuyen los trabajos sobre el origen, las conexiones y la cronología del arte levantino. A finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, con el aumento de la demanda universitaria se crean especialidades de prehistoria y arqueología en las universidades más grandes y se refuerza su presencia en el resto (Martínez Navarrete, 1990: 443; Ruiz Zapatero, 1993: 51). A su vez siguen apareciendo numerosos museos provinciales y locales que se convertirán en nuevos centros de investigación arqueológica. En esta etapa se incorporan a la investigación del arte levantino 139 autores. El 66'9% corresponde a francotiradores, el 28% a autores ocasionales y el 5 % a grandes productores, que son, por orden decreciente: A. Beltrán, R. Viñas, A. Alonso, V. Baldellou, A. Grimai, E. Ripoll, M.A. Mateo, M. López, L. Dams, M. Soria, F. Piñón y M. Hernández. Su perfil también sufre importantes cambios, fruto del lógico relevo generacional y del aumento del núme-T. P., 56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ro de profesionales. Las grandes figuras de la investigación de los sesenta y setenta relacionados con las universidades principales, entre las que continúan A. Beltrán y E. RipoU, han dado paso a una nueva generación de arqueólogos. Estos, tras dedicar sus tesis, tesinas o memorias de licenciatura ( 13) a distintos focos de arte levantino, se han incorporado a museos locales, puestos de la administración, centros de enseñanzas medias o simplemente continúan investigando sin estar adscritos a ninguna institución. Tan sólo unos pocos están vinculados a las universidades, en contraste con las etapas anteriores. De este modo, y si tenemos en cuenta que incluso 7 de los 12 grandes productores no pertenecen ni a la universidad, ni a museos, ni al CSIC, vemos que un alto porcentaje de los estudios sobre arte levantino queda fuera de los organismos en los que tradicionalmente reside la investigación y cuentan actualmente con capacidad administrativa para gestionar proyectos científicos. Este fenómeno puede explicarse quizá por la falta de una adecuada política científica en general, tanto en el ámbito estatal y de las comunidades autónomas o provinciales como en el universitario. Así, los trabajos que cabría esperar como fruto de equipos estables de investigación tienen que ser asumidos, en su falta, por los interesados de una forma aislada. Es decir que, a pesar de que los grandes productores participan en el 50'6% de las publicaciones, el personalismo de la etapa anterior se reduce al ámbito local. La atomización de la investigación va ligada a una importante y necesaria labor de detección y documentación de yacimientos que, en bastantes casos, ha supuesto para los investigadores la dedicación exclusiva a fenómenos comarcales o provinciales. Se aprecia ahora una estrecha relación entre la mayoría de los investigadores con revistas y/o territorios. En este sentido, son significativos los casos de R. Viñas respecto a Cuadernos de Prehistoria y Arqueología Castellonenses (14) y V. Baldellou (15) con la revista BoMan, especializada en la provincia de Huesca. A su vez M. López y M. Soria se asocian con la Alta Andalucía. A partir de los años ochenta el índice de coautoría es el más elevado de todo el período analizado: (13) Por desgracia, muchas permanecen todavía inéditas. ( 14) Según el propio Viñas, se trataba del único portavoz arqueológico que existía en Castellón, pero no se dio una vinculación especial. (15) Este autor pertenece al comité científico de Bolskan. el 33% de la producción total. Surgen algunos grupos, aunque poco estables y formados muchas veces por francotiradores (que intervienen en el 50% de los trabajos firmados en equipo). Otros sistemáticamente firman juntos como A. Alonso y A. Grimai o M.G. López y A. Soria, por ejemplo. Pero no podemos hablar de verdaderas redes de colaboración (Fig. 2), ya que la coautoría es escasa y no perdura. Las comunicaciones en congresos y las revistas de los centros de investigación provinciales de reciente creación son las publicaciones con índices de coautoría más altos. También aumenta la participación de la mujer, llegando hasta 98 firmas correspondientes a 37 autoras (23,4% del total de autores). No obstante, la investigación sigue siendo mayoritariamente masculina con 121 autores y 283 firmas. Si analizamos detenidamente el papel de la mujer durante esta etapa se observa que sólo Anna Alonso y Lya Dams figuran entre' los 12 grandes productores de la etapa; que sólo se dan 3 casos de artículos de colaboración firmados exclusivamente por mujeres frente a 58 masculinos, y que en los equipos mixtos la mujer firma sistemáticamente después que el hombre, con las excepciones de las grandes productoras. Por último, la presencia extranjera también crece, pero proporcionalmente es mínima en los ochenta: sólo un 3,6% de los autores que intervienen en el 5% de los trabajos publicados, y nula en los noventa. El desinterés de la comunidad internacional hacia el arte levantino, fenómeno español incluido en un heterogéneo grupo de manifestaciones de cronología postpaleolítica, es evidente y perfectamente explicable si observamos la poca preocupación que manifiestan los arqueólogos españoles por dar a conocer su trabajo fuera de nuestras fronteras. El francés es la lengua más frecuente después del castellano con un 5,8% del total. Los responsables son en su mayoría jóvenes arqueólogos franceses que publican exclusivamente en su idioma independientemente del lugar de publicación. El porcentaje de trabajos en inglés es prácticamente inapreciable (menos del 1 %) y se debe sólo a A. Beltrán, hasta el momento figura principal en la investigación del arte levantino. Como miembro del LC.O.M.O.S. ha publicado varias notas, en solitario y en coautoría, en el International Newsletter on Rock Art (16). En alemán hay una sola referencia (Hernández yC.E.C, 1983b). En la edición también se aprecia el escaso interés que el arte levantino suscita en general fuera de las regiones implicadas. Desde la década de los ochenta se crean 15 nuevas que recogen el 37,5% de los artículos y notas de la etapa (Tab. Su vinculación con el arte levantino es diversa. Algunas se dedican exclusivamente o con especial atención al arte prehistórico como son Ar^-Praehistorica (ya interrumpida) y Espacio, Tiempo y Forma respectivamente. Otras tienen sede en zonas con arte levantino, bien en universidades, como Lucentum, Kalathos o Anales de Prehistoria y Arqueología, o bien en museos, como Antiquitas, Verdolay o Bolskan. Es muy importante la Revista de Arqueología, dedicada a la divulgación, a través sobre todo de notas acerca de hallazgos y conservación, y en la que los textos sobre arte son bien recibidos por la importancia que para esta revista tiene el material gráfico. En consecuencia, se incorporan a la edición muchas provincias y Madrid, con un 36,1% de las publicaciones, recupera el protagonismo que había perdido en la etapa anterior. Junto a ésta, los sitios con mayor producción son las capitales de las comunidades autónomas donde se localizan las principales revistas y centros de investigación. Si bien esto puede deberse a la propia muestra, de la que se excluyen buena parte de las publicaciones locales, al menos la comparación de dichos resultados por comunidades autónomas sí resulta claramente significativa. Así, es en Cataluña donde más se acusa el centralismo autonómico: Barcelona acapara el 100% de las publicaciones catalanas. Llama la atención la escasez de trabajos en catalán en contraste con las décadas anteriores al régimen franquista: sólo el 2'4%. Por otro lado, si comparamos los mapas de distribución de publicaciones y de investigación (Fig. 4.3 y 5.3), las provincias y comunidades peor dotadas sufren un claro retraso en el descubrimiento, investigación y pubücación (Tab. Así, por ejemplo, las pinturas de Cuenca o Guadalajara, que comienzan a ser investigadas ahora, se dan a conocer en otros lugares. El caso más significativo es el de Murcia, con 42 publicaciones en esta última etapa, de las cuales menos de la mitad son locales (17). (17) La mayoría son publicaciones de los arqueólogos catalanes A. Alonso y A. Grimai, o notas publicadas en Revista de Arqueología por R. Montes, corresponsal de esta revista en Murcia. Sin embargo, y como excepción, también encontramos un artículo de síntesis publicado en Murcia (García del Toro, 1994). El desarrollo de la investigación y la consolidación de la institucionalización corren paralelas en un proceso gradual que configura las etapas propuestas. Hay gran conservadurismo en cuanto a metodología o teoría. La mujer se incorpora tardíamente a la investigación y se da una fuerte tendencia hacia el localismo surgida con el aumento de competencias de las comunidades autónomas en la gestión del patrimonio arqueológico desde mediados de los setenta. Podemos resumir la evolución de la investigación de arte levantino de la siguiente manera: En la primera etapa ( 1907En la primera etapa ( -1960) ) la escasa prof esionalización en España hace que la presencia de extranjeros sea muy importante, junto con la actividad de los francotiradores -eruditos locales-. Así, los primeros pasos hacia la creación de unas bases teóricas y metodológicas para la disciplina se deben en gran parte a este empuje foráneo. Publican tanto dentro como fuera del país, aquí casi siempre en colaboración con autores españoles, utilizando idiomas del territorio español o los suyos propios. El vehículo para esta difusión son las revistas. Esta situación cambia en el segundo período, el de menos francotiradores. El personalismo cobra carta de naturaleza en la investigación: destaca un pequeño número de autores, que además, como característica propia de esta etapa, publican en solitario. El número de autores extranjeros decrece dramáticamente: una sola referencia. La vía casi exclusiva de publicación fuera de nuestras fronteras son los congresos, en los años sesenta, momentos de cierta apertura del régimen franquista. La institucionalización y profesionalización se han consolidado, y, cosa curiosa, esta situación, opuesta a la que se da en la primera etapa, tiene la misma consecuencia: encontramos el mayor número de francotiradores. Se trata de licenciados que tocan el tema tangencialmente y arqueólogos empleados temporalmente para una labor concreta de inventario, por ejemplo. Los autores extranjeros no tienen la relevancia de los que se dedicaron a este arte en la primera etapa. Publican exclusivamente en su propio idioma tanto dentro como fuera de España, mientras que la actividad española en foros extranjeros es mínima, con alguna excepción como A. Beltrán. Así, a pesar del gran aumento de autores y de órganos de difusión, la repercusión de la investigación en el panorama internacional no se ha dejado sentir apenas. Atribuimos esta situación al progresivo reforzamiento, al compás del siglo, de la asociación entre autores, revistas y lugares investigados, que alcanza en este momento su punto culminante y estrecha el círculo de la posible difusión de los resultados de la investigación. Este localismo se puede apreciar en las revistas carácter general que en las otras dos, quizá en relación con la atribución paleolítica del arte levantino y con una concepción universalista del estudio del ser humano en conexión con el evolucionismo unilineal propio de la investigación prehistórica de los primeros momentos. En la segunda etapa se asienta por fin la datacion postpaleolítica, y aún en la línea de la etapa previa aparecen obras de carácter general, en relación con la búsqueda de focos para este arte originarios en el Mediterráneo y norte de África. Sobre todo son típicas de principios de los años sesenta. A partir del final de los años setenta, coincidiendo con el abandono del paradigma difusionista en la prehistoria en general (García eí alíí, 1997: 53-54), se dejan de lado estos paralelos. En la tercera etapa, por el contrario, las síntesis prácticamente desaparecen, y los estudios de sitio centrados en la descripción iconográfica predominan sin lugar a dudas. Como muestra García Santos (1997), persiste hoy una enorme carencia de nuevos enfoques teóricos que respalden la producción arqueológica española, sumida aún en el normativismo, y el arte levantino no es una excepción. El tradicional enfoque descriptivo-iconográfico no ha sido superado aún, con notabilísimas excepciones (Llavori, 1989). El problema no es exactamente la propia iconografía, sino su tratamiento, como han demostrado, por ejemplo, F. Criado y R. Penedo (1989) que, a través de un análisis iconográfico profundo y novedoso, asentado en el estructuralismo, comparan el arte paleolídco y el arte levanüno. Tomar en consideración los estudios sobre arte paleolítico podía hacer avanzar los relativos al arte levantino, ya que los primeros sin duda se han beneficiado de un debate internacional muy activo en las últimas décadas y de interpretaciones desde diferentes enfoques teóricos (estructuralistas, funcionalistas, etnoarqueológicos, etc.). Por el contrario, el arte levantino, aislado del interés de las grandes instancias internacionales, ha quedado totalmente al margen de estas innovaciones, perpetuándose así la preeminencia de la descripción a lo largo de los tres períodos. Este inmovilismo se ha achacado normalmente a la difícil atribución cronológica del arte levantino, a diferencia de la relativa claridad de criterios de fechación que se ponen en práctica en el arte paleolítico a partir de principios de siglo. Así, faltaba una conexión fiable entre las representaciones pictóricas y el tipo de sociedad que las ideó. La cronología se ha fijado con mucha más precisión a partir del reco-nocimiento de arte mueble y del arte macroesquemático y lineal-geométrico (Martí y Hernández, 1988), culminación de la investigación sobre el epipaleolítico y neolítico levantino en la que Portea es una figura fundamental (1973,1975). Pero a pesar de esto el criterio para asociar los abrigos con arte levantino sigue siendo en general el estilístico. La búsqueda de correspondencias entre arte parietal y mueble ha sido poco habitual (Martí y Hernández, 1988; Baldellou, 1988), así como la conexión de las estaciones con sitios de ocupación (por ejemplo. Mucho menor, por no decir casi inexistente, es el estudio del contexto geográfico en el que se emplazan los abrigos con pinturas (Rubio, 1995). Cuando se menciona, el objetivo único es localizar las pinturas. El argumento central de los artículos sigue siendo la descripción de los motivos. En parte podemos explicar este afán a partir del hecho de que la publicación rápida de las estaciones encontradas es vital para el resto de la comunidad investigadora, y además una sana actitud desde nuestro punto de vista. Sin embargo, no creemos que la sola descripción cierre el ciclo de estudio de una estación. Además, hay gran escepticismo respecto a la aplicación de nuevas tecnologías al trabajo. Por ejemplo, en el curso "La conservación y difusión del arte rupestre al aire libre en ambiente mediterráneo" dç la Universidad Internacional Menéndez Pelayo celebrado en mayo de 1997 en el Museu de Valltorta (Albocàsser, Castellón) (18), significados especialistas en arte levantino defendieron el interés de seguir realizando calcos tradicionales frente a las alternativas digitales a partir de fotografías (Vicent ^ía//¿, 1996 y Montero ^ía/n, 1998). Así, la continuidad de los esquemas es manifiesta a lo largo del tiempo. Pese a la relación estructural entre política de estado e investigación (19), sobre todo reforzada en el proceso de institucionalización ya que la segunda se nutre de fondos públicos, creemos que hay que ser cautos (García Mdirín et alii, 1997) al señalar una correspondencia directa entre política y contenidos de la investigación (Díaz-Andreu, 1993). En la primera etapa, por ejemplo, a pesar de la preeminencia de las instituciones catalanas en la (18) En este curso las comunidades autónomas con arte levantino presentaron un proyecto a la UNESCO para la declaración de este arte Patrimonio de la Humanidad, hoy aprobado. (19) "La necesidad de recurrir a las ideas de la razón supone el entronque de la historia con la moral, y por lo tanto de la historia con la política" (Bermejo, 1991: 17). T. P., 56,n."l, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es investigación y el importante porcentaje de utilización del catalán durante el primer tercio de siglo, no encontramos una relación clara entre interpretación nacionalista y arqueología, tras examinar la lengua, lugar de publicación y área estudiada. Cataluña no comenzará a adquirir importancia como zona de estudio hasta los años sesenta. Con la segunda etapa no se modificaron las interpretaciones del arte levantino. La represión franquista no se puede considerar un factor de cambio radical en la investigación (por ejemplo, la escuela de Bosch Gimpera sigue funcionando tras su exilio (Oilman, 1995:2)). En la tercera etapa tampoco hay cambios de enfoque, aunque la consideración dada al arte levantino es diferente. A nivel general, nos encontramos con que, por una parte, la dinámica disciplinar en materia de arte prehistórico es tradicionalista y conservadora. Por otra parte, la repercusión que el arte tiene en la sociedad es muy importante, lo que lo convierte en foco de atención para la administración. Se han multiplicado los hallazgos, al promoverse la elaboración de cartas arqueológicas con fines de inventario, y también las actuaciones de conservación sobre las estaciones. El interés por dar a conocer la historia local genera un mayor volumen de publicación. Además la iconografía levantina, por su valor estético, se ha convertido en uno de los símbolos identificadores de una comunidad desde la prehistoria. De ahí en nuestra opinión el recurso frecuente a motivos de este arte como logotipos (20) para revistas, congresos, señales viarias, etc. en las zonas clásicas donde éste se encuentra. Esta utilización y fundamentalmente tres elementos son importantes para señalar una cierta relación entre situación político-administrativa, personalismo y reducción del ámbito de la investigación en esta tercera etapa: En primer lugar, los abrigos y sus agrupaciones conforman en la mayor parte de los casos las uni-(20) Por ejemplo, tomaremos el caso de la revista Cuadernos de Prehistoria y Arqueología Castellonense, que empieza a publicarse en 1974 con Francesc Gusi Jener, arqueólogo provincial (que participa en la realización del Archivo Gil Caries), como director. Esta revista ejemplifica el espíritu de la descentralización: en su presentación, Gusi expresa la voluntad de recoger trabajos "exclusivamente concernientes a la provincia de Castellón". El primer artículo, firmado por Esteve Gálvez, se ocupa de la pintura levantina. El logotipo que desde el primer número hasta el presente se ha utilizado es el famoso jinete del abrigo X del Cingle de la Casulla (no es levantino en sentido estricto, sino que se considera muy posterior, pero la controversia ha sido agria en este punto. Se trata de un elemento que por insólito es fácilmente reconocible). En 1995, en el número 16, cambia la lengua de la revista, de castellano a catalán, con lo que también cambia el formato de la misma, pero no el logotipo. dades de estudio (54%), seguidas de las divisiones administrativas (21%). Apenas se tiene en cuenta la comarca natural (11,5%). Ésta es una característica propia de las tres etapas, pero el ajuste de dichas unidades a espacios administrativos se ha disparado en las últimas décadas (García Marín et alii, 1997:54). En segundo lugar, desaparecidos prácticamente los grandes autores que sobresalieron durante el régimen franquista, una serie de figuras pertenecientes a las diferentes administraciones autonómicas, colaboradores de las mismas o simplemente investigadores independientes se han convertido en los soportes fundamentales del desarrollo de la investigación. Esta centralización de bajo nivel supone que hay zonas que permanecen asociadas muchas veces con un investigador determinado, a lo largo de los años. El trabajo en equipo brilla prácticamente por su ausencia y también la interdisciplinariedad, bibliográficamente hablando. El tercer problema importante, y sobre el que creemos merece la pena insistir, es que los estudios de este ámbito no se han dejado notar más allá de las fronteras españolas. Por el contrario, la publicación tiende a concentrarse en pequeñas e ilocalizables revistas. Con las excepciones de Madrid y Salamanca, la publicación de la información apenas traspasa los límites de las comunidades autónomas que cuentan con pinturas levantinas. La escasa difusión fuera de los circuitos españoles es evidente. Los autores, en general, no parecen estar convencidos de la importancia de darse a conocer en el extranjero a través de sus investigaciones y el arte levantino se ha convertido en un tema de estudio bastante encerrado dentro de su territorio. Por otro lado, existe un problema de competencias dentro de la administración producida a raíz de la descentralización. Hemos comentado sus consecuencias favorables: la localización, conservación y puesta en valor del patrimonio por parte de las comunidades autónomas. Pero también ha creado vacíos que consolidan la dicotomía, tan debatida últimamente, entre investigación y gestión (Querol et alii, 1995a, b). Las estaciones con arte pueden ser diligentemente gestionadas, pero su investigación y difusión científica es materia de otro organismo. En general creemos que en el futuro la investiga- ción del arte levantino ha de partir de un enfoque integrador entre paisaje, yacimientos y arte rupestre. Es necesaria una visión arqueológica, antropológica y ñlosóficamente formada que inscriba el fenómeno del arte dentro de su contexto, más allá de los meros análisis iconográficos de carácter descriptivo. No se trata de descartar la primacía del icono, sino de situarlo dentro de un código cultural. Por último, creemos necesario llamar la atención sobre cuatro hechos que afectan directamente al ejercicio de la bibliometría. En primer lugar, las citas en general se hacen de forma descuidada, incluso en trabajos dedicados exclusivamente a la recopilación bibliográfica (Peña, 1989). En muchas ocasiones la identificación de referencias es imposible. En segundo lugar, es muy importante reconocer que elaborar un trabajo historiográfico a partir de la bibliometría requiere un conocimiento desde muchos puntos de vista del tema a estudiar. En nuestro caso, esta necesidad se hizo evidente al comprobar cómo la contribución de M. Almagro Basch al arte levantino desaparecía prácticamente a partir de la década de los sesenta. Sin embargo, en la década siguiente. Almagro, con la colaboración fundamental del fotógrafo Gil Caries, puso en marcha el CPRL. Pero éste permaneció inédito, ya que no se logró la financiación necesaria para publicar adecuadamente el gran volumen de documentación recogida. Por lo tanto, uno de los autores que han contribuido de manera más eficaz al conocimiento de este arte ha permanecido durante dos décadas opaco para la bibliometría. En tercer lugar, influye también el efecto contrario: la inflación en la representación de un autor por razones vinculadas más con la promoción profesional que con el desarrollo de la investigación. Por ejemplo, en la concesión de plazas académicas prima la cantidad de trabajos publicados sobre la calidad y extensión de los mismos (Ruiz Zapatero y Alvarez-S anchis, 1989: 5). Los mismos trabajos se publican dos y hasta tres veces en revistas y congresos: son artículos clones (21). En cuarto lugar, es necesario contrastar fenómenos de aparente vinculación. Bien es cierto que en la mayoría de ocasiones en que hemos detectado (21) Un "Artículo Clon" es aquel que aparece con mínimas o nulas variaciones en su título en dos o más publicaciones distintas. No obstante pueden tener otras motivaciones: llegar a un público diferente o responder una y otra vez a la petición expresa por parte del mundo académico de la aportación básica que un autor ha hecho a la disciplina (Martínez Navarrete, com. per.). una publicación reiterada en un determinado medio ésta se corresponde con una relación de autor y revista. Pero se puede encontrar el caso exactamente contrario: por ejemplo, Ramón Viñas Valí verdú, uno de los autores más importantes en las últimas décadas, ha trabajado siempre en el tema de arte levantino de manera absolutamente independiente o, a veces, contractual, sin ninguna vinculación institucional o editorial (Viñas, com. per.). Estos problemas crean limitaciones para un estudio bibliométrico, pero es evidente que, en nuestro caso concreto, es el que los ha puesto de manifiesto. Por ello consideramos la bibliometría una buena herramienta para aproximarse a las circunstancias de la investigación, fundamentales para comprender el desarrollo de la disciplina. Esperamos que este trabajo haya contribuido a demostrarlo. Estos condicionantes extemos pueden ser absolutamente familiares para los expertos, pero para que la crítica tenga repercusión es necesario publicarla, porque lo que no está escrito tiene escasa o nula influencia en la investigación. Agradecemos el impulso y la orientación que en todo momento nos ha proporcionado, muy especialmente, María Isabel Martínez Navarrete. Su dedicación ha sido absolutamente fundamental para que este artículo saliera adelante. También nos han ayudado con sus comentarios Ignacio Montero Ruiz, Angel L. Rodríguez Alcalde, Juan M. Vicent García y Antonio Uriarte González. El personal de la biblioteca del Museo Arqueológico Nacional ha soportado sin queja nuestro trasiego de publicaciones y Teresa del Río las preguntas. A Ana Leal y Belén Alonso les agradecemos su paciencia. Y a Yoëlle Carter, que nos permitiera acceder a su tesina (entregada en septiembre de 1996 en la Universidad de Southampton, actualmente inédita), en la que ha realizado un estudio del arte levantino a partir del enfoque antropológico propuesto por Lewis-Williams y Dowson (1988). La base de datos sigue ampliándose gracias a las aportaciones de los propios investigadores, como A. Alonso y A. Grimai, que contribuyen con separatas de publicaciones locales. Por último, agradecemos particularmente a Ramón Viñas Vallverdú su amabilidad e interés, y por supuesto la información tan valiosa que nos ha proporcionado.
Se presenta una aproximación a los tiempos y formas de un asentamiento altoandaluz de la Edad del Cobre que ocupa al menos 113 hectáreas. Las extensas excavaciones realizadas revelan una división entre el espacio de habitat y los campos. En su fase de mayor extensión estaba organizado en coronas definidas por fosos concéntricos excavados en la roca, 4 intramuros y 1 al exterior de la muralla. El espacio de habitat (34 has.) está rodeado por una muralla de adobe de 3 m. de altura y unos 2 km. de perímetro, bordeada por un foso de profundidad variable (2-5 m.) y anchura irregular (6-10 m.). El foso localizado en los campos podría tener un diámetro máximo de 1200 m. Aquí nos limitaremos a exponer las primeras hipótesis sobre formación y evolución del sitio, empezando por su cronología, periodización y fases, para finalizar con los mecanismos que rigen en los procesos de cambio de sus estructuras sociales. La escala de la investigación (intra-sitio) hace que se preste especial atención a las formas, funciones y relaciones de las unidades domésticas, interpretando su evolución como un proceso de intensificación agraria que desemboca en la institucionalización de las unidades domésticas campesinas (familia -i-tierra = casa) como célula social de producciónreproducción. Publicar, difundir, dar a conocer los resultados es una obligación básica para los equipos de investigación. Primero porque hace público lo que se obtiene en nombre de un interés social (con fondos públicos o privados) y segundo porque lo publicado es algo siempre discutible y sobre todo utilizable. No es aquí donde insistiremos en la problemática de la Arqueología Urbana o la Arqueología Comercial pero es conveniente saber que es esa dinámica la que está dando lugar a un gran avance en la investigación sobre diversas fases culturales que son el objetivo de conocimiento para la disciplina arqueológica. En la actualidad creemos que no es exagerado afirmar que los programas de investigación arqueológica dependen fundamentalmente de esta vía de financiación, al menos en nuestro entorno. Prácticamente todo lo que aquí diremos y lo que hemos dicho antes de este sitio se sostiene en una financiación de la investigación que proviene de aplicar una legislación coercitiva sobre los agentes implicados en la dinámica urbanística de las ciudades actuales (Hornos et alii, 1998). Por lo tanto, no debemos olvidar que se basa en la aplicación de una norma y no en un consenso. Es decir, las tensiones que se originan en estas prácticas provienen de su rareza en el momento actual donde casi nada se impone y todo, absolutamente todo, es posible pactarlo. En lo que se refiere a la protección del patrimonio arqueológico no es así, al menos no en este caso, porque aquí se ha aplicado un formato legal, que no es compartido por los implicados aunque sí acatado e inmediatamente recurrido por las vías legales que un Estado democrático debe garantizar a todos sus ciudadanos. Conviene presentar los hechos con claridad, para evitar sorpresas indeseadas y explicaciones indeseables. La legislación garantiza la protección del patrimonio histórico pero también garantiza los derechos económicos de los agentes implicados en la edificación de nuestras ciudades. El objetivo de este texto es proponer respuestas a las preguntas que surgieron durante el trabajo concreto de investigación de una zona urbana-urbanizable con evidencias contrastadas de interés arqueológico, las respuestas y nuevas preguntas se van conformando según avanzan los trabajos de documentación. La delimitación de la zona y el control de las intervenciones que se están realizando en el lugar nos han llevado a establecer, desde abril de 1995, protocolos de control para aunar los criterios que necesariamente hemos de manejar para tomar decisiones sobre el futuro. La relación entre investigación y protección se muestra en el caso de la Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos (ZAMB) ( Fig. 1) con una constante intensidad. La situación de pérdida del patrimonio arqueológico es una situación habitual para las personas que precisamente nos ocupamos dentro de Instituciones Culturales de prevenirla, evitarla y si esto no es posible, paliarla. Por eso lo mas significativo de este sitio no es, ni lo ha sido nunca, la pérdida de patrimonio arqueológico en sus dos vertientes (información y materialidad). Desapariciones-destrucciones incontroladas sigue habiendo y desde el momento en que no las conocemos son, como pérdidas, mucho mas importantes que la del caso que nos ocupa. De cualquier manera, los últimos cuatro años han significado una concentración de recursos de investigación sobre la Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos como no ha habido otra en el territorio de nuestra provincia. El efecto primero de la protección ha sido la posibilidad de la investigación, después han venido el aumento del conocimiento y la necesidad de profundizar y establecer estrategias de planificación para aprovechar la información obtenida. Hoy por hoy (octubre 1998) estamos en condiciones de encauzar esa actividad en el marco de las actividades investigadoras de una Institución específica de investigación arqueológica, el Centro Andaluz de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén y a parfir de este hecho la formulación del Programa de Investigación de la Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos se transforma, adquiere otra tonalidad y sobre todo otro ritmo. El texto que aquí presentamos es la última mirada sobre el sitio arqueológico desde el planteamiento de la investigación "urgente" y necesariamente "sintética". A partir de este momento se abre una nueva etapa para el sitio y su futuro de zona musealizada y/o de centro de documentación. Es el momento de la construcción de teorías, de la formalización de los datos, de ir presentando parcialmente los estudios que ya están iniciados o de rebatir o refutar lo ya presentado. También es el momento de pensar en los usuarios potenciales de ese patrimonio arqueológico que hemos podido arrebatar a su destino de destrucción porque esos restos materiales no están listos para ser comprendidos y es preciso concentrar recursos materiales y humanos en un esfuerzo de interpretación de la ZonaArqueológica que la haga comprensible. La tabla 1 contiene la relación de intervenciones realizadas, sus directores y las entidades fmanciadoras. Los informes previos inéditos se encuentran en el Archivo de la Delegación Provincial de la Consejería de Cultura en Jaén a disposición de los investigadores que trabajan en el lugar. LA ZONA ARQUEOLÓGICA DE MARROQUÍES BAJOS Jaén es una ciudad de piedemonte construida de espaldas a la montaña y abierta al norte hacia la campiña (Lám. I).Tradicionalmente se ha articulado en tres espacios bien diferenciados el Cerro de Santa Catalina dominado por el castillo, la ladera norte cercada por la muralla romana y medieval y las tierras bajas con áreas extensas de huertas que aprovechaban el abundante caudal proveniente de los niveles freáticos del interior de la ciudad. Marroquíes Bajos ocupa una importante porción de las áreas bajas (Fig. 2). Su aspecto previo a la urbanización era fruto de la superposición de diferentes comunidades que durante al menos 4500 años, habitaron y explotaron el territorio, dejando potentes huellas materiales de su paso. La ocupación está permanentemente orientada a la explotación de los recursos agrícolas y al desarrollo de las técnicas hidrogógicas necesarias para su aprovechamiento intensivo. Los sistemas de canalización se suceden en el tiempo y bajo las acequias aún en funcionamiento se han localizado drenajes del siglo XVII; atarjeas, canales y molinos de noria islámicos; molinos, albercas y canales romanos; y soportándolo todo el gran sistema hidráulico prehistórico que continúa hasta hoy decidiendo sobre las trayectorias de las aguas subterráneas en la zona. La investigación extensiva ha proporcionado una visión de conjunto poco frecuente que posibilita el reconocimiento de sucesivos modos de ordenación del espacio. Esa nueva perspectiva ha roto la mecánica convencional de registro, ha variado la escala de inferencia inmediata. No es infrecuente fechar arroyos o delimitar barrancos y se han excavado, junto con las áreas de habitación, grandes superficies de tierras de cultivo.Ya se empieza a reconocer el parcelario fósil de época romana y la trama urbana de uno de los asentamientos islámicos. Es de destacar que esta escala de trabajo impone a la arqueología urbana nuevas respuestas metodológicas, somos conscientes de que no estamos investigando en un "yacimiento" (1) al uso (un área construida mas o menos compleja) sino que estamos levantando por capas un paisaje que ha sido esculpido a lo largo de casi 5000 años por un cúmulo de comunidades que lo han adaptado a sus necesidades. Ese proceso de tiempo largo ha sido jalonado por hitos que marcan las grandes transformaciones del sitio, y que se pueden rastrear en las modificaciones paleomorfológicas de los sucesivos agrosistemas. El reconocimiento de esos hitos va asociado a la detección y delimitación de las grandes infraestructuras que vertebran el poblamiento. La intensificación planificada de la agricultura que parece señalar el sistema hidrogógico prehistórico, la par-Lám. I. Jaén vista desde el Norte. En primer plano Marroquíes Bajos. Fotografía M. Castro (Archivo de la Delegación Provincial de Jaén). (1) El término "yacimiento" que margina a las áreas no construidas de los territorios se ha sustituido sistemáticamente por "zona arqueológica" que no presenta connotaciones extractivas. celación lineal romana con su retícula de canales y acequias o la urbanización de áreas de cultivo por encima de la cota 485 en época islámica son tres impactos notables sobre el paisaje, pero sólo son parte del proceso deformación del paisaje. La sucesión de períodos críticos (disminución de territorio cultivado) y períodos de crecimiento (aumento del habitat) que los geógrafos reconocen en la historia del paisaje (Chouquer, 1996:218) impone una visión cíclica y provocadoramente esquemática de la dinámica histórica. No obstante sirven para destacar que en esa relación de hitos no están representadas amplias etapas en las que la explotación de la ZAMB ha sido un hecho, precisamente las que podrían corresponder con períodos de aumento de la superficie cultivada y disminución consiguiente de las evidencias constructivas. Ese proceso no está definido y las amplias fases de explotación del suelo que podrían aislarse utilizando los distintos trazados de las redes de irrigación, o la adscripción cronocultural de las evidencias constructivas, no están suficientemente enlazadas, ni fundamentadas. Su descripción pormenorizada deberá esperar a reconstrucciones paleomorfológicas que ayuden a explicar las diversas secuencias constructivas y pedosedimentarias que se van reconociendo. A pesar de ello sí se puede adelantar que ese proceso no está determinado ni por los condicionamientos ambientales locales (geológicos, geomorfológicos o ecológicos) ni por la herencia activa de las ocupaciones previas, lo que quiere decir que no puede ser explicado sólo desde la información que aporta la zona arqueológica. Los modelos de dispersión del habitat o la organización de los regadíos hispanomusulmanes no está condicionada por la herencia de los sistemas romanos de irrigación, ni éstos, por supuesto, por los prehistóricos. Por ejemplo el hecho de que determinados emplazamientos nuevos revelen un conocimiento práctico de las potencialidades hídricas de un lugar concreto, no significa que reconozcan que esas ventajas provengan de la existencia soterrada de un sistema de canales abandonado que ordena la circulación de las aguas subterráneas. Con esto queremos insistir en que la escala de investigación (local) no permite extrapolar hipótesis fundamentadas para todos los momentos del proceso de ocupación y explotación del sitio, lo que no va a impedir que con apoyos en investigaciones previas de menor escala se intente enmarcar su desarrollo particular en las secuencias completas de ámbito regional. Es indispensable disponer de su- cesivos modelos de ocupación del territorio en los que encajen las particularidades de cada una de las comunidades que han contribuido a la formación de la ZAMB. La dinámica social y económica de las formaciones sociales prehistóricas, interpretada para la provincia de Jaén por Ruiz (1982), Ruiz et a/// (1986), Nocete (1988Nocete ( y 1994)), Contreras ^/a/// ( 1993 y 1997) y Lizcano et alii (1991Lizcano et alii ( -1992) ) son un punto de referencia obligado para contextualizar las interpretaciones sobre el asentamiento de Marroquíes Bajos y su articulación en una jerarquía territorial. Como por otra parte son indispensables los distintos modelos de desarrollo social descritos para el sureste por Lull (1983), Ramos (1981), Oilman yThornes (1985), Chapman (1991) oArteaga (1992) como base de interpretación del marco de interrelaciones entre formaciones sociales. Las características generales de cada una de esas ocupaciones las hemos abordado en un trabajo anterior (Hornos et alii, 1998) y en concreto las etapas históricas han sido objeto de atención preferente en el número 4 (1997) át Arqueología y territorio medieval revista del Área de Historia Medieval de la Universidad de Jaén. No obstante consideramos necesario recoger aquí (Tab. 2) una primera aproximación a las etapas de ocupación de la ZAMB, indispensable para abordar la sistematización de la abundantísima información que se está generando. EL ASENTAMIENTO PREHISTÓRICO: TIEMPO Y FORMAS A los asentamientos prehistóricos corresponderían las 5 primeras fases. En este texto trataremos superficialmente las fases 1 y 5, centrándonos en el periodo de ocupación masiva de la ZAMB que abarca desde c. ANE (2) (ZAMB 2-3-4), momento en el que Marroquíes llega a tener una extensión amurallada (2) Todas las dataciones radiocarbónicas de este asentamiento utilizadas en el texto han sido calibradas con el Radiocarbon Calibration Program Rev 3.0.3. Fases de la ZonaArqueológica de Marroquíes Bajos. de 340.000 m^ y un sistema de captación y distribución de aguas que abarcaba mas de un millón de m^ (Fig. 3 y 5). La periodización la hemos fundamentado en el reconocimiento de segmentos del proceso histórico en el que las evidencias de continuidad en el espacio se cruzan con las de cambio en las manifestaciones culturales. Hemos reconocido distintos momentos del proceso (3) intentando mantener la coherencia entre los presupuestos teóricos, la escala de la investigación y la proyección de las inferen- (3) El concepto de 'momento del proceso' expresa la posición en el "tiempo cultural" de un determinado periodo bien caracterizado. El concepto de 'tiempo cultural' (Chang, 1976: 37; Ruiz y Molinos, 1993: 96; Assmann, 1995: 6) es el complemento necesario para elaborar las generalizaciones a partir de los datos del tiempo histórico de cada formación social. cias. Pretendemos postular teorías que contengan conceptos y categorías inobservables pero básicos para explicar e interpretar la estructura de las sociedades y los procesos históricos (proceso de trabajo, modo de producción, relaciones de producción, formación social, etc.). Consideramos indispensable establecer vínculos históricos entre los fenómenos arqueológicos observables. A tal efecto presentamos un primer bloque de hipótesis basadas en datos que proceden de investigaciones en curso, cruzados con los resultados de análisis palinológicos y radiocarbónicos puntuales. Este cuerpo de hipótesis se articula en tres escalas de aproximación: doméstica leida en la asociación de lugares de actividad; local, interpretada a través de los rasgos del paisaje construido; y territorial apoyada, por el momento, en las interpretaciones de marco regional realizadas por otros autores. Trataremos con algún detalle las escalas micro y meso, incluyendo descripciones y análisis. Las interpretaciones de ámbito macroespacial se encuentran en fase de tentativa y figuran en la medida en que son necesarias para llegar a comprender determinadas dinámicas del proceso que hemos leído en las escalas mayores. Una aproximación a los espacios domésticos Si con Engels aceptamos como factores determinantes de la evolución histórica la producción de los medios de existencia (alimentos, vestidos, vivienda, instrumentos) y la reproducción de la especie humana, tendremos que admitir que la arqueología es una disciplina particularmente capacitada para el estudio de la evolución de los primeros, y muy limitada en los desarrollos metodológicos que arrojarían luz sobre los mecanismos y funciones de la segunda. A pesar de ello, como quiera que la investigación que presentamos aquí está circunscrita al interior de un asentamiento y sabiendo que a esa escala ignorar las relaciones que aseguran la reproducción doméstica es desconocer las formas de reproducción social de la comunidad, destacaremos aquí las hipótesis que nos guían en su conocimiento, a través de lo que consideramos la menor unidad espacial socialmente significativa: el complejo doméstico. Partimos del supuesto de que la disposición interior del asentamiento obedece a un orden social condicionado por su historia y su función, ordenamiento conseguido en este caso mediante la agregación de unidades sociales menores: las unidades domésticas. La unidad doméstica es un mundo con reglas propias pero no independiente que se instituye como la célula social básica. En su seno las relaciones (de producción, de poder, de dependencia) se establecen sobre la base de la diferencia, legitimando la desigualdad. Hay roles fijados por el género, la edad y la procedencia, que reparten las funciones productivas-reproductivas de cada componente y las formas de transmisión y herencia. El reparto de funciones y la consiguiente asignación de espacios no es un acto automático, la multifuncionalidad, o mejor interfuncionalidad de los mismos introduce un sano nivel de incertidumbre que impide las asociaciones presentistas, obligando al cruce de inferencias de procedencia múltiple. Por ello, pese a saber que en la unidad doméstica la relación hombre-mujer fija de forma determinante el marco de acciones, influencias y comportamientos, en el actual estado de conocimientos sólo podemos acceder a un nivel superficial de las relaciones de dominio-dependencia en el interior de la familia y, hasta que se puedan demarcar los ámbitos de hombres y mujeres en el seno de la unidad doméstica, asumimos ésta como unidad social mínima. El complejo doméstico es la expresión material de la unidad doméstica, un conjunto unitario de construcciones que, en lo esencial, se repiten en el interior del asentamiento. La evolución de las distintas articulaciones espaciales en que se encarnan las unidades domésticas no es conocida con precisión, pero comenzamos a disponer de información que permite formular algunas hipótesis sobre estructuras e implicaciones históricas. Hay que señalar, no obstante, que estos apuntes sobre los caracteres morfológicos y funcionales de las unidades domésticas de cada fase son meros esbozos que no pueden considerarse definitivos hasta tanto se finalizan las excavaciones y los análisis en curso, ni Lám. IL Estructura subterránea localizada en la trinchera del ferrocarril. Serrano (Archivo de la Delegación Provincial de Jaén). tampoco se deben entender como extrapolables directamente a otros asentamientos, ni siquiera a todas las áreas del propio asentamiento. Las diversas composiciones de cada unidad doméstica y su evolución específica deciden el tamaño, la forma y la función del complejo y de cada ámbito del mismo. Su valor por ello es indicativo no normativo. En la ZAMB es el cambio en las técnicas constructivas y la posición en la secuencia sedimentaria lo que nos ha guiado en la detección y definición de los complejos domésticos. Están en marcha estudios de materiales para apoyar estos datos con adscripciones funcionales precisas de cada uno de los elementos del complejo. Se conoce que a las estructuras subterráneas y semisubterráneas de la primera ocupación (Lám. II), se les superponen las de hoyos de poste y surco de cimentación perimetral (Lám. III), siendo estas desbancadas tras unas pocas generaciones por conjuntos que, aunque mantie-"" ÍÜMÜÉIIÍ^ f'WJñ Construcción de surco perimetral (ZAMB 3) en la parcela E1-E3 de la UA 23. Fotografía ARTRA (Archivo de la Delegación Provincial de Jaén). nen en parte los materiales de construcción (madera y adobes), y la morfología de algunas unidades de cobijo (circularidad, techumbre cónica) quedan ahora delimitados por recintos de piedra y adobe (Lám. En la fase ZAMB 2 (como en ZAMB 1 ), residencia, silos, vertederos, tumbas y "talleres" están excavados en el sustrato geológico, creando en ocasiones auténticas colmenas con diversos cubículos enlazados entre sí y accesos múltiples -parcela A 4,5,6 de la UA 23, parcela B del RP 4, cabecera del bulevar, o parcela D del RP 4. En ZAMB 3 se documentan importantes extensiones de edificaciones al aire libre, con estructura de madera. Las plantas de construcciones circulares definidas por hoyos de poste y surcos de cimentación perimetrales se extienden por todo el asentamiento: parcelas E 2-4, E 2-5, E 2-6, E 1-3, parcela D y parcela A de la UA 23; manzana G del RP 4 y cabecera del bulevar. Son frecuentes las puertas sobresalientes (a menudo verdaderas portadas), hogares o complejos sistemas de sustentación y en la parcela E 1-3 de la UA 23 se ha excavado lo que parece una estructura de paredes rectilíneas construida con grandes troncos, aunque su estado de conservación no ha permitido precisar si su planta era rectangular, siendo en esta fase la única edificación documentada con tal morfología (Lám. La construcción de complejos domésticos cercados que correspondería a ZAMB 4 no desprecia los conocimientos constructivos anteriores y, manteniendo las construcciones de surco perimetral (ahora muy difíciles de detectar por encontrarse excavadas sobre tierra y no sobre margas), introduce la cimentación de piedra, llegando a levantar cabanas de 8 m. de diámetro con zócalos de 0,5 m. de gro- Este complejo doméstico es fruto de una evolución cuyos rasgos generales comenzamos a atisbar. En la fase inmediatamente anterior, ZAMB 3 (construcciones mayoritariamente cilindrocónicas de madera y barro reflejadas en hoyos de poste y surcos de cimentación périme traies con portada), en los lugares donde el nivel de conservación lo ha permitido se ha observado, por rasgos indirectos, el agrupamiento de varias estructuras: orientación de los accesos aun espacio común (E 1-3), subdivisión del espacio mediante superposición de 2 estructuras sobre una preexistente (cabecera del bulevar), especialización de las estructuras: grandes cabanas con hogar central y 4 postes interiores de sustentación (A 4-6, E 1-3, ), cabanas con poste de sustentación central sin hogar (A 4-6, E 1-3), estructuras rectilíneas (E 1-3), horno (galería visitable del RP 4), etc. Con ellas se localizan algunos enterramientos como los de las parcelas E 2-6 de la UA 23 o D 1,4,5 de la UA 23 que interpretamos como "panteones familiares" subterráneos que tienen en común no agruparse en necrópolis, encontrarse en el interior del asentamiento entre estructuras domésticas y no presentar ajuar ni ofrendas perdurables. En las estructuras subterráneas de ZAMB 2 también se han reconocido unidades domésticas (parcela 15J del RP 4) constituidas por grandes estructuras de cobijo y descanso asociadas a otras de menor tamaño destinadas a diversos usos (almacenaje, cocina, etc.), aunque sin precisión en cuanto a sus límites y composición. La institucionalización de la casa Estas observaciones pueden indicar que cada unidad doméstica tenía asignada ya en las fases iniciales su superficie de residencia y reproducción, cuyos límites no hemos sabido leer, que está evidenciando una división de la superficie del asentamiento. Pero no conocemos áreas cercadas que subrayen un uso exclusivo. Por lo que mantenemos, en principio, que persiste una apropiación colectiva del suelo, apropiación efectiva y no simple patrimonialización al menos desde ZAMB 3. En todo caso lo que planteamos como hipótesis es la existencia de una particularización de los medios de producción: determinadas familias tienen derechos concretos sobre tierras señaladas y delimitadas. ANE) pero no para las anteriores. Por el momento no podemos precisar cuándo se reparte la tierra, sólo que el proceso se produce entre ZAMB 3 y ZAMB 4 (c. Apoyan esta hipótesis las escasas tumbas localizadas en el recinto de la macro-aldea que son adscribibles a ZAMB 3. Asumimos que su presencia informa de los derechos sobre el lugar que se habita y de la necesidad de apoyarse en los antepasados para legitimar esos derechos, en un momento en que la familia comienza a asumir funciones que, hasta entonces, con^espondían a la comunidad. ¿Cómo podemos llegar a inteipretar esto en Marroquíes Bajos? Hemos visto cómo en la fase ZAMB 4 la compleja articulación de espacios y la asociación de formas y funciones nos hablan de un ámbito doméstico multifuncional, que tiende a satisfacer necesidades básicas de la vida cotidiana: procesos de producción alimentaria, cobijo, descanso, consumo, higiene... y, junto a ellas, otras funciones como el abastecimiento de agua que expresan cierto nivel de autonomía subsistencial. Todo ello cercado por un muro que marca los límites en el poblado de lo que denominaremos lacasa (4). Percibimos este complejo arquitectónico cercado como una expresión afirmante de la apropiación de la parcela de residencia. Una afirmación que es un signo de pertenencia a la comunidad (pues su propia existencia implica el sometimiento a las normas establecidas) y al mismo tiempo una demostración del poder de la unidad doméstica, de su capacidad de actuación autónoma dentro de aquélla. La base en que se sustenta esta autonomía es la tierra a la que suponemos parcelada al igual que el poblado, latierra ahora explotada por y para la familia. El materialismo dialéctico y su cosmovision integradora nos induce a defender que un cambio en la forma de la unidad doméstica, por ejemplo el cercado delcomplejo doméstico, supone necesariamente un cambio en la esencia de la misma, en las relaciones que la sustentan. Interpretamos el cercado de la parcela como signo de la descentralización de la economía del asentamiento, con la apropiación de la tierra por parte de la unidad doméstica y su transmi-(4) Este concepto se asocia generalmente a sociedades con herencia única, en las que las parentelas se organizan en torno a la casa, frente a las de herencia igualitaria que se centran en torno a un individuo (Bestard Camps, 1991: 121 citado en Martínez López, 1996: 193), aquí se utiliza sin considerar la forma de transmisión. sión dentro del núclcofamiliar. La comunidad que accede a esta práctica se ve en la inmediata obligación de definir los modos de descendencia (matrimonio y herencia) que deben asegurar la transmisión para mantener el sistemaAhí está la clave del cambio en el ámbito doméstico: la posibilidad de heredar la tierra o derechos sobre la misma hace que la mujer se torne bruscamente peligrosa. Si hasta ese momento podía circular entre las unidades domésticas del grupo como un factor de reproducción de la cohesión, a partir de ahora puede disolver la unidad doméstica renovada. Las reglas y estrategias de enlace y los mecanismos de sucesión y herencia surgen para imponer un cinturón protector (una política defensiva) a la nueva relación que puede adoptar formas de endogamia "doméstica" o distintas estrategias de afiliación unilineal, dependiendo de la composición de cada grupo familiar (5). La asociación familia-tierra, es decir, la institucionalización de lacasa marca el origen de los modos de vida campesinos, que basan su existencia en la explotación familiar de la tierra y su pervivencia en la capacidad de transmitir la.casa a la descendencia (sea en propiedad o en cualquier otro modo de apropiación que garantice su acceso a la misma) de manera que quedan ligados a la tierra para reproducir su medio de trabajo. Se conforma una sociedad de pequeños productores que va sustituyendo a la estructura mas amplia de la sociedad segmentaria. Las relaciones de propiedad y la existencia de las unidades nucleares de interacción social se utilizan como indicadores de este cambio, ambos elementos han sido empleados por Shanin (1983: 282) para caracterizar al campesinado. Esa dinámica y el proceso por el que la hemos intentado explicar desde la escala doméstica tienen una lectura en el asentamiento que se aborda a continuación. Evolución de la estructura del asentamiento Marroquíes Bajos es un espacio que concentra población y poder cuya organización social se situa entre la comunidad parental, definida por las relaciones entre personas, y la ciudad basada en las relaciones de propiedad y pertenencia territorial. Nos (5) Wolf (1975: cap. 3) indica que en situaciones de concentración de recursos y trabajo el tipo de familia campesina predominante es la extendida, categoría que abarca los tipos extensa (familia nuclear + parientes o elementos ajenos miembros de la unidad económica) y múltiple (dos matrimonios o mas) de la clasificación de Laslett y el "Cambridge Group" (Laslett y Wall, 1972). hemos propuesto explicar el movimiento por el cual esa comunidad, con mecanismos de producción y reproducción encaminados a su pervivencia, sufre un fenómeno de transferencia que a la postre la disuelve. Hemos determinado las siguientes fases del proceso: colonización (fecha indeterminada, ZAMB 1 ); concentración poblacional y origen de la macroaldea (??-2450 cal.ANE, ZAMB 2); intensificación agraria (2450-2125 cal. A ZAMB 1 adscribimos dos pequeños núcleos de población asentados en la margen oriental del Arroyo de la Magdalena que representan, por el momento, la primera ocupación del sitio. No se dispone de fechas absolutas, sin embargo su conjunto material y su tipo de inhumaciones parecen no dejar lugar a dudas sobre su posición en la secuencia. Se localizan en el borde norte del RP4 y en el límite occidental de la cabecera del bulevar. En ambos la evidencia primera son inhumaciones colectivas en "fondo de cabana" excavado en la base geológica, de entre 0,25 m. y 0,40 m. de profundidad, sin ajuar ni ofrendas perceptibles. La morfología de estos enterramientos es similar a la del documentado en el Polideportivo de Martos (Jaén) (Lizcano et alii, 1991(Lizcano et alii, -1992: 89: 89) aunque este último es anterior. Concretamente junto al enterramiento del borde norte del RP4 se han localizado una serie de estructuras subterráneas y zanjas de escasa profundidad y trazado rectilíneo con materiales cerámicos que pueden retrotraerse hasta un momento inicial de la Edad del Cobre. Podemos hablar pues, de una ocupación dispersa en las márgenes del Arroyo de la Magdalena en un momento temprano de la Edad del Cobre, que sería la primera colonización del sitio. ZAMB 2 es el resultado de un proceso de concentración poblacional que provoca a medio plazo la construcción de la macro-aldea. Este hecho supone una importante inflexión que impone para las fases ZAMB 2-3-4 una cierta unidad, basada en la continuidad, en la que se reconocen dos cambios en el proceso productivo. El primero, que marca la distinción entre las fases ZAMB 2 y ZAMB 3, atañe a las fuerzas productivas, es el paso de la tierra-medio de (6) Este concepto ha sido acuñado para los procesos de colonización agrícola impuestos por las revoluciones liberales en la Andalucía contemporánea (González y Sevilla, 1993), entendiendo que la penetración del capitalismo en el campo andaluz provocó una campesinización previa a la proletarización. Aquí lo utilizamos para señalar el origen del modo de vida campesino en la zona y no su reimplantación o potenciación. T. R,56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es trabajo a la tierra-medio de trabajo construido, lo que significa una intensificación en las prácticas productivas (fruto del cultivo permanente propiciado por el regadío) y una mayor dependencia del lugar de explotación. Los estudios en marcha podrán confirmar si, junto a esto, se aprecian otros "síntomas" de la denominada segunda revolución agraria o "revolución de los productos secundarios" (Sherrat, 1981; Harrison y Moreno, 1985): introducción del arado, alternancia de cultivos, barbecho, aprovechamiento de los productos lácteos y textiles derivados del ganado, etc. En el segundo (ZAMB 3 a ZAMB 4), que modifica las relaciones de producción, creemos reconocer unproceso de campesinización, con el reparto de la tierra y la subsiguiente implantación de sistemas familiares de transmisión de la misma, que apuntan hacia la existencia (en la fase ZAMB 4) de estrategias productivas y estructuras sociales campesinas que sustituyen a las dominantes en las sociedsidtspaleoagrarias. ZAMB 2 es una aldea subterránea que ocupa con el tiempo una gran extensión, no sabemos si por los traslados sucesivos de unidades de residencia de amortización rápida o por una expansión poblacional. En ella se documentan grandes estructuras de cobijo y reproducción subterráneas que, aunque están presentes en buena parte de la zona arqueológica, se concentran en el área oriental de mayor altitud y menor potencia sedimentaria. Se desconocen los límites de su recinto y las características de éste, aunque jugamos con la idea de un asentamiento rodeado por uno o varios fosos y sin muralla localizado en las zonas altas de la ZAMB (sur de la UA 23 y sureste del RP 4) que con el tiempo quedaría englobado por la red de fosos y la fortificación de ZAMB 3. El asentamiento durante ZAMB 3 (2450-2125 calANE) es una superficie aproximadamente circular organizada mediante fosos concéntricos excavados en las margas con secciones en "U" o en "V", profundidades entre 1,5 y 5 m. y anchuras de entre 4 y 22 m. Contienen refuerzos internos de adobe o piedra y evidencias en su fondo de circulación de agua. Conocemos 5 fosos (7), aunque no se descarta la existencia de otros (Fig. 3). El primer foso con un radio de entre 50 y 70 m. rodea el centro del asentamiento y, a tenor de la (7) Hemos especulado con la posibilidad de un sexto anillo exterior a los conocidos (Hornos et alii, 1998) pero no se ha visto confirmado por los nuevos datos. También hay que señalar que, por grado de conservación o insuficiencia de datos, algunos tramos de fosos conocidos no han podido ser integrados en el esquema descrito (borde norte del RP 4; A 4,5,6 de la UA 23; galería visitable del bulevar). estructura del espacio, tendría un papel destacado en la organización del poblado. Se ha localizado sólo en su lado oriental, parcela B 2-5 de la UA 23 y C/ Marroquíes Bajos, lo que dificulta la proyección de su trazado. Las intervenciones han revelado una anchura variable (4-5 m.), una sección en "U" ataludada y una profundidad desigual. Su característica mas destacable es la presencia de dos bastiones y una empalizada que lo bordea en su línea interna. El conocimiento de la organización del poblamiento en este círculo central debe postergarse hasta la realización de intervenciones en lo que se pretende sea una de las áreas musealizadas del sitio (8). Su anchura es muy variable (4-16 m.) a lo largo de los más de 800 m. de perímetro con una sección en "V" y profundidades diversas. En el sector oriental engloba una ocupación muy densa. Se ha localizado en la UA 23 parcela Al, A6 y B10 así como en el RP 4 parcela A3, manzana D (Lám. V), manzana G, bulevar, manzana H y viales. Este anillo de sección en "V" en la mayor parte del trazado, muestra anchuras de entre 5 y 22 m. y una evolución muy marcada de su morfología, apreciable especialmente en la manzana G. El cuarto foso, con un radio de 330-360 m., se ha localizado en el Paseo de la Estación, en la manzana I del RP 4, bulevar, trinchera del ferrocarril y E 2-4 de la UA 23. Presenta una morfología especial en el conjunto del sistema, ya que en el sector occidental su línea exterior está construida con un gran muro de adobe de 2 m. de ancho (parcela I del RP 4). Esto parece impuesto por la necesidad de mantener la circularidad del trazado y simultáneamente una cota determinada en ese punto, lo que debido a la pendiente natural del terreno impide conseguirla mediante su excavación. Este cuarto foso se instituye como la línea exterior del poblado como demuestra el hecho de que se encuentre reforzada por una muralla. La construcción de esta línea fortificada, que conforma el lado interior del cuarto anillo, exige el desvío del Arroyo de la Magdalena, que bordea al asentamiento por el oeste. Se realizaron obras de protección frente a avenidas, formando plataformas (parcelas I y J del RP4) y muros (bulevar). La muralla, localizada en la manzana I del RP 4, en el bulevar, en la trinchera del ferrocarril y en la parcela E 2-4 de la UA 23, delimita una superficie de 34 ha. Se conforma como un cinturón de adobe con un perímetro de 2 km. y un grosor variable cuya mediana en los tramos excavados es de 2 m. Su altura estimada es de, al menos, 3 m. ( 9). En la construcción se utilizaron adobes cuadrangulares de aproximadamente 20 x 20 x 10 cm. trabados con argamasa dispuestos en tongadas. Entre cada tongada se interponía una plataforma de piedra para darle mayor consistencia y conseguir un nuevo plano estable. No se ha mencionado la existencia de revoco, pero parece indispensable para asegurarle cierta perdurabilidad. Esta gran estructura (al menos 12.000 m^ de adobe y piedra) se completaba con bastiones semicirculares como los detectados junto a una de las puertas en la parcela E 2-4 de la UA 23 o en el bulevar del RP4 construidos con piedra. Un centenar de metros al norte de la manzana J del RP4, la complejidad del sistema de fortificación-canalización alcanza su máxima expresión. Dos grandes muros paralelos de adobe, el externo reforzado con paramento y bastión de piedra, contienen en su interior el foso (Lám. La particularidad con respecto al punto anterior es que las dos paredes del mismo están construidas. La exterior con un bastión se encuentra edificada sobre una base ganada alArroyo de la Magdalena mediante la construcción de un gran muro de piedra al que, en principio, se interpreta como un gavión pero sin descartar otras opciones. El conjunto (gavión, bastión, muro exterior del foso, foso y muralla) alcanza una anchura aproximada de 30 m., una estructura hidráulica-defensiva con una evolución compleja aun por detallar. En el sector oriental se han excavado dos puertas construidas con paramentos de mampostería, estructura de madera y planta irregular (Lám. A 250 m. al exterior de la muralla nos topamos con el foso mayor, el quinto, localizado en el Sector Residencial No-Programado 1 y en la Unidad de Actuación 25 tiene un radio de 600 m. Rodea unas tierras situadas extramuros (unas 79 ha. con los datos actuales) donde los restos constructivos son mucho menos densos que en los cuatro anillos interiores y a las que hemos considerado como los campos mas cercanos y mejor protegidos del asentamiento, lo que Hurtado (1991) reconoce en la Pijotilla como el territorio de explotación inmediata también circundado por un foso (10). La forma circular de su trazado puede variar en el sector oriental, donde el relieve hace muy difícil su proyección, pero esta apreciación está por confirmar. Venimos sosteniendo como hipótesis que esta red hidráulica-defensiva es, en su origen, una construcción unitaria concebida para regular y utilizar los aportes hídricos de la cuenca inmediata. En ella observamos dos constantes, una funcional: la conducción de aguas y otra simbólica: la "obsesión" por la circunferencia o por el círculo (11) forma dominante en todas las escalas espaciales desde la cabana hasta el asentamiento. La primera observación viene a demostrar, por un lado, que los regadíos existen y que la debilidad de su evidencia en el Sureste habrá que achacarla a la parcialidad de los registros (Chapman, 1991:183), sólo en el Cerro de laVirgen (Schüle, 1967) y en Los Millares (Almagro y Arribas, 1963) se han reconocido canalizaciones. En cuanto alAlto Guadalquivir, los fosos excavados en Los Pozos (Hornos et alii, 1987), se han interpretado como zanjas de delimitación y defensa desechando expresamente su uso como canales o drenajes, explicación esta última preferida por algunos autores para el Suroeste (Fernández y Oliva, 1985). Por otra la red hidrológica de la ZAMB indica que aquí es la abundancia de agua lo que precipita la construcción y utilización de sistemas de riego. Para el Sureste se ha defendido (Oilman yThornes,1985; Chapman, 1991; Ma-(9) Estimación efectuada por Miguel Ángel de Dios, director de la excavación de la parcela J-RP4, a partir de la medición de bloques de adobes desplazados en el interior del foso que circunda a la muralla. (10) Curiosamente, en Andalucía a esos campos se los conoce como el ruedo. (11) Distinción significativa entre una superficie homogénea sin jerarquizar: el círculo; y una línea claramente diferenciada con un centro destacado y una periferia: la circunferencia. VIL Puerta en la muralla (cuarto anillo) localizada en la parcela E 2-4 de la UA 23. Por ella se accede a una "calle" definida por los límites de varios complejos domésticos. Fotografía N. Zafra (Archivo de la Delegación Provincial de Jaén). thers, 1984; Schüle, 1986) el surgimiento de la tecnología hidráulica como adecuación de las tierras áridas a las necesidades productivas de los pobladores de la Edad del Cobre y la del Bronce, aunque el modelo de uso de la tierra propuesto en Oilman y Thornes ( 1985) indica que en la Edad del Bronce la relación entre intensificación y pluviosidad no es significativa, lo que supone que en ese periodo el uso de regadíos no está necesariamente asociado a medios áridos (12). Marroquíes Bajos demuestra que la capacidad técnica que hacía posible la intensificación estaba desarrollada y en una medida que supera las estimaciones mas optimistas. En cuanto a la importancia ideológica del círculo hay que reseñar que, aunque la forma del sistema de riego y defensa trastorne nuestro sentido común, no contradice los datos que tenemos sobre las plantas de asentamientos excavados en gran parte. En efecto, mas o menos circulares y concéntricos son, sin salimos del sur de la península, el Fortín 1 de Los Millares (Molina^í alii, 1986); las Motillas de Los Palacios oAzuer (Molinaet alii, 1979), las Morras como El Acequión (Fernández-Posse^í a///, 1996) en la Mancha Sur o el asentamiento extremeño de la Pijotilla (Hurtado, 1991), cuya fotografía aérea revela un trazado circular con una superficie que se (12) Sin embargo la interacción es significativa para asentamientos Neolíticos y Calcolíticos, por lo que Gilman mantiene la hipótesis de que la agricultura de regadío ocuparía una mayor extensión en las áreas de captación de recursos de los asentamientos de estas fases, a la vez que sugiere la introducción de nuevas prácticas agrícolas intensivas en el sector húmedo durante la Edad del Bronce para explicar el fenómeno contrario (Gilman y Thornes, 1985: 176). acerca a la de Marroquíes Bajos (13). Pero el asentamiento que formalmente y a priori se parece más a ZAMB 3 y 4 es Monte da Ponte, localizado 25 km. al suroeste de Évora, cuya representación magnetográfica muestra una extensión de cerca de 50.000 m^, organizada en 6 líneas de fortificación concéntricas de tendencia circular con dos fosos exteriores, para el que sus investigadores estiman una cronología calcolítica apoyados en los primeros sondeos realizados en 1996 (Kalb y Hock, 1997). Junto con la circularidad el tamaño se percibe como uno de los rasgos definitorios del sitio. Ya hemos escrito que sus dimensiones "rompen las hipótesis mas extendidas sobre los tamaños de los asentamientos y por ende sobre su volumen demográfico, que para la Edad del Cobre en el Sureste de la península se estimaban con un valor medio de 1,35 ha., variando entre 0,06 y 7,5 ha." Las cifras de Robert Chapman no son de aplicación en el Alto Guadalquivir, donde Nocete (Í989:323) ya fijaba la existencia de asentamientos con tamaños superiores a las 12 ha. y uno. Porcuna, que superaba las 24 ha." Las estimaciones de población barajadas por Chapman, basadas en hipótesis de Renfrew (200 habitantes por ha.) supondría para Marroquíes una población mínima de 6800 habitantes casi la misma que la estimada por el propio Chapman (1991: 220) para los 6500 km^ de la "región oriental de Granada". Lo cierto es que las superficies que barajamos para cada complejo doméstico de la ZAMB 4 oscilan entre 500 y 1000 m^, lo que nos daría un número de unidades domésticas de entre 200 y 300, muy alejado de las cifras de Chapman. Estos contrastes vienen a proponer cautela en las elaboraciones de esta índole, no sólo por la excesiva "versatilidad" de los "modelos matemáticos" en que se apoyan (14) sino porque con la aplicación mecánica de la ecuación rango-tamaño tendríamos que reconocer en el Jaén de la Edad del Cobre una metrópolis imperial, con un área amurallada 5 veces mayor que la de Los Millares, considerado el núcleo mas complejo de cuantos se conocen en los ámbitos mediterráneo y atlántico. (13) Fuera de este ámbito el círculo preside desde la aldea Borobo de Lévi-Strauss hasta los proyectos futuristas de arquitectos visionarios como Boulle; paisajes funerarios {cromlech, henges, thóloi, túmulos megaliticos); ciudades como Aquisgrán, Bagdad, Pavía, Norlingen, la Roma de Rómulo, la Roma medieval, además de sueños y utopías: la atlántida, los proyectos de falansterios, las representaciones de la ciudad de Dios, etc. (14) Una recopilación comentada de sistemas teóricos de cálculo de población puede consultarse en Gracia et alii 1996. Semejante tamaño reclama una parcelación intermedia entre los complejos domésticos y el poblado, pero en ZAMB 3 queda pendiente la determinación de los rasgos visibles en que se expresen esos agregados. Sólo podemos avanzar la existencia de la estructura de paredes rectilíneas de la parcela E1 -E3 que podría entenderse como un hito aglutinante de complejos domésticos. Nos conformamos por ahora con plantear una compartimentación interior incuestionable: las coronas (espacios inter-fosos). Los cinco fosos definen 4 coronas mas el círculo central. Hasta la fecha no se han comprobado diferencias arquitectónicas o funcionales significativas entre las tres coronas intramuros, aunque, como se ha comentado mas arriba, la cuarta corona tendría un uso agrícola marcado y el espacio central podría deparar sorpresas, por ello en este punto es mejor encomendarse a futuras investigaciones. El sistema de fosos está amortizado cuando se construyen los complejos domésticos cercados de ZAMB 4. Sin embargo la extensión del asentamiento es la misma y se mantiene la fortificación como se comprueba en la estratigrafía de la parcela E 2-4 de la UA 23 (Fig. 5). A diferencia de ZAMB 3, en ZAMB 4 sí se reconocen elementos de vertebración supra-doméstica. La delimitación física de los complejos domésticos impone un división del asentamiento en "calles" de trazado irregular, ancho variable y firme poco cuidado (E 2-4 y E1-E3 de la UA 23; Manzana E, manzana H y trinchera del ferrocarril). Los complejos se encuentran rodeados por "calles" donde se aprecian los estragos de los regueros y los restos de detritus, con alguna intervención "urbanística" como escalones para salvar desniveles o canalículos para encauzar las aguas (E 2-4 de la UA 23). En la parcela E 2-2 de la UA 23 se ha detectado una estructura rectangular con evidencias de procesos de trabajo textil. La diferenciación morfológica se acentúa mediante la construcción de un pasillo de acceso que desemboca en la puerta junto a la cual, en el interior, se han recogido un buen conjunto de pesas de telar. El edificio contenía varios recipientes de almacenaje. En lamanzana E del RP 4 también se han documentado construcciones cuadrangulares y en la parcela E 2-6 de la UA 23 existen tramos de muro rectilíneos que podrían asemejarse a los citados. Hemos interpretado estos espacios como elementos estructurantes de sectores mas extensos que agruparían varios complejos y a los que asociamos, convencionalmente, con linajes (Hornos^/a///, 1998: 86). A pesar de ello las construcciones cuadrangulares no bastan per se para discriminar un nuevo eslabón social entre la comunidad y la unidad doméstica. También podrían formar parte de una unidad doméstica destacada o de un espacio comunitario. Sin embargo hay que hacer notar que no es el tipo constructivo habitual. Otra diferenciación funcional se documentó entre el segundo y tercer foso (Manzana E del RP 4 ). Se trataba de una concentración de escorias de cobre, que no pudo ser excavada al localizarse bajo áreas no edificables. Su adscripción a esta fase es dudosa, pudiendo asociarse a ZAMB 3. Asimismo se han documentado materiales reconocidos como crisoles por sus excavadores, junto al cuarto foso, en las parcelas E 2-4 y E 2-6 en un contexto doméstico (Fig. 4). Confiamos en que estas primeras interpretaciones de la organización del espacio intramuros se vean pronto superadas por otras fundamentadas en los estudios en marcha. Por su parte el escenario extramuros cambia notablemente entre ZAMB 3 y ZAMB 4. Por un lado comenzamos a barajar la hipótesis de que la necrópolis de cuevas artificiales de Marroquíes Altos situada 500 m. al sur del recinto amurallado pertenezca a esta fase. Los ajuares rescatados durante las excavaciones de los años 50 así parecen atestiguarlo y de hecho fueron fechados por su excavador en "la transición del Calcolítíco al Bronce" (Espantaleón, 1957: 169), siendo incluidos por Ruiz ^í a/// (1986: 281 y 282) en lo que denominan "Bronce del Piedemonte" viendo en ellos un ejemplo del proceso de estratificación social que desembocará en los ritos de enterramiento individuales (15). Por otra parte el área de cultivo debería estar parcelada como el interior del poblado, y el quinto foso estaría abandonado, sustituyéndose por una red de acequias y pozos menos organizada. Este planteamiento, basado en la hipótesis de un proceso de particularización de la economía del poblado, se contrastará con excavaciones en el sector RNP 1. Ese proceso tiene como efecto colateral la dispersión poblacional que planteamos como explicación de la situación de la ZAMB en la fase 5. En el vial A-A' del RP4 se ha excavado un enterramiento individual en pithos con un ajuar adscribible a un Bronce Pleno, y otro en cueva artificial con materiales similares. Ambos se encuentran en un sector sin (15) Estos ritos requieren un "tiempo de adopción" y en lugares como Baeza (Jaén), en plena Edad del Bronce el tipo de enterramiento mas común es el familiar o de pareja (Zafra y Pérez, 1992: 300). Esto podría indicar que la familia se instituye como unidad social autónoma, lo que proponemos como indicador de la existencia de relaciones sociales campesinas. Intensificación agraria y campesinización Asumiendo nuestra actual ignorancia sobre las causas del origen del asentamiento (ZAMB 2-3-4) vamos a exponer nuestro punto de vista sobre la evolución del mismo una vez producida la concentración poblacional. Sabemos que las causas de los cambios no deben buscarse necesariamente en el proceso productivo, pero en esta ocasión estamos convencidos de que es ahí donde reside la explicación. Las intensificación de la producción agraria que supone la construcción del sistema de canalización, delimitación y defensa (medio de trabajo construido en ZAMB 3) y la nueva organización social que deviene de esa apropiación colectiva de la tierra y su posterior parcelación familiar {campesinización en ZAMB 4) están en su origen. La ZAMB no es un texto autocontenido, no es un contexto explicable per se. Las interpretaciones adaptativas son puestas a prueba por la variedad de formas de explotación y de tenencia que se aplican a un mismo medioambiente. Esto es importante para comprender la lógica del asentamiento ¿Por qué ahí?, ¿Por qué entonces? La cuestión del origen suele despacharse con llamadas de atención sobre los recursos que actúan como reclamo. En este punto conviene recordar que el término 'recursos' hace referencia a una expectativa de uso, a una potencia de la tierra, su empleo descuidado puede alejarnos del verdadero factor que posibilita aquí el asentamiento: la producción a gran escala del medio de trabajo. Canales, balsas, terrazas de cultivo, etc. domaron el cono de deyección de los cursos de agua del cinturón de montañas de la ciudad de Jaén (Lám. Una tarea ingente cuyo fin último era garantizar el futuro de la población concentrada y asegurarse el dominio sobre el agua (16), recurso garante de ese futuro y, sin control, amenaza para el mismo. La concentración de población impone nuevas formas de aprovechamiento del espacio del poblado que incluye la ocupación de áreas donde la construcción subterránea es imposible. La asignación de parcelas específicas a las unidades domésticas necesita de nuevas técnicas que permitan la remodelación del espacio, muy problemática en los complejos subterráneos que se multiplican ocupando nuevos terrenos. Esa tradición constructiva milenaria se sustituye por edificios de superficie, primero con cimentaciones de madera y después de piedra. Estos cambios podrían explicarse como ensayos adaptativos hasta la obtención de un modelo de vivienda adecuado a las condiciones ambientales del sitio (17). Sin embargo éste no es un proceso puntual ni puede explicarse desde Marroquíes Bajos, de hecho la sucesión hoyos de poste-zócalos de piedra está tan extendida que se ha interpretado como una de las bases para detectar el cambio cultural entre el Neolítico Final y la plena Edad del Cobre (Arteaga, 1992: 193). De cara a la producción agraria esa concentración precipita formas de aprovechamiento intensivas. Esto contradice la opinión de Carnerio (1988: 27) que propone que la concentración de recursos provoca el "inicio de la presión demográfica". Mas bien cabría defender que la puesta en producción de la red hidrológica tal y como la entendemos exige con carácter previo una concentración poblacional y por tanto sería premisa y no consecuencia de la concentración de recursos. En efecto la gran hidráulica prehistórica se instala sobre un relieve abarrancado y tortuoso con desniveles fuertes y pendientes abruptas junto a lomas redondeadas y laderas suaves. En muchos puntos la profundidad de los suelos arcillosos apenas alcanza unos centímetros sobre la base geológica margosa y estéril, sólo la abundancia de agua y las cubetas sedimentarias de las tierras bajas mejoran las perspectivas productivas. Por tanto no es tan evidente que se perciba una concentración de recursos suficiente para el sostenimiento de una población considerable. Esto sólo podría plantearse en caso de disponer de conocimientos técnicos adecuados y una importante capacidad de inversión de fuerza de trabajo. En todo caso la concentración de recursos, aún provocada, puede ayudarnos a explicar por qué el asentamiento esta ahí y no un poco a la derecha o (16) "Allí donde podía controlarse el agua, podían controlarse los vegetales y los animales. Además dado que plantas y animales eran la principal fuente de energía, el control sobre el agua significaba el control sobre la energía" (Harris, 1987: 258). (17) Las estructuras subterráneas no son la mejor solución en suelos inundables y las de cimentación orgánica son muy sensibles al agua y al barro por lo que las de piedra podrían ser la solución frente a condiciones ambientales cambiantes. T. P.,56, n." 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es algo mas arriba, sin decirnos nada sobre por qué se construye entonces y no antes o después, siendo la respuesta a esta pregunta básica para comprender su evolución histórica. Sin embargo ninguna de las opciones que se ofrecen nos satisface plenamente. Estamos lejos de poder demostrar que la presión demográfica sea la causa del cambio, como ha defendido Lull (1983:426) para el Sureste. Tampoco confirman los datos que sea consecuencia del "poder coercitivo y organizador de una autoridad central" (Renfrew y Bahn, 1995:200) y menos que sea una especie de "desarrollo natural" del poblamiento en las zonas potencialmente regables, por mucho que las generalizaciones dominantes indiquen que, en éstas, la población no se encuentra concentrada, sino que "se dispersa en viviendas aisladas construidas al lado de los terrenos de cultivo" (García, 1976: 104) frente a la "forma de asentamiento general de los pueblos agricultores de secano [que] es concentrada, quedando los terrenos cultivables fuera del núcleo habitado". La causa extema sin ser descartable tampoco nos satisface. De hecho en la fase ZAMB 3 al tiempo que el sistema de riego se construye la fortificación. Nocete (1989Nocete ( y 1994) ) ha propuesto una teoría sobre el origen del Estado en el Alto Guadalquivir, en la que, en el momento de construcción del sistema de fortificación y regadío de Marroquíes Bajos (mediados del tercer milenio en fechas calibradas), se está produciendo la creación de un "territorio político plurilocal" (Nocete, 1994: 310-320), un proceso de concentración poblacional e intensificación agraria que según él obedece al desarrollo de un conflicto territorial (Nocete, 1994: 315). De este modo nos situaríamos del lado de Meillassoux (1987:58) para quién "la conciencia de una relación exclusiva con una porción del suelo no procede del movimiento de exploración y de ocupación de las tierras ni del trabajo invertido por los miembros presentes y pasados del grupo. Sólo surge si el usufructo de esa tierra es amenazado por otra colectividad". Si esto es así ( 18), el cambio en la relación con el medio de producción procedería de una causa externa. Confesamos que esta eventualidad no la habíamos contemplado a pnon, pero admitimos no sólo que es históricamente posible sino que ha sido muy frecuente (19). (18) La cautela es necesaria ya que la tesis de Meillassoux se apoya en su estudio de los sistemas económicos africanos tal y como los conoció en los años sesenta. (19) En los últimos 2000 años la ZAMB ha pasado a formar parte de 5 imperios (romano, visigodo, Omeya, Almohade y castellano), la política exterior de las grandes formaciones sociales Ante esto debemos admitir que, al día de hoy, no contamos con base suficiente para optar por una explicación sólida al respecto. Lo que sí sabemos es que la construcción de los complejos domésticos cercados coincide con el abandono de los macrosistemas de riego, cosa que se interpreta como que una primera fase de cooperación a gran escala para la construcción y mantenimiento de la red de irrigación (para la producción de los medios de trabaj o) fracasa y se impone una forma de explotación familiar que, manteniendo la unidad del asentamiento y por tanto de la comunidad, favorece el reparto de tierras. A la escala intra-asentamiento y desde una perspectiva adaptativa la causa del fracaso del modelo podría buscarse en la presión sobre el entorno inmediato que supone una población de este tamaño y que provocaría, por ejemplo, la desforestación del Cerro de Santa Catalina. Los episodios de erosión subsiguientes podrían explicar la fase de acreción sedimentaria localizada entre ZAMB 3 y ZAMB 4, especialmente significativos en la parcela 15 J de la manzana A del RP4 y en la cabecera del bulevar. Como efecto del descuido de la red hídrica cambian los procesos naturales de formación del sitio. Los aportes sedimentarios son mucho mayores al eliminarse el efecto barrera de los fosos y el agua comienza a inundar zonas hasta ese momento secas (bulevar). En poco tiempo se crea un medio húmedo con zonas palustres favorecidas por la relativa libertad de movimientos de los cursos de agua y la elevación del nivel freático consecuencia del abandono de los canales de irrigación y drenaje. Esa hipótesis inicial se apoya por un lado y como se ha comentado mas arriba, en la documentación de grandes depósitos de aluvión achacables a un régimen fluvial violento entre ZAMB 3 y 4; y por otro lado en los primeros estudios palinológicos (20) que han mediterráneas y los movimientos de tropas subsiguientes han afectado decisivamente al modelo de dominación impuesto en ese apartado rincón del interior de Andalucía. Con anterioridad a la colonización romana tenemos ejemplos costeros de colonizaciones que se rastrean hasta principios del primer milenio, pero la reacción antidifusionista en Prehistoria es tan fuerte que nos resistimos a ver guerras de conquista y políticas imperiales donde las fuentes escritas no las avalan. Pese a los esfuerzos de Carneiro o Stocker lo que podrían ser tributos siguen figurando como "intercambio" o comercio. Esto no impide que haya autores para los que el mundo argárico bien podría ser un estado expansionista (un imperio), y admiten el carácter de tributo de algunos items arqueológicos (Contreras et alii, 1991 \ 140). También se atisba una rebelión contra el autoctonismo alentada por las instituciones europeas empeñadas en ennoblecer su origen (Mederos Martín, 1995: 131-141). (20) Estudios inéditos realizados por Pilar López, José Antonio López-Sáez y Rosario Macías del Laboratorio de Arqueobotánica del Centro de Estudios Históricos del CSIC, Madrid. dado como resultado una vegetación asociada a ambientes húmedos (sauces, abedules, lenteja de agua) que se hace dominante al menos en el borde noreste de la zona arqueológica a partir del 2100 cal. Sin embargo ese fenómeno no se produciría si el sistema de fosos estuviera en funcionamiento. El abandono de su mantenimiento sería anterior a ese proceso erosivo y tendría su causa en la reordenación de los objetivos socioeconómicos de la comunidad y no en fenómenos naturales. Vemos en ello una consecuencia de lo que llamamos proceso de campesinización. Está extendida una "imagen neolítica" de comunidades campesinas igualitarias con una economía de subsistencia que evolucionan hacia formas más o menos complejas de sociedades tributarias. Ese escenario comienza a ser discutido. Se cuestiona el propio significado del término 'Neolítico' con su carga tradicional de límites cronológicos, tecnológicos y sociales (Montero y Ruiz, 1996); se cuestiona el carácter igualitario en las relaciones sociales para el Neolítico en el Alto Guadalquivir (Lizcano et alii, 1991(Lizcano et alii, -1992)), o en Cataluña (Blasco et alii, 1996); y, lo que es mas importante para este trabajo, se discute la existencia del campesino neolítico, proclamando que el campesinado es la culminación de la revolución neolítica, "siendo la consolidación del primer campesinado la principal característica histórica del Calcolítico y la Edad del Bronce" (Díaz-del-Río, 1995:104) (21). Esta afirmación es fundamental y contraviene la hipótesis de que la "aparición del Estado señala la transición entre productores primitivos de alimentos y campesinos" (Wolf, 1975: 21-22). Para Wolf la producción de un "fondo de renta" destinado al pago del tributo distingue al agricultor primitivo del campesino. Estamos seguros de que para que haya Estado tiene antes que haber campesinos a los que explotar, lo contrario no siempre es cierto ni, por supuesto, necesario. Por tanto, cualquier teoría sobre el origen del Estado, o incluso sobre el origen de la desigualdad en las sociedades agrarias, pasa por la proposición de una teoría sobre el origen del campesinado. Planteamos que la jerarquización puede ser en su inicio una consecuencia de la movilidad centrífuga del campesinado (22), es decir de la diferencia de riqueza entre unidades domésticas fomentada por su operatividad autónoma. Explicaría a la vez la aparición de los privilegios heredados, transmitidos naturalmente en el marco de los modos de descendencia de las unidades domésticas campesinas. Si estamos en lo cierto podríamos estar describiendo uno de lo procesos que desembocarían en la institucionalización de la desigualdad política. El derecho a la apropiación de la tierra y la consolidación de la familia (nuclear, extensa o múltiple) como unidad económica autónoma (23) dentro del asentamiento (la unidad de producción-reproducción ya no es la comunidad), va diluyendo los lazos de parentesco fuera de ella, lazos que son sustituidos en parte por formas mas o menos desarrolladas de relaciones de clase, que serán dominantes a partir de entonces (24). Pocos arqueólogos se han planteado las implicaciones teóricas, metodológicas e históricas que se desprenden del uso del término 'campesino' (25), quedando extendida la fórmula productor agrícola de subsistencias = campesino. Se da por ello una amplia gama de categorías asociadas a las comunidades campesinas, incluso dentro de una misma corriente teórica, se habla de modo de vida campesino, modo de producción campesino e incluso formaciones sociales campesinas. En la mayoría de los casos esta confusión se debe a una utilización intuitiva de un concepto cuya definición no acaba de ser aquilatada pese a una tradición de estudios muy amplia y especialmente fructífera en Economía, Sociología, Antropología e Historia Contemporánea, o quizás por ello. En arqueología prehistórica uno de los escasos usos reflexivos del término la hallamos en Vicent que sitúa a la sedentarización como una característica definitoria de las primeras "sociedades campe-(21) Consecuencia de la "total maduración" de lo que Lumbreras (1988: 352) denominó "modo de producción neolítico" caracterizado por el desarrollo de los medios de producción de alimentos. (22) Se utiliza el término 'movilidad''en el sentido que le da Shanin (1983: cap. 4): desigualdad de riqueza en el tiempo. (23) Esto parece contradecir la hipótesis de que la autonomía de la familia sea propia del llamado Modo Doméstico de Producción (Shalins, 1977; Oilman, 1991: 20), pero en realidad se plantea a una escala diferente. La autonomía campesina en su origen se produce dentro de la comunidad y frente a ésta, la autonomía de las comunidades domésticas de Sahlins se expresa frente a otras comunidades. (24) No defendemos que la movilidad centrífuga y el enfrentamiento entre unidades domésticas campesinas y comunidad suponga la anulación de ésta, ya que lo que se produce es su afirmación-negación, a causa de la reciprocidad de base parental persistente (Díaz-del-Río, 1995: 105). (25) Las tesis procesualistas prefieren términos como policultivo ganadero (Harrison y Moreno, 1985) o revolución de los productos secundarios (Sherratt, 1981), para referirse a práctica productivas típicamente campesinas. sinas". Para él la construcción de la 'aldea' (frente al 'campamento') como lugar estable de producción y reproducción y la conversión permanente del entorno en un agrosistema es lo que hace de sus habitantes un "grupo campesino". La vinculación a la tierra, la creación de lo que denominamos infraestructura de dependencia, se presenta como la "trampa agrícola" (Vicent, 1991b: 45) que establece las condiciones para una coacción extraeconómica facilitada por el miedo a perder la inversión realizada en la tierra. Díaz-del-Río( 1995: 106,107) ha planteado para el Calcolítico y la Edad del Bronce en la Meseta la existencia de un sistema de explotación campesina basada en la explotación agroforestal, al que denomina "gestión pluriactiva del ecosistema". Este sistema sería la "forma meseteña" (Díaz-del-Río, 1995: 107) de la intensificación agraria definida como revolución de los productos secundarios. De estos autores interesa destacar el enfoque histórico de la descripción del campesinado, no plantean una caracterización exclusivamente analítica o sociológica, inciden en aspectos como el cambio en las estrategias económicas que son determinantes en la detección de modos de vida campesinos. En efecto no todas las sociedades agrarias de subsistencia son comunidades campesinas. Nos referiremos a las sociedades áo^ productores primitivos de alimentos dtWolf comopaleoagrarias para diferenciarlas de las campesinas a las que consideramos consecuencia de una forma de explotación especializada y evolucionada de aquellas. Desde esta óptica los modos de vida campesinos son una consecuencia del proceso histórico átparticularización de los medios de producción, que en la Prehistoria Reciente se inicia con los instrumentos, continúa con el ganado y la fuerza de trabajo y finaliza con la tierra. Una vez que todos estos elementos son puestos a disposición de la unidad doméstica se institucionaliza la casa campesina con su espacio de residencia y reproducción, sus posesiones (ajuar doméstico, instrumentos, subsistencias, objetos de prestigio, etc.), su parcela de tierra y 5w ganado (26). Es notorio que esta institución (la casa) aglutina los distintos recursos cuyas apropiaciones exclusivas se plantean como vías de desarrollo de la desigualdad entre el Neolítico y la Edad del Bronce (Oilman, 1997: 88-89): la tierra, el ganado, o el metal. Puede ser que todos esos elementos hayan ido escapando de la organización segmentaria de la propiedad, pasando a la esfera de dominio familiar. En todo caso entendemos la particularización como un proceso de transferencia del control de los medios de producción (fuerza de trabajo, ganado, subsistencias y tierra) desde la comunidad hacia las unidades domésticas, dándose la circunstancia de que paralelamente se fomenta la diferenciación social entre ellas, consecuencia lógica de la disolución de los mecanismos de reequilibrio de la comunidad. Lacampesinización es la primera consecuencia de ese proceso de particularización de los medios de producción, pero no la única, puesto que es en esa coyuntura en la que se puede dar la apropiación de trabajo excedente recaudable como "renta de la tierra" (Vicent, 1991: 33), plustrabajo creado y legitimado por las propias estrategias de supervivencia campesinas mediante la autoexplotación de la unidad doméstica. La vinculación exclusiva con la parcela de tierra, sumada a la inversión en sistemas de cultivo costosos o de rendimiento diferido (terrazas, canales, frutales, etc.), crea un3. infraestructura de dependencia (27), que precipita el reconocimiento de élites violentas protectoras. Con la aparición de un modo de vida campesino está dado el paso para la consolidación de las relaciones de explotación permanentes en esta zona del Alto Guadalquivir. En las comunidades campesinas la.casa y Idítierra siempre han determinado la condición social, el acceso diferencial a la tierra como causa de la desigualdad de la riqueza y la casa como evidencia/ consecuencia de esa desigualdad. Si somos capaces de demostrar un acceso diferencial a la riqueza, y eso podremos hacerlo con la comparación entre casas, estaremos en condiciones de plantearnos la existencia de una comunidad jerarquizada y los términos en que se apoya la jerarquización. De este modo el hecho de que casa y tierra sean riquezas portadoras de estatus podrá desligarse de la contraposición engañosa entre los dominios "del uso y la transmisión " y los de la "adquisición y la propiedad" que en ocasiones parecen deslindar en el tiempo las relaciones impuestas por el parentesco de las atribuibles a la esfera política (Leduc, 1992: 276). En las sociedades como la que investigamos esto no es una cuestión de "avance" de la complejidad. No (27) No es una dependencia ecológica, sino socioeconómica: el miedo a perder la tierra y el trabajo invertido en ella hace que no vacilen en ofrecer parte de su trabajo a cambio de seguridad. T. R,56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es creemos que el parentesco sea una etapa de organización social previa a la política, sino dos conjuntos de relaciones establecidas a escala diferente. El primero fija históricamente los comportamientos, derechos y deberes dentro del grupo doméstico, el segundo entre grupos. En este sentido nos parece mas apropiada la propuesta de Castro eí alii (1996: 38) que, en su formulación de una teoría de las prácticas sociales, distinguen entre prácticas socioparentales y socio-políticas para no confundir las situaciones de diferenciación sexual (explotación dentro de la familia) con las de disimetría social promovidas por prácticas políticas. Eso no es obstáculo para que la forma que adquieren las relaciones de explotación dentro de la comunidad (id est entre unidades domésticas) esté basada en las vías ensayadas con éxito para la explotación de la fuerza de trabajo dentro de los grupos domésticos y se institucionalicen modelos de explotación paternalistas comparados por algunos autores con relaciones de protección "mafiosa" (Vicent, 1991:34). Pero ¿cómo se produce este proceso? Algunos caracteres que conforman y reproducen a la comunidad parental, como su estructuración en grupos familiares, adquieren nuevas funciones no previstas ni contempladas, como explotar la tierra para la familia y no para la comunidad, que acaban desarrollando nuevas relaciones sociales. Esa divergencia funcional serviría para explicar la forma en que se producen los cambios, las causas habría que buscarlas a mayor profundidad. Meillassoux (1987: 121) cree que para que se produzca una transformación radical en el seno de lo que llama "sociedades domésticas" (bandas y tribus) es necesaria una" disociación de los ciclos productivo y reproductivo", que se da cuando los individuos quedan ligados a su familia de origen, y su movilidad dentro de la comunidad es sustituida por el movimiento de los productos, abriendo el camino a la acumulación desigual. Admitiendo que en las primeras ocupaciones de la ZAMB podemos reconocer una sociedad segmentaria, sostenemos que la disociación de Meillassoux y la consiguiente campesinización se está produciendo en Marroquíes Bajos a finales del tercer milenio. A la trascendencia de este cambio hay que hacerle dos precisiones, una, para no ocultar las repercusiones sociales de la diferenciación sexual (CdiStro et alii, 1996:36),quelos "individuosquese mueven" son las mujeres, que a menudo también acompañan a los productos que se mueven (dotes o herencias de la novia) y dos, que es en el marco de la explotación del trabajo (en la unidad doméstica y entre unidades) y no en el del intercambio (de productos o mujeres) donde se origina la desigualdad. Porque tal intercambio está institucionalizado para preservar y transmitir los desequilibrios de riqueza y por tanto consolida la desigualdad. Con este bagaje en la macro-aldea las relaciones de propiedad y pertenencia territorial imponen dos alternativas: dispersión o transformación en ciudad. En este caso se produce la dispersión, quizás porque los modos de vida campesinos están especialmente dotados para sostenerse en pequeñas comunidades de aldea como lo demuestra el hecho de que subsistan bajo los mas dispares modos de producción (desde el esclavista al capitalista). De aquí se desprende que si no hay campesinos no hay ciudades, al contrario de lo que postulaba Redfíeld (en Shanin, 1983: 291) para quien no hay campesinado antes de la primera ciudad. El hecho es que en torno al siglo XX-cal. ANE el asentamiento con las características de tamaño y estructura conocidas desaparece y lo hace súbitamente: se produce un colapso. Con los datos actuales el sistema de complejos domésticos cercados se desarticula tras tres o cuatro generaciones siendo el asentamiento abandonado como atestiguan la localización in situ de ajuares domésticos y herramientas valiosas (E 2-4; E 2-5, E 2-6 de la UA 23; G, E, bulevar del RP 4). La estructura que había durado 300 ó 400 años con las relaciones de producción de la comunidad segmentaria se desmorona en algo mas de un siglo con estas nuevas formas de explotación. Podemos pensar que la causa del colapso es interna de modo que la contradicción entre el mantenimiento de las formas establecidas de integración social, que exigían importantes contribuciones de trabajo comunitario, y los nuevos objetivos de reproducción social y económica de las unidades domésticas, hicieron saltar la base económica sobre la que se sustentaba ZAMB 3 provocando la disgregación de la comunidad y posteriormente la dispersión. Pero no hay que olvidar que parte de las fechaciones publicadas del asentamiento argárico de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén), c. ANE, interpretada como un proceso de expan- sión desde el sureste hacia las regiones interiores. También hay que tener en cuenta que coincide con la fases VI-VII de la transición al Estado postulada por Nocete (1994: 320 y ss.) para la Cultura de las Campiñas c. ANE caracterizada por la transformación del "territorio cónico plurilocal" en "territorio de coerción supralocal". Es decir, si estos autores están en lo cierto, los asentamientos del piedemonte como Marroquíes se encuentran constreñidos en torno al 2000 cal. ANE por la pujanza de dos formaciones sociales en expansión: la de las Campiñas del Alto Guadalquivir y la deElArgar. De una u otra forma el movimiento histórico de particularización de los medios de producción y los objetivos de reproducción de las unidades domésticas establecen las circunstancias que posibilitan una explotación permanente e institucionalizada. La clave para determinar el alcance de esta explotación y la consiguiente desigualdad social está en la transformación de las relaciones de propiedad y su estudio es, pese a la dificultad que entraña, necesario para comprenderla. Puede que en este asentamiento estemos en disposición de evaluar estas relaciones en y entre unidades domésticas, desde lo que Oilman (1997: 86 y 89) denomina en los análisis de los sistemas de propiedad, el "enfoque abajo-arriba" por contraste con el "enfoque arriba-abajo", mas común, que examina las estrategias de financiación de gastos y riqueza de las élites. A nadie se le escapa que la ZAMB contiene una serie de indicadores cuya interpretación ha sido muy distinta de la que aquí planteamos. Sus dimensiones, las murallas, las redes de canales, o las "infraestructuras urbanísticas" son recurrentemente consideradas evidencias de jerarquizacion territorial y desigualdad social. Para ser sinceros nuestro planteamiento, aparte de ser consistente con la información que hemos procesado, está mediatizado por el convencimiento ideológico de que las teorías que insisten en la aparición temprana de la jerarquizacion o de las clases sociales, contra la intención de muchos de sus defensores, contribuyen a promover el supuesto carácter "natural" de la desigualdad. La coherencia con la escala de la investigación impide por ahora abordar con la suficiente profundidad la proyección territorial del proceso, ámbito en el que se podrán contrastar las hipótesis aquí vertidas. Mientras tanto esperamos que esta visión del interior del asentamiento haya contribuido a situar los términos de una discusión que con el tiempo permita resolver el problema histórico planteado, porque como reconoció Larry Laudan (1978: 66) "el problema resuelto (empírico o conceptual) es la unidad básica del progreso científico". Queremos expresar nuestro agradecimiento a Felipe Criado y Antonio Oilman por sus comentarios y críticas apie de obra y muy especialmente a Maribel Martínez Navarrete por su interés y aliento constante.
El arte rupestre puede considerarse como una forma especializada de cultura material, con un potencial de variación equivalente al de los monumentos y otras clases de artefactos. De este modo, sus características pueden reflejar la función social de esas representaciones, así como la manera de percibir el entorno por parte de los grupos humanos. Este tipo de contrastes creemos que pueden percibirse dentro del Noroeste ibérico, en una "zona de contacto" más o menos amplia en la que se superponen dos tradiciones artísticas, la ligada al Arte Esquemático vigente en gran parte de la Península y aquella, más regional, que se define como grupo de petroglifos galaicos. Las divergencias de tipo iconográfico o de emplazamiento entre las estaciones pertenecientes a uno u otro grupo se hacen eco de diferencias de más fuste por lo que respecta a las formas de asentamiento, explotación y definición del territorio entre las áreas Mediterránea y Atlántica peninsulares. (1) El trabajo que aquí presentamos es una versión corregida del artículo publicado en el Oxford Journal of Archaeology (17-3-1998: 287-308), titulado "Crossing the border: contrasting styles of rock art in the Prehistory of North-West Iberia". Localización del área de estudio (sombreada) dentro de la Península Ibérica y principales yacimientos o grupos de éstos analizados en el curso del proyecto de investigación o aludidos en este texto. Las estaciones rupestres están indicadas mediante círculos y los asentamientos con triángulos. El grupo galaico está integrado por los yacimientos de Campo Lameiro y los puntos 1-3. El "área de contacto" está representada por los puntos 7 a 12 y 14. El arte esquemático en forma de pintura o grabado está presente en los yacimientos 4,15-18, 20-21 y zona de Passos/Santa Comba. los acontecimientos ibéricos en una narrativa más general. Por su parte, la arqueología de la Fachada Atlántica se encuentra igualmente en una situación peculiar, pues la región ha constituido una de las grandes rutas de navegación del mundo prehistórico y al tiempo se encuentra en una posición marginal en el conjunto de Europa. De este modo, cuestiones como el arte megalítico, el campaniforme marítimo o el denominado Bronce Atlántico se configuran como sucesos independientes, separados los unos de los otros por períodos más o menos amplios en los que el frente atlántico de Europa deja de ser objeto de atención por parte de los estudiosos. La situación descrita en el párrafo precedente afecta de forma muy especial a la Península Ibérica, puesto que es precisamente aquí donde las rutas mediterránea y atlántica conñuyen y con ellas entran en contacto objetos e ideas de muy distinto origen. Esta circunstancia se hace especialmente patente durante el Calcolítico y la Edad del Bronce, etapas en las que las secuencias regionales de España y Portugal ocupan una posición relevante en las síntesis de prehistoria europea (Coles y Harding, 1979: 214-39). La causa principal de esta preeminencia estriba en la existencia en el Sureste de un desarrollo cultural que incluye formas fortificadas de asentamiento, enterramientos de gran riqueza y la práctica temprana de la metalurgia. Algunos de estos rasgos se hallan presentes igualmente en la costa atlántica peninsular, especialmente en las inmediaciones del estuario del Tajo (Chapman, 1991) y, de forma más atenuada, en el Norte de Portugal (S. Jorge, 1993; Sanches, 1996a). Se ha discutido con cierta amplitud el alcance y la naturaleza de las relaciones que existirían entre la Península y zonas tan lejanas como Irlanda (Harrison, 1974; Eogan, 1990; Almagro, 1995), pero este énfasis en los vínculos a larga distancia creemos que provoca un desenfoque del problema: dos mundos parecen haber entrado en contacto durante el período aludido, pero los elementos que deben caracterizar cada una de esas esferas están todavía mal definidos, ¿debemos limitarnos a la evidencia suministrada por el registro artefactual o bien podemos reconocer comportamientos diferentes en cuanto a la ocupación y demarcación del territorio? LOS PETROGLIFOS GALLEGOS EN EL PAISAJE El arte rupestre al aire libre de Galicia nos proporciona una herramienta ideal para empezar a con-T. P,56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es testar la pregunta lanzada en el apartado previo, pues una serie de trabajos en los últimos años han versado sobre la integración de esta manifestación artística en el marco más genérico de las pautas de asentamiento de los grupos responsables de su ejecución (Peña y Rey, 1993; Bradley et alii, 1995; Santos, 1996). La máxima concentración de grabados se da en un área que se extiende desde la costa hacia el interior en una distancia de 60 km. como máximo (Vázquez, 1990; Costas y Novoa, 1993). Esta es una región de marcados contrastes bioclimáticos a lo largo del año, los cuales pueden haber inducido migraciones animales hacia las tierras más altas durante la sequía estival. Muy a menudo las mayores concentraciones de petroglifos se dan a lo largo de rutas naturales que hombres y animales habrían seguido en sus desplazamientos del valle a los montes. Estas manifestaciones artísticas abundan igualmente en torno a cuencas húmedas (bmñas) donde a su vez se localizan frecuentemente asentamientos coetáneos. Estos últimos son todavía mal conocidos pero suelen presentar restos materiales encuadrables en cronologías bastante amplias, si bien el carácter de cada una de las ocupaciones no parece encajar con un patrón sedentario a largo plazo. Lasbrañas mantienen su humedad en los meses más secos del año y por ello proporcionan unos excelentes lugares de pasto, pero al mismo tiempo las zonas más a salvo del encharcamiento son aptas para la agricultura y no hay que olvidar la recolección y la caza en el entorno menos antropizado, si bien la importancia de esta última actividad parece claramente exagerada en las representaciones rupestres, en las que el ciervo predomina ampliamente entre los motivos animalísticos (Bradley et alii, 1995; Méndez, 1998). En el importante conjunto rupestre en torno a Campo Lameiro (Pontevedra) (Fig. 2) la ubicación de las rocas grabadas sigue unas pautas muy sistemáticas, pues con poca excepciones se escogen afloramientos escasamente visibles, distribuidos en las inmediaciones de brañas o a lo largo de las rutas que comunican dichas formas fisiográficas. Las figuras se trazan sobre superficies aplanadas y dejan de distinguirse en cuanto el observador se distancia unos pocos metros y, por su parte, el dominio visual desde los paneles es generalmente reducido (Bradley et alii, 1995; Cxidiáo et alii, e.p.). A una escala más de detalle se observan diferencias iconográficas en función del emplazamiento preciso de los grabados y así aquéllos que se encuentran junto a rutas de tránsito poseen un repertorio de motivos más simple que los inmediatos a las brañas o los situados en la periferia de las áreas ocupadas más intensamente. En este sentido resulta plausible la idea de que uno de los papeles del arte al aire libre fuese el de señalizadores de diferentes partes del paisaje, así como de los derechos que un grupo particular reclamase sobre éstas. Algunas estaciones rupestres escapan a las pautas descritas en el párrafo anterior: se trata básicamente de representaciones de armas metálicas o de ciervos con grandes cornamentas. Estos últimos se diferencian de otros motivos animales por sus mayores dimensiones y el exagerado tamaño de su cuerna. Los paneles se emplazan en los límites superiores de las áreas de asentamiento y en ocasiones poseen un amplio control visual. Si tenemos en cuenta que en su estado natural los ciervos suelen situarse durante la berrea anual en puntos elevados del terreno desde los cuales desafían a otros machos por el acceso preferencial a las hembras, los rasgos iconográficos y espaciales de ese particular grupo de grabados animalísticos hacen plausible pensar en T. P.,56, n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es la complejidad de su significado, girando quizás en torno al papel de una genérica agresividad masculina en la definición metafórica -o no tanto-del control exclusivo de un territorio determinado (Bradley, 1997:200-3). Por su parte, los petroglifos de armas consisten básicamente en representaciones de puñales y alabardas (Peña, 1979; Costas y Novoa, 1993) y comparten algunos de los rasgos mencionados en el caso de los grandes cérvidos. Se localizan en la periferia de las áreas de explotación preferencial y desde ellos se obtiene a menudo una buena panorámica de tiendas a baja altura, situadas a cierta distancia. En ocasiones parecen vincularse con rutas que unen distintos focos de asentamiento mientras que en otras comparecen en posiciones más aisladas (Santos, 1996). Angada Laxe 1 oPedraAncha) se utilizan afloramientos muy conspicuos y además los grabados se efectúan sobre superficies inclinadas, de tal forma que las imágenes confrontan al observador que se aproxima a la roca (Bradley et aliU 1995; Bradley, 1997; Peña y Rey, 1998). Más recientemente se han observado las concomitancias entre los depósitos metálicos del Bronce inicial y los petroglifos en aspectos como la localización espacial o la composición ergológica de unos y otros (Bradley y Fábregas, 1995; Bradley, 1998:249-50). Ya para terminar, podemos afirmar que, con las excepciones citadas, el grupo galaico de arte rupestre reúne una serie de rasgos comunes, el primero de ellos el manifestarse en una región y un período caracterizados por la existencia de asentamientos abiertos, carentes de estructuras defensivas e implicando una forma de vida todavía no estrictamente sedentaria. Los grabados se integran perfectamente en una forma de vida y de explotación del territorio en que la movilidad jugaba un papel todavía importante, aunque lejos desde luego de las pautas propias de sociedades cazadoras-recolectoras. Las rocas con petroglifos no se hurtaban a la vista, pues se emplazaban en las inmediaciones de lugares de tránsito o de cuencas húmedas frecuentemente utilizadas por esas comunidades. Sin embargo, a pesar de formar una parte importante del sistema de apropiación del paisaje, las estaciones rupestres evitan casi siempre los afloramientos más destacados del entorno. Las características del grupo galaico de arte rupestre tienden a modificarse a medida que nos acer-camos a los límites de su área de distribución: en general el repertorio iconográfico se simplifica hasta quedar limitado a sus expresiones más abstractas (combinaciones circulares y cazoletas), pero en cambio su emplazamiento se hace más diverso. Ciertamente, sigue habiendo estaciones que se vinculan a caminos o cuencas húmedas y que persisten en la utilización como soporte de rocas apenas visibles, pero a su lado comienzan a proliferar grabados en superficies desde las que se dominan amplias panorámicas o se seleccionan roquedos más conspicuos (Bradley y Fábregas, 1996). Al mismo tiempo la localización de las figuras en los paneles apunta a que estas manifestaciones artísticas podrían haber sido usadas de forma distinta: en una serie de casos parece como si la visión del afloramiento rocoso desde una posición inferior fuese tan importante como la panorámica que se puede contemplar desde los mismos petroglifos. Así sucede en la Peneda Negra (Ames, A Coruña), un enorme bloque granítico con paredes casi verticales, en cuya cima se grabaron unos pocos motivos abstractos, de tal forma que cualquiera que se situase junto a las figuras se vería realzado como si se hallase sobre un escenario. Una situación semejante se da en otra estación próxima, la de Monte Pedroso (Santiago de Compostela), donde se trazaron unas combinaciones circulares en una reducida repisa horizontal, oculta en el flanco de un gran afloramiento (Acuña^íí2///, 1987) (Lám. I), una disposición que volvemos a encontrar mucho más al Norte en el petroglifo de Chamorro (Ferrol) (GATT, 1996). Hacia el Sur de Galicia documentamos cambios aún más llamativos, que afectan a las pautas de asentamiento por un lado, y a la ubicación e iconografía Lám. I. Panorámica desde el petroglifo de Monte Pedroso (Santiago de Compostela). del alte rupestre por otro. En cuanto al primer aspecto se observa la existencia de habitats situados en lugares elevados, como los de Mesa de Montes (Cangas, Pontevedra) o As Minas (Ribadavia, Ourense) que denotan una mayor preocupación defensiva o de control territorial y si bien no se han detectado obras de fortificación en ninguno de ellos, su peculiar localización o la riqueza y abundancia de la cultura material recuperada, incluyendo en algún caso artefactos de cobre, apuntan a una dinámica de ocupación del teiTitorio menos móvil que en las áreas nucleares del grupo galaico de arte rupestre (Fábregas y Ruíz-Gálvez, 1997; Carballo et alii, e.p.). Las características de esos asentamientos muestran en cambio concomitancias con los poblados localizados recientemente en el Norte de Portugal, varios de ellos fortificados ya desde comienzos del III milenio (Jorge, 1994; Sanches, 1996). El intensivo trabajo de catalogación llevado a cabo en los últimos años en el área que abarca desde la ría de Vigo hasta el Baixo Miño no sólo ha permitido aumentar exponencialmente el número de estaciones rupestres conocidas sino también documentar su personalidad con relación al "área clásica" en torno a Campolameiro (Costas e Hidalgo, 1995; Bradley y Fábregas, 1996) (Fig. 3). Panel pintado en Cueva del Cristo, Las Batuecas. Los motivos dibujados en negro corresponden a los pintados en rojo; los rayados son de color marrón. El inserto recoge un detalle de las pinturas de Cueva de la Umbría del Canchal del Cristo, asimismo en Las Batuecas (según Breuil, 1933). contraste con la última zona mencionada, se hace más común la selección de afloramientos prominentes con amplias panorámicas a larga distancia y también aparecen con frecuencia grabados en terrenos relativamente elevados. Estos rasgos diferenciados no vienen impuestos por constreñimientos del entorno sino que parecen obedecer más bien a una actuación intencional. Pero no sólo se advierten cambios en los criterios de selección de las rocas que debían ser grabadas, también se constatan modificaciones de orden formal como es el carácter más plástico de las decoraciones abstractas: efectivamente, en vez del énfasis habitual en el empleo de superficies horizontales, nos encontramos con algunas estaciones rupestres en las que las insculturas tienden a cubrir la totalidad de la roca, abarcando incluso el propio contorno de ésta, como sucede en Tapada de Ozáo (Valença, Viana do Gástelo). Otro caso paradigmático de este fenómeno se da en el Monte Tetón (Tomiño, Pontevedra), donde la cúspide redondeada de un gran afloramiento aparece completamente decorada mediante una excepcional combinación de 17 círculos concéntricos, con un diámetro total superior a los 3 m. El efecto de tan inusual disposición sería resaltar el culmen del roquedo de tal forma que actuase como un estrado para cualquiera que se hallase sobre él. Las representaciones de armas muestran también algunos cambios en la zona que estamos considerando: por un lado éstas son algo más frecuentes que en otras comarcas y por otro, el tamaño de las imágenes individuales aumenta, hasta el punto que las dos estaciones más meridionales con esta clase de motivos (Auga da Laxe I -Gondomar, Ponteve- dra-y Monte da Laje -Valença, Viana do Gástelo-) exhiben igualmente las mayores armas conocidas hasta el momento. En el primer caso, la espada n.° 1 mide 2'4 m. de longitud, mientras en el segundo el puñal tiene más de un metro de largo (Hidalgo y Costas, 1984-85; Silva y Cunha, 1986). Considerada en su conjunto, la evidencia manejada sugiere que en los límites meridionales del área de distribución de los petroglifos galaicos las actitudes ante el paisaje natural pueden haber cambiado: los grabados tienden a ocupar rocas más prominentes, a veces emplazadas en lugares elevados; los motivos ya no se limitan a la superficie plana de la piedra sino que en ocasiones se amoldan a los contomos de ésta, para dar una impresión más tridimensional. Durante el mismo período se constata la ocupación de algunos cerros con buenas condiciones naturales de defensa, una práctica que contrasta con el carácter mucho más críptico de los habitats contemporáneos de comarcas más norteñas. Un segundo aspecto que conviene discutir con cierta profundidad es el del particular repertorio iconográfico observable en las estaciones rupestres próximas a la frontera galaico-portuguesa y muy particularmente en el área del Baixo Miño, donde ya señalamos que se han efectuado descubrimientos importantes durante la última década (Costas et alii, 1991; Costas e Hidalgo, 1995). En términos generales esta zona se distingue del "área clásica" por la menor presencia de figuraciones animales, el predominio de los motivos geométricos y la relativa importancia de las representaciones de armas. También se conoce un cierto número de motivos antropomorfos y en "O" que presentan grandes semejanzas con temas habituales en el Arte Esquemático peninsular, pero que en nuestro caso plantean dudas en cuanto a su cronología prehistórica. Las figuraciones animales en el Baixo Miño poseen unas características específicas en lo referente a morfología y técnica de elaboración (Bradley y Fábregas, 1996; Costas et alii, 1997b). Se distinguen de las clásicamente galaicas por su gran sencillez, diseñando el animal con una simple línea para cabeza, cuerpo y cola, a la que se suman otros trazos verticales figurando las extremidades (Lám. Illa y Illb), lo que da un resultado a menudo próximo a los pectiniformes del Arte Esquemático, presentes en el noreste de Portugal y región occidental de Castilla-León, donde estos motivos se encuentran habitualmente pintados, una técnica que quizás imiten los zoomorfos de Auga dos Cebros (Oia, Pontevedra), grabados en una inusual ¥y, -f{^^.^ Lam. Zoomorfos esquemáticos en un pequeño panel de Os Campos (Balona, Pontevedra). Antropomorfos y animales esquemáticos en la Pedra do Cazador (Oia, Pontevedra). Estación rupestre de Farol de Montedor (Afife). Los grabados esquemáticos se concentran en la base de la roca triangular en el centro de la imagen. técnica de bajorrelieve (Costas et alii, 1995). No obstante en esta región también se conocen animales trazados de forma seminaturalista, más acorde con el canon de los petroglifos galaicos, e incluso paneles como el de Laje das Fogaças (Caminha, Viana do Gástelo) reúnen figuras diseñadas en ambos subestilos (Lám. Esta combinación de imágenes siguiendo convenciones de estilo diferentes no es un caso aislado y volvemos a encontrarlo en Monte da Laje (Valença, Viana do Gástelo), una roca con grabados típicamente galaicos (círculos concéntricos, cazoletas, puñales), así como varios idoliformes, uno de los cuales presenta una forma rectangular absidada e interior segmentado. Dicho motivo posee grandes similitudes formales con figuras documentadas en el arte esquemático, especialmente en el Norte de España y la Meseta, vinculándose a un conglomerado simbólico más vasto y de filiación meridional, en el que se integrarían las placas alentejanas (Bueno, 1992; Fábregas y Penedo, 1994). A lo largo de su área de distribución el Arte Es-quemático suele aparecer sobre superficies verticales, una pauta que también se advierte en los ejemplos trasmontanos y que contrasta con la preferencia, ya comentada, de los grabados galaicos por los paneles más o menos horizontales. La mayoría de los grabados en la zona del Miño se atienen a esta última pauta, con algunos rasgos específicos a los que hemos aludido más arriba. Sin embargo, hay dos estaciones que se alejan por completo de esa regla, las de Farol de Montedor (Afife, Viana do Gástelo) y Os Gampos (Baiona, Pontevedra) (Gosteisetalii, 1991; Bradley y Fábregas, 1996).La primera se localiza en plena línea costera y se trata de un gran afloramiento granítico en una de cuyas paredes verticales se han efectuado grabados de animales, exclusivamente esquemáticos (Lám. Os Gampos constituye un conjunto bastante amplio del que forman parte tanto rocas con representaciones del grupo galaico como otras de estilo esquemático. Los primeros siguen las pautas de localización de ese grupo y se emplazan junto a un camino que conduce hacia una zona más alta y húmeda que está presidida por un enorme roquedo sobre el que se han grabado numerosos zoomorfos esquemáticos aprovechando un lienzo casi vertical y unos pocos más al pie de la peña. Parece bastante claro que este bloque rocoso retuvo su importancia simbólica durante bastante tiempo, pues también se encuentran en el mismo panel figuras que posiblemente sean más modernas, como una esvástica flameada levógira. Desde la cima aplanada de este batolito se divisan los dos paneles con círculos concéntricos, emplazados en ambos extremos de Os Gampos y, a su vez, contemplado desde una posición inferior el panel grabado ofrece una impresionante visión, situado al lado de una repisa que podría haber constituido un marco idóneo para llevar a cabo actividades ceremoniales. EL ARTE ESQUEMÁTICO EN EL PAISAJE En este último apartado continuaremos nuestro viaje imaginario a campo traviesa, examinando una serie de yacimientos encuadrables en el grupo esquemático y situados más hacia el Este del área que hemos estado analizando hasta ahora. En primer lugar consideraremos el emplazamiento de esas estaciones, así como su relación con los asentamientos y, por último, reflexionaremos acerca de la significación genérica de las imágenes representadas. A primera vista parece claro que el emplazamiento del arte esquemático es muy diferente al de las estaciones del grupo galaico, sin que ello pueda atribuirse a las características topográficas locales. El primero, sea en forma de grabado o pintura, suele aparecer generalmente sobre paneles verticales emplazados en abrigos o covachas, en zonas de relieve escarpado. Estas características se cumplen en un grupo de yacimientos situados cerca de los actuales límites administrativos de Galicia, como Peña Pineda (Vega de Espinareda, León), El Pedroso (Trabazos, Zamora) o el siempre creciente grupo de estaciones esquemáticas deTras-os-Montes (Esparza, 1977; Gutiérrez yAvelló, 1986; Sanches, 1996a). Rara vez se encuentran estas representaciones en lugares fácilmente accesibles, sino más bien en puntos elevados con amplio dominio visual y quizás no sea casual que en ellos o en sus inmediaciones se hayan instalado eremitorios en tiempos históricos. Si nos alejamos del cuadrante noroccidental en dirección al importante núcleo esquemático salmantino y extremeño podemos reforzar las observaciones anteriores: en Las Batuecas (Salamanca) los paneles pintados se emplazan en lugares de difícil acceso, dominando una escarpada garganta (Breuil, 1933; Bécares, 1991) (Lám.V). Aunque es perfectamente posible que esos puntos fuesen visitados en el curso de expediciones de caza o atendiendo al ganado, algunos de ellos están tan alejados que ello parece poco factible. Igualmente es poco probable que esos yacimientos sirviesen como punto de observación para controlar los movimientos de animales o seres humanos, pues su remota posición respecto al fondo del valle haría poco práctica esa clase de vigilancia. Por otra parte, no sólo es muy difícil acceder a algunas de las superficies pintadas, sino que además el espacio disponible junto a ellas no permite congregar a mucha gente de cada vez. Un reciente trabajo sobre el arte esquemático en Las Villuercas (Cáceres) (García Arranz, 1990) refuerza la noción de que estos lugares estaban dotados de un carácter especial: de nuevo encontramos las pinturas en puntos bastante inaccesibles o incluso peligrosos de alcanzar, pero además se constata una selección de las superficies a decorar atendiendo a una coloración particular de la roca (de un tono rojo amarillento). La existencia de ciertos criterios estéticos a la hora de escoger los puntos concretos que habrían de ser pintados se documenta también en el Norte de Portugal, donde parece haber una preferencia por los soportes en los ^i>^^ Lám. V. Aspecto de una de las zonas con abrigos pintados de Las Batuecas (Salamanca). que aparecen de forma abundante inclusiones de cuarzo lechoso (Lara Alves, comunicación personal Universidad de Reading). A un nivel más subjetivo, da la impresión de que el Arte Esquemático suele vincularse a formas de relieve espectaculares y el mismo emplazamiento del arte parece reforzar el carácter extraordinario de esos lugares. Así, en Las Villuercas algunas de las imágenes más complejas se distribuyen exclusivamente por el techo de las oquedades y algo semejante se documenta en el conjunto trasmontano de Regato das Bouças (Sanches, 1996b), pues es en dicho lugar donde aparece una mayor variedad de representaciones y de pigmentos. De hecho, el abrigo es tan bajo que las pinturas sólo pueden ser vistas recostándose en el suelo y dado que algunas de ellas se prolongan por fuera de la propia boca de la covacha, en pleno precipicio, su ejecución habría conllevado un cierto riesgo para el autor o autores. También en Las Batuecas encontramos que algunos de T. P., 56, n.^^1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es los más elaborados paneles sólo eran accesibles pasando a través de estrechas repisas abriéndose directamente al abismo y aún considerando como probable que las gentes responsables de su ejecución tuviese un pie más firme que los autores de este trabajo, lo cierto es que ese tipo de localización haría muy sencillo el control del acceso a las zonas pintadas. La cuestión de la accesibilidad de los conjuntos esquemáticos resulta especialmente interesante si tomamos en consideración las evidencias de ocupación de esos lugares, para lo cual tenemos un buen punto de partida en los trabajos desarrollados por MJ. En esta zona se conoce un buen número de oquedades, algunas de las cuales fueron pintadas mientras otras muestran señales de habitación pero sólo en un caso (Buraco da Pala) se dan ambas circunstancias. La excepcionalidad de este solitario ejemplo viene reforzada por el carácter especial de las actividades llevadas a cabo en el yacimiento durante la última fase de su prolongada existencia {circa mediados del III milenio ANE) que no permiten etiquetarlo como un contexto doméstico sin más. Algunos de los abrigos decorados en Santa Comba/Os Passos se emplazan en las inmediaciones de habitats al aire libre (Sanches, 1996b), algo que también sucede en el caso de El Pedroso (Zamora) donde los grabados aparecen en una oquedad situada en la empinada ladera de un altozano donde se alza un poblado calcolítico fortificado (Esparza, 1977; Delibes eí a///, 1995) (Lám.VI). En este último caso, si bien el abrigo es visible desde el terreno situado cuesta abajo, no se puede divisar desde la cima de la colina donde se halla el asentamiento. Esta misma circunstancia se repite en sendas estaciones esquemáticas trasmontanas (Cachao da Rapa y Penas Roias) (Jorge y Jorge, 1991 ) en una posición relativamente excéntrica respecto de otros tantos poblados en altura y sin una ruta directa entre unas y otros. El repertorio iconográfico delArte Esquemático presenta dos características que pueden arrojar alguna luz a la hora de interpretar las estaciones con esta clase de representaciones. Uno de estos rasgos es la llamativa coincidencia con el elenco de motivos presentes en la decoración megalítica (Bueno y B albín, 1992). El contexto de este último grupo artístico es muy revelador, pues se asocia normalmente con sepulturas de corredor en las que la decoración se aplica sobre todo en la parte posterior de la Lám. Monte de El Pedroso (Trabazos de Aliste, Zamora). La entrada a la cavidad con grabados esquemáticos se halla bajo el bloque granítico más sobresaliente, en el centro de la fotografía. cámara y en mucha menor medida en el corredor, mientras que apenas se documenta en el exterior del monumento. En otras palabras, la pintura o el grabado se concentran y se hacen más complejos en los sectores más "privados" de esas construccionesdonde por otra parte se depositan la mayor parte de los restos humanos-, por lo que cabe inferir que esas manifestaciones artísticas estarían dirigidas hacia una audiencia muy restringida (2). Un segundo aspecto a tener en cuenta es que algunas de las imágenes del Arte Esquemático reflejen estados alterados de la conciencia, provocados bien por la ingestión de estupefacientes o debidos a otras causas. Estos motivos incluyen seres humanos de cuerpos exage- (2) Al margen de la coincidencia genérica entre megalitos y ciertas estaciones esquemáticas con respecto a la restricción de acceso, es interesante mencionar que en el abrigo de El Pedroso es precisamente en su divertículo interno donde se hallan los grabados más complejos. T. P.,56, n."l, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es radamente alargados, figuras con líneas irradiando de su cabeza (Fig. 3) y animales o antropomorfos dibujados a muy pequeña escala, elementos de una visión subjetiva que han sido identificados en trabajos en curso efectuados por Thomas Dowson (comunicación personal Universidad de Southampton; Garrido, 1997). Esta hipótesis que, debemos recordarlo, es aplicable sólo a ciertas representaciones adquiere una nueva verosimilitud por el hallazgo de semillas átPapaver somniferum (amapola del opio) en el nivel II de Buraco da Pala (Ramil yAira, 1993). Una vez recorrido esa especie de transecto imaginario, extendiéndose desde el área nuclear de los petroglifos galaicos hasta las comarcas con arte esquemático más próximas al Noroeste, es el momento adecuado para derivar algunas conclusiones. Una primera -y muy relevante-es que no se puede tratar los grupos artísticos prehistóricos como entes monolíticos, ajenos al paso del tiempo, a las dinámicas locales o a las influencias externas. En el caso del ciclo galaico hemos podido constatar como sus manifestaciones se integraban en una concepción del paisaje determinada y como ésta se modificaba en las áreas periféricas de su distribución, e igualmente el contraste radical en cuanto a emplazamiento y -verosímilmente-significado con el grupo esquemático. No creemos que, en oposición a este último, los petroglifos gallegos tuviesen una motivación puramente pragmática, pues su vocabulario gráfico está henchido de simbolismo y muy probablemente habría poseído un carácter polisémico, lo que no es óbice para que, al menos en apariencia, estuviese ligado a las pautas de movimiento a través del territorio. Ya en los límites de su área de expansión, con un repertorio temático más reducido, sus características básicas parecen cambiar: algunos paneles se localizan en lugares adecuados para llevar a cabo ceremonias, en tanto que la modificación de su relación con la topografía local pone de manifiesto un uso diferente del espacio. Sólo en el sur, en torno al estuario del Miño, observamos una abundante mezcla de rasgos estilísticos propios de los grupos galaico y esquemático y únicamente las incertidumbres en cuanto a la cronología, junto con la escasez de análisis espaciales exhaustivos de conjuntos rupestres ponen límites a la profundidad de nuestro análisis. Parece de todos modos que en un número de estaciones próximas a la presente frontera luso-galaica tiene lugar cierto solapamiento de ambos ciclos artísticos, y es precisamente en esta zona o sus inmediaciones donde constatamos alteraciones en las pautas genéricas de ocupación del territorio. Por su parte, el Arte Esquemático no puede ofrecer un contraste más dramático con los petroglifos galaicos: los lugares donde hace su aparición son relativamente marginales respecto a las áreas de asentamiento y probablemente tenían un carácter muy especializado y/o una audiencia restringida. Esto último puede deducirse del propio emplazamiento de las estaciones y de las afinidades que poseen los motivos mismos. En los primeros compases de este artículo sugeríamos tímidamente que los dos ciclos artísticos cuyas relaciones hemos estado analizando podrían ligarse con otras tantas dinámicas generales en la prehistoria ibérica, atlántica y mediterránea. Creemos que el contraste entre los grupos galaico y esquemático va más allá de las cuestiones estilísticas y afecta a otros asuntos, incluyendo la propia actitud ante el entorno y el emplazamiento de los espacios rituales. Si esto es así, entonces la diferenciación entre ambas provincias artísticas tiene un interés más profundo, por lo que supone de via de acceso a dos Weltanschauungen que atraviesan la prehistoria reciente de la Península Ibérica. El trabajo de campo fue financiado por la British Academy y la Society of Antiquaries. Viajes relacionados con la preparación del proyecto fueron subvencionados por el British Council y la Universidad de Reading; una visita previa a Portugal fue organizada por Vítor y Susana Oliveira Jorge y subvencionada por la Universidad de Oporto. Queremos expresar nuestro agradecimiento a las personas que nos guiaron y discutieron sus interpretaciones con nosotros: Julian Bécares Pérez, Antonio Martinho Baptísta, Germán Delibes de Castro, Julio Fernández Manzano, Paula Mota Santos, Maria de Jesús Sanches, Jorge de Santiago y Ricardo Martín Valls. Hemos contraído una especial deuda de gratitud con Javier Costas Goberna, quien nos condujo a muchos petroglifos emplazados en las comarcas limítrofes de Galicia y Portugal, proporcionándonos además valiosas informaciones en una afortunada combinación de francés, inglés, castellano y gallego. Lara Alves y Thomas Dowson nos permi-
Se da cuenta de seis nuevos restos fósiles avianos procedentes del yacimiento del Pleistoceno medio de Ambrona y se ofrece una lista revisada de los taxones identificados hasta ahora en Torralba y Ambrona. También, a partir de los taxones que se han reconocido hasta ahora, se hace alguna indicación sobre las condiciones paleoecológicas de la región. El yacimiento de Ambrona recibe su nombre del pueblo Soriano en cuyo término municipal se encuentra (Fig. 1). Se halla en la vertiente izquierda del valle del río Masegar, a una altura poco superior a 1100 m.s.n.m. Existe en este yacimiento un conjunto lítico de factura Achelense (Howell, 1962; Biberson, 1964). Las asociaciones, tanto de macro como de micromamíferos, se corresponden con las del Pleistoceno medio (Pérez et alii, 1997). Los nuevos fósiles de aves se encontraron entre el material que extrajo C. Sesé deAmbrona para realizar su estudio de los micromamíferos de este yacimiento (Sesé, 1986). Las muestras fueron toma-C' O Departamento de Paleobiología. Museo Nacional de Ciencias Naturales. El artículo fue remitido en su versión final el 22-1-99. das durante las campañas que dirigieron RC. Todas proceden del Complejo Inferior deAmbrona; en particular, de las margas que se encuentran por encima de los niveles llamados "pavimentos" fluviales. Por tanto, las unidades de procedencia serían las comprendidas entre AS3 y AS6, formadas por materiales depositados en ambiente fluvio-lacustre (Pérez^ía///, e.p.). Tadorna sp. -tarro Material: Extremo proximal de una ulna derecha (Amb, ph,23). El tamaño del resto es superior al deAnas platyrhynchos. Se observa un olecranon más sobresaliente enMelanitta, Somateria yMergus que enTadorna, donde adquiere una forma muy redondeada. No se han encontrado diferencias entre los diseños morfológicos respectivos deZ tadorna y T.ferrugineaQn la porción de la ulna que se posee. Las dimensiones de ambas especies se solapan en la zona del rango de variación correspondiente a los valores más elevados (Woelfle, 1967). Las medidas del nuevo espécimen deAmbrona son grandes. Incluso la anchura diagonal proximal (DP) se situaría fuera del rango obtenido por Woelfle, si bien es cierto que no se deben generalizar los resultados del estudio de este autor porque la muestra de ejemplares de T.ferruginea con que trabaja es muy reducida. No se ha podido, en consecuencia, señalar la especie particular con las medidas del fragmento hallado (Tab. Medidas en centímetros de la ulna en Tadorna, según Woelfle (1967) (DP: medida desde el olecranon hasta el borde distal de la cotila externa. TP: medida desde el olecranon hasta el borde distal de la cotila interna). Anas cf. acuta L. 1758 -ánade rabudo Material: Mitad craneal de un coracoides izquierdo (Amb, ph II, 43-E, 13). Sólo carece del ápice del procoracoides. El coracoides es más robusto tnBranta. Se observa que en Tadorna el tubérculo craneal presenta un mayor desarrollo. Es el tubérculo ventral el que, no obstante, posee mayor peso discriminante, dado que es de mayor talla tnAnas que QnMergus, Netta yAythya; siendo prácticamente indistinguible en Melanitta. En los esqueletos que se utilizaron para la identificación de este espécimen, la fosa del canal trióseo es menos profunda en A. acuta que en A. platyrhynchos; pero el coracoides es poco distintivo y el fósil es muy fragmentario para apoyar en él una determinación específica precisa. El hueso es de mayor talla que la que se ha observado en A. penelope (Woelfle, 1967). El ánade rabudo es un invernante común, aunque poco numeroso, en costas y aguas del interior (Coronado ^ía/n, 1991). Material: Zona del manubrium del esternón (Amb, H 99/1 y H). Este resto procede de las extracciones que realizó C. Sesé. Mediante la configuración de la espina dorsal del manubrium se distingue con facilidad Anas de Melanitta, Netta, Somateria, Mergus, Tadorna y Bucephala, En Anas, es pequeña; en los otros géneros, o es notablemente más amplia o ha llegado a escindirse en dos y a desaparecer. Atendiendo al tamaño del espécimen, éste no debió de corresponder a las formas más pequeñas del género Anas. Material: Extremo craneal de escápula derecha (Amb, 1100/2). También procede del material que obtuvo C. Sesé. En Mergus, el acromion destaca más que en Anas y onNetta. Además, tnMergus se observa que el acromion se dirige más hacia el interior que en Somateria, en Melanitta y en Tadorna, de modo que en Mergus -también en Netta-el ángulo que forma esta prominencia con el eje central del hueso es muy agudo. La escápula alcanza en M. merganser una talla mayor que en M. serrator y M. albellus (WoelñQ, 1967). Material: Una diáfisis de húmero (Amb, ph, 47-G, 15) y una falange pedal (Amb, ph,6). Húmero: La sección del fósil y el aspecto general que ofrece se corresponden con Anseriformes. La especie se hallaría entre las que poseen una talla superior a la de Tadorna. Falange: Posee el diseño propio del grupo de los anseriformes. Por sus dimensiones (longitud máxima: 18.16 cm.; anchura horizontal máxima de la faceta proximal: 7.22 cm.; anchura horizontal máxima de la faceta distal: 5.93 cm.), esta falange se tendría que adscribir a un taxón de gran tamaño, similar a Anser. REGISTRO ORNITICO DEL CONJUNTO TORRALBA-AMBRONA Los yacimientos de Torralba y Ambrona están a una distancia de 3 km. el uno del otro; con escasa diferencia entre sus respectivas cotas; cada uno, en una vertiente del valle que forma el río Masegar. Hasta muy recientemente, se consideraba que la diferencia cronológica entre ambas localidades, si la había, sería pequeña pues las dos se encontraban en la misma posición morfoestratigráfica y presentaban las mismas secuencias estratigráficas (Butzer, 1965; Howell et alii, 1995; Santonja y Villa, 1990). Como resultado de los últimos trabajos, se ha subrayado la diferente posición geomorfológica de estos dos yacimientos, lo que implicaría distintas edades (Pérez González et alii, 1991 \ e.p.). No obstante, los elementos avíanos de ambas localidades parecen proceder de un mismo habitat y haber vivido bajo similares condiciones climáticas, por lo que para tratar de esto pueden ser considerados conjuntamente. La lista de aves que ofrecen HoweU et alii (1995) puede constituir un principio de confusión. La han confeccionado sumando los taxones de Aguirre y Fuentes (1969), los de Sánchez (1990) y los de una versión antigua del presente trabajo. Además, sin consultar el material fósil, han hecho una corrección a las identificaciones de Aguirre y Fuentes (1969), a consecuencia de la cual aparece cf. Tetrao urogallus en lista de Howell et alii (1995) y no se incluye el Gallus cf. aesculapii de Aguirre y Fuentes (1969). Lo cierto es que el estudio de Sánchez (1990) se realizó sobre el mismo material que el de Aguirre y Fuentes (1969). Tampoco habría que admitir la paleoespecie Anser subanser, descrita por Jánossy (1983) (para una discusión, véase Sánchez, 1990). Por todo esto, la relación completa de las aves de Torralba y Ambrona constaría, en mi opinión, de los taxones identificados por Sánchez (1990), junto con los correspondientes a los nuevos restos del presente trabajo: Torralba: Tadomaferruginea: fúrcula (E-9,95, B-5, Q 2479). Tadomaferruginea: ulna (ph, 16). Tadorna sp.: ulna (ph, 23). Anas strepera: coracoides (sin sigla). La inclusión de los nuevos taxones en la lista de las aves de Torralba y Ambrona no modifica sustancialmente los rasgos paisajísticos y climáticos que se esbozaron en Sánchez (1990). Las especies identificadas son propias de terrenos pantanosos, encharcados y de masas de agua de escasa profundidad. Especies buceadoras, como las contenidas en Aythya y en la familia Podicipedidae están ausentes de este registro ornítico. No existe, pues, constancia de aguas profundas en la región. Dos taxones aportados por este estudio, Anas cf. acuta y Mergus merganser, innto con M. serrator, alcanzan en la actualidad zonas europeas meridionales durante sus desplazamientos invernales. En España, la serreta grande es un visitante invernal raro, que frecuenta principalmente las costas o zonas adyacentes (Coronado et alii, 1991). Cuatro individuos de esta especie fueron observados por Bernis (1959) a comienzos de enero de 1959, en aguas interiores de la península ibérica, en el pantano El Rosarito, entre las provincias de Cáceres y Toledo. Una implicación climática interesante a resaltar surge con la presencia de P. porphyrio, pues este animal, de hábitos sedentarios, es incompatible con temperaturas frías (Díaz et alii, 1996). El hallazgo en una asociación de fósiles de especies indicadoras de condiciones climáticas o ambientales muy diferentes entre sí ha conducido, en muchos traba-T. P.,56, n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es jos, a negar que se tratara de especies componentes de una misma biocenosis, aduciendo la posibilidad, bien de mezclas de niveles sedimentológicos adyacentes, bien de bajas tasas de sedimentación, que explicarían que restos de biocenosis muy distintas, pero sucesivas, aparecieran juntos. Subyacía una fidelidad estricta al principio del actualismo, en el sentido de que los conjuntos faunísticos del Cuaternario -casi 2 millones de años-han de encontrar un paralelo con los de nuestros días. Una explicación alternativa, sin suponer mezclas de niveles ni de biocenosis se dio en Sánchez (1996). Los restos que ahora se incorporan a los previamente conocidos insisten en la interpretación de unas condiciones climáticas no muy distintas de las actuales, con la salvedad de que quizá era más lluvioso, pues la zona de estos yacimientos estaba influenciada por áreas pantanosas o lagunas (Sánchez, 1990;1996).
al aire libre y contar con la primera evidencia de actividad metalúrgica de época neolítica documentada en el Occidente de Europa, presenta un enterramiento colectivo sobre el que se centra este artículo. Los resultados del análisis antropológico indican la presencia de, al menos, once individuos inhumados, unos en posición primaria y otros desplazados. Se aportan las nuevas dataciones de carbono 14 que sitúan cronológicamente al enterramiento en la primera mitad del V milenio cal AC. La excavación de urgencia realizada en 1994 en Cerro Virtud de Las Herrerías puso al descubierto un enterramiento colectivo bastante singular dentro del patrón funerario conocido y aceptado para el Neolítico. En este artículo presentamos los datos disponibles relacionados con este enterramiento, con el fin de completar la información ya publicada (Montero y Ruiz-Taboada, 1996a,b). Somos conscientes que las pautas de actuación social y simbólica de la comunidad o comunidades que vivieron y murieron en Cerro Virtud obtenidas a través del análisis de sus restos tienen una influencia directa en la comprensión de los modelos de neolitización de la Península Ibérica, en general, y del Sureste, en particular. El yacimiento neolítico al aire libre de Cerro Virtud se sitúa en una pequeña hondonada o depresión entre la cima del Cabezo de Herrerías y una cota situada al oeste de la misma. El cerro esta formado por afloramientos metalíferos, cubiertos en su mayor parte por estratos de marga arcillosa. Los primeros habitantes (fase I) eligieron una depresión próxima a la cima. Su disposición favoreció el relleno sedimentario de la cubeta natural, que ha proporcionado una estratigrafía amplia en el corte B3 (9 niveles). A partir de un determinado momento (fase II), parte de ese mismo espacio, el más próximo al desnivel de la zona oeste formado por un afloramiento rocoso, se acondicionó para enterrar a los muertos de la comunidad. El uso funerario se mantuvo, como veremos más adelante, durante varios siglos para, finalmente, quedar cubierto por estratos de otra ocupación de época neolítica (fase III). Contemporáneamente al enterramiento parece desarrollarse una ocupación de habitat en otra cubeta próxima, en la zona donde se excavo el corte B2. La identificación de los primeros restos humanos durante la excavación en el corte B3 hizo necesaria una ampliación de los límites iniciales, que fueron denominados norte, sur, este y oeste, según la orientación geográfica (1). Tras la intervención, los perfiles resultantes, excepto el del lado norte, presentaban niveles alterados. Antes de comenzar la excavación parte de este enterramiento colectivo había sido destruido por diferentes remociones modernas, sin embargo, la fortuna permitió que se conservase lo suficiente para proporcionarnos una idea aproximada de sus características. Como ya se ha descrito (Montero y Ruiz-Taboada, 1996a,b) este espacio funerario no queda delimitado por ningún elemento estructural artificial. Aprovecha el desnivel de la roca en su parte suroeste, y la propia tierra de los niveles de la fase I cierran el espacio en su desarrollo este y noreste. No es posible decir como era el cierre en su parte norte, ya que es la zona más destruida. El vaciado del sedimento para acondicionar el espacio nos permite, por tanto, definirlo como fosa de enterramiento (Fig. 1). (1) Las dimensiones originales del corte B3 eran 3.1 x 2.5 m., con el lado mayor orientado E-0 y una desviación de 16" respecto al norte magnético. La fosa es de tendencia rectangular, con su eje mayor en dirección SE-NO. Los lados no son completamente rectos. A mitad de su desarrollo, sufre una inflexión hacia el norte, aparentemente de forma paralela a la variación que sigue la roca al otro lado. La longitud debió ser algo superior a los 4,5 m., pudiéndose estimar en unos 11 m^ la superficie total ocupada por el enterramiento. En sección se observa que el fondo no es plano, ya que el lado sur presenta un leve desnivel (entorno a 30 cm) y en general se produce un declive de SO a SE. El perfil norte de la fosa, el que cortó los niveles arqueológicos, es el único de tendencia recta ya que la roca en el sur no esta retocada y queda en pendiente (Fig. 1). Los únicos indicios sobre la cubrición son los restos de una viga de madera clavada en la roca [B3/ 32(1)] en la zona SE y restos de otra en la parte SO [B3/10W(2)], elementos insuficientes para permitir un techado vegetal de toda la superficie. El desnivel natural de la roca no favorece la disposición de elementos transversales estables. Tampoco existe una acumulación de piedras en superficie que sirvieran de indicador una vez rellenada la fosa. El nivel 5 de la fase III, que cubre toda la superficie de la excavación, cuenta con algunas piedras de gran tamaño, especialmente una de ellas en el borde del pozo circular moderno que atraviesa toda la estratigrafía, pero insuficientes para considerar siquiera la posibilidad de un túmulo. Únicamente se aprecia en la parte superior de la fosa de enterramiento (nivel 6) un ligero oscurecimiento del sedimento. La cubrición del enterramiento es un aspecto que se nos escapa, ya que como se argumentará más adelante, las inhumaciones se sucedieron en el tiempo. Ningún dato apoya que los enterramientos hubiesen quedado al descubierto o a la intemperie, ya que la acción de roedores, carroñeros y otros factores naturales habrían desarticulado los esqueletos que han aparecido completos. Un último aspecto a considerar es la presencia de un fuego. Se sitúa pegado a uno de los laterales y en torno a él parece ordenarse la colocación de los individuos. Su lado occidental esta delimitado por tres piedras, una de ellas un fragmento de molino, que lo separa de los pies del enterramiento B3.30; su límite norte es el mismo borde de la fosa, mientras que al este queda cortado por el pozo circular moderno ya comentado, por lo que desconocemos si hubo piedras que sirvieran también de separación con la teórica disposición del individuo B3.22(3). La zona sur carece de elementos delimitadores. El espesor del material de combustión oscila entre 8 y 10 cm. En él aparecen carbones de gran tamaño mezclados con ceniza gris. Se tomaron dos muestras para datación de C14 en capas separadas (B3.29 y B3.30) y una para su estudio antracológico. La única especie de madera identificada es el olivo (2). Todo el material padece un alto grado de erosión y mineralización, de forma que se ha acentuado su fragilidad una vez liberado de la matriz sedimentaria. Ello ha supuesto la inversión de un considerable esfuerzo para reconstruir la multitud de fragmentos recuperados durante los trabajos arqueológicos y maximizar la información que es posible obtener de ellos. La estimación del sexo se basa en la observación de la región sub-púbica (Phenice, 1969) y de la gran escotadura ciática y el surco preauricular. Para la valoración de estos dos últimos rasgos, así como de los más dimórficos en la morfología craneana -cresta occipital, apófisis mastoides, rebordes supraorbitals, glabela y eminencia mentoniana-se ha seguido el sistema de puntuación propuesto por Buikstray Ubelaker (1994:18-21). Para la estimación de la edad en aquellos casos donde se conserva la sínfisis púbica, se ha tenido en cuenta tanto el método de Todd (1921a, b), como el de Suchey-Brooks (Brooks y Suchey, 1990; Suchey y Katz, 1986). También se ha utilizado el sistema de Lovejoy (Lovejoy et alii 1985; Meindl y Lovejoy, 1989) ideado para registrar cambios relacionados con la edad en la superficie auricular. En la valoración de la edad de los individuos subadultos se han aplicado los intervalos de desarrollo y fusión de centros de osificación primaria y epífisis propuestos por Ubelaker (1984). Finalmente, se ha tenido en cuenta el grado de sinostosis craneal aunque, como advierte Masset (1989), se ha podido comprobar que la tasa de fusión varía en gran medida de un individuo a otro y sólo puede utilizarse de forma cautelar. En conjunto, la población estudiada comprende un número mínimo de 11 individuos (M.N.I.) El perfil demográfico se compone de un adolescente probablemente varón, un adulto joven, una adulta joven, una mujer madura, un hombre (2) El estudio antracológico ha sido realizado por la Dra. Paloma Uzquiano (CEH, CSIC). maduro y otro de la misma edad y probablemente del mismo sexo, un anciano y cuatro individuos más de sexo indeterminado y fallecidos en edad adulta. La ausencia de niños y niñas entre la población estudiada pone de relieve sesgos culturales en la exclusión de ciertos individuos respecto a las prácticas funerarias. Esta circunstancia, unida a lo reducido de la muestra imposibilita un análisis demográfico. Además de la identificación de los 11 individuos hay que citar la presencia de algunos huesos, que por si solos no determinan a un individuo diferenciado, y que podrían pertenecer o completar cualquiera de los enterramientos desplazados de su posición primaria ya considerados. Estos huesos se agrupan de la siguiente manera: CV-l2: Huesos de pies [CV94/B3/27-h29-h33] hallados en la zona próxima al hogar y sin adscripción posible a ninguno de los individuos allí localizados. Los elementos registrados corresponden a escafoides izquierdo y derecho, cuneiforme II izquierdo y derecho, MTl izquierdo, MT2 izquierdo y derecho, MT3 izquierdo y derecho, MT5 izquierdo y derecho, 5 fragmentos de huesos tarsianos, 2 falanges proximales y una falange medial. I): Fragmento mandibular y piezas dentales [B3/30(5)] recuperadas en el sector donde apareció el individuo CV-5, pero que no corresponden a éste (duplicados). Se trata de un fragmento del Lám. I. Conjunto de huesos desplazados [B3/30(5)] con restos mezclados de dos individuos (CV-5 y CV13) y un cuenco (Fig. 2.12), durante el proceso de excavación. arco alveolar izquierdo que conserva MI, M2 y M3 in sitM-Las piezas dentarias aisladas son Ply P2. En el examen de los individuos ha sido posible identificar algunos de los denominados rasgos epigenéticos o no-métricos que han sido utilizados en estudios filogenéticos. Su importancia reside en su capacidad para transmitirse hereditariamente y en la ventaja que suponen respecto a los indicadores métricos cuando la colección estudiada presenta un deficiente estado de conservación. -escotadura de Vastus en la rótula izquierda de CV-3; -apertura septal en el húmero derecho de CV-7; -cúspide de Carabelli en MI de CV-11. Pese a que su correcta evaluación exige disponer de una base de datos suficientemente amplia y en la cual sea posible dar cuenta de asimetrías, especificidades de un determinado sexo o correlaciones entre distintos rasgos, merece la pena señalar la importancia del hallazgo de una cúspide de Carabelli en la serie de Cerro Virtud. Este mismo rasgo ha sido documentado extensamente en yacimientos argáricos clásicos de la Depresión de Vera, tanto en la necrópolis de Gatas (3) como en las series de El Argar, Fuente Alamo y El Oficio. (3) BuiKSTRA, J. E. y HosHOWER, L. (1994): "Analítica de los restos humanos". En P. Castro, R. Chapman, S. Gili, P. González Mareen, V. Lull, R. Mico, S. Montón, C. Rihuete, R. Risch, M. Ruiz Parra, M.' ^ E. Sanahuja y M. Tenas: Proyecto Gatas: Sociedad y Economía en el sudeste de España c. Presentada a la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía: 339-403. Paleopatología -Indicadores de estrés sistémico El pésimo estado de conservación de la región posterior de la bóveda craneana en la serie estudiada ha impedido observar la incidencia de hiperóstosis porosa. No obstante, sí ha sido posible detectar la presencia de criba orbitalia en uno de los dos individuos que conservaban las órbitas del hueso frontal. Este rasgo se asocia a ciertas anemias hereditarias, deficiencias nutricionales generales, enfermedades infecciosas y/o parasitismo. Concretamente, tanto la órbita derecha como la izquierda de CV-2 exhiben una porosidad apenas discernible y cicatrizada antes de la muerte del individuo (puntuación "1/2" según Buikstra y Ubelaker, 1994, figura 106 a-b). Las hipoplasias lineares del esmalte (LEH), otro indicador normalmente utilizado para evaluar la calidad de la dieta y el estado de salud, carece de efectivos en la serie estudiada. Ninguno de los caninos inferiores (CV-2, CV-3, CV-5, CV-10) ni de los incisivos centrales superiores (CV-5) observables en su cara labial exhibe este tipo de microdefectos dentales. -Artrosis Pese a lo fragmentario del registro, ha sido posible constatar algunas afecciones de carácter artrósico en los siguientes individuos: CV-1: Lesiones localizadas en mano y muñeca en forma de osteofitos en todas las epífisis de las falanges observadas y de pulimento en el reborde de la cara articular carpiana del radio izquierdo. CV-2: La columna vertebral de este hombre, conservada muy fragmentariamente, presenta osteofitosis y destrucción del anillo anterior en un fragmento lumbar. También se ha constatado pulimento y deformación en la cara plantar de la articulación del dedo gordo del pie izquierdo. CV-3: Las lesiones en el poscráneo de este anciano afectan a las articulaciones del hombro (fosa glenoidea con pulimento en anillo anterior), cadera (destrucción del anillo externo, pulimento y osteofitosis en cavidad cotiloidea derecha), columna (labios y rebordes osteofíticos en vértebras torácicas y lumbares y osteofitosis y pulimento en apófisis articular superior del sacro) y tobillo (carilla articular calcáneo/as trágalo derecho). Aunque este cuadro suele asociarse a edades avanzadas, la rugosidad de las inserciones musculares en el borde la-teral de ambos húmeros podría indicar un estrés reiterado, especialmente en el codo derecho, cuya gravedad aumentó con la edad. -Patología maxilo-dentaria Ninguna de las 71 piezas dentarias, de las cuales 27 corresponden a molares, presenta caries. Tampoco se han detectado evidencias de abscesos o enfermedades peridontales en general, aunque sí un reducido número de piezas perdidas/?r^ mortem. Desde una perspectiva socio-económica, este panorama resulta interesante si se compara con el ofrecido por otras poblaciones que ven incrementados los problemas de salud bucal con la adopción de la agricultura como principal estrategia de subsistencia (Cohen y Armelagos, 1984). Cabe señalar algunas anomalías interesantes detectadas en dos de los individuos analizados: II): La tuberosidad del maxilar superior derecho presenta una exostosis de carácter patológico, quizás asociable a las lesiones artrósicas detectadas en la articulación temporomandibular derecha, que afectan no sólo a la cavidad glenoidea del temporal, sino que incluyen también la deformación de la superficie articular del cóndilo mandibular. Resulta imposible saber si este cuadro patológico aparece bilateralmente, dado que no se han preservado las estructuras del lado derecho. No obstante, el desgaste anómalo del primer y del segundo molar inferior izquierdo pueden ofrecernos alguna pista. La superficie oclusal de MI exhibe una acanaladura inclinada en las cúspides mesiales que alcanza la raíz en la cara bucal de la pieza. Por su parte, M2 muestra el mismo fipo de desgaste en forma de acanaladura, esta vez ubicada mesio-dis-Lám. Cráneo con dos vasijas del enterramiento B3/22 (CV-1). T. P., 56, n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es talmente y con una inclinación que ha arrasado completamente la corona en la cara distal de la pieza y llega a alcanzar la raíz. CV-10: La articulación temporomandibular derecha muestra igualmente lesiones artrósicas en forma de pulimento y ensanchamiento de la superficie articular en la cavidad glenoidea. También se detecta un patrón de desgaste anormal en la dentición superior e inferior. La superficie oclusal del segundo y tercer molar inferior izquierdo presenta una acanaladura en dirección buco-lingual que implica la destrucción de las cúspides distales en 3M y las mesiales en 2M. Por otra parte, el primer y el segundo premolar superior derecho también padecen una deformación oclusal anómala: en ambos se documenta destrucción de la corona en sentido buco-lingual alcanzando la raíz en la cara lingual. Por tanto, aunque las piezas molares del lado derecho no se conserven, cabe suponer que se encontrarían igualmente afectadas, dado el juego oclusal que implican los premolares estudiados. El cuadro descrito en ambos casos no puede vincularse al desgaste mecánico producido por los procesos masticatorios. Su explicación puede residir en el uso o producción de ciertos artefactos (Buikstra y Ubelaker, 1994: 58), como el acarreo de pesos mediante correajes sustentados en la mandíbula, la realización de trabajos de cestería, trenzado de fibras o curtido de pieles, todas ellas documentadas etnográficamente. La bilateralidad observada en CV-10 permitiría entender desde esta misma perspectiva el estrés en la articulación temporo-mandibular de ambos individuos, y quizás también la exostosis de la tuberosidad maxilar en CV-1. En este último caso, las actividades realizadas pudieron ser responsables de los vestigios osteoartrósicos detectados en la mano izquierda {vid supra ). Dado el interés de este tipo de evidencias para investigar las prácticas sociales del pasado se ha tomado una muestra de la región afectada en CV-1 para someterla a un análisis de microscopía electrónica de barrido (SEM), a fin de intentar averiguar qué tipo de material ocasionó estas deformaciones. -Periostitis El único caso documentado corresponde a CV-3. En la cara lateral, medial y superior de la diáfisis de la tibia derecha, así como en la cara posterior de la diáfisis de la tibia izquierda aparecen zonas con una porosidad ligera. Este trastorno responde a un proceso infeccioso de carácter inde-terminado (Steinbock, 1976) que aconteció tiempo antes de la muerte del individuo. Consideramos sólo las vasijas cerámicas completas o reconstruibles como parte del ajuar funerario. El resto del material recuperado pudo ser aportado como parte del relleno sedimentario sin intencionalidad de deposición. La ubicación del enterramiento en una zona de habitat previo y la ausencia de estructuras complementarias que impidiesen una mezcla natural (accidental) de materiales han sido determinantes en la formación del registro excavado en esta fosa. Quizás una parte de la industria lítica, compuesta mayoritariamente por restos de talla, núcleos y lamínitas de sílex, pudo ser depositado junto a alguno de los inhumados, pero durante la excavación no se detectó ninguna asociación clara de proximidad de este material con los enterramientos primarios. La opción, tal y como se documenta en enterramientos colectivos de época posterior en la zona, no es descartable pero no contamos con ninguna base para mantenerla, ni es posible discriminar que parte de ellos son debidos al depósito natural y cuales a una deposición intencionada, debido a la remoción de restos producida durante el enterramiento de nuevos individuos. Los escasos adornos, entre los que hay 4 cuentas circulares en piedra, otra en concha y 2 pequeñas conchas con perforación (4), no permiten deducir la existencia de ningún collar. Otras cuentas han sido recuperadas, también en escaso número, en las fases I y III, por lo que tampoco es posible afirmar su pertenencia al ajuar. Solamente una de las cuentas [B3.30(5).6] estaba directamente asociada a un conjunto de huesos humanos. Cabe suponer también una presencia accidental a lo nueve pequeños fragmentos de brazalete, 8 de piedra caliza y uno de concha sobre valva de Glycymeris sp.,y a. un punzón en hueso. Predominan los vasos o tazas y, en gene-(4) Se trata de cuentas sobre Columbella rustica. La identificación y estudio de la industria ósea y malacológica ha sido realizada por Ruth Maicas y Concepción Papí (Museo Arqueológico Nacional). (5) En la excavación de 1995 codirigida por Antonio Díaz Cantón e Ignacio Montero aparecieron en la ampliación del perfil W (corte B7) otras 4 vasijas sin decoración (tres cuencos y una olla con gollete). Los restos humanos recuperados parecen completar los del individuo CV-8. ral, pequeños recipientes (Fig. 2), siendo la excepción, tanto en forma como en tamaño, las asociadas aB3.18S(2). De los siete cuencos, cinco presentan una sola asa, ya sea vertical u horizontal. De estos, dos son hemiesféricos y otros dos de perfil en "S" con el borde ligeramente vuelto y marcado (Bernabeu, 1989: 23), el restante es de tendencia globular. El sexto es globular y con un solo mamelón cónico como elemento de prensión y el séptimo es hemiesférico sin elementos de prensión. Otras dos vasijas entrarían en la categoría de vasos simples (microvasos en la clasificación de Bernabeu) por su forma de tendencia cilindrica y base convexa. En el grupo de ollas se clasifican tres ejemplares. Dos de ellos de forma globular y un asa en disposición horizontal. En ambos casos el borde esta ligeramente engrosado. En la olla B3.27.9 su estado de conservación es muy malo debido a una cocción deficiente, sin que haya podido reconstruirse la zona de la base. La tercera olla (que encajaría en el grupo de recipientes con cuello de Bernabeu) tiene cuello reentrante y al inicio del cuerpo dispone de dos asas horizontales de forma apuntada, unidas por un leve cordón o moldura irregular. En la zona central del cuello se disponen tres perforaciones alineadas horizontalmente, y realizadas de fuera hacia adentro. Apareció aplastada sobre el tórax del individuo B3.18S(2), y a diferencia del resto de piezas presenta un tratamiento externo de mayor calidad (espatulado). La vasija de mayor tamaño pertenece al grupo Xn.2 de anforoides o cántaros de Bernabeu (1989: 31). En la parte conservada no hay elementos de prensión, aunque pudieran haber estado en una posición más baja del cuerpo, tal y como ocurre en un ejemplar de la Cova de les Cendres (Bernabeu, 1989: Fig. IL 15.1). En nuestro caso se depositó de pie, ya fracturada de manera intencional, entre las piernas y el cuerpo del individuo B3.18S(2). Por último nos queda una cazuela carenada sin paralelos en los modelos de Bernabeu (1989), pero con cierta similitud en ejemplares de la Cueva de Nerja (Pellicer y Acosta, 1986: 395, 397). La inflexión se produce en la zona media-alta de la pieza, siendo poco reentrante la parte superior. La vinculación de estas vasijas con los individuos es relativamente limitada ya que en sentido estricto solo en los conservados en posición primaria es posible asegurar su relación directa, a pesar de que algunas de ellas hayan aparecido junto a huesos desplazados. De los tres inhumados que reúnen estas'características, uno de ellos (B3.30) carecía de ajuar. La mujer B3.22(3) tenía junto al occipital dos cuencos con una sola asa, es decir el tipo de vasija más común en el conjunto del enterramiento. El varón anciano B3.18S(2) es claramente diferente al resto de inhumados en el número (5), tipo (ollas y vasijas) y tamaño (mayor capacidad) de vasijas asociadas. Junto a él aparecieron las únicas cerámicas de mayor tamaño de todo el enterramiento, diferenciándose del empleo de cuencos en el resto. Las ollas estaban a los pies, mientras que la gran vasija se coloca entre las piernas y el tórax. Sobre éste aparecen fragmentadas un cuenco y una olla con cuello de menor tamaño. En un artículo anterior (Montero y Ruiz-Taboada, 1996a) se encuadraba el yacimiento dentro de un tradicional Neolítico Medio, o en el Neolítico IB2 de la secuencia de Bernabeu (1989: 136). En aquel momento, el material cerámico y dos fechas de C14 avalaban tal propuesta. Ahora disponemos, de una serie más amplia de dataciones que confirman la cronología del enterramiento. Gracias al interés mostrado por el Dr. Vicente Lull en los momentos iniciales del descubrimiento se concretó la posibilidad de realizar tanto el estudio antropológico como la datación de restos óseos y carbones de Cerro Virtud. Estos estudios han sido integrados, y por tanto financiados, por el proyecto que él ha coordinado (6) (Castro et alii, 1998). Otra parte de las dataciones han podido efectuarse gracias a una subvención económica concedida en 1997 por la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía. Estos son los resultados obtenidos: Fragmentos de costillas de un hombre de 35-45 años de edad. Viga de madera carbonizada de un hoyo de poste en la zona del enterramiento. Carbones de olivo del nivel inferior del hogar del enterramiento. Fragmentos de madera de olivo quemada en el hogar del enterramiento. Calcáneo derecho de un individuo probablemente masculino de 14-15 años de edad. Diáfisis del Fémur Derecho de una Mujer de 35 a más de 50 años de edad. Fragmento de viga de madera carbonizado, identificada como Pinus halepensis, que apareció en el extremo de la zona del enterramiento, junto a unos huesos de extremidades de un adulto. El hogar cuenta con dos muestras, analizadas en distintos laboratorios, cuyos resultados son estadísticamente semejantes por lo que pueden agruparse en una sola fecha, estableciendo una calibración conjunta, que aumenta su precisión: 5880± 49 BP (3930 a.C.) o 4900-4620 cal AC A la vista de estos resultados y fijando márgenes de probabilidad amplios podemos acotar el periodo de enterramientos entre el 5100-4500 cal AC (Fig. 3). Ello no quiere decir que durante esos 6 siglos se practicaran las inhumaciones. Seguramente el tiempo de funcionamiento fuera más breve, ya que la probabilidad de que la cronología más antigua y la más moderna sean ambas correctas a la vez es muy baja. Aunque sabemos que los enterramien- tos se produjeron en momentos distintos y sucesivos es difícil determinar cuánto tiempo transcurrió entre el primero y el último de ellos. COMENTARIOS SOBRE EL RITUAL Cerro Virtud presenta unas pautas funerarias muy diferentes a las consideradas como normales para la zona (Sureste) y época (Neolítico Medio): enterramiento colectivo en fosa dentro de un habitat al aire libre. Si bien, es verdad que los datos reales que han sustentado una idea diferente, enterramientos individuales en cistas o dentro de cuevas, son muy limitados. Esa visión estaba condicionada por el desconocimiento hasta principios de los años 80 de la existencia de un habitat al aire libre en el V milenio cal AC y en consecuencia por la ausencia de excavaciones sistemáticas que pudiera indicar que, al igual que en las cuevas, el espacio funerario era compartido con el habitat. Además, los enterramientos en cuevas, cuando estaban suficien- Estas inhumaciones, en las que el individuo se colocaba generalmente en posición encogida y a veces rodeado de piedras, parecían seguir la tradición funeraria de época epipaleolítica, siendo el mejor exponente de esta situación la Cueva de Nerja (PelliceryAcosta, 1997: 154-157). Sin embargo, en los últimos años los datos disponibles nos muestran una mayor variedad de rituales funerarios en momentos premegalíticos. En el Sureste contamos con algunos datos poco precisos. Así, en la Molaina de Pinos Puente, yacimiento al aire libre, se mencionan restos humanos, aunque al tratarse de material de superficie desconocemos los detalles sobre su carácter individual o colectivo (Sáez y Martínez, 1981: 31). El enterramiento dentro de áreas de habitación al aire libre aparece también en los Castillejos de Montefrío. Aquí, dentro de la fase III, fechada tentativamente entre el 3500-3200 a.C, sin referencia a ninguna datación radiocarbónica, se realiza una fosa sobre niveles anteriores donde se identificaron''abundantes restos humanos, algunos articulados, pero sin deposición cuidada!' Por la descripción parece deducirse la presencia de varios individuos dentro de una misma fosa, situación en cierto modo similar a la observada en Cerro Virtud. Aún podemos citar otro hallazgo singular de enterramiento colectivo dentro de un habitat al aire libre. Se trata del Polideportivo de Martos, yacimiento perteneciente a un momento más avanzado dentro del Neolítico que los ejemplos anteriores (7). En este caso se inhumaron 5 individuos en posición flexionada lateral y dispuestos en torno al perímetro de una fosa circular. No llevaban ajuar funerario o al menos no pudo ser identificado y parece claro, según sus excavadores, que se enterraron en momentos diferentes. La aparición de inhumaciones colectivas en espacios diferenciados del habitat se muestra también como una práctica anterior al megalitismo. Bernabeu (1989: 157-58) llamaba la atención sobre este hecho, no sólo en el País Valenciano, sino dentro de un ámbito cultural mediterráneo. Al ejemplo de la cueva natural de Caune de Bélesta (Pirineos Orientales, Francia) fechada en 5640 ± 120 BP (Ly-3302) (8), puede añadirse el uso funerario exclusivo de la Cova de TAvellaner (Les Planes d'Hostoles, Girona) perteneciente a un momento epicardial (9) (Bosch y Tarrus, 1990), y varias cavidades más con inhumaciones múltiples en Cataluña (10) datadas dentro del V milenio cal AC (Molist et alii, 1996: 285). Otro lugar en cueva con formas diversas de enterramiento es Algar do Bom Santo en Portugal, fechado hacia el 5500 BP (Duarte y Arnaud, 1996; Jackeseía/n, 1997). Más reciente es el enterramiento de 5 individuos aprovechando la curvatura natural del abrigo de El Milano (Muía, Murcia), fechado hacia el 5320 BP (VV. Es precisamente en este momento del último tercio del VI milenio BP, en fechas de radiocarbono, o en la segunda mitad / último tercio del V milenio cal AC cuando se detectan por toda la fachada atlántica las primeras construcciones de megalitos (11). A partir de este momento se construirían los denominados rundgraber de planta circular en el área del Sudeste, cuya cronología en el Neolítico Final, claramente anterior al Calcolítico, empieza a ser aceptada. A la luz de todos estos nuevos datos puede reivindicarse cierta verosimilitud en las descripciones de Gongora (1868) sobre las inhumaciones de la Cueva de los Murciélagos de Albuñol (Granada). Las últimas dataciones (Csícho et alii, 1996) sitúan los materiales asociados a esos enterramientos en un momento sincrónico a Cerro Virtud, es decir primera mitad del V milenio cal AC. No podremos saber nunca con certeza a cuál de los diferentes enterramientos pertenecían los objetos de esparto datados, pero la mayor parte del material hasta ahora estudiado se asocia al Neolítico. (11) Una revisión de las cronologías a partir de los diferentes artículos recogidos en las actas del Coloquio Internacional de megalitismo (Rodríguez Casal, 1997) nos lleva a observar esa coincidencia, desde el dolmen de Alberite en Cádiz a los dólmenes de Galicia, Norte de Portugal, Meseta Norte y toda la cornisa cantábrica. El registro arqueológico de estos momentos del V milenio cal AC no presenta una pauta claramente dominante en el modelo funerario premegalítico: enterramientos individuales o colectivos, en cueva o al aire libre, diferenciados o no del espacio doméstico, con estructuras o preparación más o menos complejas, con una ordenación diferente del espacio y de la disposición de los inhumados en aquellos con carácter colectivo, con o sin elementos de ajuar, etc. Es necesario, pues, profundizar en esta realidad, analizar con detalle las variaciones y similitudes entre estos rituales y sus ajuares asociados, desentrañar su significado social y conectarlo con ese cambio que en las relaciones sociales internas y extemas desencadena la neolitización. Se trata de una situación generalizable a otras zonas peninsulares y europeas contemporáneas, en las que se detectan pautas funerarias diversas previas al fenómeno megalítico, con ejemplos incluso de sepulturas colectivas desde el Mesolítico (Jackes et alii, 1997b: 642; Cauwe, 1998).Aceptar esa diversidad nos permitirá un enfoque más acertado sobre como estas sociedades empiezan a definir sus nuevas relaciones con el entorno físico y cómo se organizan socialmente, en un proceso que desembocará finalmente en un modelo generalizado de enterramientos colectivos de carácter megalítico y en un incremento de la complejidad social. No parece que estos cambios funerarios y su coexistencia respondan a la llegada de nuevas poblaciones, responsables en última instancia de la introducción de la economía productora según las propuestas del modelo de difusión démica (Ammermann y Cavalli-Sforza, 1984; Cavalli-Sforza^r (2///, 1993) y en nuestro caso particular del modelo dual (Bernabeu, 1996: 38-39). Los últimos estudios antropológicos y genéticos de las poblaciones mesolíticas y neolíticas (Jackes et alii, 1997a,b) Tiempo. La secuencia en los Castillejos de las Peñas de los Gitanos (Montefrío, Granada)". BERNABEU, J. (1989): La tradición cultural de las cerámi-cas impresas en la zona oriental de la Península Ibérica, Serie de Trabajo s Varios, 86. Servicio de Investigación Prehistórica. Diputación Provincial de Valencia. -( 1996): "Indigenismo y migracionismo. Aspectos de la neolitización en la fachada oriental de la Península Ibérica".
PROYECTO DE EXCAVACIÓN Y RESTAURACIÓN EN DÓLMENES DE ALCÁNTARA (CÁCERES). SEASON PRIMITIVA BUENO RAMÍREZ (*) RODRIGO DE BALBÍN BEHRMANN (*) ROSA BARROSO BERMEJO (*) ANA BELÉN CASADO MATEOS (*) M/ AMPARO ALDECOA QUINTANA (*) La continuación de los trabajos de excavación y consolidación en los dólmenes del término de Alcántara, permite matizar y enriquecer los datos de la primera campaña. El grupo de Alcántara se confirma como de alto interés. De resultar completamente inédito por lo que se refiere a sus materiales y a la presencia de grafías megalíticas, se dibuja ahora como especialmente rico, con ajuares bien conservados. La situación de los mismos, su calidad y variedad de materias primas nos permiten proponer una serie de cuestiones sobre ubicación de los depósitos funerarios y, desde luego, sobre la capacidad económica de unos grupos sociales que se suponían pobres, retardatarios y marginales. Esta sección sobre novedades arqueológicas de la revista Trabajos de Prehistoria, nos permite dar a conocer los resultados de la segunda campaña de trabajos de documentación arqueológica y restauración de monumentos megalíticos en Alcántara (Cáceres). Con anterioridad (Bueno Ramírez et a///, 1998) habíamos expuesto los primeros datos de un conjunto dolménico prácticamente inédito que nos reservaba grandes sorpresas. De los trabajos realizados en la campaña del 97 presentamos un desarrollo mayor en el informe preceptivo entregado a la Junta de Extremadura y en un artículo en el que se detallan los métodos y resultados de la excavación de los dólmenes de Maimón I y 11 y del dolmen de Juan Ron I (Bueno Ramírez et alii, e.p.). Esperamos que aparezca próximamente en la revista Ibn Maruan de Evora, en esa política de inter-cambio cultural y personal que muchos arqueólogos españoles y portugueses tenemos interés en promocionar. UBICACIÓN DE LOS MONUMENTOS. TERRITORIOS MEGALÍTICOS EN LA CUENCA ALCANTARINA DEL TAJO En nuestro trabajo anterior (Bueno Ramírez et alii, 1998: fig. 1) mostrábamos un mapa de situación de los dólmenes localizados en término de Alcántara a tenor de los datos procedentes de los diversos autores que se han ocupado del tema (Bueno Ramírez, 1987,1994; Guillen Uterino, 1983; Montano, 1987). Esto nos permitía incidir en la situación geográfica de un grupo dolménico desconocido, uno de cuyos máximos intereses estriba en su patente relación topográfica, cultural y arquitectónica con los conjuntos dolménicos documentados en la ribera portuguesa del río Tajo (Cardoso et alii, 1997). Nuestros colegas portugueses han detectado en los últimos diez años más de 60 sepulturas megalíticas, algunos menhires, rocas decoradas y restos de habitat al aire libre (Henriques et alii, 1993). La zona de la que hablamos está mediatizada por la red hidrográfica del Tajo, río que en el mencionado sector corre fuertemente encajado en una fosa excavada en materiales paleozoicos que da a lugar abruptas laderas, configurando un paisaje agreste con orillas poco benévolas para el desarrollo de actividades humanas que, aún hoy, es difícil de traspasar. A veces, entre la penillanura y el fondo el cauce del río hay hasta 200 m. de desnivel (Marünez de Pisón, 1977). El principal paso se encuentra en el actual puente de Alcántara, de origen romano, aunque se conocen otros vados. No obstante, es de destacar que los megalitos ocupan el territorio próximo a las riberas del Tajo, no necesariamente sus zonas vadeables. Los que hemos excavado en esta campaña, Trincones 1 y 2 y toda la necrópolis anexa, se sitúan precisamente en las proximidades de las riberas más abruptas presididas por el Castro de Castillejo de la Orden (Esteban Ortega et alii, 1988) fechado en la II Edad del Hierro por sus investigadores, pero en el que nos descartamos una ocupación más antigua de carácter calcolítico a tenor de algunos materiales documentados en superficie. Los ríos Salor, Alagón y Erjas completan la mencionada red hidrográfica asentada sobre piza- rras, terreno de una impermeabilidad notoria que hace que éstos vayan aumentado en caudal a lo largo de sus cursos. Traspasados los sectores de ribera, el paisaje se caracteriza por una planicie apenas accidentada en la que dominan pizarras y granitos. Forma un continuum entre Alcántara, Garrovillas, Trujillo y Cáceres (Bodega Fernández y Gutiérrez Ronco, 1978). Este es uno de los hechos más representativos del relieve del occidente peninsular y en dicha planicie, por lo que al término de Alcántara se refiere, se localizan la mayor parte de los dólmenes hasta hoy documentados, junto con un par de yacimientos de grabados al aire libre (Montano Domínguez e Iglesias Alvarez, 1988) que nos hacen sospechar la extensión del conjunto portugués del Tajo. La generalidad de los sepulcros no sobrepasa los 300 m. de altitud sobre el nivel del mar, al igual que sucede en otros conjuntos megalíticos próximos como Santiago (Bueno Ramírez, 1994:43) y Valencia de Alcántara (Bueno Ramírez, 1988: 187), en España o los megalitos de la Beira interior portuguesa (Cardoso et alii, 1991 \ 201). El término de Alcántara comparte la misma base geológica con la presencia de pizarra en su sector meridional que se extiende hacia los términos de Herrera, Santiago y Valencia de Alcántara y hacia los de Cedillo y Brozas. Hacia el norte, predominan granitos lo que se traduce en monumentos fundamentalmente realizados en este material, como el dolmen de la Puente o el que tenemos previsión de excavar en la campaña de 1999, de los Marvanes. A veces, el granito aparece mezclado con lastras cuarcíticas como en el conjunto del Retamar que también proceden del sustrato geológico de la zona. La reconstrucción del aprovechamiento de suelos se basa en los mapas actuales que delimitan, en la zona meridional de la localidad, terrenos de labor extensiva sobre suelos pobres y pastizal que se dibujan como una mancha alargada y flanqueada al Oeste por terrenos de matorral en los que aún no hemos documentado ningún dolmen. Esta dedicación se diluye en el sector norte de Alcántara con base granítica, en favor de terrenos de labor intensiva con mejores suelos, y algunos núcleos de pastizal que coinciden bien con la situación del Menhir del Cabezo y dólmenes próximos (Bueno Ramírez et alii, 1998; fig. 1). La mancha de terre-no de labor extensiva alcanza hasta Piedras Albas (Bueno Ramírez, 1987a), municipio menos prospectado pero del que también conocemos noticias que permiten sospechar una ocupación megalítica (Fig. 1). No hay que olvidar que los únicos datos polínicos de que disponemos nos hablan de dehesas dedicadas a pasto en los sustratos pizarrosos como el de Santiago de Alcántara y en los suelos con base granítica como los de Valencia de Alcántara (Lopez, 1994:97-98) y de una mayor humedad como indicaría la presencia de Castaño en los sepulcros de Retamar (Guillen Oterino, 1983). Estos datos acercan más las posibles explotaciones de uno y otro territorio, siendo el pasto -más o menos proteico-y los cultivos, la dedicación tanto de unos como de otros. Con los datos actuales, no nos parecen sostenibles las hipótesis que inciden en diferencias muy marcadas (Oliveira, 1997: 360) que creasen una "frontera" entre las tierras con sustrato geológico granítico, y las de sustrato pizarroso. La ocupación generalizada de estos territorios, con mayores o menores posibilidades agrícolas y de pasto, nos parece más en relación con el aumento demográfico constatado a partir de la transición IV/ III milenio a.C. en todo el Suroeste, que empuja a grupos que necesitan gran cantidad de tierras para su aprovisionamiento, a ocupar todo el terreno disponible. Las áreas de aprovisionamiento de materias primas utilizadas para la construcción de los dólmenes están muy próximas. Nos referimos evidentemente a pizarras, granitos y cuarcitas. Respecto a las que hemos documentado formando parte del ajuar habría que diferenciar entre la industria tallada en sílex, pizarra, cuarzo y cuarcita que igualmente creemos de procedencia próxima, los gabros dioríticos u olivínicos y dioritas sobre los que se ha realizado una industria pulimentada de gran calidad, materias en general extraíbles en contextos graníticos y la inmensa variedad de materias primas documentadas en los elementos de adorno y en las placas decoradas, que merecen un capítulo aparte. Los adornos componen un amplio conjunto de cuentas de collar de variadas tipologías, colgantes e incluso restos de un brazalete y sus materias primas engloban desde la pizarra de la última pieza señalada, hasta una enorme variedad de piedras de color. La famosa piedra verde está presente, ya sea en sus versiones más compactas tipo variscita, ya en sus versiones más translúcidas, tipo jadeíta, como las documentadas en el ajuar de los sepulcros T. P., 56, n."l, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es próximos de Garrovillas, conservado en el Museo de Cáceres (Bueno Ramírez 1994: 66). Hay algunas piezas de azabache de muy buena calidad que nos remiten a ejemplares localizados en las excavaciones de Valencia de Alcántara y, como entonces señalábamos, a zonas de extracción de Zamora o del Norte de la Península Ibérica (Bueno Ramírez, 1988: 175, 182, 205). En la actualidad estamos aún en una fase de estudio de todo este material, pero las apreciaciones que podemos extraer a simple vista nos permiten esbozar la idea de que en Alcántara se concentran grupos humanos con capacidad importante de intercambio de materias primas de prestigio, con lo que esto supone a la hora de valorar el contexto social y cultural de estas gentes. Las placas decoradas, además de estar realizadas en esquisto, la materia prima más corriente en estas producciones, poseen ejemplos en arenisca de forma y tratamiento muy similar al de casos portugueses próximos, e incluso en calizas de color blanquecino y aspecto blando que igualmente conecta estos ejemplares alcantarinos con las del próximo sector beirano. La mayor parte de los ajuares recuperados hasta el momento pertenece a momentos de Calcolítico pleno, siendo la cerámica campaniforme, incisa y lisa, la defínitoria de esta cultura en los contextos dolménicos a los que nos referimos. El metal en esa época es sobradamente conocido en la Extremadura española y la zona de Alcántara no constituye una excepción. En la campaña de 1997 documentamos una placa metálica asociada al depósito campaniforme liso de Juan Ron I (Bueno Ramírez^í a///, 1998: 177) que nos ratifica en dicha idea. Las fuentes de aprovisionamiento de metal, concretamente cobre, de este sector se localizan en Plasenzuela en las proximidades de Cáceres y, siguiendo el Alagón, en las Hurdes o, más al Norte en Zamora -lugar del que podría proceder la variscita-o, hacia el interior, en la sierra del Guadarrama {Mapa Metalogenético de España). A ello hay que añadir los vestigios de estaño del sector Piedras Albas-Garrovillas-Arroyo de la Luz-Cáceres (Florido Laraña, 1987: 31-88). No hemos de olvidar las posibilidades de una explotación local de placeres fluviales áureos (Sánchez Palencia, 1989:48), algunas de ellas constatadas a orillas del Salor (Florido Laraña, 1987: 90-94), que creemos de gran interés para explicar parte de las posibilidades de excedente que parece generar este conjunto social. EXCAVACIÓN Y CONSOLIDACIÓN DE LOS SEPULCROS DE TRINCONES. En la finca de Trincones se conocían desde las primeras prospecciones de Femando Tostado (Bueno Ramírez et alii, 1998: 172) dos arquitecturas muy próximas. En algunas referencias, dichos monumentos aparecen recogidos como Los Castillejos. El planteamiento general de nuestro trabajo partía de la base de la evidente relación topográfica entre uno y otro dolmen, por lo que los cortes se realizaron en conjunto, con un mismo Punto Cero (P.O.) con objeto de tener un análisis global de ambos monumentos. La mencionada diferencia volumétrica se corresponde claramente con la nítida diversidad del perímetro y alzado de ambos túmulos (Fig. 2). En Trincones 1 trazamos un corte de 13 m. (N/S) que, posteriormente, fue ampliado, y al Este otro en Trincones 2 de 5 m. Entre ambos, cuadriculamos una zanja intermedia con objeto de averiguar si existía algún resto de habitación o de cualquier otra actividad, que resultó completamente improductiva. Los cortes mayores se dividieron a su vez en subcuadrículas con referencia a Cámara, Corredor, Túmulo yAtrio. Excavamos levantando capas de 5 cm. Los objetos se numeran correlativamente y se guardan en un recipiente propio con una ficha individualizada que incluye su lugar de procedencia, capa de la que se ha extraído, situación en la cuadrícula y cota respecto al P.O. De todo el proceso se levantan planos y se toma documentación gráfica en diapositiva color, Polaroid y en video, soportes que permiten su tratamiento por ordenador. El monumento 1 se presenta como una cámara con corredor largo, atrio abierto y túmulo com- puesto por piezas de pizarra de tamaño medio y delimitado por piezas mayores situadas en sentido vertical o pseudo vertical. El dolmen estaba prácticamente cubierto por la construcción de un chozo moderno y aunque podía verse algo del desarrollo del corredor, el recorrido total de éste, la presencia de atrio y la delimitación completa del túmulo han podido conocerse con los trabajos de excavación. El monumento 2 se sitúa a escasos 10 m. al este del anterior y es una cámara de pequeño tamaño rodeada por un túmulo igualmente reducido. La altura máxima de los ortostatos de pizarra de la cámara es de 1,05 m., su diámetro es de 1,40 m. y el contorno tumular tiene un diámetro de 5 m. Parte de este contorno conserva restos de una delimitación pétrea como la del monumento mayor. Trincones 2 estaba mal conservado y sus ortostatos habían sido removidos. Esto explica la escasez de material localizado, prácticamente en su totalidad piezas talladas de pizarra, que quizá permanecían aún en la cámara porque no se les dio ningún valor por parte de los destructores del monumento. Frente a la pobreza de resultados de la excavación deTrincones 2, Trincones 1 se reveló como un monumento de importancia, con un ajuar excepcional, una parte importante del cual se encontraba m situ, y con grabados megalíticos como los que documentamos en la campaña de 1997 en otros dólmenes del término (Bueno Ramírez ^í a///, 1998: 179). Para delimitar el contorno de la Cámara comenzamos por levantar la acumulación de piedra mencionada. Tomamos cotas de la cámara tras esta limpieza y realizamos una planta de Superficie del monumento. Las tres primeras capas que levantamos a continuación demuestran lo afectado que ha quedado este sector del monumento con la realización del chozo. Aparecen muchas piezas de pizarra de tamaño medio, que creemos pertenecen a la construcción moderna, y entre ellas algunas piezas del ajuar. En la primera capa, éstas son muy escasas, en la segunda poseen el interés de albergar un fragmento de campaniforme y en la tercera, abundan de modo notable. Precisamente al limpiar esta capa 3 de la Cámara, se dibuja el extremo de dos lajas de pizarra que nos aconsejan establecer un nuevo nivel y separar los materiales. Agrupamos, pues, las primeras capas en un Nivel I de acumulación de restos que no se encuentran in situ y que interpretamos como resultado de la remoción del nivel posterior o Nivel II (Fig. 3). La interpretación cronológica de este primer base y podemos levantarlos. Es apreciable una cantidad mayor de materiales que en el Nivel I, con una incidencia notable de puntas de flecha, las cuales tienden a situarse junto a los ortostatos. Son abundantes también los hallazgos de cuentas de collar y comenzamos a localizar algún pulimentado. No tenemos la certeza de que los materiales de este Nivel II estén in situ. Aún así hay argumentos para pensar que nos encontramos ante un resto de nivel original de deposiciones, algo mezclado por la propia caída de la parte superior de los ortostatos que hemos mencionado y por el agujero realizado en época reciente en el sector C4 de la cámara, remociones explicables por la construcción de la cabana. El levantamiento y despeje de los fragmentos de los ortostatos coincide prácticamente con la aparición de unas lajas planas de pizarra que son parte de la cubierta original. A partir de aquí delimitamos la capa 7 de la cámara, que equivale al Nivel III de la misma, a efectos metodológicos. En el momento en que podemos documentar bien el tamaño y forma de las losas de cobertura, diferenciamos una capa 8 o Nivel IV de nuestra interpretación, cuyo significado es similar al de la capa 7. En todo caso, las capas 7 y 8 serían un unicum asociado a la caída de las losas de cobertura, a las que quizá habría que añadir los hallazgos de la capa 6, siendo los de las capas 1, 2 y 3 restos más o menos movidos de ese mismo depósito (Fig. 4). Los hallazgos de la capa 8 repiten lo que venimos mencionando: cuentas, algunas puntas, pulimentados y vasijas enteras o casi enteras. La limpieza de este nivel deja al aire un suelo muy duro -nuestro Nivel V-con un grosor considerable según las zonas de la cámara, que creemos producto de una preparación específica en la que ha debido tener parte algún calentamiento de sus componentes. Dentro de este suelo se observan huesos y cerámica. Es muy posible que haya también restos de industria lítica, pero tendremos que disgregarlo en laboratorio para saber qué contiene con exactitud. Esta capa tiene una consistencia de cemento y a lo que más recuerda es al tradicional mortero. Es sin duda un sello perfecto entre las capas mencionadas con anterioridad y el nivel inferior a este suelo. En la parte central de dicho suelo se observan los restos de una hoguera de 54 cm. de diámetro, la cual podría haber formado parte del proceso que se llevó a cabo para igualar el mismo (Fig. 5). La costra, que es la palabra que mejor lo define, se percibe nítidamente en una parte importante de Nive-C1, en C2, en parte de C3 y en C4. Una vez extraído este suelo continuamos la excavación acotando una capa 9 que se corresponde con nuestro Nivel VI. Muchas de las piezas que recogemos en este nivel están nítidamente incrustadas en la irregular superficie de la pizarra de base. La construcción del monumento supuso llegar hasta la pizarra basal en la cual no sólo se encajaron las fosas de los ortostatos, sino que se incluye- ron algunos materiales. Llama la atención la presencia de algunas formas circulares. Una en la zona central de la cámara y dos en en Cl en las que localizamos materiales. La pequeña estructura de la zona central de la cámara es casi circular y podría haber servido para colocar algún elemento antropomorfo, decorado o no, a tenor de la constatación de otro que tenemos a la entrada del corredor, igualmente hincado en la pizarra basal. La pizarra y sus formas naturales han jugado un papel en la disposición de los depósitos iniciales (Lám. Este hecho es muy notorio en la presencia de un canal central que se localiza en la cámara y que se sigue por todo el corredor. En él, se han situado una parte importante de los cuencos y placas de las capas 8 y 9 de la Cámara y de las hachas, cuencos y placas de los niveles V, V Base y VI del corredor. No es un caso único en los dólmenes del Suroeste. Nosotros hemos tenido ocasión de constatarlo personalmente en la reexcavación y limpieza de Lám. Ojos soles piqueteados del ortostato 9 de la cámara. Foto R. de Balbín. los dólmenes del Pozuelo (Huelva) y los Leisner (1951) mencionan una disposición similar en algunos monumentos de Reguengos. Arquitectónicamente, la cámara se define como una estructura circular de 3,5 m. x 3 m. de diámetro en la que faltan dos ortostatos en su zona frontal, cuyas fosas pudimos delimitar en nuestro corte "Cámara Ampliación Oeste". La cámara debió estar formada, por 10 u 11 ortostatos ubicados uno junto a otro. La inclinación de los que forman parte del lateral Sur de la Cámara nos parece relacionada con la intrusión localizada en esta zona, entre la cámara y el corredor, que obligó a forzar la posición de la losa 3, empujando probablemente en su caída a la 4 y la 5. Los ortostatos son de pizarra y en su mayor parte tienen la superficie externa muy deteriorada debido a la exfoliación natural de la pizarra. Sólo las zonas que conservan su superficie original tienen grabados piqueteados conservados. Esta conserva-ción diferencial en relación directa con el sistema de exfoliación de la materia prima de los ortostatos, es muy evidente. De hecho, las piezas aún decoradas sólo lo están en una parte, la que es corteza externa. El resto ha caído y por tanto, la decoración conservada no es completa (Lám. La técnica documentada es el grabado, pero no descartamos que en origen la pintura hubiese tenido un papel importante, pues hemos localizado placas antropomorfas con abundantes restos de pintura roja y paletas de ocre, tanto en la cámara como en el corredor, cuya presencia no se explica sino es porque se ha pintado el "escenario" de la muerte. Algunos dólmenes pintados recientemente documentados como el deAlberite poseen entre su ajuar una paleta de ocre con gran cantidad de colorante (Ramos Muñoz y Giles Pacheco, 1996: 140). La altura máxima de la cámara es de 1,20 m. en el ortostato 8. Durante su udlización, el dolmen tenía un alzado interior próximo al metro (Fig. 7 Alzados del dolmen deTrincones 1 (Alcántara, Cáceres). lo que a tenor de los datos que conocemos en la generalidad del megalitismo del Suroeste, es una altura bastante escasa (Bueno Ramírez, 1994: 47-48). Los ortostatos se han incluido en una fosa tallada en el terreno y se ha reforzado su posición con calzos también de pizarra, de tamaño medio. Algunos están muy bien conservados, como los del ortostato 6. El descubrimiento de unos fragmentos de cubierta es otro de los elementos de mayor interés cultural de los que ha aportado la excavación de este monumento. Las losas planas localizadas en nuestra capa 8 podrían ser interpretadas como restos de un enlosado. De hecho, los enlosados son conocidos en este tipo de sepulcros (Oliveira, 1994), pero las piezas que los forman son de menor tamaño y están más en relación con las que nosotros mismos documentados en la excavación de Maimón 2 (Bueno Ramírez et alii, 1998: fig. 5). Las losas de Trincones 1 son de un porte considerable, no tienen continuación en el resto de la Cámara, pese a que en ese nivel consideramos que el sepulcro se encuentra en su estado original, y una vez sacadas a la superficie, encajan entre sí formando una figura semicircular que entendemos como parte de una cubierta de tendencia paracircular, al igual que las conocidas en otros monumentos graníticos de la zona (Bueno Ramírez, 1988: 162), y que se caracterizan por estar retocadas en sus laterales para obtener la forma mencionada, como sucede en nuestras losas de Alcántara. La cuestión de la cobertura de estas cámaras ha estado ligada al hecho de su diámetro amplio, a la existencia de más de siete ortostatos en la cámara y al condicionamiento del esquisto como materia prima. Los dos primeros argumentos: el amplio diámetro y el número de ortostatos, servían para proponer la existencia de falsas cúpulas, como única cobertura posible, teoría que hemos descartado en otros trabajos (Bueno Ramírez, 1987a, 1991). El que el esquisto impida obtener lajas de tamaño suficiente para conseguir cubiertas monolíticas (Cardoso et alii, 1997a: 11) posee argumentos contrarios en el mismo conjunto alcantarino: el dolmen de Juan Ron I (Bueno Ramírez et alii, 1998: 180) de buen tamaño, realizado en esquisto y que conservaba al interior de la cámara una parte importante de la cubierta del monumento. Este hecho, junto a los datos que hemos obtenido en Trincones 1 nos permite afirmar que estas cámaras estuvieron cerradas con cubiertas pétreas planas, al menos en muchos ejemplares. La riqueza en cantidad, variedad y conservación de los materiales exhumados es muy notoria. De la cámara proceden unas quinientas piezas. El corredor estaba menos afectado por la construcción que ocupa casi exclusivamente la Cámara. Una vez limpio y retirado el ramaje, comienzan a delimitarse piedras de pizarra de tamaño medio y pequeño y aparece algo de material. Ésta es nuestra capa 1. Las dos capas sucesivas, 2 y 3, muestran un cierto revuelto de piedras y materia megalítico. Pronto se delimita en el primer tramo del lateral Sur, un ortostato caído, por lo que diferenciamos una capa 3. Las tres capas descritas quedan incluidas en un nivel general que denominamos Nivel I que coincide con el descrito en la Cámara. En la capa 4, los hallazgos se extienden a todos los tramos del corredor, y aunque salen algunas puntas, las láminas poseen un papel no documentado en la Cámara. Destaca la presencia de un fragmento de placa con ojos en relieve y restos de pintura roja. Esta capa del Corredor constituye nuestro Nivel II y la asociamos a los hallazgos de la Cámara de las capas 4, 5 y 6. Limpia la capa 4, separamos una capa 5, en la que se incrementan los hallazgos, siendo la situación de los mismos muy claramente interpretable como la de un depósito original que en su mayor parte se encuentra in situ, muy especialmente en lo que se refiere al primer tramo del Corredor o CO. En éste comienzan a aparecer un conjunto de pulimentados (Lám. IV) situados bajo el ortostato del lateral Norte y una serie de placas, en esa misma zona y hacia la Cámara, todo ello acompañado por dos vasos cerámico completos (Fig. 8). La situación de este depósito es excepcional pues los pulimentados se solapan unos con otros formando una acumulación expresa. Son piezas completas, sin huellas de uso y muy bien conservadas. Una de las piezas mezclada con los pulimentados es una placa rectangular, con una de sus superficies cóncava, pulida y con huellas evidentes de Lám. Inicio del depósito del corredor de Trincones 1 (Alcántara, Cáceres). color. La interpretamos como una paleta de pintar. A la entrada de la cámara, las placas inclinadas, pero denotando que su posición original fue en pie, tienen ojos y manos (Fig. 9). Estos hallazgos están mezclados con piedras que en C0.2 tienen una cierta consistencia. Tanta que creemos que cuando menos en este tramo, se trata de restos de cubierta. De ahí que la capa 5 tenga una subdivisión en 5a y 5b. A efectos metodológicos, hablaremos de Nivel III del corredor (5a), equivalente al mismo de la Cámara (capa 7) y Nivel IV del Corredor (5b), IV de la Cámara (capa 8). Es decir a los depósitos menos tocados de la Cámara. Por último, diferenciamos los materiales literalmente incrustados en la pizarra de la base, al igual que sucede en la capa 9 de la Cámara, como capa 6 del Corredor. Destaca la existencia de una estela antropomorfa (pieza 888). A efectos de interpretación, es nuestro Nivel V, pues en el Corredor no se localizó ningún resto de preparación como el de la capa 7 de la Cámara. Del corredor proceden unas doscientas piezas. La presencia de un brazal de arquero en los niveles más bajos reitera la cronología campaniforme que se derivaba de los fragmentos campaniformes de la Cámara. Arquitectónicamente, está compuesto por cinco ortostatos de pizarra, según deducimos del alzado del mismo en su sector Norte -el mejor conservado-con una altura máxima de Im. que se sitúa junto a la cámara. La altura del corredor desciende hacia su intersección con el atrio, alcanzando en la última pieza 0,60 m. Esto nos permite reiterarnos en nuestra idea de que estos corredores de tan escasa altura, para poder ser utilizados como zona de acceso a la cámara (Bueno Ramírez, 1987b), debieron estar cubiertos únicamente en la zona más próxima a la cámara, es decir en las tres primeras piezas, lo que parece corrobarse con la situación de los restos de cubierta en C0.2. Las demás ejercían el papel de elemento transicional entre las de menor tamaño que delimitan la apertura del atrio y las verticales cubiertas del co-rredor, dando lugar a un espacio abierto y público, en el que también constatamos material arqueológico. Los objetos documentados en el Atrio son mayoritariamente platos de borde almendrado, fuentes de carena baja, acompañados por algunos pulimentados y escasa industria tallada. Están in situ y deben responder a una cierta actividad en torno al monumento. ¿Quizá ofrendas alimenticias, o un episodio de habitat en el momento de la construcción del sepulcro? Estructuralmente, el Atrio está delimitado por varias piezas de pizarra que se disponen de modo trapezoidal en la zona de acceso del monumento (Lám. Su posición respecto al túmulo no es la vertical absoluta, sino que están echadas en él. El espacio así delimitado es de 3,5 m. en dirección Este y 2 m. en su parte más ancha. Destaca la irregularidad de los laterales que también se ha documentado en Maimón II (Bueno Ramírez et alii, 1998: 178). Para verificar el modo de factura del Túmulo establecemos varios cortes en su interior, llegando hasta la base en el denominado "Túmulo 3" tras los ortostatos del lateral Norte de la cámara. En él podemos constatar que la talla realizada en la pizarra de base para incrustar los ortostatos incluye una ampliación posterior a estas piezas camerales, en la que se sitúan los contrafuertes traseros de la cámara. Este sistema ya fué documentado por nosotros en la excavación de Maimón I (Bueno Ramírez etalii, 1998: fig. 3). Sobre una pequeña elevación natural los realizadores del monumento tallan la forma de Cámara y corredor, incluyendo en su "dibujo" espacio Lám. V. Vista general del dolmen de Trincones 1. En primer plano, el Atrio. Foto R. de Balbín. ^ZZZ^ piedras de pizarra de entre 30 cm. y 50 cm. dispuestas horizontalmente y trabadas sin ningún tipo de argamasa. La altura así conseguida se delimita en el sector Sur con lajas de pizarra de menor tamaño literalmente echadas en el promontorio tumular, mientras que en el sector Norte el cerramiento se ha hecho mediante tres hiladas de lajas de pizarra hincadas, en posición subvertical. La construcción tumular es claramente disimétrica y sus soluciones arquitectónicas son una perfecta adaptación al volumen natural. Tras la información arqueológica, ambos monumentos fueron consolidados, siguiendo criterios ya expuestos (Bueno Ramírez ^í a///, 1998: 173). para insertar los contrafuertes traseros. Posteriormente a este trabajo se levanta el túmulo a base de Tradicionalmente, el espacio interior de los megalitos formaba parte de la zona reservada a los muertos. El ritual allí desarrollado incluía el depósito de cadáveres y ajuares. Tenemos constatación arqueológica de que no siempre estos depósitos se hacían de la misma manera (Bueno Ramírez, 1991: 106-107). La excavación deTrincones 1 no nos ha proporcionado restos óseos identificables, aunque no descartamos que el suelo de la Cámara contenga algunos restos amortizados. EL USO DEL ESPACIO FUNERARIO Lo que sí nos permiten los datos documentados es esbozar un panorama sobre la ubicación de los depósitos al interior del monumento. En la Cámara, los vasos cerámicos, al igual que las placas, los pulimentados, o los machacadores tienden a situarse en la zona central, concretamente en la fisura natural de la pizarra que recorre parte de ésta y del Corredor. Por el contrario, las puntas de flecha, muy abundantes en la Cámara, aparecen al pie de los ortostatos, en montones bastantes notorios que pueden indicar su depósito original en algún tipo de contenedor de materia orgánica. Las cuentas de collar se encuentran esparcidas por toda la Cámara sin que pueda precisarse una ubicación más concreta de las mismas. La situación que hemos mencionado plantea la existencia de una ofrenda colectiva en la zona central de la Cámara, a la que se sumarían los collares y las puntas de flecha probablemente como ajuares personales de los enterrados. La ubicación de los materiales en el Corredor aporta elementos interesantísimos a esta discusión. Uno de los más llamativos es la posición de las estatuillas o placas antropomorfas. En su mayor parte están a la entrada de la cámara en pie, reiterando una posición propia de las imágenes antropomorfas en otros contextos megalíticos. Como nosotros planteamos en otro lugar (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1994), el megalito es un espacio no sólo fácticamente dividido por elementos arquitectónicos, sino simbólicamente compartimentado. Este universo simbólico se concreta en grafías de distinto tipo sobre los ortostatos y en imágenes antropomorfas que se concentran a la entrada de la Cámara y a la entrada de Corredor o en el Atrio, exactamente como aparecen documentadas enTrincones 1. Las figurillas de la entrada de la Cámara y la estela de la entrada del Corredor poseen su respuesta en el frontal de la Cámara con figuras globulares piqueteadas representando esquemáticos personajes humanos. El eje entre el interior y el exterior del monumento presidido por la imagen humana (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1994), es un hecho sin discusión enTrincones 1. La acumulación de pulimentados en el primer tramo del Corredor es otro dato interesante. Se disponen con una auténtica intención de depósito, al estilo de los que poco más tarde serán reconocidos en otras culturas metalúrgicas. M. Almagro (1962) cita un caso similar en el dolmen del Corchero del conjunto cacereño de Valencia de Alcántara y uno de nosotros ha señalado su presencia en el dolmen de la Estrella (Toledo) (Bueno Ramírez, 1991:104). Nuevamente, la acumulación en un sector del monumento plantea la existencia de ofrendas colectivas que se añaden a las que podrían considerarse de carácter personal como industria tallada y adornos. El volumen tumular, en torno a 12 m. de diámetro y casi un metro de altura, en lo hoy conservado, ratifica la situación destacada de esta arquitectura que se ve acrecentada por la presencia próxima de una forma de pequeño tamaño, al estilo de asociaciones similares documentadas tanto a uno como a otro lado de la frontera (Bueno Ramírez, 1994). Ya hemos mencionado que el alzado máximo de la cámara durante el uso del monumento debía estar en torno al metro y el del corredor, sería menor. Los monumentos de este calibre en el megalifismo del Suroeste peninsular constituyen un episodio muy poco conocido que parece lógico relacionar con fenómenos de emulación de estructuras de mayor tamaño que se están realizando y utilizando en zonas próximas, muy probablemente en momentos contemporáneos. Los depósitos pudieron abrirse desde la parte superior (Bueno Ramírez, 1994:48), aunque no es descartable la entrada de una persona físicamente menuda. Aún así, la hipótesis que nos parece más factible es que el monumento se construye y recibe un único depósito, sin que podamos establecer el número de inhumados. La situación del conjunto de pulimentados y de placas a la entrada de la Cámara, certifica que después de realizarse éste no se volvió a tocar. Hecho el depósito se techa la Cámara y el primer tramo del Corredor, quedando abierto el "camino" marcado por el resto del corredor y el Atrio, en el que se resultaría visible la estela antropomorfa. Es ésta una zona abierta en la que se realizan depósitos, probablemente de carácter alimenticio -comida y bebida-lo que explicaría la cantidad de restos cerámicos, o bien es la huella de estancias temporales en el monumento o el testimonio de la habitación mientras se construye. Si tuviéramos que elegir un paralelo preciso para nuestros monumentos, sólo deberíamos volver la vista hacia la próxima necrópolis de Couto da Espanhola en Rosmaninhal, Portugal, con arquitecturas tan próximas como la de su Anta 2 (Cardoso et alii, 1997). Los ajuares deTrincones 1 o de Juan Ron I (Bueno Ramírez et alii, 1998) son paralelizables a los de otros sepulcros de mayor tamaño en granito, como Lanchas I, Huerta de las Monjas o Zafra II, en Valencia de Alcántara (Bueno Ramírez, 1988), a excepción del campaniforme. Pero, indudablemente, reflejan la variedad, cantidad y calidad de éstos, por lo que una explicación para los monumentos de menor altura como exponente de unas diferencias sociales (Bueno Ramírez, 1989, 1994; Oliveira, 1997) queda hoy escasa. Es necesario buscar nuevas respuestas. Una que nos parece probable es que estos monumentos de menor altura, sean un modo más, entre el polimorfismo arquitectónico del megalitismo ibérico, de expresar la adaptación al territorio de los grupos humanos que los realizan. La reiterada búsqueda de un lugar más preeminente para la arquitectura de mayor volumen, se acrecienta en este caso, con el magnífico ajuar documentado y la presencia de Arte Megalítico, confluyendo todos los factores en proponer la existencia de monumentos de mayor prestigio a los que se adosan o se aproximan arquitecturas más pobres a todos los efectos, y muy posiblemente contemporáneas para compartir parte del prestigio detentado por el monumento más destacado. Estamos hablando, pues, de grupos socialmente similares que se mueven en un territorio con las mismas características a uno y otro lado de la fron-tera. La convivencia de arquitecturas de distinto volumen, con artefactos de prestigio en las mayores, dibuja una sociedad diferenciada con elementos emergentes entroncados con la Jefatura, en la que los grupos familiares y su justificación social de la "herencia" poseen un peso creciente. Sus sepulcros acumulan todos los referentes que el desarrollo diacrónico de la cultura megalítica peninsular ha ido asociando al prestigio y al poder de control de un determinado territorio. Nos referimos a la visibilidad de los túmulos en el paisaje, a la preeminencia de uno o más sepulcros en una necrópolis mayor, a la compartimentación interior del espacio funerario, a la existencia de un sector abierto y público y a la presencia de símbolos gráficos. AGRADECIMIENTOS, Como todos los trabajos arqueológicos, el nuestro posee una serie de débitos a instituciones y personas que no queremos olvidar. En primer lugar al Ayuntamiento de Alcántara, cada vez más interesado en rescatar su historia más antigua. D. Pablo Pérez y D. Calixto Agúndez, dos de sus representantes, han colaborado muy directamente en su faceta más fáctica para que estos trabajos hayan podido realizarse. El alcalde, D. Jacinto Cuño, ha apoyado nuestras iniciativas. La Asociación Amitur ha puesto su empeño e ilusión mayor en llevar adelante un campo de trabajo de universitarios de Cáceres y Alcalá de Henares, dirigido por Dña. Su actuación ha sido fundamental y esperamos seguir colaborando en próximas campañas. El trabajo diario ha sido realizado por los firmantes de este estudio, bajo la dirección de P. Bueno Ramírez y R. Barroso Bermejo, con la ayuda de alumnos y alumnas de las mencionadas universidades, además de jóvenes de la comarca de Alcántara en ese momento contratados en la EscuelaTaller de Arqueología, a cargo de C. Montano. De todos ellos queremos dejar constancia: Juana Álamo Moya, Miriam Alhambra Moreno-Arrones, Monica Borrega Granados, Ana I. Cano Ortiz, Laura Calvo Olmeda, Enrique Cerrillo Cuenca, Raquel Expósito Capilla, Gema Forner Estévez, Laura Portea Manzanares, Guadalupe Galván Duran, Lourdes Gálvez Pérez, M. Soledad Gálvez Pérez, Rafael Fuentes García, Diego Garcia-Setién, Yvette Garrigós Corrales, Begoña Gómez Amado, María Gordejo Ca- En el local del Instituto de Enseñanzas Medias San Pedro de Alcántara, a cuyos responsables queremos agradecer sus facilidades, se dormía y se trabajaba con el material, además de que también comíamos allí, gracias al ingenio y gusto culinario de Dña. La campaña se desarrolló en el mes de Julio de 1998 y queremos agradecer a los dueños del terreno, los hermanos Arnaiz, las facilidades que nos dieron para realizar nuestro cometido. Igualmente debemos hacer patente la amabilidad de los dueños de las fincas colindantes que no objetaron nada a nuestro paso diario.
Therefore, we stress the need for taking into account -and correcting whenever possible-such a deviation before using samples of marine origin for chronological purposes. la ría de Arousa, a una altitud de 5 m. sobre el nivel del mar, en un lugar ocupado hoy en día por el pueblo de Cabo de Cruz (Boiro, A Coruña) (Fig. 1). Los trabajos de apertura de una nueva calle en 1991 condujeron a la aparición de numerosos restos arqueológicos y al planteamiento de una excavación que se desarrolló entre dicho año y 1994, bajo la dirección de A. Concheiro Coello, abarcando un sector periférico del interior del asentamiento castreño, donde se descubrió una interesante serie de estructuras arquitectónicas, tanto domésticas como defensivas, yuxtapuestas a varios basureros. Estos últimos proporcionaron abundantes restos óseos, malacológicos e ictiológicos (Ferré et alii, 1996), además de un variado elenco artefactual, cuya distribución y características apuntaban a la existencia de una serie de ocupaciones correspondientes a posiblemente 4 fases sucesivas, extendiéndose desde la primera Edad del Hierro hasta el período galaico-romano. La circunstancia, poco habitual en el Noroeste de la Península Ibérica, de disponer de una secuencia estratigráfica bastante prolongada junto con la existencia simultánea de abundantes restos orgánicos de naturaleza diferente (conchas de moluscos marinos, huesos y carbón vegetal) nos llevó a plantearnos un trabajo con vistas a alcanzar tres objetivos básicos: 1) obtener una serie de dataciones absolutas para el yacimiento mediante carbono 14; 2) cotejar estos resultados con los materiales arqueológicos, a fin de situarlos en el tiempo o evaluar posibles discrepancias con la cronotipología; 3) calcular el efecto de la reserva marina de las conchas recogidas, en las que se sabe que existen proporciones anómalas de carbono 14 como se ha señalado en otros lugares de la costa atlántica peninsular (Cabrai, 1990), con el objeto de poder calibrar sus fechas y compararlas con las de las muestras terrestres. De esos propósitos sólo el segundo se reveló impracticable, a pesar del obvio interés que ello tendría, a causa de la imposibilidad de obtener una relación exhaustiva y secuencial de los artefactos recuperados en este castro en tiempo y forma para completar la redacción de este artículo. Por lo que respecta al interés de obtener una serie de fechas carbono 14 para el conjunto de las ocupaciones presentes en el castro de ÓAchadizo, creemos que resulta obvio, incluso si -lamentablemente-no podemos de momento confrontar los resultados radiométricos con la secuencia ergológica del yacimiento. La importancia de este esfuerzo radica, a nuestro entender, no sólo en dotar de una cronología científicamente fundamentada a dicho poblado -una finalidad laudable/?er se-, sino en el carácter sistemático de esta labor, pues la veintena de dataciones disponibles nos permite soslayar el peligro de depender de unas pocas fechas aisladas, como tan a menudo sucede, y otorga además la posibilidad de localizar eventuales anomalías en alguno de los valores obtenidos, o incluso replantear en casos concretos las hipótesis sobre la constitución de alguna de las unidades del registro arqueológico. Un último factor que redunda en la necesidad de contar con el mayor número posible de fechas es la denominada "catástrofe de la Edad del Fig. 2. Ejemplo de calibración con la muestra Utc-5660 de O Achadizo (Boiro, A Coruña). La edad carbono 14 convencional, 2440 ±29 años BP, presenta una distribución simétrica alrededor del valor central en el eje de ordenadas. La curva de calibración (Stuiver et alii, 1993) relaciona la fecha convencional con la edad solar o calibrada. En este caso, presenta una meseta entre 800 y 400 cal BC que provoca que la distribución irregular de la edad calibrada (área en negro) se extienda en un intervalo de gran amplitud. Hierro", expresión con la que se alude a un tramo amesetado en la curva de calibración entre 800 y 400 cal BC ( 1 ), lo que conlleva la aparición de intervalos calibrados desproporcionadamente amplios, incluso si como en la muestra C-1 de O Achadizo (UtC-5660) la desviación típica es relativamente pequeña (Fig. 2). En cuanto a la pertinencia de recurrir al carbono 14 para la obtención de cronologías absolutas en momentos tan avanzados de la Prehistoria, hay autores que lo consideran innecesario, fiando más a las escasas referencias de autores clásicos o, sobre todo, a las informaciones proporcionadas por la tipología artefactual, especialmente los materiales de importación. Sin salimos de nuestro ámbito de estudio, F. Calo (1997: 197,208) se hace eco de esta posición en un reciente trabajo, glosando la inutilidad comparativa de los métodos radiométricos frente a la precisión de las secuencias tipológicas cerámicas, una opinión que nos parece poco fundamentada. En primer lugar, la exactitud de los análisis de carbono 14 puede incrementarse notablemente a través de una adecuada selección de las muestras, que incluye no sólo considerar su natu-raleza y tamaño, sino también su relación concreta con el nivel o evento que se pretende datar, tareas que le corresponden al arqueólogo y que éste no siempre asume, por comodidad o ignorancia. Desde luego es necesario manejarse con series de fechas que luego se pueden evaluar individualmente, descartando aquellas con mayores desviaciones o simplemente anómalas, para a continuación combinarlas estadísticamente, aumentando así la fiabilidad del resultado. Por otra parte, los materiales cerámicos importados no son tan abundantes en la cultura castreña, salvo en su tramo final y a menudo la falta de adecuada publicación impide precisar las condiciones en que éstos han pasado a formar parte del registro arqueológico, reduciendo así, al menos en parte, su capacidad de proporcionar una cronología precisa. En realidad, las importantes limitaciones que aquejan todavía al conocimiento de los yacimientos cástrenos gallegos no aconsejan el prescindir sin más de una herramienta metodológica como es el carbono 14, que lógicamente ha de emplearse no de forma acrítica sino en combinación dialéctica con informaciones derivadas de la estratigrafía o de los análisis artefactuales. En otros lugares y culturas para los que se dispone de bastante más información así se está haciendo: valgan como ejemplo trabajos como el de Manning y Weninger (1992) correlacionando fechas carbono 14 e históricas en el Heládico Reciente, o el de Hassan y Robinson ( 1987) en esa misma línea para el Egipto faraónico. En la propia Galicia y Norte de Portugal se han abordado en la década de los 90 trabajos de síntesis sobre el ya importante catálogo de dataciones radiométricas de procedencia castreña (Carbailo y Fábregas, 1991) (2), cotejándolas también con las informaciones proporcionadas por el estudio de las cerámicas y otros materiales arqueológicos (Rey, 1996). En la excavación del yacimiento de O Achadizo se obtuvieron 20 muestras susceptibles de ser datadas por carbono 14, según se detalla en la tabla 1. Entre ellas había 7 muestras de carbón vegetal procedentes de hogares, 6 de huesos y 7 de conchas marinas. Patella vulgata en su mayoría. De estas Últimas, una de ellas (muestra K-2) presentaba dos tipos de conchas, lapas (Patella vulgata) y bígaros (Littorina littorea), por lo que se procesaron de forma independiente. La muestra C-1 de carbón no tenía cantidad suficiente para ser analizada según el procedimiento convencional, por lo que fue enviada al Van der Graaf Laboratorium de la Universidad de Utrecht (Holanda) para medirla medianteAMS (referencia UtC-5660). El resto de las muestras se realizaron en el Laboratorio de Geocronología del CSIC. Las muestras de carbón se prepararon según el procedimiento ácido-álcali-ácido estándar (Mook y Waterbolk, 1985). En los huesos se obtuvo gelatina según el procedimiento de Longin (Longin, 1972). Las conchas fueron tratadas con HCl 2% hasta que su peso se redujera, al menos, en un 25%, para evitar contaminaciones por recristalización (Olson y Broecker, 1961). La actividad del carbono 14 se midió, en función del peso final de la muestra, bien como dióxido de carbono en un contador proporcional, bien como benceno en un contador de centelleo líquido. Los resultados se muestran en la tabla 1. Problemática en la datación de conchas marinas A pesar de que muchas de las muestras de conchas de la tabla anterior son globalmente coetáneas con otras de carbón o de hueso, se observa como sus edades son sistemáticamente más antiguas. La causa de estas diferencias es conocida desde los inicios del método (Kulp et alii, 1951; Anderson y Libby, 1951; Rafter, 1955) y se debe a la menor concentración de carbono 14 en la reserva marina, causada tanto por el elevado tiempo de residencia del carbono en las capas profundas de los océanos como por la subida de éstas a zonas superficiales (upwelling), provocando con ello que el contenido en carbono 14 en la reserva marina no sólo sea menor sino también variable respecto al del medio terrestre. El carbono 14 producido en los estratos superiores de la atmósfera se incorpora rápidamente en forma de CO^ a la biosfera terrestre y a la superficie del mar, pero una vez en el agua el intercambio con las capas más profundas es muy lento de tal manera que la actividad del carbono 14 en éstas es menor y proporciona edades más antiguas. Además, el sistema de intercambio no es estable sino que los niveles profundos ascienden periódicamente ala superficie y se mezclan con las aguas superficiales, modificando su contenido en el isótopo. Este fenómeno, denominado upwelling, está causado por el efecto del viento y la rotación terrestre que expulsan las aguas superficiales hacia alta mar provocando la subida de aguas abisales. Las áreas más afectadas son las costas occidentales y las regiones polares, aunque en cada zona particular, el tipo de costa, el clima local, las corrientes y la clase de viento contribuyen a la variación en la magnitud del upwelling. La consecuencia de este fenómeno es que la concentración en carbono 14 de los carbonatos de las aguas superficiales disminuye, por lo que la actividad de éstos no es igual a la de las muestras terrestres. En general, esta diferencia se estima en aproximadamente 400 años, aunque debe cuantificarse en cada región al variar las condiciones que la generan. El efecto de la reserva marina impide calibrar directamente las fechas de conchas. Para solucionar este problema se han seguido dos procedimientos. El primero consiste en determinar la edad aparente de las conchas, es decir, la divergencia temporal entre éstas y las muestras terrestres coetáneas. Una vez determinada la edad aparente media para el yacimiento, se puede restar del valor individual de cada concha y proceder a la calibración. Este método tiene como principal desventaja que no tiene en cuenta la variación en la concentración de carbono 14 con el tiempo debida dXupwelling, por lo que sólo puede aplicarse al período concreto en el que se calcula. Por el contrario, permite corregir las edades T. P.,56, n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es carbono 14 de las conchas y datar momentos sólo representados por éstas si no se alejan excesivamente en el tiempo. El segundo procedimiento para calibrar conchas se desarrolló en 1986 mediante la obtención de una curva de calibración específica para muestras marinas, que fue ampliada y mejorada en 1993 (Stub/tr et alii, 1986; Stuivery Braziunas, 1993), basadas ambas en el modelo global de difusión para el carbono descrito por Oeschger et alii ( 1975). Estas curvas determinan la edad solar de una muestra marina en función de su data carbono 14 convencional y de un parámetro, denominado AR, que cuantifica la desviación respecto al modelo debido edupwelling de cada zona. La curva de calibración lleva implícita la modificación temporal de la actividad carbono 14 con el tiempo y define un modelo de cómo cambia la reserva marina de forma global, mientras que AR determina la variación peculiar de cada zona en función de sus condicionantes regionales y es, en primera aproximación, independiente del tiempo. Cuando AR sea próximo a cero podremos concluir que el modelo ha dado una buena aproximación al comportamiento de la reserva marina en esa zona. El cálculo de AR sólo es posible a partir de la medida por carbono 14 de conchas cuya fecha de recolección sea conocida y anterior a 1950 d.C, para evitar la contaminación de los ensayos nucleares. También se puede realizar si se tienen muestras atmosféricas cuya edad se presupone semejante a la de las marinas (Dye, 1994), como es el caso de O Achadizo. Por último indicar que, aunque se ha descrito que AR es independiente del tiempo en primera aproximación, se han encontrado evidencias de variación de este valor asociado principalmente a cambios climáticos (3) o por aportes de aguas ricas en carbonatos inorgánicos de edad infinita procedentes de formaciones calcáreas (Heier-Nielstn et alii, 1995). Calibración de las fechas de O Achadizo En la tabla 2 se agrupan las muestras marinas y terrestres que se consideran coetáneas y que nos van a permitir contrastar los dos procedimientos de calibración en conchas. El primero radica en comparar las edades carbono-14 de las conchas con las de carbón o hueso para determinar laedad aparen- te, R(t), o diferencia en años entre las reservas marina y terrestre. El segundo procedimiento calcula el AR correspondiente a cada una de las agrupaciones de fechas de forma bastante más complicada y haciendo uso de las curvas de calibración (Stuiver y Braziunas, 1993). Como puede observarse, los valores coinciden bastante bien y tienen poca dispersión, tanto en lo que concierne a la edad aparente como a AR, excepto en las muestras K-2 (bígaros) y K-7 (CSIC-1193 y CSIC-1198) cuyos valores son estadísticamente diferentes del resto y, por tanto, no se han considerado. El valor medio ponderado de AR es de -5 ±12 años, muy próximo a cero, con lo que podemos concluir que el modelo global predice con mucha similitud el comportamiento de la reserva marina para la zona de O Achadizo en el primer milenio BC. Con el dato de AR se puede ya calcular la edad calibrada de las conchas marinas. Para ello se utiliza el programa Oxcal versión 2.18 de la Universidad de Oxford (Ramsey, 1995), al igual que para las muestras terrestres. Los resultados pueden verse en la tabla 3, en la que se da el intervalo de edad calibrada a 2 sigma. No se corrigen las fechas de las muestras CSIC-1193 y CSIC-1198, puesto que en el cálculo del valor medio ponderado de ÀR no se han utilizado sus datos y el error al determinar sus edades calibradas sería considerable. La figura 3 muestra la distribución de probabilidad para cada una de la fechas calibradas a 2 sigma, representadas cronológicamente con un rango de edad que oscila en conjunto entre los años 750 y 100 cal BC. Además, se dibuja la c.urva de la suma de probabilidades, que consiste en una com- binación de todas las fechas mediante la suma promediada de sus distribuciones de probabilidad. El intervalo obtenido debe interpretarse como el periodo en el que el 95% de los eventos tuvieron lugar y no como el periodo en el que todos los eventos sucedieron con una probabilidad del 95%, que es diferente. El gráfico muestra así en qué momentos existe mayor probabilidad de que el yacimiento estuviera ocupado. Calibración y combinación de probabilidades de las fechas de OAchadizo (Boiro, A Coruña). Las muestras terrestres se corrigen con la curva bidecadal (Stuiver et alii, 1993) mientras que para las conchas se recurre a la curva marina (Stuiver y Braziunas, 1993), aplicando un AR igual a -5 ±12. En ambos casos se proporcionan los intervalos obtenidos calibrando a 2 sigma y la probabilidad de cada uno de ellos entre paréntesis en tanto por uno. La combinación de probabilidades de las fechas se realiza sobre el valor de la edad calibrada. Para todos los cálculos se utiliza el programa Oxcal 2.18 de la Universidad de Oxford (Ramsey, 1995). El valor de AR próximo a cero indica que el modelo establecido por Stuiver y Braziunas (1993) explica bien el contenido de carbono 14 existente en la costa de Boiro durante el primer milenio BC. Eso contrasta con los valores obtenidos en otras zonas de orografía semejante a las rías gallegas. Así, Heier-Nielsen et alii ( 1995) demostraron que para los fiordos daneses el monto de AR pierde su sentido al existir una gran dispersión en los valores, que oscilan entre 82 y 554 años con una media de 279 años, una circunstancia que achacan tanto a que el estudio se realizó sobre varios fiordos (con la variabilidad de condiciones que esto introduce) como a la entrada de aguas de ríos con alto contenido en carbonatos inorgánicos procedentes de depósitos calcáreos de edad infinita. Por el contrario, la edad T. R,56,n.M, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es aparente obtenida es comparable a la cifra conseguida por Soares (ver nota 2) para la zona comprendida entre Aveiro y Cabo de San Vicente, de 360 ± 35 años. En su trabajo sobre conchas de la costa portuguesa, Soares obtiene dos valores de AR a partir de conchas de edad conocida en función de la latitud pero que según él sólo son válidos entre O y 1100 BP, pues a partir de entonces un posible cambio climático originó una variación intensa del upwelling en dichas zonas haciendo inoperantes los cálculos de AR efectuados. Por ello, y a partir de muestras arqueológicas coetáneas de conchas y materiales terrestres, fija el valor de edad aparente en 360 ± 35 años para utilizar a partir del 2000 BP y hasta el inicio del Holoceno, el cual es próximo a los 316 ± 19 años obtenidos en OAchadizo. Por otro lado, hay que tratar de explicar la presencia de valores discordantes en el cálculo tanto de la edad aparente como de AR. Uno de ellos es la única muestra de conchas de bígaros (CSIC-1193) y, aunque un dato solo no nos permita concluir nada, se puede comentar que parece apoyar las tesis de Lynn Ingram y Southon (1996), los cuales al estudiar moluscos de la bahía de San Francisco se encontraron con variabilidades importantes según el tipo de concha datada. Así, argumentaron que el habitat, el tipo de alimento y el periodo anual de crecimiento de la concha eran factores que podían determinar la variación de sus contenidos en carbono 14, y, por tanto, de la edad que éste proporcionaba. Respecto a la otra, CSIC-1198 del Conchero exterior A, lugar de donde fueron tomadas tanto ésta como la muestra supuestamente coetánea (CSIC-1211), presenta una estratigrafía confusa que pretendía ser aclarada, al menos parcialmente, por las dataciones radiométricas. Éstas parecen indicar que la asociación entre las dos muestras no fue correcta pues la diferencia en los valores de AR así lo demuestra. En todo caso no resulta sorprendente que, dada la complejidad de los procesos deposicionales y postdeposicionales en yacimientos de naturaleza doméstica y/o ocupaciones prolongadas, cuando se lleva a cabo un programa sistemático de datación C-14 surjan siempre dataciones "extrañas" que nos indican precisamente la complicada génesis de ese tipo de depósitos, no siempre adecuadamente valorable mediante un simple sondeo y la ocasional fecha radiométrica (4). En cuanto a la cronología, todas las muestras datadas se enmarcan dentro de la segunda mitad del primer milenio BC, pudiéndose apreciar una ocupación continua entre 592-106 cal BC. Los momentos de mayor intensidad en este periodo pueden deducirse de la combinación de aquellas fechas estadísticamente semejantes, de tal manera que se consiga una probabilidad común que solape al menos un 60% con las distribuciones individuales (Ramsey, 1995). Esta técnica permite reducir el intervalo de calibración tomando aquellos lapsos comunes a una serie de fechas que cumplan el criterio mencionado. En este trabajo se consigue así soslayar el problema de la meseta de la curva de calibración al tener más peso estadístico los intervalos más modernos, como puede apreciarse en la tabla 3. Para realizar estos cálculos se utilizó de nuevo el programa Oxcal, que obtuvo los dos agrupamientos que se muestran en ella, quedando aisladas la fechas CSIC-1192, al comienzo de la serie, CSIC-1309 entre los dos primeros grupos y CSIC-1312 al final. Así, el primer agolpamiento de fechas proporciona un intervalo, cal BC 477-399, que genera el pico más importante en el gráfico de la suma de probabilidades al ser muchos valores que ocupan un espacio temporal corto. El segundo agrupamiento, cal BC 342-193, distribuye su probabilidad en un tiempo mayor, por lo que presenta una meseta más uniforme. Como puede verse, los lapsos entre los distintos intervalos son pequeños, existiendo además entre los dos primeros una fecha, CSIC-1309, que cubre el periodo, lo que refuerza la posibilidad de una ocupación continuada durante la segunda mitad del primer milenio BC. Yendo de lo general a lo particular, debemos comenzar por aludir al interés de detectar y evaluar los posibles sesgos que pueden existir en las determinaciones radiométricas efectuadas sobre material conquiliológico, de lo cual este trabajo no debe ser más que un primer paso. En efecto, es muy frecuente que en yacimientos cástrenos del área más o menos litoral se hallen concheros, sobre cuyas características y composición se ha investigado en los últimos años (v.g. Troncoso^í a///, 1995-1996; Rodríguez y Fernández, 1996) y que obviamente poseen una abundante materia prima para realizar dataciones carbono 14 de forma sistemática. El campo de aplicación de esa clase de trabajos no se limita a los T.P.,56, n.M,1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es asentamientos de la Edad del Hierro en exclusiva, pues se tienen referencias sobre la presencia de esa clase de restos en un yacimiento anterior a éstos, el de Guidoiro Areoso (Vilanova deArousa, Pontevedra) cuya única datación se ha efectuado precisamente sobre una muestra de conchas, que ha servido para plantear la posibilidad de una temprana presencia en el Noroeste de la aleación Cu/Sn (Comendador, 1995; Fernández^íúí///, 1995). Esta hipótesis habrá de manejarse con precaución en tanto no se compruebe la inexistencia de desfases cronológicos iguales o superiores para conchas del III milenio que los que hemos constatado en este artículo para el I milenio en la misma ría. En cuanto a la cuestión metodológica, hay que indicar que existe buena correlación entre las muestras terrestres y las marinas, lo que permite calcular el valor de AR para este área y realizar la calibración de las muestras de conchas. Podemos señalar que, a pesar de la localización del castro de O Achadizo (y verosímilmente de los moluscos recolectados) en un área bastante interior de la ría deArousa (por lo tanto relativamente influida por los aportes hídricos continentales), tanto la edad aparente de las conchas analizadas como el valor de AR hallados se ajustan bastante a las estimaciones efectuadas en el medio oceánico. En este sentido, sería interesante contrastar los resultados de nuestro yacimiento con los obtenibles en puntos situados más hacia la boca de la ría o ya en mar abierto. De la observación de la figura 3 se deduce que la principal ocupación del poblado tiene lugar en la segunda mitad del I milenio BC grosso modo, con una concentración de la probabilidad (¿efecto de una habitación más intensa?) en el período que va desde mediados del siglo V a comienzos del II BC, coincidente por otra parte con el auge habitacional en un buen número de castros del Noroeste (Carba-11o y Fábregas, 1991:262). Para finalizar, este trabajo pretende mostrar una metodología adecuada para la utilización de las fechas carbono 14 realizadas sobre conchas y señalar que no es posible usarlas sin determinar previamente la cuantía del efecto de la reserva marina en el área de estudio. Se hace necesario, pues, una asociación cuidadosa de muestras marinas y terrestres coetáneas a priori que permita efectuar el cálculo de AR, lo cual se hace en muchos casos francamente difícil. Además, se ha intentado exponer cómo el uso de las herramientas estadísticas disponibles (suma de probabilidades, combinación de fechas, etc.) y una cantidad adecuada de fechas puede faci-litar la interpretación de éstas, sobre todo cuando presentan intervalos de calibración demasiado amplios para una correcta adscripción temporal.
El conjunto de piezas áticas del palacio-santuario de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz), con 410 individuos, es uno de los más importantes publicados hasta el presente en la Península Ibérica para el sigloV a.C. Destaca, con 360 piezas, la Copa Cástulo que ofrece una gran variedad morfológica y de características macroscópicas que permiten plantear la hipótesis de la existencia de materiales procedentes de diferentes centros productores. Para contrastar esta posibilidad se ha realizado un estudio arqueométríco por Fluorescencia de Rayos X y Difracción de Rayos X encaminado a la determinación de procedencia de los materiales, así como al estudio de su tecnología de producción. El conjunto caracterizado, con 60 individuos, es el más importante nunca publicado para esta cronología de siglo V a.C. en todo el Mediterráneo. Los resultados sugieren un origen ático, mientras que las grandes diferencias macroscópicas y tipológicas se deben a factores tecnológicos. Con todo, los individuos de Copa Cástulo, que presentan una alta frecuencia de aparición, ofrecen una amplia variabilidad morfológica y de las características macroscópicas que permiten plantear la hipótesis de la existencia de materiales de diversos centros productores, e incluso de una posible producción local en Cancho Roano o en otro punto de la Península Ibérica. Su identificación y la posibilidad de organización de una secuencia cronológica, facilitaría el estudio pormenorizado de la evolución del yacimiento y de sus interrelaciones comerciales. Así, se procedió al estudio arqueométrico como única metodología capaz de aportar nuevos elementos de evaluación. El conjunto de vajilla fina ática del palacio-santuario de Cancho Roano (Fig. 1) conservado en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz (2) (MAPB) procede fundamentalmente del área central del edificio excavado por Maluquer de Motes. Este material presenta una gran y diversa problemática por lo que se refiere al registro arqueológico, y muy especialmente a su distribución en el interior del yacimiento, imposibilitando casi totalmente la formación de conjuntos de piezas, el análisis microespacial y la adscripción estratigráfica. Este último factor, en función de la corta secuencia cronológica del yacimiento (500-400/375 a.C.) y la complejidad de las sucesivas remodelaciones arquitectónicas (fases C-A3) (Celestino y Jiménez, 1993; Celestino, 1996: 335-349), tendría que haber sido clave para analizar tanto el flujo y volumen de materiales, como la cronología de los diversos niveles de ocupación. Las intervenciones realizadas por Celestino desde finales de la década de los ochenta resuelven parcialmente la problemática indicada supra, pero sólo para un grupo muy reducido de ítems y tipos formales. (1) Trabajo realizado dentro del proyecto "Territorio, estructuras sociales, demografía y concepción del espacio en los asentamientos ibéricos del noreste peninsular" DGICYT PB95-1130, investigador principal: Dr. F. Gracia Alonso. (2) Agradecemos al Dr. Sebastián Celestino, director del programa de investigación del palacio-santuario de Cancho Roano, las facilidades dadas para la realización de este trabajo. Asimismo agradecemos al Dr. Guillermo Kurtz, director del MAPB la disponibilidad y ayuda en la consulta de los fondos depositados en el museo. Los análisis arqueométricos se han realizado en los Serveis Científico-Tecnics de la Universitat de Barcelona. El conjunto de materiales áticos, formado por 410 individuos, se divide en dos grupos: producciones del estilo de figuras rojas (5,23%) y de barniz negro ático (94,76%). En el primero predominan las cílicas clase delicada {stemless delicated class) (3,49%) sobre los escifos tipo A de Boardman o Richter II (1,74%). Por lo que respecta a la cerámica de barniz negro (Gracia, 1994, e.p.), el grupo mayoritario lo constituyen las cílicas de labio cóncavo y moldura interna o Copa Cástulo (^í^mless inset-lip){?>621 %){Gr? iCm, 1994: 178-179). Con excepción de los trabajos de Blonde (1985Blonde (, 1989, e.p.), e.p.) sobre los materiales de Thasos, la preocupación por la determinación de centros y períodos de fabricación de estas producciones ha sido muy escasa, por lo que las cronologías que se les atribuyen son excesivamente amplias. Éstas son útiles para fechar los niveles de ocupación, pero ineficaces por lo que se refiere a seriar y cuantificar el tráfico mercantil hacia un área geográfica o un asentamiento con un período de vigencia relativamente corto, ya que la coexistencia en un período amplio no significa necesariamente sincronismo ni homogeneidad de distribución, empleo y/o amortización de los diferentes vasos de una misma forma o de las diferentes especies formales. Las dos formas de figuras rojas documentadas en Cancho Roano se fechan en el caso de las cílicas entre el 460-375 a.C. y en el de los escifos entre el 450-375 a.C. Del mismo modo, las cerámicas de barniz negro, en función del estudio de Sparkes y Talcott (1970), muestran dos subgrupos. El primero, formado por las copas de borde recto y las lékane, se fecha, según sus horquillas cronológicas respectivas (460-425 a.C. y 450-425 a.C), en el tercer cuarto del siglo V a.C. El segundo, integrado por las Copa Cástulo, los escifos bolsales y los vasos pequeños, abarca la segunda mitad del siglo V a.C. y el primer cuarto del siglo IV a.C. (450-375 a.C). Sin embargo, las copas de una asa, también incluidas en este segundo subgrupo, se datan a lo largo de todo el siglo V a.C, aunque en el caso de Cancho Roano y en función de la composición del conjunto cerámico, corresponden a su segunda mitad. Tal restricción no se hace sin problemas, puesto que ante una situación similar en el nivel 16 del Cerro Macareno se llegó a una interpretación diametralmente opuesta, utilizándose las copas de una asa para modificar la cronología de unas Copa Cástulo (Sánchez, 1992: 330). En este marco, es evidente que intentar realizar una evolución cronológica del flujo de las importaciones a partir tan sólo de las fechas genéricas asignadas a los diversos tipos formales es cuando menos parcial y potencialmente incorrecto. Ello tiende a unificar una problemática compleja en un único período o fase de ocupación cifrada entre los años 450-375 a.C, momento en que se fechan tres remodelaciones (fases A-1, A-2 y A-3) del palacio-santuario de Cancho Roano (Celestino, 1996). La cronología de los materiales áticos debe obtenerse tomando como base las asociaciones de diferentes tipos de producciones, facilitando la interrelación cronosecuencial entre conjuntos de diferentes yacimientos. Una base para la definición de horizontes o segmentos cronológicos ajustados (Gracia, e.p.) son las asociaciones con las cerámicas del estilo de figuras rojas bien datadas en los siglos V o IV a.C, así como las vicup o los escifos tipo A. Pero igualmente, deben tenerse en cuenta también las disociaciones con las copas del Grupo de Viena 116, producción que substituye en cronología y difusión a las Copa Cástulo, como se observa en El Sec (Arribas et alii, 1987). Así, la evolución y variabilidad formal de los tipos deben ser los elementos básicos de estudio. MORFOLOGÍA DE LAS COPA CASTULO Las Copa Cástulo de Cancho Roano, con 360 individuos, han sido analizadas formalmente intentando estructurar y definir sus variabilidades intraespecíficas partiendo de los enunciados tipológicos formulados en anteriores trabajos (Gracia, 1994), que permiten determinar tres series principales: serie 1 (cara interior convexa), serie 2 (cara interior recta) y serie 3 (cara interior cóncava). A su vez, las características específicas de fabricación de este tipo formal (modelado separado de la base/pie bajo, cuerpo y asas) condicionan el hecho de que las combinaciones entre perfiles de cuerpo y base sean múltiples, aumentando así las subdivisiones morfológicas por una mayor variabilidad intraespecífica, subdividiéndose las series hasta formar un total de 14 subtipos (Fig. 2) (5 en la primera, 8 en la segunda y 1 en la tercera). Sobre este esquema formal, el conjunto de Copa Cástulo de Cancho Roano, muestra una preeminencia de los vasos de la serie 2 (69,42%) sobre las series 1 (32,23%) y 3 (0,41%). Cabe destacar que los subtipos 1B-2D (mayoritarios con un 41,31 %) componen lo que proponemos denominar como Grupo Ibiza (3), que es la serie más representativa del perfil de cflica de pie bajo del período de transición entre los siglos V y IV a.C. por su asociación en yacimientos del Levante y Sudeste a vasos de figuras rojas del estilo át Saint Valentín (Gracia, e.p.). Partiendo del esquema decorativo del fondo exterior (Fig. 3), se pueden identificar tres grupos básicos que abarcan la mayor parte de los individuos de Cancho Roano. El primero (56,52%) está formado por las decoraciones del tipo B (subvariantes Bl y B2), el segundo (17,39%) por el tipo Ñ y el tercero (15,21%) por la serie O-P-Q. Finalmente, los esquemas C, F y S disponen de un número mínimo de ejemplares. Este dato es significativo por cuanto las dos variantes de la serie B corresponden al tipo formal descrito por Sparkes y Talcott (1970: 101-102) a partir del registro del Agora y puede considerarse por tanto como el esquema decorativo básico de esta producción. Asimismo, los esquemas de la serie B1-B2 son mayoritarios entre los perfiles del Grupo Ibiza. Si atendemos al hecho de que la decoración del fondo exterior puede ser interpretada como una marca de taller, pintor o ceramista tendríamos, según los esquemas decorativos, tres posibles grupos distintos de producción representados en el yacimiento. El análisis macroscópico de las fábricas (Buxeda etalii, 1995) identifica unas características constantes en toda la producción como son dureza, depuración, compactibilidad y la presencia de desgrasante micáceo en las mismas. No obstante, la coloración no es uniforme como sí lo es, por ejemplo, en las otras producciones de barniz negro ático que configuran el conjunto de vajilla fina ática de Cancho Roano, y cuyas características macroscópicas se aproximan más al concepto clásico de pasta rojiza-anaranjada para la cerámica ática. Los ítems del grupo Copa Cástulo se asocian en tres tipos de fábricas a partir de la coloración de las matrices: Grupo A de fábrica rojiza-anaranjada (3) La serie 1B-2D es la mayoritaria entre las piezas de Ibiza conservadas en el Museo Arqueológico Nacional y publicadas por Sánchez (1981). Estas diferencias no pueden atribuirse a la acción del fuego durante su amortización en el yacimiento, puesto que sólo una parte muy reducida de los ítems recuperados (ca. 15%) presenta muestras de haberse quemado. Pese a lo que ocurre en otras producciones cerámicas, no puede efectuarse una asociación entre los elementos macroscópicos distintivos de las fábricas, especialmente su coloración, y los tipos formales concretos, al existir en un mismo subtipo fábricas a priori diferentes. En el análisis de la calidad del barniz y del proceso de fabricación, se constata el carácter masivo y adocenado de esta producción. El barniz presenta múltiples defectos de aplicación, con trazos claros del uso de pincel. En la mayor parte de los vasos está diluido, originando, sobre las superficies exterior e interior de los vasos, diversas variantes de color (negro, marrón-castaño, marrón, rojo coral) y la formación de aguas de tonos múltiples (negro, gris oscuro, azul, azulado-verdoso, verde-oliváceo, marrón), según sea el grado de impregnación de cada punto. El sistema de cocción mediante el apilado de vasos en el interior de los hornos condiciona que el proceso oxidante-reductor-oxidante no afecte por igual a toda la superficie, formándose discos o marcas circulares de color man'ón sobre el fondo interior de las cílicas en la zona cubierta por el pie bajo/base del vaso colocado encima. Son también frecuentes las improntas digitales sobre la superficie exterior del vaso y, especialmente, en el pie bajo/base. Se observan múltiples tipos de defectos de fabricación: improntas digitales realizadas en la arcilla cruda antes de la aplicación del barniz por una manipulación deficiente del vaso, marcas de apilado de vasos, presencia de cúpulas u orificios provocados por reventones durante la cocción, exceso de arcilla en forma de grumos y perfiles deformes por mal modelado. Son asimismo corrientes las marcas de modelado, especialmente los trazos de espatulado y las líneas incisas sobre las diferentes partes de las piezas, como resultado del empleo de instrumentos duros y/o agudos. Las características morfométricas indican la existencia de diversos tipos de relación entre las variables principales de las mismas (diámetro del borde, diámetro del pie bajo/base y altura). Conclusiones similares han sido constatadas en otros yacimientos (García Martín, 1997: 184). La composición química del material se determinó por fluorescencia de rayos X (FRX) mediante preparaciones de perla (dilución 1/20) y pastilla (Buxeda, 1999), empleando un espectrofotómetro Philips PW 2400, con fuente de Rh, utilizando una recta de calibración configurada con 60 patrones, determinando las concentraciones de: Fe203 (como Fe total), AI2O3, MnO, Pp^, TiO,, MgO, CaO, Nap, Kp, SlO^, Ba, Rb, Mo, Th, Nb, Pb, Zr, Y, Sr, Sn, Ce, Co, Ga, V, Zn, W, Cu y Ni. Igualmente se calculó la pérdida al fuego por calcinación. La composición mineralógica fue estudiada mediante difracción de rayos X (DRX) utilizando el método de polvo, mediante un difractómetro Siemens D-500, con la radiación Ka del Cu (A.=l.5406 A), monocromador de grafito en el haz difractado y una potencia de trabajo de 1.2 kW (40 kV, 30 mA). Las mediciones se realizaron entre 4 y 7O°20 con un tamaño de paso de O.O5°20 y un tiempo de 3 s, evaluando los espectros mediante el programa DIFFRAC/AT de Siemens, contando con el banco de datos del Joint Comitee of Powder Diffraction Standars (JCPDS). COMENTARIO DE LOS RESULTADOS Los datos químicos han sido tratados a partir de transformaciones en logaritmos de razón (Aitchinson, 1986(Aitchinson,,1992) ) y permite la cuantificación de la variabilidad composicional, expresada por la variación total (vt), así como la identificación del origen de esta variabilidad composicional y el control de la misma (Buxeda, 1999, e.p.). La MVC de Cancho Roano (Tab. El dendrograma resultante del análisis de agrupamiento sobre la subcomposición Fe203, MgO, CaO, Nap, Kp, SiO^, Y, Ce y Ni, con el AIP3 como divisor en la transformación en logaritmos de razón, se ha realizado con el programa Clustan, utilizando la distancia euclídea al cuadrado media y el algoritmo aglomerativo del centroide (Fig. 4). El dendrograma muestra en la parte inferior todos agrupaciones CRB1, CRB2 y CRB3 corresponden a individuos con valores más altos de Ln(CaO/ AI2O3), que en CRB3 alcanzan los valores máximos. La agrupación CRB 2 ofrece además valores altos de Ln(Na20/Al203), a diferencia de CRBl y CRB3. Los individuos CR-42, CR-54 y CR-23 quedan mal clasificados, aunque no tienen diferencias geoquímicas generales altamente significativas respecto a las composiciones observadas en las anteriores agrupaciones. La principal dificultad para una correcta interpretación de estas agrupaciones es la práctica ausencia de grupos de referencia para la cerámica ática. Sin embargo, por encima de las diferencias observadas, destaca la fuerte similitud de todos los individuos estudiados, como puede apreciarse en la tabla 3. Esta similitud geoquímica sugiere una unidad composicional relacionable con un mismo ambiente geológico y permite plantear que todos los materiales analizados, incluyendo aquellos cuyas características físicas se alejan más de los parámetros definidos por el análisis tipológico-arqueológico del modelo de una cerámica ática, sean de la región del Ática, aunque puedan proceder de centros productores diversos. En este sentido, son de destacar los valores de MgO, CaO y Ni, compatibles con los de esta zona, mostrando similitudes composicionales generales significativas (4) en la comparación de los resultados obtenidos con los alcanzados por Picon. En el estudio mineralógico, la DRX permite identificar dos tendencias: por una parte los grupos CRA1, CRA2 y CRB 1 y por otra los grupos CRB2 (4) Agradecemos profundamente al Dr. M. Picon el habernos facilitado la consulta de los datos analíticos inéditos del proyecto del Laboratoire de Céramologie (UPR 7524, CNRS, Lyon, Francia). El comportamiento mineralógico de las agrupaciones CRAl, CRA2 y CRBl muestra dos rangos de temperatura de cocción equivalente (TCE) claramente diferentes, caracterizados por la cristalización de piroxenos en el rango inferior (TCE entre 850-900°C y 950-1000°C) y por la descomposición de los picos de filosilicatos en el superior (TCE ligeramente superior a 950-1000°C). La mayor parte de los individuos de estas agrupaciones se sitúan en el rango inferior de TCE (21 individuos), y pocos en el superior (9 individuos). Igualmente se pueden establecer dos rangos de TCE en las agrupaciones CRB2 y CRB3 a partir de las mismas fases discutidas anteriormente y con TCE estimadas en los mismos intervalos. En estas agrupaciones, la mayor parte de individuos corresponden al rango inferior de TCE (13 individuos) y los menos al superior (11 individuos). Así, la estimación de la TCE de los individuos analizados muestra una gran uniformidad, singrandes diferencias que puedan ser atribuidas a sobrecocciones severas o piezas crudas. Los rangos de TCE son coincidentes con los característicos de esta producción (Jones, 1986; Maniatis et alii, 1993). Además de la temperatura de cocción, otro parámetro fundamental es la estructura de cocción oxidante-reductora-oxidante (Maniatis et alii, 1993) y las atmósferas bajo las cuales cristalizan las fases minerales. Entre los materiales analizados, las dificultades para controlar adecuadamente las atmósferas de cocción se reflejan en las variaciones cromáticas de barnices y matrices. Éstas se dan en individuos de todas las agrupaciones por igual, sin que ninguna de ellas represente una tecnología de producción inferior, comercializándose juntas piezas de acabados muy dispares. Estas variaciones que presentan algunos individuos con respecto al modelo ideal de acabado de las cerámicas áticas de figuras rojas se deben a una multiplicidad de factores que interactúan y que son de difícil identificación, como las microatmósferas ocasionadas por el apilamiento durante la cocción. Esta superposición puede ser además de una importancia crítica cuando el barniz se impermeabiliza al oxígeno en la fase reductora y la única entrada de oxígeno a la fábrica es la zona no barnizada del fondo externo. Así, la zona alcanzada por la reoxidación a partir de este fondo puede depender de la situación relativa respecto éste. Asimismo, posibles accidentes o falta de control, especialmente en las dos últimas fases de la cocción, pueden producir coloraciones no esperadas (barnices rojos por una reducción demasiado corta, matrices oscuras por una reoxidación a una temperatura ya demasiado baja, etc.). Un individuo excepcional es el CR-15 (agrupación CRB2), cuyo difractograma no muestra posibles fases de cocción, indicando unaTCE inferior, como mínimo, a 800-850°C, que explica el color de la fábrica (marrón claro) y el del barniz (marrón rojizo), así como el aspecto exfoliable de la fábrica. Los individuos mal clasificados en la figura 4 y los individuos con análisis químicos incompletos presentan comportamientos similares a los observados en las agrupaciones descritas anteriormente. El estudio arqueométrico de las cerámicas áticas de Cancho Roano ha permitido definir diversas agrupaciones que, a pesar de sus diferencias, presentan una fuerte similitud geoquímica. Los datos disponibles sostienen como hipótesis un origen en el Ática para la totalidad de los materiales analizados. Tecnológicamente, existe una gran uniformidad en las temperaturas de cocción estimadas, situándose mayoritariamente entre 900-1000°C. Todos los criterios de evaluación y validación apuntan contra la hipótesis de una posible producción peninsular o la presencia de productos fabricados en el Mediterráneo central. Sin embargo, la imposibilidad de referir los materiales estudiados a grupos de referencia de centros productores no permite una asignación definitiva de procedencia dentro del Ática, lo que imposibilita asegurar que las agrupaciones químicas definidas correspondan a diversos talleres o centros de producción. La contrastación de estas agrupaciones químicas con la variabilidad tipológica y las características macroscópicas de fábricas y barnices muestra que no existe ninguna asociación clara entre tales agrupaciones y las diversas variantes tipológicas y diseños decorativos establecidas en el estudio arqueológico de Copa Cástulo (Tab. Estas diferencias no responden a diversas áreas de producción. La tipología y las decoraciones obedecen a factores de variaciones entre talleres de una misma zona y no tiene por qué guardar una relación unívoca con un origen determinado. Por su parte, las variaciones en las características físicas obedecen principalmente a factores tecnológicos que invalidan las asignaciones de procedencia directa a partir de una observación macroscópica. La variabilidad formal y macroscópica que reflejan los materiales de Cancho Roano no resulta significativa. La identificación clara de los talleres representados en Cancho Roano, así como la comprensión de los factores culturales que reflejan las variaciones formales, sólo será posible cuando exista un marco de conocimiento arqueométrico suficiente de los centros productores que permita una adecuada interpretación de las agrupaciones obtenidas en este estudio y su correspondencia con los talleres originales. Las implicaciones del estudio arqueométrico apuntan las siguientes conclusiones por lo que se refiere al proceso de formación y características del conjunto de vajilla fina ática del yacimiento. En primer lugar, la falta de análisis de los talleres de cerámica de barniz negro en el área del Ática impide establecer una seriación para la distribución de estos materiales en la Península Ibérica. Las características geoquímicas son suficientes para proponer una procedencia ática de los individuos, pero no para distinguir si los mismos corresponden al mismo lote cerámico (entendiendo con ello un solo momento de fabricación o un solo taller) o bien el hecho de que sean el resultado de un comercio progresivo y sostenido de vajilla ática hacia esta zona. En segundo término, la diferencia en las características físicas de los individuos analizados indica que no existe una selección previa de los aspectos tipológicos ni macroscópicos de fábricas y barnices de los materiales distribuidos, por lo que no puede hablarse de una exigencia tipológico-estilística sino de una comercialización basada en la posesión y uso de un tipo cerámico concreto, obtenido y amortizado probablemente a partir de rituales de cohesión social. La diversidad y las deficiencias morfológicas de estas producciones indican asimismo que su valor en el área de producción es muy reducido, especialmente en relación con la cerámica ática de figuras rojas, mucho más controlada en sus parámetros de fabricación. Ello indicaría que se trata de una producción industrial destinada a mercados secundarios o bien a aquellos en los cuales la falta de En tercer lugar, creemos que deben analizarse los conjuntos de cerámica griega peninsulares y del Mediterráneo central correspondientes a la segunda mitad del siglo V y primer cuarto del siglo IV a.C. a fin de precisar tanto las cronologías de las tipologías que los componen como las rutas y agentes comerciales. Por último, consideramos que el tema de los análisis arqueométricos de la vajilla ática fina, y en especial de las Copa Cástulo, no debe considerarse como cerrado. La ampliación del espectro de los análisis a otros yacimientos peninsulares y extrapeninsulares, así como sobre todo la caracterización de los talleres en el área del Ática, debe permitir la definición de los grupos de producción y la seriación de la misma. es m O o ©: "La cerámica ática de Ibiza en el Museo Arqueológico Nacional". Trabajos de Prehistoria es la revista de consulta imprescindible para todos aquellos interesados en conocer el estado de la cuestión sobre el rico patrimonio arqueológico de lo Prehistoria y Protohistorio de la Península Ibérica. Sus páginas reflejan tendencias punteras de su especialidad, por lo que figura en los más significativos repertorios bibliográficos nacionales e internacionales.
Este volumen resulta de la sesión sobre "Mujeres en la arqueología europea" que tuvo lugar en Durham en 1993 en el marco del encuentro anual del TAG (Theoretical Archaeology Group) y es presentado por Margarita Díaz Andreu y Mary Louise Stig S0rensen, las organizadoras de aquel evento y de este libro, como un aporte a la historia intelectual de la arqueología. 1), las editoras estructuran un libro en dos partes precedidas por una introducción general. La parte I {General perspectives on the history of women in European archaeology), con seis capítulos, se inclina hacia el análisis sociológico mientras que en los siete capítulos de la segunda predomina lo biográfico {History through the individual). El libro incluye estudios de casos organizados según los siguientes países: Francia, Suecia, Dinamarca, Noruega, España, Grecia, Alemania (Universidad de Tubingen), Alemania Democrática, Polonia, Gran Bretaña y un capítulo sobre la arqueología de Creta. Subrayo que es el único -junto con el elogio de Gimbutas-en el que la autora, Marina Picazo, no comparte la nacionalidad con el caso de estudio como tampoco lo hace, Harriet Boyd, el tema del capítulo, con el suelo en el que trabajaba. Por otra parte, esta contribución es quizás la única en trazar conexiones entre género e interpretaciones de los datos arqueológicos. El capítulo final del volumen presenta un balance -a modo de elogio-de la obra de M. Gimbutas. En la introducción, por su parte, se resume el papel de las mujeres en la arqueología europea en relación al proceso de institucionalización de esta ciencia y al surgimiento de los estados nacionales. La primera parte se podría encuadrar de una manera general como un intento de una sociología del trabajo referida, en este caso, a la arqueología y al número de mujeres presentes en las instituciones que cobijaron la práctica de la arqueología en los países analizados. En estos capítulos abundan las estadísticas, aunque contrasta grandemente el estilo más ensayístico del capítulo 3 sobre Francia con el de los dedicados a Noruega -el 5-y a España -el 6-donde los datos estadísticos son exhaustivos y muy por-menorizados (1). El primero, en efecto, adopta el carácter de ensayo interpretativo sobre la cultura francesa para explicar tanto el por qué de la ausencia de gender studies como la femineidad de las académicas en su país. Subrayemos asimismo que el capítulo 5, donde se muestra la alta proporción de mujeres empleadas en las instituciones que definen el escenario de la práctica de la arqueología en Noruega, nos enfrenta a la reflexión de sus autoras: más mujeres no entrañan una arqueología esencialmente diferente. Con respecto a la segunda parte, me gustaría comentar que el problema de la biografía de los científicos es algo bastante polémico en el marco de la historia de las ciencias (para un estado de la valoración de la biografía hasta fines de la década de 1980de cf. Taton, 1987)). Las últimas tendencias, sin embargo, han empezado a analizar las biografías como género que lleva las marcas del estado de la ciencia de los tiempos en las que se escriben, y en este sentido, las consideran como una fuente pero también un objeto de estudio en sí mismo. Destaquemos, a este respecto, los comentarios metodológicos de varias de las autoras. Por lo general, las biografías que se acuñan en el volumen toman como fuente otras biografías (en muchos casos, necrológicas) pero pocas fuentes primarias. Hay muy pocas referencias a documentos inéditos: si se está trabajando con biografías este tipo de fuentes, ya sean diarios o cartas, son de indiscutible valor para, por lo menos, entrever el mundo privado y las redes en las que ese mundo cobra sentido. Las entrevistas a arqueólogas de otras generaciones aparecen en los capítulos de Díaz Andreu y de Kastner et alii (capítulo 13). En este último, las autoras reflexionan además sobre sus propios prejuicios: mientras esperaban encontrar un discurso de víctimas, las mujeres entrevistadas se presentaron como pares de sus colegas hombres y cada decisión aparecía como resultado de sus propias convicciones. Pienso, por otro lado, que la confrontación con los documentos o con las mismas entrevistadas -tal como ocurre en el capítulo 13-darían seguramente una visión más compleja que la que surge de un análisis de las fuentes secundarias. De tal manera, la historia de la arqueo-logia -o de cualquiera de las otras ciencias-mostraría que los conflictos entre la vida profesional y privada no son exclusivos de las mujeres profesionales. Recordemos que en los archivos de las instituciones, abundan las cartas de los científicos hombres con los conflictos familiares que también marcaban sus biografías académicas. Por ejemplo, aquellos que emigraban por razones laborales dan frecuentes testimonios de cómo regresaban a situaciones menos ventajosas en sus países de origen a raíz de la inadaptación de sus familias a los países que los habían recibido. Claro está que estos motivos pueden no ser los verdaderos pero el desafío, en todo caso, es la crítica histórica a la que deben someterse los testimonios, provengan estos de hombres o de mujeres. La escritura de la historia de los grupos excluidos de las tradiciones historiográficas en muchos casos puede llevar a la idealización de los sujetos excluidos. No es extraño entonces que aparezcan tópicos tales como la figura de la pionera, la innovadora o la figura adelantada a su tiempo. Por otro lado, en algunos capítulos se le exige -o se les reprocha-a las mujeres cuya vida se reseña haber mantenido una postura ambigua o no haber propuesto visiones diferentes a las de sus colegas hombres (cf. capítulos 8 y 11). Esta visión historiográfica, me temo, es empobrecedora, no sólo de las posibilidades de la historiografía de las mujeres sino también desde un punto de vista intelectual. Esos aportes deben ser analizados en su contexto intelectual y en función de las posibilidades de las que hombres y mujeres disponían. Recordemos, por otro lado, que se están analizando momentos donde la ciencia era percibida básicamente como una y donde las visiones diferentes según la adscripción étnica o de género no tenían lugar. Sin embargo, si se trata de analizar lo visible y lo invisible (cf. capítulo 9), refugiarnos en el desvío androcéntrico como recurso explicativo refuerza, sin embargo, lo visible. Por otro lado, en el volumen llama la atención la falta de bibliografía procedente del campo de la historia de las ciencias donde los estudios han sido muchos y han creado ya una cierta tradición (cf. Schiebinger, 1990Schiebinger,, 1993)). Tales referencias no aparecen ni en las bibliografías de los autores ni en la de las compiladoras mientras que las obras de referencia, sin embargo, se cierran en los estudios sobre gender que se han hecho en el marco de la arqueología anglosajona (Conkey, Spector, Gero y Wylie) (cf. capítulo 2 ). Sin embargo, este marco de trabajo contrasta especialmente con el de Allison Wylie (1996) quien engloba parte de sus proyectos en revisiones epistemológicas -ligadas a la historia de las ciencias-sobre la construcción de la evidencia. La selección de autores parece basarse en la asunción que se esboza en la introducción: los arqueólogos hombres sólo pueden escribir historias androcéntricas: The histories of archaeology have broadly accepted and spread a perception of archeology as being male-centred, both intellectually and in practice. Por otro lado, el único hombre del volumen, John Chapman, es quien se atreve a relacionar directamente una "biografía femenina" y un resultado intelectual: afirma que el interés de Marija Gimbutas en los símbolos de la fertilidad coincide con su probable entrada en la menopausia. Esta relación surge a partir de un cálculo de la edad que tenía Gimbutas cuando publicó su obra al respecto y me parece que remite a ciertas ideas sobre cuándo "debe ocurrir" y los efectos de la menopausia en la mujer. Esta afirmación que busca explicaciones en los procesos biológicos parece asimismo contradecir la afirmación del mismo autor acerca de la constitución del "individuo" por la cultura y los actos del lenguaje (2). Es de lamentar que las editoras no comenten esta afirmación enraizada en la biología de la mujer como tampoco algunas tensiones que surgen entre los capítulos. Así en el 10 sobre Creta se afirma que fueron las redes de solidaridad intrafemenina las que habrían posibilitado la inserción de las mujeres en las prácticas de la arqueología mientras que el capítulo 8 sobre Suecia muestra que en esas redes intervenían tanto hombres como mujeres. Otro aspecto que me gustaría destacar es que el problema de la unidad de las ciencias está latente en todo el volumen. Así mientras se escribe "las historias" en plural, la arqueología se manüene siempre en singular. Algunos posturas sobre la arqueología llegarían a plantear que el plural sería deseable incluso para esta ciencia y los reproches que se le hacen a las mujeres visibles en este libro, parecen indicar que algunas autoras son partidarias de tales enfoques. El libro compilado por Díaz Andreu y Stig S0rensen se inicia con la pregunta acerca de qué se olvida refiriéndose al silencio que reina sobre las mujeres en las historias de las arqueología. El capítulo de una de ellas (Rescue and Recovery. On historiographies of female archaeologists) comienza con un epígrafe que cita la sorpresa contemporánea ante la importancia de los movimientos feministas y sus publicaciones a principios de siglo. Tal sorpresa me remite, por otro lado, a otro aspecto y a otra pregunta con respecto a las memorias selectivas: ¿quién ha olvidado a las mujeres y a los movimientos políticos en los que algunas pardcipaban? Las diferentes corrientes del pensamiento político e intelectual no conservan las mismas genealogías y la disciplina del conocimiento ha cerrado sus discursos alrededor de referencias que difícilmente cruzan las fronteras. Esta sorpresa me parece indicar, por otro lado, la especificidad con la que se constituyeron los campos académicos de manera tal que la historia contemporánea haya quedado sepultada para quienes no trabajan sobre ella. SCHIEBINGER, LONDA (1990): "Cuando la ciencia era mujer". En Javier Ordonez y Alberto Elena (comps.): La ciencia y su público: perspectivas históricas. T. R, 56, n." 1, 1999 (c) La Arqueología portuguesa es desconocida, en gran medida, por la investigación española, pese a las afinidades geográficas y culturales que tradicionalmente ambos países han mantenido. La institucionalización de la Arqueología se ha desarrollado de una forma más lenta en Portugal (V. y S. O. Jorge, 1995) que en España (Martínez Navarrete, 1998). El retraso disciplinar que este hecho ha provocado ha sido, a mi juicio, uno de los factores que ha inducido a la lectura de una mayor variedad de literatura alemana, francesa y anglosajona, en detrimento de la existente en nuestro país vecino. Con la reciente publicación de Para uma conciliaçào das Arqueologías se ha producido un salto importante dentro de la historiografía arqueológica portuguesa, ya que ésta representa la primera obra de carácter teórico escrita en este país. Si bien es cierto que, desde finales de los 80 una serie de artículos críticos con un importante componente teórico han empezado a minar el campo de la irreflexiva escuela histórico-cultural (V. O. Jorge, 1989;S. O. Jorge, 1994S. La idea general que se desprende de la lectura de este pequeño libro es la de "abrir las mentes" de los más radicales seguidores del normativismo y del po-sitivismo con relación al nacimiento de una nueva forma de estudiar el pasado, y que el autor centra en la Arqueología Contextual, y respecto al marxismo, pese a que tradicionalmente esta última corriente no ha tenido muchos seguidores en Portugal. De esta forma, se propone la posibilidad de un dialogo conciliador entre todas ellas al señalar que a través del análisis de los artefactos, la disposición espacial de los mismos, las estructuras arqueológicas, la actividad económica, las relaciones sociales y la ideología, estas son complementarias. Es decir, aunque el procesualismo, que como bien señala J. Alarcao, no tiene por qué ser esencialmente materialista, se ha ocupado tradicionalmente de aspectos económicos, cayendo, muchas veces, en un irremediable funcionalismo. El marxismo y la Arqueología propuesta por I. Hodder, según el autor, han asumido el papel de interpretar el pasado, aludiendo a la ideología y a la concepción simbólica de las sociedades. La gran reacción frente a la publicación de este libro, se produjo durante los días 21 y 22 de febrero de 1997 con la celebración de una mesa redonda en la Fundación Eng° Antonio de Almeida (Oporto), por cortesía de J. Alarcao y V. O. Jorge, a la cual se sumaron investigadores de las principales universidades estatales portuguesas (Coimbra, Lisboa, Minho, Oporto y Trás-os-Montes y Alto Douro) así como de otras privadas, de diversos museos e instituciones nacionales, al mismo tiempo que estudiantes y licenciados en Arqueología y en otras disciplinas. El debate fue grabado para su posterior divulgación, y el resultado final ha sido la publicación de un nuevo libro. Pensar Arqueología, Hoje, que vio la luz a finales del mismo año. Como sus propios coordinadores indican en el prólogo (p. 7), este evento representa el primero de su clase dentro del territorio portugués, ya que su contenido fue exclusivamente teórico. Los puntos discutidos se han estructurado en tres grupos: "Diversas Arqueologías y el papel de la teoría", "Teoría, método y sus ramificaciones", "Arqueología y divulgación" y "Formación en Arqueología, algunas voces". En el primero, se abordó la posibilidad de una conciliación de las diversas corrientes arqueológicas como consecuencia del planteamiento general propuesto en la obra de J. Alarcao. En ésta última se apuesta por un perspectivismo en Arqueología (Thomas, 1996: 66). Contrariamente a lo que se puede entender por solapísmo, se defiende la necesidad de dar como válidas diferentes epistemologías para el conocimiento del pasado, defendiendo, de esta forma, su complementariedad. Las duras críticas que fueron realizadas por el matrimonio Jorge (1996: 47) a esta publicación, parecen haberse matizado en la mesa redonda de Oporto. La postura de estos últimos coincide con la de J. Alarcao en que las diferentes corrientes teóricas son T. P, 56, n." 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es complementarias en el ámbito metodológico. Sin embargo, difieren al sostener que todas ellas no pueden situarse al mismo nivel de validez, argumentando, a su vez, que las más recientes tienden a engullir a las antiguas. Postura que implica la asunción de la idea de "progreso" (p. 19) y la crítica de cierto grado de relativismo existente en la pretensión de una posible conciliación. Por otra parte, también se debatió el concepto de teoría y método y la diferencia entre hechos y datos, destacándose la intervención de M. Martins centrada en la distinción entre epistemología científica, teoría e hipótesis (pp. 28-30). En la publicación de la segunda sesión el punto de fricción se centró en torno al concepto de "cultura material", su vinculación con la cronología y las secuencias evolutivas desarrolladas a partir de ambas. De esta forma algunos autores (V. O. Jorge, C. Tavares da Silva) criticaron abiertamente el concepto normativista de "fósiles directores" por su invalidez para la creación de hipótesis interpretativas sobre el pasado, usando como ejemplos la polémica suscitada en torno a la cerámica cardial neolítica y al campaniforme. Mientras que otros (M.^J. Sanches, L. Raposo) se mostraron partidarios del uso de tipologías para el estudio de la Prehistoria dentro de un ámbito regional, o para amplios períodos culturales como puede ser el Paleolítico. La creación y aplicación de regularidades transculturales dentro de la Arqueología, fue defendida por todos los investigadores. El problema de la divulgación del Patrimonio arqueológico dentro de la sociedad es debatido en el tercer apartado. El grueso de la discusión discurrió en torno a la necesidad de dar a conocer con mayor eficacia el pasado, y la manera en que debe hacerse. Se abordó el tema de la escasez de asignaturas o cursos relacionados con la Arqueología en el sistema educativo primario y secundario portugués, un hecho negativo que también se puede observar en el español. Paralelamente se aludió (J. Alarcao) a la necesidad de abrir las puertas de yacimientos arqueológicos in situ al público, y la posibilidad de ofrecer maquetas y reproducciones de la vida y actividades de las sociedades pasadas en los museos, en detrimento de tipologías de objetos. Punto en el que algún museólogo discrepó (L. Raposo), aludiendo al peligro de perder rigurosidad disciplinar y objetividad mediante el uso de tales procedimientos. La polémica derivó, en varias, ocasiones hacia uno de los yacimientos más conocidos en Portugal y en el extranjero, Foz Coa, el cual llegó a convertirse en una razón de estado para los dos últimos gobiernos portugueses (Maria Carrilho, 1995). Aunque los investigadores de este país estuvieron de acuerdo en su conservación e investigación frente al peligro que suponía la construcción de una presa en el valle del Coa, hoy las críticas respecto a como se está llevando a cabo su estudio, e incluso, a la forma en que se ha estructurado como parque arqueológico, aumentan considerablemente (M. Simoes de Abreu, M. Martins). vestigadores, lo que ha demostrado el gran interés que suscita la Arqueología Teórica en este país. El libro de J. Alarcáo es el primero, dentro de la Península Ibérica, que aborda de un modo concreto y directo, el tema de la pluralidad en Arqueología, que por otra parte, sí ha sido bastante debatido en el Reino Unido. Como consecuencia, debe ser destacada la capacidad de iniciativa que, una vez más, ha mostrado este gran investigador portugués. Para concluir me gustaría señalar que la lectura de ambos libros es esencial para una comprensión de la Arqueología portuguesa en la década de los 90, ofreciendo a los investigadores españoles, un buen reflejo de la complejidad teórica a la que debe enfrentarse, en nuestros días, cualquier arqueólogo. Cuando se intenta hacer un comentario crítico sobre un libro de estas características hay que ser consciente de que éste va a implicar alguna dificultad específica: la de intentar por un lado, hacer un comentario crítico homogéneo y por otro lado la de no generalizar a toda la obra teniendo en cuenta que los diversos autores del libro no coinciden con los editores, y que por lo tanto, no se está juzgando una obra comprendida como tal, sino un compendio, cuyos temas confluyen en un vértice común. Por ello no he querido realizar una recensión global con referencias a otras obras sobre el tema y con comentarios sobre algún tema sugerente. Esto pudiera haber llevado a juzgar de forma plana a este elenco de investigadores que, por sus intereses y por sus especialidades no creo que fuera oportuno. La obra se articula en torno a once capítulos, precedidos de una introducción en la que se explica el origen de los mismos en la Reunión de 1994. Cada uno de los capítulos tiene su origen en respectivas ponencias presentadas en la Reunión. En la publicación se presentan ordenados en varios grupos, a saber: teoría. Paleolítico, Neolítico y Prehistoria reciente. Como era de esperar el grueso de los trabajos pertenecen a los tres primeros grupos lo que hace que reflexionemos sobre la incidencia relativa de estas reuniones en la mayoría de los estudiosos de la Prehistoria. Sin embargo, teniendo en cuenta lo reducido del formato del libro, resulta bastante atractiva la forma en que se han presentado todos estos estudios con mapas, figuras e ilustraciones. El primer capítulo de este libro tiene en principio un título que desorienta al lector. La razón es que se trata de un capítulo meramente teórico que se refiere de tanto en tanto a la "cadena de producción lítica" pero que, de hecho se centra en la indagación de lo que para una sociedad significa e implica la tecnología y el dominio sobre la naturaleza. Así termina por plantear una redefinición del concepto de técnica lítica. El segundo versa sobre las fuentes de materia prima y sobre el conocimiento o el acceso al conocimiento de las materias primas geológicas o mineras prehistóricas. Así hay apartados sobre: la determinación estructural de los soportes líticos y cómo se puede establecer el mecanismo de intercambio para justificar la presencia de las rocas alóctonas sobre los medios donde se establecen los asentamientos prehistóricos. También explica cuál es el proceso de localización de una fuente de materia prima: 1. -contextualización geológica y geográfica, 2. -fase de documentación previa; 3. -prospección geoarqueológica. También apunta que la determinación de las fuentes de materia prima ha de observarse desde una perspectiva económica. A continuación encontramos un análisis sobre la gestión del sílex de la Sierra de Atapuerca en el pleis-T. P, 56, n.° 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es toceno inferior y medio. Sorprende este capítulo, no por el tema en sí, sino por el análisis tan bien llevado sobre la captación de las materias primas, la diferenciación llevada a cabo por los antiguos habitantes de Atapuerca entre los distintos tipos y calidades de sílex y su selección. Finalmente se apunta una posible fragmentación espacial de las cadenas operativas de explotación y configuración, de forma que en cada centro de intervención se realizó solo una parte de ellas. Es un capítulo interesante para el neófito y creo que relevador para los más aventajados en la materia. Sin duda es esta una muestra más de cómo un equipo interdisciplinar puede llevar a cabo una intensísima carrera de investigación e indagación en un solo proyecto y como esto se ve reflejado en un sinfín de publicaciones. En la exposición ulterior, se realiza un tratamiento estadístico de los datos para averiguar cuales fueron las implicaciones económicas y territoriales en las diferentes estrategias de adquisición de recursos líticos entre el Paleolítico inferior y Medio en el centro de la región cantábrica. Sorprende quizás más por su situación que por el contenido en sí un capítulo de estas características que quizás hubiera tenido que ser algo más amplio en sus conclusiones. Dentro del mismo ámbito de interés el quinto capítulo lleva a cabo una exposición sobre el estado actual de los trabajos que han aparecido hasta la fecha sobre aprovisionamiento de materias primas líticas por parte de grupos cazadores-recolectores prehistóricos. Apunta acertadamente Terradas que una de las causas a las que se debe la escasez de trabajo es el alto grado de especialización requerido en la realización de estos, la falta de disponibilidad de la infraestructura necesaria para llevarlos a cabo y la ausencia de equipos interdisciplinares que los lleven a cabo. Con gran claridad el autor explica la razón de su interés por el aprovisionamiento de materias primas, a saber: que es el primero de los procesos de trabajo implicados en el proceso de producción lítica (p. El siguiente trabajo es uno de los que más me han interesado por razones obvias (Rodríguez de la Esperanza, 1996 a,b). Es muy interesante conocer como ha sido la caracterización de la variscita procedente de las minas de Can Tintorer, cuya explotación se estima comenzó en el Neolítico. Quizás para los que hemos utilizado los mismos métodos geológicos para determinar un área de circulación de mineral pudiera considerarse como de excesiva la descripción del método, sin embargo, creo no equivocarme si considero que de la forma en que se ha explicado este apartado, se hace no solo necesario sino que crea la sensación de que los métodos científicos utilizados en la prehistoria y arqueología son susceptibles de una explicación sencilla y coherente. En todo caso se puede echar en falta bibliografía específica para cada técnica descrita (Galán y Mirete, 1979; Montero Ruiz, 1994). Muy significativa es la definición que los autores ofrecen sobre la "calaíta": "el término adquiere un significado cultural de carácter simbólico, que incluye a todas las mineralizaciones verdes que han sido explotadas con la misma finalidad" (p. Sin duda alguna son excelentes los apartados sobre las vías de distribución de la variscita de Can Tintorer y sobre las formas de intercambio de la calaíta (con un muy buen análisis de las diferenciaciones sociales a partir de la presencia/ausencia de cuentas de calaíta en las tumbas) con los que se concluye el trabajo, el colofón a un notable esfuerzo de investigación científica. La investigación sobre la explotación de rocas silíceas en la Depresión de Ronda (Lagarín-Malaver) apunta que aquella zona fue un punto frecuente de aprovisionamiento de esta materia prima desde el Paleolítico hasta el III milenio a.n.e. Será entonces cuando se perciba que la intensificación de la producción lítica estaría en relación con una amplia economía regional interesada en el intercambio como medio de cohesión social. Este hecho se reflejaría en las dos principales culturas del sur de la península en este momento: la cultura de Los Millares en el Sureste y el fenómeno dolménico en el occidente. Este capítulo complementa los últimos estudios sobre distribución, análisis y caracterización de la industria lítica de la Prehistoria reciente (estudios como los de Aguayo en Málaga o de Ramos en Granada) que nos muestran una actividad que resultó tan importante como la metalúrgica que es donde tradicionalmente se centra nuestra atención en aquélla época ( Rincón, 1998: 226). Sobre el trabajo de Teresa Orozco tan solo decir que muestra como en el País Valenciano las fuentes de materia prima en el Neolítico I (c.a.7000-5500 BP) se obtenían en afloramientos cercanos a los yacimientos. En un período posterior referido al Neolíüco II las materias primas proceden de afloramientos "regionales" y existe una alta proporción de materiales alóctonos. En el Horizonte Campaniforme de transición se acentúa esta tendencia además de coincidir con otra serie de cambios como el patrón de asentamientos. Alicia Estrada y Josep Bosch llevan a cabo el trabajo de investigación sobre las famosas minas de Gavá (Barcelona). La explicación del proceso de extracción subterránea de sílex y de su planificación es absolutamente didáctica y por lo tanto hace que el lector comprenda qué ventajas tenía respecto a otras técnicas extractivas. Además los autores aclaran que los mineros neolíticos de estas minas tuvieron un conocimiento profundo de ellas así como una comprensión de sus estructuras y de la estratigrafía litológica. Es quizás en el momento en el que se explica la separación del mineral de la roca estéril cuando echamos en falta alguna referencia más reciente a trabajos sobre minería y técnicas de procesamiento minero (O'Brien, 1994; Delibes, 1998), ya que en los últimos años se ha visto multiplicada la bibliografía sobre estos temas, y en concreto, al yacimiento de la Loma de la Tejería (Albarracín, Teruel) (Rodríguez de la Esperanza, 1996a). La investigación llevada a cabo sobre la explotación de los recursos minerometalúrgicos durante la prehistoria reciente en el Bético de Málaga está llevada con gran rigor, hasta el punto que no da como buenos algunos indicios de actividades mineras por el T. P, 56, n." 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es hecho de no parecer muy claras (p.l58), y los que aparecen de forma explícita son tratados con la reserva y el cuidado que merecen al ser bastante escasos; hay que agradecer este tipo de investigaciones. Los autores llegan a una interesante conclusión respecto a la estrategia territorial de poblamiento: en los casos en los que se documenta metalurgia en poblados, éstos se localizan en lugares propicios para el aprovechamiento de recursos agropecuarios, dominando visualmente un extenso territorio y controlando vías de comunicación, la cercanía de las mineralizaciones es un factor más, pero no es la razón de la elección del lugar del asentamiento (p. Finalmente nos encontramos con un estudio sobre los depósitos de arcilla utilizados para la elaboración de cerámicas arqueológicas en la Depresión de Ronda. Este análisis abarca toda la problemática de la caracterización de las arcillas y su comparación con las pastas cerámicas. En este caso la caracterización ha venido dada por el estudio de microorganismos fósiles presentes en las muestras cerámicas analizadas como foraminíferos, radiolas de erizo, diatomeas, etc. Los análisis se han comparado con unas arcillas elegidas dando como resultado una similitud entre las muestras analizadas de cerámicas y arcillas. Con ello lógicamente se deduce un aprovisionamiento de arcillas locales por parte de las comunidades prehistóricas para realizar sus cerámicas. Siempre es interesante leer un trabajo colectivo de estas características, ya que su heterogeneidad es lo que le hace más atractivo. Sin embargo, en este caso, pesa sobre todo el libro el retraso de cuatro años desde que se realizaran los diferentes apartados, y ello se traduce en una falta de actualización bibliográfica. Quizás sea este un buen lugar para reflexionar sobre la terrible incidencia que tiene en la ciencia en general y en la Prehistoria en particular intervalos tan amplios de tiempo entre la realización y la publicación de una obra. Tres volúmenes dedicados en buena parte de su extensión a exponer distintos aspectos del estudio de los restos cerámicos arqueológicos han visto la luz a lo largo de los últimos dos años. Tres libros que, abordados desde distintas perspectivas y con niveles diferentes de generalidad, puesto que en dos de los casos el material cerámico no constituye el tema central del libro, intentan cubrir el vacío existente sobre este tema en la bibliografía arqueológica española. Su significación y trascendencia, como veremos a continuación, es bastante desigual. Así, mientras que el primero de ellos es una traducción de un libro inglés dedicado por entero al estudio de la cerámica arqueológica, los dos restantes no inciden de manera exclusiva en este material. El segundo se centra en la caracterización arqueométrica de materiales arqueológicos, en los que se incluye la cerámica y el tercero, en el análisis de tres de los restos más abundantes en cualquier excavación arqueológica: los restos óseos, los restos vegetales y los restos cerámicos. El libro de C. Orton, P. Tyers y A. Vince responde a un hecho que viene siendo ya casi habitual en la tradición anglosajona desde la publicación del trabajo pionero de Shepard (1956), como es la edición más o menos periódica de libros dedicados a exponer las T P, 56, n.« 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es bases teórico-metodológicas con que abordar el estudio de los restos cerámicos del pasado (p.e. En esta ocasión, el testigo lo recogió en 1993 (fecha en la que se publicó la edición inglesa) la editorial Cambridge University Press, a través de su colección de manuales sobre arqueología diseñados como trabajos de síntesis destinados a una audiencia básicamente profesional. El volumen cuenta con 17 capítulos que se estructuran en tres bloques temáticos, finalizando con unas conclusiones en las que se aventuran algunas de las líneas de investigación que se vislumbran en el futuro (al menos, el futuro de hace cinco años, cuando se publicó el original). Un primer bloque de corte historiográfico, un segundo de contenido eminentemente práctico que pretende ser una guía en el registro y procesado de los datos cerámicos y un tercero en el que se exponen algunas de las aproximaciones más importantes en el estudio de la cerámica arqueológica. Dejando aparte la buena acogida que tuvo en su día en el ámbito académico anglosajón (p.e. Stark, 1994) y su valoración en una tradición como la española, aspectos que ya señalábamos en el momento de la aparición del libro y entre los que destacábamos que gran parte de los temas tratados reflejaban estados de la cuestión de la propia tradición anglosajona difícilmente asumibles, en algunos casos, por la investigación española (García Heras, 1994), en esta ocasión nos centraremos en la traducción del volumen que es la que constituye la novedad editorial. Si en muchos casos se ha recurrido a la expresión Traduttore, traditore para hacer referencia al papel que juega el traductor cuando transcribe una obra a otra lengua, en el caso que nos ocupa no nos hallamos ante unos "traidores" (ya que son dos los traductores), sino ante verdaderos iconoclastas o inventores de la terminología del análisis cerámico, si nos atenemos a la acepción que del término inventor hace el diccionario de la lengua española: "el que discurre sin más fundamento que su voluntariedad y capricho". Nos encontramos, por tanto, ante una traducción poco afortunada que dificulta extraordinariamente la comprensión del texto original. Unos cuantos ejemplos de una lista que podría ser mucho más exhaustiva, ayudarán mejor a entender esta afirmación. Comenzando con aquellos términos relacionados más directamente con el análisis cerámico, comprobamos que el término inglés fabric (p. e. pp. 34 o 52 de la versión inglesa, V.L a partir de ahora) se ha traducido por pasta (p. e. pp. 49 o 67 de la versión española, V.E. a partir de ahora). Si tenemos en cuenta que el término pasta hace referencia a las características de la materia prima en crudo con la que se manufactura la cerámica y el término fábrica a las características de ésta cuando ya se ha cocido, vemos que la traducción es incorrecta y que se podría haber traducido simplemente como fábrica o, si se quiere, como tipo de manufactura. De esta forma, no habría habido necesidad de suprimir varias líneas de la p. 67 (V.L) en la versión española (p. 83) en las que los autores justifican la utilización de este tér-mino y que al lector español le han sido vedadas sin ningún criterio. Asimismo, el término inglés^//^r (V.L: 19,70 o 115) que normalmente hace referencia a las inclusiones de material no plástico presentes en una matriz arcillosa y que equivale al término temper (desgrasante), es traducido por "relleno" (VE.: 33, 87 O 135), un término que en español nunca se utiliza para hacer referencia a estas inclusiones. Por otro lado, el término glazed (vidriado) se ha traducido sistemáticamente por "barniz", con lo que todos los aspectos relacionados con la tecnología del vidriado presentes en la obra original han desaparecido en la edición española. Además, al traducir glaze por barniz, cuando efectivamente se habla de barniz, es decir, el término^///? (p. e. V.L: 70), éste se traduce por "engobe", con lo cual las confusiones se multiplican úííi infinitum en todo el volumen. Otros errores podrían ser la traducción de silt-sized (V.L: 71) por inclusiones del tamaño del "barro" (VE.: 88), cuando silt hace referencia a la fracción limo de un sedimento arcilloso, es decir, tamaños de partícula comprendidos entre 0,5 y 0,002 mm. Sin embargo, se traduce por "limo" (VE.: 243) el término limestone (V.L: 215) que en realidad significa caliza. O también la traducción, cuando se hace, ya que en los cuadros A.2 (VE.: 264 y 265) oA.3 (VE.: 270) se deja directamente en inglés sin ninguna justificación, del término grog como "barro cocido y triturado como desgrasante" (VE.: 201), cuando este término debe traducirse por chamóla, un galicismo existente en español para hacer referencia a la adición de cerámica ya cocida como desgrasante y que cualquier especialista en análisis cerámico conoce. Por último, y para terminar con los términos de carácter geológico, basic igneous del cuadro A.2 (V.L: 236 y 237) se ha traducido simplemente como "roca ígnea" (VE.: 264 y 265) sin tener en cuenta que roca ígnea básica, la traducción correcta, hace mención al contenido en SiO^ de la roca comprendido entre el 40 y el 52 %, que las diferencia de las rocas ígneas acidas cuyos contenidos en SÍO2 se sitúan entre el 65 y el 75 %. En cuanto a los términos relacionados con los distintos procesos tecnológicos, puede mencionarse la traducción sistemática de black-burnished ware (V.L: 25, 176 y 182) por "cerámica de barniz negro" (VE.: 39, 201 y 207) para hacer referencia a la cerámica negra bruñida británica del siglo II d. C. Este hecho resulta sorprendente porque cuando aparece solo el término burnished (V.L: 86 y 126) se traduce correctamente por "bruñido" (VE.: 104 y 146). Otros términos también han sido traducidos de forma poco satisfactoria. Así, earthenware (V.L: 29, 75 o 225) se traduce como "terracota" (VE.: 44, 92 o 254) cuando su significado correcto es loza ya que para decir terracota, la lengua inglesa recurre a la palabra italiana terracotta. Por otro lado, el estado de secado de una pieza conocido en español con la expresión piel dura, se ha traducido por "cuero duro" (VE.: 146) a partir de la expresión leather-hard (V.L: 126), mientras que el término smudging (V.L: 133) que hace referencia al ahumado o carbonación final de las piezas en una cocción, se ha traducido de manera incomprensible por "corrosión" (VE.: 154). Finalmente, dos ejemplos destacan por encima de todos los demás. Haciendo referencia a la cerámica shell-tempered (V.I.: 70), es decir, aquella cerámica desgrasada con fragmentos de concha de molusco conocida en muchas áreas de norteamerica (p. e. Steponaitis et alii, 1996), el término es traducido por la frase siguiente: "...cuando aparecen conchas microscópicas en la pasta de la cerámica..." (V.E.: 87), omitiendo toda intencionalidad en un hecho que la mayoría de los investigadores ligados a estas producciones admiten sin grandes controversias. Por otro lado, la traducción que se ha realizado de la siguiente frase pone de manifiesto, una vez más, el carácter "inventivo" de los traductores de este libro como mencionábamos anteriormente. La frase Organic-tempered sherds must be dried throughly or they will grow moulds (V.I.: 52) ha quedado convertida en "Hay que secar los fragmentos moldeados con productos orgánicos con mucho cuidado si no queremos que les salga moho" (V.E.: 67) cuando la traducción correcta podría ser algo parecido a esto: "Los fragmentos que contienen desgrasante orgánico deben secarse a fondo porque de lo contrario desarrollarán moho". Como puede comprobarse, cualquier parecido con el sentido real de la frase es pura coincidencia. En otro orden de cosas, scanning electron microscope (V.I.: 18 o 67) o lo que es lo mismo, microscopio electrónico de barrido, se ha traducido por "microscopio de barrido de electrones" (V.E.: 32 y 83). Error grave puesto que este microscopio no barre los electrones, sino la superficie de la muestra observada con haces de electrones lanzados a gran velocidad producidos mediante una diferencia de potencial. Del mismo modo, electron microprobe (V.I.: 149) se ha traducido por "microprueba de electrones" (V.E.: 171) cuando este término simplemente no existe en español. La traducción correcta es microsonda electrónica. Otra serie de términos relacionados con el análisis composicional y la procedencia de cerámicas arqueológicas también se han traducido de forma incorrecta. Así, markers or fingerprints (V.I.: 145) ha sido traducido como "rotuladores o huellas" (V.E.: 166) cuando el texto original hace referencia a aquellos elementos diagnóstico o huellas digitales en los que se basan los estudios sobre procedencia. La traducción de los términos que se muestran en la Tabla 11.1 (V.I.: 146) tampoco es correcta. Measurement errors no puede traducirse por medición de los errores ya que se hace referencia a los "errores de medición" que pueden cometerse en la determinación de los perfiles composicionales de un fragmento cuando es analizado por cualquier técnica de análisis químico. Tampoco puede traducirse sampling errors por "muestreo de los errores" puesto que el texto hace referencia a los errores en el muestreo (ya sea por la toma de muestra o por la heterogeneidad del material) de la pieza que ha sido analizada. Por último, spot-dating (V.I.: 54 o 63) se ha traducido por "datación puntual" (V.E.: 69 o 78) cuando el significado correcto sería el de datación rápida o preliminar, mientras que los diagramas de sedación cronológica conocidos como "curvas de acorazados" {battleship curves, V.I.: 190 y 191) se han traducido por "curvas en forma de barco de guerra" (V.E.: 216 y 217). Una serie de ejemplos generales pueden servir para completar la visión de esta traducción. Las tablas se han traducido, en general y de forma inexplicable, por Cuadros. Settling tanks (V.I.: 31) por "cubas" (V.E.: 46) cuando los alfareros siempre han utilizado piletas o tanques de sedimentación. El término slag (V.I.: 71) no puede traducirse por "lava" (V.E.: 88) puesto que significa escoria. Los términos good o very good del gráfico de ordenación de inclusiones de la Figura A.6 (V.I.: 239) no pueden traducirse como "bien" o "muy bien" (V.E.: 269), en todo caso, como buena o muy buena, ya que se refieren al sustantivo ordenación. La traducción correcta sería "casos de estudio", una cuestión casi de sentido común, ya que los autores en esas páginas están mostrando ejemplos de aplicación de ciertos tipos de análisis realizados sobre material cerámico. Como colofón, la última frase del libro, que pertenece a unos versos de Robert Browning, también se ha realizado en un estilo de libre traducción. El verso que dice así: potter and clay endure (V.I.: 230) se ha traducido como "cerámica y alfarero perduran" (V.E.: 259). Esto es una adivinanza, ¿saben ustedes dónde está la palabra cerámica en esta frase? La descripción de términos y expresiones poco afortunadas podría ser, sin duda, mucho más extensa. Sin embargo, algunos de los ejemplos citados son lo suficientemente expresivos como para hacernos comprobar que la traducción realizada por Rocío Barceló y Juan A. Barceló no cumple los requisitos técnicos mínimos para hacer comprensible este volumen a una audiencia de lengua española. Lo cual no deja de ser una lástima, teniendo en cuenta que se trata del primer libro que aparece en la esfera bibliográfica en castellano sobre el papel que juegan los estudios cerámicos en la propia investigación arqueológica. Un hecho de estas características nos hace, por tanto, dirigir la mirada hacia la directora de la colección Crítica/Arqueología, la Dra. María Eugenia Aubet, en la cual ha aparecido este volumen. Y además, formularla varias cuestiones: ¿Por qué no se encargó a un especialista en la materia la traducción del libro? Si esto no fue posible, ¿por qué no se contrató a un especialista para que revisara la traducción final? ¿Qué criterios se han seguido para la elección de estos dos traductores cuando ninguno de ellos, al menos en la medida de nuestros conocimientos, podría ser considerado un especialista en el tema? Y por último, ¿por qué se eligió este libro cuando existen otros en la literatura anglosajona, eso sí, más antiguos, más extensos pero, a la vez, más profundos, como el libro de P. Rice (1987)? En cualquier caso, y aunque nos pese a aquellos de nosotros cuya lengua materna no es el inglés, es T. R, 56, n." 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es importante seguir recomendando la lectura de originales en esta lengua, de éste o de cualquier otro volumen, no sólo porque se accede antes a las novedades editoriales sino porque uno evita de esta forma ser "traicionado" por algunos traductores. Los otros dos volúmenes están relacionados, de manera más explícita en el segundo, con materias que se inscriben dentro de alguno de los campos que cubre la Arqueometría, es decir, geocronología, caracterización de artefactos y biomateríales, reconstrucción paleoambiental y prospección geofísica. En primer lugar, es importante aclarar qué se entiende por Arqueometría para comprobar si todos hablamos de lo mismo. En mi opinión, la Arqueometría es aquella disciplina que contempla la aplicación de técnicas de carácter físico-químico en la resolución de problemas arqueológicos. Por consiguiente, difiere con la que se expone en el libro de J. Pérez Arantegui et alii (p. 3) en la que se define como "...la medida o cuantifícación de 'cosas' antiguas, de fenómenos relacionados con ellas o estudio con métodos científico-técnicos de objetos arqueológicos..." o con los objetivos de la misma que expone Baquedano (1997) en la recensión de este libro para Revista de Arqueología en donde se mantiene que "el objetivo de la Arqueometría es la cuantifícación o medición de los materiales arqueológicos". Vista de esta forma, con contar cuántos fragmentos cerámicos tenemos en nuestra excavación, comprobar cuánto miden, por ejemplo, las hachas recuperadas o estudiando estos objetos con un complejo método científico-técnico, ya estaríamos haciendo Arqueometría. Sin embargo, hay una línea divisoria que nos indica que, para hacer Arqueometría, debe haber un problema arqueológico que resolver susceptible de ser abordado con este tipo de técnicas. Dejando a un lado estas cuestiones, la obra que nos presenta la colección Cuadernos del Instituto Aragonés de Arqueología dirigida por el Dr. Francisco Burillo, debe ser acogida con entusiasmo puesto que se trata del primer libro que aparece en la bibliografía arqueológica española sobre caracterización arqueométrica de materiales. El volumen, firmado en su mayoría por autoras de distintos campos científicos, ligadas a diferentes instituciones zaragozanas y pertenecientes a un grupo interdisciplinar de gran dinamismo en los últimos años en la caracterización de materiales arqueológicos, recoge los contenidos de un curso de la Universidad de Verano de Teruel celebrado en 1994. Dicho volumen pretende ser una síntesis de las estrategias que deben seguirse en la caracterización de estos materiales a través de las distintas técnicas de análisis accesibles en la actualidad, estructurada en varios capítulos redactados de forma independiente por los cinco autores firmantes. El texto comienza con una sugerente introducción al tema para a continuación centrarse en los métodos que estudian la macro y microestructura de los objetos, así como su composición química, abordando finalmente el análisis de materiales concretos como el metal, la cerámica, el material lítico o los restos de carácter orgánico. A lo largo de sus páginas se insiste de manera especial en la necesidad de llevar a cabo este tipo de trabajo desde planteamientos interdisciplinares. Sobre todo, partiendo de la idea, esbozada en varias partes del texto (p. e., p. 40) de que las especiales características del material arqueológico necesitan una información que sólo pueden dar técnicas sofisticadas. de una serie de ejemplos prácticos bien seleccionados sobre algunos de los trabajos llevados a cabo por este equipo, así como las abundantes referencias bibliográficas con las que cuenta cada capítulo. Hay que hacer también, no obstante, algunas objeciones relacionadas con la edición de este volumen. En primer lugar, la poca uniformidad formal con la que se presenta cada uno de los capítulos, lo cual hace que haya repeticiones de los mismos temas en distintas partes del libro y que a veces sea difícil determinar qué es lo que ha escrito cada autor. Asimismo, hay un capítulo, perteneciente a M. Pernot del C.N.R.S. sobre análisis de metales, redactado en francés. Tal vez, en una obra de estas características, que no es producto de un congreso ni de una reunión internacional, podría haberse barajado su traducción. De todos modos, resulta un tanto paradójico que desde sus páginas se insista continuamente en la colaboración interdisciplinar, mientras que, por otro lado, al leer el texto, uno tenga la impresión de que los distintos autores no han colaborado mucho en la puesta en común del mismo. Finalmente, hay que señalar que, probablemente, debido a la experiencia con este tipo de material de la mayoría de las autoras, la balanza se inclina a favor de la cerámica (por eso se ha incluido el libro en esta recensión), estando ausentes otros materiales de gran importancia en la investigación arqueológica como puede ser el vidrio. El tercero de los voMmenes, un pequeño texto de la colección Cuadernos de Historia de Arco Libros firmado por tres autoras (E. Colomer, S. Montón y R. Piqué), está articulado en torno al eje temático de las actividades de subsistencia en la prehistoria, centrándose en el análisis de tres de los restos producidos por estas actividades: los restos óseos, los restos vegetales y los restos cerámicos, siendo abordados en sendos capítulos escritos cada uno por una de las autoras. Probablemente, lo primero que llama la atención es la inclusión de un material como la cerámica en un eje temático que gira en torno a las actividades de subsistencia, cuando la cerámica es en realidad un objeto manufacturado a partir de la transformación de una serie de materias primas, que no puede ser considerado en sí mismo como actividad de subsistencia aunque sea un medio para llevar a cabo algunas de ellas. Para tratarse de una aportación inmersa en una colección que, como se indica en el reverso de la contraportada, pretende concebir monografías sencillas dirigidas a alumnos de primeros cursos de especialidades de historia y a profesores y alumnos de bachillerato, los temas tratados presentan un gran desequilibrio. Así, mientras que en los dedicados a los restos óseos y a los restos vegetales (18 y 14 pp. respectivamente) el lector puede hacerse una clara idea de lo que los arqueólogos demandan a este tipo de materiales, las técnicas que utilizan y la información que pueden obtener a través de las mismas, en el caso de los restos cerámicos el texto no consigue hacer ver de una manera sencilla estas mismas cuestiones. En-tre otras cosas, porque abundan las imprecisiones. Dejando aparte los otros dos capítulos, centrémonos en el comentario del dedicado a la cerámica. En primer lugar, la temperatura de cocción no se aplica a un material cerámico, tal y como se expone en la p. En todo caso, y en función de las características de la cocción, se alcanza o no se alcanza. ¿Durante cuánto tiempo y con qué tipo de atmósferas? Estos son parámetros que ninguna técnica de análisis nos permite conocer. Lo que sí podemos determinar es un rango de temperaturas equivalentes en función de la composición de su materia prima y del comportamiento de las distintas fases minerales presentes en la misma. A veces, y no sólo a través de la coloración de las piezas, como se mantiene en la p. 43, también podemos determinar, al menos, cuál fue la atmósfera en el momento final de la cocción. Por otro lado, las coloraciones negruzcas no son producto de la carbonatación (pp. 44 y 50), sino de la incorporación de carbono producto de una combustión insuficiente cuyo proceso es conocido por carbonación o carbonización. La carbonatación es una reacción química en la que intervienen el anhídrido carbónico y óxidos o hidróxidos de elementos metálicos que nada tiene que ver con este proceso. Asimismo, también se habla de cocciones "perfectas" o "imperfectas" (p. 46), cuando esta distinción resulta muy difícil de establecer desde el presente ya que, si los objetos cerámicos cocidos de forma "perfecta" o "imperfecta" cumplieron la función para la que fueron fabricados, esta distinción resulta poco útil. Además, ¿cuándo una cocción puede considerarse "imperfecta"? ¿Cuál es el sistema "perfecto" de cocción? En cualquier caso, siempre será más apropiado hablar de los grados de sinterizado que presenta un material, el cual es un parámetro más objetivo. Para finalizar con los conceptos relacionados con la cocción, sería importante señalar que no compartimos el optimismo de la autora cuando expone que la temperatura de cocción de las piezas cerámicas se puede determinar fácilmente, incluso mediante determinaciones químicas precisas (p. Esta idea es ciertamente engañosa, sobre todo, si se expresa en un libro de divulgación. La determinación de la temperatura de cocción quizás sea uno de los temas arqueométricos más debatidos en los últimos años dadas las dificultades que entraña su correcta apreciación. Lo que no es admisible es su determinación a través de la composición química de un fragmento, ya que ésta, en la mayor parte de las ocasiones y en el rango de elementos en el que se mueven la mayoría de las técnicas de análisis químico, no varía de forma considerable con la temperatura. Cuando llegamos al apartado dedicado a las técnicas de análisis, las imprecisiones son mucho más abundantes. En primer lugar, estas técnicas no se dividen entre técnicas de carácter óptico y técnicas de carácter químico (p. 47), son técnicas de análisis mineralógico o de análisis químico. Además, estas últimas no proporcionan la composición de los minerales y de los elementos traza, sino que realizan un análisis químico de la totalidad del cuerpo cerámico en el que se T. P, 56, n." 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es determinan, según la técnica utilizada, elementos mayores (concentración > 1%), menores (0,1-1%) y trazas (< 0,1%). La precisión de estas técnicas no es mucho mayor en comparación con las mineralógicas, como se expone en la p. 48, simplemente se analizan los distintos elementos que componen la materia prima de una cerámica con medios técnicos diferentes. La precisión hace referencia a la capacidad de una determinada técnica de análisis para reproducir los resultados de una medición. Por otro lado, es difícil entender por qué se dice que la Difracción de rayos x (XRD) permite evaluar la temperatura máxima de cocción de un material cerámico siempre que se hayan alcanzado los 800°C (p. 48), cuando esta técnica puede analizar cualquier tipo de material cerámico, incluso en crudo, siempre que sea cristalino. Otro error importante se comete en la descripción de la técnica de análisis químico de Activación neutrónica (NAA) en donde se dice que se trata de una técnica de medición por activación de los núcleos del átomo, que determina la naturaleza de los minerales cerámicos mediante la radioactivación de sus isótopos por bombardeo atómico (p. Imaginémonos la cara que pondría un químico si éste fuera un lector potencial de esta obra. En la Activación, la muestra se irradia en un reactor nuclear con un flujo de neutrones, de modo que una pequeña fracción del núcleo atómico de cada uno de los elementos químicos constitutivos de la muestra se transforme en isótopos radiactivos que decaen con vidas medias características. Cuando decaen emiten rayos gamma con distintas energías según el elemento del que se trate. Midiendo la intensidad de estos rayos es cuando se determina la concentración de cada elemento (Glascock, 1992: 12). Por lo tanto, en lo referente al capítulo dedicado a la cerámica y debido a la gran cantidad de errores e imprecisiones que presenta el texto, el libro no consigue cubrir las expectativas de la colección que concebía monografías sencillas de utilidad, en especial, para estudiantes de primeros cursos de especialidad. Sería difícil concebir una o varias clases a partir de este texto. Nuevamente, y aunque en este caso no se trata de una traducción, la mirada debe dirigirse a los directores de la colección, los Drs. A. Alvar, A. Fernández,' M.A. Ladero y J. Mangas, y a sus criterios de selección de "conocidos especialistas" (como reza el reverso de la contraportada) en el que mucho me temo que han primado más los criterios curriculares (se fuerza a los jóvenes investigadores para que cuanto antes aparezca un libro en sus curricula si quieren ser competitivos a la hora de alcanzar una de las escasas plazas para ejercer su profesión) que otro tipo de criterios. En definitiva, y como apuntábamos en el título de esta recensión, seguimos en la lista de espera de un libro teórico-metodológico en lengua española que aborde el hecho cerámico en toda las dimensiones requeridas por la moderna investigación arqueológica puesto que, ni el volumen de C. Orton et al., por los grandes errores que presenta su versión española, ni el texto de E. Colomer, por sus imprecisiones. pueden cubrir este vacío. El libro de J. Pérez Arantegui et al. resulta alentador en el panorama bibliográfico español pero sólo aborda el hecho cerámico desde una perspectiva arqueométrica que no agota las posibilidades de estudio arqueológico de este material. queda resaltada la necesidad de que los diversos aspectos de la Cultura Ibérica sean tratados de forma monográfica, para obtener así un marco idóneo en el que puedan desarrollarse los análisis particulares. El tema además resultaba especialmente oportuno, como ya se evidenció en el coloquio celebrado en Manresa en 1990, punto de referencia habitual en la bibliografía sobre las defensas de los asentamientos ibéricos. La Casa de Velazquez, contra lo que viene siendo costumbre más o menos impuesta entre las publicaciones de la especialidad, no ha renunciado a una edición de calidad. La encuademación es magnífica, como también lo es el papel y la cuidadosa impresión. El hecho de que sólo se advierta una errata en el pie de una de las figuras es buena prueba de ello. La presencia de una atractiva cartografía, de dos buenos resúmenes, en francés y castellano, y de completos índices al final del texto son testimonio de que no sólo el contenido, sino también la forma, han sido objetivos preferentes en esta publicación. El autor deja traslucir en su obra un espíritu ordenado y metódico, apreciable desde el primer momento en una clara y necesaria introducción en la que se explicitan los principios en los que se fundamenta todo el trabajo posterior. Especialmente reseñable es el discurso relativo al propio concepto de Iberos, difícilmente aclarado con la lectura de los autores antiguos, y recreado -o casi inventado-por la investigación moderna. En el libro se definen, por tanto, los límites temporales -del siglo IX al siglo III a.C-, los espaciales -la fachada mediterránea, desde el Languedoc a Gibraltar, y el área meridional atlántica-y la compartimentación interna propuesta para el territorio estudiado. Ante la falta de trabajos previos de conjunto sobre el tema, se presenta un enfoque analítico, con una primera parte en la que se definen los principales sistemas defensivos utilizados en el mundo ibérico. Esto resulta especialmente útil, ya que no sólo nos permite ordenar la evidencia, sino que nos proporciona una serie de criterios con los que abordar el estudio de las defensas de cualquier yacimiento. La ficha que precede al catálogo de sitios supone un recorrido por los distintos aspectos a tratar que sin duda servirán de guía para la realización de investigaciones sobre este tema, no limitándose a la simple descripción, sino a aquellas apreciaciones que luego permitirán inscribir las fortificaciones en su contexto ambiental y social. Esta revisión nos enfrenta, una vez más, al carácter diverso y adaptativo que los grupos ibéricos suelen manifestar en sus rasgos de cultura material, sin recurrir a modelos rígidos que puedan rastrearse en el interior o exterior de la Península. Los poblados amurallados, las aldeas "cerradas", en términos de Moret, o las granjas fortificadas suelen recurrir a sistemas constructivos que están al alcance de las unidades domésticas, sin que -salvo excepciones-pueda hablarse de diseños arquitectónicos complejos de carácter militar. Las murallas, como recientemente ha propuesto el autor, son los "rostros de piedra" de los asentamientos, útiles para delimitar el núcleo habitado, protegerlo de los agentes naturales y disuadir de un asalto fácil, pero no son verdaderos obstáculos para prevenir un verdadero asedio. Los préstamos del mundo fenicio son severamente limitados al ensamblaje de muros en ángulo recto, mientras que a griegos o púnicos se remiten las casamatas, las torres rectangulares de dos cámaras y ciertos aparejos de especial regularidad. Las tradiciones locales, rastreadas desde el Calcolítico, son ciertamente más significativas. La tercera parte del libro se dedica a los aspectos sociales inherentes al estudio de las estructuras defensivas. A su juicio, el nivel organizativo de los estados ibéricos ha sido habitualmente exagerado, y el amurallamiento de los poblados no permite pensar a menudo en una gestión centralizada, con criterios y tecnologías impuestas, sino más bien en una actividad colectiva que surge en el seno de la propia comunidad campesina. En todo caso, la crítica que se realiza a estudios aparentemente convincentes, como el del área del Turia, no queda explicada con detalle. Será necesaria, como también indica Moret, una progesiva interacción de los diferentes datos arqueológicos para ir perfilando qué alcance tiene el poder de las aristocracias locales, y cuál es el estatus de las poblaciones de mediano y pequeño tamaño respecto a los centros principales. Estos objetivos quedan, sin embargo, lejos de las aspiraciones de este trabajo, que por una parte ofrece la ventaja de la síntesis de gran alcance, pero por otra no puede descender a definir el funcionamiento concreto de las estrategias defensivas propias de cada unidad territorial. De hecho, el afán dé incluir una zona tan extensa hace que las propias áreas escogidas como unidades de análisis sean poco operativas. Por ejemplo, tratar a menudo Andalucía como un solo bloque, diferenciándolo del Sureste es una medida un tanto actualista, y de hecho, como cabía esperar, se reconoce que la Turdetania tiene un comportamiento diferente al de Andalucía oriental, mucho más parecido al Sureste. Las referencias que cierran la redacción están muy escogidas, con la pretensión de ofrecer al lector un listado bibliográfico manejable. Esta es una opción que, sin embargo, afecta al apartado bibliográfico del catálogo, donde es preciso descender a niveles particulares de cada yacimiento, lo que no permite en muchos casos ofrecer las citas completas. A diferencia de otros catálogos mucho más mecánicos, el autor se ha esforzado por dar una visión completa y discutida de cada uno de los lugares analizados. No se trata, por tanto, de una simple enumeración de poblados, sino de un análisis detallado, que hace de este apartado un justificado fundamento para las opiniones que se vierten en la primera parte del libro. Este queda sostenido así por dos sólidos pilares, estudio analítico y lectura histórica, que permiten asegurar su carácter de punto de referencia obligado para la bibligrafía posterior. Los congresos, reuniones y simposia de tema arqueométrico son tan frecuentes que resulta prácticamente imposible no ya participar en ellos sino ni siquiera seguir su curso con regularidad. La arqueometalurgia, que supone un porcentaje elevado de la producción arqueométrica, también se ha convertido los últimos años en un rosario de encuentros que obliga a tener constantemente lista la maleta para poder asumir los compromisos que se presentan. No hace mucho tiempo los eventos habituales a fecha fija eran pocos: el International Symposium on Archaeometry, que se celebra bianualmente en Europa o en Norteamérica y que ya va por la edición número 31, y los BUMA (The Beginning of the Use of Metals and Alloys), con sede habitual en China, que se convoca cada cuatro años. En la década de los noventa las oportunidades para dar salida a las investigaciones en curso se han más que triplicado y raro es el año en el que no se anuncian cuatro o cinco encuentros de diversa temática. El número de investigadores dedicados al estudio de la metalurgia antigua ha aumentado de forma exponencial y ya comienzan a organizarse grandes congresos con sesiones paralelas simultáneas (única solución posible si se desea acortar hasta un tiempo razonable la duración del encuentro) o con un número de carteles que supera ampliamente el de las intervenciones orales. Huyendo de la incómoda masificación se está dando en los últimos tiempos un fenómeno muy interesante: la convocatoria de reuniones para tratar temas concretos, más o menos acotados en el tiempo y/o en el espacio, una solución inteligente, a mi modo de ver, pues selecciona las aportaciones y permite un mejor aprovechamiento del tiempo. He escogido tres casos de entre los acaecidos últimamente, en los que he tenido ocasión de participar, y trataré de desbrozar por dónde discurren o hacia dónde se dirigen las tendencias de la investigación actual en arqueometalurgia. Del 10 al 13 de septiembre de 1997 se celebró en Harvard el Symposium Internacional Metals in Antiquity, organizado por Harvard y la Universidad inglesa de Bradford. El tema era amplio, como suele suceder siempre que la sede es en Norteamérica, para asegurarse la mayor participación internacional posible. Efectivamente, se inscribieron oficialmente 122 ponentes procedentes de los siguientes países: EE.UU. 57, Reino Unido 22, Canadá 9, Alemania 8, España 4, Francia 3, India 2, Grecia 2, Turquía 2, Holanda 2, Australia 2, Bélgica 1, Hungría 1, Italia 1, Noruega 1, Suecia 1, Chipre 1, Irlanda 1, Israel 1 y Austria 1. Las actas aún no han visto la luz, pero sabemos que, por razones presupuestarias, un buen número de presentaciones no va a ser publicado, a pesar de los buenos dólares que costaba la inscripción. El simposium abarcaba cinco sesiones temáticas (en inglés, claro está): Minería antigua y Arqueometalurgia, Caracterización de depósitos de mineral para estudios de procedencia y tecnología, Aspectos teoréticos de la metalurgia antigua. La etnografía de la metalurgia y Taller: los análisis de metal en Arqueología. Un aspecto que quiero destacar, de carácter metodológico, es la gran difusión que está adquiriendo el método de análisis de materiales por espectrometría de masas con plasma acoplado inductivamente (ICP-MS), en particular el que toma la muestra directamente de la pieza a analizar mediante ablación por rayo láser (LA-ICP-MS). Los grandes aceleradores de partículas también están de moda y un buen número de ponentes presentaron sus investigaciones basadas en esas técnicas analíticas, que son las adecuadas para análisis radioisotópico de tanta importancia para la caracterización de minerales, metales y sus posibles relaciones geográficas. Por lo demás, y si exceptuamos a los colegas que llevan varios años dando vueltas a la misma peonza (Hancock y su equipo con los bronces y latones coloniales norteamericanos. Gale y Stos-Gale con los isótopos de plomo mediterráneos, Kassianidou y sus sucesivas entregas sobre tecnología del cobre en Chipre, Epelund y la obtención de hierro en Escandinavia y otros cuantos que sería prolijo relatar), nos encontramos con unos resultados que, sin ser espectaculares, reportaron avances puntuales interesantes. Quiero destacar dos aportaciones que son como la punta del iceberg de una problemática que está aflorando cuando comenzamos a disponer de un gran volumen de datos arqueometalúrgicos, nos falta el tiempo para la reflexión y la interpretación global y, no obstante, el arqueólogo sigue reclamando la analítica de "su" excavación. Por su parte, R.C. Pflaum, un analista australiano concienzudo, se enfrentaba críticamente a la relación arqueólogo-analista en ICPMS methods development and execution. Precisamente en esa línea de digestión de datos anduvieron dos aportaciones españolas, un trabajo de G. Delibes y su equipo {Metal production at the end of Late Bronze Age in the Central Iberian Peninsula) y otro de S. Rovira, I. Montero y P. Gómez Ramos (Complex copper-tin ores and the origin of bronze in the Iberian Peninsula). Al mes siguiente, esta vez en Francia y bajo los auspicios de laA.P.A.B. (Association pour la Promotion de l'Archéologie de la Bourgogne), se celebraba un Coloquio en Bourg-en-Bresse y Beaune ( 17-18 de octubre de 1997), ahora con un tema concreto: Paléométallurgie des Cuivres (Frère-Sautot, 1998) y una participación (por invitación) más reducida porque lo que se pretendía era lograr un foro de discusión en torno a los problemas concretos del cobre antiguo en Europa, a través de 25 T. P, 56, n." 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ponencias de gran actualidad. En dos apretadas jornadas se desarrollaron las cuatro partes del coloquio: Metalurgia y metalurgia experimental: interacciones, Minas y metalurgia en Europa y en el Mediterráneo prehistóricos: experiencias recientes. Metalurgia: economía, sociedad y técnicas, y El sitio campaniforme de Géovreissiat. Tres participantes del simposium de Harvard nos volvimos a encontrar en Francia: Barbara Ottaway, Bill O'Brien y el que suscribe. Los objetivos de los organizadores se vieron cumplidos, con animados coloquios que rompieron los horarios previstos, obligaron a alargar las sesiones y todavía continuaron en las tertulias de café. Allí conocimos los resultados de las experimentaciones sobre fundición de minerales de cobre y producción de objetos realizadas en el Arqueódromo de la Borgoña (Happ, 1998) y Ambert (1998) y en otros lugares (Ottaway, 1998), experimentos que están demostrando una gran utilidad para comprender la metalurgia calcolítica. Debemos, por otro lado, congratularnos porque nuestras hipótesis sobre la utilización de las vasijas-horno, lanzadas a mediados de la década de los 80 (Rovira, 1989), van calando en la literatura arqueometalúrgica europea (Ambert, 1998: 6-7; Carozza, 1998:49-50). Importantes novedades fueron dadas a conocer, como el enorme complejo minero-metalúrgico de Kargaly localizado en la estepa rusa (Chernykh, 1998) y sus principales características tecnológicas (Chernykh y Rovira, 1998) o el poblado campaniforme de Géovreissiat (Hénon y Vérot-Bourrély, 1998), entre otras. Pero también fue la ocasión de presentar y discutir las primeras síntesis sobre metalurgias regionales (O'Brien, 1998; Bietti-Sestieri et alii, 1998; Rovira, 1998), o las implicaciones socioculturales de la producción metálica desde una perspectiva tecnológica (Strahm, 1998). En resumen, el Coloquio Paléométallurgie des Cuivres, que en cierto modo toma el relevo del que tuvo lugar hace ocho años en Saint-Germain-en-Laye (Mohen y Éluère, 1991), es por su concepción y resultados un modelo a seguir. Uno regresa a casa con la maleta " rebosante de nuevas ideas y conocimientos, y no tiene la sensación de ser un francotirador en una macrocacería sino un miembro más de un grupo de amigos que comparten inquietudes y aportan sus visiones personales acerca de un problema concreto: la arqueometalurgia del cobre articulada en torno a un espacio familiar como es Europa. Tentado estuve de ir, maleta en ristre, a Budapest donde, en abril de 1998, se celebraba el Congreso Internacional Archeometry'98, pero un cierto grado de sensatez unido a las limitaciones presupuestarias que estamos padeciendo hicieron aconsejable acumular los recursos para aplicarlos al BUMA-IV, que tendría lugar en Japón (por primera vez se celebraba fuera de China), del 25 al 27 de mayo, en la Universidad de Shimane, organizado con la colaboración de The Japan Institute of Metals. Los BUM A son congresos que gozan de gran predicamento entre los arqueometalúrgicos por la dureza de los referees encargados de seleccionar los trabajos. Fueron aceptadas para su presentación oral 69 ponencias de 30 minutos, cuyos autores pertenecen a los siguientes países: Japón 18, China 12, Inglaterra 6, Italia 5, EE.UU. 4, Rusia 4, Corea 3, India 3, Noruega 3, Alemania 3, Suecia 2, Sri Lanka 2, España 1, Filipinas 1, Yugoslavia 1 y Argentina 1. Allí coincidí de nuevo con B. Ottaway y con algunos otros dos colegas presentes en Harvard, N.H. Gale y T. Chase. Las sesiones se organizaron temáticamente del siguiente modo: General, Historia de la tecnología del hierro y del acero en Oriente y Occidente, Tecnología de taller. Arqueología, Metalurgia del cobre y del bronce, y Metalurgia de la plata y del oro. Paralelamente se celebró un simposium en japonés sobre los temas Cobre, Plata y Hierro y Acero, referidos a Japón. Las actas han sido publicadas con gran presteza (Proceedings, 1998). Aunque el congreso discurrió en dos o tres sesiones paralelas debido a la duración de las ponencias, la división temática resultó muy acertada, de manera que los distintos especialistas en unos materiales determinados estaban agrupados. El tema vedette fue el acero tatara, base de la espadería tradicional japonesa, al que se dedicaron numerosos estudios. Fue muy grato comprobar que en China se ha puesto en marcha un vasto programa de investigación de los cobres y bronces más antiguos, cuyos primeros resultados se daban a conocer (Ying, 1998). El clan Gale hizo una nueva entrega de sus estudios radioisotópicos (Stos-Gale y Gale, 1998) y P. Craddock volvió a hablar del cinc en Oriente, uno de sus temas predilectos (Craddock y Zhou, 1998). Después de cuatro ediciones, en los BUMA ya no se habla demasiado de los comienzos de la metalurgia, a pesar de que el tema no está en absoluto agotado ni todos los problemas resueltos. Unos pocos participantes, fieles al espíritu original de esta conferencia, lo reivindicaban con sus trabajos: Solangaarachchi (1998) hablaba de las primeras producciones de hierro en Sri Lanka; Cincotti et alii (1998) nos presentaban los primeros resultados del estudio de unos pocos objetos de cobre pre-nurágicos, y Rovira et alii. (1998) delineaban en una apretada síntesis las características de la metalurgia prehistórica española. En resumen, y después de pasear mi maleta por tres continentes, podría decir que no hay líneas de investigación preferidas en arqueometalurgia. Habría que hablar de dos enfoques principales: el metodológico, regido por las posibilidades de aplicación de nuevas técnicas analíticas a la resolución de ciertos problemas que no puede alcanzarse de otro modo (estudios isotópicos) y el tecnológico-cultural, de corte más clásico, pero al que todavía le falta mucho camino por recorrer hasta conseguir un buen ensamblaje entre lo puramente técnico y sus implicaciones socioculturales. Entre estos dos polos gravita toda la investigación. Encontrar ese punto medio para la síntesis válida no va a ser fácil en breve plazo, pues a los vicios propios del analista encastillado en su laboratorio se unen las inseguridades del arqueólogo (en particular del prehistoriador) a la hora de comprender y explicar los procesos de cambio desde el registro arqueológico (me estoy refirien-T. R, 56, n." 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es do, claro está, a las etapas más antiguas, para mí las más interesantes). Mientras tanto, y si se quiere estar à la page, conviene tener lista la maleta y no sólo preguntarse, como lo hacía Pflaum en Harvard, who pays for the hinch?, sino encontrar el patrocinador que con^a con los gastos, cuestión nada fácil de resolver dadas las dificultades para conseguir proyectos de investigación con fondos suficientes, dentro de nuestra área. Con todo, debemos felicitarnos por el buen nivel de la arqueometalurgia española en el concierto internacional, a pesar de vernos obligados casi siempre a expresarnos en lenguas extrañas, una situación contra la que lucho cuanto puedo porque no creo en las barreras idiomáticas, al menos dentro de la Comunidad Europea. Estas cuatro sesiones fueron muy densas, e incluyeron numerosas contribuciones sobre todas las regiones siberianas y países vecinos como Kazajstan, Mongolia, Corea o Japón, así como aportaciones sobre Europa. La organización fue temáticamente perfecta, permitiendo a los asistentes formarse una idea clara de la evolución de las culturas paleolíticas de Asia central. A ello contribuyó la edición previa de tres gruesos volúmenes de Actas, lo que constituye todo un record y una gran ayuda para los participantes. Lo mismo puede decirse de la segunda parte del Congreso, dedicada a la visita a los yacimientos, y para la cual se editaron dos volúmenes anexos con las informaciones necesarias para la mejor comprensión de los sitios. Estos habían sido meticulosamente preparados para su presentación, y los especialistas encargados de su excavación explicaron sus características y establecieron un activo diálogo con los participantes. Son especialmente reseñables los yacimientos del Paleolítico Inferior con lascas clactonienses (Tuméchine), los del Paleolítico Medio (Denisova) y una muy rica fase de paso al Paleolítico Superior (Ust Karakol, Anouí, Kara-Bon). Asimismo se reconocen diversas culturas del Paleolítico Superior y del Mesolítico (Kamanea, Denisova). Entre otros puntos de interés queremos señalar que varios conjuntos auriñacienses manifiestan de nuevo el origen oriental de este movimiento, propio del hombre moderno. Un punto de reflexión para los que aún lo dudan es la datación de Ust Karakol por TL alrededor de 50.000 BP. Este enorme, vasto y colosal encuentro, a la vez serio y agradable, fué dirigido por el académico Anatole Derevianko y por la totalidad de su dedicado y competente equipo. E-mail: [EMAIL] (visite también nuestra página Web: http://www.ulg.ac. be/prehist) COLOQUIO A PRE-HISTORIA NA BEIRA INTE-RIOR (Tondela, 21-23 Noviembre 1997). Organizado por el Centro de Estudos Pré-históricos da Beira Alta, el Instituto de Arqueología da Faculdade de Letras da Universidade de Coimbra y el Museu Regional de Arqueología D. Diogo de Sousa. El Centro de Estudos Pré-históricos da Beira Alta nació en 1991 con el objetivo de estudiar, proteger y divulgar el Patrimonio de la región. En su corto período de vida ha llevado a cabo numerosas actividades de carácter disciplinar entre las que destacan un seminario sobre megalitismo celebrado en Mangualde (Viseu) en 1992 (CENTRO, 1994), la prospección y la excavación de numerosos yacimientos y la publicación anual de Estudos Pré-históricos, que desde hace cinco años ve la luz regularmente y se está convirtiendo en una de la revistas de Arqueología de mayor impacto en Portugal. Este coloquio de Tondela (Viseu) es una iniciativa mas en esta línea y ha supuesto una aportación interesante y novedosa para el conocimiento arqueológico del Centro de Portugal, y de las vecinas regiones españolas. Los organizadores prepararon cinco sesiones con sus correspondientes períodos de discusión repartidas a lo largo de dos días. La primera y la segunda versaron sobre megalitismo, con un total de 10 comunicaciones, de las cuales una no fue defendida. La tercera abordó diversos planteamientos teóricos y metodológicos en torno al arte rupestre. Concentró 2 participantes españoles de las 5 comunicaciones. Este último tema esta siendo muy debatido en círculos arqueológicos portugueses como consecuencia del reciente hallazgo de los grabados del Valle del Coa (Vila Nova de Foz Coa) (Carvalho et alii, 1997). La Edad del Cobre y la del Bronce protagonizaron los dos últimos apartados del seminario. En cada uno se presentaron tres comunicaciones, pudiéndose apreciar en el primero una falta de interés por parte de los equipos españoles. El número máximo de participantes se calculó en 150, con el objetivo de fomentar el diálogo y el debate entre la mayor parte de los asistentes, incluyendo a profesionales y a estudiantes. Aunque el fenómeno tumular ocupó todo el primer día del coloquio, las aportaciones novedosas escasearon. La discusión discurrió en torno a puntos tradicionales de investigación, como son el origen y la cronología de los monumentos. Solamente F. C. Gomes, P. S. Carvalho, J. Perpetuo y L. C. Marrafa, respecto al dolmen de Areita (Sao Joáo de Pesquiera), revelaron nuevos datos en torno a la arquitectura y al espacio interno funerario. Sin duda alguna, uno de los platos fuertes del coloquio, al suscitar una amplia discusión entre los asistentes, fue la reinterpretación del yacimiento monumentalizado de Castelo Velho (Freixo de Numao) tras casi diez años de trabajos de campo por parte de S. O. Jorge (1993Jorge (, 1994)). Esta investigadora ha roto su propuesta inicial sobre la existencia de un poblado fortificado calcolítico en el norte de Portugal, para elaborar una hipótesis que le permite defenderlo como "sitio ritual" en función de datos obtenidos en las últimas campañas de excavación. Entre éstos se destacaron: la peculiar arquitectura del yacimiento, tanto en el ámbito interno como externo, la deposición poco convencional de restos humanos asociados a una de las murallas que conforman el recinto, y su posición privilegiada en el paisaje. A mi juicio, la importancia de esta comunicación reside en torno a dos puntos. En primer lugar, la asimilación de nuevas perspectivas dentro de la Arqueología. Estas son la consecuencia de un amplio debate entre posiciones procesuales y postprocesuales desarrollado en el mundo anglosajón, y del espíritu crítico que se ha desprendido de tal proceso dialéctico en la Península Ibérica. Un ejemplo de cómo se T. P, 56, n.° 1, 1999 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es está viviendo su influencia puede apreciarse en uno de los recientes libros publicados sobre Arqueología teórica en Portugal, y que precisamente fue presentado en este coloquio (Alarcáo y V. O. Jorge, 1997). En segundo lugar, refleja la capacidad de renovación teórica y en consecuencia la valentía al desarrollar dicha hipótesis, una de las primeras para un yacimiento de tales características, en la Península Ibérica. Las críticas que pueden desprenderse de este seminario se centran en la ausencia de comunicaciones sobre el Paleolítico y la Edad del Hierro. En este sentido se echó en falta la presencia del equipo internacional que trabaja en el Valle del Coa. Respecto a la Edad del Hierro, aunque todavía no es bien conocida en el territorio portugués, existen datos para la zona fronteriza española. La ausencia de arqueólogos españoles ha sido notable. Se debe señalar que, salvo en los ya extinguidos Congresos del Noroeste Peninsular (SOCIEDADE, 1988) y en los recientes Congresos Peninsulares (V. O. Jorge, 1993; Balbín Behrmann y Bueno Ramírez, 1996), ambos de iniciativa portuguesa, existe una fuerte reticencia a atravesar las fronteras por parte de investigadores españoles y portugueses. Este hecho también puede ser perfectamente corroborado en el Congreso Internacional O Neolítico Atlántico e as orixes do Megalitismo (Rodríguez Casal, 1997) donde la participación francesa, por ejemplo, fue mayor que la portuguesa. La única comunicación que traspasó las fronteras políticas para centrarse en un sólo ámbito geográfico (Beira Baixa-Extremadura) fue la defendida por A. Martín Bravo y E. Galán en torno al Bronce Final. La exposición, de carácter global, quiso abordar el problema de la dispersión de objetos metálicos y sus vías de introducción, rompiendo con el localismo que parece caracterizar tanto a las investigaciones españolas como a las portuguesas (García Marín et alii, 1997), y que de nuevo estuvo patente en las comunicaciones presentadas en Tondela. Por otra parte, el coloquio estuvo acompañado de otras actividades. El día 20 se celebró un seminario sobre Arqueología e Informática, donde diversos investigadores mostraron sus proyectos sobre Patrimonio Cultural. Paralelamente, los propios organizadores llevaron a cabo una exposición titulada Aspectos da Prehistoria da Beira Interior donde se exhibieron de una forma clásica materiales, fotografías y dibujos de diversos yacimientos de los distritos de Gástelo Branco, Coimbra, Guarda y Viseu. En ella los aspectos tipológicos y cronológicos fueron los protagonistas, pero a través de la muestra los asistentes al seminario tuvimos un interesante acercamiento al pasado prehistórico de la región. Merecen especial mención las pinturas rupestres del abrigo de Fraga D'Aia (Sao Joao de Pesqueira) y diversos dibujos sobre arte megalítico, el cual constituye una de las manifestaciones prehistóricas menos investigadas en la Península Ibérica. La visita a diferentes yacimientos de la región, puso fin al coloquio. Para concluir quiero señalar la buena gestión de los organizadores al publicar las actas en el 6.° volumen de Estudos Pré-históricos (CENTRO, 1998) con tan sólo un año de desfase respecto a la celebración del seminario.
