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Los arqueólogos procesuales han sido remisos a ocuparse de la naturaleza de los regimenes prehistóricos de propiedad. La evidencia etnológica sugiere un desarrollo predecible de tales regimenes en el curso de la escala evolutiva de las sociedades humanas. El examen de los patrones relativos a los gastos de la elite y del consumo familiar puede usarse para evaluar tales escenarios evolutivos en casos concretos. El rasgo más positivo de la «nueva» arqueología procesual de los sesenta e inicios de los setenta era su optimismo metodológico. En lugar de aceptar las limitaciones evidentes del registro disponible, resignándose de ese modo a practicar una arqueología que en sus formas más conservadoras se parecía a la filatelia, los procesualistas se pusieron a desarrollar métodos (que llegaron a conocerse como «teorías de alcance medio») que podían conectar los registros materiales del pasado con las causas subyacentes que generaron su variabilidad. No todos esos esfuerzos teóricos tuvieron éxito, quizás, y los años recientes han visto una especie de resurgencia de pesimismo metodológico, pero en sus buenos tiempos los procesualistas produjeron una arqueología considerablemente más interesante que la de sus predecesores nórmativistas. A pesar de todo, las ambiciones metodológicas de la Nueva Arqueología se han detenido mucho antes de su aplicación a los antiguos regimenes de propiedad. La corriente dominante dentro del procesualismo ha sido el funcionalismo ecológico, según el cual «cultura» es un sistema de regulación homeostática que gobierna la relación entre los organismos humanos y su medio ambiente. De acuerdo con ello, el cambio cultural tiene que ser producido por desequilibrios medio-ambientales o demográficos externos al sistema cultural, ya que la posición de un mecanismo que busca su propio equilibrio no puede ser explicada interna-T.P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mente. La variante más ambiciosa y comprehensiva de este enfoque identificó la presión demográfica como la causa principal primero del Neolítico y, después, de la Revolución Urbana y promovió programas de investigación para desarrollar medidas concretas de este concepto esencialmente relacional. Que estos admirables esfuerzos metodológicos hayan fracasado a la hora de persuadir a los escépticos (1) podía tomarse como ilustración de la debilidad de la teoría subyacente que les guiaba, pero la dificultad que los procesualistas han tenido para desarrollar nexos comprobables y mecánicos entre el registro arqueológico y las dinámicas sociales que lo produjeron ha llevado a una cualificada renovación del pesimismo en arqueología. A los arqueólogos de mi generación sus maestros les dijeron que aplazaran la especulación histórica «hasta que los hechos estuvieran establecidos»; a los de la generación actual se les advierte que esperen hasta que se hayan desarrollado teorías de alcance medio más efectivas (vg., Binford, 1980). Desde una perspectiva materialista más histórica y menos reduccionista que la ecología cultural, los factores principales que explicarían los cambios a largo plazo en el registro arqueológico serían las relaciones económicas dentro y entre grupos sociales humanos, es decir, relaciones expresadas en términos de derechos de propiedad. Los arqueólogos procesualistas han prestado mucha atención al desarrollo de métodos para identificar y analizar la producción, la especializacion y los sistemas de intercambio, pero rara vez han discutido explícitamente cómo repercuten los patrones que han identificado en la naturaleza de las relaciones de propiedad (una notable excepción es Earle, 1977). Del mismo modo, los procesualistas prestaron mucha atención a desarrollar métodos para reconstruir cómo los hombres explotaron a plantas y animales, pero rara vez consideraron lo que esas técnicas implicaban en cuanto a la tenencia de la tierra. Eso no era por falta de ejemplos notables que pudieran haber seguido: Childe (1951Childe (,1964) ) y Adams (1966) situaron las relaciones de propiedad en el centro de sus explicaciones del proceso evolutivo social, y detrás de ellos, por supuesto, estaban Marx y Engels. Fuera de la antigua esfera soviética, sin embargo, el marxismo ha encontrado pocos adhérentes, muchos de los cuales han sido atraídos por sus aspectos hegelianos, no-procesuales (vg., McGuire, 1992). El énfasis en las relaciones de propiedad en línea con la advertencia de Marx (1978: 733) de que siempre «la relación directa existente entre los propietarios... y los productores directos... es la que nos revela el secreto más recóndito, la base oculta de toda la construcción social» implicaría una línea claramente más dura. Los arqueólogos procesuales han sido también renuentes a desarrollar el estudio de los sistemas de propiedad por la presunta dificultad de la tarea. En las discusiones históricas y etnológicas que definen el problema para los arqueólogos, predominan los aspectos jurídicos de la propiedad. No es inmediatamente evidente cómo a pares de distinciones entre derechos y obligaciones, como aquellas entre derechos y deberes, privilegios y ausencia de derecho, etc (Hoebel, 1968: 48) (2) se les pueden dar equivalentes operativos en las basuras, ruinas, etc. con las que los arqueólogos tienen que tratar. A nivel detallado, además, el complejo de regulaciones y costumbres mediante el cuál una sociedad determina el acceso a los recursos sólo es comprensible en el marco de su desarrollo histórico, y la Nueva Arqueología ha evitado deliberadamente este nivel de análisis. Aunque los procesualistas (e.g., Binford, 1968: 21) se han tomado el trabajo de censurar la escala de inferencia de Hawkes (1954) (3), con respecto a la propiedad la han aceptado en gran medida. De todas formas, las dificultades que pueda presentar un objeto de estudio no le hace menos importante. En todas las sociedades estudiadas como totalidades por los arqueólogos, la tierra es la base de la estructura económica, y un acceso diferencial a la tierra la base de las desigualdades sociales. De acuerdo con esto, tenemos que hacer todo lo que podamos por muy difícil que pueda ser el tema. Mi propósito aquí no es presentar ningún nuevo avance, sino sugerir que la bibliografía (1) Ha resultado difícil probar que desequilibrios demográficos significativos precedieran a las principales transformaciones socioeconómicas. Para demostrar que la presión demográfica existe uno tiene que valorar el tamaño de la población y el de los recursos que le son accesibles bajo las condiciones tecnológicas de la época. Ambos son difíciles de establecer en cualquier caso arqueológico concreto. (2) Los equivalentes ingleses son: «demand-right»!áQVQchos, «JM/y»/deberes, «privilege-right»l^úv'ÚQ%\o^, «no-demandri g ht» ¡ausencia, de derecho. (3) Se trata de la noción de sentido común según la cual, como el registro arqueológico consiste en restos materiales, tiene que ser relativamente fácil reconstruir una tecnología, más difícil reconstruir una organización social, y prácticamente imposible reconstruir una ideología. UNA PERSPECTIVA EVOLUCIONISTA Se puede desarrollar una visión general del acontecer de los sistemas de tenencia de la tierra en sociedades prehistóricas basada en una etnología comparativa evolucionista. Los programas en esta línea se remontan al siglo XIX, por supuesto, pero más recientemente las síntesis que dan mayor peso a la propiedad como clave de la organización social son las de Fried (1967) y, más recientemente todavía, Johnson and Earle (1987). Manejando la clasificación evolucionista de Service (1962) como una serie de señales simplificadoras aparece la siguiente secuencia: Están constituidas por cazadores y recolectores en medios de baja productividad natural, donde los recursos son tan limitados o dispersos que un grupo que los quisiera poseer en exclusividad tampoco podría vivir de ellos. En general, los recursos naturales explotados por tales grupos no pueden ser controlados por ellos, y por tanto no pueden ser reivindicados como propiedad. Si existieran recursos fijos, controlados, valiosos (digamos, aguaderos permanentes o arboledas productivas), segmentos sociales más limitados podrían reivindicar su derecho sobre ellos, pero esos «propietarios» no intentan establecer derechos sobre su uso exclusivo, porque tal posesión exclusiva entraría en conflicto con los principios de reciprocidad esenciales para una supervivencia a largo plazo. Consiguientemente, la propiedad «privada» está limitada esencialmente a los efectos personales, y la tierra como tal es res nullius. Un sistema de propiedad de este tipo está a veces asociado (^.g.. Lee, 1990) con la noción de Engels de «comunismo primitivo». Las sociedades tribales pueden establecerse a partir de varios tipos de producción: caza y recolección en territorios con recursos relativamente abundantes, cultivos extensivos (usando, digamos, métodos de tala y quema), cría de ganado, o alguna combinación de las variantes citadas. En una sociedad de ese tipo los grupos corporativos organizados sobre el parentesco (clanes o linajes) poseen un territorio común que defienden colectivamente, porque la explotación de los campos, pastos, etc, que contiene puede producir bastante para sostener el grupo a largo plazo. Dentro de este territorio, familias particulares de productores establecerán reclamaciones exclusivas (i.e. derechos de usufructo) sobre las parcelas que explotan durante el periodo de esa explotación y, por supuesto, también sobre los excedentes almacenados resultantes. Esos depósitos pueden ser acumulaciones directas de productos excedentes etc o pueden estar concentrados a fuerza de trabajo en formas menos perecederas, es decir, estar transformados en objetos de valor, pero estos normalmente no son transferibles libremente de una familia a otra. En tales sociedades hay normalmente personas de importancia que dirigen las actividades productivas o conflictivas de sus seguidores, pero el carácter sencillo, directo, y no intensivo del sistema de producción impide que tales dirigentes exploten a sus dirigidos, ya que éstos, como Cameiro (1970) ha mostrado, pueden abandonar a los aspirantes a explotadores y establecer comunidades nuevas, independientes, con relativa facilidad. Como Yoffee (1993) señala, este rótulo cubre una amplia variedad de sociedades con ciertos indicios de desigualdades hereditarias, pero sin instituciones estatales formales. Aquí el cultivo y la cría de ganado (o en ciertos casos excepcionales, como la costa noroeste de América del Norte, la pesca) están intensificadas gracias a inversiones de trabajo cuya productividad y permanencia limita la capacidad de fisión de los subgrupos dentro del conjunto social. Los sistemas de irrigación, el cultivo de árboles, la cría de ganado orientada hacia los productos secundarios, y otras mejoras similares incrementan la producción a largo plazo de las familias que han hecho las inversiones necesarias, pero estas crean una productividad diferenciada que entra en conflicto con el acceso colectivo a los recursos. Bajo esas circunstancias los jefes pueden consolidar su poder y establecer su dominio a largo plazo. Con respeto a las disposiciones relativas a la tenencia de la tierra, esta hegemonía puede tener diferentes consecuencias. En algunos casos, como la Islandia medieval en el periodo del «Estado Libre» (véase Byock, 1988; Miller, 1990; Durrenberger, 1992), los jefes son los propietarios directos de los recursos espaciales más productivos, y usan el excedente que estas parcelas generan para facilitar créditos a (y fomentar la dependencia de) los productores más pobres. En otros, la propiedad comunal se mantiene en teoría, pero las cabezas T.P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de los grupos de parentesco corporativos tienen éxito en hacer hereditarias sus posiciones sostenidas por contribuciones obligatorias de sus subordinados. En otros más todavía (v^., Hawai: Earle, 1978) los jefes en principio poseen todas las tierras y reparten territorios a los subjefes que, a su vez, ofrecen parcelas a las familias a cambio de servicios en forma de trabajo y de participaciones en la cosecha. Aquí quedan en evidencia todas las características esenciales de una sociedad tributaria. En las tipologías evolucionistas clásicas este término está reservado para las sociedades clasistas que han desarrollado instituciones formales -ideológicas (un clero), militares (un ejército), y fiscales (una burocracia)-que mantienen el poder y la propiedad diferenciados de sus subditos. Todos los estados están caracterizados por una economía de producción intensificada, y en todos ellos la tierra puede en principio mantenerse como una propiedad privada, enajenable (aunque la totalidad de tales bienes raíces no se mantendrá de ese modo). Normalmente estas sociedades no son prehistóricas (excepto, por supuesto, en los casos en que no podemos leer sus textos), ya que los sistemas de escritura se desarrollan en el contexto de la gestión fiscal y legal de la propiedad privada. Entre los primeros textos escritos recuperados en Sumer están los «kudurrus», mojones inscritos que registran la venta de parcelas a individuos (Gelb et alii, 1991). Ahora es claro que en las sociedades agrarias precapitalistas, la tierra poseída privadamente coexiste con la tierra que está todavía bajo disposiciones legales comunales. Un campesino castellano del siglo XVII a.D. podía poseer algunas parcelas, pagar derechos a un señor por su permiso para trabajar en otras y, al mismo tiempo, como miembro de su comunidad tenía acceso a «dehesas» (pastos comunales), «ejidos» (tierra agrícola comunal) y yermos, y tenía derecho en ciertas épocas del año a pastorear sus animales en los rastrojos de las parcelas privadas de otros (conforme a la denominada «derrota de mieses») (Vassberg, 1984). Sólo bajo el capitalismo, el cercado y la propiedad privada Blackstoniana (4) se convierte en la norma, pero como los «kudurrus» demuestran, en las primeras (4) Los Comentarios de Sir William Blackstone (1723-1780), catedrático de derecho en Oxford, ajustaron la lógica del derecho consuetudinario anglosajón al capitalismo, definiendo la propiedad como un derecho absoluto de posesión y enajenación. sociedades estatales ya existe el núcleo de una propiedad exclusiva de la tierra a partir de la cual puede desarrollarse un vallado más amplio. Desde Morgan en adelante, entonces, el punto de partida implícito para un análisis evolucionista de la propiedad es la definición de Locke (1973:23): «siempre que alguien saca alguna cosa del estado en que la Naturaleza la produjo y la dejó, ha puesto en esa cosa algo de su esfuerzo, le ha agregado algo que es propio suyo; y por ello, la ha convertido en propiedad suya. Habiendo sido él quien la ha apartado de la condición común en que la Naturaleza colocó esa cosa, ha agregado a esta, mediante su esfuerzo, algo que excluya de ella el derecho común de los demás». Esta definición tiene la virtud de permitimos conectar de forma sistemática un concepto jurídico con las formas de producción. Según Netting (1990: 47), «cuando el uso normal de la tierra se hace mediante un trabajo invertido especializado (como en el abono, la construcción y la nivelación de terrazas, o la irrigación) o cuando puede producir cosechas duraderas de grano, frutos o heno debido a condiciones especiales del suelo o de la humedad, habrá un sistema de títulos permanentes por parte de las familias o de los individuos». Si eso es así, entonces el registro material de esa producción intensificada elaborado por los arqueólogos puede, por extensión, ser usado p^ra defender la existencia de derechos de propiedad con respecto a ciertas tierras entre miembros de la sociedad que generó ese registro. Para plantearlo de otra forma, dos generalizaciones con implicaciones sistemáticas para las relaciones de propiedad pueden extraerse de nuestra experiencia histórica y etnográfica con una confianza razonable: primera, que los individuos o grupos que tienen acceso a, o han creado, un recurso que produce un rendimiento elevado y estable buscarán quedarse con ese recurso para su propio uso; segunda, que los individuos y grupos implicados en la explotación de tal recurso pueden a su vez ser explotados (es decir, pueden servir como fuente de beneficio para otros individuos o grupos). El principio de la «equidad del sudor» permite conectar unos sistemas de propiedad (un concepto jurídico cuya lectura en el registro arqueológico es, obviamente, problemática) con unos sistemas de producción (hechos materiales cuya observación arqueológica es menos problemática). El esquema evolucionista presenta una escala progresiva según la cual, a medida que una producción resulta intensificada, la propiedad privada abarca una gama de objetos más amplia. UNA APROXIMACIÓN ARQUEOLÓGICA A LA PROPIEDAD Ahora bien, el uso de generalizaciones etnológicas como analogías puede damos una impresión inicial, más bien estática, del carácter amplio de los sistemas de propiedad prehistóricos, pero no puede contamos mucho sobre el modo como el pasado prehistórico difirió del presente. Si sencillaíñente aplicamos al pasado prehistórico las conclusiones no irracionales que podemos extraer de la etnología comparativa, no aprendemos nada sobre el pasado. ¿Cómo, entonces, podemos hacer qué el pasado prehistórico nos hable con su propia voz, por así decir, sobre los sistemas de propiedad que lo caracterizaban? Es claro que una razón por la Cual los arqueólogos procesuales han evitado esta cuestión es que el positivismo más bien estrecho característico de su punto de vista les impide pensar sobre un tema a menos que posean una cantidad sustancial de información claramente relevante sobre el particular. Es obvio que una evidencia arqueológica directa referida a la naturaleza de la propiedad agraria es escasa y a menudo ambigua. En algunos lugares hay paisajes fósiles que conservan las lindes de los campos cultivados en su día. Es el caso de los famosos «reaves» de Dartmoor estudiados por Fleming (1988). Estos sistemas de muros paralelos y cercas fueron construidos durante la Edad del Bronce y se extendían por áreas muy amplias: el complejo de Rippon Tor puede haber cubierto hasta 4.500 hectáreas. Casos similares están documentados en otras áreas de Gran Bretaña, y ejeniplos dispersos de los denominados campos «célticos» tienen una amplia distribución en Europa noroccidental. Ciertamente, los arqueólogos no pueden contar con evidencia directa de ese tipo, pero incluso cuando la tienen, su interpretación presenta considerables dificultades. En tér-minos generales, parece razonable suponer que un sistema de lindes coaxiales que sigue un plano uniforme refleja la existencia de una sociedad jerárquica, incluso cuando los propios campesinos son responsables de su organización sobre el terreno. Fleming (1988: 122) argumenta, por ejemplo, que: «el mayor grado de auto-organización, en temas de uso de la tierra, habría sido alcanzado en sociedades estratificadas, cuando la gente común se enfrentaba a las exigencias de una élite explotadora». Pero la disposición de los campos es en si misma ambigua. Como advierte Fleming {ibidem), «la forma extema de un sistema de campos no se correlaciona muy bien con la organización social que ayudó a crearla; en la Edad Media, sistemas de campos cuidadosamente divididos están asociados con comunidades campesinas relativamente autónomas asi como con formas más jerárquicas y coercitivas de organización social». Para la Prehistoria profunda carecemos de los textos bilingües con los cuales descifrar los múltiples significados posibles de tales sistemas, y de ese modo hacer la reconstmcción social positiva de los mismos. La evidencia etnohistórica, si está disponible, es inestimable para establecer un punto de partida desde el cual evaluar los datos arqueológicos. Los campos fósiles de Gran Bretaña son de distintas épocas. Edad del Bronce y subsiguientes, y la investigación más reciente de Fleming (1994) muestra cómo pueden conectarse con sistemas históricamente documentados. Conocer a qué dio lugar el sistema prehistórico de relaciones de propiedad obviamente nos ayuda a interpretar la trayectoria previa sobre la cual sólo tenemos evidencia material. El enfoque histórico directo no es accesible a la Prehistoria profunda, por supuesto, pero algunas investigaciones recientes demuestran, creo, que podemos hacer progresos sustanciales. Para avanzar por este difícil terreno lo que hace falta es establecer medidas indirectas de cómo se ejerce la posesión sobre los recursos, medidas que pueden ser, entonces, enfrentadas con la naturaleza y grado de intensificación de las distintas formas de producción (siendo las últimas relativamente accesibles a la reconstmcción arqueológica). Una línea de ataque al problema podía ser estudiar el pa- trón de gastos a gran escala mediante el cual los dirigentes manifiestan su poder. Las élites obtienen su estatus del acceso preferencial a unos recursos productivos (porque son capaces de imponer obligaciones a sus subordinados). Como De Marrais et alii (1996) indican, su poder tiene que materializarse: el consumo visible por parte de la élite del trabajo de la gente común en forma de exhibiciones suntuarias, ceremonias públicas, edificación monumental, etc, en conjunto sirve para mostrar quiénes son los que mandan y por qué. Parece razonable suponer, por tanto, que los cambios en los patrones relativos a esos gastos estuvieran relacionados con cambios en la estructuración del acceso preferencial de la élite a los recursos y al trabajo de la gente común. Según ello, comparaciones controladas de los contenidos de un registro arqueológico, donde esos gastos estén más o menos bien preservados, pueden facilitamos indicaciones de los sistemas de propiedad que les sustentan. Publicaciones recientes de Bradley (1984) y Earle (1991) sobre el entrelazado desarrollo de los sistemas de constmcción monumental y de las formas de tenencia de la tierra en Wessex proporcionan un ejemplo de la aplicación de esta idea. Durante el Neolítico antiguo los gastos sociales más sobresalientes en el registro arqueológico implican la constmcción de monumentos de enterramiento colectivo {«long barrows»), recintos rituales («causewayed camps»), y grandes terraplenes («cursus monuments»). Ellos serían las materializaciones a través de las cuales los gmpos de parentesco corporativo demarcaban el territorio que reivindicaban como propio. Durante el Neolítico final y la Edad del Bronce antiguo, el trabajo dedicado a la construcción aumenta y se destina a grandes monumentos rituales (como Stonehenge y Silbury Hill), algunos de los cuales están alineados de acuerdo con los cuerpos celestes, y a los gmpos de túmulos funerarios asociados con esos monumentos, túmulos en los que los muertos están enterrados individualmente con lujosos ajuares. Earle interpreta estos cambios como indicación de que un estrato de jefes se había separado del resto de la población y había declarado su posesión sobre todo el territorio mediante sitios religiosos prominentes que habían identificado a la élite con las fuerzas de la naturaleza. En la Edad del Bronce final y en la Edad del Hierro, el trabajo dedicado a las obras públicas disminuyó y fue destinado a la fortificación de asentamientos en lo alto de colinas y a constmir sistemas de campos coaxiales. En esta fase tardía vemos el establecimiento de un sistema tributario maduro que se separa del aparato ritual que justificó su formación. Este desarrollo tiene lugar en conjunción con una progresiva intensificación del cultivo y de la ganadería orientada hacia los productos secundarios. familias es susceptible de evaluación comparativa por medios arqueológicos. Jean Hudson, una etnoarqueóloga y analista de fauna de la UCLA, ha propuesto recientemente, por ejemplo, que en yacimientos ocupados durante breves periodos de tiempo una comparación del número mínimo de individuos de animales de distintas especies en subsectores de un yacimiento y en el conjunto del yacimiento proporcionaría una medida razonable de cómo se comparte el alimento: cuando el NMI en cada subdivisión se acerque al NMI del yacimiento en su conjunto, compartir sería una conducta más duradera (Hudson, 1995). En principio, entonces, podríamos poner a prueba nuestras expectativas en relación con la cooperación familiar (un rasgo lógicamente conectado con la exclusividad de las reclamaciones sobre ciertos recursos). De forma más general, esta línea de investigación demuestra el gran potencial para los estudios de la propiedad antigua derivados de estudiar el patrón de usufructo dentro y entre yacimientos, siendo el usufructo un sustituto bastante directo de «privilege-rights». Un buen ejemplo de lo que puede hacerse siguiendo estas líneas ha sido facilitado recientemente por el análisis comparativo de Bembeck (1995) de la organización familiar de las culturas mesopotámicas de Hassuna y Samarra del VI milenio AC a partir de yacimientos bien conocidos como los de Yarim Tepe y Tell es-Sawwan, respectivamente. En el primero, los recintos familiares están construidos de forma más sencilla (con tapial) y son más pequeños; hay instalaciones para el almacenamiento comunal y espacios públicos preparados de modo más elaborado y aldeas aparentemente sin fortificar. En el segundo, los recintos familiares son mayores y construidos con mayor elaboración (de adobe); las instalaciones para el almacenamiento están dentro de los recintos familiares y las aldeas están fortificadas. Como apunta Bernbeck (1995: 16), «uno puede... concluir a partir de una comparación de los trazados aldeanos que la distancia social no sólo era mayor dentro de las aldeas Samarrenses sino también entre ellas». Estos contrastes corresponden a diferencias en las estrategias de producción: las aldeas tipo Hassuna están distribuidas en áreas donde la agricultura de secano prevalece, mientras las de tipo Samarra están localizadas fuera de los límites de la agricultura de secano en áreas donde el regadío es obligatorio. Estos contrastes se correlacionarían con diferencias en la tenencia de la tierra: donde la irrigación es practicada, «la tierra cultivable se convierte en un medio de producción mucho más valioso porque su disponibilidad ya no es casi ilimitada... Cabe esperar una fuerte presión de cada familia para mantener unida su tierra mediante mecanismos como reglas de matrimonio y herencia» (Bembeck, 1995: 19). La explicación de Bembeck de los contrastes en los regímenes de propiedad de las culturas de Hassuna y Samarra confirma las expectativas evolucionistas, pero los resultados podían haber seguido otro camino (5). Explotando la tensión entre resultados y expectativas es como podemos progresar. EL CASO DEL SURESTE DE ESPAÑA La atención más bien fortuita que los prehistoriadores han dedicado a la propiedad tanto metodológica como sustantivamente implica que, en cualquier ejemplo dado, nos veamos limitados a estar desigualmente informados sobre este factor crítico. La secuencia de la Prehistoria reciente del Sureste de la Península Ibérica es un ejemplo que hace al caso. Las distintas explicaciones procesuales de la secuencia del Neolítico a la Edad del Bronce de la región han estado de acuerdo en que demuestra un proceso de evolución social autóctona hacia una mayor complejidad. El consenso respecto a que los cambios en el registro arqueológico del Sureste durante las Edades del Cobre y del Bronce son el resultado de una «complejidad emergente» (Chapman, 1990) está basado en inferencias a partir de patrones regionales y cronológicos y de varias líneas diferentes de datos. La primera de ellas es el cambio en las prácticas funerarias. El cambio del Calcolítico a la Edad del Bronce desde un enterramiento colectivo a otro individual y desde ajuares consistentes en fetiches rituales y bienes utilitarios a otros que recalcan la riqueza y el armamento personal sugiere una estratificación creciente, y esto ha sido confirmado por estudios detallados de las distribuciones de ajuares en Los Millares (Chapman, 1990: 179-195) y en varias necrópolis argáricas (Lull y Esté vez, 1986). Desde el Neolítico a las Primeras Edades del Metal hay un cambio claro en los patrones de asentamiento hacia ocupacio-(5) Por ejemplo, la extensión de los sistemas de regadío podía llevar al desarrollo de mayores diferencias entre las familias y a las reglas de propiedad que santifican estas desigualdades o podían llevar a una intensificación de la organización comunitaria para impedir tales desigualdades. nés a más largo plazo que dejan rasgos arqueológicos más destacados, y esto implica «limitaciones drásticas de la reciprocidad inter-grupal y de la libre circulación de productores» (Vicent García, 1995: 180). Del mismo modo, las crecientes preocupaciones defensivas reflejadas en las fortificaciones y el emplazamiento de los poblados sugieren una creciente competencia entre comunidades por la tierra y los objetos de valor. Por último, la metalurgia del cobre se desarrolla principalmente como medio para almacenar y exhibir riqueza. Tomadas en conjunto, estas tendencias sugieren el crecimiento de una estratificación social. En términos de los estadios discutidos arriba, el Neolítico y quizás la Edad del Cobre serían entendidos, en general, como reflejo de una organización tribal de algún tipo (vg., Ramos Millán, 1981: 249); ya en la Edad del Bronce uno estaría tratando con, al menos, jefaturas (vg., Gilman, 1987), quizás incluso estados (vg.. Ahora bien, como Vicent García (1995) señala, esta explicación histórica tiene implicaciones claras con respecto a los sistemas de propiedad. El desarrollo desde el Neolítico a la Edad del Bronce (6) La afirmación de que un «estado» se desarrolla durante El Argar, o incluso antes en la cuenca superior del Guadalquivir, no parece implicar las definiciones clásicas, gubernamentales de ese concepto, sino que está basada, más bien, en una antipatía hacia la noción de jefatura tal como la desarrollaron los funcionalistas sistémicos. Es decir, la existencia de una estratificación social hereditaria se considera criterio suficiente para la existencia de un estado, sin que resulte necesaria ninguna atestación de instituciones formales, militares, fiscales o religiosas (ninguna de las cuales existe en la Península Ibérica hasta la Edad del Hierro, como señala Vicent García [1995]). En su reciente defensa de la existencia de un «estado» argárico Lull y Risch (1996) necesariamente, como marxistas declarados, tienen que reconocer que un poder estable implica una coerción física e ideológica, pero ellos no presentan testimonios de que tales funciones estuvieran institucionalizadas. La existencia de cindadelas que son grandes en proporción a los recursos agrícolas de su vecindad y tienen pruebas de molienda de grano a gran escala podía ser concebida plausiblemente como prueba de que sus habitantes recogían un excedente de los campesinos residentes en otros sitios menores y localizados de forma más conveniente (aunque otras interpretaciones son posibles), pero esto de ninguna forma sugiere que el excedente fuera recaudado por instituciones tributarias (como impuestos, digamos). Del mismo modo, la uniformidad de los estilos cerámicos, metalúrgicos y funerarios argáricos sugiere que los habitantes de las aldeas argáricas compartían ideas sobre estos asuntos, pero no necesariamente que estas ideas compartidas les fueran impuestas a los campesinos por instituciones destinadas al control del pensamiento. Cuando los «estados» de la Edad del Bronce en la Península Ibérica vayan a compararse con las sociedades contemporáneas en, digamos, el Próximo Oriente, sus proponentes eventualmente tendrán que distinguir, contra Lull y Risch, entre «estados del tipo presente en la Europa bárbara» y «estados sensu stricto». implicaría el paso de una sociedad en la que los derechos de propiedad son comunales a otra en la que un segmento social limitado tiene una posesión privilegiada de los recursos productivos o un control sobre el trabajo de los otros. El tipo de recursos que sería sometido a formas más exclusivas de propiedad dependería de la opinión de cada quien sobre la dinámica subyacente a este proceso. Una interpretación sencilla haría de una cierta forma de propiedad sobre la tierra agrícola mejorada el elemento clave que sostendría los gastos de las élites emergentes de las Edades del Cobre y del Bronce (vg., Gilman, 1976). Este punto de vista acentúa las implicaciones lockianas de la intensificación en el modo de subsistencia durante la secuencia del Neolítico a la Edad del Bronce en el Sureste (7). Las inversiones progresivas de trabajo en el curso del desarrollo de un policultivo mediterráneo corresponde a lo que Blaikie y Brookfield (1987) han llamado «landesque capital intensification» (8) y crearía una tierra de productividad más alta que reclamarían segmentos sociales limitados. Esta lectura de la evidencia gana fuerza cuando uno considera que las tierras áridas costeras del Sureste, donde las inversiones agrícolas son esenciales para mantener la productividad, muestran una mayor riqueza diferencial durante las Edades del Cobre y del Bronce que el interior más húmedo de Andalucía oriental, donde tales inversiones serían menos críticas. Otra propuesta daría mayor peso a la propiedad diferencial del ganado. Asi, siguiendo a Engels, Cámara Serrano y Lizcano Prestel (1996: 314) argumentan que: «[El ganado] es un medio de producción especial, mueble y vivo, que crece y se reproduce gracias al trabajo humano, a sus cuidados. Se trata de una importante riqueza que requiere una enorme inversión... El ganado (7) Los datos que apoyan la progresiva intensificación agrícola en el Sureste han sido cuidadosamente resumidos por Chapman (1991: 142-198) y no hace falta revisarlos aquí. Los resultados más recientes sólo tienden a reforzar la conclusión de que el desarrollo de una agricultura mediterránea intensiva en el Sureste de España se remonta a la Prehistoria reciente. Así, por ejemplo, la posibilidad del cultivo del olivo en las Edades del Cobre y del Bronce está sustentada en Los Millares por la presencia de carbón de árboles de crecimiento rápido (Rodríguez Ariza y Vernet, 1993: 5) y por la relativa abundancia de restos de olivo tanto en Los Millares (Rodríguez Ariza y Vernet, 1993: 5) como en Gatas (Ruiz et alii, 1992: 23). (8) Nota de la traductora: «intensificación de capital en tierras». tiene también otra importante particularidad, su robo...Así el dominio directo sobre el medio de producción/producto se halla garantizado, las vías a la rápida propiedad privada (y la herencia pecuaria) abiertas..., y la explotación reproducida y ampliada...» Las implicaciones arqueológicas de esta propuesta (vg., en términos de patrones de composición faunística de las colecciones) no han sido desarrolladas de manera sistemática, pero debe hacerse notar que el potencial del ganado para promover desigualdades sociales será efectivo principalmente en el contexto de economías implicadas en la «revolución de los productos secundarios» (Sherratt, 1981, cf. Harrison y Moreno, 1985), donde «el elemento pastoril se encuentra plenamente integrado dentro de una economía agrícola» (Díaz-del-Río, 1995: 103). La movilidad asociada con las formas más puras de pastoreo documentadas en el registro etnográfico inhibe la explotación que subyace en las desigualdades hereditarias estables (9). Así, una propuesta que pone el acento sobre el ganado como elemento clave de la riqueza de la élite no contradice sino que, más bien, complementa el punto de vista esbozado en el párrafo previo. Una tercera línea de argumentación sobre las dinámicas sociales de la Prehistoria tardía del Sureste convierte al metal en la sustancia cuya propiedad es crítica a las desigualdades sociales subyacentes. Según Lull (1984; cf. Lull et alii, 1992), la argárica sería una sociedad metalúrgica con comunidades especializadas de mineros y broncistas implicadas en un intercambio de mercancías con sus vecinos agricultores, comercio cuyo control proporcionaría a las clases dirigentes las bases de su poder. Implícitamente, aquellos dirigentes tendrían una propiedad preferencial sobre las menas o los artículos acabados o sobre ambos. Ahora bien, poca duda puede haber de que el metal era un objeto valioso que los individuos poseían y usaban para exhibir su estatus. Lo que puede ponerse en duda es que la industria metalúrgica fuera lo bastante importante para sostener el peso explicativo que Lull y sus colaboradores harían recaer sobre ella. En su investigación sistemática de la industria metalúrgica de las Edades del Cobre y del Bronce en el Sureste, Montero Ruiz (1993) ha demostrado, entre otras cuestiones, que la cantidad de metal puesta fuera de circulación e introducida eventualmente en el registro arqueológico era minúscula; que la sofisticación técnica y la variedad tipológica de las manufacturas era bastante limitada; y que la circulación del metal y su refundición eran escasas. En otras palabras, parecería que, lejos de ser una actividad especializada directa o indirectamente controlada por una élite, la metalurgia estaba integrada en las actividades domésticas ordinarias: inferir que existían una producción metalúrgica y otra agrícola mutuamente dependientes y complementarias a una escala que requiriera una gestión y/o permitiera una explotación parece totalmente injustificado (10). Aunque la competición disciplinar ha llevado a los investigadores de la secuencia prehistórica tardía del Sureste a recalcar sus desacuerdos en relación con los factores que impulsan su desarrollo y con la escala de desarrollo alcanzado (véase la nota 7), ha surgido un consenso en gran medida tácito de que el registro confirma las expectativas evolutivas sobre el cambio en las relaciones de propiedad: todos las partes aceptan que el patrón cambiante de los gastos de la élite, en conjunción con la intensificación de la producción, indica la presencia de clases explotadoras y explotadas al menos durante los tiempos argáricos. Si este punto de vista consensuado fuera correcto, entonces los patrones contrastantes de consumo deberían estar presentes en los contextos domésticos: el usufructo es un sustituto de los derechos de propiedad. Sin embargo una evaluación de las relaciones de propiedad a partir del estudio y de la organización doméstica, el enfoque de abajo-arriba mencionado antes, es poco factible para el caso del Sureste español durante la Prehistoria tardía. Las excavaciones con una orientación funcional se han iniciado en el Sureste sólo en los últimos veinte años y se han descrito únicamente en publicaciones preliminares o muy parciales. Como resultado, no es posible una evaluación sistemática del grado en que existieron diferencias en el consumo y la organización familiar entre y dentro de los yacimientos. Tenemos que basamos en las explicaciones inevitablemente impresionistas de unos excavadores que todavía no han analizado sus materiales sistemáticamente, cuyas eva-(9) Como Harrison (1995: 75) señala, «los propietarios de rebaños y manadas [tienen] una independencia de acción que se les niega a los campesinos cuyos alimentos derivan de cereales y legumbres que crecen en campos». (10) Curiosamente, Lull and Risch (1996) dejan de citar, no digamos de enfrentarse con los argumentos de Montero. Sin embargo, la ausencia de reivindicaciones de estratificación social a partir de la evidencia recuperada en los contextos domésticos es notable. Hernando Gonzalo (1987) ha señalado la relativa uniformidad de los asentamientos de la Edad del Cobre (Los Millares al margen). Es más o menos lo mismo para la Edad del Bronce. Las notables estructuras rectangulares, O y H, de la plataforma superior de Fuente Álamo (Schubart et alii, 1985: 72-78) no tienen analogías en otros sitios, y la evaluación de los excavadores de su funcionalidad es algo indecisa (11). La interpretación de casos únicos inevitablemente presenta dificultades, por supuesto, pero la tendencia general de los yacimientos de habitación de la Edad del Cobre y del Bronce no demuestra una diferenciación obvia en su arquitectura. Así, el análisis social del yacimiento argárico de Peñalosa por Contreras Cortés et alii (1995) se basa en los enterramientos y en los restos de fauna, no en la arquitectura, para concluir que las divisiones de clase están atestiguadas en el yacimiento: los enterramientos más ricos y los restos de caballo y vacuno predominan en las unidades de ocupación de las terrazas media y superior del mismo (12). Vale la pena advertir, sin embargo, que la producción de metal y el almace-(11) «Cabe pensar... que los edificios no estaban proyectados para servir de defensa a la totalidad del poblado, sino que su papel era de un sitio especialmente fortificado y seguro dentro del mismo... Tal vez se pueda pensar... en las torres de vigía medievales o en las antiguas torres asociadas a una familia determinada... Hasta el momento, los indicios no permiten asegurar si el interior de los edificios sirvió para la defensa o como almacén para provisiones importantes o, tal vez, para almacenar los en aquellos tiempos tan apreciados útiles y lingotes de metal... Cabe también pensar en ciertas relaciones con el culto, tan frecuente en aquellas sociedades... Parece evidente que los edificios... tuvieron, en virtud de su diseño especial, sus dimensiones y su situación, un papel importante relacionado seguramente con una función oficial...» (12) Estas conclusiones sólo pueden aceptarse provisionalmente, ya que los datos que las sustentan se presentan como una narración con información parcial y desigual sobre detalles críticos. Está claro, por ejemplo, que las diferencias en los conjuntos faunísticos son de grado, y en ausencia del número mínimo de individuos de cada especie encontrada en cada unidad de habitación es imposible una evaluación de la significación estadística de los contrastes. Del mismo modo, tres de los enterramientos más ricos se encontraron en las terrazas de habitación superiores, pero varios de los otros enterramientos de este área son pobres (Contreras Cortés et alii, 1995: 103). A falta de un informe completo de los conjuntos funerarios y de las características físicas de cada caso, no hay una razón evidente para aceptar la conclusión de que los enterramientos más pobres pertenecían a «siervos o, al menos, capas no guerreras de la población», por oposición, por ejemplo, a miembros de las mismas familias que alcanzaron estatus inferiores durante su vida. namiento de grano están distribuidos por las tres terrazas. Si el patrón de Peñalosa llegara a confirmarse en otros sitios, sugeriría que las familias disfrutaban de una igualdad relativa en su acceso a la tierra agrícola y a la mena, y que la mayor riqueza de las familias más ricas dependía de su posesión de ganado. Claramente, los estudios del usufructo de las variadas categorías de recursos entre asentamientos, como los que han sido iniciados en Peñalosa, tienen mucho que decimos sobre los sistemas millarenses y argáricos de propiedad. Está por ver si tales análisis confirmarán la historia evolutiva desarrollada a partir del patrón global de cambios en los patrones de enterramiento y asentamiento. Tal como están las cosas, los contrastes en la forma de organizar la vida dentro de los asentamientos de la Edad del Bronce tienen una escala tan limitada que plantean dudas significativas sobre la visión consensuada de que hubo una emergente estratificación a la que muchos de nosotros nos hemos adherido. He planteado esos ejemplos no con la intención de proporcionar una explicación sistemática sobre cómo los patrones del registro arqueológico se relacionan con los patrones de mantenimiento de la propiedad sino como ejemplos de líneas de investigación que claramente prometen un mayor desarrollo futuro. Ni que decir tiene que hay muchas otras. Por supuesto, las relaciones de propiedad afectan al estilo y a la naturaleza de los bienes materiales de forma tan omnipresente que cualquier relación exhaustiva de metodologías sería imposible. Mi propósito es, sencillamente, sugerir que el pesimismo metodológico que prevalece con respecto a la propiedad está injustificado y pedir que se haga mucho más trabajo sobre este tema. El análisis comparativo controlado de distintas líneas de evidencia (las mencionadas y otras) entre sí y de éstas con la naturaleza de la economía productiva nos permitirá juzgar la variación en los regímenes de propiedad de forma que nos permitirá ir más allá de la imposición de los patrones etnológicos al pasado. Como Fleming (1988) ha señalado, la naturaleza de los sistemas de propiedad antiguos sólo puede establecerse comparando la naturaleza y los contextos de múltiples líneas de evidencia. Esto es así, por supuesto, para casi todos los intentos de T.P.,54,n.°2,1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es comprender el pasado desde la Arqueología. Salvo en yacimientos como las Pompeyas o los Cerenes nuestros datos son demasiado toscos en lo relativo a procedencia y cronología para permitimos reconstruir el pasado en el sentido de Ranke, tal como ocurrió de verdad. Lecturas controladas a partir de la comparación de los datos procedentes de diversas áreas y periodos pueden, sin embargo, dar sentido a los contrastes significativos advertidos en los mismos, contrastes que pueden ser interpretados en términos de expectativas procesuales. Este último aspecto, por supuesto, deja al tipo de arqueología contextual al que me adhiero aquí al margen de la defendida por lan Hodder y otros anti-científicos post-procesuales, post-modemos. Su laudable intento de ocuparse de temas de ideología les ha llevado a un área en la que las expectativas no pueden ponerse a prueba: para hacer completa justicia a los sistemas ideológicos uno tiene que comprender los significados de los símbolos a través de los cuales tales sistemas operan, y los símbolos por definición son arbitrarios con respecto a sus referentes. Por el contrario, la direccionalidad de la evolución social humana nos provee de una serie de expectativas justificadas a las que el registro arqueológico puede responder. Como el caso argárico sugiere, esas respuestas pueden ser sorprendentes, y en ello reside el interés de la empresa. Una primera versión de este artículo fue presentada en el IV Encuentro sobre Arqueología y Patrimonio en Salobreña en 1993. Las críticas detenidas de Juan Vicent y de María Isabel Martínez Navarrete han sido esenciales en el desarrollo de mis ideas y de este texto.
Presentamos los resultados de un proyecto interdisciplinar diseñado para las condiciones efímeras de una intervención de urgencia. La excavación de una formación arqueológica característica de la Prehistoria reciente de la Meseta peninsular, el yacimiento de 'fondos de cabana', ha permitido, mediante la aplicación de una rigurosa metodología estratigráfica, una recuperación sistemática de los restos y el cruce de distintas evidencias cuantificadas (cerámica, industria lítica, semillas, huesos), proponer la existencia de una estructuración funcional y social del yacimiento, identificando lo que entendemos como un área Una de las formaciones arqueológicas mas recurrentes a lo largo de la Prehistoria de la Península Ibérica, y en particular de la Meseta, es el yacimiento de 'fondos de cabana'. Se caracteriza por la presencia de diversos tipos de fosas no correlacionadas estratigráficamente, lo que erróneamente se denomina 'estratigrafía horizontal' (1). La investigación ha relegado, si no olvidado, tanto la interpretación estratigráfica en sí como de la distribución de los residuos, en beneficio de un análisis morfotipológico cuya supuesta finalidad única es el establecimiento de fases. En pocas ocasiones se ha recurrido a evaluar cuantitativamente la información (p.e. Martínez Navarrete y Méndez, 1983), lo que en último término ha determinado una lectura homogeneizadora del registro: las estructuras se distribuirían de forma caótica existiendo una escasa variabilidad entre los depósitos. En consecuencia, la estrategia de excavación se reduce a vaciar las estructuras a fin de recuperar aquellos artefactos que permiten establecer su cronología. Frente a esta tendencia, un programa de investigación que tenga como objeto prioritario de análisis el carácter pluriactivo de la economía agraria prehistórica (Díaz-del-Río, 1995) incidirá en la diversidad, buscando aquellas variables que permitan interpretar funcional y socioeconómicamente los procesos productivos. Desarrollar esta pro-(1) En estos yacimientos existen relaciones de superposición entre los estratos, al menos dentro de las fosas, y por tanto son yacimientos estratificados. «La estratigrafía horizontal no es más que otro nombre incorrecto que se atribuye a una práctica normalmente utilizada en el análisis artefactual: no es un método estratigráfico» (Harris, 1991: 176). puesta, eminentemente paleoeconómica, requiere un enfoque interdisciplinar que aune los esfuerzos de diversos especialistas (arqueozoología, arqueobotánica, paleoantropología, traceología, arqueometalurgia), una técnica de excavación estratigráfica (Spence, 1992) y un método sistemático de recuperación y cuantificación de los restos. Dicho programa se puso en práctica en una excavación de urgencia enmarcada en el modelo de gestión arqueológica de la Comunidad de Madrid. Éste se caracteriza por la declaración de amplias zonas de protección cuyos límites exceden aquellos espacios con una máxima concentración de restos superficiales (Velasco, 1992). La exigencia administrativa de intervenir ante cualquier remoción de tierras en estas áreas de protección, ha permitido valorar uno de los aspectos potencialmente más beneficiosos del modelo: el estudio de áreas periféricas generalmente no documentadas en intervenciones sistemáticas, en las que suele primar el espacio nuclear. El yacimiento de 'Las Matillas' se dispone en la primera terraza del río Henares, a escasos 200 m. del contacto con las llanuras de inundación del Henares y su afluente, el arroyo Camarmilla, en un terreno de elevada potencialidad agraria (4.480.9/ 466.8, Servicio Cartográfico Regional, Comunidad de Madrid, 1:25.000, hoja 560-1). Su descubrimiento es resultado de la expansión urbana, documentándose con anterioridad a nuestra intervención un total de 54 'fondos de cabana' en los 2.000 m^ del área A, excavados por el Taller Escuela de Arqueología y Rehabilitación de Alcalá de Henares, y al menos 8 en la B (Vega, 1996: 143). Ambos informes indicaban que el yacimiento se extendía tanto al norte como al sur de los espacios intervenidos, con una superficie superior a las dos hectáreas. Los materiales recuperados no fueron estudiados en profundidad, por lo que la supuesta ausencia de formas cerámicas decoradas y la relativa abundancia de industria lítica llevó a encuadrar el yacimiento en una fase calcolítica no campaniforme. Nuestra revisión de 18.166 fragmentos cerámicos y 1.918 líticos del área A indican varias agrupaciones morfotipológicas desigualmente representadas: Calcolitico, una fase indeterminada de la Edad del Bronce y Bronce Final. La presencia de un 'fondo', situado en el extremo opuesto a las áreas A y B y sin evidencia alguna de estratificación entre el manto vegetal y el sedimento geológico, permitió recurrir a una máquina motoniveladora que retiró gran parte del manto vegetal. La posterior limpieza manual de 4.250 m^ llevó a delimitar en superficie 34 estructuras prehistóricas así como un conjunto de fosas y zanjas de riego contemporáneas (3). Nuestra excavación se realizó siguiendo el método estratigráfico propuesto por Harris (1991), renunciando a la extracción de niveles artificiales. Todas aquellas superficies resultantes de la excavación de sedimentos preexistentes, fuesen antrópicos o geológicos, se denominaron 'elementos interfaciales verticales' o 'interfaces', y 'depósitos' a los diversos estratos que rellenan cada interfaz (4) (Harris,'1991; Spence, 1992). Esta terminología evita cualquier discusión sobre aspectos funcionales o semánticos (basurero, fondo de cabana, hoya...), estableciendo una clara distinción entre dos acciones pretéritas: la excavación de estructuras y su posterior relleno o modificación. Las 34 interfaces prehistóricas detectadas tras la limpieza superficial fueron identificadas mediante un número de unidad estratigráfica (centenas: u.e. 100,200...), concediendo un número correlativo a cada unidad incluida en su interior (por ejemplo: u.e. El sedimento extraído, individualizado por u.e., fue introducido en sacos de 50 1. para su posterior tratamiento en una máquina de notación conectada a la toma general de la parcela. Excepto en el caso de los depósitos de la u.e. Las mallas utilizadas, 1 mm. de luz en el interior y 250 ¡i en el exterior del bidón, permitieron la recuperación de restos de muy pequeño tamaño en un total de 112 muestras (2.663 1.), todas ellas depósitos de 32 de las 34 interfaces prehistóricas documentadas. (2) Tras valorar el solar mediante las zanjas, la propiedad vendió parte de la parcela. Denominamos'área C a los 4250 m^ excavados por nosotros. (3) La inversión de trabajo en la limpieza manual total no es frecuente en este tipo de intervenciones. Dado que muchas de las estructuras contaban con rellenos muy similares al terreno geológico, habría resultado imposible detectarlas. (4) En adelante, cuando nos refiramos al conjunto de restos recuperados en la totalidad de los depósitos de relleno de una interfaz, utilizaremos el número de identificación de la misma. Evidentemente, una interfaz es una superficie que carece de material arqueológico. T. Como resultado, se ha obtenido el primer conjunto botánico de la Prehistoria reciente madrileña procedente de un muestreo sistemático, recuperando gran parte de los restos f aunísticos, cerámicos y líticos de menor tamaño del yacimiento. Tenemos constancia de la inexistencia de restos tanto al norte como al este del área C. En cuanto al sur, los más próximos se encuentran a no menos de 40 m. Todas las interfaces se distribuyen en el área excavada de forma aparentemente caótica y, a excepción de tres, se encuadran dentro de la mitad oriental del solar, dejando amplios espacios intermedios en la mayor parte de los casos. El cálculo en litros de la capacidad de cada interfaz permite agruparlas en dos conjuntos: inferiores a los 610 1. y superiores a los 1.150 1. Esta clasificación recurre a una escala «proporcional», frente a la «nominal» (Shennan, 1992: 25) generalmente utilizada por otros autores (p.e. Valiente, 1987:132) la cual hace depender las agrupaciones de características exclusivamente morfológicas, en gran medida