Los paños de fractura de los huesos siempre se han prestado a diversos análisis de clasificación, pero con menor éxito se ha podido averiguar el (los) agente(s) responsable(s) de su ruptura. De los diversos atributos utilizados, uno de ellos (los ángulos de los planos de fractura) se ha sometido a exhaustivo análisis, con los resultados que se ofrecen en el presente trabajo. Se concluye que dichos ángulos, en su consideración global en una muestra pueden ser resolutivos ya que los diversos agentes bióticos que rompen huesos (humanos y carnívoros) lo hacen por procesos físicos distintos (percusión y presión) que provocan diagnosis diferenciadas en el modo en que los huesos aparecen fracturados. Los análisis de los patrones de fragmentación o fracturación empezaron a cobrar cierta importancia a partir del interés de diversos autores por discutir el origen de las primeras acumulaciones óseas y el de la cultura ostodontoquerática (Dart 1957; Ghosh 1974, Read Martín y Read, 1975; Bonnichsen 1975; Hill, 1976; Shipman y Philips 1976). Pero antes de referirnos a los patrones de fractura hay que diferenciar dos términos -la fragmentación y la fracturación-ya que suelen asociarse al mismo proceso por tratarse de un proceso tafogenético por el (*) Departamento de Prehistoria, Facultad de Geografía e Historia, Universidad Complutense de Madrid. C/ Profesor Aranguren s/n. que un resto da lugar a otros. Sin embargo la significación de ambos es distinta. La fragmentación según Brugal (1994) y Mateos (2000) es de origen natural y depende de factores hidrotérmicos y climáticos, como la desecación y la deshidratación entre otros. La fracturación por el contrario es fruto de una acción biológica o antrópica. En el caso de la fracturación antrópica la finalidad de romper el hueso es para acceder al contenido medular. La diferenciación entre los patrones generados por la fragmentación frente a la fracturación responden al hecho de que los primeros se dan en condiciones secas del hueso, mientras que los segundos se producen en estado fresco. Diferentes autores han tratado de distinguir ambos tipos, llegando en este caso a resultados muy positivos. Blasco (1992) establece que al fracturar los huesos frescos la fuerza del impacto se distribuye entre el contenido orgánico del hueso absorbiendo el golpe. Cuando la fuerza aplicada sobre el hueso aumenta, y los límites de la resistencia del tejido óseo ceden y deja el hueso de ser capaz de recobrar su estado original, comienza a romperse a partir de una microfractura, que se propaga a través de las ondas de fuerza, desde la zona de impacto hacia el exterior siguiendo las líneas de debilidad del hueso hasta llegar a las epífisis. Cuando el hueso esta en estado seco y carece de componente orgánico, la fractura va siguiendo la estructura microestructural de sus componentes minerales formando grietas perpendiculares al eje longitudinal de las fibras de colágeno del tejido óseo ocasionando fragmentos columnares, triangulares y rectangulares con bordes paralelos y diagonales. Los huesos secos no tienen humedad y su capacidad de absorción del golpe es nula, ya que son poco elásticos, rígidos y poco flexibles y aunque son duros pierden su capacidad de deformación plástica. A mayor sequedad mayor dureza y por tanto menor elasticidad y mayor fragilidad. Una exposición prolongada en medios de alta temperaturas provoca una rápida pérdida de agua propiciando procesos de agrietamiento y exfoliación parecidos a los que produce el Weathering (exposición subaérea) (Hill 1976). Villa y Mahieu (1991 Fig. 5-7) han distinguido algunas diferencias entre procesos de fractura ósea en función del ángulo, el perfil, la línea de fractura, la circunferencia de la caña y la anchura y longitud de la fractura en los huesos apendiculares. De esta manera los huesos fracturados en estado fresco muestran unos ángulos oblicuos, obtusos y agudos frente al recto que se produce cuando el hueso está en estado seco. El perfil que presentan los huesos rotos en estado seco es longitudinal y transversal frente al curvo, espiral y helicoidal apuntado en forma de V que se produce cuando esta en estado fresco. Cuando la fractura se produce en estado fresco muestra un borde de fractura suave frente al irregular y rugoso que presentan los huesos rotos en estado seco. Johnson (1985-tabla 5.2) propone que los huesos fracturados en estado fresco presentan un conjunto de líneas longitudinales o helicoidales distribuidos de forma radial a partir del punto en donde se inicia la fractura. Estás líneas de fractura cesan en las zonas de tejido esponjoso y trabecular de las epífisis, tendiendo a ser netos y regulares los bordes. Suelen tener una asociación múltiple, la superficie del ángulo de fractura es suave, de coloración homogénea y los ángulos de fractura se muestran curvilíneos. A veces aparece el punto de impacto y nunca atraviesa la epífisis. Cuando el impacto se produce en hueso en estado seco, se generan paños de fractura transversales y rectos a partir del punto que provoca la rotura del hueso. Es de tipo perpendicular y horizontal, con una superficie del ángulo de fractura rugosa, de coloración homogénea y heterogénea, ángulos de fractura rectos y puntos de impacto ausentes y pueden llegar atravesar las epífisis. Cuando producen paños longitudinales tienden a ser irregulares y rugosos. Lyman (1994) dice que la fractura en fresco muestra una textura igual, de similar coloración y ángulo obtuso. Cuando el hueso esta seco sin mineralizar indica aspecto rugoso, áspero y escabroso, rígido de textura angulosa y de ángulo obtuso. El hueso seco mineralizado indica cambio de coloración, textura rugosa y ángulo recto. Las fracturas helicoidales pueden producirse en los huesos secos y en los frescos, en los secos tiene una superficie rugosa y en el fresco la superficie de fractura está pulida y bruñida, suave y alisado. La ruptura postdeposicional tiende a crear cortes tubulares (circunferencia completa) pero en los huesos frescos se tiende a formar circunferencias incompletas. Myers et al. (1980) y Outram (2001), como los autores anteriores, proponen que la fragmentación en seco produce fracturas estrechas, diagonales de tipo longitudinal y transversal con textura rugosa y ángulos rectos y perpendiculares. Cuando es en estado fresco produce patrones helicoidales, obli-cuos, y espirales, ángulos agudos u obtusos y de textura lisa y suave. Es decir, coinciden en la diagnosis del estado óseo en el momento de fractura con los autores anteriormente mencionados. Tras señalar algunas de las diferencias producidas en los patrones de fragmentación, en este trabajo nos vamos a referir principalmente a los patrones de fracturación con la finalidad de diferenciar los patrones generados por carnívoros frente a los antrópicos. Sobre esta problemática hay una gran cantidad de trabajos que tratan de definir los patrones generados por los diferentes procesos a través de la morfología de la fractura, los tipos, los planos o la intensidad de la fragmentación etc. En relación con los tipos de fractura los trabajos son muy numerosos. A estos tipos, se les pueden añadir otros como el dentado o almenado más relacionados con patrones hechos por carnívoros (Sadek-Koros 1975; Shipman et al. 1981; Marshall1989). Otros autores, refiriéndose concretamentea los patrones de fracturación antrópica, han tratado de sistematizar los patrones de fractura para crear unas bases que permitan establecer una diagnosis. De este modo, Hill (1976), atendiendo a la morfología y a las características intrínsecas de cada hueso, ha intentado señalar una forma de ruptura ósea diferencial en función de cada tipo de elemento. También Morales (1988), Patou Mathis (1993), Anconetani (1996), Anconetani et al. (1996) y Mateos (1999Mateos (, 2000) ) han definido varios tipos, pero como en el caso de los tipos de fractura, tampoco muestran patrones claros que permitan diferenciar la acción de distintos agentes bióticos ya que solo se centran en la actividad humana. En otros trabajos como los de Bunn (1983) y Capaldo y Blumenschine (1994) sí se llegan a resultados positivos en la diferenciación del agente responsable de la fracturación ósea, dependiendo del grado de sección de circunferencia de las diáfisis. En los patrones generados por carnívoros se dan los llamados cilindros, en los que la circunferencia de la diáfisis puede estar completa o semi-completa superando la mitad de la curvatura original. Por el contrario en los huesos fracturados de forma antrópica la longitud del huesos suele ser inferior al 50 % de la superficie original de dicha sección diafisaria y nunca completa el diámetro de la circunferencia, algo que también han observado Vila y Mahieu (1991). Capaldo y Blumenschine (1994) también han detectado otras diferencias atendiendo al ángulo de las muescas de fractura en los patrones de los animales pequeños de tamaño 1-2. Así las lascas óseas producidas durante la fracturación tienen un ángulo mas obtuso y son mas anchas que las producidas por los carnívoros que son mas triangulares y pueden llevar asociadas marcas de diente (Figura 1 a-b vs c-d en Capaldo y Blumenschine 1994). La fracturación producida por los carnívoros presenta surcos próximos en las partes proximales de la epífisis, bordes diafisarios almenados o escalonados con muescas y hoyos cóncavos. Para animales pequeños como lagomorfos Pérez Ripoll (1993) y Hockett (1993) también diferencia los patrones antrópicos respecto a los de carnívoros, por la asociación de marcas de diente en el caso de los producidos por carnívoros y por que en los casos antrópicos se parten los huesos por flexión de las matadiáfisis, dejando patrones trasversales y epífisis aisladas. En el caso de estos animales la fragmentación producida por la presión del sedimento, el weathering o el trampling suele dejar patrones longitudinales. En resumen, los diferentes estudios realizados no presentan datos concluyentes sobre la fragmentación producida por distintos agentes. Ofrecen algunas generalidades susceptibles de equifinalidad como la asociación de los bordes diafisiarios a determinados tipos de marcas, o el porcentaje de fragmentación, el índice de circunferencia de las diáfisis etc. Sin embargo, en muchas ocasiones estos patrones no son diagnósticos para diferenciar entre agentes fragmentadores óseos de tipo biótico cuando el hueso se ha fracturado en fresco. Por este motivo aquí se propone un nuevo método mas resolutivo en la identificación de los diferentes agentes bióticos (carnívoros versus humanos) de fracturación. Este método está inspirado en el estudio de las muescas de fractura generadas por carnívoros y seres humanos realizado por Capaldo y Blumenschine (1994). Si bien dicho estudio ponía de relieve las diferencias entre procesos de percusión (humanos) y presión (carnívoros), su aplicabilidad a conjuntos óseos fracturados de manera extensa se ve muy limitada por el escaso número de muescas sobre el global de huesos fragmentados. Con el espíritu de aplicar dicho principio físico a todo proceso de fractura ósea, se decidió estudiar su expresión en los paños de fractura, en cada hueso fracturado, para ver si dichos procesos físicos también dejaban una diagnosis particular. Los datos obtenidos y aquí expuestos son el resultado de dicha experimentación. Características de la muestra Siguiendo los criterios delineados por Capaldo y Blumenschine (1994), se han intentado tomar mediciones de angulos en fracturas teniendo en cuenta el tipo de hueso, ya que el grado de densidad parece afectar la mayor o menor tendencia a producir planos agudos y obtusos. Se han utilizado en este estudio experimental huesos largos apendiculares de tres especies diferentes: una grande (vaca) y dos pequeñas (cerdo y oveja). El experimento se ha centrado exclusivamente sobre los huesos apendiculares superiores e intermedios, excluyendo metapodios, ya que la fracturación de estos ultimos es diferente de los huesos estilopodios y cigopodios (Capaldo y Blumenschine 1994). El experimento ha pretendido reconstruir dos procesos fisicos diferentes: presión y percusión. Cuando el ser humano rompe un hueso, utiliza un percutor de manera que genera una carga dinamica sobre el hueso. La fuerza aplicada de esta manera se traduce en un cambio de las fisuras que fragmentan el hueso. Cuando un carnívoros, en cambio, rompe un hueso, lo hace generando presión en dos superficies opuestas del hueso. Esto, fisicamente, produce una distribución diferente de la tensión interna de la cortical que genera un plano de frac-tura orientado de manera menos aguda u obtusa, se acuerdo con el tipo de plano. Estos procesos se han documentado en las muescas de fractura generadas por humanos y carnívoros (Capaldo y Blumenschine 1994). Los paños de fractura son los segmentos que forman el contorno del hueso tras la rotura del mismo. Éstos pueden ser longitudinales, transversales u oblicuos, según su posición respecto al eje longitudinal del hueso completo (Fig. 1). El ángulo de la fractura es el formado por la intersección de una línea que parte de la sección cortical y otra de la sección medular del paño de fractura. Se agruparon las mediciones obtenidas en ángulos agudos, rectos y obtusos, medidos con la ayuda del transportador de ángulos (Fig. 2). Los huesos utilizados para el estudio de los patrones de fractura por presión y percusión han sido: a. Para la presión (carnívoros): 1 radio de bóvido 1 fémur de suído 2 fémures y 1 tibia de ovino (rotos por cánidos grandes: mastines). 2 fémures, 2 tibias y 2 húmeros de bóvido (rotos por hienas). Estos huesos fueron obtenidos por experimentos realizados por Domínguez-Rodrigo en Galana y Kulalu y se trata de huesos fracturados por hienas manchadas (Crocuta crocuta). b. 3 húmeros, 1 radio, 1 fémur y 1 tibia de bóvido 3 fémures y 4 tibias de ovino 1 fémur de suido. Para la rotura por presión de los radios, fémures y tibia de bóvido, suido y ovino se utilizaron dos métodos. El primero, manual, se realizó empleando unas tenazas para romper el hueso con el fin de reproducir la fuerza ejercida por la mandíbula de un carnívoro. El segundo método consistió en proporcionar varios huesos a diferentes carnívoros (perros y hienas) para que los mordieran hasta su fractura (Fig. 1). Para la percusión, se preparó una muestra compuesta por radios, húmeros, tibias y fémures de bóvido, fémures y tibias de ovino y un fémur de suido, que fue golpeada de manera directa con percutores de nódulos de cuarcita sobre yunques y suelos de piedra. Una vez fragmentados los huesos, se llevó a cabo la extracción del tuétano para aislar la materia ósea. Tras esto, se procedió a la cocción de la muestra en una mezcla de agua y detergente neutro, durante un tiempo aproximado de dos a ocho horas, con el objetivo de eliminar los restos de materia orgánica. Selección de las muestras Tras el secado, se seleccionaron de entre todos los fragmentos de la muestra las diáfisis que presentaban las siguientes características: -Tamaño superior a 2 cm -Sin tejido esponjoso -Con paños de fractura limpia y continua (sin muescas) mayores de 4 cm. Especímenes menores no mostraban una longitud suficiente del paño de fractura para que la misma mostrase una ruptura de la pared no limitada por la escasa longitud. Los parámetros analizados fueron: -Posición de los paños con respecto al eje longitudinal del hueso. La muestra de ángulos obtenida se sometió a un análisis estadístico de Intérvalo de confianza (95%) con una distribución t donde t.025 es el valor crítico con un grado de significación equivalente a n-1. El objeto de este tratamiento estadístico es delimitar los rangos de variación de los ángulos en cada proceso físico. Para ello, cada rango de ángulos se dividió en un doble espectro, el generado por debajo de 90o y el que supera dicho margen, ya que cada fractura genera un plano de fractura de cada tipo (>90o y <90o) en cada uno de los dos especimenes que se forman con dicho proceso de ruptura (Tabla 1, figura 2). Tras haber recopilado todos los datos del análisis experimental, se han plasmado los resultados extraídos en tres gráficos, correspondientes a los tres tipos de paños documentados en los huesos fracturados: longitudinales, transversales y oblicuos (Fig. 3; Tab. El objetivo de este estudio era plantear un marco de referencia para diferenciar entre las fracturas producidas por presión o por percusión, en función de las medidas angulares que presentan los paños de fractura. Además, se planteaba la hipótesis de que dichas medidas presentan un rango de variabilidad diferente dependiendo de que se estemos tratando con huesos de animales pequeños o grandes. Por ello, se procedió a comparar los rangos de dispersión de los ángulos resultantes de la fractura de los huesos según la dicotomía "percusión/presión", en ambos tamaños de animales. Siguiendo esta línea argumental, en el gráfico correspondiente a los paños de fractura longitudinales (Fig. 3a), se observa cómo al comparar los pares correspondientes a presión/percusión en el mismo rango de valores angulares (es decir, mayores o menores de 90o) (1) y en el mismo tipo de ta-los otros dos tipos. Además, los paños transversales presentan una mayor dispersión de rango en los valores de sus ángulos. Por último, el gráfico correspondiente a los paños oblicuos (Fig. 3c) muestra cómo en éstos el solapamiento es mínimo, aunque más acusado en las muestras procedentes de animales grandes con respecto a los pequeños. Este tipo de paño es siempre el que se encuentra en mayor abundancia en las fracturas producidas tanto por percusión como por presión, y no cabe duda de que es el más representativo en el análisis que nos ocupa, ya que la muestra aparece siempre muy concentrada en lo que a rango se refiere. Por otro lado, si analizamos conjuntamente las tres gráficas podremos observar que, en líneas generales, si bien los procesos de percusión y presión no suelen dar paños con ángulos de 90o (2), los producidos por medio de este último procedimiento presentan una mayor tendencia hacia este valor, maño de animales (pequeño o grande), se produce un solapamiento bastante alto en los resultados. Quizás, la única excepción la constituye el par presión/percusión referente a los ángulos obtusos en animales grandes, la cual volveremos a tratar posteriormente. Analizando el segundo gráfico (Fig. 3b), que alude a los paños de fractura transversales, podemos ver cómo este solapamiento es especialmente acusado precisamente en el caso que citábamos anteriormente con relación a los paños longitudinales, esto es, al proceder a la comparación entre paños de presión/percusión con ángulos mayores de 90o en animales grandes. Es preciso resaltar que la amplia dispersión que presentan los valores angulares mayores de 90o referentes a las fracturas por percusión en estos paños, no se debe tanto a una muestra más abundante sino principalmente a la gran disparidad que presentan dichos valores. En general, los paños transversales resultan siempre menos representativos en este tipo de análisis, debido a que la cantidad de ellos que aparecen en una muestra de fracturas producidas por percusión o presión es siempre bastante inferior con respecto a Tab. Distribución de valores estadísticos (media, desviación estandar, coeficiente de confianza 95%, número de integrantes de la muestra y rango) en cada categoría experimental. (2) Algo que sí ocurre en los casos en que la fractura se produce de forma natural, por medio de procesos diagenéticos una vez que el hueso está seco. Además, en estos casos se da un predominio de paños transversales sobre los otros dos tipos. estando en su gran mayoría localizados en un rango entre los 85o y los 110o. Sin embargo, los valores angulares de las fracturas por percusión tienden a alejarse del ángulo recto. Para finalizar, haremos un inciso en una idea que hemos venido apuntado a lo largo de este epígrafe, y que se plasma en la aparente variabilidad de los datos extraídos de la muestra referente a animales grandes. Esto podría tener una explicación en el hecho de que para fracturar los enormes huesos de éstos, es necesario proceder con golpes mucho más contundentes y repetitivos, lo que produciría una acusada dispersión en el rango de las medidas angulares y, como consecuencia, un importante sesgo en la información (cf. tamaño 3 de Capaldo y Blumenschine 1994). Los resultados obtenidos tras esta experimentación han permitido desarrollar un modelo susceptible de ser utilizado en futuros estudios tendentes a la identificación de actividades de presión y percusión en conjuntos arqueológicos óseos. A través de la cuantificación de los ángulos presentes en los paños de fractura, se ha establecido un criterio diagnóstico que permite diferenciar los distintos tipos de fuerzas que actúan en la fracturación de un hueso y, por extensión, los agentes que intervinieron en la formación del registro. Se muestra como la utilización de paños de fractura oblicuos en muestras amplias puede ser representativo del tipo de proceso que genera la fracturación: carga dinámica por percusión y carga estática por presión. Con ello, se concluye que la aplicación de dichos criterios a conjuntos arqueológicos puede resultar heurísticamente positiva para discriminar entre conjuntos fracturados por carnívoros y por seres humanos.
En este artículo presentamos los resultados del análisis funcional realizado sobre numerosos geométricos hallados en asentamientos y necrópolis de Cataluña. Si el análisis traceológico nos ha demostrado que estos geométricos fueron usados como proyectiles, el tratamiento estadístico nos ha permitido observar que son uno de los instrumentos más estrechamente asociados con los enterramientos de individuos adultos masculinos. Ello nos ha permitido hacer algunas reflexiones relacionadas con aspectos socio-económicos de las comunidades que ocuparon estos yacimientos. Los elementos de proyectil han tenido y tienen un protagonismo especial dentro de los estudios arqueológicos y etnográficos. En Cataluña, al igual que en el resto de la Península Ibérica, la morfología de los geométricos ha sido y es uno de los fósiles directores empleados para hacer atribuciones cronológicas y culturales (Mestres 1987). En el caso de los yacimientos del área mediterránea y de la cuenca del Ebro, así como el paralelismo que se ha hecho con contextos portugueses (Carvalho 2002), las características morfológicas, la cantidad de los distintos morfotipos, las técnicas de obtención empleadas o la forma del retoque, han servido como marcadores crono-culturales sobre las últimas sociedades cazadoras-recolectoras del epimesolítico y las primeras comunidades agropecuarias del neolítico. Así, frente al predominio durante el mesolítico de geométricos trapezoidales y triangulares, confeccionados con retoque abrupto y obtenidos habitualmente con la técnica del microburil, en el neolítico no sólo disminuyen los trapecios y aumentan los segmentos y los triángulos, sino que la técnica del microburil apenas se utiliza y se configuran con asiduidad mediante retoques bifaciales en doble bisel (Fortea 1971; Cava 1994; Juan-Cabanillas y Martí 2002). Evidentemente, tal caracterización de la morfotecnología de los geométricos tiene un carácter general, ya que se pueden apreciar ciertas diferencias a nivel regional. Así, por ejemplo, A. Cava (1994) apunta que mientras a inicios del neolítico, en la vertiente occidental del Ebro, se mantienen los tipos del mesolítico, con la presencia puntual de algunos segmentos y triángulos de doble bisel, en la vertiente oriental estos últimos (los geométricos de doble bisel) son uno de los morfotipos más característicos. En su opinión la sustitución del retoque abrupto por el simple y plano, así como la presencia del doble bisel, son elementos que pueden vincularse con la evolución de las industrias en proceso de neolitización (Cava 2002). En nuestro caso, el trabajo que presentamos se ha centrado, en cambio, en la función de los numerosos trapecios, triángulos y segmentos que forman parte del conjunto instrumental de varios yacimientos neolíticos catalanes. A pesar de que en los contextos meso-neolíticos europeos los geométricos son uno de los morfotipos más asiduamente analizados desde el punto de vista morfológico, apenas se conocen investigaciones centradas en su función. En este sentido, aunque hasta el momento los estudios traceológicos efectuados coinciden en que la mayoría de los geométricos se utilizaron como elementos de proyectil, también se han registrado, ocasionalmente, algunos empleados en distintas actividades como el descarnado de animales, el corte de piel o la siega de cereales (Saposynikova y Saposynikov 1986; Odell 1978; Gassin 1991Gassin, 1996;;Finlayson y Mithen 1997; Anderson 1983). Por nuestra parte, la presencia en los geométricos estudiados por nosotros de un conjunto de rastros producidos probablemente por haber sido usados como proyectiles (véase infra), nos ha obligado a confeccionar un programa experimental específico destinado a comprender cómo se forman tales rastros y qué características morfológicas tienen. Esta escasez de estudios experimentales nos impedía, evidentemente, tener las bases iniciales con las que abordar el análisis traceológico de los geométricos encontrados en los contextos neolíticos catalanes. No obstante, el objetivo de este estudio no ha sido conocer únicamente la función de los geométricos. En nuestra opinión, los resultados obtenidos podían ser un medio con el que plantear determinadas hipótesis sobre las actividades cinegéticas que llevaron a cabo las sociedades pretéritas, así como la simbología que podían tener tales proyectiles, en tanto que a menudo formaban parte del ajuar depositado en las tumbas. En definitiva, el fin ha sido pasar del objeto al sujeto para acabar haciendo interpretaciones históricas. Con las perspectivas apuntadas, hemos analizado geométricos de distintos yacimientos neolíticos (Fig. 1): -Del neolítico antiguo cardial-epicardial (5800-4900 cal BC) (1): el asentamiento lacustre de la Draga (Banyoles, Girona), los niveles C5 y C6 de la Cova del Frare (Matadepera, Barcelona), la Cova del Vidre (Roquetes, Tarragona) y el yacimiento al aire libre de Plansallosa (Tortellà, Girona) (Martín et al. 1985; Bosch 1993; Bosch et al. 1997Bosch et al., 2000)). -Del neolítico antiguo postcardial (4900-3800 cal BC): la necrópolis de Sant Pau del Camp (Barcelona) (Granados et al. 1991) y la sepultura 83 de las minas prehistóricas de Gavà (Gavà, Barcelona) (Borrell et al. e.p.). -Del neolítico medio (3800-3200 cal BC): las necrópolis de la Bòbila Madurell (Sant Quirze del Vallès, Barcelona) y el Camí de Can Grau (La Roca del Vallès, Barcelona), así como la mina 16 de Gavà (Gavà, Barcelona) y el asentamiento de Ca n'Isach (Palau-Savardera, Girona) (Bordas et al. 1993; Bosch y Estrada 1994; Tarrús et al. 1996; Martí et al. 1997). -Del neolítico final (3200-2400 cal BC): la Bauma del Serrat del Pont (Tortellà, Girona) (Alcalde et al. 2002) y el asentamiento al aire libre de la Prunera (Sant Joan les Fonts, Girona) (Alcalde et al. e.p.). Si bien es amplia la bibliografía publicada sobre la mayoría de estos yacimientos, creemos que puede ser de ayuda al lector una breve presentación de cada uno ellos. La Draga: Localizado a orillas del lago Banyoles (Girona), este asentamiento constituye uno de los (1) La cronología la establecemos a partir de las propuestas publicadas por M. Molist, G. Ribé y M. Saña (1996). yacimientos más importantes conocidos en estos últimos años. Las primeras excavaciones efectuadas en la zona terrestre, atestiguaron la presencia de un único nivel arqueológico que estaba situado por encima de la capa freática. Por debajo de dicha capa, aparecieron numerosos postes de madera hincados en el suelo, que formaban parte de los elementos de sustentación de las diversas construcciones del poblado neolítico. Por otra parte, las excavaciones realizadas en el interior del lago han dado como resultado el descubrimiento de interesantes restos de estructuras, así como de cientos de semillas y objetos-instrumentos confeccionados en cestería y madera (astiles, puntas, recipientes, hoces,...). La Cova del Frare: Formando parte de la sierra Prelitoral, la Cova del Frare se lozaliza en el macizo de Sant Llorenç del Munt (Barcelona) a 960 msnm. Los distintos niveles arqueológicos registrados indican que esta cavidad fue ocupada desde el neolítico antiguo hasta la Edad del Bronce. Según las últimas hipótesis presentadas, durante el neolítico antiguo esta cueva debió ser un lugar de hábitat relacionado especialmente con la explotación ganadera (Martín y Tarrús 1995). Cova del Vidre: Localizada en los Ports de Beseit (Roquetes, Tarragona), próxima a la desembocadura del Ebro, la Cova del Vidre se alza a 1.000 msnm. Los trabajos dirigidos desde inicios de los 90' por Josep Bosch demuestran que se trata de un lugar ocupado intermitentemente. Los restos arqueológicos registrados en distintos niveles indican que fue habitada tanto a principios del epipaleolítico como durante los primeros momentos del neolítico (cardial). Plansallosa: Situado a una altura de 250 msnm., justo donde el río Llierca pasa de los relieves abruptos de la Alta Garrotxa (Girona) a las llanuras del río Fluvià, este asentamiento al aire libre se localiza en una de las rutas idóneas de penetración hacia las primeras estribaciones del Pirineo. Las excavaciones realizadas han permitido constatar dos momentos de ocupación que llegan a abarcar un espacio de unos 2.000m 2. En ellas, las comunidades humanas estructuraron y ordenaron el espacio habitable para adaptarlo a las necesidades de un asentamiento relativamente estable. Sant Pau del Camp: Pocos son los yacimientos neolíticos en Cataluña que estén situados tan cerca del mar (1 Km.). Localizado en la actual ciudad de Barcelona, está limitado al norte por la sierra Prelitoral, y más concretamente por la montaña de Montjuïc. El lugar donde se asentaba debía ser una llanura salpicada de pequeñas elevaciones y regada por constantes torrentes de agua. Las fosas sepulcrales halladas en la necrópolis de este yacimiento, presentan una morfología ovalada o circular y nunca selladas y/o señaladas con piedras o rocas cobertoras. En las 25 sepulturas descubiertas, la mayoría de las personas inhumadas se encuentran colocadas en posición fetal o encogida. Todas acogen a un sólo individuo, a excepción de una que tiene dos. Minas prehistóricas de Gavà: El complejo minero de Gavà (Barcelona) se encuentra en el centro del litoral catalán, junto a la desembocadura del Llobregat. Los trabajos mineros (pozos, cámaras y galerías) que se realizaron durante finales del V y principios del IV milenio cal BC, estuvieron dirigidos a la extracción y la elaboración de ornamentos de calaíta. Tales ornamentos no sólo han sido registrados en múltiples estructuras funerarias catalanas, sino también en las propias minas de Gavà, en algunas galerías (mina 83) empleadas como lugares de enterramiento. Bòbila Madurell: Perteneciente actualmente al término municipal de Sant Quirze del Vallés (Barcelona), la Bòbila Madurell está situada dentro de la llamada fosa tectónica del Vallés-Penedés, que separa las sierras catalanas del Litoral y Prelitoral. Se trata de un yacimiento al aire libre localizado en las suaves laderas de un pequeño altiplano (198 msnm.), alrededor del cual lindan diversas fuentes de agua. Entre los múltiples restos y estructuras arqueológicas pertenecientes al Neolítico, cabe destacar la presencia de un posible hábitat, de unos 80 silos/fosas de desecho y de una enorme necrópolis compuesta de unas 130 sepulturas. Las sepulturas encontradas muestran una gran variabilidad morfológica y volumétrica que acogen habitualmente a un solo individuo, aunque hay algunas dobles y una tiene hasta cuatro inhumaciones (2). Camí de Can Grau: Emplazada en la población de La Roca del Vallès (Barcelona), la necrópolis del Camí de Can Grau está situada dentro de la Plana vallesana, en el corredor que conforman las sierras del Prelitoral y Litoral catalán. Morfológicamente estamos ante un lugar bañado por las aguas de numerosos torrentes y rieras, y dividido por pequeñas elevaciones. La necrópolis la componen 25 sepulturas que muestran una cierta heterogeneidad morfológica. Los individuos inhumados están dispuestos en decúpito supino o recto con las extremidades estiradas. Si bien en la mayor parte de las tumbas hay una sola persona, en algunas se enterraron dos o tres individuos. Ca n'Isach: Situado en la comarca de l ́Alt Empordà (Girona), este asentamiento al aire libre se encuentra en el sector septentrional del litoral mediterráneo, en un pequeño replano a unos 100 msnm., que domina gran parte de la llanura del Alt Empordà. Las diversas campañas de excavación han puesto al descubierto un gran espacio de habitación delimitado por muros (EH1) al que se adosan otros más pequeños (EH2, EH3 y tal vez EH4). Aunque tales estructuras llegan a ocupar un espacio total de 600 m 2, originalmente pudieron tener hasta 800 m 2. De morfología ovalar, en el interior de estos distintos espacios delimitados por muros se han hallado diversas estructuras: silos, fosas empedradas, hogares... Bauma del Serrat del Pont: Los trabajos arqueológicos desarrollados en este abrigo, próximo al valle del Llierca (Girona) y al asentamiento neo-lítico de Plansallosa, han evidenciado una importante sucesión de ocupaciones humanas que, por ahora, abarca desde tiempos históricos hasta el mesolítico. Los distintos estudios realizados confirman que este abrigo debió utilizarse durante el neolítico como lugar de hábitat. En su interior se ha documentado una estructuración compleja del espacio a través de la construcción de muros de piedra. La Prunera: Pocos son los asentamientos al aire libre conocidos pertenecientes al neolítico final. Situado cerca de la Bauma del Serrat del Pont, las diversas campañas arqueológicas iniciadas desde 1991 en la Prunera han puesto al descubierto múltiples estructuras (hogares, fosas con elementos de desecho, depresiones con abundantes restos orgá-nicos...) en un espacio enorme de aproximadamente 8.000 m 2. Aunque se trata de un yacimiento en proceso de estudio, los directores de la excavación plantean dos opciones sobre su ocupación: a) un gran asentamiento permanente y b) un asentamiento al que se acudía periódicamente de manera intermitente (Alcalde et al. e.p.). ESTUDIO FUNCIONAL DE LOS GEOMÉTRICOS: PROGRAMA EXPERIMENTAL Las técnicas de talla empleadas en la elaboración de los geométricos experimentales, así como las formas obtenidas, se han fundamentado en el utillaje arqueológico que hemos analizando. El sílex utilizado en su confección ha sido de grano fino, de buena calidad (Gran Pressigny y Bergerac). El método de conformación de los núcleos ha perseguido la realización de una lámina de cresta bilateral y un dorso natural mediante percusión directa con piedra o con madera (en pocos casos hemos utilizado la percusión indirecta). Como plataforma de percusión hemos utilizado un plano natural del volumen explotado o bien un plano realizado mediante la extracción de un lasca espesa de obertura. La relación geométrica buscada entre la superficie de talla y la plataforma de percusión ha oscilado entre los 70o y 80o. La técnica de talla utilizada ha sido la percusión directa con un percutor elaborado en madera de boj, así como con un canto de arenisca de grano fino. Una vez preparado el núcleo, el encadenamiento gestual ha ido encaminado a la extracción de láminas mayoritariamente de sección trapezoidal, con un ordenamiento derecha, centro, (2) En la actualidad se están realizando nuevas intervenciones arqueológicas en una zona muy cercana al complejo de la Bòbila Madurell denominada como Can Gambús. Las excavaciones que se están llevando a cabo en estos momentos están poniendo al descubierto nuevamente numerosos enterramientos (Coll y Roig e. p.). izquierda o izquierda, centro, derecha. Los talones resultantes, han sido generalmente lineales o lisos, no muy espesos, y bulbos marcados y largos. La segmentación de los productos laminares, previa al retoque final del geométrico, la hemos realizado mediante flexión alzada en la mano o percusión dura indirecta sobre yunque. Por su parte, el retoque y su conformación final como piezas geométricas se ha llevado a cabo mediante presión con un punzón de asta. El hecho de que el tiempo de segmentación y retoque de los geométricos no supere los 2 minutos, da una idea de la facilidad y la gran cantidad de geométricos que se pueden configurar en un periodo corto de tiempo (Fig. 2: 1-2). Los 18 trapecios que se han reproducido, han sido insertados en vástagos de cedro (Cedrus sp.) de 9-11 mm. elaborados industrialmente (Fig. 2: 3-4). Se ha empleado este tipo de madera y tamaños siguiendo los referentes de la arquería actual y medieval, la información etnográfica y los datos arqueológicos recogidos de yacimientos como La Draga, Chalain o los astiles encontrados junto al hombre de Otzi (Hamm 1992; Spindler 1995; Beugnier 1997; Bosch et al. 2000). Estos geométricos, que han sido introducidos en una ranura practicada en la parte distal de los astiles, se han fijado al vástago mediante ligaduras de tripa y un adhesivo hecho de resina de pino, cera de abeja y tierra. En futuros experimentos debemos considerar también otras formas de enmangamiento, puesto que hay investigadores que han observado que la fracturación de los proyectiles tiene una estrecha relación con el material empleado para enmangar y con la forma en la que se inserta el proyectil en el astil (Geneste y Plisson 1986). Asimismo, hemos tenido muy en cuenta los estabilizadores de pluma, puesto que son una parte imprescindible vinculada a la precisión y efectividad de los tiros. El arco utilizado ha sido un longbow de 50 libras, con el que hemos hecho un total de 24 lanzamientos sobre dos ovejas de alrededor de 40 Kg. de peso, colocadas en el suelo encima de un ramaje vegetal. Ha sido muy importante efectuar esta experimentación en el mismo momento en el que eran matadas las ovejas, ya que así evitábamos que sufrieran el rigor mortis. De esta manera, los animales no adquirían una tensión y dureza inhabituales, que habrían afectado a la penetración de los proyectiles. Hemos optado por lanzar los geométricos a una distancia cercana al animal (4 metros), pues de esta forma no hacíamos tiros errados, que habrían hecho inútil la experimentación (Fig. 2: 5). A medida que íbamos tirando los proyectiles, recuperábamos tanto los geométricos, como los astiles. En cada caso, hemos ido anotando distintos aspectos que podían ser significativos: cantidad de lanzamientos efectuados, forma de enmangamiento, zona con la que impactaba el proyectil, (costillas, cráneo, huesos largos, abdomen...), estado en el que quedaban los geométricos y los astiles, etc. Todos los geométricos fueron dibujados y fotografiados previamente a los lanzamientos, con la finalidad de detectar cualquier modificación en la superficie del geométrico como resultado de su impacto con los animales. El registro gráfico ha sido importante, puesto que algunas de las pequeñas melladuras que hemos registrado podían haberse confundido fácilmente con el retoque de las piezas (Fig. 3). Había diversas cuestiones que debíamos valorar por las implicaciones que podían tener con respecto al origen, desarrollo y características de las huellas generadas en la superficie de los geométricos. En este sentido, aspectos como su morfología y tipometría, así como la manera en que eran enmangados al astil, podían influir directamente, no sólo en su grado de efectividad, sino también en la formación y localización de los rastros. Es decir, entendíamos, por ejemplo, que la dirección y la situación de las huellas en los geométricos podían ser un elemento diagnóstico con el que discernir cómo habían sido enmangados y qué implicaciones funcionales tenía ello. Con este objetivos, hemos lanzado sobre las dos ovejas ocho geométricos enmangados como flechas de filo transversal (todo el filo largo como zona activa) y siete como puntas (la zona usada es el vértice entre el filo largo y uno de los laterales retocados) (3). Los resultados con ambas formas de enmangamiento han sido muy diferentes (Fig. 2: 4). El aspecto más significativo con respecto a los geométricos empleados como flechas de filo transversal, es que ninguno ha llegado a penetrar en los animales. Aunque la potencia del arco ha sido muy alta y se han arrojado sobre el estómago para evitar el contacto con algún hueso, las flechas han rebotado sistemáticamente sobre el cuerpo, sin apenas provocar una simple herida (en ocasiones se apreciaba un ligero corte en la piel). Pero además, la intensidad del impacto ha sido tal, que en la ma-Fig. Elaboración y uso de los geométricos experimentales: 1. Percutores y presionadores empleados, 2. Configuración inicial del soporte para la elaboración del geométrico, 3. Tipos de astiles y geométricos empleados, 4. Enmangamiento de los geométricos, 5. Lanzamiento de los geométricos sobre una oveja, 6. Estado de uno de los geométricos empleado como flecha de filo transversal tras la acción del contragolpe. yoría de los casos el contragolpe ha provocado la rotura del astil, pero no la del geométrico (Fig. 2: 6). Estos últimos no han presentado ninguna fractura, más allá de pequeñas melladuras (<1 mm.) distribuidas de manera intermitente en el filo largo (Fig. 3: 1-4). Esta información contrasta con la obtenida por investigadores como A. Fischer (1990) o B. Gassin (1991), en tanto que en sus experimentos los geométricos de filo transversal sí fueron efectivos. No obstante, pensamos que los resultados no son exactamente comparables, puesto que la mayor parte de los geométricos empleados por nosotros, siguiendo paralelos arqueológicos catalanes, son mucho más largos/anchos (16-25 mm.) y, por consiguiente su capacidad de incisión disminuye considerablemente. Con todo, conociendo esta circunstancia también hemos empleados dos geométricos de menor anchura (14 mm.) que, sin embargo, tampoco penetraron en los animales. Por su parte, los siete geométricos utilizados como puntas han sido enormemente efectivos. Estos han traspasado con facilidad los cuerpos de las ovejas, provocándoles heridas letales de consideración. Pero su efectividad no ha residido únicamente en su capacidad de penetración, sino también en su dificultad de extracción. Y es que uno de los vértices funcionaba a modo de espiga/diente e impedía que los geométricos se desprendieran con facilidad en el momento de extraerlos. Si bien, normalmente, los geométricos los hemos empleado una sola vez, uno ha sido lanzado en dos ocasiones y otro cinco veces. Este último caso nos demostró que, si no entran en contacto directo con el hueso, los geométricos pueden llegar a tener una vida bastante larga, sin necesidad de repararlos (Fig. 3: 5-8). Los rastros macro y microscópicos que hemos registrado en estos geométricos usados como puntas son iguales a los identificados por otros investigadores en sus experimentos (Gassin 1996): fracturas de impacto, melladuras, estrías y puntos aislados de micropulido producidos por el contacto con alguna materia dura. Las fracturas y las melladuras han sido en ocasiones mayores a 2 mm., de morfología semicircular o trapezoidal y de terminación afinada o abrupta. En ocasiones, el impacto ha provocado la fractura del vértice activo o ha generado una gran melladura. En ambas situaciones la reutilización de los geométricos hubiera pasado por usar el otro extremo o reparar ligeramente el que se había fracturado. En cuanto a las estrías, hemos apreciado que suelen ser de fondo liso, cortas y colmatadas. Han aparecido tanto agrupadas como aisladas y orientadas en diagonal al filo largo. Por su parte, los puntos de micropulido los hemos registrado, sobre todo, en las partes más altas de la superficie; es decir, en las aristas centrales y en los vértices dejados por los negativos del retoque. Se trata, por lo general, de un micropulido poco extenso, de trama semicerrada, abombado y brillante, que ha podido formarse por el roce puntual con algún hueso. Con la finalidad de tener una referencia puntual e inicial sobre las consecuencias de lanzamientos errados, también hemos efectuado, con geométricos enmangados como flechas de filo transversal, dos lanzamientos sobre un árbol (Fig. 3: 9-10) y uno sobre el suelo (Fig. 3: 11). Los primeros resultados han sido muy interesantes porque si bien las flechas de filo transversal tiradas sobre un árbol han sufrido fracturas importantes (una se ha partido por la mitad y en otra se han roto los dos extremos del filo largo), en las lanzadas sobre la tierra sólo se han generado unas pequeñas melladuras de terminación afinada, que difícilmente podrían atribuirse a su uso como proyectiles si fueran piezas arqueológicas. Este tipo de experimentos sobre los cuales debemos volver a trabajar, también han sido objeto de estudio por parte de otros investigadores (Moss y Newcomer 1982; Fischer 1990). Como conclusión a esta experimentación, cabe decir, por un lado, que en algunos geométricos no se han producido roturas por impacto o melladuras, y por otro, que los que se han fracturado no siempre han quedado inservibles. Esta ausencia de rastros de uso en algunos proyectiles, ya sean intensas fracturas macroscópicas o huellas microscópicas, también había sido observada en puntas de flecha (Moss y Newcomer 1982; González y Ibáñez 1994; Beugnier 1997; Palomo y Gibaja 2002). Evidentemente, estamos ante unos resultados preliminares que debemos ir complementando con otros experimentos. Tenemos que seguir trabajando sobre distintas formas de enmangamiento de los geométricos, por las implicaciones que pueden tener en relación a las actividades cinegéticas y a la fauna cazada. ANÁLISIS DE LOS GEOMÉTRICOS ARQUEOLÓGICOS Los geométricos analizados en los diversos yacimientos catalanes antes citados (Tab. 1), suelen estar elaborados en sílex de distinta granulometría y puntualmente en jaspe. Si bien no siempre es fá- Geométricos del Programa Experimental Geométricos empleados en nuestro programa experimental: 1-4 usadas como flechas de filo transversal, 5-8 como puntas, 9-10 como flechas de filo transversal sobre un árbol y 11 como flechas de filo transversal sobre la tierra. Estos últimos realizados con el fin de observar las modificaciones generadas por el lanzamiento de tiros errados. cil reconocer el soporte sobre el que se ha elaborado el geométrico, en numerosos casos hemos podido observar que se han confeccionado sobre lámina o sobre lasca. Aunque nosotros no hemos documentado la técnica del microburil como medio de segmentación de los soportes laminares, sí ha sido reconocida en los niveles de neolítico antiguo evolucionado (postcardial 1 y 2) del yacimiento de Can Sadurní (Begues, Barcelona) (Edo et al. 1995). En los yacimientos de la segunda mitad del VI milenio e inicios del V (neolítico antiguo cardialepicardial), los pocos geométricos con los que hemos trabajado son morfológicamente trapecios, y en menor medida, segmentos y triángulos, configurados tanto mediante retoque unifacial, abrupto y marginal, como bifacial (doble bisel), semiabrupto/plano y profundo: La Draga. Los geométricos de la Draga están bien representados por trapecios y en menor número por segmentos. Para la conformación de los trapecios se ha utilizado el retoque abrupto directo y también el retoque abrupto alterno. El doble bisel, por su parte, lo hemos registrado en dos piezas: en un caso se ha realizado sobre los dos filos y en el otro sobre uno únicamente. La técnica utilizada para truncar las láminas fue la percusión directa con percutor duro sobre yunque o bien la presión, especialmente en el caso de los segmentos de doble bisel (Fig. 4: 1-3). La morfología de los geométricos suele ser simétrica, si bien se combinan los que presentan lados rectos o ligeramente convexos con algunos que muestran los laterales cóncavos. En la Cova del Frare los dos geométricos sobre lasca analizados corresponden a un segmento ancho de lados con tendencia convexa, confeccionado mediante retoque simple, marginal y bifacial, y a un trapecio de lados cóncavos cuya cara dorsal presenta un retoque plano y profundo, y la cara ventral un retoque simple y marginal (Fig. 4: 4-5). Este último tipo de geométrico ha sido también ampliamente registrado en yacimientos franceses como el Abri Jean Cros (Guilaine et al. 1979). Cova del Vidre: Con respecto a los cinco geométricos analizados de este yacimiento, dos son segmentos bastante alargados (30 x 9 x 2 y 22 x 10 x 3mm., respectivamente), elaborados mediante un retoque profundo y bifacial (doble bisel). Este tipo de segmentos con una longitud importante y con doble bisel también han sido reconocidos en otros asentamientos de la vertiente mediterránea y del valle del Ebro como Cova de l'Or, Els Secans, o Chaves, entre otros (Martí et al. 1980; Rodanés et al. 1996; Cava 2002). Así mismo, se han hallado también un triángulo isósceles con vértice redondeado, realizado por retoque profundo y bifacial, y dos trapecios que presentan un retoque abrupto localizado en la cara dorsal (directo) o de manera alternante en ambas caras (Fig. 4: 6-9). Uno de estos trapecios está retocado también en la base pequeña. Entre los escasos geométricos documentados en este asentamiento, todos excepto uno están realizados sobre lascas. Dos de los tres segmentos se han conformado mediante retoque simple, profundo y bifacial. El tercero mediante retoque abrupto, marginal y alterno. En el caso de los dos trapecios encontrados, uno tiene una tendencia triangular de lados simétricos retocado en doble bisel y el otro presenta una morfología asimétrica con retoque abrupto, marginal y directo. Finalmente, hemos observado un grupo de cuatro piezas realizadas sobre soportes espesos, en los que si bien su apariencia es geométrica, su propia morfología hace difícil su adscripción tipológica (Fig. 4: 10-11). En relación a los contextos del V milenio y principios del IV (neolítico antiguo postcardial), sólo hemos contado con los escasos geométricos hallados junto a ciertas inhumaciones de la necrópolis de Sant Pau del Camp y de la mina 83 de Gavà. El único geométrico localizado en la sepultura 17 de este yacimiento, es un segmento corto y ancho elaborado sobre lascas (Fig. 4: 12). Dicho tamaño y su configuración mediante un retoque profundo en ambas caras, lo hace muy similar a varios de los hallados en el asentamiento tarraconense de la Timba d'en Bareny (Miró et al. 1992). Mina 83 de Gavà: Confeccionados a partir de soportes laminares, los dos geométricos con tendencia asimétrica encontrados en este contexto fu-Tab. Morfología de los 80 geométricos analizados en los 13 contextos sobre los que hemos trabajado. nerario de las minas prehistóricas de Gavà están realizados mediante retoque abrupto, marginal y directo. Este tipo de conformación de los geométricos será, como ahora veremos, habitual en otras minas de Gavà, y en general en todo el neolítico medio (Fig. 4: 13-14). Precisamente del neolítico medio (segundo y tercer cuarto del IV milenio), cabe resaltar, en primer lugar, que frente a los abundantes geométricos encontrados en las necrópolis de este periodo, son muy escasos los hallados en otro tipo de contextos no funerarios como el asentamiento de Ca n'Isach, la mina 16 de Gavà y las fosas de almacenamiento/ desecho de la propia Bòbila Madurell: Bòbila Madurell: Tanto la mayoría de los geométricos registrados en la necrópolis, como el único hallado en el silo B12 son trapecios (los triángulos y los segmentos son muy escasos) realizados a partir de soportes laminares de sílex de excelente calidad (Fig. 5: 1-10). Si por lo general tales geométricos se han formatizado mediante retoques básicamente abruptos, marginales y directos, en algún caso presentan un retoque plano e invasor por una o ambas caras. Asimismo, puntualmente en algún geométrico hemos apreciado como se ha alternado al retoque plano en la cara dorsal con el semiabrupto en la ventral. Aunque habitualmente presentan laterales rectos, algunos muestran una delineación cóncava. Madurell, en esta necrópolis la mayor parte de los geométricos suelen ser trapecios simétricos realizados a partir de fragmentos de láminas cuyos filos son de forma y perfil rectos. Igualmente, aunque sobresalen las piezas elaboradas mediante retoque abrupto, marginal y directo, tienen una representatividad significativa las que alternan el retoque plano e invasor en la cara dorsal, con el abrupto en la cara ventral. El elemento más interesante de los geométricos del Camí de Can Grau es la conservación de residuos de enmangue en la superficie de las piezas. Su distribución, como veremos más adelante, nos ha permitido plantear determinadas hipótesis sobre sus formas de enmangamiento. Mina 16 de Gavà: El único ejemplar hallado en el desecho de esta mina sigue las mismas pautas que la mayoría de los geométricos de este periodo. Es decir, sobre un soporte laminar se ha efectuado un trapecio simétrico elaborado mediante retoque abrupto, marginal y directo (Fig. 5: 18). Ca n'Isach: Si bien es difícil hacer comparaciones en base al escaso número de geométricos simétricos (cinco) hallados en este asentamiento, nos parece interesante la presencia de los dos segmentos, por su rareza en los contextos funerarios de este mismo periodo (Bòbila Madurell y Camí de Can Grau). Tales segmentos están realizados, posiblemente, sobre soportes laminares y están retocados mediante extracciones abruptas y/o planas e invasoras en ambas caras. Por su parte, los tres trapecios restantes también están realizados sobre lámina y muestran configuraciones heterogéneas. Mientras dos de ellos están confeccionados mediante retoques abruptos, marginales y directos en la cara dorsal, el tercero combina un retoque plano y profundo en la cara dorsal, con otro semiabrupto y marginal en la cara ventral (Fig. 5: 19-21). Por último, de finales del IV hasta la segunda mitad del III milenio (neolítico final) sólo contamos con los pocos geométricos documentados en la Bauma del Serrat del Pont y el asentamiento de la Prunera. Los tres geométricos elaborados sobre lasca de este yacimiento son dos triángulos simétricos y un trapecio asimétrico. Si bien el trapecio se ha retocado unifacialmente a través de un retoque abrupto de extensión marginal, uno de los triángulos se ha retocado bifacialmente, de manera alternante, con retoque también abrupto y marginal, y el segundo mediante un retoque plano muy invasivo en ambas caras (Fig. 5: 22-24). En la mayoría de los geométricos del Camí de Can Grau se puede observar la presencia de residuos posibles de enmangue representados en la figura por una mancha negruzca. En el caso de La Prunera, los tres geométricos estudiados corresponden a dos trapecios y a un triángulo. Con respecto a los trapecios, uno muestra un retoque bifacial (plano y muy invasor en la cara dorsal, y simple y profundo en la cara ventral), con formatización incluso del filo largo, y el otro presenta un retoque abrupto y marginal a partir del cual se ha configurando un pequeño geométrico de lados cóncavos. En cuanto al triángulo simétrico, muy similar a uno de los documentados en la Bauma del Serrat del Pont, también se ha realizado mediante un retoque bifacial, combinando el retoque plano y muy profundo en la cara dorsal, y simple y abrupto en la cara ventral (Fig. 5: 25-27). Por último, cabe decir que en este asentamiento también hemos registrado un posible geométrico muy fracturado (que no hemos contabilizado por el estado en que se encuentra), con una morfología muy similar a uno de los usados nosotros en el programa experimental (Fig. 3: 9). El análisis microscópico y el referente experimental antes explicado, nos han permitido determinar un conjunto de huellas que se asocian, con mayor o menor seguridad, con el uso de estos geométricos como proyectiles: -Fracturas por impacto: En ciertos geométricos hemos reconocido la presencia de fracturas que son indicativas de su utilización como elementos de proyectil. Son las conocidas, desde la literatura arqueológica, como roturas aburiladas o con terminaciones en lengüeta y reflejada (García y Jardón 1999). -Estrías por impacto: Las estrías también son uno de los elementos más habitualmente relacionados con los proyectiles. Las que nosotros hemos observado presentan una morfología y un tamaño variable dependiendo, seguramente, de la partícula que entró en contacto con la superficie del proyectil. Así, hemos podido registrar desde estrías aisladas, muy largas y de fondo brillante, hasta agrupaciones de estrías en las que se conjugan morfologías y tamaños diversos (Fig. 6). -Melladuras: Una parte importante de los geométricos han mostrado una serie de melladuras que pueden haberse producido por impacto. Se trata de melladuras mayores a 2-3 mm., con terminaciones abruptas o afinadas. Melladuras que, además, suelen estar asociadas a otros rastros como fracturas y/o estrías de impacto. -Micropulidos por el contacto con una materia dura: El hecho de que este tipo de micropulidos se encuentren sobre todo en el interior de las piezas, nos hace pensar que quizás se originaron por el contacto del proyectil con alguna parte del esqueleto de los animales cazados. Con todo, no desechamos tampoco la posibilidad de que estos micropulidos fuesen consecuencia de una alteración. Son rastros muy poco desarrollados, localizados en puntos elevados de la superficie, que pudieron generarse como resultado de alteraciones postdeposicionales de origen natural o antrópico. Por otra parte, la conservación de residuos de enmangue, así como la localización y dirección de las estrías y las fracturas por impacto, nos han servido para proponer cómo pudieron estar enmangado los geométricos. A este respecto en varios geométricos de la necrópolis del Camí de Can Grau hemos observado que los residuos de enmangue están depositados, especialmente, en los laterales retocados de ambas caras, en las aristas centrales y/o en el filo corto (Fig. 5: 11-17). Si los que presentan residuos desde el filo corto hasta uno de los extremos del filo largo pudieron haberse enmangados como puntas o "barbelures", los que ocupan toda la parte medial del geométrico quizás fueron usadas como flechas de filo transversal. En lo concerniente a la posición y la dirección de las estrías y fracturas de impacto, cabe decir que si bien solemos observarlas en los filos largos, no siempre tienen la misma orientación: unas se encuentran perpendiculares al filo largo, otras en diagonal y otras paralelas a dicho filo. En nuestra opinión, ello vuelve a corresponderse con la posición en la que el geométrico estuvo enmangado al astil: 1) Los que tienen una orientación perpendicular estarían situados en el extremo del astil con todo el filo largo como zona activa, es decir como flechas de filo transversal. 2) Los que muestran estrías en diagonal indican que el geométrico estaría insertado en el lateral o en el extremo del astil, según si funcionaba como "barbelure" o como punta. 3) Hay algunos geométricos que muestran estrías y fracturas con una orientación mas bien paralela al filo largo. Aunque tienen una difícil lectura, cabe la posibilidad de que también fuesen enmangados como puntas o barbelures, y que su dirección estuviese relacionada con el grado de inclinación del filo largo con respecto al astil. De acuerdo con P. Anderson (1983), pensamos que esas diferencias en el modo de enmangamiento pueden estar relacionadas con una función concreta. A partir de los resultados experimentales que hemos presentado, sabemos que los que se emplearon como "barbelures" o puntas pudieron servir, por su capacidad de incisión, para matar presas de mediano y gran tamaño. Función que seguramente no pudieron cumplir los insertados en el extremo del astil con el filo largo como zona activa -flechas de filo transversal-, ya que en nuestros experimentos hemos observado que en el 100% de los casos, sobre dos ovejas de 40 Kg., dichos proyectiles han rebotado en la piel (zona del estómago), no han entrado en los animales y a veces los geométricos han roto los astiles por la acción del contragolpe. Por consiguiente, creemos que las flechas de filo transversal tuvieron que haberse empleado, por su capacidad de corte y el intenso golpe que proporcionan, para cazar pequeños animales como pájaros, liebres, etc. Con este tipo de proyectiles no siempre se matarían las presas, sino que a menudo serían heridas mediante cortes en las alas o en las extremidades (Unger-Hamilton 1988). No obstante, en base a ciertos referentes arqueológicos, pensamos que debemos elaborar una nueva experimentación con geométricos menos anchos lanzados sobre especies animales de pieles más finas. Es posible que en estos casos las flechas de filo transversal entren en el cuerpo, provocando en el animal un profundo desgarro interno. Ello quizás explicaría, por un lado los geométricos introducidos en las vértebras humanas de los individuos hallados en los yacimientos franceses de Porkupaïn y Michelot (Nuzhnyj 1990; Cauwe 1999), y por otro, ciertas representaciones pictóricas o escultóricas, como la escena de caza pintada en el megalito de Orca dos Juncais (Portugal), en la que frente a unos ciervos se observa a un arquero con una flecha encabezada, parece ser, por un geométrico de filo transversal (Mohen 1989), o los relieves egipcios en los que se aprecian figuras humanas sosteniendo o siendo atravesadas por geométricos de este tipo (Clark et al. 1974) (Fig. 7). Por otra parte, no es de extrañar que en un mismo contexto encontremos geométricos enmangados de distinta forma, si entendemos que las comunidades humanas que estudiamos podían haber empleado distintas clases de flechas, dependiendo de la finalidad a la que se iban a destinar. Si hacemos una mirada a la etnografía, veremos que hay numerosos ejemplos en los que las morfologías de los proyectiles están de acuerdo tanto con aspectos funcionales, como sociales y simbólicos (Miller et al. 1986; Petrequin y Petrequin 1990; Bailey 1991; (Mohen 1989), 2. Así por ejemplo, los Dani de Nueva Guinea tienen un abanico muy variado de puntas, entre las que tienen 12 tipos diferentes para la guerra y 6 para la caza, que son guardadas en tres tipos de carcajs: uno para contener las puntas de caza, otro para las de guerra y otro mixto. Estos distintos proyectiles también se relacionan con la edad de los individuos. Así, mientras los niños de entre 6-8 años tienen flechas de madera, imitando a las de los adultos, los de 10-15 años ya utilizan flechas verdaderas y los mayores de 30 años tienen los 3 carcajs de los que hemos hablado (Petrequin y Petrequin 1990). LOS GEOMÉTRICOS COMO MEDIO DE APROXIMACIÓN SOCIO-ECONÓMICA El estudio funcional realizado sobre el conjunto de útiles líticos de estos yacimientos, nos ha demostrado que mientras ciertos trabajos como la siega o el tratamiento de la piel suelen constatarse en un número considerable de instrumentos, las actividades cinegéticas o de defensa están representadas, a menudo, por una escasa cantidad de proyectiles (geométricos y puntas). Escasez que en yacimientos como, por ejemplo, La Draga, la Cova del Frare, Plansallosa, Sant Pau del Camp, la Bòbila Madurell, las minas prehistóricas de Gavà o la Bauma del Serrat del Pont coincide con la poca importancia que tiene la caza, si nos atenemos a la exigua cantidad de fauna salvaje documentada (4) (Estévez y Martín 1982; Estévez 1986; Paz 1992; Albizuri y Nadal 1993). Por otra parte, son significativas ciertas diferencias entre los geométricos hallados en las necrópolis y los registrados en los asentamientos y otras estructuras domésticas como las fosas de desecho. Tomando en consideración todo el utillaje lítico usado, los geométricos y, en menor medida las puntas, suelen estar presentes, especialmente, en las necrópolis pertenecientes a inicios del IV milenio -Bòbila Madurell y Camí de Can Grau-(Tab. Ello también se ha constatado en otras sepulturas neolíticas de Cataluña como Puig d'en Roca, Cal Tofol, Pla del Riu de les Marcetes o el Solar, y del Sur de Francia como Dela-Laïga, Labau, Lattes o Arca de Calahous (Muñoz 1965; Beyneix 1997). El tratamiento estadístico dirigido a observar la distribución de los objetos/útiles depositados en las sepulturas de individuos de sexo y edad diferente, nos ha demostrado que los geométricos y las puntas están asociados casi exclusivamente con los masculinos adultos (Gibaja et al. 1997; Gibaja 2003) (Fig. 8). Esta constatación puede responder a que, independientemente de ser útiles destinados a la caza o a la defensa, que lo son, tal vez representen también una simbología relacionada con la masculinidad. Con respecto a esta cuestión, deberíamos tener muy en cuenta las palabras de A.M. Petrequin y P. Petrequin (1988) cuando, a partir de la abundancia de proyectiles y el escaso aporte cárnico conseguido mediante la caza en yacimientos neolíticos del este de Francia, plantean: "La flèche se développe et se diversifie au moment-même où la chasse perd son importance. (...) En algunos enterramientos infantiles de inicios del IV milenio también se han hallado geométricos (es el caso de las sepulturas 11.3, M15 y MF12a de la Bòbila Madurell, y CCG21 del Camí de Can Grau). El hecho de que tales geométricos se asocien, como hemos apuntado, preferentemente con los adultos masculinos, nos hace sospechar que quizás estos infantiles fuesen niños y no niñas. Tal vez esa representatividad simbólica relacionada con la masculinidad de la que hablábamos antes, intente reflejarse y generalizarse a todos los grupos de edad. Dicha circunstancia no se da únicamente con los geométricos, sino también con otro tipo de artefactos como las hachas y azuelas pulidas y los núcleos de sílex de buena calidad. Aunque muchos de los geométricos de las necrópolis de la Bòbila Madurell y del Camí de Can Grau presentan huellas de uso, las pequeñas fracturas de impacto no los han inutilizado. Es decir, estamos ante geométricos que se seleccionaron y depositaron en los enterramientos por estar en perfecto estado y no haber sufrido intensas fracturas. Ello también lo hemos observado con otra clase de utillaje lítico. Así por ejemplo, en estas necrópolis, así como en la de Sant Pau del Camp y en la sepultura de la mina 83 de Gavà, hemos constatado la presencia de láminas muy poco usadas, cuya capacidad funcional no ha sido amortizada totalmente. También en algunos enterramientos de la Bòbila Madurell, así como en la sepultura hallada en la mina 83 de Gavà, hemos registrado geométricos sin utilizar. Ello nos hace pensar que quizás también se elaboraban este tipo de piezas con la única finalidad de formar parte del ajuar de ciertos enterramientos. Ello se vincularía, nuevamente, con el significado simbólico que tales geométricos tenían para las comunidades que los realizaban. En contraposición, los geométricos pertenecientes a los asentamientos de la Draga, Cova del Vidre, Plansallosa, Ca n'Isach, los silos/fosas de desecho de la Bòbila Madurell o la Prunera, no sólo suelen mostrar un índice importante de fracturas y/ o estrías de impacto, sino que además en algunos casos tales roturas debieron imposibilitar su reutilización. Si bien hay geométricos cuyas fracturas de impacto demuestran que se desecharon y, proba-.blemente, se sustituyeron por otros nuevos más efectivos, también hemos encontrado algunos que fueron abandonados únicamente con pequeñas fracturas que, por supuesto, no impedían su reutilización. El desechar geométricos que aún podían ser usados, puede estar relacionado con distintos factores como: el poco tiempo que se invierte en su manufactura, los abundantes geométricos que pueden obtenerse a partir de un bloque de sílex y/o de una lámina o la cantidad de materia prima disponible por parte de las comunidades que los elaboraban. En este sentido, si se tiene mucha materia prima, y por consiguiente, es fácil hacer geométricos, quizás no haría falta reparar y reaprovechar al máximo los que se han fracturado. Es más sencillo emmangar y emplear otros nuevos. El análisis funcional que hemos realizado sobre un conjunto de geométricos pertenecientes a yacimientos neolíticos del noreste de la Península Ibérica, nos ha demostrado que son instrumentos usados como proyectiles. Los residuos de enmangue conservados, así como los distintos rastros de uso generados por el impacto del proyectil -estrías y fracturas-, nos han permitido inferir que estos geométricos estuvieron enmangados como puntas/ barbelures o como flechas de filo transversal. A partir del programa experimental que hemos confeccionado, hemos llegado a la conclusión de que estas distintas formas de enmangamiento pudieron estar relacionadas con el tipo de animal cazado. También hemos observado ciertas diferencias entre los geométricos hallados en las sepulturas y los encontrados en los contextos habitacionales o de desecho. En el caso de los enterramientos, hemos apreciado tanto geométricos dejados sin usar, como otros, que habiendo sido utilizados, estaban en óptimas condiciones de operatividad. Por lo tanto, pensamos que aunque fueron usados inicialmente para actividades cinegéticas o de defensa, posteriormente adquirieron un significado simbólico al ser dejados junto a los inhumados, mayoritariamente masculinos. Se trataba, en definitiva, de depositar como ajuar proyectiles que no estuvieran rotos o inutilizados. Por su parte, en los contextos habitacionales o de desecho algunos geométricos se abandonaban por las fracturas que habían sufrido o por las abundantes melladuras que se habían generado en sus filos. Otros, en cambio, se desecharon con pequeñas roturas que no imposibilitaban su reutilización; aspecto que puede relacionarse con la facilidad que supone hacer los geométricos si se tiene abundante y/o buena materia prima. Dar las gracias por su colaboración a todos los directores responsables de los yacimientos sobre los que hemos estudiado materiales.
La producción material de los niños no ha sido habitualmente considerada en el análisis del registro arqueológico de los cazadores-recolectores, a pesar de que los datos etnográficos muestran que los niños son generadores importantes de cultura material, especialmente en los campamentos residenciales. En este trabajo se resume la información obtenida entre el grupo indígena Nukak, de la Amazonia colombiana, respecto a la participación infantil en la producción de objetos. A partir de esto, y de información de otros grupos cazadores-recolectores, se derivan expectativas arqueológicas que se confrontan con los materiales de los sitios arqueológicos de la región Pampeana de Argentina. Se propone una metodología para la identificación de la actividad infantil en los contextos arqueológicos, como un primer paso para discutir la agencia de actores sociales diversos en las sociedades del pasado. En términos generales, en la interpretación tanto de los sitios de cazadores-recolectores, como de otro tipo de sociedades más complejas, se asume que los restos materiales recuperados (fundamentalmente los elementos tecnológicos y los desechos derivados de su confección y uso) han sido producidos por adultos. Los agentes son adultos por ausencia {default) de otros actores sociales. A partir de esta asunción implícita se han realizado inferencias sobre las conductas del pasado y se han propuesto modelos de diverso orden referentes a organización tecnológica, secuencia de producción y uso, maximización de materia prima, área de descarte, etc. Dentro de este marco, la forma, tecnología de producción y el tamaño de algunos artefactos (por ej. puntas de proyectil) son considerados como una expresión idiosincrásica y utilizados para la reconstrucción histórico-cultural o como una medida de variabilidad y distancia cultural. En estas reconstrucciones, basadas en supuestos agentes adultos, los niños no han sido visualizados como actores sociales y su producción material no se ha tenido en cuenta en el estudio arqueológico de los grupos cazadores-recolectores. A pesar de estos ejemplos aislados, casi no se han desarrollado programas de investigación dirigidos a identificar y evaluar sistemáticamente la producción infantil dentro del registro arqueológico (para excepciones ver Dawe, 1997; Park, 1998) y a examinarlas connotaciones socioculturales de esto. Esto ha llevado a que los niños hayan sido recientemente equiparados con las mujeres, ya que, como consecuencia del sesgo adulto masculino, ambos han sido "invisibles" en la reconstrucción de las sociedades del pasado (Baker, 1997:187). Los intentos actuales para identificar la conducta infantil dentro de la arqueología surgen como respuesta al reconocimiento de esta situación, y como una continuación natural de la cada vez más intensa investigación de la arqueología del género (i.e Conkey y Spector, 1984; Gero y Conkey, 1991; Claassen, 1992; Scott,-1997). Las similitudes déla feminidad y la infancia han sido también señaladas por Amorós (1997:279): "[ambas] se nos muestran de este modo como dos reductos estamentales de la modernidad, según los cuales se configuró el espacio privado de la familia. Con todo, la infancia aparece como una característica adscriptiva temporal; la feminidad lo es de por vida". Debe recordarse que el concepto de infancia de nuestra sociedad es un producto moderno ya que fue Rousseau quien desarrolló una ideología alrededor de la niñez y de la "pureza" e "inocencia" infantil (Amorós, 1997: 276-279). El naciente interés en examinar la participación infantil en la cultura material es también una derivación de la consideración de los niños como actores sociales significativos (James y Prout, 1990). Dentro del campó de la antropología social se ha planteado también esta sub-representación infantil y el hecho de que casi siempre son incorporados al análisis como parte de la esfera doméstica de los adultos, pero no como casos de estudio en sí mismo (Aguilar, 1994: 29). En un trabajo anterior comencé a plantear que los niños (de aquí en adelante, salvo cuando se exprese lo contrario, "niños" será usado en sentido amplio, incluyendo tanto varones como mujeres) son generadores importantes de residuos materiales dentro de los campamentos de cazadores-recolectores y que su actividad ha sido subestimada en el análisis e interpretación de los depósitos arqueológicos (Politis, e.p.). En este artículo me propongo desarrollar esta idea y aportar elementos para la identificación de la actividad infantil en el contexto material, como un primer paso para entender la dinámica social de los cazadores-recolectores del pasado y cómo las sociedades reproducen sus repertorios culturales. Algunos de estos puntos ya fueron discutidos previamente por Lillehammer (1989) en base a una revisión de la arqueología escandinava, en un artículo pionero dentro del tema. Dentro de esta misma línea de análisis una serie de trabajos ha arribado a conclusiones similares desde perspectivas diferentes. Entre estos aportes se destaca el libro recientemente editado por Moore y Scott ( 1997) sobre aspectos teóricos y metodológicos y las contribuciones de Dawe (1997) y Park (1998) con originales análisis de casos de estudio arqueológicos de las llanuras norteamericanas y de los Inuit de Canadá. El resultado de estos estudios indica que los productos de la actividad infantil pueden ser reconocidos si se desarrolla una metodología apropiada. Para la construcción de esta metodología la argumentación analógica juega un papel central y las principales fuentes deben buscarse en los grupos humanos actuales, y en la información histórica y etnográfica. Este trabajo apunta a contribuir al desarrollo de instrumentos metodológicos para identificar e interpretar el agente infantil en las sociedades del pasado y se basa en una argumentación analógica usando como fuente a los indígenas Nukak. La información obtenida entre los Nukak, un grupo cazador-recolector-pescador de la Amazonia Colombiana (Fig. 1), entre 1990 y 1996 (7 temporadas de campo, 185 días en total) permite generar expectativas materiales de la actividad infantil y evaluar bajo qué condiciones se puede esperar, en sociedades análogas del pasado, un contexto similar. Utilizando este caso de estudio etnoarqueológico como eje, los objetivos de este artículo son: a) analizar la conducta de los niños Nukak y compa-Fig. Mapa de América del Sur con la localización de los grupos indígenas mencionados en el texto y la ubicación de los sitios arqueológicos de la región Pampeana de Argentina. rarla con la de otros grupos cazadores-recolectores con el objeto de identificar algunos patrones recurrentes, b) examinar el tipo de producción material que estas conductas generan y evaluar bajo que condiciones puede que ocurran, c) confrontar estas expectativas con un caso de estudio: el registro arqueológico de algunos sitios prehistóricos de cazadores-recolectores de las llanuras pampeanas de Argentina y explorar la posibilidad de que una clase de artefactos haya sido producido por la actividad infantil. Para los fines de este trabajo, cuando me refiero a los niños Nukak estoy incluyendo a los individuos cuyo rango de edad varía desde el tiempo que empiezan a caminar, hasta la pubertad. En términos de años esto correspondería al período entre uno a dos años y 12 a 13 años. Con anterioridad a este lapso los bebés dependen enteramente de sus padres y no generan ningún tipo de artefacto (aunque sí hay algunos que son confeccionados para ellos como por ejemplo los collares de diente de mono); en la mayoría de los casos aún no tienen nombres y se los llama genéricamente jim^bú o tóm'bú según el sexo. A partir de la pubertad, los jóvenes Nukak salen de cacería y realizan todas las actividades de los adultos aunque aún no hayan completada el proceso de aprendizaje. En términos económicos, su rol es similar al de los adultos, a pesar de no pertenecer aún a ese grupo de edad y aunque socialmente todavía tengan diferencias con estos. A los 15 o 16 años un joven Nukak es económicamente tan productivo como un adulto. En el caso de las púberes ocurre lo mismo, aunque como forman pareja más temprano, el rol social que desempeñan se transforma más rápidamente, aproximándose más al de mujeres adultas (están casadas, pueden quedar embarazadas, realizan todas las tareas femeninas en el campamento, etc.). El rango de edad que abarca la infancia parece ser variable e; itre las sociedades indígenas. Para estos últimos la palabra disiehóde significa "niños" y abarca desde el nacimiento hasta el comienzo de la pubertad, cerca de los 12 años (Bórmida, 1973: 64). Por el contrario, entre los Hadza orientales, Hawkes et alii (1995: 689) incluyen bajo la denominación "children" a varones de hasta 17 años, una edad en la cual un joven Nukak ya es plenamente productivo y utiliza artefactos semejantes a los de los adultos. Por último, se debe mencionar que la influencia de los niños en el registro arqueológico ha sido planteada desde hace tiempo, aunque desde una perpectiva distinta. Hammond y Hammond (1981) y Wilk y Schiffer (1979) han visto a los niños como perturbadores del registro no sólo modificando la distribución espacial de los residuos sino reinsertando en el "contexto sistémico" objetos que supuestamente habían ya pasado al "contexto arqueológico". La perspectiva planteada en este trabajo es totalmente diferente ya que en los dos artículos citados se asumía que existe un contexto previo, "normal," el producido por los adultos, que es perturbado o distorsionado por los infantes. En la presente contribución se considera a unos y a otros produciendo el registro arqueológico en un mismo nivel de jerarquía, lo que implica asumir que los niños no perturban sino que generan. CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LOS NUKAK Los Nukak son indígenas de filiación Makú (Metraux, 1948; Silverwood-Cope, 1972; Reid, 1979) que habitan la Amazonia Colombiana, en el interfluvio de los ríos Guaviare e Inirida, en el Departamento del Guaviare. En un territorio de aproximadamente 10.000 km^, viven entre 400 y 500 Nukak que se agrupan en bandas de unos 20 a 30 individuos (en el sector nororiental hay agrupaciones mayores que pueden llegar a 50 personas). Esta región es una zona de divisoria entre las cuencas del Orinoco y el Amazonas con cobertura vegetal típica de la foresta tropical lluviosa, aunque se observa una período seco entre diciembre y marzo. Si bien hasta 1988 había algún conocimiento sobre la existencia de indígenas de filiación Makú en el interfluvio Guaviare-Inirida (ver Reichel-Dolmatoff, 1967 e Informes Inéditos de la Asociación Nuevas Tribus de Colombia), es recién en ese año cuando los antropólogos y el público en general tuvieron las primeras noticias de la existencia de los Nukak (Chaves y Wirpsa, 1988). A partir de fines de la década de los 80, los Nukak comenzaron contactos regulares con los colonos (campesinos de otras regiones de Colombia), llegando incluso hasta la capital departamental, San José del Guaviare. A partir de los primeros contactos, se iniciaron diferentes estudios antropológicos que han esbozado las características generales de la etnía y han realizado una suerte de "etnografía de rescate" ante la velocidad de transformación de los patrones tradicionales. Asimismo se debe mencionar la copiosa información recogida por los misioneros de la Asociación Nuevas Tribus de Colombia, quienes hicieron los primeros contactos con bandas Nukak del oriente a fines de los 70. El ciclo anual de subsistencia ha podido ser reconstruido a partir de los trabajos citados y se ha estimado que la economía de los Nukak se basa en la caza (monos, pecaríes, aves etc.), la recolección de especies silvestres y de otros productos animales como la miel, los huevos de tortuga y el mojojoy (larvas de coleópteros del género Rhynchophorus). Hasta el presente se han identificado 123 especies vegetales utilizadas (Cárdenas y Politis, e.p.). La pesca y la horticultura en pequeña escala complementan las actividades económicas, con variada importancia según las estaciones. En forma creciente, en los últimos años, los Nukak están incorporando también alimentos que obtienen de los colonos. Sin embargo, durante el período de estudio la subsistencia ti; adicional se basó esencialmente en la explotación de recursos vegetales y animales no domesticados (Polids, 1996b: 58). Los campamentos residenciales son los más frecuentes dentro del sistema de asentamiento. Durante el invierno, estos campamentos están cubiertos con hojas de platanillo y tienen una planta aproximadamente geométrica regular (triangular, cuadrangular y pentagonal); son pequeños y compactos (n=12, min=32,5 m^, max=l 14 m^, x=3,89 rn^l persona). En el verano, la planta es irregular y no existe la cobertura de hojas. En esta estación los campamentos tienen dimensiones levemente superiores a los del invierno (n=8, min=45 m^, max= 129,9 m^, x=4,46 m^/persona). En los casos en que hay mas de una banda residiendo juntas, los asentamientos se hacen más compactos (n=4, min=99 m^, max=130 m^, x=2,61 mVpersona). La movilidad residencial de los Nukak es muy alta y se ha estimado que la mudanza del campamento residencial se produce entre 70 y 80 veces al año. Durante nuestros trabajos de campo hemos registrado distancias entre campamentos residenciales (el abandonado y el nuevo) que varían entre 0,9 y 18,1 km (n=25, x=6,25 km, ver Tabla 3.1 en Polids 1996b). Los Nukak están organizados en bandas autónomas, vinculadas a grupos mayores de afiliación, denominados í WMWM, que tienen nombres definidos en referencia a su ubicación dentro del territorio. Cada banda está formada por pocas familias, usualmente no más de 5 y excepcionalmente hasta 8. En ocasiones especiales dos bandas (o segmentos) LA PRODUCCIÓN MATERIAL DE LOS NIÑOS Los niños Nukak forman una parte importante de la población de los campamentos residenciales, llegando a formar en algunos casos el 50% de los habitantes. Estos niños, especialmente los del primer grupo, pasan una gran parte del día dentro del campamento o en su entorno inmediato (esto es frecuente en otros grupos cazadores-recolectores, por ejemplo los! En general, los niños juegan y recorren los alrededores dentro de una distancia máxima establecida por la posibilidad de ser oídos desde el campamento. Debido a lo cerrado del bosque, los adultos pierden rápidamente el contacto visual con los infantes, por lo que, es necesario oírlos para poder ejercer alguna vigilancia. Los niños que acompañan a sus padres en las cacerías son los que están en la etapa final de la infancia y lo mismo ocurre con las niñas cuando salen de recolección con sus madres u otras mujeres adultas del grupo. Sin embargo la participación de ambos en las salidas de adultos es un proceso progresivo desde muy pequeños. A medida que van creciendo aumenta correlativamente la frecuencia de sus salidas acompañando a los adultos, la distancia que recorren y la participación efectiva en tareas extractivas y productivas. El único punto de inflexión se podría marcar tentativamente a los 7 u 8 años, ya que a partir de esa edad se observa un acelerado proceso de preparación específica para la vida adulta. Durante este período se nota que el proceso de aprendizaje no está basado en la imitación o la enseñanza generalizada de padres a hijos, sino en una actitud de enseñanza dirigida hacia tareas específicas de cada sexo. Por ejemplo, cuando los niños tienen alrededor de 8 ó 9 años los hombres salen con sus hijos de caminata, con dardos y cerbatanas y dejan que estos prueben puntería con aves y animales pequeños. También los incentivan para que suban a las palmeras a recoger frutos e invierten algún tiempo ayudándoles a preparar cerbata-nas. Alrededor de los 10 años las niñas ya cargan con frecuencia a sus hermanos menores durante los desplazamientos y casi siempre llevan un canasto cargado con enseres. Aproximadamente a partir de esta edad empiezan a despostar los monos (una actividad exclusivamente femenina) o a colaborar en esta tarea con sus madres o niñas mayores. También practican la fabricación de pulseras de fibra {kdn^yii), de cestas y átburup (canastos expeditivos de hojas. A pesar de que en la última parte de la infancia los niños pueden pasar una parte del día a cierta distancia del campamento residencial, el mayor tiempo transcurre dentro de éste y en su entorno inmediato. En este senfido, pasan mucho más tiempo que los adultos hombres y, según la edad, algo más que las mujeres. Los hombres salen casi diariamente a cazar, pescar, recoger frutos y a realizar una variedad de tareas extracfivas hasta máximos de 11 has. y de 19 km. de recorrido diario. Las mujeres pasan mucho menos tiempo fuera del campamento y sus salidas se restringen a la recolección de frutos y tubérculos en las cercanías, a la cosecha de productos vegetales cuando el campamento está próximo a un campo de cultivo o a colaborar con los hombres en las pesca. Ocasionalmente, una mujer sin hijos pequeños puede acompañar a su marido en salidas de caza y recolección más lejanas. Cuando los niños tienen menos de 2 años, siempre están cerca de las madres y éstas los llevan en las salidas afuera del campamento para recolectar, cosechar o pescar. Después de los 2 ó 3 años y en la primera parte de la infancia pueden quedarse en el campamento bajo la vigilancia de niños mayores o púberes o acompañar a sus madres. Los hermanos mayores juegan un rol importante en el cuidado de los más pequeños y pasan gran parte del tiempo a cargo de ellos. Esto es común en otras sociedades tradicionales {peer rearing, Weisner y Gallimore, 1977). En algunos casos, hay una o dos horas al día en que el campamento residencial queda ocupado sólo por un grupo de infantes cuyas edades varían entre 3 y 11 años. A partir de los 6 ó 7 años, los niños pueden hacer algunos recorridos cortos cercanos al campamento, acompañados por niños mayores, durante los cuales recolectan algunos frutos accesibles, pescan y recogen cangrejos en charcas y arroyos de los alrededores o, simplemente, juegan y se divierten. A pesar de estas salidas, solos o con sus madres, los niños pasan la mayor parte de las 12 h. diurnas, y todas las nocturas, dentro o en las inmediaciones del campamento residencial. En este lugar, usan y, eventualmente fabrican, tres clases de juguetes: Clase 1: Artefactos exclusivamente confeccionados para jugar que tienen un diseño específico. Clase 2: Artefactos que copian la forma de los de adultos pero que tienen un tamaño menor y que son usados en funciones similares a los de adulto o con fines lúdicos. Clase 3: Artefactos de los adultos, enteros o fragmentados, que son utilizados con fines lúdicos. Dentro de la clase 1 se encuentran los siguientes juguetes: los aros de bejucos, los trompos de frutos, columpios de corteza o fibras y los cantos rodados. Estos no tienen artefactos homólogos entre los adultos y son fabricados por los mismos niños (a veces con la ayuda de sus padres) con modificaciones menores o incluso (como los cantos rodados) sin ningún proceso de formatización. Pueden incluir juguetes muy pequeños, como los trompos de frutos (Lám. II), hasta otros de tamaño mediano Lám. IL Niño jugando con trompos de frutos en el campamento residencial. La madre le está ayudando a armar los trompos con una espina. como los aros de bejuco de aproximadamente un metro de diámetro. Dentro de este grupo es interesaníe mencionar los guijarros que en algunas oportunidades los niños Nukak traen desde el "Cerro de las Cerbatanas" cuando la banda visita estas sierras para recolectar cañas para cerbatanas (Politis, 1996b: 284). Estas rocas, que sacan del lecho de los arroyos que bajan de la formación rocosa son trasladados de un lugar a otro durante semanas o meses, hasta que finalmente se van abandonando o perdiendo en los campamentos o en sus alrededores. Los guijarros son usados exclusivamente por los niños para jugar y no se ha observado ninguna otra función. La clase 2 contiene muchos más juguetes e incluye prácticamente todos los instrumentos hechos por adultos, pero a escala menor. Entre éstos se destacan: cestas, cerbatanas, dardos, arcos, flechas, balayes (cestas planas de trama más abierta), burup, totumos (recipientes de calabaza, de varias especies), arcos, vasijas de alfarería y lanzas. En esta segunda clase hay que hacer una distinción importante. Por un lado algunos artefactos son hechos por adultos, en tamaño más pequeño, para que sean utilizados por los niños, cumpliendo una función similar a la de los mayores. La única diferencia entre los artefactos de los adultos y de los niños son las dimensiones, que se adecúan a la edad y el tamaño del niño, pero la calidad de confección y la función son las mismas. Dentro de este subgrupo se encuentran los totumos y los recipientes de alfarería. Por otro lado están las réplicas de los instrumentos de los mayores, hechos por los mismos niños o sus padres, para jugar o practicar. Estos no son usados con la misma función que les dan los adultos, aunque a veces se aproxima, y la calidad de confección es menor. Esta baja calidad se debe a dos razones: a) cuando los hacen los adultos, la tecnología tiene un carácter expeditivo, debido al fin lúdico de los artefactos y no los confeccionan con el mismo esmero; b) cuando los hacen los niños, la baja calidad se debe a sus limitaciones técnicas. Dentro de este sub-grupo se encuentran cestas, balayes, cerbatanas, dardos, arcos y lanzas. Es frecuente ver a niños de 5 a 10 años de edad, disparando con pequeñas cerbatanas, apuntándole a cualquier objeto o confeccionando los dardos. Lo mismo sucede con los arcos y flechas que usan para arrojar al tronco de árboles o a cualquier otro blanco potencial (Lám. Asimismo, las niñas fabrican cestas, balayes, vasijitas de cerámica y totumos que luego usan para poner diversos objetos y jugar con ellas. El tamaño de estos objetos está en relación al del niño y virtualmente, dentro de un rango determina-Lám. Niño jugando con un arco y flecha en un campamento de verano. do, pueden existir todas las medidas. En el caso de las cerbatanas, por ejemplo, la más pequeña que nosotros registramos era de 0,82 m. de longitud. De allí en adelante hay una gradación hasta las de los adultos que llegan a los 3,20 m. La diferencia entre la de los adultos y la de los niños se dá por la relación que existe entre el largo de la cerbatana y la estatura y habilidad del usuario. En los niños, la longitud de la cerbatana es en general menor que su estatura. En los púberes ambas medidas se aproximan (entre 1,40 y 1,60 m. aprox.) y cuando llegan a adultos y a su estatura definitiva y van adquiriendo pericia en el manejo de este arma, la longitud llega a valores cercanos a los 3 m. Finalmente, las cerbatanas que se hacen más largas, también se confeccionan mejor pues se van acercando a su función específica para la caza y van perdiendo su carácter lúdico y pedagógico. La clase 3 está formada por artefactos de adultos, enteros o rotos, que son usados por los niños como juguetes de manera circunstancial. Estos objetos no son modificados y la actividad de los infantes afecta sólo a su distribución espacial. Esta clase es más utilizada por los más pequeños, que toman como juguete cualquier objeto que tengan cerca. Los artefactos de los niños se diferencian de los de los mayores también por el lugar de descarte. En el primer caso, los juguetes son desechados dentro del campamento o en su entorno inmediato porque allí es donde llevan a cabo la mayoría de las actividades lúdicas. Como consecuencia de esto quedan abandonados en el piso de los campamentos pequeños dardos y flechas (generalmente enteros), dispersos entre las unidades domésticas o en los depósitos secundarios de basura (pilas de desechos que se acumulan a los costados de las entradas/salidas de los campamentos de la estación lluviosa, Politis, e.p.). Estos objetos obviamente no tienen relación con ningún evento de caza o pesca. Además, como en general estos juguetes son esencialmente expeditivos, se descartan en el campamento residencial cuando éste se abandona y raramente son transportados de un sitio a otro. Este es también el caso de las cerbatanas y los arcos. Hay algunas excepciones, como por ejemplo las cestas, los balayes y los guijarros que se llevan de un campamento a otro hasta que por ruptura, extravío o por haber dejado de ser motivo de interés, terminan quedando en alguno de los asentamientos (pero no en el que se fabricaron). Otro ejemplo interesante lo constituyen los pequeños campamentos que los niños construyen en los alrededores de los campamentos residenciales, y en donde pasan varias horas jugando e imitando las actividades de los adultos. En estos pequeños asentamientos se encuentran algunos postes y travesanos en donde cuelgan las hamacas (que a la noche llevan de nuevo al campamento mayor) y hay algunos fogones. En estos lugares quedan en el piso, además de restos de comida, toda suerte de objetos de las tres clases, que fueron utilizados como juguetes. A veces los niños también construyen como divertimento, pequeñas viviendas dentro del mismo campamento residencial. Estas son una réplica en escala menor de una vivienda de invierno: dos postes, un travesano central y una hilera de hojas pequeñas de platanillo como techo (Lám. Pequeña réplica de una vivienda de invierno, construida en un borde de un campamento residencial. Es posible generar expectativas arqueológicas para reconocer por lo menos dos de las tres clases de artefactos infantiles dentro del registro arqueológico. En principio, la clase 3 es indiferenciable, en cuanto a morfología, tecnología y dimensiones, pero las otras dos tienen características que permiten su identificación dentro de un contexto arqueológico (Tab. La otra forma de identificación, que debe ser analizada en conjunto con las características precedentes, es el lugar de descarte. Mientras que los artefactos de la clase 1 son descartados en el lugar donde fueron usados para actividades lúdicas, en la clase 2 los objetos son desechados donde fueron usados como juguetes, que en muchos casos son diferentes al lugar donde se abandonan sus homólogos adultos. Esto es notable en el caso de los dardos, las flechas las lanzas y otros objetos de hombres adultos que son abandonados (usualmente rotos) en sitios afuera y a cierta distancia de los campamentos residenciales, donde se llevó a cabo la cacería. En artefactos tales como vasijas, cestas, balayes etc., tantos los de adultos como los de niños son descartados en el campamento residencial. Obviamente en todos los casos, el lugar de descarte inicial puede cambiar debido a las actividades de limpieza del campamento (Politis, e.p.). En el análisis propuesto es necesario poder discriminar entre el diseño pequeño y la disminución de tamaño debido al uso. En general, esta disminución está acompañada de otros rasgos que permiten identificar el uso intenso (por ejemplo filos muy abruptos en los artefactos líticos) y no se dá proporcionalmente en toda la pieza sino sólo en una dimensión. En las cerbatanas por ejemplo es el largo, en los cuchillos líticos es el ancho, en los instrumentos pasivos de molienda es el espesor. También es posible identificar entre artefactos de infantes y miniaturas como se ha planteado para los Inuit (Park, 1998). Esta distinción es posible porque en el caso de las miniaturas Inuit que usan los shamanes y las que se entierran como ajuar funerario, la calidad de confección es muy alta, una característica que no tienen la mayoría de los artefactos infantiles. Por último, en todos estos casos la distinción también debe basarse en el contexto de depositación, que es diferente cuando se trata de artefactos infantiles que cuando son miniaturas, instrumentos pequeños o muy usados. las expectativas generadas a partir de la información de los Nukak y de datos etnográficos de otros cazadores-recolectores (por ej. Tehuelches de la Patagonia, Yamanas de los canales Fueginos del extremo sur Americano, Sirionó del oriente boliviano, varios grupos de las Planicies Norteamericanas, etc.). La presencia infantil ha sido identificada en muy pocos casos en la arqueología pampeana. El caso más obvio han sido los esqueletos de infantes recuperados en varios sitios, especialmente en Arroyo Seco 2, en el grupo de entierros datados en ca. La otra evidencia proviene del sitio Monte Hermoso 1, en donde se han identificado numerosas pisadas y rastros asignados a niños de diversa edad (Bayón y Poliüs, 1997). Con excepción de estos dos casos, el resto del material arqueológico fue asumido como generado por adultos y en ningún caso se ha planteado o discutido la posibilidad de que alguno de las decenas de miles de artefactos y desechos hallados en los 290 sitios registrados hasta el presente en la Región Pampeana (ver inventarios en Berón y Curtoni, 1995 y Barrientos ^ía/á', 1996) hallan sido objetos de o para infantes. Sin embargo, en algunos sitios hay piezas que podrían corresponder a las dos clases de artefactos definidas previamente. La mayoría de estos esqueletos contiene ocre rojo en el sedimento que rodea a los huesos y cuentas de colmillos de cánidos, a modo de collares y pulseras, alrededor del cuello, las muñecas y los tobillos. En un caso, el enterramiento Nro. 9, asignado a un niño de pocos años) de una antigüedad estimada en ca. 6400 años A.P., se recuperó además como ajuar funerario cerca del cráneo una pequeña bola de basalto negro (AS2/34/11) de 26 mm. de diámetro y 28 gr. de peso (Lám. Esta bola es similar a la de las típicas boleadoras pampeanas sin surco pero tiene dos particularidades. Una es que está confeccionada en basalto, una materia prima raramente utilizada para este artefacto. La otra es su tamaño, sensiblemente menor al de las bolas que se hallan en abundancia en la Región Pampeana (n=126, Lám. V. Ajuar funerario del enterramiento nro. Se destaca la pequeña bola de basalto negro (arriba a la derecha). Entre los Tehuelches de la Patagonia hay varias referencias de Musters (1997) a fines del siglo pasado que señalan que los niños jugaban con bolas de boleadora de menor tamaño que la de los adultos y que las ataban con tientos de ñandú. También se relata un accidente producido por una boleadora durante los juegos infantiles. Se propone que la boleadora del enterramiento 10 de Arroyo Seco 2 corresponde a una artefacto infantil, que se incluye dentro de la clase 2 y que fue confeccionada por adultos. Las evidencias para sustentar esta hipótesis son: a) tiene un artefacto homólogo de adulto; b) es de tamaño menor; c) se encuentra en el contexto funerario de un niño; y d) hay datos etnográficos regionales que indican el uso de boleadoras pequeñas como juguetes. La buena manufactura del artefacto no encuadra totalmente con las expectativas generadas a partir del caso Nukak. Esto se explicaría parcialmente por el tipo de materia prima ya que el basalto tiene superficies pulidas naturalmente, por lo cual la confección de una pequeña boleadora sólo requeriría redondear algún guijarro ovoide. La fineza del acabado no sería significativa como indicador de una alta calidad de manufactura, pues, como se ha expresado, la superficie ya tiene un pulido natural. En varios sitios de la Región Pampeana se han hallado rodados costeros sin ninguna modificación, especialmente en componentes del Holoceno Me-T. P., 55, n." 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dio {ca. Se han registrado también en otros sitios pampeanos sin asignación temporal. Estos rodados son de tamaño mediano o pequeño y se encuentran naturalmente en el litoral pampeano, disminuyendo de tamaño del suroeste al noreste. En general se hallan en la playa, cuando hay marea baja y forman bancos en los sectores rocosos. Los artefactos confeccionados sobre rodados, básicamente mediante la técnica bipolar, son muy abundantes en la faja medanosa litoral, en donde se encuentran abundantemente en superficie entre las dunas (de Aparicio, 1932; Austral, 1965; Politis, 1984). En base a estos materiales se ha planteado la existencia de grupos adaptados a la explotación de los recursos marinos (Bórmida, 1969). En los sitios del interior de la Región Pampeana, los artefactos sobre rodado costeros son ocasionales (Politis, 1984) y en algunos casos han sido reducidos por técnica bipolar. Los rodados del sitio Arroyo Seco 2 son relativamente abundantes en los niveles superiores y son de tamaños mediano a pequeños (Tab. VI); no presentan ninguna modificación macro ni microscópica que indique uso (Leipus, 1997). El carácter antrópico de la presencia de estos cantos en el sitio está dado poï su situación contextual y por la lejanía (50 km.) a la costa marina, en donde se encuentran naturalmente los rodados (Fig. 1). Teniendo en cuenta que los rodados fueron transportados al sitio con algún objetivo, se plantea que fueron usados para actividades lúdicas por los niños y que se pueden incluir dentro de la clase 1. Las evidencias que sustentan esta hipótesis son: a) no tienen ninguna modificación o trabajo; b) no se observan evidencias de uso para algún tipo de actividad tecnológica tal como percutir, presionar, alisar o pulir; c) la baja calidad de la materia prima, que no justificaría el transporte de estos nodulos pequeños y medianos. La existencia de análogos etnográficos (los Nukak), que trasladan y abandonan en los campamentos residenciales guijarros sin modificar cuya función es exclusivamente lúdica infantil, indica que este tipo de conductas se registra entre cazadores-recolectores. Esto apoyaría, aunque no probaría, la hipótesis enunciada. La alternativa de que los nodulos sean para usar como materia prima de instrumentos en el sitio es poco probables debido, no sólo a la calidad de la materia prima y a las limitaciones que impone el tamaño y la forma redondeada, sino al hecho de que no se han encontrado en el sitio núcleos agotados de esta roca ni desechos de las primeras etapas de reducción. Existen muy pocas evidencias etnográficas de la región Pampeana de Argentina que nos permitan derivar expectativas arqueológicas para el uso de las puntas de proyectil, pero la información con respecto a otros grupos cazadores-recolectores es relativamente abundante. Hay, por ejemplo, datos interesantes de Gusinde (1983) sobre los Yamanas, en donde relata que la manufactura de los instrumentos, inclusive las puntas de flecha, comenzaba a ser enseñada por los padres a sus hijos desde la edad de 3 años en adelante. Una de estas citas es muy clara al respecto: "Un adulto, generalmente el padre, les construye [a los hijos] reproducciones de las armas y utensilios de que se sirven los hombres para cazar... Naturalmente estas piezas se arruinan pronto o se pierden; pero infatigablemnte los adultos construyen un sustituto y cuanto más crece el niño, más grandes son tales utensilios" (Gusinde, 1983:729). Entre los Sirionó, Holmberg (1978: 185) antes de que un niño varón haya cumplido los 3 años, el padre ya le ha hecho un arco y flechas en miniatura, aunque de manera simbólica pues aún no los puede usar. Luego de esa edad, el infante comienza a practicar con algún tipo de arco y pasa muchas horas disparando a blancos inertes para divertirse y practicar; para los 8 años ya ha cazado algún animal pequeño y luego de esa edad comienza a acompañar a su padre en las cacerías. Holmberg también menciona que las flechas de los niños siempre tienen las puntas rotas y sus arcos disparan con muy poca fuerza. Un trabajo de Dawe (1997) ha recopilado abundantes citas históricas y ha demostrado como entre diversos grupos de las llanuras norteamericanas la confección de puntas de proyectil pequeñas, para que los niños jugaran y adquirieran las habilidades para la caza, era muy frecuente. Todos los ejmplos mencionados coinciden con lo observado entre los Nukak, en cuanto al tamaño meiior del equipo y a la existencia de homólogos entre los adultos. Hay también similitud, referida a que las puntas eran hechas para los niños por los adultos (como algunos artefactos nukak) al principio de la infancia y luego por los mismos infantes, y también en que había una proporción entre el tamaño del artefacto y el del niño. En este sentido, se ha observado que las flechas y los arcos eran construidos dependiendo de la altura del arquero (Bourke, 1891) y por lo tanto en el registro arqueológico es esperable encontrar uncontinuum de tamaños de puntas de proyectil determinado, entre otros factores, por la altura del usuario (Dawe, 1997). En suma, estas observaciones permiten derivar expectativas arqueológicas similares a las basadas en los Nukak, con respecto a los instrumentos de la clase 2, en sus dos variantes (confeccionado por los mismos niños o por los padres).Tomando estas expectativas en consideración, se analizará el material de algunos sitios pampeanos con puntas de proyectil pequeñas: Cen^o El Sombrero (Cima), LaTomay LagunaTres Reyes. En el sector suroriental del sistema deTandilia, Flegenheimer ( 1991Flegenheimer (,1995) ) ha estudiado un grupo de sitios con componentes ubicados en el Pleistoceno Final, que han sido asignados a un mismo sistema cultural: Cerro La China 1,2, y 3, Cerro El Sombrero Cima y CeiTO El Sombrero Alero. Uno de estos sitios, Cerro El Sombrero Cima, fue interpretado como un sitio de actividades específicas en donde se habría producido la confección de puntas de proyectil del tipo "cola de Lám. VIL Puntas de proyectil «cola de pescado» del sitio Cerro El Sombrero Cima. Foto cortesía de Nora Flegenheimer. pescado" (también llamadas Fell 1 o Fell's Cave Stemmed) y el reemplazo de puntas rotas de los astiles (con lo cual se explicaría la gran cantidad de pedúnculos que se registran en el sitio). En superficie y en estratigrafía se han hallado 67 puntas y pedúnculos descola de pescado", de variado tamaño. VII) siendo de tamaño mayor que el promedio de este tipo de puntas en el Cono Sur (Politis, 1991). Entre las de menor tamaño, se destacan algunas muy pequeñas (diam. max. <30 mm.), con una calidad de manufactura notablemente inferior a las medianas y grandes. 17 mm. de largo x 10 mm. de ancho; Se propone que estas puntas "cola de pescado" pequeñas han sido realizadas por niños, probablemente en la última parte de su infancia, cuando estaban en un proceso de aprendizaje tecnológico por imitación de las actividades de sus padres. Estos artefactos se incluirían en laclase 2. Esta hipótesis se basa en las siguientes evidencias: a) artefactos homólogos en el mismo contexto b) tamaño pequeño c) baja calidad tecnológica. En diversos componentes del Holoceno Tardío se han recuperado puntas de proyectil bifaciales triangulares pequeñas apedunculadas. Estas puntas pequeñas están confeccionadas en cuarcita, calce- donia y chert y se caracterizan por la alta calidad y precisión de la técnica de fabricación. En general, estas puntas tienen una muy baja frecuencia de registro en los sitios, con la única excepción de la Localidad Lobería 1 (Ceresole y Slavsky, 1985). El componente superior del sitio La Toma ha sido considerado como un lugar de actividades múltiples datado en ca. En este componente se han recuperado 3 puntas de proyectil, dos fragmentadas y una tercera casi completa. Una de estas, el ejemplar LT.2/3.XVL2 es triangular de cuarzo (1 Imm. x 15 mm. X 2 mm.), está casi completa y sólo tiene el ápice fracturado. La técnica de manufactura es de menor calidad que las otras dos y tiene además los lados asimétricos. En el Componente Superior de Laguna Tres Reyes, datado entre ca. Se trata de ejemplares muy pequeños, de mala confección y asimétricos. Se propone que la punta de proyectil LT.2/3. XVL2 y las 3 del Componente Superior de Laguna Tres Reyes son instrumentos confeccionados y usados por niños. Esta hipótesis se basa en: a) tienen homólogos dentro del mismo contexto; b) son de tamaño pequeño, ubicado en el límite inferior del rango de variación de las puntas triangulares pequeñas del HolocenoTardío de la región Pampeana; c) son de baja calidad técnica; d) son asimétricas lo que las hace aerodinámicamente ineficaces y por lo tanto inadecuadas para punta de un arma arrojadiza como una flecha. En este trabajo he presentado uno de los aspectos casi inexplorado en la arqueología que es la producción material de los niños y he examinado su aporte en la formación de los sitios arqueológicos de la región Pampeana. Siguiendo la preocupación de otros autores (Lillehammer, 1989) he tratado de aportar una metodología para identificar la participación infanfil en el registro material, como un paso inicial para discutir su agencia en las sociedades del pasado. El hecho de que los infantes formen un porcentaje importante de las poblaciones de cazadores-recolectores y que pasen la mayor parte del tiempo en o alrededor de los campamentos residenciales tiene dos implicaciones relevantes para la arqueología. La primera es que debemos esperar una cantidad significativa de materiales producidos por o para los niños en determinado tipo de sitio. La segunda es que la identificación de conjuntos infantiles diversos (especialmente correspondientes a la infancia temprana) sería un buen indicador de la función del sitio ya que la presencia de estos objetos sugiere al menos una proximidad al campamento residencial. Teniendo en cuenta el primer enunciado es fácil imaginar la cantidad de desechos y artefactos líticos que los niños de una banda pueden producir dentro del campamento. Desechos y artefactos que no tienen ningún objetivo económico o utilitario (s trie tu sensu) sino que han sido generados para aprender y entretenerse. Estos elementos no siguieron la trayectoria esperada dentro de un modelo de eficiencia de utilización de la materia prima para una tecnología dada ni tampoco están en directa vinculación con la producción de los artefactos necesarios para la obtención y procesamiento de ciertos recursos. En base a la información etnográfica de cazadores-recolectores, se podría anticipar que una parte significativa de los contextos líticos de los sitios arqueológicos asignados a campamentos residenciales ha sido generada por los niños. Esto puede incluir desde la práctica en la reducción de nodulos y núcleos, hasta el entretenimiento con lascas y desechos diversos descartados por los talladores adultos. Se abre así una gama de posibilidades para interpretar la cultura material, cuando consideramos que no todo es consecuencia de una actividad consciente, dirigida y planeada hacia la obtención de los artefactos "utilitarios", sino que por el contrario, el registro arqueológico es el efecto de una multiplicidad de causas que incluyen la enseñanza y aprendizaje, el juego y la diversión, la búsqueda de prestigio y el mantenimiento de estatus. Los niños, como así también los ancianos, hacen las cosas de modo diferente a los adultos. Los primeros denen como objetivo aprender y entretenerse, los segundos enseñar y mantener el prestigio. Ambos grupos de edad contribuyen significativamente a generar el registro arqueológico, especialmente en campamentos residenciales. ¿Qué porcentaje de los desechos que llevan a reconstruir cadenas T. P., 55, n." 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es operativas ha sido generado en un proceso lineal de producción de un equipo de artefactos utilitarios?, ¿cuánto ha derivado de la acción recurrente y constante de los niños jugando y practicando dentro de los campamentos? Esto, salvo pocas excepciones (por ejemplo Bodú^í a///, 1990; Nami, 1994) no ha sido planteado en el estudio de la tecnología lítica de los cazadores-recolectores del pasado. Sin duda, la respuesta es difícil y distinta para caso de estudio, pero en principio la mejor forma de abordar el análisis sería desde una perspectiva que diera cabida a múltiples agentes, no todos tratando de usar la materia prima de manera óptima, no todos suficientemente entrenados y habilidosos, no todos preocupados por obtener artefactos útiles y eficientes en términos tecno-económicos. El rango de variación de tamaño y calidad de algunos artefactos (especialmente las armas de caza) según la edad y la estatura del usuario tiene también fuertes implicaciones para el análisis arqueológico. En primer término indica que los artefactos de adultos y los de niños no se separan en dos conjuntos discretos sino que se deben visualizar como un continuum de tamaño y calidad. En un extremo se encontrarán los instrumentos mas pequeños y posiblemente peor hechos (como por ejemplo las puntas "cola de pescado" más pequeñas del Cerro El Sombrero Cima), en el otro los más grandes y más elaborados. En el medio, infinitas combinaciones dependiendo, entre otros factores, de la estatura, la edad y la habilidad del fabricante o usuario. En consecuencia, algunos artefactos usados frecuentemente como diagnósticos en la interpretación arqueológica, pueden variar en la forma y las dimensiones en función de estas tres propiedades. La variabilidad en el diseño de las puntas de proyectil, por ejemplo, ha sido ampliamente utilizada como indicador de distinto tipo en la arqueología de los cazadores-recolectores (por ejemplo etnicidad, idiosincracia, habilidad tecnológica, jerarquía social, función, etc.). Por supuesto, no niego que estas u otras sean causas de la variación estilística y técnica de las puntas de proyectil u otros artefactos (la literatura etnográfica abunda en ejemplos al respecto. Wiessner, 1983), pero propongo que la variabilidad artefactual también es consecuencia del grupo de edad y que esto debe ser considerado en el análisis del registro arqueológico. Las expectativas arqueológicas generadas a partir de la información etnoarqueológica, etnohistórica y etnográfica no deben ser tomadas como recetas de aplicación mecánica y universal sino como guías o referencias para comenzar a explorar la cultural material de los niños en paisajes arqueológicos específicos y a partir de allí discutir la agencia infantil en las sociedades del pasado. En este sentido, el fin de este trabajo es contribuir a entender los contextos arqueológicos bajo estudio no sólo como una producción de una población de adultos, sino como el resultado de la actividad de actores sociales diversos en un escenario de producción y reproducción cultural. Desde 1995 en adelante el proyecto fue radicado en el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas SINCHI (Colombia) y financiado coin fondos de esta institución. Durante mis estadías entre los Nukak me acompañaron alternativamente Julián Rodríguez, Dairon Cárdenas y Gustavo Martínez. Revisaron y comentaron las primeras versiones de este artículo: Almudena Hernando, Patricia Madrid y Hugo Nami. Nora Flegenheimer aportó la lámina VIL Agradezco a todas estas personas e instituciones, y especialmente a los Nukak, sin cuya ayuda este trabajo no habría sido posible. Los errores y omisiones que contiene este artículo son, por supuesto, de mi exclusiva responsabilidad.
En este artículo damos a conocer los resultados de la excavación arqueológica realizada en el yacimiento al aire libre situado delante de las Cuevas de Levante (Cádiz, España) durante 1991, así como la interpretación geoarqueológica del mismo. La industria lítica recuperada nos permite encuadrar esta estación en el Solutrense. Dentro del proyecto de investigación "Las manifestaciones rupestres prehistóricas de la zona gaditana" (1) (Mas Cornelia, 1993; Mas Cornelia ^í alii, 1996) llevamos a cabo en 1990 una prospección arqueológica superficial en las Cuevas de Levante (Láms. I y II) y Cubeta de la Paja en cuyo informe (Mas Cornelia y Sanchidrián Torti, 1990) señalábamos que nos encontrábamos ante dos yacimientos de una gran singularidad e interés inesperado, que ofrecían un caudal de información elevado y cuya distribución espacial se veía constreñida a áreas muy reducidas. Realizamos esta prospección arqueológica superficial motivados por el interés que suscitaba el material que nos cedió en 1987 Ramón Viñas Vallverdú para su estudio, una colección de piezas líticas procedentes de un lugar situado a menos de doscientos metros de la Cueva del Tajo de las Figuras (Cubeta de la Paja), localizada en superficie el año 1980, a la que ya habíamos hecho referencia en anteriores trabajos (Mas Cornelia, 1986-87: 252,1988: 300).Ya H. Breuily M. I. Cuevas de Levante. Cuevas de Levante II (o 1) y III (o 2). C. Burkitt se habían referido a la riqueza arqueológica de este lugar cuando describían la figura pintada de la Cueva de la Paja:''Close by and a little higher up [de la Cueva de la Paja] is another grotto containing some more or less recent drawings in black. Posteriormente, durante la campaña de trabajo de campo dedicada, en 1989, a la reproducción y estudio directo del arte rupestre en Sierra Momia y Valle del Río de las Cañas o Palmones, Andrés Mané Ordonez, vigilante del Conjunto rupestre del Tajo de las Figuras, nos comunicó la existencia de otro lote lítico hallado por él en superficie durante sus años de guarda, el cual puso a nuestra disposición. A partir de estas informaciones pasamos a localizar dos enclaves en los que abundaba el material lítico, que correspondían a los topónimos de Cuevas de Levante (Lám. I y II) y Cubeta de la Paja (Conjunto rupestre del Tajo de las Figuras), los cuales visitamos en septiembre de 1989, pudiendo constatar su riqueza. A la vista de todo ello, solicitamos a la Dirección General de Bienes Culturales de la Consejería de Cultura y Medio Ambiente de la Junta de Andalucía permiso para la realización de una prospección arqueológica superficial limitada a estos dos sitios, con la finalidad de aproximarnos al hasta ahora prácticamente desconocido contexto arqueológico de las pinturas rupestres ejecutadas en los abrigos de Sierra Momia. Aunque la relación entre los yacimientos a estudiar, considerábamos, y los conjuntos artísticos no tiene porqué ser evidente, creíamos interesante, para poder aproximarnos a su significado, conocer de la forma más detallada posible el entorno en que se encuentran inmersas estas esta-ciones pictóricas. Esta actuación fue concedida y la llevamos a cabo en 1990 (Mas Cornelia y Sanchi-drianTorti, 1990), obteniendo en estos dos espacios IIL Detalle en el que se aprecia el aspecto que ofrecían los sedimentos y los restos líticos antes de su retirada durante la prospección de 1990. ción más idónea en función de la problemática en torno a la conservación de estos lugares. Se decidió realizar una prospección con sondeos estratigráficos en ambos yacimientos para determinar su potencia estratigráfica y recuperar parte o la totalidad del paquete arqueológico de unos yacimientos, que como ya hemos indicado, creíamos que eran de reducidas dimensiones (2). Los resultados obtenidos en el sondeo realizado en octubre de 1991 en las Cuevas de Levante los plasmamos en este trabajo. Nuestra intención era también realizar un sondeo estratigráfico en la Cubeta de la Paja, pero éste no dio ningún resultado en la zona prevista, al igual que cuando lo intentamos en otros lugares de este abrigo a la vista de los primeros resultados negativos. En la excavación del sondeo llevada a cabo en las Cuevas de Levante (Láms. V y VI), el método de excavación utilizado, con algunas diferencias de adaptación, es el resultado de la aplicación del control estratigráfico y el registro tridimensional, propuesto por L. Méroc (1930), y el método desarrollado por A. Leroi-Gourhan (1952), donde el decapado de las diferentes superficies de los niveles, con el objeto de localizar posibles estructuras, constituye el objetivo esencial. No se trataba de contraponer los dos métodos, sino de conjugarlos armónicamente. El control estratigráfico y el registro tridimensional son necesarios para determinar y archivar los vestigios hallados en un decapado cuidadoso. Por esta razón nosotros hemos adoptado estos métodos a la particular idiosincrasia del yacimiento de las Cuevas de Levante, utilizando un triple control: En el que se trata de registrar la distribución vertical del material arqueológico, mediante el nivel óptico, siempre referido al punto "O" general para toda la excavación. El punto "O" de las Cuevas de Levante fue fijado en la pared derecha (Norte) del abrigo III a unos 30 cm de la roca madre actual. A partir del punto "O" se cuadriculó la zona de excavación. Este tipo de control se realiza sobre los vestigios que aparecen durante la excavación en un plano horizontal. La cuadrícula marcada era de 1 m. cuadrado y la denominamos según la cuadrícula establecida durante la campaña de prospección superficial. Dentro de esta cuadrícula de 1 m. cuadrado se ha localizado cada uno de los hallazgos por medio del método de coordenadas cartesianas. Este criterio geométrico ha sido empleado para las piezas de mayor interés, piezas retocadas o para determinadas zonas en las que la localización exacta de dichos hallazgos pudiera tener un significado especial. Durante el transcurso de los trabajos de excavación se elaboró la correspondiente documentación de campo: diario, cuaderno de inventario, plantas de distribución espacial de restos, secciones y numerosas fotografías. El inventario de los materiales se formalizó en un cuaderno impreso ordenado por capas. En él se consignaron todas las circunstancias pertinentes de cada pieza: cuadrícula, sector, nivel, capa, coordenadas, orientación, buzamiento, número de orden, fecha del hallazgo, descripción, clasificación tipológica preliminar (cuando se trata de utensilios retocados) y observaciones complementarias. En estos mismos cuadernos se dibujaban las plantas de las distintas capas que se iban excavando. En ellas se situaban los restos más significativos, productos de talla y piezas retocadas, utilizando unos signos convencionales. En el caso de los útiles líticos se les daba además un número de orden que era con el que más tarde se siglarían. Para llevarlo a cabo hemos utilizado los métodos descriptivos basados en los habituales criterios empíricos: diferencias de coloración y tono controlados por las tablas Munsell (1954), características de composición y textura del sedimento y otras peculiaridades (cementación, grado de humedad, acumulaciones de cenizas, etc). También decidimos acometer la realización de un estudio geoarqueológico en las Cuevas de Levante, cuyos objetivos se centraron en tres aspectos fundamentales: determinación de la localización geológica y geomorfológica del yacimiento, identificación de los procesos que han configurado el yacimiento, e interpretación paleoambiental de la secuencia, siempre que los datos obtenidos lo permitieran. Para ello estructuramos el trabajo en tres fases: trabajo de campo, de laboratorio y de gabinete. El trabajo de campo lo llevamos a cabo en la campaña de 1991, durante la cual efectuamos un reconocimiento de la zona y del yacimiento, describiéndolo y muestreando la secuencia litoestratigráfica proporcionada por el sondeo arqueológico realizado. El trabajo de laboratorio fue realizado en los laboratorios generales del Instituto Tecnológico Geominero de España a partir de las muestras obtenidas y comprendió análisis texturales y mineralógicos. El trabajo de gabinete consistió en el estudio de las diferentes cartografías y fotografías aéreas, y en el tratamiento informático e interpretación de los datos obtenidos. MARCO GEOGRÁFICO Y GEOLÓGICO Los yacimientos conocidos bajo los nombres de Cuevas de Levante y Cubeta de la Paja se encuentran situados en el SO del macizo montañoso de Sierra Momia, que bordea por su lado NE la antigua Laguna de la Janda y se ubica en los actuales términos municipales de Alcalá de los Gazules, Benalup y Medina Sidonia, que ocupan la zona centro occidental de la provincia de Cádiz (Fig. 1). Situación de las Cuevas de Levante en el contexto peninsular y en el contexto regional de las Cordilleras Béticas. La zona punteada de la provincia de Cádiz corresponde a las Unidades Alóctonas del Campo de Gibraltar (Fontoboté, 1983; FontbotéyVera, 1983). punto más elevado se localiza en la cumbre de Sierra Momia a 361 m. s.n.m. Sierra Momia es un accidente geográfico situado en las Unidades Alóctonas del Campo de Gibraltar, dentro de las Cordilleras Béticas (Fig. 1). Estas Unidades forman un conjunto de mantos y escamas completamente desenraizados, constituidos principalmente por formaciones cretácicas y terciarias, en las cuales las de tipo flysh tienen una muy importante representación (Fontboté y Vera, 1983). Una de estas unidades que componen el Complejo del Campo de Gibraltar es la Unidad del Aljibe, situada entre el Senoniense (Cretácico Superior) y el Burdigaliense (Mioceno Medio), y es en una de las formaciones que culminan esta unidad, concretamente la Formación Areniscas del Aljibe, en donde se desarrollan las cavidades. La Formación Areniscas del Aljibe (Gavala, 1916(Gavala,, 1929;;Fontboté, 1983; ITGE, 1991) llega a alcanzar una potencia de 2.000 -1.500 m. y está formada predominantemente por areniscas de aspecto masivo, que son exclusivamente silíceas y tienen una coloración blanquecina o amarillenta en fractura fresca, que pasa a parda por meteorización, con finas intercalaciones de materiales pelíticos de color marrón claro. Son unas areniscas constituidas por granos de cuarzo, bien redondeados, de tamaño fino a grueso, a veces conglomeráticas, con apenas matriz, de carácter limoso y arenoso de grano muy fino y mala cementación, de tipo ferruginoso, no muy consistentes, por lo que la roca tiene una cierta friabilidad. Se presentan en bancos potentes que destacan en el relieve, con estructuras sedimentarias que indican claramente que estas areniscas se depositaron por corrientes de turbidez densas, en la parte media de abanicos submarinos profundos, observándose faciès propias de lóbulos deposicionales y faciès canalizadas. Las medidas de paleocorrientes permiten suponer una procedencia del S. Están afectadas por inestabilidades tectónicas, pudiéndose observar estructuras de deslizamiento, diques de arena, etc. Apenas contienen fósiles, por lo que su datación paleontológica es prácticamente imposible. No obstante el techo de los materia- les que descansan por debajo de las Areniscas del Aljibe tiene una edad Aquitaniense, mientras que las arcillas con intercalaciones de arenas que se sitúan a techo de las Areniscas del Aljibe, tienen una edad Aquitaniense Superior -Burdigaliense. Por tanto las Areniscas del Aljibe se depositan una vez iniciado el Aquitaniense, terminando su sedimentación en un momento no precisado, anterior al Aquitaniense Superior -Burdigaliense. Estas areniscas se pueden correlacionar claramente con el llamado Manto Numídico, al otro lado del Estrecho de Gibraltar (Fontboté, 1983). Las Areniscas delAljibe están claramente tectonizadas por la Orogenia Alpina, encontrándose en la zona de Sierra Momia formando un sinclinal tumbado, cuyo eje tiene una dirección NO-SE, presentando un buzamiento invertido de 45° SO en la zona que nos ocupa. En las Sierras Sequilla y del Niño se observa un plegamiento con sistemas de sinclinales y anticlinales tumbados como el de Palomas, y además, esta formación se encuentra cortada por numerosas fallas normales de dirección EO y SO-NE, algunas de cierta extensión, produciendo desplazamientos verticales y horizontales en los materiales plegados. En los planos de estas fallas, claras zonas de debilidad, es frecuente el desarrollo de cavidades, como es el caso de la Cueva del Tajo de las Figuras. También se encuentra afectada esta formación por despegues que dan lugar a importantes cicatrices como la de la zona de Bacinete (Mas Cornelia et alii,199A). Geomorfológicamente, lasAreniscas delAljibe destacan en el relieve, dando lugar a varias alineaciones montañosas como las sierras Momia, Sequilla o del Niño, limitadas por áreas deprimidas, como la de la Laguna de la Janda. Estas sierras presentan la peculiaridad de contener numerosas cavidades o abrigos rocosos, de pequeño tamaño, originadas por corrosión y por erosión cólica, junto con superficies corroídas en extensión, dando lugar en conjunto a una morfología de tafonis en areniscas silíceas. El conjunto de Cuevas de Levante (Fig. 2 y 3) se orienta hacia el E y SE, configurado por un total de seis abrigos rocosos, numerados de S a N, siendo el II el único que posee representaciones pictóricas. Frente a éste y el contiguo (III) es dónde se localizan la mayor parte de los restos líticos (3) (Lám. (3) Al referirnos a las manifestaciones rupestres los denominanos 1 y 2. El 1 es el conocido abrigo (Breuil y Burkitt, 1929: 37) que contiene veintiséis trazos verticales pintados en rojo alineados horizontalmente. No deja de ser significativa la relación espacial de los dos yacimientos con las Cuevas de Levante, del Tajo de las Figuras y del Arco, los únicos cuatro abrigos con grabados rupestres paleolíticos (Ripoll López et alii, 1991; Mas Cornelia, 1993; Mas Cornelia ^ía/n, 1995; Mas Cornelia y Ripoll López, 1996). El resto de los abrigos, aún siendo de mayores dimensiones y de alguna forma mejor conformados para ofrecer una mejor habitabilidad, no posee ninguna evidencia, ya sea pictórica o industrial, debido probablemente a la erosión. En cuanto a la estación de la Cubeta de la Paja, se trata de un abrigo hundido, situado en una cresta rocosa, muy cercana a la Cueva del Tajo de la Figuras. A primera vista, el conjunto ofrece un aspecto caótico, como consecuencia de fenómenos gravitacionales, así como erosivos y/o corrosivos. El sector oriental está cubierto por grandes bloques procedentes del desplome de la visera y el piso, levemente inclinado y horadado por numerosas cubetas. Los vestigios industriales se localizaron en una de estas oquedades en posición secundaria, arrastrados sin duda por escorrentía. atraviesa las Areniscas del Aljibe está claramente controlado por la tectónica, dado que se ciñe a la traza de una falla de dirección EO que atraviesa dicha formación. Todas las cavidades están orientadas hacia el E-SE, de ahí su nombre. En total componen, como hemos indicado, un conjunto de seis pequeños abrigos rocosos, numerados de S a N, de los cuales a nosotros nos interesa los denominados Levante II y III, delante de los cuales se realizó el sondeo arqueológico. La secuencia litoestratigráfica que ofrecen los cortes de la cata de 1 m^ efectuada se componen de muro a techo de los siguientes niveles (Fig. 4): -Sustrato rocoso constituido por las Areniscas del Aljibe. -Nivel C.L. 1: Arenas de color gris, con una potencia de 8 a 10 cm. Existe un predominio absoluto de las arenas (76,83 %), que se encuentran bien redondeadas y son de naturaleza silícea. Aparecen limos en una proporción moderada (17,2 %), mientras que las arcillas (3,52 %) y la fracción gruesa (2,45 %) tienen una escasa presencia. Dentro de las arenas predominan las de grano fino y medio, que corresponden al tamaño de grano de la roca del sustrato. La fracción gruesa está formada exclusivamente por gravas de naturaleza areniscosa. Mineralógicamente, tanto las arenas como la fracción fina (inferior a 12 mieras) están constituidas por cuarzo, apareciendo como mineral secundario el caolín y como accesorios y trazas micas y esmectita (mineral arcilloso). Contiene materia orgánica en pequeñas proporciones, que confiere al conjunto el tono grisáceo, y no se observa la presencia de carbonatos. Su geometría es tabular y su aspecto masivo y homogéneo. Corresponde al nivel arqueo- Las Cuevas de Levante son una serie de cavidades con morfología de abrigo rocoso que se disponen de forma alineada (Fig. 2 y 3), desarrollándose sobre un paquete homogéneo de las Areniscas del Aljibe, paquete que forma parte del flanco interno de un sinclinal tumbado, de tal forma que las capas de areniscas presentan un buzamiento invertido de 45° hacia el SO, siendo su dirección N128°E. Estas cavidades ocupan la vertiente N del Arroyo de Gallardo, que desemboca en el Río Barbate por su margen izquierda. Este valle, cuando -Nivel C.L.2: Arenas de color gris-amarillento con clastos de areniscas, de 20 cm. de espesor, que descansan en aparente continuidad sobre el nivel infrayacente. Las arenas se mantienen en proporciones similares al nivel anterior (74,76 %), experimentando una ligera disminución, al igual que los limos (12,9 %) y arcillas (1,43 %), mientras que los cantos y gravas sufren un considerable aumento (10,89 %).A1 igual que en el nivel 1, predominan las arenas finas a las que siguen las de grano medio. Entre los materiales gruesos aparecen representados gravas y cantos de areniscas, tanto angulosos como ligeramente redondeados, con formas prismáticas e incluso con tendencia planar (pequeñas lajas o plaquetas). Las arenas son de cuarzo al igual que la fracción fina, que registra la presencia como accesorios de los feldespatos, además de caolín y micas. Su geometría es tabular y su disposición interna masiva, con un cierto predominio de los cantos y las gravas hacia el techo. Se corresponde con el nivel arqueológico lia y en él han aparecido de manera desordenada abundantes materiales líticos de clara adscripción superopaleolítica, no habiéndose documentado en el transcurso de la excavación ningún resto orgánico (carbones, huesos...). -Nivel C.L.3: Materiales que constituyen un revuelto superficial formado por arenas y clastos de areniscas, afectados por bioturbación de origen vegetal. Alcanza una potencia máxima de 14 cm. Corresponde al nivel I de la estratigrafía arqueológica. Además, en las paredes del abrigo II observamos marcas de sedimento a una altura sobre el suelo actual que varía entre 100 y 60 cm. y que indican la existencia en la cavidad de un antiguo relleno que al menos alcanzó esta cota en su interior, relleno que fue desmantelado (4). En el diagrama acumulativo adjunto (Fig. 5) reflejamos gráficamente de forma secuencial las características texturales (granulometría global) de los niveles C.L. 1 y C.L.2; la tabla 1 contiene los resultados de los análisis mineralógicos de la fracción fina obtenidos por difracción de rayos X (DRX). Hemos omitido los datos analídcos del nivel C.L.3 o superficial por carecer de interés al ser el producto de la removilización de los sedimentos del nivel C.L.2. (4) Estas marcas de sedimento recubren una de las figuras grabadas en las paredes de los abrigos (un triángulo equilátero), lo cual implica una datación indirecta (Mas Cornelia et alii, 1995). Más explícitas son las curvas granulométricas (obtenidas mediante el programa CURGRA, Hernández Rodero et alii, 1987-88) de las dos muestras analizadas que nos permiten distinguir la existencia de varias poblaciones granulométricas en su composición (Fig. 6) que tienen diferentes signifi- cados dinámicos. En la curva del nivel C.L.l apreciamos la presencia de tres tramos correspondientes a diferentes poblaciones: una que comprende las gravas y las arenas hasta el tamaño fino, otra de arenas muy finas y limos hasta su tamaño medio y otra que agrupa a los limos finos y muy finos, y las arcillas. La primera de estas poblaciones corresponde a una carga transportada por rodadura, mientras que las dos últimas podrían asimilarse a depósitos de acreción vertical, interviniendo la decantación y la infiltración gravitacional. La curva del nivel C.L.2 nos ofrece una mayor mezcla de poblaciones granulométricas: una que corresponde a los tamaños gruesos (cantos, gravas y arenas muy gruesas), otra con el resto de las arenas, una tercera de limos hasta su tamaño medio y una cuarta de limos finos y muy finos, y arcillas. En este nivel, las dos primeras poblaciones responden a un régimen de arrastre por rodadura con variaciones energéticas, mientras que las dos últimas, al igual que en caso anterior, tienen su origen en procesos de acreción vertical. En cuanto a los parámetros estadísticos (Tab. 2) observamos que el tamaño medio de los sedimentos (media) se sitúa en torno al tamaño arena fina, al igual que el tamaño más frecuente (mediana), existiendo una asimetría positiva en el nivel C.L. 1, desviándose la media hacia tamaños inferiores a los de la mediana, mientras que en el nivel C.L.2 esta asimetría es ligeramente negativa, con una desviación de la media hacia tamaños ligeramente superiores a los de la mediana. La clasificación pasa de ser mala en el nivel C.L. 1 a regular en el C.L.2. Por tanto, la energía cinética media del transporte sería moderada a baja, con ligeros aumentos en el nivel C.L.2, siendo en general el poder clasificador del agente de transporte bajo, si bien la existencia de una mejor clasificación de los sedimentos en el nivel C.L.2 puede venir condicionada por la naturaleza de las areniscas de las que proceden estas arenas. En el nivel C.L.l la asimetría positiva y la mayor presencia de materiales finos nos indica la infiltración en profundidad de finos procedentes de los niveles superiores. El aspecto de campo de los niveles, su disposición geométrica y espacial, y los análisis sedimentológicos realizados nos permiten afirmar que la génesis de estos depósitos responde a una sedimentación por flujos laminares de baja energía del tipo de la arroyada difusa producida por aguas de escorrentía superficial que toman los sedimentos disgregados de las areniscas que componen el suelo del abrigo, sus paredes y el resalte rocoso, y los arrastran siguiendo la línea de máxima pendiente de la ladera situada a los pies del abrigo. Hacia el techo de la secuencia se observan momentos de mayor energía en los que las aguas de escorrentía son capaces de arrastrar pequeños clastos autóctonos procedentes del retroceso de la visera y del desmantelamiento del resalte rocoso. A la vista de lo anterior, los depósitos estudiados corresponden a una deposición secundaria de unos materiales que se encontraban en el interior del abrigo y que fueron desmantelados y arrastrados por arroyada difusa unos metros más abajo. Los abundantes restos líticos superopaleolíticos que aparecen de forma desordenada en el nivel C.L.2 se encontrarían, por tanto, en posición secundaria. Estos materiales aparecen no sólo en la cata realizada sino también en un radio de unos 50 m. pendiente abajo. Además, como hemos señalado, se observan procesos postsedimentarios, como la infiltración gravitacional de materiales finos desde la superficie hacia los niveles inferiores, materiales que proceden también de la desintegración de la roca donde se desarrolla el abrigo (matriz de areniscas). Actualmente se observa circulación de aguas en las entalladuras que limitan el abrigo, circulación que se sigue traduciendo en flujos laminares superficiales que discurren por la pendiente. Litoestrafigráficamente podemos considerar una única unidad dividida en tres subunidades que se asimilarían a los tres niveles descritos, cuya correlación con los niveles arqueológicos y su posición cronoestratigráfica aproximada mostramos en la tabla 3. La secuencia de procesos que se desprende del análisis de la estratigrafía que ofrece el sondeo realizado en las Cuevas de Levante podemos articularla en las siguientes fases: Génesis de la cavidad en algún momento indeterminado del Pleistoceno, en cualquier caso anterior a los últimos estadios del Pleistoceno Superior. procesos que se observan en las diferentes fases y las relaciones entre todos ellos, que aparecen plasmadas en el registro arqueológico de las Cuevas de Levante se sintetizan en la tabla 4. Correlación entre los niveles litoestratigráficos y arqueológicos del sondeo de las Cuevas de Levante, indicando los procesos geológicos, el contenido arqueológico y su posición cronoestratigráfica estimada. Ocupación del abrigo por grupos humanos del Paleolítico Superior disponiéndose los restos tecnoculturales sobre sedimentos producto de la alteración de las areniscas que constituyen el abrigo. La industria recuperada corresponde al Solutrense Superior Evolucionado. Este dato sitúa la fase de ocupación humana y del relleno del abrigo con materiales antrópicos hacia los últimos estadios del Pleistoceno Superior. Desarrollo de procesos de arroyada difusa de muy baja energía responsables de la génesis del nivel C.L. 1. Estos arrastres afectarían a los materiales superficiales del relleno del abrigo y su baja energía únicamente les permitiría arrastrar materiales finos. Desmantelamiento del depósito que rellenaba parcialmente el abrigo y distribución por la pendiente de los materiales arqueológicos actuando como mecanismo de transporte la arroyada difusa, con una energía superior a la de la fase 3, dando lugar a los depósitos del nivel C.L.2. Estos procesos se situarían probablemente en el tránsito Pleistoceno Superior -Holoceno, en un momento de cierta pluviosidad detectada en otros yacimientos andaluces (Jordá Pardo et alii, 1990). Infiltración gravitacional de sedimentos finos en los niveles más profundos (nivel C.L. 1), removilización del tramo superior de los depósitos resedimentados en la fase 3 por procesos de bioturbación (nivel C.L.3) y desarrollo de actividades antrópicas superficiales (uso de los abrigos como majadas, roturaciones...) durante el Holoceno y hasta la actualidad. La disposición actual de los niveles que componen el depósito situado delante de las Cuevas de Levante responde a procesos de origen natural y cultural {N-transforms y C-transforms: Schiffer, 1987), existiendo procesos tanto de formación como procesos de transformación o postdeposicionales, siendo estos últimos claramente predominantes sobre los primeros. El origen y el carácter de los El paquete estratigráfico consta de dos unidades arqueológicas claramente diferenciadas, subdividiéndose la unidad inferior en dos niveles (Fig. 4). En primer lugar y de arriba a abajo, observamos un primer nivel superficial revuelto con una potencia máxima de 14 cm. En este nivel aparecieron gran cantidad de materiales, algunos de ellos en posición secundaria. El siguiente estrato, más potente (20 cm.), es el que contiene los materiales superopaleolíticos, que si bien no están in situ, no han sido desplazados excesivamente. Las piezas aparecen en posición horizonal y se concentran en la parte intermedia de este paquete, inmediatamente por debajo de los bloques que delimitan el nivel I y este nivel lia. A continuación se encuentra un breve paquete, de apenas 8 cm. de espesor, completamente estéril y que se deposita directamente sobre la roca madre, que hemos definido como nivel lib. El sedimento, bastante suelto, está formado por arenas y arcillas arenosas, entre las que aparecen frecuentemente plaquetas de exfoliación de la roca. En la parte superior aparecía muy seco, mientras que en la base estaba muy húmedo. recieron 66 fragmentos cerámicos de diferentes épocas, 7 fragmentos de ocre naranja y 2 pequeñas plaquetas de arenisca. Dentro del resto de talla, podemos observar que el 97,14% de las piezas están realizadas sobre sílex, mientras que tan sólo el 2,85% lo está sobre arenisca. En cuanto a los útiles retocados, todos ellos están tallados sobre sflex. El porcentaje de piezas con cortex es muy bajo, lo que significa o bien un descortezado preliminar en las fuentes de materia prima o bien la utilización de sflex tabular, con una menor superficie cortical. En cuanto al soporte, podemos ver que en el resto de talla predominan las lascas y lasquitas (48,98%) frente a las hojas y hojitas (12,86%), mientras que en los útiles esta proporción es idéntica para los dos grupos (41,66%). Hemos clasificado otros tipos de soporte pero los porcentajes son menos significativos. Señalaremos sin embargo el tanto por ciento de los debris (10,60%) y el de los núcleos ( 1,80%), siendo la mayoría prismáticos con un plano de percusión. En este primer nivel, como ya hemos anticipado, la cantidad de piezas retocadas es bastante escasa, posiblemente debido a que faltan las piezas de la superficie, recogidas durante la prospección del año 1990 y que no hemos considerado oportuno unir a esta serie industrial. El análisis tipológico muestra la existencia de un número muy reducido de tipos (Tab. Fuera de la lista tipológica adoptada, hemos identificado 2 hojas retocadas (16,66%) y 3 lascas retocadas (25%). El retoque que se aprecia en la mayoría de los casos es simple directo y bastante marginal. Al igual que en el nivel anterior, la presencia de cortex es mínima. En cuanto al soporte observamos una gran desigualdad con el estrato superior, fundamentalmente en la diferencia porcentual entre tipos. En el resto de talla predominan sin embargo las lascas y lasquitas (28,66%) frente a las hojas y hojitas que alcanzan un 20,10%. Se aprecia también un alto número de fragmentos no identificables (28,53%) y de debris (12,32%). El resto de los soportes clasificados poseen porcentajes menores. El soporte de los útiles retocados varía sustancialmente con respecto al nivel I ya que observamos un aumento muy significativo (57,40%) de las piezas talladas sobre hojas u hojitas, mientras que las lascas presentan un porcentaje del 33,33%, netamente inferior. 1), hojitas de dorso (2), truncatura (3), punta de aletas y pedúnculo (4), punta de muesca (5) y pieza solutrense bifacial (6). La lista tipológica que hemos establecido para el nivel lia, se distribuye según los tipos de la tabla 6. Además y fuera de la lista tipológica propiamente dicha, hemos clasificado 5 hojas retocadas (9,25%) y 3 lascas retocadas (5,55%). La serie industrial analizada nos muestra que el índice de raspadores alcanza un porcentaje del LR. = 25,93%, mientras que el de los buriles lo supera ampliamente (I.B. = 46,30%). En cuanto a los índices restringidos el de los buriles diedros de ángulo (I.B.d.(r) = 46,30%) y el de los buriles sobre truncatura (LB.t.(r) = 35,19%), vemos que son relativamente similares. El índice de los útiles realizados sobre hojitas Únicamente representa un 9,26% (I.h.). Sin embargo el grupo de útiles que de alguna forma puede caracterizar este conjunto industrial es el solutrense, que aunque posee un bajo porcentaje (I.G.S. = 5,56%), junto con el grupo de los buriles y el de las hojitas, nos permite encuadrar este nivel en un horizonte cultural del Solutrense Superior Evolucionado. Como ya hemos propuesto en otras publicaciones (Ripoll López, 1988,1989,1991, e.p.), un encuadre tan concreto únicamente se puede efectuar cuando se posee una serie industrial suficientemente amplia, y éste no es el caso, ya que se trata de un reducido sondeo estratigráfíco provisional. Pero creemos poder adelantar que, dada la existencia de una punta de aletas y pedúnculo, de una punta de muesca y de una pieza solutrense bifacial -a pesar de que todas ellas aparecen fracturadas-, su encuadre cultural Solutrense es acertado. Por otra parte, la existencia de un índice tan alto de buriles, junto con las escasas hojitas, nos podría hacer pensar que se trata de un nivel Magdaleniense, pero la presencia de las piezas antes mencionadas nos ratifica en el encuadre cultural propuesto. Como ya hemos expuesto con anterioridad (Ripoll López, 1988, 1989, 1991, e.p.), creemos que en la zona andaluza -donde la existencia del Magdaleniense Inicial y Medio no está atestiguada-estos estadios culturales se verían sustituidos por el Solutrense Superior Evolucionado. El yacimiento de las Cuevas de Levante posee un gran interés, que sin duda se verá completado y confirmado en futuras actuaciones sistemáticas, cuya realización plantearemos y solicitaremos a medio
DE LA PAZ ROMÁN DÍAZ (*) CATALINA MARTÍNEZ PADILLA (*) En este estudio se expone la necesidad de sustituir el punto de vista tradicional sobre el Neolítico en el Sureste de la Península Ibérica, por una aproximación social e histórica. Tras un breve repaso crítico de los contenidos atribuidos al Neolítico y sus aplicaciones y, consecuentemente, de la periodización clásica, optamos por el análisis de los procesos. Para ello, consideramos como un primer paso dos aspectos relevantes: la sedentarización y el almacenamiento. A partir de sus indicadores arqueológicos hemos distinguido varios grupos de yacimientos que se corresponderían con diferentes formas de vida, siendo todo ello la expresión de transformaciones en las relaciones sociales. could be the first important aspects to study. En el presente trabajo, tratamos de llamar la atención sobre un período de tiempo, del VI al III milenio a.C, en el Sureste peninsular (Fig. 1), del que no tenemos un estudio de carácter global, a pesar de que en este área se iniciara la actividad arqueológica a finales del siglo XIX. En cambio contamos con diferentes planteamientos y resultados para las Edades del Cobre y del Bronce, en los que la etapa media y final del Neolítico (conocida aquí como Cultura de las Cuevas y Cultura de Almería) se ha considerado como el punto de partida de una serie de cambios: intensificación agrícola, complejidad social, etc., pero sólo como el antece-dente necesario para poder desarrollar unos modelos de "evolución social". A pesar de este vacío en la investigación, creemos que es posible llevar a cabo una aproximación e interpretación distinta de los datos arqueológicos conocidos. El principal interés de nuestro grupo de investigación (1) radica en el estudio de los cambios, la adopción de nuevas formas y estructuras. Contamos para ello con un proyecto en un área más reducida al Norte de la provincia de Almería: el Alto Almanzora, en el que nos planteamos el estudio de las transformaciones socio-económicas de las comunidades de la Prehistoria y laAntigüedad, es decir, el análisis de un proceso de larga duración. En este trabajo nuestro objetivo principal es estudiar el proceso o procesos de cambio, prestando especial atención a las transformaciones socio-económicas que pudieron tener lugar, cómo y por qué, para lo que intentamos ser coherentes con los presupuestos de los que partimos en el proyecto, siendo conscientes de que no tratamos de alcanzar una "explicación definitiva". En estos momentos estamos ante una primera fase o inicio en la investigación en la que hemos seguido los siguientes pasos: revisión crítica o estado de los conocimientos; revisión del concepto de "Neolítico"; consideración de la "sedentarización" y el "almacenamiento" como factores de referencia; elaboración de una propuesta que articule teoría y práctica; finalmente, exposición de los resultados que constituyen unos primeros apuntes de los cambios observados en el registro arqueológico, y formulación de algunas hipótesis sobre el proceso de transformación socio-económica. En primer lugar, se consideró imprescindible llevar a cabo un análisis del estado de los conocimientos, teniendo en cuenta que la información disponible es fruto de las circunstancias históricas, académicas y profesionales que han atravesado la Prehistoria y la Arqueología en España desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días. Dado que (1) El grupo de investigación "ULISES" (Código P.A.I.: HUM-0266) de la Universidad de Almería (Departamento de Historia, Geografía e Historia del Arte, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación) tiene como responsable a una de las autoras de este trabajo, Catalina Martínez Padilla. Desde 1993 contamos con el proyecto "'Estudio del proceso histórico durante la Prehistoria y la Antigüedad en la Cuenca del Alto Abnanzora" subvencionado por la Junta de Andalucía y con una duración de seis años. El presente trabajo, entre otras publicaciones, es fruto de los planteamientos teórico-metodológicos del grupo e integra una parte de los resultados del trabajo de campo. Asimismo, resume la Tesis Doctoral de una de las autoras, M'' de la Paz Román Díaz, titulada "Comunidades del VI al III milenio a.C. Aproximación al proceso de sedentarización en el Sureste peninsular", dirigida por Catalina Martínez Padilla. una exposición detallada sobrepasaría el espacio disponible, remitimos a las publicaciones que desarrollan algunos de estos aspectos (Román, 1996(Román,, 1997)). ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL CONCEPTO DE NEOLÍTICO Para abordar el estudio de las comunidades situadas cronológicamente entre los milenios VI y III a.C, son necesarias algunas consideraciones acerca de los significados atribuidos al término Neolítico y sus aplicaciones. Si en un primer momento su contenido respondía exclusivamente a un criterio taxonómico-cronológico, más tarde se identificó además con una nueva forma de subsistencia, la producción artificial de alimentos. Aunque con diferentes matices, podemos decir que ambas visiones han convivido y conviven en la actualidad y han desarrollado unos criterios (no siempre explícitos) acerca del cambio, de cuya aplicación se deriva un modelo de periodización, a la vez que han seleccionado unos determinados indicadores arqueológicos en consonancia con aquéllos. En el primer caso, tendríamos la utilización de algunos elementos "tipo", especialmente cerámicas, para calibrar los cambios y establecer los períodos. El ejemplo más paradigmático y conocido sería la extrapolación de la secuencia tripartita de Arene Candide a todo el ámbito mediterráneo. La disociación entre espacio y tiempo, así como la confusión entre tiempo y cronología, junto con las consideraciones anteriores, han producido un conjunto de clichés rígidos en los que la sucesión cronológica de tipos, a la manera de etapas geológico-paleontológicas de carácter universal, se confunden con períodos históricos, o mejor dicho, los protagonistas y los síntomas de las diferentes etapas históricas son los fósiles guía que equivalen a los personajes singulares de la llamada "historia de los acontecimientos". Al trasladar estos planteamientos al Sureste peninsular, la escasez o ausencia de determinados "tipos" (como la cerámica impresa) se traduce automáticamente por "vacíos poblacionales" (Román, 1997(Román,: 495-1198)). Esto implica además la supresión del espacio histórico, es decir, la consideración del espacio como inmutable, ya que se aplica por igual a cualquier región o comarca. Respecto a la producción artificial de alimentos, al poner el énfasis en el hecho concreto de la siem-T. P.,55,n."2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es bra o la domesticación de animales, sólo permitía hablar de Neolítico cuando se documentaran restos fósiles de los mismos. Si bien este enfoque favoreció el desarrollo de los estudios paleoecológicos, las interpretaciones derivadas han desembocado igualmente en simplificaciones. Las nuevas propuestas de "jardineros epipaleolíticos", "agricultores incipientes", "agricultoresganaderos", "modo de vida campesino", "campesinos" o "domesticadores del paisaje" (Gamble, 1990; Vicent, 1988Vicent,,1991;;Criado, 1993) conjugan los aspectos de la subsistencia con los de las relaciones sociales de producción, los modos de apropiación de los medios de producción y de los recursos. A pesar de que la discusión sobre las mismas es bastante reciente, no obstante, pensamos que son más adecuadas puesto que su uso implica un análisis concreto de las sociedades a las que se aplica, y como indica F. Criado (1993: 24-25) se deja de cruzar el umbral ambiguo que supone el concepto de "Neolítico". Nuestra propuesta sobre la necesidad de un enfoque diferente al tradicional arranca del concepto de anáUsis histórico y social de Childe (1984Childe (,1988)), de las nuevas consideraciones que llevan a cabo otros autores sobre su concepto de "Revolución Neolítica", sus propuestas de nuevos indicadores arqueológicos y de una interpretación distinta del registro a la hora de hacer el análisis de los procesos de cambio. Según estas propuestas, la naturaleza de los recursos (silvestres o domesticados) no debería ser considerada fuera de contexto para hablar de cambio social, al igual que los demás fósiles-guía. Desde nuestro punto de vista, el panorama reciente y actual de entendimiento del "Neolítico", aun a riesgo de generalizar demasiado, es el siguiente. Por un lado, dos orientaciones han guiado la investigación sobre este período, siendo la primera la que ha tenido una mayor producción científica: 1) Enfoques de orientación económica-subsistencial, que fundamentalmente han tratado el problema del origen de la producción de alimentos. Está presente el "determinismo" en el que las causas del "cambio cultural" suelen ser extemas: climádcas, medio-ambientales, geográficas, fluctuaciones en el nivel del mar, mutaciones en las plantas, etc. Se trata de factores de equilibrio-desequilibrio entre las variables población-recursos. Las "actividades productivas" han sido el objetivo final de la investigación, aisladas de "lo social", centrándose fundamentalmente en los lugares y dataciones más antiguas de aparición de los recursos domesticados. Así, por ejemplo, el crecimiento demográfico ha sido indistintamente considerado como causa o efecto de la adopción de tales recursos. 2) Enfoques de orientación social (los menos y más recientes), sobre transformación socio-económica, política, ideológica, etc., en los que las causas externas son sólo condicionantes, no determinantes. Las causas del cambio son internas, están en el seno de la sociedad, motivo por el cual interesa analizar procesos de larga duración y no sólo los "puntos de partida" en el espacio y en el tiempo. Por otro lado, existe una visión lineal-evolucionista del cambio en las sociedades, en la que se considera el cambio "cultural" y/o "social" como un'proceso que va de lo simple a lo complejo tanto en la tecnología como en la sociedad, y de hecho se califica una sociedad como simple o compleja en relación al grado de desarrollo de su tecnología, al tiempo que se identifica con la existencia o no de desigualdad social. A este respecto, consideramos que es necesario ante todo definir qué se entiende por una sociedad "simple" y una sociedad "igualitaria" (ya que sus opuestos "compleja" y "desigual" se derivarían como antónimos) antes de calificar como tales a una sociedad del pasado o a una sociedad "primitiva" actual, directamente por el grado de desarrollo de sus fuerzas productivas. Según la propuesta de J.M. Vicent (1988), habría que entender la "Revolución Neolítica" no como un cambio económico, es decir, como un cambio de la relación de la sociedad con el medio, sino como una "transformación de la economía política": se propone entender por "revolución neolítica" una "revolución social" en la que el proceso no se puede reducir a simples cambios tecnológicos pues hay toda una dinámica mucho más compleja. Para J.M. Vicent ( 1988), el posible proceso seguido en la Península Ibérica sería muy largo. Tendría sus raíces en la totalidad del "Paleolítico superior", a lo largo del cuál se habría formalizado un tipo de estrategia en la que las actividades sobre la naturaleza estarían equiparadas a lo que sería su misma lógica (2), siendo muy diferente hablar de "jardineros epipaleolíticos" o de sociedad de inicios de la agricultura por (2) Es decir, ejercer un control sobre la naturaleza cooperando con ella. T. P.,55,n."2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es un lado, y por otro, de "sociedad campesina". Ésta implica nuevas formas de organización social, cuyos indicadores arqueológicos no se detectan en la Península Ibérica hasta el IV milenio a.C, con una transformación social que respondía a la contradicción entre el desarrollo de los medios de producción -primeros medios de acumulación-y las relaciones sociales preexistentes correspondientes a una estructura de bandas. En definitiva, la transformación en el modo de producción no se iniciaría en el "Caleolítico" sino que este período sería ya la expresión de una forma avanzada del modo de vida campesino (Vicent, 1991: 59) cuyas condiciones sociales e ideológicas estaban previamente elaboradas. Para rastrear ese proceso en el Sureste peninsular, arrastramos dos problemas fundamentales que todos los autores coinciden en señalar: la falta de buenas estratigrafías y de dataciones absolutas. A pesar de que este problema se ha venido planteando desde los años cincuenta, no se ha visto correspondido con igual empeño en las recientes excavaciones, salvo el caso de las publicadas para siete de los lugares de habitación que estudiamos (Tab. Consideramos que las dataciones son imprescindibles en un proceso de investigación ya que, al menos, nos marcan "sucesiones" en el tiempo así como sincronías aproximadas: no podemos imaginar el estudio de un "proceso histórico" sin referentes cronológicos. Cuando se alude a "sociedades neolíticas" se está entendiendo por "neolítico" el concepto tradicional de nuevo modo de subsistencia y el empleo de técnicas e instrumentos nuevos. Sin embargo, en el ámbito de lo subsistencial, tal y como planteó A. Testart (1982), hay toda una gradación de salvaje a doméstico, se habla de "proto-doméstico", "proto-agricultura", a propósito de pueblos que ejercen cierto control sobre la reproducción de sus recursos alimenticios, control que, sin ser una verdadera domesticación, no se diferencia más que en grado. Por otra parte, la explotación de los recursos silvestres no desaparece con la agricultura y la ganadería. Este investigador ha observado en sociedades actuales cazadoras-recolectoras sedentarias con almacenamiento (costa noroeste del norte de América, zona costera de California, Siberia oriental y Japón septentrional) características como una alta densidad demográfica, desigualdades socioeconómicas, división social del trabajo, intercambios y fiestas. Plantea la posibilidad de hallar tales rasgos entre las sociedades cazadoras-recolectoras del pasado en las que se han detectado habitats de aspecto permanente, almacenamiejito, cerámica, piedra pulida o molinos y morteros (3), características que se habían admitido como propias tan sólo de las comunidades que habían adoptado la agricultura. Así pues, desde nuestro punto de vista, y a raíz de los argumentos expuestos, pensamos que si pretendemos dar un enfoque distinto al estudio de las comunidades del Sureste del VI al III milenio a.C, es más coherente prescindir del concepto tradicional del término Neolítico, y en consecuencia, también del "proceso de neolitización". De momento (para el Sureste), preferimos hablar en clave de "milenios" a la hora de estudiar el proceso de transformación socio-económica, o bien de sociedades móviles/sedentarias con o sin almacenamiento en relación a las propuestas del siguiente apartado, hasta que podamos formular unos conceptos más explícitos sobre el modo de vida de estos grupos humanos. LA SEDENTARIZACION Y EL ALMACENAMIENTO COMO FACTORES DE REFERENCIA EN EL ANÁLISIS DEL PROCESO DE TRANSFORMACIÓN SOCIAL En vista de lo comentado en el apartado anterior, hemos seleccionado de momento la sedentarización y la práctica del almacenamiento de acuerdo con A. Testart (1982: 39-49) como factores significativos del proceso de transformación socio-económica de las sociedades que estudiaremos, pero sin desconectarlos de los demás aspectos del proceso. Este autor ha observado que las desigualdades importantes se desarrollan en las sociedades sedentarias, tanto cazadoras-recolectoras como agrícolas, y como acabamos de exponer, los cambios no sólo están presentes en las últimas. Son dos factores clave del desarrollo de las desigualdades sociales que valen para sociedades con ambas formas de subsis- (3) Sedentarización o habitats de aspecto permanente se han constatado en el Paleoh'tico superior de la Europa periglaciar y en las aldeas natufienses; almacenamiento de cereal silvestre en el Matufíense, indicios de conservación de pescado en Baume de Monclus, en la Gard, hacia el 7000 a.C. y en los niveles sauveterrienses de las costas francesas; cerámica en la Cultura de Jomón a finales del Pleistoceno; hachas pulidas en el Norte de Australia se han datado en torno al 18000 a.C. así como el pulimento de la piedra en Indonesia y Nueva Guinea antes de la domesticación; molinos en Nubia que preceden en dos mil años a los "preneolíticos" del Próximo Oriente y hoces, molinos y morteros en el Natufíense (Testart, 1982: 23-58). -No hay datos suficientes para considerar válida esta datación dado que no hay noticia de una estratigrafía segura que la corrobore, "pero presencia de cerámica impresa". Mezcla carbón y hueso varios niveles. Se considera una fecha excesivamente alta para el "contexto cultural del Neolítico medio-final andaluz". El esparto estaba asociado a un enterramiento colectivo, motivo por el que "culturalmente" lo sitúan en un momento del Bronce inicial. -Fase I. Hoyo de poste en la zona de enterrramiento en la que los niveles de fase I habían sido vaciados. Zona de enterramiento, junto a huesos de extremidades de un adulto. Procede de una terrera de excavación antigua. -Sección trinchera de Santa-Olalla y Cuadrado. Rechazada: trinchera antigua -Fase I. Corte Q8. Estructura B. Muestra insuficiennte. Interior de una cabana precampaniforme. Dataciones por carbono 14. tencia y podemos contar con indicadores arqueológicos de uno y otro. Sabemos que, entre la sedentarización completa y el nomadismo total, existen múltiples formas intermedias que cuestionan la unión entre almacenamiento y sedentarización. Siendo este último término impreciso en un sentido general, para simplificar, Testart (1982: 32-33) entiende por tal la permanencia de la residencia a lo largo de todo un año, es decir, un establecimiento que trasciende las simples variaciones estacionales. En cuanto a la relación de la sedentarización con el almacenamien- to, indica que no es lo mismo permanecer en el mismo lugar siete meses al año por la abundancia de recursos en ese tiempo (hay una semi-sedentarización fundada sobre el carácter poco estacional de los recursos), que cuando esos meses son los de penuria, ello no podría explicarse más que por la práctica de un almacenamiento, lo que implica una tendencia a la estabilidad. Así pues, los sistemas de almacenamiento están caracterizados por "cierta" sedentarización, lo que debe comprenderse no sólo en el sentido cuantitativo, sino también como una cualidad particular de un modo de vida. Según este autor, la sedentarización sería la condición previa de toda acumulación de bienes materiales, a no ser que se desarrollen medios de transporte que hagan compatible la posesión de riquezas con un modo de vida nómada. Pero dentro de unas condiciones generales de nomadismo, la riqueza se limita, en general, a la posesión de bienes ligeros y los instrumentos son multifuncionales. Con la sedentarización, se hace posible la práctica del almacenamiento y la acumulación de bienes al poder convertir los productos de la caza y la recolección, tanto de plantas domesticadas como silvestres, en bienes durables.Tal práctica supone un cambio significativo en las mentalidades puesto que contradice la regla del reparto, propia de las sociedades cazadoras-recolectoras nómadas, según la cuál los bienes deben circular y difundirse dentro de todo el grupo y se considera inmoral acaparar o tesorizar. Pero el almacenamiento no implica un determinismo mecanicista de orden tecno-económico ya que son otro tipo de deseos y voluntades los que llevan a profundizar en las desigualdades, a intensificar la producción y a la explotación (4). La conservación intensiva de los alimentos permite sobrepasar los límites de la explotación del día a día, puesto que con la sedentarización y el almacenamiento se puede explotar el "stock" del trabajo de todo el período durante el cual han sido acumulados. De este modo, ambos factores se configuran como el primer paso para el desan'ollo de la presión política, sin la cual la explotación no podría realizarse. En el caso de los cazadores-recolectores nómadas, la flexibilidad de la organización social, la facilidad de fisión del grupo y la movilidad no permiten la explotación (o sólo una explotación muy limitada, sin ir más allá de lo considerado como tolerable). Las condiciones de la vida seden-taria, las estructuras fijas de habitats y de almacenamiento son factores que traban el libre movimiento. La explotación puede profundizarse sin provocar la partida de los descontentos. Por nuestra parte, en lo que respecta a la compatibilidad del movimiento nómada con el almacenamiento, pensamos que puede estar en función de la cantidad, la clase o el tipo de producto almacenado, la posibilidad de que la comunidad pueda abandonarlo temporalmente, sin riesgo de perderlo (por ejemplo por robo o, sencillamente, porque se malogre el producto al no estar vigilado ante filtraciones de agua o de animales, como insectos o roedores, quienes gustosamente dispondrían del mismo, etc.), es decir, si realmente depende de tales recursos almacenados para la subsistencia u otros menesteres. El hecho de que unos pocos individuos de la comunidad permanezcan en el lugar vigilando lo almacenado, o incluso que la comunidad entera se desplace a otro lugar pero con la intención de volver al mismo emplazamiento, produciéndose retornos cíclicos, implica una nueva manera de pensar el espacio. No se trata de una vuelta estacional para recolectar y consumir productos que la naturaleza provee, sino de pensar con previsión y, por lo tanto, asegurarse la posesión del lugar del emplazamiento y su entorno, al menos mientras éste sea productivo en relación al desarrollo de las fuerzas productivas. Por supuesto, se deben contemplar otras posibles razones, no sólo las de tipo económico-subsistencial, que provoquen el retorno a un lugar cada año, o al menos la permanencia temporal en el mismo. Coincidimos conTestart (1982:214) en que: son las relaciones sociales de desigualdad las que determinan una intensificación de la producción y del almacenamiento, y no al revés, de manera que, el único dato técnico de conservación^ no indica nada sobre la naturaleza de la sociedad. Es decir, es la comunidad la que elige adoptar o no una técnica y su carácter social vendrá determinado por el tipo de relaciones existentes. De manera que, para el análisis de sociedades del pasado habrá que tener en cuenta, además, otros indicadores arqueológicos. No podemos terminar este apartado sin la aportación de Childe. Childe (1988: 113) destacó de la economía productora de alimentos que "aun en la forma más simple, proporcionaba una oportunidad y un motivo para Id. acumulación de un''sobrante ". Aunque no tuvo en cuenta la posibilidad de acumulación de recursos "silvestres", lo significativo es que destacó la importancia de la "acumulación". Los granos debían conservarse y escatimarse hasta la siguiente cosecha, por un año entero, y apartar una proporción para la siembra, lo que suponía, entre otras cos^^, previsión y economía. Desde los años setenta-ochenta se ha puesto de manifiesto la importancia de tal actividad en la organización socio-económica elaborando un nuevo término: el "rendimiento diferido". Sin embargo Childe ya tuvo en cuenta el tema de la "previsión", cuando en recientes debates, autores como Gamble ( 1990) apuntan la importancia de la "percepción del riesgo". Asimismo, Childe (1988: 99-100) indicó una tendencia general a la sedentarización, para la que ya apuntó que no se debía confundir la adopción de la agricultura con la adopción de una vida sedentaria puesto que era ficticio y erróneo correlacionarlas de manera directa. Por nuestra parte, no pretendemos sustituir el "proceso de neolitización" por el "proceso de sedentarización", ni tratamos de hacer una historia de la sedentarización, sino de asomarnos al registro arqueológico desde los presupuestos indicados. El estudio del medio ambiente antiguo no tendrá otro objetivo que proporcionarnos, aunque sea de manera aproximada, el paisaje ecológico (natural/ antrópico) en el que se desarrollaban tales relaciones. En ningún momento lo concebimos como factor determinante. Asimismo, la Historia es, en una parte importante, la historia de la apropiación del espacio y de sus productos, incluido el propio ser humano como recurso (Sánchez, 1991: 14-15), de modo que uno de los aspectos a analizar será la dimensión espacio-temporal de la dinámica territorializadora (Sánchez, 1991: 211-212). En consecuencia, si podemos estudiar una sociedad a partir de su cultura material y sus contextos de aparición, así como de sus cambios a través del tiempo, mediante determinados indicadores arqueológicos; y si el proceso de sedentarización tiene implicaciones sociales (puesto que favorece la aparición de las desigualdades), entonces podemos establecer que las implicaciones sociales del proceso de sedentarización han de tener su expresión en el registro. Así pues, el estudio de este proceso nos servirá de referencia para poder aproximarnos al tipo de sociedad y a sus cambios a través del tiempo. Para abordar el estudio de los inicios del proceso de sedentarización de las comunidades del Sureste peninsular hemos tenido una serie de limitaciones en la obtención de la información: a) los factores postdeposicionales, tanto naturales como humanos, han hecho desaparecer una parte importante del registro arqueológico, y b) los criterios y objetivos de la investigación arqueológica tradicional, en la que las cuestiones socio-económicas no eran prioritarias, han conformado un registro en el que nos faltan datos que, en buena parte, son irrecuperables. En vista de esta situación y del estado de la investigación surge otra reflexión: dado que nuestros objetivos son distintos a los de la arqueología tradicional (fundamentalmente los del "historicismo", y en los últimos veinticinco años los del funcionalismo y ecologismo cultural), los datos arqueológicos buscados (con los que llevar a cabo la contrastación "teoría-práctica") habrían de ser distintos. Sin embargo, para hacer un análisis global del Sureste, hemos de tener en cuenta la documentación existente. A este respecto, consideramos que es muy distinto perpetuar las "tipologías" como única finalidad en los análisis e integrarlas como un quiste en el nuestro, a tener en cuenta los elementos de la cultura material (convertidos en "tipos" por los arqueólogos) como "producto" de estas socie-dades, así como sus contextos de aparición, y su utilidad como referencia cronológica relativa. Una cosa son los "datos" con que contamos, y otra muy distinta el modo en que se conjuguen como "indicadores" arqueológicos para interpretar el registro en relación a las propuestas señaladas. Los elementos de la cultura material que han escapado a las tipologías, sólo pueden ser asimilados a un determinado período de tiempo si se encuentran en contextos con los elementos "tipo" conocidos. A menudo en las actuaciones de prospección son difíciles de asimilar elementos distintos a los ya "digeridos" puesto que aparece el problema de su adscripción cronológica. Además, una gran parte de los elementos documentados en su día, han desaparecido a causa de los procesos postdeposicionales (incluso, necrópolis enteras), de manera que no podemos partir de cero en el análisis. Nuestros indicadores arqueológicos harán referencia tanto a los datos conocidos, que previamente habremos seleccionado, como a los nuevos que nos proporcionen nuestras propias actuaciones sistemáticas de campo, de tal modo que podamxOs contrastarlos con los "reciclados". La experiencia de partir de cero o la pertinencia de generar una documentación nueva podemos llevarla a cabo en el área específica del proyecto:''Estudio del proceso histórico durante la Prehistoria y la Antigüedad en la cuenca del Alto Almanzora " en Almería. En él constituyen una parte importante los yacimientos que relacionamos con los inicios del proceso de sedentarización (Román etalii, 1996). Podemos contrastar la documentación conocida con la que producimos a partir de nuestros presupuestos, pero este trabajo permanecerá incompleto hasta que no se conjugue con excavaciones arqueológicas. Además, como sólo hemos realizado dos campañas de prospección, consideramos prematuro avanzar conclusiones sobre el proceso histórico en este área concreta. El nivel de información para cada yacimiento es desigual. No obstante hemos recogido para un total de 121 yacimientos los datos disponibles sobre (6): emplazamiento o localización; entorno y visibilidad; extensión y potencia estratigráfica; tipo, tamaño, distribución, localización y número de estruc-(6) Dada la cantidad de elementos arqueológicos, de yacimientos tenidos en cuenta y el espacio disponible para el presente trabajo, en las tablas que exponemos sólo se contemplan los datos que hemos considerado imprescindibles para los lugares de asentamiento y que son relativos al proceso de sedentarización y al almacenamiento. Los relativos a elementos muebles o lugares de enterramiento serán objeto de desarrollo en próximos trabajos. turas (de habitación, enterramiento, etc.) así como sus materiales constructivos y la existencia de posibles estructuras de almacenamiento; tipo de elementos muebles, su distribución y localización, la cantidad y posibles usos de los mismos, tipo de materia prima usada; representaciones rupestres y motivos sobre otros soportes hallados. También se recogen los análisis referentes al entorno para una reconstrucción paleoambiental, de la naturaleza de los recursos y de las posibles actividades económicas. Por supuesto, se recogen las dataciones absolutas conocidas, imprescindibles para el análisis del proceso. Todos los datos que manejamos tendremos que revisarlos ante nuevas publicaciones puesto que los que ahora se tienen en cuenta proceden de antiguas excavaciones o de yacimientos en proceso de excavación. Por otra parte, siempre tenemos en cuenta junto con todos los demás, los datos indicadores de un modo de vida nómada o sedentario, como por ejemplo la existencia o no de estructuras. De este modo, los datos considerados, conjugados, actúan a modo de indicadores y nos sirven de referencia para las preferencias locacionales, actividades de subsistencia o de otro tipo, carácter de los recursos, tamaño de la población, grado de movilidad/permanencia, sincronía/diacronía de los yacimientos cercanos, posibles delimitaciones territoriales, procedencia de la materia prima, etc., para posteriormente extraer nuestras hipótesis sobre los cambios observados e interpretarlo a nivel de transformaciones socio-económicas. Estamos de acuerdo con la hipótesis que ya avanzó el profesor Arribas (1967): la primera formación de asentamientos agrarios permanentes en el Sureste peninsular no se contituyó plenamente hasta las denominadas "sociedades calcolíticas" o del "modelo Millares". Así pues, debemos tener en cuenta la posible existencia de comunidades anteriores con un grado menor de permanencia y con una diversificación en la explotación del territorio. Confirmamos igualmente para el Sureste peninsular la propuesta de que la "Revolución Neo hética" no se produciría hasta momentos más tardíos de los considerados tradicionalmente. Así se ha planteado para la Europa Atlántica y, más recientemente y a una escala más cercana, para la Península Ibérica, no sólo desde un enfoque social como el de J.M. Vi-cent ( 1991 ) o de la Arqueología del Paisaje como el propuesto por F. Criado (1993) en su análisis de la estrategia social de apropiación del espacio, sino incluso desde el enfoque económico-ecológico de Schuhmacher y Weniger (1995) para la propia área levantina. Para los habitats al aire libre contamos con fechas a partir del IV milenio a.C, pero es muy probable que éstos existieran con anterioridad, al igual que ha observado I. Rubio (1988: 159) para el resto de la Península Ibérica, y apenas hubieran sido detectados por dejar pocos indicios. Por otra parte, de las 19 cavidades que estudiamos, 6 son abrigos, habitats que consideramos prácticamente ocupaciones al aire libre. Precisamente el abrigo del Barranco de los Grajos II cuenta con una datación absoluta del VI milenio a.C. Tras el estudio comparativo de los contextos, y teniendo en cuenta las limitaciones anteriormente apuntadas, hemos diferenciado grupos de yacimientos (Tab. 2 a 5), a partir de una serie de elementos comunes que estarían indicando diferentes grados de permanencia y formas de vida distintas. Hay dos aspectos fundamentales que hemos de aclarar previamente acerca de nuestros criterios para definirlos: No representan fases o etapas sucesivas puesto que desconocemos la cronología de la mayoría de los yacimientos, incluso han sido rechazadas la mayor parte de las fechas por tratarse de muestras mezcladas o insuficientes. Como hemos apuntado anteriormente, no pretendemos establecer períodos según las tipologías de algunos elementos muebles de la cultura material. Por tanto, las relaciones cronológicas entre algunos de los grupos quedan pendientes hasta tanto no dispongamos de más fechas. Consideramos que las analogías entre algunos elementos materiales no presuponen a/? non un índice de contemporaneidad (7). Consideramos que la continuidad arqueológica en un yacimiento durante miles de años, aunque con modificaciones a través del tiempo, debe tener un significado histórico diferente respecto a aquellos otros de nueva creación. Según nuestro criterio, los cambios en la ubicación de los asentamientos, en el uso y en la organización del espacio, suponen una expresión más significativa de cambios sociales e históricos que las modificaciones en algunos elementos muebles, sin olvidar la necesi- Tab. Grupo A: Cuevas y abrigos con ocupación anterior, f: fondo de cabana, p: hoyo de poste; s: silo; h: hogar; o: otros (canalillos, pocillas, zanjas, etc.). dad de correlacionarlos con estos últimos de forma contextualizada. El grupo A está constituido por los habitats en cueva, abrigos y ocupaciones al aire libre en los que no han quedado restos de estructuras. Cuenta con las dataciones absolutas más antiguas del Sureste, desde el VI milenio a.C, pero además algunos emplazamientos tienen ocupaciones posteriores, con fechas del IV milenio a.C. y con cronología relativa del III y II milenio a.C, de manera que su ocupación fue presumiblemente de corta duración, pero repetida. El grupo B está integrado por los asentamientos al aire libre con estructuras excavadas en el suelo. Contamos con fechas absolutas sólo a partir del IV milenio a.C. El grupo C engloba los yacimientos en los que se observa que muestran una superposición de ocupaciones con zócalo de piedra sobre otra anterior con estructuras excavadas en el suelo. Las dataciones disponibles oscilan entre el IV y el III milenio a.C. dado que tienen distintas fases de ocupación. El criterio de diferenciación de este grupo es la sucesión en el tiempo que expresan estos dos modos de construir las estructuras de habitación. Finalmente, el grupo D integra asentamientos al aire libre con estructuras de habitación con zócalos de piedra sin ocupación anterior. No disponemos aún de fechas absolutas pero el contexto de los yacimientos no nos lleva a los que se conocen como "calcolíticos clásicos". Este hecho en cambio sí se observa en los yacimientos del grupo C, a partir de la segunda o tercera fase de su ocupación. Como decíamos, estos grupos no representan etapas sucesivas sino diferentes graJo^* de sedentarización. Por ello insistimos en una cuestión que no se puede resolver de momento: si expresan comunidades diferentes y contemporáneas o etapas sucesivas en el proceso. Sí planteamos, en cambio, que en el grupo C hubo una sucesión en el tiempo, constatada en la estratigrafía de cinco yacimientos y por fechas absolutas. Por otra parte, no disponemos de suficientes elementos cronológicos para poder determinar qué habitats y enterramientos eran sincrónicos y establecer posibles relaciones entre unos y otros o entre habitats de comunidades distintas. No obstante, otros elementos del registro pueden contribuir a establecer hipótesis al igual que debemos hacer para aproximarnos al tipo de entorno y aprovechamiento de los recursos, dada la escasez de datos de restos vegetales, fauna, análisis de polen y la inexistencia de los de huellas de uso. Es heterogéneo en lo que a grado de información se refiere. En general es escasa y, en su mayor parte, referida a los elementos muebles de su cultura material. Hemos distinguido un subgrupo de cuevas y abrigos con ocupaciones en períodos anteriores (Tab. 2.1), porque implica una continuidad al menos en el tipo de habitat, entorno y, nos atreveríamos a añadir también, recursos, ya que no hay constancia de restos vegetales o de fauna de especies domesticadas. Esta continuidad se observa en la industria microlítica, que se encuentra asimismo en los habitats al aire libre de los grupos B, C, D y en los enterramientos en túmulos. Otro subgrupo de cuevas y abrigos lo integran los habitats de nueva ocupación (Tab. 2.2), cuyo número se multiplica. Los únicos orientados a los valles (uno de ellos muy fértil en la actualidad) (8) cuen-(8) Nos referimos a la Cueva del Calor (Cehegín) y el fértil valle del Argos, a La Serreta (Cieza) y el valle del Río Segura, tan con una potencia estratigráfica considerable (entre 0,5 y 1 m.), vasijas de cerámica de gran tamaño y en dos de ellos (y en la Cueva de los Murciélagos) (9) se han constatado recursos domesticados. ambas en la provincia de Murcia, así como a la Cueva del Capitán (Lobres), a 5 km. de la desembocadora del Río Guadalfeo y junto a un barranco que se abre a la derecha del río entre Lobres y el Barranco de Guájar, en la provincia de Granada. (9) Cueva del Calor y Cueva del Capitán. Grupo A: Asentamientos al aire libre sin estructuras, f: fondo de cabana, p: hoyo de poste; s: silo; h: hogar; o: otros (canalillos, pocillas, zanjas, etc.). El problema es la ínfima incidencia de la erosión en los habitats de este tipo en comparación con la existente en los habitats al aire libre de manera que, a falta de información sobre la existencia o no de hiatus de ocupación, no podemos afirmar que fuesen ocupadas de una manera temporal o permanente. El resto de cuevas y abrigos debió tener una ocupación estacional, o incluso ocasional, dado que también se usaron como lugares de enterramiento (Cueva Ambrosio, Cueva de las Campanas, Cueva del Capitán y Cueva C-6 de Cabo Cope). Los yacimientos al aire libre (Tab. 2.3) tienen una potencia estratigráfíca prácticamente nula, la extensión máxima conocida es inferior a los 750 m^ y su emplazamiento y entorno son muy variados: crestas, cerros calizos, lomas suaves; cabeceras de valles interiores de las sierras, zonas interiores alomadas o llanas próximas a sierras o cerca de la costa. Si estuviéramos ante lugares ocupados por comunidades con un modo de vida nómada, y no ante lugares con actividades dependientes de otros habitats, este grupo A estaría integrado por comuni-dades de pequeño tamaño, a juzgar por la extensión del espacio de habitación conocido. En Cabecicos Negros y La Ruina, la extensión es muy superior, pero apenas tenemos datos de ambos. La Gerundia, pudo ser un yacimiento contemporáneo a El Cárcel por el tipo de materiales encontrados (e incluso con ocupaciones posteriores), pero su escasa potencia estratigráfíca y la inexistencia de estructuras, nos ha llevado de momento a incluirlo, como los dos mencionados, en este grupo de asentamientos de corta permanencia hasta que contemos con más datos. Los útiles para el cultivo y/o recolección tienen una escasa especialización, lo que unido a los entornos tan diferentes en los que se localizan estos habitats, nos hacen pensar que sus ocupantes explotarían una diversidad de recursos y posiblemente el cultivo no constituía una actividad importante para su subsistencia. Sólo se ha constatado cereal en la Cueva del Calor y la Cueva de los Murciélagos, sin dataciones absolutas o descontextualizado. La caza y la recolección debían jugar un papel importante, unido a actividades estacionales relacionadas con los ciclos de recolección de cosechas, aún sin alma- cenamiento. La caza, al igual que en los períodos anteriores, se representa en la pintura (La Serreta), además de escenas de danza y juegos rituales (Barranco de los Grajos). También las hay de animales domésticos, lo que podría interpretarse como práctica de pastoreo. Sin embargo, el cultivo o la recolección no se representan en ningún momento. Este hecho refuerza la idea apuntada sobre el cultivo, a no ser que el pastoreo, y sobre todo la caza, fuesen actividades "sobrevaloradas" frente a las demás. No se han detectado indicadores arqueológicos de la práctica de almacenamiento, como estructuras excavadas en el suelo (silos) o restos de grandes vasijas. Ello puede ser otro síntoma de que se trata de habitats no permanentes. La existencia de elementos de concha en tierras del interior o de cuentas de collar de calaíta, que en principio no tiene una procedencia cercana, supone que estas comunidades recorrían largas distancias, o bien mantenían relaciones entre comunidades de diversos ámbitos mediante intercambio. Ambas prácticas no serían incompatibles, debieron llevarse a cabo tiempo atrás con productos o materias primas como el sílex. Es más, la primera de ellas exigiría relaciones entre grupos en el caso de la existencia de territorios delimitados. Para estos momentos, pensamos que tales elementos tendrían más bien un valor social, siendo normal la presencia de objetos de adorno (brazaletes de piedra o pectúnculo, materia colorante, cuentas de collar en hueso o piedra y colgantes de colmillo de jabalí) que también son frecuentes en los habitats de los grupos B, C y D, y en los enterramientos bajo túmulo. Dado el incremento en número de los lugares de habitación respecto a los períodos anteriores, pensamos que el crecimiento de la población debió tener un ritmo mayor a partir del VI milenio a.C, en relación con las nuevas condiciones que apuestan por una subsistencia más diversificada y unos contactos más regulares entre los grupos. Por tales motivos, y como extensas zonas no han sido investigadas, consideramos que no se debe hablar en el Sureste de "vacíos poblacionales". En el estado actual de la información, no tenemos suficientes evidencias arqueológicas para acercarnos más al conocimiento de la naturaleza de estas sociedades. Si estuviéramos ante grupos desplazados estacionalmente, desgajados de otros más grandes y permanentes (grupos B, C y D), habría que considerarlos siempre en función de las relaciones sociales de producción de estos últimos. Las dataciones absolutas más antiguas de los yacimientos de este grupo están en torno al IV-III milenio a.C, momento en el que continúa la ocupación de las cuevas. Los habitats al aire libre se detectan más fácilmente ya que cuentan con estructuras excavadas en el suelo (hoyos de poste, fondos de cabana, silos, hogares, zanjas, canalillos, pocillas, etc.) y mayor cantidad de elementos muebles (de microlitos, raspadores, raederas, hachas, piedras de molino, elementos de hueso, cerámica lisa o decorada, etc.). Tienen cierta potencia estratigráfica (en tomo a 0,3 m.) y una extensión que puede alcanzar los 5000 m^. Estos indicadores, junto a los que expondremos, nos hacen pensar que tenían un mayor grado de permanencia (Tab. 3) que los del grupo A. Sin embargo, desconocemos si tal extensión implicaba o no el abandono de otras "parcelas" del mismo. Este tipo de habitat tiene una localización más específica, en zonas potencialmente agrícolas, cerca de afloramientos de sílex y vías de paso o comunicación. La sucesión de habitación y enterramiento en el mismo emplazamiento sólo se ha constatado en el Cerro Virtud con varios enterramientos en fosa (Montero y Ruiz, 1996), pero existen indicios de que es a partir de estos momentos (IV milenio a.C.) cuando se inician los enterramientos bajo túmulo. Este hecho expresa una actitud social e ideológica ante la muerte muy distinta puesto que comienza a distinguirse un espacio de habitación y un espacio de enterramiento. Ahora bien, dado que los enterramientos detectados son de dos tipos, existirían dos formas diferentes de ocupación del espacio y, por lo tanto, de relaciones sociales y apropiación de la tierra: -Los enterramientos pertenecientes a los habitats de este grupo pueden ser en fosas en el mismo habitat o en otro lugar. Por ahora sólo el Cerro Virtud estaría en el primer caso, con fechas absolutas del IV milenio a.C. (Tab. También es posible que el ritual de inhumación aún no estuviera generalizado. -Los lugares de enterramiento pueden ser las conocidas tumbas con túmulo, individuales o colectivas, de losas y/o mampostería. No contamos con fechas absolutas para poder establecer su contemporaneidad, pero en el resto de la Península Ibérica se fechan en torno al IV milenio a.C, y en lo que respecta al Sureste, los elementos de ajuar están presentes en los lugares de habitación de este gru- po, e incluso en el único caso conocido de enterramientos en fosa. Lo anterior nos sugiere de momento dos hipótesis alternativas respecto a los dos rituales señalados. De una parte, su sucesión en un corto espacio de tiempo, manteniendo los mismos elementos de ajuar, o su contemporaneidad. En este último caso, la solidez de las construcciones estaría poniendo de manifiesto un tratamiento especial. Es decir, el espacio de enterramiento actuaría como un referente territorial que, al mismo tiempo, contribuiría a representar la identidad de los grupos. Por otro lado, la continuada utilización de estas tumbas a lo largo de varias generaciones está probada por los nuevos elementos constructivos y de ajuar que son posteriores. De manera que la duración de los lugares de enterramiento sería mayor que la de los habitats. Según el estudio del espacio megalítico de F. Criado (1991), las estructuras se crearon intencionadamente para que perduraran en el tiempo y fuesen visibles en el paisaje. El o los significados de tal fenómeno en el caso concreto del Sureste debe ser objeto de un estudio detenido. De momento, además de que los "territorios de enterramiento" implicaran ciertos derechos sobre los mismos por parte de la comunidad, éstos son también un importante síntoma de que el proceso de sedentarización se iba consolidando. Asimismo, la presencia de estructuras interpretadas como silos en los lugares de habitación implica la práctica del almacenamiento (tanto de cereales como de otros productos recolectados) que también se podría haber llevado a cabo en las vasijas de gran tamaño. Posiblemente, con esta nueva práctica, el aplazamiento del consumo supuso la existencia de una restricción al acceso de los productos con una posterior distribución de los mismos. De momento no contamos con suficientes datos para indicar si estamos cuantitativa y cualitativamente ante un "plusvalor" o un "excedente", y mucho menos para analizar el tipo de distribución, pero sí podemos decir que estamos ante un nuevo modo de apropiación del espacio y de los recursos, expresión de cambios en las relaciones sociales. La "territorialidad" de cada comunidad implicaría limitar el acceso a la tienda a otras, pero a la vez, reforzar los lazos con ellas, estableciendo relaciones sociales a través de la exogamia para lograr alianzas. Con un mayor control de la tierra, de sus productos y con el desarrollo de las técnicas de almacenamiento, se estaban sentando las bases para la creación de pequeñas aldeas con un mayor grado de permanencia, lo cual no quiere decir que se pueda hablar de una total sedentarización (ni en los siguientes grupos). 4) se incluyen aquellos yacimientos que pertenecerían al grupo anterior si no fuera porque presentan ocupaciones superpuestas con las siguientes modificaciones: construcción de estructuras más sólidas, con zócalos de piedra, mayor potencia estratigráflca (llegan a alcanzar 1,5 m.) y mayor extensión (superan los 5000 m^). En estos habitats hay áreas para una determinada actividad de producción (molienda, "talleres" de sílex, de fabricación de elementos de hueso, de hachas puUdas, etc.), lo que puede implicar actividades colectivas o incluso una división del trabajo. Cambian cuantitativa y cualitativamente los instrumentos de producción relacionados con los cereales (hoces de sílex, vasijas de fondos planos y formas abiertas), con otros productos (ralladores), con los derivados de la ganadería (coladores o queseras) así como los dedicados a actividades artesanales (pesas de telar). Se trataría de aldeas con el mayor grado de permanencia hasta ahora observado, en las que habría una concentración de la población. Sin embargo, pensamos que no se debe hablar del inicio de "poblados" o de "un modo de vida campesino" en el Sureste peninsular, tal y como es definido por J.M. Vicent ( 1991 ), hasta mediados o finales del III milenio a.C, y tan sólo para poblados con una entidad similar a Los Millares (Almería), Cerro de la Virgen y el Malagón (Granada) o Cabezo del Plomo (Murcia). La actividad agrícola tiene importancia en la producción de alimentos, pero sin abandonar la caza y la recolección. Contamos con pocos restos vegetales y de fauna (como sucede en el grupo B), quizás por las escasas actividades sistemáticas de excavación con técnicas adecuadas de recuperación de restos. No obstante los lugares de habitación y de enterramiento se ubican en zonas que debieron tener un alto potencial agrícola y desde las que, además, se accede a sierras próximas. La repetida utilización de las tumbas y el incremento del número de las mismas con la formación de necrópolis, muestra el interés de estas comunidades por la apropiación de determinadas tierras. Ante la falta de dataciones absolutas, la imagen de una concentración de tumbas a lo largo de un río o en un paraje determinado puede llevar a error si la identificamos con mayor densidad demográfica, puesto que podemos estar ante el producto final de todo un proceso de continua construcción a lo largo del tiempo. Queda por resolver si este proceso fue Por otra parte, en las zonas de sierra que hemos prospectado en el Alto Almanzora se han detectado pequeños habitats con estructuras sólidas, pero no lugares de enterramiento. Al mismo tiempo, los habitats localizados en los valles están en parajes cercanos a necrópolis o en su mismo emplazamiento. Caben dos posibilidades: o bien en los habitats de montaña el ritual de enterramiento era distinto, incluso el modo de vida podría serlo, o bien estamos ante grupos procedentes del valle, desplazados a la montaña para determinadas actividades, cuyo lugar de enterramiento estaría en el valle, en la necrópolis perteneciente a su comunidad de origen, donde estarían enterrados sus parientes y antepasados. Este hecho puede implicar un sentimiento bastante fuerte de vinculación a la tierra. Está integrado por yacimientos sin ocupación anterior, con estructuras de zócalo de piedra y una ocupación más corta que los del grupo anterior. El número de yacimientos y los datos que ofrecen son escasos (Tab. A partir de los indicadores arqueológicos apuntados, al observar a grandes rasgos el tipo de asen-tamiento de las comunidades de estos tres milenios, se puede llegar a la precipitada conclusión de que el proceso de sedentarización y de aparición de las desigualdades pudo ser lineal y progresivo. Sin embargo, reiteramos nuestra postura de que el ritmo de los cambios no tiene por qué ser necesariamente constante ni homogéneo para las distintas comunidades. Somos conscientes de que hemos jugado con distintos niveles de información, tanto por las limitaciones ya indicadas como por nuestra previa selección de dos aspectos, la sedentarización y el almacenamiento, de entre otros posibles. Es por ello, que en futuros trabajos sumaremos a estos aspectos otros cuyos indicadores arqueológicos contribuyan a un análisis menos selectivo y más completo, de manera que puedan ayudarnos a consolidar, modificar o rechazar las hipótesis que hemos perfilado en esta primera aproximación. Pensamos que, desde este enfoque, se abren múltiples posibilidades para la investigación si profundizamos en los significados concretos de dichos indicadores (contando, por ejemplo, con el apoyo de trabajos etnoarqueológicos) y contemplamos los grupos de yacimientos que hemos diferenciado como grupos abiertos y no definitivos. Es decir, pretendemos poner en marcha un análisis más ñexible para las comunidades del Sureste, lejps de esquemas rígidos, pero sin perder de vista que sólo contamos con nuestros presupuestos y el registro arqueológico que de momento conocemos. A través de los grupos que hemos definido, se constatan diferencias en el tamaño de las tumbas, en el número de individuos enterrados, en elementos de adorno y figuras antropomorfas (tradicionalmen- Yacimiento y n" en el mapa 1 Cerro de las Viñas te denominadas "ídolos"). Aunque estos autores se centran fundamentalmente en épocas posteriores, Calcolítico y Bronce especialmente, su acierto al poner de manifiesto otros significados sociales y económicos de estos indicadores ha constituido un importante revulsivo en el panorama de la investigación prehistórica en España. No obstante, dado que en el área y en el periodo de tiempo que nos ocupa, apenas se han aplicado nuevos planteamientos al registro arqueológico disponible, habrá que desarrollarlos en el futuro, porque no se pueden extrapolar interpretaciones que corresponden a otra época y a otro tipo de sociedades. La naturaleza de las relaciones sociales de estas comunidades, en la que pensamos residen las causas de los cambios que observamos en su cultura material, constituye el objetivo principal de nuestras futuras investigaciones. Para ello atenderemos, entre otros, al significado de los cambios en el ritual de enterramiento y al análisis del desarrollo de las desigualdades sociales. Este trabajo intentaba un acercamiento al tema y ha derivado en una serie de interrogantes que pretendemos indagar, y que sin duda nos llevarán a otros nuevos.
Se ha defendido a menudo que las jerarquías sociales aparecieron por primera vez en el occidente de la Península Ibérica durante este periodo (ca. Los objetivos específicos de la investigación son: determinar el repertorio de la producción en los talleres Uticos, examinar la posibilidad de una especialización artesanal (prestando particular atención a la estandarización artefactual), e investigar la distribución geográfica de los artefactos para detectar las evidencias de centralización. Los análisis muestran que la organización de la economía difiere deforma notable entre las distintas clases de artefactos. La producción de los instrumentos conectados con la subsistencia era descentralizada. Los útiles circulaban a través de redes locales de intercambio, aunque algunos pudieran integrarse en el intercambio a larga distancia. Los artefactos conectados con el prestigio se intercambiaron a larga distancia y, aparentemente, fueron producidos por especialistas. El nivel de especialización y su importancia para la economía siguieron siendo modestos. No hay evidencia de una integración socio-política a gran escala. Carvalho, i.p.; Uerpmann and Uerpmann, i.p.). T. P.,55, n."2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es fist-size and larger.
"Si quiere bailar y no hacer windsurf, súbase a un canto rodao". El Gran Salto a la Fama. Se estudian los grabados rupestres al aire libre como un recurso para construir el espacio de los paneles y como forma de articular el paisaje. En los paneles y en las estaciones de arte rupestre se definen una serie de modelos que estructuran el espacio del arte. Se resalta también la importancia del emplazamiento como elemento fundamental para comprender el arte rupestre al aire libre. Así en el estudio de los paneles, los motivos, probablemente alusivos a lo masculino: armas, escenas de equitación y ciervos macho aparecen en la parte superior del panel. En un segundo nivel de análisis, en las estaciones son estos mismos motivos los que aparecen en emplazamientos más destacados en el paisaje. También se estudian los llamados Sistemas de Estaciones, formados por grupos de petroglifos que delimitan territorios en la Edad del Bronce. La piedra como metáfora de la tierra y el grabado como representación de la cultura ilustran de forma elocuente una de las finalidades del arte ru-T. R, 55, n."2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es pestre al aire libre con independencia de la época y el lugar al que nos refiramos. Esta es la base de la que parte nuestro concepto de arte rupestre al aire libre. Un arte en el que, a diferencia del arte mueble, es el observador el que se mueve para contemplarlo. Para ello los grabados han de situarse en lugares frecuentados por los potenciales observadores: caminos, lugares de reunión, etc., en definitiva lugares de especial significación social. El trabajo se desarrolló en tres zonas de arte rupestre pertenecientes a la Edad del Bronce y localizadas en la provincia de Pontevedra y una cuarta de cronología indeterminada situada en el lugar de A Ferradura (Ourense) (Fig. 1). Las estaciones pertenecientes a la Edad del Bronce serán estudiadas a tres niveles distintos. En el primero están los sistemas de estaciones, los petroglifos se vinculan a los accesos a las sierras sirviendo de delimitadores de posibles territorios. Esta idea es compatible con el concepto do paisaje parcelado empleado por F. Criado (1994) para describir el tipo de paisaje en la Edad del Bronce. Este patrón de distribución de los motivos también es observable en un segundo nivel: las estaciones. En el tercer nivel, el petroglifo ( 1 ), estudiaremos una serie de paneles que por la complejidad y variedad de motivos nos pueden ayudar a ilustrar su patrón de distribución dentro de la roca. Para facilitar el estudio, utilizaremos un sistema de representación que sintetiza la distribución de los motivos en los paneles. Para ello asignaremos una letra a cada uno de los diseños representados en los petroglifos, de acuerdo con las siguientes correspondencias: A Combinaciones circulares. C Cuadrúpedos indeterminados o sin cornamenta. E Escenas de equitación. Para representar esquemáticamente la distribución de los motivos, situaremos a la izquierda los motivos de la parte superior del panel y a la derecha los de la parte inferior. De este modo, si tenemos un panel con una combinación circular, un cérvido debajo y un antropomorfo debajo de éste, el esquema sería: ABD. Dos motivos a la misma altura, se indicarán como: A-B. EL ESPACIO DE LOS SISTEMAS DE ESTACIONES Denominamos sistema de estaciones a los conjuntos de petroglifos asociados a una misma unidad fisiográfica, generalmente una sierra. En estos sistemas los petroglifos se disponen rodeando la sierra por su base y concentrándose en el inicio de los accesos al monte. Sistema de estaciones de Monte Árcela Monte Árcela se sitúa al norte del término municipal de Cotobade entre los valles de los ríos Lérez y Almofrei (Fig. 2). La prospección y estudio de la zona fue realizada durante la catalogación arqueológica del término municipal (2). Las publica-(1) En la literatura arqueológica sobre arte rupestre, se aplica generalmente el término petroglifo para hacer referencia al grabado. En el presente trabajo se emplea este concepto refiriéndose al grabado y al soporte en su conjunto. clones sobre el municipio se deben a Sobrino (1935), Filgueira y García (1953), Fraguas (1955) y García y Peña (1981). Las estaciones de esta zona son las siguientes: Lombo da Costa. Se sitúa en torno a una rellano de relieve alomado. Este rellano sirve también de lugar de paso entre las escarpadas laderas del monte y el cañón del río. Los paneles más complejos son los de Laxe do Cuco (Fig. 3-3), una de las superficies de Lombo da Costa (Fig. 3-1 ) y Laxe das Rodas (Fig. 4-3). Durante la prospección se localizaron algo más de veinte rocas grabadas, lo que la convierte en la estación de mayor envergadura: encontramos aquí más de la mitad de los petroglifos de Monte Árcela. Además de esta gran estación se localizan pequeños grupos de rocas caracterizadas básicamente por poseer un número muy inferior de grabados, un repertorio tipológico más reducido y un emplazamiento distinto, es decir, generalmente en zonas de paso o de acceso al monte, pero no en rellanos a media ladera como era el caso anterior. Illa Rocina tiene grabada una combinación circular. Se encuentra en una ladera por la que discurre una línea de tránsito que asciende al yacimiento de la Edad del Bronce de Val da Porca localizado durante el Seguimiento Arqueológico de las obras de construcción del Oleoducto Coruña-Vigo (3). Pórtela da Laxe posee combinaciones circulares, figuras cuadrangulares, esvásticas y alguna cruz inscrita. Como su nombre indica, se encuentra en unaportela o acceso al monte que al igual que en el caso anterior conduce a Val da Porca. Con combinaciones circulares y un cuadrúpedo. Al igual que los anteriores estaciones se sitúa en un punto de arranque de la subida al monte (Fig. 4-2). Los motivos grabados son un grupo de combinaciones circulares y un grupo de cuadrúpedos. Se sitúa en un punto de paso de la misma línea de tránsito que partía de Fonte do Lagarto (Fig. 3-2). Consta de tres pequeñas rocas con un círculo simple cada una. Se sitúan en un rellano en uno de los accesos a la sierra. Está formada por tres rocas grabadas, el panel más sencillo con tres cazoletas y el más complejo con un buen número de combinaciones circulares. Dentro de la estación hemos de destacar por su complejidad el petroglifo de Pedra das Cuadas dos Mouros. Se trata de dos rocas con varias combinaciones circulares cada una. Se sitúa muy próxima a un túmulo de pequeñas dimensiones. Nos encontramos entonces con dos tipos de yacimientos posiblemente relacionados entre sí y asociados ambos a una braña (turbera topogénica de no muy amplia extensión en las que es posible disponer de pasto fresco incluso en épocas de sequía estival). La disparidad en la distribución de los petroglifos podría interpretarse como la expresión de una categorización de los distintos lugares. Si analizamos el emplazamiento de las estaciones, podemos observar que Lombo da Costa se encuentra en un lugar con una serie de características morfológicas y de emplazamiento que la diferencia del resto. Lombo da Costa se sitúa en un rellano a media ladera, alrededor del cual se disponen los petroglifos y desde el que se divisa una amplia panorámica, especialmente el área de Caneda y todo el valle de Campo Lameiro. En cambio, en el resto de las estaciones, situadas unas en rellanos, otras en zona de braña y otras en laderas, aunque en ocasiones poseen amplio dominio visual sobre el entorno, ninguna de ellas reúne todas las características de visibilidad, visibilización, tamaño y complejidad de Lombo da Costa. Como hipótesis de trabajo podríamos plantear la existencia de dos tipos de lugares diferenciables por la mayor o menor concentración de petroglifos, por la mayor o menor complejidad de sus paneles, y por el tipo de emplazamiento. Podemos comprobar como todos los accesos tradicionales al monte están señalados por alguna de las estaciones a excepción de las dos más orientales en las que se sitúan grupos de túmulos con un emplazamiento con respecto a las vías de tránsito idénticas a la de los petroglifos (Fig. 2). Independientemente de la sincronía o diacronía de ambos tipos de monumentos, parece existir cierta convivencia e incluso una posible asociación que se concreta en la proximidad entre la mámoa o túmulo y los petroglifos de Chan das Latas. De forma genérica, podemos resumir el emplazamiento del conjunto de petroglifos de Monte Árcela como un sistema de estaciones que demarcan los accesos a los altiplanos de la sierra donde se localizan los poblados de la Edad del Bronce. Aunque sólo contamos con un asentamiento en la zona, estudios precedentes en otras áreas como Serra do Bocelo, Amoedo, etc. (Méndez 1991, 1994) asilo sugieren. En definitiva y como hipótesis, los petroglifos serían una expresión visible de la existencia y demarcación de un territorio. Sistema de estaciones de Serra Castrelada Las primeras referencias sobre la existencia de petroglifos en la parroquia deTourón (Ponte Caldelas) son de Sobrino (1935), el primer inventario de Peña (1986) y después de Santos (1996). La estación de Tourón se encuentra al pie del Monte Pedamúa que forma parte de la unidad físiográfica conocida como Serra Castrelada (Fig. 5). Durante los trabajos de prospección y posteriormente seguimiento del gasoducto del noroeste fueron localizados los petroglifos de Campo de Cuñas y Porteliña da Corte (4). Es la más compleja del conjunto. Su emplazamiento le permite tener una amplia visibilidad a larga distancia, por hallarse en un lugar relativamente elevado, en el extremo de una falla que en su tramo final es seguida por el río Tea hasta su desembocadura en Salvaterra do Miño en la frontera con Portugal. El área que nos ocupa se encuentra rodeada por petroglifos situados en las laderas que la delimitan. Las rocas grabadas están próximas a las principales líneas de tránsito que desde el valle ascienden a la sierra. La estación se sitúa en un rellano a media ladera donde se encuentran los dos petroglifos más complejos de la comarca y se concentran alrededor de una veintena de rocas grabadas, lo cual supone más del 75% de los petroglifos de toda la sierra. El petroglifo se encuentra en un rellano situado al este de la estación de Tourón y al pie de Serra Castrelada. En términos generales su emplazamiento es el mismo que el de los petroglifos descritos hasta el momento, que puede ser definida como una pórtela o punto de arranque de subida al monte. Se trata de un gran cérvido de dos metros de largo por dos metros de alto; bajo el que se encuentra un pequeño cuadrúpedo incompleto (Fig. 4-1). La figura de este cérvido recuerda a la del gran ciervo de Laxe das Cruces en Tourón. Se encuentra en el municipio de Cotobade, en una de las entradas a la Serra Castrelada, concretamente al pie del monte. Se trata de un conjunto de grabados divididos en cinco rocas muy próximas entre sí. Además de algunas cruces, presenta un gran número de cazoletas, alrededor de veinte cpmbinaciones circulares y un cuadrúpedo., De nuevo yplvemos a encontrar una clara diferencia entre una gran estación, como es la de Tourón, y otras dos que, aunque formadas por un gran panel, carecen de la entidad de la estación principal. Para completar este sistema de paisaje con petroglifos, hay que añadir que durante el seguimiento arqueológico de las obras de construcción del ramal Pontevedra-Ourense del proyecto de gasificación de Galicia, fue encontrada una fosa en la zanja de obra con materiales cerámicos pertenecientes a la Edad del Bronce. Esta fosa se sitúa en un lugar llano. EL ESPACIO INTERNO PE LAS ESTACIONES Para el estudio de la distribución de los rocas grabadas dentro de cada estación tendremos en cuenta tres características. La primera es el grado de complejidad, que define dos categorías de petroglifos: monumentales y sencillos. La segunda es el motivo de los paneles, estudiaremos en quécontexto se hallan los motivos, más representativos. La tercera es la orientación de las figuras zoomorfas.. Antes de proceder al análisis del espacio en las estaciones definiremos qué son los petroglifos monumentales y en qué se diferencian de los petroglifos sencillos. Están en rocas de gran tamaño, que albergan un gran número de grabados. Las rocas destacan sobre el terreno por su tamaño, emplazamiento y en ocasiones por su forma. Su carácter monumental hace que en ocasiones den nombre al lugar en el que se encuentran, lo cual significa que éste es utilizado con frecuencia como punto de referencia (5). Los grabados se sitúan muchas veces en paneles inclinados, lo que facilita su visibilización desde una mayor distancia. Poseen paneles complejos con gran variedad de motivos. Pueden presentar grabados de armas, grandes motivos circulares y motivos poco frecuentes como idoliformes, laberintoides, etc. El panel ocupa la totalidad o la mayor parte del campo visual del observador Ejemplos de petroglifos monumentales dentro de las áreas estudiadas son Pedra das Ferraduras, los petroglifos principales de Chan da Lagoa, Laxe das Rodas, Laxe das Cruces o Naval do Martiño. Distribución de los petroglifos según los rríotivos representados y de las vías de tránsito. Destaca la vinculación de las representaciones de cérvidos a las brañas de Chan da Balboa y Chan da Lagoa. Suelen estar en rocas pequeñas, a ras del suelo y en superficies poco inclinadas. Pueden situarse en lugares de paso, de entrada a las zonas de monte o en torno a pequeñas cubetas. Los paneles son sencillos y con un reducido repertorio de motivos. Los motivos suelen ser de pequeño tamaño. Los paneles no ocupan todo el campo visual. Entre los municipios de Cotobade y Campo Lameiro (Pontevedra) próxima a las Rías Baixas, situada sobre el cañón del Lérez Chan da Lagoa 400m. Emplazamiento de las grandes estaciones de las zonas de Caneda y Monte Árcela en rellanos a media ladera y de amplia visibilidad sobre el entorno. los grabados más destacables son Laxe das Ferraduras (Fig. 9-3), Coto do Rapadoiro (Fig. 9-1) y Laxe dos Cebros (Fig. 9-2). Se localizan en la periferia de la estación. Consta de trece rocas, los motivos grabados son cruces inscritas, una espada, combinaciones circulares y cazoletas. La mayoría de los paneles son muy sencillos. Chan do Carbón y Chan dos Salgueiriños. Se encuentra próximo a la vía de penetración desde la aldea de Parada que asciende hacia Chan da Lagoa y As Canles. Está formado por siete piedras con cazoletas y combinaciones circulares. As Canles y Rozas Vellas. La mayoría de las rocas grabadas se encuentran en la ladera oriental del monte. Presenta un total de treinta y cinco piedras. Los petroglifos de este sector son muy sencillos, normalmente poseen dos o tres motivos: combinaciones circulares, cruces inscritas en círculos (Fig. 9-4), algún zoomorfo y armas. Existen dos inscripciones Outeiro do Gallo y Outeiro do Couto en las cimas de sendos outeiros (8) situados en la parte más alta del monte. En ambas rocas aparece la inscripción DIVI (9). Se encuentra en el centro de la estación. Los petroglifos se disponen en torno a la braña que da nombre al lugar. El grupo está formado por unas veintidós rocas. En Chan da Lagoa se emplazan dos de las piedras grabadas de mayor complejidad de la estación, situadas precisamente en la entrada alchan. Ambos petroglifos tienen paneles muy similares (10) compuestos por un grupo de figuras laberintoides en el (8) Cerro de pequeña extensión y de altura variable. En la zona que nos ocupa se caracteriza por las numerosas afloraciones graníticas existentes en su cima. (9) En Santos et alii (1998) se analizan con detalle estas inscripciones y su contexto arqueológico. (10) Es relativamente frecuente el hecho de que dos petroglifos situados muy próximos posean composiciones muy similares. Esto fuera ya observado en la estación de Tourón en los casos de Costa da Veiguiña y Coto da Veiguiña (Santos, 1996). centro y numerosos cérvidos rodeándolas (Fig. 10-1 y 2). Los motivos del resto de las rocas son cazoletas, armas, combinaciones circulares, cuadrúpedos, idoliformes y huellas de ungulados. Se encuentran en uno de los accesos principales de la estación. Se trata de un conjunto compuesto por un total de once rocas. Los motivos grabados son cazoletas de gran tamaño, combinaciones circulares, pseudolaberintos, paletas, huellas de ungulado, espadas, puñales e incluso cruces. Este conjunto es uno de los más complejos de la estación. O Ramallal y Monte do Calvo. O Ramallal está formado por seis piedras, en general con paneles muy sencillos, a excepción del conjunto de once espadas de una de las rocas. En el resto de los petroglifos aparecen cuadrúpedos y combinaciones circulares. Monte do Calvo es un conjuntó de dos grandes laxes situadas en la cima de sendos outeiros con reticulados, escaleriformes y cruces inscritas en círculos. Organización del espacio de la estación Si la práctica totalidad de los petroglifos se localizan en los rellanos a media ladera, es más con-cretamente en torno a los dos chans. Balboa y A Lagoa, donde se encuentra el mayor número y los paneles de mayor complejidad con la única excepción del conjunto de Campo de Matabois. En resumen podemos definir tres elementos fundamentales del paisaje. En primer lugai^ tenemos los chans, asociados a brañas, en segundo lugar las líneas de tránsito que posibilitan el acceso a las mismas y que las intercomunican, y por último las entradas o pórtelas a la unidad fisiográfica en la que se encuentra la estación. Estos elementos generan un modelo en el que se individualizan: lugares centrales, accesos o caminos y entradas (11), que en el caso de la estación de Caneda se refleja del siguiente modo. Los lugares centrales o chans son en concreto Chan da Lagoa y Chan da Balboa, que se caracterizan por ser pequeñas plataformas llanas situadas a media ladera con una amplia braña. Por lo tanto son aquellas brañas situadas en llanos con una amplia visibilidad las que albergan arte rupestre. Es aquí donde se sitúan la práctica totalidad de los cérvidos y la mayor parte de los petroglifos más complejos (Chan da Lagoa, Laxe dos Cebros y Laxe das Ferraduras). Es necesario resaltar el hecho de que la tercera gran braña, situada en Chan do Salgueirón, no posee en su entorno ningún petroglifo, aunque también hay que señalar que ésta no se encuentra en la plataforma a media ladera, sino inmediata a la cima de la sierra y en una zona hundida y con reducida visibilidad. En las líneas de tránsito aparecen la mayor parte de las combinaciones circulares como motivo único y en menor medida cuadrúpedos (casi nunca cérvidos). Por lo tanto podemos introducir una segunda relación entre dichos petroglifos y lugares de paso.,. Las entradas son lugares situados en los puntos de intersección entre los límites de la dispersión de los petroglifos y las líneas de tránsito. Aquí aparecen las representaciones dp armas, generalmente espadas. Los petroglifos son: O Ramallal, Campo de Matabais y Pedra das Ferraduras. Por otro lado tenemos otros tres mucho más sencillos en los que aparece sólo un puñal y que se emplazan en zonas de transición entre los distintos grupos de petroglifos, es decir, entre As Canles y Chan do Salgueiriño y entre éste y Chan da Lagoa. Comentario aparte merecen los motivos de cruces inscritas en círculos (12), que creemos que no podemos incluir dentro del conjunto de petroglifos pertenecientes a la Edad del Bronce. Este motivo presenta una serie de características específicas: En ocasiones tienen un surco más estrecho y con una pátina más viva. Suelen aparecer en rocas con una amplia superficie y a ras del suelo. Aunque en muchas ocasiones se ubican en las proximidades de petroglifos de la Edad del Bronce, en raras ocasiones comparten panel con éstos. Las cruces inscritas, en términos generales, se concentran en la ladera del naciente del monte de As Canles, situado en el centro de la estación en cuya cima han sido descubiertas dos inscripciones (13). También las encontramos en dos rocas de Chan da Lagoa, en una de Pedra da Escaleira, en Campo de Matabois y en las dos rocas de Monte do Calvo, donde aparecen asociadas a figuras escalerifórmes. Perteneciente al sistema de Serra Castrelada, la estación de Tourón se encuentra rodeada por petroglifos situados en las laderas que la delimitan. Las rocas grabadas se sitúan próximas a las principales líneas de tránsito que desde el valle ascienden a la sierra. Dicha relación es reforzada por la circunstancia de que los zoomórfos aparecen orientados en el misnia dirección que las vías. De forma sintética podemos dividir la distribución de los petroglifos en dos áreas bien diferenciadas, una superior con cérvidos y otra inferior con cuadrúpedos sin cornamenta. Si ordenamos los paneles por su grado de complejidad, tendremos los petroglifos más complejos situados en las zonas más altas y los más sencillos en las áreas bajas del terreno. Respecto a la orientación de los zoomórfos volvemos a encontrar una distribución vertical. Se in-(12) Hay que aclarar que más que cruces inscritas parecen representar círculos (en ocasiones cuadrados), subdivididos en cuatro sectores, pero por economía de lenguaje preferimos utilizar dicho término. (13) Desde aquí queremos agradecer la colaboración del Prof. Dr. A. Rodríguez Colmenero. Dicho investigador sostiene que estas inscripciones puedan tratarse bien de una inscripción terminal, o de un término sacro, en cuyo caso podría tratarse de un adjetivo sustantivado o como adjetivo acompañado de un teónimo tácito (Santos et alii 1998). cide una vez más en la diferencia existente entre los petroglifos más complejos y los más sencillos. De este modo, mientras en los dos más complejos. Laxe das Cruces y Nabal do Martiño, las figuras zoomorfas se orientan en sentido descendente (a excepción de una minoría que lo hacen en sentido ascendente), los petroglifos situados a menor altitud tienen las figuras orientadas en sentido ascendente. La estación de A Ferradura: ¿un espacio diferente? Se localiza en el municipio deAmoeiro (Ourense) y fue descubierta durante el Proyecto de Control de Impacto Arqueológico de la Gasificación de Galicia. El relieve general es el de una zona llana en altura a modo de meseta y conocida como Chao de Amoeiro. La estación se sitúa en un rellano en el borde del chao (o chan) en el inicio de la caída del escarpe hacia el fondo del valle del río Barbantiño (Fig. 11). Esta estación presenta claras diferencias con las hasta ahora descritas tanto en lo referente a la tipología de los grabados como a la morfología del soporte. El tipo de petroglifos que encontramos en A Ferradura apenas ha sido estudiado, por esta razón desconocemos su adscripción cultural, aunque esto no nos impedirá realizar un estudio comparativo con las estaciones c/a5 'icí35' del occidente gallego (14).^ Está formada por una treintena de rocas. En los extremos ÑE' ^^ G del chan de A Ferradura se hallan dos cas tros de la Edad del Hierro.'Algo más de un 80 % de las rocas grabadas tienen como motivo único las cazoletas, aunque también encontramos: herraduras, figuras cuadrangUÍares, cmces,..círculos concéntricos e incluso una inscripción en Coto do Castro. El soporte más habitual son grandes batolitos, aunque también existen dos abrigos y alguna roca a nivel del suelo. En términos generales podemos describir la estación ateniéndonos a tres elementos. Por un lado, en el extremo occidental está el castro de A Zarra, con grabados adscribibles a la Edad del Bronce, otro castro en el extremo nororiental con una inscripción y entre ellos un llano con un gran número de petroglifos instalados sobre grandes batolitos que destacan notablemente en el paisaje, no sólo por (14) La estación de A Ferradura es muy similar a las descritas en Rodríguez (1977) en la provincia de Cúrense y que el autor interpreta como posibles santuarios de la Edad del Hierro. -: SU tamaño, sino también por su llamativa morfología a modo de piedras flotantes. En resumen nos encontramos ante una estación con petroglifos cuya monumentalidad le viene dada por el soporte y no por los grabados, ya que, al localizarse las cazoletas en la parte más alta de las rocas;, rnuchas veces son invisibles para el observador que se encuentra a nivel del suelo. Este tipo de estación recuerda a la localizada en Castro San Martiño en el ayuntamiento de Arbo (Pontevedra), donde también aparece una aglomeración rocosa con petroglifos con cazoletas, figuras cuadrangulares, herraduras y representaciones de huellas humanas^ e incluso algún tablero de juego a modo de reticulado. Esta estación se encuentra en un asentamiento de la Edad del Hierro desde el que^e divisa una amplia panorárñica por hallarse en una plataforma amedia ladera sobre el valle (Pérez y Santos, 1989). Como veremos, cada figura ocupa un lugar determinado en relación con el resto, respetando un esquema compositivo dentro de cada panel. Para ello aplicaremos el sistema de análisis propuesto en la introducción. El resultado es el que sigue: -Las combinaciones circulares están por encima del resto de los motivos salvo las escenas de equitación. -Las representaciones de cérvidos nunca aparecen por encima de los círculos. -Las armas y los círculos aparecen por encima de los cérvidos. -Los cuadrúpedos nunca aparecen por encima de los cérvidos -Los antropomorfos nunca aparecen por encima de cualquier otro motivo: El esquema que representaría el modelo organizativo ideal del espacio de los paneles sería: EAFB-CD, es decir, una escena de equitación en la parte superior (E), una combinación circular debajo (A), una arma debajo de ésta (F), a continuación un cérvido (B), luego un cuadrúpedo sin cornamenta (C) y un antropomorfo en la parte más baja (D). Los esquemas de distribución de los motivos en los paneles son los siguientes: Laxe das Rodas AB-C-E(15) Lombo da Costa V AB C Lombo da Costa XV AB Laxe do Cuco BCA Fonte do Lagarto A-B Laxe das Contadas AB Las consecuencias que derivamos de los esquemas son las siguientes: -Excepto en Laxe do Cuco, los círculos están por encima del resto de los motivos. -Los cérvidos se sitúan bajo los círculos y encima de los cuadrúpedos' De estas observaciones.se puede extraer el esquema ABC confio modeló organizativo ideal del espacio interno de los petroglifos. Zona de Serra Castrelada Los esquemas de los paneles son los que siguen: (15) Hay que aclarar que en este petroglifo existen tres cérvidos situados por encima de los círculos, pero la tendencia es clara al encontrar quince cuadrúpedos en una posición inferior. -Los círculos concéntricos están por encima de todos los motivos excepto las escenas de equitación. -Los ciervos están por debajo de los círculos. -Los cuadrúpedos se sitúan por debajo de los ciervos. > -Los antropomorfos nunca están por encima de otro motivo. El modelo esquemático es por lo tanto: EABCD. Analizaremos en conjunto las tres estaciones eñcuadrables en la Edad del Bronce y dejaremos para un apartado posterior un análisis comparativo con A Ferradura de cronología indeterminada. Detallaremos una serie de constantes que nos ayudarán a señalar los aspectos recurrentes que caracterizan a un paisaje con petroglifos. El paneL* la representación del paisaje Observando la distribución de motivos, se ha definido un modelo de ordenación del espacio válido para todos los paneles de las estaciones estudiadas, ya que en las mismas se localizan al menos tres elementos comunes: combinaciones circulares, cérvidos y cuadrúpedos. Este modelo es el siguiente: Las combinaciones circulares están a la misma altura o en una posición superior con respecto a los cérvidos y éstos se sitúan a la misma altura o en una posición superior con respecto a los cuadrúpedos sin cornamenta. En el caso de la estación de Caneda, contamos con una mayor variedad de motivos, por lo que se puede ampliar la resolución del modelo de distribución que se cumple en todos los paneles de esta estación: Las escenas de equitación se sitúan por encima del resto de los motivos, las combinaciones circulares están a la misma altura o por encima de las armas, las armas están por encima o ala misma altura que los cérvidos, los cérvidos están a la misma altura o por encima de los cuadrúpedos sin cornamenta y éstos están a la misma altura o por encima de los antropomorfos. Por lo tanto obtenemos un modelo perfectamente compatible para las tres estaciones rupestres de la Edad del Bronce, donde los motivos que poseen en común mantienen el mismo orden: Caneda EAFBCD Monte Árcela ABC Tourón EABCD El esquema ideal de distribución de los motivos (EAFBCD) aplicable a cualquiera de los paneles estudiados se podría estructurar, basándonos en una serie de oposiciones, entre los motivos de la parte superior de los paneles y los motivos de la parte inferior. Así en la parte superior tendríamos las escenas de equitación, los combinaciones circulares, las armas y los cérvidos; y en la parte inferior los cuadrúpedos sin cornamenta y los antropomorfos. De aquí podemos definir los siguientes pares de oposiciones: paisaje Analizaremos la distribución de los petroglifos dentro de cada estación teniendo en cuenta el grado de complejidad, el motivo de los paneles y la orientación de las figuras zoomorfas. Distribución de los motivos en la estación de Caneda Si observamos el mapa de los motivos más frecuentes (Fig. 7), podemos extraer las siguientes consideraciones: Los petroglifos más complejos con armas se sitúan en los puntos de entrada al área de la estación, nos referimos a O Ramallal, Pedra das Ferraduras y Campo de Matabois en los extremos de la principal vía de tránsito. Por otro lado los petroglifos más sencillos se sitúan en puntos secundarios de entrada o bien de transición entre los escalones del relieve. Los petroglifos con cérvidos están en torno a las dos brañas de Chan da Balboa y Chan da Lagoa. Generalmente aparecen en los paneles más com- Los petroglifos con círculos concéntricos se sitúan a lo largo de las líneas de tránsito cuando son el único motivo grabado y en torno a brañas cuando se asocian a cérvidos. Es necesario aclarar que en las anteriores líneas no se ha pretendido establecer una relación semántica directa entre los motivos y los lugares en los que se encuentran. Sería ingenuo pensar en una equivalencia entre zona llana y ciervo o entre círculo y lugar de paso. Aunque consideramos que debió existir alguna relación de otro tipo que, por el momento, desconocemos. Distribución de los motivos en Monte Árcela Los motivos más frecuentes son las combinaciones circulares, los cérvidos y los cuadrúpedos. Si bien las combinaciones circulares aparecen en todas las estaciones, las representaciones zoomorfas tienen una dispersión más restringida. Tras analizar la distribución de motivos en esta zona se extraen las siguientes observaciones: -Los petroglifos más complejos se sitúan en la mitad oeste de Monte Árcela. -Los cérvidos se sitúan en las estaciones más complejas. -Las rocas de paneles más complejos se sitúan en lugares desde los que se divisa una amplia panorámica. -En el extremo más oriental del sistema de estaciones de Monte Árcela, los petroglifos son sustituidos por túmulos. Encontramos ciertos paralelismos entre Caneda y Monte Árcela en la ubicación de los petroglifos más complejos, ya que éstos suelen encontrarse en lugares desde los que se tiene un amplio dominio visual. Por otro lado, también observamos una relación entre petroglifos de la Edad del Bronce y túmulos, destacando la estación de Chan das Latas donde comparten el mismo emplazamiento en uno de los accesos al monte. Distribución de los motivos de Serra Castrelada Como se podrá comprobar, existen numerosas coincidencias entre el emplazamiento de los distintos motivos de las estaciones anteriores y las de Serra Castrelada: -Los dos petroglifos más complejos, Laxe das Cruces y Nabal de Martiño, se sitúan en las lugares más altos y con mayor visibilidad y son los que contienen la casi totalidad de las representaciones de cérvidos. -Cuanto más complejo y/o más alto está un petroglifo, los cérvidos son de mayor tamaño. -Los paneles más sencillos se sitúan en las zonas más bajas. -Las figuras de cuadrúpedos se orientan en sentido ascendente en relación a la pendiente de las laderas. En cambio los dos petroglifos monumentales y situados en la parte más alta, Nabal do Martiño y Laxe das Cruces, tienen la gran mayoría de los cuadrúpedos orientados en sentido descendente! Podemos resumir que existen estrechos paralelismos en la forma de distribuir los petroglifos en las zonas de Serra Castrelada, Monte Árcela y Caneda, que nos permite hablar de una articulación del paisaje a partir de la diferente distribución de los cérvidos y los cuadrúpedos sin cornamenta. Al igual que en los paneles, volvemos a encontrar ciertaj^rarquización espacial entre las representaciones de animales salvajes y domésticos. Los cérvidos se localizan en lugares centrales en torno a las brañas o bien en lugares destacados y con una amplia visibilidad (esto ya es advertido en Bradley et alii, 1994), mientras que los cuadrúpedos sin cornamenta, cuando no comparten panel con cérvidos, están en lugares menos destacados o periféricos de las estaciones y más alejados de las brañas. Una vez más los motivos, probablemente alusivos a la guerra, lo salvaje y a lo masculino ocupan los lugares más conspicuos. Mientras que los diseños referentes al mundo doméstico se instalan en lugares menos prominentes. Esta forma de ordenación del espacio entra en consonancia con un tipo de sociedad heroica donde se ensalzarían ciertos valores o cualidades atribuidas a un grupo Social dominante constituido por guerreros. Esta estructura social se vería reflejada en el arte rupestre, tanto en los elementos representados como en la distribución de los mismos. Los sistemas de estaciones: la construcción del territorio En el apartado 2 habíamos visto como grupos de estaciones se situaban en las entradas a una sierra delimitando de este modo un posible territorio. Nos encontramos pues ante un emplazamiento de estaciones en \3.frontera entre dos paisajes que se podrían definir como opuestos o simétricos. Por un lado el paisaje tradicional donde población y campos de cultivo actuales se localizan en el valle; por T. P., 55, n." 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es encima de las aldeas está el terreno de monte, área de usos extensivos, que en el pasado se dedicaba al cultivo por sistema de rozas. Por el otro el paisaje de la Edad del Bronce, cuya descripción se hace a la inversa. Los lugares de habitación se encuentran en los altiplanos situados en las zonas altas del monte o en los rellanos a media ladera; luego tendríamos las laderas del monte que comunican los asentamientos con las tierras bajas del valle que suponemos deshabitadas ( 16). En las áreas más extensamente prospectadas, Monte Árcela y Serra Castrelada, se ha podido definir un sistema formado por estaciones que circundan de este modo una unidad ñsiográfíca.En su base y más concretamente en sus accesos, el espacio de la representación y en los altiplanos los asentamientos, como son los casos de Val da Porca para Monte Árcela y Portalaxa en Serra Castrelada. El espacio de los petroglifos se ubica entonces en un punto liminal o de división entre el área de ocupación en la prehistoria reciente y el área que estaría desocupada. Este carácter de límite o de entrada a un supuesto territorio se ve resaltado por el hecho de que los paneles se hallan orientados hacia el exterior del territorio, es decir, orientados para ser vistos por el que entra o asciende hacia la sierra. Grandes estaciones y estaciones pequeñas, Una vez analizado el emplazamiento general de los petroglifos, es necesario definir dos tipos de estaciones que se distinguen por su complejidad y por su emplazamiento. A modo de síntesis podríamos clasificar en: Pequeñas Estaciones: Pueden situarse en rellanos o bien en puntos de paso a media ladera, siendo más característico este último emplazamiento. El número de petroglifos es reducido al igual que el repertorio de diseños. Se sitúan en puntos de paso o en ocasiones a lo largo de segmentos de las vías de tránsito, generalmente en la transición entre el valle y el monte. Grandes estaciones: Se ubican rellanos a media ladera con una amplia visibilidad sobre el entor-( 16) La más que posible inexistencia de asentamientos de la Edad del Bronce en zonas de valle está avalada por el hecho de que la prospección intensiva de decenas de km^ y 1.300 km. ^de obra lineal con remoción de tierra en la construcción del oleoducto, gasoducto y autovías en Galicia, no ha permitido localizar asentamientos de la Edad del Bronce en fondo de valle. En todo caso tan sólo se conoce la existencia de necrópolis. El tema de la distribución de los asentamientos en la prehistoria reciente es estudiado por Criado (1988). En el caso de Lombo da Costa, ^1 igual que Chan da Lagoa o Chan da Balboa los petroglifos se disponen de forma circular en torno a un rellano. El hecho de que los petroglifos se encuentren rodeando una braña ha sido interpretado en Bradley et alii (1994) como indicador de un área de reserva depasto. De hecho en Serra do Boceto, se ha definido un tipo de emplazamiento que vincula los asentamientos de la Edad del Bronce a cubetas con brañas (Méndez, 1994). Con todo, y matizando el pan-brañismo que últimamente acusa la arqueología gallega desde que se señaló por primera vez la significación de este elemento para comprender la localización de fenómenos arqueológicos, debemos destacar que no todas las brañas situadas en zonas de arte rupestre al aire libre se asocian a petroglifos. Eií la zona de Caneda, del total de tres brañas: Chan da Balboa en Fentáns, Chan da Lagoa en Parada y Chan do Salgueirón en la parte alta de la sierra, sólo las dos primeras se asocian. En Chan do Salgueirón, y a pesar de una intensa prospección, no se localizó ninguna roca grabada. En la zona de Monte Árcela, sólo una de las estaciones, Chan das Latas, se sitúa en las proximidades de una braña. En Serra Castrelada los grandes humedales están en los altiplanos de la sjerra, donde no hay petroglifos y sólo en Tourón encontramos dos pequeñas brañas. Pero quizás uno de los casos más claros lo tengamos en la estación de Amóedo, donde Santos (1996) definía un modelo de emplazamiento asociado a brañas. En esta estación podemos observar cómo son las pequeños huñiedales situados a media ladera los que se asociaban a petroglifos; en cambio en la braña de Valongo, sin duda la de ma5^or extensión, no se ha localizado arte rupestre en su entorno cercano. ¿Cuál es pues la diferencia entre las brañas asociadas a petroglifos y las que no lo están? Para responder a esta cuestión, podemos tomar como ejemplo la zona de Caneda. Mientras Chan do Salgueirón está en una área deprimida, rodeada de lomas que impiden verla a larga distancia, las brañas de Chan da Lagoa y Chan da Balboa, al situarse en rellanos a modo de "balcón" a media ladera, poseen un dominio visual bastante amplio. A esto se podría añadir que la visibilidad es especialmente amplia desde los petroglifos más complejos, como los dos principales de Chan da Lagoa y Pedra das Ferraduras. Es el mismo tipo de emplazamiento que encontramos en el conjunto deXpurón o en Lombo da Costa, pero sin la presencia de brañas. Con la información que nos aporta la interpretación del paisaje de las grandes estaciones, podemos deducir que la braña no siempre propicia la concentración de petroglifos, sino la existencia de una forma escalonada en el relieve, con una superficie más o menos amplia cuya localización le permite ser individualizada a distancia (Fig. 8) (17). Podemos proponer como hipótesis de trabajo, la posibilidad de, al menos, una triple finalidad de los petroglifos. Por un lado, por su posición con respecto a las sierras donde se encuentran los asentamientos, pudieron servir de delimitadores de un territorio por el que se desplazarían las comunidades seminómadas vinculadas a éste. Otra posible finalidad sería la de apropiarse de zonas de reserva de pasto, que en momentos de sequía estival podría generar cierta competencia entre los distintas comunidades y más si tenemos en cuenta la posición periférica de estas brañas con respecto al territorio. Pero estos dos factores no explican la presencia de grandes concentraciones de arte rupestre en lugares donde no se detectan brañas o donde las brañas de mayor amplitud aparecen sin petroglifos, restringiéndose éstos a otros lugares. Por lo tanto como tercera finalidad para estas grandes estaciones, proponemos que pudieron servir de lugares de agregación o lugares de especial actividad ritual (18). Las razones son las siguientes: -Se localizan en zonas llanas y amplias que permiten el encuentro de grupos humanos y el desarrollo de actividades intergrupales tales contio intercambios, rituales, etc. -Su emplazamiento posibilita su visibilidad e individualización en el paisaje desde largas distancias y por lo tanto desde asentamientos distantes. -La ubicación en puntos liminales con respecto a los posibles territorios también favorecería su carácter de lugar de contacto entre distintas comunidades. -La presencia, en ocasiones, de brañas o zonas de pasto favorece su condición de lugar de agregación de comunidades en las que la posesión de ganado pudo tener cierta importancia, no sólo en el plano económico, sino también como indicador de posición social. A Ferradura como ejemplo de gran estación El emplazamiento de A Ferradura es muy semejante al de las definidas como grandes estaciones. Se localiza en un amplio rellano situado en una posición dominante sobre el valle. Esto le otorga una gran capacidad para ser divisado a larga distancia. Al igual que las estaciones de Caneda y Lombo da Costa, se sitúa en la ruptura de pendiente de un escarpe que domina un valle profundo. Pero si en el emplazamiento de ambos tipos de estaciones encontramos importantes similitudes, también existen notables diferencias en otros aspectos. Las cazoletas son el motivo predominante, y sólo tres rocas en la estación de A Ferradura poseen combinaciones circulares. Los petroglifos en lugar de a ras del suelo, se instalan en grandes batolitos o en aglomeraciones rocosas que constituyen verdaderos monumentos naturales. Hay que destacar el petroglifo de O Cegó (A Ferradura), que se sitúa en una pequeña roca a ras del suelo al pie de otra paralelipédica, modelada por la acción natural, pero cuya particular forma la convierte en un destacable hito en el paisaje. Existe un clara preponderancia del soporte sobre los grabados. Al contrario que en el área clásica, donde eran los grabados los que convertían al petroglifo en un monumento, en A Ferradura, son las propias rocas las que destacan en el paisaje, situándose las cazoletas, en la mayoría de los casos, en lugares poco visibles. La similitud en lo referente al emplazamiento nos sugiere que sería posible atribuirles hipotéticamente una finalidad similar a la de las grandes estaciones de la zona occidental. Es decir, que independientemente de su cronología que con cierta cautela nos inclinamos a considerar la Edad del Hierro siguiendo la propuesta de Rodríguez Colmenero (1977), pudieron ser lugares de especial significación social. Aunque por el momento la base para tal hipótesis no sea aún muy sólida hay que tener en cuenta los factores ya referidos para las grandes estaciones de la zona occidental y que también son válidos para A Ferradura. A lo largo del desarrollo de este trabajo hemos visto como a tres escalas distintas de análisis se (17) El emplazamiento en escalonCvS tectónicos de los petroglifos ya es señalada por Vázquez (1995). (18) J.M. Vázquez (1990) apunta la posibilidad de que los grandes petroglifos de armas pudiesen ser lugares de agregación. T. P.,55, n."2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es definían una serie de modelos que estructuraban la distribución de los petroglifos en el paisaje y de los grabados en los paneles. Y cómo el emplazamiento es un factor esencial para comprender el espacio del arte rupestre. En los paneles, definíamos una división entre posibles representaciones alusivas al mundo de lo doméstico que se situaba en la parte inferior del panel y lo alusivo al mundo de la guerra y a lo salvaje en la parte superior del panel. En el análisis del espacio interno de las estaciones veíamos como los petroglifos con cérvidos se situaban en las zonas centrales y/o elevadas de las estaciones y los petroglifos sin cérvidos en lugares menos destacados y periféricos de la estación. A su vez estudiando los conjuntos de estaciones, hemos definido dos sistemas muy similares, el de Serra Castrelada y Monte Árcela, vinculadas a los accesos a dos unidades fisiográficas que pudieron demarcar unidades territoriales en la Edad del Bronce. A Anxo Rodríguez (que confeccionó las figuras de este artículo), a Fidel Méndez y Cesar Parcero (representaciones digitales de mapas), a Felipe Criado (por prestarme sus ideas y conocimientos), a Paula Ballesteros, David Barreiro, Raquel López y Mercedes Rey.
La realidad del edificio no consiste en las paredes y el techo, sino en el espacio interior en que se vive. Desde finales del siglo XIX surgieron nuevas teorías sobre el espacio arquitectónico, basadas sobre todo en la filosofía de Lao-Tsé. El espacio interior fue considerado la esencia de la arquitectura, estando representado por el cuerpo humano y experimentado como síntesis de todos los sentidos. Posteriormente, el espacio adquirió una dimensión cuatridimensional al incorporar el movimiento a las tres euclidianas. Desarrollando estos conceptos, las nuevas aportaciones enfocadas hacia el estudio pormenorizado de la arquitectura han conducido a la creación de una nueva disciplina denominada Arqueología de la Arquitectura. Desde este área se proponen nuevos modelos de análisis, de accesos y de visibilidad, que se aplican al espacio interior de las estructuras domésticas y funerarias ibéricas de la Alta Andalucía, completándose con el estudio de los principios ordenadores de la forma arquitectónica. Su objetivo final es reconocer las relaciones interespaciales que construyó la sociedad ibérica y las simiUtudes o diferencias que se producen en ambos dpos de unidades edificadas, ("") Centro de Estudios Históricos. Hasta hace pocos años, el estudio de la arquitectura quedaba en un segundo plano con respecto a otros restos arqueológicos, limitándose casi exclusivamente a la descripción formal y a la constatación de su técnica constructiva relacionándola con los materiales contenidos en ella. Sin embargo, durante los últimos años, el creciente interés por los restos arquitectónicos ha permitido elaborar nuevos modelos de análisis que, derivados de las teorías que sobre el espacio se desarrollaron en el campo de la arquitectura desde mediados del siglo XIX, han alcanzado la disciplina arqueológica. Ésto ha dado lugar a un nuevo área de estudio denominadaArqueología de la Arquitectura, centrado prioritariamente en la estructura doméstica. Desde este nuevo enfoque, se conceptúa la casa como la unidad más elemental de la estructura socioeconómica, donde tienen lugar las funciones primarias de la sociedad, y como centro económico y social del asentamiento (Steadman, 1996). Al considerarse factores relacionados con aspectos culturales, político-económicos, sociales, subsistenciales o simbólicos, se supera el nivel descriptivo funcional que tradicionalmente se aplicaba a los restos arquitectónicos. Además, a menudo, se recurre a la etnoarqueología para tratar de descubrir la naturaleza de las relaciones sociales dentro de las unidades domésticas. La Arqueología de la Arquitectura se centra en el elemento contenedor, objeto físico formado por las paredes y el techo, cuya finalidad es determinar las relaciones espaciales (Millier y Hanson, 1984) donde se desarrollan las actividades humanas. Este aspecto puede valorarse por medio'de la aplicación de los nuevos modelos de análisis propuestos dentro del campD de la "semiótica del espacio" (Steadman, 1996: 66). En la Arqueología española existen algunos trabajos que acusan la importancia de los restos arquitectónicos en él estudio de las sociedades del pasado. Entre ellos, en el ámbito de la Arqueología Medieval, se ha desarrollado una metodología de estratigrafía vertical por la que se estudian los ele-mentos murarlos (Quirós, 1994; Caballero, 1995; Parenti, 1996) y, por lo que respecta al Mundo Ibérico, existen importantes estudios sobre su arquitectura desarrollados en el área valenciana (Bonet, 1995) y en Cataluña (Gracia^í a// /, 1994,1996). Sin embargo, todavía quedan por desarrollar los enfoques propuestos por laArqueología de la Arquitectura que ha abierto un camino que es preciso extender a todas las áreas restantes de la Península Ibérica para extraer respuestas que ayuden, a una mejor comprensión de la sociedad. El análisis del espacio interior en que se vive es la idea principal sobre la que se basa el estudio de las estructuras domésticas y funerarias ibéricas de laAltaAndalucía. Desde este enfoque, se pretende hacer un estudio comparativo entre ambas analizando primeramente la forma arquitectónica -como definidora de espacios-y, en segundo lugar, aplicando los nuevos modelos de análisis de accesos Y de visibilidad con el fin de valorar las relaciones espaciales que se producen en ellas. Se excluyen los artefactos muebles para impedir la posible influencia que pudieran tener sobre la información que ofrezca el estudio del espacio arquitectónico de estas estructuras aunque, en un futuro, será necesario contrastar con los datos de los materiales incluidos en ellas. Aquí, el propósito es aportar un nuevo enfoque para el estudio de la arquitectura, como otro artefacto más del registro arqueológico, desde el punto de vista del espacio definido por la forma arquitectónica. ARQUITECTURA Y SUS ANTECEDENTES El espacio en arquitectura Desde la antigüedad, el espacio era una idea in abstracto reservada a las ciencias naturales y a filósofos como Aristóteles, Kant, Leibniz, Hegel, etc. (Ven, 1981) hasta que en la segunda mitad del siglo XIX fue considerada esencial para el desarrollo de la teoría arquitectónica, siendo el pensamiento de Lad-Tsé (siglo VI a.n.e.) la base sobre la que se apoyaron sus teóricos. La idea de que el espacio interior (Ven, 1981: 23) reflejaba la superioridad del contenido sobre el continente fue tomada para afirmar que el espacio era la esencia de la arquitectura. El espacio, en cuanto idea arquitectónica, apareció por primera vez a principios de 1890, coinci-T. P.,55,n."2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es diendo con el primer movimiento de arquitectura moderna, el Art Nouveau, que rompió con el eclecticismo decimonónico. Es en este momento cuando la arquitectura se identifica con el espacio, convirtiéndolia enArs Magna con respecto al resto de las artes visuales (Ven, 1981: 312). A partir de entonces, historiadores del arte como Hildebrand y Schmarsow, y arquitectos como Le Corbusier, Lissitzky, Gropius, etc., defendieron la nueva idea del espacio como concepto fundamental dentro de la arquitectura, siendo considerado como la encarnación de la actividad humana en el interior arquitectónico, "representando la^ extensión del cuerpo humano, en tres dimensiones, en su existencia funcional" (Ven, 1981: 12). Entre las diversas teorías que sirven de base a las propuestas por los nuevos modelos de análisis sobre el espacio arquitectónico, las de Schmarsow (1893) constituyeron una de las principales sobre las que trabajaron otros posteriormente, como por ejemplo la escuela holandesa De Stijl (1). Para este autor, la arquitectura se genera a partir del cuerpo humano, de modo que su principal objetivo sería el movimiento del mismo y sus extensiones en el espacio, quedando limitada por cuatro paredes, sin incluir necesariamente la cubierta ya que el espacio no siempre está techado. Piensa en tres modalidades de espacio: el tactil, el móvil y el visual, incorporando de este modo los sentidos del hombre en simultáneas y sucesivas experiencias eii el espacio y en el tiempo. Por su parte^ la principal aportación de Hildebrand (1907) es que el espacio se percibe de dos maneras: a través de la 'visión pura' (imágenes en reposo) y a través de la 'visión cinética o visión en movimiento' (imágenes recibidas a través de los ojos del espectador en movimiento) introduciendo de esta forma el elemento 'tiempo'. Posteriormente, László Moholy-Nagy (1947;1967), diseñador de la escuela alemana Bauhaus (2), define la idea del espacio como ley física, afirmando que éste es la relación entre la posición de los cuerpos y apoyando (1) El movimiento De Stijl y la revista del mismo nombre fueron fundados en 1917 por los pintores Piet Mondrian y C.E.M. Kupper (conocido como Theo van Doesburg). De Stijl era partidaria de la abstracción, unificación de las artes y de la "creciente determinación del espacio" (Mondrian, 1945: 44). (2) La Bauhaus, bajo el nombre de "Bauhaus Estatal de Weimar", se inauguró en 1919 bajo la dirección del arquitecto Walter Gropius. La meta inicial de la nueva escuela fue que artesanos y artistas debían levantar juntos la construcción del futuro y consr truir se convirtió en la actividad social, intelectual y simbólica. En abril de 1933, la Gestapo precintó la Bauhaus que, en ese momento, dirigía el arquitecto Mies van del Rohe (Droste, 1991). la idea de la 'visión en movimiento'. Según su tesis, el espacio puede ser experimentado como síntesis de todos los sentidos: vista, tacto, oído, movimiento corporal y gusto. Los cubistas van más allá de las tres dimensio-^ nes de la geometría euclidiana añadiendo el concepto de cuarta dimensión (Ven, 1981:239). Para ellos, el espacio arquitectónico adquiere un concepto cuatridimensional producido por el movimiento del cuerpo humano debido a que éste proporciona diferentes imágenes en su desplazamiento, mientras que las dimensiones euclidianas implican dimensiones estáticas.' El arquitecto Le Corbusier (Jeanneret, 1960;1970;1971) luchó contra este concepto de cuarta dimensión, afirmando que los sentidos del hombre sólo podían distinguir tres dimensiones en el espacio por lo que propuso una tendencia, el 'purismo', que evitaba las implicaciones simbólicas de esa cuarta dimensión. Sin embargo, posteriormente rehabilitó este concepto denominándole 'espacio inefable' o estado emocional por el que experinientar espacios definidos por series armónicas; Consideraba que la planta de las casas, como generadora de formas, controlaba la disposición del volumen y el orden de la circulación, subrayando la importancia de ésta afirmando que "arquitectura es circulación" (Jeanneret, 1960: 48). Habitualmente, la arquitectura se diseña y construye como respuesta a una serie de condiciones previas derivadas de los hábitos o necesidades funcionales, o responder a propósitos sociales, políticos o ideológicos entre otros. En su tratamiento, sedestacan dos requisitos: la necesidad de privacidad y la necesidad de vivir en sociedad. Para que ésto se cumpla (GLC, 1978), es preciso crear espacios públicos y privados por medio de la densidad, la distancia y la geometría, lo cual es posible a través del elemento 'forma', entendida como definidora de espacios. El desarrollo de todos estos conceptos sobre el espacio, la circulación y la privacidad condujeron a la creación de nuevos modelos de análisis, en su mayoría centrados en los accesos, iniciados por Faulkner (1963) y desarrollados por Hillier y Hanson (1984) (3), así como los elaborados por Hall (1968) que estudia la necesidad, de espacio perso- nal del ser humano (Proxemic) (4) dentro y entre estructuras arquitectónicas. Por lo tanto, aspectos fundamentales en la nueva disciplina como el estudio del uso del espacio, el movimiento, la visibilidad y otros, pueden completar los análisis tradicionales de los restos arqueológicos ampliando notablemente su conocimiento. Los nuevos modelos cíe análisis de la Arqueología de la Arquitectura Teniendo en cuenta todo lo anterior, esta disciplina va a desarrollar diferentes metodologías según las necesidades que se desprenden de los restos arqueológicos, algunos de cuyos modelos de análisis se citan a continuación. Consiste en un análisis exhaustivo de los paramentos con el fin de ordenar los procesos de construcción, restauración y destrucción en secuencias completas que abarcan los diversos momentos constructivos (Caballero, 1995). Se desarrolla sobre todo en el campo de la Arqueología Medieval debido a la continuidad histórica de su arquitectura. En Italia (5), donde se utiliza este método desde hace aproximadamente 20 años, los arqueólogos han contado desde un principio con la ayuda de los arquitectos, cada vez más interesados en las diferentes obras de fábrica y sus técnicas constructivas, así como en arqueometría. El análisis funcional y simbólico: la perspectiva anglosajona Los arqueólogos ingleses y americanos han desarrollado otros planteamientos para el estudio del registro, sobre todo doméstico, referidos generalmente a sociedades prehistóricas del Próximo Oriente, Europa y Mesoamérica, para las que se tiene en cuenta, además, información etnoarqueológica. Esta línea de trabajo deriva del estudio realiza-(4) El término Proxemic no tiene traducción directa al castellano. Se refiere al estudio de la percepción y uso del espacio personal (Hall, 1968: 83). Aquí se utilizará para analizar una de sus variables: la visibilidad relativa. (5) La importancia de los trabajos de autores como Brogiolo, Parenti, Mannoni y Quirós, entre otros, ha propiciado la aparición de una revista especializada llamada Archeologia delVArchitettura (1996), que nace como suplemento de la revista Notiziario di Archeologia Médiévale, donde hasta ese momento existía un epígrafe con el mismo nombre. do por Clarke sobre las casas de la Edad del Hierro en Glastonbury (Clarke, 1972), donde se reconocen los factores sociales -división del trabajo, jerarquía social, expresión simbólica-a través de los restos arquitectónicos en un enfoque característico de la Nueva Arqueología. En este contexto, en el que se define la vivienda como 'Unidad Básica de Producción' (UBP), su estudio podría ser indicativo de la estructura general de la comunidad (Steadman, 1996). Por otro lado, el apoyo de estudios etnográficos permite comprender aspectos que no son evidentes en el registro arqueológico. Por ello, Wilk y Rathje (1982) proponen cuatro categorías de funciones: producción y distribución reconocibles arqueológicamente, y transmisión y reproducción que sólo se podrían conocer a través de los modelos etnográficos, ya que no son fácilmente observables en arqueología. Otros autores estudian la "comunicación canónica" (Blanton, 1994) para tratar de averiguar los principios simbólicos o cosmológicos representados en la estructura. Sus análisis van más allá de la definición estándar de la casa como la más pequeña unidad de producción económica, introduciendo aspectos como distribución de riqueza, estilo, organización, género y edad, así como las relaciones entre costo de materiales y construcción, accesibilidad, privacidad y conexiones entre las diferentes áreas. Desarrollando el camino abierto por Blanton, Hodder (1990, 1994) considera no sólo la organización socioeconómica dentro de la vivienda, sino también los aspectos simbólicos comprendidos en la estructura. Desde estos supuestos, la preparación de comida, la colocación de figuritas femeninas y la situación de las sepulturas de niños y mujeres en los alrededores de la casa, asocian a ésta con la idea de nutrición. Para Tringham (Tringham et alii, 1992), interesada en el valor simbólico de los objetos al igual que Hodder, los niveles de incendio de una casa de Opovo representan la muerte simbólica de la casa causada por la muerte del cabeza de familia. De este modo, construye sus modelos basados en los aspectos materiales, entre los que incluye los restos arquitectónicos. El medio ambiente y la conducta humana Por otro lado, Rapoport y Kent estudian el uso simbólico del espacio, la conducta humana en todos sus aspectos, la comunicación no verbal y el T. P., 55, n." 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es crecimiento de la complejidad social en la estructura doméstica. Rapoport (1990), desde hace varios años, se interesa por la naturaleza de las relaciones entre la conducta humana y la construcción de su medio ambiente, asegurando que la forma de la arquitectura viene determinada por un sistema de actividades, entendidas como expresiones de estilo de vida y de cultura. Considera que la organización espacial es un aspecto más fundamental que la forma o los materiales, ya que "expresa significados y tiene propiedades simbólicas" (Rapoport, 1978:26). Kent (1990) propone un modelo para determinar por qué unas sociedades compartimentan más sus casas que otras. Estudia las estructuras domésticas de 73 sociedades, estableciendo cinco niveles de complejidad basados en la organización social y política, la especialización económica y la división del trabajo. A partir de su estudio, llega a la conclusión de que cuanto más sociopolíticamente compleja es una sociedad, el uso del espacio y la arquitectura están más segmentados, por lo cual aumentaría la necesidad de lugares privados. El análisis sintáctico del espacio Ésta es un área de investigación en crecimiento que estudia la relación del espacio dentro del edificio incluyendo aspectos de accesibilidad, interrelación espacial y el significado social que subyace tras la organización de ese espacio (Millier y Hanson, 1984), tanto dentro como entre las estructuras arquitectónicas (Steadman, 1996). Los recientes trabajos en este campo han conducido a otro área de investigación del uso del espacio, íntimamente relacionada con la anterior, que deriva de los estudios de Hall (1968) basados en el deseo de espacio personal. Aspectos claves de estas áreas de investigación son los análisis de accesos y de visibilidad y serán los que se apliquen a las estructuras domésticas y funerarias de la Alta Andalucía. a) Análisis de accesos Comienzan a desarrollarse con el estudio de Faulkner (1964) sobre castillos y casas escocesas. Este autor confeccionó un modelo de distribución interna analizando la comunicación entre los espacios, creando gráficamente el primer modelo de 'análisis de accesos'. Posteriormente, Hillier y Hanson (1984) propusieron otro, basado en el de Faulkner, denominado "análisis gamma" (Hillier y Hanson, 1984: 143) añadiendo valores a cada espacio según la 'permeabilidad' de cada uno de ellos con respecto al espacio de entrada, que ha sido seguido por muchos investigadores (Yiannouli y Mithen, 1986; Boast y Yiannouli, 1986; Foster, 1989). El análisis de accesos se basa en las relaciones sintácticas del espacio, considerando su disposición como un modelo de permeabilidad en términos de conexión interespacial (Hillier y Hanson, 1984). Implica la presencia de límites espaciales y de puertas de acceso, cuya importancia no reside tanto en que pueden abrirse como en que pueden cerrarse (Foster, 1989), actuando de control de paso a un ambiente determinado. La permeabilidad atiende al ordenamiento espacial, al control de su acceso y al movimiento (¿la cuarta dimensión de los cubistas?) que se desarrolla entre los mismos, lo cual revelaría las relaciones sociales que se establecen entre los habitantes de la estructura y entre éstos y los individuos ajenos a la misma (Hillier y Hanson, 1984). Sin embargo, dado que la aplicación de los análisis gamma no evidencia la presencia de las áreas de actividad, formadas por exclusión de los recorridos circulatorios, ni de los elementos auxiliares incluidos en las mismas, se recurre a la teoría arquitectónica donde el estudio de la circulación ocupa un lugar principal. Los recorridos son, por naturaleza, lineales y tienen un punto de partida que conduce, a través de una serie de secuencias espaciales, hasta el lugar de destino (Ching, 1995). Si tenemos en cuenta el axioma matemático de la geometría euclídea de que la distancia mínima entre dos puntos es la línea recta, y el ser humano la utiliza en sus recorridos, la conexión de dos puertas de acceso por medio de una vía de comunicación ('visión cinética') creará, por exclusión, áreas susceptibles de contener actividades ('visión pura') de diversa índole. Por otro lado, dentro de estas áreas, pueden existir levantamientos auxiliares -bancos, repisas, nichos, peldaños, etc.-que provoquen un cambio de dirección, o una parada en la circulación, debido a la tendencia natural del movimiento humano hacia lugares que significan cambios (GLC, 1978: 110) -lugares en oposición a nuestro entorno, ya sean rincones, esquinas, puertas, muros planos, arcos, zonas amplias o estrechas, elevaciones, etcpor lo que esos elementos auxiliares adquirirán un significado que va más allá de su valor de uso y, por lo tanto, podrán modificar el valor del espacio que los contienen. Otro área de investigación, directamente relacionada con los análisis de accesos, es la iniciada por Hall (1968) quien basa su trabajo en la percepción del espacio personal dentro y entre estructuras arquitectónicas, siendo necesaria la definición de sus límites para identificar los espacios públicos y los privados. Según su teoría, la percepción del espacio humano es una síntesis de los sentidos corporales: visión, audición, movimiento, olfato y gusto, que parece seguir la idea del espacio que expresó Moholy-Nagy(1947). La visión, o reconocimiento visual de la percepción del espacio, constituye una información fundaínental para el individuo (Gubem, 1992: 20), ya que, según Doddwell (en Gubern, 1992: 1) elnoventa por ciento de la información de un hombre normal procede de los canales ópticos. Su cualidad transespacial, ya que actúa a distancia, crea una gradación visual según se dispongan los umbrales que, como líneas divisorias (Ven, 1977) entre lo público y lo privado, pueden variar los porcentajes de visibilidad. Por lo tanto, los umbrales serán los elementos de control utilizados por la unidad social que habita cada estructura para restringir ciertas áreas a individuos ajenos a la misma, que suelen localizarse "fuera del flujo de circulación" (Sanders, 1990: 68).;; Analizar la forma arquitectóinica, como elemento primario definidor de espacios, y las relaciones espaciales a través los accesos y la visibilidad im-plica^ por tanto, penetrar en una dimensión dinámica que permite 'trabajar con aspectos relacionados' don la estructura y la ideología de la sociedad. Ésto conviene a estos estudios en una prornetedora línea ác investigacíóií qti'e aún está por desarrollar. La aplieaciótide Sandé^rs (1990) de^afíálisis^db'vísifoilidadv sonido, ^olfatióí y espacio tactil adôs cásas^ de Myrtós, Greta; íia êervidd de basfepâf i lá íjéaliííación de este estudio. Antes de iniciar el estudio de las casas y tumbas de cámata ibéricas es preciso hacer una breve introducción sobre la sociedad que las construyó. La Alta Andalucía es una de las áreas donde se han desarrollado más estudios del territorio encaminados a conocer las características y la evolución del poblamiento en época ibérica (Ruiz y Molinos, 1993). Este tipo de trabajos han roto con la tendencia tradicional de excavación de necrópolis (Rui2,1987) iniciando un estudio sistemático en área de poblado. Durante el sigloVI a.n.e. se observa la presencia de pequeñosoppida en altura, en oposición alos asentamientos de la vega. En el sigloV, el triunfo de los oppida sobre las pequeñas unidades agrarias "opone dos sistemas aristocráticos diferentes, pero sobre todo la consolidaciónde aquél que definirá las características del modelo de ocupación territorial del Alto Guadalquivir" (Ruiz, 1993: 107). Los patrones de asentamiento en esta fase parecen iíidícar cjiíe en este momento se produce la "máxima atomización" (Ruiz, 1983:114) entre aristócratas y sus clientelas: A inicios del siglo IV a.n.e., las relaciones-comerciales van a ser fluidas, como lo demuestra la gran cantidad de cerámica ática que penetra en la zona (Sánchez, 1992), lo que parece testimo^ niár que esta aristocracia ha conseguido gestionar con éxito un modelo económico excedentario. La consolidación de la aristocracia se refleja arqueológicamente en la ordenación jerárquica de las viviendas y en la compleja configuración de las estructuras funerarias. Estas han sido uno de los elementos más llamativos, por lo que la tradicional preferencia por su excavación ha supuesto que, hasta los años 80, se desconociera el proceso real de la sociedad ibérica (Ruiz, 1987). Sin embargo^ la presencia de enterramientos en cámaras de especial complejidad arquitectónica ha suscitado propuestas explícitas respecto a la posibilidad de que sean versiones funerarias de las residencias principales de ciertos sectores de la sociedad ibérica (Almagro, Í982; Olmos, 1982). De este modo, se habrían adoptado las características propias de las estructurad domésticas para construir las moradas de los E^a propuesta abre un mâfc0paf à lacôfnprdba-Ciótt del funcibnaiïiiento interno de èâsas y sepulturas que permita reconocer las pautad del diseñó y las concepciones que subyacen a estos dos tipos de construcciones. Los presupuestos básicos de los que parte este trabajo se centran, por tanto, en discernir si la lógica constructiva interna de casas y tumbas es similar y si pueden extraerse conclusiones de tipo social a partir de estos análisis. Se estudianlas tumbas de cámara mejor conocidas de las necrópolis de Toya, Galera y Castellones de Ceal, situadas en la cuenca del Río Guadiana Menor. Respecto a la arquitectura domésfica de la zona, el Único poblado del que se disponen plantas completas es el de Plaza de Armas de Puente Tablas sobre el río Guadalbullón, cercano a las necrópolis citadas, considerado como característico de los asentamientos de tipo medio (Ruiz, 1993) (Fig. 1). TOYA * M I CASTELLONES DE CEAL."^..C\-PUENTE TABLAS Situación de las estructuras domésticas y funerarias ibérifcás en la Alta Andalucía.' Las estructuras arquitectónicas -Entre finales del sigloVIII y mediados del siglo VII a.n.e. (Ruiz y Molinos, 1993), el poblado de Puente Tablas (Fig. 2) aparece rodeado de fortificaciones "jalonadas de bastiones-contrafuertes rectangulares" y se generaliza la casa cuadrada, compartimentada. Hacia mediados del sigloVI se rediseña el urbanismo y se fija la estructura de algunas calles que se desarrollarán desde ese momento hasta el final de la vida del asentamiento. El poblado se compone de manzanas rectangulares cuyo muro medianero, que recorre toda su longitud, recoge las estructuras de las casas dispuestas perperdicularmente. Las casas número 1,2 y 5 (Fig. 3) (6) correspon- den al siglo IV a.n.e. y forman parte de una manzana que ya existe desde el siglo VI. Se elevan directamente sobre el suelo, sin zanjas de cimentación, con un zócalo de piedra continuado con adobe, generalmente revocado. Respecto a la construcción de elementos secundarios, aparecen bancos y muretes en diversas estancias y tres peldaños en la casa 2, que indicarían un segundo piso dedicado a "almacén en altura" (Ruiz, 1995:104). Esta casa es la más compartimentada, con siete espacios, frente a la número 1, con tres. Los pavimentos aparecen enlosados en algunas zonas y, en otras, con una fina capa de yeso.:, En cuanto a las sepulturas, el área del Guadiana Menor se distingue por el uso de cámaras, con acceso horizontal, para enterramientos individuales y colectivos, cuyos paralelos han sido establecidos en el mundo griego y etrusco (García y Bellido, 1935; BÍázqiiez, 1960) ópúñico (Fernández de Aviles;1942). Las estudiadas'¡aquí de^ Galera (C'ábre y Motos, 1920J'/son 'las tumbas" 26 -de píanta circular-, las números'65, 75; 82 5^ 106 -de planta en fbrma de "P" (García Bellido, 1945)y la 119 -también en forma de 'T", compartimentada-que se sitúan cronológicamente entre los siglos VI y III-II (Fig. 4), disponiendo todas ellas de corredor de acceso. De Galera, las publicadas por Cabré y Motos (1920). De Toya, la publicada por Mergélina, (1943-44) y la de Ceal por los, datos del cuaderno de campo de Fernández Chicarro (1956). CO espacio, desconociéndose el corredor en ambas (Fig. 5). Las tumbas, a diferencia de las casas, se construyen exentas y se cubren con tierra formando un túmulo visible al exterior o, como en algunos casos de Galera, excavadas en la roca. Paredes y, a veces, pavimentos se enlosan para posteriormente recibir una capa de enlucido sobre la que se pintan motivos florales y/o geométricos y generalmente se cubren con losas adinteladas de piedra. Disponen de elementos auxiliares construidos de obra como bancos, hornacinas, fosas, peldaños, nichos y estantes. Para el estudio de los espacios domésticos y funerarios, dado que quedan definidos por la disposición formal, se consideran elementos primarios los muros perimetrales -o continente-cuya función no es solamente técnico-estructural, sino que permite crear dos tipos de espacios, el exterior y el interior. Los elementos secundarios son aquellos que segregan el interior y su número estará relacionado con el nivel de complejidad establecido en cada estructura, estimándose que a mayor compartimentación social, el uso del espacio y la arquitectura estarán más segmentados (Kent, 1990). Se consideran también los elementos auxiliares ya que pueden variar la jerarquización espacial. Como consecuencia de las mediciones lineales, se ha podido observar que la ubicación central de los pilares en los patios de las casas y de la cámara 75 de Galera, así como el múrete que subdivide la cámara 119 de Galera, son el resultado de soluciones estructurales de cubrición debido a la longitud de sus muros perimetrales. Las losas de piedra que cubren las tumbas habrían tenido una longitud máxima de 3,75 m. y de 4,60 m. los rollizos de madera que cubrirían los patios -en los casos más desfavorables-, frente a los 1,85 m y 2,60 m. que miden respectivamente debido al levantamiento de los pilares o muros medianeros. De estos datos se puede deducir que, tanto la extracción de la piedra, acarreo y elevación sobre los muros de losas de excesiva longitud implicaba un gran gasto tanto energético como de material y, de igual manera, el ahorro de madera así como su tala y carga, sería la práctica común. El cálculo de la superficie útil de casas y tumbas es un aspecto más en la investigación de la arquitectura para saber si se han producido construcciones similares o si, por el contrario, existen jerarquizaciones entre unidades completas o, dentro de éstas, entre los diversos espacios definidos. En cuanto a las casas de Puente Tablas (Fig. 3), la superficie útil de las números 1 y 5 se mantiene similar, en tomo a los 70 m2, mientras que en la 2 aumenta un 40%, del mismo modo que la longitud de fachada. Dada la regularidad de las dos primeras casas, se insinúa la previa planificación modular de las edificaciones, dato que se reñierza por situarse adosadas a un muro continuo que recorre toda la manzana, de la que forman parte, que parece haber sido construido antes que ninguna casa. La ampliación de estos módulos primarios se produciría a espensas de otros colaterales, caso que parece producirse en la casa 2. También parece existir cierta planificación en la construcción espacial de los patios, ya que la superficie mantiene cierta regularidad (entre 30 y 37 m2.), lo que marcaría su singularidad frente al resto de las dependencias de la casa. Entre las tumbas de cámara, se observan fuertes diferencias en el total de la superficie útil oscilando entre 2,37 m2 de la tumba de Castellones de Ceal y los 18,26 m2 de Toya. Por lo tanto, en cuanto a superficie, estas últimas dos tumbas quedan jerarquizadas frente a las demás. Sin embargo, la planificación parece existir por la manifiesta voluntad de incrementar la superficie de las cámaras en detrimento de los corredores, como se puede ver en Galera donde ocupan entre el 58% y el 79% del total. Los elementos auxiliares como nichos, fosas, repisas, peldaños y bancos en las cámaras de las tumbas son casi la práctica común y, de ellos, únicamente nichos y repisas aumentarán la superficie útil por situarse elevadas. Dada la escasa elevación de los muros de las estructuras domésticas en el registro arqueológico, es imposible advertir la existencia de estos últimos elementos aunque no se descarta la idea ya que, actualmente, algunas casas de la zona los disponen de forma similar a los conocidos de la cámara de Toya. Los bancos son la construcción común entre cámaras (Toya y xf 65 de Galera) y patios (casas 2 y 5) y su uso varía entre el 20% de media en las tumbas mientras que en las casas es del 8%. La forma arquitectónica es el elemento primario que define el espacio. Las edificaciones que nos ocupan son paralelepípedos, compartimentados en su interior, que determinan un volumen espacial -a través del cual nos movemos-definido por elementos formales. Su arquitectura empieza a existir cuando el espacio comienza a ser conformado y estructurado por los elementos de la forma: horizontales (definición del nivel del suelo) y verticales (los muros que encierran un espacio y definen el volumen) (Ching, 1995). Para analizar la forma espacial, es preciso tener en cuenta que lo habitual es que los espacios definidos por la arquitectura se encuentren interrelacionados "en función de su proximidad o de la circulación que les une" (Ching, 1995: 194). Y lo hacen en base a unos principios ordenadores que, considerados como artificios que permiten la coexistencia de varias formas y espacios de un edificio, se organizan atendiendo a las necesidades que tiene la unidad social de formas concretas, de agrupaciones en virtud de funciones análogas, de luminosidad, ventilación, de segregación para lograr intimidad, etc. Entre las más elementales vías de relación espacial, la contigüedad es la más frecuente, por lo que se identifican con claridad todos los espacios ya que, en todos los casos, el plano que les une o separa es un límite físico y visual, que realza su identidad. Otro aspecto de relación es la vinculación espacial por medio de un tercero, necesario para conocer la conexión de las diferentes actividades que se puedan producir. Existen, además, principios adicionales de organización que implantan un cierto orden en una composición arquitectónica (Ching, 1995: 332). Los principios de simetría (distribución equilibrada de formas y espacios iguales en torno a un eje o punto común) y de jerarquía (significación de una forma o espacio en virtud de su dimensión, forma o situación relativa) aparecen frecuentemente, tanto en casas como en tumbas, y su estudio ha permitido la creación de agrupaciones espaciales que señalan la ejecución de actividades similares y la definición de espacios singulares. Mientras que en la casa 5 cada espacio funciona independientemente, únicamente relacionados por contigüedad y continuidad, en la casa 1 el patio se apoya en dos estancias, situadas simétricamente al fondo de la unidad, con las que se relaciona (Fig. 6). En cuanto a la casa 2, su complejidad espacial ha permitido la creación de dos conjuntos espaciales, formados por simetría, que ocupan toda la superficie útil. Su principal ca- racterística está en que los ejes de ambos se cortan a 90 grados, en sentido transversal y longitudinal respectivamente, lo que indicaría la probable ruptura de continuidad de la actividad, en franca oposición. Un tercer tipo de actividad vendría señalado por el cambio de dirección, de horizontal a vertical, insinuado por los peldaños. En el segundo conjunto, cada espacio se relaciona por contigüedad quedando vinculados entre sí por medio de un tercero, (F) que actúa de intermediario. De igual manera, en Toya, el pequeño "vestíbulo" (Mergelina, 1943-44: 14) enlaza las estancias que derivan del mismo. Esta tumba es la única que se compartimenta en 5 espacios. Las otras cuentan con uno sólo -Castellones de Ceal-, con dos las de forma de "P" de Galera, y con tres las tumbas 26 y 119. A estos espacios secundarios habría que añadir otros situados en planos diferentes al horizontal, como nichos y fosas, que añadirían, además de superficie útil como se dijo arriba, cierta complejidad a la cámara. El principio de simetría aparece en Toya y en la número 26 de Galera. En la primera, el eje se sitúa sobre la estancia central, haciendo bascular sobre el mismo las dos agrupaciones formadas por las cámaras laterales. Dada la cualidad de la simetría de distribución equilibrada, se establecería la similar importancia de los espacios situados a ambos lados del eje. Sin embargo, como se puede observar, el espacio E contiene dos nichos, una repisa y bancos corridos adosados a dos muros frente a su simétrico C, que sólo tiene un nicho, carece de repisa y la superficie de bancos es menor. Por lo tanto, el principio de simetría se desequilibra debido a la inclusión de elementos auxiliares que jerarquizarían unos espacios sobre otros. En la tumba 26, la simetría no se rompe en ningún momento ya que la forma circular de la cámara emplaza radialmente el eje sobre el corredor, y el tabiquillo que segrega aquélla se dispone perpendicularmente a este eje. Pero, además, la regularidad de la forma es otro de los principios que jerarquiza un espacio sobre otro. Este es el caso de los patios, en las casas, y de las cámaras, en las tumbas, frente al resto de las estancias, por lo que se convierten en espacios singulares dentro de ambos tipos de estructuras. Este aspecto, unido a que en los mismos se levantan similares elementos auxiliares de obra, podría relacionarse con la propuesta (Almagro, 1982, Olmos, 1982) de que las tumbas complejas reproduzcan residencias de ciertos sectores de la sociedad ibérica, con los filtros propios de su dedicación. Otros elementos de diferenciación interespacial son los cambios de nivel en el pavimento y la decoración. La decoración, geométrica o floral, que adorna algunas tumbas de Galera (7) y la tumba de cámara de Castellones de Ceal, las jerarquiza frente a otras que carecen de esta cualidad. En Toya, la (7) Según las referencias dadas a Cabré y Motos (1920: 14) por "tesoreros", la tumba 76 habría estado pintada con "escenas de caza, guerra y otras cuyo significado no comprendían". En la tumba número 2, el pavimento estaba pintado en "blanco, rojo, negro y amarillo; su zócalo con trazos paralelos y otros motivos ornamentales geométricos y vegetales en lo que se conservaba en sus paredes" (id.: 64). decoración del intradós de la puerta de entrada a los espacios situados al sur, que contienen el mayor número de nichos, repisas y bancos, refuerza la importancia de esta zona sobre su simétrica; asimismo, el levantamiento del umbral de acceso a las cámaras B y D sobre ciruelo responde a una intención predeterminada para intensificar su predominio sobre el resto. Los peldaños marcan diferenciaciones espaciales, pero esta vez de tipo vertical, de ascenso o descenso desde el inicio, reforzando la segregación espacial. En la casa 2, los tres peldaños indican ascenso a una probable segunda planta, mientras que en la tumba de Castellones de Ceal los peldaños descienden dando un significado de ingreso al mundo subterráneo propio de los muertos. Por último, la forma externa de casas y tumbas marcan una gran diferencia entre sí. Las casas se alinean agrupadas en manzanas, visibles desde el exterior. Por contra, las tumbas se construyen exen-tas<, y sus elementos estructurales quedan ocultos a primera vista ya que, la cualidad tumular de las necrópolis ibéricas solamente permitiría visualizar la aglomeración de tierra vertida sobre las mismas. Este modelo, propuesto por Millier y Hanson (1984) para el interior de las casas, establece las profundidades o 'permeabilidades' a que se someten los diferentes espacios. A cada uno de ellos, representado con un círculo, se le asigna un valor de profundidad desde el exterior, quedando unidos por una línea aquellos que estén interconectados. Los que tienen el mismo valor se situarán gráficamente en la misma horizontal, observándose las propiedades básicas de las relaciones sintácticas del espacio: simetría/asimetría y distribuida/no distribuida. Las primeras indican la independencia interespacial y el control de un espacio sobre otro respectivamente, mientras que las segundas se refieren a la disposición de un sólo acceso en las distribuidas o de varios en las no distribuidas. La aplicación de los análisis gamma a las casas y tumbas de la Alta Andalucía desarrolla un gráfico (Fig. 7) en el que se observan relaciones espaciales asimétricas en su mayoría, con la excepción de las estructuras más complejas estructuralmente, la casa 2 de Puente Tablas y la tumba de cámara de Toya, que combinan ambas propiedades. Exterior dientes entre sí con respecto a B y D pero simétricos con respecto a A al igual que B y D. De este modo, los espacios situados a mayor profundidad quedarían doblemente controlados por sus antecesores y por el espacio de entrada. Dado que las estructuras disponen de un sólo acceso, tienen la propiedad de relación de distribuidas, excepto en la tumba número 26 de Galera donde el espacio segregado al fondo de la cámara permite su acceso por ambos lados. El modelo, sin embargo, no tiene en cuenta otros aspectos que son visibles por medio de la red de circulación. Como puede observarse en el gráfico de análisis gamma de la casa 2, los espacios B, C y F se sitúan en la misma línea por lo que tendrían el mismo valor de profundidad. Sin embargo, no pueden ser conceptuados de la misma manera porque mientras que en B y C termina el recorrido, F es un espacio que se convierte en distribuidor de otros y por lo tanto controla aquellos que dependen de él. Por otro lado, obvia la inclusión de elementos auxiliares como pilares o bancos, nichos, hogares, etc., cuya situación interviene en el funcionamiento del recorrido circulatorio interno. Por lo tanto, la opción del estudio de la red de circulación, utilizada en la disciplina arquitectónica, es aquí oportuna para complementar los datos de los análisis gamma. como ejemplo la casa 2, los espacios que dependen de F, del que son simétricos, son asimétricos con respecto al resto, y B, C y F, son simétricos con respecto a A. Por lo tanto los espacios situados al fondo estarían doblemente controlados por A y F que actúan de filtro de acceso. De igual modo en Toya, C y E son asimétricos y, por lo tanto, indepen-En Arquitectura, el recorrido es considerado "como el hilo preceptivo que vincula los espacios de un edificio" (Ching, 1995: 246).Todos los recorridos son, "por naturaleza, lineales y tienen un punto de partida desde el cual se nos lleva a través de una serie de secuencias espaciales hasta que llegamos a nuestro destino" (Ching, 1995: 270). Sin embargo, la intersección de caminos crea otro tipo de configuraciones del recorrido como la radial, entre otras. Una vía principal de acceso recorre cada estructura, desde el exterior hasta el espacio más profundo, a la que se conectan otras, secundarias, para dar acceso a los diferentes espacios, produciendo nudos circulatorios que alcanzarán mayor grado de conflictividad allá donde la afluencia de caminos sea mayor. Teniendo en cuenta que es necesario un espacio mínimo de 68 cm. de ancho (Neufert, 1972: 21) para personas en movimiento, el recorrido determina, por exclusión, la ubicación de otros susceptibles de utilización como áreas de actividad, o espacios en reposo. Dado que el recoiiido se configura a través de las aberturas practicadas en los muros, la superficie de esas áreas quedará determinada por su situación, ya sea centrada o lateral. En las casas 1 y 5 de Puente Tablas (Fig. 8), el máximo número de caminos que confluyen en un nudo es de dos, por lo que no se genera ningún conflicto en la circulación. Sin embargo, en el espacio F de la casa 2 (Fig. 9), se produce un nudo donde convergen varias vías configurando un recorrido de tipo radial, una de las cuales cambiaría el sentido horizontal a vertical dada la existencia de peldaños que subirían a una segunda planta. La amplia confluencia de caminos le convierte en distribuidor ya que no existe espacio físico para el desarrollo de ninguna actividad (Sanders, 1990). Los espacios que dependen de él serían funcionalmente preeminentes por ser donde se crea la máxima segregación (Foster, 1989) y donde acaba el recorrido (Ching, 1995). En el caso de Toya (Fig. 10), el único nudo que se forma está en la entrada (punto 2), distribuyendo radialmente la circulación en tres direcciones. La condición de distribuidor impediría la formación de otras funciones específicas, coincidiendo con la ausencia de bancos u otros elementos. En las casas de Puente Tablas y en la tumba de Toya, la superficie y la disposición de las puertas fuerzan al recorrido a atravesar espacios abiertos a los que, sin embargo, no segrega convirtiéndose en una prolongación de los mismos (Ching, 1995). El caso de las tumbas de cámara de Galera es diferente porque el estrecho corredor ocupa todo el espacio circulatorio, estimulando la circulación hacia su lugar de destino: la cámara y, en concreto, hacia los bre el suelo (Toya), peldaños (Castellones de Ceal), losas (Tumba 82 de Galera), tabiquillos (Tumba 26 de Galera), pilares (Tumba 75 de Galera) o bancos, nichos u hornacinas (Tumbas de Galera y Toya) que modifican el trazado lineal de la circulación y obligan a dar un salto, más cualitativo que físico, a descender o a parar. Los obligados cambios en el recorrido indican que existe cierta complejidad en la estructura y fuerte voluntad en contrastar espacios para indicar el dominio jerárquico de unos sobre otros. De la misma manera que, mediante la aplicación de análisis de accesos, se advierten los controles establecidos por la unidad social para reservar espacios específicos en una estructura arquitectónica, es posible reforzar la presencia de éstos a través de los porcentajes de visibilidad determinados por la situación de los muros y las aberturas practicadas en ellos. Para que se produzcan los diferentes espacios públicos, semipúblicos o semiprivados y privados es preciso considerar cada estructura arquitectónica -ya sea un conjunto urbano o aislada-como un conjunto cerrado. En este trabajo, el análisis de visibilidad se aplica a estructuras previamente individualizadas, reconocidas como unidades domésticas o funerarias. Para entender cómo se producen los diferentes espacios, desde públicos a privados, se propone el ejemplo de un espectador emplazado en un área abierta, en época ibérica, que tiene un poblado fortificado frente a él. El espacio que el individuo está ocupando es público, mientras que el poblado será privado porque todavía no le ha sido permitido el paso al mismo. Si las puertas de las murallas se abren, el espacio que antes era privado se ha convertido en público porque ha superado los controles de acceso, a excepción de las casas privatizadas por los muros de cerramiento. Sucesivamente, de forma similar, una vez se ha ingresado en cualquier casa, el carácter espacial se va modificando según se atraviesen los controles establecidos por la unidad social que los ha contruido y habita. Los tabiques son el elemento constructivo que segrega espacialmente las construcciones primarias definiendo los diferentes grados de visibilidad. Las aberturas practicadas sobre los tabiques son los elementos que actúan de control y su disposición Para conocer la ubicación y ocupación de cada espacio, se trazan dos líneas imaginarias desde el centro de cada umbral con el punto de vista situado a la altura del ojo humano, cuya retina dispone de un ángulo visual de 240° (Gubern, 1992: 22), y se dirigen hasta los límites establecidos por las barreras arquitectónicas. Los espacios situados detrás de las mismas serán de carácter restringido al visitante hasta que le sea permitido el paso al siguiente umbral. El primer punto de vista se situará en el acceso principal y los siguientes en cada puerta, o vano, que cree diferenciación espacial y nunca se situarán en la de aquellos espacios que carezcan internamente de compartimentación, porque ya serían totalmente accesibles. Sucesivamente, de forma gradual, los espacios se privatizan hasta alcanzar su más alto grado en los situados más al fondo. Se podría argumentar que las tumbas, por su condición de enterramiento, son privadas en sí mismas. Sin embargo, una vez traspasado el primer umbral, la gradación entre espacios públicos y pri-vados se produce de igual manera que en las unidades domésticas. El cálculo de la superficie ocupada por los distintos espacios se hace en porcentajes sobre la superficie útil debido a la variabilidad de las mismas. El resultado obtenido podría estar en relación con el número de personas que acceden a los mismos de manera que, a mayor privacidad, mayor restricción de paso y, al contrario, a mayor superficie pública, el control sería ejercido en condiciones más abiertas. La diferente situación de los patios en las casas varía considerablemente el porcentaje de espacio privado. Mientras que en las números 1 y 2 se produce entre el 2% y el 5%, en estancias pequeñas, en la número 5 lo hace con un 20% en el patio, de mayor superficie. La opuesta ubicación de los patios puede derivar del uso dado a ese espacio, indicando de este modo la diversidad funcional del mismo, de aspecto prioritariamente público en las casas 1 y 2 y más privado en la 5. Por lo tanto, los elementos auxiliares situados en ellos: hogar, bancos, pilares o tabiquillos formarían parte de un espacio público en las dos primeras y del privado en la última. Con respecto a los espacios semipúblicos, se da la característica que aumenta su superficie a medida que disminuye el público, siendo este aspecto indicativo de la mayor privacidad en la unidad arquitectónica. En el caso de las tumbas de cámara con corredor (Fig. 13), dada la situación previa de éste, siempre se crea el espacio privado en las cámaras debido a que el segundo punto de vista se sitúa sobre las losas de cerramiento que dividen el corredor, ejerciendo de control e imprimiendo un fuerte sentido de privacidad. Del análisis de visibilidad del primer grupo (tumbas números 65, 75, 82 y 116 de Galera) se verifica que todas las tumbas, excepto la número 65, tienen mayor porcentaje de espacio privado que de público (éste varía entre el 30 y el 45 %). La menor En la cámara de Castellones de Ceal, al carecer de corredor y de compartimentación interior, la visibilidad sería total una vez atravesado el umbral de acceso. El único aspecto privatizativo serían los peldaños de bajada que simbolizan el acceso al mundo de los difuntos. En Toya (Fig. 14), la medición de los porcentajes de visibilidad se hace sobre los que proporcionan las diversas estancias de la cámara. La disposición de sus espacios y la situación de las puertas de acceso regulan los porcentajes con escasas diferencias, de manera que reciben similar importancia los espacios de carácter público, semipúblico y privado. La jerarquización de los privados se acentuaría, como ya se ha in- dicado con anterioridad, por la inclusión de elementos que sirven de base a la ubicación de las cenizas de los difuntos y sus ajuares: bancos, repisas y nichos. La estrategia práctica de este trabajo consistió en considerar los espacios definidos por la forma arquitectónica y la aplicación de los nuevos modelos de análisis propuestos desde la Arqueología de la Arquitectura, excluyendo los materiales asociados a la misma cuya contrastación será objeto de un estudio posterior.,Se ha comprobado que sin los datos de la ubicación de las puertas o vanos no es posible estudiar las relaciones espaciales que se producen dentro de las estructuras, ya sean domésticas o funerarias. Conociéndolos, se ha podido observar la formación de conjuntos espaciales que evidencian la creación de actividades de similar dedicación, su ordenación, vinculación y articulación predeterminadas, o los controles que establece la sociedad para acceder a determinados espacios que reserva para sí. Como consecuencia del estudio de la forma arquitectónica y la medición lineal y superficial de cada estructura ha sido posible conocer la, más que probable, modulación previa de cada unidad doméstica de Puente Tablas. Asimismo, se advierte cierta planificación previa tanto en la construcción de espacios de similares características -los patios de las casas-, como en la agrupación formal del conjunto cámara-corredor de las tumbas de Galera o debido a la regularidad y simetría de la tumba de Toya. La superficie y la compartimentación muestran jerarquizaciones espaciales entre unidades completas o de espacios simples sobre otros de menor consideración. Cuando se dan estos casos, los controles de acceso son mayores y se produce mayor complejidad en la gradación de visibilidad. Por otro lado, al realizar los análisis de visibilidad, se observa que la opuesta situación de espacios de superficie singular, en concreto los patios, muestra las preferencias de la sociedad por la diferente dedicación de los mismos. Sin embargo en las tumbas, dado que las cámaras (espacio singular) se sitúan siempre al fondo de la unidad funeraria, la privacidad siempre se dispone sobre ella y, precisamente sobre los elementos auxiliares que, normalmente, soportan las cenizas del difunto y los ajuares, sin variar su dedicación. A partir de los análisis expuestos, existen ciertos aspectos que apuntan a favorecen la sugerencia de que las tumbas de cámara del mundo ibérico reproducen las unidades domésticas de ciertos sectores de la sociedad. La visibilidad desde el horizonte las distingue porque las casas se alinean sobre el nivel de calle formando manzanas, mientras que las tumbas aparecen como un conjunto de múltiples elevaciones de tierra sin que se advierta la forma arquitectónica. Sin embargo, las similitudes aparecen estudiando el espacio arquitectónico. En ambos casos, el espacio primario está compartimentado y/o dispone de elementos distintivos arquitectónicos que permiten llevar a cabo los análisis propuestos. Por lo tanto, se puede estudiar su composición formal, realizar recorridos circulatorios y ver dónde y cómo se han establecido los controles de acceso y, dado que es factible hallar los porcentajes de espacios públicos y privados con respecto a la superficie útil construida, conocer las áreas que la unidad social se reserva para sí. En cada estructura existen espacios jerarquizados frente al resto y disponen de elementos auxiliares ubicados indistintamente en zonas públicas o privadas en las domésticas, y exclusivamente en las privadas en el caso de las funerarias, Por lo tanto, se puede argumentar que, en general, la sociedad construye sus espacios de forma similar aunque con los filtros propios de su dedicación. Esta nueva línea de actuación propone estudiar la arquitectura bajo aspectos diferentes a los hasta ahora recogidos y, así, completar una investigación que contempla la colaboración interdisciplinar de investigadores como antropólogos y arquitectos, tal y como aconseja la Arqueología de la Arquitectura. Pero, sobre todo, es de destacar que no es tan importante el envolvente de una edificación como el espacio que ha formado, donde se vive, y esto hace que el futuro de la investigación sea francamente prometedor. Este trabajo forma parte del Proyecto de Invesdgación DGICYT PB95-0375: "El poblamiento ibérico en el sureste peninsular: una perspectiva espacial" dirigido por la Dra. Teresa Chapa Brunet (Departamento de Prehistoria, Facultad de Geografía e Historia. Universidad Complutense de Madrid), a quien quiero agradecer mi participación en el mismo y por quien fue posible su realización. Asimismo quiero agradecer al arqueólogo D. Antonio Madrigal su desinteresada ayuda tanto profesional como personal, y a la Dra. M.^ Isabel Martínez Navarrete por sus consejos y revisión.