subjetivas (5). Cada agrupación tiene una aparente homogeneidad morfológica, en especial las de menor capacidad, en las que la interfaz es lisa. Frente a ello, una buena parte de las estructuras mayores presentan interfaces alteradas, indicativo del tiempo en que permanecieron sin cerramiento superior, vacías total o parcialmente (6). En algún caso se han documentado extracciones intencionadas de sedimento de las paredes, generalmente asociadas a inhumaciones: en la u.e. 100 se vació una covacha lateral para depositar un individuo en posición fetal (u.e. 1300 se extrajo sedimento de la pared para formar con él un estrato sobre el cual depositar a otro (u.e. En cuanto a su distribución espacial, las interfaces de mayor capacidad se agrupan en los límites norte, sur y este. Como no todas ellas pueden ser adscritas al mismo momento cronotipológico parece que, al margen del 'factor tiempo', la distribución conserva como característica su excavación exclusiva en determinados espacios. Los depósitos presentan una alta homogeneidad sedimentológica. La mayor parte han sido diferenciadas por ligeros matices de coloración o textura y la presencia/ausencia de inclusiones (caliches, carboncillos...). Únicamente pueden distinguirse tres tipos generales: arenas y arcillas naturales y depósitos sedimentarios alterados. La presencia de arenas limpias alternando en posiciones intermedias de las estratigrafías (por ejemplo depósitos de u.e. 1600) puede ser indicativa de la simultaneidad de algunas de las estructuras, pues muchas de ellas no profundizan lo suficiente para acceder a este estrato geológico. Esto exige admitir la contemporaneidad en la excavación de algunas y el relleno de otras. En cualquier caso, la colmatación temporal con arenas u (5) La agrupación por capacidades permite analizar estadísticamente la variabilidad entre estructuras, y por tanto puede resultar indicativa a la hora de establecer regularidades en las mismas y entre los yacimientos. Por ejemplo, las capacidades del área C se asemejan en gran medida a las documentadas en Moncín (Borja, Zaragoza), en el que se han diferenciando dos grupos: los de aproximadamente 330 1. y los de 1300 1. (6) Un análisis experimental del proceso de erosión en silos subterráneos expuestos a la intemperie puede verse en Reynolds (1974). Durante nuestra intervención observamos el alto grado de erosión provocado por la lluvia sobre estructuras ya excavadas. Por tanto, el lapso de tiempo no es necesariamente amplio, siendo la única condición que carezcan de protección en la boca. Otros sedimentos es frecuente en grupos que utilizan el almacenaje subterráneo, rellenando los silos de sedimentos fácilmente extraíbles con la finalidad de conservar intactas sus paredes entre ciclos agrarios (Villes, 1981). La totalidad de los depósitos se distinguen de los documentados en otros yacimientos (p.e. En conclusión, las evidencias estratigráficas muestran una distribución perimetral de las estructuras de mayor capacidad y una ausencia de elementos sedimentológicos que permitan suponer actividad alguna de transformación doméstica (hogares, actividades artesanales...). Ello contrasta, por su proximidad, con las 54 del área A: dos estructuras de más de 5 m. de diámetro, presencia de depósitos 'cenicientos', alta densidad de estructuras y abundancia de restos recuperados. Se recuperaron un total de 1.762 fragmentos de cerámica a mano, de los cuales 145 (8'2%) permiten identificar su forma o presentan decoración. La variabilidad en su frecuencia de aparición dentro del yacimiento es elevada: 18.166 en las 49 estructuras detectadas en el área A frente a los 1.762 en las 34 del área C. El bajo porcentaje de cerámicas selectas y su alto índice de fragmentación (76'8% 8 cm.) limitan la adscripción cronotipológica de la segunda. El caso de los depósitos de la u.e. 100, con sólo dos fragmentos de borde no decorados menores de 3 cm, dificulta la adscripción cronológica de las inhumaciones. La tabla tipológica del área C permite distinguir cinco grupos según su perfil: en S, cerrados de perfil simple, abiertos de perfil simple, rectos y carenados. La decoración más representada es la impresión en el labio (0'7% del total, 8'9% del total selecto, 11% del total de bordes) (7), seguida de la pintura (roja o negra), tanto exterior como interior, detectada en 5 fragmentos. Los indicadores tipológicos a los que se puede recurrir para descartar la pertenencia de los conjuntos, estratigráficamente aislados, a una fase caleolítica tipo 'Esgaravita' (Martínez Navarrete, 1979;1987; Díaz-del-Río y Sánchez, 1988) son exclusivamente tres: bordes decorados, vasos de perfil en S y carenas medias. Estos indicadores son individualmente poco efectivos aunque, en conjunto, servirían como 'discriminadores' cronológicos: los bordes impresos se encuentran mayoritariamente en fases de la Edad del Bronce (p.e. Valiente, 1987;1992), las carenas medias han sido tradicionalmente consideradas posteriores al Caleolítico aunque se encuentran representadas en yacimientos con campaniforme como 'El Ventorro' (Priego y Quero, 1992: 217-221) y, por último, los perfiles en S parecen estar presentes en yacimientos calcolíticos como 'La Loma de Chiclana' (Díaz-Andreu etalii, 1992) o 'El Ventorro' (Priego Fig. 4.'Las Maullas' (Alcalá de Henares, Madrid), Area C: 1. Distribución de las intefaces de mayor capacidad. Localización de los cráneos animales aislados. Localización de las inhumaciones. Selección de perfiles cerámicos del Area C de 'Las Matillas' (Alcalá de Henares, Madrid). En negro fi-agmentos de borde impreso. y Quero, 1992: 223) aunque aparentemente se generalizan en momentos posteriores (8). ^ Atendiendo a los conjuntos, 13 (38'2%) estructuras sin cerámica selecta quedarían sin clasificar; diez (29'4%) se incluirían en el denominado Bronce Clásico (Blasco, 1987a: 90-95) por contar con bordes impresos (7) y/o carenas medias (3), quedando adscritos al conjunto 'Esgaravita' únicamente 11 estructuras (32'3%). Evidentemente, esta adscripción debe tomarse con cautela, pues 8 de ellas cuentan con menos de 5 fragmentos selectos. La dificultad para clasificar individualmente las estructuras del área C dentro de un conjunto tipológico específico (Calcolítico o Bronce 'Clásico') resulta de compartir gran parte de las formas simples derivadas de la esfera. El escaso volumen de cerámicas, y no tanto su cronología anterior, podría ser el responsable de la ausencia de formas características del Bronce 'Clásico'. Todo ello es un ejemplo extremo de las consecuencias generadas por una periodización de la Prehistoria Reciente basada en aspectos morfotipológicos mino-Tab. Cuantificación del registro arqueológico disponible del Area A de 'Las Malillas' (Alcalá de Henares, Madrid). ritarios en los yacimientos (9). En definitiva, su aplicación exige admitir la presencia de dos conjuntos en el área, Calcolítico y Bronce 'Clásico'. Se recuperaron 553 piezas, repartidas en los depósitos de 30 interfaces. El conjunto ha sido dividido en seis categorías: núcleos, lascas, industria laminar, fi-agmentos (10), restos de talla o debris y piezas retocadas. Los dos grupos mas representados son los fi'agmentos (32'7%) y lascas (28'5%), seguidos de la industria laminar (15'7%) y restos de talla (13'3%). Las piezas retocadas ascienden a 46 (8'3%) que incluyen un repertorio de 26 titiles: muescas (8), denticulados (6), perforadores (4), raspadores (2) y otros (1 geométrico, 2 truncaturas, 2 microburiles, 1 foliáceo). En general predomina el retoque simple y marginal sobre lascas y fragmentos. Son cinco los núcleos recuperados: uno poliédrico para extracción de laminitas, y cuatro para lascas (1 bipolar, 1 multipolar, 2 indeterminados). En cuanto a la industria laminar, y aunque la fragmentación no permite estimar la relación longitud/ anchura, predominan las piezas con anchura comprendida entre 11-20 mm. (50% del total) y 0-10 mm. (46'6%), mientras que el intervalo > 20 mm. está representado por una sola pieza. Al contrario de lo observado para los restos cerámicos, destaca la relación entre la capacidad de las interfaces y el número de restos que contienen. En todas las estructuras domina la talla no laminar, aunque está por completo ausente en los depósitos de 8 de las interfaces. Los escasos 'útiles' se reparten de forma homogénea entre los depósitos de 9 interfaces, a excepción de los de la u.e. Conviene señalar la presencia de toda la cadena operativa en el conjunto, aunque precisando la escasa representatividad de los 'útiles' en ella. Dada la difícil clasificación cronotipológica de la cerámica, la proporción de los tipos de soporte (9) El problema anotado es frecuente en gran parte de los yacimientos de la Meseta, aunque en escasas ocasiones se hace explícito. Una excepción es 'El Espinillo' (Villaverde, Madrid), en el que se excavaron un total de 98 'fondos', de los cuales 42 (42'8%) quedaron sin adscripción cronológica «debido a la escasez o ausencia de materiales significativos» (Baquedano y Blanco, 1994: 16). (10) Agrupa aquellos fragmentos de talla indeterminados que no pueden ser asignados a ninguna otra categoría. en el conjunto podría facilitar la atribución cronológica de las distintas interfaces. Sin embargo, el índice laminar de ambos conjuntos de estructuras (calcolíticas y Bronce Clásico) es prácticamente idéntico: 35'8% y 35'9% respectivamente. Esta circunstancia difiere claramente de la señalada para otros yacimientos. En el caso contrario, la industria de la Loma del Lomo se realiza «fundamentalmente sobre láminas o microláminas» (Valiente, 1992: 293). El problema radica, por tanto, en conceder un valor cronológico al índice laminar. La presencia masiva de fragmentos y restos de talla (47' 1 % del total) en el área C induce a atribuir sus valores a la metodología de recuperación sistemática, no empleada en ninguno de los yacimientos publicados del área. Hemos completado el análisis tipológico con otro traceológico, generalmente ausente de la investigación en la Meseta. Este tipo de análisis es complejo en contextos de economías productoras, requiriendo la elaboración de un programa experimental adecuado. Con la finalidad de determinar la viabilidad de un futuro estudio funcional total, seleccionamos 249 piezas, que constituyen el registro completo de 10 de las estructuras (u.e. En la mayor parte de los casos, las múltiples alteraciones de las piezas han imposibilitado la detección de huellas de uso. Las principales identificadas han sido el pulimento de tierra, pátinas ('lustre de suelo' y pátinas blancas sobre toda la superficie), rodamiento, gelifracción, modificaciones por fuego (14'4% de las piezas analizadas), bright spots y concreciones. En una valoración global, cabe destacar que procesos como la gelifracción también parecen haber afectado a algunos (11) Todas las piezas de sílex han sido lavadas en cubeta de ultrasonidos con agua y detergente amoniacal. Las que presentan restos de concreciones han sido tratadas con una disolución de ácido clorhídrico (CLH) al 50% durante 10 min., hidróxido de potasio (KOH) en la misma proporción y tiempo y por último un baño de agua destilada durante otros 10 min. (entre baños, las piezas se aclararon con agua). Para eliminar la grasa procedente de la manipulación, las piezas se sumergen en acetona y alcohol. La observación se ha realizado con un microscopio metalográfico de luz incidente y reflejada, con un rango de aumentos de 50 a 500x. En dos casos se ha requerido el uso del Microscopio Electrónico de Barrido. 12), mientras que la conservación diferencial de las piezas en función de las estructuras es relevante tanto en el caso de las concreciones como de las pátinas blancas: en algunas estructuras ninguna pieza presentaba concreción (en especial u.e. 3001) frente a otras en las que este tipo de alteración era mayoritaria. Dos fragmentos de sflex con huellas de uso proceden de los depósitos de la u.e. El primero, con filo transversal recto relativamente abrupto muy embotado, cuenta en su cara dorsal con una gran concentración de desconchados cuya morfología rectangular y disposición superpuesta puede atribuirse a una posible acción transversal aplicada sobre materia dura (13). En el segundo, con dos muescas proximales y una fractura distal, se ha detectado sobre su cara dorsal una banda brillante, posiblemente una almáciga de sujeción, que lo divide en dos mitades. La recubierta por el mango aparece fresca y la otra patinada. De no haber mediado un estudio traceológico, ambas piezas habrían sido catalogadas como 'restos de talla', lo que relativiza cualquier generalización respecto a la ausencia o escasa presencia de útiles tipológicamente clasificables en momentos avanzados de la Prehistoria reciente. En cuanto a los útiles pulimentados, se han recuperado dos hachas de fibrolita (u.e. La primera, un fragmento distal de pequeño tamaño sin evidencias de uso, mientras que en la segunda se observa una gran destrucción del filo y una serie de desconchados superpuestos de gran tamaño, propios de actividades de percusión. Los desconchados se concentran en una de las caras, lo que lleva a pensar en la existencia de un ángulo de trabajo oblicuo. La fauna del yacimiento incluye tanto restos de moluscos como de anfibios, reptiles y mamíferos. (12) Los efectos de este proceso se evidencian, por ejemplo, en el tipo de fracturación de los dientes de bóvido. (13) La utilidad de los desconchados como indicadores de uso es desigualmente valorada. Mientras algunos (Tringham et alii, 1974: 192) consideran que no es difícil distinguirlos de los producidos por causas naturales dada su disposición relativamente regular, otros opinan que algunos factores naturales pueden producirla (Vaughan, 1985). El análisis ( 14) se ha centrado en los macromamíferos y moluscos. El interés arqueozoológico de la muestra es obvio, dado que se trata de uno de los pocos yacimientos de la Prehistoria reciente de la Meseta Sur en el que se ha seguido una metodología rigurosa en la recuperación de los restos, lo que permite evaluar la representatividad de la muestra. El estado de conservación de los restos óseos es pésimo, con un altísimo grado de fracturación y alteración superficial (costras calcáreas, disolución como resultado del ataque radicular, etc). Por ello el porcentaje de muestra identificada es muy bajo (12'6%) (15), siendo inabordable el estudio de procesos de carnicería o la estimación de la biomasa de los taxones. Dentro de los restos sin identificar destaca el alto número no asignable siquiera a las categorías de macro y mesomamífero (57' 3%). Sus minúsculas tallas se deben a la eficacia del método de recuperación, siendo probablemente el resultado de la fracturación de un número relativamente bajo de porciones esqueléticas. (14) La identificación se ha llevado a cabo con la colección comparativa del Laboratorio de Arqueozoología de la Universidad Autónoma de Madrid y la metodología general es la expuesta en Clason (1972). La estimación de la edad se basa en Morales (1976), excepto en el caso del ciervo (Mariezkurrena, 1983). La osteometría sigue criterios de Driesch (1976) y la adaptación de siglas al castellano de Miguel y Morales (1984). Desde un punto de vista tafonómico la muestra es cualitativamente heterogénea (Gautier, 1987), fundamentalmente restos de consumo y de forma minoritaria elementos de industria (0'1% NR) y carcasas (0'2% NR) (16). Entre los ocho taxones documentados, predominan los animales domésticos (88% del NR) y, en concreto, los ovicaprinos y el vacuno. Les siguen en orden de importancia los suidos, mientras que el perro puede considerarse testimonial. El ciervo (V4% NR) es el único mamífero silvestre, aunque dada la dificultad de discriminar los restos de cerdos y jabalíes inmaduros, no puede descartarse la presencia de estos últimos; en este caso han sido asignados a la categoría genérica {Sus sp.). Finalmente, resalta la ausencia de conejo, taxón presente en menor o mayor medida en yacimientos de la Prehistoria reciente del área, en muchos casos como elementos intrusivos. La fauna no aparece homogéneamente distribuida por el área excavada, ni existe relación aparente entre el tamaño muestral y la capacidad de las estructuras. Así, 12 de ellas (35%) carecen de material faunístico, contando otras 12 con menos de 10 fragmentos identificables (o al menos adscribibles a meso o macrofauna). Aquí están también los dos cráneos completos de perro (u.e. La única carcasa se sitúa en el extremo opuesto (este): un suido inmaduro asociado a la inhumación masculina depositada en la covacha lateral (u.e. Cuenta con paralelos próximos en La Loma del Lomo (Valiente, 1992), donde las carcasas de suidos inmaduros acompañan a una de las tres inhumaciones masculinas adultas, a ninguna de las cuatro femeninas, y a dos de las 15 infantiles identificadas como masculinas. De los 13 restantes, todos ellos indeterminados, cuatro contaban con esta asociación. Aunque aparentemente significativa, la escasa base inferencial reduce el alcance de cualquier posible valoración de la asociación carcasa de suido inmaduro-inhumación masculina. (16) La fauna analizada pertenece exclusivamente al área C. Conociendo el abundantísimo NR recuperados en el área A (51676 gr.), no consideramos oportuno realizar apreciaciones respecto a la mayor o menor importancia de las cabanas o de la actividad cinegética. (17) Un paralelo casi idéntico ha sido documentado en la fosa F17 de Moncín (Harrison et alii, 1994:46), en la que se depositó un cráneo de cabra. Existen también casos similares en el Tejar del Sastre (Quero, 1982) y la Loma del Lomo (Valiente, 1992). La industria es el tercer grupo de fauna representado en el yacimiento, fabricada tanto sobre soporte óseo como malacológico. Los depósitos de la u.e. 2800 acumulan los dos únicos útiles, un resto de punzón y un fragmento de diáfisis rebajada, ambos sobre metapodio de ovicaprino. Esto contrasta con los 24 punzones contabilizados en las 54 estructuras del área A, lo que puede ser indicativo de la escasa presencia de actividades artesanales o de procesamiento de productos realizados en el áreaC. Los tres restos de almeja de río no son adscribibles a ningún grupo tafonómico (Gautier, 1987). En todo caso, no parecen constituir elementos de consumo, debido tanto a su baja frecuencia como a la relativa inaccesibilidad de las poblaciones naturales. No muestran signos claros de su uso potencial y, aun así, constituyen un elemento faunístico constante en los yacimientos del área (Díaz-Andreu etalii, 1992; Morales y Villegas, 1994; Priego y Quero, 1992; Quero, 1982). La fauna alóctona del yacimiento, un fragmento de 'colmillo de elefante' (Dentalium sp.) recuperado en los depósitos de la u.e. 3500, podría haberse utilizado como elemento de adorno, hipótesis que avalan tanto sus características morfológicas como su uso continuado como elemento ornamental en la Península Ibérica desde el Paleolítico (Moreno, 1995). Esta pieza indica la existencia de contactos interregionales que, aunque puntuales, son constantes tanto durante el Calcolítico (Martínez Navarrete, 1984) como en toda la Edad del Bronce (Molero, 1987;1992; Blasco, 1987b). Se han documentado un total de 5 inhumaciones distribuidas en tres estructuras. Su deficiente estado de conservación, con una elevada pérdida de masa ósea como consecuencia de las condiciones externas (humedad, procesos erosivos, etc), exigió la observación in situ de gran parte de los indicadores de sexo y edad de los individuos (18). Dado el pésimo estado de preservación de los individuos adultos, la edad se estimó principalmente atendiendo a la observación del desgaste dental (Brothwell, 1987). Este método suele utilizarse en combinación con otros por la dificultad de establecer una correlación directa entre desgaste dental y edad. La superior se disponía en una covacha lateral, excavada en el sector norte de la pared y sellada verticalmente mediante una laja de caliza (19). El individuo fue depositado en posición fetal sobre su lado izquierdo, con la cabeza orientada al oeste. Las piernas se dispusieron cruzadas y se han agrupado atendiendo a amplias categorías de edad: jóvenes (18-25 años), maduros (26-45) y mayores de 45 (McKinley y Roberts, 1993). (19) Este tipo de laja puede obtenerse a poco más de 1 km al sur del yacimiento, en las laderas del cerro del Viso. flexionadas a la altura del abdomen, descansando los brazos ligeramente separados del cuerpo. La colocación de las extremidades, tanto superiores como inferiores, muestra el sumo cuidado con el que se depositó al fallecido, un hombre maduro de constitución grácil pero atlética, dado el fuerte desarrollo muscular observado. Asociada a la inhumación se excavó una carcasa de suido inmaduro perfectamente articulado. Tres estratos por debajo del anterior aparecieron una serie de huesos extremadamente alterados por la humedad (u.e. La conservación selectiva de algunas regiones anatómicas en conexión indica que el cadáver, una mujer joven, fue depositado en un avanzado estado de descomposición. Dada la posición del cráneo, del que se recuperaron parte de la base junto con la mandíbula y las primeras vértebras cervicales todavía articuladas, parece que el cadáver fue abandonado boca abajo. En las proximidades se identificaron otras partes articuladas del mismo individuo y un molar cuya superficie aparecía posiblemente alterada por el fuego. Las primeras sobrevivieron a la manipulación po^'í-morí^m gracias a sus fuertes estructuras ligamentarias: fragmentos costales con sus correspondientes vértebras dorsales, una cavidad cotiloidea con la cabeza del fémur y fragmentos aislados de las diáfisis de extremidades superiores. Dada la ausencia de otro tipo de evidencia de combustión en la estructura, es posible que se deba a algún tipo de manipulación del cadáver cuando éste se hallaba en proceso de descomposición. La posición estratigráfica indica la anterioridad de la inhumación 112, y por tanto debería admitirse que se trata de una deposición originalmente secundaria. Sin embargo, las características de los depósitos parecen indicar que el individuo fue manipulado po^í-morí^m y desplazado de la covacha para proceder a una nueva inhumación (u.e. Esta hipótesis explicaría la postura deposicional del cadáver 112, así como la presencia de un potente estrato de arena limpia sobre el 109, únicamente extraíble de la interfaz a la cota del individuo 112. En definitiva, es presumible que el individuo 112 se encontrase inicialmente en la covacha lateral y que posteriormente fuera desplazado para enterrar al 109. El individuo documentado en la u.e. 1304 yacía adaptado a la pared de la estructura, en posición fetal sobre su lado izquierdo y con el cráneo orientado al norte. El brazo izquierdo descansaba doblado y en posición palmar, con la mano relajada y los T.R,54,n.°2,1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dedos cayendo sobre la palma. El brazo derecho aparecía semiflexionado, recogiendo las piernas con la mano vertical hacia abajo, mientras el pie izquierdo estaba hiperflexionado, postura únicamente posible si se introdujo al cadáver tras el rigormortis. Las observaciones realizadas en la cintura pelviana y el cráneo indican que posiblemente se trata de una mujer madura de constitución grácil y musculatura desarrollada, que alcanzó aproximadamente una estatura de 1'55 m. El cadáver fue depositado sobre un estrato de arcilla limpia de unos 8 cm. de potencia media y el cráneo sobre un conjunto de guijarros. Este sedimento fue extraído de las paredes, a juzgar por las oquedades documentadas a la cota de la inhumación, las cuales no presentan las características de una erosión natural. Bajo él, se excavaron dos estratos, el último de ellos compuesto por finos depósitos entremezclados de arenas y arcillas. Este es el probable resultado del lavado de las paredes, durante el lapso de tiempo en que la estructura estuvo a la intemperie antes de rellenarse. 2390 se documentaron dos inhumaciones infantiles. El conjunto se compone de un primer individuo de unos 9-10 años (21), cuyo cráneo (sin mandíbula) se dispuso cuidadosamente sobre cinco guijarros, y de un niño menor de un año (22) enterrado bajo éstos, en posición fetal con el cráneo orientado al sur. Próximo al primero se localizaron fragmentos deteriorados de una mandíbula y otros restos dispersos, presumiblemente pertenecientes al mismo individuo. Ambos infantes fueron depositados en un único momento y cuando la estructura se encontraba en un proceso avanzado de relleno. Esto evidencia que las inhumaciones de carácter primario y secundario conviven en el tiempo, realizándose incluso de forma simultánea. Estratigráficamente, todos los casos se asocian a momentos posteriores al abandono de las estructuras. Esto también ocurre en uno de los yacimientos con más documentación funeraria de la zona, La Loma del Lomo (Valiente, 1987;1992), en el que el 89% de las inhumaciones descansan sobre estratos intermedios de relleno. Todo ello parece indicar que ninguna de las estructuras fue excavada con finalidad estrictamente funeraria sino que las inhumaciones se realizaron cuando se encontraban en un avanzado proceso de colmatación. La presencia en el relleno de la u.e. 1300 de un fragmento de borde decorado, adscribe la inhumación al denominado Bronce 'Clásico' mientras la u.e. La tipología de las inhumaciones puede encontrarse tanto en momentos avanzados del Calcolítico (Blasco etalii, 1994) como durante la Edad del Bronce (Geanini, 1991; Blasco et alii, 1991; Valiente, 1987;1992), lo cual deja como única vía la datación absoluta de alguna muestra ósea. Se han documentado restos metalúrgicos entre los depósitos de las interfaces 200, 1700 y 2400, identificados con la ayuda de una lupa binocular y análisis cualitativos mediante Espectrometría por ñuorescencia de rayos X. A la u.e. 1702 pertenece un fragmento laminar de cobre con ligeras impurezas de antimonio y plata. 203 se recuperó un fragmento de escoria, cuyo análisis visual permite identificar la estructura porosa con matriz silícea característica de este tipo de material, revelando su análisis cualitativo una escasa cantidad de hierro. 