El habitat, cuya historia empieza probablemente a finales del siglo VIII o en tomo al 700 a.C, en un momento que se puede fijar hacia el 600 a.C, fue rodeado de una potente muralla que incluye una superficie de 1,5 Ha. El asentamiento ha sido un lugar de intercambios intensos con el mundo orientalizante y fenicio-occidental. (*) Museo Arqueológico Provincial, Diputación Provincial. cuentra la actual población de Guardamar del Segura. Hacia el oeste, el castillo ocupa un pequeño cerro predominante en cuya ladera este se situó el núcleo antiguo hasta el terremoto de 1829, y hacia el este, bordeando el mar, se extiende una larga serie de dunas cuyos límites son al norte. A un kilómetro al norte del actual centro urbano, en dirección hacia la desembocadura del Segura, se encuentra el lugar llamado "La Fonteta" (coordenadas UTM: x = 706; y = 4219, 95) que desde finales del siglo XIX se conoce también como "La Mezquita". Desde 1897, se sabía la existencia de una "población antigua" enterrada bajo la arena de las dunas (Azuar et alii, 1989: 14). Pero hubo que esperar hasta las excavaciones de Rafael Azuar (1984-1992) para descubrir la continuada ocupación de este lugar: albergaba en realidad dos asentamientos distintos separados por un abandono de 1500 años, el primero un núcleo fortificado de época orientalizante, después una Rábita califal que se estableció en el cuarto noreste del recinto protohistórico. En 1992, se planteó una excavación (3) más extensa hacia la mitad del frente oriental del recinto (Fig. 3, n° 2). El resultado fue el descubrimiento de un tramo de muralla con una longitud de 30 m. y de dos construcciones adosadas al paramento interno. La base de la estratigrafía no se alcanzó en ningún caso, pero las tres intervenciones revelaron la existencia de estructuras arcaicas y permitieron formarse una idea de la amplitud y forma del yacimiento. El proyecto de excavación se inscribe en una reflexión global sobre los intercambios en la región sur-oriental a partir del final de la Edad del Bronce. Con anterioridad, las prospecciones en el Bajo Segura nos permitieron trazar las grandes líneas de la evolución del poblamiento desde el final de la Edad del Bronce hasta época islámica (Fig. 2). Posteriormente, la excavación del habitat costero de La Picola (Santa Pola) muestra el comercio marítimo de este área entre mediados del siglo V y la mitad del siglo IV: al menos en este momento, Santa Pola era el puerto de Elche y un lugar privilegiado para los intercambios comerciales (4). Para el período anterior, entre los siglos VIIIA/^II y finales del VI, el habitat de La Rábita de Guardamar ejerce esta misma función (Fig. 2). (1) Informe de E. Cámara Moral y M." del Carmen Hernández, Departamento de Geofísica de la Facultad de Ciencias Físicas de la Universidad Complutense de Madrid. (2) Informe R. Azuar, M. Borrego y R. Saranova. (3) Informe R. Azuar, I. Quiles y M." (4) Publicación de conjunto (prospecciones en el Bajo Segura y excavación de La Picola, Santa Pola) en curso de realización. Sobre La Picola, se puede consultar los siguientes avances: Moret <?/a///, 1995 y 1996. mientos del interior del sur de la provincia de Alicante, Los Saladares (Orihuela) (Arteaga y Sema, 1975 y 1980) y Peña Negra (Crevillente) (Gonzalez Prats, 1993a, b), por citar sólo los más importantes durante el periodo orientalizante, disponían aquí de un acceso al mar, como así indican los productos orientales (esencialmente fenicios) y orientalizantes (sobre todo de Andalucía) que se encuentran. Esta nueva etapa de nuestra reflexión se plantea cuando Rafael Azuar, conservador del Museo Arqueológico de Alicante, pide al equipo que acababa de realizar el estudio de Santa Pola codirigir la excavación de los niveles arcaicos de La Rábita. El trabajo empezó en junio de 1996 (5) con un equipo de arqueólogos, un arquitecto, un topógrafo y un geólogo (6). La primera fase de nuestro proyecto de tres años, en el área abierta por los excavadores de 1992, te-(5) El permiso de excavación de la Consellería de Cultura de la Generalitat Valenciana, con una duración de tres años, estipula que la excavación se desarrolle en el espacio abierto durante la campaña de 1992. (6) Los arqueólogos son los firmantes de este texto; la planimetría general está a cargo de Alain Badie, arquitecto, ingeniero del CNRS (IRAA, Aix-en-Provence), y Pierre Duboeuf, ingeniero del CNRS (URA 1473, Paris). Los primeros estudios geológicos fueron realizados por Pascal Barrier, profesor de L'IGAL, Centre polytechnique Saint-Louis. Las excavaciones de 1996, 1997 y 1998 han sido subvencionadas por la Sous-direction des sciences sociales et humaines et de l'archéologie du Ministère des Affaires Etrangères, junto con la participación de la Casa de Velazquez que ha incluido la excavación de Guardamar del Segura entre sus programas. Agradecemos asimismo a la Diputación Provincial y al Museo Arqueológico de Alicante la integración de este proyecto en su Plan de Recuperación e Intervención del Patrimonio Arqueológico. La colaboración del Ayuntamiento de Guardamar y de su alcalde, Francisco García Gómez, nos ha sido de gran ayuda, poniendo a nuestra disposición obreros y sus servicios técnicos. nía dos objetivos prioritarios: la realización de la planimetría general del yacimiento y la reanudación de los trabajos de campo con una excavación en extensión en el interior del habitat (Lam. I) y un sondeo en el exterior de la cortina (7). L El yacimiento de La Rábita, Guardamar del Segura (Alicante), desde el noroeste. La prospección geofísica de 1988 ha permitido comprobar la existencia de una muralla que se encuentra sepultada bajo la arena en la mayor parte de su recorrido. Tiene una forma irregular alargada, con dos ángulos al noroeste y al sureste. Las cortinas son aproximadamente rectilíneas en los tramos del sur y el este, curvas en el norte y el oeste. La superficie ijicluida es de una hectárea y media (15.400 m^). Nos encontramos, por tanto, ante un asentamiento de dimensiones más bien modestas; en la zona, su extensión es comparable a la de los poblados ibéricos de El Oral (1,25 Ha.) y Cabezo Lucero (un poco mas de 1 Ha). Estamos lejos, pues, de las decenas de hectáreas estimadas para Peña Negra II y luego La Alcudia de Elche. De 1996De a 1998, se ha descubierto su paramento interno en un frente de 25 m. hasta los suelos del nivel protoibérico, y hasta el substrato en el extremo sur del sector A (Fig. 4 y 5). En el centro del área de excavación, en un sondeo exterior de 4 x 2,5 m. y otro interior de 3 x (7) En 1996 y 1997, Alfredo González Prats y Antonio García Menárguez codirigen sendas campañas en el mismo yacimiento (esta vez denominado "La Fonteta"), al suroeste de nuestro sector de intervención (Fig. 3 Fig. 3. El yacimiento arqueológico de La Rábita, Guardamar del Segura (Alicante). Trazado probable de la muralla definido a partir de la prospección geofísica efectuada en 1988: 1. 1,5 m. se ha alcanzado la base de la muralla y los estratos subyacentes, mostrando así una estratigrafía casi completa de las estructuras internas de la muralla y de los niveles de ocupación infrapuestos (Fig. 5). Los datos obtenidos nos permiten conocer el sistema de construcción, por otro lado muy original, y fijar definitivamente su cronología. Actualmente, la muralla conserva una altura que oscila entre 3 y 3,5 m. Su anchura es de unos 4 m. en las cotas superiores, mientras que en la base alcanza 5,80 m. en función del grado de inclinación de los paramentos (71° para el exterior y 68° para el interior). Lo conservado de la muralla corresponde a su basamento, casi enteramente construido en piedra. El material utilizado es una arenisca pliocénica local. Este mampuesto, trabado con tierra, forma un aparejo tosco que no era visible, como lo demuestra el hallazgo de fragmentos de un revestimiento de arcilla aparecidos en el sector C. Por encima de este basamento macizo, del que sólo debe faltar una pequeña parte de su remate, se elevaba una superestructura de adobes cuyos vestigios han sido encontrados in situ sobre el basamento, así como en las capas de destrucción que se extienden en la base de la muralla tanto en el interior como en el exterior. La estructura interna de la muralla es particularmente compleja. Debemos distinguir dos sectores (Fig. 4 y 5). Al norte, el núcleo de la muralla está constituido por un muro de doble paramento de 2,60 a 2,80 m. de anchura con un relleno interno de piedras y tierra relativamente compacto (MR 35). Sendos paramentos de refuerzo se adosan al interior (MR 01) y al exterior (MR 51). Se trata, por tanto, de una muralla de paramentos múltiples, de un tipo bastante corriente en los inicios de la Edad del Hierro en España (Moret, 1996: 80-82). Lo que no es tan común es que el paramento interno del muro MR 35 alcanza su paramento extemo con un quiebro en ángulo recto, formando una especie de caja muy alargada cuyo límite norte debe situarse fuera del área de excavación. Por otro lado, diversos muros de las viviendas hechos con adobes (MR 04, MR 05 y MR 23) penetran en todo el ancho del refuerzo interior, lo que demuestra que la construcción de estas viviendas y de la muralla fue simultánea. Hacia el sur, en el espacio de 8,2 m. que separa el extremo sur de MR 35 y el extremo norte de MR 62, la parte central de la muralla está constituida por dos estructuras paralelas: hacia el exterior, un muro de adobes (MR 37) (Lám. III), y hacia el interior un muro de piedra de factura tosca (MR 36). El muro de adobes -invisible antes de la destrucción de la muralla puesto que estaba tapado por paramentos en piedra-se conserva hasta una altura de 3,05 m. Es más o menos vertical al oeste, en tanto que en el este presenta un talud similar al de MR 51. Su anchura es de 1,5 m. en la base y de 0,8 m. en el punto más alto. Los adobes de las dos hiladas de base presentan al oeste un saliente de 15 cm. sobre el cual se apoyan los bloques de cimentación de MR 36. El hecho de que las piedras de MR 36 intesten con los adobes de MR 37 en toda la altura de la muralla demuestra que estas dos estructuras paralelas fueron construidas al mismo tiempo. No existe trinchera de fundación, de manera que los cuatro elementos constitutivos de la muralla (muros MR 51, 37, 36 y 01) descansan directamente sobre los niveles antrópicos subyacentes previamente nivelados. Se conservan 33 hiladas de adobes en el muro MR 37 (Lam. Su altura media es de 9,7 cm., sumando en ello el alto del adobe, que era de 8 a 9 cm. más la llaga de arcilla. En el área del sondeo interior se han levantado en planta hasta 13 hiladas; así es como se han podido medir 101 adobes enteros y 91 incompletos. El aparejo es poco cuidado y las juntas pocas veces se presentan de manera alternante. Los adobes cuadrados y rectangulares se combinan en la misma hilada sin demasiada regularidad. Aunque las dimensiones de los adobes son muy variables, se puede distinguir un módulo cuadrado de 29 a 32 cm de lado (32 % de los adobes La estratigrafía del corte C 3 (Fig. 5) nos ha proporcionado algunos datos cronológicos importantes para la reconstrucción de la secuencia. En la base se encuentra un estrato formado por arena poco compacta alternando con bancos de calcarenita. Presenta una ligera pendiente hacia el este. Una serie de capas de ocupación y destrucción con un espesor entre 0,8 y 1,2 m. precede a la construcción de la muralla. En el exterior, se trata 3. Los diversos elementos de la murallas se construyen simultáneamente. Pese a su aparente heterogeneidad, la excavación ha demostrado que la muralla había sido concebida y construida de una sola vez, con la excepción de algunos tramos de MR 01 que parecen haber sido reparados o reconstruidos al mismo tiempo que las viviendas de la última fase de ocupación. De hecho, en el paramento de MR 01 son visibles varios cortes indicativos de una Lám. IL La Rábita, Guardamar del Segura (Alicante): sondeo en la parte exterior de la muralla (se nota la presencia de un hoyo de poste bajo el paramento exterior). técnica de construcción mediante tramos independientes. Tras el abandono del yacimiento, la muralla se arruina progresivamente: primero cae el revestimiento arcilloso (UE 2081), después se derrumban los adobes de las superestructuras (UE 2074,2066), y finalmente varias hiladas de piedra (UE 2089 y 2065). En época moderna, la arena de las dunas acaba por acumularse contra el talud formado por los derrumbes de la muralla (UE 2060). La evidencia principal que muestra esta estratigrafía es que la construcción de la muralla pertenece a un episodio tardío de la historia del yacimiento, muy probablemente posterior al final del siglo VIL Las estructuras de habitat de las fases de ocupación anteriores se extendían más allá de los límites del recinto del siglo VI, y hasta el momento no se conoce fortificación alguna relacionada con esta fase. La estructura maciza de la muralla, el aparejo tosco y el fuerte talud de sus paramentos, la existencia de paramentos internos, el empleo de adobe para el alzado, todos estos rasgos se encuentran en numerosas construcciones defensivas orientalizantes del sur de la Península Ibérica (Moret, 1996: 299-302 y 314), concretamente en Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva), Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María, Cádiz), Torreparedones (Baena, Córdoba) y Puente Tablas (Jaén), así como también en el Cabezo Pequeño del Estaño, a escasos kilómetros siguiendo el mismo margen del Segura (Fig. 2) (García Menárguez, 1995a). No obstante, la muralla de Guardamar se diferencia de todas éstas por la inclusión de un muro de adobes en el núcleo mismo del basamento. Esta técnica original -no se conocen otros ejemplos en la España prerromana-debe responder sin duda a la necesidad de dar a la construcción un núcleo más firme y más compacto que la amalgama informe de piedras que normalmente rellena el interior del basamento de las murallas. Los datos del habitat Las diferentes fases de ocupación La realización de dos sondeos profundos, uno al exterior y el segundo en el interior del perímetro de la muralla, nos ha permitido establecer la secuencia estratigráfica completa del yacimiento hasta el estrato de base constituido por una capa de arena estéril de color ocre. Se trata, pues, de un habitat de larga duración cuya fundación tiene lugar entre fines del siglo VIII e inicios del siglo VII a.C. y su abandono en el tercer cuarto del siglo VI a.C. En el área de excavación nos encontramos con un conjunto de habitaciones adosadas al paramento interno de la muralla a las que se accede desde una calle que, al menos en este sector, discurriría paralela a la misma (Fig. 4). La excavación en extensión ha documentado las dos últimas fases de ocupación del yacimiento; sin embargo, la secuencia completa ha podido registrarse gracias a un sondeo realizado en el extremo sur del área de excavación. Evidentemente, las observaciones efectuadas en esta ocasión sólo son válidas para esta zona, si bien esperamos que puedan ser completadas para poder aplicarlas en un marco más amplio dentro del yacimiento. Con todo, se puede proponer ya una secuencia de cinco fases distintas de ocupación. Estas nos permiten restituir el papel de La Rábita en la faciès de la primera Edad del Hierro de la zona. que ya se conoce gracias a los cercanos yacimientos de Peña Negra (Crevillente) y Los Saladares (Orihuela). La fase más antigua (I) comprende un nivel de ocupación (UE 3104) relacionado con un primer muro de bloques irregulares perpendicular al paramento interno de la muralla, cuya identificación permanece todavía bastante imprecisa. Un relleno (UE 3103) se apoya contra esta construcción. Del contexto material descubierto en esta fase, poco abundante, cabe destacar la cerámica fenicia de barniz rojo de cronología bastante antigua, que aporta una datación en torno a finales del siglo VIII a.C. El terminus ante quem nos viene dado por la fase siguiente (II), mejor definida, que ha sido documentada tanto al interior como al exterior de la muralla, donde aparecen estructuras -aparentemente de habitación-construidas con materiales perecederos, identificadas por una serie de agujeros de poste (Lam. Instalados tanto en un caso como en el otro sobre niveles anteriores, estas estructuras coexisten con el muro primitivo, y están en relación con capas (UE 3102) que han dado abundante material arqueológico. Una datación en la primera mitad del siglo VII a.C. parece plausible, a juzgar por la asociación de cerámicas de pasta clara con cerámica fenicia bícroma y de barniz rojo. La siguiente fase (III) está delimitada claramente por una alteración de los niveles anteriores, así como por el arrasamiento del muro construido en la fase I. Una primera capa de ocupación (UE 3100) está parcialmente recubierta por un relleno (UE 3096b) sobre el cual se extiende un nivel de suelo (UE 3142). El contexto material orientalizante está formado por la asociación de cerámica a mano junto con las primeras producciones a torno aparentemente regionales que se pueden calificar de "Protoibéricas", tanto en cerámica gris como en pasta clara; la cerámica pintada fenicia también está representada. El marco cronológico que aportan estos materiales es excesivamente amplio, si bien permite proponer una datación centrada en los años finales del siglo VII a.C. Las fases IV y V se identifican por la aparición de las primeras producciones propiamente ibéricas, que coexisten con una abundante cerámica a mano. En cambio, los productos fenicios son cada vez más escasos, representados sólo por ánforas del sur peninsular, salidas de los talleres de Cádiz o Málaga. Los datos obtenidos en las campañas de 1997 y 1998 permiten definir cronológicamente este momento en el siglo VI a.C. El último nivel de ocupación, fase V En primer lugar, es necesario destacar la estrecha relación entre la fortificación y el habitat, en la medida en que la primera estructura del urbanismo de la fase precedente, como así lo indica en particular la imbricación ya comentada de diversos muros de habitación en el paramento interno de la muralla (Lam. Así, una serie de construcciones aparecen adosadas a ésta, formando una manzana alargada (zona 3) delimitada al oeste por una calle (zona 4) que discurre en sentido noroeste-sureste (Fig. 4). La arquitectura de esta fase refleja la utilización de diversas técnicas complementarias. La primera, y más corriente, consiste en un zócalo de piedra de doble paramento, con una altura media entre 40 y 60 cm., sobre el que se eleva un alzado de adobes. El zócalo se construye con un mampuesto de piedras calizas poco trabajadas, trabado con tierra, y en ocasiones un gran bloque se coloca en las esquinas. El mampuesto es irregular, aunque dispuesto en hiladas que no son del todo rectilíneas. El alzado está constituido por adobes cuyas dimensiones se constatan tanto en aquéllos encontrados in situ como en los descubiertos en los niveles de colmatación. En este último caso, los adobes aparecen generalmente bien conservados, como demuestra un lienzo de muro caído en el sector B, probablemente el muro de la fachada oeste de la vivienda. De colores variados, del gris al castaño oscuro pasando por el castaño-amarillento, estos adobes presentan un módulo principal de 0,43 X 0,31 X 0,14 m., completado por un semi-módulo similar al documentado en los adobes de la muralla. El análisis de la composición mineralógica demuestra la utilización de arcillas extraídas de las inmediaciones del yacimiento (conteniendo trazos de antropización como pequeños carbones), mezcladas con vegetales y arena de origen cólico. Este dato es interesante para la restitución del paisaje protohistórico, ya que indica que ya en esta época las dunas se situarían en un entorno próximo al yacimiento (8). La segunda técnica consiste en muros construidos con un macizo de tierra, mostrando a veces una estructura mixta. Se ha documentado en diversas ocasiones (MR 07, MR 24 y MR 23) y parece emplearse preferentemente en muros en tabiques. Estos muros están desprovistos de zócalo de piedra y (8) Análisis geológico realizado por P. Barrier (IGAL). se construyen con un alzado de tierra compacta (o bauge) (9). Algunos guijarros de pequeño o mediano tamaño pueden disponerse en la base con la función, bien de delimitar el trazado del muro en el momento de la construcción, bien de cimentar el muro facilitando que la tierra se aglutine con la piedra. Algunas veces se emplean adobes fragmentados mezclados con la tierra del alzado (MR 24 y MR 23). En otros casos, estas mismas construcciones se pueden completar con jambas de piedra, encontradas caídas en el extremo occidental de los muros MR 07 y MR24. Este sistema, cuya función es reforzar la estructura de la construcción, denota una realización cuidada. Por desgracia, lo documentado para esta fase es bastante escaso debido a las alteraciones posteriores al abandono del yacimiento, que son también las causantes de la casi desaparición de los muros de la fachada oeste de las viviendas de esta manzana. Estos muros, ademas de verse afectados por la propia dinámica de ruina del yacimiento, también han sido objeto de expolio. Pese a ello, los límites occidentales pueden ser restituidos con total certeza (Fig. 4). Algunos conjuntos arquitectónicos correspondientes al ultimo nivel de ocupación han sido definidos de este modo. Al sur (sector A), una primera unidad, de la que nos falta el límite meridional, constituye un vasto espacio abierto a la calle. El muro MR 03 no se prolonga hacia el sur. En cambio, en su prolongación ha aparecido una alineación de piedras clavadas verticalmente sobre el suelo, en una longitud de 2 m., que están delimitando una masa de arcilla endurecida. Esta construcción ha podido servir de umbral, y en todo caso materializa el límite entre la calle y el sector A. Éste parece haber funcionado como espacio abierto, a modo de patio entre dos casas. Ningún elemento de infraestructura doméstica ha sido documentado. Por el contrario, un ancho hogar en cubeta poco profunda aparece en la mitad norte de la estancia (FY 34). Cuatro piedras instaladas en el fondo de la cubeta realizan la función de soporte. La función de este espacio es difícil de precisar a causa de la casi ausencia de ajuar asociado. La densidad de estructuras, fosas, hogares y elementos construidos hacen pensar en un sector dedicado a alguna actividad artesanal, o al menos a un sector con fines utilitarios. En el extremo meridional de la (9) El término bauge designa en francés la técnica de construcción en tierra maciza amasada y apilada. A diferencia del tapial, la tierra no se compacta en un encofrado. excavación, la presencia de una capa con abundantes carbones, un numeroso conjunto cerámico y diversos objetos de bronce (puntas de flecha, fíbula) no ayuda a determinar su función concreta. Los sectores B y C constituyen una sola unidad de habitación, formada por una gran estancia cuadrangular de unos 25 m^ y un espacio más reducido (una decena de m^) dividido en dos por un tabique (MR 07). Sobre el suelo de tierra batida de la estancia principal, un hogar rectangular (0,80 x 0,90 m.) está realizado con un simple capa de arcilla cuya superficie aparece rubefactada (FY 22). Su posición, en el centro de la habitación, lo convierte en el elemento en tomo al cual se organizaría la vida doméstica. Ningún elemento del tipo banqueta ha sido documentado; sólo un agujero de poste situado en la mitad sur indica la realización de algún arreglo difícil de definir. En cambio, la puerta de entrada desde la calle se ha documentado perfectamente. Se coïnpone de una puerta de una sola hoja cuyo gozne encajaría en una chumacera calzada con piedras, situada en el límite norte del m.uro MR 06. La mortaja del umbral, constituida por una piedra clavada verticalmente en el suelo, se encuentra en la misma alineación, a casi 1 m. Además, el endurecimiento de la arcilla observado en esta cota revela la existencia de un nivel de circulación entre el interior y el exterior de la estancia. Dos hogares de forma lenticular y función doméstica (FY 33 y FY 39) se instalaron en la calle, muy próximos a la puerta antes descrita. Así, el espacio exterior se añade a la vivienda para las actividades domésticas, en particular la cocina. Al lado de esta estancia, la parte norte de la vivienda parece haber tenido una función de almacén. Aquí, los dos pequeños espacios definidos por MR 07 pudieron servir para albergar vasos de almacenamiento, ánforas u otros, pero lo reducido del espacio hace sospechar en la existencia de unas planchas de madera a las que dicho múrete serviría de base y sobre las que ya se colocarían los vasos de almacenaje. La escasa elevación de MR 07 es un argumento a favor de esta hipótesis. La ausencia de material, en cambio, no permite confirmar esta idea, pero parece indicar una recuperación casi completa del ajuar en el momento de abandono del habitat. El acondicionamiento de los otros sectores es más difícil de precisar, primero por los límites de espacio impuestos a la excavación, y después por las alteraciones más recientes ocasionadas en este sector. En consecuencia, las relaciones entre los diferentes sectores sólo pueden ser restituidas parcialmente. El sector F corresponde a un nuevo patio situado entre dos casas. En este reducido espacio descubierto de poco más de 2 m. de ancho, la estratigrafía revela una serie de desechos domésticos indicadores de varias actividades. Un pequeño hogar en cubeta de forma oblonga (FY 32), situado muy cerca del muro MR 24, pertenece a esta última fase. Este patio registra dos momentos distintos relacionados con la evolución de la construcción. En efecto, en un primer momento el patio presentaba unas dimensiones mayores, con más de 3,5 m. de ancho. En un segundo momento, la casa situada inmediatamente al norte se extiende apropiándose una parte del espacio (Db). Esta casa (sector D) está formada, en efecto, por dos estancias distintas. Al norte, la más grande de las dos (Da) presenta una banco corrido (BQ 25) a lo largo del muro MR 23. Aunque rota hacia el oeste por una fosa medieval o moderna, al igual que los muros de la fachada oeste, conserva una longitud de 1,20 m. conservado x 0,50 x 0,45 m. Se trata de un banco de tierra sobre basamento de piedra, uniendo el empleo de adobe con tierra compactada: la parte anterior de la elevación está constituida por adobes colocados horizontalmente, mientras que la parte posterior es un relleno de tierra embutida en el espacio libre. Este banco corresponde a un elemento doméstico destinado al reposo. Al sur, una pequeña estancia (ancho en torno a 1 m.) se acondiciona en un segundo momento, y parece haber cumplido una función de almacén: en el fondo, y paralelo a la muralla, se construye una banqueta baja (BQ 30). Sobre un basamento de mampuesto, un pavimento de adobes se dispone en todo el ancho de la estancia (diám. Se trata de un dispositivo destinado a la colocación de productos no identificados. Esta estancia ha sufrido los efectos del fuego, como indica la rubefacción de las estructuras de tierra, en particular del muro MR 28, así como la impronta de un poste de madera en el ángulo sureste. El muro MR 28 presenta una construcción muy cuidada y un estado de conservación excepcional. El alzado de adobes, que conserva en algunas hasta seis hiladas, dobla parcialmente la anchura del zócalo del lado norte formando así un paramento más espeso. Mientras que el zócalo de mampuesto tiene un ancho de 40 cm., el conjunto del muro de la fase V presenta una anchura de casi 60 cm. Por este lado, los adobes descansan directamente sobre un primer pavimento de tierra batida. No ha sido encontrado ningún hogar en el interior de esta segunda unidad de habitación, pero también es verdad que la fosa medieval cortó buena parte del suelo de la estancia principal (Da). Ésta es de hecho de dimensiones algo menores que la estancia principal de la primera vivienda (B), con una superficie restituida inferior a 15 m^ que la convierte en una estancia de habitación normal. Estas dimensiones son acordes con la media observada en las estancias del habitat ibérico antiguo de El Oral (Abady Sala, 1993:164-165) o, fuera ya del ámbito regional, en la zona de Cataluña (Belarte, 1997). Por último, el umbral de mampostería descubierto en la prolongación de MR 28 permite la comunicación entre las dos estancias Da y Db. El sector E, en el límite norte de la excavación, permanece incompleto. Resulta difícil asegurar si se trata de una unidad independiente o de una habitación perteneciente a la misma vivienda. Un banco bajo o plataforma semicircular (BQ 31) se adosa a la muralla. Está construido en adobes sobre basamento de piedras. La forma oblonga y las dimensiones (1,60 m. conservadas x 1,40 x 0,20 m.) conducen a su interpretación como una estructura de almacenaje o de una zona de trabajo. Cabe destacar el revestimiento de adobes, constituido por fragmentos de diferentes colores dispuestos en un mosaico irregular. Parece, pues, que esta manzana adosada a la fortificación consiste en una serie de unidades domésticas de dimensiones medias (unos 27 m^ para la primera vivienda; un mínimo de 18 m^ para la segunda durante la fase más reciente) que alternan con espacios abiertos donde se llevarían a cabo actividades todavía desconocidas dentro del ámbito doméstico. Las técnicas constructivas, la organización espacial así como la tipología de la infraestructura doméstica revelan una faciès indígena, comparable con otros yacimientos ya considerados como ibéricos. El estudio del ajuar correspondiente a esta última fase (Fig. 6 a 8), contrastado con los datos arquitectónicos arriba comentados, confirma la pertenencia cultural y cronológica de esta última fase al período Ibérico antiguo. Los niveles de ocupación correspondientes muestran un ajuar homogéneo desde el punto de vista cronológico; su comparación con el repertorio del cercano poblado de El Oral, de principios del siglo V, nos ofrece elementos de referencia para fijar la datación de esta fase entre la mitad y el tercer cuarto del siglo VI a.C. En este ajuar se encuentra un borde de ánfora fenicia producida en la región de Málaga (Fig. 6, n° 1). Otro ejemplar, producido en la zona de Cádiz, presenta una decoración raspada no documentada hasta ahora (Fig. 6, n° 2). Se trata de un ejemplar del tipo Ramón 10.1.2.1, cuya cronología abarca desde el segundo cuarto del siglo VII a mediados del siglo VI a.C. Tres bordes de ánforas ibéricas, dos de fábrica probablemente regional (Fig. 6, n° 3 y 4), la segunda procedente de una taller meridional (Fig. 6, n° 5), evocan formas próximas a los tipos documentados en la primera mitad del siglo V en El Oral (Abad y Sala, 1993: 206-207). La cerámica de barniz rojo tartésica (orientalizante) es poco abundante. Está representada únicamente por un borde de plato de ala horizontal de pequeño tamaño (Fig. 6, n° 6) cuya forma, derivada de prototipos bien conocidos en barniz rojo fenicio todavía producidos a principios del siglo VI, es similar a un tipo de plato que a partir del siglo V a.C. se fabrica ampliamente en producción pintada (tipo. La cerámica gris está bien representada, con diversas formas abiertas que se encuentran en términos generales en el repertorio de El Oral, pero que derivan de tipos más antiguos producidos en el mundo fenicio o tartésico. Así, se documentan platos carenados de borde exvasado (Fig. 7, n° 1 y 2). Los platos profundos de perfil troncocónico, labio redondeado o biselado al interior, están también presentes (Fig. 7, n° 4 y 5). Las formas cerradas son más raras, a pesar de que se encuentra algún tipo de urna sin cuello y borde divergente, de cuerpo bicónico (tipo Peña Negra B 10a del que deriva el tipo U2 de El Oral). Las producciones ibéricas pintadas son particularmente abundantes, con un repertorio en el que predominan las formas cerradas: jarra pithoide (Fig. 7, n° 8 ), jarras de cuello corto divergente y borde subtriangular (Fig. 7, n° 9) o de cuello divergente y borde horizontal (Fig. 7, n° 12 y 13). Las bases son cóncavas (F'ig. 7, n° 10), mientras que un borde exvasado perteneciente a una urna desprovista de cuello se aproxima a ciertas formas a mano fabri- cadas todavía en esta época (Fig. 7, n° 7). Por último, se documenta la urna de cuello cilindrico con un baquetón del tipo "Toya", fechable en la segunda mitad del siglo VI a.C. (Fig. 7, n° 16). Un borde incompleto parece pertenecer a una jarra de cuello cóncavo y asa bifida que arranca del borde (Fig. 7, n° 11); esta forma es bastante extraña y podría proceder del repertorio mediterráneo. Algunos fragmentos pertenecen a ciertas producciones a tomo no pintadas de origen mal definido, con una pasta diferente a la de las series pintadas ibéricas. Las formas documentadas son también originales: se trata, en primer lugar, de una urna sin cuello y borde divergente (Fig. 6, n° 10 y 11) que recuerda las ollas a mano características de la zona (comparar con Fig. 8, n° 1). Es posible ver aquí el indicio de un repertorio de transición, en la medida en que estas formas desaparecen rápidamente, como se ve en El Oral donde ya no existen. Un borde similar, pero perteneciente a una urna con asa (Fig. 6, n° 7) evoca asimismo un repertorio de transición con aquel característico del Ibérico antiguo. Esta forma recuerda la de las ollas de cocina a mano producidas en el mundo fenicio entre la mitad del siglo VIII y el primer cuarto del siglo VI a.C. (tipo Schubart-Maass XXI, 3) (Schubart y Maass-Lindemann, 1984). Ausente de la vajilla de cocina ibérica ya a principios del siglo V, esta forma se relaciona por tanto con una faciès más antigua de mediados del siglo VI a.C. La cerámica de cocina a tomo de gmeso desgrasante está documentada por dos ejemplares de olla de embocadura ancha (Fig. 6, n° 8 y 9), un tipo ausente en el repertorio de cocina de El Oral. Podemos ver, pues, un tipo formal más antiguo, en gran medida derivado de modelos de urnas a mano de perfil en S. Las cerámicas a mano están muy representadas en este nivel. Este hecho debe ser destacado porque nos ofrece un argumento importante para distinguir la faciès de El Oral de ésta de Guardamar, a pesar de las similitudes ya mencionadas en cuanto a las produccions ibéricas. Los vasos a mano representan casi la mitad del total de hallazgos, mientras que este tipo de productos han desaparecido por completo a fines del siglo VI. Hay que señalar, además, que las formas existentes se inscriben en el repertorio tradicional que evoluciona sin interrupción desde el tránsito del Bronce Final a la Primera Edad del Hierro, como muestran claramente las excavaciones en Peña Negra (González Prats, 1983). Se encuentran fundamentalmente ollas sin cuello de borde divergente (Fig. 8, n° 1) o sub-cilíndrico, así como ollas de perfil convexo y borde simple convergente (Fig. 8, n° 6 a 8), a menudo provistas de mamelones. También están presentes algunas formas abiertas, cuenco de perfil convexo y mamelones (Fig. 8, n° 13), cuenco de perfil troncocónico (Fig. 8, n° 16 y 17), y escudillas de perfil convexo y borde horizontal (Fig. 8, n° 14) que recuerdan una forma intermedia entre el repertorio fenicio (Schubart-Maass VIII, 2c) y el propiamente ibérico (Mata-Bonet 3812c) (Mata y Bonet, 1992). Finalmente, algunos cubiletes de perfil sinuoso completan este repertorio (Fig. 8, n° 9). El ajuar metálico comprende un conjunto de tres puntas de flecha de arpón del tipo Macalón, en su variante más frecuente en la Península Ibérica, es decir, la 1F^ de la tipología de J. Ramón (1983). Estos ejemplares de bronce derivados de prototipos mediterráneos orientales presentan un cubo tubular así como una marcada nervadura central convexa (Fig. 6, n° 12 a 14). La cronología de estas piezas concuerda con las observaciones realizadas para el ajuar cerámico, y dan una datación durante el siglo VI a.C, más bien hacia la mitad de este siglo (Quesada, 1989(Quesada,, 1997)). El sistema de casas adosadas a la muralla se inscribe en un registro urbanístico bien conocido en el mundo orientalizante e ibérico. Cabe señalar que una parte de sus líneas directrices responde a la puesta en práctica de un verdadero esquema preestablecido, documentado en la fase IV. Las observaciones realizadas en el sondeo estratigráfico han sido completadas en 1998 por la excavación de los niveles de ocupación correspondientes. El sondeo meridional ha mostrado, además, que esta fase es contemporánea a la edificación de la muralla. El paramento interno, edificado en sucesivos tramos a lo largo de las dos últimas fases del habitat, se articula de manera compleja con las estructuras de habitación, bien incluidas en un último resfuerzo del paramento (así los muros MR 04 y 05), bien adosadas a MR 01, éste edificado de manera casi simultánea al resto de la muralla en tomo al 600 a.C. En la parte meridional de la excavación, una construcción se adosa a la muralla, mostrando que en este punto el refuerzo interno MR 01 fue realizado ya en un momento antiguo. Asistimos, por tanto, a una reorganización general del espacio habitado que se ve circunscrito de este modo en un sistema defensivo cuyas características han sido descritas más arriba. Frente a las dificultades técnicas deducibles de la técnica constructiva empleada, la disposición cuidadosa de la articulación habitat/muralla demuestra una cierta planificación del espacio. La fase IV muestra un cierto número de cambios arquitectónicos, tanto a nivel del plano como de las técnicas constructivas. El sector meridional, espacio abierto durante la última fase, en este momento está ocupado por una vivienda de varias estancias (sectores G-H-I). La fachada oeste se delimita por un muro con una puerta que da acceso a la calle. Esta puerta de simple batiente (PR 47) se compone de un umbral de piedras trabadas con tierra asociado a una chumacera, dando acceso a la estancia H. La arquitectura de los muros de la fachada oeste (MR 44) y sur (MR 38) es particularmente cuidada. MR 38 consiste en un zócalo de piedras trabadas con tierra con un alzado de adobes del que se conservan las dos primeras hiladas. El zócalo presenta un aparejo bien cuida-do: en la base una hilada de nivelación hecha con bloques irregulares. Sobre ella, el zócalo propiamente dicho, construido con un mampuesto regular dispuesto en cuatro hiladas, con una altura de unos 50 cm. Un relleno de unos 25 cm. de espesor se dipone contra la base del muro cubriendo de esta manera la hilada de nivelación. Esta construcción en el suelo mismo, con una base rellenada, se caracteriza por la calidad de su realización. Una cama de preparación de tierra se coloca sobre el zócalo con el objeto de recibir la primera hilada de adobes. Estos presentan unas dimensiones regulares de 42-44 X 33 X 9 cm., completadas por un semi-módulo de 18-19 X 42-44 x 9 cm., otra vez totalmente comparable a algunos adobes utilizados en la construcción de la muralla. Las juntas verticales de tierra presentan un ancho de 1-2 cm. Las horizontales, en cambio, se componen también de tierra arcillosa, pero presentan mortero de cal dispuesto en finas lechadas en contacto con la hilada de adobes. El mismo mortero blanco también se ha encontrado de manera discontinua en la superficie del revestimiento de tierra que recubría la pared interna de MR 38. La puerta (PR 47), con un ancho de 0,75 m., está flaqueada por dos jambas hechas con piedras recibidas con tierra: la primera corresponde al muro MR 03, todavía en alto durante la fase V, mientras que la segunda es arrasada al igual que el resto de la edificación en tomo a mediados del siglo VI a.C. Esta construcción está dividida en varias estancias por un primer tabique este-oeste (MR 45) que delimita al sur una pequeña estancia rectangular (sector I). En esta última, un banco de adobes sobre zócalo de piedra (BQ 61) discurre a lo largo del muro oeste (MR 44). El tabique MR 45 tiene una puerta que da acceso a la parte norte de la habitación. Esta puerta (PR 49) se presenta una vez más acondicionada con un umbral -éste con adobe-ñanqueado al este por una jamba en piedra cuya función de refuerzo de la construcción parece evidente. La parte norte de la vivienda está dividida a su vez en dos (sectores H e I) por un nuevo tabique norte-sur (MR 46) que forma un ángulo recto con MR 45. Este muro presenta una técnica diferente, aquella ya mencionada de construcciones macizas de tierra sin zócalo. El límite norte de este muro está mal definido, pero no parece prolongarse hasta MR 02 permitiendo así la comunicación directa de una estancia con otra. En el extremo meridional de la excavación, MR 38 presenta una vuelta adosada a la muralla, y T. P., 55, n." 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es paralela a ésta. Lo exiguo de la superficie no permite extender la excavación; no obstante, es posible imaginar que este espacio se une a la misma unidad arquitectónica que las estancias H, I y G que ocupan ya una superficie de más de 26 m^. Ningún elemento de infraestructura doméstica se ha documentado en el último nivel de suelo de esta vivienda. Por el contrario, un hogar se encuentra en la calle, en las cercanías de la puerta, con trazas de haber sido utilizado por los habitantes de esta casa. Inmediatamente al norte, le sigue una segunda casa. Sus límites corresponden a los de los sectores B y C. Pocas cosas distinguen en este punto la fase IV de la fase V, si no fuera por la ausencia del tabique MR 07. En lo que concierne a MR 04 y MR 05, la excavación muestra que el alzado de adobes de estos dos muros fue arrasado a fines de la fase IV: durante la fase V el nivel de arrasamiento sirve de base para los zócalos de nuevas construcciones. Se documentan algunos hogares circulares, constituidos por una capa de arcilla extendida sobre un encachado de guijarros o de fragmentos cerámicos. Un primer hogar, con varias refacciones, se localiza en la parte sureste de la estancia B. Un segundo, de factura similar, se encuentra en el ángulo noreste de la estancia C. Más que un lugar de almacenaje, parece tratarse de una habitación dedicada a cocina complementaria de la estancia principal. Pese a que el plano de la vivienda permanece, cabe resaltar algunos cambios importantes en las técnicas constructivas, en la medida en que los vestigios del alzado de adobes del primer estadio de MR 05 presentan la técnica ya descrita del empleo de mortero de cal para las juntas horizontales. Una vez más, la presencia de un hogar lenticular situado en la calle, a poca distancia de la puerta, testifica la anexión de una parte del espacio exterior para las actividades domésticas, en particular la cocina. Durante la fase IV, los sectores F y Db constituyen un solo y único espacio, que parece corresponder a un vacío dejado entre dos construcciones. Una serie de capas de desechos domésticos, alternadas con empedrados de guijarros, se asocian a un hogar construido sobre una capa de gravas y fragmentos cerámicos. La parte norte de la excavación se presenta de manera diferente. La existencia del muro MR 28 durante este período no está totalmente clara. Su alzado de adobe visible, perfectamente conservado a causa de una rubefacción parcial, constituye en todo caso una refacción tardía (fase V) sobre un zó-calo ya existente. Es en el momento de esta refacción cuando se realiza también la prolongación del muro. No es del todo cierto que en su estado inicial fuera el de un muro de vivienda propiamente dicha. En efecto, los sectores D y E se caracterizan por la presencia de capas cenicientas relacionadas con elementos diversos, como hogares y estructuras de refuerzo de piedra dispuestas en la parte norte. El muro MR 23, edificado en una fase antigua (como demuestra su imbricación en el paramento de la muralla), es derribado en un momento que corresponde al final de la fase IV En este momento, un simple múrete retiene la tierra del lado norte, compensando la pendiente natural que presenta el terreno en este punto. Este elemento se situa a algunas decenas de centímetros cerca del trazado inicial del muro. En la fase V es cuando éste se reconstruye, retomando un trazado materializado en el suelo y en el paramento de la muralla. Los sectores D y E son espacios abiertos durante la fase IV, quizá dedicados a actividades artesanales. Se puede, no obstante, imaginar la presencia de estructuras de tipo voladizos, en particular en el nivel del sector D. Las excavaciones futuras deberán confirmar o desestimar tal hipótesis. En lo que concierne a la datación de esta fase IV, el ajuar en curso de estudio permite proponer una datación en la primera mitad del siglo VI a.C. El material recogido en 1997 en el sondeo estratigráfico, completado por el descubierto en los niveles de ocupación excavados en 1998, muestra en efecto una homogeneidad cronológica: en el sondeo meridional, en la UE 3096a se asocia un borde de jarra de pasta clara con un fragmento de cuerpo de un vaso cerrado de tipo propiamente ibérico. Se encuentra asimismo una copa en cerámica bruñida, así como un fondo de cerámica a tomo indeterminada, quizá un mortero mediterráneo. La aparición en este nivel de los primeros testimonios cerámicos clasificables como "ibéricos" nos conduce a buscar una datación en la primera mitad del siglo VI. La presencia de una fíbula de bronce confirma esta impresión: se trata de una fíbula de doble resorte bilateral corto de 8 vueltas, con un sentido de torsión. El arco es curvo, de sección rectangular. La mortaja de media caña debía recibir la aguja (desaparecida) que arrancaría de una espira mediana del resorte. El pie, fragmentado, podría ser del tipo recto o elevado. Este ejemplar sería próximo al tipo "Acebuchal" de Cuadrado, datado en la primera mitad del siglo VI (Cuadrado, 1963). Este tipo conoce una gran difusión, y se encuentra en la misma época al norte de los Pirineos (tipo Mohen 2121) (Mohen, 1980). Por tanto, es posible proponer como terminus ante quern la mitad de este mismo siglo. Cabe destacar que una forma cercana, provista de un pie recto, se encuentra en la necrópolis de Mas de Mussols (Tortosa), hacia el 575-525 a.C. (Maluquer de Motes, 1984, Fig. 19,n°6). Las dataciones obtenidas en el habitat concuerdan perfectamente con las de la muralla. Con los límites fijados en la primera mitad del siglo VI, la faciès que se perfila, caracterizada por la presencia de las primeras producciones artesanales estrictamente ibéricas, debe entenderse como un momento a caballo entre los períodos Protoibérico e Ibérico Antiguo. ¿Qué faciès podemos definir finalmente para el yacimiento de La Rabita de Guardamar? La respuesta no debería ser única, teniendo en cuenta que los niveles más explorados pertenecen en lo esencial a los períodos Protoibérico/Ibérico Antiguo. Existe en primer lugar una faciès orientalizante, pero para la cual se plantea el problema de la identidad de sus habitantes, fenicios, tartesios, o mixto. La relevancia de las importaciones procedentes del mundo semita de Occidente, fundamentalmente andaluz, ya ha sido destacada. A ello cabe añadir la presencia de ciertos objetos orientales, traidos por el negocio fenicio de bienes de prestigio: huevos de avestruz y vasos de alabastro. A este ambiente orientalizante hay que añadir los elementos arquitectónicos reutilizados en los muros de la Rábita cuyo estudio se halla en curso; su cronología es todavía imprecisa, pero se encuentra, en particular con la cornisa de gola egipcia, un elemento del repertorio arquitectónico fenicio y púnico que ha sido frecuentemente utilizado por los iberos. Dos puntos nos parecen claros: por un lado, que nos encontramos ante un desembarcadero de importancia, lugar de intercambios particularmente favorable en la desembocadura del río Segura, y por otro, que este lugar ha funcionado durante largo tiempo hasta el inicio de la época ibérica. ¿Qué sentido cabe otorgar a la primera instalación documentada? ¿Qué sentido cabe dar asimismo a los niveles del siglo VII o a las estructuras de barro registradas a partir de varios agujeros de poste contemporáneas de otros tipos de construcciones más sólidas, en un contexto marcado por la abundante presencia de material fenicio? Todavía es demasiado pronto para responder a estas cuestiones. De hecho, la riqueza del yacimiento que no ha conocido un arrasamiento posterior corresponde a su larga (y probablemente compleja) historia: todas las fases comprendidas entre el período Orientalizante hasta el Ibérico Antiguo están representadas, y dejan su rastro tanto en la arquitectura como en el material cerámicos.
mente interesante porque los dos artículos citados se hacen desde la Arqueología del Paisaje. Nos ha atraído en particular aquél en el que César Parcero nos aproxima al carácter campesino de la Edad del Hierro en el Noroeste, es decir, de la Cultura Castreña, ámbito geográfico y cultural en el que creemos que el Proyecto Zona Arqueológica de Las Médulas puede aportar algo. Esa investigación, que realizamos en uno de los paisajes mineros más importantes y mejor conservados del Noroeste, reconocido como tal al haber sido incluido en 1997 en la Lista del Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, ha permitido conocer bastantes aspectos de esa sociedad castreña, indígena, anterior a la ruptura que supuso la presencia romana en su territorio y a las fuertes transformaciones económicas y sociales que generó la explotación del oro por parte de la administración romana. Hemos definido a esas comunidades indígenas en varias ocasiones, fuera en visiones generales (Sánchez-Palencia y Femández-Posse, 1993; Sánchez-Palencia^ra///, 1994,1996), fuera profundizando en alguna cuestión más concreta (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia, 1992; Femández-Posse ^ia/zï, 1993; Fernández-Posse ^í a///, 1994) (Fig. 1). En esos trabajos que no dejan de ser avances de los resultados de una investigación planteada a largo plazo, presentábamos a las poblaciones del segundo hierro del suroeste de León como pertenecientes a la Cultura Castreña del Noroeste, bien caracterizadas en sus poblados siempre bien visibles en el paisaje y perfectamente delimitados por un recinto construido. Ese recinto, una muralla perimetral y un foso que le sirve de cantera, es lo primero que levanta la comunidad que ha de habitarlo. Este primer trabajo colectivo se convierte en la referencia espacial para ordenar el poblado interior, cuyas construcciones se disponen en sucesivas bandas paralelas a la muralla respetando al pie de su paramento interno un espacio libre y de un carácter tan colectivo como ella misma. En el interior de ese recinto, que cumple una función social más allá del mero hecho defensivo, las viviendas están formadas por varias construcciones de funcionalidad diferenciada y con una estrecha relación espacial. Por el contrario, cada una de esas viviendas o unidades de ocupación se muestra sumamente independiente en el espacio construido: hacen un uso continuo de límites y marcas espaciales, la situación de sus entradas es excluyente en cuanto al espacio exterior a que abren y no se relacionan por medio de espacios libres o de tránsito, es decir, no existen ni calles ni plazas. Cada vivienda, pues, evita toda relación espacial, y podría decirse que visual, con las restantes. De ello, así como de la superficie disponible por cada una de ellas, de su mobiliario y ajuar, se deduce la importancia del grupo familiar ^xs. la comunidad de cada castro; de igual forma que de esa vivienda tan privada y definida espacialmente puede deducirse una familia reducida y nuclear, de carácter muy cerrado. Esa independencia espacial y social se corresponde además con una no menos marcada independencia económica, lo que convierte a cada vivienda en una unidad básica de ocupación y producción en cada castro. En efecto cada una de ellas presenta en su registro una clara tendencia económica, sea la producción agrícola representada en su almacén u hórreo, sean producciones más especializadas T. P., 55, n.« 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es como la metalúrgica o las manufacturas líticas (Fernández-Posse^/^úc///, 1993). Pero lo más significativo desde el punto de vista que hoy queremos poner de manifiesto, es decir, la importancia del grupo familiar como unidad económica básica, es que cada unidad de ocupación tenga su propio almacén, a excepción precisamente de la dedicada al trabajo metalúrgico de las que hay una de ellas en cada castro. Estos castros, es decir, esas aldeas de carácter cerrado y de economía casi autosuficiente rodeadas por una muralla que les proporciona una cohesión interna y permite su afirmación como comunidad frente a otras, son a su vez la unidad básica de estas poblaciones prerromanas en el territorio. Sus destacados emplazamientos buscan más la exhibición y el dominio del entorno inmediato que una ocupación global y conjunta de aquel. Generalmente aislados, median entre ellos distancias muy desiguales siendo, por contra, todos ellos de tamaño muy similar y, lo que es más importante, se trata de poblaciones concentradas sin pequeños asentamientos ni ningún otro tipo de ocupación entre ellas. Se sitúan en zonas potencialmente productivas, tanto para su subsistencia como para materias primas necesarias para la fabricación de su utillaje y herramientas. Es decir, en la elección de su emplazamiento prima, más que la presencia de un determinado tipo de recursos, una buena diversificación de todos ellos. Actúan, por lo tanto, con una marcada independencia en el espacio, sin que pueda hablarse de lugar central ni de jerarquización de asentamientos, algo que, además de en nuestra zona, parece poder decirse también de otras gallegas donde se han realizado estudios de corte territorial (Carballo, 1986(Carballo,, 1990(Carballo,, 1993;;Rodríguez, 1986; Agrafoxo, 1989), aunque lamentablemente en la mayor parte de esos trabajos nunca se discriminan aquellos castros que son prerromanos de los romanos o de los que pertenecen a época romana, con lo que ello supone de distorsión en los modelos de ocupación y explotación del territorio resultantes. La razón de esa distorsión está, como es lógico, en que una vez la presencia romana es efectiva, la sociedad que trata de definirse en ellos -la prerromana indígena-ya no existe como tal o su estructura social ha cambiado de forma notable. Así pues, al menos en estas zonas del occidente de lo que más tarde será la Asturia romana, el grado de interacción de las comunidades indígenas parece haber sido muy discreto una vez se sobrepasa la escala de la única unidad territorial reconoci-ble, es decir, el castro. Escasa integración a nivel regional que concuerda bien con la fraccionada estructura política que atribuyen las fuentes literarias a los pueblos del norte peninsular (Bermejo, 1986) y con los tesdmonios epigráficos que, aunque sean ya de época romana, pocas veces mencionan, para expresar el origen del individuo, una unidad organizativa más extensa que el castro, aunque no descartemos la existencia de un grupo mayor (González, 1986; Pereira, 1982Pereira,, 1993)). Por otra parte, ha de tenerse en cuenta que durante sus siglos de existencia estas comunidades de la Cultura Castreña debieron sin duda presentar procesos de regionalización (Carballo, 1993: 67) y desarrollos sociales diferenciados que la arqueología gallega no ha sido, todavía, capaz de señalar. Esa lectura de cierto alcance social de los castros prerromanos del suroeste de León que hemos tratado de resumir en los párrafos anteriores tiene detrás un amplio registro arqueológico del que precisamente creemos que carecen otras propuestas. Sirva de ejemplo la falta de base empírica de que adolece el atractivo planteamiento de Parcero citado al inicio de este trabajo. Este autor (Parcero, 1995: 131) presenta un modelo hipotético que, como tal, es racional y plausible, pero su validación, lo que el mismo denomina contrastación a través de la documentación arqueológica (1995: 131), sigue siendo un modelo teórico. Para poder hablar de ese carácter campesino de la sociedad castreña es necesario, en nuestra opinión, pasar o descender del territorio, del paisaje, al yacimiento y a sus reales y básicas unidades económicas; al igual que se hace necesario ir más allá de esos datos generales -por otra parte necesarios y a veces ordenadamente presentados (Vázquez, 1983(Vázquez,,1986;;Airaría///, 1989; Ramil, 1994; Aira, 1996)-que dejan en una afirmación obvia la economía agropecuaria de esas comunidades, como es fácil comprobar en las últimas, y por cierto numerosas, síntesis sobre la cultura castreña. En nuestra opinión es necesario, por tanto, descender a esa más adecuada escala de análisis de la estructura interna de los castros para poder siquiera plantear si la sociedad castreña fue, en algún momento de su desarrollo y en alguna zona, una sociedad campesina. Y esto porque en la mayor parte de los estudios campesinos, cualquiera que sea su tradición conceptual, la unidad básica es la familia o, dicho de otra forma, en todas ellas se reconoce la relevancia de la economía familiar en las sociedades campesinas (Shanin, 1979(Shanin,: 25 y 1983(Shanin,: T. P., 55,n."2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 276; o el propio Parcero, 1995: 130). El valor de la familia campesina como una herramienta conceptual válida en ese tipo de estudios fue puesta de manifiesto por Chayanov, ya en 1925, en su Teoría de la Economía Campesina. Por otro lado, esa tradición de estudios campesinos iniciada por ese economista ruso mantiene que lo que determina la estructura social del campesinado es un tipo específico de economía (Kerblay, 1979: 133). Ese nos parece el enfoque más adecuado para estudiar, desde la arqueología, sociedades desaparecidas y que no alcanzaron el nivel de complejidad necesario para llegar a ser estatales. En el sentido de que quizás desde esa posición, y no desde otra, sea posible analizar hasta que punto la sociedad castreña fue una sociedad campesina, no en vano el registro económico es más explícito que otros para el arqueólogo. No vamos, puesto que es algo claramente fuera de nuestro alcance, a definir qué es una sociedad campesina de la Edad del Hierro ni a verificar si existe en ella un modelo sociológico o antropológico (que serían otros dos posibles enfoques del análisis) que pudiera denominarse campesino, pero tenemos el convencimiento de que cada sociedad antigua tuvo su propio proceso, nunca simple y claro, y que pueden ser campesinas tipos cualitativamente muy diferentes de organización social (Shanin, 1979: 14). En todo caso el valor del concepto sociedad campesina aplicado a la sociedad castreña reside en su capacidad para explicar algunos datos empíricos de su registro arqueológico. Vamos a ver, en primer lugar, hasta que punto la sociedad castreña que define la arqueología se acomoda a la definiciones usuales de esas sociedades campesinas. Para ello pasaremos revista a la unidad doméstica, no en vano la primera condición de la economía campesina es la integración de la vida familiar y la actividad agrícola. En un segundo apartado trataremos el nivel superior, dentro del mismo discurso, es decir, la aptitud de los castros para ser considerados comunidades aldeanas, y, por último, pasaremos al espacio entendido como territorio, tanto en su vertiente económica como social. descubierto suficiente extensión de sus núcleos edificados (concretamente 40 construcciones y 15 espacios complementarios entre La Corona de Corporales y El Castrelín de San Juan de Paluezas) para entender su estructura interna. En efecto, una vez sometidas todas esas construcciones a un triple análisis, constructivo, funcional y espacial, puede determinarse que, pese a su aparente homogeneidad, hay entre ellas notables diferencias de factura con una escala bien graduada en la inversión de recursos, trabajo y tiempo que se corresponde, además, con su funcionalidad. Unido esto a sus nítidas y formalizadas relaciones espaciales pudimos definir qué era una unidad de ocupación, término equivalente avivienda con una lectura social áefamilia. Preferimos, sin embargo, el empleo de la expresión unidad de ocupación porque tiene capacidad para dar cabida a otras características o atributos, como el hecho de que se supere el mero contenido doméstico. En efecto, esa unidad es el elemento articulador de la ordenación y desarrollo del espacio construido, el núcleo económico básico como organizador de la producción y el mecanismo de regulación y control del comportamiento y relaciones sociales de la comunidad que es el castro. Así pues, las unidades de ocupación de los castros transcienden lo puramente doméstico. Su doble cualidad de unidad social y productiva y el hecho de que la casi totalidad de las puestas al descubierto tengan como tendencia económica las actividades agropecuarias, las acercan a las definiciones de la familia campesina que se formulan en los estudios sectoriales. Es decir, aquella que se caracteriza por ser simultáneamente productora y consumidora de su propio trabajo. O dicho de forma más clara, aquella en que el objetivo de su trabajo es el propio consumo y su mano de obra es, de forma exclusiva, todos los miembros, sin distinción de edad ni sexo, de esa familia que se convierte de este modo en el núcleo básico de la sociedad campesina (Shanin, 1979:25-26;1983:276-277), cualquiera que sea su época (Rosener, 1990: 183-187) ya que, como foiTna social que es, se diferencia estructuralmente de otros tipos de familia. Vamos a verlo con más detalle: LAS FAMILIAS CAMPESINAS DE LAS UNIDADES DE OCUPACIÓN DE LOS CASTROS PRERROMANOS a) Los almacenes como indicadores de la actividad agropecuaría Las excavaciones en castros prerromanos llevadas a cabo dentro del Proyecto ZAM han puesto al En los dos castros citados hemos definido en toda su superficie 12 unidades de ocupación (Fig. El Castrelín de San Juan de Paluezas Fig. 2. Unidades de ocupación con la funcionalidad de sus construcciones en algunos de los sectores excavados en los castros prerromanos de La Corona de Corporales y El Castrelín de San Juan de Paluezas (las unidades de ocupación van diferenciadas por la trama de relleno de sus muros). 2) de las que, al menos 9, tienen como principal tendencia económica la agricultura. Tal afirmación se basa en la presencia entre sus construcciones de una dependencia especial que, como ya apuntamos, funciona como habitación de almacenaje u hórreo. Estos almacenes son el tipo de espacio mejor definido constmctivamente y su superior factura los discrimina fácilmente del resto, sean éstos cocinas, talleres, corrales o anejos de habitación. Los sepa-ra la elección y el grado de manipulación a que han sido sometidos los materiales utihzados en su eonsr trucción, como son, por ejemplo, el mayor tamaño y mejor corte de las piedras utilizadas en sus muros o la abundancia y el cuidado tratamiento previo de la arcilla que se usa como trabazón. Asimismo son mucho más cuidadas sus características constructivas en relación con las habitaciones de otra funcionalidad. Los almacenes están, en efecto, levantados con muros más anchos y de trazado más regular, están dotados de cimientos, y sus plantas, aunque de formas diversas como se ve en la figura citada, son siempre las mejor definidas desde el punto de vista formal, con sus esquinas resueltas de la misma manera. Son además el único caso en que se da la planta circular. Por otra parte, poseen los mejores pavimentos situados a una cota superior a los del resto de las construcciones y a los espacios exteriores, para lo cual se utilizan potentes capas niveladoras previas y su puerta se sitúa a una altura bastante superior al nivel del suelo (Fig. 3). Están dotados de dispositivos exteriores, como aceras, bancales, enlosados, conducciones, etc. En definitiva, todas sus características constructivas se encaminan a lograr un óptimo aislamiento del exterior, sobre todo de los animales y de la humedad. El objetivo parece pues tratar de evitar los posibles deterioros de su contenido, característica común a los lugares de almacenamiento de alimentos, forraje y, en general, dé materias perecederas. Por otra parte, ese aislamiento logrado por métodos estrictamente constructivos se refuerza por cuidadosos mecanismos espaciales. Son construcciones que generalmente se levantan aisladas y se mantienen así; en los pocos casos en que aparecen adosados a otra construcción se utiliza algún tipo de estratagema que mantenga ese buscado aislamiento, a veces difícil de conseguir en la densa trama de la edificación. Sirve de ejemplo el caso del almacén 15 contiguo a la cocina 14 en La Corona de Corporales que lo consigue por medio de una clara diferencia de cota en su pavimento (Lám. La funcionalidad que atribuimos a estas características construcciones concuerda con su falta de mobiliario y ajuar doméstico. De hecho los almacenes carecen absolutamente de hallazgos, a excepción de algún elemento de hierro, como clavos, alcayatas o ganchos, o restos de vegetales carbonizados. Esta total ausencia de materiales, a la que se une una excepcional limpieza en lo que se refiere a restos de fauna, puede llegar a generar alguna duda sobre su funcionalidad. Su excelente factura y pulcritud podría relacionarse con una función más elevada, sin embargo, cualquier sugerencia en esa línea debe ser descartada. Basta tener en cuenta algunos de sus tamaños mínimos, como el 6 en La Corona o el 11 en Castrelín (Fig. 2). Por otro lado y como argumento contrario debe tenerse en cuenta la falta de otro tipo de contenedores en el poblado. No hay silos excavados en el suelo -como los que aparecen en otros círculos culturales de la misma época-ni grandes vasijas que parezcan haber servido para el almacenamiento de alimentos. Las características grandes orzas de boca cerrada y panza desan^ollada que suelen aparecer, casi siempre junto a los molinos y molederas, en las proximidades de los hogares de las construcciones utilizadas como cocinas atestiguan por sus concreciones internas que fueron contenedores de agua. La ausencia de esas vasijas de almacenamiento -tanto en los propios almacenes como en el resto de las construcciones-puede deberse a la utilización de otro tipo de materia como la madera, la cestería o el tejido, que podría cumplir tales funciones en un ambiente tan bien acondicionado como el de esas construcciones específicas y cuya huella en el registro arqueológico es mucho menos evidente. Pueden objetarse también otras ausencias como son la de los testimonios directos de grano u otros tipos de restos carpológicos, algo que lamentablemente no hemos podido documentar. En este sentido son interesantes las evidencias proporcionadas por la analítica polínica y antracológica realizada hasta el momento. Si finalmente se aceptan estas peculiares construcciones como significantes de esa agricultura de subsistencia, aún hay otra circunstancia que es interesante señalar. En el registro constructivo es la dependencia que muestra más oscilación en sus superficies útiles. Ya hemos visto que no todas las viviendas poseen almacenes de igual capacidad. Sus superficies oscilan entre los algo más de 4 mdel 11 de El Castrelín y los casi 18 m^ del 5 de La Corona. Y aunque este espacio está en algunos casos considerablemente ampliado por la presencia de un sollado o altillo, como en el caso del citado almacén 5 en La Corona, nunca sobrepasa demasiado el 50 % de la superficie útil de la unidad de ocupación. En esta misma línea queda de manifiesto la indudable relación proporcional que existe entre el tamaño del almacén y las actividades o tendencias económicas que presentan algunas de las unidades de ocupación. Así, en la misma Corona de Corporales, ese pequeño almacén 6 de 9 m^ pertenece a una unidad de ocupación que cuenta entre sus construcciones con una dedicada a la fabricación de útiles líticos, actividad, esta última, que parece por ello haber sido realizada a tiempo parcial. De igual forma, y de manera más categórica, la que se dedica a la producción metalúrgica carece por completo de almacén, atestiguando su dedicación completa a esa actividad (Fig. 2). Como conclusión puede señalarse la clara importancia de estas dependencias de almacenaje en el registro constructivo del poblado. Es la habitación de la vivienda en la que se ha invertido más recursos, discriminándose del resto por su calidad. Permite, además, atribuir a la mayoría de las viviendas, y por tanto a las familias, una actividad agrícola y recolectora propia, y al parecer autárquica, dentro de cada unidad de ocupación. Sólo quedarían exceptuadas aquellas que, careciendo de esta dependencia o reduciendo su tamaño, realizan otro dpo de actividad producüva. b) Caracterízüción de la familia campesina: los almacenes en la unidad de ocupación Si tomamos como referencia los datos inferidos de número de miembros de la familia que queda indicado en las superficies útiles de las unidades de ocupación en los sectores excavados y tenemos en cuenta que en los recintos de estos castros sólo se ocupa una banda paralela a la muralla quedando su centro sin edificar, podemos calcular que el número de unidades de ocupación en La Corona fueron, como mucho, en torno a las 35 (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia, 1988: 227) y en El Castrelín entre 25 y 30 (Lám. Se trata de poblados, por tanto, con un número de habitantes que estaría entre 120 y 160. Una gran parte de ellos se dedicaban a las actividades agropecuarias. Quedaban exentos O veían reducidas su participación en ese tipo de actividad las producciones especializadas documentadas -como la metalurgia del bronce y hierro y la fabricación de útiles líticos-y otras que hemos de suponer, como las manufacturas ceramicas.Tor das esas actividades se llevaban a cabo en la unidad familiar, por lo tanto puede decirse que el 80 % de las unidades de ocupación tenían como actividad prioritaria la producción de bienes de subsistencia. Puede concluirse, pues, que en cifra indicativa el mismo porcentaje de la comunidad de cada castro era agricultora, proporción que supera con creces a las exigencias que la mayor parte de los autores proponen para considerar a una comunidad como campesina. Con las reservas de que tales exigencias se refieren a contextos históricos y sociales modernos (Thorner, 1979:182) que utilizamos por carecer de referencias respecto a sociedades antiguas como la castreña. Otra exigencia, ya mencionada, para considerar campesina a una comunidad es la integración de la vida familiar y la actividad agrícola que se presenta, además, como la condición primera de ese tipo de economía. Tal condición queda particularmente clara en las unidades de ocupación de nuestros castros. En primer lugar se ve en el desarrollo del espacio edificado. Así al levantar una de esas unidades, y según la secuencia constructiva, las primeras dependencias son siempre las dos habitaciones que representan en el registro funcional esas dos actividades básicas de la familia campesina: cocina y almacén. Casi siempre construidas exentas, son puestas de inmediato en relación espacial por medio de otras dependencias auxiliares o menores, sean patios, corrales o vestíbulos, como es el caso de la unidad de ocupación de la vivienda 1 del Castrelín (Fig. 3). Hay lógicamente necesidades, también más o menos inmediatas, que obligan a ampliar esos primeros espacios con otras dependencias anejas con funcionalidad de habitación o taller, de forma que las unidades de ocupación pueden llegar a tener en algún caso un buen número de habitaciones. También son frecuentes, por iguales necesidades de espacio, fuertes reformas constructivas con cambio de funcionalidad y reconstrucción de algunas construcciones deterioradas. De todos esos cambios resulta expresiva la evolución constructiva de la unidad de la vivienda 7 del castro citado (Fig. 4), doblemente interesante para el tema de este trabajo ya que en el último momento desaparece el almacén F cuando la unidad de ocupación se orienta a otras producciones. Pero en ese contexto relativamente dinámico nunca se construye un segundo almacén ni el que ha sido construido en primer lugar se am-Fig. Secuencia constructiva de una de las unidades de ocupación del sector 1 del Castrelín de San Juan de Paluezas. Puede observarse los cambios en los espacios de vertido de desechos y en la funcionalidad de las construcciones. T. P,55, n."2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es plía. Podría pues plantearse que existe un tope de almacenaje y por tanto de la producción, supeditándose el tamaño de los almacenes a lo estrictamente necesario para cubrir las necesidades subsistenciales de la familia sin que tenga demasiada cabida el excedente. Puede decirse, por lo tanto, que los almacenes aseguran la subsistencia de la unidad de ocupación caracterizándose como un espacio privado que define a la familia que la ocupa como grupo productivo. Asimismo, señalan no sólo esa integración de la producción subsistencial en el grupo familiar sino que marcan los límites de la misma producción. Si se supera el análisis del almacén como dependencia y se analiza ahora en el conjunto del espacio doméstico del poblado, quedan de relieve otros rasgos que han sido señalados como propios o definidores de las sociedades campesinas. En primer lugar la marcada independencia espacial de las unidades de ocupación con la consiguiente independencia de la familia que la habita -núcleo cerrado y cohesivo con escasa relación con el exterior-y el autarquismo que de ella se deriva. En este sentido concuerda con la mayoría de los autores de estudios campesinos que suelen establecer como unidad básica de esas sociedades a granjas aisladas que actúan como unidad familiar y unidades básicas de producción. Sobre todo porque deben ser entidades definidas, estando algún autor tentado de llamarlas independientes (Shanin, 1979: 185). Esta característica se corresponde bien con la falta de contacto espacial y aún visual de nuestras unidades de ocupación dentro del espacio doméstico de los castros. Quedan muy bien definidas por esos caleyos, muros dobles y otras marcas espaciales, que las aislan dentro del propio poblado. De hecho las insularizan (Fig. 5) de tal forma que no se integran en un espacio articulado y, como dijimos, no se relacionan espacialmente por medio de calles ni plazas. Actúan, en definitiva, como esas granjas aisladas. Otra serie de cuestiones también ponen de manifiesto esa voluntad de aislamiento y autosuficiencia de las unidades de ocupación. Los ajuares, por ejemplo, señalan que cada grupo familiar atiende a sus necesidades en la mayor parte de bienes de consumo, de forma que útiles de tejer o de tratamiento de pieles aparecen en cada unidad. Pero, sobre todo, es significativa la presencia de los que se ufilizan en la molienda: cada familia almacena y transforma sus productos agropecuarios. Nada más lejos de esas zonas comunes o colectivas de transformación de productos de primera necesidad propias de otros círculos culturales. se analizan desde el punto de vista funcional. La amplia superficie de algunas parece quedar justificada en la mayor necesidad de espacio que experimentan aquellas que se dedican a alguna actividad especializada, como la metalurgia. De hecho el contraste de espacio disponible es mucho menor en las que se caracterizan por la presencia exclusiva de un almacén. Por lo tanto, si el factor nivel de vida se reduce a la comparación de las superficies estrictamente domésticas estaremos ante distancias sociales mínimas. Algo que se refleja quizás mejor si se expresa el espacio disponible por porcentajes de dedicación: tanto la funcionalidad doméstica como la que podríamos denominar económica (almacenes, talleres o ambos tipos de espacio) se cifran en torno al 40 % de la superficie total en todas las unidades de ocupación. Podemos pues afirmar que las diferencias aparentemente acusadas entre las unidades de ocupación, tanto en número de construcciones y espacios auxiliares como en metros útiles disponibles, quedan bastante matizadas cuando tales superficies se expresan en porcentajes funcionales. Algo que unido a las escasamente significativas diferencias en equipamiento y confortabilidad y ajuar parece situarnos ante una sociedad donde cada unidad accede de forma relativamente igualitaria a los bienes de consumo cotidiano. Esto no debe hacer pensar que estamos ante una sociedad de las llamadas igualitarias, pero esa discreta variación en el registro de las unidades de ocupación concuerda muy bien con la forma de manifestarse la jerarquización en las sociedades campesinas que no se basa, precisamente, en un acceso diferencial a la riqueza material, por más que tengan en ellas cabida otro tipo ác autoridad, como luego veremos. Concluiremos, por el momento, que la unidad de ocupación de los castros parece obedecer a la existencia de una familia campesina que es, a su vez, la unidad básica de producción y consumo salvo en aquellas producciones que necesitan un cierto nivel de especialización y la utilización de materias primas poco habituales. Esto último requiere quizás algunos comentarios sobre el componente tradicional admitido como propio de las sociedades campesinas. Se trata quizás de un terreno más ambiguo -o de carácter más sociológico-pero que no está ausente del registro arqueológico. Nos referimos a algunos rasgos considerados clásicos dentro de lo que puede denominarse racionalidad campesina. Una característica señalada en las sociedades estables formadas por unidades o segmentos cerrados es, por ejemplo, no querer maximizar su producción. En La Corona hay poca secuencia para evaluar cambios que puedan indicar una intensificación de la producción, ya que fue ocupada solamente por dos o tres generaciones antes de su destmcción, pero en El Castrelín su secuencia de más de dos siglos permite comprobar los escasos cambios en la producción agropecuaria. Es decir, mientras crece la población, se levantan cada vez más unidades de ocupación, hay frecuentes reformas constructivas, se funde gran cantidad de hiendo, etc., la cabana ganadera que se documenta a través de los restos de fauna recogida en los basureros más antiguos en nada se diferencia de la de los más modernos y no hay ningún caso en que se amplíen los almacenes, aunque es relativamente corriente que eso suceda en otro tipo de dependencias. Esto puede achacarse a otra de las características de las familias campesinas: la carencia de un concepto de rentabilidad y ese no disünguir demasiado un excedente en la producción. Es decir, no se trata de ohitntx ganancia. La economía dentro de esa unidad básica y familiar se produce en régimen de autoexplotación hasta cubrir sus necesidades de subsistencia y lograr un equilibrio entre trabajo y consumo. Junto a ese aspecto otro también considerado propio de la racionalidad campesina: no correr riesgos o minimizarlos dentro de un universal del campesino, por naturaleza socialmente conservador, como bien explica Díaz-del-Río (1995: 107). En ese espíritu se entienden bien algunas características del udllaje utilizado por estas comunidades castreñas, como es el caso de que sigan usando molinos de fipo barquiforme o planos incluso en asentamientos de época romana; o que su metalur- gia no alcance en parte de su producción un nivel tecnológico que de forma indudable posee el artesano metalúrgico (Femández-Posse et alii, 1993: 212-214). Lo que los investigadores suelen considerar anacronismos culturales parecen tratarse mas bien de un conservadurismo basado en la falta de sentido que en su modo de producción tiene conceptos como rentabilidad o competitividad. Habrá que volver sobre alguna de estas cuestiones propias de la racionalidad campesina a lo largo del trabajo, pero antes parece conveniente pasar al nivel suprafamiliar, es decir, al funcionamiento del castro como grupo, como comunidad, y analizar hasta qué punto, a ese nivel, se puede seguir hablando de una sociedad campesina. EL CASTRO: UNA COMUNIDAD ALDEANA AUTOSUFICIENTE Si la unidad de ocupación es el núcleo básico desde el punto de vista social y económico dentro de cada una de las comunidades prerromanas, el castro es el grupo esencial cuando se habla de poblamiento castreño, en el sentido de que la arqueología no ha documentado, por el momento, ni núcleos de población menores ni cualquier otro tipo de organización territorial o económica superior de la que formen parte. Añadamos a esto el considerable grado de autonomía o independencia con que actúan en el territorio, esto es, unos castros con respecto a otros, como ya dijimos. Los castros son desde ese punto de vista agrupaciones de unidades de ocupación -o de familias nucleares-rodeados de visibles murallas y fosos, separados entre sí por lo que parece ser una tierra de nadie. Así lo indica el modelo de ocupación del territorio que hemos expuesto someramente en la introducción y más detenidamente en algunas de nuestras publicaciones ya citadas. Las distancias que los separan son tan arbitrarias que tan pronto quedan separados por la media hora escasa que hay entre el Castro de Borrenes y El Castrelín como por la jornada larga que habría que emplear para ir de ellos a La Corona de Corporales. Aunque no sea el momento de entrar en detalles, recordaremos a este respecto que en la mayor parte de los estudios de corte espacial en el ámbito cultural del Noroeste (Carballo, 1993) casi todos los intentos de establecer diferenciación funcional y jerarquización de asentamientos o modelos de lugar central han resultado fallidos. a) La estructura interna del poblado De lo que hemos expuesto hasta el momento, se desprenden las fuertes relaciones de complementariedad económica que existen entre las unidades de ocupación por encima de su fuerte independencia espacial y tendencia autosufíciente. Aquellas que se dedican a producciones especializadas dependen de las dedicadas a la actividad agropecuaria para todos o parte de los bienes de subsistencia, pudiendo deducirse la existencia de un intercambio que se produce en el ámbito del poblado. Pero además de que esos grupos familiares sean claramente complementarios dentro de ese poblado, existe otra circunstancia que nos presenta a las comunidades de los castros como grupos económicos solidarios: sólo uno de ellos se dedica a esas producciones especializadas y estas existen en todos los poblados. De esta forma la estructura productiva nos lleva a una sociedad cohesiva y bien articulada una vez que se supera la escala de ese cerrado grupo familiar que definen las unidades de ocupación. Cada castro se abastecía, pues, no sólo de los recursos agropecuarios de subsistencia sino de manufacturas tan imprescindibles para la obtención de esos bienes de consumo como era el propio utillaje agrícola o de los elementos de transformación de alimentos como son los molinos. En el registro constructivo encontramos además otros indicadores de esa cohesión social que contrarrestan las tendencias sociales centrífugas o disgregadoras propias de esos grupos cerrados e independientes -desde el punto de vista espacial, visual y económico-que son las unidades de ocupación. El más significativo es la clara delimitación del recinto que convierte a los castros, con su murallas y fosos, en espacios cerrados perimetralmente. Es decir, esas obras de delimitación, generalmente muy visibles, trascienden su primario significado defensivo para cumplir una función social. Esto queda de manifiesto en varias circunstancias ya apuntadas, que van desde ser la primera obra que realiza el grupo, una vez tomada la decisión de fundar un poblado, hasta que el trazado de la muralla sea el referente para la ordenación del espacio construido en su interior o, también, que se reserve siempre un espacio libre sin que se produzcan los adosamientos de construcciones acostumbrados en otros grupos culturales. La importancia y significación social de la muralla y el carácter cerrado y cohesivo de que dota a la comunidad o grupo castreño conviene muy bien a su economía autárquica y parece responder a la necesidad de algunas sociedades agrícolas o agriculturas tradicionales de organizarse en comunidades aldeanas. Un rasgo perfectamente campesino o propio de las sociedades campesinas que Parcero (1995: 130), siguiendo a Shanin (1983), considera uno de los principios claves que caracterizan a estos tipos de sociedades. Incluso autores como Rosener (1990:65-67), que han estudiado el mundo campesino medieval, considera más evolucionadas las aldeas que las granjas aisladas, basando tal suposición en que los núcleos agrupados se constituyen cuando se produce una situación de nivelación social. La posibilidad de asimilar esta otra unidad básica, la comunidad aldeana, de las sociedades campesinas tal y como la presenta Stirling (1979: 31), a nuestros castros debe pasar por su consideración como verdaderas comunidades. Es decir, esa comunidad que aglutina el recinto es un grupo social plurifuncional al que se pertenece por nacimiento o matrimonio. Lo que el autor citado denomina56>//daridad campesina no sería otra cosa que lo que en el registro arqueológico de los castros hemos denominado complementariedad funcional de las unidades de ocupación. Por otro lado, el carácter de comunidad que confiere al grupo su recinto amurallado, se complementa con otros mecanismos de afirmación que cumple la propia muralla. Nos referimos a la función que realiza hacia afuera. Los castros son elementos individualizados y destacados en el paisaje que actúan como marcas territoriales. No sólo eligen emplazamientos muy selectivos, en lugares altos y aislados, sino bien visibles. Ese factor de identificación del grupo, muy bien sintetizado por Criado (1993), permite su afirmación como comunidad frente a otras, en definitiva de un grupo aldeano autosuficiente frente a otros similares. Recordemos que estos castros nunca son muy amplios (rara vez superan las 2 Ha.) y suelen ser además todos del mismo tamaño. Ese tamaño de cada comunidad castreña, su cohesión social doblemente reafirmada y su economía casi autárquica, concuerda muy bien con el modelo de aldea campesina que presentan la mayor parte de los autores que tratan sobre ese tipo de sociedades. Los habitantes del castro pertenecen a él de una forma más marcada que a cualquier otra estructura que conforme la sociedad a que pertenecen produciéndose lo que en ocasiones se ha denominado intensidad interna. De igual forma que hemos plan-teado que los individuos debían pertenecer a una unidad de ocupación, también pertenecían, en un determinado momento, a un castro. Algo que también plantea Díaz-del-Río ( 1995) al hablar de parentesco en este tipo de comunidades cerradas de la que no se suele salir más que para el matrimonio, entrando en ella de la misma manera; de tal forma que no se producen pérdidas en la fuerza de trabajo. Se tratan pues de comunidades muy estables, ya no sólo en el sentido de la voluntad de permanencia que se refleja en su independencia territorial y, sobre todo, en la construcción de obras colectivas de cierta envergadura o en la fuerte relación con la tierra a que obliga su tipo de economía autosuficiente, sino en el sentido de la propia composición del grupo humano. También son estables en el sentido de que la mayor parte de los habitantes de un castro han nacido en él. De todo ello parece hacerse evidente que el intercambio para la reproducción social hacía que esas relaciones exteriores fueran más sociales que económicas, aspecto que es interesante desde nuestro punto de análisis de sociedad campesina. La razón está en que el intercambio económico entre castros debió ser mínimo. Todos producen -incluso en bienes de prestigio o de adorno personal-lo mismo y en cantidades similares. No parece que se tuviera un mínimo interés por intercambiar los mismos productos. La utilidad del intercambio parece estar más dentro de cada poblado que fuera de él. Lo anterior concuerda con esa cultura material bastante inalterable o de cambios muy paulatinos que caracteriza a la Cultura Castreña del Noroeste. Aunque esos castros aislados y ese lento ritmo en los cambios materiales no nieguen la expansión de unas comunidades que van ocupando nuevas tierras al abrigo de cierta intensificación económica y un paulatino aumento demográfico. Mucho menos puede negarse el necesario intercambió entre asentamientos para la reproducción social que^ daría ocasión a una interacción entre comunidades bien patente en el registro arqueológico castreño. En definitiva, la territorialidad de marcado carácter económico y unas relaciones entre asentamientos más sociales que económicas, son dos rasgos propios de las sociedades campesinas donde la vinculación a la tierra es necesaria, el intercanibio mínimo y el mercado ocasional. hñ seguridad, que se considera otro de los principios de la racionalidad campesina, aflora en algunos de los comentarios anteriores. De igual forma que el autarquismo y una sólida cohesión -a nivel de aldea-frente al exterior pueden considerarse dentro de los valores típicos del ideal campesino. Estamos pues ante una economía de subsistencia, cerrada, de base agropecuaria, en la que al no existir competitividad en la fabricación de otras manufacturas, al no existir lo que hoy llamaríamos mercado, la acumulación de excedentes es mínima o nula: el valor de la mayor parte de los productos no superaría, pues, lo que se denomina valor de uso (Vicent, 1991: 58-61). Antes de terminar con este nivel de aldea y pasar a su obligada conexión con el tipo de territorialidad de estas comunidades castreñas, queremos siquiera mencionar una cuestión que se acomoda perfectamente a lo hasta ahora definido. Nos referimos a una de las fórmulas que utiliza la epigrafía indígena de época romana en el Noroeste para indicar el origo de las personas (González, 1986; Pereira, 1988; Beltrán, 1988). En efecto, la lectura social de la arqueología de estos castros parece concordar perfectamente, incluso obligar, a un tipo de fórmula como la que se resuelve en el corpus epigráfico de los castella: el origen de un individuo indígena no sería expresivo ni completo si no se indicase su pertenencia a un castro determinado, es decir, a su comunidad aldeana. Así, aunque se trate de unidades territorial y socialmente reducidas, su marcada independencia obliga a no prescindir de la denominación del castro y a relegar, por el contrario, la entidad social mayor a la que presumiblemente ese castro pertenecía. De igual forma que la sola filiación de linaje o parentesco parece ser considerada insuficiente para caracterizar a ese individuo. b) El territorio campesino de los castros Si los castros pueden presentarse como comunidades campesinas aldeanas debe ser factible encontrar indicadores de ese tipo de sociedad en su modelo de explotación del territorio. No en vano se trata de sociedades marcadamente territoriales. O dicho de otra forma deberíamos detectar en él un concepto propio de territorio campesino, parte inseparable de la aldea. Ya hemos dicho que en la mayor parte de los estudios espaciales sobre la Cultura Castreña se acepta la ausencia de modelos jerarquizados (Carbailo, 1993) más allá de las montañas y los cursos de agua. Creemos que en ella están más o menos implícitas las características apuntadas: el máximo castigo es aplicado a aquellos que atentan contra la cohesión social del grupo, de un lado, y que este se hace efec-tivo de forma obligada fuera de los límites de su propio teiTitorio, de otro. También en la misma cita se habla de la costumbre de exponer en los caminos a los enfermos con la finalidad de que puedan ser ayudados por otros que hayan sufrido males simi- lares. El camino parece ser, por tanto, un espacio geográfico periférico, neutro, en el sentido de que no pertenece a ninguna de las comunidades pero donde se asegura el posible contacto con individuos de varias diferentes. La visión de ese territorio es, sin embargo, tan vaga en nuestro caso como en el de Estrabón. Hemos hablado de límites materiales aunque por el momento nada permite ir más allá de la notoriedad física de ciertos elementos geográficos -sierras, pasos, ríos, vados...-sugerentes en los castros leoneses de un paisaje cerrado en tomo a los dominantes asentamientos. A este respecto puede resultar productiva la línea de trabajo abierta por el Grupo de Investigación de Arqueología del Paisaje de la Universidad de Santiago de Compostela en el estudio tanto de la dimensión simbólica del espacio como de la racionalidad con que las comunidades castreñas lo pensaban y conceptualizaban, con elementos formales tan concretos como la monumentalización y visibilidad de los asentamientos y las líneas de tránsito (Criado, 1992(Criado,, 1993;;Parcero, 1995; Santos et alii, 1997). Por más que no podamos menos que diferir del modelo jerarquizado que se propone en esos trabajos y consideremos por tanto discutible su concepto átpaisaje cóncavo, sea en la escala de valle o de sector de valle. De igual forma que encontramos abusivas algunas extrapolaciones entre territorios cástrenos, medievales y parroquias actuales. Tales generalizaciones históricas, que presentan una inaceptable y nada comprobada continuidad entre el espacio agrario protohistórico y la Galicia tradicional actual, presentan un territorio castreño con unidades productivas separadas, nítidamente compartimentadas en bosque, valle cultivado, pastos e, incluso, ribera fluvial, tal y como en la actualidad se ordenan en torno a las aldeas rurales; incluso, se señala como los castros quedan situados en el límite de terrenos cultivados e incultos. En nuestra opinión las muy abundantes unidades productivas castreñas, como corresponde a su base económica muy diversificada, se engloban y mezclan en un mismo territorio. Estaría más cerca del esquema de lo que Díaz-del-Río (1995: 106) denomina ^^-íraí^g/a agroforestal y, sobre todo, se adapta a la reconstrucción del espacio de captación de recursos de El Castrelín que, en base al registro paleoecológico, quedó reflejada en la ya citada figura 6. Parcelas de diferentes cultivos, bosque y pastos mejorados, matorral, huertas, etc, así como las fuentes de materias primas para útiles líticos y metálicos, colorantes, etc se encuentran de manera deliberada mezcladas en una amplia y única unidad de producción y gestión de recursos que es, además, visible desde el asentamiento en todos sus componentes. Ambos aspectos, los significantes espaciales que afirman la identidad del territorio de un castro frente a otros y ese peculiar espacio productivo donde todos los recursos interaccionan y están a la vista, concuerdan cabalmente con la racionalidad campesina cuyos objetivos de seguridad y de minimización de riesgos pasan por encima de la rentabilidad o la especialización en la modificación y gestión del medio natural. Ese paisaje de aldeas diseminadas, donde parece primar el ideal autárquico y ISLS fronteras tanto físicas como sociales nunca son vagas, puede calificarse de campesino. Pero en este punto es donde se rompe nuestro discurso llevado hasta el momento de forma relativamente cómoda. En efecto, los cuatro niveles analizados hasta ahora-los almacenes, la unidad doméstica, el castro y su territorio-permiten plantear de forma razonable que las comunidades prerromanas de la zona galaico/leonesa tenían la estructura de una sociedad campesina. Sin embargo, la mayor parte, por no decir la totalidad, de los estudios sobre ese tipo de sociedades consideran que el motor de su modo de vida no es sólo su subsistencia, sino el poder político y económico. Se plantea pues la necesidad de una instancia superior capaz de exigir tributos. Aunque se aduzca, en este caso, que también la totalidad de esos estudios están realizados lejos de contextos arqueológicos, el problema queda planteado: las sociedades campesinas requieren para serlo la existencia de un poder estatal o de una dicotomía campo/ciudad. Eso es algo que el registro arqueológico de la Cultura Castreña no sólo no refleja sino que, por el momento, contradice. No somos, sin embargo, los primeros ni los únicos en encontrar esa dificultad. De una manera genérica Díaz-del-Río (1995:104-105) especifica que en una auténtica comunidad campesina debe haber grupos dominantes que extraen y se apropian del excedente, aunque luego matice a la baja esa afirmación. De hecho es difícil superar el universal de que estas etapas protohistóricas se caracterizan por una centralización de las actividades redistribudvas. Asilo cree Parcero (1995:129) quizado para la Cultura Castreña, no llega a establecer el modelo. Es decir, ni a nivel del asentamiento ni en el territorio demuestra esa estructura jerárquica necesaria. De hecho hasta momentos muy tardíos y sólo en determinadas zonas no puede entreverse ese modelo jerarquizado con núcleos mayores capaces de acaparar ese excedente. Esa falta de un poder estatal o de, al menos, una jerarquía dominante, de la existencia, en definitiva, de obligaciones de cada comunidad castreña dentro de un sistema económico más amplio donde hay no/campesinos, no se documenta por el momento en la arqueología castreña; ni siquiera en el grado poco patente que algunos autores dan a la presencia de ese poder superior, que ejerce de forma irregular su exigencia tributaria o impositiva, en los medios campesinos más tradicionales. Debemos por lo tanto dejar planteado como problema la existencia de una unidad económica a ese nivel supmcastro, cuya existencia en ningún modo negamos pero que el registro arqueológico no deja afirmar, para entrar en otros temas no menos importantes cuando se estudian sociedades campesinas antiguas. Nos referimos a cuestiones y conceptos como subsistencia, nivel tecnológico, tierra y propiedad. LA TIERRA Y LA ORGANIZACIÓN SOCIAL DEL TRABAJO Hasta aquí hemos tratado de hacer una lectura campesina de la información proporcionada por los castros prerromanos de la ZAM y ha quedado en evidencia que varios aspectos de la estructura social que reflejan los datos del registro concuerdan con ese tipo de sociedad. Pero tal caracterización nos lleva de forma inevitable a contenidos, hasta ahora aludidos puntualmente, que permitirán matizar lo expuesto. Por ejemplo, sólo de forma colateral hemos afirmado la vinculación directa que en las sociedades campesinas debe existir entre la unidad doméstica y la tierra. Ella es, junto con los miembros de esa unidad entendidos como fuerza de trabajo, su medio de producción. Tanto su subsistencia como su seguridad, en definitiva su existencia, dependen pues de sus derechos sobre esa tierra o sobre su explotación. La formulación del párrafo anterior plantea de forma automática dos problemas. El primero, más obvio, es la posibilidad de objetar que las sociedades poco o escasamente complejas que viven de la tiones de propiedad de la tierra y sus indicadores en el registro arqueológico, señalando como incluso en el momento más optimista de la arqueología procesual fue un tema poco o nada atendido. Sin embargo, deja claro que, pese a sus dificultades, es del máximo interés en el planteamiento de las relaciones económicas de las comunidades prehistóricas y abre algunas líneas para su estudio. En el mundo castreño, como en otros grupos culturales prerromanos, ha sido un tema abordado exclusivamente desde la lectura de ciertos textos clásicos, como algunos pasajes de Estrabón sobre matriarcado y herencia (3,4,18) o el que se refiere a la existencia de una supuesta práctica colectivista agraria entre los vettones de la Meseta (Salinas, 1986: 46), muy citado en la literatura de todo un siglo para los pueblos de la llamada Hispania céltica y en el que se apoya la asunción de que la propiedad de la tierra debía ser comunal y la de los ganados, como expresión de riqueza, privada. Aún así, el texto de Julio Frontino en que se basa menciona simplemente un tipo de campo de propiedad indivisa existente en unas ciudades concretas. El ambiente ciudadano en que tal información se da, su parcialidad y la aventurada extrapolación a todo el norte peninsular, nos dice que estamos ante generalizaciones nacidas en el seno de los estudios sobre instituciones de la etnografía antigua. Coincidiendo con Oilman en el interés del tema desde una perspectiva arqueológica, diremos que en una lectura lineal o simplista del registro doméstico de La Corona y de El Castrelín pudiera llegar a pensarse que si cada unidad de ocupación o, lo que es lo mismo, cada familia, es propietaria de un almacén y por tanto de la cosecha que éste alberga, lo sería también de la parcela que la produjo en el te-iTitorio del castro. Un almacén privado indicaría una tierra propia o de propiedad privada. Se cumpliría así de forma ajustada la necesaria vinculación de la unidad productiva con su medio de producción que se exige en la estructura de las sociedades campesinas. Pese a ello, sólo podría afirmarse que la cosecha pertenece a la unidad familiar en el almacén, donde es realmente suya y le asegura la subsistencia. No puede afirmarse lo mismo de la propiedad de la fierra. Por otro lado, parece seguro que de igual forma que una comunidad castreña levanta de forma común el recinto que la idenfifica como grupo social, se apropia de la tierra que constituirá su territorio. Territorio, por otra parte, tan cuidadosamente elegido como el emplazamiento. Adscrita de esta for-ma la tierra a la comunidad, no sería difícil imaginar que siga siendo el propio castro -expresión/ísica del grupo-quien la administre. Si se admite la muralla como una inversión del trabajo colectivo, ese territorio de producción demarcado puede ser en definitiva igual de colectivo en inversión y en propiedad. Vemos que es fácil argumentar las dos cosas: la propiedad privada de la tierra basada, entre otras cosas, en la forma de almacenaje o la colectiva basada en los fuertes lazos sociales de la comunidad y su aparente ausencia de jerarquización. Sin embargo, hay algunas otras cuesfiones a tener en cuenta. La primera es esa forma social de familia campesina, tan cerrada e independiente dentro de ese recinto colectivo. Sus derechos de usufructo sobre la tierra deberían pues estar más cerca de la propiedad familiar que de un uso colectivo regulado por la comunidad. Por lo menos en aquellas parcelas productivas dedicadas al cultivo. Debemos tener en cuenta, como recuerda Oilman (1997: 84) en el trabajo citado, que un campesino del siglo XVII combinaba el trabajo en sus propias fierras con arrendamientos y explotación de derechos comunales en otras. Es decir, la variabilidad de derechos sobre la tierra se corresponde con el tipo de recurso que en ella se explota. Algo fácil de suponer en el diversificado territorio de los castros, donde parcelas de bosque y matorral mejorados y pastos debieron ser comunales. Es, por tanto, plausible proponer diferentes sistemas de propiedad para diferentes espacios productivos. Una segunda cuestión sería el propio registro constructivo, es decir, la organización, ahora desde una perspectiva general, del espacio doméstico en el recinto del castro. A este respecto también viene al caso otro de los ejemplos utilizados por Oilman, tomado de un reciente estudio de Bernbeck (1995), en el que se atribuye mayor distancia social, tanto dentro de cada poblado como entre poblados, a aquellos asentamientos donde los recintos familiares son grandes y utilizan técnicas constructivas elaboradas, los almacenes están en su interior y los poblados se fortifican que en aquellos otros donde el almacenamiento es comunal, los espacios públicos superan en importancia a los privados y están sin fortificar. Parece claro que los castros leoneses pertenecerían al primer modelo. Sin embargo, la inutilidad como tal modelo para deducir un determinado sistema de tenencia de la fierra en los castros leoneses no proviene de que Bernbeck y Oilman hablen de culturas de la Mesopotamia del VI milenio ANE, sino del medio árido donde se desarrollan, en el que la necesidad o no del regadío para alcanzar la subsistencia hacen de la tierra un medio de producción más valioso que en climas como el del Noroeste peninsular. Por otro lado, el propio Gilman (1997: 87) señala con acierto la resolución diferente que, en términos evolucionistas, podría haber tenido tal modelo con la puesta en marcha de mecanismos de intensificación de la organización comunitaria para evitar el paso a la desigualdad basada en la propiedad de más y mejores tierras. Es evidente la existencia en los castros de ese tipo de mecanismos que promocionan o refuerzan la solidaridad y la cohesión del grupo como tal y que, por encima del almacenaje privado o la falta de espacios públicos, frenarían la aparición de desigualdades en el acceso a la tieiTa o las regularían. Pero quizás la cuestión que más puede ayudar en el caso de las comunidades castreñas es el tamaño de la comunidad en relación con esa contención -o deliberado límite-de su producción que hemos analizado ya en el registro constructivo en apartados anteriores. Nos referimos a ese buscado equilibrio producción/consumo donde es menos que imposible separar inversión, costes y renta y donde el excedente apenas tiene presencia. Eso significa, desde el punto de vista económico, un mantenimiento casi constante del tamaño del grupo, sus recursos disponibles y el nivel tecnológico y, desde el punto de vista social, una estructura muy cercana, al menos en algunos aspectos, a la de una sociedad segmentaria donde un crecimiento demográfico o un descenso de los recursos provocaría la fisión del grupo y el establecimiento de un nuevo castro. Las indudables connotaciones de funcionalismo ecológico del párrafo anterior quedan paliadas en el contexto de la racionalidad y comportamiento campesino, pero es evidente su necesidad de explicación. b) El espacio agrario diversificado propio de una economía campesina Ya hemos dicho que estos castros leoneses presentan unas dimensiones similares y que albergaban a grupos que rara vez sobrepasan las 200 personas; algo perfectamente extrapolable a los de clara adscripción prerromana del conjunto de la Cultura Castreña (Carballo, 1993). Tomaremos como ejemplo el Castrelín de San Juan de Paluezas, cuyo te-rritorio de explotación se ha determinado mediante un radio de 2 km. aproximadamente en torno al asentamiento, corregido por un estudio de su cuenca visual, definida a su vez por las alturas y pasos naturales más próximos. Como se ve en la figura 6, el territorio de explotación resultante es de más de tes o cabeceras de arroyos que hoy son prados cerrados o parcelas plantadas de castaños. Esa abundancia de zonas húmedas permitía también el establecimiento de huertas y prados mejorados, así como el desarrollo de cultivos específicos como el lino. Su extensión y dispersión, mayor en la documentación proporcionada por los análisis polínicos que en la actualidad, permiten una cifra cercana a la hectárea por familia. Haremos notar que el margen de disponibilidad de los dos tipos de terreno de cultivo, el que acabamos de describir y el de secano, permitía un régimen de barbechos amplios, de dos o tres años, a añadir a la indudable función que en la recuperación de las tierras cumplía el abono animal. Lo que ya no parece tan asumible es la existencia entre estas poblaciones de cultivos de roza propuesta por autores como Parcero (1995: 132), apoyada en un supuesto primitivismo de la actividad agrícola en la Cultura Castreña que no se corresponde con la realidad. Sigue, en este punto, la línea de la historiografía castreña en la que hasta no hace tanto se mantenía una escasa y poco evolucionada actividad agraria (Carballo, 1993) y un predominio del pastoreo (Martins y Jorge, 1992), que en definitiva son herederas de las tópicas e interesadas informaciones proporcionadas por los textos clásicos sobre estas poblaciones. Basta recordar la cita de Estrabón sobre la fuerte presencia de la bellota en su dieta (3,3,7). Sin embargo, es precisamente esa negación de la agricultura cerealística, como prueba para los autores clásicos del primitivismo de estos pueblos y orientada en sentido contrario a su interpretación habitual, la que refleja la importancia y el peso de las actividades recolectoras entre estas comunidades campesinas y la diversificación de recursos de su sistema económico. Algo que queda bien patente en las más de 200 Ha. de bosque y matorral -que muchas veces debieron estar mejorados-con las especies cuya presencia documentan en El Castrelín la antracología y el polen. Espacios productivos que permitían también la recolección y almacenaje de forraje encaminado a la alimentación invernal del ganado estabulado y a la producción de estiércol o abonos. Estos métodos de explotación -que hemos de suponer permitían llegar no mucho más allá de los mínimos existenciales-se apoyan como es lógico en una serie de instrumentos de cultivo cuya efectividad proviene de la utilización del hierro de forma masiva. Aunque no son demasiadas ni bien con-servadas las herramientas de ese tipo recuperadas en los castros, el volumen de fundición que atestigua la cantidad de escoria recogida tanto en La Corona como en El Castrelín permiten hablar de una producción constante. Sobre todo en este último poblado de ocupación más larga donde la escoria y los restos de fundición de hierro -entre los que destacan varias esponjas de fondo de homo-recogida en los niveles excavados se cifra en más de 300 kg. de escoria. Siempre teniendo en cuenta que la manufactura de útiles nuevos sería, en comparación a la del mantenimiento de los ya en uso, la labor menor del metalúrgico que, desde ese punto de vista, justifica su condición de artesano a tiempo completo. La materia prima necesaria para esa producción, próxima y de fácil extracción, debe asociarse también a las beneficiadas mineralizaciones de cobre y plata que los estudios arqueometalúrgicos han demostrado son la fuente de aprovisionamiento de El Castrelín (Fig. 6). No menos próximas al asentamiento se encuentran otro tipo de materias primas, como la cuarcita o las arcillas utilizadas para la fabricación del instrumental doméstico -útiles líticos y vasijas cerámicas-o en la construcción, como puede observarse en la figura citada. Nos referiremos, por último, al ganado. Pese a un sinfín de generalizaciones, basadas también en los textos literarios y en la corriente historiográfica propia de la Cultura Castreña, que ven en la ganadería significados simbólicos y la ligan a un especial tipo de riqueza móvil o actividades como el bandolerismo y el pillaje, la cabana de El Castrelín es perfectamente doméstica. Así lo atestiguan los análisis faunísticos que la presentan compensada, bien acondicionada al paisaje y al clima, evolucionada y, sobre todo, orientada a los productos secundarios como la leche o la lana. En esa cabana el caballo y la caza -especie y actividad siempre citadas como importantes entre estas comunidades del Norte-demuestran, por el contrario, su escasa incidencia. Por otro lado, los basureros, en algunos casos atribuibles a determinadas unidades de ocupación, muestran una considerable similitud en volumen y especies aprovechadas en la dieta de todos lo grupos familiares. Esta cabana tan campesina actúa en una perfecta simbiosis con la producción y el espacio agrícola. Y de ambas, por una sobreexplotación más o menos coyuntural, es fácil explicarse la extracción de un excedente que permite acceder a cada familia al intercambio de útiles y herramientas, a pequeños objetos de adorno personal o a intercambios socia-T. R,55,n."2, H (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es les de regalos, matrimonios, dotes, etc en un tipo de mercado tan ocasional como la producción del propio excedente. Todo lo anterior deja claro que la relación población/recursos era viable en El Castrelín y posible el mantenimiento del equilibrio entre ambos factores, siempre que no se produjera un extraordinario crecimiento demográfico o una catástrofe medioambiental. Pero junto a la configuración física del espacio productivo, los métodos de explotación y el nivel tecnológico, existe un cuarto factor no menos importante: la organización social del trabajo. c) Una estructura social compleja de escasa organización formal La fuerza de trabajo la constituían, ya lo hemos dicho, los miembros de cada unidad de ocupación o grupo familiar, unidad de producción que refleja el registro arqueológico de los castros y que es característica de las sociedades campesinas. Su independencia económica basada con probabilidad en la posesión de determinadas parcelas de cultivo y en el aprovechamiento de los recursos de otras explotadas en régimen comunal dependía, sin embargo, de la comunidad castreña. Es decir, es la pertenencia a esa comunidad social la que permite a cada familia el acceso al insustituible medio de producción que es la tierra. Volvemos pues a encontrar -como en la estructura interna del poblado-dos fuerzas contrapuestas: la autosuficiencia de las familias y la comunidad castreña como estructura de poder que ejerce la coerción en la organización social del trabajo. Porque, en definitiva, debe ser esa estructura aldeana quién prescribe tipos y formas de cultivo, determina los límites de la producción o regula el excedente, rige las formas colectivas de explotación de pastos y bosque, establece la complementaridad de las producciones, etc, además de adjudicar la propiedad o el uso de la tierra. Esa autoridad organizativa de la comunidad no era el ambiente más propicio para la creación de jerarquías si atendemos a los mecanismos e indicadores más utilizados para medir el grado de complejidad social. Pero no es descartable que la tierra^/Í propiedad fuera susceptible de herencia y existieran sutiles diferencias entre esas parcelas privadas y, por lo tanto, producciones algo mayores. Eso no impide que en general pueda considerarse que el acceso a la tierra nunca debió ser demasiado desigual. Eso, junto con la escasa incidencia del exce-dente en las relaciones económicas, deja a estas comunidades de los castros fuera del esquema evolucionista que se presenta en el citado trabajo de Oilman (1997: 83-84). La estructura social de estos castros no estarían, por tanto, en el estadio de tribus o jefaturas de esa escala, sino que su organización quedaría fuera de ella por su tipo especial de economía campesina. Hay dos cosas en los párrafos anteriores que merecen una particular atención. La primera es el papel que en estas comunidades castreñas tiene la mujer; la segunda es si tenemos suficientes datos para hablar de jefaturas no/económicas. Es bien sabida la existencia en la etnología de estas comunidades castreñas de una larga discusión sobre la posible configuración de una suerte de matriarcado y, sobre todo, de una valoración importante de la participación de la mujer en la vida de la comunidad. Una vez más tales ideas se basan en algunos pasajes de Estrabón sobre los pueblos del Norte peninsular. González, en un trabajo específico sobre este tema de 1993, matiza bien hasta donde es posible hablar de matriarcado. Y el recorrido es bien corto. Pues si es cierto que el autor citado (3,4,18) registra que son las mujeres las que heredan, no áicQ qué (fierras, privilegios,...) y, por otra parte, la filiación de la epigrafía indígena de época romana, es siempre patrilineal. Sin embargo, la autora hace hincapié en ese destacado papel de la mujer en el ámbito familiar y en la vida económica de la comunidad, uno de cuyos apoyos es el aserto del geógrafo griego de que eran las mujeres las que se dedicaban a la agricultura, por más que González (1993:54) deba reconocer finalmente que el poder político está en manos de los hombres. La realidad parece haber sido otra. El supuesto protagonismo de la mujer en un sector básico como es la agricultura no parece ser otra cosa que su carácter de fuerza de trabajo de la unidad familiar en las economías campesinas. Es decir, no habría que confundir esa indudable importancia de la mujer en una unidad de producción, consumo y reproducción como es la familia campesina, con su acceso a la estructura de poder. Son los hombres los que en otro pasaje estraboniano (3,3,7) ocupan puestos según su edad o dignidad en fiestas o comidas colectivas dentro de las comunidades aldeanas. Estos banquetes, a los que suele atribuirse una finalidad de refuerzo político o valor cohesivo en las estructuras gentilicias de parentesco real o ficticio, nos llevan al segundo punto: el tipo de jerarquización o grado de complejidad social de estas sociedades castreñas. Hemos visto como la comunidad castreña, aunque no controle directamente la fuerza de trabajo de cada unidad familiar, actúa como una instancia social de poder, generada, en principio, a partir de necesidades de cooperación económica del grupo como tal. Su expresión son determinadas obligaciones colectivas, contenidas en un derecho local -el que reflejan las citas de Estrabón-, que permiten plantear la existencia de caracteres propios de una comunidad política, institucionalizados aunque no totalmente desarrollados.También hemos visto como esa estructura de poder se organiza, además de por edad, por jerarquías basadas en el rango y la dignidad, es decir, aparentemente sin significación económica o no basadas en la riqueza. En ese contexto es fácil atribuir un estatus superior a individuos que han realizado algo a favor de la comunidad y aún más fácil considerar que ha sido llevado a cabo en el campo de la guerra. Con esto llegamos a otro de los lugares comunes de la historiografía gallega, sobre todo en autores como Criado ( 1991 ) o Parcero (1995) que suelen afirmar la existencia de las dos vertientes, campesina y guerrera, en la sociedad prerromana, aunque nunca lleguen a explicar su articulación. Este componente guerrero, que suelen calificar de heroico, se sigue bien en la tradicional e insuficiente lectura bélico/defensiva de su tipo de asentamiento, en la pertenencia de estas comunidades a un fondo poblacional indoeuropeo o celta, o desde la narración ideologizada de los textos antiguos que las presentan como pueblos bárbaros dedicados al pillaje (García Quíntela, 1993). Igualmente es de fácil asunción desde la interpretación de determinadas divinidades asociadas a la guerra (García, 1990(García,, 1993) o a partir de la trasposición desde otras culturas de organizaciones tipo fratrías de jóvenes guerreros (Bermejo, 1986) o de aristocracias basadas en la guerra. Pero es mucho más difícil verlo desde la arqueología. Aun así es evidente que un sector minoritario de estas comunidades hubieron de ocuparse de defender colectivamente su territorio y que de forma esporádica debieron surgir líderes carismáticos que consiguieran formar partidas, pero la falta de objetivos, ideología y estabilidad, unidos al tipo de economía, debieron reducir esta actividad a algo meramente ocasional. La escasa organización formal que parece inherente a la actividad guerrera entre estas comunidades es en cierto modo extensible al resto de su estructura social. Pero el hecho de no reflejar desigualdades o, dicho de otra forma, la aparente igualdad en el modo de vida dentro de estas comunida-des, no excluye la alta significación social que pudieron alcanzar determinados individuos dentro de su estructura social. De hecho parece seguro que algunos de esos jefes de comunidad consolidaron su poder, institucionalizándolo. Serán los que, integrados a través de determinadas formas de dependencia, actuarán de interlocutores para los intereses romanos en la zona (Sastre, 1998: 50-52). A este respecto hay que decir que la caracterización de estas comunidades indígenas encuentra su necesario contrapunto en la presencia romana. Como dijimos al inicio del trabajo su estudio se integra en un proyecto cuyo objetivo es precisamente el conocimiento de las transformaciones que esa presencia provoca en dichas poblaciones que son reorganizadas, como lo es el territorio y sus recursos, en función de una nueva actividad económica: la minería del oro a gran escala. Tales cambios y rupturas en la sociedad prerromana quedan perfectamente ilustrados en el tema que es objeto de este trabajo. Las comunidades pierden paulatinamente la estructura social de aldeas independientes y economía campesina y se integran en patrones organizativos más amplios y complejos viéndose obligadas a participar en el sistema creado en torno a esa minería. Las poblaciones se reorganizan en un patrón de asentamientos, mucho más numerosos pero de menor tamaño, complementarios y funcionalmente diferenciados que explotan intensivamente no sólo el oro sino el resto de los recursos. En ese sistema el sector agropecuario conserva, como es lógico, su importancia, pero la producción se organiza de una forma totalmente diferente. La explotación se llevará a cabo en pequeñas granjas que se diseminan en los terrenos abiertos y de mayor rentabilidad cercanos a la gran mina de Las Médulas o en castros de claras tendencia agrícola y ganadera jalonando los canales que abastecían de agua a las explotaciones. Uno y otro tipo de asentamiento cumplen con la función de abastecer a toda la población involucrada en la minería, tanto la que cumplía con labores de mantenimiento de la infraestructura hidráulica como la que se dedicaba a producciones especializadas como la metalurgia. Parece claro que aún siendo una producción importante ya no estamos ante una sociedad campesina. Estos campesinos de época romana ya son una sociedad parcial dentro de un sistema global que, con un nuevo orden político y económico, diluye su estructura social anterior. Un ejemplo evidente de esos cambios podemos verlo en la figura 7. En la ilustración superior: Castro prerromano de La Corona de Corporales. El asentamiento (1) y sus recursos: tierras de cultivo (2); aprovechamiento de la vega (3) y del monte (4). En la ilustración inferior: Castro romano de Corporales. El asentamiento (1) y sus recursos: tierras de cultivo (2); canales de conducción de agua a las minas de oro (3); explotación del monte (4); minas de oro (5); asentamiento prerromano destruido y abandonado (6). Entre los mucho indicadores arqueológicos de esta ruptura está la estructura interna de los asentamientos, sean castros o no, en la que desaparecen las unidades de ocupación. Su complementariedad económica cambia de escala y pasa a ser comarcal o regional, es decir, deja de manifestarse en los asentamientos plurifuncionales para hacerlo en el territorio. Los recintos de esos castros, pese a su pervivencia como tipo de asentamiento, pierden su significado social. Puede servirnos de ejemplo la factoría metalúrgica de Orellán, donde el poblado se dedica mayoritariamente a esa producción y es abastecido, como prueban los almacenes colectivos, por aquellos asentamientos de tendencia agrícola o ganadera. En definitiva, la incorporación de las comunidades campesinas prerromanas es con-tras table a tres niveles: en el económico, en el que se pasa desde el reducido grupo familiar hasta la empresa industrial de las minas romanas; en el nivel estructural, desde las comunidades aldeanas marcadas por la insularidad a la participación en una sociedad de clases; y en el nivel cultural, desde la diversidad de esos castros independientes a la homogeneidad romana.
El estudio palinologic o del Abrigo de La Combette nos informa sobre la evolución seguida por la vegetación en el
JOSÉ RAMOS MUÑOZ (*) SALVADOR DOMÍNGUEZ-BELLA (**) DIEGO MORATA CÉSPEDES (**) MANUELA PÉREZ RODRÍGUEZ (*) MANUEL MONTAÑÉS CABALLERO (*) VICENTE CASTAÑEDA FERNÁNDEZ (*) NURIA HERRERO LAPAZ (*) MARÍA EUGENIA GARCÍA PANTOJA (*) El estudio interdisciplinar entre arqueólogos y geólogos de la Universidad de Cádiz, desarrollado desde 1994 (1), está permitiendo la identificación mineralógica y petrológica de los recursos empleados en la fabricación de los distintos instrumentos de trabajo durante la Prehistoria de la Banda Atlántica. Estos materiales fueron previamente documentados y localizados en diferentes contextos arqueológicos de esta zona. Este proyecto geoarqueológico pretende profundizar en la organización socioeconómica y en los procesos de cambio de las formaciones sociales de cazadores-recolectores, tribales y clasistas iniciales. Es decir, incidimos en los modos de producción de las formaciones sociales prehistóricas que ocuparon estos territorios. Nos interesa indagar en las bases tecnológicas y socioeconómicas de los cazadores-recolectores del Pleistoceno Superior, su vinculación al medio natural, estrategias de producción y modos de vida. Como estamos comprobando que existe una continuidad histórica de estas sociedades con las de modo de producción agropecuario, vemos de interés incidir en los procesos de enculturación y autoctonismo que se observan en las primeras sociedades productoras de esta región. Por este motivo, trabajamos en la fijación de los rasgos tecnológicos y socioeconómicos de las formaciones sociales tribales del Holoceno. Los procesos de afianzamiento en el territorio de estas sociedades, su modo de producción y modos de vida, conllevan unos fenómenos de cambio social que las conducen a la jerarquización. En suma, intentamos superar la visión Histórico-Cultural, que en esta región de análisis se expli- (1) Este trabajo se enmarca en los proyectos de investigación titulados "Estudio de las formaciones económicas y sociales prehistóricas de la banda atlántica de Cádiz" (P.A.I. HUM-440. Junta de Andalucía); "La ocupación prehistórica de la campiña litoral y banda atlántica de Cádiz (Consejería de Cultura. Junta de Andalucía) y "Caracterización mineralógica y petrológica, áreas fuente de las materias primas y tecnología de uso, de las industrias líticas de las comunidades prehistóricas de la Banda Atlántica de Cádiz" del Programa Sectorial de Promoción General del Conocimiento. Nuestro más sincero agradecimiento a los miembros del grupo: Isabel Cáceres, Andrés Ciruela, María Lazarich y Francisco Martínez. También a Laura C. Cabeza Chamorro por la traducción al inglés del resumen de este artículo. Agradecemos las sugerencias aportadas por el Comité de Redacción de Trabajos de Prehistoria. citó en modelos del Evolucionismo y Difusionismo. Pero también pretendemos transcender las unidades analíticas convencionales, planteadas en los enfoques orgánicos, tan de moda en las propuestas del Procesualismo. Analizamos los productos líticos en su enmarque en los procesos de trabajo. Se estudian los instrumentos de trabajo como medios de producción, vinculados a la transformación para el consumo y los objetos obtenidos en procesos de distribución. Estos materiales proceden bien de las prospecciones superficiales que viene desarrollando nuestro grupo en los términos municipales de San Fernando, Chiclana de la Frontera, Conil de la Frontera, Medina Sidonia y Vejer de la Frontera o bien de excavaciones en distintos yacimientos de la Banda Atlántica de Cádiz como El Estanquillo (San Fernando) y El Retamar (Puerto Real), sirviendo de referencia el contraste regional del Dolmen de Alberite (Villamartín), situado en la zona de tránsito entre la Campiña y la Sierra de Cádiz. La prospección ha sido selectiva, centrada especialmente en el reconocimiento de mesas y cerros, que han demostrado ser auténticos patrones de asentamiento. En el litoral hemos prospectado las estratigrafías naturales de los cortados y acantilados. El control geológico ha sido decisivo en las formaciones cuaternarias de depósitos de terraza y piedemonte. Hemos prospectado con interés las áreas de captación de materias primas en terrazas de ríos, arroyos y piedemontes para rocas silíceas y básicas (doleritas). Por otra parte, hemos controlado las posibles procedencias de arenisca, muy abundantes en la zona, y las áreas de afloramiento de rocas tipo doleritas (entornos de Chiclana de la Frontera y Medina Sidonia). Destacamos también que en los glacis del actual litoral hemos localizado numerosos enclaves de asentamientos "neolíticos" en zonas llanas, especialmente entre San Fernando y Conil de la Frontera. Con estos estudios interdisciplinares se pretende alcanzar, por una parte, un conocimiento del territorio explotado y controlado por las mencionadas sociedades de esta zona del suroeste peninsular y, por otra, de los recursos líticos gestionados en este entorno geológico. Todo esto nos permite aproximarnos a: 1 ) el grado de conocimiento que las formaciones económicas y sociales debieron tener del medio que explotaban; 2) las técnicas que empleaban, tanto en la captación de las materias primas, como en su transformación, y, 3) al valor social que tenían los pro-T. APUNTES A LA HISTORIOGRAFÍA DE LA COMARCA DE LA JANDA Los precursores del estudio de la zona, Henri Breuil, Eduardo Hernández Pacheco y Juan Cabré, localizaron respectivamente a principios del siglo XX, en los rebordes de la Laguna de La Janda, una serie de estaciones que llamaron Chelenses, Achelenses y Musterienses, en Tahivilla, Tapatanilla y Facinas (todos en el término municipal de Tarifa) y que fueron interpretadas según una visión del Historicismo Cultural de corte Evolucionista acorde con su época (Breuil, 1914(Breuil,, 1917a,b;,b; Hernández-Pacheco y Cabré, 1913) Breuil (1917b) realizó un completo diagnóstico geomorfológico, atribuyendo las tiendas negras a momentos postpaleolíticos y analizando la procedencia de los materiales, en este caso, areniscas y sílex. El origen de éstos está en los guijarros del tapiz aluvial de las graveras y en los sílex de plaquetas o masas tableadas en las margas que se extienden bajo la cobertera aluvial alrededor de la Laguna. Su descripción de bifaces, guijarros tallados y utillajes sobre lascas fijó una edad Chelléen, con testimonios más evolucionados de discos, raederas y utillajes sobre lascas adscritos al Musteriense. La región fue objeto de un interesante debate entre Breuil por un lado, y Hernández Pacheco y Cabré, por otro. Para Hernández Pacheco ( 1915) las tierras negras se vinculan a movimientos tectónicos en relación a las glaciaciones del Pleistoceno. Los yacimientos paleolíticos estarían casi en la superficie, fechando dichas tierras negras como prepaleolíticas. Para Breuil (1917b) las tierras negras se formaron por humidificación y transformación de los terrenos subyacentes, de naturaleza arcillosa. Considera que no contenían instrumentos paleolíticos más que en estadio secundario, valorando la edad de aquéllas en momentos preneolíticos. De aquellos trabajos destacamos el rigor estratigráfico, el buen conocimiento del terreno, lo ajustado de los diagnósticos geomorfológicos sin las modernas técnicas actuales, la integración de la arqueología paleolítica en la estratificación geológica, el estudio de los emplazamientos y su problemática situacional, una visión diacrónica de las culturas y, por último, la obtención de datos de ca-rácter petrológico con inferencias de áreas fuente de materias primas. Tras estos estudios pioneros no existirá una continuidad en trabajos monográficos, pasando a formar parte de las síntesis y visiones de conjuntos clásicos de la Prehistoria peninsular. Constituyen un conjunto de manifestaciones importantes en el marco de la superestructura ideológica para relacionarlas con las formaciones sociales tribales que habitaron la zona. En los años sesenta, Acosta (1968) abordó las manifestaciones de arte esquemático sobre la gran base documental de Breuil y Cabré, actualizando su enmarque tipológico en los criterios normativos característicos de aquella época en España. Desde hace unos años son objeto de estudio a cargo de algunos investigadores (Mas y Torra, 1990; Mas et alii, 1995). También hay que recordar la labor de Breuil (1917a) en el control de los núcleos dolménicos de Purenque-Larraez, siendo después localizados nuevos enterramientos por Mergelina (1924). Señalamos que en la comarca de La Janda habían predominado los estudios de las ocupaciones paleolíticas y de las estaciones con arte, lo que evidenciaba un manifiesto vacío en cuanto al estudio de poblados y asentamientos. Una visión idealista del arte, próxima a los enfoques del arte por el arte, y con más atención al mundo de los muertos que al de los vivos, descuidó el control del territorio, tanto de los lugares de producción como de los de habitat y consumo. Hay que indicar también que las excavaciones de Pellicer en Cueva de Dehesilla (Acosta y Pellicer, 1990) supusieron la fijación evolutiva y normativa del "Neolítico" en las vecinas sierras de Cádiz (Pe-Uicer y Acosta, 1982). Pero realmente faltó una investigación de base en el territorio atlántico. En esta línea de trabajo profundizamos en lo relativo a las sociedades tribales, en la conjunción de poblados, necrópolis y estaciones con arte. Analizamos los recursos, tecnologías, aspectos de la producción, distribución y consumo de estas formaciones sociales que tienen ya un modo de producción agropecuario. En las sociedades tribales se produce la incorporación de los medios naturales de la producción, a un modelo de propiedad colectiva, puesto que su explotación está condicionada por la inversión social de fuerza de trabajo (Arteaga, 1992; Bate, 1978; Ramos y Giles, 1996; Vargas, 1990; Vicent, 1991). CONTEXTO GEOGRÁFICO Y GEOLÓGICO El área estudiada está localizada en el extremo más occidental de las Cordilleras Béticas, limítrofe con la Depresión del Guadalquivir, situada al noroeste de la misma (Fig. 1). Geográficamente se halla en la Banda Atlántica entre el litoral y la campiña de Cádiz, con escaso relieve, que nunca supera los 200 m.s.n.m. y rodeada de relieves que no sobrepasan los 700 m. (Sierra Blanquilla al noreste y Sierra del Retín al sur). La Laguna de La Janda, desecada en los años 60 y transformada en terrenos de regadío, se elevaba unos 5-6 m.s.n.m. Se trata de una zona húmeda asociada a procesos de encharcarniento no totalmente permanentes (fuerte componente estacional), en la confluencia de los ríos Barbate, Celemín y Almodovar. El origen de esta depresión de fondo casi plano está posiblemente asociado a procesos tectónicos relativamente recientes. La más que probable alta concentración faunística que a lo largo del Pleistoceno Superior y Holoceno ha tenido este paraje, unida a la fertilidad de sus suelos, atrajo probablemente en un principio a las bandas de cazadores-recolectores del Paleolítico y más tarde, aprovechando la indudable fertilidad de las denominadas "tierras negras", presentes en estos depósitos holocenos, a las formaciones sociales tribales de agricultores y ganaderos del Neolítico. Geológicamente (Fig. 2), esta cubeta plana, rellena en su mayor parte de depósitos cuaternarios, se sitúa sobre tres grandes grupos de materiales de diferentes edades y litologías. El primero está constituido por los del Subbético Medio, en especial arcillas y yesos del Trías Sudibérico (Trías de faciès Keuper) en los que es frecuente la presencia de doleritas (rocas comúnmente conocidas como "ofítas") (Morata, 1993), aunque también afloran materiales del Jurásico y Cretácico. El segundo está formado por las Unidades del Campo de Gibraltar, constituidas principalmente por las "areniscas del Aljibe", con intercalaciones arcillosas y un Flysch de edad miocena. Sobre estos materiales se emplaza el área estudiada (comarca y antigua Laguna de La Janda). A continuación encontramos materiales post-orogénicos, del Mioceno-Plioceno (especialmente biocalcarenitas), distribuidos en diferentes afloramientos localizados en el margen oeste del área de estudio y formando la mesa sobre la que se asienta el yacimiento de Los Charcones. Contexto geológico de la zona de La Janda (modificado de Gutiérrez Mas et alii, 1991). Las flechas indican procedencia de ofítas y areniscas. aparece el relleno cuaternario de los cauces fluviales y el fondo de la antigua Laguna de La Janda, ya citados (Gutiérrez et alii, 1991 ). LOS INICIOS DE LA ECONOMÍA DE PRODUCCIÓN Estratigráficamente, los asentamientos ocupan depósitos del Holoceno en dunas y niveles edafosedimentarios por encima de formaciones del Pleistoceno Superior. Se documentan en espacios físicos variados, de los que se han excavado El Estanquillo (Ramos, 1993) y El Retamar, con diversidad de estructuras y áreas de actividad (2). Otros emplazamientos son de reducidas dimensiones, observándose una gran diversidad funcional de los enclaves. Hay evidencias tecnológicas de ocupación de asentamientos por sociedades tribales del "Neolítico" en el medio litoral de San Fernando: El Estanquillo-Fase I, Camposoto, La Marquina, Pago de la Zorrera, Nuñez, Huerta de la Compañía, Pago de Retamarillo, Avenida de la Constitución/Huerta del Contrabandista, Huerta del Tesoro, Edificio Berenguer, Avenida de la Constitución (Ramos et alii, 1994b) y, en Puerto Real, El Retamar. La fauna del Estanquillo muestra una economía complementaria entre la ganadería, con vaca y cerdo-jabalí (Bernáldez, 1994) y el marisqueo, con consumo de Tapes (Ruclitapes) decussatus, Theba pisana, Ostreidae, Gly cyme ris sp., Gly cyme ris glycymeris, Ensissp., entreoíros (Menez, 1994). (2) Tenemos en estudio, junto a otros compañeros del Proyecto de Investigación, la excavación del asentamiento de El Re-tamar (Puerto Real, Cádiz), que aporta muchos datos sobre estructuras y áreas de actividad diversificadas. La excavación de dicho yacimiento fue debidamente autorizada por la Junta de Andalucía, con la dirección de María Lazarich y José Ramos. análisis de la fauna de El Retamar (3) muestra la presencia de Capra/Ovis y Bos taunts. Además se documenta la caza de conejo y ciervo. Se conocen asentamientos de interior en el término municipal de Chiclana de la Frontera, como La Mesa, Arroyo Galindo, Arroyo de la Cueva, Casa de la Espan*agosilla, Lagunetas I, Loma de Puerto Hierro, Camino de los Quintos, Casa de Postas y Pago Matamoros (Ramos et alii, 1997a). Son de dimensiones variables, asentados sobre arenas amarillas algo arcillosas del Plioceno, con niveles carbonatados. También ocupan medios con suelos de tipo lehm y margas abigarradas, así como litosuelos del Trías, muy aptos para el cultivo de cereales. Todos los indicios sugieren que los terrenos de areniscas del Aljibe con tierra parda forestal son aptos para la ganadería. El yacimiento de Los Charcones (Vejer de la Frontera) (Fig. 1) es un ejemplo de poblado interior que se asienta sobre una "mesa" de materiales terciarios que se eleva entre 20 y 75 m.s.n.m. y unos 15 a 60 m.s.n.m. sobre el nivel de inundación que debió tener en épocas pasadas la antigua Laguna de La Janda (Ramos et alii, 1995b). La tecnología lítica neolítica es muy variada con útiles vinculados a procesos de trabajo relacionados con actividades de caza y pesca: microlitos geométricos (trapecios), láminas con borde abatido, truncaduras, fracturas retocadas y evidencias de la técnica del microburil. Hay útiles de función doméstica, como raspadores, buriles, muescas y denticulados, y otros para la producción agrícola, con utillaje de tipo laminar, con retoques abruptos y/o continuos de uso y elementos de hoz (con dorsos, truncaduras y bordes abatidos). Las cerámicas tienen decoraciones incisas, almagras, elementos de suspensión y prensión (cordones, asas de cinta y mamelones). Sus formas son globulares y cilindricas (indican funciones de almacenaje). Hay cuencos semiesféricos y de casquete esférico con funciones de consumo. El Dolmen de Alberite y el asentamiento de El Retamar se pueden situar entre 5025-3640 (cal. a.C) por las dataciones absolutas con que contamos, realizadas sobre sedimentos orgánicos de carbón (Ramos y Giles, 1996; Ramos etalii, 1997b,c) (4). (3) El estudio faunístico de El Retamar está siendo realizado por Isabel Cáceres. (4) Las dataciones absolutas por radiocarbono del Dolmen de Alberite y el yacimiento de El Retamar fueron realizadas por el Pretoria Calibration Procedure en el Laboratorio Beta Analytic Inc. (University Branch, Miami, Florida, U.S.A.)-Respecto a sus modos de vida podemos inferir que son comunidades que desan'ollan aún un modelo ocupacional de cierta estacionalidad cíclica con modo de producción agropecuario, pero todavía con mantenimiento de modos de vida y de trabajo de pesca y caza estacional. En los milenios V-IV a.n.e. se produce en las campiñas de Medina Sidonia, Vejer de la Frontera, Chiclana de la Frontera y los rebordes de La Janda, un proceso hacia el habitat sedentario, con afianzamiento de la agricultura y la ganadería. La economía complementaria refleja el proceso de consolidación tribal con una marcada optimización de los recursos. Por todo ello sugerimos como hipótesis la coetaneidad entre distintos modos de trabajo, en relación a la explotación de un medio natural diversificado. El grado de desarrollo de las fuerzas productivas sugiere la presencia de varios procesos en paralelo, en el seno de estas sociedades tribales. Hay evidencias claras en el temtorio inmediato (Dolmen de Alberite, Villamartín) donde a mediados del V milenio a.n.e. se documentan objetos de prestigio tales como 110 cuentas de variscita tipo Messbasch (Clark, 1993:732), fragmentos de cuentas de aspecto vitreo, de resina o ámbar; un gran cristal de cuarzo; objetos pulimentados en anfíbolitas y metatufíta, etc., consecuencia de una acumulación de excedentes, que permite la adquisición de bienes exógenos y plantea una importante red de intercambios a gran escala (Domínguez-Bella y Morata, 1995; Ramos y Giles, 1996) puesto que ninguna de éstas fitologías se encuentran actualmente en los entornos de Cádiz, ni en zonas limítrofes. El carácter alóctono se justifica por la vinculación de los pulimentados a afloramientos de edad paleozoica del Macizo Ibérico, en el área de Sierra Morena -Sureste de Portugal. Para el cristal de cuarzo es posible asignar como probable área fuente los materiales pegmatíticos del Sistema Central, en concreto en afloramientos como los macizos de la Cabrera o Bustarviejo (Madrid). Sobre las variscitas, los análisis de difracción de rayos-X presentan resultados similares a los de las muestras geológicas de la provincia de Zamora (área de Palazuelos de las Cuevas) (Domínguez-Bella y Morata, 1995). Vinculamos estas redes de redistribución de los productos, en los milenios V y IV a.n.e., al proceso de consolidación tribal y a la aparición de las primeras contradicciones basadas en el comienzo de la apropiación social del trabajo colectivo (Ramos et alii, 1995b(Ramos et alii,, 1997b)). CONSOLIDACIÓN DE LA TRIBALIZACIÓN Y PROCESOS DE JERARQUIZACIÓN SOCIAL EN LOS MILENIOS IV Y III A.N.E. En las sociedades tribales de modo de producción agropecuario se produce el cambio de la incorporación de los medios naturales de la producción a un modelo de propiedad colectiva, puesto que su explotación está condicionada por la inversión social de fuerza de trabajo. Aldeas como La Mesa (Chiclana de la Frontera), Los Charcones (Vejer de la Frontera) o Cantarranas (El Puerto de Santa María) (Fig. 1) reflejan un aumento de la producción agrícola, la aparición de los primeros excedentes (campos de silos en Cantarranas, aumento de formas cerámicas de almacenaje). Ello indica y expresa el modelo característico tribal donde el trabajo acumulado en la producción se convierte en un bien colectivo, básico para mantener al grupo social. Por otro lado, en la vía parental, algunos sectores de la base tribal se apropian de la fuerza de trabajo comunitaria de los productores. Este proceso se vislumbra muy bien en el megalitismo (dólmenes deAlberite, del Aciscar y de Los Charcones) (Lám. I) y se concreta en procesos donde la reciprocidad queda regulada por el parentesco y aparecen las primeras contradicciones en el seno de un modelo de propiedad colectiva. Se observan, pues, desajustes entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el sistema de relaciones sociales de producción. Se aprecian procesos de transformación de la tierra, control del territorio, centralización poblacional con su correspondiente coerción ideológica, en Cantarranas, La Mesa y Los Charcones. En torno a estos grandes poblados hay pequeños asentamientos de producción y diversificación funcional: en Chiclana de la Frontera, Arroyo Galindo, Laguna de la Paja, El Fontanal, Cerro del Moro, Cortijo Majada Alta, Loma del Lentiscar I y II, La Nava, Cerro de la Naveta, Camino de los Marchantes II, Casa de la Esparragosilla (Fig. 1) (Ramos et alii, 1993(Ramos et alii, -1994)). La economía complementaria se relaciona con un territorio geológicamente diverso: la Campiña Sur (donde se sitúa el poblado de La Mesa) y las unidades del Campo de Gibraltar que tienen una orografía accidentada, apta para un mayor peso de la ganadería, salvo en los poblados situados sobre suelos de tipo lehm margoso bético, de mayor Lám. I. Dolmen en el yacimiento de Los Charcones (Vejer de la Frontera, Cádiz). potencialidad agrícola (La Mesa, Los Charcones, Loma de Puerto Hierro). Las cerámicas indican funciones domésticas y de consumo (cuencos y cazuelas carenadas) y de almacenamiento (orzas, ollas). Las herramientas líticas talladas evidencian el mantenimiento de actividades domésticas (raspadores, lascas con retoques de uso, muescas, denticulados), junto a otras relacionadas con la producción agrícola (elementos de hoz). Hay útiles pulimentados, vinculados con el trabajo y explotación de la tierra (hachas) (Fig. 3) y otros relacionados con actividades domésticas. Así agrupamos los asociados con actividades productivas, de transformación de productos alimenticios (moletas, molinos, morteros), de producción artesanal (azuelas, gubias, escoplos), para la fabricación de útiles de trabajo (martillos, percutores) e instrumentos de una posible función social o ideológica (brazaletes de arquero) (Pérez, 1997). La organización territorial del poblamiento durante los milenios IV y III a.n.e. es de asentamientos, de tipo aldeano, de carácter segmentario, donde siguen predominando los fenómenos de la "igualdad colectiva tribal", que se institucionaliza, junto a un proceso de ideologización y legitimación por vía parental de las desigualdades. Esto genera un proceso de desigualdad en las relaciones sociales de producción hacia la transición a las sociedades clasistas iniciales. La nuclearización de los poblados (Cantarranas, La Mesa, Los Charcones y Loma de Puerto HieiTo) (Fig. l) se explica desde las relaciones sociales de producción de las comunidades y se evidencia empíricamente en la distribución de enclaves adyacentes (pequeñas aldeas para el control de la produc- ción, lugares de extracción y aprovechamiento/ transformación de las materias primas). Pero el proceso de producción y el control en la explotación del trabajo se realiza desde los poblados mencionados (5). PETROGRAFÍA Y MINERALOGÍA DE LOS PRODUCTOS LÍTICOS Hemos analizado un muestreo que consideramos representativo de las diferentes litologías presentes en los productos líticos estudiados. Una primera aproximación se realizó mediante la determinación de visu de los mismos. Posteriormente, se seleccionaron muestras significativas de los diferentes litotipos para su estudio mediante microscopía óptica de luz transmitida, obteniendo láminas delgadas de algunos útiles y/o fragmentos de éstos, así como de diferentes rocas procedentes del entorno geográfico-geológico (Lám. Este estudio comparativo entre los materiales arqueológicos y geológicos será la base para la identificación de las posibles áreas fuentes de aquellos. Estos estudios mineralógicos y petrológicos ya han sido desarrollados por nuestro grupo en otros yacimientos como el Dolmen deAlberite, con la metodología habitual en ellos (Domínguez-Bella y Morata, 1996). El estudio petrográfico de los diferentes materiales líticos nos ha permitido definir los tipos litológicos presentes en el conjunto de 186 útiles estudiados, pertenecientes a yacimientos de la Banda Atlántica de Cádiz, pudiéndose diferenciar entre ellos (Fig. 4, Tab. Tan sólo se han identificado las doleritas, de naturaleza subvolcánica, compuestas fundamentalmente de clinopiroxeno y plagioclasa; suelen presentarse formando bloques aislados de escala deca a hectométrica, incluidos en los materiales arcilloso-yesíferos del Trías Subbético y con variedades texturales controladas por las diferencias en los tamaños de sus componentes minerales (grano fino-medio (>1 mm) y grano grueso (>2 mm). Destacan los útiles realizados sobre anfibolitas, cuarcitas, micaesquistos y ortogneis. Es importante el hecho de haber identificado varias azuelas elaboradas en sillimanita (variedad fibrolita). Se han identificado rocas detríticas (lutitas, areniscas y conglomerados) y carbonatadas (calizas s.str. y calcarenitas nunmulíticas). Además, se han documentado algunos fragmentos de jaspe. (5) Dado el estado actual de nuestro proyecto, la territorialidad, como relación de los grupos humanos con el medio, la entendemos en el marco de un predominio de las relaciones sociales. Por ello no trabajamos con las técnicas funcionalistas de la arqueología espacial en las versiones procesuales tan de moda, que reducen al hombre al concepto de "estómago bípedo" (Nocete, 1988). Para relaciones entre asentamientos costeros y los de interior, vinculación a medios naturales y la relación de estos con las áreas de recursos ver figuras 1 y 2. DETERMINACIÓN DE AREAS FUENTE PARA LA INDUSTRIA LÍTICA La determinación del área fuente, de los diferentes materiales líticos empleados, se reaUza mediante el estudio de los materiales geológicos presentes en las proximidades de los yacimientos arqueológicos (Fig. 2). Esto nos permite conocer si tienen una procedencia autóctona o alóctona. En este caso, se ha identificado un porcentaje del 89,5 % de los materiales estudiados, de origen posiblemente autóctono, es decir que han sido obtenidos en un entorno próximo al yacimiento arqueológico estudiado (<10 km.), por el contrario, el 10,5 % restante, presentaría un origen claramente alóctono a los emplazamientos arqueológicos. Si comparamos los porcentajes de las distintas litologías que aparecen en yacimientos arqueológicos limítrofes con La Janda (Chiclana de la Frontera -Medina Sidonia y Conil de la Frontera) (Fig. 4), se observa una desigual distribución que en determinados casos muestra una relación directa entre la abundancia relativa de un tipo de roca y la geología de la zona (Figs. En este sentido, se puede citar como de gran interés Los Charcones, emplazado al norte de la antigua Laguna de La Jan-Lám. IL Microfotografías con luz doblemente polarizada: A) de una sección de lámina delgada de una moledera procedente del yacimiento de los Charcones, y B) de una arenisca (Areniscas del Aljibe) procedente de los afloramientos rocosos situados al norte del yacimiento. L Distribución estadística de la Banda Atlántica de Cádiz). (% y número) y relación entre tipo de útil y litología (para datos procedentes de yacimientos da sobre terrenos pertenecientes a las Unidades del Campo de Gibraltar, y en concreto a los afloramientos de areniscas del Aljibe. Aquí la primera litología en importancia es la arenisca (Fig. 4, Lám. lib), tras la que aparecen las doleritas. Por contra, en La Mesa (Chiclana) emplazada sobre materiales del Trías Sudibérico de las cuencas de los Arroyos Salado y Saltillo predomina la dolerita (Fig. 4) con una clara relación espacial entre los yacimientos arqueológicos y las áreas fuente de materia prima (Fig. 2) y son escasos los útiles en arenisca, a pesar de la proximidad de los afloramientos de este tipo de roca. Las asociaciones minerales presentes en las doleritas ("oñtas") permiten precisar su afinidad a las descritas en las unidades triásicas de las Zonas Externas de las Cordilleras Béticas (Morata, 1993). Considerando los límites espaciales entre autoctonía y aloctonía, podemos tomar como autóctonos a estos materiales, sobre todo si se tiene en cuenta la existencia de afloramientos de doleritas (aquí siempre asociadas a los materias del Trías en las proximidades de Chiclana de la Frontera -Medina Sidonia, al igual que ocurre con los de Conil de la Frontera) (Fig. 2). Respecto a las rocas metamórfícas, es posible precisar las posibles áreas fuente para el caso de la sillimanita y el ortogneis, aunque para el resto de este tipo de rocas, su gran distribución en áreas metamórfícas hace difícil concretarlas. En este sentido, la ausencia de nodulos de sillimanita de suficiente tamaño en esta zona de las Cordilleras Béticas, así como de ortogneises con características petrográficas como las presentes en las muestras estudiadas, hacen pensar en un área fuente ajena a las mismas. Así pues, estos dos litotipos son alóctonos al área de estudio. No se puede hacer la misma precisión para los otros materiales líücos de origen metamórfico, ya que estos afloran ampliamente en las diferentes unidades de las zonas internas de las Cordilleras Béticas. En cualquier caso, se puede afirmar que son alóctonos, aunque no es posible precisar su área fuente. Sin embargo, los materiales sedimentarios utilizados como soportes sí se pueden considerar autóctonos, ya que incluso aquellos que pudieran no aflorar directamente en el área de estudio, pudieron haber sido transportados a través de los diferentes cursos fluviales que atraviesan zonas del Subbédco Medio. Un caso excepcional podría corresponder a los útiles realizados en jaspe, ya que la escasez de este material entre los de las Cordilleras Béficas permite apuntar a una aloctonía del mismo. INFERENCIAS ECONÓMICAS DEL ESTUDIO GEOARQUEOLÓGICO En conclusión, aproximadamente el 90 % de los recursos analizados, explotados para la producción de instrumentos líticos pulimentados en el área estudiada, son locales (6). No hemos documentado hasta ahora evidencias de trabajos de cantería en los afloramientos de doleritas. Pensamos que la captación de la materia prima sería realizada fácilmente. En estos afloramientos de dolerita suelen aparecer bloques de piedra separados por causas naturales (diaclasado y disyunción esferoidal) que en muchos casos podrían haber sido aprovechados para su posterior transformación, lo que no requeriría una gran inversión de fuerza de trabajo. A partir del registro realizado sobre las posibles relaciones entre la litología y la tipología de los útiles estudiados (Tab. 1), se puede confirmar la existencia de un predominio de litologías de alta resistencia al desgaste y buen comportamiento mecánico (baja fragilidad, alta o media-alta, buen pulido). Dentro de este tipo de litologías predominan las rocas ígneas, especialmente las doleritas. Estas son utilizadas de forma masiva para la fabricación de instrumentos, especialmente hachas. Otras litologías poco comunes o inexistentes, al menos en esta zona, tales como sillimanitas y jaspes, se corresponden generalmente con útiles de pequeño tamaño y muy buen acabado, siendo materiales importados. Por otra parte, la presencia de instrumentos fabricados con materias primas alóctonas al área de estudio, en un ámbito periférico como es la Banda Atlántica de Cádiz, en el proceso histórico del IV al III milenios a.n.e., se debe enmarcar en un fenómeno de redistribución (Manzanilla, 1983) de productos, consistente en un auténtico movimiento de bienes hacia un centro (Arteaga, 1992; Nocete, 1989; Pérez, 1997). El control de excedentes agrícolas en poblados tipo La Mesa y Los Charcones, en los que se han localizado un mayor número de materiales alóctonos, permite obtener por la vía de la redistribución ciertos bienes de prestigio e instrumentos de trabajo (6) El estado actual del proceso de investigación en fases aún de prospección y con pocas excavaciones tendería siempre a relativizar los porcentajes aportados. Pero la asociación y estudio de los productos pulimentados de los entornos de La Mesa con ofitas y de Los Charcones con areniscas avalan nuestras hipótesis de trabajo sobre la autoctonía de la mayor parte de instrumentos de la producción. que legitiman el control territorial y social (7). Creemos que son razones vinculadas a la organización socioeconómica centralizada las que explican estos fenómenos.
permite hacer una valoración sobre la reutilización funeraria de los dólmenes del Sureste desde el Bronce Final hasta la Antigüedad Tardía. La presencia en los ajuares de materiales diagnósticos de esos periodos y la datación de restos óseos confirman esta práctica funeraria con mayor frecuencia de la hasta ahora considerada, no sólo en dólmenes, sino también en otros espacios funerarios colectivos. Se discute el ritual de cremación y la falta de evidencias en la zona para su adscripción al Calcolítico debido a la frecuente reutilización de los sepulcros. La datación por C14 se convierte en herramienta imprescindible a la hora de abordar futuros estudios del material óseo humano procedente de estos enterramientos colectivos. El registro arqueológico constituye la base para el análisis histórico de las sociedades prehistóricas. En él descansa la posibilidad de contrastación de las hipótesis que se plantean, al tiempo que la cantidad, la fiabilidad y calidad de ese registro determinan nuestro nivel de conocimiento. La arqueología se ha preocupado por documentarlo cada vez con mayor fiabilidad, desarrollando metodologías de excavación y de interpretación sedimentaria con el fin de precisar al máximo las circunstancias concretas de cada hallazgo. La cantidad y calidad del registro dependen principalmente de otros factores ajenos al propio proceso de excavación, aunque algunos de ellos pueden corregirse para permitir una mejor calidad de los restos recuperados y facilitar su posterior estudio e interpretación. Sin embargo, la información obtenida en excavaciones antiguas resulta, en determinadas ocasiones, imprescindible en nuestros estudios y debemos manejarla pese a desconocer su grado de fiabilidad, aceptándola sin una suficiente valoración crítica. Este es el caso de las sepulturas colectivas megalíticas excavadas mayoritariamente por L. Siret a fines del siglo XIX y principios del XX en el Sureste de la Península Ibérica, conjunto que centra el interés de este trabajo. Las excavaciones de Siret permitieron documentar la existencia, en muchos casos, de violaciones y destrucciones parciales de las sepulturas, señalándose expresamente la reutilizacion funeraria de algunos sepulcros megalíticos (Siret 1913: 409), aspecto éste apenas valorado por la historiografía más reciente (vid. infra). Con posterioridad a tales trabajos sólo se han producido re-excavaciones en algunos de estos sepulcros (por ejemplo, García Sánchez y Spahni 1959; Almagro y Arribas 1963; Olaria 1977), y nuestro actual nivel de conocimiento sobre ellos se sustenta, en gran medida, en las excavaciones antiguas de Siret, descritas con cierto detalle en los cuadernos de campo que se encuentran depositados en el Museo Arqueológico Nacional (M.A.N.) (Martín 2001), y que fueron recopiladas en los años 40 por G. y V. Leisner (1943) en su obra Die Megalithgräber der Iberischen Halbinsel. I, Der Süden, libro de referencia obligada para el resto de investigadores posteriores. La interpretación del mundo funerario dolménico en el Sureste ha contado con dos graves carencias: A. Una de carácter metodológico, con el manejo parcial del registro disponible y en parte desconectado de la información original recogida por Siret. Esto afecta a la ordenación y presentación de las sepulturas seguida en el magnífico trabajo del matrimonio Leisner (1943); así, por ejemplo, Maicas (1997) señala como en el caso de las sepulturas del Llano de la Lámpara no se recogen la totalidad de los materiales y se aprecian algunas discrepancias con los proporcionados en la parte gráfica. B. La segunda carencia es de base teórica y ha sido ignorar el carácter de contexto abierto que tienen estos sepulcros, con su continua reutilización. El trabajo de Acosta y Cruz-Auñón (1981) influyó de manera determinante a la hora de rechazar sus orígenes Neolíticos; para estas autoras la presencia de ciertos elementos, que se adscriben hoy claramente a esos momentos iniciales, eran considerados arcaísmos o restos de una tradición anterior (Fernández-Posse 1987: 3), clasificando todo este fenómeno sepulcral en el Calcolítico. Sin embargo, la utilización sepulcral de estos espacios no termina en esos momentos de la Prehistoria Reciente. Más bien al contrario, los anti-guos monumentos continuaron albergando enterramientos de poblaciones muy posteriores a sus momentos fundacionales. Así parece confirmarlo el hallazgo de materiales campaniformes en un buen número de megalitos, procedentes de diferentes ámbitos geográficos del territorio peninsular, sobre todo si tal presencia se valora más como el "aprovechamiento un tanto incidental y esporádico de determinados monumentos en fechas tan avanzadas", y no tanto como "el exponente arqueológico de las últimas generaciones que se enterraron por sistema allí" (Delibes et al. 1993: 44). Este fenómeno va a perdurar en algunas zonas de la Península Ibérica durante el Bronce Antiguo y Pleno (Delibes et al. 1993: 86; Schubart 1997; Lomba 1999: 74), como atestiguan la cerámica y el metal en alguna de las necrópolis del interior de la provincia de Granada durante la Edad del Bronce argárica (Ferrer 1982: 129, Montero 1994) (1). A partir del Bronce Final se ha considerado, con razón, que dicha costumbre pasaría a ser excepcional, seguramente por haber perdido el sentido funerario que había caracterizado a los monumentos funerarios hasta entonces (Delibes 1985: 23 s.;Delibes et al. 1993: 45). No obstante, el caso del Sureste viene a matizar esta afirmación, toda vez que, como tendremos la ocasión de comprobar, la reutilización de sepulcros megalíticos en esta zona puede considerarse como un fenómeno relativamente frecuente, identificado de manera muy clara en algunas excavaciones más recientes, como Domingo 1 (Fonelas, Granada) (Ferrer 1977; Ferrer y Baldomero 1977; Ferrer et al. 1988: 39 ss.), pero, sobre todo, por la presencia en colecciones antiguas de elementos de ajuar recuperados en estos espacios funerarios y que no ofrecen duda sobre el periodo cronológico al que pertenecen. No deja de llamar la atención que, aunque ya el propio Siret (1913: 409) y, de una forma más sistemática, G. y V. Leisner (1943) -aunque limitándose a recoger lo señalado por aquel en sus documentos inéditos-dejaran cumplida cuenta de la existencia de reutilizaciones, que adscribieron a la Edad del Hierro o Stufe V de Siret (Tab. 1), tales noticias apenas hayan sido valoradas hasta la fecha. Esto hay que relacionarlo con la falta de un estudio detallado del material correspondiente a dichas reutilizaciones y con la práctica ausencia en el trabajo de los Leisner de documentación gráfica relativa a los materiales que (1) Ejemplos de esta reutilización se encuentran en sepulturas de los conjuntos de El Barranquete (Almería), Llano de la Gabiarra, Llano de la Campana o Los Eriales (Granada). Adscripción crono-cultural de las sepulturas megalíticas del Sureste pertenecientes a la Colección Siret, con reutilizaciones del Bronce Final, según Siret (LG) y los Leisner (1943) (en negrita se incluye las que presentan, además, materiales de cronología histórica). En cursiva se destacan las tumbas reutilizadas sólo con posterioridad al Bronce Final. evidencian tal hecho, impidiendo así su correcta valoración cultural y cronológica. Por todo ello, este fenómeno no ha sido confirmado de forma inequívoca hasta los años 70 del siglo XX, tanto por la excavación del citado sepulcro megalítico de Fonelas, como por la realización de una serie de análisis de composición de algunos objetos procedentes de la re-excavación realizada por García Sánchez y Spahni (1959) de las necrópolis megalíticas del río de Gor (Granada), valorados acertadamente por Molina (1978) como prueba del uso de antiguos sepulcros por parte de las poblaciones del Bronce Final del Sureste. Más recientemente, Castro et al. (1996: 192, Apéndice VI, no 882 y 1136) han "recuperado" algunas dataciones radiocarbónicas publicadas en los años 70 para plantear posibles enterramientos de ese mismo periodo en los sepulcros megalíticos almerienses de El Barranquete 11 (Níjar) y La Encantada I (Cuevas de Almanzora) (2). El re-estudio de la Colección Siret del M.A.N. nos ha permitido documentar un número elevado de reutilizaciones, cerca de 40, en su mayoría fechadas durante el Bronce Final (3), aunque también haya otras posteriores, lo que dota de mayor envergadura a dicho fenómeno, que hasta la fecha ha sido escasamente valorado como parte del mundo megalítico. Pero, además, la revisión de las sepulturas con materiales del Bronce Final nos ha puesto en contacto con una realidad oculta en la interpretación y estudio del mundo funerario del Sureste: los enterramientos de épocas aún más tardías, alcanzando el mundo tardo-antiguo o, incluso, etapas más recientes. No podemos valorar con precisión la frecuencia de estos enterramientos realizados en diversos periodos posteriores al Calcolítico ya que las violaciones sufridas y la excavaciones antiguas limitan esta visión, sin embargo, como ya señalará Ferrer (1986: 106), más que en utilizaciones continuas y prolongadas en el tiempo, hay que pensar en la reutilización de tales sepulcros de forma coyuntural y esporádica (Id. 1982: 132), a pesar de que, como veremos por los datos que a continuación se exponen, quizás el término esporádico a partir de ahora no sea el más adecuado para el Bronce Final. En este trabajo de revisión, basado en el manejo de la documentación original de Siret y de los materiales depositados en el M.A.N., hemos podido corregir parcialmente la adscripción cultural de algunos de los materiales recuperados, erróneamente clasificados en trabajos precedentes (4), supeditada a las circunstancias metodológicas de ex-cavación de la época y a las condiciones de almacenamiento del mismo. Los análisis de composición han ayudado también a la asignación cronológica de algunas piezas de metal. En una gran parte de los casos la tipología del material es suficientemente diagnóstico para definir el periodo de reutilización (Bronce Final, Edad del Hierro, Romano,...), aunque también existen sepulturas con indicios de reutilización en las que no se puede llegar a precisar la época o épocas concretas de uso. Finalmente, la realización de tres dataciones radiocarbónicas (5), que se suman a otras consideradas inicialmente como anómalas (Tab. 2), ha venido a confirmar y completar los datos aportados por la cultura material. La reutilización de sepulcros megalíticos a lo largo del Bronce Final puede considerarse, al menos en el Sureste, como relativamente habitual. El fenómeno ya había sido señalado por Siret (1908: 430;1913: 409; etc.), quien confirmaba la superposición de los objetos pertenecientes a las diferentes fases de ocupación del espacio funerario, respetando en cada caso el mobiliario de la precedente: "Las sepulturas de la edad del hierro se encuentran en el país esparcidas, aisladas: ocupan generalmente lomas bajas, como las de la época neolítica: en varios casos se han utilizado para ellas los dólmenes de dicha época, sobreponiéndose los objetos de las dos edades. Los ritos de la inhumación simple y de la incineración aparecen simultáneamente en algunas sepulturas" (Siret 1908: 429 s.). No obstante, y a pesar de contar con una serie relativamente numerosa de reutilizaciones megalíticas, los diarios de excavación realizados por Pedro Flores, capataz de Siret y responsable directo de los trabajos de campo, no suelen informar sobre las mismas, aunque en ocasiones se señalara la presencia de materiales situados por encima de los hallazgos que confirmaban la ocupación precedente. (2) Estos autores hacen extensiva la posibilidad de un enterramiento también del Bronce Final en la tumba 8 de El Barranquete, a partir de los análisis publicados por Montero (1992: Apéndice I, AA1303), relativos a un anillo de bronce con plomo. (3) Lorrio, A.J. e.p, El mundo funerario en el Sureste de la Península Ibérica (siglos XI-VII a.C.). (4) Por ejemplo, en el trabajo de Montero (1994) algunos materiales se clasifican en época argárica al aplicar exclusivamente un criterio tecnológico como es la aparición de la aleación con estaño. En estos casos no se tuvo en cuenta que los materiales pudieran ser aún más tardíos. Ejemplo de estos errores de clasificación son el anillo de la sepultura 8 de El Barranquete comentado en la nota 2 o un fragmento de brazalete de La Encantada I clasificado como calcolítico, aunque realmente pertenece al Bronce Final. También la mayor parte de los adornos incluidos en el Calcolítico, como las cuentas, son por composición y tipología del Bronce Final. (5) Los análisis de composición de los metales y dos de estas nuevas dataciones se han realizado dentro del marco del proyecto BHA2001-0248: "Caracterización tecnológica de la metalurgia del Bronce Final en la Península Ibérica", mientras que la documentación y estudio de los materiales correspondientes a las reutilizaciones se enmarca dentro del proyecto BHA2003-08222 del Ministerio de Ciencia y Tecnología y FEDER: "Meseta-Mediterráneo. De la Edad del Bronce a la aparición de la escritura". es el caso del Llano de los Baños de Alicún 6 (Villanueva de las Torres) y del Llano de la Sabina 98 (Guadix), en Granada, donde se encontró, respectivamente, "una sortija de cobre a un metro del piso" y una serie de objetos "de cobre" a 0,70 m, "acreditando huesos de otra gente más nueva", materiales todos ellos cuya adscripción cultural remite al Bronce Final, según hemos podido confirmar a partir de su análisis tipológico y químico. La nómina de sepulturas encuadrables en el horizonte cronocultural que nos ocupa ha podido completarse gracias al trabajo manuscrito de L. Siret titulado Listes générales des sepultures N 1, N 2, N 3, B 1, Fe. Se trata de una obra inédita (LG en lo sucesivo), conservada en el M.A.N., en la que el autor recoge, en forma de matrices, una parte importante de los enterramientos de la Prehistoria Reciente por él excavados, principalmente los neo-Fig. A, Reutilizaciones durante el Bronce Final; B, Id. durante el Bronce Final y época histórica; C, Id. durante época histórica. D, sepulturas del Bronce Final reutilizadas: 42, La Gorriquía; 43, Las Alparatas. Siret;[11][12]28,[32][33][34]otros investigadores). líticos y calcolíticos, así como un pequeño porcentaje de los pertenecientes al Bronce Inicial y Pleno -toda vez que deja fuera de los listados las tumbas de la Edad del Bronce procedentes de lugares de habitación, con mucho las más numerosas durante la época argárica-, incluyendo igualmente los enterramientos atribuibles al Bronce Final, que Siret consideraba de la Edad del Hierro. La relación incluye, junto a sepulturas de nueva planta, otras que, a partir de los materiales recuperados y/o la propia estructura funeraria, pueden interpretarse como antiguos sepulcros megalíticos reutilizados. Tales reutilizaciones implicarían, por lo común, la deposición de los restos óseos, en su mayoría inhumados, en el interior de un sepulcro de corredor, realizado con grandes lajas o con mampostería, aunque también esté presente, probablemente, la reocupación de tumbas más sencillas, generalmente de planta circular. Este tipo de práctica está bien documentado en las tierras almerienses de la Cuenca de Vera, el Alto Almanzora, el Campo de Tabernas y la Cuenca Baja del Andarax, así como en las granadinas de los ríos de Gor y Fardes, con un total de 40 casos identificados (Fig. 1 y Tab. Estos datos confirman lo apuntado anteriormente en relación a la presencia de tales reutilizaciones en La Encantada I o en algunos sepulcros de los grupos megalíticos de Gorafe y Fonelas. A este listado cabría añadir las ya citadas de El Barranquete 8 y 11, en el Campo de Níjar. Uno de los aspectos más llamativos de estas tumbas del Bronce Final es su carácter colectivo, como confirman Domingo I, en Granada, con un número mínimo de 4 inhumaciones (García Sánchez y Jiménez 1988: 82) o Los Millares 33 (Santa Fe de Mondújar), en Almería, con otros 4. En los restantes casos el número de enterramientos de este periodo es más difícil de determinar al tratarse, muchos de ellos, de reutilizaciones de sepulcros megalíticos y dada la ausencia de información por parte de los excavadores sobre el particular. En ocasiones, la simplicidad formal de las estructuras funerarias y la ausencia de materiales pertenecientes a una supuesta fase más antigua de uso del sepulcro permite plantear que se trate de posibles sepulturas de nueva planta. Este es el caso de Los Millares 33 y 35, dos cistas rodeadas por un túmulo, en cualquier caso localizadas en la periferia de una importante necrópolis megalítica. No obstante, la ausencia de materiales de épocas precedentes no implica que estemos necesariamente ante una sepultura de nueva creación. Este podría ser el caso de los enterramientos de Loma de los Caporchanes 2 (Vera), El Alamillo 1 (Turrillas) o Con respecto a la cronología de estas reutilizaciones, se constata su presencia desde las fases iniciales del Bronce Final, perdurando hasta alcanzar su fase final, donde quedaría encuadrado el conjunto del Llano de la Sabina 99, con una fíbula de doble resorte, elemento cuya cronología podría remontarse a los siglos VIII-VII a.C., confirmando que la práctica de realizar los enterramientos en el interior de los monumentos megalíticos se mantendría hasta un momento avanzado del Bronce Final III. REUTILIZACIONES DE ÉPOCA HISTÓRICA A partir del siglo VIII/VII a.C. se abandonará la costumbre de enterrar a los muertos, en su mayoría inhumados, en los antiguos sepulcros megalíticos, coincidiendo con el cambio de ritual que supone la generalización de las necrópolis de incineración. De esta forma, hasta el cambio de era apenas tenemos evidencias que nos indiquen la utilización de las antiguas tumbas por parte de los grupos protohistóricos del Sureste. 2), remite a plena Edad del Hierro y plantea la posibilidad de que a lo largo de este periodo se hubieran utilizado de forma esporádica antiguos sepulcros, en este caso una tumba del Bronce Final. Curiosamente, será a partir de los dos primeros siglos de nuestra Era, cuando empieza a registrarse la presencia de materiales que, aunque a veces puedan interpretarse como restos de visitas esporádicas o evidencias de saqueos por parte de los nuevos pobladores, en otras constituyen enterramientos realizados en las antiguas tumbas tumulares. Esto lo confirma tanto la propia tipología de los objetos recuperados (ungüentarios, lucernas, vasos de vidrio, monedas, etc.) como la datación radiocarbónica de algunos de los restos humanos. La elección de este tipo de monumentos para acoger una nueva sepultura podría explicarse con su propia condición de hitos, perfectamente visibles en el paisaje, aunque no puede descartarse que los nuevos usuarios de las tumbas megalíticas percibieran el carácter funerario de tales monumentos, posiblemente por la destrucción, parcial o total, de algunos de ellos, debida a los diversos procesos, antrópicos o no, a los que se habrían visto sometidos a lo largo del tiempo. Como hemos indicado, la evidencia de tales reocupaciones viene marcada por la identificación de un nutrido conjunto de materiales que abarcan un amplio periodo que cabe situar entre los siglos I y VI d.C., aunque algunos de ellos apunten a cronologías incluso más recientes, y que, en la actualidad, se encuentran mezclados con los pertenecientes a las ocupaciones prehistóricas precedentes. Siret (LG) ya identifico algunos de estos materiales, anotando la presencia de cerámica a torno en algunas de las tumbas que atribuía a la Edad del Hierro, materiales que, cuando hemos tenido la ocasión de estudiarlos, corresponden generalmente a época histórica. En otros casos, como el Llano de los Frailes 2 (Alhama de Almería), la vaga referencia "saqueada" que acompaña a la sepultura podría estar referida a la evidente presencia de materiales de época tardorromana actualmente conservados formando parte del conjunto. La nómina de sepulturas que han proporcionado materiales cuya datación puede situarse desde época altoimperial hasta la Antigüedad Tardía incluye (Tab. 1 y Fig. 4): los sepulcros almerienses de 1-2, terra sigillata sudgálica; 3, terra sigillata africana tipo A; 4, ungüentario cerámico; 5-7, lucernas de volutas; 8, fragmento de brazalete de vidrio. Arete visigodo de la tumba 3 de los Baños de Alicún (9). La Encantada I y III (6), Loma de los Caporchanes 2 y Llano de los Frailes 2 y el enterramiento granadino del Llano de los Baños de Alicún 3 (Villanueva de las Torres), conjuntos a los se podrían añadir otros de adscripción más dudosa. Por su parte, las dataciones radiocarbónicas realizadas sobre restos humanos de Loma de los Caporchanes 2 y Loma de las Alparatas 1 (Turre, Almería) confirman esta cronología. En La Encantada I se han recuperado diversos objetos metálicos que pueden atribuirse al Bronce Final, pero además encontramos un interesante conjunto de clara adscripción romana de época altoimperial, como fragmentos de terra sigillata sudgálica y una vasija de cerámica africana, restos de varias lucernas de volutas y un ungüentario cerámico (Fig. 4,1-7). Junto a ellos, varios elementos de adorno, como un brazalete de pasta vítrea negra (Fig. 4,8). En general, el material nos remite a un momento centrado entre mediados e inicios del siglo II d.C. La Encantada III proporcionó, al parecer (7), diversas cuentas de collar de variados tamaños y formas, de pasta vítrea, cornalina y oro. Se trata de un conjunto de gran interés, similar a otro procedente de Los Caporchanes 2 -actualmente desaparecido, pero del que conservamos el dibujo original de Siret-formado por una cuenta de oro múltiple y 31 cuentas de cornalina de forma cilíndrica, tipológicamente diferenciables de las propias del Bronce Final, momento al que pertenecen la mayor parte de los objetos que formaban el ajuar. El Llano de los Frailes 2 proporcionó un conjunto heterogéneo de materiales, unos adscritos al Bronce Final y otros claramente tardorromanos, como varias monedas, elementos habituales en los enterramientos de la época: una moneda de "lancero" de Constancio II o Juliano, fechada entre el 355 y el 363 d.C., con la inscripción sps publica, no legible en nuestro ejemplar, y un minimus de comienzos del siglo V d.C., aunque por el desgaste que (6) El estudio de los materiales de estas sepulturas conservados en el M.A.N. y la revisión de los diarios de P. Flores o las fichas realizadas en 1953 al catalogar la Colección Siret han permitido constatar que, al menos, una parte de los objetos de ambas sepulturas se halla mezclado en la actualidad. Este es el caso de algunas de las piezas metálicas atribuidas a la reutilización de la sepultura durante el Bronce Final, así como un collar formado por cuentas de pasta vítrea, cornalina y oro, fechable en época romana. (7) Así consta, al menos, en la relación de objetos procedentes de esta sepultura, realizada al catalogar la Colección Siret tras su ingreso en el M.A.N. En la actualidad el conjunto aparece como procedente de La Encantada I. (Vid. nota anterior). presenta podría fecharse hacia mediados de la centuria. A éstas se suma un importante lote cerámico de procedencia africana; junto a ellos, la boca de un ánfora. Además, completando lo que parece sin duda un ajuar funerario de la época, los restos de un frasquito de vidrio. Otra reutilización de época tardoantigua están bien documentada en la sepultura 3 del Llano de los Baños de Alicún, que proporcionó un arete de latón (8) con remate facetado (Fig. 4,9), de tradición romana, hallazgo relativamente frecuente en contextos funerarios de época visigoda (Ripoll 1985: 34, figs. 14,3, 24,7-8, 36,1-2 y 65,2; Ebel-Zepezauer 2000: 80 y 312, con el catálogo completo de los ejemplares peninsulares, lista 14D; etc.), aunque Siret lo adscribiera, con dudas, a la Edad del Hierro. Finalmente, entre los materiales cerámicos puede mencionarse la presencia de tres recipientes de (8) Análisis PA10078: 89,7 % Cu; 6,1 % Zn; 1,8 % Sn; 1,1 % Pb. cerámica a torno procedentes de otras tantas sepulturas incluidas por Siret entre las de la Edad del Hierro (Tab. 1): Huéchar 10, en Alhama de Almería (Almería), y Llano de los Castellones 11 y Hoya de los Castellones 12, en Gorafe (Granada). A pesar de la simplicidad de sus formas, estas cerámicas parecen asimilarse a ejemplares de cronología más avanzada, pudiéndose señalar para los dos últimos casos su carácter islámico. Se trata de fragmentos que corresponden a cerámica común o de cocina, habiéndose encontrado sólo un ejemplar por tumba. No podemos descartar su carácter funerario, ni tan siquiera para los ejemplares islámicos, ya que aunque la presencia de ajuares resulta poco frecuente en los enterramientos de esta época, bien es cierto que cuando se documentan suelen limitarse a la presencia de objetos sencillos (Mayorga y Rambla 1994: 322; Ponce 2002: 137 ss.), pero tampoco el que estemos ante remociones de los antiguos sepulcros, quizás relacionadas con el expolio de los mismos. Puede decirse, pues, que la presencia de materiales de cronología histórica en las sepulturas megalíticas de la Colección Siret no es un hecho aislado. Incluso algunas de estas sepulturas, como sería el caso de Los Castellones 11 y 12, son la confirmación de que las tumbas megalíticas fueron objeto de sucesivas visitas, con similares o diferentes intereses, al presentar también elementos susceptibles de ser atribuidos al Bronce Final, lo que ya llevó a Siret a defender tal propuesta. La datación radiocarbónica realizada a restos humanos procedentes de tres de las sepulturas de la Cuenca de Vera con materiales del Bronce Final ha confirmado lo que la cultura material ya indicaba, esto es, la evidencia de que durante la Antigüedad Clásica las sepulturas prehistóricas fueron también utilizadas como lugares de enterramiento. La homogeneidad de los ajuares relacionados con dos inhumaciones, La Gorriquía 1 -ya comentada-y Las Alparatas 1, ambas claramente adscribibles al Bronce Final, y la buena conservación de los restos de la incineración de Los Caporchanes 2 sirvieron de criterio para la selección, a pesar de que en esta última sepultura existieran algunos indicios sobre la posible presencia de algún objeto de cronología más reciente a la de los materiales propios del Bronce Final. 2), con la que cabe relacionar el hallazgo, ya citado, de un conjunto de cuentas de cornalina y oro, y la anotación de Siret sobre la presencia de cerámica con la indicación tour? 2), aunque en este caso no se haya documentado objeto alguno que avale esta cronología, lo que por otro lado no debe sorprender, ya que remite a un momento en el que son frecuentes las inhumaciones sin ajuar. Tanto los datos aportados por el laboratorio Beta analytic a nuestras consultas, que descartan la posibilidad de contaminación, como los indicios particulares en cada una de ellas sobre enterramientos Tab. Dataciones de C14 de algunas tumbas del Sureste. posteriores, así como los más generales que presentamos en este artículo sobre la reutilización funeraria en épocas históricas, nos llevan a aceptar su validez, extensible a la datación de La Gorriquía 1. A ello cabe añadir que la mezcla de restos humanos de yacimientos diferentes de la Colección Siret resulte muy poco probable por la minuciosidad en el proceso seguido en su desembalaje (Taracena del Piñal 1953) y la contrastación realizada con la documentación original de Siret (9). LA REUTILIZACIÓN DE ESPACIOS FU-NERARIOS EN OTRAS ZONAS DE LA PE-NÍNSULA IBÉRICA: ALGUNOS EJEMPLOS La existencia de visitas, tanto en época prehistórica como histórica, a los sepulcros megalíticos es un fenómeno bien conocido, relacionándose en general con expolios o, incluso, con la realización de ritos litolátricos (Delibes 1985: 24). En ocasiones, como hemos podido comprobar, los antiguos monumentos se reutilizaron como lugares de enterramiento, ya desde un momento relativamente temprano, como confirma la presencia de materiales campaniformes o de las fases Antigua y Plena de la Edad del Bronce (vid. supra). Durante el Bronce Final, se conocen algunos pocos casos de reutilizaciones de antiguos sepulcros dolménicos en otros territorios peninsulares, aunque de momento nunca de una forma tan evidente y con tanta intensidad como en el Sureste. Así cabría interpretar, quizás, el hallazgo en el sepulcro de corredor de Las Arnillas (Moradillo de Sedano, Burgos) del arco de una fíbula de codo con pivote que permitiría situar la intrusión en torno al siglo VIII a.C. Aunque la pieza apareció en el revuelto de la cámara, los excavadores plantean su posible asociación con una vasija globular a mano de borde decorado con ungulaciones, una cuenta de collar esférica de pasta vítrea de tono verdoso, así como un pequeño colgante de asta que representa la cabeza de un animal, decantándose por considerar las piezas, en concreto la fíbula, como una ofrenda funeraria o de carácter votivo más que como una simple pérdida (Delibes et al. 1986: 28 s., 35, figs. 9,12;11,10;13,2;14,1). Por otra parte, la posible reutilización de una antigua tumba megalítica con fines funerarios ha sido señalada para el sepulcro portugués de Roça do Casal do Meio (Calhariz, Sesimbra) (Torres 1999: 141 s.;Id. 2002: 355; con la bibliografía sobre el tema), monumento formado por una cámara con cubierta de falsa cúpula a la que se accede por un largo corredor, y en cuyo interior se depositaron dos inhumaciones acompañadas de diversos objetos de raigambre mediterránea. El conjunto ha sido considerado como evidencia del comercio precolonial y algunos autores, incluyendo sus excavadores, han señalado su proximidad tipológica con tumbas de Cerdeña y Sicilia (Blasco 1987: 25) por lo que no habría que considerar la tumba como la reutilización de un megalito (Belén et al. 1991:251). Sin embargo, según recuerdan Belén et al. (1991: 237) "los excavadores señalan que algunos detalles estratigráficos sugieren una diferencia apreciable entre los momentos de construcción del monumento y los de deposición del enterramiento (Spindler et al. 1973-74: 117)". La ausencia de material no es un argumento definitivo en contra de su construcción en el Calcolítico y no está de más el recordar el caso de Loma de los Caporchanes 2, El Alamillo 1 o Pozos del Marchantillo 10, tres sepulturas con tipología claramente dolménica (Fig. 2) que proporcionaron tan sólo materiales del Bronce Final o, incluso, de momentos posteriores, pese a lo cual no hemos descartado para ellas un posible origen calcolítico, dada su semejanza formal y estructural con las fechadas con seguridad en ese momento. Además, la reutilización de este tipo de monumentos durante el Bronce Final resulta un fenómeno frecuente en la zona. Una interpretación similar se ha señalado para El Palmerón (Huelva) (Cerdán et al. 1975: 99 no 32), una tumba de cámara y corredor que proporcionó un rico ajuar orientalizante (vid., al respecto, Torres 1999: 64 s., 141). Más abundantes resultan las evidencias de visitas y violaciones de los monumentos en épocas más recientes, como confirman los propios dólmenes de la comarca de La Lora, en el Noroeste de Burgos, donde tales remociones no pueden considerarse como esporádicas. Así, la presencia de materiales romanos está documentada en el dolmen de Ciella (Sedano), donde, además de algunas cerámicas anaranjadas a torno, se documentó lo que parece ser el extremo de un pasador en "T" (Delibes et al. 1983: 187; Delibes et al. 1993: 46); en El Moreco (Huidobro), un fragmento de terra sigillata hispánica, tipo cerámico igualmente presente en Fuentepecina I (Sedano); mientras que de San Quirce (Tubilla del Agua) procede un vidrio de costillas (Delibes et al. 1993: 46). Hallazgos similares están presentes en otros conjuntos dolménicos, como confirma el pasador en "T" de El Sotillo, en la Rioja Alavesa (Barandiarán et al. 1964), habiéndose documentado deposiciones funerarias romanas en los sepulcros del entorno de Cueva Mayor (Atapuerca, Burgos) (Delibes et al. 1983: 187). Entre los casos de dólmenes con reutilizaciones debemos mencionar también los de Aralar (Navarra) (Aranzadi y Ansoleaga, 1915). Diversos objetos de metal en bronce y hierro señalan la presencia de estas intrusiones en diversas épocas, incluidas las históricas. Aranzadi y Ansoleaga (1915: 41) utilizaban la cita de Déchelette (1908: 396) (10) para confirmar la construcción prehistórica de los dólmenes y señalar que los elementos más modernos que suelen encontrarse correspondían a enterramientos más superficiales o provenían de rellenos revueltos. Tales visitas continuaron aún en épocas más recientes, como ponen de manifiesto diversos materiales que confirman la violación del sepulcro en época medieval y moderna: este es el caso de sepulturas de La Lora burgalesa como Las Arnillas que proporcionó, además de las piezas comentadas, cerámica a torno de difícil adscripción cronológica, una pieza de vellón de Fernando el Católico, y los restos de decenas de animales domésticos, seguramente por haber servido el monumento en época reciente como pudridero de grandes reses apestadas (Delibes et al. 1986: 29 s. y 35, fig. 15; Delibes et al. 1993: 59); la Cotorrita (Porquera de Butrón), donde se documentó una moneda de vellón de Enrique III (Osaba et al. 1971: 97); Collado Palomero I (La Rioja) con tres monedas de Felipe IV halladas en el sepulcro de corredor (Pérez Arrondo 1983: 56), o del dolmen de Fuentepecina III (Sedano), donde se descubrieron varios enterramientos medievales en la zona occidental del túmulo (Delibes et al. 1993: 79), que vienen a confirmar la atracción que ejercieron estos monumentos, hasta época relativamente reciente, como lugar de enterramiento, lo que hemos tenido ocasión de documentar en el caso del Sureste. Pero no son sólo los monumentos megalíticos los reutilizados, en otros espacios funerarios colectivos como las cuevas naturales o artificiales se documentan enterramientos de diversas épocas. Así puede entenderse la presencia de adornos personales broncíneos con aleaciones y tipologías propias del Bronce Final en algunas cavidades naturales de las comarcas del Alto Vinalopó y L'Alcoià-Comtat, en Alicante, utilizadas durante el Calcolítico como lugares de enterramiento. Este sería el caso de cavidades como la Cueva de las Delicias (Villena), una cueva de enterramiento colectivo en uso durante el Calcolítico que proporcionó un interesante conjunto de adornos (aretes, anillos, eslabones y una posible hebilla de cinturón) adscribibles al Bronce Final (Simón 1998: 100, 348, fig. 60,1-16), elementos todos ellos presentes en los enterramientos del Sureste propios de ese horizonte cultural. En esta línea debemos destacar el hallazgo en la Cova d'En Pardo (Planes), una cavidad utilizada durante el Calcolítico como necrópolis de inhumación múltiple, de dos inhumaciones en fosa, sin ajuar alguno, una de las cuales ha proporcionado una datación radiocarbónica (Beta 124123: 2970 + 70 BP; 1 sigma 1215-1000 cal BC) (11) que ha permitido a sus excavadores vincular el enterramiento con los momentos tempranos del Bronce Final, atribución que vendría confirmada por la presencia en la cavidad de especies cerámicas que remiten a este momento (Soler et al. 1999) (12). Como en el caso de los sepulcros dolménicos, algunas de las cavidades utilizadas como cementerios durante el Calcolítico también han ofrecido materiales de época protohistórica e histórica, cuya interpretación no siempre es fácil de determinar. Un buen ejemplo lo tenemos en la Cova de la Pastora de Alcoy (Alicante), típica cavidad de enterramien-(10) En este punto puede ser conveniente recordar que la frecuente aparición de materiales más modernos provocaron un cierto debate a fines del siglo XIX y principios del XX sobre la cronología de construcción de estos monumentos. Dechelette (1908: 395-396) se refiere en concreto a los dólmenes bretones en los que aparecen inhumaciones e incineraciones de épocas más recientes (Edad del Hierro y Romana) y monedas. Bradley (2002: 118 y ss.) recoge algunos de estos enterramientos como ejemplos de la reutilización y reinterpretación del pasado en épocas romana y medieval. (11) Además de esta datación, cabe referirse, para el caso levantino, a otra, en este caso sobre carbón, del nivel I -constituido por diversos enterramientos-de la Cova de Mas d ́Abad (Coves de Vinromá, Castellón) (I-8935: 2960 + 85 BP) (Gusi 1975: 75). (12) Sobre el posible uso funerario durante el Bronce Final de otras cavidades levantinas, en muchos casos reutilizando antiguas cuevas de enterramiento calcolíticas, vid. Soler et al. 1999: 166 ss. y Soler 2002, II: 101. to múltiple, donde se identificaron materiales adscribibles al Bronce Final (Simón 1998: 108; Soler et al. 1999: 168), además de algunas cerámicas fenicias, ibéricas plenas y romanas imperiales (Martí Bonafé y Mata 1992: 108, con la bibliografía anterior). También la provincia de Granada ha proporcionado información sobre el uso funerario que, durante la Edad del Bronce debieron tener algunas cuevas naturales utilizadas en épocas anteriores como lugares de enterramiento. Este es el caso de la Cueva del Cortijo del Canal (Albolote), una cavidad natural con enterramiento colectivo desde finales del Neolítico y a lo largo de la Edad del Cobre, en la que se documenta material del Bronce Final: un conjunto de 5 brazaletes de bronce, dos de ellos decorados, semejantes a los utilizados durante el citado periodo en el Sureste peninsular (Navarrete et al. 1999(Navarrete et al. -2000: 55 ss., fig. 17): 55 ss., fig. 17). Otro ejemplo lo tendríamos en la Covacha de la Presa, en Loja, enterramiento colectivo calcolítico en el que se han detectado niveles de enterramiento campaniformes y otros del Bronce argárico (Carrasco et al. 1977: 111), aunque la presencia de un pasador de hueso con doce perforaciones cilíndricas y una punta de flecha de aletas y largo pedúnculo (Carrasco et al. 1979: Láms. III y IV,1) sugieren el uso funerario de la cavidad también durante el Bronce Final. Esto mismo se repetiría, igualmente de forma aislada, en época romana, pues así creemos que puede interpretarse el hallazgo de restos de ungüentarios (Carrasco et al. 1979: 162, nota 5), elemento habitual entre el ajuar funerario de las necrópolis altoimperiales (13). EL PROBLEMA DE LOS HUESOS QUEMADOS Y EL RITUAL FUNERARIO La utilización del fuego durante el Calcolítico en el interior de los monumentos colectivos megalíticos es una práctica suficientemente conocida. Prueba de ello serían la presencia de hogares o de carbones, así como de huesos quemados que, por sus características, parece que lo fueron sin parte orgánica y con fuegos de baja intensidad, por lo común sólo afectando a determinadas zonas de los mismos. No obstante, la reutilización de los megalitos en periodos como el Bronce Final o en época romana altoimperial, donde el ritual funerario consiste en la incineración del cadáver, dificulta la valoración de la presencia de huesos quemados en tales contextos. Estos huesos son susceptibles de ser relacionados con cualquiera de los momentos de uso del sepulcro, sobre todo si se trata de monumentos destruidos en mayor o menor medida, donde no siempre es fácil determinar el carácter intrusivo de los restos, o, como es el caso que nos ocupa, estamos ante excavaciones antiguas, carentes de un registro riguroso de los hallazgos. A ello hay que añadir que, en muchos casos, las descripciones conservadas no detallan con precisión cual era el estado de los huesos en el momento de su hallazgo, no discriminando si se trataba de huesos secos simplemente quemados o si eran la evidencia del rito incinerador ( 14). En el Sureste contamos con abundantes noticias referidas a la presencia de huesos quemados en el interior de sepulcros megalíticos, muchas de ellas procedentes de las excavaciones de Siret. Este es el caso de Los Millares, donde -a partir de las noticias de Flores publicadas por los Leisner-Almagro y Arribas (1963: 177 ss.) señalan la presencia de huesos quemados en un buen número de sepulturas, que para estos autores hay que entender como "vestigios de fuego en los huesos" y no como incineraciones, considerando tales combustiones como parciales, que sólo afectaron a una parte mínima del osario depositado en una misma sepultura colectiva; tales noticias se vieron confirmadas con la reexcavación de algunas sepulturas, encontrándose todavía algunos restos óseos con "rastros de fuego" (Almagro y Arribas 1963: 173). Igualmente, en La Encantada I, se recuperaron algunos huesos "calcinados", mientras que en La Encantada II, se documentaron algunos huesos quemados esparcidos por la cámara (Almagro Gorbea 1965: 36 y 52). También en las necrópolis granadinas del río de Gor, García Sánchez y Spahni (1959: 105) señalan la presencia de "huesos carbonizados en numerosos dólmenes", lo que les lleva a pensar en "una cremación incompleta (13) Otros ejemplos serían las cuevas artificiales del Cerro de las Aguilillas (Ardales, Málaga) (Ramos Muñoz et al. 1997), que también parece que fueron utilizadas en época romana y tardorromana. (14) A este respecto, cabe señalar que Flores, en sus cuadernos inéditos, utiliza la expresión "huesos quemados" sin dar mayores detalles al respecto. Su presencia se documentaría, en gran cantidad de enterramientos megalíticos distribuidos por las provincias de Almería y Granada, dato éste que hemos podido constatar tras la revisión de los Diarios de Campo de Pedro Flores y la documentación inédita de Siret (LG). No obstante, tales listados deben ser utilizados con precaución, siendo necesario su contrastación directa con los restos óseos y, en última instancia, como veremos, con la datación de éstos. Por su parte, M.a J. Almagro (1973: 88) indica en El Barranquete la "aparición constante", en 7 de las 11 sepulturas excavadas, de "restos de fuego y huesos parcialmente quemados"; fuego que no afectó nunca al esqueleto entero, sino a alguna parte "muy pequeña" del mismo, "generalmente el cráneo" (15), lo que fue observado, igualmente, por C. Olaria (1979: 528) en una tumba de corredor de El Chuche (Almería). En la revisión de las sepulturas de la Colección Siret con materiales del Bronce Final -o posteriores-únicamente hemos encontrado tres casos -de los cerca de 40 estudiados-, de restos humanos sometidos a la acción del fuego tras el descarnamiento del cadáver (de Miguel, comunicación personal). Se trata de Los Millares 71 (Santa Fe de Mondújar), Hoya de los Castellones 38 (Gorafe) y Llano de la Sabina 99 (Guadix), tres tumbas calcolíticas reutilizadas durante el Bronce Final. Los huesos quemados, presentan una coloración en tonos marrones y negros, fruto de su "carbonización", aunque sin que se observe agrietamientos en la superficie, lo que parece sugerir el que se trate de hueso seco, sometido a temperaturas inferiores a los 400o C (Etxeberria 1994: 114) (16). Aunque carecemos de información por parte de Flores, cabe aventurar que tales restos óseos se habrían quemado en el propio sepulcro, posiblemente durante el Calcolítico, a pesar de que al no conservarse evidencia alguna de carbones, posiblemente debido a la deficiente recuperación del registro por el capataz de Siret, esto tan sólo sea demostrable con la datación directa de los restos. Los huesos parcialmente quemados pueden deberse a diversos factores entre los que se ha destacado el acondicionamiento del espacio funerario ya usado. Es lo que Andrés (1998: 44) ha denominado como "cremación postdeposicional" o "higiénica", aunque aceptando que, seguramente, se trate en realidad de un rito purificador. En este sentido Siret (1907: 428) resultaba muy explícito en la descripción de la tumba de La Encantada I: "Contenía huesos de más de cincuenta individuos: muy pocos conservaban sus conexiones naturales; todos estaban puestos á mano, y en varios casos formaban montones parcialmente carbonizados por la acción de pequeños hogares encendidos debajo de ellos dentro de la sepultura, en el mismo sitio que ocupaban". En estos casos la datación de los carbones de los hogares, pero también de los propios restos de los supuestos fuegos "higiénicos", nos ofrecería la cronología de esa actuación y permitiría determinar si es un fenómeno contemporáneo a los últimos enterramientos o sucesos más tardíos ajenos al ritual Calcolítico; por desgracia, esta comprobación es hoy día imposible para las sepulturas de la colección Siret (17). No obstante, se han apuntado algunas otras explicaciones: la purificación de los muertos o cremación de aromas u ofrendas a los mismos (Almagro Gorbea 1973: 188), fuegos relacionados con la clausura del monumento (vid., al respecto, Rojo y Kunst (eds.) 2002, con diferentes trabajos sobre el tema), sin descartar la posibilidad de que se trate de fuegos accidentales (Almagro Gorbea 1973: 112 s.;Delibes 1995: 72 ss.;vid., una revisión del tema en Delibes y Etxeberria 2002: 49 s.). El que bastantes de estos sepulcros se encontrasen violados y saqueados podría justificar también otras interpretaciones, como la que atribuye la posibilidad de que la "cremación incompleta", documentada en algunos restos humanos de las necrópolis de Gorafe, pudiera deberse a las fogatas de pastores (García Sánchez y Spahni 1959: 105) (18). No obstante, no podemos olvidar que, dada la reutilización de tales monumentos para uso funerario por parte de poblaciones que practicaron el rito incinerador (cualquiera de las asentadas en la zona de estudio desde el Bronce Final hasta época altoimperial romana), la presencia de huesos cremados podría relacionarse con tales prácticas, según hemos podido constatar en la revisión de algunas sepulturas de la Colección Siret. Efectivamente, la existencia de incineraciones en urna como uno de los ritos documentados durante el Bronce Final en el Sureste ya fue señalada por Siret, indicando igualmente la presencia de inhumaciones, a menudo compartiendo un mismo espacio (15) Botella (1973: 229) indica, en su estudio sobre los restos humanos de esta necrópolis megalítica, que "muchos de los huesos aparecen total o parcialmente calcinados, algunos de ellos totalmente deformados por la acción del fuego", lo que relaciona con la utilización de hogueras rituales, o, como ocurre en la tumba 7, con la existencia de un incendio que destruyó la sepultura. (16) En este sentido, a pesar de que en Hoya de los Castellones 38 algunos de los restos quemados se hallaban rotos, fue posible su reconstrucción completa. (17) Esta apreciación no es válida para necrópolis más recientes, como la de la Loma del Boliche, ya de época orientalizante, en la que los excavadores recogieron, generosamente, un buen número de carbones procedentes de la cremación. (18) Existen algunos materiales que pueden avalar este uso por parte de pastores, entre ellos mencionamos el cencerro de hierro con badajo de cuerna de ciervo de Kalparmuño en la Sierra de Aizkorri (Guipúzcoa) (Aranzadi et al. 1919) o los aparecidos en el dolmen de Balenkaleku Norte en la sierra de Altzania (Aranzadi et al. 1921). Tal uso queda confirmado, además, por la construcción sobre los túmulos dolménicos de modernas cabañas de pastores, como la documentada en Las Arnillas (Delibes et al. 1993: 53, fig. 39). La noticia sobre la presencia de restos incinerados aparece ya recogida en la obra de los Siret, Les Premiers Ages du Metal dans le Sud-Est de l'Espagne (1887 y 1890, en castellano). En este trabajo, los hermanos Siret hacen mención al hallazgo en Qurénima (Antas) y Caldero de Mojácar (Mojácar) de "las urnas con su tapas, conteniendo cenizas de los muertos, como en Parazuelos", yacimiento del Sur de la provincia de Murcia, donde, a su vez, se habían documentado "osamentas incineradas, depositadas en urnas cinerarias muy características, provistas de tapas y dispuestas en cistos" (E. y L. Siret 1890: 84 ss.; vid., igualmente, pp. 63 s.) (19). Estas noticias se complementan con los diarios inéditos de Flores, que utiliza la expresión "restos de cadáver quemados y sin quemar", aunque, lamentablemente, tales noticias no dan información alguna de si se trataba de verdaderas incineraciones, o simplemente de huesos ennegrecidos por la acción del fuego. La revisión de un buen número de sepulturas de la Colección Siret del M.A.N. atribuidas al Bronce Final nos ha permitido confirmar las referencias citadas, pudiendo documentar la presencia del rito incinerador, consistente en someter al fuego el cadáver hasta reducirlo en mayor o menor medida a cenizas, en algunas de las sepulturas estudiadas. La presencia de incineraciones no sólo se relaciona con sepulcros de nueva planta, sino que también se han documentado restos de tal práctica -siempre escasamente representados (de Miguel, comunicación personal) (20)-, en algunas sepulturas megalíticas reutilizadas (21), generalmente durante el Bronce Final o, en ocasiones, con posterioridad, según se desprende de los materiales con los que se relacionan. No obstante, en la mayoría de estos casos se documenta igualmente la presencia de restos inhumados, que, por lo común, sería el único rito documentado en la mayor parte de los sepulcros megalíticos con evidencias de reutilización, aunque también se hayan identificado, como hemos señalado, restos ennegrecidos por la acción del fuego en algunos casos. Estas incineraciones -o cremaciones, términos que consideramos equivalentes (vid., en este sentido, Gómez Bellard 1996: 56)-debemos de entenderlas como anteriores al descarnamiento; y, a diferencia de las "higiénicas", no serían parciales, aunque, obviamente, puedan quedar fragmentos poco quemados (Etxeberria 1994: 112); el fuego es de mayor intensidad, alcanzando o incluso superando los 700o C (Etxeberria 1994: 114, tabla 2; Gómez Bellard 1996: fig. 3); y afecta muy directamente a los huesos, que presentan gran fragmentación, siendo minoritarias las partes anatómicamente identificables, con retorcimiento de las estructuras y predominio de roturas transversales, presentando coloraciones grisáceas, azuladas o blancas (Etxeberria 1994: 114, tabla 2). La datación radiocarbónica de los restos de la cremación de Los Caporchanes 2 aporta una sombra de duda sobre la aceptación, sin más, de la vinculación del rito incinerador con el uso del sepulcro durante el Bronce Final, al haber proporcionado una fecha altoimperial para la muestra, que debe relacionarse con el hallazgo de diversos elementos, no conservados en la actualidad (vid. supra). La presencia en un mismo dolmen de huesos quemados in situ por posibles acciones higiénicas o de otro tipo, junto a otros producto de la incineración del cadáver con fines rituales, seguramente en un lugar diferente al elegido para su deposición -lo que cabe relacionar, respectivamente, con el momento de uso original del monumento y con reutilizaciones posteriores-debió de documentarse en alguna ocasión, lo que dificulta la interpretación del registro, en casos, como el que nos ocupa, donde la recogida de este tipo de información no debió ser especialmente minuciosa. Un buen ejemplo lo tenemos en la sepultura de La Encantada I, donde se produjo además de la situación descrita por Siret respecto a la presencia de hogares y huesos quemados, la deposición de un enterramiento altoimperial, del que únicamente conservamos el ajuar, aunque el rito seguido debió ser el de la cremación, como ha venido a confirmar la datación de C14 del ente-(19) Esta información aparece recogida, sin apenas variaciones, en los diversos trabajos de Luis Siret en los que se aborda el tema de estos enterramientos. (20) Como excepción cabe mencionar el caso de Los Caporchanes, una sepultura de corredor, aunque con materiales del Bronce Final o posteriores, que proporcionó una cremación completa, que como se ha señalado corresponde a época altoimperial, lo que podría explicar su mejor conservación. (21) Así ocurre en Huéchar 3 (Alhama de Almería), Llano de los Castellones 11 (Gorafe) y Llano de la Cuesta de Almiel 24 (Gorafe), aunque el citado en segundo lugar haya proporcionado materiales de cronología más reciente. rramiento de Los Caporchanes, en lo que debió de ser una sepultura de características semejantes, incluso por lo que se refiere a la elección del lugar en el que se realizaría el sepelio. En consecuencia, conviene ser cautos en la determinación cultural de la práctica de cremación o incineración de cuerpos en los enterramientos colectivos del Sureste, principalmente de aquellos procedentes de excavaciones antiguas, ya que por el momento carecemos de pruebas precisas que justifiquen su cronología. El que no se señale, en los trabajos inéditos de Flores y Siret o en las publicaciones de éste o de otros autores, la presencia de materiales de épocas más modernas, no significa que no existan, ya que suele obviarse ese tipo de información cuando además los sepulcros están destruidos, dando por supuesto que son elementos intrusivos (22). Por ello, creemos que en estos sepulcros son necesarias mayores precisiones para probar la existencia de cremación parcial y/o de incineración secundaria durante el Calcolítico, defendida por algunos autores (vid., sobre el particular, Idáñez 1986; Eiroa 1995: 207 s.;Pascual Benito 2002; González Prats 2000: 241 ss.;Id. 2002: 391 ss.;vid., en contra, de Miguel 2000: 221 ss., para varias cuevas de enterramiento de las comarcas meridionales valencianas, y, de Miguel, e.p., para algunos casos de la Edad del Bronce de esta misma zona). La cremación del cuerpo fuera del sepulcro hace pensar en un ritual más propio de etapas posteriores. Esta llamada de atención sobre una valoración crítica de los datos disponibles pasa necesariamente por la datación con C14 de los restos humanos que permita confirmar o refutar su atribución cultural. Por el momento, en el material estudiado de la Colección Siret, la presencia de restos claramente incinerados, o bien se relacionan con sepulturas del Bronce Final, a veces reutilizando sepulcros anteriores, o bien con enterramientos romanos de época altoimperial. Una reflexión similar cabe realizar respecto a los restos de cadáveres inhumados, ya que no debemos de olvidar que el problema de adscribir los "huesos quemados" de las descripciones de Flores a una u otra ocupación de la sepultura puede hacerse extensible a los" "huesos sin quemar", pues como hemos podido comprobar en un buen número de ocasiones, la inhumación de los individuos en el interior de los megalitos siguió practicándose durante el Bronce Final o, incluso, en momentos posteriores, como demuestran los ejemplos de La Gorriquía 1 o Las Alparatas 1. La existencia de reutilizaciones en diversas épocas de los antiguos sepulcros megalíticos es un hecho suficientemente demostrado en diferentes ámbitos geográficos de la Península Ibérica. En ocasiones tales intrusiones se han relacionado con fines funerarios, más habituales en los casos de mayor antigüedad, como el campaniforme, para ir rarificándose a lo largo de la Edad del Bronce y prácticamente desaparecer a partir del Bronce Final, resultando desde ese momento ya claramente excepcionales. Las intrusiones, relativamente frecuentes, de época histórica, serían interpretadas, por lo común, como violaciones cuya finalidad resulta difícil de determinar, pero que no serían ajenas en muchos casos al expolio de los antiguos monumentos. El estudio de un importante conjunto de sepulturas del Sureste pertenecientes a la Colección Siret ha venido a modificar sustancialmente este panorama, confirmando la entidad que tuvo la reutilización de sepulcros megalíticos con fines funerarios durante el Bronce Final. Fenómeno que, tras una atenta revisión de las evidencias, vemos reproducirse, aunque hasta ahora no con la intensidad registrada en el Sureste, en otros ámbitos peninsulares, a veces también en el interior de antiguas cuevas naturales o artificiales de enterramiento. Igualmente interesante sería la constatación de que tales prácticas no se abandonaron por completo con el inicio de la Edad del Hierro, aunque sí disminuyeron de forma notable, habiéndose documentado algún enterramiento excepcional durante el Hierro Pleno, así como algunos ejemplos durante la época altoimperial y la tardoantigüedad, confirmados tanto por los materiales recuperados como por las dataciones radiocarbónicas, con la posibilidad de que tales prácticas se hubieran mantenido, de forma excepcional, durante la Edad Media. La datación por C14 de restos humanos procedentes de algunas sepulturas del Sureste nos ha mostrado una realidad aun más compleja para la valoración de estas reutilizaciones y abre ciertos interrogantes sobre la forma de abordar, en el futuro, los estudios relacionados con el propio material (22) Así cabe entender, quizás, la ausencia de noticias de materiales de época romana en las sepulturas de Almizaraque por parte de M.a J. Almagro (1965). óseo (antropológicos, demográficos o de paleodietas) que pasan necesariamente por una confirmación cronológica mediante, al menos, un muestreo de datación de esos restos que evite conclusiones basadas en la mezcla de individuos de periodos y culturas diferentes (desde el Neolítico a la Antigüedad Tardía, cuanto menos). La incorporación de restos más recientes cuenta con el riesgo añadido de que, al ser estos los últimos depositados, se hayan conservado más completos o con conexiones anatómicas, lo que podría haber favorecido su recogida de forma más minuciosa. Si el registro material asociado nos ha permitido identificar enterramientos de distintas épocas, en los estudios antropológicos no se debería excluir la posibilidad de encontrar inhumaciones de épocas más recientes sin ajuar. Como decíamos al principio de este artículo, el registro arqueológico es nuestra herramienta para describir y conocer el pasado. No lo distorsionemos por un mal o incompleto conocimiento y seamos rigurosos y críticos en su uso para ofrecer una base sólida de conocimiento. Carmen Cacho Quesada, por facilitarnos el estudio del material depositado en el Museo Arqueológico Nacional, agradecimiento que hacemos extensible a D.a Ruth Maicas. Igualmente, a D.a Pilar Martín Nieto por las facilidades en la consulta de la documentación inédita de la Colección Siret depositada en dicha Institución. Al Dr. Mauro S. Hernández Pérez por sus valiosos comentarios a este trabajo. Finalmente, agradecemos a M.a Dolores Sánchez de Prado, por su colaboración en el estudio del material histórico procedente de la citada Colección, siendo responsable además de los dibujos a línea reproducidos en este trabajo; y a D.a M.a Paz de Miguel Ibáñez, por proporcionarnos datos relativos a los restos humanos y por sus acertados comentarios en el apartado dedicado a los rituales, lo que constituye un avance, en ambos casos, de sus aportaciones al trabajo monográfico que venimos desarrollando sobre la Colección Siret.
En la bibliografía reciente, la tan conocida espada de Guadalajara, conservada hoy en el Museo Arqueológico Nacional, por la mayoría de los autores no sólo es tratada como pieza única sino también como hallazgo descontextualizado. No obstante, las primeras referencias publicadas sobre esta pieza, mientras todavía formaba parte de la colección Rodríguez Bauza, parecen indicar que posiblemente en su origen pertenecía a un depósito que también incorporaba otras dos hojas de espada. Una de aquellas hojas probablemente se puede asociar a la chapa de oro suelta que hoy día se conserva junto con la espada restaurada ya en los años treinta. Durante la nueva restauración de este arma a fines de los años ochenta se hicieron visibles las huellas de dos enmangues distintos, demostrando así que el estado presente, con su suntuosa decoración de oro, corresponde a una modificación secundaria. Aunque en el caso de estas armas y sus enmangues cubiertos de oro se pudiera pensar en una influencia micénica, seguramente en el de los segundos por razones tecnológicas parece más probable un origen en la misma Meseta que en el Sureste, donde, en la cultura de El Argar, más bien se estaría preparado para contar con la intrusión dé elementos egeos. Departamento de Prehistoria y Arqueología. Universidad Autónoma de Madrid. Ciudad Universitaria de Cantoblanco. El artículo fue remitido en su versión final el 5-6-98. Entre las espadas de la Edad del Bronce en la Península Ibérica destaca por su preciosa empuñadura de oro, riquísimamente decorada, una pieza probablemente hallada en tierras de Guadalajara, conservada en el Museo Arqueológico Nacional (MAN). El presente estudio pretende contextualizar este hallazgo sobre todo en lo que se refiere a las otras piezas que probablemente en un principio le acompañaron, y a las cuales, por presentar un aspecto menos extraordinario, usualmente no se ha prestado la misma atención. Al no tratarse de una pieza individual, sino de un depósito de varias piezas, el hallazgo de Guadalajara adquiere una nueva dimensión, que permite reevaluar el papel de los depósitos de armas del Bronce Medio en la Península Ibérica. Otro aspecto importante, subrayado en el presente artículo y sólo conocido desde la renovada restauración de la pieza durante los años ochenta, es que presenta huellas de varias empuñaduras distintas, lo que permite concluir que la empuñadura de oro actual corresponde a una modificación secundaria. Ello a su vez indica una larga vida para algunas de estas armas suntuosas y recomienda cierta cautela en lo que se refiere a la valoración tipocronológica de los conjuntos cerrados respectivos. DESCUBRIMIENTO E INGRESO EN EL MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL A pesar de tratarse de una de las piezas más excepcionales que hoy día se encuentran en la colección de prehistoria del MAN, casi nada se sabe sobre la procedencia exacta o las circunstancias de hallazgo de la llamada "espada de Guadalajara" (Fig. 1,1). Conocemos, eso sí, que en el año 1962 se compró a los herederos de D. Ramón Rodríguez Bauza, junto con otra chapa de empuñadura de oro suelta (Fig. 1,2 a), por Orden de la Dirección General de Bellas Artes de 1- III-1962(Expediente del MAN 1962/9). Es este uno de los pocos datos exactos que conocemos de la historia de la pieza, conservada en la Colección Rodríguez Bauza desde los años treinta, aunque solamente a partir de la década siguiente se publicaron las primeras referencias a esta pieza tan extraordinaria. Cuando Ferrandis (1943: 161) en los inicios de los años cuarenta la cita por primera vez, sólo hace una muy breve mención a una espada de bronce con chapa de empuñadura de oro como pieza destacable, sin indicar su procedencia o las circunstancias de su hallazgo. Efectivamente, en el momento de su visita D. Ramón había muerto hacía ya varios años, y fue su viuda, D^ María, quien se encargó de cuidar de la colección de su marido. Sólo a su muerte los herederos procedieron a vender la colección. El único autor que nos ofrece datos sobre la historia de la pieza antes de entrar en la Colección Rodríguez Bauza es Gómez-Moreno (1949: 341). Según sus palabras, D. Ramón la adquirió al anticuario D. Rafael García Palencia, quien la había comprado ya restaurada, siendo D. Ignacio Calvo, entonces jefe del gabinete numismático del MAN, el responsable de la restauración. También Gómez-Moreno, al referirse a la chapa de oro de la empuñadura, es el único autor que da una procedencia y fecha para su hallazgo (2). Antes de Gómez-Moreno, Carriazo (1947:792) aventura una procedencia asturiana, aunque admite que la procedencia y circunstancias del hallazgo son desconocidas. Aquí lo crucial es que, en sus reflexiones, Carriazo no sólo parece referirse a una espada, sino también a la segunda chapa de empuñadura, y a otras dos hojas de espadas de bronce, de las cuales dice que "acompañan" a la espada con empuñadura de oro (a la cual de aquí en adelante llamaremos hoja n° 1 y chapa de empuñadura n° 1 respectivamente) (3). El hecho que Carriazo aparentemente concibiera las tres espadas "argáricas" de la Colección Rodríguez Bauza como un único conjunto también podría explicar su sospecha acerca de su posible origen asturiano, porque el mejor paralelo de un conjun- (1) Queremos expresar nuestro agradecimiento a la Dra. Carmen Cacho por facilitarnos la posibilidad de efectuar este estudio, como también a Concha Papí por su inestimable ayuda en la consulta de los expedientes correspondientes y finalmente a Ignacio Montero por su esfuerzo en mejorar nuestro deficiente castellano. (2) "Ello es que, poco antes de 1930, aparecieron en tierra de Guadalajara ciertas piezas de oro, que con gran sigilo, a vistas de negocio comercial, fueron restauradas [...], resultando una espada de bronce, semejante a las de Atarfe y Linares, aunque menos larga, provista de empuñadura de oro, en chapas clavadas cuidadosamente sobre un alma de madera, desde luego moderna" (Gómez-Moreno, 1949: 341). (3) "A esta sorprendente espada acompañan los restos de otra empuñadura semejante, reducida a la caña central, aplastada, de 10 centímetros, otra hoja de espada plana, argárica, de bronce, despuntada y rota antes de llegar a los clavos, con longitud de 52 centímetros, y otra hoja de daga o espada corta, de los mismos caracteres, de 35 centímetros de larga, que conserva uno de los tres clavos que afianzaban su empuñadura" (Carriazo, 1947: 792). to de tales características efectivamente procede de la zona, más precisamente de la Cuevallusa de Ruesga en Cantabria, y a el Carriazo (1949:793) se refiere en el siguiente párrafo. La pertenencia de la hoja n° 1 y su respectiva chapa de empuñadura a un conjunto de tres espadas explicaría la presencia de la segunda chapa de oro (chapa de empuñadura if 2), que en casi todas las publicaciones desde la contribución de Carriazo a IdiHistoria de España de Menéndez Pidal se viene mencionando como pieza hermana de la chapa de empuñadura de la espada n° 1. Por su gran parecido como obras de orfebrería y por el carácter único de su decoración, ninguno de los autores cuestionó su pertenencia al mismo hallazgo. Gómez-Moreno (1949: 341), incluso, nos informa explícitamente que ambas aparecieron juntas. Curiosamente, a ningún investigador le pareció extraña la combinación de una espada completa con empuñadura de oro y otra empuñadura suelta, pese a que tal tipo de depósito carece de paralelo tanto durante el Bronce Medio, período al cual pertenecería desde un punto de vista tipológico la hoja n° 1, como durante épocas anteriores. Tampoco encajaría bien en los depósitos compuestos por fragmentos de armas y útiles del Bronce Final, en las cuales la inclusión de una espada entera sería infrecuente. Sería entonces lógico suponer que la segunda chapa de empuñadura en el momento de su deposición iba junto con la correspondiente hoja. Efectivamente, entre las otras dos espadas mencionadas por Carriazo hay una hoja que encaja muy bien con la chapa n° 2 (Fig. 1,2b). Muy probablemente esta segunda hoja y la chapa rf 2 no se restauraron del mismo modo que la espada n° 1 por el mal estado de conservación en que se encontraron: a la hoja de espada \f 2 la falta gran parte de la placa del enmangue y también la chapa de empuñadura está muy dañada e incompleta. En su tratamiento de los paralelos de la espada n*' 1 a Almagro Gorbea (1972: nota 38) se le escapó la procedencia de la hoja \f 2 de la Colección Rodríguez Bauza. De lo contrario. probablemente ya hubiese sospechado una relación con la chapa de empuñadura n° 2. Que la relación entre ambos elementos nunca fue tratada en la bibliografía asimismo encuentra parte de su razón en la mala conservación tanto de la hoja como de la chapa de empuñadura n° 2, centrándose el interés científico siempre en la hoja n° 1 y su correspondiente chapa de empuñadura precisamente por su mejor conservación y la resultante restauración. La desconexión entre ambos elementos aumentó con el procedimiento seguido en la adquisición de los materiales. En 1962 el MAN adquirió por compra la espada n° 1 completa junto a la chapa de oro n° 2, mientras que al mismo tiempo las hojas de espadas n° 2 y 3 ingresaron en el museo en depósito como parte de un lote de la colección Rodríguez Bauza compuesto por 17 piezas de distintas épocas y diversas procedencias. De este modo se perdió el carácter de conjunto que describiera Carriazo (4). Su indicación de que desconocía las circunstancias del hallazgo de la espada n° 1 no se debe entender necesariamente como contradictorio con la idea de que, ya en el momento de su descubrimiento, la pieza pertenecía a un conjunto de tres espadas. Lo que expresaría es que o Carriazo no estaba muy seguro del carácter de este "conjunto", y por eso prefirió una fórmula algo más ambigua, o bien era tan evidente para él que se trataba de un conjunto que, sin decirlo explícitamente, se refería también a las otras piezas cuando afirmaba que las "circunstancias de hallazgo se desconocen". Con todo, no se puede rechazar por completo la posibilidad que Carriazo, al utilizar el término "acompañan", sólo hiciera referencia al modo como las piezas se encontraban expuestas en la Colección Rodríguez Bauza, sin pensar que originariamente formasen un conjunto. Pero, entonces, cuesta entender que no mencionase también otros dos puñales de bronce que se conservaban en la misma Colección y que ingresaron en el MAN junto con el resto de los materiales de la colección (Expediente del MAN 1964/28). L La espada n° 1 durante su restauración en 1990, removida la empuñadura reconstruida; se observan muy bien las distintas huellas de las diferentes empuñaduras (Archivo Fotográfico. en la chapa n° 1 tal forma sólo está presente como ornamento repujado. La chapa como tal termina en una línea recta, conservándose su huella también en la pátina de la hoja. Hoy día muestra una tercera huella muy débil, unos milímetros más abajo de esta segunda huella, también de forma aproximadamente recta (Lám. Aquella tercera huella al parecer tiene su origen en la restauración de los años treinta, cuando se eliminó la doblez perpendicular de las chapas laterales, alargándolas un poco hacia abajo (Almagro Gorbea, 1972: 56; Gago Blanco, 1990: 11). Con respecto a la espada, tal y como se presenta en la actualidad, esta observación indica que cronológicamente la hoja pudiera ser algo más antigua que la chapa de empuñadura, lo que encaja muy bien con los respectivos paralelos tipológicos. En cuanto a las chapas de oro n° 1 y 2, encuentran sus mejores paralelos en dos piezas del depósito deAbía de la Obispalía, atribuible ya al Bronce Tardío o incluso al Bronce Final (Almagro Gorbea, 1974: 89). 11), de las cuales el primer subgrupo parece representar una tendencia algo más progresiva dentro de la evolución de las hojas de espada del Bronce Medio que el grupo lia. Sin embargo tal tendencia tipocronológica no permite necesariamente atribuir una fecha más reciente a todos los representantes individuales de este subgrupo, ya que el subgrupo lid demuestra unos rasgos claramente más arcaicos dentro de la misma evolución. Por otra parte, precisamente los restos de deterioro en el extremo proximal de la hoja n° 3 y una secuencia de dos huellas en forma de doble herradura en su zona del enmangue señalan la existencia de dos empuñaduras consecutivas y nos hacen sospechar una vida larga para esta pieza. Aceptando la idea de que muy probablemente se trata de un grupo de tres espadas depositadas en conjunto, el lugar de procedencia del depósito queda todavía como pregunta abierta. Carriazo (1947: 792), primer autor en tratar este asunto, afirma que la desconocía, mientras que Gómez-Moreno (1949: 341), al referirse a las chapas de la empuñadura, da como seguro que "aparecieron en fierra de Guadalajara". No sabemos dónde obtuvo esta información, pero los detalles que relata sobre la historia de las piezas antes de ingresar en la Colección Rodríguez Bauza claramente indican que disponía de alguna fuente de información a la cual ni Carriazo ni otro autor de la época tuvieron acceso. En este contexto no se debe olvidar que, entre los años veinte y los años cincuenta, el mismo Gómez-Moreno era uno de los coleccionistas de armas prehistóricas más destacados del país, disponiendo de un conocimiento buenísimo del mercado de antigüedades. Aunque informaciones derivadas de este ámbito siempre merecen cierta cautela, parficularmente en cuanto a la procedencia de los materiales, aquí una indicación tan general no da motivo a pensar en una falsificación, tanto menos cuanto que hay otros argumentos que hablan en favor de una procedencia de la zona. Parficularmente las dos chapas de oro del depósito de Abía de Obispalía, mencionadas ya por Carriazo (1947: 792-793) como mejores paralelos de las chapas de empuñadura n° 1 y 2, nos hacen pensar en un origen meseteño también para estas piezas. Los mejores paralelos para las hojas rflyl asimismo se hallan en la Meseta, y aunque espadas de la misma filiación tipológica aparecen también en el ámbito argárico, su distribución principal se encuentra claramente en el centro y el norte de la Península Ibérica. Solamente el tipo de la hoja n'' 3 tiene su origen indudable en el mediodía de la Península y hasta el momento no cuenta con paralelos en la Meseta (Almagro Gorbea, 1976: fig. 10; Brandherm, e.p.). Desde un punto de vista técnico las chapas de oro asimismo se deben considerar productos muy atípleos de la zona argárica, donde en la orfebrería predomina la fundición o bien la forja maciza, por tanto hay pocas probabilidades de que el conjunto tuviera allí su origen. Sólo en el extremo septentrional del ámbito argárico se conocen trabajos comparables por su técnicaen chapa de oro, quizá debido a la tradición de la orfebrería del mundo campaniforme, tan presente en la vecina Meseta durante el Bronce Antiguo (Brandherm, 1996:56-57). Tampoco se puede excluir la posibilidad que las espadas con empuñaduras de oro del Egeo o del Mediterráneo oriental aquí sirvieran como modelos, ya que es precisamente por esa zona, la Vega Baja del Segura y la Huerta de Murcia, por donde la mayoría de las influencias foráneas de la época parece entrar en la Península Ibérica. Bien es verdad que no existe un parentesco tipológico inmediato entre las hojas n° 1 y 2 del depósito de Guadalajara y las armas suntuosas micénicas. El origen de su forma está mucho más relacionado con las espadas tipo Tréboul-Saint-Brandan del oeste europeo (Almagro Gorbea, 1972: 61), así como últimamente con las hojas del complejo tipológico Apa-Hajdúsámson-Torupgarde de Centroeuropa (Hachmann, 1957:90-111), que con formas del propio ámbito mediterráneo. No obstante, el pronunciado alargamiento de las hojas ibéricas durante el Bronce Medio quizá se debe a una influencia tipológica secundaria por parte de los estoques micénicos sobre estos prototipos occidentales. Entre las espadas ibéricas sólo el tipo Montejícar, representado por la hoja n° 3 del conjunto de Guadalajara, quizá posea una relación tipológica algo más estrecha con los estoques micénicos, pero un origen peninsular de esta pieza también queda fuera de toda duda, así como la producción local de otras armas del Occidente europeo, que demuestran una clara inspiración en las armas suntuosas de Micenas (Schauer, 1984: 175-186). Así, un origen meseteño de las piezas pertenecientes a este conjunto, en particular de las chapas de oro, parece el más probable, aunque no se puede excluir de modo absoluto una producción de cualquiera de las hojas en el propio Sureste peninsular (Fig. 2). Hoja de espada n° 1 (Fig. 1,1b): presenta un ensanche muy ligero inmediatamente por debajo de la zona del enmangue; la misma cabeza del empalme está fuertemente dañada. De las cinco perforaciones para remaches dispuestas en forma de trapecio sólo la central se encuentra entera, las laterales por erosión de los bordes están incompletas. No se conserva ninguno de los remaches. También se presenta roto el extremo distal, que está retocado en la rotura. Los daños en ambos extremos parecen anteriores a la deposición de la pieza en el suelo; quizá incluso son anteriores al montaje de la chapa de empuñadura n° 1. La sección de la hoja tiene forma fusiforme aplanada. En general la conservación de la superficie es buena, presentando en el anverso una pátina de color verde oliva oscuro, eliminada en el reverso. Sólo en la zona del enmangue aparecieron cloruros de cobre cómo consecuencia de la restaura-T. E, 55, n.° 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ción de la pieza durante los años treinta. No obstante, es precisamente en esta zona, donde se muestran las huellas de dos empuñaduras distintas, de las cuales la más antigua en su borde distal presenta forma de doble herradura. La más reciente, por el contrario, termina en una línea casi recta. Esta última huella aparentemente se puede asociar a la empuñadura originalmente cubierta con la chapa de oro n° 1, que también muestra un ornamento en forma de doble herradura, pero que en este caso sólo está rehundido y no recortado, como fue la empuñadura anterior. En cuanto al aspecto metalúrgico de la hoja n° 1 se refiere, un reciente análisis espectrométrico de fluorescencia de rayos X nos permite hablar de un cobre arsenicado (Rovira Llorens et alii, 1997:215 [num. anáUsis: PA7513A]). Eso claramente contradice al resultado de un análisis espectroquímico semicuantitativo efectuado en los inicios de los años setenta, que indicaba un notable porcentaje de estaño en la composición de la pieza (Almagro Gorbea, 1972: nota 5). Aunque la problemática de los análisis por energía dispersiva de rayos X sobre superficies limpias está bien conocida (Rovira Llorens ^í a///, 1997:7; Ankner, 1998:157-161), en este caso nos inclinamos a prestar mayor confianza a la metodología más moderna. Hoja de espada n° 2 (Fig. 1,2 b): la cabeza del empalme está bastante destruida, y a pesar de la restauración parcial de la pieza parece imposible determinar con alguna seguridad la posición original de los remaches. Además el ligero ensanche de la hoja sólo se puede observar en un lado de la pieza debido a la fuerte corrosión en algunos tramos del borde. Falta el extremo distal. La sección de esa pieza se asemeja a la forma fusiforme de la hoja n° 1, en general con tendencia algo más romboidal, ligeramente aplanada en la zona del enmangue. También comparte con la pieza anterior su huella de empuñadura en forma de doble herradura, en este caso única, por lo que parece lícito deducir que siempre estuvo provista de una empuñadura semejante a la primera de la hoja n° 1. Hoja de espada n° 3 (Fig. 1, 3): aproximándose tipológicamente más a los llamados "esto-ques" (5) que a las espadas propiamente dichas, también dispone de dos huellas de empuñadura superpuestas, ambas en forma de doble herradura, de las cuales la primera sólo se conserva en parte. Como el extremo proximal se encuentra dañado y el martillado de los bordes laterales se extiende por la zona del enmangue, cabe suponer que la pieza en un principio era más larga, y que la primera huella quizá se asoció a una forma de empuñadura algo distinta, posiblemente con otro remache en posición proximal y escotaduras laterales correspondientes. Quizá incluso el remache conservado, de sección cuadrangular redondeada, no perteneciera originalmente al arma sino que sólo se montara con la segunda empuñadura. Según un análisis espectrométrico de fluorescencia de rayos X la pieza es de cobre arsenicado (Rovira Llorens et alii, 1997: 215 [num. análisis: AA0898]). Chapa de empuñadura n° 1 (Fig. 1,1a): está compuesta originalmente por cinco láminas de oro, rotas hoy día en seis fragmentos principales y tres menores. Dos láminas trapezoidales totalmente decoradas cubriendo la mayor parte del anverso y del reverso del enmangue enlazan con el cilindro de la empuñadura misma y con sus "asas" laterales que, a su vez, cubren los flancos de la zona del enmangue. El pomo está revestido por otras dos láminas lisas y parece posible que, en un principio, en su base hubiera otra lámina de oro, en forma de disco circular, hoy perdida (Pingel, 1992: 248-249, fig. 59). 216 [num. análisis: PA7513C]) publicaron análisis metalúrgicos de las distintas láminas. La decoración de las dos láminas de anverso y reverso se compone de un ornamento rehundido en forma de doble herradura en su borde inferior y simples líneas de puntos a punzón rellenando casi todo el resto de su superficie, entre las cuales hay, próxima al borde superior de la lámina, una sola línea de bollitos repujados algo mayores. Los huecos entre las zonas puntilladas indican la posición (5) Para la distinción entre los "estoques" y las espadas sensu stricto nos basamos en el criterio técnico según el cuál los primeros tienen hojas no aptas como arma cortante, sino pensadas exclusivamente para la estocada (Gordon, 1953: 67). http://tp.revistas.csic.es de los cinco remaches. El borde inferior de la lámina de la empuñadura con las dos solapas también presenta decoración, compuesta por otra línea de bollitos repujados y dos líneas más de puntos a punzón, dejando liso el resto de la pieza. En relación a la hoja de bronce, hoy día asociada a esa chapa de empuñadura parece importante insistir en que el ornamento de doble herradura no está recortado sino rehundido, y que por eso la primera huella de empuñadura en la hoja, aunque efectivamente presenta forma de doble herradura, no se corresponde con esa chapa. Más bien por su posición sobre la hoja, a su vez asegurada por la localización de los remaches, la chapa ïf 1 sin lugar a dudas causó la huella recta algo más abajo de la huella recortada, relegando esa última a un momento anterior y a una empuñadura de forma distinta. 8,6 cm.; grosor máx. 1,9 cm.; diámetro del pomo 6,5 cm. Chapa de empuñadura n° 2 (Fig. 1, 2 a): se conserva una sola lámina de oro, prevista para cubrir la parte de la empuñadura propiamente dicha y el borde superior del enmangue. Es muy semejante a la lámina central de la chapa de empuñadura n° 1. Actualmente está doblada y rota en varios puntos de su superficie (análisis metalúrgico en Hartmann, 1982: 88 [num. anáUsis: Au 2011]). En su borde inferior presenta una decoración compuesta por una línea de pequeños cuadrados repujados, cada uno con un punto a punzón central, y por dos líneas de simples puntos a punzón. Longitud actual 10,0 cm.; anchura actual max.
Mientras las dos primeras entregas de esta zona occidental las firmó el matrimonio Leisner, Vera Leisner tenía que responsabilizarse en solitario de la tercera, publicada en 1965, después de la muerte de su marido. Cuando ella murió en el año 1972, dejó el material para la publicación de este tomo. Durante años, Philine Kalb del Instituto Arqueológico Alemán de Lisboa estuvo ordenando y recopilando las muestras de láminas, mapas de distribución, listas de tumbas, referencias bibliográficas y fragmentos de texto, intentando mantener y transmitir al máximo las ideas de Vera Leisner. Aunque en un primer momento pensó actualizar los datos originales, abandonó esta idea por las dificultades que ya suponía la pura ordenación de este legado, así que tan sólo cambió el diseño de los mapas para facilitar una mejor orientación y utilizó la ordenación territorial actual de Portugal. Philine Kalb es consciente de las limitaciones de la obra, cuando excluye algunos hallazgos que Vera Leisner no consideró que fueran del horizonte de las tumbas megalíticas, o cuando resalta que las puntas de flecha se han dibujado con la ayuda de fotos, de manera que los dibujos no reflejan la técnica de fabricación. Incluso indica cómo hay algunas piezas que aparecen dos veces bajo distinta procedencia, lo cual debe reflejar un error en los registros de algunos museos. El libro, en una breve introducción, alude al medio geográfico e informa sobre el estado de los estudios acerca de los monumentos, indicándose las claves para el manejo del catálogo.. Se pasa después a la bibliografía y a un extenso catálogo con suS; respectivos índices por monumentos, pueblos y materias. Los primeros están ordenados y numerados por distritos, y dentro de ellos por concejos, incorporando el número individual de cada monumento. La descripción del mismo contiene la referencia a los mapas, la bibliografía y además todas las informaciones disponibles en el archivo de los Leisner. Estas consisten por regla general en el inventario de los hallazgos y en la descripción de la tumba, y sólo en algunos están acompañadas de planos. También se incluyen topónimos de parajes que, según los Leisner, son los típicos de las tumbas megalíticas. Al catálogo le acompañan 119 láminas con dibujos de los hallazgos y de planos, 32 láminas fotográficas y 87 mapas. En definitiva, una lujosa edición de las sepulturas megalíticas del centro de Portugal según el fichero del matrimonio Leisner. Aún reflejando el estado de la cuestión de 1972, este volumen supone un medio de trabajo muy valioso y muy esperado por los especialistas. Representa una base de material muy amplia sobre la que se pueden construir numerosos trabajos posteriores. Naturalmente, echamos de menos un análisis de los materiales encontrados en las tumbas, nuevas ideas acerca de la evolución del megalitismo y una revisión de la sistemática de los tipos arquitectónicos de las distintas tumbas establecidos por los Leisner, pero entendemos que esto no puede haber entrado en los objetivos de esta publicación. Resultará un reto para los especialistas que manejen esta base de datos, aún no superada por ninguna otra, plantearse la cuestión de las relaciones entre estas tumbas megalíticas y sus poblados contemporáneos recién descubiertos o aún por descubrir. Seguro que los científicos que investigan este tema agradecen a los editores que la publicación de este tomo no haya esperado la revisión y actualización de la base de datos de los Leisner. Philine Kalb (1989) nos ha mostrado a través de su trabajo sobre megalitismo y neolitización, cómo se puede trabajar con los viejos datos del fichero de los Leisner planteándose nuevas preguntas e ideas. Como es costumbre en las publicaciones del Instituto Arqueológico Alemán, se trata de una obra muy amplia y bien documentada. Sólo su elevado precio puede frenar su adquisición de forma generalizada. Aquí cabe preguntar a los editores y a la editorial si no sería posible conseguir una calidad equivalente a menor coste. En caso contrario sería aconsejable su publicación en forma de CD-ROM.. ISBN 0-691-04393-0 hardback En los últimos años se publicaron varios ensayos sobre la historia de la arqueología y de la prehistoria en Alemania. Algunos han tendido a reproducir los tópicos propios de la visión maniquea acuñada en la segunda postguerra mundial, entre los que se cuentan ciertos complejos de inferioridad frente a la falta de discusión teórica, de culpa frente a la alianza de los prehistoriadores alemanes con el régimen nazi, y de inocencia por parte de los científicos que se atrincheraron en la ciencia pura. Asimismo, asocian con frecuencia la arqueología alemana y el racismo, como si se tratara de un destino irremediable que condenara "lo alemán" a la intolerancia racial, étnica y/o religiosa. Por eso, el primer rasgo que destacaré del libro de S. Marchand es que no se pliega a dicha lógica sino que, por el contrario, la desmonta proponiendo un marco de explicación alternativo. La autora, a la vez que analiza el papel concreto que jugaron ciertas instituciones y el oportunismo de algunos intelectuales y funcionarios, demuestra la historicidad de los argumentos que se originaron en la propaganda bélica y de la política cultural. En segundo lugar, no cae en el recurso de leer el pasado desde las situaciones visibles y evidentes gracias a su consolidación posterior. Muy por el contrario, todo el libro se estructura alrededor de un cuidado permanente por plantear la batería de opciones posibles y reales, así como las condiciones de posibilidad para que algunas cristalizaran y otras no (ver por ejemplo en p. 5, la mención a los posibles modelos históricos disponibles para los intelectuales de la era romántica). El trabajo verdaderamente genealógico de Marchand remite a una concepción sofisticada de la historia que descarta leer las huellas del pasado desde el camino fijado por el presente. Destaquemos con la autora, que el libro no es una historia de la arqueología clásica sino una historia de''the evolving relationships between humanistic scholarship and the state'' (p. Marchand lo construye a partir del análisis de desarrollos institucionales más que de actores individuales, subrayando las funciones sociales de la grecofilia más que los logros específicos de los científicos y de los académicos que analiza. En él se ve cómo se tejen determinados campos de fuerzas alrededor de determinadas ideas, es decir los juegos de equilibrio y de poder de los distintos grupos académicos en aras de su consolidación o de su supervivencia en función de desplazamientos de significados y de circunstancias históricas cambiantes. Marchand va más allá del cliché que se instaló en la historia cultural a partir de 1935 con la obra de Eliza May Butler, The Tyranny of Greece over Germany. Este tema -la obsesión con los antiguos griegos que surge a partir de la Goethezeit entre la élite educada, en especial la de la Prusia protestante-había quedado instaurado desde entonces, pero sin referencias al peso que tuvo en la consolidación de las instituciones educativas de la clase media alemana. El filohelenismo y su peso en la cultura de Prusia no son preguntas nuevas en la historiografía de la cultura europea, la novedad de Down from Olympus reside, en cambio, en su objetivo de rastrear el pasaje de estas ideas a las instituciones del siglo XIX, donde la arqueología, como disciplina indudablemente moderna, adquirió un lugar fundamental. Esta tradición que se inició como específicamente filológica, se transformó en otra fijada en los objetos de aquellas culturas de las que, en principio, se rescataban los valores estéticos para construir una cultura de élite alemana. De alguna manera, en este trabajo uno asiste a la fosilización y vanalización a través del exhibicionismo de grandiosos monumentos de aquel ideal ascético que, alguna vez, fue revolucionario. El libro está estructurado en diez capítulos y una introducción, abarcando un período que se inicia en 1750 para terminar en 1970, lapso en que la autora detecta la emergencia, el desarrollo y la desaparición de la admiración alemana por los griegos. Indudablemente, analizar un tópico cultural tan fuerte durante doscientos veinte años conlleva el peligro de reificar dicha idea más allá de los sujetos sociales implicados. Por ello me parece interesante la pregunta acerca del protagonista de Down from Olympus, que en otras reseñas aparece y se identifica con el Ministerio de Educación Prusiano (Robinson, 1997). Pienso, en cambio, que otra de las virtudes de Marchand es que, al tratar con una idea que fue resignificada tantas veces, el sujeto del relato, aunque nunca se vuelve difuso, siempre queda situado en el campo de fuerzas que se genera entre los grupos en tensión. Desde este marco se pueden aislar asimismo algunos ejes que guían el análisis: el primero, el pasaje del patronato de las disciplinas humanísticas del mecenas privado al del Estado. Marchand señala, contra la idea que se trata solamente de un cambio de escala, que la adopción por el Estado de actividades hasta entonces financiadas por individuos generó una nueva significación social del conocimiento académico así como también una serie de mecanismos nuevos para obtener los favores que, hasta entonces, procedían de las relaciones interpersonales directas. En el Capítulo 2,''From Ideals to institutions'', este tema aparece desarrollado, señalando en el caso particular de Prusia, la rapidez con que el Estado adquiere y crea el control burocrático y financiero de la ciencia. El segundo de los ejes asocia el desarrollo de la arqueología con el del transporte, las técnicas y el público. El interés que despertaban los monumentos y los viajes -cuyas imágenes y relatos gracias a los nuevos medios podían circular por ambientes impensables hasta entonces-le dio a la arqueología una legitimidad que la filología fijada en los documentos no iba a alcanzar. Aquí, Marchand distingue los discursos que pueden convivir en una misma sociedad, como por ejemplo, la popularidad de las novelas históricas ambientadas fuera del clima clásico que fascinaba a la élite (este aspecto aparece en el Capítulo 2 "From Ideals to Institutions") En el Capítulo 5, "Excavating the Barbarian" y en el T. P, 55, n.« 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es siguiente''The Pecularities of German Orientalism'', Marchand presenta la constelación que conduce a la institucionalización diferencial y a la definición de los campos disciplinarios de la prehistoria y los estudios orientales. Al analizar las tensiones entre los campos de la arqueología clásica, la prehistoria y los orientalistas, Marchand despliega las alianzas de cada grupo con aquellos que les permitieran acceder a posiciones de mayor influencia y poder en la academia y la burocracia alemana. La búsqueda de linajes para el pueblo alemán en oposición a la cultura decadente latina asociada a la romanización de Europa, rescató la imagen de una época dorada en la Grecia clásica, valores que los pueblos bárbaros -no latinizados-habrían conservado. Bien interesante para la historia de la arqueología prehistórica es la presentación de la emergencia de las ideas de Gustav Kossinna en su contexto y dentro o como oposición a la tradición filohelenista. Es probable que los visitantes del Museo Pergamon a orillas del Spree en Berlín se lleven una tácita impresión sobre la potencia del país que importó esos grandiosos monumentos que exhibe. El Capítulo 6 aclara que ese museo es más que un resto arqueológico de la apropiación de la cultura monumental de otros pueblos para la propia exaltación nacional: contiene también huellas arqueológicas de la institucionalización de una determinada tradición académica, de las pugnas que llevaron a tal hegemonía y, huelga decirlo, de todos los conflictos de la sociedad alemana que mediaron entre su construcción y nosotros. Otro de los temas que desarrolla Marchand es la expansión de la ciencia alemana como herramienta de la Kulturpolitik y la competencia entre las potencias imperiales por imponer sus bases en los territorios en cuestión (Capítulo 7 "Kultur and the World Wa/'). Muestra la competencia por la posesión de las antigüedades helénicas y del "Oriente". La relación entre diplomacia, ciencia y expansión transnacional en tiempos de paz aparece en este capítulo en toda su dimensión. Desde mi punto de vista particular, interesada en la reconstrucción de ese sistema y de las redes de la Kulturpolitik entre los científicos alemanes en América del Sur, me gustaría destacar que la estructura que Marchand describe para el corazón europeo, se repetía en los márgenes de esta historia (para la estructura de las redes alemanas en América del Sur ver Newton, 1977). Pyenson (1984Pyenson (, 1985 a,b) a,b), por ejemplo, ha descrito ya la competencia entre Francia, Estados Unidos y Alemania por imponer sus figuras en la astronomía y la física, por exportar su industria científica y tecnológica, así como el papel de misioneros de la ciencia (Glick, 1985 preferiría hablar de apóstoles) que los científicos adoptaban. En este sentido, el libro de Marchand, presentando las intrincadas redes de obtención de los monumentos y los permisos para trabajar en otros territorios, nos provee de un riquísimo material de comparación y de referencia. No quiero dejar de señalar que Down from Olympus sorprende por la erudición y por el minucioso trabajo de fuentes y de bibliografía secundaria. De esta manera Suzanne Marchand discute también con aquellos trabajos de la crítica cultural que evitan la engorrosa tarea de los archivos y el análisis de los documentos (este aspecto aparece explícitamente a pie de página, casi de soslayo -cf. nota 26 del Capítulo 2). Para finalizar, me gustaría referirme a otros dos aspectos de esta obra. El primero es que relata una caída desde esa metáfora ineludible para la cultura alemana postromántica como es la caída de los dioses. Pensando en Visconti más que en Wagner, la saga que narra Marchand muestra con igual preciosismo -me atrevo a decir con mayor sutileza y con una búsqueda de los matices aún más intensa-los detalles de una cultura y de las alianzas de aquella élite que, sintiéndose olímpica, contribuyó a urdir su propio derrumbe. Y, para concluir, creo que, como La caduta degli Diei, tal relato fue realizado desde una tradición diferente a la que constituye su objeto (Marchand es historiadora y, además, estadounidense). Es de desear que los arqueólogos y los prehistoriadores de todos los países celebremos la libertad y profundidad con las que Suzanne Marchand ha enfrentado esta historia. A pesar de que ya se ha cumplido sobradamente un siglo de investigaciones acerca de la Cultura Ibérica, lo cierto es que son pocos los estudios que analicen con detalle la cultura material, proporcionando un panorama fiable sobre los T. R, 55, n.° 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es distintos elementos que la componen. La existencia de materiales espectaculares, como la escultura o la cerámica ática, puede haber sido la causa de que otros tipos de objetos menos "notables" hayan recibido poca atención, pero ésto no se entiende en relación con el armamento, que es sin duda otra de las producciones ibéricas más llamativas. Los años sesenta y setenta, que tantos estudios analíticos proporcionaron, no tuvieron demasiado alcance en este ámbito, y la consecuencia es que ahora los trabajos que pretenden interpretar el mundo ibérico desde el punto de vista social, político o económico, no tienen apenas puntos de apoyo rigurosos en los que basarse. El trabajo de E Quesada surge de la comprensión de esa necesidad, y ofrece al investigador una obra bien construida en la que se abordan detalladamente los diferentes elementos que configuraron el armamento ibérico, de lo que resulta un volumen fundamental de consulta tanto para estudiantes como para especialistas. El carácter del trabajo se deja traslucir claramente ya en el título. Hoy día parece imprescindible hacer un ejercicio de ingenio en la denominación de los libros, lo que no redunda precisamente en la transparencia respecto a su contenido. Ello obliga normalmente a incluir un subtítulo más descriptivo que no fuerce a los lectores a comprar o leer a ciegas. El caso que nos ocupa es precisamente el contrario. El título "£/ armamento ibérico" no hubiera necesitado para nada el largo subtítulo que le acompaña, dado que se ciñe y describe con toda corrección el contenido de la obra. En todo caso, queda claro desde el comienzo que el espíritu que inspira la investigación es más analizar que interpretar, desde la convicción de que lo segundo no se puede realizar sin lo primero. Tenemos aquí un trabajo largo, sistemático y completo sobre los diferentes tipos de armas que utilizó la sociedad ibérica, con amplias referencias al mundo meseteño y occidental. El texto se divide en cuatro partes que incluyen los presupuestos de partida y estado de la cuestión, el armamento ofensivo y defensivo y las consideraciones generales sobre la panoplia ibérica. La obra se completa con una extensa bibliografía en la que se distinguen las obras generales, las memorias de excavación y las fuentes literarias antiguas. Finalmente, los apéndices enumeran y describen los yacimientos y todos aquellos lugares y soportes donde aparezcan armas, así como un completo catálogo de éstas. Como se puede apreciar, la estructura revela que el trabajo surge de una Tesis Doctoral, ciertamente maquillada y reorganizada, pero que no ha renunciado a perder la ingente cantidad de información que aquella recopiló en su día. No es fácil publicar en el momento actual un compendio tan extenso, y es evidente que el autor ha buscado hasta encontrar una editorial que respaldara el proyecto. Sin embargo, no cabe duda que el precio que hay que pagar para conseguirlo es muy alto, y no sólo en sentido figurado. Los dos volúmenes, que encajan a la perfección en la colección monográfica sobre instrumentos que ha iniciado la editorial M. Mergail y que se han entregado ya maquetados, no justifican, ni por el esfuerzo que supone para el autor ni por la presentación final, el precio astronómico que tiene en el mercado, y que hace inaccesible esta obra para los individuos, y muy gravosa para las instituciones. Esta tendencia abre el camino hacia la desaparición de los grandes libros en favor de otros soportes, como el CD-Rom. Ciertamente, adquirir esta obra en soporte informático pasándola luego a papel en caso de que así se deseara, sería mucho más barato que comprarla en su actual formato, que además no ofrece las ventajas del uso en el ordenador. El contenido del trabajo se atiene a un orden estricto, que en este contexto casi podemos denominar como "militar". Cada uno de los tipos de armas presenta una propuesta de clasificación, información sobre sus evidencias, y revisión de las piezas y sus representaciones iconográficas, para pasar finalmente a una valoración global deducida del análisis anterior. Los textos son sumamente explícitos respecto a sus objetivos y métodos, en lo que casi parece un interés didáctico, no sólo en cuanto a mostrar los contenidos, sino en lo referente al propio proceso de construcción de los resultados. Como en cualquier libro elaborado artesanalmente, no faltan algunos fallos y erratas, pero en general la presentación es más que correcta. La magnitud del trabajo hace imposible comentar todas las novedades y sugerencias que de él se deducen, por lo que estas notas deben forzosamente limitarse a algunos aspectos que no agotan ni mucho menos el tema tratado. En primer lugar, es preciso resaltar que Quesada da una versión convincente de las características del armamento ibérico. Sólo con leer el capítulo dedicado a la falcata se nos aclaran multitud de cuestiones sobre su definición, funcionalidad, y la relación entre forma, cronología y distribución espacial. La imposibilidad de dar un carácter cronológico a los tipos de empuñadura y a la presencia/ausencia de filo dorsal, el carácter técnico-funcional y no agresivo de las estrías en la hoja, etc., son aspectos importantes que quedan por fin clarificados. De mayor alcance aún es la identificación de su origen inicial etrusco-itálico, su re-elaboración peninsular y su carácter esencialmente bastetano. La misma metodología se aplica sistemáticamente a los demás tipos de armas, como las espadas de frontón, de antenas o de "La Teñe", los puñales, las armas arrojadizas o el armamento defensivo, capítulos en los que se ofrece una puesta al día de gran utilidad. Muchos de estos temas ya habían sido abordados por el autor en artículos anteriores, pero resultan cómodamente incorporados en esta obra en la que los elementos se relacionan para proporcionarnos la imagen de un guerrero ibérico que era mucho más que el simple bandido o guerrillero que nos ha querido transmitir a menudo la investigación o la literatura tradicional. Las tropas ibéricas parecen haber sido capaces, a partir al menos desde el siglo IV a.C, de combatir en formación, sirviendo plenamente como cuerpos de ejércitos mayores y sacando el máximo partido a una panoplia en la que son elementos fundamentales la espada y el puñal, el escudo y las lanzas. También es de gran interés, aunque en otro ámbito, la evidencia del uso masivo de puntas de flecha especialmente en el cuadrante suroeste, mientras que el arco nunca fué un arma aceptada ni siquiera como elemento auxiliar por los combatientes ibéricos. Se nos escapa por el momento el carácter de los protagonistas de estos asedios que tuvieron lugar en las etapas más antiguas y que nos remiten quizás a un ambiente de influencia más oriental. Si la tipología de las armas está en relación directa con el tipo de combate, para el que es preciso una formación específica, no cabe duda de que uno de los aspectos fundamentales de la obra es la deducción que a través de ella se puede hacer de las áreas culturales principales del territorio peninsular. Era bien claro ya que celtíberos, lusitanos o turdetanos presentan claras diferencias con el área ibérica, pero dentro de ésta se evidencian a su vez notables variaciones en lo que a armamento y forma de combatir se refiere. El bloque "bastetano" T. P., 55, n.° 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es se revela como una extensa zona con una fuerte personalidad común a pesar de las particularidades regionales, bien diferenciado de las áreas más septentrionales. De la misma manera, Cataluña presenta una tipología mucho menos "ibérica" y más "céltica", lo que parece corroborarse en los estudios sobre otros aspectos culturales y rituales de esta zona. La diferenciación de áreas empleada en el libro no siempre respeta, sin embargo, el ámbito geográfico-histórico, como se puede apreciar en el caso de Cástulo, una zona individualizada que quizás hubiera encajado más en Bastetania, lo que explícitamente rechaza el autor debido a su lectura del yacimiento como un puerto de comercio interior que las fuentes adjudican en algún caso a Oretania. La evolución del armamento es relacionada por Quesada con los cambios que sufre la propia sociedad. Así, de las armas de parada y combate singular que se nos muestran características de los siglos VI y V a.C, se pasa a la formalización de ejércitos o fuerzas armadas en los que muchos hombres libres acceden a la posesión de un armamento regular. Este hecho se viene a unir así a la evidente transformación que sufre la sociedad ibérica a fines del siglo V a.C. y que dará como resultado la génesis de aristocracias guerreras y el desarrollo de los centros urbanos. Como no escapa al autor, hay aquí sin embargo una aparente trampa cronológica, ya que se considera extendida la figura del guerrero a partir de ese momento debido a que los restos materiales de armamento son mucho más frecuentes. Esto se debe fundamentalmente al hecho de que se generalizan los enterramientos con armas, pero se ignora por falta de evidencias funerarias si éstas, cuya existencia está bien comprobada iconográficamente, se encontraban ya extendidas en un momento anterior de pleno siglo V a.C. Es éste todavía un vacío en la investigación que debe ser desvelado prioritariamente si queremos entender la "eclosión" que se produce en torno al 400 a.C. De gran interés es también el hecho claramente expuesto de la reformulación de los modelos exteriores que se aprecian en la configuración de algunas de las armas ibéricas más características, como la falcata. Gran parte de las observaciones ofrecidas -prototipos externos reinterpretados, escasez de transformaciones a través del tiempo, etc.-son las mismas que se pueden aplicar a otros campos de la cultura ibérica, como la cerámica o la escultura. Desconocemos, sin embargo, los procesos que llevan a este resultado, así como los mecanismos concretos en los que se asienta. En este sentido, las líneas que Quesada presenta al final del trabajo como prioritarias en la investigación futura parecen un tanto limitadas. Es cierto que sería preciso disponer de estudios metalúrgicos, apenas iniciados, así como desarrollar un mayor detallismo descriptivo y contextual, y una mayor profundidad de lectura iconográfica. Mucho de ello depende de nuevos trabajos de campo, ya que la información obtenida hace años apenas ofrece datos aprovechables, y en muchos casos los objetos se han descompuesto finalmente en los estantes donde debían conservarse. Este trabajo de campo, sin embargo, debe regirse por un nivel más general que plantee una problemática de mayor alcance en la que se integren y exploten adecuadamente los datos particulares. El desarrollo de estrategias de investigación de rango regional serviría especialmente bien para estudiar la distribución de las armas y sus variaciones cronológicas. También sería idóneo para abordar un proyecto en el que se relacionen las fuentes de materia prima con la tecnología de fabricación, desarrollando todo el proceso de reconocimiento de talleres y de circuitos de distribución. Por su parte, los estudios de contexto no sólo deben limitarse al entorno inmediato de los espacios de deposición, sino a la relación del armamento con el resto de la cultura material, tanto en necrópolis como en poblados, algo que podría analizarse más en detalle a través de yacimientos concretos y cuyo interés se vislumbró con la lectura del cementerio de Baza realizado por Ruiz, Risquez y Hornos (1992). Otro aspecto abordado, pero poco desarrollado en el libro, es la relación del armamento con el mundo religioso. La lectura de la falcata como un arma con un sentido simbólico de carácter originalmente sacrificial es de extraordinario interés, pero queda sin explicar un hecho que en el contexto mediterráneo es bastante sorprendente: la práctica ausencia de ofrendas de armamento en los santuarios. La amortización del armamento parece producirse prioritariamente en las tumbas, lo que implica un uso individual, incluso en el más allá. Aún así, parece que conjuntos procedentes de botines podrían haber tenido su lugar en los lugares de culto, como agradecimiento a la divinidad protectora. El enterramiento de la Dama de Baza, en donde se ofertan a la diosa varias panoplias que no corresponden a la persona enterrada, es uno de los casos resaltados por el autor, pero falta en el libro la valoración del caso especial del Cerro de los Santos, en donde el R Lasalde (Memoria, 1871: 20-22) afirma haber encontrado numerosos restos de lanzas, flechas, espadas y puñales, todo ello en muy mal estado. Podría seguir comentando extensamente otros muchos puntos de gran interés que estos volúmenes han sabido suscitar. Sin embargo, la tarea de esta recensión es no sólo informar, sino también subrayar la necesidad de la lectura de este libro, que es una excelente síntesis sobre el armamento ibérico. Indudablemente se convertirá en consulta obligada para los especialistas, pero no en un trabajo definitivo, ya que el autor promete seguir completándolo con estudios venideros. Creo que todos sacaremos gran provecho de ello. A lo largo de los años 90, el área valenciana se ha constituido como uno de los focos más activos e innovadores en la investigación sobre el mundo ibérico. En una etapa de apertura a nuevos planteamientos, el respaldo de la prolonga-T. R, 55, n." 2, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es da labor del SIP ha permitido el surgimiento de toda una serie de trabajos que abordan cuestiones principalmente relacionadas con la organización de la vivienda, el urbanismo y la estructuración del territorio. La publicación de esta revisión exhaustiva sobre el Tossal de Sant Miquel compendia en buena medida los mencionados progresos. Este yacimiento presentaba la trayectoria típica de tantos otros emblemáticos de la arqueología peninsular. Fue objeto de trabajos extensivos durante la primera mitad de siglo, los cuales habían generado una enorme cantidad de información en buena parte inédita. A lo largo de los años la publicación de los hallazgos dio lugar a una extensa pero muy dispersa bibliografía (hecha la salvedad del Corpus Vasorum). Finalmente, la revisión de las excavaciones antiguas se enfrentaba a una documentación elaborada con criterios poco acordes con las necesidades metodológicas de los actuales trabajos de campo. De todos estos inconvenientes se hace eco la obra de Bonet, reclamando con ello la necesidad de la visión actualizada que se presenta. Pero la revisión de la documentación del Tossal no es sólo base para una propuesta de análisis arqueológico. Es también un recorrido por un importante capítulo del desarrollo de la investigación sobre la cultura ibérica. Lo es de entrada gracias al evocador prólogo del desaparecido Domingo Fletcher. En los primeros capítulos, también Bonet refleja la expectación y el optimismo que marcaron "los días inolvidables" (Pericot, en Ballester et alii, 1954: 13) de las campañas de 1934 a 1936. Su enumeración recorre las vicisitudes en la vida del SIP y su marco cultural y político. La presentación de los materiales, y en menor medida, de las estructuras, sigue un esquema clásico, en el que la estructura de catálogo prima sobre el análisis del contexto. No podía ser de otra manera, como resalta la autora, considerando las graves lagunas que pone en evidencia la exploración de la documentación. Cerámicas de cocina, ánforas, elementos de hierro irreconocibles, restos carpológicos...la amplia selección realizada introduce de entrada un fuerte sesgo respecto al contenido de las habitaciones excavadas. A ello habrá que añadir la pérdida de materiales durante la Guerra Civil, y la dispersión de piezas por préstamo a otros museos (problema análogo al de otros yacimientos ibéricos como Toya). Por todo ello la máxima rentabilidad de cara a un estudio con planteamientos actuales, la ofrecía especialmente las estructuras arquitectónicas. Y es este sin duda uno de los apartados de mayor interés de la obra. El tratamiento sigue la línea desarrollada en el seno del proyecto de investigación sobre el territorio de Llíria, y que igualmente se plasma en otros trabajos de la zona valenciana (una buena síntesis en Bonet et alii, 1994). Destaca entre estos últimos la revisión y nuevas excavaciones de La Bastida (Dies et alii, 1997), otra de las grandes excavaciones del SIP durante los años 30. Como ha señalado Guerín, la denominación de departamentos que recibían estas largas series de habitaciones con sus ajuares muestra la falta de una plena valoración de los mismos hasta tiempos recientes, como fuente para conocer la organización doméstica en la sociedad ibérica. La búsqueda que ha suscitado estos nuevos problemas ha conducido a una aproximación etnoarqueológica al estudio del habitat, tomando como principal campo de experimentación la arquitectura de algunos países del Magreb, así como de regiones peninsulares como Almería o la Alpujarra granadina (1). Los logros de este enfoque se han puesto de manifiesto en excavaciones como la de Castellet de Bernabé (Guerín, 1991). En el Tossal, merece la pena destacarse la detallada caracterización de su urbanismo en ladera. Es de gran interés la exposición de la especial problemática de este tipo de emplazamientos y sus diferencias con los asentamientos desarrollados en terrenos llanos como La Bastida, Los Villares o La Seña. La aportación no se limita al conocimiento de las soluciones arquitectónicas. A título de ejemplo resultan sugestivas sus observaciones sobre el proceso de ocupación de las laderas por parte de agrupaciones de familias formando barrios. Como han destacado algunos estudios sobre el habitat campesino (Habib, 1987), estas agregaciones intermedias entre el grupo de parentesco y la comunidad estructuran buena parte de la cultura de los poblados. También es interesante la lectura de algunas peculiaridades de la red viaria en relación con las viviendas. La existencia de callejones que dan acceso exclusivo a una vivienda nos habla del diálogo entre lo público y lo privado en la ciudad ibérica. En relación con la vivienda, el trabajo sobre el Tossal también se hace eco de la experiencia adquirida en otras excavaciones del Camp del Turia. En un plano técnico merecen destacarse elementos como la tierra como principal material de construcción, o la profusión en el uso de enlucidos y el mantenimiento del interior de las casas. La problemática identificación de plantas superiores tiene especial incidencia en el caso de Llíria, con sus fuertes limitaciones para construir en extensión. Evidencias estratigráficas del derrumbe de estos terrados, junto con datos aportados por las cimentaciones, sugieren que la interconexión dentro de la vivienda se hacía por medio de los pisos altos para no minar la estabilidad de las paredes medianeras. En otros casos cada una de las estancias tendría un acceso independiente desde la calle. Precisamente la relación entre los distintos módulos pone de manifiesto la variedad de soluciones posibles para la expansión de la unidad doméstica. Bonet se esfuerza aquí en romper la imagen tópica de la casa ibérica integrada en un solo conjunto constructivo. Esta multiplicidad de respuestas también se aprecia en la funcionalidad de los espacios. Se resalta en este sentido la movilidad de algunas actividades como la preparación de alimentos, o la inexistencia de espacios exclusivamente dedicados al descanso. Los capítulos centrales de la obra (9, 10 y 11) analizan en extenso las cerámicas del Tossal. Se aprovecha al máximo la información sobre el contexto de las importaciones y cerámicas ibéricas, constatándose su desigual distribución en el conjunto de las viviendas. No podía faltar en esta parte un estado de la cuestión sobre las cerámicas con decoración figurada, si bien el lector puede remitirse a algunos trabajos más recientes del grupo de investigación (Aranegui et alii, 1997; Aranegui (éd.), 1997). El capítulo final de síntesis muestra la conexión entre el Tossal y su territorio a lo largo de las fases documentadas sin sustraerse de la problemática general de cada etapa. Para la Edad del Bronce se define una diversificación en tamaño y funcionalidad de los asentamientos (sin llegar a afirmar la existencia de una jerarquización). En el proceso de iberización durante el Hierro Antiguo, se cuestiona la existencia de contactos coloniales (1) Un trabajo con planteamientos similares ha sido desarrollado en esta última región por investigadores de la Casa de Velazquez en relación con el poblamiento medieval. Una muestra del mismo puede verse en Bazzana y Delaigue (eds.), 1995. http://tp.revistas.csic.es estrechos, materializables en contextos como el de Peña Negra, asentamientos en los que se opera la transformación tecnológica y económica que caracteriza esta etapa. Respecto al Ibérico Pleno, la revisión de materiales antiguos y los sondeos de los años 90 permiten fechar en ese momento (fines del siglo V), la creación del sistema de terrazas que se mantiene hasta la destrucción del asentamiento hacia el 175-150 a.C. En cuanto a esta última fase, Bonet reflexiona sobre el concepto de ciudad y la posibilidad de aplicar tal calificación al Tossal. La revisión de los posibles criterios viene suscitada en buena medida por los planteamientos de Ruíz (1994) sobre el tema. No quedaría asomo de duda de este carácter urbano a partir de las argumentaciones ofrecidas. Menos definido queda en cambio el tipo de relación que este centro político tiene con su entorno. Las hipótesis sobre una red de relaciones de servidumbre o una estructura de ciudad-estado son planteadas, pero sin decantarse sobre qué tipo de proceso se correspondería con la estructura de poblamiento documentada. La exposición de esta organización del territorio mantiene el esquema enunciado en su día (Bernabeu et alii, 1987), enriquecida por las sucesivas prospecciones y excavaciones. La integración funcional de aldeas, caseríos y atalayas en un sistema regido por la capitalidad de Llíria, necesariamente implica una consideración sobre cómo dialogan ambos ámbitos, el urbano y el rural. Se afirma que asentamientos como la Seña son comunidades agrícolas que "constituyen las fuentes de aprovisionamiento de la capital" (p. 524), mientras que por otra parte unidades como Castellet actúan como explotaciones autosuficientes que engloban al grupo que detenta los medios de producción y a sus trabajadores agrícolas. En trabajos más recientes (Mata, 1998) estas observaciones han dado paso a propuestas más concretas sobre la distribución de la tierra. Existiría una gradación que va desde la gran propiedad (personificada por la familia aristocrática de Castellet de Bernabé), hasta un campesinado sin tierra que trabajaría en los dominios de la primera. En una situación intermedia quedaría una mayoría consistente en una pequeña-mediana propiedad libre. La cuestión remite de nuevo a las relaciones de dependencia y su impacto en la configuración del paisaje agrario. Nuevas técnicas de análisis sobre morfología de los parcelarios pueden añadir elementos para la definición de estos espacios. Como cierre a este apartado de síntesis, la crisis del modelo urbano de Edeta y su transición al período romano aporta un interesante ejemplo de un proceso de romanización Haciendo balance, la cita constante a esta obra durante sus tres años de existencia demuestra su carácter de referencia obligada en el campo de la arqueología ibérica. Sin duda su mayor aportación es respecto a tres temáticas principales: la vivienda, el urbanismo y la estructuración territorial. Como "buque insignia" de la actuación del SIP, el trabajo ha recibido un formato lujoso y ricamente ilustrado, quizá algo engorroso de manejo teniendo en cuenta su vocación de obra de consulta frecuente. Por la misma razón se echa en falta una mayor profusión de índices para moverse a través de la densa estructura de departamentos y materiales asociados. Su principal filosofía fue exponer las nuevas respuestas que desde la aplicación de la informática pueden ofrecerse al debate arqueológico actual. A partir de un repaso a la evolución del uso de la informática en arqueología (Birmingham, 1997), se presentaron las más avanzadas herramientas y técnicas de trabajo, ofreciendo una excelente oportunidad de intercambio de información entre los distintos grupos de investigación. Los contenidos de la Conferencia incorporaron también campos como la didáctica o la exposición multimedia de resultados, contando con importantes secciones abiertas al público. Las actividades culminaron con la creación de la Asociación Española para la Difusión de las Aplicaciones Informáticas en Arqueología (http:// www.ugr.es/ ~esquivel/aeai.html). Se debatieron más de 150 trabajos con una fuerte participación internacional, cabiendo destacar entre otras la importante presencia de investigadores del Este y Norte de Europa, dando cuenta del buen momento que atraviesa la arqueología de estos países. Las exposiciones se organizaron en varios apartados temáticos sin una compartimentación estanca, lo que contribuyó a ofrecer una idea clara y global del panorama actual de las líneas de investigación. En el de la Documentación gráfica de la excavación arqueológica se abordaron, entre otros temas, los resultados de la utilización de las más recientes técnicas de diseño asistido por ordenador (CAD) y Realidad Virtual en la consecución de información gráfica de calidad in situ. El uso de la teledetección en arqueología fue uno de los apartados de más atención, con dos secciones especiales. En la primera, sobre Teledetección y Proceso digital de imagen tuvimos oportunidad de conocer las últimas técnicas digitales de ilustración arqueológica y fotogrametría. Destacaron especialmente las presentaciones sobre Sistemas de Información Geográfica (SIG) en la delimitación y reconstrucción de paisajes arqueológicos. La segunda sección se dedicó a Teledetección y Prospección geofísica con aplicaciones de novedosas técnicas de prospección geomagnética y avances en el tratamiento posterior de los resultados, desde la representación tridimensional de estructuras de subsuelo, a nuevas técnicas de interpretación. El especial protagonismo de estas herramientas continuó en muchas de los restantes bloques. En el dedicado al Registro de los datos arqueológicos de campo, el uso conjunto de los sistemas de posicionamiento global (GPS), SIG y sistemas de bases de datos relaciónales se consolida como una herramienta fundamental en prospección e interpretación de los datos. Las ventajas de estos sistemas integrados son evidentes, permitiendo el intercambio de información a tiempo real y facilitando un estudio pormenorizado del territorio (producción de cartografía a medida, modelos tridimensionales, etc). Todos estos conceptos fueron desarrollados más ampliamente en la sección sobre Espacio y Territorio, destacando aquí las combinaciones de estas herramientas con modelos de CAD y Realidad Virtual como complemento del análisis espacial. El bloque dedicado a la Documentación de datos arqueológicos permitió comprobar la eficacia y versatilidad de otra herramienta fundamental: los sistemas de bases de datos relaciónales, con varios ejemplos prácticos en los que estas aplicaciones suponen un imprescindible núcleo en el registro de datos, repertorios tipológicos, archivos gráficos, gestión de patrimonio, publicación arqueológica, estudios tecnológicos, o análisis bibliométrico. En la mayoría de los trabajos, se hace notar una tendencia creciente al abandono de herramientas de software creadas íntegramente por los mismos equipos de investigación en favor de un uso parcial de las mismas, o más frecuentemente en beneficio del uso directo de software comercial. Se consigue así una mayor rentabilidad y versatilidad del trabajo, con una mayor posibilidad de ampliación de la información. La combinación o uso individual de las herramientas anteriores, especialmente SIG y Sistemas de Bases de Datos relaciónales, constituyó también la base de gran parte de los contenidos en los bloques dedicados a Explicación Arqueológica y Registro de Datos, Ordenación, y Gestión del Patrimonio, dejando constancia no sólo de su polivalencia como herramientas para el tratamiento e interpretación, sino también de su eficacia en la gestión y ordenamiento posterior de la información, constituyendo una ayuda indispensable para la formulación de la teoría arqueológica. En el área de Técnicas de trabajo en laboratorio se expusieron diversas aplicaciones analíticas, métodos de presentación y nuevos modelos teóricos. El bloque dedicado a Arqueología cuantitativa, en estrecha relación con el anterior, sirvió para la exposición de diversos modelos prácticos de análisis matemático-estadístico, métodos de clasificación y potentes sistemas integrados de tratamiento estadístico, caracterización química, o estudios tipométricos. El relato de estos bloques quedaría incompleto si no tuviésemos también en cuenta el gran papel que las aplicaciones multimedia juegan en la divulgación del conocimiento. Esto se manifestó tanto en su utilización para la presentación y el desarrollo de buena parte de los ejemplos anteriores, como en secciones específicas como Difusión del Patrimonio, Enseñanza, Internet y Multimedia, mostrando las casi ilimitadas posibilidades de difusión e intercambio que la Red Internet ofrece al investigador. En este punto cabe destacar la información sobre diversas publicaciones electrónicas y congresos en Internet, noticias, o la edición web de diversos proyectos de investigación. Como colofón a la conferencia se celebró de forma abierta el / Festival de realidad virtual en Arqueología, con la participación de equipos de 15 países, que ofrecieron muestras de gran calidad en un terreno en constante y rápida evolución, dando buena cuenta de las posibilidades de estas técnicas en la difusión del conocimiento arqueológico, con ejemplos en campos, como museografía, didáctica, o reconstrucción arqueológica. Se puede decir pues que la reunión cumplió con creces los objetivos propuestos: presentar las posibles respuestas actuales a los problemas de la investigación, promover la utilización de las modernas herramientas informáticas en los procesos de investigación, contribuir a la difusión de los resultados del proceso de trabajo al gran público a través de las autopistas de la información, y lanzar una mirada crítica y global hacia las herramientas que sin duda ayudarán a conformar el futuro conocimiento arqueológico.
Es el mas completo y actualizado, por su orientación teórico-metodológica y su contenido, publicado en español. Treinta y ocho especialistas nacionales y extranjeros han redactado sus 2000 voces sobre la Prehistoria y la Antigüedad del Viejo y Nuevo Mundo y Oceania. Cubren 14 campos temáticos de la Arqueología (teoría, historiografía, procedimientos, tipología, culturas, sitios..), la Biología y la Geología, conectados por referencias cruzadas. Cada entrada cuenta con una bibliografía mínima y fundamental (unos 3500 títulos). Una selección de 496 ilustraciones, 15 mapas y un índice de materias facilitan la lectura y consulta de la obra.
Este artículo empieza describiendo los pasos que deben darse para desarrollar un método de excavación reflexivo en Catalhoyük. Entre estos 12 pasos, destacamos cuatro temas: relacionalidad (contextualidad) del significado, reflexión (crítica), interactividad y multivocalidad. La idea que subyace en todos ellos es la necesidad de introducir un pensamiento no dicotómico en arqueología. Esta necesidad se basa principalmente en el sistema global moderno (o posmodemo) en el que, cada vez más, trabajan los arqueólogos. Está clara la necesidad de fluidez y ruptura de fronteras en un mundo postcolonial inmerso en los sistemas de información. HACIA UN PENSAMIENTO NO DICOTÓMICO EN ARQUEOLOGÍA En un reciente artículo esbocé la metodología postprocesual que se está utilizando en la excavación del yacimiento de Catalhoyük en Turquía (Hodder, 1997). Aquí, quiero resumir brevemente los 12 pasos adoptados en ella. Los especialistas del laboratorio visitan las áreas excavadas del yacimiento cada uno o dos días en el transcurso de la excavación. Esto es posible porque cada uno de los expertos en fauna, arqueobotánica, material lítico, cerámico, micromorfología de suelos, geología, restos humanos, y otros están presentes en el yacimiento. El objetivo de las discusiones entre ellos es doble. Desde el punto de vista del personal de laboratorio, se obtiene información sobre el contexto. Por ejemplo, saber si existe alguna incertidumbre en la adscripción estratigráfica o en la datación de un nivel, hogar u otro contexto, ayuda al experto en cerámica. Desde el punto de vista del personal de la excavación, las visitas de los expertos les informan sobre qué es lo que están excavando. Por ejemplo, un especialista en fauna puede identificar sobre el terreno la especie animal y las partes del esqueleto. Esto puede ayudar al excavador a interpretar lo que está excavando y a tomar la decisión correcta en las estrategias de muestreo. Esto nos lleva a la segunda parte de la metodología postprocesual de Catalhoyük. La orientación empiricista y positivista asume la inviolabilidad objetiva de los datos arqueológicos. El resultado es que frecuentemente se desarrollan estrategias de muestreo que puedan aplicarse a una gran variedad de contextos diferentes. Además, el desarrollo de la gestión de recursos culturales ha favorecido la codificación y sistematización de los procedimientos de registro arqueológico. Las estrategias de muestreo se adoptan "listas para llevar", utilizando fórmulas preestablecidas. En la práctica, los arqueólogos tienen el deber de responsabilizarse de lo que encuentren. En consecuencia, estas estrategias se cambian con frecuencia según avanza una investigación o excavación. Pero aún la más codificada de las estrategias de muestreo implica la toma de decisiones interpretativas. Por ejemplo, se pudo haber decidido excavar el 10% de todas los catas del yacimiento, pero el 20% de los hogares. Es necesario definir el rasgo que caracteriza a una cata o un hogar antes de la excavación. Pero ¿qué pasaría si se encuentra una nueva categoría, o rasgo, como un hogar ritual? Para evitar estas dificultades en Catalhoyük hemos sustituido la toma de decisiones sobre el muestreo por acuerdos sobre prioridades. Cuando el personal de laboratorio visita las áreas de excavación, discute con el personal de campo qué niveles y rasgos se van a muestrear con mayor intensidad (cribado con agua por oposición a cribado en seco, por ejemplo). Los porcentajes de depósitos de determinado tipo, a los que se ha dado prioridad, pueden controlarse. Los contextos prioritarios se mantienen en posteriores análisis de laboratorio. De esta manera, el muestreo (priorización) puede relacionarse con la interpretación cambiante del yacimiento y sus correspondientes rasgos. Se puede amoldar a cada yacimiento en particular y adaptarse a su interpretación. Otra característica de la aproximación empiricista y positivista es que asume la naturaleza evidente en sí misma del "objeto arqueológico". Por ejemplo, cuando las cajas de material pasan del yacimiento al laboratorio, generalmente se clasifican como cerámica, metal, hueso, concha, piedra, etc. Esta clasificación determina el modo en que esos objetos van a ser estudiados y publicados. Se envían al especialista en cerámica, metal, hueso etc. Este procedimiento arqueológico tan corriente implica arrancar el artefacto de su contexto. Interpretarlo descontextualizado se hace difícil excepto en términos universales. En Catalhoyük nos hemos dado cuenta de que este proceso no ayuda a la comprensión del yacimiento o a la de las categorías individuales de objetos. La necesidad del contacto y la integración está detrás de nuestro empeño en contar con la presencia de todo tipo de especialistas en el yacimiento. Pero también nos hemos dado cuenta de que estas categorías son arbitrarias y que dependen de la escala a la que se efectúe el trabajo. A escala microscópica pequeños fragmentos de obsidiana pueden utilizarse como desgrasante de cerámica, de forma que entonces no se clasificarían como "piedra" sino como "cerámica". A gran escala, hemos intentado definir "objetos" que sobrepasen las categorías tradicionales. Por ejemplo, el estudio de los "desperdicios", incluye todo tipo de materiales, lo mismo que "objetos", "quemado", "decoración", "alimento" o "domesticación". De esta manera maximizamos los contactos entre los diferentes especialistas. Otro de los objetivos de las visitas del personal de laboratorio es devolver la información al personal de campo lo antes posible. La razón es combatir la idea de una excavación como proceso mecánico de registrar datos objetivos. Se pretende más bien favorecer la idea de excavación como interpretación "a punta de piqueta". Para la correcta interpretación de una estratigrafía ayuda conocer la datación de la cerámica en cada nivel. Para identificar un suelo podría ser útil saber algo sobre el grado de desgaste de la cerámica y el hueso. De manera que, mientras excavamos, necesitamos saber lo más posible sobre lo que estamos excavando. Este conocimiento, junto con nuestras interpretaciones, será lo que determine la estrategia de muestreo que vamos a emplear. En Catalhoyük al personal de laboratorio se le pide que siga la pista del material de varios niveles y contextos. En otras palabras, examinan el material rápidamente y reenvían los resultados al personal de campo. Otras formas de acelerar el flujo de información incluyen la digitalización de planimetría y registros, de forma que la distribución de elementos pueda consultarse inmediatamente. Es posible hacer histogramas y comparaciones de forma inmediata para que la excavación se desarrolle con el máximo de conocimiento sobre lo que se descubre. En un proyecto arqueológico cualquier intento de conectar a los diferentes participantes pasa por una base de datos integral y fluida. En Çatalhoyük hemos trabajado en una red informática de manera que el personal de campo y los especialistas del laboratorio puedan cuestionar sus respectivos datos y comentar las interpretaciones provisionales de cada colega. Todos los tipos de datos, desde el registro de campo, a mapas y dibujos, pasando por medidas de material lítico y cerámico, hasta los diarios y filmaciones que describiremos más adelante, están disponibles en la misma base. Los distintos ordenadores están conectados a un ordenador central al que todo el mundo tiene acceso. El alto grado de interconexión que se consigue significa que las interpretaciones están continuamente en un estado fluido; los "datos" están constantemente reconsiderándose y transformándose, y las conclusiones son efímeras. Por mucho que uno quiera crear una base de datos fluida y flexible algún grado de estabilidad será necesario, de manera que permita comparaciones y el manejo de una gran cantidad de datos. Pero cualquier base es una construcción teórica y es importante que el usuario así lo entienda. El usuario de una base de datos tiene que ser capaz de situarla en su contexto de producción. Para ello, en Catalhoyük, hemos vuelto a llevar un diario. Se escribe en la base con referencias cruzadas de forma que, si un usuario quiere saber algo sobre el nivel 321, sea posible encontrar todas las entradas referentes al nivel 321, a la vez que la lista codificada de huesos de animales, cerámica, etc que se encontraron. El diario permite al usuario comprender lo que los excavadores presuponen mientras excavan un nivel determinado. Permite comprender porqué un nivel fue excavado y muestreado de determinada forma. Permite examinar las desviaciones y presunciones. Pero también tiene efectos beneficiosos: otras personas pueden leer las entradas según se introducen de forma que se incrementa el circuito de información. Además, escribir un diario hace reflexionar al excavador sobre el proceso de excavación y evaluarlo en relación a las preguntas que se le están haciendo. Igualmente grabar un video del proceso de excavación conduce a adoptar actitudes reflexivas. En Catalhoyük las dicusiones del personal de laboratorio durante las visitas al yacimiento (ver punto 1) se graban en video, lo mismo que breves secuencias del trabajo de campo y de laboratorio. Estos videos se digitalizan y editan en clips de 1 o 2 minutos para incluirlos en la base de datos. Son accesibles mediante un sistema de búsqueda con clave. Así, es posible buscar en la base el nivel 321 y encontrar no sólo el objeto, registro de campo y entrada en el diario, sino también el videoclip. Estos clips podrían mostrar al excavador o excavadora del nivel 321 describiendo su trabajo, señalando el nivel y explicando su interpretación. Este proceso facilita la comprensión del usuario de la base mediante una información visualizada. También le permite comprender las presunciones y malos entendidos sobre los que se basó la excavación. De esta forma el "dato" se relativiza dentro de un contexto específico de producción de conocimiento arqueológico. Una vez más, como en el caso del diario, el mismo proceso de filmación significa que la información está circulando entre los miembros del proyecto a la vez que se efectúa su registro y visionado. La reflexión surge cuando se pide a los miembros del proyecto que expliquen su trabajo y sus presupuestos ante la cámara. Ser reflexivo y autocrítico requiere una considerable cantidad de energía y un compromiso con el conocimiento teórico. En la práctica, los arqueólogos puede que tengan escasa inclinación y tiempo para mirarse el ombligo, a pesar de los beneficios que ello reporta. Además, la mayoría no tiene práctica en la observación de comportamientos culturales actuales. Por ello, en Catalhoyük trabajan con nosotros antropólogos encargados del estudio de la generación de conocimiento. Participan en el día a día del yacimiento, observando y haciendo entrevistas. Uno estudia la forma en que nuestras interpretaciones se imbrican en presiones y presupuestos inconscientes. Otro explora las convenciones visuales mediante las que vemos y registramos el yacimiento (en forma de planos, secciones, dibujos de piezas, fotografías y videoclips). Otro aún estudia el impacto de nuestra presencia en la comunidad local. La presencia de personas cuestionando presupuestos tiene un efecto desestabilizador en los equipos de excavación e investigación. Pero se necesita una cierta falta de estabilidad si aspiramos a una aproximación crítica y si el proyecto va a responder al mundo cambiante que le rodea. Se han tomado medidas para poner en la Web toda la base de datos de Catalhoyük de mane- ra que se facilite al máximo la participación en la interpretación del yacimiento por parte de una variedad de grupos diferentes. El objetivo es ofrecer uñábase accesible y multimedia. Este tipo de apertura puede entrar en conflicto con los intereses individuales y de grupo con acceso especial al yacimiento. Por ejemplo, la trayectoria profesional de los miembros más jóvenes del proyecto puede verse amenazada si otros tienen acceso a, y publican, datos inéditos. Desde luego, es factible la aparición de sitios Web alternativos sobre Catalhoyük por parte de grupos de la competencia. Sin embargo, aunque los derechos de grupos e individuos deban ser protegidos, ello no puede justificar el secretismo de la información arqueológica a largo plazo. La accesibilidad inmediata favorece la participación y el compromiso con el propio proceso de investigación. La linearidad del relato arqueológico limita la complejidad de las historias que se pueden contar. También fomenta la disociación entre evidencia e interpretación. Esta última suele presentarse después de haber expuesto la evidencia. El hipertexto, por el contrario, permite relaciones de vías múltiples e incorporar los multimedia. Así, se puede ofrecer una relación narrada y facilitar conexiones entre la narración y las fotos, los planos y los datos codificados del material. El usuario del hipertexto puede accionar el ordenador e ir del texto narrativo a la evidencia del dato para comprobar las bases sobre las que se han elaborado esas interpretaciones. Los arqueólogos han hecho siempre planos, dibujos y modelos de los edificios que excavan. Estas y otras reconstrucciones permiten plantear hipótesis para la experimentación sobre técnicas constructivas originales. También permiten la participación de un público más amplio en la comprensión del yacimiento. Actualmente las técnicas de Realidad Virtual dan mayor rapidez y flexibilidad a la experimentación de reconstrucciones. La construcción de un mundo virtual en el ordenador permite la visualización y la experimentación con reconstrucciones alternativas. Igualmente, el mundo virtual puede ser interactivo de manera que el usuario pueda hacer preguntas sobre el yacimiento y explorarlo desde un punto de vista no especializado. En Catalhoyük queremos que la reconstrucción virtual del yacimiento sea la "cabecera" de la base de datos. Los usua-rios no especialistas pueden así "navegar" por el yacimiento virtual y encontrar la información arqueológica con el nivel de detalle deseado. La virtualidad permite también experimentar con las diferentes maneras en las que se tiene experiencia del yacimiento. En Catalhoyük se anima a equipos de diferentes partes del mundo a que excaven sus propias zonas en el yacimiento. Se utilizan sistemas de documentación y recogida de datos equivalentes, pero cada equipo utiliza sus propias técnicas de excavación y análisis tradicionales. Se presupone que los distintos equipos, utilizando diferentes métodos, producirán diferentes resultados. Al mirar por ventanas distintas, cada equipo verá y encontrará diferentes Catalhoyüks. Esta diversidad, más que censurarla como caótica, es bienvenida porque es preferible a un acercamiento monolítico y de perspectiva única. Esta última produciría una relación coherente, pero esa relación estaría basada en presupuestos de cada tradición arqueológica que se dan por sentados. Parece que hay cuatro temas subyacentes en los doce pasos prácticos de una excavación descritos más arriba: reflexión, relacionalidad o contextualidad, interacción y multivocalidad. Con ello me refiero a la observación de los efectos que nuestras acciones y supuestos tienen sobre los diferentes grupos implicados en un proceso arqueológico, desde los demás arqueólogos hasta la comunidad local. Un ejemplo de nuestro empeño en Catalhoyük es el trabajo de los antropólogos que incluye el impacto del proyecto en la comunidad local, así como en los grupos nacionales e internacionales que están interesados o visitan el yacimiento. La reflexión se induce igualmente a través de la escritura del diario y la filmación de videos, puesto que estos procesos invitan a los componentes del equipo a estudiar sus propias presunciones. Los diarios y videos proporcionan también información contextual del proceso de excavación, de manera que otros puedan volver a evaluar críticamente las declaraciones realizadas. Los resultados se relacionan reflexivamente con el contexto en el que se genera el conocimiento. ve en el intento reflexivo de relacionar los hallazgos con un contexto específico de producción de conocimiento. Pero también se hace patente en las interrelaciones de la información artefactual y contextual. Así, la datación de un nivel depende de los objetos encontrados. Pero en ocasiones, la datación de los objetos puede depender de las relaciones estratigráficas de los niveles. En otro ejemplo de Catalhoyük la interpretación de un edificio como habitación, más que como capilla, depende de los objetos en su interior; pero la interpretación de los objetos depende en parte de si la edificación se ve como habitación o como capilla. De manera que generalmente, en arqueología, todo depende de todo en una totalidad hermenéutica. Nuestra intención en Catalhoyük ha sido facilitar esta interconexión, por ejemplo teniendo disponible para los excavadores la información sobre los objetos mientras excavan un contexto en una cuadrícula. La interpretación del objeto y del contexto dependen uno del otro, de manera que es necesario disponer en el propio yacimiento de muchos especialistas en contextos y objetos para que la información sea accesible para cada cual, especialmente para los propios excavadores. La finalidad está en conseguir una alta integración e interdisciplinareidad. La relacionalidad implica también flexibilidad en el proceso de investigación. Si todo depende de todo y yo cambio una variable en mi análisis, habrá efectos incontrolables en todas las demás. Por eso la base de datos de Catalhoyük es tan flexible y cambiante como sea posible; las conclusiones son siempre provisionales y objeto de transformación. La intención aquí es proporcionar mecanismos para que la gente pregunte y critique las interpretaciones que se están haciendo, en el momento en que se hacen. Se estimula la interacción entre el personal de laboratorio y el de campo durante la excavación con las visitas a los cortes. A los procedimientos de priorización (muestreo) se llega mediante negociación entre los miembros del equipo. También se facilita la interacción en Catalhoyük disponiendo la base de datos en la Web y dando las rutas de acceso de forma amigable (por ej. reconstrucciones virtuales). También se facilita suministrando la información en forma de diarios y videos que disponen y abren la base de datos a la crítica y a interpretaciones alternativas. El objetivo es tener una sección para la comunidad en el Museo del yacimiento donde lo que se muestre haya sido elaborado por miembros del pueblo cercano. En el Museo también habrá un CD-Rom interactivo, con hipertexto y componentes de realidad virtual, para que los visitantes y estudiantes puedan aprender del yacimiento de forma no lineal. Una amplia gama de grupos distintos tiene, frecuentemente, intereses que entran en conflicto y quieren involucrarse en el proceso arqueológico de diferentes maneras. Hay que proporcionar mecanismos para que cada discurso pueda expresarse. Por ejemplo, en Catalhoyük distintos equipos excavaron distintas zonas del yacimiento y propusieron sus propias visiones. Mientras que el sitio Web permite la comunicación con otras redes de grupos internacionales de cierto nivel intelectual, la comunidad local rural puede contactar mejor a través de las exposiciones del museo y las visitas al propio yacimiento. En el futuro puede que haya grupos como el de la Diosa Madre que quieran rezar en el yacimiento. En términos generales, se puede argumentar que hay un tema subyacente en estos cuatro puntos de interés y es la ruptura de límites y dicotomías. Los arqueólogos han pasado mucho tiempo a lo largo de su historia poniendo en orden los límites de su disciplina. Tenían que defenderlos de los anticuarios, de los clandestinos. Creacionistas, usuarios de detectores de metales, movimientos de reinhumadores, adoradores de la Diosa. Algunos de estos grupos han sido calificados de "marginales". Otros están completamente fuera de la disciplina, pero al final, el mantenimiento estricto de esos límites, aunque eficaz en algunas circunstancias, restringe la posibilidad de diálogo y compromiso. Por ejemplo, muchos arqueólogos, al menos en Gran Bretaña, se dan cuenta ahora de que pueden colaborar con usuarios de detectores de metales en un marco que implica educación y mutua comprensión. El conflicto de los reinhumadores en Australia y Estados Unidos ha supuesto un amplio toma y daca por ambas partes. Allí donde se desarrolla una arqueología indígena, al menos en la etapa postcolonial, existe algún tipo de negociación. Allí donde se necesita al mercado como soporte financiero para la investigación arqueológica, se deben prever orientaciones para un público diverso. De manera creciente, la arqueología se ha dado cuenta que necesita incorporar una diversidad de orientaciones y esta- blecer una diversidad de mecanismos para involucrarse con el pasado. Hay que romper también con los límites en torno a los especialismos en arqueología. Segiín ha ido madurando, la arqueología se ha diversificado con éxito y han ido surgiendo una amplia gama de especialismos. Esto fue necesario y sano, pero ahora se necesita una integración y una investigación que rompa con los límites de las especialidades. Me he referido más arriba a la necesidad de relacionalidad e interactividad en el proceso arqueológico. Tenemos que identificar nuevos objetos de estudio que superen los límites del especialismo. A una mayor integración se dirigen las nuevas técnicas de información. Tenemos que romper las barreras en torno al yacimiento. Esto es en parte una cuestión de abrirlo a una gama más amplia de visitantes y de fomentar la interacción y multivocalidad. Pero también es cuestión de reconocer los efectos radicales de las nuevas tecnologías de la información. Interesa saber que en el discurso de la globalizadora jerga Web, el término "sitio" (2) se ha escogido para significar un lugar o dirección de la World Wide Web. Sería posible construir nuevos lugares Web que actuaran de alternativa a los "sitios" oficiales. Por ejemplo, hay muchos sitios Web en los que se puede encontrar información sobre el "sitio" (arqueológico) de Catalhoyük. De alguna manera, el único lugar donde Catalhoyük no existe es en Catalhoyük. Quiero decir que la gente construye sus propias versiones de Catalhoyük. Lo pueden hacer en un sitio Web o por otros medios, o incluso en sus mentes e imaginación. Cuando vienen al yacimiento, lo ven desde su propia perspectiva, de la misma forma que cada equipo que trabaja allí construye su propia orientación. Todas estas interpretaciones variables del yacimiento arqueológico son deudoras de otros "sitios" (otros lugares, otros sitios Web, imaginaciones). La arqueología tiene que ser multi-sitio. Tiene que ser abierta y menos restringida. Como corolario del último punto, es necesario romper los límites alrededor del equipo. Según se va involucrando más y más gente en la excavación, análisis e interpretación de un yacimiento arqueológico, el equipo que está trabajando allí se vuelve muy difuso, abierto y flexible. (2) El autor juega aquí con el término inglés "site" que tiene tres acepciones: yacimiento (arqueológico), sitio o lugar, y lugar web. hoyük yo he tenido cada vez m^s dificultades en saber claramente quien es y quien no es miembro del equipo. Algunos ni siquiera han estado nunca en el yacimiento (excepto en el sitio Web) (2). Otros han visitado el yacimiento y colaborado pero no podrían calificarse de arqueólogos. Los comentarios que los extraños hacen en la Web han resultado muy útiles y se han incorporado al proceso de investigación de los "equipos". Los cuatro temas identificados más arriba, pero particularmente la interacción y multivocalidad, implican el emborronamiento de los límites de cada equipo particular. Los límites en torno al autor se han vuelto igualmente borrosos. Al tiempo que se involucran más voces en el proceso arqueológico, se fomenta la interacción y se adopta una postura de autorreflexión crítica, igualmente se va diluyendo la distintiva voz del autor único. Al tiempo que el estatus y autoridad del autor se abren a la evaluación crítica y se introducen múltiples medios de comunicación, igualmente disminuye el lugar privilegiado del mundo escrito. En la medida en que se incrementa la utilización del hipertexto, la linealidad del texto escrito y sus recurso retóricos específicos son reemplazados por flujos de información multicanales y multinodales. El autor desaparece en un flujo de información, de signos que se reemplazan unos a otros en una red abierta. Al tiempo que estos límites se vienen abajo, lo mismo ocurre con las principales dicotomías que sustentaron la arqueología desde sus inicios. Romper los límites que encorsetaban la disciplina y los especialismos significa romper la dicotomía entre ciencias y humanidades. La arqueología no es una ciencia o una humanidad. Es ambas cosas a la vez. El proceso arqueológico implica una gran dependencia de las ciencias naturales para la datación, el estudio de los procesos de formación del yacimiento, el análisis del cambio del medio ambiente, la procedencia de los objetos intercambiados, etc. Tal información debe situarse dentro del marco de conocimiento de las humanidades {vg. historia) y ciencias sociales (vg. antropología social y cultural) sobre la organización social y la manipulación de la cultura. Desde luego, el término cultura material, principal interés del cuestionamiento arqueológico, encierra la dualidad inherente a la disciplina. La arqueología depende del estudio científico de los materiales para inferir patrones culturales. Las causas de la variabilidad en el registro arqueológico no son culturales o naturales. Muchos arqueólogos aceptarían hoy día que mientras el medio y las fuerzas materiales condicionan la iniciativa del hombre, el carácter específico del comportamiento humano está igualmente informado por la elección cultural y la intencionalidad. A esta visión dialéctica se ha llegado desde muchas direcciones. La vemos en una generación anterior, en el trabajo de Grábame Clark (1957: 219) cuando argumenta que mientras el medio limita o condiciona la elección social, esta última determina el comportamiento cultural. La vemos en la discusión neomarxista sobre la relación entre fuerzas y relaciones sociales de producción (Friedman y Rowlands, 1978; McGuire, 1992). En todos estos casos se intenta de diferentes maneras pensar sobre la naturaleza y la cultura no como "esto y lo otro" sino en términos de "ambas". Pero quizá la mayor dicotomía que envició a la arqueología haya sido la separación cartesiana entre sujeto y objeto (Knapp y Meskell, 1997). A los arqueólogos siempre les ha interesado distinguir entre un pasado subjetivo y otro objetivo. Las visiones subjetivas tienen que ser contrastadas con datos objetivos. Pero incluso los arqueólogos procesualistas han tenido que aceptar que los datos arqueológicos están informados por la teoría (Renfrew y Bahn, 1991) y que teoría y datos se relacionan dialécticamente (dependen una del otro en un circuito teoría-dato). Esta visión se articula más claramente aún en la arqueología neomarxista (v.g. Si el proceso arqueológico está abierto a la interacción y la multivocalidad; si los límites en torno a la disciplina, yacimiento, equipo y autor se han roto, entonces no puede ser adecuado por más tiempo separar un pasado objetivo, definido por los arqueólogos, y un pasado subjetivo, definido por no arqueólogos. Todos interpretamos el pasado desde perspectivas diferentes y estas distintas interpretaciones pueden contrastarse con la evidencia. Se pueden comparar distintas teorías utilizando una variedad de mecanismos. El pasado no es objetivo o subjetivo. Con esto quiero decir que la evidencia arqueológica tiene una materialización "objetiva" que limita y confronta lo que se puede decir sobre él, y que contribuye a la experiencia de los observadores "subjetivos". Al mismo tiempo, el intérprete "subjetivo" de la evidencia construye los datos "objetivos" desde una perspectiva particular. FLUJOS DE INFORMACIÓN GLOBAL He descrito más arriba un proceso arqueológico que es reflexivo, relacional, interactivo y multivocal. El propósito es acabar con los límites entre el interior y el exterior de la disciplina, entre los diferentes especialismos, entre yacimiento y no yacimiento, entre autor y lector, entre sujeto y objeto, etc. La ruptura de estos límites estimulan el intento de pensar en términos no dicotómicos, esto es, en términos de "ambos/y" mejor que "uno u otro". Al apartarnos de las dicotomías buscamos metáforas alternativas. Más que límites, describimos redes y flujos. Más que oposiciones rígidas, percibimos fluidez. Más que espacio y tiempo, intentamos resolver el espacio-temporalidad. Me gustaría demostrar que la búsqueda de un discurso más incluyente en arqueología no debiera organizarse como un orden del día preceptivo; la búsqueda forma parte, más bien, de los grandes cambios de la sociedad hacia redes y flujos (Castells, 1996). Estos cambios se califican de alto o post-modernismo, era de la información, sociedad de consumo, sociedad postindustrial, sociedad mediática, etc. Es importante comprender la naturaleza y dirección de estos cambios si queremos dar sentido al impulso hacia un pensamiento no dicotómico en arqueología. Demostraré aquí que las tendencias que nos impelen hacia una sociedad de redes se comprenden mejor en el contexto de la globalización, y que la globalización presenta los tres componentes que se reflejan en la figura 1. En el vértice están las tendencias homogenizadoras asociadas obvia y fácilmente con Internet y las superautopistas de la información. La dispersión de los modos de trabajo y la común preocupación por el medio ambiente también producen homogenización. El resultado final es una pérdida de la diversidad cultural al tiempo que surgen McDonalds y Coca-Cola como partes de la "aldea global" y de un mercado homogéneo. Los gobiernos se vuelven serviles con las compañías multinacionales. Pero uno de los atractivos del proceso globalizador es que genera diversidad y fragmentación tanto como homogeneidad. Una vez más, necesitamos un pensamiento no dicotómico. En la figura 1 aparecen dos procesos de fragmentación bastante diferentes: la fragmentación producida por el proceso de un capitalismo avanzado, y la búsqueda de identidad dentro y contra el mercado. Segmento de mercado Identidad Elementos contrapuestos del globalismo. La fragmentación la produce el mercado de formas distintas, en el marco del capitalismo tardío y avanzado. Por ejemplo, cambios en los modos de trabajo producen regímenes flexibles según los cuales la gente trabaja ocasionalmente o en casa. También producen fragmentación las nuevas tecnologías de la información. La televisión, etc., pero además los VCR, walkmen, y la cantidad de canales disponibles, todo conduce a una gran cantidad de alternativas individuales de elección; hay descentralización y mercantilización. Es incluso posible para los gestores de la Web adaptar la oferta de información a medida de cada uno. Se ha hecho posible el mercado de nicho e incluso el mercado individualizado. Al mismo tiempo, los individuos pueden utilizar estas mismas tecnologías para crear nuevas comunidades y nuevas identidades. Internet ha permitido la proliferación de grupos de interés específicos. La sociedad postmoderna ha visto surgir pequeños grupos que pueden ser localizados o estar dispersos (comunidades virtuales). Pueden ir en contra de la cultura de masas o favorecerla. Pueden formar parte del mercado global o ser su antítesis. Igualmente existen aquellos que se sitúan fuera de la red global, cuyas identidades están conectadas a un lugar y a la historia marginal. Son los menos ricos, los menos educados, los menos conectados. Tales comunidades reciben muy poco de la cultura global; su explotación está asociada a la alienación y la resistencia (Fig. 1). TRAZANDO EL MAPA DEL PATRIMONIO GLOBAL Quiero ahora trazar el mapa, primero del patrimonio y después de la arqueología dentro del esquema planteado en la figura 1. El patrimonio se ha convertido en una industria global que crece a buen ritmo. Está implicado en todo el contradictorio proceso descrito en la figura 1, tal y como se indica en la figura 2. Patrimonio comunitario La homogenización del patrimonio se hizo patente con el surgimiento del concepto de «patrimonio mundial» y la designación de lugares como tal patrimonio por la UNESCO en las últimas décadas. La cuestión subyacente es proteger aquellos sitios de importancia global y que forman parte de una «comunidad humana». La intención es proteger para todos «nuestro» patrimonio común. A una escala diferente, la Comisión Europea nombra lugares de interés para Europa como una totalidad, más que para determinados estados-nación. Este proceso homogenizador tiene relaciones positivas y negativas con el mercado. Uno de los efectos de la designación de un yacimiento como patrimonio mundial o europeo puede ser la explotación comercial. La visibilidad internacional que confiere a un yacimiento tal designación puede atraer al turismo y a la industria del ocio. Viajar a otro tiempo, lo mismo da en coches del tiempo de Disneylandia que como parte de un tour internacional, constituye el punto central de la industria del ocio, un componente esencial de lo exótico de la alteridad hacia la que parece nos sentimos más atraídos cada vez. Como lo describe Lowenthal (1985), el pasado se ha convertido en otro país al que queremos huir como parte de nuestro viaje de ocio. El resultado para los yacimientos puede ser una inyección de fondos y la capacidad de los grupos locales o gobiernos para añadir infraestructu- Pero también existen tensiones entre el patrimonio mundial y el mercado. Por ejemplo, a las agencias internacionales les corresponde proteger los yacimiento del saqueo y vandalismo. El desarrollo comercial para turistas puede beneficiar más a las compañías internacionales que a la comunidad local. Se puede forzar este desarrollo (hoteles, tiendas, aparcamientos) por los intereses creados en el yacimiento. De igual forma, existen relaciones positivas y negativas entre el patrimonio mundial y la formación de identidades comunitarias. La atención internacional y la influencia del turismo pueden aumentar el sentido local de identidad. La formación de nuevas comunidades puede surgir de la conciencia renovada de un patrimonio común. Estas comunidades y sus tradiciones pueden «inventarse», como en el caso de la identidad pan-nativa americana. También pueden estar dispersas, como el caso del movimiento de la Diosa en el que se implican mujeres a la búsqueda de un mundo original anterior al patriarcado. Locales o dispersas (virtuales), se ven fortalecidas al pertenecer a redes globales. Lo mismo que en el caso del Tribunal Europeo de Derechos Humanos o los Tribunales Internacionales de Guerra pueden proteger al individuo contra el Estado, así el estatus de Patrimonio Mundial protege yacimientos y llama la atención sobre las identidades locales. Los contactos globales promovidos por el Congreso Arqueológico Mundial ayudan a las identidades emergentes basadas en el patrimonio (Ucko, 1987). Los procesos globalizadores suponen mecanismos de emancipación, pero también crean mayores posibilidades para la dominación y la exclusión. Algunos gobiernos evitan las designaciones de patrimonio mundial porque permiten la intervención de agencias internacionales en los programas de patrimonio nacional. Tanto el estatus de patrimonio mundial como la explotación comercial pueden llevar a un yacimiento a desgajarse del significado y la identidad locales. Los oriundos pueden ver negado o interrumpido el significado tradicional de esos yacimientos por agencias externas. El patrimonio de identidades locales puede volverse fragmentario fácilmente a través del proceso globalizador. Los grupos e individuos que no pertenezcan a una red se apartan de la información global y tienen dificultades para el acceso al conocimiento sobre patrimonio. Pueden hablar lenguas que los excluyan del debate internacional (por ej. Olsen, 1991). La multivocalidad y apertura sólo se da entre los que pertenecen a una red. El resultado puede silenciar otras voces e impedir la última oportunidad de incorporación a la homogenización global. Como alternativa, el que no pertenece a una red puede formar identidades culturales y patrimoniales de forma tradicional, reaccionando contra las nuevas formas de comunidad virtual. Igualmente existen relaciones positivas y negativas entre patrimonios comunitarios y la industria del ocio. Como ya se ha señalado, el turismo puede promocionar el crecimiento y el empleo de comunidades locales y promover identidades comunitarias mediante la gestión del patrimonio. Se pueden citar casos como el de los Hopi-Tewa en el suroeste americano, donde la explotación comercial de la artesanía tradicional contribuyó a la producción y el empleo locales. El compromiso con «otras» formas de vivir por parte de los turistas y visitantes tiene igualmente efectos «beneficiosos» para los países desarrollados. La nostalgia y sensación de escapismo que descubre la gente puede ayudarles a superar la alienación y la fragmentación de la vida moderna. De esta forma quedan satisfechos los intereses del capitalismo avanzado y del mercado. La relación entre mercado y patrimonio comunitario puede ser también negativa. Los «grandes negocios» pueden hundir fácilmente los intereses locales y abolir sus derechos. La comercialización puede convertir la identidad en un pastiche, la continuidad en fragmentación. Pasados al estilo Disney pueden trivializar reivindicaciones y sensibilidades. La idea de un «Parque temático de Auschvs^itz» dramatiza la insensibilidad a la que se puede llegar. ¿Cómo es posible que algunos sufran en un lugar mientras otros disfrutan? Tales ejemplos y tensiones están bien definidos. En otros casos, las líneas entre el pasado como ocio y el pasado como identidad comunitaria son más difíciles de trazar. Por ejemplo, entre los viajeros que vienen a Avebury y Stonehenge en Gran Bretaña a celebrar el solsticio de verano, hay grupos como los Druidas y los Anarquistas de Wessex. ¿Se dedican a disfrutar o a la acción política y social? ¿Están estos grupos igualmente comprometidos con una causa social? ¿Dónde está la línea que separa el juego de la pasión? Y aún si la gente estuviera comprometida pasional- mente con una determinada causa, ¿es su compromiso resultado de la diversidad generada por el capitalismo avanzado? Las respuestas a estas cuestiones son difíciles. Una vez más, como en las relaciones de la figura 2, el nexo entre mercado, incluyendo la industria del ocio, y patrimonio comunitario es dialéctica y no dicotómica. TRAZANDO EL MAPA DE LA ARQUEOLOGÍA GLOBAL La homogenización diseñada por los procesos de globalización puede compararse con la búsqueda de leyes y métodos universales, aplicables sin tener en cuenta el momento o el lugar, de la arqueología de fines del siglo XX. Claramente este fue el grito de guerra de la arqueología procesual. Aunque en la arqueología postprocesual se pone un menor énfasis en los universales, no se puede negar que se hacen afirmaciones preestablecidas de manera rutinaria, tales como "la cultura material tiene significado", "el registro arqueológico es (o no es) un texto", "la estructura es el medio y resultado de la acción". Aunque los arqueólogos postprocesuales (y neo-Darwinianos) intentan retomar la historia, la contingencia y la indeterminación, sin embargo, sus argumentos para la diversidad y la diferencia se basan en afirmaciones generales. Así, todas las arqueologías, sea cual sea su tradición, se valoran en términos de esos argumentos generalizadores. Las tendencias universalistas de la arqueología angloamericana pueden conducir claramente a la desaparición de la historia. Trigger (1984) ha insistido en que el estudio de los nativos americanos por parte de la arqueología procesual condujo a la búsqueda de generalizaciones tipo ley y a una trivialización de la prehistoria específica de los grupos nativos americanos como una finalidad en sí misma. Argumenta que al negar la validez del estudio de la prehistoria de zonas específicas del mundo, los nuevos arqueólogos afirmaron la escasa importancia de las tradiciones nacionales propias y de cualquiera que estuviera en el camino de la actividad económica americana y de su influencia política. Con anterioridad, el punto de vista colonial condujo al establecimiento de métodos arqueológicos británicos en India y Australia, por ejemplo (Clark, 1957). Desde luego, allí donde se practique la arqueología hoy, sus métodos están influidos por, si no son totalmente de-pendientes de los métodos y perspectivas euroamericanos. En algunas regiones, especialmente aquellas con una historia reciente de dictadura, como España o Chile, los argumentos universalistas y los métodos objetivos pueden sentar unas bases para la crítica de las estructuras de autoridad establecidas. Proporcionan una vía para sacar a la luz las usurpaciones arbitrarias del poder. En otras regiones, la ciencia objetiva se asocia ella misma con el ejercicio arbitrario de un poder centralizado. Por ejemplo, en el conflicto sobre la reinhumación de los restos de nativos americanos o la de los derechos sobre la tierra de los aborígenes australianos, la ciencia arqueológica objetiva se asoció con los intereses del poder establecido, contra el que tenían que luchar las comunidades locales. Desde luego, en el mundo postcolonial la investigación y administración arqueológicas se han ido haciendo cada vez más "indigenistas". Aunque el cambio a manos de los locales de su propio pasado pudo promover la escritura de pasados contextualizados, los métodos utilizados procedían a menudo del legado colonial. Por ejemplo, los arqueólogos que trabajan en los Andes peruanos podrían llevar a cabo sacrificios rituales aymara cuando violan los enterramientos o abren catas en los antiguos lugares. El debate global se efectúa en los términos establecidos por el centro dominante. Las redes globales de información producen prácticamente el mismo efecto. La amplia disponibilidad de información arqueológica en la Web puede socavar la identidad de las comunidades locales y diluir su carácter distintivo. La trayectoria profesional de un individuo puede verse amenazada -por ejemplo, investigadores cuyas carreras dependen de la publicación de datos inéditos de un yacimiento pueden rechazar que "sus" datos estén al alcance de todo el mundo. Pero igualmente la disponibilidad de información en la Web puede permitir a alguna comunidad reafirmar su identidad. Personas desperdigadas por el globo pueden acceder al dato arqueológico para su investigación o por el interés político o personal. Por ejemplo, los grupos de la Diosa podrían aprender de los trabajos de María Gimbutas (Meskell, 1995). Este último proceso puede tener como resultado una erudición superficial cercana al juego (ibid.), o simplemente puede atraer a los grupos locales al discurso dominante. Pero también existe la posibilidad de una formula- Mamani Condor (1989) defendió una orientación de la arqueología desde perspectivas indígenas con respecto a los monumentos como partes «vivas» del paisaje. En India, Paranjpe (1990) ha empezado a buscar otras orientaciones, en contra de los presupuestos universalistas de los intelectuales occidentales (ver también Ucko, 1995). Estos opinan que las teorías indias sobre significado e interpretación deben tomarse como una reacción contra el discurso occidental. Los arqueólogos se están dando cuenta cada vez más de que los informes de su investigación tienen que escribirse a menudo en términos muy distintos, para una gran variedad de audiencias. El límite entre un contenido universalista o contextualizado, por un lado, y la versión popularizada del otro, es a menudo difícil de establecer. Y es cierto que, como en la mayor parte del mundo postmoderno, la frontera entre «alta» y «baja» cultura debe difuminarse. Muchos de los asuntos más conocidos tienen efectos sociales importantes, como en las publicaciones para niños o en las presentaciones para una amplia audiencia de la televisión. Pero, como ya se advirtió, los intelectuales pueden ser tergiversados y malinterpretados fácilmente. El predominio cada vez mayor del patrocinio comercial de los proyectos arqueológicos plantea la posibilidad de un sesgo hacia «lo que el patrocinador quiere» al escribir los informes. A menudo los arqueólogos exageran la importancia de los hallazgos para satisfacer la necesidad de publicidad y sensacionalismo del patrocinador. Comercio y ocio pueden llegar a comprometer así la profesionalidad y metodología del arqueólogo. Por otra parte, no cabe duda de que la mayor parte de la arqueología actual, sobre todo en Estados Unidos y Gran Bretaña, depende de los patrocinadores. Las relaciones con patrocinadores corporativos se pueden encauzar y dirigir de tal manera que se minimicen las interferencias en beneficio de las dos partes. Quizá la mayor conexión entre comercio y arqueología se dé en aquellos países que han establecido un sistema de gestión de los recursos culturales financiado por expertos en desarrollo. En estos casos, sin duda existen tensiones (Hunter y Ralston, 1993). Los equipos arqueológicos pueden conseguir puestos de trabajo bajando los costes a su nivel mínimo. Puede que se invierta muy poco en investigación y publicación. El trabajo puede ser a corto plazo e inseguro. Puede que haya oportunidades muy limitadas para el desarrollo de planes de investigación integrados y estrategias regionales. El crecimiento de una arqueología financiada comercialmente ha llevado a establecer una serie de normas de codificación de procedimientos y de seguimiento de resultados por las agencias centrales. De este modo han surgido tendencias universalistas. La gestión de recursos culturales ha permitido ciertamente la expansión de la arqueología a gran escala en determinados países. Pero estos efectos beneficiosos se ven neutralizados por las tendencias hacia la codificación y regulación. Esto contradice precisamente la apertura y multivocalidad de una orientación incluyente hacia el pasado. Contradice directamente los sistemas fluidos, los métodos integradores y contingentes identificados al principio de este artículo. Impide el reconocimiento de otras voces e intereses. Como resultado, en muchas zonas, las comunidades locales se han hecho cargo de la gestión de sus recursos culturales (Fig. 3). He defendido en este artículo que la investigación arqueológica y el trabajo de campo puede ser un proceso fluido de interpretación. Puede ser reflexivo y participativo, consensuado desde perspectivas distintas. En mi opinión, esta apertura, que implica romper con las dicotomías y criticar los supuestos, se hace más necesaria en un mundo cada vez más homogéneo y diverso. Lo «políticamente correcto» se ha convertido en algo para tomarse en serio, no sólo porque esté de actualidad, sino porque se refiere a las sensibilidades y derechos de una diversidad de grupos. En arqueología ya no es posible preservar dogmáticamente las fronteras de la disciplina. Ya no es aceptable aislar http://tp.revistas.csic.es yacimientos y equipos del mundo exterior que les rodea. Ya no es aceptable cerrar el debate diciendo «estos son los datos objetivos», puesto que otro tipo de intereses pueden querer dar sentido a los datos de forma distinta. Ya no es aceptable basar la autoridad arqueológica en un discurso cerrado, construido por los propios arqueólogos. En un mundo altamente interconectado, la autoridad tiene que defender su caso. Para muchas personas de fines del siglo XX, acontecimientos como la guerra de Vietnam demostraron los peligros de una fe ciega en las creencias y estrategias occidentales. El descentramiento de la autoridad también ha formado parte del amplio surgimiento de voces articuladas postcoloniales. Es más, el nuevo proceso de intercambio de información global ha acelerado y desalentado a la vez la diversificación y la diferenciación. La arqueología puede jugar un papel importante cuando estos procesos continúen y se amplíen hacia el siglo XXL Está directamente implicada en la homogenización y diferenciación de identidades. Pero el papel que desarrolle podría ser de emancipación o de dominación. De una parte, podemos comprometernos con una arqueología multi-sitio, favoreciendo el compromiso entre los diversos intereses a todos los niveles de análisis e interpretación, desde la punta de la piqueta a la publicación final. Podemos generar una proliferación de lugares, nudos en una red global, en la que podamos reconstruir el pasado. Podemos crear chorros de pasado, un continuum de interpretación. Podemos animar a los que no están integrados en redes a que utilicen el pasado para reivindicar sus derechos e identidades o para integrarse en la red. Podemos utilizar la arqueología como un proyecto flexible, abierto y participativo con el fin de romper modelos establecidos de pensamiento y dominación. Así que, de una parte, la arqueología puede jugar un papel emancipador en el proceso global del post-colonialismo y la era de la información. De otra parte, las mismas tecnologías que liberan y abren el debate pueden utilizarse para impedir y excluir la discusión. El flujo postmoderno de símbolos culturales (incluido el conocimiento arqueológico) puede limitarse fácilmente a una nueva élite bien informada. Los no integrados en la red están cada vez en situación de mayor desventaja en relación a los centros de dominación de los países desarrollados. Las voces alternativas se incorporan a un discurso definido y regulado desde el centro. La codificación y normalización se difunde entre los intereses del mercado de recursos culturales. Se alaba la diferencia como una parte lógica de la identificación y manipulación del mercado. Por ello, la arqueología puede jugar un papel en el proceso de dominación del ámbito globalizador. Las nuevas tecnologías, y la flexibilidad y el pensamiento no dicotómico que permiten, no plantean una solución sino una oportunidad y un reto para los arqueólogos del nuevo milenio. Pueden utilizarse para crear emancipación en el sentido de un compromiso abierto y diverso con el pasado, una participación desde perspectivas e intereses múltiples. O pueden emplearse para excluir, cerrar y dominar. Las nuevas tecnologías, los movimientos postcoloniales y otros asuntos globales como el turismo y la preocupación por el medio ambiente, conducen a la arqueología a una nueva situación contra la que puede reaccionar cerrándose sobre sí misma o abriéndose. Puede reforzar las dicotomías o puede "dejarse llevar por la corriente". Espero que esté claro que, desde mi punto de vista, el futuro a largo plazo de la arqueología debe estar en la fluidez y las redes, más que en las dicotomías y los límites.
"... principio de una novela, empezar el tema en cualquier parte, para tener ganas de terminarlo, comenzar con frases bellísimas..." JUAN ANTONIO MARTOS ROMERO (*) RESUMEN En el presente artículo se revisan yacimientos africanos y europeos donde se ha planteado la existencia de una intervención humana sobre elefantes. Se establece una diferencia entre sitios con un sólo individuo (tipo 1) o un número alto de elefantes (tipo 2). Con independencia del carácter de la intervención humana, cuando ésta es evidente, tales diferencias responden a unos procesos de formación distintos con problemáticas singulares que condicionan finalmente la capacidad informativa del yacimiento. Con la reanudación en el verano de 1993 de las excavaciones en los conocidos yacimientos deTorralba y Ambrona (Soria) dentro de un proyecto de investigación iniciado en 1990, surgió la posibilidad de efectuar una revisión bibliográfica de aque-' líos sitios donde se ha planteado la existencia de una interacción entre grupos humanos y elefantes (1). Pensamos que un trabajo de tales características permitiría reunir un volumen de información hasta ese momento dispersa, que, contemplada desde una perspectiva crítica, pudie-(*) Becario Predoctoral del Departamento de Prehistoria e Historia Antigua de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. (1) El artículo aquí presentado es un resumen del trabajo de investigación leído en noviembre de 1995 en el Dpto. de Prehistoria e Historia Antigua de la U.N.E.D. con el mismo título y está encuadrado dentro del proyecto Estudio y excavación de los yacimientos pleistocenos de Ambrona y Torralba (Soria) bajo la dirección de los doctores Manuel Santonja Gómez y Alfredo Pérez González. T.R,55,n.M,1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ra aportar luz a las controvertidas interpretaciones que rodean este tipo de yacimientos, de las que, precisamente, son un claro exponente Torralba y Ambrona, mantenidos en la bibliografía más generalizada e internacional como ejemplos de cazaderos pleistocenos de elefantes. Bajo estas premisas se juzgó conveniente acotar, desde un principio, el marco cronológico y geográfico al Pleistoceno inferior y medio de África y Europa. El resultado fue la recopilación de cerca de una treintena de yacimientos, centrándose el presente artículo en las principales conclusiones obtenidas de su revisión crítica (Tab. Pese a la amplitud espacio-temporal del marco elegido, la principal dificultad a la hora de manejar los datos aportados por cada yacimiento fue la disparidad de los mismos como consecuencia de los diferentes criterios de excavación y planteamientos teóricos que han animado los sucesivos paradigmas científicos imperantes en la investigación a lo largo del siglo. Con todo, intentamos que la revisión crítica pudiera ser enfocada en cada yacimiento con unos criterios y objetivos similares, capaces de ofrecer conclusiones interesantes y válidas. Así, se prestó especial atención a aquellos elementos que pudieran hacer referencia a cuestiones que previamente habíamos considerado como esenciales, fundamentalmente el contexto estratigráfico y la dinámica de formación del sitio, junto a la relación entre los diferentes restos. Con estos condicionantes se analizaron las conclusiones establecidas para cada yacimiento y su coherencia, partiendo exclusivamente de la comprensión crítica de los argumentos esgrimidos por los excavadores, ya que nuestro trabajo se limitó al material bibliográfico generado por los sitios. De esta manera, se evaluó si estábamos o no en presencia de suelos de ocupación y, lo que es mucho más importante en la mayor parte de los casos, se estimó la capacidad informativa del yacimiento. Por último, desde esta posición y siempre que fue posible, se valoró la consistencia de las diversas interpretaciones acerca del tipo de actividad antrópica o impacto de la intervención humana, cuando ésta existió. Por ello, cobran un papel fundamental en su estudio los aspectos sedimentarios y tafonómicos que nos permitan establecer qué capacidad informativa contienen y de qué tipo, antes de planteamos interpretaciones relacionadas con el comportamiento subsistencial como resultado de la posible intervención de grupos humanos sobre elefantes. Éstas, han ido desde la aceptación de episodios de caza, al desarrollo de estrategias de carroñeo más o menos marginales o actividades puntuales de despedazado y adquisición de recursos; a las que se han otorgado un grado de organización y planificación muy variable según los momentos y excavadores. En realidad, la representación de uno de estos escenarios del pasado debería pasar por tres vías de interpretación; una que nos permita discriminar que factores antrópicos y/o no antrópicos han intervenido en la formación del sitio (tafonómica), una segunda centrada en la reconstrucción de las actividades efectuadas por los grupos (arqueológica) y, por último, una lectura atenta de aquellos elementos relacionados con el comportamiento de los taxones representados (paleoecológica) que puedan haber incidido en factores como el emplazamiento del yacimiento o las causas de muerte de los individuos, entre otros. Una vez examinados los sitios bajo este criterio resultó obvio que, al menos, podía establecerse una división inicial entre dos tipos de yacimientos que simplemente definiremos como 1 y 2. Esta notación es utilizada aquí con un sentido similar al empleado en yacimientos africanos (tipo B y C) (Isaac, 1978;1984) y fundamentalmente al ya apuntado por otros autores a la hora de recalcar diferencias entre sitios con restos de elefantes (Santonja, 1992). Debido a la disparidad en la información y en parte también a la idiosincrasia de los sitios, una gran parte no encaja de forma clara en uno u otro grupo. No obstante, consideramos que tal distinción era bien significativa pues permitía establecer importantes diferencias entre aquéllos que sí podían ser definidos con precisión en una u otra categoría. Las diferencias que hemos observado al profundizar en ambos tipos tienen, a nuestro juicio, una clara relación con procesos de formación distintos y con problemáticas singulares que trataremos de sistematizar valorando el alcance de la información proporcionada por los excavadores. Sitios caracterizados por el hallazgo de restos atribuidos a un único elefante y presencia de industria lítica asociada, en la mayor parte de los casos, en relación estricta con los restos óseos. Estos yacimientos, generalmente, se distinguen también por una escasa diversidad taxonómica. Entre los revisados situamos en el tipo 1 los siguientes: Barogali (República de Djibouti); Mwanganda (Malawi); Olorgesailie 15 (Kenya); Lehringen (Alemania); Venosa Notarchirico (Italia); Arriaga y Áridos I y II (España). Sitios caracterizados por acumulaciones importantes de restos pertenecientes a más de un elefante e incluso a otros taxones que pueden superar en número de individuos a los primeros. La contemporaneidad y asociación de piezas líticas, y fundamentalmente la existencia de una relación estricta entre éstas y los huesos, resulta casi siem- pre controvertida o en todo caso difícil de contrastar. En el tipo 2 hemos incluido: La Cotte de Saint-Brelade (Reino Unido); Kárlich-Seeufer (Alemania); La Polledrara di Cecanibbio, Isernia La Fineta, Castel di Guido, Rebibbia-Casal de'Pazzi (Italia) y Ambrona (España). El resto de yacimientos hasta alcanzar un total de 30 no pueden, a nuestro modo de ver, encuadrarse de forma categórica en uno u otro tipo, bien por sus características o porque la información disponible es escasa o inexistente en cuestiones esenciales. Si tomamos como criterio principal el número mínimo de elefantes quedarían repartidos de la siguiente manera: -Un único o escasos individuos: FLK North 6 (Olduvai, Tanzania); Deinotherium Site (Olduvai, Tanzania); Gesher Benot Ya'aqov (Israel); CúUar de Baza I; San Isidro (Tejar de las Ánimas); Transfesa y LaAldehuela (España). -Un número alto de elefantes: Clacton On Sea (Reino Unido); Bilzingsleben, Ehringsdorf (Alemania); Solana del Zamborino, Torralba (España); Fontana Rannucio, Cava Pompi y Torre in Pietra (Italia). Pese al amplio marco cronológico y dispersión geográfica, presentan una serie de constantes sobre las que vamos a profundizar. Los elementos que se repiten, y que en definitiva nos han servido para definirlos, pueden establecerse en dos niveles independientes pero relacionados entre sí: paleoecológicos y arqueológicos. Siempre son sitios al aire libre y emplazados en medios sedimentarios sometidos a una dinámica de baja o nula energía, en llanuras de inundación de ríos, generalmente con un largo estiaje, o de pantanos y charcas de aguas someras de carácter palustre y/o lacustre. Este hecho puede responder muy bien a un sesgo tafonómico resultado de unas condiciones sedimentarias en medios que favorecen la preservación y perduración de los restos, en la mayor parte de los casos, en posición primaria. Si esto es así, la posibilidad de que yacimientos similares pero emplazados en medios diferentes se hayan preservado, parece muy escasa con la consiguiente pérdida de información. A su vez, la diversidad de factores que condicionan los procesos de sedimentación en medios de baja energía. obliga a dar una importancia primordial a la compresión de la dinámica del medio. Es preciso evaluar y analizar minuciosamente dichos factores y los procesos sedimentarios en estos medios, antes de establecer el alcance y significado de las similitudes y diferencias observadas. Así, es importante por ejemplo, conocer el ratio de sedimentación y la agresividad del medio (periodicidad de las crecidas e inundaciones de las llanuras aluviales o lacustres), que junto a elementos como la alzada, peso o morfología de los restos, va a incidir en el tiempo de enterramiento y en la dispersión de los mismos. Pensamos que cualquier intento de excavación de un yacimiento de este tipo debe partir de la necesidad de comprender la dinámica que ha permitido su preservación y contemplar todos aquellos elementos que nos sirvan para entender las relaciones entre los restos. Sólo así, seremos capaces de establecer qué tipo de información nos pueden ofrecer. Es ahí, donde podemos establecer una segunda constante en estos yacimientos, ya que proporcionan fundamentalmente una información de tipo económico. Todos ellos han sido interpretados por sus excavadores como áreas de despedazado de un elefante para la adquisición de recursos, al menos, cárnicos. Las constantes paleoecológicas y arqueológicas que examinaremos parecen evidenciar unas pautas de comportamiento, relacionadas con este tipo de actividad, sin que por ello seamos capaces de alcanzar, al menos de forma precisa, formas de conducta estereotipadas. Sobre esta cuestión volveremos a incidir en las consideraciones finales. Por otro lado, un análisis detallado de las características de los lugares de despedazado de elefante, permite establecer algunas diferencias dentro de las similitudes que proporcionan elementos de debate muy interesantes. A continuación abundaremos en esos elementos y en la información que nos aportan en puntos tan significativos como el momento de acceso por parte de un grupo humano a la carcasa de uno de estos proboscídeos, o si el aprovechamiento se produce en una situación de acceso primario o secundario con la existencia o no de competencia en la adquisición del recurso. En última instancia, pueden avanzarse hipótesis ligadas a la posible existencia de una variabilidad en la explotación de los cadáveres que incluye actuaciones más o menos oportunistas frente a actividades que denotan un cierto grado de previsión y planificación. Ya hemos señalado que todos los yacimientos tipo 1 comparten su emplazamiento en medios sedimentarios de aguas someras y tranquilas, charcas de carácter palustre o lacustre (Barogali, Mwanganda, Lehringen) o llanuras de inundación de lagos y ríos (Olorgesailie, Venosa Notarchirico, Arriaga, Áridos). Aún así, habría que comenzar por intentar establecer si han existido diferencias importantes en cuestiones como el lapso de tiempo transcurrido entre la muerte del animal y el enterramiento completo de sus restos o la agresividad del medio. El estado de conservación de los huesos, fundamentalmente costillas, con fracturas transversales debidas a un fenómeno de retracción de arcillas y una fuerte costra de carbonatos indicaba que en Barogali ese tiempo de exposición subáerea fue largo (Chavaillon et alii, 1987). De igual manera en Mwanganda el estado de conservación de los huesos estuvo determinado en gran parte por el proceso de sedimentación que sufrieron, con varios momentos de enterramiento y reexposición de los restos (Clark y Haynes, 1970). En estas condiciones parece lógico plantearse la posibilidad de aprovechamientos secundarios de aquellos restos que hubieran permanecido visibles, bien por grupos de homínidos, bien por carnívoros. Esa segunda actuación, de haberse producido habría afectado muy probablemente a la dispersión de los elementos óseos, o al menos parte de ellos, y en caso de estar protagonizada por homínidos implicaría, posiblemente, un nuevo aporte de industria lítica al sitio. Por este motivo, es importante establecer si este tipo de aprovechamiento secundario existió y si fue así que papel habría jugado en la formación del agregado arqueológico de cada yacimiento. En el caso de Arriaga, sus excavadores, en función de las características sedimentológicas del nivel y del mal estado de las superficies corticales de los huesos, consideran que el tiempo de enterramiento fue lento (Rus y Vega, 1984); no obstante, la escasa dispersión de los elementos anatómicos del elefante, prácticamente en conexión anatómica, podría ser indicativa de que no se dio un aprovechamiento intenso de Idicarcasa, ni actuaciones posteriores sobre aquellas partes que no hubieran sido aún enterradas. La falta de marcas de mordisqueo sobre los huesos junto a la inexistencia de una diversidad taxonómica tanto en número de restos como en variedad de especies representadas en el conjunto arqueológico puede entenderse desde el punto de vista de que los aprovechamientos secundarios o sucesivas visitas a estos sitios no se dieron o no fueron en ningún caso repetitivas. La presencia en un yacimiento clasificado como de actividad de despedazado (tipo B, Isaac, 1984) de huesos pertenecientes a individuos de otras especies ha sido interpretada y relacionada con la creación en el paisaje de lugares referenciales por parte de los homínidos (tipo C). Ejemplo en este sentido es el En Barogali se identificaron tres agrupaciones principales de restos óseos en función de su dis- (2) Bunn y Potts (Bunn, 1982) ya señalaron que este sitio no era representativo de un lugar de despedazado tomando como definición la establecida por Isaac (1978;1984) para butchering site y living floor. (3) Con ciertas dudas acerca de su pertenencia a la misma paleosuperfície al no haberse hallado más restos de estos individuos y no contar con criterios determinantes (Santonja, comunicación personal). persión sobre la superficie y de la mayor concentración de material lítico (cráneo, parte superior del cráneo, esqueleto postcraneal). Si bien la superficie excavada ñie de unos 35 m^, los restos del elefante aparecían dispersos en 30 m^. Destaca una muy escasa presencia de huesos largos con claro predominio del esqueleto axial (Chavaillon et alii, 1987). Los excavadores señalaron, a su vez, la existencia de una serie de fracturas longitudinales sobre los huesos largos, muy raros en el sitio, a las que atribuyen un posible origen antrópico. Estas marcas de corte se habrían realizado poco tiempo después de la muerte del elefante como consecuencia de una manipulación de los restos por parte de los homínidos (Chavaillon et alii, 1987). La industria registrada en el sitio (550 piezas) mostraba un claro predominio de lascas (más de 400) y de la búsqueda de filos de corte (Berthelet et alii, 1992). También se establecía que la talla y producción de lascas se había realizado en el lugar. Por último, se afirmó que los homínidos habían tenido un acceso temprano a los restos y en situación no competitiva. Tres fueron también las agrupaciones principales identificadas en Mwanganda partiendo de la dispersión de los restos líticos y óseos (en tomo a las costillas, al fémur y debajo de éste). En esta ocasión los restos cubrían una superficie de unos 80 m^. Entre los elementos anatómicos registrados destaca la mayor presencia del esqueleto axial (Clark y Haynes, 1970). La serie industrial (314 piezas) se compone esencialmente de productos de talla (77%) con un porcentaje muy similar en útiles y piezas utilizadas (12% y 11%) (Clark y Haynes, 1970). A partir del estudio comparado de las lascas y núcleos encontrados en el sitio, los excavadores llegaron a la conclusión de que los nodulos que se adecuaban a tal producción de lascas debieron de ser aportados desde el exterior del yacimiento, teniendo lugar, posteriormente, el proceso de talla en el mismo sitio. Además, la presencia de dos lascas de avivado de bifaz estaría indicando el empleo de este tipo de utensilios y su reutilización o reelaboración en el sitio y en definitiva el aporte premeditado de materia prima ya formatizada al lugar. En Olorgesalie 15, los excavadores señalaron una similitud muy alta en la dispersión de restos líticos y óseos sobre una superficie de 23 m^. Los homínidos habrían tenido acceso a los restos en situación primaria y no competitiva al no observarse marcas de mordisqueo sobre los huesos del elefante, y ello, pese a encontrarse emplazado el sitio en la margen distal de la playa de un lago, con escasa protección arbórea y sujeto por tanto a una presión trófica alta (Potts, 1989) (4). La industria registrada, en tomo a las 350 piezas líticas, está dominada por lascas con filo agudo. En opinión de los excavadores los bifaces, ausentes en el sitio (aunque abundantes en los lugares próximos a los cursos de agua cercanos al paleolago), habrían estado presentes en el sitio cuando se despedazó el elefante, funcionando como expendedores de cuchillos, que no fueron abandonados con posterioridad en el lugar (Potts, 1989). Una vez más, estaríamos, muy probablemente, ante el aporte premeditado de matera prima ya formatizada al yacimiento. En Áridos 1 la extensión excavada fue de 112 m^, encontrándose los restos del elefante en la paleosuperficie más antigua de las dos identificadas, dispersos sobre una superficie de unos 40 m^ (Santonjay Querol 1980c: 325). Se diferenciaron tres agrupaciones de restos (en torno al cráneo, junto al hueso de la pelvis y a 4 o 5 metros a la derecha del cráneo). Los elementos anatómicos hallados pertenecen al esqueleto axial (Soto, 1980: 213), evidenciando la falta de marcas de mordisqueo un acceso temprano de los homínidos a los restos del elefante y en situación no competitiva. La serie industrial es amplia, 331 piezas, con una dispersión similar y cerrada a la de los huesos del animal, en esta ocasión sobre unos 30/40 m^. Predominan las esquirlas y fragmentos (71%), mientras que los utensilios (4%) realizados la mayoría con retoques sumarios no han sido muy elaborados (Santonja y Querol, 1980a: 265), encontrándose 13 lascas levallois con microrretoques, 6 escotaduras, 3 denticulados, 3 cuchillos de dorso, 2 buriles diedros y 5 planos, 1 bec, 1 raspador nucleiforme y 1 raedera sobre cara plana junto a 4 cantos tallados. En el conjunto de piezas destaca una vez más, el predominio de los filos de corte (Villa, 1990). Se registraron dos lascas de avivado de bifaz que evidencian su empleo en las actividades desarrolladas en el sitio. El aporte premeditado de materia prima al yacimiento, en parte ya for-(4) Situado a unos dos kilómetros de la margen del paleolago, el sitio se encontraría prácticamente en el límite entre el bosque aluvial de la orilla del lago y la sabana herbácea. En esta zona de transición la presión trófica habría sido mayor y por está razón algunos investigadores piensan que las actividades de despedazado fueron breves y dirigidas a obtener las partes más provechosas, que serían trasladadas para su consumo a lugares preferenciales más seguros (Domínguez Rodrigo, 1994: 200). http://tp.revistas.csic.es matizada (bifaces), habría consistido fundamentalmente en el transporte de nodulos, muy probablemente, recogidos en la misma llanura aluvial. En Venosa Notarchirico los restos aparecen dispersos sobre una paleosuperficie de gravas en un área de 24 m? El proceso de formación del sitio tal y como ya hemos señalado con anterioridad no ha permitido contrastar de modo definitivo la relación estricta entre los restos del elefante (tan sólo el cráneo y las dos defensas) y gran parte del material lítico. Los argumentos en favor de una hipótesis de despedazado se reducen, prácticamente, a la dispersión topográfica de los restos líticos (42 piezas), o al menos una parte de los mismos, concentrados en torno a los restos craneales. Además, la posición desplazada de la mandíbula en relación al cráneo y la postura invertida del mismo (Guidi y Piperno, 1992:168-169) podría evidenciar una manipulación y separación deliberada de ambos por parte de un grupo humano. En la serie industrial dominan bifaces, choppers y en menor medida instrumentos sobre lasca (Guidi y Piperno, 1992). Con todo, no se puede afirmar de forma categórica que la distribución de los restos responda a la realización en el lugar de actividades relacionadas con el despedazado de un elefante (Guidi y Piperno, 1992:169). Desconocemos la extensión de la superficie que cubrían los restos hallados en Lehringen (Thieme et alii, 1985) pero a tenor de otros datos como la práctica conexión anatómica de todos los elementos del esqueleto, podemos pensar que fue menor que la vista en los sitios mencionados arriba. También es menor el número de piezas que componen la serie industrial, una treintena, en su mayor parte lascas no modificadas (5), junto a lo que se ha interpretado como una lanza de madera (Movius, 1950; Tode, 1954). El elefante apareció prácticamente completo y como ya hemos señalado en conexión anatómica (Movius, 1950). Se ha interpretado que los homínidos tuvieron un acceso restringido a ciertas partes, prácticamente la trompa y la parte superior de la cabeza, debido muy probablemente a que el resto del animal permaneció hundido en el fango (Müller-Beck, 1982). Un paralelo interesante, también en Alemania, es el yacimiento de Grobern aunque con una cronología más reciente. La disposición de la columna vertebral evidencia que el animal sufrió una muerte lenta (Soto, 1980: 221). Los excavadores señalan que la posición del esqueleto y el desprendimiento del cráneo habrían estado condicionados muy probablemente por la intervención humana. En la serie industrial dominan las lascas, aunque aparecen un hendedor y un bifaz (Santonja y Querol, 1980b: 300). La similitud entre las agrupaciones de restos óseos y líticos registradas en estos sitios, así como la dispersión y posición de los elementos anatómicos, evidencian una manipulación por parte de los homínidos de carcasas de elefante. Por otra parte, la inexistencia de marcas de mordisqueo, la presencia básicamente del esqueleto axial o el predominio de filos cortantes en las industrias son indicativos de que el acceso fue temprano, en situación no competitiva con otros carnívoros y que cuando éste tuvo lugar los restos se encontrarían, muy probablemente, en buenas condiciones. No obstante, puede establecerse una diferencia en la intensidad de la explotación de los restos según los sitios. Esta conclusión se basa fundamentalmente en el grado de desconexión de los restos y en el posible aporte premeditado de materia prima ya formalizada (en nodulos o bifaces) al sitio (Villa, 1990). Yacimientos^ como Barogali, Mwanganda, Olorgesailie o Áridos 1 presentan en un principio una mayor extensión en la dispersión de los huesos de elefante (6), que sitios como Lheringen, Arriaga y Áridos 2 caracterizados por la práctica conexión anatómica de los huesos recuperados. En los primeros es más fácil diferenciar agrupaciones interpretadas como áreas de actividades autónomas aunque relacionadas entre sí, sugiriendo una aprovechamiento intenso de la carcasa. El mencionado aporte premeditado de materia prima a estos yacimientos en nodulos o en parte ya formalizada (bifaces) sugiere cierto grado (6) En estos sitios siempre resulta problemático comprender cual es el grado de representatividad de la superficie excavada frente a la que pudo tener el yacimiento en su momento. Por ello, resulta arriesgado aventurar cual pudo ser la extensión original de los suelos de ocupación interpretados en una excavación, siendo en la mayor parte de las ocasiones imposible de contrastar las hipótesis que llevan a pensar que dichas áreas fueron más amplias. Por otra parte, en sitios actuales donde se ha documentado una actividad de despedazado de elefante, la dispersión de los huesos puede alcanzar en ocasiones entre 200 y 700 m^ o aparecer en agrupaciones de 15 a 42 m^, separadas entre sí una veintena de metros, por citar algunos ejemplos (Grader, 1983: 118). de previsión o de planificación en las actividades desarrolladas, indicando que, al menos, los restos habrían sido avistados con anterioridad. La presencia de otros taxones, aunque escasa, podría ser resultado de posteriores visitas para reaprovechamiento de parte de los restos. Por contra, el escaso grado de desconexión anatómica estaría evidenciando una explotación poco mtensa. Además, en estos casos, el número de piezas y su elaboración, generalmente, es mucho menor y la diversidad taxonómica nula, pareciendo responder a una ocupación mucho más breve y, quizás más oportunista, con una explotación menos intensa del elefante (pocos utensilios y escaso despedazado y dispersión de la carcasa), resultando mucho más difícil encontrar elementos para calcular el tamaño del grupo que participó en esa actividad. En definitiva, podemos concluir que en los yacimientos tipo 1 puede plantearse la posibilidad de una intervención humana más o menos sistemática, pero evidente, sobre los restos de un elefante. Estaríamos en presencia de acciones elementales y procesos singulares relacionados con el despiece de un proboscídeo y la adquisición de al menos carne. También pueden identificarse en este tipo de yacimientos gestos técnicos relativos a la talla de material lítico. Son siempre el resultado de una actividad limitada, desarrollada en un margen de tiempo breve y por grupos reducidos. Sus características son bien diferentes de las que acabamos de establecer para los yacimientos tipo 1 y son el resultado de unos procesos de formación diferentes tanto por la naturaleza de la intervención humana que pudiera haberse dado como, fundamentalmente, unas historias tafonómicas mucho más complejas que han afectado desde un principio al número, dispersión y relaciones entre los restos preservados. En estos lugares el impacto humano es difícil de determinar y de caracterizar, aunque el hallazgo de industria demuestra al menos una presencia y apunta a que el agregado arqueológico es fruto de un impacto débil y esporádico. Elementos como la mayor extensión, número y diversidad de taxones representados o las características de las industrias (integridad de la cadena operativa, grado de homogeneidad en tecnológica, tipología o estado de conservación), llevan a pensar que estamos ante lugares donde el agregado faunístico y arqueológico no siempre está relacionado de forma estricta, o en todo caso se debe a la sucesión en el tiempo de episodios esporádicos y más bien de carácter oportunista que producto de acciones sistemáticas. Pese a ello, han dado lugar a toda una serie de interpretaciones basadas en cacerías y matanzas de elefantes por grupos del Pleistoceno medio, que hoy por hoy, deben descartarse por su falta de solidez y apoyo en el registro arqueológico recuperado (7). En la actualidad, la revisión crítica de estos sitios, unido en ocasiones a reexcavaciones (Ambrona y Torralba), o los hallazgos de lugares similares excavados ahora con nuevos planteamientos (La Polledrara di Cecanibbio), viene a demostrar que la naturaleza de la intervención humana es difícil de determinar y caracterizar especialmente si no se dispone de una información planimétrica y estratigráfíca general y exhaustiva. Valiéndonos de la revisión que hemos realizado comprobaremos como la dinámica del medio y el proceso de formación juegan un papel fundamental para comprender las relaciones existentes entre el agregado faunístico y arqueológico y como en su configuración final pueden haber intervenido toda una variedad de situaciones naturales y antrópicas. En Kárlich-Seeufer han quedado expuestos unos 400 m^ de una pequeña península formada en el extremo distal de un paleolago por sedimentos de arenas y gravas que procedían de derrubios de laderas adyacentes, sobre los que posteriormente se depositaron restos óseos y líticos (Kroger et alii, 1988). Entre los huesos recuperados se iden-(7) Torralba es en este sentido un ejemplo de como una interpretación de este tipo se ha mantenido en la bibliografía internacional pese a que posteriores excavaciones y planteamientos han puesto en evidencia la falta de argumentos consistentes para admitir actividades de caza en estos lugares. Esta hipótesis ya lanzada por su primer excavador, el Marqués de Cerralbo (1915), y popularizada en la comunidad científica por Howell (1962) en los años sesenta, es la reflejada todavía por algunos investigadores en el último congreso internacional de ciencias prehistóricas y protohistóricas celebrado en Forli (Italia) en el mes de septiembre de 1996; "Les Oldowayens avaient-ils des moyens techniques et une organisation sociale suffisante pour effectuer des chasses-poursuite ou des chasse-piège. (Chavaillon, 1996: 81-82) tificaron un total de siete taxones, entre los que predominaba Palaeoloxodon antiquus con ocho individuos. La muestra de elefantes se componía esencialmente de elementos axiales, cráneos con molares y defensas, mientras que extremidades y parte posterior del esqueleto estaban poco representadas. Sobre la misma superficie se registraron unas 150 piezas líticas, fundamentalmente lascas poco retocadas, aunque estaban presentes también hendedores y bifaces. A la hora de interpretar la posible naturaleza de la intervención humana, los excavadores señalaron que la complejidad del proceso de formación del sitio con una dinámica del medio aún no bien conocida, quedaba limitada a señalar la presencia en el lugar de grupos humanos, puesto que la asociación topográfica sobre la misma superficie de restos líticos y óseos no era un criterio suficiente para establecer una relación estricta (Kroger et alii, 1988: 120). Aún así, el hallazgo de restos de frutos secos entre las piezas líticas y huesos podría apuntar en su opinión a la existencia en el sitio de actividades relacionadas con la alimentación de los homínidos. Quedaría pues por determinar cuál es el papel de los homínidos en los diversos procesos que intervinieron en la formación de este yacimiento (Gaudkzinski, 1996). Entre 1980 y 1991 se excavaron cerca de 1100 m^ de una paleosuperficie con restos de elefante e industria lítica junto a otros taxones en Castel di Guido. Los excavadores piensan que el proceso de formación estuvo condicionado por un medio fluvio/lacustre, con zonas encharcadas y cursos de agua efímera de lechos poco profundos y muy amplios, como sobre el que se formó la paleosuperficie por ellos excavada (Radmilli y Boschian, 1996: 35). Pese a que conceden escasa agresividad a la energía de la corriente de agua de estos cursos, sí admiten que pudo haber un mínimo desplazamiento de los elementos óseos por la acción hidráulica dando lugar a concentraciones en torno a los restos de mayor tamaño, peso y resistencia a la corriente. Esta afirmación nos lleva a pensar que por el mismo motivo una buena parte del material lítico podría encontrarse también en posición desplazada. Se recuperaron 5763 restos óseos pertenecientes all taxones entre los que destacan: Bos primigenius vértebras y en menor medida molares, defensas, cráneos y mandíbulas, siendo poco representativos los huesos de extremidades. En opinión de los excavadores ello es indicativo de que los elefantes se despedazaron en el sitio mientras que las muestras de caballo y bisonte parecen indicar que fueron cazados en otro lugar transportándose ciertas partes con posterioridad al sitio excavado (Radmilli y Boschian, 1996: 87). La serie industrial se compone de 1273 piezas líticas donde destacan lascas y útiles sobre lasca (raederas, denticulados y escotaduras) (26%). Aparecen también choppers (4%) y bifaces (5%). Incluyen en la serie un amplio número de cantos que definen como manupports (63%) que habrían sido utilizados para fracturar huesos y acceder al tuétano (Radmilli y Boschian, 1996). Así mismo, se indica la existencia de industria sobre hueso, lascas y lascas retocadas y bifaces que se relaciona con la escasez o dificultad de acceso a materia prima lítica apta para la talla (Guido y Piperno, 1992: 160). En nuestra opinión los argumentos para establecer una relación estricta entre restos óseos e industria son insuficientes y la energía del medio pudo haber jugado un papel importante en la formación del agregado arqueológico y faunístico. Esto fue sin duda alguna lo que ocurrió en Rebbibia-Casal de" Pazzi donde la acción de una corriente ñuvial dio lugar a una importante concentración de restos óseos y líticos. La superficie excavada, unos 1200 m^, forma parte del lecho de un antiguo río excavado en una formación volcánica con depósito de arenas y gravas de origen piroclástico. El área excavada se encontraría en un meandro donde la fuerza de la corriente modeló una barrera natural en la que numerosos huesos de gran tamaño quedaron atrapados entre los bloques y rocas erosionados por el río (Anzidei y Rufo, 1985). Se contabilizaron unos 2000 restos óseos entre los que se identificaron 13 taxones. Los huesos de Palaeoloxodon antiquus se correspondían fundamentalmente con molares y defensas. Cráneos, mandíbulas, pelvis o fragmentos de costillas eran muy escasos. De las extremidades, tan sólo, se identificó un húmero. El estado de conservación de los huesos no era homogéneo. La serie industrial se componía de 1700 piezas líticas, destacando el grupo de las raederas sobre lasca, con baja frecuencia de denticulados, escotaduras o raspadores y escasa presencia de bifaces y choppers. Los excavadores interpretan que tanto restos líticos como óseos habrían sido redepositados por una corriente de agua desde lugares diferentes, posiblemente, en el tiempo y en el e^acio (Anzidei y Rufo, 1985). Más difícil de interpretar es el proceso de formación de las paleosuperficies excavadas en Isernia La Fineta y el papel de los grupos humanos en la concentración de restos óseos y líticos. Nuestra revisión se centró de manera fundamental en el sector I de la excavación y en el suelo de ocupación t.3a (140 m^) que contenía la concentración de restos más espectacular. Nos encontraríamos ante un yacimiento con una historia tafonómica muy compleja y ligada a la proximidad de un medio acuático fluvio/lacustre. Esta paleosuperficie se formó sobre un piso de lodo depositado por alguna corriente cercana y posteriormente enterrado por otro depósito fluvial, esta vez de alta energía (Peretto, 1991). Los restos se habrían depositado antes de la consolidación del piso de lodo. Se registraron 4240 restos óseos identificándose siete taxones; 5won schoetensacki (61 individuos), Stephanorinus hundsheimensis (31 individuos), Ursus deningeri (12 individuos), Palaeoloxodon antiquus (8 individuos). Hippopotamus antiquus (2 individuos), Megaceroides solilhacus (2 individuos), Dama dama clactoniana (1 individuo) y Phantera leofossilis (1 individuo). Los huesos de elefante son principalmente fragmentos de defensa, dientes aislados y en menor medida fragmentos también de escápulas, vértebras, húmeros o fémures. Destaca pues el hecho de que los huesos se encuentren muy fragmentados (Anconetani, 1996). En cuanto a la industria, el estudio más detallado se centra en los restos líticos registrados en una porción de 30 m^ de esta superficie. Destacan los útiles sobre lasca y dentro de ellos los denticulados, contabilizándose un buen número de choppers y núcleos en su mayor parte de caliza. En opinión de los excavadores la mala calidad del sílex determinó en gran manera la configuración de la industria en cuestiones como el tamaño de la piezas o los retoques (Giusberti y (8) Sector I de excavación: t.3c (58 m^), t.3a (140 m^), 3S10 (12 m^). T. R,55,n.M, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Peretto, 1991). La intervención de los homínidos sobre los restos de elefantes se habrían centrado fundamentalmente en la fractura intencionada de los huesos para acceder a la médula ósea y en menor medida en tareas de despedazado ya que las marcas de corte y desarticulación son muy escasas. En cuanto al patrón de adquisición de esas carcasas se mantiene que mientras los bisontes habrían sido posiblemente cazados, en el caso de los elefantes se habría optado por una estrategia oportunista de carroñeo de individuos muertos por causas naturales (Anconetani, 1996: 132). El yacimiento de Torralba, al igual que el de Ambrona, es ejemplo de como han ido evolucionando las interpretaciones en torno a este tipo de sitios con importantes acumulaciones de elefantes, desde la imagen de los cazaderos de megafauna (Marqués de Cerralbo, 1915; Howell, 1962; Freeman, 1994), pasando por los escenarios de carroñeo marginal (Binford, 1981(Binford,,1987)), a los planteamientos basados en un conocimiento exhaustivo de la dinámica del medio y de las relaciones entre restos que nos permitan evaluar el alcance del impacto humano o el papel de los mecanismos naturales (Villa, 1990; Santonja, 1989; Santonja y Villa, 1990). Entre 1961 y 1963 se excavaron aproximadamente 1026 m^ de una superfice con sedimentos de arenas y gravas que proporcionaron una gran cantidad de restos óseos. Se estableció la presencia de 12 taxones diferentes con discrepancias según los autores a la hora de establecer el número mínimo de individuos. Dominan la serie los utensilios sobre lasca (32%), fundamentalmente raederas y denticulados, al igual que las lascas no retocadas (25%) o ligeramente retocadas (24%). Aparecen también bifaces y hendedores (8%). Destaca la baja densidad de industria, poco representativa en relación a la fauna, como posible indicio de un débil impacto humano en el yacimiento. De igual manera, la relación entre bloques tallados y lascas en torno a 1:5 es de un valor excesivamente alejado de los obtenidos en sitios claramente en posición primaria como Áridos 1:24; y más cercano a los registrados en ambientes plenamente fluviales e indicativos de un déficit importante en productos de talla, muy probablemente achacables a un transporte fluvial o a una excavación inadecuada que no permitió recoger todos los materiales. La existencia de núcleos y lascas de talla podría sin embargo demostrar que se talló en el lugar, con independencia de que la materia pudiera o no haber sido introducida en diferentes estados de elaboración. La introducción de piezas ya formalizadas o en proceso de elaboración podría implicar un cierto grado de previsión, mientras que los múltiples procesos de retoque observados en los utensilios sobre lasca o en los hendedores parecen indicar lo contrario. Las representaciones de los diferentes elementos anatómicos en la fauna estarían de alguna manera también condicionados por el posible transporte fluvial, así como por el tiempo de exposición subaérea, factor claramente relacionado con la dinámica de los depósitos (Santonja, comunicación personal). Sobre las posibles evidencias de intervención humana que los huesos pudiesen presentar, hay que señalar que, pese al mal estado de conservación de las superficies de los mismos, se comprobó la existencia de microhuellas de cortes en algunos casos sobre huesos de elefante (Shipman y Rose, 1983:467-468). Interesa destacar aquí, las interpretaciones realizadas en torno a las cuatro "ocupaciones" que fueron identificadas en un nivel de gravas denominado B4a (Freeman y Butzer, 1966). En una de éstas, de unos 50 m^, aparecían los restos de un elefante, no en posición anatómica, pero sí escasamente dispersos. La mayor parte de los huesos pertenecían a la mitad izquierda. Junto a ellos se registró la presencia de 6 piezas líticas (tres de ellas núcleos). Se interpretó el área como un lugar de despedazado inicial de este animal, habiéndose realizado en las otras áreas tareas secundarias vinculadas con ese despedazamiento y dirigidas fundamentalmente al consumo de carne (Freeman y Buzter, 1966: 17). clones entre los restos y a partir de ahí tratar de desarrollar unos criterios de excavación que permitan reconocer tales relaciones o reinterpretar datos anteriores, planteamientos que han motivado las excavaciones reemprendidas enTorralba yAmbrona desde 1993. Mientras que desde los trabajos de Howell se consideró que Torralba y Ambrona eran yacimientos gemelos y por tanto insertos en la misma formación geológica (Butzer, 1965), las investigaciones más recientes han ligado morfológicamente al primero con la evolución de un valle con terrazas escalonadas y al segundo con la de unpoljé (Ferez González et alii, 1991,1997). La industria de este complejo alcanza prácticamente unas 1300 piezas líticas, con claro dominio de lascas. Las cadenas operativas se encuentran muy fragmentadas (Panera, 1996) pudiendo relacionarse este hecho con una acción tractiva del medio. De nuevo el principal problema para establecer líneas de interpretación pasa por la comprensión de la dinámica del medio. Ambrona parece haber sido un lugar relacionado con los márgenes de una gran charca. Los restos de fauna e industria atribuidos al Complejo inferior se acumulan preferentemente en los niveles inferiores que corresponden a medios lacustres de energía nula o muy baja por lo que presentan las condiciones necesarias para permitir la conservación de materiales en posición primaria. Sin embargo, se desconoce su ritmo de funcionamiento sin que tampoco se hayan identificado paleosuperficies en estos niveles, debido quizás a que en este tipo de medios no se hubieran construido en condiciones de ser reconocidas. Es imprescindible tratar de evaluar el tiempo a través del cual se acumularon los restos registrados en estos niveles para intentar reconocer en términos de sincronía estricta las relaciones entre los mismos. La presencia humana en el yacimiento parece ser esporádica y reducida, con un débil impacto en la formación del agregado arqueológico y faunístico (Santonja et alii, 1991 \ 63). Así parece evi-denciarlo, entre otros factores, la baja densidad de piezas líticas, la falta de homogeneidad de algunos tipos de utensilios, como los bifaces, y la variedad de materias primas alóctonas al yacimiento o unas cadenas de talla incompletas (Santonja et alii, 1997: 58). Se han detectado marcas de corte sobre algunos huesos (Shipman y Rose, 1983; Freeman, 1994), aunque hay que indicar que se examinaron muestras parciales y que muchos restos presentan sus superficies externas muy alteradas, con lo que la información obtenida no es muy significativa. Resulta muy difícil integrar en un sólo mapa de dispersión de restos las diferentes superficies excavadas en sucesivas campañas por lo que es prácticamente imposible considerar áreas significativas. Una aproximación estratigráfica inicial ha llevado a distinguir cinco niveles con industria y fauna. Los restos de elefante son especialmente abundantes en un nivel de margas de origen lacustre de escasa potencia (AS3). Cabe destacar que la distribución de la fauna sobre la superficie no es homogénea, registrándose amplios espacios "desprovistos de restos hasta una zona de alta concentración". En esta zona, de unos 50 m^, fue hallado el esqueleto prácticamente completo de un elefante macho adulto-senil y escasos huesos que no pertenecían a ese individuo. Por el momento no se han encontrado evidencias (marcas de corte o industria lítica relacionable...) sobre una posible actividad o presencia humana relacionada con estos restos (Santonja ^ía/í7, 1997: 63). La complejidad del yacimiento podría reflejarse en la existencia de varias superficies y dispersiones de restos, aún en la misma unidad sedimentaria, con agrupaciones de fauna y/o industria lítica sujetas a diferentes matices, independientes en el tiempo y en el espacio, que puedan responder a diversas interpretaciones. Una situación de este tipo es la que parece evidenciarse en el yacimiento de La Polledrara di Cecanibbio. Los trabajos destinados a una comprensión de la dinámica del medio habrían sido determinantes a la hora de interpretar las agrupaciones de fauna y las relaciones entre restos líticos y óseos. En el proceso de formación del agregado arqueológico pueden diferenciarse dos fases claramente distintas. En primer lugar un contexto sedimentario fluvial, los restos aparecen dispersos en el lecho de un paleocanal, caracterizado por el transporte hidráulico de huesos, principalmente de elefante y bisonte. La corriente de agua habría desplazado y depositado posteriormente los elementos líticos y óseos de forma que en la parte central del paleocanal éstos se agrupan en varios niveles y en las márgenes aparecen mucho más dispersos y en un sólo nivel. En estos márgenes el buen estado de conservación de los huesos estaría indicando un breve lapso de tiempo entre deposición y enterramiento (Anzidei et alii, 1989: 764). En esta zona, a su vez, la fuerza de la corriente habría sido menor por lo que no se produjo un desplazamiento de restos grandes, aunque sí de los más pequeños y de parte de la industria. Se recuperaron más de 7000 restos óseos, atribuibles al menos a ocho taxones: Bosprimigenius, Palaeoloxodon antiquus y en mucho menor porcentaje Cervus elaphus. Dama dama o Equus caballus entre otros. El número mínimo de elefantes se situaría entre los diez individuos, dominando la muestra defensas, cráneos y mandíbulas con molares en posición anatómica. También aparecen pelvis, costillas, vértebras y extremidades, aunque en este último caso pocos elementos aparecen intactos. En ocasiones, los restos se encuentran en conexión anatómica: piezas de la columna vertebral, pelvis con fémur o huesos de extremidades anteriores y posteriores. La industria lítica, pues también se encontró en hueso, se compone de unas 350 piezas. La mayor parte de los útiles identificados fueron realizados sobre lasca: raederas, denticulados, escotaduras o raspadores, destacando el alto número de útiles múltiples o con más de un filo retocado. Entre los realizados sobre canto encontramos choppers y chopping tools. Parece que se habría dado una explotación intensa de la materia prima como consecuencia de la dificultad de obtención o acceso a la misma, hecho que justificaría también la presencia de industria en hueso de elefante o el posible reaprovechamiento de los restos líticos que pudieran haber sido abandonados en el sitio por visitas anteriores de grupos humanos {Anziáti et alii, 1989: 764). Al mismo tiempo o inmediatamente después de esta fase fluvial, sigue un episodio de baja energía condicionado por un medio pantanoso que se habría desarrollado en las áreas periféricas de la superficie excavada. Los trabajos realizados entre 1993 y 1995 se han centrado en este área recuperando los restos de al menos dos elefantes adultos y un cráneo y mandíbula de Canis lupus. Los restos de elefante se encontraban parcialmente articulados y en muy buen estado de conservación. Los animales, probablemente, quedaron atrapados en el fango de las charcas, muriendo en el sitio y siendo rápidamente enterrados. La dispersión y acumulación de huesos, en estas zonas marginales, podría haber sido originada por la acción de predadores carroñeros (9) y/o por grupos humanos (Anzidei et alii, 1989: 764). La actividad de estos últimos está documentada en las fracturas intencionadas de algunos elementos óseos y la presencia de industria lítica y ósea. Si bien es difícil determinar que grado de relación existe entre restos líticos y óseos, en todo caso el impacto humano habría sido débil y esporádico, y en ningún caso sistemático, sobre individuos muertos por causas naturales. En La Cotte de Saint-Brelade, en la isla de Jersey, se excavaron dos niveles interpretados como episodios aislados de caza y despedazado de varios mamuts y rinocerontes lanudos (Callow y Conford, 1986). En ambos niveles, 3 y 6, los únicos mamíferos representados son Mammuthus primigenius y Coelodonta antiquitatis. Algunas de las características que vamos a reseñar acercan claramente este sitio a las interpretaciones relacionadas con los tipo 1, la diversidad taxonómica es prácticamente nula y la dispersión de restos cubre superficies menores a las hasta ahora vistas en los tipo 2, si bien concentran un alto número de mamuts, 7 y 11, respectivamente. El enterramiento de los restos por loess habría sido rápido impidiendo alteraciones posteriores, aunque pudo haber algún sesgo tafonómico por la preservación diferencial de los elementos óseos (Scott, 1980: 150). En el nivel 3 predominan entre los restos identificables de mamut, cráneos y mandíbulas, mientras que defensas y escápulas son más escasas. También aparecen algunas vértebras y fragmentos de costilla, mientras que únicamente hay un resto de hueso de extremidad. (Anzidei et alii, 1989: 763) T. P.,55,n.M, n (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es postcraneal, escápulas, húmeros y fémures. Las costillas o fragmentos de éstas son escasas y no hay vértebras. Los perfiles de edad parecen similares, aunque mejor establecidos en el nivel 3, con predominio de animales adultos y algunas crías que no están presentes en el nivel 6. A la hora de establecer interpretaciones sobre la formación del agregado faunístico, para los excavadores la diferencia porcentual de elementos anatómicos representados en los dos niveles es importante. Desde un principio descartan que los animales hubiesen muerto en el sitio por causas naturales como extravíos o caídas en una trampa natural, ya que esto no explicaría las diferencias en elementos óseos representados. Tampoco atribuyen a predadores el transporte de estos huesos, demasiado grandes y pesados. Concluyen que la dispersión es fruto de la intervención de un grupo humano sobre los restos, principalmente de mamut (Scott, 1980: 145). La existencia de alguna marca de corte y de fracturas en las regiones parietales de los cráneos de mamut y rinoceronte estarían evidenciando tareas de despedazado y posiblemente el consumo de la masa cerebral. La novedad en este caso se centra en el patrón de adquisición de esos recursos pues por primera vez puede establecerse la posibilidad de que se hubiesen dado dos episodios de caza. El sitio está localizado al pie de un promontorio de granito lo que lleva a interpretar que la existencia de una garganta con gran caída habría sido aprovechada por un grupo humano para despeñar a los animales empujándoles a huir en esa dirección (Scott, 1980:146). Esta hipótesis es defendida por los excavadores en especial para el nivel 3 en función del porcentaje de elementos óseos presentes y perfil de edad obtenido (10). La escasez de restos del esqueleto postcraneal en este nivel evidencia según ellos que una vez concluida la caza existió un tratamiento diferente de los restos en (10) Aducen que el perfil de edad del nivel 3, podría estar representando un grupo de hembras jóvenes con sus crías que se vieron sorprendidas y empujadas al acantilado; "It is difficult otherwise to explain the presence of so many skulls which although comparatively young, would have been heavy and of little value as food" (Scott, 1980: 150). El problema es que los perfiles de edad no siempre son fáciles de establecer y de interpretar, sujetos a muchas problemáticas, con resultados controvertidos sobre su lectura atricional o catastrófica (Haynes, 1985: 342). En matanzas controladas en parques naturales del África Oriental ha podido observarse que un ataque sobre una agrupación de machos provoca una dispersión de los individuos en todas direcciones, mientras que ante semejantes circunstancias los grupos familiares de hembras con sus crías se agrupan (Haynes, 1991: 179-181), lo que podría entenderse como un argumento en apoyo de la hipótesis de los excavadores. relación a los del nivel 6 donde encaja menos la hipótesis del despeñamiento y se interpreta un transporte al sitio de las partes con mayor contenido cárnico desde un lugar de matanza cercano. Las tareas de despedazado habrían sido breves como demuestra la práctica inexistencia de industria lítica, principalmente lascas sin modificar y de pequeño tamaño, quizás indicadoras de las tareas de reavivado o fabricación de útiles en el sitio para las actividades de despedazado (Scott, 1980:150). Las diferencias que hemos observado entre yacimientos tipo 1 y 2 están ligadas a procesos de formación distintos y con problemáticas singulares que requieren de planteamientos previos y específicos a su excavación que valoren la formación del agregado arqueológico como único punto de partida para obtener respuestas y soluciones (Tab. Para estimar la capacidad informativa de estos sitios es importante adoptar un sistema de registro que permita recoger información espacial y microestratigráfica de todos los restos para comprender su distribución sobre la superfice y el grado de relación existente entre los mismos. La información que hemos manejado es esencialmente de tipo económico, centrada en la posible intervención de grupos humanos sobre los restos de elefantes hallados en asociación con industria lítica. La mayor complejidad tafonómica de los yacimientos tipo 2 impide en la mayor parte de los casos establecer interpretaciones mínimamente rigurosas acerca de la naturaleza de la actividad humana. Podríamos afirmar que en los yacimientos tipo 1 la intervención se traduce en la explotación organizada de \?ícarcasa de un elefante, evidenciando el agregado arqueológico y faunístico acciones sistemáticas y breves, relacionadas con su despedazado. Por contra, en los tipo 2 el impacto y papel de los grupos humanos en la formación de ese agregado, parece ser esporádico o débil, en ningún caso fruto de acciones sistemáticas, sino más bien de una sucesión en el tiempo de episodios esporádicos y oportunistas. La revisión de los yacimientos tipo 1, permite a su vez, plantear la posibilidad de acciones sujetas a un cierto grado de previsión o planificación (introducción premeditada de materia prima ya formatizada al sitio o pautas de conducta en el despe- -Las características litológicas y sedimentológicas evidencian un medio de baja energía. -Buen estado de conservación de la industria con aristas y filos vivos que indican una falta de transporte fluvial de este material lítico. -Remontaje de piezas in situ. -Coherencia y homogeneidad de la serie industrial desde el punto de vista tecnológico. -Buen estado de conservación de los restos óseos y falta de orientaciones preferenciales en su dirección y disposición sobre la superficie excavada. -Presencia de pequeñas esquirlas óseas. B) Relación estricta entre los restos -Tanto los restos del elefante como las 331 piezas líticas a él asociadas se encuentran en la misma superficie de escasa potencia. -Las dispersiones de ambos tipos de restos son similares y bastante cerradas. -Piezas líticas incrustadas en el cráneo y otros huesos del elefante. C) Área de despedazado de un elefante con cierto grado de planifícación y previsión -Un único individuo (Palaeoloxodon antiguas) posiblemente una hembra subadulta. -Predominio entre la serie industrial de los filos de corte. -Aporte de materia lítica ya formalizada al yacimiento (bifaces). -Piezas líticas incrustradas en el cráneo del elefante. -Acceso a los restos temprano y en situación no competitiva deducida del grado de desconexión de los elementos anatómicos y de la inexistencia de marcas de carnívoros. -Representatividad de la superfice excavada versus la original del sitio. Áridos L Características y problemática de un yacimiento con restos de elefante Tipo 1. A) Posición y relación de los restos -Medio lacustre de energía nula o muy baja. Contexto sedimentario relacionado con los márgenes de una gran charca. -Muy baja densidad de piezas líticas, entre 0,5 y 1 pieza por m^ -Ratio nodulos / lascas de 1:10. -Posible desplazamiento vertical de materiales en la estratigrafía por acción de los elefantes. -Falta de homogeneidad tipológica en algunos útiles (bifaces). -Cadenas operativas muy fragmentadas. -Variedad de materias primas alóctonas al yacimiento. -Cerca de 40 individuos adultos con un mínimo de 12 hembras y, 8 o 9 individuos infantiles o subadultos, todos ellos reconocidos como Palaeoloxodon antiquus platyrhyncus. -El predominido del esqueleto axial con ausencia de elementos anatómicos menos pesados sugiere la presencia de un agregado de carácter residual. -Acciones esporádicas y débil impacto antrópico con imposibilidad de calcular su alcance justificadas por: la presencia de industria lítica y restos óseos en los mismos niveles; y existencia de marcas de corte en algunos huesos. -Hipótesis alternativas centradas en mecanismos naturales. -Agrupaciones diferenciadas sobre una misma superficie y/o posiblemente relacionadas que puedan responder a diferentes interpretaciones. -Discusión y conocimiento suficiente de la dinámica del medio. -Control exhausüvo del grado de asociación existente entre los restos, de las relaciones espaciales, estratigráficas y microestratigráficas. -Control topográfico preciso de la distribución y dispersión de los restos que permita distinguir asociaciones o unidades aisladas. Características y problemática de un yacimiento con restos de elefante Tipo 2. dazado deducibles de la dispersión y desmembra-la explotación de las carcasas de elefante (Villa, ción de los elementos anatómicos) con significati-1990). Aún así, no debemos olvidar que esa capavas diferencias en la organización e intensidad de cidad de previsión estaría unida al desarrollo de una actividad muy concreta, el despedazado de un animal, que permite distinguir un cierto grado de planificación en la adquisición y explotación de un recurso. Los yacimientos tipo 2, con historias tafonómicas mucho más complejas, no permiten llegar a conclusiones de este tipo, si bien, algunas parecen apuntar a la existencia de varias superficies en un mismo yacimiento con agrupaciones diferenciadas y/o posiblemente relacionadas que puedan responder a diferentes interpretaciones (intervención humana sobre los restos, mecanismos naturales de acumulación de cadáveres (Haynes, 1988(Haynes,,1991, etc.), etc.) En relación al patrón de adquisición de este recurso, hemos apuntado que en los yacimientos tipo 1 parece observarse una planifícación previa al desarrollo de una actividad sistemática como es el despedazado de un elefante, que permite en definitiva, contemplar alternativas que van desde un carroñeo primario a acciones más oportunistas o en último extremo un carroñeo marginal. En nuestra revisión hemos comprobado como los lugares equiparables a Ambrona o Torralba no proporcionan elementos ni argumentos de alta resolución que posibiliten realizar inferencias precisas sobre la naturaleza de la intervención humana cuando esta existió o acerca del patrón de adquisición del recurso. Aún así, no hemos hallado evidencias consistentes de actividades cinegéticas sobre elefantes (11). La excepción podría encontrarse en el (11) Si bien en el yacimiento alemán de Lehringen, se halló una lanza de madera encajada entre las costillas de un elefante (Adam, 1951), pronto algunos investigadores destacaron que dicha lanza parecía estar más adaptada para una acción de empuje que de lanzamiento, puesto que el punto de equilibrio se situaba hacia el extremo inferior en lugar de colocarse cerca de la punta como cabría esperar para una mejor eficacia en el lanzamiento (Tode, 1954: 95). Partiendo de estos argumentos parece aceptable, al menos, considerar que los homínidos hubiesen encontrado un elefante ya moribundo al que de alguna manera pudieron haber rematado (Movius, 1950: 142). No obstante, en Schoningen, un yacimiento datado en torno a los 400.000 años B.P., con restos de Palaeol.oxfdon antiquus, aunque interpretado como un cazadero de équidoi y bóvidos, se ha descrito el hallazgo de útiles realizados en madera y entre ellos tres "lanzas" de unos 2 m de longitud que por su punto de equilibrio han sido definidas como jabalinas (Thieme et alii, 1993). yacimiento de La Cotte de Saint-Brelade, datado entre los 280.000 y 125.000 años BR, con el posible acoso y despeñamiento de un grupo de elefantes (Callow y Conford, 1986). De este modo cabría preguntarse si existió una variabilidad de comportamientos relacionados con la adquisición y explotación de ciertos recursos (megafauna) y en todo caso si esto puede comprobarse en el registro arqueológico desde un primer momento o responde a un proceso evolutivo de carácter más progresivo como podría estar anunciando el sitio de La Cotte de Saint-Brelade (Villa, 1990). En Cario Peretto (éd.): / reperti paleontologici del giacimento paleolítico di hernia La Fineta. El Faieaje Vegetal de laCpmunidad de^ Bote volumen eetá dedicado al eetudio de la vegetación de la Comunidad de Madrid en lae últimae etapae del Holoceno. Loe eedlmentoe que han proporcionado loe datoe proceden de depóeltoe naturalee, eltuadoe fundamentamente en la Sierra N-NO de ¡a región y de yacimientoe arqueológlcoe, eltuadoe en el 5-5E. Con ello ee ha podido eetudiar la evolución de la vegetación en ambae zonae, elendo poelble, aeimlemo, comparar lae alteraclonee Introducldae por lae prlmerae poblaclonee agricolae que ocuparon el actual territorio de eeta Comunidad, la obra mueetra una amplia colección de diaqramae polínicoe que ayudan a la comprenelón de loe datoe preeentadoe. ^adríd durante el Holoceno Final,
LUIS RAPOSO (*) JOÂO LUÍS CARDOSO (**) RESUMEN La Gruta Nova de Columbeira, descubierta en 1962, constituye uno de los más importantes sitios del Paleolítico Medio en Portugal. La industria lítica, que aquí se caracteriza por primera vez, puede describirse genéricamente como un Musteriense de denticulados rico en raederas, de talla y faciès levallois, sin signo alguno que la aproxime a patrones asimilables al Paleolítico Superior. Dos dataciones C14 de los dos niveles de ocupación humana de la base de la secuencia (28900 ± 900 y 26400 ± 750 BP) confieren un interés especial a esta localidad, que se incluye en el conjunto de casi dos decenas de sitios ibéricos (sur de España y Portugal) en que fué comprobada la subsistencia del Musteriense y de los neandertales hasta incluso después de 30000 BP. Se plantea una argumentación paleobiogeográfíca para explicar este fenómeno, en el cuadro de la evolución histórica documentada en las tres penínsulas meridionales (ibérica, itálica y balcánica) del continente europeo. De este conjunto de sitios, solamente tres han proporcionado restos antropológicos, en todos los casos asignados a Homo sapiens neanderthalensis: la Gruta de Figueira Brava, identificada en 1982, excavada entre 1986 y 1990 y objeto ya entonces de una primera publicación importante (Antunes, 1990-91); la Gruta de las Fuentes del Almonda (hallazgos recientes, aún inéditos) y la Gruta Nova de Columbeira, descubierta y excavada casi completamente en 1962, aunque hasta ahora no se ha publicado de manera extensa. Esta gruta se sitiía en las proximidades de la aldea de Columbeira, concejo de Bombarral (Estre-A Sitios al aire libre "W Grutas Q Gruta No>m de Columbeira Mapa de localización de la Gruta Nova de Columbeira. madura portuguesa), aproximadamente a una decena de kilómetros del Océano Atlántico (Fig. 1). La existencia de ocupaciones humanas en la cavidad fue reconocida fortuitamente, a consecuencia de los trabajos con vistas a una eventual explotación turística. Advertidos los profesionales de los Servicios Geológicos de Portugal, se decidió una excavación arqueológica, que tuvo lugar en Agosto de 1962, siendo dirigida por Octavio da Veiga Ferreira. La abundancia de industrias líticas y su exclusiva atribución al Musteriense, la riqueza de las asociaciones faunísticas, la distribución de ambas a lo largo de un importante relleno sedimentario, y finalmente el hallazgo de un resto humano (un fragmento de molar inferior izquierdo, encontrado a techo del nivel 9, en contacto con el nivel 7, en un sector en que localmente desaparecía el nivel 8: Ferreira, 1966: 371), cuya atribución al Hombre de Neandertal sería confirmada por Denise Ferembach (1964-65), todo contribuyó a que los primeros excavadores, conscientes de la importancia del sitio, dieran noticia del mismo en sucesivas notas breves, sobre la secuencia estratigráfica (con algunas discrepancias, pero aparentemente fijada en la relación que presentamos en la tabla 1), la lista faunística (Tab. 2) y algunas características tipológicas de las industrias líticas. Más tarde, en 1971, Jean Roche, que habría conseguido entretanto obtener dos dataciones radiocarbónicas de carbones procedentes de los niveles 8 y 7, regularizó el testigo sedimentario que se había dejado, realizando nuevos levantamientos estratigráficos, que nunca llegó a publicar. Nivel estalagmítico Brecha de color parduzco, algo gresosa, con fragmentos de caliza Nivel lenticular con concreciones calcáreas Nivel arcillo-arenoso, ceniciento-parduzco, con fragmentos de concreciones calcáreas Capa arcillo-limonosa Brecha compacta con numerosos fragmentos y concreciones calcáreas Nivel pardo-oscuro a negro, arenoso, concrecionado Nivel arenoso, pardo-grisáceo Tierra pardo-oscura y negra, más o menos consolidada, con restos de acumulación de ceni/as Nivel estalagmítico espeso Arena arcillosa amarillenta, estéril, sobre el fondo de la cavidad Casi la totalidad de los cerca de seis millares de artefactos obtenidos en Gruta Nova de Columbeira provienen de las excavaciones realizadas en 1962. Las operaciones posteriores de limpieza de perfiles estratigráficos y sondeos apenas si permitieron detectar algunas decenas más (Tab. Teniendo en cuenta estos datos y las dificultades que hay para articular las observaciones que han motivado las diferentes intervenciones, hemos optado por centrar nuestro estudio exclusivamente en la industria obtenida en las excavaciones de 1962, que posee elementos suficientes en posición estratigráfica (5368 artefactos líticos, que representan más del 90% del total registrado en esa campaña). En términos globales, la industria acredita una ocupación importante de la cavidad por parte de las poblaciones que la frecuentaron. Sin pretender realizar cálculo alguno en cuanto a la posible intensidad de ocupación (relacionando, por ejemplo, los artefactos líticos con la dimensión del espacio disponible, la potencia de los niveles de procedencia y la franja temporal a que corresponden, ejercicios que en buena medida consideramos artificiales), debemos en cualquier caso reconocer que la presencia de un total de casi seis millares de artefactos en un espacio relativamente pequeño (menos de 100 m^ de superficie útil), a lo largo de una potencia estratigráfica inferior a 2 metros, que podría corresponder a un lapso de pocos millares de años, sugiere que el local fue repetidamente visitado y/o ocupado de forma prolongada. Estas observaciones resultan más evidentes si procedemos a un análisis más detallado. En efecto, podemos verificar que la absoluta mayoría de la industria, más de cuatro millares y medio de artefactos, se encontraba en las dos capas inferiores (n. 7 y 9), cuya potencia estratigráfica conjunta no llega a medio metro. Inversamente, las capas superiores con vestigios de ocupación humana (n. 4 a 6a), cuya potencia es tres veces superior, cerca de un metro y medio, contienen menos de un millar. La comparación directa entre los niveles 8 y 6, los que mejor representan los respectivos bloques sedimentarios, es particularmente reveladora: casi dos millares y medio de artefactos de la capa 8, con cerca de 30 cm de potencia, por menos de medio centenar en la 6, que tenía casi un metro de espesor. En el mismo sentido abogan los resultados del análisis de las asociaciones faunísticas (Tab. 2), que muestran el predominio de carnívoros sobre herbívoros en el nivel 6, y una situación inversa en el 8. En fin, las acumulaciones de restos carbonosos, raros en el nivel 6 y abundantísimos en el 8 (Ferreira, 1984: 366), corroboran la misma impresión. Parece posible concluir con cierto grado de seguridad que existieron en esta gruta http://tp.revistas.csic.es momentos de ocupación humana intensa, quizá algunos horizontes pudieran corresponder a verdaderas residencias-base (n. 7 y 8), mientras que otros se habrían formado con ocasión de ocupaciones más o menos fugaces (n. Por lo menos en un caso (n. 6) responderían a cortos periodos de permanencia durante fases en las que la cueva era sobre todo ocupada por carnívoros, entre los cuales sobresale la hiena de las cavernas, denunciada tanto por la presencia de restos óseos como de coprolitos. Estas ideas pueden ampliarse mediante el análisis pormenorizado de la industria lítica de cada nivel (Tab. 3), como exponemos a continuación comenzando por la base de la secuencia. Nivel 9: horizonte estalagmítico espeso, constituido por niveles lenticulares o bolsadas, de potencia no determinada. En estas circunstancias puede comprenderse el escaso conjunto que aportó (219 artefactos). Al margen de las limitaciones que impone una muestra tan reducida, se verifica una extraordinaria representación de utensilios retocados (18,3 %), en un contexto en el que los núcleos se encuentran representados moderadamente, incluyendo formas apenas esbozadas, las esquirlas abundan y las lascas son relativamente escasas. De esta composición de la industria parece desprenderse la idea de que los primeros grupos humanos que frecuentaron esta cavidad realizaron una gestión muy económica de los soportes disponibles. Estos eran a veces introducidos en la cueva como lascas pre-conformadas, y sobre todo como masas nucleares en diversos estados de elaboración. A partir de estos soportes se habrían obtenido utensilios retocados, que a su vez fueron objeto de rejuvenecimientos sucesivos de los filos, dando lugar al alto número de esquirlas apuntado. Un panorama industrial semejante es consistente con la interpretación de estas primeras ocupaciones como frecuentaciones ocasionales de la cavidad, guiadas por patrones de eficacia económica, pero desvinculadas de un flujo regular de materias primas desde el exterior, ventajoso en la práctica cuando y sólo si el local funcionaba como base residencial más estable. Nivel 8: extenso y con cerca de 30 cm de espesor, muy rico en restos carbonosos -estructuras de combustión según los primeros excavadores-encierra, como ya ha dicho, el principal nivel de ocupación del sitio. Su gran serie industrial (2433 artefactos) permite garantizar la validez estadística de los resultados obtenidos en orden a su diagnosis. Al nivel que nos situamos, se registra una relativa escasez de núcleos y bloques brutos {manuportsjo probados, asi como, inversamente, una significativa cantidad de utensilios. Las lascas corresponden a poco más de la mitad de la muestra, una representación importante, si bien inferior a la esperable, a juzgar por la cual hay que considerar que parte de las actividades de talla fueron realizadas en otro lugar. Las esquirlas, en porcentaje significativo, pero relativamente bajo, sugieren que dentro de la gruta se ejecutaron algunas acciones de talla para acabar utensilios y de retoque de los filos. La principal diferencia entre la industria de este nivel y la del subyacente, no atribuible únicamente a variaciones estadísticas aleatorias, se da en la representación de utensilios y esquirlas residuales. Su menor frecuencia en esta capa puede revelar el menor empeño en la conservación de los utensilios, traducido tanto por un uso breve y un abandono fortuito, más habitual fuera del área residencial, como por la menor insistencia en el rejuvenecimiento de los filos útiles. Estas diferencias cobran todo el sentido si tomamos en cuenta la probable fugacidad de la ocupación inicial (n. 9) y la obvia intensidad de la siguiente ocupación (n. 8), quizás encuadrable dentro de un concepto de campamento residencial de base, donde los comportamientos técnicos son más perdularios, por naturaleza. Nivel 7: menor espesor y extensión superficial que el precedente. Tampoco se encontraron en él las acumulaciones de restos carbonosos observadas en el anterior. No obstante, puede considerarse que la industria lítica es idéntica a la del nivel 8. Incluso su expresión numérica (1880 artefactos) es proporcionalmente la misma, teniendo en cuenta las diferencias de espesor y superficie indicadas. Podemos partir por tanto de presupuestos interpretativos idénticos, aceptando que en ambos paquetes sedimentarios se producen las frecuentaciones humanas más intensas de la cueva, siendo los únicos momentos para los que es posible admitir la hipótesis de ocupaciones consistentes, de carácter residencial continuado. Nivel 6a: en rigor, desde el punto de vista de la dinámica sedimentaria, constituye la base del nivel siguiente. Sin embargo, al haber sido individualizado en las primeras excavaciones, y dado que las respectivas industrias líticas ofrecen diferencias marcadas, hemos optado por mantenerlas aparte, al plantearse la posibilidad de que puedan corresponder a episodios ocupacionales diferenciados. En términos cuantitativos globales el conjunto líti- CO es manifiestamente escaso. Pese a tratarse de una capa delgada (de 10 a 20 cm), este espesor sería suficiente para que, si hubiera soportado una ocupación humana importante, la industria fuera bastante más numerosa. Los 232 artefactos aquí recogidos parecen un testimonio efectivo de una ocupación discreta. Si consideramos también, por un lado la escasa representación de núcleos y la moderada presencia de lascas, y por otro la fuerte presencia de utensilios, optaríamos por aceptar un patrón algo semejante al considerado para el nivel 9, donde una gran parte de los soportes utilizados, núcleos y lascas que serían transformados en utensilios, fueron introducidos en la gruta ya conformados. Los utensilios, empleados en buena medida de forma expeditiva, también habrían sido en ciertos casos sometidos a avivados de los filos, dando lugar a una producción de esquirlas que sin ser muy alta si se acusa claramente. Nivel 6: como quedó indicado, constituye una de las unidades sedimentarias más importantes de la gruta. Muy extenso y espeso, casi un metro, aparecía brechificado en diversas áreas, especialmente cerca de la entrada primitiva. Constituye el palimpsesto sedimentario de mayores proporciones, una fase en que la cavidad era frecuentada por las fieras, y que pone en primer plano el problema de la errónea mezcla de episodios ocupacionales diferentes. Aparentemente estamos en el momento en que se introducen en la cueva mayores cantidades, siempre, claro, relativas, de masas nucleares, y en el que, correlativamente, se observaron menor número de lascas y utensilios, dando pié a suponer que parte fueron transportados al exterior. Tampoco, teniendo en cuenta las dificultades de la excavación, podemos excluir la hipótesis de que parte de los clastos de menor tamaño, como lascas y utensilios, no fueran recogidos, distorsionando el balance final. En cualquier caso, por el análisis que hemos efectuado de los cuadernos de campo y de las muestras de brecha que han sido conservadas, nos inclinamos a creer que en lo esencial el conjunto lítico recogido es representativo de esta unidad sedimentaria, y su escasez global (445 artefactos) corresponde a un patrón real, cuya interpretación ya sugerimos anteriormente. En el plano analítico ahora adoptado se comprueba la ocurrencia de un porcentaje significativo de esquirlas de talla, así como una representación considerable de núcleos, algunos de ellos en fases iniciales de su explotación, y la presencia si bien residual, de bloques probados y manuports. A tenor de estas frecuencias y del bajo porcentaje de utensilios y lascas simples, es posible concluir que en esta fase se verificaron en el interior de la cueva procesos de talla, documentándose en algunos casos la casi totalidad de las respectivas cadenas operatorias, y detectándose incluso indicios de transporte de subproductos -lascas y utensilios-al exterior. Por otro lado es posible afirmar que se procuró una considerable rentabilización de los utensilios por medio del rejuvenecimiento de sus filos. Nivel 5: su industria es la más limitada de todo el yacimiento: 52 artefactos. Nos encontramos sin embargo ante un fino lecho limo-arcilloso, de 2-3 cm, por lo que parece imposible interpretar desde un punto de vista histórico tan escasa representación. El reducido tamaño obliga a desistir de cualquier intento de diagnosis, por lo que prescindiremos de este nivel en el desarrollo analítico que efectuaremos, no incluyéndolo en gráficos y apenas en cuadros, únicamente a efectos del registro general de datos, aún a pesar de que en este caso den lugar frecuentemente a porcentajes e índices algo anómalos, a causa de los valores numéricos absolutos en que se asientan. Nivel 4: su gran escasez de artefactos líticos no puede explicarse ni por pérdidas imputables a los métodos de excavación, pues se trata de sedimentos arcillo-arenosos sin compactar, fáciles de excavar, ni por la naturaleza del nivel, un horizonte extenso con cerca de 30 cm de potencia. Estamos pues ante factores que pueden conferir un significado histórico real a la baja intensidad de la ocupación humana en esta fase. La escasez de industria lítica afecta negativamente a las posibilidades de efectuar cualquier interpretación basada en apreciaciones estadísticas de sus componentes. En cualquier caso parece posible conceder valor a la ausencia de esquirlas de talla y de bloques en bruto o probados. Se observa una subrepresentación de núcleos, aunque todos ellos en avanzado estado de explotación. De manera inversa, los utensilios alcanzan un valor relativo muy elevado (16,8%). En consecuencia, basándonos en la introducción en la gruta ya de utensilios elaborados en el exterior, ya de soportes nucleares completamente conformados, sugerimos para este nivel una ocupación humana discreta. Estaríamos ante un uso de la cueva semejante al de los niveles 6a y 9. Contrariamente a lo que en estos se observaba, especialmente en el nivel 9, el número importante de utensilios y la escasez de esquirlas apuntan que no se realizaría el reavivado sistemático de los filos, sino una fabricación sucesiva de los mismos, unida a una utilización inmediata. Retomaremos más adelante los principales indicadores que se desprenden de la caracterización somera que acabamos de hacer, procurando en especial verificar en ellos la dinámica de la presencia humana en la cueva a lo largo de la secuencia sedimentaria. De momento pueden retenerse los siguientes aspectos de estas primeras observaciones: -Para ningún momento de la ocupación de la cavidad se ha documentado que en su interior se realizara la totalidad, o siquiera la mayor parte, de las actividades de talla de la piedra. Por el contrario, los soportes fueron casi siempre introducidos ya pre-conformados: principalmente lascas, pero también núcleos en estado de configuración volumétrica adelantada. Algunas fluctuaciones menores llegaron a ser detectadas en este dominio. Destaca al respecto el nivel 6, que ofrece el ejemplo de mayor acarreo de masas nucleares a la cueva y de actividad de talla dentro de la misma. -Los índices de transformación de los soportes potenciales en utensilios son siempre considerables, excepto en el grupo de talla Levallois, y de ahí el "carácter levalloisiense" al que nos referiremos más adelante. Lo porcentaje de utensilios se sitúa sistemáticamente por encima del 10% de la totalidad de cada conjunto lítico, con la excepción de nuevo del nivel 6, en el que se queda en el 9%. En algunos casos estos valores son bastante más elevados, entre 15%yl8%. Es cierto que en las cuevas el porcentaje de útiles retocados es habitualmente superior al de los sitios al aire libre, más próximos a las fuentes de materias primas, pero no por eso dejan de ser menos destacables los valores aquí registrados. Incluso si admitimos algún sesgo inflacionista derivado de alguna selección durante las excavaciones que, de haber existido, se nos figuran irrelevantes, una vez que los conjuntos reunidos no sugieren ningún tipo de selección intencional y el haberse cribado sistemáticamente los sedimentos en la excavación de 1962 constituye una garantía suficiente de su representatividad. -Existen niveles en que diversos factores (naturaleza de la sedimentación, asociaciones faunísticas, restos carbonosos e industrias líticas, en la doble perspectiva en este caso de sus expresiones numéricas globales y de su estructura a nivel de las grandes categorías tecno-tipológicas establecidas) sugieren frecuentaciones de fugacidad mar-cada (n. En todos ellos se registran índices especialmente elevados de aprovechamiento de los soportes, traducidos en utensilios. Sin embargo algunas diferencias se dan en cuanto a los caminos por los que se alcanza tal eficacia, bien mediante el recurso a la fabicación de nuevos utensilios, destinados a tener vida corta y uso rápido (n. 4), bien a través del rejuvenecimiento más frecuente de los filos activos de utensilios ya existentes, conservándolos más tiempo (n. -De manera inversa, existen dos niveles (8 y 7) que, al aplicar los mismos criterios, atestiguan la ocurrencia de verdaderos horizontes de ocupación regular de la cavidad, asimilándose incluso al modelo teórico de residencia-base. Presentan industrias líticas numerosas y bastante semejantes en su composición tecno-tipológica elemental. Una parte importante de las acciones de talla, en especial las relativas al inicio de las secuencias operatorias, fueron practicadas en el exterior, mientras que al interior las lascas se trasladaron bajo forma de soportes pre-conformados y de núcleos en fases de configuración volumétrica avanzada; excepcionalmente se introdujeron bloques sólo probados. Se registra un uso predominantemente expeditivo de los utensilios, con grados de rejuvenecimento de filos útiles relativamente bajos. Gestión de las materias primas Las consideraciones hasta aquí efectuadas, con base en la expresión cuantitativa global de los conjuntos líticos de cada nivel y en su descomposición en grandes categorías tecno-tipológicas, si por un lado permite obtener una primera lectura acerca de la naturaleza de las presencias humanas detectadas, se revela por otro lado manifiestamente incapaz de atribuirlas cualquier cronología. A partir de los datos que hasta aquí hemos manejado, se podrían desarrollar argumentos idénticos a propósito de una industria lítica de cualquier época. Parece importante conducir ahora nuestro análisis en el sentido mejor para caracterizar cronológico-culturalmente los conjuntos líticos en estudio. Una primera plataforma de observación es la de las opciones en cuanto a selección y eventual utilización diferencial de las materias primas obtenidas (Tab. Se torna evidente que no existen, en nigún momento de la ocupación, estrategias basadas en la adquisición intensiva de una 29,3 10,3 43,7 3,2 27 0 0 * Rocas ígneas, liditos, grauvacas, etc. Materias primas, ut: utensilios; tot: total de la industria (porcentajes, por niveles; utensilios: porcentaje en relación al total dentro de cada materia prima). sola roca. Sflex, cuarzo y cuarcita constituyen los grupos dominantes, distribuidos de manera casi equilibrada. Puede verificarse una marcada diversidad de materias primas, de la que cuadros y gráficos sólo dan cuenta de manera parcial, ya que, por comodidad de representación, retinen en una misma categoría petrográfica ejemplares bastante diversos. Sólo en el grupo sflex, por ejemplo, pueden contabilizarse cerca de una decena de variedades -de colores vivos, patinado de blanco o crema, rosa, castaño oscuro, con foraminíferos, veteado, brechiforme, calcedonia, etc. Además se constata (Fig. 2) una tendencia evolutiva que matiza esta cuestión: se da un progresivo aumento de sflex a lo largo de la secuencia y una disminución correlativa del cuarzo, mientras que la cuarcita se mantiene estable. Es así posible concluir que los sucesivos usuarios de la cueva dan cuenta de una evolución en la que una creciente adquisición de sflex, y menor utilización del cuarzo, se inscriben dentro de un comportamiento tecnológico globalmente estable, asentado en un notorio oportunismo en el aprovisionamiento de recursos líticos. Se podría admitir que las características indicadas, tanto en cuanto a su componente estructural invariante, como en su evolución temporal, pudieran obedecer solamente a aspectos relacionados con la mayor o menor accesibilidad a las fuentes de materia prima. Al respecto debe tenerse en cuenta que los soportes utilizados revelan, mediante la observación de las superficies corticales conservadas, un mismo patrón de captación a lo largo de toda la secuencia: el sflex aparece fundamentalmente bajo forma de nodulos y cantos mal rodados, recogidos en el macizo calcáreo circundante y en la respectiva red hidrográfica secundaria; el cuarzo y la cuarcita llegan como cantos bien rodados -los de cuarzo menores por término medio que los de cuarcita-, muy abundantes en las tierras bajas que se extienden frente a la gruta. Es decir, no existirían dificultades de obtención para alguna de estas materias primas mayores que para otra, y nada revela que a lo largo de la frecuentación humana de la gruta hubiese habido alteraciones en este dominio. Es posible por tanto concluir que tanto la no utilización sistemática de una sola roca, como el ligero aumento del recurso al sílex a lo largo del tiempo, corresponden a opciones tecno-culturales efectivas, y no solamente al mero juego de factores medioambientales condicionantes. Importaría aiín verificar en que medida los comportamientos señalados tienen reflejo en aquello que a fin de cuentas constituye la razón de ser última de los procedimientos tecnológicos adoptados: la transformación de los soportes disponibles en utensilios. Sería tentador admitir que a la creciente adquisición de sflex correspondiese idéntico aumento de los índices de transformación en utensilios. Si un escenario tal se verificase y, adelantando un poco nuestro análisis, fuese igualmente acompañado por la introducción de nuevas tecnologías de talla y nuevos tipos de utensilios, se abriría la posibilidad de reclamar la existencia en este local de una evolución cultural más amplia, acaso testimonios de un paso, autónomo o por aculturación, a las industrias de tipo Paleolítico Superior. Pero nada de esto ocurre. A lo largo de la secuencia (Fig. 2), no existe ningún aumento, más bien una disminución de la proporción de soportes de sílex transformados en utensilios finales. A la inversa, au- menta considerablemente el grado de eficacia en el aprovechamiento del cuarzo, y sobre todo el de la cuarcita. En otras palabras, el mayor acopio de sílex no perjudica, antes estimula, el uso y rentabilización de las restantes materias primas. Veremos más adelante que los procedimientos técnicos adoptados y la panoplia de utensilios disponibles se mantienen sensiblemente constantes en todos los niveles. Por lo tanto, la interpretación que mejor se ajusta a los rasgos enunciados no es la de una creciente aproximación a los patrones de tipo Paleolítico Superior, sino, por el contrario, la de un refuerzo señalado de los parámetros propios del Paleolítico Medio. Núcleos (Fig. 3) Como se ha dicho, la frecuencia de núcleos en cada nivel se encuentra siempre en cifras relativa-mente bajas, normales en cualquier caso para industrias en cueva. Documentando la existencia en el interior de una actividad en pos de conseguir soportes para utensilios, ellos patentizan igualmente la realización de actividades de talla en el exterior. Se podrá ahora profundizar en estas observaciones al descomponer este grupo de artefactos en algunas categorías elementales (Tab. 5): esbozos (tipo 0), núcleos de levantamientos dispersos no organizados (tipo 1), núcleos globulares (tipo 2), núcleos discoides (tipo 3), núcleos Levallois (tipo 4), núcleos de tipo Paleolítico Superior (tipo 5), fragmentos y restos inclasificables (tipo 6). La escasa representación de esbozos, así como de bloque brutos o probados (cf. Tab. 3), hace patente que gran parte de las operaciones de conformación inicial de los bloques seleccionados fue ejecutada en el exterior de la cueva. La importante representación de fragmentos y restos revela el importante grado de explotación al que fueron sometidos las masas nucleares, convertidas a veces 3 cm Tab. en residuos inclasificables, idea confirmada por el acentuado grado de exhaustividad de la mayor parte de los núcleos. En cuanto a la clasificación tipológica, en un plano global, se comprueba que los conjuntos de todos los niveles poseen una estructura básica relativamente estable. El grupo de núcleos con tendencia a quedar reducidos a dos caras opuestas (tipos 3 y 4) domina siempre sobre los núcleos menos organizados (tipos 1 y 2), mientras que los núcleos de concepción volumétrica tridimensional son prácticamente inexistentes (tipo 5). Nos encontramos claramente ante una configuración propia de una industria del Paleolítico Medio, carácter que se acentúa en su evolución diacrónica (Fig. 4): en conjunto, disminución relativa de los tipos 1 y 2 -muy comunes en industrias de tradición achelense-y aumentos de los tipos 3 y 4; en detalle, disminución acentuada de los tipos más simples, estabilidad de los núcleos discoides y aumento significativo de los núcleos Levallois. Es cierto que debe ser salvada la escasa representatividad numérica de los conjuntos líticos de los ni- veles que contribuyen más a dibujar esta tendencia hacia el aumento notable de los núcleos Levallois (60% en la capa 4, pero para un total de 9 ejemplares). Podría quizás considerarse que la sugerencia de un desarrollo tan importante de los núcleos Levallois, que superarían ampliamente en número a los discoides (Fig. 4) es excesiva. Pero este dato no altera ni contradice la idea de fondo que formulábamos: los núcleos de los conjuntos líticos de los diferentes niveles de esta cueva atestiguan un contexto técnico típicamente atribuible al Paleolítico Medio, cuyos caracteres diagnósticos no se diluyen, sino que más bien se refuerzan a través de la secuencia sedimentaria 2.3.2. Talla (2) (Fig. 5) Una vez vistos los núcleos, vamos a examinar los principales aspectos técnicos detectados en el conjunto de los productos de talla, adoptando para ello alguno de los indicadores considerados en el ámbito del llamado "método Bordes" (Tab. En lo que se refiere al índice Levallois técnico (IL), es obvio que de arriba a abajo de la secuencia estamos ante industrias Levallois, aunque los índices no sean altos. Sólo en el nivel 7 se sitúa cerca del límite inferior convencional, ya que los valores encontrados para el nivel 5 carecen, como ya subrayamos, de la necesaria consistencia estadística. En relación con los índices de facetado de los talones (IF y IFs), se observan cifras aparentemente muy bajas para una industria del Paleolítico Medio en cueva. En todo caso debe subrayarse que esos mismos índices alcanzan valores normales dentro de la talla Levallois. Una valoración más precisa de estas referencias debería tener en cuenta las características comunes observadas en las industrias del Paleolítico Medio portugués, con fre- (2) Utilizamos este termino en sentido amplio; excluimos del mismo las "esquirlas" (restos de talla con <30 mm) e incluimos la totalidad de los artefactos comprendidos en los términos "lascas" y utensilios de la tabla 3. cuencia sobre cantos rodados y con índices de facetado bajísimos. De momento queda sugerida la existencia en esta localidad de cadenas operativas diversas, o de diferentes estadios dentro de una misma cadena operativa, de tal modo que en las fases iniciales de la talla de los nodulos disponibles predominan las lascas de talones corticales y lisos, mientras que en las fases más avanzadas, concretamente en la extracción de soportes preconformados, son comunes los talones facetados. En cuanto a la representación de soportes laminares (ILam), siempre muy baja, casi residual, verificamos la existencia de valores algo mayores en el grupo Levallois, especialmente en los nive-les 6a y 4, este último con un índice de 15,8, casi en el límite inferior de lo que podría ser clasificado como una industria de tendencia laminar. Si se acepta el dato, representaría el primer -y único, como veremos-indicio de una cierta aproximación a modelos tecno-tipológicos tradicionalmente asimilados a las industrias de tipo Paleolítico Superior. Consideramos no obstante que una conclusión de tanto alcance no está justificada, tanto por su falta de correspondencia con todos los demás indicadores compulsables, como porque el tamaño del conjunto lítico en que se basa -89 elementos de talla-no permite demasiada confianza estadística en los resultados obtenidos. La confirmación de que el carácter que acabamos de discutir carece de especial significado, queda patente en las tendencias evolutivas que presentan los índices antes citados (Fig. 6), cuya estabilidad es notoria. Los grupos que frecuentaron esta gruta mantuvieron casi invariable una misma tradición técnica a lo largo de toda la secuencia sedimentaria en que se documenta su presencia. Todos estos índices se resuelven gráficamente en líneas prácticamente horizontales -ILty MlR -Gil -Gilí -GIV Fig. 7. Tendencias evolutivas de los principales índices tipológicos. ILty: índice Levallois tipológico. IR: índice de raederas. Grupo II: grupo musteriense. Grupo III: Paleolítico Superior Grupo IV: grupo de denticulados. No cabe en el ámbito de este texto desarrollar un estudio descriptivo completo, ni siquiera parcial, de los utillajes detectados. Esta información se recogerá en la monografía sobre el yacimiento actualmente en preparación. Nos limitaremos en estas circunstancias a presentar de manera resumida las principales características de los conjuntos de utensilios de cada capa, con objeto de realizar una diagnosis cultural para el conjunto mediante los índices y proporciones establecidos en el llamado "método Bordes". En lo que se refiere a los rasgos elementales que definen los utillajes de cada nivel (Tab. 7 y 8), se puede indicar lo siguiente: Nivel 9: incluye un total de 40 utensilios en cuenta esencial (ó 39, si aceptamos las pertinentes opiniones de algunos autores en cuanto a la conveniencia de excluir en este recuento los números 5 y 38 de la lista-tipo, que manifiestamente con'esponden a un concepto de "utensilio a priorF que encaja mal aquí). Vimos ya que este conjunto alcanza un valor porcentual muy elevado en el conjunto lítico de este nivel (18,3%,ol7,8%si aplicamos la restricción apuntada), lo que en todo caso no exime de tener que considerar con reserva la validez estadística de los índices calculados, dado lo reducido de la muestra. Los denticulados y escotaduras constituyen el bloque principal de utensilios. Este grupo tipológico alcanza la cifra más alta de toda la secuencia (Grupo IV: 45,9). Por contra, las raederas presentan valores bastante bajos (IR: 12,5). Destaca el predominio de raederas "de tipo arcaico", esto es, comunes en las industrias achelenses (raederas transversales, sobre cara plana, con retoque abrupto, bifacial, alterno, etc.), sobre las raederas "de tipo evolucionado", esto es, comunes en las industrias musterienses (raederas simples, dobles, convergentes, etc.). En el plano de los productos Levallois, proporcionalmente poco transformados en utensilios (ILty: 40), se registra la importancia relativa de las formas poco elaboradas (ejes de lascado desviados, contornos irregulares, presencia de restos corticales importantes, etc.), las llamadas "atípicas", cerca del 40 % de la suma atípicas+típicas. Nivel 8: Comprende un total de 331 utensilios en cuenta esencial (ó 304 en los términos restrictivos antes expresados), un conjunto, por tanto, con buena representividad estadística. Los denticulados continúan siendo dominantes, llegando hasta una cifra casi idéntica a la de la capa subyacente (Grupo IV: 43,2), valor que además se eleva sensiblemente si se incluyen las escotaduras (Grupo I Va: 60,7). No obstante, se registra también algún crecimiento relativo de las raederas, aunque en cualquier caso situadas en valores relativamente bajos (IR: 21,5) y dominadas por los mismos "tipos arcaicos" antes referidos. El carácter poco elaborado resulta reforzado por la existencia de cuchillos de dorso, piezas con retoque somero de los filos y algunos cantos tallados. Las puntas cobran cierta representatividad (puntas Levallois -h Levallois retocadas: 3,6 %, en cuenta esencial), sobre todo si incluimos las puntas seudo-levallois (10,3 %), las cuales están, como se sabe, muy ligadas a la explotación de núcleos discodes, dominantes en este nivel. Finalmente, por lo que se refiere a la talla Levallois, con un índice tipológico igualmente elevado (ILty: 42,3), observamos alguna disminución relativa de los soportes "atípleos" (cerca del 30% de la suma atípleos -h típicos). Nivel 7: igualmente ofrece una buena representatividad estadística, con un total de 267 utensilios en cuenta esencial (ó 235, en los términos restrictivos indicados). Los denticulados continúan siendo el grupo mayoritario, aunque en menor por- es. centaje (Grupo IV: 34,1; Grupo IVa: 44,6). La evolución más notable se da en el llamado "grupo musteriense" (Grupo II) y especialmente en las raederas, que llegan a un valor mediano, pero expresivo (IR: 32,6), sobre todo a costa del aumento relativo de los tipos de características musterienses. Un dato especialmente curioso es el del aumento de las puntas hasta valores muy significativos: 5,2 % (puntas Levallois + Levallois retocadas), 13,5 % (idem + puntas seudolevallois), 17,2 % (idem + puntas de Tayac). Queda firmemente atestiguada, en este nivel, la intención de fabricar puntas. Es claro, por ejemplo, que diversos ejemplares de "puntas seudo-levallois" constituyen verdaderos utensilios potenciales, no sólo subproductos característicos de la talla centrípeta. A la vez, resulta obvia la intencionalidad de la mayor parte de las puntas de Tayac, que no pueden ser asimiladas de manera simplista a meros denticulados convergentes. En cuanto a la talla Levallois, verificamos una ligera reducción del índice tipológico correspondiente (ILty: 36,5), volviendo a aumentar los soportes llamados atípleos (cerca del 50% de la suma atípleos + típicos). Nivel 6a: con un total de 41 utensilios en cuenta esencial (ó 40, en los términos restrictivos indicados) ofrece pocas garantías de representatividad estadística. Aún así, tratándose de una capa poco espesa y bien encuadrada en la dinámica registrada a lo largo de la secuencia sedimentaria inferior, parece aceptable tomar en consideración algunos rasgos esenciales: la relación entre el grupo de los denticulados y el de las raederas se mantiene sensiblemente igual, con un nuevo ligero crecimiento de los segundos, deja de hacerse notar el grupo de las puntas, se mantiene un valor de ILty (33,3) dentro de los parámetros que definen una "faciès levalloisiense" y se reproduce una relación idéntica a la de los niveles inferiores entre elementos atípleos y típicos en el conjunto de talla Levallois. Nivel 6: su total de 40 utensilios en cuenta esencial (ó 37, en los términos restrictivos indicados) es manifiestamente insuficiente para cualquier interpretación precisa, especialmente si consideramos el espesor de esta capa. Como quiera que sea, salvo la circunstancia de un valor ILty más elevado (48,2), normal en industrias de facie s Levallois, todos los indicadores de este conjunto mantienen las características y las tendencias evolutivas de los anteriores. Nivel 4: La última capa con vestigios de ocupación humana incluye solamente un total de 18 utensilios en cuenta esencial (ó 17, en términos restrictivos), valores que apenas permiten sugerir cualquier comentario global, teniendo en cuenta el contexto que aportan los conjuntos líticos de las capas restantes. No se observa ningún indicador anómalo en relación con la estructura de los conjuntos subyacentes y, sobre todo, hay que señalar la completa ausencia de utensilios que puedan sugerir cualquier aproximación tipológica a los modelos del Paleolíüco Superior. De la breve caracterización que acabamos de realizar, pueden, finalmente, extraerse las siguientes ideas de conjunto (v. -De la base ai techo, sin revelar cualquier tendencia evolutiva, las industrias líticas de esta gruta se sitúan ligeramente por encima de la definición técnica Levallois (IL:>c.l5), conforme se-ñalamos en otro punto de este texto. Por otro lado, lo verificamos ahora, se integran plenamente en la llamada."facie s levalloisense" (Ilty:>30). -El grupo de denticulados (Grupo IV) domi- na casi siempre. Quizá pueda señalarse en el mismo una ligera tendencia a decrecer en términos relativos. -El llamado "grupo musteriense" (grupo II), y dentro del mismo el subgrupo de las raederas, revela una destacada tendencia al crecimiento. Partiendo de valores bastante bajos, y siendo además dominadas por utensilios tipológicamente poco elaborados, comunes en las industrias del Paleolítico Inferior, alcanzan porcentajes significativos, aunque nunca elevados, siendo entonces dominadas por los tipos más característicos de las industrias del Paleolítico Medio. -Lo que podríamos denominar "utillaje sobre bloque" está prácticamente ausente: los cantos tallados apenas están representados con algunos vestigios en los niveles 7 y 8; los utensilios bifaciales están pura y simplemente ausentes. -De la misma manera, el utillaje de tipo Paleolítico Superior es escasísimo, dando lugar a valores del grupo III verdaderamente insignificantes, que además tienen una ligera tendencia a decrecer a lo largo de la secuencia sedimentaria. -En general, el retoque de los filos para la elaboración de utensilios es muy limitado. Se constata una ausencia completa de retoques intensos, en concreto del estilo Quina o semi-Quina. Como vimos en los puntos anteriores, la ocupación de la Gruta Nova de Columbeira se traduce en la acumulación de una abundante industria líüca en el interior de la cavidad, casi seis millares de artefactos, que se concentra especialmente en las capas inferiores (9 a 7), pero se extiende también a las intermedias (6 a 4). El segmento superior de la secuencia sedimentaria (capas 3 a 1) no revela indicio alguno de frecuentación humana. Algunos elementos sugieren la existencia de diferentes tipos de asentamiento humano en la gruta: visitas ocasionales, incluso durante períodos en que las asociaciones faunísticas están dominadas por los carnívoros, y ocupaciones intensas, ajustadas incluso al modelo de campamento-residencia base. En el primer caso se encuentran los niveles 9, 6a, 6 y 4; en el segundo estarían los niveles 8 y 7. En términos muy simples podría decirse que después del descubrimiento inicial 3 cm Fig. 12. 1: raspador típico; 2-3: perforadores típicos; 4: perforador atípico; 5-6: cuchillos de dorso natural; 7: lasca con retoque abrupto; 8: punta de tayac (1, 4-5, 7-8: sílex; 2, 6: cuarcita; 3: cuarzo). sivamente sobre las formas más primitivas. Desde un punto de vista tipológico, los porcentajes de raederas se revelan en crecimiento continuo. Se registran otras particularidades, como la fabricación no fortuita de puntas, entre las que se aprecia un conjunto muy característico de puntas de Tayac, en el nivel 7. Cuando se contrastan estas tendencias evolutivas, resulta patente la inexistencia de cualquier proximidad a patrones industriales de tipo Paleolítico Superior. Bien al contrario, todos los conjuntos industriales de la Gruta Nova de Columbeira parecen testimoniar algo que, utilizando una expresión muy en boga, se podría denominar "proceso de musterienización", expresado por indicadores como el aumento del nivel de aprovechamiento -de transfomación en utensilios-de las materias primas distintas del sílex, por la importancia creciente de los núcleos volumétricamente concebidos en términos de dos superficies opues-tas, y dentro de ellos de los núcleos Levallois, por el crecimiento de la sección de las raederas -y del llamado "Grupo Musteriense" en general-, con disminución relativa de los tipos frecuentes en las industrias achelenses y desarrollo de las formas comunes en las industrias musterienses. La caracterización tecno-tipológica a que llegamos sugiere un amplio conjunto de comentarios en relación con la problemática de la inclusión de estas industrias en contextos culturales más amplios. Una vez excluida por el estudio tecno-tipológico realizado (y también por argumentos geoclimáticos que no es posible desarrollar en esta ocasión) la hipótesis de la presencia de horizontes culturales atribuibles al Paleolítico Superior, la problemática de la cronología de estos niveles del Gif-2703 26400 ± 750 BP (niv. 8) Al intentar su análisis se comprenden bien las dudas que asaltaron a Roche, quién nunca llegó a publicarlas. En el marco de conocimientos de aquel momento no era posible dejar de considerar que estas dataciones eran "demasiado recientes" para un Musteriense cuyo límite superior se colocaba más o menos en 34-35 millares de años. Todas o casi todas las dataciones radiométricas son susceptibles de discusión y negación, si para ello hay argumentos adversos poderosos, y este parecía ser el caso. En función de tal presunción, se procuró argumentar en dos direcciones: o el diagnóstico de las industrias era erróneo y se trataba de un Paleolítico Superior Inicial, o las muestras utilizadas para la datación, "restos carbonosos", estaban contaminadas y rejuvenecidas por elementos procedentes de los niveles superiores. Sin embargo parece cierto que la coherencia estratigráfica, el grado de precisión y el propio resultado de las dataciones, que no es disparatado del todo, las hicieron más objeto de dudas que de una negación pura y simple. Por nuestra parte reconocemos también que sería deseable disponer de un cuadro de dataciones absolutas más completo, recurriendo en la medida de lo posible al cruce de métodos diferentes. 8) Se intentaron otros ensayos de datación por C14-AMS y por TL/OSL, sin éxito en ambos casos. Así, a partir de los datos existentes podemos concluir por ahora: a) Difícilmente se puede esperar obtener resultados mediante la aplicación del método TL/OSL a la datación de los sedimentos de esta gruta, dada su escasa exposición a la luz una vez depositados, b) Los valores Th/U obtenidos por uno de nosotros (L.R.) son inutilizables debido a sus enormes márgenes de error, compatibles en todo caso con las dos dataciones iniciales por 14C, las únicas que existen, c) Sólo puede concederse significado real a las dos fechas 14C disponibles. Al no haber dificultades geo o bioestratigráficas que desaconsejen su validez, queda sólo el argumento cultural: aceptarlas significa reconocer la extensión de las industrias musterienses hasta los 28-27 mil años y también, lo que es más importante aiín, que las poblaciones neandertales hayan subsistido hasta esa misma época. Tal conclusión circunstancialmente se encuentra documentada por el diente de aquel tipo encontrado en la gruta, pero sobre todo está soportada por la certidumbre de que en el territorio ibérico hay una asimilación completa entre industrias musterienses y poblaciones neandertales. ¿Sería eso imposible o siquiera poco probable? La investigación en curso de uno de nosotros (L.R.) se centra en este dominio, por lo que nos limitaremos en esta ocasión a presentar los elementos mínimos que permitan examinar el asunto con una perspectiva general, imprescindible para una correcta interpretación de las industrias del yacimiento aquí estudiado. Mientras que en los años 70 nada hacia suponer que este tipo de supervivencias pudiera haber ocurrido, la investigación de las dos últimas décadas ha acumulado pruebas que, en nuestra opinión, demuestran de manera irrefutable que ha sido así. La lista de los sitios ibéricos en que se han registrado horizontes culturalmente atribuidos al Paleolítico Medio, en varios casos con restos físicos de neandertales, datados de hace menos de treinta y cinco mil años (Fig. 13 y Tab. 9), resulta ya demasiado extensa para que pueda ser ignorada. Aunque es cierto que las dataciones propuestas para alguno de ellos pueden ser objeto de discusión, existen otros en los que las atribuciones cronológicas, realizadas a partir de criterios diferentes, a veces cruzados, son bastante sólidas. Sirvan de ejemplos, en España, las cuevas de Carihuela, Hora y Zafarraya, las de Gibraltar, así como i^s dé^ Figueira Brava (Antunes, 1990-91; Cardoso y Raposo, 1993) y el yacimiento al aire libre de Foz de Enxarrique (Raposo et alii, 1985; Raposo, 1993aRaposo, y 1995)), en Portugal. Se confirman ahora, con elementos de datación dignos de todo crédito, las hipótesis que algunos autores vienen sugeriendo desde hace años a partir de argumentos geo y bioestratigráficos (Vega Toscano, 1990y 1993). Está aún por hacer sin embargo el estudio comparativo de las industrias líticas de los sitios citados en el párrafo anterior. Aparentemente revelan una gran variabilidad, aunque con un notable rasgo común: en ninguna localidad -quizás con la excepción de Zafarraya, que por otro lado carece de estudio y publicación extensa-se llegó a detectar cualquier tipo de "industria de transición" hacia el Paleolítico Superior. Por el contrario, tal como ocurre en Gruta Nova de Columbeira, las industrias musterienses finales del Sur o del Occidente ibéricos atestiguan repetidamente una acentuación de los patrones musterienses, una "musterienización", aunque casi siempre dentro de estrategias de aprovisionamiento de materias primas, gestión de soportes y fabricación de utensilios marcadamente expeditivos. Para intentar evaluar de manera correcta la realidad ibérica no es posible prescindir de un encuadramiento geográfico e histórico más amplio. Si observamos el mapa de Europa en tres momentos cronológicos sucesivos vemos el siguiente panorama:' -Hace cerca de cuarenta mil años, o incluso antes (Fig. 14.1), las primeras industrias del Paleolítico Superior (Auriñaciense) parecen ocupar una faja latitudinal relativamente estrecha, constituyendo un "frente" que, con origen al Este (Bacho-Kiro, niv. 11 ), ocupa Europa Central a lo largo del valle del Danubio (Istallôskô, niv. 9; Willendorf n +; Geissenklosterle Illa) y del arco alpino (Abri de Fumane), extendiéndose eventual-mente -si aceptamos las respectivas dataciones, lo que no está exento de controversia-hasta Cataluña (Arbreda BEI 11) y Cantabria (Castillo 18C). En la periferia no se registran "industrias de transición" significativas. Las de tipo foliáceo o laminar, respectivamente en Alemania y en el Norte de Francia/Bélgica, no pueden ser asimiladas a este concepto ya porque, si en efecto existieron como en el primer caso, constituían el desarrollo de antiguas tradiciones autóctonas, o porque, en el segundo caso, sólo se documentan muchas decenas de milenios antes, y no pueden ser invocadas en este contexto, -A partir de hace unos treinta y cinco mil años (Fig. 14.2), se multipHcan las llamadas "industrias de transición", especialmente en los márgenes de la anterior faja latitudinal auriñaciense. Sin que pretendamos discutir aquí el significado histórico de tales industrias, y recusando en especial la simplificación de interpretarlas todas por igual, no dejamos de señalar la fuerte impresión de aculturación que algunas sugieren. Difícilmente se comprendería de otro modo como, sin inmediatas raíces locales, poblaciones geográficamente tan diversas convergieron casi de repente hacia los patrones tecno-tipológicos definidores del Paleolítico Superior. Interesa de todas maneras subrayar que "aculturación" no significa "difusionismo" generalizado, ni mucho menos "inferioridad" biológica o cultural. Debe entenderse nada más que como la forma más económica de interpretar los datos existentes, haciendo uso del mecanismo más universal mediante el cual las innovaciones, y en especial las tecnológicas, se extienden. Resta aún anotar la situación existente en este momento en el área mediterránea: "industrias de transición" en las penínsulas itálica (Uluziense) y balcánica, aunque aquí mal documentadas y sincréticamente reunidas en un vago concepto de conjuntos "mustero-auriñacienses", y mantenimiento del Musteriense en Iberia, al sur del sistema Ebro/Cordillera Cantábrica. -En torno a los treinta mil años e incluso después (Fig. 14.3), las industrias del Paleolítico Superior se exdenden por Europa, habiendo prácticamente desaparecido las llamadas "industrias transicionales". Apenas las tres penínsulas meridionales revelan un comportamiento peculiar. En las dos orientales parece observarse un despoblamiento casi total del territorio, no justificable ni por falta de investigación, ni por cualquier clase de adversidad ambiental (3). La más occcidental revela, como se ha indicado ya, una perduración importante de las industrias musterienses. La confirmación de la permanencia hasta muy tarde, hasta los 30-28/27 mil años por lo menos, de poblaciones neandertalenses e industrias musterienses en gran parte de la Península Ibérica no ofrece hoy contestación apreciable. Importaría ahora poner a punto los modelos que permitiesen explicar esta situación, lo que según creemos sólo puede hacerse desde la perspectiva pan-europea que de forma somera acabamos de dibujar. De acuerdo con las concepciones en elaboración por uno de nosotros (L.R.), la comprensión plena de los datos ibéricos requiere ser abordada desde una perspectiva más amplia, basada en una interpretación paleobiogeográfica de la entidad neandertalense (Hublin, 1990), en su origen, en su desarrollo diversificado y... en su extinción. Nos encontramos en un terreno de investigación en el que se torna necesario verificar la diversidad de ambientes paisajísticos y climáticos de Europa en el período que va desde el final de la penúltima glaciación hasta el comienzo de la "degradación climática" que anuncia el último máximo glaciar; un campo de estudio en el que, teniendo en cuenta ese tipo de factores mesológicos y la misma configuración geográfica del continente, importa proceder a una contrastación de las condiciones que favorecen el arraigo de endemismos en las diferentes regiones de Europa, especialmente en las penínsulas meridionales. Con base en estos datos y en una rigurosa datación de algunos hallazgos antropológicos clave, sería tal vez posible controlar la realidad de una insospechada variedad biológica y la potencialidad adaptativa en aquello que sincréticamente se ha designado como "neandertales". Se podría quizás, por ejemplo, reconstruir la antigua idea de Sergio Sergi acerca de la existencia de una variedad neandertalense mediterránea, más indiferenciada y grácil que la variedad considerada clásica, idea a la que han regresado sucesivamente otros autores, si bien con grandes dudas por falta de un soporte cronológico adecuado. En 1982 Anne-Marie Tillier concluía su estudio sobre los ejemplares infantiles neandertalenses de Devil's Tower sugiriendo que los rasgos (3) Véanse al respecto las importantes comunicaciones sobre el tema presentadas por Margherita Mussi y Catherine Perlés en el «workshop» de Dolni Vestonice promovido por la European Science Foundation, en prensa actualmente: Mussi y Roebroeks, 1996. plesiomorfos detectados en ellos podrían deberse a una eventual edad pre-würmiense -explicación igualmente utilizada para la interpretación de caracteres idénticos en algunos fósiles italianos y del oriente de Europa-, aunque admitía ya entonces que si par contre les fossiles de Gibraltar sont plus récents (dernière glaciation) comme le suposait Garrod, ils constitueraient les seuls représentants en Europe d'une variété néanderthalienne isolée géographiquement (Tillier, 1982: 147). En 1991, Silvana Condemi, al comprobar las características plesiomorfas del cráneo de Monte Circeo 1, semejantes a las de los fósiles de Saccopastore -fechados en el último periodo interglaciar-y bastante diferentes de las poblaciones neandertalenses clásicas -dominadas por caracteres apomorfos-, concluía también que, admitiendo la datación reciente, würmiense, de Circeo 1, it would be tempting to interpret this difference in terms of a local continuity particular to each of these two geographic regions (Condemi, 1991: 353). Más recientemente, Giorgio Manzi y colaboradores, al proceder al análisis de nuevos restos neandertalenses de Monte Circeo, procedentes de la Grotta Breuil, afirman que los rasgos de gracilidad detectados en él are best considered as the expression of geographic (and adaptative) variation (Manzi et alii, 1995: 359). Así, las recientes dataciones radiométricas de los horizontes musterienses y de los restos neandertales de Monte Circeo, en Italia, y en particular los de DeviFs Tower (Tab. 9), en Gibraltar, si verdaderos y confirmados por el estudio antropológico de otros hallazgos, los de Zafarraya entre ellos, adquieren en este contexto una importancia crucial: confirmarían en definitiva la existencia de una variedad neandertal mediterránea, más indiferenciada y potencialmente progresiva que la variante "clásica". Si a todo el escenario descrito añadimos las condiciones de aislamiento y la dimensión geográfica de cada una de las tres penínsulas meridionales de Europa, tenemos abierto el camino para la explicación de la supervivencia de las poblaciones neandertalenses en Iberia hasta después de los treinta mil años, así como también para el aparente despoblamiento casi total de Italia y Grecia desde esos momentos hasta cerca de los veinticinco mil años. La no ocupación precoz del Centro, Sur y Occidente de la Península Ibérica por parte de las primeras poblaciones biológicamente modernas, en torno a los cuarenta mil años, y la frecuentación fugaz de ellas que se señala en Italia y la http://tp.revistas.csic.es península balcánica, pueden obedecer a la acción combinada de dos factores: la eventual dificultad de adaptación a los respectivos ambientes naturales y, sobre todo, a la circunstancia de que dichos ambientes estaban ocupados ya por poblaciones biológicamente progresivas (no en el sentido de una aproximación a la entidad sapiens sapiens, sino en una consideración estrictamente biológica y dentro de un marco de referencia neandertalense), si bien tecnológica y culturalmente menos evolucionadas. En estos términos sería de esperar que la dimensión de los territorios respectivos jugase un papel decisivo: territorios más pequeños y geográficamente accesibles habrían podido originar todo tipo de fenómenos de aculturación y/o disminución rápida de la población, junto a la extinción de los grupos menos equipados. Territorios mayores y geográficamente más inaccesibles suscitarían el mantenimiento de rasgos culturales propios y la perduración de las poblaciones antiguas, que dispondrían de territorios reproductivos suficientemente vastos. Creemos que así se pueden haber desarrollado los acontecimientos en Oriente (Grecia, Italia) y en Occidente (Portugal y España mediterránea). Las asociaciones faunísticas propias de cada región, especialmente en el caso ibérico, donde se documenta una antigua megafauna relicta hasta periodos muy recientes -destaca la presencia de Elephas antiquus próximo a 30.000 años en Foz de Enxarrique (Raposo et alii, 1985)-, después radicalmente sustituida por una fauna banal, de tipo moderno, prueban los endemismos, constituyendo la población neandertalense un elemento más de una historia cuya completa explicación requiere su inclusión en este amplio cuadro geográfico y natural. La Gruta Nova de Columbeira puede, así, inscribirse mejor en un contexto regional y europeo en el que adquiere todo su significado. No escondemos que sería deseable obtener en ella un mayor número de dataciones radiométricas. Pero incluso si en el futuro tales dataciones "envejecieran" en alguna medida el Musteriense de esta localidad, no quedaría mínimamente perjudicada la argumentación global acerca del Musteriense Final ibérico y la explicación histórico-antropológica aquí esbozada. Con ironía, diríamos que no habría más que sustraer un punto al mapa de los sitios de aquella banda cronológica, y pasar a encarar el "proceso de musterienización" de la Gruta Nova de Columbeira como un desarrollo de larga duración, inmune a presupuestos historicistas que re-chazamos, pero que una secuencia rápida como la que describimos inevitablemente instala en nuestros espíritus. Trabajos de Prehistoria es la revista de consulta imprescindible para todos aquellos interesados en conocer el estado de la cuestión sobre el rico potrinnonio arqueológico de la Prehistoria y Protohistorio de la Península Ibérica. Sus páginas reflejan tendencias punteras de su especialidad, por lo que figura en los más significativos repertorios bibliográficos nacionales e internacionales.
El estudio del paisaje como construcción social implica considerar sus dimensiones económicas, territoriales y simbólicas. Sería importante reconstruir cómo fue percibido el espacio natural y social, para lo que se debería construir una Arqueología de la Percepción que tendría entre sus objetivos evaluar el efecto de los rasgos naturales y artificiales del paisaje sobre sus observadores pretéritos. Aquí se propone una estrategia de aproximación basada en el análisis sistemático de los rasgos visuales de los monumentos prehistóricos y en la caracterización de los efectos escénicos y panorámicas relacionadas con ellos. Un examen detallado del patrón de emplazamiento de los megalitos y de sus condiciones de visibilidad y visibilización, permite reconocer regularidades que evidencian una voluntad intencional de remarcar su presencia y provocar artificialmente efectos dramáticos. Así, proponemos aproximarnos a una fenomenología de la percepción prehistórica sin incurrir en soluciones subjetivas. El estudio se basa en una revisión del megalitismo de Este trabajo es una revisión del megalitismo de la Sierra de Barbanza, una zona bien conocida en la Arqueología gallega y que fue estudiada monográficamente a principios de la pasada década por uno de los autores {Crmdo et alii, 1986). El objetivo de aquel estudio era descubrir, mediante los datos ofrecidos por la investigación paleoambiental, la distribución de monumentos y su patrón de emplazamiento, las formas de construcción del espacio social en época megalítica. Desde entonces se han acumulando nuevos datos, han surgido nuevas perspectivas interpretativas y se han aplicado planteamientos teóricos y procedimientos metodológicos más rigurosos y de mayor resolución, por lo que parece oportuno volver a la sierra de Barbanza (SB en adelante) para ver cómo cambian las viejas hipótesis a la luz de los avances recientes. En concreto, esta revisión intenta profundizar en tres temas que antes ni siquiera se planteaban. El primero es el estudio de las formas de percepción del espacio en la Prehistoria. El segundo es ensayar una aproximación metodológica al estudio de la espacialidad arqueológica que podemos denominar deconstructiva. Y el tercero es la definición de la. diacronía del paisaje monumental. Al igual que existe una Geografía de la Percepción, en los últimos años han aparecido trabajos que abogan por una Arqueología de la Percepción. En ellos se pretende reconstruir cómo era percibido el medio y el espacio social por las sociedades pretéritas; intentan descubrir el impacto de los elementos naturales y artificiales del paisaje sobre los seres humanos prehistóricos que los observaban. Esta línea de investigación es de gran importancia por cuanto la comprensión del paisaje social no está completa si no se considera la dimensión perceptiva, si no se toman en cuenta las apreciaciones y posiciones de los individuos que construyeron y utilizaron un determinado paisaje. Al estudio de las tres dimensiones fundamentales del paisaje (laambiental o espacio físico. Insocial o espacio utilizado y la cultural o espacio pensado) (1) habría que añadir entonces la dimensión perceptiva. Sin embargo el estudio de esta dimensión presenta grandes problemas. Puede, con facilidad, llegar a ser subjetivo o subjetivizante. La noción de que, situado ante un determinado espacio, podemos descubrir el impacto que ese medio produjo en cualquier observador a partir de nuestras propias reacciones, no sólo se debe perseguir por idealista, sino sobre todo por mantener la ilusión de que el patrón de subjetividad no cambia, sino que se mantiene invariable independientemente del contexto social e histórico que se considere (2). Otro problema que se puede apuntar afecta a los pilares básicos de laArqueología de ¡apercepción. Para hablar de percepción hace falta que haya un individuo-que-percibe. Este, sin embargo, no es cualquier ser humano, sino un tipo determinado de sujeto, concebido y que se concibe como observador ante el mundo, que se subjetiviza ante una realidad objetiva externa a él. Y esto, que es una actitud muy moderna, que sabemos que es el producto de la experiencia artística implantada en nuestra cultura desde el Renacimiento, no es un apriori de cualquier cultura. No se puede sostener la existencia de ese tipo át ser percibiente en cualquier sociedad y, en todo caso, antes de pretender estudiar la percepción arqueológica, hay que mantener ciertas cautelas críticas en este sentido. Con ello no se pretende decir que los individuos de sociedades diferentes a la nuestra no perciban ni tengan sentimientos. Sino que éstos, la dimensión y carácter de los mismos y la actitud individual ante las percepciones, están determinados por los códigos sociales. Hay por lo tanto que elucidar quién percibía y cómo y qué percibía. Así pues, lo que procede no es tanto estudiar la percepción en su dimensión directamente individual o subjetiva, terreno peligroso para laArqueología por las razones anteriores y por la ausencia de suficientes datos empíricos; sino descubrir los sistemas sociales que guían, orientan y predeterminan la percepción. En la medida en que fuéramos capaces de superar el nivel de las percepciones subjetivas, que resulta inaccesible, y situamos en el nivel material sobre el que aquellas se construyen, podríamos realmente aproximarnos a una Arqueología de la Percepción. Esta estrategia implica por lo tanto un desplazamiento de objetivo. Podemos decir que consiste en estudiar la percepción en su objetividad. Se trata no de estudiar la percepción a escala individual (lo que el sujeto prehistórico sentía), sino a escala social (cómo se dirigían y controlaban aquellas sensaciones, cómo se imponía un cierto tipo de percepción). Así podremos, tal vez, aproximarnos a midí fenomenología de la percepción prehistórica sin incurrir en simples apreciaciones subjetivas ni en los problemas que, desde nuestro punto de vista, tienen las estrategias y productos arqueológicos que se autodenominan fenomenológicas/os. Esta investigación se puede basar en la reconstrucción de los procedimientos y tecnologías a través de los cuales un determinado paisaje social expresaba su sentido y, para individuos que conocían su código visual y simbólico, lo preestablecía. Esto se puede hacer mediante un análisis sistemático de los rasgos visuales de los monumentos prehistóricos y de la caracterización de los efectos escénicos y de ISÍS panorámicas relacionadas con ellos. El estudio del patrón de emplazamiento de los monumentos, de sus condiciones de visibilidad, particularmente de las cuencas visuales que se relacionan con ellos, y de su visibilización, nos permitirán reconocer las regularidades que muestran la voluntad de y la estrategia intencional para hacer perceptible un monumento, remarcar su presencia y provocar efectos dramáticos artificiales en relación con él. Para ello podemos analizar las formas de crear impactos visuales, horizontes escenográficos, contrastes de formas, texturas y colores. El método y proceso de análisis concreto que seguiremos (Criado, 1997: ap. 2.4 y 2.6, Santos et alii, 1997: ap. 1) se puede resumir como un modo de de-construir el espacio arqueológico (incluyendo sus elementos naturales y artificiales) para aislar ti modelo formal sobre el que ese espacio se articula y, a partir de la.descripción de ese modelo, interpretar el sentido original del paisaje arqueológico considerado. El estudio se planteó como una aproximación de tipo zoom, que intenta revisar todas las escalas que componen el espacio arqueológico para reconocer el modelo formal de cada una de ellas y determinar si son semejantes o disímiles. Dejando a un lado las propuestas de carácter teórico-metodológico, este estudio pretende contribuir a la reconstrucción de las estrategias que, a través de la arquitectura monumental megalítica, permitieron configurar un paisaje cultural durante el Neolítico. Este estudio permitirá ver cómo se construye y en qué medida cambia un paisaje cultural de larga tradición entre, posiblemente, el V y II milenios a.C. El estudio se basó en una revisión sistemática del emplazamiento de los monumentos tumulares de la SB que incluyó su inspección con diferentes condiciones de luz y vegetación, la búsqueda de nuevos datos y la localización mediante GPS con corrección diferencial de los túmulos. LAS FORMAS DEL ESPACIO (DATOS) La zona de estudio se corresponde con una sierra litoral limitada por pendientes muy pronunciadas y dominada por terrenos en los que predominan las formas suaves y planas; es idónea para este tipo de estudio gracias a que su paisaje natural y tradicional se conserva bastante bien, a que el impacto de la repoblación forestal es, en los sectores que nos interesan, nulo y a que predominan condiciones de vegetación abierta. Uno de los motivos para revisar la zona fue la necesidad de evaluar el Impacto Arqueológico de varios Parques Eólicos proyectados para ser enclavados en lo alto de la sierra, trabajo que fue desarrollado por nuestro Grupo de Investigación de Arqueología del Paisaje de la Universidad de Santiago (Villoch y Barreiro, 1997). Esto no sólo nos brindó la ocasión de volver a revisar la zona, sino también de hacerlo con una perspectiva integral y geográfica más amplia. La SB está en el centro de la península del mismo nombre (Fig. 1), constituye la divisoria de aguas entre las rías de Muros y Arousa, y alcanza los 685 m de cota máxima; la altitud media de la sierra se sitúa en torno a los 550 m. Mientras el conjunto de la península está densamente ocupado, aquella está casi despoblada. Los escarpes laterales de la sierra, de gran pen-Fig. Mapa de situación de la Península de Barbanza y de localización de la Sierra (en el recuadro). Análisis fisiográfico o morfológico de la Sierra: definición de las formas elementales del espacio físico. diente, se ven coronados por una superficie de erosión antigua en la que predominan las formas de relieve suave. Sobre ésta se ha incrustado el río Barbanza, que discurre en sentido N-S, entre una línea de cumbres al Oeste y una sucesión de planaltos al Este. Hacia el Sur, cuando el río inicia el descenso a través del escarpe lateral de la sierra, se encajona abruptamente formando un cañón o desfiladero que resulta casi infranqueable. El análisis fisiográfico o morfológico (3) nos permite reconocer, a una escala de detalle, lo que hemos llamado formas elementales del espacio (Fig. 1). Este espacio presenta una divisoria longitudinal N-S constituida por la sucesión de tros formas llanas y suaves, que muestran una inflexión entre ellas y a las que se ha denominado tradicionalmente con el significativo nombre de chans (4) de Barbanza. A ambos lados de ellas se encuentran dos valles (formas deprimidas), cabeceras de dos corrientes de agua: al Este la cuenca de A Grana, de formas amplias y suaves, y al Oeste la cuenca superior del río Barbanza, más larga y estrecha. Las prolongaciones Norte y Sur de la divisoria dan lugar a una línea de cumbres accidentada, que se desdobla limitando la cuenca del Barbanza por su lado Oeste donde se encuentran las cimas más elevadas de la sierra (5), de modo que desde el interior de la SB la única forma de percibir grandes panorámicas visuales es desde las cimas laterales de la sierra y asomándose hacia el exterior de la misma. El espacio interior de la SB es cerrado visualmente (Lám. El análisis del tránsito en la península (ver más abajo), nos muestra que la SB y, en concreto, su sector central se corresponde con un punto clave desde la perspectiva de la geografía de la movilidad. En puridad constituye un gran paso natural que permite organizar y distribuir los desplazamientos por la península (Fig. 3). El análisis de detalle de la SB nos permite identificar las diferentes líneas y claves de tránsito (Fig. 4). El estudio deluso y ocupación del suelo ofrece unos contrastes muy relevantes, ya que mientras la (3) Para evitar reiteraciones con análisis y descripciones que desarrollaremos con mayor profundidad, en vez de introducir una caracterización detallada del espacio estudiado siguiendo todos los pasos del proceso analítico al que nos ajustamos, nos limitaremos a comentar algunos rasgos generales en los que profundizaremos al hacer más adelante el análisis del espacio tumular. (4) En gallego "llano". (5) Alguno de los Parques Eólicos construidos en la sierra se disponen a lo largo de estas líneas de cumbres. mayor parte de la SB está ocupada por terrenos incultos y de monte, dedicado tradicionalmente a aprovechamientos extensivos, lacuenca de A Grana constituye el único sector ocupado, aunque con escaso poblamiento ya que sólo existen 5 aldeas, y dedicado a agricultura de labradío. Sus características geográficas la convierten en el sector más idóneo de la SB para la agricultura intensiva y el asentamiento permanente: pequeña vaguada, reserva de agua y sin problemas de encharcamiento, bien orientada (a mediodía) y al tiempo resguardada de los vientos dominantes del SO (que traen las lluvias y nieblas marinas); todo ello motiva que las condiciones rigurosas que presenta la SB se dulcifiquen en este sector. Todos estos análisis nos permiten definir lo que podemos llamar la red de lugares naturales estableciendo, además, la jerarquización de los mismos. El modelo resultante es un esquema topográfico ideal de la zona (Fig. 6) (6). Relación entre túmulos y geografía del tránsito en la sierra y, en el recuadro, en su sector central. IL Ejemplo de emplazamiento de un monumento en la Sierra de Barbanza. apartados unos de otros no menos de 4 km de distancia lineal (7). Pertenecen a dos tipos bien definidos. El más frecuente se corresponde con túmulos circulares, de 20-25 m de diámetro y 2 m de altura (Lám. II) que encierran en su interior restos de cámaras megalíticas del tipo frecuente en Galicia: con losas de piedra granítica y corredor corto. Entre ellos figuran algunos de los ejemplares gallegos más monumentales: Casota do Páramo (3), Casarota do Fusiño (22) y Arca da Barbariza (11), que con sus 8 m de largo y corredor de dos tramos es una de las cámaras más grandes de Galicia. Además existen restos significativos de cámaras en otros cinco casos: 5, 6, 8, 13, 21. De hecho, vamos a considerar inicialmente sólo este primer tipo de túmulos para, más adelante, volver sobre el segundo. De este segundo hay 9 túmulos (números 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29 y dos más fuera de los límites de la Fig. 2) que presentan características totalmente distintas: pequeñas dimensiones, entre 10 y 15 m de diámetro y 50 cm de altura, con cámara constituida por una cista pétrea. Mientras los primeros son prominentes y destacan con nitidez sobre el relieve circundante, los segundos son difíciles de diferenciar. En el estado actual de nuestros conocimientos sobre las construcciones funerarias del megalitismo gallego, el segundo tipo parece corresponder al primer horizonte de la arquitectura monumental, que ha sido datado en cronología calibrada en torno al 4200-4000 BC. El otro tipo representa en cambio el grupo característico del momento pleno del megalitismo. Según dataciones calibradas fueron construidas entre el 4000 y el 3500 BC y habrían estado en uso hasta el 2800 BC cal., momento en el que se cierran los corredores de acceso y parecen haber sido abandonadas (Alonso y Bello, 1997). En los últimos años se han documentado en la sierra varias ejemplos de rocas con grabados de cazoletas, fenómeno asociado a los túmulos (Villoch, 1995b: 49-53). A pesar de que el conocimiento discontinuo de la distribución de estos grabados no nos permite su estudio sistemático, reconocemos en ellos la misma relación que en otras zonas gallegas (ver más abajo). No conocemos otros elementos del registro arqueológico en SB. En principio podríamos sospechar la existencia de aldeas de la Edad del Bronce e, incluso, de algún tipo de asentamiento neolítico relacionado con los túmulos. El patrón de locali-(7) Utilizaremos en este trabajo una numeración convencional; en la tabla 1 se indica la correspondencia entre ésta, la denominación tradicional de los monumentos y el número con que aparecen registrados en Criado et alii, 1996 zación definido en Galicia para este tipo de asentamientos (Méndez, 1991(Méndez,,1994;;González, 1991) es coincidente con las condiciones geográficas: en concreto las cubetas ocupadas por brañas vinculadas a las formas planas del interior de la sierra y, sobre todo, a las cabeceras laterales de la cuenca de A Grana (ver más arriba). A pesar de que no se ha realizado una prospección detenida orientada a la localización de este tipo de restos, lo cierto es que las condiciones existentes en la zona (monte bajo, vegetación abierta, frecuentes incendios forestales y apertura de pistas), podrían haber permitido identificar alguna evidencia de este tipo. De ahí que tal vez haya que considerar la falta de datos como prueba de ausencia. LA DECONSTRUCCION DEL ESPACIO (ANÁLISIS) Los estudios realizados en Galicia han mostrado que los túmulos constituían el referente artificial de un paisaje cultural basado en la domesticación simbólica de la naturaleza. Esta domesticación se construía principalmente utilizando cuatro tipos de recursos cuya reiterada asociación al emplazamiento de los monumentos viene subrayada por relaciones visuales y de proximidad: Asociación a las vías naturales de tránsito que hacen accesible un determinado espacio natural y permiten que, al transitar por ellas, se descubran los monumentos. Asociación a rocas y accidentes naturales significativos que permiten realzar el efecto monumental y sirven para, conjuntamente con los monumentos, extender sobre el espacio circundante una red de hitos señeros y trasladar al conjunto del espacio una malla de referencias que lo haga cognoscible. Asociación a otros monumentos anteriores, lo que permitiría construir la representación de una tradición social que se mantiene sobre un mismo territorio y lo articula. Asociación a los asentamientos de sus constructores (8). Ahora bien, al tiempo que en la SB se comprueba una vez más la recurrencia de estos facto-res, podemos ir más allá en el análisis y completar así nuestro conocimiento de las estrategias para construir un paisaje cultural a través de la arquitectura monumental. La asociación de los monumentos de la SB con el tránsito es tan estrecha que se podría pensar que el desplazamiento es el único y principal factor de emplazamiento tumular. Pero es sólo parte de un proceso complejo de localización que incluye fórmulas para hacer perceptibles los monumentos. Este fenómeno se puede observar en cuatro escalas de análisis sucesivas. El estudio de la geografía de la movilidad a escala peninsular nos permite explicar la totalidad de la distribución de túmulos. Si se hace un mapa de vías y claves de tránsito (Fig. 3), se aprecia que: (1) todos los túmulos, formen conjuntos amplios o estén aislados, se vinculan a la red de tránsito (9), y (2) los conjuntos o necrópolis más importantes se asocian a los puntos claves del tránsito. Casi se puede decir que cuantas más líneas de tránsito confluyen en un punto, mayor número de túmulos hay en él. Así, el factor que permite comprender la concentración de túmulos de la SB y que la mayor parte de ellos formen un núcleo abigarrado, es el hecho de que esa zona constituye un gran paso natural, punto más adecuado para atravesar la barrera topográfica que representa la sierra. La forma más rápida y económica de realizar desplazamientos de larga distancia en la península consistía en subir la sierra a través de caminos laterales, acceder al espacio central en el que se sitúan los túmulos y tomar cualquiera de las rutas que allí confluyen para llegar al destino. Esta zona se convierte así en una especie de distribuidor de tráfico, en un cruce clave en el conjunto de la península (10). Si descendemos un nivel más en la escala de observación se aprecia y completa la importancia (8) Mientras los puntos anteriores se observan de forma recurrente en los túmulos gallegos, esta última relación únicamente se ha comprobado en casos privilegiados del registro empírico. (9) Prueba indirecta es que cuando se abrió la Vía Rápida por la margen Sur, fue necesario hacer excavaciones de rescate en 4túmulos (Dorna-Rianxo, A Barreira-Pobra do Caramiñal y Ventín-Ribeira), pues el trazado de nueva planta aprovechaba puntos clave del terreno donde existían monumentos. (10) La zona ha perdido esta funcionalidad debido a la creación de una red de comunicaciones moderna que se ha independizado del constreñimiento del relieve. En cambio, utilizando una analogía débil, podemos ver todavía esta función en el hecho de que todas las redes eléctricas que atraviesan la SB se cruzan precisamente en este punto. de este factor ya que la distribución concreta de los monumentos del centro de la sierra está en función de las líneas de tránsito específicas que la atraviesan. Las rutas más importantes, aquellas que disponen de los mejores condicionantes físicos para el desplazamiento se identifican merced a la presencia y distribución de los túmulos particulares (Fig. 4). Pero todavía podemos concretar mejor la relación si reducimos la escala de observación y realizamos un análisis de detalle. Cuando un viandante recorre las rutas naturales comprende que el modo de elegir la más adecuada es guiarse por los túmulos que percibe en la distancia; pero además, cuando llega a cruces y puntos de trayectoria ambigua, es la disposición puntual de los túmulos la que muestra la ruta a tomar. Esto es claro en puntos conflictivos en los que la percepción de un monumento en el horizonte ofrece una indicación equívoca, ya que en vez de seguir la línea que marca el monumento distante hay que hacer un giro en la ruta; en estos casos un segundo monumento, anejo al anterior, marca la dirección correcta a seguir (Fig. 4). Ejemplos concretos de esta localización lo ofrecen el túmulo 4 en relación con el 3, el 13 o el 12. En todos estos casos el monumento que se ve a lo lejos indica la orientación general, pero es la situación en escorzo del monumento próximo la que marca el giro que debe hacer el viandante. Vemos pues que el tránsito permite entender no ya la distribución y emplazamiento de los túmulos de la sierra, sino también la configuración concreta de los grupos de túmulos y la posición local de éstos. Llegados a este punto sería fácil concluir que el movimiento es lo que explica todo y que la racionalidad de este modelo de emplazamiento se agota en una dimensión práctico-utilitaria según la cual los monumentos tendrían la función de mostrar el camino y serían la expresión formal de una especie de código de circulación (11). Los túmulos denotan una relación con los patrones de desplazamiento que permitía que cualquiera que conociera los principios de esta codificación pudiera transitar por este espacio, aunque lo desconociera. Sin embargo, es necesario mitigar el excesivo pan-transitismo que en los últimos años (11) Sería también muy fácil correlacionar este hecho con la presunta vigencia durante el neolítico atlántico de patrones de asentamiento móviles, formas de uso del suelo protoagrícolas y una domesticación incipiente del medio que mantenía sobre todo un ambiente silvestre. sacude a algunas aplicaciones de la Arqueología del Paisaje que se resuelven en señalar la relación de los elementos arqueológicos con el movimiento. Esta vinculación es más compleja; es el instrumento inicial de una tecnología para articular y organizar el paisaje cultural. La relación sirve para convertir la totalidad del espacio físico en un espacio construido, pues el tránsito crea vínculos entre los hitos artificiales que modifican ese espacio y le imponen un eje de referencias arquitectónicas. Para ampliar nuestra investigación, nos serviremos de una aplicación heterodoxa de los diagramas de permeabilidad. Esta técnica, muy útil en el estudio de espacios construidos (Millier y Hanson, 1984), nos permite crear un modelo abstracto de los patrones de acceso a un determinado espacio diferenciando sus estancias y los corredores, umbrales'o intervalos que hay entre ellos. En nuestro caso tomaremos cada túmulo como una estancia y cada etapa entre ellos como un corredor (Fig. 5). El esquema que obtenemos destaca por la simetría que contiene. Sin embargo, antes de profundizar en este punto, es preciso completar los restantes pasos del proceso analítico que seguimos (Santos et alii, 1991 \ ap. 1) y observar las correspondencias entre la distribución de túmulos y el análisis formal del espacio físico. Los monumentos en la naturaleza Se podría decir que en la SB la relación con accidentes naturales no parece haber sido especialmente importante; así, por ejemplo, la vinculación de los túmulos a afloramientos rocosos conspicuos no es mayoritaria; sin embargo, en la SB la relación con hitos naturales significativos adopta una morfología especial. Una variante específica de esta relación sería la vinculación de túmulos con petroglifos con representaciones de cazoletas. Según estudios recientes (Villoch, 1995a, b) esta relación es recurrente y las cazoletas tienden a definir el arco de visibilidad inmediata del túmulo. Se sitúan en la zona de ruptura de pendiente, manteniendo la continuidad visual completa entre ellas y los túmulos y marcando en cambio una discontinuidad con lo que viene después. De este modo las cazoletas ocupan un borde topográfico que se convierte también en un límite visual y efectivo. De este modo, las cazoletas habrían sido una señal artificial que identificaban la proximidad de un monumento, marcaban la línea de acceso hacia él situándose en el borde de la línea de tránsito y, posiblemente, limitaban el espacio sacral en torno al túmulo (Fig. 2). La cazoleta localizada entre los túmulos 1 y 2 habría tenido esta función. La cazoleta situada entre los monumentos 10 y 11 ofrece un ejemplo muy peculiar, se sitúa en el centro exacto del trayecto (12) sobre una roca de formas redondas y abultadas que marca el punto en el que la ruta entre ambos túmulos, siguiendo el río, debe pasar de la margen occidental a la oriental porque el relieve se hace demasiado escarpado e irregular por el poniente. En general, por lo tanto, las cazoletas sirvieron como un recurso técnico que artificializa y monumentaliza los elementos del espacio natural. Pero la vinculación más importante con hitos naturales adopta una morfología distinta: los lugares significativos del espacio físico. Las referencias naturales concretas (rocas) se sustituyen por la situación de los túmulos en posiciones monumentalizadoras: outeiros y chans. Esta observación puede parecer un tanto subjetiva o en todo caso inverificable. Necesita método y sistema. Cuando se compara la distribución de túmulos con el análisis de las formas elementales del espacio físico y, en definitiva, con su esquema topográfico, se observa que la totalidad (con excepción del 29) se emplazan sobre las principales formas topográficas (Fig. 6). Podemos ahora apreciar que la distribución de túmulos forma siete núcleos: tres de ellos se sitúan sobre cada uno de los chans antes definidos; otros tres en los puntos de inflexión entre ellos; y el séptimo en el interior de una de las dos cuencas individualizadas, la del Barbanza. Es más, si retomamos el diagrama de permeabilidad y sobre él inscribimos la formas del relieve en las que se sitúa cada grupo, apreciamos que toma mayor vigor la apariencia inicial de simetría. A lo largo de los corredores del diagrama, se sucede una alternancia bajo//alto que, después de la bifurcación de la ruta en la mitad Sur, se concreta en que uno de los corredores se incrusta en un relieve bajo mientras el otro se extiende por una forma elevada (Fig. 5). (12) La estimación se hizo utilizando tecnología de posicionamiento por satélite con corrección diferencial, lo que da a los coordenadas una precisión de 5 m (Amado, 1997). Análisis de cuencas visuales y esquema de las panorámicas dominadas desde los túmulos de la sierra. Monumentos y cuencas visuales Los túmulos que estamos estudiando están situados de tal modo que alguno de ellos es visible incluso desde más de 2 km de distancia; lógicamente son aquellos situados sobre formas elevadas, y que además tienen mayor número de intervisibilidades con otros túmulos. El análisis de las intervisibilidades nos muestra que, salvo algunas excepciones (en concreto 7: 1, 13, 10, 9, 21, 11 y 12, desde los que se distinguen http://tp.revistas.csic.es menos de 4 túmulos), desde todos ellos se perciben un elevado número de monumentos: la media se sitúa en tomo a 8-9 intervisibilidades y en algunos casos se superan las 15 (2, 6, 7, 14, 15 y 16) (13). Existe casi siempre intervisibilidad entre un túmulo y el inmediato (salvo en dos casos: entre 2 y 3, y entre 7 y 8). Esto quiere decir que las etapas de la ruta se marcan mediante una relación visual. Por otra parte, el análisis de las cuencas visuales percibidas desde los túmulos presenta una dualidad muy clara (Fig. 7). Los monumentos situados en posiciones deprimidas (inflexiones entre los chans o el valle del Barbanza) dominan una cuenca visual reducida. Mientras que los monumentos en posiciones elevadas controlan una cuenca visual más amplia. Vemos entonces que la conjunción de rutas y visibilización monumental permiten atravesar el espacio y comprenderlo como un conjunto unitario. Basándose en el reconocimiento de los monumentos y de la red de movimiento relacionada con ellos se representa un modo de organización del espacio que contiene al mismo tiempo un mapa cognitivo y una forma de domesticación mental del ambiente. El discurso y la visión, el discurrir y el ver, producen una experiencia concreta del espacio físico, que de hecho transforma a éste en espacio social cargado de significados simbólicos. Dado que ese modo de organización se impone al observador cuando éste atraviesa el terreno, la percepción de ese modelo de paisaje constituye una experiencia vivida. A lo largo del camino, el observador recibe unas percepciones que tienen la virtualidad de representarle el sentido de ese paisaje social. ¿Podemos entonces aprender alguna otra cosa sobre ese paisaje analizando esas percepciones? Como decíamos antes no podemos acceder a su dimensión estrictamente subjetiva o individual, ni reconstruir de forma exacta cómo percibían el paisaje los individuos prehistóricos. Pero al menos podemos reproducir de forma aproximada los escenarios que daban pie a esas percepciones, ya que esa experiencia concreta del espacio físico construida por el discurso y la visión, produce una serie de cuencas visuales que se suceden para el observador a lo largo del espacio que atraviesa. A pesar de la dualidad que diferencia cuencas amplias y cuencas reducidas, la mayor parte de esos escenarios megalíticos poseen uniforma básica semejante, caracterizada por la concurrencia de tres rasgos: Comprenden una panorámica circular cerrada visualmente, delimitada por divisorias topográficas y que comprende un área deprimida o cubeta, tanto topográfica como visual; esto es especialmente claro y lógico en los túmulos situados en vaguadas, pero también ocurre con los emplazados sobre cerros; en este caso son las lejanas líneas de cumbres las que cierran el abanico visual. El borde de esta panorámica está jalonado por accidentes naturales y por monumentos artificiales: sobre el límite principal ( 14) del horizonte visual se distingue siempre algún túmulo, a veces recortándose sobre la línea de horizonte. El escenario suele ttntr xxncentro u ombligo bien individualizado desde el que se percibe su totalidad y que se identifica mediante la presencia de un túmulo, situado en la cima de la forma elevada o en el eje de la forma deprimida. El modelo de escenario es siempre el mismo: círculos cerrados, con un centro monumental y un límite natural monumentalizado. Si inscribimos el esquema de cuencas visuales sobre el diagrama de permeabilidad (Fig. 8), percibimos que el tránsito produce una sucesión de dos escenas distintas que se ajustan a ese modelo básico y que se alternan: de acuerdo con las condiciones del relieve, en posiciones bajas se genera una panorámica reducida (escena 1), mientras en posiciones elevadas se obtiene una panorámica amplia (escena 2), pero en ambos casos el modelo del espacio percibido es el mismo. Estos rasgos también se observan en las cuencas visuales principales que se contemplan cuando se atraviesa el sector central de la SB aunque no se esté al lado de un túmulo o no se siga exactamente la red de tránsito antes definida. De este modo, el emplazamiento de los túmulos se convierte en el dispositivo artificial mediante el cual las diferencias y discontinuidades del espacio natural se domestican y convierten en espacios que se perciben como semejantes. Creemos que el hecho de que se mantenga una forma regular en todos estos casos marca hasta (13) Estos datos se obtuvieron cubriendo en el campo una matriz de visibilidades; son por lo tanto intervisibilidades reales y no aproximaciones derivadas de la cartografía o del uso de tecnología GIS. (14) Llamamos 'límite principal' a la primera línea de horizonte que se recorta en las visibilidades inmediatas y al que aparece a medio distancia pero siempre bien individualizado. qué punto la percepción estaba guiada por la construcción de escenarios preestablecidos. La conservación de una forma regular en ambas situaciones es de gran importancia, ya que muestra la existencia de un sistema uniforme de articulación del territorio basado en la sucesión o yuxtaposición de escenarios circulares que, además, repiten el mismo modelo perceptivo. LA ORGANIZACIÓN DEL ESPACIO (RESULTADOS Y PERSPECTIVAS) La estructura organizativa del paisaje monumental A partir del análisis formal del espacio físico y arqueológico, podemos ver que la experiencia del espacio construida por el paisaje megalítico se concreta en un^ sucesión de escenarios circulares presididos y delimitados por construcciones monumentales y articulados por la red de flujos del movimiento. Sin embargo todavía podemos ir más allá en el análisis. Pues en vez de limitarnos a ver el espacio tumular de la SB como una sucesión dt siete espacios o escenarios distintos, podemos intentar comprehenderlo como una unidad dentro de la cual se abrirían sectores específicos. La cuestión por lo tanto es: la organización del espacio tumular total de la SB ¿se limita a crear un orden mediante la agrupación de unidades discretas que repiten un mismo modelo n veces, o reproduce él mismo un principio de orden que confiere identidad a la totalidad? En este caso hay que ver cuál sería el modelo formal que sigue el sistema general. Nos anima a plantear esta última hipótesis el hecho de que la organización del sistema formal considerado presenta unas relaciones de simetría y proporción que sugieren la posibilidad de que funcionen en él principios organizadores de mayor escala qiie el nivel de cada grupo local de túmulos. Si observamos la sucesión de escenarios megalíticos sobre el diagrama de permeabilidad (Fig. 8) y le sobreimponemos el esquema fisiográfico, se aprecia que cada túmulo se encuentra en posición exactamente simétrica en el diagrama respecto al túmulo inverso. Es decir, dado un túmulo concreto del diagrama, el correspondiente inverso presentará características de emplazamiento paralelas a las de su complementario (Fig. 8). Así encontramos que los túmulos 2 y 16 se encuentran en la misma posición relativa en el diagrama. Lo mismo ocurre con 4,13 y 9, que marcan la transición entre las cuatro formas naturales ocupadas por los cuatro grupos de túmulos (los tres chans y el valle del Barbanza). El centro de la unidad central está marcado por dos túmulos simultáneamente: 6 y 7. Estos representan el centro del sistema total, pues hacia el Norte y hacia el Sur existe el mismo número de intervalos o túmulos. Estas observaciones se completan si, además del emplazamiento fisiográfíco y relativo, consideramos otros factores como las relaciones de visibilidad: los túmulos que marcan el centro de cada unidad son los más visibles del sistema (ie: los que se ven desde cualquiera de las unidades e incluso desde su exterior) y poseen además el mayor número de intervisibilidades. Finalmente, el juego de correspondencias simétricas en el espacio tumular de la SB se completa al considerar lo que en principio podría parecer el caso aberrante de unidad tumular que se corres-. Representación esquemática de la estructura organizativa del paisaje monumental de la sierra (arriba, en el centro), traslación de la misma al espacio físico (izquierda), y representación de las correspondencias simétricas del sistema tumular (abajo, en el centro, y derecha). ponde con la cuenca del Barbanza. Este grupo nos ofrece un ejemplo de simetría inversa, pues teniendo el mismo número de tramos que el grupo que discurre paralelo, presenta características opuestas: mientras el segundo ocupa zonas elevadas, el primero se encajona a lo largo de una zona deprimida. Además, aplicando las normas formales que estamos definiendo en el sistema, tendríamos que buscar un túmulo en el tramo del Barbanza que marque su centro y ocupe una posición paralela al monumento 15, que marca el centro del otro lado. Dado que por tratarse de una zona baja no podemos esperar encontrar un túmulo que destaque por su visibilidad, tendríamos que encontrar un monumento singular por algún otro rasgo. Curiosamente, el túmulo que se encuentra en esta posición es el de Arca da Barbanza (11) que representa la construcción megalítica más monumental de toda la SB y una de las de mayor porte de Galicia. Para completar la definición de este sistema tenemos que recordar que el sistema en su conjunto se introduce dentro de un espacio visual circular y cerrado, cuyo centro representan los túmulos 6 y 7, a partir de los cuales se aislan sendas mitades Norte y Sur, delimitadas visualmente. Esta circunstancia debe ser muy significativa y producto de una actitud intencional porque en ciertos casos (el túmulo 6, pero también 2 o 3) si se hubiera querido emplazar el túmulo dominando una amplia panorámica visual hacia el exterior de la sierra, se habría conseguido desplazando el monumento unas decenas de metros. Este rasgo se documenta en muchos ejemplos gallegos de emplazamiento de túmulos en sierras, y parece mostrar, además de una cierta indiferencia por controlar esas panorámicas, una voluntad firme por vincular el monumento a escenarios espaciales delimitados visualmente. Asimismo, las mitades definidas hacia el Este y Oeste de la alineación Norte-Sur de túmulos presentan como rasgo simétrico el estar ocupadas por las dos cuencas definidas previamente: la de A Grana al Este y la del Barbanza al Oeste. Aquí se acaba la semejanza entre ambas, que se completa con una correspondencia inversa bastante clara: mientras la cuenca occidental está ocupada por túmulos, la oriental carece de ellos; ésta en cambio es la zona más adecuada para el asentamiento humano y, como indican los diagramas polínicos, pudo haber estado en uso doméstico en momentos megalíticos, mientras que la primera presenta condiciones geográficas que la hacen inhóspita para un uso u ocupación prolongada. Podemos ahora hacer una descripción formal del sistema íntegro. Si las observaciones realizadas son ciertas, tendríamos que el conjunto tumular de la SB está organizado en función de un programa completo con normas complejas. El modelo de organización-estructuración del paisaje sería en síntesis el siguiente (Fig. 9): Un espacio circular delimitado visual y topográficamente, sobre el que la distribución de túmulos introduce un centro principal y marca un eje Norte-Sur que corta ese espacio en dos mitades con características opuestas. La mitad oriental ofrece un entorno en el que predominan las formas elevadas, el relieve abierto y en el que no se presentan obstáculos para la vista (hasta 3 km): es por lo tanto un espacio alto, abierto y visible. La mitad occidental en cambio (o más bien el cuadrante Sur de esta mitad) presenta un entorno en el que dominan las formas deprimidas, el relieve cerrado y fragmentado y en el que no es posible establecer relaciones visuales más que a corta distancia (1 km máximo): es por lo tanto un espacio bajo, cerrado y oculto. A su vez, la mitad oriental se completa con una cuenca apta para la ocupación humana y actividades en definitiva domésticas, mientras la occidental es inhóspita y predomina el inculto. Este modelo general se reproduce en unidades discretas más pequeñas en las que se subdivide el espacio a partir del centro geométrico del sistema. En concreto la primera unidad se corresponde con este centro y a ella se yuxtapone por el Norte otra unidad discreta semejante y por el Sur dos más, una en el cuadrante Sureste y otra en el Suroreste. La temporalidad del paisaje monumental Procede ahora hacer unas breves consideraciones sobre la diacronía del sistema. Esto supone tratar tanto el problema de su formación como el de su permanencia y recuperar el grupo de túmulos tipo Pedra da Xesta (23 a 27), que presentan la misma tipología y se individualizan perfectamente de los restantes monumentos de la SB. En principio prescindimos de ellos en el análisis anterior porque su presencia distorsionaba los resultados del proceso. Podemos ahora reintroducirlos y veremos cómo encajan dentro del paisaje monumental. El grupo de Pedra da Xesta se sitúa en el centro mismo del sistema. Por su parte, los otros cuatro túmulos de este tipo reconocidos en Barbanza (28, 29 y dos fuera del mapa), aunque se encuentran a considerable distancia del sector central de la sierra, se sitúan en cada una de las tres líneas de tránsito que conducen hacia el interior de la misma desde la periferia y que se corresponden con la prolongación de las tres líneas de tránsito que remarca el diagrama de permeabilidad analizado. Es más, este grupo se emplaza exactamente en el centro o eje natural del espacio de la sierra, en un punto que constituye un pequeño collado, que crea de hecho el vínculo entre dos formas elevadas (Fig. 10). Si con economía de medios, es decir. haciendo un número muy limitado de construcciones, hubiera que remarcar el centro del sistema, éste se pondría más sobre Pedra da Xesta que en el emplazamiento de 6 o 7. Estos dos monumentos sólo pueden operar como centro del sistema porque se complementan con otros monumentos que los equilibran (3 y 4 hacia el Norte y 8 y 13 hacia el Sur, todos en posición simétrica y complementaria). Por otra parte, parece muy indicativo el hecho de que la organización interna del grupo de Pedra da Xesta reproduzca el diseño del esquema formal que estamos considerando y la disposición de las tres líneas de tránsito antes citadas. Si a esto le añadimos que la evidencia cronológica parece indicar la prioridad temporal de este tipo de construcciones sobre los restantes tipos del megalitismo galaico, tendríamos aquí el testimonio de que los principios de articulación y organización del espacio tumular se impusieron desde el primer horizonte de construcciones monumentales y de que este modelo se mantuvo en sus líneas generales en momentos posteriores. Éstos, si algo hicieron, fue conferir mayor desarrollo, espesor y concreción a un modelo preexistente. Esto nos lleva a otro problema: valorar la significación de esta aparente larga duración del sistema. Procede hacer unas consideraciones sobre lo que esta concordancia indica en relación con la temporalidad del ciclo megalítico La continuidad significa ante todo permanencia del mismo modelo de comprensión del espacio natural, contenido en sus propias formas; significa que el paisaje monumental del megalitismo pleno de la SB incorpora un modelo de organización del espacio construido en el megalitismo inicial con recursos limitados y de escala reducida que a su vez se basa en una profunda comprensión de la lógica natural. Sin embargo, al tiempo que hay una incorporación de la tradición anterior, hay una cierta ruptura subrayada por el hecho de que las construcciones tipo Pedra da Xesta no se involucran en el modelo final. El examen de las relaciones de intervisibilidad tumular parece indicar que el modelo final hizo cierto uso práctico de los monumentos del primer momento. Prueba de ello sería que: la 'ruta megalítica' que atraviesa Barbanza está denotada por la existencia de relaciones de intervisibilidad entre los túmulos de cada intervalo; esta norma se incumple únicamente entre los túmulos 6-7 y 8-13; sin embargo la ruptura es falsa pues la relación la reestablece la intrusión del grupo de Pedra da Xesta en el centro de ese intervalo, existiendo intervisibilidad de los monumentos 6 y 7 con los 23-27 y a continuación entre éstos y los 8 y 13. La construcción del monumento de Dombate a principios del III milenio a.C, sobre otro monumento más pequeño y primitivo que quedó subsumido en el final (Bello, 1995: 49-50) es ejemplo del fenómeno de incorporación de las obras de fases iniciales por parte del megalitismo pleno. En ambos casos hay una relación de ambigüedad: como todo ejemplo de incorporación de una tradición cultural por otra, es al tiempo un acto de reafirmación de lo anterior y de negación o superación de ello. Se realiza un uso estratégico del pasado para legitimar una nueva situación. El modelo estructural del paisaje monumental (el sentido del espacio) Para acabar arriesgaremos algunas interpretaciones sobre el sentido que originalmente habrían transmitido o poseído las tecnologías de construcción del paisaje y de percepción del espacio que hemos intentado descubrir en la SB. Si intentamos hacer una descripción del modelo estructural (15) que subyace detrás de este modelo de articulación formal del paisaje, es posible que accedamos, desde la materialidad del propio sistema y sin introducir valoraciones o prejuicios extraños, a parte del sentido cultural de este código espacial. El modelo de articulación que se nos presenta concibe al espacio social como una unidad cerrada (panorámicas delimitadas) de morfología circular, introducida dentro de la naturaleza y en parte diluida en ella (pues el principio de codificación empleado reutiliza los recursos naturales y se basa en una comprensión profunda del espacio natural), y en parte construida sobre ella (pues sustantiva con elementos artificiales ese espacio natural), ocupada por un centro de carácter ceremonial y funerario, con dos mitades muy claras y de signo opuesto: una abierta a la acción humana de carácter doméstico, y la otra cerrada, oculta y orientada hacia el lado inculto e inhóspito de la naturaleza. En un sentido más interpretativo, pero pegados lo más posible a la materialidad de las correspon- dencias formales, podemos decir que la vinculación monumento/tránsito indica que el túmulo funciona como referente artificial de un complejo código de señales que transmite información sobre las rutas. Además de la función práctica, evidentemente también tenía una dimensión simbólica importante. Por una parte vinculaba el mundo de la muerte con el camino y representaba el vínculo entre la vida y la muerte, basada en una metáfora del movimiento y el discurso. Por otra utilizaba dramática y escenográficamente el movimiento, el acceso y la aproximación al túmulo, como un recurso básico para construir su monumentalidad. O dicho de otro modo: el proceso de domesticación simbólica del espacio se apoya en un control del espacio-tiempo basado en la visibilidad y permanencia inherente a la construcción monumental y, en el control y manipulación de la experiencia del tiempo y del movimiento sobre el espacio que se produce a través de los túmulos. Al mismo tiempo, la hegemonía de la percepción circular del espacio tal vez se deba entender como una expresión metafórica de la domesticación humana del entorno. La forma circular es la mejor expresión del dominio y el control, del mismo modo que las panorámicas circulares son el fundamento dtl panóptico. Encontramos aquí un fenómeno que es de gran importancia en el neolítico europeo: la existencia de patrones circulares de organización del espacio que se concretan en la reutilización de espacios naturales y/o en la construcción de espacios artificiales y, más en general, en la producción de formas de percepción del paisaje basadas en la circularidad. Dejaremos para otro momento el análisis de este tema y con ello la comprobación de que la misma estructura formal que hemos deducido se encuentra en otros niveles espaciales del fenómeno megalítico, como el diseño arquitectónico, y en otros puntos del Neolítico atlántico. La estrategia práctica seguida en este trabajo consistió en contraponer los espacios arqueológicos (ie: la distribución de monumentos, su emplazamiento y las tipologías arquitectónicas; elementos que podemos observar sin necesidad de realizar excavaciones) con los datos-geográficos y fisiográficos. Esto nos permitió descubrir las correspondencias y deconstruir los modelos de organización espacial existentes dentro del paisaje ce-remonial megalítico. A partir de aquí pudimos describir el modelo de articulación del paisaje monumental y el posible modelo estructural al que ese paisaje responde. En este análisis nos centramos inicialmente en el estudio de los monumentos más recientes, para volver después sobre los antiguos y adquirir así una visión diacrónica de los cambios y continuidades en el paisaje monumental. Una consecuencia importante fue descubrir que en diferentes niveles espaciales del paisaje monumental se recuperan los mismos principios de articulación o codificación del espacio. Haciendo una aproximación tipo zoom, comprobamos esta regularidad a nivel de todo el espacio tumular de la SB, de cada una de las unidades o grupos que lo componen y de la organización y disposición concreta de un pequeño grupo de túmulos. Aunque hemos arriesgado alguna interpretación sobre la significación cultural de estos modelos, creemos que de sus propias características formales se deriva una cierta comprensión débil de los mismos. Intentamos contribuir al programa teórico-metodológico que propusimos en otro punto (Criado, 1993a) para desarrollar dentro de la Arqueología los procedimientos necesarios para evaluar los contenidos implícitos en la materialidad del registro arqueológico, reconociendo éstos por sí mismos y sin necesidad de cargar de interpretación subjetiva nuestra práctica. No se trata de reconstruir el sentido original a partir de la percepción que nosotros experimentamos en la actualidad. Esto supondría postular la existencia de una subjetividad transcultural cuya proximidad subjetiva a la nuestra nos permitiría comprenderla. Se trata antes bien de percibir desde una subjetividad otra distinta, porque la forma como se manifestaron los fenómenos de la primera poseen una materialidad que se impone a la nuestra. El precio a pagar por esta tentativa es, además de los riesgos que se asumen, limitar la interpretación a las observaciones con más peso objetivo e inhibir en cambio la pulsión interpretativa de parte de los arqueólogos actuales: stop making sense. A Isabel Cobas y David Barreiro por soportar con nosotros en el campo temperaturas extremas.
Se presentan los resultados de la excavación en los niveles del III milenio cal. AC del pequeño abrigo rocoso de la Bauma del Serrât del Pont. El yacimiento fue ocupado por un grupo pequeño que organizó el espacio interno con una estructura de material perecedero, excepto en el nivel 11.5. Algunos datos indican que las ocupaciones pudieron tener un carácter estacional. Los estudios multidisciplinares reconstruyen un aprovechamiento diversificado de recursos locales, entre los que se integran los dedicados a las tareas metalúrgicas. Se documentan aleaciones intencionadas de bronce de gran antigüedad, el empleo de vasijas horno con o sin decoración campaniforme, y toberas de arcilla. Los objetivos iniciales de investigación se centraron, por una parte, en el análisis diacrónico de las ocupaciones en abrigo y cavidades kársticas y, por otra, y con mayor énfasis, en la caracterización del modo de ocupación, incidiendo tanto en los aspectos de tipo socio-económico como en los de carácter etnográfico. La formulación diferenciada de estas dos líneas de trabajo complementarias pretende enfatizar la necesidad de un mejor conocimiento de las ocupaciones humanas en abrigos o cavidades kársticas del Pirineo catalán, superar la mera caracterización tipológica del material (aumentar los puntos en la repartición espacial de determinados tipos), y ampliar a la vez las cuestiones estrictamente estratigráficas que se vienen priorizando en la investigación de este tipo de asentamientos. De manera particular, se pretende remarcar el interés de una parte de los resultados obtenidos durante el período 1991-1994 en el yacimiento de la Bauma del Serrât del Pont. Dada su especificidad, se ha creído conveniente ofrecer, sobre algunos aspectos, un desarrollo analítico y expositivo más extenso que el contemplado en la publicación monográfica de los mismos (Alcalde et alii, 1997). En este sentido y dado que una parte significativa de la información que se utiliza en este artículo proviene del trabajo interdisciplinar realizado en el marco general del proyecto, por parte de todo el equipo de investigadores/as, remitimos a la consulta de la publicación monográfica en el caso de desear completar la información sobre temas específicos. BREVE HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES: LA SECUENCIA ESTRATIGRÁFICA La Bauma del Serrât del Pont (Fig. 1) es un pequeño abrigo rocoso situado en el NE de Cataluña, en el macizo calcáreo de la Alta Garrotxa (provincia de Girona) y al lado mismo del río Llierca, afluente del Fluvià, a una altura sobre el nivel del mar de 260 m (Lám. Los trabajos sistemáticos de excavación han permitido distinguir hasta el momento, gracias a las asociaciones recurrentes (1) La financiación de los trabajos de excavación ha sido realizada por el Servei d'Arqueologia de la Generalitat de Catalunya, mientras que para la realización de diferentes análisis se han recibido complementos económicos del Centre d'Investigacions Arqueologiques de Girona (Museu d'Arqueologia de Catalunya) y del Museu Comarcal de la Garrotxa. de restos antrópicos, un total de doce ocupaciones pre y protohistóricas diferenciadas, además de la utilización puntual de este abrigo para diversas finalidades en época romana, medieval y moderna. En relación a las ocupaciones de época ibérica (niveles arqueológicos IL Lay IL 1.b), se ha documentado una fase principal fechada en los siglos III-II AC y una segunda ocupación de carácter más puntual entre los siglos V-IV AC. De la ocupación principal se ha excavado un muro y diversas estructuras domésticas que, conjuntamente con el resto de material arqueológico, evidencian que en este espacio se había instalado un grupo humano dedicado principalmente a la explotación ganadera y, de manera particular, a la cría de ganado porcino (Alcalde et alii, 1994). Siguiendo la secuencia estratigráfíca, al Bronce Final (niveles arqueológicos 11.2.a y IL2.b), corresponden dos fases sucesivas de utilización poco espaciadas temporalmente. Se ha identificado una cabana de planta rectangular que delimita un espacio de 54 m2. La existencia de estructuras de combustión, áreas de procesamiento de vegetales y la distribución general de las diferentes categorías de material arqueológico, evidencian que este espacio se habría destinado principalmente a actividades domésticas y de vida cotidiana de un grupo reducido de personas, que explotaron una gran diversidad de recursos naturales disponibles en el entorno inmediato al asentamiento. Durante este periodo el abrigo cumpliría la función de un asentamiento temporal, probablemente de carácter estacional, vinculado también a la explotación ganadera (Alcalde etalii, 1994). AC, constituyendo de esta manera una de las raras secuencias estratigráficas existentes para este intervalo temporal en el nordeste peninsular. El primero de estos niveles corresponde a un tradicional Bronce Antiguo, y los restantes al Calcolítico. Los trabajos arqueológicos de campo realizados a partir de 1994 han documentado la existencia, como mínimo, de otros cuatro niveles arqueológicos, dos correspondientes al neolítico final, uno al neolítico antiguo y uno al mesolítico, todos ellos en curso de excavación y estudio. Entrando de manera concreta en las cuestiones específicas que se abordan en este artículo, cabe resaltar que la caracterización socioeconómica de los grupos humanos que habitaron este abrigo durante el III milenio cal. AC constituye una documentación de primer orden en relación al conocimiento de la primeras producciones metalúrgicas del nordeste peninsular. La información aportada hasta el momento por este yacimiento contribuirá, sin duda, a avivar la polémica y la discusión planteada entorno a la significación del vaso campaniforme. La constatación de la producción local de vasos de estilo campaniforme, así como de su utilización corno elementos técnicos en el marco del proceso metalúrgico, aparte de novedosa, amplía considerablemente y diversifica el conjunto de datos disponibles hasta el momento en el marco geográfico del nordeste peninsular. ESTRUCTURACIÓN DEL ESPACIO DURANTE EL III MILENIO cal. Las cuatro ocupaciones del III milenio cal. AC se caracterizan por la presencia de estructuras domésticas con una utilización del espacio dedicado al desarrollo de las actividades productivas implicadas en la subsistencia y mantenimiento de los grupos humanos que lo habitaban. Sin embargo, la organización de este espacio muestra pautas heterogéneas en relación a la intensidad, funcionalidad y duración de estas ocupaciones. Destaca un cierto grado de especificidad en la ocupación del nivel II.5, interpretada como taller metalúrgico, lo que no excluye la práctica de actividades metalúrgicas en las otras tres ocupaciones. La singularidad mencionada para el nivel II.5 reside en la ausencia de elementos constructivos propios de estructuras habitacionales, tal y como se documenta en el resto de ocupaciones calcolíticas y de la Edad del Bronce de este abrigo. Las estructuras de habitación consisten en cabanas de planta rectangular, situadas en la parte central del abrigo rocoso natural, construidas principalmente con materiales perecederos, aunque existen ligeras diferencias en las técnicas constructivas de los niveles II.3 y II.4 y la del nivel III. En el nivel II.3 el espacio de habitación estaría delimitado por doce estructuras de sostenimiento de planta circular, excavadas en el subsuelo. Su conformación general permite caracterizarla como una estructura aérea básica y de construc- ción simple, resaltando la presencia de un pequeño hogar interior, mientras que un segundo de mayor diámetro se ubica al exterior. De manera análoga, en el nivel 11.4, un conjunto de cinco estructuras de sostenimiento distribuidas de manera ordenada permiten precisar la disposición rectangular de los soportes verticales, destacando un elemento que funcionaría como soporte central de la cubierta. En cambio, en el nivel III. 1 se ha documentado una organización relativamente más compleja. La estructura de habitación reposa, en este caso, sobre una base que realizaría la función de aislante (empedrado), de tendencia rectangular y construida a partir de bloques de piedra calcárea de reducidas dimensiones, que ocupa una superficie aproximada de 24 m2. Cinco estructuras de sostenimiento rodean esta plataforma, reforzadas también en su eje central. El elemento más característico de estas ocupaciones, y particularmente en el nivel II.5, lo constituyen las estructuras de combustión y las áreas adyacentes de vaciado y dispersión de residuos. De diversas configuraciones y contenidos, presentan diferencias cuantitativas y cualitativas significativas, tanto en su situación, como en su utilización. El combustible implicado en su alimentación se ha recogido, en todos los casos, en las inmediaciones del asentamiento. Se ha documentado la utilización de 17 especies de madera diferentes (Fig. 2), pero predominan el roble y boj, no observándose una dinámica diferencial respecto a los criterios de selección y utilización de las mismas. Quercus caducifolis La ubicación del hogar y áreas de evacuación de los residuos de combustión en el nivel IL4 (Fig. 3), evidencia que los procesos de trabajo relacionados con las mismas se llevarían a cabo en el exterior de la habitación, a diferencia del procesado de materias vegetales, que se realizaría en el interior de la habitación cubierta, tal como indica la concentración significativa de morteros y molinos asociables directamente a estas actividades. La distribución espacial de las diferentes categorías de material arqueológico recuperado muestran una dinámica diferencial en relación al espacio interno/externo de la habitación, concentrándose principalmente en el espacio exterior. Esta misma relación se ha constatado para los niveles II.3 y III. 1, si bien durante esta última ocupación el hogar se sitúa en el interior de la habitación construida. La ocupación del nivel arqueológico II.5 (Fig. 4) presenta un número superior de hogares (tres), todos de características análogas, destacando sus elevadas dimensiones y una fuerte dispersión de residuos de combustión en la práctica totalidad del área excavada. Los hogares están situados fuera de la cornisa del abrigo, hecho que facilitaría probablemente la evacuación del humo. Las estructuras de combustión no presentan en este caso las características de los hogares de uso doméstico descritos anteriormente. Se trata de estructuras de tipo plano, con una ligera depresión donde se acumulan un número relativamente elevado de fragmentos de piedra termo-alterados. Se observa también un cierto grado de diferenciación, respecto a los niveles ILS, n.4 y IIL1, en las frecuencias de representación y características técnico-estilísticas de los objetos de ornamentación, instrumentos líticos y materiales cerámicos. Estas características, junto a las mencionadas anteriormente, permiten plantear una utilización diferente de este espacio. Se ha propuesto, en este sentido, una práctica específica de actividades vinculadas a la transformación del metal y producción de objetos de cobre. LA GESTION DE LOS RECURSOS ANIMALES Y VEGETALES: DIVERSIDAD Y COMPLEMENTARIEDAD DE LAS PRACTICAS SUBSISTENCIALES Si bien, la articulación espacial de los diversos elementos arqueológicos registrados para cada ocupación muestra una estructuración diferencial del espacio, el análisis de los restos orgánicos permite proponer una modalidad de gestión de los recursos naturales y domésticos análoga para las tres ocupaciones. Los procesos de trabajo implicados en la adquisición, manutención, manipulación y consumo de los recursos animales y vegetales no varían sustancialmente de una ocupación a otra. En este sentido, las comunidades que habitaban este abrigo durante el intervalo temporal considerado presentan como característica principal la práctica de una estrategia de subsistencia diversificada y no especializada, centrada mayoritariamente en la explotación de los recursos domésticos y complementada por una actividad de caza, pesca y recolección. Se ha documentado el consumo predominante de cereales domésticos, concretamente Hordeum vulgare y Triticum aestivum/durum, destacando, la total ausencia de leguminosas (Buxó, enAlcalde et alii, 1997) (Tab. La explotación de plantas cultivadas queda evidenciada únicamente por la presencia de restos de cereales. La ausencia de restos asociables directamente a las actividades de trillado puede estar indicando que estas operaciones se desarrollaban en un lugar externo al propio asentamiento.Tampoco se han identificado estructuras de mantenimiento u otros elementos relacionados con el almacenaje de vegetales comestibles. Dentro del conjunto de plantas silvestres aprovechadas con finalidades alimentarias destaca la recolección de frutos comestibles tales como bellotas, uvas, cerezas, vid silvestre y gerd. Los porcentajes de representación de estas últimas son significativamente más bajos que los de los cereales. La gestión y explotación de los recursos animales sigue una dinámica análoga a la descrita para los recursos vegetales. Existe una ganadería mixta centrada sobre cuatro especies principales (Tab. 2), buey, cerdo, oveja y cabra, y orientada principalmente a la producción y obtención de alimento cárnico, tal como demuestra la estructura de las poblaciones animales sacrificadas de cada una de las especies, caracterizada por el predominio de machos en edad juvenil, especialmente en el caso de los bóvidos y suidos (Tab. En relación a estos últimos, la abundante presencia de dentición decidual en los niveles ILS y IILl, ha llevado a proponer su cría y estabulación en el mismo lugar de ocupación (Saña, enAlcalde eí a///, 1997). No se dispone hasta el momento de datos suficientes para incidir de manera concreta en el modo y tipo de ganadería practicada con los ovicaprinos, si bien se ha constatado para cada ocupación la presencia simultánea de oveja y cabra. La actividad de caza, desarrollada de forma puntual y con menor importancia dentro del conjunto de procesos de trabajo destinados a la consecución de proteínas de origen animal, se dirige principalmente sobre aquellas especies salvajes potencialmente disponibles en los diversos ecosistemas que rodean el asentamiento. Aunque diversificada, predominan los mamíferos de tamaño medio tales como ciervo, jabalí, cabra salvaje y corzo. Complementan esta asociación el lobo, tejón, zorro, liebre, tortuga de agua dulce y algunas aves no determinadas específicamente. No se dispone de pruebas directas del consumo de los carnívoros de tamaño pequeño. Cabe contemplar en este sentido, que la explotación de su piel puede constituir también uno de los objetivos que conlleven a su adquisición y sacrificio. Se ha documentado igualmente la pesca de especies de agua dulce (Tab. Este amplio grado de diversificación en la explotación de los recursos salvajes se ha constatado también, tal como se ha señalado anteriormente, para los recursos vegetales implicados en la obtención de combustible para los hogares (Ros, en Alcalde et alii, 1997), utilizándose para esta finalidad un amplio espectro de maderas procedentes de diferentes ámbitos del paisaje local. De manera genérica, los datos paleoecológicos (Burjachs y Ros, en Alcalde etalii, 1997) (Fig. 5) muestran un paisaje vegetal en el entorno de este asentamiento bastante diversificado, constituido por todo un mosaico de formaciones vegetales que abarcan desde bosques hasta prados de pasto y campos de cultivo. Se trata, por tanto, de un paisaje modulado por la acción antrópica, en el marco de un clima de tipo mediterráneo, templado y subhúmedo. Los lugares más húmedos y de umbría estaban formados básicamente por robledales-encinares, complementado por arces, espinos cervales y Rosaceae-Pomoideae-Prwnw^*. Las zonas más abiertas y de sotobosque estarían constituidas, como mínimo, por boj, aladierna, labíernago, brezo y estepas. Al lado de los cursos de agua se encontraban bosques propios de ribera, con avellanos, aliso, saúco, olmo, fresno, e higuera, y con enea en las aguas embalsadas. En las montañas de la región se encontraban pinares y abetosas. Este entorno se fragmentaría en los lugares adecuados para el cultivo y estaría más o menos aclarado como consecuencia del uso del territorio, de su morfología y del clima, tal como lo indican los taxones heliofilos. A partir de los datos expuestos, podemos caracterizar a los grupos humanos que habitaron este abrigo como unidades sociales autosufucientes que gestionaban de manera relativamente autónoma los recursos domésticos. Esta consideración no excluye la posibilidad de que los animales sacrificados y cereales consumidos formaran parte de cosechas y rebaños mas amplios, propiedad de una comunidad de base a la cual pertenecían el grupo de personas que se desplazaban temporalmente al valle del Llierca. Esta última posibilidad vendría en parte reforzada por el grado de diversificación de la actividad ganadera y por la gestión equilibrada que se hace de las diferentes especies domésticas, así como por la ausencia de eviden- cias directas sobre actividades relacionadas con la cosecha y trillado de cereales. En este sentido, una ganadería diversificada permite minimizar los riesgos inherentes a la propia actividad ganadera. El sacrificio equilibrado de individuos de las diferentes especies reproducidas bajo condiciones artificiales contribuye igualmente a mantener y asegurar la propia reproducción de los rebaños. De aquí se desprende el papel complementario de las actividades de caza, pesca y recolección. La plena consolidación de las técnicas ganaderas queda igualmente apoyada por la explotación de las producciones derivadas en el caso de los recursos animales. Si bien los datos analizados hasta el momento apuntan hacia que las diversas ocupaciones serian temporalmente cortas, la información sobre el carácter estacional o no de las mismas es más bien escasa. En este sentido, y en relación a la gestión de los recursos animales, los únicos datos disponibles pertenecen a la ocupación del nivel IL4 (Saña, en Alcalde et alii, 1997). En éste, se detecta una elevada homogeneidad en los patrones de sacrificio de las especies animales, tanto salvajes como domésticas, con dominio de juveniles y neonatos (a excepción de los pequeños carnívoros). Estas pautas, a parte de estar relacionas directamente con los criterios de selección derivados de las necesidades de la comunidad, podrían estar indicando la ocupación de este abrigo durante una determinada estación del año, teniendo en cuenta, no obstante, que en el caso de las especies domésticas los ritmos naturales de reproducción pueden verse modificados por la presión y selección humana, especialmente para el caso de los suidos. El posible carácter estacional de la ocupación del nivel n.3 (Buxó, enAlcalde^í a/¿/, 1997) se apoyaría en la presencia de especies como malva y bellotas, plantas cuya recolección se vincula preferentemente a la estación otoñal. LA PRODUCCIÓN DE ARTEFACTOS Y LA IMPORTANCIA DE LAS MATERIAS PRIMAS LOCALES La secuencia y el registro material obtenido en la Bauma del Serrât del Pont para el tercer milenio constituye un documento de primer orden para el conocimiento de la evolución diacrónica de las producciones materiales, principalmente las cerámicas, en el nordeste peninsular mientos del NE peninsular con una presencia elevada y significativa de cerámica campaniforme (media del 23% de las formas individualizadas). A nuestro entender, estas cerámicas, de características morfológicas y decorativas similares a las conocidas en la zona del Pirineo Catalán, presentan tres aspectos realmente significativos (Fig. 6): presencia de vasos campaniformes de estilo internacional en contextos no funerarios, presencia conjunta de vasos de diversos estilos (internacional y pirenaico) en el mismo nivel de ocupación y con unas dataciones radiométricas altas, que los sitúa entre las más altas conocidas en el conjunto de la Península Ibérica junto a LaAtayuela (Harrison, 1988) o La cova de les Cendres (Bernabeu, 1989), y finalmente la utilización de vasos campaniformes de estilo pirenaico como vasijas-horno. i Fig. 6. Decoraciones de cerámicas campaniformes. aspecto que comentaremos en la parte de producciones metalúrgicas (cf. infra). En el aspecto cronológico, las dataciones asociadas a las decoraciones campaniformes de la Bauma presentan una gran sintonía con zonas o regiones alejadas, como es el caso de las costas Mediterráneas, paralelizables con las recuperadas en la zona del Midi francés (Voruz, 1995) y que se pueden hacer extensivas a otras regiones europeas, como se ha evidenciado recientemente (Castro et alii, 1996), dificultando la interpretación clásica de un foco originario y una posterior dispersión de los productos. Aun así, la proliferación de unas producciones o mejor dicho de unas morfologías y estéticas determinadas (Fig. 7), en un amplio marco territorial, indican la evidencia de intercambios, contactos o influencias que se establecen con una gran rapidez, probablemente fruto de la solidez de las redes de información entre los grupos de la primera mitad del III milenio cal. El análisis de las materias primas implicadas en la fabricación de los recipientes cerámicos (Clop y Alvarez, en Alcalde et alii, 1997) permite establecer tres grupos petrográficos diferenciados, si bien todos entran en la categoría de producciones locales. Destaca, pues, el uso exclusivo de materias primas procedentes de depósitos del entorno inmediato al yacimiento. La presencia, en algunos de los fragmentos analizados, de elementos minerales de origen volcánico ha permitido fijar para estos casos una distancia aproximada de 4 Km desde el yacimiento. Se trata, en general, de producciones relativamente poco especializadas. Otro dato significativo es la homogeneidad constatada en la materia prima utilizada para la manufactura de los recipienfes cerámicos, independientemente de su forma y adscripción estilística, documentándose también unas características análogas para la fabricación de las vasijas-horno, recipientes utilizados en actividades tecnológicas específicas. El resto de materias utilizadas en la producción de objetos líticos, instrumentos vinculados al procesado de vegetales (molinos, morteros), instrumentos vinculados a la actividad metalúrgica (toberas), a la actividad texfil (fusayola) y a las actividades agrícolas (hachas y hoces), son también en su practica mayoría de origen local. Cabe mencionar en este sentido la utilización de sílex, cuarzo, basalto y arenisca, todas ellas materias disponibles en el entorno inmediato del asentamiento. EL CASO PARTICULAR DE LAS ACTIVIDADES METALÚRGICAS El registro arqueológico ha proporcionado un conjunto importante y diversificado de elementos relacionados con la actividad metalúrgica. Mayoritariamente se trata de vasijas-horno, utilizadas en el proceso de reducción de minerales de cobre. Estos fi'agmentos cerámicos presentan la superficie exterior agrietada, con adherencias escoriáceas y restos de mineral de cobre en su cara interna, con claros indicios de rubefacción y de haber estado sometidos a altas temperaturas. En la Bauma, las vasijas-horno consisten en recipientes de diferentes formas y tamaños, pero dado su estado fragmentario solo en un caso ha sido posible reconstruir el tamaño (23 cm de diámetro de boca), y en otros tres casos podría tratarse de vasos abiertos de paredes rectas y posible perfil troncocónico (Fig. 8). Los fragmentos con decoración campaniforme de estilo pirenaico, corresponderían también a formas simples de tipo abierto, principalmente cuencos. Se han identificado un total de 65 fragmentos cerámicos (2), aunque existen algunos más que pudieron haber tenido esta misma función. Su distribución en cada uno de los cuatro niveles no es uniforme, aunque en todos ellos hay fragmentos decorados. En los lisos se observa una mayor presencia en el nivel n.5, seguido del IILl (Tab. La estimación del numero mínimo de vasijas es muy compleja, dado su alto grado de fragmentación. Sin embargo, teniendo en cuenta el número de bordes diferenciados y la decoración, tendríamos un mínimo de 14 vasos para el conjunto de fragmentos lisos y 5 para los cuencos de tipo campaniforme. En una publicación preliminar clasificamos estos elementos como fragmentos de crisoles (Alcalde et alii, 1994), clasificación que en la publicación definitiva (Alcalde et alii, 1997) ha sido revisada, otorgándole la función de vasijas-hornos. Únicamente el fragmento n° 12 de la figura 8 podría pertenecer en realidad a un crisol, pero no es posible asegurarlo por su pequeño tamaño y desarrollo. Además de las vasijas-horno, se han recuperado dos toberas de arcilla, una en el nivel ILS y otra en el nivel n.5 (Fig. 9). La primera es de forma cilindrica y con una perforación longitudinal; conserva completa la parte inferior con una anchura de 2.2 cm, ensanchándose hasta 2,7 cm en el extremo fracturado. La perforación mide 8 mm de diámetro. La segunda tobera se encuentra fragmentada en los dos extremos. El diámetro del cuerpo es 2,3 cm mientras que en el extremo fragmentado de la boquilla aumenta a 2,6 cm y la anchura de la perforación longitudinal es de 7 mm. La fractura en la zona de la cabeza nos impide sai Fig. 8. Fragmentos de borde de vasijas-horno del yacimiento. (2) Hasta la fecha es el conjunto publicado más numeroso de vasijas-horno, le sigue El Ventorro (Madrid) con 63 fragmentos. (Priego y Quero, 1992). ber si corresponde al tipo de tobera de trompa, similar a la de la cueva de Peyroche II (Ardeche, Francia), o su desarrollo sería de borde engrosado como las de Cabane des Clausis (Altos Alpes, Francia) (Gattiglia y Rossi, 1995) o la procedente de Buraco da Pala (Tras os Montes, Portugal) (Sanches, 1996). Completan el inventario de materiales dos pequeños restos de fundición, de los niveles 11.3 y IL5, y quizás un canto rodado de forma oval con una concavidad en una de sus caras, es decir, una piedra con cazoleta, que se podría relacionar con la trituración del mineral. En relación a manufacturas metálicas, se ha recuperado una punta de flecha en el nivel III. 1, un punzón biapuntado en el nivel II.4, un fragmento de aguja o punzón y un fragmento de varilla procedentes del nivel II.3 (Fig. 10). Esta última presenta una sección ovalada y la parte distal está marcada por un ligero rebaje que debería facilitar su atadura. La flecha presenta una punta triangular plana simple sin alerones ni arista bifacial y con pedúnculo ancho. Los paralelos de este tipo de objeto son numerosos, destacando la procedente del yacimiento de la Pedra del Sacrifie! (Osona), a pesar de que algunos investigadores han discutido su posición estratigráñca (Muñoz, 1965). El punzón biapuntado tiene una longitud aproximada de 50 mm., una anchura máxima de 4 mm., con uno de los extremos ligeramente torcido. Se trata de un instrumento relativamente bien documentado en contextos del calcolítico-bronce antiguo de Cataluña como, por ejemplo, en la Cova d'Aiguës Vives (Olius, Lleida) (Serra Vilaró,1923) o en la cova de l'Heura (Ulldemolins, Tarragona) (Vilaseca, 1973). Una parte de estos materiales han sido analizados para estudiar su composición. La técnica empleada ha sido la fluorescencia de rayos X en energía dispersiva (XRF-EDS) (3) y los valores expresados en % en peso quedan recogidos en la tabla 6. Los resultados obtenidos en los análisis de los restos de vasijas horno nos muestran un uso de materias primas diferentes, incluso dentro de un mismo nivel de ocupación. Estos restos corresponden a un proceso de reducción de minerales de cobre, principalmente de carácter no ferruginoso. (3) Los análisis se realizaron dentro del Proyecto Arqueometaiurgia de la Península Ibérica (PB92-0315) en el hoy Instituto de Patrimonio Histórico Español (IPHE) del Ministerio de Educación y Cultura. dada la escasa cantidad de hierro presente en su composición, y sin adición de fundentes. La variaciones detectadas en los elementos analizados señalan la utilización de minerales de cobre con alta proporción de antimonio en las muestras PA6324 (6.89%) y PA6328 (mayoritario aunque no cuantificado), ambos del nivel 11.5, mientras que en el resto de adherencias debió usarse otro u otros tipos de minerales, ya que el antimonio apenas se presenta como impureza. Entre esos otros restos se puede diferenciar un mineral caracterizado por un polimetalismo cobre-estaño en el fragmento PA6326 (nivel II.4), y otro mineral de relativa pureza en los fragmentos PA6327 y PA6325 (nivel II. Una cuarta variedad de mineral se identifica en el resto de fundición del nivel II.3 (PA6353) en el que aparece cuantificada una relativa cantidad de plomo. La reducción de minerales de cobre con plomo queda confirmado en ese mismo nivel por la presencia de este elemento en el análisis del punzón o aguja (PA6332). Esta asociación cobreplomo u otra similar fue también utilizada durante la ocupación calcolítica, ya que, aunque en ninguna de las adherencias cerámicas se ha identificado, aparece en un resto de fundición (PA6352) y en la punta de flecha (PA6335). En esta última pieza la presencia de antimonio lo diferencia de los anteriores minerales y pudiera tratarse de otro recurso mineral o de una pieza de otra procedencia. Destaca en este conjunto de análisis la gran diversidad en el polimetalismo de los minerales, hecho que nos ha conducido a investigar y a realizar un muestreo de las diferentes formaciones mineralógicas existentes en el valle. Composición de los materiales de la Bauma del Serrât del Pont (La Garrotxa, Girona). Valores expresados en % en peso (det = presente; nd = no detectado; tr = trazas). EL AREA DE CAPTACIÓN DE MATERIAS PRIMAS METALÚRGICAS La alta Garrotxa, que forma parte del pre-Pirineo, es una zona montañosa y abrupta debido a la fuerte actividad tectónica que actuó durante la orogenia alpina. Las rocas que la constituyen, calcáreas y margas sobre todo, se sedimentaron durante el eoceno, hace unos 40 millones de años, posteriormente se plegaron y fracturaron, originando un conjunto de fallas y cabalgamientos que modelaron la zona. Algunos de estos cabalgamientos facilitaron el afloramiento de rocas metamórficas y granitos del paleozoico, destacándose el hecho que tanto los granitos, como en menor medida las rocas metamórficas, afloraron junto con mineralizaciones de diversos tipos. Las cuñas de granitos y rocas paleozoicas alargadas, en dirección E-W, se hallan sobre todo en la parte alta de la zona y afloran de manera intermitente. Así, se localizan debajo del Puig de Bassegoda (Ayora y Casas, 1985), antes de Sant Aniol de Agujes, en el valle de Ormoier, en la riera de Oix debajo del Montpetit, por encima de Rocabruna y cerca del pueblo de La Manera. En todas ellas hay localizadas mineralizaciones y posibles minas. De este a oeste se hallarían debajo del Bassegoda al lado de la casa de Can Manera, en el valle de Riu al lado de la casa de "can Agustí de Riu", en el valle de Ormoier en la zona de los Casals, al oeste del pueblo de Oix en la Ferreria y Can Quic y finalmente en las Ferreres al norte de Rocabruna. Las mineralizaciones más abundantes se encuentran en los granitos, presentándose en forma de filones, los cuales tienen un origen posterior a los granitos. Los filones están compuestos de sulfatos de baritina, galena, pequeñas canfidades de calcopirita y alteraciones posteriores en forma de malaquita, gohetita y azurita. También se halla una mineralización estratiforme en los minerales paleozoicos que afloran al norte de la Ermita de Riu. La mineralización está formada por galena, esfalerita, pirita y no presenta alteraciones en forma de carbonato básico de cobre (malaquita). Se dispone de referencias históricas que evidencian la extracción de minerales de cobre en la cabecera y valles próximos a la Bauma del Serrât del Pont: "en el valle de Riu, en la vertiente Oeste del pico de Bassegoda, exploró la mina San José, en el sitio llamado Basch d'Agustí, un filón irregular de galena acerada con ganga de cuarzo, que lleva pintas de chalkosina, con 0,30 m de espesor que arma en la pizarra siluriana." Se cita también que en Riu: "... en la orilla derecha del río se concedió la mina Providencia sobre un filón de baritina y siderosa con bolsadas pequeñas de cobre gris y chalkosina, que arma en granatina, cuya roca, por su gran dureza ha impedido la exploración del criadero. En la misma orilla, aguas arriba, asoma una roca feldespàtica con manchas de malaquita azul y verde, presentando un filón dirigido al E 10° N con un grueso de 40 cm". Pueden citarse también las referencias sobre las explotaciones de Rocabruna, en uno de los valles de los afluentes del río Llierca: "unos trabajos antiguos, cuyo origen se ignora en la localidad, descubren, en el sitio llamado Las ferreres, distante tres kilómetros del pueblo, casi en la divisoria de fronteras, un filón vertical de cuarzo con baritina, encerrando ri- ñones de burnonita, chalkosina y malaquita" (Vidal, 1886:342). En los trabajos de Sola-Morales encontramos más precisiones sobre estas minas de Rocabruna, en las que en 1735 se otorgó una licencia para: "iniciar alguna cata entre los términos de esta última parroquia (Molió) y la de Rocabruna, y particularmente en la sierra de Vernadell, obteniendo cobre en buena proporción (de 16 onzas de tierras, 2 1/2 de cobre)" (Sola Morales, 1956: 1.622-1.623). Se tiene constancia de la explotación en época romana en la mina de La Ferrera de Rocabruna. De esa época se conserva aún el interesante entramado de galerías, pequeñas y estrechas, las cuales presentan alteraciones en forma de carbonatos de cobre. Estas minas fueron las últimas en donde se extrajo el mineral, cerrándose hace tan solo unos 30 años. A partir de 1738 D. Martín Verdun y Compañía explotan una mina en la sierra del Vernardell y Sola-Morales (1956: 1.627) menciona una carta de 1739 en la que se especifica que: "de la mina delVernardell se sacaban de 3 libras y 5 onzas de plomo (o sea, de galena argentífera) 2 onzas de plata, sin contar con una mayor abundancia de cobre que se extraía también y por el cual parece se hallaba particularmente interesado el Intendente Gl. de Cataluña, Sardne, para la fabricación de cañones". Estos documentos nos han orientado en la prospección geológica de la zona con el objetivo de localizar los afloramientos de minerales y extraer muestras. Los mapas geológicos (4) e informes ños permiten completar este panorama sobre materias primas (Fig. 11). Contamos en estos momentos con 8 muestras analizadas de dos estaciones. La Ferrera en Rocabruna y Manera. Se han realizado análisis (5) de Difracción de Rayos X para identificar las fases cristalinas en cada una de ellas (Tab. Los resultados confirman el polimetalismo ya comentado y la existencia de arseniatos de cobre en las muestras de color verdoso de La Ferrera, pequeños indicios de estaño en las de color violeta y presencia de antimonio en ambos tipos de muestra, además de indicios de bismuto y algo de plomo. Por su parte, en las muestras de la Manera se ha identificado principalmente compuestos de cobre, estaño y hierro y más esporádicamente arsénico y níquel. EL TRABAJO METALÚRGICO: VASIJAS-HORNO Y ALEACIONES La reutilización de vasijas de carácter doméstico para tareas metalúrgicas es un hecho ampliamente constatado en la Prehistoria de la Península Ibérica (Gómez Ramos, 1996b), sin embargo aún cuesta comprender el por qué de la falta de especificidad en su manufactura, como elemento que participa en una actividad supuestamente especializada. La constatación continua del uso de diferentes formas en un mismo yacimiento, tal y como hemos visto para la Bauma, formas a su vez diferentes entre yacimientos, enfatiza aún más ese carácter inespecífico del contenedor utilizado en la transformación del mineral. Los análisis de pastas de estos fragmentos hasta ahora siempre revelan que no se diferencian en nada del resto de las producciones cerámicas de los yacimientos en los que aparecen, realizadas generalmente con arcillas de origen local (Montero, 1994: 227; Rovira y Montero, 1994: 160), hecho que también corrobora el único fragmento analizado de la Bauma. El que además de las vasijas empleadas en las labores más cotidianas se llegue a emplear otras decoradas, en este caso con estilo campaniforme, cuyo valor simbólico no añade nada ja su función, ya que el destino final es la rotura"completa de la vasija, nos sugiere la idea de un reaprovechamiento de piezas fuera de uso. Las vasijas-horno con decoración campaniforme de la Bauma incrementan la lista de fragmentos y yacimientos con pautas metalúrgicas similares, aunque en este caso su número, 18, es superior al total de fragmentos identificados en otros lugares: las dos piezas de El Ventorro en Madrid (Quero y Priego, 1992), los dos fragmentos de un mismo vaso de Sont Matge en Mallorca (Waldren, 1986: 6) y un fragmento de El Acebuchal en Sevilla (Harrison ^í a///, 1976: 90) (Fig. 12). La cuestión de los bronces Otro aspecto de gran interés conocido gracias a los análisis de los materiales metálicos de La Bauma es la presencia de aleaciones con estaño. Los dos elementos pertenecientes al nivel n.3, correspondiente al Bronce Antiguo y con una fecha de referencia de 3840 ± 90 BP (2560de 3840 ± 90 BP ( -1975 ponder a un fragmento de metal formado en la transformación conjunta de mineral de cobre con mineral de estaño. La mezcla de ambos minerales impide controlar la proporción final de la aleación, produciendo generalmente contenidos altos de estaño si la temperatura de trabajo es elevada (6), lo que a su vez genera un metal con más impurezas de hierro. Esta situación concuerda con la composición de la aguja o punzón (PA6332), con una tasa alta de estaño (23.5 % Sn) que no permite dudar de su adición intencional al metal. Se necesitan condiciones reductoras muy estrictas si se quiere que el óxido de estaño (casiterita) entregue el estaño metálico durante el proceso de reducción conjunta. El ambiente en el "horno" ha de ser por tanto muy rico en monóxido de carbono, lo cual implica poca ventilación y una buena alimentación de carbón para mantener la (6) El procesamiento conjunto de mineral de estaño y de cobre es práctica común a lo largo de toda la Prehistoria Reciente. Está documentado en los niveles de transición del Bronce Antiguo al Medio de Monte Aguilar I (Navarra), en el yacimiento del Bronce Final de Peña Negra (Alicante) (Gómez Ramos, 1996b: 136 y 138) o en el Castrelín de San Juan de Paluezas (León) durante la segunda Edad del Hierro (Fernández-Posse et alii, 1993: 208). temperatura entre 900° y 1200'' C, a partir de esta última la eficacia de la reacción aumenta y ya es bastante fácil obtener bronce (Rostoker et alii, 1983: 25-26). En los materiales calcolíticos de la Bauma es más difícil asegurar la intencionalidad de la aleación. Solo tres de ellos presentan porcentajes de estaño por encima del 1 %. En la adherencia cerámica (PA6326) del nivel II.4 parece que se redujo un mineral de cobre con asociación natural de estaño, del tipo documentado en las minas de La Perrera, o en la más alejada de Riner, también en el área pirenaica (Serra Vilaro, 1924). En este caso, el estaño atrapado en la pared escoriácea ha sido escaso, y desconocemos qué proporción pudo pasar al metal. Esta cantidad, sin embargo, no debió ser elevada, ya que en las escorias y adherencias suelen cuantificarse valores porcentuales mucho más altos, a excepción del cobre como metal de base, que los que se detectarían en el metal obtenido durante el proceso en que se formaron. El resto de fundición PA6352, perteneciente al nivel II.5, con un porcentaje del 7.68 % Sn, se sitúa por encima, pero próximo a la encrucijada del 6%, considerado de manera teórica límite para la formación de un bronce natural. En esa misma situación (7.09 % Sn) se encuentra la punta de flecha del nivel III. Los argumentos contrarios a una aleación deliberada en estas dos piezas se centran en la propia tecnología de fundición. En hornos como los descritos para esta época (vasijas-horno), que no permiten el mantenimiento de altas temperaturas y trabajan en procesos reductores, resulta fácil retener el arsénico del mineral original, variando la proporción en función de la temperatura, pero es muy difícil que el metal (cobre) retenga estaño. Este queda en su mayor parte en las adherencias y restos escoriáceos en forma de óxido. Por tanto, aunque se utilicen minerales de cobre ricos en estaño no se obtendrán bronces naturales mientras no se domine una mayor temperatura en el horno. Esta situación es la que se constata en el yacimiento madrileño de Villaviciosa de Odón, donde el procesamiento de mineral de cobre con estaño no produjo bronce (Rovira y Montero, 1994:166-67). Sin embargo, en la Bauma están documentadas toberas para ventilación, elementos que ayudan a aumentar la temperatura de trabajo y proporcionan mejores condiciones de procesado. Una de ellas apareció en el nivel del Bronce Antiguo, en el que hemos deducido temperaturas altas durante la transformación conjunta de minerales de cobre y estaño. La otra tobera pertenece al mismo nivel II.5 que el resto de fundición de bronce. Por tanto, los metalúrgicos de la Bauma pudieron estar trabajando en condiciones más propicias que otros de sus contemporáneos peninsulares, logrando bronces de manera accidental. En este sentido, resulta llamativa la presencia de toberas de arcilla tínicamente en el tercio norte peninsular (7). Ni siquiera durante el Bronce Medio han sido documentadas en las zonas centrales y meridionales de España, cuando son de uso comiín desde el Calcolítico en Francia, Italia o países de Europa central (Gattiglia y Rossi, 1995). En cualquier caso, sea natural o intencionada la presencia de estaño en el metal de los niveles caleolíticos, el material de la Edad del Bronce (nivel II.3) corrobora y consolida una cronología para las aleaciones de bronce más antigua en el norte de la Península Ibérica que en el sur, tal y como expusieran Fernández-Miranda y otros (1995). Las fechas actualmente conocidas no establecen ningún desfase entre el norte de la Península Ibérica y el resto de Europa. En el entorno más cercano a la Bauma, conocemos el puñal de remaches delAbri du Capitaine (BassesAlpes, Francia) asociado a cerámica campaniforme, en niveles no del todo claros, y por tanto sin una vinculación directa a la fecha de 4100 ± 140 BP (3000-2200 cal. Su bajo contenido en estaño (~ 3-5 %) nos coloca en la misma posición de duda sobre su intencionalidad que los materiales calcolíticos de la Bauma. En consecuencia, podríamos situar el conocimiento de la aleación con estaño en un momento anterior a mediados del III milenio cal. AC, asociada al resto de fundición de bronce). Este conocimiento de la aleación no impidió que durante mucho tiempo siguieran fabricándose de manera mayoritaria objetos de cobre. En la propia Bauma se aprecia esta circunstancia en la composición de algunas vasijas-horno y en el punzón de cobre del nivel II.4. De hecho, en Cataluña la mayoría de los objetos del Bronce Antiguo analizados en el Proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica son cobres o cobres arsenicados (Rovira ^í a/n, 1997). LA PRODUCCIÓN DE METAL EN EL ASENTAMIENTO DE LA BAUMA DEL SERRAT PONT: IMPLICACIONES SOCIO-ECONÓMICAS Tal como se evidencia a partir de los datos expuestos en este trabajo, los grupos humanos que habitaron este abrigo durante el intervalo temporal analizado hacían un uso diversificado de la amplia variedad de recursos naturales disponibles en el valle del Llierca. Esta diversificación incluye desde los recursos animales y vegetales, adquiridos a partir de una practica puntual de las actividades de caza, pesca y recolección, hasta los recursos minerales implicados en la producción de recipientes cerámicos y objetos de metal. El aprovechamiento temporal y no intensivo de esta gran variedad de recursos, junto con las características particulares que presenta el lugar de habitación, nos inclinan a pensar que, si bien la producción metalúrgica desempeñaba un papel importante dentro del conjunto de procesos de trabajo realizados durante estas ocupaciones, no constituye, sin embargo, una actividad exclusiva. Esta última consideración vendría reforzada por el hecho de que el mineral utilizado como materia prima para la fabricación de instrumentos de metal es relativamente variable, no haciéndose uso exclusivo de una misma mineralización, característica que permite proponer un cierto grado de provisionalidad. De esta manera, las actividades implicadas en el proceso de producción metalúrgica quedarían plenamente integradas dentro de la estrategia económica general practicada, siendo uno más de los procesos de trabajo destinados a la subsistencia y mantenimiento de las diversas comunidades que ocuparon este abrigo. De todos modos, debemos citar como probable excepción a esta dinámica general la ocupación del nivel II.5. Cabe preguntarnos, pues, dadas las características concretas que presentan las ocupaciones, el motivo de estos desplazamientos puntuales al valle del Llierca. Partiendo de la base de que el registro arqueológico nos muestra la instalación de un grupo reducido de personas, el procesamiento y consumo de un amplio espectro de productos animales y vegetales y la fabricación local de la mayor parte de los instrumentos de trabajo requeridos para satisfacer las necesidades básicas, es factible considerar que la unidad social implicada en cada ocupación formara parte de una comunidad o poblado de carácter estable, localizado en terrenos más aptos para el desarrollo de las actividades agrícola-ganaderas. A pesar de las prospecciones realizadas en el entorno inmediato del abrigo, no se ha localizado ningún vestigio de habitat permanente, ni en la zona del Valle del Pluvia, ni en sus proximidades, que por sus características orográficas sería lugar idóneo para este tipo de asentamiento, tal y como muestra su ocupación en periodos anteriores, con un modelo de complementariedad entre asentamientos de valle y los ubicados en zonas más agrestes (Bosch, 1994). La actual ausencia de asentamientos del III milenio cal. AC en los valles de la zona de la Garrotxa no es sinómino, a nuestro entender, de su inexistencia, pues como ha evidenciado últimamente la investigación, los habitats del llano tienen una localización difícil y azarosa, debido tanto a los fenómenos postdeposicionales (fuerte actividad agrícola,...) como por los vestigios que los configuran (estructuras negativas: fosas, silos,...). En efecto, algunos asentamientos excavados recientemente, como el Institut de Batxillerat en Osona (Boquer et alii, 1995), el de Minferri en el Segrià (Llusa et alii, 1990; Equip Minferri, 1997) o también en el Vallès, de grandes dimensiones que pueden alcanzar varias hectáreas de extensión, y con indicadores de una fuerte actividad agrícola-ganadera predisponen a revisar los modelos de distribución del poblamiento vigentes para este periodo desde los años 60. Ese modelo insistía en la dualidad de pobla-ciones o "grupos culturales" a partir de la distribución geográfica de los asentamientos (por ejemplo, Tarradell, 1962). En la interpretación actual, esta separación se transformaría en una complementariedad económica y social, dada la situación de estos asentamientos en valles interiores rodeados de pequeñas cordilleras donde se ubican un número importante de asentamientos coetáneos, como los sepulcros megalíticos; las cuevas sepulcrales o de habitat, debían tener un papel complementario (actividades de pastoreo, territorios de explotación,...) LaBauma del Serrât del Pont, permite avanzar en la definición de este modelo, a partir esta vez de la documentación de uno de estos asentamientos pequeños que debían completar el modelo de distribución poblacional en este III milenio AC. En este marco, la práctica de la actividad metalúrgica podría ser una de las causas que motivaran estos' desplazamientos, si bien hay que remarcar de nuevo el carácter no específico de la misma. Esta se realizaría durante un intervalo temporal concreto del año y todos los procesos de trabajo relacionados con la misma, desde la captación de los minerales hasta la producción de objetos de cobre, se desarrollarían en el valle del Llierca. De aquí la denominación de taller. Cabe pensar en que esta instalación de la Bauma no es la única y que este tipo de asentamientos-taller, cerca de las zonas de afloramiento de mineral, serían más generalizadas. Hasta el momento, y en un marco temporal más amplio y para la zona del nordeste peninsular, únicamente se han relacionado con la actividad metalúrgica dos áreas principales: la zona de Riner en el Solsones (Lleida) (Serra Vilaró, 1924) y la zona de las montañas de Prades (Tarragona) (Vilaseca, 1973). En ambos casos se trata de antiguos hallazgos, con un nivel de información muy parcial. Hay que añadir a esta relación los resultados más recientes obtenidos para el yacimiento de Cova del Frare (Martín, 1992), con la presencia también de vasijas-horno. La documentación detallada del taller de la Bauma del Serrât del Pont se convierte, pues, en documento clave para el conocimiento del marco socioeconómico en el que se llevaron a cabo las primeras producciones de cobre y bronce. La continuación del proyecto, con la ampliación del muestreo mineralógico, permitirá sin duda profundizar en este problema histórico. EL NORDESTE DE LA PENINSULA IBÉRICA Verdoso-violeta Violeta Verdoso Violeta Violeta Verdoso Verdoso Verdoso Violeta Verdoso Verdoso Verdoso y Marrón Verdoso Marrón Verdoso Marrón Tab. Especies minerales identiñcadas por Difracción de Rayos X.
LA HINOJOSA (CUENCA) PRIMITIVA BUENO RAMIREZ (*) RODRIGO DE BALBÍN BEHRMANN (*) MARGARITA DÍAZ-ANDREU (**) AMPARO ALDECOA QUINTANA (*) El trabajo que ahora presentamos se basa en el análisis de las grafías, su ubicación en el soporte y su relación con el entorno, en una zona concreta, el término de La Hinojosa, en Cuenca, lugar en el que tenemos bien documentadas ocupaciones calcolíticas y de la Edad del Bronce. Nuestra propuesta es la de comprender dichos grabados como una parte de las expresiones del Arte Esquemático peninsular, en este caso asociadas a un contexto habitacional y, a partir de ahí, aportar elementos para la comprensión de su "mensaje" desde una perspectiva más amplia que incluye otros contextos habitacionales para conjuntos de grabados al aire libre en la Península Ibérica. o grabados y pinturas al interior de monumentos sepulcrales (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1992). Creemos que hoy día puede afirmarse la coexistencia de diversas versiones gráficas sobre distintos soportes, y desde luego, una variedad de mensajes que sólo análisis pormenorizados de las grafías, su situación, asociación en el soporte y relación con el entorno ambiental, nos permitirán ir delimitando. Otro de los asertos que caracterizaba el análisis del Arte Esquemático era el de su situación geográfica preponderante en la zona sur de la Península (Acosta, 1968: 17). Con ambas premisas, la técnica y la situación geográfica, los grabados quedaban sensiblemente relegados, pues técnicamente no encajaban en la propuesta y su situación geográfica era mucho mayor que la exclusivamente sureña. Esto explica el desconocimiento que de ellos hemos tenido hasta fechas muy recientes, salvedad hecha de los petroglifos gallegos con una tradición de estudio que posee más de un siglo, claramente respaldada en la investigación peninsular. APROXIMACIÓN A LOS DATOS. Una primera aproximación a los datos es la que parte del trabajo de campo y, por tanto, de la obtención de documentación gráfica. Otra es evidentemente la interpretativa, la explicación de nuestra posición acerca de la comprensión cultural de la cuestión y los argumentos técnicos y formales que avalan nuestra hipótesis. En la primera parte, la toma de datos sobre el terreno, nos basamos en la metodología más extendida para el análisis del Arte Paleolítico. Desgraciadamente no existe un consenso en los sistemas utilizados para la toma de datos en el Arte Postpaleolítico. Una premisa fundamental, como es la del respeto máximo al soporte, se cumple muy escasamente y se aplican unturas, como el famoso método bicromático (1), que en nada favorecen la conservación del soporte. Por otra parte. si lo que se pretende es la obtención de un calco lo más completo posible, el método bicromático y las demás posibles tinturas cubren y eliminan la pintura, ocultan los grabados finos y, por tanto, ni siquiera contribuyen al fin previsto. Probablemente ningún investigador usaría estos métodos en cuevas paleolíticas, por difícil que fuese la observación de los grabados, pues existe en el estudio del Arte Paleolítico un consenso básico sobre el respeto al soporte que aún no hemos conseguido entre los investigadores del Arte Postpaleolítico. La utilización de la fotografía con su enorme cantidad de recursos, constituye para nosotros el punto de partida para la elaboración de los calcos. En el campo realizamos plantas y alzados de los paneles a escala, con la situación y medidas de los motivos visibles. En el laboratorio se elaboran las fotografías, endureciendo los negativos para delimitar al máximo las líneas grabadas, y se procesan las tomas mejores con un programa Adobe Photoshop. Esta información se contrasta con la recogida en las fichas de carnpo y con ella se elaboran los primeros calcos. Éstos se comprueban de nuevo sobre el terreno y se reinicia el proceso (2). A tenor de la dificultad del yacimiento se hacen más o menos verificaciones de los calcos. El proceso permite, además, acumular gran cantidad de información gráfica, lo que supone un medio más de conservación del Patrimonio rupestre (3). Nuestra aproximación teórica parte de la admisión de la técnica del grabado como una técnica antigua. Afirmación que se basa en la constatación de la presencia de éste en ambientes antiguos, en su posibilidad de datación y en la relación gráfica de los temas grabados con los pintados (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1992; Balbín Behrmann y Bueno Ramírez, 1996a). Aproximaciones al tema desde la Arqueología del Paisaje demuestran la relación topográfica entre paneles grabados al aire libre y yacimientos antiguos (Bradley et alii, 1994a y b; Bradley y Fábregas, 1996; Peña y Rey, 1993; Villoch, 1995). Este aspecto se ha desarrollado bastante en (1) Consiste en la aplicación sucesiva de dos tinturas diferentes una negra, a la que se superpone otra blanca, con el objetivo de dar realce a los grabados presentes en el soporte. Este sistema ha sido muy utilizado en Portugal, especialmente sobre menhires decorados (Gomes, 1994). (2) Los calcos han sido elaborados por A. Aldecoa, R. de Balbín y P. Bueno, y pasados a limpio por A. Aldecoa, J.J. Aleolea, S. Ruiz y B. de Andrés. Las fotografás y su posterior procesado son obra de R. Balbín. T. P.,55,n.M, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es el ámbito de estudio de los Petroglifos gallegos, aunque no así en otras zonas de la Península. Nuestro estudio de dispersión de yacimientos (4) en el término de La Hinojosa y su relación con los soportes grabados, forma parte de esta línea de análisis. Otros componentes necesarios en las manifestaciones gráficas son el estilo y técnica de los grabados y el análisis asociativo de las distintas grafías. La metodología más desarrollada, que es la aplicada al Arte Paleolítico, aboga por clasificar éste a partir del conocimiento y existencia de unos "estilos" reflejo de tipos formales y ubicaciones en el espacio. Los estilos poseen connotaciones cronológicas que se establecen a partir de comparaciones con objetos muebles localizados en estratigrafía. Nosotros hemos sostenido que para el Arte Esquemático pueden tomarse referencias arqueológicas, a partir del estudio del Arte Megalítico (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1992, 1997), con sus diversos componentes pintados y grabados sobre los megalitos, en esculturas exentas (Bueno Ramírez, 1991,1995), en diversas versiones muebles (Bueno Ramírez, 1992), o al aire libre, caso admitido para los menhires. El análisis del Arte Megalítico, su conocimiento exhaustivo y su posibilidad de datación pueden constituirse en un punto de partida para elaborar una tipología estilística de las manifestaciones gráficas postpaleolíticas, que en unos años nos permita concretar atribuciones culturales y cronológicas. Por tanto, en la interpretación que proponemos para los grabados de La Hinojosa, expondremos relaciones estilísticas, en el sentido de formas y asociaciones gráficas, que consideramos significativas. La variedad de soportes, la variedad de técnicas, y la regionalización de los contenidos, nos obligan a buscar explicaciones para el Arte Esquemático concebido como nosotros proponemos. Recordaremos aquí la multitud de técnicas y soportes del Arte Paleolítico y sus versiones regionales, lo que no impide que se considere como un todo desde el punto de vista de su análisis. (4) Los datos sobre la situación de los yacimientos Calcolíticos y de la Edad del Bronce en el término de La Hinojosa, se basan en el análisis territorial realizado por M. Díaz-Andreu (1994) para su tesis doctoral. Fue esta investigadora la que nos dio a conocer la existencia de estos grabados, en su día descubiertos y dados a conocer en prensa por D. Vicente Martínez Millán. ARTE ESQUEMÁTICO EN LA PROVINCIA DE CUENCA Establecido que nuestro análisis parte de la base de la calificación de los grabados al aire libre de La Hinojosa como Arte Esquemático, conviene realizar un pequeño resumen de lo conocido de estas manifestaciones en la provincia de Cuenca (Fig. 1). Siguiendo las pautas de la época, y al no encontrarse en la zona clásica, el conjunto de Villar del Humo se interpretó como marginal y de ahí los raros sincretismos entre Arte Levantino y Arte Esquemático que se proponían para el mis- 1/ ------^C;^^-""""'"' (Acosta, 1983; Alonso, 1984Alonso,, 1985;;Alonso et alii, 1982) que indican la complejidad de lo representado y el interés de su estudio, que me-rece una monografía como la que creemos está en preparación por parte del equipo de Anna Alonso. En los años 80 comenzaron a aparecer más evidencias de Arte Esquemático pintado en Cuenca, concretamente en el río Guadazaón, descubiertas por el grupo espeleológico Lobetum (5). Sólo uno de los abrigos estudiados en aquel momento fue publicado, el de la Peña de Aldebarán (Piñón, 1987). Los descubrimientos continúan y en 1992 se publica el abrigo de la Hoz de Vicente (Martínez Perelló y Díaz-Andreu, 1992). Este abrigo contiene elementos levantinos y de Arte Esquemático al igual que otros muchos de la zona de Levante o de La Mancha. La presencia de grabado al aire libre es un hecho conocido en la provincia de Cuenca, pero habitualmente no publicado. Los grabados en cueva tienen en Cuenca un solo ejemplo publicado, el de la Sima del Cerro "Cabeza de la Fuente" (Martínez Navarrete y Pérez Sierra, 1985). Los autores describen una figura humana con ojos, cejas, nariz, boca triangular y el cuerpo sugerido por el volumen del soporte, situando su realización en la Edad del Hierro. La presencia de una figura antropomorfa postpaleolítica, esta vez en cueva, ratificaba la existencia de Arte Esquemático en Cuenca y su relación con las figuraciones antropomorfas tan propias del Neolítico, Calcolítico y Bronce en la Península Ibérica. En esas fechas ya se había publicado el ídolo de Chillaron (Almagro Basch, 1966) y el de Parra de las Vegas (Bueno Ramírez, 1983), ejemplos de la existencia de ese arte antropomorfo en nuestra provincia. La documentación de importantes conjuntos al aire libre, como el que aquí presentamos, y como los que sabemos existen en el término de Cervera del Llano, nos permite augurar un panorama diferente en los próximos años para el estudio del Arte Esquemático en esta zona del interior peninsular. LOS DATOS: GRABADOS AL AIRE LIBRE EN EL TÉRMINO DE LA HINOJOSA (CUENCA) El término de La Hinojosa se sitúa en plena zona manchega conquense, al sur de la provincia, en un lugar de transición entre los valles del Júcar y del Guadiana. En la actualidad, el Júcar está embalsado y nuestro sector se encuentra surcado por pequeños arroyos y ramblas, entre las que habría que destacar, por su importancia en la distribución del paisaje, la rambla de la Alcudia. Es igualmente destacable la existencia de fuentes en abundancia que explican la riqueza agrícola del valle, situado entre los afloramientos rocosos de La Hinojosa y Cervera al Este, y los del Pilar y Sierra Negra al Oeste (Lám. Los mencionados afloramientos se ubican en torno a los 900 m. sobre el nivel del mar. Su composición geológica es de calizas alternando con areniscas (Bullón y Díaz-Andreu, 1992). I. El pueblo actual de La Hinojosa situado sobre los farallones rocosos que dominan el valle (Foto R. de Balbín). yor parte de los poblados calcolíticos documentados se asientan sobre estos afloramientos rocosos, con claro control sobre el valle próximo. Su situación convierte a éste, además, en un paso natural entre la región valenciana y la Meseta. Los grabados del término de La Hinojosa se distribuyen en 11 localizaciones (6), cuyos nombre y situación en coordenadas U.T.M. sobre la Hoja 662 del mapa 1:50.000, reflejamos en el cuadro adjunto (Tab. En éste constan igualmente la cantidad de paneles grabados y una identiñcación sucinta de sus grafías y asociaciones. No aparecen medidas, pues las escalas dan suñciente referencia granea (7). TÉCNICAS, TEMAS Y ASOCIACIONES La técnica más extendida en estos conjuntos al aire libre es la del piqueteado. Consiste en golpear la piedra con otro instrumento, normalmente de piedra también, con movimientos^ secuenciados que permiten obtener una línea. Ésta posteriormente se repasa, bien con mayor profusión de golpes, bien mediante abrasión. A veces se producen auténticas excavaciones, llegando a ser determinados motivos, especialmente las cazoletas, muy profundos. La apariencia del piqueteado puede ser más ñna o menos, en relación a la anchura del canal obtenido, pero en ningún caso se han documentado en la zona de estudio incisiones lineales, que además se conservan peor en este tipo de piedra. Tampoco se usan preparados previos del soporte, del mismo modo que no son comunes en el Arte Esquemático pintado. El único ejemplo en el que estos preparados están demostrados es en el conjunto del Arte Megalítico, ya sea en ortostatos dolménicos, ya sea en estatuas-menhir, estelas antropomorfas o menhires de contextos dolménicos. El espacio proporcionado por el soporte se utiliza como recurso graneo, en diversas versiones. La primera de ellas es la selección del mismo con orientaciones distintas (Tab. Orientación predominante de los temas grabados al aire libre en La Hinojosa: I-vertical; -horizontal. Desde luego, no puede maximalizarse esta dicotomía de orientaciones, pero sí es destacable su incidencia en este sector, y es una apreciación realizada en otros conjuntos al aire libre, caso de los petroglifos gallegos. En un trabajo reciente de Vázquez Rozas (1995) se señala que las formas figurativas, especialmente las antropomorfas, tienden a presentarse en paneles inclinados o de tendencia más vertical que otras grafías; hay que recordar que la orientación predominante en los petroglifos gallegos es la cenital, constituyéndose círculos y cazoletas en el tema más reiterado hacia el cénit (Vázquez Rozas, 1995: 71; Villoch Vázquez, 1995: 52). Las formas naturales o relieves del soporte se usan en la composición. Así los recuadros grabados que realzan cazoletas naturales en el Santo, o la reexcavación de éstas para señalarlas aún más. Otro modo de utilizar el espacio para organizar una representación según "tempos" es el que muestra la Roca Grande San Bernardino (Fig. 2). Las escenas se dividen en tres, dos de ellas obli-cuas en el espacio general y otra, en la zona inferior, como complemento del mensaje. El panel 2 queda vacío, dejando un espacio notorio que aumenta la sensación espacio/tiempo entre los opuestos 1 y 3. Posteriormente, este vacío del panel 2 se cubrió con formas alfabéticas que no incluimos en el calco para no distorsionar la imagen original. La dicotomía que sugiere la posición de los paneles 1 y 3 se ve ratificada por la aparición mayoritaria de individuos masculinos en el panel 1 y femeninos en el 3 (Lám. Ambos grupos están Lám. IL Panel 3 de la Roca Grande de San Bernardino con las figuras femeninas (Foto R. de Balbín). presididos por una figuración solar (Lám. III) de proporciones considerables que protagoniza igualmente el panel 4, en el que diversas versiones antropomorfas constituyen otro foco de interés. Estos recursos aplicados al uso del espacio contribuyen a crear una trama, en la que intervienen contraposiciones de género y lugar, situación más Lám. Detalle de la gran cazoleta-sol acompañada de canales-rayos de la Roca Grande de San Bernardino (Foto R. de Balbín). O menos destacada de determinados motivos, y cierto afán de jerarquización, confirmado no sólo por la orientación, sino también por el tamaño de los objetos. Las escenas descritas, los componentes de los grupos y la orientación de aquéllas nos permiten interpretar el conjunto de la Roca de San Bernardino como una danza presidida por el sol, en la que intervienen hombres y mujeres. Si consideramos que la orientación hace que un grupo quede mejor iluminado que otro, según las horas del día, incluso se puede afirmar que hombres y mujeres bailan en horas distintas del día o protagonizan una secuencia conünua de danza al sol. Es más que probable que los rituales allí realizados estuvieran presididos por libaciones u otras ceremonias acompañadas del vertido de líquidos en los gruesos canales y la gran cazoleta central del conjunto descrito, en una versión vitalizadora Lám. Situación de la Roca Grande de San Bernardino en las proximidades del afloramiento rocoso de La Hinojosa (Foto R. de Balbín). de la realidad que contaría con la luz solar y algún líquido acompañante (Lám. Gráficamente, los grabados de La Hinojosa se resumen en cazoletas y canales, antropomorfos y temas geométricos. Algunos indicios nos permiten suponer que se realizaron cuadrúpedos. El tema de las cazoletas es mayoritario. Se localizan en todos los paneles descritos en mayor o menor medida, solas o acompañadas de otras grafías. Su existencia y su adscripción a época prehistórica ha sido objeto de discusión desde muy antiguo. Su situación mayoritaria al aire libre, la posibilidad contrastada de que puedan existir en algunos contextos geológicos de modo natural y la simpleza de su ejecución hacían que una parte de la investigación las desechara como temática prehistórica. También es cierto que conocemos cazoletas en contextos más antiguos y más recientes, pero nos parece significativo en el caso que estudiamos su asociación con temas antropomorfos y esteliformes de grafía esquemática. No sólo comparten el territorio de los poblados Calcolítico/Bronce del sector, sino que repiten idéntica orientación a la documentada en otros conjuntos posiblemente contemporáneos, como los grabados gallegos. A ello podemos añadir que representan una figura muy similar a los puntos pintados en el Arte Esquemático y que, como éstos, suelen asociarse a antropomorfos y soles. Muchas de estas cazoletas aparecen unidas por canales, ejecutando en ocasiones entramados complejos en un sistema compositivo documentado en muchos otros lugares de la Península. Por su proximidad y abundancia señalaremos el conjunto de Tobarrilla, en Murcia (Molina García, 1985). Algunos de los entramados descritos en La Hinojosa entroncan con la temática solar, como ya hemos señalado, por lo que su relación con ese ambiente de reminiscencias megalíticas es defendible. Recordemos aquí uno de los ortostatos grabados del dolmen de Garapito I con círculos, cazoletas unidas por líneas y soles (Shee Twohig, 1981: fig. 50). Temas solares grabados al aire libre son comunes en los grabados del Tajo (Gomes, 1983(Gomes,, 1987)), en los del Duero (Gómez Barrera, 1992), y desde luego en la Pintura Esquemática (Acosta, 1968). La insistencia del grabador en el tema circular acompañado de rayos, es decir, la excavación profunda de la cazoleta asociada al piqueteado de las líneas, en un juego de técnicas que da volumen a lo representado, es también común. Para no ser exhaustivos recogeremos un elemento similar publicado muy recientemente (Armendáriz, 1996) en Navarra, junto a los sepulcros megalíticos deArtajona. Grandes paneles con profusa figuración de cazoletas se conocen en otros sidos. Recordaremos aquí las del Canalizo del Rayo (Jordán Montes y Sánchez Gómez, 1988), en Albacete, por su proximidad geográfica y fuerte relación formal. Los grabados se encuentran próximos a dos abrigos con pintura esquemática y a yacimientos del Bronce, aunque también es cierto que el Tolmo de Minateda, ibérico y romano, no queda tampoco muy alejado. Su situación al borde de un farallón, sobre un rico valle, vía de paso tradicional, es igualmente destacada por los autores del estudio. Para ubicarlas cronológica y culturalmente en época prehistórica argumentan la presencia en el interior de una de las covachas próximas, la de la Retuerta, de una gran cazoleta en el suelo utilizado durante la Edad del Bronce. A ello añaden que el poblado del Aribalejo (Bronce II) en Yecla posee en una zona interior del mismo una gran cazoleta muy excavada de 2 m. x 1,5 m. acompañada de otras más pequeñas y de algunos canalillos (Jordán Montes y Sánchez Gómez, 1988: 152). La última versión, la de las cazoletas profundamente excavadas, está también presente en La Hi- nojosa. En ocasiones, estas fuertes excavaciones adoptan formas rectangulares u oblongas como las que hemos descrito en el conjunto del Santo (Fig. 3). La tradición popular las denomina "pilas" y se reconocen en otros lugares de la Península. Ya hemos mencionado el argumento arqueológico que proponen Jordán Montes y Sánchez Gómez (1988) para ubicarlas en la Edad de Bronce. Molina García (1985) trata este aspecto al estudiar el conjunto de Tobarrilla en Murcia y alude a su paralelo con formas semejantes en petroglifos gallegos, que A. de la Peña y Vázquez Várela (1979: 104) interpretan como formas históricas. Éstos no aportan, sin embargo, documentación sobre la forma, medidas o técnica de grabado de las mismas. Lo cierto es que, aun siendo formas de tendencia rectangular, repiten el sistema que hemos observado en cazoletas y canales (Lám. Están relacionadas unas con otras del mismo modo, e incluso en alguna ocasión usan formas naturales y se enmarcan en un recuadro piqueteado como en el panel principal del Santo, de un modo muy semejante al que recogen Jordán Montes y Sánchez Gómez en la covacha de La Retuerta. Las cazoletas pueden formar parte de temas circulares. Éste es el caso de las que aparecen al interior de los círculos de Las Cabañuelas (Fig. 4). El tema de los círculos con cazoletas al interior o al exterior, con radios o sin ellos, está especialmente bien documentado en el contexto de los petroglifos gallegos (Peña Santos y Vázquez Vare-la, 1979: 16 y ss.). Es normal que estos círculos estén unidos por líneas como aquí sucede (Lám. VI), lo cual a nuestro entender los asimila muy claramente a la forma antes descrita, cazoletas y canales, pues estructuralmente es una reiteración del tema. La interpretación de estos temas pasó por una fase en la que fueron considerados propios de un momento avanzado de la Edad del Bronce. Este episodio de la investigación está representado por E. Anati (1968), quien propone establecer una serie de fases consecutivas para el arte gallego al aire libre, con fundamentos poco claros y posteriormente criticadas. Los análisis más recientes hacen ver la relación espacial del tema circular con las cazoletas. Aparecen sobre los mismos paneles en orientación predominantemente cenital y en territorios megalíticos (Villoch Vázquez, 1995). En otras zonas, como la del Alto Duero, temas circulares como los de La Hinojosa están documentados en abrigo: Barranco de la Mata (Gómez Barrera, 1992: 146-147) y abrigo "f de Manzanares (Gómez Barrera, 1992: 177). Al aire libre aparecen desde el Suroeste: las Tierras (Belén, 1974) y los Aulagares (Amo, 1974) en Huelva, hasta el Norte. En el Cantábrico se conocen abundantes cazoletas y canales (Balbín Behrmann ^í a///, 1983), e incluso temas circulares con cazoletas al interior, unidos por canales como los de Las Cabañuelas. Este es el caso de los grabados de la Cueva del Moro (Diez Castillo y Díaz Casado, 1989), que sus autores relacionan con la ocupación megalítica de la zona. Temas semejantes se documentan en la pintura esquemática, como ya señaló Gómez Barrera (1992: 364) y poseen un claro nexo gráfico en el mundo megalítico. Para nosotros la existencia de temas circulares en contextos megalíticos es un hecho demostrado en la Península (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1992), tanto en sus versiones más simples, Soto I, Alberite, Granja deToniñuelo, como en sus versiones más complejas que implican la inclusión de líneas concéntricas, caso de los grabados del ortostato de Monte Eiró. La reiteración de líneas concéntricas es un recurso gráfico muy extendido en la Europa atlántica desde las primeras manifestaciones de Arte Megalítico (Bradley, 1997). A veces en temas muy elaborados como los que aparecen en el monumento bretón de Gavrinis y a veces en temas circulares, muy similares a los que describimos aquí, caso de los irlandeses de Lougcrew (SheeTwohig, 1981: 207 y ss.) asociados sobre todo a soles y a círculos simples. Proporcionalmente, cazoletas unidas o no por canales, cazoletas con rayos a modo de soles, círculos con cazoletas al interior con o sin radios, y cazoletas muy excavadas a veces de formas rectangulares u oblongas unidas o no por canales, son los motivos más representados. De hecho, todos los paneles que hemos descrito contienen alguna de sus versiones. En segundo lugar, desde el punto de vista cuantitativo se encuentran los elementos antropomorfos. Éstos adoptan distintas versiones desde las más simples a las más elaboradas (Tab. Evidentemente, la más simple de todas es la de la esquematización compuesta por dos trazos perpen- diculares que denominamos tradicionalmente cruciformes. Estos aparecen grabados mediante piqueteado de trazo ancho y sección en "U" como en la Roca Grande de San Bernardino. La discusión acerca de su adscripción prehistórica se establece por la simplicidad del motivo, por su situación al aire libre y por su papel en la simbología religiosa del mundo occidental. Todas estas premisas son igualmente aplicables a su estudio en la Pintura Esquemática (Acosta, 1968: 36-37) donde están documentados y no se ponen en cuestión. El conocimiento de formas semejantes en contextos dolménicos (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1992: 511-544, 1996b: 61, 1997: 704) permite afirmar la existencia de esta versión desde épocas antiguas, por lo que no deberían adscribirse mecánicamente a momentos históricos. Estas formas simples a veces poseen adiciones de carácter geométrico, especialmente círculos o cazoletas y triángulos, tanto en su zona inferior como en su zona superior. A este tipo pertenecen algunas de las figuras del panel 4 de la Roca Grande de San Bernardino, y dos de Peña del Buitre. En ocasiones estas bases geométricas (que aparecen también en la simbología católica como peanas de cruz), si son triangulares se han considerado como faldas, esquema típicamente femenino. Las figuras antropomorfas del panel 3 de la Roca Grande San Bernardino responden a este tipo. Formas similares grabadas están documentadas en el Alto Duero, especialmente en el conjunto del Barranco de la Mata, donde son asimiladas a los triangulares de la Pintura Esquemática (Gómez Barrera, 1992: 136-137). Siguiendo con los cruciformes de terminación geométrica en la zona superior o inferior, hay que mencionar la gran figura de Peña Buitre, con los brazos cruzados en forma de aspa y cerrados en semicírculo en la parte superior (Fig. 5). Un elemento similar pero menos terminado y de menor tamaño, aparece sobre otra de las superficies decoradas. Nosotros los hemos interpretado como antropomorfos esquemáticos. No poseen referencias concretas en la Pintura Esquemática y la única que conocemos grabada se localiza sobre uno de los túmulos próximos al cromlech de Sejos, en Cantabria (Bueno Ramírez etalii, 1985). También cruciforme pero con rectángulos en la línea transversal, es el ejemplo de Viñas Viejas (Fig. 6). Su forma coincide con algunos de los esquemas que P. Acosta (1968: 29) recoge como antropomorfos de brazos en asa, especialmente los del Callejón del Reboso del Chorrillo, en Ciudad Real. Un grabado similar tenemos de nuevo en el Barranco de la Mata (Gómez Barrera, 1992: 137). Otro antropomorfo de brazos en asa es la figura con falda del panel 3 de la Roca de San Bernardino. Cruciforme en su diseño básico es el clásico antropomorfo esquemático de brazos abiertos y piernas abiertas. Tenemos una representación abundante en la Roca Grande de San Bernardino, panel 4. Este tipo aparece bien documentado en la Pintura Esquemática de la misma provincia. Así en las Peñas del Castellar (Alonso e/a/a, 1982: 136), del conjunto de Villar del Humo. Y desde luego es también conocido en el repertorio del Arte Megalítico, tanto pintado, caso de Huidobro (Burgos) (Delibes y Rojo, 1989: 51) como grabado, en el dolmen de la Estrella (Toledo), igualmente al interior de la Península (Bueno Ramírez, 1991: 89; Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1992: 544). En la Estrella está asociado a cruciformes simples y a cazoletas. Estas formas las tenemos grabadas en el repertorio del Alto Duero, en los abrigos de la Cañada del Monte, y son interpretadas por Gómez Barrera (1992: 221) como una clara trasposición de tipos de la pintura esquemática prehistórica. Otro tipo que entronca bastante bien con la Pintura Esquemática y con el repertorio que conocemos en el Arte Megalítico es el ramiforme. Disponemos de ejemplos como los de la Roca de San Bernardino, panel 4, con ramas transversales oblicuas hacia arriba y enmarcados en un rectángulo, como el del Santo. En la provincia conocemos ramiformes pintados en la Peña de Aldebarán (Piñón, 1987: fig. 1), en un estilo caracterizado por la rigidez compositiva que se relaciona bien con ramiformes graba-dos en megalitos, por ejemplo el del sepulcro de Magacela (Bueno Rodríguez y Balbín Behrmann, 1992: 553). Estas formas pueden aparecer inscritas en un rectángulo, como decíamos arriba, y poseen referencias en la Pintura Esquemática (Acosta, 1968: 129), además de en el repertorio del Alto Duero, grabados en los abrigos de la Cerrada de la Solana (Gómez Barrera, 1992: 137). Las grafías hasta aquí analizadas poseen como referencia básica común la cruz, de la cual se parte para representar figuraciones de apariencia antropomorfa. Sólo quedan fuera de este modo básico los halteriformes y los elementos rectangulares. Los halteriformes simples están compuestos por una barra que tiene a cada uno de sus extremos un elemento circular. Tenemos un ejemplo en la Roca Grande de San Bernardino. Se conocen en la Pintura Esquemática (Acosta, 1968: 83) y en contextos megalíticos como el dolmen de Soto I (Balbín Behrmann y Bueno Ramírez, 1996), por lo que no nos cabe duda sobre su adscripción prehistórica. También aparecen halteriformes en una versión mixta, como los recogidos por Acosta (1968: 83) en la Covatilla de San Juan, compuestos por triángulos y halteras. Esta forma es bastante asimilable a los ejemplos descritos en las Peñas de Mollana, cuya distinta terminación podría interpretarse como una diferenciación sexual (Fig. 7). Las grafías rectangulares adoptan diversas versiones. La zonas superior puede ser semicircular. como en Las Cabañuelas y en Las Solanillas (Lám. En ambos casos, su asociación es manifiesta con elementos circulares, posibles alusiones solares. Estas formas rectangulares con tope semicircular se conocen en pintura, especialmente en la provincia de Badajoz (Acosta, 1968: 87) y constituyen base para algunas piezas antropomorfas de carácter escultórico. La misma estela procedente de la Cruz de San Bernardino responde a este esquema (Fig. 8 y Lám. Estas piezas no muestran indicación específica de sexo y, en algunas ocasiones, aparecen armadas. La estela de la Cruz de San Bernardino repite un esquema conocido: rectángulo con zona superior semicircular, representación de ojos y del semicírculo de la cara, sin más detalles anatómicos. Su relación gráfica con piezas como Ntra. Sra. da Esperança es evidente, así como con otros ejemplares: Moncorvo, Sta. La misma existencia de la pieza en cuestión ratifica la idenüficación de los grabados con versiones antropomorfas. Al aire libre están documentadas formas semejantes, especialmente al Norte. Nos referimos a los grabados de Ruanales, en Cantabria y Monte Hijedo; entre Burgos y Cantabria. En Ruanales, la figura muestra un puñal a la cintura como la estatua-menhir de Villar del Ala, en Soria (Bueno Ramírez, 1995: 94). El grabado de Ruanales posee otra condición interesante y es que sobre el panel vertical en el que se encuentra, se han grabado cazoletas y canales en orientación cenital y muy próximas se encuentran las pinturas del Cubular (Díaz Casado, 1993: 29-40). Se trata, pues, de un conjunto con antropomorfo, cazoletas, canales y pintura. Nos parecen asimilables a este grupo las formas rectangulares con cabeza destacada como la descrita en Peña Buitre, que además presenta un objeto triangular a la altura de la cintura, en disposición transversal, idéntica a la de Ruanales o Villar del Ala. Es, por tanto, una estatua armada grabada en la roca (Fig. 9 y Lám. Situación del antropomorfo armado de Peña Buitre (Foto R. de Balbín). Otras representaciones son los elementos geométricos de difícil interpretación. Tenemos ejemplos en la Roca Grande de San Bernardino. El componente geométrico de las grafías prehistóricas es un hecho desde el Arte Paleolítico y, desde luego, los paralelos a estas formas son mu- chos, tanto en la Pintura Esquemática como en los grabados al aire libre. Destacaremos su documentación en la Cueva de los Letreros (Almería), junto a gran cantidad de representaciones humanas (Martínez García, 1989). Un último tipo a comentar es el cuadrúpedo del Ranal, que identificamos como un caballo, aunque no se conserva completo (Fig. 10). La presencia de grabados de cuadrúpedos al aire libre es bien conocida en todos los conjuntos que venimos mencionando: petroglifos gallegos, grabados del Tajo, grabados del Alto Duero. Si bien no son muchos los ejemplos, los mencionados del Tajo se datan en el IV milenio a.C. por paralelos con otras manifestaciones, y los que recogemos de Malpartida están en un poblado caleolítico. Los pintados en Soria forman parte de un conjunto pictórico que pertenece a la Pintura Esquemática clásica. Las grafías descritas no se analizan aisladamente, tienen sentido en cuanto reflejan organizaciones semejantes, en el contexto de la Pintura Esquemática, en contextos megalíticos o en otros grupos de grabados al aire libre. En Galicia, aunque predominan los cérvidos, hay caballos grabados. Se caracterizan por su poco naturalismo y por aparecer montados por figuras humanas (Peña Santos y Vázquez Várela, 1979: 60-61). En el grupo del Tajo, hay una figura de caballo con detalles como las orejitas, asimilable al que tenemos en el Ranal y otro menos completo (Baüsta, 1981: 24-25). TERRITORIO GRÁFICO, TERRITORIO ECONÓMICO Poseemos otra referencia en el poblado de los Barruecos de Malpartida de Cáceres. En un abrigo del poblado calcolítico se han grabado unos caballos. El conjunto se completa con otros abrigos grabados y pintados (González Cordero y Al varado, 1985). Gómez Barrera señala su presencia en los grabados del Alto Duero reparando en la escasez de paralelos en otros conjuntos al aire libre peninsulares. Aparte de los ejemplares montados que no se relacionan con el aquí analizado, el autor señala la presencia de équidos en el Barranco de la Mata, aunque el estilo de éstos no es tan depurado como el del Ranal. Dentro del repertorio por él indicado, se asemeja bastante a uno de los équidos pintados en la Cueva del Torilejo de Valonsadero, Soria (Gómez Barrera, 1992: 359). Al igual que otras manifestaciones de la actividad humana, los grabados al aire libre no ocupan un lugar aleatorio. Su situación y distribución ha sido elegida y pensada por los grupos humanos calcolíticos y de la Edad del Bronce que ocuparon el territorio de La Hinojosa. La fecha de realización de los mismos es imposible de precisar, pero sí creemos posible, tras los argumentos estilísticos y gráficos arriba expuestos, y los topográficos que expondremos a continuación, afirmar que los grabados se realizaron en momentos contemporáneos al desarrollo de los habitats vecinos. Los grabados mantienen una situación de visibilidad entre sí y con los poblados adyacentes, que está en relación con la voluntad de sus autores respecto a la visibilidad de sus producciones gráficas. Por tanto, nos reflejan el concepto del espacio de un conjunto social y nos hablan de una "estrategia de visibilización" (Criado Boado, 1993: 45). Los grabados que analizamos aquí constituyen un modo de "escritura", puesto que pretenden comunicar y, por tanto, responden a una forma específica de comunicación concebida como estrategia de apropiación del espacio y, muy probablemente, de identificación del grupo. Si algo destaca en la ubicación de los grabados de La Hinojosa es su relación con el borde más alto del farallón rocoso que se encuentra sobre el valle. Este farallón posee distintos escalones en altura, en los que se plasman los grabados. De ese modo, se observan claramente varios planos atendiendo a la visibilidad de las insculturas entre sí (Fig. 11). Uno, compuesto por la relación que se establece entre la Roca Grande de San Bernardino y El De este modo, en el sector Noroeste de la Hinojosa, la relación visual entre los grabados en sus diversos planos altimétricos, y los poblados con restos de la época, forma una cadena claramante establecida que une todas las localizaciones descritas. En conjunto cubren los puntos más notorios del farallón rocoso sobre el valle que grosso modo podríamos resumir en dos escalones: el señalizado por la Roca Grande de San Bernardino, Ranal, Corral y Solanillas y el marcado por Dornajos, Cruz de San Bernardino, Peña Buitre, Cabañuelas y Viñas Viejas. En este escalón entraría también la situación de la población actual de La Hinojosa, si se confirma su ocupación en esos momentos. El conjunto de todas las loca-lizaciones forma a su vez una figura más o menos circular que deja al interior una parte importante de la zona más alta sobre el valle, en la que están bien documentados restos diversos-hachas pulimentadas y yacimientos off site que demuestran su gran ocupación durante la época de la que hablamos. Al Suroeste de La Hinojosa sólo tenemos documentado Peñas de MoUana y El Santo, ambos en una altura de 900 m., muy similar a la del escalón representado por Roca Grande de San Bernardino, El Ranal... etc. Las dos localizaciones tienen conexión visual entre sí y a su vez con el poblamiento antiguo de La Hinojosa que representaría el escalón superior. Las localizaciones de grabados sobre el farallón rocoso coinciden nítidamente con la situación de los poblados y restos que pueden catalogarse en el Calcolítico e inicios de la Edad del Bronce. En la secuencia de mapas adjunta (Fig. 12) se observa cómo la situación de estos restos prácticamente se superpone a la de los grabados. La inclusión de las insculturas en un contexto cultural calcolítico concuerda con los datos que hemos manejado desde el punto de vista gráfico y estilístico para situar su realización. A ello hemos de añadir que en la cerámica campaniforme con la que se conecta el estilo Dornajos, las figuraciones de animales, seres humanos y soles están bien documentadas (Blasco ^í a///, 1994). Algunos de los grabados poseen una relación aún más marcada con estos núcleos habitacionales: se encuentran dentro de ellos. Este es el caso del Ranal y de San Bernardino. Por tanto, la conexión espacio gráfico/espacio habitacional no es en La Hinojosa sólo de proximidad, sino de clara imbricación. La teoría tradicional de los "santuarios" aplicada tanto al Arte Paleolítico como al Arte Postpaleolítico, implicaba de alguna manera la separación entre vivienda y lugar con arte, pues se entiende que el espacio habitacional hace referencia a lo cotidiano, mientras que el espacio ritual es un espacio diferenciado, en algunos casos oculto (esto, sobre todo, por lo que se refiere al Arte Paleolítico). Los datos nos indican que existen muchos yacimientos Paleolíticos con Arte rupestre utilizados al mismo tiempo como vivienda (Zilhao et alii, 1996), o cuya situación al aire libre dista mucho de la necesidad de ocultamiento de los "santuarios" (Balbín ^ía/n, 1994(Balbín ^ía/n,, 1996)). Algunos indicios ya publicados hacían pensar lo mismo para el Arte Postpaleolítico, aunque la conexión habitat/grafía esquemática había quedado en cierto modo solapada por la idea generalizada de la interpretación de estas grafías como una cuestión religiosa desarrollada en "santuarios", en lugares distantes a los núcleos de habitación. Nos parece difícil mantener la denominación de "santuarios" aplicada genéricamente a cualquier manifestación pintada o grabada. Más bien se dibuja una variedad de funcionalidades de la expresión gráfica que poco a poco se podrá delimitar. Puede hablarse de territorios funerarios, especialmente señalizados con menhires decorados, dólmenes pintados y grabados y, muy posiblemente, elementos construidos en materiales perecederos que no han llegado hasta nosotros. También podemos plantear la existencia de marcadores económicos, territoriales, de expresiones gráficas relacionadas con los lugares de habitación y utilizadas como indicación de control de un determinado territorio. Así interpretamos los grabados de La Hinojosa. La asociación grabados al aire libre/poblados no es única en el caso que nos ocupa pero hasta la fecha no se había reparado en ella como reflejo de una estrategia concreta. Este es el caso del "santuario" exterior de Escoural, en Portugal, así denominado por su investigador M. Várela Gomes (1983b). Sobre la cueva de Escoural, que contiene manifestaciones de estilo paleolítico, se localiza un habitat calcolítico. En el suelo de éste, algunas rocas aparecen grabadas con motivos circulares y otro tipo de figuraciones de interpretación varia. Dichas rocas a veces aparecen cubiertas por derrumbes del poblado calcolítico lo que para el autor es indicio de que se grabaron con anterioridad. Sea como fuere, lo que está claro es que algunas rocas eran visibles en época del poblado calcolítico, formaban parte de su espacio vital y, por tanto, poseían un significado para los habitantes del lugar. El espacio de la representación y el de habitación están aquí claramente fundidos, como en los ejemplos que hemos comentado de La Hinojosa. Otro ejemplo semejante es el poblado de los Barruecos, en la provincia de Cáceres (González Cordero y Al varado Gonzalo, 1985). Se trata de un habitat calcolítico en cuyo espacio se sitúan además de restos de cabanas, abrigos con pinturas y abrigos con grabados esquemáticos, entre los que destacan cazoletas, figuraciones circulares y representaciones de équidos. Ambos ejemplos -que no son los únicos conocidos-nos remiten a contextos calcolíticos pero existen también ejemplos del mis-mo esquema asociativo gráfico/espacio habi-tacional, en épocas más recientes. El caso más espectacular es el yacimiento deYecla deYeltes en Salamanca (Martín Valls, 1983). Se trata de un poblado amurallado cuya vida comienza en la Segunda Edad del Hierro. Parte del lienzo de sus murallas y de las rocas sobre las que se asientan, muestra grabados con temas circulares o con temas animales -ciervos y caballos montados-, en un estilo que recuerda bastante al grupo gallego. Los trabajos en el poblado han continuado, y en la actualidad la muralla está completamente restaurada, habiéndose localizado en ella muchos ejemplos de los conocidos, que reiteran la realidad de unos grabados contemplados y realizados en el momento de uso del yacimiento, quizá como símbolo del poder o posesiones de sus habitantes. En definitiva, los grabados al aire libre suelen disponer de un contexto espacial que permite ubicarlos culturalmente. En el caso de los que aquí hemos analizado, este contexto es especialmente claro, pues nos indica la convivencia del espacio representativo con el habitacional, proponiendo dudas razonables respecto a la interpretación exclusiva de este tipo de yacimientos gráficos como "santuarios". Muy probablemente estos grabados engloben una multiplicidad de significados al igual que la mayor parte de los mensajes que nosotros recibimos. Pretender explicaciones sencillas y unidireccionales supone reducir los sistemas de relación de los grupos que analizamos, minimizar su comprensión del entorno, y en suma disfrazar la complejidad de su organización. La sociedad reflejada en estas manifestaciones gráficas utiliza estrategias de apropiación del espacio para señalar su dominio sobre un territorio, constituyendo la situación de los grabados un marcador expreso de la situación del grupo, de su control sobre el valle adjunto. Que los grabados posean este papel no nos parece incompatible con otros significados sociales, rituales, mitológicos, etc., que ayudan a la cohesión del grupo, a su identificación como tal. Las grafías prehistóricas han debido constituir un medio de expresión grupal que actúa como detentador de la tradición, como identificador del grupo; definidor de territorios, además, por supuesto de los significados que deben poseer en relación con la economía, la ritualidad, las tradiciones, etc. Se trata, en suma, de un lenguaje, pese a que nosotros no seamos capaces de desentrañarlo y hayamos dejado de lado en muchos casos, especialmente en el de los grabados al aire libre, su análisis e interpretación. (1982): "Las pinturas de la Peña del Castellar (Villar del Humo, Cuenca)". AMO, M. del (1974): "Los grabados rupestres de Los Aulagares (Zalamea la Real, Huelva)". XXV Aniversario de los Cursos de )J:69-S6.
ASUNCIÓN MARTÍN BAÑÓN (*) La interpretación reciente de Cancho Roano como un santuario indígena de características orientales nos lleva a buscar los antecedentes arquitectónicos y funcionales del complejo en una serie de edificios peninsulares interpretados como lugares de culto o construcciones de cierto prestigio, construidos a partir del siglo VII a. C. dentro de poblados tartésicos e ibéricos. El estudio se centra en las áreas del Bajo Guadalquivir, la desembocadura del río Segura, Cástulo y la desembocadura del Sado y el Bajo Alentejo, en Portugal. El análisis comparativo de los edificios propuestos, basado en el cumplimiento de una serie de pautas, nos permite concluir que son los edificios interpretados recientemente como santuarios semitas del Bajo Guadalquivir los que más proximidad guardan con el estilo y la funcionalidad de Cancho Roano. En todos estos trabajos las diferentes propuestas se basan en los datos proporcionados por la excavación del edificio de Cancho Roano A, ya que la documentación completa de los edificios más antiguos permanece todavía a la espera de la publicación definitiva de los resultados, de los que no obstante se han ido avanzando algunos datos (Celestino 1997;2001). A lo largo de la década de los noventa se ha llevado a cabo la excavación prácticamente completa del complejo de Cancho Roano, con la documentación de parte de los sectores exteriores del edificio, la excavación del recorrido completo del foso que rodeaba al monumento más moderno, la documentación de las fases de Cancho Roano B y C y de una fase precedente denominada Cancho Roano D. Los resultados obtenidos en los sectores exteriores fueron objeto de una memoria conjunta, en la que ya se avanzaba la superposición de los tres (*) C/ Gerardo Diego, 14, 5o A. Alcalá de Henares (Madrid). Recibido: 25-VII-03; aceptado: 22-XII-03 edificios y la perpetuación arquitectónica y funcional de la habitación 7. A pesar del carácter sagrado que se desprendía del conjunto, en este trabajo se sigue aceptando la coexistencia de funciones áulicas o palaciales (Celestino, Jiménez y Martín 1996: 343). Será a partir de la lectura rigurosa de la estratigrafía de los edificios de Cancho Roano B y C, uno de los pocos elementos disponibles en estas fases más antiguas, cuando se pueda determinar la actividad cultual que subyace desde los orígenes del complejo y que alcanza su grado máximo de desarrollo durante la fase B. En efecto, el carácter evidentemente sagrado de los edificios más antiguos, unido a otros factores, como son la documentación de un banquete de grandes proporciones ofrecido con motivo del abandono del complejo, o la presencia de dos betilos que podrían relacionarse con la simbología de una diosa oriental (Celestino 2001: 50), han permi-tido establecer la principal función religiosa de los edificios de Cancho Roano. En los últimos años, y de forma paralela a la finalización de los trabajos en el yacimiento, se ha experimentado un gran interés por los aspectos relacionados con las actividades económicas ligadas a los santuarios semitas (Marín Ceballos 1993; Ruiz de Arbulo 2000), a la vez que se producía la documentación de una serie de edificios en el Bajo Guadalquivir que podrían ser interpretados como espacios de culto de características orientales. La atribución principalmente religiosa de Cancho Roano, unido a estos nuevos datos han permitido definir finalmente el edificio como un "santuario de características arquitectónicas orientales, pero de carácter indígena, cuya planta sería deudora de los modelos que estuvieron funcionando en el núcleo tartésico hasta esa época" (Celestino 2001: 54). Los edificios de Cancho Roano reúnen una se- T. P., 61, n. o 1, 2004 rie de aspectos que hacen factible su calificación de santuarios indígenas de características orientales, aunque el objetivo principal de este trabajo será centrarnos en la propuesta de su carácter indígena y buscar por ello el germen en la propia península, derivado de edificios complejos entre los que se pudieron encontrar tanto lugares destinados al culto como edificios de marcado carácter económico. De este modo, nos limitaremos a presentar una serie de edificios de cronología anterior o contemporánea a Cancho Roano, dentro de un espectro cronológico que oscila entre los siglos VII-V a. C., es decir, a lo largo de las primeras centurias en las que se desarrolló la colonización fenicia y anteriores a la multiplicación de las manifestaciones cultuales ibéricas del siglo IV a. Parte de los ejemplos que presentamos han sido comparados anteriormente con Cancho Roano, bien por las concordancias estilísticas que presentan, por la similitud de los elementos de culto o por la posibilidad de una misma funcionalidad. Nuestro interés se basa en reunir estos edificios, integrados en dos áreas de expansión colonial del Sur y el levante peninsular (Fig. 1), y analizarlos desde una perspectiva conjunta en la que se tenga en cuenta los rasgos arquitectónicos, la complejidad de las instalaciones, la presencia de diferentes actividades y el cumplimiento de una serie de pautas, presentes en Cancho Roano, como son la reconstrucción sucesiva sobre el mismo lugar, la presencia de elementos rituales claramente relacionados con el culto, la existencia de material arqueológico de lujo y la evidencia de rituales que podrían identificarse con prácticas religiosas orientales. La presencia o ausencia de algunas de estas pautas determinará la clasificación última de los edificios propuestos en términos de espacios civiles o religiosos. CANCHO ROANO DENTRO DEL PANORAMA ARQUEOLÓGICO DEL VALLE MEDIO DEL GUADIANA En todos los estudios sobre territorio extremeño es cita obligada el yacimiento de Medellín, ya que en él se puede estudiar de forma ininterrumpida la secuencia de ocupación entre el Bronce Final y la 2a Edad del Hierro (Fig. 1). Este enclave ha tenido una importante trascendencia debido a su temprana documentación y a la riqueza y variedad de los ajuares de su necrópolis (Almagro Gorbea 1991), aunque por lo que respecta al hábitat son escasos los datos que se tienen acerca de su urbanismo. La situación estratégica que presenta, situado sobre el valle del río Guadiana, le permitiría el control y la explotación de las tierras más fértiles del entorno (Almagro Gorbea 1977). En los últimos años, el panorama arqueológico extremeño se ha ampliado gracias a la documentación de El Palomar de Oliva de Mérida (Fig. 1). Este yacimiento supone un tipo de hábitat radicalmente distinto a los enclaves tipo Medellín o Alcazaba de Badajoz y su ubicación en llano implica diferentes modelos coetáneos de control y explotación del medio. Su descubrimiento casual, a través de una excavación arqueológica de urgencia, nos hace pensar en la existencia de otros establecimientos situados también en llano o en ladera, zonas habitualmente no exploradas por no corresponderse con los lugares presupuestos de habitación protohistórica. El poblado está organizado en viviendas cuadrangulares, calles y edificios públicos, con diferentes actividades económicas entre las que sobresalen la industria metalúrgica y las actividades agropecuarias. La documentación de edificios públicos como son el granero y un posible edificio de culto podría estar respondiendo a un intento de legitimación religiosa del sistema socioeconómico establecido (Jiménez Ávila y Ortega Blanco 2001: 237-238). Según sugieren los propios autores, dentro de estos espacios urbanos, con diferentes sistemas de actividades que indican una progresiva especialización, se dio el terreno propicio para la acumulación de capital por parte de pequeños segmentos de poder que, quizá, pudieron independizarse del núcleo urbano y dar lugar a la formación de centros de poder autónomo, como serán los posteriores edificios monumentales post-orientalizantes. C. surgen en la cuenca media del río Guadiana una serie de edificios de técnicas y estética oriental, localizados de forma aislada dentro de un territorio de preferente actividad agropecuaria (Fig. 1). Estos edificios han sido reunidos recientemente, con la enumeración de algunos complejos ya estudiados como La Mata de Campanario, El Turuñuelo de Mérida, La Atalayuela de Alcaracejos y el propio edificio de Cancho Roano, junto a otras elevaciones tumulares que podrían (1) El presente trabajo es el resumen de tres capítulos del Trabajo de Investigación Estudio Arquitectónico y funcional del edificio de Cancho Roano B: Antecedentes peninsulares y mediterráneos y propuesta de interpretación, presentado ante el Tribunal de Estudios Avanzados de la Universidad Autónoma de Madrid y dirigido por la Dra. Los rasgos que les definen son su carácter aislado, la monumentalidad y su situación extraurbana, localizados en las vegas de pequeños arroyos o sobre el curso del río Guadiana. Su carácter nuclear y su relativa dispersión podrían indicar un tipo de organización territorial de tipo local. A escasos 20 km en dirección Sur de Cancho Roano se sitúa el edificio de La Mata de Campanario (Rodríguez Díaz y Ortiz Romero 1998). El edificio presenta paramentos de adobe cimentados sobre zócalos de piedra de granito y cuarcita. En el interior se disponen una serie de habitaciones de tamaños diversos, con las paredes encaladas de blanco y los suelos de arcilla apisonada o lajas de pizarra. Según los excavadores, la anchura de los cimientos y ciertos indicios permiten suponer la existencia de un segundo piso, así como la posible existencia de una fase anterior. El edificio tiene orientación Este/Oeste, con el acceso flanqueado por un cuerpo saliente rectangular a modo de bastión muy arrasado y por una habitación rectangular. El material arqueológico está formado principalmente por cerámicas a mano y a torno de superficies toscas y poco cuidadas, junto a otras producciones de acabados alisados y cerámica gris, datado de forma general en el siglo V a. C., cronología confirmada por los análisis efectuados con Carbono 14. Según los autores, el edificio de La Mata parece responder a un centro especializado en la explotación intensiva del territorio, con la obtención de una producción excedentaria que sería fiscalizada y controlada por parte de unas aristocracias rurales, como demuestra el sello recuperado en la estancia 3, que podría ponerse en relación con el sistema de ponderales encontrados en Cancho Roano (Rodríguez Díaz y Ortiz Romero 1998: 235). LOS EDIFICIOS DE CANCHO ROANO Cancho Roano se localiza en la comarca de La Serena, en un paisaje suave de dehesa y aprovechamiento agropecuario. El valle está atravesado por el arroyo Cagancha, en cuya margen izquierda se sitúa el conjunto. La elección del lugar no responde a una estrategia de control o dominio visual, ya que su situación en una pequeña vaguada hace que pase prácticamente desapercibido. Por otra parte, aunque se sitúa cercano a la cañada leonesa o en el propio valle de La Serena, ambos puntos de comunicación importante, no se localiza sobre los ejes principales, por lo que no parece probable tampoco que se buscara en principio el control económico de la zona. Es posible, por tanto, que la existencia de agua permanente fuera la razón para su instalación en esta zona en concreto (Celestino 2001: 18-19). La fundación del primer edificio que podría identificarse con un lugar de culto, o Cancho Roano C, se produjo sobre una construcción anterior, formada por un cimiento macizo de piedras, cercano a 3 m de longitud, y con una anchura conservada de 1,50 m. El cimiento, junto a una serie de estratos que se le adosaban en su costado Este, son los únicos restos documentados hasta el momento de la fase formativa de Cancho Roano D, datados a partir del material arqueológico en los inicios del siglo VI a. C. e interpretados como una cabaña de planta oval o circular (Celestino 2001: 22). El edificio de Cancho Roano C se desarrolla en la mitad Norte del yacimiento, espacio que se considera el germen del complejo, en donde además de situarse la estructura perteneciente a Cancho Roano D (Fig. 2) presentará mayor complejidad durante la fase B (2) (Celestino 2001: 26-31). El edificio estaba formado por una sala principal, que marcaría el límite meridional del complejo, y una serie de estancias de funcionalidad desconocida delimitadas por pequeños muros de buena factura y definidas mediante pavimentos rojos. En la zona oriental se detectaron distintos pavimentos en los que se fueron encajando diferentes recipientes cerámicos, correspondiéndose esta área con un espacio abierto o témenos. La habitación principal o H-7 está presidida por un altar de barro, con un cuerpo principal de planta circular de 1,10 m de diámetro del que parte un cuerpo triangular que enmarca un cuenco de cerámica a mano. Al Suroeste del altar se sitúa una estructura escalonada de 0,50 m de alzado, fabricada con ladrillos de adobe y enlucida de color blanco y rojo e interpretada como una plataforma de ofrendas (Celestino 1994: 301). El siguiente edificio, o Cancho Roano B, se asienta sobre los restos amortizados del edificio anterior. De forma previa a la construcción se procedió a demoler los antiguos alzados hasta una determinada cota, utilizando parte del escombro resul- tante para nivelar el espacio y asentar el nuevo edificio. En esta actividad se puso especial cuidado para no dañar las antiguas estructuras de culto, quedando sellados de esta manera el altar, la estructura escalonada y los dos recipientes encajados en los pavimentos (Celestino 2001: 37). Cancho Roano B consta de tres cuerpos principales a los que se accede desde una habitación rectangular o habitación de distribución, de la que parten en dirección Este dos habitaciones rectangulares que dan lugar a la configuración del espacio conocido como el patio (Fig. 3). Las habitaciones del ala Sur son de pequeño tamaño y podrían haber funcionado como almacenes, mientras que en las habitaciones del Norte se documentan actividades más complejas, con hogares o altares de adobe instalados sobre el suelo de las estancias números 1, 3 y 4. La habitación 7 está presidida por el altar de "piel de toro", situándose al Sur del mismo dos ladrillos de adobe enlucidos e interpretados como lugares destinados a depositar ofrendas o elementos de la parafernalia litúrgica. Todas las habitaciones del edificio principal presentan pavimentos rojos de buena calidad, mientras que los alzados son de adobe y aparecen enlucidos de rojo y blanco. En el exterior del edificio se disponen una serie de habitaciones rectangulares que flanquean los costados meridional y oriental y que pudieron cumplir la misma función que las posteriores capillas perimetrales de Cancho Roano A (Celestino 2001: 37-44). La destrucción del edificio de Cancho Roano B sigue las mismas pautas explicadas para el edificio de la fase C, amortizando cuidadosamente todos los elementos identificados con el culto y vaciando prácticamente el interior de restos materiales. El nuevo edificio, o Cancho Roano A, consta de tres momentos de remodelación (Celestino y Martín 1996: 296), al igual que su precedente, y su planta es similar a Cancho Roano B, aunque un poco más grande y monumental (Fig. 4). Los muros están cimentados en profundas fosas de cimentación y el edificio se distribuye en los mismos términos que el anterior, pero en las habitaciones del ala Norte no se documentaron elementos relacionados con el culto y la habitación 7 apareció macizada y presuntamente se desarrollaría en un cuerpo superior que no ha llegado hasta nosotros. Las habitaciones de esta fase no presentan los pavimentos rojos de las fases B y C, sino que están formados por simple tierra apisonada. En torno al núcleo principal se disponen las capillas perimetrales, la muralla, las torres y el foso. Estos elementos comienzan a establecerse desde Cancho Roano B y alcanzarán su punto culminante en Cancho Roano A, cuando al edificio principal se le dote también de una terraza ciclópea en la subfase C.R.A-2, que contribuirá a su carácter monumental definitivo (Celestino y Martín 1996: 300). Este último edificio fue amortizado definitivamente en los inicios del siglo IV a. C., dejando en su interior abundantes objetos de lujo y el mobiliario de las habitaciones. De forma previa al abandono se llevó a cabo un gran banquete ritual en el que intervino el sacrificio de numerosas especies animales jóvenes, entre las que destacan corderos, vacas, ciervos, cerdos, jabalíes y caballos. Los numerosos restos óseos fueron vertidos al foso, junto a abundantes restos de vajilla indígena, dando lugar a la formación de un potente estrato de relleno cercano a 1,20 m de potencia. Por último, se procedió a incendiar el edificio principal y las capillas perimetrales, siendo el estrato de destruc-ción resultante el encargado de sepultar las instalaciones, labor que se completó con el sellado del conjunto mediante una capa gruesa de arcilla que dejó definitivamente oculto el lugar (Celestino 2001: 51-52). RASGOS QUE IDENTIFICAN A LOS EDIFICIOS DE CANCHO ROANO Del estudio conjunto de los tres edificios sucesivos pueden extraerse una serie de rasgos que podrían ser importantes para definir la idiosincrasia de Cancho Roano. En primer lugar, el hecho más significativo es el carácter aislado que presenta el complejo, situado en un área de escasa visibilidad y fuera del circuito económico de la zona. Esta característica le distingue de otros lugares de culto contemporáneos o anteriores, que suelen estar situados en lugares destacados dentro de poblados ibéricos o tartésicos y sobre las vías de comunicación o rutas económicas más importantes del entorno. La reconstrucción sucesiva sobre el mismo lugar durante un período cercano a doscientos años contribuyó a la perpetuación del carácter sagrado del sitio, que de algún modo se mantuvo tras su amortización y abandono, pues el promontorio no vuelve a ocuparse, aunque sí el territorio inmediato. Los sucesivos edificios de Cancho Roano presentan unas características arquitectónicas que de forma general se repiten entre sí, construidos con las mismas técnicas y recursos empleados en las construcciones coloniales e indígenas peninsulares desde el siglo VIII a. Todos los edificios están orientados al Este, hacia donde abren fachada. Presentan cimientos formados por zócalos de mampostería construidos con un doble paramento de piedras de granito trabadas simplemente con barro. Los edificios de Cancho Roano B y C poseían cimientos muy estrechos, en torno a 0,40-0,60 m de ancho, sin diferencias notables entre el grosor de los tabiques internos y los muros principales de cierre, mientras que en Cancho Roano A se documentan cimientos cercanos a 1,50 m de ancho, cimentados en profundas fosas de cimentación (3) y con diferenciación entre los tabi- (3) Las zanjas de cimentación llegaron al levante peninsular a partir de la 2a mitad del siglo VII a. C., coincidiendo con las primeras importaciones fenicias (fase III de Vinarragell y el Puig de la Nao). En los establecimientos coloniales del Sur no es frecuente la aparición de zanjas de cimentación, sólo detectadas en ques internos y los muros externos. Los alzados del edificio fueron realizados en adobe, con la misma anchura de los zócalos. Las paredes se recubrían al interior y al exterior con una capa de arcilla a la que se aplicaba un revoco de pirofilita blanca o roja (4). El revestimiento de mineral se empleaba tanto en los zócalos de piedra como en los alzados de adobe y se realizaba de forma periódica (Celestino 2001). El rasgo que mejor define el espacio interior de los edificios de Cancho Roano B y C es la configuración de sus suelos a base de pirofilita roja o blanca, dando lugar a superficies de gran calidad que son periódicamente reparadas mediante nuevas capas separadas en ocasiones por estratos de relleno. Esta práctica será definitivamente abandonada en Cancho Roano A y sustituida por el empleo de tierra apisonada. Desde el primitivo edificio de Cancho Roano C estamos ante un complejo jerarquizado, formado por diferentes estancias en las que alternan los espacios abiertos y cerrados (Fig. 2). El conjunto está planificado para albergar diferentes funciones o una misma con diferentes rangos, presentando una habitación principal de uso identificado con el culto (H-7) y una serie de ámbitos o espacios de utilidad desconocida, pero con posible carácter subsidiario. La planta del edificio irá progresivamente complicándose a medida que sean mayores las necesidades o las actividades que se lleven a cabo en el mismo, dando lugar a una arquitectura segmentada, dividida conceptual y físicamente en áreas de funcionalidad específica y espacios de uso restringido. Los siguientes edificios estarán formados por un número elevado de habitaciones en las que se llevarán a cabo diferentes funciones, con la presencia de un patio en el que también se observan funciones predeterminadas (Fig. 3 y 4). Ateniéndonos a las plantas de Cancho Roano A y B, se observa que estamos ante edificios de grandes proporciones, con unas medidas en el cuerpo principal de 24 m de lado y 18,70 x 15 m respectivamente. Sin embargo, las dimensiones totales del conjunto serían mayores, ya que a estas medidas habría que sumar las superficies ocupadas por las capillas perimetrales y el foso, con una superficie total en Cancho Roano A de 3.051 m 2. Los elementos que se identifican con el culto aparecen durante las fases B y C del edificio y están ausentes durante la fase de Cancho Roano A. Durante la fase B aparecen hogares o altares de planta cuadrada o rectangular, ubicados en el centro de la estancia, como es el caso del localizado en la habitación 7, o bien, en un costado de la misma, como en los ejemplos de las habitaciones 1, 3 y 4 (Fig. 3). En el primer caso el altar focaliza todos los elementos de la habitación, situado aproximadamente enfrente de la zona de acceso y con visibilidad completa del mismo desde el exterior. En los otros ejemplos los hogares se sitúan próximos al muro Norte de la estancia e inutilizan en gran medida el espacio útil de la habitación. Es posible que la diferencia que se aprecia, tanto en las técnicas constructivas como en la ubicación de estos hogares, esté en relación con el desarrollo de actividades rituales de rango diferente. Otro de los elementos identificados con el ritual son los recipientes encajados en el pavimento. Es una técnica sencilla que consiste en la excavación de una pequeña fosa en el suelo en la que se insertaba un recipiente cerámico calzado con piedras y reforzado con un relleno de tierra. Las piezas se corresponden con recipientes de almacenaje, orzas o ánforas fabricadas a mano o a torno y sin ningún tratamiento especial de las superficies. Esta práctica está constatada desde el edificio de Cancho Roano C, con la presencia de recipientes encajados en los pavimentos del témenos y de un ámbito de la zona Norte (Fig. 2). De forma coincidente, en el edificio de Cancho Roano B se situará un altar para combustiones sobre el antiguo recipiente del ámbito Norte (5) (Celestino 2001: 27). Por último, en el edificio de Cancho Roano B se documentan mesas de ofrendas constituidas por la colocación horizontal de un simple ladrillo de adobe sobre la superficie del suelo de la estancia. Estos adobes tienen las mismas medidas que los utilizados en la construcción del edificio y son revestidos de forma periódica con los pavimentos de la habitación (Celestino 2001: 40). Encontramos "mesas" de ofrenda en las habitaciones 3 y 7, relacionadas con las actividades desarrolladas en torno a los altares de las respectivas habitaciones. Aunque no se puede especificar qué tipo de ritual se llevó a cabo durante las fases de Cancho Roano B y C, éste se desarrolló en torno al altar, apoyado con una serie de elementos accesorios como fueron la fase B2 del Morro de Mezquitilla, mientras que sí se documentan en yacimientos tartésicos como en la Casa-Palacio del Marqués de Saltillo (Carmona), con la presencia de tres muros cimentados en fosas (Belén et al. 1997). (4) La pirofilita es un óxido de sílice y aluminio de naturaleza laminar, idéntica al talco en aspecto y con una variada gama de colores que pueden adquirir tonos blanco, verde, pardo, gris o rojo. las mesas de ofrendas, en las que quizá se situasen lucernas, jarros o estatuillas, o los recipientes para líquidos encajados en el suelo que pudieron ser utilizados para lavados rituales o para realizar libaciones. Durante la fase C, el ritual del altar de la habitación 7 consistió en la circulación y recogida de líquidos en un recipiente cerámico, mientras que durante la fase B se basa en la realización de combustiones con carácter simbólico. La repetición de combustiones o la circulación reiterada de líquidos parecen estar indicando el desarrollo de un ritual de carácter periódico, posiblemente regido por el calendario astronómico o biológico, con la repetición del rito de forma quizá estacional. LOS EDIFICIOS DE PRESTIGIO Y LUGARES DE CULTO CON CARACTERÍSTICAS ORIENTALES El estudio se centra en dos zonas de influencia colonial, por un lado el área del Estrecho, con la fundación de Cádiz en el siglo VIII a. C. y, por otro, la desembocadura del río Segura, con la fundación de factorías, como La Fonteta o Los Saladares, en la 2a mitad del siglo VIII a. C. A partir de la colonización de estas áreas costeras se produjo la expansión territorial y comercial hacia el interior de la península Ibérica, con la presencia de focos importantes de actividad colonial en el territorio tartésico del Bajo Guadalquivir, en el entorno minero de Cástulo, en la desembocadura del Sado y el Bajo Alentejo, en Portugal, y en los poblados ibéricos del Bajo Segura. De esta manera, presentaremos un conjunto de edificios concebidos bajo unos parámetros arquitectónicos y funcionales sin precedentes en la arquitectura indígena peninsular, interpretados, a partir de sus características o material arqueológico de lujo, como edificios de prestigio o espacios de culto de signo oriental. Todos estos edificios se localizan dentro de asentamientos indígenas o relacionados con los mismos y se caracterizan por ocupar un lugar destacado en el poblado o presentarse medianamente aislados de otras construcciones (Fig. 1). ciada por la búsqueda de tierras fértiles para la agricultura (Wagner y Alvar 1989) (6), se unen las teorías más recientes que apuntan a la existencia de pequeños grupos de artesanos dentro de las ciudades situadas en las principales vías de comunicación (Bandera y Ferrer 1994) y a la presencia de comerciantes fenicios que crearían sus propios barrios bajo la concepción urbanística de las colonias (Belén y Escacena 1995). La proliferación de edificios de culto a lo largo de este territorio costero se ha interpretado recientemente como el establecimiento de toda una red de santuarios que guiarían al navegante por esta ruta litoral (Belén y Escacena 1998; Belén 2001). El santuario de Coria del Río sería uno de estos santuarios guía, emplazado dentro de un barrio de comerciantes fenicios y orientado a la salida del sol. El Carambolo Bajo ha sido reinterpretado también como uno de estos santuarios dedicado posiblemente a Astarté, basándose en los restos exhumados en la fase IV, en la riqueza del material arqueológico y en la presencia de betilos de piedra y barro (Belén y Escacena 1998; Belén 2001). Según los autores, en Sevilla -Spal-se estableció una factoría y se sacralizó el promontorio del Carambolo. Los edificios muestran las mismas características externas que el resto de las construcciones contemporáneas, con zócalos de mampostería de 0,50-0,70 m de espesor y con alzados de adobe revocados con arcilla y cal. Las diferencias más visibles se producen en el interior de las estancias, con la presencia, en el santuario de Coria del Río o en los edificios de la Casa-Palacio del Marqués de Saltillo en Carmona, de pavimentos de buena calidad realizados con ladrillos de adobe o con tierra batida a la que se aplicó una solución de hierro para conseguir superficies de color rojo intenso (Belén et al. 1997; Escacena e Izquierdo 2001). El Carambolo Bajo, el santuario de Coria y el Ámbito 6 de la Casa-Palacio del Marqués de Saltillo podrían reproducir un tipo de edificio complejo formado por un número indeterminado de estancias (Tab. El edificio de El Carambolo Bajo (Fig. 6), formado por cuatro fases constructivas sucesivas, está organizado en diferentes dependencias en las que se detectan actividades puramente domésticas y de almacenaje, representadas por las estancias denominadas como "la cocina" o "el lavadero" (Carriazo 1970) y actividades rituales, presentes en "la habitación de los sillares" de la fase IV. En esta estancia se recuperó el material arqueológico de mayor calidad y variedad, junto a un posible banco de ofrendas y una pila de uso litúrgico que se encontraba bajo un pilar de adobes, identificado como un altar posterior a la pila litúrgica (Belén y Escacena 1998) o bien, como en Cancho Roano, la pilastra que señalaba la existencia del antiguo altar una vez amortizado su uso (Belén 2000b: 299). En el santuario de Coria del Río tendríamos un edificio formado también por diferentes habitaciones, no todas ellas cubiertas, como indica la presencia de empedrados y pavimentos de guijarros que hacen suponer la existencia de espacios al aire libre, junto a otras habitaciones pavimentadas con suelos rojos de muy buena calidad en los que se situaban los elementos propios del culto (Escacena e Izquierdo 2001) (Fig. 5, a). En el complejo del Marqués de Saltillo se conoce tan sólo una habitación de plan-(6) Esta posibilidad ya fue planteada por C. R. Whittaker (1974), quien propuso un sistema de expansión territorial hacia el interior de la península similar al de la isla de Cerdeña. Recientemente, esta teoría ha sido cuestionada por M. Belén y J. L. Escacena (1998), ya que los estudios paleogeográficos del Proyecto Costa demuestran la presencia de un entorno costero y áreas de humedales en el Bajo Guadalquivir, circunstancia que en su opinión no propiciaría la extensión territorial con fines agrícolas. ta rectangular de 4,40 x 1,80 m interpretada, a partir de los recursos arquitectónicos y el material arqueológico, como una estancia de posible carácter ritual (Ámbito 6). A esta habitación se accedía desde el Sur a través de otra estancia que no pudo ser documentada, pero que presentaba las mismas características constructivas que la anterior. El Ámbito 6 se sitúa por debajo de dos edificios posteriores, formado el más moderno de ellos por al menos tres habitaciones y un patio enlosado, circunstancia que permite intuir a sus excavadores un desarrollo similar para las construcciones más antiguas (Belén et al. 1997: 137). En cuanto a las medidas totales que presentaban estos edificios, sólo poseemos los datos proporcionados por El Carambolo Bajo. Según los resultados de unas prospecciones geofísicas recientes (7), fuera del área excavada no existen nuevas estructuras, por lo que estamos ante la planta más o menos completa de un edificio de grandes proporciones que se presentaba aislado de otras edificaciones conocidas, formado por una serie de habitaciones de diversos tamaños que se van extendiendo en sentido Este/Oeste y con unas medidas aproximadas de 25 x 15 m (Carriazo 1970: 65). Por lo que respecta al santuario de Coria del Río, sus excavadores han trazado un croquis de cómo pudo ser el edificio en sus fases III y IV, comparándolo con las medidas y proporciones del edificio de Cancho Roano, presuponiendo con ello que el edificio sevillano pudo ser también una construcción de grandes proporciones con planta rectangular o cuadrada y con un pórtico empedrado en el área de entrada (Escacena e Izquierdo 2001: 147) (Fig. 5, b). Del Ámbito 6 de Carmona sólo poseemos las medidas parciales de la fase más moderna que, como anteriormente señalamos, estaría formada por tres habitaciones contiguas y por un espacio enlosado que conservaba unas dimensiones de 37,25 m 2 de superficie (Belén et al. 1997). De pertenecer efectivamente todas las estancias a un mismo edificio estaríamos ante una construcción que presenta en su flanco Sur una extensión de al menos 27 metros. La parcialidad que ofrecen las plantas del santuario de Coria del Río y el Ámbito 6 de Carmona no permite efectuar un estudio comparativo sobre la organización y distribución interna de estos espacios y Cancho Roano, mientras que en el Carambolo Bajo hay que lamentar la escasa documentación de las fases más antiguas, que ha contribuido igualmente a la parcialidad de la planta. Sin embargo, es posible que entre el Carambolo Bajo y Cancho Roano existan más concordancias que las que se pueden apreciar a simple vista, o así podría desprenderse de la descripción de la habitación alargada o departamento 2, con los muros más sólidos y mejor cimentados de todo el complejo, los únicos que presentan dos formas de ingreso en la zona oriental, una de ellas con los únicos ejemplos de jambas en todo el edificio y el posible arranque de dos habitaciones adelantadas a la misma (Carriazo 1970: 71). La descripción de estas estructuras pertenecientes a la fase II, sugiere, una vez aislada del conjunto, un esquema similar al desarrollado en la habitación 2 de los edificios de Cancho Roano A y B (Fig. 6, b). A partir de un estudio detallado de este departamento y de su área inmediata, se podría proponer que ambos edificios pudieron responder a una organización similar, con fachada principal abierta al Este, desde la que se accedía a una habitación que distribuiría los recorridos por el interior del edificio, (7) Las prospecciones geofísicas realizadas para detectar nuevas estructuras han confirmado que los cerca de 400 m 2 excavados se corresponden con la totalidad de las construcciones existentes. con dos habitaciones adelantadas que daban lugar a la configuración de un patio en Cancho Roano y que, en el caso de El Carambolo Bajo, pudo también documentarse si interpretamos como tal los restos de un área empedrada que se sitúa en el extremo oriental del yacimiento (Carriazo 1970: lám. XIV). De forma coincidente, en el muro occidental de la habitación 2 de El Carambolo Bajo se puede comprobar la superposición de los tres últimos edificios, circunstancia que también se produce en el muro occidental de la habitación 2 de Cancho Roano y que podría estar indicando que el edificio se reconstruyó varias veces sobre el mismo lugar, guardando una disposición y organización similar. En el interior de estos edificios y sobre los pavimentos de las estancias se detectan ciertos elementos que, si bien pueden ser documentados dentro de ámbitos domésticos, se identifican más con espacios de culto, como es el vasar documentado en la fase intermedia del santuario III de Coria del Río, delimitado por una hilera de adobes verticales que protegían cuatro recipientes para agua (Escacena e Izquierdo 2001: 137); el recipiente cerámico encajado en el suelo de la estancia del nivel III denominada "la cocina" de El Carambolo Bajo (Carriazo 1970: 73) o las fosas excavadas en el pavimento para insertar los tres pithoi del Ámbito 6 de Carmona (Belén et al. 1997) (8). En cuanto a los elementos claramente identificados con el culto se documenta en el santuario de Coria del Río, durante la fase III, un altar de barro con forma de "piel de toro" y similares características a los altares de Cancho Roano B (Fig. 5, a). Asociado a su uso, se reparten por la estancia distintas mesas de ofrendas que son posteriormente documentadas aisladas durante las fases IV-B y V, formadas por simples ladrillos dispuestos horizontalmente sobre el suelo, donde se depositarían quizá recipientes, lucernas o exvotos. Tanto en este santuario como en Cancho Roano, estos elementos obtienen el mismo tratamiento de los altares, ya que son periódicamente enlucidos con las capas de pavimento y serán amortizados de forma cuidadosa. En El Carambolo Bajo, los elementos identificados con las prácticas rituales están formados por los objetos y estructuras que aparecieron en la habitación de los sillares del nivel IV. Una vez más, hay que lamentar las condiciones en las que se llevó a cabo la excavación, ya que por encima de la pila litúrgica se situaba, según Carriazo, una pilastra de adobes o, según la interpretación reciente, un posible hogar/altar de adobe. El santuario de La Muela de Cástulo (Linares, Jaén) Encontramos en este santuario interior el conjunto de pautas que rigen este tipo de edificios, como son la reedificación sobre el mismo lugar, su carácter aislado y autónomo con respecto a otras construcciones, el empleo de técnicas constructivas orientales y la presencia de rituales de procedencia oriental. Por encima de los restos de un horno metalúrgico se produjo, en el siglo VII a. C., la construcción de una serie de edificaciones que presentaban cuatro fases distintas de remodelación y que pertenecían a la reconstrucción sucesiva de al menos dos edificios diferentes. Estos edificios fueron interpretados como santuarios orientales basándose en las particulares características de las dependencias y en el material arqueológico recogido durante el proceso de excavación, que podría estar indicando, en el santuario más antiguo, la presencia del consumo ritual de alimentos, en términos parecidos a los rituales documentados en El Acebuchal (Blázquez 1986: 62). La frecuente aparición de motivos iconográficos relacionados con Astarté, como el thymiateryum de bronce (Blázquez 1980: 263) o el caldero, también de bronce, decorado con imágenes de esta diosa colocadas sobre el borde y la frecuente vinculación de la misma con las actividades metalúrgicas, lleva al autor a pensar que posiblemente fuera ésta la diosa oriental venerada en el santuario (Blázquez 1986: 64). Por lo que respecta a las características constructivas, tenemos un edificio construido efectivamente según los parámetros de la arquitectura oriental, con muros de mampostería muy sólidos que, en la fase más antigua, utilizan losas de arenisca cada tres hiladas para regularizar el cimiento (Blázquez y Valiente 1981). Los pavimentos de las habitaciones están construidos con capas de arcilla a las que se aplicó un recubrimiento de cal, mientras que en las áreas al aire libre y patios se documentan empedrados, enlosados o pavimentos de guijarros de muy buena calidad. (8) Según los autores, las representaciones pintadas en los pithoi contienen un gran simbolismo, ya que en ellos se representan los tres estadios de la vida de una flor de loto: el capullo, la plenitud y la muerte. Los dos santuarios sucesivos pertenecen al tipo de edificio complejo que hemos visto en el área del Bajo Guadalquivir, formado por un número indeterminado de habitaciones y áreas al aire libre. En el edificio más antiguo, correspondiente a las fases I y II, se documentaron cinco habitaciones o dependencias diferentes, con la disposición en el centro de una habitación amplia de planta irregular y, en el extremo, un espacio interpretado como un área de cocina al aire libre (Blázquez y Valiente 1981). El siguiente santuario, construido sobre las ruinas del anterior y formado por las fases III y IV, estaba compuesto por un área pavimentada con losas irregulares interpretada como un pórtico de entrada o patio. Desde esta área se accedía a un patio interior pavimentado con guijarros formando un ajedrezado de piedras negras y blancas de excelente calidad, con una superficie cercana a 100 m 2. A través del patio se accedía a una habitación alargada y trapezoidal que se situaba por encima de la antigua "fosa de consagración" y a esta habitación se le adosada una nueva estancia sin vanos de entrada que los autores interpretaron como el espacio donde pudo situarse quizá el "árbol sagrado" (Blázquez et al. 1985: 242). Se desconocen las medidas totales que pudieron tener ambos santuarios, ya que se encuentran seriamente dañados por la construcción de una antigua vereda que destruyó todo el flanco occidental del área. Las habitaciones documentadas y el tamaño del patio de guijarros ajedrezados lleva a estimar a los autores que el santuario más moderno debía tener una superficie aproximada de 650 m 2. Según estas medidas, estaríamos ante un edificio de gran envergadura, similar en proporciones a Cancho Roano A, donde el edificio principal, excluyendo las capillas laterales, presenta una superficie aproximada de 630 m 2. Sin embargo, es difícil intuir, a partir de la planta publicada, que se trate de edificios organizados siguiendo un esquema similar. El santuario estuvo en uso hasta el siglo VI a. C. y, según J. Ma Blázquez, su construcción evidencia la presencia de población oriental en Cástulo, como lugar en el que se llevaron a cabo transacciones comerciales e intercambios protegidos por la divinidad, en un área de especial riqueza minero-metalúrgica atestiguada desde momentos tan tempranos como el siglo VIII a. C. Este carácter comercial ha llevado a Domínguez Monedero a clasificarlo como un santuario empórico, al igual que el propio edificio de Cancho Roano, lugar con el que además comparte una cronología antigua, anterior a la eclosión de las manifestaciones cultuales de época ibérica y en los que se puede detectar el traspaso de los mercados hacia el interior de la península (Domínguez Monedero, http://www.ffil.uam.es/antigua/ pibérica/santuarios). La colonización de esta zona costera se produjo a partir de la fundación de la factoría de Ibiza, debido a la existencia de materias primas, preferentemente metales, y la posibilidad de comercio con las poblaciones indígenas asentadas en yacimientos de importancia geoestratégica y minera (Fig. 1). La articulación del territorio reproduce el esquema colonial, con una factoría o ciudad portuaria en la propia desembocadura del río, La Fonteta, con una pequeña fortificación sobre el Cabezo Pequeño del Estaño y con un santuario situado probablemente en el Castillo de Guardamar (González Prats y Ruiz Segura 2000). La secuencia estratigráfica de La Fonteta está articulada en ocho fases, formada la más antigua por cabañas de postes (fases I, II y III. Por encima de las cabañas se sitúan los niveles pertenecientes a las fases IV, V, VI, VII y VIII, con casas de zócalos de mampostería y alzados de adobe, pavimentos formados por suelos apisonados de arcilla roja y ladrillos de adobes y hogares constituidos por capas alternas de guijarros y fragmentos cerámicos. En este período se produjo también la construcción de una muralla que presentaba un bastión cuadrangular y un foso en "V". Por último, hay una fase de abandono o fase IX a la que seguirá la invasión del yacimiento por las dunas de Guardamar (González Prats et al. 1997). Según A. González Prats, es posible que en La Fonteta existiera un lugar de culto del que sólo quedarían los fragmentos de moldura rematada en una gola labrada sobre sillares, reutilizados entre los materiales constructivos de un horno metalúrgico. Estos fragmentos arquitectónicos, junto a otros utilizados en la construcción de la muralla o reutilizados en el yacimiento califal de la Rábita (9), pu-(9) Bajo las estructuras califales se documenta la continuación de la colonia fenicia. dieron pertenecer a un templo arcaico dedicado a Melqart. En el Castillo de Guardamar pudo situarse también un santuario consagrado a Astarté, con continuidad del culto en época ibérica (González Prats y Ruíz Segura 2000), de donde proceden 145 pebeteros de cabeza femenina fechados entre los siglos III-II a. La presencia de la factoría de La Fonteta llevará consigo una rápida aculturación de las poblaciones indígenas de la desembocadura del río Segura y la formación de un período Orientalizante especialmente rico, comparable a lo acontecido en Cádiz y su territorio. Todo ello dará lugar a la formación de uno de los focos originales del ibérico antiguo (González Prats y García Menarguez 2000: 1533), con poblados como El Oral o el posterior de La Escuera, que presentan fuertes influencias de la arquitectura colonial (Abad y Sala 1993; Nordström 1967). Las manifestaciones de culto dentro de esta área costera levantina se encuentran integradas en las áreas urbanas, donde encontramos un tipo de edificio cultual de menores proporciones a los hasta ahora estudiados y con una cronología posterior, que arranca desde finales del siglo VI a. C. y se extiende a lo largo de los siglos V-IV a. C. Las pautas que rigen a este tipo de edificios son similares a las ya descritas, con la perpetuación y reconstrucción sobre el mismo lugar, el empleo de técnicas arquitectónicas orientales y la documentación de rituales y elementos identificados con el culto. El conjunto de edificios alicantinos ha sido interpretado como espacios de culto de características orientales. Tanto la concepción arquitectónica como los elementos de culto del templo de La Alcudia de Elche llevan a interpretarle como un templo dedicado a una diosa Madre oriental, posiblemente a Tanit o Astarté, argumento que se cree reforzado por el hallazgo de un semis en el que aparece la leyenda de la diosa IVNONI inscrito en el arquitrabe de un templo (10) (Ramos 1997). También el templo B de La Illeta del Banyets pudo estar dedicado a una diosa oriental de la muerte y la fecundidad, representada quizá por una estela de piedra sin tallar que fue localizada en las dos fases sucesivas del edificio (Llobregat 1988). En el estudio efectuado por T. Moneo se clasifica La Alcudia de Elche y el Templo B de la Illeta del Banyets como templos urbanos pertenecien-tes a áreas sacras de tipo "semítico" (Moneo 1995: 248-249). Estos templos se caracterizan por su concepción arquitectónica y funcional oriental, constituidos por edificios a cielo abierto en cuyo interior, y en posición centrada, se sitúa un altar o una mesa de ofrendas. En opinión de la autora, este tipo de edificios se relaciona con cultos funerarios de tipo dinástico, que en el caso concreto del Templo B de la Illeta del Banyets estarían formados por los restos funerarios aparecidos en sus inmediaciones. En cuanto a las técnicas arquitectónicas empleadas, se observa la presencia de anchos paramentos formados indistintamente por zócalos de piedra seca o trabada con barro, con un espesor que oscila entre 0,60-0,67 m. Los alzados son de adobe y, tanto éstos como los zócalos, fueron posteriormente revestidos con barro, o cinabrio rojo, en el caso del vestíbulo del templo A de la Illeta del Banyets. En el interior de los edificios se documentan bancos corridos, mesas de ofrendas, altares de cuernos o cámara subterránea que evidencian su relación con un lugar de culto, junto a materiales arqueológicos formados principalmente por cerámica, terracotas y un fragmento de cabeza perteneciente a una escultura masculina, "probablemente el indicio más claro de una estatua de culto en un templo ibérico" (Vilá 1994: 125). Las dimensiones que presentan estos templos varían entre los ejemplos considerados como témenos al aire libre (templo de La Alcudia de Elche y templo B de la Illeta del Banyets) y el templo A de la Illeta del Banyets. En el caso de los primeros, presentan el acceso en la zona Sur y plantas de tendencia cuadrada de 8 m de lado y de 7 x 6,5 m respectivamente (Ramos 1995; Llobregat 1988). De ambos edificios al aire libre, es el templo de La Alcudia de Elche el que presenta mayor complejidad, con puerta de entrada flanqueada por dos columnas protoeólicas e interior subdivido en dos estancias, una de ellas de pequeñas proporciones, a la que se adosa una torre rectangular posiblemente cubierta. El templo A de la Illeta del Banyets presenta planta rectangular orientada en sentido Este/ Oeste, con fachada al Oeste y con un vano flanqueado por dos columnas de arenisca. El edificio presenta una superficie aproximada de 90 m 2, distribuidos en un pronaos o vestíbulo y una sala principal, dividida a su vez en tres estancias, aunque es posible que en dirección Este se desarrollaran más (Llobregat 1988). El complejo de edificios cultuales de la Illeta del (10) IVNONI es el equivalente latino de las diosas semitas Astarté o Tanit. Banyets ha sido comparado en diversas ocasiones con Cancho Roano. Según S. Celestino (1997: 380), el templo A de Campello y el edificio de Cancho Roano A presentan ciertas analogías constructivas, basadas en la configuración de una planta tripartita orientada en sentido Este/Oeste, con nave distribuidora transversal y recubrimiento exterior de cinabrio. Anteriormente, M. Almagro Gorbea y A. Domínguez de la Concha (1988-89: 368) observaron que el complejo de edificios ofrecía un esquema funcional tripartito no englobado en un único conjunto sino en tres diferentes. Según esta interpretación, el edificio A se correspondería con el palacio o la residencia regia, sin excluir una función religiosa; el edificio B sería el templo propiamente dicho y el tercer edificio sería el almacén. A. Domínguez Monedero, sin estar completamente de acuerdo con la interpretación de residencia regia, ve efectivamente la asociación de casa del "jefe", almacén y edificio de culto que en Cancho Roano se concentra en un único edificio (Domínguez Monedero, http://www.ffil.uam.es/antigua/pibérica/santuarios). Por nuestra parte, estamos de acuerdo que Cancho Roano aglutina en un solo edificio las funciones políticas, económicas y cultuales de un grupo, pero no las residenciales propuestas para el templo A de Campello. Es posible que los dos edificios interpretados como templo no respondan a una misma funcionalidad, pues mientras en el denominado templo B se documenta un altar de cuernos para perfumes y quizá un ashera o árbol sagrado, en el templo A, o itálico, no se cumplen algunas de las pautas que vienen determinando a los edificios religiosos, como son la reconstrucción sucesiva sobre el mismo lugar o la presencia de elementos relacionados con el desarrollo del culto, tales como altares o mesas de ofrendas. Por otro lado, el hecho de abrir fachada al Oeste le convierte en el único ejemplo de edificio de culto con esa orientación, ya que como hemos ido viendo, los accesos se sitúan en el Este o en el Sur. Analizando los edificios en conjunto, se observa que el templo A y el almacén presentan vanos enfrentados y abren a una misma calle, circunstancia que les relaciona más fácilmente, mientras que el templo B presenta una orientación distinta y se sitúa a espaldas del almacén, sin comunicación directa con éste ni con el templo A. De esto se podría desprender que cada uno de los edificios tuvo una función independiente dentro del asentamiento, inclinándonos a pensar que el llamado templo A fue efectivamente un edificio civil. La desembocadura del Sado y los edificios Orientalizantes del Bajo Alentejo El río Sado presentaba unas condiciones inmejorables para el emplazamiento de un enclave colonial, ya que es el primer resguardo que ofrece la costa desde que se dobla el cabo de San Vicente (Mayet y Tavares da Silva 1996), aparte de ser una vía natural de comunicación con el Bajo Alentejo, zona de importancia minera con extracción de plata y cobre desde momentos muy tempranos de la prehistoria (Arruda 1999(Arruda -2000: 64): 64). La factoría de Abul se estableció en la propia desembocadura del río, entre las poblaciones indígenas de Alcácer do Sal y Setúbal (Fig. 1). El asentamiento estuvo formado por población procedente del estrecho, con una secuencia cronológica establecida en tres fases no sucesivas que se inician a mediados del siglo VII a.C. con la fundación de la factoría fenicia, formada por dos edificios superpuestos de similares características entre sí; una ocupación romana del siglo I d. C. y la instalación en los siglos I-II d. Los edificios de Abul se han relacionado anteriormente con Cancho Roano. S. Celestino (1997: 363) comparó ambos edificios a propósito de las medidas exteriores que presentan, que podrían esconder algún tipo de patrón métrico. Posteriormente, A. M. Arruda (1999Arruda ( -2000) ) señala algunas concordancias arquitectónicas, como son el uso de adobes para los alzados, suelos de arcilla roja o la presencia de un foso que circunda el edificio A de Abul, además de la presencia de un altar, que en ambos casos se sitúa en el centro del edificio (Fig. 7, 4). En nuestra opinión, el edificio de Abul presenta concordancias arquitectónicas y estilísticas con el edificio extremeño, aunque su fuerte carácter económico y la evolución posterior del enclave le alejan de la funcionalidad y de la trayectoria de Cancho Roano. Sin embargo, ambos responden a una concepción arquitectónica planificada, con la creación de complejos autónomos que concentran diferentes actividades. La presencia de la factoría de Abul y las relaciones económicas preexistentes con la región del Alentejo, basadas en la producción agropecuaria y en la explotación de las minas de oro y plata, darán lugar a la aparición de unas élites aristocráticas, fuertemente influenciadas por el mundo oriental, que se instalarán en edificios autónomos de planta compleja. Estos edificios se reparten entre los tér-minos de Ourique y Castro Verde (Fig. 1) y están relacionados con cerca de cuarenta necrópolis tumulares que están caracterizadas por sus plantas circulares, rectangulares y mixtas (Beirâo 1986). El carácter de lujo y la variedad del ajuar, formado por adornos de bronce, cuentas de collar, fíbulas, escarabeos y discos de oro, denotan el grado de riqueza que llegaron a alcanzar las poblaciones que explotaron este territorio del centro y Sur de Portugal. Los edificios de Fernâo Vaz, Corvo I y Neves II (Fig. 7; 1, 2, y 3) se caracterizan por presentarse aislados en el paisaje, relacionados con centros de poder económico que controlaban los recursos agrícolas y mineros o, como en el caso de Fernâo Vaz, ambas actividades (Beirâo 1986; Beirâo y Correia 1993; Correia 1996;2001; Maia 1986). En todos los ejemplos se aprecia cómo se trata de edificios autónomos, basados en un plano axial en el que las construcciones se van adosando y desarrollando en torno a un patio o a una habitación centralizadora y principal. Las técnicas constructivas siguen los modelos de la arquitectura fenicia, con cimientos de piedra y alzados de adobe o tapial. Los suelos son de tierra batida o en ocasiones de arcilla roja, como en Corvo I. La presencia de habitaciones alargadas se interpretan como almacenes, siendo el ejemplo más significativo el edificio de Fernâo Vaz, cuyos departamentos de planta alargada han sido comparados con los almacenes de la factoría fenicia de Toscanos. En los últimos años, distintos investigadores han llamado la atención sobre el desarrollo de prácticas rituales en estos edificios. En Fernâo Vaz se documentan dos habitaciones independientes que podrían tener funciones rituales junto a la presencia de un posible altar en una de las habitaciones interpretadas como almacén (Fig. 7, 1). El edificio de Neves o Corvo I (Fig. 7, 2) presentaba también una habitación que pudo albergar estas funciones, ya que tras una antecámara se pasaba a una habitación con un ábside formado por dos pilastras. La aparición de dos larnacas con forma de "piel de buey" otorga a la estancia un carácter funerario (Maia 1987; Correia 1996), así como la pequeña fosa con carbones, cenizas y esquirlas óseas podría representar un ritual de fundación. Por último, el edificio de Neves II, aun sin poseer elementos claramente de origen cultual, presenta algunas características que pueden estar indicando cierta singularidad (Fig. 7, 3). El edificio está formado por una estancia de grandes dimensiones que se comunica mediante unas escaleras con otras divisiones internas más elevadas. Por la parte trasera de estas habitaciones se adosaban dos estancias abiertas, donde se localizó una inscripción del Suroeste, que indica por sí misma la importancia del edificio, ya que no son comunes los hallazgos de escritura en ámbitos domésticos. Este es el único edificio alentejano que presenta una fase constructiva más antigua, formada por dos cabañas de planta oval con zócalos de piedra y un poste central (Fig. 7, 3). Recientemente, J. Jiménez Ávila (2001: 221) ha analizado estos edificios en relación a la organización territorial que presentan y sus similitudes con respecto a Cancho Roano y a los edificios postorientalizantes del valle medio del Guadiana. Según el autor, estos edificios serían las residencias de unas aristocracias rurales en los que se detectan rituales que guardan paralelismos simbólicos con los del edificio extremeño, circunstancia que emplea para reforzar su argumento sobre el carácter gentilicio y privado de los cultos practicados en Cancho Roano. DISCUSIÓN EN TORNO A LOS ANTECEDENTES DE LOS EDIFICIOS DE CANCHO ROANO Del estudio conjunto de todos los ejemplos expuestos podría deducirse que los edificios relacionados con el área de influencia de Cádiz se organizaron a partir de una planta compleja en la que se disponían diferentes habitaciones y áreas abiertas o patios. La existencia de un número variable de departamentos señala probablemente diferentes actividades o bien funciones subsidiarias de una principal, dando lugar a la formación de un edificio jerarquizado de grandes proporciones (Tab. Este tipo de edificio se documenta en el Bajo Guadalquivir, en Cástulo y en la desembocadura del Sado y está formado por una serie de construcciones que podrían tener diferentes interpretaciones, pero en las que siempre se señala al menos la existencia de un elemento arquitectónico, un objeto o una manifestación de carácter ritual. Por el contrario, en el área del Bajo Segura se documentan edificios de proporciones más modestas (templo de La Alcudia de Elche y el templo B de la Illeta del Banyets), compuestos por una o dos estancias en las que se detecta una única actividad relacionada con las prácticas rituales (Tab. Estos edificios podrían presentar tan solo una cierta afinidad con la fase más antigua de Cancho Roano C, momento en el que el santuario extremeño sería un lugar de culto al aire libre, formado por un témenos que encerraba un espacio sagrado presidido por la habitación 7. Sin embargo, tanto los materiales empleados en los elementos de culto como los rituales observados son diferentes entre ambas zonas, ya que en los primeros los altares y las mesas de ofrendas están construidos en piedra, frente al empleo sistemático de barro y adobe en Cancho Roano y, mientras que en los altares alicantinos se pudo quemar perfumes, en el altar de Cancho Roano C se produjo tan solo la circulación y posterior recepción de líquidos en un cuenco. Por lo que respecta al área portuguesa, parece probable que los edificios alentejanos reflejen un tipo de organización territorial similar a la del Guadiana, los primeros con una economía agrícola, complementada con la explotación de las minas de oro y plata, y los segundos con una economía predominantemente agropecuaria. Es posible también que estemos en ambos casos ante unas aristocracias rurales que habitaron en edificios complejos en los que se emplearon unas técnicas arquitectónicas orientales. Sin embargo, el estudio detallado y profundo de estos edificios denota la existencia de ciertas diferencias entre los complejos portugueses y el edificio de Cancho Roano. La diferencia principal radica en el corto período de uso que se documenta de forma invariable en los edificios alentejanos y que se deja sentir en la escasez de estratigrafía o remodelaciones, que tan sólo en el caso de Neves II se concreta en dos fases que no pertenecen a la evolución de un mismo edificio. Por otra parte, las manifestaciones de culto de estos complejos podrían tener carácter doméstico o funerario, como en Corvo I, o quizá privado y gentilicio, como se ha propuesto recientemente (Jiménez Ávila 2001: 221) pero, en cualquier caso, no hay documentación suficiente sobre los elementos de culto para ser comparada con el resto de los ejemplos expuestos. A partir de estas diferencias, se podría incluir a los complejos portugueses presentados en la categoría de residencias aristocráticas o de prestigio más que en la de edificios de culto propiamente dicho. Es posible que la similitud que se aprecia entre los edificios del Bajo Alentejo y los complejos postorientalizantes del valle medio del Guadiana esté en relación con un foco de inspiración común, ya que las poblaciones indígenas de las regiones interiores portuguesas mantuvieron contacto con las poblaciones tartésicas, atestiguado por la presencia de thymiateria y braserillos típicamente tartésicos en estos yacimientos (Arruda 1996: 41-42). La corta ocupación que presentan los edificios portugueses podría deberse a una mayor concentración de grupos autónomos en un área relativamente pequeña, circunstancia que pudo producir una sobreexplotación de los recursos y la competencia entre las diferentes élites, llevando consigo el debilitamiento del poder económico, social e ideológico que dio lugar a la formación de estas aristocracias. En cuanto al santuario de La Muela de Cástulo, a pesar de pertenecer al tipo de edificio complejo de grandes proporciones en el que alternan áreas abiertas y cerradas y documentarse en el santuario más antiguo los restos de un ritual equiparable al detectado en el foso de Cancho Roano, presenta escasas concordancias en general con el edificio extremeño. La ausencia de pavimentos rojos o de los elementos característicos del culto, tales como altares, vasares o mesas de ofrendas, unido a la parcialidad de la planta publicada, no permite asegurar que ambos edificios respondieran a un esquema similar en las manifestaciones rituales o en la organización espacial. En definitiva, son los edificios del Bajo Guadalquivir y, concretamente, los santuarios de Coria del Río y El Carambolo Bajo, los que podrían presentar mayores concordancias con Cancho Roano, aunque no olvidamos el hecho de disponer tan solo de planimetrías parciales, de su ubicación preferentemente urbana y de la posibilidad de corresponderse con manifestaciones cultuales propiamente semitas. Estos edificios andaluces han sido interpretados como santuarios y en ellos encontramos la arquitectura, el estilo, los posibles rituales y algunos de los elementos de culto que posteriormente serán reproducidos en Cancho Roano, aunque siempre a mayor escala en el edificio extremeño. Las analogías se resumen en los siguientes puntos: La localización de los edificios de culto del Bajo Guadalquivir es preferentemente urbana, pero existe un precedente de edificio aislado en el posible santuario de El Carambolo Bajo. Según unas prospecciones geofísicas recientes, no existen más construcciones en el entorno inmediato, por lo que estaríamos ante un edificio autónomo y aislado como Cancho Roano, aunque posiblemente relacionado con el núcleo urbano de Spal (11). (11) En este sentido queremos recordar que también el santuario de La Algaida se presentaba aislado en el entorno. Este santuario, del que se poseen escasos datos, estaba formado por una plaza o espacio abierto en torno a la cual se disponían una serie de habitaciones rectangulares (Corzo 2000). El estilo arquitectónico de los espacios interiores de los edificios de Coria del Río, el Ámbito 6 de la Casa-Palacio del Marqués de Saltillo y Cancho Roano presentan un cierto "aire de familia", derivado del empleo de unos recursos arquitectónicos comunes y de la asociación similar en el uso de esos recursos. Parte de estas características han sido señaladas anteriormente (Belén y Escacena 1998) y se concretan en los revocos de cal de los zócalos y las paredes, en la presencia de pavimentos rojos realizados mediante la aplicación de mineral de hierro, en los suelos conformados a partir de ladrillos de adobe y en los hogares rectangulares o cuadrados construidos también en adobe. Los edificios del Bajo Guadalquivir se organizaron según un prototipo de planta compleja que alterna áreas cubiertas con espacios al aire libre y que indican la existencia de diferentes actividades. Aunque, desgraciadamente, no poseemos la planta completa de todas las fases, es posible que el edificio de El Carambolo Bajo tuviera una organización interna similar a Cancho Roano. En ambos edificios la fachada principal está en el Este y fue reconstruida sobre el mismo lugar hasta tres veces. A través de los vanos de ingreso se accedía a una habitación alargada que en Cancho Roano organizaba y distribuía los recorridos por el interior de las estancias. En ambos ejemplos parten desde este departamento alargado dos habitaciones en dirección Este, dando lugar en el edificio extremeño a la configuración de un patio cuadrangular que pudo así mismo estar representado en El Carambolo Bajo por un área empedrada que se sitúa en esta dirección (Fig. 6, b). Es posible también que en ambos edificios se produjera un cambio importante entre la planta primitiva y las sucesivas, ya que según su excavador los tres niveles superiores parecen responder a un mismo trazado mientras que los muros pertenecientes al nivel IV denotan un edificio diferente (Carriazo 1970: 66). En el santuario de Coria del Río podríamos estar también ante un edificio que reproduce hipotéticamente un esquema similar al posterior de Cancho Roano, con fachada principal abierta al Este y con planta similar a la del edificio extremeño (Escacena y Izquierdo 2001: 47) (Fig. 5, b). Sólo disponemos de la planta completa del edificio de El Carambolo Bajo, cuyas medidas aproximadas son de 25 x 15 m. Estas dimensiones no se encuentran muy alejadas de las que ofrece el edificio de Cancho Roano B, estimadas en 22,58 x 15 m, si se incluyen las habitaciones del sector oriental o de 18,70 x 15 si tan sólo tenemos en cuenta las medidas del edificio principal y el patio. Es posible que este tipo de edificios se construyesen con unas medidas similares, como ya fuera propuesto con anterioridad en referencia a las concordancias métricas entre Abul, Pyrgi y Cancho Roano A (Celestino 1997: 363;2001: 51) y podría indicar que los edificios cultuales del Mediterráneo Central y Occidental se construyeron, en líneas generales, con unas proporciones mayores a los edificios del Levante, en donde a pesar de todo existe un referente métrico en el templo de planta migdal de Sechem, de 21 x 26 m. Los elementos de la parafernalia litúrgica del santuario III de Coria del Río son perfectamente identificables con los elementos documentados un siglo después en Cancho Roano, con la instalación en el centro de una capilla, pavimentada de rojo, de un altar de barro de las mismas características a los de las habitaciones 4 y 7 de Cancho Roano B (Fig. 6, a). En ambos ejemplos, el eje más largo del altar está orientado al Este y sus secuencias estratigráficas denotan diferentes momentos de fuego y sellado, circunstancia que podría implicar la presencia de rituales periódicos similares entre ambos edificios. Por otro lado, se documentan los mismos elementos auxiliares para el desarrollo del culto, con la presencia de vasares y de "mesas" de ofrendas formadas por ladrillos de adobe enlucidos con el mismo pavimento de la habitación. Tanto su disposición auxiliar con respecto al altar, como su posterior amortización, parecen responder a las mismas pautas en ambos edificios. DISCUSIÓN EN TORNO AL ORIGEN Y EVOLUCIÓN DE CANCHO ROANO Como hemos visto en el apartado anterior, podrían ser los edificios del Bajo Guadalquivir los que mayor influencia ejercieron a la hora de construir el edificio extremeño, aunque en líneas generales, y durante los siglos VII-VI a. C., se documentan en el área de influencia del Estrecho una serie de edificios que presentan similares características constructivas y elementos comparables. A pesar del conocimiento parcial que tenemos de los lugares de culto en esta zona no parece probable que existiera un tipo de edificio estándar, en el que no obstante se cumplirían una serie de requisitos como son la alternancia de espacios abiertos y cerrados y la exis-tencia de diferentes departamentos de uso específico y restringido. Así mismo, se observa que las manifestaciones de culto no responden siempre a un mismo patrón, sin poder asegurar que la ausencia o presencia de ciertos elementos de culto y, de sus estructuras auxiliares, implique el desarrollo de actividades culturales de diferente rango o, por el contrario, se deba a una documentación arqueológica insuficiente. En este panorama arqueológico, tan solo podemos aludir al empleo y la asociación de similares recursos arquitectónicos entre los edificios sevillanos y Cancho Roano, así como a la instalación de los mismos elementos de culto y accesorios para las prácticas sagradas, circunstancia que podrían estar indicando el desarrollo de un esquema funcional similar entre estos edificios y el extremeño. Cabría preguntarse por qué se produce en el siglo VI a.C. la creación de un lugar de características afines al núcleo tartésico en el valle de La Serena. Desde hace algún tiempo, S. Celestino ha defendido la teoría de que la crisis de la sociedad tartésica pudo motivar la búsqueda de nuevos mercados en la periferia de su territorio, con el traslado de población y la formalización de unas relaciones económicas basadas en la obtención de productos agropecuarios (Celestino 1991;1995;1998;2001). Sin entrar a valorar la posible aportación de población andaluza, circunstancia difícil de comprobar pero ya sugerida por Maluquer (1981), sí resulta coincidente la fecha atribuida para la construcción de Cancho Roano C con la crisis de la sociedad tartésica. Por otro lado, el poblado orientalizante de El Palomar de Oliva de Mérida también se abandonó en el siglo VI a. C. y en él se documentó, entre otras construcciones, un almacén de productos agrarios próximo a un edificio interpretado como templo (Jiménez Ávila y Ortega Blanco 2001). Según los autores, la cercanía de ambos edificios podría indicar la legitimación religiosa del sistema socioeconómico. La escasa definición que existe sobre este tipo de hábitat en llano, del que hasta ahora éste es el único ejemplo excavado, no permite aventurar que este modelo se reprodujera en otros asentamientos, pero no deja de ser interesante la posibilidad de existir precedentes de contratos comerciales, favorecidos por la divinidad, a tan solo 40 km en línea recta del valle en el que se erigió Cancho Roano. La fundación del primitivo santuario, o Cancho Roano C, se produjo sobre una construcción ante-rior, interpretada como una cabaña de planta oval o circular (Celestino 2001). Los escasos datos que tenemos sobre esta fase no permite especular sobre su función, pero en nuestra opinión podría corresponderse con un horno doméstico, del mismo tipo que otras estructuras relacionadas con espacios de habitación documentadas de forma habitual en los yacimientos del Sur peninsular o en el cercano Palomar de Oliva de Mérida. Nada hace presagiar a partir de esta estructura la existencia de un espacio sagrado anterior, aunque si el resto arquitectónico pudiera identificarse efectivamente con un horno doméstico, estaríamos ante la misma situación de los santuarios de Coria del Río y de Cástulo, construidos respectivamente sobre un horno cerámico y metalúrgico. El primer edificio de Cancho Roano C estaba formado por un amplio témenos, delimitado por muros documentados sólo parcialmente y posiblemente cubierto en determinadas áreas. La habitación 7 funcionaría como la capilla o cella propiamente dicha, con la presencia de un altar que, sin paralelos exactos, recuerda modelos iconográficos del Mediterráneo. En dirección Norte se repartían otras habitaciones de dimensiones más modestas y funciones desconocidas, pero posiblemente relacionadas con la función principal. El edificio de Cancho Roano B rompe totalmente con la planta del lugar primitivo; ni su tamaño ni su organización son comparables, aunque se perpetúa la habitación 7 como lugar sagrado. La organización del nuevo edificio, en base a una serie de habitaciones de utilidad preestablecida, nos está indicando el grado de desarrollo orgánico del centro, en el que podrían apuntarse por primera vez la práctica de otras actividades al margen de la principal de culto. El nuevo complejo señala como ningún otro su función religiosa, con la documentación de fosas rituales, dedicación de un sector completo a las prácticas rituales, perpetuación de la funcionalidad de la habitación 7 e instalación en el patio de una plataforma de adobe para realizar sacrificios. Es posible que la planta de Cancho Roano B esté marcando un cambio sustancial en las actividades y en la propiedad del edificio. Es decir, si el santuario de Cancho Roano C era en principio un lugar neutral para efectuar intercambios, controlado por las poblaciones circundantes, es posible que el nuevo edificio, con los cambios efectuados, esté ahora controlado por un poder político organizado. Es evidente, a juzgar por la perpetuación del sitio y de la riqueza del material arqueológico concentrado en el último edificio, que el complejo atesoró una gran riqueza obtenida a lo largo de su existencia, fruto de las diferentes transacciones llevadas a cabo en el mismo, de las que dan prueba el sistema de ponderales, los sellos y la balanza encontrada entre los restos de Cancho Roano A (Maluquer 1981; Celestino y Jiménez 1996). Su valor como lugar generador de riquezas sería un estímulo muy importante para las diferentes élites relacionadas con el lugar, por lo que parece fácil prever que el poder más fuerte se haría finalmente con su control. A modo de hipótesis, se podría plantear que fueron las poblaciones del valle las que efectuaron mayor control sobre el edificio, ya que parece probable que la cercanía al lugar propiciaría un control más férreo sobre el mismo. La apropiación del edificio por parte de un poder político no significó, sin embargo, la ocupación del lugar como vivienda, ya que el espacio disponible no permite aventurar la instalación de un grupo mayor a dos o tres personas, probablemente aquellas que se dedicaron al cuidado y mantenimiento de las instalaciones. El proceso de "privatización" del edificio pudo culminarse con la construcción de Cancho Roano A, en cuyo espacio interior no se identificó ninguna estructura de culto, pero en el que al menos se señaló con una pilastra de adobes la existencia de los anteriores (Celestino 1995). Los testimonios de rituales vienen determinados tan sólo por la presencia de ofrendas en las capillas laterales, que adquirieron particular riqueza en las del sector Norte (Celestino y Jiménez 1993). Este edificio ha sido interpretado como un palacio en el que residiría un dinasta (Almagro-Gorbea y Domínguez de la Concha 1988-89) y, recientemente, bajo la perspectiva de un culto privado de carácter gentilicio (Jiménez Ávila 2001: 221). Por nuestra parte, pensamos que existen numerosos factores en la evolución del complejo que apuntan al carácter sagrado del edificio hasta el final de su uso, aunque efectivamente el edificio más moderno denota menos rasgos religiosos que los precedentes. Sin embargo, existe una circunstancia que llama especialmente la atención en el edificio de Cancho Roano A, y es el hecho de que, si bien en el complejo sólo se puede dictaminar la presencia de ofrendas en las capillas laterales del sector Norte y Oeste, con la práctica ausencia de altares o mobiliario religioso en el interior del edificio y la sustitución de los suelos rojos por tierra batida, en la clausura del edificio se actuó, por el contrario, de forma marcadamente ritual, con la documentación de un banquete de grandes proporciones en el que se sacrificaron animales muy jóvenes, con el abandono del material arqueológico de lujo, junto al mobiliario de las habitaciones, y con la amortización y sellado final del complejo. En el estado actual de la investigación, no estamos en condiciones de saber cual fue el territorio sobre el que ejerció su influencia Cancho Roano, esperando que en el futuro el desarrollo completo del proyecto de prospección arqueológica pueda reportar luz sobre este punto. Sin embargo, existen algunos datos que parecen indicar que en un radio en torno a 30 km se producen elementos relacionados de alguna manera con el lugar, siendo éste, de forma preliminar, el territorio implicado en las relaciones llevadas a cabo en el santuario. En primer lugar, las canteras de aprovisionamiento de la pizarra se encuentran próximas a esta distancia, en la denominada comarca de La Siberia. En segundo lugar, entre 20 y 30 km en dirección Norte y Noreste se encuentran los yacimientos de Medellín, La Barca, Valdegamas y La Mata de Campanario, los dos últimos relacionados con edificios monumentales post-orientalizantes. Por otro lado, la distancia de 30 km parece ser idónea para realizar una jornada de viaje, máxime cuando el territorio circundante no es demasiado accidentado, pudiendo realizarse a pie, con el apoyo de bestias de carga o a caballo. Es difícil establecer cual fue la relación entre Cancho Roano y la serie de edificios post-orientalizantes del valle medio del Guadiana, interpretados como las residencias autónomas de unas aristocracias locales de economía agrícola (Rodríguez Díaz y Ortiz 1998). A pesar de conocerse cerca de una decena de enclaves, tan solo disponemos de los datos que nos puede ofrecer la excavación del edificio de La Mata de Campanario, el cual reproduce, en pleno siglo V a. C., un modelo arquitectónico y organizativo equiparable a Cancho Roano. Su situación, a tan sólo 20 km del santuario, dentro por tanto del radio de influencia propuesta, nos lleva a sugerir que fue el edificio de Cancho Roano y las relaciones socioeconómicas y políticas que se llevaron a cabo en el mismo, las que contribuyeron al enriquecimiento de estas aristocracias locales, que a la larga terminaron instalándose en edificios que reproducían los modelos arquitectónicos del santuario.
Hemos empleado la teoría de los ámbitos tecnológicos para proponer una explicación de este depósito de oro. Comenzamos con el análisis tecnológico, basado en la observación topográfica de las huellas de trabajado y procesos de fabricación, para finalizar con un modelo sobre el cambio tecnológico y social que se produce a fines de la Edad del Bronce y principios del periodo orientalizante, cuando dos sociedades distintas conviven en el sur peninsular. El estudio que presentamos es consecuencia y continuación del que iniciamos con el depósito de Villena en 1993. Entonces propusimos un modelo interpretativo para la orfebrería del Bronce Final en la fachada atlántica que tenía como límite cronológico inferior el depósito de El Carambolo (Armbruster y Perea, 1994: fig. 8). Ahora presentamos el estudio tecnológico de este conjunto que ratifica y completa las conclusiones anteriores, matizándolas y planteando a su vez nuevas temas para la discusión. Por cuestiones de espacio y conveniencia no hemos incluido en la parte técnica descriptiva el collar que formaba parte de este mismo depósito; es nuestra intención publicarlo próximamente con el detalle que merece. El trabajo se desarrolló con la misma filosofía que había presidido el anterior: labor de equipo, espíritu crítico e independencia, aunque ahora bajo los auspicios institucionales de la DGICYT (2). En cuanto a la metodología nos remitimos al trabajo mencionado; en el caso de El Carambolo existían las mismas limitaciones que en Villena. HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN El hallazgo y su contexto Sobradamente conocidas son las circunstancias del halllazgo a través de la prolija publicación de Juan de Mata Carriazo del año 1973 (con toda la bibliografía suya anterior), donde recoge no sólo éste sino otros hallazgos como el del Cortijo de Ebora en Cádiz, que protagonizó como Delegado de Zona del Servicio Nacional de Excavaciones Arqueológicas y catedrático de la Universidad de Sevilla. Fue un hallazgo casual del día 30 de Septiembre de 1958 durante las obras de remodelación de las instalaciones de la Sociedad de Tiro de Pichón cerca de Sevilla. Las joyas se dispersaron entre los trabajadores, pero fueron entregadas casi de inmediato a los directivos de la Sociedad que las ponen a disposición de las autoridades. Al parecer, estaban introducidas muy cuidadosa y ordenadamente en una vasija cerámica que no se conservó, salvo un fragmento. Dos o tres días después comenzaron las excavaciones en la zona dirigidas por Carriazo que, inmediatamente, invita a Juan Maluquer de Motes a participar en ellas. Se identifica un fondo de cabana ovalada de unos 6 m de longitud por 4 m de anchura, con una estratigrafía de varios niveles, algunos con abundante material cerámico, entre el que destacaban fragmentos de pintura monocroma que después vino a caracterizar el Bronce Final Tartésico. El ocultamiento de joyas se deposita en un hoyo que corta esta estratigrafía. El sondeo del fondo de cabana o "Carambolo alto" tuvo como consecuencia el descubrimiento y posterior excavación de otro yacimiento, dentro del mismo entorno del cerro a unos 150 m. del anterior, que se denominaría poblado o "Carambolo bajo". La memoria completa de excavaciones no se publicará hasta 1970, aunque se da noticia de los materiales aparecidos en la primera secuencia que se obtenía de un yacimiento tartésico (Carriazo, 1959). Por su parte Maluquer había participado durante dos días en los trabajos del sondeo y había tomado notas de la compleja estratigrafía descubierta, a las que Carriazo hace referencia en su memoria; pero no será hasta después de su muerte cuando se publique una edición facsímil de su cuaderno de campo, con dibujos y comentarios (Maluquer, 1994; Aubet, 1994). Es entonces cuando surge la polémica pues la interpretación de los estratos de uno y otro arqueólogo no parece coincidir. En síntesis el problema es la aparición o no de cerámicas a torno en los niveles, o nivel, correspondientes a la ocupación del fondo de cabana del Bronce Final. La cuestión no es baladí puesto que este material es el fósil guía para determinar contextos precoloniales puros, no contaminados por la presencia fenicia. Sin entrar en los detalles de la polémica (Aubet, 1992-93; Escacena, 1995: 186-87; Belén y Escacena, 1995:93) lo que interesa aquí es que el depósito de joyas se situaba en el nivel III de Carriazo (E. de Maluquer) acumulado sobre el nivel de incendio y abandono del fondo de cabana, y en las proximidades de un muro de adobe; según Aubet (1992-93: 339) el ocultamiento se habría hecho desde el nivel II (B) de ocupación turdetana. El cerro de El Carambolo constituye uno de los yacimientos más completos de la protohistoria de Andalucía occidental, puesto que la secuencia del Bronce Final del fondo de cabana continuaba en el poblado bajo. Sin embargo, la desafortunada excavación de este último, que presentaba una abigarrada y compleja secuencia urbanística de construcciones de planta rectangular, ha tenido como consecuencia la pérdida irreparable de una información que probablemente fuera única. Según su tipología, los platos importados de engobe rojo (Ruiz Mata, 1986) procedentes del poblado presentan una secuencia que abarcaría desde finales del siglo VIII a.C. hasta comienzos del VI a.C. La situación de El Carambolo era ciertamente estratégica, a casi 100 m de altitud en el borde de la meseta del Aljarafe, dominaba el territorio de su entorno y estaba a corta distancia de la desembocadura antigua del Guadalquivir. El conjunto lo componían 21 objetos de oro que pesaban poco menos de tres kilos, aunque este dato ha ido variando con el tiempo según se fueron limpiando las piezas de la tierra del yacimiento; actualmente dan un peso de 2.392 gr. Pero lo que sorprendió entonces fue la morfología y ornamentación de unas piezas que carecían de paralelos: 16 placas rectangulares de distintos tamaños; dos llamados pectorales en forma de "antiguos lingotes de metal"; dos brazaletes, de gran tamaño; y un collar formado por una cadena de la que pendían siete colgantes, que en origen habían sido ocho, "con aspecto de sello signatario" (Carriazo, 1978: 54). En el estudio de estas joyas existe un antes y un después del artículo publicado por E. Kukahn y A. Blanco en 1959. Todos los posteriores, incluidos los de Carriazo, son deudores de este trabajo inicial que va a condicionar toda la investigación porque sus aciertos, los más, y sus errores, los menos, se van a transmitir hasta la actualidad. En primer lugar sientan las bases de una división morfológica en dos grupos que califican de "ternos" y añaden que "no parece probable que ambos ternos fueran llevados simultáneamente por una misma persona, pero tampoco cabe asegurarlo con firmeza" (Ibid.: 40): -Grupo I: un pectoral (con decoración de rosetas); dos brazaletes; ocho placas de diferentes tamaños (con decoración de rosetas). -Grupo ir. un pectoral (con decoración de semiesferas con umbo); ocho placas del mismo tamaño (con decoración de semiesferas con umbo); un collar con colgantes. Es evidente que los elementos que sirvieron para establecer esta división fueron los decorativos: en el caso del primer grupo las rosetas y en el del segundo las semiesferas con umbo; todos los demás elementos tenidos en cuenta parecían comunes. El argumento empleado para incluir el collar en este segundo grupo es arriesgado: "a este segundo juego pertenece la cadena con los sellos colgantes, los cuales conservan restos de una materia azul incrustada, lo que viene a confirmar que en todas las piezas de este grupo la pasta vitrea desempeñaba un importante papel decorativo" (Ibid.: 41). Pues bien, Carriazo (1970: 13) hace la siguiente mención al respecto: "En una de las celdillas [de las placas] se ha reconocido algo como residuo de una materia roja, acaso vitrificada, que es un indicio vehemente de que todas las otras celdillas y los polos rehundidos de las semiesferas recibieron una nota de color; o mejor dicho, de diversos colores combinados, que ofrecerían un aspecto deslumbrador". Nuestro estudio no ha corroborado este extremo. Otra de las imprecisiones que surgen a partir de esta publicación se debe a que los colgantes del collar imitan sellos girato-rios, pero ni son sellos ni giran; aunque ello se advierte con claridad, muchos investigadores los han tomado por tales. Estos grupos morfológicos han sido mantenidos por todos los autores posteriores. Carriazo (1973: 128 y ss.) en vez de ternos habla de "primer aderezo" y "segundo aderezo", con el mismo contenido; lo mismo que actualmente Nicolini (1990) o Pingel (1992: 115) aunque ambos puntualizan que el collar debe considerarse aparte. Este último autor propone la hipótesis de dos conjuntos diferenciados: los correspondientes a dos adornos de cabeza y torso, a los que se ha añadido, en un caso un collar, y en el otro dos brazaletes (Ibid.: 116). Tanto Nicolini como Pingel hacen notar que las joyas no presentan aparentemente huellas de uso o de utilización prolongada. Existe una confusión generalizada entre los arqueólogos, casi hasta nuestros días, al hacer equivalente la descripción morfológica con un estudio técnico. Desde un principio se consideró que la técnica de fabricación de las joyas del Carambolo era fundamental para determinar su origen, pero ello no pasó de la pura observación morfológica y el establecimiento de paralelos formales. No fue tarea fácil puesto que, dejando al margen el collar de claro aspecto mediterráneo, las piezas presentaban un único elemento iconográfico familiar, las rosetas que se repetían en algo más de la mitad de las piezas; en la otra mitad, ni eso. De esta repetición se extrajeron conclusiones: el tesoro forma un conjunto homogéneo e incluso en los pectorales se veía la mano del mismo orfebre; además, "la búsqueda de paralelos [para los pectorales] reafirma la impresión de la singularidad y el carácter hispánico de estas piezas" (Kukahn y Blanco, 1959: 42). Otro elemento decorativo que no pasó inadvertido fueron las púas, que unido al aspecto macizo de los brazaletes les hace buscar paralelos, acertadamente, en determinadas piezas de oro de la fachada atlántica durante el Bronce Final: "las púas que aparecen aquí como elementos secundarios son las mismas que decoran el espléndido brazalete de Estremoz y el hallado recientemente en Portalegre..." En cuanto a las técnicas de fabricación, solo Carriazo hace mención específica a ellas. Todos los elementos decorativos dispuestos en tiras están "troquelados" y "la fijación de las planchas de estructura y de los elementos decorativos en las joyas del Carambolo es una mezcla de soldadura y de embutido o remachado..." En realidad lo único que sorprende es el granulado de los colgantes del collar, pero se defiende la unidad de origen, estilo y fabricación (Carriazo, 1978: 164). El único estudio técnico en profundidad es el realizado por Nicolini (1990) sobre algunas de, que no todas, las piezas del conjunto. Identifica y describe con minuciosidad y acierto todos los elementos estructurales, con especial atención a los diferentes tipos de hilos que aparecen, las técnicas de fabricación y montaje, además de extraer conclusiones sobre la posibilidad de identificar distintos talleres o al menos diferenciar etapas cronológicas sobre la base de los pectorales. Arriesga, aunque erróneamente, describir la técnica de las púas como "une ligne de cônes emboutis soudés sur une bandelette" (Ibid.: 507). El estudio estratigráfico del yacimiento donde se produjo el hallazgo ha servido únicamente para constatar un terminus post quern del ocultamiento; merece la pena citar in extenso las impresiones de los excavadores: "Dada la evidente alteración de la estratigrafía en el sector donde aparecieron las joyas, es forzoso admitir que el cacharro con el tesoro se ha depositado abriendo un hoyo en el terreno, después de haber quedado interrumpida, tal vez mediante un incendio, la vida en la cabana; y aún después de la formación de algunos estratos superiores. Pero esto no quiere decir que haya sido mucho tiempo después, ni con total independencia del yacimiento subyacente. Por mi parte me encuentro totalmente persuadido de que entre el fondo de cabana y el tesoro hay una relación mucho más estrecha que la pura vecindad espacial" (Carriazo, 1978: 170). Muy diferente es el talante de Maluquer: "...Por consiguiente es necesario estudiar las joyas en si mismas pues nada nos indica la estratificación de la zona meridional sino es una indicación de que el escondite proba-blemente fue excavado en un momento paralelo a la formación del estrato B" (Maluquer, 1994: 22). La mayoría de los autores han tomado el collar como elemento cronológico principal, puesto que existían paralelos chipriotas significativos; sobre esta base Kukahn y Blanco (1959: 47) fijan un límite superior en el 600 a.C, con un margen de todo el siglo VI para la fabricación de las joyas. Una de nosotras (Perea, 1991: 211-212) ya advirtió la dificultad de una datación absoluta para el conjunto, que situaba paralelamente a la tumba 14 de La Joya y al túmulo G de El Acebuchal, y aislaba claramente el collar que sería bastante posterior. Por su parte, Nicolini (1990: 220-221) se aleja del resto en favor de una cronología baja y unas fechas atomizadas, lo que implica romper con la unidad de estilo y fabricación que había presidido la investigación hasta entonces. Sus argumentos se basan en los hilos de filigrana y en las comparaciones estilísticas, para concluir unas fechas que oscilan a lo largo del siglo V a.C, preferiblemicnte en su segunda mitad, incluso llegando al IV. Sin embargo, resalta el carácter "archaïque attardé" de ciertos elementos orientalizantes, por un lado, y los procedentes de la orfebrería del Bronce Final, por otro. La reconstrucción de Carriazo (1973: fig. 88) en un ingenuo dibujo, en el que las 21 piezas se disponen sobre la cabeza y torso de un personaje barbado de aire serio, es elocuente. Habría según él, corona, cinturón, pectorales y collar de un único ajuar, contradiciendo su propia división en "aderezos". Por supuesto, las joyas son masculinas "de un gran sacerdote, o de un rey. Nunca de una mujer" (Ibid. Más tarde, Almagro Gorbea (1989) relaciona los grandes conjuntos de orfebrería de la época con las élites y destaca su carácter social, ideológico y simbólico, como demostraría la forma de lingote de los pectorales; El Carambolo sería una obra de encargo y probablemente un regalo político de carácter regio. DESCRIPCIÓN DE LOS ELEMENTOS ESTRUCTURALES Y ORNAMENTALES 1 /" I En aras de la brevedad renunciamos a dar medidas y número de elementos decorativos que pueden consultarse en la bibliografía citada. Placas, pectorales y brazaletes (Láms. I, II, IX, XIV) están constituidos fundamentalmente por un cuerpo laminar al que se le aplican una serie de elementos individuales decorativos; estos elementos pueden ser en lámina, en hilo, o fundidos. Los aspectos estructurales son importantes para comprender los procesos de fabricación que se explicarán en el apartado 3. Hemos distinguido entre placas y pectorales simples y complejos; la diferencia depende únicamente de los elementos decorativos, puesto que la base o cuerpo del objeto es siempre equivalente. -Placas: estructura del cuerpo (Fig. l).Tanto las simples como las complejas están formadas por una lámina de base y una superior de cierre, formando una estructura en caja cerrada. I. Placa con ornamentación compleja. Placa con ornamentación simple. Anverso rales se han levantado a partir de la lámina de base. Los lados largos presentan perforaciones circulares, con las rebabas al exterior, simétricas para que pudieran pasar hilos o cordones. La ornamentación de la parte superior se dispone en los bordes y longitudinal y paralelamente a los lados largos (Láms. Los reversos son lisos y presentan claras huellas de uso en forma de surcos trasversales producidos por los cordones de sujeción (Lám. La misma deformación de la lámina de base es visible también en los laterales, que además fueron reforzados engrosando la lámina. Su causa probablemente fuera una disminución de volumen del relleno que daba consistencia a la pieza, de manera que los cordones y laterales quedaron como únicos elementos que impidieron el colapso de la estructura hueca. Restos de este relleno, algún tipo de resina, todavía se han podido observar en un fragmento. -Placas simples: elementos decorativos (Láms. En torno a las rebabas de las perforaciones se encajaron cuentas de perfil convexo con remates de hilo en los extremos. Por el anverso se fijaron cenefas decorativas formadas por una cinta laminar, doblada en forma de puente aplanado, con círculos de hilo de sección rectangular. Separando a las anteriores, cenefas de elementos semiesféricos con umbo cilindrico, fijados directamente a la lámina de base. -Placas complejas: elementos decorativos (Fig. 2, Láms. Las perforaciones están rematadas, en este caso, por pequeños aros de sección plano-convexa. Los lados cortos Lám. Todos los reversos de las placas, simples y complejas, presentan huellas de uso. V. Detalle de las perforaciones laterales de una placa compleja. Detalle de la estructura de una placa compleja. se decoran y refuerzan con una lámina que lleva motivo inciso en espiga. Las cenefas decorativas son de dos tipos que alternan: a) sobre cinta lami-Fig. Elementos decorativos de las placas complejas, a: semiesfera; b: cinta curvada en puente; c: doble hilo torsionado de sección cuadrangular; d: tira de púas macizas; e: cápsula; f: disco con roseta; g: doble hilo torsionado de sección cuadrangular; h: aros de sección plano-convexa. Detalle de los remates laterales y ornamentación de una placa simple. VIL Detalle de la estructura de las cenefas ornamentales en una placa compleja. nar curvada en puente aparecen semiesferas lisas, sin umbo; b) directamente a la base, semiesferas abiertas hacia arriba, o cápsulas, con disco de cierre estampado con roseta de 11 pétalos y contorno rematado en doble hilo torsionado de sección cuadrangular, formando motivo en espiga. Todas las cenefas están separadas por tiras de púas macizas entre hilos dobles torsionados de sección cuadrangular formando motivo en espiga. -Pectorales: estructura del cuerpo (Lám. Lámina de base lisa bordeada por cuatro tubos de sección plano-convexa. Los extremos de los tubos se rematan con una estructura similar a una cuenta doble de perfil curvo-convexo alargada, con remate de hilo de sección circular en el borde. Las láminas del reverso, muy delgadas, tienen huellas de haber sido usadas, como las placas, aunque en este caso es la ornamentación del anverso la que queda marcada por el reverso. Presentan una anilla de suspensión, perdida en uno de los ejemplares. -Pectoral sencillo: elementos ornamentales (Lám. Sobre la lámina de base directamente, cenefas de semicírculos formando escamas y de círculos de hilo de sección rectangular, igual que Lám. Comparación entre los extremos del pectoral sencillo y del complejo. Brazaletes (en relación de tamaño con un pectoral). Detalle de la lámina ahuecada de ornamentación y tira de púas del pectoral complejo. Brazaletes: detalle del borde abollado donde se aprecia su estructura. Detalle de las cenefas e hilos ornamentales del pectoral complejo. na curvada en puente sobre la que se fijaron semiesferas sin umbo. Este mismo tipo de cenefa alterna en toda la superficie exterior con otro de cápsulas con roseta sobre cinta laminar; el disco de cierre Lám. Brazaletes: detalle de los hilos y la tira de púas huecas y abolladas. aparece rehundido en el interior de la cápsula, al contrario que en placas y pectorales, y los bordes interior y exterior se rematan con hilo torsionado de sección cuadrangular, simple el interior y doble el exterior. Como separación de las cenefas aparecen tiras de púas huecas y cordones de hilo de sección circular formando un motivo en espiga. ELEMENTOS TÉCNICOS Y PROCESO DE FABRICACIÓN Para entender la complejidad del proceso de fabricación hay que tener en cuenta que los objetos antes descritos están compuestos por múltiples elementos fabricados individualizadamente y unidos posteriormente mediante soldadura. El proceso de fabricación, en secuencia temporal, se describe a continuación. Según las huellas de trabajado, textos medievales y testimonios de artesanos tradicionales actuales (Frohlich y Frohlich, 1974; Untracht, 1982; Brepohl, 1987) podemos reconstruir el utillaje empleado. Yunque plano y, al menos, dos martillos, uno de cabeza cónica y otro plano. Cincel afilado para cortar láminas. Punzón aguzado para perforar (que deja un borde con rebabas). Bloque de embutir con cavidades semiesfericas, en piedra, madera o metal, para la deformación plástica de las láminas. Yunque o bloque con ranuras en media caña de distintos tamaños para la fabricación de tubos y para el martillado de hilos de sección plano-convexa. Tenazas para torsionar y pinzas para doblar láminas y manejar hilos. Todas las soldaduras se realizaron en horno. Los hilos que aparecen en El Carambolo (a excepción del collar) son de los siguientes tipos: a) liso de sección circular; b) cordón de dos hilos lisos; c) sección cuadrada; d) sección cuadrada torsionada; e) cinta de sección rectangular; f) sección planoconvexa. Excepto por la anilla de suspensión del pectoral, todos tienen una función estrictamente decorativa, y todos están soldados a una lámina de base (Láms. Presentaban tan buen acabado y pulido que no ha sido posible identificar las huellas de trabajado con medios ópticos simples. -Técnica de unión metálica: soldadura. Se procede mediante la utilización de un material soldante, o aleación soldante, que se funde y difunde entre las piezas a unir que permanecen en estado sólido, por lo que su punto de fusión debe ser menor que el material de base (Lang y Hughes 1980; Wolters 1983). Esta aleación soldante se ha podido observar claramente en algunas de las piezas, en forma de pequeñas láminas o fragmentos, que no llegaron a fundirse totalmente; podemos afirmar que la técnica de soldadura por reacción, con sales de cobre, no se ha empleado en estas piezas (Perea, 1990; Perea et alii, 1991). Para evitar la oxidación en las zonas de unión es necesario emplear un fundente, que actualmente es borax, pero que pudo haber sido potasa, alumbre, tártaro o sosa. En el horno se calienta la pieza hasta que funda la aleación, cuestión delicada al tener como único indicador el brillo y color del metal; entonces el orfebre tiene que sacar inmediatamente el objeto del horno. -Elementos decorativos de placas y pectoral sencillos (Lám. Todos los elementos anulares, como las anillas que rematan el borde de las perforaciones de las placas o los círculos que forman las cenefas, se consiguieron enrollando apretadamente un hilo de la sección y grosor deseados sobre una barra o tubo de sección circular; después se corta el hilo longitudinalmente sobre la barra, quedando libres una serie de anillos abiertos, cuyos extremos pueden cerrarse mediante soldadura. Evidentemente, los motivos en escama surgen de cortar por la mitad uno de estos circuios de hilo. Las cintas laminares, que sustentan en algunos casos los elementos decorativos, se doblaron en puente mediante la ayuda de un núcleo metálico plano que se extrae despues del martillado para darles forma. Los elementos semiesféricos se conformaron en un bloque de embutir a partir de una laminita circular; el umbo de estos elementos decorativos se realizó después con un punzón cilindrico sobre un soporte de pez. -Elementos decorativos de placas y pectoral complejos (Láms. Las cintas de base de las cenefas se diferencian de las piezas sencillas únicamente en que la forma de puente es más elevada. Los elementos semiesféricos están trabajados de la misma forma, como también las cápsulas; en éstas se soldó una plaquita circular estampada con matriz de once pétalos para cerrar, con remate de hilo. Las semiesferas es un elemento decorativo que aparece en el Bronce Final y en la transición Bronce-Hierro, por ejemplo en los cuencos del depósito de Villena (Soler, 1965) o en los brazaletes de Torre Va (Beja) (Armbruster y Parreira, 1993). Junto con las cápsulas, uno de los elementos diferenciadores entre los dos grupos, simple y complejo, son las tiras de púas. En este caso son macizas y se fabricaron a la cera perdida (Armbruster, 1993): a partir de una placa rectangular de cera con nervaduras longitudinales se conforman púas piramidales con ayuda de espátulas y cuchillos; se transformaron en púas cónicas mediante un punzón hueco con esa forma en negativo, instrumento que ha dejado huellas circulares perfectamente visibles en la base de las tiras terminadas (Lám. XII); una vez cubierto el modelo de cera con arcilla muy fina, se procede al vaciado del oro (Armbruster y Perea, 1994: 80-81 y fig. 6). Obtenida la placa fundida se cortan las tiras de púas con cincel. Esta técnica es análoga a la de los brazaletes tipo Villena/Estremoz, y algunos de los ejemplares más estrechamente relacionados serían los brazaletes sin procedencia del Museo de Oporto (Ibid.: 77, lám. 4). Otros elementos ornamentales diferentes a los del grupo sencillo serían las láminas triangulares, que se repujaron para levantar volumen, y los hilos torsionados (Láms. -Elementos decorativos de los brazaletes (Láms. Aunque muy simlares en apariencia al resto de las piezas complejas, existen importantes diferencias morfológicas y sobre todo técnicas. Ya vimos que se partía de un concepto tecnológico distinto en el cuerpo laminar, sin em- Diferencias de detalle son, por ejemplo, los hilos torsionados que aquí alternan la sección circular con la cuadrangular, mientras que en el resto de las piezas complejas presentaban exclusivamente sección cuadrada. Las cápsulas con roseta van soldadas a un cinta laminar, antes de ser fijadas en el brazalete, mientras que las cenefas del mismo tipo en placas y pectoral lo hacían directamente a la lámina de base. La diferencia tecnológica más notable está en las tiras de púas de ambos brazaletes que fueron realizadas por repuj ado de una cinta laminar con punzón cónico, trabajando sobre pez (3). Descartamos su fabricación sobre bloque de embutir debido a la proximidad de las púas entre sí que impediría el manejo de punzón y lámina sobre el bloque. Algunas de estas púas huecas presentan pequeños defectos que nos han permitido identificar la técnica, por ejemplo, pequeños orificios (Lám. XVII) y deformaciones (Lám. Sobre los brazaletes habría que mencionar la identificación de una marca o señal relizada en uno de los ejemplares sobre el borde laminar interior. Se trata de un doble triángulo realizado con punzón fino manejado a mano alzada; la intencionalidad es evidente y su antigüedad también pues sobre el trazo se depositó una fina película o pátina oscura que cubre, a manchas, los reversos de la mayoría de las piezas (Perea y Armbruster, 1997). Sobre la base de este estudio técnico podemos concluir la participación de tres artesanos diferentes en la fabricación del conjunto de El Carambolo, y un cuarto responsable de la fabricación del collar. Denominamos or/i?èr^ 1 al artesano que fabricó las placas y el pectoral sencillos; or/¡?er^ 2 al que fabricó las placas y el pectoral complejos; orfebre 3 al que fabricó los brazaletes; y orfebre 4 al artesano del collar (al que no haremos mención en este estudio). TECNOLOGÍA ATLÁNTICA Y SUS ÁMBITOS TECNOLÓGICOS Durante el Bronce Final en la fachada atlántica se desarrollaron una serie de tipos y técnicas de (3) Rectificamos aquí lo dicho en Perea y Armbruster (1997) donde afirmábamos que solamente uno de los brazaletes tenía las púas huecas. trabajo del oro tan específicas que han podido definir una orfebrería con las siguientes características generales: joyas macizas y muy pesadas en una sola pieza, al margen de algunos trabajos laminares como vasijas y revestimientos; por ejemplo, torques de hasta dos kg, como el de Portel y el de Sagrajas, y brazaletes de casi uno, como el de Estremoz. Se han podido distinguir, además, dos ámbitos tecnológicos: Sagrajas/Berzocana (S/B) y Villena/ Estremoz (V/E). Las características de ambos ya fueron explicadas en otro lugar (Armbruster y Perea 1994; Perea 1995) por lo que no vamos a repetirlo aquí. Simplemente queremos hacer hincapié en que mientras el ámbito S/B se caracteriza por un conjunto de técnicas y tipos reconocibles en otros ámbitos geográficos como Francia (Eluère, 1982) e Islas Británicas (Taylor, 1980), el ámbito V/E se descgnoce fuera de la Península. Se trata de dos conceptos distintos de orfebrería, el primero basado en la inalterabilidad de pesos y volúmenes, mientra que el segundo juega con las posibilidades expresivas de la escultura. LA TECNOLOGÍA MEDITERRÁNEA Y SU ÁMBITO El significado que damos al término "orfebrería mediterránea", en el contexto de la prehistoria, viene dado por su oposición al de "orfebrería atlántica" u "orfebrería centroeuropea". Restringiendo el término a la metalurgia del oro, entendemos por tecnología mediterránea aquella que se desarrolla en ese entorno geográfico a lo largo de la Edad del Bronce; desarrollo que tiene su prolongación en la Primera Edad del Hierro y que va a determinar la formación de posteriores ámbitos tecnológicos, cada vez más complejos y de gran personalidad. Y puede ser definida porque, a pesar de la diversidad que la caracteriza, está basada en una asociación de tres técnicas: soldadura/filigrana/granulado; lo cual no quiere decir que no se emplearan otras subsidiarias, sino que esta asociación condicionó toda la trayectoria tecnológica mediterránea hasta la Antigüedad tardía y más allá (sobre estas técnicas ver: Wolters, 1983; Nicolini, 1990; Perea, 1991). Trasladándonos a las costas del sur peninsular, a partir del siglo VIII-VII a.C. se detecta la presencia de una orfebrería que responde a estas características en algunos ajuares funerarios de las necró- polis fenicias. A la terna mencionada se añaden otras técnicas, como el empleo del color mediante pastas vitrificadas o engaste de piedras, y un nuevo concepto de joya basado en una base laminar, ligera y hueca, pero sobre todo unos tipos y una iconografía que responden al ámbito específico de los principales asentamientos fenicios del Mediterráneo (Perea, 1997), como Cartago (Quillard, 1979, 1987), Tharros (Quattrocchi Pisano, 1974, 1985) o Chipre (Piérides, 1971). El collar que apareció junto al resto de los objetos en el depósito de El Carambolo presenta unas caracterísiticas morfológicas y técnicas "puras", pertenecientes a este ámbito tecnológico mediterráneo, lo que avala nuestra opinión de que se trata de un producto importado, sea el lugar concreto un asentamiento fenicio peninsular o un enclave mediterráneo más alejado. TRANSMISIÓN Y TECNOLOGÍAS MIXTAS Desde hace unos años nuevas metodologías y técnicas analíticas han permitido al arqueólogo plantear cuestiones antes inabordables (McGovem, 1995); una de éstas es el carácter y las implicaciones socioeconómicas de los intercambios en el Mediterráneo durante las etapas finales de la Edad del Bronce. Según datos estrictamente arqueológicos, estos intercambios involucran también a grupos sociales de la fachada atlántica. La investigación actual sobre estos temas presenta dos orientaciones fundamentales; la primera basa sus argumentos en datos proporcionados por objetos de cultura material dentro de su contexto arqueológico, buscando explicar las razones que están detrás de esa interacción; la segunda tiene como fundamento el conocimiento de las características físico-químicas de ese material (fundamentalmente cerámica y metal) en orden a determinar su procedencia. Dicho de otra manera, la primera se ocupa de explicar las fases de distribución y consumo de determinada mercancía, mientras que la segunda se ocupa exclusivamente de la fase de producción. Ambas orientaciones, necesariamente complementarias, han entrado en una fructífera dialéctica, porque la procedencia desde el punto de vista arqueológico no siempre coincide con el punto de vista analítico (para la Península ver por ejemplo: Ruiz-Gálvez, 1995; para el Mediterráneo: Gale, 1991; VV.AA., 1993; Knapp, Cherry, 1994). En general, el desacuerdo suele tener su origen en la excesiva, aunque probablemente inevitable, simplificación de las variables que actúan sobre el comportamiento de unos grupos de estructura y organización complejas, así como en el empleo acrítico de los métodos analíticos empleados (Budd et alii, 1993; Gale, 1997). Si la complejidad de los intercambios materiales en Prehistoria plantea estos problemas, podemos imaginar las dificultades con que nos encontramos a la hora de abordar un tipo específico de intercambio que no está basado en objetos materiales, pero que es una mercancía, que se distribuye y se consume, pero que carece de fase de producción. Nos referimos al conocimiento tecnológico {know-how). El intercambio tecnológico, transferencia o transmisión tecnológica, tiene unos mecanismos propios que no coinciden necesariamente, aunque pueden hacerlo, con los mecanismos comerciales; podríamos decir que la transmisión tecnológica utiliza los mecanismos comerciales en su beneficio, que puede ser y es objeto de mercantilización (Perea, 1994). En otro lugar explicamos cómo este tipo de intercambios tienen lugar dentro de un ámbito tecnológico o sistema, que va a ignorar, aceptar o rechazar la nueva técnica (Perea, 1995: fig. 14; Perea, 1996: 68-70); y que las reacciones del sistema ante la aceptación pueden ser generativas o estériles, esto es, pueden dar lugar o no a nuevos ámbitos tecnológicos. En la última etapa del Bronce Final aparecen lo que hemos denominado "tecnologías mixtas", caracterizadas por una mezcla o adición, según los casos, de rasgos de dos o más ámbitos tecnológicos previos. Se trata de mecanismos de reacción cuando dos sistemas diferentes entran en contacto y cuyo resultado puede ser generativo o estéril (Perea, 1995). Ejemplos de tecnologías mixtas entre los ámbitos S/B y V/E serían el brazalete de Cantonha (Braga) (Armbruster y Fernandes, 1993) o el torques de Sintra (Lisboa) (Armbruster, 1995). Durante la transición Bronce-Hierro surgen también tecnologías mixtas entre los ámbitos tecnológicos S/B, el ámbito V/E y el ámbito Mediterráneo. Ejemplo de transmisión entre S/B-Mediterráneo serían las joyas del depósito de Alamo (Beja) (Armbruster et alii, 1993). La transmisión de tecnologías entre V/E y el ámbito Mediterráneo estaría representado por el ejemplo de los brazale- tes del Museo de Oporto ya mencionados (Armbruster y Perea, 1994: lám. 4; Perea, 1995: foto 7). Nuestra propuesta es que los últimos elementos tecnomorfológicos del Bronce Final aparecen en el depósito de El Carambolo (siempre con la excepción del collar), que serían: estructuras cilindricas, compartimentación zonal de la ornamentación, tiras de púas a la cera perdida, y semiesferas. El Carambolo presenta un problema de interpretación que habría que plantear de la siguiente manera: nos encontramos ante un sistema tecnológico emisor y otro receptor en estrecho contacto. La transferencia de un elemento tecnológico, morfológico o iconográfico de un sistema a otro es un hecho tan complejo como lo sea el propio sistema receptor, e implica un proceso de adaptación que puede finalizar en éxito o en fracaso (Hughes, 1994: 66-68). En el caso que nos ocupa la adaptación se produjo aceptando algunas técnicas, pero no otras, dentro de la flexibilidad del propio proceso de transmisión. Conscientes de la simplificación que implica el modelo, podemos hablar de una integración tecnológica entre dos sistemas, con resultado de mestizaje, esto es, la aparición de un nuevo sistema diferente a los dos del que surgió, y en el que la aportación de uno y otro es difícil de cuantificar. Podemos afirmar, por tanto, que El Carambolo es un conjunto morfotécnico indígena porque es capaz de definir por sí mismo un nuevo ámbito tecnológico, llamémosle tartésico. Ahora bien, otra cosa muy distinta es la filiación de los tres orfebres, o talleres, identificados. En este sentido debemos decir que estos artesanos conocían el lenguaje morfológico del ámbito V/E, pero que mostraban una preferencia hacia elementos estilísticos e iconográficos mediterráneos u orientalizantes. El orfebre que fabricó las púas macizas conocía perfectamente la técnica tradicional de la cera perdida. El que fabricó las púas huecas conocía solamente la apariencia morfológica, pero no la técnica. Para finalizar es necesario insistir en que estas conclusiones se extraen de datos estrictamente tecnológicos y, por tanto, tienen la validez adecuada a esos datos, sin poder extrapolarse a otros ámbitos del comportamiento humano. Ahora bien, la tecnología no tiene una existencia independiente, sino que es un fenómeno cultural más del entorno socioeconómico en el que se manifiesta; por tanto tiene un significado y es susceptible de interpretación. Planteamos un modelo explicativo para El Carambolo distinguiendo tres cuestiones: la organización artesanal; la simbología de las piezas; y el propio hecho del depósito. La cuestión fundamental son las relaciones que se desprenden del estudio tecnológico que afectan directamente a la fase de producción. En primer lugar, defendemos que la transmisión del conocimiento tecnológico complejo se realiza mediante contacto personal y visualización del comportamiento técnico; por el contrario, la transmisión tipológica o morfológica puede realizarse sin contacto, por simple visualización del objeto. En El Carambolo (y dejando siempre el collar al margen) parece que hubo una transmisión tecnológica compleja y en su fabricación, o en una etapa previa y no muy lejana, tuvo que existir contacto personal entre artesanos procedentes del ámbito tecnológico mediterráneo, que llamaremos fenicios, y artesanos del ámbito tecnológico V/E, que llamaremos indígenas. Debemos preguntarnos, entonces, por los mecanismos que permitieron o propiciaron estos contactos que, así definidos, deberíamos denominar "convivencia". Por tanto, entramos de lleno en la problemática planteada sobre el carácter y consecuencias de la presencia fenicia en el sur peninsular. La polémica se establece entre los distintos modelos de "colonización" propuestos y los datos arqueológicos en los que se basan. Algunos de estos datos avalarían el modelo tradicional de colonización comercial, mientras que otros parecen reflejar un modelo de colonización agrario e incluso mixto. En el fondo, lo que se discute es cómo definir e identificar la interacción entre dos formaciones sociales que entran en contacto (dos síntesis sobre esta discusión en: Carrilero, 1993; Belén, 1994). Ello implica definir e identificar el sustrato indígena prefenicio que nos va a servir de referencia; y aquí volvemos a la ausencia de acuerdo entre los investigadores. Se discute si la cesura que parecen reflejar los datos arqueológicos entre el Bronce Medio y el Bronce Final tartésico, o prefenicio, puede explicarse mediante los modelos propuestos: un modelo continuista que fuerza y alarga fechas para hacer desparecer el hiato; y un modelo atlantista en el que gentes del Bronce Final atlántico tendrían algún protagonismo en la zona del bajo Guadalquivir (una síntesis pesimista en Escacena, 1995; y más matizadamente en Belen y Escacena, 1995). Sin ánimo de tomar partido en estos asuntos que sobrepasan el cometido de este estudio, sí podemos plantear cuestiones que ayuden a clarificar el panorama expuesto. La pregunta pertinente es si en El Carambolo estamos ante una colaboración artesanal circunstancial y esporádica, o por el contrario estamos ante una colaboración institucional. En este sentido tenemos que decir que el carácter de los objetos, con una alta carga simbólica como después veremos, nos hace pensar en una colaboración institucional inducida desde el poder. La convivencia entre indígenas y fenicios debió ser algo relativamente frecuente. Uno de los escasos trabajos que han intentado sistematizar los contactos interculturales (Alvar, 1990) no acaba de desprenderse de la idea tradicional y actualista sobre el carácter de sometimiento que tendrían las relaciones de los colonos con respecto a los colonizados. Pues bien, aunque el resultado a largo plazo del fenómeno de la colonización -y somos conscientes de que al emplear esta palabra estamos decantando la argumentación-presente un balance global desequilibrado, ello no se refleja en el estudio tecnológico de El Carambolo. En El Carambolo existió una colaboración artesanal, aparentemente en grado de igualdad. En efecto, hasta aquí hemos considerado su tecnología como base principal de estudio, pero si pasamos a considerar el aspecto formal, tipológico o funcional veremos que ninguno de los objetos del depósito tiene paralelos en la orfebrería mediterránea, con la salvedad del collar que sí los tiene; se trata de formas que podemos calificar de indígenas, y que además van a tener unos consecuentes en la orfebrería peninsular posterior, por ejemplo las placas de los conjuntos de Serradilla y Segura de León, y en cuanto a los pectorales, probablemente su sombra alargada llegue a tocar los pequeños ejemplares de procedencia desconocida que en su momento se adujeron como paralelos (Kukahn y Blanco, 1959: fig. 6). Los pectorales o colgantes, puesto que también ésta es su funcionalidad, reproducen la morfolo-gía de lingotes de cobre y estaño que empezaron a circular por el Mediterráneo oriental y central a partir del siglo XVI a.C, desconociéndose cuándo dejaron de comercializarse. La dispersión geográfica de este material semielaborado abarca todo el Mediterráneo oriental y central (Lo Schiavoetalii, 1985; Muhly^ía///, 1988; Gale, 1991) y sabemos que se transportaba en barcos por los hallazgos de los pecios en Cabo Gelidonya y Ulu Burun (Kas) (Bass, 1967(Bass,, 1986)). La polémica actual se establece en torno al origen del metal; según recientes análisis de isótopos del plomo, parece que se ha podido determinar un único origen chipriota para el grupo más reciente de los lingotes analizados (Stos-Gale et alii, 1997), aunque la discusión no ha hecho sino comenzar (Muhly, 199U Budd et alii, 1995). Además de su valor económico, este tipo de lingote debió disfrutar de un alto valor simbólico que iba más allá de las necesidades de metal de una zona o un grupo. En efecto, existen evidencias arqueológicas al respecto: no se conoce ningún objeto manufacturado con el cobre procedente de estos lingotes (Lo Schiavo, 1996); sabemos que se quez 1991) y de otras levantinas (García Cano, 1991). Los únicos paralelos claros en oro para esta forma carecen de contexto arqueológico y pertenecen a un entorno cronológico y cultural muy distinto, posterior al que nos ocupa. Son colgantes que se conservan en el Instituto Valencia de D. Juan y en el Museo Arqueológico Nacional (Blanco Freijeiro, 1957: láms. Otros paralelos son algo más discutibles, como los aducidos para la diadema y otros objetos del Cortijo de Ebora (Celestino, 1994). Con estos datos, de momento sólo podemos adivinar que la forma de los pectorales hace referencia al ámbito de lo sagrado, más que al profano, en relación con una mercancía de alto valor social y económico, por lo que probablemente su significado también haría referencia al control que se ejerce sobre ese bien, o al control económico en general. ¿Cuando y porqué se ocultó El Carambolo? En este estudio se ha puesto de manifiesto que placas y pectorales estaban en perfecto estado pero presentaban suficientes huellas de uso para poder asegurar que el momento de fabricación y el del ocultamiento no coinciden. En cuanto a la fecha de fabricación, tenemos dos elementos tecnológicos que nos están marcando los límites inferior y superior del intervalo temporal en el que pudieron ser fabricados placas y pectorales. En un extremo tenemos la tecnología atlántica de púas a la cera perdida; en el otro, la tecnología e iconografía mediterránea. Ambos mundos están en situación de convivencia. No conocemos ningún otro material de orfebrería, al margen de El Carambolo, que presente indicios de pervivencia de alguna técnica atlántica en el sur (otra cosa será el ámbito del noroeste peninsular); lo que aparece muy bien representado en este depósito es un ámbito tecnológico nuevo que podemos denominar tartésico y que ya no tiene nada que ver ni con el ámbito atlántico ni con el ámbito mediten^áneo fenicio. Nuestra propuesta es que El Carambolo representa los primeros momentos de formación de ese ámbito tecnológico tartésico en los que todavía no se han consolidado las formas, las técnicas, ni la iconografía, pero que demuestran que los contactos en-tre artesanos llevaban ya produciéndose algún tiempo. Cada vez son más los testimonios arqueológicos de convivencia entre la población oriental y la indígena en la mitad sur peninsular, y cada vez esa convivencia se remonta más en el tiempo; yacimientos paradigmáticos son el Castillo de Doña Blanca (Cádiz) (Ruiz Mata, 1993) y Peña Negra en Alicante (González Prats, 1990). Pero existen otros, conocidos de antiguo, que se están empezando a valorar a la luz de los nuevos descubrimientos, como Cruz del Negro (Carrilero, 1993: 177-179), Estacar de Robarinas (Bandera y Ferrer, 1995), y sobre todo Carmona donde parece que se ha detectado la presencia de un barrio de comerciantes y artesanos orientales hacia finales del siglo VIII a.C. (Belén y Escacena, 1995b: 92). Pero nada podemos concluir sobre la fecha de ocultación, sin tener en cuenta el contexto arqueológico del depósito. En el apartado primero hicimos alusión a las circunstancias del hallazgo y la polémica surgida a raíz de la publicación del diario de campo de Maluquer. No vamos a entrar en ella porque tampoco es pertinente, puesto que el nivel que aquí interesa es aquél desde el que se efectuó el ocultamiento, y ese no ofrece dudas. Sin embargo, parece de interés indagar sobre las causas que determinaron la elección del lugar de ocultamiento. El fondo de cabana presentaba signos de ocupación e incendio previos a su abandono, pero ¿cuál era su carácter? Aunque el método de excavación no fue el mejor, se puede asegurar que los materiales que allí aparecieron, con cerámica a torno o sin ella, no eran de uso cotidiano. Se trataba de cerámica pintada de lujo, junto a abundante material óseo, un huevo de avestruz, molinos, incluso un fragmento de hierro. Conocemos otra cabana de planta ovalada en Montemolín, Sevilla, con parecidas características que se asentaba sobre un edificio de planta similar perteneciente al Bronce Final (Chaves y Bandera, 1991). Para algunos autores (Aubet, 1992-93: 340) la posible incongruencia entre unas construcciones modestas y unos materiales de lujo no es tal si se tienen en cuenta otros parámetros como el tamaño; lo que estarían indicando estas cabanas es una organización del espacio socialmente diferenciado y por tanto una organización social jerarquizada. Entre el nivel con cerámicas turdetanas, desde el que se efectuaría el ocultamiento, y el nivel de abandono de la cabana existe un estrato de ocupa- ción orientalizante (Ibid.: 339; Amores, 1995: nota 17). Nuestra hipótesis plantea la existencia de una continuidad, no en la construcción, pero sí en el carácter y uso; creemos que existía "memoria" del lugar desde la ocupación del fondo de cabana al momento de la ocultación del tesoro. Con ello no defendemos la existencia de un lugar sagrado, aunque en la mente de todos está el argumento de la larga pervivencia de estos lugares en la memoria colectiva, pero sí que probablemente se trataba de un sitio de especial significado para la formación social que lo venía utilizando, y como tal fuera elegido para la ocultación de unos objetos igualmente excepcionales. ¿Ocultación votiva u ocultación económica? ¿Ofrenda a los dioses o codicia de los hombres? No queremos eludir estas preguntas pero tenemos que reconocer que todavía no estamos en condición de responderlas; las hipótesis posibles son muchas. En cuanto a la fecha del momento de fabricación, podríamos aventurar una cifra en torno a la primera mitad del siglo VII a.C, momento en el que todavía perviven técnicas del ámbito atlántico, y en el que la convivencia entre fenicios e indígenas es algo cotidiano. Como fecha de ocultamiento tenemos las cerámicas turdetanas del contexto arquológico que se sitúan en el siglo VI a.C. No creemos que el paso de dos, tres, o incluso cuatro generaciones, sea excesivo para la utilización de un material que por su propia naturaleza sería objeto de cuidado, si no veneración, de generación en generación. Entre el momento de fabricación y el momento de ocultamiento habría que situar la incorporación del collar al resto del conjunto; collar que, adelantamos sobre el estudio en curso, podría interpretarse como un regalo político al personaje que en ese momento estuviera en posesión del resto de las joyas.
ANGELES GARCIA MARIN (*) ADELAIDA ROMÁN ROMÁN (*) RESUMEN Actualmente la evaluación de las revistas científicas se apoya fundamentalmente en la presencia o ausencia de éstas en los índices de Citas. El trabajo que ahora se presenta propone un sistema alternativo de evaluación basado en múltiples indicadores de calidad complementarios que se aplican experimentalmente a las revistas de Arqueología, Prehistoria e Historia Antigua. Se estudia de manera especial la difusión internacional de las revistas a través de las Bases de Datos internacionales más importantes así como en algunos catálogos colectivos de publicaciones periódicas. El trabajo cuya síntesis se presenta en este artículo surge en el marco de una inquietud seria por la calidad de los productos y los servicios de información y documentación, que está en el ambiente profesional, pero que lleva tiempo presente en otros sectores de la actividad industrial y de servicios, y que se manifiesta en la multitud de cursos, jornadas, publicaciones, etc. sobre el tema. A esta preocupación no son tampoco ajenas las estructuras de gestión de la investigación que establecen mecanismos de evaluación científica a la que se someten los proyectos de investigación, la labor de los investigadores y de los docentes universitarios, la política de subvenciones a las publicaciones científicas, etc. El problema surge cuando al aplicar sistemas de evaluación científica, generalmente aceptados a nivel internacional, no se realiza la tarea necesaria de adaptarlos a la naturaleza de los fenómenos que se intenta medir, o no se tienen en cuenta los ses-gos derivados de los ámbitos geoculturales en los que tales sistemas de evaluación han sido ideados. En este contexto, el intento de sugerir una metodología de evaluación de las publicaciones periódicas de Historia Antigua, Prehistoria y Arqueología, responde a una necesidad profundamente sentida por todas las partes interesadas: gestores y evaluadores científicos, editores, bibliotecarios y documentalistas, investigadores y docentes. Así pues, con el apoyo económico de la Dirección General de Promoción de la Investigación se inició, en febrero de 1995, un trabajo orientado a proponer una metodología de valoración de las revistas científicas especializadas en Humanidades, aplicándolo experimentalmente a la Historia Antigua, Prehistoria yArqueología. En el uso de los criterios propuestos a estas disciplinas, se podrían detectar los fallos, insuficiencias, etc. de la metodología propuesta que un posterior debate podría corregir. El objetivo de este artículo es dar cuenta del estado de estos trabajos y muy especialmente de la difusión internacional, último aspecto estudiado. En el desarrollo del estudio pueden distinguirse claramente tres etapas: En una primera fase se hizo un repaso exhaustivo de la bibliografía producida sobre valoración de revistas en los últimos quince años, con objeto de sistematizar los criterios de evaluación empleados y seleccionar aquellos que nos parecieran más adecuados. De este trabajo se concluyó en la propuesta de una serie de criterios de valoración que, en síntesis, fueron los siguientes: -Calidad material de la revista (presentación, edición, etc.). -Cumplimiento de las normas ISO para la edición de revistas científicas. -Difusión directa e indirecta de las revistas. -Calidad medida en la existencia de consejos de redacción, evaluadores externos, etc. -Valoración de los "pares". -Impacto de las revistas, medido a través de las citas hechas en cada artículo publicado en las revistas de las áreas seleccionadas. Para establecer los procedimientos de aplicación de estos criterios se seleccionaron dos ám-bitos temáticos restringidos, equivalentes en el número de títulos de revistas a valorar, y representativos de las Ciencias Sociales y de las Humanidades: la Sociología y la Historia Antigua, Prehistoria y Arqueología. En este artículo se da cuenta del resultado de los trabajos realizados con las revistas de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología (en adelante PAHA). El material de trabajo ha estado formado por 51 títulos de revistas especializadas en las materias relativas a esas disciplinas (Fig. 1). A partir de aquí el trabajo ha consistido en la aplicación de los criterios de valoración, enumerados más arriba, a las revistas publicadas entre 1990 y 1994, ambos inclusive. Una segunda fase del trabajo ha consistido en la aplicación concreta de los dos criterios de valoración que podríamos denominar "de calidad interna": el juicio de los "pares" y el estudio de las citas (Moriconi Valerio, 1994). El equipo de investigación que desarrolla este proyecto estima que un sistema de evaluación que no cuente con la opinión de los especialistas, al menos parcialmente, tendrá serias dificultades en ser aceptado por la comunidad científica. Es verdad que no se puede ser juez y parte, pero la opinión de los especialistas sobre la calidad de las revistas de su campo de especialización, no deja de ser un elemento de valoración muy digno de ser tenido en cuenta, sobre todo si se combina con otros elementos que sirvan para objetivarlo. Por estas razones, se proporcionó a todos los profesores de PAHA, de todas las universidades públicas del país así como del CSIC, una relación con los títulos de las revistas de su especialidad, pidiéndoles que para cada título aportaran la siguiente información: 1) si conocían la revista; 2) en el caso de que la conocieran, si la utilizaban de manera habitual; 3) en este último caso, se les pedía que calificaran la revista utilizada, asignándole una puntuación de O a 10 en función del interés científico de la revista. Se obtuvieron así datos sobre el grado de conocimiento y de utilización de las revistas y también sobre la valoración que de las mismas hacían los especialistas encuestados (Sales Heredia et alii, 1995). Otro criterio de evaluación aplicado en esta fase del trabajo ha sido el recuento de las citas. El objetivo de esta parte del trabajo es medir el impacto de las revistas españolas en la producción científica de las áreas seleccionadas. Secundariamente, se trata además de conocer la influencia de las publicaciones extranjeras en la producción científica española en estas áreas, constatar la cultura lingüística que sustenta cada una de las especialidades, etc. La falta de normalización en las citas que los autores hacen de los trabajos de otros autores en los que fundamentan su investigación, crea dificultades adicionales a este trabajo, ya de por si, duro. Se recogen de manera exhaustiva todas las citas hechas a otras publicaciones en cada uno de los artículos aparecidos en las revistas de PAHA (51 títulos) publicadas entre 1990 y 1994, ambos inclusive. Hasta el momento de redactar esta comunicación, se han recogido las citas contenidas en 11 títulos de revistas, que han producido un total de 30.542 citas. El trabajo de recogida de citas se halla a la espera de una ampliación de subvención por parte de la Dirección General de Promoción de la Investigación para poder ser concluido. Se estima-que queda aproximadamente un 50% del trabajo por realizar. La tercera fase del trabajo consiste en la aplicación de los criterios de valoración "externos": la difusión internacional, el grado de cumplimiento de las normas internacionales de publicación, la calidad formal, etc. De esta parte del trabajo sólo hemos iniciado el estudio de la difusión internacional, objeto principal de este trabajo. * FRANCIS, a través del distribuidor TELESYS-TEMES QUESTEL, por ser ésta la base de datos europea más importante en Ciencias Sociales y Humanas (contiene más de un millón de registros). Por último, hemos consultado también los repertorios bibliográficos impresos especializados que se consignan en el anexo bibliográfico y que no tienen versión electrónica. LAS REVISTAS ESPAÑOLAS EN LOS GRANDES CATÁLOGOS COLECTIVOS La primera impresión que tenemos, consultando la tabla 1, es que OCLC y CCN recogen la práctica totalidad de las revistas de Prehistoria, Arqueología e Historia Antigua. CCN recoge todos los títulos excepto 3 y OCLC excepto 4. Los catálogos alemán y británico recogen algunos títulos menos, sin que la diferencia sea significativa. Dos de los títulos no están en ninguno de los cuatro catálogos consultados y un 66% están en todos ellos. LAS REVISTAS ESPAÑOLAS EN LAS BASES DE DATOS INTERNACIONALES La primera observación a hacer es que el Social Scisearch y el Arts and Humanities Search (Citation Indexes) no vacían ninguna de las revistas estudiadas aquí. Sin embargo, siendo esto bastante significativo, no agota las posibilidades de difusión de las revistas en bases de datos internacionales. A partir de la consulta del "Dialog Journal Finder" se han localizado 6 bases de datos que vaciaban nuestras revistas (Tab. En una consulta anterior (García Marín et alii, 1996) las bases de datos que recogían alguna de las revistas estudiadas fueron 11. Esto podría ser interpretado, a falta de un estudio más continuado en el tiempo, como una tendencia a disminuir la cobertura de revistas españolas en las B.D. internacionales. Las bases de datos que más número de revistas españolas recogen son: La presencia relativamente alta de revistas españolas en el Ulrich's no es de extrañar, ya que se trata del directorio internacional de publicaciones periódicas más importante. Más significación tiene la notable presencia de revistas españolas en FRANCIS, explicable sin duda, en términos de proximidad geográfica y cultural con el país productor de esta base de datos. Munibe está recogida en 4 bases de datos y Archivo de Prehistoria Levantina, Empuries y Kobie en 3. El número de títulos que no están presentes en ninguna de ellas se eleva a 15 (Tab. En conjunto, esta presencia es relativamente escasa, con las consecuencias negativas que esto conlleva en términos de difusión internacional de la actividad investigadora española en estas áreas. PRESENCIA EN REPERTORIOS BIBLIOGRÁFICOS IMPRESOS ESPECIALIZADOS Se han consultado 2 repertorios (Tab. 3) con unos resultados bastante pobres, siendo sólo 12 los títulos de revistas de PAHA recogidos en los mismos. LAS REVISTAS ESPAÑOLAS EN LAS BIBLIOTECAS DE ESTADOS UNIDOS, FRANCIA Y ALEMANIA De la observación de los datos de las tablas 4 y 5 se desprende que, en general, es en las bibliotecas de los Estados Unidos donde las revistas españolas parecen estar más presentes. Es Archivo Español de Arqueología, la revista más difundida, presente en 66 bibliotecas norteamericanas, 38 francesas y 23 alemanas. Le si- guen en Estados Unidos, la revista Excavaciones Arqueológicas en España, en 29 bibliotecas y Hispania Antiqua en 25. En Francia, Zephyrus en 28 bibliotecas y Munibe en 23. En Alemania, Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada en 11 bibliotecas y el Boletín del Seminario de Arte y Arqueología en 10. Cabe señalar aquí la ausencia en el catálogo alemán de la revista Trabajos de Prehistoria, aunque poseemos los certificados de intercambio de esta revista con, por lo menos, 16 bibliotecas alemanas (en una revisión de una nueva edición del catálogo aún no había sido incluido éste título). Se han localizado las revistas españolas de Prehistoria, Arqueología e Historia Antigua en 121 bibliotecas de los Estados Unidos, 78 bibliotecas francesas y 43 bibliotecas alemanas (Tab. Sólo 2 de nuestros títulos Aegyptiaca Complutensia y Arqueología Espacial no han sido localizados en ninguna de las bibliotecas consignadas en los ca-tálogos. Es posible que una de las causas de esta ausencia sea el hecho de que se trata de dos publicaciones seriadas, con ISBN y no propiamente revistas. En las tablas 4 y 5, la columna relativa a España da datos de las revistas que están localizadas en alguna de las bibliotecas universitarias pertenecientes a la red REBIUN. En el Anexo 2 se hacen constar las universidades pertenecientes a esta red y las que sin pertenecer a ella disponen de OPACS accesibles en Internet y han sido igualmente consultadas. DIFUSIÓN INTERNACIONAL DE LAS REVISTAS Si consideramos que es igualmente significativa la presencia de una revista en una base de datos, un repertorio bibliográfico o una biblioteca y asignamos un punto a cada una de estas presencias, tendremos una puntuación global para cada título de revista, indicativo de su mayor o menor presencia internacional. Con los datos que nos ofi'ecen las tablas 6 y 7(1), podríamos considerar que una revista que tuviera presencia en el 50% de las bibliotecas, las bases de datos o los repertorios tendría un grado de difusión aceptable. Sólo un título está en esta situación, es Archivo Español de Arqueología, que reúne 131 puntos. Otros tres títulos: Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, Hispania Antiqua y Zephyrus, superan los 50 puntos y un total de 17 tienen presencia en el 10% de las bibliotecas, repertorios y bases de datos considerados. CONCLUSIONES La primera consideración que se desprende del trabajo realizado hasta aquí es la complejidad de un proceso de evaluación de revistas que pretenda combinar los suficientes criterios que permitan un análisis objetivo y adaptado a las especificidades de cada ámbito del conocimiento. La segunda consideración que se desprende, en consonancia con lo anterior, es la necesidad de rechazar los métodos que se basan en el análisis de un único factor, por muy difundido que éste pueda estar en la práctica internacional. (1) Estas tablas, corregidas y actualizadas, coinciden con las números 7 y 8 de las Actas de las V Jornadas de Documentación Automatizada (García Marín et alii, 1996: 1009-1010) cuyos datos aparecieron mal publicados. Número de bibliotecas, bases de datos y repertorios impresos con presencia de revistas. Revistas en bibliotecas, bases de datos y repertorios (%). En tercer lugar, y en relación a la difusión internacional de las revistas españolas estudiadas, ha de concluirse que los datos ponen de manifiesto una escasa difusión media de nuestras revistas, si se exceptúan algunos casos concretos muy minoritarios. Por último, parece razonable insistir en la necesidad de estudios que analicen cuáles pueden ser las causas de esta escasa difusión, para remediarlas. Entre otras medidas, el cumplimiento de las normas internacionales por parte de los editores de las revistas y de los autores que publican en ellas, ayudaría probablemente una mayor difusión. De cualquier manera, la conclusión que parece más evidente, es la necesidad de una política que contribuya a mejorar la calidad de nuestras revistas científicas como método más eficaz de conseguir una difusión más amplia, y a promover estu-dios metodológicos que acierten con un sistema de valoración ponderado y exento de sesgos. BIBLIOGRAFÍA GARCÍA MARÍN, A.; SALES HEREDIA, R; ROMÁN ROMÁN, A. (1996): "La evaluación de Publicaciones periódicas en el ámbito de las Ciencias Sociales y Humanas. Estudio de dos indicadores de calidad: el juicio de los pares y la difusión internacional". Actas de las V Jornadas de Documentación Automatizada (Cáceres, FESABID, 1996)
Como muchos de estos proyectos han empezado hace poco tiempo, no pretendemos adelantar resultados, sino planteamientos científicos. El área que abarcan se extiende desde el Mar Negro hasta el Noreste de China. Sus principales temas de investigación son: el cambio del Bronce Final a la primera Edad del Hierro en el norte del Mar Negro, la colonización griega en esta zona, las actividades de los Escitas y de los Sasánidas en Transcaucasia, el urbanismo y la metalurgia de la Edad del Bronce en Asia Central y, finalmente, el desarrollo cultural desde el Bronce Antiguo hasta la época de los Escitas y Hunos en el sur de Siberia. El Instituto Arqueológico Alemán (Deutsches Archaologisches Institut) ha fundado en el año 1995 un nuevo departamento, la'Eurasien-Abteilung', con sede en Berlin, para ampliar el campo de investigación arqueológica a las estepas euroasiáticas y las civilizaciones al Sur de ellas (Parzinger, 1995). El territorio del cual se ocupa la'Eurasien-Abteilung', incluye la zona del Mar Negro (Moldavia, Ucrania, Rusia del Sur), el Caúcaso (las repúblicas autónomas de la Federación Rusa en el Norte del Caúcaso, Georgia, Azerbaiyán y Armenia), Asia Central (Irán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kazajstán, Kirgistán, Tachikistán, Afganistán y Pakistán) y Siberia, Tuva, Mongolia y el Norte de China. En la actualidad existen ya varios convenios de cooperación con distintas instituciones en Rusia (Moscú, St. Petersburgo, Minusinsk), Ucrania, Georgia, Uzbekistán, Tachikistán, Kazajstán y las repúblicas autónomas de la Federación Rusa de Dagestan, Jakassia y Tuva. Además están en curso otros convenios con los Institutos Arqueológicos de Pekin y Hohot, este T. P.,55,n."l, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Último en la provincia de Mongolia Interior en el Norte de China (Parzinger, 1995). La cooperación con estos países no se concentra solamente en excavaciones comunes, sino también en el intercambio de especialistas a través de becas, intercambio bibliográfico y proyectos de publicación. La'Eurasien-Abteilung', que incluye ahora también la antigua 'Abteilung Teheran' del Instituto Arqueológico Alemán, edita dos revistas (Eurasia Antigua t Archaologische Mitteilungen aus Iran und Turan) y seis series de monografías (Archaologie in Eurasien, Archáologie in Iran und Turan, Materialien zur Iranischen Archáologie, Iranische Denkmáler, Steppenvolker Eurasiens y Pontus Septentrionalis). Las dos últimas, bilingües, se editan junto con el Instituto de Historia de la Academia de Ciencias de Rusia con textos en alemán y ruso. Estas revistas y series están siendo ya utilizadas con relativa frecuencia por colegas de la CEI, que presentan en ellas sus materiales e ideas a un público de carácter internacional. Los proyectos de investigación de la'Eurasien-Abteilung' se extienden del Mar Negro hasta el Noreste de China (Fig. 1) y abarcan problemas de distintos períodos. Se pueden distinguir excavaciones, prospecciones y estudios de materiales. Se realizan siempre en colaboración con los institutos arqueológicos de los distintos países. Empezando en el Oeste de las estepas euroasiáticas, queremos presentar en primer lugar los proyectos en la zona del Mar Negro. En cooperación con la Universidad de Estambul se investiga allí un'teír neolítico (Asagi Pinar) y uno de la primera Edad del Bronce (Kanligecit), al sur de la capital provincial de laTracia turca, Kirklareli. Estos trabajos son sumamente importantes para todas aquellas cuestiones relacionadas con los contactos entre Anatolia, los Balcanes y las regiones al Noroeste del Mar Negro. En Asagi Pinar está representado casi todo el desarrollo del Neolítico desde el antiguo (Karanovo I) hasta el Neolítico reciente (Karanovo IV) y las extensas áreas de excavación no solamente dan abundantes materiales -tanto líticos como cerámicos-para definir los distintas etapas de este desarrollo, sino que también permiten entender mejor la arquitectura y la organización de los distintos poblados superpuestos. Pese al abandono definitivo del 'tell' de Asagi Pinar por razones hasta ahora desconocidas durante el Neo-Fig. Mapa de los proyectos de investigación de la Eurasien-Abteilung. TP.,55,n."l, 1998 (c) El proyecto germano-ucraniano se concentra en la investigación de la Cultura de Cernoles, es decir, en el final de la Edad del Bronce y su transición a la primera Edad del Hierro en las estepas forestales de Ucrania. Hasta el momento se han realizado campañas de excavaciones en Subotiv, uno de los yacimientos fortificados más importantes de esta cultura, del que se conocen depósitos con bronces de tipo cimerio. Si bien hasta ahora se venía manteniendo la teoría de que las invasiones cimerias en las estepas pónticas acababan con la Edad del Bronce con la consiguiente destrucción de sus poblados y 'ciudades', las nuevas excavaciones han demostrado que algunos de los bronces de tipo cimerio fueron fabricados en las casas del yacimiento de Subotiv (se encontraron incluso moldes para la producción de estos tipos). Este ejemplo es suficiente para demostrar que no solamente la datación de estos llamados bronces cimerios, sino también su valoración histórica, necesitan una reinvestigación profunda en la que nuestras excavaciones en Subotiv, sin lugar a dudas, pueden aportar importantes y definitivos datos. Cerca de la desembocadura del río Don en el Mar de Azov se encuentra la colonia griega de Tañáis, en la Rusia Meridional. Desde las excavaciones rusas de 1955 hasta ahora se han abierto amplios espacios de investigación. A pesar de ello, ha quedado en la oscuridad su historia más antigua. Por esta causa la expedición germano-antigua excavación también del Instituto Arqueológico Alemán ('Abteilung Teheran'). La datación de este último gira en tomo a finales del siglo V y principios del VI d. C y nuestro actual proyecto intenta la búsqueda de una documentación lo más completa posible en este importantísimo monumento arquitectónico, así como la separación de las distintas etapas de construcción y el estudio de las numerosas inscripciones sasánidas en pahlavi. Existen además varios proyectos en curso en la zona del Asia Central. EnDzharkutan-Tepe en el Sureste de Uzbekistán, a la vez el Noroeste de la antigua Bactria, se encuentra en excavación, junto con el Instituto Arqueológico de la Academia de Uzbekistán en Samarkanda, uno de los yacimientos de la Edad del Bronce más importantes de todo Asia Central. Los trabajos se concentran en la cindadela, contando hasta el momento con un palacio y un área cultual con torres redondas y un altar en el interior. Esta último tipo de construcción se ha considerado muchas veces como prototipo de los posteriores templos del fuego zoroas tríanos. La arquitectura y la cerámica de esta 'ciudad' del Bronce final recuerdan a sitios excavados de la misma época en el Sur de Turkmenistán y en el Norte de Afganistán. Al lado de esta 'ciudad' se encuentra una inmensa necrópolis, en la que las numerosas superposiciones y relaciones estratigráficas de todo tipo entre las tumbas permiten señalar la existencia de varias etapas del Bronce Final en esta zona. Hasta ahora se han excavado más de mil tumbas, pero solamente una pequeña parte está publicada. En el marco de este proyecto se pretende también estudiar y publicar estos inventarios, ya que son una buena parte de la base de la cronología interna del Bronce Final en Bactria. A unos pocos kilómetros de Dzharkutan se encuentra Dzhandaulat-Tepe, uno de los 'tell' más grandes del Sureste de Uzbekistán. En el siglo VI a.C. Bactria se incorporaba al imperio persa y, tras la llegada de Alejandro Magno a esta región tan alejada del Mundo Antiguo, se formó aquí un imperio grecobactrio con una interesante cultura, mezcla de elementos grecohelenísticos y centralasiáticos. Pero el florecimiento cultural y económico de esta zona se concentró a lo largo del reino de la dinastía de Kushan con su budismo grecoindio hasta que, en época sasánida (siglo III/IV d.C), Bactria cayó de nuevo bajo el dominio persa. La importancia de Dzhandaulat-Tepe se basa, al parecer, en el hecho de ser uno de los pocos sitios habitados durante todo este tiempo, sin gran-des interrupciones. De ahí que se trate de un lugar 'modélico' para estudiar los cambios culturales entre el siglo VI a.C. y el siglo IV d.C. Con el fin de investigar la minería y metalurgia del estaño en el Asia central preislámica, ha comenzado un proyecto, financiado por la fundación Volkswagen, en cooperación con el Deutsche Bergbau-Museum en Bochum y el Max-Plank-Institut für Kernphysik en Heidelberg y con las Academias de Uzbekistán y Tachikistán. En la Antigüedad, y posiblemente ya en época prehistórica, el estaño de Asia Central jugaba un papel importantísimo en todo el Oriente. Se sabe también por prospecciones geológicas que Afganistán, Tachikistán, Uzbekistán y -en parte-también Kirgistán y Kazajstán poseen ricos yacimientos de estaño. Pero hasta ahora nunca se habían estudiado los principios de su beneficio y uso en estas regiones. Por ello se comenzó en el año 1997 la investigación arqueológica y geológica de los entornos de los importantes yacimientos de estaño de Karnab, en el valle del río Serafshan entre Samarkanda y Bujara, Uzbekistán, y a 3000 m. de altura en Mushiston (Lám. I), cerca de Pendzhikent en el Noroeste de Tachikistán. Hasta ahora, y por lo menos en Mushiston, hemos podido comprobar que el beneficio del estaño en las minas empezaba ya en la Edad del Bronce, es decir en la primera mitad del segundo milenio a.C. (cerámica de la Cultura de Andronovo). Otra zona donde se concentra la investigación de la'Eurasien-Abteilung' son las estepas de Siberia y sus regiones limítrofes. Sobre ello quiero tratar aquí más en detalle. Las primeras expediciones de carácter arqueológico tuvieron lugar en Lám. I. Mushiston cerca de Pendzhikent, en el noroeste de Tachikistán. El yacimiento de estaño con visibles restos de su beneñcio en época moderna. Todas estas investigaciones, sin embargo, han dejado claro que las estepas alrededor del Yenisei, en especial la llanura de Minusinsk, son una de las zonas arqueológicamente más ricas y más interesantes de Eurasia (Tallgren, 1925). Otro destino llevaba a G. v. A comienzos de la Primera Guerra Mundial fué enviado al frente en Galizia y, ya en el primer año de 1914, hecho prisonero. Después de varios años en distintos campos en Siberia, en el 1919 fue enviado al Museo de la Sociedad Geográfica de Krasnoiarsk. Allí ordenó la colección arqueológica y llevó a cabo -junto con científicos rusos como S. Teplouchov-pequeñas excavaciones en el Yenisei. Cuando en el año 1920 empezaron a repatriar a los prisioneros de guen"a alemanes, Merhart se quedó allí voluntariamente un año más para terminar el trabajo empezado. El resultado científico de esta estancia fue su libro La Edad del Bronce en el Yenisei, publicado en el año 1926 (Merhart, 1926). En los siguientes setenta años el contacto científico no fue nunca demasiado estrecho, resultando impensable llevar a cabo excavaciones comunes en Siberia o en cualquier otra parte de la antigua URSS, hasta que los cambios políticos de principios de los años noventa crearon un clima distinto, en el cual se pudieron compartir de nuevo una serie de proyectos científicos con nuestros co-legas rusos. Uno de los problemas más importantes que se plantean en la actualidad es el desarrollo cultural desde la primera Edad del Bronce hasta la Cultura de Tagar de época escita (Vadeckaja, 1986; Heidenreich, 1990); es decir, la génesis de los rituales funerarios, del estilo animalístico y de otros elementos de la Cultura de Tagar desde sus raíces más antiguas y el papel que en este desarrollo tuvieron las influencias meridionales, desde Mongolia y el Norte de China. La'Eurasien-Abteilung' desde el año 1995 está llevando a cabo, en cooperación con el Museo de Minusinsk, excavaciones en una serie de necrópolis situadas en una de las terraza altas del Yenisei, bajo el monte Suchanicha. Las investigaciones incluyen también el cementerio más pequeño de Potrosilovo, a pocos kilómetros de Suchanicha. II) es sumamente interesante, no solamente porque se encuentra en una zona central dentro de la llanura de Minusinsk, donde el río Tuba desemboca en el Yenisei, sino también y sobre todo, porque en este cementerio están representadas prácticamente todas las culturas pre-y protohistóricas del Sur de Siberia. De ahí que este lugar desde el principio se considerase ideal para la solución de enigmas cronológicos y relativos al desarrollo cultural. Las primeras campañas de excavaciones confirmaron esta idea: en Suchanicha y Potrosilovo se excavaron numerosas tumbas de las Culturas Afanas'evo, Okunev, Andronovo, Karasuk urid Kamennyj Log, es decir del Eneolítico hasta el Bronce Final, además de otras de los Hunos y de la Cultura de Tashtyk, quedando por investigar para los próximos años los típicos 'kurganes' con estelas de la cultura de Tagar de época escita. Suchanicha, en el sur de Siberia. Vista de la necrópolis en la orilla alta del Yenisei. En las excavaciones en Suchanicha se recogieron también restos orgánicos de varios culturas para su datacion por C14 en el laboratorio de la'Eurasien-Abteilung' en Berlin. Después de contar con los primeros resultados en este campo, podemos afirmar una antigüedad superior en 500 años a las fechas que se sostenían anteriormente para casi todas las culturas del Sur de Siberia. Por ejemplo, la Cultura eneolítica de Afanas'evo tendrá que ser transvasada desde la segunda mitad del tercer milenio a.C. a la primera mitad de este mismo milenio y hasta finales del cuarto milenio a.C. De especial interés es también la datación de la fase Kamennyj Log: una etapa de transición de la Cultura de Karasuk del Bronce Final a la de Tagar de época escita, fechada hasta ahora en el siglo IX/ VIII a.C. Nuestras fechas de Suchanicha para Kamennyj Log, sin embargo, se concentran en el último tercio del segundo milenio a.C. (Leont'ev et alii, 1996). Ello significa que también los principios de la cultura de Tagar y del estilo animalístico tienen una datación más antigua, resultado que se corresponde ahora mucho mejor con dataciones históricas y de C14 de hallazgos en el Norte de China, sincronizados con Karasuk y Kamennyj Log (fase de Anyang, dinastía tardía Shang). La3 investigaciones de la'Eurasien-Abteilung' en el Sur de Siberia no se deben concentrar exclusivamente en la llanura de Minusinsk sino que, para entender mejor las influencias del Sur en este proceso de desarrollo cultural, hay que incluir en el proyecto lugares al sur de las montañas Sayan, importantes caminos antiguos que, partiendo del Norte de China y cruzando Mongolia, llegan a Tuva en el alto Yenisei y desde allí -cruzando el Sayan occidental-al Norte de la región de Minusinsk. Justamente al sur del Sayan occidental, a ambos lados del río Uyuk, se encuentra la llanura de Arzhan (Lám. III), donde existe una de las necrópolis más impresionantes de la época escita en Eurasia. M.P. Grjaznov (1984) investigó aquí en los años setenta un 'kurgan' con más de 100 m. de diámetro y con una construcción de madera en el interior, que todavía hoy sigue siendo completamente singular. El inventario de sus materiales ayudó a definir un horizonte muy antiguo de la cultura escita. Es característico de la llanura de Arzhan que los 'kurganes' formen líneas de muchos kilómetros a través de toda la llanura. Por ello la'Eurasien-Abteilung', junto con arqueólogos de St. Petersburgo, ha comenzado la excavación de uno de Lám. Llanura con cadenas de 'kurganes' escitas. estos 'kurganes' en una de las cadenas al oeste del actual pueblo de Arzhan (Lám. Bajo un túmulo de tierra de 30 m. de diámetro y tapada por una capa de piedras, se encontraba la cámara funeraria, construida con troncos de alerce. El ajuar, sobre todo unos pequeños pájaros de chapa de oro, se fecha en el siglo V a.C., es decir en la fase de Pazyryk, la época de florecimiento de la cultura de los Escitas. Una prospección en los alrededores nos llevó a pensar que posiblemente al oeste de Arzhan, donde se excavaba en 1997, se encuentren los 'kurganes' más tardíos, mientras al este del pueblo se hallan plataformas de piedras bastante más antiguas, una de las cuales fue excavada por Grjaznov. Esta hipótesis nos llevará a intentar comprobar en los próximos años la posible existencia de algún tipo de estratigrafía horizontal en la llanura de Arzhan. Más hacia el Sur, la estepa cambia hacia un tipo de semidesierto. En Tuva central empieza un co-Lám. Excavaciones de la Eurasien-Abteilung en un 'kurgan' escita en 1997. rredor que se abre hacia Mongolia, y a través del cual corre también hoy en día la actual carretera entre Kyzyl, la capital de Tuva, y el Noroeste de Mongolia. Cerca de Kyzyl se encuentra otra necrópolis escita en Doge Baary, donde -como en Arzhan-los 'kurganes' forman cadenas. Arqueólogos de St. Petersburgo trabajaban ya varios años en este cementerio cuando en 1996 la'Eurasien-Abteilung' entró a formar parte de este proyecto, que contaba ya con importantes resultados en comparación con Arzhan. Para entender mejor el desarrollo cultural en el sur de Siberia y su relación con las otras regiones de la estepa euroasiática es importante no solamente seguir el camino hacia el Sur y Sureste, sino también hacia el Oeste. Son de sobra conocidas influencias artísticas como el estilo animalístico que, debido a una serie de migraciones desde el interior de Asia, llegaban hasta la zona del Mar Negro e incluso más hacia el Oeste. Por ello era necesario investigar las distintas etapas de este camino hacia el Oeste y, de acuerdo con este planteamiento, se comenzó en el año 1997, en colaboración con la Universidad de Petropavlovsk, un proyecto en las estepas en el norte de Kazajstan, en especial en la necrópolis de Bajkara cerca de Sergeevka (Lám. En la primera campaña se descubrieron tumbas de la Edad del Bronce y de los antiguos pueblos de lengua turca, lo que hace pensar que también este cementerio fue usado como el de Suchanicha durante muchos siglos. Sin embargo, el centro de la necrópolis lo forma un 'kurgan' monumental de 82 m. de diámetro y 7 m. de altura. Una de sus esquinas estaba destrozada y allí se procedió en 1997 a la limpieza del perfil, tras la cual pudimos comprobar que el monumento contaba al menos con cuatro 'kurganes' distintos, uno encima del otro. En consecuencia los próximos años se dedicarán a su excavación sistemática, en busca de los datos necesarios para la elaboración, mediante una estratigrafía vertical, de una cronología de la primera Edad del Hierro. Las excavaciones en Suchanicha, Potrosilovo, Arzhan, DogaBaary y Sergeevka se completan con otros estudios. Por ejemplo, en 1996 llevamos a cabo en colaboración con arqueólogos de St. Petersburgo una prospección enTuva occidental, una región de especial interés situada entre Rusia, Kazajstan, China y Mongolia, y apenas conocida arqueológicamente. El acceso a los valles y montañas de estas regiones es sumamente difícil.Todavía hoy la población tuvina vive allí de la transhumancia: durante el invierno se asientan en las llanuras bajas de los ríos, y cuando empieza el verano migran con sus rebaños a través de los valles hacia las montañas. A lo largo de estos caminos hemos podido documentar la existencia de numerosos cementerios, fechables desde la Edad del Bronce hasta época medieval e, incluso, hasta nuestros días. Otro de nuestros proyectos se dedica a la publicación y análisis de los más de 9.000 bronces pertenecientes a la Cultura de Tagar y depositados en el Museo de Minusinsk (Lám. VI), que contiene a su vez una de las colecciones arqueológicas más ricas de Siberia. Como muchos de estos bronces están decorados en el estilo animalístico, es de esperar contar con nuevos resultados en relación con el origen y desarrollo de este arte tan típico de las estepas de Eurasia. V. Bajkara cerca de Sergeevka, en el norte de Kazajstan. Excavaciones de la Eurasien-Abteilung en un 'kurgan' escita en 1997. Finalmente, para un mejor entendimiento de las influencias desde el Sur, es indispensable poder incluir en nuestros intentos el norte de China. Por esta razón las colaboraciones con los Institutos Arqueológicos en Pekin y en Hohot, provincia de Mongolia Interior, incluyen publicaciones conjuntas de materiales importantes para las culturas de Eurasia, investigaciones en el campo de las dataciones de C14 y de la dendrocronología y -en el futuro-también excavaciones. Además en el borde meridional de las estepas, se encuentran una serie de 'tells' que ofrecen posibilidades ideales para la solución de problemas cronológicos y culturales. De momento, los materiales recogidos en superficie confirman tanto las conexiones con el Norte como con las culturas de China Central en el Sur. En esta breve presentación de las actividades de la' Eurasien-Abteilung' del Instituto Arqueológico Alemán en las estepas de Eurasia, hemos mostrado algunos ejemplos de las cuestiones que mueven nuestra investigación, así como de sus primeros resultados. Resumiendo, podemos afirmar que nuestros proyectos se concentran en aquellas regiones como el Mar Negro, el Caúcaso, Asia Central y Siberia, donde las civilizaciones del Sur -Grecia, Persia, el valle del Indo o Chinainfluyeron fuertemente en el proceso de formación cultural. Todos nuestros proyectos son recientes, algunos no han comenzado antes de 1997; pese a ello se encuentran en buen camino. Como se puede entender el trabajo en estos países no es fácil y las dificultades logísticas son algunas veces extremas. No obstante podemos decir con satisfacción que la colaboración científica con los distintos Institutos de las Academias, con las Universidades y con los Museos se desarrollan bien y nos permiten mirar con optimismo hacia el futuro. ARSEN'EVA, T. y BÓTTGER, B. (1996): "Griecñen am Don.