2407 contenía un conjunto de pequeños fragmentos cerámicos con adherencias de escoria en su cara interna. Tan solo en uno de ellos se ha podido detectar cobre, aunque en proporción demasiado baja para realizar un análisis cuantitativo fiable. Junto al cobre y hierro, presenta impurezas de antimonio. Estos restos no sugieren una actividad metalúrgica espacialmente inmediata, máxime conociendo el potencial registro resultante de este tipo de producción (Quero y Priego, 1992). La presencia minoritaria, tanto de productos elaborados como de residuos de producción, permite considerarlos como probable resultado de una incorporación accidental a los depósitos. (20) Para la estimación de la estatura se utilizaron los huesos largos, siguiendo las tablas de regresión de Trotter y Gleser (1958). (21) La edad se estimó in situ, en base al grado de erupción dental (Ubelaker, 1989). (22) Tal como indica el grado de fusión de los elementos de la columna vertebral (England, 1990). A pesar del volumen de sedimento procesado por flotación, la mayoría de los estratos proporcionaron un número muy reducido de semillas, con bajas densidades y algunos casos estériles. Única- mente destacan los depósitos de las interfaces 100 y 800, la primera por contener la mayor cantidad de semillas y la segunda por documentar una pequeña acumulación de cereales. Las especies identificadas incluyen tanto plantas domésticas (cereales) como silvestres. La cebada y el trigo son los únicos cereales documentados, ambos componentes fundamentales en la agricultura prehistórica europea, destacando su deficiente estado de conservación en comparación con las especies silvestres recuperadas. La presencia de cereal está atestiguada en las estructuras independientemente de su capacidad. La especie de trigo identificada se engloba en la categoría de Triticum aestivum/durum, que incluye tanto especies tetraploides como hexaploides (23) (depósitos de u.e. Hay escasos restos de cebada (Hordeum L): cariópsides (depósitos de u.e. Gran parte de la muestra corresponde a especies silvestres de diversas familias (quenopodiáceas, cruciferas, leguminosas, etc), en su mayoría plantas adventicias, aquellas que habitualmente acompañan a los cultivos. Este es el caso de las papaveráceas {Glaucium corniculatum, Papaver sp.), boragináceas (Myosotis arvensis), quenopodiáceas (Chenopodium sp., Atriplex sp.) o leguminosas (Astragalus sp., Medicago sp., Trigonella sp.). Destaca por su abundancia el Sisymbrium, especialmente recurrente en algunas de las muestras de la u.e. 100, en las que supera el millar de semillas, tratándose de una crucifera propia de campos de cultivo, campos abandonados y bordes de caminos. Los datos sobre agricultura prehistórica del área son prácticamente nulos dada la ausencia de estudios arqueobotánicos, por lo que resulta imposible realizar un análisis comparativo. Aunque tan solo 8 muestras de las 112 analizadas han proporcionado cereales, es evidente que los habitantes del yacimiento desarrollaban procesos agrícolas. Entre los hallazgos especiales destaca la muestra obtenida de la base de la u.e. 800, constituida por una pequeña concentración de cereales (58 cariópsides). La ausencia de malas hierbas en esta estructura podría explicarse como consecuencia de la limpieza del cereal previo almacenaje y por tanto, podría ser un indicador de este tipo de proceso agrario. La quema de las paredes en silos subterráneos tras la extracción del grano es una práctica frecuente y altamente eficiente, anulando gran parte de la microflora perjudicial para posteriores almacenajes (Reynolds, 1988). Esta puede dar como resultado pequeños estratos con semillas carbonizadas como el documentado (24). La llegada accidental de vegetales a las estructuras, como restos incorporados al relleno, parece la propuesta mas viable. Son varias las razones que refuerzan esta propuesta: su escasez, el carácter ruderal de la mayoría de las especies y su distribución dispersa en el relleno sin concentraciones aparentes. La pauta esperable en un entorno de habitación es la frecuencia de restos vegetales carbonizados, como resultado de la gran variedad de actividades llevadas a cabo. Independientemente de Su incorporación al sedimento de forma accidental, existen numerosos modos de llegada, como el procesado de las plantas para su consumo como alimento u otros fines (medicinales, condimentos, tintes, ornamentales...), la construcción y acondicionamiento de las casas (techados, suelos, lechos...), combustibles o alimentación animal. En el caso del Area C, la pobreza de la muestra, tanto cerámica, faunística como botánica, refuerza la hipótesis de que nos encontremos ante una zona no utilizada como habitat. LA ORGANIZACIÓN DEL ESPACIO AGRARIO La valoración comparativa presenta notables diferencias entre las áreas excavadas (A y C). Sin embargo, las características de este tipo de yacimientos generan un conjunto de problemas que limitan la potencial obtención de conclusiones. Los resultados del área C indican que las posibilidades de una adscripción cronológica a partir de los restos cerámicos está seriamente limitada, tanto por las clasificaciones morfotipológicas tradicionales como por los procesos de formación del registro arqueológico. Admitiendo que los restos pudieron estar expuestos a la intemperie durante un tiempo previo a su deposición definitiva en las subestructuras, es presumible considerar que no (23) En material arqueológico, y ante la ausencia de restos de espiga (raquis), resulta difícil distinguir ambas especies. Por ello habitualmente las cariópsides de trigos desnudos se clasifican de este modo. (24) Una interpretación similar han recibido los restos botánicos recuperados en la Fosa F93 de Moncín (Wetterstrom, 1994: 494). remiten necesariamente a un momento contemporáneo a su colmatación. Frente a esta indeterminación, la dispersión, volumen y fragmentación de los restos pueden ser útiles indicadores del tiempo transcurrido hasta su incorporación al registro arqueológico, relativizando o reforzando el grado de fiabilidad de las adscripciones cronológicas. Junto a ello, la distribución espacial de las interfaces, valoradas en función de su capacidad y procesos erosivos, pueden ser indicadores de un uso prolongado del espacio que haga comprensible la variabilidad cronológica de los restos recuperados. El segundo problema parte de la ausencia de estratos horizontales que permitan vincular los rellenos de las estructuras a actividades desarrolladas en el entorno. Según Bradley y Fulford (1980:90), existen dos modelos posibles a la hora de analizar la relación entre áreas de actividad e índices de fragmentación cerámica: la tendencia a depositar los desechos domésticos en las proximidades del lugar de procesamiento de productos, asociado a una menor fragmentación y su desplazamiento fuera del mismo, lo que implica una mayor fragmentación en las áreas de mayor actividad. Los dos yacimientos analizados por los autores confirmaban una relación directa entre mayores fragmentos y proximidad a las viviendas, conclusión reforzada por los análisis de fosfatos. En nuestro caso hemos seleccionado junto con los índices de fragmentación cerámica las siguientes variables: capacidad y distribución de las estructuras, características del sedimento en función de la presencia/ausencia de materia orgánica, dispersión, concentración y volumen de residuos. Analizados en su conjunto, todos los resultados revelan una serie de elementos comunes al área C, destacando su acusada diferencia respecto a las documentadas en A: -Las capacidades totales de las interfaces presentan una distribución no aleatoria. Las de mayor volumen se disponen en la periferia del área, dejando espacios 'exteriores' sin evidencias arqueológicas. Al contrario, el área A cuenta con una distribución aparentemente caótica. Todo ello parece indicar una compartimentación cultural y productiva del espacio socialmente transformado. Desde una lectura arqueogeográfica, la disposición del área C podría ser conceptualizada como un elemento orgánico de organización del espacio agrario, entendido como 'frontera' o 'límite' entre el habitat y el espacio potencialmente ocupado por el ag^r (Vicent, 1991:41). périodes de temps molt mes Uargs que els necessaris per construir els diposits sota aqueste superficies» (Harris, 1992:105). La distribución no caótica del yacimiento indica un uso prolongado del espacio, así como la existencia de 'barreras' o límites que bien podrían responder a la definición de áreas de explotación agraria. A partir de la evidencia experimental y etnográfica podemos evaluar aproximadamente el tiempo transcurrido entre el inicio y finalización del uso de este espacio de almacenaje. El cereal es el único producto almacenable detectado, calculándose el volumen para un consumo anual de diez adultos en una media de 10001. Las 12 estructuras de mayor tamaño serían capaces de mantener a 160 adultos durante un ciclo agrario, siempre que su uso fuese simultáneo. Calculando la vida media de un silo en diez años (Reynolds, 1988: 111), y presuponiendo una población de 20 adultos, este espacio pudo haber sido utilizado como área de almacenaje durante más de 80 años. Todos los indicios recuperados en el yacimiento permiten considerar que el área C responde a un espacio de producción y reproducción del ciclo agrario, destacándose una compartimentación socialmente institucionalizada respecto a aquellos dedicados fundamentalmente a la transformación y el consumo. La inversión de fuerza de trabajo en áreas no habitacionales, generando una estructuración del espacio productivo, transforma este trabajo en lo que en términos analógicos podría denominarse 'capital fijo' de la comunidad campesina (Oilman y Thomes, 1985:188; Vicent, 1991:62). Junto a ello, la asociación de enterramientos a espacios productivos, y en particular a estructuras de almacenaje amortizadas, muestra un panorama distinto del tradicionalmente asumido por la investigación. Mientras gran parte de las inhumaciones documentadas en otros yacimientos se asociaban a áreas de vivienda (p.e. Valiente, 1987;1992), persistían una serie de estructuras funerarias dispersas que, dada la poca extensión de las excavaciones, se convertían en referentes para demostrar la incesante movilidad de los grupos prehistóricos (p.e. Entendido en términos históricos, la presencia de inhumaciones en el interior de los poblados evidenciaría el cambio de un patrón de relaciones míticas con los antepasados, característico de las bandas, por otro de relaciones genealógicas. En él, y mediante las inhumaciones, los familiares justifican tanto la existencia del grupo social en el presente como su apropiación del espacio habitacional. Siendo viable esta interpretación, las inhumaciones en áreas productivas indicarían como la 'justificación ideológica' va más allá de la reivindicación del área habitacional, extendiéndose a la apropiación genealógica del territorio productivo, dentro del cual el silo concentra toda la significación de un paisaje ya domesticado. En definitiva,'capital fijo' y apropiación refuerzan la importancia de los medios de producción inmóviles como determinantes primordiales de las relaciones de producción (Díaz-del-Río, 1995: 104). Gran parte del registro del III y II milenios a.C. de la Meseta se caracteriza por la presencia casi continua de los denominados yacimientos de 'fondos de cabana'. A pesar del elevado número de intervenciones, aumentadas en los últimos años por las exigencias legales, el conocimiento de la estructura social que genera este tipo de formación arqueológica sigue siendo escaso. En último término, esto podría llevar a considerar que la aparente opacidad del registro fuese realmente endémica. El planteamiento analítico desarrollado en 'Las Matillas' abre camino a una futura clasificación de los yacimientos y a su estructuración interna en función de su uso social. La opción contraria sería excesivamente simplista, exigiendo defender la excepcionalidad del patrón observado. Sin embargo, las perspectivas abiertas no se reducen a la identificación de áreas de actividad dentro de los yacimientos. La distribución espacial de 'puntos arqueológicos' calcolíticos y de la Edad del Bronce en el área se caracteriza por la casi absoluta presencia de restos superficiales a lo largo de las cuencas fluviales (Almagro y Benito, 1993; Muñoz, 1993; Presas, 1996; Román y Díaz-del-Río, 1996). Muchos de ellos se identifican por la escasez de evidencias y su proximidad a lo que podrían denominarse 'áreas de acumulación' (Méndez, 1994). Extrapolar el registro de 'Las Matillas' permite comprender un patrón de poblamiento determinado por la diversidad en el uso del espacio, en el que la reiterada actividad de dos milenios tiende a apropiarse de la naturaleza hasta tal punto que habitat y ager se solapan y diluyen, formando un paisaje socialmente domesticado. La etiqueta de homogeneidad tradicionalmente concedida a gran parte del poblamiento de la Prehistoria reciente en la Meseta conlleva una inconsciente negación de la racionalidad económica en el uso del suelo, producto de una lectura normativa que reduce la Historia a una secuencia tecnotipológica. Sea o no cierta nuestra interpretación, lo relevante del caso es que un planteamiento basado en el análisis de la diversidad es capaz de establecer unas primeras diferencias en la organización y uso del territorio durante el III y II milenios a.C. en áreas de elevada potencialidad agraria. Para ello, cuantificación y evaluación crítica de la superficie excavada se convierten en elementos indispensables. La Dirección General de Patrimonio Cultural de la Comunidad de Madrid extendió permiso y supervisó los trabajos de excavación que aquí presentamos. Agradecemos especialmente el espíritu de colaboración mostrado por la propiedad del solar, en las personas de D. Jesús González y D. Gonzalo Martínez. La analítica de los restos metalúrgicos ha sido realizada gracias a la desinteresada colaboración de Ignacio Montero Ruiz. Los análisis del Laboratorio de Arqueozoología se encuadran dentro del Proyecto PB 94-0186 de la DGI-CYT. La financiación de la analítica ha corrido a cargo de Trabajos de Arqueología y Restauración S.L. El texto se ha visto favorecido por los comentarios de M^ Isabel Martínez Navarrete, Arturo Morales Muñiz y Juan M. Vicent García.
El objetivo de este trabajo es ofrecer una nueva interpretación sobre los intercambios comerciales durante el Bronce Final IC-IIC, ca. 1425-1050 AC, entre el Mediterráneo Occidental y Central, a partir de una revisión de dos tipos de artefactos metálicos, hachas y espadas, proce- La presencia de metalurgia atlántica en el Mediterráneo Central es un tema recurrente en la bibliografía desde la publicación por Taramelli (1915) del depósito de Monte Sa Idda en Cerdeña, que con el antecedente del depósito de Venat (George y Chauvet, 1894; Coffyn et alii, 1981) y la posterior aparición del depósito o pecio de Huelva (Almagro Basch, 1940y 1958; Ruiz-Gálvez, 1995), posibilitaba la interrelación de los tres depósitos para documentar la presencia de relaciones entre la fachada atlántica de Francia y la Península Ibérica durante el Bronce Final hacia el Mediterráneo Central. Dichos intercambios, según la valoración tradicional, se habrían producido en un momento tardío. Un fenómeno similar ha ocurrido con el depósito de Monte Sa Idda que también ha sido considerado tardío, sobre el 750 a.C. (Coffyn, 1985: 158) o 725-650 a.C. (Ruiz-Gálvez, 1986: 33), al tomarse uno de los artefactos más modernos del mismo para datarlo, caso de las espadas tipo Sa Idda. Lo Schiavo (1991: 220) ha planteado que esta fecha sólo debe interpretarse como un terminus ante quem, que no necesariamente data todo el depósito, que a su juicio se encuadraría mayoritariamente entre el 1000-800 a.C. Una revisión de esta premisa es fundamental para interpretar la cronología de algunos depósitos italianos, sicilianos y especialmente sardos. La tesis partidaria de fecharlos de acuerdo con los artefactos más recientes es coherente porque se presupone la reutilización de los mismos. Sin embargo, cuando tratamos sobre posibles importaciones hay dos posibilidades que debemos barajar: A) Los artefactos llegaron en cargamentos de chatarra de bronce en un momento relativamente próximo al de la realización del depósito. La interpretación del hallazgo de la ría de Huelva como el cargamento de un barco hundido con piezas para fundir (Almagro Basch, 1940: 85) reforzó esta línea interpretativa, pero no está claro que algunas roturas o dobleces de las piezas no hayan sido rituales, que parte del depósito no sea estrictamente sincrónico ya que aparece una espada Rixheim-Monza (Almagro Basch, 1958: lám. 11/51; Harrison, 1974-75: 230; Mederos, 1996, 97), o que realmente nos encontremos ante la asociación de un pecio y diversos depósitos rituales. La idea de un comercio fenicio de chatarra hacia Cerdeña ha continuado siendo defendida por López Palomo (1978:233), González Prats (1985: 97, 105) y particularmente Ruiz-Gálvez (1986: 34), quien fecha los depósitos de Sa Idda, Forraxi Nioi y Monte Arribu hacia el 650 a.C. B) Las importaciones se produjeron en el pasado y son objeto de reutilización al descubrirse accidentalmente durante las reocupaciones de poblados, construcción de cimientos en Nuraghes, etc. Aquí, lo importante, para nuestros fines, no es la reutilización en sí, sino que la pieza debió haber arribado a la isla en un momento relativamente coetáneo a la cronología del artefacto. El escaso número y peso en gramos de estas piezas, más la abundancia de recursos cupríferos en la isla de Cerdeña, nos hace dudar de la llegada de barcos desde la Península Ibérica reciclando piezas, cuando habría otros artefactos más acordes con las modas y avances tecnológicos de cada momento, que sí serían objeto de mayor demanda. Un ejemplo clásico para España es la presencia de una punta de Pálmela en el depósito del Bronce Final de Padilla de Abajo (Burgos) (MacWhite, 1951: 89, lám. 22) junto a un hacha de talón con 2 anillas laterales y una punta de lanza con enmange tubular, que señalan claramente su reutilización tras ser recuperada presumiblemente en un contexto relativamente próximo al lugar del depósito. Además, la revisión que ofrecemos de la cronología y distribución de los artefactos atlánticos en el Mediterráneo Occidental y Central revela un proceso continuado de intercambios entre la Península Ibérica, Cerdeña, Sicilia y Península meridional italiana a lo largo del Bronce Final. Los artefactos documentados en el Mediterráneo Central pueden dividirse en tres grandes grupos: espadas, hachas y uno tercero heterogéneo, con un escaso número de presencias, que incluye puñales, puntas de lanza, cinceles, navajas, etc. Nuestro objetivo serán los dos primeros grupos, por su mayor abundancia y presumible procedencia de la Península Ibérica. En segundo lugar se analizará el papel que jugó el Mediterráneo Central como región de interrelación entre las redes comerciales micénicas del Mediterráneo Oriental con las procedentes de la Península Ibérica. Dentro de esta nueva propuesta interpretativa se expone un modelo histórico explicativo frente al tratamiento de este problema a modo de fenómenos aislados, exóticos o discutibles que se otorga a la existencia de productos metalúrgicos atlánticos en Cerdeña, Sicilia e Italia continental, o a la cerámica micénica en Andalucía. Nuestro objetivo último será tratar de superar las lecturas del proceso histórico Mediterráneo durante el Bronce Final en forma de compartimentos estancos entre el Mediterráneo Occidental y el Oriental. En tercer lugar, proponemos la correlación por primera vez entre dos fenómenos que siempre se han valorado de forma independiente, el comercio micénico que ha presentado en los últimos 15 años importantes novedades como la documentación de cerámica micénica en Cerdeña (Ferrarese Ceruti, 1979) y Andalucía (Martín de la Cruz, 1987) y el comercio atlántico con el Mediterráneo Central. En conclusión, se trata de ofrecer una nueva lectura de los intercambios comerciales entre el Mediterráneo Central y Occidental a partir de tres premisas, la revisión de la cronología calibrada del Bronce Final en la Península Ibérica (Mederos 1995a: 86 y 1996: 98, tabla 2) y su articulación con las secuencias cronológicas calibradas del Mediterráneo Central y Oriental (Manning, 1995), que presentaremos siempre AC frente a las cronologías convencionales a.C. Se vuelve a evaluar la cronología de los artefactos atlánticos presentes en depósitos italianos a partir de su contrastación con las series ibéricas. Y, por último, se analizan en conjunto dos fenómenos históricos, la confluencia del comercio atlántico y el comercio micénico en el Mediterráneo Central. El objetivo final será continuar el análisis de las redes comerciales de la Península Ibérica durante la Prehistoria Reciente, concretamente entre el 1425-1050 AC, Bronce Final IC-IIC, siguiendo las premisas de los Sistemas Mundiales Antiguos (Mederos, 1995b(Mederos, y 1996)). PRODUCTOS ATLÁNTICOS IMPORTADOS O IMITADOS EN EL MEDITERRÁNEO CENTRAL Las hachas son los artefactos de producción o tradición del Bronce Final atlántico con una distribución más abundante en el Mediteráneo Central, y aunque siempre conviene un punto de prudencia, a falta de analíticas adecuadas, como mínimo responden a modelos atlánticos y, específicamente, ibéricos. Aun sabiendo que habitualmente suelen observarse matices diferenciales en las hachas, lo que hace presuponer centros de producción relativamente locales, caso de la Península Ibérica, no hace falta más que echar un vistazo al catálogo de Italia continental (Carancini, 1984) para apreciar que entre una muestra de 4.487, sólo existen dos hachas planas de apéndices laterales en el depósito de Monte Rovello y una hacha de talón con una anilla. Hachas de apéndices laterales. La funcionalidad, origen y cronología de estas hachas siempre ha resultado muy polémica, y merece un tratamiento más detallado. La presencia de un molde de hacha de apéndices laterales en la ciudad VII de Troya (Dorpfeld, 1902: 405, fig. 405), actualmente expuesto en el Museo de Estambul, fue el argumento básico esgrimido. El hallazgo estratificado de otra hacha de apéndices laterales en niveles del Heládico Final IIIC de Asino (Frodin y Persson, 1938: 311, fig. 214/2) reforzó esta supuesta primacía oriental. Una alternativa diferente ha sido propuesta por Almagro Gorbea (1996: 274) quien atribuye las hachas de apéndices laterales italianas a una procedencia egea, mientras habría existido una introducción temprana directa en la Península Ibérica desde Siria y Palestina. La tesis de una vía griega para los ejemplares italianos tiene tres inconvenientes. En principio, está el problema de su escasa representación en el Egeo, apenas 7 ejemplares: Grecia (Asino, Anthedon, Araxos, Teichos Dymaion), Rodas (Lindos), Cos (Seraglio) y Creta (Karphi), aunque existen también dos moldes, Assiros Toumba (Grecia) y Troya, no dudando Wardle (1989: 458) en considerarlo un tipo inusual. En segundo lugar, está el carácter más tardío de estos ejemplares, generalmente de excavaciones no bien contextualizadas, puesto que el hacha de Araxos (Harding, 1975: 184) procede de un nivel mezclado de Heládico Inicial con presumible Heládico Final IIIC, y el de Teichos Dymaion (Dakaris, 1985: 112-113, fig. 2a) oscila entre el Heládico Final IIIB o IIIC. El molde de Assiros Toumba, en Macedonia (Wardle, 1989: 458, fig. 3), se correlaciona con un momento avanzado del Heládico Final IIIC2. Los procedentes de Anthedon. El de la ciudad VII de Troya se correlaciona con el Heládico Final niC y el Protogeométrico Griego, 1250-1000 AC. Finalmente, existen divergencias tipológicas entre los ejemplares egeos y las hachas italianas e ibéricas con apéndices laterales menos marcados o más anchos, y talón más desarrollado longitudinalmente, siendo el mejor paralelo con los ibéricos el molde de Troya, mientras el ejemplar de Assiros presenta apéndices laterales muy anchos. Las hachas de apéndices laterales del tipo 20A, asignables al Bronce Final IC-II ( Fig. 1; Tab. 1 ), se concentran particularmente en el Norte de la provincia de Teruel, y se distribuyen exclusivamente en la vertiente mediterránea, Cuenca, Jaén y, ya' próximas a la costa, Alicante y Murcia. Aunque sería deseable disponer de buenas secciones para algunos ejemplares de Cerdeña, de algunos casos (Lo Schiavo, 1980: abb. Distribución de las hachas de apéndices laterales en la Península Ibérica, Cerdeña y Sicilia. En su reciente revisión en el British Museum por Giardino (1995: 200), lo ha identificado como un hacha de márgenes resaltados del Bronce Inicial. En Cerdeña, se concentran en la mitad S.SO. y N.NO., incluyendo el Campidano, la región agrícola más rica de la isla, o las comarcas de Marmilla y Logudoro, ambas también con buen aprovechamiento agrícola. Ello contrasta completamente con el patrón de las espadas pistiliformes del Bronce Final II (vide infra. Fig. 3), orientado hacia las comarcas del Noreste y centro orientales. La cronología de la hachas de apéndices siempre ha resultado problemática, pero está también sujeta al subtipo del que estamos tratando, lo que no siempre se especifica. Para el tipo 20A1, Fernández Manzano (1986: 78), Delibes y Fernández-Miranda (1988: 119) proponen un Bronce Final II, apoyándose en el T.R,54,n."2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es depósito de Covaleda (Soria), con 2 hachas de talón y una anilla, una hacha de talón y dos anillas y un regatón de lanza. El tipo 19B, representado sólo por el ejemplar de La Sabina (Formentera), asociado a un hacha de cubo. Sin embargo, para el tipo 20A no contamos con datos indicativos precisos por falta de contextos o asociaciones adecuadas, y sí con dos reutilizaciones, una en el poblado celtibérico de Langa de Duero (Soria), junto a cinco denarios ibéricos, y otra en el departamento 5, sector G, del poblado ibérico de La Serreta (Alicante), asignable a los siglos IV-III a.C. (Simón, 1995: 178, 181). No obstante, la pieza más importante es el molde de fundición de hachas de apéndices del poblado del Cerro de Santa Catalina del Monte en Verdolay (Murcia) (Ros, 1986: 333, fot. 1) que implica la fabricación in situ de este tipo en la Península Ibérica, y específicamente en el Sureste, a pesar de su mayoritaria distribución en Teruel, de donde proceden 6 de los 10 ejemplares de la Península Ibéri-ca. De este poblado contamos con una fuente con carena alta y decoración de boquique con motivos de guirnalda (Fernández Aviles, 1935: fig. 1) asignable al Bronce Final I-II, puesto que en la fase 16 de Fuente Álamo (Almería) disponemos de cerámicas decoradas tipo Cogotas al menos desde el 1525 AC (Schubart y Arteaga, 1983; Mederos, 1995a: 69), en el Bronce Final IB. Estos datos nos sugieren al menos una cronología del Bronce Final IC para el tipo 20A de las hachas de apéndices laterales. Las coincidencias en la distribución mediterránea, particularmente centrada en el valle del Ebro, también presente en el tipo 20A1, que se dispersa entre Navarra, Soria y Zaragoza, ayudan a sostener la continuidad de este artefacto durante el Bronce Final II, tal como apunta el depósito de Covaleda (Boca del Prado, Soria) (Ortego, 1957: 116-117). Hachas de talón de sección hexagonal y dos anillas. Desde un momento del Bronce Final IC y, claramente ya durante el Bronce Final II, el hacha de tipo 26C2 se concentra alrededor de dos cuencas fluviales, la vertiente septentrional del río Duero, con piezas en León, Falencia y Burgos, y simultáneamente, la cuenca alta del río Ebro, con hachas en el Norte de Burgos y Navarra. El hecho de que el río Ebro fuese navegable en época romana hasta Logroño implica una vía alternativa hacia el Mediterráneo sin necesidad de seguir el río Duero hasta el Atlántico (Tab. Distribución de las hachas de talón con sección hexagonal y dos anillas en la Península Ibérica y Cerdeña. A. Coffyn (1985: 149) valora la espada de Oroè como una posible derivación local de modelos portugueses, sin embargo, Lo Schiavo (1991: 219) la considera el ejemplar mas claro de espada pistiliforme importada, optando por asignar a las demás espadas una hipotética fabricación local. Si nos remitimos a la Península Ibérica, la distribución de las mismas (Fig. 3) resulta bastante homogénea en todo el territorio ibérico, quizás Las tres hachas documentadas en Cerdeña se localizan junto a dos de los mejores puertos de la isla, Nuraghe Flumenelongu próximo a Porto Conte en la comarca de La Nurra del N.NO., mientras Sa Idda y Monte Arrubi enmarcan el golfo y puerto meridional de Cagliari. Si bien Delibes et alii (1994: 265-266) propugnan simultáneas producciones independientes en la Península Ibérica y Cerdeña, en todo caso imitarían producciones específicamente ibéricas. Actualmente se conocen cinco espadas de este tipo, dos de ellas procedentes de Su Tempiesu, conservándose completa sólo la espada de Oroè (Pesce, 1952: fig. 44). Existe, además, la referencia, nunca demostrada, de otros cinco ejemplares Fig. 3. Distribución de las espadas pistilif ormes en la Península Ibérica, S. de Francia y Cerdeña. 