La correcta documentación del arte rupestre ha sido una preocupación constante por parte de los investigadores. En el desarrollo de nuevas técnicas de registro, directas e indirectas, la fotografía ha ido adquiriendo mayor protagonismo. La imagen digital y su tratamiento permiten nuevas posibilidades de observación de las figuras representadas y, en consecuencia, una lectura mediante la realización de calcos indirectos de tanta o mayor fiabilidad que la observación directa. Este sistema evita los riesgos de deterioro que provocan los calcos directos. Se incluyen las bases matemáticas que sustentan el método. Este artículo presenta algunos de los resultados preliminares obtenidos en el curso de una de las líneas de investigación promovidas en tomo al Archivo de Arte Rupestre del Departamento de Prehistoria del C.E.H. (CSIC) (en adelante AAR), y más concretamente de su más importante colección: el Corpus de Pintura Rupestre Levantina (en adelante CPRL). Las diversas acciones y líneas de investigación realizadas desde 1991 por un equipo formado por investigadores del CSIC y de la U.C.M. ( 1 ) y con financiación de la DGICYT (2) y (1) Han sido muchas las personas que han formado parte o han colaborado en estas investigaciones. Se citan a continuación aquéllas que, además de los autores de este artículo, han tenido una vinculación directa con los proyectos de investigación y la conservación del AAR: M^ Isabel Martínez Navarrete, Teresa Chapa Brunet, Almudena Hernando Gonzalo, César Heras, Aurora Garrido, Macario Anula Castells, Juan G. Leal Valladares, Myriam López Domínguez, Javier Goytre Samaniego, Concepción Martínez Murillo, Belén Sánchez Gómez, Raquel Vidal Calero, Laura Alcalá Zamora. La realización de las digitalizaciones y la asesoría técnica de los proyectos han corrido a cargo de José Latova. (2) En dos proyectos: "Bases para la investigación del arte rupestre postpaleolítico en la Península Ibérica: el archivo de arte rupestre del Departamento de Prehistoria del CEH/CSIC" (pro-T. P.,55,n.M, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es del CSIC, tienen como argumento común la exploración de las posibilidades ofrecidas por las técnicas de procesamiento digital de la imagen a la documentación, estudio y conservación de la pintura rupestre. El objetivo inicial era la creación de un banco de imágenes digitales a partir de los fondos fotográficos del AAR con el fin de asegurar su conservación, facilitar su explotación científica y favorecer su potencial para la difusión del conocimiento del arte rupestre. La experiencia acumulada ha permitido la progresiva incorporación de nuevas líneas de trabajo y objetivos generales. Desde 1994, como consecuencia de la creación del Laboratorio de Proceso Digital de Imagen y Teledetección del Departamento de Prehistoria del C.E.H., las perspectivas de investigación y acción se han visto beneficiadas por la convergencia con la línea de investigación sobre aplicaciones de la Teledetección Espacial en Arqueología del Paisaje. Como resultado de esta convergencia, la transposición controlada de conceptos, métodos y técnicas procedentes del campo de la Teledetección al contexto de los estudios sobre Arte Rupestre se ha convertido en una de las líneas centrales de investigación. Sus propuestas generales han sido ya publicadas en estas mismas páginas (Victnt et alii, 1996). Presentamos en este nuevo trabajo los desarrollos metodológicos derivados de una de las propuestas básicas de esta línea: la aplicación sistemática de la teoría y los métodos de clasificación de imágenes multibanda, que constituyen una de las herramientas básicas de la Teledetección, a la elaboración de "calcos electrónicos" de pinturas rupestres a partir de fotografías digitalizadas. La Arqueología es, en general, una disciplina muy dependiente de la imagen (3), en un sentido amplio, como medio de fijar y comunicar el conocimiento. Pero, también en muchos casos, este conocimiento procede en gran parte de la observación visual de características de objetos o conjuntos de objetos. Es decir, que la creación de imágenes de objetos y contextos materiales formados por relaciones espaciales entre objetos es yecto PB92-0088 de la DGICYT-CSIC, con vigencia de 1993 a 1996); y el actual, "Aplicaciones del proceso digital de imagen al estudio y conservación del arte rupestre prehistórico" (proyecto PB95-0227 de la DGICYT, en marcha desde 1996). (3) Utilizaremos como definición de referencia del término imagen la primera de las acepciones que propone María Moliner (1992): "Figura de un objeto formada en un espejo, una pantalla, la retina del ojo, una placa fotográfica, etc., por los rayos de luz o de otra clase que parten del objeto". uno de \o^ procesos observacionales básicos para la Arqueología. Esto es especialmente ciento en el caso del arte rupestre. Sea cual sea la orientación desde la que se aborde, el objeto empírico de este estudio está constituido por imágenes. Desde un punto de vista físico, las técnicas pictóricas consisten en la manipulación intencional, por métodos físicoquímicos (aplicación de pigmentos), de la distribución espacial de las propiedades de reflexión de la luz visible de una superficie material, para inducir la creación de ciertas imágenes, los motivos pictóricos. Estas propiedades forman el sustrato físico de la percepción de imágenes, por lo que las definiremos como "imágenes de primer orden" o "imágenes fuente''. Llamaremos "imágenes de segundo orden'' a las inducidas por la imagen fuente en un sensor, sea éste natural, como la retina de un obseryador, o artificial, como una placa fotográfica (Fig. 1). Considerado en sus rasgos más generales, el proceso normal de observación-interpretación consiste en la creación de imágenes de segundo orden a partir de las imágenes fuente (proceso de observación) y su análisis posterior (interpretación) que usualmente se resuelve en la producción de imágenes de tercer orden o imágenes interpretadas, en las que se representan los datos relevantes para el observador (por ejemplo, un calco). Los especialistas en Arte Rupestre han sido conscientes desde el primer momento de la crucialidad de los métodos rigurosos para la transposición de las imágenes pictóricas a imágenes de segundo orden permanentes, susceptibles de servir de soporte documental a la interpretación fuera del contexto original. Esto excluye, obviamente, las imágenes visuales, es decir, las percibidas directamente por un observador humano, que por definición son efímeras. Más abajo discutiremos los procedimientos tradicionales para la verificación de este tipo de práctica observacional, la fotografía y el dibujo. Lo que interesa señalar ahora es que, independientemente del método usado para su creación, las imágenes de segundo orden se conciben, en general, como un medio de fijar permanentemente las características visuales de las pinturas rupestres de cara a su interpretación por medios igualmente visuales, y por tanto relativos a un observador singular. Esto significa que, al margen de la calidad y objetividad del método de generación de imágenes aplicado, tlacto observacional sohrt el que reposa la interpretación es sus-. Esquema de los procesos de obtención de imágenes de tercer orden: en A el ojo humano interviene como sensor y la experiencia y destreza del observador son cruciales en el resultado; en B el proceso es similar, pero se incorpora como sensor la fotografía, aunque todavía juega un papel determinante la interpretación del observador; en D el observador solo interviene como control para objetivar las condiciones del proceso de captura de imágenes de segundo orden que serán procesadas para obtener la imagen de tercer orden. En consecuencia, se reduce normalmente a la aprehensión de las características iconográficas atribuidas a la imagen de primer orden tal como quedan reflejadas en su análoga de segundo orden. Eventualmente, esta operación puede dar lugar a nuevas imágenes, de tercer orden que recogen los resultados de esta observación subjetiva. Nótese que, como se ha dicho, las técnicas de dibujo aplicadas en la documentación no generan imágenes de segundo orden (es decir, análogos de la imagen fuente), sino que proceden de la interpretación visual del observador, y son por lo tanto imágenes de tercer orden subjetivizadas (lo cual no implica que no sean aceptablemente fieles al original). Pero, aún en el caso del uso de imágenes fotográficas, que se pueden considerar "objetivas" en la medida en que las condiciones de su producción haya sido controladas, el proceso interpretativo tradicional se resuelve de nuevo en una percepción visual subjetiva. Es decir, el investigador no puede hacer otra cosa, en última instancia, que mirar las fotografías y actuar como actuaría ante los originales, tratando de identificar visualmente los contornos de los motivos, apreciar la variabilidad de los pigmentos, etc. Por lo tanto, independientemente de las posibilidades que ofrecen las técnicas fotográficas de objetivizar el proceso de observación, la subjetividad de los procedimientos visuales se desliza inevitablemente en la producción de imágenes interpretadas, comprometiendo el valor científico de la totalidad del proceso de observación-interpretación. El alcance de las técnicas de procesamiento digital de imágenes es, precisamente, que permiten romper este confinamiento subjetivo de los procesos observacionales basados en la fotografía, al permitir la matematización de la producción de imágenes de tercer orden. En efecto, la digitalización de fotografías tomadas bajo condiciones controladas permite la utilización de éstas no ya como meros análogos visuales de una imagen real, sino como matrices de datos cuantitativos ordenados espacialmente que recogen la variabilidad de de- terminadas propiedades físicas relevantes de la superficie objeto de observación (por ejemplo, la distribución y variabilidad de los pigmentos), y hacer accesible esta variabilidad a métodos de análisis cuantitativo. Dicho en otros términos, la combinación de técnicas fotográficas rigurosamente controladas y técnicas de proceso digital de imagen permite hacer de la fotografía una técnica de observación y medida en el sentido más estricto de estos términos en el vocabulario metodológico general. De esta manera, los distintos problemas interpretativos que plantea la documentación de la pintura rupestre pueden formalizarse a partir de modelos matemáticos e instrumentarse en la práctica como procesos experimentales controlados. Así, por ejemplo, en el caso que presentamos en el presente trabajo, la elaboración de calcos, el problema básico consiste en la transformación de una matriz de valores continuos de color en una matriz dicotómica en la que sólo figuran dos valores: "pigmento" y "soporte" (aunque, como veremos, el modelo se puede enriquecer considerablemente). Esta matriz dicotómica puede representarse analógicamente y tendrá el mismo aspecto que un calco tradicional. Sin embargo, no será ya el producto de la destreza de un observador entrenado en el reconocimiento visual de los motivos pictóricos y falible, sino la solución a un problema estándard de clasificación estadística. Los resultados dependerán evidentemente de varias decisiones, en cuanto al modelo matemático elegido y sus parámetros, los umbrales de asignación de valores a categorías interpretativas, y los distintos procesos técnicos implicados (producción de imágenes fotográficas y digitalización de las mismas). Pero todas estas decisiones pueden consignarse y modificarse de forma intersubjetivamente contrastable, configurando un auténtico proceso experimental. Damos a conocer aquí algunos resultados obtenidos de la aplicación sistemática de estos principios a fotografías procedentes del CPRL, que pueden servir como ejemplo de la potencial utilidad del enfoque. Ahora bien, se trata de fotografías procedentes de un fondo histórico documental, creado entre 1971 y 1975 bajo la orientación de los criterios documentales entonces vigentes. Carecemos, por lo tanto, de parte de la información que sería necesaria para una aplicación exhaustiva del método, que, como se ha dicho, incluye un enfoque experimental riguroso de la producción de imágenes de segundo orden. Sin embargo, creemos que los resultados justifican el interés del experimento, en la medida en la que se demostrará que las propuestas técnicas de generación de calcos electrónicos pueden aplicarse con éxito a este tipo de documentos que constituyen la mayor parte del registro fotográfico acumulado hasta la fecha sobre el arte rupestre prehistórico. Revisaremos, en primer lugar, la historia de los procedimientos de documentación aplicados en el caso de la investigación sobre la pintura rupestre levantina, para exponer a continuación las generalidades de un método de clasificación aplicable al caso y, finalmente, mostrar algunos resultados preliminares. ASPECTOS DE REGISTRO DEL ARTE RUPESTRE LEVANTINO Desde los primeros descubrimientos realizados por Cabré en 1903, y de manera paralela al arte rupestre paleolítico, una de las principales preocupaciones de los investigadores ha sido la reproducción fiable y con calidad de las pinturas y grabados prehistóricos. Esta preocupación se detecta en los comentarios que se incluyen en los primeros artículos y monografías, donde se manifiesta la necesidad de expresar que el trabajo se había realizado con precisión y objetividad. La interpretación de las figuras, discutida y en algunos casos discutible, pasaba por una correcta observación de lo pintado, pero el estado de deterioro y la pérdida de parte del pigmento, frecuente en la pintura al aire libre, conducía casi inevitablemente a la reconstrucción idealizada de las figuras. La percepción visual de las pinturas necesitaba con frecuencia, como así reconocen los autores, del humedecimiento más o menos intenso de las mismas, y los cambios en la luz natural, según el momento del día y del año, influían también en la apreciación final. Así, por ejemplo, Obermaier y Wernert (1919: 16), aunque definían sus intenciones en el trabajo del Barranco de la Valltorta: "Ha sido nuestro particular empeño, y hemos insistido, en reproducir las figuras con una fidelidad absoluta, tal y como se presentan actualmente al observador libre de ideas preconcebidas. Por lo tanto, nos hemos abstenido severamente de influir, cediendo a cualquier interpretación subjetiva, sobre las copias, sea idealizando un tanto los dibujos, sea restaurándolos", sin embargo, apenas un par de párrafos después aclaraban que: "trozos desvanecidos, de contornos inseguros, están reproducidos, como en los originales, en color claro y sin limitación fija de líneas... En donde parecía indicado (para la mejor comprensión de los dibujos defectuosos) el reconstituir fragmentos desaparecidos, se procedió a ello, indicándolo por series sencillas de puntos". Hernández Pacheco (1924: 178) daba gran importancia al método seguido en la realización de la copia para reducir las interpretaciones discrepantes y/o dudosas. Este autor criticaba el procedimiento de calcos de línea en papel transparente seguido por sus colegas, calcos que posteriormente eran rehechos en el laboratorio sin tener presente el original, apoyándose únicamente en las indicaciones anotadas. Insistía en la necesidad de una buena identificación previa al calcado por transparencia, basada en una observación detallada. El calco era inmediatamente reproducido en papel, con la figura delante para captar todos los detalles. Sin embargo, tampoco escapa a presentar la reconstrucción de algunas figuras. El calcado directo fue y ha sido, sin duda, el principal sistema seguido hasta nuestros días, y sustituyó bien pronto al croquis o dibujo a mano alzada, utilizado en aquellos casos en los que el soporte resultaba frágil y la presión del calco podía dañarlo (Moneva, 1993: 415-419). El deterioro que este sistema de calco directo producía en las pinturas no fue percibido o valorado por todos los investigadores, y aunque hubo algunas llamadas de atención (Moneva, 1993:430), se realizaron actuaciones descabelladas, como el perfilado a lápiz de las figuras en el Barranco de laValltorta. El humedecimiento de las pinturas, práctica habitual hasta la actualidad, no era considerado perjudicial por Obermaier y Wernert (1919:16). Hoy día esta práctica es condenada y reprobada por los especialistas, y, en general, se considera perjudicial cualquier contacto con la pintura y el soporte (Beltrán, 1981). Debido al sistema de reproducción en los primeros años de investigación, las discrepancias en la interpretación de figuras son notorias, con opiniones enfrentadas entre autores. Esas diferencias, que afectan principalmente a representaciones incompletas o manchas de color a las que necesariamente se quiere otorgar un significado (4), se aprecian también en los detalles de figuras bien identificadas, como las que se reproducen en la figura 2, y que indican el grado de variación y precisión de esos calcos. La fotografía tardó en aceptarse como método fiable, y aún así muchas veces como un documento complementario del calco directo (Vertut, 1981). Como señalan Aujoulat (1987) y Moneva (1993), la baja calidad y contraste de las primeras fotografías, y una cierta complejidad de ejecución, no permitían confiar en ellas y, además, la utilización del blanco y negro limitaba el registro de todos los matices de color. En una primera época la fotografía se utilizó, tal y como aparece en las publicaciones, para mostrar el espacio físico en el que se encontraban estas representaciones, y muy esporádicamente se dedicaron a las propias pinturas. Sin embargo, hubo intentos de reconstruir figuras a partir de fotografías en los llamados croquis de lectura (Moneva, 1993:436). Ejemplos de este uso en el arte levantino los encontramos en dos láminas publicadas en la monografía de la Cueva de La Araña (Hernández Pacheco, 1924: lám. XVII y XVIII), una de ellas la famosa escena de la recolección de la miel. La mejora técnica de la fotografía en color, la aparición de la diapositiva y el formato de 35 mm., la macrofotografía, o las películas de infrarrojo y ultravioleta han ido concediendo un mayor protagonismo al empleo documental de la fotografía, aunque el uso de los últimos tipos de películas no ha conseguido todavía generalizarse, quizás por necesitar una mayor especialización para su correcta utilización. Lo mismo puede decirse de la fotogrametría, aplicada en la reproducción tridimensional de las principales cuevas, como Altamira (Llanos y García, 1981) o Lascaux (Aujoulat, 1987). La especialización en su ejecución y su elevado coste en relación a la fotografía convencional han mantenido su uso bastante restringido (5). La fotogrametría permite definir con preci-(4) Puede servir de ejemplo la crítica de Hernández Pacheco (1919: 416) a la identificación por parte de Obermaier y Wernert (1919: 61) de un pato en la Cueva de Cavalls, figura hoy día desaparecida para poder pronunciarse de manera independiente, o de un onagro de la Cueva del Civil, ambas en el Barranco de la Valltorta. No hay que olvidar que el tipo de fauna identificada está en relación directa con la cronología que se otorga a este arte. Cabré y Porcar fueron también ampliamente criticados por la falta de fíabilidad de sus reproducciones. (5) En la actualidad los sistemas son mucho más accesibles, los equipos y la reconstrucción con ordenadores facilita su empleo y probablemente en los próximos años se incrementará su aplicación, como por ejemplo en el reciente trabajo de Bell y otros (1996) sobre la Cueva de El Ratón, en la Baja California. La composición comprende tres hombres pintados en color negro (...)" según Viñas (1982). En las dos primeras se aprecia la reconstrucción de algunas partes, así como la estilización en el trazo de las figuras. sión la forma, dimensiones y posición en el espacio de un objeto, partiendo de medidas realizadas sobre fotografías del mismo, pero su coste es mayor que la fotografía convencional. El calco indirecto a partir de la fotografía ha sido aplicado con relativa frecuencia. Un reconocimiento explícito de su uso se encuentra en los estudios de arte rupestre nubio (Almagro Basch y Almagro Gorbea, 1968: 29), justificando su empleo como alternativa a la rapidez con la que debió efectuarse la documentación. Se menciona también su empleo con buenos resultados en el arte rupestre levantino y sahariano, generalmente como método de comprobación y corrector de los calcos directos originales. En ocasiones, se combinaba el calco en papel transparente y su posterior traslado a papel vegetal con la proyección del cliché sobre pantalla transparente para comprobar y confirmar los datos originales. También se empleó el sistema de proyección de la foto para realizar copias a escala más reducida que el original, con la finalidad de facilitar su reproducción impresa. Beltrán recomendaba (1981: 136) el empleo complementario y combinado de los tres sistemas de registro: dibujo a mano alzada, calco y fotografía. Sin embargo, admitía la subjetividad del sistema al comentar que las comprobaciones sucesivas exigían siempre rectificaciones. A pesar de la combinación de técnicas, los resultados no siempre resultaban plenamente satisfactorios, especialmente en paneles complejos con abundantes figuras y superposiciones, como reconocen Carrasco y Pastor (1981: 169-170). Sin embargo, aunque el método indirecto sea práctico y menos agresivo con las pinturas, existe una desconfianza bastante generalizada a apoyarse en él y prescindir del sistema de calco por observación directa (6). De manera explícita expone Loubser (1997: 14) este rechazo: un registro adecuado pasa por una observación intensiva de la superficie rocosa y del pigmento de manera directa la dependencia exclusiva en la fotografía es inadecuada ya que ésta no es capaz de capturar los detalles del pigmento y las irregularidades del soporte. Según este autor, el calco se ha mostrado más efectivo que la fotografía como sistema de registro. Y quizás hasta la fecha tenga razón en esa afirmación, pero ahora la nueva tecnología digital permite otras posibilidades de observación que hacen al calco electrónico al menos tan efectivo (6) Para evitar el contacto con las pinturas se ha desarrollado un método indirecto mediante bastidores que sujetan el papel transparente a una pequeña distancia de la pintura. Su uso se complica dependiendo del relieve de la roca (Sanchidrián, 1987: 123-24) aunque permite obtener sistemas de proyección diferentes (Aujoulat, 1987: 50-51). como el calco realizado en el campo, y tiene algunas otras ventajas. Sin olvidar que la fotografía en longitudes de onda fuera del espectro visible aporta perspectivas que nunca se conseguirán por mucho que se incremente el trabajo de observación visual. La propuesta de calco electrónico debe entenderse como una herramienta a disposición del investigador que permite analizar de una manera más fiable y objetivable la información representada, así como procesar otros datos que visualmente son difíciles e incluso imposibles de captar por el ojo humano. Depende de la calidad de la fotografía con la que se trabaja el conseguir un mayor o menor rendimiento del sistema, pero incluso imágenes aparentemente poco contrastadas poseen un alto valor informativo. Una imagen digital está compuesta por matrices numéricas en las que se representan las diversas variables del color (tono, saturación, brillo), cuya combinación proporciona millones de posibilidades. Aislar cada una de ellas de forma individualizada, así como realizar selecciones combinadas con diversos criterios nos permite, ante todo, observar esa imagen de maneras muy diferentes. Se trata de descomponer la imagen y clasificar su información para, de manera selectiva, con criterios matemáticos, discriminar la información relevante, en este caso la disposición en el espacio del pigmento. Hay que destacar que la opción de tratamiento de imagen que proponemos no entra dentro del concepto artístico de retoque fotográfico, aunque puedan usarse algunas de las opciones de trabajo que ofrecen ese tipo de programas informáticos (7). No hay manipulación de la imagen, ni falseamiento de la información real (8). Únicamente se procede al análisis de las variables descompuestas, siguiendo criterios matemáticos para procesar los miles de píxeles que componen cada imagen. La clasificación de esos grupos de información en los elementos presentes, como pigmento, roca base, zonas de sombra, grietas, desconchados, h^ • medades, costras, etc., posibilita representar cada una de ellas por separado. Nuestra atención se fija por tanto en el pigmento y la forma que éste adopta. Con ello logramos identificar el objeto representado tal y como ha sido el objetivo de los calcos realizados hasta la fecha por otros métodos y generamos una imagen de tercer orden. También es posible discriminar tonos de pigmento y representar de modo diferenciado esas variaciones, tanto en color como en escala de grises, de una manera más rápida y cómoda que en los sistemas de revelado químico diferencial, como el utilizado de manera experimental por Gil Caries en el CPRL, bajo la denominación de fotocalco (Fig. 3), o el sistema de equidensidades que propusiera Aujoulat (1987: 92-97). En la figura 4 (7) Criterios de retoque fotográfico como mejorado y contraste pueden ser útiles para eliminar información ruidosa, del mismo modo que los filtros. (8) Existen ejemplos de manipulación de fotografías (Beltrán, 1981: 136; Moneva, 1993: 436). se representa de modo sencillo la superposición de dos personajes humanos, otorgando un tono de gris diferente a cada uno de ellos, a partir de una imagen digital de 1.024 x 1.536 píxeles. El ojo humano es un sensor de alta capacidad. Sin embargo, está sometido a efectos visuales engañosos que limitan la fiabilidad de su percepción y la hacen dependiente de cada sujeto. Así, un color, bajo condiciones fijas de iluminación, puede mostrar diferente gama según los colores colindantes: es lo que se denomina contraste simultáneo. Nuestros ojos, además de adaptarse a las diferentes claridades de luz, también se adaptan al color de dichas claridades, al tiempo que generan un proceso de conversión cromática, por el cual un tono de color es percibido de manera distinta en un primer instante que después de transcurrido un tiempo. Por tanto, el contraste simultáneo demuestra que no existe ninguna relación fija entre el estímulo del color y la sensación resultante. El ojo realiza esos procesos de corrección autónomamente y tiende a situarse en un nivel de sensibilidad intermedio (Moreno, 1996: 13-25). Finalmente, nuestra percepción visual es una imagen integrada, en la que todas las variables se superpo-nen ofreciéndonos una única perspectiva. Ésta cambiará al cambiar la iluminación o el punto de vista, pero no tenemos capacidad de filtrar y descomponer la información que nos llega. La fotografía también fija un momento de percepción de la imagen, pero podemos fotografiar incluso en condiciones diferentes, seleccionando aquellas variables de color que deseemos, e incluso captando longitudes de onda no visibles. Nos ofrece un abanico mayor de percepción de la realidad. Estas fotos pueden ser visualizadas directamente por los ojos del investigador, o multiplicar la observación, y por tanto la información que contienen, a través de un análisis digital. El riesgo inherente de la fotografía es la reproducción fiable de las gamas de color de cada parte de la imagen. El revelado químico puede alterar los verdaderos tonos y deformar o distorsionar esta realidad. En el proceso de digitalización se producen también ditorsiones cromáticas. Sin embargo, la fotografía digital puede corregir esas desviaciones y restituir las condiciones originales. La inclusión de una escala de color permite realizar con éxito esas tareas (Bednarik y Seshadri, 1995) de calibrado. Finalmente, como limitación de la fotografía en formato digital hay que indicar que ésta constituye una imagen discreta, es decir, no continua, por lo que la información que abarca cada unidad mínima establecida (pixel) debe tomar valores medios de la zona representada. La resolución de la imagen se convierte en factor clave de la fiabilidad de la misma. Nuestra experiencia nos indica que una resolución media (512 x 768 pixels) no es suficiente para un adecuado tratamiento de la imagen (incluso en el modo simplificado) y sólo a pardr de resoluciones como 1.024 x 1.536 píxeles empiezan a obtenerse resultados safisfactorios. Nuestro trabajo con las fotos del AAR desde 1992 (Vicent, 1994) nos permite afirmar que, sin controles exhaustivos sobre la imagen fotográfica digitalizada, el rendimiento informativo obtenido es adecuado, y se generan calcos fiables y precisos, tal y como hemos presentado en ocasiones anteriores (9) o en los ejemplos aquí publicados (Fig. 3,4 y 5), tratados matemádcamente. A partir del uso de simples técnicas de mejora y contraste o de selección manual de los valores que representan al pigmento pueden conseguirse también, de manera simplificada, resultados aceptables, pero a veces los problemas de discriminación entre soporte y pigmento son mayores (Gástelo Branco, 1997). En los casos en que el soporte sea de tono rojizo, como en una gran parte de la pintura levantina, es necesario un mayor número de toma de decisiones por parte del operador. La limitación en la discriminación de tonos se produce también en el método uülizado por la Universidad de Cantabria, en cuya propuesta de obtención automática de calcos se indica que es aplicable únicamente a pinturas negras sobre soportes claros. Estos métodos que emplean programas de retoque fotográfico pueden refinarse aún más, ya que disponen de suficientes herramientas automaüzadas para ello y permiten la creación de otras específicas. Nuestra propuesta de clasificación de la imagen obüene además un análisis más detallado en su lectura, y no sólo del pigmento, que ayuda a una interpretación más correcta, eliminando falsas impresiones visuales que grietas y sombras generan y que con los procedimientos anteriores no son filtrados. CLASIFICACIÓN DE IMÁGENES MULTIESPECTRALES El proceso de clasificación de una imagen trata de hacer interpretables los valores numéricos de la matriz que conforma, de modo que pueda cualificarse la imagen a partir de sus características diferenciales. A continuación se expone brevemen- te una introducción a las bases fundamentales de los procedimientos de clasificación automática de imágenes; por ello, únicamente discutiremos cuestiones sobre la teoría de la decisión y la distribución normal multivariante. La utilización de técnicas de clasificación en el análisis y realización de calcos digitales, o imágenes de tercer orden (Fig. 1, opción C), es una tarea compleja, fundamentalmente porque implica, primero, la generalización del uso de imágenes digitales, segundo, la adecuación de principios y prácticas desarrollados en teledetección espacial y, finalmente, la conceptualización de la imagen discreta como una matriz operable y aprehensible desde los parámetros de la teoría de la decisión. En principio podemos decir que el objetivo de la clasificación de una imagen es hacer interpretables los valores numéricos obtenidos por el sensor (en este caso doblemente filtrado, por la cámara óptica y el sensor electrónico o escáner). El planteamiento del problema se reduce a establecer si una celdilla (un pixel, en nuestro caso) pertenece a una u otra clase de información de los posibles estados relacionados en la leyenda; esto es, se trata de definir si un pixel que presenta un cierto nivel digital es pigmento en tal o cual estado de conservación, una costra calcárea o soporte de una u otra composición. Hemos de insistir en que, cuando hablamos de clasificación de imágenes, no lo estamos haciendo de retoque fotográfico o de operaciones de realce; esto último no es más que una transformación de la imagen original que permite una mejor visualización y, en definitiva, facilita la interpretación por parte del analista. La interpretación es una tarea del intérprete; mientras que en la clasificación, es el ordenador el que, mediante una cuantificación, distribuye las clases de las unidades elementales contenidas en la imagen. La clasificación de imágenes es esencialmente un proceso de toma de decisiones con datos que presentan una considerable variabilidad estadística. Por ello, hemos de considerar las soluciones que proporciona, al respecto, la teoría estadística de la decisión (Ormeño, 1993: 178). Desde esta perspectiva, el proceso de asignación de un pixel a una clase lleva asociado una probabilidad de error estadístico, de modo que se necesita minimizar algún criterio de error en la superficie a clasificar, para lo cual se toman en consideración pequeños grupos de píxeles de los que se conoce la clase a la que pertenecen. Entre las teorías clásicas utilizadas en teledetección espacial, hemos elegido la clasificación de máxima verosimilitud o bayesiana óptima. Trataremos de explicar brevemente en qué consiste este método, puesto que es la base de nuestra clasificación y, por tanto, de los resultados de la interpretación. Imaginemos que tenemos una imagen monobanda en la que sólo existen dos clases (pigmento y soporte); si existe la misma cantidad de una que de otra, entonces, un pixel tiene la misma probabilidad de ser pigmento que soporte. Generalizando, podemos decir que existe una probabilidad a priori de que un elemento de la imagen pertenezca a la clase figura (que llamaremos P(Wj)) o de que pertenezca al soporte (P(w2)). Con nuestra hipótesis de partida, ambas son positivas y suman L Si únicamente tenemos estas probabilidades para asignar un pixel, obviamente, elegiremos la más probable; no obstante, para tomar una decisión contamos con más información: el valor digital (x). Debido a que diferentes tipos de pigmento tienen diferentes niveles digitales, podemos considerar a X como una variable aleatoria continua cuya distribución es dependiente del estado. Si llamamos a p(x/w.) función de densidad de probabilidad de X cuando el estado es w., la diferencia p(x/Wj)-p(x/w2) describe la separación entre pigmento y soporte. Si conocemos la probabilidad a priori P(w.) y las funciones de densidad p(x/w.), conocemos el valor digital de un pixel: x. Esta medida afecta a la asignación del pixel; el Teorema de Bayes nos proporciona el modo de hacerlo. donde P(w./x) = p(x/w.) Esto nos muestra la forma en que el valor de x transforma la probabilidad a priori P(w.) por una probabilidad a posteriori P(w./x). Como tenemos que minimizar la probabilidad de error, podemos plantear el siguiente teorema bayesiano de decisión (Peña, 1986: 73): decidiremos Wj si P(Wj/x) > V{v^J\), si no, decidiremos w^. Ésta es básicamente la idea. Si generalizamos a una imagen multibanda, el valor digital de un pixel está determinado por los valores digitales del mismo en todas las bandas, de modo que el es- donde jc es el vector de características, M el vector de medias y X la matriz de covarianzas. El cálculo de esta expresión es un tanto complejo (Pinilla, 1995: 221), por tanto, si las bandas que conforman la imagen son estadísticamente independientes, la matriz de covarianzas resulta ser diagonal y ésta se forma con las varianzas dentro de cada banda. Mediante una transformación a componentes principales simplificamos el cálculo puesto que trabajamos con una combinación de bandas literalmente independientes (Yicentet alii, 1996:29). La función de densidad multivariante conforma una nube de puntos de probabilidad de ocurrencia de un suceso o cluster cuyo centro queda definido, respecto al origen, por el vector de medias y su forma por la matriz de covarianzas. DESARROLLO DE UN EJEMPLO Una vez formalizada la teoría que enmarca la definición de la imagen, así como la de la estruc-tura interna de la misma, veamos cómo se lleva a cabo la definición de clases de forma concreta. Tengamos en cuenta que nuestro objetivo final es la obtención de una imagen de tercer orden (calco), si bien presentamos un modelo general que trata de discriminar toda la variabilidad interna de la imagen. Es evidente, entonces, que la obtención de una máscara de la imagen (el calco) necesita de la separación precisa entre lo que es y no es pigmento. Los cálculos que hemos presentado, así como los que veremos a continuación, han sido realizados por un ordenador con un software específico para estas tareas; por supuesto que el conocimiento teórico permite un uso correcto del mismo, ya que, generalmente, es necesario definir los parámetros que realizan los cálculos. De la diversidad de métodos para efectuar el proceso de clasificación hemos optado por experimentar con'aquellos orientados a maximizar la automatización. El procedimiento que presentamos a continuación consta de cuatro fases, a saber: 1, Entrenamiento del clasificador; 2. Contrastación de los resultados y 4. El proceso de clasificación de una imagen necesita de un conocimiento profundo de las características de las clases que formarán parte de la leyenda, de manera que el clasificador pueda asignar cada pixel de acuerdo con ella y de forma correcta. El método no supervisado trata de agrupar automáticamente los datos de una imagen en determinado número de grupos homogéneos que respondan a la máxima similitud espectral de los mismos. En la fase de entrenamiento trataremos de definir una serie de áreas lo más homogéneas posibles, determinando sus características espectrales; medimos sus características de similaridad, o lo que es lo mismo, la distancia estadística entre los casos y, finalmente, aplicaremos algún criterio de agrupamiento. Definidas las áreas de entrenamiento, se realiza un clustering con los píxeles de las mismas para determinar su agrupamiento natural. Si el resultado es suficientemente consistente se atribuye a cada cluster una clase y se asignan el resto de los píxeles. No obstante, debemos tener en cuenta que cada clase no proporciona un único valor de luminancia en cada banda, sino una distribución más o menos normal, de forma que necesitaremos asignarle como nivel digital, de esa banda y clase, el valor medio de los valores. En cuanto a la separabilidad estadística de las clases, existen bastantes tipos de distancias. Entre las más utilizadas podemos citar la de Mahalanobis y la de Bhattachar que no vamos a definir aquí. La fase de asignación no es sino la atribución de cada uno de los píxeles de la imagen a las categorías determinadas anteriormente con el método explicado. La forma de construir grupos consistentes se realiza mediante la definición de una función de similaridad que permitirá asegurar que un pixel concreto que pertenezca a un determinado cluster sea más parecido en sus características que cualquiera de los que pertenecen a otro. El procedimiento será distinto dependiendo de la función de similaridad elegida por el algoritmo de agrupamiento. En nuestro caso hemos utilizado un método complejo que no es más que una aplicación de la teoría de decisión que hemos explicado anteriormente y se conode como clasificador de máxima probabilidad. El fundamento del método es sencillo y su base matemática ha sido definida más arriba; veámoslo brevemente: Un pixel que presente una luminancia z tendrá una probabilidad determinada de pertenecer a la clase Wj como sigue: p{zlw,)^-1 T^4Íñ exp lífZiíi 2\ cJx J siendo Oj y |ij los parámetros que definen esa clase. Otra clase w^ se calculará de la misma forma. Un pixel pertenece a la clase w^ si y sólo si p{z/w)>p{z/w^ Lo importante aquí es trazar la frontera entre una clase y otra, y ésta no es otra que la abscisa que pasa por la intersección de las dos funciones de densidad. Si existen n clases, se puede extender la condición a ellas y se considerará que z G W. si p(,zlw,)>p{zlw.) \/j:^i'J = l,...,n La aplicación de la teoría bayesiana, hemos visto, exige que un pixel se asigne a la clase que maximice la probabilidad a posteriori y como vimos, ésta, es función de las verosimilitudes y de las probabilidades a priori, en este caso, z G W. y z ew. SI j p(z/wjpiw.)>p(z/Wj)p(Wj.) y/>/;y = l,A,n es decir, que sea máximo el producto de la probabilidad de que un pixel, con valor z, pertenezca a una clase por la probabilidad de que cualquier otro pixel pueda pertenecer a dicha clase desde la información que se tiene a priori sobre la clase en cuestión. La extensión a varias bandas (Pinilla, 1995: 241), seria p(t/wjp(w.)>p0Wj)p(w.) y/-^/;7 =!,...,« El problema principal, una vez realizados los cálculos y la subsecuente clasificación de la imagen, es la de la verificación de los resultados. Los errores en la clasificación pueden ser de dos tipos: a. Error tipo I (de omisión), se produce cuando un pixel, perteneciendo a una categoría, no es asignado a ella. Error tipo II (de comisión), se produce cuando un pixel, no perteneciendo a una categoría, es asignado a ella. El mayor problema que presentan las imágenes de arte rupestre en la fase de asignación se debe a la existencia de una enorme fragmentación de la información, lo que aumenta considerablemente la existencia de píxeles mixtos, llamados también píxeles de borde, es decir, aquellos que pueden pertenecer a más de uña categoría. En esencia, la cuestión se debe a la existencia, en muchos casos, de un bajo contraste espectral en áreas contiguas. No debemos olvidar el papel que juega la definición de la leyenda, ya que, si ésta es muy genérica tendremos tasas de error muy bajas, aunque obtendremos menos información. Si la leyenda es muy amplia, obtendremos errores de asignación altos, si bien el volumen de información será mayor. Es aquí donde la definición de los objetivos influye más, ya que dependiendo de lo que deseamos obtener así será elegida una leyenda concreta. La contrastación definitiva entre los píxeles asignados por el clasificador y la naturaleza real de cada uno de ellos se realiza mediante lo que llamamos matriz de confusión, un producto típico del software encargado de realizar operaciones de clasificación y que no vamos a describir aquí, puesto que sus resultados dependen ya del caso ). Figura identificada como posible cierva a derecha. No existe calco de la misma en la publicación de Ripoll (1970). En nuestro caso, hemos elegido para presentar el trabajo una imagen compleja, donde la identificación final de la forma se ve condicionada por la necesidad de una discriminación selectiva de la información suministrada por la clasificación (Lám. Se ha procesado mediante el módulo de clasificación automática del software de proceso de imagen ER-MAPPER. Se ha seguido el proceso descrito alimentando el programa con los parámetros oportunos. El primer resultado que se consiguió fue la figura 6f en la que se observa la categorización general realizada. La agregación de cada una de las clases establecidas para el pigmento de la imagen nos acerca progresivamente a la definición de la figura (una cierva en posición de alerta), indicándonos el distinto grado de conservación de cada uno de ellos.
) PRIMITIVA BUENO RAMIREZ (*) RODRIGO DE BALBÍN BEHRMANN (*) ROSA BARROSO BERMEJO (*) M.^ AMPARO ALDECOA QUINTANA (*) ANA BELÉN CASADO MATEOS (*) Se dan a conocer los primeros resultados de la excavación de dólmenes en el término de Alcántara (Cáceres), con el objeto de su consolidación y restauración. Se trata de arquitecturas en pizarra con el interés de poseer grabados megalíticos y materiales que indican la existencia de redes de intercambio en este sector del Tajo, tradicionalmente interpretado como marginal y prácticamente deshabitado en el transcurso del IV y III milenio a.C. Destaca la presencia de un ajuar campaniforme liso con vaso, cuenco con umbo y laminita metálica. En el curso de 1997 la Junta de Extremadura y el Ayuntamiento de Alcántara promovieron una actuación en algunos de los dólmenes conocidos en ese término con el objetivo de ponerlos en valor desde el punto de vista turístico y arqueológico. La acción afecta a seis monumentos y un menhir que forman parte de dos rutas monumentales propuestas por C. Montano y el Ayuntamiento de Alcántara. El volumen de la misma obliga a llevarla a cabo en un mínimo de dos campañas. Los monumentos documentados en el término de Alcántara sobrepasan la treintena (Fig. 1) y son conocidos desde los años 70 gracias a la labor de prospección de Fernando Tostado. Fue él mismo quien años después dio a conocer la riqueza de Alcántara a Cleofé Rivero, quien excavó algunos monumentos, sin que conste referencia alguna so-T. P.,55,n.»l, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Maimón II, 6. Casas Viejas. bre los resultados. Sólo disponemos de la mención de A. Guillen Oterino (1983) en un trabajo sobre muestras polínicas de la zona. Estas se realizaron sobre los dólmenes del Retamar y el Pizarrón. También Fernando Tostado nos los mostró en su día (Bueno Ramírez, 1987), al igual que a C. Montano (1987), quien realizó con ellos su Tesis de Licenciatura. Pese a conocerse el mencionado conjunto desde hace más de treinta años, los trabajos que aquí se presentan son los primeros realizados que ofrecen una documentación arqueológica contrastable. Nuestros anteriores trabajos en Extremadura (Bueno Ramírez, 1984, 1987, 1988, 1989, 1994; Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1991) nos permitían afrontar el análisis de estas arquitecturas con un conocimiento previo de su situación en la Extremadura española y en el contexto del Suroeste peninsular. Los trabajos de nuestro colega portugués J. de Oliveira (1994) en Cedillo (Cáceres) y en la zona portuguesa contigua, añadían valiosos datos para obtener una perspectiva mayor. La primera campaña se desarrolló en julio de 1997 y, como la mayor parte de los trabajos arqueológicos, se debe al esfuerzo, colaboración y ánimo de muchas personas. El Ayuntamiento de Alcántara proporcionó la infraestructura para un campo de trabajo de universitarios y, la Junta de Extremadura financió los informes arqueológicos previos a la restauración. El arqueólogo de la Junta, D. Javier Jiménez Ávila se encargó de gestionar las condiciones de los trabajos de excavación y restauración y a él debemos en gran parte que se hayan podido realizar dignamente. Los dólmenes de Alcántara se restaurarán, pero además tendremos de ellos una buena documentación arqueológica. El apoyo fáctico nos lo dieron los componentes del campo de trabajo, universitarios de Alcalá de Henares, Cáceres y Madrid que trabajaron muy duramente, por lo que queremos dejar constancia aquí de sus nombres: Raúl Albarrán Rodríguez, CRITERIOS DE RESTAURACIÓN Y CONSOLIDACIÓN La restauración de monumentos megalíticos en la Península ha sido efectuada con diferentes criterios, según la Comunidad Autónoma en la que se han llevado a cabo los trabajos, según el presupuesto en ellos invertido y, desde luego, según la época en que ésta haya sido realizada (Cruz, 1988; Delibes ^í a/n, 1993) La asociación de arqueólogos y arquitectos sólo se da en el caso de que el proyecto disponga de una inversión importante, pues los arquitectos cobran por obra, mientras que si la inversión es mínima, es el arqueólogo el que se hace cargo de la restauración. Este es el caso de la consolidación de los dólmenes de Alcántara. Todas las restauraciones recientes insisten en un respeto máximo hacia las estructuras antiguas, manteniendo los materiales originales y la situación de los mismos. Dicha situación se conoce a través del necesario informe arqueológico previo a cualquier movimiento de tierras que se efectúe en el monumento. Por tanto, la primera premisa es disponer de información arqueológica sobre la situación de los componentes arquitectónicos para no inventar nada, sino reponer lo que ya existe, en todo caso, recolocando los ortostatos movidos por la presión de las tierras o por la acción humana reciente. Si resulta necesario recrecer alguna zona por cuestiones de estabilidad, ésta se marca de modo diferente. Nuestro trabajo ha tenido en cuenta estas consideraciones y ha hecho especial hincapié en la descripción exhaustiva de cada una de las actuaciones de la restauración, con el objeto de que esta información pueda ser útil para trabajos similares o para posteriores investigaciones sobre el mismo monumento. Dicho informe quedará en la oficina correspondiente de la Junta de Extremadura y en el Ayuntamiento de Alcántara. Como norma general, nos hemos limitado a poner en pie los ortostatos caídos, resituar los que disponían de una fosa contrastable por la informa-ción arqueológica y recrecer el túmulo para acercarnos al volumen real del monumento. El objeto último es que el espectador consiga una imagen lo más próxima posible de lo que fue el monumento, del lugar que ocupaba en el espacio y de lo que suponía como intervención humana en el territorio. Toda idea equivocada que demos de ello, será la que reciba el espectador e integre como real, contribuyendo así a su desinformación. Un capítulo fundamental en este tipo de proyectos de consolidación y restauración es la información gráfica que se adjunte. Esta debe ser básicamente de dos tipos: la fija que se hace constar en cartelería in situ y la móvil, es decir trípticos, guías breves y publicaciones especializadas. La información de cartelería ha de ser concisa y tremendamente visual, mientras que la información que puede llevar consigo el espectador interesado debería reflejar detalles arquitectónicos, análisis de los ajuares, propuestas cronológicas y culturales. Ambos tipos de información se encuentran en este momento en trámites por parte de la Junta de Extremadura, aunque esperamos se concrete en breve la normativa para incorporarla en nuestra segunda campaña TRABAJOS ARQUEOLÓGICOS DE LA PRIMERA CAMPAÑA. Los monumentos sobre los que se ha actuado en esta campaña se sitúan a los lados de la carretera Alcántara-Membrío y ya eran conocidos. Para afrontar el trabajo establecimos dos equipos pues debíamos cumplir unos objetivos mínimos bastante amplios en muy poco tiempo, por cuestiones presupuestarias. Excavamos tres monumentos, dos de ellos mejor conservados: Maimón II y Juan Ron I y, otro en peores circunstancias arquitectónicas, pero con abundante material: Maimón I. El planteamiento de la excavación se dirigía a localizar los ortostatos que completasen la delimitación de la cámara, la posible existencia de corredor y los restos de la estructura tumular. Utilizamos como metodología de excavación la delimitación de cuadrículas y el levantamiento de niveles cada 5 cm. con acotamiento de cada una Sólo documentamos un ortostato más de la cámara que permitía identificar ésta como una estructura circular, quizá abierta hacia el Sureste y fosas que indicaban la probable existencia de más piezas, hoy desaparecidas. Todos los ortostatos de la cámara habían sido insertados en la pizarra base del terreno, mediante una profunda excavación previa que en algunos casos, casi llegaba al metro. No localizamos nada que pudiera interpretarse como con*edor. Lo que quedaba de túmulo se dibujaba como un estrecho anillo adosado a los ortostatos de la cámara, aunque es de suponer que el resto ha desaparecido con los trabajos agrícolas (Fig. 2). El sistema constructivo queda claro en el alzado del monumento (Fig. 3). Se ha excavado una fosa en la pizarra del terreno aprovechando un sector más alomado sobre un pequeño montículo. En esta zanja inicial se han introducido los ortostatos y sus calzos, además de las primeras hiladas del anillo tumular. De este modo se consigue una construcción absolutamente compacta, en la que la primera hilada del túmulo es también el contrafuerte de la cámara. Este sistema pese a no ser muy común, se ha documentado en algunos megalitos alentejanos como el recientemente excavado de Belhoa (Gomes, 1997). El material comenzó a aparecer prácticamente en superficie por lo que es asombroso que el monumento haya llegado hasta nosotros. La profundidad entre el suelo actual y la pizarra del terreno es de 30 cm. Todo este relleno poseía materiales pertenecientes al sepulcro. Entre todo el ajuar destacaríamos una placa de arenisca de 25 cm. con huellas notorias de pintura roja (Lám. Otra placa, esta vez en esquisto, con cabeza destacada y decoración de fajas de triángulos, tipo B4 (Bueno Ramírez, 1992: 556) que apareció junto a la anterior (Fig. 4). El material lítico se compone sobre todo de puntas de flecha de factura muy cuidada en sílex y una llamativa lámina en sílex blanco de 19 cm. de longitud. Algunas de las piezas líticas se localizaron al interior de las fosas realizadas para levantar el monumento, luego pertenecen al momento de fundación del mismo. En la misma finca se conocen restos de otros monumentos. Uno de ellos es el de Maimón IL Aparentemente se encontraba más completo que Lám. I. Placa de arenisca con someros piqueteados y restos de pintura roja del dolmen de Maimón I. Es una arquitectura de pizarra con una cámara de 2,30 m. de diámetro y una altura en torno al metro. La mayor parte de los ortostatos que componen la cámara están grabados (Láms. La excavación se planteó para documentar la totalidad de la estructura, túmulo incluido. En ella pudimos localizar algunas piezas de la cámara, desplazadas de lugar o caídas al interior, lo que nos permitió incluirlas en la restauración y conocer el número total de componentes de la cámara: 14 (Figs. El corredor estaba bien conservado y la sola decoración localizada está en el único ortostato de cobertura recuperado durante la excavación. El túmulo tiene 12 m. de diámetro y está muy bien conservado. Es una compacta masa de pizarra y tierra, delimitada por piezas también esquis- Lám. Detalle de los grabados del ortostato de cabecera del dolmen de Maimón II. Sólo el cuadrante Noroeste fue afectado por una ocupación reciente, quizá una cabana. Como siempre, excavamos en niveles artificiales de 5 cm. Sólo en la base registramos restos del nivel original en el que aparece un ortostato caído, En una finca muy próxima, se encuentra el monumento de Juan Ron I. Todos los dólmenes documentados se encuentran muy relacionados espacialmente. Visualmente, desde Juan Ron I se controlan los dos de Maimón y desde Maimón II, el I y el de Juan Ron I. Maimón I queda entre los dos, en una cota algo más baja. No se apreciaba prácticamente el levantamiento del túmulo. Nuestra excavación reveló un corredor desarrollado del que aún se conservaba alguna pieza de cobertura que en la restauración se colocó en su lugar. Todo el monumento se ha construido en pizarra, pero las dimensiones son sensiblemente mayores a las mencionadas para Maimón II. El corredor 5 m. de desarrollo y 0,90 m. de altura máxima. El túmulo está prácticamente arrasado aunque en el sector Este aún pudimos localizar parte de su estructura formada por piedras medianas compactadas con tierra. No pudimos confirmar si estaba delimitado como el de Maimón II. La cámara había sido violada de antiguo, lo que explica la situación forzada de algunos de sus ortostatos. Aún así, próximo al nivel original pudimos documentar varias puntas de flecha, una gran placa con cabeza destacada y decoración de fajas de triángulos rellenos, tipo B4 (Bueno Ramírez, 1992: 576) y algunas cuentas de collar. El corredor, a partir de 1,40 m. del punto O estaba intacto. La ocupación más reciente es campaniforme. Los responsables de esta utilización dejaron su huella en el sector del corredor más próximo a la cámara con una piedra colocada transversalmente al decurso del mismo, con idea probablemente de delimitar una especie de "cista". En este lugar localizamos un cuenco con umbo, un vaso y una lámina metálica, es decir un ajuar campaniforme clásico, con la particularidad de que los vasos no estaban decorados (Figs. Bajo este nivel, todo el suelo del corredor estaba cubierto de vasos completos, hachas pulimentadas, cuentas de collar, colgantes (Fig. 9) y algunas puntas de flecha. Uno de los ortostatos del corredor muestra un grupo de cazoletas profundamentemente excavadas (Lám. Parte del material que acabamos de describir apareció liteicumente incrustado en las cazoletas, lo que ratifica la contemporaneidad de materiales y decoración (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1997b). DÓLMENES DE ALCANTARA, UNA NUEVA APORTACIÓN A LA CONSIDERACIÓN DE LOS MEGALITOS DE LA CUENCA DEL TAJO Una sola campaña en los dólmenes de Alcántara nos ha permitido documentar una riqueza en las formas arquitectónicas, y una variedad en las materias primas que nos llevan a vislumbrar una región en época Neolítico/Calcolítico de una entidad hasta ahora insospechada. Materiales como la jadeíta o el azabache suponen que este sector, hoy casi desértico de las orillas del Tajo, tuvo en el IV y III milenio a.C. un protagonismo que hasta el momento desconocía- mos. Lo lógico sería que la continuación de nuestros trabajos, además de más sepulturas, nos llevara a la documentación de algún poblado importante, pues todo lo que hemos visto en los depósitos sepulcrales ha debido ser generado por algún tipo de excedente. La presentación que hacemos ahora de los resultados es un pequeño avance y, por tanto, no podemos detenernos demasiado en comparaciones y paralelos que nos dibujarían la presencia de una amplia cultura alentejana (Bueno Ramírez, 1988: 195-198). Pero estas líneas son suficientes para destacar dos hechos que consideramos culturalmente de gran trascendencia: la presencia de Arte Megalítico y la contemporaneidad de formas ar-quitectónicamente diversas de un modo semejante a ambos lados de la frontera actual. La decoración completa de Maimón II y la del corredor de Juan Ron I vienen a incidir en el convencimiento que hemos manifestado en diversas ocasiones de la extensión del Arte Megalítico en la Península Ibérica (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1992Behrmann,,1995,1997ayb;,1997ayb; BalbínBehrmanny Bueno Ramírez, 1996). El estado de las piezas de la cámara de Juan Ron I y de Maimón I, cuya materia prima es un esquisto muy deleznable nos permite incluso sugerir, la posibilidad de que en origen también hubiesen tenido decoración. Los grabados de Maimón II son piqueteados anchos, de poca profundidad. Los temas de casi todos los ortostatos, a excepción del frontal, son predominantemente circulares. Sólo el que se sitúa a la entrada de la cámara, en su lateral norte, parece de carácter animalístico. Como en otras decoraciones totales, el frontal de la cámara destaca por la mayor cantidad de decoración y por la situación preferente del tema antropomorfo (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1994, 1996b). En este caso se trata de ramiformes esquemáticos. El estilo de los grabados tiende a un cierto abigarramiento. Las formas se mezclan unas con otras recordando sobremanera el estilo más común en los elementos al aire libre. No olvidemos que nos encontramos en una zona muy próxima a los grabados del complejo delTajo (Batista, 1981; Gomes, 1983) en el mismo término de Alcántara (Montano y Domínguez, 1988) La existencia de grabados en el techo del corredor se da igualmente en otros monumentos sureños, como el dolmen de Soto I (Balbín Behrmann y Bueno Ramírez, 1996) y el recientemente descubierto de Alberite I, en Cádiz (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1996a) Ya se conocían grabados y pinturas en dólmenes extremeños (Balbín Behrmann y Bueno Ramírez, 1981; Bueno Ramírez, 1988; Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1992, 1997a). Creemos que los grabados de Alcántara son un elemento más que nos permite augurar una presencia de decoraciones mucho más masiva que la hasta ahora documentada. Quizá revisiones exhaustivas de dólmenes semejantes a uno y otro lado de la frontera darían nuevos elementos de análisis. Por tanto, uno de las primeras conclusiones de carácter cultural que podemos extraer de nuestro trabajo en Alcántara es que esta zona también conoció el Arte Megalítico, confirmando la extensión de éste a toda la Península y, desde luego, al sector suroccidental (Bueno Ramírez y Balbín Behrmann, 1997a y b). Todas las arquitecturas documentadas son de pizarra, material poco común aunque existente, en los conjuntos megalíticos occidentales. El interés del uso de esta materia prima estriba, para la zona extremeña, en que se han realizado del mismo modo arquitecturas de mayor y menor envergadura (Bueno Ramírez, 1988: 188, 1994). Maimón II y Juan Ron I se manifiestan como cámaras con corredor. Maimón I aparenta ser una cámara de diámetro considerable, quizá sin corredor o con corredor corto. Maimón II es de poca altura y diámetro tumular discreto y Juan Ron I es de mayor altura y aunque no conocemos su diámetro tumular, podemos sospechar que debía ser mayor a los casi 8 m. del desarrollo total del monumento. Los materiales documentados nos conducen grosso modo a los momentos de transición entre Neolítico Final/Calcolítico, tan bien conocidos en este sector del Suroeste peninsular. Cuando finalicemos el estudio detallado de los mismos, es posible que podamos afinar más pero, en principio, todos los monumentos han sido utilizados en momentos similares. Este polimorfismo en las necrópolis megalíticas ibéricas posiblemente exista en fechas antiguas (Bueno Ramírez, 1994; Jorge, 1990), aunque algunos autores sólo lo consideran factible en fechas más recientes (Cruz, 1988). El estudio de los materiales propone cuestiones de gran interés y hasta cierto punto inéditas. Este es el caso de la abundancia de piezas en pizarra: puntas de flecha, alabardas, hojas. Conocíamos la existencia de industria de pizarra de modo marginal en megalitos extremeños (Bueno Ramírez, 1988) y, desde luego, en poblados al aire libre de la zona del Guadiana (Enríquez, 1990), pero no en la cantidad y variedad que hemos detectado en nuestras excavaciones en Alcántara. Los monumentos alcantarinos excavados en esta campaña pueden situarse en momentos recientes del desarrollo del megalitismo peninsular, pero habremos de esperar a otras campañas para proponer una secuencia más detallada, pues creemos que muchas de las sepulturas del sector pueden catalogarse entre los tipos más pequeños que ya hemos documentado en otras zonas extremeñas (Bueno Ramírez, 1994: 30-55). Esto supondría no sólo la contemporaneidad de arquitecturas de tamaño medio o grande, como las ahora presentadas, sino la contemporaneidad de éstas con formas aún más pequeñas que quizá indiquen algún tipo de diferenciación social. Desde luego, los ajuares documentados hasta el momento son ricos en objetos de prestigio y, muy especialmente, los de Juan Ron I y Maimón I. Es demasiado pronto para pronunciarnos, pero nos parece interesantísima la oportunidad de plantearnos este tipo de preguntas en un sector tan poco documentado del megalitismo peninsular que, incluso, se había llegado a considerar absolutamente marginal a los conjuntos de gran envergadura documentados al otro lado de la frontera. Recientes investigaciones en Portugal llevan a las mismas cuestiones: la existencia de arquitecturas en pizarra, implantadas en territorios pobres desde el punto de vista agrícola y que presentan envergaduras diferentes (Calado, 1994; Oliveira, 1990). Ya G. Leisner (1949) había reparado en estos monumentos de pizarra y señalado sus diferencias volumétricas, de ajuar y de territorio. Afortunadamente, hoy día, los contactos entre arqueólogos portugueses y españoles, tan necesarios para emprender proyectos conjuntos en zonas de frontera, son abundantes. En la actualidad estamos preparando un proyecto de estudio de las culturas megalítícas en el Tajo Internacional en el que intervienen los Ayuntamientos de uno y otro lado de la frontera, los arqueólogos portugueses y españoles que trabajamos a ambos lados y las instituciones implicadas. Esperamos que proyectos como éste, nos sirvan para conocer mejor nuestras culturas más antiguas, además de para acrecentar las relaciones con nuestros colegas portugueses porque nos necesitamos mutuamente para comprender el entramado cultural de los conjuntos prehistóricos situados a uno y otro lado de una frontera tan reciente.
El creciente interés por la esfera de lo ideológico parece estar animando a cada vez un mayor número de investigadores a acercarse con nuevos esquemas al estudio de las manifestaciones artísticas. El libro de Richard Bradley, catedrático de la Universidad de Reading, se suma a una serie de obras que intentan analizar el hecho artístico de forma innovadora. El autor es un neófito en este campo, puesto que en sus obras anteriores se habían centrado en la investigación sobre depósitos (1990), las hachas pulimentadas (1993a), o el paisaje (1993b) entre otros múltiples temas. Esto en sí es significativo, puesto que él mismo sirve como ejemplo de lo que trata de defender, que ha de acabarse este casi antagonis, mo entre el estudio del arte prehistórico y el del resto del registro arqueológico, marcado por la existencia de diferentes investigadores en cada campo, e incluso por la percepción del primero como un tanto amateurista, de aficionados, por parte de los segundos. La obra de Bradley es interesante además por su intento de amalgamar las hasta ahora tan supuestamente opuestas perspectivas funcionalista y postmoderna. Alejándose de la visión atractiva pero casi disparatada de Chris Tilley (1991) y de la aburrida prudencia de Hartley (1992), Richard Bradley recoge lo mejor de todas las tendencias y nos habla de fenómenos entópticos sin negar totalmente las suposiciones de Lewis-Williams y Dowson (1993) pero poniéndolas en su justo término, nos habla también de género, aunque ya comentaré mi insatisfacción con su forma de hacerlo y por supuesto nos habla de paisaje, de ideología y de arte. El resultado es una obra sugerente en extremo, y que por tanto induce a reflexiones múltiples que fácilmente se pueden aplicar al registro (artístico) arqueológico de la Península Ibérica. Y eso es lo que se le debe pedir a un libro, que ayude a pensar. Desde las primeras páginas el autor declara su objeto de estudio como en cierta forma arbitrario. A la pregunta de qué es arte no puede sino reconocer que la respuesta estará absolutamente influida por su/nuestra propia perspectiva de finales del siglo XX. Tampoco en el arte, dice Bradley, sabemos cuál es la representatividad del conjunto de datos con el que contamos, ya que ignoramos cuál es la proporción de lo que nos queda, lo que se ha destruido, o lo que se hizo con intención de que no fuera duradero. Bradley decide tratar a los motivos del arte como signos que por tanto llevan en sí un significado que nosotros, milenios después, no podemos interpretar de forma certera. Su modo de avanzar ante este impedimento es sugerir que el paisaje, o más bien la situación de estos signos en el paisaje y en el espacio, nos ofrece claves que nos acercan a su comprensión. Un paisaje que, y eso es importante, hay que intentar entender en los términos de las sociedades que realizaron el arte. Las que realizaron el arte atlántico pese a haber abandonado el modo de vida cazador-recolector defiende que todavía conservaban un alto grado de movilidad y que para ellas las hipótesis de Tim Ingold (1986) siguen siendo apropiadas: la forma de concebir el entorno se basaría en los lugares antrópicos y en los caminos conectando a éstos. Todavía no se habría llegado a la percepción del espacio que posteriormente tendrían los asentados agricultores de momentos más tardíos fundada en una división del mismo en parcelas de terreno valoradas por su aprovechamiento económico. Así el arte serviría como un medio de comunicación en el paisaje, sobre el paisaje, sobre la gente que vivía en aquel paisaje. Bradley se propone integrar en el libro varios de los supuestos hace ya tiempo aceptados por la antropología pero que la arqueología ha sido un tanto renuente en reconocer: la coexistencia de varios estilos artísticos en cada grupo humano, la coetaneidad de motivos abstractos y figurativos y la concepción del arte como una unidad, superando la absurda dualidad tradicionalmente mantenida por la investigación entre el arte sacro y profano que no está fundamentada en el caso de sociedades de pequeña escala. Esto no supone que todos los individuos de un grupo tengan igual acceso a los lugares con arte, pues la antropología ha demostrado que éste en ocasiones se restringe a determinados miembros de la sociedad. Tampoco supone que el arte, o los motivos en él incluidos, tengan un único significado, pues éste varía con respecto al contexto. Partiendo de todas estas ideas el autor se propone analizar el arte atlántico a varios niveles, el del yacimiento en sí, el del yacimiento en su contexto del paisaje, el de conjuntos de yacimientos en el mismo y por último el de la comparación entre diferentes áreas. A estas reflexiones sigue un resumen de la prehistoria de la fachada atlántica enfatizando las rutas de comunicación. Bradley propone distintos ejes que canalizan estos movimientos, y los resume en dos grandes rutas: la del Atlántico hasta Galicia y la que va desde el suroeste de la Península Ibérica hacia el Mediterráneo y de Iberia hacia el este. Tal dualidad, que quizá sólo se deba a un ánimo simplificador, no puedo dejar de calificarla como desafortunada, puesto que considero que tal visión sólo se debe al espejismo que supone estar escribiendo desde la esquina noroeste de Europa sin tener un conocimiento profundo de todo lo existente en la Península Ibérica, que le permitiría ver como un continuum que enlaza ambos mares lo que ahora valora como dos zonas contrapuestas. Una vez descritas las rutas, Bradley vuelve su mirada al arte. Admite que los petroglifos de toda el área atlántica presentan un mayor parecido entre sí que el arte de los megalitos, pero apunta que hay una gramática común a ambos que posee un conjunto de signos (cazoletas, círculos, etc.) y una serie de principios muy generales comunes a todas las zonas. Bradley propone que la investigación sobre este arte no ha de estudiar los signos por separado (como habían hecho Breuil o Mac White), sino analizar cuáles se han seleccionado, qué reglas se siguen para componer los paneles y por último cómo se integra el arte en el paisaje. La segunda parte del libro la dedica el autor al análisis de los petroglifos de las Islas Británicas. Si la intuición parece indicar una serie de reglas en la composición o localización de los petroglifos, éstas han de ser comprobables. Comienza analizando el hecho de que, a primera vista, parece que se puede establecer una cierta jerarquización entre la complejidad de los motivos. A lo largo del capítulo nos demuestra, sin embargo, que la forma de definir lo que es simple y lo que es complejo varía en cada área, lo que vuelve a reforzar su hipótesis de que cada región presenta versiones diferentes sobre un fondo común que es el del arte atlántico. Otra observación que se propone estudiar es la situación de las rocas con petroglifos, que parecen estar en zonas con gran visibilidad. Efectivamente, los análisis sobre el terreno en Galloway y Northumberland concluyen que existe una alta probabilidad de que esto sea así, pero se dan también diferencias que Bradley interpreta como debidas a una funcionalidad diferente del arte en ambas zonas desde un punto de vista económico. La relación de los petroglifos con el espacio puede también estudiarse a otro nivel. Como había defendido anteriormente en el libro, las figuraciones de los petroglifos y las de los megalitos parecen mostrar determinados patrones compositivos en común. Defiende que los primeros no hacen sino trasladar al paisaje los esquemas espaciales que habían predominado en los monumentos funerarios. Así como el arte en los megalitos se relacionaba con el espacio, colocándose, por ejemplo, en los umbrales entre distintas zonas de los mismos, los petroglifos junto con otros monumenos rituales que aparecen en estos momentos enmarcan un paisaje ritual en el que se ha producido un cambio de perspectiva. En ésta el círculo es omnipresente: en las plantas de los edificios y espacios ceremoniales y en el arte. Bradley deduce de toda esta evidencia que existía una percepción circular del paisaje. Siguiendo a Tim Ingold (1993) apunta que las comunidades atlánticas serían un ejemplo más del conjunto de sociedades ven el mundo como una secuencia de círculos o esferas. Estudiosos de religiones comparadas han señalado que hay una razón práctica para ésto que refleja la perspectiva visual de un paisaje abierto para una persona cuyo mundo vital inmediato se limita al territorio situado en el horizonte (Eliade, 1989). Finalmente, Bradley indica que no puede ser casual que parte del arte atlántico se sitúe en lugares especiales como formaciones rocosas, cascadas impresionantes, gargantas en las montañas, riscos, cuevas... y que este factor, el enmarque paisajístico, ha de considerarse como otro más de los que llevaron a los grupos prehistóricos a decorar determinadas rocas en sitios señalados. Un último aspecto que el autor revisa es la relación de los grabados con el espacio funerario, ya que parece haberla entre los grabados rupestres y los enterramientos del Bronce inicial, aunque ésta no se da en todas la áreas. En el norte de Inglaterra los grabados aparecen en lajas que han sido arrancadas de rocas decoradas en el periodo anterior. Parece claro que los motivos escogidos se han seleccionado, pues por ejemplo las cazoletas no son tan abundantes y se hallan presentes varios de los motivos que no son precisamente frecuentes en los petroglifos y que concuerdan con los encontrados en tumbas de corredor. Los petroglifos, sin embargo, continúan en uso en esta época, ya que en algunas rocas donde se han extraído los grabados otros se realizan sobre la nueva superficie. Excavaciones recientes, además, han demostrado que existe una relación aún más estrecha de lo que se pensaba entre los grabados y las tumbas. En algunos casos éstas se sitúan sobre rocas grabadas o cercanas a ellas pero de alguna manera quedando encuadradas por las mismas. Los grabados siempre se colocan mirando hacia el interior de la tumba, y si ambas caras están grabadas, la que se sitúa de tal manera es aquélla más profusamente decorada. En el oeste de Inglaterra y Gales, las piedras que se colocaban para señalizar los túmulos funerarios también están decoradas, aunque esto no fuera evi-T. R, 55, n." 1, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dente, pues éstas se localizaban en la parte enterrada. Curiosamente en esta zona en el Bronce Medio se encuentran piedras con cazoletas dentro de las casas, junto a los hogares. Toda esta secuencia indica que el arte está transformando sus contextos (y con toda probabilidad sus significados), añadiendo otros nuevos sin abandonar necesariamente los anteriores. De los análisis realizados sobre los grabados de las Islas Británicas el autor concluye que todo intento de calificar el arte como exclusivamente profano (con funcionalidad económica) o sagrado es inútil pues era ambas cosas a la vez. Un análisis de tipo funcionalista ayudará por tanto a descubrir una faceta del arte, pero se necesita el componente simbólico para completar el mutilado panorama que el primero ofrece. Los estudios sobre arte australiano han señalado que existen diferentes niveles superpuestos, sagrados y profanos, desde los que el arte se puede "leer", en los que los motivos empleados suelen tener más de un significado, o éste cambia en relación al soporte, sin impedir que a lo largo del tiempo vayan variando su campo semántico. La parte tercera del libro la dedica Bradley a los petroglifos gallegos. Si hubo contactos entre las distintas zonas del Atlántico, como ha defendido en la primera parte del libro, entonces el arte debería no sólo mostrar motivos similares, sino que éstos se deberían asociar de una manera semejante y mostrar localizaciones en el paisaje análogas, pese a que conserven una identidad regional. Se propone por tanto comparar el patrón obtenido en las Islas Británicas con el de Galicia. En esta zona los petroglifos se concentran en las áreas gallegas más favorables desde un punto de vista climático. En todas las estudiadas por él. Muros, Rianxo y Campo Lameiro, los petroglifos se localizan en brañas y cada conjunto apunta a recursos claves en el paisaje, de tal manera que ocupan lugares predecibles. Pero también hay diferencias, como la complejidad de los motivos, dándose el caso de que a mayor complejidad parece corresponder una mayor presión ecológica. La interpretación de los petroglifos gallegos se quedaría corta si simplemente se restringiera al plano ecológico, y por tanto Bradley se propone adentrarse en el estudio de las representaciones. El autor intenta establecer los criterios que han guiado la selección de motivos a representar y resalta el énfasis desmesurado en la caza, y en concreto en la representación de ciervos machos. Dado que la economía en estos momentos es básicamente doméstica, se puede deducir que el arte tiene un carácter ideológico más que económico. La representación de armas apunta también en este sentido y lleva al autor, quizá de una manera apresurada, a concluir que los petroglifos son un arte masculino, que trata sobre elementos que él presupone asociados exclusivamente con tal género: las armas y la caza. Digo apresurada porque tal interpretación nos está indicando más el mundo en el que vive el autor -el nuestro-que el que nos refleja el registro arqueológico, que no señala nada en este sentido. Hay demasiadas presunciones en su hipótesis: que las mujeres no cazaban (vs. Bird 1993: 23; McKell 1993: 116), que las armas estaban asociadas exclusivamente con hombres (lo que no está demostrado) y que el arte era cosa de hombres. Esta última idea que subyace muchos -quizá todos-Ios estudios de arte está basada en los estudios antropológicos del siglo pasado que únicamente resaltaron a los hombres como artistas. Actualmente la antropología del género está también echando abajo este bastión masculino como debido más a la ideología victoriana de los antropólogos decimonónicos que a la realidad, pues está claro que las mujeres también realizaron lo que ahora consideramos como obras de arte e incluso en determinadas sociedades éstas se incluyen en rituales exclusivamente femeninos (Smith 1991; Drew 1995). Y esto es algo que Bradley ni siquiera se ha planteado. Si se me pregunta qué echo de menos en este libro diré que por una parte éste necesitaría de un conocimiento más extenso del registro arqueológico de la Península Ibérica -en extremo superficial para todo lo que no se refiere a Galicia y para el que el autor tendría que haber hecho el esfuerzo de leer lo escrito en las distintas lenguas peninsulares-, y de una inclusión de la perspectiva social, ya que el arte es tratado como un elemento pasivo en el cambio social a largo plazo, y a mi entender esto deja incompleta su narrativa pues no atiende a un factor que pudo tener gran importancia en el acontecer prehistórico. Estas críticas no eliminan, sin embargo, mi admiración por la obra. Más bien terminaré mi comentario preguntándome con qué excelente trabajo nos sorprenderá este fecundo autor en un futuro. Si como nos comenta en el prefacio, este es el tercer tema sobre el que contestó en 1987 a la pregunta de por dónde iba a expanderse la arqueología -los otros dos fueron la deposición de artefactos y el papel de la arquitectura monumental sobre los que produjo interesantísimas publicaciones (Bradley 1990(Bradley, 1993a(Bradley, 1993b)). ¿Le habrá preguntado ya alguien qué piensa ahora sobre las nuevas perspectivas para la arqueología? ¿Y cuál habrá sido su respuesta? Recientemente ha sido definida la Arqueología de la Arquitectura como una nueva línea de investigación (Steadman, 1996), pese a que estructuras y formas arquitectónicas han sido objeto de estudio desde hace tiempo. Sin embargo, esta nueva orientación supone un cambio teórico relacionado con la concepción del espacio interno y las actividades sociales relacionadas con él, frente al simplismo tipológico que habían desarrollado las visiones normativistas sobre el pasado. Neolithic Houses in Northwest Europe and Beyond y An Archaeology of Capitalism son dos libros de reciente publicación que ofrecen ideas novedosas sobre el concepto de espacio doméstico y la interpretación de estructuras arquitectónicas en diferentes contextos. Lo que pretenden ambas publicaciones es ofrecer una visión amplia de la importancia de tales aspectos arquitectónicos para el conocimiento de las sociedades pasadas, centrándose exclusivamente en el ámbito doméstico y en las actividades sociales que se desarrollan en él. El primero de ellos recoge las actas de la V reunión del''Neolithic Studies Group'' celebrado en el British Museum en 1992, bajo el título de Neolithic Houses: Fact or Fiction? En el prefacio de la publicación se define a este grupo como una asociación de especialistas del Reino Unido y de países de la Unión Europea bañados por el mar Atlántico interesados en el período Neolítico Europeo. No obstante, la participación en este simposio ha sido exclusivamente británica, salvo en el caso del irlandés E. Grogan. También es significativo señalar el hecho de que esta asociación reúne a profesionales de determinadas nacionalidades desde 1984, con el fin de tratar temas que conciernen básicamente a toda Europa y parte de Asia, y más aún, de exponer trabajos sobre naciones que quedan excluidas de la propia organización. Un ejemplo puede apreciarse en la comunicación de D.W. Bailey, miembro de la Universidad de Gales sobre el asentamiento de Tell Ovcharovo en Bulgaria. De los 13 capítulos que forman el volumen, los dos primeros tienen carácter general y se centran en el Reino Unido y el continente en general, los dos últimos son perspectivas antropológicas, mientras que el resto ofrece diferentes visiones sobre estructuras y sitios habitacionales del Reino Unido e Irlanda principalmente, excepto el ya citado ejemplo sobre Bulgaria (capítulo 10) y otro de Centroeuropa (capítulo 3). La obra de Johnson, por el contrario, versa sobre la transición entre la Baja Edad Media y la Edad Moderna en Inglaterra y Gales (siglos XV-XVIII), y fundamentalmente sobre los cambios sociales que se desarrollaron durante este período cronológico. En él se pretende conjugar la Arqueología con la documentación histórica desde una perspectiva interdisciplinar. El objetivo es ofrecer una nuevo punto de vista sobre las transformaciones sociales del paisaje, la arquitectura y la cultura material. El título del libro viene dado precisamente por la interpretación de tales cambios como un crecimiento del capitalismo. Bajo una perspectiva teórica claramente estructuralista, la arquitectura en An Archaeology of Capitalism queda definida dentro de un contexto de significación a partir de su plena integración en un paisaje cultural y social. De esta forma las estructuras analizadas son el fruto de modificaciones en el campo político, ideológico, y económico, paralelamente perceptible en el paisaje rural agrario. Esta idea queda materializada en el estudio de la arquitectura vernácula inglesa. En este espacio doméstico se va perdiendo progresivamente el concepto de hall, alrededor del cual se concentraban las actividades diarias y en el que reside una concepción simbólica de hospitalidad por su condición de espacio abierto frente al exterior. De esta forma se van reorganizando las relaciones de género, y las actividades relacionadas con éste. El paisaje agrario a su vez va sufriendo un proceso de enclosure, por el cual la tierra queda compartimentada por barreras físicas, y se va perdiendo la visión de un paisaje abierto y colectivo tan típico de la Edad Media. El nacimiento de un sistema capitalista queda patente en el nuevo giro hacia el individualismo y hacia el consumo de bienes de lujo, hecho que también puede ser perceptible en el paso de la casa-castillo al palacio, tanto como en la definición de la casa georgiana. El autor señala que el trazado físico de los campos y del paisaje en general sugiere que el espacio doméstico y el agrario no estaban separados en la mentalidad de las sociedades pasadas, como lo están actualmente en la nuestra. Por tanto el paisaje, la arquitectura y la cultura material deben ser analizados desde una perspectiva social, es decir partiendo de la idea de que lo que estudia el arqueólogo histórico son sociedades y no objetos o acontecimientos históricos. Muchos de estos postulados teóricos también se pueden apreciar en algunas de los capítulos de la publicación de Oxbow Books. De esta forma destacan los estudios realizados por C. Richards (capítulo 12) sobre la casa balinesa, y el de C. Hugh-Jones (capítulo 13) sobre los habitats en el noroeste de la región amazónica. En ambos se describen desde un punto de vista social y simbólico diferentes concepciones de estructuras domésticas. En esta línea, la orientación de la casa balinesa está en estrecha conexión con la concepción simbólica del mundo que mantiene esta sociedad. A través de diferentes ritos de paso se puede estudiar cómo el orden cosmológico impuesto, que se manifiesta en la representación arquitectónica, estructura la acción humana. Será precisamente este último punto el que haga reflexionar a Richards sobre la relevancia de los estudios cosmológicos para la interpretación del Neolítico Europeo. Resultados similares son obtenidos en los trabajos de campo realizados en el Amazonas, en los cuales queda definida la casa como un sistema lleno de significados. El resto de los capítulos se centran en la interpretación de estructuras arquitectónicas neolíticas. Debe señalarse la diversidad en cuanto a la orientación teórica de los mismos. Un número considerable de ponencias se ciñen, exclusivamente, a la descripción y enumeración de estructuras, en las cuales los aspectos fundamentales son la tipología y el análisis de la cultura material. En estas, la arquitectura es entendida como un "objeto" más de estudio, quedando excluido el ser humano de toda interpretación. Otro grupo mas restringido pertenece a investigadores más dinámicos. Su línea de trabajo está más acorde con las nuevas tendencias postprocesuales que actualmente están adquiriendo una fuerza considerable en el Reino Unido. De esta forma J. Thomas (capítulo 1) encabeza la discusión afirmando que los datos habitacionales conocidos en Inglaterra son tan escasos que no se puede llegar a hablar de una norma constructiva, sino de excepciones, y por tanto para trabajar en una línea de Arqueología de la Arquitectura en el Neolítico se debe reflexionar sobre una serie de cuestiones teóricas tales como la diversidad de residencias que fueron practicadas y cómo el espacio Neolítico debe haber sido dividido o dominado. Alude, aunque superficialmente, al hecho de que muchas casas se construyen en lugares donde previamente se ha erigido un monumento megalídco, y que por tanto estas estructuras, al igual que los enterramientos, deben haber jugado un rol importante en la transformación del paisaje y de las relaciones sociales. Por otra parte, Wittle (capítulo 2) señala que la casa neolítica debe interpretarse como una metáfora, en http://tp.revistas.csic.es cuanto a que estas estructuras son el reflejo de nuevos sentidos de identidad, y de una nueva concepción del tiempo. Finalmente, Last (capítulo 3), tomando como referencia trabajos etnológicos, apunta que los cambios arquitectónicos en las estructuras domésticas de Centroeuropa no tienen por qué reflejar modificaciones sustanciales en el uso del espacio, sino que pueden ser el producto de alteraciones en los significados simbólicos de un determinado grupo. La lectura de ambas obras es esencial para la comprensión de una nueva línea de trabajo que ya se ha esbozado al comienzo de esta recensión. El libro de Jonhson es una obra de fácil lectura para todos aquellos que no sean especialistas en Arqueología medieval o moderna. Proporciona una visión general sobre los cambios sociales experimentados en un período de transición hacia el capitalismo, siendo uno de sus mayores logros la concepción de la arquitectura doméstica como parte integral de un paisaje social. Este hecho puede hacer reflexionar cuidadosamente a arqueólogos no históricos sobre las posibilidades de un estudio contextual entre el paisaje y cualquier tipo de espacio interno. A su vez, la publicación del Neolithic Studies Group, pese a que ha visto su luz con cuatro años de retraso, refleja la importancia que van adquiriendo los estudios sobre el espacio interno en Prehistoria. La crítica que puede desprenderse de ambas lecturas esta relacionada con la exclusión del ámbito funerario. Jonhson tan sólo alude superficialmente al tipo de enterramiento en el último capítulo de su libro, y lo hace para justificar un aumento del individualismo en época moderna, mientras que no existe ningún estudio comparativo en la publicación de Darvill y Thomas. Desde un punto de vista interpretativo, tal hecho conduce a un sesgo en la investigación del espacio interno, pues tanto las estructuras domésticas como las funerarias forman parte integral de cualquier sistema social (Hodder, 1994). En 1994, la editorial Seuil inició la colección Artes Rupestres con un volumen sobre la cueva Cosquer, al que siguieron otros referidos a las cuevas de Niaux, Chauvet, al arte de los chamanes de la Prehistoria y al Yemen. Se trata de una colección dedicada a la difusión generalista del arte rupestre y destaca en ella la claridad y la siempre difícil sencillez de unos textos, escritos por reconocidos especialistas, que informan con toda solvencia al gran público. Junto a ello, hay que destacar la calidad excelente de las ediciones, con buena maquetación y profusión de ilustraciones a medio o gran formato, casi exclusivamente a color y de muy buena fotomecánica. El volumen que reseñamos apareció primero en versión alemana con el título Ekain und Altxerri bei San Sebastian. A fines de 1997 se ha publicado la versión española: Ekain y Altxerri. Dos santuarios paleolíticos en el País Vasco. Los títulos de las tres versiones son parecidos e idénticos los textos e ilustraciones. En el capítulo 1 se describen sucintamente las principales características geográficas de la Euskal-Herría continental (Francia) y Peninsular (España) y se hacen breves comentarios a la identidad lingüística del euskera, su expansión y recesión, para terminar con un resumen del País Vasco durante la época Magdaleniense. Sus condiciones ambientales fueron las propias de las fases postreras del Pleniglaciar superior, aunque no tan rigurosas como las del pico glaciar acaecido entre hace 20 y 18000 años B.P En los todavía rigurosos tiempos magdalenienses del Dryas, la composición faunística muestra las características singulares de la Euskal-Herría peninsular y de todo el Cantábrico por comparación con Aquitania. El reno encontró condiciones óptimas en las planicies aquitanas -pero Delpech (1989: 10) difíciles condiciones del medio hicieron que el reno disminuyera entonces de talla-y, aunque más raramente, también descendió hacia el Sur, como lo prueban los 50 niveles de 30 cuevas, de las que 25 se datan en el Magdaleniense; otro animal ártico de medio abierto como la liebre tímida también se consigna en el Cantábrico, así como el antílope saiga, actualmente propio de la estepa árida y de espacios semidesérticos. Pero el carácter de refugio migracional del área cantábrica se evidencia en la dominante del ciervo y la cabra en la composición faunística de sus yacimientos, y ello aun tomando en cuenta que la caza es una práctica cultural. Tampoco es que el ciervo encontrara aquí condiciones excelentes, pero sí suficientes para su supervivencia y, en todo caso, mejores que en latitudes más septentrionales; en cuanto a la cabra, el descenso de las nieves la expulsó de los Pirineos, viniendo a encontrar en el Cantábrico un medio ideal: no es un animal de alta montaña, sino de terreno accidentado y ha sido el hombre, con la caza, quien la ha expulsado a las zonas de media altitud. El oso de las cavernas, prácticamente extinguido en Europa en el Würm reciente, también encontró un refugio que le permitió su perduración, como lo prueban, entre otros, los restos encontrados en los niveles magdalenienses de la propia Ekain; sin embargo, los osos figurados en esa cueva pertenecen a la especie del oso pardo, como en Santimamiñe y Las Monedas. El régimen de caza de los tiempos magdalenienses continua y apura una práctica iniciada en los solutrenses: la especialización hacia las manadas de ciervos y la cabra, frente a la caza indiferenciada de ungulados que se practicó durante el Paleolítico medio y primera parte del superior. Cierra el capítulo una breve exposición de las características ergológicas del Magdaleniense, dividiéndolo en dos grandes conjuntos sucesivos según la ausencia o presencia de arpones. Tras este contexto general, en el capítulo siguiente se trata ampliamente del arte de Ekain. Sirve de introducción un plano de alzado y otro de planta con la denominación de las diferentes unidades topográficas y la indicación del lugar concreto de cada uno de los paneles, complementados éstos con un croquis a escala de las figuras contenidas en ellos, que repite la numeración y presentación de anteriores trabajos publicados en revistas especializadas (Barandiarán y Altuna, 1969; Altuna y Apellániz, 1978). Con esta apoyatura y la de 71 verdaderamente excelentes fotografías se pasa a describir minuciosamente cada panel y figura (en varias ocasiones, la ilustración de la figura parietal es auxiliada por otra del mismo animal vivo para la mejor comprensión de cómo la versión parietal plasma actitudes y detalles). El resultado final es el de la clara asunción por parte del lector de algo tan importante como el dispositivo topo-iconográfico de una cueva. Esta edición hace justicia a la opinión de A. Leroi-Gourhan (1971: 337), quien, siguiendo la terminología de H. Breuil, incluyó a Ekain entre los pocos "gigantes" del arte paleolítico y no dudó en afirmar que la cueva retenía "el conjunto de caballos más perfecto de todo el arte cuaternario, figurado con una amplitud casi teatral en los tres paneles principales". Un apartado de este capítulo, escrito en colaboración con A. Baldeón y K. Mariezkurrena, se dedica al yacimiento de la entrada, contexto inmediato del arte de la cueva. Durante la deposición del primero, Ekain funcionó como un lugar ocupado en verano para la caza de ciervos (85'2%), algunas cabras (10'6%) y escasos caballos (0'8%), lo que señala un marcado contraste con la abrumadora presencia de esta última especie en su arte parietal. La composición por edades y sexo muestra una especialización en la caza de ciervas y neonatos o muy jóvenes relacionada con el comportamiento de las manadas de las ciervas. Entre 8 y 10 km de Ekain, y en todo caso a no más de 3 horas de marcha, se encuentran otras cuevas con niveles magdalenienses como Urtiaga, Ermittia y Erralla. La primera es la más próxima y sus restos faunísticos indican una ocupación más estable con posibles desplazamientos al interior, donde se encuentra Ekain, para la caza de los ciervos. El nivel VI se depositó bajo condiciones climáticas más rigurosas según los sedimentos y el polen, y ello tiene su correlato en un incremento de restos de cabras (71'!%) y menos ciervos (20'9%). A diferencia del nivel VII, no hay un aporte de animales enteros a la cueva y la valoración del conjunto de los elementos arqueológicos concluye en que la ocupación, aun siendo estacional, fue más continuada que una estancia corta para la caza. Por lo demás, las materias primas de ambos niveles prueban la movilidad de estos grupos magdalenienses. Si estos dos niveles constituyen el contexto inmediato del arte, la excelente plaqueta grabada del nivel VI lleva a Altuna a suponer que aquel "parece datar del Magdaleniense reciente". En nuestra opinión, y sin que fuera el único, el mejor candidato para ese periodo es el conjunto de figuras 4 a 7 de la galería Auntzei tanto por el diferente tamaño y estilo, que ya fue advertido en las primeras publicaciones (Altuna y Apellániz, 1978), como por la representación de las cabras en visión frontal. El capítulo 3 se dedica a Altxerri. Nuevamente, un plano de alzados y planta, concebido de la misma manera que el de Ekain, introduce la descripción de los paneles y figuras, ilustradas con 89 láminas. El empleo masivo del grabado en esta cueva obliga, para su mejor lectura, a un mayor uso de los croquis a escala de los T. P, 55, n.' ^ 1, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es paneles y al apoyo de algunas fotografías con el dibujo a línea de los grabados, adjuntado a su margen. Pero esto sólo aparece en 11 ocasiones, dada la calidad técnica de las fotografías, que supo solventar el reto del grabado fino. Por otro lado, en la presente edición se ofrece la novedad de las figuras del pozo, desconocidas cuando se publicaron las primeras monografías de la cueva (Barandiarán, 1964; Altuna y Apellaniz, 1979). El arte de Altxerri es inequívocamente magdaleniense y muy posiblemente de un momento avanzado, como dice el autor, pero encierra más de una singularidad. Así, la preparación de la pared mediante un rayado más o menos denso, previo a la figuración o el relleno interno de las figuras con rayas apretadas; también la variedad de las especies representadas, particularmente en los paneles la y Ib, con nada menos que 11 especies distintas, algunas de ellas escasas y otras excepcionales en el arte paleolítico cantábrico como la Saiga tatárica. Este capítulo no cuenta, como el anterior, con una exposición del contexto inmediato del arte, debido a que el yacimiento de la cueva permanece sin excavar por razones justificadas. El capítulo final lleva por título 'Animales cazados y animales representados". De entrada está presidido por la prudencia: son muy pocas las cuevas que cuentan con un estudio detallado tanto de su yacimiento como de su arte, por lo que las conclusiones que a este respecto puedan obtenerse serán forzosamente provisionales y limitadas. El autor señala el vivo contraste entre la fauna representada y la consumida en las cuevas cantábricas, como ya había sido señalado hace tiempo por varios autores para otras zonas y todo el arte parietal paleolítico. En el Cantábrico, el ciervo/cierva, y más esta última, son los animales más representados, seguidos, en orden decreciente, por el caballo, el bisonte, la cabra, el toro y el reno, aunque los matices geográficos se imponen: el ciervo/cierva es más abundante al oeste, mientras que los bisontes y los caballos lo son en el País Vasco. Pero en nuestra opinión, este orden decreciente ha de ser controlado por el factor cronológico; entonces, la abundancia de caballos y bisontes del oriente cantábrico se difumina mucho. La fauna consumida en las cuevas con arte puede proporcionar, según la orografía del sitio, porcentajes de hasta el 80% entre ciervos y cabras, mientras que el caballo, bóvido y rebeco eran menos importantes como presa. De todo ello Altuna concluye que la fauna representada no es buen criterio para reconstruir las condiciones medioambientales de la época, pero también pide recíproca prudencia con los restos de caza porque son el producto de una elección y selección por parte del hombre. Si éste cazaba los animales más o menos frecuentes en el entorno de su habitación, en revancha también podía representar animales observados en regiones lejanas. Ya desde el mismo comienzo de la introducción J. Altuna deja claro que el propósito del libro es dar a conocer dos importantes cuevas vascas al público general (a este respecto, no todos los títulos de las tres versiones de este libro se adecúan con el contenido exacto del libro) y, pocas líneas después, nos dice que ha optado principalmente por un aspecto del arte rupestre: el de la manera como el artista dio cuenta de la realidad. Propósito conveniente, porque Ekain y Altxerri tienen, afortunadamente para su conservación, severísimas restricciones para la visita; opción legítima, porque, no siendo el único en este libro, el punto de vista arqueozoológico enriquece la percepción del fenómeno artístico. El apretado resumen que hemos hecho líneas arriba evidencia que si el destinatario de este título es el gran público, lo que se ofrece, aun siéndolo, está mucho más allá de un libro de bellas fotos por toda la solvente información que contiene, producto de una continuada investigación del autor que ha aportado nociones básicas para el mejor conocimiento de aspectos del Paleolítico superior cantábrico. Edicions A Nosa Terra, Colección Historia de Galicia 3. Es ésta la segunda edición de un manual de Prehistoria de Galicia, centrado en la Cultura Castreña, cuya denominación es analizada por el autor en función del elemento más característico de esta cultura: el castro. Tiene un carácter general, y está especialmente indicado para los alumnos de primer ciclo de carrera, o para aquellos no iniciados en la arqueología del Noroeste Peninsular. Al estar escrito en gallego, su lectura queda restringida sobre todo a los estudiantes de la Comunidad. Empieza el autor con una aproximación historiográfica al estudio de la Cultura Castreña del Noroeste. Es un apartado breve y factual, ya que expone cuáles han sido las principales corrientes, las primeras ideas y los primeros pasos, pero no los sitúa contextualmente en el momento histórico de su elaboración. Seguidamente, se abordan los temas de la extensión cronológica y geográfica de esta cultura, con una visión diacrónica de las diferentes opiniones y una síntesis de las propuestas del autor. Entre ambos apartados se sitúa, de manera un tanto inconexa, una pequeña exposición del tema del celtismo en el Noroeste peninsular. El libro aborda finalmente los temas, del habitat y la cultura material, la organización socio-política y la religión. De todos los capítulos, aquellos más importantes son los relativos a la historiografía, el celtismo y las características de los restos materiales. En cuanto al primer punto, se echa de menos una estructuración historiográfica actual del tema tratado, en la que contrastar las hipótesis manejadas. Tampoco hay un planteamiento epistemológico inicial, siendo esto bastante común no sólo en los libros de divulgación como el presente, sino también en los de investigación. La postura epistemológica e interpretativa del autor en los temas más comprometidos (definición paleoetnológica, economía, sociedad...) permanece implícita, no siendo fácilmente reconocible pata aquellos que no están especializados en Arqueología. Por otra parte, los temas que precisarían de un mayor rigor interpretativo se resuelven simplemente mediante una enumeración exhaustiva de los datos arqueológicos más significativos. Así, proporcionalmente hablando, la organización socio-política, la economía y la religión, ocupan un reducido espacio (apenas cuarenta páginas) en comparación con los de la cultura material (unas ochenta páginas). El tema del celtismo es abordado no sólo en su epígrafe correspondiente, sino que recorre todos los aspectos tratados. En cuanto al tema de la etnicidad y sus implicaciones en Arqueología, el autor recurre a la definición lingüística de lo celta frente a definiciones paleoetnológicas, que parece considerar poco científicas. Resulta sorprendente presentar en la actualidad un manual que no recoja al amplio abanico de interpretaciones, corrientes de estudio y perspectivas de análisis de un tema tan en boga y tan controvertido como os el de la celtización en el Noroeste Peninsular. En ocasiones el tema es incluso manifiestamente eludido o ridiculizado, mencionando además obras y autores que no aparecen en la bibliografía citada {vide, p.ej. pág. 151, respecto a M. Almagro-Gorbea). Este enfoque repercute claramente en la bibliografía, donde existe una carencia importante de referencias al marco europeo y peninsular, que ubiquen el tema en una perspectiva más global, en consonancia con estudios que se llevan a cabo, por ejemplo, en Gran Bretaña, Francia, Centroeuropa, o, por lo menos, en el resto de España. Nombres como M. Almagro-Gorbea, G. Ruiz Zapatero, A. Gimeno, F. Burillo, que se mueven en unas líneas de opinión opuestas a las sostenidas por el autor; o incluso autores como Collis o Javier de Hoz, son carencias que la trayectoria profesional del autor no explica como involuntarias. Del mismo modo, la gran ausencia de obras relevantes sobre el tema en otros idiomas resulta difícilmente comprensible salvo por omisión consciente. Incluso en el entorno gallego se echan de menos trabajos aparecidos en los últimos años, que resultan de gran interés para el tema castreño. El estilo narrativo es ameno, y hasta divertido, ya que la ironía da un gran dinamismo a la exposición, con lo que su lectura resultará grata y fácil, algo que siempre agradecen los no iniciados en Arqueología. Sin embargo el uso que se hace de este manual para justificar posturas, rechazar críticas o, simplemente, para denostar opiniones contrarias o rechazar plagios intelectuales parece fuera de lugar. Por ello, resultaría recomendable que los estudiantes de primeros años de carrera contrastaran la lectura de este libro con otras, si bien el ya aludido proceso de reducción bibliográfica no facilita este recurso. Este volumen reúne las ponencias del simposio, The Origins of Urbanization in Iberia, celebrado en la Academia Británica el 24 y 25 de febrero de 1996. El volumen tiene su origen en la importante participación británica en la arqueología peninsular, por una parte, y en el deseo de los organizadores de presentar al público profesional anglo-sajón los nuevos resultados acumulados por la investigación reciente sobre la Protohistoria peninsular. Casi todos los artículos son contribuciones sólidas al tema del desarrollo urbano entre el 800 AC y AD 200 (las excepciones son los capítulos de los británicos B.B. Shefton, M.H. Crawford ambos miembros de la casa patrocinadora y J.S. Richardson, quizás interesantes en si mismos, pero poco pertinentes o bien al urbanismo o bien a la Península), pero en su conjunto el libro no consigue trascender su condición de actas para dar una visión de conjunto de la dinámica del tema. Casi la mitad de las contribuciones se dedican a casos concretos de urbanismo, o sea, a informes de las investigaciones recientes en yacimientos particulares: Toscanos (Hans-Georg Niemeyer), Puente Tablas (Arturo Ruiz Rodríguez), La Picola (Pierre Moret et alii), Ampurias (Enric Sanmartí-Grego), Las Cogotas (Gonzalo Ruiz Zapatero y Jesús Álvarez-Sanchís), Tarragona (Xavier Dupré i Raventós), Astorga (Victorino García Marcos y Julio M. Vidal Encinas) e Itálica (José Manuel Rodríguez Hidalgo y Simon Keay). Todos estos artículos son aportaciones interesantes, y algunos de ellos tienen horizontes más amplios que los resultados puntuales de las excavaciones más recientes. Es de notar, por ejemplo, el marco comparativo perfilado por Niemeyer, la imaginación dialéctica de Ruiz Rodríguez, y el minucioso funcionalismo de Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís, todos ejemplares de como integrar datos particulares dentro de preocupaciones más generales. Inevitablemente, sin embargo, estos estudios se dirigen a las circunstancias individuales de yacimientos concretos y no a la dinámica general del desarrollo de concentraciones urbanas en la Península. Otro grupo de artículos consiste en recensiones regionales: el mundo celtibérico del interior peninsular (Martín Almagro-Gorbea) y el centro sur y norte de Portugal (Virgilio Hipólito Córrela y Armando Coelho Ferreira da Silva, respectivamente). Estos resúmenes de las pautas principales de estos registros no son meramente descriptivos sino que se dirigen a valorar las formaciones sociales que los produjeron. Las contribuciones ponen de manifiesto las importantes diferencias socioculturales que existieron dentro de la Península, pero no se proponen abordar de forma comparativa los procesos que causaron tales contrastes. De manera parecida, María Eugenia Aubet trata el desarrollo del mundo fenicio-púnico de forma ejemplar, pero su enfoque es más sobre los cambios de orientación económica y política de los colonizadores que sobre el efecto que sus actividades tuvieron sobre el mundo indígena. Estas contribuciones son a la vez sólidas e imaginativas, pero dejan a otros una síntesis mas amplia. El libro contiene tres artículos de conjunto más amplio. Robert Chapman titula su contribución "Urbanism in Copper and Bronze Age Iberia?": el signo de interrogación representa su intención de demostrar la gran distancia que existe entre el mundo aldeano de las Edades del Cobre y del Bronce y el proto-urbano o urbano de la Edad del Hierro. Chapman subraya la escala relativamente pequeña de la estratificación social prehistórica y pone en cuestión la capacidad de las élites de consolidar su poder sin acceder ni a una intensificación productiva ni a un mayor acceso a bienes de valor (p. 40), y concluye en los siguientes términos: "Esto plantea el problema de las condiciones necesarias para la emergencia del urbanismo en el sur y este de España. El poder o querer concentrar un número mucho mayor de gente en un sitio evidentemente requiere no sólo la base productiva para sostener tal agregación, sino también la capacidad tecnológica para mover una cantidad mayor de bienes... Un porcentaje mucho mayor de la población tendría que ser sostenido ahora por la producción de un excedente que el pequeño número correspondiente a la élite y a sus especialistas adjuntos durante la Edad del Bronce. Además el... proceso de agregación asociado al urbanismo... suele ocurrir con relativa rapidez y tener beneficios evidentes para la gente implicada en él" (p. Estos beneficios podrían surgir, sugiere Chapman, como consecuencia de la inclusión de la Península por primera vez en el sistema mundial mediterráneo que "marcó un cambio fundamental con respecto a los períodos [precedentes]". El deja "a colegas más expertos que valoren sus efectos y contribución al urbanismo en Iberia" {ibidem). Es de lamentar que los coordinadores del volumen no hayan escrito una conclusión que aceptara este reto. La síntesis del desarrollo urbanístico de la Hispania romana por Simon Keay ("Innovation and adaptation: the contribution of Rome to urbanism in Iberia") tiene un enfoque más bien político e institucional que económico, y las pocas páginas que Barry Cunliffe dedica a temas procesuales en la contribución ("Diversity in Una nueva síntesis sobre historia de la metalurgia es siempre bienvenida, entre otras razones porque tampoco son tan numerosas las existentes. Los últimos 20 años han sido especialmente prolíficos en aportaciones de índole arqueometalúrgica, dadas a conocer a través de los ya numerosos Congresos, Symposia y reuniones especializadas que se vienen celebrando con gran frecuencia y de la nutrida nómina de revistas de arqueometría y, más específicamente, de arqueometalurgia. Se hacía, pues, necesario rellenar huecos y revisar conceptos demasiado generales vertidos en otras historias, como por ejemplo la de Tylecote (1987), por no remontarme a obras anteriores. De entre los posibles esquemas formales que sirven para contar una historia, Craddock ha escogido el de los bloques temáticos. No espere el lector encontrar al primer golpe de vista los acontecimientos engarzados en un discurso ordenado por la variable tiempo (el propio calificativo early usado en el título es intencionadamente ambiguo y sirve para la datación relativa de las tecnologías que se fueron inventando desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna). La estructura en bloques temáticos (muy común en los tratados de metalurgia general) responde, por otro lado, a la línea de investigación arqueometalúrgica más acreditada de los últimos años, y que se reduce a la idea de que no podremos entender la producción de un metal si no estudiamos todos los materiales arqueológicos implicados en el proceso: minerales, escorias, hornos, lingotes y piezas acabadas. Una idea, por cierto, que la reciente arqueometalurgia española ha impulsado eficazmente (Delibes et alii, 1991). En el primer capítulo, tras la preceptiva introducción historiográfica, Craddock desarrolla un tema que me parece fundamental, especialmente para el arqueólogo que está a pie de excavación y para quien se inicia en los estudios arqueometalúrgicos: Problems and Potentials in Archaeometallurgical Studies. En unas pocas pero densas páginas da algunas indicaciones para reconocer los materiales y qué información se puede extraer de ellos en el laboratorio. Luego va tratando la minería, los metales nativos, el inicio y desarrollo de la fundición de minerales (con especial dedicación al cobre), la fundición en sí, plata y plomo, hierro y acero y la producción de metales volátiles y sus aleaciones. Todo ello, recogiendo el estado actual de los conocimientos a escala mundial. Al arqueometalúrgico (y Paul T. Craddock lo es) le interesa identificar, comprender y describir unos procesos tecnológicos pretéritos que la metalurgia moderna conoce con todo detalle. Su valoración social, su importancia en el desarrollo de las sociedades no es asunto que le preocupe (esas son especulaciones que debe hacer el arqueólogo), y así lo reconoce en la p. No es de extrañar, pues, que a la hora de tratar un determinado proceso recurra y yuxtaponga documentación de cronología muy diversa y de localizaciones geográficas distantes, algo que puede resultar chocante al lector habituado al análisis secuencial en un área restringida. De manera indirecta, el libro refleja el desigual estado de los conocimientos sobre la metalurgia antigua en distintos países o, dicho de otro modo, que ningún país puede proporcionar en estos momentos todas las claves necesarias para escribir una historia completa. En todo caso, para la descripción de un proceso metalúrgico es más importante la idea de estadio tecnológico (definible por medio de parámetros de laboratorio aplicados al material arqueometalúrgico) que su marco cronológico-cultural, lo cual implica soslayar si el grado de desarrollo metalúrgico es o no, en sí mismo, un indicador proporcionado de la complejidad social de la comunidad que lo posee. No está en mi ánimo establecer comparaciones entre este libro y el de Mohen (1990), con el que hay ciertas inevitables afinidades en el índice pero poco más. Sin embargo, resulta útil para apreciar los cambios de postura en torno a un asunto tan importante como el de los cobres arsenicales más antiguos. Mohen (1990: 99-101) sigue fiel a la posición clásica: el cobre arsenical es una aleación artificial e intencionada. Craddock, en cambio, tras un proceso de reinterpretación de sus propias aportaciones al conocimiento de la metalurgia de Los Millares y El Malagón (Arribas et alii, 1989: 77), se adhiere al modelo propuesto para Almizaraque por Delibes et alii (1991: 134, 285 ss.) en el que se apuesta decididamente por la falta de intencionalidad en T. P, 55, n." 1, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es la producción del cobre arsenical y su dependencia de los minerales beneficiados, así como su obtención en sencillas vasijas-horno. Es también la primera vez que la metalurgia temprana peninsular se encuentra dignamente representada en una obra de este tipo. Hay, no obstante, significativas ausencias: en el capítulo de minería antigua no se mencionan las minas asturianas de El Aramo y El Milagro, bien datadas en torno al 2000 a.C, si bien es cierto que nuestras minas están mucho peor estudiadas que las inglesas o las galesas, por poner un ejemplo. Se insiste también en el valor de los martillos de minero con surco central como indicadores cronológicos de una minería muy antigua, cuando ya son muchas las evidencias que indican que no es así, al menos en España. Craddock hace una exquisita selección bibliográfica en la que, como es lógico, la de lengua inglesa se lleva la mejor parte. Deja así claramente explicitados cuáles son los cauces por donde discurren y se propagan las novedades en arqueometalurgia. Este libro presenta la investigación arqueológica como un fenómeno crítico e intelectual que, a lo largo de este siglo que termina, ha generado distintas vías y perspectivas a través de las cuales la Humanidad ha podido entender mejor sus raíces comunes, diferencias y semejanzas. Es un trabajo ingente, de complicada coordinación con casi 700 entradas redactadas por más de 400 autores en 800 apretadas páginas, que pone al alcance de audiencias muy diversas -incluidos los no especialistas-el cada vez más complejo, extenso y fascinante mundo de la Arqueología. El equipo coordinador ha considerado tres ideas fundamentales para articular el proyecto: primero, explicar el marco geográfico y cronológico de la evolución y desarrollo de la Humanidad; segundo, intentar cambiar la imagen tópica del arqueólogo envuelto en el polvo de lejanos países contando trozos de cacharros de barro, y por último, resaltar la importancia de las posiciones teóricas, así como el paso de la Arqueología como mera descripción de restos materiales al planteamiento de preguntas inteligentes al registro arqueológico. El conjunto es bastante más que un simple punto de partida tal y como se afirma en la introducción. Organizado en cinco amplios campos interconectados el Companion pretende exponer el inicio y desarrollo de la investigación arqueológica, cómo trabajan los arqueólogos, cómo explican los cambios ocurridos y la relación de la Arqueología con la Historia de la Humanidad. Este Último se subdivide en cinco apartados: el mundo prehistórico, el origen de la civilización, la aparición de las organizaciones estatales, las aportaciones de la arqueología a la Historia y las nuevas tendencias del siglo XX. Las entradas se pueden agrupar en los siguientes grandes bloques: (1) Teoría, métodos y práctica, parafraseando el subtítulo del manual de C. Renfrew y R Bahn (1991). Se incluyen voces sobre formación y localización de yacimientos, naturaleza del registro arqueológico y técnicas de análisis desde la Arqueometría a la Paleopatología, o de la Paleobotánica o la Genética de poblaciones, pasando por la aplicación de los SIG en arqueología. Cabe destacar en este bloque las entradas sobre las distintas áreas de trabajo arqueológico: del mundo clásico a los estudios paleoambientales, la basura, el mundo funerario, la etnoarqueología, la arqueología experimental o los nuevos ámbitos como el paisaje, los escenarios de batallas o los territorios de explotación económica. También aquí tienen cabida las técnicas de datación, especialmente las de cronología absoluta y muy especialmente los desarrollos teóricos desde el darwinismo a la arqueología del género, así como las posiciones teóricas no anglosajonas y una magnífica síntesis de 25 páginas sobre la historia de la Arqueología. Finalmente cabe reseñar las entradas relacionadas con distintos aspectos de la gestión de los recursos patrimoniales arqueológicos, su protección, conservación, difusión e impacto en la sociedad, así como de la práctica y la deontología profesional del arqueólogo. Pero el sesgo angloamericano resulta descarado en varios casos, por ejemplo en voces generales como Educación en Arqueología o Gestión de Recursos Culturales la información se limita exclusivamente a la situación de EE.UU. (2) Temas que constituyen un motor permanente de la investigación o que, por la naturaleza del registro arqueológico que manejan, despiertan un inusitado interés en la sociedad. Ese sería el caso de las entradas sobre el proceso de hominización desde los Australopitecos al CroMagnon así como las manifestaciones artísticas del Paleolítico al complejo celta. Aspectos temáticos más concretos son las voces sobre domesticación, tecnología, comercio, lenguaje, subsistencia y dieta, productos secundarios y complejidad social. Entradas más específicas recogen el vino, la cerveza, el caballo, la rueda y otras similares. (3) Biografías de precursores de la Arqueología o famosos arqueólogos. Este grupo presenta, por razones históricas, una clara descompensación a favor de las figuras europeas. Frente a 20 investigadores europeos sólo se mencionan 7 americanos, 1 africano adoptivo -Leakey-y 1 asiático. Aunque obviamente se puede discrepar de los criterios de selección empleados, el que parece unificar a todos es que se trata de arqueólogos ya fallecidos, para no herir susceptibilidades entre los contemporáneos. Con todo parece discutible incluir a Belzoni, a quien se puede considerar -con cierta generosidad-como precursor, y en cambio no incluir a Bianchi Bandinelli, Pitt Rivers o Leroi-Gourhan y otros prehistoriadores franceses que tanto hicieron por el desarrollo de la Arqueología como ciencia y disciplina académica. (4) Secuencias arqueológicas por unidades geográficas. Un conjunto de entradas tratan aspectos generales del Pleistoceno y Holoceno de Europa, África, Asia y América; su complemento son las voces sobre países y regiones de dichos continentes incluyendo el Pacífico. Es cierto que el criterio geográfico no es ni completo ni homogéneo, pero en general todas estas voces son muy sólidas y ofrecen buenas síntesis difíciles de encontrar en otro tipo de obras. Pero existen desiquilibrios manifiestos, así se dedican entradas a Madagascar equiparándola con Egipto, mientras que el Norte de Africa sólo es tratado dentro de la voz Mediterráneo y no se dedica una entrada específica a un área tan emblemática como el Rift Valley. En Europa las carencias son más evidentes. Ni los Balcanes, Europa Central, Francia o la Península Ibérica son tratados. Estas ausencias, junto a la importancia concedida a otras áreas europeas como las Islas Británicas o Escandinavia, muestran problemas de planificación general o lo que es peor un sesgo intencional de los coordinadores. (5) Grupos arqueológicos, culturas y pueblos. Aquí se incluyen voces desde los Campos de Urnas a la cultura Jomon, y de la cultura Zapoteca al mundo Iroques-Algonquino. A destacar en carencias la escasa relevancia dada a las culturas africanas, mientras que en el polo opuesto destacaríamos la buena síntesis sobre el Imperio Romano. Resulta, sin embargo, inaceptable que Fenicios o Escitas no tengan entrada, sobre todo el primer caso, aunque algo se trata en Comercio Mediterráneo. Hay muy pocas referencias al territorio de la antigua URSS y de hecho una sola entrada corta dedicada a Siberia. (6) Materiales arqueológicos, yacimientos y conjuntos emblemáticos de la arqueología mundial. Lógicamente es en la selección de las entradas de este bloque donde se pueden encontrar las mayores dicrepancias entre los criterios del lector y los del comité que ha coordinado la obra. Frente a dos entradas para el entorno del Pacífico -Isla de Pascua y Kuk-, Africa tiene 21 entradas, América 34, Asia 39 y Europa 44. Los yacimientos seleccionados son "clásicos" de la literatura arqueológica. Todos tienen una cierta fama, tras largas campañas de investigación en su haber, salvo el "Hombre de los Hielos" de Similaun, descubierto en 1991, y que por su espectacularidad ha sido incluido. El tratamiento de los sitios es, en general, bastante completo, pero en el caso de los tres yacimientos españoles seleccionados se podrían señalar críticas a los T. E, 55, n." 1, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es complementos bibliográficos. Torralba y Ambrona no incluyen bibliografía; en Altamira sólo se ofrecen los trabajos de Breuil, Cartailhac y Obermaier de 1906 y 1935, y en el caso de Los Millares se cita uno de los informes del Anuario Arqueológico de Andalucía pero no se referencia la memoria de Almagro y Arribas (1963). El yacimiento de Atapuerca, aunque es considerado en cinco entradas distintas, no tiene voz propia, a pesar de ser un yacimiento clave del Paleolítico -por la excepcional calidad, volumen y complejidad interpretativa de su registro fósil-, que tiene proyección internacional desde hace bastantes años con numerosas publicaciones en inglés. La cartografía que se ofrece al final de la obra cumple a medias su papel de completar la información de las entradas. No hay referencias en las voces a su localización cartográfica y por tanto el apéndice de mapas no lleva numeración. Aparecen los yacimientos citados en el texto pero también otros que no tienen entrada ni aparecen reflejados en el índice General. Si consideramos quien ha realizado la obra podremos entender mejor qué Arqueología es la del Companion. Si en la introducción se hace referencia a que los más de 400 autores han utilizado su estilo propio para que el lector aprecie la diversidad de posiciones ante el pasado, cabe señalar que en nuestra opinión todas ellas se unificarían en una: es una Arqueología vista y contada por y para anglosajones. Para ello es suficiente una consideración detallada de la lista de redactores: más de 230 estadounidenses, 79 británicos, 13 australianos y neozelandeses y 8 canadienses. Mientras que no llegan a una treintena el resto de europeos, apenas una decena de africanos, media docena de la América no-anglosajona y ningún asiático. Quien establece la agenda resulta muy claro. Desde luego entre los firmantes del primer grupo se encuentran arqueólogos tan notables como K. Flannery, M.B. Schiffer, R. Bradley, A. Shérrat, M. Leone, P. Mellars, J.A. Sabloff, D. Phillipson, R. Tringham o E. Trinkaus por sólo citar unos pocos. Pero aún así la Arqueología debería salir de los límites de la arqueología hecha por angloamericanos -ciertamente amplios pero no universales y únicosy traducida al inglés. En los últimos años desde los cuarteles generales angloamericanos ha habido mucho "progresismo postprocesual", mucha crítica al colonialismo intelectual, mucha invocación de multiculturalismo y respeto para las tradiciones arqueológicas minoritarias, pero obras como ésta revelan crudamente que lo que cuenta es la "arqueología en inglés", el resto -si es que existe-es casi pura anécdota erudita. En fin, a pesar del aplastante angloamericanismo, este es, sin duda alguna, el compendio de Arqueología más completo y de mayor calidad que se ha publicado nunca. Es una extraordinaria herramienta de trabajo que además -en nuestra opinión-preludia toda una nueva manera de presentar arqueología al especialista y al profano en busca de información sintética, actualizada y de calidad. Por último, una pregunta en el aire ¿Quién se atrevería con un Companion de la Arqueología española? La idea es buena, está desarrollada y funciona bien. El pasado mes de Septiembre se celebró en Rávena (Italia) la Tercera Reunión Anual de la European Association of Archaeologists (EAA). Las dos anteriores habían tenido lugar en Santiago de Compostela, en 1995, y al año siguiente en Riga (Letonia). La reunión de Rávena fue organizada por un Comité dirigido por el profesor Maurizzio Tossi, de la Universidad de Bolonia, y congregó a 500 participantes de 44 países diferentes. La representación española fué nutrida: unas 40 personas procedentes de 25 centros distintos, entre universidades, museos, administraciones autonómicas, e incluso organizaciones comerciales. La organización italiana creó unas condiciones muy favorables para los participantes, con todas las facilidades que se requieren para garantizar el éxito de una reunión de este tipo, manteniéndose los precios de todas ellas en niveles asequibles. Se celebraron 35 simposios específicos, entre todos los cuales se presentaron alrededor de 300 comunicaciones. El abanico temático cubierto por éstas abarcaba todas las dimensiones temporales y de investigación T. P, 55, n.° 1, 1998 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de la Prehistoria y la Arqueología. Se podrían destacar por su interés y amplio seguimiento las sesiones de Arqueología del Culto, Guerra y Conquista en el Mundo Antiguo, Parques Arqueológicos, Procesualismo y Geoarqueología, Teledetección y nuevas oportunidades para la Arqueología Espacial... Especialmente relevantes desde una perspectiva peninsular fueron las sesiones sobre Fronteras Políticas y Culturales, o la de Cadiz y Cartago, en la que los idiomas de comunicación terminaron siendo el castellano y el italiano. En general, se echó de menos una mayor selección de las comunicaciones, lo que hubiera facilitado centrar los temas de discusión en cada mesa. Al mismo tiempo, manteniendo una tradición establecida desde la primera reunión, se celebraron varias Mesas Redondas reunidas en tres temas principales: Arqueología Comercial, La Formación de los Arqueólogos Profesionales, y Aspectos Éticos y Legales de la Arqueología, en las que se sometieron a discusión temas de interés, sobre los que se prevee que la EAA deba realizar un pronunciamiento público, y que en todo caso pueden orientar la política de la Asociación en el futuro. La organización italiana prepara una publicación barata y ágil de la Reunión en formato de CD-Rom. Como casi siempre, el lenguaje en el que pueden presentarse las comunicaciones orales termina siendo un problema y un motivo de discusión. Frente al énfasis de los norte-europeos en el inglés, la Europa Meridional considera que sus lenguas no están suficientemente reconocidas. Aún siendo cierta esta fisura lingüística, no lo es menos que su importancia depende directamente de la representación y hegemonía de cada sector nacional en el seno de la EAA, en las Reuniones Anuales y, a mayor escala, en la Unión Europea. La amplia participación en la Reunión, así como su diversidad, son una buena muestra del crecimiento y pluralidad que hoy tiene la EAA y que sin duda se incrementará en, los próximos años. En la actualidad la Asociación tiene 700 miembros, pero existe una tendencia de crecimiento constante. Este año la reunión se celebrará en Gotteborg (Suecia) y será organizada por Kristian Kristiansen, actual presidente de la EAA. El Secretariado de la EAA tiene su sede actual en el Servicio de Arqueología del Museo de Londres (MoLAS), desde donde llevan todos los asuntos de correspondencia y relación con los miembros, así como las nuevas admisiones. En la reunión de Rávena se propusieron algunos cambios en relación a la revista de la Asociación, Journal of European Archaeology, iniciada en 1993, y de la que se han publicado ya 8 volúmenes. Sometidos posteriormente a votación, y aprobados por amplia mayoría, la revista pasará a denominarse a partir del próximo número European Journal of Archaeology (EJA), siendo Sage Publications su nueva casa editorial, con un amplio historial y experiencia en la edición de revistas internacionales. EJA se publicará tres veces al año, primando una máxima difusión tanto en Europa como en otros mercados. Otro de los aspectos más importantes de la reunión fué la aprobación en la Asamblea General del Código de Práctica de la EAA, así como del borrador inicial de Código de Conducta en Arqueología Comercial. Ambas iniciativas surgieron en la Reunión de Santiago en el 95, y desde entonces se ha trabajado en su desarrollo y discusión mantenida, entre otras fórmulas, en Mesas Redondas celebradas en las reuniones anuales en las que los responsables de estos temas presentaban propuestas que eran debatidas por los asistentes. La elaboración del primero ha sido coordinada por Henry Cleere, secretario de la EAA hasta el año pasado, y principal promotor del Código. Este sigue de cerca, como él mismo reconoce, experiencias anteriores en este sentido, particularmente el Código del Institute of Field Archaeology (GB), del American Institute for Archaeology o de la Society for American Archaeology (EE.UU.). El Código de Conducta en Arqueología Comercial está siendo definido por un grupo de trabajo que inicialmente coordinó Peter Chowne, director del MoLAS, y que desde el mes de abril del 97 pasó a ser coordinado por Roger Thomas, de English Heritage. La EAA consideró que, ante el ritmo de crecimiento imparable y enriquecedor para la disciplina arqueológica de la actividad profesional de la Arqueología, era importante desarrollar un código de referencia que contuviera algunos principios genéricos para la articulación de estas actividades. La elección del término comercial puede parecer sorprendente, pero pretende ser un adjetivo que caracterice el contexto en el que esa actividad se mueve, y no un valor a priori sobre el carácter de la Arqueología o su presunta práctica con ánimo de lucro. Dado el interés de ambos códigos, consideramos conveniente traducirlos para su difusión y debate en castellano. Debemos resaltar que mientras el primero está ya aprobado de forma definitiva, el segundo es todavía un borrador, sobre el que se seguirá trabajando este año y que se someterá a aprobación en la próxima reunión. Los arqueólogos se asegurarán de que ofrecen la mejor asistencia posible a promotores y planificadores, y de que no se implicarán en asuntos que estén más allá de su conocimiento o competencia. Los arqueólogos se asegurarán de que comprenden la estructura de las diferentes responsabilidades y áreas funcionales que concurren en el trabajo arqueológico, así como las interrelaciones entre esas funciones y su posición concreta dentro de aquella estructura. Los arqueólogos evitarán conflictos de interés entre la práctica de funciones administrativas del trabajo arqueológico y la asunción de compromisos comerciales. Los arqueólogos no asumirán compromisos comerciales para los cuales ellos o las organizaciones para las que trabajan no están adecuadamente cualificados y equipados, ni disponen de personal y experiencia. Los arqueólogos mantendrán sistemas adecuados de control (académico, presupuestario, de calidad y de tiempos de ejecución) de los proyectos que asumen. Los arqueólogos se adherirán a los estándares profesionales reconocidos para el trabajo arqueológico. Los arqueólogos se ajustarán a las leyes relevantes y a los estándares éticos al competir con otras organizaciones arqueológicas. Los arqueólogos implicados en trabajos de Arqueología Comercial se asegurarán de que los resultados de esos trabajos se completan de forma adecuada y son accesibles públicamente. Los arqueólogos implicados en trabajos de Arqueología Comercial se asegurarán de que el acceso a la información arqueológica no es restringido (por promotores u organizaciones arqueológicas) por motivos comerciales. Los arqueólogos implicados en trabajos de Arqueología Comercial serán conscientes de la necesidad de mantener la coherencia académica de la Arqueología, en oposición a la tendencia a la fragmentación que se deriva de los sistemas comerciales de organización. Los arqueólogos implicados en la gestión de la Arqueología Comercial serán conscientes de sus responsabilidades en la definición de las condiciones salariales, de empleo, formación y oportunidades para el desarrollo de la carrera de los arqueólogos, y en relación a los efectos de la competencia entre organizaciones arqueológicas en estos aspectos de la vida. Los arqueólogos implicados en trabajos de Arqueología Comercial reconocerán la necesidad de mostrar a los promotores y al público en general, los beneficios de apoyar el trabajo arqueológico. El Patrimonio Arqueológico, tal y como se define en el Artículo 1 de la Convención Europea sobre Protección del Patrimonio Arqueológico de 1992, es un Patrimonio de toda la Humanidad. La Arqueología es el estudio e interpretación de ese Patrimonio para el beneficio de la sociedad en su conjunto. Los arqueólogos son los intérpretes y guardianes de ese Patrimonio en nombre de sus conciudadanos y conciudadanas. El objeto de este Código es establecer convenciones de conducta que los miembros de la Asociación Europea de Arqueólogos deberán seguir en el cumplimiento de sus responsabilidades, tanto con la comunidad como con sus colegas profesionales. Los arqueólogos y la sociedad Todo el trabajo arqueológico deberá ser realizado dentro del espíritu de la Carta para la Gestión del Patrimonio Arqueológico aprobada por el ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios) en 1990. Es deber de todo arqueólogo asegurar la preservación del Patrimonio arqueológico por todos los medios legales. Para alcanzar este objetivo, los arqueólogos adoptarán medidas activas, utilizando para ello todas las técnicas de comunicación a su alcance para informar al público general y en todos sus niveles, de los objetivos y métodos de la Arqueología en general y de los proyectos concretos en particular. Donde sea imposible la preservación, los arqueólogos se asegurarán de que se realizan investigaciones con el mejor nivel profesional de calidad. En el desarrollo de estos proyectos, los arqueólogos realizarán, donde sea posible y de acuerdo con las obligaciones contractuales que ellos hayan comprometido, evaluaciones previas de las implicaciones ecológicas y sociales de su trabajo para las comunidades locales. http://tp.revistas.csic.es 6. Los arqueólogos no se implicarán, ni permitirán que sus nombres se asocien a cualquier tipo de actividad relacionada con el comercio ilícito de antigüedades y obras de arte, según queda recogido en la Convención de la UNESCO de 1970 sobre Medios de prohibir y prevenir la importación, exportación y transferencia ilícita de la propiedad del Patrimonio Cultural. Los arqueólogos no se implicarán, ni permitirán que sus nombres se asocien a cualquier tipo de actividad que impacte en el Patrimonio arqueológico, desarrollada para obtener el lucro comercial que se deriva de, o que explota, el Patrimonio arqueológico. Es responsabilidad de los arqueólogos llamar la atención de las autoridades competentes sobre las amenazas al Patrimonio arqueológico, incluyendo la violación de sitios y monumentos y el tráfico ilícito de antigüedades, así como utilizar todos los medios a su disposición para asegurar que en tales casos las autoridades competentes adopten medidas prácticas. Los arqueólogos y la profesión Los arqueólogos desarrollarán su trabajo con los mayores niveles de calidad reconocidos por sus pares en la profesión. Los arqueólogos tienen el deber de mantenerse informados de los desarrollos en el conocimiento y metodologías relacionadas con sus campos de especialización y con las técnicas de trabajo de campo, conservación, difusión de la información y áreas relacionadas. Los arqueólogos no acometerán proyectos para los cuales no dispongan de la formación y experiencia adecuados. El preludio de todo proyecto será la formulacián de un diseño de la investigación. Antes de comenzar éstos, también se definirán acuerdos que aseguren el depósito y conservación de los hallazgos, las muestras y la documentación en lugares públicos y accesibles (museos, archivos, etc). Todos los proyectos arqueológicos se reflejarán en un registro adecuado, comprensible y permanente. Asimismo, se elaborarán con la mayor celeridad informes adecuados de todos los proyectos, accesibles a la comunidad arqueológica en conjunto a través de los medios apropiados de publicación, sea ésta en soportes convencionales o electrónicos. Los arqueólogos tendrán derechos prioritarios de publicación de los proyectos de los que han sido responsables durante un periodo de tiempo razonable y que no excederá los diez años. Durante este periodo, hará accesibles sus resultados, tanto como sea posible, y considerará con simpatía todas las solicitudes de información por parte de colegas y estudiosos, una vez asegurado que éstas no contravienen los derechos prioritarios de publicación. Cuando haya expirado un periodo de diez años, la documentación estará libremente disponible para su análisis y publicación por terceros. El uso de material original será autorizado por permiso escrito y reconocida la fuente de procedencia en cualquier publicación en la que se utilice. Al reclutar el personal para proyectos, los arqueólogos no practicarán ninguna forma de discriminación basada en el sexo, religión, edad, raza, incapacidad u orientación sexual. La gestión de todos los proyectos deberá respetar los estándares nacionales en condiciones de empleo y seguridad. A lo largo de los pasados días 26, 27 y 28 de noviembre de 1997 tuvo lugar en la Institució Milà i Fontanals (CSIC, Barcelona), y en el Museu de Gava la 2" Reunión de Trabajo sobre Aprovisionamiento de Recursos Uticos en la Prehistoria. La organización de este encuentro fue motivada por el interés expresado por los participantes en la V Reunión (Valencia 1994) (T.R, 52 (1) 1995: 219) por mantener la convocatoria con cierta periodicidad. Asimismo, se intentó mantener su estructura, organizando cuatro sesiones marco en tomo a las cuales se desarrolló el debate: a) Marco teórico de las investigaciones; b) Métodos de caracterización de las diferentes litologías y su aplicación en los estudios arqueológicos; c) Interpretación de resultados en economías cazadoras-recolectoras; d) Interpretación de resultados en economías productoras. En la última jornada se visitaron las Minas Prehistóricas y el Museu de Gava, y se dedicó una sesión a recapitular sobre los diferentes temas abordados. Siguiendo con la idea desarrollada en el primer encuentro, que intentaba potenciar el debate y la discusión, se distribuyó con anterioridad un dossier de trabajo, elaborado con las intervenciones de los participantes. Se remitieron un total de 30 trabajos, desde diferentes puntos de la geografía nacional y centrados en diferentes aspectos de la temática de la Reunión. Aunque el número de inscritos fue muy alto (cerca de 80) considerando la especificidad de los temas a tratar, la asistencja y participación fue menor (unos 35 asistentes a las diferentes sesiones). En esta ocasión, la sesión dedicada al marco teórico de las investigaciones tuvo un alto grado de participación. En ella se debatieron diferentes conceptos, destacando la propuesta formulada para retomar e integrar el concepto de Producción Lítica en un marco más amplio. También resultó interesante la perspectiva ofrecida por la etología, estableciendo un debate en relación al concepto de útil. La sesión dedicada a los métodos de caracterización fue la que recogió menor número de trabajos. Cuestiones tan diversas y, en ocasiones complejas, como la toma de muestras en los materiales arqueológicos o las diferentes técnicas analíticas a emplear no fueron objeto de debate, a la vista de lo cual podría suponerse que la polémica suscitada por estos temas, ya está superada. Aunque la tarde dedicada a debatir sobre esta temática fue tranquila, la preocupación de diferentes investigadores por avanzar en el desarrollo de métodos adecuados de caracterización, se refleja en muchas de las comunicaciones presentadas en los ámbitos siguientes, que inciden en la metodología analítica empleada. Las sesiones dedicadas a la presentación de resultados fueron las más animadas, y quizás hubieran merecido más tiempo de discusión. En el caso de las economías cazadoras-recolectoras, destaca el enfoque tecnotipológico de muchos de los trabajos presentados, lo cual incita a reflexionar sobre el propósito de los estudios que abordan el suministro de recursos líticos en Prehistoria antigua. En la sesión dedicada a las sociedades agrícolas-ganaderas puede destacarse la variedad de recursos líticos estudiados. También destacaremos la serie de trabajos centrados en el estudio de las Fuentes de Materia Prima. Para acabar, se realizó entre todos los asistentes una valoración de los diferentes aspectos de la reunión, tanto organizativos como de contenidos. Asimismo quedó manifiesto el interés de continuar celebrando este tipo de encuentros, planteando la posibilidad de centrar, de manera más específica, los temas a tratar. El Museu de Gava nos ha ofrecido la posibilidad de poner al alcance de todos los trabajos presentados en esta Reunión, a través de su revista Rubricatum.
El texto es, en realidad, una magnífica introducción a la práctica arqueológica en el campo y en los diferentes laboratorios. Además sintetiza la investigación pasada y actual sobre la Edad del Bronce en la Alta Andalucía y muestra brillantemente las posibilidades que la incorporación de los resultados analíticos abren para una interpretación histórica atenta a là interacción de los aspectos sociales, económicos y ambientales en las culturas pasadas. Está muy bien editado e ilustrado: casi doscientas fotografías y dibujos de yacimientos, materiales y reconstrucciones en su mayoría a color. KAPTEREVA, T.R: Arte antiguo en España y Portugal. Primera investigación monográfica en Rusia dedicada a un tema poco conocido en ese país: la antigua herencia de los pueblos de la Península Ibérica estudiada en el entorno de un proceso histórico único, desde las primitivas tribus hasta la desintegración del imperio romano. Se reconstruye el ambiente de los períodos de las colonizaciones fenicia y griega, del florecimiento del arte original de los iberos y de la prolongada dominación romana. El esfuerzo por huir de una aproximación puramente arqueológica a los materiales, al oficio del artista, determina un minucioso análisis de la ejecución de la arquitectura, la escultura, el mosaico. La investigación se basa en impresiones personales de la autora, que ha tenido la
poniendo en evidencia la sucesión de fases entre la actividad minera y metalúrgica, así como las técnicas metalúrgicas innovadoras puestas en práctica. El yacimiento revela un estallido muy marcado de la actividad metalúrgica en el espacio que no deja de plantear interrogantes. Igualmente, la cuestión del destino de la producción sigue abierta por completo. Por otro lado, los motores para una implantación semejante en un territorio de alta montaña han comenzado a identificarse. Así se invocan determinismos naturales ya se trate de la mineralización particular de un yacimiento como de la evolución del clima. Durante la Edad del Bronce en Europa occidental, el aumento drástico de la producción de cobre apenas está documentado en las actividades mineras y metalúrgicas de transformación. En este contexto, el yacimiento minero y metalúrgico de Saint-Véran, Hautes-Alpes constituye un testimonio privilegiado de la producción en masa a fines del III milenio, ya que las obras mineras dan cuenta de una explotación a gran escala, con una producción de casi 7 t de cobre al año. Numerosos sitios de metalurgia extractiva puede haber estado asociados con ella. Desde hace 20 años, diversos equipos, como en el que participan los autores, han emprendido o emprenden investigaciones para intentar documentar el sitio y su actividad. El objetivo de este artículo es presentar el estado actual de la cuestión sobre el yacimiento. Los resultados principales son la puesta en evidencia de la actividad de producción en masa y su cuantificación. Además se ha descrito por primera vez la organización de la producción,
Una serie de 17 experimentos de fundición fueron llevados a cabo como parte de un proyecto de investigación interdisciplinar, que fue iniciado con el propósito de entender las innovaciones en el ámbito de la metalurgia del cobre que se dieron en el centro y el sur de Portugal durante la Edad de Cobre. La tecnología de fundición utili-zada en los experimentos fue recreada conforme a información recopilada y a artefactos encontrados en sitios arqueológicos, principalmente en Zambujal y otros lugares pertenecientes a la Estremadura Portuguesa. Asimismo, los minerales de cobre usados durante la fase experimental fueron recolectados en cinco yacimientos minerales de Portugal. El mineral y los productos finales del proceso de fundición fueron analizados mineralógica y geoquímicamente, para después ser comparados con el resto de las muestras arqueológicas. En el presente documento se discuten los resultados del estudio comparativo. Por último, se presenta una discusión del papel que tiene la producción de cobre en la sociedad del centro y del sur de Portugal durante el Calcolítico, basado en observaciones realizadas durante los experimentos.
El yacimiento arqueológico de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén; Fig. 1) se sitúa en un espolón sobre el valle del río Rumblar, actualmente sumergido en parte por las aguas del embalse del mismo nombre (Fig. 2). Se inserta en la cuenca baja y media-alta del río Rumblar, territorio que pone en contacto el frente meridional de Sierra Morena con la vega del Guadalquivir, en una zona dominada por el paisaje de dehesa y el dominio litológico de la pizarra, quedando como únicos suelos aprovechables los formados por los aportes erosivos sobre la cuenca del río Rumblar y la desembocadura de los ríos Pinto y Grande. Aparte del uso agro-silvo-pastoril, hay que destacar la presencia de los filones de cobre más importantes de la provincia. Estos filones de cobre fueron posiblemente la causa de la rápida colonización que tuvo lugar en el Bronce Pleno, en torno al 1800 a.C.; se crearon una serie de asentamientos de nueva planta, de similares características arquitectónicas y con idéntica cultura material adscribibles a la norma argárica: patrones de asentamiento en cerros escarpados, urbanismo en terrazas artificiales, poblados con acrópolis fortificadas y murallas con bastiones, enterramientos individuales o dobles bajo las casas, nuevas formas cerámicas como copas, vasos carenados, y tipos metálicos novedosos con hallazgos de armas como espadas, puñales y hachas (Contreras 2004). Estos poblados además presentan una característica importante: la explotación sistemática de minerales de cobre. Se han documentado varias minas con claros restos arqueológicos de su explotación en la Edad del Bronce, como martillos de piedra para extraer el mineral. Por otra parte, en distintos yacimientos de este valle se han recogido cerámicas metalúrgicas que muestran una actividad intensiva a lo largo del Bronce Pleno (Contreras y Moreno e.p.). Las dataciones correspondientes a la máxima expansión del poblado (Fase IIIA) se sitúan en fechas alrededor del 1750 cal a.C., con el abandono definitivo del poblado después del 1550 cal a.C. (Contreras et al. 2004: 35). Una de las conclusiones que se extrae de la distribución de los materiales relacionados con la metalurgia en Peñalosa es que, si bien los hallamos en todos los espacios materiales vinculados con esta actividad, la proporción es altamente variable. La mayor parte de los productos metalúrgicos, excepto los elementos manufacturados, se concentra en espacios descubiertos o en espacios inmediatos a ellos. De hecho, en la mayoría de los casos, estos espacios descubiertos son de pequeñas dimensiones y se hallan al límite de las zonas cubiertas de las que están separados por pequeños tabiques o por alineaciones de hoyos de poste y estructuras murarias que configuran pequeños patios al interior de complejos estructurales más amplios (Contreras et al. 1997; Moreno 2000). Nódulos de minerales de cobre (a la izquierda) y de plomo (a la derecha) procedentes del yacimiento de la Edad del Bronce de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén). (1) Espectrómetro Metorex XMET-920, con fuente de principales: cobre y plomo. Aunque algunas muestras contienen cantidades apreciables de hierro en la ganga, en general son minerales pobres en compuestos ferruginosos. En la ganga predominan el cuarzo y los silicatos, en algunos casos asociados con baritina; estos elementos no son detectables por las características del espectrómetro utilizado pero a simple vista se distingue con claridad la naturaleza silícica de la roca encajante. Algunos minerales contienen también arsénico, habiéndose medido proporciones Cu/As de hasta 30/10. Los minerales metalíferos se pueden repartir con bastante precisión en dos grupos: las menas cupríferas, en las que el cobre es el compuesto mineral que predomina, y las menas plumbocupríferas con cantidades importantes de plomo, habitualmente presente como galena o sus correspondientes compuestos oxidados. La constatación del laboreo y aprovechamiento de minerales plumbo-cupríferos en un contexto arqueometalúrgico de Bronce Pleno es una novedad importante dentro del panorama de la metalurgia de la Península Ibérica hasta ahora conocido. Así, pues, la actividad metalúrgica de Peñalosa parece que estuvo basada en el aprovechamiento de recursos minerales de cobre y plomo-cobre extraídos de mineralizaciones marcadamente diferentes. La presencia de sulfuros metálicos junto a compuestos oxidados en muchas de las muestras de minerales hace pensar en una metalurgia de fahl ores (Craddock 1995: 28). De este tipo de metalurgia sólo teníamos algún indicio indirecto que considerábamos excepcional y no intencionado, como es el caso de algunos pocos minerales y escorificaciones de los niveles calcolíticos de Almizaraque (Cuevas del Almanzora, Almería) (Müller et al. 2004: 48, 51), o el de la gran vasija de reducción de La Ceñuela (Murcia), atribuida al Calcolítico Reciente (Rovira 2002: 90-91) o quizás más adecuadamente a la fase de transición a la Cultura Argárica. Como ya se ha mencionado anteriormente, Peñalosa es un enclave ubicado dentro de un amplio metalotecto de Sierra Morena. Los análisis de isótopos de plomo realizados sitúan el mineral hallado en sus complejos estructurales como procedente de tres posibles fuentes (Hunt et al. e.p.). Dos de ellas se corresponden con sendas minas localizadas en los alrededores del asentamiento El Polígono y José Martín Palacios quedando aún por localizar la tercera fuente. En la Sierra Morena jienense la Mina de El Polígono es uno de los ejemplos más claros de trabajos antiguos de extracción desde la época calcolítica (Arboledas et al. 2006), ya descrita por Domergue (1987: 264) en las cercanías de Baños de la Encina (Jaén). Allí, además de constatar la explotación minera de cobre y plomo moderna y antigua, existen restos de cantería de la arenisca Triásica. Se trata de pequeñas calicatas que presentan fuertes concentraciones de malaquita y azurita y que parecen remontarse a una explotación prehistórica atendiendo a los restos arqueológicos recuperados: una hoja de sílex de filiación cultural claramente calcolítica y una docena de martillos mineros de piedra junto con algunas hachas, muy posiblemente de origen argárico. Esta mina habría sido explotada desde la Edad del Cobre, encontrándose además en el borde del Piedemonte, en la zona de contacto con la Depresión Linares-Bailén, justo entre dos poblados de esta época, el Cerro del Tambor y el Castillo de Baños de la Encina (Contreras et al. 2005a: 27; Contreras et al. 2005b: 118). La segunda mina, la de José Martín Palacios (Baños de la Encina, Jaén), cuenta con varios pozos y vertederos que fueron explotados tanto en época argárica como romana. Durante su prospección y posterior levantamiento topográfico, sobre las escombreras asociadas a unos socavones se hallaron dos martillos de minero con ranura central de enmangue (Fig. 4) de igual tipología a los recuperados en el yacimiento de Peñalosa (Contreras et al. 2005a: 28; Contreras et al. 2005b: 119). La prospección geoeléctrica llevada a cabo en esta mina muestra la posibilidad de que existan una serie de galerías, colmatadas en la actualidad, siendo nuestro deseo su excavación en el futuro (2). Como apuntábamos, un pequeño lote de muestras de minerales de las minas de José Martín Palacios y El Polígono ha sido analizado utilizando el mismo método empleado para los fragmentos de minerales encontrados en el yacimiento. Según los resultados obtenidos, se trata de dos mineralizaciones marcadamente distintas: la de José Martín Palacios es predominantemente cuprífera y la de El Polígono plumbo-cuprífera. La figura 5 muestra gráficamente esa clara diferencia entre los dos grupos de minerales y, lo más interesante, cómo los minerales de las dos minas prospectadas se distribuyen perfectamente dentro del conjunto de Peñalosa conservando la partición global en dos grupos característicos. Con el fin de profundizar en la posible procedencia geográfica de los minerales de Peñalosa, se han analizado los isótopos de plomo de varias muestras recogidas en el yacimiento en las citadas minas (3). Los resultados obtenidos junto con la representación gráfica de las relaciones isotópicas se publicarán en el Homenaje a Claude Do-mergue celebrado en León en 2008 (Hunt et al. e.p.). En ella se observa un fuerte agrupamiento entre los minerales del contexto arqueológico y las mineralizaciones, como las representadas por las minas de José Martín Palacios y El Polígono. El número de muestras analizadas es todavía reducido para caracterizar las mineralizaciones por completo, pero estos resultados preliminares son extraordinariamente sugestivos y animan a efectuar más análisis en un futuro próximo. Las minas prospectadas están muy alteradas por los trabajos modernos, particularmente la de El Polígono que ha estado en explotación hasta hace relativamente pocos años. Sin embargo, algunos fragmentos de mineral recogidos en el yacimiento de Peñalosa han proporcionado datos relevantes acerca de la técnica extractiva utilizada por los mineros. Se trata de fragmentos que presentan numerosas fisuras en cuyo interior se aprecian formaciones globulares (burbujas) cuando se observan detenidamente con una lupa binocular (Fig. 6). Estos rasgos sugieren que el mineral ha estado sometido a temperaturas relativamente altas, lo cual nos lleva a pensar en el método de extracción por fuego (firesetting) (Craddock 1995: 33-37). Este método consiste en provocar un fuego intenso en el frente de la labor minera y, cuando la pared rocosa ha alcanzado una temperatura estimada suficiente por el minero, en enfriarla bruscamente arrojando sobre ella gran cantidad de agua. El enfriamiento brusco (quen-T. Estudio preliminar de las escorias y escorificaciones del yacimiento metalúrgico de la Edad del Bronce... (2) La prospección geofísica eléctrica fue llevada a cabo en agosto del 2005 por J.A. Peña y T. Teixidó, miembros del Área de Prospección Geofísica del Instituto Andaluz de Geofísica de la Universidad de Granada. (3) Los análisis de isótopos de plomo han sido realizados en la Universidad del País Vasco por medio de un espectrómetro de masas con fuente de ionización térmica (TIMS). Agradecemos al Dr. M.A. Hunt Ortiz la interpretación de los resultados analíticos. ching) provoca grandes tensiones en la roca que llevan al agrietamiento e incluso a producir desprendimientos por estallido. El frente de la labor queda fisurado y resulta sencillo para el minero extraer el mineral golpeándolo con unas mazas de piedra. La extracción con fuego es una técnica minera antigua que ha estado en uso en algunas minas hasta finales del siglo XIX. Hay pocas pero sólidas evidencias de su empleo en época prehistórica, por ejemplo, hace tiempo se descubrió su uso en la Edad del Bronce en los criaderos de minerales de Mitterberg (Austria) (Pittioni 1951). Timberlake (2003) también propone que esta técnica fue utilizada en las minas de Copa Hill y Cwmystwyth (Gales). Finalmente, cabe recordar por su gran antigüedad la mina calcolítica de Pioch Farrus IV (Cabrières, Francia) (Castaing et al. 2005). Por lo que respecta a la Penínsu-Fig. Nódulos de escorias de cobre procedentes del yacimiento de la Edad del Bronce de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén). Raramente se detecta fayalita, y cuando existe está confinada en algunos microdominios dentro de la escoria (Fig. 10). Todas estas características se encuentran en las escorias inmaduras, ya bien conocidas en España y en otras regiones del Viejo Mundo desde época calcolítica, y que nos remiten a una metalurgia primaria de obtención de cobre bruto utilizando fuegos abiertos y vasijas de reducción como reactores. En esas circunstancias termoquímicas las condiciones redox del sistema son muy variables, a veces oxidantes (lo que propicia la formación de magnetita y delafosita, por ejemplo, si hay hierro suficiente en el sistema), a veces reductoras logrando la formación de metal y de fayalita si hay hierro en el aporte de la ganga. Además de hablarnos de las condiciones redox del reactor, ciertos componentes de la escoria aportan datos térmicos de interés. Así, tanto la cuprita (Cu 2 O) como la calcosina (Cu 2 S) funden a temperaturas del orden de 1.200°C. Su presencia como glóbulos esféricos secundarios o en estructuras dendríticas (véase, por ejemplo las figuras 8 y 9) indican que la cámara de reacción estuvo a temperaturas en torno a esa cifra. Lo que verdaderamente hace original la metalurgia de Peñalosa es el aprovechamiento de minerales cobre-plomo, que sin duda son abundantes en los metalotectos de Sierra Morena. Las escorias cobre-plomo resultantes de su reducción se caracterizan porque el material fundido que forma la matriz es un silicato complejo con mu- Obsérvese la presencia de sílice libre (silica) y la abundancia de placas seccionadas de delafosita (delafossite) en un campo con abundantes rosetas de cuprita (cuprite) dendrítica. La matriz vítrea (glassy matrix) es escasa. También se observa una inclusión de baritina (barite). Imagen obtenida en el MEB (electrones retrodispersados) de la escoria BE25078 procedente de Peñalosa. Obsérvese la formación de cristales plumiformes de fayalita (fayalite) en una matriz vítrea (glassy matrix). Los puntos blancos son cobre metálico. La figura 11 reproduce el espectro de los elementos químicos que constituyen la matriz de la escoria BE25078 (Fig. 10) y que definen un silicato complejo de plomo, hierro, calcio, aluminio y bario. El plomo se comporta de dos modos diferentes durante la reducción del mineral plumbo-cuprífe-ro. En unos casos pasa a la escoria formando la matriz vítrea, y el metal que se obtiene es cobre con algo de hierro en su composición (Tab. En otros casos, una parte pasa a integrar la matriz de la escoria y la parte restante se reduce a metal y se asocia al cobre que se va obteniendo, formando nodulillos o masas en las que ambos metales aparecen juntos pero segregados, dada su poca solubilidad mutua (Tab. La figura 12 muestra gráficamente esta segunda categoría. No deja de ser interesante señalar que, a pesar de haber tanto plomo en los minerales, no hemos observado que se forme plomo metálico aislado en ninguna de las escorias analizadas. En la muestra BE34019 una de las inclusiones metálicas llega a tener un 83 % de plomo, pero contiene también cobre. Aunque no es éste ni el momento ni el lugar para entrar en tan interesante cuestión que nos acercaría a esa incógnita tecnológica que plantean el plomo y los bronces plomados en la Prehistoria Reciente, viene bien recordar los experimentos de Roger Hetherington reduciendo galena. Según este autor, resulta fácil extraer el plomo de la galena (Hetherington 1991: 32), sin embargo, las condiciones en las que se realizaron tales experimentos (cuyos resultados nunca fueron publicados detalladamente) no son extrapolables a las que se deducen de las escorias de Peñalosa. Queda así abierta una vía de experimentación prácticamente virgen. Las escorias de cobre no presentan ninguna particularidad digna de mención para los objetivos de este artículo, y coinciden con lo visto en otros estudios de escorias producidas con tecnologías primitivas (Müller et al. 2004; Hauptmann 2003; Rovira 2002; Keesmann y Moreno 1999). Una última característica a destacar de las escorias de Peñalosa es la notable retención de cobre bien como cobre metálico, bien como compuestos minerales. Los análisis por XRF mencionados al iniciar este apartado, señalan pérdidas que oscilan entre el 0,51 % y el 31 % Cu (Fig. 13), otro rasgo que encontramos en la tecnología primitiva de obtención de cobre (Hauptmann 2003: 461-462). La elevada viscosidad de la escoria debida al material sin fundir impide la buena separación de la fase metálica, que queda atrapada en la masa semisólida que se va formando en la cámara de reacción. CERÁMICAS DE USO METALÚRGICO Los vasos cerámicos relacionados con la metalurgia (Fig. 14) están ampliamente representados en todos los ámbitos del yacimiento, lo cual resulta indicativo de la importancia y profusión de esta actividad además de su incidencia socio-económica dentro del poblado. De la gran cantidad de restos arqueometalúrgicos se infiere igualmente una producción metálica que rebasa los límites del autoconsumo, por lo que probablemente en su mayor parte saliese del poblado en forma de lingotes. A partir de los fragmentos cerámicos más grandes y de los vasos completos, se realizó un Fig. 12. Imagen obtenida en el MEB (electrones retrodispersados) de la escoria BE3125 procedente de Peñalosa. En la matriz vítrea plomada (glassy leaded matrix) con cristales aciculares de fayalita (fayalite) han quedado atrapadas numerosas bolitas metálicas (Cu, Pb) de cobre (color gris) y plomo (color blanco). Nótese la abundancia de magnetita (magnetite). estudio morfométrico multivariable de la cerámica utilizada en la metalurgia de Peñalosa (Contreras y Cámara 2000): se pudieron establecer hasta cuatro grupos tipológicos diferentes que responden a las categorías de vasijas planas, vasijas hondas, moldes y piezas circulares. A ellos habría que añadir los posibles fragmentos de pared de horno y una pieza que puede ser considerada un fragmento de boquilla de soplado. Los tres primeros grupos tipológicos han sido muestreados y analizados para la caracterización de la pasta cerámica en todos sus compuestos (Cortés 2007: 64-66). Las conclusiones de este estudio avanzan en la idea de que existe una intencionalidad manifiesta en la elección de la arcilla y en la adición de determinado tipo, tamaño y cantidad de desgrasantes en lo que respecta al menos a la elaboración de las vasijas planas y las hondas. En el primer caso predomina la materia orgánica y en el segundo caso los cuarzos. Esta idea debe de estar en relación con la función o el uso que tengan que desempeñar cada uno de ellos en los procesos metalúrgicos, según los resultados obtenidos que se expondrán en un estudio próximo. Las vasijas planas tienen formas abiertas tipo cuenco, generalmente de casquete esférico o se-Fig. Vasijas cerámicas de uso metalúrgico (la vasija honda tiene un diámetro de aprox. 24 cm) y un molde procedentes del yacimiento de la Edad del Bronce de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén). Otro dato que caracteriza sobre todo a las vasijas planas de fondo convexo, es la presencia de pico vertedero; la mayor parte de los ejemplares completos recuperados pertenecen a este tipo. En cuanto a la caracterización de la pasta cerámica, este grupo tipológico presenta dos tipos distintos. La primera es una pasta arcillo-limosa, de textura grosera y escasa porosidad; los desgrasantes minerales son fundamentalmente cuarzo y cuarcita, aunque se han identificado otros en menor proporción, como feldespatos, micas y esquistos. Aproximadamente el 50 % de la pasta está ocupada por desgrasantes de tamaño medio y fino, y tiende a ser heterométrica. El segundo tipo de pasta cerámica se caracteriza por una mayor heterogeneidad de los minerales usados como desgrasantes. Aunque el cuarzo siempre es dominante, la pasta incluye cantidades mayores de otros minerales como feldespatos, micas y plagioclasas. Los desgrasantes en general son de tamaño medio y fino, aunque los gruesos tienen una mejor representación en algunos fragmentos. En general, este tipo de pasta cerámica es exclusiva de las vasijas planas. Son un tipo de vasija más profunda que las anteriores, con mayor grosor de las paredes, alrededor de 3-4 cm, y del fondo que mide unos 5 cm. A diferencia de las anteriores, la capa de escoria que presentan en la superficie interna tiende a ser muy fina, siendo en algunos casos muy irregular e incluso inexistente. Se han distinguido dos tipos: vasijas hondas de fondo plano y vasijas hondas de forma compuesta con tres subtipos diferentes en función de los límites métricos que presenten respecto al diámetro de boca, diámetro máximo del cuerpo, altura total, altura de la inflexión y ángulo del borde. El desgrasante es de tamaño medio-fino, con predominio de este último; en general, presenta formas redondeadas y está formado por cuarzo, cuarcita, feldespatos y mica. Normalmente en los moldes no se han observado restos de materia orgánica. Análisis de las escorificaciones Como es sabido, las vasijas cerámicas tienen dos funciones básicas en la metalurgia: servir como vasijas de reducción y como crisoles para fundir metal. En ocasiones a partir de su morfología no es sencillo determinar a cuál de las dos funciones se destinó una vasija. Tampoco el tamaño es un argumento decisivo, si bien es cierto que, dadas las limitaciones pirometalúrgicas prehistóricas, no era posible mantener en estado líquido una masa de metal excesivamente grande. Ello sugiere que el crisol para fundir debía ser de menor tamaño que la vasija de reducción. Pero, como veremos, hay vasijas pequeñas que fueron utilizadas para reducir mineral aunque su tamaño es apropiado para funcionar bien como crisol. El único modo de aproximarnos con cierta seguridad a una correcta clasificación funcional es mediante el estudio científico de las escorificaciones residuales en las paredes de dichas vasijas. Las escorificaciones que se forman en la cara interna de las vasijas se deben a las reacciones que tienen lugar, a alta temperatura, entre el material contenido y los componentes de la pasta cerámica. En las vasijas de reducción el contenido es el mineral metalífero con su ganga acompañante y la ceniza que se va formando por la combustión del carbón. En cambio, en un crisol el contenido es cobre metálico y la ceniza de combustión. Esta primera consideración ya permite presuponer que las escorificaciones de las vasijas de reducción van a tener composiciones más complejas que las de los crisoles. Esto, que en general es cierto, no excluye la posibilidad de que el metal introducido en el crisol fuera cobre bruto con algo de escoria, lo cual daría lugar a una escorificación de composición compleja. Ahora bien, lo que no cabe pensar es que en el crisol para fundir metal se introdujera mineral sin reducir. Por tanto, la presencia en la escorificación de un vaso de relictos de mineral es un argumento bastante sólido para considerar su uso en tareas de reducción. Su ausencia, en cambio, no es argu-mento suficiente para rechazar esa función, como es obvio. Por otro lado, la duración de un proceso de reducción de mineral es mucho mayor que el tiempo necesario para fundir el metal, según se ha comprobado en numerosos experimentos (por ej. Rovira 1999: 109). Por tanto, el recipiente cerámico se encuentra expuesto a temperaturas elevadas durante mucho más tiempo en el primer caso que en el segundo, dando lugar a mayores posibilidades de reacciones químicas entre contenido y continente. Se han analizado por XRF medio centenar de vasijas con escorificaciones para determinar la composición elemental de la escoria. De ellas, se han seleccionado diez para estudios más detallados en el MEB. Las escorificaciones en vasijas de reducción reproducen con total exactitud lo visto en las escorias: algunas indican que el mineral procesado contenía sólo cobre y otras se deben a la reducción de minerales cobre-plomo. Un ejemplo de las primeras, puede verse en la imagen MEB de la escorificación BE10168-1 (Fig. 15): una matriz vítrea silicatada en cuyo seno se han formado bastones de fayalita; se aprecian bolitas de cobre atrapadas en la escoria. En otras regiones de esta misma muestra se localizan cristales de diópsido y algunas inclusiones esféricas de sulfuro de cobre, cuya presencia sugiere la reducción de minerales mixtos óxidos-sulfuros de cobre de los que ya hemos hablado en el apartado correspondiente a los minerales. Otra interesante muestra (Fig. 16) corresponde a la escorificación de una vasija de reducción en la que se procesaron minerales de cobre-plomo. La matriz es un vidrio plomado en la que destacan cristales de anortita. El cobre atrapado tiene una composición polimetálica Cu-Pb-As-Fe, conteniendo cantidades de arsénico que llegan al 30 % As y plomo de hasta 80 % Pb en algunas bolitas. La presencia en estas escorificaciones de compuestos minerales como delafosita, magnetita y algunos reductos de fayalita, indican unas condiciones de fugacidad de oxígeno variables que hacen que el ambiente redox oscile constantemente de oxidante a reductor, algo que ya habíamos comentado al hablar de las escorias. Así, pues, las escorias y las vasijas de reducción de Peñalosa delinean un sistema tecnológico unitario para la obtención de cobre de rasgos primitivos, según la clasificación establecida por Hauptmann (2003: 461-462). Las escorificaciones en los crisoles suelen ser más delgadas que en las vasijas de reducción y el contacto con la pared cerámica más nítido, como puede verse en la figura 17. En este caso se trata de una escorificación constituida por un vidrio al plomo que merece una explicación. En la tabla 2 veíamos cómo a partir de los minerales cobre-plomo se obtenía cobre con una cierta cantidad de plomo. El plomo es prácticamente insoluble en el cobre a cualquier temperatura, por lo que siempre se encuentra segregado. Su temperatura de fundición es relativamente baja (327°C) comparada con los 1.083°C necesarios para fundir el cobre. Si en el crisol se cargan fragmentos o bolitas de cobre-plomo y se ponen a calentar para obtener un caldo, cuando se alcanzan los 327°C el cobre comienza a exudar el plomo que contiene. El plomo es un metal que se oxida fácilmente a alta temperatura y el óxido de plomo (litargirio) reacciona con facilidad con la sílice de la arcilla de la pared del crisol dando lugar a un silicato de plomo. Cuando en el crisol se alcanza la temperatura de fusión del cobre, la mayor parte del plomo acompañante se habrá desprendido y habrá formado la escorificación de la pared del crisol. El metal resultante es un cobre refinado que ha perdido casi todo el plomo que contenía. Imagen obtenida en el MEB (electrones retrodispersados) de la escorificación en la vasija de reducción BE38004-1 procedente de Peñalosa. La matriz (leaded glassy matrix) se muestra aquí de un color gris mucho más brillante que en la figura 15 por la presencia de silicato de plomo. Se han formado bastones de anortita (anorthite) y el cobre obtenido muestra un acusado polimetalismo. Imagen obtenida en el MEB (electrones retrodispersados) de una sección de la pared del crisol BE38203-1 procedente de Peñalosa. Obsérvese la delgada capa blanca escorificada (slaggy layer) y la nítida separación respecto a la pared del crisol (ceramic wall). METAL BRUTO Y OBJETOS DE METAL DE PEÑALOSA Las espectrometrías por fluorescencia de rayos X (XRF) de los objetos de metal y restos de fundición de Peñalosa documentan dos tipos de metal: cobre generalmente acompañado de arsénico y bronce con estaño (Tab. El empleo de cobre arsenicado resulta coherente con las analíticas de las escorias y escorificaciones en las cerámicas metalúrgicas (ver los análisis de inclusiones de metal retenido en las escorias de la tabla 1). Allí veíamos dos tipos de cobre, con y sin plomo en su composición, según se obtuviera de minerales de cobre o de cobre-plomo. También puede apreciarse cómo, por término medio, el cobre plomado bruto retenido en la escoria contiene más plomo que el cobre refinado con el que se han fabricado los objetos, de acuerdo con el mecanismo de refino explicado en párrafos anteriores. 2) merece mayor reflexión. Se ha venido defendiendo a partir de datos analíticos que la mineralogía compleja de muchas de las mineralizaciones cupríferas de la Península Ibérica es la causa de la aparición de los bronces naturales cobre-arsénico desde los primeros peldaños de la metalurgia calcolítica (Castaño et al. 1991: 50-51; Rovira 2004: 16-19). Asimismo, uno de los restos de fundición de cobre bruto también habla en el mismo sentido (PA14061 en la Tab. Pero sería de desear dis-poner de más datos analíticos en un futuro, ya que para esta primera aproximación se ha centrado el estudio en los subproductos cobre-plomo por representar una metalurgia primaria totalmente desconocida hasta ahora. ras: las que proveían de minerales de cobre y aquellas otras que junto con el cobre también tenían plomo. Los análisis de isótopos de plomo de algunas muestras de minerales parecen indicar claramente que éstos proceden al menos de dos minas cercanas al yacimiento: la mina de El Polígono y la de José Martín Palacios. Son minerales en los que frecuentemente encontramos asociaciones de variedades oxidadas (malaquita, azurita, cuprita) y sulfurosas (covellita, calcopirita, galena). En la última mina señalada, además se ha podido documentar la técnica utilizada para la extracción del mineral: la fragmentación del metalotecto por la acción continuada de fuego más agua, lo que facilita enormemente la tarea. Los análisis de las escorias muestran una dinámica similar a la ofrecida por los minerales, unas contienen cantidades importantes de plomo y otras no. Su composición química y mineralógica se corresponde con escorias inmaduras, con abundante sílice libre, de elevada viscosidad y que retienen mucho cobre, bien en forma metálica bien como minerales sin reducir. Ello permite clasificarlas como subproductos de una tecnología primitiva de obtención de cobre caracterizada por la reducción directa de los minerales sin el empleo de fundentes que mejorarían el rendimiento de la reducción y la separación del metal. Catalogarla como "tecnología primitiva" no es en modo alguno peyorativo, ni tiene relación alguna con la producción de metal sino con el modo de producir el metal. Dada una cantidad determinada de mineral, usando una tecnología primitiva la extracción completa del metal que contiene requiere varios procesos de reducción consecutivos, pero sólo uno empleando una tecnología desarrollada. Dicho de otro modo, para satisfacer una determinada demanda de metal son necesarias muchas más instalaciones productoras en un caso que en otro, siendo el producto final el mismo. Un aspecto interesante, en suma, es el aprovechamiento de minerales con plomo, que resulta del todo novedoso para la metalurgia de la Edad del Bronce. En el conjunto de materiales arqueometalúrgicos de Peñalosa existen otros argumentos que apuntan hacia la tecnología primitiva. El empleo de vasijas cerámicas como recipientes reactores es sin duda el más sólido, supliendo de ese modo la ausencia de verdaderos hornos metalúrgicos. Hay que señalar igualmente que la variedad tipológica de dichas cerámicas abre camino hacia una cierta especialización de la producción metalúrgica. Futuros trabajos en los que se muestre la seriación cronológica de dichos tipos servirán para poder dibujar con trazos firmes la dirección del proceso evolutivo. Estas cerámicas metalúrgicas, aún sin entrar en la categoría de refractarias, sí que se diferencian en cuanto a composición, tamaño y tipo de desgrasante empleado en su manufactura, de las restantes cerámicas de carácter doméstico. La composición de las pastas de algunos de estos fragmentos (Fig. 18) muestra que sólo uno de ellos, correspondiente a una vasija de reducción, se aproxima a la zona de arcillas con buenas propiedades refractarias. Ello, lejos de interpretarse en sentido negativo, reitera que dichas cerámicas cumplen su cometido a la perfección sin deformarse, es decir, para su función no requieren de mayor resistencia a altas temperaturas ya que, como hemos señalado anteriormente al mencionar las temperaturas de formación de las escorias, difícilmente se superaban los 1.200°C en la zona de reacción. La ausencia de toberas en Peñalosa plantea como alternativa el uso de tubos de soplado a pulmón, de cuya eficacia nos hablan los paralelos etnográficos y no pocos trabajos experimentales. De esta forma, y dado que la actividad metalúrgi- ca se desarrollaba en el interior del poblado, los metalúrgicos pudieron alcanzar la temperatura necesaria que hiciese rentable la reducción. Hasta el momento tan solo se ha recuperado una de las boquillas de cerámica que, sujetas al extremo del tubo o caña, quedan más expuestas a las brasas. Se trata del extremo de una boquilla fragmentada, con una perforación de unos 10 mm de diámetro, adecuada para producir un chorro de aire a presión con la fuerza de los pulmones (Moreno 2000: 184, Fig. 9.2.2). Sin embargo, a este respecto, si correlacionamos el volumen de restos metalúrgicos de todo tipo con el único ejemplar de boquilla de soplado proporcionado por el registro arqueológico, hemos de ser cautelosos. La vocación metalúrgica del poblado viene avalada asimismo por la existencia de lingotes de cobre de forma circular plano-convexa (Moreno 2000: 209-211). El lingote, como acumulación de metal para su empleo diferido, determina una producción excedentaria y con perspectivas de un intercambio local o a más amplio recorrido. En una versión negativa, igualmente podemos pensar en limitaciones tecnológicas del momento atendiendo a su peso y tamaño. Dichos lingotes, con un peso que oscila entre los 135 y 250 g y con un diámetro máximo de entre 4,9 y 5,7 cm, quizás nos informen de cierta dificultad para mantener en estado líquido coladas de cobre de mayor volumen, lo cual limitará el tamaño máximo de los objetos a fabricar o requerirá la sincronización de dos o más crisoladas. Como ya se había indicado en los primeros estudios sobre la metalurgia de Peñalosa (Moreno 2000), restos de reducción y fundición aparecen en prácticamente todos los espacios domésticos del poblado, con fragmentos de vasijas metalúrgicas en cada uno de los contextos espaciales, lo cual indica una producción intensiva de cobre por parte de la mayoría de la población. Ambas tareas aparecían definidas de manera simplificada en anteriores trabajos en los que, por simple y pura deducción lógica basada en valores morfométricos y formales, se relacionaba las vasijas hondas con operaciones de reducción de mineral y las vasijas planas con la fundición de metal. Se asumió que fuera más idóneo fundir en un crisol plano que en una vasija honda, y además la mayoría de los vasos planos estaban dotados de pico vertedero -que facilitaría el vertido del caldo metálico en los moldes-mientras sólo pocos ejemplares de los hondos lo presentan. Sin embargo, los análisis realizados vienen a determinar lo contrario, por lo que será necesario ampliar el estudio analítico a la totalidad de muestras para caracterizar adecuadamente su funcionalidad. Así, las escorificaciones internas de las vasijas hondas apuntan a un uso como crisoles de fundición, mientras que la mayoría de las vasijas planas muestran escorificaciones internas con relictos de mineral sin reducir junto a minerales de cobre o cobre-plomo ya procesados, siendo por tanto vasijas de reducción. La aparición de estas cerámicas metalúrgicas en otros poblados de la cuenca del Rumblar (Contreras et al. 2008) y más recientemente en las excavaciones realizadas en el Castillo de Burgalimar (Baños de la Encina, Jaén) muestran la colonización de este valle en el Bronce Pleno con vistas a la explotación masiva de los minerales de cobre. En trabajos anteriores (Contreras 2000; Contreras y Cámara 2002) hemos considerado que los grandes centros políticos causantes de esta colonización habría que localizarlos en la Loma de Úbeda donde la excavación del casco urbano de Úbeda y Baeza parece mostrar la existencia de grandes poblados de esta época, en especial el Cerro del Alcázar de Baeza, donde han aparecido sepulturas con ricos ajuares (Zafra y Pérez 1992). Las élites de este poblado posiblemente controlarían la distribución del metal a través de los lingotes producidos en la cuenca del Rumblar. Auxilio Moreno, Francisco Contreras, Martina Renzi, Salvador Rovira y Heber Cortés
Las excavaciones de urgencia realizadas en el Guadiana medio han descubierto un gran poblado del III milenio AC de 30 Ha de extensión, fuertemente fortificado en la mitad occidental y con un complejo sistema defensivo junto a la zona de acceso. En el interior, otro recinto amurallado y rodeado por un gran foso, delimita un espacio circular con evidencias de corresponder a un área de especial significación. Además se han excavado varias viviendas correspondientes a distintas fases y con técnicas constructivas diferentes, silos y otras estructuras domésticas. El asentamiento se encuentra rodeado por una necrópolis de túmulos; la excavación de uno de ellos confirmó que se trata de una tumba tipo Tholos. En el año 2001, con motivo de la construcción de la presa de Alqueva en Portugal, la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura decidió realizar una excavación arqueológica de urgencia en el yacimiento de la dehesa de San Blas (Cheles, Badajoz), una vez que había sido localizado previamente durante las preceptivas prospecciones realizadas dentro de las actividades de minimización de impacto arqueológico llevadas a cabo por la empresa portuguesa EDIA en toda el área inundable. Y ha sido esta empresa la que ha financiado todas las actividades arqueológicas en el yacimiento. Tras el encargo de dirigir la intervención procedimos ese mismo año a efectuar una primera actividad arqueológica con un equipo de la Universidad de Sevilla (1). El volumen de hallazgos y la extensión del sitio hicieron que se realizaran otras nuevas campañas durante los años 2002 y 2003. El yacimiento se encuentra en el término de Cheles (Badajoz), a 4 kms. al norte de esta población (Fig. 1). Se sitúa junto al río Guadiana, en su (*) Dpto. de Prehistoria y Arqueología. (1) El equipo de arqueólogos ha estado formado por Mark Hunt (subdirector), Miguel A. de Dios, Jacobo Vázquez, Olga Sánchez, Josefa López, Daniel García y Tomás Cordero. orilla izquierda y sobre una pequeña terraza que se eleva suavemente hacia el Este hasta culminar en la Sierra de San Blas (Lám. En este mismo lugar desemboca el arroyo del Corcho, delimitándose el yacimiento al oeste por el río Guadiana y al noroeste por el referido arroyo; entre ellos aparece un pequeño promontorio, denominado El Pico, donde se encuentra un asentamiento de época romana que ha sido excavado por un equipo portugués. La abundancia de agua, con manantiales en el mismo yacimiento, el control sobre un cercano vado del río y la presencia en los alrededores de mineralizaciones filonianas de cobre y hierro propiciarían la elección del sitio para la instalación de los hábitat de época calcolítica, romana, medieval y moderna, hasta su abandono en el primer tercio del siglo XVII. La primera actuación tenía como objetivo evaluar el potencial arqueológico del sitio. Situación de San Blas. Plano topográfico del yacimiento con la situación de los cortes excavados, líneas de fortificación, reconstrucción del espacio ocupado por la ciudadela y el área de necrópolis (círculos negros). ficie no se detectaban indicios que permitieran obtener una idea aproximada sobre la extensión del yacimiento o sobre la existencia de estructuras constructivas. La topografía, en suave pendiente ascendiendo desde el río hasta culminar por el Este en la Sierra de San Blas, no parecía reunir condiciones estratégicas para la construcción de un sistema defensivo y el pequeño muro visible que bordeaba el lado más próximo al río podía corresponder a una época histórica, como más tarde se confirmó. Es por ello que la primera intervención consistió en realizar una prospección geofísica que abarcase la mayor parte de la terraza en forma de rectángulo con los lados mayores orientados en sentido Este-Oeste: El resultado más destacado de las anomalías se manifestó en un sistema de construcciones situadas en el centro cuyas características hacían pensar que pertenecieran a época romana; al Oeste, una mancha en arco de círculo podía corresponder a un gran foso y otras anomalías se relacionarían con acumulaciones de mineral. La planificación de las excavaciones se ajustó, pues, a la información proporcionada por los resultados de las prospecciones geofísicas. La primera campaña se centró en las cotas más bajas (las de inminente inundación), donde se trazaron una serie de trincheras dispuestas en sentido Norte-Sur y Este-Oeste, resultando una zona muy afectada, en algún caso por construcciones posteriores y en otras por hallarse sobre un terreno bajo el cual discurría un arroyo subterráneo. Sin embargo se pudo localizar una muralla de época calcolítica bajo los muros de contención romano y medieval, un pequeño foso que separaba un sector dedicado a actividades de combustión, varios silos y algunas cabañas prehistóricas. La segunda campaña de 2002 se planteó mediante excavaciones en extensión, ampliando las cuadrículas en las que habían sido localizadas varias cabañas superpuestas y la correspondiente a la mu-ralla, descubriendo también las estructuras murarias de época romana situadas en el centro y abriendo nuevas trincheras para estudiar el supuesto foso de las anomalías del lado Este. Se trataba efectivamente de un foso rodeando una muralla, que cerraría un espacio calculado en una hectárea de extensión y que interpretamos como una ciudadela interior ocupada posteriormente por una ermita y un cementerio de época medieval y moderna. La tercera campaña de 2003 tenía como objetivo preferente delimitar la extensión del asentamiento prehistórico, lo que no resultó fácil, especialmente por el lado Sur ya que la muralla se encontraba oculta bajo una cerca moderna, y por el Este las construcciones posteriores situadas en la sierra dificultaban su identificación. También se insistió en la excavación del interior de la ciudadela localizando una cabaña prehistórica, fuera del área de enterramientos medievales, que supuso uno de los hallazgos más interesantes al permitir comparar los diferentes espacios funcionales situados a uno y otro lado de este recinto amurallado. Por otra parte se pudo localizar al Sur una necrópolis compuesta por 10 túmulos de los cuales tan sólo pudo ser excavado parcialmente uno de ellos descubriendo la estructura constructiva correspondiente a una sepultura tipo tholos. Todo esta gran cantidad de información pudo obtenerse gracias a la intervención de varios equipos de arqueólogos que han actuado simultáneamente en diferentes sectores del yacimiento. Interesaba conocer sobre todo la organización espacial del asentamiento, sus límites, la funcionalidad de las diferentes estructuras, la dinámica de ocupación, la base económica y el modo de vida de las poblaciones que ocuparon este lugar a lo largo de todo el III milenio AC. Sin perder de vista tales objetivos se ha tenido que seleccionar mucho el tipo de intervención arqueológica debido a la enorme extensión del yacimiento y al escaso tiempo dispo-Lám. I. Vista general del yacimiento desde el Suroeste. En primer plano la puerta Suroeste al comienzo de la excavación. Al fondo la Sierra de San Blas. A la derecha el área de necrópolis. Así se trabajó con mayor detalle en aquellos casos donde era probable obtener mayor volumen de información mediante excavaciones en extensión y análisis microespacial; en otros ha habido que limitarse a realizar sondeos o trincheras, o a no agotar todo el potencial estratigráfico. En general consideramos que gran parte de estos objetivos se han cumplido consiguiendo dar hoy una visión general del funcionamiento de la ocupación calcolítica que podrá ampliarse con un mayor detalle una vez que finalice el estudio y análisis del conjunto de los hallazgos que se está llevando a cabo. En primer lugar, entre los resultados de carácter general obtenidos sobre el conjunto del yacimiento se puede destacar el hecho de que el yacimiento es mucho más amplio de lo que inicialmente se presuponía, siendo su extensión de casi 100 Has, incluyendo los asentamientos de época medieval y moderna, situados en la ladera occidental de la sierra; sin embargo las limitaciones impuestas para la realización de excavaciones por debajo de la cota de inundación no han permitido conocer el desarrollo de las estructuras que se encuentran en ese sector. El objetivo principal de la intervención consistía en estudiar el asentamiento prehistórico, que ocupa la zona de inundación y, aunque también han sido excavadas estructuras de épocas posteriores se exponen aquí los principales hallazgos prehistóricos. A nivel descriptivo los hallazgos más destacados del asentamiento prehistórico se refieren a: Si en las primeras prospecciones se había estimado su tamaño en unas dos hectáreas, posteriormente se ha podido constatar que ocupa como mínimo 30 Has., que asociadas al espacio de necrópolis elevan a 50 Has. las dimensiones totales del yacimiento calcolítico. Se trata, pues, de uno de los asentamientos de mayor extensión de la Península Ibérica y de los más grandes fortificados. Las dataciones absolutas y las estratigrafías han podido atestiguar la ocupación ininterrumpida del asentamiento desde fines del IV milenio hasta finales del III milenio AC (2), con una dinámica desarrollada en varias fases de la Edad del Cobre. En la primera campaña ya se observaba en superficie la existencia de un escalón formado por una alineación de piedras en el borde norte de la plataforma amesetada. La excavación de la trinchera E9 dispuesta perpendicularmente sobre dicho escalón permitió comprobar que se trataba de un pequeño muro correspondiente a época moderna cuya función sería la de contener las tierras e impedir la erosión. En el nivel inmediatamente inferior otra construcción de época romana tendría la misma función; éste se asentaba sobre un grueso muro de pizarras de la Edad del Cobre que identificamos como una muralla, a la cual se adosaba un bastión semicircular relleno de piedras y tierra. La muralla se adapta a la superficie rocosa, que aflora por todo el lado occidental junto al río constituyendo por sí misma una barrera natural al elevarse en algunos puntos hasta una altura de 4 m. La detección de la muralla prehistórica (Fig. 2) permitió seguir su trazado a lo largo del tramo situado junto al río Guadiana; sin embargo, hacia el Norte y bordeando el arroyo del Corcho la línea de muralla se detecta con mayor dificultad debido a que se encuentra en una pendiente pronunciada, a que el sistema de construcción varía respecto a otros lados y a que existen otras construcciones de épocas posteriores sobre ella. La excavación de la trinchera 2S en este tramo confirmó la presencia de la muralla prehistórica bajo un muro romano, como en el corte E9. El extremo Norte se interrumpe no sin antes realizar un pequeño giro en dirección a la Sierra. Algunas piedras sueltas en la superficie podrían señalar su continuación hacia la cima, pero no es posible confirmarlo sin realizar alguna excavación. Hacia el Sur la muralla forma un ángulo de 90°y se dirige al Este, alejándose del río y bordeando una cárcava o depresión formada por la desembocadura de un pequeño torrente. Este tramo se interrumpe a unos 100 m del río y se consideró en un primer momento que podía constituir el límite Sur del asentamiento; sin embargo los sondeos realizados para detectar la muralla sobre su hipotético recorrido lineal hacia el Este tan sólo mostraron la presencia de cabañas, por lo cual el poblado debía extenderse mucho más al Sur. Más adelante se pudo comprobar que la muralla bordeaba esta depresión cruzando el arroyo y dirigiéndose de nuevo hacia el río. La dificultad de localizarla por este lado se debía a la existencia aquí de una granja actual y a una cerca de delimitación de fincas; se suponía que las piedras de derrumbe existentes a un lado y otro de la cerca podían pertenecer a otras más antiguas; por otra parte en superficie no se había detectado alguna evidencia que permitiera indicar que el asentamiento se extendiera hasta esa línea. Con la excavación de la trinchera 1S se pudo localizar la muralla prehistórica debajo de la cerca, conservándose hasta una altura de 1,5 m y una anchura de 1,80 m. La cerca, efectivamente, había aprovechado la trayectoria de la muralla y su material constructivo de pizarras para erigirse a lo largo de todo su recorrido hacia el Este, que alcanza una longitud de 700 m, realizando en su extremo un giro hacia el Noreste e interrumpiéndose aquí. A partir de este punto no ha sido posible localizar su continuación: por una parte la dirección que marca el muro señala hacia la Sierra, pero podría girar hacia el interior del poblado y, continuando por las cotas bajas de la Sierra en dirección Norte-Noroeste, unirse a la ciudadela; aunque también es posible que el lado oriental nunca se hubiera amurallado, lo cual nos plantearía otras interpretaciones relativas al valor estratégico de este complejo sistema defensivo. En total el recorrido de la muralla detectado alcanza una longitud de c.1700 m, de los cuales c.1000 m se sitúan a lo largo de la orilla del río y c.700 m en el tramo situado hacia el interior, cerrando el lado Sur. La muralla se construye fundamentalmente con hiladas de pizarras planas, aunque en algún caso aparecen otras piedras, como cuarcitas. La base descansa sobre una nivelación de arcilla. En el caso del corte 1S esta preparación consistió en hincar finas lajas de pizarra de forma vertical en el terreno, para darle consistencia y estabilidad y es sobre esta base que se colocan las hiladas horizontales de la muralla. Mientras que dentro del muro la disposición de las piedras, mezcladas con tierra, no presenta una regularidad definida, se procura que el exterior de las paredes tengan una superficie aplanada disponiendo hacia fuera las caras lisas y planas de las pizarras. La anchura media de la muralla en los cortes E9 y 1S es de 1,8 m, aunque existen otros tramos localizados junto al río con anchuras de 1 m. También en la excavación del corte 1S se localizó un pequeño foso exterior de un metro de profundidad y 5 m de anchura que hemos de suponer continúe por todo el recorrido del tramo Sur, la zona con menos pendiente de la muralla y cuya función parece ser más simbólica que defensiva. Es probable también que este tramo se encuentre reforzado con bastiones, hipótesis apoyada por la existencia de un bastión al Norte y mayores acumulaciones de piedras a intervalos regulares junto a la línea de muralla. En el punto de unión de las líneas de muralla Oeste y Sur se ha localizado una compleja estructura defensiva en forma alveolar, con puerta de acceso al río (Lám. En este ángulo Suroeste del poblado se decidió abrir un corte para localizar la conexión entre las dos líneas de murallas. El corte, identificado como Q012, proporcionó el descubrimiento de dos bastiones -al Norte y al Sur-, una torre semicircular frente al corredor de acceso y otros muros curvos que conectan los bastiones de la entrada con la muralla (Lám.II). El acceso desde el exterior se realizaría a través de un estrecho corredor en forma de Y (A) con una anchura que varía entre 0,8 m al inicio y 1,3 m al final y flanqueado por dos bastiones a uno y otro lado (B y C). Los bastiones de la entrada son huecos y de tendencia semicircular y se encuentran en una posición adelantada respecto a las demás construcciones murarias; desde el corredor se accede a un espacio abierto (D), posiblemente un patio interior, delimitado por muros (E y F) curvos y de mayores dimensiones (sólo se conservan los del lado Sur) que conectan los bastiones de la entrada con la línea de muralla. En el espacio existente entre el muro exterior (E) y otro muro concéntrico (F), ambos construidos con pizarras de mayor tamaño, existe un relleno de 2,8 m de anchura (G); esta estructura se interpreta como una rampa que, desde el interior del fortín, permitiría ascender hacia lo alto de la muralla, siguiendo un trazado curvo. Es de destacar el sistema constructivo utilizado en esta rampa, pues no se labra íntegramente de mampuesto, sino que se construyen unas "camisas" de piedra, conformando las caras exterior e interior de la estructura, y se rellena posteriormente el interior con un "emplecton" de pizarra machacada y tierra. El segundo muro interior (F) rodea un espacio (H) del que se desconoce su continuación hacia el interior del poblado. Una torre semicircular (I) se encuentra justo enfrente del corredor de entrada posiblemente con la finalidad de reforzar la defensa en caso de que el enemigo hubiera conseguido acceder al interior del patio. Aunque sólo se conservaba hasta una altura de un metro es probable que tuviera saeteras, como ocurre en otros sistemas de fortificación. La construcción de los bastiones de la entrada se realiza mediante dos muros concéntricos rellenos de piedras y tierra (a y b). En el caso del bastión mejor conservado (B) este relleno interior está colmatado con pizarras rojas y pellas de barro enrojecidas por el fuego. Los bastiones son huecos y junto a la pared interna se encuentra un escalón o poyete (c), que podría utilizarse o bien para colocar objetos o para acceder a las saeteras que, en el caso de tenerlas, se encontrarían a mayor altura. Todo el suelo de esta estancia, como también en el interior de la torre I, aparece cubierto de cenizas y junto a la pared se hallaron varias puntas de flechas. El recinto amurallado interior. Las anomalías de la prospección geofísica habían señalado la presencia de un posible foso en las cotas más altas del sector Este del yacimiento. Las excavaciones corroboraron su existencia junto a una muralla, su disposición en arco de círculo planteado por las anomalías y su pertenencia al período calcolítico. Dos trincheras (J24 y M25) perpendicularmente dispuestas sobre tales anomalías permitieron seccionar un ancho muro delante del cual se abre un profundo foso (Lám. En buena lógica la reconstrucción de este sistema defensivo debe cerrar en circulo una zona elevada que destaca en la superficie del terreno, quedando delimitado un espacio con un diámetro de c.130 m. Para corroborar la tendencia circular del foso decidimos Lám. Composición fotográfica del sistema defensivo de la puerta Suroeste, con indicación de las estructuras referidas en el texto. Vista de la excavación de la muralla y foso del recinto interior desde el Oeste. realizar otra prospección geofísica en la zona Norte que resultó positiva, confirmando la curvatura de las estructuras que delimitan el recinto interior. La reconstrucción, pues, es que se trata de un espacio cerrado de forma elíptica, fuertemente defendido, dentro del mismo asentamiento; una ciudadela interior que, en un primer momento consideramos podía corresponder a una primitiva fortificación, pero que posteriormente se confirmó que había sido coetánea de la muralla exterior. El muro defensivo, de 1,8 m de anchura utiliza una técnica constructiva similar a la empleada en la muralla exterior, a excepción del nivel de arcilla en la base. El foso se encuentra inmediatamente adosado a la cara exterior: de sección en U muy abierta, su profundidad máxima respecto a la base de la muralla es de 3,75 m., con una anchura de 10 m; fue realizado artificialmente, excavando los niveles geológicos consistentes en grava con matriz arcillosa roja y, bajo él, en margas miocénicas. El foso se colmató completamente en época Calcolítica: Los niveles más bajos fueron formándose durante el momento de utilización del sistema defensivo, los rellenos más superiores, que representan la mayor proporción de la colmatación, se depositaron con el aporte de la destrucción de la muralla, que finalmente parece que fue intencionadamente demolida y, por último, se rellenó la depresión existente para nivelar el terreno. En la excavación del lado interior de la muralla la estratigrafía muestra que su construcción se mantuvo durante toda la fase del Calcolítico Pleno. Las dataciones obtenidas por C14 en el nivel del corte J25, situado inmediatamente por debajo de la muralla, muestran que su construcción se produciría poco después de c.2955 AC y que el foso se colmata hacia c.2235 AC. Otra datación absoluta procedente del nivel base del corte E9 testifica que la muralla exterior se encuentra construida ya en una fecha en torno a c.2550 AC y que, por tanto, ambos sistemas constructivos llegaron a coexistir. En el interior de esta ciudadela existen incluso niveles de ocupación más antiguos a la construcción de la muralla, como demuestra el sondeo realizado en el corte K27, donde se obtuvo una fecha radiocarbónica de fines del IV milenio AC (c.3175 AC) (3). (3) Las dataciones radiocarbónicas obtenidas proceden de: -K27, la más antigua (SB/K27/8 ) c. 3175 (4570 ±40 BP/ 2 σ Cal BC 3240 a 3110) procede del primer nivel de ocupación de la ciudadela La sincronía de ambos sistemas defensivos planteaba cuestiones relativas a una diferenciación funcional y organizativa del espacio que convenía investigar. Los primeros intentos resultaron infructuosos cuando en la segunda campaña se abrió el corte K27 y se descubrió que esta zona estaba ocupada por una necrópolis de época medieval-moderna. En la campaña de 2003, el corte J27, aunque afectado por remociones de esos mismos períodos, permitió excavar ampliamente una cabaña cuyo volumen y riqueza de hallazgos ponía en evidencia que se trataba de un área distinta a la que presentaban las estructuras domésticas halladas al exterior de este recinto, como se expondrá más adelante. A lo largo de las tres campañas han sido localizadas varias estructuras de habitación en la mayor parte de las cuadrículas excavadas, lo que da idea de la densidad del espacio ocupado. En total se han detectado 12 estructuras, de las cuales 3 han sido excavadas en extensión y 9 de forma parcial. En general las cabañas corresponden a dos modelos constructivos: Tipo A: Estructuras circulares, construidas con ramaje y cubiertas de barro, con pequeñas lajas de pizarra rodeando su base para contener las paredes. Corresponde a las fases más antiguas de ocupación del asentamiento. Los mejores ejemplos de este tipo se hallaron en el corte K7 (Fig. 3), donde aparecieron tres cabañas superpuestas; otras cuatro se conocen de manera parcial en F5, CZ, R7 y H22. El sistema constructivo de estas cabañas consiste en una pequeña zanja perimetral de planta circular y aproximadamente 0,20 m de anchura en la que se introduciría el paramento vegetal, el cual se calza con pequeñas lajas de pizarra colocadas de canto. Al exterior se observan los hoyos de los postes que sostendrían las vigas de la techumbre, por lo que ésta presentaría algo de vuelo sobre la pared. En el interior de la cabaña se localiza un hoyo de poste central de mayores dimensio- nes que los perimetrales. La techumbre, al igual que la pared, sería vegetal, y ambas estarían impermeabilizadas con pellas de barro, de las que resultan las improntas recogidas. Tipo B: Estructuras circulares construidas con paredes de piedra y cubierta con ramaje. Se datan en las fases correspondientes a la segunda mitad del III milenio AC De este tipo han sido excavadas en extensión tres cabañas localizadas en los cortes K7 (situada sobre las tres anteriormente descritas), H22 y J27 (Fig. 3,4 y Lám. IV), además de descubrir superficialmente la estructura constructiva de otra en R7 y detectar dos más bajo los edificios de época romana. El sistema constructivo documentado en todas estas cabañas consiste en un muro perimetral de Fig. 3. Planimetría del corte K7 e interpretación del trazado del muro de contención a través de los resultados de la prospección eléctrica. mampuesto apoyado directamente sobre el terreno, de planta circular y 0,70/0,80 m de anchura, cuyo alzado no puede precisarse con total certeza, aunque sí se podría asegurar que no constituyó un simple zócalo sobre el que se alzara el resto del paramento, sino que el muro de piedras circular se levantaría hasta la cubierta (4), pues en los derrumbes depositados sobre las estructuras de habitación no se observaron restos de otro material constructivo que no fueran lajas de pizarra. El diámetro oscila entre los 6,5 m de la cabaña EM2 en H22 (Lám. Tampoco se han localizado soportes centrales, excepto en la mayor cabaña de K7 (Fig. 3), donde un agujero de poste se utilizó en una primera fase de ocupación abandonándose en la siguiente. En una segunda fase se distinguen dos momentos de ocupación en la cabaña EM 9 de K7. Estos dos momentos vienen a consistir básicamente en una reorganización interna de la misma estructura de habitación; reorganización que se materializa en la sustitución de los hogares excavados en el suelo de la cabaña y delimitados por un anillo de lajas de pizarra -de los que han sido documentados cuatro superpuestos-por un nuevo tipo de hogar situado sobre un poyo de mampuesto de planta rectangular, junto al que se localiza, a ras de suelo, un pequeño silo excavado en el suelo que presenta la boca reforzada con un anillo de lajas de pizarra y cubierto con una tapadera circular, también de pizarra. De las tres cabañas se conoce el vano correspondiente a la puerta de acceso. La puerta se orienta al sureste, aprovechando así las mejores horas de insolación y protegiéndose de los vientos dominan-Lám. Al fondo la cabaña EM2 con los silos correspondientes a otra cabaña (EM69) de la fase anterior. A la izquierda resto de un muro perimetral de la cabaña EM2. A la derecha tumbas de incineración romana. Víctor Hurtado Fig. 4. Planimetría del corte J27 mostrando la distribución de las principales áreas de ocupación de la fase campaniforme. En el caso de EM 9 se han documentado dos umbrales superpuestos que se corresponderían con los dos momentos de ocupación a los que ya nos hemos referido. Así, al primer umbral, conformado por pequeños cantos rodados (cuarcita), sucedería otro construido con lajas de pizarra dispuestas horizontalmente. Asociadas a este último umbral estarían otras lajas de pizarra de menor tamaño, dispuestas de canto, y localizadas junto a los testeros del muro de cerramiento, las cuales se interpretan como posibles calzos de lanchas de pizarra hincadas en el interior del vano a modo de jambas de la puerta. En las cabañas situadas en H22 y J27 se identificaron dos momentos de ocupación con los suelos parcialmente enlosados de piedra. También comunes a H22 y J27 son unas plataformas semicirculares situadas en la pared Norte delimitadas por un enlosado de piedras, encontrándose sobre ellas piedras graníticas con indicios de fuego. IV) se identificó, además, un pequeño murete frente a la puerta de entrada demarcando el área correspondiente al centro de la vivienda, una organización del espacio interior muy similar a la que se encuentra en el cercano yacimiento de Monte do Tosco, y con un conjunto análogo de elementos campaniformes (Varela 2000). Otro espacio de 2 m de largo y 1 m de ancho, separado por pequeñas pizarras en vertical, se localiza junto a la pared Sur. Bajo la cabaña de piedras tipo B de H22 se ha descubierto otra cabaña del tipo A con dos silos de almacén, ambos cubiertos con lajas de pizarra, en cuyo interior se encontraron, entre otros elementos, varios molinos de mano y vasos cerámicos. Resulta interesante constatar que en la fase correspondiente a las cabañas tipo B desaparecen los silos de almacenamiento dentro de ellas; el pequeño tamaño del silo hallado en K7 y el hecho de hallarse vacío hacen pensar que tuviera otra función diferente. El sistema de almacenamiento durante la última fase debió producirse mediante grandes recipientes cerámicos como muestra el hallazgo de los vasos hallados junto a la pared interior de la cabaña J27. El análisis microespacial realizado en la excavación de estas viviendas permitirá un mejor conocimiento de las diferentes áreas de actividad y sus respectivas funciones cuando finalice el estudio de los artefactos. Durante el proceso de excavación se han evidenciado determinadas aglomeraciones de fauna y otras con restos de talla de material lítico; en el caso de K7 varios instrumentos de cobre, crisoles y restos de fundición podrían ser indicativo de cierta actividad metalúrgica y en las cabañas de H22 y J27 las plataformas con suelo de pizarra del lado Norte, sobre las cuales se han hallado varios objetos de prestigio. Las cabañas de tipo B pertenecen a la fase campaniforme y en ellas aparecen cerámicas con decoración incisa campaniforme y otros artefactos característicos de esta fase, como una punta de cobre tipo "palmela" en H22 o un puñal de lengüeta en J27. Es en esta última donde se encuentra el mayor conjunto de cerámicas campaniformes de todo el asentamiento. Las dataciones radiocarbónicas obtenidas hasta ahora para el segundo momento de ocupación de las cabañas tipo B de H22 y K7 muestran que ambas son coetáneas y corresponden a mediados del III milenio, c.2550 AC (6). La única datación para las cabañas de tipo A procede de F5, situada junto al río y en el extremo Oeste del asentamiento, y corresponde a fines del IV milenio, c. La cabaña, de tipo B, del corte J27 en el interior amurallado, presenta varios niveles de suelo formados por pavimentos construidos con piedras de pizarra y suelos de tierra. El área noreste, junto a la entrada, se encuentra construido con un pavimento de pizarras hasta casi la mitad de la cabaña. Este pavimento continúa por el vano de entrada y sale al exterior. La plataforma semicircular delimitada por piedras mencionada más arriba, se sitúa al noroeste. Sobre ella se localizó una piedra granítica muy alterada por el fuego (posiblemente un betilo), en cuyo alrededor se encontraron varios fragmentos de cerámica simbólica. Fuera de esta plataforma y en la mitad Oeste se hallaron seis vasos de caliza y un puñal de cobre entre restos de fuego; en la zona oriental un grupo de cerámicas decoradas casi completas se hallaban agrupadas en una pequeña oquedad, intencionadamente dispuestas, mientras que otras concentraciones cerámicas se disponían en diversos puntos sobre el suelo de ocupación y grandes recipientes de almacenamiento se encontraban junto a la pared Oeste. (5) La misma orientación sureste se observa en la puerta de los chozos conservados en los alrededores de Cheles. El conjunto de hallazgos de esta cabaña destaca no sólo por la gran cantidad de artefactos hallados en un mismo nivel de ocupación, que supera al total hallado en cada una de las otras cabañas excavadas, sino por la calidad y variedad de los mismos, indicando con ello que se trata de un lugar con una alta concentración de objetos de prestigio: además de los ya mencionados objetos de cobre, vasos de mármol, cerámicas campaniformes y con motivos decorativos oculados y "a peine", se han localizado varios ídolos de caliza, como un oculado del tipo característico de la Cuenca Media del Guadiana, un ídolo betilo cónico y otro cilíndrico, objetos de adorno en hueso pulido y marfil y placas de arquero, entre otros elementos. Este nivel de ocupación se hallaba cubierto, especialmente en la mitad Este de la cabaña, por otro pavimento de pizarras, al parecer dispuesto de forma intencionada, a juzgar por la colocación de las mismas y no como consecuencia del derrumbe de las paredes, mientras que en el suelo de la mitad Oeste aparecían abundantes restos de fuego. Todo ello, junto al estado de fragmentación en que se hallaron las cerámicas o la deposición intencionada de algunos vasos rotos en pequeños hoyos y su forma de ocultarlos apuntan a una práctica sancionadora o de carácter ritual. Al exterior se ha documentado la existencia de pavimentos en la zona limítrofe con el vano de entrada y varios suelos de uso relacionados con actividades domésticas (especialmente alimenticias) que se encuentran asociados a la cabaña por el lado Oeste; aquí se han identificado dos áreas en las que aparecen por un lado concentraciones de restos faunísticos y por otro de cerámica común, separadas por piedras de mediano tamaño. A la espera de poder concluir el estudio de los elementos hallados todo parece indicar que la cabaña J27 responde a un tipo de espacio con una función diferente a la que habitualmente se manifiesta en otras estructuras domésticas; incluso podría equipararse al ajuar que acompaña a algunas tumbas de tipo tholos. Será interesante poder determinar si esta cabaña está relacionada con su pertenencia a un grupo social elevado o con actividades de culto, pero lo que ya resulta evidente es que la situación de esta estructura en el interior de un espacio fuertemente fortificado y la riqueza de su contenido subrayan una clara diferencia organizativa en las funciones que se atribuirían a una y otra zona del asentamiento. En cuanto a la distribución espacial la potencia estratigráfica que refleja la dinámica evolutiva durante el III milenio AC, especialmente en las estratigrafías de los cortes K7, H22 y J27, muestra una intensa ocupación de la misma área durante un prolongado periodo, donde una cabaña sustituye a otra en el mismo lugar de emplazamiento aún cambiando las técnicas constructivas. Esta observación sorprende si tenemos en cuenta la gran extensión del poblado, por lo que supuestamente no debería existir la necesidad de constreñirse a un espacio concreto; sin embargo esta tendencia llega hasta el punto de desecar una zona anegada por el cauce de un arroyo para ubicar sobre ella una cabaña, como se demuestra en el caso del corte U7. Por el contrario las cabañas de tipo B no se aglomeran, sino que disponen de un amplio espacio a su alrededor dedicado a actividades domésticas. La excavación realizada en los cortes H22 y H23 muestra la construcción de varios muros que rodean a la cabaña EM2, uno de los cuales se encuentra adosado a su pared exterior. Estas construcciones se encontraban muy alteradas por otras estructuras de época romanas (principalmente tumbas de tipo "Bustum") impidiendo conocer el trazado completo, sin embargo en el cercano asentamiento calcolítico de Miguen 3 (Calado 2002) se pudo excavar un complejo entramado de muros que, de forma semicircular, se adosaban a la cabaña. Al Norte de K7 y a escasa distancia de la cabaña EM9 aparece un muro grueso de 1,40/1,50m y un desarrollo documentado de 7 m, construido con mampuesto de pizarra (Fig. 3). Este muro coincide con una anomalía detectada por las prospecciones geofísicas, presentando una longitud total de aproximadamente 43 m. Otra anomalía de dimensiones similares se sitúa de forma casi paralela unos 20 m al Norte, pudiendo corresponder a un muro de similares características. El terreno que existe entre ellos es de arcillas permeables por las que discurren las aguas subterráneas derivadas del torrente que se encuentra algo más al Sur. Una hipótesis de interpretación es que esta zona se comenzara a anegar hacia mediados del III milenio AC (a lo que es posible que contribuyera el hecho de que la muralla cruzara el arroyo), abandonándose entonces como lugar de habitación (en medio existen cabañas más antiguas del tipo A) y construyéndose las nuevas viviendas en sus márgenes, de manera que para prevenir inundaciones se levantaran estos gruesos muros. En este mismo sector occidental se localizaron varios silos durante la primera campaña excavados en la roca caliza que sirve de límite norte a la zona de inundación. En general son de pequeño tamaño, apenas alcanzan el metro en anchura y en profundidad. No se hallaron evidencias de que estos silos estuvieran relacionados con viviendas y es probable que estos silos se situaran fuera y no dentro de ellas. Quizás debido al abandono posterior de la zona es por lo que apenas contenían material y solamente en uno de ellos se localizó una aguja de cobre y una espátula de hueso. Las prospecciones geofísicas indicaban la presencia de posibles oquedades en la zona central que podrían corresponder a un numeroso grupo de silos. La única excavación realizada aquí, el corte F11, proporcionó el descubrimiento de tres silos bajo unos niveles de ocupación de época romana. Otras estructuras del asentamiento se sitúan en el extremo Noroeste. Aquí se localizó un pequeño foso en los cortes CY, F5 y F7, detectado primeramente en la prospección geofísica, con un trazado que delimita en arco de circulo el espolón que sobresale hacia el río Guadiana. No se han detectado evidencias que indiquen que sirviera de drenaje, aunque su proximidad a la zona de inundación pudiera haber motivado su construcción para aislar el área del espolón. En el fondo del foso se hallaron dos vasos prácticamente completos que habían sido depositados sobre un lecho de pequeños guijarros en el interior de un rebaje excavado previamente. Posiblemente la presencia de estos vasos tuviera una función de carácter ritual. Las excavaciones realizadas en el espolón apuntan a que se trataría de una zona aislada del asentamiento, posiblemente en relación con actividades cuya combustión la hiciera mantener separada, ya que han sido hallados varios hornos delimitados por una estructura de piedras. El horno mejor conservado no contenía restos en su interior que permitieran atribuirlo a prácticas de fundición metalúrgica. Este horno tiene unas dimensiones de 70 cm en el eje mayor oval y 50 cm de profundidad, con las paredes verticales revestidas parcialmente de pizarra y con un suelo también de pizarra. A la espera de los resultados analíticos el registro arqueológico recuperado no contribuye a esclarecer la funcionalidad de esas estructuras de combustión. Aunque en un principio se barajó la posibilidad de que se trataran de hornos dedicados a la elaboración de alimentos, actualmente cobra mayor peso su relación con actividades metalúrgicas, ya que es en este lugar donde se detectaron los más variados indicios del proceso metalúrgico: materia prima (mineral, fundamentalmente carbonatos de cobre), subproductos relacionados con la reducción (escorias, cerámicas escorificadas) y productos elaborados. La relativa concentración de estos restos en un área concreta permite plantear la hipótesis de que estas estructuras de combustión, delimitadas por el foso, configuren un espacio reservado, aislado del área de habitación. El sector Norte del asentamiento es el que resulta el menos conocido ya que la confirmación de que el poblado pudiera extenderse hasta ese límite no se produjo hasta la última campaña. La trinchera 2S realizada sobre la muralla y un pequeño sondeo en el centro de este sector confirmaron la ocupación prehistórica y aunque no se hallaron evidencias de estructuras de habitación llamó la atención el número de molinos de mano existente, en algunos casos reutilizados en muros y cercas posteriores, en otros mezclados con majanos y otras concentraciones de piedras. Durante las prospecciones superficiales realizadas en el entorno del yacimiento pudimos descubrir un túmulo en la falda Sureste de la Sierra (Fig. 2) en el que afloraban alineaciones circulares de lajas de pizarra, que interpretamos como parte de la estructura en falsa cúpula de un tholos (T1) y cuyo punto más elevado se habría hundido a juzgar por la oquedad que presentaba. Ello nos hizo sopesar en un primer momento la posibilidad de localizar la necrópolis en esta zona, aunque se encontraba muy alejada del asentamiento; sin embargo no se hallaron indicios de otras estructuras funerarias. Por el contrario, hacia el Sur y cerca de la muralla (Fig. 2), detectamos la presencia de algunas aglomeraciones de piedras y guijarros, apenas perceptibles y muy poco destacadas, de las que resultaba difícil precisar si efectivamente correspondían a estructuras megalíticas. A pesar del escaso tiempo disponible, se decidió realizar una excavación como único recurso para resolver si efectivamente se trataba o no de túmulos arrasados. Así pudo confirmarse que se trataba efectivamente de una tumba construida con pizarras tipo tholos, con corredor y cámara de fal-sa cúpula que había sido destruida hasta el nivel del suelo, aunque quedaban evidencias del túmulo, erigido solamente con arena y guijarros. La excavación fue interrumpida tras descubrir el total de la estructura construida, sin llegar a profundizar en los niveles de enterramiento (Lám.V). La tumba mide 9,5 m de longitud total, siendo el diámetro interior de la cámara de 4,5 y el corredor de 3,75 m. Junto al corredor se encuentra otra tumba de menores dimensiones y de construcción posterior, ya que se trata de una intrusión realizada en el túmulo. Los únicos hallazgos en el interior de la cámara se refieren a un vaso globular completo y otro fragmentado con decoración puntillada, rellena de pasta blanca, representando varios animales con dos cuernos (posiblemente cabras o corzos), entre una serie de pequeños mamelones (Lám.VI). Las evidencias aportadas por esta excavación permitieron confirmar que los demás posibles túmulos correspondían a otras tantas estructuras funerarias. Seis de ellos (Tholos1, T2-T5 y T9) se sitúan sobre la plataforma amesetada junto al río y próximos a la muralla; dos (T6 y T7) se encuentran más al Sur alejados de los anteriores y en una posición elevada; otro (T7) ha sido localizado en el in-terior de una vaguada y el mayor (T10), cuyo túmulo tiene un diámetro en torno a los 30 m, se asienta sobre una colina situada hacia el interior, frente a la muralla. El más lejano (T11) se encuentra a casi un kilómetro de distancia del yacimiento y fue el primer túmulo detectado en la campaña de 2001; sin embargo no consideramos que pudiera formar parte de la necrópolis de este poblado, sino más bien corresponder a una estructura dolménica aislada, como las que se encuentran en los alrededores del pueblo de Cheles. Hasta ahora todos los túmulos detectados se sitúan al Sur del asentamiento dispuestos en una ancha franja semicircular, pero existe la posibilidad de que hayan otros más hacia el Norte, aunque sería necesario confirmarlo mediante excavaciones. La dinámica de ocupación El yacimiento se abandona desde fines del III o inicios del II milenio AC hasta la época romana. En este período se construye un vicus en el lugar conocido como El Pico, al otro lado del arroyo del Corcho (Fig. 2). En la zona de San Blas la ocupación romana se limita a construir en el siglo I (d.C) una serie de dependencias para actividades industriales y de almacenamiento situadas en el punto medio de la pendiente. Durante este período algunas estructuras calcolíticas debían encontrarse parcialmente visibles y, como en el caso de la cabaña de H22 se reutiliza, como también muchos materiales constructivos del período anterior. Junto a esta cabaña aparecen varias tumbas tipo Bustum que posiblemente estuvieran situadas al lado de un camino que conduciría al poblado de El Pico. En los límites de la zona amesetada se construyó un pequeño muro sobre la línea de la muralla calcolítica con objeto, posiblemente, de evitar la erosión, aunque no con fines defensivos. V. Vista general del final de la excavación del tholos desde el Este. Fragmento de vaso decorado con figuras animales procedente de la cámara del tholos. La mayor parte de los restos materiales correspondientes a este momento se encuentran en el sector occidental, aunque la actividad debió ser muy limitada, posiblemente dedicada a tareas relacionadas con la producción metalúrgica del hierro. En el espolón Noroeste se encuentra un edificio de planta rectangular y a pocos metros más al sur numerosas escorias y restos de hornos. La mayor cantidad de escorias aparece junto a la orilla del río Guadiana. Existen evidencias de época medieval y moderna. No conocemos aún si la ocupación continúa ininterrumpidamente a partir de la época romana, ya que no se ha estudiado la estratigrafía en las zonas altas del sector oriental. Los restos de la ermita se remontan al siglo XII d.C., aunque es posible que sea anterior. A su alrededor se encuentra una necrópolis, que no ha podido ser excavada. Todos estos indicios continúan por la ladera occidental y en la cima de la Sierra; aquí es donde se situaría los asentamientos correspondientes a las épocas medieval y moderna. Se observan aún hoy restos de la muralla, de las viviendas, de la llamada ermita de Los Mártires y de una fortaleza, manteniéndose en algunos casos en buen estado de conservación. Hacia 1630, según documentos de la época, el asentamiento es destruido por las tropas portuguesas y la población se traslada cuatro kilómetros al Sur, donde se ubica la actual Cheles. Quiero expresar mi agradecimiento a las numerosas personas que han participado en las excavaciones arqueológicas de San Blas, comenzando por el equipo de arqueólogos antes citado, a los alumnos de la Universidad de Sevilla, así como a Angel Polvorinos (Fac.Química), Oscar Torres (Depto. de Audiovisuales) y Vicerrectorado de Investigación de la Universidad de Sevilla, al Excmo. Ayuntamiento de Cheles, a la empresa EDIA y especialmente a su equipo de coordinadores en Mourâo (Antonio Carlos Silva, Maria J. Lança, Miguel Martinho y Paulo Marques), a Juan J. Enríquez (Junta de Extremadura), al CSIC por su colaboración en el análisis arqueometalúrgico, a Elías López-Romero (CSIC), Sheila E. Kohring (Universidad de Cambridge), David Duque (Universidad de Extremadura) y a todos los habitantes de Cheles por su amable hospitalidad.
La investigación arqueológica desarrollada durante las últimas décadas en el Sudeste de la península Ibérica ha permitido mejorar nuestro conocimiento de las estructuras sociales del Calcolítico y Bronce. Al igual que en otras regiones con importantes depósitos minerales, también en el Sudeste se plantea la cuestión acerca del papel jugado por la metalurgia en el desarrollo económico y político de la sociedad. Tras una introducción general a las denominadas culturas de Los Millares y El Argar así como a las fuerzas productivas implicadas en la primera metalurgia, este trabajo confronta las relaciones de producción y de consumo a través de las cuales circuló el metal. Este recorrido pone de manifiesto hasta qué punto estuvieron relacionadas la organización económica de la metalurgia y la estructura política de la sociedad. 330 Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada y Roberto Risch ( 332 Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada y Roberto Risch 338 Vicente Lull, Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada y Roberto Risch Producción y política en el sudeste de la península Ibérica (2250 -1500 antes de nuestra era)" (Ministerio de Educación y Ciencia -HUM2006-04610), "Arqueología Digital" (Ministerio de Industria, Turismo y Comercio.
En el presente trabajo se dan a conocer las características más importantes de las primeras etapas de la metalurgia prehistórica balear (Calcolítico y Edad del Bronce). Se distinguen dos tecnologías que responden no sólo a formas de trabajar el metal, sino también de entenderlo y usarlo. Este estudio se apoya en datos procedentes de 400 análisis de composición y 14 metalografías. Palabras clave: Arqueometalurgia; Baleares; Naviforme; Composición; Metalografía; Bronce; Arsénico. El presente estudio, en cambio, adopta una visión integradora de todos los aspectos relacionados con este tema. Los datos de este trabajo se apoyan en 401 análisis de composición y 14 metalografías. Para las primeras se ha utilizado un microscopio electrónico de barrido (MEB), Hitachi S-530 con un sistema acoplado de microanálisis R-X-EDS "Link-Isis" que forma parte de los Servicios científico-técnicos de la Universidad de las Islas Baleares. Para las metalografías, además, se ha utilizado uno óptico marca Olympus. (1) Este artículo es parte de la transferencia de conocimiento del proyecto de investigación I+D financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología (HAR2008-00708): Producir, consumir, intercambiar. Explotación de recursos y relaciones externas de las comunidades insulares baleáricas durante la prehistoria reciente. El análisis elemental realizado con MEB no permite detectar elementos traza. Los análisis realizados en Madrid por el Dr. Salvador Rovira con un espectrómetro de fluorescencia de rayos X (ED-XRF), Kevex, modelo 7000, si permitieron obtener información sobre la presencia de elementos minoritarios en el metal (Rovira et al. 1997: 6-7). En primer lugar, cabe destacar que se ha constatado claramente una división de la técnica metalúrgica en dos etapas: Calcolítico y Bronce Antiguo. El origen del cobre utilizado en las Baleares, es un aspecto aún no resuelto. Las últimas investigaciones reflejan que al menos parte del metal podría ser autóctono (Perelló, 2010; Lull et al. e.p.;Salvà et al. e.p.). Pero no se puede obviar que una cantidad significativa de objetos prehistóricos se fabricaron sobre cobre arsenicado, y hasta el momento no se ha detectado minerales con esas características en las islas. También se han encontrado evidencias de los procesos de transformación y producción, que se basan en la tecnología de la vasija de reducción, y que no parece cambiar a lo largo de los períodos estudiados. Estas vasijas se documentan por primera vez en Son Matge (Valldemossa, Mallorca), a finales del Calcolítico (2100 a.C.) y siguen en uso en los momentos más modernos de Son Mercer de Baix (Ferreries, Menorca) (1400/1300 a.C.). Posiblemente este método no cambió hasta los últimos momentos del Bronce Final o incluso hasta la plena Edad del Hierro. Algunos de los fragmentos de cerámica documentados posiblemente sean crisoles, aunque sólo los análisis podrán confirmarlo. Por tanto, en las Baleares se constata claramente una tecnología común, en las mismas cronologías que en la Península Ibérica y el Sur de Francia, desde donde seguramente fue importada a finales del Calcolítico. Por ese motivo las Baleares serían uno de los últimos lugares a donde este sistema de trabajo metalúrgico se expandió. Si se observa la figura 2, se puede comprobar que el cobre sin alear es mayoritario en el primer período (53 %) y se reduce considerablemente en el segundo (24 %). Analizando este proceso con mayor profundidad se puede intuir que algunos yacimientos (Fig. 3), ya sea por su mayor antigüedad (Sa Canova d'Ariany, Mallorca), o bien por su largo uso con unos inicios muy arcaicos (Can Martorellet, Pollença, Mallorca; Can Maiol, Palma, Mallorca) tienen más objetos de cobre. Difícilmente se pueden inferir conclusiones definitivas de este gráfico, pero sirve para constatar que el cobre sin alear es mayoritario durante el Calcolítico y Naviforme I, y conforme avanzamos en el tiempo irá reduciendo su presencia a favor de la aleación de bronce (Na Fonda, ses Salines, Mallorca; Cometa des Morts, Escorca, Mallorca; Solleric, Alaró, Mallorca). Si consideramos el rango de mayor probabilidad podríamos acotar la cronología al período 1847-1714 cal. a.C. Ello podría evidenciar una llegada tardía de esta aleación en Mallorca, sobre todo si se compara con las fechas de la Bauma del Serrat del Pont (Alta Garrotxa, Tarragona) que se sitúan entre el 2800 y el 2450 cal. a.C. (Alcalde et al., 1998). Aun así, no puede descartarse una cronología anterior del uso del bronce en las Baleares ya que existen algunos punzones en Son Matge y Coval den Pep Rave, sin contexto claro, que podrían ser del Calcolítico. Del estudio de la cantidad de estaño presente en las piezas de bronce y de la comparación entre las dos fases, se pueden inferir algunos datos relevantes (Fig. 4). La frecuencia de objetos en los intervalos de contenido de estaño tienden a una distribución normal, en la que los valores de los extremos (0-5 % y >15 %) son inferiores a las frecuencias de los grupos centrales (5-10 %, 10-15 %). Esta misma tendencia es la única similitud entre las dos fases estudiadas, ya que en el Calcolítico y Naviforme I hay un mayor número de objetos con aleaciones pobres de estaño (0-5 %). El contenido medio de estaño se incrementa: en el primer período es del 8,9 % y en el segundo pasa al 10,96 %. Parece evidente que en el segundo período las piezas de bronce incluyen más estaño, pero no queda claro si este es un proceso controlado. La variabilidad en el porcentaje de estaño aleado es grande, especialmente en el primer período. Un ejemplo lo encontramos en el yacimiento de Sa Cometa des Morts, en donde un punzón presenta 19,1 % de estaño y otro sólo el 10,4 %. Otras evidencias aún más claras, se dan en Na Fonda. En este hipogeo se encontró un punzón con un 19,8 % de estaño y otro con el 8,96 %. En la cueva natural de Can Martorellet un punzón es un bronce rico (19,2 %) y otro sólo apenas contiene el 2,2 %. Esta variación en la composición de un mismo tipo de objeto se detecta también en Solleric, Son Maiol y otros yacimientos. Probablemente estos casos demuestran el conocimiento de la aleación, pero con una falta de control en las proporciones y, por tanto, estaríamos en una fase de pruebas y tanteos. En estos momentos en las Isalas Baleares posiblemente existirían unos trabajos autóctonos en los que no hay una adición estandarizada del Sn. Por este motivo, algunos punzones presentan valores de estaño de casi un 20 % y otros ni siquiera llegan al 3 %. En otros estudios anteriores, se ha documentado que la aleación de cobre y estaño durante el Bronce Antiguo y Medio se encuentra en una fase de pruebas y tanteos que se detecta con saltos constantes en los porcentajes de estaño (Rovira 2004: 26; Rodríguez 2005: 169). Aún así no se debe olvidar que en estas cronologías el estaño seguirá conviviendo con el cobre sin alear (Rovira 2004: 25). Todo lo comentado anteriormente parece sufrir un cambio relevante en el segundo período. Las piezas de bronce incluyen una mayor cantidad de estaño, además de una cierta estandarización, sobre todo si se computan las piezas por familias (Fig. 5). Las medias de estaño se sitúan entre el 10 y el 12 %, valores que presentan una relación óptima entre dureza y fragilidad. El mayor contenido en estaño de los escoplos y los espejos y el menor en las agujas podría deberse a cuestiones de uso de esos objetos. También se han detectado dos elementos mayoritarios, aunque siempre en porcentajes mucho menores que el estaño y que varían su comportamiento según la etapa estudiada. En el primer momento destaca el arsénico y en el segundo el plomo. El arsénico está presente en un 23,4 % de las piezas analizadas. Los cuchillos son claramente los objetos en los cuales hay mayor presencia de arsénico (66,6 %) y también mayor porcentaje. Así el valor medio de arsénico en punzones es del 2,09 % frente al 5,56 % de los cuchillos. En el segundo período en cambio, el arsénico nunca pasa del 1 %, con una media del 0,41 % y por tanto deja de ser un elemento mayoritario. Media de Sn por familias del 2.o período en % en peso. (2) En este trabajo no se trata de dilucidar si el arsénico fue o no un componente añadido de forma voluntaria con la intención de crear un bronce arsenicado artificial (Delibes et al., 1989;1991) (Rovira, 2004: 17), o si los cuchillos serían unos objetos fabricados intencionalmente con materia prima de vetas compuestas de cobre y arsénico (Rovira, 2004: 17-19) temas ampliamente tratados y aclarados por diversos autores. De hecho estas problemáticas se refieren a contextos, en que ha diferencia de las Baleares, si existen vetas de cobre arsenicado. como en otros lugares, unas piezas con un significado muy relevante, motivo por el que casi no se reciclaron y al terminar su vida se amortizaron en las tumbas. Al no ser piezas refundidas, el metal no sufrió perdida de arsénico, detectándose los porcentajes originales elevados (Rovira 2004: 25). Otra explicación, compatible con la anterior sería que los cuchillos además de no reciclarse, también serían unos objetos que por su preeminencia no se pudiesen fabricar con metal autóctono. En estos casos se importaría el mineral o las piezas ya acabadas. En estos momentos lo único que parece cierto, es que el mineral con el que se hacen tales piezas no sería local. El arsénico en el segundo período estudiado se difumina con porcentajes casi siempre inferiores al 0,5 %, e incluso en algunas ocasiones apenas es detectable. Posiblemente los metales que se importan del exterior, como objetos o como lingotes, ya no conservan este componente. Ello podría señalar hacia una nueva capacidad de elevar las temperaturas de los hornos y por tanto de que el arsénico se volatilice (Rovira 2004: 19). Seguramente el reciclaje también aumentó en este período. Otro aspecto que también diferencia ambas etapas es el modelo de impurezas del metal. En la figura 6 se puede comprobar como los valores medios de la mayoría de los elementos de las dos épocas no varían demasiado. Esto se cumple especialmente en lo que respecta al hierro, la plata, el níquel, el antimonio, el zinc y el estaño; todos ellos por debajo del 0,5 %. En el segundo período cabe destacar como nuevo elemento el plomo, que en ocasiones se presenta como un simple elemento minoritario, pero con valores mayoritarios en otras. Aun así los porcentajes de plomo no son excesivamente altos. Sólo en una ocasión alcanza el 7 % en una de las hachas de Can Gallet (Formentera), pero en general los valores de plomo son mucho más bajos. Esta hacha además, es de los últimos momentos del Bronce Final y por tanto de un contexto cultural diferente al de la mayoría de las piezas estudiadas. Los objetos verdaderamente plomados son pocos (8,14 % del total) y no parece haber ningún patrón coherente por familias, cronología y yacimientos. Por este motivo pensamos que el porcentaje de plomo de los metales del Naviforme II y III no escapa de lo que es común en su entorno mediterráneo (Rovira 1995: 56) y seguramente no responde a ninguna característica tecnológica o cultural indígena. En todo caso se podría plantear que en algunas ocasiones, pocas, el plomo se utilizaría para producir algunos bronces ternarios. En referencia al trabajo del metal no podemos establecer una comparación entre fases ya que de la primera se han realizado 13 metalografías (sobre punzones y cuchillos) y del segundo sólo una. En la primera fase se han detectado dos formas de trabajar las piezas. La primera es la cadena de fundición, trabajo en frío y recocido final; la segunda, presenta la fundición, seguida del trabajo en frío, recocido y una última aplicación del trabajo en frío. Otro dato relevante es que no parece que exista un gran dominio de la técnica de fundición: son muy comunes las burbujas de gas debidas a un deficiente enfriamiento de la colada y microgrietas por tensiones durante el enfriamiento o en el trabajo posterior. La tecnología de manufactura sigue un patrón similar a los territorios cercanos (Rovira 2003: 167). Ello reafirma, junto a lo ya documentado en las composiciones, la poca especialización del trabajo. La única metalografía del Naviforme II y III es una fundición sin trabajo posterior. La información tecnológica en este período debe buscarse por otras vías. Por un lado existe una clara evi-Fig. Medias de elementos minoritarios por período en % en peso. dencia de una estandarización y de una mayor producción. También por primera vez se localizan moldes en el registro arqueológico: en el Calcolítico y Naviforme I no se encuentra ninguno y en el segundo 18. Todo ello debe relacionarse también con los lingotes, muy presentes y que reafirman los cambios entre ambos períodos. La mejora en la calidad del trabajo del metal se refleja en la adopción de nuevas técnicas complejas, como la cera perdida y el sobremoldeo. La primera se constata en al menos dos familias tipológicas diferentes, los pectorales y las agujas. Los primeros presentan las varillas centrales vacías y éstas sólo se pueden haber fabricado con moldes de cera (Rovira 1988). Las agujas también tienen la cabeza hueca y en el interior de una de Son Matge, aún se pueden encontrar restos de arcilla de los moldes. El sobremoldeo se habría utilizado para embutir las varillas de los pectorales dentro de los estuches triangulares que sirven para rematar la pieza (Rovira 1995). En la actualidad aún está por demostrar con seguridad que estas piezas sean de producción autóctona, como sugiere el hecho de que no se encuentren paralelos en ningún lugar fuera de las Islas. Parece claro que, a nivel tecnológico, las diferencias entre uno y otro período son numerosas. El análisis elemental, las metalografías y las demás evidencias de trabajo artesanal en el Calcolítico y Naviforme I, demuestran que la metalurgia de esta época es muy diferente de la posterior. En primer lugar destaca la presencia mayoritaria de cobre frente al bronce (Fig. 1). Otro aspecto técnico relevante, que se observa en las metalografías de esta primera etapa, es la existencia de microgrietas y burbujas de gas en muchas de las piezas, aunque en estos momentos no pueda determinarse el motivo de su formación. También se aprecia una gran heterogeneidad en los porcentajes de estaño de los bronces. Estandarización, por tanto, no es la palabra que mejor describe a estas aleaciones. El motivo puede deberse a la forma de alear el cobre con el estaño mediante co-reducción de minerales, o también al posible reciclado de los objetos. Todo ello sin mencionar la poca variedad formal de los objetos manufacturados. En las siguientes etapas del Naviforme, en cambio, todo parece sufrir una transformación. Ésta seguramente no fue radical, pero si bastante rápida. Las piezas más antiguas ya son claramente diferentes de las del período anterior. Las lanzas con espigón o las dagas están más elaboradas y presentan un interés en la novedad tanto técnica como tipológica. Las familias (3), que hasta entonces tenían sus referentes en la Península Ibérica, pasan a relacionarse con otros materiales mediterráneos, en concreto en Cerdeña, Sicilia e Italia Continental. A la vez las nuevas formas aumentan exponencialmente: machetes, espadas, lanzas de diferentes tipos, hachas y otras más. La aleación con estaño, ahora ya sí claramente mayoritaria, se estandariza y cuando varía el porcentaje de estaño entre las diferentes familias, parece obedecer a una clara intencionalidad. Incluso las técnicas artesanales experimentan transformaciones destacadas. Los lingotes se hacen comunes, los moldes son abundantes y posiblemente se introducen técnicas avanzadas como la fabricación de piezas a la cera perdida y sobremoldeo. Se puede plantear que surge la figura del metalúrgico, aunque éste posiblemente lo fuese sólo a tiempo parcial. Resulta imprescindible comentar otros cambios en el registro arqueológico que sirven para reafirmar lo anteriormente comentado. La metalurgia en la primera fase es, en términos cuantitativos, una actividad marginal, tanto en los poblados calcolíticos, como en los de las primeras navetas. La arqueología por ahora no puede contestar a la pregunta de cuanto metal se utilizó en cada momento. Pero si queda claro, que su deposición cambió según la etapa. En el Calcolítico y Naviforme I se ha documentado un total de 2 kg, en cambio en el Naviforme II y III se alcanzan más de 53 kg. Estas cantidades reflejan cambios no sólo de volumen de producción, sino también en la concepción y forma de entender la función y uso del metal. Pero lo antes comentado no responde a la pregunta de qué significa la metalurgia y los objetos que de ella se derivan. En la mayoría de las ocasiones los investigadores conciben los metales como una evidencia arqueológica de la jerarquización social, independientemente de que los consideren o no su causa. Pero la respuesta no tiene por que ser siempre ésta. Cuando se introduce la metalurgia en las Islas Baleares las sociedades que la reciben, sean las más iniciales del Calcolítico o posteriormente las del Naviforme I, no presentan diferenciaciones sociales destacadas. Con ello no negamos existiesen, pero no se reflejan de forma evidente en el registro. Los enterramientos no se individualizan, las casas siguen unos patrones unitarios y comunes y, posiblemente, la gestión del ganado y de la agricultura eran comunales (Salvà y Hernández 2008; Fornes et al. 2008; Salvà y Javaloyas e.p.). Por tanto si todo el registro habla de unas sociedades poco jerarquizadas. ¿Por qué los metales tendrían que marcar diferencias sociales? La explicación de la adopción de esta nueva técnica en las Baleares debe buscarse por otros caminos. Como se observa en la figura 7, un 95 % de los objetos del primer período se encuentran en necrópolis y por ello deben interpretarse como un fenómeno ligado a la muerte. Otra perspectiva diferente a la explicación jerárquica, podría relacionarse con la idea de que lo verdaderamente importante, no era tanto el uso concreto que se diese a cada uno de los objetos, si no el hecho mismo de que estos fuesen de metal y no de otra materia. Según algunos autores, el metal permite la producción de objetos con una forma clara, a partir de un sólido que se convierte en un líquido y posteriormente vuelve a ser sólido. Este proceso en el pasado, incluso en uno no tan lejano Fig. 7. Medias de elementos minoritarios del 2.o período en % en peso.
El trabajo ofrece una visión renovada de la metalurgia del Horizonte campaniforme en Madrid a partir de los datos que aportan las recientes intervenciones en el yacimiento de Camino de las Yeseras. Sus contextos funerarios no se ajustan a los convencionalismos conocidos para estas tumbas pues las armas ausentes en los ajuares singulares son sustituidas por ornatos de oro y otras piezas realizadas en materias exóticas. Desde hace ya varias décadas está plenamente constatado que en tierras del interior de la Península Ibérica, y más específicamente en territorio madrileño (Fig. 1), la metalurgia se practica y generaliza en torno a la segunda mitad del III milenio a.C., en el Horizonte campaniforme y, en particular, asociada a los grupos con campaniforme TRABAJOS DE PREHISTORIA 67, N.o 2, julio-diciembre 201067, N.o 2, julio-diciembre, pp. 359-372, ISSN: 0082-5638 doi: 10.3989/tp.2010.10044.10044 (*) Departamento de Prehistoria y Arqueología, Universidad Autónoma de Madrid. (1) Investigación financiada por los siguientes proyectos: Economía y sociedad durante el Calcolítico de la Meseta: el yacimiento de Camino de las Yeseras (San Fernando de Henares, Madrid). Recursos minerales y actividades I+D HUM 2007-6405 Ciempozuelos aunque ello no impide que desde el inicio de este milenio llegaran o se elaboraran, de manera regular o esporádica, algunos objetos metálicos de escasa entidad. En efecto, de momento, las primeras evidencias de dicha actividad se han documentado en asentamientos, muchos de ellos de apenas unos centenares de metros cuadrados, y posiblemente de ocupación limitada, en los que está presente la cerámica campaniforme. Asimismo son los enterramientos con campaniforme los primeros que normalizan la inclusión de objetos metálicos en los ajuares funerarios de algunas de las tumbas de especial significado. Pese a todo, la circulación de metales es todavía escasa ya que aproximadamente sólo el 20 % de los yacimientos madrileños de este horizonte han entregado ajuares metálicos, fundamentalmente de cobre y en mucha menor proporción de oro. Esta escasez de metal y de objetos metálicos explica la lógica consideración del prestigio que supone su uso y posesión y por tanto que sólo unos pocos lo incorporaron a sus ajuares domésticos y funerarios, una restricción que se llevaría a cabo mediante el control de su captación y procesos de transformación. LA METALURGIA DEL COBRE Aunque no son muchos los ejemplos documentados en la Región de Madrid, tenemos datos suficientes para saber, a través de las pruebas que viene aportando la arqueometría, que una parte de la demanda se cubría mediante el autoabastecimiento del mineral obtenido en las afloraciones existentes en las vetas de la propia sierra madrileña (Rovira y Montero 1994; Blasco y Rovira 1992-93; Montero 1998), a unas decenas de kilómetros de las cuencas medias y bajas de los ríos donde se concentraban la mayor parte de los asentamientos y también de los enterramientos. Posiblemente la actividad destinada a la captación de los minerales del cobre se asociaba a la obtención de otras materias primas necesarias para la fabricación de enseres pesados como hachas, azuelas, mazas, etc., o a elementos de trituración y molienda, incluso al aprovisionamiento de piedras duras empleadas en ornatos personales (Baena y Blasco 1999). Pero creemos que los productos metálicos de esta etapa derivados de la actividad extractiva lo-cal pudieron y de hecho debieron de ser compatibles con la obtención de materia prima en yacimientos más o menos lejanos y con la adquisición de algunas piezas procedentes de otros talleres que llegarían a esta zona ya acabadas, bien por intercambio, bien como donaciones o regalos para incorporarse directamente a los enseres domésticos de uso habitual y a los ajuares funerarios. Al menos así podría derivarse de los resultados de algunas analíticas practicadas que indican la presencia de elementos minoritarios como el níquel muy escaso o ausente en las mineralizaciones conocidas del Sistema Central más próximas a los yacimientos. Ahora bien en la mayoría de las ocasiones la obtención de estos objetos de procedencia foránea no tuvo por qué revestir carácter de excepcionalidad, sino que estaría dentro de la circulación de materias primas y objetos intercambiados en trueques habituales. Fue precisamente la Región de Madrid una de las primeras áreas del interior peninsular que aportó pruebas evidentes sobre cómo la transformación de los minerales del cobre se realizaba en asentamientos de pequeñas dimensiones con una tecnología muy sencilla ya que no requería ningún tipo de infraestructura estable, pues utiliza hornos móviles consistentes en vasijas, muchas veces amortizadas y rotas (Rovira y Ambert 2002), y crisoles barquiformes o circulares muy homogéneos (Simon 1996), hechos en barro sin cocer y de tamaño bastante reducido. Se trata de la misma tecnología que se ha documentado en yacimientos sincrónicos de otras áreas de la Península Ibérica. Esta uniformidad de los objetos de fundidor habla de una clara estandarización de la actividad. Entre los yacimientos con indicios de esta industria hay que mencionar el Ventorro, conocido desde hace tiempo (Harrison et al., 1975) por haber entregado algunos fragmentos de crisoles con decoraciones campaniformes de estilo Ciempozuelos (Fig. 2a) a los que hay que unir los restos de recipientes hornos realizados con las mismas características y morfologías de las vajillas comunes (Fig. 2b) (Priego y Quero 1992). Muy cercano a este yacimiento, en el arenero Soto, se recuperó también un gran fragmento de recipiente horno y liso con abundantes gotas de fundición (Rovira 1989), en este caso asociado a campaniforme puntillado geométrico (Fig. 2c). La tecnología practicada en estos pequeños sitios no presenta diferencias con la estrategia de producción documentada en grandes centros más o menos sincrónicos de ésta y de otras regiones peninsulares. La similitud entre el procesado del metal practicado en pequeños y grandes asentamientos ha quedado plenamente contrastada en la Región de Madrid a partir de los recientes trabajos realizados en Camino de las Yeseras, un gran recinto de fosos con una extensión de algo más de 20 ha (Blasco et al. 2007; Liesau et al. 2008: 103-105). Allí a pesar de que las condiciones de la excavación no han sido favorables para la obtención de datos muy precisos, se han documentado evidencias relacionadas con los trabajos del cobre a través de los restos de mineral, de gotas de fundición (Fig. 3) y de objetos de fundidor (Fig. 4). Algunos de los restos de fundición se localizaron dentro de una enorme subestructura que llega a alcanzar casi 2 m de profundidad, colmatada con un sedimento oscuro en el que se pueden apreciar 13 niveles, posiblemente depositados en un espacio de tiempo relativamente prolongado y como consecuencia de una reiterada utilización de la zona. El área excavada de esta subestructura es de unos 600 m 2, pero su superficie total debió de ser, con seguridad, bastante mayor al prolongarse por el lado norte en una extensión que no ha podido ser delimitada. Esta gran subestructura se ubica en la zona central del yacimiento, en el espacio localizado en el recinto interior y, por tanto protegido por los cinco fosos concéntricos; en dicha subestructura se concentra una gran cantidad de materiales y restos orgánicos fruto de la intensa actividad desarrollada en su superficie, pero desgraciadamente los depósitos originarios se encuentran claramente alterados lo que hace difícil contextualizar los materiales (Fig. 5). Sin embargo la alta concentración de diversos restos industriales y faunísticos parece indicar que se trata de un área de actividad comunal en la que se realizaron, entre otros, trabajos industriales como la metalurgia o la talla lítica, ya que en una zona no muy alejada a los hallazgos de estas escorias se instaló un pequeño taller relacionado con la industria lítica que afortunadamente se conservaba en posición originaria. De confirmarse que estos indicios son fruto del desarrollo de la actividad metalúrgica en dicho espacio, existe una coincidencia entre la función de esta área central y lo que se ha podido documentar en otros yacimientos calcolíticos de recintos amurallados como Los Millares donde el taller se encontraba también en una zona muy controlada, en el interior del segundo recinto (Molina y Cámara 2005: 45-47), o Cabezo Juré donde la reducción del cobre se efectuó en un único ámbito: la ladera sur, lo que permitió restringir su acceso y mantener el control (Nocete 2004: 122-125; Rodríguez 2008: 44). Asimismo, existen indicios, en algunos de los recintos de fosos localizados en el valle del Guadiana, como es el caso de La Pijotilla (Hurtado y Hunt 1999) y Perdigões (Varela 2004), que podrían indicar que las actividades metalúrgicas practicadas en ellos se localizan en zonas muy concretas y siempre dentro de los recintos concéntricos para facilitar su control. Pero en Camino de las Yeseras se recuperaron también algunos objetos de fundidor en un área periférica, dentro de un hoyo siliforme, datado en 3835 ± 40 BP (2), cuya presencia no sabemos si se debe a otra zona de actividad metalúrgica o a un traslado intencionado o fortuito (Fig. 4). Entre estos objetos cabe destacar una pequeña tobera, elemento escasamente documentado en el registro de este horizonte (Fig. 4b). La localización de este depósito en una zona periférica del yacimiento podría significar la práctica de una actividad descentralizada con producciones a distintas escalas, aunque tampoco pueda descartarse que estemos ante evidencias diacrónicas ya que a lo largo de la dilatada vida del yacimiento pudieron producirse cambios en el uso de las distintas zonas o incluso que el hoyo o cubeta donde se concentraban los útiles de fundidor no estuviera en una zona de trabajo sino en un entorno doméstico donde se habrían almacenado para su posterior utilización o para amortizarlas por tratarse de piezas inservibles. Esta incipiente industria metalúrgica del calcolítico campaniforme madrileño realizada con minerales locales debió de estar dedicada a la elaboración de pequeños y sencillos útiles cotidianos entre los que destacan los punzones y leznas, los objetos más habituales en los contextos domésticos, pero en ningún caso se ha podido documentar exactamente los objetos fabricados en cada uno de los talleres debido a la ausencia de moldes en el registro arqueológico. Ello nos impide conocer si podemos estar ante una industria con dos niveles de producción, uno a escala doméstica para la elaboración de objetos menudos y muy sencilos de uso habitual y otro a nivel de especialistas donde se elaborarían las piezas de mayor tamaño y más complejas, destinadas a ajuares funerarios y consideradas de prestigio como los puñales, o incluso las puntas. No hay, hasta el momento, ningún asentamiento que haya entregado una cantidad llamativa de metal, pues incluso el Ventorro, donde se recuperaron un total de 63 fragmentos de crisoles tan sólo proporcionó 3 fragmentos de punzones o barritas (Fig. 6a), una cantidad claramente inferior a la obtenida en Camino de las Yeseras, allí donde se han recuperado hasta 9 útiles cuyo peso total es de apenas 150 g (Fig. 6b), una cantidad relativamente exigua si tenemos en cuenta que los hallazgos se enmarcan dentro de una intervención de cierta envergadura que ha gernerado un volumen de materiales muy importante. Además, la cantidad de los objetos metálicos recuperados en este yacimiento dentro de contextos no funerarios (7) resulta superior a la que han entregado las tumbas (2), invirtiéndose así las proporciones habituales en otros yacimientos. En efecto, en la Región de Madrid, como en otras áreas peninsulares, el registro arqueológico ha confirmado que una parte importante de la producción de la metalistería del cobre circulante en el Horizonte campaniforme, correspondía a las armas de la reducida panoplia que se amortizaba en determinados enterramientos pertenecientes a personajes de cierta relevancia. Ejemplo de ello son los puñales de lengüeta asociados a campaniforme de estilo internacional recuperados en el dolmen de Entretérminos (Fig. 7a) y en la sepultura en fosa del arenero de Miguel Ruiz (Madrid) (Fig. 7d), o los ajuares con puntas Palmela y puñal de lengüeta que acompañaban a ejemplares campaniforme de estilo Ciempozuelos de dos sepulturas en fosa de Mejorada del Campo (Fig. 7b) y una del Arenero de Salmedina (Rivas-Vaciamadrid) (Berzosa y Flores 2005: 490, Fig. 6). A ellos hay que sumar el puñalito de uno de los ajuares de la necrópolis epónima de Ciempozuelos, cuya morfología nos remite a una tipología más común en algunas necrópolis danubianas (Fig. 7c), una similitud que, al menos, podría indicar cierta interacción, o tratarse de una copia local. Sin embargo, los dos únicos objetos de Camino de las Yeseras procedentes de enterramientos con ajuares de cerámica campaniforme Ciempozuelos son simples punzones (Fig. 7e), similares a los que se encuentran entre los enseres domésticos y, junto con las hachas planas, los únicos objetos de cobre presentes ya en la etapa precampaniforme. Es más, una de las tumbas que contenía uno de estos punzones y que estaba intacta no pertenece al estandar de un enterramiento singular, pues en su ajuar, a la cerámica campaniforme se une tan sólo el punzón y una piedra de molino. Es como si esta pieza tuviera, como el molino, un valor y un uso funcional, sin descartar su significado como prototipo de una nueva tecnología que aporta nuevas capacidades que, de momento, sólo están al alcance de un sector de la población identificado con los poseedores de la cerámica campaniforme (Blasco et al. 2005: 472, Fig. 11). En contraposición la incorporación de armas -puntas y puñales-en los ajuares campaniformes 364 Concepción Blasco y Patricia Ríos Fig. 7. Objetos de cobre de contexto funerario: a) ajuar del dolmen de Entretérminos (Losada 1976), b) puñal y punta palmela de Mejorada del Campo (Harrison 1977), c) a la izquierda puñal de Ciempozuelos (Blasco et al., 1998: 106, Fig. 20) y a la derecha puñal húngaro procedente de la necrópolis campaniforme de Békásmegyer (Budapest History Museum) y d) uno de los punzones de Camino de las Yeseras. se ha venido interpretando como el reflejo de una sociedad convulsa en una etapa de tránsito entre las sociedades igualitarias y las primeras jefaturas todavía no totalmente asentadas. ¿Por qué faltan en este caso?, la respuesta no es la ausencia de enterramientos destacados pues, como veremos, al menos tres de las tumbas exhumadas pertenecen a personajes singulares, pero exhiben su condición mediante objetos de lujo de atuendo personal, entre los que se encuentra sólo otro metal: el oro, cuya nobleza y/o significado lo convierte, como veremos, en objeto de deseo. La singularidad tipológica del puñalito de Ciempozuelos, conocido desde finales del siglo XIX, pero sobre el que apenas se ha llamado la atención que reside en sus características tipométricas y lo vinculan de manera muy directa con ejemplares húngaros. De poder certificarse esta posible procedencia del área danubiana, significaría que para los grupos campaniformes de la región la posesión de determinadas armas adquiere una importancia tan primordial que justifica la ampliación del marco de su interacción a territorios muy lejanos, del interior continental, en consonancia con la obtención de otras materias y objetos de prestigio como es el marfil cuya proce-dencia extracontinental está hoy plenamente contrastada (Schuhmacher et al. 2007). tación, sustituyen en este yacimiento a las armas, símbolos de coerción. Así, a diferencia de otros ajuares campaniformes que evocan el prestigio de los difuntos exclusivamente por la presencia de armas o, en contadas ocasiones, por la suma de armas y ornatos realizados con materias preciosas y/o exóticas, entre ellos el oro, en Camino de las Yeseras la distinción social se manifiesta exclusivamente por la donación de ornatos personales hechos con materias primas exóticas y de procedencia lejana. Todas las piezas recuperadas, cuentas, cinta y placas, están realizadas a base de láminas de oro batido y recortado de forma muy irregular. Las cuentas tubulares se han obtenido a partir de pequeñas tiras rectangulares enrolladas, de desigual anchura, a veces con una doble vuelta y en ocasiones con una única espira, para obtener una morfología cilíndrica de perfil recto que no es privativa de las joyas áureas, sino que se utiliza desde el Neolítico en las confeccionadas con otro tipo de materiales como piedras, hueso, marfil, etc. Su elaboración poco uniforme y un tanto desmañada es habitual de la orfebrería peninsular del momento (Perea 1989(Perea: 27, 1991: 35-36): 35-36), justificada por la todavía escasa trayectoria de esta actividad y por los pocos medios instrumentales disponibles para efectuar cortes y acabados finos. Este hecho se evidencia en el desigual tamaño de estas cuentas cuya longitud, pese a formar parte del mismo tocado, oscila entre los 4 y los 13 mm y, sobre todo, en la escasa precisión que se observa en los irregulares cortes de las laminitas con rebabas y sobrepasados muy notorios (Fig. 8c). La analítica ha proporcionado una extraordinaria homogeneidad entre todos los elementos recuperados, con tasas de plata de entre el 3 y el 5% a excepción de una placa que es de oro prácticamente puro y que está realizada sobre una lámina sensiblemente más gruesa que el resto de las piezas (Fig. 8d). Dicha homogeneidad ha sido contrastada satisfactoriamente tras el análisis de tres cuentas tubulares por el método PIXE en el acelerador AGLAE del Museo del Louvre, por la Dra. María Filomena Guerra, a quien agradecemos su colaboración. En dichos análisis se detectaron también cantidades de cobre del orden de 0,02 a 0,05 %. De estos datos se desprende algo habitual en la orfebrería calcolítica de la Península Ibérica: la procedencia aluvial del oro en el que se confeccionaron estas joyas, caracterizado por una escasa presencia de cobre, no superior al 0,11 % (Perea 1991: 31-35), una evidencia que confimaron los análisis realizados por Hartmann (1982) quien los englobó dentro del que denominó grupo S. No se puede avanzar mucho más en la indagación de la procedencia geográfica del oro pues "por desgracia la información disponible sobre la composición del oro nativo peninsular es muy pobre -por no decir nula-. Están por hacer los estudios analíticos de las distintas cuencas auríferas" (Montero y Rovira 1991: 9). Pero no es menos cierto que, en la provincia de Guadalajara lindando con la de Madrid, han estado operando lavaderos auríferos hasta mediados del siglo XX en La Nava de Jadraque y Arroyo de la Fragua y también, más cerca, en Palancares, en la región del alto Jarama. Pese a ello no descartamos que estas joyas, lo mismo que la diadema procedente del dolmen de Entretérminos o la lámina en espiral del Vertedero de Salmedina (Berzosa y Flores 2005: 483), llegaran a su destino ya confeccionadas, procedentes de posibles talleres especializados desde donde se pudieron distribuir a todo el territorio peninsular. La orfebrería áurea calcolítica se dispersaba, casi exclusivamente, por la fachada atlántica con una extensión hacia el sur (Hernando 1983: 117, Fig. 11), coincidiendo con los principales yacimientos auríferos (Sánchez Palencia y Pérez 1989, 17, Fig. 1). Sin embargo a medida que se han intensificado las investigaciones, sabemos que menudea por toda la geografía peninsular (Rodríguez de la Esperanza 2005). Los nuevos hallazgos madrileños se enmarcan en este mismo proceso de avance de la investigación y, sobre todo de intensificación de los trabajos de campo. Esta difusión podría indicar que las explotaciones auríferas abarcaron puntos diversos de la geografía peninsular o bien, como hemos apuntado, los propios talleres instalados en las proximidades de las zonas más ricas en oro pondrían sus productos en circulación a través de mecanismos de interacción facilitados por una red establecida para satisfacer la demanda. La absoluta homogeneidad tipológica y técnica entre los objetos de oro calcolíticos de toda la Península Ibérica indica que se trata de modelos estandarizados indicio de una producción concentrada en unas pocas manos o de una gran interrelación entre los orfebres. Concretamente tanto la diadema acintada procedente del dolmen de Entretérminos, como la lamina en espiral de Sal-medina y las cuentas tubulares de perfil recto realizadas con pequeñas plaquitas rectangulares enrolladas de la diadema recuperada en Camino de las Yeseras, se encuentran con pequeñas variantes entre los hallazgos más comunes en este horizonte (Perea 1991: 26-27). En la Península Ibérica esta producción de ornatos áureos estuvo destinada, casi en exclusividad, a la confección de ajuares funerarios como demuestran la práctica totalidad de los contextos en los que se encuentran: enterramientos megalíticos colectivos (Perea 1991: 24, Fig. 1 y 53), o tumbas con campanifomes, tanto impresos, como Ciempozuelos. Esta finalidad queda bien contrastada en Madrid por el hallazgo en el dolmen de Entretérminos, en la fosa 2 de Salmedina y en el registro de Camino de las Yeseras donde se localizaron en cuatro puntos distintos: tres en la periferia formando parte de ajuares funerarios y uno en la zona central del yacimiento, un espacio de intensa remoción por la prolongación de su uso (Fig. 5). La finalidad funeraria de la orfebrería parece corroborarse por el escaso o nulo uso que han te-nido las joyas en general y las de Camino de las Yeseras en particular si tenemos en cuenta el dato aportado por la Dra. Guerra al inspeccionar las tres cuentas de uno de los hallazgos de Camino de las Yeseras en el microscopio electrónico de barrido: sus bordes no parecen presentar desgaste de uso, por lo que, si no fueron fabricados expresamente para formar parte del ajuar del difunto, apenas tuvieron un uso previo al de su destino final. Ello equipararía las joyas, armas y otros objetos de cobre como donaciones realizadas expresamente para los ajuares funerarios campaniformes a pesar de que el cobre es utilizado para la elaboración de úties de uso doméstico y laboral más o menos cotidianos. Desgraciadamente sólo la diadema áurea corresponde a un contexto originario no alterado. Se trata de un hipogeo en el que se inhumó un individuo masculino, joven que la ostentaba y de la que se recuperaron 22 cuentas en torno al cráneo y dos placas subtrapezoidales sobre la frente (Fig. 8a, b y c, Fig. 9, Fig. 10). En una segunda tumba expoliada se recuperó otra cuenta semejante que debió de formar parte de una joya simi-Fig. Hipogeo de Camino de las Yeseras: a) vista del acceso y losas de cierre de la cámara, b) vista de la entrada, c) detalle de la disposición de cuentas y placas de oro en torno al cráneo del inhumado y d) placas subtrapezoidales y algunos ejemplos de cuentas tubulares. lar (Fig. 8e). La novedad es que estas cuentas enrolladas se habían interpretado como elementos de brazaletes o collares (Perea 1991: 26) o incluso como perlas o abalorios para aplicar sobre tejidos (Rodríguez de la Esperanza 2004). Ahora tenemos la seguridad de que entre los distintos tipos de ornatos también existieron diademas compuestas por diferentes elementos cuya composición permitiría individualizar el tocado, sin duda la joya más ostensible. Esta tipología de diadema se suma a la única conocida hasta el momento para este horizonte: la cinta rectangular lisa sujeta en la parte posterior mediante ligamentos que se aseguraban con orificios abiertos en los extremos distales de la cinta. También la laminita rectangular recuperada entre los restos del expolio de otro hipogeo presenta una tipología y una elaboración, incluida su decoración repujada, conocida en otras joyas de este horizonte. Se trata de una pequeña pieza muy alargada que conserva un extremo original con cuatro orificios muy irregulares y de distinto tamaño -uno de ellos rectificado-para pasar una ligadura y cerrar la pieza supuestamente en torno al brazo (Figura 8f, Fig. 11). Es el único fragmento decorado mediante una línea de puntos repujados que bordea los lados largos. Es probable que corresponda a un pequeño fragmento de una joya acintada de apenas 1,5 cm frente a los aproximadamente 3 cm de anchura de piezas como la diadema del ajuar campaniforme de Fuente Olmedo (Martín Valls y Delibes 1989: 24) o los casi 5 cm de los ejemplares portugueses de Quinta da Agua Branca y de Papagôvas (Jorge (comp.) 1995: 23 y 24). Esta escasa anchura invita a pensar que no formara parte de un tocado, sino más bien de un objeto de menor longitud, brazalete o una ajorca. Su decoración sigue un esquema desarrollado en otras piezas de este horizonte como la laminita del vertedero de Salmedina (Berzosa y Flores 2005: 483) o los pendientes de Emergeira (Torres Veras) (Jorge (comp.) 1995: 78). A diferencia del tocado que es una joya compuesta, posiblemente este fragmento perteneció a un adorno simple. El personaje dotado de diadema áurea completaba su atuendo con un ¿pectoral o collar? de cuentas bicónicas y botones de casquete esférico realizados en marfil (según C. Liesau y T. Schuhmacher), impregnado con cinabrio. A todo ello se suma una espléndida cazuela de estilo campaniforme Ciempozuelos con una decoración simbólica de ciervos esquemáticos, dispuestos en un friso corrido situado en la cara externa. El conjunto presenta asociaciones, seguramente frecuentes, aunque pocas veces se ha registrado la existencia de marfiles, confundidos con hueso, y de cinabrio, interpretado como ocre, y en intervenciones poco cuidadas ni siquiera se han recuperado estos elementos. La reiterada asociación de ornatos de oro, marfil y cinabrio podría indicar circuitos muy bien prefijados y coordinados. Resulta evidente que el oro se asocia a personajes de alto rango con capacidad de amortizar materias primas exóticas de procedencia lejana o muy lejana cuya adquisición no está al alcance de la mayoría y que de manera aislada (Bueno et al., 2005(Bueno et al.,, 2007;;Benítez de Lago et al., 2009), y sobre todo, en asociación, son la expresión de poder Concepción Blasco y Patricia Ríos Fig. 10. Reconstrucción hipotética de la diadema de oro del joven inhumado en el hipogeo de Camino de las Yeseras (San Fernando de Henares, Madrid). Laminita de oro con decoración repujada de Camino de las Yeseras (San Fernando de Henares, Madrid). de una élite ostentada por jóvenes varones a quienes se les reconoce su liderazgo más allá de la muerte mediante amortizaciones costosas por su materia prima, su elaboración especializada y el complejo mecanismo de su adquisición. El hecho singular de las tumbas de Camino de las Yeseras es, como apuntamos la ausencia de armas, en las que se ha querido ver el símbolo de la coerción. En su lugar contamos en la tumba intacta con una cazuela decorada con ciervos esquemáticos cuyo simbolismo quizás indicativo de un liderazgo también de carácter "religioso" cuyos ornamentos y, muy especialmente los tocados áureos destacados en su cabeza formaban parte de una "liturgia" complementaria a la representación gráfica reproducida en el contenedor cerámico que le acompañaba. Pero además del valor y simbolismo del oro reconocido en este contexto intacto, hay que referirse a los dos hallazgos áureos recuperados en sendas tumbas expoliadas cuyos ajuares contenían cerámica campaniforme de tipo Ciempozuelos. No parece casual que las dos únicas tumbas profanadas que se han documentado en este yacimiento contuvieran joyas de oro, de las que los saqueadores "extraviaron" una cuenta tubular similar a las del tocado antes citado y el fragmento de cinta con decoración repujada (Fig. 8e y f; Fig. 11). Este último se encontró fuera de la cámara del hipogeo, entre las piedras que rellenaban el acceso en chimenea las cuales fueron recolocadas tras la violación y remoción de la tumba. En cambio la cuenta cilíndrica se localizó en el interior de la fosa funeraria junto a los fragmentos óseos de los cuerpos inhumados y los restos del ajuar cerámico removidos que quedaron tras la retirada de buena parte del contenido de las tumbas. Seguramente no se buscaba sólo el oro o alguna de las otras materias exóticas que pudieran contener por la codicia de obtener un beneficio material, sino por la apropiación de lo excepcional, ya fuera por su valor intrínseco o, más probablemente, por su significado, tratando de emular, mediante la posesión de las enseñas simbólicas, el estatus que representan. Quizás sea expresivo de esta intención el hecho de que no se trata de una rapiña exhaustiva, sino que intencionadamente las cerámicas se rompen para sustraer sólo una parte de cada uno de los recipientes. De igual manera, se exhuman los restos óseos del difunto, pero se dejan pequeñas porciones, mientras que se retiren aquellas piezas que, por su procedencia, pueden ser la evidencia de unas relaciones sociales singulares. A los tres conjuntos funerarios hay que sumar otra lámina perteneciente a un fragmento de ornato (Fig. 8d y Fig. 12) localizada en la zona central del yacimiento, dentro del recinto del foso más interno. Tampoco descartamos que esta pieza pudiera proceder de alguna de las tumbas expoliadas, quizás no excavada en las intervenciones practicadas en el yacimiento y que fuera trasladada a una zona de actividad. De confirmarse esta hipótesis estamos ante un hallazgo con significado similar al de las dos tumbas saqueadas, de manera que el hecho de la profanación de tumbas singulares tendría en este yacimiento un nuevo referente más convirtiéndose en un fenómeno relativamente frecuente. El expolio de tumbas singulares de Camino de las Yeseras no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de su necrópolis. Está documentado en contextos funerarios campaniformes de otras zonas peninsulares como Almenara de Adaja (Valladolid) donde se han reconocido tumbas saqueadas, alguna de ellas igualmente excepcionales por contener, como la tumba madrileña, un recipiente cerámico con decoración simbólica de ciervos y soles (Guerra y Delibes 2004). Esta reiteración tiene seguramente un significado que podría ir más allá de acciones individuales, pero queda claro que no resultó difícil la localización de estas tumbas singulares ya que una de sus características es la monumentalización de su señalización en consonancia con la relevancia del individuo enterrado. Se destacan en el paisaje por las dimensiones de los túmulos que las cubrían, el mayor tamaño de las piedras que los formaron, las características arquitectónicas específicas de las tumbas y de su ajuar. Todavía nos encontramos lejos de desvelar el significado real de estas profanaciones, pero resulta especialmente llamativo que los sujetos que llevaron a cabo los expolios se mostraran respetuosos y, una vez finalizada su acción, volvieran a colocar toda la cobertura de la tumba, pese a la inversión de trabajo que ello conllevaba. ¿Se trataba de mantener en secreto su acción? Es posible, pero creemos más probable que nos encontremos ante un acto ritual, sancionado por toda o parte de la comunidad la cual participaba en él de manera directa o indirecta. A favor de la relación con un acto ritual, está la premeditada selección en la apropiación que respetaba una parte de los restos esqueléticos, en general pequeñas porciones, y la intencionada rotura de los contenedores cerámicos con el fin de mantener parte en el depósito funerario retirando aproximadamente la mitad de cada vaso (Guerra y Delibes 2004). Frente a ello el oro y otros objetos de marcado significado simbólico eran sustraídos. Una vez terminada la acción los participantes o sus colaboradores procedían a la reconstrucción del paisaje funerario manteniendo la visualización jerárquica de las tumbas, pese a la inversión de trabajo que ello suponía. Incluso en uno de los conjuntos de Camino de las Yeseras tras el vaciado del contexto funerario se depositaron dos perros a los que se les propinó un fuerte golpe en la cabeza. Sobre sus restos se echaron las tierras y los restos del expolio y se coronó la acción con la reconstrucción de la cobertura tumular. A los antiguos datos que poseíamos acerca del inicio de la metalurgia en la región de Madrid se suman ahora los que aporta el yacimiento de Camino de las Yeseras que refuerza las evidencias sobre el valor simbólico y de prestigio que tiene el metal, en especial el oro, justificando el destino final de una buena parte de la producción de esta industria en ajuares funerarios, como elementos de distinción de una élite. Ese significado adquie-re todavía mayor fuerza por su asociación con otras materias primas y elementos exóticos que posiblemente llegaran a esta área del centro peninsular junto a los ornatos de oro dentro de redes de distribución muy bien definidas a juzgar por las reiteraciones de algunas de estas asociaciones. El significado simbólico del oro y las armas de cobre así como del resto de los elementos de prestigio pudo mantenerse más allá de su amortización en los ajuares funerarios y ser en parte la causa de las manipulaciones reiteradas que sufren los conjuntos tumbales más relevantes. función del metal entre los grupos campaniformes.
El presente texto toma como objeto de análisis los productos metálicos del Calcolítico y la Edad del Bronce (3050-900 cal. BC) conocidos dentro de la Submeseta Norte y la Campiña Madrileña, con especial atención a los documentados en los enterramientos en fosa. A partir de esta base documental se ha pretendido evaluar si estos objetos están vinculados con desigualdades sociales permanentes y, por tanto, con formas de organización política jerarquizadas, tal y como se ha planteado tradicionalmente, o si se deben atribuir a comunidades de tipo segmentario. Para tal fin se han utilizado únicamente los datos contextualizados, que han sido sometidos a diversos procedimientos estadísticos. Los resultados muestran la escasez de objetos metálicos y la falta de conexión de éstos con estructuras sociales jerarquizadas. Se propone como alternativa explicativa la permanencia de las formas de organización social de tipo segmentario durante todo el tramo temporal analizado. El presente trabajo forma parte de una investigación de mayor alcance que toma por objeto de discusión la caracterización de los marcos sociales de las comunidades dentro del ámbito comprendido por la Submeseta Norte y la Campiña Madrileña (Fig. 1) (1). Departamento de Ciencias Históricas y Geografía. Facultad de Humanidades y Educación. (1) Dicha línea de trabajo se inserta dentro del Proyecto de Investigación Introducción al estudio interdisciplinar de las sociedades segmentarias en el centro-norte peninsular (ref. BU009A09) subvencionado por la Dirección General de Universidades e Investigación de la Consejería de Educación de la Junta de Castilla y León. Primera Edad de los Metales, donde es posible observar procesos históricos de largo recorrido, caso del mantenimiento del parentesco como relación social permanente bajo formas simples o bien jerarquizadas. Esto último no es un tema analizado en detalle en la investigación precedente. Sí lo es, en cambio, la utilización de algunas evidencias arqueológicas como testimonio de desigualdades sociales o formas de organización complejas entendidas como "jefaturas" o "jerarquías". Este tratamiento toma como criterio principal la existencia de una "élite primigenia" cuya expresión material aparece reflejada en la acumulación de riqueza, canalizada a través de la distribución y consumo de objetos metálicos (Delibes de Castro y Fernández Manzano 2000: 101-104). De tal forma que el marco empírico lo constituyen metales procedentes de contextos arqueológicos diferenciados: lugares de hábitat, tumbas y depósitos. En base a ello, la investigación sobre la riqueza ha tomado como referencia las fluctuaciones numéricas de tales objetos registrados en las entidades arqueológicas mencionadas y, de manera especial, en los enterramientos (Aliaga Almela 2008: 36; Bueno Ramírez et al. 2005: 67-70; Liseau et al. 2008: 117). De hecho, las "altas" cuantías de estos testimonios en determinados contextos funerarios han sido interpretadas como la prueba de la existencia de tumbas ricas y excepcionales. De este modo, la distribución diferencial de objetos metálicos ha servido para inferir la existencia de jefaturas, al menos desde los últimos momentos del Campaniforme (Delibes de Castro y Fernández-Miranda 1993; Delibes de Castro y Herrán Martínez 2007; Delibes de Castro y Val Recio 2007-2008). Tiene interés discutir, por tanto, si estos planteamientos resultan o no adecuados. En definitiva, el presente trabajo pretende, en primer lugar, elaborar una base documental para evaluar si el registro arqueológico es consecuente con los planteamientos explicativos histórico-culturales, donde se generan las presunciones señaladas, y, en segundo lugar, proponer opciones explicativas donde los datos aportados por las entidades arqueológicas respalden hipótesis formuladas desde marcos teóricos distintos, con el fin de conocer si la distribución y consumo de metales son consecuencia de un tipo de organización socioeconómica diferente a la señalada. Con el fin de evaluar el consumo de metal, se han utilizado como punto de referencia la presencia de estos objetos en un marco general comprendido por varios contextos: hábitat, funerario y depósitos. Esta panorámica posibilita examinar cómo es el patrón general de consumo y amortización del metal dentro de las comunidades, a la vez que permite su confrontación con contextos restringidos, como las inhumaciones en fosa. La elección de estas últimas como objeto de estudio preferente se justifica por varias razones. En primer lugar, por ser el único fenómeno funerario recurrente en la Prehistoria Reciente de la Submeseta Norte y la Campiña Madrileña. En segundo lugar, por presentar menores dificultades en la asociación de individuos y objetos que les acompañan, a diferencia de los que sucede en megalitos o cuevas. En tercer lugar, porque suponen, en la mayoría de los casos, contextos arqueológicos cerrados; es decir, representa una de las pocas posibilidades de poner en relación a los individuos, inversión de trabajo y la amortización de capital, canalizada a través de los ajuares (Díaz del Río 2001: 313). BASE DOCUMENTAL Y CRITERIOS METODOLÓGICOS Para llevar a cabo la investigación, el primer paso ha consistido en articular una base documental representativa para poder realizar una lectura posterior en la clave anteriormente mencionada y contrastar, en consecuencia, las hipótesis planteadas. En este sentido, uno de los problemas con los cuales se ha topado la investigación hace referencia a la naturaleza de las fuentes, dado que éstas son muchas veces dudosas e imprecisas a la hora de referirse a la procedencia de los objetos metálicos y a los contextos donde están integrados. De hecho, el esfuerzo fundamental ha consistido en poder sistematizar una base de datos donde los objetos metálicos y sus contextos arqueológicos definidos fuesen el criterio fundamental, en detrimento de la descripción y las particularidades tipológicas de las piezas metálicas. En apariencia, la cantidad de información existente sobre la metalurgia del cobre y del bronce en las tierras del centro peninsular es abundante. Sin embargo, no todos los datos disponibles reúnen las mismas condiciones para los objetivos planteados en este trabajo. En primer lugar, existen problemas derivados de su origen. Muchos de ellos provienen de excavaciones antiguas, con escasas referencias sobre sus contextos de procedencia como, por ejemplo, las piezas documentadas en los monumentos megalíticos de Salamanca y Zamora (Morán Bardón 1935) o en algunas cavidades de las estribaciones de la Sierra de la Demanda (Delibes de Castro 1988a: 33-113). A ello se suman aquellos otros recuperados al margen de todo control arqueológico, como sucede en la mayoría de los depósitos metálicos del Bronce Final (Fernández Manzano 1986). Tales deficiencias, añadidas a la falta de marcos teóricos ajenos al empirismo, son las que han conducido, generalmente, a plantear en los últimos años como estrategias de la investigación dos facetas preferentes: por un lado, la descripción, clasificación tipológica y ordenación temporal (Delibes de Castro y Fernández Manzano 1991; Delibes de Castro y Fernández Manzano 1986; Fernández Manzano 1986); y por otro, la faceta técnica basada en los estudios metalográficos (Blasco Bosqued y Rovira Llorens 1992-1993; Delibes de Castro y Montero Ruiz 1999; Fernández Manzano et al. 2005; Herrán Martínez 2008; Rovira Llorens 2004; Rovira Llorens y Gómez Ramos 1994), que en muchas ocasiones, cuando se utiliza en los estudios prehistóricos de la Meseta, se han orientado a suplir las deficiencias derivadas de la tipología, sin explo-rar el amplio potencial informativo que va más allá de las cuestiones técnicas, descuidando la relación que se establece entre estos aspectos respecto a los cauces de distribución, los lugares de consumo y de amortización. La aplicación de la tipología para dotar a los objetos de una atribución cultural ha dado lugar a otro problema: la ausencia de unanimidad sobre la atribución ofrecida a muchos objetos, debido al criterio subjetivo sobre el que se efectúan las atribuciones (ver por ejemplo Bellido Blanco 1994; Delibes de Castro et al. 1999; Delibes de Castro et al. 2007; Herrán Martínez 2008). A ello se suma otro problema establecido por la discriminación de las piezas metálicas con rasgos tipológicos poco expresivos, generalistas o ambiguos como, por ejemplo, los punzones y las hachas planas. El conjunto de aspectos problemáticos apuntados, no obstante, tiene una amplia repercusión en el cómputo de objetos por atribuciones o con una asignación concreta. En segundo lugar, las atribuciones son consideradas, generalmente, etapas secuenciales. Mientras esto puede resultar adecuado para la Edad del Bronce, no ocurre lo mismo con las atribuciones culturales integradas en el Calcolítico, debido a la prolongada convivencia entre materiales pertenecientes al "Precampaniforme" y Campaniforme, por un lado, y Campaniforme y Bronce Antiguo, por otro, tal y como demuestran las dataciones absolutas disponibles que tienden a solaparse (Castro et al. 1996: 100-101; Díaz del Río 2001: 369-374; Fabián García 2006-446; Galán Sauliner 1998). Esto supone una cuestión relevante que no se explica únicamente a través de la sustitución progresiva de unas "culturas arqueológicas" por otras. Su alcance no puede ser discutido en el presente texto, dado que excede el marco del mismo. No obstante, para los fines expositivos de este artículo se ha adoptado la secuenciación progresiva de las diferentes atribuciones como herramienta adecuada para la observación de fenómenos históricos. En este sentido, se han asumido las siguientes atribuciones culturales y rangos cronológicos: Calcolítico Inicial (3050-2400 cal. Procedencia de los datos La base empírica se ha elaborado a partir de objetos metálicos procedentes de contextos precisos: lugares de hábitat, sepulturas y depósitos. Todos ellos constituyen marcos de referencia para comparar y evaluar el alcance o las pautas que adopta en cada caso la recepción de objetos metálicos. Además, tales marcos tienen otras ventajas. Por un lado, ofrecen campos discusivos a través de la amortización de tales objetos mediante las oscilaciones y cambios en la cuantificación. Por otro, su relación con las estructuras sociales supone un marco para analizar su despliegue y canalización como expresiones que originan tales cambios. Además de la elaboración de una base documental con entidad por sí misma, se ha tenido en cuenta una ordenación operativa de los objetos metálicos. Con el fin de mantener unos referentes comunes, se han respetado, de manera general, las categorías habituales en los estudios sobre metalurgia en la Prehistoria Reciente: armas (espadas, puntas de flecha, de lanza, regatones, puñales y alabardas), adornos (cintas, plaquitas, colgantes, torques, cuentas de collar o tocado, cápsulas, alfileres, brazaletes, anillas y fíbulas), hachas, lingotes o varillas, recipientes, utensilios (punzones, azuelas, cinceles, clavos, hojas de sierra, navajas de afeitar y yunques) y, por último, aquéllos que son indeterminados. Puede llamar la atención la distinción de las hachas como grupo independiente. Se ha optado por la separación debido a su carácter polivalente. Por un lado, tienen la condición de utensilios, cómo exponen los estudios efectuados sobre las cadenas operativas (Montero Ruiz 1992;1993; Gener et al. 2009). No obstante, esta faceta puede matizarse dado que se ha valorado, preferentemente, la fabricación de los objetos junto a la distribución y transformación de la materia prima. Este tipo de enfoque no analiza por completo el alcance de estas piezas en los contextos de consumo y amortización. Por otro lado, otra vertiente de tales elementos aparece expuesta por su configuración como lingotes (Gómez Ramos 1993; Blasco Bosqued y Lucas Pellicer 2001: 226). Por último, sus rasgos morfológicos no descartan su utilización como elemento coercitivo, faceta que se asume de manera genérica cuando se registran en contextos específicos como los Depósitos del Bronce Final Atlántico. Las peculiaridades recogidas obligan a no descartar ninguna de ellas, de manera que quedaría justificada su consideración como categoría individualizada. Tratamiento estadístico de la información La información recopilada se ha transformado en versiones numéricas con las cuales se han elaborado distintas tablas y figuras. Tales datos, a su vez, han requerido una valoración específica mediante tratamientos estadísticos. Estos últimos responden a varios procedimientos del test estadístico c 2, los cuales se han destinado a la identificación de diferencias u homogeneidades establecidas entre los componentes de un conjunto (test de homogeneidad global) o bien, a buscar los elementos más discrepantes existentes entre dos series, donde se comparan sus respectivos efectivos (tablas dos por dos). Cuantificación de los objetos metálicos: Número total de objetos conocidos En la actualidad el número total de ejemplares metálicos conocidos con independencia de su procedencia (con o sin contexto preciso) asciende a 1.022 piezas, los cuales aparecen repartidos de forma desigual en función de las distintas atribuciones culturales (Tab. Las cuantías más notorias corresponden a los Depósitos del Bronce Final Atlántico con 278, que suponen el 27,20 %, al Calcolítico, con 272 objetos que suponen el 27,1 % de dicha población; y menos a la Edad del Bronce 196, que suponen el 19,17 %. Sin embargo, estas cifras esconden una serie de problemas que se suman a los anteriormente comentados. De hecho, un buen número de piezas no tienen atribución definida, puesto que carecen tanto de contexto como de rasgos tipológicos específicos. Esto afecta a numerosos punzones, hachas planas y puntas de aletas y pedúnculo. Por otro lado, un alto número de piezas del Bronce Atlántico también carecen de contexto y son atribuidas este grupo exclusivamente por sus rasgos tipológicos. Finalmente, algunas piezas del Bronce Atlántico fueron documentadas en contextos ambiguos, que presentan dudas para su adscripción cronológica y su atribución cultural. Los objetos recopilados hasta este momento por la investigación tienen distintas bases metálicas: cobre, bronce, oro y plata (Tab. Su reparto es desigual según los períodos, pues la mayoría de los objetos áureos se concentra en el Calcolítico Campaniforme (11 de 24) y los fabricados en plata en el Bronce Inicial (4 de 7). No obstante, las cifras expuestas tan sólo son indicativas, ya que los análisis metalográficos únicamente alcanzan a 560 objetos, lo que supone el 55,9 % de la población. Estas cifras son más escuetas (31 %) si únicamente se contabilizan los objetos que proceden de contextos definidos. En todo caso, una cuestión a subrayar es la baja cuantía de objetos fabricados en metales "nobles", pues la mayoría de los objetos están elaborados casi por igual en cobre y bronce. Otra variable de indudable interés es la correspondiente al peso. Sin embargo, se ha omitido debido a que la información empleada procede fundamentalmente de publicaciones, en las cuales dicho dato no se suele incorporar, salvo excepciones. La entidad de la muestra utilizada El desarrollo de las cuestiones planteadas en el presente texto exige disponer de una información básica, como la constituida por los contextos, de la que muchas piezas carecen. La falta de este requisito, ha dado lugar a la exclusión de piezas del análisis. Así pues, la población de referencia utilizada está integrada por 471 piezas, que representan el 46,08 % respecto al conjunto total de elementos metálicos contabilizados (Tab. Este número, aún tomado como muestra respecto al primero, ofrece condiciones para ser significativo; de aquí que la población estudiada se pueda, a su vez, considerar con entidad en sí misma. Establecidos los criterios de discriminación que determinan la población operativa, es preciso comentar sus características principales. En primer lugar, se observa una distribución desigual de piezas metálicas según su atribución (Fig. 1). Tal reparto de objetos enfatiza al Calcolítico Campaniforme y a los Depósitos del Bronce Final Atlántico como dos hitos en los que la producción y consumo de objetos metálicos es superior al resto. No obstante, esta apreciación puede ser matizada en función de otros criterios. Una forma de valorar el alcance de las cifras anteriores resulta posible a través del cálculo de la densidad de objetos por yacimientos. Este indicador propone cuantías muy bajas: no superan en ningún caso los 5 objetos por yacimiento (Fig. 2 y Tab. 3), excepto los relacionados con los Depósitos del Bronce Final Atlántico. El Calcolítico Campaniforme también queda rebajado en cuanto a importancia, aunque indica una tendencia llamativa: un incremento paulatino que, en este caso, llega hasta el Bronce Inicial. En cambio, en Otro aspecto de interés aparece constituido por las cuantías y representación que muestran las categorías de objetos establecidas. Según la representación se distinguen tipos dominantes y otros secundarios (Fig. 3). Entre los primeros se reconocen armas y utensilios, mientras que los segundos aparecen constituidos por hachas, adornos y lingotes. Una primera lectura revela la importancia que adquieren las armas junto a los utensilios en el conjunto. A partir de estos datos, interesa comprobar si entre las distintas categorías existe algún tipo de relación. Con esta finalidad se ha realizado la figura 4, que muestra los distintos grupos de objetos en función de las atribuciones. La asociación de las frecuencias señala la ausencia de una acumulación progresiva de un determinado tipo de objeto. Por el contrario, muestra dos tipos más proclives a acumular un mayor número en la representación: las armas y los utensilios. Sin embargo, estas frecuencias más altas corresponden a momentos cronológicos distintos. Las armas son mayoritarias en el Calcolítico Campaniforme (63,72 %) y Bronce Final: Cogotas Pleno (32,91 %) y Depósitos del Bronce Final Atlántico (49,15 %), mientras que los utensilios lo son en el Calcolítico Inicial (55 %), Bronce Inicial (58,73 %) y Bronce Medio (Protocogotas) (48 %). Como se ha indicado, la población de piezas metálicas utilizada en el trabajo está integrada por ejemplares procedentes de distintos contextos (Tab. De todos ellos -lugares de hábitat, depósitos y sepulturas-, los que más aportan son los primeros. Éstos, no obstante, definen ámbitos de escasa personalidad, poco significativos, ya que no proceden de viviendas, ni tampoco de lugares de actividades domésticas o productivas, sino de estratigrafías imprecisas (Fabián García 2006; Jimeno Martínez 1984; Val Recio 1992) e, incluso, caracterizados como productos de desecho rellenando estructuras excavadas en el suelo con morfología de hoyos, habitualmente silos que han perdido sus funciones originales (Blasco Bosqued et al. 2004; Celis Sánchez et al. 2007). Frente a lo que sucede en los lugares de hábitat, las cuantías más bajas de productos metálicos aparecen asociadas a contextos específicos, como enterramientos. No obstante, una excepción a esta orientación aparece representada por el Calcolítico Campaniforme. Junto a la anterior, es necesario añadir una manifestación arqueológica muy concreta, definida por los depósitos correspondientes al Bronce Final avanzado, entre el 1200 y el 900 cal. La descripción de los lugares de procedencia plantea otras cuestiones; ¿qué relación guardan los tipos de objetos con los marcos de amortización? ¿Cuál es el alcance de la relación establecida? Con el fin de responder a las cuestiones planteadas se han sometido los datos recogidos en la tabla 4 a varios tratamientos estadísticos. El proceso presenta dos vertientes. Por un lado, se ha analizado la homogeneidad global del conjunto mediante el test estadístico de c 2. Por otro, se han buscado los grupos más anómalos causantes de las diferencias sensibles a la evaluación estadística. En este caso, se ha utilizado la comparación entre dos series, a través del test c 2 (tablas 2 ́2). La evaluación de los tipos de objetos respecto a los lugares de amortización (tumbas y hábitat) ofrece resultados que señalan la ausencia de una distribución homogénea (gl = 4; c 2 = 53,16; p = >0,0001). El complemento del análisis precedente, efectuado comparando las series que determinan las tumbas y los lugares de hábitat, mediante comparación el test c 2 (tablas 2 ́2), indica unas diferencias altamente significativas de las armas y los utensilios, las primeras en favor de las tumbas y los segundos de los hábitats (Tab. Asimismo, se identifican diferencias significativas en el grupo de hachas y adornos, las primeras a favor de los hábitat, mientras que el de los adornos tiene mayor presencia en las tumbas. Frente a estas diferencias, el único grupo homogéneo resulta ser el correspondiente a los lingotes-varillas. Un rasgo particular que ofrecen los datos estadísticos consiste en la estrecha relación entre armas y adornos en contextos funerarios. La vinculación entre ambos tipos de objetos parece tener mayor consistencia durante el Calcolítico Campaniforme. En los demás casos, aunque las frecuencias bajas impiden ver detalles, no se establece una estrecha relación entre ambos tipos de objetos. Junto al análisis anterior, se han realizado otros paralelos donde se evalúan los contextos de amortización de los metales respecto a las atribuciones culturales. El análisis posterior comparando las series delimitadas por los lugares de amortización (tumbas y hábitat) mediante el test c 2 (tabla 2 ́2) señala diferencias significativas en todos los momentos respecto a los contextos de amortización de los objetos metálicos (Tab. Estos resultados también ponen de manifiesto que durante el Calcolítico Campaniforme la representación principal de los objetos metálicos se vincula a las sepulturas, situación inversa a la que exponen los restantes períodos (Tab. Otro de los factores que se ha evaluado hace referencia a la circulación y uso restringido de los objetos metálicos. Para examinar tales cuestiones se han elaborado dos marcos de representación; por una parte la tabla 6, donde se recogen los elementos coercitivos y de ostentación, según su distribución por períodos y, por otra, la figura 6, que muestra los objetos anteriores comparados con los bienes utilitarios (utensilios, hachas y lingotes). Estos datos se han sometido también a un doble tratamiento estadístico. El se- tas) la mayor representación está a favor de las hachas, utensilios y lingotes. Sólo la representación correspondiente a la etapa del Bronce Final (Cogotas Pleno) es homogénea. En conclusión, el consumo diferencial de objetos coercitivos y de adorno personal sólo se identifica en los períodos correspondientes al Calcolítico Campaniforme y Bronce Final Atlántico relacionado con los Depósitos. OBJETOS METÁLICOS Y ENTERRAMIENTOS EN FOSA Tradicionalmente se ha venido aceptando que la materialización de la riqueza en la Prehistoria Reciente está asociada a la presencia de metales sobre todo en dos tipos de contextos: funerarios y depósitos. De tal forma que la existencia de una comunidad con diferencias sociales presupone un consumo y deposición diferencial de este tipo de objetos. Los datos anteriormente expuestos constituyen una base empírica para debatir esta cuestión. El conocimiento disponible sobre el ritual funerario de la Prehistoria Reciente en el escenario objeto de estudio, la Submeseta Norte y la Campiña Madrileña, pone de relieve un panorama poco uniforme, expresado mediante la utilización de diferentes ámbitos, con independencia de los períodos, para depositar a los difuntos: megalitos, cuevas y fosas (Delibes de Castro y Santonja 1986; Blasco 1997; Fabián 1995; Esparza Arroyo 1990; Garrido Pena 2000: 49-58; Rojo Guerra et al. 2005; Esparza Arroyo et al. 2008; Aliaga Almela 2008). A pesar de la diversidad de escenarios y fórmulas funerarias, lo cierto es que se reconoce una faceta compartida representada por el ritual constituido por la inhumación. En las fosas, éste aparece establecido por la disposición de los cuerpos, ya sea de forma individual o múltiple, en el fondo de las mismas. Además, otra faceta particular lo constituye la recurrente presencia de elementos depositados dentro de tales sepulturas. La cuestión, entonces, consiste en dirimir si, los objetos metálicos asociados a inhumaciones en contenedores con morfología de fosa son el reflejo directo de disimetrías sociales, como mantienen las corrientes empiristas (Delibes de Castro y Val Recio 2007-2008; Delibes de Castro et al. 1995: 57; Esparza Arroyo 1990: 134; Liseau et al. 2008). Este propósito, no obstante, presenta algunas limitaciones causadas por dos aspectos: el bajo número de enterramientos y la ausencia de necrópolis segregadas de los lugares de hábitat o bien en el subsuelo de los mismos. Los pocos casos conocidos de aquellas manifestaciones ofrecen una cuantía de difuntos por yacimiento muy escasa, a lo que se añade una información reducida sobre la edad y el sexo de los individuos. Todo ello supone un obstáculo para establecer asociaciones relevantes entre los elementos que configuran los contextos funerarios. Los datos expuestos en la tabla 9 aluden a todas las entidades de la naturaleza apuntada disponibles en la actualidad. A partir de dicha información se obtienen dos conclusiones fundamentales: el escaso número de evidencias metálicas y el exiguo contenido de ajuares. Especialmente la segunda observación sugiere un patrón de consumo CARACTERÍSTICAS DE LA INFORMACIÓN APORTADAS POR LOS METALES VINCULADOS A CONTEXTOS (3300-900 CAL BC) La revisión efectuada, tomando como referencia los datos procedentes de contextos definidos, y el proceso de valoración desplegado permiten establecer una serie de aspectos que difieren de los presupuestos mantenidos por la vía explicativa histórico-cultural. Tal diferencia se resume en los puntos señalados a continuación: Una constante, con excepción del Campaniforme y los Depósitos del Bronce Final Atlántico, definida por la pequeña escala de producción del metal y, a su vez, de acumulación del mismo. Representación mayoritaria de los objetos en los lugares de hábitat, exceptuando el Campaniforme y los Depósitos del Bronce Final Atlántico. Predominio de los utensilios. La producción de metal se canaliza fundamentalmente hacia la configuración de objetos funcionales, especialmente durante la Edad del Bronce. La acumulación de objetos metálicos en contextos funerarios es escasa. Las cifras de los enterramientos campaniformes, dentro de este marco, suponen una excepción. Presencia baja de medios de coerción (armas) a lo largo del tramo estudiado, cuyas únicas discrepancias las incorporan el Calcolítico Cam-paniforme y los Depósitos del Bronce Final Atlántico. Presencia baja de objetos suntuarios (adornos y, especialmente, los elaborados con metales nobles), sin oscilaciones importantes a lo largo del ciclo estudiado, es decir, manifestaciones sin correlación con lo esperado en formas de organización social jerarquizadas, donde los adornos, al igual que los elementos coercitivos, suponen expresiones de poder. La investigación centrada en la Prehistoria Reciente dentro del ámbito geográfico que sirve de marco al presente estudio ha orientado sus esfuerzos hacia la clasificación de los objetos y a la determinación de su adscripción temporal. Este enfoque ha dejado al margen otras vertientes de estudio, fundamentalmente, las que tienden a relacionar los datos con una estructura social coherente y contrastable con las peculiaridades arqueológicas. En este sentido los intentos más próximos han estado presididos por la extrapolación de modelos de autores anglosajones propuestos para otros espacios europeos (véase, por ejemplo, Clarke 1976; Hayden 1995; Sherrat 1981Sherrat, 1987)). Por otra parte, las evidencias arqueológicas donde aparece un consumo de objetos de valor destacado, caso de las tumbas del Calcolítico Inicial como el Ollar de Donhierro (Segovia) (Delibes de Castro 1988b) Tab. Frecuencias de inhumaciones en fosa por atribuciones, fosas con elementos metálicos y cuantía total de objetos presentes en estas últimas. seau et al. 2008), se han utilizado para sustentar la idea de progreso lineal sobre el desarrollo de la organización social, aceptando, a partir de estos puntos de referencia, diferencias sociales progresivas con sentido diacrónico. Ahora bien, dicho proceso no sólo carece de una adecuada corroboración, sino que tampoco justifica la complejidad creciente implícita en la propuesta. El sentido lineal propuesto queda en evidencia ante unas manifestaciones arqueológicas que revelan períodos donde el consumo de metal tiene notoriedad y aparece vinculado a lugares diferenciales, al que siguen otros caracterizados por lo contrario. Ejemplos en este último sentido se reconocen en las tumbas en fosa asociadas al ciclo de la Edad del Bronce. En sentido contrario se manifiestan (al menos el número de objetos metálicos es más significativo) las tumbas del Calcolítico Campaniforme y Depósitos del Bronce Final Atlántico. Desde otras posturas interpretativas se puede explicar la oscilación en el consumo de metal que muestran las evidencias arqueológicas como consecuencia del proceso "acumulación primitiva", a través de la cual se vincula a los productores (los primeros campesinos) con los medios de producción (fundamentalmente la tierra) (Vicent García 1995: 178). Para que la acumulación primitiva sea efectiva son necesarias unas condiciones previas: medios de apropiación permanente de la tierra, la creación de un fondo de trabajo en estrecha relación con el "capital agrario" (tierra e inversiones para ponerla en producción) y la emergencia del parentesco genealógico. Este último, al distinguir a los componentes de la comunidad mediante diferencias de rango y estatus, posibilita el acceso y la distribución desigual de los excedentes dentro de las mismas. Un escenario, en definitiva, donde la acumulación primitiva y su consolidación se fundamentan en contradicciones desplegadas entre productores y no productores. La perspectiva de larga duración contemplada en este estudio permite poner a prueba teoría y datos, en este caso los asociados a los objetos metálicos. En este sentido, se postulan fases acumulativas para el Calcolítico Inicial y Calcolítico Campaniforme, a la que parece suceder un desplome, que comprende la Edad del Bronce, y un nuevo repunte del consumo de objetos metálicos (sobre todo coercitivos), asociado a los Depósitos del Bronce Final Atlántico. La evidencia empírica del ciclo acumulativo entre el Calcolítico Inicial y el Calcolítico Cam-paniforme aparece bien relatada por la diferencia del tipo de objetos (Tab. 8) y los lugares de amortización diferenciales, que en el Calcolítico Campaniforme aparece expuesto mediante las tumbas (Tab. En cambio, durante la Edad del Bronce, fundamentalmente tienen notoriedad los objetos utilitarios (Tab. 8), que, en consecuencia, se encuentran documentados en su mayor parte dentro de lugares de hábitat (Tab. La ruptura respecto a esta última etapa que protagonizan los Depósitos del Bronce Final Atlántico aparece definida por un ascenso en el consumo de metal (Figs. 1 y 2) orientado hacia unos determinados tipos de objetos, como se constata en las altas frecuencias que adoptan tanto las armas como las hachas (Tab. Las entidades tomadas como elementos de análisis preferentes, los enterramientos en fosa, suponen un marco favorable para el examen planteado en estas páginas, dado que representan un sistema funerario que, a partir de condición transversal, permite -mejor que otras entidades arqueológicas-disponer de indicadores para observar y evaluar el alcance que tiene la acumulación diferencial de objetos metálicos. Ambos aspectos -el sistema de enterramiento y ajuares-han sido recogidos por la explicación tradicional para documentar diferencias sociales, recogidas bajo términos tan dispares como "régulos", "prínceps" o "aristocracia" (Delibes de Castro y Fernández-Miranda, 1993, Delibes de Castro y Val Recio, 2007-2008, Delibes de Castro y Herrán Martínez, 2007, Delibes de Castro, Romero Carnicero y Abarquero Moras, 2000). Un marco propicio para esta cuestión lo representa el Calcolítico Campaniforme, a tenor de su registro funerario y los ajuares metálicos entendidos como elementos de valor. Todo ello ha dado pie a explicar tal registro como exponente de una diferenciación social estructurada bajo esquemas de jefatura. En definitiva, si la observación es correcta, la extensión de este concepto en el tiempo (del Calcolítico Campaniforme en adelante) supondría un cambio en el Modo de Producción, que partiendo de las jefaturas culminaría en las sociedades estratificadas, y cuyos efectos se tendrían que ver reflejados con cambios sustanciales en la estruc-tura social. Tales cambios, no son explícitos a través de los componentes arqueológicos. Sin embargo, frente a tal explicación, la información arqueológica disponible en la actualidad en el centro de la Península Ibérica encaja mejor con hipótesis generadas desde el materialismo histórico. Desde esta óptica, la Prehistoria Reciente se integra en un mismo Modo de Producción, correspondiente a su vez a un mismo orden social. Ahora bien, este orden social tiene dos condiciones básicas: un margen para la explotación y la resistencia de las comunidades ante esto último (Vicent García 1995: 178). La primera condición permite una explotación que no conduce a formas permanentes de apropiación (Díaz del Río 1995: 105-106; Vicent García 1990: 274;1995), posibilitando, de este modo, un consumo diferencial de bienes, en particular aquéllos con valor añadido como armas y objetos metálicos suntuarios. Asimismo, está detrás de ciertas manifestaciones arqueológicas vinculadas con la desigualdad, caso de las tumbas ricas del Campaniforme y, también, con otras evidencias de carácter coercitivo (murallas, fosos, etc.). La segunda condición hace referencia al hecho de que las desigualdades no lleguen a perpetuarse; o lo que es lo mismo, no se creen formas permanentes de apropiación. Todo este marco teórico se puede ver reflejado en el registro arqueológico del ciclo histórico estudiado, sobre todo en las tumbas de fosa. Estas entidades arqueológicas son escasas y poco elaboradas. El metal apenas está integrado en los ajuares. Los objetos de este tipo se corresponden preferentemente con bienes utilitarios. Sin embargo, no se correlacionan con la producción agrícola primaria, dado que en su mayoría son punzones y pocas hachas. La ausencia de manifestaciones que aludan a diferencias sociales permanentes remitiría a organizaciones sociales que se mantienen estructuradas dentro de las formas segmentarias. Con este trabajo se ha querido contribuir al homenaje al Dr. Salvador Rovira Llorens celebrado en Madrid en noviembre de 2009 en el marco del congreso Archaeometallurgy: Technological, Economic and Social Perspectives in Late Prehistoric Europe. También queremos dar las gracias al Dr. Fernando Lara Ortega de la Universidad de Burgos por la ayuda prestada en la realización de los análisis estadísticos. o Yaci- mientos N.o Metales Índice 382 Eduardo Carmona Ballestero, Miguel Ángel Arnaiz Alonso y Juan Montero Gutiérrez
Cientos de objetos de metal de la Edad del Bronce excavados en yacimientos de Chipre han sido analizados para conocer su composición elemental y sus isótopos de plomo en el Isotrace Laboratory de la Universidad de Oxford entre los años 1982 y 2002. Especialmente con posterioridad a 1995 cientos de muestras de minerales y escorias recogidas de minas y sitios de reducción de minerales localizadas en el entorno de las montañas de Troodos también fueron analizadas. La mayoría de los resultados fueron publicados en varios artículos a lo largo del tiempo, pero la interpretación de algunos análisis de isótopos de plomo necesitan de una revisión a la vista de las nuevas investigaciones realizadas en España, Cerdeña y Sur de Francia. Es sabido que los datos de isótopos de plomo de objetos metálicos de yacimientos chipriotas de la Edad del Bronce muestran que no todo el cobre es consistente con un origen de minerales de Chipre. Además, los objetos de plomo y plata debieron ser importados debido a que no existen minerales de plomo o plata en la isla. La re-evaluación de los datos muestra que alrededor del 11 % de los objetos de metal analizados son consistentes con un origen en los depósitos del Egeo y Turquía, mientras que un 14 % lo son con minerales del Mediterráneo Occidental. Este artículo discute en detalle la interpretación actual de la investigación sobre el metal importado recuperado en contextos de la Edad del Bronce en Chipre.
La lectura funcional de las puntas de palmela ha generado cierta confusión. Se han interpretado como elementos de lanza, jabalina y flecha o exclusivamente como objetos de prestigio. Presentamos un trabajo experimental donde se evalúa la viabilidad de estas puntas en los tres tipos de armas. La colección incluye 36 puntas de palmela de cobre y bronce bajo en estaño, utilizadas sobre una presa, en pruebas de distancia y balística. Se trata también de determinar la función a partir de los contextos arqueológicos donde aparecen estas piezas. Los resultados arrojan luz sobre la posible utilización de estos objetos como armas eficaces. Las puntas de palmela son piezas representadas en los ajuares del Campaniforme de la Península Ibérica durante el Calcolítico tardío y el Bronce antiguo, que van siendo sustituidas por formas como las de pedúnculo y aletas durante el Bronce medio. Forman parte de la panoplia de guerrero propia del mundo campaniforme, acompañando a puntas de flecha de formas variadas en sílex y puñales de lengüeta, puñales triangulares y alabardas de tipo Carrapatas en metal. Otros materiales asociados son adornos como gargantillas de oro, brazales de arquero, botones de perforación en V y cerámica campaniforme, generalmente de tipo Ciempozuelos (Delibes y Fernández-Miranda 1981: 158-159). Facultad de Filosofía y Letras. Correo electrónico: [EMAIL] (**) Departamento de Prehistoria y Arqueología. En la Submeseta Norte, las puntas aparecen en yacimientos funerarios y de habitación, aquí de manera menos frecuente, aunque un elevado número de casos está sin contexto (Delibes et al. 1999: 78-79; Garrido Pena 2000: 173). Según avanza la Edad del Bronce su presencia en sitios funerarios va descendiendo progresivamente, hecho que se ha relacionado con los cambios de ritual entre el Calcolítico y la Edad del Bronce "en los que el papel simbólico del arco y las flechas, asociado con el mundo de la caza, va perdiendo progresivamente importancia" (Káiser 2003: 86). Las interpretaciones acerca de la función de estos objetos son distintas. Delibes (1977: 109) propone el uso como punta de jabalina, o incluso de lanza, de los ejemplares de Fuente Olmedo "pues perderían en pocos metros la trayectoria de lanzamiento debido a su considerable peso". De forma similar, Káiser (2003: 79 y 87) las interpreta como puntas arrojadizas, de dardo o azagaya, insistiendo en su elevado tamaño y peso. Simón (1998, 1999: 204) las clasifica como puntas de flecha, si bien destaca su aparición conjunta con ejemplares en sílex durante el Campaniforme. Káiser (2003) no lo descarta para las puntas más pequeñas. Sin aludir a su tamaño, Hernando Grande (1992) las incluye también en esta categoría. Finalmente, algunos autores se inclinan por asignarles un valor más simbólico que funcional debido a las deficientes características mecánicas del cobre frente al bronce (Delibes y Santiago 1997: 103, 107; Fernández Manzano y Montero 1997: 111-113). ASPECTOS MORFOLÓGICOS, FUNCIONALES Y CRONOLÓGICOS La morfología básica de estas piezas es bastante homogénea. Consiste en una punta más o menos ovalada que se prolonga en un pedúnculo de longitud diversa. Las variaciones de esta forma combinan dos aspectos, la morfología de la hoja (de ovalada a romboidal) y su prolongación en un pedúnculo a partir de la anchura máxima. Esta unión puede hacerse suavemente o de forma más marcada mediante muescas. Combinando estos criterios, Delibes (1977: 110) ha definido tres tipos básicos: A de forma oval, B con pedúnculo estrangulado por dos muescas y C de forma romboidal y ancho pedúnculo. Los dos primeros presentan, a su vez, variaciones relacionadas con la longitud del pedúnculo. No es raro que distintos tipos aparezcan conjuntamente, como señala el propio Delibes (1977: 111), en el ajuar de Fuente Olmedo. A estas tres formas generales añaden Rovira et al. (1992) dos nuevos elementos, los tipos D, de morfología triangular, y E, la clásica punta de aletas con pedicelo prolongado, que aparece ya en el Bronce antiguo pero arraiga principalmente en el Bronce pleno. La materia prima empleada en estas piezas es el cobre o el cobre arsenicado. Las diferentes morfologías de las puntas (A, B y C) parecen correlacionarse con el desarrollo de tratamientos como el recocido, poco habitual en la forma A y más frecuente en los otros dos tipos. Este hecho, según Rovira et al. (1992: 278), podría indicar que el tipo A, el más común, es también el más antiguo. Del mismo modo, la consolidación de puntas como las de pedúnculo y aletas durante el Bronce medio se relacionaría con avances metalúrgicos como las aleaciones de estaño. Por su parte, los resultados del análisis de multivariantes sobre 108 puntas de palmela de la Meseta, inducen a Garrido Pena (2000: 179) a considerarlo un tipo metálico fuertemente estandarizado cuya evolución gradual está relacionada con el sistema de enmangue. A este respecto, Simón detalla un progreso en la forma de las palmelas. En las más antiguas, durante el Campaniforme, entre finales del III milenio e inicios del II, se prima la anchura. Serían de hoja ovalada con unión semicircular y pedúnculo cuadrangular tendente a largo. Las formas clásicas, a partir del Bronce antiguo, tendrían la zona de unión ovalada en una pieza estilizada donde se favorece la longitud. Estas últimas convivirían a lo largo del II milenio con palmelas o foliáceas de hoja triangular y unión trapezoidal (Simón 1998: 265). La sección de la hoja es comúnmente lenticular con un espesor apenas más desarrollado en la parte central. No es frecuente la presencia de nervio central ni siquiera de un engrosamiento apreciable en la hoja, que proporcionarían robustez evitando que se doblase en un impacto, aunque es patente en algunos ejemplares de las colecciones de Celada de Roblecedo, Carrión de los Condes y Palencia (Delibes y Fernández-Miranda 1981: 165-166, Figs. 2 y 5), Acebuchal (Hunt y Hurtado 1999: Fig. 8), Alcañiz (Gabaldón et al. 2006: Fig. 1) o el inédito de Coca (J.F. Blanco comunicación personal), (Fig. 1), entre pocos más. Este atributo aparece en la Edad del Bronce antiguo y se generaliza, en otros tipos de puntas, en el Bronce final (Káiser: 2003: 79 y 88). A pesar de la escasa diversidad morfológica que facilita el reconocimiento de estas puntas, en el registro arqueológico se observa un fuerte abanico de tamaños y pesos, según se desprende de la relación de materiales del Proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica (Rovira et al. 1997). La longitud de las puntas de palmela oscila entre 38 y 170 mm, alcanzando 180 mm en el ejemplar de Bullas (Murcia). Las anchuras están comprendidas entre los 11 mm de las de Santa María del Retamar (Ciudad Real) y El Acebuchal (Sevilla) hasta los 37 mm de algunas puntas de Fuente Olmedo (Valladolid), siendo una anomalía los 2 ó 3 mm de los ejemplares del Cocherón y Prado de la Nava (en Sevilla y Salamanca respectivamente). El peso de estos ejemplares se reduce a unos 4 gr para las piezas más ligeras y alcanza entre 35 y 38 gr en las de la colección Blanco Cicerón de A Coruña. Por debajo de los pesos mínimos está la pieza del Monumento 2 de Parxubeira en A Coruña. Esta misma variedad de tamaños ha sido constatada por Garrido Pena en su estudio de 107 ejemplares de la Meseta. El grosor y el peso se han estudiado a partir de un menor número de piezas (20 y 33 respectivamente) ofreciendo el primero una media de 2,6 mm de un rango que oscila entre 2 y 4 mm. El peso, por su parte, se distribuye entre 5,63 y 31,8 gr, con un promedio de 17,6 gr, si bien en el histograma adjunto, se observa que el mayor número de ejemplares corresponde a puntas pesadas entre 20,1 y 25 gr (Garrido Pena 2000: 174-175). Como hemos mencionado previamente, la morfología general de las puntas de palmela es relativamente uniforme, haciendo posible su rápido reconocimiento, pero su variación en peso y tamaño no facilita determinar su función. Este trabajo experimental se plantea con un doble objetivo. El primero es contrastar la eficacia del cobre y bronce bajo en estaño como materias primas de puntas arrojadizas. Para ello se han llevado a cabo cadenas tecnológicas de forja, forja en frío y recocido en la elaboración de las puntas. Éstas han sido empleadas sobre una presa, valorándose su capacidad de penetración y deformación. El segundo es probar su viabilidad como armas en los distintos tipos propuestos: flechas, lanzas y jabalinas. En este caso, además de los experimentos anteriores, se llevaron a cabo pruebas de distancia y de balística con un medidor de velocidad registrando los metros por segundo del disparo con arco. La muestra comprende 36 puntas de palmela, 24 de ellas se usaron en pruebas de penetración y deformación contra una oveja muerta, 4 en el estudio balístico y 8 en experimentos de distancia. Fueron manufacturadas y usadas en programas sucesivos, lo que nos permitió ir mejorando su eficacia a tenor de los resultados conseguidos. Los estudios de composición de las puntas de palmela arqueológicas nos muestran una presencia mayoritaria de cobres con pequeñas impurezas, aunque no faltan piezas con proporciones de arsénico que no suelen superar el 2 % (Rovira et al. 1997). Por este motivo, nuestra colección se ha elaborado sobre cobres puros y bronces con un 2 % de estaño. La elección del estaño se debe a la dificultad de experimentar con arsénico y al hecho de que las propiedades mecánicas de los cobres arsenicales y los bronces con aleaciones bajas en estaño son equiparables (Northover 1998). Sólo una de las 24 puntas de palmela del primer experimento fue forjada en frío a partir de una lámina de bronce con 2 % de estaño fundida por nosotros mismos. El resto fueron batidas sobre chapa de cobre puro hasta conseguir un espesor de 3 mm. De este conjunto, 8 puntas fueron recocidas en horno durante 1 hora a 600°, tras previa forja. Una vez terminados estos procesos se limaron y afilaron para conseguir el acabado final. Para el siguiente grupo de experimentos (12 puntas) se partió tanto de las chapas de cobre puro como de dos láminas de bronce (al 2 % de estaño) con 6 mm de grosor medio, obtenidas fundiendo 1 kg de cobre puro en granalla y 20 gr de estaño en polvo y moldeadas en moldes de arena (Gutiérrez y Soriano 2008). Inicialmente, tratamos de producir puntas de palmela, media-nas y grandes, directamente por moldeado. Los resultados fueron problemáticos ya que el metal era poco fluido, se distribuía mal por los moldes y se requería más cantidad en el vertido. Las piezas resultaron anormalmente gruesas superando pesos de 100 gr. Convertir esas piezas en puntas más ligeras, mediante martilleado en frío y recorte, fue prácticamente imposible dadas las profundas fisuras que surgieron en el material por efecto de la tensión acumulada (acritud). El batido de las láminas de bronce presentó una dificultad similar pues hubo que reducirlas 2/3, lo que provocó algunas fisuras y la necesidad de remodelar ligeramente las morfologías. De esta segunda colección experimental se reservaron 4 piezas para el estudio de balística. Los ejemplares fabricados son de hoja lanceolada con pedúnculo fino y largo. La sección de la hoja es lenticular y la del pedicelo rectangular. El conjunto ha sido clasificado en tres módulos determinados por su peso y tamaño (Tab. Las puntas se han utilizado como flecha, lanza y jabalina, evaluando su viabilidad en cada una de las modalidades Los ejemplares de cronología más próximos al Campaniforme proceden de Meare Heath y Ashcott Heath (Somerset, Inglaterra). Son dos arcos de madera de tejo de 190 y 160 cm de longitud, un arco plano y otro de sección en D respectivamente (Clark 1963). Más conocido es el arco simple de Otzi, igualmente de tejo, que mide 182 cm de longitud y alcanza unas 40 libras de potencia, que nos lleva al inicio de la metalurgia (Spindler 1995). En el mismo tipo de madera se han construido los arcos de Charavines, si bien durante el Mesolítico se han documentado ejemplares en madera de olmo -Homelgaard-y fresno -Brabands (Muñoz y Ripoll 2006). En nuestro caso hemos partido de una madera joven de fresno europeo (Fraxinus excelsior L) talado en enero de 2008 que se mantuvo secando Tab. Módulos de peso y tamaña de las puntas de palmela durante un período de 8 meses. El tronco se seccionó longitudinalmente en dos mitades mediante cuñas de asta de ciervo y madera, seleccionándose una de ellas por su morfología y menor nudosidad. La corteza de la cara dorsal fue retirada intentando no seccionar los nudos, mientras que la cara ventral se trabajó hasta conseguir una sección semicircular con tensión uniforme. Como cuerda se ha empleado una trenzada de lino. Se ha conseguido así un arco simple de 178 cm de longitud y una potencia de 35 libras. Como astiles hemos empleado plumas y varillas de madera de abeto. Las flechas miden 81,5 cm de longitud por 1 cm de grosor. Han sido emplumadas con tres plumas de oca de 10 cm de longitud y se ha abierto en el extremo superior una caja profunda para embutir los pedicelos. Para fijar las puntas se ha empleado tripa de cordero en las pequeñas y cuerda de lino en las medianas, resultando este último sistema mucho más seguro, ya que las tripas se soltaban con más facilidad. Hemos descartado el uso de almácigas como resina de abedul para evitar problemas en la limpieza y posterior observación de las huellas. No obstante, este sistema permite una fijación excelente. El peso medio de las flechas armadas es de 56 gr para las puntas pequeñas y de 71 gr para las medianas. Las jabalinas y las lanzas. En ambos casos se practicó una abertura en caja en la zona superior para insertar los pedúnculos de las puntas. Éstas fueron fijadas, además, con cuerda de lino. Los pesos medios de jabalinas y lanzas montadas fueron de 346 gr para la jabalina con punta media y 658 para la lanza con punta grande (Fig. 2: A, B, C). RESULTADOS Pruebas de penetración y deformación Los resultados de tiro con puntas de flecha, jabalinas y lanzas sobre una oveja muerta quedan sintetizados en la Tabla 2. Los resultados de las puntas son variables atendiendo a distintos factores. El primero es la técnica de fabricación, las piezas menos eficaces fueron aquellas que habían sido recocidas después de la forja en frío y no volvieron a ser batidas. Estas puntas, más blandas, se doblaron con facilidad, quedando inutilizadas después del pri-mer impacto en el animal o en madera (n.o 1), si bien las que obtuvieron disparos fallidos o sólo rebotaron pudieron ser reutilizadas unas pocas veces más (Fig. 3: A, B, C, D, E). Otro factor significativo fue el sistema de enmangue. Aquellas puntas que fueron enmangadas hasta el punto de unión entre la hoja y la espiga se doblaron igualmente con facilidad en esta zona, sobre todo las recocidas. Para evitar este problema, las puntas siguientes fueron desmontadas y encajadas en el vástago de madera hasta el tercio basal de la hoja, revelándose así más duraderas. Las piezas fueron dejadas de usar al doblarse, caso de las recocidas, o al desprenderse del astil, circunstancia más común entre las que no sufrieron tratamiento térmico. Las puntas que fueron trabajadas sólo mediante forja en frío, arrojaron resultados distintos. Se emplearon todas las flechas pequeñas y tres de las medianas, siendo óptimos los resultados de estas últimas en iguales condiciones de tiro. La distancia de tiro con arco fue de 3 a 5 m a excepción de la punta 9 (mediana) que fue disparada a 20 m de distancia. Con las flechas 7 y 10 y la lanza 19 se interpuso un pequeño peto de cuero de 2 mm sobre la oveja. En casi todos los casos las puntas consiguieron traspasar el cuero en varios de los disparos. Resultaron excepcionales las puntas 7 (pequeña) y 11 (mediana), por la cantidad de disparos que admitieron, hiriendo varios de ellos el cuerpo del animal. La flecha 7 penetró en la oveja 25, 4, 8 y 7 cm limpiamente, reduciendo su impacto a 6 y 2 cm dentro del cuerpo tras atravesar el peto de cuero. La media de disparos efectuados por flecha es de 5,4 para el conjunto de ellas y de 7,8 para las no recocidas (Fig. 4A, B). El uso de las jabalinas estuvo condicionado por la poca experiencia de los participantes en el manejo de esta arma. En general, han podido ser utilizadas en un número de disparos más alto, si bien las empleadas con éxito fueron muchas menos que en el caso de las otras dos armas (media de aciertos total 1,1 frente a 1,8 de las flechas y 9 de las lanzas). Casos excepcionales de resistencia suponen las puntas 10 de arco junto con la 17 y 18 de jabalina, únicamente forjadas. Todas ellas se clavaron en el tronco de madera que sostenía a la oveja, llegando a incrustarse la mitad de la hoja (Fig. 5A). En los tres ejemplares, las puntas fueron extraídas de la madera sin apenas daños y se continuó disparando con ellas. Por el contrario, cuando la punta 1, forjada y recocida, clavada en la madera tras el primer lanzamiento, quedó doblada por la mitad y fuera del enmangue. Las lanzas, utilizadas a modo de pica, sufrieron distintos efectos. La oveja ya había pasado el rigor mortis al inicio de los experimentos pero empezaba a endurecerse, por lo que no resultó fácil clavarle las palmelas. Sin embargo, cuando las puntas penetraron en el cuerpo su efecto fue devastador ya que rompieron distintos huesos, sobre todo en la zona del costillar (Fig. 5B). Especialmente útil resultó la pieza 24 con la que se impactó en el animal hasta en 23 ocasiones, se falló en dos tiros debido a que se había sobrepuesto a la oveja el peto de cuero de 2 mm. Después de los experimentos recuperamos las puntas 4, 13, 16 y 17 que habían quedado dobladas por el uso. El objetivo era ponerlas nuevamente a punto aplanándolas por forja y limándolas de nuevo. Se invirtió unos 15 segundos en el enderezamiento y de 2 a 4 minutos en el afilado. Sobre algunas de las piezas quedaron unas marcas características, detectables a simple vista, que indican que la pieza había estado doblada. Las pruebas de distancia las llevamos a cabo en el campo de rugby de la Universidad Autónoma de Madrid cuyo eje mayor tiene una longitud de 125 m. Las armas fueron usadas por un único tirador para el arco y otro para la jabalina. Los resultados han sido dispares. Las distancias medias obtenidas con la jabalina son muy bajas y las diferencias no se corresponden con la modificación de variables. Parece que, en este caso, ha sido determinante la poca experiencia en el uso del arma. Con las flechas se llevaron a cabo dos modalidades de tiro: con ángulo para tratar de obtener el máximo de distancia y tiro recto. El primer disparo con ángulo de la pieza 25 traspasó los 125 m del campo, de hecho, sobrevoló un montículo adyacente y quedó clavada profundamente en la tierra próxima a la acera de acceso a la UAM, la punta no pudo ser recuperada. Dado lo peligroso del experimento, tiramos las siguientes flechas -26 a 28-con tiro recto. La longitud media alcanzada por la palmela pequeña supera bastante a los conseguidos con las piezas medianas, si bien no llega a duplicarlos. En las medianas se observan pocas diferencias entre las fabricadas en cobre y en bronce, siendo esta última la que menos longi-tud alcanzó. Estos resultados son coherentes con los ofrecidos por la balística. Sí observamos que, durante el vuelo, las flechas pequeñas se estabilizaron enseguida mientras que las medianas y la grande, tardaron más. Fuera del programa quisimos hacer un experimento más. Lanzadas ya las jabalinas, desmontamos la punta 32, grande, y la encajamos en un vástago de flecha profundizando en la caja. Efectuamos con ella 5 disparos de arco con ángulo y alcanzamos una distancia media de 79,59 m longitud, notable teniendo en cuenta que la punta pesa 40,26 gr. Este resultado no es comparable con los anteriores porque la modalidad de tiro, en ángulo o recto, ha sido distinta, pero nos muestra la eficacia de estas puntas incluso en aquellos ejemplares más pesados. Del segundo conjunto experimental, reservamos 4 piezas de distintas características para el estudio de balística. Éste se llevó a cabo en la Sala de tiro de la Policía Científica de Madrid. Se utilizó un medidor de velocidad (Drello & BAL4042 V-computer) que da los resultados en metros por segundo a través de dos celdas fotoeléctricas distantes entre sí 1.128 mm, situándose el tirador a 3 m de la primera. Los disparos fueron efectuados con nuestro arco de fresno. Cada pieza fue disparada 5 veces y la velocidad que se ofrece es la media de dichos disparos (Tab. Los resultados revelan una mayor ligereza de las piezas más pequeñas, siendo especialmente veloz la pieza de cobre que alcanza hasta 41,20 m/s. Más lentas han resultado las puntas de flecha medianas, en torno a 28 m/s, si bien en este caso Tab. Pruebas de distancia (F: Fundido, FF: Forja en frío, Cu: Cobre, Br: Bronce). hay muy poca diferencia entre la de cobre y la de bronce. Estos resultados pueden compararse a los recogidos por Quesada para las puntas usadas en el Reino Nuevo egipcio. Las flechas, tanto para la caza como para la guerra, pesaban entre 40 y 90 gr y se construían sobre caña, madera de acacia o tamarisco o una combinación de ambas. Además de puntas de madera de ébano o acacia se empleaban otras de cobre y bronce con nervio central y pedicelo largo. Estudios balísticos sobre piezas experimentales han arrojado resultados de 40 a 47 m/s con arcos compuestos y 35 m/s con arco simple doble-convexo (deflejo). En las puntas grandes de cobre la velocidad bajaba a 32 m/s. La potencia de los arcos era, aproximadamente, de 50 libras para el arco simple y hasta 64 libras en el compuesto (Quesada Sanz 2008: 178). Teniendo en cuenta que nuestro arco es simple y con una potencia inferior a los egipcios, 35 libras, los resultados arrojados por nuestras flechas con puntas de palmela metálica son óptimos en ambos tamaños. La eficacia del uso de las puntas de palmela es alta en las tres modalidades de arma. En especial, no vemos motivos para descartar el uso de las palmelas como extremos de flecha, en ninguno de sus tamaños y pesos. Por el contrario, sí cabe desechar que los ejemplares más pequeños fuesen empleados como puntas de jabalina o lanza, ya que los vástagos tendrían que ser extremadamente delgados para encajar los pedúnculos de forma eficaz, hecho que, por sí mismo, anularía su efectividad. Uno de los aspectos más conflictivos de las puntas de palmela, y origen de su desacuerdo funcional, es la variación de tamaños y pesos. Esta circunstancia puede estar motivada por diferentes factores. Desde el punto de vista técnico la conformación mediante batido a partir de láminas no propicia obtener piezas homogéneas que se procurarían, únicamente, con el empleo de moldes. En el registro arqueológico los moldes para puntas de palmela se han evidenciado en el ejemplar valenciano del Gargao (Simón 1998: 164) y en los análisis metalográficos de la punta de Lituero (Rovira y Delibes 2005: 502). Además, las sucesivas puestas en forma de los ejemplares, deteriorados por el uso continuado, diversificarían el conjunto morfométrico. Finalmente, la variedad puede proceder de las propias necesidades del uso. No todas las puntas son igualmente útiles en circunstancias diferentes. Aquellas de escaso peso con pluma ligera tienen más capacidad de penetración y son apropiadas para trayectorias largas. Por el contrario, si se requiere mayor poder de parada en distancias más cortas, la punta deberá ser pesada y con un emplumado largo (A. Romo y D. Bermejo comunicación personal). Así, para herir a un animal o enemigo alejado, la palmela pequeña es más eficaz, pero para rematar a corta distancia es preferible una punta más grande, que infringe mayor destrozo. Este hecho pudo constatarse muy tempranamente seleccionándose el tipo de flecha en función de su uso. Una explicación común para desechar a las palmelas como puntas de flecha es su excesivo peso. Respecto a esto, ha quedado patente que las puntas pequeñas y medianas, que incluyen pesos de 4 a 22 gr, son perfectamente aptas como flechas, así lo indican los experimentos sobre la oveja y la balística. Por razones de seguridad, no pudimos emplearlas en las pruebas de distancia disparando en ángulo, donde hubieran logrado su mayor recorrido. La única prueba como flecha con una punta grande obtuvo distancias notables para una pieza de 40 gr. Todos los experimentos se han llevado a cabo con un arco simple de 35 libras. Un arco más potente y/o reforzado permitiría alcanzar aún mejores resultados. Por otra parte, las piezas mayores de 25 gr son las menos frecuentes en el registro arqueológico, centrándose el grueso de palmelas entre 4 y 24 gr (según el catálogo de Rovira et al. 1997), lo que equivale, prácticamente, a nuestras puntas pequeñas y medianas. El empleo como cabezas de flecha de ejemplares pesados ha sido puesto de manifiesto también por Blas Cortina y Rovira Llorens (2006: 291-292) a par-más irregulares, producto de una manufactura expeditiva, incluso sobre materias pobres pero eficaces, como pizarras. No creemos que la cuestión se centre en la superioridad de una materia sobre otra. Ambas han mostrado su validez y oponen la rapidez y facilidad de fabricación de la lítica al mejor mantenimiento de las metálicas. Cazadores y/o guerreros pudieron usar ambas en función de su accesibilidad, su urgencia y sus objetivos. La asociación de puntas de piedra y metal en los enterramientos campaniformes no invalida la eficacia de las de metal sino que sugiere que ambas eran tenidas en alta consideración como armamento. Durante los inicios de la metalurgia ha habido una larga fase en que hachas, punzones o sierras en piedra, hueso y metal conviven. Los primeros objetos metálicos copian modelos bien establecidos en las otras materias. Las palmelas no son una excepción. Reproducen las morfologías foliáceas de algunos tipos líticos y añaden un pedúnculo más largo, inviable en la piedra por su fragilidad. Esta modificación supone una cierta capacidad de experimentación que consigue diseños simples pero aerodinámicos de armamento con una tecnología metalúrgica poco evolucionada a partir de cobre solo o arsenicado. El proceso de ensayo continuará en los ejemplares más modernos con la adición de un engrosamiento o nervio central ancho que aporta robustez a la hoja y evita su doblamiento. En este mismo sentido, Delibes et al. (1999: 71) apuntan que durante la fase campaniforme se produce una renovación del armamento con la aparición de las puntas de palmela y los puñales de lengüeta, pero no de los instrumentos domésticos. La innovación que aporta la palmela puede referirse a la fabricación de puntas de flecha metálicas pero no hay que descartar que incluyese nuevas tentativas de armas como la jabalina o la lanza de punta metálica, si bien se ha sugerido el empleo de puñales para esta función (Simón 1999: 204). Sin embargo, la punta de flecha, al menos de piedra, es el único armamento bien constatado, y tipificado, en el registro arqueológico desde el Neolítico al Bronce antiguo. Se documentan en las escenas de caza y guerra del arte levantino y en los ejemplos de puntas líticas clavadas en esqueletos neolíticos y calcolíticos de San Juan ante Portam Latinam, Bóvila Madurell, Longar y Camí de Can Grau (Isidro y Malgosa 2003). Cabe añadir las saeteras en las murallas del poblado de los Millares (Molina y Cámara 2005), entre otros de esta última cronología. Es posible que, junto con puntas de flecha, se utilizasen armas como mazas, báculos o boomerangs, puñales, alabardas y hachas, líticas y metálicas (Mederos 2009). El registro es parco en evidencias y las que más abundan siguen siendo las puntas de flecha (Delibes y Santiago 1997: 103), lo que aporta un argumento a favor del empleo de las palmelas como extremos de flecha. Posteriormente, a partir del Bronce medio, se consolidan tipos más reducidos y livianos de puntas de flecha metálicas, con formas como las de pedúnculo y aletas o únicamente pedunculadas. El desarrollo de estas armas, en paralelo a la aparición de las espadas, supone una mejora de la tecnología metalúrgica (Rovira et al. 1992: 278) y también una posible renovación de las tácticas de combate que impulsaría el uso de elementos más ligeros. La experimentación ha demostrado la eficacia de las puntas de palmela montadas sobre armas como flecha, jabalina o lanza. Esto nos permite sugerir algunas matizaciones acerca de su uso. Somos conscientes de que, dada la amplitud del trabajo, no se han agotado todas las variables posibles quedando abiertas otras aplicaciones de tipo experimental. El paso siguiente será el estudio de las huellas dejadas por cada uso, que se deberá completar con el análisis de una colección arqueológica. Sólo la contrastación de huellas experimentales y arqueológicas, junto al análisis del contexto, nos permitirá aproximarnos, de modo más preciso, a la función de este tipo de piezas. Al personal del Departamento de Armas de la Dirección General de la Policía del Ministerio del Interior (Madrid), donde se llevó a cabo el estudio de balística. A Miguel Ángel Varona, Director del Servicio, Daniel Bermejo, José Daniel Gómez y, de forma muy especial, a Ángel Romo, que actuó como arquero experimentado. También han sido de gran ayuda Juan Francisco Blanco, por sus consejos y la foto inédita de Coca, Belén Márquez, que colaboró en la experimentación de balística y Fernando Quesada por su asesoramiento sobre armamento antiguo. A todos ellos muchas gracias.