1-2: Río Ulla (Pontevedra); 3: San Esteban del Río Sil (Orense). 6: La Cabrera-Bierzo (León). 8: Veguellina de Orbigo (León). 9: Villaverde de la Chiquita (Falencia). 12: Vado de Azután-Carpio del Tajo (Toledo). 16: Dos Hermanas-Corta de la Cartuja (Sevilla). 17: Vado de Menjíbar (Jaén). 18: Carboneras de Guadazaón (Cuenca Guilaine (1972: 235-236, 237 fig. 81/1-2) señalaba que los ejemplares franceses más meridionales correspondían a las espadas de Ba-zacle en el Alto Carona, y de Lasbordes en Tam, ambas en la región de Midi-Pyrénées, los datos más recientes (Guilaine et alii, 1991: 308-310) han ampliado su distribución al Languedoc y la Provenza. Hachas de talón con una anilla. El hacha tipo 34A, tiene su núcleo en el Norte de Portugal, Minho, Tras-os-Montes, Beira Alta, con límites en La Coruña, Santander, Norte de Cáceres y Beira Baja, salvo dos extensiones puntuales hacia Guadalajara y la Península de Lisboa (Tabla 4; Fig. 4). Un dato que llama la atención es su ausencia de Cerdeña, y presencia por el contrario en la Italia continental. Sin embargo, Carancini (1984: 142) apunta un origen sardo y, genéricamente, del Mediterráneo Occidental, para el ejemplar de Tolfa. Simultáneamente, las hachas del depósito siciliano de Castelluccio indican la continuidad de la ruta abierta desde el Bronce Final IC que ya apuntaban las hachas de apéndices laterales presentes en Sicilia. Distribución de las hachas de talón con una anilla en la Península Ibérica, Italia y Sicilia. 19: Fuente Sabiñán (Guadalajara). Hachas de talón con dos anillas y nervadura central. Una mayoritaria distribución en el cuadrante Noroeste de la Península Ibérica continúa en el hacha tipo 35B, quizás aún más costreñida al litoral atlántico con sus límites septentrionales y Fig. 5. meridionales entre Lugo y la Beira Baja (Tab. En Cerdeña se concentran en el cuarto meridional de la isla, principalmente en torno al golfo de Cagliari, cuyo puerto es el mejor punto de arribada a la isla. Finalmente, el depósito de Castelluccio en la región siciliana de Ragusa nuevamente se correlaciona bien con una ruta marítima descendente desde el golfo de Cagliari por la vertiente costera meridional de Sicilia. Hachas de talón unifacial con una anilla. Sólo conocemos ejemplares para el Mediterráneo Central, en el depósito de Monte Sa Idda. En todo caso las distribuciones de ambas son muy concretas dentro del litoral atlántico, el 36B, alrededor del curso bajo del río Tajo, Beira Litoral, Beira Alta y Extremadura portuguesa (Tab. 6; Fig. 6), y el 36A, en las Beiras Litoral, Alta y Baja. Conviene recalcar que todas las hachas de talón siguen el patrón de distribución regional marcado desde las hachas de apéndices laterales, concentrándose en la mitad occidental de la isla de Cerdeña, y que se mantendrá igudilm&ntc a posteriori con las hachas tubulares del Bronce Final IIIB. Ello sigue resultando manifiestamente contrapuesto a la distribución que presentan las espadas pistiliformes, todas en la mitad oriental. Distribución de las hachas de talón unifacial con una anilla en la Península Ibérica y Cerdeña. Hachas de talón con dos anillas sin nervadura central. Las hachas del tipo 27B marcan, tras el predominio atlántico del Bronce Final II, una distribución exclusivamente mediterránea, y especial-mente del Sureste, Murcia y Granada, con una prolongación hasta Cuenca (Tab. tramos tanto en Cerdeña, caso de Séquestre, como en el Lazio, San Marinella. El tipo clásico y más evolucionado también está presente en el Lazio, Contigiliano (Tab. Su ausencia en Cataluña, Aragón y País Valenciano, indica dos posibles fuentes de procedencia, Andalucía, o más dudosamente, el litoral atlántico galaico-portugués. Existe, por lo tanto, esta tercera posibilidad de procedencia para los cinco ejemplares que conocemos del Mediterráneo Central, aunque el hecho de que al menos dos de ellos se puedan incluir claramente dentro de las espadas de carpa de tipo Huelva favorece la opción ibérica (Fig. 8). EVOLUCIÓN DE LOS INTERCAMBIOS DE LOS PRODUCTOS METÁLICOS ATLÁNTICOS Los datos que hemos analizado creemos que indican con cierta claridad un progresivo desplazamiento de las áreas más dinámicas en el comercio del Bronce Final, desde centros situados en el litoral mediterráneo ibérico hacia el Atlántico, puesto que el Sureste parece mantener cierto predominio durante el Bronce Final IC si nos atenemos a la presencia de espadas Rosnoen (Herrerías en Almería y Llacuna en Barcelona) y de las ha-Fig. del tipo 22A, las cuales perduran en el Bronce Final IIIB y suelen conservar el "cono de fundición" que reafirma su valor de lingote. El tipo 27 B tiene su prolongación extrema en el centro-sur de Cerdeña, dentro del depósito de Forraxi Nioi. Espadas de lengua de carpa tipo Huelva. Estas espadas vinculadas con los momentos iniciales de la metalurgia tipo Huelva, las encon- Giardino, 1990-91: 509, fíg. Espadas de lengua de carpa en Italia continental, Cerdeña y Sicilia. Distribución de las espadas de lengua de carpa en la Península Ibérica, S. de Francia, Cerdeña, Italia y Sicilia. 1: Covapodre-San Andrés de Hío (Pontevedra). 4: Peña Amaya (Falencia). 11: Cabezo de Araya (Cáceres). 13: Ronda-Carpio del Tajo (Toledo). 19-20: Remanso de las Golondrinas-Los Castellares (Sevilla). 22: Corta de la Cartuja-Arroyo Blanco (Sevilla). 25: Marmolejo-Villa del Río (Córdoba). 26: Río Guadalimar-Baeza (Jaén). chas planas de apéndices laterales. El nivel de estos intercambios no debe ser minusvalorado ya que la distribución de estas últimas alcanza ampliamente a Cerdeña, Lazio y Sicilia, en dirección oriental. Pero también se mantiene otra ruta hacia el Oeste, a lo largo del litoral atlántico marroquí, en la ría de Larache, donde está constatada (Ruiz-Gálvez, 1983: 65, fig. 1) otra espada Rosnôen. Por el contrario, parece producirse claramente desde comienzos del Bronce Final E, un desplazamiento de las regiones productoras hacia el litoral cantábrico, ya detectable en los depósitos durante el Bronce Final I. Queda patente en las hachas de talón con sección hexagonal y dos anillas, concentradas en Burgos (Fig. 2), y las espadas pistilifor-mes en Asturias, León y Orense (Fig. 3), mostrando el dinamismo del centro minero asturiano que despega a partir del Calcolítico Medio y Final en las minas de Aramo y El Milagro (Blas Cortina, 1989y 1992). Respecto a su producción, la presencia de un molde de espadas pistiliformes en Binefar (Tamarite de Litera, Huesca) (Barril et alii, 1982: 370, fig. 1), es un dato clave, no sólo porque evidencia la fabricación in situ en la Península Ibérica, sino por qué también pone de manifiesto que su elaboración no tiene porque corresponderse con las tradicionalmente denominadas regiones atlánticas. Este yacimiento se emplaza en la ruta que conecta el Carona de la Aquitania francesa, donde existe una masiva presencia de espadas pistiliformes (Coffyn, 1985: carte 16), con la ruta hacia el Valle del Ebro que penetra desde los Pirineos a través del Noguera Ribagorzana, Noguera Pallaresa y Segre (Rovira y Casanovas, 1993: 70, fig. 1, 76). La distribución de las espadas pistiliformes muestra una notoria vinculación continental, y asociación a las rutas de comunicación fluviales y terrestres (Fig. 3). 90a y b) portan una espada pistiliforme con un notable engrosamiento hacia el centro-tercio final de la mismas, característico de estas espadas, frente a los bordes paralelos de las espadas de lengua de carpa. Avanzado el Bronce Final II, y ya con claridad a lo largo de todo el Bronce Final IIIA, será la región del litoral atlántico galaico-portugués hasta la margen septentrional del valle del Tajo, Extremadura portuguesa y Beira Baja, a la que cabe atribuir la producción de la mayoría de las hachas conocidas en el Mediterráneo Central, particularmente las de talón y las unifaciales de una o dos anillas. Esta región ha sido por tales circunstancias presentada como el núcleo más dinámico del Bronce Final ni Atlántico (Ruiz-Gálvez, 1984, 1986y 1993; Coffyn, 1985), sin embargo, queremos introducir un elemento de reflexión. El hecho de que se trate de un área donde se documentan la mayoría de los depósitos, no implica necesariamente que fuera además el área más dinámica, impresión que se obtiene por el volumen de metal que integraba tales depósitos, sino que en otras áreas de la Península Ibérica no existían los condicionamien-T. R,54,n.«2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tos sociales que incidieron en la realización deposiciones, ya que otros datos como la distribución de las espadas de lengua de carpa tipo Huelva indican, por el contrario, una mayor demanda por parte de Andalucía. Si nos atenemos a la distribución de los depósitos durante el Bronce Final III, prácticamente sólo se circunscriben al litoral atlántico entre Galicia y la Península de Setúbal-Beira Baixa (Mederos y Harrison, 1996: fig. 7). Los supuestos depósitos mésetenos publicados por Almagro Basch (1940) en Guadalajara y Ocenilla (Soria), podrían corresponderse con poblados, como sucede con el Cabezo de Araya (Cáceres) (Almagro Basch, 1961). Y de los hallazgos del distrito de Beja en el Bajo Alentejo (Schubart, 1975) no conocemos el contexto. En todo caso, si fuesen depósitos, resultan excepcionales. Por el contrario, si observamos la distribución de las espadas de lengua de carpa (Fig. 8), que consideramos más representativa, este área atlántica sólo cuenta con tres ejemplares en Pontevedra, uno en Tras-os-Montes y cuatro en Beira Baixa, en total ocho, estando totalmente ausentes en regiones costeras como Minho, Douro, Beira Litoral y Extremadura portuguesa, en las cuales, conviene recalcarlo, los porcentajes de distribución de hachas, y particularmente de los tipos que aquí estamos valorando, son muy inferiores a otras comarcas ibéricas interiores, salvo en las hachas de talón unifaciales con una anilla (Fig. 6). Ello contrasta claramente con una región como Andalucía Occidental donde contamos con otras ocho espadas de carpa, a las que se le podrían sumar dos más en Andalucía Oriental, sin necesidad de recurrir a los 93 ejemplares del depósito de Huelva. Es por ello por lo que, sin prejuzgar el papel que como centros productores desempeñaron las distintas áreas del litoral atlántico portugués, es posible que no sólo fueran dichas regiones las que canalizasen parte de su producción hacia el Mediterráneo Central. Pero tal vez sí transportasen estos artefactos hasta las cercanías del Estrecho de Gibraltar, al estar más acostumbrados a las aguas abiertas del Océano Atlántico, tan distintas del Mediterráneo. Así adquiriría mayor relevancia el depósito o pecio de Huelva como expresión de uno de los potenciales centros redistribuidores hacia el Mediterráneo Central. En todo caso, sólo un pecio bien excavado nos podrá aportar información contextual adecuada. PRODUCCIONES MICÉNICAS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA La primera evidencia ha surgido con el descubrimiento en 1985 de cerámicas micénicas en el Llanete de los Moros (Montoro, Córdoba) del Heládico Final IIIA2 o IIIBl (Martín de la Cruz, 1987 y 1988), caA375-l225 AC, el cual fue recibido en España con bastante perplejidad y escepticismo tras su publicación. Las razones de dicha actitud habría que buscarlas en la coincidencia de cuatro circunstancias. La primera de ellas fue un contexto arqueológico español donde finalmente el paradigma autoctonista comenzaba a consolidarse en los estudios del Caleolítico y Bronce de Andalucía y, a nivel general, en todo el Estado español. En segundo lugar está la falta de tradición e impacto de la investigadora arqueológica española en el ámbito del Egeo, salvo las continuadas aportaciones de J.L. Melena y M. Ruipérez desde el campo de la lingüística, que se hace patente tanto en problemas de formación de especialistas en la Prehistoria Reciente griega, como en la escasez de bibliotecas con la suficiente documentación bibliográfica. Un tercer factor sería el mínimo conocimiento de Bronce Final I o Bronce Tardío que tenemos en Andalucía de monografías de excavaciones detalladas. Prácticamente sólo disponemos de los poblados de Cuesta del Negro (PuruUena, Granada), que incluso mostraba una cerámica completa a torno dentro de niveles del Bronce Final I (Molina González y Pareja, 1975: fig. 102/449), y el Cerro de la Encina (Monachil, Granada) (Arribas et alii, 1974), y en ambos las monografías presentan solamente una selección de cortes. Finalmente, ha incidido el lento proceso que ha llevado el estudio de dichas piezas desde su descubrimiento hasta la actualidad. En principio, tras mostrarlas en el XI Congreso Internacional de la Unión Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas (Mainz, 1987), donde pudo consultar a especialistas en cerámica micénica como K. Kilian, antiguo director de las excavaciones de Tirinto, y C. Podzuweit, fueron publicadas bajo el interrogante de ¿cerámicas micénicas en Andalucía? Los datos contextúales del hallazgo serán mostrados un año después con algún detenimiento exclusivamente en alemán (Martín de la Cruz, 1988), y otro tanto sucedió cuando se dispuso de los primeros análisis T. P.,54,n.«2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de las mismas, tanto a nivel tipológico (Podzuweit, 1990) como particularmente a nivel analítico (Mommsen et alii, 1990), a pesar de la importancia que tenían para la Península Ibérica, lo que quizás hubiera requerido el esfuerzo de publicarlos traducidos. Obviamente, Martín de la Cruz ha ido aportando distintos datos sobre estos informes, pero quizás no con suficiente detalle. Finalmente, la primera datación del estrato asignado ha tardado tres años más en ser divulgada (Martín de la Cruz y Perlines, 1993). Por lo tanto, aún admitiendo la lógica prudencia que requiere la publicación de hallazgos de esta importancia, dado su carácter precursor, en ocasiones la complejidad y lentitud del proceso no favorece una aceptación mayoritaria. Remitiéndonos al contexto de las cerámicas (Martín de la Cruz, 1988; Martín de la Cruz y Perlines, 1993), y a la espera de una detallada exposición de la estratigrafía del Corte R-3 en relación con la general del poblado, se documentó en una fosa, que correspondería al nivel III, la cual corta el nivel II precedente. Dicha fosa, se divide en 4 subniveles, pero como no se presentan los subniveles divididos en un perfil dibujado, desconocemos si se tratan de niveles naturales, lo que parece presumible en la subdivisión, o de alzadas artificiales de la excavación. El primero de los subniveles, III. 1, muestra cerámicas con decoraciones excisas y de boquique. En III.2 un fragmento micénico acompaña a boquique. En III.3 continúa el boquique. Y finalmente en III.4, junto a dicha cerámica decorada aparece el segundo fragmento micénico. En todo caso, ambas fechas se corresponden bien con el Heládico Final IIIA2 o IIIB, ca. Es importante recalcar que, aunque Martín de la Cruz (1984-85: 213) señala la presencia de "frag-mentos de campaniforme en el estrato III del corte R-3, asociados en algún caso con las cerámicas micénicas", si nos atenemos a las dibujos publicados, en ningún momento se presenta una auténtica cerámica campaniforme, tratándose de cerámicas decoradas tipo Cogotas. La única excepción en las figuras 2 y 3 es la pieza 2/66, asignable a una cazuela campaniforme, y procede del nivel Ic. Por otra parte, el argumento de Aubert (1992: 17-18) según el cual estas cerámicas habrían sido importadas a la Península Ibérica en una fecha posterior a la de su fabricación, a partir del 1100 a.C, bajo el supuesto de que ningún dato sugiere intercambios comerciales con el Egeo, no tiene en cuenta las dataciones ya disponibles. En resumen, como puede observarse, han interactuado cuatro factores de forma negativa, el paradigma epistemológico autoctonista vigente, la falta de especialistas en Prehistoria Reciente del Egeo, el escaso conocimiento que poseemos del Bronce Final I-II que impide contextualizar adecuadamente los hallazgos del Llanete de los Moros, y finalmente, la insuficiente documentación contextual fruto del lento proceso de publicación. INTERACCIÓN DEL COMERCIO ATLÁNTICO Y MICÉNICO EN EL MEDITERRÁNEO Nuestro objetivo final será articular una nueva propuesta de correlación cronológica del Mediterráneo durante el Bronce Final (Tab. 9) y, simultáneamente, ofrecer una explicación que otorgue una correcta dimensión a la interrelación comercial que existió entre el Mediterráneo Occidental y el Mediterráneo Oriental alrededor de las islas del Mediterráneo Central. En este modelo interpretativo se persigue que las presencias aisladas pierdan el carácter exótico que habitualmente se les concede, caso de la cerámica micénica en Andalucía o de productos atlánticos en Cerdeña, Sicilia e Italia continental, para integrarlas dentro de un marco histórico con motivaciones comerciales específicas e intercambios bidireccionales a lo largo de todo el Mediterráneo. Central a lo largo de dos ejes principales, Apulia en el Adriático y las islas Lípari en el Tirrénico. En el primer caso el objetivo final es el acceso a la ruta del ámbar que llega hasta el valle del Po, que durante este periodo aparece por primera vez en Grecia (Harding, 1984: fig. 13) concentrado en el Peloponeso y particularmente en las sepulturas de pozo de Micenas. El segundo eje comercial, aprovechando las corrientes marinas, hace escala en Cabo Piccolo, en el sur de Calabria y alcanza las islas Eolias tras cruzar el estrecho de Messina. Dos son los datos que resultan reveladores. Los poblados tipo Castelluccio del Sur de Sicilia, aparentemente, no reciben importaciones micénicas con lo que se está siguiendo la ruta más rápida para acceder al estrecho de Messina. En segundo lugar se opta por alcanzar la isla de Vivara en el golfo de Ñapóles, que cobra mayor importancia desde el Heládico Final IIA, caso de Punta d'Alaca (Marazzi y Tusa, 1991: 114-115, 130-133) y la isla de Ischia, en Collina di Castiglione (Taylour, 1958: 8). El acceso a esta isla sólo puede tener dos explicaciones, como parte de una ruta en dirección septentrional para acceder hacia el Lazio y sur de Etruria, o como una escala lógica en función de las corrientes marinas, puesto que ascendiendo ligeramente más al norte, permite aprovechar la corriente de retorno que toca Cerdeña y posteriormente desciende de nuevo hacia las islas Eolias. La opción de penetrar en la Campania septentrional resulta descartable, ya que de momento existe una ausencia total de importaciones micénicas incluso alrededor del propio golfo de Ñapóles. La ruta hacia el Norte también aún carece de evidencias para este periodo. Sin embargo, ambas necesariamente no tuvieron que ser opciones contrapuestas y sí quizás complementarias, pero el objetivo último que nosotros creemos reconocer en la isla de Vivara es una función de puente de acceso hacia Cerdeña. No obstante, también en esta última isla, por el momento, carecemos de hallazgos previos al Heládico Final IIIA2. Incluso, si se intentara retrotraer las hachas de apéndices laterales del tipo 20A a la fase final del Bronce Final IB, la distribución que ofrecen en el S.SO. y N.NO. de Cerdeña (Fig. 1), y el Lazio, Monte Rovello (Montelius, 1895: lám. 121/26), territorios donde aún no ha llegado la cerámica micénica, advierte claramente que falta aún una conexión de dos ámbitos comerciales analizados, el nücénico del Mediterráneo Oriental y el atlántico del Mediterráneo Occidental. Durante el Heládico Final IIIA-IIIB se mantiene la ruta del ámbar a lo largo del Adriático con hallazgos a lo largo de las islas de mar Jónico, Cefalenia durante el Heládico Final IIIA, ftaca en el Heládico Final IIIB (Harding, 1984: 83, fig. 20-21) y la Italia continental con evidencias de cerámicas micénicas en la Marchie-Marcas, caso de Treazzano di Monsampolo (Lollini, 1982: 197-199). Sin embargo, la ruta hacia el mar Tirrénico parece que se potencia. Los asentamientos alrededor del golfo de Taranto se multiplican y en las islas Eolias se mantiene una presencia altamente significativa. Un problema surge con Vivara donde parece que la presencia de cerámicas micénicas no continúa a lo largo del Heládico Final IIIA2-IIIB. Tal vez otro asentamiento de la costa tirrénica, quizás en el norte de Campania, está realizando su función. Otra posible explicación para Vivara sería defender que las rutas hacia el Norte o hacia Cerdeña hubieran perdido su importancia. Sin embargo, los datos disponibles no apoyan tal punto de vista. En segundo lugar, la ruta hacia el Norte, desde Lipari, parece que se mantiene, dada la continuada presencia de cerámica micénica en su acrópolis (Taylour, 1958(Taylour, y 1980)). Finalmente, aparece por primera vez cerámica micénica en Cerdeña durante el Heládico Final IIIA2 en Nuraghe Arrubiu (Lo Schiavo, 1992: 178-179, fig. 27), Heládico Final IIIBl en Nuraghe Antigori (Ferrarese Ceruti ^í a/a, 1987:16-21) y Heládico Final IIIB en Orosei (Lo Schiavo y Vagnetti, 1980: 371-391), aunque es presumible encontrar en el futuro evidencias más antiguas. El trayecto de las corrientes marinas sigue precisamente esos puntos, siendo el Golfo de Orosei el más adecuado para alcanzar la isla desde la Italia continental. A su alrededor se localizan cerámicas micénicas, y lo que es más significativo, todas las espadas pistiliformes de Cerdeña, asignables al Bronce Final IL No menos reveladora es la cerámica micénica en Nuraghe Antigori, pues implica que, en vez de partir desde el golfo de Orosei, en dirección hacia el Norte de Sicilia-Lípari, se descendía costeando la isla y, tras alcanzar el golfo de Cagliari, donde se sitúa Nuraghe Antigori, se tomaba como ruta de retomo, la corriente que va a lo largo del Sur de Sicilia. Otro tanto cabe decir de la ruta septentrional en dirección hacia el Lazio y Sur de Etruria, que parece abrirse a la cerámica micénica durante el Heládico Final IIIA2/B, de acuerdo con Luni sul Mignone (Óstenberg, 1967:143-144). El hacha de apéndices laterales en Monte Rovello (Montelius, 1895: lám. 121/26), y el hacha de talón con una anilla del depósito de Tolfa (Peroni, 1961: 1.3.5), ambos en el Lazio, indican similar camino para otros productos atlánticos. Finalmente, el dato más revelador de la expansión y convergencia de las redes comerciales mediterráneas (Fig. 9) es la coincidencia entre la primera aparición de las cerámicas micénicas del Heládico Final IIIA2 en Nuraghe Arrubiu, Cerde- ña (Lo Schiavo, 1992: 178-179, fig. 27), y los primeros fragmentos de cerámica micénica en el Sur de la Península Ibérica, caso del Llanete de los Moros, durante el Heládico Final IIIA2/IIIB1 (Martín de la Cruz, 1988: 84-88, abb. 2; Podzuweit, 1990: 53-56), poniendo en evidencia el papel preponderante jugado por Cerdeña y el S.SE. de Sicilia. En el Heládico Final IIIC se producen cambios significativos en este proceso de interrelaciones comerciales. La ruta del ámbar desde el Heládico Final IIIB parece que alcanza una mayor distribución en Grecia (Harding, 1984: 83, fig. 21), y ya hay constancia de cerámica micénica incluso en el valle del Po, caso de Fratessina (Bietti Sestieri, 1981: 146) y Fondo Paviani (Vagnetti, 1982c: 208). La ruta a lo largo del golfo de Tarento se mantiene a juzgar por el número de presencias de cerámica micénica, e incluso hay por primera vez una notable penetración dentro del territorio contiental de la Apulia, Toppo Daguzzo (Cipolloni Sampo, 1982: 102), o la Campania, como la Grotta di Polla (Gastaldi y D'Agostino, 1982: 155-159), y se generalizan las imitaciones de cerámicas micénicas en la Italia meridional. En Sicilia, Bietü Sesüeri (1988: 44-45, 49) plantea una práctica asimilación entre Pantálica y el Egeo, en forma de una "relación formal económica y política" con algunos de los centros postmicénicos, por las afinidades en las formas cerámicas, sepulturas artificiales y artefactos metálicos. Sin embargo, no deja de llamar la atención la contradicción que supone que, de entre unas 5.000 tumbas que conocemos en el yacimiento de Pantalica, ciertamente muchas saqueadas, sólo se cuente con un vaso micénico (Vagnetti, 1968: 133). Por otra parte, los escasos ejemplos de cerámicas micénicas corresponden a la fase más antigua, Heládico Final IIICl en la sepultura 133 de Pantalica (Vagnetti, 1970: 373) o genéricamente Heládico Final IIIC en Serra Orlando-Morgantina (Sjoqvist, 1960: 134). Para las Lípari, la destrucción de los asentamientos del Milazzese desde un principio ha sido interpretada por Bemabo Brea (1957) como fruto de la invasión de los Ausonios que aportarían el Subapenínico de la Italia meridional. En todo caso las evidencias de cerámica micénica se rarifican, y se concentran ya sólo en la isla de Lípari. Otro tanto cabe decir de Vivara, que sigue sin estar ocupada, aunque existe algún yacimiento costero en la Calabria, como Paestum (Kilian, 1969: 345, abb. 6/69-70) con cerámicas de la fase inicial o Heládico Final IIICl. La conclusión que cabe obtener es que tanto la ruta de entrada a través del estrecho de Messina, vía las islas Eolias, como la de retomo desde Cerdeña por el sur de Sicilia, se hacen menos frecuentes. En este sentido, no debe olvidarse el impacto negativo que tuvo en el comercio del Mediterráneo Oriental las invasiones de los Pueblos del Mar, ca. La metalurgia atlántica nos da similar información, y así las hachas de talón unifaciales del Bronce Final IIC no se constatan en el sur de Italia o Sicilia. La situación parece continuar durante el Bronce Final IIIA, caracterizado por las espadas tipo Huelva, o el Bronce Final IIIB y sus típicas hachas tubulares, que tampoco se documentan en dichas regiones meridionales durante los periodos que corresponderían al Protogeométrico y Geométrico Egeo. Cerdeña, por el contrario, parece mantener el contacto inicialmente, quizás a una escala más reducida, como demuestra la espada tipo Huelva de Séquestre (Lo Schiavo, 1978: 87, fig. 27/1), con emplazamiento alrededor del golfo de Orosei, tal como sucediera con las espadas pistiliformes. Otro tanto cabe pensar para el Lazio de acuerdo con la espada de San Marinella (Peroni, 1970: 96-97, taf. Estos datos y la presencia de tres yacimientos de la Etruria meridional, actual Lazio, con cerámica micénica del Heládico Final IIIC, Luni sul Mignone (Óstenberg, 1967: 128, 141-142), Monte Rovello (Vagnetti, 1982a: 191; HF IIIB/C) y San Giovenale (Vagnetti, 1982b: 194), advierten que la aparente recesión del comercio micénico alrededor del estrecho de Messina, tiene parte de su explicación en la génesis en Etruria de un centro más dinámico que las regiones meridionales de la Península Italiana y Sicilia, simultáneamente con el predominio continental de los Campos de Urnas, que intensificará las rutas Sur-Norte continentales en detrimento del tradicional eje mediterráneo Este-Oeste.