Los cinceles de bronce son herramientas que se utilizan en percusión apoyada (à percussion posée), por consiguiente, necesitan una longitud mínima y algunas partes funcionales (empuñadura, cuerpo, hoja); podrían tener un mango de material perecedero. Se utilizan con un martillo en el labrado de la madera, del bronce y de otros materiales. Los cinceles se pueden clasificar de acuerdo con los siguientes elementos funcionales: el primero es la forma (cincel de varilla o de cubo); el segundo es la sección del cuerpo; el tercero es la sección de la empuñadura. La cronología y la distribución de cada tipo se identificaron para obtener una visión general de esta clase de instrumentos durante la Edad del Bronce en Italia. El análisis funcional ocupa un lugar fundamental en la realización de una tipología de instrumentos de trabajo. El estudio ergonómico del objeto, de hecho, permite identificar sus características esenciales y a la vez ayuda a distinguirlo de otras categorías de utensilios con usos afines. Los análisis sobre su composición, asimismo, ayudan a obtener otras respuestas sobre la funcionalidad del instrumento. La realización de la tipología en sí es, pues, una fase fundamental, pero es necesario que la precedan y acompañen una serie de estudios que permitan definir con mayor precisión la entidad de cada clase de utensilios. En este caso se han considerado los cinceles de la Península Italiana durante la Edad del Bronce para servir de base a la clasificación crono-tipológica. Cabe, por lo tanto, plantearse una cuestión básica: ¿cómo podemos definir un cincel? Desde un punto de vista estructural, el cincel posee las siguientes partes: una hoja, un cuerpo y una empuñadura (Fig. 1: 1-4); ésta generalmente lleva un mango. Para utilizar un cincel se utiliza un percutor, una marra o un mazo. Dicho instrumento puede tener varias dimensiones, según el tipo de trabajo a efectuar, y ser de varios materiales, generalmente madera o metal (2). El cincel se utiliza en el labrado de la madera, de la piedra, del metal, del cuero, del hueso y de materias duras animales. Es necesario que la longitud total del cincel, incluyendo el mango, sea suficiente para empuñarlo: considerando el tamaño medio de la mano de un adulto, el instrumento no debería medir menos de 10-12 cm de largo. Como se deduce del gráfico de la figura 2, no existe una neta diferenciación entre cinceles pequeños o grandes; la mayoría de ellos tiene una longitud de 10 a 18 cm, pero los más pequeños miden unos 4-5 cm y los más largos más de 30 cm. En la mayoría de los casos se conoce sólo la armadura en bronce del cincel, por consiguiente, únicamente se puede estimar su longitud global. En caso de presencia de un mango, la empuñadura debe tener longitud suficiente para su inserción y para que sostenga el empuje del percutor, incluso en trabajos de pequeña envergadura (Fig. 1: 5). En otras palabras: para que una armadura pueda incorporar un mango de modo estable y el artesano pueda empuñarla cómodamente, la parte de bronce del cincel debería tener por lo menos 5 cm de largo en total y su mango debería medir al menos 8-10 cm. Una armadura menor que dicha longitud aproximada, pues, no se puede considerar un cincel, sino más bien un instrumento análogo para la realización de labrados sin percusión, como por ejemplo la lezna. Incluso en el caso de los cinceles de cubo es necesario que la armadura tenga una cierta longitud; son los únicos instrumentos que, claramente, necesitan un mango y efectivamente todos los cinceles de cubo superan los 10 cm (3). El mango de los cinceles con empuñadura podía ser de materia dura o madera, fijándose a la parte de bronce por encastre, recurriendo a sustancias para encolar o a pequeños topes situados entre la empuñadura y el mango (4) (Fig. 1: 6). Tampoco se puede excluir que constara sencillamente de una piel o un tejido envueltos alrededor del cincel (Deshayes 1960: 27) (5). En caso de uso de la empuñadura como superficie directa de impacto, el objeto debería presentar señales de desgaste. Éstas, en general, consisten en una serie de pequeñas muescas en los bordes, debidas a los repetidos golpes del percutor (6). Un instrumento a menudo clasificado como cincel es el bedano o escoplo (Fig. 1: 7); es también un utensilio de percusión pero con el filo en punta y/o perpendicular al plano de las dos caras del instrumento. Su acción consiste en crear un surco y extraer más fácilmente el material, gracias a la distribución de la fuerza ejercitada, que recae preferentemente en la punta. (2) Uno de los estudios más exhaustivos sobre cinceles de cobre y de bronce desde el punto de vista experimental se ha llevado a cabo sobre ejemplares egipcios; la morfología y las técnicas de uso eran muy similares a las de los cinceles de la Península Italiana, por ejemplo, los cinceles con empuñadura de material deteriorable, utilizados con un mazo de madera (Stocks 2003). (3) Los ejemplares más cortos son los de Módica y Niscemi, pero no es segura su función de cinceles (Albanese Procelli 1994: 90). (4) En el caso de los utensilios de Sant'Anastasia, que es también un taller metalúrgico dentro de la aldea nurágica de la Edad del Hierro, el mango está fijado con pequeñas cuñas de hueso (Ugas y Usai 1987). (5) En el volumen de los Prähistorische Bronzefunde sobre las hachas de Polonia, el autor se plantea la posibilidad de que fueran como los de los cinceles modernos; seguramente tamaño, peso y función del cincel debían incidir sobre su morfología (Gedl 2004: 73). (6) En la mayoría de los casos esto se verifica con los cinceles de talón; el ejemplar de Albucciu mide sólo 8 cm pero tiene un pequeño talón con aparentes señas de desgaste; el cincel de Lavis (Trento) mide sólo 10 cm pero parece que presenta señales de desgaste provocadas por un instrumento de cabeza redonda (Marzatico 1997: 76); o incluso el fragmento de mango de un utensilio, quizás un cincel, procedente de Castellaro dell'Uscio (Genova) (Maggi 1990: 233-234). (7) Si bien F. Marzatico (1994: 41-42), por ejemplo, asocia el ejemplar de Segonzano a la elaboración del metal. No es de extrañar que, en la mayoría de los volúmenes de los Prähistorische Bronzefunde dedicados a las hachas, una sección se reserve a los cinceles. El hacha requiere un tipo diferente de trabajo, puesto que se trata de un instrumento de percusión directa o lanzada, y no indirecta con percutor como el cincel (8). Por consiguiente los dos instrumentos se diferencian, pero desafortunadamente esto ocurre sobre todo a nivel del mango (9). La exigencia de hallar índices de referencia para distinguir al cincel de las hachas ya se conoce en Italia, en particular por su semejanza con las hachas planas (Lo Schiavo 2004: 238, n.o 3; Albanese Procelli 2006: 184). Dicho tipo de hacha, junto con la de bordes levemente realzados, morfológicamente está muy cercano al cincel (10) (Fig. 1: 8-9). Según Albanese Procelli (1996: 120) las hachas planas se podían usar como cinceles para el labrado de la madera, mientras que las hachas de enmangue tubular se usaban para la tala y los grandes trabajos de carpintería. En la introducción del volumen dedicado a las hachas de Francia meridional, se trata el problema de la distinción entre hacha y cincel, identificando algunas características al respecto: el ancho máximo del cincel generalmente no se pone en la hoja, asimismo, es más fino que el hacha y con dimensiones absolutas inferiores. Los autores, de todas formas, admiten la existencia de formas intermedias de interpretación no definitiva, así como de hachas utilizadas secundariamente como cinceles (Chardenoux y Courtois 1979: 7-8). Por otra parte, el mismo Peroni (1994: 80) piensa que los cinceles proceden justamente de las hachas. Son sobre todo los ejemplares de morfología y dimensiones intermedias entre las dos clases los que plantean más interrogantes desde el punto de vista tipológico (11). Un tipo muy particular de hacha -la de apéndices-probablemente utiliza el mismo sistema de fijación que los cinceles con empuñadura en forma de T, aunque la distribución es totalmente diferente (12) 3: 14). Los instrumentos con cubo perforado, característicos de algunos depósitos sicilianos, no se han interpretado unívocamente (Fig. 1: 12): de hecho es posible identificarlos como hachas y cinceles, aunque no se puede descartar la hipótesis de que se utilizaran como rejas de arado (13). (8) Por este motivo es necesario excluir que los instrumentos con empuñadura de ángulo recto procedentes del déposito de Niscemi fueran cinceles: aun teniendo una hoja bastante estrecha, se debían de utilizar como instrumentos de percusión lanzada (Albanese Procelli 1994: Fig. 17 (9) Es muy interesante la observación de Deshayes (1963: 168) que mediante paralelos etnológicos demuestra que las cuñas y las hachas de los carpinteros iraníes serían idénticas si no fuera por los mangos de material perecedero. (12) Las hachas con apéndices laterales son una producción característica de Sicilia, Cerdeña, España, con una excepción en el Tirreno central como Monte Rovello (Giardino 1995: 200-205); los cinceles con empuñadura en forma de T, en cambio, son conocidos en Etruria y Pulla. Durante el proceso de identificación de los instrumentos de trabajo, cabe recordar que un utensilio de forma similar o idéntica puede servir para funciones totalmente diferentes. Es suficiente confrontar un destornillador moderno plano con algunos de los cinceles de tipo Surbo para darse cuenta de que una misma forma se presta en teoría a diferentes interpretaciones funcionales -en este caso cincelar y atornillar (14) (Fig. 1: 13)-. Si se observa el primero de los cinceles de Montale, por ejemplo, se notará un fino alambre de bronce enroscado alrededor del cuerpo (Fig. 1: 15). No es posible decir con seguridad si servía para la fijación del mango o para que el instrumento hiciera un movimiento diferente de la cinceladura, aunque la presencia de otro cincel con armadura idéntica y mango de hueso más bien permite pensar en un uso diferente de los dos objetos (Fig. 1: 14). El fino cincel de tipo Cevola de Castellaro del Vhò (Cremona) presenta en el cuerpo tres haces de ranuras, pero es imposible decir si servían, por ejemplo, para que el instrumento efectuara un movimiento de rotación (15) (Fig. 1: 16). FUNDAMENTOS DE LA TIPOLOGÍA La tipología realizada se basa ante todo en la distinción entre dos clases de cinceles: de barra y de cubo. Los primeros se subdividen luego en una serie de formas funcionales a partir de la sección del cuerpo; los cinceles de sección circular, cuadrangular, octogonal o rectangular plana se subdividen a su vez por el tipo de mango en diferentes grupos, definidos aquí como "tipos" y denominados a partir del ejemplar más representativo. Los cinceles de cubo se subdividen según la relación entre mango y cuerpo del cincel (distinto/indistinto) y por consiguiente en base a la presencia/ausencia del propio mango. Se han identifica-do así 112 cinceles reagrupados en 14 tipos, que se ilustran en la figura 3 y se resumen en las tablas 1 y 2; se han identificado asimismo algunos unica (5 en total), o bien ejemplares cuya morfología no se corresponde con los citados tipos. Cuadro cronológico y geográfico de los tipos Se deduce, pues, un cuadro bastante claro para la Península Italiana en lo relativo a la cronología (Fig. 4) y la distribución geográfica (Fig. 5). El proceso de formación de la herramienta "cincel" arrancó en Europa Centro-oriental desde el comienzo de la Edad del Bronce (véase por ejemplo Laux 2000: 67), pero en Italia sólo aparecen más tarde. Como se explica en el apartado 2.2, parece que el cincel es una forma que se originó durante la Edad del Bronce Antiguo a partir de la clase de las hachas, con las que también asemeja tener en lo sucesivo muchas afinidades tipológicas. Entre la segunda fase de la Edad del Bronce Medio (1600-1500 BC) y el Bronce Reciente (1350-1200 BC) se desarrollan los primeros tipos, sobre todo en Emilia Romaña, Lombardía y Véneto (Cevola, Gorzano, Ognissanti) (Fig. 3: 1-2, 4); más incierta es la atribución a esta fase del ejemplar de Capo Graziano, en las Islas Eolias (Bernabò Brea y Cavalier 1991: tav. La estructura de estos cinceles es bastante simple, con cuerpo de sección circular o cuadrangular indistinto de la empuñadura. Sólo en el Bronce Reciente se desarrolla el tipo más elaborado Chilivani, de grandes dimensiones y sección octogonal. Al final de este período, que corresponde a la desaparición de la cultura de Terramare, es posible hallar cinceles en muchas regiones: Trentino, Friul, Cerdeña, Umbría, Pulla (Surbo, Cortine, Gruxi'e Crobu) (Fig. 3: 3, 5, 7). La forma es más elaborada y las dimensiones de muchos de ellos son de unos 25 cm. En la fase 1 del Bronce Final (1200-1100 BC) la producción de cinceles decrece, exceptuando en Cerdeña, y hay pocos ejemplares en Sicilia y Friul (Chilivani, Noto, Lestizza) (Fig. 3: 8, 10-11); al final de esta fase aparece el primer cincel de cubo italiano. En el Bronce Final 2 (1100-1020/1000 BC), la Etruria septentrional e interna son las zonas principales de producción: entre los modelos más característicos, el tipo Bagnolo presenta un tope entre cuerpo y empuñadura y un área de difusión (Rybczynski 2000), seguramente aún no era necesario que un utensilio tuviera la función de atornillar. (15) Pero también se puede plantear otra hipótesis: que el utensilio se haya obtenido de la reelaboración de un punzón; por ejemplo, la pieza 961 de la clasificación del volumen de la Prähistorische Bronzefunde (Frontini 2001: Fig. 69.7), de Castellaro del Vhò, presenta el mismo tipo de decoraciones. Cronología BC de los tipos de cinceles de la Península Italiana. En la columna izquierda aparecen los tipos epónimos representados en la figura 3. Br M = Bronce Medio; Br R = Bronce Reciente; Br F = Bronce Final; Primer Fe = Primera Edad del Hierro. Cuadro de resumen de cada tipo; los nombres de tipos se refieren a la figura 3; en "Contextos", A = Asentamiento, D = Depósito, N = Necrópolis. que llega hasta Pulla (Fig. 3: 13). Finalmente, a inicios de la Edad del Hierro (1020/1000-950 BC) se desarrollan tipos específicos (Gabbro, con la empuñadura con aletas, y los tipos de cubo Corinaldo y Francavilla) (Fig. 3: 14, 9, 12), reflejo, también para esta clase de manufacturas, de la regionalización de las esferas de acción metalúrgicas. Es importante señalar que el Italia Nord, el noroeste de Italia (Liguria, Piamonte y Valle de Aosta) y las regiones centro-orientales permanecen fuera del fenómeno de difusión de los cinceles, así como, en el lado del Mar Tirreno, Lazio y Campania, este último por lo menos hasta la Edad del Hierro. Obviamente, todo se explica por razones históricas y no sólo por la falta de evidencias arqueológicas, y debe estar conectado con la actividad artesanal de la madera y el metal. Como se deduce del gráfico de la tabla 1, los cinceles se encuentran exclusivamente en contextos de asentamiento o en depósitos. Los tipos más antiguos, que se distribuyen entre el valle inferior del Mincio (Lombardía y Véneto) y el distrito de Módena (Emilia Romagna) (Fig. 5), aparecen sólo en poblados. Desde el Bronce Reciente en toda la península los cinceles comienzan a estar, incluso dentro de depósitos, siempre asociados con otros instrumentos, sobre todo hachas. En el Bronce Final 1, período que, en toda la península, es menos rico en recuperación de metal, Cerdeña en particular destaca por depósitos que contienen muchas herramientas, como Sedda Ottinnera y Chilivani (Lo Schiavo 1989, 1999). Los depósitos son los contextos exclusivos de descubrimiento en el Bronce Final 2; los grandes depósitos que contienen una amplia gama de productos de metal se concentran entre el final de esta fase y la primera Edad del Hierro en Toscana, Umbría y la baja Emilia Romagna. Si nos fijamos en los abundantes depósitos del territorio italiano, vemos que los que incluyen cinceles son pocos (menos de treinta sobre centenares conocidos en la península y las islas en toda la Edad del Bronce y la Primera Edad del Hierro). Se ha hecho hincapié, en lo que respecta a los contextos de descubrimiento, en la ausencia de cinceles y herramientas, hachas incluidas, en las tumbas hasta principios de la Edad de Hierro. Parece que antes las herramientas de trabajo no se consideran un elemento de caracterización de las tumbas masculinas. Esto podría explicarse o por la ausencia de artesanos de la madera, a diferencia de la figura del metalúrgico que parece bien definida socialmente al menos desde la Edad del Bronce tardía, o por la elección de no caracterizar a los difuntos en la tumba por sus actividades productivas o, en general, por una falta de identificación de la artesanía como actividades de las elites, como ocurre en algunas tumbas principescas de la Edad del Bronce de Europa centro-septentrional (Kristiansen y Larsson 2005: 57-58). en la Edad del Bronce italiana: aspectos tecnológicos y tipológicos Tipo Clase Sección cuerpo Tipo de mango Longitud cm Contextos Comentarios Cronología Distribución Cuadro con el número y distribución de ejemplares de cada tipo de cincel de la Península Italiana. En la columna izquierda, los nombres y números entre paréntesis se refieren a la figura 3.
En septiembre de 2009 Salvador Rovira Llorens se retiraba de su puesto como Conservador Jefe del Departamento de Conservación en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Con tal motivo los investigadores de la línea Arqueología y Procesos Sociales del CCHS-CSIC (Madrid) con los que Salvador mantiene una estrecha colaboración en numerosos proyectos, decidimos organizar un congreso internacional en ese Centro que sirviera como homenaje y reconocimiento a su labor. La decisión sobre el tema en torno al cual debían girar las comunicaciones no fue sencilla. Salvador ha destacado en diversos campos durante su actividad profesional (museología, conservación y restauración, metalurgia americana y europea). Finalmente se optó por el título Archaeometallurgy: Technological, Economic and Social Perspectives in Late Prehistoric Europe, con su acrónimo TESME por varias razones. Era el ámbito que más vinculación tenía con la investigación que se realiza en el CSIC. Además refleja el concepto de la investigación arqueometalúrgica promovido por Salvador. El desarrollo de investigaciones interdisciplinares, en distintos campos científicos, así como de la experimentación arqueométrica necesitan ser integrados en un discurso histórico y antropológico para extraer todo su potencial informativo. Desde 1982 en que dio comienzo el Proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica bajo el impulso de Manuel Fernández-Miranda (Delibes 1997), Salvador ha trabajado sin descanso en la obtención de datos con diferentes técnicas de análisis (principalmente Espectrometría de fluorescencia de rayos X, metalografía óptica y Microscopia Electrónica de Barrido) sobre restos y piezas de una metalurgia de base cobre, oro, plata y hierro, de la Península Ibérica principalmente, pero también de otras zonas europeas y américanas (Perea et al. 2008). Su esfuerzo le ha llevado a cubrir casi todos los períodos históricos en los que el metal participa, aunque preferentemente ha sido la primera metalurgia y la Edad del Bronce donde se han desarrollado una gran parte de sus investigaciones. Lamentablemente cuestiones burocráticas, motivadas por la incongruente falta de reconocimiento de los museos estatales españoles como organismos de investigación, han impedido que figurara como Investigador Principal en proyectos. Ello no ha desanimado, en ningún momento, su participación activa en múltiples equipos que abordaban problemáticas diversas. Su actividad ha tenido eco en publicaciones (cerca de 300) y congresos de todos los ámbitos y en un importantísimo magisterio formal, en los últimos años concretado como profesor asociado en la Univer- sidad Autónoma de Madrid. Su vocación docente arranca de su generosidad y entusiasmo por promover unos estudios a los que veía enormes posibilidades de hacer progresar la ciencia. Prueba del incuestionable reconocimiento y prestigio internacional logrado por Salvador en todos los ámbitos fue la excelente acogida de la convocatoria. En el Congreso, celebrado el 25 y 27 de noviembre de 2009 en la sede del Centro de Ciencias Humanas y Sociales, a pesar de la limitación temática impuesta, intervinieron cerca de 150 personas y otras muchas manifestaron su interés por participar. El Congreso reunió a investigadores de 14 países, con una sensible presencia de jóvenes investigadores o en formación. La organización contó con la colaboración del Museo Arqueológico Nacional y el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, instituciones estrechamente vinculadas a Salvador, y se integró como una actividad dentro del Programa Consolider-Ingenio 2010 (CSD2007-00058): Technolo- gies for the conservation and valorisation of Cultural Heritage. Otras ayudas económicas procedieron del Ministerio de Ciencia e Innovación (Ref. HAR2009-06519-E/HIST), del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en su Convocatoria de ayudas para la financiación de congresos y simposios del 2009 y del propio CCHS. El primer número monográfico publicado por Trabajos de Prehistoria, el 57 (2) 2000, ponía de relieve la prolongada tradición de investigación conjunta entre los arqueólogos del CSIC y del Museo Arqueológico Nacional. Este segundo monográfico, publicado 10 años después, muestra la continuidad de esta relación y su alcance. Al dar cabida al Congreso homenaje a Salvador Rovira se reconoce también su contribución a la revista como miembro del Consejo Editorial. Este número de Trabajos de Prehistoria es singular por su carácter monográfico y su notable extensión y, además, por ser el que inaugura el final del embargo al contenido de la revista. Recoge 17 de las 64 presentaciones (orales y en poster) al Congreso. Los participantes han respondido a los plazos exigidos por las necesidades editoriales y las normas de publicación de la revista. Se respeta de este modo la tendencia de las revistas de impacto de tratar del mismo modo las contribuciones a los Congresos que a las secciones habituales: sistema de evaluación por pares y originalidad de contenidos. Los artículos recogidos en este volumen reflejan la temática general del Congreso. Los 17 trabajos se ordenan en el índice combinando el criterio cronológico con aspectos temáticos del proceso metalúrgico. Siendo su punto de partida la metalurgia extractiva, el primer artículo trata la minería en Saint Veran (Francia). A las cuestiones sobre tecnología de reducción del mineral, suceden los aspectos de producción y tipología de objetos, para finalmente incidir en cuestiones de impacto medioambiental. Si en el Congreso participaron un 56 % de investigadores nacionales y un 44 % de extranjeros, los firmantes de los artículos en este monográfico mantienen una proporción similar: 9 van firmados por autores extranjeros y 8 por nacionales, siendo inversa la proporción en cuanto a los idiomas en los que están escritos. La importancia de los equipos de investigación se refleja en que una parte de ellos es una obra de co-autoría con participación de instituciones diferentes. Los recuerdos y vivencias del Congreso quedan en el ámbito personal de los participantes. En cambio el agradecimiento tanto a ellos como a las instituciones patrocinadoras merece pasar a "campo abierto". Muy en especial, hay que valorar la dedicación desinteresada de quienes, durante meses, se ocuparon de los aspectos concretos de la organización y aseguraron su correcto funcionamiento: Susana Consuegra, Fabián Cuesta, Marc Gener, Mercedes Murillo y Martina Renzi. En el terreno científico, la información y conocimientos compartidos en esos tres días son difíciles de cuantificar. La publicación de este monográfico es una oportunidad para lograrlo. Pretende dejar constancia del avance científico en una disciplina frontera entre la arqueología y las ciencias experimentales y manifestar la admiración y respeto de todos los participantes por un investigador que ha contribuido tanto a ese avance.
Se presentan los resultados de un análisis de la dispersión geográfica de los distintos subgrupos morfológicos de las espadas en lengua de carpa a nivel europeo, poniéndolas en relación con una marcada variabilidad en la composición metalúrgica de estas piezas, que lleva a conclusiones inesperadas sobre la dimensión temporal y espacial de su evolución. El análisis de la variabilidad en los ritos de deposición de estos artefactos y en la composición de los conjuntos en que se encuentran, tiene importantes repercusiones sobre nuestra imagen de los contextos deposicionales de los objetos metálicos en el mundo del Bronce Final atlántico en general. Las espadas en lengua de carpa constituyen uno de los principales fósiles directores del Bronce Final atlántico. Se caracterizan por una considerable variabilidad morfológica y una amplia dispersión geográfica entre Portugal y Polonia por un lado, y entre Sicilia y las Islas Británicas por el otro. En los últimos años ha quedado cada vez más claro que este grupo de armas sigue ofreciendo problemas de índole tanto cronológica como contextual que durante mucho tiempo o no se reconocieron o se daban erróneamente por resueltos. Recientemente han aparecido toda una serie de aproximaciones recientes que tenían como objetivo contribuir a su resolución. En este contexto hay que destacar particularmente los trabajos de S. Rovira (1995Rovira (, 2007) ) sobre los aspectos metalúrgicos del tema, que aportaron toda una nueva dimensión a los estudios sobre las espadas en lengua de carpa y sobre la producción y circulación de objetos metálicos en el Bronce Final atlántico en general. El objetivo principal de esta contribución es integrar mejor los datos metalúrgicos con los tradicionales enfoques tipológicos y contextuales. Al mismo tiempo queríamos aprovechar esta ocasión para presentar una primera síntesis de nuestras respectivas líneas de trabajo (Moskal 2007 (1);Brandherm 2007a; Brandherm y Burgess 2008), teniendo en cuenta también los nuevos datos aportados por la reciente obra de B. Quilliec (2007a). (1) Este artículo está basado en la tesina de licenciatura realizada en la Universidad Jagellona de Cracovia (Uniwersytet Jagielloíski) bajo la dirección de Prof. Dr. M. Gedl: M. Moskal, SchyêkowobrÙzowe miecze z j¤zykiem karpia w Europie, 2003. Sin querer aparecer demasiado empiricistas, consideramos evidente que un detallado análisis morfológico y una pormenorizada caracterización metalúrgica de los ítems en cuestión son condiciones necesarias para efectuar estudios con valor informativo pertinente sobre las cadenas operativas que intervienen en la fabricación, el empleo y la deposición de las espadas del Bronce Final (Quilliec 2007b). Al mismo tiempo, un análisis del contexto arqueológico de estas armas y de la composición de los depósitos del llamado "complejo de lengua de carpa", a nuestro entender, resulta imprescindible para cualquier interpretación de su función social y posible simbolismo. Por ello en esta contribución desarrollaremos un poco más lo que ya habíamos dicho al respecto. La falta de espacio aquí nos obligada a dejar fuera otra serie de aspectos importantes sobre las espadas y los depósitos del Bronce Final. Hace más de medio siglo H.N. Savory (1949: 138) recalcó la falta de uniformidad morfológica en las espadas en lengua de carpa. También J. Cowen (1971: 154), en su ya clásico artículo sobre las espadas del tipo Monte Sa Idda, advirtió que "la gran familia de las espadas en lengua de carpa" incluía claramente toda una serie de tipos y variantes distintos. Unos años después, A. Jockenhövel (1980: 120) señaló la variabilidad morfológica de este grupo de armas y resaltó la necesidad de someterlas a una clasificación tipológica más rigurosa. Desde entonces, varios autores han propuesto criterios para tal clasificación, muchas veces centrándose en la ausencia o presencia y en la forma de los recazos, así como en la morfología de la guarda (p. e. Nosotros también hemos experimentado con los distintos criterios, y los resultados de una clasificación según la forma de los recazos han sido bastante similares, pero no idénticos, a los de una clasificación según la forma del enmangue. Esta última produce grupos algo más homogéneos en cuanto a su distribución geográfica y a sus aspectos cronológicos (compárense Brandherm 2007a: Láms. En el presente trabajo, por lo tanto, como criterio principal para nuestra clasificación tipológica emplearemos la forma del enmangue, siguiendo un esquema ya introducido en una ocasión anterior (Brandherm y Burgess 2008: 136-151). Según la sistemática de este esquema se distinguen tres tipos principales de espadas en lengua de carpa: Huelva, Nantes y Monte Sa Idda (Fig. 1: a, c, d). El nombre del primer tipo deriva de las conocidas armas del conjunto dragado de la Ría de Huelva (Ruiz-Gálvez 1995), mientras que el del tipo Nantes procede de dos depósitos importantes de dicha localidad francesa: la Prairie de Mauves (Briard 1966) y el Jardín de Plantes (Briard 1971). Finalmente, el tipo Monte Sa Idda, ya definido como tipo sui generis por Cowen (1971: 155), se corresponde con el epónimo depósito sardo (Taramelli 1921). Esta terminología tiene la ventaja que los respectivos conjuntos epónimos contienen casi la totalidad de las variantes que luego se pueden distinguir en cada uno de los tres tipos. Otros tipos de espadas en lengua de carpa, como p. e. La transición entre el huso y la guarda distingue el tipo Huelva del tipo Nantes. En el tipo Huelva resulta más bien angular, mientras que en el tipo Nantes forma una curvatura bastante suave (Fig. 1: a, c). Existe un pequeño grupo de piezas intermedio, donde esa transición ya no es muy angular sino más bien curvada, pero que no exhiben la curvatura suave que caracteriza el tipo Nantes (Fig. 1: b). Por otro lado, el tipo Monte Sa Idda en general también luce una transición curvada entre el huso y la guarda, muchas veces destacada por un ligero estrangulamiento en la parte inferior del huso (Fig. 1: d). En cada uno de estos tipos se puede individualizar una serie de variantes, que caracterizaremos brevemente, ya que con la ampliación del catálogo se han producido modificaciones importantes desde que se presentó la primera versión de este esquema (Brandherm y Burgess 2008: 137-147). Tipo Huelva: teniendo en cuenta la totalidad de las piezas respectivas a nivel europeo, dentro del tipo Huelva se pueden diferenciar los siguientes subgrupos: Variante Cambes: se caracteriza por calados tanto en el huso como en la guarda. Los dos lados del huso son ligeramente convexos, resultando en un contorno algo hinchado, que termina en cola de pez. Algunos ejemplares disponen de recazos que no suelen ser muy pronunciados (Fig. 2: a). Como ya se expuso anteriormente (Brandherm y Burgess 2008: 138 nota 41), estas piezas están estrechamente relacionadas con las espadas del tipo Cordeiro del ámbito ibérico y del suroeste de Francia. A excepción de dos piezas halladas en el alto Rhin y en Cerdeña, su dispersión queda restringida a la Península Ibérica y a Francia al sur del río Loira (Fig. 3). Variante Mouy: este grupo ha sido descrito previamente como "otras espadas del tipo Huelva con el huso hinchado" (Brandherm y Burgess 2008: 138). Están estrechamente relacionadas con la variante Cambes, con la que comparten esa forma del huso que en las piezas de la presente variante suele terminar en cola de pez o en abanico. Se diferencian de la variante Cambes en que las piezas tienen orificios de remaches en el huso y/o en la guarda, lo que resulta en un carácter algo más heterogéneo del grupo, y en que los hombros de la guarda, en general, son más inclinados, mientras que los recazos son un poco más pronunciados (Fig. 2 a la variante Cambes. Queda limitada al norte de Francia, con tan sólo una pieza hallada más al sur, en las orillas del lago de Ginebra (Fig. 3). Variante Marmolejo: las piezas de este subgrupo se han designado con anterioridad como "otras espadas del tipo Huelva con el huso con lados paralelos" (Brandherm y Burgess 2008: 138). Tanto en la guarda como en el huso tienen calados. El huso suele terminar en cola de pez o, en algún caso, en forma de T (Fig. 2: c). A veces el calado del huso está dividido en dos. En este caso no siempre es fácil distinguirlo de un huso con tres perforaciones grandes y rectangulares -rasgo típico de la variante Oissel-que ha sufrido algún defecto de fundición o algún daño posterior. Menos un hallazgo suizo, todas las espadas de este grupo proceden del ámbito peninsular (Fig. 3). Variante Oissel: las respectivas piezas se clasificaron anteriormente como "espadas del tipo Huelva con huso en barra" (Brandherm y Burgess 2008: 138), estrecho, con lados paralelos y con tres orificios individuales para remaches. En la guarda aparecen los orificios individuales para remaches y los calados. Los recazos también son bastante variables. Por lo general, esta variante tiene el pomo en forma de T y los orificios para remaches suelen ser mayores que en la variante Mouy. En algunos casos dos de las perforaciones del huso quedan unidas por un defecto de fundición o alguna modificación secundaria, dejando y no siempre se diferencian fácilmente de los ejemplares menos típicos de la variante Marmolejo. La morfología de las espadas de la variante Oissel procedentes de la Ría de Huelva varía más que en el resto del subgrupo: los husos pueden tener un ligerísimo estrechamiento o hinchamiento y terminan con mayor frecuencia en cola de pez (Fig. 2: d). La dispersión de esta variante se limita a Andalucía occidental y al norte de Francia, salvo un hallazgo procedente del centro de Alemania (Fig. 3). Variante Puertollano: se trata de espadas cortas que lucen todos los rasgos característicos del tipo Huelva, salvo el tamaño reducido, a la mitad de la longitud normal de otras espadas en lengua de carpa. La empuñadura de los ejemplares conocidos lleva un calado en el huso y dos en la guarda, como las piezas de la variante Cambes (Fig. 2: e). En la variante Puertollano no se incluyen las piezas cuyo tamaño final con seguridad se debe a la modificación secundaria de una espada con dimensiones normales, caso de la pieza epó-nima de la variante Oissel (Fig. 2: d). La dispersión de la variante Puertollano queda limitada a la Península Ibérica, a excepción de una pieza hallada en el suroeste de Francia (Fig. 3). En primer lugar resaltamos que, en la presente clasificación de todo el material a escala europea, se está empleando un enfoque monotético en vez del enfoque politético utilizado previamente en la clasificación de las espadas peninsulares del tipo Huelva y que permitió individualizar hasta tres series distintas dentro de este tipo (Brandherm 2007a: 57-59). No se trata de una modificación de ideas por nuestra parte, como insinuó A. Mederos (2008: 44), sino más bien de un ajuste a las distintas trayectorias evolutivas del tipo Huelva en diferentes áreas geográficas. De hecho, ya desde el inicio se advirtió que el enfoque politético aplicado al ámbito peninsular no se debería ampliar a las espadas extrapeninsulares (Brandherm 2007a: 87). No obstante, eso de ninguna manera implica que los resultados de nuestra primera aproximación estuviesen superados ya con respecto a su propio marco de referencia. Al contemplar la dispersión de los distintos subgrupos del tipo Huelva, llama la atención que las variantes Cambes, Marmolejo y Puertollano, todas con empuñadura con tres calados, faltan al norte de Francia más allá del río Loira. La gran mayoría efectivamente procede del ámbito peninsular. Por el contrario, las variantes Mouy y Oissel, que lucen orificios individuales para remaches o una combinación de orificios y calados, tienen su mayor dispersión al norte de los Pirineos. Consecuentemente, las diferencias observadas en el predominio de una u otra solución técnica del montaje de la empuñadura (orificios versus calados) parecen indicar unas claras preferencias geográficas. Sin embargo, resulta muy difícil averiguar si detrás de estas discrepancias existe también una evolución cronológica, como recientemente ha propuesto Mederos (2008: 58). En un trabajo anterior (Brandherm 2007a: 57-58) las espadas peninsulares del tipo Huelva se han clasificado utilizando los mismos elementos de la empuñadura junto con el tipo de recazos como posibles indicadores de unos rasgos arcaicos, intermedios o evolucionados. El carácter arcaico o evolucionado de algunos de esos rasgos ha generado ciertas dudas (Mederos 2008: 44-58). Tales problemas y nuestras propias reservas ya se expusieron con anterioridad (Brandherm 2007a: 57-58). De cualquier forma, insistimos en que, en su momento, no se emplearon los términos "arcaico" y "evolucionado" como simples sinónimos de "antiguo" y "reciente". Tampoco las distintas series de piezas que, entonces, se distinguieron dentro del tipo Huelva se pueden traducir sin más en "fases" cronológicas (contra Mederos 2008: Tab. La casi total ausencia de conjuntos cerrados con espadas del tipo Huelva no facilita seriación cronológica. El depósito de Hío, que incorpora una espada de la variante Marmolejo, claramente se debe sincronizar con un momento tardío de la fase británica Wilburton, mientras que la mayoría de los materiales de la Ría de Huelva parece corresponder ya a la fase Blackmoor (Brandherm 2007a: 83-84; Burgess y O'Connor 2008: 48-49; Gerloff 2010: 203-204). Finalmente, en la Ría de Huelva aparecen todas las variantes del tipo Huelva, menos la variante Mouy. En este caso, resulta tentador interpretar el número de espadas de cada variante como evidencia de una sucesión (Cambes: 3 piezas; Marmolejo: 16 piezas; Oissel: 22 piezas). De este modo, las variantes más antiguas podrían ser menos corrientes en el momento de deposición de los objetos. De todas formas, nunca se debe olvidar que el lote de piezas dragadas en la Ría de Huelva no constituye un conjunto cerrado, lo que limita bastante el valor informativo de esa variación cuantitativa que siempre puede deberse a factores ajenos a la cronología (Brandherm 2007b: 295). En fin, aunque es difícil establecer una secuencia cronológica de las distintas variantes del tipo Huelva, queda muy claro que dicho tipo fue utilizado durante bastante tiempo. Lo que resulta indudable es la mayor antigüedad del tipo Huelva en comparación con las espadas en lengua de carpa "clásicas" del tipo Nantes y con los depósitos del llamado "complejo de lengua de carpa" del norte de Francia y sudeste de Inglaterra (Brandherm y Burgess 2008: 142). Hacemos hincapié otra vez en que, en la actualidad, no se conoce ninguna espada tipo Huelva procedente de un depósito de dicho grupo, mientras que las espadas del tipo Nantes constituyen uno de sus elementos más característicos. No disponemos de dataciones radiométricas procedentes directamente de conjuntos cerrados con espadas en lengua de carpa, pero las dataciones por radiocarbono de unos restos de astiles de lanza dragados en la Ría de Huelva por un lado, y las dataciones radiométricas de elementos atribuibles a la fase británica Ewart Park por el otro, resultan consistentes con la idea de una sucesión cronológica entre el tipo Huelva y el tipo Nantes. Más arriba ya advertimos que existe un grupo relativamente pequeño de espadas cuyas empuñaduras tienen características intermedias (Brandherm y Burgess 2008: 148 lista 16). Desconocemos si, realmente, corresponden a un horizonte cronológico de transición o si nos enfrentamos con un simple fenómeno de variabilidad morfológica sincrónica. Habla en favor de la primera posibilidad que todas estas piezas tengan huso en barra, asemejándose a la variante Oissel, de la cual no siempre son fácilmente distinguibles. Por otro lado, una curvatura liviana entre el huso y la guarda se produce con mucha más facilidad en un huso de lados paralelos o subparalelos que en una variante con huso hinchado. En todo caso no deja de ser llamativo que tres de las piezas en cuestión se hallaran en depósitos del "complejo de lengua de carpa" (Gouesnach "Menez Tosta", La Grimaudiere "Notre-Dame-d 'Or", Saint-Yrieix-sur-Charente "Vénat"). Además, frente a las espadas del tipo Huelva claramente diferenciadas, algunos de los ejemplares de este grupo proceden de localidades británicas (Fig. 8). Por estas razones nos inclinamos a interpretar la mayoría como indicadores de la transición al tipo Nantes también en un sentido cronológico. Igualmente, cualquier tentativa de determinar el área de formación del tipo Huelva tropieza con serios problemas. Aunque mucho habla en favor del sur de la Península Ibérica, tampoco se puede excluir un posible origen norpirenaico. Actualmente resulta imposible determinar si la elevada variabilidad morfológica que se observa en la variante Mouy se debe a la presencia de otros tipos de espadas en el norte de Francia en el momento de introducirse el tipo Huelva o si indica un estadio formativo del tipo Huelva en su área de origen (2). Tampoco podemos descartar por completo la posibilidad de un origen en Cerdeña. Allí claramente antes del nacimiento del tipo Huelva, existen hojas de espadas con filos rectos y el característico nervio central, que cuentan entre los prototipos más convincentes de las subsiguientes hojas de las espadas en lengua de carpa (véase p. e. Tipo Nantes: su área de origen con casi toda seguridad se debe buscar en el norte de Francia o sudeste de Inglaterra, el área de dispersión de las piezas con empuñadura "transicional" y el núcleo del "complejo en lengua de carpa". Dentro de este tipo diferenciamos cuatro variantes principales: Variante Amboise: comprende espadas con el huso hinchado, de lados algo convexos. Comparten este rasgo con la gran mayoría de las espadas atlánticas del Bronce Final y, por tanto, no nos atrevemos a defender que este subgrupo descienda directamente de una de las variantes con huso hinchado del tipo Huelva en concreto, máxime cuando todas las piezas del grupo "transicional" lucen huso de barra. Un cierto número de piezas de la variante lleva calados en el huso, pero raramente en la guarda. En general, los orificios individuales en este subgrupo y los recazos pronunciados aparecen con mayor frecuencia (Fig. 4: a). Su dispersión geográfica resulta bastante amplia, desde Inglaterra hasta el sur de Francia y desde la Bretaña francesa hasta Polonia, con una clara concentración de la mayoría de las piezas en el norte y el oeste de Francia (Fig. 5). Variante Challans: su rasgo diagnóstico es el huso de lados paralelos o ligeramente convergentes hacia el pomo (Fig. 4: b). Varía considerablemente la anchura del huso y las piezas con el huso más estrecho -en barra-se asemejan mucho a las empuñaduras de nuestro grupo "transicional". Como ya se resaltó (Brandherm y Burgess 2008: 143), un porcentaje significativo de ejemplares de la variante Challans con esta forma particular de huso aparecieron como hallazgos aislados. Con todas las debidas reservas este hecho quizás pudiera ser interpretado como indicativo de una cronología relativamente temprana de las respectivas piezas dentro de la trayectoria evolutiva de la presente variante. Como hallazgos aislados de este subgrupo faltan por completo en Inglaterra, donde también aparecen ejemplares con huso muy estrecho, no nos parece oportuno poner demasiado peso en la relativa anchura del huso como indicador cronológico. Llama la atención la dispersión más restringida de la presente variante frente a la variante Amboise, fenómeno que ya hemos observado en las respectivas variantes del tipo Huelva con huso de lados paralelos por un lado y huso hinchado por el otro. En ambos tipos la dispersión de espadas con huso de lados rectos resulta mucho menos amplia que la de piezas con huso hinchado, ya que se centra en el norte y oeste de Francia, y en el caso del tipo Nantes también en el sur de Inglaterra (Fig. 5). Variante Safara: individualizado inicialmente por Ruiz-Gálvez (1984: 271), y definido en ocasiones posteriores como tipo sui generis (Meijide Cameselle 1988: 39; Brandherm 2007: 88), en la presente clasificación tipológica este subgrupo se redefine como variante del tipo Nantes. Consta de un limitado número de piezas características por una empuñadura con tres calados. Los dos ubicados en la guarda están desplazados hacia el tercio distal del huso. El pomo tiene forma de T, con apéndices laterales que pueden resultar algo atrofiados. Los recazos suelen ser bastante pronunciados (Fig. 4: c). Alguna pieza de esta variante luce un nervio central muy estrecho, rasgo que la relaciona con el tipo Monte Sa Idda (p. e. Los ejemplares de la variante Safara conocidos en la actualidad se halla- ron en el sur de la Península Ibérica, salvo dos procedentes de la Bretaña francesa y de Cerdeña. Por lo tanto, su dispersión geográfica encaja muy bien con la imagen general de una concentración de las espadas en lengua de carpa con empuñadura de tres calados principalmente en el ámbito ibérico peninsular y en el sur de Francia (Fig. 5). Sólo la forma peculiar del pomo permite distinguirlo de las demás variantes de este tipo (Brandherm y Burgess 2008: 146). A diferencia de otras espadas del tipo Nantes, el pomo es macizo, cilíndrico o ligeramente ovalado, rematado en botón. El origen de esta forma del pomo claramente se encuentra en las espadas de empuñadura maciza de los Campos de Urnas tardías de Europa Central (Brandherm y Sicherl 2001: 231-236). Por eso no resulta nada sorprendente que entre las espadas con hoja en lengua de carpa y empuñadura maciza o semimaciza haya varios ejemplares estrechamente relacionados con la variante Vénat. Algunas de las respectivas piezas se habían incluido previamente también en el "tipo" Vénat según la definición sensu lato (Brandherm 2007: 91 nos. 168-170), pero teniendo en cuenta la totalidad del material francés, parece mucho más oportuno restringir la definición a este grupo. Igual que la mayoría de las demás espadas del tipo Nantes, las de la variante Vénat suelen presentar recazos muy marcados (Fig. 4: d). El área de dispersión coincide, en general, con la mayor concentración del tipo Nantes. Tan sólo una pieza se halló en el ámbito peninsular (Fig. 5). La gran mayoría de las espadas del tipo Nantes proceden de los depósitos del "complejo de lengua de carpa". Debido a la fragmentación de los materiales en los mismos -muy superior, p. e., a la de los materiales dragados de la Ría de Huelva-en un buen número de piezas resulta imposible determinar la variante a que pertenecen. Por ello es difícil cuantificar las distintas variantes en determinados conjuntos. Por otra parte, basándose en la frecuente asociación de las variantes Amboise, Challans y Vénat, se puede afirmar su contemporaneidad general. La variante Safara por el momento falta en los depósitos de este grupo, debido con toda probabilidad no tanto a factores cronológicos cuanto a su casi total ausencia en el área de dispersión del "complejo de lengua de carpa". No obstante, el ejemplar del depósito sardo de Decimoputzu "Monte Sa Idda" indica su contemporaneidad con las demás variantes del tipo Nantes. También en este sentido es muy importante la pieza con características híbridas de la variante Safara y del tipo Monte Sa Idda del depósito portugués de Carvalhal "Fiéis de Deus" que, por el sobremoldeo de un pomo macizo en un momento posterior, se convirtió en un ejemplar de la variante Vénat (Fig. 6: d). Tipo Monte Sa Idda: fue individualizado por Cowen (1971: 155-156) por sus recazos extremamente pronunciados y el pomo con aletas laterales atrofiadas, rematado en botón. Luego se amplió la lista de criterios característicos de este tipo (Brandherm 2007: 93-94), diferenciándose las siguientes variantes: Variante Villaverde del Río: se distingue por la forma subrectangular de los recazos (Fig. 6: a). Incluye un número muy limitado de piezas, en su mayoría sardas, aunque también del sur de la Península Ibérica e Italia (Fig. 7). Variante Alcalá del Río: se definen por la forma de los recazos desmesurados que tienden a cerrarse en semicírculo y, a veces, casi en círculo (Fig. 6: b). Los ejemplares de la variante Alcalá son más numerosos que los de la variante Villaverde. En su mayoría proceden del sur peninsular, aunque en Cerdeña también las hay (Fig. 7). Además, en Ronda (Málaga) se ha documentado un molde que claramente demuestra su producción en la Península Ibérica (Brandherm 2007: 96 no. 178). Variante Boom: comprende principalmente espadas cortas o incluso puñales. Además de las dimensiones muy reducidas de la hoja destacan las aletas en el pomo, que son más macizas que en otras variantes de este tipo, y la guarda menos ancha (Fig. 6: c). Es un grupo poco numeroso, con un posible hallazgo en Bélgica y dos piezas de procedencia poco segura del sur y del oeste de Francia (Fig. 7). Ninguna de estas piezas procede de un contexto bien definido, por lo que Cowen (1971: 157) puso en duda su autenticidad como armas del Bronce Final. Por el momento, lo más prudente es seguir considerándolas piezas sospechosas sin utilizarlas para sacar conclusiones importantes. No resulta fácil identificar el origen del tipo Monte Sa Idda y por ahora parece imposible determinar si piezas como la de Almargen "Casablanca" (Brandherm 2007: 59 no. 44) con empuñadura "transicional" y recazos muy anchos forman una de sus raíces. Tanto Cerdeña como el sur de la Península Ibérica apuntan como posibles cunas de este grupo morfológico. En cambio, la cronología del tipo parece bien establecida, gracias a toda una serie de conjuntos cerrados que lo incluyen. El depósito de Populonia "Falda della Guardiola", con un fragmento de una pieza de la variante Villaverde del Río, debe fecharse en el Primo Ferro 2B (Giardino 1995: 54 nota 148). Una cronología idéntica se puede establecer para el conjunto epónimo de Decimoputzu "Monte Sa Idda", que contiene fragmentos tanto de la variante Villaverde como Alcalá del Río, junto a un ejemplar de la variante Safara del tipo Nantes. Entonces habrá que considerar dichos depósitos coetáneos con conjuntos tardíos del "complejo de lengua de carpa", como Saint-Yrieix-sur-Charen- Espadas en lengua de carpa con empuñaduras "transicionales" = n; espadas de lengüeta itálicas con hoja en lengua de carpa = l; espadas peninsulares de la Edad del Hierro con hoja en lengua de carpa = o; espadas en lengua de carpa con empuñadura semimaciza = p; espadas en lengua de carpa con empuñadura maciza = q; espadas en lengua de carpa de tipo indeterminado = Ë -(según Brandherm y Burgess 2008: Fig. 8 [actualizado]). pa" evocada por Cowen. Por esta razón, no se suelen incluir en la definición de este grupo de armas sensu stricto. Más estrechamente relacionado con los tres tipos canónicos de espadas en lengua de carpa -Huelva, Nantes y Monte Sa Idda-resultan las piezas de bronce con hoja en lengua de carpa y empuñadura maciza o semimaciza (Fig. 6: e). Constituyen un grupo morfológico poco homogéneo, ya que en el Bronce Final atlántico estas espadas no suelen producirse en grandes series como en Centroeuropa. Casi siempre se trata de creaciones bastante individualizadas que copian de una manera muy general los respectivos prototipos centroeuropeos, sin formar patrones morfológicos suficientemente estables para poder hablar de "tipos" propios. Consecuentemente, su dispersión en muchos casos coincide con la de los talleres de producción de espadas en lengua de carpa donde fácilmente se pudieron conocer modelos centroeuropeos de empuñadura maciza o semimaciza (Fig. 8). Las consideraciones acerca de la composición elemental de las aleaciones de bronce de las espadas en lengua de carpa pueden ser solamente preliminares debido al número relativamente bajo de espadas analizadas. En este grupo destacan los análisis de las piezas del tipo Huelva, en su gran mayoría efectuados por S. Rovira (1995Rovira (, 2007)): 49 ejemplares, provenientes principalmente de la Ría de Huelva y del depósito de Puertollano (Tab. Las espadas de la Ría de Huelva muestran una composición análoga a otros objetos del mismo depósito, lo que desde el punto de vista metalúrgico testimonia su relativa homogeneidad (Rovira 1995: 34-37). Otra espada analizada, procedente de Bornos, también puede incluirse en este grupo, aunque carece de plomo (Rovira 1995: 38). Contenido de estaño y plomo en las espadas del tipo Huelva y Nantes (A y B) y de tipo indeterminado de las espadas en lengua de carpa procedentes de Francia y Gran Bretaña (C y D). Composición elemental de las aleaciones de las espadas del tipo Huelva. muestra la distribución del contenido de plomo y estaño de las 49 espadas del tipo Huelva. Los bronces son principalmente binarios (cobre-estaño) y, cuando se detecta plomo, no excede del 0,5 % (Fig. 9: B). El contenido de estaño suele oscilar entre el 8 y 12 %, sin embargo, también las hay con porcentaje más alto (Fig. 9: A). Este último grupo está representado sobre todo por los ejemplares del depósito de Puertollano, algunos de los cuales superan el 17 % (Tab. Ello parece poco funcional, al disminuir las propiedades mecánicas de los bronces, volviéndoles más quebradizos (Rovira 2007: 156). Una explicación de este fenómeno es la probable existencia de reparaciones (Montero et al. 2002: 20). Los análisis de las espadas del tipo Nantes procedentes de Francia muestran, por lo general, más plomo (Fig. 9: B), como el ejemplar de Brion "Grandes-Chapelles" que contiene un 5,9 % y la espada de Guingamp con un 4,7 % (Tab. En diferentes tomas analíticas en un ejemplar de Saint-Yrieix-sur-Charente "Vénat" el plomo oscila entre el 3,6 y el 3,8 %. Es muy probable que los demás ejemplares del conjunto también tengan este tipo de aleación, puesto que la composición elemental de bronces de todo el depósito se caracteriza por valores de plomo entre el 3,6 % y el 8,5 % (Coffyn et al. 1981: 24). Sin embargo, no supera el 1 % en algunas espadas de los depósitos de Auvers (0,8 %) y de Amiens "Le Plainseau" (0,1 %) (Tab. Las espadas del mismo tipo procedentes de Gran Bretaña también tienen mucho plomo, como los ejemplares de Eastbourne (7,8 %), Minster (3,4 %) y Leigh II (2,3 %), aunque no siempre existen las mismas pautas: en una espada de Leigh II sólo hay un 0,28 % de plomo (Tab. Una espada del tipo Nantes encontrada en Holanda (Nijmegen) es asimismo un bronce ternario cobre-estaño-plomo (Tab. El contenido de estaño en todos los ejemplares del tipo Nantes no supera el 13 % y, en la mayoría de las piezas, varía entre el 9 y el 11 % (Fig. 9: A). Una de las espadas en lengua de carpa con la empuñadura transicional procedente del río Támesis, en Inglaterra (Colquhoun y Burgess 1988: 108 Fig. 98, 672) contiene un 9,5 % de estaño y un 0,9 % de plomo (Tab. En comparación con las espadas del tipo Huelva, la cantidad de plomo es un poco más elevada, acercándose a las aleaciones encontradas en las espadas del tipo Nantes. Este rasgo, por lo tanto, puede confirmar que su semejanza al tipo Nantes no es sólo morfológica. Otros tipos de espadas en lengua de carpa con datos de la composición del bronce son tres piezas del tipo Monte Sa Idda (Tab. Dos de la variante Villaverde del Río contienen por término medio un 13,5 % de estaño y un 0,3 % de plomo, mientras que el representante de la variante Alcalá del Río tiene mayor contenido de ambos (Tab. Por el contrario, dos espadas del grupo con empuñadura maciza contienen un porcentaje de plomo muy bajo (Tab. No es fácil realizar comparaciones cuantitativas más exhaustivas entre espadas diferentes, analizadas con distintas técnicas y con diversas metodologías. Entre las causas que pueden influir y/o alterar los resultados destacan las técnicas analíticas cuyas limitaciones pueden introducir errores. Asimismo, es muy importante el protocolo relativo al número total de tomas analíticas y zonas muestreadas, exigibles para que los resultados sean fiables, que puede disminuir las distorsiones ocasionadas por la heterogeneidad de la propia pieza investigada (Northover y Rychner 1998: 20, 31; Montero et al. 2002: 20 y 21; Rovira 2007: 156-157). Además, algunos cambios experimentados por el objeto analizado, como la corrosión, pueden dar resultados poco representativos del estado original. No obstante, los datos analíticos, a pesar de sus limitaciones, suelen ser comparables al inscribirse en ciertas pautas (Northover y Rychner 1998: 31). Indicarían una abundancia relativa y la presencia/ausencia de los elementos, señalando simultáneamente tendencias generales entre varios tipos de las aleaciones. Por ejemplo, en el caso del plomo, primordial para diferenciar los tipos de espadas en lengua de carpa a escala europea, debido al proceso de segregación, su contenido suele ser más alto en el nervio central o en las partes más gruesas de la empuñadura que en las partes más finas y distales de la hoja (Hughes et al. 1982: 359-361; Montero et al. 2002: 20). Teniendo en consideración dichas limitaciones debemos centrarnos principalmente en su ausencia y presencia mínima o más destacada, especialmente cuando desconocemos la procedencia de la muestra y la metodología aplicada. En conclusión, en todo el conjunto de espadas en lengua de carpa hemos observado que el contenido de plomo es muy diverso, lo que nos ha permitido una división en dos grupos de aleaciones: los bronces binarios y ternarios (cobre-estaño-plomo). El primer grupo corresponde claramente a las espadas del tipo Huelva, mientras que el segundo es más frecuente en las espadas del tipo Nantes. Los demás tipos tienen muy pocos datos para permitir generalizaciones, aunque los ejemplares del tipo Monte Sa Idda contienen mayor tasa de plomo que las piezas del tipo Huelva. Los trabajos de S. Rovira (1995, 2007, Rovira y Gómez 1998) han indicado previamente las diferencias entre la metalurgia peninsular, caracterizada por los bronces binarios, y la atlántica-norpirenaica utilización frecuente de bronces con mayor contenido de plomo. Además, la comparación de S. Rovira entre la metalurgia de los bronces de la Ría de Huelva con la de otras zonas de la Península Ibérica ha demostrado diferencias en la cantidad de plomo con las regiones de la ribera del Duero (promedio de 2,6 %) y el noroeste peninsular (19,4 %), así como afinidades con las regiones del noreste peninsular y las Baleares. Las espadas del tipo Huelva también se asemejan en este aspecto con las espadas pistiliformes (Rovira 1995: 39), sugiriendo una cronología relativamente antigua. Por otro lado, Rovira y Gómez (1999: 82) han comparado los análisis de aleaciones de varios grupos de bronces del Bronze final atlantique III / fase Ewart Park originarios de Francia e Inglaterra con la metalurgia de la Península Ibérica. En lo que se refiere a diversos tipos de espadas británicas, los autores han observado mayor contenido de plomo (tasa media del 3,8 %). Los ejemplares franceses también demuestran el uso del bronce con plomo (media del 5,3 % Pb). En comparación con espadas y otros grupos de objetos realizados en bronce, se ha confirmado el carácter particular de los bronces peninsulares, manifestado sobre todo por la baja presencia de plomo (Rovira y Gómez 1998: 82, Rovira 2007: 158). En general, el elevado contenido de plomo en el Bronce Final Atlántico también supone un rasgo cronológico, puesto que a lo largo de este período aumenta su cantidad en los bronces, alcanzando su auge en la transición a la Edad del Hierro. Suponiendo que este rasgo sea un indica-dor cronológico, se puede razonar que las espadas del tipo Huelva son más tempranas que las del tipo Nantes. Aunque la composición química de los bronces puede deberse entre otras razones a una diferente accesibilidad a los metales o a preferencias culturales. En el ámbito atlántico, la aparición de los bronces ternarios también se relaciona con frecuencia con la actividad del fundidor y la presencia de los depósitos de chatarra (Coffyn et al. 1981: 29; Northover 1988). De todas maneras, es muy razonable la consideración por Rovira y Gómez (1998: 88) del uso del plomo en los últimos momentos del Bronce Final en Europa atlántica como un rasgo cultural. Finalmente, se han analizado 39 espadas en lengua de carpa de tipo indeterminable, por falta de la parte diagnóstica de la empuñadura (Tab. Los primeros 20 ejemplares son espadas de la Península Ibérica (Tab. En el primer grupo prevalecen las espadas dragadas de la Ría de Huelva y una pieza de Estepa. La mayoría de estos ejemplares carece de plomo en su composición o lo tiene en porcentajes muy bajos (Fig. 9: D), como en las espadas del tipo Huelva. El contenido de estaño es diverso, siendo más frecuente el grupo con valores entre el 10 y 12 % Sn (Fig. 9: C). En cambio, las piezas halladas en Francia e Inglaterra contienen mayor porcentaje de plomo: como promedio el 4,7 % Pb. Además, en casi el 40 % de los ejemplares supera el 3 % (Fig. 9: D). El contenido de estaño es muy variado pero el grupo más abundante oscila entre el 9 y 10 % (Fig. 9: C). Estos rasgos son más característicos de las espadas del tipo Nantes. Consecuentemente, podemos suponer que, por su distinta distribución, y discrepancias en la composición de las aleaciones, el primer grupo correspondería con más probabilidad a las espadas del tipo Huelva (bronces binarios), y el segundo al tipo Nantes (bronces ternarios). CONTEXTO ARQUEOLÓGICO Y LOS DEPÓSITOS DEL "COMPLEJO DE LENGUA DE CARPA" Las espadas en lengua de carpa proceden de contextos arqueológicos muy diversos, pero los más habituales son ambientes acuáticos, depósitos y hallazgos singulares. La mayoría de las espadas del tipo Huelva proviene de ambiente acuá- Tab. Composición elemental de las aleaciones de las espadas en lengua de carpa de tipo indeterminado. tico y solamente en dos ocasiones de depósitos en tierra, ambos hallados en la Península Ibérica: Cangas de Morrazo "Hío" (Pontevedra) y Puertollano "Camino de Santiago" (Ciudad Real). En cambio, la mayoría de las espadas del tipo Nantes proviene de depósitos en tierra, cuyos conjuntos presentan muchas similitudes en lo que respecta a la composición de objetos (e. g. Uno de los más destacados es precisamente este tipo de espada en lengua de carpa, por lo que este fenómeno se suele denominar el "complejo de lengua de carpa", independientemente de que los respectivos depósitos contengan o no la espada epónima. La mayoría de los objetos encontrados en los depósitos son característicos de la fase Bronze final atlantique III que es correlacionada con la fase Ewart Park de Gran Bretaña. Anteriormente, el depósito de Saint-Yrieix-sur-Charente "Vénat" constituía el límite más reciente. Hoy en día, con los cambios en la cronología absoluta del Ha C también se admite su cronología anterior (Gómez de Soto 1991: 371). Entre los depósitos con espadas del tipo Nantes hay tanto aquellos que contienen objetos exclusivamente atlánticos como también conjuntos mixtos que demuestran las influencias del mundo de la cultura de Campos de Urnas (Briard 1965: 229-230; Jockenhövel y Smolla 1975: 308). Excepcionalmente, se encuentran objetos mediterráneos como los conocidos del conjunto de Saint-Yrieix-sur-Charente "Vénat". (3) Advertimos que el análisis de los objetos asociados a las espadas del tipo Nantes es preliminar debido, principalmente, a que se basa en la bibliografía que no siempre informa con suficiente lujo de detalles. Para las referencias bibliográficas relacionadas con los depósitos: Moskal 2007; Brandherm y Burgess 2008. (4) En la bibliografía francesa este tipo se puede encontrar bajo el nombre Ewart Park-Challans, puesto que las respectivas piezas podrían haber sido fabricadas también en la zona atlántica de Francia, lo que viene apoyado por la existencia de moldes o ejemplares mal fundidos (Coffyn et al. 1981: 52; Verney 1990: 397). (5) Estas armas, incluidas en el grupo de los puñales por su doble filo, también pueden ser denominados cuchillos, o couteau à soie o couteau à douille en francés. (6) Este objeto en Gran Bretaña aparece como cuchillo (hog's-back knife), mientras que en Francia suele llamarse racloire à bélière. Dentro de los útiles predominan las hachas, habitualmente de aletas (7) (Tab. El primer tipo procede de Europa central de la cultura de Campos de Urnas, donde es citado en los períodos anteriores. Las hachas de cubo se remontan al Bronce Medio centroeuropeo, pero varios moldes demuestran que también fueron fabricadas en la zona atlántica (Briard 1965: 216; Briard y Verron 1976: 29). Constituyen el grupo atlántico las hachas Plaiseau que se caracterizan por cubos circulares con decoración de aletas falsas (Tab. Frecuentemente se han encontrado hachas de cubo de tipo inglés con tres nervios (Tab. Otros útiles muy característicos de estos depósitos son los formones de cubo (Tab. 5, 13) y los martillos tubulares de sección cuadrada (Tab. También aparecen hoces de lengüeta (Tab. De tipo atlántico son los objetos en forma de clarín (9) (Tab. En los adornos los brazaletes son más comunes. Sobre todo se distinguen las formas con decoración incisa (Tab. Finalmente, dentro de estos depósitos aparecen con frecuencia lingotes (Tab. 5, 18), moldes, principalmente de hachas (Tab. 5, 19), y otros objetos relacionados con la actividad metalúrgica, como numerosa chatarra. A propósito, hemos de resaltar que muchos de los objetos descritos, conservados parcialmente, en realidad también formaban parte de ella. Para poder sacar conclusiones más pormenorizadas sobre la variabilidad en la composición de los depósitos del "complejo en lengua de carpa", tanto en términos cronológicos como espaciales, sería necesario cuantificar los distintos tipos de objetos en los respectivos conjuntos, información de la cual en muchos casos no disponemos (véase Boulud y Fily 2009: 286-288). Vale la pena prestar atención igualmente a las espadas en lengua de carpa fragmentadas que carecen de lengüeta y por eso son inclasificables (Moskal 2007; Brandherm y Burgess 2008: lista 21). Es muy probable que estos fragmentos hubieran pertenecido a la familia de las espadas en lengua de carpa dadas sus características morfológicas y distribución. Otro factor que puede apoyar esta atribución es su contexto. En este sentido, nos referimos principalmente a los fragmentos procedentes de depósitos, que forman la gran mayoría de dichos hallazgos y, además, muchos aparecieron en los típicos depósitos del "complejo de lengua de carpa". Cuentan con el mismo conjunto de piezas que se asocian con las espadas del tipo Nantes (Tab. Efectivamente, las espadas del tipo Nantes aparecieron en 26 de los 103 depósitos analizados. En conclusión, esta observación y cierta homogeneidad de los depósitos nos permite razonar que, por lo menos, los fragmentos que provienen de los depósitos del "complejo de lengua de carpa" con mucha probabilidad corresponderían a espadas del tipo Nantes (10). En primer lugar hay que destacar que, hoy por hoy, difícilmente se puede mantener una tipogénesis de las espadas en lengua de carpa a partir de las espadas pistiliformes tardías del tipo Saint Nazaire, como en su día fue defendido por Cowen (1956), ya que aquellas resultan contemporáneas con las primeras espadas tipo Huelva o incluso posiblemente posteriores a ellas. El origen exacto de estas últimas es difícil de establecer, pero parece evidente que intervienen tanto elementos heredados de las primeras espadas pistiliformes en Occidente como la morfología de los estoques tardíos de los inicios del Bronce Final (Brandherm 2007: 74). La evolución interna de las espadas en lengua de carpa partiendo del tipo Huelva hacia los tipos Nantes y Monte Sa Idda tampoco queda muy clara en todos su pasos, aunque se puede identificar un grupo de piezas con empuñaduras "transicionales". Su posible papel en este proceso resulta tan difícil de verificar como su posición cronológica con relación a dichos tipos. En cuanto a la metalurgia, los dos tipos principales -Huelva y Nantes-difieren en el contenido de plomo, inscribiéndose a la vez en el patrón metalúrgico propio de su ámbito geográfico. El tipo Huelva claramente representa el uso de un bronce binario utilizado con mayor frecuencia en el marco mediterráneo, mientras que el tipo Nantes refleja la metalurgia con bronce ternario, característica de las regiones de la Francia atlántica e Inglaterra. Por lo que respecta al contexto de los hallazgos, las espadas del tipo Huelva provienen principalmente de ambientes acuáticos y raramente forman parte de contextos cerrados. En cambio, los ejemplares del tipo Nantes frecuentemente aparecen en depósitos, con cierta homogeneidad en su distribución y contenido. En último caso, el propio contexto puede servir como otro punto de partida para clasificar en el tipo Nantes los fragmentos indeterminados de las espadas en lengua de carpa. En cualquier caso hemos de resaltar que la inclusión de la Península Ibérica en el área de dis-persión del "complejo de lengua de carpa" por parte de algunos autores se debe mucho menos a la realidad del registro arqueológico que a la ficción de una continuada uniformidad cultural del Bronce Final atlántico durante los primeros siglos del primer milenio a. En realidad, en estos momentos el sur peninsular ya había caído bajo la creciente influencia fenicia, formando cada vez menos parte del complejo cultural del Bronce Atlántico, dando lugar a unos procesos de transformación que también iban a afectar la mitad norte de la Península y últimamente incluso el mundo norpirenaico. Muchos colegas nos han ayudado con información sobre hallazgos inéditos o publicados en lugares poco accesibles y queremos agradecerles su inestimable ayuda. También debemos nuestra gratitud a los compañeros que han sacrificado su tiempo para discutir con nosotros detalles sobre la tipología y metalurgia de estas piezas. Finalmente agradecemos a los dos evaluadores anónimos sus comentarios que nos han ayudado mucho a mejorar la versión final de nuestra contribución. con empuñadura de antenas. Ambos aparecen además en depósitos con espadas en lengua de carpa como p. e. No obstante, constituyen un porcentaje muy bajo entre los hallazgos de la Francia atlántica. espadas en lengua de carpa -aspectos morfológicos, metalúrgicos y culturales 439
Scoglio del Tonno (Taranto) es un yacimiento con una posición estratégica sobre uno de los mejores puertos naturales de la península italiana. Durante el Bronce Tardío fue un emporion, lugar permanente de contactos entre el Egeo y la península italiana. Crisoles y diversos objetos de metal recuperados en las antiguas excavacio-nes (1899) han sido recientemente analizados con ED-XRF. Excepto una pieza (una aguja de una aleación de oro, plata y cobre), todos los objetos son aleaciones de base cobre. El estudio de los objetos de metal, incluido los datos de su composición, aporta elementos útiles para una reconstrucción de las funciones de este lugar. En Scoglio del Tonno el metal era sistemáticamente almacenado, presumiblemente para ser enviado hacia el Mediterráneo oriental. El yacimiento ilustra también el aumento exponencial de la producción de metal en el norte de Italia durante el Bronce Reciente (siglos XIV y XIII a.C.).
En este trabajo pretendemos adelantar los últimos resultados obtenidos de la revisión sistemática realizada sobre los materiales de este yacimiento de características únicas hasta ahora en la región. Avanzamos aquí la presentación del nivel de enterramiento en su contexto completo y los primeros resultados de los análisis de este conjunto. En él documentamos restos humanos, elementos de fauna posiblemente asociados a un banquete funerario, elementos de almacenaje y el ya conocido vaso pintado con decoración geométrica. Los resultados obtenidos por los análisis de dispersión y procesos postdeposicionales son igualmente de gran interés, permitiéndonos recrear ese espacio en el que parecen estar representados elementos simbólicos y de prestigio que indican importantes cambios en las sociedades de aquel momento. Todo ello, unido a la recalibración de las fechas radiocarbónicas del interior del túmulo, ofrece una completa documentación arqueológica de un momento poco conocido en el área sudoccidental de la Meseta Norte. Este yacimiento, conocido en la bibliografía arqueológica por el cuenco pintado y algunos de los materiales publicados anteriormente por su excavador (Benet 1990), ha sido objeto de nuevos y ex-haustivos estudios. Su revisión se planteó, en el marco de investigaciones más amplias sobre las transformaciones sociales y territoriales en la protohistoria del área sudocciental de la Meseta Norte, como consecuencia de la escasa satisfacción por la interpretación entonces efectuada. Esta se debía básicamente a que la presencia de los tres recipientes completos (dos intactos y el pintado fracturado) invitaba a pensar más en un ajuar que en los desechos propios de un hábitat. Igualmente, pensamos que el estudio de la fauna, hasta entonces no abordado, podía aportar claves interpretativas no consideradas en 1990. Por otro lado, aunque sea un detalle de menor importancia para nuestro propósito, la publicación de documentación histórica relativa a la "Plaza de Toros" facilitó datos para comprender los procesos deposicionales posteriores a niveles protohistóricos. Los resultados de estos trabajos han revelado novedades importantes sobre sus características y aportan algo más de luz al en-tramado de relaciones y contactos que influyeron en los cambios producidos en estas sociedades. El Cerro de San Pelayo se encuentra ubicado en la margen occidental de la llanura aluvial del Tormes donde destaca especialmente por su relevancia en el paisaje (Fig. 1). Se trata de un "monte-isla" de una altura total de 958 m, en cuya parte superior, en una plataforma larga y estrecha, a una altura de 906 m, se encuentra el yacimiento, dominando visualmente toda la vega del Tormes en sus dos orillas, desde el actual embalse de Santa Teresa hasta Alba de Tormes y a su espalda el Campo de Salamanca. Este monte está formado por las rocas del complejo esquisto-grawaquico que comienza en esta margen del río y marca el final de las llanuras sedimentarias de la depresión tectónica de Peñaranda-Alba. El ambiente geológico en el propio cerro está a su vez formado por gneises (los denominados gneises de Martinamor) bandeados de cuarzo en dirección NO-SE. Las investigaciones en el cerro se iniciaron, con una primera fase de prospección, mientras tenian lugar los trabajos en el dolmen de La Veguilla (Delibes y Santonja 1986: 22-24) cuando, la gran cantidad de elementos calcolíticos en superficie y su excepcional calidad invitaron a realizar varias intervenciones entre los años 1985 y 1987 (Benet 1990: 78) que revelaron una compleja estratigrafía subyacente. En la pequeña plataforma se plantearon siete catas de 4x4 m (Fig. 2) que se definieron por una letra de alineación (A, B, C) mas el número de orden (de izquierda a derecha y de norte a sur), divididas a su vez en cuadrículas de 2m2 (nombradas a, b, c y d). La secuencia estratigráfica mostraba una serie de seis niveles correspondientes, al menos, a tres principales episodios de los cuales tan solo el último (nivel VI) puede ser documentado con total certeza en posición primaria. Los Libros de Cuentas de la Parroquia de Nuestra Señora de San Pelayo (restos de cuya ermita se encuentran todavía próximos al yacimiento) contienen anotaciones entre 1719 y 1855, con algunos hiatos importantes (Almeida Cuesta 1999: 541-570). Se refieren a reformas y arreglos en la Plaza en 22 de ellas, y dan idea de una estructura mixta de piedra y madera, la primera de fábrica de baja calidad, la lignaria "compuesta" probablemente cada año. En la plaza o sus aledaños se celebraba otro festejo además de los toros, una representación teatral que tenía lugar en la "Casa (o Atrio) de la Comedia". Tanta reforma es indudablemente el origen de la presencia, por ejemplo, del nivel II-a (una bolsada de arena depositada seguramente para el suelo del coso), del muro curvo bien documentado en B7, mientras que el camino de acceso a la plataforma desde la ermita no es otra cosa que la "corredera del ganado". Y, por supuesto, a este proceso se debe la presencia, en posición secundaria de abundantes fragmentos de cerámica campaniforme decorada con incrustación de pasta roja y blanca (Benet 1990: 79-81). El nivel V, cuyo techo sirvió como suelo a la plaza y sus posteriores asentamientos, muestra sin embargo un registro en el que existen elementos propios de un arrastre secundario procedente de algún tipo de hábitat que podría estar más próximo a la Segunda Edad del Hierro, si nos guiamos por los materiales recuperados, ya que tampoco se pudieron tomar muestras fiables. En cierto modo, lo mismo pasa con gran parte de los elementos del nivel VI en las catas B-6 y B-4. El hallazgo más concluyente se produjo, por tanto, en el nivel VI de la cata B-5, donde se recuperaron numerosos fragmentos de cerámica, objetos de lujo y una gran cantidad de huesos cubiertos por los restos de una importante acumulación de piedras. La mayoría de estos objetos se pudieron documentar en posición primaria dentro del conjunto y solo levemente alterados por la acción de agentes postdeposicionales. Los análisis realizados del material cerámico, pero sobre todo de los restos óseos, han revelado información crucial para la reconstrucción del conjunto y la secuencia general del yacimiento. LA PLAZA DE TOROS DEL CERRO DE SAN PELAYO A. LOS NIVELES INFERIORES Cata B5 Nivel VI -material cerámico Este nivel se encontraba formado por una tierra parda, muy oscura, que se extendía fundamentalmente sobre y al sur de una importante veta de cuarzo bajo el farallón rocoso. Su potencia venia osci-lando entre los 20 y 30 cm y presentaba numerosos fragmentos de cerámica, restos de fauna, algunos carbones y restos de una posible fogata (Fig. 3). En la base de este nivel, se documentaron una serie de agujeros de poste excavados en la roca que se encuentran en la parte meridional de la zona delimitada por la mancha cenicienta interpretada en un principio como una cabaña (Benet 1990: 84) y que se hubiera apoyado en el afloramiento rocoso en su parte septentrional. En relación con estos elementos se documentaron durante la excavación varios restos de estructuras muy deterioradas y de muy difícil interpretación. Entre el material recuperado destacaba la presencia de un cuenco pintado situado en posición original junto a otros dos recipientes de características especiales cercanos al hogar (Fig. 4) (1). Este recipiente se encontraba colocado en posición invertida, completo, y tan sólo la presión del sedimento había resquebrajado su estructura. Se trata de un cuenco de casquete esférico, con una inflexión cercana al borde exvasado que se remata con un labio redondeado. Muestra también un mamelón alargado perforado en vertical, realizado con la misma pasta de coloración oscura y gran cantidad de desgrasante de mica. La decoración de este vaso es excepcional en el registro y consta de una serie de patrones geométricos realizados mediante la aplicación de pintura roja, posiblemente realizada con óxidos de hierro (Benet 1990: 84), aplicada después de la cocción y el tratamiento de la superficie. El área decorada comienza en la parte externa del borde, donde podemos observar una banda completa de color rojo más diluido, y continúa con un diseño que muestra una perfecta geometría. Este se basa en la intersección de bandas formando cuadrantes, en el centro y en las esquinas rellenos con un reticulado y en los restantes con dos triángulos dobles superpuestos con el vértice hacia la base. Depositados junto a este se encontraron dos cuencos intactos de características también peculiares. El primero de ellos, de tipo hemisférico, con un falso umbo en el fondo y un mamelón vertical. La superficie del recipiente está concienzudamente bruñida y es de un color pardo-grisáceo aunque la tonalidad es irregular. Como veremos más adelante este cuenco parece estar imitando una forma en bronce que podemos documentar muy bien en el depósito de Baiões (AA. Detalle de la planta de la cata B5 en el nivel VI. (1) Los materiales presentados se encuentran dibujados a 1⁄2 de su tamaño salvo que se indique lo contrario con escala adjunta. cero, colocado junto a los dos anteriores, presenta una forma de mayor profundidad, fondo plano y cuerpo cónico con una pronunciada vuelta hacia el interior de la boca cerrando mucho el orificio de entrada. Junto al borde encontramos también dos asas perforadas en vertical para facilitar la suspensión. Unos centímetros más al sur, bajo un pequeño escalón formado por el propio afloramiento, ser recogieron numerosos restos de fauna y, prácticamente in situ, tres contenedores no muy fracturados de tamaño mediano junto a otros restos de vasos de pequeñas dimensiones (Fig. 5). Encontramos, al menos, uno de estos vasitos hemisféricos de borde saliente (Fig. 5: SP-B5-B) tan característicos de los primeros momentos del Hierro en la Meseta Central y restos de otros dos, así como restos de una cazuela de carena redondeada y otra de carena marcada junto con otros pequeños contenedores de cuerpo cilíndrico. (2) Estos análisis han sido realizados por Elisa Bertrán Bellido, del Depto. de Arqueología del CSIC, a quien agradecemos su excelente trabajo con un material en tan delicadas condiciones. Sólo en uno de los casos podemos ver la típica decoración con digitaciones en el labio de un vaso de borde saliente y labio redondeado. Los contenedores son de tipo bitroncocónico con el borde recto o levemente saliente y el labio plano, en dos de los casos este se encuentra decorado con incisiones. Uno de estos ejemplares (Fig. 6) se recuperó prácticamente entero. No se aprecia ningún otro tipo de ornamentación en el resto de los recipientes. La pasta, realizada con degrasantes gruesos de cuarzo y mica, es de tonalidad marrón pardo con la superficie alisada sin mucho esmero. Cata B5 Nivel VI -análisis de los restos óseos (2) Los numerosos restos óseos recuperados en la excavación y conservados en los fondos del Museo de Salamanca (López Jiménez y Bertrán 2003) fueron estudiados detenidamente tanto taxonómica como tafonómicamente. Durante su análisis se pudo documentar una mandíbula humana situada en mitad de lo que en principio se creyó como una zona de hábitat, lo que abre la posibilidad de reinterpretar el contexto como una sepultura de inhumación pese al mal estado de los restos (Fig. 7). El fragmento encontrado es la parte derecha de una mandíbula fracturada a la altura del mentón y tras el segundo molar, lo que ha impedido una posible identificación por sexo o una más acertada aproximación de la edad del individuo, aunque podemos asumir que se trata de un adulto. El elevado índice de abrasión dental en el molar conservado, que muestra la pulpa bajo la dentina, así como la pérdida en vida de, al menos, dos de los incisivos indica una cierta edad que podríamos situar entre los 35 y los 45 años. Sin embargo, como es bien conocido, el fuerte desgaste producido en las sociedades agrícolas por la confección de harinas mediante el uso de molinos de mano propicia la aceleración de este proceso de abrasión, lo que puede estar distorsionando el cálculo del tiempo necesario para alcanzar este umbral. En cualquier caso nos ajustamos a la apreciación de que se trata de un individuo cercano a los cuarenta años. El mal estado de conservación de muchos de los restos óseos ha impedido realizar una adscripción clara al posible cuerpo humano, pero algunos de los fragmentos clasificados como "dudosos" bien podrían ser humanos. Junto con la mandíbula aparece un interesante ajuar faunístico, cuyas características indican dos actividades claramente relacionadas, una de deposición, posiblemente votiva, y otra de consumo, posiblemente ritual. En el primero de los dos casos podemos incluir los numerosos restos de Equus caballus y la presencia de un ave (indeterminada), y en la segunda los restos de ovicáprido que se recuperaron concentrados en los alrededores del fuego y en los que hay huellas de haber sido consumidos por el ser humano tanto por los cortes y muescas de descarnamiento como por la exposición al fuego de muchos de ellos. Mientras que del caballo y del ave tenemos solo individuos únicos representados, los restos de ovicáprido son numerosos y con seguridad pertenecen a varios individuos. La reconstrucción del túmulo La reconstrucción hipotética del conjunto recuperado en B5-VI, que hemos identificado finalmente como un túmulo funerario, no deja de ser controvertida. El análisis completo de parte del material ha sido posible sólo después de largo tiempo despues de cerrada la excavación y esto hace extremadamente importante contar con las notas y consideraciones tomadas durante la excavación, asi como con el registro sistemático tomado durante nuestros trabajos. La parte más importante de la reconstrucción ha sido realizada siguiendo rigurosamente la posición de los hallazgos, recogidos en el cuaderno de campo y en los planos y fotos de excavación. Así, el primer paso es remontar los tres grandes contenedores que, casi intactos (ver figuras 5 y 6), se encontraron en la parte occidental de la mancha de tierra más orgánica en el centro de la estructura. Igualmente, los diferentes huesos están reseñados en áreas determinadas y eso nos permite, comparando las localizaciones de las muestras del análisis de fauna, ver las concentraciones funcionales una vez identificados estos. Los cuencos se encontraban, igualmente, en posición primaria, depositados junto al fuego al norte de la estructura. Muy importante era poder realcionar la mandíbula, el único resto inequívocamente humano recuperado, en relación con el resto de elementos. Esta se recuperó dentro de la gran mancha de material más orgánico en el medio de la cata B5, posiblemente algo arrastrada de su posición original, pero todavía en una posición central al resto del conjunto. Tras situar los materiales, era necesario suponer una estructura con una cubierta, en principio pere- cedera, ya que las piedras acumuladas sobre el túmulo no servirían para formar un techo. Sin embargo, la cubertura existió, como demuestran las trazas orgánicas del sedimento, el estado de los materiales y la secuencia estratigráfica. De otro modo, la presión habría roto en pedazos los vasos colocados boca abajo que estaban tan solo resquebrajados. Su protección se debió a una capa de tierra fina, sin cantos, que los cubre y que probablemente comenzó a caer al ir cediendo la estructura superior y que se derrumbó finalmente sobre la precaria cámara. La solución para nosotros más clara para esta cubierta sería una estructura de madera que hiciera uso de los agujeros de poste situados en la parte sur del enterramiento y que lo limita por esta parte. Probablemente, en la parte norte, se podía aprovechar el gran afloramiento de cuarzo blanco que crea una importante diferencia de altura y permite un espacio razonable para albergar el depósito. La cobertura final se haría con las cuarcitas tabulares, sin trabajar, que se encontraron cubriendo todo el área (donde abundan naturalmente los gneises y cuarzos), y que constituyen una capa no muy gruesa de protección y marcación para un túmulo relativamente pequeño (Fig. 8). La reconstrucción aparece, a nuestros ojos, ru-dimentariamente similar a lo que algún tiempo después sería la tumba de la Casa del Carpio aunque evidentemente esta es una interpretación que ha de discutirse a la luz de futuros hallazgos. Cuestiones de cronología para el túmulo La extensión del túmulo sobrepasa ligeramente por el sector sudoccidental los límites de B5, apareciendo en la base de B6 donde se encontraron dos importantes acumulaciones de carbón (Benet 1990: 85) de las que se tomaron dos muestras para datar por Radiocarbono. Ambas fueron procesadas en los laboratorios de la Universidad de Gröningen y, calibradas mediante el programa OxCal v3.5, han arrojado para este nivel VI de San Pelayo fechas de mediados del siglo IX B. C. Una tercera muestra enviada por Benet (1990: 85), tomada sobre un hueso del nivel inmediatamente superior, debe de ser asumida con ciertas reservas por su gran desviación (±140 años) (López Jiménez 2003b; Ruiz-Galvez 1995: 81-82). Estos elementos del poblamiento inferior del Cerro de San Pelayo plantean la primera introducción de estos grupos occidentales en una dinámica que, probablemente, se encuentre relacionada con la estructuración de redes de relaciones, vinculada a grupos de prestigio destacados en su representación social y que se incluyen en los procesos documentados en este momento y fechas posteriores en dos grandes áreas. Por un lado los grupos de cuencos pintados de tipo Menjibar y Medellín, y por otro los de tipo Las Cumbres y Casa del Carpio. En cualquier caso, estos elementos nos permiten recrear hipotéticamente lo que pudo ser la ocupación de finales de la Edad del Bronce que al parecer podría estar mostrando una serie de influencias o incluso la presencia de individuos con formas rituales diferentes entre estas poblaciones. Sea por lo tanto por emulación o por presencia de un componente social exógeno a estos grupos, los elementos recuperados nos indican una excepcional singularidad no documentada hasta ahora en esta zona. Podemos considerarlo, por consiguiente, uno de los mayores exponentes del proceso de individualización del poder, documentado hasta ahora, en la Protohistoria del área sudoccidental de la Meseta Norte. Materiales, rituales e influjo orientalizante. La influencia de los círculos culturales del Sudoeste y su paulatino aumento son factores decisivos para entender los procesos de cambio desarrollados en este área. Dentro de lo que se ha llamado el "paquete" de materiales, a través del cual podemos identificar una nueva forma de ritual social, se encuentran los cuencos pintados. Estos elementos, cuya presencia es esencialmente la misma durante cerca de tres siglos con diversas versiones y contextos, parecen indicar un cambio en el ritual social de la alimentación. Aparecen los cacharros abiertos para uso en común junto con otros pequeños vasitos de uso individual con elementos de suspensión, donde se pueden encontrar básicamente los rudimentos del simposio. Aunque esta es una hipótesis aventurada, lo que si es cierto es que podemos relacionar estos objetos con un nuevo concepto del consumo en un contexto específico de especial trascendencia social y/o ideológica. Básicamente, podemos decir que cumplen una función social aglutinadora probablemente de ciertos individuos dentro del grupo, algo que podemos relacionar con el principio que ya planteaba Sherratt para el "paquete" calcolítico campaniforme (Sherratt 1987). Evidentemente, están apareciendo otros mecanismos de diferenciación social, más o menos asumidos dentro de sociedades segmentarias, vinculados a las cuales encontramos los cuencos pintados. Estos elementos, dentro de los tipos de recipientes abiertos colectivos, marcan claramente una diferencia ideológica o conceptual. Probablemente no estuvieron pensados para consumir alimentos, o no de forma habitual sino esporádica, ya que las pinturas post-cocción que muestran son bastante poco resistentes. Sí parece, como afirma Pereira (1989: 403), que se trate de elementos para la ostentación asociados de algún modo a signos de identidad social, familiar o de rango. Los elementos de suspensión (a menudo uno sólo) que acompañan normalmente a estos cuencos y la buena conservación en general de las decoraciones parecen confirmar las hipótesis de su uso como identificador ritual/social (Bradley 2003). En este sentido, Ruiz-Gálvez relaciona estos recipientes decorados con la industria textil de Peña Negra (Ruiz-Gálvez 1993: 56) y la expresión de la identidad a través de estos que podrían estar prestando sus esquemas a estos objetos de "representación". Esta idea se ve más desarrollada por Cáceres Gutiérrez (1997) en un trabajo que parte de la entrada de estas influencias decorativas desde al menos el siglo XI a. Estos elementos son acompañados por fíbulas, peines, etc., cuya entrada marca el comienzo de la generalización de estos vasos pintados y se produce una distribución a nivel peninsular (Cáceres Gutiérrez 1997: 132-136). Su circulación también es objeto de estudio, entendida tanto como presentes de "embajada" como estructurados a través de sistemas de intercambio para mantener ciertas relaciones sociales (una circulación tipo kula), aunque su dispersión y la distribución de los motivos asociados todavía no parece responder a un patrón reconocible. Es posible, por lo tanto, que los diseños y modelos correspondan a signos de identificación social, grupal en mayor o menor medida. Estos comenzarían desarrollándose en su forma primera con los elementos de retícula bruñida e irían sufriendo un proceso de geometrización al que pronto se van sumando verdaderos influjos mediterráneos directos que quedan claramente reflejados en Peña Negra (Ruiz-Gálvez 1993: 56). La repetición de ciertos patrones desde los más antiguos cuencos decorados con retícula bruñida hasta sus últimas expresiones en esta zona parece relacionarlos con un proceso de complejidad social y contactos de larga duración, que afecta de forma importante al área septentrional desde mediados del siglo IX a. C. con seguridad y principalmente entre el VIII y el VII, momento tras el que no parece perdurar. La propuesta para la seriación y definición de estos materiales mas generalmente aceptada es la expuesta por Almagro (1977), que Pereira utiliza posteriormente para contextualizar el rico material de la tumba de la Casa del Carpio (Pereira 1989: 400) y que está sistematizado y actualizado recientemente por Cáceres (1997). En el caso que nos ocupa, señalaremos tan solo los tipos "Carambolo" (de modo general), entre los siglos IX al VIII a. C., el Andaluz Oriental, que se documenta entre el VIII y VII a. C., y el tipo Medellín hacia los siglos VIII -VII a. Pero si el panorama actual se observa a la luz de las nuevas evidencias, el occidente parece participar de algunas dinámicas comunes que integran diversos elementos orientales sobre un fuerte sustrato indígena. Los primeros ejemplares de retícula bruñida presentan ya, hacia comienzos del siglo IX a. C. los patrones decorativos de base que vamos a encontrar en los tipos inmediatamente siguientes. Así se puede comprobar en las numerosas piezas procedentes de los yacimientos de la Andalucía occidental como Cabezo de San Pedro (Blázquez Martínez et al. 1979). Podemos ver la división del espacio que va a primar en los cuencos pintados de los tipos "b", "g", "j" y "k" del repertorio de este yacimiento con el esquema de base del cuenco pintado del cerro de San Pelayo, o el tipo 55 (Blázquez Martínez et al. 1979: figura 18) que apunta hacia el del Cortijo de las Torres (Carrasco et al. 1986: 206), Medellín (Almagro Gorbea 1977: 314) o ciertos materiales de la Casa del Carpio (Pereira 1989: 397). Estos tipos pintados podemos enmarcarlos en dos grandes grupos dentro de la cerámica tipo Carambolo (Escacena 2000: 107), uno monocromo y otro bicromo. El primero, del cual elemento más antiguo datado en mediados del siglo IX B. C. es el ejemplar de San Pelayo (Benet 1990), aparece en numerosos lugares siempre en contextos funerarios y presenta una fuerte asimilación de influjos claramente griegos ya a mediados del siglo VIII en la T1 de Las Cumbres (Córdoba y Ruiz Mata 2000). Estos diseños, de corte geométrico, se realizan sobre la pasta ya seca con pintura de tonos rojizos muy densa, generalmente en cuarteles y con una distribución simétrica. La decoración en este caso se realiza mediante la aplicación de una base de pintura y el diseño sobre esta de los dibujos con otra, alternando el rojo con el blanco o amarillento. Los diseños en este caso parecen tender a esteliformes radiales aunque hay muestras variadas. Los cuencos bicromos parecen desarrollarse hasta tener una importante presencia en la zona de estudio, formando una importante evidencia en contextos de siglo VII a. C., como por ejemplo en Ledesma (Benet et al. 1991). En este caso, podemos ver claramente al comparar los esquemas decorativos, un vínculo importante en el diseño de base del cuenco, ya que no en la técnica ni algunos pequeños añadidos de cenefas decorativas internas y externas. Estos tipos aparecen en todo el curso del Tormes y parte de la Sierra del Macizo Central Occidental, como Ledesma (Benet et al. 1991), Cerro de San Vicente (3) (Martín Valls et al. 1991), Sanchorreja (González-Tablas 1989) o Las Paredejas (Fabián 1987), pero también en lugares como La Aldehuela en Zamora (Santos Villaseñor 1990). Esto es lo que podemos denominar tipos "meseteños" en el occidente, cuyo final es probablemente el de los finales del siglo VII a. La ascensión de estos objetos desde el Sur, donde se conserva la mayor acumulación de ellos, está clara, pero con ellos aparece también cultura material que consideramos parte del mundo orientalizante desde el Bronce Final. En el caso de los grupos de la Beira Interior, además de estos elementos asociados a la "Lapa do Fumo" podemos ver gran cantidad de cerámicas con bordes "almendrados" de inspiración tartésica o cazuelas de asa de espuerta (Vilaça 1995) tipo Setefilla (Aubet et al. 1983) o El Palomar (Jiménez y Ortega 2001) que colocan a estos grupos como actores importantes en la articulación de los contactos con la zona de estudio en el occidente de la Meseta Norte. Junto a estos piezas aparecen, hacia el siglo VII a. Todos estos elementos llegan con fuerza a estas regiones, condicionando en cierto modo las relacio-nes sociales y propiciando el establecimiento de nuevos roles dentro de los grupos, pero no de forma determinante. Estos objetos de representación social comienzan a ceder terreno, durante la Edad del Hierro, a otro "paquete" ornamental y de ostentación expresión de mayor diferenciación individual. LA PLAZA DE TOROS DEL CERRO DE SAN PELAYO B. LOS NIVELES SUPERIORES El análisis de los materiales cerámicos del nivel V del yacimiento, posterior al conjunto del túmulo, revelaban un salto cronológico importante, pero difícil de precisar y sobre todo de caracterizar. El reciente estudio de los restos de fauna ha permitido, sin embargo, una importante diferenciación funcional, de uso y deposicional en la secuencia. Se trata de un registro que corresponde los vestigios normales de un hábitat, con representación de una economía de pastoreo de ovicápridos y bóvidos, con aportes de caza como el ciervo o el conejo. En principio, la asociación de la información de los estudios tafonómicos a las demás evidencias arqueológicas es muy concluyente sobre la disociación de dos fases que, en un primer momento, no estaban nada claras. Como veremos a continuación, este emplazamiento podría estar también hablándonos de una reutilización de ciertos lugares estratégicos durante toda la Edad del Hierro. Esta fase, pese a no tener una clara idea de sus características estructurales o su durabilidad, parece corresponder, por los materiales cerámicos y metálicos hallados así como por el registro faunístico y sus procesos, a un hábitat de comienzos de la Segunda Edad del Hierro. Son básicamente los niveles V y IVb en toda la excavación, así como al VI en los sondeos B4 (a,b,c) y B6 (a,b,d) donde se encuentran en una posición de estratigrafía horizontal con respecto al conjunto cerrado de B5-VI (Fig. 10). Los materiales procedentes de esta fase de habitación se recogieron sobre los niveles anteriores en posición secundaria y sin relación con ninguna estructura clara. Son tipos variados de elementos de almacenaje y vajilla. Existe representación de ciertos contenedores (Fig. 11), a torno, de tamaño mediano y grande, de cocción oxidante, pastas gruesas y sin decoración, con el borde saliente y de tendencia globular (Fig. 11.SP-B6-A,B,C). Todavía aparece junto a este un contenedor de tipo bitroncocónico de tamaño mediano, con la superficie bien alisada y borde recto. Junto a los recipientes mayores aparecen formas abiertas (Fig. 12), como cuencos de gran diámetro con el borde de tendencia saliente y el labio evertido pero redondeado, con un tratamiento bruñido sobre la pasta negra o gris oscura que da un aspecto brillante. La boca, de gran diámetro, da paso a un cuerpo cónico muy probablemente terminado en fondo plano (Fig. 12. Aparecen también algunas vasijas de almacenaje de tamaño mediano con el cuello estrangulado y rematadas en borde recto y labio plano de sección trapezoidal (Fig. 12. Llama especialmente la atención la aparición de un plato abierto, a torno, de tipo post-orientalizante, sobre pasta parda y superficie bien alisada, casi bruñida (Fig. 12. Encontramos también algunos fondos planos y restos de bordes salientes correspondientes a cacharros a torno, oxidantes, de cuello desarrollado. La pieza más significativa, en este caso el plato abierto, tiene claros paralelos con los tipos documentados en Cancho Roano dentro de los tipos O-5 (Celestino Pérez y Martín Bañón 1996: 59, 330fig. También los tipos y tamaños de los contenedores globulares de borde saliente parecen emular estos modelos casi con total exactitud (Celestino Pérez y Martín Bañón 1996: 198-202), aunque existen otros paralelos en Medellín (Almagro Gorbea y Martín Bravo 1994: 98) y al parecer estos tipo abiertos de mediano y gran tamaño se mantienen fases posteriores en casi todo el occidente (Martín Valls 1998; Esparza 1986: 269). Más compleja es la identificación de los materiales de cerámicas reductoras bruñidas. Las formas y el tratamiento de la superficie, aunque no tienen paralelos en la cerámica común podrían estar, sin embargo, en relación formal con ciertos tipos de ática de barniz negro. En el nivel IIIb de la Alcazaba de Badajoz (Berrocal Rangel 1994: 167), aparece una forma abierta (figura 5) en barniz negro ático, de tamaño mediano con el borde saliente y labio redondeado muy marcado. La superficie se encuentra en su totalidad barnizada en negro. Existe la posibilidad, por lo tanto, de una cierta "imitación" de alguna forma similar de origen exótico. El conjunto de la colección es, por lo que se refiere al material cerámico, claramente diferente del anterior, y se puede fechar en el siglo V a. C., en lo que se denomina el post-orientalizante, tanto por los contextos de los elementos relacionados con Can-cho Roano (Celestino Pérez y Martín Bañón 1996: 317-322) como por los de estos otros materiales que parecen estar apareciendo en la Península Ibérica hacia finales de este siglo (Berrocal Rangel 1994: 232). Si la cuestión cronológica y la separación de "tipos" se tiene que apoyar en el análisis del material cerámico, el contexto de la actividad que produjo el registro está mucho mejor representado en los análisis faunísticos. En ellos encontramos una representación de animales domésticos y salvajes. El primer grupo lo forman bóvidos y ovicápridos y el segundo cérvidos y lagomorfos. La muestra presenta alteraciones por transporte pero también debidas al procesado de las piezas para su consumo, en algunos casos con marcas de despiece, calentamiento y fracturas antrópicas. Esta, sin embargo, no es suficientemente amplia estadísticamente como para poder realizar un estudio de este tipo pero si nos da una idea de una explotación ganadera mixta, con aportes sustanciales de recursos salvajes, entre los cuales el ciervo tiene una alta representación. Entre los elementos analizados se han podido establecer, al menos, dos casos de individuos (bóvido y ovicáprido) que han sido consumidos en edad juvenil, lo que supone una actitud antieconómica que rechaza otros recursos que no sean los de aprovechar su carne. Es posible asegurar, por lo menos, que existió algún tipo de ocupación en momentos de comienzos de la Segunda Edad del Hierro cuyas estructuras de habitación, si las hubo, no se han podido documentar. Ésta, debido al reducido espacio de la plataforma del cerro y la poca bondad para el establecimiento del asentamiento, parece más relacionada con una estación estratégica (en el sentido social, logístico y/o ideológico, pero no "militar") que con un sitio de carácter más estable. También es posible asegurar que en el momento de establecerse esta segunda fase lo más probable es que aun existieran indicios visibles de la primera, aunque no sabemos hasta que punto podrían estar relacionadas ambas. No hemos de olvidar tampoco que los procesos constructivos históricos han podido dañar decididamente la evidencia en algunos casos. Los trabajos desarrollados entre 1985 y 1987 en el Cerro de San Pelayo produjeron una importante cantidad de información que, parcialmente, fue estudiada por su excavador (Benet 1990). El resto, embalado y conservado, estuvo en el Museo de Salamanca hasta que con nuevos presupuestos de investigación, en colaboración con el grupo del Departamento de Arqueología del CSIC Estructura Social y Territorio: Arqueología del Paisaje, se comenzó una revisión sistemática de todos los materiales conservados y de la documentación de las excavaciones (López Jiménez y Bertrán 2003). El trabajo realizado hasta ahora nos ha permitido determinar claramente dos momentos claros con dos contextos arqueológicos bien diferenciados e indicios de actividades rituales y de vida cotidiana. El primero de estos contextos es el que hemos definido como San Pelayo A. Este se concentra en la zona denominada B5-VI. Como hemos podido observar, la evidencia recuperada nos indica la presencia de restos humanos inhumados, rodeados por cerámica de almacenaje y algunos elementos de cerámica fina, incluyendo un cuenco pintado. Alrededor de la zona principal del túmulo podemos documentar restos de un solo individuo de caballo y un ave. Algo mas arriba, menos concentrados y cercanos a la mancha de fuego al norte se encontraron restos variados de ovicáprido con muestras de haber sido consumidos. Todo ello se cubría con una capa no muy gruesa de cuarcitas y esquistos de fractura tabular, de tamaño mediano. Este nivel arqueológico, que se asienta directamente sobre la roca natural, no se documentó en ninguna otra de las catas realizadas (salvo una pequeña parte bien determinada que aparece en B6). Es, en sí mismo, un conjunto excepcional enmarcado quizá en un proceso de larga duración en el que los sistemas de diferenciación social se ven afectados por la influencia mediterránea. Este influjo se entreve principalmente en el occidente a través de ciertos elementos funerarios de diferenciación, escasos pero muy significativos, cuyo referente inicial pueden ser los hallados en el monumento de Roça do Casal do Meio (Ruiz-Gálvez 1998: 260-262) y que se materializan con toda su parafernalia en la cuenca del Tajo como La Casa del Carpio (Pereira 1989; Pereira y de Álvaro 1986) y posiblemente de Sierra de Santa Cruz (Martín Bravo 1999: 88-90). El cuenco pintado, de tipo monocromo (Escacena 2000: 107), parece remitirnos recurrentemente, también, a contextos funerarios (Córdoba y Ruiz Mata 2000). El segundo contexto esta algo peor definido y no ofrece estructuras a las que hacer referencia. Sin embargo, los materiales recuperados son claramen-te diversos y nos remiten a un momento que podemos establecer, por analogía con elementos de Badajoz (Berrocal Rangel 1994), Cancho Roano (Celestino y Martín Bañón 1996) o Medellín (Almagro Gorbea y Martín Bravo 1994), hacia el siglo V a. C., y que parecen estar presentes a partir de este momento en otros lugares más septentrionales del occidente (Esparza 1986: 269). Las referencias de la cerámica determinable son inequívocamente meridionales, indicando una clara vinculación con los grupos del sudoeste. Al contrario que en el caso anterior, se trata de una evidencia dispersa, muy fragmentada y en posición secundaria, que el análisis tafonómico y taxonómico de la fauna ha calificado como propia de los patrones de consumo y producción característicos de un hábitat, hasta ahora no documentado. Por encima de este nivel arqueológico se asentaba el conjunto constructivo y deposicional formado por el suelo de la antigua "plaza de toros" entre los siglos XVII y XX (Benet 1990: 81). El enterramiento tumular es único en una zona compleja y escasamente definida. El registro es totalmente excepcional en la Meseta Norte, pero toma un carácter especialmente marcado en esta zona de sudoccidental. Se trata del único posible enterramiento documentado en la zona de Salamanca y Beira Alta perteneciente a época protohistórica. Debe de ponerse en relación con fenómenos propios del sudoeste que, en aquel momento, muestran una clara influencia que se extiende cada vez más al norte. En este contexto, y teniendo en cuenta que observamos procesos de larga duración, es como podemos situar un proceso social e ideológico relacionado con la aparición de una primera forma de conflicto social resuelto en términos muy autoctonistas. En esta zona se observa, despues de diversos estudios llevados a cabo por el equipo del CSIC (4) (Sánchez-Palencia et al. 2003) una importante ruptura con las secuencias culturales conocidas en la Meseta Central y que se documentan, precisamente, hasta el límite del Tormes (López Jiménez 2003a). Los grupos comprendidos en esta área no forman una unidad étnica, pero si comparten una estructura social semejante, identificable por una forma de explotación del territorio similar, una proyección sobre el paisaje sujeta a los mismos cam-bios y por estar inmersos en los mismos círculos de relaciones documentables a través de determinados elementos arqueológicos (López Jiménez y Benet 2003). Esta área, que se ha dibujado dentro de este amplio marco, tiene una coherencia solo relativa, basada en cuestiones de estructura social y territorial que no implican mayores proyecciones étnicas o culturales, sino el encontrarse en una zona bastante aislada y cuya forma de explotación no se ha visto radicalmente alterada, pese a las influencias externas documentadas y los cambios reconocibles, hasta la llegada de Roma. Nos encontramos pues ante una zona que se puede muy bien definir como un "margen" (Sherratt 1997), a donde llegan las influencias de los importantes cambios sociales que se van a producir en otras partes de la Península Ibérica, así como algunos de los elementos materiales asociados a estos, pero que se mantienen fuertemente arraigados a sus sistemas de control de la desigualdad social. La evidencia en el Cerro de San Pelayo nos expone claramente dos cuestiones. Por una parte, la introducción de un ritual de significación de un solo individuo en el que, además, se pretende una perdurabilidad de este y una permanencia en el espacio social al ocupar claramente un paisaje de referencia. Junto a ello, aparecen sistemas de ritualización y ciertos materiales que parecen hacer referencia al mundo mediterráneo. Por otra, se observa una fuerte presencia de componentes autóctonos, faltando además los elementos materiales más exóticos que pueden acompañar otros enterramientos. Todos los elementos, salvo el vaso pintado, son del tipo más tradicional, hechos a mano, sin ninguna característica remarcable. Tampoco hay piezas que indiquen una vinculación directa con riqueza personal u otras características más propias de un ritual de tipo mediterráneo. Estas sociedades del área sudoccidental de la Meseta Norte durante la Protohistoria se caracterizan por adoptar sistemas muy retardatarios y una importante resistencia al cambio social introducido por los crecientes contactos a los que se ven sometidos, principalmente por su situación clave de paso en el eje Norte-Sur a través del Sistema Central. El control de la desigualdad es relativamente fácil en una zona sin presión demográfica y amplias posibilidades de reasentamiento por segmentarización. Se producen, por tanto, formas de desigualdad que, finalmente, no parecen preservarse ni consolidarse gracias a la existencia de un sistema de con-trol basado en una heterarquía funcional en la que todos los individuos, aunque diferenciados se encuentran en su totalidad atados a la tierra. Esto evita a su vez que puedan establecerse jefaturas que liguen a los grupos a una competición por la producción y por el control de la tierra y a una creciente tensión social, como parece que estaría sucediendo más tarde en la zona central de la Meseta con los grupos de Cogotas II.
El artículo presenta el resultado de los análisis realizados a los metales de base cobre de la importante necrópolis siciliana de Madonna del Piano, próxima a Grammichele (Catania), fechada entre el Bronce Final 2 y la Primera Edad del Hierro IA. Los objetos muestreados pertenecen a diferentes tipos, armas ofensivas y defensivas tales como espadas y grebas, pequeños objetos de uso personal como anillos, fíbulas, broches de cinturón y pequeñas herramientas como cuchillos usados por las mujeres, carretes, agujas, navajas, pero también elementos funcionales como remaches, clavos y un tipo de instrumento como el tintinábulo. Los métodos de análisis utilizados fueron AAS y SEM, cuando fue posible y XRF para todos los casos. El objetivo de esta investigación es evaluar la habilidad de los artesanos locales y determinar el tipo de aleación más común en Sicilia durante este período, comparando los datos con los resultados obtenidos en grupos de hallazgos contemporáneos de otras partes de la península italiana y otras regiones europeas.
Este artículo describe los materiales del sitio ritual de Shaitanskoye Ozero II, Provincia de Sverdlovsk. Las reducidas excavaciones emprendidas en el lugar con superficie inferior a los 240 m 2 han entregado más de 160 objetos de bronce: utensilios, armas, adornos en espiral de cobre y abundantes residuos de la fusión y el trabajo del metal. Además de tipos Seima-Turbino (hachas tubulares y cuchillos planos) y Euroasiáticos (puñales de mango fundido, cuchillos con empuñadura de lengüeta, brazaletes y anillos acanalados), varios artefactos metálicos resultaron manufacturados según el estilo de la tradición Samus-Kizhirovo. Los artefactos de bronce, los líticos (cuchillos, raspadores y numerosas puntas de flecha) están acompañados por cerámicos de tipo Koptyaki. El metal es generalmente una aleación de cobre y estaño. Este conjunto se considera relevante en la tradición local de trabajo del metal que, en esta región particular, era comparativamente antigua y quedó interrumpida por las rápidas migraciones de la gente Seima-Turbino. Además, el conjunto muestra las fuentes a partir de las cuales los artefactos post-Seima llegaron a la gente. Tales artefactos pueden relacionarse también con un gran centro de trabajo del metal localizado en los Urales centrales.
Botones de oro pertenecientes a la primera Edad del Hierro, procedentes de Castro dos Ratinhos, Fortios e Outeiro da Cabeça (Portugal), fueron analizados por EDXRF y Micro-PIXE. Los resultados de los análisis por EDXRF mostraron una composición similar en todos los botones, independientemente de su procedencia. Por otra parte, los microanálisis por PIXE permitieron verificar que los componentes soldados de cada botón (disco, presilla y cordón exterior) tienen la misma composición química. Además de eso, las áreas de soldadura fueron estudiadas mediante Micro-PIXE, SEM-EDS y posterior análisis metalográfico por microscopia óptica de reflexión. Estos análisis permitieron comprobar la ausencia de soldaduras en las zonas de unión de estos componentes, lo que nos permite concluir que debe haber tenido lugar un proceso de fusión parcial y de difusión en estado sólido para unir los componentes de estos botones. La gran semejanza en la composición química, junto a la presencia del mismo tipo de soldadura y tipologías similares, nos sugiere que todas estas piezas fueron resultado del trabajo de un mismo artesano-joyero, cuyo taller se encontraría localizado en el sudoeste de la Península Ibérica. 504 António M. Monge Soares, Pedro Valério, Rui J. C. Silva, Luis Cerqueira Alves y Maria de Fátima Araújo
En las últimas décadas la investigación sobre minería y metalurgia prehistóricas, que venía orientándose casi en exclusiva hacia la tecnología, ha considerado de modo creciente los aspectos contextuales, sociales, culturales y medioambientales (Knapp 1998: 8-9; Stöllner 2003). Esta tendencia, al integrar esas actividades en la comprensión de las sociedades prehistóricas, está aportando una dimensión social e histórica a la tecnología. El impacto medioambiental de la minería, la metalurgia y el trabajo del metal, en cambio, ha recibido menor y desigual atención. Nuestra contribución se encuadra en los estudios paleoambientales interesados por las bases energéticas de la producción metalúrgica y el impacto de la minería y la metalurgia sobre el medio ambiente. Además Kargaly es una de las pocas minas explotadas en las estepas euroasiáticas durante la Prehistoria reciente con una escala sustancial de producción (Chernykh 1994: 62-63; Peterson 2009: 194) a diferencia de la de los afloramientos, dispersos por la región. Kargaly es un criadero de cobre extendido por unos 1500 km 2 (Fig. 1A) del que se extrajeron minerales durante la Edad del Bronce y la primera industrialización rusa. Entre un momento y otro sólo fue frecuentado por pastores nómadas que, en cualquier caso, aparentemente no aprovecharon sus yacimientos. Allí se documentan once grandes mineralizaciones con evidencias de explotación minera (Fig. 1B) (Chernyj 2002a). Se han localizado tres grandes asentamientos superpuestos a las zonas mineras, correspondientes a la fase prehistórica: Miasnikovski, Ordynski y Gorny 1 de cuyas excavaciones (3-3,5 % de sus aproximadamente 4 ha, Chernyj 2002b: 18) procede la mayoría de la información arqueológica publicada. Además, se localizaron tres probables poblados situados en zonas bajas: Gorny 2 y 3 y Novenki. Finalmente se han excavado cuatro cementerios de kurganes o túmulos funerarios de la Edad del Bronce en las vegas de los ríos Usolka y Kargalka (Chernyj 2005) (Fig. 1B). Según Chernyj (2002a: 137), la explotación minera de Kargaly se inicia durante la cultura Yamno-Poltavka o Pit grave de la Edad del Bronce Antiguo. Tiene un carácter esporádico y se lleva a cabo mediante zanjas. La máxima intensidad de la explotación prehistórica se produce durante el final de la Edad del Bronce, en el marco de la comunidad Srubnaya clásica o Timber grave (Chernyj 2002d(Chernyj: 125, 2002c: 95): 95). Los problemas que plantea la interpretación histórica de su registro arqueológico no pueden abordarse desde los datos proporcionados por el registro arqueológico convencional. Esto atañe, en especial, a la escala de la actividad minera y/o metalúrgica al final de la Edad del Bronce, cuando el coto minero habría alcanzado su máximo nivel de actividad. La escala de distribución de los productos metálicos de la minería de Kargaly (Chernyj 2007: 96, Fig. 6.3) parece discrepar del muy limitado desarrollo de la diferenciación social que revela el registro arqueológico local. El alcance de las exportaciones de cobre evoca operaciones mineras a gran escala en el coto. Tales operaciones deberían ir acompañadas de una intensa actividad metalúrgica, que permitiera la circulación a larga distancia de los cobres kargalitanos. Finalmente, esta metalurgia extractiva intensiva sugiere un grado elevado de división del trabajo y especialización técnica. Normalmente ello remite a un grado avanzado de diferenciación y complejidad social, ausente del registro arqueológico local que conocemos (Rolland et al. e.p.). Los asentamientos excavados en Kargaly no se distinguen sustancialmente de los estándares de la comunidad cultural Srubnaya: escasos indicios de diferenciación social en hábitats y enterramientos. Por su parte, los indicadores de la escala de la producción son ambiguos. En el centro del coto hay, al menos, tres hábitats asociados con explotaciones mineras: Gorny, Ordynski, Miasnikovski. La excavación en la de Gorny ha revelado obras mineras de importantes dimensiones y talleres metalúrgicos. Sin embargo es imposible cartografiar con precisión y coordenar en el tiempo la extensión total de las operaciones mineras en el conjunto del coto ni su grado de inten-sidad. Esta evidencia directa sólo indica las condiciones locales, sin que sea posible hacer generalizaciones en relación con los problemas reseñados al principio. El Proyecto Kargaly su propuso abordar estos problemas desde la Arqueología del Paisaje, explorando las relaciones entre recursos forestales y escala de la actividad minero-metalúrgica en los dos sentidos mencionados: como indicadores del impacto de las actividades productivas en el paisaje y de la capacidad de producción metalúrgica local, atendiendo al nexo entre disponibilidad de energía y rendimiento energético del proceso metalúrgico. Los experimentos metalúrgicos de S. Rovira (1999; Horne 1982a) facilitan los parámetros para modelizar el rendimiento energético del proceso metalúrgico local. En las condiciones de relativa escasez de recursos forestales de la estepa arbolada (formación a la que corresponde el paisaje de Kargaly), los bosques y sus variaciones a lo largo del tiempo pueden ser utilizados como proxy de las variaciones correlativas en la escala de la actividad minero-metalúrgica local (Vicent et al. 2000; Vicent et al. 2006). Un escenario de cambios significativos en la distribución de las masas forestales entre las fases previas al Bronce Final y la de su máxima expansión o fase Srubnaya podría atribuirse, bajo ciertas condiciones, a un alto impacto antrópico en el entorno. Ese escenario sería un indicador fiable de una escala intensiva de la producción minero-metalúrgica. A la inversa, la ausencia de tales cambios confirmaría la baja intensidad de dicha actividad, remitiendo a un consumo sostenible de recursos energéticos, cuyos umbrales pueden ser modelizados. El objetivo del presente trabajo es utilizar los datos paleoambientales producidos por la exploración arqueológica del complejo de Kargaly como base empírica para una aproximación de este tipo a la historia forestal de la región. Existen dos series de datos que proporcionan información sobre la evolución de la cubierta forestal de Kargaly: palinológicos y antracológicos. La palinología arqueológica permite una aproximación a la descripción de las cubiertas vegetales y su evolución en el tiempo. El supuesto metodológico es que la proporción de polen de un taxón en una muestra de lluvia polínica es una función de la superficie efectiva ocupada por dicho taxón en un radio en torno al punto de obtención, definido por la movilidad del polen, la productividad polínica del taxón y otros factores (Hicks y Birks 1996; Broström et al. 1998; Broström et al. 2005; Bennett y Hicks 2005). Diseñar un modelo de esta relación funcional entre la distribución efectiva de la vegetación y su representación en los espectros polínicos es el objetivo de enfoques, desarrollados durante las últimas décadas. Destaca el del Best Modern Analogue (BMA) que utiliza la vegetación actual y su representación palinológica como base para crear modelos de la vegetación en el pasado (Overpeck et al. 1985; Guiot 1990; Tarasov et al. 2007). Salvando las limitaciones que se indicarán, asumimos que el número de palinomorfos pertenecientes a especies recogidas en un espectro polínico obtenido en un punto concreto representa, en alguna medida, la distribución de la vegetación en el entorno espacial y temporal de dicho punto. Por lo tanto, la comparación de la composición cualitativa y cuantitativa de distintos espectros distribuidos en el tiempo y en el espacio deben permitir una descripción de la distribución general de la vegetación y sus cambios en el tiempo. Como esta representación está mediatizada por factores dependientes de la propia naturaleza del polen y de variables contextuales, tafonómicas, topográficas, etc., la evidencia polínica no puede traducirse directamente a términos biogeográficos. La productividad del polen varía según la especie y su dispersión depende también de las condiciones ambientales locales. Estos factores distorsionan la variación que depende de factores biogeográficos (número y cercanía de plantas emisoras al punto de muestreo). Pero, en la medida en que la mayoría de dichos factores pueden controlarse, comparar las distribuciones de polen debería permitir identificar cambios de tendencia significativos en la biogeografía de los recursos forestales. Por último, la interpretación del cambio diacrónico plantea además otras cuestiones. Los paleoambientalistas suelen atribuir a cambios climáticos las modificaciones a largo plazo en la distribución de la vegetación. Esta explicación puede considerarse la "hipótesis nula" de cualquier argumentación sobre el particular. En este esquema argumental, la "hipótesis alternativa" (es decir, la que queda verificada al descartar la "hipótesis nula") sería otra de carácter histórico: los cambios en la distribución de la vegetación dependen de la acción social sobre el entorno. En los procesos reales ambos planos causales están entrelazados de forma compleja. Los procesos de cambio climático globales se manifiestan de formas específicas en los contextos locales, y transcurren normalmente en ciclos de larga duración. Por su parte los impactos sociales sobre el medio pueden manifestarse a distintas escalas (local, regional, etc.) y planos temporales dependiendo de su carácter coyuntural (sucesos concretos, como un episodio de explotación minera) o estructural (cambios en la tecnología y/o el modo de producción). En este trabajo adoptaremos la "hipótesis alternativa" de que los cambios observables en el registro paleoambiental de Kargaly se explican únicamente por el impacto social sobre el medio en un sentido puramente heurístico, que deberá ser contrastado en el futuro mediante al análisis de todos los datos disponibles, y no sólo, como haremos aquí, de los relativos a las especies arbóreas. En cualquier caso no hay evidencias regionales sobre episodios de cambio climático entre el IV milenio cal. B.C. y la actualidad que puedan invalidar nuestras hipótesis interpretativas a escala local. El enfoque que se propone se basa en el análisis comparativo, apoyado por el uso de métodos cuantitativos, de la amplia serie de espectros polínicos recientes y fósiles recuperados en un área representativa del conjunto del territorio de Kargaly con objeto de determinar si hubo cambios significativos en la distribución de los recursos forestales entre el período de la minería prehistórica (IV-II milenio cal. B.C.) y la actualidad. Los datos antracológicos procedentes de la excavación del asentamiento de la Edad del Bronce Gorny 1, se utilizarán como referencia comparativa para la interpretación de los resultados de este análisis. En este contexto, las hipótesis centrales de la investigación son: (1) el desarrollo de la ocupación del territorio de Kargaly durante el Edad del Bronce y las actividades minero-metalúrgicas con ella asociadas modificaron la distribución de las especies arbóreas locales. Ello puede observarse comparando los espectros polínicos fósiles anteriores y posteriores a dicha ocupación. (2) Estos cambios pueden ser interpretados en términos biogeográficos mediante la comparación controlada de los espectros polínicos fósiles y una muestra de la lluvia polínica reciente asesorada por un modelo analítico del paisaje, de acuerdo con la filosofía del enfoque BMA. Además se obtuvieron 76 muestras en el nivel superficial del suelo distribuidas en tres series, que representan la lluvia polínica reciente (Vicent et al. 2000). El tratamiento y preparación de las muestras fue el mismo para todas las series. Para este trabajo se han seleccionado dos series paleopalinológicas de los depósitos naturales y la totalidad de las muestras de la lluvia polínica. Se excluyen las series procedentes de depósitos arqueológicos para minimizar en lo posible los sesgos antrópicos. Las series paleopalinológicas fueron fechadas mediante dataciones de C14 sobre paleosuelo y concentraciones de polen. Ofrecen sendas secuencias continuas desde el IV milenio cal B.C. hasta la actualidad (véanse secciones 3.2 y 3.3 de este artículo). Las muestras de la lluvia polínica serán la referencia comparativa para la interpretación biogeográfica del registro paleopalinológico. Para ello sus emplazamientos fueron seleccionados siguiendo un modelo de muestreo orientado a obtener una caracterización palinológica del área de trabajo. Los criterios de muestreo se describen en la sección 3.4. En la sección 3.5 estas tres series de datos se discuten según criterios arqueológicos para establecer una periodización que paralelice su contenido paleoambiental con las etapas históricas del complejo de Kargaly. Esta periodización será el criterio básico de organización de la información palinológica. Nuestros intereses son muy concretos y relativos a las plantas leñosas susceptibles de ser usadas como combustible. Por esta razón se han seleccionado sólo los morfotipos palinológicos correspondientes a dichas especies (inventario en la sección 3.1). Ello limitará igualmente los objetivos del trabajo concernientes a la caracterización general del clima y la vegetación. Paralelamente a la investigación palinológica se hizo otra sobre el paisaje actual de Kargaly, destinada a elaborar un modelo analítico del mismo que apoyara la interpretación biogeográfica de la variabilidad palinológica. Con este fin se realizó un programa de teledetección espacial, así como inventarios florísticos y descripciones normalizadas del territorio. Esta parte de la investigación y sus resultados en cuanto a la caracterización de la distribución actual de los recursos forestales, se describen en la sección 4. El conjunto de datos será objeto de un análisis comparativo, según las hipótesis de trabajo. La asunción metodológica básica es que los espectros polínicos son distribuciones de probabilidad. Es decir, la frecuencia de los distintos palinomorfos representados en él son estimaciones de la probabilidad de que un grano de polen escogido al azar en un punto del territorio pertenezca a una especie productora determinada. Desde este punto de vista los problemas planteados por el análisis comparativo de muestras de polen se abordan como problemas de análisis estadístico. Esta perspectiva puede dar lugar a diferentes marcos analíticos. El que se ha adoptado consiste en asimilar los diferentes morfotipos polínicos identificados en las muestras (taxones) con variables aleatorias independientes, cuyos valores en las distintas muestras pueden ser comparados asumiendo las determinaciones del modelo lineal general. Cada una de las hipótesis de trabajo se aborda desde una estrategia de análisis consistente con este supuesto. La comparación diacrónica se llevará a cabo como un problema de estadística inferencial, tratando de establecer si hay o no diferencias estadísticamente significativas entre las proporciones de polen de los distintos taxones en las fases de la secuencia (sección 5.1). El análisis de la representación palinológica de la distribución actual de los recursos forestales explorará las correlaciones lineales entre taxones (sección 5.4). Finalmente este análisis exploratorio se generalizará, en la forma de un Análisis de Componentes Principales incluyendo las muestras paleopalinológicas, para aproximar una interpretación biogeográfica positiva de la variabilidad diacrónica observada (sección 5.4). Por último, para contrastar la representación palinológica de los recursos forestales con datos arqueológicos sustantivos sobre sus pautas de uso efectivas, hasta donde nos son conocidas, los resultados del análisis se confrontarán con los datos antracológicos procedentes de la excavación del poblado de la Edad del Bronce Gorny 1 (sección 5.5). EL REGISTRO PALINOLÓGICO DE KARGALY La tabla de datos consta de las secuencias trinchera minera de Gorny y turbera de Novenki (en adelante TR y TUN) obtenidas en depósitos naturales (22 y 17 muestras) y las 76 muestras de la lluvia polínica reciente como grupo de control. Los datos palinológicos se organizaron en "grupos ecológicos" basados en el análisis espacial del inventario florístico. El grupo "árboles y arbustos de la ripisilva local" (en adelante grupo A) contiene las especies actuales de la cubierta forestal. Nos servirá como referencia para el análisis. Muchos palinomorfos sólo pueden ser identificados a nivel de familia o género. La tabla 1 compara las identificaciones palinológica y botánica de las especies del inventario. La interpretación se resiente por esta limitación metodológica. Por ejemplo, en Kargaly, el género Populus cuenta con dos especies: P. tremula, distribuida por los cursos estacionales de agua, y P. nigra, asociada a la ripisilva fluvial. A su vez, el palinomorfo Acer puede corresponder a la especie A. platanoides, especie autóctona, pero también a A. negundo, cuya introducción se asocia con la colonización rusa de la región durante el siglo XVIII d.C. Otros problemas derivan de la agrupación taxonómica de múltiples especies. Así el morfotipo Prunus recoge una cierta variedad de rosáceas leñosas y Rosaceae las de tipo herbáceo. Comparten un patrón de distribución bastante coherente: zonas áridas, preferentemente colonizando las áreas mineras abandonadas. Sin embargo, alguna especie incluida, como Sorbus aucuparia, tiene preferencia por los bosques galería. No obstante, en general, la mayor parte de las especies agrupadas bajo un mismo identificador palinológico mantienen patrones coherentes de distribución. Ello sucede con Salix, Ulmus o Alnus (6, 3 y 2 especies respectivamente), todas ellas asociadas a la ripisilva fluvial aunque algunas especies (p. ej, de Salix), pueden encontrarse también en los barrancos de deshielo. Los inventarios florísticos detallados de cada "unidad de muestreo" (el área de 250 m de radio en torno al punto de extracción de cada muestra) permiten detectar las anomalías producidas por la simplificación taxonómica. Pero no pueden evitar una cierta incertidumbre en el tratamiento esta-dístico que, en lo que podamos, señalaremos y valoraremos en el análisis. Por último, respecto al inventario de taxones, advertimos que, en los análisis detallados, se ha prescindido de Lonicera, Ribes y Viburnum por su escaso valor como recurso energético. Sí se han incluido en la variable agregada "Total de Arbóreas", por su valor como indicador. Los datos palinológicos primarios consisten en recuentos de las frecuencias con las que cada Tab. Correspondencia entre las identificaciones palinológica y botánica de las especies del inventario realizado en el área de trabajo de Kargaly (región de Orenburgo, Rusia) combinadas con la bibliografía (Riabinina 1998). Se han excluido las Rosaceae por la gran variedad de especies con las que están representadas y su enorme amplitud ecológica en la misma. taxón se identifica en una muestra. Su comparación directa carece de significado, prima facie, al estar mediatizada por los factores aludidos y el tamaño de la muestra. Cada estrategia de análisis requerirá una elaboración específica de los datos. En el análisis diacrónico usaremos la concentración polínica expresada en granos de polen por unidad de masa de sedimento. Se calcula añadiendo un número controlado de esporas de Lycopodium durante la preparación de las muestras (Stockmarr 1971). En la comparación de muestras paleopalinológicas y de control se usarán directamente las frecuencias relativas de los taxones, calculando sus porcentajes sobre la suma base total de palinomorfos identificados en la muestra. De esta suma base se excluyen, como es habitual, los hidro-higrófitos y los microfósiles no polínicos, pero también los palinomorfos del grupo "arbóreas alóctonas" (B). Se busca analizar la variación de las especies arbóreas locales en relación con su propio entorno comparando sus proporciones. La inclusión de pólenes exóticos, a veces muy frecuentes, distorsionaría mucho el modelo. Por ejemplo, en las muestras de Kargaly el polen del grupo B, compuesto en más de un 90 % por el morfotipo Pinus sylvestris, representa un promedio del 20,14 % de la suma base, alcanzando en alguna muestra el 86,02 %. Actualmente no hay coníferas en Kargaly. Su fuerte presencia y rango de variación en las muestras se explica por la ubicuidad del polen de Pinus (Moore et al. 1991) y por los pinares localizados en un radio no menor de 200 km en torno al coto (Riabinina 1998: 4-6; Chibiliov 1999). La difusión anemófila del polen de Pinus explica su amplio rango de variación en las muestras de la lluvia polínica reciente, determinada por la exposición al viento del punto de muestreo. Ello no excluye variaciones diacrónicas, quizá significativas en términos de la secuencia climática regional, que deben discutirse aparte del problema que nos ocupa, y en relación con estudios en curso de los factores geográficos. La secuencia TUN se obtuvo en un depósito higroturboso localizado en el centro de la cuenca de recepción del río Usolka. A unos 100 m al norte se había identificado en superficie el contorno de una vivienda semiexcavada. Un sondeo arqueológico de 3 ́4 m abierto en su borde descubrió un muro de piedra de hasta 2,5 m de ancho que protegía la fosa de fundación. El nivel freático impidió profundizar más de 0,35 m. Los materiales recuperados, atribuidos a la cultura Srubnaya (Edad del Bronce Final), no desentonan con la morfología de la vivienda si bien el uso de piedra como material de construcción es infrecuente (Chernyj et al. 2002: 71-74). Es claro que TUN queda dentro del área de influencia del poblado pero ninguna evidencia sugiere que se viera afectado directamente por él. Podemos suponer, por tanto, que su formación no fue de origen antrópico. Tampoco la cuenca de recepción del Usolka registra actividad minera ni en la Prehistoria ni en época reciente. La columna de sedimentos en TUN se tomó mediante una sonda rusa. Se llegó hasta una profundidad de 80 cm, muestreando cada 5 cm. Sólo se pudo fechar esta muestra a 80 cm (AA10007 acuático de aporte de polen, típico del conjunto del depósito. Como la distribución de Glomus es similar en el resto de la secuencia (salvo las muestras TUN_30 y TUN_25), deducimos que las condiciones de formación de la última fase del depósito fueron diferentes a las de la primera y aportaron sedimentos de arrastre. Faltan datos directos para fechar este episodio erosivo y para valorar su alcance local o regional. Pero, correlacionando la posición relativa de las muestras afectadas (la parte central de la secuencia), la regularidad asumida para la formación del depósito y la fecha absoluta obtenida en su base (TUN_80) es razonable datar el episodio a mediados del II milenio cal BC. Tomando 3000 cal BC como punto central del intervalo de 2s de la fecha y dividiéndolo por las 17 muestras de TUN la tasa sería de 291 años cal/5 cm. El razonamiento sólo tiene un valor indicativo. Nunca hay una correlación perfecta entre tiempo y profundidad, máxime cuando, como en este caso, el espesor del sedimento correspondiente al episodio erosivo superaría el de los formados en el régimen normal de sedimentación de la turbera. Siendo regular la distancia entre muestras, es muy posible que las tres en cuestión, extraídas en un segmento de unos 15 cm de la columna, representen un período muy corto de tiempo. De ser así, quizás las extremas, TUN_45 y TUN_55, incluyan sedimentos procedentes del episodio erosivo y otros, previos o posteriores, propios del régimen normal de sedimentación de la turbera. Esto explicaría la gradación observable en los gráficos de concentración. No obstante, la fecha de mediados del II milenio cal BC para las muestras afectadas resulta plausible, entre otras cosas, porque coincide con la época de ocupación del poblado de Novenki. En ausencia de indicadores de perturbaciones climáticas regionales, la causa más plausible de la perturbación observada en TUN es la intensa antropización del entorno del poblado. La consiguiente pérdida de la vegetación local habría afectado al depósito del modo descrito. La turbera, por su posición central en la cuenca, sería receptora neta de los sedimentos movilizados por la erosión antrópica. El aumento del área de captación de polen explicaría la gran concentración observada. La segunda secuencia procede de una trinchera de prospección minera a unos 5,5 km lineales al norte de TUN (Chernyj 2002c). Se sitúa, próxima al borde septentrional de la colina Gorny 1, a 12 m de donde se asienta un poblado de la Edad del Bronce. Se reconocía en superficie como una depresión oval (43-46 m por 18-21 m) cubierta por vegetación más densa que la del entorno. Se excavaron dos sondeos transversales. En el primero, abierto en 1997 en el borde occidental, una construcción rusa del siglo XVIII había destruido los 0,90-1,10 m superiores del depósito que se excavó hasta los 3 m. De cada sondeo se extrajeron sendas secuencias palinológicas. Turbera de Novenki (TUN) (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia). En cada muestra de la secuencia, A: valores de la concentración polínica. B: valores de concentración de las esporas de Glomus. El sondeo "Casa Rusa" consta de 19 muestras obtenidas cada 5 ó 10 cm desde la base de la construcción hasta los 2,5 m de profundidad. El tratamiento de la secuencia no incluyó la concentración de polen (López-Sáez et al. 2002: 160). Dada su importancia en nuestra argumentación, no usaremos los datos publicados. La cata TR, ya mencionada, conservaba íntegro el depósito de techo a base (Chernyj 2002b). En su perfil occidental se tomaron 26 muestras cada 5 ó 10 cm, desde la superficie hasta los 2,50 m, donde terminaba la colmatación con contenido orgánico de la trinchera. Por debajo se fecharon 5 muestras del sedimento contenido en unas madrigueras practicadas en los derrumbes arcillosos de las paredes y en las paredes mismas. Pese a la docena de metros que separan TR del área de intensa ocupación Srubnaya apenas se recuperaron una treintena de piezas y sólo en el paquete superior. A su vez, el cotejo de las dataciones obtenidas en TR con las procedentes del poblado demuestra que la estructura estaba abierta y en colmatación gradual, mientras la colina era usada por los mineros y metalúrgicos de las fases posteriores de la Edad del Bronce. Los excavadores distinguieron cuatro paquetes estratigráficos. Los inferiores muy arcillosos, con escaso contenido orgánico, proceden del desplome y descomposición del material geológico en el que se abrió la estructura. Los superiores, (3) La muestra a 203,30 cm de la superficie no contenía materia orgánica suficiente para la datación. Otra era estéril. básicamente constituidos por chernozem, el suelo vegetal propio de la estepa, se formaron in situ. La TR_15, a 1,30 m de profundidad, marca la transición entre los dos regímenes de formación del depósito. Asumimos que el cambio de régimen sedimentario se conecta con el abandono de la ocupación Srubnaya de la colina. La figura 3 sugiere que, durante el primero, los depósitos se formaron en períodos breves: los intervalos de calibración se agrupan de forma anárquica en un mismo "escalón" temporal. Después el proceso es regular y gradual: los grupos de fechas se suceden a lo largo de una pendiente. La sucesión de dataciones del primer tramo es aberrante: tres dataciones, claramente previas a la fecha probable de apertura de la trinchera marca-da por las madrigueras, se superponen a una datación coherente con esta última. A su vez, la datación por encima de la última de ellas equivale prácticamente a la citada en último lugar. Consiguientemente descartamos del análisis las muestras T_3 a T_8 presuntamente implicadas en el episodio. Atendiendo a estas consideraciones, distinguimos en la secuencia TR cuatro segmentos, coherentes con la asignación estratigráfica de los excavadores (Chernyj 2002b) (Fig. 3) ( 4): (1) Paquete V1 previo a la ocupación Srubnaya. Se excluyen las muestras involucradas en el proceso de inversión descrito, incluyendo las dos muestras de base (bloque 0). (2) Paquete V2, contemporáneo de la ocupación Srubnaya e inmediatamente posterior a la misma. (3) Paquetes B1 y B2, período de formación de chernozem. Se inicia después de la última fecha citada. Se desarrolla sin interrupción aparente hasta aproximadamente 1000 cal AC. (4) Paquete A, período reciente: las tres muestras más superficiales. Si consideramos las variaciones en la concentración polínica (Fig. 4A) y la proporción de Glomus (Fig. 4B) observamos algunas analogías con el depósito TUN. Tres grupos de muestras tienen valores muy altos de concentración polínica: las muestras excluidas del bloque (0), el conjunto de muestras del bloque (2) y las dos últimas muestras del (4). Siempre los valores altos de concentración coinciden con cantidades apreciables de Glomus. Como en el caso de TUN, es plausible que correspondieran a tres procesos erosivos locales de una cierta intensidad que implicarían la denudación de los suelos vegetales ricos en contenido orgánico y su deposición en la depresión de la trinchera. Nos interesa especialmente el segundo de ellos porque, a tenor de las dataciones AMS de las muestras TR_11, TR_13 y TR_15, es estrictamente contemporáneo de la ocupación Srubnaya de la colina. Tras la estabilización de las pendientes, se inicia la formación de suelo vegetal dentro de la estructura. Continúa hasta la intervención antrópica masiva representada por la minería de época rusa y la agricultura soviética que vuelven a reavivar la erosión. Ello explicaría las altas concentraciones de polen (y Glomus) de las dos muestras superiores. La lluvia polínica reciente Las muestras se seleccionaron para caracterizar las unidades de paisaje en las que se inscriben. Gorny: 11 ́4 km en dirección E-O, centrado en esta colina. Incluye todo el barranco Mijailovski y corta transversalmente el valle del río Usolka. Novenki: 5,5 ́4 km en torno al poblado de la Edad del Bronce. Comprende la mayoría de la cuenca de recepción del Usolka y sus bordes septentrionales. De modo independiente y aleatorio se seleccionaron 36 y 19 "unidades de muestreo" (UM) en las áreas de Gorny y Novenki, respectivamente (fracción muestral del 10 %), a partir de los puntos definidos por círculos de 250 m de radio inscritos, en las retículas. Los centros geométricos de las UM localizan las "muestras aleatorias" (serie MA). Sus perímetros delimitan los inventarios florísticos y las descripciones de la "verdad terreno". La localización concreta del muestreo privilegió emplazamientos con suelos estables vegetales no removidos recientemente. Ello exigió a veces desplazar el punto definido por el modelo de muestreo, determinado por GPS. Se mantuvo la localización de las muestras de los emplazamientos situados más de 30 m en el interior de áreas de cultivo designados por el modelo. Trinchera minera de Gorny (TR) (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia). En cada muestra de la secuencia A: valores de la concentración polínica (granos de polen por gramo de sedimento). B: valores de concentración de las esporas de Glomus (esporas por gramo de sedimento). Distribución de las clases forestales y modelos de muestreo de la lluvia polínica reciente en Kargaly (región de Orenburgo, Rusia). Se añadieron 9 "muestras opcionales" (serie MO) de lugares de especial interés botánico y 12 alineadas en un transecto y espaciadas 100 m (serie T1). Este transecto desde el yacimiento Gorny atraviesa el barranco Mijailovski en dirección noroeste. Realizado en la campaña de 1997 investigaba la viabilidad del enfoque. Hemos utilizado las 76 muestras de las tres series sin establecer distinciones entre ellas Periodización de las secuencias Las diferencias en la naturaleza y formación de las secuencias plantea problemas a su análisis conjunto. Carecemos de información de la misma calidad para su sincronización. La secuencia de TUN no cuenta con la serie de dataciones disponible para la de TR. En cambio, la cercanía de los dos depósitos a poblados ocupados durante la fase Srubnaya de la Edad del Bronce y el impacto de tales ocupaciones sobre la formación de los sedimentos establecen un cierto nexo, entre ambas series que puede tener sentido analítico (esa fase en Gorny dura unos 400 años, Chernyj 2002d: 125). Dividimos las dos secuencias en torno a los paquetes sedimentarios producidos por los procesos erosivos de origen antrópico en tres segmentos: anterior, contemporáneo y posterior a las ocupaciones de la Edad del Bronce. Por sus características bien diferenciadas se añade una fase reciente, representada por los niveles más superficiales. Así la periodización establecida a partir de la serie TR ordena las muestras de la serie TUN. Este esquema nos permite estructurar la información palinológica según un modelo temporal coherente. No es tan detallado como para fijar las fechas efectivas de inicio y fin de cada segmento, ni sus duraciones. Pero sí puede ser relacionado con un modelo teórico de transformación del paisaje regional: la ocupación de asentamientos durante el Bronce Final coincide con la máxima expansión de la minería prehistórica. Hipotéticamente, los bloques de muestras previos a la fase Srubnaya representan el sustrato de paisaje sobre el que actúa el impacto antrópico atribuible a aquella. La Fase 2 de ocupación de los asentamientos de Novenki y Gorny 1 se identifica en las secuencias con el episodio erosivo detectable en su zona central. La ocupación Srubnaya en la colina Gorny se iniciaría por lo tanto entre los siglos XIX y XVII cal BC y cesaría entre los siglos XV y XIII cal BC. El final de este paquete estratigráfico sería, por lo tanto, algo posterior al final del poblado Gorny 1. Este desfase entre ambos fenómenos tiene sentido. El episodio erosivo debió continuar hasta la estabilización de las pendientes y/o la recuperación de la vegetación natural tras el abandono de los asentamientos y el fin de la minería prehistórica. Sólo disponemos de criterios arqueológicos para aproximar la cronología de la Fase 2 de la serie TUN al correlacionarla con la ocupación del poblado Novenki (sección 3.2). Desconociendo la duración efectiva de la ocupación del poblado sería imprudente atribuir unos límites cronológicos concretos al episodio en la serie TUN. Pero arqueológicamente sabemos que el poblado fue ocupado con la intensidad que atestiguan las construcciones permanentes de piedra, durante la fase Srubnaya clásica. Es razonable asumir, entonces, que la posición estructural de la Fase 2 en TUN equivale a la de su homónima en la serie TR, aunque los intervalos cronológicos concretos no coincidan en su totalidad. El contenido palinológico de las muestras asignadas a esta fase representaría un proceso de intervención antrópica intensa en el entorno de los depósitos, pero es imposible su reconstrucción precisa. Las inconsistencias internas de la serie de dataciones de TR, atribuidas al arrastre y mezcla de paleosuelos del entorno, exigen incluir estas consideraciones tafonómicas en el análisis. La Fase 3 representa el período subsiguiente al abandono de los asentamientos Srubnaya y fin de las operaciones mineras prehistóricas en la región. En la serie TR comienza la formación in situ de chernozem, lo cual le da un carácter fuertemente contrastante con la fase anterior. En la serie TUN se recupera el régimen de sedimentación previo a la perturbación de la Fase 2. Ahora bien, los valores altos constantes de Glomus (secciones 3.2 y 3.3) indican que el depósito recibe aportes de sedimento superficial de un entorno en el que siguen activos procesos de erosión. Este período de casi dos milenios tiene una cierta coherencia desde el punto de vista histórico. Tras la fase Srubnaya, no se constatan asentamientos permanentes pero sí un kurgan sármata equidistante unos 3 km de ambos depósitos (Chernyj et al. 2002: 74-75). Lo que conocemos para la estepa del Ural es una ocupación por poblaciones nómadas durante la Edad del Hierro y en tiempos históricos. Las considerables diferencias culturales entre ellas no afectarían su interacción con el medio hasta su anexión al imperio ruso a mediados del siglo XVIII d.C., inicio de la fase moderna de la minería de Kargaly. Los arqueólogos rusos les atribuyen unas bases económicas netamente pastoriles. Su acción sobre el entorno sería, por lo tanto, similar durante toda la Fase 3, sin excluir cambios en la escala de la incidencia, según la intensidad del pastoreo en cada período histórico. En un análisis más detallado, esas diferencias podrían dar cuenta de la variabilidad interna de los espectros polínicos asignados a esta fase sin afectar sus líneas generales. Cabe suponer, pues, que la Fase 3 concluyera con la reanudación de las operaciones mineras en el coto de Kargaly, en torno a 1750 d.C. La minería de época rusa se desarrolla en la zona entre esta fecha y los primeros años del siglo XX. Su elevada intensidad ha configurado el paisaje actual. La colina Gorny fue parte del distrito minero de Mijailovski. La conservación del poblado Gorny 1 atestigua que la meseta superior no fue perforada. En cambio, su pertenencia al mismo se refleja en la construcción rusa sobre la trinchera y en el incremento espectacular de la concentración polínica y de los valores de Glomus en las dos muestras mas superficiales de la serie TR. Refuerzan la interpretación propuesta para estas variables tanto esos contenidos como, a la inversa, que en la serie TUN, no se observe este efecto, como corresponde a un área al margen de las operaciones mineras. La concentración polínica de la muestra más superficial (TUN_0) apenas supera la de las anteriores, y el nivel de Glomus es similar. El fondo de la cuenca de recepción del Usolka debió de ser una buena reserva de pastos de verano, y como tal usada con intensidad durante la Fase 3. Este uso continúa en la actualidad, aunque la construcción de un embalse en época soviética inundó una gran parte. Al responder al mismo régimen de formación y a un grado similar (aunque de intensidad creciente) de impacto antrópico local, las muestras superficiales no se individualizan en la serie. El final de la Fase 3 puede fijarse en la segunda mitad del siglo XVIII d.C. Pero las muestras claramente asignables en TUN y TR a esta fase son insuficientes para el análisis estadístico. La caracterización del paisaje mediante el muestreo de la lluvia polínica reciente completa la base empírica exigida por nuestro modelo experimental. El paisaje actual de Kargaly está configurado por dos etapas sucesivas: la minería rusa del cobre (1750-c. 1900 d.C.) y la agricultura planificada soviética (c. Especialmente la segunda ha afectado significativamente la conservación del suelo vegetal. Las muestras representan toda la Fase 4, sin que sea posible distinguir si contienen sedimentos del período ruso, del soviético o una mezcla de ambos. LOS BOSQUES DE KARGALY Gran parte del esfuerzo durante el desarrollo del proyecto Kargaly se dedicó a describir en detalle los elementos geográficos y bióticos del paisaje regional y a obtener también datos cuantitativos sobre las distribución de estos mismos elementos, susceptibles de permitir la modelización factorial del paisaje (Vicent et al. 2000). La metodología se articuló en torno a un programa de teledetección espacial, combinado con un reconocimiento directo del terreno y un inventario florístico (D'Antoni y Spanner 1993; Vicent et al. 2006; López-Sáez 2002). El objetivo del programa de teledetección fue la cartografía temática del territorio de Kargaly para establecer la distribución de las cubiertas, ocupaciones y usos del suelo en el área de estudio. Los datos radiométricos básicos combinan tres imágenes: una Landsat 5 TM de septiembre de 1994, que representa el estado de la "verdad terreno" documentado en el trabajo de campo, y dos imágenes Aster TERRA de junio de 2002 y julio de 2004. La resolución espacial de 30 m de los datos TM se mejoró fusionando esa imagen con la Aster TERRA de julio de 2002 (15 m de resolución). El resultado de la fusión se sometió a una clasificación supervisada a partir de las observaciones de campo. Su objetivo era informar la "verdad terreno" mediante inventarios florísticos, descripciones normalizadas del terreno, fotografías, etc., realizados durante las campañas de 1995, 1997 y 1998. El programa de teledetección permitió separar las cubiertas forestales y caracterizar de forma general las variaciones en su composición y densidad (D'Antoni y Spanner 1993; Vicent et al. 2000; Vicent et al. 2006). La figura 5 presenta una versión simplificada de esta cartografía. La estepa arbolada de Kargaly es representativa de la que constituye el borde septentrional de la Gran Estepa Euroasiática. La topografía local es de colinas suaves y barrancos organizados en torno al valle del río Usolka al Este y una dorsal que separa las cuencas del Volga y el Ural al Oeste. Las altitudes oscilan entre los 350 m.s.n.m. de esta última y los 150 m.s.n.m. en el punto más bajo del territorio. El paisaje está dominado casi por completo por la estepa, una formación de herbáceas relativamente compleja. Las reducidas extensiones boscosas se alinean, en general, siguiendo los cursos de agua. El del Usolka, poco caudaloso, que recorre el área de estudio en dirección norte, es el único permanente. En sus márgenes existe un estrecho bosque ripario, muy antropizado, con sauces, chopos y, más raros, alisos, fresnos, olmos y arces. Fuera de esto, la superficie arbolada se distribuye en pequeños bosques galería siguiendo los barrancos por los que circula el agua del deshielo o, en sus cabeceras, sobre la divisoria de aguas. Ocasionalmente, algunos alcanzan la ladera de un interfluvio. Hoy en día están casi íntegramente constituidos por abedul (Betula pendula) y, en sus bordes exteriores o colonizando zonas incendiadas, álamo temblón (Populus tremula). En la zona más húmeda hay sauces (Salix sp.) y, rara vez, tilos (Tilia sp.) y serbales (Sorbus aucuparia). El roble (Quercus robur) es muy escaso. Se circunscribe a unas decenas de ejemplares situados en el área de Novenki, en el interior de un bosque mayoritariamente compuesto por abedules y álamos temblones, asentado sobre la ladera que marca el límite noroccidental de la cuenca de recepción del Usolka (ver Fig. 5). Fuera de ellos hay formaciones arbustivas, con predominio de algunas Rosaceae y espino cerval (Rhamnus cathartica). Suelen colonizar las zonas alteradas por la minería reciente. En resumen: las asociaciones de especies leñosas que ocupan unidades de paisaje bien definidas son: (1) Ripisilva fluvial siguiendo las orillas del río Usolka. (2) Bosques galería, a lo largo de los cauces de los barrancos y en sus cabeceras. (3) Matorral espinoso en las áreas mineras situadas en laderas e interfluvios de los barrancos. Las dos primeras por su extensión y densidad pueden ser identificadas en las imágenes de satélite. La ligera diferencia en sus características espectrales permitió separarlas en dos clases en el proceso de clasificación (Fig. 5). La tercera asociación y los ejemplares aislados sólo pudieron ser identificados en los inventarios y descripciones de la "verdad terreno", por lo que no se incluyen en la figura. En la actualidad, la mayoría del territorio está configurado por estrategias de explotación agropecuaria extensiva, típicas de la agricultura soviética. El área de estudio se reparte entre dos empresas agrícolas, correspondientes al antiguo Sovjoz de Uranbash y al antiguo Koljoz de Komissarovo. Grandes parcelas sembradas con cereales, en rotación con maíz, girasol y, en menor medida, alforfón, entre otros cultivos, ocupan el 63 % del territorio. En torno a un tercio de las parcelas está en barbecho. Era una agricultura de bajo rendimiento y alto riesgo de fracaso, basada en una mecanización a gran escala. Su efecto masivo sobre la distribución de los bosques galería, ocupando vaguadas que anteriormente debieron albergarlos, queda atestiguado por los que todavía subsisten y por los ejemplares aislados de abedul o sauce. Las concentraciones de obras mineras limitaban la expansión de los cultivos mecanizados. A veces, los abedules colonizan los pozos. Pero en ningún caso este bosque secundario puede haber compensado la pérdida de superficie forestal. Un 32 % del área de estudio está ocupada por pastizales empleados en una ganadería extensiva predominantemente bovina. Esta actividad mediatiza la vegetación natural de estepa. En las zonas más húmedas, donde la formación de herbáceas lo permite, se siega la estepa para producir heno. Esta práctica, sin duda, ha contribuido a la delimitación de las áreas boscosas. Se puede decir que los bosques de Kargaly se distribuyen en los intersticios de un paisaje agrario socialista. El bosque mismo es objeto de explotación. Los diámetros de la mayoría de los pies de abedul son inferiores a 50 cm, denotando un ciclo regular de tala. Los procesos de recolonización, tras los frecuentes incendios, pueden haber favorecido a ciertas especies. La lluvia polínica reciente y el paisaje actual La cubierta forestal se compone de contadas especies de árboles y arbustos. La serie de muestras de la lluvia polínica reciente, cuyo entorno conocemos gracias a la cartografía forestal y las descripciones e inventarios de la vegetación, informa sobre el modo como el registro palinológico representa la distribución efectiva de las especies forestales en el área de trabajo. En la tabla 3 aparecen los principales parámetros de la distribución en la serie de las proporciones de los palinomorfos del grupo (A), en orden decreciente de sus promedios. Cabe interpretar estos parámetros como una estimación de la probabilidad de que un palinomorfo extraído al azar de una muestra obtenida en un punto del territorio, escogido también al azar, pertenezca a un taxón o grupo dados. En este sentido pueden aproximarnos al peso relativo de cada uno en el registro polínico producido por el paisaje actual. La distribución de la variable "Total de Arbóreas" (Fig. 6) expresa por lo tanto la variabilidad del balance entre estas y el resto de los palinomorfos, fundamentalmente herbáceos. Como puede verse en la figura 7 las muestras que superan este valor se han obtenido en formaciones forestales o en un área muy próxima. Esta estructura refleja el carácter estepario del área de trabajo, y la marginalidad de las reducidas superficies forestales. Los valores recogidos en la tabla 3 demuestran la gran variabilidad local entre emplazamientos en la representación de cada taxón. El hecho de que ninguno aparezca en todas las muestras y Tab. Estadísticos descriptivos de los taxones polínicos del grupo (A) (% sobre la suma base), en la Fase 4, en orden decreciente de sus promedios (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia). los valores máximos ocasionalmente altos, en particular de Betula, Populus, Quercus y Prunus t., indican que la proximidad a los retazos forestales, e incluso a ejemplares singulares, es un factor muy determinante en la representación palinológica, y que estas especies no dispersan a nivel regional. Este carácter fuertemente local de la representación palinológica de las leñosas no impide que pueda modelizarse en parte, mediante herramientas de análisis SIG. El agregado de da-tos en su conjunto puede relacionarse con algunos factores que explican condiciones generales del paisaje que permiten construir agrupaciones significativas de muestras. La distribución de los palinomorfos es coherente en primera instancia, con las observaciones sobre "la verdad terreno". En la matriz de correlaciones entre los taxones (Tab. 4) estos se asocian a tenor de los tres tipos principales de formaciones forestales del área. Los taxones que las componen según los inventarios florísticos muestran correlaciones significativas entre sí y no con el resto. Este criterio permite elaborar un inventario de las especies asociadas: (2) Bosques galería: Betula, Populus, Sambucus, Tilia. (3) Matorral espinoso: Prunus t., Rosaceae, Rhamnus. Sólo Quercus carece de correlación significativa, reflejando la excepcionalidad de su distribución actual, circunscrita a unas decenas de ejemplares en el área de Novenki, en un bosque compuesto, en su mayoría, por abedules y álamos temblones. La muestra MO_7 obtenida en su interior contiene un 13,99 % de polen de Quercus. No obstante, el polen de esta especie sólo falta en 13 muestras de las 76 del grupo de control (17,1 %), aunque su porcentaje es en general muy bajo. Esta extensa distribución no es explicable por la difusión directa a partir del relicto, un hecho que se valorará más adelante. El conjunto de factores que determinan la dispersión del polen (movilidad y productividad polínicas) y la posición de los emplazamientos muestreados (orientación de los vientos dominantes, obstáculos naturales para la difusión del polen...) explican que los coeficientes sean en general bajos. Las ambigüedades taxonómicas, por su parte, dan cuenta de algunas anomalías: la correlación significativa entre Tilia y Rosaceae se explica por la presencia de Sorbus aucuparia, clasificada en este último grupo, en algunos bosques galería. Pese a estas limitaciones, la estructura de la matriz de correlaciones describe bien cómo las diferentes especies se asocian en el territorio. Este resultado fundamentará el análisis comparativo de los datos paleopalinológicos y la lluvia polínica reciente.,520 Matriz de correlaciones entre taxones de la lluvia polínica reciente (% sobre la suma base) (Fase 4) (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia). Las correlaciones significativas marcadas en gris (Sig. < 0,05). ANÁLISIS DE LOS DATOS PALEOPALINOLÓGICOS Todas las especies identificadas en la lluvia polínica reciente y los inventarios florísticos están en las muestras paleopalinológicas. Es decir, la composición por especies del bosque no habría variado con el tiempo, pero sí su estructura cuantitativa. La estructura de los datos disponibles se resiente al corresponder las dos secuencias a emplazamientos singulares. Los espectros polínicos representan la distribución de la vegetación a una escala local, cuyo ámbito no es determinable de modo efectivo por depender de factores geográficos. Las secuencias, por lo tanto, informan sobre puntos concretos del territorio a lo largo del tiempo. Las muestras de la lluvia polínica reciente, por el contrario, describen palinológicamente la variación de la vegetación en el conjunto del territorio. Si comparamos unos datos y otros interpretamos esos cambios en términos de morfología del paisaje en relación con las condiciones específicas de localización de cada muestra. La estrategia de análisis tiene dos etapas: (1) análisis diacrónico de las variaciones en la concentración de polen de las secuencias. Se trata de establecer si hay cambios significativos entre los distintos episodios de formación del depósito. No se compararán los valores concretos de concentración para cada muestra, sino los agregados de muestras correspondientes a las distintas fases. (2) análisis comparativo de las muestras paleopalinológicas con las de la lluvia polínica reciente. Se busca fijar los mejores análogos actuales de las primeras a partir de las muestras del grupo de control, cuyos entornos conocemos. La similitud se establecerá a partir del análisis cuantitativo de las distribuciones de las frecuencias relativas respecto a la suma base de los taxones indicadores de las cubiertas forestales. La concentración de polen, expresada en número de granos por gramo de sedimento, permite evaluar independientemente las variaciones absolutas de cada taxón en las fases de la misma secuencia. Ello requiere que las condiciones tafonómicas sean estables. El supuesto se cumple en relación con las condiciones que dependen de la posición de las muestras, pero no necesariamente respecto a los mecanismos de formación del depósito. En TR y TUN las perturbaciones en esos mecanismos afectan especialmente a la Fase 2 de ocupación Srubnaya. Ello nos obliga a limitar la comparación a ciertas fases que se especificarán en cada caso. Las posibles estrategias de análisis cuantitativo están muy limitadas por el escaso número de muestras de cada fase de las secuencias y por la dificultad de asumir algunos supuestos básicos de los modelos estadísticos, como la normalidad de las distribuciones. Por ello utilizaremos, en general, técnicas de análisis no paramétrico, aplicables con series pequeñas de datos y/o datos para los que no pueda asumirse normalidad. El objetivo de la comparación es, como se dijo, determinar si hay cambios significativos entre las fases. La interpretación de los valores de concentración en términos de distribución efectiva de la vegetación es más problemática. Carecemos de datos sobre la productividad de polen de cada especie, su movilidad específica y la forma y dimensiones de la cuenca de captación del depósito. Pero podemos asumir que la relación entre cantidad de polen y número de ejemplares productores de polen de una especie determinada es una función que, sea o no lineal, es idéntica para todas las fases estudiadas. Consideramos, entonces, que cambios significativos en la concentración indican cambios en la distribución de la especie o especies productoras. Consecuentemente, la concomitancia en las variaciones de distintos taxones define distintos estados de la cubierta arbórea en el entorno del depósito. El depósito higroturboso de Novenki ocupa el fondo del valle principal del río Usolka, en el punto en el que la convergencia de varios cursos estacionales de agua determina el nacimiento del río. En la actualidad un embalse anega en parte la zona. La vegetación en el entorno inmediato se reduce a una formación de sauces de porte arbustivo, rodeados de pastos intensivamente explotados por la ganadería local. Esta área húmeda es una buena reserva de pasto de verano en un entorno sumamente árido. Como se ve en la figura 5, las formaciones boscosas están en los bordes de la cuenca a más de 750 m del punto de muestreo. El mecanismo normal de formación del sedimento en un depósito higroturboso es la captación de polen a través de un interfaz de agua en reposo. Este mecanismo se vio alterado por el episodio erosivo que da lugar al paquete estratigráfico de la Fase 2. Hemos asumido que las altas concentraciones de polen provienen del arrastre de sedimentos provocado por la denudación de los suelos en el entorno del punto de muestreo. Ello exige reducir la comparación a las muestras anteriores y posteriores a este episodio, que hemos delimitado a partir del rango de variación de la concentración total y de la presencia de Glomus. La coyuntura de cambio Fase 1 / Fase 3 debe reflejar el impacto de la ocupación Srubna-ya del área, mientras que la de la Fase 3 / Fase 4 registrará las transformaciones recientes. Faltando por completo los indicios de minería, ambas coyunturas se remiten al impacto de los cambios en las prácticas agropastoriles. La figura 8A representa la distribución por fases de la concentración de la variable "Total de Arbóreas", una vez excluida la Fase 2. La figura 8B muestra la variación por fases de la media de la concentración de los principales taxones. Considerando en conjunto las tres fases analizadas el efecto de la clasificación es significativo según el test de Kruskal-Wallis, análogo no paramétrico del análisis de la varianza (Tab. 5), tanto en lo que se refiere a la variable agregada "Total de Arbóreas" como a los principales taxones, con excepción de Ulmus, Prunus, Acer, Fraxinus y Rosaceae. La variable "Concentración total" no presenta diferencias significativas, lo que ratifica la pertinencia de la hipótesis de selección de fases, mientras que la variable "Total de Arbóreas" sí. En resumen, las diferencias absolutas en los rangos de variación por fases de la cantidad de polen de arbóreas y los principales taxones incluidos en este grupo son demasiado grandes para deberse al azar. Podemos concluir que los datos de cada grupo provienen de diferentes distribuciones. Trasladando esto al contexto empírico que nos ocupa concluimos que la secuencia muestra Impacto medioambiental de la minería y la metalurgia del cobre durante la Edad del Bronce en Kargaly 529 Fig. 8. Secuencia de la Turbera de Novenki (TUN) (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia). A: distribución por fases de la concentración de la variable "Total de Arbóreas", excluida la Fase 2 (granos de polen por gramo de sedimento) B: variación por fases de la media de la concentración de los taxones mayoritarios. Turbera de Novenki (TUN) (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia): resultados de la aplicación de la prueba de Kruskal-Wallis a la distribución de la variable "Total de Arbóreas" (% sobre la suma base) en las Fases 1, 3 y 4. Gl: grados de libertad; Sig; asintót.: significación asintótica. cambios significativos en la densidad y composición de la cobertura arbórea en el entorno de TUN. La comparación de las fases pre-y post-Srubnaya (1 y 3 respectivamente) expresa los cambios producidos en el entorno entre la etapa anterior a la ocupación Srubnaya y la fase posterior a su final, como consecuencia de la intensa antropización del área que suponemos durante la Fase 2. Destaca la drástica disminución del volumen total de polen arbóreo. El promedio de polen de arbóreas locales por gramo de sedimento en la fase pre-Srubnaya es casi el doble que en la fase post-Srubnaya (concretamente 1.7 veces mayor). Una parte importante de esta disminución se debe a Betula. Su curva es prácticamente paralela a la del total de arbóreas (Fig. 8B). El estadístico U de Mann-Whitney (Tab. 6A) muestra que las diferencias entre los taxones mayoritarios son significativas con la excepción de Populus. Los cambios entre las fases 3 y 4 son también notables, aunque algo menos acusados: la diferencia para la variable "Total de Arbóreas", cuya media es 1.3 veces más pequeña que la de la fase anterior, es significativa, según el mismo test (Tab. 6B) La situación de los taxones mayoritarios, individualmente considerados, es algo diferente a la que observamos en la anterior coyuntura: la diferencia es significativa en Populus pero no en Quercus ni Alnus. Betula sigue explicando la mayoría de la variación entre fases: su valor continúa representando una proporción similar del promedio del total de arbóreas (35 %) que en la fase anterior pero pasa a ser sólo el 8,4 % del total de palinomorfos. En conclusión, el depósito TUN muestra un proceso de disminución significativa e irregular de la concentración agregada de polen arbóreo a lo largo de las fases de la secuencia. Este proceso se debe en gran parte al retroceso del peso del abedul, y afecta de forma diferente al resto de los taxones. Una valoración general de los datos debe incidir en dos aspectos: (1) la secuencia muestra una pérdida constante de la importancia de los taxones arbóreos en las dos coyunturas analizadas, es decir, las causas del retroceso de las arbóreas son eficientes a lo largo de todo el proceso histórico. (2) la tasa de cambio parece mayor en los taxones claramente riparios (Betula, Alnus) que en los menos dependientes de los cursos de agua (Quercus, posiblemente Populus). Este último hecho, refleja posiblemente dos componentes espaciales en el registro: uno local (la mayor parte del polen del primer grupo) y otro supralocal (el polen de taxones de dudosa implantación local, como Quercus). A partir de esta hipótesis, interpretamos la diferente tasa de cambio entre estos dos grupos a resultas de factores que actúan de forma más intensa en el entorno local que en el conjunto del territorio. Sabemos que no se vinculan con la explotación cuprífera prehistórica. Turbera de Novenki (TUN) (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia): resultados de la aplicación de la prueba del estadístico U de Mann-Whitney a la distribución de la variable "Total de Arbóreas" y los taxones mayoritarios (% sobre la suma base). Sig. asintót.: significación asintótica. La colina Gorny es el final de un interfluvio y se eleva unos 50 m sobre el valle principal. El entorno es estepario con pequeñas colonias de abedules y algunas formaciones arbustivas. Desde la trinchera se ve el barranco Mijailovski al N y el valle principal del río Usolka al E. El análisis de la concentración polínica en TR plantea problemas específicos por la heterogeneidad del proceso de formación de los sedimentos. Alternan episodios de formación natural de suelo con procesos erosivos. Esta estructura impide usar todas las secciones cronoestratigráficas en una comparación cruzada. El rango de variación en la concentración de arbóreas en las Fases 2 y 4 es muy superior al de las Fases 1 y 3 (Fig. 9A). Las descartamos al resultar de episodios de colmatación de la trinchera con depósitos erosivos. Limitaremos la comparación a las Fases 1 y 3 en lo que se refiere a la valoración de la concentración de polen. El análisis de la coyuntura Fase 1 / Fase 3 revela importantes diferencias con la secuencia anterior. Los valores de concentración de TR se mueven en rangos similares a los de TUN y son estadísticamente equivalentes en ambas fases, sin diferencias significativas en la distribución de la variable total de arbóreas entre ellas (Fig. 9B y Tab. En cambio, la composición por taxones es totalmente diferente a la observada en TUN. Faltan Populus y Alnus en la Fase 1, así como varios taxones minoritarios que sí aparecen en la Fase 3: Acer, Ulmus, Fraxinus y Sambucus. La jerarquización de los demás taxones es completamente distinta. Sobresale Quercus con un promedio del 78 % de la media del total de arbóreas en la Fase 1 y del 54 % en la 3. Sin embargo el primer valor sólo representa el 17 % del promedio del total de palinomorfos y el segundo el 12 %. Pese a estas diferencias en el peso relativo, las variaciones absolutas de Quercus agregadas por fases no son estadísticamente significativas, según el test de Mann-Whitney (Tab. Es decir, de acuerdo con la hipótesis de trabajo, la densidad de robles en el entorno del depósito es estadísti-T. Impacto medioambiental de la minería y la metalurgia del cobre durante la Edad del Bronce en Kargaly 531 Fig. 9. Secuencia de la Trinchera minera de Gorny (TR) (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia). A: Distribución por fases de la concentración de la variable "Total de Arbóreas" (granos de polen por gramo de sedimento). B: variación por fases de la media de la concentración de los taxones mayoritarios. Trinchera minera de Gorny (TR) (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia): resultados de la aplicación de la prueba del estadístico U de Mann-Whitney a la distribución de la variable "Total de Arbóreas" y los taxones mayoritarios (% sobre la suma base) en las Fases 1 y 3. camente equivalente en las fases pre-Srubnaya y post-Srubnaya, consideradas en conjunto. El comportamiento de Betula y Salix, los otros taxones mayoritarios presentes en ambas fases, varía mucho. La cantidad de Salix permanece casi constante, mientras el aumento de Betula es significativo en la fase post-Srubnaya. Su valor es 2.41 veces mayor que en la pre-Srubnaya. Los resultados del test de Mann-Withney corroboran estas observaciones. En resumen, el resultado de comparar las fases pre y post-Srubnaya en TR es bastante inesperado, habida cuenta de que el depósito está en el centro de un área de intensa actividad minera durante la fase Srubnaya, y fue el escenario de una ocupación permanente durante dicha fase. Según los niveles de concentración de polen de Quercus esta especie estaba muy presente en el entorno inmediato del depósito sin que la actividad minera, ni la ocupación humana directa supusieran un retroceso significativo en la cantidad de ejemplares. En cambio, el resto de los cambios observados entre las Fases 1 y 3 sí sugieren modificaciones en el paisaje en un radio algo más amplio. Destacan dos hechos: (1) el aumento de la diversidad de especies entre la Fase 1 y la 3 y (2) el significativo incremento de Betula. Tomados en conjunto sugieren una expansión de la cubierta forestal en el paisaje que rodea la colina Gorny. La identificación de Alnus en la Fase 3 indica la formación del bosque de ribera en la margen del río Usolka: las preferencias de esta especie descartan su presencia sobre la colina. Populus no puede usarse en apoyo de esa idea, ya que ignoramos si el polen fosilizado corresponde a Populus nigra, claramente ripario, o a P. tremula, cuya distribución actual es casi general en el territorio, aunque muestre una cierta vinculación con los cursos estacionales de agua. Otros taxones riparios, como Ulmus, Acer, Fraxinus y Sambucus, refuerzan la impresión de que durante la Fase 3 se establece una formación riparia, ausente o muy simplificada en la Fase 1. En efecto, la cantidad constante de polen de Salix, otro componente de la ripisilva fluvial que difícilmente pudo establecerse en el entorno árido de la colina Gorny, sugiere que, durante la Fase 1, el bosque de ribera del Usolka se reducía a los sauces de porte arbustivo que, aún hoy, forman su vegetación característica en los tramos donde falta la ripisilva. La recuperación de Betula puede tener dos lecturas: se debe a una colonización local de la colina Gorny, al estilo de sado reflejaba la dispersión de las especies en ese territorio requeriría otra investigación. Análisis comparativo: datos paleopalinológicos y lluvia polínica reciente El análisis de la concentración de polen en TR y TUN ha definido los cambios en las cantidades absolutas de los taxones en cada depósito. Pero no permite compararlas entre si, ni con los de la lluvia polínica reciente. Tampoco podemos interpretar el contenido palinológico de las fases en términos de la morfología del paisaje forestal. Nos faltan datos fundamentales como la productividad y movilidad de polen de cada especie, entre otros. Las discontinuidades en los procesos de formación de los depósitos impiden incluir en el análisis muestras tan relevantes como las de la ocupación Srubnaya. La comparación de las frecuencias relativas de polen en cada muestra puede subsanar algunas de estas limitaciones. Perdemos la información cuantitativa directa sobre el volumen real de ejemplares emisores de polen e introducimos distorsiones dado que el porcentaje de cada taxón depende de los del resto. A cambio ganamos un marco de comparación generalizada sobre la composición proporcional por especies de las muestras que, bien manejado en conexión con un modelo del paisaje, nos aproxima a las tipologías de los entornos representados en las mismas, de acuerdo con el citado enfoque del "análogo óptimo actual" (BMA). Se ensaya ahora esta estrategia a partir de un Análisis de Componentes Principales (ACP). La tabla de datos 8 incluye todas las muestras paleopalinológicas y de lluvia polínica reciente. Cada muestra está representada por el porcentaje con respecto a la suma base de todos los taxones que componen el grupo ecológico A, con las excepciones que se indicaron en la sección 3.1. Esta técnica explora la similitud estructural entre las muestras paleopalinológicas y sus potenciales análogos actuales. El efecto de las variaciones en el balance arbóreas / herbáceas se incluye deliberadamente en la tabla por entender que el peso proporcional de las arbóreas es un dato fundamental en la caracterización del perfil polínico de las muestras. El ACP reduce las 13 variables consideradas a 4 variables independientes que son combinaciones lineales de las originales. Cada componente principal (CP) es una variable teórica que da cuenta de una parte de la covarianza entre las variables iniciales e identifica un factor subyacente que explica la variabilidad concomitante de los datos. En este estudio estos factores subyacentes debieran ser de índole biogeográfica. Pero, al haber introducido en el problema las muestras paleopalinológicas, no sería prudente adelantar una interpretación biogeográfica de los factores cuando ignoramos hasta que punto los determinantes biogeográficos que definen el paisaje actual pueden ser extrapolados al pasado. Sólo podemos interpretar los resultados del experimento en términos clasificatorios. Asumimos que la distancia entre las muestras del grupo de control y las paleopalinológicas denota la analogía de las asociaciones de las especies leñosas en el conjunto de muestras analizado sin atribuirla un significado causal. A partir de las ecuaciones que definen los CPs se calculan las "puntuaciones factoriales" para cada caso. Ello da lugar a una nueva tabla de datos en la que cada muestra queda definida en relación con los nuevos ejes de variabilidad. Un problema de ACP tiene numerosas soluciones, dado que cabe intentar mejorar la solución inicial mediante diversas técnicas matemáticas. Estas técnicas permiten modificar la posición de los ejes de combinación de las variables resultantes de la solución inicial, para aumentar la varianza explicada por el modelo, aumentar la independencia entre los CPs o clarificar la relación entre los CPs y el conjunto inicial de variables. Hemos optado por aplicar una "rotación Varimax" a partir de la solución original, porque la solución rotada es compatible con la inicial y con una interpretación basada en la "verdad terreno". Al comparar las tablas 10 A y B se puede observar que la segunda replica la estructura de la primera, pero con valores más próximos al límite de su tendencia (1, -1 o 0). Los componentes extraídos explican un 72,875 % de la varianza de los datos (Tab. La solución rotada redistribuye esta varianza explicada entre los cuatro factores, de modo que su potencia explicativa queda más equilibrada que en la solución inicial. La primera etapa del análisis consiste en interpretar el significado de los CPs a partir de la evaluación de la coherencia entre sus valores de correlación con las variables originales. Cada uno de los CPs describe una de las asociaciones básicas de especies arbóreas del paisaje de Kargaly. Cada CP presenta los valores más altos de correlación con grupos de taxones coherentes con esta hipótesis. A la vez, los taxones repetidos en varias asociaciones se correlacionan de modo significativo con varios CPs. Presenta los valores de correlación más altos (> 0,7) con el conjunto de taxones de la ripisilva: Acer, Alnus, Fraxinus y Ulmus. Es decir, CP-1 explica más del 50 % de su varianza. Los valores del grupo son muy bajos o negativos en el resto de los CPs. Ello confirma que el significado de CP-1 está vinculado a la formación forestal fluvial de la que son exclusivos. El valor algo inferior (0,622) de Salix significa que no aparece sólo en esta formación. Lo atestigua su valor relativamente alto en CP-2. En Betula y Populus, con coeficientes < 0,5, esta tendencia se acentúa: sus valores son más altos en CP-2 y sus correlaciones con CP-1 son a un nivel poco significativo. En Populus este efecto puede deberse a su ambivalencia taxonómica: P. nigra se asocia a la ripisilva fluvial y P. tremula a los bosques galería. Los valores de correlación del resto de taxones son casi nulos. En suma, el CP-1 representa el factor que determina la distribución de la ripisilva fluvial. Sus valores de correlación mayores de 0,5 son, por orden decreciente: Sambucus, Tilia, Populus, Betula y Salix. Este conjunto de taxones describe la asociación de los bosques galería de los barrancos. Sólo presenta coeficientes > 0,5 para Prunus t., Rosaceae y Rhamnus catharticus, taxones que caracterizan las formaciones arbustivas de las zonas áridas y, en especial, las mineras. El resto de los taxones muestran coeficientes muy bajos. Tiene una correlación muy fuerte con Quercus y valores poco significativos con los demás taxones, salvo Rhamnus y, en menor medida, Salix. Pensemos que las correlaciones con Populus y el grupo Rosaceae son negativas. Cabe decir que la proporción de polen de roble es por si misma un factor independiente del comportamiento del resto de los grupos de taxones. En conclusión, los cuatro componentes "miden" el peso de grupos de taxones sintetizados por los componentes que describen la tipología de formaciones forestales existentes en el área de estudio. La representación de los casos (las muestras individuales), en el espacio de cuatro dimensiones definido por los CPs, fija el grado de analogía de las muestras paleopalinológicas con las de la lluvia polínica actual respecto a los ejes de variabilidad definidos por dichas dimensiones. Esta analogía puede interpretarse, hasta cierto punto y con las precauciones avanzadas, en términos fitosociológicos, dado que las proporciones de polen dependen de la distribución efectiva de la vegetación. Cabe usar, entonces, las muestras de la lluvia polínica reciente, cuyos entornos conocemos, para aproximar el tipo de entorno representado por las muestras antiguas. Es enorme la cantidad de información que puede obtenerse de un enfoque de este tipo, en especial si se combina con el uso analítico de un modelo del paisaje. Como su desarrollo excede los límites de este trabajo, nos limitaremos a señalar algunos aspectos relevantes de las conclusiones obtenidas al analizar las secuencias paleopalinológicas. Las figuras 10 y 11A muestran la distribución de las muestras de cada serie paleopalinológica junto con las del grupo de control en los espacios bidimensionales definidos por las combinaciones bivariables del CP-1 con el resto. Los mapas de la figura 12 representan la distribución espacial de los valores de las muestras de la fase reciente (incluyendo las superficiales de TR y TUN) en cada uno de los CP. El primer comentario es que, considerando la totalidad de las combinaciones bivariables de los CPs, ninguna muestra del grupo de control puede verse como un análogo absoluto de los conjuntos paleopalinológicos. Sí hay análogos parciales en alguna de las combinaciones y en relación con CPs aislados. La serie TUN siempre se diferencia claramente del grupo de control y de TR, aunque los valores de algunas muestras recientes son similares para CP-1, CP-2 y CP-3. En especial es significativa la posición de TUN en la figura 10A (relación entre la composición de las dos principales formaciones riparias). La mayoría de las muestras del grupo de control se agrupan en torno al valor 0 de los dos componentes, como corres-ponde a que la mayoría tienen valores muy bajos de arbóreas. Las muestras tomadas dentro de formaciones forestales se ven muy bien: las asociadas al bosque ripario fluvial en el cuadrante superior izquierdo y las relacionadas con bosques galería de barrancos en el inferior derecho (Fig. 12: CP1 y CP2 respectivamente). La mayoría de las muestras de TUN están en el cuadrante superior derecho. Ello significa que tiene valores elevados en todos los taxones de ambos grupos. Tal combinación no aparece en ninguna muestra reciente y podría describirse como un bosque flu- vial (formado por Alnus, Ulmus, Acer, Salix y posiblemente Populus nigra) con una cantidad de Betula típica de los bosques galería actuales. En la misma figura 10A, todas las muestras de TR se agrupan con el grueso de las muestras de control en torno al valor 0 de ambos ejes. Es decir, las muestras de TR son indistinguibles del perfil dominante de las recientes en el peso de los taxones riparios. Su perfil es "estepario", con niveles muy bajos de todas las arbóreas citadas hasta ahora. La segregación de las muestras de TUN, respecto al grupo de control, desaparece y la integración de TR se mantiene, en la figura 10B, en la que interviene el CP-3. Esto muestra el bajo nivel de representación de los taxones asociados con las áreas mineras (Fig. 12: CP3). Son varias las interpretaciones del ligero desplazamiento de algunas muestras paleopalinológicas sobre el eje del CP-3. El serbal (Sorbus aucuparia), reconocido en algunos bosques galería, puede quedar re-gistrado en el grupo Rosaceae. Ello explicaría el valor significativo del grupo en algunas muestras de TUN. También algunas muestras de TR pueden estar influidas por las áreas mineras próximas. Ello confirmaría la existencia en la fase más antigua de un paisaje minero consolidado. Por desgracia no tenemos datos suficientes para decir sobre estas hipótesis. El CP-4 discrimina bien el conjunto de las muestras paleopalinológicas de ambas series del grupo de control (Fig. 11A). Por ello, la interpretación del significado biogeográfico de este componente es de gran importancia. Sólo MO_7 y MA_23 del grupo de control presentan un valor positivo para este CP y por razones distintas. MO_7, obtenida en el interior del único relicto de Quercus en el área de estudio, contiene un 13,99 % de polen de este taxón. Su elevado valor para el CP-4 se debe a ser el máximo absoluto en toda la tabla de Rhamnus cat-Fig. Distribución espacial de los valores de las puntuaciones factoriales de las muestras palinológicas de la fase reciente (incluyendo las superficiales de la Trinchera minera de Gorny y la Turbera de Novenki) en cada uno de los Componentes Principales (CP) (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia). harticus, el espino cerval (2,65 %), además de tener cantidades importantes de Prunus t. y Rosaceae. La muestra procede de las proximidades de una zona minera. En la figura 11A es la única muestra reciente a la derecha del eje de ordenadas, aunque muy separada de las muestras paleopalinológicas. En cambio MO_7, incluida en la nube de puntos formada por éstas, sí constituye un análogo de las muestras antiguas. La proporción de polen de Quercus explica el 83 % de la varianza de CP-4, con el que guarda una alta correlación lineal (Fig. 11B). Puede decirse que este taxón distingue decisivamente las muestras del grupo de control de las paleopalinológicas. En cuanto a la interpretación de este hecho en términos biogeográficos, pensamos que la especie debió estar más generalizada en el pasado, dado que hoy se reduce a un pequeño relicto en el distrito de Novenki (Fig. 12: CP2). En la colina Gorny, el análisis de la secuencia estableció que hubo una población local de robles hasta la fase reciente. En TUN, en cambio, parece más plausible atribuir las altas concentraciones de Quercus a la dispersión a más larga distancia, lo que no contradice que formara parte del paisaje del distrito de Novenki en mayor medida que en la actualidad. Como se ve en la figura 12: CP4, la distribución actual del polen de Quercus no puede explicarse sólo por la dispersión a partir del relicto de Novenki. La desaparición del roble en la región se produce durante la fase reciente debido al amplio impacto de la minería rusa, la agricultura soviética o la acción acumulada de ambas. Este hecho trascendental determina que, salvo una excepción, no haya muestras del grupo de control asociadas con claridad a las paleopalinológicas en los cuatro CPs. Es decir, el paisaje actual no proporciona ningún análogo óptimo para las fases de las dos secuencias analizadas, aunque sí análogos parciales, como MO_7. En conclusión, el análisis comparativo exploratorio de las similitudes entre las series paleopalinológicas y el grupo de control no ha localizado análogos óptimos en el paisaje actual. Las diferencias entre las muestras antiguas y recientes permiten identificar un elemento del paisaje forestal, el roble, cuyo peso notable en el pasado no se constata en la actualidad. Un examen más detallado de los resultados del ACP podría matizar las analogías parciales reconocibles. Como se indicó, los datos paleopalinológicos se contrastaron con muestras de carbón de hogares domésticos y fuegos metalúrgicos. Se obtuvieron en las tres fases de ocupación del poblado Gorny 1 durante la excavación de 1994. Los datos antracológicos son insuficientes para sacar conclusiones cuantitativas. No obstante la información que aportan es muy importante para la discusión de los recursos energéticos. La muestra identifica de modo directo las especies leñosas usadas durante la Edad del Bronce, en tareas de subsistencia y metalúrgicas. Su contenido representa las pautas de aprovisionamiento asociadas con ellas y, por lo tanto, está sesgado por preferencias que dependen de factores económicos y culturales, y no sólo de la disponibilidad de dichas especies. Por ello, estos datos no son útiles como fuente de información directa sobre la distribución de los recursos forestales. En cambio, la comparación entre el inventario antracológico y las distribuciones de polen de las fases de la Edad del Bronce de la serie TR ilustra sobre las propias pautas de explotación energética de dichos recursos, ofreciendo una perspectiva sobre los mecanismos de la acción antrópica sobre el paisaje. Esta comparación puede aclarar otros aspectos relevantes del propio registro palinológico, como la distorsión causada por la sobrerrepresentación de la vegetación local del punto de muestreo. La tabla 11 A presenta el total de muestras identificadas, en las tres fases de ocupación de Gorny 1 (Uzquiano 2002). La tabla 11 B recoge el porcentaje promedio de cada taxón para cada fase de TR, calculado con respecto a la suma de los taxones incluidos en el inventario antracológico. Todas las alusiones a datos palinológicos en esta sección se referirán a esta suma base. Sólo 7 de las 14 clases de palinomorfos identificadas dentro del grupo A, fueron utilizadas como combustible. El grado de precisión taxonómica de las identificaciones antracológicas plantea algunos problemas para la comparación. El género Populus se distribuye en el grupo antracológico Populus tremula y en el Populus / Salix. Ninguno de los dos tiene un equivalente palinológico ya que, como sabemos, las dos especies locales de Populus están agregadas en el inventario palinológico. Es decir, no se pueden comparar directamente las dos series de datos relativas a Populus y Salix. El resto de los taxones han sido identificados a nivel de especie y corresponden a todas las asociaciones definidas: la ripisilva fluvial (Alnus, Salix y, posiblemente Populus nigra), los bosques galería (Betula, P. tremula) y el matorral espinoso (Rhamnus, Prunus t.). La proporción de Quercus es llamativamente inferior a su peso en el registro palinológico de la Fase 2 lo que se valorará más abajo. La ausencia de Ulmus, Fraxinus y Acer, confirma los datos palinológicos de las Fases 1 y 2 de TR. La presencia de todas las formaciones y la inclusión de elementos de desigual calidad como combustible sin una preferencia clara por los más eficientes (Quercus) sugiere unas prácticas de aprovisionamiento oportunistas y poco selectivas, desarrolladas sobre un territorio que incluía la ripisilva fluvial y los bosques galería de los barrancos. Por desgracia, la agregación Populus / Salix impide calcular el peso proporcional de cada dominio ecológico en el conjunto. La estructura general de las dos series tiene analogías: Betula es el taxón más probable, si no tenemos en cuenta Quercus; el valor palinológico de Salix se aproxima al del agregado antracológico Populus / Salix; Alnus incana es el taxón de la ripisilva fluvial más destacado tras Salix; los valores de Rhamnus y Prunus t. son muy marginales. Estas analogías permiten resaltar el valor de las discrepancias que afectan a Populus tremula y Quercus. Populus tremula representa, como mínimo, el 26,38 % de los carbones identificados. Por su parte, la suma de todos los palinomorfos del género Populus en la Fase 2 promedia el 0,89 % con respecto a la suma de los taxones representados en el inventario antracológico. Teniendo en cuenta que este taxón está ausente en la Fase 1 y pasa a tener valores de 6,05 % en la Fase 3 y 7,21 % en la Fase 4, podemos concluir que sus numerosos carbones en la Fase 2 sólo pueden explicarse asumiendo el aprovisionamiento de leña sobre un territorio cuyo radio excedía al de la cuenca de captación de polen. No es posible reconstruir positivamente estas dimensiones, pero resulta ilustrativo que Populus sólo falte en 3 de las 76 muestras de lluvia polínica reciente, y que su promedio en esta serie sea el 26,77 %. De ello podemos deducir que la productividad y capacidad de dispersión del polen de las especies incluidas en este género son relativamente elevadas. Si esto es así, cabría suponer que conseguir madera de Populus requirió un desplazamiento considerable para los habitantes del poblado Gorny 1. La situación de Quercus es exactamente inversa. Destacan sus elevados valores en el registro palinológico (73,20 % del total del inventario) frente a su escasez en la muestra antracológica (1 % de los restos identificados). El primer valor se aproxima bastante al de la muestra MO_7 (71 %) obtenida en el interior del relicto de robles. Ello refuerza la asunción previa de que en el entorno inmediato de la trinchera minera de Gorny hubo ejemplares de roble durante la Edad del Bronce. La escasez de carbones de roble plantea que o bien la especie se desestimó intencionalmente como combustible o bien su representación en el registro palinológico no corresponde a su disponibilidad efectiva cuando funcionaba el poblado. La primera opción no parece razonable, puesto que la madera de roble tiene unas características idóneas para ese uso. Descartamos la segunda con referencia al entorno inmediato del punto de muestreo, máxime valorando la continuidad a niveles parecidos en la sobrerrepresentación del roble durante todas las fases. A: Muestras antracológicas identificadas, en las tres fases de ocupación del poblado Gorny (Uzquiano 2002). B: Porcentaje promedio de cada taxón para cada fase de la Trinchera minera (TR), respecto a la suma de los taxones incluidos en el inventario antracológico (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia). ventar esta paradoja aparente se puede aplicar el mismo argumento que en el caso de Populus. La proporción de Quercus en la serie antracológica no corresponde a su disponibilidad en el área de captación de polen de TR, sino en el conjunto del territorio sobre el que los habitantes del poblado se abastecían de madera. De ser correcto este razonamiento debemos concluir que el roble era muy escaso en el distrito minero de Gorny, a excepción de en la propia colina, lo cual matiza las conclusiones obtenidas en la sección anterior. En suma, los datos antracológicos nos acercan a las pautas de aprovechamiento de recursos forestales y su disponibilidad en el entorno del poblado Gorny 1. Las conclusiones corroboran las obtenidas en el análisis palinológico de la secuencia TR: el entorno de Gorny estaba muy deforestado ya desde la Fase 1. Ello determinó un aprovisionamiento de combustible en un territorio extenso y según pautas poco selectivas. La comparación entre las series de carbón y polen confirma, por otra parte, el peso de los factores locales en la representación palinológica de la distribución de la vegetación y la dificultad de establecer generalizaciones basadas en el análisis de series aisladas de datos. El presente trabajo tiene un carácter experimental, y por lo tanto las conclusiones que cabe extraer de él en el plano de la historia de los recursos forestales de Kargaly son forzosamente provisionales en tanto no se realice un análisis que incluya todos los grupos ecológicos del inventario palinológico. No obstante el realizado, con todas las limitaciones que se han ido señalando, pone de manifiesto hechos empíricos que, independientemente de su interpretación, pueden considerarse evidencias sustantivas a tener en cuenta en las ulteriores investigaciones. Algunos de estos resultados ponen en cuestión las hipótesis de trabajo que habíamos mantenido al plantear el trabajo. Por eso, y al margen de ellos, consideramos posible extraer algunas conclusiones de orden metodológico en el campo de la aplicación de las disciplinas paleoambientales a la Arqueología del Paisaje. En esta recapitulación final enumeraremos brevemente estos dos grupos de conclusiones. Desde el punto de vista histórico lo más importante es haber distinguido claramente dos trayectorias diferentes en la historia del paisaje de Kargaly. La primera está en relación directa con las obras minero-metalúrgicas en el área de Gorny. La segunda se conecta con las actividades pastoriles en la zona de Novenki. En ambas los resultados son consecuencia de la comparación entre las fases más antiguas (1 y 2) y la posterior al final de la Edad del Bronce (3), y modifican sustancialmente las hipótesis de trabajo. Lo más inesperado ha sido constatar el grado de deforestación de la primera de las áreas en la fase más antigua. Esto significa que la actividad minera tuvo una escala apreciable desde el comienzo de la Edad del Bronce (fase Yamnaya) en el IV milenio cal BC, y que esta escala se mantuvo durante el Bronce Medio y Final, ya en el II milenio cal BC. De esta forma, el impacto antrópico de la fase de máxima intensidad minera, durante el Bronce Final (fase Srubnaya) no se constata por la pérdida de cubierta forestal entre las Fases 1 y 2, sino por la expansión de la misma durante la Fase 3. Por el contrario, el área de Novenki presenta una trayectoria inversa: un máximo de cobertura forestal durante la Fase 1, seguida de un brusco descenso coincidiendo con la ocupación del poblado Novenki durante la Fase 2, y un sostenido declive hasta la actualidad. Dada la ausencia de minería en el área, y sus características biogeográficas, esta trayectoria puede ponerse en relación con el uso continuo de la misma como pastizal desde el II milenio cal BC hasta el presente. El propio hecho de que las trayectorias de dos emplazamientos tan cercanos sean inversas apoya la idea de que los cambios observables no deben ser atribuidos en primer término a alteraciones climáticas. Un resultado especialmente significativo es la identificación de una cantidad importante de robles en el paisaje regional durante toda la secuencia, con carácter local en Gorny y supralocal en Novenki. El dato de que las muestras de lluvia polínica reciente conserven una significativa representación de este taxón, inexplicable a partir del único relicto localizado, indica que su extinción es muy moderna y posiblemente se explica por el impacto de la minería de época moderna y/o la colonización agrícola posterior. Debe señalarse que el peso de Quercus no se puede establecer por su abundancia relativa en la secuencia TR, sino por su elevada proporción en TUN, un emplazamiento en el que es improbable una implantación local por razones biogeográficas. En cualquier caso, la posible existencia de Quercus debe tenerse en cuenta en la evaluación de las bases energéticas de la metalurgia de Kargaly. Este resultado nos conduce a una importante conclusión metodológica: el dispositivo de comparación controlada que se ha establecido en el diseño de la investigación distingue los componentes local y supralocal de la variabilidad representada en los espectros polínicos. Generalizando este resultado tenemos que no cabría tal discriminación analizando una sola secuencia, incluso si el análisis incluyera varias secuencias paleopalinológicas pero careciera del apoyo de datos sobre la variabilidad de la lluvia polínica reciente apoyados por un modelo analítico del paisaje actual y datos arqueológicos complementarios, como en este caso han sido los antracológicos. Por otra parte, un enfoque comparativo complejo, como el que se propone aquí, sólo es viable aplicando modelos estadísticos. La modelización probabilística de las hipótesis y los datos permite establecer criterios de certeza en la comparación. La estadística palinológica es un campo abierto y de extraordinaria complejidad. Las alternativas que hemos adoptado requerirán de un desarrollo crítico en el futuro. En cualquier caso, esperamos haber contribuido a demostrar su viabilidad y fecundidad. Para terminar, hay que subrayar que el tratamiento arqueológico de las muestras paleopalinológicas, prestando especial atención a los procesos de formación de los depósitos y al apoyo de cronologías absolutas, es un elemento fundamental en un enfoque histórico y paisajístico de la palinología arqueológica. A Salvador Rovira Llorens, a quien dedicamos esta contribución como homenaje personal y en reconocimiento a todo lo que nuestra investigación debe a la suya. Lunkov, L.B. Orlovskaia y D.V. Valkov (Laboratorio de métodos científico-naturales, Instituto de Arqueología, Academia Rusa de Ciencias, Moscú) gracias a cuyo apoyo científico y personal hemos formado parte del proyecto Kargaly. Muy especialmente recordamos la ayuda permanente de Tamara O. Teneishvili y los riesgos que con tanta generosidad asumió para hacerla efectiva. Pilar López García (CSIC), Ángel Rodríguez Alcalde (CSIC) y Paloma Uzquiano (UNED) participaron en el arranque de la investigación. La dirección del Instituto de Arqueología de Moscú y la Subdirección, mas tarde Vicepresidencia, de Relaciones Internacionales del CSIC apoyaron la política de intercambio científico. Rector de la Universidad Politécnica de Madrid, D. S. de la Plaza Pérez autorizó la participación de I. de Zavala Morencos en el proyecto. A Héctor D'Antoni, inspirador del programa combinado de teledetección espacial y palinología, por compartir con nosotros su amplia concepción de los estudios paleoambientales. A Isabel del Bosque González y Carlos Fernández Freire (Unidad de Sistemas de Información Geográfica, CCHS-CSIC, Madrid) por su contribución a la realización final del programa de teledetección espacial. A Antonio Uriarte González (Laboratorio de I+D de Arqueología: Laboratorio de arqueología del paisaje y teledetección, CCHS-CSIC, Madrid) por su apoyo constante en muchas de las fases del trabajo y, muy especialmente, por sus decisivas sugerencias sobre el análisis estadístico. A Enrique Capdevila Montes por su ayuda en la preparación de la documentación gráfica. 516 Juan Manuel Vicent, M.a Isabel Martínez, José Antonio López e Ignacio de Zavala Morfotipo polínico Posibles especies correspondientes medioambiental de la minería y la metalurgia del cobre durante la Edad del Bronce en Kargaly 525 Mínimo Máximo Media Desviación típica 530 Juan Manuel Vicent, M.a Isabel Martínez, José Antonio López e Ignacio de Zavala medioambiental de la minería y la metalurgia del cobre durante la Edad del Bronce en Kargaly 533 Inicial Extracción 534 Juan Manuel Vicent, M.a Isabel Martínez, José Antonio López e Ignacio de Zavala Díaz-del-Río, P.; López García, P.; López Sáez, J.A.; Martínez Navarrete, M.aI.; Rodríguez Alcalde, A.L.; Rovira Llorens, S.; Vicent García, J.M. & Zavala Morencos, I. de. Análisis de Componentes Principales de las muestras paleopalinológicas y de la lluvia polínica reciente (Kargaly, región de Orenburgo, Rusia). A: matriz de componentes (solución inicial). B: matriz de componentes rotados. Método de rotación: Normalización Varimax con Kaiser. La rotación ha convergido en 6 iteraciones.
Las estructuras de combustión de carácter metalúrgico documentadas en las fases de la ocupación de los siglos VII-I a.C. de Punta de los Gavilanes han permitido abordar el estudio antracológico del combustible leñoso asociado a siete de ellas facilitando información relativa a las pautas de gestión de los recursos forestales del entorno para el abastecimiento de los hornos, así como a la intensidad del impacto medioambiental generado por las labores de recolecta. Los resultados obtenidos documentan una amplia variabilidad taxonómica que se distribuye siguiendo tendencias similares en los hornos analizados. Las conclusiones apuntan a que el combustible leñoso fue recolectado en puntos del entorno inmediato al promontorio, sin constatarse patrones de selección sobre los taxones, ni atendiendo a sus propiedades ni a la funcionalidad de las estructuras. La degradación ecológica producida por estas actividades tuvo un alcance muy limitado, ya que no se aprecian alteraciones destacables en la señal antracológica. Entre las variables que intervienen en el proceso productivo de la metalurgia, el combustible leñoso que alimenta las estructuras de combustión posee un gran potencial interpretativo, en tanto fuente de análisis sobre patrones socio-económicos relacionados con las preferencias en la recolecta de dicho combustible, atendiendo a sus propiedades, a la especificidad del proceso productivo o a la particular morfología de cada es-TRABAJOS DE PREHISTORIA 67, N.o 2, julio-diciembre 201067, N.o 2, julio-diciembre, pp. 545-559, ISSN: 0082-5638 doi: 10.3989/tp.2010.10055.10055 tructura. Por otra parte, y aun teniendo en cuenta la limitada representatividad paleoecológica de este tipo de registros (Chabal 1992), el estudio del combustible puede indicar también la disponibilidad de recursos forestales en el entorno inmediato de los asentamientos durante el desarrollo de la actividad metalúrgica. Pese a que contamos con algunas referencias, geográficamente muy dispersas, de estudios antracológicos en los que ha podido ser estudiado el combustible leñoso derivado de actividades metalúrgicas de distinta índole y cronología (Zapata 1997; Marguerie 2002; Maufras y Fabre 1998), estamos muy lejos por el momento de poseer un corpus de datos ajustados a criterios regionales, cronológicos y funcionales que nos permita una aproximación fiable a la existencia o no de paralelismos en la gestión de este tipo de leña. Nuestra contribución aporta nuevos datos al respecto procedentes del estudio del carbón asociado a siete estructuras de combustión de naturaleza metalúrgica documentadas en el yacimiento costero de Punta de los Gavilanes (Mazarrón, Murcia). El interés de este enclave en la discusión se debe a que allí la metalurgia de la plata se convirtió en actividad productiva desde al menos el siglo VII a.C., su importancia se incrementó hacia los siglos IV-III a.C., cuando constituyó su única función en una cadena operativa territorial (Ros Sala 2005), manteniendo su actividad prácticamente hasta su abandono definitivo hacia mediados del siglo I a.C. CONTEXTUALIZACIÓN ARQUEOLÓGICA Y FUNCIONAL DE LOS DATOS El yacimiento arqueológico de Punta de los Gavilanes (37°34¢ 292 N, 2°24¢ 322 W) se sitúa en el Sureste de la Península Ibérica, en el centro de la Bahía de Mazarrón, sobre un bajo promontorio rocoso que forma parte de la línea de costa de este municipio (Fig. 1). El enclave, jalonado por sierras litorales (545 m de altitud máxima), se inserta en la llanura aluvial de la inmediata Rambla de Las Moreras. Se interviene de modo sistemático en el mismo desde 1998, dentro de un proyecto de investigación integral que estudia el poblamiento del entorno de la desembocadura de la Rambla de Las Moreras desde el II milenio a.C. Su secuencia estratigráfica presenta cuatro fases bien diferenciadas (Ros Sala 2005). Se inicia en la Edad del Bronce (fase GV-IV), donde aparecen restos asociados a la normativa cultural propia de la Cultura del Argar (2210-2030 cal. Todavía no se registran indicios de metalurgia y sí de una subsistencia orientada sobre todo a las actividades pesqueras, con evidencias de toda la cadena operativa, desde la pesca hasta el tratamiento del pescado para su conservación (Ros Sala et al. 2008). De la fase protohistórica, Gavilanes III (GV-III), se han conservado apenas algunos restos estructurales, puesto que la factoría metalúrgica que ocupó el promontorio en la etapa siguiente los arrasó en gran medida. Parece que fue un asentamiento de carácter estable desarrollado durante los siglos VII y VI a.C. (700-530 cal. 1), de raíz fenicia occidental, asociada a actividades comerciales y, por primera vez, a la explotación de los recursos argentíferos del polígono minero de Mazarrón (Ros Sala 2005). Las evidencias de metalurgia en esta fase son también muy escasas. Se ha estudiado el combustible leñoso asociado a la Estructura Metalúrgica 11TS (TS = Terraza Superior) (Fig. 2), ubicada en el Departamento 7TS. Estaba levantada sobre el suelo y quedó arrasada por la construcción de una nueva edificación -ya de la siguiente fase, Gavilanes II-identificada como Departamento 5TS. Sólo conservaba restos de bloques de arenisca quemados, acumulaciones de cenizas y fragmentos de copelas residuales, localizadas principalmente en la zona central de la concentración estructural de arenisca. En la primera mitad del siglo IV a.C. (GV-II) el promontorio estuvo dedicado exclusivamente a la actividad metalúrgica sobre minerales de plomo para el beneficio de la plata mediante la copelación del plomo argentífero. Esta nueva fase supone una amplia remodelación urbanística del promontorio, que incide negativamente en los niveles fenicios sobre todo y también en los más tardíos de la ocupación del Bronce, por la importante remoción de niveles previos y el reacondicionamiento de algunas de sus estructuras. La nueva edilicia industrial, relacionada nuevamente con la metalurgia, se identifica con una compleja factoría que vertebra su espacio en torno a unidades de producción relacionadas con el proceso de copelación, llevado a cabo en, al menos, 6 estructuras metalúrgicas -no todas excavadas-durante los siglos IV-III a.C. Las relaciones estructurales leídas desde la estratigrafía han permitido identificar el uso de esta edificación a lo largo de tres horizontes constructivos, durante los cuales se remodelan los elementos estructurales y funcionales de la factoría, desde la primera mitad del siglo IV hasta el final del III a.C. En su último cuarto se abandona como consecuencia, probablemente, de los acontecimientos derivados de la toma de Kart-Hadast (Ros Sala 2005). Se han analizado los carbones asociados a tres de las estructuras metalúrgicas de la factoría. La Estructura 2TM (TM = Terraza Media) (Fig. 3) se documentó adosada a la zona central del muro norte del Departamento 1TM. Su excavación permite entrever cómo pudieron funcionar estas estructuras. Se trata de una planta pseudocircular para la parte inferior, rebajada en su alzado probablemente para facilitar la evacuación del litargirio flotante en el proceso de copelación y su recogida en recipientes ubicados sobre un rebanco de adobe. Diferente es la estructura del identificado como Horno 5TS (Fig. 3). Parece un horno de cuba con solero inicial excavado en la arenisca de base del promontorio. Posee en su parte baja, sobre la pared occidental de lo que sería el inicio de la cuba, dos aberturas destinadas posiblemente a la inducción de aire desde fuelles. Un tercer orificio de mayores dimensiones y ubicado en relación directa con el solero, pudo ser utilizado como sangrador de la escoria producida (Ros Sala et al. 2003). La tercera, Estructura Metalúrgica 9TS (Fig. 2), ubicada en el interior del departamento industrial 5TS, por la morfología de los restos y ubicación, contra el zócalo de piedra del muro sur de esta última dependencia, reproduce el patrón constructivo descrito para la estructura metalúrgica 2TM. Se define por una concentración de ceniza de color blanquecino y forma oval, delimitada al Este por un anillo de adobe rubefactado y más degradado en su lado oriental, sentido hacia el que presentaba cierto buzamiento. Tras un período de abandono y expolio de restos metálicos residuales anteriores, en la segunda mitad del siglo II a.C. se vuelve a ocupar durante apenas un siglo (GV-I). En un principio las actividades fueron tanto metalúrgicas como comerciales, aprovechando la situación privilegiada del promontorio. Finalmente, se abandonó la producción metalúrgica y Punta de los Gavilanes estuvo plenamente dedicada al intercambio comercial marítimo hasta su abandono definitivo a finales del siglo I a.C. (Ros Sala 2005). Para esta fase se han estudiado los carbones recuperados en los restos de otras tres estructuras metalúrgicas, identificadas como 6TS, 7TS y 8TS (Fig. 2), muy próximas entre sí en la terraza superior del yacimiento. Reutilizan y adecúan en parte las dependencias donde se localizó la estructura 11TS de la fase GV-III y la 9TS de GV-II. De la 6TS se conservaban restos estructurales con frag-mentos de copelas en su interior. El carbón vegetal asociado a las estructuras metalúrgicas analizadas se recuperó manualmente en el caso de los hornos 5TS y 2TM y mediante tamizado en seco del sedimento en las estructuras 11TS, 9TS, 6TS, 7TS y 8TS, utilizando mallas de 2,1 y 0,5 mm. La identificación taxonómica de cada carbón valoró la anatomía de los tres planos de la madera: transversal, longitudinal tangencial y longitudinal radial. Para ello se utilizó un microscopio metalográfico Leica DM 2500 M con óptica de campo claro/campo oscuro, de 100 a 500 aumentos, consultando además atlas de anatomía de la madera (Schweingrüber 1978(Schweingrüber, 1990;;Vernet et al. 2001) y las colecciones de referencia de madera actual carbonizada de los laboratorios de Arqueología de las Universidades de Murcia y Valencia. La cuantificación tomó como unidad de medida el fragmento de carbón, ya que permite obtener resultados más fiables que los basados en la masa del carbón (Chabal 1988(Chabal, 1997;;Bazile-Robert 1982). El número de carbones analizados por muestra se basó, en las estructuras con gran cantidad de carbones, en la riqueza taxonómica de la muestra, mediante el establecimiento de curvas de esfuerzo-rendimiento (Chabal 1997) y en aquellas otras con menos de 100 fragmentos en todos los de la muestra. Esta cuantificación ha sido realizada en términos absolutos y porcentuales (Tab. Los carbones se fotografiaron mediante el microscopio electrónico de barrido modelo JEOL-JSM 6100 del Servicio de Microscopía de la Universidad de Murcia. El total de 1.331 fragmentos de carbón analizados se distribuyen muy desigualmente entre las diferentes estructuras. 50 carbones proceden de la Estructura Metalúrgica 11TS, asociada a Gavilanes III. A la factoría Gavilanes II corresponden 80 fragmentos de la estructura 2TM, 826 del Horno 5TS, sin duda el que ha aportado una mayor información tanto cuantitativa como cualitativa y 100 fragmentos a la estructura 9TS. Finalmente, de la fase Gavilanes I han sido revisados 100 carbones de la Estructura Metalúrgica 6TS, 150 de la 7TS y únicamente 25 de la 8TS. En En términos generales, pese a que existen notables diferencias tanto porcentuales como de presencia-ausencia de los taxones entre las estructuras de combustión, se observa la importancia de algunos elementos como Pistacia lentiscus, constatada en todas las estructuras estudiadas con porcentajes bastante destacados que van desde el 20 % (Estructura 11TS) hasta el 69,6 % (5TS). Es destacable también Olea europaea, ausente únicamente de la estructura 2TM, cuyos mayores porcentajes se dan en las estructuras de Gavilanes I (hasta un 45,33 % en 7TS). También la familia Chenopodiaceae sólo falta en la 6TS (porcentaje máximo en 9TS; con un 20 % del total). Es destacable asimismo la relativa abundancia de Pinus halepensis, identificado en cuatro estructuras, frente al resto de taxones que se documentan en todo caso en menos de tres. El horno 5TS tiene la mayor riqueza tanto numérica como en cuanto a la variabilidad taxonómica: hasta 12 taxones. No obstante, presentan también resultados destacables la estructura 11TS, cuyos escasos carbones han permitido la identificación de 10 taxones y la 9TS con 9 elementos diferenciados. En el lado opuesto, las estructuras asociadas a la fase Gavilanes I ofrecen una notable escasez taxonómica, con excepción de la 8TS, donde se identificaron siete taxones estudiando únicamente 25 fragmentos de carbón. La recuperación de forma manual de algunas de las muestras estudiadas podría implicar, a priori, ciertas limitaciones en el número de carbones disponibles en la muestra y en el cortejo antracológico potencialmente identificado. De ser así, los resultados obtenidos deberían interpretarse con cautela. No obstante, en términos generales se observa que tanto el número de fragmentos analizados en las estructuras muestreadas manualmente como la importante variabilidad taxonómica documentada validan el registro para la interpretación en términos paleoeconómicos que será realizada a continuación. Estrategias de captación y utilización del combustible leñoso Durante las diferentes etapas de ocupación de Punta de los Gavilanes el fuego constituyó una herramienta indispensable en el desarrollo de las diversas actividades llevadas a cabo en el promontorio. Esta dependencia pudo ser más intensa en el caso de la metalurgia, ya que parece claro, a priori, que los trabajos especializados generarían necesidades de combustible mayores que los de carácter doméstico. Partimos de la hipótesis de que una necesidad acuciante de grandes cantidades de combustible generaría pautas de recolecta basadas en el oportunismo y en la búsqueda constante de una relación positiva entre el esfuerzo invertido en la captación y el rendimiento calorífico obtenido. Sin embargo, no es descartable que, ante necesidades específicas de leña para determinadas actividades, la gestión de los recursos pudiera haberse establecido según ciertos parámetros selectivos. En este sentido, resulta fundamental la interpretación de los patrones de captación de estos recursos que puedan ser apreciables a partir de la señal antracológica asociada a los contextos productivos del yacimiento. Los procesos de aprovisionamiento de combustible están sujetos, en la mayoría de los casos, a una relación de dependencia con los recursos vegetales disponibles en las proximidades del sitio (Shackleton y Prins 1992). Según ciertas aportaciones etnológicas (Biran et al. 2004; Miah et al. 2003; Top et al. 2004) y la práctica totalidad de los estudios antracológicos, la inversión de esfuerzo en la captación de madera no suele exce-der los 10 km de distancia cuando se destina a combustible (Willcox 1992). Las excepciones corresponden a comunidades actuales en situaciones de degradación forestal tales que obligan a una recolecta durante jornadas completas (Auclair y Sghaier Zaafouri 1996). En el caso de la antracología, las evidencias de esta excepción se traducen en la aparición de elementos transportados desde zonas alejadas o incluso alóctonos, que sugieren la captación de recursos en un radio de acción amplio, si bien al respecto se conocen fundamentalmente datos de cronologías recientes y generalmente no referidas a combustible, En Gavilanes, el espectro antracológico identificado en todas las fases de actividad metalúrgica es semejante y proporciona una primera aproximación a los ecosistemas del entorno próximo en los que la madera fue recolectada y, pese a la complejidad de concretar la localización de los taxones y su densidad, también al consumo energético que pudo invertirse para su obtención. La leña debió de provenir de puntos diversificados divisibles según los componentes florísticos presentes en el registro: halófilo o salino, mediterráneo e iberoafricano. Su distribución aproximada estaría condicionada fundamentalmente por las características edáficas del entorno, conocidas gracias a las reconstrucciones paleoambientales propuestas a partir de toda una serie de sondeos geofísicos y polínicos practicados dentro del "Proyecto Gavilanes" en las áreas de turbera aledañas al yacimiento, cuya secuencia abarca todo el período Holoceno (Navarro Hervás et al. Las áreas de captación de recursos leñosos en el radio de 1 km estarían en la propia línea de costa y en sus aledaños, con gran disponibilidad en ciertos taxones del "componente halófilo", ya que la intensa salinidad del sustrato impediría el desarrollo de otro tipo de vegetación. Se trataría en concreto del género arbóreo Tamarix y de especies arbustivas y herbáceas de la familia Chenopodiaceae como Atriplex halimus. La estructura de la vegetación de las ramblas, como la salinidad de la cuenca se remonta a varios milenios atrás (Navarro Hervás et al. 2009), sería se-mejante a la zona de línea de costa, por lo que estos taxones pudieron ser también captados en cauces próximos como la Rambla de las Moreras, que desagua a unos cientos de metros del enclave. evidencias antracológicas no nos permiten generalmente asegurar que así fuera, salvo por indicios no concluyentes relacionados con el estado de deterioro de la leña antes de su carbonización (Théry-Parisot 2001) como la presencia de insectos xilófagos, infestaciones por hongos u otros microorganismos (Blanchette 2000). Estos fenómenos no son generalizados en la Punta de los Gavilanes, por lo que, aunque cabe pensar que la recogida de madera muerta se produjo de forma habitual, no podemos afirmar que éste fuera el sistema preferencial de colecta de combustible. Tenemos algunas evidencias de maderas degradadas con galerías producidas por ataques de insectos xilófagos barrenadores, así como por incidencia de hongos (Fig. 4), no obstante asociadas a otros contextos del yacimiento. Otro de los aspectos que cabe plantearse es si hubo criterios selectivos en la gestión de la vegetación del entorno, en función de su conocimiento y/o de ciertas creencias sociales sobre sus propiedades, tal y como se ha comprobado desde la etnología (Abbot y Lowore 1999; Padilla et al. 2000; Peña-Chocarro et al. 2000; Pote et al. 2006; Alves Ramos et al. 2008). Este tipo de pautas pudieron atender a las propiedades físico-químicas de las especies del entorno y a la funcionalidad concreta de las estructuras metalúrgicas en las cuales fueron utilizadas. En general, el hecho de que haya sido documentada una gran variabilidad taxonómica en los hornos metalúrgicos de las tres fases analizadas parece sugerir de antemano una ausencia de criterios selectivos en los procesos de recolecta, con independencia de precisiones taxonómicas, funcionales o cronológicas. Esto vendría a contradecir la idea prefijada al respecto (Pernaud 1992), que parece más aplicable en yacimientos situados en zonas boscosas de la Europa atlántica, de mayor desarrollo forestal y menor riqueza estructural que las formaciones mediterráneas. Ésta podría ser la razón por la que estas pautas restrictivas no se detectan en modo alguno en Punta de los Gavilanes, donde la riqueza taxonómica denota por el contrario un aprovechamiento totalmente oportunista de los recursos leñosos disponibles, determinado probablemente por la escasez general de especies leñosas en un entorno ya degradado y por la gran variedad de elementos que constituyen el estrato arbustivo mediterráneo. Tampoco parece plausible plantear, a partir del cortejo antracológico identificado, que existiera una selección específica condicionada por las propiedades de combustión de los taxones. Una gran cantidad de variables que inciden en el proceso de combustión (meteorología, humedad de la planta, etc.) no pueden ser valoradas a través de los datos antracológicos, pero ciertas experimentaciones (Elvira y Hernando 1989) informan sobre algunas características intrínsecas a cada taxón a ese respecto, como el poder calorífico su-552 María Soledad García Martínez y María Milagrosa Ros Sala Fig. 4. A la izquierda, galería de insecto xilófago con restos de exhuvia en un fragmento de Chenopodiaceae ( ́150); a la derecha, hifas de hongo en un fragmento de Ficus carica ( ́370). Contextos no metalúrgicos de Punta de los Gavilanes (Mazarrón, Murcia). perior (1) o la inflamabilidad (2) (Delabraze y Valette 1974) de su madera. Contamos con algunos datos publicados (Tab. 3) que permiten observar la calidad dispar de los taxones. Entre los teóricamente mejores combustibles se encontrarían Pinus halepensis, Erica sp., Leguminosae, Pistacia lentiscus, Quercus ilex/coccifera, Rham-nus/Phillyrea sp. o Rosmarinus oficinalis por su alto poder calorífico, su elevada inflamabilidad o bien, como en el caso de Quercus, porque su combustión es muy duradera. En el lado opuesto estarían Daphne gnidium y, sobre todo, las quenopodiáceas, cuya inflamabilidad es muy baja como consecuencia de los compuestos minerales que contienen (Guijarro Guzmán 2003), por lo que la recurrencia de su uso debió estar asociada más a su abundancia en la zona que a su valor como combustible. En definitiva, esta variable incidiría nuevamente en la idea de que la leña utilizada en las estructuras metalúrgicas de Gavilanes sería recuperada de manera aleatoria. (1) El poder calorífico se define como la cantidad total de calor desprendido en la combustión completa. El "poder calorífico superior" se obtiene cuando el agua contenida en el combustible y la resultante de la combustión se condensan (Guijarro Guzmán 2003). (2) Definida por Delabraze y Valette (1974) como la facilidad que tiene un vegetal para inflamarse al ser expuesto a una radiación calorífica constante. Los valores porcentuales de los taxones tampoco permiten hablar de selección en el aprovisionamiento del combustible utilizado en la metalurgia de Gavilanes. A este respecto, nuestras conclusiones sobre la vegetación dominante en el entorno costero de Mazarrón (García Martínez et al. 2008) detectan desde la Edad del Bronce y hasta finales de la fase fenicia (GV-III) una carencia de formaciones forestales bien estructuradas, con una dominancia de extensiones de matorral conformadas fundamentalmente por lentiscos y acebuches y desarrollo aislado de individuos de pino carrasco como principal elemento arbóreo. A partir de la fase Gavilanes II y hasta el final de la secuencia, la señal antracológica sí ofrece signos de agotamiento del sistema, dada la fuerte reducción de la riqueza vegetal mediterránea y el considerable aumento de Chenopodiaceae en el diagrama. Estos resultados se corresponden en general con las proporciones representadas en los hornos. Allí, Pistacia lentiscus es el taxón más utilizado, con excepción del 11TS, donde no obstante supone un 20 % del total del carbón analizado. Olea europaea adquiere valores notorios en las estructuras metalúrgicas de la fase GV-I, posiblemente en asociación con el cultivo de esta especie ya en esta cronología tardorrepublicana. Los escasos porcentajes de Pinus halepensis (salvo en 2TM) se corresponderían también con la escasez del estrato arbóreo que hemos documentado para estos momentos en el litoral de Mazarrón (García Martínez et al. 2008). Finalmente, las quenopodiáceas experimentan una reducción progresiva, en contradicción con su aumento en la secuencia antracológica de Gavilanes (García Martínez et al. 2008), con sus valores más importantes en la fase GV-III, mientras que en GV-I apenas las hay. Esta contradicción nos permite detectar, por primera vez, una posible no selección intencionada de estas especies en consonancia probablemente con sus escasas cualidades como combustible. La mayoría de variables nos dan a entender que existió un aprovechamiento oportunista de los recursos leñosos, pero no podemos por el momento descartar que los taxones utilizados como combustible se relacionaran con la funcionalidad de las estructuras, ya que los estudios de carácter tecnológico-funcional sobre las mismas se encuentran todavía en curso. Valoración de la intensidad del impacto medioambiental generado por la metalurgia protohistórica en Gavilanes través de la instalación de formaciones esteparias en la zona (incremento de Artemisia) y de otras fuertemente halófilas en el cordón litoral (predominancia de Chenopodiaceae). Destacan, por la similitud ecológica con Gavilanes, las aportaciones antracológicas de establecimientos protohistóricos peninsulares como La Fonteta (Grau 2007), Baria (López de Castro 2003) y ya en el sur peninsular las del Cerro del Villar (Ros Mora y Burjachs 1999) y el yacimiento indígena del Cerro de la Era (Iborra et al. 2003). En dichos estudios también se apunta una gran expansión de formaciones arbustivas mediterráneas acompañadas de Pinus halepensis, junto a la salinización de las zonas de marisma, dado el importante desarrollo de la vegetación propia de ecosistemas dunares fijos. Por último, los resultados antracológicos obtenidos del estudio inédito realizado por E. Grau en el yacimiento de la Edad del Hierro de El Castellar de Librilla (Murcia) o los datos aportados por la necrópolis ibérica de Cabezo Lucero (Grau 1993) confirman la degradación de las formaciones de encinar en el Sureste, frente a la dominancia de elementos termófilos como el lentisco o el acebuche. No parece, pues, que las características de la vegetación documentada en la Punta de los Gavilanes, tanto a partir del carbón disperso (García Martínez et al. 2008) como del asociado a la metalurgia, difieran mucho de las que se acaban de se desde las fuertes limitaciones de espacio que ofrecería la Punta de los Gavilanes sobre la capacidad de absorción de los recursos leñosos disponibles en su entorno. Tampoco las actividades realizadas en otros núcleos poblacionales, como la Loma de Sánchez, que formarían parte del modelo de vertebración productiva del territorio (Ros Sala 2005), debieron afectar demasiado a su entorno inmediato, ya que las áreas de captación serían aproximadamente las mismas que en el caso de Gavilanes. El análisis de los restos de combustible derivados de la actividad metalúrgica desarrollada en Punta de los Gavilanes desde aproximadamente el siglo VII a.C. hasta mediados del siglo I a.C. proporcionado datos para interpretar las pautas de gestión de los recursos leñosos del litoral de Mazarrón en las estructuras de combustión analizadas, así como la intensidad del impacto medioambiental generado. Las principales conclusiones obtenidas son: -Se aportó a las estructuras combustible leñoso de especies de carácter halófilo o salino, elementos característicos de las formaciones de matorral mediterráneo y, por último, ciertos endemismos de óptimo norteafricano. -La captación de recursos, según el cortejo antracológico identificado y las características edáficas de la zona, se produjo en ecosistemas diversificados del entorno más próximo al asentamiento, sobre todo entre 0 m y 5 km de distancia, aunque excepcionalmente pudieron producirse desplazamientos mayores. -No se han detectado pautas selectivas en la colecta de combustible de acuerdo con las propiedades de las plantas utilizadas ni, a falta del definitivo estudio tecnológico-funcional de las estructuras, relacionadas directamente con la particular funcionalidad de cada una de ellas. Se trataría por lo tanto de patrones de captación oportunistas, basados en la consecución de una relación esfuerzo-rendimiento positiva. -En lo que concierne a la intensidad de la deforestación generada en el entorno por el abastecimiento periódico de la actividad metalúrgica, no se ha apreciado en la señal antracológica que la degradación del entorno inmediato de Gavilanes fuera más intensa que en otros puntos del Sureste semiárido peninsular, por lo que parece que el impacto medioambiental generado debió de ser limitado y en todo caso constreñido al ámbito local. Este trabajo está financiado por una beca postdoctoral concedida por la Agencia Regional de Ciencia y Tecnología de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia (Fundación Séneca) a Dña. María Soledad García Martínez y por el Proyecto de Investigación de Excelencia Científica "Estudio integral del yacimiento arqueológico de Punta de los Gavilanes en Puerto de Mazarrón (Murcia, España), y su entorno inmediato", auspiciado por la citada Fundación, la Universidad de Murcia y la Consejería de Cultura y Turismo de la Región de Murcia, en la que M.M. Ros es investigadora principal.
Esta aproximación social, que refuerza el efecto del análisis de las ideas permite incidir en las tensiones sociales, personales, ideológicas y políticas que afectaron a la construcción de la Prehistoria en Argentina. La Prehistoria es una ciencia relativamente reciente. En torno a las décadas centrales del siglo XIX y ante la ausencia de huesos humanos fósiles, el hallazgo de instrumentos líticos con las evidencias de haber sido fabricados por el hombre fue la principal prueba de la antigüedad de la humanidad, muy superior a la que se establecía de una lectura del relato bíblico. Un primer intento para solventar el problema de la limitada cronología bíblica fue abordado por Paul Tournal (1833), quien presentó una cronología que permitía replantearse la antigüedad del género humano en la Tierra a la par que intentaba resolver la cuestión de la existencia del hombre fósil. Sugirió considerar un período geológico antiguo, que abarcaba el inmenso espacio de tiempo que había precedido la aparición del hombre en la Tierra, y un período geológico moderno o "antropopagano" caracterizado por la presencia del hombre. A su vez este período podía dividirse en dos períodos, ante-histórico e histórico. El primero comenzaría con la aparición del hombre en la superficie del globo terrestre y se extendería hasta el comienzo de las tradiciones más antiguas. El período histórico podría remontarse poco más allá de los siete mil años en el pasado. Pero la gran antigüedad del género humano sobre la Tierra fue proclamada por Jacques Boucher de Perthes, Dieu est éternel, mais l'homme est bien vieux, y se reconoció en 1859, resultado del consenso entre especialistas de Francia y Gran Bretaña. En la articulación de esta ciencia, que fue desarrollándose a lo largo del siglo XIX, confluyeron en un primer momento conceptos, ideas y actividades realizadas desde diferentes disciplinas como la historia, la lingüística, la anatomía, la antropología, la arqueología y las ciencias naturales, especialmente geología y paleontología. El análisis comenzó abordándose desde prácticas científicas realizadas por médicos y naturalistas y por aficionados a las antigüedades y arqueología, quienes considerándose con razón competentes en este nuevo campo encauzaron la legitimación de una nueva co-munidad de expertos, esforzándose por su desarrollo institucional y social. En este escenario histórico, y en su continuación hasta la primera década del siglo XX, se enmarca el libro de Irina Podgorny. Para los historiadores de la ciencia que trabajamos en el origen y la antigüedad de la humanidad, el evolucionismo y, en suma, la configuración de una disciplina como es la paleontología humana, los trabajos de Podgorny siempre son esperados y recibidos como corresponden a los resultados de una sólida investigadora, que es un referente en la historia de la arqueología prehistórica. Y más cuando plantea problemas que permiten una dimensión comparativa trasatlántica. Desde un enfoque muy actual, este libro de Podgorny presenta materiales y sólidas orientaciones, algunas de cuyas raíces se pueden encontrar en anteriores trabajos, que, a la par que instruye con su exposición sobre los espacios de la Prehistoria en Argentina entre 1850 y 1910, señala unas vías de investigación muy interesantes para abordar la historia de la Prehistoria. Por de pronto, la orientación impresa en esta obra recupera el estudio de las prácticas realizadas por los agentes humanos articulados en redes sociales. Por ello quiere hacer hincapié en el importante papel desempeñado por diferentes actores, en distintos países, desde posiciones tan diversas como la banca, la diplomacia, la política, la docencia y la ingeniería, quienes se esforzaron por confluir en las "zonas de intercambio". En esta orientación se incide en el hecho experimental y la posibilidad de repetir dicho experimento innumerables veces, mejor con testigos oculares que ratifiquen la validez de la práctica científica que se ha contrastado; se valora el espacio, tanto el trabajo realizado en el campo como en el gabinete y en el laboratorio, los dos ámbitos científicos complementarios, destacando la importancia que la colección adquiere para la arqueología y la paleontología; por último, analiza las "tecnologías literarias", representadas por los lenguajes impreso y el visual. No hay que olvidarse de las "antigüedades o instrumentos portátiles", que permitían la reconstrucción a distancia de las condiciones de partida originales. La exposición abarca dos partes. En la primera, se aborda el museo de historia natural y la colección, como espacios para desarrollar las prácticas científicas. Edificios para la ciencia, los deseados y los construidos, diseños expositivos y negociación política. En este sentido es interesante el origen de la palabra Prehistoria, ya que como señala Podgorny, el término en inglés es anterior al nacimiento de esta ciencia. Lo mismo pasó con la Paleontología Humana. Ambas, Prehistoria y Paleontología Humana surgieron y se configuraron compartiendo líneas de trabajo que, aunque con problemas comunes, fueron divergiendo en disciplinas separadas. Así, en los inicios de la Paleontología Humana no hubo unanimidad a la hora de denominarla. Por ejemplo en España, Juan Vilanova y Piera, catedrático universitario de Geología y Paleontología, utilizó en 1875 el término "Paleo-antropología" en su curso sobre Prehistoria impartido en el Ateneo Científico y Literario de Madrid. Comentaba que en lugar de paleontología humana o arqueología prehistórica, prefería usar el término paleoantropología para referirse al estudio del hombre primitivo u hombre fósil. En este sentido, para Vilanova el objeto de estudio de la disciplina era el hombre antiguo, englobando tanto el examen de los restos humanos, fueran o no fósiles, como el de las variadas manifestaciones de su actividad física, intelectual y afectiva (Vilanova 1875). Las dudas de emplear como alternativa el término arqueología prehistórica tenían su fundamento. Ante la dificultad de encontrar fósiles humanos, el hallazgo de instrumentos líticos con todas las evidencias de haber sido fabricados por el hombre fue la principal prueba de la antigüedad de la humanidad. La consolidación de la disciplina se fue construyendo a través de la discusión y negociación para consensuar una práctica y metodologías científicas propias, que tuvieron lugar en el seno de instituciones y sociedades científicas y, a partir de 1865, en los Congrès International d 'Anthropologie et d' Archéologie Préhistoriques (CIAAP). Al mismo tiempo, los catálogos de las exposiciones universales y la aparición de revistas especializadas permitieron un intercambio fluido y global de la información relativa a los hallazgos de fósiles humanos y de industria lítica en terrenos geológicos cuaternarios, que fueron la base para el desarrollo de la arqueología prehistórica. La segunda parte del libro está dedicada a algunos aspectos relacionados con la controversia sobre la antigüedad del género humano en Argentina. Evidentemente, en este apartado desempeña un papel muy relevante una figura muy conocida por Podgorny, Florentino Ameghino. Por las mismas fechas en que en Europa se debatía sobre la antigüedad del hombre, y su posible existencia en el Terciario, en el continente americano, Ameghino apoyándose en el hallazgo de fósiles humanos en la formación geológica pampeana que consideraba terciaria, mantuvo una explicación transformista según la cual la cuna de los precursores homínidos y del "hom-bre terciario" había sido la Patagonia. Desde allí el género humano se había expandido hacia el resto del mundo. Como señala Podgorny, Ameghino fue a París en 1878, participando en el Congrès International des Sciences Anthropologiques, organizado con motivo de la Exposición Universal celebrada en la capital francesa. En este congreso Ameghino presentó una comunicación, "L 'homme préhistorique dans le bassin de la Plata", en la que planteó que aún no se había podido determinar científicamente en que continente se había originado por primera vez el género humano, por lo que no existían razones para hacer emigrar al hombre desde Eurasia hacia América, ya que la expansión había podido verificarse en sentido contrario (1). A su vuelta a la Argentina, Ameghino disertó sobre las instituciones y revistas científicas europeas especializadas en antropología y prehistoria. Comentó también el debate existente en Francia en esos momentos, relativo a las tesis favorables al "hombre terciario" del abate Bourgeois y la propuesta de Gabriel de Mortillet, razonable para él, de la existencia del Anthropopithecus como ancestro del hombre. Partiendo de su extraordinaria labor paleontológica, Ameghino sostuvo que la Patagonia era el centro de creación de los primeros mamíferos. Posteriormente, a través de antiguos continentes o puentes terrestres desaparecidos, los mamíferos habían emigrado y evolucionado, extendiéndose por toda la Tierra. El género Homo había aparecido en el Plioceno de Patagonia, siendo el Homo pampaeus o Prothomo la primera forma genérica humana que había aparecido. Una rama de los monos de Patagonia habría evolucionado, pasando por las etapas de tipos intermedios entre el mono y el hombre: Tetraprothomo, Triprothomo, Diprothomo y Prothomo. Este último, el Homo pampaeus, habría evolucionado en la Patagonia hacia formas del hombre terciario. Podgorny discute sobre espacios como el museo, que, a semejanza de los almacenes comerciales, permiten tener inventariados los objetos singulares; sobre el espíritu de empresario, familiarizado con la negociación y el almacenamiento de mercancía, que sirve como modelo para la conservación de colecciones y que sirve para entender el establecimiento de alianzas, en parte gracias a las fortunas personales pero también a otros vínculos, como el idioma, la pertenencia a sociedades como la masonería, etc.; sobre el doble aspecto de exposición pública y de investigación científica inherente a los museos; sobre la relevancia de los viajes y el trabajo de campo, la importancia de la correspondencia para el trabajo del gabinete, etc. En síntesis, el discurso de Irina Podgorny consigue integrar la historia institucional con propuestas metodológicas que inciden en la perspectiva social y cultu-Rafael Mora Torcal, Jorge Martínez Moreno, Ignacio de la Torre Sainz y Joel Casanova Martí. Variabilidad técnica del Paleolítico Medio en el sudoeste de Europa. Paralelamente a la crisis del paradigma bordesiano, a partir de los años 80 del siglo pasado, diferentes autores franceses (Boëda, Geneste, Meignen o Turq, entre otros) propusieron abordar la cultura material musteriense desde una perspectiva tecnológica. Se asumía que la Tipología (alguna propuesta tipológica, en realidad) había tocado techo en su potencialidad explicativa y que debía ser superada por la visión tecnológica, que representaría una aproximación holística hacia este registro. Las últimas tres décadas de investigación evidencian un basculamiento bibliométrico claro de lo tipológico, a lo tecnológico, sin que ello implique forzosamente una superación de anteriores paradigmas o una lectura más integral del registro material. Este es el contexto en el que se enmarca este trabajo, que recoge las actas de un encuentro desarrollado en la Universidad Autónoma de Barcelona los días 8 y 9 de mayo de 2008, bajo el mismo título. Buena parte de los especialistas españoles en la materia fueron invitados a participar en este encuentro (con comunicaciones referidas a Cataluña, Andalucía, Burgos, Valencia, País Vasco, Murcia, Madrid, Cantabria o Aragón), en el que hubo además contribuciones relativas al sur de Francia (a cargo de Slimak, Mourre y Thiébaut). El texto resultante muestra un estado de la cuestión fidedigno de los debates actuales acerca de la variabilidad técnica del Musteriense en nuestra región, con sus enormes potencialidades y también, debilidades implícitas. Las bases de la discusión son planteadas en el primer artículo de Slimak, que quizás merecía ser publicado en la lengua nativa del autor. En esta primera contribución queda de manifiesto la capacidad del análisis tecnológico para plantear cuestiones novedosas (que habían sido cerradas en falso anteriormente) y proponer aproximaciones creativas en la terminología y los conceptos, más allá de la mera verificación de lo levallois o discoide. Precisamente, la articulación de un lenguaje común, con correspondencias netas entre los conceptos empleados por los diferentes autores, representa hoy día uno de los principales retos a los que se enfrentan los especialistas en la materia. Las restantes contribuciones de esta monografía pueden ser englobadas en dos apartados, referidos respectivamente a síntesis regionales de la Trasmitiendo un desequilibrio ya asentado en la Historiografía, los yacimientos al aire libre (tan importantes en los trabajos capitales de la Escuela Tecnológica francesa) figuran infrarrepresentados en este texto, frente a las omnipresentes secuencias en cueva. Estas últimas, a pesar de permitir consideraciones de orden evolutivo intrayacimiento, resultan sin embargo más vulnerables a mixtificaciones estratigráficas, que complican eventualmente la lectura morfotecnológica de las series. Más aún en el seno de un Musteriense en el que los intentos de jerarquización interna de acuerdo a criterios tipológicos han resultado fallidos. Todos los trabajos despliegan un gran (y exitoso) esfuerzo por abordar el cometido previsto, aunque también son notorias las diferencias en la aproximación entre ellas. Los yacimientos mencionados en textos y bibliografía representan fielmente las novedades principales de la investigación peninsular durante las pasadas tres décadas. A estos efectos, la clasificación entre síntesis regional y revisión de uno o varios yacimientos, contextualizados en un marco más amplio, establece ya una primera división significativa. Así, las distancias terminológicas y conceptuales entre los diferentes autores suelen ocasionar dificultades para poner en relación diversos yacimientos entre sí, o incluso, distintos niveles de un mismo yacimiento. Por este motivo, las visiones amplias, que desbordan el lí-T. Entre los elementos valorados en prácticamente todos los artículos debemos destacar el peso de los diacríticos (sobre núcleos, soportes significativos e incluso, remontajes), auténtica piedra angular de la reconstrucción de los esquemas técnicos de débitage/ façonnage (en francés, como en tantos puntos del original). Algunos de los factores de contextualización (como el soporte geocronológico) también son comunes a muchos de los artículos, contribuyendo a una mejor comprensión del marco tecnológico que se está describiendo. Por el contrario, otras aproximaciones y gráficas incluyen aportaciones metodológicas singulares, todas de gran valor pero aparentemente, no universalmente asumidas. Se trata, por ejemplo, de la clasificación de núcleos y su representación porcentual (Casanova et al.) En definitiva, además de la variabilidad que se describe en el objeto de estudio, resulta evidente que existe una muy importante (y enriquecedora) diversidad en las aproximaciones metodológicas al fenómeno. Toda recensión debe ser sintética y, a falta del espacio suficiente para glosar individualizadamente cada aportación, corremos el riesgo de trasmitir una percepción negativa del resultado final. Nada más lejos de nuestra intención. Cada uno de los capítulos de esta publicación incluye informaciones novedosas y propuestas metodológicas adaptadas a las circunstancias específicas de la/s serie/s en estudio. Desde la periferia de los análisis tecnológicos de la industria lítica, se percibe una enorme riqueza detrás de esta aparente brain storming de adaptación de las aproximaciones en vigor al registro lítico, según las circunstancias individuales de cada yacimiento o grupo de yacimientos. Tanto los factores implícitos en este registro (como la materia prima seleccionada, la tipometría de la serie, todo el protocolo morfotecnológico -soportes, material del tallista, talones, morfotipología de núcleos, etc.-, el análisis funcional y la insoslayable tipología), como elementos latentes (la tafonomía del depósito, las estructuras presentes -en especial las de taller-, las relaciones espaciales intrayacimiento, etc.), son considerados en el conjunto de este trabajo. Se po-dría argumentar, sin embargo, que todas estas lecturas deberían de ensayarse para cada una de las series estudiadas, en la medida de lo posible. Y que, en torno a ellas, se debería de ir construyendo un protocolo común de análisis de los tecnocomplejos líticos, a aplicar en el futuro, que resuelva definitivamente el que ha sido considerado gran déficit de las aproximaciones tecnológicas (la cuantificación sistemática y la representatividad estadística de sus resultados). Sólo entonces podríamos considerar cumplimentados los objetivos explicitados en el primer párrafo de esta recensión y trascritos en el propio capítulo introductorio de la monografía: "... Este planteamiento pretende reinterpretar los conjuntos líticos desde una perspectiva holística, superando las sesgadas interpretaciones fundamentadas en el enfoque tipológico subyacente al paradigma histórico cultural (Geneste, 1992)" (Mora et al.,p. Quizás, entonces, deberíamos también considerar que la nomenclatura debería de ser algo más ambiciosa y no restringir esta visión a la denominación de "análisis tecnológico". En definitiva, esta publicación merece la atención de todos los especialistas en el estudio de las sociedades humanas del Pleistoceno superior y resulta extremadamente sugerente, motivo por el que debe felicitarse a sus editores. Si acaso, puede echarse en falta un capítulo final de síntesis en el que se expongan las conclusiones de todas las presentaciones efectuadas, a cargo de la visión particular de los propios editores o de un ponente ajeno a la presentación de resultados concretos. Se podría obtener así un avance sobre las principales cuestiones planteadas a lo largo de los capítulos iniciales: una vez descrita en términos tecnológicos la variabilidad del Paleolítico Medio en la Península Ibérica, ¿qué se infiere de la misma a nivel cognitivo o cultural y en referencia a los neandertales? O ¿existen patrones de evolución de las estrategias tecnológicas en el espacio y el tiempo? Y lo que parece aún más importante, a la vista de los resultados de la reunión, ¿cabe proponer un protocolo general de aproximación a la descripción de los conjuntos de cada serie, de modo que no quepa atribuir a la diferente aproximación metodológica la obtención de resultados diversos? En resumidas cuentas, si la descripción tipológica bordesiana del Paleolítico Medio tocó techo al constatar la imposibilidad de jerarquizar de modo neto el Musteriense en el espacio y el tiempo, ¿permitirá el análisis tecnológico desbordar esta perspectiva, proporcionándonos una visión más dinámica y evolutiva del Paleolítico Medio? El arte rupestre prehistórico de África nororiental. Nuevas teorías y metodologías. Bibliotheca Praehistorica Hispana XXVI, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto de Historia. Esta obra corrige y amplía la Tesis doctoral del autor, Del panel a la hegemonía: nuevas teorías y tecnologías para el arte rupestre del Noroeste de África, defendida en el Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid el 13 abril de 2007. Los codirectores, Víctor Fernández Martínez (UCM) y Juan M. Vicent García (CSIC), enmarcan el esfuerzo en los años de investigación desarrollada en Sudán y Occidente de Etiopía por el grupo complutense, canalizado en este caso a través del equipo LabTel del CSIC. El autor se reconoce parte de un ejercicio colectivo, pero su visión es muy personal, tanto en términos de formación como de compromiso. A. Fraguas es arqueólogo, informático profesional, analista y consultor de sistemas. Desde sus primeras incursiones en el desierto sudanés y el altiplano etíope no ha dejado de entreverar en su mirada lo ético y lo político de la arqueología post colonial. En estas páginas queda implícita la responsabilidad del investigador en el desarrollo de una metodología al servicio de la circulación de conocimiento, con el propósito de generar formas transparentes, más fluidas y ecuánimes, cuyo marco de análisis llama a la cooperación internacional. El trabajo engarza los esfuerzos de las dos instituciones con las que se vincula en una suerte de "vivir es ver volver" que nos devuelve a los primeros intentos e intereses del Profesor Obermaier sobre el continente africano, desde donde se origina la tradición africanista del Departamento de Prehistoria. Tres ingredientes fundamentales se dan cita en este propósito: la Teoría Crítica, el arte rupestre africano y las nuevas tecnologías. La geografía del Corpus del Arte Prehistórico incluye el Sahara, el Magreb, la región de Nubia, la Península Arábiga, y se detiene de forma expresa y detallada en la Región del Cuerno de África: Etiopía, Eritrea, Somalia y Djibouti. Se analizan en detalle 203 estaciones con manifestaciones rupestres, de las que 32 forman parte de ARANO, sistema traductor-intercambiador y filtro teórico-metodo-lógico para contextualizar las manifestaciones rupestres desde la Arqueología del Paisaje. La obra comprende varios bloques temáticos tras la introducción. El primero se dedica al qué, quiénes y cuándo (historiografía de la macro-región artística norteafricana). El segundo describe el objeto de estudio. El tercero responde al qué y cómo se puede revisar todo lo anterior en las grandes áreas de la macro-región estudiada. El cuarto refiere las posibilidades analíticas del arte rupestre y plantea la sistematización de la información digital que ha pautado la normalización del acceso a la información ARANO. El quinto está dedicado a la analogía etnográfica. El capítulo de conclusiones deja trazada una hoja de ruta para el seguimiento del trabajo. Completan el volumen la Bibliografía y Anexos: índice de figuras e índice de tablas ARANO SDI, aplicación de ARANO XML, código fuente pitón para generar variables transmétricas: Gen TMV. En las páginas finales se insertan la tabulación alfabética de los yacimientos y un índice onomástico. Un DVD-ROM con información gráfica y metodológica ampliada del trabajo completa la presentación. Los presupuestos de partida son: el arte rupestre es parte de la ideología de sus realizadores y un elemento de sutura, que ayuda a las sociedades a pensarse y a construirse como grupos; el estudio pormenorizado de las formas de emplazamiento, los patrones de regularidad espacial aparejados, los análisis derivados de la ocupación diferencial del territorio, y el papel de la analogía etnográfica ayudan a esbozar relatos probables, explicaciones verosímiles, menos estilísticas y más cercanas al sentido social y simbólico del arte. Las fuentes para alimentar el sistema de información geográfica han sido la bibliografía, la cartografía digital y el trabajo de campo. Tras analizar las hipótesis interpretativas sobre el origen del arte, el autor se adentra en la ideología, aspecto menos desarrollado en el marxismo posmoderno y en la teoría del discurso, para establecer pautas de cómo el arte sirve de enlace entre paisaje y sociedad. Desde planteamientos lacanianos confiere a las manifestaciones rupestres una fijación parcial de los significados sociales que ayudan a crear los vínculos entre los códigos que gobiernan la estructura social y la forma de producción de la cultura material. Así el arte aparece como operador cultural responsable de organizar una estrategia de apropiación física del espacio y de su transformación en un medioambiente social. Los resultados provocan un "salto en el tiempo" para el Cuerno de África. Allí donde aún no se ha finalizado la etapa "estilística", estas páginas comienzan ya a proponer un orden de la evidencia que lo inserta directamente en un momento y en un ámbito de análisis post-estilístico. La arquitectura de almacenamiento de datos ha sido construida después de finalizar todo el minucioso análisis historiográfico constituido por aproximaciones teórico-metodológicas de un extenso territorio africano de 5 millones de km 2 donde durante décadas se intentaron cuadrar las hipótesis difusionistas o estructuralistas. Su análisis pone en evidencia cuánto les cuesta a las lecturas del fenómeno dejar de ser europeas, y cómo el "funcionalismo chamánico" fue utilizado como mecanismo de corrección y de ajuste, a pesar de lo cual la practica de lo etnográfico no permitió a la arqueología dejar de ser colonial. taciones estudiadas y las proteja en su conjunto. En el año 2008 el Comité de Patrimonio Mundial aprobó un programa temático especial sobre Patrimonio Mundial y Prehistoria, en cuyo interior el arte rupestre es testigo de excepción. El proyecto fue impulsado por España durante su Presidencia del Comité y desde entonces el Plan de Acción en desarrollo está permitiendo entrelazar los trabajos y aproximaciones de varios grupos de investigación internacionales. Se intenta acercar miradas de conjunto, menos artísticas y más territoriales, menos estilísticas y más antropológicas, a la hora de justificar el Valor Universal Excepcional por el que los sitios rupestres podrían en lo venidero ser inscritos en la Lista de Patrimonio Mundial. Este esfuerzo incluye varios nichos de colaboración: dos grupos de trabajo se han establecido para avanzar en dos estudios de caso: las posibles nominaciones seriadas transnacionales de Arte Rupestre en el Caribe (Sanz 2007) y en Asia Central. Para ambos propósitos, ARANO se convierte en un referente metodológico de sistematización, apto para una cooperación eficaz entre Estados que comparten bienes susceptibles de ser inscritos en la Lista. Como segundo objetivo nos proponemos presentar a los países prácticas que permitan incluir en los expedientes de nominación los relatos orales de comunidades que siguen produciendo arte rupestre o en las que todavía permanece vivo el relato que conecta su significado con el mundo contemporáneo. Con ello intentamos adentrarnos en dos ámbitos: la práctica del registro oral y todo lo que tiene que ver con los derechos culturales y la ética de la cooperación en lugares donde la ritualidad no espera visitas ni siquiera por parte de los investigadores. En este sentido el trabajo de Fraguas en relación a la analogía etnográfica nos sitúa ante un terreno crítico, el de cómo registrar y codificar el patrimonio vivo y cómo codificar esa experiencia contemporánea, a sabiendas de que "catalogarla" es privarla de su contexto de realidad. Un tercer aspecto fundamental es el de adentrarnos en la investigación aplicada a la conservación de arte rupestre. Ahí ARANO, con su voluntad de amoldarse y crecer, puede generar una arquitectura más extensa en sus propósitos y abrazar la necesidad de incluir en sus variables de análisis el estado de conservación de las estaciones y sus paisajes. En abril 2009 organicé una reunión Internacional de 84 representantes de todos los sitios rupestres inscritos en la Lista de Patrimonio Mundial y de los lugares rupestres de la Lista Tentativa. Los expertos africanos allí convocados, cuyos trabajos se recogen en la bibliografía de esta obra, expresaron la necesidad de señalar al Cuerno de África como prioridad de la cooperación internacional. Sus acciones no pueden construirse sin el aparataje teórico y metodológico de conocimiento que se desmenuza en las páginas de este libro. Este festschrift impresiona por la calidad de las contribuciones (32 en total) y la edición. Las ilustraciones (fotos y dibujos) en blanco y negro muestran cómo se puede conseguir una esmerada presentación con un presupuesto relativamente limitado. Los trabajos, salvo uno escritos en inglés por colegas o, en su día, estudiantes de Bárbara, forman uno de los mas importantes volúmenes sobre arqueometalurgia de los últimos años. La introducción traza los logros y cualidades de Bárbara como colega y mentora, desde sus años iniciales de estudiante en Edimburgo a fines de los 1960 hasta llegar a ser Catedrática de Arqueología en Sheffield en 2001 (ahora jubilada y, aún, académicamente productiva en Exeter). El volumen tiene cuatro secciones: I Metales y sociedades, II Aspectos de la metalurgia del cobre y del bronce, III Propuestas sobre la metalurgia inicial y IV Estudios sobre metalurgia histórica. Estos temas reflejan a la vez la amplitud de la investigación arqueometalúrgica y de los intereses específicos de la propia Bárbara que abarcan desde la teoría, como la estructura social de la primera minería y trabajo del metal, a la práctica, como la arqueología experimental. Thornton, en su "Arqueometalurgia: ¿evidencia de un cambio paradigmático?", sostiene que el enfoque de B. Ottaway enlaza las escuelas de Smith-Lechtman sobre el "estilo tecnológico" y de Renfrew sobre "la adopción-innovación" originada en la metalurgia del sureste europeo con la "escuela de la materialidad" hoy dominante en los debates británicos. Su interés en aportar datos empíricos a este debate sobre los orígenes y la evolución de la metalurgia ha aproximado a los científicos arqueomaterialistas y arqueológicos. Como resultado, "ha sido una defensora de la relación crítica entre la metalurgia como práctica científica y esfuerzo humano". Este trabajo de Thornton discute la definición de arqueometalurgia (estadios del proceso metalúrgico: minería, procesado y "biografía" del objeto), analiza las "tres oleadas" del estudio arqueometalúrgico entre finales de los siglos XIX y XX y evalúa los enfoques sobre este tema al terminar la primera década del siglo XXI. "Las élites y los metales en Europa central durante la Edad del Bronce Antiguo" de M. Bartelheim inicia varios trabajos sobre la minería y la metalurgia durante la Edad del Bronce en el área alpina. Analiza la distribución de los depósitos de mineral, del asentamiento, de los enterramientos con ricos ajuares y de la fertilidad del suelo en los Alpes septentrionales (Austria), Alemania meridional y Bohemia. Argumenta que los obreros metalúrgicos eran distintos, importantes (¿simbólicamente?) y estaban separados espacialmente de las minas y los mineros. Exceptuando las necrópolis de Hallstatt (¿reflejo del elevado valor de la sal respecto al metal?) la conexión con la minería en los Alpes era considerablemente menos llamativa que con los centros agrícolas de las tierras bajas, resaltando la primacía de la producción de alimentos sobre la del metal. R. Krause con su "Producción del cobre durante la Edad del Bronce en los Alpes: organización y jerarquías sociales en las comunidades mineras" aborda un tema similar desde otro enfoque. Considera el papel pionero de los mineros y prospectores de mineral en la colonización de la zona alpina uno de los motivos del poblamiento continuo durante la Edad del Bronce Antiguo. Sobre la base de los hallazgos de trabajo del metal en los pasos de altura defiende un intercambio transalpino y la aparición de nuevas élites y de un poder económico basado en el excedente de la producción de metal. Se inspira, en particular, en las ideas de Shennan sobre la estructura social "igualitaria" del poblado de fundición de cobre de Klingelberg respecto a los asentamientos en altura fortificados de Montafon (Voralberg) y Bartholomäberg, estructuralmente jerarquizados, y sobre el control centralizado de la producción de metal desde la Edad del Bronce Antiguo/ Medio en adelante. Stöllner presentan un caso bien argumentado contra este concepto de una metalurgia generadora de élites: "El poblado alpino de Singen y la minería de la Edad del Bronce Antiguo: ¿hacen falta élites y fortalezas?". Recalcan la probabilidad de una minería a pequeña escala, generalmente, estacional combinada con pastoreo de altura y transhumancia. A tenor de la dinámica de la agricultura y la cría de vacuno permanentes, las oportunidades económicas adicionales de la minería y la metalurgia resultarían menos importantes que las estrategias de subsistencia básicas en algunos de estos valles montañosos. Ofrecen interesantes casos etnográficos ahora bien conocidos sobre minería estacional/ esporádica (canteras de piedra verde en Mt. William y el depósito de ocre en Parachilna, Australia) y observaciones peculiares de los Alpes orientales como la fecha de inicio de la minería intensiva (siglos XVIII-XV AC). Esto resulta idéntico a la fase mas activa de prospección/ minería de la Edad del Bronce en el Reino Unido, conectada con una mayor ocupación y un uso estacional de las tierras altas. E. Wager, en su día estudiante de Bárbara, en "Obteniendo mineral y haciendo gente: reconsiderando las nociones de género y edad en las comunidades mineras de la Edad del Bronce", es la única que examina, aunque de modo indirecto, alguna nueva evidencia sobre las Islas Británicas. Se centra en la representación de la gente en ciertas reconstrucciones o descripciones de las actividades mineras y fundidoras que ilustran los informes publicados de sitios clave: Ross Island, Killarney, Eire; Copa Hill, Cwmystwyth; Alderley Edge y Great Orme, Llandudno (según O'Brien, Timberlake y Lewis). Coincidiendo con sus interpretaciones, bastante similares, sobre las estructuras sociales tipo de la "comunidad minera", advierte contra la imagen adulta y androcéntrica de esos papeles, comparando las asunciones modernas con los enfoques antropológicos. Destaca la necesidad de concentrarse en la naturaleza empírica de la chaîne opératoire de la minería prehistórica o primitiva más que en las identidades de género de los obreros. Este recuerdo reflexivo de los peligros de asignar a la gente papeles que no estamos seguros de conocer debe considerar que no siempre (y a veces nunca) se quería que tales reconstrucciones artísticas o términos genéricamente connotados se tomaran literalmente. Strahm y A. Hauptmann, en "Fases del desarrollo metalúrgico en el Viejo Mundo", examinan de forma bastante diferente su modelo de trayectoria evolutiva de la metalurgia. Le asignan diferente fases que van desde la Preliminar (trabajo del mineral superficial para pigmentos y cuentas en el Neolítico Antiguo), Inicial (cobre nativo y simple calentamiento y martillado en el Neolítico), Innovadora o Experimental (del cobre nativo, oro y menas de cobre/ plomo, minería a cielo abierto, fusión en crisol a cobre arsenicado natural, construcciones para la producción en taller durante el Calcolítico Antiguo y Final), de Consolidación o Desarrollo (crecientemente menas ricas en sulfuro (Cu, Pb) y fahlore explotadas mediante pozos en la zona de cementación y fundidas en hornos, con ventilación natural, durante el Calcolítico/ la Edad del Bronce Antiguo I) y, finalmente, la Industrial (explota-T. P., 67, N.o 2, julio-diciembre 2010, pp. 561-578, ISSN: 0082-5638 Recensiones ción de menas primarias con bajo contenido en Cu y Pb y Sn en hornos mas complejos tecnológicamente, producción de bronce estaño y comercio a larga distancia durante la Edad del Bronce desarrollada). Una gran teoría unificada, con ideas interesantes basadas en la determinación ambiental y la geología, útil para explicar los cambios en la tecnología y la composición del metal. B. Roberts en "Orígenes, transmisión y tradiciones: analizando el metal inicial en Europa occidental" examina el desarrollo de la metalurgia en una amplia área europea desde su inicio a mediados del VI milenio en los Balcanes a la deposición del metal campaniforme y el subsiguiente interés por la prospección y la minería hacia fines del III mileno AC en Gran Bretaña. Es algo confusa su afirmación de que "al norte y oeste de los Alpes, en Europa central, y al norte de los Pirineos, en Europa occidental, no hay depósitos geológicos metalúrgicos hasta Gales, Gran Bretaña occidental y septentrional e Irlanda". Sin embargo, este concepto de una "frontera calcolítica" que retrasa la adopción de la metalurgia es interesante. Roberts reitera, por ejemplo, la observación de Taylor de que la percepción del uso del metal parece estar sesgada por las áreas con mayor tasa de material depositado que reciclado. B. Mille y L. Carozza, en "Desplazándose hacia las Edades de los Metales: la importancia social del metal al final del Neolítico en Francia", informan en un útil inglés de algunos de los últimos hallazgos de la investigación sobre la minería, la fusión y la metalurgia calcolítica en Cabrières y sobre el sitio minero de la Edad del Bronce Antiguo de St. Véran en los Hautes-Alpes. Como uno de los poquísimos investigadores británicos en este campo ¡sólo puedo lamentar cuántos detalles importantes me he perdido por leer rápidamente los artículos en francés! Eso no tiene excusa pero la lectura cuidadosa de este texto pone las cosas claras. La combinación de estudio arqueológico regional, análisis artefactual y chaîne opératoire metalúrgica, como la del asentamiento neolítico de Al Claus, es ejemplar. Encontré fascinante la comparación del proceso de fundición de la mata de la Capitelle de Broum con la realizada en la isla filipina de Luzón durante el siglo XIX AD; es decir una conversión poco a poco de la mata en metal mediante fusión reiterada en atmósfera oxidante. D. Brandheim en "El contexto social del trabajo del metal en la Edad del Bronce Antiguo en la Península Ibérica: la evidencia del registro funerario" resume la presencia de los útiles metálicos como ajuares y también la evidencia de un cambio desde las culturas campaniformes a las de la Edad del Bronce Antiguo "clásico". Le sigue el trabajo, interesante e inusual, de teoría arqueológica de J. Blinliff: "La esencia de la arqueología innovadora ¿es una tecnología para el inconscien-te?". Aquí no hay metalurgia sino un ensayo de un antiguo colega en honor de las contribuciones de la propia Bárbara a la teoría arqueológica. Empleando técnicas cognitivas, analiza los resultados de la prospección y excavación en Koroneia, un desconocido poblado en altura del período Arcaico-Romano en Grecia central. La Sección II cuenta con 13 artículos que abarcan desde estudios de artefactos metálicos a otros sobre minería y metalurgia en los Balcanes, Francia e Italia septentrional y sobre el trabajo del metal en los Zagros iraníes y la tecnología de colado en la antigua China. Sólo uno no está escrito en inglés. D. BoriÛ, en "Cronología absoluta de las innovaciones metalúrgicas en la cultura VinÚa de los Balcanes", discute la nueva evidencia radiométrica obtenida en sitios bien conocidos (Rudna Glava, Belovode, PloÚnik, Divostin, Gomolava, Petnica y VinÚa-Belo Brdo), mediante el programa británico de datación C14 AMS del Oxford Radiocarbon Accelerator Dating Service (ORADS). Es una revisión importante de la mina clásica de referencia de Rudna Glava que, en los 1970, Jovanovic excavó y sólo pudo fechar por la secuencia cerámica. Dada la relevancia de este sitio, uno de los mas antiguos de Europa para la extracción de cobre, quizás sea adecuada la publicación en esta obra de referencia de tal revisión contextualmente detallada. Las nuevas fechas (en su mayoría sobre "útiles mineros" en asta de ciervo o restos óseos de comida) han permitido una datación mas refinada de la duración de la minería y de las fases de la cultura VinÚa. BoriÛ revisa parte de la evidencia minera y sugiere que el conocimiento de la fundición pudo haber derivado en el control del proceso de cocción de las típicas cerámicas VinÚa bruñidas negras. N. Boroffka, en "Tecnología simple: moldes de fundición de hachas", revisa la tipología, cronología, función y producción de estos útiles del Calcolítico-Edad del Bronce, sugiriendo formas mas sencillas de colado en moldes univalvos abiertos con o sin núcleos de arcilla cocida para los orificios de enmangue. T. Kleinin y E. Pernicka escriben sobre un tema similar: "Aspectos de la producción calcolítica de las hachas de tipo Jaszladany" (a partir del sitio epónimo calcolítico húngaro pero ahora ampliamente distribuidas por Europa suroriental). Discuten su composición y metalografía, su método de colado, contexto social y papel en la dispersión del conocimiento metalúrgico. Volviendo al tema de la minería del cobre, M. Pearce examina la evidencia del norte de Italia y, en particular, de los sitios que conoce: Libiola y Monte Loreto. ¿Cuánto metal había en circulación en el Calcolítico en Italia? Discute tres categorías de evidencia: 1) los artefactos metálicos en contextos del Neolítico Final, 2) los vestigios de minería en Liguria oriental, 3) el hacha de cobre del Hombre de Hielo (Ötzi). Aunque no me fío de las estadísticas, Pearce calcula que las minas calcolíticas del distrito Monte Loreto produ-jeron no menos de 4,500 tm de mena que con una eficiencia en la fundición del 95 % facilitaron 748 tm de cobre metal. Concluye, por tanto, que en el norte de Italia este metal ¡ni habría sido escaso ni, necesariamente, un lujo o un objeto de prestigio! El hacha de Ötzi, mas que un símbolo de un obrero metalúrgico "hortera", sería un elemento normal en el equipo de un montañero, es decir, nada inusual y muy práctico. P. Ambert y sus coautores, en "Las minas de cobre de Cabrières (Hérault) en Francia meridional y la metalurgia calcolítica", reiteran la evidencia y muchos de los cuadros e ilustraciones de publicaciones previas. El citado artículo de Mille y Carozza se solapa en gran parte con el pero hay descripciones prácticas sobre los útiles líticos, la tecnología minera (incluyendo la presencia confirmada de ataque por fuego y fechas C14 correspondientes a fines del Calcolítico/ Edad del Bronce Antiguo para Pioch Farrus IV) y la evidencia metalúrgica consistente en estructuras de horno, inclusiones de cobre y escorias de La Capitelle du Broum. Es interesante que, al parecer, estos "hornos" (como en otros sitios) funcionen con tiro natural o la fuerza del viento, aunque no se diga explícitamente en el texto. R. Muller y E. Pernicka, en "Análisis químicos en arqueometalurgia: una mirada sobre la Península Ibérica", observan si los datos resultantes de los últimos 120 años de investigación son comparables y, con cierta sorpresa, encuentran que bastante. En particular consideran los datos cuantitativos de los elementos traza metálicos (Ni, Ag, As, Sb, Pb, Bi, Sn), publicados en proyectos importantes como los SAM, British Museum, Madrid (PA) y Zambujal (DRX y activación neutrónica). Siguen dos artículos sobre metal de la Edad del Bronce o artefactos de trabajo del metal en Gran Bretaña. El de S. La Niece y C. Cartwright estudia lockrings de oro con alma de cera o madera y el de T. Cowie y B. O'Connor: "Algunos moldes de piedra de la Edad del Bronce Antiguo de Escocia". Ambos atienden a la distribución de los artefactos y, en alguna medida, a su fabricación y uso pero ninguno los conecta con la producción de metal, el análisis del metal o la procedencia. V. Kiss examina el ciclo vital de los depósitos de metal asociados con el horizonte Tolnanémedi de la Cultura de la Cerámica Incrustada (Edad del Bronce Medio) en la parte occidental de la cuenca carpática. Considera su "nacimiento" (dónde, cómo y quién los hizo), "vida" (para quien y con qué propósito) y "muerte" (posibles interpretaciones de su enterramiento). E. Duberow, E. Pernicka y A. Krenn-Leeb se centran también en el Danubio medio, en "Alpes orientales o Cárpatos occidentales: el metal de la Edad del Bronce Antiguo en la Cultura Wieselberg". Examinan los hallazgos metálicos de los cementerios de Hainburg y Mannersdorf en la Baja Austria. Combinan un análisis arqueometalúrgico y un enfoque estadístico multivariante (análisis de conglomerados) para correlacionar los artefactos con los posibles tipos de mena y las tipologías de metal con las posibles procedencias del mineral. Después confrontan la proporción de isótopos de plomo de esos artefactos con la distribución de los depósitos de Mitterberg (Alpes orientales) y Eslovaquia (Cárpatos occidentales). Las piezas Hainburg de la Edad del Bronce Antiguo derivarían de un, todavía desconocido, depósito eslovaco. En cambio las de Mannersdorf reflejarían un cambio en el abastecimiento de mineral al inicio de la Edad del Bronce Medio: de los Cárpatos occidentales a los Alpes orientales. Es un estudio breve y bastante interesante sobre la determinación de la procedencia del metal. M. Mödlinger y G. Trnka en Herstellungstechnische Untersuchungen an Riegseeschwertern aus Ostösterreich caracterizan metalográfica y químicamente (aleación) las espadas de "mango macizo" Br D de la Edad del Bronce típica de Austria para determinar su método de fabricación y patrones de desgaste. Concluyen que es mas que probable que fueran armas de combate con buenas cualidades punzantes y de corte. B. Horej describe el asentamiento de Çukurçi Höyük, su evidencia de trabajo del metal en la primera mitad del III milenio AC y la significación de un molde de lingote barra y de un peso de piedra que pueden atestiguar el uso de un sistema de medidas del Próximo Oriente. V. Pigott, en "Los 'bronces de Luristán' y el desarrollo de la metalurgia en los Zagros centro-occidentales, Irán", describe el trasfondo de la investigación de uno de los grupos de artefactos mas discutidos de Próximo Oriente. Esta área del Luristán se diferencia de otras tradiciones metalúrgicas bien conocidas porque apenas hay evidencias de una auténtica producción de metal, de trabajo del metal o de obreros metalúrgicos durante las importantes Edades del Bronce y del Hierro. Análisis de laboratorio han caracterizado con cierto éxito las menas de cobre arsenical, buscándose la procedencia del estaño. Nueva evidencia del trabajo de campo irano-aleman (Instituto Max Planck) insinúa una fuente de cobre arsenical-estañado siguiendo el borde de Luristán junto a Deh Hosein. Aquí más de 70 antiguas obras mineras con martillos líticos conviven con los horizontes mineralizados durante unos 4,5 ́6 km 2. De uno de ellos procede una fecha C14 aislada de mediados del II mileno AC. La metalurgia del bronce de Luristán de la Edad del Hierro pudo estar ligada todavía a esta misma fuente. Piggott reclama una reunión sobre Luristan y un trabajo de campo de arqueólogos y expertos en minería en Deh Hosein: "¿Cuántas veces nos encontramos con un sitio como este?". Q. Wang y J. Mei, en "Algunas observaciones sobre los estudios recientes relativos a la tecnología del colado del bronce en la antigua China", describen la evolución de estas técnicas desde la producción en T. P., 67, N.o 2, julio-diciembre 2010, pp. 561-578, ISSN: 0082-5638 Recensiones moldes bivalvos y múltiples, a aquella sobre otros orgánicos desechables, soldadura, incrustación de cobre, cera perdida y vaciado compuesto, la incrustación de metales preciosos y el dorado. Todo ello sucede durante la Edad del Bronce que, iniciada en torno al 1900, perdura 2.000 años hasta el inicio de la Dinastía Han. El vaciado de piezas en moldes complejos se describe junto con el inicio de dicha tecnología y la de la cera perdida. Sigue debatiéndose la existencia de la segunda. La Sección III incluye 5 trabajos, cuatro de los cuales pueden describirse libremente como informes de arqueología experimental práctica o de arqueometalurgia experimental. Considero extraordinaria su importancia para el estudio de la arqueometalurgia. Hay que reconocer a Bárbara que animara a sus estudiantes y colegas a introducirse en el mundo de la arqueometalurgia teniendo esto presente. El de W. Fasnacht, "7.000 años de ensayo y error en la metalurgia del cobre en la vida del experimentador", es la aproximación estimulante al tema por quien lo es de antiguo. Describe un programa de experimentos y demostraciones arqueometalúrgicas emprendido frente a unos 380.000 visitantes durante 5 meses en 1990, en la Exposición Pfahlbauland. En su mayoría consistió en el colado diario de bronce en la réplica del poblado de la Edad del Bronce Antiguo de Zurich-Mozartstrasse. Aborda muchos de los temas relevantes para la reconstrucción de la metalurgia inicial del cobre: cuando faltan las toberas, ¿el cobre primero se fundió y coló usando sopletes?, ¿Cuándo se pasó de fundir el metal en el crisol calentando el interior desde arriba a hacerlo desde fuera? Su plazo de 5.000 años para los cambios en la metalurgia del cobre y bronce en Suiza es tan interesante como su descripción de la reconstrucción del notable horno de fundición de cobre chipriota de Almyras (Edad del Hierro). Me gusta el enfoque de la útil contribución de C. Jackson: "Arqueología experimental y educación: la teoría sin práctica resulta hueca y la práctica sin teoría ciega". Estudia dicha relación y su papel en la exploración del proceso arqueológico repitiendo la manufactura de fayenza egipcia. S. Rovira, I. Montero-Ruiz y M. Renzi describen sus experimentos de fundición conjunta de menas de cobre y estaño. Habiendo hecho yo mismo algo similar, estaba muy interesado en ver la variabilidad del contenido en cobre y estaño en las inclusiones del primer metal fundido. Concluyeron que la fundición conjunta pudo haber sido un medio viable para obtener bronce estannífero, dado el nivel bastante similar de pérdida de cobre y estaño en la escoria en muchos ejemplos arqueológicos españoles (Edad del Bronce Final -Edad del Hierro). J. Heeb escribe una secuela práctica de su estudio artefactual en "Pensando a través de la tecnología: las hachas de cobre de Europa suroriental desde un enfo-que experimental". Es un buen ejemplo de cómo la experimentación puede explicar cómo se producen las hachas-azuelas Jászladány de enmangue directo. Parece que se colaron en moldes de arena, perforados usando un palo de madera mientras el metal todavía estaba líquido. C. Merrony, B. Hanks y R. Doonan, en "Buscando el proceso: la aplicación de la prospección geofísica en algunos yacimientos antiguos de minería y trabajo del metal", discuten un programa de prospección en paisajes de la Edad del Bronce Medio en la región siberiana del Ural meridional (Cultura Sintashta) que va tras los trabajos del metal y las distribuciones de escorias asociadas con el poblamiento. La Sección IV comprende tres trabajos diferentes. A. Giumlia Mair y sus colegas analizan por DRX las incrustaciones hmty km de metal patinado de dos estatuillas egipcias de bronce del Museo de Bellas Artes de Budapest. Comparan algunos de los análisis y posibles técnicas con las recetas de patinado de las fuentes clásicas, incluyendo la del alquimista Zosimus de Panopolis que vivió en Alejandría ca. Nerantzis Nerantzis estudia la economía de Bizancio relativa a la minería y la metalurgia: "Usando molinos para refinar metales: la tecnología de fundición del hierro del Período bizantino de transición al otomano, en Macedonia, Grecia". Este interesante caso implica investigación histórica, trabajo de campo y análisis de escoria refinada de hierro, además de corresponder a un área geográfica y un período histórico metalúrgicamente poco estudiado. 3000 años) y uno de los temas mas amplios: "Percepciones y realidad: caída y ascenso de la minería y la industria del metal de la India". Desde la perspectiva de la minería histórica es un tema interesante. El reciente trabajo arqueológico emprendido por el autor y sus colegas en las obras masivas (de prehistóricas a medievales, todas con ataque por fuego) en las minas de Pb, Zn y Au de Zawar y Dariba en Rajasthan desmiente las percepciones del Imperio Británico sobre el primitivismo de la minería india. Craddock también considera los hornos medievales de retorta o destilación de zinc de Zawar Mala, cartografía desde el desarrollo decimonónico al moderno de la minería y la fundición en India, concluyendo con cifras sobre el nivel actual de la producción y el estatus de Tata y la industria del acero india. La gama de trabajos de gran calidad del volumen dificulta encontrar omisiones obvias y defectos. Un área poco cubierta es la metalurgia de Oriente Medio, del Mediterráneo oriental y de la Edad del Bronce Final-Egeo clásico. De modo similar una contribución sobre la metalurgia o, quizás, la minería romana habría ayudado a llenar el vacío entre el interés por el Calcolítico -Edad del Bronce y el inicio del período histórico. Otra ausencia obvia, dado el interés de Bárbara por el tema, es un artículo sobre la evidencia de los inicios de la metalurgia en las Islas Británicas. Sin embargo es un valioso volumen a tener y un digno testimonio, ciertamente, del trabajo y los intereses de la catedrática Barbara Ottaway. Correo electrónico: [EMAIL] José Ramón García Gandía: La Necrópolis Orientalizante de Les Casetes (La Vila Joiosa, Alicante). Serie Arqueológica, Anejo a la revista Lucentum 19. La investigación está sujeta a los avatares e incertidumbres que caracterizan cualquier actividad del ser humano, pero existe quien se adelanta a su época, unos pocos, y quienes ralentizan el avance con mil excusas mojigatas disfrazadas de rigor científico. Entre los primeros viene a cuento citar a Enrique Llobregat que publicó su Contestania Ibérica (1972) aún sabiendo que la visión de síntesis tendría que ser modificada necesariamente pronto debido a la parquedad de la información que estaba manejando. El miedo a la contrastación ha sido, y sigue siendo, uno de los peores enemigos de la investigación en cualquier área del saber, pero para la arqueología puede constituir un hurto de los datos a los que todo arqueólogo debería tener libre acceso. Por ello hay que dar la bienvenida a esta publicación que recoge el resultado de una excavación de urgencia del año 2000, en el casco urbano de la Vila Joiosa, un área de la que se desconocía casi todo hace una década y que gracias al trabajo de muchos y la generosidad de todos está puntualizando nuestra visión sobre la Contestania -que dicho sea de paso cuenta con una de las páginas de arqueología regional más completas en la red: http://www.contestania.com En la publicación que conmemora los treinta años de la Contestania (Abad et al. 2005) varios autores ponen de manifiesto el cambio, cualitativo y cuantitativo, sufrido por la arqueología en el levante peninsular, comparable al que se produjo en la arqueología tartésica durante la década de los setenta y cuyo impacto quedó recogido en Tartessos: 25 años después, 1968-1993(Jerez 1995)). La implantación fenicia en la región alicantina, intuida y sospechada, se documentó primero en el yacimiento de Peña Negra y posteriormente con la rotundidad de las murallas de La Fonteta. Se planteaba así uno de los debates centrales de la ar-queología ibérica cual es el substrato o substratos que determinaron su origen y desarrollo, fenómeno que se ha denominado "iberización". La necrópolis de Les Casetes viene a arrojar nueva luz, y a plantear nuevos interrogantes, sobre esta cuestión. Concebido este volumen como una memoria de excavación al modo tradicional, sin embargo, no se limita a la estricta descripción del trabajo de campo o del material recuperado sino que aborda un modelo interpretativo, con todas sus consecuencias, que tiene una primera declaración de intenciones en la elección del título, al adjetivar de Orientalizante el propio yacimiento. Pero vayamos por partes, empezando por el contenido y su estructuración en cuatro grandes epígrafes. El primero, introductorio, acota el espacio del sitio en su entorno geográfico y arqueológico, con referencias a la metodología de excavación, al marco teórico y al encuadre temporal previo a la configuración del período ibérico. En el segundo epígrafe, de continentes y contenidos, se recoge el inventario de las dacción rápida que probablemente abusó del llamado corta y pega, pecados actuales y universales, que no por extendidos se deben justificar. Pero vayamos al meollo de la cuestión. La necrópolis de Les Casetes presenta particularidades en su rito y ajuares que no encajan totalmente con la visión tradicional de las sepulturas "orientalizantes" del área andaluza, tiene personalidad propia, y eso plantea problemas de interpretación, de ahí su interés. Se trata de una necrópolis de incineración en hoyo, en fosa, en cista o en cámara, estructuras que ocasionalmente pueden presentar un túmulo rectangular de piedras o algún tipo de pavimento ornamentado con cantos rodados. La deposición de los restos óseos se realiza directamente en la tierra, sin contenedor de ningún tipo. Algunos de los ajuares presentan panoplias militares, con puntas de lanza, pila y soliferreum. Otros se caracterizan por contener material de origen "orientalizante" o claramente oriental, como un broche de cinturón tartésico, un thymiaterium, cuentas de collar y colgantes amuleto de oro, plata, piedra o pasta vítrea, que responden a morfotipos fenicios; además de la ya conocida cantimplora de fayenza egipcia y huevos de avestruz. Según el autor, estos ajuares reflejan tres ámbitos de relación, con la Meseta, con el sudeste y con el Mediterráneo, lo que configura un paisaje socialmente estratificado y étnicamente heterogéneo bajo un rito común, dentro de un marco temporal que iría desde el último cuarto del siglo VII hasta mediados del VI a.C. Las necrópolis que presentan mayores semejanzas con la que nos ocupa serían, según el autor, la antigua necrópolis de Cástulo, Estacar de Robarinas y la fase antigua de Los Patos, por lo que se refiere a los ajuares exóticos y a algunas de las estructuras tumulares; pero también a la de Les Peyros en el Languedoc francés, en cuanto al rito de depositar los huesos directamente en la tierra, y a la organización del espacio funerario, que parece responder a agrupamientos familiares en torno a barrios con una tumba principal como marcador. Decir que en Les Casetes se enterró una población mixta, de origen autóctono y alóctono, no responde al posible modelo de interacción social que llevó a compartir espacios tan significativos para el grupo. ¿Cómo explicar la tumba 20, de marcado carácter meseteño, junto a la tumba 16 que puede paralelizarse con cualquiera de los enterramientos fenicios del norte de Africa o de la costa andaluza, conviviendo con otras como las tumbas 17 y 18 en las que se mezclan ambos rasgos? La hibridación, según el autor, supondría situarnos en un momento más tardío del proceso de "iberización" que es el que parece reflejar la cercana necrópolis de Poble Nou (Espinosa et al. 2005), lo cual podría entrar en contradicción con una cronología alta para Les Casetes. Tendremos que esperar a tener más datos publicados sobre los trabajos realizados en el mismo casco urbano para poder considerar con mayor fundamento el problema de dualidad cultural que plantea tan explícitamente la necrópolis objeto de este estudio. Pero mientras tanto, la discusión está afortunadamente servida. A nosotros sólo nos queda felicitar a su autor y felicitarnos a nosotros por el trabajo de campo realizado y por poder contar con unos datos como los que se recogen en su publicación. El presente libro corresponde a la impresión de las Actas del Congreso "Sistemas de almacenamiento y conservación de alimentos entre los pueblos Prerromanos peninsulares" que tuvo lugar en la Universidad de Ciudad Real en noviembre del año 2007, impulsado por esta universidad y la Asociación de Jóvenes Historiadores. El objetivo de este congreso fue ahondar en el conocimiento de las estructuras, utilizadas por las sociedades prerromanas de estas áreas culturales, para almacenar y conservar los alimentos para la subsistencia y el autoconsumo, para preservar la cosecha y en el caso de excedentes para el comercio local o interregional. Ello implicaba exponer los diferentes sistemas y tipos de almacenamiento: a corto plazo de carácter doméstico-productivo (recipientes, casas-almacén, des-pensas) y a medio y largo plazo de carácter más comunitario, como los graneros -edificios especializados-y los silos subterráneos de cierre hermético que permiten una conservación de excedentes a largo plazo, destinados al comercio. El principal motivo de la convocatoria era actualizar y equilibrar los conocimientos obtenidos durante las dos últimas décadas. Se partía de una información desigual entre las áreas peninsulares, relacionada con los sistemas tradicionales de excavación y de investigación en cada una y, sobre todo, con las publicaciones de los datos obtenidos. Las actas incluyen 16 artículos, 9 de los cuales se refieren a la misma unidad geográfica de la Península Ibérica. Todos se concentran en el tema del Congreso y tienen gran interés comparativo. Hablan sobre los sistemas de almacenamiento documentados en el territorio estudiado y su convivencia con los diferentes ámbitos -doméstico, comunal y comercial-más o menos asociados con el tratamiento de los alimentos y los productos conservados. Muy novedosos por los hallazgos y aplicaciones analíticas bioorgánicas han sido los relativos a Andalucía oriental (Chapa y Mayoral), el Guadiana Medio (Duque, Pérez, Pavón, Rodríguez), la Meseta meridional (García y Morales), la Celtiberia molinesa (Cerdeño) y el noroeste (Parcero y Ayan). Los restantes, dos de Cataluña, Valencia y Bajo Aragón, son ya más conocidos. Me parecen quizás regresivos de estilo, pero fueron en su momento pioneros. Destaca el de Abad y Sala (pp. 117-151), relativo a las tierras valencianas, que recuerda las reuniones sobre economía ibérica, desde la de Pla (1985) hasta la cuarta organizada por el equipo del Museo de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Valencia (Mata et al. 2010) (1). Al recordatorio histórico de los sistemas de almacenamiento conocidos añade los avances obtenidos en Castellón y los bastante novedosos de Alicante. En los estudios sobre Cataluña predominan los silos subterráneos, un sistema de conservación a largo plazo, que exige una producción agrícola intensiva y extensiva para crear excedentes para comercializar. Según Burch y Sagrera (pp. 73-87), el modelo del ensilado es casi exclusivo del territorio gerundense. Su gran expansión se debió a una nueva explotación agrícola y ganadera y su éxito a las colonias griegas de Emporion y Rhode. Pero de la lectura del libro se desprende que el ensilado ya no es exclusivo de esta zona. Durante la 2.a Edad del Hierro parece que fue importante en el noroeste, un territorio hasta hace poco considerado inútil para la producción agrícola (Parcero y Ayan). Gracia (pp. 9-71) no se conforma con exponer los excedentes agrícolas y el supuesto comercio internacional, ni la variedad de sistemas de almacenamien-to que caracterizan y distinguen áreas socioeconómicas. Plantea hipótesis sobre la producción de cereal, los sistemas parcelarios de cultivo, los productos cultivados, los cálculos de productividad y, cuando es posible, sobre la estructura social y los estamentos que promueven o controlan el supuesto excedente. En el Bajo Aragón resulta un tanto difícil establecer modelos de almacenamiento: se parte de un proceso histórico con muchos vacíos. No se especifica pero parece que aquí se originó el "granero sobreelevado", extendido mas tarde por el oriente a partir del Ebro, que los romanos transformarán en los típicos horrea, un sistema de almacenamiento de carácter militar. En el artículo se insiste en el proceso de elaboración de la cerveza, conocido de antiguo en la zona, y ahora perfeccionado. Su consumo y reservas se consolidan, a pesar de la integración del vino, y la presencia de los grandes graneros estatales. El conjunto de estos trabajos nos sugiere más de un mundo socio-económico, cabalgando el Levante valenciano entre el noreste y sureste, según proximidades, y con el interior y noroeste peninsular. En el noreste el modelo de almacenaje más extendido, desde el siglo VI a.C., es el ensilado, un almacenamiento comercial para excedentes cerealísticos. El producto más destacado es la cebada vestida seguida del mijo. El cultivo de la vid y del olivo es tardío y los conocimientos de la arboricultura muy precarios. En el Levante, Andalucía oriental y el Bajo Aragón, el modelo parece ser el granero especializado (graneros sobreelevados, las casas-almacén, casas singulares). El producto más destacado es el trigo desnudo, un cereal más delicado. Destacan los conocimientos tempranos de la vid y el olivo y los avances en la arboricultura y la irrigación de las leguminosas. Los esfuerzos invertidos en los análisis bioorgánicos en Andalucía oriental, la Meseta meridional o la Celtiberia molinesa no identifican modelos para las reservas: silos, almacenes especializados, concentraciones de ánforas u otros recipientes. En cambio, el estudio exhaustivo de las viviendas y de su desarrollo cronológico parece reconocer dependencias destinadas al almacenamiento o despensa de carácter doméstico familiar y con renovación estacional y permanente "a media escala". Cabe pensar que las poblaciones tenían otros recursos como la minería y la alfarería (Andalucía oriental), o la ganadería (Celtiberia molinesa, noroeste peninsular). El trabajo productivo de la tierra se utilizaría para el consumo cotidiano: no aparecen sistemas modélicos de almacenamiento comunitario o público. Como muy bien dice Burillo en su introducción, en las estructuras de almacenaje y transformación de alimentos deben tenerse en cuenta los aspectos sociales, económicos y tecnológicos alimentarios de las comunidades en estudio, que no forzosamente deben ser uniformes en todo el territorio. Otros 2 artículos son síntesis y reflexiones sobre un territorio más amplio. El de Salido (pp. 103-116) trata los sistemas de almacenamiento y conservación de los excedentes agrícolas, dominantes en la Edad del Hierro hasta la época romana. El de Aranegui (pp. 153-165), completamente distinto en su concepto ideológico, se refiere a la circulación de los bienes almacenados en el área ibérica. Según Salido hay tres sistemas de almacenamiento básicos entre las poblaciones prerromanas: recipientes (técnica sin control atmosférico específico), graneros especializados (técnica de atmósfera controlada y renovada) y ensilado (técnica de atmósfera controlada y cierre hermético). Los dos tipos sociales de uso y control son el privado o doméstico familiar para el autoconsumo (recipientes, casas-almacén, despensas, tiendas) y el comunitario o colectivo (graneros o edificios especializados y silos). En todo el territorio peninsular este panorama se substituirá en época romana. Según Aranegui, el almacenamiento de excedentes en la zona ibérica es debido al impulso de las colonizaciones fenicias y griegas y a dos estrategias relacionadas con la movilidad humana para el intercambio y la estabilidad de las poblaciones cada vez más sedentarias. El excedente provocará nuevos sistemas de control y reparto entre las poblaciones indígenas cada vez más dependientes de un poder alógeno, hasta entonces ausente. Dos trabajos tratan monográficamente un tipo diferente de edificio especializado que, en mi lectura, empiezo a ver como un modelo regional. Uno es el edificio tripartito del sector III de Alarcos, un modelo entre doméstico y comunitario, bastante extendido entre poblaciones con actividades económicas variadas y alternantes, como las de Levante o Andalucía oriental (Fernández,. El otro del Cerro de las Cabezas-Valdepeñas (Vélez y Pérez) es un bastión-granero, adosado a la muralla, de tipo comunal con interior cuatripartito con base elevada. En su fase final (siglo III a.C.) se le adosa un santuario con ofrendas. La intervención de élites extranjeras y de santuarios encargados del control y distribución de los productos almacenados aparece en ese momento, juntamente con la explosión de excedentes y las ansias de acumulación de riquezas exóticas, elementos propios de una sociedad jerarquizada y urbanizada. Su tratamiento en el libro es irregular: a veces se exagera y en otros apenas se menciona. Hay un solo trabajo sobre análisis químicos de contenidos domésticos (Puente Tablas) y rituales (santuario de Atalaya), datos que amplían el conocimiento de los productos almacenados (Sánchez, Parra, Rueda y Ortega, pp. 303-315). Dos más estudian los instrumentos para la transformación de cereales u otros productos. Rodríguez y López-Menchero (pp. 209-224) caracterizan tipológica y funcionalmente los molinos de vaivén y rotativos, hallados en el edificio citado del sector III de Alarcos, que almacena cereales (preferentemente, trigo desnudo). El estudio tipológico simple, completo y racional conecta unos con los trabajos do-mésticos y otros con una economía de escala más amplia. Portillo (pp. 89-101) sistematiza la tipología y función de los instrumentos utilizados para la trituración, molienda y transformación de productos a partir de los morteros líticos hallados en el noreste litoral catalán. Confundido muchas veces con el crisol, el mortero representa un elemento indispensable para la preparación de los alimentos, trabajo reservado a la esfera femenina y al consumo cotidiano. En resumen, una lectura muy apasionante sobre un fenómeno social y cultural tan cotidiano en nuestras vidas como es el uso y contenido de nuestra despensa, ya sea dentro de la cocina o en un espacio aparte de la vivienda. Una lectura que recomiendo a todos los estudiosos de la historia de la alimentación, a los arqueólogos generalistas y a los especializados en las tareas domésticas de las poblaciones antiguas. colección privada, donada tras su muerte al Estado, puesto que siempre consideró que los resultados obtenidos eran de utilidad pública. Pero hasta que dicha colección alcanzó su final acomodo, sucesivos traslados y manipulaciones alteraron definitivamente los contextos originales de los cientos de piezas que la integraban, en su inmensa mayoría objetos metálicos de bronce y de hierro. Me interesa todo lo que se escribe sobre el particular porque los primeros pasos de mi investigación estuvieron ligados a dicha colección y mi Tesina y Tesis doctoral versaron sobre algunos de sus materiales. Desde entonces, el entusiasmo inicial fue derivando hacia un cierto escepticismo y mi actitud hacia aquellos primeros arqueólogos y hacia las colecciones que generaron es contradictoria, oscilando entre el reconocimiento de aquella labor ingente, sin la cual seguramente no conoceríamos ni la mitad de los repertorios materiales que hoy manejamos, y el deseo de que esos descubrimientos se hubieran realizado varias décadas después, para que hubieran sido estudiados con una perspectiva más acorde a nuestros actuales presupuestos. Con esta actitud ambivalente me he acercado a la nueva publicación sobre la necrópolis de Arcóbriga del profesor Lorrio y su colega la profesora Sánchez de Prado, que ya nos tienen acostumbrados a exhaustivos trabajos en esta línea (p. ej. Lorrio y Sánchez de Prado 2007; Lorrio 2008). El volumen es un inmenso corpus donde se ordenan y clasifican los materiales de este yacimiento aragonés, en más de 500 páginas, seis capítulos y varios apéndices. Sus introducciones explican las circunstancias históricas del yacimiento y de los objetos allí recuperados. Los capítulos II, III y IV ocupan las tres cuartas partes y constituyen el núcleo central, con la descripción pormenorizada de las piezas y la enumeración exhaustiva de los paralelos formales de los tipos identificados. La lectura del texto vuelve a plantear la necesidad, todavía no resuelta en los estudios universitarios, de enlazar el nivel teórico desde el que abordamos el estudio del pasado con un conocimiento detallado de los materiales que conforman el registro arqueológico, materia que durante algunos años ha quedado relegada en los planes de estudio. En este sentido, este libro podría servir de manual indiscutible, pues la minuciosa y correcta descripción de las piezas estudiadas roza el preciosismo, como se puede comprobar en los mencionados capítulos. Aceptado que el objetivo esencial de la arqueología es conocer el comportamiento de las sociedades pretéritas en base a los vestigios materiales conservados y que uno de los primeros pasos es, sin duda, su identificación y clasificación para contar con una base empírica sólida, vuelvo a preguntarme qué papel pueden seguir jugando aquellas viejas colecciones a las que continuamente se hace referencia. La respuesta es que constituyen utilísimos catálogos, cuando se realizan con el esfuerzo y la profesionalidad que se observa en el de Arcóbriga, aunque en si mismos no introduzcan novedades en aspectos rituales, sociales o económicos, ni tampoco tipológicos o cronológicos de aquellas culturas. Bien es cierto que éste no suele ser el objetivo a conseguir en este tipo de obras, como queda claro en la introducción de la que ahora nos ocupa, donde los autores afirman que lo más destacado del trabajo es el método seguido para estudiar las sepulturas, contrastando las informaciones legadas por los descubridores con la observación actual de las piezas conservadas. Subrayan las inevitables dificultades con las que tropezaron al identificar piezas, fotos y antiguas etiquetas y la ardua labor, casi detectivesca, de intentar recomponer algunos conjuntos cerrados cuya autenticidad nunca sabremos si recordamos cómo fueron descubiertos, clasificados y almacenados. Usar antiguos materiales sin contexto, ni estratigrafía, ni fechas conduce a la repetición de un tradicional círculo vicioso, del que afortunadamente podemos salir gracias al hallazgo de nuevos enclaves, excavados sistemáticamente, que proporcionan un nuevo marco referencial para volver a mirar los antiguos objetos. Por ello echamos en falta esta posible nueva contextualización en el capítulo IV, dedicado a cada uno de los tipos de objetos identificados que los autores conocen en profundidad. La elaboración de cuadros sinópticos aligeraría la densidad del texto ya que la abundancia de paralelos formales no arroja nueva luz sobre aspectos como, por ejemplo, el desarrollo cronológico de aquella cultura. Quizás se avanzaría más si la comparación fuera con piezas procedentes de yacimientos excavados recientemente, en los que existan planos de dispersión, diferentes etapas de ocupación o fechas radiocarbónicas. Eso permitiría situar con mayor precisión los conjuntos revisados. Coincido con los autores en la importancia de la cronología cuando se estudian sociedades del pasado. Es imprescindible disponer de un referente temporal adecuado para ordenar los datos y comprender los acontecimientos que los generaron, pero no lo facilitan los cambios tipológicos de piezas antiguas sin estratigrafías de apoyo, ni fechas que las respalden. Sobre los períodos antiguos de la cultura celtibérica, hasta su relación con el Bronce Final, se ha avanzado bastante en los últimos años, pero hay mayores dificultades para la exacta delimitación de los períodos Celtibérico Tardío y Celtíbero-romano, en los que se sitúan los materiales de Arcóbriga (Cerdeño 2008). El capítulo V ordena cronológicamente los ajuares que aparentemente mantienen su originaria asociación. De manera global se encuadran entre el final del siglo IV/ principio del III y final del siglo II a.C. en base a cambios tipológicos en fíbulas, espadas, cuchillos o T. P., 67, N.o 2, julio-diciembre 2010, pp. 561-578, ISSN: 0082-5638 Recensiones cerámicas que permiten subdividir grupos y afinar intervalos cronológicos de menos de medio siglo. La base argumental descansa en los paralelos con piezas similares de yacimientos sin sucesión de fases ni fechas absolutas, lo que extiende la inseguridad sobre su atribución. Incluso en yacimientos bien excavados, como la necrópolis de Numancia, se alerta sobre la amplitud cronológica que proporcionan exclusivamente los materiales, ya que no se conocen bien los fenómenos de pervivencia o vigencia de los mismos (Jimeno et al. 2004: 299). Los broches de cinturón, casos para mi cercanos, se usaron durante varios siglos. Sus tipos de varios garfios, supuestamente más recientes, están apareciendo en tumbas del Celtibérico Antiguo fechadas en el siglo VII a.C. (VIII cal). También los armazones para el tocado, fechados en Arcóbriga en el siglo III a.C. y encontrados en las necrópolis de Herrería III (Cerdeño y Sagardoy 2007) y Aragoncillo, ambas fechadas en el Celtibérico Antiguo (Arenas y Cortés 1997), se usaron durante varios siglos. Por otra parte, al estudiar la época tardía hay que considerar el factor determinante de la presencia romana en Celtiberia a principios del siglo II a.C. Catón entró allí por primera vez en el año 190 a.C. y Graco hacia el 180 a.C. A partir de entonces ya nada debió ser como antes. Como de estas etapas todavía hay pocos yacimientos localizados y menos aún excavados sistemáticamente y con asociaciones solventes, el momento de encuentro entre los celtíberos y los romanos no está reflejado en una buena secuencia arqueológica. Sería de gran interés la revisión profunda de todos los elementos que entraron en juego sin conceder un valor especial a tipologías y cronologías en uso repetitivo desde hace mucho tiempo. Sirvan estas líneas para indicar someramente algunos de los problemas que, al día de hoy, tiene planteados la arqueología celtibérica y que deben resolverse para renovar definitivamente los presupuestos tradicionales y la valoración de un registro que nos resulta familiar desde hace muchas décadas.
1 La renovación de los Consejos de Redacción y Asesor de las publicaciones periódicas del CSIC tiene un ciclo de 4 años. Formalmente en julio de 2010 empezamos una nueva etapa en Trabajos de Prehistoria aunque, en realidad, los nuevos Consejos representan la continuación de una línea y política editorial que ha llevado a la Revista a una posición de reconocimiento y valoración internacional con su incorporación en 2008 a las bases de datos de la ISI Web of Science (Thomson-Reuters) A&HCI y SSCI (Vicent 2008) y, en 2009, a las de SCOPUS (Elsevier BD desde 2003) con unos excelentes primeros Factores de Impacto (2008Impacto ( -2009) ) 2 Una de nuestras prioridades es el mantenimiento de esta posición. Ello no significará un cambio en la política editorial de Trabajos de Prehistoria que seguirá centrada en la publicación en español, francés o inglés de temas de Prehistoria y Protohistoria de la Península Ibérica y de su entorno geográfico, así como de teoría y metodología arqueológica. Lo que da valor a la Revista es el mantenimiento de los estándares de calidad internacionales y, muy especialmente entre ellos, la práctica escrupulosa del sistema de evaluación por pares. Creemos que optar por una temática más generalista la haría perder su condición de referente dentro y fuera de la Península Ibérica en el ámbito citado. 3 La normativa impone la obligación de que algunos miembros de los Consejos cambien. Sin embargo la estabilidad conseguida en el Equipo editorial nos permite planificar la estrategia de la Revista a medio plazo. Nuestra labor será continuista, adaptándose a las nuevas posibilidades que los recursos electrónicos ofrecen al mundo editorial para mejorar la difusión de la investigación. 4 Uno de los retos pendientes es precisamente adoptar un sistema de gestión y de relación con los autores y evaluadores más eficaz a través del programa libre Open Journal System, eliminando el envío de textos originales y pruebas de imprenta en papel. Adaptaremos las normas de presentación de originales a los nuevos mecanismos, actualizando también el sistema de citas convencionales. Facilitamos en las normas para autores de la página web una hoja de estilo detallada para que puedan resolver las dudas formales antes del envío de sus manuscritos, así como los mapas normalizados y la plantilla para la composición de las ilustraciones. 5 Buscaremos aumentar la visibilidad de Trabajos de Prehistoria. Este año el equipo de Edición Electrónica de Revistas CSIC ha ampliado el archivo histórico de artículos de libre acceso, incorporando los volúmenes 55 a 59 (1998 a 2002). Por nuestra parte, suprimiremos desde el volumen 67 (2) 2010 el embargo a la consulta, facilitando el acceso sin restricciones a todo su contenido. 6 Otra de las novedades es la publicación de números monográficos, por decisión del Consejo de Redacción, siguiendo el criterio de otras revistas de impacto. Su gestión y evaluación seguirá el mismo proceso que las de los números ordinarios. De este modo el segundo número de 2010 estará centrado en la Arqueometalurgia de la Edad del Bronce europea. Recogerá una parte de las contribuciones realizadas al Congreso Archaeometallurgy: Technological, Economic and Social Perspectives in Late Prehistoric Europe, TESME, celebrado en Madrid (CCHS-CSIC), entre el 27-29 de noviembre de 2009 con motivo de la jubilación de Salvador Rovira Llorens. 7 Queremos mantener la calidad de los originales que se publiquen. Por ello a la evaluación externa se aplicará ahora el procedimiento doble ciego, manteniendo en secreto los nombres de los autores y los evaluadores, así como la institución a la que pertenecen. 8 El trabajo de los evaluadores y evaluadoras es imprescindible para mejorar la presentación escrita y gráfica de los artículos. En estos momentos en los que es posible publicar en la Web cualquier información, es más necesario que nunca contar con el criterio de expertos que garanticen al lector unos contenidos científicos. La Revista está en deuda con todos los colegas que desinteresadamente han contribuido a que Trabajos de Prehistoria haya conseguido su posición actual. 9 En esta etapa iniciamos también un procedimiento de revisión de estilo de los textos, bajo la supervisión de los propios autores. Este esfuerzo esperamos que redunde en beneficio de los lectores, y también de los autores, al buscar una mayor claridad expositiva y simplicidad en la sintaxis, con un estilo más directo. Como dijo Quevedo "Las palabras son como monedas, que una vale por muchas, como muchas no valen por una". 10 Finalmente queremos agradecer a la Unidad de apoyo a la Edición de Revistas del CCHS y al Departamento de Publicaciones del CSIC, especialmente a Ramón B. Rodríguez, responsable de la Edición Electrónica, la ayuda y asesoramiento prestado para la actualización de la Revista.
Bosch, Josep y Borrell, Ferran (coords.). De la variscita al ferro: neolític i antiguitat. Publica los resultados de hasta 31 investigadores diferentes en un sector que se singulariza en el conjunto de Gavà porque la explotación de las minas neolíticas corresponde únicamente a sus fases más antiguas, por su variedad y complejidad litológica y por el hallazgo de depósitos funerarios y de carácter ritual o simbólico. Sobre la base de la abundancia y variedad de los adornos y la presencia de fragmentos informes en algunos depósitos se propone una explotación de la variscita tanto para el intercambio como para el consumo interno. La obra consta de 25 capítulos. Los primeros describen la prospección y excavación y las estructuras mineras, a veces con enterramientos humanos. Siguen los estudios especializados que van desde la geología a la antropología y las dataciones, pasando por los análisis de cerámica, industrias lítica y ósea, útiles macrolíticos, adornos, restos de colorantes, de malacofauna y botánicos (macrorestos, pólenes). Tras un capítulo dedicado a la minas de hierro de época iberorromana, el volumen se cierra con otro de conclusiones generales. Esta monografía es una aportación muy relevante al conocimiento de la minería en la sociedad neolítica. La entiende como un fenómeno que, más allá de la obtención de materia prima con objetivos económicos, estaría imbuido de importantes connotaciones de tipo social y simbólico. Prestigio y emulación en espacios marginales: la cerámica campaniforme de Paulejas (Quintanilla del Agua, Burgos). Estudios y monografías, Universidad de Burgos. Chapa, Teresa e Izquierdo, Isabel (coords.). La Dama de Baza: Un viaje femenino al más allá: Actas del Encuentro Internacional Museo Arqueológico Nacional, Madrid, 27 y 28 noviembre 2007. Este libro ofrece una visión de la cultura ibérica a través de una de sus piezas más singulares: la Dama de Baza. Esta escultura en piedra representa una figura femenina sedente y sirvió como urna cineraria para una mujer destacada de inicios del siglo IV a.C. Situando a la Dama en el centro de la investigación, se ha construido una monografía a través de 20 artículos complementarios de 33 especialistas de reconocido prestigio que participaron en las jornadas abiertas celebradas en el Museo Arqueológico Nacional a fines de 2007. El planteamiento de este libro supone una novedad en la forma de estudiar la escultura ibérica. Más allá de su valoración iconográfica, en torno a esta pieza se abordan cuestiones más amplias, ofreciendo nuevas perspectivas sobre la tecnología de fabricación, el significado de la tumba en la distribución espacial del cementerio, el sentido social y religioso de esta figura o la aparente contradicción con su condición femenina de las armas presentes en su ajuar. Resulta así un volumen original y marcado por la alta calidad de sus contribuciones. La colección Prähistorische Bronzefunde, fundada por H. Müller-Karpe y actualmente a cargo de A. Jockenhövel, ha cumplido y sigue cumpliendo una importante misión en la Arqueología europea que consiste en proporcionar al investigador catálogos razonados y estudios de síntesis para una discusión científica fundamentada. El volumen que acaba de ver la luz es un trabajo largamente esperado, fruto de la tesis de habilitación de la autora, presentada en 1991. En él se trasciende el marco temporal y geográfico del título para incorporar algunos cubos y calderos de chapa metálica comparables procedentes de Centroeuropa e Italia, así como los escasos restos conservados fabricados en madera. La orientación tipológica, con fines de ordenamiento cronológico, no le resta un ápice al valor que representa este ingente trabajo que se completa, como es habitual en la colección, con una cuidada documentación gráfica y cartográfica. Finalmente hay que destacar el apéndice sobre análisis de composición recopilado por J.P. Northover, que recoge y unifica unos datos numéricos de indudable valor informativo, obtenidos en tres laboratorios diferentes de Oxford, Dublín y Londres, así como unos pocos procedentes de trabajos históricos previamente publicados.
Desde hace algunas décadas, numerosas evidencias de ocupación humana antigua han sido descubiertas a lo largo del continente europeo. Esto ha permitido empezar a establecer un marco cronoestratigráfico y cultural relativamente fiable de la primera expansión humana europea (Carbonell y Rodríguez 2006; Lumley et al. 2009). La mayoría de los yacimientos arqueológicos se localizan en la cuenca mediterránea, en Francia (Pont-de-Lavaud, Despriée et al. 2006; cueva de Vallonnet, Lumley et al. 1988), en Italia (Monte Poggiolo, Peretto et al. 1998), en España (Gran Dolina, Parés y Pérez-González 1999; Sima del Elefante, en Atapuerca, Carbonell et al. 2008; Barranco León y Fuente Nueva-3, Martínez-Navarro et al. 1997; Oms et al. 2000) y en Georgia (Dmanisi, Lordkipanidze et al. 2007). Además de estos yacimientos "históricos", considerados hoy como referentes, se descubrieron más recientemente otros con posibles trazas de ocupaciones humanas y cuyos primeros estudios refuerzan la hipótesis de una colonización antigua de Europa: Pirro Nord (Italia, Arzarello et al. 2007), Lézignan-la-Cèbe (Francia, Crochet et al. 2009), Lunery (Francia, Despriée et al. 2007Despriée et al., 2010) ) y Kozarnika (Bulgaria, Guadelli et al. 2005). Vallparadís (Terrassa, Cataluña) (Fig. 1), descubierto en 2005 durante las obras de construcción de una estación de tren, pertenece a este último conjunto de nuevos yacimientos. Los primeros resultados obtenidos a partir del estudio de la fauna y del paleomagnetismo han mostrado su antigüedad. Con el objetivo de completar el marco cronoestratigráfico preliminar establecido a partir de estos trabajos, era necesaria la aplicación de un método de datación absoluta. Debido al contexto geológico, el material disponible in situ y el rango de tiempo estudiado, el método de Resonancia Paramagnética Electrónica (1) forma parte de los pocos métodos potencialmente aplicables, junto con la luminiscencia (termoluminiscencia (2), luminiscencia ópticamente estimulada (3), luminiscencia estimulada por infrarrojos (4), cuyos límites de aplicación han sido ampliados recientemente (ejemplos en Rhodes et al. 2006; Berger et al. 2008), y los métodos basados en la detección de isótopos cosmogénicos (5) (Granger y Muzikar 2001). El método ESR tiene la ventaja de ser aplicable a una gran variedad de materiales (Ikeya 1993) que permiten así cubrir todos los contextos sedimentarios posibles, lo que le convierte en el método más usado en la datación de los yacimientos europeos antiguos: espeleotemas (cueva de Vallonnet, Yokoyama et al. 1988), granos de cuarzo sedimentario (Pont-de-Lavaud y Lunery, Voinchet et al. 2010; Monte Poggiolo, Peretto et al. 1998; Fuente Nueva-3 y Barranco León (6)) o dientes fósiles (Gran Dolina, Falguères et al. 1999; Orce (7); Dmanisi (8)). En el yacimien- (1) Electron Spin Resonance (ESR). EL YACIMIENTO DE VALLPARADÍS (EVT) Entre 2005 y 2007, la construcción de una estación de ferrocarril en el centro de la ciudad de Terrassa (Fig. 1), muy cerca de donde se descubrió el yacimiento pleistoceno de Cal Guardiola (Postigo Mijarras et al. 2007 y referencias incluidas), sacó a la luz una secuencia de unos 20 m de potencia, compuesta por sedimentos aluviales asociados al torrente de Vallparadís. Abundantes restos arqueológicos y paleontológicos (Fig. 2) han aparecido en las unidades geológicas diferenciadas (denominadas 1 a 12, de techo a muro). La excavación se centró en el nivel arqueológico más rico (nivel 10), ubicado en la parte superior de la unidad 7. Considerado como el nivel de referencia arqueológica para Vallparadís, contenía una industria lítica arcaica abundante atribuida al Modo 1 u Olduvaiense (Lumley et al. 2009; Martínez et al. 2010). Sus características tecno-tipológicas son similares a las de los conjuntos de otros yacimientos antiguos mediterráneos, como Gran Dolina-TD6, Pont-de-Lavaud, Dmanisi o Bizat Ruhama (Martínez et al. 2010). Esta industria se asociaba con una fauna rica y diversa donde se identificaron 21 taxones de grandes mamíferos (Alba et al. 2008) y algunos de micromamíferos (Martínez et al. 2010). Además se identificó actividad humana por la presencia de marcas de corte sobre algunos restos paleontológicos (Martínez et al. 2010). Desde el punto de vista de la biocronología, el estudio de la macrofauna ha permitido identificar una asociación típica del epi-Villafranquiense (Martínez et al. 2010). Los taxones villafranquienses (Rook y Martínez-Navarro 2010), como Pseudodama vallonetensis, Equus altidens, Stephanorinus hundsheimensis, Hippopotamus antiquus, Canis mosbachensis, Panthera gombasgoezensis y Pachycrocuta brevirostris presentes también en los yacimientos españoles de Orce (Martínez-Navarro et al. 2003), Sima del Elefante (Carbonell et al. 2008) El estudio de la microfauna de la unidad 7, ha identificado la asociación Mimomys savini -Iberomys huescarensis generalmente considerada como un buen marcador cronológico (Agustí et al. 2007). Dicha asociación permite posicionar Vallparadís en la misma biozona que los yacimientos de Huéscar-1 (España, Alberdi et al. 2001), le Vallonnet (Francia), Untermaßfeld (Alemania, Kahlke et al. 2005), o Sima del Elefante, es decir, en una biozona más antigua que la de Atapuerca Gran Dolina-TD6 (Agustí y Madurell 2003; Agustí et al. 2007). El estudio paleomagnético de toda la secuencia ha revelado tres magnetozonas principales (Fig. 2) de muro a techo (Martínez et al. 2010): la primera tiene polaridad normal (N1, situado en la parte inferior de la unidad 8), la segunda inversa (R1, unidades 8 a 3) y la tercera polaridad normal (N2, de la unidad 3 hasta el techo). El nivel arqueológico 10 ubicado en la unidad 7 está posicionado en la magnetozona R1, indicando entonces una edad anterior al límite Brunhes-Matuyama (0,78 Ma). EL MÉTODO DE DATACIÓN POR ESR La datación por ESR forma parte del grupo de métodos paleodosimétricos con los basados en los fenómenos de la luminiscencia (TL, OSL...). A diferencia de los métodos radiométricos (potasio-argón, uranio-torio (U-Th) (9), radiocarbono...) que evalúan directamente la radiactividad natural, los métodos paleodosimétricos detectan los efectos de dicha radiactividad sobre las muestras geológicas o arqueológicas. En este caso, se mide la energía absorbida por la muestra (dosis total) en función de la cantidad de radiación a la que ha sido sometida durante su historia. Dicha dosis procede de las radiaciones alfa, beta y gamma emitidas por los radionucléidos presentes en la propia muestra (componente interno) y en su entorno más cercano (componente externo), a los cuales se añade un componente procedente de la radiación cósmica. Estas radiaciones ionizantes inducen movimientos en la estructura electrónica de los minerales y algunas cargas eléctricas pue-den ser atrapadas dentro de los defectos puntuales de la estructura cristalina, formando una entidad llamada "centro paramagnético". Esta entidad genera una señal detectable por espectrometría ESR cuya intensidad es proporcional a la cantidad de cargas atrapadas en la celda cristalina. El método de datación por ESR se basa en la cuantificación de estas cargas atrapadas, cuya cantidad está directamente relacionada con la dosis de radiación absorbida por la muestra y depende tanto de la intensidad de la radiación (tasa de dosis) como de la duración de la exposición a la radiactividad (Grün 1989; Ikeya 1993; Rink 1997). En la datación por ESR, la muestra es considerada como un dosímetro, es decir, un material capaz de registrar y restituir la dosis absorbida procedente de las diferentes radiaciones ionizantes a las que ha sido sometido. La edad ESR se calcula a partir de la siguiente ecuación: donde D E es la dosis equivalente (expresada en Gray, Gy), D(t) es la tasa de dosis (mGy/a o Gy/ka) y T es la edad de la muestra. En el caso de una tasa de dosis constante en el tiempo, la ecuación se puede simplificar de la siguiente manera: En las secciones 3.1 y 3.2 se detallarán las características particulares de la datación de dientes fósiles y granos de cuarzo. Aplicación a los dientes fósiles: el método combinando ESR y U-Th La principal dificultad de la datación de un diente fósil por ESR es la complejidad del sistema en sí mismo, ya que hay que considerar los diferentes tejidos dentales que lo constituyen (esmalte, dentina y, a veces, cemento, Hillson 2005). En el caso de una geometría, dentina -esmalte-cemento, la ecuación es la siguiente: La dosis interna corresponde a la producida dentro del esmalte y la dosis externa a los componentes asociados a los otros tejidos dentales (dentina y cemento), el sedimento y los rayos cósmicos. La particularidad de la datación de dientes fósiles reside en estos componentes ligados a los tejidos dentales, puesto que éstos difieren a nivel de mineralización, de composición química (Driessens 1980; Hillson 2005) y de sensibilidad a los procesos diagenéticos (Piepenbrink 1989; Kohn et al. 1999; Dauphin y Williams 2004), en particular al proceso de incorporación de uranio. Los tejidos dentales funcionan como sistemas abiertos frente a los elementos de la serie radiactiva de desintegración del 238 U, lo que significa que el contenido en uranio del tejido dental varía con el tiempo. Por tanto, es indispensable tener en cuenta este parámetro en la determinación de la dosis anual. Para describir su evolución, Grün et al. (1988) sugieren la combinación de los métodos ESR y U-Th (ESR-US). Este enfoque se basa en la modelización matemática de la cinética de incorporación del uranio en los tejidos dentales, descrita a través de un parámetro específico p. Este modelo llamado US (U-series) utiliza la siguiente ecuación: donde U m es la concentración de uranio medida hoy, T la edad de la muestra y U (t) la concentración de uranio en el tiempo t. El parámetro p es siempre superior a -1 (Fig. 3). Básicamente, se utilizan las medidas de los isótopos de la serie del uranio para relacionar p y las edades U-Th para cada tejido dental. Estas relaciones y el resto de parámetros de tasa de dosis determinan la evolución de la dosis total en función de la edad. La proyección de la D E medida sobre esta función da una edad ESR-US combinada y dicha edad permite obtener el valor de p para cada tejido (Grün et al. 1988; Grün 2007). Antes de la aplicación del modelo US, los modelos convencionales normalmente utilizados para calcular una edad ESR consideraban un tipo predeterminado de incorporación. El modelo de "incorporación temprana" (Early Uptake, EU) se basa en la idea de una rápida acumulación de uranio en la muestra poco después de su enterramiento, en una aproximación de sistema cerrado (Szabo 1979). En el modelo de "incorporación lineal" (Linear Uptake, LU), sin embargo, ésta es una incorporación constante en el tiempo (Ikeya 1982). Finalmente, el modelo de "incorporación reciente" (Recent Uptake, RU), supone una incorporación tardía de dicho elemento (Blackwell 1992). Clásicamente, se asumía que uno de estos modelos podía corresponder a las muestras de un yacimiento dado o bien que la edad verdadera estaba entre las edades ESR-EU y ESR-LU (Grün y Stringer 1991). Sin embargo, esto no es satisfactorio, porque estos modelos inducen incertidumbres largas si la concentración de uranio en los tejidos dentales es alta. En otras palabras, cuanto más alta es la concentración de uranio, mayor es la diferencia entre las edades ESR-EU, ESR-LU y ESR-RU (Grün y McDermott 1994). Además, como ha indicado Grün (2009a), muchas veces la mejor estimación de edad está fuera del rango EU-LU, especialmente para las muestras procedentes de yacimientos al aire libre. El modelo US permite entonces solucionar este problema de incorporación desconocida. Los resultados obtenidos en Gran Dolina por Falguères et al. (1999) muestran que este método ESR-US combinado puede ser aplicado de modo rutinario hasta los 800 ka. Falguères et al. (2010) concluyen que dicho método es especialmente adecuado para muestras del Pleistoceno medio. El modelo US tiene varias ventajas con respecto a los modelos convencionales. En primer lugar, la determinación del factor p permite carac-Datación por ESR del yacimiento arqueológico del Pleistoceno inferior de Vallparadís (Terrassa, Cataluña, España) 11 Fig. 3. Forma de incorporación del uranio en función del valor del parámetro p seleccionado (Grün et al. 1988). Casos especiales: p = -1 para el modelo Early Uptake (EU), p = 0 para el modelo Linear Uptake (LU) y p = 1 ó 10 para el Recent Uptake (RU). terizar la cinética de incorporación del uranio dentro de los tejidos dentales: incorporación temprana si -1 0 (Fig. 3). Además los modelos convencionales pasan a ser casos especiales del modelo US, correspondientes a valores precisos de p (p = -1 para el modelo EU, p = 0 para el modelo LU y p = 1 ó 10 para el modelo RU). El método ESR-US combinado también permite determinar diferentes incorporaciones para los distintos tejidos de un mismo diente, mediante el cálculo de un p específico para cada uno (Grün, 2009a). Por último, el modelo US no asume a priori la forma de incorporación del uranio, sino que determina matemáticamente a partir de los datos isotópicos medidos en los tejidos dentales (concentración en uranio, 234 U/ 238 U, 230 Th/ 234 U). La consecuencia es que sólo existe una posible edad ESR-US combinada para un conjunto de datos medidos (datos isotópicos de los tejidos y del sedimento, D E calculada, contenido de agua...), siempre, y cuando sea posible calcular la edad. Aplicación a los granos de cuarzo extraídos de sedimentos La datación está basada en el mismo principio que la OSL: la puesta a cero de la señal paleodosimétrica bajo la influencia de la luz solar, fenómeno conocido como blanqueo óptico. A partir del momento en el que el cuarzo es enterrado y pierde el contacto con la luz solar, la señal ESR aumenta como consecuencia de la radiactividad natural (detalles en Voinchet et al. 2004). El evento datado es, por tanto, el entierro de la muestra. El cuarzo posee varios centros paramagnéticos potencialmente útiles con fines geocronológicos (Marfunin 1979; Weil 1984; Ikeya 1993): centro Germanio (Ge), centro Titanio (Ti), centro Alu-minio (Al), centro E', centro OHC... cuyas características propias (en términos de sensibilidad a la radiación, estabilidad térmica, cinética de blanqueo...) los hacen más o menos atractivos en función del contexto geológico y del período de tiempo que se quiere datar (Ikeya 1993). El centro Al es probablemente el más utilizado en geocronología y tiene dos principales ventajas. En 2006, dos dientes de équidos fueron seleccionados entre los ejemplares de las colecciones del yacimiento (Tab. La primera muestra (EVT0601) procede del cuadro U-30 (Fig. 4) y se localiza estratigráficamente en el nivel arqueológico 10 de la unidad 7 (Fig. 2). La segunda muestra (EVT0602) fue recogida en el cuadro P-26 y también se localiza en la unidad 7, pero en el contacto entre los niveles arqueológicos 9 y 10. Se colocaron dos dosímetros TL en la secuencia estratigráfica, manteniéndose durante 10 meses. El primero fue situado en la posición exacta en la que se encontró el diente EVT0601 (sección del cuadro P-26). El segundo fue insta- lado en el contacto entre los niveles 9 y 10 correspondiente a la localización estratigráfica del diente EVT0602. Además, se tomaron in situ 4 muestras de sedimentos (EVT-Q1 a Q4) para datar los granos de cuarzo. Las muestras EVT-Q1 a Q3 proceden de la sección del cuadro V-29 y se localizan en la unidad geológica 8 (Fig. 2), en los niveles inferiores al nivel arqueológico 10. La muestra Q4 fue recogida en el cuadro M-27 (Fig. 4), en una capa de depósitos groseros de la base del nivel arqueológico 10 (unidad 7). No se hizo ninguna dosimetría gama in situ para estas muestras. Sin embargo, con el objetivo de considerar la posible heterogeneidad del ambiente sedimentario en términos de radiactividad, se tomaron varias muestras de sedimento alrededor de los puntos de muestreo destinados a la datación. Datación de dientes fósiles Los diferentes tejidos (cemento, esmalte y dentina) fueron extraídos de la cara vestibular de cada diente y separados mecánicamente. Los análisis isotópicos fueron realizados por espectrometría alfa (Bischoff et al. 1988), y por espectrometría gamma (Yokoyama y Nguyen 1980) para obtener datos de los elementos de las series del uranio. Dichos datos se encuentran en la tabla 2. Una parte del esmalte fue molida y tamizada, una vez que las superficies interna y externa fueron exhaustivamente limpiadas para eliminar el efecto de la radiación alfa exterior. A continuación, se recuperó la fracción granulométrica de 100-200 mm, que se dividió en varias alícuotas. Las medidas ESR fueron realizadas en el Muséum National d'Histoire Naturelle (Francia) con un espectrómetro EMX Bruker (banda X) a temperatura ambiente, con los parámetros de adquisición indicados en la tabla 3. Cada conjunto de alícuotas fue medido 3 veces, con varios días de diferencia entre cada medida, para comprobar la reproductibilidad de los datos. A continuación, se midió la intensidad ESR correspondiente a la amplitud entre los picos T1 y B2 de la señal ESR del esmalte (Fig. 5) (Grün 2000). Las dosis equivalentes (D E ) y errores asociados fueron calculados con un programa GW-Basic no-comercial (Yokoyama et al. 1985), ajustando una función exponencial de saturación sencilla (10) a través de los puntos experimentales. No se consideró ninguna ponderación de los puntos experimentales durante el ajuste, pero se restringió la exactitud sobre la D E con la alícuota natural. La figura 6 muestra las curvas de crecimiento ESR obtenidas. Las edades ESR-US combinadas fueron calculadas con el programa DATA (Grün 2009b), utili-zando la misma geometría de muestra para los dos dientes: dentina/esmalte/cemento. Se utilizó una eficacia alfa de 0,13 ± 0,02 ( por Monte-Carlo (11) basados en el espesor del esmalte dental y de las capas externas eliminadas. Se estimó el contenido en agua a 3 ± 1 % en el esmalte, a 5 ± 3 % en la dentina y el cemento y a 15 ± 5 % en el sedimento, este último basado en la diferencia de peso antes y después de una estancia de un par de semanas en la estufa. El efecto de las pérdidas de Ra y Rn en cada tejido fue determinado por combinación de datos de espectrometría alfa y gama (Bahain et al. 1992). Se usó la espectrometría de rayos gamma para determinar el contenido en radioelementos (U, Th y K) del sedimento tomado in situ. Los factores de Adamiec y Aitken (1998) fueron utilizados para las con-versiones en tasa de dosis. Se midieron las tasas de dosis gamma in situ con dosímetros TL (CaSO 4: Dy). El error asociado a la edad corresponde a la suma cuadrática de los errores asociados a la tasa de dosis y D E. Todos los datos vinculados con el cálculo de edades ESR-US se encuentran en la tabla 4. Datación de granos de cuarzo Las muestras de sedimento fueron preparadas según el protocolo descrito en Voinchet et al. (2007). Primero fueron tamizadas para recuperar la fracción granulométrica de 100-200 mm para luego ser sometidas a un múltiple ataque químico: HCl 6N para disolver los carbonatos, H 2 O 2 para quitar la materia orgánica y HF (40 %) durante 30 minutos para eliminar los feldespatos y la superficie exterior de los granos de cuarzo. Para finalizar, se separaron minerales pesados y ligeros con bromoformo. Cada muestra fue dividida en diferentes alícuotas que, posteriormente, serían irradiadas con una fuente de rayos gamma panorámica de 60 Co en el Commissariat à l'Energie Atomique (Saclay, Francia) (Dolo et al. 1996). Yacimiento de Vallparadís (Terrassa, Barcelona): edades ESR-US combinadas y datos asociados obtenidos para los dientes fósiles (adaptado de Martínez et al. 2010). (*): valores calculados considerando un modelo de incorporación Early Uptake (EU) para todos los tejidos dentales (p = -1) (1). La edad de EVT0602 corresponde a una edad ESR-EU, calculada mediante el programa DATA de Grün (2009b). Durante la irradiación se colocaron diferentes dosímetros de alanina entre las muestras con el objetivo de controlar la dosis de irradiación realmente recibida por cada muestra (12). Mientras tanto, la componente residual (no-blanqueable) de la señal ESR asociada al centro Al (ESR-Al) fue determinada tras la exposición de una alícuota natural de cada muestra a la luz de un simulador de tipo SOL2 (Hönle) durante 1500 h. El componente blanqueado (expresado en %) corresponde a la diferencia relativa entre la intensidad ESR del punto natural y la del residual. Las medidas ESR fueron realizadas en el Muséum National d'Histoire Naturelle (Francia) a baja temperatura (alrededor de 110 K), con los parámetros de adquisición indicados en la tabla 3. Se midió cada alícuota cada 120o de rotación en la cavidad y cada serie, a su vez, entre 2 y 4 veces. La intensidad de la señal ESR-Al es determinada midiendo la amplitud entre la parte superior del primer pico (g = 2,0185) y la parte inferior del decimosexto pico (g = 1,9928) (Toyoda y Falguères 2003) (Fig. 5). Los valores de D E y los errores asociados fueron calculados con el programa Microcal Origin utilizando el algoritmo de Levenberg-Marquardt por minimización de chi-cuadrado. Los datos fueron ponderados por 1/I 2. El valor de D E fue calculado utilizando dos funciones ajustadas a través de los puntos experimentales hasta el nivel residual: una función SSE y otra función compuesta por la combinación de un término exponencial de saturación sencilla y de un término lineal (EXP+LIN; más detalles sobre esta función en Berger 1990; Duval et al. 2009). Las curvas de crecimiento ESR de cada muestra están presentadas en la figura 7. La tabla 5 muestra algunos datos numéricos relacionados con estos procesos de ajuste. Las componentes alfa, beta y gamma de la tasa de dosis total (D') y sus incertidumbres se calculan mediante las concentraciones en 238 U, 222 Rn, 232 Th y 40 K del sedimento determinadas por espectrometría gamma (Yokoyama y Van Nguyen 1980). Se utilizaron los factores de conversión en dosis de Adamiec y Aitken (1998). La tasa de dosis interna se considera insignificante, debido a la reducida concentración de radionucléidos que se ha registrado normalmente en los granos de cuarzo (Murray y Roberts 1997; Vandenberghe et al. 2008). Se midió el desequilibrio en la cadena de desintegración del 238 U a través de la actividad del 222 Rn. Se ha considerado un contenido de humedad del 15 ± 5 % para todas las muestras después de haber medido sus respectivos pesos, antes y después, de haberlas introducido durante 3 semanas en una estufa. La tasa de dosis cósmica se calcula mediante la fórmula de Prescott y Hutton (1994), aplicando las correcciones correspondientes a la profundidad, altitud y latitud, con un error asociado de 5 % (Prescott y Hutton 1988). Las componentes beta y gamma fueron calculadas a partir del contenido medio en radionucléidos de cada muestra en sí misma y de las diferentes muestras de sedimento que se tomaron a su alrededor. Los errores asociados a las dosis corresponden a 1s, aunque sea una combinación de incertidumbres medida y asumida. Por último, se calculó una Tab. Yacimiento de Vallparadís (Terrassa, Barcelona): datos ESR asociados con el ajuste de las funciones exponencial + lineal (EXP+LIN) y exponencial (SSE) a los puntos experimentales de las muestras de cuarzo EVT-Q1 a Q4. C B = componente blanqueada; X 2 = chi cuadrado; R 2 = coeficiente de determinación. edad ESR dividiendo D E por D'. La tabla 6 presenta los datos radiométricos, dosimétricos y cronológicos. Las curvas de crecimiento ESR de los 2 dientes se ajustan bastante bien a los puntos experimentales (Fig. 6). 4), valores que son más de 2 veces superiores a los obtenidos para las muestras de Gran Dolina-TD6 (Falguères et al. 1999) y Sima del Elefante-TE9 (Duval et al. 2009), yacimientos biocronológicamente cercanos al de Vallparadís. Para un período tan antiguo (>700 ka), el parámetro más problemático a tener en cuenta es la descripción de la incorporación del uranio dentro de los tejidos dentales (13), por su directa relación con los datos isotópicos medidos. Estos resultados demuestran así la ausencia aparente de lixiviación de uranio de estos tejidos y sugieren la aplicación normal del modelo US para ambos casos. Habitualmente un valor tan alto indica un fenómeno de lixiviación del uranio, lo que impide la aplicación del modelo US de Grün et al. (1988), pero en el caso de muestras antiguas (>250 ka) tal valor se puede situar por debajo del equilibrio secular si la razón isotópica 234 U/ 238 U asociada es muy superior a 1 (detalles en Ku 1976). Ello impide el cálculo de edad ESR-US combinada con el programa DATA aunque, como se ha señalado, no muestran lixiviación aparente debido al elevado valor de 234 U/ 238 U (1,75-2,1). Para la muestra EVT0602 se ha calculado una edad ESR-EU (es decir, considerando un sistema cerrado para todos los tejidos dentales), con un resultado de 0,54 ± 0,04 Ma (Tab. Este valor debe considerarse como una edad mínima ya que corresponde a las dosis máximas que se pueden modelizar para los tres tejidos dentales (Fig. 3). Las 4 muestras de cuarzo datadas por ESR presentan tasas de blanqueo parecidas (entre 56 y 60 %) (Tab. 5), lo que probablemente indica condiciones similares de depósito y blanqueo. La elección de la función de ajuste es crucial para el cálculo de la dosis equivalente de estas muestras (Duval et al. 2009). En el caso del cuarzo, la utilizada normal (o exclusivamente) en la bibliografía es una función SSE (por ejemplo Rink et al. 2007; Liu et al. 2010; Voinchet et al. 2010). Sin embargo, su uso en las muestras de Vallparadís plantea algunas dificultades: (1) apenas se ajusta a los datos experimentales, algo especialmente evidente en las dosis de radiación bajas (véanse ampliaciones en la Fig. 7) y (2) las curvas nunca pasan por el punto natural. Esto tiene una influencia directa sobre el valor de D E calculado, ya que modifica la pendiente de la curva así determinada, siendo ésta un parámetro fundamental en el proceso de extrapolación. Por este motivo se utilizó una ponderación 1/I 2 puesto que da más importancia a las dosis bajas (una discusión sobre la ponderación de los puntos experimentales en luminiscencia y ESR en Berger y Huntley 1986; Grün y Rhodes 1992; Grün y Brumby 1994). Considerando todo esto, la elección de una función diferente que describiese mejor la evolución de los puntos experimentales fue imprescindible, pero siempre teniendo en cuenta que esta nueva función correspondiese igualmente a un proceso físico. Se eligió empíricamente la que asociara un término exponencial y otro lineal (EXP+LIN) para describir dos características de las muestras de Vallparadís: (1) la presencia de un punto de inflexión alrededor de 6300 Gy, particularmente visible en las muestras de Q1 y Q4 (Fig. 7), lo que indica un cambio en el comportamiento de la señal ESR más allá de este valor de dosis, y (2) el crecimiento continuo de la señal ESR a dosis altas (>10 kGy) sin saturación aparente. La función SSE no tiene en cuenta estos dos fenómenos observados mientras que la función EXP+LIN permite apreciar un cambio de comportamiento de la señal conforme las dosis aplicadas aumentan siendo, en este momento, la función lineal la que define esta parte final de la curva. Este término lineal puede considerarse como una primera aproximación de un término exponencial cuya saturación se encuentra a dosis mucho más altas que la dosis máxima de radiación aplicada. Por lo tanto, la función EXP+LIN permite valorar la hipótesis de una señal ESR asociada al centro Al que presenta dos componentes: una parte dominante correspondiente a las dosis más bajas y con un rápido crecimiento y otra de crecimiento más lento observable en las dosis más elevadas. Estas dos componentes, que podrían ser atribuidas en primera aproximación a trampas que presentan energías de activación aparentemente diferentes, pueden recordar lo que se observa durante el blanqueo óptico. En este caso, la disminución observada puede ser descrita también por dos componentes (Voinchet et al. 2003). Además, comparando los resultados obtenidos con la función EXP+LIN y la SSE, se aprecia claramente que el ajuste global de la primera es mucho mejor que el de la segunda (véanse valores de R 2 y X 2 de la Tab. Esto es evidente en el caso de la pendiente al origen (Fig. 7). Las consecuencias sobre los valores de D E determinados son importantes, ya que los calculados mediante la función EXP+LIN son sistemática y significativamente más bajos que los obtenidos a través de la función SSE (Tab. Las dosis anuales determinadas para las 3 muestras del sondeo 2, EVT-Q1 a Q3, son del mismo orden de magnitud, entre 2468 y 2619 mGy/a, mientras que la obtenida para la muestra EVT-Q4 es notablemente inferior, con 1554 mGy/a (Tab. Las 4 muestras presentan una distribución similar de los componentes relativos, con una contribución de la dosis beta de más del 50 % de la dosis total frente a menos del 5 % de las dosis alfa y cósmica. Sin embargo, teniendo en cuenta los márgenes de error asociados, no es posible distinguir cronológicamente estas muestras de la cuarta EVT-Q4 (0,83 ± 0,24 Ma) cuya posición estratigráfica está más alta en la secuencia (nivel 10, unidad 7). En este estudio se dataron por ESR-US y ESR respectivamente 2 dientes y 4 muestras de sedimentos procedentes de 2 niveles arqueológicos del yacimiento de Vallparadís. Las edades obtenidas a partir del diente EVT0601 y de los cuarzos EVT-Q1 a Q4 son coherentes entre sí en torno a los 0,8 Ma. Los datos son altamente reproductibles, pudiéndose calcular edades promedias sólidas y fiables. A partir de las muestras EVT0601 y EVT-Q4 se obtuvo una edad ESR promedia (promedio ponderado por los errores asociados, con el programa Isoplot 3.00, Ludwig 2003) de 0,83 ± 0,13 Ma (2s) para el nivel arqueológico 10 (unidad geológica 7) de la secuencia de Vallparadís (Fig. 9). Las muestras EVT-Q1 a Q3 permiten determinar una edad ESR promedia de 0,79 ± 0,23 Ma (2s) para el nivel arqueológico 12 (unidad geológica 8), situado estratigráficamente bajo el nivel 10. Teniendo en cuenta los márgenes de error, estos resultados ESR son consistentes y permiten posicionar el yacimiento cerca de la transición Pleistoceno inferior-medio. Refuerzan los datos iniciales obtenidos a partir del estudio de la microfauna y del paleomagnetismo, ofreciendo así un marco cronoestratigráfico muy completo. La combinación de todos los resultados cronológicos atribuir las magnetozonas N1 y N2 respectivamente a los eventos magnéticos Jaramillo y Brunhes, lo que encuadra cronológicamente su nivel arqueológico 10, localizado en una posición intermedia en la magnetozona inversa R1. La edad ESR promedia sobre las 5 muestras, y restringida por los datos paleomagnéticos, de 0,83 ± 0,05 Ma parece así la mejor estimación cronológica para el yacimiento de Vallparadís. Estos resultados lo aproximan cronológicamente al nivel TD-6 de Gran Dolina (Falguères et al. 1999), aunque la biocronología de Vallparadís sugiere por su parte una cronología un poco más antigua, anterior a los niveles TD4 de Gran Dolina y cerca del nivel TE9 de Sima del Elefante (Martínez et al. 2010). De todos modos, todos estos datos concuerdan en situar la ocupación en el Pleistoceno inferior final, un período clave sobre el que no existía mucha información disponible hasta el momento. Vallparadís se convierte así en un yacimiento clave para el conocimiento de las primeras ocupaciones humanas de Europa. por ESR del yacimiento arqueológico del Pleistoceno inferior de Vallparadís (Terrassa, Cataluña, España) 9
JOSÉ ORTEGA BLANCO (*) MERCEDES DEL VALLE GUTIÉRREZ (**) Se presentan los resultados de los trabajos realizados en este yacimiento, cuya estratigrafía abarca, al menos toda la Edad del Hierro. Se ha excavado en extensión una potente muralla que recuerda modelos andaluces y levantinos. Se ha documentado una ocupación con materiales orientalizantes en un ambiente que puede considerarse sacro. De la fase posterior se han excavado varias estructuras domésticas, así como un conjunto que se relaciona con el trabajo del metal, tal vez una forja. El poblado de El Cerro de la Mesa (Alcolea de Tajo, Toledo) se encuentra en la zona occidental de la provincia de Toledo, en la orilla derecha del río Tajo, siendo su altura máxima s.n.m. de 376,95 m. Se trata de una pequeña plataforma de unas 2 has. que se eleva unos diez metros en sus lados norte, sur y este sobre las tierras que la circundan y que cae suavemente hacia el río Tajo por su zona Oeste. Es este lado el más cercano al embalse de Azután, con cuya construcción se modificó en gran medida la fisonomía de toda esta zona. De hecho se produjeron acumulaciones artificiales de sedimentos y escombros, plantaciones de árboles, se abrieron nuevos caminos y carreteras, todo lo cual hace difícil la delimitación completa del yacimiento. Está situado en la confluencia del Tajo con el río Uso, uno de sus afluentes por la izquierda, junto al vado histórico de Puente Pino, hoy desaparecido bajo el embalse de Azután. Este vado debe corresponderse con un camino prehistórico, o al menos con uso desde época romana, ya que en sus inmediaciones aún quedan visibles tramos de una calzada (Blázquez Jiménez y Blázquez Delgado Aguilera 1919-1920:24) e incluso restos de un puente romano (Jiménez de Gregorio 1950:111). En sus inmediaciones se localizó un verraco, actualmente en la finca de El Bercial de San Rafael (Álvarez-Sanchís 1999:254). El yacimiento fue descubierto en 1991 al realizarse movimientos de tierra dentro del "Proyecto de puesta en regadío del subsector II de la zona regable de Alcolea de Tajo (Toledo)" ejecutado por la Confederación Hidrográfica del Tajo. La primera intervención en el poblado Cerro de la Mesa se rea-lizó en el otoño-invierno de 1996. Con el fin de conocer el potencial arqueológico del sitio, su estratigrafía y su estado de conservación, se realizaron tres sondeos, dos en distintos puntos de la muralla y otro en el interior, buscando una estratigrafía completa y las características de las viviendas. Además, se llevaron a cabo labores de conservación del sitio, con el vallado perimetral de la mayor parte del yacimiento y la colocación de una cubierta para proteger la zona más sensible de las construcciones defensivas de las inclemencias del tiempo, impidiendo así su degradación y destrucción en tanto en cuanto se pueda ejecutar el proyecto de consolidación de esta zona de la muralla. Otras dos campañas, llevadas a cabo durante los otoños de 1999 y 2000 fueron planificadas para conocer los sistemas defensivos del yacimiento y su estructura interna, ampliando nuestros trabajos en las zonas N y S de las que apenas teníamos otra información que su topografía. En 2003, con la perspectiva de crear un parque arqueológico y, por tanto, hacerlo visitable, ha comenzado un ambicioso proyecto a cinco años en el que se enmarcan nuevas campañas, la primera de las cuales finalizó el 30 de octubre, y cuyos resultados preliminares presentamos a continuación (Fig. 1). EL POBLADO DE LA EDAD DEL HIERRO DE LA MESA Aunque no hemos conseguido documentar la estratigrafía completa, podemos hablar con seguridad de al menos cuatro fases de ocupación, dos a través de las dos fortificaciones superpuestas, para cuyas fundaciones sólo tenemos una fecha ante quem, y otras dos vislumbradas a través de las viviendas. Aun es pronto para relacionar las murallas con el caserío, aunque parece claro que la última fase de construcción debe corresponderse con el último momento de habitación. En el transcurso de nuestros trabajos hemos documentado dos estructuras murarias distintas, que nos indican la existencia de al menos tres fases constructivas: La primera y estratigráficamente más antigua, correspondería a los restos del muro aparecidos en el extremo oriental. Sólo ha sido exhumada en una pequeña superficie bajo la fortificación más reciente, por lo que apenas tenemos una anchura visible de 1,7 m. y una longitud de 2,60 m. realizada con piedras irregulares de mediano tamaño y careada al exterior, habiéndose puesto al descubierto hasta el momento entre 40 y 60 cm. de potencia. Una vez amortizada, se produjo la explanación de la zona colocando una capa de arcilla rojiza y pequeñas piedras que sirven de nivel de enrasamiento sobre la que se produjo la edificación. La segunda fase constructiva, cuyo contorno exterior hemos excavado en su mayor parte, es la mejor documentada en cuanto a técnica y volumen de las estructuras conservadas. Se trata de una muralla realizada con piedras de granito de tamaño mediano sin trabajar, colocadas buscando la cara y apenas trabadas con barro y alguna pequeña cuña de piedra. Es una estructura maciza formada por dos muros rectos separados entre sí por unos 4 m. El espacio entre ellos se rellena con piedras, compactadas con tierra. Una vez realizada la cara externa a plomo, se cubre con un segundo muro en forma de talud construido con piedras irregulares de granito de tamaño mediano, que aumenta la base y refuerza todo el conjunto. Al exterior se le adosa una serie de torres, de las que conservan cinco, de planta semicircular y alzado también ataludado de unos 6 -8 m de diámetro y una altura máxima aproximada de 2,5 m. Sobre todo este conjunto se elevaba la estructura de adobe en bloques perpendiculares al eje longitudinal de la cinta muraria. El escaso material arqueológico aparecido no aporta información relevante sobre la fecha de su fundación, aunque ya estaba amortizada a inicios del siglo VI a.C. Este tipo de construcción es bien conocida en yacimientos de la I Edad del Hierro de Andalucía y el Levante peninsular, relacionada con horizontes orientalizantes (Moret 1996). Así, está presente al menos desde el siglo VII a. C. en el Cerro de la Plaza de Armas de Puente Tablas en Jaén (Ruiz Rodríguez et al. 1991), donde a una pared aplomada de mampostería se añadió una segunda pared en talud, construyéndose en adobe la parte superior de la muralla. En Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva), donde hay un contrafuerte circular, la muralla está formada por dos lienzos, el exterior en ligero talud, construidos con grandes bloques calizos sin argamasa (Fernández Jurado 1991). También en Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María, Cádiz) y en Torreparedones (Baena, córdoba) se documenta este modelo, así como en La Rábita (Guardamar del Segura, Alicante) (Azuar et al. 1998). En la Segunda Edad del Hierro, y coincidiendo con el territorio adscrito a los vetones, abundan los castros cuyas murallas se construyen en talud, así tenemos los 4 m de anchura de las del castro salmantino de Yecla de Yeltes, con su paramento externo e interno en talud, construidos con mampostería en seco y con materiales que van de la II Edad del Hierro a época romana (Martín Valls 1973). El yacimiento de El Picón de la Mora presenta el paramento externo de su muralla en talud (Fernández Gómez 1986). El Raso de Candeleda (Ávila) también presenta una muralla en ligero talud, sobre todo al exterior, realizada con mampostería en seco de tamaño irregular y colocadas buscando la cara, proponiendo su excavador una fecha no mas antigua del siglo III a.C. para su construcción. En varios de estos castros las torres rectangulares alternan con bastiones ovales siguiendo la costumbre de construcción en talud (Fernández Gómez 1986). En la cercana zona extremeña también tenemos ejemplos de este tipo de edilicia, en castros como el de La Coraja de Aldeacentenera en Cáceres, con el muro exterior en forma ataludada, mientras que el interior se construye aplomado, con una fecha propuesta de fines del S. V o principios del IV a.C. para su erección (Redondo et al. 1991). La tercera fase constructiva está representada por la construcción de torres o contrafuertes de planta rectangular sobre las de planta semicircular ya existente. Este tipo de construcciones es habitual tanto en Andalucía como en Extremadura y en la Meseta Norte, alternándose con los de forma semicircular, durante toda la Edad del Hierro. I. Muralla de la segunda fase, con el muro vertical, el muro en talud y la torre circular. El Cerro de la Mesa en la I Edad del Hierro Aparte de algunos elementos aislados pendientes estudio, la estructuras de habitación más antiguas documentadas hasta el momento se pueden fechar a inicios del siglo VI a.C. De este horizonte apenas se ha excavado un pequeño área (A 3000), aunque los resultados pueden considerarse excepcionales, tanto por la calidad de sus materiales como por su estado de conservación. De esta fecha, sólo se han podido documentar parte de dos habitaciones separadas por un murete de adobe (1), destruidas por sus lados meridional y septentrional. Se han podido localizar al menos dos pavimentos superpuestos, asentados sobre la muralla formada por dos muros rectos y refuerzo exterior en talud, parcialmente caída y amortizada por una explanación que niveló la superficie sobre la que se edificó. Son pavimentos de arcilla rubefactada y endurecida por calor. Sobre el más moderno se colocó una gran estructura formada por una placa de arcilla endurecida con fuego enmarcada por una hilada de adobes de planta rectangular con un enlucido amarillento al exterior, con las esquinas prolongadas forma de "lingote chipriota" con un claro aire orientalizante (Lám. En la placa de arcilla, previamente al tratamiento con calor, se grabaron cuatro líneas que se cruzan en el centro. No hemos podido determinar el uso de esta estructura, que a priori podría tratarse de un altar. No insistiremos en el valor simbólico de la representación y su significado reconocible en todo el Mediterráneo ya desde el II milenio, baste remarcar que elementos de esta tipología se han hallado en yacimientos tanto de la zona nuclear tartésica como en su hinterland, como en El Carambolo Alto (s. VIII a.C), Coria del Río (s. VII a.C) (Escacena e Izquierdo 2001:133) o Cancho Roano, de inicios del V a.C. (Celestino 1994). Alrededor del hogar y en la estancia aneja apareció un conjunto de contenedores de gran tamaño con platos grises que les sirven de tapadera, junto a algunas piezas pequeñas a mano. De los contenedores, uno está hecho a mano, con una gran carena central y boca acampanada, con el exterior bien (1) Esta estructura de adobe enlucida por los dos lados, de apenas 40 cm. de grosor, de la que sólo se conservaba 40 cm de altura, sin cimiento ni zócalo de piedra, que incluso parece estar construido sobre el pavimento, podría ser un poyete o banco junto al hogar, aunque, por el momento preferimos interpretarlo como un tabique entre dos estancias. Estructura con forma de lingote chipriota y algunos materiales asociados 'in situ'. alisado en su mitad superior y deliberadamente rugoso por debajo de la carena, con paralelos claros en lugares próximos como Casa del Carpio. A torno aparecieron unos anforoides de boca ancha y fondo plano decorados con bandas horizontales, círculos concéntricos y meandros (Lám. Cerámicas asociadas a la estructura en forma de lingote chipriota. zas similares se han encontrado en niveles del siglo VI e inicios de V a.C. en yacimientos como Cancho Roano, Cástulo, los Villares o el Tortelló de Boverot (Clausell 1998:187-188). Un conjunto de fusayolas, una hoz de hierro y una fíbula anular de bronce completan el conjunto. Con todo, lo más significativo de este horizonte es que estaba amortizando un sector de muralla, con lo que, por un lado, nos da una fecha ante quem para la misma, y por otro, nos permite aventurar que el poblado de la Primera Edad del Hierro no estaría amurallado, siguiendo un patrón hasta ahora apenas dilucidado en algunos lugares de Extremadura. En el interior del poblado tan sólo se había abierto el sondeo de 1996, por lo que en la última campaña se ha excavado una banda paralela a la muralla de alrededor de 400 m 2 que ocupa todo el extremo oriental del mismo (sector 1000). Se han documentado dos fases de poblamiento fechada la más antigua a inicios del IV a.C., y la más moderna entre los siglos III-II a.C. En ambos casos el tipo constructivo es similar, sin que se puedan apreciar grandes contrastes. Se han exhumado restos de varias viviendas de estructura rectangular con muros de adobe o tapial sobre un zócalo de mampostería que aparece revocado en algunas ocasiones (Lám. Todas ellas se adaptan a la pendiente marcada por el cerro. En el interior de algunas estancias se documentan elementos arquitectónicos, como bancos y poyos, suelos y hogares, cuyas características pasamos a describir. Dos tipos de estructura se han interpretado como hogares. El de menor tamaño, del que hay dos ejemplos, está formado a partir de una cubeta que se rellena bien con una solera de pequeños cantos de cuarcita o de fragmentos de cerámica rota o bien con ambas cosas superpuestas, sobre la que se coloca una gruesa capa de barro que queda endurecido con el uso del fuego. El segundo tipo documentado se construye mediante una solera de cuarcitas de buen tamaño y muy planas sobre las que se ha vertido una capa posterior de barro, quedando elevado con respecto al suelo de uso. La placa propiamente dicha del hogar aparece limitada al Sur con un gran adobe que podría estar actuando como poyete. Toda la estructura presenta una forma similar a una herradura alargada. Este tipo de hogar, tanto por su forma como por su estructura, plantea la posibilidad de que su uso no sea tan sólo funcional, sino que tenga además un sentido sacro relacionado con la protección de la casa, hecho también señalado en algunos hogares de El Raso de Candeleda (Fernández Gómez 2001). En cuanto a los pavimentos estaban formados por una capa de arcilla apisonada y endurecida con calor, aunque es también frecuente que no tuvieran una preparación especial, y solo la compactación diferencial debida al uso nos delata su presencia. Los pavimentos están, en general, mal conservados puesto que son lechadas de arcilla compactada de unos 3 cms. de espesor como máximo. En algún caso el pavimento presenta una preparación de guijarros en pequeñas zonas, que sirven como base a una capa de barro apisonado y posiblemente quemado posteriormente para endurecerlo. Hay varios casos de bancos, generalmente de piedra, adosados a las paredes que podrían ser utilizados como vasares. Sin embargo, asociado a un muro de gran longitud (7,22 m.) se encontraron restos de un banco realizado con tres hileras de adobes. Esta disposición le confiere un ancho considerable, más de 1 m., y 6 m. de largo, aún cuando podría ser tan largo como el muro sobre el que apoya (Lám. La funcionalidad de este tipo de banco podría encontrarse en las explicaciones de Estrabon sobre las formas de vida de estas gentes: el lugar en que se sentaban a comer por orden de edad (Str. III, 5.7), e incluso podrían utilizarse como lechos. Son varias las actividades domésticas que están Lám. Vista general del área excavada de la Segunda Edad del Hierro. representadas en el poblado. Las labores de molienda están perfectamente documentadas por los molinos barquiformes hallados in situ en dos habitaciones y un gran número de ellos, tanto barquiformes como circulares, reutilizados en los muros de las viviendas y en la muralla. La concentración de pesas de telar y fusayolas en una estancia de la vivienda mayor, nos podría estar indicando la presencia de un telar en este emplazamiento que presenta, además, una pequeña plataforma de arcilla con piedras planas encima que podría ser el lugar donde se apoyaba el telar. De difícil interpretación, pero claramente vinculadas a alguna actividad artesanal, hallamos una habitación con tres cubetas, dos de ellas asociadas, realizadas con barro mezclado con cal. La cubeta independiente estaba rellena con arcilla roja perfectamente decantada, mientras que en las otras dos no se recogió ningún material. También hemos documentado una estructura relacionada con el trabajo del hierro, posiblemente una forja (Lám. Está construida con adobes y tiene dos partes con tendencia circular diferenciadas. La de mayor tamaño está formada por un solado de arcilla endurecida por el fuego bajo el cual había una solera doble de piedras y cerámica. También a nivel del suelo había dos grandes piedras de granito con la superficie plana. Junto a ésta, una cubeta menor, de adobe, se interpreta como el lugar de combustión u "horno". Tanto dentro del "horno" como en las inmediaciones se recogieron gran cantidad de escorias, restos metálicos y algún fragmento de tobera. Este tipo de trabajo del metal, de índole doméstica, parece atestiguado en varios yacimientos como El Raso (Fernández Gómez 1986) y la Ermita de Belén (Rodríguez Díaz et al. 1991), lo que hace pensar en una práctica común a pequeña escala de producción de herramientas de uso cotidiano. El terreno excavado no permite hablar aún de un plan ordenado de casas ni de una trama urbana, sin embargo sí se han documentado calles entre las viviendas. También en esta fase del poblado hay espacio entre las casas y la muralla, a la que no llegan a adosarse. Los Materiales de la Segunda Edad del Hierro Las cerámicas a mano (Fig. 2) Es prematuro adelantar una clasificación tipológica de los materiales, por lo que nos limitaremos a presentar algunas de las piezas más significativas, como las urnas de orejetas perforadas, bien representadas en la Meseta (Pereira y Rodero 1983), las "copas" de pie elevado, los cuencos profundos y las tapaderas. También han aparecido fragmentos de varios vasos fenestrados, uno de ellos prácticamen-Lám. V. Banco de adobe adosado a un muro de una vivienda. Algunos materiales a mano hallados en el poblado. T. P., 61, n. o 1, 2004 te entero, que presenta calados triangulares por todo el cuerpo y entre ellos una decoración incisa puntillada que se extiende hasta decorar el asa que posee. Esta realizado a mano y no hemos podido constatar su base, aunque parece que tendría forma cuadrada. Este tipo de recipientes se han documentado tanto en la Meseta Norte (Las Cogotas, Mesa de Miranda, Aguilar de Anguita) como en la Meseta Sur (Consuegra en Toledo, Villasviejas del Tamuja y La Coraja en Cáceres, El Raso de Candeleda en Ávila), en el Castro de Capote (Badajoz) y en poblados del sur de Portugal. Se fechan hacia el S. IV y III a.C. (Berrocal 1992). En cuanto a las decoraciones, hay que distinguir entre las incisiones y las impresas. Es excepcional el uso de aplicaciones plásticas, excepción hecha de algunos cordones decorados. En cuanto a las incisiones, aparecen las líneas de ungulaciones y digitaciones, tanto en el borde como en el hombro, a veces sobre cordones. Las estampillas presentan motivos geométricos simples, aspas y cruces, círculos lisos y rellenos, aunque también aparecen otras más elaboradas, como esvásticas. Algunas de las piezas más cuidadas presentan decoración a peine, incisa sobre superficies bruñidas. Este tipo decorativo aparece principalmente en yacimientos de la cuenca del Duero siendo uno de los elementos más representativos del horizonte cultural denominado Cogotas II (Hernández 1981), aunque cada vez más hallazgos lo hacen descender hacia la cuenca del Tajo, teniendo buenos ejemplos de ello en el Raso de Candeleda (Ávila) (Fernández Gómez 1986) en las necrópolis de las Esperillas en Santa Cruz de la Zarza (Toledo) (García Carrillo y Encinas 1990), etc. Estas cerámicas tienen un extenso desarrollo cronológico, que abarca al menos desde el siglo VI hasta el II a.C. La posición estratigráfica de las piezas aparecidas en nuestro yacimiento nos llevaría a situarlas hacia el siglo IV a.C. En la primera campaña recogimos un vasito completo de forma rectangular realizado a mano y con un asa, que apareció relleno de semillas carbonizadas, lo que nos hace pensar que debe tratarse de una medida de capacidad. Las cerámicas a torno Un grupo importante en calidad y cantidad corresponde a las cerámicas a torno cuidada, de cocción oxidante, con desgrasantes finos y acabados alisados. Las formas predominantes son urnas de bordes salientes o rectos en su mayoría, estando representados los denominados en "pico de ánade" con bases en umbo. Presentan una decoración pintada con bandas horizontales, verticales, semicírculos, meandros, etc. Es significativa la combinación en algunas vasijas de bandas pintadas con motivos estampillados, documentada en otros castros extremeños de la cuenca del Tajo como Villasviejas del Tamuja o La Coraja, o en la misma provincia de Toledo en la necrópolis de Palomar de Pintado (Carrobles y Ruiz Zapatero 1990), entre otros, indicándonos las relaciones existentes con el Mundo Ibérico andaluz y levantino (Cabello 1991-92). Se han recogido una cierta cantidad de piezas decoradas con barniz rojo ibérico de diferentes calidades. Las formas predominantes con cuencos y platos aunque no faltan ollitas y pequeñas urnas de cuello estrangulado (Cuadrado 1969; Fernández Rodríguez 1988). Pero sin duda de mayor relevancia es la aparición de varios fragmentos de piezas griegas, todas de talleres áticos y fechables en la primera mitad del siglo IV a.C. (Lám. VII) coincidiendo con el momento de mayor importación de vasos griegos en la Península Ibérica (Sánchez Fernández 1992). Aparte de algunos galbos con el característico barniz negro, hemos identificado un fragmento del labio de una cratera de campana ática de figuras rojas, que al exterior presenta una parte de la guirnalda de hojas de olivo o laurel que la recorrería, así como parte del cuenco de un gran escifo de figuras rojas decorado con la palmeta y un personaje con manto. Los objetos de metal hallados son relativamente numerosos y se encuentran, en general, bien conservados. La mayoría de las piezas son de hierro o de bronce. Un anillo de plata, algunos fragmentos de láminas de plomo, escorias de fundición e incluso lo que parecen nódulos de hierro en bruto, completan el conjunto. Los objetos de bronce encontrados en este horizonte corresponden básicamente a elementos de adorno relacionados con el vestido. Han aparecido varias fíbulas anulares de diverso tipo y una de La Tène y una de codo de tipo chipriota, ésta última en un nivel del siglo IV a.C., por tanto fuera de contexto. También un broche de cinturón reparado con una lámina de hierro, una cuenta de 15 mm de diámetro, laminas, varillas y agujas Salvo algunas piezas que podemos considerar armas, en concreto una punta de lanza y un regatón, el resto de los objetos de hierro hallados deben ser interpretados como herramientas. Así, hemos recogido la mitad de una tijera, un cuchillo de hoja curva y fragmentos de otros de hoja recta, generalmente de piezas de pequeño tamaño. Varillas y clavos, junto con escorias e incluso algún fragmento de metal en bruto nos hablan del trabajo del metal en el sitio, en la posible forja anteriormente descrita. El único objeto de plata hallado es el anillo con un caballito inciso en su parte frontal aparecido en el sondeo 2 de la campaña de 1996, sobre el suelo de una vivienda de la ocupación más moderna del poblado. Su cronología podría estar hacia el siglo II a.C. Piezas similares se documentan en otros yacimientos peninsulares. Estos anillos se han relaciondo con las fíbulas de caballito y nos remiten a modelos centroeuropeos de la Edad del Hierro, siendo interpretadas como signos de prestigio y poder (Almagro-Gorbea et al. 1999). Una primera aproximación a los abundantes restos de fauna exhumados nos habla de una muy mayoritaria presencia de animales domésticos, mayoritariamente ovicápridos aunque no faltan bóvidos y suidos. Es destacable la presencia de équidos y algunos carnívoros, tal vez cánidos. Un cierto número de conchas de ostras de río, al parecer muy abundantes en esa época hasta el punto de hacerse eco las fuentes antiguas (Str. III, 3.1) completa la muestra. Tras las campañas realizadas y el análisis preliminar de los materiales y estructuras arqueológicas excavadas podemos adelantar que la ocupación del yacimiento abarcaría una banda cronológica desde al menos el S. VII hasta el II a.C, es decir, toda la Edad del Hierro. Los inicios de la Edad del Hierro están determinados por la presencia de un horizonte con marcado carácter orientalizante, abarcando el amplio corredor del valle del Tajo, desde La Aliseda hasta, a al menos, Puente Largo del Jarama en Aranjuez (Muñoz-López Astilleros y Ortega 1997). En nuestro área debemos destacar la proximidad de yacimientos como Las Herencias (Fernández-Miranda y Pereira 1992), Arroyo Manzanas (Moreno 1990), Talavera la Vieja (Jiménez Ávila y González Cordero 1999) o La Casa del Carpio (Pereira 1989), en donde debemos integrar los materiales orientalizantes en El Cerro de la Mesa. La segunda Edad del Hierro viene determinada por la presencia de una étnia conocida por las fuentes clásicas como los vetones. Este grupo se asienta entre las provincias de Salamanca, Cáceres, Ávila y Toledo (Roldán 1968-69). Uno de los signos de identidad de este pueblo es la presencia de toros y verracos en piedra junto a los poblados, y tal vez, en los cruces de caminos. El poblamiento característico de estas gentes es el tipo castro aunque no fal-Lám. Fragmento ático de figuras rojas hallado en La Mesa. tan grandes oppida como las Cogotas, Sanchoreja, Ulaca o El Raso de la Candeleda, entre otros. Es en este momento cuando se tienen muestras de la auténtica articulación del territorio, teniendo como eje el cauce del río y sus zonas de vadeo. El control de los pasos del río en esta época tiene reflejo desde los Montes de Toledo al paso de Miravete, documentándose poblamiento relacionado con cuatro de sus vados más importantes, de Este a Oeste: Toledo, Talavera de la Reina, Azután y Talavera la Vieja. El vado de Azután, estaba controlado por el yacimiento sito en el Cerro de la Mesa, junto al cual se encontraba el histórico Puente Pino, hoy desaparecido. Posteriores trabajos, en los que se deben incluir prospecciones intensivas de las áreas aledañas, completarán el patrón ahora apenas dilucidado. Pese al tamaño del poblado, alrededor de 2 Has, tanto por su arquitectura defensiva como por los materiales exhumados podemos asegurar que el Cerro de la Mesa desempeñó un papel preeminente en la región. Su situación en el extremo suroriental del territorio vetón, en la frontera con oretanos y carpetanos, unido a la ubicación junto a una vía de comunicación focalizada por el vado, le hizo conseguir una posición muy favorable para los intercambios comerciales. Así fueron llegando influencias culturales tanto de la Meseta Norte, como de Andalucía y el Levante. De esta forma las técnicas de fabricación y bienes de prestigio circularían, satisfaciendo las necesidades de una parte de la población que disponía de excedentes con los que adquirir elementos que remarcarían su supremacía en el poblado, prueba de ello son las piezas de barniz rojo, la cerámica griega, el anillo de plata, etc. Por otro lado la abundancia de pastos y la proximidad de la sierra de Gredos favorecerían una ganadería quizás con carácter trashumante, complementada con la producción agrícola en las buenas tierras de la vega del Tajo. Los restos óseos de fauna doméstica documentan lo primero, mientras que en los restos cerámicos aparecen fragmentos de grandes vasijas de almacenamiento, contenedores de cereales, agua, etc. El análisis de restos vegetales y faunísticos aparecidos durante la excavación nos darán una valiosa información sobre los hábitos alimenticios de los habitantes de este castro. La aparición de la forja nos indica la fabricación de herramientas, armas y otros objetos metálicos dentro del poblado, así como las fusayolas recogidas indican labores de hilado y tejido. Agradecemos su inapreciable colaboración y apoyo a los Ayuntamientos de Alcolea de Tajo y El Bercial, así como a la Consejería de Cultura y la Confederación Hidrográfica del Tajo, en cuyos terrenos se encuentra el yacimiento. Nuestra gratitud a Juan José Cano Martín, codirector de los trabajos, a Mariano Torres Ortiz y a Luis A. Ruiz Cabrero, arqueólogos, y Susana Rodríguez, restauradora, que han colaborado en los trabajos de campo. Los dibujos son de Ma José Mendoza y las fotografías de los autores.
Este artículo estudia el registro lítico de Cueva Corazón en el marco de un proyecto de investigación iniciado en 2005. Hemos detectado una variedad y alargamiento de cadenas operativas líticas, frecuentemente fragmentadas, y una elevada estandarización tecnológica asociada a elaboradas estrategias de captación de materias primas de buena calidad. Este hecho permite inferir una complejidad de las redes territoriales y sociales. Por otro lado, su cronología y posición estratégica hacen de este enclave un lugar excepcional para conocer el Musteriense antiguo en ambos lados de la cordillera cantábrica. Cueva Corazón está emplazada en un paredón calizo cortado por el río Pisuerga conocido como Cañón de la Horadada (Fig. 1). Esta región del noreste palentino es uno de los contrafuertes orientales de las estribaciones meridionales de la Cordillera Cantábrica. Significa el paso de las formas simples y horizontales de las campiñas de la cuenca del Duero a los realces montañosos donde destacan enérgicas crestas calizas. Forma parte de un heterogéneo y dinámico paisaje modelado por la intersección de varios dominios peninsulares: el cantábrico, el normeseteño y la cuenca alta del Ebro. Se trata por tanto de un auténtico ecotono tapizado por un mosaico medioambiental rico en biodiversidad. Este desfiladero horadado por numerosas cavidades, desde un punto de vista geológico, pertenece a la región vasco-cantábrica del gran Dominio Preasturiano. Estructuralmente corresponde al flanco occidental del sinclinal de la Lora de la Tuerce (Fig. 1), que da nombre a esta región, que a su vez está integrado en la gran estructura geomorfológica de la Plataforma Burgalesa, compuesta por las Loras de Valdivia (Palencia) y la Pata del Cid (Burgos) (Alcalde Crespo 1992). En estas elevadas plataformas mesozoicas de Las Loras se desarrollan unas estructuras sinclinales donde los supuestos valles son en realidad combes de inversión, depresiones que se corresponden a núcleos anticlinales vaciados y excavados por debajo de las charnelas sinclinales culminantes, y en la que los aparentes páramos son sinclinales colgados tipo Lora. Esta última puede definirse como una estructura sinclinal cisarmónica en sus flancos y con culminación plana en forma de muela. El Museo Provincial de Palencia programa en 1978 la primera intervención arqueológica en las cavidades de la Horadada dirigida por el arqueólogo M. Santonja. Entre otras cavidades, se intervine en Cueva Corazón, donde se abre un sondeo de 4 m 2 que depara varios fragmentos óseos y 17 objetos líticos identificados como musterienses (Santonja et al. 1982: 391; Santonja y Querol 1981). En 2005, en el marco de un nuevo proyecto de investigación iniciado desde la Universidad de Valladolid, comienza una nueva ronda de excavaciones que intenta reconocer la totalidad de la secuencia estratigráfica y su potencial arqueológico. Este sondeo exploratorio ha concretado la siguiente columna estratigráfica, de techo a muro: (N1) suelo removido de arcilla y arenas (20 cm), con restos romanos y altomedievales; (N2) arcillas marrones con abundantes clastos calizos, de potencia variable (35 y 110 cm) debido a un acusado buzamiento orientado hacia el interior de la cavidad, en él se localizan todos los restos pleistocenos recuperados; (N3) 20 cm de finas arenas anaranjadas; (N4) costra estalagmítica; (N5) arcillas endokársticas muy plásticas de color marrón. En el Nivel 2, aparte de una nutrida colección de fósiles, se han recuperado 149 objetos líticos (18,6 piezas/m 2 ), algunos con evidentes signos de alteración térmica. Se enviaron dos muestras de cuarcitas termoalteradas al Laboratorio de Datación y Radioquímica de la Universidad Autónoma de Madrid, obteniendo las siguientes dataciones por TL: 96.567 ± 7.806 y 95.763 ± 7.456 ka AP. Hasta el momento, la colección lítica de Cueva Corazón consta de 149 objetos. En las materias primas domina la cuarcita (81,1 %), seguida de lejos por el sílex (10,3 %), el cuarzo (6,6 %) y la caliza (Tab. Se observa una clara selección (1) de cantos de cuarcita y cuarzo de grano medio y fino. Se puede distinguir hasta cinco va- riedades de sílex en función de su color (negro, blanco, azul, traslúcido y achocolatado). A la espera de un exhaustivo programa petrológico, poco podemos precisar sobre las variedades litológicas y los lugares de captación. Con todo, la superficie original conservada en algunos implementos de cuarcita y cuarzo apuntan a depósitos aluvionales y coluvionales. El sílex, presumiblemente, es captado en depósitos primarios, aunque en ocasiones lo mismo podría suceder con la cuarcita y el cuarzo. Por el contrario, la escasísima caliza empleada bien pudo conseguirse en el interior de la cavidad. Las alteraciones más recurrentes son de orden térmico y resultan de actividades de calentamiento y combustión. Siempre están asociadas a cantos brutos de cuarcita. El 16 % (n=24) de los objetos registrados las muestran. Este porcentaje podría aumentar levemente si incorporamos a esta categoría 3 cantos fragmentados, por causas difíciles de precisar. Todos los objetos termoalterados son de una cuarcita de baja calidad, pues presentan numerosas diaclasas (2) y una granulometría más grosera que las empleadas en las labores de talla. Deducimos que su área de aprovisionamiento está próxima. De hecho, es probable que para dichas actividades se aprovecharan los nódulos cuarcíticos que alberga la propia cavidad. Aparentemente no muestran líneas de debilidad y su grano es más fino tal y como advierte su corteza. En esta calidad también se han documentado 3 cantos (sin estigmas ni termoalteraciones) que pudieron ser aportados como remanente de materia y/o como futuros percutores (147, 230 y 254 g). De los 13 núcleos consignados, 9 son de cuarcita, 3 de sílex y 1 de cuarzo (Tab. Destacamos por su singularidad un núcleo de cuarcita ad hoc para punta (564 g). El dato más significativo de los productos de lascado es su sobresaliente representación (101 objetos que suman el 67,7 % del total de la colección). En esta última categoría distinguimos entre productos principales (utillaje), secundarios (subproductos), fragmentos de lasca (que no lascas fragmentadas), fragmentos indeterminados y restos de talla (debris) (Tab. Los productos principales son las lascas destinadas a ser útiles y, generalmente, están vinculadas a la fase de consumo. En este grupo diferenciamos entre el utillaje simple (sin transformar) y el utillaje configurado. En cambio, los productos secundarios son las lascas que están relacionadas con la fase de producción del utillaje: variados productos de descortezado, de acondicionamiento y lascas predeterminantes levallois. No descartamos que alguno de estos objetos haya sido empleado como utillaje. En la figura 2A se aprecia con claridad cómo el tamaño del utillaje, por regla general, es superior al de los subproductos. De forma preferente, se seleccionan lascas de mayor tamaño para ser configuradas. Estos parámetros tipométricos deben ser matizados en función de las estrategias de producción (Fig. 2B). Llama la atención cómo la mayoría del utillaje en cuarzo está configurado, mientras que en cuarcita y sílex las diferencias entre los productos no son tan acusadas (Tab. Entre las 28 lascas retocadas no se detecta ninguna asociación significativa entre morfotipos, sistemas de explotación y morfología. Por ejemplo, las raederas, que son el esquema de configuración más recurrente (Tab. 2), están elaboradas sobre soportes obtenidos de todas las estrategias de talla documentadas. En términos generales, abunda el utillaje reservado a diligencias de corte, aunque también son frecuentes las lascas destinadas a la punción, como así lo demuestra el variado repertorio de puntas (levallois y pseudolevallois), perfora-dores y diversos instrumentos con secciones punzantes destacadas mediante retoque. En función de varios parámetros tecnomorfológicos observados en núcleos y lascas hemos podido reconstruir los sistemas de talla principales implicados en la producción. Distinguimos entre dos grandes esquemas operativos, cada uno compuesto por dos modalidades: unifacial inidireccional (unipolar y longitudinal) y bifacial centrípeto (discoide y levallois) (Fig. 3). La estrategia levallois y longitudinal, por este orden, son las más representadas. Esta diferencia responde a que la talla levallois se lleva a cabo en sílex y en cuarcita, mientras que la estrategia longitudinal únicamente en cuarcita (Tab. Estrategias de talla y cadenas operativas Las materias primas que se gestionan bajo la estrategia unifacial unidireccional son el cuarzo y la cuarcita. En sus dos modalidades, la estrategia longitudinal, en contraposición a la unipolar, se caracteriza por una reducción del soporte en el sentido de su eje mayor, un acondicionamiento de la plataforma de golpeo, un ángulo paralelo de las superficies de lascado y una mayor producción ordenada en series longitudinales equidistantes. Así, la estrategia longitudinal genera productos de estructura alargada, mientras que la talla unipolar produce lascas más cortas y anchas (Fig. 2 B). Probablemente muchos de estos últimos productos tienen como matriz una lasca o fragmento. Si bien esta afirmación debe ser matizada a partir de la relación que se establece entre el sistema de explotación y la materia prima (Tab. En cuarzo se ha registrado un núcleo sobre lasca cuyo grosor es explotado a partir de un esquema de reducción unipolar (33 g). Probablemente gran parte de las lascas de este material tienen este tipo de matriz. En cuarcita, el esquema unipolar, registrado en 2 núcleos (87 y 343 g), se caracteriza por la gestión del grosor del soporte mediante series cortas de extracciones semiabruptas. El sistema longitudinal también está representado por 2 núcleos, uno sobre canto (335 g) y otro sobre un fragmento de canto roto por una diaclasa (46 g). Gran parte de las lascas vinculadas con las estrategias unidireccionales son de semidescortezado. También hay, aunque escasos, productos de plena producción longitudinal sin corteza dorsal. En los talones abundan los corticales, mientras que el resto son lisos. Las cadenas operativas de la estrategia unipolar se han acometido casi por completo en la propia cavidad ("fase cueva"). En el cuarzo domina este modelo productivo. Las primeras etapas se inician en el lugar de aprovisionamiento ("fase río"), al menos para extraer una lasca-matriz que posteriormente es introducida en el yacimiento (Fig. 3). La mayor parte de sus pequeñas lascas han sido retocadas (Tab. La producción longitudinal muestra una estrategia operativa parecida, si bien, la "fase río" tiene un mayor desarrollo. Se invierte más tiempo en la elección de la morfología y calidad del soporte y en su acondicionamiento y descortezado previo. Las fases de plena producción y consumo se desarrollan en el interior de la cavidad (Fig. 3). La gestión bifacial centrípeta puede diferenciarse visiblemente en función de la materia empleada. Los tres núcleos de sílex registrados, adscritos al método levallois, están completamente agotados (76, 6 y 2 g). En cuarcita, se ha registrado un núcleo levallois con una fractura longitudinal accidental (102 g), un núcleo discoide agotado (92 g) y una espesa lasca con un somero trabajo bifacial jerarquizado (113 g). La estrategia de producción de esta última bien podría ser aquella que definiremos como preferencial inicial. En términos generales, los productos derivados de los sistemas bifaciales centrípetos cuentan con talones lisos o multifacetados. Su anverso suele estar libre de córtex y muestran negativos en diferentes direcciones. Entre los productos discoides predominan los de relación ortogonal (destacando varias puntas pseudolevallois). Los de relación centrípeta se congregan en las lascas predeterminadas levallois, donde incluimos dos puntas, una de sílex y otra de cuarcita. Los subproductos de ambos modelos, en cuarcita, suelen mostrar restos de corteza. En cambio, sus talones son lisos o bifacetados. En todos estos productos y estrategias de talla, es habitual la captura intencional de flancos de núcleo, en ocasiones apurando restos de corteza. Según materias primas, primero señalamos que todas las lascas de sílex recuperadas han sido producidas en modalidades bifaciales centrípetas. El soporte de partida, presumiblemente, son fragmentos o grandes lascas obtenidas en los depósitos primarios. En las lascas de cuarcita adscritas a estas modalidades es más difícil determinar el tipo de soporte originario, aunque no descartamos que parte procedan de matrices sobre lasca, sobre todo si establecemos alguna relación entre los modelos levallois y discoide y el preferencial inicial. Esta última estrategia de reducción, descrita a partir de lascas, consiste en la explotación de una gran lasca o de parte de un canto fragmentado por diaclasas. Se aprovecha o prepara una plataforma de golpeo lisa y, posteriormente, se extraen algunas lascas para acondicionar someramente la cara de explotación (búsqueda de convexidades). En un segundo momento, se extraen algunos productos preferenciales que, además, suelen capturar flancos abruptos (corticales o no). Es probable que esta estrategia de talla no tenga entidad como tal, correspondiendo a la fase inicial de otros sistemas de producción. Precisamente la estructura tipométrica de las lascas de este sistema está más en consonancia con los modelos bifaciales centrípetos que con el longitudinal (Fig. 4). Las cadenas operativas de todos los esquemas bifaciales centrípetos comparten un elevado control de la calidad y morfología de los soportes de partida. En el sílex llama la atención la variedad de coloraciones, indicativa de un buen conocimiento del territorio de explotación. Tanto en los productos como en las matrices sobresale la gestión levallois: los núcleos están muy agotados y el utillaje procede de fases de plena de producción. Esta insistencia en productos finales contrasta con los escasísimos subproductos (Tab. Es evidente que estamos ante una estrategia de producción cuya secuencia es operada regionalmente, habida cuenta de que en la "fase cueva" únicamente se abandonan fragmentos aislados y finales de diferentes fases de plena producción y, sobre todo, fases de consumo: a saber, núcleos agotados y objetos acabados (Fig. 3). En cuarcita (de grano medio y fino) consideramos dos estrategias de producción (levallois y discoide), sin descartar su solapamiento. Cada sistema está representado por un núcleo, abandonados por fractura o agotamiento. Entre las lascas, de nuevo, sobresale el utillaje, aunque a diferencia del sílex encontramos más lascas de acondicionamiento y semidescortezado. En este caso es difícil determinar a cuál de las dos estrategias responden. Hemos detectado bastante más utillaje levallois que discoide: en concreto, más lascas predeterminadas que puntas pseudolevallois (Tab. Resumiendo, en la "fase cueva" aparecen fragmentos aislados de fases de producción y consumo. Este hecho nos sugiere la siguiente secuencia: a Cueva Corazón llegan núcleos de cuarcita formateados o en estadios avanzados de pro-ducción bifacial centrípeta; se abandonan restos de talla y algunos productos acabados y salen aquellas matrices que todavía son productivas y algunos utensilios (Fig. 3). Es probable que se introduzca en la cueva utillaje de cuarcita generado bajo estos esquemas operativos más complejos. Precisamente, el transporte de objetos acabados en la "fase río" y (re)utilizados en la "fase cueva" puede ser uno de los objetivos de la estrategia de producción preferencial inicial, aunque posteriormente se reconvierta en una gestión bifacial centrípeta. La peculiaridad más significativa del registro lítico estudiado (Fig. 5) es la abultada representación de productos finales (50 % de las lascas y 34,6 % del total). Esta sobrerrepresentación del utillaje y, por ende, de la fase de consumo, contrasta con la ausencia de buena parte de los elementos base de la producción. A pesar de la reducida muestra con la que trabajamos y aunque tampoco debe relacionarse unívocamente al utillaje con la fase de consumo (Baena et al. 2004: 120), la circunstancia descrita nos parece suficientemente elocuente para confirmar una significativa fragmentación de las cadenas operativas. Hasta aquí, una primera aproximación a la caracterización técnica y definición de las cadenas operativas del registro lítico documentado en Cueva Corazón. Conforme se vaya ampliando se podrá ir desbrozando y detallando la secuencia presentada, que será mejor entendida una vez se realicen estudios litológicos y, entre otras cosas, se determinen las áreas de aprovisionamiento de los materiales. Con todo, algunas cosas podemos sugerir, sobre todo si reparamos en la estructura de las cadenas operativas, en la variedad de materias de buena calidad y en la destacada presencia de utillaje. Según apuntó Geneste (3), durante el Musteriense, una sobrerrepresentación de productos finales, propio de lugares centrales, está en consonancia con una fuerte secuenciación espacial de la producción; un elevado control de la calidad impuesto en las propias áreas fuente, probablemente localizadas a una distancia considerable; y un extenso, complejo y bien organizado territorio de explotación. Precisamente en Cueva Corazón la mayor inversión energética en la captación de materiales Fig. 5. Instrumental lítico de Cueva Corazón (Mave, Palencia), yacimiento del Musteriense antiguo: Núcleo de cuarcita bifacial jerarquizado sobre lasca (1); raederas de cuarcita (2, 3, 4, 5); punta de cuarcita (7); perforador + denticulado (8); punta levallois en sílex (6); punta pseudo-levallois en sílex con retoques de uso (9). (variados y de buena calidad) está asociada a las estrategias de producción más exigentes que, a su vez, son las más fragmentadas. En suma, la estructuración de las cadenas operativas desenvueltas en este enclave apuntan hacía un comportamiento económico programado espacialmente y amparado por una estrategia territorial bien estructurada y de amplio espectro. CUEVA CORAZÓN EN SU CONTEXTO REGIONAL En la cuenca del Duero durante la segunda mitad del Pleistoceno medio prevalece un ambiente templado y húmedo con algunas fases más frescas de carácter continental, por lo que, en principio, la biocenosis no sufrió importantes modificaciones. En esta dirección, los datos sedimentológicos y paleoecológicos de la Sierra de Atapuerca (4) señalan unas fluctuaciones climáticas atenuadas y una manifiesta estabilidad de las comunidades de micro y macromíferos. La ausencia de aparatos glaciares pre-würmnienses en la Meseta Norte está en sintonía con estos datos. No obstante se trata de elementos orientativos, precisos a nivel local, sobre todo en el caso de Atapuerca cuya ubicación ecológica es muy singular. En este marco crono-ambiental tiene lugar la mayor intensidad ocupacional registrada en las principales unidades ecológicas (5) de la Meseta Norte durante el Paleolítico. En este escenario de expansión generalizada se crea una matriz tecnológica uniforme, pero flexible, que redunda en una variabilidad de procesos y técnicas fuertemente vinculadas a los ecosistemas de producción. En los ambientes de páramo y cueva se puede rastrear con mayor claridad la complejidad tecno-operativa que caracteriza a los grupos humanos que habitan la cuenca del Duero durante la segunda mitad del Pleistoceno medio. Consiste en el desarrollo regional de ciertas estrategias de talla, circunstancia que se traduce en esquemas más elaborados de producción y configuración del utillaje. La proliferación de cadenas operativas regionales en las ocupaciones, principalmente en el páramo, en contraposición a las adscritas al medio fluvial, está inequívocamente relacionada con el alejamiento de los asentamientos de las fuentes de aprovisionamiento (Díez Martín y Sánchez Yustos 2005; Díez Martín et al. 2008; Sánchez Yustos y Díez Martín 2010). Esta circunstancia redunda en un transporte de los objetos con un elevado coeficiente de operatividad, siempre vinculados con las estrategias de configuración y explotación más elaboradas: por ejemplo, pequeños bifaces y cadenas levalllois. El volumen, peso y, en última instancia, el diseño formal de los objetos de estos esquemas operativos (matrices y productos) se adecúa a los ritmos de movimiento del patrón de ocupación de un determinado territorio o biotopo. Este fenómeno de creciente complejidad del Paleolítico Antiguo normeseteño no se estabiliza en cuanto aparece, aproximadamente en el EIO 11, según el Nivel 10 de Gran Dolina (Rodríguez 2004). A partir de las dataciones disponibles en el páramo (6), entre el EIO 8 y 6 los estándares operativos de las estrategias técnicas más elaboradas tienen en este biotopo el punto de mayor anclaje. En contraste, la dinámica técnica de los valles está dominada por cadenas operativas simples y locales con un gran protagonismo del macroutillaje, aunque en algunas series fluviales también se han registrado evidencias de complejidad técnica (Santonja 1995; Santonja y Pérez González 1984, 2000-2001). En el último tercio del Pleistoceno medio se alargan y multiplican las cadenas operativas, además de generalizarse un conjunto de morfologías estandarizadas que se adecúan mejor a los distintos tiempos de las actividades, cada vez más numerosas y convenientemente programadas espacialmente. Todo ello indica unas pautas territoriales complejas donde la especialización económica comienza a ganar protagonismo. Tras el último máximo interglaciar (EIO 5e) en la cuenca sedimentaria de la Meseta Norte apenas se documentan yacimientos. En las terrazas bajas casi no se reconocen industrias paleolí-ticas. Entre los escasos yacimientos al aire libre documentados en el último ciclo glaciar, aparte de series aisladas localizadas en depósitos de gravas, destacan los relacionados con importantes afloramientos en sílex como los del Arlanzón en las proximidades de la Sierra de Atapuerca (7) (Navazo et al. 2005) o los de Mucientes en el bajo Pisuerga (Sánchez y Díez 2006-07). En ambas regiones también se han registrado conjuntos que han sido incluidos en la transición Paleolítico Medio/Superior o directamente se han catalogado como postmusterienses (Mosquera et al. 2007; Martín Santamaría et al. 1986). Las cinco dataciones obtenidas en el páramo coinciden con el lapso temporal mencionado anteriormente (Sánchez Yustos y Díez Martín 2010). Este repentino declive de yacimientos en el interior de la Meseta no se corresponde exclusivamente con problemas de conservación derivados del proceso de vaciado de la propia cuenca. También hay que tener en cuenta cuestiones de orden ocupacional y territorial. Esta hipótesis está reforzada por el hecho de que, a partir del Pleistoceno superior (durante el EIO 5 y 3), se documentan numerosos yacimientos en cuevas localizadas en el borde nororiental de la cuenca, como las de Corazón, La Ermita, Millán, Valdegoba, La Mina y Prado Vargas, cuyas colecciones líticas han sido catalogadas como musterienses (Santonja y Querol 1981; Moure y García 1983; Díez y Navazo 2005; Díez et al. 2008). Todo ello parece indicar que durante el Pleistoceno superior las poblaciones neandertales se retraen hacia los bordes premontanos de la Meseta. En estas regiones (ecotonos) la diversidad de estratos ecológicos es más variada, por lo que en momentos de rigor climático funcionan como auténticas "áreas refugio". Uno de los escenarios posibles para explicar este hecho puede ser el recrudecimiento de las condiciones climáticas en el último tercio del Riss y el consiguiente deterioro de la biocenosis, sometida a cierto estrés tras cientos de miles de años de ser explotada por unos grupos humanos cada vez más numerosos y especializados. La población neandertal, junto con la comunidad biótica que ocupa el interior de la Meseta, comienza a replegarse hacia la periferia. De ello se deduce que las campiñas y los páramos resultan ser las unidades ecológicas más deterioradas al final del EIO 6. La inestabilidad ambiental persistente tras el último ciclo glaciar propicia que, durante las fases cálidas, la comunidad biótica no disponga de tiempo suficiente para recolonizar la región central de la cuenca, donde empiezan a dominar frías praderas de gramíneas y herbáceas estépicas (Rivera 2004: 49). De tal manera, durante el último ciclo glaciar encontramos una Meseta desolada y únicamente en momentos puntuales interpleniglaciares pudieron efectuarse tímidas exploraciones en su interior desde los refugios montanos donde la población neandertal permanece replegada hasta su extinción. A la postre, con el desmantelamiento de las masas polares de la última glaciación y el consiguiente óptimo climático (c. 16,5 ka AP) los primeros grupos de Homo sapiens comienzan a visitar esporádica y estacionalmente refugios en altura en los rebordes montañosos de la Meseta (Delibes y Díez Martín 2006). La consolidación del poblamiento en la cornisa cantábrica coincide con el límite Pleistoceno medio/superior (Montes 2003; Rodríguez Asensio y Arrizabalaga 2004), cuando las comunidades que habitan la cuenca del Duero empiezan a replegarse hacia la periferia. No obstante, es posible que las primeras ocupaciones de la región cantábrica se remonten a algún momento indeterminado de la segunda mitad del Pleistoceno medio (Montes 2003; Rodríguez Asensio y Arrizabalaga 2004), coincidiendo con el momento de máxima expansión colonizadora de la Meseta Norte. Los niveles más antiguos de la secuencia de Lezetxiki (Niveles VI y Vb) (Arrasate, Gipúzcoa) podrían corresponder a esta primera etapa de tímida exploración de la cornisa cantábrica (Baldeón 1993), aunque las amplias horquillas cronológicas de las dataciones obtenidas impiden precisar a este respecto (Falguéres et al. 2005-06). El tramo inferior de la secuencia de El Castillo (Niveles 26-24) (Puente Viesgo, Cantabria) está enmarcado en el EIO 5. Las industrias de los Niveles 25 y 24 de estos depósitos son asignadas a una etapa antigua del Musteriense, mientras que el Nivel 26 es considerado Achelense final (Montes 2003). En la cercana Cueva de Cavalejos (Piélagos, Cantabria) sucede algo muy parecido. Bajo el Nivel 12 Costra, datado por U/Th. en 91 ka AP, se registran dos niveles con materiales arqueológicos. El Nivel 13, con escasos efectivos líticos y paleontológicos, aparentemente, es un nivel Musteriense antiguo. Sin embargo, los escasísimos restos del Nivel 15 (de más de 101 ka AP según datación por U/Th.) son considerados del Paleolítico Antiguo (Sanguino y Montes 2005). En las fases iniciales del Pleistoceno superior o en los últimos episodios del Pleistoceno medio, al igual que en la cuenca del Duero (donde un buen ejemplo podría ser el yacimiento salmantino de La Maya I), en la región cantábrica todavía es posible encontrar conjuntos líticos arcaicos (8). Estas evidencias se suelen corresponder con ocupaciones al aire libre y, genéricamente, se catalogan como "Achelense superior". Se caracterizan por una simplicidad de los procesos técnicos de producción; una alta uniformidad, que se traduce en una escasa variabilidad técnica y morfológica; una baja especialización funcional, y una notable inmediatez en el aprovisionamiento, transformación, uso y abandono de materiales y objetos (Montes 2003). En medio de esta interesante coyuntura territorial y tecnológica debemos enmarcar Cueva Corazón. Su indudable filiación musteriense y una datación muy similar a las obtenidas en los niveles inferiores de El Castillo y Covalejos parecen confirmar la hipótesis de que la tecnología musteriense emerge en la región central de la cornisa cantábrica durante los primeros compases del EIO 5 (Montes 2003; Rodríguez Asensio y Arrizabalaga 2004). Es posible plantear un hipotético proceso migratorio Sur-Norte (Meseta-Cordillera) en función de la mayor antigüedad de este tipo de industrias en la cuenca del Duero. Como hemos visto, su génesis se remonta al EIO 11, aunque su generalización se produce a partir del EIO 8, en gran medida, gracias a la ocupación de un determinado biotopo meseteño: el páramo. La Meseta Norte, "sin duda, constituye el área peninsular con mayor número y calidad de estudios sobre el Paleolítico Inferior" (Montes 2003: 64). Los yacimientos de la Sierra de Atapuerca han puesto al descubierto la gran antigüedad del primer poblamiento y la amplísima secuencia ocupacional de estos territorios. La intensa labor de prospección y excavación realizada en el resto de la cuenca ha servido para determinar con mayor precisión el proceso de complejidad creciente de las formaciones socio-económicas durante el Paleolítico Antiguo. La cornisa cantábrica es una de las regiones de Europa con más yacimientos musterienses cuya calidad le ha convertido a esta región en un lugar de referencia para comprender las sociedades neandertales del último ciclo glaciar. La cronología y posición estratégica de la Cueva Corazón le convierten en un enclave excepcional para conocer la complejidad técnica y la especialización económica que protagonizan los grupos humanos del Pleistoceno superior inicial, un período escasamente registrado en las secuencias cántabras y muy mal representado en la cuenca del Duero. La incipiente intervención arqueológica acometida en esta cavidad impide precisar las estrategias de talla, más allá de su mera detección y descripción. Tampoco se puede detallar con mucho rigor la funcionalidad de este enclave, por lo menos hasta que estén disponibles los datos paleoecológicos y zooarqueológicos. No obstante, como apunta Carrión et al. (2008: 305), una fragmentación y diversidad de cadenas operativas suele ser indicativo de lugares referenciales. Parece evidente que el registro lítico de Cueva Corazón responde a un conjunto de ocupaciones ricas y complejas técnica y funcionalmente. Hemos tenido oportunidad de comprobar cómo las estrategias operativas más sofisticadas están asociadas a unos patrones de captación de calidades y morfologías cuidadosamente programados dentro de una elaborada trama regional. Todo ello es síntoma inequívoco de una lógica ocupacional compleja y bien estructurada, así como de una inherente complejidad de las redes territoriales y sociales. Más allá de estos importantes apuntes socioeconómicos, Cueva Corazón nos remite a otras cuestiones de mayor calado. Nos invita a refle-xionar y preguntarnos sobre el origen del Musteriense en la Región Cantábrica: ¿Es el Achelense cantábrico el sustrato a partir del cual se forma el Musteriense cantábrico?, tal y como se está sugiriendo (Rodríguez Asensio y Arrizabalaga 2004: 59). Indudablemente, tras la entrada de Cueva Corazón en el escenario cantábrico este debate se ha reabierto. Dado el estado de la cuestión, no parece tan improbable que grupos neandertales de la Meseta Norte, con tecnología musteriense, accedan a la región central de Cantabria a través del corredor natural Pisuerga/alto Ebro/cuencas centrales (ríos Besaya y Pas). En este segmento geográfico se localizan Cueva Corazón, El Castillo y Covalejos, así como los numerosos yacimientos de la Marina de Santander y sierras litorales aledañas. Si admitimos esta última hipótesis (para nada definitiva), debemos contemplar la posibilidad de que en la región central de Cantabria, al inicio del Pleistoceno superior, pudieran convivir dos grupos humanos claramente diferenciados cultural y económicamente: los achelenses y los musterienses. Más allá de las obvias diferencias tecno-tipológicas entre ambos tecnocomplejos (culturas), también son muy significativas las diferencias observadas en relación a las estrategias de adquisición de los recursos líticos, lo que indudablemente conlleva una serie de importantes implicaciones económicas (Montes y Sanguino 1998). Recientemente, en Cantabria estas diferencias tecno-tipológicas se han interpretado en el marco de un lógico proceso evolutivo (transición de una facies a otra) y/o en función de diferentes estrategias empleadas en los yacimientos al aire libre con respecto a los documentados en cueva (Rodríguez Asensio y Arrizabalaga 2004; Montes 2003). En esta misma región la variabilidad del musteriense se ha explicado mediante el "libre albedrío técnico" que estos grupos operan en función de los lugares en los que se encuentran, asociando así determinadas expresiones técnicas a un determinado marco eco-espacial (Baena et al. 2005: 473; Carrión et al. 2008). En la cuenca del Duero también hemos elaborado interpretaciones de corte ambiental y económico para explicar las diferencias tecno-tipológicas observadas entre los yacimientos en páramo y los coetáneos yacimientos registrados en los depósitos aluviales de los cercanos valles (Díez Martín 2000; Sánchez Yustos y Díez Martín 2010). Pero, tras lo dicho, no descartamos la necesidad de una reinterpretación de la variabilidad del Paleolítico Antiguo en función de parámetros (culturales) en gran medida superados -y hasta olvidados. En definitiva, es un buen momento para retomar un fructífero debate y una interesante relación entre dos importantes regiones de la geografía peninsular. En este punto, Cueva Corazón se posiciona como uno de los goznes a partir del cual diseñar marcos interpretativos e hipótesis de trabajo que deben ser contrastadas y validadas en ambos lados de la cordillera cantábrica. Estrategias de talla en Cueva Corazón (Mave, Palencia). Un yacimiento del Musteriense Antiguo... 53 MATERIAS PRIMAS Totales Cuarcita Sílex Cuarzo Caliza N.o/%
Palaeolithic site Abrigo de la Quebrada (Chelva, Valencia) Aleix Eixea (*) Valentín Villaverde (*) João Zilhão (**) RESUMEN El objetivo de este trabajo es ofrecer una primera caracterización de las materias primas líticas documentadas en los niveles I al III del yacimiento del Paleolítico medio del Abrigo de la Quebrada. Estos materiales, excavados en las campañas del 2004 y 2007, han sido objeto de una primera caracterización tecnológica (Villaverde et al. 2008) y su análisis ha estado precedido de una campaña de prospección para la localización de las fuentes de aprovisionamiento local, realizada el 2008. Mediante un estudio macroscópico, presentamos las diferentes unidades de materias primas identificadas y sus variantes dentro del contexto regional, así como los diversos afloramientos reconocidos de la zona. Con los datos extraídos se efectúa una primera aproximación a las áreas de captación de recursos de los grupos humanos que utilizaron el abrigo y a las pautas de movilidad que de los datos se infieren. sur, que constituyen los principales aportes hídricos de la zona. El resto del término presenta formaciones montañosas bastante abruptas, pertenecientes al Sistema Ibérico, y dentro de éste a los macizos de Javalambre y Sierra de Utiel (Fig. 1). El yacimiento se engloba en la unidad geológica de la Cordillera Ibérica, perteneciente al complejo Jurásico Superior (Kimmeridgiense), donde se depositan calizas pisolíticas y oolíticas en un medio de nerítico a costero con profundidades del orden de los 30 a 40 m. Las calizas, en líneas generales, tienden a reducirse hacia la parte superior. El hecho de que este tramo sea generalmente de carácter micrítico, y sólo excepcionalmente esparítico en la parte superior, indica que el índice de energía del medio no fue extremadamente agitado, sino de tipo medio, con movimientos oscilatorios de agua que, unidos a la presión de las algas en una cuenca rica en carbonatos, dieron lugar a la formación de los pisolitos. En la parte alta del Kimmeridgiense el índice de energía fue mayor, como demuestran la matriz esparítica y la presencia de intraclastos y oolitos. Paleogeográficamente, el Jurásico de la zona se sitúa dentro del dominio de facies ibérica. Más concretamente, en la zona de paso entre estas facies y las Prebéticas, que algunos autores han denominado facies betibéricas (IGME 1972) (Fig. 2). Hasta la fecha, se han realizado en el yacimiento tres campañas de excavación: un primer sondeo, en el año 2004, destinado a establecer la entidad del yacimiento y evaluar sus posibilidades, y dos campañas ordinarias, llevadas a cabo los años 2007 y 2009. Está prevista la continuidad de estos trabajos en los próximos años. El nivel IV se identifica a partir de una mayor proporción de fracción gruesa, englobada por una matriz de tonalidad similar a la del nivel III, y todavía no ha sido excavado en toda su potencia. Los trabajos de estudio del material lítico de este último paquete están todavía en curso, así como un análisis más detallado del relleno sedimentario. En cualquier caso, los datos hasta ahora obtenidos permiten definir las ocupaciones de estos niveles como claros palimpsestos, en los que se entremezclan numerosos manchones de combustión y algunos hogares de carácter simple, de forma subcircular, escaso diámetro y poca potencia, sin preparación de la superficie. El material arqueológico recuperado es muy abundante, con una elevada fracturación de los restos óseos, que presentan además superficies muy concrecionadas, y una notable densidad de elementos líticos. Algunas fracturas óseas son postdeposicionales, consecuencia de los procesos de trampling, pero en su mayoría indican un intenso aprovechamiento de los recursos, mediante fracturación destinada a la extracción de la médula. La abundancia de restos arqueológicos indica un uso repetido del lugar y un ritmo de sedimentación lento. EL CONJUNTO DE MATERIALES Analizamos las materias primas de los niveles I al III, sin incorporar los materiales procedentes de los cuadros K3-5, excavados en la campaña del 2009 y todavía en proceso de estudio (Fig. 3). Tampoco incluimos los materiales del nivel IV, excavado en esa misma campaña y también en proceso de análisis. En cualquier caso, una primera identificación de materias primas de este nivel no ofrece novedades en cuanto a las variedades identificadas. El objetivo de este trabajo, la caracterización de las materias primas utilizadas y su área de aprovisionamiento, queda perfectamente cumplido a pesar de no incluir la totalidad de la secuencia. Una mayor precisión de la evolución diacrónica del empleo de los distintos materiales identificados en el yacimiento será objeto de publicación cuando se posea una visión más completa del relleno arqueológico. El nivel I es un nivel revuelto en el que la mayor parte de los materiales parecen provenir del nivel II, aunque también existen algunas piezas que pueden corresponder al Paleolítico superior e, incluso, etapas históricas. En cualquier caso estas últimas son muy escasas y limitadas a algún soporte laminar y piedras de fusil y elementos de trillo. Esas piezas han sido excluidas del estudio, por lo que los materiales del nivel I bien pueden considerarse indicativos de las últimas etapas de la ocupación musteriense del yacimiento. El número total de piezas analizadas por nivel ofrece unas cuantificaciones suficientes (Tab. 1) para considerar los resultados significativos. En el estudio no se han analizado las esquirlas, los fragmentos informes y los de origen térmico, pues son bien conocidas las dificultades que este tipo de piezas presentan para una identificación segura de las materias primas. Ante la ausencia de estudios de caracterización de las materias primas disponibles en la zona en la que se ubica el Abrigo de la Quebrada, el principal objetivo de la investigación ha sido ofrecer un contexto petrográfico de los materiales recuperados en el yacimiento. Para ello se han comparado con las materias primas localizadas en su entorno inmediato. La determinación lítica de los materiales se ha realizado en términos macroscópicos y con la ayuda de una lupa binocular. Tras una primera clasificación macroscópica, que ha atendido a los parámetros habituales en este tipo de trabajos (color, textura, impurezas y características del córtex) se ha utilizado una lupa binocular de 40 aumentos que ha permitido precisar algunas de las características morfológicas de los minerales que componen la roca. Nuestro objetivo es aplicar próximamente técnicas de análisis geológico, como las láminas delgadas, la difracción de rayos X (DRX), el método Rietveld, la fluorescencia de rayos X (FRX) o la espectrometría de emisión (ICP-MS), que nos permitan profundizar en la identificación de los ambientes de formación de las distintas rocas y en sus tipos genéticos. Asimismo, está en proceso de creación una litoteca en el Departament de Prehistoria i Arqueologia de la Universitat de València que permita albergar las distintas muestras recogidas en las campañas de prospección realizadas en el País Valenciano. El objetivo es poder comparar los materiales encontrados en los yacimientos con los afloramientos de materias primas susceptibles de haber sido utilizados por las sociedades prehistóricas, y muy particularmente durante el Paleolítico. El análisis de las muestras nos ha permitido tener un mejor conocimiento de los distintos tipos de materiales líticos tallados del yacimiento, a la vez que una primera ordenación y caracterización industrial atendiendo a este parámetro. Sin embargo, la información obtenida mediante este procedimiento es parcial y excesivamente genérica en muchas ocasiones, debido a las alteraciones que ha podido padecer el conjunto y a la propia variabilidad de los afloramientos. En este sentido, la caracterización macroscópica no deja de ser el primer paso hacia una diferenciación precisa de los materiales. habitantes de la zona y realización de transectos de corta longitud (en torno a 2-3 km), con la toma de muestras de forma sistemática de las diversas materias primas y sus rocas encajantes, fotografiando los afloramientos y materiales. Como resultado de esta actividad se han podido distinguir: -Afloramientos locales silíceos en posición primaria pertenecientes a formaciones jurásicas en las que se encuentra el sílex "tipo Domeño" (Villaverde et al. 2008). -Afloramientos en posición primaria de cuarcitas en conglomerados pertenecientes al período geológico Ordovícico. -Afloramientos en posición secundaria de cuarcitas y cuarzos en los barrancos inmediatos de Ahillas y Arquela. Estos trabajos de prospección han permitido obtener una serie de muestras de las diferentes litologías de la zona, que se han incorporado a la colección de referencia y han servido también para una mejor identificación de las unidades geológicas. Nuestro próximo objetivo es continuar las campañas de prospección en un área más amplia, lo que nos ayudará a completar la información sobre la localización de las fuentes de aprovisionamiento que no hemos podido identificar en este primer análisis. Esta línea de trabajo permitirá describir y analizar con mayor precisión el contexto geológico de la zona (minerología, petrología, hidrología, etc.) y definir su grado de heterogeneidad litológica. Puesto que, como seguidamente veremos, la mayor parte de la industria lítica de Quebrada es de origen local y los materiales de los niveles objeto de estudio en este trabajo coinciden con los afloramientos identificados, los resultados obtenidos resultan adecuados a los objetivos antes enunciados: la caracterización del sistema de aprovisionamiento de materias primas en los niveles I a III. CARACTERÍSTICAS DE LAS MATERIAS PRIMAS UTILIZADAS EN LA SECUENCIA DE QUEBRADA En el utillaje lítico fabricado en Quebrada se han podido constatar diferentes tipos de litologías. A grandes rasgos, se pueden apreciar dos tipos diferentes de rocas: por un lado, las rocas se-dimentarias, como el sílex y la caliza, y por otro lado, las rocas metamórficas, como la cuarcita o el cuarzo. El sílex es la materia prima más abundante en todas las capas, seguida de las calizas y las cuarcitas, que mantienen porcentajes menores, aunque también muy importantes. El cuarzo, por su parte, lo encontramos de forma esporádica (Tab. El sílex de carácter local es el más abundante, debido a que el estratotipo se sitúa en las laderas del río Turia, en las proximidades del antiguo pueblo de Domeño (en la actualidad demolido). Lo hemos denominado sílex "tipo Domeño". Este sílex se englobada en formaciones pertenecientes al Jurásico medio (Dogger) de la Cordillera Ibérica, encajado a modo de vetas dentro de bloques de calizas microcristalinas. A pesar de que el color muestra una gran variabilidad interna, los restos pertenecen a un mismo origen geológico. Se caracteriza por una buena calidad para la talla, con una granulometría fina y un aspecto brillante. La superficie es lisa y sin inclusiones, opaca y de textura microcristalina. El color básico es gris, con tonalidades verdosas oscuras, y con una distribución homogénea. Su aspecto externo es semi-rugoso con tonalidades marrones y anaranjadas. Por otro lado, lo poseemos también en forma de nódulos de unos 15-20 cm de diámetro que quedan incrustados dentro de los bloques de calizas. Se trata de nódulos irregulares de diferentes morfologías (alargados, globulares, etc.) con poco espesor cortical. Profundizando en sus detalles, este sílex posee mosaicos de macrocuarzo detrítico y numerosas inclusiones que van dependiendo del subtipo y de las variantes del mismo afloramiento. Los componentes no silíceos ponen de manifiesto la presencia de óxidos de hierro (hematites), tanto dispersos como en agrupaciones, y de otros minerales relictos. Se aprecia como el carbonato cálcico de este conjunto es anterior a la silicificación, tal y como demuestran los contactos cóncavos y convexos observados. Las espículas de esponjas triaxonas y microforaminíferos nos indican un ambiente de formación marino. También se documenta un proceso de silicificación por etapas, formando una primera generación de cuarzo fibroso y una segunda de granos de macrocuarzo. Es posible establecer toda una serie de subgrupos o variantes del sílex de "tipo Domeño". Es de esperar que las nuevas campañas de excavación permitan ampliar la información de estas variantes para incrementar su clasificación y/o matizar. En la actualidad podemos determinar los siguientes (Fig. 4): -Subtipo 1: sus principales rasgos definitorios son las tonalidades grisáceas, con bandas horizontales de coloración blanquecina a lo largo de las piezas. Esto se debe al período de sedimentación lento del sílice en un ambiente de formación marino. También presenta una rugosidad acusada fruto de la alta porosidad y de la falta de silicificación total del material. -Subtipo 2: variante más cristalina y silicificada que el anterior. Sus colores son los grises claros con tonalidades blancas. Los altos intraclastos como las inertitas, óxidos de hierro, espículas de esponjas o pseudomorfos de calcita y dolomía hacen que aparezcan pequeñas oquedades en la superficie de las piezas. -Subtipo 3: es un grupo con tonalidades más blanquecinas y grisáceas. Se observa un alto porcentaje de granos de macrocuarzo detrítico y una alta porosidad debido a que no está aún rellenado de carbonatos. -Subtipo 4: es el más oscuro, con colores azulados oscuros junto con motas negruzcas que abarcan toda la superficie del material. El grano es fino, liso y brillante, y las aptitudes para la talla son buenas. Fruto de ello es la gran cantidad de materiales en esta variante documentados en los diferentes métodos de talla. Es significativa la alta variedad de material biogénico que se observa, como espículas de esponjas, agujas de erizos y elementos vegetales. -Subtipo 5: es poco habitual en el yacimiento debido, en parte, a la calidad media del material. La coloración es azul oscura, de aspecto mate. Se compone de cristales romboédricos (pseudomorfos de calcita y dolomía). La alta variedad de intrusiones y óxidos de hierro hace que la superficie sea muy rugosa y la fractura más propia de las calizas silíceas que del sílex. -Subtipo 6: tiene medidas del grano grandes y texturas macrocristalinas. Su color es marrón con tonalidades claras y posee altos niveles de óxidos de hierro (hematites). Su cuantificación en el yacimiento es baja. Tan sólo destacan una raedera desviada y algunas lascas sin configurar y de dimensiones reducidas. En las otras variantes de sílex documentadas y distintas del de "tipo Domeño", distinguimos los siguientes grupos (Fig. 5): -Tipo 1: posee colores blanquecinos con tonalidades marrones y amarillentas. El córtex indica un tipo de formación continental en una cuenca sedimentaria evaporítica, probablemente, vinculada a una formación geológica del Terciario. El grano es fino, traslucido y con pocas intrusiones donde la mayor parte es sílice. Es importante señalar la presencia de pseudomorfos asiculares (cristales de yeso), criptogranos de óxido de hierro y algunos componentes anhidríticos que nos muestran ambientes de formación del sílex con altos niveles de salinidad. Dentro de este grupo, definimos dos variantes: una primera posee coloraciones más rojizas debido a que los granos de hematites u óxidos de hierro son más abundantes. En la segunda, vemos una textura maxton, relictos de carbonato original y partículas de macrocuarzo que le dan el color marrón. No podemos determinar su procedencia. -Tipo 2: se caracteriza por un grano fino con una superficie lisa, textura microcristalina y una buena calidad para la talla. Sus coloraciones se encuentran en la gama de los marrones claros con pequeñas motas oscuras. A nivel interno, las secciones de espículas, las inertitas y los microforaminíferos indican un ambiente de formación marina probablemente perteneciente al Cretácico. Como el grupo anterior, posee variantes ligadas a un mayor o menor grado de silicificación. Una observación interesante es que algunas piezas poseen restos de pátinas blanquecinas y restos corticales lisos y finos que nos indicarían formaciones tabulares silíceas, cuyo origen no sabemos ubicar. La presencia de esta variante en yacimientos del valle del Albaida, la Punta de Moraira y Valles de Alcoi señala entre ellos una coincidencia en los puntos de aprovisionamiento de esta materia pri-ma, si bien desconocemos la exacta amplitud de su localización geográfica o espacial. -Tipo 3: se define principalmente por sus coloraciones negras. El grano es fino, con texturas microcristalinas y una buena aptitud para la talla. La coexistencia de intraclastos de origen biogénico, restos vegetales y espículas de erizos, nos inducen a pensar en su origen marino. Pero los elementos corticales son los más informativos, ya que permiten entender los diferentes procesos de formación que ha experimentado este material. En principio, observamos como el córtex se ajusta a los parámetros de formaciones en rocas caja de tipo calcáreo. Pero a su vez, encontramos una gran parte de córtex pulido, producto de rodamiento muy intenso y restos de cuarzo producto de una deposición posterior en zonas de areniscas de tipo conglomerático. Por tanto, podemos inferir que el sílex ha caído de la roca calcárea encajante, ha tenido un fuerte rodamiento y, finalmente, se ha vuelto a depositar en lugares areniscos, dónde ha adoptado el cuarzo de las arenas, para después volver a rodar. Así pues, aunque no se haya podido determinar el afloramiento concreto de este material, no hay que descartar un aprovisionamiento secundario, de tipo conglomerático, en las terrazas cercanas al yacimiento. Una serie de piezas silíceas no han podido ser clasificadas debido a su grado de conservación y a la fase en la que se encuentra el estudio. Básicamente se agrupan en dos variantes, que deberán definirse en el futuro a partir de un análisis litológico más detallado y atento a sus características microscópicas. Además del sílex, otras dos materias primas alcanzan valores importantes en la industria lítica de Quebrada, con cuantificaciones muy parecidas. En primer lugar hay que destacar las calizas, cuyos porcentajes varían, dependiendo del nivel, entre un 12,2% y un 18%. Son calizas de tipo micrítico con granos finos, superficies lisas y texturas microcristalinas, es decir, cuya litología es buena para tallar. La baja presencia de intraclastos hacen que la variabilidad de colores no sea muy acusada: entre los marrones y azules oscuros. Uno corresponde a las formaciones en vetas de las inmediaciones del yacimiento. Se engloban en las formaciones calcáreas de la zona pertenecientes al Jurásico, con abundantes pisolitos y ostreidos. El otro aparece como nódulos de tamaños variables (entre 20 y 25 cm de diámetro) que se hallan en los barrancos cercanos al yacimiento y que son producto de la misma erosión de estas vetas situadas en las laderas de las montañas (Fig. 6). En segundo lugar, señalamos la importancia de las cuarcitas, cuyos valores que oscilan entre un 13,3% y un 16,9% de la industria. Esta litología aparece en un único afloramiento en el barranco de Alcotas, a unos 8-10 km del yacimiento. Se trata de un conjunto de ampelitas, pizarras grises y verdosas con un metamorfismo muy acusado, junto con cuarcitas de diferentes tipos y colores, principalmente en la parte superior del afloramiento. Además los numerosos cantos rodados dispersos a lo largo de todos los barrancos próximos a la zona del yacimiento, indican la existencia de procesos erosivos en el lugar de origen y el transporte de los materiales por los diferentes canales hídricos. Todas las cuarcitas aparecen en formatos de nódulos, comprendiendo una enorme variabilidad en todos sus aspectos: desde colores claros (amarillos, rosáceos o verdosos) hasta tonos más oscuros (marrones y negros), con tamaños que oscilan entre 5 y 30 cm de diámetro, y con gran diferencia de aptitud para la talla, producto de la variación entre las cuarcitas de granos finos y superficies lisas y las de granos gruesos, imposibles para la manufactura lítica. Buena prueba de la calidad de algunas de estas cuarcitas es que algunas puntas Levallois se hayan realizado en esta materia prima. Finalmente, la presencia de cuarzo se limita a 4 piezas en el nivel III: un núcleo y tres lascas sin re-tocar. En esta litología se han podido diferenciar dos variedades: una de color blanquecino con aspecto brillante y estructura laminada que casi imposibilita la talla y otra ahumada con coloraciones entre el azulado y verdoso, producto de su composición mineralógica interna. Su capacidad para la talla es posible que sea mejor que la primera, aunque de todas formas sigue siendo limitada. El córtex también aparece fuertemente rodado, con tonos más oscuros. Se asocia a nódulos que nunca exceden los 5 cm en las dos modalidades. Los materiales indeterminados no han podido clasificarse por la presencia de esquirlados producidos por alteraciones térmicas, intensas rubefacciones o el reducido tamaño de las piezas. Las alteraciones no se vinculan a ninguna litología concreta. Resultan de la estructura de ocupación del propio yacimiento, cuyos niveles son verdaderos palimpsestos en los que gran parte del material se ha viso afectado por la acción térmica. La contextualización geológica y geográfica de los afloramientos resulta imprescindible para establecer las diferentes fuentes de aprovisionamiento, tanto en depósitos primarios como secundarios. La zona cuenta con una buena disponibilidad de materias primas, sobre todo de sílex, con condiciones de talla muy aptas y que obviamente quedan reflejadas en los materiales arqueológicos documentados. La captación para la mayoría de tipos de sílex se realizó en un área de entre 5 y 8 km. Las prospecciones han permitido establecer una serie de afloramientos en las inmediaciones del yacimiento como El Collado de las Granzas, Corrales de Silla y El Mozul (Fig. 7). En estos afloramientos en posición primaria los formatos aparecen indistintamente combinados como nódulos o vetas. Por un lado, existen formaciones de estratos horizontales que quedan incrustados en las laderas de las montañas y que oscilan entre los 25 y 30 cm de espesor y longitudes superiores a los 30 m. Se trata de vetas que arrancan de las bases de las montañas y ascienden en diagonal hasta las cotas superiores. Por otro lado, los nódulos incrustados en la roca calcárea encajante se pueden encontrar en la propia ladera y en el valle. Poseen unas zonas corticales semirugosas que indican el escaso proceso de ro-Fig. Caracterización macroscópica (lupa binocular 40 aumentos) de las calizas (1), cuarcitas (2) y cuarzos (3). Tipología (de izquierda a derecha): 1. lascas, 2. raedera transversal convexa, punta Levallois, raedera transversal convexa y cuchillo de dorso natural, 3. lasca laminar y fragmento de núcleo. Fotos: A. Eixea y V. Villaverde. damiento al que han estado expuestos. A estas características hay que añadir la buena accesibilidad a los afloramientos silíceos, facilitada por el desprendimiento de los nódulos de sílex a pocos metros de distancia de las rocas caja y la gran abundancia de recursos. El papel desempeñado por las variantes del sílex de "tipo Domeño" es claramente dominante (Tab. Así, dejando de lado los materiales indeterminados, los tipos 1 al 3 representan apenas un 9,6% en el nivel I, un 9,7% en el nivel II y un 7,9% en el nivel III. El tipo 1 cuenta con una lasca, una raedera transversal y una punta pseudolevallois. El tipo 2 tiene una mayor variación, incluso en los distintos niveles, de manera que en el II los soportes brutos son más abundantes que el material retocado, mientras que en el III existe un cierto equilibrio entre soportes brutos y retocados. Finalmente del tipo 3, cuyo origen local no hemos descartado, la diversificación es semejante a la del anterior. En los dos primeros grupos de materias primas, en principio asociados a fuentes de aprovisionamiento más lejanas, no observamos peculiaridades tipológicas, tipométricas o variaciones en el grado de reducción y abandono de los materiales tallados, por lo que su presencia no parece que deba relacionarse con la búsqueda de una mayor calidad o unas mayores dimensiones. Ninguno de estos dos grupos de sílex han sido localizados en el espacio comprendido entre los 40-50 km de radio en torno al asentamiento, por lo que asumimos son de origen más lejano. Habida cuenta de la riqueza de sílex local, su calidad para la talla y de su porcentaje reducido en el cómputo global de las materias primas silíceas utilizadas, no parece razonable relacionar estos dos grupos con una aprovisionamiento lejano planificado, en previsión de eventuales necesidades en el lugar de destino. Parece verosímil la idea de que estamos ante un pequeño lote de materias primas y objetos transportados por los ocupantes del abrigo desde sus lugares de asentamiento anterior, y, por tanto, integrados en los denominados mobile toolkits de carácter personal (Kuhn 1995). Las características del segundo grupo, remiten, por otra parte, a zonas de aprovisionamiento que también se han explotado en otros yacimientos del Paleolítico medio regional, como Cova Negra y Petxina, donde esta variante se documenta, aunque con valores más elevados. Ya hemos señalado que las calizas son abundantes en las inmediaciones del yacimiento. Los distintos tipos aparecen en morfologías diversas. El que se vincula a vetas situadas en afloramientos en posición primaria aflora con frecuencia por los alrededores del yacimiento. El más interesante se ubica a unos 2 km, en el barranco de Arquela. Se trata de unas vetas que aparecen en disposición horizontal por las zonas inferiores de la ladera de la montaña. Su acceso es bastante fácil y la calidad de la materia es muy buena. Los nódulos, al igual que los de las cuarcitas, proceden de los barrancos de la zona próxima al yacimiento. Se trata de un material sumamente abundante en depósitos secundarios como los coluviones, terrazas o laderas de montaña. Las cuarcitas presentan un rango variable en su aptitud para la talla y se asocian tanto al desarrollo de las variantes de la talla Levallois, como a la discoide. Siempre los cantos rodados se escogen para su aprovisionamiento. Pueden provenir de las terrazas fluviales de la red hidrográfica del propio barranco de Ahillas, en el que se encuentra el yacimiento, por el desmantelamiento de las cuarcitas ordovicienses del afloramiento de Alcotas o por la captación directa del propio afloramiento en posición primaria que se localiza, como antes se indicó, a poca distancia del yacimiento (8-10 km). En ambos casos, los cantos rodados son de fácil accesibilidad. El aprovisionamiento del cuarzo se asocia también con las terrazas fluviales o coluviones del propio barranco de Ahillas, de nuevo en formato de nódulos y cantos rodados. Una de las primeras reflexiones que debemos hacer sobre los datos que hemos proporcionado tiene que ver con la metodología empleada para su obtención. La identificación de las materias primas y de sus fuentes de aprovisionamiento necesita de una doble vertiente de análisis. En primer lugar, un estudio del entorno geológico en el que se localiza el yacimiento, a través de prospecciones sistemáticas que permitan poseer un Tab. Valores de los subtipos del sílex de "tipo Domeño" y de los sílex de otros tipos o indeterminados. conocimiento lo más exhaustivo posible de la zona que se va a tratar. Por otro lado, un trabajo de laboratorio, centrado ya en aspectos analíticos, con criterios macroscópicos, que permita establecer una primera clasificación que oriente sobre qué tipos de materias primas se centra el estudio. Esa caracterización ha de ser objeto de posterior ratificación a partir de análisis microscópicos más detallados. Esta fase no se ha iniciado todavía, por lo que los datos que ahora se ofrecen constituyen sólo una aproximación a las materias primas empleadas en el yacimiento. En segundo lugar, y a diferencia de otras zonas peninsulares, en el ámbito valenciano es muy reducida la información disponible sobre la distribución de las fuentes de aprovisionamiento de materias primas en los yacimientos prehistóricos. Los trabajos efectuados han sido sistemáticos tan sólo en entornos muy reducidos y falta por elaborar un mapa geológico de la distribución de las diversas variantes silíceas utilizadas en los distintos períodos de la Prehistoria. Esta deficiencia es especialmente importante en los trabajos dedicados al Paleolítico medio y reduce las posibilidades de establecer un marco regional de movilidad a partir de la distribución de las materias primas utilizadas en los distintos yacimientos. Las excepciones se concentran fundamentalmente en la provincia de Alicante, donde pueden citarse los trabajos de Menargues (2005) en relación a los materiales documentados en la Ratlla del Bubo y la Cova de les Cendres, los de García Carrillo (García-Carrillo et al. 1990) en torno a los del Tossal de la Roca y el de Faus (2008de Faus ( -2009) ) sobre los afloramientos con materias primas silíceas de las comarcas alicantinas del Comtat y la Marina Alta. También debemos citar el estudio emprendido por Schmich y Wilkens ( 2006) para la precisa caracterización de los afloramientos mediante el uso del análisis PIXE (Proton Induced X-ray Emission) en los yacimientos del Polop Alto y el trabajo realizado sobre el yacimiento del Abric del Pastor (Alcoi, Alicante) (Molina et al. 2010). Para la provincia de Valencia los trabajos no pasan de algunas identificaciones en las colecciones de yacimientos tales como Parpalló (Tiffagom 2006) o Cova Negra (Moriel 1985). Los datos que ahora ofrecemos, aunque constituyen un avance preliminar, permiten observar algunos hechos de interés tanto en lo que se refiere al uso de las materias primas líticas como al carácter de su aprovisionamiento a escala espacial. Hemos advertido que en los tres niveles del Paleolítico medio del Abrigo de la Quebrada, y particularmente en los niveles II y III, en los que el número de piezas alcanza un valor suficientemente elevado, la industria lítica se talló sobre sílex, caliza y cuarcita. Aunque domina el sílex, esta diversificación de materias primas contrasta con la relativa homogeneidad y alto dominio del sílex observado, por ejemplo, en yacimientos del Paleolítico medio valenciano, como El Pinar (Artana) (Casabó y Rovira 1992), el Auditorio de San Luis (Buñol) (Fernández y Martínez 1989), el Barranco de Carcalín (Buñol) (Villaverde 1984), las Fuentes (Navarrés) (Aparicio 1974a(Aparicio, 1974b)), Cova Negra (Xàtiva) (Villaverde 1984), Petxina (Bellús) (Jordá 1954; Villaverde 1984), El Salt (Alcoi) (Galván 2001(Galván, 2006)), el Abric del Pastor (Molina et al. 2010) o Cochino (Villena) (Soler 1956), o incluso en los yacimientos turolenses de Eudoviges (Alacón) (Barandiarán 1975/76) o la Cueva de los Toros (Cantavieja) (Utrilla y Álvarez 1985) (Fig. 8). A lo largo de la secuencia el sílex de Cova Negra representa entre un 87,1% y un 96,7% de la industria, mientras que en la Cova de la Petxina sus valores se mueven, en aquellas capas en las que los efectivos son cuantitativamente representativos, entre un 87,8% y un 89,6%, mientras que en el Abric del Pastor supone un 90%. En todos estos yacimientos las cuarcitas y calizas tienen siempre valores muy bajos. La composición del nivel h de Gabasa, en el que cuarcitas y ofitas llegan a suponer un 25% de las materias primas empleadas (Montes 1988) es algo más parecida a la de Quebrada. Esta circunstancia se explica desde la mera constatación de la amplia disponibilidad y variedad de materias primas localizadas en el entorno del Abrigo de la Quebrada, donde, en general, las susceptibles de ser talladas son relativamente variadas y de bastante calidad. Las litologías del sílex local, las calizas y algunas cuarcitas, favorecen su empleo para la obtención de los principales soportes documentados en los distintos niveles del yacimiento. Ello justifica que, por ejemplo, en el nivel III el sílex desempeñe un papel dominante, pero moderado, en contraposición con el valor que llegan a adquirir la suma de los soportes de calizas y cuarcitas: un 35,1% de la industria. Algo parecido sucede en el nivel II, donde estos materiales representan un 29,2%. En todas estas materias primas se documentan las diversas fases de la cadena operativa sin diferencias sensibles en los procesos de talla, desde el punto de vista tecnológico y tipológico, entre las piezas de sílex y las de cuarcita. Las calizas suelen estar menos transformadas por el retoque y parece que su uso, en función de la propia dureza del material lítico, fue menos intenso, mucho más expeditivo, con menor índice de reducción. A la espera de poseer una visión más completa de la duración y la orientación de las distintas ocupaciones del yacimiento, o de las variaciones en los recursos faunísticos aportados, es difícil valorar en términos diacrónicos las diferencias litológicas que se observan. Estas variaciones abren interesantes perspectivas de análisis para el futuro, especialmente cuando se amplíe la secuencia excavada. Se define, por otra parte, la gestión de los recursos líticos de los niveles hasta ahora tratados de Quebrada como un aprovisionamiento local y asociado a un área de captación inmediata al yacimiento. La mayor parte de las materias primas empleadas han podido ser obtenidas en un espacio definido por un radio menor a los 10 km del mismo. El examen de las proporciones del sílex local y el alóctono, permite precisar algo esta apreciación, pues es visible la uniformidad que muestran sus valores relativos en los tres niveles. En el nivel I el sílex alcanza los valores más elevados de la secuencia, pero sin grandes diferencias con respecto al nivel II. La proporción de sílex de origen local, considerando los de "tipo Domeño" y el tipo 3, es el 95,2%. En los niveles II y III las variantes de sílex alóctonos suponen apenas un 6,4% y un 5,5%. Lo que sumado al papel desempeñado por las calizas y las cuarcitas, hace que el valor de los recursos líticos locales alcance el 95,6% y 96,7% (datos obtenidos sin contabilizar los sílex indeterminados). Ahora bien, en los niveles II y III los valores de los indeterminados son notablemente más altos que en el I: el 10,5% de los sílex estudiados en el nivel II y el 17,7% de los del nivel III. Es importante recordar, en este orden de cosas, que en la categoría de indeterminados dominan los materiales alterados por la acción térmica. No parece, sin embargo, que la alta proporción de indeterminados afecte a las conclusiones establecidas: un fuerte peso del aprovisionamiento inmediato y una presencia reducida de sílex alóctono, cuya procedencia ignoramos, pero que se observa también en los materiales de yacimientos situados a una cierta distancia de Quebrada. Es el caso de Cova Negra y Petxina, en el valle del Albaida, distantes de Quebrada unos 120 km, o de los yacimientos de los valles de Alcoi, como El Salt, a 130 km de distancia. Nada diferencia en este aspecto, por tanto, el aprovisionamiento de materias primas de Quebrada conocido en el resto de yacimientos de esas mismas cronologías (Féblot-Augustins 1999; Geneste 1990; Turq 2000), donde las materias primas locales dominantes se complementan con materiales que pueden llegar a proceder de distancias de más de 100 km. El papel de los recursos que remiten al entorno de 10-20 km parece que se incrementa en las etapas avanzadas del Paleolítico medio. El carácter local e inmediato del aprovisionamiento de materias primas líticas ha sido señalado en numerosos yacimientos peninsulares de estas cronologías (Baena et al. 2004; Baena et al. 2005; Mangado 2006) y no ofrece mayor interés, aun cuando existan yacimientos cuyos materiales lejanos remiten a estrategias de aprovisionamiento diferidas en tiempo y espacio (Ríos 2010). El uso reiterado del lugar, como un sitio especializado en la caza de cabras y caballos, resulta coherente con un buen conocimiento del medio y una adecuada planificación de la movilidad territorial por parte de los grupos neandertales que lo frecuentaron. Dicho conocimiento, sin duda, incluía no sólo la disponibilidad de los recursos alimenticios, sino también la disponibilidad de materias primas locales de calidad. Como demuestra el análisis de la industria lítica, estas materias locales son apropiadas para la fabricación de armamento de caza (incluyendo las puntas) y para el procesado de las presas obtenidas, haciendo innecesario un aprovisionamiento de materias primas procedente de áreas distantes. Para explicar los valores que alcanzan los sílex alóctonos, basta recurrir a la frecuencia y superposición de las ocupaciones a las que remiten los palimpsestos que han sido excavados en los niveles II y III y a los pequeños lotes de materiales transportados por los grupos en sus desplazamientos hasta este lugar de corta duración de ocupación desde los asentamientos ocupados con anterioridad (Kuhn 1995). Para progresar en un análisis más completo de la movilidad territorial, es necesario ampliar la documentación sobre las fuentes de materias primas disponibles en las áreas comprendidas en los radios de 20-30 km y 100-120 km. También falta conocer con detalle las variedades representadas en otros yacimientos y una mayor precisión en la identificación de las distintas variedades silíceas a nivel regional. De esta manera se podrán integrar los datos referidos a una buena parte de los yacimientos del Paleolítico medio valenciano en un modelo de aprovisionamiento de materias primas y movilidad territorial, hoy por hoy imposible de plantear. A Andoni Tarriño y a Xavier Mangado por sus comentarios y ayudas en la identificación de las materias primas de Quebrada. PARA LA LOCALIZACIÓN DE LAS FUENTES DE APROVISIONAMIENTO DE MATERIAS PRIMAS LÍTICAS 68 Aleix Eixea, Valentín Villaverde y João Zilhão Nivel I Nivel II Nivel III
El morfotipo lítico "pieza astillada" (pièces esquillées o splintered pieces) ha sido relacionado, por los estudios de Prehistoria, con dos actividades muy distintas: la talla posada sobre yunque -también denominada "talla bipolar"-y el empleo de piezas intermedias -a modo de cuña/cincel-para el trabajo de materias primas duras (hueso, madera y asta). Se presenta una propuesta experimental que busca distinguir macroscópicamente estos dos tipos de actividades y discernir en qué casos se produce o no lo que tipológicamente se considera "pieza astillada". Se concluye con una descripción detallada de las macrotrazas obtenidas para cada una de las variantes de la experimentación, en la que se especifica qué casos reproducen lo que tipológicamente denominamos "pieza astillada". Las piezas llamadas "astilladas" constituyen un morfotipo lítico conocido desde el comienzo de la disciplina de la Prehistoria, cuya primera definición acuñaron L. Bardon, A. y J. Boussonye (1906). Estos autores pensaron que se trataban de útiles obtenidos mediante la talla por percusión directa de fragmentos de sílex posados sobre un yunque y, por tanto, que el objetivo para estas herramientas eran los filos que quedaban entre los dos extremos percutidos. Desde las primeras publicaciones ya se apuntan diferentes hipótesis con respecto a su significado o posible funcionalidad. Así, se interpretan como "piedras de fuego", puesto que su morfología es idéntica a la producida por el golpe entre dos sílex para producir chispas (Brézillon 1971). Según C. Octobon (1938) podían ser útiles para trabajar materias duras o quizá núcleos para obtener lascas, hipótesis retomadas posteriormente en múltiples ocasiones (Binford y Quimby 1963; Escalon de Fonton 1969; Mazière 1984, entre otros). Facultad de Geografía e Historia. Universidad Complutense de Madrid. Av. del Profesor Aranguren s/n. A finales de los años 1950, la pièce esquillée fue incluida en la lista-tipo de Sonneville- Bordes y Perrot (1956: 552), descartando la propuesta sobre su posible identidad como núcleos: Piéce géneralement rectangulaire ou carrée présentant sur les deux bouts, plus rarement sur les quatre côtés, des esquillements parfois bifaciaux obtenus par percusión violente. S. A. Semenov (1964: 145-160), en su obra Lithic tecnology, alude también a estas piezas, aunque desde otros planteamientos. Considera que se utilizarían probablemente como cinceles para trabajar hueso y madera, siendo éstas las pièces écaillées definidas por la bibliografía francesa. Posteriormente, J. Tixier señala que este morfotipo posee un peso notable en los conjuntos del Epipaleolítico y del Iberomauritano del Maghreb. Descarta de partida una hipótesis anterior que lo contemplaba como percutor intermedio para la talla (chasse-lame o punch), o como fruto de la talla bipolar, pese a reconocer que las trazas que deja dicho método son idénticas (Tixier 1963: 147). Sugiere, sin embargo, que para los conjuntos epipaleolíticos del Maghreb no son útiles con una morfología especialmente buscada, sino fruto de su propia utilización, es decir, piezas con retoque a posteriori, quizás empleadas sobre materiales perecederos. Tixier define además tres fases en su utilización (Fig. 1). Durante los años 1970 las piezas astilladas son excluidas de la lista-tipo en el Coloquio de Talence (Sonneville-Bordes 1979), dada la dificultad, al parecer, de proponer una estricta definición tipológica; quizás porque se consideraban como "útiles" a posteriori (Bordes, 1970), pues no portaban las "trazas" de su fabricación (façonnage), sino de su posible utilización, como ocurría con las pièces machurées. Sin embargo, la nueva propuesta tipológica de G. Laplace (1972) resaltó su importancia, incluyendo al nuevo "modo" astillado y, al mismo tiempo, al orden de los astillados. No obstante, tampoco en su tipología se abordó su posible significado tecnológico o funcional. En los años 1970 y 1980, la bibliografía norteamericana planteó varias hipótesis en cuanto a su verdadera finalidad, fundamentadas en gran medida en trabajos experimentales con talla bipolar y en estudios etnoarqueológicos. Los autores anglosajones centraron el debate sobre su supuesto origen a partir de la talla bipolar o talla posada sobre yunque, y no tanto en su posible funcionali-dad. P. White (1968aWhite (, 1968b) ) describe la talla bipolar a partir de trabajos etnológicos en Nueva Guinea y considera que las splintered pieces arqueológicas australianas pueden ser el resultado del mismo método de talla. Asimismo, se discute la posibilidad de que la talla bipolar sea un método de producción de soportes controlable (Patterson y Sollberger 1976). Dentro de estos trabajos B. Hayden (1980) tuvo la virtud de llamar la atención, por primera vez, sobre la confusión entre pièces esquillées (piezas astilladas) y bipolar cores (núcleos bipolares). En dicho artículo señalaba que morfologías aparentemente similares son confundidas e identificadas con dos actividades completamente distintas. Para Hayden, las pièces esquillées son útiles destinados a trabajar materiales duros perecederos, abundantes en los sitios paleolíticos franceses, mientras que el objetivo de los núcleos bipolares es producir soportes líticos. Aunque B. Hayden apuntó el problema y describió algunos estigmas para estas dos casuísticas, no aclaró del todo su distinción. sis más completas sobre las piezas astilladas es la de Chauchat et al. (1985) que plantea la dificultad de distinguir si son útiles a posteriori, núcleos bipolares para obtener soportes o, incluso, las dos hipótesis anteriores juntas, útiles obtenidos por percusión bipolar para lograr dos filos opuestos cortantes. De hecho, generalmente se les atribuye alguno de estos roles y más bien por intuición que por contrastación. Así, en algunos sitios magdalenienses las piezas astilladas se suelen asociar al trabajo de materiales duros como el asta, pese a que no se argumente dicha asociación (por ejemplo Leesch 1997: 111-112). Por otra parte, la hipótesis que vincula su origen con la talla bipolar también se ha retomado. Un buen ejemplo de ello son los sitios gravetienses portugueses de Buraca Escura y Buraca Grande (Aubry et al. 1998), para los que se ha propuesto dos tipos de cadenas operativas destinadas a la obtención de hojitas, una basada en piezas carenadas y la otra en la percusión posada sobre yunque o talla bipolar asociada a piezas astilladas. La confusa definición de estas piezas y su recurrente aparición en conjuntos de Paleolítico Superior ha promovido investigaciones que tratan de resolver el problema de su significado a través de la experimentación y de la traceología. Se deben recordar las recientes de Le Brun-Ricalens (1989), Lucas y Hays (2004), Le Brun-Ricalens (2006), Gibaja et al. (2007) etc., así como los estudios funcionales específicos que incluían este tipo de piezas dentro de una amplia muestra de utillaje analizado: Vaughan (1985), Cattin (2002) (1), entre otros. Prácticamente todos ellos se han centrado en las huellas de uso o micropulidos producidos por su supuesto uso, y todos coinciden en interpretarlas como piezas intermedias para el trabajo de materias primas duras. No obstante, la propia dinámica de su utilización, bien como piezas intermedias, bien como núcleos bipolares supone que constantemente las huellas o trazas creadas se destruyan también rápidamente, puesto que interviene siempre una violenta percusión en la que 'saltan' y se pierden los micropuli-dos recién creados. Por esta razón en este trabajo optamos por una propuesta experimental que pusiera el énfasis en los caracteres o estigmas macroscópicos para su comprensión y definición, ya que éstos sí permanecen. Esta propuesta pretende ser similar a otras experimentaciones que han abordado útiles cuyas huellas de uso plantean problemas similares, como las puntas de proyectil (Fischer et al. 1984) o las pièces mâchurées (Fagnart y Plisson 1994). JUSTIFICACIÓN Y OBJETIVOS DE LA PROPUESTA EXPERIMENTAL La presente experimentación se planteó con motivo de la problemática de mi tesis doctoral, centrada en la definición del tecnocomplejo gravetiense en la Península Ibérica a través del análisis tecnológico de diferentes conjuntos líticos. La abundancia de las piezas astilladas en sílex en los niveles de Paleolítico Superior inicial del Abrigo de El Palomar (V, IV y III) (Yeste, Albacete), motivó el desarrollo de esta propuesta experimental, centrándose, además, en dicha materia prima (2). Como paso previo a la enumeración de los objetivos, se debe aclarar que aunque, en teoría, la distinción entre pieza astillada (útil) y núcleo bipolar parece clara (Hayden 1980), los estudios en Prehistoria suelen utilizar en realidad la categoría tipológica de "pieza astillada" indistintamente para ambas variantes o situaciones (Fig. 2). En definitiva, hay un mismo significante para dos significados muy distintos. La propuesta experimental subsiguiente trata de aclarar qué morfologías y estigmas se obtienen macroscópicamente para estos dos tipos de actividades que se han relacionado con el morfotipo de "pieza astillada". Como objetivos específicos se plantean: determinar si ambas actividades generan lo que en tipología se clasifica como "piezas astilladas" o "retoque astillado" y especificar si es posible distinguir de visu las piezas talladas por percusión bipolar y las utilizadas como útiles intermedios. Además, se describirán en detalle los desconchados/extracciones macroscópicos producidos durante la experimentación. PRESENTACIÓN ESQUEMÁTICA DE LA EXPERIMENTACIÓN Y METODOLOGÍA DE ESTUDIO La experimentación se concibió como "mixta" (González Urquijo e Ibáñez 1994). A partir de variables conocidas y controladas, pero de manera replicativa, con el objetivo de intentar reproducir los trabajos llevados a cabo en el pasado. Experimentación 1: talla bipolar La experimentación consistió en la talla por percusión directa de cantos, lascas y otros restos de talla resultantes, apoyándolos sobre un yunque para producir soportes líticos (Figs. Para la percusión del sílex (3) se emplearon percutores minerales y orgánicos, con el objetivo de observar posibles diferencias entre este tipo de percusiones. Las principales variables que intervinieron en esta experimentación fueron: la actividad/ forma de aplicación de la fuerza: percusión directa; la morfología de la zona activa (percutor): redondeada (al tratarse de un canto, de asta o madera de boj) y de la zona percutida: redondeada (canto), lisa (talón o fragmento de lasca no reto-cada-retocada) o aguda (filo de lasca); el ángulo de trabajo: trayectoria seguida por la proyección de las articulaciones de la extremidad superior, marcando una curva e intentando la percusión vertical (90°). Además, se consideraron el número límite de acciones para extraer soportes o sujetar el núcleo; la forma de sujeción: con la mano desnuda y el ángulo del filo del material tallado: liso (si se tallaba un canto rodado), filo menor a 90°(si se trataba de una lasca). Experimentación 2: útiles intermedios para trabajos de cuña La experimentación utilizó lascas y restos de talla de distintas morfologías como soportes intermedios para cortar o abrir, a modo de cuña vertical, materias primas duras (hueso, madera y asta) (4). (3) La variedad de sílex seleccionada para todos los trabajos experimentales presentados fue de tipo Bergerac (Francia), cuyas características eran muy similares al sílex bético documentado en los niveles de Paleolítico Superior inicial del Abrigo de El Palomar, de grano fino y excelente calidad. (4) La selección de especies animales y madereras se realizó para cubrir diferentes morfologías y grados de dureza. Las dos primeras se trabajaron por corte, segmentación o bipartición (abrir en dos), mientras el asta sólo por corte o segmentación. Dentro del trabajo con hueso se realizaron cortes transversales sobre huesos largos (10 tests) y epífisis de costillas de Bos taurus (10 tests) y longitudinales sobre los extremos laterales de las mismas (6 tests). Por bipartición se abrieron varios metápodos de Sus scrofa domestica (7 tests), costillas de Bos taurus y Rangifer tarandus (17 tests). Es decir, se plantearon acciones que requiriesen respectivamente fuerza (huesos largos) y precisión (bipartición de metápodos o costillas) aplicadas sobre huesos de carácter duro y competente y de características esponjosas y 'amortiguadoras'. En las figuras 5 y 6 se resumen todos los trabajos llevados a cabo con hueso. La madera trabajada eran ramas de entre 3-5 cm de diámetro y segmentos de troncos de entre 15-20 cm de diámetro. Las primeras eran de Acacia triacanthos, Quercus robur, Salix repens y Populus alba, para evaluar diferentes durezas. Se realizaron tanto acciones de corte transversal (34 tests) como de bipartición longitudinal (15 tests). Los troncos eran de Fagus sylvatica, Carpinus betulus y Buxus sempervirens y sólo se trabajaron por bipartición (29 tests). En la figura 7 se resumen las actividades con madera. En la experimentación con asta se seccionaron varios fragmentos de Rangifer tarandus (23 tests) (detalle en Fig. 7). A continuación se describen las variables independientes, es decir los factores "que influyen de manera significativa en las huellas resultantes del trabajo" (González Urquijo e Ibáñez 1994: 19), con respecto a esta variante experimental. La actividad/forma de aplicación de la fuerza fue la percusión indirecta y la morfología del filo de la zona percutida: lascas y restos de talla de todo tipo, con filos agudos o romos. La morfología de la pieza intermedia fue, a su vez, lascas y restos de talla de todo tipo pero con terminaciones preferiblemente agudas. Como ángulo de trabajo se tomó la trayectoria seguida por la proyección de las articulaciones de la extremidad superior, marcando una curva intentándose aproximar a la percusión vertical. También se consideraron el número de acciones o golpes mientras la pieza 'trabajaba', la forma de sujeción a mano desnuda y el ángulo del filo activo entre la zona activa y el apoyo sobre la materia trabajada (siempre menor a los 90°). Las trazas macroscópicas se describieron siguiendo a González e Ibáñez (1994), con algunas adaptaciones: delineación del filo, densidad de las extracciones, posición, distribución, disposición, extensión y tamaño (grande superior a 5 mm, medio entre 1-5 mm y pequeño inferior a 1 mm). En la descripción de los resultados experimentales, se diferenciará entre la denominación de las extracciones producidas por la talla bipolar y por el trabajo de cuña. En el caso de la talla bipolar se ha empleado el término "extracción" ya que son fruto de una percusión voluntaria. Sin embargo, en la otra hipótesis las extracciones se han denominado "desconchados" ya que se producen por el tipo de trabajo realizado y su generación no constituye un acto voluntario. En cuanto a la terminología de los filos, se ha denominado en las dos hipótesis al borde directamente percutido como "filo percutido", mientras que el opuesto (apoyado sobre el yunque) en la percusión bipolar se ha llamado "filo posado" y en la otra hi- pótesis como "filo activo", al haber trabajado directamente sobre la materia (hueso, madera o asta) (Fig. 2). RESULTADOS DE LA TALLA BIPOLAR O TALLA POSADA SOBRE YUNQUE La experimentación permitió comprobar que se producen abundantes soportes (astillas) y restos de talla fruto de la percusión directa tanto en el filo percutido como por contragolpe, es decir, provenientes del filo apoyado sobre el yunque. Las principales características macroscópicas de los núcleos tallados mediante el método bipolar se presentaron ya en un trabajo preliminar sobre las piezas astilladas del Nivel V del Abrigo de El Palomar, atribuido al Paleolítico Superior inicial ( 5 Mourre (1996Mourre (, 2004) ) centradas en diferentes tipos de cuarzo y cuarcita del Paleolítico Inferior y Medio, respectivamente. Los principales estigmas consignados en nuestra experimentación -que permiten su comparación con los trabajos a modo de cuña-son que el filo percutido y el posado se regularizan, tienden a hacerse rectilíneos. Si la zona percutida se va rotando sobre sí misma, se obtienen morfologías cuadrangulares y rectangulares (Fig. 8A). Se generan numerosas extracciones, tanto en la zona percutida como en la zona apoyada sobre el yunque si bien, normalmente, son mayoritarias las del borde percutido. Las extracciones son bifaciales si el ángulo del filo es simétrico (Fig. 8B), pero si la pieza es asimétrica tienden al reequilibrio -desarrollándose únicamente en una cara-(Fig. 10A). Por ejemplo, si el perfil de la pieza es convexo-recto las extracciones tenderán hacia el lado convexo, reequilibrando el ángulo. El filo percutido sufre un notable 'retroceso' por motivo de la fuerte percusión lo que explica la reducción de tamaño de los núcleos residuales (Figs. Se pro-duce una eventual preparación 'involuntaria' del plano de fractura. Es decir, a medida que la percusión regulariza el borde percutido se genera poco a poco una superficie recta y lineal que en un determinado momento permite la extracción de soportes de tipo hojita-lasquita (Figs. Las terminaciones de las extracciones obtenidas por la percusión suelen ser en escalón o reflejadas (Fig. 8G). Así como los negativos de las extracciones en los núcleos bipolares presentan normalmente ondas de percusión muy marcadas (Fig. 8H). Las extracciones, sobre todo en el filo percutido, tienden primero a formar grandes extracciones que se suelen superponer y reflejar entre sí. Las extracciones reflejadas previas obligan a que las siguientes sean más pequeñas y, de nuevo, se reflejan, generándose normalmente una segunda fila de extracciones subalineadas. Por último, la zona inmediata al filo se va fisurando, resquebrajando y rompiendo (Figs. La fuerte percusión produce una especie de pulido en el filo, mientras que la zona inmediatamente próxima queda completamente fisurada (Fig. 8D y E). Las características de los soportes buscados, las astillas, se describen a continuación. Generalmente poseen talones rotos o lineales, ya que corresponden a un fragmento del filo violentamente percutido. Por esta misma razón, también portan la parte inmediata al filo que hemos descrito como "fisurada" (Fig. 9A). Los restos de talla no presentan un punto de impacto distinguible. Las ondas de percusión en las caras bulbares son muy marcadas y están muy próximas entre sí (Fig. 9D). El perfil de los soportes es de tendencia rectilínea. No obstante, esto también depende de la morfología del núcleo (Fig. 9D). Se ha observado un accidente de talla recurrente: la generación de un bulbo muy marcado y abultado "reflejado" (Fig. 9B). En los percutores y yunques (en cuarcita y caliza) se desarrollan trazas o estigmas lineales y, ocasionalmente de piqueteado, muy marcadas y concentradas (Fig. 9C y F). También aparecen cúpulas o cazoletas (Fig. 9E), producto de la fuerte percusión, como ya apuntó Le Brun-Ricalens (1989). El empleo de percutores de asta y madera de boj resultó altamente ineficaz por la menor masa de dichas materias primas y por 'dañarse' rápidamente su superficie, fruto de la violenta percusión necesaria para este tipo de método de talla. Características macroscópicas de núcleos de sílex tallados por percusión posada sobre yunque (talla bipolar): A. Morfologías residuales rectilíneas de los núcleos bipolares, obsérvese que poseen características idénticas a la de las piezas astilladas. B. Desarrollo bifacial de las extracciones por la simetría del perfil de la pieza. C. Superposición de las extracciones. D. Embotamiento del filo. E. Detalle de fisuración del filo. F. Retroceso del filo percutido (remontaje experimental). G. Terminación abrupta de las extracciones: reflejadas y en escalón. H. Desarrollo marcado de las ondas de percusión en un núcleo bipolar experimental. I. Ejemplos de astillas y núcleos bipolares (fotografías Paloma de la Peña). Características macroscópicas de astillas, percutores y yunques implicados en la talla bipolar: A. Talón roto y fisurado de astilla; B. Astilla con reflejo accidental del bulbo y núcleo bipolar del que proviene; C. Yunque en cuarcita con trazas lineales concentradas y desarrollo de cúpulas; D. Reverso de astilla y perfil rectilíneo del mismo soporte; E. Percutor en caliza con desarrollo de cúpula; F. Estigmas lineales y de piqueteado en yunque de cuarcita (fotografías Paloma de la Peña). RESULTADOS DEL EMPLEO DE PIEZAS INTERMEDIAS PARA EL TRABAJO DE HUESO, MADERA Y ASTA EN ACTIVIDADES DE TIPO CUÑA En los trabajos de tipo cuña, el resultado cualitativo de las extracciones en el filo directamente percutido de las piezas intermedias es prácticamente idéntico al descrito para la talla bipolar (fisuración, embotamiento, retroceso del filo, etc.) Ello se debe a que se aplica un mismo tipo de percutor y que el filo apoyado sobre la materia trabajada ofrece una resistencia similar. Nos encontramos por tanto ante una situación de equifinalidad, es decir, unos estigmas macroscópicos idénticos para el filo percutido en las dos actividades planteadas. Sin embargo, se debe apuntar que se observó cómo el desarrollo y extensión de las extracciones en dicho filo es directamente proporcional a la fuerza aplicada en cada caso: los trabajos que requirieron más fuerza mostraban acusadas extracciones, mientras que en los de precisión su desarrollo era moderado (Tab. En el filo activo (filo apoyado sobre la materia trabajada), sí se observaron diferencias cualitativas con respecto a los estigmas resultantes de la talla posada sobre yunque. A continuación son descritos pormenorizadamente por ser los más ilustrativos y discriminantes en el marco de esta experimentación: Actividades de cuña con huesos Las variantes de los trabajos con hueso que requirieron más aplicación de fuerza fueron el corte de huesos largos y de epífisis de costilla de bóvido. Provocaron numerosos desconchados de tamaño medio y grande (superiores a 5 mm), en el filo percutido y en el activo. Las características del filo activo difirieron de los resultantes de los otros trabajos en hueso y de los descritos para la talla bipolar. Se resumen en: la irregularidad de la delineación del filo, fruto de fracturas y desconchados de gran tamaño (Fig. 11B y D); la heterometría de los desconchados, distribuidos en tamaños irregulares a lo largo del filo (Fig. 11D y E) y en la adquisición de la morfología del hueso trabajado (curvatura) (Fig. 11C y E). Estos dos trabajos se realizaron con lascas o restos de talla de tamaño superior a los 6 cm de longitud. Las lascas inferiores resultaban altamente ineficaces al romperse tanto por la percusión violenta como por el contragolpe recibido del hueso percutido. Por otra parte, una buena selección de la morfología de los soportes o útiles de trabajo -sobre todo para seccionar las epífisisfacilitaba mucho esta tarea. También se requerían piezas de espesor superior a los 2-3 cm. Las morfologías resultantes de las piezas intermedias utilizadas en la experimentación corresponden tipológicamente a las de las piezas astilladas, por poseer dos filos opuestos con extracciones muy marcadas y un pseudo retoque a posteriori de astillamiento. No obstante, difieren de las características observadas en la talla bipolar por la irregularidad de la delineación del filo activo, la aparición de fracturas y por el desarrollo diferente de los desconchados y de su ordenación (heterometría). El resto de trabajos con hueso (el corte de extremos laterales de costilla de bóvido, la apertura de metápodos y la bipartición de costillas) generaron desconchados en el filo activo, pero en menor densidad, extensión y tamaño (generalmente medianos y pequeños) (Tab. Incluso, se llegó a observar que apenas se producían desconchados visibles. En otros términos, estas acciones en el filo activo no produjeron lo que tipológicamente se denomina retoque astillado, sino ciertas fracturas o desconchados. Esto se debe a que todas estas actividades eran de mayor precisión y requerían una dosificación de la fuerza para su correcta consecución. Resumiendo, los estigmas identificados son: menor extensión de las extracciones en el filo percutido que lo advertido en los dos trabajos en hueso anteriores (Fig. 12B1). Prácticamente la totalidad de los desconchados desarrollados en el filo activo fueron de tamaño pequeño, a lo sumo mediano (Fig. 12A1 y C1; Fig. 13A2 y B2; Fig. 14A, B y C2). Las extracciones en el filo activo están mucho menos desarrolladas que el filo percutido, es decir, existe una 'asimetría' en tamaño y en extensión entre los dos filos (Fig. 13A1/A2 y B1/B2; Fig. 14A, B y C). Las extracciones desarrolladas en el filo activo tienen una morfología de pseudorretoque o desconchado no identificable con lo definido normalmente como retoque astillado (Fig. 12A1 Actividades de cuña con madera La experimentación con madera se inició cortando transversalmente pequeñas ramas de 5-10 cm de diámetro. Las extracciones resultantes en las diferentes especies se exponen en conjunto puesto que, pese a que la dureza de algunas variantes como la acacia era mayor, las características generales fueron similares. Antes de iniciar los trabajos de cuña con madera y asta (vid. infra) se realizó una pequeña incisión en la materia trabajada para 'acomodar' mejor la pieza intermedia. La experiencia con ramas de diferentes especies se efectuó en seco. La mayor parte de las piezas (n = 20/34) se fracturaron al tratar de seccionar o cortar las ramas transversalmente. Actividades de cuña para el corte de huesos largos (tibia) y de epífisis de costillas de bóvido: morfologías obtenidas y detalle de desconchados. Las flechas señalan el filo percutido y el trazo discontinuo de las partes de las piezas apoyadas sobre la materia trabajada (sirva esta aclaración para todas las fotografías que se presentan más abajo con estos signos). Obsérvese el carácter rectilíneo del filo percutido (regularizado), contrastando con el activo (delineación irregular) y la heterometría de los desconchados generados en este último (E y D). Arriba dos ejemplos (A y B) de piezas enteras, abajo (C, D y E) detalles de los filos activos (fotografías Paloma de la Peña). de las fibras vegetales la materia trabajada ofrece mayor resistencia. Una vez fracturadas, las cuñas perdían su eficacia, al no existir un filo agudo que penetrase en la materia. Las fracturas, en su mayoría, son semicirculares -respondiendo a la forma de las ramas-, además suelen ser casi lisas o de tipo flexión, con una pequeña lengüeta. Las características fundamentales del filo activo tras el trabajo son: la abundancia de fracturas por flexión (Fig. 15B2), la delineación irregular del filo activo (Fig. 15B2 y B4) y el desarrollo restringido, en extensión y en tamaño, de los desconchados (Fig. 15A1, B4 y C2). En definitiva, en este trabajo tampoco se produjo (en el filo activo) lo que tipológicamente se reconoce como retoque astillado. La bipartición de ramas se puede considerar como un trabajo de precisión, dado que no requiere mucha fuerza sino destreza, tanto en la colocación de la cuña como en el aprovechamiento de la morfología de las fibras vegetales. Las piezas en esta actividad también se fracturaron con frecuencia, aunque las fracturas poseen un tamaño menor que se restringe al área inmediata al filo. Además, al contrario que en el anterior trabajo, las piezas tras su fracturación siguieron funcionando bien, ya que los flancos laterales de la lasca y no el borde del filo activo ejercieron la fuerza principal. Como esta actividad requirió una fuerza más dosificada, el desarrollo o extensión de los desconchados en el filo percutido y activo fue menor que en el trabajo anterior. Sólo en 3 de las 15 cuñas se observan desconchados (pequeños y de extensión marginal). En las restantes se han producido únicamente pequeñas fracturas. Este experimento tampoco genera morfologías tipo retoque astillado en el filo activo. La experimentación con madera de Buxus sempervirens y piezas intermedias a modo de cuña no funcionó y apenas se incidió en la madera. Toda esta variante experimental de 'abrir troncos' se realizó con maderas sumergidas en agua durante, al menos, un día. Del filo directamente percutido saltaban abundantes esquirlas producto de la fuerte percusión y de la gran resistencia ofrecida por esta especie (Fig. 16A y A1). En cambio, el filo activo, se embotaba rápidamente y la pieza no trabajaba (Fig. 16A2). Las piezas seleccionadas fueron de un tamaño considerablemente mayor que el empleado con las ramas, con el fin de evitar su rápida fracturación. Se primó en la elección de soportes las lascas o restos de talla con un filo activo agudo y al mismo tiempo robusto. Los desconchados que se generaron en el filo activo eran de tamaño medio y, ocasionalmente, grande (Tab. Su extensión, en algunos casos, llegó a ser invasora. Los desconchados se alternaban con la generación de pequeñas fracturas que impedían rápidamente que la cuña siguiese activa. Estos desconchados del filo activo tampoco se pueden identificar con el retoque astillado. La experimentación con el resto de tipos de madera fue también muy poco efectiva. Tan sólo se pudo abrir un tronco de Carpinus betulus tras haberlo sumergido en agua varios días. La cuña que lo abrió no presentaba desconchados a simple vista en el filo activo, por lo que se deduce que su zona de trabajo fueron los flancos (Fig. 16D y D1). Por otra parte, una gran cantidad de piezas se fracturaron, presentando características similares a las ya descritas para las ramas de menor tamaño (Fig. 16B2). La extensión y el tamaño de los desconchados eran menores que los observados durante el trabajo de madera de boj, y tampoco eran identificables como retoque astillado (Fig. 16C1). Trabajos de tipo cuña con asta La experimentación tuvo éxito, aunque el gasto de materia prima fue muy elevado. De los 23 soportes experimentales, sólo se pudieron seccionar tres pequeños trozos del asta. La actividad era especialmente 'agresiva' al acelerar el desgaste de la materia prima. Como en la talla bipolar el filo percutido y activo retrocedían rápidamente. Asimismo, saltaron abundantes restos de talla o astillas. Piezas experimentales empleadas para cortar epífisis de costilla de bóvido (signos explicados en Fig. 11). Las flechas sobre las que se sitúan los filos percutidos (A1 y B1) y el trazo discontinuo los activos (A2 y B2). Obsérvese el desarrollo limitado e irregular de los desconchados en los filos activos, no asimilable al retoque astillado (fotografías Paloma de la Peña). Piezas experimentales para abrir en dos costillas de bóvido (signos explicados en Fig. 11). Obsérvese de nuevo el desarrollo limitado de los desconchados, en los casos A y B no son visibles sin ayuda de la lupa binocular y en C2 su desarrollo es irregular y se intercala con fracturas (fotografías Paloma de la Peña). Los principales rasgos registrados son el gran desarrollo en tamaño y extensión de desconchados en el filo activo, incluyendo fisuración (Fig. 17A2, C1 y D1), la delineación irregular del filo activo (Fig. 17A2) y el carácter heterométrico (desigual) de los desconchados en el filo activo (Fig. 17D1). Este trabajo sí generó en el filo activo morfologías de retoque astillado, si bien su delineación Paloma de la Peña Alonso Fig. 16. Piezas experimentales como cuñas para abrir troncos (signos explicados en la Fig. 11). La pieza A fue utilizada con madera de boj, obsérvese el embotamiento del filo percutido (A1) y los desconchados irregulares del filo activo (A2). Las piezas B y C se emplearon con el resto de especies madereras. El filo percutido desarrolla numerosas extracciones y embotamiento (B1) y el filo activo fracturas (B2), pequeños desconchados (C1) e, incluso, puede quedar intacto (D1), ya que el trabajo lo realizan realmente los flancos de la cuña (fotografías Paloma de la Peña). quedó siempre irregular y los desconchados tenían morfología y tamaños desiguales. Como se ha visto, las morfologías obtenidas en los filos percutidos directamente, en la talla bipolar y empleando cuñas son prácticamente idénticas, dificultando su posible distinción. Sin embargo, los diferentes trabajos propuestos, según se ha demostrado en esta experimentación, modifican la morfología resultante en el filo durmien-te o activo. Además, no todos los experimentos con empleo de cuñas han generado desconchados identificables con el denominado retoque astillado. Paradójicamente, la principal característica de la talla bipolar es que produce siempre lo que tipológicamente se denominan piezas astilladas de morfología cuadrangular o rectangular con dos o más filos opuestos con retoque astillado. En este caso las extracciones entre el filo percutido y el durmiente desarrollan una morfología simétrica. Los principales estigmas para reconocer este método de talla son los descritos más arriba, unidos a la producción del principal objetivo de la talla: las astillas. En otras palabras, en un conjunto con un método de talla bipolar no sólo se encontrarán las piezas astilladas sino también las astillas y los elementos imprescindibles para practicarlo, como percutores y yunques con estigmas lineales y formación de cúpulas o cazoletas. La mayor parte de los trabajos con aplicación de cuña no han resultado en filos activos con morfologías identificables con el retoque astillado. Incluso el desarrollo de los desconchados puede ser marginal o anecdótico, en contra de lo que algunos estudios anteriores habían propuesto. En este sentido, han sido especialmente reveladoras las experiencias con madera y, en determinados casos, hueso. Además es frecuente que estos desconchados vayan acompañados de fracturas. Los trabajos de tipo cuña que sí producen un astillamiento del filo activo -relacionados con la acción sobre los materiales más duros, como el corte de huesos largos o asta-suelen ir acompañados de la creación de filos de delineación irregular con grandes extracciones reflejadas y desiguales (heterométricas), cuyas características difieren de las vistas para el filo durmiente de la talla bipolar, tendente a la regularización y al carácter rectilíneo. Es decir, en este tipo de piezas, el astillamiento de los dos filos opuestos no resultaría en una morfología simétrica, como en los núcleos bipolares (Tab. En suma, si en un conjunto arqueológico se conservaran piezas astilladas enteras, se podría llegar a distinguir a que variante responden atendiendo a todos los elementos expuestos dentro de una serie amplia, comparando las características específicas de las extracciones/desconchados, su densidad, extensión y la delineación de los filos. Esta propuesta experimental parece haber puesto de manifiesto que muchos problemas tecno-tipológicos deberían buscar su solución en planteamientos funcionales. Esta experimentación tuvo lugar durante mi estancia como becaria predoctoral FPU en el Laboratoire Méditerranéen de Préhistoire Europe-Afrique (LAMPEA) de la Maison Méditerranéenne des Sciences de l'Homme en Aix-en-Provence en el otoño 2008. El Dr. Hugues Plisson me facilitó toda la ayuda durante la misma, así como el equipo de traceólogos e investigadores del laboratorio. Agradezco la relectura del manuscrito y los buenos consejos al Dr. Marc Tiffagom, Tab. Características morfológicas de los trabajos planteados. Se han señalado en gris claro los que generan lo que tipológicamente se define como "retoque astillado". Obsérvese que en todas las actividades de tipo cuña que lo produjeron no existe simetría morfológica entre los desconchados de los filos opuestos (casillas marcadas en gris más oscuro) y la delineación del filo activo es irregular. Ello permite diferenciarla de la talla bipolar. 84 Paloma de la Peña Alonso la identificación macroscópica de las piezas astilladas: propuesta experimental 89 VARIANTES DE LA EXPERIMENTACIÓN Filo percutido la identificación macroscópica de las piezas astilladas: propuesta experimental 93 la identificación macroscópica de las piezas astilladas: propuesta experimental 95 96 Paloma de la Peña Alonso Variantes de la experimentación Morfologías de retoque astillado en varios filos opuestos Simetría de las extracciones entre filo percutido y activo morfo- lógica en extensión
diales, se une la rápida multiplicación y diversificación de las evidencias neolíticas en la práctica totalidad de la península, tan sólo unos 100 años después de la aparición de las primeras especies domésticas, en torno al 5500 cal AC. Quizá el caso más destacable sea la regionalización que sugieren la pluralidad de prácticas agrícolas documentadas a escala peninsular (Zapata et al. 2005) o de tradiciones tecnológicas sugerida para las producciones epicardiales (Clop 2005). Uno de los conjuntos materiales en los que debería mostrarse con mayor claridad esta aparente variabilidad regional es el de las producciones cerámicas, dado que, como sucede con todas las artesanías, el conocimiento especializado se transmite inevitablemente en el contexto de la práctica. Su aprendizaje requiere combinar un conocimiento teórico y un imprescindible saberhacer, por lo que una expansión rápida de la tecnología cerámica en el espacio y en el tiempo requeriría incrementar en unas pocas generaciones los individuos transmisores y, en consecuencia, una previsible multiplicación de la variedad. Este fenómeno, que se observa con claridad a escala mediterránea (Fugazzola et al. 2002), parece también reflejarse a nivel peninsular. Los todavía escasos yacimientos publicados no sugieren una variación sustancial en las formas o técnicas decorativas de las producciones del llamado Neolítico interior. Se puede asignar, con cierta probabilidad de éxito, un conjunto de cerámicas al Neolítico Antiguo en función de sus formas, decoraciones y del porcentaje de aparición de determinados tratamientos exteriores como la "almagra". Sin embargo, bajo esta aparente homogeneidad formal se insinúan tradiciones tecnológicas regionales, únicamente observables a partir de la caracterización mineralógica y geoquímica. El estudio arqueométrico de una muestra de materiales cerámicos recuperados en yacimientos neolíticos localizados en los valles madrileños del Jarama y el Manzanares permite elaborar una hipótesis en este sentido. LOCALIZACIÓN, CONTEXTO Y CRONOLOGÍA DE LOS MATERIALES CERÁMICOS ANALIZADOS La oportunidad de llevar a cabo un estudio arqueométrico de un conjunto de materiales cerámicos de 6 nuevos yacimientos neolíticos de Madrid resultó de una reunión organizada por el "Equipo Casa Montero" (CSIC) celebrada en ju-nio de 2007, en el Museo Arqueológico Regional de Madrid (MAR). Su objetivo era conocer de primera mano y comparar los conjuntos cerámicos neolíticos recuperados recientemente en Madrid, para construir una secuencia cerámica del Neolítico interior basada en criterios morfométricos, tecnológicos y petrográficos. Todos los yacimientos muestreados se localizaron y excavaron como consecuencia del estudio arqueológico previo o seguimiento de obras públicas de distintas características. Se encuentran en el entorno inmediato de dos de los ríos principales de Madrid: el Jarama y el Manzanares (Fig. 1). Los conjuntos son distintos en términos cuantitativos y cualitativos, 5 cuentan con dataciones absolutas, mientras que la tipología cerámica del único sin ellas, La Deseada (Díaz-del-Río y Consuegra 1999), puede adscribirse, razonablemente, al Neolítico Antiguo. A continuación se reseñan brevemente los yacimientos, desde el más antiguo al más moderno, y los correspondientes fragmentos cerámicos seleccionados para el estudio arqueométrico (Fig. 2). La tabla 1 describe los materiales analizados y la tabla 2 ofrece las dataciones absolutas disponibles. La mina de sílex de Casa Montero (Madrid) se dio a conocer en 2004 (Consuegra et al. 2004) y es, en la actualidad, el yacimiento neolítico regional con mayor información contextual publicada. Se localiza en los escarpes de la margen derecha del río Jarama, a poco más de 1 km de su cauce. Las dataciones absolutas se han obtenido de fragmentos individuales de carbón, previamente identificados, recuperados en 12 pozos de extracción de sílex distribuidos por la práctica totalidad de las 3 ha detectadas de actividad minera prehistórica. El test de c 2 demuestra que 11 son estadísticamente idénticas, con un 65% de probabilidad de que todos los episodios mineros datados sucedieran entre el 5337 y el 5218 cal AC (Díaz-del-Río y Consuegra 2011). Dado que las muestras han sido seleccionadas sin atender a la posible "edad" de la madera, el resultado sugiere que o se seleccionaron siempre fragmentos de corteza, algo poco probable, o los restos datados pertenecían a maderas jóvenes, previsiblemente arbustos de coscoja y enebro. Dada la distribución de la muestra datada, los frecuentes remontajes entre grupos de pozos, la ausencia de superposición entre pozos y la homogeneidad tanto tipológica como tecnológica de los restos consideramos que el minado pudo durar un único siglo. En Casa Montero se ha recuperado uno de los mejores conjuntos cerámicos del Neolítico Antiguo del interior peninsular, tanto en términos cuantitativos como cualitativos. Se seleccionaron 7 fragmentos cerámicos: 6 proceden de 5 pozos neolíticos y 1 de un hoyo fechado en la Edad del Bronce. Este último fragmento se seleccionó para determinar posibles diferencias tecnológicas diacrónicas. La Deseada (Rivas-Vaciamadrid, Madrid) se localizaba en los escarpes yesíferos del valle del Jarama, a 50 m de su cauce, prácticamente en su confluencia con el río Manzanares (Díaz-del-Río y Consuegra 1999). En el yacimiento se documentó la única evidencia arquitectónica clara del Neolítico antiguo regional publicada hasta la actualidad, además de 4 estructuras, de las cuales una puede interpretarse como silo subterráneo. Como recordaremos, es el único sin dataciones absolutas, pero sus escasos materiales cerámicos son distintivos del Neolítico Antiguo. Se seleccionaron 4 fragmentos cerámicos: 3 recuperados en los hoyos y 1 en la cabaña. Descripción de los materiales cerámicos madrileños analizados y número de inclusiones estimado en la observación de las láminas delgadas. NA = Neolítico Antiguo. U.a. = Unidades arbitrarias. U.e. = Unidad estratigráfica. El yacimiento de El Congosto (Rivas-Vaciamadrid, Madrid) se situaba sobre una suave loma a 400 m del cauce del río Manzanares, a algo menos de 4 km de su confluencia con el río Jarama. Sólo 16 contenían materiales asignables tipológicamente al Neolítico Antiguo. Las pocas estructuras de esta cronología así como el remontaje de fragmentos cerámicos entre algunas sugieren una única ocupación, quizá no muy prolongada en el tiempo. En general, son fosas de planta circular de 1 m de diámetro aproximadamente y escasa profundidad, denominadas frecuentemente "cubetas". En dos casos pudieron servir como silos subterráneos por la morfología de los perfiles. En uno de estos silos se halló el enterramiento doble de un infante y un adulto, previsiblemente en posición primaria dada la presencia de la práctica totalidad del esqueleto del segundo. De los 589 fragmentos cerámicos recuperados, se seleccionaron 7 procedentes de 5 estructuras diferentes. El yacimiento conocido como Colector H05 (Villaverde, Madrid) se sitúa en la margen izquierda del río Manzanares, a 20 m de su cauce actual. En una extensión reducida de 140 m 2 se documentaron 14 estructuras en planta. Se excavaron 8, de las cuales 6 ya estaban seccionadas por la zanja que albergaría el colector. Cuatro aportaron materiales asignables al Neolítico. Un fragmento de fauna indeterminada recuperado en una de estas estructuras se fechó en 4667-4459 cal AC (Tab. De los 168 fragmentos cerámicos recuperados se seleccionaron 5 procedentes de la estructura datada. El yacimiento de Pista de Motos (Villaverde, Madrid) se situaba en terraza, en la margen derecha del río Manzanares, a 170 m de su cauce actual (Domínguez y Vírseda 2009). Sólo dos de ellas se asignaron al Neolítico. Son de tipo silo y en su interior se recuperaron 93 fragmentos cerámicos. Corresponden a formas predominantemente globulares y semiesféricas, con algunas decoraciones impresas y boquiques, así como otras claramente calcolíticas, como una fuente sub-rectangular. Un fragmento de fauna indeterminada de una de las estructuras neolíticas dató la aparentemente breve ocupación en 3499-3364 cal AC (Tab. Es una de las pocas fechas absolutas existentes en contextos no funerarios de la Meseta de estas cronologías. De los 3 fragmentos seleccionados para su análisis, 2 pertenecen a la estructura datada (ue 2301). El depósito coluvional de O'Donnell (Madrid) se localizó durante las obras de seguimiento de la remodelación de la circunvalación interior de Madrid (M-30). Los materiales procedían, probablemente, del desmantelamiento de un asentamiento ubicado en una de las terrazas intermedias de la margen derecha del arroyo Abroñigal, afluente del río Manzanares. 2), procede de un depó- MATERIALES Y TÉCNICAS DE ANÁLISIS Se analizaron 29 muestras: 28 fragmentos cerámicos y 1 muestra de sedimento arcilloso (Tab. Los primeros proceden de los seis yacimientos reseñados: Casa Montero (7 frags.), La Deseada (4 frags.), El Congosto (7 frags.), Colector H05 (5 frags.), O'Donnell (2 frags.) y Pista de Motos (3 frags.). La selección se realizó a partir de sus características texturales externas y de su tipología. Seis de los fragmentos seleccionados presentan "almagra", en general muy deteriorada, en sus superficies externas: Casa Montero (4 frags.), La Deseada (1 frag.) y El Congosto (1 frag.). Cuatro de las muestras pertenecen a recipientes de grandes dimensiones procedentes de La Deseada (1 frag.), El Congosto (2 frags.) y Colector H05 (1 frag.). El sedimento arcilloso procede de un estrato terciario muestreado durante la excavación de Casa Montero. Se utilizaron las siguientes técnicas complementarias de caracterización mineralógica y geo-química: análisis petrográfico mediante lámina delgada, difracción de rayos X (DRX) convencional y de ángulo rasante, microscopía electrónica de barrido (MEB) con microanálisis de dispersión de energías de rayos X (EDS) y espectrometría de fluorescencia de rayos X (FRX). Las características macroscópicas de todas las muestras se observaron, previamente, sobre fracturas frescas y secciones pulidas. Las láminas delgadas se prepararon a partir de una sección obtenida con un disco de corte de diamante y perpendicular al borde de los fragmentos cerámicos. Su observación petrográfica se llevó a cabo con un microscopio óptico de luz transmitida y dispositivo de polarización Kyowa Bio-Pol 2. Las micrografías se obtuvieron con una cámara digital Leica DFC480. Los análisis mediante DRX del interior de los fragmentos cerámicos y del sedimento arcilloso se realizaron con el método convencional de polvo cristalino con un difractómetro PANalytical X'Pert MPD, utilizando la radiación Ka del cobre (1,54060 Å) y condiciones de trabajo de 45 kV y 40 mA. Los difractogramas se registraron entre 2q = 5-60°. Los análisis por DRX con ángulo rasante se efectuaron sobre la superficie de los fragmentos con "almagra". Se utilizó un difractómetro PANalytical X'Pert PRO MPD y radiación Ka del cobre (1,54060 Å), con espejo parabólico como atenuador del haz directo, rendija de divergencia de 1/16°y máscara de 10 mm. Los difractogramas se registraron entre 2q = 10-60°. Las observaciones microestructurales se llevaron a cabo mediante MEB sobre fractura fresca. Se utilizó un equipo Hitachi S-3400-N (CCHS-CSIC, Madrid) con tensión de aceleración de 15 kV. Las fracturas se recubrieron con una fina capa de oro-paladio, depositada con un evaporador Polaron SC7620, para favorecer la conducción. Las observaciones de los fragmentos con "almagra" se realizaron sobre sección pulida embutida en resina y recubierta con una fina capa de carbono. Los microanálisis por EDS se llevaron a cabo con un espectrómetro Bruker AXS acoplado al microscopio electrónico mencionado. La composición química en masa de todas las muestras seleccionadas se determinó semicuantitativamente con un espectrómetro de FRX de dispersión de longitudes de onda PANalytical Axios, equipado con tubo de rodio. Las muestras se prepararon prensadas en pastillas de ácido bórico con n-butilmetacrilato y acetona (10:90 % en peso) como agentes ligantes. Se eligieron estos 12 óxidos por presentar niveles de exactitud y precisión aceptables para todas las muestras analizadas. Las muestras de polvo para los análisis mediante DRX y FRX se obtuvieron por molienda del fragmento cerámico con un mortero y mazo de ágata. Se eliminó la superficie más externa de los fragmentos para evitar posibles contaminaciones. Finalmente, con el fin de aislar y estimar la validez estadística de posibles grupos de fragmentos cerámicos que mostraran un perfil químico similar, los datos de composición química obtenidos por FRX se emplearon dos técnicas estadísticas multivariantes con el paquete estadístico Systat v. 10.2 (SPSS Inc., Chicago): análisis de componentes principales y análisis canónico discriminante, el cual incluyó el cálculo de distancias de Mahalanobis (Baxter 1994). Las concentraciones de los distintos óxidos se transformaron en valores logarítmicos para compensar las diferencias de magnitud entre los óxidos mayoritarios y minoritarios en el cálculo de los coeficientes de similaridad (Bishop y Neff 1989). La observación macroscópica de las muestras determinó una fábrica mayoritaria y bastante homogénea en los fragmentos cerámicos. Las matrices arcillosas presentaron coloraciones heterogéneas, con predomino de áreas grisáceas y/o negruzcas y, en menor proporción, zonas marrones y/o rojizas. Un número importante de fragmentos mostraron corazón negro, así como una elevada macro-porosidad. En esta fábrica se observaron abundantes inclusiones distribuidas por toda la matriz arcillosa, con tamaños de hasta 3 mm. Sólo en las muestras 8, 17, 18 y 2, procedentes de grandes recipientes se determinó una fábrica con menor densidad de inclusiones y, además, de menor tamaño (hasta 0,7 mm). En la superficie externa de la muestra 17 se identificó una zona con evidencias de vitrificación de unos densidad y tamaño de grano identificada en la observación macroscópica y asociada a grandes recipientes. Las matrices birrefringentes tampoco presentaron evidencias de vitrificación, aunque la matriz mostró un componente más arenoso y más calcáreo en las muestras 17 y 18 procedentes de El Congosto. En las muestras 8, 17, 18 y 21 se reconocieron huellas estrechas y alargadas, cuya morfología podría relacionarse con restos de fibras vegetales (Fig. 3d). El tamaño máximo del cuarzo, los feldespatos y la mica no superó los 0,5-0,7 mm, mientras que los nódulos opacos de óxido de hierro no superaron 0,3 mm. Las micas mostraron también hábito acicular y el resto de las inclusiones, formas redondeadas y sub-redondeadas. Los fragmentos de granito reconocidos en algunas muestras de Casa Montero, junto a cristales de cuarzo, de plagioclasa y/o microclina, por lo demás similares a los hallados en las inclusiones individuales de la mayoría de las muestras analizadas, indican que los sedimentos arcillosos empleados en la elaboración de esta cerámica podrían proceder de la alteración y meteorización de un área predominantemente granítica. No obstante, la ausencia de feldespatos y la presencia de calcita micrítica primaria en la muestra 10 ("almagra" de La Deseada) son características que la hacen geológicamente incompatible con un área granítica, lo cual podría indicar que este fragmento cerámico tiene un origen foráneo. Excepto en este caso, no es posible establecer mayores diferenciaciones, ni por yacimiento ni por cronología, a partir de la composición mineralógica determinada mediante observación petrográfica. Identificación de hueso y otro tipo de inclusiones Junto a las inclusiones minerales, se reconocieron inclusiones muy numerosas de hueso (Fig. 3e-f-g) y, en mucha menor proporción, fragmentos de chamota (Fig. 4a), carbón (Fig. 4b-c) y calcita secundaria o de aporte externo (Fig. 4d). Las inclusiones de hueso aparecieron en 18 de las muestras (Tab. Excepto los grandes recipientes (muestras 8, 17, 18 y 21), la muestra 1 de Casa Montero (perteneciente a la Edad del Bronce), la 10 de La Deseada, los dos fragmentos cerámicos de O'Donnell y dos de Pista de Motos, todos los fragmentos analizados tenían inclusio- nes de hueso o, lo que es lo mismo, sólo faltaban en las cerámicas de O'Donnell (1). El número de estas inclusiones se estimó en cada lámina delgada mediante conteo directo y abarcó el intervalo comprendido entre siete inclusiones de hueso de la muestra 11 (La Deseada), hasta 167 inclusiones contadas en la muestra 3 (Casa Montero). Los tamaños máximos se situaron entre 0,4 mm de la muestra 12 (El Congosto) y 1,5 mm de la muestra 13 (El Congosto). La presencia de morfologías angulosas, con un índice medio de esfericidad bajo en comparación con las inclusiones de cuarzo y feldespatos (0,63 frente a 0,75) (Tab. 1; Fig. 3e-f-g), así como el elevado número de estas inclusiones, indican su posible adición intencionada al sedimento arcilloso. Además, la identificación de ciertas características histológicas como osteocitos circulares (Fig. 3g) demuestra que estas inclusiones consisten en fragmentos de hueso machacado deliberadamente para añadirse como desgrasante. Los datos aportados por el sedimento arcilloso procedente de Casa Montero (muestra 29) (2) también refuerzan el carácter intencional. Aparte de mostrar una matriz muy diferente a la de la cerámica, con cristales arcillosos escasamente sinterizados a pesar de su cocción a 750 °C, este sedimento carecía de inclusiones de hueso como las de las muestras de los fragmentos cerámicos (Fig. 3h). Estas características, junto a la ausencia de otras inclusiones minerales de tamaño variable, sugieren que no se utilizó un sedimento como el muestreado en la elaboración de los materiales cerámicos analizados. La chamota, fragmentos de cerámica machacada añadidos como desgrasante no plástico al sedimento (Rice 1987: 75), también se considera intencional. En tres combina con el desgrasante óseo. La discontinuidad con respecto a la matriz circundante es clara (Fig. 4a): al ser materiales distintos tienen coeficientes de dilatación diferentes. Al haber inclusiones de hueso y chamota en fragmentos cerámicos con y sin "almagra", no es posible asociar su presencia o ausencia con este tratamiento de la superficie. En cambio, sólo se detectó chamota en muestras de los yacimientos considerados más antiguos: Casa Montero y La Deseada (3). Además, en la muestra 10, incompatible con un área granítica, se contabilizaron el máximo de inclusiones de chamota (23 en total). Solamente se hallaron fragmentos de carbón o restos de materia orgánica carbonizada en las muestras 6, 12 y 28 (Tab. Dos tenían un número muy reducido, mientras en la 28, procedente de Pista de Motos, se contabilizaron hasta 35 inclusiones. Posiblemente, algunas puedan asociarse con madera carbonizada debido a las alineaciones de su estructura celular (Fig. 4b-c). En todo caso, ninguna evidencia excluye que estuvieran ya en el sedimento utilizado en la elaboración de la cerámica. Por último, también se identificó calcita micrítica secundaria o de aporte externo en 9 de las muestras analizadas. En general, se halló depositada en las superficies externas de los fragmentos. Esto ha contribuido, en algunos casos, a una mejor conservación de la capa de "almagra" (Fig. 4d). Análisis mediante DRX convencional Las fases mineralógicas determinadas mediante DRX confirmaron los datos petrográficos. Se identificó igualmente una mineralogía homogénea caracterizada por cuarzo, plagioclasa y microclina como fases principales, que pueden asociarse al componente granítico representado por las inclusiones de mayor tamaño. (1) Una documentación más extensa sobre la observación petrográfica de los fragmentos cerámicos procedentes de Casa Montero puede consultarse en García-Heras, M.; Agua, F. y Villegas, M. A. en prensa: "Estudio arqueométrico de materiales cerámicos del yacimiento de Casa Montero, Madrid". En S. Consuegra y P. Díaz-del-Río (eds.): Casa Montero. Una mina de sílex del Neolítico Antiguo. (2) Este sedimento, procedente de la excavación de un estrato terciario de Casa Montero, se analizó para comprobar su uso como materia prima en la elaboración de los materiales cerámicos. Para simular su tecnología, el sedimento se procesó en el laboratorio del siguiente modo. Una vez secado a temperatura ambiente, se le añadió agua y se modeló en pequeñas probetas rectangulares, que posteriormente se secaron en estufa a 80 °C durante 120 min. Después, se cocieron en un horno eléctrico en atmósfera oxidante a 750 °C. La cocción se realizó con un temple de 120 min., durante el cual la temperatura se elevó lentamente hasta alcanzar 300 °C. Más tarde, en un segundo paso, la temperatura se elevó hasta 750 °C en 80 min. La máxima temperatura sólo se estabilizó durante 15 min. Por último, el horno se mantuvo cerrado para que tuviera lugar un enfriamiento lento y prolongado. (3) Esta similitud con Casa Montero refuerza la asignación cronológica de La Deseada al VI milenio AC. como fases secundarias relacionadas con la matriz arcillosa, así como pequeñas proporciones de calcita que, según la observación petrográfica, podría ser en su mayoría de aporte externo (Fig. 5a). El análisis del sedimento arcilloso cocido en laboratorio a 750 °C (muestra 29) confirmó que no era compatible mineralógicamente con los fragmentos cerámicos, ya que en su difractograma se detectó esmectita como fase mayoritaria y, en mucha menor medida, microclina e illita (4). A partir de los datos de DRX se puede estimar una temperatura de cocción equivalente para los fragmentos cerámicos analizados de unos 700-750 °C. Esta estimación se basa en el hecho de que todavía se detectan reflexiones de illita y esmectita, minerales arcillosos que no pierden su estructura cristalina hasta temperaturas próximas a los 850 °C (Rice 1987: 92). La estructura cristalina en illitas y esmectitas se corrobora con los datos de la observación petrográfica en la que no se detectaron signos de vitrificación en las matrices arcillosas. Caracterización de las inclusiones de hueso En todas las muestras con inclusiones de hueso se determinó la fase hidroxiapatita, que es un fosfato de calcio [Ca 5 (PO 4 ) 3 (OH)] y es el componente inorgánico mayoritario del hueso (~40 %). Este dato demuestra que efectivamente se trata de hueso añadido al material cerámico. La figura 5b presenta, como ejemplo, el difractograma de la muestra 19, donde se contabilizaron un (4) García-Heras et al. en nota a pie 1, figura 1C. total de 93 inclusiones, con tamaños próximos a 1,0 mm. En esta muestra se detectaron, junto a las otras fases mineralógicas, casi la totalidad de las reflexiones características de la hidroxiapatita, según la ficha núm. 24-0033 del JCPDS. Un estudio exhaustivo de esta región del difractograma permitió comprobar que su poder reflectante y, por tanto, su mejor determinación, es más elevado cuanto mayor es el número de inclusiones de hueso presentes en el fragmento cerámico (Fig. 5c). Así, se puede establecer una progresión de menor a mayor poder reflectante entre la muestra 9, con 34 inclusiones de hueso y la muestra 15, con 164. En las muestras en las que se contabilizó un número de inclusiones inferior a 34, no fue posible la identificación precisa de hidroxiapatita a partir de sus reflexiones principales, debido a que se confundían con el ruido de fondo de la línea base del difractograma. Comportamiento térmico de la hidroxiapatita Cuando se calcina el hueso en atmósfera oxidante las reflexiones principales de la fase hidroxiapatita en el intervalo 2q = 30-35°varían según la temperatura alcanzada. A temperatura ambiente las dos primeras reflexiones no pueden distinguirse y la tercera es sólo un hombro. A temperaturas comprendidas entre 700-750 °C, las dos primeras reflexiones se solapan y se diferencian de la tercera, mientras que si la temperatura se aproxima a los 800-850 °C se distinguen las tres reflexiones y no se produce ningún solapamiento entre ellas (Rogers y Daniels 2002; Odriozola y Hurtado 2007). Con el propósito de comprobar el comportamiento térmico de la hidroxiapatita en los fragmentos cerámicos con inclusiones de hueso, se seleccionó la muestra 15, con 164 contabilizadas, para su recocción en laboratorio a 900 °C (5). En los fragmentos cerámicos con hueso las dos primeras reflexiones (2q = 31,7°y 32,1°) aparecieron solapadas en casi todas (Fig. 5c), incluida la muestra 15 (Fig. 6a), independientemente del número de inclusiones de hueso contabilizadas. Por el contrario, en el difractograma de la muestra 15 recocida a 900 °C (Fig. 6b), se distinguen las tres reflexiones sin que se produzca ningún solapamiento entre ellas. Este dato, por tanto, indica que los fragmentos cerámicos con inclusiones de hueso también debieron cocerse a una temperatura equivalente de unos 700-750 °C, habida cuenta de que prácticamente en ninguno de ellos se pudo distinguir de forma precisa una separación entre las dos primeras reflexiones principales de la fase hidroxiapatita a 2q = 31,7°y 32,1°, respectivamente. (5) Se recoció en un horno eléctrico en atmósfera oxidante a 900 °C, siguiendo el mismo procesado térmico que para el sedimento arcilloso de Casa Montero. Observaciones microestructurales mediante MEB La observación microestructural realizada sobre la fractura fresca de los fragmentos cerámicos no determinó ninguna diferencia entre las matrices arcillosas de aquellos fragmentos con inclusiones de hueso (Fig. 7a) y sin ellos (Fig. 7b). En ambos casos las matrices mostraron una microestructura laminar que puede asociarse a un estado de sinterización que no ha alcanzado la vitrificación (García-Heras y Rincón 1996). Los cristales de los minerales arcillosos, compuestos mayoritariamente por illita, todavía no han comenzado a sinterizarse como resultado de una temperatura de cocción relativamente baja. Esta microestructura confirmó las observaciones petrográficas y los datos de DRX, en los que se detectaron las reflexiones características de la illita debido a que todavía no había perdido su estructura cristalina por efecto de una baja temperatura de cocción. Las observaciones mediante MEB confirmaron la adición intencionada de hueso a las cerámicas, puesto que estas inclusiones presen-taron siempre contactos limpios y bien delimitados con la matriz arcillosa circundante (Fig. 7c). Las observaciones también sirvieron para detallar mejor los osteocitos y los canales vasculares circulares característicos de la estructura ósea (Fig. 7d). El estudio de la muestra 17, correspondiente a un gran recipiente de El Congosto, requirió una observación pormenoriza tanto del interior de la matriz como de la superficie externa que presentó una zona con evidencias de vitrificación. La microestructura laminar de la matriz (Fig. 7e) era muy similar a la del resto de los fragmentos cerámicos, que también puede asociarse a un estado de sinterización que no ha alcanzado la vitrificación. En el difractograma obtenido en esta zona se identificaron las fases cuarzo, feldespatos (plagioclasa y microclina) y calcita, que se correspondieron con las observaciones petrográficas mediante lámina delgada. La microestructura exhibió un estado sin inicios de vitrificación, pero no se detectaron reflexiones de ningún mineral arcilloso, lo cual confirmó que la matriz era más arenosa y calcárea que la del resto de los fragmentos cerámicos, como ya se observó mediante lámina delgada. Por el contrario, la microestructura celular de la superficie externa puede asociarse a un estado de sinterización con inicio de vitrificación (Fig. 7f). Dicha microestructura se debe al escape de burbujas de CO 2 que se producen cuando se descomponen los carbonatos como la calcita por efecto de una temperatura elevada. Este hecho se confirmó en el difractograma obtenido en esta zona en el que, a las fases presentes también en la matriz interna, se unieron tres fases de alta temperatura: anortita, diópsido y gehlenita. La anortita y la gehlenita se forman por reacción de los silicatos con los cationes de calcio liberados en la descomposición de la calcita. Por otro lado, el diópsido se forma por reacción de los silicatos con los cationes de magnesio liberados en la descomposición de carbonatos mixtos, a partir de 800-850 °C (Linares et al. 1983). Estas tres fases indican que en la superficie de este gran recipiente se produjo un episodio de alta temperatura, en el que se alcanzaron al menos 900 °C, quizá bastante puntual porque el espesor de la zona con inicios de vitrificación no supera los 3 mm, en una pared cuyo espesor total es de unos 33 mm. Análisis de la "almagra" mediante DRX convencional y de ángulo rasante, MEB y microanálisis EDS De los 6 fragmentos cerámicos con "almagra" seleccionados, la muestra 10 de La Deseada tenía una almagra de color rojo más intenso y, en general, mejor estado de conservación. En las restantes 5 el color era rojo más apagado y el estado de conservación peor, con abundantes depósitos calcáreos blanquecinos (Fig. 4d). En estas muestras se llevó a cabo el análisis mediante DRX convencional en el cuerpo del fragmento cerámico y mediante ángulo rasante en su superficie externa, para determinar sus diferencias mineralógicas. Asimismo, se observaron mediante MEB y microanálisis EDS en secciones pulidas para determinar sus características microestructurales y su composición química, respectivamente. En el difractograma del cuerpo del fragmento de la muestra 10 (Fig. 8a) sólo se detectaron dos fases principales: cuarzo y calcita; y una secundaria: illita. Estos resultados confirmaron las observaciones petrográficas y redundan en la posible procedencia foránea de la cerámica. Por el contrario, en el difractograma mediante ángulo rasante obtenido sobre la superficie externa (Fig. 8b), se detectó cuarzo como fase principal y calcita y hematita como fases secundarias. Ello podría indicar que la "almagra" se compone de ocre rico en óxido de hierro, debido a la presencia de hematita sólo detectada en la superficie, que proporcionó la coloración roja intensa a la capa externa. El cuarzo y la calcita se detectaron también en el cuerpo del fragmento, pero no se puede descartar que parte de estas fases mineralógicas sean impurezas del ocre empleado en la elaboración de la "almagra". La microestructura de la capa de "almagra", de unos 40 mm de espesor medio, no presentó signos de vitrificación ni diferencias apreciables respecto a la matriz arcillosa del fragmento (Fig. 8c), lo que podría indicar que se densificó térmicamente al mismo tiempo que la pieza cerámica y no en cocciones diferentes. El microanálisis EDS en línea y determinó un contenido en hierro en la microestructura de la "almagra" mucho más elevado que en el cuerpo del fragmento cerámico, lo que corrobora la identificación de hematita mediante DRX. En todas las muestras restantes con "almagra" se identificaron inclusiones de hueso en la observación petrográfica (Tab. Por ello, en los di-fractogramas correspondientes se detectó siempre la fase hidroxiapatita (Fig. 8d). Los análisis mediante DRX con ángulo rasante determinaron que la "almagra", en estos casos, podría estar constituida por un engobe compuesto por ocre mezclado con una arcilla ilítico-caolinítica que contribuiría a atenuar el color rojo intenso. El ocre se asoció a la presencia de hematita, mientras que la arcilla se determinó a partir de las fases illita y caolinita (Fig. 8e). Como las fases mineralógicas se detectaron en la superficie (cuarzo, plagioclasa, microclina y calcita) y en el cuerpo del fragmento cerámico, no podemos determinar si formaban o no parte del engobe. No obstante, en la superficie de los fragmentos se detectó una mayor cantidad de calcita que en su interior por la presencia de depósitos calcáreos. En estos 5 fragmentos el espesor medio de la capa de "almagra" fue considerablemente menor (unos 10 mm) que el observado en la muestra 10 de La Deseada. Su microestructura tampoco presentó signos de vitrificación ni diferencias apreciables respecto a la matriz arcillosa de los fragmentos (Fig. 8f). Estos datos indican, igualmente, que los engobes también se densificaron térmicamente al mismo tiempo que las piezas cerámicas. La presencia de reflexiones de minerales arcillosos como la illita o la caolinita sugiere, además, una baja temperatura de cocción. Los microanálisis de EDS en línea determinaron también un contenido en hierro en la microestructura de la "almagra" mucho más elevado que en el cuerpo del fragmento cerámico. Asimismo, se comprobó que en los depósitos externos el componente principal era calcio, que se correlaciona con la identificación de calcita micrítica en la observación petrográfica (Fig. 4d). La "almagra" de La Deseada se componía casi exclusivamente de ocre rico en hematita. En cambio, la "almagra" de los cinco fragmentos restantes se elaboró muy probablemente con un ocre mezclado con arcilla, lo que produjo un engobe de un color rojo poco intenso y escaso espesor más que una verdadera capa de "almagra" (Capel et al. 2006). Composición química y análisis estadístico Los resultados del análisis químico en masa mediante FRX presentaron dos peculiaridades importantes que fue necesario tener en cuenta an-Pedro Díaz-del-Río et al. tes del análisis estadístico de los datos. Por un lado, los resultados de FRX determinaron, como las observaciones petrográficas y los análisis por DRX, que la composición química del sedimento arcilloso procedente de Casa Montero (muestra 29) es muy distinta a la de los fragmentos cerámicos. Ello sugiere nuevamente que no se utilizó un sedimento de estas características para la elaboración de la cerámica analizada. Por otro, que la composición química en masa se corresponde con el material en su conjunto. Esto significa que en las cerámicas en las que se añadió hueso como desgrasante, según demostraron los datos petrográficos, de DRX y las observaciones mediante MEB, sufrirán una alteración en su composición química original. Como el componente inorgánico principal del hueso es la hidroxiapatita, que es un fosfato de calcio, la composición determinada en las cerámicas reflejará también esta adición. Este hecho se constató en el enriquecimiento generalizado de los contenidos de óxido de calcio y óxido de fósforo, los cuales se hallaron correlacionados con el número de inclusiones de hueso contabilizadas en la observación petrográfica. Los contenidos más bajos del óxido de fósforo (Fig. 9a) se determinaron en Fig. 9. Relación entre el número de inclusiones de hueso determinadas en lámina delgada y la concentración (% en peso) de óxido de fósforo (a) y de óxido de calcio (b) determinados por FRX. aquellas muestras en las que no se detectó hueso (1, 8, 10, 17, 18, 24, 25, 27 y 28), con la excepción de la muestra 21 donde su porcentaje elevado de este óxido podría explicarse por la presencia de restos de fibras vegetales. La muestra 15, en la que se contabilizaron 164 inclusiones (Tab. 1), es la de mayor concentración de óxido de fósforo. Los contenidos del óxido de calcio (Fig. 9b) más elevados se determinaron, en general, en las muestras con mayor presencia de inclusiones de hueso, como la muestra 15. Sin embargo, en la concentración de este óxido también intervienen factores, como la presencia de calcita secundaria de aporte externo o de calcita presente en la propia matriz del fragmento cerámico (muestras 10, 17 y 18). Hay que resaltar que las inclusiones de hueso añadido no se hubieran detectado si no se hubiera realizado la observación petrográfica mediante lámina delgada y la combinación de otras técnicas químico-físicas de caracterización arqueométrica, lo cual habría incidido negativamente en la correcta interpretación de la composición química de las muestras. Dadas las dos peculiaridades comentadas, el análisis estadístico de los datos de composición química obtenidos mediante FRX eliminó la muestra 29 y las concentraciones de los óxidos de calcio y de fósforo. Una vez eliminados ambos, se renormalizó a 100 el contenido de los diez óxidos restantes determinados. Así pues, el análisis estadístico se llevó a cabo sobre 28 muestras utilizando las concentraciones transformadas en valores logarítmicos de las 10 variables siguientes: Na 2 O, MgO, Al 2 O 3, SiO 2, K 2 O, TiO 2, MnO, Fe 2 O 3, SrO y BaO. El análisis de componentes principales, basado en una matriz de varianza-covarianza, proporcionó una estructura en la que una parte importante de las muestras (17 en total) se asoció a una única agrupación, quedando las restantes desagrupadas. La distinción de esta agrupación se ilustra en la figura 10, donde se representan las muestras según su puntuación en los dos primeros componentes, que sumaron el 63,79% de la variación total en los datos. En el primer componente, que explicó un 35,77% de la variación, las variables SrO, MgO y MnO se correlacionaron de forma positiva, mientras que las variables SiO 2 y K 2 O lo hicieron, sobre todo, de manera negativa. En el segundo componente, con un 28,02% de la variación, fueron las variables BaO, SrO y Fe 2 O 3 las que se correlacionaron principalmente de for-ma positiva, mientras que las variables MgO, MnO y K 2 O se correlacionaron negativamente (Tab. La validez estadística de la única agrupación obtenida en el análisis de componentes principales se estimó a partir de un análisis canónico discriminante en el que también se calcularon las distancias de Mahalanobis de cada muestra con respecto al centroide de la agrupación (Baxter 1994). Los resultados de este análisis confirmaron la agrupación establecida, así como la existencia de 11 muestras que no pertenecían a dicha agrupación. Las 17 muestras asociadas al grupo presentaron al menos un 95% de probabilidad de pertenencia al mismo. En cuanto a las distancias de Mahalanobis, el grupo se mostró bastante homogéneo, ya que sus puntuaciones se situaron entre 1,5 y 17,4 respecto a su centroide. La tabla 4 ofrece los valores promedio y las desviaciones estándar del grupo obtenido en el análisis estadístico de los datos de FRX (Grupo 1), junto a los valores obtenidos para todas las muestras analizadas. El Grupo 1 (Fig. 10) se compone de: las muestras de Casa Montero excepto la muestra 1, sin inclusiones de hueso; las muestras de La Deseada, excepto la muestra 10 con "almagra"; las muestras de El Congosto, excepto las dos pertenecientes a grandes recipientes (muestras 17 y 18); la muestra 21 de Colector H05 perteneciente también a un gran recipiente; y dos de las tres muestras de Pista de Motos. A partir de esta agrupa-ción y de las muestras que no se asocian a la misma, pueden señalarse los siguientes aspectos: 1) Los fragmentos cerámicos procedentes de los yacimientos de cronología más antigua como Casa Montero, La Deseada y El Congosto, con la excepción de dos de las muestras de Pista de Mo- tos, tienen una composición química muy similar, lo que indica que se elaboraron probablemente con sedimentos arcillosos muy semejantes. Entre estos yacimientos no es posible diferenciar químicamente la mayor parte de sus cerámicas. 2) Las cerámicas de Colector H05 y O'Donnell se elaboraron con sedimentos ligeramente distintos a los empleados en la cerámica de los yacimientos de cronología más antigua. Esto podría indicar que las fuentes de materia prima cambiaron con el tiempo o que en estos yacimientos se utilizaran otras distintas dada su ubicación en otra cuenca fluvial. 3) Las cerámicas con inclusiones de hueso añadido no parecen tener una cronología concreta puesto que se identificaron en todos los yacimientos excepto en O'Donnell. 4) La muestra 10 con "almagra" de La Deseada es de procedencia foránea como se desprende de su composición química, la cual es claramente distinta de la del resto de muestras analizadas (Fig. 10). Su contenido en óxido de hierro es el más elevado (11,95% en peso), mientras que la concentración de óxido de potasio es la más reducida (1,10% en peso) (Tab. La adición de un número considerable de inclusiones de chamota puede haber influido en su composición química. 5) Las muestras con chamota de Casa Montero y La Deseada no presentaron una composición química muy distinta a la del resto de los fragmentos cerámicos de estos yacimientos, puesto que se asociaron al Grupo 1. Este hecho podría indicar que la cerámica machacada y añadida al sedimento arcilloso era la que se elaboraba habitualmente. 6) Las muestras con "almagra" de Casa Montero y Congosto se asocian al Grupo 1, lo que indica que no difieren en composición química con respecto a las otras muestras. Esto es, no se utilizó una materia prima distinta para elaborar las "almagras" de origen local. 7) Las muestras 8 y 21 de grandes recipientes se elaboraron con sedimentos de igual composición química que el resto de las cerámicas, aunque el examen petrográfico indicó que se manufacturaron con sedimentos de textura más fina. Sin embargo, las muestras 17 y 18 de El Congosto (Fig. 10) se elaboraron con materias primas distintas a las empleadas para el resto de las cerámicas de este yacimiento. IMPLICACIONES TECNOLÓGICAS Y CULTURALES Fuentes de aprovisionamiento de materia prima El conjunto de datos arqueométricos obtenidos indica que la mayoría de los materiales cerámicos muestreados se elaboraron a partir de sedimentos arcillosos illítico-esmectíticos, que contenían abundantes inclusiones con una gradación de tamaños desde unos pocos micrómetros hasta aproximadamente 2,5-3,0 mm. Se identificó un sedimento con menor densidad y tamaño de grano (hasta 0,7 mm) en cuatro muestras de grandes recipientes. La composición mineralógica de las inclusiones puede asociarse a la alteración y meteorización de un área granítica. Dicha mineralogía es geológicamente compatible con la zona geográfica en la que se localizan los yacimientos, por lo que los fragmentos cerámicos podrían considerarse de procedencia local. No obstante, la composición química de las cerámicas procedentes de Casa Montero, La Deseada, El Congosto y Pista de Motos difiere de las de Colector H05 y O'Donnell, lo que podría indicar la modificación de los lugares de aprovisionamiento local de las producciones cerámicas más antiguas y aquellas correspondientes a las fases avanzadas del Neolítico. El fragmento con almagra n.o 10 de La Deseada presentó una composición mineralógica y geoquímica muy distinta al resto, indicando un probable origen foráneo. La totalidad de los materiales cerámicos se cocieron por debajo de 700-750 °C con escaso control de las atmósferas de cocción, lo cual sugiere su ejecución en hoyo o estructuras no permanentes. En relación a los acabados, en concreto a la "almagra" presente en el 21% de los fragmentos analizados, se apreciaron diferencias en su composición y espesor pero no en los métodos de aplicación y fijación a los recipientes: el pigmento se aplicó antes de la primera y única cocción. La "almagra", de unos 40 mm de espesor medio, del fragmento posiblemente foráneo de La Deseada (muestra 10), se obtuvo casi exclusivamente con ocre. Ello contrasta con las "almagras" locales en las que un ocre mezclado con arcilla produjo un engobe de color rojo menos intenso y de menor espesor (~10 mm). Por lo demás, no es posible establecer ninguna diferenciación tecnológica entre cerámicas con o sin "almagra". Ambas se elaboraron con las mismas materias primas, incluidas la adición intencionada de hueso y/o chamota. Adición intencionada de desgrasantes Del total de 27 muestras de cronología neolítica, sólo tres carecen de desgrasantes añadidos deliberadamente. Proceden de O'Donnell y Pista de Motos y corresponden a la fase final del Neolítico regional. Por tanto, la persistencia en la adición de desgrasantes, con independencia de su tipo, es por sí mismo un rasgo característico del conjunto cerámico del VI al IV milenio cal AC y contrasta con otras áreas, como el nordeste de la Península Ibérica, donde los desgrasantes añadidos son minoritarios y variados (chamota y calcita) durante el Neolítico cardial, desparecen durante el epicardial y se generalizan y homogenizan en el horizonte postcardial (calcita) (Clop 2005: 300-302). En más del 66% de las cerámicas analizadas se añadió de forma intencionada hueso machacado de hasta 1,5 mm de tamaño. Se trata del primer caso de la Península Ibérica en el que se documentan cerámicas con hueso añadido intencionadamente de estas cronologías y con esta posible continuidad temporal (5400-3500 cal AC) (6). En el contexto del Neolítico Antiguo europeo se conocen bien dos producciones que añaden este desgrasante orgánico de forma generalizada. El primero es el grupo de producciones cerámicas de La Hoguette (Jeunesse 1987), distribuidas mayoritariamente en yacimientos del Mosa-Rin y el alto valle del Ródano (noreste de Francia, Suiza y suroeste de Alemania), así como las producciones algo posteriores del grupo Limbourg (Modderman 1981). Con unas cronologías en torno al 5500-5200 cal AC, contemporáneas a las más antiguas de Madrid, las cerámicas de La Hoguette son claramente distintas de las producidas por los primeros grupos de la Linearbandkeramik (LBK). La mayor parte de los autores han vinculado estas producciones a grupos de ganaderos y cazadores-recolectores con posibles vínculos culturales con el llamado grupo cardial mediterráneo (Gronenborn 2007). El segundo caso es el recientemente publicado conjunto de cerámicas de yacimientos de Linearbandkeramik (LBK) de la zona de Cracovia correspondientes al Neolítico Antiguo, en los que también se han detectado desgrasantes óseos (Rauba-Bokowska 2009). Ya en el ámbito mediterráneo se reconocen casos aislados: en Renaghju (Córcega) un único vaso contiene fragmentos de hueso quemado (Bressy et al. 2007: 90); en la Provenza, en Petites-Bâties, junto a calcita y chamota en Baratin (Vancluse), y en los niveles inferiores del abrigo de Font-des-Pigeons (Bouches-du-Rhône) con chamota (Convertini 2010a: 19); en Languedoc, La Carrège (Aude) sus dos vasos alóctonos asocian chamota y hueso (Convertini 2010b: 110), y Gazel (Aude), yacimiento en el que el hueso aparece como único desgrasante (Binder et al. 2010: 119). Finalmente, el hueso ha sido localizado de forma extraordinaria entre las cerámicas del Neolítico antiguo del Valle del Aisne (Picardia) junto a fragmentos de Limbourg (Ilett y Constantin 2010: 240). Los restos de fibras vegetales se detectaron únicamente en muestras procedentes de grandes recipientes de La Deseada, El Congosto y Colector H05. Ello, unido a que se elaboraron con sedimentos de textura más fina que el resto de los materiales cerámicos, sugiere una diferenciación tecnológica en función del tipo de recipiente. Las cerámicas de El Congosto se realizaron además con materias primas de distinta composición química. Atendiendo a la posible funcionalidad de las producciones cerámicas analizadas y a sus condiciones de uso, debe apuntarse que la adición de desgrasantes no plásticos a un material plástico como la arcilla origina un compuesto cerámico con nuevas propiedades y cualidades técnicas. La incorporación de desgrasantes orgánicos como el hueso presenta ventajas en el proceso de elaboración, ya que acelera el secado y reduce el riesgo de roturas durante el mismo. Además, también resulta eficiente durante la cocción, especialmente en procesos de cocción de baja temperatura como los neolíticos, ya que la hidroxiapatita no sufre transformaciones estructurales o cambios de fase hasta temperaturas superiores a 850 °C (Rogers y Daniels 2002; Odriozola y Hurtado 2007). Otras ventajas de la adición de desgrasantes orgánicos son la reducción del peso, que hace más transportables los recipientes; así como la mejora de las propiedades mecánicas, que incide en una menor rotura por la mayor ligereza de las piezas. Por el contrario, los recipientes son menos resistentes a la abrasión y menos eficientes para calentar contenidos (Skibo et al. 1989: 139-140). Por tanto, la adición de hueso es una buena solución técnica para recipientes de almacenamiento y/o transporte y desplazamiento, pero no para recipientes de cocina y de procesado de alimentos. La cantidad de desgrasante de hueso añadido puede ser un indicador de comportamiento y, por consiguiente, de transmisión de una determinada forma de hacer cerámica. Este aspecto, pese a lo reducido de la muestra estudiada, puede detectarse en la distribución del desgrasante en los fragmentos cerámicos de cada yacimiento. Dicha distribución varía mucho entre yacimientos del Neolítico Antiguo (desviación estándar de 59,2 en El Congosto; de 39,7 en Casa Montero y de 19,1 en La Deseada). Esta tendencia va cambiando desde el Neolítico Medio en que la cantidad de hueso se hace más regular (desviación estándar de 13,3 en Colector H05), para desaparecer en el Neolítico Final. Sólo en 4 fragmentos cerámicos se añadió chamota de tamaño inferior a 1,6 mm. Uno es el posible fragmento foráneo de La Deseada. Dos de Casa Montero y uno de La Deseada presentaron cinco inclusiones de chamota como máximo frente a las 23 del fragmento foráneo (Tab. La adición de chamota incrementa las propiedades mecánicas del material (Rice 1987: 230) y se conoce en materiales cerámicos de muy diversa cronología y localización geográfica. Se documenta en más del 70 % de los fragmentos cerámicos del Neolítico Antiguo de la cuenca de Alcoy, Valencia (McClure et al. 2006), en el nivel III de Kobaederra y 10-303 del Mirón en el norte de la Península Ibérica (Cubas 2008) o, de forma esporádica, en los conjuntos del noreste (Clop 2005). Es importante señalar el valor cronológico de la chamota en la serie de las cerámicas madrileñas, en concordancia con el panorama europeo. La muestra estudiada es todavía limitada pero permite detectar un conjunto de tendencias tecnológicas de carácter diacrónico. El aspecto más destacable del estudio realizado es la constatación del uso, prácticamente generalizado, de desgrasantes óseos añadidos intencionadamente en la mayor parte de los materiales cerámicos analizados. Este aspecto contrasta con el resto de las producciones cerámicas estudiadas de la Península Ibérica, incluidos los yacimientos más próximos del Neolítico Antiguo de la Meseta Norte como Ambrona o Cueva de la Vaquera (Joan Bernabeu com. pers.). La ausencia de desgrasantes óseos en algunas de las cerámicas analizadas puede deberse bien a factores tecnológico-funcionales y/o cronológicos. La totalidad de los fragmentos de los yacimientos más antiguos sin desgrasantes óseos corresponden a producciones toscas de paredes gruesas, a menudo con desgrasantes vegetales observables de visu, clasificadas como grandes recipientes. Por ello, a partir de la observación macroscópica de las características formales y técnicas de los fragmentos cerámicos podría predecirse, con bastante certeza, si contienen o no desgrasantes óseos. Esto sugiere que los grupos regionales del Neolítico Antiguo y Medio quizá no incorporaban el hueso en sus producciones más expeditivas, coincidiendo con lo señalado para Provenza y Cataluña (Binder et al. 2010: 123) donde los estudios realizados hasta la fecha indican la ausencia de desgrasantes en la arcilla de los recipientes de almacenaje. La realidad arqueológica no permite asegurar si las cualidades aportadas por los desgrasantes orgánicos se conocieron y aprovecharon desde el comienzo de las producciones cerámicas. El uso de desgrasantes orgánicos, y concretamente de hueso, tiene un carácter local generalizado y mucha variabilidad entre las vasijas con independencia de su morfología. Se trata de cerámicas elaboradas con materia prima local siguiendo secuencias de producción muy homogéneas, en las que la mayor diferencia reside en la cantidad de desgrasantes añadidos, no en el tipo de desgrasantes que se añaden. Por tanto, aunque se confirmase el carácter funcional inicial en la elección de hueso como desgrasante, su perpetuación en el tiempo previsiblemente resultó en un procedimiento aprendido, es decir, "socialmente determinado" (Vanmontfort 2005(Vanmontfort -2006: 102): 102). El único fragmento, con decoración de boquique y desgrasante óseo, entre los 5 analizados procedentes de los dos yacimientos encuadrables en el IV milenio AC, sugiere una tendencia hacia la desaparición de esta tradición tecnológica con anterioridad al Calcolítico regional. Refuerzan esta hipótesis la ausencia de hueso en los escasos estudios arqueométricos realizados a partir de cerámicas campaniformes madrileñas (p. ej., Millán y Arribas 1994) y la muestra 1 de Casa Montero, única cerámica de la Edad del Bronce aquí analizada, decorada con cordones ungulados y que tampoco presentó desgrasante óseo. Procesos similares al observado en Madrid se vislumbran en otros conjuntos neolíticos europeos, donde los rasgos distintivos de las producciones locales se atenúan a lo largo del Neolítico hasta desaparecer en el Calcolítico (7). Destacamos en La Deseada un único fragmento con "almagra" cuya composición, ausencia de hueso y abundancia de chamota indican un origen foráneo desconocido. En cualquier caso, los materiales cerámicos no locales en la totalidad de los conjuntos analizados son siempre escasos. Si este patrón reflejase de alguna forma la realidad pretérita se podría sugerir que, aun manteniendo redes de ámbito extra-regional de carácter puntual, los grupos del Neolítico Antiguo madrileño contaban con conocimientos tecnológicos y capacidades técnicas para producir cerámica sin depender del intercambio para su propia reproducción. Los datos obtenidos en el estudio arqueométrico sugieren que la producción de materiales cerámicos con desgrasante óseo añadido intencionadamente aparece como un fenómeno regional al menos desde c. Esta tradición tecnológica parece pervivir en la región de Madrid hasta desaparecer progresivamente en el IV milenio AC. En su segunda mitad conviven producciones de filiación formal antigua (incisas, impresas, boquique) con formas claramente asociables a conjuntos cerámicos del III milenio AC, como una fuente ovalada o sub-rectangular similar a la documentada en la fase calcolítica del yacimiento de El Espinillo (Baquedano et al. 2000: 95). Obviamente, esta tendencia se sustenta sobre una población muestral muy reducida y debe tenerse como una hipótesis de trabajo más que como conclusión. Parece razonable considerar que la tradición tecnológica del Neolítico de la región de Madrid se vincule a grupos con movilidad residencial y baja densidad de población, como de hecho sugiere el todavía escaso registro arqueológico conocido. Es posible que las características técnicas del conjunto estuviesen encaminadas a optimizar y adecuar los recipientes cerámicos a hábitos móviles o semisedentarios (Eerkens 2008), aunque estas mejoras en el uso podrían también relacionarse con las propias ventajas de fabricación (Skibo et al. 1989: 141). En todo caso, sugieren cierta propensión al reciclaje y a la apropiación de materiales previamente utilizados para otros fines (Constantin 2006: 100; Constantin y Kuijper 2002: 779). Tanto la adición de desgrasantes orgánicos, como el espesor relativo de las paredes son ventajas en la secuencia de producción, que reducen el tiempo de elaboración y mejoran la eficacia de los materiales. Estos aspectos de la secuencia acortarían las estancias en lugares concretos durante la estación seca del año, posiblemente aquellos cercanos a sitios de aprovisionamiento de materias primas, agua y combustible para las cocciones. Otros rasgos del conjunto como la inexistencia de decoraciones profusas o la relativa sencillez de las formas sugieren también un tiempo breve dedicado a la alfarería y destinos concretos para las vasijas. Por otro lado, la mejora de las propiedades mecánicas y de transporte debida a la reducción del peso de los recipientes, es una ventaja funcional en grupos no sedentarios, tanto para sus desplazamientos como para el almacenamiento subterráneo a medio plazo. En el curso del tiempo, estos lugares persistentes podrían reducir la movilidad de los grupos e incrementar su territorialidad (Eerkens 2008: 316). En definitiva, los resultados aquí presentados apuntan a día de hoy, a la presencia de una tradición regional original en la Península Ibérica con cierta persistencia en el tiempo, que refuerza el panorama de regionalización de las tradiciones tecnológicas observadas en otros procesos productivos desde el primer Neolítico peninsular. Esta diversidad sugiere cambios relativamente rápidos, quizá generacionales, en la aceptación y modificación de las tecnologías aprendidas por los distintos grupos. Su posible continuidad temporal apunta a un considerable componente cultural en esta tradición regional. Trabajo incluido en el "Proyecto de Investigación Arqueológica en el yacimiento de Casa Montero (Madrid). Producción y circulación de sílex en el neolítico de la Meseta", financiado por Autopista Madrid Sur C.E.S.A. en el marco del convenio de colaboración entre la Consejería de Cultura y Deportes de la Comunidad de Madrid, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y Autopista Madrid Sur Concesionaria Española S.A. para la investigación, conservación y difusión del yacimiento arqueológico de Casa Montero (Madrid); Programa Consolider Ingenio 2010, Ministerio de Ciencia e Innovación, ref. TCP CSD2007-00058; y HAR2009-14360-C03-02 "Análisis comparativo de las dinámicas socioeconómicas en la Prehistoria Reciente Peninsular (VI-II milenios AC): La Meseta Sur". Agradecemos la colaboración de Inmaculada Rus (Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid) y del Museo Arqueológico Regional en las personas de su director, Enrique Baquedano, del conservador de colecciones Antonio Dávila y de Miguel Contreras. Antonio Uriarte elaboró la figura 1. de una tradición tecnológica cerámica con desgrasante óseo en el Neolítico peninsular...
Este artículo se aproxima al ámbito ritual y simbólico de Cogotas I atendiendo a las prácticas sociales partícipes de su realidad material. Partiendo de algunos confusos tópicos historiográficos, se presenta un marco sociológico más relacional e inclusivo, inspirado en propuestas no positivistas. Se resalta la peculiar relación "histórica" e interactiva mantenida por tales comunidades con su pasado, así como la importancia de las actividades cotidianas ritualizadas en la reproducción de sus valores culturales. Se reivindica el ensayo de otros métodos de estudio del registro material de Cogotas I, cuya configuración y legibilidad responderían a tales pautas ordenadas y reiterativas. Como ejemplo, se revisan la reocupación de los campos de hoyos, el relleno de las fosas y la cerámica decorada con Boquique. Tales elementos ordinarios y cotidianos, inmersos en largas tradiciones culturales, revelan su cualidad de recursos mnemónicos, que presidieron la enculturación y socialización de los individuos. En este artículo (1) se reflexiona sobre aspectos poco atendidos e infravalorados en el estudio de Cogotas I, principal grupo arqueológico de la Edad del Bronce del interior de la Península Ibérica. En concreto, se revisarán los argumentos sobre la dimensión simbólica y ritual de ciertos comportamientos no prácticos ni utilitarios, cuya racionalidad propia parece intervenir en la configuración de su registro material. El propósito último es identificar ciertas pautas significativas, atisbadas en la evidencia existente, y proponer enfoques que, a juicio del autor, permitirán construir una verdadera y rigurosa hipótesis de trabajo. El estudio de las sociedades de la Edad del Bronce en la Meseta -entre las cuales Cogotas I ocupa un gran protagonismo-ha progresado en la última década al socaire de nuevos objetivos que animan una agenda investigadora algo anquilosada, y unas evidencias consideradas ingratas e inexpresivas (Fernández-Posse 1998: 114). Se han emprendido ambiciosos programas de estudio desde las instituciones académicas y propuestas puntuales, pero muy oportunas, de renovación metodológica o conceptual. Se ha recurrido con asiduidad a la teoría sociológica desde fundamentos filosóficos afines materialistas, generalistas y deterministas, que comparten un predominante interés paleoeconómico y se centran en asuntos funcionales (Fernández-Posse 1998: 120-122; Díaz-del-Río 2001; Arnáiz y Montero 2003/04; Cruz Sánchez 2006/07; Celis Sánchez et al. 2007). Además el énfasis en los enfoques regionales a gran escala redunda en la caracterización de las regularidades, de procesos causalmente determinados y de las manifestaciones más infraestructurales de Cogotas I. Por contra, pocas veces se reflexiona sobre el orden ritual o simbólico de esta cultura, y ello a pesar de las perspectivas de estudio atisbadas desde tales aproximaciones (Valiente Maya 1993; González-Tablas y Fano Martínez 1994; Bellido Blanco 1996: 45-48; Delibes de Castro 2000/01; Enríquez y Drake 2007: 164-173). El cuadro resulta muy escorado: se ha intensificado la preocupación por el contexto -el territorio y el medioambiente-, la afinación temporal o una incipiente caracterización arqueométrica, pero otras cuestiones siguen sin ser planteadas. El consenso en torno a tales directrices preside un panorama teórico y práctico que dificulta el avance en ciertas cuestiones básicas, frente a las cuales la investigación está desarmada: la aparente inexistencia de comportamientos funerarios normativos; la falta casi completa de auténticas cabañas; el ambiguo carácter -mundano o ritualde los campos de hoyos, etc. Para evitar una comprensión sesgada y parcial de Cogotas I, debiéramos estudiar otras manifestaciones de su realidad social, desplegadas a muy distinto nivel. En suma, se propone un acercamiento más humanista, interpretativo y contextual a Cogotas I, que aportaría herramientas heurísticas y conceptos para una reflexión crítica. La imprescindible cautela que impone la ausencia de programas de investigación orientados desde tales planteamientos no invalida una lectura preliminar como la aquí esbozada. Reivindicamos la oportunidad de un cambio de enfoque, que procure nuevas lecturas al ampliar los campos de estudio o retomar los viejos asuntos bajo nueva luz. Nuestra hipótesis de partida asume que parte de las trazas materiales de Cogotas I no son meros restos inservibles, sino producto de actuaciones deliberadas, que siguen unas normas o esquemas de comportamiento compartidos y sancionados por los colectivos prehistóricos, es decir, que serían fruto de prácticas sociales. UN MARCO INTERPRETATIVO SINÓPTICO PARA COGOTAS I Tras el importante volumen de excavaciones arqueológicas acometidas, hoy día no puede invocarse ya lo aleatorio y poco representativo de nuestros conocimientos, ni la deficiente conservación del registro, para explicar algunos de los caracteres más controvertidos de Cogotas I. De hecho, se tiene constancia de comportamientos regulares, claramente pautados (Esparza 1990; Rodríguez Marcos y Abarquero 1997: 40; Díazdel-Río 2001), de amplia extensión en el espacio y muy dilatada prosecución en el tiempo. La reflexión previa nos lleva a tantear cuestiones eminentemente teóricas, basadas en postulados filosóficos, pues ante un problema teórico la solución ha de encontrarse en la propia teoría. Resultan muy esclarecedores ciertos trabajos, en la línea post/anti-procesual, de autores que al indagar sobre la inapropiada forma de pensar de los arqueólogos sobre la alteridad prehistórica (Shanks y Tilley 1987; Thomas 1996; Gamble 2001; Hernando Gonzalo 2002; Hodder y Hutson 2003; Bradley 2005) revisan críticamente tal problema, replanteándolo desde enfoques más acordes con los recientes desarrollos de la teoría social y antropológica. El primer punto que se mencionará es la comprensión del ritual a través del registro arqueológico, según la distinción que establece Bradley (2005: 9) entre error y confusión. El estado de desconcierto de los planteamientos más usuales sobre Cogotas I al respecto entorpece nuestra aproximación al asunto. Distintos arqueólogos atribuyen tal confusión a la racionalidad implícita en nuestra mentalidad cartesiana, ilustrada o moderna-occidental, inapropiada para pensar sobre el pasado (Brück 2001(Brück: 314-318, 2006a)). Esta actitud intelectual se funda en concepciones esencialistas, reduccionistas y dualistas, extrañas y no aplicables de manera transcultural en otras coordenadas espacio-temporales. La rica variabilidad social queda reducida a una lógica etnocéntrica y abstracta, formulada mediante categorías dicotómicas y apriorísticas (Shanks y Tilley 1987: 59; Thomas 1996: 12-17). La aplicación de tales esquemas partitivos a menudo ha comportado un análisis social descompuesto en instancias escindidas artificiosamente -la "economía", la "política", la "religión", etc.-, y concebidas como entidades autónomas. Se ha individualizado el ritual como esfera funcional segregada (3), que implica escenarios, practicantes y medios materiales distintivos, requiriendo conocimientos esotéricos y destrezas restringidas con propósitos no instrumentales. Así, en Cogotas I las "rutinas cotidianas" y las "actividades simbólicas" se contraponen como términos antagónicos y excluyentes (Blasco Bosqued et al. 2007: 45). Falta unanimidad entre los pensadores sociales sobre el concepto de ritual, pero hoy día se concibe como un tipo de práctica social extendida entre los más diversos ámbitos: desde lo individual, arcano y consuetudinario a lo público, conspicuo y extraordinario. Se insiste en el concepto de "ritualización", como proceso dinámico de selección de ciertas prácticas sociales, a las que se provee de un especial énfasis (Bell 1992: 69-93). Es además un fenómeno muy permeable en la mentalidad y los comportamientos no rituales, con gran capacidad de penetrar y tiznar de valores y significados la vida ordinaria de sus practicantes (Connerton 1989: 44-45). Ni el desempeño de las tareas cotidianas más neutras e insignificantes, ni aquellas manifestaciones más instrumentales y técnicas pueden considerarse ajenas a la ritualización (Ingold 1990; Dobres 2000; Bradley 2005; Brück 2006b: 307). Un elemento distintivo, aunque no invariable, del ritual es su puesta en escena mediante formalidades y convenciones muy estereotipadas y reiterativas (Bell 1992). Pero, en línea con un posicionamiento más global e inclusivo, tales actividades regladas no deben relacionarse sólo con aspectos religiosos -escatológicos o cosmogónicos-, sino también con meros propósitos prácticos, seglares o mundanos. Tampoco ha de asumirse que los mensajes transmitidos fueran descodificados y compartidos de forma unívoca por todos sus receptores, a pesar de los formalismos involucrados. En definitiva: los aspectos simbólicos y utilitarios, lo ritual y lo profano, sólo comparecen aislados desde el prisma analítico del investigador. Por tanto, ante la perspectiva de que el ritual se sirviera de los más prosaicos medios materiales de la vida doméstica y diaria en la Prehistoria Reciente, hoy se preconiza atender a la "ritualización" de las prácticas sociales así realzadas o acentuadas (Gosden y Lock 1998: 4; Hill 1995: 96-100; Bradley 2005: 33-35). La reinterpretación simbólica de los "basureros" y "fondos de cabaña" prehistóricos del mediodía peninsular es un buen ejemplo de aplicación de tales planteamientos (Márquez Romero 2002, 2004; Jiménez Jáimez y Márquez Romero 2008). El segundo rasgo definitorio de la cultura de Cogotas I es su necesaria comprensión en un proceso histórico de largo alcance -el de la Prehistoria Reciente meseteña-, como estadio final de trayectorias convergentes y ciclos perpetuados a una escala milenaria (Delibes de Castro 2000/01). Además, como veremos, las comunidades de Cogotas I se hallan muy ligadas y restringidas, tanto física como mentalmente, a los usos y el mundo material tradicionales. Práctica social, memoria y ritual en Cogotas I: esbozo teórico para un enfoque renovado (3) Tal como denunció Díaz-del-Río (2001: 157) sería el caso de la interpretación exclusivamente ritual, con propósito fúnebre, de los hoyos de Cogotas I (González-Tablas y Fano 1994). Las huellas perdurables de los ancestros -reales o supuestos-requerirían ser comprendidas bajo la mentalidad prehistórica. Las actitudes adoptadas pudieron ser muy variadas (Bradley 2002: 13): desde ignorar tales testimonios, hasta emplearlos como pauta directriz en su comportamiento cultural. Su asimilación mediante relatos mitológicos y cosmogónicos, incluso cierta toma de conciencia sobre tal dimensión de su propia existencia, pudieron resultar factores de no poca enjundia. De hecho, se viene postulando que durante la Prehistoria Reciente el uso de la cultura material y su modificación pudieron emplearse para remarcar deliberada y explícitamente similitudes o contrastes con la tradición (Gosden y Lock 1998; Bradley 2002: 11-12). En la Península Ibérica algunos estudios sobre las reutilizaciones en monumentos megalíticos han comenzado a aplicar tal línea interpretativa (Beguiristán y Vélaz 1999; Lorrio y Montero Ruiz 2004; García Sanjuán 2005; Mataloto 2007). Asumiremos como presupuesto razonable que las huellas del pasado, muy presentes en el paisaje meseteño incluso hoy día, pudieron condicionar las prácticas sociales de las comunidades cogotenses, influyendo en diverso grado en sus preferencias culturales. Frente a la capacidad individual de preservar y recuperar recuerdos, por "memoria social" entendemos la formulación colectiva de juicios convencionales sobre el pasado. Se trata de una táctica ideológica, propia de actitudes sociales activas y participativas hacia el mismo, muy diferente a la mentalidad moderna (Connerton 2009). La memoria como práctica intersubjetiva es un proceso selectivo que, a través de la interacción social, comporta olvidar ciertos episodios, seres, bienes o lugares para remarcar otros. Diversas versiones son debatidas y conciliadas en un argumento consensuado, cuya transmisión generacional queda garantizada (Hendon 2010: 10-12). Para estudiar la "memoria social" enfocaremos ciertas prácticas prescritas, repetitivas y persistentes de transferencia de esas representaciones convenidas del pasado (Connerton 1989: 6-40; McAnany y Hodder 2009: 10). Recientes estudios han profundizado sobre cómo el mundo material -que también incluye los testimonios pretéritos-configura el marco vital en que los grupos prehistóricos tejieron sus relaciones sociales e identitarias, a través de la memoria colectiva. Se ha comenzado a hablar de dispositivos mnemónicos, cuyo significa-do concreto no puede ser recuperado, pero cuyo funcionamiento viene siendo objeto de la Arqueología social en la última década (Van Dyke y Alcock 2003; Jones 2007; Mills y Walker 2008; Hendon 2010). Entre los recursos y estrategias sociales dirigidos a inculcar y mantener el acervo cultural sobre el propio pasado, caben muy distintas manifestaciones materiales. El escrutinio del registro arqueológico desde tal perspectiva aconseja matizar dos grandes tipos de medios físicos evocativos. Connerton (1989) y Rowlands (1993) diferencian entre los dispositivos monumentales, conspicuos y públicos, y las prácticas cotidianas, vividas de forma implícita e inmediata. Entre los primeros las "ceremonias conmemorativas" hacen referencia explícita a eventos previos y prototípicos (Connerton 1989: 61-71). Mayor interés tiene aquí el segundo grupo de recursos, peor conocido ante la tradicional falta de interés que han despertado. Connerton (1989: 93-95) orienta gran parte de su estudio sobre ellos, insistiendo en el papel crucial de los "hábitos-memoria" (habit-memory) en la transmisión de conceptos sobre el pasado mediante "prácticas corporales" (bodily practices); habilidades automatizadas, repetitivas y formalizadas, que implican la interiorización de la memoria en un ámbito íntimo e involuntario. Estas consideraciones comparten un marco intelectual muy desarrollado en la literatura arqueológica en las dos últimas décadas. Se atiende ahora al papel activo del mundo material, articulador de facetas sociales complementarias: las estructuras estables y predecibles y los individuos imprevisibles y cambiantes. Se reformula la relación entre las instituciones impersonales y duraderas y la capacidad de actuación contingente o social agency (Giddens 1995). Bourdieu (1972) lo ha expresado mediante el concepto de habitus: principios ordenadores de la conducta, que encauzan y suscitan el comportamiento humano, orquestando las prácticas sociales rutinarias, pero sin determinarlas. De hecho, el habitus se ayuda de los recursos materiales cotidianos para inculcar criterios, preferencias y normas de manera inconsciente o no discursiva, predisponiendo a actuar dentro de unas opciones concre-tas, cultural y socialmente sancionadas. Estos postulados teóricos, aplicados al registro arqueológico, han implementado enfoques sociales "de abajo hacia arriba" o de pequeña escala (Gamble 2001: 75-81). Reconsideran el papel social de los enseres ordinarios y de las costumbres más prosaicas, superando su lectura como meros receptáculos pasivos o inertes con información funcional o morfo-tipológica. Así, se han revalorizado las cualidades de la cultura material desde la interacción mutua entre objetos y sujetos: como medio estructurante de las actuaciones humanas, producto de ellas y al mismo tiempo marco físico y vivencial que las orienta y constriñe. Las prácticas sociales más comunes e "inocuas" y las artesanías más accesibles y extendidas (4), son campo abonado para la manipulación simbólica y política (Dobres y Hoffman 1994; Dietler y Herbich 1998; Dobres 2000: 108-117; Brück 2006b) y encierran por tanto un gran potencial interpretativo. Los conceptos de "memoria social" y habitus enlazan con el último de los temas de este apartado: el de la tradición. Aquí trataremos las tradiciones culturales como estrategias sociales destinadas a manipular ideológicamente los procesos de enculturación y socialización. En cuanto principios instalados en el cuerpo social contribuyen eficazmente a instigar la sensación de invariabilidad y persistencia en el tiempo, a pesar de las transformaciones acaecidas (Hobsbawm 2002). En tal sentido Osborne (2008: 283-288) ha reflexionado sobre los conceptos de tradición y ritual a través del habitus, al conectar las actividades del tiempo presente con la actuación pretérita. Tal efecto se consigue mediante la recurrente participación en vivencias donde los conceptos culturales inmanentes se infiltran por todas las instancias sociales, a través de preceptos rituales y simbólicos, a menudo legitimados por su vinculación con la trayectoria precedente (Bell 1992: 118-142). Como señala Connerton (1989: 45), la ritualización se consigue mediante la repetición, y ésta promueve la perduración de actividades prototípicas (5). En suma, la invención, mantenimien- MEMORIA SOCIAL, TRADICIÓN Y HABITUS EN LA CULTURA MATERIAL DE COGOTAS I En esta sección se enfatizará la importancia del pasado en la sociedad de Cogotas I, así como el rastro físico que han dejado ciertas prácticas cotidianas, encauzadas mediante tradiciones de un inusitado componente ritual, y ligadas a actitudes afines al concepto de "memoria social". Nos centraremos en algunos de los elementos del registro material cogotense que según Fernández-Posse (1998: 241-243) más rendimiento científico pueden aportar a corto plazo: los campos de hoyos y sus fosas, junto con los sedimentos que las rellenan y los restos arqueológicos fragmentarios que contienen. A la vista de la extensión, homogeneidad y tenacidad de los comportamientos que definen tal cultura, pudiéramos concluir, siguiendo a Fernández-Posse (1998: 115-116), que desde una lectura funcionalista alcanzó un indudable "éxito adaptativo". También es lícito afirmar que dicha adecuación óptima de sus modos de vida se perpetuó en sus aspectos más estructurales, absorbiendo los sucesivos e inevitables desajustes y atravesando, con el tiempo, unos umbrales demográficos, socio-políticos, productivos y ecológicos cambiantes. Lo distintivo del caso es que, a través de esas divergentes trayectorias históricas, la cultura material no experimentó cambios bruscos, mostrando las lentas variaciones puntuales una asombrosa uniformidad y resistencia. Buena parte de tal regularidad reproduce un acervo de prácticas vernáculas y arquetípicas, similares a las de sus antepasados (6), por lo que, al subrayarlas, Cogotas I pasa por ser una cultura muy atávica o conservadora. Esta peculiaridad justifica entender tales manifestaciones como tradiciones culturales (Hobsbawm 2002) y plantearnos cuál habrá sido el papel del pasado entre tales comunidades. Un aspecto crítico de nuestro argumento es la conexión entre la específica apreciación del paso del tiempo por las gentes de Cogotas I y la adopción consciente de estrategias ideológicas y evocativas sobre el mismo. En sintonía con los actuales conocimientos antropológicos, y en ausencia de argumentos en contra, es lícito proponer que tales grupos prehistóricos percibían el tiempo como repetición episódica y cíclica de prácticas habituales y a su vez atávicas, que fluían entre los antepasados y su presente. La conciencia de una transformación acumulativa e irreversible pudo dotar a tales poblaciones de una específica dimensión "histórica" sobre su pasado (Esparza 2001; Hendon 2010: 14-26), frente a la mentalidad antihistórica, mitológica y circular o de "eterno retorno", sin consciencia del cambio, en la línea de M. Eliade y defendida por Kuna (1995). Los sujetos participantes de tal cultura pudieron haber concebido el avatar pretérito como un estadio abierto e inacabado, que intervino activamente en su transcurrir consuetudinario (Gosden y Lock 1998; González Ruibal 2006/07: 107-109). Esa apreciación temporal, instalada en la mentalidad y la cosmovisión de las gentes de Cogotas I, requeriría de diversos medios para ser asimilada y perpetuada por los individuos (Connerton 1989; Bradley 2002). Al aplicar la mencionada distinción elemental entre recursos mnemónicos (Connerton 1989) al caso de Cogotas I, atisbamos que habrían funcionado varios tipos de estrategias. Entre las "ceremonias conmemorativas" encontramos ciertas prácticas inscritas en ciclos transculturales muy atávicos (Delibes de Castro 2000/01: 297-303), vigentes durante toda la Prehistoria Reciente y escenificadas en hitos paisajísticos extraordinarios: el arte rupestre es- Reocupación y palimpsestos de hoyos En el interior de la Península Ibérica la costumbre de cavar hoyos -polimorfos y multifuncionales-responde a unas prácticas sociales habituales y milenarias, documentadas ya entre los primeros grupos agrarios (Rojo et al. 2008). Las repetitivas y extendidas fosas de Cogotas I parecen constituir un recurso próximo, propio de la experiencia cotidiana; cualquier sujeto habría participado alguna vez en la vivencia de su excavación, uso o colmatado, conllevando costumbres muy extendidas y probablemente formalizadas. Una primera característica crucial de los campos de hoyos es la intensidad de su reocupación diacrónica. Esta categoría se define por la pérdida de resolución funcional y temporal: las trazas de cada ocupación permanecen, pero difuminadas de tal forma que resulta muy difícil discernir patrones sincrónicos (Blasco Bosqued 2004: 577-578). El aspecto crítico estriba en comprender que su significado sobrepasa la suma de los episodios individuales constituyentes, tanto para los arqueólogos como, especialmente, para sus usuarios prehistóricos (Bailey 2007: 205). No se trata de un mero solapamiento o interferencia de depósitos "sin que medie la intención de establecer vínculos con los estratos infrayacentes" (McAnany y Hodder 2009: 9) pues, como puntualiza Mills (2009: 39), tal vinculación bien pudo entablarse a través de las experiencias humanas y en concreto, mediante técnicas mnemónicas. La presencia de las fosas en el paisaje ¿fue realmente preterida, olvidada para siempre? En algunos casos parece que el recuerdo de su misma ubicación perduró durante dilatados intervalos de tiempo. Tal hipótesis sería fácil de aceptar entre fases sucesivas dentro de Cogotas I, como ocurre en la Fábrica de Ladrillos (Blasco Bosqued et al. 2007) (Fig. 1) o en El Pelambre (González Fernández 2009). Pero incluso aquellos sitios domésticos con ocupaciones separadas por intervalos pluriseculares (Díaz-del-Río 2001: 227-229) parecen mostrar una ordenación espacial intencionada, sólo comprensible de haber mediado "una continuidad funcional y de valores, tanto socioeconómicos como probablemente ideológicos" (Díaz-del-Río 2001: 229). Así pues, la recurrente coincidencia en el emplazamiento elegido no sólo se verifica entre fases próximas, sino muy a menudo entre ocupaciones remotas. Para obtener una imagen mínimamente contrastada de este fenómeno, se exploraron los datos sobre yacimientos reconocidos en el territorio de Castilla y León, evaluando la reutilización por gentes de Cogotas I de emplazamientos con ocupaciones previas de la Prehistoria Reciente. Para ello se recopilaron los datos del Inventario Arqueológico de la administración autonómica, considerando sólo aquellas atribuciones seguras (Abarquero 2005: 76-83). El desglose detallado que se acompaña (Fig. 2) muestra que en el 36 % de las estaciones con material atribuido al Bronce Medio (Protocogotas) se han reconocido ocupaciones previas (Fig. 2A), fenómeno que afecta al 50 % de los sitios adscritos al Bronce Final (Cogotas I Pleno) (Fig. 2B). Destaca un mayor índice de reocupaciones múltiples -más de tres-en el dominio kárstico, especialmente en la provincia de Burgos, o vinculadas a recursos naturales -hídricos, agrarios, minerales-, siendo lo más usual la coincidencia de sólo dos fases. En segundo lugar, se han señalado asociaciones significativas entre los sitios Cogotas I y ocupaciones campaniformes y neolíticas, frente al patrón del Bronce Antiguo (Blasco Bosqued 2004: 571). Un simple recuento permite apreciar la continuidad entre el Bronce Medio y Final, pues coinciden en 66 ocasiones (Fig. 2B), mientras que Bronce Antiguo y Bronce Medio concurren en 47 casos (Fig. 2A). Respecto a la intensidad de la relación de las estaciones Cogotas I con fases anteriores de la Prehistoria Reciente, hemos cuantificado los casos seguros, con y sin ocupaciones previas, para las tres fases de la Edad del Bronce (Tab. Mediante la prueba de c 2 descartamos que las diferencias en dichas puntuaciones pudieran deberse a sesgos del muestreo o al puro azar (Tab. El resultado permite afir-mar que el patrón de reocupaciones/nuevas fundaciones en el Bronce Antiguo es estadísticamente diferente al operado en el Bronce Medio (BA versus BM) y Bronce Final (BA versus BF), pues en ambos supuestos cabe rechazar la hipótesis nula (p < 0,05), mientras que los valores del Bronce Medio y Final (BM versus BF) resultan indistinguibles entre sí (p = 0,196), es decir, su diferencia no es significativa y forman parte de un comportamiento homogéneo. A pesar de las severas limitaciones de la información manejada y el forzoso carácter preliminar del experimento, creemos que estos datos son representativos de una tendencia verificada cada vez con más frecuencia en las excavaciones arqueológicas en área abierta. El aspecto remarcable aquí es que los comportamientos que subyacen a tales patrones no quedan explicados de forma satisfactoria recurriendo sólo a motivaciones de orden funcional, económico o ambiental. Parece verosímil que los establecimientos de Cogotas I pudieran haberse visto también condicionados por factores locativos de atracción o repulsión, relacionados con ocupaciones previas de las que en gran parte no se conservaría recuerdo directo. En cierta medida las sedes domésticas ocupadas de forma reiterada durante la Prehistoria Reciente pudieron haber constituido memoriales de sociabilidad. En ellas se habría escenificado el encuentro cotidiano con trazas materiales vinculadas con su pasado (Hodder y Cessford 2004), enmarcando así la actualización rutinaria de la memoria social de tales grupos (7). Los hoyos y sus rellenos: ¿depósitos estructurados y estructurantes? Por contra, aquí proponemos reorientar los esfuerzos del análisis hacia su configuración secundaria y definitiva, de la que precisamente han quedado más y mejores testimonios. Este último aspecto a menudo se ha visto restringido a los esporádicos casos donde se identifican con certeza ciertos depósitos "especiales", indudablemente "intencionales" (Blasco Bosqued 2004: 572) por su contenido extraordinario (Bellido Blanco 1996: 45-48), como los de uso funerario (Esparza 1990; Blasco Bosqued et al. 1994) o las ofrendas faunísticas (Liesau et al. 2004/05; Liesau y Blasco Bosqued 2006), interpretados como fruto de secuencias gestuales complejas, dentro de tradiciones con claros precedentes locales. Sin embargo, la mayor parte del registro arqueológico que nos atañe comprende fenómenos mucho más sutiles. Su carácter distintivo sólo se deduce a partir de rasgos anómalos, que requieren métodos de estudio específicos e interpretaciones alternativas. En definitiva, no se requiere sólo ver, sino mirar; se trata, ante todo, de aprender a buscar. La aproximación a tales peculiaridades del registro avanzaría sustancialmente, en primer término, mediante el replanteamiento crítico de ciertos presupuestos confusos, poco apropiados y muy extendidos. Con ello, los "rellenos" se interpretan como depósitos de formación no premeditada, en posición secundaria (Berggren 2009: 23-24). En consecuencia, los elementos materiales incluidos en las fosas serían residuos erráticos o detritus inadvertidos -restos de talla, cerámica fragmentada y fauna consumida, etc.-, incorporados a ellas de manera accidental y azarosa, desde las áreas domésticas próximas (Abarquero 1997: 82; Díaz-del-Río 2001; López Sáez y Blanco González 2004: 204). Frente a ello, diversas voces recuerdan que la basura no es una categoría universal, sino un concepto interpretativo, que depende de percepciones culturales (Hill 1995: 4; Esparza 2009: 187). Un pujante y heterogéneo horizonte teórico viene así a proponer métodos de estudio de los elementos interfaciales y sus rellenos desde otras coordenadas intelectuales. Sin embargo, a pesar de las carencias de la documentación disponible, debe señalarse el antecedente de trabajos que contemplan los hoyos prehistóricos del interior peninsular desde otros presupuestos, eminentemente sociales y relacionados con el ceremonial (González-Tablas y Fano 1994: 100-102; Delibes de Castro 2000/01: 300-301; Arnáiz y Montero 2003/04: 105). En síntesis, estamos en condiciones de recopilar una serie de testimonios que reflejan la participación de prácticas rituales, de alto contenido simbólico, en el colmatado de los hoyos de Cogotas I. Refiriéndonos sólo a los últimos sitios publicados, Esparza (2009: 186-187) vislumbra pautas significativas en el contenido de los fondos de la Fábrica de Ladrillos (Blasco Bosqued et al. 2007): asociación de restos humanos y útiles óseos o broncíneos; disociación de restos de animales con restos humanos o molinos de granito; asociación de industria lítica y metales, etc. En el sitio pacense de El Carrascalejo también se apunta a patrones específicos, como la abundancia de cerámica decorada en el hoyo 17, o mayor canti-rácter selecto o desapercibido, siendo a menudo considerados tales restos como meros desechos (Blasco Bosqued et al. 2007: 45 y 64). Es más operativo asumir la hipótesis de su plena intencionalidad (González-Tablas y Fano 1994: 100) y rastrear la inserción de semejantes indicios -en absoluto esporádicos-, dentro de asociaciones significativas y reiterativas. Resulta tentador intuir la intervención física de los ancestros, en aquellas ocasiones en que su presencia fuera requerida en los asuntos de los vivos (Barrett 1994: 51) y, en esta línea, Connerton (1989: 68-69) reúne ejemplos etnográficos de rituales conmemorativos que escenifican la 'reaparición' de los ancestros. Mucho más visibles son ciertos patrones reiterados que juegan con el binomio integridad/ruptura de macrorrestos líticos o faunísticos. Se alegan motivos funcionales para explicar tal gesto, en relación con el abandono del lugar, como facilitar una pronta localización y un sencillo acceso aplazado a tan pesados materiales al regreso (Blasco Bosqued et al. 2007: 45). En cambio, siguiendo a Brück (2006b: 303), podría interpretarse como un símbolo de transformación, de cambio de estado, y de conclusión de un tipo de relaciones sociales y su reemplazo por otras nuevas. Respecto al despiece de fauna, también asociada a hoyos Protocogotas, recientes estudios (Liesau et al. 2004/05; Liesau y Blasco Bosqued 2006) reconocen el depósito de porciones apendiculares y axiales de terneras, las de mayor masa cárnica, así como cuartos delanteros, traseros y del esqueleto axial, interpretados -ante la ausencia de marcas de descarnado-como ofrendas votivas, de las que sus oferentes hubieron de privarse. En último lugar, conviene reivindicar una reflexión sobre el significado de la estratigrafía de los hoyos en términos sociales (McAnany y Hodder 2009). La perspectiva tradicional, orientada hacia los objetos, contempla la matriz sedimentaria como un marco neutro y aséptico don-de hallar piezas de interés. Aquí se defiende el estudio de los depósitos sedimentarios de origen antrópico, no como meros continentes o "canteras" de objetos, sino como unidades significativas en sí mismas, parte intrínseca del registro arqueológico (Martínez Navarrete 1988). Ha de revalorizarse el estudio de los propios sedimentos de los hoyos -el elemento más olvidadocomo contenidos y no sólo como contenedores (Berggren 2009: 23-24). Debemos reconsiderar su específico proceso de vertido y el efecto conseguido: un resultado deliberado -sólo parcialmente azaroso-que comportó sedimentos y materiales muy probablemente seleccionados, empleados siempre para el colmatado sistemático y total de las fosas (Fernández-Posse 1998: 241-242). Estamos, en definitiva, ante aportes muy alejados del concepto de "conjunto cerrado" que erróneamente se les aplica en ocasiones. Por ello, no debe extrañar que al datar por radiocarbono muestras de vida corta de una misma fosa, se aprecie que "se colmató con restos de al menos dos momentos" (Abarquero y Delibes de Castro et al. 2009: 206), algo que ya se había constatado en hoyos neolíticos (Rojo et al. 2008: 223-225). Como se ha insinuado (Thomas 1999: 87; Brück 2006b: 303), pudieron recogerse materiales previos -sedimentos, fragmentos cerámicos y óseos, etc.-que harían referencia a antiguos estadios de ocupación del sitio, como reminiscencias de su pasado. Sería el caso de las cerámicas neolíticas incorporadas "dentro de los mismos hoyos" que otros materiales Protocogotas en La Horra (Palomino et al. 1999: 29). En suma, los testimonios compilados -aún esporádicos, pero significativos-permiten intuir que en la conformación de los hoyos de Cogotas I intervinieron prácticas sociales muy pautadas y reiteradas, no atribuibles sólo a cuestiones instrumentales. Además, lejos de tratarse de un comportamiento exclusivo de Cogotas I, se verifican esquemas similares entre los grupos agrarios previos. Serían fruto de actividades cotidianas, utilitarias y a su vez ceremoniales, que en ocasiones reprodujeron una suerte de "estética de la deposición" (Pollard 2001: 315-318; Rojo et al. 2008: 357-378), y que perpetúan comportamientos de una larga trayectoria. Esta filosofía es la que ha presidido el estudio del campo de hoyos Protocogotas de Carrascalejo (Badajoz). Allí la amortización homogénea -verificada mediante estudios sedimentológicos-, relativamente rápida e inten-cional de las fosas, se explica como fruto de unos gestos festivos y ceremoniales, relacionados con la clausura y abandono del lugar agrario (Enríquez y Drake 2007: 170-171). Una parte de los hoyos parece responder a tales actuaciones episódicas y arquetípicas, de profunda raigambre temporal, que fijarían ciertos eventos sociales -como los ritos de tránsito-en el tiempo y el espacio (Brück 2006b: 298-299), insertándolos a su vez en recurrentes "paisajes de la memoria" (Thomas 1999: 70). El ritual aparece como "algo sedimentado y con fuertes raíces en la tradición (...) a través de una liturgia plagada de arcaísmos" (Delibes de Castro 2000/01: 297). Tales gestos rutinarios, compartirían ese énfasis especial (Bell 1992; Bradley 2002) que permite identificar acciones ritualizadas de vertido, y para cuya mejor definición se ha apuntado la oportunidad de recurrir a la estadística multivariante (Esparza 2009: 186-187). Remedando el título de este epígrafe, hemos reunido algunos indicios sobre hoyos que pudieron constituir depósitos estructurados (Richards y Thomas 1984; Chapman 2000b); fruto de gestos pautados y repetitivos, "ritualizados". Además de servir a la solución de asuntos utilitarios, en su formación habrían intervenido gestos que responden a otra lógica. En este último sentido, unas costumbres tan rutinarias habrían contribuido al complejo proceso de enculturación del individuo, mediante la afirmación e interiorización de habitus (Bourdieu 1972). Por eso también pueden considerarse medios estructurantes (Giddens 1995), recursos materiales a través de los cuales se cuestionaron y reprodujeron las estructuras sociales. La alfarería de Cogotas I Disponemos de escasas lecturas interpretativas sobre el engranaje de tal alfarería en los muy diversos entramados socio-económicos en que se insertó. Ninguna de ellas se ha enfocado desde las regiones consideradas "nucleares" u oriundas, y los argumentos funcionalistas esgrimidos no consiguen explicar de forma satisfactoria ni su proyección geográfica, ni su persistencia plurisecular. Harrison (1995: 74) propone interpretar tal manifestación cultural como una vajilla al servicio de banquetes ceremoniales y comunitarios, para el consumo de alimentos sólidos. Hasta ahora, la ausencia de estudios específicos sobre residuos (Blasco Bosqued et al. 2007: 206) impide verificar tal hipótesis. Abarquero (1997: 82-87) por su parte, defiende su carácter doméstico, de autoabastecimiento, como una producción no elitista, desprovista de carácter sacro o ritual, cuya intención decorativa sería meramente estética, del "arte por el arte". Su difusión peninsular se relaciona con prácticas sociales, esencialmente exogámicas, para las que se alega una alta demanda por su pintoresquismo y novedad, que colmaría una necesidad transcultural de disponer de tales servicios entre grupos sin producciones análogas (Abarquero 1997(Abarquero: 90-93, 2005: 448-452): 448-452). Aquí exprimiremos algunos rasgos intrínsecos de la cerámica de Cogotas I, centrándonos en aquellos que informan de su peculiar genealogía y, sobre todo, del ámbito social de su manufactura y los conocimientos "no discursivos" que conllevaría. Con ello se pretende reconsiderar el rol de su dimensión simbólica, enfatizando la ritualización de los contextos en que tales artesanías cobrarían un mayor significado. Genealogía del estilo Cogotas I: la invención de una tradición Comenzaremos el epígrafe rastreando la inspiración temática de la ornamentación de Cogotas I. Es el tema clásico de su filiación o genealogía (Castro Martínez et al. 1995: 51-60; Fernández-Posse 1998: 11-24; Abarquero 2005: 24-26), que aquí abordaremos desde otros planteamientos y con renovadas expectativas. La génesis autóctona del Boquique y la incisión, y su hondo rastreo en los antecedentes prehistóricos, es una idea que, si bien se menciona esporádicamente desde los años 1920, fue sistematizada por Maluquer de Motes (1956: 196) al formular su tesis de la dualidad de tradiciones indígenas y hallstátticas. Como señaló Fernández-Posse (1982: 147), en el esquema dualista de Maluquer de Motes (1954), el indigenismo de Cogotas I se sustentaba exclusivamente en la afinidad formal de su decoración incisa respecto a la campaniforme. A ello contribuyó la flexibilización del marco interpretativo étnico-cultural e invasionista, y el derrumbe de las bases cronológicas de la ortodoxia instalada por Maluquer de Motes (1956). Fernández-Posse (1982: 139-149, 1986/87: 477) enunció el estado de la cuestión en su versión definitiva, y desde entonces, la vinculación del estilo Cogotas I con producciones alfareras locales y precedentes -neolíticas y del campaniforme Ciempozuelosse ha consolidado como hipótesis consensuada, si bien los términos en que se planteó no han vuelto a ser objeto de revisión ni debate. Aquí queremos insistir en que la propuesta de esta autora (Fernández-Posse 1982: 148-149) subraya el carácter orgánico o integral del arraigo en el sustrato cultural autóctono de todas las técnicas decorativas de Cogotas I. Aquella intuición, tildada entonces por ella misma como una "mera suposición", adolecía de la ausencia de "nexos materiales intermedios" (Fernández-Posse 1982: 149). Hoy, a la luz de la información disponible, y considerando el problema bajo otros prismas, conviene replantear esa inspiración en los repertorios locales precedentes como fenómeno no sólo verificado, sino de una "profundidad temporal" inusitada. El vínculo con el fenómeno campaniforme requiere un enfoque alternativo. El radiocarbono va acortando la distancia entre los últimos Ciempozuelos y Protocogotas. Si bien por ahora no disponemos de fechas más antiguas de ca. Una serie de horizontes de comienzos de la Edad del Bronce llenarían ese aparente vacío: los conjuntos de cerámicas lisas del Bronce Pleno o "Clásico" madrileño (Blasco Bosqued 2004: 557-560) y el grupo Parpantique duriense (Jimeno 1988). Por tanto nos hallamos ante una dudosa discontinuidad cronológica y artesanal para la transmisión de tal decoración alfarera. Sin embargo, una estricta ilación temporal no es ne-cesaria para comprender semejante fenómeno, si atendemos a la muy probable sincronía, a fines del III milenio AC, de tales grupos arqueológicos y los últimos repertorios campaniformes (Díaz-del-Río 2001: 69-71; Rodríguez Marcos 2008: 409-410). En dicho escenario tendría buena cabida la transferencia o la imitación deliberada de antiguos ornatos alfareros. Se comprendería así mejor la coexistencia, en el oriente meseteño, del campaniforme y los primeros vasos Protocogotas en el nivel II de la cueva de Arevalillo de Cega (Fernández-Posse 1981: 81), o la (re)introducción de la temática incisa geométrica en momentos avanzados del Bronce Antiguo (2200-1900 cal AC) en Cueva Maja (Samaniego et al. 2001: 73-76). Por consiguiente, los primeros testimonios alfareros Protocogotas plantean esas influencias múltiples, tanto coetáneas como pretéritas. Por una parte prolongan la alfarería "de basto" o de cocina/almacenaje típica del Bronce Antiguo. Por otra se caracterizan por la adopción sincrética de motivos incisos muy arraigados, con un probable acento ritual. Estos proceden de la tradición calcolítica previa -triángulos, puntillados, etc. (Samaniego et al. 2001: 100)-, y también se inspiran en el campaniforme -composiciones radiales, en friso y metopadas, al interior del borde y con pasta blanca-pues precisamente motivos del estilo Ciempozuelos como la "espiguilla", los reticulados y las cenefas con puntos al tresbolillo, se encuentran entre los más extendidos en la Submeseta Norte (Garrido Pena 2000: 119-120, Fig. 48, temas 9, 6 y 12). En segundo lugar, en el caso del Boquique, queda por explicar cómo fue posible el referido abolengo neolítico apuntado por Fernández-Posse (1982: 139-141), al haberse agrandado sustancialmente la brecha en tal relación. La autora, tras descartar otras posibilidades, señalaba al Boquique del Neolítico Interior medio-tardío como claro precedente del cogotense (Fernández-Posse 1982: 147-149). Hoy sabemos que tal técnica alfarera comparece en contextos del Neolítico antiguo del último tercio del VI milenio cal AC, siendo coetánea por tanto del horizonte cardial mediterráneo, y propia -aunque no exclusiva-del interior peninsular (Alday et al. 2008: 164-165; Alday 2009: 135-137). Con posterioridad su empleo en la Meseta se rarifica durante milenios -no así en el nordeste peninsular, donde acusa cierto predicamento en el Bronce Antiguo (Maya y Petit 1986)-, si bien algún testimonio del III milenio AC resulta muy esclarecedor. En efecto, los trazos de los cérvidos al interior del cuenco madrileño de Las Carolinas se delinearon con Boquique (Blasco Bosqued y Baena 1996: 431, Lám. II), mostrando su uso restrictivo, de alto valor simbólico, entre la vajilla campaniforme Ciempozuelos. Tal técnica pudo pues pasar a ser empleada de forma puntual, para revestir de una aureola arcaizante a ciertos productos alfareros exclusivos. Por último, la génesis de la técnica excisa en Cogotas I hoy no puede explicarse convincentemente de forma unívoca (Rodríguez Marcos 2008: 372). En el cuadro que acaba de presentarse, la reocupación de los mismos enclaves en el sentido apuntado por Fernández-Posse (1982: 149) facilitó el contacto de los alfareros de la Edad del Bronce con los restos "arqueológicos" de sus antecesores neolíticos y calcolíticos (9). La "pervivencia de elementos residuales", cuestionada por Díaz-del-Río (2001: 322), no sólo habría sido posible en el pasado, sino que pudo formar parte de estrategias culturales intencionales. Por tanto, resulta ineludible plantear el encuentro cotidiano -en cuevas, megalitos o campos de hoyos-con cerámicas neolíticas, siendo un requisito material que posibilitó la emulación y reintroducción de viejas técnicas, como el Boquique. Una representación a escala peninsular (Fig. 3) de los hallazgos de Boquiques neolíticos (Alday 2009) y del "área nuclear" y la "zona de contacto" de Cogotas I (Abarquero 2005) muestra que Fig. 3. El asterisco localiza la Fábrica de Ladrillos (Getafe, Madrid). la ruptura de la línea de transmisión de la alfarería incisa calcolítica (Blasco y Baena 1996: 433), su reaparición en el Bronce Medio podría entenderse por la confección de nuevos vínculos con el pasado. En el supuesto del nexo entre el Boquique neolítico y el cogotense estamos ante un claro hiato milenario, sólo sorteable mediante un reencuentro indirecto entre ambos, comportando "historias mitológicas", evocaciones más laxas del pasado (Gosden y Lock 1998: 6). Otros casos conocidos de inspiración en remotos motivos decorativos serían los de la cerámica "tipo Penha" calcolítica, "redescubierta" en el Bronce Final del noroeste peninsular (González Ruibal 2006/07: 112) o la alfarería neolítica escocesa, imitada en la Edad del Hierro (Hingley 1996: 240-241), tal vez para arraigar tales producciones y legitimar así la apropiación mítica del territorio. Por todo lo dicho, concluiremos que la alfarería de Cogotas I podría definirse como una tradición inventada, que paulatinamente incorpora elementos selectos, procedentes de repertorios de otros contextos espacio-temporales. Al actuar así, los alfareros habrían partido del reconocimiento tanto de lo preexistente como de lo contemporáneo. El muestrario conseguido, con su marcado énfasis en remedar formas, temas y sintaxis asociados a las tradiciones autóctonas, parece responder al propósito explícito de subrayar deliberadamente ciertas afinidades con el pasado (Bradley 2002: 10-12). Tal planteamiento iluminaría la comprensión de la regionalización de la alfarería de Cogotas I en distintos subestilos o facies locales (Rodríguez Marcos 2008: 321-327), cuya variabilidad estilística parece tener correspondencia con las peculiaridades de las producciones locales calcolíticas y de comienzos de la Edad del Bronce (Samaniego et al. 2001: 99-100; Fabián 1995: 199-200). Por encima de las particulares coyunturas a las que obedeciera cada innovación -algo siempre inusual y esporádico (Crown 2007; Budden y Sofaer 2009: 209)-, en conjunto la alfarería de Cogotas I responde a una tradición homogénea, en los términos planteados por Osborne (1998) y Hobsbawm (2002). Para Ruiz Zapatero (2007: 46): "esa sorprendente identidad sólo es explicable por la fuerza de la tradición de los alfareros y/o las alfareras y la significación visual de los códigos decorativos". Así pues, las sucesivas y excepcionales modificaciones del estilo alfarero de Cogotas I implicarían la manipulación cons-ciente y desigual de sus elementos formales. Las soluciones finalmente convenidas serían impuestas y sancionadas mediante formalidades, en contextos muy ritualizados, tal como veremos a continuación. El Boquique: técnica y ritualización Las consideraciones previas inciden en los aspectos más explícitos o conspicuos del estilo alfarero de Cogotas I, como referente identitario. Siguiendo a Wiessner (1983) se trataría de su dimensión "emblemática"; aquel patrón ideal y abstracto, normativo y consciente, orientado al exterior. Por contra, en los siguientes párrafos se insistirá en su vertiente tecnológica y en la rica información implícita, interiorizada como saber "no discursivo", de honda trascendencia social. Para ello debemos aproximarnos a la cultura material desde una racionalidad distinta a la nuestra. A la concepción partitiva y reduccionista de la técnica, como actividad instrumental de "especialistas", dirigida a resolver con eficacia necesidades funcionales, contraponemos una práctica social, probablemente a tiempo parcial, inserta en el marco inmanente de vivencias, significados y relaciones intersubjetivas en que se desenvolvieron los artesanos y artesanas (Ingold 1990: 10 y 14-15; Dobres 2000; Hendon 2010: 144-147). Por su parte, los productos pudieran comprenderse como objetos personales e inalienables, íntimamente vinculados a sus artífices, donde confluyen las relaciones sociales que rodearon su manufactura, uso y amortización (Thomas 1996; Chapman 2000b). Estos planteamientos se plasman a su vez en métodos de estudio que atienden a los procesos técnicos de la manufactura. Así, los saberes asimilados y las destrezas dominadas, las decisiones técnicas implicadas y las propias aptitudes artesanales son exhibidos como elementos socializadores, que informan de diversas "identidades técnicas" entre grupos de edad, sexo, pericia o experiencia (Gosselein 1998; Dietler y Herbich 1998; Dobres y Hoffman 1994). Desde semejante perspectiva podemos acercarnos al estudio del Boquique (Fig. 4), como campo idóneo donde ensayarla, dotando de mayor contenido antropológico las apreciaciones tecnológicas ya planteadas por Maluquer de Motes (1956: 188-192) o Fernández-Posse (1982: 150). Los autores coinciden en señalar que tal técnica requirió un exigente aprendizaje, y una lenta y minuciosa ejecución (Alday 2009: 11-19), interviniendo conocimientos expertos y habilidades afianzadas, sólo transmisibles mediante aprendizaje tutelado (Crown 2007: 678-679). Tales caracteres no sólo le dotarían de un inestimable valor adicional (Abarquero 2005: 438), sino que permiten sospechar un contexto docente y socializador más complejo que el hasta ahora intuido. "La transmisión cerrada de las técnicas y motivos decorativos entre alfareros explica cómo el amplio elenco de esquemas decorativos se comparten en áreas muy extensas" (Ruiz Zapatero 2007: 46-47). Los escenarios de adoctrinamiento estuvieron muy probablemente cargados de connotaciones cosmogónicas y morales (Hendon 2010: 146-147), entre las cuales resaltamos aquí cierta vinculación consciente con el pasado mítico, aquel que hoy denominamos neolítico. Es decir, la alfarería de Cogotas I, lejos de responder a meras secuencias instrumentales, ejecutadas por individuos atendiendo a simples fines pragmáticos, utilitarios y asépticos, desacralizados y meramente estéticos, pudiera haber comportado pericias muy esmeradas, valoradas socialmente por su dificultad, por informar sobre la identidad y maestría del artesano y por su invocación del pasado. Sin embargo, tales muestras idiosincráticas y heterogéneas no excluyen un concepto ideal, un "efecto expresivo" o una "textura" concreta compartidos (Alday 2009: 18-19); en definitiva, un referente "emblemático" (Wiessner 1983). El Boquique comprende así fórmulas y soluciones procedimentales de resultados parecidos, que informan de la faceta "isocréstica" o equivalente (Sackett 1990: 33) de tal modalidad ornamental. Pero, como ya apuntara Fernández-Posse (1982: 150), su variabilidad "nada refleja en lo cultural o en lo cronológico": términos como "seudoBoquique" o "Boquique atípico" parten de un arquetipo estilístico arbitrario y convencional -el "típico", supuestamente más representativo-y no sirven como marcadores crono-culturales. Todas esas manifestaciones "son" Boquique, cuya rica variabilidad debe ser estudiada. En concreto, resulta ineludible adoptar los métodos de la châine opératoire, para conectar tales habilidades y preferencias técnicas con los aspectos simbólicos e identitarios (Dietler y Herbich 1998; Gosselein 1998; Budden y Sofaer 2009). Para superar la mera descripción formal debe obtenerse información tecnológica, priorizando la consecución de estudios arqueométricos, en especial de la composición química de las pastas, desgrasantes e inclusiones coloreadas, y de la temperatura de cocción. Los trabajos sobre incrustaciones de pasta blanca en cerámicas de Cogotas I permiten intuir el empleo de huesos triturados y calcinados (Odriozola 2007 (10) Postures and movements which are habit memories become sedimented into bodily conformation (Connerton 1989: 94). Tal elección técnica contrasta con la seguida entre los repertorios Ciempozuelos, basados mayoritariamente en el carbonato cálcico -rocas calcáreas o conchas de moluscos (Martín Valls y Delibes de Castro 1989: 5; Odriozola 2007: 135)-y sugiere interesantes cuestiones. Por otra parte, hay que preguntarse sobre la propia función del Boquique cogotense: ¿se hizo para ser visto, o para alojar pasta de color? Este asunto muy pocas veces se plantea, y pudiera ser crucial para comprender su intencionalidad. Si la pasta ocultaba siempre el modo de ejecutar los surcos, las clasificaciones estilísticas que manejamos serían irrelevantes a los ojos prehistóricos, y por tanto "las diferencias que se observan en la realización técnica no tendrían equivalente en los aspectos estilísticos" (Carmona Ballestero 2010: 52). Al respecto, se viene aceptando que el Boquique constituye una técnica "de incrustación", que remedaba el efecto de las cerámicas pintadas (Maluquer de Motes 1956: 188). A su vez, la muy desigual presencia de impregnaciones suele explicarse, tácitamente, por su azarosa conservación diferencial, debido a la erosión mecánica y química (Maluquer de Motes 1956: 190). A semejante imagen estática y definitiva de los recipientes cogotenses cabe hoy contraponer una cierta "biografía" o trayectoria de uso (Gamble 2001: 115-120; Crown 2007; Lillios 2008), que dotaría de connotaciones acumulativas a tales recipientes, conformando una suerte de "palimpsestos de significados" (Bailey 2007: 207-208). Según este último planteamiento, el Boquique consistiría en un dispositivo para incrustar pasta de color, si bien sólo algunas vasijas recibirían finalmente tales embadurnamientos. Además, no debemos descartar prácticas periódicas de lavados y "repintes" documentados etnográficamente en algunas alfarerías, creando así genealogías a través de tales "biografías" (Crown 2007: 680 y 686; Lillios 2008). La aplicación de pasta posterior a la cochura es técnicamente posible (Odriozola y Hurtado 2007) y, de hecho, algún ejemplar campaniforme francés (11) muestra una secuencia como la aquí sugerida, y que deberá buscarse. Así pues, atendiendo a la íntima asociación metonímica entre los objetos y las personas (Thomas 1996; Chapman 2000b; Brück 2006b), nos planteamos otras lecturas posibles. La pasta de color habría sido aplicada en concretos hitos biográficos -ritos de nacimiento, nupcias u óbito-, protagonizados por los sujetos a los que se asociarían tales recipientes y para los cuales pudieron incluso haberse confeccionado (Gallay 2007). Dichos eventos, muy ritualizados, de representación y exhibi-realidad social de Cogotas I, pertinentes y complementarias en el actual estado de la investigación. El avance en la caracterización de la subsistencia, el poblamiento y el medio ambiente debiera ser compatible con el estudio de las manifestaciones más cotidianas y contingentes, precisamente aquellas tratadas directamente por los arqueólogos, y que siguen constituyendo las fuentes primarias -con una mínima información contextual-para aproximarnos a la sociedad de Cogotas I. No se pretende reforzar el relativismo subjetivista, el idealismo conceptual y el énfasis en lo idiosincrásico y particular propio de la tradición disciplinar culturalista pues, ante todo, debe evitarse la deriva hacia una nueva simplificación. Se busca, en suma, aplicar las enseñanzas del "perspectivismo temporal" y aprehender las distintas manifestaciones de los fenómenos sociales atendiendo a metodologías y escalas acordes al registro disponible y al tipo de cuestiones planteadas (Bailey 2007: 201-202). A lo largo del trabajo se han aportado argumentos para repensar críticamente nuestra comprensión de la esfera ritual y simbólica en Cogotas I. Lejos de considerarla accesoria o irrelevante, se ha pretendido mostrar su decisiva intervención para constituir y reproducir las relaciones sociales, como en la propia configuración del registro arqueológico. Pero su correcta apreciación pasa por un cambio de enfoque, que facilite la combinación de escalas y permita proceder desde los eventos particulares hacia las estructuras e instituciones. Desde tal perspectiva, encontramos recursos y estrategias que reflejan pautas de comportamiento muy estables, interiorizadas por los sujetos mediante socialización primaria, que constituyen habitus: esquemas de predisposiciones para percibir, pensar y actuar de determinada forma (Bourdieu 1972: 178). Tales principios generativos presidirían de forma activa el aprendizaje, la percepción y las vivencias, y transformarían su contenido respondiendo al contexto social (Barrett 1994: 95; Chapman 2000b: 185), funcionando como "tecnologías de significado" que, a la larga, perpetuaron tales fórmulas culturales (Thomas 1996: 99-100). Al constreñir la capacidad de actuación de los agentes, pero al mismo tiempo, al habilitarles para actuar, habrían contribuido a constituir la sociedad de Cogotas I (Giddens 1995). De momento, la falta de estudios ex profeso dota a nuestra propuesta de un evidente carácter provisional, pues apenas se sostiene con los datos disponibles. Pero, desde una posición cautelosa, pretendemos asentar las bases para afrontar con rigor tal línea de pesquisa. Sin los oportunos criterios "de alcance medio" (Chapman 2000b; formalizadas, con un especial acento en los procesos de amortización, abandono e "invisibilización" consciente y sistemática de ciertos contextos ordinarios y frecuentes (Fernández-Posse 1998: 242-243; Enríquez y Drake 2007: 164-173). Los campos de hoyos responden a una casuística propia, ambivalente y muy ritualizada, distinta de la de aquellos espacios funcionalmente separados entre otras muchas culturas, con asentamientos, sitios cultuales y necrópolis segregados. Por contra, entre los grupos cogotenses otras conductas sociales fueron ritualizadas de otro modo -por ejemplo, las propias del ámbito doméstico e incluso la mayoría de las del funerario-, y han legado un rastro material mucho más fragmentario y menos perdurable. En consecuencia, hemos de reconsiderar la pretendida simplicidad y la aparente uniformidad del registro arqueológico de Cogotas I como una evidencia transparente, inocua y no problemática, cercana y familiar, de interpretación directa (Hill 1995: 4-5). Los testimonios reunidos vienen a contradecir el primer supuesto, mientras que recientes estudios (Díaz-del-Río y Vicent 2006) confirman la insólita variabilidad funcional de los campos de hoyos. Las principales diferencias vislumbradas entre la fase Protocogotas y los momentos avanzados de Cogotas I han de vincularse con cambios eminentemente simbólicos, plasmados en sus prácticas ritualizadas. Hasta mediados del II milenio AC se acentúan en especial ciertos depósitos -funerarios, de ofrendas animales o artefactos "singulares" como molinos barquiformes, recipientes invertidos, etc.-, asociados invariablemente a contextos de Protocogotas (Liesau et al. 2004/05; Liesau y Blasco 2006), como testimonia el depósito de fauna de los hoyos 76 y 78 de la Fábrica de Ladrillos, datado en el intervalo 1700-1520 cal AC (Blasco Bosqued et al. 2007: 50-58). Por contra, a partir de entonces, coincidiendo con Cogotas I Pleno, tales maneras desaparecen, mientras que la alfarería adquiere un énfasis ornamental inusitado (Fernández-Posse 1986; Ruiz Zapatero 2007), parejo a una mayor capacidad media en litros, tal como manifiestan los recipientes del fondo 12 del propio yacimiento madrileño mencionado, datado hacia 1140-900 cal AC (Blasco Bosqued et al. 2007: 121-122 y 193-194). Nada puede afirmarse sobre los concretos y contingentes significados a los que sirvieron tales dispositivos sociales de invención / manteni-miento de la memoria social y las tradiciones culturales. Muy probablemente tales nociones y contenidos, polisémicos y dinámicos, hubieron de readaptarse, ante las cambiantes expectativas de las gentes de Cogotas I frente a situaciones sobrevenidas (Barrett 1994; Chapman 2000b). Tan sólo intuimos que la tenacidad de sus formas de expresión remite a cuestiones de suma importancia para las comunidades implicadas, lo que explicaría el cuidado puesto en su perpetuación. Por eso tal vez deban relacionarse con el aplacamiento de los riesgos e inseguridades consustanciales a los modos de vida de Cogotas I. Estos planteamientos ayudarían a enfocar con nuevas lentes los peculiares rasgos de estos grupos prehistóricos, desde lecturas complementarias a las más usuales en la historiografía actual. Además de los intereses utilitarios, funcionales y sobre todo, relacionados con la subsistencia, comenzamos a intuir en el registro material de las gentes de Cogotas I otros propósitos relevantes. Son pautas que responden a hondos fundamentos sociales, plasmadas en comportamientos acordes con una racionalidad no instrumental, ni exclusivamente pragmática. En este trabajo se han recopilado argumentos para comenzar a esbozar semejante hipótesis. En lo sucesivo, las actuaciones arqueológicas sobre el registro de Cogotas I ofrecerán la oportunidad de contrastarla. Durante la elaboración del trabajo me he beneficiado de la discusión con Alfonso Alday Ruiz, Germán Delibes de Castro, Rafael Garrido Pena, Carlos Odriozola, Manuel Rojo Guerra y Gonzalo Ruiz Zapatero. Agradezco a la Dirección General de Patrimonio Cultural la cesión de los datos del Inventario Arqueológico de Castilla y León. El borrador inicial del texto recibió comentarios y aportaciones de Pedro Díaz-del-Río, Ángel Esparza, Alfredo González Ruibal, Elisa Guerra Doce, Alejandra Sánchez Polo, así como de dos evaluadores de la revista. A todos ellos les agradezco su esfuerzo. Abarquero Moras, F. J. 1997: "El significado de la cerámica decorada de Cogotas I". memoria y ritual en Cogotas I: esbozo teórico para un enfoque renovado 131 A Br.
La presencia de aves en el repertorio iconográfico del arte rupestre paleolítico es muy escasa. Desde 1907 se vienen describiendo unas figuras de alca y de rapaz (probablemente buitre) en la parte final de la cueva de El Pendo. Los autores las asignan a un momento antiguo, desde el Auriñaciense hasta el Magdaleniense inferior. Una nueva lectura del conjunto de grabados permite apuntar la presencia inequívoca de una imagen de ave, sin características que permitan su identificación taxonómica precisa. El trabajo revisa, además, las imágenes de aves conocidas en el arte rupestre paleolítico de la Península Ibérica. La cavidad de El Pendo (Escobedo de Camargo, Cantabria) (Fig. 1) fue descubierta por Marcelino Sanz de Sautuola en 1878, siendo objeto de diversas excavaciones por dicho investigador y Vilanova y Piera entre 1878 y 1890. Más tarde, Alcalde del Río, Obermaier y Breuil dirigen otra campaña en 1908, Beatty, Breuil y Carballo en 1910, y Shalcrass y Orestes Cendrero en 1914. En estas intervenciones arqueológicas se obtuvo un importante conjunto de elementos de arte mueble. Alcalde del Río encontró los grabados del divertículo final de la cavidad de El Pendo en 1907 (Fig. 2). Hasta esa fecha no se conocía ninguna representación de figuras de ave en el arte rupestre paleolítico europeo. En 1909 Breuil descubrió una nueva imagen de ave en la cueva de Gargas (Hautes-Pyrénées). Tan sólo unos meses después del hallazgo de El Pendo los grabados fueron objeto de calco y análisis por parte del abate Breuil, pero su publicación se aplazó hasta 1911 (Alcalde del Río et al. 1911). La interpretación morfológica de las figuras ha sido objeto de discusión. En la publicación inicial (Alcalde del Río et al. 1911) los grabados se identificaron como un pingüino y una rapaz, probablemente un buitre. La idea del pingüino, más correctamente en nuestros días alca gigante, la retoman Reinach (1913) y Obermaier (1925). González Morales (1980) asume la interpretación de Alcalde del Río et al., mientras que Sieveking (1962) y Madariaga de la Campa (1969) dudan de su correspondencia con algún tipo de alca. Barandiarán (1980) realiza el estudio más completo y concienzudo recogido en la memoria de González Echegaray sobre el yacimiento. González Morales (1980) presenta otro artículo en esta obra y concluye que ambos grabados corresponden incuestionablemente a dos alcas gigantes. Dada la polémica atribución de las figuras grabadas en el panel de El Pendo, se llevó a cabo su análisis, utilizando como base una nueva revisión de campo. El trabajo de campo se llevó a cabo en 2002 en dos jornadas (1). Se realizó un calco y un amplio reportaje fotográfico sobre papel (color, blanco y negro e infrarrojos), con equipo Nikkon F-3 (35 mm) y Rolleyflex (120 mm), y sobre soporte digital, con equipo Ricoch de 3.1 MP dotado de macro 1 cm. Para la iluminación se emplearon dos focos halógenos con potenciómetro. Los efectos de la distorsión se minimizaron obteniendo diversas tomas fotográficas planas mediante trípode y otros sistemas de estabilización de imagen. Los productos fotográficos resultantes sobre película diapositiva a color de 35 y 120 mm fue-Fig. Topografía y localización de la cueva de El Pendo (Escobedo de Camargo, Cantabria) y de los yacimientos peninsulares con representaciones de aves: 1. El Parpalló. ron utilizados para levantar un calco usando una plataforma vertical de transparencias. En la cavidad se analizaron las paleo-huellas -estrías, evidencias de repasados, etc.-sobre el soporte con lupas portátiles de 5 y 10 aumentos. También se prestó especial atención al estudio paleográfico del soporte siguiendo un método similar al estratigráfico: una documentación exhaustiva de todas y cada una de las superposiciones y de las relaciones existentes entre las diversas líneas observadas. Barandiarán (1980) señala las notables diferencias entre sus calcos y los de Alcalde del Río et al. (1911). Además de las divergencias respecto a la realidad en la representación de las líneas grabadas, este autor las reconstruye en el orden de prelación de las imágenes del calco de Alcalde del Río et al. (Tab. Barandiarán (1980: 251) nota también diferencias en los gestos técnicos con los que fueron efectuados los grabados, advirtiendo que por la pátina y los restos de costra de calcita parecían corresponder a dos momentos. Los trazos de aspecto más grueso serían los modernos, frente a los de surco más estrecho a los que atribuye una cronología prehistórica. Barandiarán reduce de forma notable las figuras observadas y sus seriaciones. FASES DE EJECUCIÓN DEL PANEL DE GRABADOS El nuevo estudio arroja unas conclusiones similares a las obtenidas por Barandiarán, si bien se advierten ciertas divergencias (Tab. 1B) que es preciso explicar. Actualmente el estado general del panel de los grabados es lamentable. Se encuentran en una estrecha zona de paso, objeto de numerosas alteraciones que incluyen el trazado de flechas e indicaciones de la dirección de la marcha y salida desde la gatera, que conduce desde la zona profunda de la cavidad hacia el corredor de la sala principal, tras el laminador, y desde éste hasta el acceso actual a la caverna. Estas nuevas grafías han sido realizadas sobre el soporte de los grabados prehistóricos (Fig. 3), pero afortunadamente no se les superponen. Atendiendo a los criterios de superposición y al análisis de los gestos técnicos empleados en la elaboración de los grabados, se han podido identificar hasta seis momentos o fases diferentes de utilización del soporte (Tab. La desconexión espacial entre los grabados más antiguos -de temática animal-y los localizados en el extremo superior derecho del panel impide señalar con certeza a qué momento pertenecería cada uno de ellos. No obstante, el gesto técnico y las paleo-huellas localizadas en el interior de estos grabados finos permiten suponerlos contemporáneos de los momentos 1 ó 2, al tiempo que los distancia de forma notable de las restantes fases. MORFOLOGÍA Y DESCRIPCIÓN DE LOS GRABADOS HISTÓRICOS El estudio del soporte, de la composición estratigráfica del panel y de los diferentes elementos grabados introduce nuevos elementos en la lectura del grafismo. En primer lugar se advierte un panel conformado a modo de palimpsesto en el que se superponen diferentes conjuntos de grabados (Fig. 4A) desarrollados en seis fases. Al menos tres etapas de grabado deben ser consideradas históricas, por la presencia de grafías alfabéticas identificables (Fig. 4B). La fase 4 debe ser anterior a 1913 ya que se superpone a la fase 5, que contiene un trazado de ese año. Posteriormente se llevan a cabo sobre ambas diferentes líneas (algunas en forma de flecha) cuyo objetivo es indicar la marcha durante el tránsito por la cueva (fase 6). De la fase 4 tan sólo se puede leer "A N", mientras que los surcos de la fase 5 son más superficiales que los de fase 2 y fueron probablemente trazados con un objeto metálico. En una maraña de líneas inconexas se advierte el siguiente texto dispuesto en tres líneas: 1913 / AGO[sto] / CHUCHI Como se aprecia en el calco (Fig. 4) y en la fotografía (Fig. 5), en este mismo momento y, presumiblemente, con el mismo objeto, se remarcaron algunas de las líneas principales de los grabados prehistóricos, especialmente el correspondiente al ave que forma el motivo central, quizás para hacer más visibles las líneas principales de lo que alguien debía registrar en un calco o en un dibujo o quizás por un deseo de falsear la obra original. Parece apoyarlo el que se repase, precisamente, la zona más clara de la curva de inflexión de la parte interna del prótomo de lo que Breuil interpretó como alca gigante. También cabe señalar un conjunto de grabados lineales, más anchos y profundos (fase 3), que dan lugar a agrupaciones o haces de líneas y que, según se ha podido documentar, se sitúan sobre los grabados finos paleolíticos y bajo los históricos. Tanto Alcalde del Río et al. (1911) como Barandiarán (1980) consideran estas líneas sincrónicas a la ejecución de los grabados finos, sin reparar ni en la diferencia del gesto técnico ni, sobre todo, en la existencia de superposiciones. Bajo todo este conjunto, ciertamente caótico, se desarrolla una serie de grabados muy finos, ejecutados con un objeto aguzado de filo estrecho y que constituye el cuerpo principal del panel, la fase paleolítica. Aún por debajo de este conjunto de grabados antrópicos se localiza una no menos destacada serie de líneas y pseudo-grabados de origen natural, que forman parte del soporte calizo. Tanto Alcalde del Río et al. (1911) como Barandiarán (1980) los confunden, en ocasiones debido a la notable dificultad de definición, con líneas de graba-do que interpretan como parte del panel paleolítico, desvirtuando por ello el resultado final de su levantamiento y posterior interpretación. MORFOLOGÍA Y DESCRIPCIÓN DE LOS GRABADOS PALEOLÍTICOS El soporte pétreo original no fue objeto de preparación con antelación a la ejecución de los grabados paleolíticos. Tampoco ha sido empleado como un elemento más de integración gráfica para dar volumen o completar las figuras. En el calco ahora presentado, y coincidiendo con Barandiarán (1980), se definen dos figuras nítidas (Figs. 5 y 6), entre las que, a falta de superposiciones, no se puede asegurar la sincronía ni la primacía temporal de una de ellas. Además, en el sector derecho del panel se observan, al menos, dos conjuntos de líneas angulares y una serie de líneas curvas que pudieran asignarse, no sin dudas, a sendos prótomos y parte de una línea cérvico-dorsal. Todas ellas corresponden a grabados parcialmente desaparecidos (Fig. 5). Figura A (Fig. 6): es la situada a la izquierda en los calcos de Alcalde del Río et al. (1911) y Barandiarán (1980). Se trata de la supuesta alca o pingüino según Breuil y del anseriforme según Barandiarán (1980). La figura está incompleta, en contra de lo que señalan estos autores. Se observa el claro prótomo de un ave, mirando a la izquierda, sin conexión física con las líneas del pretendido cuerpo del ave. La línea que otros autores identifican como parte de su pechera es independiente de las líneas de arranque del cuello y, además, muestra un surco ligeramente más estrecho que aquél con el que se realizó el prótomo. En el interior de lo que podría ser el cuello y la cabeza del ave aparecen una serie de líneas que bien pudieran interpretarse como parte de un plumaje o de la anatomía del ave, si bien no tienen parecido alguno con el relleno interior que Breuil señala en su calco. Ello, junto a la pretendida línea de la pechera, podría constituir un añadido ciertamente artístico por parte de este investigador. Conforme al criterio de superposición, la cronología de buena parte de las líneas situadas en el extremo inferior derecho de esta figura debe ser posterior. Todos los trazos de la derecha se superponen a la línea que Breuil interpretó como parte de la base del ave y que nosotros consideramos, por la morfología del trazo, más bien parte de la representación burda de la línea ventral del équido, si bien tampoco existen datos fehacientes de continuidad de trazo con esta figura que permitan asegurarlo sin dudas. La maraña de trazos inferiores, interpretados por anteriores autores como parte del aparato locomotor de la misma ave, tampoco presenta evidencias de relación con esa figura, ni en su morfología de trazo ni en su continuidad, por lo que no creemos acertado indicar que se tratase de las extremidades del ave. Figura B (Fig. 6): es la situada a la derecha en los calcos de Alcalde del Río et al. (1911) y de Barandiarán (1980). No cabe duda de que nos encontramos ante un cuerpo ancho, con líneas cérvico-dorsal y parte de la pectoral marcadas, asociadas -por cercanía, que no por continuidad de líneas-a otras dos formando ángulo y convergentes que pueden interpretarse como parte del prótomo de un animal. Una línea paralela convergente, situada a la altura del extremo inicial del prótomo, cuya colocación coincide en los calcos de Breuil, Barandiarán y en el ahora presentado, podría estar indicando la crin, interpretándose la figura como un esbozo de équido. No hay claros indicios de la representación de las patas, si bien es cierto que su parte inferior es la más alterada. Consideramos que tan sólo un trazo de la línea ventral asignada por otros autores a la figura del ave podría coincidir con esta figura. A esta interpretación contribuyen la morfología del trazado y su anchura, que son del todo coincidentes con los de la línea cérvico-dorsal del prótomo del équido. Figuras 1 y 2: poco puede decirse de ellas, excepto que repiten un esquema similar al empleado para la solución de los extremos terminales superiores de las figuras A y B. Podemos apuntar, no sin incertidumbre, que se tratase de trazos de figuras perdidas. Figura 3: pudiera corresponder a una línea cérvico-dorsal asociada al arranque del prótomo de un animal muy estilizado. No obstante, se carece de elementos de juicio suficientes desde el punto de vista de su ejecución como para identificar inequívocamente qué animal representa. IDENTIFICACIÓN ESTILÍSTICA Y DETERMINACIÓN CRONOLÓGICA DE LAS FIGURAS PALEOLÍTICAS El cuadrúpedo (un équido) parece más sencillo de fechar debido a los elementos morfológicos que lo componen. La dificultad para la caracteri- zación morfo-tipológica del ave estriba no tanto en la complejidad de su desarrollo como en la escasa muestra de comparación que existe hasta ahora en todo el arte rupestre prehistórico europeo. La presencia en el équido de algunos convencionalismos propios de etapas arcaicas del arte parietal permite arbitrar ciertas ideas en torno a su siempre compleja adscripción cronológica. La notoria desproporción entre la cabeza, de tamaño muy reducido y morfología oblonga, y el cuerpo, macizo, avalan una cronología propia de los momentos que en la clasificación de Leroi-Gourhan (1965) se denominan "primitivos", propios del Estilo II, correspondiente al Solutrense Antiguo/ Gravetiense (c. Deben entenderse, del mismo modo, la falta de elementos definitorios del animal o el tratamiento esquematizante del conjunto. No obstante, la crinera muy someramente indicada y el notable suavizado de la línea cérvico-dorsal pudieran señalar algunas convenciones del Estilo III, propio del Solutrense superior y del Magdaleniense inicial (c. En consecuencia, la representación de este équido y, tal vez la mayor parte de los grabados ubicados en la zona superior derecha del panel serían de la primera fase de uso del soporte. Éste habría tenido lugar en el Solutrense avanzado, quizás en la transición entre los Estilos II y III de Leroi-Gourhan (1965), en torno al 20.000 AP. Podría compararse el arte de esta cavidad con el de otros yacimientos de la región franco-cantábrica, como el francés de Pair-non-Pair o los cántabros de La Viña, La Lluera, Godulfo o Chufín. Resulta interesante comprobar los paralelismos existentes, empero, con conjuntos del Ciclo Auriñaco-Gravetiense con representaciones grabadas de los Estilos I-II. Entre los paralelos cabe citar las siluetas grabadas de Figuier, Huchard, Ebbou y Deux-Ouvertures en Ardèche, y Chabot y Oulen en el departamento de Gard. Todos estos elementos se presentan bajo el aspecto de un horizonte figurativo y técnico muy homogéneo, en el que se generaliza el uso de grabados muy profundos en zonas próximas a los accesos de las cavidades y más finos en los sectores internos de las mismas, a menudo formando parte de paneles cargados de palimpsestos de grabados. Es en este momento cuando con más acierto cabría incluir, quizás, los primeros grabados de El Pendo. La ejecución del ave parece haber sido posterior al équido, aunque en contra de lo señalado por otros investigadores (Alcalde del Río et al. 1911; Barandiarán, 1980) falta una plena superposición de las líneas de grabado que configuran el ave y el equino. Si atendiésemos a este criterio deberíamos suponer que fue posterior en el tiempo, aunque sin distar mucho de la del caballo. Consiste en unas pocas líneas que conforman la morfología de la silueta de un ave. Por ello, junto a la ausencia de detalles nítidos o de despieces intencionados, se puede indicar una cronología similar para ambas representaciones, dentro de esa antes mencionada transición entre los Estilos II y III de Leroi-Gourhan (1965). Los autores (Alcalde del Río et al. 1911: 39) de la primera publicación afirman que en el panel de El Pendo hay un pingüino (en la parte izquierda del conjunto) y una rapaz, probablemente un buitre (en la parte derecha). González Morales (1980: 260-261) también cree distinguir dos figuras que identifica como alcas gigantes (Pinguinus impennis). Nosotros consideramos, como Barandiarán (1980), que la única representación es la del ave situada a la izquierda del panel. La imagen del buitre es, en parte, una invención construida mediante la concatenación de trazos correspondientes al équido mencionado, que se encuentra por debajo del ave, y se completa con algunos detalles, como las plumas de la nuca de la rapaz. Groenen (2006) también indica importantes discrepancias entre algunos calcos de pinturas rupestres realizados por Breuil, o mandados ejecutar por el investigador francés a diversos ayudantes, y la realidad representada en el panel que deberían reflejar. Esta "libertad de expresión" artística cumple hoy un importante papel de distorsión en un amplio conjunto de abrigos y cuevas estudiados por Breuil en España. Los trazos que inequívocamente pertenecen al grabado del ave son aquellos que delinean la silueta del pico, la parte inferior del cuello hasta el comienzo del vientre y la parte posterior del cuello, que se prolonga hasta lo que sería más de la mitad de la espalda del animal. La línea superior de la cabeza no está ejecutada (Fig. 6). Una serie de líneas podrían haber sido ejecutados por el autor del grabado para representar todo el perfil del abdomen del ave, pero no están en conexión con la parte inferior del cuello. Sin em-bargo, en los calcos de Alcalde del Río et al. (1911) y de Barandiarán (1980) todo el contorno abdominal aparece como una continuación del cuello, algo que no corresponde a la realidad pero que, indudablemente, da mayor coherencia a la imagen. Por otro lado, en el área de la cabeza unos trazos pequeños también podrían formar parte del dibujo del ave; en el calco de Alcalde del Río et al. (1911) éstos son más numerosos y largos. Configuran el ojo y la región periocular de "su pingüino" y delimitan la zona ventral de la cabeza y el cuello. En el calco de Barandiarán (1980) delinean, por el contrario, el ojo del animal. Al final del cuello hay un par de trazos en ángulo recto que tampoco están en conexión con los trazos evidentes del ave. En el calco de Alcalde del Río et al. (1911) son mucho más largos: uno llega incluso hasta la base del pico y el otro parece formar parte de los cuartos traseros de un cuadrúpedo. En el de Barandiarán (1980) sólo está el trazo horizontal -más largo que en nuestro calcoque no parece formar parte del grabado del ave. La situación y dimensiones de estos trazos son congruentes con que señalaran el vértice flexor del ala grabado. La figura de la izquierda que Alcalde del Río et al. (1911) atribuyen al pingüino está completamente delineada. La parte superior de la cabeza -que no han encontrado ni Barandiarán (1980) ni los autores de este trabajo-aparece trazada con un perfil muy bajo, como el que poseen en general las aves buceadoras. Nuestro dibujo discrepa de los de Breuil y Barandiarán en el contorno dorsal del cuerpo, que discurre desde el final del cuello hasta unas pretendidas patas en el de Breuil o unos trazos informes en el de Barandiarán. Ahora no se ha encontrado ninguna línea que pueda ser atribuida a la espalda del ave. Las patas del ave de Breuil no son tales: son una transformación imaginativa de un grupo numeroso de trazos gruesos posteriores a los grabados del cuadrúpedo y del ave. La serie de trazos cortos y paralelos del calco de Breuil, que siguen el perfil dorsal del ave y producen en el espectador una sensación de volumen, constituye una invención más. Barandiarán (1980) atribuye, con reservas, la figura del ave a una anseriforme. Nosotros pensamos que, aunque las dimensiones relativas del pico podrían ser compatibles con esa identificación, su forma no se parece a las que poseen los picos de los patos, porrones, tarros o gansos. Además, el cuello de la figura es corto, aunque está estirado, como lo prueba el estrechamiento que se observa en su porción media. Todas las anseriformes tienen cuellos largos, así como las garzas, grullas, cigüeñas, espátulas, moritos, flamencos, somormujos, zampullines, colimbos, cormoranes, avutardas, sisones, alcaravanes y los buitres leonado y negro, entre las aves más frecuentes. El tamaño del pico es medio. No es tan pequeño como en las galliformes, halcones, palomas y similares. Tampoco tiene un perfil ganchudo, como más o menos acusadamente tienen las rapaces o algunas gaviotas. Es más robusto que los picos de los charadriiformes, polluelas, gallinetas -aunque menos que el del rascón-, cucos, araos y similares -excepto en los casos del frailecillo y de las alcas, con picos mucho más altos-y de la mayoría de las passeriformes, quizá con las únicas excepciones del cuervo y de la corneja, a la que se parece mucho. Los cuervos son muy frecuentes en los sedimentos del Pleistoceno europeo depositados en conjuntos kársticos; de hecho, Fuentes (1980) identifica restos de corneja en El Pendo. Pero los córvidos, como la mayoría de las passeriformes, poseen cuellos bastante cortos. En conclusión, este grabado parietal se corresponde inequívocamente con la imagen de un ave, pero sin características que permitan su identificación taxonómica. No posee un conjunto de rasgos morfológicos de ninguna especie. El autor del grabado quiso representar un ave, pero no dibujó ninguna en particular. Quizá pretendía plasmar una idea general de ave. LAS REPRESENTACIONES DE AVES EN EL ARTE CUATERNARIO PENINSULAR La diferencia tan evidente con que son tratadas las diversas temáticas en el arte paleolítico merece una explicación, aunque por el momento sólo se puedan ofrecer algunos elementos para la discusión. El conocimiento humano de los grandes y medianos mamíferos siempre ha debido de ser más detallado que el de las aves. Los mamíferos han constituido un recurso alimenticio o una amenaza para los mismos humanos, para sus presas de caza o para sus rebaños en épocas históricas más recientes. Las aves, por el contrario, nunca han representado un peligro directo para el hombre y tampoco ha habido ninguna especie que haya competido con los grupos humanos de cazadores por las mismas presas. Las aves sólo capturan mamíferos pequeños. Por lo anterior, en las culturas paleolíticas -cuanto más en las más antiguases probable que los humanos conocieran mejor los detalles morfológicos y el comportamiento de los mamíferos que los de las aves. Así, los mamíferos formarían parte del campo de experiencias más importantes de los grupos humanos. En consecuencia, tendrían mucho más peso en el arte paleolítico -como parece evidenciar el registro arqueológico-que las aves. Ello ocurriría tanto si las representaciones rupestres tenían una función ritual o trascendente (Breuil 1934(Breuil, 1952;;Clottes 1996), propiciatoria para el éxito en la caza (Reinach 1913), encerraban un simbolismo sexual (Leroi-Gourhan 1965), eran reflejo de divisiones territoriales o étnicas (Moure 1994; Mellars 2006), además de expresar algún tipo de división territorial, estaban relacionadas con actividades estacionales de estas sociedades (Utrilla 1994; Cantalejo y Espejo 1997; Ramos et al. 1999) o simplemente eran consecuencia de la admiración e interés que los animales despertaban en los grupos de cazadores. Probablemente las aves comenzaron a incorporarse al campo de las experiencias humanas con el aumento en la complejidad de las culturas y sociedades paleolíticas y, sobre todo, con los cambios en el espectro de recursos alimentarios que se fueron produciendo con los cambios medioambientales. Quizá estas condiciones fechan la entrada de las aves en el arte rupestre. Según esta línea argumental -la de la pertenencia al campo de experiencias de los grupos humanos-, los reptiles, anfibios y pequeños mamíferos prácticamente no se representan en el arte de las cuevas. Cualesquiera que hayan sido las funciones que han tenido las representaciones de animales para los diversos grupos humanos, en la inmensa mayoría de los casos las imágenes de los mamíferos son reconocibles y pueden ser atribuidas, más o menos fácilmente, a una u otra especie. No sucede lo mismo con las aves. Algunos grabados (Fig. 7) son imágenes bastante fieles: el posible Fig. 7. Representaciones de aves en yacimientos paleolíticos ibéricos (a diferentes escalas): 1. El Parpalló (Villaverde 1994). flamenco de la cueva de Ardales (Málaga) (Cantalejo et al. 2003), y dos patos en plaquetas de El Parpalló (Valencia) (Villaverde 1994) y Nerja (Málaga) (Cremades et al. 1997). También en El Parpalló se encontró una placa con el grabado del cuerpo completo de una perdiz (Villaverde 1994). El flamenco de Ardales por su posición está vivo, mientras los autores de las otras figuras parecen haber tenido como modelos animales muertos. Los patos de Nerja y de El Parpalló tienen los cuellos extendidos, ligeramente curvados, como los tendrían patos muertos situados en el suelo, en vez de en línea recta con la cabeza, como cuando alzan el vuelo o están volando. La perdiz que sirvió de modelo en El Parpalló no sólo estaba muerta sino también desplumada, porque el autor trazó el contorno de la pata correspondiente a la región del fémur, la rodilla y el comienzo del tibiotarso, invisibles en un ave emplumada. Una reciente publicación ofrece un buen ejemplo de aves representadas vivas y perfectamente identificables. Una plaqueta encontrada en Gönnersdorf (Alemania) muestra los grabados, muy bien elaborados, de dos aves completas: una gallineta y un ganso (Bosinski 2006). En otros casos, las figuras no se pueden adscribir con seguridad a ninguna especie o grupo de especies concretas. La escultura sobre un colmillo de oso hallada en la cueva del Buxu (Asturias) (Menéndez y Olávarri 1983) sin duda representa a un ave, pero no se puede avanzar más porque falta la cabeza y, además, la morfología del soporte condiciona la forma del animal resultante. Ripoll et al. (1994) señalan que el grabado parietal de la cueva de Ambrosio (Almería) se asemeja, por la morfología del pico, a una anátida, mientras su silueta recuerda a una perdiz. Estamos de acuerdo en que ésta no coincide con la silueta de ningún ave en particular. Su cuerpo parece estar algo erguido, como en las aves corredoras, buceadoras y en los avetoros y similares. El modo como dobla el cuello está en armonía con la postura del cuerpo y con la orientación de la cabeza y la silueta triangular, consecuencia de un pico muy ancho en sentido dorso-ventral, con el que tienen algunas anátidas. La factura es buena, con trazos simples y elegantes. En La Pasiega (Cantabria) se aprovechó una pared cuyo relieve muestra concomitancias con la figura de un ave. Sobre este relieve hay dos zonas antropizadas: en la correspondiente a la cabeza un pequeño punto de pintura roja se interpreta como el ojo y en la parte inferior se trazaron dos líneas rojas paralelas interpretadas como las extremidades (Glory 1965). En este caso el pintor o pintores tenían la intención de representar un ave, pero el soporte condicionaba el resultado impidiendo definir ninguna especie en particular. Entre las atribuciones dudosas de aves están unos trazos grabados en otra zona de la cueva de La Pasiega considerados como figuración de una galliforme o de una ortega (columbiforme) (Castillón 1997). Seguramente, Balbín y González Sainz (1993) están en lo cierto cuando indican que esos trazos no corresponden a ningún animal. En el arte paleolítico hay imágenes que figuran más o menos fielmente determinadas aves, mientras que otras no pueden atribuirse a ninguna especie o grupo de especies en particular. Las segundas plantean un interrogante. Probablemente algunas de estas obras se debieran a autores con escasa destreza técnica o con conocimientos limitados de las aves, pero también es posible que algunas imágenes sin paralelo en la avifauna ibérica sean deliberas y traten de expresar gráficamente la idea del ave. Algunos soportes condicionan la ejecución de la obra, impidiendo que el autor se exprese libremente, por lo que sería ocioso preguntarse por su intención al elaborar esa imagen. Quedan por explicar las otras imágenes sin paralelo, algunas de las cuales están dibujadas por manos expertas de gentes que, al menos, conocían la morfología externa de algunas aves. ¿Podría acercarnos esta interpretación al concurso de una serie de ideas asociadas a comportamientos rituales dentro de los grupos paleolíticos que las representaron? Creemos que ésta podría ser una buena base interpretativa. El animal ha constituido durante miles de años una suerte de referencia simbólica a modo de tótem, elemento referencial o espíritu -protector o agresor-. La idea de representar el animal no deja de ser una primera noción de domesticación de la naturaleza. El ser humano aprende, desde un tiempo remoto, a aprehender y plasmar sine die sobre un soporte estático una realidad dinámica. Aquellos grupos primitivos manejaban de forma controlada las coordenadas espacio-temporales básicas del desarrollo natural. Representar una idea en su carácter íntimo, mediante una figura perfectamente identificable en su morfología general, implica un referencia sólida para validar la hipótesis de una domesticación mental, artística, de la naturaleza. El ser humano paleolítico es capaz de captar la imagen del animal vivo o muerto, dinámico o estático para abstraerla posteriormente y reflejarla, quizás de modo no inmediato, en un soporte rígido, bidimensional, situado en un recoveco oscuro, incómodo y reservado más allá del espacio cómodo de la vida, a un paso del misterio que pudieron representar los agrestes contrastes calcáreos de la cueva. ¿No debería tener un sentido definido esta suerte de viaje? Si éste se encontraba asociado a un hecho particular, de introspección personal del artista o a un elemento de configuración de un más complejo conjunto de ritos es algo que, de momento, queda tan desfigurado como las imágenes que hemos tratado. 11063 Nuevo examen de los grabados paleolíticos de El Pendo (Cantabria, España)... 149 Autor/es Figuras identificadas Orden de prelación
El hallazgo de un bloque grabado de grandes dimensiones en Balma Guilanyà, con motivos geométricos y/o abstractos permite analizar la problemática referida a las manifestaciones artísticas que se desarrollan con posterioridad al arte del Paleolítico Superior en la región mediterránea ibérica. En este artículo se presenta el contexto arqueoestratigráfico, cronométrico y cronocultural de esta manifestación artística, durante el X milenio cal BP. El análisis de los motivos gráficos y su comparación con otras representaciones muebles y parietales de la vertiente mediterránea ibérica permite evaluar la problemática que rodea la caracterización del arte mesolítico en esta zona. LAS MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS DEL MESOLÍTICO EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Las manifestaciones artísticas mesolíticas del Mediterráneo ibérico, pese no ser muy abundantes, son conocidas desde la primera mitad del siglo pasado. Aunque la posición cronológica de la plaqueta con una cierva grabada del nivel 2 de Sant Gregori (Vilaseca 1934) puede resultar incierta, la cronología holocena de las piezas de Filador (Vilaseca 1949) y Cocina (Pericot 1945) plantea escasas dudas, habida cuenta de los contextos industriales a los que se asocian. El número de yacimientos que han proporcionado piezas de arte mueble del final del Paleolítico es más elevado, pero la incertidumbre en torno a la posición cronoestratigráfica de muchas de ellas es importante. Esta circunstancia, que impedía una pormenorizada valoración del final del ciclo artístico paleolítico, recientemente ha sido modificada tras los hallazgos efectuados en algunos yacimientos del sur de Cataluña y el norte del País Valenciano. Las recientes síntesis que caracterizan el arte parietal en la zona septentrional valenciana, adscritas al final del ciclo artístico paleolítico (Villaverde 2004(Villaverde, 2005;;García Díez y Vaquero 2006), inciden en la idea que estas representaciones figurativas presentan rasgos de simplificación, geometrización y estilización similares a los que aparecen en gran parte de Europa occidental en este período (Guy 1993;D'Errico y Possenti 1999; Bueno et al. 2007). Por el contrario, las pocas novedades que en los últimos años ha ofrecido el arte mesolítico de la vertiente mediterránea ibérica han favorecido una falsa idea de continuidad entre las grafías figurativas del Epimagdaleniense y el arte mesolítico, representado por las plaquetas de Cocina (Pericot 1945; Pascual 2008). Las únicas excepciones son las piezas procedentes de Filador (Fullola y Viñas 1989; Fullola et al. 1990) que cabe sumar a las ya conocidas de este yacimiento (Fortea 1973), las piezas de Sant Gregori y Picamoixons -que carecen de contexto preciso- (García Díez et al. 1996) y la placa grabada de Forcas II (Utrilla y Mazo 1997). Dentro de esta discusión, el hallazgo de un bloque de grandes dimensiones con grabados en Balma Guilanyà (Fig. 1) (Casanova et al. 2007Martínez-Moreno et al. 2006a) puede ser relevante. La contextualización arqueo-estratigráfica y cronométrica de los bioindicadores y tendencias tecno-tipológicas del conjunto arqueológico asociado a esta manifestación artística define su adscripción crono-cultural. A tenor de estos resultados, se presentan posibles paralelos con otras manifestaciones parietales y mobiliares descritas en los últimos años en la zona mediterránea de la Península Ibérica, cuya atribución cronológica y/o cultural es imprecisa. Este resto incrementa el escaso catálogo de arte mueble conocido para este período, y proporciona claves con las que caracterizar las manifestaciones artísticas del Mesolítico. LA SECUENCIA HOLOCENA DE BALMA GUILANYÀ Se conforma bajo una visera de conglomerados del sistema aluvial superior de Berga de edad oligocena (ICC 2008). Esta cornisa fue parcialmente afectada por la construcción de una pista forestal, que permitió a J. Castany y L. Guerrero su descubrimiento en 1992 (Fig. 2). Ese año se iniciaron trabajos dirigidos a evaluar su potencial arqueológico (Parcerisas et al. 2003). Entre 2001 y 2008 se han realizado excavaciones sistemáticas dentro del proyecto "El asentamiento humano en el Pirineo Oriental durante el Pleistoceno Superior y el Holoceno", y en la campaña del 2008 se recuperó el bloque grabado que presentamos en este artículo. Este asentamiento se ubica en un pequeño valle construido por el arroyo de Ventolrà, un torrente de régimen nival que conecta el Pla de Busa -un altiplano en el techo de la Serra de Busa a 1.500 m de altitud-con las llanuras que bordean el Pirineo Oriental (Depresión central catalana y Valle del Ebro), abocando al Cardener, afluente del Llobregat. En el depósito se diferencian dos unidades estratigráficas que corresponden a períodos cro-no-climáticos distintos: la unidad inferior radiométricamente se adscribe al ciclo Bolling/Allerod (2), mientras la unidad superior se conforma a lo largo del Holoceno inicial. Estos niveles sedimentarios están separados por una caída de la visera del abrigo que sella la secuencia inferior, y sobre la que asienta la serie holocena. A techo de la unidad superior se registra otra caída de bloques. Las características generales de las unidades arqueológicas de la secuencia inferior del abrigo han sido publicadas (Casanova et al. 2007; Martínez-Moreno et al. 2009), y en este artículo se contextualiza la posición arqueoestratigráfica, la cronometría, los indicadores bioarqueológicos, las características del tecno-complejo lítico y otros indicadores culturales de la unidad superior, en la que apareció la placa grabada. Arqueoestratigrafía de la unidad superior La sedimentación de la secuencia holocena se compone de una matriz arcillosa junto a elementos detríticos de pequeño tamaño y cantos, que provienen de la alteración de los conglomerados de la cornisa. En la sección arqueoestratigráfica se posicionan las unidades arqueológicas definidas a partir de la dispersión vertical de los objetos coordenados en una sección transversal (Fig. 3). Varios desplomes de la cornisa inciden sobre la configuración del registro arqueológico. Pese a que aparentemente tiene un limitado desarrollo -no superior a 20 cm (Fig. 2)-, este espesor está condicionado por la caída de grandes bloques que provoca la compresión del paquete sedimentario. La disposición vertical de los coordenados sugiere dos concentraciones en la densidad de artefactos, la primera -C-en la parte superior de la sección por debajo de la primera caída de la visera; la segunda -C1-se posiciona por encima de la segunda caída de bloques (Casanova et al. 2007). Entre estas dos acumulaciones aparece material arqueológico diseminado resultante de bioturbaciones (especialmente la acción de raíces) que podría explicar ese fenómeno de dispersión vertical entre C y C1. Estos indicadores contextuales advierten que la secuencia holocena configura un palimpsesto con una limitada resolución contextual que sería el resultado de un número indeterminado de ocupaciones que se suceden a lo largo de una escala temporal, que puede acotarse radiométricamente. Aunque en el registro arqueológico no son raros carbones, ni artefactos y restos óseos con alteraciones térmicas, no se han detectado estructuras de combustión. El bloque grabado -que denominamos Guilanyà I-se localiza en la parte más occidental de la zona excavada y se inserta en la parte superior del depósito, dentro de la secuencia holocena (Fig. 3). Sus dimensiones y su posición estratigráfica -acotada por caídas de bloques a techo y a base-permiten su atribución a la unidad C. Este argumento será discutido posteriormente en detalle. Para esta parte del depósito se dispone de 7 dataciones C 14 que se han calibrado a 2d, aplicando el modelo de Hulu que contiene el software CalPal (Weninger et al. 2007) y los intervalos cronométricos se expresan en años cal BP (Tab. Las muestras datadas corresponden a 3 carbones, 2 fragmentos de cáscara de avellana y 2 sobre colágeno extraído de un molar de Capra Fig. 2. A) Cornisa de conglomerados bajo la que se localiza el depósito. B) Secuencia sedimentaria holocena delimitada por caídas de la visera a techo y a base. C) Detalle de la excavación: en primer plano se aprecia la excavación de los niveles de la secuencia inferior (Tardiglaciar); en la parte posterior se observa la zona de caída de bloques que corresponde con la secuencia superior (Holoceno). pyrenaica y una primera falange de Equus caballus. Aunque no retenemos la fecha UBAR-368 por la imprecisión de su intervalo cronométrico, los rangos calibrados de la serie se adscriben al Holoceno antiguo, y permite apreciar discontinuidades cronométricas (Fig. 4). En los intervalos de las fechas sobre muestras vegetales y de colágeno óseo de la unidad C se observa una significativa asincronía cronomé-trica, del orden de 500-1500 años solares. Estas diferencias -a nuestro entender-advierten de la dificultad en la interpretación del registro radiométrico. Aunque podrían expandir significativamente el rango de ocupación humana del abrigo; alternativamente pueden relacionarse con el tipo de muestra datada. Se ha sugerido que el carbón puede "envejecer" el resultado de las fechas (el denominado efecto "madera vieja"). Se posicionan las dataciones C 14 (cuya numeración remite a la tabla 1) para visualizar su relación con la placa grabada. mente, las dataciones sobre hueso aunque son muestras de "vida corta", por problemas relacionados con la preservación del colágeno pueden proporcionar rangos temporales discordantes (Bronk-Ramsey 2008). Aunque actualmente no podemos evaluar la validez de estas inferencias, ya que carecemos de otros indicadores temporales independientes, señalamos que una muestra vegetal de vida corta tiene un rango cronométrico idéntico a otra de carbón (Beta-185064 y Beta-210730). La serie radiométrica indica que el abrigo se reutiliza de forma intermitente durante el Holoceno antiguo, durante las cronozonas PreBoreal (C1) y Boreal (C). Registro bioarqueológico e implicaciones ecológicas Los indicadores vegetales y animales de Balma Guilanyà informan del contexto ecológico de estas ocupaciones del Holoceno antiguo. El registro antracológico recuperado en las excavaciones recientes, completa y amplia el inventario taxonómico ya conocido (Parcerisas et al. 2003). En la secuencia holocena se han determinado más de 1.000 carbones, con una fuerte presencia de pino albar (Pinus tipo sylvestris) (más del 60 % del total) al que se asocian taxones mesófilos como Buxus sempervirens y rosáceas (Prunus y Maloidae). Por el contrario, en la secuencia tardiglaciar pino albar es hegemónico aunque se constata la presencia puntual de Juniperus, Betula y Prunus (E. Allué comunicación oral). Este cambio denota la expansión del bosque caducifolio por entornos de montaña, en paralelo a la consolidación de las condiciones ambientales del Holoceno, un proceso que se detecta en los niveles postglaciares de Margineda en el Pirineo axial (Heinz y Vernet 1995) y por el nordeste de la Península Ibérica (Allué 2002). La presencia de rosáceas y la de Corylus y Quercus (estos últimos mal representados a partir de los carbones) sugiere la creciente importancia de la recolección de frutos silvestres, actividad de subsistencia característica del Mesolítico de la vertiente suroriental de los Pirineos (Martínez-Moreno et al. 2006b; Casanova et al. 2007). La asociación de macromamíferos coincide con estas nuevas condiciones ambientales. Aunque la especie más abundante es Capra pyrenaica se aprecia un fuerte incremento de Cervus elaphus, fenómeno igualmente reconocido en los niveles de Holoceno antiguo de Margineda (Geddès 1995). Otras especies identificadas son Equus caballus, Sus scropha, Capreolus capreolus, Oryctolagus cunniculus, Vulpes vulpes, Felis sylvestris, Lynx sp. y Meles meles. Esta asociación sugiere un ecosistema forestal termófilo, apreciación que coincide con la información antracológica. Sorprende la presencia de caballo que no parece encajar con el entorno de montaña en el que se ubica el yacimiento. Se ha señalado que esta especie se rarifica al final Pleniglaciar, sin embargo, la fecha obtenida (Beta-257402) confirma su perduración en la vertiente surpirenaica durante el Holoceno antiguo. En este artículo sintetizamos algunas de las características tecno-tipológicas de los conjuntos líticos de la secuencia holocena (Martínez- Moreno et al. 2006aMoreno et al., 2006bMoreno et al., 2007;;Casanova et al. 2007). Estos tecno-complejos se elaboran a partir de una amplia gama de rocas de escasa aptitud para la talla están presentes en los conglomerados de la visera del abrigo (cuarzos, cuarcitas o calizas) y que conforman más del 65 % de los artefactos recuperados. El sílex, la segunda materia prima más empleada, puede tener un origen regional y su presencia se detecta en el Pirineo suroriental (Terradas 1995). Diversos indicadores técnicos señalan que los instrumentos se elaboran en el asentamiento. Los sistemas de talla, esencialmente expeditivos, siguen una explotación unifacial a partir de plataformas naturales o con escasa preparación, obteniéndose lascas pequeñas y laminillas cortas que conforman módulos métricos de pequeño tamaño. En menor medida se identifican otros métodos como el discoide y la talla bipolar. No se reconocen sistemas laminares/lamelares y estos soportes no aparecen en los niveles de la secuencia superior (Casanova et al. 2007). El escaso componente retocado microlítico (inferior a 3 cm) se configura sobre lascas o fragmentos mayoritariamente de sílex. Excepto un triángulo fragmentado, no se han recuperado armaduras pequeñas sauveterrienses o armaduras largas tardenoides, indicadores empleados para su adscripción a las facies microlaminar o geométrica de los conjuntos post-paleolíticos peninsulares (Fortea 1973). En paralelo, se aprecia una fuerte reducción tipológica de los artefactos. La práctica totalidad de los retocados se adscriben al "fondo común" (denticulados, raspadores, muescas y piezas astilladas), artefactos habitualmente relacionados con las actividades domésticas en oposición a las armaduras, instrumental cinegético que no se detecta en el conjunto. Se han recuperado más de 20 moluscos marinos: 7 Antalis sp., 1 Acantocardia sp., 1 Cyclope sp. y 13 Columbella rustica (Fig. 5). Recientemente hemos propuesto que Columbella es un identificador icónico de una red social durante el Holoceno antiguo que se articula en el valle del Ebro y la vertiente surpirenaica (Martínez-Moreno et al. 2010). En resumen, los diferentes indicadores de orden cronológico y ecológico señalan que C1 y C, pese la dilatada cronología de la serie radiométrica -entre 11300 y 8000 cal BP-, se adscriben a una fase crono-climática del Holoceno antiguo que registra la incipiente configuración de un bosque termófilo, tras la consolidación de las nuevas condiciones ambientales que suceden a la crisis climática del Dryas Reciente. Los atributos del conjunto lítico promueven su asignación a una tradición técnica expeditiva en la que predomina un instrumental aparentemente poco especializado y de carácter doméstico que se desarrolla durante el Postglaciar, y en el que están ausentes las armaduras. Estos atributos definen una nueva tradición cultural: el Mesolítico En la parte superior de la secuencia holocena apareció un bloque de grandes dimensiones (63,5 ́50 ́7,55 cm) y 34 kg de peso, con una superficie muy irregular conformada por crestas y depresiones. Durante la excavación se identificó un motivo en forma de aspa que describimos más adelante (Fig. 6). Su tamaño y posición dentro del contexto sedimentario hacían improbable que fuera intrusivo, y asumimos que formaba parte de la unidad arqueológica. Aunque la materia prima del bloque (lutitas) se identifica en el entorno inmediato, no aparece en los conglomerados del abrigo. Esto implica que no es un grabado desprendido de la visera, sino que la placa debió ser recogida y transportada al abrigo durante el Holoceno antiguo. Su posición altimétrica y su relación con las dataciones C 14 permiten precisar su posible rango cronométrico (Tab. Las dataciones más antiguas (núms. 1 y 2) se asocian a la parte inferior de la secuencia, fechando la sub-unidad C1 en la cronozona PreBoreal. El bloque no está en contacto directo con los conglomerados que conforman la base de la secuencia holocena, se asienta sobre sedimentos del nivel C (Fig. 6), lo que permite su relación con las fechas de la parte superior (núms. A nuestro entender, los rangos que derivan las dataciones sobre colágeno óseo (especialmente la obtenida sobre la falange de caballo) se desvían excesivamente de la tendencia que marcan las fechas sobre restos vegetales. No descartamos que esta datación presente problemas relacionados con la conservación del colágeno, fenómeno que hemos observado al referir a la fecha Ua-34298 obtenida en los huesos humanos de este yacimiento (García Guixé et al. 2009; Martínez-Moreno y Mora 2009). En función de estas observaciones, proponemos ubicar la placa grabada dentro del rango comprendido entre 9800-9000 cal BP, durante el X milenio cal BP. Los bordes del bloque no parecen trabajados y en general la pieza presenta una conservación muy desigual, aunque el área con grabados no está alterada. En la superficie grabada se observan trazos de origen mecánico -algunos recientes-que se reconocen por su pátina blanquecina, su mayor anchura y el tipo de sección (aplanada o redondeada). A falta de motivos figurativos, el bloque se ha orientado de manera arbitraria, haciendo coincidir la base con el eje de mayor anchura. Se pueden distinguir claramente trazos de surco fino y superficial que son dominantes, de otros más profundos y anchos obtenidos por el paso repetido del instrumento de grabado. Estos últimos se concentran en el cuadrante superior derecho de la pieza, formando un tema relativamente individualizado del resto (Fig. 7). La erosión o alteración de la pieza se hace patente en la parte superior izquierda, dificultando el seguimiento e identificación del tema grabado. Las concreciones rellenan parcialmente algunos surcos. Un reticulado que abarca la mayor parte de la pieza se pierde en algunas zonas. Según la orientación dada, la reticulación dibuja un trazado rectangular con líneas verticales más separadas que las horizontales (Fig. 7). Sus límites no están bien definidos, no pudiendo considerarse un reticulado enmarcado. Las zonas mejor conservadas del bloque se localizan en el ángulo inferior izquierdo y en la zona central y superior derecha. No podemos precisar si conforman un tema único o varios reticulados yuxtapuestos y articulados. La primera opción parece probable, ya que en su conjunto su ejecución es poco cuidada, sin regularidad en el trazado de las líneas y en la que no faltan rectificaciones en la orientación y en el recorrido de los trazos. Algunos surcos verticales y horizontales parecen abarcar la totalidad de la superficie. Que no se conserve ningún recorrido completo nos impide descartar que sea un tema compuesto mediante la adición de diversos reticulados (Fig. 8). Esta imprecisión genera la sensación de que el 7. Placa Guilanyà I. A. Vista general de la placa, en el ángulo superior derecho se aprecia el motivo en forma de aspa (Fig. 8A), y en el ángulo inferior izquierdo algunos de los trazos que conforman el reticulado (Fig. 8B). B. Relevamiento de la trama de líneas, retículas y motivos identificados en Guilanyà I (calco realizado por Mónica López i Prat). motivo de mayor extensión aunque se identifica con relativa facilidad, es de ejecución poco cuidada. Considerando el reticulado como un tema único, los trazos tienen cierta curvatura en su recorrido vertical y horizontal, y la distancia entre los surcos es variable no faltando rectificaciones especialmente en la parte inferior izquierda de la pieza. En el ángulo superior derecho y superpuesto al reticulado, se individualiza un haz de líneas entrecruzadas en aspa de ocho brazos con un trazo de mayor recorrido (el horizontal izquierdo) (Fig. 8A). La anchura y profundidad de las líneas otorga unidad a este tema y algunas se desvían de su recorrido al cruzarse con otros trazos. Este motivo se superpone al reticulado, aunque varios trazos del aspa siguen la misma orientación que los del reticulado. Finalmente otros se alejan visiblemente del reticulado, en su mayoría surcos cortos y enmarañados o largos y curvilíneos, pero sin definir un motivo preciso, y aunque es posible que algunos sean de origen mecánico, presentan pátina. A nuestro entender, esta composición no tiene un sentido funcional. Así, en un bloque de pizarra de grandes dimensiones (36,4 ́19,5 cm) del nivel 4 de Filador se señaló una retícula o ajedrezado, que combinaba surcos longitudinales a los que se superponían trazos oblicuos y verticales muy regulares y estrechos, afectando a toda la superficie del soporte (Fullola-Pericot et al. 1990). Se ha propuesto que este patrón podría derivar del uso de esta placa como tabla para cortar (D'Errico y Possenti 1999). Sin embargo, esta posibilidad no explica los motivos representados en la placa Guilanyà I. Atributos como la irregular superficie del soporte, la delineación de los reticulados que combinan trazos ortogonales y otros curvos o el tema en forma de aspa, conforman motivos individualizados y deliberados (Figs. Estas características contrastan por completo con la reiteración de trazos ortogonales y superpuestos que sustentan el carácter funcional inferido para la mencionada placa de Filador. MANIFESTACIONES ARTÍSTICAS POST-PALEOLÍTICAS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA El bloque de Balma Guilanyà presenta un tema grabado de carácter no figurativo relativamente sencillo que asocia un reticulado, un motivo en aspa y trazos sueltos rectos y curvos. Esta composición es interesante al encuadrarse en un período en el que, hasta la fecha, sólo se había documentado la grafía mobiliar del nivel II de Filador (excavaciones de Vilaseca 1949). Dada su notoria coincidencia temática, su valoración conjunta parece pertinente. La pieza decorada de Filador es de pizarra y de menores dimensiones (27,1 ́24,8 cm) que la de Guilanyà. Forma parte de un conjunto de piezas procedente de los niveles IV y VII sin motivos decorativos definidos (Fullola et al. 1986; García Argüelles et al. 2005). El ejemplar al que nos referimos posee un tema geométrico relativamente complejo en el que se distinguen varios reticulados y alguna serie de trazos paralelos junto a haces de líneas de trazado irregular o entrecruzado. Este resto se encuadra en un nivel caracterizado por la abundancia de denticulados (Fortea 1973; García Argüelles y Fullola 2006). En ambas piezas, la decoración cubre la práctica totalidad de la superficie y el tema principal está formado por reticulados, lo que permite reconocer ciertas semejanzas entre ellas, a pesar de la diferencia en los soportes y tamaños. Admitiendo que son escasas las manifestaciones artísticas para la etapa en la que se encuadran estas piezas, su similitud temática y cronológica permite considerar estos motivos como propios del Mesolítico de muescas y denticulados. Si se amplía la discusión a las piezas grabadas de etapas precedentes (Epipaleolítico microlaminar), observamos que continúa la tradición gráfica magdaleniense y las industrias no sauveterrienses mantienen los mismos procedimientos técnicos y temáticos del Magdaleniense superior y final. Esta cuestión ha sido señalada en las piezas de arte mueble de Molí del Salt (García Díez y Vaquero 2006) y de otros yacimientos magdalenienses del Mediterráneo, en especial Parpalló (Villaverde 2004). En su estudio sobre un par de piezas de Sant Gregori de la colección Rodón del Museu de Alcover (Tarragona) García Díez et al. (2003) evalúan el panorama del arte epipaleolítico/mesolítico mediterráneo, especialmente de Cataluña. Señalan que, en las piezas que se correlacionan con la tradición microlaminar, se aprecian procedimientos de ejecución y temáticas relacionadas con el arte del Magdaleniense superior-final del Mediterráneo ibérico. Por el momento, estas representaciones figurativas muebles no se asocian a tecno-complejos sauveterroides. Pero faltan criterios con los que establecer la cronología de algunas manifestaciones parietales de la zona septentrional valenciana y, de hecho, la precisión cronológica o contextual de buena parte de la documentación arqueológica disponible es limitada. Una novedad sugerente es la asignación a este período de algunas representaciones parietales descritas en las cuencas altas de la Rambla Carbonera y del Riu de les Coves, en Castellón (Guillem et al. 2001; Martínez Valle et al. 2003, 2009). A raíz del descubrimiento del Abric d'en Melià se ha incrementado el inventario de abrigos con grafías de diversa índole y que comparten la presencia de representaciones zoomorfas con diversos grados de estilización/simplificación. No puede descartarse que esa variación de motivos denote cierta amplitud cronológica. En algunos conjuntos conviven distintas ejecuciones en las representaciones zoomorfas de diferentes paneles o dentro del mismo panel pero, en este caso, las más simplificadas y geométricas ocupan zonas periféricas. Sin querer aventurar la amplitud cronológica a la que pueden remitir estas manifestaciones -difícil de evaluar sin su correlación con arte mueble-, indicamos que algunas variantes tienen paralelos con piezas del arte mueble regional y con temas parietales de otras zonas peninsulares que se han adscrito al denominado "estilo V" (Bueno et al. 2007; Alcolea y Balbín 2007). La ausencia de representaciones figurativas, sea cual sea su grado de simplificación o geometrismo, en contextos en los que se identifican tecno-complejos sauveterroides y del Epipaleolítico geométrico, sugiere que su límite se ubica en la tradición microlaminar de filiación magdaleniense. Dentro del arte mobiliar del ámbito mediterráneo ibérico, la variedad de soluciones a la hora de ejecutar figuras zoomorfas, oscila desde representaciones muy parecidas al arte mueble de Molí del Salt (García Díez 2004; García Díez y Vaquero 2006) o Sant Gregori (Vilaseca 1933; Fullola et al. 1990) a otras sin un correlato directo con las hasta ahora conocidas. Las primeras se caracterizan por cuerpos alargados con cuellos estrechos y exageradamente proyectados hacia delante, y cabezas pequeñas de tendencia triangular pero de clara voluntad naturalista. Pueden citarse algunas del Abric d'en Melià o la figura pintada del Abric de Bovalar, una imagen prácticamente especular de la conocida cierva grabada de la plaqueta de Sant Gregori. Las segundas tienen cuerpos de tendencia naviforme, muy simplificados y desproporcionados, prestando escasa atención a los detalles de cabeza y patas, muchas veces reducidas a simples trazos lineales. Las figuras de carácter naturalista se correlacionan con piezas de arte mueble que contextualmente se adscriben a industrias de tradición magdaleniense (bien sean del Tardiglaciar o del inicio del Holoceno). Consideramos significativo que las figuras del componente más simplificado y geométrico no se encuadren en ese contexto in-dustrial. Sin embargo, en los conjuntos parietales citados se inventarían motivos geométricos que podrían encontrar paralelos en contextos epimagdalenienses y mesolíticos, como un reticulado oblicuo de una de las piezas sin contexto de Sant Gregori o los reticulados de Guilanyà y Filador, en principio cronológicamente más tardíos. Un tema particular es el zigzag bien definido asociado a un ciervo de tendencia naturalista, aunque descuidado en sus extremidades, del Abric del Cingle del Barranc de l'Espigolar que remite de nuevo a la tradición magdaleniense. Esta grafía nos proporciona un argumento más para vincular la tradición gráfica parietal de la zona castellonense con el arte de las industrias microlaminares de cronología holocena atribuidas al Epimagdaleniense. En cualquier caso, los signos a los que estamos haciendo referencia y las líneas entrecruzadas dominan el apartado gráfico de la mayor parte de los conjuntos parietales del norte de Castellón. Por su amplia cronología, su valoración ha de hacerse en los mismos términos en los que Barandiarán (1987) analizó la temática del arte mesolítico geométrico de Cocina. Contamos con escasas piezas y referidas a pocos yacimientos del horizonte industrial posterior a la cronología propuesta para la placa Guilanyà I, que se correspondan con el Epipaleolítico geométrico: las plaquetas grabadas de la Cueva de la Cocina (Pericot 1945; Fortea 1971Fortea, 1973)), una plaqueta del Abrigo de las Forcas II (Utrilla y Mazo 1997) o una pieza de la Cueva de la Torca (Villaverde et al. 2000) cuya adscripción, como veremos, es imprecisa. La colección de la Cueva de la Cocina está formada por más de 30 plaquetas, la mayor parte grabadas, en ocasiones grabadas y pintadas o simplemente pintadas. Se encuadran en los niveles precerámicos atribuidos al Epipaleolítico geométrico o fase Cocina II (Pericot 1945; Fortea 1971Fortea, 1973)). Aunque el conjunto carece de un estudio global su caracterización es posible a partir de las piezas publicadas (Pascual 2008). Son de dimensiones reducidas -la mayoría entre 7-10 cm-, algunas de contorno irregular, otras ovales o redondeadas. Normalmente se decoran por una cara, si bien algunas lo están por ambas superficies. La temática del grabado es lineal con una tendencia a abarcar la totalidad de la superficie, aunque en algunas la zona grabada es menor. Dominan los haces de líneas paralelas con orientaciones distintas, en ocasiones rellenas de trazos cortos que dan lugar a motivos escaleriformes. En y denticulados y al Epipaleolítico geométrico. Esta circunstancia contrasta claramente con el arte mueble de tradición magdaleniense y con el arte parietal epipaleolítico de tradición paleolítica descrito en Castellón, en los que abundan temas figurativos y zoomorfos con diversos estados de estilización y geometrismo. En resumen, aunque escasas, cuando se analizan globalmente las manifestaciones artísticas finipaleolíticas y mesolíticas de la vertiente mediterránea ibérica, no pueden establecerse soluciones de continuidad. Bajo esta perspectiva, el grabado Guilanyà I confirma la entidad del fenómeno gráfico en la zona septentrional del ámbito mediterráneo del horizonte del Mesolítico de muescas y denticulados, y abre interesantes perspectivas al corresponder a un período en el que las manifestaciones artísticas no son abundantes. Al inicio de este artículo nos hacíamos eco de los problemas de orden cronológico, contextual y estilístico que han dificultado la caracterización del denominado "arte del final del ciclo artístico paleolítico" (D'Errico y Possenti 1999), que puede prolongarse durante el Holoceno. En los últimos años, esta situación se ha modificado con nuevos hallazgos de arte mueble crono-culturalmente contextualizado. Para algunos autores los paralelos establecidos entre estas manifestaciones artísticas identifican el denominado "estilo V" (Bueno et al. 2007). Las convenciones de este sistema gráfico encuentran su ascendente y tienen continuidad con el arte del final del Paleolítico superior, reconociéndose en el Mediterráneo occidental por lo menos desde el Magdaleniense (Villaverde et al. 2009). El "estilo V" se asigna al ámbito Epimagdaleniense/Epipaleolítico microlaminar, aunque a partir del registro cronométrico conocido estos restos se adscriben al ciclo Bolling/Allerod y Dryas Reciente, es decir al Tardiglaciar. La placa grabada Guilanyà I no continúa con este sistema de grafías y los motivos representados tienden hacia grafías simples y sencillas -si se prefiere abstractas (aspas, reticulados, trazos sin aparente organización)-, son conocidas en contextos crono-culturales previos. Sin embargo, el interés que encierra este hallazgo es que remite a una fase posterior al señalado por el "estilo V". Los indicadores arqueo-estratigráficos, cronométricos y bioarqueológicos permiten adscribir la placa Guilanyà I al Holoceno antiguo. La contextualización de este hallazgo dentro de un rango radiométrico preciso -el grabado no puede ser datado directamente-, aun a riesgo de equivocarnos, apunta como bastante probable el X milenio cal BP, en la cronozona Boreal. Igualmente, los atributos tecno-tipológicos de los conjuntos líticos de esta secuencia son característicos del Mesolítico de muescas y denticulados (Casanova et al. 2007), tradición que parece desarrollarse en el valle del Ebro y la vertiente surpirenaica durante el PreBoreal y Boreal (Alday (ed.) 2006). Es decir, son motivos propios del arte mesolítico y su contextualización crono-cultural deriva argumentos para investigar algunos interrogantes reseñados en la introducción de este artículo. Bajo esta perspectiva consideramos que la placa grabada de Guilanyà abre nuevas perspectivas con las que analizar un rasgo tan propio de nuestra especie como es la necesidad de plasmar conceptos e ideas sobre soportes materiales, comportamiento que está en la definición de lo que entendemos por arte. Originariamente Marcos García Díez se hizo cargo del estudio de este resto, advirtiéndonos del interés de su hallazgo. Ethel Allué (IPHES, Tarragona), responsable del análisis antracológico, nos ha avanzado datos relevantes para la caracterización ecológica de la secuencia Holocena. Susana Vega, Jezabel Pizarro, Maria Lou y Joel Casanova (CEPAP-Universitat Autònoma de Barcelona) nos proporcionaron observaciones esenciales para la contextualización precisa de esta manifestación artística. Destacamos por su utilidad en este estudio, la calidad del calco realizado por Mónica López i Prat (CEPAP-Universitat Autònoma de Barcelona). Reiteramos nuestro agradecimiento a la familia Guilanyà por permitirnos investigar en Balma Guilanyà desde 1992. Esta excavación está financiada por el Servei d'Arqueología i Paleontología-Generalitat de Catalunya y sus resultados se integran dentro del proyecto "El asentamiento humano en el Pirineo Oriental durante el Pleistoceno Superior y el Holoceno" (HUM2007-60317/ HIST y HAR2010-15002) del Ministerio de placa grabada de Balma Guilanyà (Prepirineo de Lleida) y las manifestaciones artísticas del Mesolítico...
En 1997, bajo la coordinación de Era-Arqueología, se efectuaron fotografías aéreas, prospecciones superficiales y sondeos arqueológicos en el yacimiento neolítico-calcolítico de Perdigões (Reguengos de Monsaraz, Portugal), donde, durante más de diez años, se han venido articulando las distintas actuaciones hasta disponer de un esbozo bastante aproximado de su planta. En 2006, se abrió un programa de colaboración entre diversas instituciones internacionales públicas y privadas para impulsar la investigación en Perdigões, en el seno del cual se integra un equipo de la Universidad de Málaga. Como primera aportación concreta de la cooperación hispano-lusa, las prospecciones geofísicas llevadas a cabo en 2008 y 2009 han acrecentado el conocimiento de la traza del sitio. Muestra Perdigões como la yuxtaposición de múltiples recintos de foso subcirculares, que se articulan con un área de necrópolis y un crómlech. los recintos, que ocupan cerca de 16 ha. Se localiza en el Concelho de Reguengos de Monsaraz, a unos 2 km al noroeste del núcleo urbano, en el distrito de Évora, en el Alentejo portugués (Fig. 1). Coincide, asimismo, con el límite occidental de una gran concentración megalítica, conocida desde hace bastante tiempo en la región, que cuenta con casi un centenar y medio de construcciones de esta naturaleza (menhires, antas, crómlechs...) El complejo arqueológico se abre al valle de la Ribeira do Álamo, a partir de su desarrollo en sentido aproximado O-E, antes de su desembocadura en el gran curso fluvial de la región, el Guadiana. En dicho valle, bastante llano y de sustrato geológico granítico, predominan los suelos mediterráneos, a veces de barros, con buena fertilidad y escasa erosión. Ello contrasta con su entorno, especialmente al norte y al sur, donde lo habitual es un relieve más ondulado y sinuoso, sometido a mayores procesos erosivos, y donde la base casi siempre es pizarrosa. Perdigões se implanta en la alargada vertiente derecha del valle de la Ribeira do Álamo, donde se incurva su curso desde el N hacia el E. La topografía del lugar donde se asienta el yacimiento recuerda la de un teatro griego. Por un lado, una pendiente discurre desde la base (226 m.s.n.m.), al E, hasta un punto muy próximo a la cima amesetada de la vertiente, aunque no coincidente con ella (252 m.s.n.m.), al O. Por el otro, una pendiente, menos notable que la anterior, se extiende desde los lados septentrional y meridional hacia el centro del sitio. El resultado es un sitio arqueológico con visibilidad, desde su centro, limitada hacia el N, el S y el O, y una amplia visibilidad hacia el E, es decir, hacia el valle, que se abre fértil y húmedo hasta las inmediaciones de la localidad de Monsaraz. Tras ella, el Guadiana, a una quincena de kilómetros del yacimiento, a lo largo del cual se ubica la gran concentración de monumentos megalíticos de Reguengos. La investigación arqueológica en el sitio comenzó de la mano de Mário Varela Gomes, cuando sólo era conocida la agrupación de menhires o cromeleque que se halla en la periferia oriental del conjunto (Gomes 1994). En el transcurso de una excavación en el mismo, en 1983, Francisco Serpa, colaborador en dichos trabajos, identificó y excavó, en un olivar cercano, lo que parecían ser algunas estructuras en negativo. A esas alturas aún no se conocía la verdadera naturaleza y dimensión del sitio arqueológico. En 1996, la empresa propietaria de los terrenos donde se asienta la mayor parte del yacimiento, la Herdade dos Perdigões, retiró el olivar con la intención de plantar una viña. Las remociones de tierra consiguientes sacaron a la luz incontables materiales arqueológicos y posibles estructuras en negativo. Por su importancia, el yacimiento fue puesto de inmediato bajo la tutela del Instituto Portugués del Patrimonio Arquitectónico (IPPAR), el cual propició trabajos arqueológicos de diagnóstico. El promotor contrató a Era-Arqueología, entidad que, desde entonces, ha coordinado y desarrollado la investigación hasta el presente (Lago et al. 1998a, Lago et al. 1998b; Valera et al. 2007). La propia institución del IPPAR encargó, en agosto de 1997, las primeras fotografías aéreas del sitio. Ese mismo año, Era-Arqueología volvió a realizar fotos aéreas, llevadas a cabo por Manuel Ribeiro (Fig. 2). Además de los beneficios patrimoniales, de cara sobre todo a la protección del yacimiento, desde el punto de vista científico las vistas aéreas generaron la primera imagen de conjunto del lugar. En ellas se advertía, con sorprendente claridad, la extensa superficie del sitio (16 ha) y su composición, con varios fosos claramente per-ceptibles. Los dos más exteriores, discurrían de forma prácticamente paralela hasta un punto, al E del sitio, en el que el foso más externo se distanciaba de su foso hermano, delimitando un sector semicircular donde se ubicaba la necrópolis. En el trazado de dichas zanjas se advertían dos discontinuidades, interpretadas, respectivamente, como las puertas noreste y sureste del recinto (Valera 2003: 157). Por otra parte, en el interior del espacio circundado se apreciaba también una gran "mancha" central, además de otros fosos de trazado más irregular, de apariencia concéntrica. Por aquellas fechas, se emprendieron, paralelamente, labores de prospección y documentación de los restos arqueológicos perceptibles en superficie, permitiendo constatar in situ muchas de las evidencias que se dibujaban en las fotos aéreas, así como datar el sitio, de forma preliminar, en la Edad del Cobre (1). Además, al amparo de esta información, se eligieron cinco puntos en los que, en el mismo año 1997, se efectuaron sondeos destinados a determinar los daños producidos por los trabajos agrícolas y a evaluar las potencialidades arqueológicas del sitio (2) (Lago et al. 1998a(Lago et al., 1998b)). Estos trabajos de campo precisaron aún más la fisonomía del yacimiento, configurándose una imagen bastante aproximada sobre la que durante más de diez años se articularon los trabajos posteriores (Fig. 3). No obstante, desde ese momento y hasta 2006 los esfuerzos se concentraron en el sector de la necrópolis, continuándose la excavación del sepulcro 1, comenzada en 1997, e iniciándose la del sepulcro 2. Ambos presentaban una morfología parecida; cámara circular, corredor y atrio (Valera et al. 2000). Se documentó, sin llegar a excavarse, una estructura en negativo con abundantes fragmentos óseos y cerámicos. Por hallarse también en el área de necrópolis, fue considerada de forma preliminar como una posible sepultura colectiva en fosa simple (sepulcro 3) (Valera et al. 2007: 55). PROGRAMA GLOBAL DE INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA DE PERDIGÕES En 2006 hubo un cambio en el proceso de investigación del sitio, de modo que desde entonces todas las actuaciones arqueológicas se vienen enmarcando dentro del denominado Programa Global de Investigación Arqueológica de Perdigões (INARP), responsabilidad del Núcleo de Investi-Fig. (1) Hoy sabemos que la actividad humana en el lugar se remonta al menos hasta el Neolítico Final (Valera 2009). (2) El sondeo 1 se llevó a cabo sobre lo que, según las fotografías aéreas, parecía uno de los fosos interiores, concretamente en un tramo del mismo al sur de la plataforma central del lugar. El sondeo 2 se ubicó al noroeste del círculo central, en una zona donde previamente, gracias a las prospecciones superficiales, se había localizado una concentración de artefactos relacionados con la actividad metalúrgica. El sondeo 3 se centró en lo que según las fotografías aéreas del momento parecía ser el foso más interior. El sondeo 4 fue llevado a cabo en la necrópolis, iniciándose la excavación del llamado sepulcro 1. El sondeo 5, finalmente, se localizó en el foso más externo, en las cercanías de la denominada puerta noreste. gación Arqueológica (NIA) de Era-Arqueología S.A (Valera et al. 2008). Dicho programa busca establecer las líneas orientativas para una política integrada de la investigación en el lugar. La idea de partida es que el crecimiento y el desarrollo del estudio -tanto a nivel de financiación como de problemáticas científicas-debe potenciarse con la participación de otras instituciones y equipos de investigación, portugueses y extranjeros. Consecuentemente, se han abierto nuevos proyectos o subprogramas de investigación. La tarea de coordinación que garantiza la gestión integrada de las diferentes líneas de investigación, que asegura los niveles básicos de replicabilidad entre los diferentes proyectos y que establece los criterios o prioridades del trabajo se reserva a la propia Era-Arqueología, a través del NIA. Todo lo dicho ha permitido que, a fecha de hoy, ya estén funcionando diversos equipos científicos embarcados en varios proyectos o subprogramas con objetivos más concretos (3) (Valera et al. 2008). En esta coyuntura, en 2007-2008 Era-Arqueología retomó las excavaciones fuera de la necrópolis, en un sector que abarcaba parte de un foso doble en la zona intermedia del complejo de recintos (Valera 2008a(Valera, 2008b)). Finalmente en 2009 comenzaron las intervenciones en la zona central del yacimiento, en un área que abarcaba parte de la mancha oscura visible en las fotografías aéreas, entre otros elementos (Valera 2009). Paralelamente, el Área de Prehistoria de la Universidad de Málaga (UMA) fue invitada a participar desarrollando un proyecto propio que se integraría, como un subprograma, en el marco general arriba descrito. Los objetivos generales y específicos de este subprograma han sido ya adelantados (Márquez et al. 2008). La iniciativa pretende, preferentemente y como objetivo marco, participar activamente en las discusiones sobre metodología e interpretación de los recintos de fosos que pudieran surgir al amparo del INARP (Márquez et al. 2008: 42), e incrementar nuestro conocimiento sobre la planta general del recinto (Márquez et al. 2008: 44). En función de los objetivos iniciales, se ha reservado la Puerta NE del recinto exterior (sector L) como zona específica de trabajo para el equipo de la Universidad de Málaga. Allí se busca obtener más datos acerca de la morfología de la entrada, la temporalidad de los fosos exteriores y su posible relación con la necrópolis que se encuentra entre ellos (Márquez et al. 2008: 43). Los primeros trabajos de la UMA se emprendieron en agosto de 2008. PROSPECCIONES GEOFÍSICAS EN PERDIGÕES. Las primeras actuaciones del equipo de investigadores de la Universidad de Málaga en el Complexo Arqueológico dos Perdigões consistieron en prospecciones geofísicas previas a la excavación arqueológica. En coordinación con el NIA de Era, durante el mes de agosto de 2008, se proyectaron sondeos mediante la técnica de georadar a cargo de la empresa Eastern Atlas Geophysical Prospection (4). De acuerdo con los objetivos generales arriba descritos, las labores prospectivas se aplicaron a tres áreas específicas elegidas de forma consensuada (Fig. 4): a) Sector Puerta NE, es decir, la zona específica de actuación de la UMA, donde se efectuaron mediciones a lo largo de 1500 m2; b) Sector Central, de 1620 m2, coincidiendo con la gran mancha circular que aparecía en las fotografías aéreas de 1997; y c) Sector I, de sólo 195 m2, en el área intermedia, tangencialmente a las excavaciones que en aquellos mismos momentos (julio-agosto de 2008) realizaba Era en uno de los fosos interiores (Valera 2008a(Valera, 2008b)). Este último sector se eligió con la intención de evaluar las prestaciones del método en una zona que simultáneamente se empezaba a conocer por los sondeos arqueológicos. Los resultados de las prospecciones con georadar fueron muy desiguales y el método resultó poco adecuado. Así, si bien en el primer sector (Puerta NE) se confirmaba la existencia de una discontinuidad que, con toda probabilidad, debía de ser la puerta buscada, la información no mejoraba la de las fotos aéreas de 1997. Por su parte, la mancha central, según el georadar, no se relacionaba con estructuras negativas, sino con una dispersión de bloques de piedra y materiales arqueológicos, pero seguía quedando muy mal definida. Por último, en el Sector I los resultados fueron contradictorios con la excavación arqueológica que se estaba realizando en sus inmediaciones, al no documentar las prospecciones geofísicas los fosos y fosas que aquélla mostraba fidedignamente. En general, se advirtió que el georadar no era un método efectivo en las condiciones existentes. Las causas se podían encontrar tanto en la falta de contrastes geofísicos entre las estructuras arqueológicas y el suelo natural, como en la realización de las mediciones en sectores quizá demasiado limitados en extensión para proporcionar resultados significativos. En cualquier caso, la coyuntura aconsejaba cambiar de estrategia y probar con otro tipo de prospecciones y con áreas de trabajo de mayor superficie. (5) Las prospecciones geomagnéticas desarrolladas tanto en junio como en septiembre de 2009 fueron sufragadas por la Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía, a través del Proyecto de Investigación de Excelencia P08-HUM-04212 "Estudio Arqueológico y Gestión Patrimonial en los recintos de fosos del suroeste de la Península Ibérica (Andalucía, Algarve, Alentejo)". Los trabajos de campo fueron llevados a término y coordinados por un equipo de la UMA y otro de Era-Arqueología. Esta última institución fue especialmente responsable del planeamiento de cuadrículas previo a los sondeos, además de correr con determinados gastos de logística. y de los del proyecto de la UMA, prospectar toda el área comprendida entre los dos fosos exteriores. Por cuestiones de logística, la continuación de las labores de magnetometría se pospuso hasta septiembre. Además, los resultados de esta primera fase fueron tan ilustrativos que orientaron, en gran medida, las excavaciones arqueológicas que, durante julio-agosto de 2009 realizaron tanto Era en la zona central como la UMA en la Puerta NE. Durante una quincena de septiembre se completaron los análisis geomagnéticos en todo el área de trabajo. Sólo se dejaron de prospectar: a) el carril o pista que atraviesa de E a O el yacimiento en su parte meridional; b) una amplia zona al E del mismo, donde una viña plantada impedía la aplicación del método y c) una estrecha sección al sur del conjunto en la que, por las tareas agrícolas en ella desempeñadas, también resultaba inviable la toma de datos. Pese a estos déficits de información, la composición de los resultados de las mediciones en una imagen supone todo un éxito en cuanto a la calidad y nitidez de la misma (Fig. 5). PROSPECCIONES GEOMAGNÉTICAS EN PERDIGÕES. Procede, a continuación, realizar una lectura inicial de los distintos elementos arquitectónicos que formaron parte estructural del yacimiento, según se desprende de las prospecciones geomagnéticas de 2009. Conviene tener en cuenta que las últimas excavaciones, desempeñadas por Era (2007-2009) y la UMA (2009-2010), vienen poniendo de manifiesto la prolongada temporalidad del yacimiento, que pudo ser de más de 1500 años, con anillos que se construyeron cuando otros más antiguos ya se habían colmatado (Valera 2009). No obstante, una lectura precisa por fases requeriría un apoyo documental mucho mayor del que podemos exponer en este instante, debiendo quedar, por tanto, aplazada para momentos más avanzados de la investigación. En consecuencia, la descripción que sigue sólo detalla las características generales del conjunto tal y como ha llegado a nosotros, sin considerar la cronología de cada una de las estructuras. Lo primero que salta a la vista es que en Perdigões se distribuyen, cuando no se solapan, hasta 11 o más anillos de tendencia concéntrica, constituidos, bien por zanjas o fosos excavados en la roca basal, bien por posibles empalizadas. En segundo lugar, no es menos elocuente la profusa presencia de centenares de estructuras tipo hoyo o fosa que se distribuyen entre los diversos recintos. Para facilitar la descripción, discriminaremos tres zonas específicas. Esta parcelación no debe ser entendida en términos arquitectónicos, funcionales o históricos, sino tan sólo como recurso expositivo. Nos ayudaremos de un calco preliminar realizado sobre la imagen en bruto, que no debe verse en modo alguno como una lectura final o definitiva de la planimetría (Fig. 6). Ensayo de calco y primera lectura -por tanto, provisional-de las realidades arqueológicas desveladas a través de la prospección geomagnética: 11 fosos (F) y 5 puertas (P). Esta zona interior del conjunto se ve menos afectada por los espacios no prospectables. En ella podemos percibir, al menos, tres claros recintos concéntricos (F6, F7, F8) (6). De dentro a fuera, se observa que los dos primeros muestran tendencia ojival y unas posibles puertas en sus extremos convergentes (orientadas al E). El más interior (F6) parece albergar, además, una (¿doble?) empalizada paralela (F5), bien identificable en su recorrido más meridional. El segundo (F7) presenta un perfil sinuoso. Por último, el tercero de los fosos centrales (F8) es el peor definido. No queda claro si participa o no de la tendencia ojival de los anteriores. Su planta podría ser subcircular (aunque un segmento al S sugiere una planta semejante a la de los anteriores), compartiendo con ellos una distribución concéntrica. Este F8 aparece muy difuso en su recorrido, especialmente en el cuadrante sur-sureste. Es más, en numerosos momentos parece solaparse y entrecruzarse con el trazado de F7, sin que por el momento tengamos clara la relación de anterioridad o posterioridad entre uno y otro. En el espacio donde en las fotografías aéreas de 1997 podíamos ver una mancha negruzca, (Fig. 2) se observa una anomalía magnética, bien destacada respecto de su entorno y de color gris oscuro, que groseramente se corresponde con aquélla, ocupando el centro geométrico del yacimiento, y afectando, en planta, de forma tangencial, al primero de los fosos y a su posible empalizada interior (F5 y F6) (7). La superficie interior a estos primeros recintos es, comparativamente, la que parece concentrar un número menor de estructuras tipo hoyo, lo que no quita que se aprecien, en cualquier caso, un número considerable de ellas. Área o cinturón intermedio Consta de, al menos, otros tres o cuatro recintos de mayores dimensiones (F3, F4, F9, y F10). De dentro a fuera, F3 y F4 conforman un recinto doble, o dos recintos paralelos, en casi la totalidad de su trazado perceptible en la imagen (Valera 2008a(Valera, 2008b)). Presentan una tendencia no circular, si bien la inexistencia de información en la parte oriental impide, por el momento, una lectura más segura de su configuración. Su trazado, como ocurría con F7, es manifiestamente sinuoso en la mayoría de su recorrido. Los anillos F9 y F10 son especialmente difíciles de interpretar pese a que ninguna de sus plantas contradice la naturaleza concéntrica del conjunto. En primer lugar, porque ambos, y especialmente el F9, se hallan muy afectados por los vacíos de la prospección. En segundo lugar, porque el recinto doble y sinuoso (F3 y F4) se solapa con F9. Lo que sí está claro, a tenor del mapa geomagnético, es que estos fosos son aparentemente más estrechos que el resto de los documentados. Los tres recintos descritos no agotan las estructuras observables en el área intermedia. Hay una importante concentración de posibles fosas circulares y cubetas que se distribuyen en el área comprendida entre estos nuevos recintos y los que describimos en el área interior (8). Se aprecian también tramos parciales o incompletos de otros fosos o empalizadas mal definidos y cuya identificación, casi intuitiva, dificulta y complica innecesariamente la descripción, por lo que los obviamos en este momento. Área o cinturón exterior Sin lugar a dudas, en esta zona externa es donde mejor se perciben los elementos arquitectónicos del yacimiento. Básicamente se trata de dos anillos (F1 y F2) constituidos por dos anchos fosos. Presentan un trazado paralelo y, en su desarrollo, se integran de forma pareada hasta 5 accesos. En la zona oriental, como se conocía desde 1997, la zanja más externa (F1) modifica la tendencia subcircular de su recorrido, separándose de su foso adyacente (F2), hasta configurar el espacio donde se ubican las estructuras funerarias de tipo tholos. La armonía advertida entre ambos fosos, que podría suponer también su contemporaneidad, se reafirma, más si cabe, mediante una serie de zanjas o tramos interiores de empalizadas que, perpendicularmente, a modo de "tirantes", parecen unirlos a intervalos más o menos regulares. Hasta 16 ó 17 posibles "tirantes" se hacen visibles a partir de la magnetometría. Adicionalmente, al interior de la antepenúltima zanja (F2) se deja ver, en toda su extensión, una franja de terreno vacía, es decir, notablemente libre de cualquier estructura de tipo hoyo, que tanto abundan en el resto de la superficie estudiada. Este espacio exento, en yacimientos europeos de naturaleza comparable, se suele identificar con el área originariamente ocupada por un bank o terraplén, hipotéticamente construido con los materiales extraídos al romper la roca virgen en el momento de excavar las estructuras, constituyendo un anillo gemelo al foso adyacente, pero en positivo. En Perdigões, este comportamiento, al menos de forma tan patente, no se ha podido reconocer en el resto de los anillos ya descritos. Quizá una de las mayores novedades das por las prospecciones geomagnéticas de 2009 es la documentación de hasta 5 puertas en el cinturón exterior del yacimiento. Siguiendo la dirección de las agujas del reloj, a las dos puertas conocidas hasta el momento, la NE (P1) y la SE (P2), se añaden tres posibles nuevas entradas: la P3, orientada al O-SO, deducida más por la fisonomía del espacio en cuestión que por su constatación real; la P4, apuntando hacia el O; y la P5, alineada grosso modo con el Norte. En todos los casos las aperturas atraviesan perpendicularmente los dos fosos delimitadores del conjunto (F1 y F2). Las puertas P2 (SE) y P4 (O), y quizás la P3 (O-SO), ofrecen suficiente información para ver en ellas accesos complejos o monumentales. Nos detendremos brevemente en este punto. Se tenía conocimiento de la misma por la toma de las fotografías aéreas de 1997 y por imágenes posteriores obtenidas a través de Google Earth. La magnetometría ha permitido describir con mayor precisión su naturaleza arquitectónica, aunque de ninguna manera sería prudente descartar el carácter acumulativo, y por tanto diacrónico, de sus elementos. En el tramo que describe la puerta a la altura del F2 no se aprecia recurso alguno más allá de la propia discontinuidad del mismo. En cambio, la abertura del F1 presenta, exteriormente, algunos elemen-tos desconocidos hasta el momento en el sitio. En primer lugar, una zanja (o quizá cimiento de estructura de madera) semicircular que, a modo de "ímbrice", interrumpe o dificulta el acceso. Recuerda a las frecuentes estructuras llamadas de tipo fence que abundan en los recintos europeos de la misma época. En segundo lugar, dos tramos de zanja de gran anchura, de tendencia semicircular, aunque con una discontinuidad intermedia. Estas últimas construcciones añaden al conjunto un recurso semejante a las célebres "pinzas de cangrejo", tan típicas, aunque no exclusivas, del Neolítico en el territorio francés (Márquez y Jiménez 2010a). Ahora bien, al no arrancar, aparentemente, desde el foso exterior, resultaría un tipo formalmente distinto a los modelos clásicos. La P4, hasta el momento desconocida, presenta en el extremo de ambos fosos y donde se abre la propia discontinuidad, un ligero exvasado de sus jambas. Por lo demás, su forma es semejante a la P2. Al exterior del F1 vuelve aparecer el elemento que, como "ímbrice" o fence, complica el acceso y, con menor claridad, los tramos de zanja que, en forma de arco, evocan las "pinzas de cangrejo". En definitiva, la trama de la P4 nos lleva a pensar que el peculiar diseño de la Puerta 2 proporcionado por la prospección geomagnética no es casual ni anómalo. Al menos con los resultados de la magnetometría en la mano, se podría proponer un modelo de acceso característico de Perdigões, que podríamos llamar "puerta de ímbrice" o, simplemente, "entrada tipo Perdigões". Este tipo de solución, a pesar de la ausencia de información geomagnética debido a las interferencias metálicas junto a los caminos, no es descartable en otras entradas. Todo ello, repetimos, sin menoscabo de que la planta del sitio en esos dos sectores pueda ser en realidad el sumatorio de actuaciones constructivas llevadas a cabo en sucesión diacrónica, lo que sólo podrá ser aclarado por excavaciones arqueológicas ejecutadas al efecto. Cabe apuntar que, al exterior de la zanja F1, a la altura de las Puertas 4 y 5, se aprecia el trazado de un foso (F11). Por el momento constituye la línea más externa conocida, pero podría prolongarse por el sur hasta cruzarse con algunos de los recintos interiores, si bien la planta del yacimiento es tan complicada y los datos de esta zona son tan escasos que ninguna afirmación al respecto puede ser rotunda. Sí resulta muy significativo que la superficie comprendida entre el foso F3, en la zona intermedia, y el F2, ya en el cinturón exterior, es la parcela donde de forma más notoria se acumulan centenares de estructuras circulares que reconocemos como hoyos o fosas. Algunas fueron excavadas por Era en el verano de 2008 (Valera 2008a(Valera, 2008b) ya reproducían en su forma y relleno las que, por millares, se documentan en otros yacimientos de la Península Ibérica y de otras regiones europeas. Tras ser descubierto en 1983, Perdigões se ha convertido, a fecha de hoy, en uno de los yacimientos para conocer la Prehistoria reciente de la Península Ibérica. En este trabajo hemos repasado las principales etapas de la investigación en el lugar. Además, hemos subrayado la filosofía de colaboración entre equipos e instituciones que surge al amparo del INARP, recientemente publicada (Valera et al. 2008). Por último, hemos dado a conocer de forma novedosa y preliminar las prospecciones geofísicas llevadas a cabo durante 2008 y 2009 por parte de la Universidad de Málaga, con la colaboración de Era-Arqueología. Los resultados obtenidos con el método geomagnético corroboran muchos de los pormenores reconocidos desde 1997, cuando se hicieron las primeras tomas aéreas del lugar. Tal es el caso de los dos grandes fosos que circunscriben el sitio, con el manifiesto embolsamiento que exhibe el más exterior de ellos. Asimismo, la geomagnética muestra nítidamente el trayecto de algunas zanjas, como las del área intermedia, que apenas se vislumbraban en la foto aérea. Pero, sobre todo, la prospección geomagnética ha propiciado la detección de elementos absolutamente novedosos en el yacimiento. Nos referimos, por ejemplo, a la identificación de nuevos anillos de fosos, algunos sinuosos, y tramos de aparentes empalizadas. Pensamos también en la multiplicación exponencial de los datos referentes a las entradas a los distintos recintos, destacando sobremanera la proliferación de puertas monumentalizadas en el foso F1, que podrían servir para definir un nuevo tipo formal en el contexto europeo: la "puerta de ímbrice" o de tipo Perdigões. Por último, no deja de sorpren-der la exuberante proliferación de estructuras circulares tipo fosa u hoyo, que en ingentes cantidades se disponen, frecuentemente solapadas, en el interior de los diversos espacios. En suma, la "radiografía" de conjunto con la que contamos en estos momentos del complejo de Perdigões presenta una definición extraordinaria que nos posibilita apreciar la especial complejidad estructural de los recintos de fosos peninsulares. Por lo que sabemos hasta estos instantes, la imagen es acumulativa, y no se puede interpretar en términos históricos absolutos. Sin embargo permite y favorece una planificación bien fundada de los futuros trabajos arqueológicos, cuyos objetivos paralelos estarán orientados a solucionar los problemas de temporalidad de los múltiples elementos arquitectónicos identificados. En última instancia, creemos que la utilización combinada de técnicas como la fotografía aérea, las prospecciones geofísicas y las excavaciones arqueológicas es el método recomendable para estudiar estos yacimientos. Incidir en sondeos arqueológicos descontextualizados o análisis puntuales de las estructuras y sus rellenos nos condenan a una perspectiva muy limitada del fenómeno arqueológico de los recintos de fosos. La mayor parte de los terrenos prospectados pertenecen a la empresa Esporão S.A. La amabilidad y colaboración continuada de su propietario, José Roquette, facilitaron las actuaciones arqueológicas. Por igual motivo, agradecemos la cooperación de los restantes propietarios: Rolando Moniz Simões Palma, Fernando Manuel Ramos Marcão y Gertrudes Caeiro Gonçalves. Germán Delibes y José A. Rodríguez, así como Jesús Sesma y Jesús García, nos facilitaron el acceso directo a los resultados inéditos provenientes de las prospecciones geomagnéticas en El Casetón de la Era, en Valladolid, y Los Cascajos, en Navarra, respectivamente. Contamos además con sus comentarios y sugerencias sobre las posibilidades del método en yacimientos de fosos como el de Perdigões. Por último, en la preparación y el transcurso de los trabajos fue central la colaboración y logística aportada por Miguel Lago, de Era-Arqueología S.A.