Publica artículos de arqueozoólogos y paleontólogos bien conocidos en Rusia cuya investigación renueva distintos aspectos del estudio del material osteológico procedente de yacimientos arqueológicos y depósitos naturales. Se dedica a Veniamin Iosifovich Tzalkin, uno de los mas sobresalientes arqueozoólogos de los años 50-60 en Rusia. 1978-2003: C.A.E.A.P., veinticinco años de investigaciones sobre el Patrimonio Cultural de Cantabria. Colectivo para la Ampliación de Estudios de Arqueología Prehistórica. CARRERAS ROSELL, Teresa (coord.): La recogida de muestras en arqueobotánica: objetivos y propuestas metodológicas. La gestión de los recursos vegetales y la transformación del paleopaisaje en el Mediterráneo occidental. Encuentro del Grupo de Trabajo de Arqueobotánica de la Península Ibérica, Barcelona/Bellaterra, 29, 30 noviembre y 1 diciembre 2000. FABRICACIÓN de la moneda y sus problemas. Real Casa de la Moneda. Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.
DATACIONES AMS DE LA CUEVA DE TITO BUSTILLO (ASTURIAS) (1) Dataciones ClA por acelerador de las áreas de actividad de la cueva de Tito Bustillo permiten apoyar algunas reflexiones sobre el modelo teórico de periodización del Magdaleniense. Las primeras excavaciones en la cueva de Tito Bustillo (Ribadesella, Asturias) (Fig. l) se remon-(*) Universidad de Cantabria. Correo electrónico: [EMAIL] El artículo fue remitido en su versión final el 22-X-97. (1) Las dataciones que son el apoyo principal de este trabajo forman parte del proyecto de investigación PS92-0137 de la DGI-CYT {Documentación del arte rupestre en el sector central de la costa cantábrica: una evaluación de técnicas de trabajo). Para los gastos derivados de la datación se contó con una subvención adicional del Vicerrectorado de Investigación de la Universidad de Cantabria. tan a 1970 con los trabajos preliminares de M. A. García Guinea (1975) y fueron continuadas por nosotros a partir de 1972. Es pues comprensible que, tras más de un cuarto de siglo, hayan cambiado muchas cosas, tanto en lo que respecta a técnicas de registro y datación como al modelo teórico aplicado al estudio de grupos depredadores. Muy especialmente ha entrado en crisis la tendencia «periodizadora» basada exclusivamente en asociaciones de utensilios y en fósiles directores. Tampoco hay que olvidar los problemas terminológicos, ya que muchas de las distinciones horizontales son puramente de nombre y sus diferentes acepciones sólo se entienden en el marco de las distintas tradiciones científicas. A lo largo de diferentes memorias de excavación e interpretaciones, que han sido sintetizadas hasta la última campaña de 1986(Moure Romanillo, 1989,1990), se ha prestado atención al estudio de formas de vida de los ocupantes del área de estancia de la cueva, ubicada en la antigua entrada -hoy taponada por un derrumbe-y a su relación con las evidencias parietales del sector occidental, en especial con su famoso panel polícromo (Balbín Behrmann y Moure Romanillo, 1982; Balbín Behrmann, 1989). El equipo investigador entiende que esos objetivos han sido aceptablemente alcanzados, pero también que las actuaciones se han limitado a la parte superficial de un depósito de bastante espesor y, en teoría, de alto potencial arqueológico. Los resultados de la nueva serie de dataciones absolutas por acelerador obtenidos en el Research Laboratory for Archaeology de la Universidad de Oxford permiten replantear la cronología de las últimas ocupaciones magdalenienses de la cueva de Tito Bustillo, algunos de los planteamientos teóricos sobre las industrias tardiglaciales del Cantábrico y, por extensión, el horizonte asimilado al apogeo del hecho artístico. CARACTERIZACIÓN Y PROBLEMAS CRONOLÓGICOS Hasta el momento, la atribución temporal de las zonas de actividad de Tito Bustillo {área de estancia y área de decoración) procedía de la clasificación de la industria, de la evidencia medioambiental y de dataciones absolutas obtenidas por C14 convencional y arqueomagnetismo. En el área de estancia se llevó a cabo un registro extensivo que permitió localizar dos niveles (1 y 2), el primero de los cuales ha sido subdividido en ocho capas (la. El nivel 2 se corresponde con una etapa de inundación presente en posición similar en otras cuevas cantábricas, y por ahora es arqueológicamente indeterminable. A partir del estudio de sus industrias, en el nivel 1 hemos diferenciado dos complejos: el superior (desde la hasta Ic.l) y el inferior (desde lc.2 hasta lc.4) (Fig. 2)., La industria lítica y ósea responde a los cánones habituales en el Magdaleniense Reciente, si bien, junto a arpones de una fila de dientes, se observa una inusual presencia de utensilios en hueso y obras de arte mueble que la periodización tradicional, heredada de H. Breuil, atribuía a estadios anteriores: varillas semicilíndricas, azagayas de base ahorquillada, azagayas cortas y gruesas con acanaladuras y bisel simple con trazos oblicuos o en espiga (tipo Laugerie-Haute), etc. De ahí que en todos los casos se haya hablado de un horizonte «antiguo» o «arcaico» del Magdaleniense Superior (Moure Romanillo, 1989: 428, 1990: 121-122, 1995a: 243 y 1995b: 29-32). Ya en su tesis doctoral, C. González Sainz por un lado se mostraba, por un lado, justificadamente escéptico ante los resultados de las dataciones C14 y, por otro, apuntaba las diferencias entre las capas la/Ib y le. Las primeras encajarían sin dificultad en el Magdaleniense Superior, mientras que le pertenecería a un Magdaleniense Medio con los atributos característicos del ámbito pirenaico (González Sainz, 1989: 35-46). Sobre un consenso de fondo con esta posición, por nuestra parte debemos señalar que la ampliación de la superficie excavada y, por tanto, de la cantidad de material, tiende a atenuar las diferencias entre el complejo superior y el inferior (Moure Romanillo, 1990: 110-112). La información medioambiental procedente de los análisis polínicos indica el paso de una fase climática húmeda (el nivel 2) a otra extremadamente fría (nivel 1). La primera se caracteriza por el predominio del paisaje de bosque de pino, especie a la que siguen el aliso y algunos abedules y termófilas (avellano, encina). A lo largo de las diferentes capas del nivel 1, el paisaje estepario con brezos y un progresivo incremento de gramíneas a costa de las ericáceas refleja el desarrollo de un periodo frío. Este enfriamiento se hace especialmente riguroso en la muestra 12 (capa Ib), en que la reaparición del sauce y el pino viene acompañada de los porcentajes máximos de pólenes de gramíneas (Boyer-Klein, 1976: 205). A falta de una secuencia estratigráfica más larga y de un estudio sedimentológico que confirme o modifique los resultados del muestreo polínico, la única atribución geoarqueológica disponible es la publicada por A. Boyer-Klein. Para ella el nivel 2 y las diferentes capas del nivel 1 corresponderían a la sucesión Bolling-Dryas II de la secuencia palinológica tardiglaciar, si bien la propia autora del diagrama reconoce que la atribución a esos dos momentos y no a otros de características climáticas similares se basa en la clasificación arqueológica (entiéndase, en la presencia de arpones) (Boyer-Klein, 1980: 106), lo que no es precisamente una evidencia medioambiental. El estudio de la fauna terrestre del nivel 1 indica asimismo que estamos en un periodo de clima frío con ungulados de espacios abiertos, presencia esporádica del reno y micromamíferos como Microtus aeconomus. Uno de los problemas pendientes reside en las dataciones absolutas del nivel 1, obtenidas hasta ahora por C14 convencional y recopiladas en las últimas síntesis (Moure Romanillo, 1989: 427 y 1990: 121). Algunas de ellas -procesadas en diferentes fechas, laboratorios y a partir de distintos materiales-no son consecuentes con la sucesión estratigráfica, de forma que algunas de las capas superiores han proporcionado fechas más antiguas que otras depositadas con anterioridad. Por otra parte, en su conjunto resultan más antiguas que la de cualquier otro contexto con arpones (y que por ello habrían sido adscritas al Magdaleniense Superior) fechado hasta el presente. «Aceptar» estos resultados nos llevaría a la época del episodio climático Cantábrico V de la secuencia sedimentológica elaborada por M. Hoyos (1995), espacio que en el lenguaje de la Palinología comprendería el «inter» Angles-PreboUing (2) (Tab. Estas contradicciones nos animaron a remitir para su datación AMS {Accelerator Mass Spectrometry) una serie de 5 muestras procedentes de otras tantas capas del nivel 1 del área de estancia La muestra procedía de un hogar completo (1.240 gr. de carbón vegetal) localizado en superficie de la le.2 durante la campaña de 1983. La referencia bibliográfica correcta es la primera publicada (Moure Romanillo, 1985: 113 Tablai. (tres del complejo superior y dos del inferior) y una más del área de decoración (TBA-1 ). Los análisis fueron efectuados en \?i Radiocarbon Accelerator Unit del Research Laboratory for Archaeology de la Universidad de Oxford. En todos los casos fueron utilizadas micromuestras de huesos con marcas de descarnado de localización estratigráfica y topográfica perfectamente documentada. Los resultados obtenidos se recogen en la tabla 2. Las dataciones obtenidas por acelerador en el área de estancia son, en esta ocasión, consecuentes con la secuencia estratigráfica. Sin embargo, no por ello dejan de plantear algunos interrogantes que sólo podrán ser resueltos mediante futuras investigaciones en éste y en otros yacimientos cantábricos y franceses. La datación AMS de la capa «è» del complejo superior (lb)(OxA 6259,12850 ± 90 BP) no coincide con las obtenidas en las primeras campañas mediante C14 convencional. Aunque se acerca más a las fechas obtenidas hasta ahora en contex-tos del Magdaleniense con arpones normalizados, seguimos encontrando en ella un amplio porcentaje de utensilios óseos considerados «característi-' eos» del Magdaleniense Medio (varillas semicilíndricas, incluso azagayas de base ahorquillada). Las fechas AMS de Ibc, Ic.l, le.2 y lc.3, que van desde el 14550 al 14910 BP, no sólo supondrían la ruptura en una secuencia que hasta ahora se consideraba bastante continua, sino que, nuevamente, nos sitúan ante una antigüedad inusual para un nivel que también incluye un arpón de una fila de dientes. Dado que la ampliación del área excavada ha incorporado nuevas capas y «bolsadas» de extensión limitada, conviene recordar que lo nominado como le en las primeras campañas (Moure Romanillo, 1975) se corresponde ahora con las capas lc.2 y lc.4. Con la única excepción de los arpones (10 en el complejo superior y 1 en el inferior), la industria ósea de cualquiera de los complejos, con abundantes varillas semicilíndricas e incluso azagayas de base ahorquillada, encaja perfectamente en la descripción clásica del Magdaleniense Medio pirenaico. En los últimos años, conjuntos similares han sido descubiertos en Asturias, acompañados además por los objetos de arte mueble más característicos de este mundo: rodetes, contomos recortados, esculturas, placas grabadas, etc. En alguno de esos casos, como la unidad superior del nivel IXc de la cueva de Las Caldas, clasificada inicialmente como Magdaleniense Medio «evolucionado» se señalan posibles protoarpones que en la base coexisten al menos con dos arpones normalizados. En el texto antes citado, en que clasificaba la capa le de las primeras campañas de Tito Bustillo en el Magdaleniense Medio, C. González Sainz ya apuntaba que la atribución a este episodio o al superior «quizá sea tan sólo cuestión de denominación» ya que «nada impide la aparición en el mismo contexto de protoarpones o de piezas que ya deban considerarse como auténticos arpones» (González Sainz, 1989:46). Posiblemente este sea el momento de volver al problema terminológico apuntado al comienzo de este texto. Desde la síntesis de González Echegaray en los años 60, en el Cantábrico el término Magdaleniense III se hizo igual a Magdaleniense Inferior, mientras que en los Pirineos y Aquitania las fases III y IV se asimilaban al Magdaleniense Medio, reservando para el inferior las fases I y II de Breuil. Esta confusión se evidencia en la práctica diaria de la investigación cantábrica, porque no deja de ser sorprendente que lo que en Asturias se presenta como Magdaleniense Medio se parezca bastante -y presente cronologías absolutas similares-a lo que en Cantabria se está llamado Magdaleniense III o Inferior (p.e. La Viña y Las Caldas por un lado y El Juyo por otro). En el otro extremo de una hipotética discusión sobre la secuencia lineal, habría que reconocer la semejanza de la industria ósea (para la lítica no disponemos aún de información suficiente) entre el llamado Magdaleniense Medio de varios yacimientos en estudio del valle del Nalón y todas las capas del nivel 1 de Tito Bustillo. Si en este caso puede hablarse de responsables, no creo que ninguno de los investigadores de la región podamos considerarnos libres de culpa. En lo que respecta al proyecto Tito Bustillo, debo reconocer que si en la zona excavada en nuestras campañas no hubiera aparecido ningún arpón, no hubiéramos pretendido ni conseguido mucho más que ampliar y matizar la clasificación efectuada por M.A. García Guinea (1975) como Magdaleniense Medio («Magdaleniense III» en aquellos primeros trabajos) y extender su cronología al arte rupestre como entonces hicieron Almagro Basch, García Guinea y Berenguer Alonso (1972). En nuestro caso las asignaturas pendientes siguen siendo la antigüedad del arpón de le y -limitándonos a los resultados por AMS-la discontinuidad entre el complejo inferior y el superior, que entraría en contradicción con la semejanza de su industria ósea, que integra objetos no muy frecuentes en el Cantábrico. En lo que concierne al arpón de le podemos decir que, aunque presenta una morfología bastante atípica (Moure Romanillo, 1990: 113, Fig. 6-4) -por lo que en algún caso fue considerado una variedad tipológica (Cano Herrera, 1977)-, cuenta con una hilera de dientes exentos, por lo que sin lugar a dudas es un arpón normalizado que no puede ser clasificado como protoarpón. Las dataciones de contextos con arpones anteriores al 13000 son escasas y, en ocasiones, problemáticas (Teufelsbrücke, Kniegrotte, Verlaine, Kents Cavern, Pierre Chatel y Rond Barry (Julien, 1982: 201). Los resultados en las excavaciones de Tito Bustillo nos sitúan ante un grupo cultural de cazadores especializados en el acoso de manadas de ciervos que comenzaban a prestar atención a otros recursos costeros (fundamentalmente moluscos de roquedo) y fluviales. Los conjuntos de artefactos presentes en las distintas capas con que los aportes naturales y/o humanos han configurado la estratigrafía del nivel 1 no presentan diferencias que puedan ser consideradas culturalmente significativas. Cualquiera que haya dirigido una excavación y estudiado posteriormente los materiales recogidos puede dar testimonio de que la composición de esos conjuntos difiere sensiblemente -sea por variabilidad funcional, sea por azar-entre cuadrículas y sectores limítrofes. Difícilmente puede por ello sostenerse una periodización lineal basada en objetos singulares bajo la acepción tradicional de «fósil director» sin el respaldo de alguna referencia cronológica absoluta o relativa. Como ejemplo, baste recordar que los arpones constituyen un porcentaje irrelevante del equipo T. R,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es material de cualquier yacimiento. En el caso del complejo superior de la cueva de Tito Bustillo, que no puede ser considerado precisamente pobre en industria en hueso o asta, éstos sólo suponen en tomo al 5 por ciento de los artefactos óseos y menos de un 0,5 por ciento del total de útiles «tipológicos». En el complejo inferior hasta el momento sólo ha sido localizado un arpón, de forma que cuantitativamente ni siquiera puede ser tenido en cuenta. Por el contrario, si nos fijamos en instrumentos más cotidianos (azagayas, varillas, agujas, punzones) y en los índices tipológicos de la industria lítica, parece que a lo largo de todas las capas del nivel 1 hay bastante continuidad en la fabricación y uso de su equipo material, continuidad que sin duda podemos hacer extensiva a todo el tecnocomplejo. Las dataciones absolutas insisten de manera francamente testaruda en llevar el nivel 1 inferior de Tito Bustillo más allá del 14000 BP. Su paralelo más inmediato es el ya mencionado nivel IXc de Las Caldas, que también se superpone a la inundación representada en el nivel X, arqueológicamente estéril, que Hoyos sitúa en su fase Cantábrico IV (c. Ciertamente, las nuevas dataciones aportan una solución de continuidad entre Ib y las capas Ibc e inferiores que, por ahora, no ha podido ser contrastada sedimentológicamente. A pesar de la ya señalada persistencia de útiles y objetos de arte mueble del Magdaleniense Medio pirenaico -en este sentido está plenamente justificada la atribución cronológica de González Sainz (1994: 61)creemos que ahora estamos en condiciones de defender una antigüedad por encima del 14000 BP para las capas Ibc, Ic.l, le.2, le.3 y lc.4. Yaque no podemos avanzar más de lo que los datos disponibles nos permiten, incorporando la nueva datación de Ib (OxA 6259: 12850 ± 90) a lo largo de todo el nivel 1 nos encontraríamos dentro del espacio tardiglaciar ocupado en el Cantábrico por cazadores especializados en ciervos cuyas industrias encajan -sin que sus autores fueran conscientes de tal situación-en el tecnocomplejo conocido como Magdaleniense Reciente. La datación OxA 6258 (13520 ± 110 BP) procedente del área de decoración queda dentro del intervalo delimitado por las fechas anteriormente obtenidas en el mismo lugar tanto en las excavaciones de García Guinea (1975) como durante la recogida y revisión de los materiales (Moure Ro-1982), que es perfectamente paralelizable con una de las plaquetas de-coradas de la capa Ib (Moure Romanillo, 1990: Fig. 9,2). Entre 15000 y 13000/12500 BP, época de apogeo del arte mueble y parietal, hay una frecuentación continuada de ciertos yacimientos paralela a la decoración de sus paneles con superposiciones que reproducen secuencias similares. Las diferencias entre los conjuntos de artefactos que aparecen asociados a un grupo cultural de cazadores especializados correspondiente a ese tramo cronológico se deben a la variabilidad funcional, al azar o a ambas cosas. Y, desde luego, la presencia o ausencia de algunos objetos singulares, ya sean arpones o contomos recortados, es irrelevante frente a las evidencias de su caracterización cultural. ALMAGRO BASCH, M.; GARCÍA GUINEA, M.A. y BERENGUER
HIPÓLITO COLLADO GIRALDO (*) MILAGROS FERNÁNDEZ ALGABA (**) DIANA POZUELO LORENZO (***) MONTSERRAT GIRÓN ABUMALHAM (****) Los trabajos de prospección de arte rupestre que durante los últimos años se vienen desarrollando en la comunidad autónoma de Extremadura han permitido localizar un importante conjunto de abrigos inéditos con pintura rupestre esquemática en el término de Oliva de Mérida (Badajoz). El abrigo de la Chameca Chica forma parte del mismo y da cabida a un conjunto de grafemas cuya cronología se atribuye a momentos de transición entre el IV y el III milenio a.C, dentro de la primera fase en la evolución del arte rupestre esquemático en Extremadura. En los últimos años la Dirección General de Patrimonio de la Consejería de Cultura y Patrimonio de la Junta de Extremadura viene desarrollando un programa de prospección y documentación del arte rupestre de esta comunidad autónoma. Producto de estos trabajos ha sido la localización de más de un centenar de nuevas estaciones con arte rupestre esquemático entre las que se encuentra el abrigo que analizamos en este artículo. Las sierras de la Aguzadera, la Oliva, el Conde y la Garza dentro del término municipal de la Oliva de Mérida (Fig. 1) forman una alineación rocosa de unos 15 kms. de longitud con una orienta-'rovincia de Badajoz l-scala: 1/800.(XX) Fig. 1. Localización geográfica del abrigo de la Charneca Chica (Oliva de Mérida, Badajoz). Estos impresionantes afloramientos ortocuarcíticos, restos de la orogenia herciniana, dan cabida a una flora abundante en monte bajo (jara, charneca, madroño) con cobertera de encina y alcornoque muy apta para albergar una abundante gama de especies cinegéticas (perdiz, conejo, jabalí) y explotaciones ganaderas de vacuno, caprino y porcino que se conjugan con el cultivo del olivar. En ellas se ha localizado un conjunto de más de una veintena de estaciones inéditas con arte rupestre esquemático que vienen siendo estudiadas sistemáticamente desde hace tres años por el primer autor de estas líneas. La riqueza en el número de abrigos, el buen estado de conservación y la gran variedad de los motivos representados permiten equiparar el conjunto del término municipal de Oliva de Mérida con las otras grandes agrupaciones de estaciones con arte rupestre esquemático de la provincia de Badajoz: Hornachos, Alburquerque, Arroyo de San Servan, Alange, Peñalsordo, Cabeza del Buey, etc. (Collado, 1995a: 307-323) y que unidos al conjunto de arte rupestre cacereño (Alvarado y González, 1991: 139-156) sitúan a Extremadura como una de las regiones con mayor riqueza pictórica de la península ibérica. EL ABRIGO DE «LA CHARNECA CHICA» La Charneca Chica es un espacioso covacho cuya entrada se orienta hacia el NO, con una longitud máxima de 6,70 m.; 5,70 m. de anchura máxima y 5,85 m. en su parte más elevada (Fig. 2). Este abrigo, designado por el punto QC541934 de la hoja n° 804 del S.G.E, se sitúa justo enfrente de la cueva de la Charneca, una gran oquedad de unos 16 m. de longitud y 3 m. de altura máxima cuya boca se abre hacia el SE y que ya fue catalogada por Puig y Larranz como caverna en 1886 http://tp.revistas.csic.es (Puig y Larranz, 1886). Entre ambas se abre un estrecho pasillo que termina a escasos metros en una acusada pendiente, lo que obliga a todo aquel que quiera acceder a las mismas a alcanzar las crestas superiores de la sierra del Conde, única vía de acceso al mencionado pasillo. Ambos espacios fueron objeto de excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por Juan Javier Enríquez Navascués (Enríquez, 1986: 9-24) motivadas por intervenciones clandestinas. En la Charneca Chica se realizó un sondeo con resultados negativos. Sin embargo en los realizados en la cueva mayor consiguió, además de una serie de hallazgos materiales que comentaremos a continuación, la constatación de que este espacio había tenido un uso funerario, si bien en esto último J.J. Enríquez no pudo precisar las características y cronología de los enterramientos. Los materiales encontrados en la cueva mayor son incluidos por su excavador en dos momentos prehistóricos distintos, defendiendo la existencia de un primer horizonte neolítico final definido por la presencia de cerámicas lisas y decoradas, y una segunda ocupación con elementos que atribuye al Calcolítico: un ídolo pintado sobre hueso y un fragmento de ídolo placa decorado. Esta información proporciona un marco cronológico que contribuye a la datación de las manifestaciones pictóricas que encontramos en el abrigo, siempre que consideremos que existe una relación entre éstas y los objetos recuperados en el citado sondeo. De un total de 230 objetos, J.J. Enríquez contabilizó 212 fragmentos cerámicos. En la cerámica lisa predominan las piezas de textura compacta con engobes de color rojizo, aunque hay otras de superficie bruñida que presentan tonos más oscuros. Por lo que se refiere al tipo de cocción, aun siendo esta muy irregular, hay un ligero predominio de las oxidantes. Las formas más destacables son los cuencos semiesféricos de labios redondeados o apuntados, sin que falten algunos con las paredes rectas. Se localizaron también pequeños vasos de forma globular y paredes ligeramente entrantes. Las cerámicas decoradas presentan una alta variedad de técnicas de ejecución (incisa, impresa, almagra, plástica, acanalada, peinada, etc.). La incisión es la más empleada, dibujando líneas hori-zontales simples, espigas o franjas de trazos oblicuos. Le siguen en orden de aparición los fragmentos con tratamiento de almagra, de muy buena calidad, la impresión, que presenta fundamentalmente bandas más o menos alineadas de puntos, las aplicaciones plásticas, que ofrecen cordones lisos de sección semicircular y los fragmentos con decoración punto-raya. Son meramente significativas las líneas realizadas a peine. DESCRIPCIÓN DE LOS MOTIVOS ESQUEMÁTICOS El abrigo de la Chameca Chica conserva un total de 19 motivos distribuidos en cinco agrupaciones sobre pequeños paneles o cuarteamientos de la roca que aparecen más o menos aislados, sin que exista mayor relación entre ellos que el uso de la misma técnica y estilo pictórico. Está integrado por cinco figuras muy similares en su concepción formal, con cabeza en triángulo invertido, hombros muy marcados y torso resuel- to en forma subrectangular, realizadas en color rojo anaranjado y con un regular estado de conservación, sobre todo los motivos 4 y 5 muy afectados por un desconchón de la roca soporte. Su altura oscila en tomo a los 5 cm. (Fig. 3) Se localizan a una altura de 87 cm. desde el nivel de suelo del abrigo. Situado a 35 cm. a la izquierda del grupo I, y a 1,44 m. de altura desde el nivel de suelo, se representan dos nuevas figuras similares a las anteriores tanto en su tamaño y concepción formal como en la tonalidad en la que han sido realizadas, siendo su estado de conservación bastante aceptable. Unos 3 cm. por encima se localiza un motivo se-micircular, trazado en el mismo color de las representaciones anteriores y del que no hemos podido encontrar paralelos. Pensamos que se conserva incompleto lo que impide cualquier intento de atribuirle significación (Fig. 4). Se encuentran a 40 cm. hacia la derecha desde el grupo anterior, a una altura de 96 cm. desde el nivel de suelo. Está compuesto por tres barras verticales, en color negro de 4, 5 y 5 cm. respectivamente. Su estado de conservación es bastante deficiente. Son los únicos motivos realizados en color negro en el abrigo que nos encontramos estudiando. Su interés principal reside en que son muy escasas las representaciones que en este color se localizan en el entorno de la cuenca media del Guadiana. En esta zona podemos localizar motivos en tonalidades negras en el abrigo A de la sierra de Magacela (Magacela, Badajoz) (Collado, 1995b: 135-190), Atalaya de Alange(Alange, Badajoz) (Breuil, 1933: 131) o la Palacina (Alange, Badajoz). A la izquierda de estas tres barras se localizan restos de otras figuras también realizadas en color negro, aunque su pésimo estado de conservación impide su correcta identificación (Fig. 5). Se localiza a una altura de 2,90 m. desde el nivel del suelo, sobre la pared derecha, en la parte más profunda del abrigo, algo infrecuente, pues cuando los abrigos o covachos se desarrollan en profundidad, como sucede en la Azagala (Alburquerque, Badajoz) (Collado, 1997: 50) o en las cuevas del Escobar (Cabanas del Castillo, Cáceres) y Sierra de Viejas (Cabanas del Castillo, Cáceres; García, 1990: 185), los motivos aparecen sobre las paredes y techos del mismo, pero siempre cercanos a la entrada donde en un momento determinado del día reciben la luz directa del sol. Esta agrupación consta únicamente de dos figuras, ambas trazadas en color rojo muy desvaído y en un pésimo estado de conservación. El motivo situado a la izquierda puede ser considerado como un ramiforme. Está formado por un eje vertical atravesado por 3 trazos horizontales en su parte superior, media e inferior. Su altura es de 11 cm. A 44 cm. a la derecha aparece una barra vertical aislada, de 6 cm. de altura, realizada en similar tonalidad que el anterior grafema y en buen estado de conservación (Fig. 6). f Fig. 6. Abrigo de la Charneca Chica: Grupo IV. Se localiza también sobre la parte derecha en una superficie alisada que resalta perpendicularmente de la pared, a 1,60 m. de altura, lo que permite visualizar los motivos fácilmente desde la entrada de la cueva. Está integrado por seis figuras. En primer lugar, un tanto individualizado en la parte superior derecha, se situa un antropomorfo masculino de 11 cm. de altura, con cabeza circular bien definida, piernas y brazos en arco, estos últimos muy desarrollados en su longitud y falo claramente representado. Realizado en color rojo anaranjado, se encuentra en un deficiente estado de conservación. A un nivel inferior, a 12 cm. hacia la izquierda aparece un motivo zoomorfo en color rojo anaranjado similar al anterior grafema. Está formado por 4 pequeñas barras verticales a modo de patas, unidas todas en su parte superior por medio de un trazo horizontal que se curva hacia arriba con la intención de representar de ésta manera la cabeza, la cola o la cornamenta del animal. Su longitud máxima es de 8 cm. A su izquierda aparece una figura bastante mal conservada que podría ser clasificada como un ancoriforme del que sólo se conservaría la parte derecha del arco superior, habiendo perdido en su totalidad la parte superior izquierda. Mide 9 cm. de altura y su tonalidad es un rojo anaranjado muy desvaído. Por debajo aparecen tres pequeños motivos realizados en trazo fino y en un color rojo vinoso intenso, debido a su buen estado de conservación. El grafema situado en la parte superior tiene numerosos paralelos que son interpretados por la Dra. A su derecha aparece un nuevo motivo que bien pudiera tratarse de otro hacha sin el enmange. Por debajo aparece una pequeña barra vertical, ligeramente inclinada hacia la izquierda y con una longitud de 2,5 cm. (Fig. 7). CONSIDERACIONES SOBRE LAS PINTURAS RUPESTRES DEL ABRIGO DE LA CHARNECA CHICA El abrigo de la Charneca Chica es una de las pocas estaciones con pintura rupestre esquemática T. P.,54,n.°2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de Extremadura asociada a un yacimiento arqueológico (la cueva de la Chameca) de carácter funerario y con materiales de cronología neolítica. Ambos espacios, aun estando separados por un estrecho pasillo, forman un todo unitario en el cual las dos cuevas presentan condiciones similares para realizar los enterramientos, aunque para este menester sólo se escogió la cueva de la Chameca. De igual forma las dos estaciones ofrecen superficies apropiadas para acoger representaciones pictóricas y en este caso los encargados de pintarlas eligieron únicamente el abrigo de la Charneca Chica. Asistimos a una clara intencionalidad de separar espacios otorgándoles una funcionalidad concreta en cada caso: en la cueva de la Chameca Chica se dispusieron las representaciones pictóricas y la Cueva de la Chameca fué el lugar elegido para realizar los enterramientos. Esta separación y preselección de espacios también se da en algunas cuevas neolíticas andaluzas, en las que se asocian manifestaciones artísticas esquemáticas con lugares de enterramiento como la cueva de Cholones (Priego, Córdoba) (Gavilán, 1987) o la cueva de los Murciélagos (Zuheros, Cordoba) (Vicent y Muñoz, 1973), y en las cuales también se eligen zonas diferenciadas para disponer las pinturas y los enterramientos. Así pues, podríamos considerar la Chameca Chica, lugar elegido para ubicar las pinturas y arqueológicamente estéril, como una especie de recinto sacro destinado a la realización de rituales funerarios previos o posteriores a la inhumación definitiva del cadáver en la Cueva de la Chameca. A partir de esta interrelación de espacios, hemos de suponer que las pinturas tienen, en este caso, un carácter funerario en conexión directa con la posible realización de rituales de tipo necrolátrico anteriores o posteriores a la deposición definitiva del cadáver en su tumba. Este carácter funerario de los grafemas vendría a reforzarse además por la representación en los grupos I y II de motivos que hemos considerado ídolos-placa del tipo A, frecuentes en los ajuares dolménicos extremeños y alentejanos. Así mismo, la escena que aparece en el grupo V podría ser considerada como la representación del difunto con los elementos propios de su ajuar. Llegado a este punto es necesario precisar que, si bien en la Chameca Chica parece clara la relación entre la pintura rupestre esquemática y los rituales propios del culto a los muertos, no se puede mantener esta conexión con la religiosidad y lo sobrenatural para las manifestaciones esquemáticas de otras estaciones pictóricas extremeñas, en las que se muestran escenas relacionadas con la vida cotidiana, caza, costumbres, rituales, danzas, ordenación social, etc. Así pues, podemos interpretar la pintura mpestre esquemática en su conjunto como el reflejo de un compendio de hechos y sucesos que han ido aconteciendo a diversos gmpos sociales por un espacio de tiempo dilatado a lo largo de su existencia o de su control en un determinado territorio, un deseo de dejar constancia de su propia identidad a otras agmpaciones humanas o a las futuras generaciones. En definitiva, un medio de comunicación con el que transmitir hechos, ideas e incluso sentimientos hacia los demás, usando una serie de símbolos y esquemas que si bien son constantes en la pintura mpestre esquemática, cada gmpo humano que hace uso de ellos, les aplicará su propia significación. Por tanto la unidad del arte esquemático sólo puede ser considerada como unidad estilística y no significativa, pues esta vendrá determinada por la interpretación que cada tribu, clan o grupo social dominador de un determinado territorio quiera aplicar a cada grafema en sí. No podemos por ello concebir grandes estudios de pintura rupestre esquemática a nivel regional o interregional sin antes definir las características, convencionalismos y particularidades que rigen un determinado número de abrigos en un marco territorial concreto, que la mayor parte de las veces no excede del ámbito local o comarcal. Por último, no quisiéramos terminar estas consideraciones sin abordar el siempre inseguro y discutible tema de la cronología. Nuestra postura a favor del comienzo de la pintura rupestre esquemática extremeña en momentos de transición entre el Neolítico final e inicios del Calcolítico, con una larga perduración hasta el Bronce final ya quedó reflejada en un reciente trabajo (Collado, 1995b: 135-190). Las pinturas de la Charneca Chica parecen estar adscritas a este primer periodo. Nos basamos para realizar esta afirmación en su ya citado carácter funerario, que las hace entrar en conexión directa con el conjunto de cerámicas decoradas y lisas documentado durante los trabajos de excavación en la cueva de la Charneca (Enríquez, 1986: 9-24), y en la representación específica en las pinturas rupestres de los grupos I y II, considerados como ídolos-placa antropormofizados de tipo A, los cuales cuentan con paralelos muebles cercanos en el «Anta da Bola da Cera» (Marvao) con cronología absoluta por C14 calibrada 3100-2900 a.C. (Gonçalves, 1989: 296). La presencia de este tipo de ídolos placa en yacimientos extremeños asociados a elementos de cronología plenamente caleolítica, junto con la aparición en este mismo yacimiento de un ídolo pintado sobre hueso largo, también relacionado con contextos arqueológicos de cronología calcolítica o campaniforme, no implica una cronología posterior para el conjunto de materiales de este lugar y por tanto para las pinturas rupestres, pues el conjunto de las cerámicas recogidas durante el proceso de excavación, tanto las decoradas como las lisas, presentan formas rastreables en el Neolítico andaluz y portugués. A esto hay que añadir la inexistencia de materiales propios del Calcolítico pleno de la zona, como los grandes platos de borde almendrado o reforzado o de momentos posteriores campaniformes, de los que sería lógico haber detectado algún fragmento, a pesar de que la estratigrafía del yacimiento ya se encontrase revuelta desde antiguo. Es por ello que hemos de considerar un momento único de ocupación para la cueva, basándonos en los materiales obtenidos, que se desarrolla en tomo a la transición entre el IV y el III milenio a.C, momento en el que deben encuadrarse también los enterramientos allí localizados. En esta etapa en Extremadura parecen confluir dos importantes influjos culturales: el andaluz, foco de origen principal del arte rupestre esquemático extremeño que llegaría de forma paralela a la cultura material que poco a poco va deñniendo el Neolítico extremeño (Gonzalez, 1993: 239-244), matizado por fuertes contactos con el mundo megalítico portugués del que es buen ejemplo la rápida incorporación de los ídolos placa antropomorfizados al repertorio de los motivos esquemáticos representados en el abrigo de la Charneca Chica.
En este estudio pretendemos mostrar cómo a partir del análisis micromorfológico del sedimento de un yacimiento arqueológico se pueden extraer datos referentes a la actividad antrópica. Concretamente nos hemos centrado en tres secuencias correspondientes al Neolítico antiguo en Catalunya, las cuevas del Parco, Guineu y del Vidre. En estos análisis hemos observado un gran aumento de componentes de origen antrópico: carbones y cenizas, fitolitos de sflice, coprolitos, fragmentos óseos, fragmentos de cerámica y grumos de material fino con improntas vegetales. Los elementos diagnósticos de este periodo son los fitolitos de sílice de formas alargadas (gramíneas) y los coprolitos de animales herbívoros (generalmente ovicaprinos). Por todas estas evidencias nos planteamos la hipótesis de que se trata de ocupaciones con unas prácticas iniciales de estabulación de animales. Palabras clave: Neolítico antiguo. En un yacimiento arqueológico el registro sedimentario constituye una fuente de información excepcional tanto de la actividad del hombre como de la evolución del medio natural. Tradicionalmente, el estudio de los rellenos sedimentarios de registros prehistóricos era considerado únicamente desde una óptica paleoambiental y sedimentaria. En la actualidad, el estudio geoarqueológico de un yacimiento intenta reconstruir la historia evolutiva del relleno sedimentario teniendo en cuenta tanto los procesos naturales T.P.,54,n.«2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es como los antrópicos. Según la cronología del asentamiento dominan unos más que otros. En las fases más antiguas de la Prehistoria, las aportaciones realizadas por el hombre son más limitadas y predominan los procesos naturales; en cambio, cuando el hombre empieza a intensificar la explotación de los recursos del medio, modifica sensiblemente los caracteres de los sedimentos y se observa que su origen está condicionado y estructurado por la actividad humana. El grado de antropización se define por la intensidad en que han actuado los procesos antrópicos en el relleno sedimentario. Así, en nuestra tesis (1) (de próxima publicación) hemos desarrollado la siguiente propuesta de sistematización para los sedimentos de yacimientos arqueológicos a partir de las elaboradas por otros autores (Butzer, 1982; Courty et alii,, 1989): -arqueológicos: proceden únicamente de factores naturales (procesos físico-químicos o edáficos). -antrópicos: resultado de la acción combinada de los factores humanos y naturales. -antropogénicos: producidos exclusivamente por el hombre y afectados por los procesos naturales posteriormente a su deposición. En los registros con secuencias estratigráficas correspondientes al Neolítico, y concretamente en su etapa inicial, siempre ha habido un gran interés por el estudio de los orígenes de la economía de producción y, tradicionalmente, sólo se han podido utilizar como fuentes de información los materiales arqueológicos (piezas líticas, fragmentos cerámicos...) y, más recientemente, los datos aportados por los análisis paleoecológicos y paleoeconómicos (palinológicos, paleocarpológicos, arqueozoológicos,...). Creemos que el estudio geoarqueológico del relleno sedimentario también puede contribuir al planteamiento de hipótesis sobre cuestiones estrictamente de tipo antrópico referentes a las actividades socioeconómicas de estas fases incipientes. En este artículo presentamos el estudio micromorfológico de tres secuencias localizadas en cavidades cuya atribución cronocultural corresponde al Neolítico antiguo (Fig. 1). En la cueva del Parco (A1ÔS de Balaguer, Lleida), el registro se li-Fig. Situación de los yacimientos estudiados. mita al relleno de una estructura de almacenaje. En las cuevas de la Guineu (Font-Rubí, Barcelona) y del Vidre (Roquetes, Tarragona), se dispone de niveles sedimentarios y en la cueva del Vidre también de un área de combustión. Una de las técnicas que actualmente se aplican en el campo de la Geoarqueología es la micromorfología. La aportación más importante de esta técnica al estudio de los sedimentos arqueológicos es que permite combinar el estudio de los sedimentos y de los procesos edáficos con el estudio de los fenómenos antrópicos que se registran en el nivel o relleno y diferenciar los materiales y fenómenos antrópicos de los propiamente naturales. En el caso del estudio de los sedimentos antrópicos o antropogénicos (estructuras de combustión, de almacenaje, niveles de ocupación...), la micromorfología es en cierta forma una microexcavación. Este análisis consiste en estudiar el sedimento a escala microscópica, es decir, en la observación al microscopio óptico de láminas delgadas. Es una técnica desarrollada por Kubiena durante la década de los años 30 para el estudio de la génesis de los suelos. A mediados de los años 50 aparecen algunas aplicaciones a los registros arqueológicos (Macphail y Goldberg, 1995). El uso de la micromorfología en los sedimentos arqueológicos es aún muy reciente. Comienzan a aparecer los primeros trabajos a finales de los años 70 y no es hasta finales de la década de los 80 cuando empiezan a proliferar, sobre todo con la publicación de la obra «Soils and Micromorphology in Archaeology» en el año 1989 por M.A. Courty, P. Golberg y R. La técnica para obtener láminas delgadas empieza con la extracción de muestras en el campo. El muestreo que utilizamos consiste en la introducción en el sedimento de unas cajas recubiertas de yeso que nos han permitido obtener muestras de 13,5 X 5,5 cm sin alterar la estructura y disposición de los componentes. A diferencia del muestreo tradicional, que se realiza nivel por nivel, en el caso de la micromorfología, por las características propias del estudio, se pueden muestrear los contactos entre los niveles y así, observar si éstos son difusos, graduales, etc. La recogida de muestras se puede realizar tanto en sección como en planta. Es imprescindible documentar la localización, orientación y polaridad de la muestra y describir sistemáticamente la zona donde se ha realizado el muestreo. Una vez en el laboratorio, las muestras se impregnan con resinas sintéticas. Esta inclusión se favorece haciendo el vacío de manera que salga el aire de la porosidad, asegurando una impregnación total de los materiales. De esta forma las muestras adquieren la consistencia necesaria para obtener una sección delgada de unos 25 ¡im de grosor. El tamaño de las láminas delgadas que hemos fabricado es de 13,5 x 5,5 cm, más grandes que las utilizadas habitualmente en petrografía, dimensiones necesarias para poder relacionar los caracteres macroscópicos observados en el campo con los microscópicos de la lámina. La técnica que utilizamos para la fabricación de las láminas ha sido desarrollada por el Département des Sois de l'Institut National Agronomique de Plaisir-Grignon (France) por P. Guilloré (1980) y por el Departament de Medi Ambient i Ciències del Sol de la Universitat de Lleida, donde se han elaborado las siete láminas que han sido necesarias para este trabajo. Las láminas delgadas han sido estudiadas con el microscopio óptico petrográfico siguiendo los criterios y principios de descripción utilizados por Bullock et alii, 1985y por Courty et alii, 1989. CUEVA DEL PARCO (ALOS DE BALAGUER, LLEIDA) El yacimiento se localiza en la vertiente meridional del Domo de Sant Mamet en las Sierras Marginales del Prepirineo. La cueva, que se comunica en dirección Oeste con un abrigo, está formada por una galería única de planta triangular de 4,5 m de ancho en su boca por 10,5 m de fondo. El recorrido es rectilíneo y se divide en dos sectores: el primero, al exterior, más ancho (4,5 m), donde se localiza el relleno sedimentario y el segundo, al interior, más estrecho (2 m), que está constituido por una gran acumulación de bloques (Bergadà, 1991). Los primeros trabajos arqueológicos se remontan al año 1974 bajo la dirección del Dr. Maluquer de Motes (1981Motes (, 1983Motes ( -84,1988) de la Universitat de Barcelona y estos resultados alentaron las posteriores intervenciones efectuadas, desde el año 1987, por el equipo del Dr. Fullola de la misma universidad. El registro arqueológico del yacimiento abarca desde finales del Paleolítico Superior (Magdaleniense) hasta la Edad del Bronce, aunque los niveles correspondientes al Neolítico, Calcolítico y Bronce fueron excavados prácticamente en su totalidad por el Dr. Maluquer. En la campaña del año 1992 se reinició la excavación del testigo dejado por el Dr. Maluquer y se localizó una estructura de almacenaje que se denominó E.E.l. Esta estructura estaba seccionada vertical y horizontalmente. Aunque no se pudieron conocer las dimensiones totales se dedujo una forma subcircular con un diámetro aproximado de 120 cm, de base aplanada de la cual se conservó una profundidad máxima de 26 cm (Bartrolí et alii, 1994; Petit et alii, 1996). Estaba excavada en la parte superior del nivel sedimentario la sup. que arqueológicamente era estéril. Por el material arqueológico que se recuperó en su interior y por la datación absoluta de 6120 ± 90 B.P (Gr. Las unidades que se distinguieron son las siguientes (Fig. 2 Se ha realizado el análisis micromorfológico del relleno de la estructura tomando dos muestras en las que se podían observar las tres unidades identificadas. Además se realizó una lámina de unos grumos de material fino con improntas vegetales que aparecieron mayoritariamente en la Unidad Superior. Para el análisis del relleno hemos considerado importante tener en cuenta los componentes y la organización o disposición de las unidades identificadas. Los componentes son mayoritariamente residuos, tanto vegetales (fragmentos carbonosos, de cenizas fosfatadas o no, restos humificados quemados, fitolitos de sflice de formas alargadas Lám. la) como animales (masas fosfatadas que proceden de fragmentos de coprolitos de herbívoros y pequeñas astillas de hueso). En las unidades Inferior y Superior han sido sometidos a la acción del fuego. Esta combustión se manifiesta, principalmente, por las acumulaciones cenicientas de color blanquecino (fábricas cristalinas calcíticas con fuerte birrefringencia) y de color gris (cristalizaciones de CaCOg con inclusiones de partículas negruzcas), que nos demuestran que ha habido una mineralización total o parcial de los elementos vegetales en unas condiciones oxidantes, ca- Unidad Superior.-Potencia 13 cm. Localizada en el sector SE. Acumulación limosa de color grisáceo (7,5 YR 5/2) mezclada en algunos sectores con un sedimento de arenas limosas de color marrón. Hay que destacar la presencia de huesos quemados, carbones, fragmentos de cerámica, sílex, así como pequeños fragmentos de grumos de arcilla con improntas vegetales. Unidad Intermedia.-Potencia 10 cm. Se localizó en el sector norte de la estructura. Matriz de arenas limosas de color marrón (7,5 YR 5/6) con bloques y cantos de conglomerado. Unidad Inferior.-Potencia 3 cm. Matriz limosa de color gris (7,5 YR 6/2), con carbones y cantos de caliza. Granular con huecos de tipo cavitario. Formada por un 8 % de arenas finas y limos detríticos (125-25 mm) y por residuos de origen vegetal y animal. Fracción gruesa/Fracción fina 2/ 1, Domina la arena (500-150 | Lim) con un 20 % formada por cuarzo, plagioclasa, ortoclasa, calcita y caliza. La fracción fina está constituida por una fábrica birrefringente cristalítica y calcítica. Formada por un 5 % de arenas finas y limos detríticos (125-25 jim) y por residuos de origen vegetal y animal. Descripción microestratigráfica y micromorfológica de la estructura E.E. 1 de la cueva del Parco. racterísticas propias de una combustión de fuerte intensidad alrededor de los 500°C (Courty, 1984; Wattez, 1988Wattez,, 1992)). También se han observado, especialmente en la Unidad Superior, algunos residuos vegetales humificados que presentan una coloración pardo-anaranjada específica de la combustión a elevadas temperaturas de materiales orgánicos putrefactos (Wattez, 1992). En la fracción detrítica, mayoritariamente formada por fragmentos de caliza micrítica (cristales de calcita de un tamaño inferior a 10 iLun), los efectos de combustión son: fisuras que provocan la fragmentación y disgregación de la roca; cambios de coloración hacia unas tonalidades pardas y opacas en la caliza (Wattez, 1992); óxidos-hidróxidos de hierro que impregnan las partículas micríticas; y, neoformación de óxidos-hidróxidos de hierro distribuidos en la masa basal. Destaca la aparición de unas masas fosfatadas que son fragmentos de coprolitos, la mayoría de herbívoros, concretamente de ovicaprinos según las colecciones de referencia elaboradas para la realización de nuestra tesis y la bibliografía consultada (2) (Courty et alii, 1991; Wattez, 1992). Estas masas aparecen calcinadas total o parcialmente y se identifican por los siguientes rasgos (Lám. Id): unidades subredondeadas de color marrón-amarillo/marrón oscuro; porosidad abierta; microestmctura fibrosa; fracción orgánica con soluciones compuestas de fosfatos de color amarillo pálido que constituyen la masa basal; fracción vegetal, rica en esferolitas y en fitolitos de sílice de formas alargadas desarticulados. También aparecen, aunque en menor proporción y concretamente en la Unidad Intermedia, fragmentos de masas fosfatadas de color amarillo isotrópico de morfología subredondeada con pequeños fragmentos óseos en su interior. Se trata de fragmentos de coprolitos de carnívoro (Lám. En cuanto a la organización de estas unidades, adoptan una disposición cruzada que hace pensar que el relleno se debe a diferentes vertidos intencionados. El análisis micromorfológico también nos confirma esta hipótesis. En el relleno se detectan, tal como hemos indicado anteriormente, componentes que han sido sometidos a elevada temperatura (-500°C) y condiciones oxidantes que, necesariamente, habrían afectado a la base de la Unidad Inferior provocando la fisuración en la matriz y un cambio en la coloración del sedimento (tonalidades rojizas) en el caso de una posición primaria del fuego. Posteriormente al relleno se sucedieron una serie de procesos postdeposicionales debidos a la infiltración de aguas a través de la porosidad del sedimento, arrastrando partículas carbonosas y elementos finos (limos y arcillas), que se acumularon en huecos o alrededor de elementos gruesos, originando revestimientos e hiporrevestimientos. También cabe destacar la actividad biológica (raíces y lumbrícidos) que se traduce en una porosidad constituida por canales y cámaras y en la presencia de material fecal de lumbrícidos. Todos los procesos detectadosindican unas condiciones ambientales húmedas y templadas. Uno de los componentes más interesantes aparecidos en el interior de la estructura y sobre todo en su Unidad Superior han sido unos grumos (de unos 3 cm) de material fino con improntas vegetales. Las características micromorfológicas indican que han sido preparados mezclando con agua: limos finos y arcillas; hojas y tallos de gramíneas (a juzgar por los fitolitos documentados) y fragmentos cerámicos. La microestmctura sedimentaria masiva y la porosidad que está representada por huecos vesiculares y cavitarios muestran la adición de agua. El hecho de que aparezcan rasgos calcíticos de tipo hiporrevestimiento significa que ha habido una alternancia de procesos de humectación y desecación. Todos estos caracteres son propios de materiales de construcción no cocidos (Courty etalii, 1989). Posteriormente estas masas fueron sometidas al efecto del fuego, ya que se observa una coloración anaranjada en la masa basal que indica la formación de óxidos de hierro. Otros yacimientos donde se ha registrado este tipo de materiales relacionados con estructuras similares son la cueva 120 (Sales de Llierca, Girona) (Agustí et alii, 1987), la cueva de Can Sadurní (Bègues, Barcelona) (Edo y Blasco, 1992) y el asentamiento al aire libre de Bruyères (Ardèche, Francia) {Gilles, 1975), todos ellos de cronologías similares a nuestro depósito. N. II de la cueva de la Guineu; c) Fitolitos de silice de formas alargadas distribuidos entre la matriz sedimentaria. N. II de la cueva del Vidre; d) Coprolito de herbívoro (ovicaprino) en nicoles paralelos de la estructura E.E. 1 de la cueva del Parco; e) Coprolito de herbívoro (ovicaprino) en nicoles paralelos de la cueva del Vidre; f) Masa fosfatada procedente de un coprolito de carnívoro