En este artículo se presentan los análisis por fluorescencia de rayos X (FRX) de dos fragmentos de torques protohistóricos del noroeste de la Península Ibérica dorados por amalgama, que constituyen la evidencia más temprana de dicha técnica en esta región. La tecnología y el estilo de estos objetos plantean la posibilidad de contactos y transmisión tecnológica a lo largo de la fachada atlántica europea. En consecuencia, estos hallazgos nos obligan a diversificar los modelos explicativos para la difusión de esta técnica. Hace más de treinta años, Linns y Oddy (1975) lamentaban la falta de investigación sistemática sobre los orígenes de la técnica del dorado por amalgama de mercurio, una pobreza que contrastaba con la abundancia de conjeturas carentes de fundamento científico. En los años transcurridos desde entonces, se ha incrementado el número de trabajos que identifican convincentemente el uso de esta técnica en diversos contextos (véase, en especial, La Niece y Craddock 1993; Drayman-Weisser 2000), pero el asunto de la cronología temprana y difusión del dorado por amalgama sigue conteniendo muchas incógnitas. Si bien está claro que esta técnica es la preferida en toda Europa desde la época romana tardía, su incidencia en épocas anteriores parece más difusa y confusa. Aun cuando la propuesta de estos autores es coherente con los datos disponibles, ellos mismos reconocen que siguen faltando análisis que permitan establecer un mapa más claro de los orígenes y difusión de esta técnica (Perea et al. 2008: 117). En este artículo se presentan nuevos análisis de dos objetos dorados por amalgama recuperados en el noroeste peninsular y que, hasta donde podemos saber, constituyen la evidencia más temprana del empleo de dicha técnica en esta zona de la península. El estudio no resolverá nuestro problema fundamental, pero sí se espera que añada diversidad a la cuestión, ya que plantea la posibilidad de influencias atlánticas, y no necesariamente mediterráneas, en la difusión de la técnica. EL DORADO POR AMALGAMA DE MERCURIO: FUNDAMENTOS TÉCNICOS Y EVIDENCIAS TEMPRANAS El dorado por amalgama de mercurio es una de las varias técnicas empleadas a lo largo de la Historia para el dorado metalúrgico, es decir, aquél que busca modificar la apariencia superficial de metales menos nobles que el oro. Sin embargo, constituye la técnica más popular en el Viejo Mundo durante un largo período que discurre desde la época romana tardía hasta el descubrimiento del dorado por electrólisis en el siglo XIX d.C., aun cuando coexiste con otras técnicas como el dorado mediante pan de oro, el chapado y el dorado por difusión, entre otras posibilidades (Oddy 1993(Oddy, 2000)). El éxito de esta técnica se explica por la disponibilidad de mercurio pero también, sin duda, por la relativa facilidad y buenos resultados que ofrecía en comparación con otras. En esencia, el dorado por amalgama de mercurio o dorado al fuego se basa en la propensión que tiene el mercurio a formar aleaciones con metales nobles a temperatura ambiente o calor moderado, así como en la volatilidad de este peculiar metal. La descripción de esta técnica y sus variantes ya se ha descrito sobradamente en otras publicaciones, incluyendo trabajos experimentales de reproducción (Anheuser 1996(Anheuser, 1997;;Murakami 2000; Northover y Anheuser 2000; Blet-Lemarquand et al. 2009). Los orfebres comenzarían por producir la amalgama separadamente, quizás sometiendo a un leve calentamiento el mercurio con virutas o limaduras de oro. Pos-teriormente, la pasta obtenida (una mezcla de partículas de oro, mercurio y amalgama) se aplicaría en la superficie del metal a dorar. A continuación, la pieza se sometería a temperaturas inferiores a 500°C (idealmente, en torno a 250-350°C; Anheuser 1997; Northover y Anheuser 2000), lo que provocaría la evaporación de gran parte del mercurio, dejando una capa rica en oro adherida a la superficie del objeto. De juzgarlo necesario, los orfebres podrían repetir esta operación varias veces, hasta obtener un dorado de calidad satisfactoria. Las superficies doradas por amalgama son muy porosas, dado que han perdido gran parte de su masa durante la evaporación del mercurio. Sin embargo, un simple bruñido proporciona una superficie lisa y brillante. Apoyándose en referencias un tanto confusas de historiadores de la Antigüedad Clásica, autores como Oddy (1993Oddy (, 2000) ) han sugerido la posibilidad de que, en épocas tempranas, el dorado por amalgama pudiese realizarse en frío. Algunos intentos de reproducir esta técnica han fracasado (Anheuser 1996), aunque el propio Oddy (1993: 178) menciona que la técnica todavía se empleaba en Baviera a finales del siglo XX d.C. También se han considerado variantes como la aplicación de un pan de oro directamente sobre una capa de mercurio en la superficie de la pieza, en lugar de la formación de amalgama como paso previo independiente. Cualquiera que sea el caso, parece claro que el dorado al fuego conlleva difusión de mercurio al sustrato metálico, de modo que siempre quedan trazas de éste en las superficies doradas mediante esta técnica. Al menos, no conocemos ningún trabajo experimental donde el mercurio se eliminase totalmente durante el calentamiento. Por tanto, parece razonable asumir que, si se emplean técnicas analíticas adecuadas, el mercurio puede identificarse positivamente en las superficies doradas al fuego. Las evidencias más tempranas y convincentes de dorado por amalgama están en China, en torno al siglo V a.C. (Jett y Chase 2000). En Occidente, objetos con este tipo de dorado aparecen esporádicamente algo más tarde, en torno al siglo IV a.C. De este período datan los anillos griegos de período helenístico estudiados por Craddock (1977), pero también los broches de La Bienvenida-Sisapo en Sierra Morena, que aparecen entre los siglos III y I a.C., pero cuya cronología podría retrotraerse hasta el siglo IV a.C. (Perea et al. 2008). También es posible que se emplease esta técnica en un pendiente procedente de l 'Illa d' en Reixac (Ullastret, Girona) en el nordeste (Rovira Hortalá 1999: 242), aunque la presencia de mercurio en esta pieza no se ha demostrado analíticamente (C. Rovira Hortalá, com. pers. No es sorprendente que sea en estas áreas geográficas donde encontramos las primeras evidencias de esta técnica, dada la disponibilidad de mercurio en diversos yacimientos de la zona central y meridional de la península (Domergue 1987; Zarzalejos et al. 1999; Matías et al. 2000-01). Más problemático es el tema de su difusión. Como en tantas innovaciones documentadas arqueológicamente, no es posible determinar con certeza si la técnica se transmitió progresivamente desde China hacia Occidente o si, por el contrario, encontramos varios focos de invención independientes (a favor de la segunda propuesta, Perea et al. 2008). Para el área europea, también es destacable que la técnica tarde tanto en implantarse, ya que transcurren varios siglos desde los primeros ejemplos puntuales hasta que la amalgama se establece como técnica de dorado predominante. Como ya indicó Oddy (1993Oddy (, 2000)), probablemente no sería rentable y eficiente mientras no se desarrollaron métodos efectivos de destilación del mercurio a partir del cinabrio. En la Europa Atlántica, el dorado al fuego parece llegar aún más tarde que en la zona mediterránea: los primeros ejemplos documentados se hallan en algunos de los torques del conjunto de Snettisham (Norfolk, Inglaterra), donde sólo algunas piezas son doradas por amalgama, mientras que otras son doradas por oxidación y otras no presentan tratamiento superficial (D. Hook, com. pers. No obstante, la técnica no se implanta con solidez hasta la época romana (Northover y Anheuser 2000). Sin embargo, hasta ahora no conocíamos ningún ejemplo del empleo temprano del dorado por amalgama en el área atlántica de la Península Ibérica. Los dos objetos que presentamos en este estudio comienzan a visibilizar esta zona del mapa. BREVES CONSIDERACIONES SOBRE LA CRONOLOGÍA DE LA ORFEBRERÍA PROTOHISTÓRICA DEL NOROESTE DE LA PENÍNSULA IBÉRICA La práctica totalidad de los investigadores ha asumido desde hace casi un siglo unas dataciones claramente prerromanas para la denominada "orfebrería castreña", pero esta eventualidad aún no ha podido ser resuelta de manera concluyente y definitiva. Dos son las principales razones que nos permiten explicar esta situación. Por una parte, no se han identificado necrópolis de la Edad del Hierro con ajuares funerarios que incluyan elementos típicos de la "orfebrería castreña" como torques o arracadas. Por otra, la mayor parte de los descubrimientos son hallazgos casuales y sin excavaciones con dataciones radiométricas asociadas. La gran mayoría de los torques han sido recuperados en el interior de poblados fortificados con una marcada diacronía en su ocupación, a veces incluso encuadrada entre los finales de la Edad del Bronce, la totalidad de la Edad del Hierro y gran parte de la romanización. Todo ello sin olvidar que el uso de la orfebrería en comunidades premodernas cuenta con numerosos paralelos etnográficos de transmisión intergeneracional como elementos dotados de un elevado contenido simbólico, reforzado por mecanismos hereditarios. Siendo así, incluso el contexto arqueológico en el que este tipo de objetos podría ser recuperado en condiciones controladas, no dejaría de poder ser cronológicamente posterior al de su elaboración original (Ladra 1999). Las numerosas analogías formales y materiales perfectamente documentadas en la orfebrería de diversas comunidades de la Edad del Hierro en el Occidente europeo refuerzan la hipotética adscripción cronocultural de torques y arracadas a contextos sistémicos prerromanos. La hipótesis alternativa resultaría enormemente excepcional, además de carecer de evidencias empíricas (González Ruibal 2006-07). Por todas esas razones, la mayor parte de los investigadores defiende actualmente para la orfebrería protohistórica noroccidental una fase de formación inicial genéricamente datable en los finales de la Edad del Bronce, un desarrollo principal durante la Edad del Hierro -con eventual paroxismo en la segunda mitad del I milenio a.C.-y una marcada decadencia a partir de los tiempos iniciales de la romanización. Algunas voces han cuestionado este esquema, sugiriendo unas dataciones tardías e incluso en contextos de cambio de era y temprana romanización del noroeste, siempre teniendo en cuenta que muchos de estos objetos aparecieron en castros con niveles de ocupación o ergologías romano-imperiales (Peña 1992(Peña, 2003)). Una importante contribución al debate deriva de la recuperación, en el castro pontevedrés de Troña, de un fragmento de torques en un nivel estratigráfico de relleno originado en un momento preaugústeo y asociado a cerámicas de producción local con formas y decoraciones claramente encuadrables en la II Edad del Hierro (Ladra 1999). Tal hallazgo demuestra que la producción de torques en el noroeste comienza antes de la ocupación romana, aun cuando pudiese continuarse después. Resulta más difícil, como se detallará en los apartados pertinentes, ofrecer una cronología absoluta más precisa para objetos o tipologías específicos. El problema está lejos de resolverse y, por tanto, nuestros argumentos serán por necesidad abiertos. El estudio de los dos objetos que se presentan en este artículo se enmarca en un proyecto más amplio de análisis de la orfebrería prehistórica actualmente depositada en diversos museos de la provincia de Lugo, cuyos resultados completos se publicarán más adelante. Entretanto, conviene señalar que estos dos son los únicos objetos en los que se detectó mercurio dentro de la muestra de unas cuarenta piezas, fundamentalmente torques y arracadas. Los análisis se efectuaron con un aparato portátil de espectrometría de fluorescencia de rayos X por energías dispersivas (FRX), marca Innov-X Systems y modelo Alpha 8000 LZX, con un ánodo de plata y un detector SiPIN con una resolución de ca. Todos los análisis fueron realizados a 40 keV, 30.5 mA, con un filtro de aluminio en el haz de rayos X y un tiempo de adquisición de 30 segundos por medición. Los espectros fueron cuantificados empleando el software homónimo creado por Innov-X, y normalizados a 100% en peso, pero en todos los casos se verificó la presencia de los elementos identificados mediante investigación visual de los espectros. Es de particular relevancia para este estudio el problema analítico, señalado por Perea et al. (2008), de la identificación de mercurio en presencia de oro, dada la proximidad de los picos de ambos metales en el espectro. Como se muestra en la figura 1, el equipo empleado tiene suficiente resolución para separar estos picos. Por tanto, aun cuando la exactitud de los datos cuanti-tativos pueda estar afectada por el solapamiento entre picos espectrales, la presencia de mercurio en los análisis nos parece incuestionable. Para evitar riesgos de error, no reportamos ningún elemento cuya cuantificación fuese inferior a 0,2%. Asimismo, no especificamos en nuestras tablas las concentraciones de hierro (en general = £ 1%), dado que este elemento puede verse muy afectado por contaminación superficial postdeposicional, ni de arsénico, ya que a niveles bajos nos resultó imposible distinguir con certeza los picos de este metal de los de plomo y mercurio. LOS EJEMPLOS GALAICOS a) Un fragmento de torques de tipo ártabro del Castro de Viladonga La primera pieza que presentamos consiste en un fragmento de torques bastante deteriorado, pero de tipología reconocible, recuperado en el Castro de Viladonga (Castro de Rei, Lugo, Fig. 2) y actualmente depositado en su Museo Monográfico (MMCV n.o inv. De este mismo yacimiento proceden 7 elementos de orfebrería: 2 torques de los denominados "de tipo ártabro", el fragmento distal de un tercero homólogo que tratamos en este artículo, una arracada "tipo sanguesuga", una sortija, un aro liso abierto de remates aguzados superpuestos y una pequeña lámina de difícil identificación funcional. Todos estos objetos fueron analizados, y sólo en este fragmento de tor-ques se detectó mercurio (Ladra y Martinón-Torres 2009). En su estado de conservación actual, incompleto y deformado, la pieza mide 7,8 cm de largo y pesa 14,04 g. Conserva tan sólo parte del aro, el cual es de sección circular y aparece retorcido. El remate también está fracturado (o quizás recortado deliberadamente) y se preserva tan sólo su mitad proximal, pero su forma globular hueca permite intuir que probablemente se trataría de un terminal piriforme, una tipología muy común en las zonas septentrionales del noroeste (Fig. 3A) (López Cuevillas 1932; Monteagudo 1952). La mayor peculiaridad formal de este objeto es un pequeño collarín o reborde perimetral dentado que abraza el punto de unión entre el aro y el remate, cubriendo así la eventual soldadura (Fig. 3B). Apenas conocemos un par de paralelos aproximados para este detalle en el ámbito de la orfebrería protohistórica noroccidental: un torques supuestamente procedente de la provincia bitos atlánticos podemos constatar semejantes analogías formales en un torques recuperado en el suroeste de Francia, en Civray-la-Forêt (Eluère 1987: 29, Fig. 13a; Duval y Eluère 1987), así como en alguno de los torques de Snettisham, en Gran Bretaña (Hautenauve 2004: 124), si bien éstos son tipológicamente muy diferentes al de Viladonga. Además del marcado deterioro formal del fragmento de torques que aquí nos ocupa, es significativa la apariencia superficial de su aro, que alterna zonas más doradas con otras prácticamente negras, donde el dorado parece haberse perdido por completo. Como sucede con la mayor parte de los torques gallegos y como ya hemos referido anteriormente, la cronología de esta pieza es relativamente incierta. La mayoría de los autores contemporáneos ubica los torques con remates piriformes soldados al cuerpo principal de la pieza en el marco cronológico genérico de la II Edad del Hierro del noroeste, introduciendo cada investigador pequeñas matizaciones: siglos V-II a.C. (Silva 2007: 84 y 333), siglos III-I a.C. (Balseiro 1994: 46; Prieto 1996: 198). Sin embargo, el asentamiento de Viladonga estuvo habitado cuando menos desde finales de la II Edad del Hierro y hasta los últimos estertores de la antigüedad tardorromana (Arias y Fábregas 2003: 201), de modo que no puede descartarse una fecha más tardía para su último episodio de vida útil. Los análisis de superficie realizados en diferentes partes del aro de este torques revelan que la plata es el elemento fundamental en su composición química, con cantidades moderadas de cobre, aunque se detectan concentraciones significativas de oro y mercurio en todas las áreas (Tab. Para confirmar la posibilidad de un dorado al fuego, se analizó también la sección del aro en la zona fracturada. Aquí se detectó también una aleación de plata y cobre, pero los niveles de oro y mercurio son mucho más bajos, lo cual corrobora la impresión inicial de que estos últimos metales están concentrados en la superficie. En el remate no se detectó mercurio. Por el contrario, parece que esta pieza se fabricó a partir de una aleación de plata, oro y cobre con un contenido en plata excepcionalmente alto (~64 %). Ello explicaría el color amarillo más verdoso del remate. Aún cuando las aleaciones de la orfebrería galaica de la II Edad del Hierro se caracterizan por ser marcadamente argentíferas (Montero y Rovira 1991; García-Vuelta y Montero 2007), los Tab. Resultados analíticos por fluorescencia de rayos X portátil de dos fragmentos de torques dorados por amalgama de mercurio procedentes del noroeste de la Península Ibérica, conservados en el Museo Monográfico del Castro de Viladonga. Valores expresados en % en peso y normalizados a 100%. Inevitablemente, las composiciones químicas combinan la del dorado superficial y la del metal subyacente. En la última columna, los valores aproximan el contenido en plata de la aleación de plata y cobre sobre la que se practicó el dorado (asumiendo que no hay oro en esta aleación). niveles de plata en el terminal son demasiado altos incluso para estos estándares noroccidentales. De hecho, ninguno de los otros objetos de oro recuperados en el castro muestra composiciones en este rango (Ladra y Martinón-Torres 2009). En cualquier caso, y antes de explorar en más detalle la relevancia del dorado por amalgama, esta pieza ilustra un aspecto ya conocido de la orfebrería protohistórica gallega y que destacamos en el estudio del conjunto de Viladonga (Ladra y Martinón-Torres 2009): la detección frecuente de varias "coladas" o aleaciones en la misma pieza, relevante para la interpretación arqueológica de los procesos técnicos, pero también para los estudios analíticos, que no pueden ceñirse a un único análisis. b) Un terminal en forma de doble escocia de procedencia incierta La procedencia de este segundo fragmento de torques correspondiente a otro ejemplar es lamentablemente incierta, ya que fue recuperado sin información relativa al lugar en que habría sido localizado antes de ser finalmente depositado por orden judicial en el Museo Monográfico del Castro de Viladonga con el número de inventario LU-23 (Ladra 2007). A pesar de nuestro actual desconocimiento sobre su contexto, su antigüedad y autenticidad se basarían en su tipología relativamente canónica, comparable a la de otras muchas piezas del noroeste, y en el hecho de que el anterior torques, recuperado en un contexto arqueológico claro, hace plausible que este objeto dorado al fuego también sea antiguo. No obstante, deberemos ser cautelosos en cualquier interpretación arqueológica derivada de su estudio. Como en el caso anterior, la superficie del objeto alterna zonas doradas con otras más oscuras. En el disco proximal, el terminal muestra un hueco central cuadrado, lo cual indica que este remate se engarzaría en un aro de sección cuadrangular (Fig. 4B). Asumiendo que la pieza sea original y antigua, su cronología puede tan sólo estimarse a partir de otros remates similares encontrados en yacimientos lucenses, asturianos o incluso del norte de Portugal. Como ya notó uno de nosotros en su estudio preliminar, la primera peculiaridad tecnológica de este terminal es que parece estar constituido por una chapa metálica que recubre un núcleo macizo (Ladra 2007: 168). Al menos, ésta es la impresión que se obtiene a partir de una pequeña fractura en el borde del disco distal, que revela la aparente existencia de este chapado (Fig. 4C). La considerable densidad de esta pieza sugiere que el núcleo probablemente también sea metálico. Para ilustrar este punto podemos comparar el peso de esta pieza (113,57 g), con el de un terminal hueco de la Colección "Soto Cortés" actualmente depositado en el Museo Arqueológico Nacional (n.o inv. El color verdoso de los productos de corrosión que asoman por la fractura sugiere un núcleo de cobre o de una aleación de este metal, pero los análisis de FRX en esta zona de geometría complicada no fueron concluyentes (Tab. El objeto no muestra ningún magnetismo cuando se le acerca un imán, lo cual indica que es improbable que su núcleo sea de hierro (Ladra 2007: 171). Sea como fuere, el terminal no se ajusta a las tecnologías habituales para estas piezas, que son a menudo huecas y, cuando son macizas, parecen haberse construido a partir de un único metal vaciado a la cera perdida (Armbruster y Perea 2000). Los análisis de superficie arrojan pocas dudas acerca del empleo de la técnica de dorado por amalgama de mercurio (Tab. Además de oro y mercurio, los elementos más abundantes son plata y cobre, lo cual indica que ésta sería la aleación sobre la que se practicó el dorado. En este caso, parecería que la capa dorada es más gruesa (o está mejor conservada) que en el anterior fragmento de torques, como indican los niveles de oro más elevados, mientras que el metal de base parecería ser más rico en cobre, tal y como se re-fleja en los valores de [Ag/(Ag+Cu)]*100, que son generalmente más bajos en el terminal en forma de doble escocia (Tab. De todas maneras, debe recordarse que todos estos valores son aproximativos, dado que la emisión de FRX analizada procede del dorado superficial y, posiblemente, de parte del metal que subyace, sin que podamos separar ambos componentes. De potencial interés son las trazas de plomo y antimonio también detectadas. Cuantificar trazas de plomo en piezas ricas en oro y mercurio es difícil, dada la proximidad de los picos espectrales de estos tres metales. No obstante, el examen visual de los espectros sugiere que la presencia de plomo es real. Pequeñas cantidades de plomo han sido detectadas también en piezas protohistóricas doradas al fuego de la zona sur de la Península Ibérica (Perea et al. 2008). Si bien se han señalado los problemas asociados al dorado al fuego sobre metales ricos en plomo (Craddock 1977; Anheuser 1997), las cantidades de plomo aquí detectadas son mínimas y probablemente no afectaron al resultado de la técnica de dorado. DISCUSIÓN: ORÍGENES Y TRANSMISIÓN DEL DORADO POR AMALGAMA Las dos piezas aquí presentadas pueden atribuirse genéricamente a la orfebrería protohistórica de la II Edad del Hierro del noroeste. Por otra parte, ambas muestran peculiaridades que van más allá del empleo de la técnica del dorado al fuego. En el fragmento de torques de remate aparentemente piriforme, estas singularidades aparecen en el collar que rodea la unión entre aro y terminal, así como en el empleo de una aleación muy argentífera para este último. En el terminal con perfil en forma de doble escocia hemos resaltado la posible rareza de que el dorado se practicase sobre una chapa metálica que, a su vez, recubre un núcleo de otro metal. En un estudio centrado en torques con terminales en doble escocia, Armbruster y Perea (2000) han destacado la gran variabilidad tecnológica que se esconde bajo la aparente homogeneidad tipológica de este tipo de remates. En este sentido, las singularidades constatadas aquí son verosímiles y no hacen sino ampliar el abanico de la variabilidad en la orfebrería galaica. Para los otros dos torques de remates piriformes del Cas-tro de Viladonga, hemos señalado (Ladra y Martinón-Torres 2009) la probabilidad de que fueran elaborados por orfebres diferentes, dada su heterogeneidad tecnológica. Por ejemplo, en al menos uno de ellos, el dorado se obtuvo por recubrimiento de una vara de cobre-plata, y no por amalgama. En general, este modelo sería coherente con la existencia de artesanos itinerantes que producirían objetos concretos en función de las demandas específicas de cada castro, una idea inicialmente propuesta por López Cuevillas (1932: 97) y respaldada posteriormente por muchos autores, entre ellos Armbruster y Perea (2000: 109). Como alternativa, también reconocida por estas autoras, podría sugerirse que los torques se obtuvieran mediante intercambio con otras comunidades del noroeste o a partir de determinados centros distribuidores. En cambio, parece improbable que todos los torques fuesen manufacturados por un orfebre local ubicado en cada castro. Centrándonos ahora en los orígenes y difusión de la técnica del dorado por amalgama y considerando los nuevos datos aportados, planteamos una serie de hipótesis cuya confirmación o ción dependerá de que obtengamos más analíticas y dataciones más precisas. Como ya se indicó, el uso del dorado al fuego se documenta por vez primera en la Península Ibérica en la segunda mitad del I milenio a.C., explicándose por transmisión tecnológica directa desde la zona mediterránea, o bien por invención local independiente (Perea et al. 2008). Teniendo en cuenta esta hipótesis, podría sugerirse que los orfebres que manufacturaron los torques estudiados (o, al menos, el de Viladonga, cuya antigüedad es incontestable) podrían proceder de la zona central o mediterránea de la península, donde el mercurio abunda en forma de cinabrio y donde la técnica ya se conocía. La importación de torques argénteos desde la zona ibérica al noroeste ya ha sido propuesta por autores como Balseiro (2000), pero el estilo claramente "castreño" del torques que aquí nos ocupa nos hace pensar más bien en una producción realizada en el noroeste, y no en una importación. La existencia de yacimientos de cinabrio en el noroeste peninsular (Luque et al. 1999), varios con evidencias de trabajos extractivos romanos y posiblemente anteriores (Matías et al. 2000-01; Neira et al. 2007) hace todavía más plausible que los torques fuesen fabricados en esta región. Tendríamos, por tanto, un orfebre itinerante respondiendo a la demanda y a los gustos locales con sus peculiares conocimientos tecnológicos. La posibilidad de un orfebre del interior peninsular trabajando en el noroeste, aun cuando no puede rechazarse, se antoja un tanto controvertida a la luz de las concomitancias formales y conceptuales fundamentalmente atlánticas y centroeuropeas que caracterizan a los torques galaicos, frente al influjo tecnológico y ornamental de inspiración parcialmente mediterránea de las arracadas (Silva 2007: 331-332; Castro 1990: 149-150 y 154-155; Calo 1993: 130-131). Es necesario por ello considerar la posibilidad de que la técnica entrase en el noroeste peninsular por vía marítima. En las Islas Británicas, hay evidencias arqueológicas y analíticas del dorado al fuego en torques del siglo I a.C. (Northover y Anheuser, 2000;D. Hook, com. pers. De particular interés resulta el hecho de que, según los precarios datos existentes, el empleo de esta técnica parece perder intensidad durante dos siglos, para ganar vigor en torno al siglo II d.C. De esta forma, si el conocimiento de esta técnica llegó al noroeste gallego por vía atlántica, tal suceso podría haber sucedido poco antes del cambio de era. Ello es hasta cierto punto coherente con las fechas finales que se proponen para el uso de este tipo de torques galaicos, y nos permitiría así ajustarlas un poco más. Aun cuando carecemos de datos para corroborar la anterior hipótesis, la posibilidad de transmisión tecnológica entre las Islas Británicas y el noroeste peninsular por vía atlántica nos obliga a plantearnos la hipótesis de un flujo tecnológico en sentido contrario, es decir, la difusión de esta técnica desde la zona gallega al Atlántico Norte por vía marítima. No en vano, Northover y Anheuser (2000: 112) señalan a Iberia e Italia como "obvios candidatos" para explicar la transmisión de esta técnica a Gran Bretaña y, como señalamos, los yacimientos de cinabrio no se restringen a la zona meridional sino que también estaban al alcance de los orfebres del noroeste. La escasez de dorados por amalgama documentados en el noroeste ibérico (véanse resultados en Montero y Rovira 1991; García-Vuelta y Montero 2007; Martinón-Torres y Ladra 2009) nos hace pensar que una transmisión tecnológica desde esta zona y hacia Gran Bretaña es improbable, pero dada la relativa parquedad de estudios analí-ticos tampoco podemos rechazar esta hipótesis con total rotundidad. Una cuarta hipótesis, que invalidaría la segunda y tercera, sería plantear que los torques galaicos con dorado al fuego fueran tardíos, habiéndose introducido en el noroeste tras la dominación romana. La prolongada ocupación diacrónica del asentamiento humano en Viladonga apoyaría parcialmente tal hipótesis, como lo harían también las propuestas que sugieren que la orfebería de "estilo castreño" siguió produciéndose tras la conquista (Peña 2003: 141-142). Sin embargo, de ser éste el caso, cabría preguntarse por qué no tenemos más evidencias del empleo de dorado al fuego en la orfebrería galaica de la II Edad del Hierro. Como la técnica es frecuente y está perfectamente controlada en el período romano (Northover y Anheuser 2000; Oddy 2000), esperaríamos encontrar una mayor incidencia de este recurso tecnológico si la orfebrería castreña datara de esta época. Sea como fuere, conviene no olvidar que el castro de Viladonga también ha proporcionado varias dataciones radiocarbónicas prerromanas con las cuales se podría relacionar eventualmente la numerosa orfebrería de tradición indígena recuperada en este poblado galaico-romano (Arias y Fábregas 2003: 198; González Ruibal 2006-2007: 421). Finalmente, y como quinta opción, podría sugerirse que estas dos piezas constituyen importaciones, ya sea de otras zonas de la península ya de la Europa Atlántica. No obstante, como recordaremos, su peculiar estilo formal y ornamental se antoja tan al gusto autóctono que parece más razonable pensar que, quienquiera que las manufacturase, lo hiciera bajo influencia estilística o a demanda local en el noroeste. Cualquiera que sea la respuesta última a estas cuestiones, está claro que el estudio de la orfebrería de la fachada atlántica durante la II Edad del Hierro deberá atender más a la transferencia de conocimientos tecnológicos específicos, más allá de las influencias estilísticas, e incluso a la posible emigración de orfebres cubriendo grandes distancias geográficas (entre el noroeste peninsular y las Islas Británicas) o culturales (entre las diversas regiones de la Península Ibérica). Quizá no esté de más recordar aquí la leyenda de Creidne el aurífice, según la cual este orfebre irlandés, "contemporáneo de las luchas de los Firbolgs y de los Tuatha de Dannan, se ahogó en el mar cuando volvía a Erin después de comprar oro en Hispania" (López Cuevillas 1951: 8). El tema de los orígenes y difusión de la técnica del dorado por amalgama de mercurio continúa planteando numerosos interrogantes. En particular, la escasez de datos impide determinar con certeza si la técnica tuvo un origen monogenético o poligenético. La cronología temprana resulta tan vaga y precaria que parecería coherente la existencia de un único foco de invención en la China del siglo V a.C., al que sucedería su progresiva difusión hacia Occidente -una hipótesis que todavía no se ha refutado convincentemente-. Sin embargo, otras propuestas indican lo contrario, y en particular se ha sugerido que pudo existir un foco de invención independiente en la zona sur de la Península Ibérica (Perea et al. 2008). Sin más hallazgos acompañados de dataciones más seguras y precisas, la cuestión continuará abierta. En todo caso, la estrategia de investigación será más completa si consideramos los estilos tecnológicos de una forma integral, más allá de la identificación de la técnica del dorado al fuego. Otros factores como la cantidad de mercurio residual en superficie (que puede indicar la temperatura y duración del proceso, así como la proporción de Hg: Au en la amalgama original), el espesor de la capa dorada, la composición del metal base y otros aspectos tecnológicos (como la presencia/ausencia de soldaduras, remates huecos, pulidos y otras dimensiones tipológicas en las mismas piezas; Armbruster y Perea 2000), pueden proporcionar información más rica para determinar si la técnica del dorado al fuego encaja dentro de una o más líneas de transmisión tecnológica. Los ejemplos noroccidentales de dorado al fuego presentados aquí no resuelven esta cuestión. Al contrario, la enriquecen, ya que plantean la posibilidad de que la transmisión tecnológica englobe no sólo vías mediterráneas sino también influencias atlánticas. El estilo de las piezas y la disponibilidad de mercurio en la zona nos llevan a pensar que estos torques fueron fabricados en el noroeste peninsular, pero no podemos resolver concluyentemente el origen de la técnica o del orfebre; ni siquiera las fechas. Esperamos que tales complicaciones estimulen a otros investigadores a retomar un problema cuya solución sigue siendo elusiva. La gradual integración de cuestiones históricas con respuestas que requieren estudios arqueométricos, así como la creciente disponibili-dad de técnicas analíticas, acrecientan nuestra curiosidad y optimismo al respecto. Al personal del Museo del Castro de Viladonga, en especial a Felipe Arias, Elena Varela, María Consuelo Durán y Marta Cancio, su valiosa ayuda para facilitar nuestro estudio de las piezas. Carme Rovira Hortalá informó acerca de las piezas catalanas, y Duncan Hook sobre su investigación en curso sobre los torques de Snettisham. Dos evaluadores anónimos proporcionaron útiles comentarios y sugerencias. 192 Marcos Martinón-Torres y Lois Ladra
En la última década y media han aparecido en ruso memorias y diarios de algunos arqueólogos, así como científicos del siglo XIX y la primera mitad del XX: P. S. Uvarova, V. G. Druzhinin, N. P. Kondakov, I. I. Tolstoi, así como también de nuestros contemporáneos: B. B. Piotrovski (1995), V. Ya. Junto con los diarios, cartas y otros documentos históricos de carácter personal, las memorias son una fuente importantísima para posteriores reconstrucciones de la historia de la ciencia en el período dado, en la medida en que tales fuentes pueden iluminar esa vida interior de las comunidades científicas, que no llegan a las páginas de los informes y publicaciones oficiales. En 2010, la editorial de San Petersburgo'Néstor-Historia' enriqueció esta lista, publicando el libro de L. S. Klein. Es difícil ser Klein. Autobiografía en monólogos y diálogos. Leo Samuelovich Klein (nacido en 1927) es uno de los arqueólogos rusos mas conocidos en el mundo occidental y, probablemente, el mas popular. Esta notoriedad en Occidente procede de sus numerosas publicaciones en inglés y alemán, iniciadas ya en el período soviético, en la década de los 1970. El hecho de que las autoridades no aprobaran tal actividad junto con la existencia de enemigos influyentes y malintencionados, llevaron a que, en 1981, se montara una causa criminal contra él bajo la acusación de homosexualidad (entonces, en la URSS, se consideraba un delito criminal punible). A pesar de las manipulaciones obvias de los hechos, de que los intimidados testigos se desdijeran de sus propias declaraciones, L. S. Klein fue condenado y pasó año y medio preso. Hasta su arresto, L. S. Klein llevaba ya 20 años como profesor en la Cátedra de Arqueología de la Universidad de San Petersburgo (entonces Leningrado). Sus clases sobre arqueología de la Edad del Bronce, teoría y método de la investigación arqueológica, historia de la Arqueología le proporcionaron gran popularidad entre los estudiantes de la Cátedra de Arqueología, así como el curso general 'Fundamentos de la Arqueología' entre los estudiantes de toda la Facultad de Historia. Estas clases siempre se basaban en un enorme material, procesado de manera creativa, y contenían enfoques innovadores del autor respecto a muchos problemas. El Seminario eslavo-varego, que se ocupó de descubrir el papel de los normandos en el complejo proceso de formación del estado ruso antiguo, llegó a ser un acontecimiento destacado en la vida científica de la Facultad en los años 1960-1970. Entre los participantes en el seminario se formó todo un grupo de conocidos arqueólogos eslavistas, que estudiaban la Alta Edad Media de Rus como una nueva etapa. Además el seminario se ocupaba de la Edad del Bronce Antiguo y de todos los problemas metodológicos de la investigación arqueológica. L. S. Klein, junto con los estudiantes de la Universidad de Leningrado, emprendió trabajos de campo en los kurganes de la Edad del Bronce y la Primera Edad del Hierro pero el ámbito mas importante de su actividad era cada vez mas el de los problemas teóricos en Arqueología. En las décadas de 1960-1970 estudió en detalle las publicaciones teóricas de la 'Nueva Arqueología', L. Binford, C. Renfrew, D. Clarke, y criticó de manera constructiva muchas posiciones de la arqueología procesual. En la URSS participó muy activamente en las discusiones sobre problemas cruciales y nociones de la arqueología: culturogénesis y etnogénesis, tipo, cultura arqueológica. El año y medio pasado en prisión, entre criminales, no sólo no pudo con la fuerza de voluntad, ni con el espíritu indomable de L. S. Klein sino que, al contrario, le dio un abundante material de observación, que le permitió llegar a interesantes conclusiones sobre el parecido del medio criminal y las normas zaristas en los lugares de reclusión con el carácter de las primeras sociedades. Una serie de ensayos sobre este tema en la revista Neva y el libro El mundo invertido (Klein 1993a) despertaron enorme interés y resonancia entre los lectores mas allá de los límites de la Arqueología y la Etnografía. Durante la perestroika el científico pudo volver a su trabajo docente en la Facultad de Filosofía de la Universidad Estatal de San Petersburgo y en la Universidad Europea de San Petersburgo. Enseñó en las Universidades de Viena, Durham, Berlín occidental y Copenhague, trabajó en la Universidad de Washington, dio conferencias en Cambridge, Oxford, Edimburgo, Estocolmo, Oslo, Tromso y otras universi-TRABAJOS DE PREHISTORIA 68, N.o 1, enero-junio 2011, pp. 199-211, ISSN: 0082-5638 (1) Traducido del ruso por M.a Isabel Martinez Navarrete (Secretaria de Trabajos de Prehistoria) y Eugenia Sokolova (Fundación Alexander Pushkin, Madrid). dades del mundo, incluyendo cuatro españolas. De hecho, a los lectores de lengua española les deben resultar conocidas algunas páginas de la biografía de L. S. Klein, en cualquier caso, dos revistas científicas españolas, ya en 1992, incluyeron en sus páginas una entrevista con el científico ruso (Martinez Navarrete et al. 1992; Ruíz-Zapatero y Vicent García 1992). Además se publicó en español el libro de Klein (1993b), La arqueología soviética, en el cual también hay testimonios de la actividad científica del autor. En estos años le llegó una merecida fama mundial. Pero con sus 83 años el catedrático L. S. Klein está muy lejos de dormirse en los laureles: cada año publica varios libros. Entre ellos, La nueva arqueología y La fórmula de Montelius, dedicados a los problemas teóricos de la Arqueología; El tiempo de los centauros al origen y difusión de los indoarios; Debate sobre los varegos y dos libros autobiográficos: una segunda edición ampliada de El mundo invertido y el que es objeto de la presente recensión. No es fácil determinar el género de este libro. En el subtítulo se indica: autobiografía en monólogos y diálogos pero esto no es del todo exacto. Una parte considerable del texto reúne fragmentos de libros de L. S. Klein, a manera de citas, que ilustran el razonamiento del autor. El carácter fragmentario del texto a veces impide la percepción global del material y, a veces, al contrario destaca o precisa una idea u otra. En bastante medida a ello contribuye el uso en el libro de materiales de numerosas entrevistas, de correspondencia personal y la amplia incorporación de diferentes documentos. El libro está bien ilustrado y provisto de bibliografía e índices. Una mirada sobre si mismo desde fuera con una pizca de fino humor está presente en todos los textos biográficos del libro. Es asombroso con qué profundidad y precisión nos transmite el espíritu de la época, el estado de ánimo general durante los años 30 en la provincia occidental, donde elementos rusos, bielorrusos, polacos y hebreos constituían un único estrato cultural. A pesar de su brevedad los recuerdos de los años de la guerra son muy expresivos, así como el escenario de la vida de la posguerra en Grodno. El cuadro del período estudiantil de L. S. Klein en Leningrado se presenta mucho mas desarrollado y, en especial, los recuerdos sobre su profesor, Mijail Illarionovich Artamonov, jefe de la Cátedra de Arqueología de la Universidad de Leningrado, director del Ermitage, tutor de los cursos, de la diplomatura y del trabajo doctoral de León Samuelovich, con quien la relación no siempre fue fácil. Por supuesto, algunas valoraciones del autor tienen un carácter subjetivo, corren el riesgo de ofender a los implicados y seguramente se enfrentarán con objeciones, pero el género de las memorias es así. En el libro se describen y caracterizan muchas personas con las que le cruzó el destino, figuras fundamentales de la ciencia arqueológica nacional y mundial y también representantes conocidos de la cultura: V. Ya. El difícil camino 'de entrada en la ciencia', según los recuerdos de Klein, presenta varias etapas: desde su etapa como pedagogo, pasando por el período predoctoral, al inicio de la enseñanza en la universidad. Precisamente en este capítulo el autor sumerge ya al lector en las profundidades de la ciencia arqueológica y de las fuentes arqueológicas. Uno tras otro emergen en las páginas del libro 'la cultura de las catacumbas','el debate sobre los varegos','la cuna de los indoarios' y otros problemas de la Arqueología, con los cuales vivió el mundo científico entre los años 1950-1970. Junto con la ciencia están los temas personales y los simples problemas humanos, sobre los cuales el autor escribe también con gran humor. Los versos románticos, que acompañan estas páginas de recuerdos hablan del indudable talento poético del autor (verdaderamente ¡un hombre con talento tiene talento para todo!). En distintos capítulos del libro tenemos la posibilidad de conocer el amplio círculo de problemas científicos de cuya solución L. S. Klein se ocupó en distintos períodos de su trabajo creativo: la agricultura eneolítica, las culturas de las hachas de combate y la cerámica de bandas de Europa central, la Edad del Bronce en la estepa, los yacimientos escitas y sármatas, el origen de los eslavos, los antiguos normandos, la cronología egipcia, trabajos filológicos dedicados a la composición de la épica homérica y muchos otros. El propio Leo Samuelovich (pp. 211-212) explicó así este diapasón de investigaciones: "en todo, percibía principalmente la naturaleza metodológica del problema y, ya en un segundo plano, el conjunto de datos con los que se relacionaba la situación... El paso a nuevos temas e incluso a nuevas esferas de conocimiento, aunque asociado con el riesgo de una pérdida de profesionalismo, sin embargo encierra en si posibilidades de una mirada nueva, de perspectivas inesperadas, de innovaciones fundamentales". Los puntos de vista del autor a menudo divergieron radicalmente de los de la ideología y ciencia soviética, poniendo obstáculos en su camino, que L. S. Klein superó gracias a su talante, a la firmeza de su carácter, constancia y disciplina interna. Continúa defendiendo su posición también ahora, apareciendo a menudo con artículos de divulgación y con observaciones sobre distintas cuestiones científicas y de la vida político-social en las páginas de la revista Versión de Troitsk (2). Por ello en muchos lugares el libro comentado tiene un fuerte carácter divulgativo. Así, por ejemplo, su parte final y anexos contie-nen una evaluación del estado de la cuestión en la arqueología rusa contemporánea, en la ciencia y en la educación superior en su conjunto e, incluso, en la situación social en Rusia. El nombre del libro, sólo comprensible por quienes estén familiarizados con la novela Es difícil ser dios de los hermanos Strugatzki, escritores soviéticos de literatura fantástica, es resultado de un episodio casual. Klein tituló una de sus primeras recensiones sobre una recopilación en inglés dedicada a los aborígenes australianos "Es difícil ser dios", comparando los participantes en la recopilación con los héroes de la citada novela de los Strugatzki. Entre los arqueólogos era costumbre bromear sobre la elevada autoestima de Klein y, en Moscú, corría el chiste de que Klein había publicado una autobiografía que había llamado Es difícil ser dios. Corrigiendo a su manera esta broma, Klein títuló Es difícil ser Klein a su auténtica autobiografía. Como declara el autor, la obra recoge cuarenta años de investigaciones sobre el importante conjunto de estaciones de arte parietal paleolítico de Quercy, un empeño que ha llenado su carrera y ha dado sentido a todas sus actividades, incluyendo aquellas sin ligazón directa con este objeto principal de interés. Por ello, el libro puede ser abordado de varias maneras. La más evidente es como una guía para el conocimiento del arte parietal regional. Además testimonia la biografía investigadora de Lorblanchet, ejemplo del desarrollo actual de una gran tradición científica a la que, como discípulo de André Leroi-Gourhan, reconoce pertenecer. Al tratar la obra desde esta perspectiva encontraremos un interesante recorrido sobre las inquietudes de esta tradición, sus temas predominantes, su confrontación con los desarrollos tecnológicos que en las últimas décadas se han ido incorporando a la práctica de la investigación sobre el arte rupestre, sus logros y también, como no podría ser de otra manera, sus limitaciones. La estructura de la obra responde a la ordenación propuesta por el autor para los conjuntos parietales de la región de estudio. Esta ordenación obedece, en primer término, a la distribución cronológico-cultural, lo cual, en el terreno del arte rupestre, suele equivaler a "estilística". El libro se divide en una primera parte, la más extensa dedicada a los "santuarios arcaicos", y una segunda a los "santuarios magdalenienses". A su vez, la primera parte sobre los conjuntos atribuidos a los horizontes auriñaciense y gravetiense, se divide en dos secciones, dedicadas a los "grandes" y "pequeños santuarios", en función de la extensión y complejidad de las cavidades y los conjuntos artísticos que albergan. El estudio relativo a los "grandes santuarios arcaicos" es el más extenso de la obra: 375 de sus 448 pp. La segunda parte sólo requiere 16 y la que se ocupa de los conjuntos magdaleniense 14. Esta desproporción se acentúa si consideramos que 215 pp. de las 375 correspondientes a los "grandes santuarios arcaicos" se consagra a uno sólo: Pech Merle. Este hecho refleja la importancia de esta estación en el universo del arte paleolítico, su extraordinaria riqueza y complejidad y, consecuentemente, el lugar preferente que ha ocupado en la dedicación del autor. Hasta cierto punto, el libro puede considerarse una extensa monografía-resumen de las investigaciones sobre Pech Merle, contextualizadas por un conjunto de estudios sobre las otras estaciones. Esto deriva de la propia historia de la investigación: el resto de los capítulos son más breves porque los estudios emprendidos en los demás conjuntos han sido menos intensos, no por su falta de interés, sino por factores muy diversos ajenos al control del investigador. Dedicar la misma atención a todos los conjuntos del Quercy hubiera llenado la vida de varios investigadores tan activos y concienzudos como Lorblanchet. Este mismo efecto "autobiográfico" repercute en una cierta heterogeneidad estructural del conjunto. Como no todas las cavidades recibieron el mismo tratamiento investigador los contenidos de los capítulos que se les dedican difieren algo en función de aquel. No obstante el autor ha mantenido siempre un programa mínimo de información básica sobre cada estación, para que el lector reciba todos los datos necesarios para conocer todo aquello que ha resultado de la actividad científica del autor y sus equipos de colaboradores. Este programa resume la historia de la investigación y sistematiza las actividades arqueológicas desarrolladas en la cavidad, y sus aspectos geomorfológicos. Documenta del modo más exhaustivo posible los conjuntos gráficos y detalla las investigaciones recurrentes sobre las particularidades técnicas de las pinturas o grabados, su naturaleza físico-química, su conservación. Finalmente incluye una valoración interpretativa de aquellos elementos. Estos aspectos aparecen en informes sintéticos que resumen los resultados obtenidos en cada línea de investigación. Son una útil guía que facilita al especialista acudir a las fuentes primarias, los informes científicos publicados, para profundizar en los aspectos de detalle. Destacamos dos aspectos muy relevantes en el conjunto de esta obra. Remiten a la indudable preocupación predominante en el trabajo del autor y sus colaboradores: el énfasis en lo que las pinturas son en sí mismas. Este hilo conductor de toda la investigación, se traduce en una extraordinaria atención al aspecto gráfico de la publicación y en un persistente interés por la incorporación de recursos tecnológicos. Este se refiere tanto a los métodos físico-químicos de análisis y datación de los pigmentos como a los propios métodos de documentación ensayados. El primer aspecto convierte al volumen en un extraordinario repertorio de imágenes directas de las pinturas, combinadas con una excelente serie de calcos, mosaicos fotográficos, gráficos analíticos, etc. La cuidadísima edición, con reproducciones de gran calidad, láminas, desplegables, etc. refuerza este aspecto que, por si solo, otorgaría gran valor a la obra. Subrayamos que, en ningún caso, este alarde gráfico es gratuito, o meramente estético, sino que está al servicio de los objetivos científicos del autor. Cada ilustración remite a las problemáticas específicas que la investigación va desgranando. Desde este punto de vista el libro es ejemplar. En la incorporación de métodos analíticos y recursos tecnológicos, el trabajo representa muy bien la conflictiva relación entre la arqueología del arte rupestre más tradicional y la arqueometría. La voluntad de incorporación de métodos arqueométricos ha sido común a todas las arqueologías en las últimas décadas, pero no en todas las matrices teóricas estos métodos han dado los mismos frutos. En el caso que nos ocupa hay una temprana y pionera preocupación por introducir investigaciones analíticas. Desde 1986, cuando se analizan los primeros pigmentos sobre muestras de grutas decoradas del Quercy, e incluso para su disfrute estético y su comprensión como documentos arqueológicos, sino también un ejemplo señero de la grandeza y limitaciones de la tradición francesa de arqueología del arte rupestre. Juan Manuel Vicent García. Grupo de Investigación Prehistoria social y económica. Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC. Correo e.: [EMAIL] Santiago Ormeño Villajos. Dpto. de Ingeniería Topográfica y Cartografía. Escuela Técnica Superior de Ingenieros en Topografía, Geodesia y Cartografía. Campus Sur de la Universidad Politécnica de Madrid. 7,5 de la Autovía de Valencia. Las primeras comunidades campesinas en la fachada oriental de la Península Ibérica (ca. Esta obra estudia los patrones de ocupación del territorio de las comunidades neolíticas situadas entre las cuencas del Júcar y del Segura, desde los inicios del Neolítico (ca. 5600 cal AC) a los momentos previos a la presencia campaniforme (ca. La obra ha dejado pocos temas por abordar. Los planteamientos teórico-metodológicos giran en torno a la Arqueología del territorio. El yacimiento es la unidad mínima de análisis, aplicando el SCA, si bien los datos de carácter más global, procedentes de los SIG, enmascaran un tanto los del primer nivel. Una de las principales dificultades es la desigualdad de la documentación arqueológica (p. El marco cronológico se ha atendido en especial ya que la identificación de sistemas de yacimientos requiere confirmar su contemporaneidad. Como las fechas de C14 son escasas, era inevitable acudir a la cronología comparada por criterios arqueológicos. El autor sigue una secuencia fruto de la combinación de sistematizaciones al uso en las áreas valenciana y catalana. Se decanta por las dataciones asociadas a eventos singulares directos de especies domésticas, siguiendo a J. Bernabeu (2006), lo que presenta puntos débiles: contextualización de las muestras y premisa de que los yacimientos neolíticos con fauna silvestre han de ser mesolíticos o considerarse 'Contextos Arqueológicos Aparentes' (Cocina III o Lagrimal). En mi opinión, pueden corresponder a actividades económicas diferentes de grupos contemporáneos. Los datos climáticos, ambientales y de los recursos económicos son parciales y fragmentarios (p. Ello obliga al autor a que exclusivamente unos cuantos yacimientos sean los pilares de su argumentación, al igual que sucede con otros aspectos. No se contemplan aquí otros parámetros para la fauna (Número Mínimo de Individuos o Peso), que no siempre se conocen pero podrían contribuir a determinar el papel real jugado por la caza, como se menciona en Verdelpino. En la misma línea de minuciosidad, se estudian los recursos abióticos. No siempre la información obtenida procede de análisis petrográficos, lo cual dificulta su relación con las fuentes de aprovisionamiento. La visión del autor de los aspectos socioeconómicos es muy completa, sin pasar prácticamente nada por alto. Los capítulos VI y VII plasman el grueso de la investigación. Se echan de menos mapas de ciertos enclaves para algunos de los horizontes estudiados. La variación de escala entre los de una misma área dificulta en ocasiones su comparación. El autor se decanta por el modelo de la Maritime Pioneer Colonization de J. Zilhão (1993), que genera automáticamente la dualidad tantas veces defendida y no claramente comprobada para el registro arqueológico neolítico valenciano. Obviamente la elección determina la perspectiva adoptada y, por lo tanto, la interpretación. El modelo supone la llegada de la colonización a la zona, donde se genera el territorio cardial, y una expansión a partir de la misma. Ello implica la pérdida de perspectiva de la neolitización global peninsular que puede incluir distintas posibilidades y alternativas, obligando a relativizar ciertas afirmaciones, a mi modo de ver. A diferencia del referido modelo, se acepta aquí la diversidad de procesos de neolitización visibles en el arco noroccidental del Mediterráneo, diversidad que también podría plantearse para la Península Ibérica, pudiendo sugerirse un proceso de adquisición de los diversos componentes a través de redes de intercambio, por contactos entre grupos vecinos y no por colonización. Recordemos el estudio de W. K. Barnett (1990) para la cerámica y las similitudes señaladas por P. Utrilla (2002) entre la industria lítica de Aquitania y la de los yacimientos navarros y entre las de Aragón y Provenza. Además de otras posibles relaciones entre el Bajo Aragón y Levante, Utrilla propone una ruta por el valle del Tet/ Segre a partir del Languedoc vía Cerdaña. Después, García Atiénzar adopta otros modelos complementarios, a partir del elaborado por K. Mazurié (2007: 221-232), opuesto al de "ola de avance". Según el autor, el proceso de implantación poblacional no fue tan rápido ni tan constante, algo no contemplado en el modelo de Zilhâo. Para abordar esta, opta por la propuesta de fases de A. Gallay (1989). Los patrones de asentamiento del Mediterráneo central, Midi francés y noreste de la Península Ibérica se analizan detenidamente según el modelo adoptado. Sin embargo, cabe recordar que los estudios de ADN existentes, un tanto contradictorios según escuelas, no confirman la aportación de población defendida. De hecho, la multiplicidad de soluciones económicas puede atribuirse a las poblaciones mesolíticas en transición, a mi modo de ver. El proceso pionero está unido al Arte Macroesquemático y la extensión territorial del grupo cardial al Esquemático. Desde finales del VI milenio existirá el territorio pericardial (p. 121), produciéndose una nueva expansión durante el horizonte postimpreso (4900-4000/ 3800 cal AC), origen de varios focos del Neolítico, que generan procesos de colonización y/o aculturación. Los yacimientos de Ambrona y La Vaquera demuestran que es un proceso rápido (p. Pero el neolítico meseteño también puede explicarse en relación con el valle del Ebro, por ejemplo. Según los referidos modelos, los grupos del Neolítico inicial ofrecerían rasgos similares a los de la zona de origen. A mi juicio, los paralelos con Italia son un tanto forzados y pueden explicarse de otro modo. Se señalan también cambios de funcionalidad de los yacimientos, pero las actividades indicadas no son exclusivas de cada etapa. El desarrollo del Arte Levantino se vincula a este momento. Se desconoce su relación con el Esquemático aunque, a pesar de lo señalado por el autor, en las comarcas centromeridionales estén conectados. La datación de ambos sigue siendo problemática, su duración larga y, sobre todo, su distribución mucho más amplia que la zona de estudio. Por ello el papel de cada uno fuera de ella y el mensaje que trasmiten (dentro y fuera) habrían de ser tomados igualmente en consideración. El Neolítico IIB culmina el proceso de neolitización (3800-2800 cal AC), con expansión de las cuevas de inhumación múltiple, aparición de elementos de prestigio adquiridos por intercambio y de los primeros sepulcros individuales, aunque se mantiene el enterramiento múltiple. La aplicación de los análisis citados es problemática por la dificultad para diferenciar horizontes (cardial/epicardial) o contabilizar el aumento real de yacimientos y la variedad de sus enclaves y categorías, que a veces complican el seguimiento de los cambios. La imagen, prácticamente de mosaico, obtenida al valorar los procesos enclave por enclave parece ser la realmente existente. La explicación adoptada resulta cohe-rente de todos modos: la defensa de núcleos originarios y una penetración costa-interior solventa las divergencias culturales, cronológicas y económicas de la documentación arqueológica. La selección de dataciones de vida corta permite ajustar las discrepancias y defender procesos distintos de neolitización. Sin embargo, a escala peninsular, el modelo elegido puede desdibujarse y los procesos explicarse de forma alternativa, como ya se ha dicho. En resumen, el libro de G. García Atiénzar es serio y concienzudo amén de exhaustivo. El autor interpreta desde el punto de vista económico y social los procesos que analiza, una superación, muy de agradecer, de las secuencias al uso basadas en la cerámica. La adopción de modelos concretos da pie al debate en la interpretación de alguna información bajo una óptica diversa, sobre todo al contemplar la neolitización peninsular de forma global. El desarrollo de la investigación es coherente, aún cuando ciertos rasgos y procesos requieran ulterior confirmación con un mayor volumen de datos. El trabajo muestra cómo convertir herramientas aplicadas al estudio del territorio (SCA y SIG) en medios para la investigación de procesos de cambio de muy distinto tipo en Prehistoria. Joan Bernabeu Aubán y Lluís Molina Balaguer (eds.). MARQ, Museo Arqueológico de Alicante, Serie Mayor 6. La publicación de la monografía de un yacimiento arqueológico es siempre una excelente noticia. Por desgracia, es menos frecuente de lo que sería de desear. Si cotejáramos el número de sitios que se excavan en España todos los años con el de memorias editadas, el resultado sería desolador (y no culpemos a la sufrida Arqueología de gestión; no es probable que los índices que obtuvieran en esa hipotética encuesta las investigaciones vinculadas al ámbito académico fueran mucho mejores). Lo anterior tiene algunas consecuencias preocupantes: hoy en día, gran parte del discurso arqueológico se construye a partir de avances, publicaciones parciales o datos de los que dispone el autor, pero que no se hacen públicos en su totalidad o con el suficiente detalle. Por ello, es de justicia reivindicar el sufrido género de la memoria de excavación. Los modelos, las hipótesis, las interpretaciones son, ciertamente, fundamentales, y sin ellos no es posible comprender ni el pasado, ni el propio registro arqueológico. Sin embargo, por su propia naturaleza, están sujetos a una inevitable caducidad. No es el caso de los modestos ladrillos con que se construyen tan ilustres edificios. Nadie puede suscribir hoy la mayor parte de las hipótesis de Pedro Bosch Gimpera, de Hugo Obermaier o de cualquier otro gran maestro del pasado; seguimos citando, sin embargo, las observaciones de sus trabajos de campo. Obviamente, el avance científico se construye sobre los errores e inexactitudes anteriores, por lo que también éstos desempeñan un papel fundamental en la investigación (recordemos la famosa imagen de Bernardo de Chartres -no por muy repetida menos justa-que nos compara con enanos que pueden ver más lejos que los gigantes que les precedieron porque se encaraman sobre sus hombros). No obstante, no está de más recordar que, a la larga, lo que va a quedar de nuestro trabajo es la parte más modesta, y actualmente menos prestigiada: las aportaciones empíricas bien hechas y, por supuesto, las que se hayan publicado correctamente. Por ello, hemos de agradecer al amplio equipo que ha estudiado los niveles holocenos de la Cova de les Cendres, encabezado por Joan Bernabeu y Lluis Molina, e integrado por Violeta Atienza, Ernestina Badal, Pilar Fumanal, Oreto García Puchol, Pere Guillem, Pilar Iborra, Ricard Marlasca, Rafael Martínez Valle, Teresa Orozco, Josep Lluís Pascual y Josep Rodrigo, la obra que ponen a disposición de la comunidad científica. También es de justicia aplaudir la iniciativa del Museo de Alicante, que ha tenido el buen criterio de incluir esta obra en su ya amplio catálogo de publica-ciones. La acertada política del MARQ demuestra que la atención a las tareas didácticas y expositivas, en las que esta excelente institución destaca, no es incompatible con un papel activo de los museos en el apoyo a la investigación. Es obvia para cualquiera que se interese por la Prehistoria reciente mediterránea la relevancia de esta monografía. No nos hallamos ante un yacimiento más, sino ante uno de los sitios fundamentales para el estudio del Neolítico. Sin duda, se trata de una de las mejores estratigrafías del Mediterráneo occidental para esta parte del pasado, y es probable que sea también la que más haya influido en los últimos años en la definición de la secuencia del Neolítico español. Por ello, en un momento de mudanza, como el que vive actualmente este período, es particularmente oportuno contar con la información detallada de uno de los lugares clave. Ciertamente, ya había mucha disponible. Existía una memoria preliminar, aparecida en 2001, en la que se discutía en detalle la estratigrafía y la cronología de la cueva, y se habían publicado también diversos estudios parciales, entre los que podemos mencionar los de las industrias líticas talladas, los útiles pulimentados o la industria en materia dura animal incluidos en las respectivas tesis doctorales de Oreto García Puchol, Teresa Orozco y Josep Lluís Pascual, o los análisis arqueobotánicos de Michelle Dupré, Ramón Buxó y Ernestina Badal. No obstante, los avances no pueden sustituir lo que ahora, con excelente criterio, nos ofrece el equipo encabezado por Joan Bernabeu y Lluís Molina: un informe completo, con el estudio sistemático de la abundante documentación arqueológica y paleoambiental que ha proporcionado el sitio. Incluye además numerosas novedades, entre las que podemos destacar la presencia, en el inicio de la ocupación neolítica, de una vasija pintada con motivos ramiformes (dato del máximo interés para el estudio de las manifestaciones gráficas rupestres del período), las importantes precisiones sobre la explotación del medio marino, o el detallado estudio de los coprolitos del ganado en los niveles de corral. Como se puede colegir de lo anterior, la obra tiene la organización clásica de una memoria de excavación. El libro está constituido, básicamente, por los informes técnicos de los especialistas del equipo (apartados II a IV), precedidos de una sección introductoria, en la que se presenta una detallada reconstrucción paleogeográfica del entorno de la cueva y un excelente estudio de la compleja estratigrafía y de su cronología. Culmina la obra con una concisa, pero sustanciosa, reflexión final. Como en tantas publicaciones de los últimos años, la parte impresa se complementa con un CD con inventarios y láminas, lo que permite aligerar el texto (y abaratar la edición). Un aspecto que conviene resaltar es que esta monografía no incurre en el defecto típico de este tipo de trabajos colectivos, la descoordinación de los estudios parciales. Es probable que ello se deba, aparte de al buen hacer de los coordinadores, a que nos hallamos ante un verdadero trabajo en equipo. Se percibe claramente que los especialistas, autores de los diversos estudios, conocen el sitio, y han realizado sus investigaciones con la mirada puesta en los problemas generales del yacimiento y conociendo los resultados de sus colegas de otras disciplinas. El yacimiento, además, no es fácil. Su estratigrafía refleja una compleja interacción entre procesos sedimentarios y diversos tipos de actividad antrópica, lo que ha llevado al equipo que lo ha estudiado a profundizar en el análisis tafonómico. Les Cendres ha sido un sitio importante para el desarrollo y la consolidación de este tipo de estudios en España. A lo largo de la prolongada historia de las intervenciones, se han ido aplicando innovaciones, con las que el excelente equipo que se ha reunido en torno a este yacimiento ha ido resolviendo los muchos problemas de tan difícil secuencia. Esto se observa, por ejemplo, en el progresivo refinamiento del programa de muestreo para las dataciones absolutas, en las precisiones sobre el uso ganadero de la cueva (gran parte del depósito deriva de su uso como corral), o en el estudio de los desplazamientos de los fragmentos cerámicos en la secuencia. Como hemos señalado, Les Cendres ha sido una pieza fundamental para demoler la 'ingenuidad estratigráfica' que predominaba en la Arqueología española hace unos años. Hoy, la mayor parte de los investigadores son conscientes de la necesidad de abordar el estudio de una estratigrafía en cueva desde una perspectiva crítica, intentando desentrañar los complejos procesos de formación de los estratos y las alteraciones posteriores. Investigaciones como las que en esta monografía se publican han contribuido decisivamente a este avance metodológico. El propósito fundamental de una memoria de excavación es poner a disposición de la comunidad científica los datos obtenidos en los trabajos de campo. No obstante, la monografía de Les Cendres no se limita a cumplir esa obligación. A lo largo del texto, en particular en las reflexiones finales, se apuntan una serie de hipótesis y sugerencias del máximo interés. Como señalábamos más arriba, el estudio del Neolítico antiguo del Mediterráneo occidental se encuentra actualmente en una encrucijada. Tras varios años de relativa estabilidad, han entrado en liza nuevos datos empíricos que contradicen aspectos relevantes del modelo estándar, y obligan a replantear cuestiones fundamentales sobre la transición al Neolítico. La novedad más relevante es la existencia en el Mediterráneo occidental de una nueva fase en el inicio del Neolítico. Tal como han demostrado investigadores como Jean Guilaine, Claire Manen y Jean-Denis Vigne, la llegada al sur de Francia de la agricultura y la ganadería no se vincula, como durante tanto tiempo se ha pensado, al horizonte cardial, sino a una etapa anterior, claramente relacionada con el Neolítico antiguo italiano. En la Península Ibérica no contamos por el momento documentos tan incontestables como los que han aparecido en el país vecino. No obstante, esto no es raro, pues la evidencia francesa sugiere que dicho episodio inicial podría haber sido una etapa breve, tal vez relacionada con pequeños grupos de colonos, con lo que se hallaría excesivamente cerca del límite de resolución de los métodos arqueológicos. No obstante, la mutación del panorama francés ha contribuido a que los investigadores afronten la documentación ibérica desde una nueva óptica, y la consecuencia de ello es la aparición de indicios de dicha etapa, tal como ha expuesto el propio Joan Bernabeu en algunos artículos recientes, y se discute sucintamente en la monografía que estamos comentando. Entre las novedades más relevantes de este renovado y apasionante panorama, cabe citar la constatación, también en Iberia, de influencias del Neolítico antiguo italiano. La propia colección de Les Cendres echa también un cuarto a espadas en esta cuestión, con las cerámicas pintadas mencionadas más arriba. Hay que destacar, además, que, al igual que sucede en Francia, los datos disponibles sugieren la existencia de diversos ejes de transmisión de las novedades. Mientras en algunos casos se parecen constatar vinculaciones con el área ligur (como sucede en El Barranquet o en Mas d'Is), en otros hay que buscar las referencias más al sur, tal como apuntan decoraciones de tipo rocker observadas en las cerámicas de la Cova de l'Or. Esta posible conexión suditálica afecta a un asunto de más compleja 'digestión' a la hora de construir el nuevo paradigma del tránsito al Neolítico en Iberia que comienza a emerger. Nos referimos, obviamente, a la cuestión, antigua pero nunca resuelta, de las relaciones con el norte de África. Tras estar durante decenios apartado del centro del debate, este tema ha vuelto a ponerse de actualidad. Confiamos en que la revisión de los materiales peninsulares y, sobre todo, la reactivación de las investigaciones arqueológicas en el norte del continente vecino contribuyan a un avance sustancial en este apasionante problema. En definitiva, nos hallamos ante una obra fundamental para el conocimiento del Neolítico de la Península Ibérica: una memoria que aporta información detallada sobre uno de los yacimientos clave del período, y que lo hace desde una perspectiva amplia, abriendo caminos que van a estar en el centro de los debates sobre los orígenes de las sociedades campesinas del Mediterráneo occidental durante los próximos años. This is interpreted, reasonably enough, as una pequeña choza... realizada con materiales vegetales en su mayoría, como palos y postes..., una modesta y temporal vivienda, perfectamente acorde con el tipo de asentamiento seminómada característico de estas primeras poblaciones del Neolítico Antiguo del Mediterráneo occidental (p. As they note, llama la atención el dominio abrumador de los sondeos en cueva y la práctica ausencia de excavaciones en área de poblados al aire libre (p. Las tumbas con importaciones y la recepción del Mediterráneo en el Nordeste de la Península Ibérica (siglos VII-VI a.C.). Quienes lean esta monografía deben entenderla como una condensación de la más amplia Tesis Doctoral del autor, titulada Análisis de las manifestaciones funerarias en Catalunya durante los ss. VII y VI a.C. Sociedad y Cultura Material. La asimilación de estímulos mediterráneos, dirigida por la Dra. N. Rafel y presentada en la Universidad de Lleida en 2008. Conviene tener también en cuenta los ya numerosos artículos que ha publicado, solo o con otros colaboradores, ya que amplían el registro de información, necesariamente limitado, que nos presenta en el libro. Desde el primer momento los lectores apreciarán que Graells es aficionado a la ópera. Verdi, Donizetti y sobre todo Rossini ponen música a unos textos que abren cada capítulo y que, por extensión de sus contenidos, envuelven también la lectura del libro. En el apartado dedicado a los agradecimientos, que resulta tantas veces revelador, Graells desvela su larga y meritoria trayectoria investigadora, en la que la arqueología francesa ha cumplido un papel muy especial. Precisamente desde esta perspectiva se entiende mejor, dentro del capítulo introductorio, el valor que el autor adjudica a los datos, considerados como documento que debe estudiarse de forma no selectiva, sino exhaustiva, tanto en lo referente a su número como a su contexto. El análisis detallado de los materiales, la recuperación de los conjuntos completos -muchas veces olvidados-en los museos y su valoración como prueba de un complejo proceso de interacción cultural, es el punto de partida y la metodología que enmarca la obra. El primer capítulo se dedica a contextualizar espacial y cronológicamente los contextos analizados, para ofrecer en el segundo el catálogo de tumbas con materiales importados. Se distinguen aquí 4 grupos: tumbas con importaciones fenicias (incluyendo el sur peninsular como importación), griegas, etruscas y otras de diversas procedencias, como los escarabeos egipcios. Las páteras de bronce, tanto de tipo oriental como etrusco, una cista de cordones recuperada para este trabajo a través de un minucioso proceso de revisión de archivos, o un caldero con prótomos de toro -en este caso, sin procedencia asegurada en el Nordeste de la Península Ibérica-muestran hasta qué punto entraron materiales relevantes, que sin duda son sólo una pequeña muestra de lo que pudo conocerse en esta zona. Este hecho alcanza especial relevancia si tenemos en cuenta la segunda parte del catálogo, donde se enumeran las tumbas en las que aparecen las importaciones anteriormente estudiadas, contabilizando sólo 35 conjuntos distribuidos en 14 necrópolis. Los materiales son analizados tipo a tipo, según su procedencia e intentando desvelar su funcionalidad social y simbólica en el contexto funerario. Los lectores tienen así acceso no sólo a la identificación tipológica, sino a las discusiones, siempre abiertas, sobre su posible funcionalidad y significado, insistiendo en la cronología, tanto de uso como, especialmente, de amortización. Una bibliografía seleccionada y actualizada es también un elemento positivo para quien consulte este apartado selectivamente, buscando la valoración de una pieza concreta. Concluido el capítulo del catálogo, con las importantísimas aportaciones que se han indicado, creo que los lectores hubieran necesitado más apoyo de tablas y esquemas para poder valorar de forma rápida y visual las características comparadas de las tumbas y de sus materiales. Al margen de una tabla con la distribución de la vajilla etrusca en el Nordeste peninsular, no encontramos un solo cuadro en el que se nos crucen los tipos importados con las necrópolis en las que se han documentado, lo que simplificaría y agilizaría la lectura, permitiendo además conocer las diferencias entre áreas de un simple vistazo. Igualmente, para aquellos casos en los que las tumbas no están aisladas sino formando parte de un cementerio, hubiera sido muy revelador introducir otra tabla, aunque fuera simplificada, enumerando los tipos de materiales de todas las tumbas de cada necrópolis, de forma que pudiera comprobarse rápidamente la distancia que existe entre las sepulturas que contienen importaciones y las que no las incluyen. Esta sería, además, una buena manera de afrontar los siguientes capítulos, que pretenden entender el valor y el significado de estos elementos en su nuevo contexto social. En ellos se plantean modelos de asimilación de las piezas importadas y de sus correspondientes funciones, ejemplificándolos a través de conjuntos que actúan como muestra representativa. Así, en el capítulo 3 y a través de la tumba 184 de Agullana, se analiza la importancia del banquete y de sus nuevos códigos y componentes, para expresar una competición social en la que la presencia colonial es un factor determinante. De hecho, será el contexto mediterráneo en el que se busque la renovación de las fórmulas locales, y el consumo del vino el que subraye el acceso a productos exóticos indicadores de distinción. El autor deja claro que los elementos asociados al banquete en esta y otras tumbas no están vinculados al consumo fúnebre que sigue a la muerte de los personajes principales: "en ningún caso podemos interpretarlos como pruebas de celebraciones de banquetes funerarios" (p. 126), sino que, al igual que sucede con las armas o los objetos de adorno, deben valorarse como signos de riqueza, rango y/o emulación. Estas prácticas, en todo caso, se desarrollarían dentro de unos códigos rituales impregnados de simbolismo y justificados desde una ideología que respalda el nacimiento de las nuevas élites. Resulta especialmente interesante el capítulo 4, dedicado a las tumbas singulares, entre las que adquieren un especial protagonismo la de Les Ferreres, cuya pieza señera es el soporte de Calaceite, y la de la Granja Soley. Se conciben estos hallazgos emplazados fuera de necrópolis normalizadas, no ya como fruto de muertes repentinas de personajes ajenos a las sociedades locales, sino como enterramientos próximos a un ritual heroizador que indicaría la apropiación de nuevos territorios -matizado en el capítulo siguiente, en el que se reconoce la presencia de personajes 'extranjeros' en las 'comunidades locales'-. La primera de las sepulturas parece cuadrar mejor con esta hipótesis que la segunda, en la que se entierran un joven y un niño. Lo cierto es que, a pesar de tratarse de excavaciones bien realizadas para su momento, los objetivos interpretativos actuales acusan la ausencia de informaciones más detalladas y acordes con sus objetivos. Los capítulos siguientes se ocupan del difícil problema -máxime desde una información puramente arqueológica-de reconocer cuáles fueron los mecanismos que sirvieron para la entrada de personas y mercancías en el contexto social indígena y de cómo se asimilaron las novedades importadas. Además de recoger las distintas propuestas que intentan modelizar estas relaciones, se alude a un problema importante: el distinto valor que tienen los objetos en su lugar de procedencia y en el de destino, donde pueden ser entendidos o no como piezas excepcionales. Así, el autor resalta la insistencia indígena de emplear como urnas cinerarias vasos destinados en origen al contenido de líquidos, algo que pasará también en momentos posteriores plenamente ibéricos. Metalurgia y excedentes agrícolas serán algunos de los elementos detectables como correspondencia al comercio exterior, sin olvidar los no constatados arqueológicamente, como pieles, esclavos, madera, etc. Por su parte la introducción, seleccionada y modificada, de los nuevos tipos en el repertorio local, indica cómo las élites distorsionan y manipulan en su favor los cambios tecnológicos y formales. El banquete y el consumo del vino se postulan como actividades que subrayarán el inicio de la jerarquización interna en un momento en el que los estímulos son sobre todo fenicios. Después, dentro de la órbita 'griega', estas diferencias se expresan también con las armas. Lo cierto es que, en general, las evidencias siguen mostrando un comportamiento único, ni copiado ni repetido respecto a los lugares de procedencia de los materiales, lo que nos lleva a resaltar una vez más que sólo una estrategia arqueológica que considere los territorios peninsulares como centros y no como periferias será la que consiga, no sin esfuerzo, definir las claves del relevante proceso de cambio que tiene lugar en el I milenio a.C. Libros como éste se mueven por este camino. Desde luego, no faltan fallos formales, debidos seguramente al problema que supone reducir el gran volumen de información contenida en la Tesis en un formato más 'ligero'. En ocasiones se repiten dos frases con redacción muy similar, como sucede en la p. 60, nota 44, o se incluye alguna cita equivocada, como "Sargoy et al. 2002", que en realidad es "Cerdeño, Marcos y Sagardoy 2002", lo que la convierte en inencontrable. Sin embargo, el trabajo que supone recuperar toda la información disponible sobre los restos funerarios catalanes -puesto que el término "Nordeste" del título equivale en el libro a esta circunscripción territorial-, procedentes normalmente de excavaciones antiguas y dispersos por regla general en una bibliografía local o regional, tiene un gran valor. Si además encontramos una reflexión seria y documentada sobre los procesos sociales que subyacen al cambio y sus posibles causas y formas de desarrollo, resulta evidente que el libro va a ser una referencia obligada en este campo. Como señala R. Sanz en este volumen (p. 17): "Con el hallazgo de la Dama de Baza (1971) se abrían nuevas posibilidades de investigación..." en el mundo ibérico. La obra presentada, resultado de un coloquio, demuestra hasta qué punto se ha aprovechado esta oportunidad. Las aportaciones -20 artículos firmados por 33 especialistas-estudian la localización de esta estatua, su ajuar y su tumba en el contexto de la cultura ibérica y convierten así los hallazgos en documentos de esta cultura protohistórica. Los resultados no solo se dirigen al mundo de los expertos, sino también a un público interesado que ha seguido su trayectoria desde el descubrimiento de la escultura. Las contribuciones de los participantes se acercan a sus temas por diferentes caminos metodológicos. Dos de ellas son introductorias, dedicándose la primera al momento del descubrimiento según el testimonio presencial de R. de P. Lorente, la hija del antiguo propietario de la parcela del hallazgo. La segunda corresponde a las editoras de la obra, quienes ofrecen un resumen de la investigación reciente y proporcionan las palabras claves de las contribuciones que poco a poco van a acercarse al monumento. Los siguientes artículos se dedican al contexto de la necrópolis del Cerro del Santuario y la tumba 155 en la que apareció la Dama. L. Sánchez Quirante nos introduce en el paisaje actual de la Hoya de Baza, "que apenas ha cambiado en los últimos 2500 años" (p. A pesar de esta afirmación se necesitaría, según mi opinión, introducir algunos matices referentes a la geografía antigua. A. M. Adroher y A. Caballero sitúan el lugar del hallazgo en el tiempo y en el espacio, datándolo argumentadamente en el segundo cuarto del siglo IV a.C. J. Blánquez, basándose en el legado de J. F. Presedo, convierte su análisis de la tumba en una reconstrucción virtual: es una fosa sepulcral abierta, sin puerta de acceso. La estatua estaba apoyada en el centro de la pared norte y no se empotró en el suelo, como los bordes sin suavizar de la base permiten insinuar. ¿Habían previsto otra ubicación de la estatua, quizás puesta sobre el túmulo como la sentada en la necrópolis de El Cigarralejo (Cuadrado 1995: 247)?. ¿Volvieron a utilizarla y en este momento convirtieron la estatua en urna y la pintaron como los vasos polícromos del ajuar? La escultura y su ajuar constituyen el centro de la obra. A. Rodero revisa la disputa por la titularidad de la pieza y su instalación en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, ofreciendo una visión aleccionadora sobre la formación de las leyes de Patrimonio Nacional desde la época del hallazgo de la Dama de Elche hasta momentos recientes. Un equipo de autores estudia en detalle la policromía de la pieza y su conservación, un tema de un interés creciente para la arqueología del Mediterráneo. No se indica, sin embargo, si se conoce la cantera de donde se obtuvo la piedra para la estatua, como se ha hecho en el caso de algunas esculturas de Elche (Gagnaison et al. 2007). G. Trancho y B. Robledo analizan con claridad los resultados antropológicos, confirmando su carácter femenino, como ya señaló Reverte (1986), y aportando nueva información sobre esta mujer, que no superó la treintena, y cuyo cuerpo fue quemado poco después de su muerte, enterrando el material óseo sin seleccionarlo previamente. Los estudios de J. Pereira y F. Quesada se refieren a los bienes funerarios, los vasos policromados y las armas. Las cuatro urnas y las correspondientes tapas pertenecen según Pereira a una tipología de vasos sepulcrales de esta región, al igual que las cuatro ánforas que marcan las esquinas de la cámara. Sus destacadas posiciones recuerdan el uso ostentoso de estos recipientes orientalizantes en asentamientos tartésicos y su cantidad -cuatro ejemplares-dejan atisbar su uso. Quesada extrapola a partir de los restos metálicos cuatro panoplias, una cantidad que separa este ajuar del de cualquier otra tumba de esta o de otras necrópolis. Pero los armas no convierten a la dueña de la tumba en una amazona, sino que teniendo en cuenta el resto de su ajuar, se considera como una mujer perteneciente a una familia aristocrática de grandes jefes guerreros (veánse deliberaciones comparables en la arqueología hallstáttica, p. ej. Kurz 1997o Bräunig 2009). M. Bendala, por su parte, se centra en el valor funcional de los armas, que en su opinión se habrían usado en juegos gladiatorios en honor de los difuntos. ¿Excede esta interpretación narrativa las posibilidades de los hallazgos materiales? Varias contribuciones se refieren al modelo iconográfico de la Dama. C. Aranegui trata de elementos como el trono, la ropa y la joyería de tamaño distorsionado, que resaltan su posición social. Propone convincentemente que el llamado arcaísmo de las esculturas "... es debido a una cultura de la imagen ajena a los ciclos de otros ámbitos culturales, con lo que deja de ser arcaísmo" (p. El breve comentario de L. Abad sitúa la estatua en su contexto estilístico entre las de Elche y Porcuna por un lado y el relieve de pareja de La Albufereta y del Cerro de los Santos por otro. A. Perea y M. Dewailly abordan la joyería y su iconografía. Según Perea la orfebrería, además de ofrecernos un código antropológico que corresponde al concepto de lo femenino, nos muestra también un código social de 'ostentación familiar' por el atavío de la mujer. Los grandes aretes y collares, hipertróficos en comparación con las joyas de uso (véase también Blech 1986) de las Damas, pero también de las estatuillas de bronce, pertenecen a una tradición indígena de la artesanía que se alimentó una y otra vez de influjos mediterráneos, especialmente de los elementos de su región oriental, a donde nos conduce Dewailly. Las terracotas sicilianas del tipo "Athena Lindia" y sus derivaciones púnicas nos proporcionan los paralelos más próximos a los collares ibéricos. Sin embargo, mientras en el ámbito griego, púnico u oriental estas piezas se asocian sólo a sacerdotes, ídolos y ofrendas, en el caso ibérico los llevaban las personas en ciertas solemnidades. L. Prados estudia un panorama bastante heterogéneo de las representaciones femeninas ibéricas especialmente de contexto funerario, desde la Edad del Bronce hasta el Ibérico Tardío. El último apartado aborda el marco ideológico y sociológico de la Dama. El tipo de sepultura, el ajuar, la instalación de la escultura, la urna misma y los elementos iconográficos indican el rango de la difunta y su familia, y las desviaciones de las normas nos ofrecen algunos rasgos personales. Las reflexiones de R. Olmos y T. Tortosa se centran en el motivo del pájaro -el pichón azul-en la mano izquierda de la Dama. Sus interpretaciones se basan en sus conocimientos exhaustivos de la iconografía mediterránea, donde el ave es símbolo y signo a la vez. Como signo enlaza las diferentes áreas y sus asociaciones, como símbolo representa el hogar, junto con la escultura. C. Rísquez, M. A. García Luque y F. Hornos plantean criterios para determinar el género de los propietarios de las sepulturas cuando las investigaciones osteológicas fracasan por falta de material conservado. La rica tumba 155 de la Dama de Baza se relaciona con la equivalente tumba 176 -donde sí se ha encontrado cerámica griega-en la topografía funeraria del Cerro de Santuario, y ambas generan una 'distancia de respeto' respecto a los demás enterramientos, indicativa tal vez de clientelas. La interpretación de este planteamiento nos lleva a una imagen de dos tumbas emparentadas, un concepto plausible pero imposible de verificar. A. Uriarte estudia las estructuras de las tumbas y los conjuntos de objetos de los ajuares con respecto a sus regularidades, que interpreta como una vía para determinar las diferentes posiciones sociales. La obra, bien redactada y con una buena documentación fotográfica, ofrece las últimas investigaciones en torno a esta tumba 155 de la necrópolis de Baza. No solamente nos muestra los conocimientos seguros, sino que también subraya los problemas que han surgido en la investigación de una obra emblemática, considerada desde su hallazgo como comparable a la Dama de Elche. Ciertamente, se echa de menos un índice de materias e imágenes, o un capítulo en el que se condensara toda la información conocida sobre la Dama y su sepultura, incluyendo un nuevo plano de la tumba, pero menudencias aparte, el trabajo no es solamente una buena presentación de esta pieza y de su contexto, sino también una sugerente aportación a los mundos protohistóricos más allá de los Pirineos.
RECENSIONES Y CRÓNICA CIENTÍFICA London y New York, 2002, 269 pp. ISBN 0-415-24640-7 Cada vez son más los trabajos arqueológicos que hacen descansar gran parte de sus conclusiones e interpretaciones en análisis realizados con los llamados Sistemas de Información Geográfica (SIG) (Gaffney 1996), de modo que resulta cada vez más necesario contar con un conocimiento básico de estas herramientas y de sus posibilidades de cara a una buena comprensión de gran parte de la literatura arqueológica más actual y, por supuesto, como otra herramienta con la que habremos de contar a la hora de emprender una investigación arqueológica. Sería deseable que este libro sirviese para una mejor comprensión de la "tecnología espacial" y como acicate para que investigadores que no han prestado hasta ahora atención a las posibilidades reales que los SIG ofrecen, se decidan a utilizarlo para responder a las preguntas de carácter espacial planteadas en cualquier investigación arqueológica. Como los autores insisten desde las primeras páginas, toda la información arqueológica tiene un carácter espacial, hecho atestiguado por el interés que desde principios del siglo XX los arqueólogos muestran por ese factor, que se traducía en la realización de mapas de dispersión que eran objeto de un posterior análisis visual. Hoy día los SIG combinados con métodos estadísticos (cap. 6) permiten un trabajo mucho más riguroso con los datos de que disponemos, además de objetivar la información de forma que todas las variables tomadas en consideración sean explícitas y los diferentes métodos exportables a otros casos. Los SIG pueden jugar una importante baza en el camino hacia una Arqueología cada vez más científica, pero también hacia una Arqueología cada vez más cientifista, carente de un trasfondo teórico explícito y que utiliza las nuevas tecnologías con una profunda falta de imaginación como una mera repetición de ciertos tipos de análisis, volviendo, como se apunta en los últimos apartados de este libro, a "redescubrir" técnicas como el SCA (Site Catchment Analisys) sin ningún interés por toda la literatura crítica a que dieron lugar. El libro que Wheatley y Gillings presentan supone una importante apuesta por la primera opción, ya que recalca en todo momento la importancia de tratar los datos con gran rigor y dentro de un marco teórico explícito, cuidándonos de exponer siempre las variables empleadas en los análisis, para ser capaces de generar un conocimiento científico. Además, los autores son conscientes en todo momento de la discusión teórica existente, centrada en muchos aspectos de los SIG, ha-ciéndolo notar con breves comentarios que no interrumpen el discurso general del libro, más centrado en los aspectos técnicos y metodológicos, pero que sirven como contrapunto crítico para no asumir sin reflexión una serie de criterios que pueden tender fuertemente hacia un determinismo medioambiental. Esta obra se estructura en gran parte como un manual, empezando por aclarar conceptos básicos en torno a los SIG, desglosados en un capítulo general y otro centrado en la base de datos espacial, para continuar con lo que sería la secuencia seguida en una investigación arqueológica mediante esta tecnología espacial: adquisición e integración de datos, su manipulación, cuantificación de patrones espaciales, análisis territorial, modelos locacionales y predictivos y dos capítulos finales sobre gestión patrimonial y el futuro de los SIG. Sin embargo, quisiera hacer notar la existencia de varios capítulos, cuya mención he evitado a propósito, que rompen esta dinámica por tratarse de cuestiones más específicas elevadas a la categoría de capítulos debido a su indudable significación para las diferentes utilidades más usadas por los arqueólogos: modelos digitales de elevación y análisis de visibilidades en la arqueología. Para ayudar a la comprensión de un tema no exento de cierta dificultad, sobre todo para el lector no familiarizado con la "tecnología espacial", las explicaciones de diferentes técnicas y análisis se complementan con cuadros explicativos que amplían información ya enunciada en el texto, o exponen de forma sucinta los clásicos case studies. Su carácter de manual no le resta cierta profundidad, de manera que, aunque el libro resulta muy claro y asequible, una comprensión completa de los métodos que en él se exponen requiere del conocimiento previo de ciertos conceptos estadísticos y matemáticos que también podemos obtener a través de la literatura arqueológica dedicada al ámbito de la Arqueología cuantitativa (los propios autores recomiendan la lectura del manual de Shennan). En el desarrollo de todos los puntos tratados se busca la comprensión de los conceptos y de su implementación, sin ahondar en ningún momento en el funcionamiento de los programas más habituales, aunque en cuestiones puntuales sí se hace escueta referencia a utilidades específicas de algunos programas que nos permiten "trastear" con ellos para ir asimilando las explicaciones del libro. En mi opinión este libro recoge la herencia más positiva de la Nueva Arqueología, al menos en lo que a conceptos epistemológicos se refiere, transmitiendo la necesidad de tener un control sobre los datos que sirven de base para desarrollar nuestra investigación y de evaluar su representatividad, con un marcado carácter optimista respecto a la posibilidad de obtener información acerca del pasado. Esto se denota en la importancia que se le da en ciertos apartados del libro a temas que ya acapararon la atención de los nuevos arqueólogos en sus días, como pueda ser el tema de las prospecciones arqueológicas a nivel regional, tema intrínsicamente relacionado con los Sistemas de Información Geográfica por la importancia que en ellos adquiere el factor espacial. No debemos pensar por ello que el libro recupera los planteamientos teóricos más rancios de la Nueva Arqueología: es notable el esfuerzo realizado para evitar que el uso de los SIG conduzca a tesis marcadamente ambientalistas, o al uso de modelos reduccionistas y anti-históricos, como queda claro en referencia al análisis espacial y a su cuantificación, presentándose el uso de análisis estadísticos como una extensión de nuestras capacidades perceptivas: éstos no deben de ser vistos como un medio de obtener conocimiento arqueológico directo. Es este apartado uno de los que más claramente muestran el verdadero potencial analítico de los Sistemas de Información Geográfica, más allá del puro análisis visual de los datos. Resumiendo, el libro alcanza en mayor o menor medida gran parte de los objetivos planteados desde el principio, esto es, ser una introducción a la tecnologías espaciales, explicar los conceptos espaciales que subyacen al funcionamiento concreto de las herramientas informáticas, sin ser en ningún caso una guía de programas, ya que para el manejo de éstos existen manuales específicos, y ser asequible a cualquier arqueólogo sin conocimiento previo de la "tecnología espacial". Este último punto me parece un poco problemático, dada la complejidad que muchas de las cuestiones expuestas encierran, cuya comprensión requiere, en mi opinión, un contacto más directo. En cualquier caso, es evidente la utilidad de este libro para emprender un proyecto arqueológico a escala regional, en el que la gran cantidad de datos generados requiere una herramienta adecuada para su análisis. Este libro supone un primer acercamiento a estas tecnologías espaciales, que habrá de ser completado con lecturas más específicas, pero que constituye un buen punto de partida para planificar la implementación de herramientas SIG dentro de un proyecto y ser consciente de los requerimientos de la información para ser utilizable. GAFFNEY, V. y STANCIC, Z., et al. 1996 Desde los tiempos del boom metodológico de la Nueva Arqueología, numerosos especialistas han abordado en infinidad de artículos las más variadas facetas de la prospección arqueológica. Sin embargo, este tipo de trabajos no habían sido hasta ahora objeto de una monografía comprensiva, quedando limitada su presencia a secciones de manuales generales sobre metodología arqueológica. Sin duda que ha pesado en esta situación la creencia de que los datos aportados por las prospecciones tenían un estatus inferior en cuanto a la calidad y representatividad de los conocimientos que podía proporcionar. Sólo muy recientemente se ha pasado a considerar a la prospección no como un mero sistema para localizar sitios arqueológicos, sino además como una aproximación capaz de aportar una visión propia e insustituible del comportamiento espacial de las comunidades humanas. Con Archaeological Survey, Ted Banning, profesor de la Universidad de Toronto (1) manifiesta el propósito de cubrir este vacío. Esta obra constituye una encendida defensa del enorme potencial de la prospección en el proceso de investigación en Arqueología. Con esta actitud reivindicativa se dirige a un público preferentemente compuesto por un alumnado universitario y por profesionales de la arqueología en sus diferentes ámbitos. La estructura de la obra permite recorridos diferentes en función del nivel previo de formación del lector. Los dos capítulos introductorios ofrecen una lectura de iniciación al tema. El primero de ellos se abre con una breve revisión historiográfica, un sucinto "de dónde venimos". En él se destacan los proyectos de prospección (abrumadoramente centrados en el ámbito anglosajón) a partir de los cuales se han forjado la mayoría de los métodos utilizados en la actualidad. Se destaca igualmente el carácter seminal desde el punto de vista metodológico de muchas de las publicaciones generadas por estos trabajos. El corolario de esta revisión es un alegato en pro de la singularidad de la visión aportada por la prospección arqueológica. Con gran sensatez se apunta (p. 10) que la mayoría de los problemas de representatividad e interpretación que afectan a los datos de superficie están igualmente presentes en las excavaciones: "poor research design is not unique to survey". Este primer bloque temático se completa con una visión sintética de los diferentes modelos que emplean los arqueólogos para conceptualizar las distribuciones arqueológicas. Partir del reconocimiento de una diversidad de objetivos y de métodos para alcanzarlos es una buena manera de evitar, como se destaca en todo el libro, erróneas asunciones sobre el carácter más o menos "científico" de unos sistemas frente a otros. Distintas corrientes de investigación manejan categorías y métodos de análisis perfectamente legítimos. Banning insiste (1) http://www.chass.utoronto.ca/~banning/ en toda esta sección en la posibilidad de expresar matemáticamente la mayoría de los modelos (aspecto abordado en profundidad en los capítulos centrales de la obra). Se destaca la utilidad de estas simulaciones numéricas en un doble sentido. Por un lado, como herramienta para el diseño óptimo de estrategias de interceptación de las entidades arqueológicas. Por otro, como un medio para evaluar la validez de los resultados obtenidos. Es esta una verdadera constante del libro, en el que la palabra "optimizar" se repite hasta la saciedad. La necesidad de un equilibrio entre el esfuerzo realizado y el rendimiento obtenido constituye una preocupación dominante en el enfoque de todos los problemas, y transmite una visión rigurosa y sistemática del proceso de investigación. Dentro del bloque de iniciación citado supra, el segundo capítulo expone brevemente una visión de conjunto de los diferentes objetivos de la prospección arqueológica. Se resalta aquí la estrecha conexión que ha de existir entre los fines y los medios, golpeando tópicos sobre la superioridad intrínseca de determinados procedimientos. Creo que este planteamiento contribuye positivamente a alejar la obra de Banning de un esquema de "recetario", manteniendo las técnicas concretas dentro de los límites en los que su aplicación resulta eficaz. En este mismo sentido se remarca la importancia del contexto específico (geográfico, social, cultural...) en el que han de desarrollarse los trabajos. No obstante, el descenso a ciertas cuestiones demasiado prácticas puede producir el efecto contrario. Desde este punto de la obra, el lector principiante puede saltar al capítulo noveno. En él encontramos a los "prospectores en acción", mostrándose los aspectos más prácticos y directos del trabajo de campo. Se abordan de manera muy sintética los problemas que surgen en el proceso de documentación de los elementos arqueológicos desde una doble perspectiva. Por una parte se trata el modus operandi en las prospecciones que asumen como válido el concepto de "sitio" (término en mi opinión preferible al de "yacimiento") como unidad de registro. Por otra parte se exponen los problemas específicos que plantean las prospecciones que se basan en las categorías de ítem y unidad de observación como base de la documentación. También dentro de este capítulo se presta atención a tipos de prospecciones menos conocidas, como las desarrolladas en zonas costeras e inundables. El "núcleo duro" de la obra lo componen los capítulos tres al siete, en los que se trata detalladamente el qué y el cómo de las prospecciones arqueológicas. El capítulo tercero se centra en los problemas básicos de la detección de restos arqueológicos, tanto sobre como bajo la superficie. Se describen en primer lugar los principales métodos de búsqueda, incluyendo una apretada síntesis de los sistemas de prospección geofísica. Se pasa luego a analizar los factores que afectan las probabilidades de detección de los artefactos. Definido el objeto de observación, procede pasar al diseño de las unidades de documentación. En el capítulo cuarto se analizan las distintas posibilidades para delimitar el espacio de trabajo. Dentro de este bloque temá-tico se aborda el problema de la definición de los sitios arqueológicos, un concepto que en los últimos años ha sido fuertemente cuestionado a favor de otros como la prospección off-site (las distribuciones de material presentan condensaciones anormales que destacan sobre un "ruido de fondo") o non-site (no existe el "ruido de fondo" y se asume un modelo de distribución aleatoria de ítems que se contrasta con lo observado). En cuanto al tamaño y disposición de las unidades de muestreo, destaca la amplia batería de métodos de cálculo para la optimización en la intersección de elementos arqueológicos. Una vez planteados los fundamentos de la observación, los capítulos cinco, seis y siete abordan detalladamente las estrategias de prospección habitualmente utilizadas. Sin duda las que más se suelen identificar con este tipo de trabajos son las basadas en métodos de muestreo. Aquí podrá encontrar el lector una explicación concisa y sistemática de los diseños básicos y sus posibles complicaciones. También se valoran lógicamente los principales problemas de tipo estadístico, como el tamaño de la muestra o las estimaciones sobre frecuencias y densidades de hallazgos. Junto con el capítulo cuarto es sin duda el más cargado con fundamentos matemáticos. Frente a la prospección basada en muestreos, orientada a la detección de los rasgos más comunes de un paisaje arqueológico, el capítulo sexto se dedica a la búsqueda selectiva de los menos frecuentes o incluso únicos. Como resalta Banning, para muchos arqueólogos este tipo de búsqueda es considerada como "poco científica", e introduce sesgos en la comprensión del poblamiento del pasado. Sin embargo hay muchas situaciones en las que el objetivo de localizar elementos cultural o cronológicamente limitados es perfectamente legítimo (un buen ejemplo sería el pecio de un barco concreto). De hecho, se expone la utilización de modelos matemáticos aplicados habitualmente en el diseño de operaciones de rescate. En el capítulo séptimo, dedicado al reconocimiento de estructuras espaciales, se demuestra de nuevo que los muestreos no siempre son el método idóneo de búsqueda. Buena parte de este apartado se dedica a una explicación de diferentes modelos posibles de estructuras de poblamiento (tema tratado en otras obras de referencia como Butzer (1989) o Hodder y Orton (1990) para luego pasar a exponer las estrategias concretas de prospección más adecuadas para someter a prueba cada uno de los modelos. El capítulo monográfico sobre el papel de la prospección en la gestión de la Arqueología constituye una novedad encomiable. Contribuye a romper con la idea de que la prospección sólo es útil para saber dónde excavar o identificar "patrones de asentamiento", en todo caso dentro de los márgenes de la actividad académica. La mayor parte de esta sección se dedica a la evaluación del impacto de diversas actividades sobre los restos arqueológicos y en la necesidad de establecer prioridades. Estas últimas surgen habitualmente como resultado de tensiones entre múltiples intereses que son aquí desgranados. Se plantean algunos temas de debate en mi opinión cruciales, como es la necesidad de establecer un "código de buenas prácticas" que permita mantener unos mínimos de calidad en la presentación de resultados. La mezcla de un estatus profesional mal definido, una arqueología comercial altamente competitiva y un pobre desarrollo de reglamentos por parte de la administración, favorece a menudo un bajo nivel de los trabajos. Sin embargo, como señala Banning (p. 190), esto plantea un dilema entre la implantación de sistemas de registro estandarizados, poco sensibles a los contextos particulares, y el desarrollo de estrategias más imaginativas e innovadoras para el análisis de problemas históricos (a menudo más costosas). El equilibrio pasa necesariamente por la implicación de la Universidad en la mejora de calidad del trabajo de protección y valoración del patrimonio arqueológico. Dentro de los aspectos legales y administrativos sólo hay referencias a la situación de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido. Lógicamente excedería los márgenes de la obra una recopilación sistemática de las normas legales vigentes a escala mundial. Sin embargo pienso que no habría estado de más aquí una orientación más global, incluyendo algunas directrices sobre conservación y protección del patrimonio arqueológico establecidas por organismos internacionales como el ICOMOS [URL]. Otro aspecto a menudo olvidado en el desarrollo de la prospección arqueológica es el control de calidad de los resultados (capítulo 10). Su extensión es limitada pues se remite a los capítulos centrales para la justificación matemática de muchas de sus observaciones. Sin embargo aparece en la obra como una cuestión fundamental y previa a cualquier trabajo de interpretación de los datos obtenidos. En su empeño por objetivar todos los factores que intervienen en el proceso, ofrece algunas posibilidades de estimación del sesgo introducido por aspectos como la visibilidad, la intensidad de trabajos previos o en nivel de atención y experiencia de los prospectores (2). Un último y breve capítulo de la obra se dedica a plantear algunas posibles direcciones de los trabajos de prospección en el futuro. Se insiste aquí en el papel creciente de estas técnicas dentro del auge de los estudios sobre el paisaje en una doble dimensión. Por un lado, ante la necesidad de planificar y proteger en un contexto de constante desarrollo. Por otro, como un medio para contemplar secuencias medioambientales y demográficas de larga duración. En este sentido, un buen ejemplo de integración de Arqueología y Geografía lo constituye el Proyecto "Populus" de la Unión Europea, centra-do en los paisajes mediterráneos y que ha generado una serie de volúmenes directa o indirectamente dedicados a la prospección (Frankovich, Patterson y Barker (eds.): 2000; Pasquinucci y Trement (eds.): 2000; Gillings, Mattingly y van Dalen (eds.): 1999 ninguno de ellos incluido como monografia en la bibliografía de Banning). El desarrollo de la obra se completa con un apéndice dedicado a problemas prácticos de "seguridad e higiene en el trabajo". Es en su conjunto una sección muy necesaria, por cuanto insiste en la concepción de la prospección arqueológica como una actividad profesional con todo lo que ello acarrea. En mi opinión son muy pertinentes las observaciones respecto a la necesidad de un seguro que cubra cualquier incidencia en el trabajo, o sobre el adiestramiento previo del personal participante. En cambio, la exposición detallada de los posibles riesgos (incluyendo la eventualidad de conflicto armado) resulta anecdótica en su afán de ser exhaustivo. La obra de Banning puede definirse, en definitiva, como un buen manual de prospección arqueológica, en realidad el primero que ha sido publicado como tal, y el primer volumen de una serie dedicada a la metodología arqueológica dirigida por Ch. Más reciente es la aparición de otro libro, (Collins y Molyneaux 2003) de idéntico título al de Banning, dentro de una serie de la misma temática bajo la dirección de L. J. Zimmerman y W. Green (The Archaeologist ́s Toolkit). Se trata de un conjunto integrado de obras de poca extensión, con una orientación práctica muy fuerte y explícitamente centradas en la práctica arqueológica en Estados Unidos y Canadá. El volumen dedicado a la prospección consiste en su mayor parte en recomendaciones muy concretas sobre quién y cómo prospecta en dicho ámbito (contiene incluso un modelo de carta para explicar a los propietarios la actividad que se va a desarrollar en sus tierras). En la sección sobre métodos de registro incluye apartados específicos sobre el uso del GPS (Sistema de Posicionamiento Global) y los SIG (Sistemas de Información Geográfica). Contiene un capítulo completo con normas para la redacción de informes de prospección. Sin embargo resulta raquítico el espacio dedicado al diseño de las prospecciones, que es por otra parte el punto fuerte del manual de Banning. En su conjunto, esta entrada de la prospección en el terreno de los manuales de iniciación no hace sino remachar el fenómeno, operado en los últimos años, de la consagración de su estatus como fuente de datos arqueológicos. El estilo de redacción es claro y sencillo, con abundantes ejemplos que nos remiten a la extensa bibliografía y que facilitan la comprensión de las nociones más abstractas. Plantea una aproximación amistosa a las matemáticas, abogando por un uso inteligente de un enfoque cuantitativo para la resolución de problemas. Es exhaustivo en el recorrido por la materia, descendiendo a las cuestiones más básicas de la puesta en práctica, pero sin perder una estructuración coherente que se basa en un buen diseño del proceso de investigación. La adición de pequeños resúmenes al final de cada capítulo refuerza esta cualidad, si bien hay que decir que son muy desiguales en su extensión. Si puede hablarse de carencias, estas tienen un carácter relativo. Quiero insistir por ejemplo en la escasez de alusiones a trabajos de investigación dirigidos por especialistas no anglosajones. Por otra parte, de algo más de 500 referencias incluidas en la bibliografía únicamente se cuentan 19 no publicadas en inglés. Éstas son en su mayoría obras no relacionadas directamente con la prospección arqueológica. También se echan de menos (salvo contadas excepciones como el caso de la Isla de Hvar) referencias a los numerosos proyectos regionales desarrollados en el ámbito mediterráneo. Algunos de ellos, como es el caso de Beocia, han tenido un amplio eco en el debate teórico sobre prospecciones arqueológicas (véase entre otros Bintliff 2000 y Bintliff, Howard y Snodgrass 1999). A título más particular, podría decirse que no hay apenas espacio dedicado a las prospecciones intensivas a escala de sitio. No obstante, se aportan todas las herramientas metodológicas que son necesarias en este tipo de estudios. Tampoco encontrará el lector un desarrollo muy extenso de la utilización de nuevos medios técnicos. Creo que en este sentido hay que destacar el papel del sistema GPS. En pocos años esta herramienta se ha hecho indispensable para la documentación del trabajo de campo, y quizás por ello hubiera merecido un tratamiento más detallado sobre su funcionamiento y aplicaciones. Del mismo modo no hay, mas allá de referencias generales, un espacio dedicado al uso de los SIG para la gestión y análisis de datos (que aparece muy focalizado en el diseño de modelos predictivos para la prospección selectiva). "Evaluación de rendimientos y optimización de resultados en prospección arqueológica: El Valle del Tajuña". En Inventarios y cartas arqueológicas (Soria, 1991) La introducción de este libro se inicia con una definición programática acerca del lugar de la arqueología en las disciplinas científicas: "Como una subdisciplina de la antropología y como una herramienta indispensable para la construcción, elaboración e interpretación de la historia, la arqueología usa la cultura material y los vestigios del pasado, tales como los instrumentos y los relatos históricos, para refinar, extender y actualizar nuestro conocimiento acerca de la historia de la humanidad" (p.1). La adscripción de la arqueología a la antropología -según las tradiciones americanas de desarrollo institucional de estas disciplinas-marca, sin lugar a dudas, el carácter de este volumen, singularmente alejado de toda reflexión sobre el arte y sobre la historia. Asimismo la introducción recuerda un fenómeno indudablemente ligado a las características del mundo del trabajo de las últimas décadas del Siglo XX y de los inicios del milenio: el incremento del número de arqueólogos en la escena de la llamada "arqueología pública" ("public archaeology"). Habría sido allí donde se "descubrió" la importancia del compromiso directo ("direct involvement") de los arqueólogos para que los programas públicos para la interpretación del pasado se desarrollaran eficazmente. Por otro lado, los editores señalan la emergencia de un nuevo campo de especialización en la década de 1990: el de la "arqueología educacional". En ese marco se habría cobrado conciencia de la relevancia de la arqueología para "preservar y proteger los valores multiculturales de audiencias diferentes" (p.1). Estas novedades en el mundo de la arqueología contrastan con el desarrollo y la consolidada profesionalización de la "educación en Ciencias", campo que cuenta con sus carreras específicas y con sus revistas especializadas desde hace más de veinticinco años (tal como el International Journal of Science Education y su predecesor, el European Journal of Science Education). Traigamos el ejemplo específico de las Ciencias de la Tierra, donde la preocupación por el tipo de instrucción impartida a los estudiantes surge a fines de la Segunda Guerra Mundial. Tal es así que, en 1946, el Consejo de la "Geological Society of America" nombró un comité para investigar y, ofrecer condiciones para mejorar el estado de la educación geológica. Este informe, publicado en 1949, reflejaba el interés de dicho Comité por la filosofía de la geología, continuado, en las décadas de la guerra fría, a través de diferentes iniciativas. Recordemos: la "National Association of Geology Teachers" de los Estados Unidos publica el Journal of Geological Education desde 1951. Aquí emerge la pregunta de por qué esta preocupación se está institucionalizando -comparativamente-tan tarde entre los arqueólogos profesionales. Asimismo surge una segunda pregunta acerca de la desconexión entre este reciente interés y toda la práctica ya desarrollada en el campo de la educación en ciencias. Quizás parte de la respuesta resida en el interés de intentar despegar a la arqueología de aquel perfil científico que fuera propagado por los partidarios de la llamada "nueva arqueología" y transformarla en un ejercicio interpretativo. En efecto, el proyecto de los editores se caracteriza como "una arqueología narrativa e interpretativa", cuyo objetivo consiste en lograr volver a la arqueología inteligible para los no especialistas. Para ello, los diferentes capítulos exploran el uso de distintos "temas arqueológicos" en registros tales como la ópera, el cine, la poesía, las artes visuales y la publicidad. Este tipo de trabajo se justifica en el hecho de ser la arqueología una práctica la más de las veces sustentada por los impuestos y el dinero público, hecho que crearía el compromiso de devolver una explicación de los gastos realizados. Este argumento evoca, a mi entender, algunas reflexiones sobre los filósofos de la ciencia enunciadas tiempo atrás por Marta Fehér: "Muchas contribuciones excelentes tratan acerca de cómo el público puede promover o dificultar -por medios políticos o financieros-la investigación científica, pero ninguna de ellas acerca de si el público tiene o puede tener algún tipo de papel en el proceso de cognición científica y de cómo esto afectaría a la evaluación y aceptación de los enunciados de conocimiento en el interior de la propia ciencia" (Fehér 1990: 421). Si para los editores el problema consiste en "cómo contar una historia" y en definir las estrategias comunicacionales para garantir su difusión, el público, sin dudas, sigue ocupando aquel lugar que definía Fehér. Las prácticas alternativas presentadas en este libro y ligadas a la "multivocalidad", a la interpretación y al arte, buscan una conexión cortada por las tradiciones que procuraron distanciar a la arqueología de la historia del arte. Sin embargo, más que un "regreso", este camino al arte se traza sobre bases diferentes: ignorando las vanguardias estéticas y las discusiones filosóficas y sociológicas sobre el arte (cf. p. 59, donde se esboza una definición de arte exclusivamente personal), se pliega en cambio al "arte publicitario" y a las reflexiones que surgen de la experiencia individual, sea desde el punto de vista del "autor" o del público no especializado. En este sentido podríamos afirmar que el reconocimiento pragmático de la existencia de la arqueología "fast food" (p. 3) va de la mano con la aceptación de su contra-cara: su inserción en las reglas del mercado y en las de la publicidad. De esta manera, la relación entre arte y arqueología es precisamente la opuesta a la experimentada por las vanguardias del Siglo XX: contrariamente a ellas, en vez de buscar elementos subversivos en las culturas "primitivas", este nuevo camino acepta conforme las reglas del llamado "marketing". Gracias a las nuevas tendencias que han logrado consolidar la necesidad de una suerte de confesión en primera persona, merced a la cual los autores creen poder dar cuenta de los resortes que los han conducido a escribir "ese" artículo y a dedicarse a determinado tema, este volumen se inicia con 22 breves autobiografías ("Why We Were Drawn to This Topic", pp. 6-14). La mayoría de los autores procede de una formación en arqueología en los Estados Unidos de América, donde también trabajan y enseñan. Sus "autobiografías" hablan de ciertas frustraciones, conflictos sociales y descontentos exorcizados a través de las prácticas esbozadas en los capítulos del libro. Así van apareciendo los siguientes tópicos de reflexión: una mayor integración entre las disciplinas, el descubrimiento de otras formas de expresión y de interpretación de "la realidad" y la exclusión social. Un rasgo destacable del libro consiste en que en sus 247 páginas se publican 19 capítulos, algunos de los cuales no llegan a completar una hoja. Paradójicamente, tratándose un volumen acerca de las maneras de construir narrativas, varias de las contribuciones demuestran tratar a la escritura con cierta displicencia, como si las maneras de articular un relato se hubiesen desplazado a otros registros, tales como la música y la ilustración científica (cf. Uno de los artículos más provocadores es el escrito por Lance Foster ("Archaeology' s Influence on Contemporary Native American Art: Perspectives from a Monster, pp. 128-135), quien en su autobiografía aclara: "I am a monster, I profess to be both an Indian artist and an archaeologist" (p. Desde esta aparente contradicción -que habla de las fronteras construidas en una sociedad tal como la estadounidense-Foster menciona los requerimientos a los que está sometido un "artista indígena", a quien se le termina exigiendo que -para cumplir con el adjetivo-profese un arte representativo de su origen étnico. Foster inteligentemente señala que para cumplir con ello debería limitarse a la repetición de los motivos consagrados por la industria del turismo y vendibles como "auténticamente indígenas". Aunque no explícitamente, Foster está alertando sobre las definiciones del arte y la posibilidad de crear un "arte didáctico" o en función de determinadas funciones comunicacionales. Sin lugar a dudas estamos frente al surgimiento de nuevas áreas de trabajo y de nuevas "subdisciplinas" de la arqueología. Aunque el devenir de las mismas solo lo asegurará el futuro, este tipo de libros está creando un valioso testimonio para analizar las maneras en que se articulan las prácticas con las ideas para legitimar un campo que se proclama nuevo. Casi 100 años después de las primeras campañas realizadas por Henri-Martin entre 1927 y 1929 en la estación de Roc de Sers (Charente), aparece este importante estudio interdisciplinar que constituyó la Tesis doctoral de Sophie Tymüla. Esta joven investigadora francesa ha tenido un acceso privilegiado a mucha información de las distintas campañas de excavación y documentación, facilitada por los herederos de aquel pionero de la Prehistoria. El estudio de los fragmentos esculpidos del friso, en este lugar de ocupación solutrense distribuido en tres ámbitos y la revisión de las antiguas informaciones arqueologicas referentes a su contexto cronoestratigráfico, han permitido a la autora rehusar la tesis de un «arte sobre bloques» y a poner en evidencia la existencia de un verdadero dispositivo parietal complejo, contextualizandolo cultural y cronológicamente. Las estaciones con conjuntos de bajorrelieves son un fenómeno exclusivamente francés ya que en ningún otro lugar se ha desarrollado esta técnica con tal maestría y profusión. El bajorrelieve es una técnica en transición entre el grabado profundo como puede ser por ejemplo una de las leonas de Les Combarelles y las esculturas en bulto redondo y en muchos casos comparte características comunes. En el centro-oeste francés se conocen numerosas cuevas y abrigos con bajorrelieves con un diferente estado de conservación y sobre todo con una cronología distinta. Los grabados y las esculturas están hechos en piedra caliza, pero la calcita varía considerablemente en sus cualidades físicas, tales como la pureza, la densidad, la dureza y el grado de cristalización. En general las calizas de los Pirineos son mucho más difíciles de trabajar que la caliza que se encuentra en la zona de la Dordoña que es menos compacta y ligeramente arenosa. Este hecho es muy significativo ya que en el primer área los bajorrelieves y las esculturas son mucho más raros que en la segunda donde abundan. Algunos investigadores han sugerido que ciertas esculturas o bajorrelieves pudieron haber estado originalmente pintadas, pero dado que este tipo de representaciones casi siempre se encuentran en zonas más o menos expuestas a los elementos, al alcance de la humedad exterior, los cambios de temperatura y los microorganismos, aún cuando hubieran estado originalmente pintadas, existen pocas posibilidades de conservación hasta nuestros días (Roussot, A. 1980). Sin embargo la existencia de restos de pintura sobre alguna de estos bajorrelieves, como puede ser una de las venus de Laussel (Francia) desprendida de la pared del abrigo y hallada en los depósitos arqueológicos, indica que efectivamente hubo ocasiones en que se aplicó pintura sobre ellas. La escultura en bulto redondo de gran tamaño y en piedra debió de ser un tipo de manifestación muy excepcional en comparación de los bajorrelieves. El estudio de Sophie Tymüla se inscribe en una reorientación de las investigaciones para la reinsercción de las obras paleolíticas en sus contextos económicos, sociales y culturales y la posibilidad de romper con algunas teorías a menudo muy alejadas de la realidad. Se trata de definir el papel del arte paleolítico dentro de la dinámica evolutiva de los lugares de habitación y en la variabilidad temporal de las ocupaciones en el interior de los sistemas tecno-económicos del Paleolítico Superior. En síntesis se trata de establecer las relaciones que existieron o pudieron haber existido entre el arte parietal y el suelo de habitación, entre la vida cotidiana y el arte excepcional. El vocabulario tecnológico utilizado generalmente por los historiadores es en parte inapropiado para la designación de las fases técnicas de realización de las esculturas del Paleolítico Superior. Sophie Tymüla propone una revisión terminológica con el fin de aportar coherencia al análisis y sugiere un modelo de cadena operativa técnica en la cual se detallan los gestos, las secuencias gestuales, la elección morfológica del soporte hasta llegar a la transformación de la materia prima. El recuento final de unidades gráficas arroja los siguientes resultados. 27 figuras animales taxonómicamente identificadas, 10 trazos indeterminados, 4 figuras de animales indeterminables, 2 figuras humanas, 5 ideomorfos pintados y 3 anillos, es decir un total de 51 manifestaciones. A la luz de estos resultados, ha sido posible reintroducir el dispositivo parietal dentro en el contexto del Solutrense franco-ibérico. A través de la insercción espacio-temporal de este dispositivo parietal esculpido, la autora intenta poner en evidencia las pugnas de esta aproximación interdisciplinaria, fundamental para caracterizar culturalmente el arte paleolítico. En definitiva esta publicación junto con la editada en 1997 por L. Iakovleva y G. Pinçon sobre el impresionante friso de Roc-aux-Sorciers o Angles-sur-l'Anglin, van llenando el vacio sobre monografías dedicadas al arte rupestre en general y a las estaciones con bajorrelieves en concreto. En los últimos años se están sucediendo las publicaciones arqueológicas sobre los inicios de la metalurgia y los primeros metales. Aquellos que nos interesamos por estos temas agradecemos que haya una continuidad en las investigaciones y las subsiguientes publicaciones, aunque muchas veces dista mucho la investigación de la publicación final y, en ocasiones, parece que éstas últimas son más un intento de mantener un ritmo de publicaciones sobre el tema que, la necesidad de publicar las novedades sobre el mismo. Dicho lo cual, también hay que establecer diferencias entre calidades de contenido y de presentación. Alguno de los artículos que se publican en este compendio de la Reunión de Lisboa del 2000 presentan los datos de forma dinámica y clara, muy de agradecer en nuestro campo puesto que la cantidad de resultados de análisis pueden hacer muy farragosa la lectura y final comprensión del texto, tal y como lo hacen en otros artículos, con un aspecto más tradicional, un tratamiento de los datos más clásico, haciendo finalmente lenta su lectura. He aquí dónde debo realizar un inciso. No es mi intención hacer una recensión pasando por cada uno de los artículos puesto que ello conllevaría que la extensión de la misma se multiplicase. Sin embargo, lo que sí debo hacer es dejar patentes cuáles son las diferencias entre unos trabajos y otros. Si hay algo que en una primera lectura se desprende es la falta de homogeneidad en los textos. Me refiero, explícitamente a las diferencias que se siguen advirtiendo entre los textos de origen occidental y los que no lo son. El carácter de los últimos es más descriptivo y tradicional, el de los primeros tiende más a plantearse cuestiones más allá de las propias piezas metálicas. Pongamos los ejemplos de los artículos sobre los bronces en el Islam (Shalev) y sobre Feinan (Adams) frente a los trabajos de Stig-Sorensen y Sofaer Derevenski sobre el significado de los metales en la cultura o, el artículo de Bridgford sobre las armas y su practicidad real, etc. Son formas muy diferentes de comprender las investigaciones, ni mejores ni peores, porque sin la analítica y la descripción no podría haber interpretación de ningún tipo, y mucho menos la posibilidad de plantearse cuestiones más postprocesuales. No quiero ser insincera y diré que, sin embargo, a estas alturas, me resultan más sugerentes las no tradicionales porque suscitan nuevos caminos, nuevos problemas. En cuanto a las figuras y tablas, a pesar de la monocromía, he de decír que no se han regateado esfuerzos y que casi todos los artículos contienen una parte gráfica bien tratada, aunque se haya decidido ubicar esta siempre al final de cada uno de ellos, algo, que en mi opinión resta practicidad al aparato gráfico. Bárbara Ottaway realiza una buena y laudatoria introducción en la que resume uno a uno todos los artículos, extrayendo la información básica de cada uno. Obviamente en esta presentación no vemos ningún signo de autocrítica, tratándose por igual todas y cada una de las investigaciones. Debemos reconocer que es un honor para Salvador Rovira abrir con su investigación este compendio. El reconocimiento científico en el extranjero de este especialista es unánime. El trabajo que presenta quizás pueda parecer poco novedoso, sin embargo es fundamental que se de a conocer en el extranjero cuáles son las pautas de la investigación de la primera metalurgia en España y en qué momento se encuentra. La razón de que sea esencial es que aún hay investigadores en el mundo anglosajón que creen que los baremos en los que se manejan los especialistas en nuestro país aún están anclados en las investigaciones de los años 70 y 80 y desconocen por completo el estado actual de las investigaciones y sus novedades, que por otro lado son abundantes. Rovira hace un repaso en profundidad sobre el potencial de recursos mineros en el territorio hispano; sobre la tecnología y la producción y el intercambio de objetos metálicos y sobre el trabajo en cobre y bronce. Además, al final de esta puesta al día, el autor realiza una valoración expresa (aunque dice que no quiere detenerse en los detalles) de los cambios sociales que ocurrieron durante aquellos momentos de la prehistoria. A este respecto, aplaudo las dos páginas que dedica a la cultura y sociedad y su tratamiento: claras y sucintas. Quienquiera que lea el artículo quedará con la sensación de que conoce algo más de las primeras sociedades metalúrgicas que habitaron el panorama prehistórico hispano. Tan sólo una cuestión que podría suavizarse, pero que entiendo que por su importancia aparezca reiterativamente: el mundo de Los Millares, que si bien es un ejemplo paradigmático, quizás recurre a él con demasiada frecuencia. Todas las investigaciones sobre Feinan (Jordania) tienen un gran atractivo especialmente porque es donde se han encontrado las primeras evidencias de verdaderas centros de producción metalúrgica en el Mediterráneo. Las evidencias que se han hallado son a gran escala, concentrándose núcleos de actividad que llevaban a cabo especialistas a tiempo completo. La cuestión más interesante de este resumen es el establecimiento de un período concreto en el que la producción metalúrgica sufrió un gran desarrollo: las primeras fases de la Edad del Bronce. R. Krause realiza un sucinto compendio del estado actual de la investigación en Centroeuropa. Sus datos fundamentalmente están basados en el estudio de la Cultura de Unetice y en los análisis de los SAM (Junghan, Sangmeister, Schröder 1960, 1968, 1974). La percepción es que a finales del III milenio y principios del II milenio se producen unos cambios en la técnica de la metalurgia que denotan el alto desarrollo de esta cultura en el oriente de Centroeuropa. Analiza acertadamente cual fue la influencia de la metalurgia de los Cárpatos durante el quinto y el cuarto milenio AC que tuvo una gran proyección, especialmente hacia el mar Báltico. Además la floreciente industria carpato-balcánica del cobre en el bajo Danubio representó durante el mismo período de tiempo una fase de innovación y se extendió hasta el norte de los Montes Cárpatos. Los Alpes, que fueron el principal centro de abastecimiento de cobre y estaño, sirvieron para suministrar la materia prima que, en muchas ocasiones, tuvo que ser transportada a larga distancia. No hay duda de que si bien el inicio de la metalurgia centroeuropea fue en el Neolítico Final -que corresponde a nuestro Calcolítico Inicial-su expansión tuvo lugar en los siguientes dos milenios. Sin embargo, un punto de inflexión clave en el desarrollo de la misma fue el comienzo del aprovechamiento de otros tipos de minerales de cobre y estaño: los fahlerz, que parece coincidieron con la aparición de las culturas Campaniformes. La abrupta aparición de técnicas metalúrgicas más complicadas en la cultura de Unetice durante el inicio de la Edad del Bronce, no parece que tuvieran un desarrollo local, sino más bien que derivaron de otros lugares como el Sureste europeo. A pesar de lo interesante que resulta, echamos de menos la mención de algunas culturas en concreto, del centro y sureste de Europa y sus períodos de desarrollo. Tal y como nos tienen acostumbrados el equipo que trabaja en Great Orme (Gales, Gran Bretaña) (Budd, Gale, Pollard, Thomas y Williams 1992; Dutton y Fasham 1994; Ixer 2000; Lewis 1990; Lewis 1998), realiza un excelente trabajo de síntesis sobre la minería en aquel lugar, las técnicas de extracción y la caracterización del mineral en la zona. Esta vez Emma Wager da las pinceladas oportunas para plantear cómo la minería en aquélla zona fue más una actividad social que una simple práctica tecnológica durante la Edad del Bronce, muy en la línea de los trabajos que se están realizando en Irlanda, Francia y España. No extraña que una de las investigaciones más sugerentes sea la desarrollada por J.Sofaer Derevenski y M.Louise Stig Sorensen. El análisis social de la tecnología y el entendimiento de la dinámica interna entre la gente y los objetos es la base que se plantea en este trabajo, de modo que se realiza un interesante esfuerzo para conocer cómo los objetos, en este caso los primeros objetos metalúrgicos, llegan a incorporarse dentro del bagaje de la cultura, simplemente llegan a ser cultura. Ambas abogan en sus trabajos por una visión del impacto de la tecnología en términos de proceso social. Ellas siguen de cerca los últimos postulados de Renfrew ( 2001) en los que dice que aquel decisivo proceso fue el compromiso humano con el mundo material. Es, sin ningún género de dudas, uno de los trabajos más estimulantes que últimamente he leído sobre metalurgia y objetos metálicos, un estudio concienzudo sobre como la tecnología no se desarrolla sola o funciona aislada. El postulado final aboga por un cambio tecnológico que depende del significado social que se le quiera otorgar al cambio. Similares reflexiones realiza Bridgford en su investigación entrando en disquisiciones de otro calibre como si las armas eran objetos más representativos que prácticos o si los metalúrgicos eran o no considerados de forma especial por sus conocimientos (Rodríguez de la Esperanza 2003: 229-241 y 211, Fig. 7.1). Son cuestiones que auque hayan sido ya establecidas por otros autores en diferentes trabajos (Clarke, Cowie and Foxon 1985; Kristiansen 1987; Parker Pearson 1993), nunca está de más un replanteamiento con datos nuevos. Es indudable que la tenencia de armas de bronce confería prestigio al poseedor. Sin embargo, la autora lo que expone es que ese prestigio no podía proceder únicamente de la posesión de los objetos -llamense armas o no-, sino que debió ser una consecuencia de su uso. Dado que muchas de las armas estudiadas (casi un 50%) tenían evidencias de haber sido utilizadas puesto que los filos estaban seriamente dañados, no parecería extraña la teoría planteada por la autora. Además expone que la aparición del bronce en aquellas sociedades no tuvo porqué ser un factor crucial de cambio sino más bien un factor más que determinaría en parte la velocidad y dirección que tomarían alguno de aquéllos cambios. Por último, la investigación llevada a cabo sobre Escandinavia por Magnusson Staff aunque cae dentro de lo que llamaríamos investigaciones tradicionales, resulta muy interesante por lo desconocido que nos resulta aquel mundo de los primeros metalúrgicos. El planteamiento de las diferentes fases de la prehistoria escandinava, así como el advenimiento o aparición de los primeros metales durante el final del Neolítico y principios de la Edad del Bronce, los contactos con las Islas Británicas probados a través de los hallazgos metálicos y cerámicos, son aspectos que se nos ofrecen con adecuada profundidad y con la perspectiva de que se conozca algo más como fueron los procesos en la Europa más septentrional. Tan sólo unas palabras más sobre este libro. En primer lugar que el título anuncia desde un principio que se trata de un compendio de artículos del encuentro de la Asociación Europea de Arqueólogos en el 2000, con lo que no hay sorpresas sobre el contenido del mismo. En segundo lugar, que la ordenación interna por temas generales (adopción y desarrollo de la metalurgia, minería, manufacturas y consumo de objetos de metal) puede ser más o menos acertada, pero facilita sin duda alguna la selección de tema, artículos, y porqué no, autores. Es, en definitiva, una obra de uso práctico, que muestra el estado actual de las investigaciones en curso y sus resultados: el objetivo perseguido se ha logrado. -1993: "Estudio analítico de dos punzones de la Cova de Punta Farisa (Fraga)". La fíbula es uno de los materiales arqueológicos paradigmáticos en la historia de la investigación prehistórica; no exageraríamos diciendo que el ordenamiento cronológico sobre el que se desarrolló el esqueleto de la prehistoria reciente europea tiene una importante deuda con este objeto peculiar. Su peculiaridad radica en la polisemia, puesto que además de un objeto útil, que contiene información sobre las formas del grupo social que lo fabrica y utiliza, también aporta datos sobre el fondo de esos grupos, puesto que constituye igualmente un símbolo o emblema, en definitiva, fue un marcador de la identidad individual y social. A este objeto se dedicó uno de los Seminarios de Arqueometría y Arqueología experimental de Murlo, en Septiembre de 1998, del que ahora se publican sus actas. Para entender el carácter y el significado del libro que aquí presentamos, tendremos que recordar la historia de una década cuyo escenario se desarrolla en el Museo y la Comunidad de Murlo, en la Toscana italiana, y cuyo protagonista es Edilberto Formigli que ha dedicado, y sigue dedicando, una buena parte de su vida a hacer realidad el "Museo Vivo", concepto muy traído y muy llevado, pero escasamente practicado. Los Seminarios de Murlo, que se organizan periódicamente entre la primavera y el otoño desde 1991, tienen como finalidad la convivencia interdisciplinar y académica, por un lado, y por otro compaginar la actividad científica teórica con la experimentación arqueológica. El tema que hace posible esta utopía, es la tecnología antigua en su sentido más amplio, porque la experimentación consiste en el planteamiento y comprobación de una hipótesis tecnológica mediante la reproducción de todo el proceso de fabricación, desde la materia prima, a las condiciones de infraestrucutra y herramientas. Por otro lado, la "convivencia" no es una bella palabra, sino otra de las realidades de Murlo, no sólo porque en estos encuentros participan arqueólogos, físicos, químicos, geólogos, restauradores y un largo etc, sino porque entre ellos hay estudiantes, artesanos, técnicos, ingenieros, profesores, científicos y todo tipo de personas que se interesan por algo más que el impresionante paisaje que les rodea, además de los propios habitantes de la Comuna que trabajan activamente en la buena marcha de las actividades del Seminario, incluida la cena (cuasi medieval) en la plaza del pueblo para despedir a los participantes. El primero de esta serie tuvo lugar en 1991 con motivo del descubrimiento de los restos de un taller de fundición en las excavaciones del asentamiento etrusco de Poggio Civitate por parte de la misión americana dirigida por Erik Nielsen. Se dedicó, por tanto, a la investigación sobre los talleres de fundición en la antigüedad, las herramientas, la materia prima, la infraestructura y la tecnología (Formigli 1993). En 1992 se celebra el Seminario sobre técnicas de orfebrería y talla de materiales blandos como marfil y hueso (Formigli 1995). El de la orfebrería es un tema muy especial y querido para el organizador. Formigli fue el primer investigador que aplicó métodos de estudio arqueométricos, es decir científicos, a un material, el oro, que hasta entonces sólo había sido objeto de especulación estética y tipológica (Aballe, Adeva y Perea 1991). No debemos olvidar que fue de los pioneros en la utilización del microscopio electrónico de barrido para el examen topográfico y análisis elemental de las soldaduras en oro (Parrini, Formigli y Mello 1982; Mello, Parrini y Formigli 1983) que actualmente se ha convertido en un método analítico estandar. Sólo tenemos un reproche que hacerle y es haber despojado de su aura de misterio a una de las tecnologías que más juego bibliográfico y quebraderos de cabeza ha proporcionado a los especialistas: la microsoldadura del granulado etrusco (Nestler y Formigli 1994). La magnitud de la empresa requirió la colaboración de otras instituciones: el Antikesammlung de Berlín, el Instituto de la Fundición de Aquisgrán y el Rheinisches Landesmuseum de Bonn. Los resultados de estos dos encuentros se publicaron en un doble volumen (Formigli 1999) que contiene una información valiosísima, no sólo sobre problemas técnicos generales, sino sobre piezas concretas tan emblemáticas como los Bronces de Riace o la estatua de Marco Aurelio de Roma. Los resultados de la fabricación y fundición experimental del Adorante de Berlín se documentaron y registraron en un proceso didáctico y científico de difícil repetición debido a su complejidad y del que fui testigo privilegiada. No quiero dejar de mencionar, como complemento a la información bibliográfica, la aparición de un reciente trabajo de síntesis sobre los retratos romanos en colaboración con Götz Lahusen y que supone una de las mejores ediciones, por documentación gráfica, contenido y presentación, que se han realizado sobre el tema (Lahusen y Formigli 2001). Este año el Seminario de Murlo se dedica al color y la luz de la estatuaria antigua en bronce, y se celebrará a finales de Abril [URL]. Pero sigamos con las fíbulas. La obra se ha organizado en torno a las tres secciones del encuentro: de los orígenes a época romana; época romana; y alto Medioevo, siendo la primera sección la de mayor contenido. Al final se añaden dos capítulos dedicados, uno a las novedades arqueométricas y otro a la reconstrucción experimental de una espectacular fíbula etrusca de plata y oro con decoración de filigrana y granulado, del tipo de arco serpeggiante con nastro trinato, sobre un original recientemente encontrado en Casal Maritimo. El tono de las distintas contribuciones, cuyo marco geográfico está restringido casi totalmente a la península italiana y Sicilia, con escasas incursiones a la Galia y la Europa oriental, es muy diverso aunque se centra, en un 80% de los casos, en cuestiones técnicas, como no podía ser de otra manera. Sin embargo, la tipología como método de ordenación cronológica e interpretación histórico-cultural, todavía ejerce su poder en el ámbito de este material arqueológico que no parece poder desprenderse de su propia historia. Salvo contadas excepciones, echamos en falta una mayor preocupación por cuestiones de interpretación social, económica o incluso simbólica, como si la arqueología procesual y sus arrepentimientos no hubieran dejado ninguna huella sobre el investigador. Destaca, por ejemplo, el esfuerzo realizado por A. Lehöerff y M. Pernot en su estudio sobre los procesos de producción de fíbulas en los asentamientos de Bibracte y Autun, en el que se nota un afán no sólo metodológico, sino teórico, en aras de la integración de la arqueología de campo y la arqueología experimental en proyectos de investigación a largo plazo porque, defienden, que "l 'archeologia sperimentale è sempre stata collegata a una problematica archeologica e non solo al piacere di fare qualche pezzo in metallo" (p. Puede que la explicación de esta situación sea la que apunta Fulvia Lo Schiavo en su magnífica síntesis sobre las fíbulas en la Italia meridional y Sicilia desde los orígenes hasta el siglo VI a.C. Se lamenta la autora de que este material metálico no se ha beneficiado, en la misma medida que otros, de la atención de los arqueometalurgistas y que en la actualidad contemos con escasos datos analíticos sobre proceencia de la materia prima, técnicas de fabricación, etc. Realiza una interesante propuesta sobre categorías y clasificación tecnológica. Para E. Formigli, la salvación de este material está en el estudio de los procesos tecnológicos de fabricación, y en ello tiene parte de razón, aunque no toda la razón. En su contribución junto a Alessandro Pacini y Manuela Petti sobre la reconstrucción del proceso de fabricación de una fíbula de arco simple de la facies medio-tirrénica del Bronce final, han llegado a la conclusión, hasta ahora no probada, que el origen de este tipo de fíbula no hay que buscarlo fuera del grupo sino en los procesos de innovación internos a partir de los alfileres que habían caracterizado la vestimenta de la etapa anterior. Dentro de los estudios tipológico-técnicos hay que destacar el realizado por Angiola Boiardi y Patrizia Von Eles sobre las fíbulas construidas total o parcialmente en ámbar procedentes de Verrucchio, que se completa con una propuesta sobre la circulación del ámbar en el área adriática. En cuanto a las contribuciones que podríamos calificar de más específicamente metalúrgicas, por plantear problemas de técnicas hasta ahora no documentadas o mal conocidas sobre la base de estudios analíticos y metalográficos, hay que reseñar la de Dore, Mazzeo y Benati sobre fíbulas vilanovianas estañadas. La técnica parece que es de incrustación de lámina de estaño sobre la base de bronce, seguido de un suave calentamiento en horno para fijar. Igualmente destacamos el trabajo analítico sistemático de A. Giumla-Mair sobre las aleaciones de fíbulas y alfileres en el área alpino oriental entre los siglos IX y IV a.C. Un capítulo especial ha merecido la presentación de Massimo Rossi sobre un nuevo método de observación que denomina Sistema TAC 3D desarrollado en el Departamento de Física de la Universidad de Bologna. Se trata de la aplicación de la Tomografía Axial Computerizada, de todos conocida en el ámbito sanitario, a objetos de patrimonio para obtener información física y morfológica de su estructura interna. La información se obtiene como imágenes en sección 2D, o en volúmen 3D, lo que permite una observación completa de los componentes no visibles del objeto. La imagen digital puede utilizarse posteriormente para la elaboración de realidades virtuales o para la de archivos. El método se proyectó como un instrumento diagnóstico completo para facilitar la labor de investigación científica y restauración de pequeños objetos. El capítulo de cierre se dedica a la reconstrucción experimental de la fíbula etrusca de arco serpeggiante por parte de E. Formigli y Alessandro Pacini. Se trata de un objeto excepcional, fabricado en plata y oro con decoración de filigrana y granulado. La descripción completa del proceso de reconstrucción se completa con una documentación gráfica y radiográfica de gran calidad, tanto del objeto original como de la reproducción en todas sus fases. El resultado es un proceso vivo y vivido que se transmite directamente al lector. Introducirse en la mente del artesano que pensó, planificó y fabricó la fíbula es algo que no está al alcance de cualquier post-procesualista, por más rabiosamente anglosajón que sea. La investigación sobre el cambio y persistencia tecnológica basada en la observación de las huellas de trabajado, los datos analíticos y los procesos de fabricación y organización del trabajo, junto a las experimentaciones arqueológicas realizadas con rigor, y no aquellas pensadas solamente para el mal llamado ocio cultural y la explotación económica, pueden ayudar a ello. Si una cosa demuestra este libro es que la denominada Arqueología de Urgencia puede, y debe, tener una importante proyección científica y no convertirse en un mero trámite cuyos resultados pasen a dormir el sueño de los justos en los archivos de las administraciones públicas. Es más, que este tipo de intervenciones pueden y deben tener una planificación científica que incluya la realización de analíticas (en este caso, los análisis palinológicos, los de pastas cerámicas y las fechas de carbono 14) y, posteriormente, una publicación detallada. Pasando ya al contenido, el volumen consta de diversos capítulos realizados por diferentes especialistas que incluyen la descripción de los trabajos, el estudio de los materiales, los análisis de polen, de pastas y de carbono 14 y la evolución de los patrones de asentamiento y del paisaje del entorno de la laguna del Gallo desde finales del Calcolítico hasta época moderna. En este sentido, ofrece una importante contribución en su perspectiva de análisis a largo plazo (cinco milenios) de un entorno muy reducido, con todas las posibilidades que ello crea para la investigación arqueológica. En lo referente a las actividades arqueológicas, se publican los resultados de la excavación de las covachas calcolíticas, el fondo de cabaña del Bronce Final y los diferentes vestigios musulmanes hallados. En la documentación presentada, cabría desear la reproducción de algunos de los perfiles efectuados a los que se hace referencia en el texto y que no se encuentran en las figuras, lo que facilitaría la comprensión de la excavación. Asimismo, la inclusión de escala gráfica en las láminas de los materiales, ya que sólo en la página 106 se señala que todas las piezas están publicadas a un medio, también hubiera sido útil para su comprensión. En cuanto al análisis de los materiales, los contextos calcolíticos han proporcionado un importante lote cerámico de final de la Edad del Cobre, además de materiales óseos y líticos, una parte de los cuales se han interpretado como útiles para actividades textiles. Estos materiales sirven para complementar otros yacimientos excavados en la campiña gaditana, como Cantarranas, Base Naval de Rota y el Trobal. Las fechas de carbono 14 obtenidas en las covachas calcolíticas las sitúan entre la segunda mitad del III milenio e inicios del II A.C., aunque la elevada desviación estándar de las mismas las hacen de escasa utilidad, aunque son un elemento más para discutir la transición del Calcolítico a la Edad del Bronce en la campiña gaditana, etapa ésta última para la que poseemos las fechas obtenidas en el Berrueco de Medina Sidonia (Escacena y de Frutos 1985). Pasando a considerar el fondo de cabaña del Bronce Final, éste ha proporcionado un lote cerámico típico del Bronce Final precolonial al que ya se han incorporado algunos productos a torno y se documenta igualmente la existencia del hierro, lo que implica ya la existencia de contactos que podemos considerar aún como precoloniales pero en el momento justamente anterior a las primeras fundaciones fenicias. Serían justo esos pocos años, una generación, los que Ruiz Mata (1994: 300-301) constituirían la etapa precolonial, igualmente documentada en el fondo de cabaña de Campillo (ibidem). En lo que respecta a las copas con decoración pintada a bandas a torno halladas en el fondo de cabaña del Bronce Final, los autores sostienen que imitan las formas indígenas de las copas y cazuelas de esta misma época, como ya señalaron Gómez Toscano y Balensi (1999: 62), además de con imitaciones chiprofenicia de escifos egeos de fines del siglo IX e inicios del VIII a.C., en lo que me parece una mala interpretación de la tesis de los mencionados autores. En este sentido, parece más acertada la primera comparación que la segunda, ya que dichas formas están ausentes, salvo en los niveles más antiguos del Castillo de Doña Blanca y en el túmulo 1 de Las Cumbres ((Ruiz Mata 1994: 299), del repertorio cerámico de las colonias fenicias de la Península Ibérica, generalizándose en las mismas sólo a fines del siglo VIII a.C. las imitaciones fenicias de escifos griegos (Briese y Docter 1998). Así, constituirían un elemento más de la interacción tecnológica entre fenicios e indígenas, observada también en el ámbito de la orfebrería en piezas como los pectorales y brazaletes del Carambolo (Perea y Armbruster 1998) y los candelabros de Lebrija (Perea et al. 2003). Otro problema es el de las fechas de carbono 14 obtenidas del fondo de cabaña, que no son coincidentes entre sí. En concreto, la fecha más antigua (UGRA-551) debe corresponderse con los escasos fragmentos de cerámica de Cogotas I hallados en el fondo de cabaña, quedando las otras dos (UGRA-549 y UGRA-550) como las más ajustadas al contexto, aunque su elevada desviación estándar las hace de poca utilidad. Enormemente importante es el análisis de pasta tanto en cerámicas a mano como a torno del fondo de cabaña del Bronce Final (M.C. Edreira, M.J. Feliu, M.J. Mosquera, A. Villena) que parece demostrar la fabricación local de ambos tipos, con las implicaciones que ello supone, ya que supone la fabricación de cerámica a torno en la bahía de Cádiz en época prácticamente precolonial, lo que supone la presencia de artesanos fenicios en dicha zona con anterioridad a la fundación de Castillo de Doña Blanca-Gadir. Este hecho supone un modo de implantación poblacional que recuerda a la de los portugueses en África en el siglo XV (Ruiz-Gálvez 1998: 65) y, en un marco más cercano cultural y cronológicamente, a los ceramistas asentados en el mundo etrusco responsables de la cerámica etrusco-geométrica (Canciani 1987). En lo que respecta a los análisis polínicos (P. López y J.A. López Sáez) se observa la progresiva antropización del medio físico desde el Calcolítico, mostrando los cambios en la importancia relativa entre los pastizales y los cultivos cerealícolas en las diferentes fases culturales, así como también las diferentes dinámicas en función de la existencia de marismas de agua dulce o salada a lo largo del tiempo. Por último, a partir de la documentación obtenida, los autores proponen un modelo en que de la agricultura de rozas y pastoreo del Calcolítico se pasará a una agricultura más intensiva complementada con la ganadería del Bronce Final, en un proceso de sedentarización enmarcado en una ocupación recurrente del entorno lagunar en función de los recursos hídricos existentes, una sedentarización que continuaría con posterioridad a esta fecha. A escala más local, proponen la amortización de la cabaña del Bronce Final mediante un ritual, ya que la interpretan como santuario o lugar de hábitat de un miembro destacado de la comunidad, que sería abandonada por la concentración poblacional que generaría la fundación del Castillo de Doña Blanca. En este sentido, la deposición de los materiales de prestigio (cerámica de tipo Carambolo, huevos de avestruz, copas pintadas a torno, cuentas de collar) en el fondo de cabaña nos hablan a favor de la verosimilitud de la existencia de un ambiente sacro que habría que poner en relación con las demás estructuras de las misma época, aún sin excavar, existentes a su alrededor. No obstante, esta interpretación no deja de ser hipotética, ya que algunos de estos materiales han aparecido en fondos de cabaña cercanos, como Campillo (López Amador et al. 1996), y no se les ha otorgado la misma funcionalidad. En definitiva, nos encontramos ante una obra que nos sirve para comprender mejor la evolución social y medioambiental en el entorno de la bahía gaditana entre el Calcolítico y la actualidad, además de aportar importantes datos para el estudio de ese interesante momento en que tienen lugar los primeros contactos entre fenicios e indígenas en los últimos momentos de la Edad del Bronce. Por último, ya en el plano puramente personal, señalar la satisfacción que produce la publicación de los resultados de una excavación en la que tuve la oportunidad de participar. En enero de 2002, patrocinadas por la Embajada de Alemania en la República de Portugal y organizadas por el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, se celebraron unas interesantes jornadas dedicadas al estudio de una de las manifestaciones más espectaculares y, en cierto sentido, desconcertantes de la Arqueología peninsular, los llamados "guerreros lusitanos, lusitanos-galaicos, galaicos o castreños" según las diferentes preferencias de los diferentes investigadores que han tratado el tema. Los debates, que se celebraron en las sedes del Museu Nacional de Arqueología y del Goethe Institut de Lisboa, fueron coordinados por el Dr. Thomas G. Schattner, reconocido investigador de densa formación académica hispano-lusa. La quincena de contribuciones aportadas, debidas a otros tantos destacados especialistas europeos, han sido publicadas en el último número de la revista Madrider Mitteilungen, a modo de actas con debates. La revista nos ofrece, así, un exacto reflejo de la calidad de estas jornadas, que podríamos considerar de "extraordinarias" no sólo por la profundidad y amplitud con las que se abordó el tema, sino por las contribuciones sobre manifestaciones paralelas que, como la estatuaria centroeuropea o itálica de la Edad del Hierro, podían aportar diferentes enfoques y puntos de vista paralelos interesantes para la comprensión final del fenómeno. El evento, organizado aprovechando la exposición "Religiôes da Lusitania" en el propio Museo Nacional de Arqueología de Lisboa, fue dedicado a dos egregios investigadores decimonónicos que ayudaron a valorar los primeros ejemplares conocidos, José Leite do Vasconcelhos y Emil Hübner. En sus trabajos se reflejan, en primera instancia, el interés y la necesidad de celebrar un coloquio como éste, pues en cierto sentido aún se observa la ausencia de una interpretación generalmente aceptada, pese a los ciento cuarenta años transcurridos desde la primera publicación, a cargo del epigrafista alemán. Esta carencia afecta, incluso, en la forma de calificar las estatuas de guerreros (lusitanas-galaicas, lusitanas, galaicas, castreñas.....), algo que se transmite en la totalidad de los trabajos presentados, pese a la reiterada impresión de la organización sobre el consenso en no usar términos étnicos. Las dudas principales se refieren a la cronología, la funcionalidad y los contextos culturales que definen estas estatuas, principales objetivos de estas jornadas que, si bien no se han podido resolver definitivamente a causa del lastre inicial informativo que conllevan, sin duda han sido aclaradas en más de una dimensión desconocida hasta el momento. Porque esta aportación, que se irá valorando en su justa medida con el tiempo, parte de una generalizada ausencia de conocimientos sobre los contextos originarios de estas manifestaciones, ausencia incluso en el único caso creído haber sido hallado in situ, Sanfins (Cat. En efecto, una de las páginas más atractivas del la publicación es el relato en primera persona realizado por el prof. Armando C. F. da Silva, describiendo pormenorizadamente, por vez primera, las circunstancias de tal hallazgo en 1961 y dejando patente que los restos de la famosa estatua, no sólo no fueron hallados in situ sino que pudieran haber pertenecido a más de un ejemplar, eso sí, de idéntico cánon, y relacionados en sus valores con el carácter sacro del edificio en el que fueron enterrados a mediados del siglo I (p. El enfoque metodológico aplicado al Coloquio, de carácter tradicional, residió en el cotejo de diferentes opiniones interpretativas y su enriquecimiento mediante los estudios realizados sobre facetas concretas de los guerreros o sobre manifestaciones culturales asimilables. Tras el catálogo de los 32 ejemplares conocidos, debido a F. Calo Lourido, con descripciones magras, dimensiones y el excelente acompañamiento gráfico propio de nuestro Instituto germano (Láms.: 1-50), este autor expone sus conocidos planteamientos en cierto sentido divergentes, o a veces totalmente diferentes, a los expuestos a continuación, los trabajos de A. C. Ferreira da Silva, M. Höck y J. de Alarção. Todos ellos se ven enriquecidos por análisis concretos como los debidos a las referencias greco-latinas relacionables con las estatuas (M. Koch), al estudio integral de las armas como principales elementos representados (F. Quesada) y al mismo carácter figurativo de estas manifestaciones desde su concepción artística, trabajo debido al mismo T. Schattner. Debo aclarar que estos tres trabajos, lejos de ser planteados como meros complementos, arrojan una gran cantidad de información objetiva sobre los anteriores y suponen, en mi opinión, las aportaciones más atractivas de este Coloquio. Aún así, la iniciativa de la organización trascendió de los contextos específicos de los mismos guerreros y se acercó a las manifestaciones asimilables del resto del territorio peninsular y de gran parte del ámbito europeo, en algunos casos un tanto alejados en el tiempo pero no en los valores ideológicos que reflejan. Por ello se incluyeron sendos trabajos de M. Almagro-Gorbea, sobre la escultura hispanocelta y de M. Blech, sobre la estatuaria ibera, siendo ambos aportaciones útiles para confirmar, por una parte, la singularidad de los guerreros galaicos como manifestación escultórica concreta pero, también, la presencia de elementos específicos compartidos con las características "célticas" e "iberas" de una estatuaria peninsular, por otra parte tan diferente como llena de excepciones (como los mismos verracos vettones o las estelas ibéricas que Blech, agudamente, analiza). En el tratamiento del coloquio, estas referencias cercanas son previas a las destacadas por los estudios dedicados a la gran estatuaria "celta" del Hallstatt y La Tène Inicial, especialmente en ejemplos tan reconocidos como las figuras de Glauberg (a cargo de F.-R. Herrmann), Vix (por C. Chaume y W. Reinhard), Capistrano (por O.-H. Frey) y, la más antigua, Hirschlanden (por D. Marzzoli). Las asombrosas coincidencias de algunos detalles formales de muchas de estas estatuas itálicas y centroeuropeas con algunos guerreros galaicos, detectadas en estos estudios, justificaron plenamente su inclusión, pese a que a priori son manifestaciones que en nada parecen relacionarse con la Península Ibérica. Y, por el contrario, las supuestas más cercanas analogías con la estatuaria gala de Entremont y Roquepertuse, y otros yacimientos del Mediodía francés (estudiadas por A. Rapin), se mostraron equívocas, bien por considerarse convergencias de un indefinido sustrato común, bien por desconocerse el verdadero contexto histórico de muchas de ellas, especialmente de las numerosas cabezas estilo "Jacobsthal" halladas en Centroeuropa, en Francia, en significativas regiones de las Islas Británicas como Yorkshire, y de la Península Ibérica, como Galicia o Extremadura (bien destacadas por M. Almagro-Gorbea). Pese a que las tradiciones populares, en todos estos territorios, son unánimes en afirmar su celticidad, ni V. Megaw, ni A. Rapin o M. Szabó ocultan sus dudas sobre ésta, al demostrar la existencia de esculturas similares como producciones locales propias del período romano, del medieval, e incluso tan modernas como los comienzos del siglo XIX (p.e. En suma, la reunión permitió confrontar diferentes interpretaciones sobre la cronología y el significado de las estatuas de los guerreros "galaicos", y enriquecerlas con enfoques especializados así como con analogías documentadas en fenómenos escultóricos similares de la Europa protohistórica, que aportan nuevas luces interpretativas. Es cierto que, de inicio, se hecha en falta un tratamiento instrumental más actualizado, con análisis "traceológicos", petrológicos quizá, y sobre todo espaciales, estos últimos en la línea por ejemplo de las importantes síntesis dedicadas por J. Álvarez-Sanchís a los verracos de los Vettones. Pero, aún así, la calidad del trabajo realizado es incuestionable y sirve para demos-trar cómo se puede avanzar mucho en el conocimiento histórico-arqueológico desde los planteamientos tradicionales de la "vieja escuela" interpretativa de la escultura antigua, fundamentalmente "formalista". Entre las interpretaciones más aceptadas sobre estos guerreros, que contextualizan el fenómeno en los contextos de la Romanidad incipiente en el Noroeste, las posiciones radicales de F. Calo respecto al escaso reconocimiento de un papel de la sociedad indígena prerromana entre sus factores generadores ("esta lleva una vida pobre y lánguida hasta los contactos con Roma", p. 37), se ven adecuadamente matizados por otras aportaciones, como la de A.C.F. Da Silva que revaloriza el peso cultural y económico de la Protohistoria castreja, plasmado en la realización de estelas-menhires como las de Chaves, Fajoes, S. Joâo de Ver... De igual modo es muy interesante la propuesta de J. De Alarçao, que considera la posibilidad de que estas estatuas fueran representaciones de los príncipes indígenas potenciados por os romanos como cabezas visibles de una nueva organización étnica, la reflejada por los numerosos gentilicios citados por las fuentes greco-latinas. Relacionar estos vectores con la presencia de oppida-civitates es la propuesta más atrayente y renovadora, metodológica y conceptualmente hablando, por sus pretensiones de integridad y coherencia, pero le falta apoyo arqueológico y le sobra cierto grado de presunción, como el mismo investigador reconoce (p. 123) y le recuerda, acertadamente, A.C.F. Silva en los debates (p. Aún así, el contexto de las estatuas es consensuadamente aceptado en un rango temporal de mediados del siglo II a.C. a mediados del I d. C. y una motivación relacionada con el proceso de transformación social acaecido con la llegada de Roma a Callaecia. Poe ello pudiera sorprender que la Organización del coloquio no haya incluido entre los ponentes a un especialista en escultura romano-republicana. No obstante, debo comentar que el mismo T. Schattner, en su detallada aportación, se encarga de analizar estas posibles analogías, especialmente recurrentes en relación con el Augusto de Primaporta. Así, con un afortunado enfoque explícitamente ecléctico, Schattner inicia el análisis de este postulado y lo incorpora en un modelo teórico de estudio formal que le permite alcanzar conclusiones coherentes con los conocimientos actuales. Entre ellas, descarta cualquier relación directa con la escultura romana contemporánea (en la línea expresada también por M. Höck: 56), pero reconoce un conjunto de rasgos claramente influenciados por ella. Algunos de estos pueden ser cuestionables, como los pies desnudos que, además de aportar la relatividad de la prueba por ausencia, tiene remotos precedentes en las escasas representaciones humanas del Occidente europeo, como las mismas estelas "de guerrero" del Bronce Final extremeño (Celestino 2001: 93). Pero otros rasgos nos parecen, en efecto, de una "romanidad" incontestable, como especialmente la disposición avanzada de una de las piernas, la presencia de plintos o la misma aparición del bulto redondo en este confín atlántico. Por ello, independientemente de la adscripción de algún detalle, la propuesta de Schattner concluye en la definición de una serie de esculturas con rasgos de origen cla-ramente prerromano y otra, numéricamente menor, en la que las influencias romanas son patentes. El resultado es, por tanto coherente, aunque otra cosa sea conocer si tales distinciones responderían, también, a un desarrollo cronológico diferenciado, como es lógico considerar. Para confirmarlo es preciso documentar piezas con contextos arqueológicos contrastados. Queda claro, también, que frente a las convergencias formales de elementos representados en las estatuas de Capeludos o Sabanle con la estatuaria del Hierro Antiguo Centroeuropeo, se conocen similitudes claras que implican símbolos y formas romanas, quizá incluyendo el carácter especial de ser portadores de puñales y escudos como sus armas características, sin espadas y sin lanzas -pues el trabajo de F. Quesada aporta contundentes planteamientos para defender el valor simbólico de la representación de sus armas-, una asociación que en las legiones se encuentra sólo entre una figura tan representativa como singular en la estructura social romana, el centurión. Reconocer en ello un préstamo simbólico de los legionarios hacia los jefes de sus unidades auxiliares, celtibéricas fundamentalmente, es una posibilidad cuyo reflejo ya contemplamos en ámbitos contemporáneos de la cercana Asturia (Berrocal et al. 2002: 322). Pero limitar el extenso significado de estas estatuas a una única razón y momento es dejar numerosas preguntas sin contestar, y obviar datos y referencias prerromanas claras como las que este coloquio ha puesto de relieve, y cuyas referencias cronológicas remiten a momentos muy anteriores a los augusteos, cuando los emplazamientos militares romanos se reconocen en el Noroeste (véase por ejemplo en estado de la cuestión en Morillo et al. 2003). Por resolver, todavía, las diversas funciones concretas de estas estatuas, entre las que se insinúa también un posible origen funerario (pp. 246-247). En conclusión, entre las aportaciones fundamentales de este coloquio destacamos la afirmación de la cronología dual de las estatuas, republicanas y julio-claudias; y la definición ideológica de la mentalidad que las concibe y talla, claramente inserta en las estructuras indígenas de la Edad del Hierro abiertas a la Romanidad. Porque es consensuada su génesis como consecuencia de genéricas, pero patentes, influencias romanas, llegadas a la región con las primeras legiones. Se constata con ello un proceso convergente con el conocido en el surgimiento diacrónico de la escultura monumental hallstáttica y lateniense en relación con el comercio etrusco, piceno y griego de los siglos VII y V a.C. Y, precisamente, la diacronía de estas convergencias se refuerza con la detección de nexos simbólicos comunes, reflejados por ciertas disposiciones formales y elementos entre fenómenos escultóricos tan alejados en el tiempo y en el espacio. Por ello, explicaciones sociales como las argumentadas por M. Szabó en relación con las analogías propias de las "periferias de la periferia" mediterránea, se presentan como las respuestas de fácil planteamiento, sin que por ello contesten a los interrogantes profundos que parecen demostrar una ideología ancestral común. Al fin y al cabo, la tan recurrida ausencia de precedentes escultóricos en el Noroeste ha demostrado no tener otra argumentación más que la debilidad que prueba la ausencia de datos, ausencia poco a poco paliada gracias a hallazgos como las estatuas de Chaves o Sâo Joâo de Ver que, aún fechadas entre los siglos V y IV a.C. por iconografía, son la respuesta recurrente con los precedentes de Entremont, o Roquepertuse, respecto a las estelas esculpidas de las Edades del Bronce. En la Edad del Hierro del Noroeste de la Península Ibérica son excepcionales los trabajos cuya premisa fundamental y básica sea analizar la sociedad. Hasta tal punto es esto cierto que creo que puede considerarse la obra de César Parcero, investigador del Instituto de Estudios Gallegos Padre Sarmiento / CSIC, como la primera síntesis de arqueología explícitamente social que sale a la luz en la región. A pesar del título, lo que nos ofrece el autor es más que un estudio de un paisaje antiguo: nos encontramos con una interpretación general de la organización socio-política en la Edad del Hierro en Galicia. El libro se divide en cinco capítulos: en el primero ("Punto de partida: planteamientos") hallamos las bases teórico-metodológicas y la definición del objeto y el área de estudio; el capítulo 2 ("El espacio de la producción: el paisaje agrario castreño"), que es el más extenso, se dedica a presentar la base empírica que constituye la base fundamental del trabajo y a analizar las cuestiones relacionadas con la subsistencia. En el tercero ("El espacio de la relación: el paisaje como construcción socio-política") se aborda la organización social de las comunidades de la Edad del Hierro en el Noroeste. El capítulo 4 ("El espacio del pensamiento: elementos simbólicos del paisaje castreño") trata los aspectos cognitivos. El último ("Epílogo") presenta brevemente recapitulación y conclusiones. En el capítulo 1 se plantean de forma concisa y clara los ejes principales que guían el trabajo, centrándose sobre el concepto de modelo y analogía. La explicación de ello se encuentra en el uso que el autor hace de construcciones teóricas de carácter histórico-filológico ("sociedad heroica") y antropológico (campesinado) a lo largo del trabajo. Las precisiones resultan especialmente pertinentes para aclarar posibles malentendidos (pp. 26-27), como los que sin duda podrían derivarse de la lectura de trabajos previos (especialmente Parcero 1995), en los que no se aprecia de forma tan diáfana el carácter de modelo que se atribuye -en particular-al concepto de "sociedad heroica" procedente del celtismo. Independientemente de que ya en estudios anteriores los modelos célticos se tomasen como meros modelos comparativos, lo cierto es que se aprecia una evolución notable en este investigador hacia posturas menos dependientes de la trama filológica y más orientadas arqueológicamente. En concreto, el modelo de las sociedades heroicas ha sido objeto de análisis por el historiador M.V. García Quintela y discípulos, en cuyas investigaciones se basa nuestro autor. Hace bien, como decíamos, en especificar el carácter meramente teórico y comparativo de la analogía céltica porque, aunque de indudable interés, las teorías de los estudiosos del mundo celta no deben tomarse sin buenas dosis de crítica y contextualización. Respecto al concepto de campesinado, los pioneros en su utilización arqueológica son Fernández-Posse y Sánchez-Palencia (1998), cuyas fuentes teóricas comparte Parcero. Además, se recurre en este libro al mundo campesino tradicional gallego. Su uso es muy recomendable siempre y cuando se haga con las determinadas cautelas y de forma puramente análogica. Es evidente que el autor no defiende una continuidad del mundo de la Edad del Hierro en el tradicional gallego (como ha interpretado Fernández-Posse 1998), pero también es cierto que resulta fácil traspasar la delgada línea que separa el modelo, lícito, de la pervivencia, con frecuencia ilícita. Aunque Parcero se mantiene con firmeza dentro del primer enfoque, el uso de la analogía en sí misma es ya peligrosa: por su cercanía, inhibe la posibilidad de pensar la Edad del Hierro en términos de alteridad, en la línea que postulan los arqueólogos ingleses (Hill y Cumberpatch 1993). En este caso, el recurso al concepto de Sociedad Heroica sirve de contrapunto de otredad al modelo etnográfico. En el capítulo 2 se da a conocer la base empírica con la que cuenta el autor: se analizan tres regiones: Campo Lameiro (Pontevedra), Friol (Lugo) y A Coruña. Una primera observación que se puede hacer al marco geográfico tiene que ver con la poco apropiada elección de una región administrativa actual (Galicia) y con el hecho, aparentemente casual, de que las tres zonas estudiadas se concentren en una zona particular de Galicia, que se correspondería con lo que los romanos denominaron Gallaecia lucense, región dotada en la Edad del Hierro de una personalidad cultural muy característica y no fácilmente extrapolable a todo el mundo "castreño". El estudio se basó en la prospección de las áreas mencionadas y el posterior análisis de la documentación con un SIG. Desgraciadamente, no se realizó ningún sondeo, lo cual se echa especialmente en falta en una zona como Galicia, donde la cobertera vegetal dificulta o impide con frecuencia la localización de materiales que permitan afinar la cronología de los yacimientos. En este sentido, la investigación de Parcero es menos completa que las emprendidas por Martins (1990), Criado (dir. De los algo más que 100 castros incluidos en las tres zonas prospectadas, sólo en tres yacimientos se han realizado intervenciones sistemáticas objeto de publicación. Las excavaciones se echan especialmente en falta en Friol: la Edad del Hierro en la provincia de Lugo es virtualmente desconocida y, además, es precisamente este municipio el que más se aparta del modelo que define César Parcero. La tesis fundamental respecto al paisaje de producción (avanzada en Parcero 2000) es la existencia de dos modelos diferentes de explotación agraria que se corresponden con dos formas diferentes de construir el paisaje: una para la Primera Edad del Hierro (s. VIII-V a.C.) y otra para la Segunda Edad del Hierro (s. IV-I a.C.) En el primer caso nos encontraríamos un escenario que, en buena medida, supone una pervivencia de las formas de explotación agraria de la Edad del Bronce: se trata de un paisaje que se ha denominado convexo, en el cual los poblados se sitúan en los puntos más elevados, en ocasiones en penillanuras elevadas, junto a suelos ligeros, mientras que los valles se extienden por cotas más bajas. Así, los castros resultan sumamente conspicuos en el paisaje, donde comparten vecindad con elementos de tiempos anteriores: especialmente petroglifos y poblados abiertos de la Edad del Bronce. Frente a este modelo, el de la Segunda Edad del Hierro se puede caracteriza por la inmersión de los poblados en los valles: se gesta así un paisaje cóncavo (definido ya en Criado, dir. 1992: 250), en el cual el poblado posee una percepción definida por los límites de la figura cóncava de un valle. En este caso tiene lugar una explotación agraria más intensiva, que afecta a suelos más pesados de fondo de valle. Hay que señalar, sin embargo, que está dualidad de paisajes ya había sido señalada por otros investigadores como Manuela Martins (1990Martins (, tesis de 1988) ) y Xulio Carballo (2002Carballo (, tesis de 1989)). Quedaba de manifiesto en las obras mencionadas la existencia de un poblamiento más antiguo en lugares elevados sobre el paisaje circundante, conspicuos, con una gran visibilidad y una limitada superficie de habitación, frente a poblados de momentos más avanzados situados en zonas de valle, con mayor espacio de habitación y defensas más complejas (Carballo 1997: 73-74), realidades que el trabajo de Parcero viene a corroborar. En realidad, el acierto de Parcero, a mi parecer, no radica tanto en la propuesta de los dos modelos, cuanto en su delimitación clara y exacta y en la propuesta de unos contenidos sociales para estos paisajes. Así, en las tesis mencionadas, aunque se proponía una evolución del paisaje semejante a la que ofrece Parcero, el análisis territorial se realizó de forma global sin tener en cuenta, en la práctica, el hecho de que no todos los castros pertenecen al mismo período -fallo del que adolece un trabajo anterior del propio Parcero (1995)-. No sucede lo mismo con esta obra, donde vemos claramente reconstruido el poblamiento de la Primera y de la Segunda Edad del Hierro a partir de los parámetros propuestos para tal diferenciación. Por otro lado, es también un acierto la eliminación de una tercera fase, admitida en la "Cultura Castreña", que tradicionalmente se ha considerado indígeno-romana. Sin embargo, tampoco en este punto la teoría es absolutamente original (cf. Carballo 1997: 74). La eliminación de la Fase III afecta exclusivamente a los modelos de explotación del valle. Estoy totalmente de acuerdo en que ni el final de la Edad del Hierro ni la conquista romana traen consigo cambios sustanciales en el paisaje de subsistencia del Noroeste. Ahora bien, la aparición de oppida tuvo que tener, allí donde se produce, un impacto relevante en la organización del paisaje y no sólo desde el punto de vista político, como lo demuestran los procesos de sinecismo y reestructuración del territorio que se advierten en el entorno de algunos grandes poblados. En segundo lugar, el concepto de indígeno-romano debe matizarse: creo que éste sólo puede aplicarse desde época de Augusto, lo que deja fuera a la gran mayoría de los castros que tradicionalmente se consideran fundados bajo influencia o dominio romano. En cualquier caso, la ocupación del valle es siglos anterior a la conquista y los denominados "castros agrícolas", es decir, de fondo de valle, no se pueden considerar un subproducto de la "romanización", frente a lo que se ha señalado en ocasiones. Por último, la disonancia que presenta el área de Friol dentro del esquema de los modelos se puede explicar desde un punto de vista ecológico, pues la zona no favorece el laboreo intensivo, y desde un punto de vista social: "es posible concebir que en ocasiones sea la propia acción social la que crea las condiciones pertinentes para coartar esa decisión [la de invertir en la intensificación agraria]". En este caso, y dada la existencia de joyas en zonas adyacentes, un fenómeno de resistencia me parece poco verosímil: posiblemente lo que observemos sea una forma distinta de acumular capital. Esto nos adentra ya en las cuestiones de tipo social que César Parcero trata en su capítulo 3. Aquí desarrolla su modelo basado en el concepto de campesinado, el modo de producción germánico y la Sociedad Heroica. Por lo que respecta al primer concepto, al igual que sucede con la formulación de Fernández-Posse y Sánchez-Palencia (1998), tiene el problema de que fue definido y ha sido utilizado por los antropólogos para referirse a comunidades existentes en el seno de estados. El concepto de "campesinado primitivo", descrito por Fidel Méndez (1998) para las comunidades de la Edad del Bronce, me parece más útil para la Edad del Hierro -no entiendo que pueda ser de aplicación el concepto "campesino" (que implica un vínculo permanente con la tierra y una actitud activa respecto al medio) para las sociedades de la Edad del Bronce en Galicia-: ciertamente, existen múltiples rasgos de las sociedades campesinas contemporáneas que parecen encajar con las castreñas -relación estable con la tierra, creación de excedente, autonomía de las comunidades, importancia del parentesco en la gestión de la producción, etc.-, sin embargo también considero que la inexistencia de estado invalida el concepto sino se adjetiva de alguna forma. En cuanto al modo de producción germánico, ya ha sido usado por arqueólogos marxistas, de donde lo toma Parcero. Desigualdad, explotación en el marco de las relaciones de parentesco, papel central de la unidad familiar, inexistencia de una estructura de clase, clientelismo y violencia son algunos de los elementos que definen este modo de producción. Por último, las sociedades heroicas, como explica nuestro autor (p. 182), no son directamente equiparables al modo de producción germánico, aunque indudablemente presentan elementos concomitantes que permiten su utilización conjunta: desigualdad e importancia de la actividad guerrera serían dos de los puntos de semejanza más importantes. En mi opinión, lo más interesante del concepto de sociedad heroica es la "teoría del valor", desarrollada por M.V. García Quintela, en una obra todavía inédita: armas, joyas y animales serían la forma fundamental de riqueza y de negociación de posiciones de poder. Por el contrario, la propiedad inmueble tendría un valor secundario. A partir de estos conceptos, Parcero desarrolla los contenidos sociopolíticos de los modelos de paisaje propuestos en el capítulo anterior. La Primera Edad del Hierro, así, se presentaría como una sociedad en vías de conversión en una sociedad heroica. Se trataría, en opinión del autor, del "último intento, casi desesperado, de inhibir el progresivo e inevitable proceso de consolidación estructural de la desigualdad". La importancia de los elementos colectivos -como la inversión en espacio público-frente a los jerarquizadores, como las importaciones o las joyas, la ausencia de excedentes agrícolas a gran escala y la autonomía de los poblados revelaría la importancia de los elementos igualitarios en las sociedades de la Primera Edad del Hierro. Es necesario realizar algunas puntualizaciones: en primer lugar, el modelo se basa sólo de forma secundaria en el paisaje, pese a ser éste el objeto del libro. En segundo lugar, la ausencia de excedentes a gran escala, frente al panorama del Bronce Final, no está tan clara: en Penalba han aparecido 70 kg de trigo y 2 kg de mijo (Aira et al. 1990), lo que quizá indique un cambio en la forma de almacenamiento, no en el volumen almacenado. En poblados de la Primera Edad del Hierro del norte de Portugal siguen existiendo, además, fosas con cereal (Bettencourt 2000). En tercer lugar, es cierto que el número de joyas e importaciones es muy inferior al que conocemos durante la Segunda Edad del Hierro, pero también es cierto que se han excavado menos castros antiguos. En realidad, el número de importaciones no es tan reducido como tradicionalmente se ha considerado: existen suficientes elementos como para considerar que no todo el Noroeste estaba al margen del comercio mediterráneo. La zona sudoccidental al menos sí parece mantener relaciones frecuentes con los navegantes fenicios o tartessios y quizás también unas formas de desigualdad más marcadas que en otras áreas del Noroeste. Finalmente, no considero que la Primera Edad del Hierro sea el "último intento" de restringir las desigualdades, sino más bien un nuevo intento, después del lapso aristocrático que supuso el Bronce Final, especialmente los siglos X-IX a.C., en la mayor parte del Noroeste. La Segunda Edad del Hierro da lugar a una sociedad considerablemente diferente: desigualdad social, militarización del paisaje (incremento y mayor monumentalización de las defensas castreñas), reducción del espacio colectivo, incremento de los bienes de prestigio (joyería y en particular torques), jerarquización regional, explotación en el marco del parentesco, inexistencia de resistencia activa ofrecerían el panorama de una auténtica sociedad heroica bien establecida. También sería característico del período la aparición de una considerable regionalización del Noroeste. La descripción del panorama social de la Segunda Edad del Hierro resulta compleja y sugerente. Es, además, más acorde con el registro arqueológico que la otra propuesta hasta ahora existente, la de Fernández-Posse, Sánchez-Palencia y Sastre Prats. Según estos autores, las comunidades castreñas habrían sido de corte igualitario hasta la llegada de Roma, que habría dado lugar a la sustitución de una sociedad segmentaria por otra de tipo estatal (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia 1998; Sastre 2001). A grandes rasgos, comparto las teorías de Parcero, especialmente por lo que se refiere al carácter fundamentalmente desigualitario de las comunidades del segundo Hierro y la relevancia del conflicto intercomunitario. Discrepo, en cambio, sobre la posible extensión del modelo. La propia regionalización que se advierte en la Segunda Edad del Hierro, que menciona Parcero, puede tener implicaciones de orden social. Resulta difícil de creer que la organización sea la misma en el norte de Portugal, el interior de Galicia o el oriente de Lugo, por mucho que compartan un sustrato ideológico común. El registro material, aunque con evidentes y notables puntos de contacto, posee también diferencias sustanciales. Por ejemplo, no parece que la teoría del valor sea tan fácilmente aplicable a la zona meridional castreña, donde lo inmueble, la tierra y la vivienda, parecen poseer un papel predominante en la acumulación de riqueza y la sustentación de desigualdades. Una crítica que le será dirigida por más de un investigador es la mezcla de sociedad campesina y sociedad heroica. Aunque tal y como se desarrolla la unión en el texto resulta convincente -con el énfasis en la independencia de la unidad doméstica familiar-, la realidad es que héroes y campesinos no acaban de convivir bien juntos. Mientras que en las sociedades campesinas la ideología tiende a subrayar lo comunitario y a camuflar las desigualdades dentro del grupo, en las sociedades heroicas los "héroes" hacen ostentación de su posición predominante: con armas y joyas. Aunque en ambas existan desigualdades, su origen y manifestación es demasiado diferente. Estoy igualmente en desacuerdo con la idea de que el orden social heroico no acabe de disolverse antes de la introducción del cristianismo (p. Los datos del registro arqueológico para la mayor parte del Noroeste indican que a inicios del siglo II d.C. se ha producido la virtual desaparición de las culturas prerromanas. Las aristocracias eran las principales depositarias de la ideología heroica y las primeras interesadas en que se mantuviera y son precisamente las elites las primeras en incorporarse al mundo cultural romano. Independientemente de las discrepancias señaladas, considero que el libro de César Parcero constituye un trabajo excelente, lleno de ideas interesantes y polémicas, una de las mejores obras de protohistoria que ha dado el Noroeste de la Península Ibérica en las últimas décadas y que augura un porvenir halagüeño a los estudios de la Edad del Hierro en la zona. Y esto es así por la sólida base teórica, la adecuada metodología empleada, la contextualización en el marco ibérico y europeo y el análisis histórico-antropológico que se lleva a cabo de las sociedades del Hierro. En el estudio de Parcero en todo momento somos conscientes de que, de lo que se trata, es de entender comunidades del pasado y no de ordenar y describir objetos o espacios. Por si fuera poco, el libro está muy bien escrito, lo que hace que la lectura sea verdaderamente ágil y amena: algo nada corriente en los estudios arqueológicos y menos los que proceden de una tesis doctoral. Correo electrónico: [EMAIL] -----FRONTERAS NATURALES Y FRONTERAS CUL-TURALES EN LOS PIRINEOS DURANTE LA PRE-HISTORIA Con este sugerente título se celebró, entre el 11 y el 13 de marzo de 2004 en la localidad francesa de Tarascon-sur-Ariage, una mesa redonda con una numerosa participación de prehistoriadores franceses y españoles. La reunión era el paso final de un largo proceso iniciado seis años antes. Un grupo de investigadores franceses y españoles pidió un PCR (Projet Collectif de Recherche) al Service Regional de l'Archéologie de Midi-Pyrínées que fue financiado por el Ministerio de la Cultura francés para investigar acerca de la prehistoria de ambos lados de la cordillera pirenaica, bajo la coordinación de Nathalie Cazals. Esta investigadora francesa había trabajado, para su tesis doctoral, en temas transpirenaicos durante la prehistoria. Esta formación, por desgracia aún bastante excepcional, le capacita para plantearse una serie de problemas acerca de si los Pirineos actuaron durante la prehistoria como barrera física y/o cultural o, más bien, como área permeable y geográficamente homogénea. Fruto de este planteamiento surgió este PCR, que a lo largo de seis años, desde su petición y concesión en 1998 hasta su final en 2004, debía impulsar el estudio de fenómenos culturales a ambos lados del Pirineo durante la prehistoria. La idea básica consistía en poner en común todos los estudios hechos a partir de las industrias líticas del Paleolítico Superior y del Epipaleolítico y, a partir de ello, pasar a consideraciones de tipo histórico, cultural y geográfico. Diversos equipos de trabajo fueron los que dieron el primer paso al frente para llevar adelante el estudio, entre los que destacaríamos, como más comprometidos, los de las universidades de París, Burdeos, Aixen-Provence, Toulouse-le-Mirail, Barcelona, Gerona, Complutense de Madrid, Santander y País Vasco, o diversos centros de investigación del CNRS francés o del CSIC (Inst. Milá i Fontanals de Barcelona). Las reuniones parciales se fueron sucediendo (Capellades, Gerona, Hasparren, Toulouse), y los temas se fueron acotando: elementos de tipo geográfico y paleoambiental; cuestiones de materias primas minerales; y todo lo relacionado con el ser humano, hábitat, arte, tecnocomplejos, territorialidad, etc. Es muy destacable el hecho de que anualmente se hicieran unos informes generales de todo lo tratado a lo largo de los doce meses anteriores; en ellos se han ido recogiendo las bases de datos que han ido elaborando los diferentes grupos y que han sido puestas en común por escrito y en las reuniones periódicas mencionadas básicamente se presentan síntesis sobre la disponibilidad de materias primas líticas a ambos lados de los Pirineos, y el resumen de todos los análisis tecnológicos que sobre industria lítica se han hecho durante estos últimos seis años en la región objeto de estudio. Pueden consultarse en los Servicios Regionales de Arqueología de Midi-Pyrínées, de Aquitania y del Languedoc; en España los coordinadores han sido J.E.González Urquijo (Univ. de Cantabria) y X. Terradas (CSIC, Inst. Milá y Fontanals, Barcelona). Así las cosas, se llegó a la obligada reunión final de conclusiones del PCR, una mesa redonda en la que debían ponerse al día todas las cuestiones discutidas e investigadas a lo largo de los últimos años por los equipos participantes. Además debían también confrontarse los datos acumulados acerca de las industrias líticas con los procedentes de otros campos de la investigación tales como la fauna o el arte. Hubo una sesión introductoria y de presentación del tema de base («El uso de la noción de frontera en Prehistoria»), con las intervenciones de N. Cazals, F. Bon y A. Arrizabalaga, ya con un acusado matiz monográficamente tardiglaciar y postglaciar que marcaría el desarrollo de toda la reunión. Los prehistoriadores incidieron en las disimilitudes que se plantean entre nuestra disciplina y la Geografía humana, en las contradicciones que, desde mediados del siglo XX, han ido apareciendo cuando se definían las «culturas regionales» o las «facies regionales». La aparición de los modelos anglosajones, con la funcionalidad y la influencia del medio como elementos claves de este planteamiento, hizo mella en estos planteamientos, que siguieron siendo bastante cerrados e impermeables a las «regiones « vecinas. Tuvieron que llegar los años 90, con sus estudios de movilidad de objetos y de materias primas, para renovar nuestra visión de la explotación de los territorios. La dualidad «fronteras culturales « versus « fronteras naturales» subyacía en los enfoques que, desde el PCR, se fueron plasmando en investigaciones concretas y en conclusiones que, al final de la mesa redonda, se formularon; pero se partió de cuestiones como si los límites ecológicos (en el caso de ser perceptibles) se ajustan a los límites culturales, o cuáles son los elementos de la cultura material de estos grupos que pueden servir para mejor definir estos límites. Las propuestas eran ambiciosas y el desarrollo de la reunión no desmintió dichas expectativas. Las cinco grandes sesiones plenarias intentaron plasmar esos temas clave apuntados más arriba, bajo las presidencias de los cinco investigadores responsables de los grupos más significados que han contribuido al desarrollo del PCR: Josep M. Fullola, catedrático de Prehistoria y director del SERP de la Universidad de Barcelona; Pilar Utrilla, catedrática de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza; Dominique Sacchi, investigador del CNRS; Michel Barbaza, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Toulouse-le-Mirail; y Narcís Soler, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Girona. La primera sesión se dedicó al medio geográfico, animal y mineral. En realidad los dos únicos temas tocados por los investigadores que intervinieron fueron la arqueozoología y las materias primas líticas; el medio geográfico era meramente el escenario en el que se movían los condicionantes de la fauna y del sílex. Se echó en falta, además, cualquier intervención de tipo paleovegetal que completase el panorama, interesante y profundo, que se pudo comprobar en las comunicaciones de esa primera sesión. Los comportamientos subsistenciales a ambos lados de la cordillera no parecieron muy fácilmente diferenciables, si hemos de hacer caso de los investigadores que analizaron diversos casos. Más juego dio el tema de las materias primas líticas, en el que las intervenciones de Mangado, Ortega, Terradas y Tarriño marcaron una profundidad en la investigación en la vertiente sudpirenaica que permitió precisiones de gran interés. Las sesiones del viernes y el sábado tenían como tema básico «¿Son superponibles los límites temporales y geográficos definidos a través de las industrias y de las manifestaciones simbólicas?». Por la mañana esto se aplicó al contexto del Tardiglaciar, y por la tarde a las diacronías durante el Paleolítico Superior; el tercer día por la mañana se habló de la geografía humana antes del Tardiglaciar. Los estudios de tecnología lítica resaltaron la adaptabilidad de los grupos a entornos distintos; se analizaron casos auriñacienses y magdalenienses en los que las relaciones que los investigadores establecían no confirmaban la noción estricta de frontera para la cordillera pirenaica. Este hecho, ligado a la clarificación de las áreas fuente de materias primas en la zona, nos llevó hacia la conclusión de que debe irse olvidando el concepto de «escasez» aplicado a la obtención de dichos materiales líticos usados para la industria. Se intervino también en aspectos más ligados a las correlaciones entre las diferentes regiones objeto de estudio. Ese deseo de encontrar territorios concretos de dispersión para lo lítico, lo óseo, lo paleoambiental o lo «artístico» no se vio correspondido con la realidad expuesta en las comunicaciones. En efecto, las zonas que pudieron irse más o menos delimitando no eran las mismas para los tecnocomplejos líticos y óseos que para las derivadas de los aspectos más simbólicos. Las discusiones nos llevaron a plantearnos la idoneidad de esas correlaciones o, al menos, la dificultad para establecerlas; solo una aproximación interdisciplinar puede acercarnos a ellas, y la zona pirenaica, con unos estudios de todo tipo ya profundos y asentados, puede la mejor para llegar a ello, pero hay que seguir trabajando en el tema. Añadiremos finalmente que la publicación de las actas de esta reunión final de Tarascon está prevista que se realice bajo los auspicios del Museo de Arqueología de Cataluña (Girona) durante el año 2005. Los seis años de PCR han contribuido a establecer unos lazos de colaboración estrecha entre los investigadores de ambos lados del Pirineo a medio y largo plazo. Los encuentros regulares que se han desarrollado, dentro del marco del proyecto, han permitido intercambiar los datos más recientes sobre las investigaciones que sobre el tema se estaban realizando a ambos lados del Pirineo. Todo ello ha propiciado un mejor conocimiento mutuo y una comprensión metodológica creciente; el resultado ha de ser una homogeneización de las formas de abordar el estudio tecnológico de las industrias líticas del Paleolítico Superior y del Epipaleolítico pirenaico de cara a la comparación real, con datos precisos, de los yacimientos y de sus territorios de influencia al norte y al sur de la cadena pirenaica, sin considerar que ésta sea necesariamente una barrera infranqueable. Nos hemos ido dando cuenta de los puntos fuertes y no tan fuertes de nuestras formaciones académicas (poca geología en la vertiente sur, una visión quizás no tan historicista entre los septentrionales), y el resultado final de nuestras discusiones no ha podido ser más que muy positivo. Los contactos personales entre los distintos investigadores han facilitado mucho otro aspecto clave de este PCR, los intercambios de estudiantes, doctorandos o postdoctorandos entre los centros adscritos al proyecto. De estas conexiones han nacido ya temas de tesis transpirenaicos, planteamientos de investigación generales, visiones ya no reduccionistas sino abiertas a los indudables lazos que, durante la Prehistoria, existieron a ambos lados del Pirineo. Estamos seguros de que estos años y estas investigaciones coordinadas no caerán en saco roto y que, sin duda, ayudaron a progresar aún más este campo de la Prehistoria. Josep M. Fullola Pericot Dpto. Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología Facultad de Geografía e Historia Universidad de Barcelona C./Baldiri Reixac s/n 08028 Barcelona Correo electrónico: [EMAIL]
Según André Leroi-Gourham Ekain era "el conjunto de caballos más perfecto de todo el Arte Cuaternario" [URL] consulta 22-IV-2011). El Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO lo inscribió entre los titulados Cave of Altamira and Paleolithic Cave Art of Northern Spain (2008), ampliando la lista de 1985. No es, pues, un unicum como podría sugerir la información aislada al respecto que aparece en este producto de divulgación. En formato audiovisual, busca dar a conocer Ekain a través de las impresiones de artistas (Koldobika Jáuregui, Eduardo Chillida...) y especialistas en arte rupestre (Jean Clottes, Jesús Altuna...) tomando posición en el debate sobre la explicación chamánica del Arte Paleolítico. Compara las habilidades pictóricas de artistas, que han estudiado multitud de representaciones rupestres, y de "ciudadanos de a pie". Sólo el artista reproduce caballos como los mostrados en los paneles porque tiene la técnica. El hilo conductor del documental es por qué y para qué se pintó la cueva en el Magdaleniense. Los realizadores del audiovisual nos responden desde el comienzo claramente con una apacible y serena secuencia de caballos pastando en la zona, reforzada por música New Age, como es habitual al trasmitir la vida prehistórica. Un amplio plano-secuencia de cámara subjetiva nos trasmite el vértigo del (re)descubrimiento de Ekain en 1969, introduciéndonos en la cueva y en su conocimiento. Una interesante y vistosa reconstrucción tridimensional por ordenador enriquece varios planos del documental. AFB Bettencourt, Ana M. S. y Bacelar Alves, Lara (eds.). Bueno, Primitiva; Gilman, Antonio; Martín Morales, Concha y Sánchez-Palencia, F. Javier (eds.): Arqueología, sociedad, territorio y paisaje. Estudios sobre Prehistoria reciente, Protohistoria y transición al mundo romano en homenaje a M.a Dolores Fernández-Posse. Cacho, Carmen; Maicas, Ruth; Eduardo, Galán; Martos, Juan Antonio (eds.). Los ojos que nunca se cierran. DVD Diseño gráfico e interactivo Raúl Areces. Editado en formato DVD y ahora también en la web http://man.mcu.es/publicaciones/OJOS/OJOS0902.html (consulta 16-III-2011), publica a color las contribuciones a la jornada que el Dpto. de Prehistoria del Museo Arqueológico Nacional destinó a poner al día los conocimientos sobre los ídolos oculados, piezas de especial protagonismo en el Neolítico y Calcolítico de la Península Ibérica. Tras una introducción de los editores, se suceden cuatro artículos que cubren su distribución y cronología: Josep Bosch Argilagós, "Representaciones antropomorfas muebles del Neolítico en Cataluña: primeros ídolos oculados" (pp. 13-37); Primitiva Bueno Ramírez, "Ancestros e imágenes antropomorfas muebles en el ámbito del megalitismo occidental: las placas decoradas" (pp. 39-77); Ruth Maicas Ramos, "Los ojos que todo lo ven: oculados del Sureste" (pp. 79-114); Josep Lluís Pascual Benito, "Ídolos oculados sobre huesos largos en las cuencas del Júcar y del Segura" (pp. 115-136); Víctor Hurtado, "Representaciones simbólicas, sitios, contextos e identidades territoriales en el Suroeste peninsular" (pp. 137-198); Juan Carlos Vera Rodríguez, José Antonio Linares Catela, M.a José Armenteros Lojo y Diego González Batanero, "Depósitos de ídolos en el poblado de La Orden-Seminario de Huelva: espacios rituales en contexto habitacional" (pp. 199-242). Esta iniciativa completa la ya iniciada (TP 65 (1) 2008: 202) para facilitar a los interesados la contextualización histórica, apoyada en una atractiva documentación gráfica, de las magníficas colecciones depositadas en el Museo. MIMN González Reyero, Susana y Rueda Galán, Carmen. Imágenes de los iberos. Comunicar sin palabras en las sociedades de la antigua Iberia. Aunque arqueólogos e historiadores defendemos que la difusión del conocimiento es uno de los objetivos principales de la labor investigadora, no abundan las obras destinadas a satisfacer el creciente interés sobre las sociedades protohistóricas. Además, cuando observamos algunos de los productos actualmente disponibles, reconocemos que el hecho de pretender difundir no significa que se logre aunar tres factores cruciales: rigor en lo que se narra, amenidad en cómo se hace y transparencia en las luces y sombras que conlleva nuestra tarea científica. Este libro tiene ese propósito fundamental: acercar y hacer accesible, en un lenguaje común y con una rica y cuidada selección de imágenes, un conjunto de sociedades que historiográficamente vienen denominándose cultura ibérica. En el converge un concepto amplio de la difusión con una exposición rigurosa de nuestro conocimiento y de las perspectivas abiertas actualmente sobre las sociedades iberas. Todo ello se consigue en un formato ameno y atractivo, repleto de imágenes que articulan un recorrido en el tiempo, desde el siglo VI a.n.e. hasta la plena permanencia de Roma en la Península Ibérica. Este recorrido por los territorios y tiempos de los iberos da respuesta a algunas preguntas clave, que abarcan desde la organización social de los iberos, a sus ciclos de vida y de muerte en un tiempo eminentemente agrario, a la construcción de un imaginario poblado de acciones heroicas y formas sagradas, etc. Para ello, las autoras no dudan incluso en internarse en la ficción arqueológica con un breve relato, al tiempo que insisten en las miradas posteriores: en cómo se ha acudido a los iberos cada vez que la conflictiva construcción del presente buscaba legitimarse en el pasado. A partir de una base arqueológica sólida, el libro nos invita a reflexionar sobre una construcción de los iberos que se prolonga hasta la actualidad, de forma que nuestra mayor o menor implicación, como profesionales, condicionará el más amplio debate social y nuestra propia capacidad de acción en el futuro. ARR Jover Maestre, Francisco Javier (coord.) con la colaboración de Miguel Benito Iborra, M.a Paz de Miguel Ibáñez, Marco A. Esquembre Bebia, Carles Ferrer García, Gabriel García Atiénzar, Juan Antonio López Padilla, Alicia Luján Navas, M.a Carmen Machado Yanes, Isidro Martínez Mira, Sarah Barbara McClure, Antonio M. Poveda Navarro, M.a Luisa Precioso Arévalo, Cristina Rizo Antón, M.a Dolores Soler García, José Ramón Ortega Pérez, Palmira Torregrosa Giménez y Eduardo Vilaplana Ortego. La Torreta-El Monastil (Elda, Alicante): del IV al III milenio AC en la cuenca del río Vinalopó. Excavaciones Arqueológicas, Memorias 5. MARQ, Museo Arqueológico de Alicante Diputación de Alicante. López, Germán; Morín, Jorge; Rus, Inmaculada y Aragón, Emilia M. de (eds.): Recuperando el pasado. La Prehistoria Reciente en la Depresión Prados-Guatén (Comunidad de Madrid). ADIF, ALDEASA, AUDEMA, Comunidad de Madrid. Márquez Romero, José Enrique y Jiménez Jáimez, Víctor. Genealogía y significado de una tradición en la Prehistoria del suroeste de la Península Ibérica (IV-III milenis AC). Servicio de Publicaciones e inter-cambio científico, Universidad de Málaga. Cursos de Formación permanente para arqueólogos. Museo Arqueológico Regional; Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias, sección de Arqueología Alcalá de Henares, 2010, 336 pp. figs. y tabs. a color y blanco y negro. La publicación está destinada a completar la formación universitaria y profesional en ciencias de materiales de los arqueólogos. Inaugura una colección de volúmenes que recogerán y ampliarán los cursos que las dos instituciones editoras madrileñas iniciaron en 2007 en el Museo con el dedicado a la arqueometalurgia. Se centra en las etapas iniciales de la metalurgia y, de manera preferente, en materiales de la Península Ibérica. Sus 9 capítulos están escritos por expertos, casi todos prehistoriadores, vinculados de modo más o menos directo con el "Proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica" (1992)(1993)(1994)(1995)(1996): "Introducción a la Arqueometalurgia" (IMR y Salvador Rovira Llorens), "Minería y metalurgia en la investigación prehistórica" (IMR), "Las operaciones pirometalúrgicas y sus subproductos" (SRLL y Martina Renzi), "Vasijas de uso metalúrgico, toberas y moldes" (MR), "Tecnología de la metalurgia de base cobre" (IMR), "Tecnología de la metalurgia del hierro" (Marc Gener), "Arqueología del Oro: tecnología de los metales nobles" (Alicia Perea) y "Una perspectiva antropológica para la interpretación de la metalurgia" (Beatriz Comendador). El capítulo final reúne una bibliografía, básica y especializada y la vinculación institucional de los autores. El texto, actualizado y claro, cuenta con cuidadas fotos, dibujos, gráficos y tablas, mayoritariamente a color. 15), el Manual es una "Arqueometalurgia para arqueólogos" sin aspiraciones de "historia de la tecnología metalúrgica". Su relevancia se encuentra, sin embargo, en su aportación a un debate de trascendencia histórica general: si la transformación del mineral en metal supuso un auténtico "salto adelante" en la sociedad y la economía de las sociedades del pasado como se viene asumiendo tradicionalmente. MIMN Oms Arias, F. Xavier y Morales Hidalgo, Juan Ignacio. Paris, 184 pp., ils. (mapas, fotos, dibujos a la línea) en blanco y negro. Rodero Riaza, Alicia y Barril Vicente, Magdalena (eds.). DVD Diseño gráfico e interactivo Raúl Areces Gutiérrez. El Dpto. de Protohistoria y Colonizaciones del Museo Arqueológico Nacional publica en formato electrónico y a color en DVD y la web http://man.mcu.es/publicaciones/VYNA/VYNA.html (consulta 4-IV-2011), el ciclo de conferencias que actualiza las investigaciones llevadas a cabo en algunos de los yacimientos de referencia de la Edad del Hierro de la Península Ibérica, cuyas colecciones custodia. Una introducción (pp. 7-10) recoge la historia respectiva de su ingreso (siglos XIX y principios del XX) y catalogación en el Museo. Las 7 contribuciones revisan los materiales antiguos o procedentes de las nuevas excavaciones en estos mismos sitios u otros de su entorno desde nuevas visiones contextuales y con los recursos analíticos y técnicos ahora disponibles: M.a Oliva Rodríguez, "Tútugi: del sueño a la realidad" (pp. 13-52); Manuel Molinos y Arturo Ruiz, "De la cámara de Toya al hipogeo de Hornos" (pp. 53-77); Ana Mezquida y Jordi H. Fernández, "La necrópolis del Puig des Molins: pasado y presente" (pp. 79-108); Alfredo Jimeno Martínez, "Mito y realidad: Numancia y el cerco romano" (pp. 109-137); Francisco Javier González Tablas-Sastre, "El espacio doméstico en el castro de la Mesa de Miranda (1930Miranda ( -2007)" (pp. 139-172); Lorenzo Abad Casal, "La Alcudia de Elche: ayer y hoy de un yacimiento emblemático" (pp. 173-210); Pierre Rouillard, Jesús Moratalla, Laurent Costa, Cyril Gagnaison, Marine Gleise, Gérard Montel, Christian Montenat, "Entre 'Dama' y 'Santa María', las canteras de El Ferriol en Elche" (pp. 211-235). Este formato tan útil de difusión se conecta con la reforma en marcha del Museo. Línea de Arqueología y procesos sociales. Director del Centro Andaluz de Arqueología Ibérica. Universidad de Jaén-Junta de Andalucía. Paraje Las Lagunillas s/n. Grupo de investigación Prehistoria social y económica.
Era el mayor de seis hermanos. Su padre murió cuando tenía veinte años, después de haber sido apartado de la carrera militar por su implicación en la revuelta monárquica de 1919 («Monarquía do Norte»), habiendo participado en la ocupación de la sierra de Monsanto, en Lisboa. Forzado a ganarse la vida, se matriculó en el, por aquel entonces. Instituto Industrial de Lisboa. Mientras tanto se distinguía como deportista, practicando hockey sobre patines, pugilismo, fútbol ( I. Agosto de 1986: O. da Veiga Ferreira, en el centro, rodeado por Georges Zbyszewsky (a la izquierda) y Joao Luís Cardoso (a la derecha), en una de las visitas que anualmente efectuaba a las excavaciones de poblado prehistórico de Leceia. Fue en esta grande y bella casa, de tradiciones centenarias, donde vino a desarrollar una notable actividad, que justamente lo transformó en una de las figuras de referencia de la Arqueología nacional y peninsular. Como técnico de Geología y Minas, fue llamado para colaborar en prolongados estudios y trabajos de campo, destacando en los de cartografía geológica, en el curso de los cuales tuvo oportunidad de desarrollar sus dotes de observación y de satisfacer su insaciable curiosidad científica. De este modo, descubrió importantes yacimientos y monumentos arqueológicos, que después, en la medida de las posibilidades que las jefaturas le concedían, procuró explorar, recurriendo, a lo largo de los años, a una colaboración diversificada. En este contexto, encontró un particular apoyo e interés por parte de su antiguo Director y amigo personal, el ingeniero Antonio de Castello-Branco, que le permitió desarrollar tales actividades, firmemente protegidas por su inmediato superior jerárquico, el Doctor Georges Zbyszev^ski (Lám. I), eminente geólogo y arqueólogo pionero en Portugal del estudio de las industrias paleolíticas de las terrazas fluviales y de las playas antiguas del litoral portugués, en colaboración con H. Breuil. Sus cualidades se acrecentaron y, ya antes de su entrada en los Servicios Geológicos, contaba con un brillante curriculum como arqueólogo, que después fue potenciado por su formación y experiencia profesionales -como ingeniero y como naturalista-que le permitían el tratamiento interdisciplinar de cuestiones de índole arqueológica, cuando tal práctica era casi desconocida. Fue, en este sentido, un precursor, siendo el continuador natural de la brillante investigación desarrollada en las últimas décadas del siglo XIX por la pléyade de geólogos/arqueólogos de la entonces Comissâo Geológica: Carlos Ribeiro, Pereira da Costa y Nery Delgado. Así se explican trabajos sobre las faunas ictiológica, carcinológica y malacológica del conchero de Moita de Sebastiao -MugQ, presentado en 1954 al IV Congreso Internacional de Ciencias Pré y Proto-históricas, reunido en Zaragoza; sobre la petrografía de los artefactos de piedra pulimentada; sobre la mineralogía de objetos de adorno prehistóricos y, sobre todo, sobre paleometalurgia, defendiendo la hipótesis, hoy probada, sobre la presencia de arsénico en artefactos de la Edad del Cobre como consecuencia de su presencia natural en los minerales originales y no como resultado de su adición intencional, como hasta entonces muchos creían. A su natural curiosidad y gusto por la investigación, se unían una notable capacidad de trabajo y resistencia física. Caminaba por montes y valles, sufriendo mojaduras y cansancios sin fín, pero siempre se encontraba dispuesto para redactar sus últimos descubrimientos, como si fuesen los primeros. En el seno de los libros y de los amigos que cultivaba, buscaba las ideas que rápidamente ponía a disposición de todos: ño se consideraba un literato, mucho menos en especulaciones. En lenguaje simple y directo, exponía claramente sus ideas, sin desviar las críticas. Claro que se equivocó en algunos casos: pero sólo no se equivoca quién no se atreve con el trabajo arduo, especialmente en áreas entonces aún tan mal conocidas. Abrió caminos, siempre preocupado por encontrar nuevas vías de investigación. Así se comprende su obra publicada, de más de cuatrocientos títulos, abarcando todas las épocas y materiales de la Prehistoria, de la Protohistoria, del Período Romano, de la minería, de la joyería antigua, de numismática ibero-romana, romana y visigoda, por no hablar de sus trabajos de divulgación arqueológica y de investigación historiográfica, explícita en la publicación anotada de epístolas de eminentes arqueólogos y geólogos (Nery Delgado, E. Cartailhac, A. Smith Woodward y Raymond Dart). A la Paleontología (peces del Cretácico, moluscos, vertebrados y cangrejos del Mioceno y del seo de Lagos, que allí venía desarrollando excavaciones, y su interés quedó definitivamente dispuesto para este área científica. Inmediatamente, conoce a aquel que, en los años siguientes, vendría a orientar (y disciplinar) sus pasos: Abel Viana, entonces arqueólogo ya plenamente confirmado en el ámbito portugués. Los tres prosiguen, en los años siguientes, la exploración de diversos núcleos de la notable necrópolis prehistórica allí existente: Esgravatadoiro, Buco Preto, Eira Cavada e Mirante da Mata, demostrando, por primera vez^ la evolución arquitectónica y artefactual del megalitismo regional, desde el Neolítico Medio, hasta el Calcolítico Pleno, pasando por el Neolítico Final. El último trabajo de conjunto que le dedicaron, cuidadosamente ilustrado, es aún hoy, una preciosa ñiente de información. Desde entonces, su interés por la Prehistoria se consolida. Pasa a colaborar regularmente con Georges Zbyszewski, al que conoció al asistir a un curso de prehistoria impartido en 1941 por H. Breuil, en la Facultad de Letras, acompañándole en prospecciones arqueológicas por los alrededores de Lisboa; a través de éste, se hace amigo de Camarate Franca, con quien también pasa a trabajar regularmente (se destaca el importante estudio sobre el monumento calcolítico de S amarra, Sintra, de 1957). El contacto que por entonces establece con el Prof. A.A. Mendes Correa, de quién llegaría a ser secretario personal durante más de quince años, en Lisboa, le posibilita la obtención de becas del Instituto de Alta Cultura, a través del Centro de Estudos de Etnología Peninsular, para proseguir de forma más consecuente su investigación en esta fase aún especialmente ligada al Algarve, como bien ilustra el estudio de arqueología regional «De lo prerromano a lo Arabe en el Museo Regional de Lagos» (1953). En 1947, durante un viaje en tren de regreso de Monchique, conoce a Georg y Vera Leisner. Inicia con ambos una fructífera colaboración, después apenas continuada con la segunda, explícita en importantes excavaciones que hicieron en conjunto con G. Zbyszewski, destacándose las del dolmen de Casaínhos, Loures, y la sepultura de Praia das Macas, Sintra. Los resultados obtenidos dieron origen a bellas memorias de los Servicos Geológicos de Portugal, en una de las cuales se publicó una magnífica monografía dedicada a los hipogeos de Pálmela. El estudio de los materiales de los monumentos megalíticos de Trigra-los restos antropológicos para Denise Ferembach, quién los publicó en 1962. Diversifica la colaboración con otros arqueólogos: con Afonso do Paco, de quién era gran amigo, publicó un estudio, de 1957, dedicado a los yacimientos del Neolítico al Período Romano de la región de Fontal va, en el Alto Alentejo. Entretanto, inicia con Femando de Almeida, un importante notable proyecto de arqueología urbana, destinado a recuperar del olvido la antigua ciudad romana y visigótica de Egitania, actual Idanha-a-Velha. La continuidad de tales trabajos, que se prolongaron anualmente durante más de quince años, constituyó un marco singular en la práctica arqueológica entonces vigente por la diferencia evidente de propósitos, siendo, aún hoy, raro ejemplo de trabajos arqueológicos de gran envergadura, de los que resultaron, no sólo el conocimiento de la antigua ciudad, sino también, de todo el territorio circundante. La respectiva carta arqueológica, publicada en 1978 por Veiga Ferreira, muchos años después de la finalización de los trabajos de campo, bien puede ser considerada ejemplo pionero de tal tipo de estudios en Portugal. En la Beira Baixa, excava y publica diversos dólmenes, los primeros desde los trabajos pioneros de Francisco Tavares de Porença Júnior. Extiende, con la colaboración de Albuquerque e Castro y de Abel Viana, las investigaciones en el dominio del megalitismo a la cuenca del Vouga, Beira Alta; allí, destaca la exploración y publicación (1957) del dolmen de Antelas, Oliveira de Frades, con extraordinarias pinturas conservadas en diversos ortostatos. La conservación de este testimonio sin par del arte dolménico le preocupó hasta el punto de haber presentado al I Congresso Nacional de Arqueología, al año siguiente, un estudio con Albuquerque e Castro titulado «Protecçâo e conservaçâo do dolmen pintado deAntelas» (Protección y Conservación del dolmen pintado de Antelas), trabajo pionero para la época, que ilustra bien el cuidado que consideraba que debía ser prestado a la protección y valorización (y no sólo investigación) de nuestro rico patrimonio arqueológico. El arte rupestre le fascinó. Con aquel colega publicó, en el cambio de década, las pinturas rupestres esquemáticas de A Serra dos Louçôes, acto seguido del estudio de síntesis sobre el estado de la situación en Portugal (1962). Mas tarde (1977), con otros, publica las insculturas rupestres de Mora (Alto Alentejo) y de la Citânia de pañero de siempre, y compadre, puesto que era padrino de sus dos hijos, el Doctor Georges Zbyszewski. Los importantes resultados obtenidos en las grutas de Salemas y de A Columbeira serán suficientes para situar a Veiga Ferreira entre los arqueólogos más importantes en el ámbito de los estudios sobre el Paleolítico en Portugal. En 1961, llega a Portugal el eminente paleontólogo francés Jean Piveteau, interesado en la observación de los depósitos miocenos del Baixo Tejo. Guiado por Georges Zbyszewski y por Veiga Ferreira, rápidamente reconocería en éste sus cualidades personales y de investigación sin par. Habiendo obtenido una beca del Gobierno Francés, patrocinada por Jean Roche, Piveteau acepta constituirse como patron de these, inscribiéndose, en 1964, para el doctorado en la Universidad de París-Sorbonne. En ese año participa en excavaciones en la cueva de Placard, Charente, permaneciendo en una roulotte durante seis meses, en la región parisiense, aprovechando las vacaciones no disfintadas en los años anteriores. Al año siguiente, el 11 de Mayo, se doctora ante un tribunal constituido por los Profesores Piveteau, Lucas e Genet-Varcin. Como tesis principal escogió una temática ya tratada por él: «La Culture du Vase Campaniforme au Portugal», en la que elabora un cuidadoso corpus sobre la aparición de yacimientos y materiales campaniformes entonces conocidos, que todavía presenta un gran interés documental. Data de ese año el sentido homenaje a otro eminente investigador, con quién convivió durante más de dos décadas: Henri Breuil. En ella reproduce una animada escena de caza, dibujada por Breuil en un café de Portalegre, después de su última visita, en 1957, al abrigo con pinturas esquemáticas de Vale do Junco, Arronches, que había estudiado hacía más de cuarenta años. La dedicatoria al Maestro, inscrita en aquella pequeña hoja de papel, es buena prueba del aprecio que sentía por Veiga Ferreira, y que justificaba su proximidad amistosa con otros eminentes prehistoriadores, como los españoles L. Pericot García e F. Jordá Cerda. La fidelidad de sus amistades y la gratitud para con aquellos que, un día le habían ayudado, se encuentra bien reflejada en las memorias necrológicas que dedicó a Joaquim Fontes (1971), que en 1948 lo propuso para X^Associaçâo dos Arqueólogos Portugueses, de la que llegaría a ser Vice-Presidente, Abel Viana (1964), Alfon-so do Paco (1968 y 1970) y Maxime Vaultier (1970). En la década de 1960 su actividad discurre con la misma energía que caracterizó a la década anterior. Con miembros que habían participado en la excavación de la Gruta Nova da Columbeira (José de Almeida Monteiro, Vasco Cortés, Antero Enriado y Antonio Mauricio), explora y publica materiales de importantes necrópolis prehistóricas de la región {Gruta de las Pulgas, Lapa do Sudo). Con su amigo Vitor Guerra, Director del Museo de Figueira da Foz, publica el inventario de los monumentos megalíticos de aquella región (1968/ 70), después de haber producido (1958) un ensayo historiográfico sobre el importante poblado de la Edad del Hierro de Santa Olaia, explorado por Antonio dos Santos Rocha, en el cambio de siglo. Entretanto, son numerosos los arqueólogos que acoge en el Museu dos Serviços Geológicos. Con H. Schubart, V. Leisner, A. do Paco y L. Trindade publica (1964) el primer estudio monográfico sobre el celebre poblado fortificado calcolítico de O Zambujal y, con H. Schubart y J. de Almeida Monteiro, prepara la noticia preliminar sobre otro prometedor poblado fortificado, localizado por Leite de Vasconcelos en A Columbeira. En 1970 publica, con Jean Guilaine, el primer estudio de síntesis sobre el Neolítico antiguo del territorio portugués, a continuación de un importante artículo acerca de algunos vasos de este período, presentado el año anterior y de la publicación preliminar del importante conjunto cerámico de Cabranosa, Sagres (1970). Con L Barandarián publica otro importante estudio de conjunto (1971), acerca de los huesos trabajados del Paleolítico Inferior y Medio de los yacimientos portugueses. Al inicio de la década de 1970 procede a realizar trabajos de campo, con K. Spindler, entonces situado en Mainz, en Pai Mogo, Lourinhâ, donde excavan un importante tholos calcolítico, primorosamente publicado en 1973 y en A Roca do Casal do Meio, Sesimbra, donde ponen al descubierto un monumento funerario único en Portugal: se trata de una estructura que evoca los tholoi micénicos, datada en el Bronce Final, donde se habían recogido restos de dos individuos, acompañados de vasos, metales y marfiles. Aún procede con Spindler a la publicación de materiales inéditos, guardados en los Serviços Geológicos, de la cueva de O Carvalhal do Turquel, de donde se destaca un importante vaso cerámico representan- Entretanto, despunta en Lisboa otro equipo, el cual, demás de Zbyszewski, estaba constituido por M. Leitao, C.T. North, J. Norton y, más tarde, por C. Penalva y por el autor de estas líneas. Se inicia entonces la liltima etapa de la vida científica de Veiga Ferreira, no menos productiva y dinámica que las anteriores. El sufrimiento de algunos disgustos por parte de algunos que consideraba amigos y a los que había ayudado, agravados por su forma de ser emotiva y sentimental, no disiparon el entusiasmo y la dedicación a la ciencia que amaba, que mantuvo hasta el final. Con miembros de aquel grupo, procede, primeramente, al estudio de materiales prehistóricos inéditos del Museu Nacional de Arqueología, del que fue Conservador-ayudante, a título gratuito, entre 1967 y 1973. Sin embargo, pronto se iniciaron los trabajos de campo, primero de prospección, que dieron como resultado numerosos estudios de materiales paleolíticos de los valles del Tajo y del Guadiana, así como la identificación de diversos núcleos epipaleolíticos en el litoral del Baixo Alentejo, que habían proporcionado la recolección de millares de piezas, destacándose entre todos, el taller de preparación de hachas mirenses descubierto al norte de Vila Nova de Milfontes (1971). Se suceden un conjunto de excavaciones de monumentos prehistóricos, cuyos resultados figuran como de la mayor importancia científica, además de haber proporcionado un conjunto notable de materiales, con la ventaja de poseer información estratigráfica precisa. Se trata de cuevas naturales, utilizadas como necrópolis en el Neolítico y en el Calcolítico, del Lugar do Canto -Alcanede, de A Verdelha dos Ruivos -Loures (donde se habían obtenido las primeras dataciones portuguesas para enterramientos campaniformes aisladas estratigráficamente) y del Córrelo -Mor, Loures, de los dólmenes de Várzea -Sintra y de Montum -Melides; del tholos de Tituaria -Mafra (la última excavación que dirigió, en 1978); y del campamento del Neolítico Antiguo de Cabranosa -Sagres, donde orientó (1976) la excavación de una unidad habitacional relacionada con diversos vasos, que fue posible reconstituir completamente, poseyendo algunos decoración cardial, constituyendo el más notable conjunto cerámico del Neolítico antiguo del territorio portugués. Los testimonios de las presencias humanas más antiguas en el territorio portugués despertaron en él un vivo interés; al tema dedica diversos estudios, destacando el relativo al yacimiento preachelense de Seixosa, presentado a la Academia das Ciencias de Lisboa, en coautoría (1984). Este último período de su actividad, tan intenso y febril como los anteriores, evidenciado por la existencia de algunos estudios aún en prensa, coincidió con el reconocimiento y aprovechamiento pleno de sus capacidades sin par de comunicador y divulgador, uniendo a la experiencia de décadas, una prodigiosa memoria. Así se explica el éxito de su obra de síntesis, con varias ediciones, hecha en colaboración con Manuel Leitao «Portugal pré-histórico: seu enquadramento no Mediterráneo» (Portugal prehistórico: su encuadramiento en el Mediterráneo), ilustrada por numerosa documentación hasta entonces inédita. La dedicación desinteresada que presidió su preparación, se hace evidente en la introducción de los propios autores: «5^ o nos s o livro aproveitar a alguém, e muito em especial à juventude, isto nos compensará de todas as horas de reflexâo e estudo que, con toda a honestidade, dedicamos a esta nova publicaçâo em lingua portuguesa» (Si nuestro libro es de provecho para alguien, y muy especialmente para la juventud, esto nos compensará de todas las horas de reflexión y estudio que, con toda honestidad, dedicamos a esta nueva publicación en lengua portuguesa). El esfuerzo fructificó: éste fue de provecho no sólo para uno, sino para muchos apasionados por nuestro pasado más lejano y para millares de alumnos universitarios que entonces tomaban el primer contacto con aquella realidad, encontrando allí información organizada, claramente expuesta y de forma accesible, sin barroquismos espurios que tanto repugnaban al Maestro, yendo al encuentro de las necesidades concretas de quién ensayaba los primeros pasos en la Arqueología, de los que tenía una clara percepción. Desde 1977, a propuesta del Prof. A.H. de Oliveira Marques, dirigía el curso de Prehistoria, de la licenciatura en Historia, en la Faculdade de Ciencias Sociais e Humanas da Universidade Nova de Lisboa, donde se jubiló como Profesor Catedrático Invitado, en 1987, cuando alcanzó el límite de edad. La notable empatia naturalmente establecida con las más diversas audiencias fue aprovechada mucho antes, sin embargo, por aquellos que lo buscaban en la designada por otros «Escola de Serviços Geológi- eos» donde, los lunes y sábados de mañana, muchos habían dado los primeros pasos en aquella que vendría a ser su actividad de todos los días y todos, sin excepción, encontraron un puerto de cobijo seguro. En 1963, introduciendo la primera publicación producida por C. Tavares da Silva, a quien guió en sus primeros pasos arqueológicos, escribió: «Eassim que entendo que se devem estimular os novos e nunca con prácticas derrotistas ou risos de mofas, como tantas vezes tenho observado. (Es así como entiendo que deben estimularse a los jóvenes, y nunca con prácticas derrotistas o risas de mofa, como tantas veces he observado. Antes por el contrario, se debe ayudar y dar coraje a los jóvenes, vengan de donde vengan y tengan las capacidades que tengan. Sólo así, ayudando y estimulando, se conseguirá una pléyade de investigadores y científicos serios y capaces de llevar adelante la gran tarea que nos espera). Esta acción pedagógica empecinada, hecha con entusiasmo militante, sostenida por un profundo conocimiento de yacimientos y materiales, contrastaba, hasta hace veinte años, con una enseñanza universitaria teórica, caduca y sin brillo, donde la arqueología malamente tenía cabida, y mucho menos la Prehistoria. Sabiendo que sólo a través de la educación y formación de todos -y en particular de los jóvenes-se podría frenar el proceso acelerado de destrucción del rico patrimonio arqueológico portugués, acarició la posibilidad de, los sábados por la tarde, orientar a todos los interesados que, de for-ma más consecuente, pretendiesen obtener información en este área. De este modo, millares de interesados, muchos de ellos alumnos universitarios completando su formación académica, acudieron, al entonces Centro Piloto de Arqueología del Secretariado para a Juventude do Ministerio de Educaçâo Nacional, a la celebración de dos cursos abiertos -el de «Introduçâo à Arqueología», con duración de un año lectivo, seguido del de «Especializaçâo en Pré-história» de igual duración-desde 1972 hasta casi la actualidad. Fue, sin embargo, la televisión, la que lo hizo conocido en el país entero. Son célebres los doce programas de la serie «Do Paleolítico ao Romano», presentado en la Radiotelevisâo Portuguesa en 1982 y 1983, sucesivamente repetida. Allí denunció, con coraje, los atentados contra el Patrimonio Arqueológico a los que asistía diariamente, indignado y conmovido, con su habitual modo directo de expresarse, conocido por todos. Así se revelaban los detalles de su carácter: de una franqueza ruda en ocasiones, permaneció en la memoria de los que se aproximaron a él, la figura de un hombre libre, dispuesto a sacrificarse por sus convicciones, buscando por encima de todo la verdad científica, despreciando otros intereses y conveniencias. Por eso, jamás estuvo cerca de los sucesivos poderes; todo lo que consiguió, se debió al prestigio granjeado por su trabajo: los homenajes que le hicieron en vida o después de su muerte, tuvieron siempre origen en sus discípulos más directos, que veían en el Maestro un ejemplo moral a seguir. Por eso fueron siempre muy sencillos, pero genuinos. Fueron, en fin, esos principios superiores, que cultivó toda su vida, los que justifican la razón de esta evocación de un Amigo que tanto admiro y a quién tanto debo, ya llena de saudade.
La práctica de la arqueología está en el interior de una red social por la que los objetos arqueológicos de distinta escala se vuelven recursos culturales no renovables. La arqueología prehistórica es, en la Argentina, arqueología de las sociedades indígenas y sostiene una mediación social que desenvuelve tres dimensiones: pone en conciencia pública a esas antiguas sociedades; procura una imagen sistemática de ellas a través de los modelos teóricos y del registro arqueológico y, por último, interviene en el conservacionismo de los sitios. Este trabajo propone la investigación de la visibilidad arqueológica, tal como se plasma en el paisaje cultural de las regiones de la Argentina y la entiende como una "política de contornos o de trazos", que en la escena de la ciencia social puede adquirir carácter emancipatorio. Este trabajo intenta reflexionar sobre algunos aspectos del contexto social e histórico en el que tiene lugar la producción de la arqueología prehistórica. En América Latina esta disciplina es siempre arqueología de las sociedades indígenas, ya que se considera que los restos correspondientes a los tiempos posteriores al Descubrimiento integran la arqueología del contacto hispano-indígena y la arqueología histórica. En el contexto americano, los restos recuperados por esta práctica son objetos étnicos y esta arqueología nunca es independiente del proceso de sometimiento y destrucción de esas sociedades. El eje del trabajo habrá de ser la cuestión de la "visibilidad" arqueológica (mucho más allá de su referente material, más directamente en su significado político) y la posibilidad de explorarla metodológicamente, considerando que ella se plasma en la identidad étnica de las regiones de la Argentina, país del extremo sur de América y con particulares condiciones de formación histórico-social (Fig. 1). Su argumento central afirma que la arqueología se define como "política de contornos", como política para otorgar visibilidad a las culturas y que -en algún punto-se cruza con la apropiación de los bienes arqueológicos, con lo cual no deja de elaborar un pasado homogéneo y europeo-céntrico. Al señalar lo que denominamos política de contomos, nos referimos específicamente a la investidura de poder que, asociada a la prácti-ca arqueológica, actualiza una cierta forma de "pasado". El ejercicio de la disciplina sumada al uso que se hace de éste -en forma colectiva y desde los aparatos del Estado-gobierna lo que se hace visible de la historia. En el caso de la Argentina y de los países latinoamericanos en general se vinculan a conflictos étnicos y de clase particulares y derivados de la especial incidencia que en ellos tuvieron tanto la Conquista como la consolidación del Estado-Nación. En razón de esta circunstancia, procuraremos analizar diferentes dimensiones y propiedades tanto del campo disciplinario en sí mismo como de la escena epistémica y social donde él se actualiza. Los argumentos pueden ser discutibles pero poseen la intención de captar el movimiento de los actores sociales comprometidos en ella. La visibilidad arqueológica designa -aquí-el conjunto de operaciones por las cuales los arqueólogos producen contomos, esquemas, trazos, imágenes de las huellas del pasado. Ellas son parte de la tensión política que subyace a la hegemonía de la cultura europea y al contenido étnico de los sitios arqueológicos. Las sociedades vencidas durante la conquista española y portuguesa del amplio continente americano se vieron -en el caso en que sobrevivieran sin pérdida de su identidad-insertas en los Estados nacionales latinoamericanos. En el caso de la invención de la Argentina moderna (Shumway, 1992), esa historia fue subsumida dentro de una supuesta uniformidad cultural, obtenida después de la masiva inmigración de europeos mediterráneos entre fines del siglo XIX y 1923. La visibilidad arqueológica aquí considerada, en cierta medida amplifica la aplicación que ha hecho de este concepto Felipe Criado Boado (1993), quien lo ha usado para describir una tendencia social que emerge en el registro arqueológico cuando se intensifica la complejidad social. Bajo nuestro sentido puede ser entendida como toma de conciencia sobre dimensiones de la práctica arqueológica que adquiere materialidad y voluntad de "contorno" aún en el mundo contemporáneo (una sociedad evidentemente compleja). La arqueología prehistórica se vincula a la elaboración de un pasado indio, intencionalmente no-histórico en el imaginario nacional; mediatiza la cultura india a través de la versión que de la misma proporcionan los arqueólogos. Lo hace, especialmente, desde la elaboración de clasificaciones complejas y desde la presentación científica de los restos de asentamientos y de los objetos T.P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es contenidos en ellos. Por eso puede considerarse todo su programa como una política de la imagen: un desarrollo que culmina -necesariamenteen un conjunto abigarrado, no siempre sistematizado para el público no especialista, de iconos, diseños, matices y formas que sugieren (en museos y en publicaciones) el "remoto", "diferenciado" y -hasta cierto punto-"pasado bárbaro" de los pueblos originarios de la Argentina (1). Es decir, suponemos que la arqueología prehistórica -por lo menos en la Argentina-no puede dejar de constituir una política que selecciona aquellas dimensiones del pasado que habrán de hacerse visibles, tanto en la comunicación académica cuanto en la difusión que de sus temas hacen los medios masivos de comunicación. Vamos a considerar, en primer término, las características de la arqueología prehistórica desde el lugar de la convergencia de argumentos pluridisciplinarios que integran su cuerpo de saberes. En segundo término, examinaremos el vínculo entre arqueología y visualidad, entre arqueología y ciencia social y, por fin, entre arqueología y reforma social. Estos temas pueden aportar puntos de vista para criticar el rol de esta disciplina, para advertir cómo puede ser en el futuro y, fundamentalmente, para debatirlo a la luz de las condiciones en que se ejerce en países no europeos. En la interacción entre ciencia y sociedad, importan no sólo la forma y medida en que se construye el conocimiento sino también las características de su uso social y sus consecuencias inmediatas o lejanas, voluntariamente planificadas o no, libertarias u opresoras. Hechos, conceptos, excavaciones y laboratorio no valen por sí mismos en esta perspectiva: se amplifican con destino incierto en los vínculos que vamos a examinar. ARQUEOLOGÍA Y CONVERGENCIA DE ARGUMENTOS La práctica de la arqueología de las sociedades indígenas de la Argentina puede ser reflexionada a partir de tres proposiciones conectadas íntimamente. La primera sostiene que el registro arqueológico pertenece tanto a la esfera de la producción simbólica como a la de la producción sistemática (o metodológico-objetiva), y -por eso mismo-es, (1) Cómo esas imágenes devienen representación social, constituye una investigación cuya envergadura se encuentra fuera del alcance de este trabajo. a la vez, correlato de una subjetividad productora y de un proceso de construcción de subjetividad en los arqueólogos, en los especialistas vinculados a ellos y en el público general de su literatura y de sus materiales de divulgación. La segunda lleva la práctica de la arqueología al interior de una red social (de especialistas y de no especialistas); la misma consiste tanto en comunicación como en adhesión axiológica a ideas y a imaginarios colectivos. Constata que los objetos arqueológicos de distinta escala (desde sitios completos hasta objetos transitoria o completamente descontextualizados) se vuelven recursos culturales no renovables que comprometen a distintos sectores sociales y a variadas formas de acción, interés y compromiso, generalmente ligadas a su condición patrimonial. Esta temática concentra, desde hace varios años, el interés de los arqueólogos de la Argentina. Los aspectos de la práctica arqueológica comprometidos en estas afirmaciones se vuelven importantes -o por lo menos, dignos de atención-en un momento de intensa transformación de los esquemas teóricos porque comenzamos a darnos cuenta de las consecuencias que tiene otorgar primacía al significante. Entre ellas, las más cruciales son el desinterés por la multiplicidad de sentidos que puede provocar en el público la aparente unicidad sistemática de las palabras de los textos científicos, la desatención sobre los ecos ideológicos que esconde la presentación textual y visual de los hechos arqueológicos y de los conceptos cobertores a contramano de la aparente neutralidad positivista y la ausencia de crítica cultural sobre el producto visible y manifiesto de un siglo de ejercicio de arqueología prehistórica en la Argentina. En síntesis, de la carencia de crítica (2) sobre las representaciones que evocan las palabras en la arqueología argentina. De lo que se trata, en realidad, es de dar forma a la responsabilidad por aquellas dimensiones del saber arqueológico que antes se ponían por fuera de la práctica, derivándolas a otras instituciones o competencias profesionales. Este es el punto en que coinciden el estilo de investigación y el compromiso social y político para evaluar las dimensiones documentales, científicas y gerenciales de los sitios arqueológicos. En la Argentina, las comunidades indígenas tienen una forma de presencia cultural mínima, en parte por su baja densidad demográfica pero tam-(2) Crítica, en sentido kantiano, como "conocimiento"; crítica, en sentido marxista clásico, como "desenmascaramiento". bien -y especialmente-porque la cultura pública (3) argentina se define como europea. Asimismo, la diversidad de la historia cultural en las regiones (4) ha plasmado un perfil a veces permeable (5) y a veces, no (6), a integrar el componente aborigen al imaginario nacional. En parte, esto explica la debilidad de la cobertura legal de protección y de administración de los bienes culturales derivados de los restos de las antiguas sociedades indias. En la Argentina, la arqueología que se denomina "prehistórica" pone en foco a las sociedades indígenas desaparecidas a través del proceso por el cual los que fueron sus asentamientos se transformaron en sitios arqueológicos. Estas sociedades son exteriores desde el punto de vista de que sus núcleos institucionales y políticos no participan de la entidad histórica que viera surgir el siglo XIX bajo el nombre de "Nación" (Estado-Nación). En el imaginario nacional, las sociedades indias exponen una forma de conciencia histórica que es considerada como pre-modema y anterior a la Nación misma. Es en su exterioridad donde se vuelven objeto de representación y donde se les asocia un sistema de valores: son sociedades "extrañas", "exóticas" y por fuera del mundo "civilizado"; muchas de ellas se extinguieron antes de la llegada de los europeos y otras fueron sucumbiendo a la conquista entre los siglos XV y XX. Sobre todo aquéllas que fueron exterminadas durante la penetración en el Desierto pampeano y en el Chaco Austral por el Estado Nacional son -todavía hoy-consideradas un obstáculo al progreso y a la modernización del país. (3) "Cultura pública" designa, en este trabajo, las dimensiones expuestas y visibles de los comportamientos sociales que merecen una descripción de significados y de símbolos específica, sobre todo por sus implicaciones en la historia del país y con la antropología de sus tradiciones culturales. La cultura pública es una parte del "sentido común" que enlaza -si bien de manera asimétrica-la dialéctica de las ideologías entre las clases sociales en la Argentina y posee un carácter sistemático en la medida en que es la escuela el factor más importante en su reproducción. (4) Sumariamente, ellas son el Noroeste argentino, las Sierras Centrales, Cuyo, el Nordeste (Litoral o Mesopotamia), Chaco, Pampa, Patagonia, Tierra del Fuego e Islas del Atlántico Sur (Malvinas, Georgias, Sandwich y Oreadas del Sur). (5) En la Argentina, tanto el populismo como el nacionalismo integran el pasado aborigen como parte del "pueblo", en el primer caso, como parte de las raíces de la nacionalidad en el otro. Sin embargo, ambas corrientes políticas no son equivalentes en el tratamiento de la cuestión. Los matices escapan al objetivo de este trabajo. (6) Es el caso del liberalismo de la generación del'80, que no sólo realizó la Conquista del Desierto pampeano-nordpatagónico, eliminando físicamente a los indios, sino que procuró extirparlos del relato de la Historia Nacional. Las sociedades antiguas, en todas sus variantes, ponen en vigencia un mundo dual, basado en la antinomia bárbaro-civilizado, simple-complejo, inferior-superior, mágico-racional (cfr. Por otra parte, sus formaciones económico-sociales sugieren un mundo sin historia, anterior o paralelo a la escritura y a las instituciones europeas, semejante al que describe el título de la obra de Eric Wolf, Europa y los pueblos sin Historia. Pero si las sociedades indias son tratadas como un tipo social único (no europeo, no civilizado, no histórico) es porque su posición axiológica es correlativa de un tratamiento político (también unitario) que pasa por alto su heterogeneidad étnica (ya que todo lo indio no puede ser adjudicado a un solo bloque histórico) pero también el de la heterogeneidad social, política y étnica de la sociedad nacional. Coherentemente con este esquema axiológico, la arqueología prehistórica abarca la historia preeuropea y su objeto científico es representado como una entidad desconectada tanto de la situación actual de los indígenas en territorio argentino (en especial, en relación con sus derechos sobre los restos arqueológicos), como de la destribalización violenta que sufrieran en su confrontación con los europeos. Deseamos destacar que, independientemente de su calidad académica y técnica, la arqueología prehistórica (en las condiciones de producción americanas) se encuentra en una situación histórica particular: la Nación aparece como superadora de las diferencias culturales porque intenta ser un todo uniforme y homogéneo. Lo que sobrevive del mundo indio posee el lugar jurídico de la ciudadanía y no de las minorías étnicas (vivientes o extinguidas); el perfil de la Nación es blanco y europeo, el componente indígena fue, y es, sometido a silencio etnográfico. La arqueología prehistórica, entonces, configura su objeto como constructo científico de carácter presuntamente neutral (7) pero en lo profundo su objeto es de naturaleza tanto científica como política. Esta situación es su determinante más conspicuo. En ella tensan tres tradiciones semióticas (tres tradiciones de producción de sentido y de selección de significantes) diferentes: la de las ciencias naturales, la de las ciencias socia-(7) La neutralidad en el orden científico es, según nuestro punto de vista, equivalente a la abstracción sociológica de la "ciudadanía" en el orden público. T.P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es les y la de la historia. Cada una de ellas le aportan problemas, teorías y desarrollos lógicos que, habiéndose constituido históricamente, han terminado por adquirir centralidad de enfoque y competencia específica sintomatizadas en comunidades de lenguaje y profesionalidad. La principal actividad heredada de las ciencias naturales es la búsqueda de la verdad objetiva, aquélla que escapa a la determinación del proceso social y político y que se entiende como autónoma de cualquier determinación histórica e ideológica. Su estructura de problemas se deriva del modelo organizador de la ciencia en un momento dado (el "paradigma"). Las ciencias sociales y humanas participan de esta línea argumentai, pero una parte de ella interroga -desde sus orígenes como territorio de saber-hasta qué punto existe una separación neta entre el objeto y el sujeto en el conocimiento, en qué medida la heurística se deriva del sujeto, debatiendo la naturaleza de un trabajo que oscila entre el descubrimiento de las leyes de lo real y la espontaneidad como principio de realidad. La opción entre una forma y otra de abordar los fenómenos sociales y naturales se encuentra en la esfera de la competencia entre tres orientaciones que puede tomar la investigación en cualquier campo (Habermas, 1971): el control técnico conducido por el conocimiento nomológico cuya biísqueda excluyente es la de las leyes, estructuras, tendencias o recurrencias en la sociedad o en la naturaleza; la comprensión de sí (particularmente la de la sociedad y la de la condición humana) a través de un acceso dialógico y concebido como "entrada en otra tradición" (Giddens, 1987) y, por último, la emancipación respecto de toda forma de opresión. Si las primeras pertenecen al ámbito del conocimiento y de la técnica, la última posee carácter libertario, individual y colectivo. La orientación hacia la ciencia social tiende a privilegiar el logro de la comprensión, aunque posee una dimensión volcada a la ingeniería social. Aquí es donde la arqueología prehistórica encontraría su rol de refuerzo o de transformación de la cultura pública. Como ciencia social, y en tanto ingeniería aplicada a la sociedad, habría de volverse constructora de espacios de interacción y lucha social, intentando diseñar la sociedad del futuro, incidiendo en la configuración de imaginarios colectivos (Castoriadis, 1990), aprehendiendo la particular manera en que los oprimidos dan nocer desde afuera" (tradición de las ciencias naturales y de una versión de la sociología) y, por otro, a la que se funda un "conocer desde adentro", próximo a la práctica de discurso que se basa en desenvolver una hermenéutica de los acontecimientos históricos y sociales. Optar por una u otra metodología incide en la arquitectura de los diseños de investigación. Es así que desde hace media década (lapso en que se difundió un contra-paradigma al enfoque sistémico entre los arqueólogos argentinos) se contraponen como términos de adhesiones alternativas -pero no excluyentes-el procesualísmo y el post-procesualismo. El procesualísmo (10) representa una búsqueda de la neutralidad, de la verdad "objetiva" y la confianza en la autoridad del modelo organizador consensuado, paradigmático. El post-procesualismo (11) -heterogéneo en posiciones teóricoprácticas-pone en evidencia la crisis de historicidad venida a luz en los paradigmas científicos. En especial la que deriva de la impugnación articulada por la física de los estados caóticos (cfr. Prigogine y Stengers, 1983) y por las filosofías del sujeto al absolutismo teórico, sostenido en la autonomía de la verdad y en la esperanza de encontrar leyes y tendencias en la realidad. El procesualísmo imperó como modelo constructivo en los 70 y, más tarde, fue cediendo paso a una variedad de enfoques que además empezaron a considerar el entrecruzamiento entre arte, ciencia y saberes populares en un marco de anarco-epistemologías (Feyerabend, 1990y Bunge, 1994). Éstas tienden a disolver la autoridad científica como tal e introducen problemas referidos al poder, a la sobredeterminación cultural sobre las acciones humanas y a la dimensión cotidiana de los objetos recuperados arqueológicamente (Hodder, 1988; AlcinaFranch, 1989; Patterson, 1989). El procesualísmo adhiere a metodologías explicativas, privilegiando los modelos funcionales y la obtención de una confirmación intersubjetiva y consistente. Sin embargo, el discurso explicativo no es ajeno al campo post-procesual en sus versiones estructural, generativa y dialéctica. De todas maneras el interés principal de este último apunta a explorar la comprensión contextual y semiótica. articulado prescripciones bastante precisas para conducir la práctica del registro. Consisten en hacer explícito el diseño de investigación, privilegiar la investigación regional más que la de sitio, interpretar en términos socio-económicos los datos arqueológicos, extender el pasado arqueológico al presente, tomar conciencia del rol social de la arqueología y esforzarse por dotar de autonomía al campo de la disciplina respecto de la historia, de la antropología y de la ecología cultural (Clock, 1985:464). Si bien -y de acuerdo con lo expuesto-la tendencia académica consagra una tradición de conocimiento y práctica considerada "sistemática", existe paralelamente una evocación de arte, de artesanía, de industria cultural y de coleccionismo que compone un compromiso lateral pero intenso (Rocchietti, 1991). No se trata solamente de que la arqueología coexista con ellas sino de reconocer que también involucra una lógica implícita -que se despliega desde aquéllas-que consiste en re-elaborar, re-significar, inventariar y mostrar. Habitualmente esa lógica es considerada expresamente como para-sistemática y auxiliar, pero en ese ámbito la arqueología adquiere categorías nuevas para la percepción. Ellas son necesarias una vez que se toma conciencia acerca de que los asentamientos indígenas y sus contenidos son recursos culturales no renovables, en relación con los cuales el proceso de investigación contribuye a que sean disfrutados y valorados por las generaciones del futuro. La arqueología resulta, así, una estrategia para descubrir una parte del paisaje cultural regional: la que está integrada por la base social, económica e ideológica de las sociedades antiguas en su red ecológica. Ella se proyecta en el presente como una suerte de matriz que impregna la región y como aporte a la identidad de las áreas geográficas porque se articula con la historia local de distintas maneras (12). Una parte del paisaje cultural es el paisaje tecnológico (Foley, 1981) y no equivale a él en su totalidad, de modo tal que conviene segregarlo como componente particular de la percepción regional, sobre todo (12) Generalmente cuando es mayor la envergadura de los restos arqueológicos de procedencia indígena porque tienen la forma de recintos, fortalezas o pucaras, campos de cultivo o andenes, hidráulica, templos o construcciones de defensa o enterramiento de los muertos con complejidad y esplendor, mayor es el compromiso con ese pasado. En la Argentina, es el caso de la región Noroeste que despliega toda la magnitud de las culturas andinas aunque en forma de periferia a la llamada por los arqueólogos Area Andina Meridional. porque el acceso a las instalaciones indias (habitaciones, campamentos, talleres, sitios de caza, territorios, etc.) se hace por la visibilidad de los equipos tecnológicos que fabricaron y usaron. Se documenta en los sitios arqueológicos como objetos líticos, cerámicos, óseos y metálicos, arquitecturas de recintos, etc. El paisaje cultural es una propiedad general de la región; el paisaje tecnológico encama en la base arqueológica y es antecedente histórico o "etapa" en la historia tecnológica regional, la que habrá de articular, sin duda, componentes tecno-urbanos y tecno-rurales en una secuencia que le es específica. El paisaje tecnológico se cruza con el coleccionismo, con el arte y la artesanía, porque les ofrece un universo de objetos que son directamente reconocibles, que se pueden reproducir o copiar, que se re-elaboran y se coleccionan. Paisaje cultural y paisaje tecnológico antiguos toman la evidencia de la variación de los conjuntos arqueológicos y de las actividades que las poblaciones indias realizaban dentro y fuera de los asentamientos, un objeto de preservación y gerencia. Exigen de la práctica arqueológica una conexión profunda con la "forma regional" (Sullivan, 1988) tanto desde la perspectiva de la historia como desde las decisiones de conservación, comunicación e incidencia social de los recursos arqueológicos. Al igual que las otras disciplinas que tienen por objeto los asuntos humanos, la arqueología participa de la configuración constitutiva expresada en los pares foucaultianos función/norma, conflicto/regla y sentido/sistema (Foucault, 1981). Bajo el primero la interpretación de la sociedad se efectúa acentuando sus características de totalidad funcional (orgánica y/o sistémica). Bajo el segundo se enfatiza que los órdenes sociales están fundados en distintas formas de apropiación económica, en la contradicción y en la lucha; desde el tercero se sostiene una versión fundada en los niveles de significación del lenguaje y de todos los universos simbólicos de la acción social. Desde nuestra perspectiva, la visibilidad arqueológica se actualiza en tres dimensiones: en el registro de sitio, en el sostén de sitio y en la intervención de sitio. El registro es la dimensión que se encuentra en la recuperación sistemática y en la procura de significado para los procesos de formación y de transformación de sitio. El sostén de sitio se configura a partir de la asistencia técnica que es necesaria para preservarlo pero sin interferir con la histo- ria física y política del sitio mismo. Esta dimensión consiste, más bien, en esas estrategias tan comunes en la Argentina de "proteger sin tocar" los yacimientos. El espectro de posibilidades de las mismas van desde quitarlos a la curiosidad pública, no denunciando sino académicamente su existencia, hasta las gestiones públicas para su eco-conservación y las campañas para formar conciencia ciudadana sobre su preservación como patrimonio cultural. La intervención de sitio reúne todas las operaciones físico-químicas, arquitecturales, culturales y políticas que desenvuelven la preservación y la comunicación social de la arqueología prehistórica. En la Argentina, en relación con la inestabilidad de las políticas científicas estatales, solamente un porcentaje reducido de la totalidad (indeterminada) de sitios arqueológicos es puesto en situación de registro; a su vez, sólo un pequeño número de ellos es puesto bajo actividades mínimas de sostén y, por cierto, la intervención técnica y política está reservada a los casos de interés excepcional (sea por su envergadura monumental, sea por tratarse de localidades arqueológicas que reciben atención turística, sea porque pueden volverse escuelas de campo para arqueólogos). Registro, sostén e intervención son dimensiones siempre "inacabadas" en la medida en que las metodologías varían en el tiempo, expresando el potencial histórico de la arqueología en cada época y para cada generación de investigadores que se encuentran en la dirección de concretarlas. Asimismo, son dimensiones "interminables" ya que nunca se agotarían como objetos científicos, existiendo siempre la oportunidad de descubrir o implementar nuevas formas de tratamiento tanto de la información como de los sitios arqueológicos. En la dimensión del registro de sitio, la problemática crucial gira en torno a la materialidad de los observables; es decir, en qué medida y con qué fiabilidad las propiedades físicas, bióticas y documentales se vuelven información y se mantienen en los procesos aceptados de validación. Las otras dos dimensiones están centradas en la transformación que conduce -inexorablemente-a la desaparición de los yacimientos, tanto en los vectores de perturbación ecosistémica como por la acción humana. Ella evoca la dialéctica interior a lo observable que se vuelve no observable y que suele traducirse en una estimación de la estabilidad de los sitios. La visibilidad arqueológica, entonces, es poli-morfa y -por lo tanto-polisémica y no puede dejar de estar integrada al paisaje cultural. La adherencia de los fenómenos arqueológicos a aquél se verifica en la impronta que dejaran las comunidades indias en la región a través de los restos de lo que fuera su base social y económica y su ideología. Al no poderse separar estos conjuntos de su red ecológica, ofrecen un perfil de reconocimiento a la región: sea porque los monumentos y ruinas se imponen en el paisaje, sea porque los motivos decorativos de la cerámica y textiles arqueológicos se reproducen y reelaboran en las artesanías populares y comerciales, sea porque piezas auténticas o falsas forman parte del adorno de edificios públicos y privados, el paisaje cultural adquiere identidad en función de esa impronta. En la Argentina, existe un gradiente notable en la articulación de esa impronta: mientras la Argentina andina exhibe algo de la visibilidad arqueológica vinculada al mundo indígena (sobre todo por el impacto notorio de las altas culturas de la sierra peruana, del altiplano boliviano y de la puna chilena) de tal modo que ella se percibe en la artesanía y en la iconografía turística en forma de dibujos que reproducen los diseños de las cerámicas o de los textiles o de fotografías que muestran sitios arqueológicos notables (la ciudad arqueológica de Tastil, el pucará de Tilcara); en la Argentina pampeana ella se diluye inexorablemente en la hegemonía dada a la cultura europea. Lo cierto es que las tradiciones indias presentes en los paisajes culturales contemporáneos desafían el paradigma de la cultura europea porque representan una fractura visual y de sentido en el paisaje sincrético contemporáneo. El paisaje cultural pertenece al régimen de lo visible porque combina de una manera específica las tradiciones étnicas que han interactuado en el pasado y que aún lo hacen en el imaginario colectivo. En la Argentina -y en toda América-la arqueología se desenvuelve -o debiera-en el plano de una memoria étnica porque no puede dejar de subrayar diacríticamente la visualidad orgánica del paisaje cultural y actuar en la dirección de investigar su identidad. La práctica arqueológica no sólo exhuma lo que queda visible del pasado indio, sino que lo adhiere a un tipo de visibilidad -por así decir-crítica: lo que las historias oficiales reducen a una mínima parte porque la sociedad se imagina blanca y europea, es sacado de la confusión y del olvido por la arqueología en el plano de ruptura de lo visible. Los arqueólogos irrumpen en la imaginería de la sociedad mass-mediática con formas disruptivas que van a parar a los museos, pero que obligan al reconocimiento de la existencia del silencio etnográfico. Sin ese conjunto de objetos y diseños exóticos para el común de la gente no habría necesidad de ir más allá del tiempo y de la sociedad que inauguró la Colonia o, más tarde, la Nación. Una parte del diseño de la investigación arqueológica consiste en representación, esquematización, figuración o trazo. Existe un aspecto del trabajo arqueológico (que, por supuesto, no lo agota) por el cual se construyen imágenes (registros, códigos, esquemas de sitio, bocetos de intervención, etc.). Su dilema más importante es establecer los contomos de los fenómenos arqueológicos y de la realidad histórica a la que ellos pertenecieron. De allí que la visibilidad arqueológica se vuelva política de trazo gráfico, fotográfico, fflmico. La investigación de los contomos en arqueología es inseparable de una política de trazo desde varios puntos de vista. Mirado desde cierto ángulo, el contomo no existe como tal. Es, más bien, una frontera entre las cosas (Moles, 1991), zonas difusas entre los objetos y los datos (como las que existen entre sitio y no-sitio, entre diseño tecnológico y diseño artístico). En este sentido, el contexto mismo se vuelve inconmensurable: ¿cómo obtener criterios para considerarlo alcanzado y acabado?; ¿hasta dónde se extiende -razonablemente-aquéllo que se designa como contextual?. Una política de trazo genera una programática constructiva que determina la escala de los hechos arqueológicos. Una política de trazo es distinta a una política de texto (Austral y Rocchietti, 1990): la escritura y el montaje arqueológicos que pusieran en evidencia la asimetría de la apropiación del patrimonio arqueológico o, por el contrario, la ocultaran. Una política de trazo se vincula al potencial de la arqueología para volver a la información contornos o bosquejos, para suscitar una exploración del objeto científico (los observables de ese "yacer ahí" que son, en definitiva, los sitios arqueológicos) y dar lugar a una economía de lenguaje particular. Este proceso es polimorfo en la medida en que va desde el registro fflmico al rastreo microscópico de huellas de uso y desde el diagrama abstracto a la reproducción figurativa, desde la imagen analógica a la imagen digital. Y, también, multiplica-dor de sentido por dos razones: porque es producido por una subjetividad epistémica y porque genera nuevas formas de subjetividad en los receptores de la política de trazo. Un ejemplo de ello se puede encontrar en la manera en que la arqueología trata con los cambios tecnológicos. Estos constituyen una clase de cambio histórico y ofrecen, generalmente, una escala de la sociedad porque no dejan de ser juzgados en términos de complejidad y naturaleza de la transformación social comprometida. La impregnación de la vida por la tecnología suele ser tal -independientemente de la época-que su paisaje pasa desapercibido para los que la viven (cfr. Pero la arqueología los presenta, ante la subjetividad etnocéntrica, en el tiempo largo y en el carácter resolutivo de la supervivencia, exhibiendo lo que cotidianamente es imperceptible. Así se articulan en su dimensión histórica real la transformación de los diseños de piedra, la domesticación de plantas, la manipulación de las hogueras, el tendido de muros, etc. El mundo conocido es develado en su entramado histórico, en la manera en que sus conquistas técnicas o ideológicas se fueron enlazando en la esfera de la experiencia histórica. La percepción "aplanada" de las formas y de las funciones de las herramientas y artefactos que nos rodean en la actualidad puede llegar a ser transformada por el reconocimiento de cómo históricamente se superpusieron. Al pasar a otros materiales significantes o al comprometerse con los contomos (en el caso argentino o latinoamericano con los contomos de las sociedades indias) aparece más claro el lugar actual de la arqueología: el de la tensión dialéctica entre su singularidad de campo (lo que es decir, de trabajo, de textos y de visualidad) y su conectividad, es decir, la intercomunicación con la antropología y la historia. ARQUEOLOGÍA Y ESCENA DE LA CIENCIA SOCIAL Si la visualidad es un programa constmctivo, entonces surgen algunos interrogantes: -¿cómo se demarcan territorios de procedimiento y de eficiencia en un programa que busca intencionadamente la visualidad?; -¿cómo conectar el telón de fondo de la historia social (representada por el paisaje cultural que T.R,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es posee una identidad visual reconocible y en la Argentina en unos casos en mayor grado que en otros) con las microculturas teóricas y académicas?; -¿cómo organizar la discursividad arqueológica y cómo caracterizar su devenir en hecho social cuando se está en el interior de la práctica?; -¿cómo obligar a repensar el vínculo técnica/ teoría/ realidad en la dimensión del uso de la continuidad mediática (actualmente digitalizada y con vastas posibilidades de montaje y expansión informática)?; -¿de qué modo los procedimientos se imponen sobre los resultados de la investigación?; -¿cómo responder a los desafíos éticos (re-enterramiento de restos arqueológicos correspondientes a la historia de comunidades indígenas, cuyos descendientes están en condiciones jurídicas de reclamarlos) y estéticos (el despliegue de la visualidad arqueológica en contraste con el paradigma de la visualidad planetaria del siglo XX)?; En principio los procedimientos ligados al proceso visual requieren de saberes tradicionales (dibujar, esquematizar) tanto como de nuevos (cámara y montaje, computación y medios de almacenaje digital). Apuntan a generar información pero también a comunicarla y, por lo tanto, exigen una economía de lenguaje nueva: ni la hiperfigurativa del registro de campo en bruto ni la sintética del clip. Esto significa combinar textos o escrituras de la comunicación científica habitual, guiones, fundidos de imágenes y "travellings", sonidos digitales o voces humanas, escenografías de teatro en los museos, gráfica de publicidad y exposición mural, etc. Algunos exponentes serán más eficaces que otros. Algunos profundizarán en la documentación y en la producción de datos adecuados para modelizar. Otros tendrán impacto en la comunidad a través de los media y generarán ya no lectores científicos sino espectadores y tele-adictos. Es más difícil anticipar cómo habrá de juzgarse esta eficiencia. Pero al buscar intencionadamente una extensión mass-mediática de los hechos arqueológicos o una comunicación que destaca lo visual, se vuelve evidente que la imbricación entre la historia social (la del pasado y la que se desenvuelve ante nosotros) y las microculturas teóricas tendrá consecuencias más profundas puesto que insertar la tradición india en el continuo de la historia social y política del paisaje cultural obliga a un examen crítico de la sociedad y de la cultura. Los hechos arqueológicos -contrariamente a lo que pudiera pensarse-no son independientes del destino que sufrieran las comunidades indígenas dentro del Estado-Nación en la Argentina. Allí, la situación del objeto científico es la de una apropiación asimétrica de sus restos por parte de la sociedad que se hiciera hegemónica a lo largo de los siglos. La discursividad arqueológica no puede dejar de señalarla porque de una manera o de otra ella deviene del proceso que venció a esas comunidades expropiándoles, también, el control sobre los restos arqueológicos. Un hecho que pone de relieve lo crítico de esa toma de conciencia es el debate en torno a los reclamos de devolución de restos para su posterior re-enterramiento por parte de asociaciones indígenas en América y en Australia (cfr. La posibilidad de re-enterramiento no sólo destaca la no-visibilidad virtual, como consecuencia de la tensión política que le subyace, sino el control cultural sobre los indios (Bonfil, 1991: 81) ejercido en el pasado y prolongado en el presente por la apropiación asimétrica de los restos. El reenterramiento retira de la visibilidad los objetos arqueológicos poniendo en evidencia una parte de su naturaleza política. Pero existe, también, otra tensión básica en la presentación de la visualidad de lo indio a través de los objetos arqueológicos: la que impone el esfuerzo por imponer una visualidad sobre otra. El espectador habrá de necesitar para gran parte de lo que ve un aporte de significados (esa urgencia que expresan las preguntas ¿qué es?, ¿para qué sirvió?, ¿qué significaba?, ¿cuándo se fabricó?). La dialéctica entre lo que se ve y lo que se cree ver intenta resolverse sometiendo una visibilidad (la india) a otra (la socializada en tomo a las formas y funciones de los objetos en la cultura europea) y procurándole una toma de sentido que la reduzca a los parámetros no perturbadores del propio mundo cultural. La visibilidad recuperada por la arqueología desafía cánones históricamente impuestos, los que confrontan criterios estéticos radicalmente distintos. La actual amplificación técnica (microscopios electrónicos, rayos X, películas infrarrojas, video, computadoras, etc.) obliga a volver a pensar el nexo entre Técnica/Teoría y Realidad. Hasta tal punto la imposición de los nuevos media ha influido en los procedimientos de registro y comprensión de lo real que se puede afirmar que las inno- vaciones técnicas son "transversales**. Atraviesan todas las instancias de lo real y, en especial, la producción científica (Manzini, 1991): de allí la necesidad de rever los contomos de las cosas y de examinar las microculturas teóricas (las que se corresponden a sectores de teoría, equipos de trabajo y metodologías de investigación). Necesariamente los procedimientos se imponen sobre los resultados de la investigación. Sus límites son los de las mencionadas microculturas; su potencial depende -en gran medida-de los factores de estima que suelen pesar sobre los investigadores. El prestigio de los modelos funcionales cibernéticos para entender a las sociedades indias fue hegemónico en los'80. En aquélla época era natural sostener que los modelos y categorías basados en el comportamiento de los sistemas informáticos describían adecuadamente el funcionamiento de esas sociedades y existía una confianza real en que ellos permitían predecir su registro arqueológico. De su cuestionamiento actual surgen metodologías divergentes y heterogéneas que seguramente habrán de ser puestas en duda cuando agoten su itinerario teórico y práctico. Sin embargo, la energía puesta en la exploración de procedimientos es la que vuelve a la arqueología un taller experimental, especialmente ahora que tiene lugar un período de discontinuidad epistemológica, de evolución hacia otros aparatos normativos (cfr. Esto obliga a pensar el vínculo entre arqueología y sociedad. Hoy existe una demanda social creciente hacia el conocimiento, originada en instituciones públicas y en las grandes burocracias privadas. En lo que respecta a la ciencia social, esa demanda la encuentra como un campo científico poco estructurado y en productividad decreciente (Fanfani, 1991). Existe un nexo directo entre arqueología y sociedad y éste surge con claridad en el marco regional: los restos arqueológicos son recursos culturales no renovables y su tratamiento crea un área de gestión y de intervención que define público, objetivos y medios de comunicación. En ese carácter de recursos, los restos arqueológicos empiezan a vincularse a la superposición de tecnologías regionales (antiguas y modernas, rurales y urbanas) y permiten la construcción de imágenes y universos culturales si no nuevos, al menos en combinaciones diferentes a las que está habituada la cultura pública. Es por eso que puede esperarse que habrán de incidir en la autorrepresentación de la identidad social. La puesta en sen-tido, desde la arqueología de las sociedades indígenas, consiste en la posibilidad de elaborar una crítica histórica. No se puede ignorar la densidad del proceso que desemboca en una ecología cognitiva cuyo resultado resultado final es de naturaleza perceptivo-simbólica y proviene de ajustes al medio logrados a través de la técnica estratificada (es decir, superpuesta funcional y productivamente) a lo largo de la historia. La sede de este proceso es la superposición de los paisajes culturales y tecnológicos, su depósito histórico y su imbricación contemporánea. La problematización crítica de lo que está por fuera de los sitios arqueológicos pone en contraste aquéllo que ha solido ser la base de la práctica arqueológica: la contemplación exótica de la que suelen ser objeto. Ella no es ajena al ámbito académico y puede referirse tanto a los hechos como a los modelos. Contemplación añadida al consumo cultura de proyectos teóricos constituyen el nudo de la disrupción entre arqueología y sociedad, entre arqueología y demanda social de conocimiento. Asimismo, ella puede verse desde la perspectiva de la correlación entre producción científica y Estado. Tomar a los restos arqueológicos como parte de los recursos culturales obliga a estudiar cómo el Estado se hace coextensivo, en la región, de una dialéctica particular: la del modelo étnico de Nación con su énfasis en la cultura vernacular; frecuentemente manifiesto bajo la forma de expresiones nativistas, populistas, etc.; y, el modelo cívico de Nación, que vuelve al indio un ciudadano abstracto reabsorbiendo las discontinuidades étnicas en la homogeneidad del Estado-Nación (cfr. La producción arqueológica está en condiciones de poner en vigor una visibilidad oculta o alternativa, por detrás de la uniformidad lograda en virtud del control cultural. ARQUEOLOGÍA Y REFORMA SOCIAL La idea de reforma social afecta, en primer lugar, la evaluación de los modelos de sociedad, sea que mirando al pasado se adviertan formas sociales alternativas que impugnan las cotidianas (13), (13) Cuando la escenografía de locales de venta de artesanías, comercios de distinto tipo, hoteles, oficinas de turismo, etc. recogen objetos arqueológicos, sus réplicas o sus versiones kistch ayudan a confrontar una visibilidad histórico-étnica con la visibilidad desarrollada por el modernismo de la posguerra del siglo XX. sea que recorrer el pasado objete el proceso histórico que ha conducido a la experiencia social actual ( 14) en segundo lugar, refuerza la conexión con las ciencias de la sociedad, puesto que sólo ellas se proponen la crítica y reformulación de su objeto -la ciencia natural se propone el dominio de la naturaleza y no su reforma (Bobbio, 1987:9)-reedita la metáfora de los "constructores de sociedades", por la cual el estudio de la sociedad es instrumental-político y fundamentalmente transformador. Ciertos aspectos de la arqueología convocan a una mediación entre la preocupación por la crítica social y la reforma misma de la sociedad. Ésta se halla en el seno mismo de la actitud de asumir que puede no existir una sola cultura legítima en un país que impone a su población una sola, homogénea y europea (15). El reconocimiento de una red social de sitio es ya una intención transformadora. Ella consiste en nexos concatenados que involucran actores sociales en distintas dimensiones de compromiso con los sitios arqueológicos y con su universo documental. Empieza con los vecinos cuyas viviendas están próximos a ellos, continúa con la comunidad local (con su interacción local y su sistema de gobierno), abarca niveles jurisdiccionales y de comunicación más amplios, convoca al público en general y a las distintas formas de comunidad académica nacionales e internacionales. A lo largo de sus conexiones visibles y tácitas y en sus numerosas modalidades de movimiento interior, ella consiste en pura comunicación, en una escala más o menos amplificada de símbolos y de valores. La acción transformadora realiza sus objetivos en gestiones públicas en lo educacional, en lo administrativo, en lo informacional, hasta dar nueva forma a la conciencia histórica (en sí y para sí, autónoma y crítica). En la arqueología de las sociedades indígenas, el imaginario sobre el cambio histórico tiene una afinidad muy intensa con la clase de cosas-objetos llegaban a tener existencia social? ¿ Una vez que la conseguían cómo circulaban? ¿Cómo devenían familiares y cotidianas? En cierta forma la arqueología indígena no sólo tiene que ver con objetos visuales sino, también, con su inserción cotidiana, con la percepción y valoración del diseño "en uso". La memoria se organiza de tal modo que, al mismo tiempo que se recupera la habilidad asociada al diseño, se reconoce la etnicidad del mundo indio. El reconocimiento de la identidad étnica realiza categorías sociales en el interior de un código: lo que hace de los rasgos étnicos, no la mera suma de diferencias objetivas sino la combinación de aquéllas que se consideran significativas y, por consiguiente, adscriben, a los actores indígenas en la historia natural (cfr. Las diferencias se advierten -desde la arqueologíaen la frontera tecnológica, simbólica, imaginai, etc. ( 17). El plano de reconocimiento que ofrece la memoria étnica constituye un espacio transformador en la esfera de los valores con que se adscribe a la historia indígena en la historia regional y nacional. Los artefactos, grafismos, entierros y restos de todo tipo tienen el lugar de los sistemas de significación (Layton, 1989: 5). Los distintos actores sociales comprometidos en la red de sitio reelaboran ese pasado no sólo en términos de sus interpretaciones e ideologías sino también de los sucesivos bloques históricos de representación y de construcción de valores entrecruzados, superpuestos e intrincados en el transcurso de la vida "nacional". Así, pues, subjetividad y política confluyen para demarcar la historia de la sociedad india. La teoría y los métodos de la arqueología están cruzados por los planos políticos de la sociedad argentina y por el lugar asignado a las sociedades indígenas en ellos. La arqueología de estas sociedades transita un género de producción literaria cuyo estilo de relato prioriza la cronología lineal. Es correlato de un gesto cultural argentino que recupera el orden social de la Patria Vieja (colonial, independentista y pre-inmigratoria). Es resultado tanto de la diferenciación romántica del ethnos como de la oposición al proyecto de la universalidad positivista, nacido en los 80 del siglo pasado. Reedita la cuestión de pertenecer o no a sociedades con o sin Estado (Herzefeld, 1987: 86), a sociedades homogéneas y tribales o a sociedades diferenciadas y "complejas". La mezcla de estas perspectivas (la búsqueda "nacionalista" de una identidad para el país, a la que la sociedad indígena aportaría los elementos más distintivos y "legítimos" de su cultura; la insistencia en el tema de la objetividad reconstruccionista) incide en la metáfora del tratamiento escolar. Si, por un lado, se evoca a las sociedades indias en algún punto de la historia nacional (preferentemente bajo la figura de pobladores autóctonos y primordiales) y como una taxonomía de comunidades, economías, organización social y costumbres; por otro se enfatiza la desconexión de la sociedad argentina de e'ste siglo con ellas. La idea de que el pasado indio es un pasado objetivamente superado tiene poder social. Esta circunstancia requiere una etnografía de lo que está afuera (Leone, 1987) de los sitios arqueológicos y una etnografía de la sociedad argentina misma (18). El juicio de realidad, es decir, el imaginario desenvuelto alrededor de las sociedades indígenas, es inseparable del juicio axiológico que posiciona a las mismas en el ámbito de una historia definitivamente superada. El análisis de estas prescripciones consiste en una crítica cultural orientada a examinar un modelo de cultura -el que la sociedad argentina tiene para sí-por oposición a un contra-modelo que generalmente se asume como la tribalidad separada de la Nación. No se trata de volver a una etapa de tecnología y de organización social que sería impotente en este siglo sino en establecer el proceso por el cual la Argentina fue des-indianizada y, sobre todo, sus consecuencias regionales en torno de la apropiación del territorio. Provisoriamente, y en situación cultural productiva, la arqueología indígena queda comprometida con los "recursos culturales". Allí también es necesario ejercer la crítica cultural del emergente de una autoridad etnográfica (Clifford, 1991) (19). Ella suele asumir la suma del conoci-(17) Reconocimiento de la etnicidad no quiere decir que un repertorio tecnológico, simbólico, etc. sea equivalente a una sociedad, a un grupo social, una comunidad, sino reconocimiento por contraste antropológico de una alteridad cultural productora. (18) Etnografía de lo que está afuera equivale a una descripción pormenorizada y totalizando a la sociedad local y nacional, a una interpretación de sus procesos histórico-sociales y a un diagnóstico de sus centros de significación principales así como de sus líneas de conflicto. En ese proceso el pasado indio es un estrato de sentido más o menos ligado al imaginario que la sociedad actual tiene sobre sí misma. (19) La idea de autoridad etnográfica es complementaria de la de silencio etnográfico. El antropólogo deviene autor y T.P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es miento sobre los objetos arqueológicos, sobre su filiación y antigüedad y consolida una "versión" sobre ese pasado. Tiene dos formas distintas pero complementarias; una institucional y con competencias definidas, la otra se halla fuera de ese marco y posee un curso de acción mucho más difuso. La primera encama en la producción sistemática de los expertos académicos y se expresa orgánicamente en medios de comunicación científicos. La segunda es ejercida por otro tipo de experto: el coleccionista. Su autoridad, bajo la forma de palabra o voz dotada de saber y monopólica, posibilita la acción apropiadora de objetos arqueológicos y de la información etnográfica e histórica relacionada con ellos. Los primeros los retienen en los museos, institutos y universidades por tiempos más o menos largos para su análisis y muestra. Esta retención es favorecida por el financiamiento institucional y por los géneros de literatura académica que consagran un solo estilo de voz experta. Los otros son apropiadores y conocedores ad hoc y -de acuerdo con la envergadura de los objetos arqueológicosligados o no al mercado de antigüedades. En el ámbito de los receptores se encuentran el público y la comunidad. No lo son solamente por su ubicación sino, especialmente, por su vínculo con las formas de autoridad etnográfica señaladas. El público está constituido por un conjunto abstracto, anónimo, siempre en modificación respecto a modas e intereses y en situación de disponibilidad para los media de comunicación. La comunidad pertenece a la red social de sitio arqueológico, está comprometida con su vecindad y con cierto grado de percepción familiar de las ergologías indígenas que potencialmente aparecen en los yacimientos, los cuales -a la vez-suelen estar en las inmediaciones de sus viviendas o de sus lugares de trabajo y paseo. El público tiende a ser recortado en el plano de lo nacional y la comunidad en el de lo local, que en la Argentina es el lugar del Interior (20). autoridad sobre lo que observa en la situación de campo. Esa autoridad es casi inapelable por cuanto él ha estado allí, en el lugar y tiempo precisos como para ser testigo y observador participante (cfr. Los arqueólogos se vuelven una autoridad análoga; no solamente porque hacen una suerte de etnografía a partir del registro arqueológico sino porque son, en cierta forma, insustituibles: la experiencia de excavar y registrar los hace testigos únicos y privilegiados de los observables que recuperan para la posteridad. El silencio etnográfico aparece cuando el antropólogo (arqueólogo) decide qué escribirá y qué no, qué comunicará y qué no. (20) La Argentina es un país vertebrado históricamente en torno a la escisión capital/interior. La primera (junto con la am-El coleccionismo disputa a los expertos la apropiación de los objetos y la legitimidad de la experiencia y de conocimiento. Los coleccionistas están en las redes orgánicas de la pertenencia a la comunidad local y, generalmente, no hacen de las colecciones "cosas públicas", cosas "mostrables". Los expertos institucionales, por el contrario, necesitan y deben hacer públicas las estrategias de investigación y la producción académica aunque, frecuentemente, pasan por alto la conexión funcional con la comunidad y el público. Experiencias sistemáticas y coleccionismo engendran culturas diferentes. Una argumenta desde la ideología de la recuperación exacta, la otra se articula en tomo de la del valor (estético, histórico, de mercado, etc.). A veces se combinan en la instancia del consumo de industria cultural (literatura, artículos periodísticos, films, etc.) dirigida al público. Los recursos culturales arqueológicos están, pues, plenos de riqueza simbólica. No la pierden cuando cambian de material significante (de los textos al film, a la muestra gráfica, a la inforgrafía, a la exposición de objetos en museos o en su arrinconamiento doméstico). La ciencia organiza universos de discurso nuevos cada vez que reorganiza o cambia -y lo hace periódicamente-modelos y teorías. Mientras los niveles de los coleccionistas y del público se encuentran fundados en la circulación de discursos que suelen ser estables y -básicamente-valorativos. La intención y la posibilidad de acción reformista comienza en la dimensión de cuan eficaz es la inserción en la conciencia pública (y en sus distintos nexos de red social) de nuevas imágenes y nuevas formas de evaluación de las sociedades indígenas. En este punto éstas se vuelven un instrumental político para efectuar una crítica del modelo cultural hegemónico y para comprender que el bloque histórico que llamamos Nación resulta de un orden que eliminó a esas sociedades, no sólo como entidades jurídico-políticas porque se les oponían en el Desierto sino que también las anuló como sujeto histórico diferenciado y no únicaplia región litoral-pampeana) representa la conexión europea, tanto en su cultura pública cuanto en la idiosincrasia de su imaginario colectivo. Desde allí emanó el proyecto nacional que hizo de la Argentina una formación económica dependiente de Europa primero y de los EE.UU. después. El Interior está constituido a expensas de las provincias alejadas de la cuenca atlántica y la Patagonia. En la historia oficial, y el imaginario colectivo aprendido a partir de ella, el Interior representa la barbarie y la naturaleza indómita del "país real". T.P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mente a las que derrotó en el siglo XIX sino a las que las precedieron (aunque en la dimensión simbólica). No es indiferente, entonces, que por esa época, simultáneamente surgiera la arqueología científica (convirtiendo a las antigüedades aborígenes en objetos para investigar y para acumular en el Museo) y al coleccionismo privado en actividad si no lucrativa por lo menos prestigiosa (21). El corpus documental recuperado por la práctica arqueológica (sistemática o de coleccionismo) convoca sectores sociales de distinto nivel y de compromiso heterogéneo en intensidad y adecuación, volviendo esos recursos culturales campo de apropiación y competencia. El destino académico y social de los mismos es -por añadidura-instrumental y político. La acción sobre el imaginario público y su escala axiológica trasciende las finalidades educativas y comunicacionales. Posee ramificaciones cruciales sobre la conciencia histórica disparándola hacia el pasado, pero también hacia el futuro: el tratamiento que se ha dado y se da a las minorías indígenas es paradigmático del debate sobre las libertades políticas, sociales, económicas en la Argentina. La estrategia especializada de investigación necesita encontrar lenguajes plurivalentes, superar su equivalencia con la historia de la tecnología y con la búsqueda de una sociedad indígena eternamente adecuada ("ajustada" o "adaptada") por la homeostasis ecológica. Un esfuerzo de esta naturaleza estaría dirigido a trazar una historia india dotada de sujeto. (21) Los argumentos expuestos no deben llevar a la conclusión de que estamos haciendo el elogio del coleccionismo. Estamos procurando analizar todos los costados de la relación arqueólogo ("expertos institucionales") y coleccionistas (en mayor o menor grado, con alto nivel de rigurosidad o con marcada improvisación, con interés por la ganancia o sin él), señalando que desde ambas partes se producen apropiaciones, especialmente si hacemos entrar en consideración que actualmente las comunidades aborígenes, sus representantes orgánicos o sus miembros aislados desempeñan un rol prácticamene nulo en este tema, aun en el ambiente académico. Esto último refleja el grado -bajo-de autoorganización y de reclamo de que ellos adolecen.
sirven para inferir que los homínidos tuvieron un acceso primario a las carcasas representadas en el yacimiento FLK Zinj de Olduvai.
A partir del postulado de que el proceso de realización de un objeto del arte mueble magdaleniense tiene una cierta tradición técnica que puede expresar valores cognitivos y culturales, este trabajo se orienta hacia la percepción de las técnicas de grabado en hueso. El análisis de 90 objetos del sudoeste de Francia ha puesto en evidencia gestos que se repiten en este proceso y «fórmulas» gráficas que no parecen características de grupos locales o T. P., 54, n.° 2,1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es res.
SANTOS ESTEVEZ (*) CÉSAR PARCERO OUBIÑA (*) FELIPE CRIADO BOADO (*) Anda, quítate el vestido, las flores y las trampas. DESCRIPCIÓN, FORMA, DECONSTRUCCIÓN, SENTIDO (PLANTEAMIENTO) Se pretende reconstruir la secuencia de paisajes arqueológicos que se han sucedido en una zona de Galicia entre el IV milenio a.C. y la Edad Media. El interés fundamental de este trabajo no es sólo ofrecer esa síntesis diacrónica, sino mostrar que, a partir de un cierto momento, uno de los principios básicos de organización del paisaje social en la zona podría haber sido la constitución de un cierto tipo de espacio sagrado. Esta dimensión no habría excluido otras funcionalidades, incluso de carácter práctico-cotidiano, sino que se debe entender como la significación de la zona dentro de un código de lectura de carácter simbólico-ideológico. La estrategia de investigación que aplicamos se basa en opciones teóricas bien definidas e intenta articular el análisis de los paisajes arqueológicos como una práctica deconstructiva que pretende reconstruir el objeto de estudio de acuerdo con sus propias normas y sin introducir un sentido ajeno a él. Teniendo en cuenta que el paisaje, como todo producto humano, es la objetivación de una intención, sentido y racionalidad previa que se actualizan en elementos formales concretos y que, como tal, esos elementos deben representar de algún modo (siquiera sea distante) los contornos de aquella racionalidad, se propone desarrollar una descripción del paisaje que deconstruya éste y permita aislar los elementos y relaciones formales que lo constituyen. El sentido se debería desprender de esas formas y relaciones, imponer por el peso de su propia materialidad, y no debería referirse a un horizonte de inteligibilidad ajeno a él. Este proyecto, que intenta realizar, en la parcial medida en que es posible en Arqueología, un análisis estructural del significante (1), encuentra los instrumentos adecuados en la redefinición de las nociones de descripción, deconstrucción y análisis formal. -Entendemos descripción en el sentido que le otorga Feyerabend {191 A: 118) quien establece que "hay sólo una tarea que podamos legítimamente pedir a una teoría, y es que nos dé una descripción correcta del mundo, es decir, de la totalidad de los hechos vistos a través de sus propios conceptos''. -Con el concepto deconstrucción nos referimos a dos cosas distintas a la vez: a una metodología y a una crítica. Por un lado a una práctica analítica que accede al sentido de una determinada construcción social no reconstruyéndolo, sino destruyéndola; de-construir es extraer los niveles que constituyen una realidad para descubrir su morfología y configuración interna; en la re-construcción por adición (es lo que se pone); en la deconstrucción el sentido se genera por sustracción (es lo que queda). Por otro, en el sentido que Derrida (1989) otorga al término, la deconstrucción es una práctica que desenmascara las relaciones entre los conceptos fundamentales de la racionalidad moderna y evidencia de qué modo en nuestro saber se reconstruye siempre el mismo modelo de subjetividad (o logocentrismo). Por lo tanto, plantear una deconstrucción del paisaje supone al mis- (1) Propuesta enunciada por Foucault (1976) en el prefacio de La historia de la locura y con la que pretendía inaugurar una metodología de análisis de los productos sociales que escapara a la subjetividad de la interpretación. En nuestro caso los 'significantes' serían los elementos descarnados del registro arqueológico desprovistos de sentido subjetivo. T.P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mo tiempo descomponer el espacio social prehistórico para estudiarlo, y evitar que el estudio reproduzca los rasgos del horizonte de racionalidad del estudioso. -Entendemos por análisis formal o morfológico el análisis de las formas materiales concretas que constituyen el paisaje, tanto las naturales (geográficas) como las artificiales (elementos de Cultura Material, monumentos...), sin introducir un sentido extraño a ellos. Es por tanto un tipo de práctica deconstructiva que, cuando tiene éxito, describe el objeto de estudio desde dentro de sí mismo. El proceso metodológico que se seguirá es el habitual en el análisis antropológico estructural. Consiste en contraponer los modelos formales de organización del espacio desprendidos del estudio de diferentes tipos de espacios arqueológicos. Las etapas de trabajo se pueden esquematizar de la siguiente forma. Empezamos por realizar un análisis formal del espacio físico y de los espacios arqueológicos existentes en la zona. Estos últimos se representan, entre otros, en el patrón de distribución y emplazamiento de los yacimientos arqueológicos de cada periodo. El estudio del espacio físico, por su parte, incluye tanto el análisis de su morfología como de los patrones de poblamiento y uso del suelo tradicionales; éstos aportan una analogía débil que permite resaltar qué es relevante en el espacio considerado. El estudio de esos espacios debe conducir a la definición de un modelo hipotético concreto sobre la organización formal de cada uno. Una vez desprendidos los esquemas formales de cada espacio considerado, analizando códigos espaciales distintos pertenecientes a cada contexto cultural (por ejemplo: el emplazamiento de petroglifos comparado con el esquema espacial de sus composiciones, con las formas de uso del suelo, organización del espacio doméstico y dinámicas sociales del periodo, etc.), podremos generalizar el modelo concreto para poder establecer el modelo hipotético ideal. La coherencia de este modelo se puede contrastar considerando en detalle otros ámbitos y niveles de cada contexto para comprobar si en ellos reaparece el mismo modelo ideal o, en todo caso, transformaciones de éste. Esto supone en definitiva observar si en niveles diferentes de la misma cultura se evidencian los mismos códigos de organización espacial que se aprecian en el primer nivel. Así podremos definir el modelo genérico ideal, 4. Una vez desprendidos los modelos característicos de cada fase o regularidad espacial, se comparan unos con otros con el fin de examinar las conjunciones y disyunciones más notables. El principio orientador de esta fase del análisis es que las correspondencias entre códigos espaciales de contextos culturales que no tienen nada que ver entre sí no son debidas a una identidad o continuidad cultural, sino el resultado de principios de organización semejantes, los más obvios de los cuales están contenidos o determinados por la propia organización del espacio físico. Por su parte, la definición de cada modelo formal de organización espacial se puede realizar mediante un análisis cuyas principales fases son: 1. reconocimiento de IdiS formas o constituyentes elementales del espacio considerado, tanto naturales (es lo que tradicionalmente se denominaría un análisis fisiográfico) como artificiales o arqueológicos; 2. caracterización de las condiciones de visibilidad y visibilización de esas formas; 3. identificación de la red de lugares significativos de ese espacio, esto es: aquellas formas individuales que se definen por características específicas (visibilidad entre otras) y que pueden funcionar de hecho como puntos básicos de organización del espacio circundante; 4. identificación de las claves de tránsito y desplazamiento que hacen permeable ese espacio y preestablecen el sentido de los movimientos sobre él; 5. definición de las cuencas visuales o panorámicas más significativas de la zona, tanto las topográficas como las constituidas en torno a las entidades arqueológicas; 6. definición de las cuencas de ocupación, esto es: las zonas más adecuadas para el asentamiento humano que constituyen auténticos lugares (en el sentido gallego del término: aldea vinculada a un espacio fijo y delimitado) pero que en vez de ser meros puntos son zonas más amplias y generalmente se corresponden con cubetas o valles; 7. reconstrucción de \di jerarquía de lugares que se deriva de la accesibilidad o permeabilidad diferencial de cada una de las formas, lugares y cuencas existentes en ese espacio. LAS FORMAS DEL ESPACIO (DATOS) Para desarrollar nuestro trabajo hemos elegido una zona ubicada en el centro de la provincia de Pontevedra, en la franja occidental de Galicia (Fig. 1). Se trata de un área de aproximadamente de 130 km^ que comprende la práctica totalidad del término municipal de Campo Lameiro y la mitad Norte del de Cotobade, que conforma una unidad geográfica bien definida y de la que se dispone de un abundante corpus de datos. La convergencia de investigaciones en esta zona se debe a la gran densidad y riqueza de grabados rupestres que aquí se concentran y que conforman uno de los conjuntos más impresionantes de Galicia, de tal modo que casi todas las publicaciones existentes se relacionan de una u otra forma con estos grabados rupestres. Las primeras investigaciones importantes corrieron a cargo de arqueólogos vinculados al Museo de Pontevedra, con A. García Alen a la cabeza (García Alen y Peña Santos, 1980) y fueron conti-nuadas por A. Alvarez (1979) y A. de la Peña et alii (1993), concentrándose de forma mayoritaria en los grabados rupestres, y secundariamente en uno de los yacimientos cástrenos de la zona, el Castro de Penalba (Alvarez, 1986). Más recientemente fue una de las zonas elegidas por el equipo formado por Bradley, Criado y Fábregas (1994a, b, 1995) para estudiar el emplazamiento de los petroglifos dentro de un proyecto de trabajo que pretendía revisar este fenómeno desde la perspectiva de la Arqueología del Paisaje. En el año 1993 la zona es atravesada por el Oleoducto Coruña-Vigo, construido por la Empresa CLH, cuyo proyecto de Evaluación y Corrección de Impacto Arqueológico tuvo ocasión de realizar nuestro Equipo de Trabajo (Fig. 1). La participación de un equipo arqueológico en todas las fases de este proyecto implicó la realización de una completa serie de trabajos que van desde la prospección superficial para informar el Impacto Arqueológico del trazado (trabajo dirigido por F Méndez en 1992, Méndez et alii, 1995) al seguimiento de la construcción (realizado en 1993, Criado et alii, 1995). Todo ello supuso una notable profundización en el conocimiento de la zona, especialmente en el sentido de atender a la totalidad del registro arqueológico, incluyendo la inspección del subsuelo en toda la longitud de la traza del Oleoducto, ya que el área de estudio fue inspeccionada por sucesivos equipos de campo entre 1992 y 1995. Los trabajos incluyeron la definición y sondeo de yacimientos habitacionales del Neolítico y Edad del Bronce descubiertos gracias a las obras (Criado et alii, 1996), el estudio de la Cultura Material recuperada (Cobas y Prieto, e.p.), el estudio de la distribución de monumentos tumulares (Villoch, 1995), y la identificación de estructuras anejas a castros (Criado y Parcero, e.p.). Ante el interés de los datos obtenidos, se propuso ampliar el trabajo en dos direcciones: intensificando el estudio de la distribución y emplazamiento de petroglifos (trabajo realizado en 1996 por M. Santos) (2); y profundizando en el análisis del poblamiento durante la Edad del Hierro (realizado en 1996 por C. Parcero). Uniendo a ello los resultados del trabajo de catalogación arqueológi- (2) Aprovechando, en algún caso, actuaciones de tipo patrimonial como el control de la reforestación en los montes comunales de Parada, trabajo realizado por uno de los autores (MSE) en colaboración con M. Alfonsín Soliño y encargado por la Consellería de Cultura de la Xunta de Galicia. ca del ayuntamiento de Cotobade (3), es posible integrar la totalidad de los datos en una perspectiva de conjunto. De este modo hemos podido avanzar notablemente en varios aspectos: -conocer la distribución de yacimientos arqueológicos de diversas épocas (no sólo petroglifos), incluyendo varios de naturaleza invisible; -estudiar la geografía de la zona y su historia rural; -inspeccionar a nivel de muestreo el subsuelo gracias a la apertura de la pista y zanja del oleoducto. La zona de trabajo se localiza en la franja Oeste de Galicia, en concreto dentro de lo que podríamos denominar tierras pre-litorales (Fig. 1), cercanas a la faja costera y que ejercen de transición entre la línea de costa y las tierras interiores. El relieve es en general abrupto, de altitudes absolutas no muy importantes (por debajo de 600 m.) pero de fuertes pendientes y escasez de superficies llanas (Fig. 2). cieos habitados del municipio de Campo Lameiro; esta zona aparece cerrada por sucesivas líneas de divisoria, que la aislan de otras áreas de valle vinculadas ya a unidades diferentes. Al Sur, sin embargo, las pendientes a partir del Lérez son mucho más fuertes y la línea de divisoria interfluvial está muy próxima al río, lo que hace que las tierras ocupadas se limiten a una estrecha banda localizada a media ladera o bien a las zonas superiores de la línea de montes. Si trazásemos un transepto ideal Norte-Sur de la zona podríamos aislar las siguientes Unidades de relieve (Fig. 4): Unidad 1: vertientes escarpadas sobre el Lérez y, en menor medida, sobre algunos de sus arroyos tributarios. Se localizan en ambas márgenes del río y durante todo su recorrido, aunque tienden a ser más amplias en la margen izquierda (lado de Cotobade). La intensidad de estas vertientes decrece en zonas puntuales, que coinciden con los lugares de vadeo tradicionalmente utilizados. Un buen ejemplo se localiza en el área de Fentáns y coincide con el punto en que el límite de la parroquia de S. Xurxo de Sacos y el municipio de Cotobade sobrepasan el río. Los condicionantes que imponen las fuertes pendientes y los suelos muy ligeros limitan su aprovechamiento a área de bosque. Unidad 2: escalón de relieve más suave, tierras propiamente de valle. Este tipo de tierras bajas y abiertas son poco frecuentes y se reparten de forma muy localizada. Destacaremos como la más amplia el arco en que se sitúan las parroquias de Fragas, Campo y Muimenta, en el municipio de Campo Lameiro, al Norte del Lérez. Es claramente la superficie de valle más significativa y en ella se concentran actualmente las tierras de labradío y uso intensivo, así como la práctica totalidad del poblamiento del municipio de Campo Lameiro. Una segunda localización para este tipo de terreno es al Sur del río, sobre todo en el pequeño arco situado en torno a San Xurxo de Sacos, aunque la superficie es más reducida y la pendiente superior. Igualmente al Sur del Lérez hay otras pequeñas áreas en las que se abren terrenos pertenecientes a esta Unidad, pero se trata de extensiones limitadas y puntuales, coincidentes casi siempre con los núcleos de las respectivas parroquias. Unidad 3: escarpes laterales de sierra. Este terreno rodea y encierra al anterior en casi toda la zona de trabajo. Se trata de laderas por lo general bastante abruptas, aunque de pendiente variable; accidentadas y escarpadas, al Sur o al Oeste, frente a una pendiente más tendida hacia el Norte o Nordeste, que posibilitan el desplazamiento y el acceso a las zonas bajas. Ésta es la típica localización de terrenos de monte (en el sentido gallego del término, esto es, tierras de aprovechamiento extensivo), hoy día repoblados u ocupados por el monte bajo y matorral pero, en cualquier caso, con escaso aprovechamiento. Unidad 4: superficies planas en los interfluviales en las que se acumula la humedad y que dan lugar bien a brañas, bien a simples cubetas húmedas. Son áreas de reducida extensión y localización puntual, aunque relativamente frecuentes, sobre todo en la parte alta de los montes que cierran T.P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es nuestra zona por el Norte y Sur. Una localización alternativa viene dada por divisorias de agua de menor entidad, como por ejemplo el área de Fentáns. Los suelos húmedos, permanentes o semipermanentes, limitan el aprovechamiento de estas áreas, aunque las hacen lugares idóneos para la reserva de pasto en la estación seca. Unidad 5: cimas de las divisorias de aguas principales, de las líneas de montes que cierran la zona de trabajo en casi todo su perímetro. Son lugares rocosos, con suelos muy ligeros o inexistentes y de aprovechamiento extensivo (pastoreo semi-libre, monte bajo o incluso repoblaciones) o nulo. En algunos puntos estas cimas no son tales, sino que se abren en áreas de altiplanicie con abundancia de cubetas húmedas propias de la Unidad 4. A partir de esta descripción a grandes rasgos podemos entrar en un análisis más detallado de algunos aspectos geográficos. En concreto, y en virtud de la diferente combinación de las unidades antes delimitadas, podemos adoptar ahora una perspectiva horizontal sobre el terreno y definir dos Sectores fundamentales: el valle medio del Lérez y el inicio del valle alto (Fig. 5). A ellos podría unirse un tercer sector, localizado hacia el Oeste de los precedentes y que difiere ligeramente de ambos: Sector A, Comprendería el área central de la zona de trabajo. Se caracteriza por las formas más abiertas y las más claras cuencas de poblamiento, con una amplia superficie ocupada por terrenos de Fig. 5. Sectores de relieve. la Unidad 2. Las pendientes son en general moderadas, a pesar de que en los extremos aparecen terrenos que se engloban en las Unidades 3 ó 5. Es el área en la que el curso del río aparece menos encajado, y por ello aquí se localizan la mayor parte de los escasos puntos de vadeo, y desde luego los más importantes. Predominan las tierras de labradío y es importante el poblamiento, especialmente en la margen derecha del río. Sector B. La parte más al Este representa el inicio del valle alto del Lérez. Se individualiza por ser un área de relieve especialmente abrupto y escarpado, con las vertientes del río notablemente verticales y con el curso del Lérez profundamente encajonado, conformando casi un cañón. Las Unidades predominantes son las 1 y 3. Más allá del río las vertientes se continúan en pronunciadas laderas que ascienden casi directamente hacia los puntos altos de las divisorias, dejando apenas lugar para la apertura de pequeñas zonas más suaves en las que se concentra el escaso poblamiento y actividad agraria de este sector. Sector C. Repite en cierto sentido las características del anterior, aunque un poco menos acusadas. Si bien el río discurre encajado, la altitud relativa a que lo hace es menor con respecto a las vertientes y divisorias. Además en este sector se observa, sobre todo en la orilla izquierda del río, un escalón a media ladera en el que las pendientes se suavizan y es posible el aprovechamiento agrícola y la ocupación; este escalón habilita, además, una zona apta para el desplazamiento. De esta forma nos encontramos con una disposición aproximadamente simétrica del medio natural, en la que un área central, que ofrece las mejores condiciones para la ocupación y el aprovechamiento agrícola intensivo, se ve flanqueada por dos sectores más agrestes y cerrados que, en cierto sentido, la aislan. De todas formas conviene resaltar las diferencias que separan a estos dos últimos sectores y que hacen al B mucho más individualizado y peculiar que el C, más semejante al primero. En este sentido no se observa una ruptura brusca entre los Sectores A y C, sino más bien una transición progresiva en la que el terreno se va abriendo y ampliando cada vez más. Por el contrario sí que existe un punto de inflexión claro entre los Sectores A y B, lo suficientemente importante como para considerarlo un sector más, el Sector D. Se trata de una dorsal de aparentemente poca entidad, pero con un emplazamiento muy significativo. Es una superficie de reducidas dimensiones, que arranca prácticamente desde el río y asciende hasta enlazar y perderse en los escarpes que cierran la zona por el Este. Si nos referimos a las Unidades anteriormente definidas, podemos observar cómo en este sector son especialmente significativas dos de ellas: la 1, conformada por los primeros metros de la vertiente que asciende desde el río, y la 4, con una especial concentración de cuencas húmedas sobre los terrenos más o menos llanos que coronan esta pequeña divisoria y se extienden hasta el inicio de los escarpes del sistema interfluvial. No se trata de una zona que se individualice claramente por razones orográficas; no constituye un Sector homogéneo y claro como los anteriores. Su singularidad geográfica viene dada por razones más bien históricas y culturales que se considerarán a continuación. El presente tradicional: Geografía e Historia Rural Este nivel de estudio debe incorporar tanto la documentación sobre la historia más reciente como el análisis del poblamiento tradicional de la zona. Se debe hacer nuevamente desde una perspectiva formal, que contribuya a la descomposición y comprensión del paisaje campesino tradicional y de sus características geográficas (de aquello que puede permanecer por pertenecer al orden de la naturaleza y que se recupera o influye en diferentes periodos). En este sentido, hay un conjunto de evidencias que destacan la importancia del Sector D. En primer lugar esta zona coincide con el área de Fentáns, a la que ya nos hemos referido con anterioridad como una de las zonas de vadeo del río más claras, históricamente documentada por, entre otras cosas, la toponimia y la presencia de algunos puentes. Además esta zona presenta una interesante singularidad territorial, ya que en ella el claro límite impuesto por el río Lérez se quiebra; así el área de Fentáns, pese a estar físicamente vinculada a las parroquias del municipio de Campo Lameiro, pertenece a la de San Xurxo de Sacos, del municipio de Cotobade. Todavía se pueden derivar más cosas del análisis de la distribución parroquial. En efecto, si se observa el mapa de parroquias (Fig. 3) llama la atención la disposición radial de varias de las feligresías del municipio de Campo Lameiro (Campo, Muimenta, Morillas y Montes) y de la propia de San Xurxo de Sacos con respecto a la zona de Fentáns, disposición extraña y que no se repite en ningún otro lugar de la zona. Podría pensarse que este reparto parroquial, y el propio hecho de que el área de Fentáns pertenezca a San Xurxo de Sacos, tiene un origen más o menos reciente. Sin embargo ya en los interrogatorios hechos para el Catastro del marqués de la Ensenada, hacia 1756, el lugar de Fentáns pertenece a San Xurxo de Sacos y los límites parroquiales por el Norte son los mismos que en la actualidad (5). Tenemos, pues, una cierta garantía del funcionamiento de esta división parroquial durante varios siglos, y todavía se puede pensar en una antigüedad mayor si admitimos la suposición generalizada de los escasos cambios en la estructuración parroquial de Galicia entre la Edad Media y el siglo XIX. Otro elemento de interés es que, además de marcar la separación entre parroquias y municipios, en esta zona convergen actualmente los límites de tres arciprestazgos diferentes: los de Montes, Morana y Cotobade (Fig. 3). Esta situación puede retrotraerse hasta, al menos, el año de 1607, cuando el Cardenal Jerónimo del Hoyo (1950) elabora sus memorias, en las que describe la extensión y organización del arzobispado de Santiago, al cual pertenecían (y pertenecen) los tres arciprestazgos. A la luz del mapa de límites de los arciprestazgos cabría esperar que el punto de unión entre ellos se encontrase no en el final de la parroquia de Morillas, sino en la de Montes, que es por donde discurre exactamente la divisoria. Sin embargo la parroquia de Morillas no es una parroquia matriz sino anexa (dependiente) de la de Montes; así pues el hecho significativo es que Montes pertenece a un arciprestazgo diferente y, con ella, su parroquia anexa Morillas, por lo que, si no físicamente, sí al menos lógicamente, el límite de los ai^iprestazgos viene a coincidir de nuevo con la divisoria de Fentáns. Vemos, pues, como el área de Fentáns adquiere una serie de denotaciones tanto geográficas como histórico-culturales que la señalan como un lugar destacado físicamente y revestido de un significado especial desde, al menos, la Edad Moderna y, supuestamente y con bastante certeza, la época medieval. (5) Hemos identificado algunas variaciones en los límites y composición de las parroquias en varios puntos de la periferia de nuestra zona de trabajo desde, al menos, 1607. Sin embargo, ni en el área de Fentáns ni en el conjunto de las parroquias centrales de la zona hemos podido documentar ninguno. Para evaluar los patrones de localización de las aldeas medievales disponemos de dos clases de datos. En primer lugar bastantes fuentes documentales nos permiten conocer con cierta exactitud la distribución de los lugares habitados hacia fines de la Edad Moderna (Fig. 6), lo cual, del mismo modo que ocurría con los límites de las parroquias, permite una cautelosa extrapolación hacia atrás. En segundo lugar los trabajos puramente arqueológicos también desvelan la existencia de algunos yacimientos medievales que, en consonancia con lo dicho anteriormente, se ubican en las proximidades de aldeas tradicionales y podrían indicar un cierto proceso de desplazamiento de los lugares de habitación respecto a los de momentos anteriores hacia finales de la Edad Media. En todo caso la distancia entre los yacimientos y las aldeas actuales es muy escasa y además ambos ofrecen un patrón de emplazamiento casi idéntico. El poblamiento medieval (y posterior) muestra una preferencia muy clara por los Sectores A y C, con una menor densidad en el B y una ausencia total en el D. Más clara es todavía su relación con la Unidades planteadas, ya que las aldeas de este momento se ubican casi exclusivamente en tierras de la Unidad 2, áreas de valle y labradío, o en el límite entre éstas y las de la Unidad 3. Nos encontramos ante un vacío de datos casi total, aunque a tenor de lo que es habitual en el registro gallego cabe suponer que estos asentamientos estarían localizados en las zonas más bajas y con mejores posibilidades productivas (esto es, la Unidad 2). Sólo contamos con datos directos acerca de otras dos facetas del registro arqueológico de este período: vías e inscripciones. En relación con el posible paso de la vía XIX Bracara-Asturica por esta zona, las propuestas son muchas y las posiciones se pueden resumir entre quienes aceptan ese paso y quienes optan por situar el trazado de la ruta en un punto más cercano a la costa (ver una síntesis en Peña, 1990-1). Al margen un poco de esta polémica, lo que sí parece claro es la existencia de algún tipo de vía de comunicación, sea o no la vía XIX. Su trazado posible, basándose tanto en restos de calzadas antiguas como en la existencia de puentes, zonas de vadeo y la toponimia, es el que se propone en la figura 7 (6). Esta línea de tránsito, por otra parte bien documentada en época medieval, atravesaría la práctica totalidad de Unidades arriba definidas, aunque con cierta tendencia a evitar las vertientes más escarpadas o las zonas más húmedas. En cuanto a las inscripciones rupestres (Fig. 7), su lectura e interpretación no son por el momento claras, pues no hemos encontrado paralelos para ellas (Fig. 8). A pesar de desconocer su sentido exacto, las semejanzas de estilo y emplazamiento con otras inscripciones rupestres del Noroeste (Rodríguez Colmenero, 1993) y el hecho de estar presumiblemente en latín (7) son argumentos en favor de su adscripción a época romana como hipótesis más verosímil. En cualquier caso no se trata obviamente de inscripciones latinas "clásicas" u "oficiales", sino más bien de la obra de indígenas que imitan, con distinta suerte, una práctica ajena a su cultura. Esto da lugar a un producto que no es totalmente indígena ni romano, pero que quizá convenga más interpretar desde los parámetros culturales indígenas. (6) La indagación sobre este tema y propuesta de trazado se debe a nuestro compañero Fidel Méndez Fernández. (7) Podría tratarse de iniciales o abreviaturas de otras palabras no latinas, pero por el momento no nos parece la suposición más plausible. Las dos inscripciones se emplazan en puntos muy próximos (Fig. 7), ocupando el eje de la pequeña divisoria que cierra el área de Fentáns por el Este. Ocupan, así pues, una posición dentro de las tierras del Sector D, en una zona en la que predominan las superficies de la Unidad 4. No obstante, 15 cm. si atendemos más en detalle a su emplazamiento vemos que se encuentran justo sobre una línea de divisoria, la principal de la zona, que separa varios grupos de cuencas húmedas propios de la Unidad 4 pero que, como tal divisoria, podría incluirse más bien dentro de la Unidad 5, pese a su escasa altitud absoluta y a no ser exactamente una zona de cumbres. Esta divisoria es, además, la línea que separa los sectores A y B. Castros de la Edad del Hierro Llama la atención la concentración de castros en un área bastante restringida. Frente a su presencia frecuente en los terrenos propios de la Unidad 2 o en el límite entre éstos y los de la Unidad 3, se constata una ausencia absoluta en la Unidad 1 y en las tierras más escarpadas de la Unidad 3. En las dos restantes unidades (4 y 5) existen algunos ejemplos de castros, aunque su presencia es menos habitual. Por otra parte es quizá más llamativa la absoluta concentración de yacimientos de la Edad del Hierro en el Sector A y las tierras más suaves del C, que guardan bastantes características en común. En contraste los sectores B y D registran una ausencia casi absoluta de castros, con un único ejemplo dudoso en la zona B. En la figura 7 hemos incluido algunos yacimientos no pertenecientes a la zona de estudio con la finalidad de mostrar cómo los vacíos que se observan en la distribución se corresponden en general a los puntos de divisoria que separan nuestro sistema de otros anejos. Este hecho es especialmente claro hacia el Oeste, Norte y Este, donde los próximos castros en aparecer se vinculan ya a sistemas de valle diferentes, aunque no deja de observarse también en el Sur. Petroglifos de la Edad del Bronce Se localizan en los cuatro Sectores definidos. Sin embargo su distribución según Unidades es más restrictiva (Fig. 9): aparecen tanto en los escarpes de sierras (Unidad 3) como, sobre todo, en las zonas llanas vinculadas a cuencas de reserva de humedad (Unidad 4) (8), y excepcionalmente también en las cimas de divisorias (Unidad 5). En las Unidades 1 y 2 no aparecen. Se podría considerar que su ausencia en esta Unidad 2 se debiese al efecto de los trabajos agrícolas intensivos, pero el hecho de que no se haya localizado ninguna excepción nos hace pensar como posibilidad más plausible que originalmente no existieron. Los petroglifos se vinculan con preferencia a dos elementos del paisaje: a zonas húmedas de reserva de pasto, como son las cuencas de recepción y bruñas habituales en las tierras de la Unidad 4; y a las líneas de movimiento y tránsito, en especial a los puntos de paso más significativos como, por ejemplo, el área de Fentáns, asociada como ya apuntamos a una zona de vadeo del río y relacionada con una línea de ascenso a partir del paso del Lérez. Yacimientos Neolíticos y del Bronce Gracias sobre todo a los trabajos de seguimiento de la obra del Oleoducto, se han podido detectar una serie de yacimientos abiertos, que por su naturaleza invisible son muy difíciles de identificar en condiciones de prospección superficial. Puede considerarse que la mayor parte de ellos pertenecen al II milenio o, en algún caso, a momentos algo anteriores, aunque la claridad del registro varía bastante según los casos. De cualquier forma lo que está fuera de duda es su carácter de yacimientos habitacionales prehistóricos (Criado et alii, e.p.). Su distribución (Fig. 9) está condicionada por la línea seguida por la zanja del Oleoducto. De todas formas podemos descubrir así los patrones de emplazamiento que adoptan estos asentamientos. Este muestreo es bastante significativo ya que el transepto analizado (Fig. 1) atravesó todo el espectro de Unidades establecidas. Los asentamientos se encuentran sobre los Sectores A, B y C, y no se han documentado ninguno en el Sector D, a pesar de que también ha sido una zona intensamente estudiada gracias, entre otras cosas, a la prospección de pistas, cortafuegos y al reciente seguimiento de una repoblación forestal (9). En cuanto a unidades los yacimientos aparecen siempre vinculados a terrenos de la Unidad 4, en estrecha asociación con cubetas y zonas de tránsito. Por esto mismo resulta llamativa su ausencia en el Sector D, que como se recordará acoge abundancia de estas cubetas y es una marcada línea de movimiento. Los únicos túmulos que se conocen se sitúan en la periferia de la zona de estudio, siempre en tierras pertenecientes a las Unidades 4 y 5. Se trata de concentraciones de diferente entidad que, como se puede apreciar, se sitúan sobre las líneas de divisoria interfluvial que delimitan la zona definida para el trabajo (Fig. 10). El patrón de emplazamiento de los túmulos sigue, a grandes rasgos, una asociación a líneas de movimiento y a cuencas de recepción de humedad con presencia de brañas o cubetas. Es llamativa su ausencia en el Sector D, a pesar de la abundancia en él de ambos tipos de elementos: cubetas húmedas y línea de movimiento importante. Ya hemos citado más atrás la posible existencia de yacimientos habitacionales vinculados a los túmulos; volveremos más adelante sobre ello. LA DECONSTRUCCIÓN DEL ESPACIO (ANÁLISIS) Mostrados los datos, podemos proceder a un análisis en el que contrapondremos los diferentes espacios definidos por los yacimientos de cada (9) Ver la segunda nota de este trabajo. etapa, de forma que se destaquen las correspondencias que existen entre ellos y podamos entender así los modelos de organización espacial en cada uno de esos momentos. Estas correspondencias son de dos tipos: entre diversas clases de yacimientos, y entre yacimientos y Unidades/Sectores geográficos; son respectivamente las correspondencias diacrónica y sincrónica definidas en el apartado 1. En la práctica ambos tipos se solapan con frecuencia, lo cual incide todavía más en marcar la correlación entre determinados modelos de organización espacial. Una primera relación de interés se establece entre túmulos, yacimientos habitacionales abiertos de la Edad del Bronce y petroglifos de motivos más sencillos con predominio de cazoletas. Estos elementos suelen aparecer físicamente muy próximos y visualmente conectados, como es claro en una de las zonas más intensamente trabajadas y mejor conocidas (As Rozas, al noroeste de la zona de trabajo; Villoch, 1995). Esta asociación se ve reforzada por la coincidencia habitual con las formas fisiográficas pertenecientes a la Unidad 4. Además suele tratarse de lugares propicios para el movimiento y que funcionan como áreas de tránsito, (cruces, collados, dorsales, etc.). Como contraposición, un segundo bloque viene marcado por la proximidad física y relación visual entre castros de la Edad del Hierro, el poblamiento medieval y las aldeas tradicionales. Esta asociación es muy característica, y se relaciona con terrenos propios de la Unidad 2, que componen ya no líneas de movimiento sino cuencas, unidades cóncavas de ocupación (10). La significación de estas cuencas para la estructuración del poblamiento tradicional se documenta en el hecho de que cada una de ellas se corresponde en líneas generales con los límites de una parroquia (unidad territorial fundamental del poblamiento gallego) o, a una escala todavía más reducida, de un lugar o aldea (componente básico de ese poblamiento). En la figura 6 se puede observar la correspondencia entre relieve, límites" parroquiales y distribución del habitat. Al margen de esta serie de asociaciones se encuentran los petroglifos con paneles complejos, formados por motivos naturalistas (animales, armas, figuras humanas) y combinaciones elaboradas de elementos circulares, cazoletas, etc. Se localizan en la periferia de zonas pertenecientes a la Unidad 4 (cubetas, etc.) pero fuera de ellas, sobre terrenos habitualmente en pendiente y que más bien señalan la transición entre esa Unidad y la 3 (escarpes, laderas). A una escala más concreta se observa que los petroglifos de este tipo ocupan terrenos de cierta pendiente, dentro más bien de la Unidad 3, aunque siempre en la transición hacia áreas más llanas. De cualquier forma su patrón de distribución y ocupación del medio es peculiar, diferente de cualquier otro elemento del registro y, en especial, distinto de otros tipos de grabados rupestres más simples. La distribución por Sectores no es, en principio, especialmente significativa. Obviamente hay Sectores en los que predominan uno u otro tipo de yacimiento, pero ello es sólo en función del predominio de uno u otro tipo de Unidades en cada Sector; en otras palabras, el elemento determinante en la localización de los asentamientos en las distintas épocas es la Unidad y no el Sector geográfico. Sin embargo hay una excepción. Con él nos referimos a las unidades fisiográficas menores que se pueden diferenciar en el medio gallego; las condiciones ecológicas posibilitan que en ellas, que se corresponden generalmente con pequeñas cuencas o sectores de valles, se puedan practicar a lo largo de las pendientes laterales los diferentes tipos de uso del suelo en los que se basa el sistema tradicional gallego: inculto, pasto natural, agricultura de roza, producción de toxo, agricultura intensiva, prado y bosque. La definición de espacios cóncavos es un procedimiento analítico que ayuda a comprender la organización de un determinado territorio y la distribución del habitat dentro de él. contrariamente a los demás, ofrece una notable densidad de petroglifos de todos los tipos y las únicas inscripciones indígeno-romanas conocidas de la zona. Sin embargo no hay ningún otro tipo de elemento en él, a pesar de que, por ejemplo, podría ser un lugar adecuado para la existencia de asentamientos de la Edad del Bronce, de túmulos o incluso de aldeas tradicionales, que sólo ocupan su periferia. Se trata, pues, de una zona liminal, marginal para el poblamiento desde posiblemente la Edad del Bronce. Esta marginalidad se aprecia claramente al observar cómo la distribución de los núcleos parroquiales más cercanos (Fig. 3) aisla a esta zona en el centro, como una especie de referencia alrededor de la cual se distribuyen las parroquias pero que no pertenece claramente a ninguna (la propia estructura de las parroquias tiende a señalar lo mismo, como vimos más arriba). Frente a otras áreas vacías de elementos arqueológicos (las divisorias o cimas más altas de la zona), las diferencias son notables: este Sector D no es un lugar de difícil acceso, no se localiza a una altura importante, las pendientes no son especialmente fuertes y, además, no hay una ausencia absoluta de elementos arqueológicos, sino una presencia selectiva. Otro elemento que destaca la especificidad de este Sector D es una línea imaginaria que lo atraviesa en sentido Norte-Sur y que establece el límite de la distribución de elementos arqueológicos en todos los momentos, quedando hacia el Este una amplia zona (en esencia el Sector B) en la que, salvo muy concretas excepciones, las evidencias de ocupación desaparecen (Fig. 6) hasta Cerdedo, excepción hecha del poblamiento histórico (11). La continuación de esta línea imaginaria en la orilla opuesta (Sur) del Lérez coincide con la aparición de dos elementos arqueológicos del mayor interés: -Una nueva concentración de petroglifos de notable riqueza en el conjunto denominado Lombo da Costa, con abundancia de motivos complejos, elementos naturalistas, etc. Este hecho señala la importancia de este punto en la Edad del Bronce, a pesar de ser un lugar en el que apenas aparecen cubetas húmedas o zonas de especial concentración de recursos. -La ermita y carballeira de San Xusto, lugar dedicado a dos mártires paleocristianos hispanos (Justo y Pastor) cuyo culto, como el de otros mártires de la época, se remonta a los primeros siglos del cristianismo peninsular, para ser progresivamente olvidado y abandonado en la Edad Media; en el siglo XI se había perdido ya la memoria de ese martirio (12). Esto evidencia la temprana sacralización de este lugar (13), de difícil acceso y alejado de las zonas de actividad humana tradicional. Este distanciamiento de los esquemas de racionalidad campesinos, del lugar en que se supone que debe localizarse una ermita, se expresa gráficamente en la copla popular: Carballeira do San Xusto / moitos arrodeos ten / se non fora polos santos Zalá non iba ninguén (14) (Fuentes, 1976: 262) Todo ello nos hace pensar en la posibilidad de encontramos ante la sacralización de un lugar de importancia simbólica anterior (hecho frecuente en Galicia a través de, por ejemplo, la construcción de ermitas sobre castros); esto es, en época castreña o indígeno-romana. La continuidad con la otra orilla del río se establecería, en este caso, con referencia a las inscripciones indígenoromanas. A pesar de la variedad de áreas geográficas y de modelos de ocupación del espacio que se van superponiendo en cada época, lo cierto es que hay un elemento que parece funcionar como eje esencial del territorio en las distintas épocas, en mayor o menor medida: las líneas de movimiento. Estas funcionan de forma muy directa y evidente como condicionantes del emplazamiento de túmulos y petroglifos. Su incidencia sobre la organización del poblamiento posterior es menos clara, ya que los yacimientos parecen dispersarse por zonas más amplias y menos selectivas; sin embargo de su importancia en estos momentos habla su artificialización, que da lugar a caminos pavimentados, puentes, etc., muy claros ya en la Edad Media pero posiblemente también, como vimos, en época romana. Las líneas de movimiento conforman una red amplia y diversa, de la que destacaremos, por su (11) Esto es especialmente significativo al Norte del Lérez. La zona de Cotobade, al Sur, es más peculiar y menos conocida para nosotros, aunque da la impresión de responder a un esquema bastante semejante. (12) Agradecemos a F. López Alsina, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Santiago, estos datos y valoración. (13) A diferencia de otras muchas ermitas de la zona, con advocaciones generalmente mañanas, adscribibles a momentos más recientes (ss. XVII-XVIII en adelante). ( 14) Una traducción aproximada: «La robleda de San Justo tiene un acceso tan difícil que, de no estar los santos (la ermita), nadie iría allí». lógica especificidad, aquellos caminos que adoptan una dirección norte-sur, por cuanto permiten el paso del Lérez (Fig. 11). Entre ellos descolla la línea más y mejor documentada en la toponimia y por restos materiales (calzadas, puentes, pero también petroglifos) que atraviesa el Lérez por el área de Fentáns y asciende al Norte adentrándose por el Sector D. La importancia de esta línea de movimiento radica en destacar, una vez más, el papel peculiar e importante de este Sector dentro de la configuración tanto física (como vimos más arriba) como cultural a lo largo de distintos momentos y desde, al menos, la Edad del Bronce en adelante. EL SENTIDO DEL ESPACIO (RESULTADOS) Los datos y análisis que hemos reunido nos permiten deconstruir diacrónicamente los modelos de paisaje social y simbólico que se sucedieron en la zona. Como veremos, estos resultados son coherentes con las formas de paisaje prehistóricos que la investigación en curso desde hace varios años nos permite reconstruir en Galicia (15). Los datos permiten contrastar en parte la validez de los modelos planteados y, en parte, precisarlos. Aunque sea con carácter preliminar, nos permiten hacer el estudio diacrónico comarcal más completo en la actualidad para el noroeste peninsular ( 16). Por otra parte, y más en concreto, este trabajo ofrece una aproximación a una dimensión inédita e interesante de la Arqueología del Paisaje, el estudio de la geografía sagrada prehistórica. La ocupación del entorno Como hemos visto, en la zona se detectan una serie de modelos de poblamiento diferentes que se suceden desde el Neolítico hasta la Edad Moderna. El primero de estos modelos. Neolítico, viene definido por la presencia de túmulos como elementos esenciales, acompañados generalmente de petroglifos sencillos (cazoletas o círculos simples). El poblamiento se centra en terrenos altos (Unidades 4 y 5), en los que predominan condiciones de vegetación abiertas y suelos ligeros y bien drenados, y se constituye alrededor de pequeñas cuencas que poseen brañas o zonas húmedas. Este nicho es adecuado para la práctica de una estrategia de subsistencia basada en la agricultura de azada y roza y en la explotación de recursos silvestres. En cambio, las zonas bajas y de valle quedan relegadas, posiblemente por resultar inaccesibles debido a la densa cubierta arbórea que habrían poseído en esos momentos. Tanto la distribución de monumentos como los propios asentamientos, allí donde se han podido localizar (por ej. As Rozas) (17), evidencian este patrón de ocupación del terreno. (15) Se puede ver a Criado et alii, 1991, así como los trabajos contenidos en Criado (dir.) e.p. ( 16) Hasta la fecha la única zona en la que se conocían exhaustivamente los patrones de poblamiento y construcción del paisaje de la Prehistoria reciente y de Historia Antigua y Medieval, era el área Bocelo-Furelos (Criado et alii, 1991). Aunque la escala de investigación ha sido más intensiva en ese caso que en el que ahora nos ocupa, éste incorpora datos sobre fenómenos y momentos que en aquella zona no se documentaron, particularmente en el arte rupestre de la Edad del Bronce y la situación en época moderna. (17) En el espacio central de la necrópolis de túmulos existente en esta zona (estudiada en Villoch, 1995), se ha recogido abundante material cerámico y lítico y se ha tenido la oportunidad de excavar una fosa (actuación dirigida por V. Villoch y P. Prieto) que ha ofrecido una datación del 4219±32 BP (2900-2690 cal. BC); aunque los datos no son concluyentes; es posible que evidencien la existencia de un asentamiento contemporáneo a los túmulos (Criado et alii, 1996). Además se han localizado en este mismo tipo de posición toda una serie de puntos con material de adscripción indeterminada pero que, razonando por exclusión, podrían corresponder a yacimientos neolíticos. Todos estos datos fueron aportados por el seguimiento de las obras de construcción del Oleoducto Coruña-Vigo. Uno de los elementos esenciales de configuración de este paisaje es el movimiento a través del espacio. Ese movimiento se articula a partir de líneas remarcadas por la presencia de los propios túmulos, líneas que recorren las divisorias de interfluviales y las estribaciones que dan acceso a ellas; los cursos de agua, en especial el Lérez, son barreras para el movimiento y para su vadeo se obliga a amplios desplazamientos hasta encontrar puntos muy accesibles (Fig. 11). En la Edad del Bronce contamos con dos tipos de elementos del registro arqueológico, que representan respectivamente dos dimensiones de una misma realidad espacial. Por una parte los yacimientos habitacionales ofrecen relación con tierras de la Unidad 4, esto es, con lugares más o menos altos, localizados en tomo a áreas abiertas y llanas con cubetas húmedas en su centro. Como complemento, los petroglifos se emplazan en lugares de mayor pendiente, en las zonas de contacto entre los escarpes y esas áreas en tomo a cubetas húmedas; de esta forma la relación más frecuente entre ambos consiste en la disposición aproximadamente periférica y más baja (en términos tanto de altitud absoluta y relativa) de los petroglifos respecto a los yacimientos y a las áreas de brañas a ellos asociadas, como se observa con claridad en el caso de, por ejemplo. No obstante, el modelo de paisaje que se conforma en este momento es algo más complejo, en especial por lo que respecta a los petroglifos. La definición y delimitación de líneas de movimiento sigue ocupando un lugar prioritario, pero las diferencias respecto al Neolítico son notables. En lugar de un tránsito paralelo al río, ahora las líneas se disponen radialmente a partir de éste, destacándose como puntos significados las zonas de vadeo del Lérez. A partir de ellos se accede a los escarpes más suaves, que permiten la conexión entre las tierras altas, en las que se concentran los asentamientos (en zonas adecuadas para el cultivo con tecnología de roza y en torno a brañas que servían como áreas de reserva de pasto) (18), y las tierras bajas, ocupadas por bosque denso (19) y que ofrecí 8) Este modelo de subsistencia y uso del suelo se describe con mayor detalle en Méndez (1994), donde se justifica particularmente el interés del control de las zonas húmedas como recurso para mantener una cabana de ganado vacuno que habría tenido una gran importancia económica y social en las comunidades de la Edad del Bronce. (19) Debemos resaltar que esta observación es sólo una hipótesis fundada en la investigación paleoecológica realizada en Galicia. cían.en cambio reserva de recursos cinegéticos y silvestres. Las líneas generales de movimiento que funcionan como ejes básicos de articulación del paisaje social aparecen marcadas artificialmente por la presencia de importantes concentraciones de petroglifos (Fig. 9). Una de estas concentraciones, en realidad la más notable por cantidad y variedad de grabados, se dispone en tomo al área de Fentáns y ocupa la mayor parte de las tierras del Sector D. Este destacado conjunto de grabados, si bien acota una zona especialmente profusa en cubetas húmedas (tal vez la más notable), rompe la regularidad documentada en otros sectores de la zona, ya que no parece encerrar ningún asentamiento. En la Edad del Hierro los asentamientos fortificados {castros) constituyen el elemento más significado en la conformación del paisaje. En un primer momento los asentamientos siguen ocupando lugares altos, en la periferia de las divisorias de aguas, como es el caso del temprano castro de Penalba (Alvarez, 1986), situado de hecho a escasa distancia de un yacimiento de la Edad del Bronce con cerámica campaniforme. Sin embargo, a partir probablemente de la Segunda Edad del Hierro, el poblamiento desciende decididamente hacia las tierras bajas, de valle, aunque tiende a localizarse en la transición entre éstas y las zonas de escarpe. El modelo de producción primaria es progresivamente más intensivo y la roturación de zonas de bosque y consiguiente explotación de suelos más fértiles y pesados se hace ahora posible. Por ello es factible localizar en este momento el primer episodio de ocupación sistemática del valle en la historia del mundo mral en el noroeste. El papel de las líneas de tránsito como elementos esenciales en la conformación del paisaje parece desaparecer, o al menos diluirse. En su lugar parece asentarse un paisaje más estático, estructurado más bien a partir de puntos fijos y concretado en territorios; ello estaría, por otra parte, en lógica relación con la aparición de la agricultura de campos permanentes y la superación definitiva del modelo de producción extensivo y, en cierta medida, semi-móvil de la Edad del Bronce (Criado, 1989(Criado, y 1991;;Méndez, 1994). Es así cómo se entiende la aparición de un nuevo tipo de elemento del registro arqueológico: las inscripciones rupestres. Su localización en el Sector D, en la línea de divisoria entre dos gmpos de relieve bien determinados, en la línea que cierra visualmente la zona de valle, en el límite entre el área ocupada y la va-T.P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cía de poblamiento, inciden en señalar su carácter tanto de delimitadores territoriales como de hitos que dotan de valor simbólico a un espacio concreto, ciertamente distinto del área de ocupación y, además, en su límite. La temprana Edad Media supone una profundización y la definitiva consolidación del proceso de ocupación de las tierras bajas. Las evidencias de poblamiento específicamente altomedieval no son demasiadas, pero es bastante posible que la amplia ocupación del territorio que se percibe en la plena Edad Media (que coincidiría en esencia con la dispersión del poblamiento tradicional) se haya cimentado desde etapas tempranas. La ocupación se centra ahora de forma definitiva alrededor del valle, dando plena conformación a un modelo de apropiación del medio iniciado en la Edad del Hierro y que hemos definido como paisaje cóncavo. El progresivo abandono de las tierras altas para el asentamiento y el uso intensivo del suelo se relaciona estrechamente con la constitución de un sistema campesino pleno. Sin embargo ello no implica el abandono definitivo de ese tipo de terrenos que seguirán formando parte integral del sistema productivo campesino como áreas de aprovechamiento extensivo. Por otro lado pasan a ser lugares frecuentemente sacralizados, bien sea ex novo (lo cual es más bien propio de momentos avanzados, a partir del s. XVI-XVII) o bien, muy frecuentemente, a través de la cristianización de lugares ocupados o ritualizados anteriormente. Este podría ser el caso de la ermita de San Xusto, emplazada lejos de la esfera de actividad cotidiana del campesino. El último paso significativo en la conformación del paisaje actual de la zona se documenta en los siglos XVII-XVIII, aunque presumiblemente se haya establecido bastante antes. Como apuntamos, la Edad Media supone la práctica instauración del modelo de ocupación del medio vigente en el mundo campesino tradicional. El establecimiento de una distribución jurisdiccional basada en la parroquia recoge ese modelo a través de un reparto territorial en el que los núcleos principales de cada parroquia (las capitales parroquiales) se sitúan física y simbólicamente en el centro de los respectivos territorios. De la confrontación entre todos estos modelos de paisaje derivan dos tipos de resultados. El primero de ellos se refiere a las diferencias que hay entre las diversas estrategias de ocupación y estructuración del entorno y a la cronología de los procesos de cambio y continuidad en el paisaje social. El segundo se refiere a la recurrencia en señalar una determinada zona del área de estudio (el Sector D) como el eje que articula los patrones de ocupación del espacio en la mayor parte de los momentos considerados. Cambios y continuidades en el paisaje Nos fijaremos primero en los puntos de inflexión más notables en sentido diacrónico. El primero se sitúa entre el Neolítico y la Edad del Bronce, con cambios significativos no tanto en el emplazamiento de los asentamientos como en las formas de señalar la presencia de éstos o de acotar áreas de especial interés: con un desplazamiento progresivo de un paisaje monumental (articulado por túmulos) a un paisaje ritual (petroglifos) y doméstico (asentamientos). Por otra parte se documenta un cambio importante en los patrones de movilidad y desplazamiento por el medio, pasándose de un patrón paralelo al río Lérez y centrado en hacer permeables las tierras altas, a otro radial, con el establecimiento de líneas de vadeo y la comunicación entre las zonas de valle y las tierras altas (Fig. 11). Un segundo cambio de importancia se registra en el paso a la Edad del Hierro (ca. ss. VIII a.C), intensificado al inicio de la Segunda Edad del Hierro (hacia ss. En este caso las novedades se amplían a casi todos los niveles: asentamiento (emplazamiento y forma), formalización de la presencia humana en el entorno, conquista de tierras bajas (ya no sólo son zonas de paso sino de ocupación y explotación), formalización de límites territoriales... Como apuntamos con anterioridad, en este momento se establecen las bases de lo que, con el tiempo, será el sistema tradicional gallego de ocupación del espacio. El tránsito al mundo medieval supone, a nuestro juicio, el último gran hito en el proceso evolutivo que venimos describiendo. El establecimiento de aldeas abiertas, la definitiva conquista de los valles, la cristianización del medio (muchas veces en estrecha relación con el universo simbólico preexistente), la formalización de las líneas de tránsito o de los límites jurisdiccionales entre comunidades, son procesos que habrían implicado, en muchos casos, amplios períodos de tiempo desde su gestación a su plasmación definitiva. En líneas generales el cambio más substancial se pue- Rodríguez, 1994) para ir complicándose paulatinamente y adquiriendo, en algunos casos, revestimientos novedosos o modificaciones de forma que, en esencia, no afectarán en gran medida a la conformación del paisaje hasta el siglo XIX. En otro orden de cosas, nuestro análisis permite también extraer una lección crítica y metodológica importante: aunque se ha llamado la atención muchas veces sobre las insuficiencias del funcionalismo ecológico o el reduccionismo geográfico para explicar la configuración de los paisajes sociales, siempre conviene insistir en ello. En la zona que hemos estudiado tenemos un buen ejemplo de esas insuficiencias. Es cierto que las características del medio natural posibilitan (y lo acabamos de ver) las formas de uso del espacio y de distribución del habitat y el poblamiento. Pero más allá de un cierto punto se agota la capacidad heurística de esas aproximaciones para comprender la organización del paisaje social. En cambio se ve cómo sobre una misma zona se establecen modelos de paisaje distintos y que suponen modificaciones drásticas entre ellos, y que, aunque mantengan en líneas generales ciertos rasgos (las formas de uso del suelo en unos casos o la organización territorial, por ejemplo), se yuxtaponen formas de paisajes muy diferentes (el ejemplo más claro es la discontinuidad existente entre el paisaje monumental y los que se siguen a partir de la Edad del Bronce). La articulación del territorio y la defínición de un espacio sagrado En el momento de hacer el análisis de la geografía física de la zona comentábamos que el Sector D se individualiza del conjunto por razones no sólo o fundamentalmente orográficas sino sobre todo por motivos histórico-culturales. Durante el Neolítico no se constata que la zona haya estado revestida de ningún sentido especial. Es más, parece ser un lugar ajeno a la actividad humana, pues carece de cualquier elemento de registro arqueológico. Los ejes de movimiento que articulan el conjunto de la zona siguiendo líneas paralelas al río Lérez implican que este área de Fentáns sea un lugar marginal en este momento. Cabe, no obstante, la posibilidad de que el vacío de monumentos sea precisamente indicativo de que en ese momento la zona ya era considerada como un espacio liminal entre territorios sociales distintos aunque no habría adquirido ningún carácter especial. En la Edad del Bronce se localiza en ella uno de los conjuntos más importantes de petroglifos. El Sector D es ahora, indudablemente, un lugar que forma parte del espacio utilizado y concebido por las comunidades. En principio se podría pensar que la distribución de petroglifos en el Sector D responde a las condiciones normales de emplazamiento de esos elementos y que su presencia debe entenderse en relación con el control de reservas de pasto (brañas, humedales, cuencas) y el control de líneas de tránsito a través del terreno y entre zonas ecológicas distintas (de hecho todo el espectro de Unidades que hemos identificado: 1, 2,3,4 y 5, aparecen interconectadas en este Sector D). Sin embargo parece haber diferencias entre la concentración de grabados en este Sector D y las restantes concentraciones masivas de la zona: es especialmente variada y densa, con motivos muy poco frecuentes como las armas; no parece dar acceso a ninguna zona de asentamiento; se enfrenta con la única concentración importante de grabados de la margen Sur del Lérez (Lombo da Costa) que, además, sigue unos patrones de emplazamiento muy semejantes (Fig. 9); la línea imaginaria que une ambos grupos representa el límite oriental para la distribución de los petroglifos en esta zona (salvo grabados aislados), al tiempo que supone el límite de la zona vadeable del Lérez y el propio límite visual del Sector A, esto es, el punto extremo del valle medio del Lérez; no se han localizado evidencias de asentamientos de la época, a pesar de haber aplicado, en la medida de lo posible, la estrategia de investigación oportuna (prospección intensiva aprovechando los puntos en los que la apertura de pistas, roturaciones forestales y de terrenos removidos por el ganado permitía examinar el subsuelo). Teniendo en cuenta las correspondencias formales que hemos apuntado entre formas de paisajes arqueológicos, así como las características morfológicas de la zona y la significativa ausencia de yacimientos de ciertos tipos y épocas, se podría formular ahora una hipótesis complementaria. Podríamos proponer que la presencia (o ausencia) de elementos arqueológicos se corresponde no sólo con patrones de aprovechamiento económico del medio, sino más bien con la existencia de un espacio ocupado simbólicamente (y no sólo funcionalmente). ¿Qué tipo de contenido simbólico pudo alber- gar? La extraordinaria densidad de petroglifos existentes en ese Sector (rasgo visible si se contempla desde una perspectiva comarcal y en interrelación con la distribución de petroglifos de las tierras de Campo Lameiro y Cotobade: concretamente se han identificado 90 piedras con grabados en una superficie de 2 km^), unida al hecho de que entre ellos se encuentren algunos de los ejemplares más ricos y complejos del arte rupestre gallego (Laxe das Ferraduras, Chan da Lagoa, puñales de Campo de Matabois...), puede ayudamos a descodificarlo. Igualmente, el hecho de que esos petroglifos se distribuyan definiendo una línea de paso que tiene una longitud total de casi 3 km., que se inicia y termina con petroglifos complejos (Laxe das Ferraduras y puñales de Campo de Matabois respectivamente), y que en sus zonas de umbral o de límite importante encuentra a otras rocas igualmente complejas (Chan da Lagoa, Outeiro de Pan Trigo), podría entenderse de este mismo modo. Asimismo, el hecho de que esa línea empiece y acabe en petroglifos con representaciones de armas, que son en general relativamente excepcionales en Galicia. En definitiva, todo ello permite proponer como hipótesis más verosímil (al menos por el momento) que se trata de un lugar de prestigio sagrado, construido sobre un espacio silvestre, significativo por la función liminal, de umbral entre zonas distintas y de jalón natural (recordemos que hacia el Este la densidad de petroglifos (Fig. 9) decrece notablemente hasta casi desaparecer), que fue un área respetada y sacralizada desde la Edad del Bronce. En la Edad del Hierro la zona mantiene rasgos de individualización. La distribución de castros acentúa la dualidad entre las tierras al Oeste y el vacío casi absoluto al Este (sólo un ejemplo dudoso). Además de esta posición físicamente liminal, la línea de divisoria de ese Sector D constituye el límite que cierra visualmente las tierras de valle al Oeste, la primera y más perceptible línea de horizonte que se observa desde todas las tierras bajas y, en especial, desde todos los castros. Precisamente sobre esta divisoria y línea de horizonte percibida es donde se asientan las dos inscripciones indígeno-romanas. Obviamente esta distribución desigual del poblamiento castreño está condicionada por un entorno físico desigual; lo que el Sector D y los símbolos en él dispuestos representan es la separación entre ambas zonas, la formalización y el reconocimiento de esa diferencia; esto es, la previsible conformación de un reparto terri-torial. Recordemos, además, que en la otra orilla del río y alineada casi perfectamente con esta zona se encuentra la ermita de San Xusto, cuyo origen prerromano es, por el momento, imposible de demostrar pero, al menos, no sería en absoluto incoherente con nuestra propuesta. Es posible, por lo tanto, que tengamos aquí el testimonio arqueológico de la presencia de unidades sociales supralocales cuya existencia en el mundo castreño del noroeste peninsular y permanencia durante época romana ha sido definida por los historiadores de la antigüedad (Brañas, 1995; Pena, 1991-3). El espacio de frontera, que coincide con un accidente orográfico prominente, con una divisoria o montaña que se individualiza de forma ostensible sobre su entorno, adquiere un carácter simbólico especial a través de los elementos arqueológicos que lo monumentalizan. Parece haber constituido desde la Edad del Bronce y en la Edad del Hierro un espacio sagrado que, de algún modo, se relacionaba con el movimiento y la peregrinación:/raní^ra, montaña y camino son entonces los atributos arqueológicos reconocibles de una geografía mítica que, según lo que sabemos de las mitologías celtas e indoeuropeas (que son el referente básico para el momento crono-cultural que nos ocupa), identificaba con esos elementos el tránsito al más allá (García, 1990). Con la cristianización y el paso a la Edad Media el significado y contenido de esta zona cambian, pero permanece el hecho de ser un lugar especialmente señalado, tal vez en un sentido bastante semejante al que lo había sido en la Edad del Hierro. Posiblemente en un momento indeterminado de la Edad de Media, y con toda certeza plenamente en vigor en el siglo XVII, este papel liminal se formaliza en el establecimiento de unos límites parroquiales que, obviando localmente la línea impuesta por el curso del Lérez, ascienden por la divisoria del Sector D (en coincidencia exacta con el emplazamiento de las inscripciones) para integrar el área de Fentáns en la parroquia de San Xurxo de Sacos, al Sur del Lérez. La significación de este límite se refuerza por su coincidencia con el de otra entidad territorial a mayor escak como son los arciprestazgos, actuando de nueve el Sector D como punto de separación de los át Montes, Morana y Cotobade. Por fin el repartí municipal en el siglo XIX recoge también esta di ferencia, marcando en la zona la separación entr^ Campo Lameiro y Cotobade. La propia distribución del resto de las parro quias supone una nueva forma de reconocer la especificidad del lugar, ya que todas la parroquias cercanas al norte del Lérez se disponen radialmente en torno al Sector D, incorporando las líneas de tránsito que marcan el ascenso desde el río hasta las zonas altas y en las que se localizan las mayores concentraciones de petroglifos. La distribución parroquial ofrece, pues, una especie de síntesis de los dos modelos de preeminencia del Sector D: como límite estático (a partir de la Edad del Hierro) y como línea de movimiento específica dentro de un vasto conjunto de ellas (Edad del Bronce). Hemos descrito en líneas generales los modelos de paisaje que se suceden en una determinada zona a lo largo de casi 5000 años. Hemos observado más en concreto cómo se configura en cada uno de esos momentos el espacio social y económico y cómo se articula sobre éste el territorio político. Hemos entrevisto incluso que esa articulación se construye sobre un paisaje sagrado. Pero aquí debemos acabar. Se podría seguir acumulando interpretaciones para justificar los fenómenos entrevistos. Pero de ese modo nos moveríamos inconsciente e inconsistentemente de la mera constatación de un fenómeno que debió tener algún sentido, y de la intuición inicial de ese sentido, a la producción de sentidos emanados directamente de nuestra subjetividad y que con total seguridad no tendrían nada que ver con las subjetividades que debemos analizar. La espiral hermenéutica se podría extender tanto como quisiéramos. Pero debemos abandonarla en el punto mismo en el que los datos, la materialidad que de ellos se desprende y las valoraciones provisionales que anticipamos, permiten percibir un algo que queda para siempre más allá de las posibilidades de nuestra interpretación. En cambio creemos que este trabajo muestra que el análisis de las evidencias geográficas y arqueológicas de la zona, su descripción y comparación y la adopción de una estrategia deconstructiva no sólo nos permite reconocer los modelos de organización espacial de cada momento, sino que también nos sitúa en condiciones de comprender más adecuadamente la formación del paisaje tradicional como resultado de un amplio proceso histórico. Así las cosas, el hecho de una distribución parroquial y municipal en principio extraña, especialmente en lo que se refiere al área de Fentáns y a la circunstancia de que el límite entre los municipios de Campo Lameiro y Cotobade no se ajuste en ese punto al límite "natural" que establece el río Lérez, sino que se desplace sobre éste, no sólo empieza a resultar más comprensible, sino que además se convierte en sí mismo en un documento arqueológico que permite acceder a un registro empírico que, de otro modo, permanecería para siempre ajeno al estudio histórico. El paisaje, como toda realidad humana, refiere una amplia pluralidad de códigos significativos y, como tal, puede ser leído desde todos ellos. En este trabajo hemos procurado desvelar esa multiplicidad aproximándonos finalmente a una dimensión sagrada que lógicamente no anula la posibilidad de que ese espacio haya sido simultáneamente el soporte de otras funcionalidades. Así este trabajo contribuye igualmente a la definición de una metodología para la identificación y análisis de este tipo de espacios. Finalmente creemos que también sienta las bases para replantear el estudio de los ejemplos de cristianización de lugares arqueológicos; tradicionalmente se han interpretado estos casos como una ruptura cultural (entre el nuevo orden cristiano y el anterior) y en un sentido 'pedagógico' (recurso para convertir al vulgo); pero desde la perspectiva que abren las consideraciones anteriores habría que tomarlos más bien como ejemplos de incorporación de tradiciones y creencias anteriores por parte del nuevo orden socio-ideológico en construcción a través del cristianismo. La correcta comprensión del fenómeno pasa una vez más por valorar la permanencia y no sólo la discontinuidad.