en nicoles paralelos. Estructura E.E. 1 de la cueva del Parco; g) Masa fosfatada procedente de un coprolito de carnívoro fragmentado por la actividad biológica en nicoles paralelos. N. II de la cueva del Vidre; h) Masa fosfatada procedente de un coprolito de carnívoro fragmentado por la actividad biológica en nicoles cruzados. N. II de la cueva del Vidre. La morfología y la aparición de estos grumos nos sugiere la hipótesis de que la función inicial de la estructura E.E.l fue probablemente de almacenaje. Creemos que pueden estar relacionados con algún tipo de tapa o con un recubrimiento para la impermeabilización de las paredes. Las trazas de combustión que presentan podrían indicar algún tipo de práctica de saneamiento de la estructura. CUEVA DE LA GUINEU (FONT-RUBI, BARCELONA) El yacimiento se localiza en el tramo superior de la vertiente sureste del Puig de Plana Pineda en la Sierra de Font-Rubí, estribación meridional de la Cordillera Prelitoral Catalana, orientado a sureste y a 734 m s.n.m. La cueva se encuentra en el interior de una depresión kárstica casi circular, con un diámetro que oscila entre los 15-20 m, que recoge las aguas superficiales del pequeño llano de Plana Pineda. La formación de la cavidad está determinada por una red de diaclasas que siguen la misma dirección que el conducto kárstico. La exploración de sectores marginales revela la existencia de galerías inferiores aunque su acceso se encuentra colmatado por material detrítico. La primera intervención arqueológica fue realizada en 1983 por J. Mestres, aunque ya se había descubierto en el año 1961. Tras un paréntesis se reiniciaron las campañas de excavación en el año 1988 bajo la dirección del equipo de Artur Cebrià, de la Universitat de Barcelona. La secuencia cultural del yacimiento abarca desde ocupaciones epipaleolíticas hasta la época medieval y moderna (Equip Guineu, 1995). En este trabajo centramos nuestra atención en el nivel II cuya atribución cultural es Neolítico antiguo cardial y evolucionado. Se localizó en el perfil sedimentario E/D-5 y presenta una potencia media de 75 cm. Está formado por bloques y cantos (5%) de caliza dolomítica de morfología subredondeada. La matriz está formada por limos arenosos de color marrón (7,5 YR 3/2) con abundantes componentes de origen antrópico (carbones, cenizas, fragmentos de cerámicas, huesos, etc.). La estructura sedimentaria es de bloques subangulares. Para el análisis micromorfológico (Tab. 2) se tomaron dos muestras pudiendo deducirse que Desplazamiento y acumulación dç material fíno Microestructura de bloques subangulares. Matriz de limos arenosos con un 20 % de arenas de 250-63 jim y un 10 % de cantos de 3 a 1 cm. La fracción fina está constituida por una fábrica birrefringente, cristalítica y calcítica. Cuarzo, calcita, dolomita, feldespatos, mica y caliza dolomítica. -en huecos, material detrítico y material arqueológico (hiporrevestimientos). -en intercalaciones (microesparítica), en nodulos, en huecos y en huesos (revestimientos e hiporrevestimientos) de tipo micrítico. -impregnaciones en la masa basal. -formación de agregados y cámaras. Descripción micromorfológica del nivel II de la cueva de la Guineu. este nivel es resultado de aportes de aguas de escorrentía superficial. Las condiciones ambientales que se infieren indican un clima húmedo y templado. Se observa un aumento considerable de los componentes de origen antrópico con respecto al nivel subyacente epipaleolítico. Destacamos la presencia de: carbones (20-25%), en los que domina la fracción de 125-63 ¡iim.; cenizas de tamaño de 625-250 |um, algunas formadas por romboedros de calcita y otras por oxalatos de calcio (esferolitas) de 375 |um., y fitolitos de sílice de formas alargadas de 250 |im (Lám. También aparecen fragmentos óseos con diferentes trazas de alteración debidas a combustión y, distribuidos por la masa basal, materiales cerámicos de tamaño Uno de los componentes a destacar son los fragmentos de masas cristalinas y fosfatadas de color pardo de morfología ovalada donde aparecen fitolitos de sflice y esferolitas junto a material detrítico. Estas masas son de origen animal y corresponden a coprolitos de animales herbívoros (ovicaprinos) parcialmente calcinados. Por lo que respecta a los procesos postdeposicionales se detecta: a) la actividad biológica (lumbrícidos) que se refleja en la modiñcación de la estructura sedimentaria y en la formación de agregados; b) la percolación de aguas que han provocado la disgregación de material carbonoso y la acumulación de éste junto a material fino (limoarcilloso) alrededor de los huecos de la matriz y de los fragmentos óseos; y c) las acumulaciones secundarias de CaC03 en la masa basal en forma de nodulos y de intercalaciones. CUEVA DEL VIDRE (ROQUETES, TARRAGONA) Se localiza en la vertiente suroriental de la Sierra del Caro de los Ports de Beseit y en el margen derecho del barranco de Lloret. Tiene una sala triangular de 43 m de longitud por 30 m de anchura máxima y 14 m de altura, y una galería rectangular de 12 m de longitud por 6 m de anchura y 2 m de altura en el lado derecho de la sala. La boca de acceso es ancha, y la expone a las influencias climáticas extemas, tanto a las oscilaciones térmicas como a la actuación de eventuales procesos sedimentarios por escorrentía. El yacimiento es conocido desde el año 1890, pero no fue hasta los años 1957-60 en que Ignasi Cantaren excavó de forma sistemática algunas calas en diferentes puntos de la cueva. La mayor parte del material arqueológico recuperado se atribuyó al Neolítico antiguo cardial con cerámicas impresas cardiales y no cardiales. En niveles inferiores apareció material lítico que posteriormente se atribuyó al Epipaleolítico microlaminar(3). En el año 1992 se reiniciaron las excavaciones arqueológicas bajo la dirección de J. Bosch del Museo de Gava. El relleno sedimentario del nivel II 3), con una potencia que oscila entre los 30 y 53 cm, está formado por una matriz de limos arenosos de color marrón (10 YR 6/3), Desplazamiento y acumulación de material fino La fracción fina está constituida por una fábrica birrefringente, cristalítica y calcítica. Caliza microesparítica, caliza bioclástica, cuarzo, calcita y feldespato. -en huecos y en agregados (hiporrevestimientos y revestimientos de material fino orientado). -impregnaciones en la masa basal y en el material detrítico. -en nodulos. -formación de agregados y huecos de tipo cavitario y canales. XXXVII Assemblea Intercomarcal d'Estudiosos (Amposta, 1991). con cantos de calizas microesparíticas y bioclásticas de morfología subangulosa. La estructura es prismática/granular. Aparecen bloques caídos de caliza de aproximadamente 40 cm. La formación de este nivel se debe a una aportación por escorrentía. El material procede de la disgregación de la pared caliza. Posteriormente hay percolaciones de aguas cargadas de material arcilloso que rellenan los huecos con revestimientos de dominios orientados, que indican una circulación lenta. Así, también se encuentran las impregnaciones de óxidos-hidróxidos de hierro en el material detrítico propias de zonas donde ha habido circulación hídrica. La actividad biológica se manifiesta con la presencia de canales y huecos de tipo cavitario, así como la formación de agregados. Desde el punto de vista paleoambiental indica una humedad mediana y unas condiciones templadas (Bergadà, 1996). Por lo que respecta al material de origen antrópico se encuentran fragmentos cerámicos, carbones de color marrón-negro en los que se distingue su estructura vegetal, y astillas de huesos con trazas de alteración por combustión y también fitolitos de sflice de formas alargadas, de 75 jam, dispersos por la masa basal (Lám. Como en los otros yacimientos, las masas fosfatadas y cristalinas de origen animal son fragmentos de coprolitos. En el perfil 1-13 se observan unos fragmentos alargados (1 mm-150 ¡im) de color amarillo-parduzco que presentan una fuerte compactación, una microestructura fibrosa y en su interior fitolitos de sflice de formas alargadas desarticulados con cristalizaciones de carbonato calcico y esferolitas. Estas masas corresponden a coprolitos de herbívoros de dieta basada en hierbas y hojas, probablemente ovicaprinos (Lám. le). Estos fragmentos aparecen con trazas de combustión. En el perfil J-17 aparece otro tipo de componentes de origen excremental; fragmentos de masas fosfatadas (5 mm-175 |im) de color amarillo isotrópico de morfología subredondeada con restos óseos en su interior, que pertenecen a coprolitos de animales coauna dieta carnívora (Lám. Desde el punto de vista antrópico, cabe hacer una distinción entre los perfiles 1-13 y J-17. En el primero se documenta la presencia de fragmentos de coprolitos de animales herbívoros (ovicaprinos) y de fitolitos de sflice distribuidos por la masa basal y, en cambio, en el sector J-17, los fragmentos de coprolitos son de carnívoros y no se hallan fitolitos. Está formada por una masa cristalina de color gris de débil cohesión junto a restos carbonosos. La microestructura es masiva con una porosidad baja (1 %). Documentamos diversos componentes de origen vegetal como carbones y distintos tipos de cenizas. El material carbonizado es de color negroparduzco y de tamaño centimétrico y representa el 5%. Se distingue su estructura y está fragmentado. En cuanto a las cenizas tenemos fábricas cristalinas de color blanco formadas por cristales de calcita de morfología redondeada. También, y fundamentalmente en la parte superior, se encuentra calcita de forma romboédrica y algunos fragmentos cenicientos de tipo leñoso, de color blanquecino, de 625 ¡im y otros de 750 ¡im, con inclusiones fosfatadas. Los componentes vegetales que dominan son los restos carbonosos bien conservados, aunque en la parte inferior del área de combustión estos aparecen fragmentados. Las fábricas cristalinas (cenizas) se encuentran por toda la unidad pero sobre todo en la parte superior. Dentro de los componentes de origen animal cabe señalar, principalmente en la parte superior de la estructura, fragmentos óseos (2%) de alrededor de 250 |im, la mayoría de color amarillo-blanquecino, en los que prácticamente no se distingue la estructura ósea debido a la elevada temperatura a que han sido sometidos. Aparecen, aunque en baja proporción, fragmentos de masas fosfatadas cristalinas de color amarillo-parduzco de 750 | Lim, ^que presentan una fuerte compactación con una microestructura fibrosa con fitolitos de sflice desarticulados de formas alargadas junto a cristales de caï'bonato calcico, esferolitas y material detrítico. Estas masas corresponden a excrementos de herbívoros, concretamente ovicaprinos, parcialmente quemados. En la fracción detrítica, mayoritariamente formada por fragmentos de caliza micrítica y bioclástica, aparecen trazas de combustión. Así, se observan: fisuras que provocan la fragmentación y la disgregación de la roca; cambios de coloración de las calizas a unas tonalidades marrones y opacas; óxidos-hidróxidos de hierro que impregnan las partículas micríticas principalmente en la parte superior del área; y, neoformación de partículas de aproximadamente 125 | Lim de óxidos-hidróxidos de hierro que se encuentran distribuidas por la masa basal, sobre todo en la parte superior. Es difícil interpretar un área de combustión sin disponer de los datos de la excavación y, por tanto, los resultados que exponemos esperamos poder precisarlos con estudios posteriores y con los resultados de la intervención arqueológica. Se pueden distinguir dos unidades: -Unidad Superior: formada por fragmentos de cenizas juntamente con nodulos de óxidos-hidróxidos de hierro. Presenta una microestructura localmente en canales. Los caracteres de estos residuos vegetales indican una buena oxigenación de la combustión. -Unidad Inferior: formada por la mayoría de restos carbonosos parcialmente carbonizados. Refleja una combustión en atmosfera reductora. Posteriormente al relleno se sucedieron una serie de procesos postdeposicionales debidos a inñltraciones de aguas que percolaron a través del sistema de huecos del sedimento, arrastrando partículas carbonosas y elementos finos (limos y arcillas) que se depositan en huecos o alrededor de elementos gruesos originando revestimientos. También cabe destacar la actividad biológica que se manifiesta por una porosidad constituida por canales. Como conclusión, creemos que esta área de combustión alcanzó una temperatura elevada (500-600°C), aunque los fragmentos carbonosos parcialmente calcinados en la base parecen indicar una corta duración. Su funcionalidad es difícil de interpretar sin excavación pero por los datos de que disponemos podría corresponder a una actividad de tipo culinario. DISCUSIÓN DE LOS RESULTADOS Al estudiar micromorfológicamente los registros sedimentarios de estas secuencias neolíticas hemos podido observar que hay un gran aumento de los componentes de origen antrópico respecto a las etapas precedentes (epipaleolíticas)(l). Por esta razón uno de nuestros objetivos ha sido intentar determinar aquellos que son diagnósticos de esta etapa cultural. De todos los elementos analizados destacamos: los fragmentos de coprolitos y los fitolitos de sílice de formas alargadas. La mayoría de los primeros corresponden a ovicaprinos según nuestras colecciones de referencia y la bibliografía consultada (2) (Courty et alii, 1991; Wattez, 1992). También cabe mencionar que entre los restos faunísticos documentados en la estructura E.E.l de la cueva del Parco (Bartrolí tt alii, 1994; Petit et alii, 1996) y en el N.II de la cueva de la Guineu (4) se han identificado ovicaprinos. La presencia de estos excrementos nos ha hecho proponer la hipótesis de que se trata de unas ocupaciones con unas prácticas iniciales de estabulación de animales. La situación de los yacimientos que posibilita el acceso de los animales y el tipo de asentamiento (cueva) favorecen su utilización como establo. Un rasgo interesante es que estos coprolitos aparecen con trazas de combustión, dato que nos induce a plantear que fuera resultado o bien de prácticas de saneamiento o de la utilización de excrementos como combustible. Nosotros nos inclinamos por el saneamiento, ya que los excrementos de ovicaprinos tienen un poder calorífico muy pobre y se han localizado fragmentos leñosos carbonizados que indican la disponibilidad de combustibles más adecuados. En Arene Candide (Finale Ligure, Liguria, Italia) y en el abrigo de Pendimoun (Castellar, Alpes Maritimes, Francia) (Courty et alii, 1991; Wattez, 1992) de cronología similar también se documenta la presencia de fragmentos de coprolitos de ovicaprinos. Además se localizan en la estructura de la cueva del Parco y en la cueva del Vidre coprolitos que corresponden a animales con una dieta carnívora. En el Vidre se encuentran en el mismo nivel aunque en otro sector de la cavidad; esto nos hace proponer la hipótesis de que las actividades de estabulación podrían ser ocasionales o de tipo estacional. En el Parco no lo podemos corroborar ya que se trata de un relleno en posición secundaria. En cuanto a los fitolitos, que aparecen en todos los registros estudiados, destacan sobre todo los de formas alargadas que, según Albert (1995), corresponden a una vegetación de gramíneas. Este tipo de vegetación también se detecta en la estructura E.E. 1 de la cueva del Parco en los análisis polínicos y de fitolitos realizados (Petit et alii, 1996). La abundancia de este tipo de componentes creemos que podría estar muy relacionada con la Este tipo de vegetación se utilizaría como alimento (presencia de fitolitos en los coprolitos) y, también como lecho de paja (fitolitos distribuidos por la matriz sedimentaria). Por todas estas evidencias planteamos que se trata de ocupaciones con unas prácticas iniciales de estabulación de animales, donde también se realizaban otro tipo de actividades como el almacenaje (E.E.l, del Parco) y otras de tipo culinario (área de combustión del Vidre). Esta funcionalidad ganadera de los asentamientos comportaría una serie de tareas nuevas como aportes de paja y prácticas de saneamiento con incendios intencionados para limpieza y desparasitación que, junto a la presencia de coprolitos, originarían la abundancia de componentes orgánicos y de cenizas tan característica de los niveles neolíticos estudiados. Quisiera expresar mi agradecimiento a los directores de excavación de los yacimientos estudiados por las facilidades y el apoyo que me han prestado en todo momento. Este trabajo se ha elaborado dentro de los proyectos PB96-0184 de la DGICYT del Ministerio de Educación y Cultura y del Grup d'Investigado de Qualitat 1996 SGR-00050 concedido por el Comissionat per a Universitats i Recerca de la Generalitat de Catalunya.
Este libro es el resultado más sintético de la investigación desarrollada en la última década por estos dos autores. Su objeto han sido los procesos técnicos de fabricación y, especialmente, de uso, del utillaje lítico de algunos yacimientos del final del Paleolítico superior y Epipaleolítico del País Vasco, a partir del análisis funcional (estudio de las huellas de uso y experimentación). Esta última aportación está más orientada a responder las preguntas de los prehistoriadores «convencionales», interesados en la reconstrucción histórica, que de los especialistas en Traceología, disciplina que es más directamente atendida en algunos trabajos anteriores. La investigación está organizada en tres niveles sucesivos: las funciones desarrolladas por los útiles (a las que se dedican los capítulos 3 y 4), la reconstrucción de los procesos de trabajo de algunas materias y el entronque en ellos de los utensilios analizados (capítulo 5), y finalmente, un acercamiento a la definición de las estrategias de subsistencia y al papel jugado por los yacimientos (capítulo 6). El interés de estos objetivos es grande y, sin duda, creciente, pero también son cada vez mayores las dificultades y limitaciones a las que deberá enfrentarse el trabajo conforme vaya avanzando. En el primer capítulo, «Metodología del análisis funcional», se discuten las variables tenidas en cuenta en los experimentos y que se pretenden reconocer en los útiles (actividad realizada, materia trabajada, tiempo de uso -o número de lanzamientos-y forma de sujeción del útil...). A su vez, los rastros producidos se organizan en atributos y categorías concretos, definidos y cuantificados en la medida de lo posible (desconchados, pulido, estrías y huellas lineales, grado de redondeamiento, relación topográfica entre las huellas...). Es de especial interés el esfuerzo dedicado a avanzar en la expresión cuantitativa de los criterios de interpretación funcional de las evidencias visualizadas, y en la ordenación y definición misma de esos criterios. Son así)ectos clave que probablemente merecen una discusión específica desde el campo estricto de la Traceología y que aquí no vamos a abordar. En el segundo capítulo se ofrecen los resultados globales del análisis en los distintos yacimientos y niveles: capas magdaleniense y aziliense de la cueva de Santa Catalina, en la costa actual vizcaína, y yacimiento al aire libre de Berniollo, en Álava. Para cada uno de ellos se ofrecen los resultados referidos a las actividades detectadas (caza, carnicería, trabajo de la piel fresca, seca o indiferenciada, madera, asta, hueso etc) y al tipo de trabajo efectuado, surgiendo importantes diferencias entre los tres conjuntos. Su interpretación debe esperar sin embargo al esclarecimiento previo de otras cuestiones. A partir de aquí la investigación se centra en el primero de los tres grandes objetivos, el reconocimiento de la forma de uso del utillaje lítico, que es sin duda donde se consiguen resultados más sólidos y esclarecedores. Para cada grupo tipológico, y a partir de una muestra suficientemente amplia, se analiza la materia o materias trabajadas, el tipo de trabajo, el número de zonas activas, la intensidad, la existencia de enmangue, etc. El siguiente capítulo («Características generales de la utilización de las herramientas líticas») es aún más interesante. Se encaran en él cuestiones más generales sobre el uso del utillaje: los procesos de reutílización y reciclado, el distinto grado de polarización funcional (raspadores, buriles, puntas y laminas de dorso frente a raederas y piezas de retoques continuos), o de asociación al trabajo de determinadas materias, tendencias de correlación entre el ángulo del filo y la actividad (los ángulos agudos se asocian al trabajo longitudinal y T. P, 54, n." 2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es preferentemente sobre materias blandas...) etc. A pesar de cierta tendencia a que algunos tipos de útiles y de zonas activas se destinen a trabajos concretos, los autores insisten en que no existe correlación estricta entre forma y función, como ya se ha comprobado en bastantes estudios funcionales (y en el registro etnográfico). Un mismo trabajo puede ser llevado a cabo con herramientas de morfología diversa, y en ocasiones, de distinta materia prima. Se abordan también en este capítulo cuestiones tan interesantes como el aprovechamiento diferencial de las materias primas, con resultados especialmente clarificadores en Berniollo, el empleo diferencial del utillaje según el soporte técnico -se usan mucho más las láminas que las lascas no retocadas, y más las fracturadas que las completas-, el tipo de trabajo dominante en zonas laterales o transversales, o finalmente, el sentido y finalidades del retoque del utillaje. El capítulo 5 se centra en la reconstrucción de los procesos técnicos, entendiendo por tal el conjunto de acciones encaminadas a la elaboración de un objeto o a la preparación de una materia para el consumo. Los autores tratan de integrar los resultados de su análisis, es decir, las actividades reconocidas en los útiles líticos, dentro de los procesos técnicos de transformación de cada materia, desde la fase de captación, pasando por la de transformación (a su vez con desbastado, conformación inicial, acabado, reparación y mantenimiento) y finalmente uso o consumo de cada material. Para ello, integran los resultados de la experimentación y deducciones basadas en la evidencia arqueológica con el conocimiento de cazadores-recolectores modernos (controlados aquí de forma muy pormenorizada, inusual en la investigación cantábrica). Se abordan así los procesos técnicos de la piel, hueso y asta, madera u otros materiales no leñosos y carne. Es especialmente satisfactoria la reconstrucción del trabajo de la piel, desde el desollado al corte y cosido. Adquiere aquí gran importancia la distinción entre el utillaje lítico que trabajó sobre piel fresca (descarnado, depilación...), o sobre piel seca en fases más avanzadas del proceso. Los resultados obtenidos en los niveles de Santa Catalina y en Berniollo, suficientemente contrastados, serán así indicativos de las fases de las cadenas técnicas desarrolladas predominantemente en cada uno de los sitios, y secundariamente, del papel jugado por cada sitio dentro del sistema de aprovechamiento. El proceso de trabajo del hueso y asta tiene en principio la ventaja de que puede contarse también con los restos recuperados arqueológicamente de esas materias, aunque en este caso se dispone sólo de 28 utensilios de Santa Catalina y aún no se han estudiado los restos técnicos. También aquí el análisis funcional ofrece importantes aportaciones, aunque este proceso técnico sea ya relativamente conocido en la región desde los trabajos iniciales de Hernández Pacheco a los de L Barandiaran y J. Mugika. El epígrafe finaliza con lo referido al trabajo de la madera, carne y vegetales no leñosos (fines alimenticios, combustible, vestido, cordelería, contenedores, material de construcción...). El capítulo, que es especialmente instructivo en lo referido al trabajo de la piel, ofrece un alto interés en todo su desarrollo. Con todo, una más amplia integración de resultados desde otras perspectivas (prácticamente limitadas aquí al registro etnográfico) habría permitido contrastar y enriquecer el aporte del análisis de huellas sobre material lítico, en esa reconstrucción de los procesos técnicos. Pero no hay aun datos sobre restos tecnológicos de hueso y de asta, huellas de descarnado y preparación, análisis de las partes del animal aportadas etc., pues en Santa Catalina y en Berniollo apenas se conservó materia orgánica. Finalmente, el capítulo 6 aborda el último de los objetivos: un acercamiento a la funcionalidad de los sitios a partir de lo averiguado sobre el empleo del instrumental lítico y la caracterización de los trabajos llevados a cabo. Para ello se acude de nuevo a la información etnográfica sobre formas de organización de cazadores recolectores, dando un importante papel al esquema de Binford. Este autor tendió a considerar dos modelos de organización (collector frente a. forager), situando en el primero los sistemas más planificados y con importante desarrollo de la movilidad logística, frente a los sistemas más generalizados, con sitios más similares entre sí y un mayor componente de la movilidad residencial del segundo. Estos modelos casi antagónicos se transforman aquí en dos polos entre los que situar lo apreciado funcionalmente en cada conjunto arqueológico, insistiéndose, por ejemplo entre los collector, en la diversidad funcional de asentamientos y en las actividades jerarquizadas y segmentadas según los sitios, y por tanto en las rupturas en los procesos técnicos de cada materia documentables arqueológicamente. Los resultados obtenidos en los distintos conjuntos se enfrentan sin embargo a algunos problemas de interpretación. El más importante es la distinta entidad de las unidades estratigráficas de análisis. Es decir, la posibilidad de estar comparando conjuntos resultantes de ocupaciones puntuales (acaso Berniollo, y quizá el nivel «Aziliense» de Santa Catalina) con conjuntos procedentes del solapamiento de múltiples ocupaciones, más o menos contrastadas funcionalmente entre sí (lo que es posible que suceda en el nivel «Magdaleniense» de Santa Catalina). Muy conscientes de estas y otras limitaciones, los autores plantean finalmente una hipótesis supeditada a que realmente se trate de unidades comparables y a que, por tanto, el nivel magdaleniense de Santa Catalina refleje unos comportamientos homogéneos y continuados. En sus términos más concisos, T. R, 54, n.° 2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es se propone una ocupación generalizada en ese nivel magdaleniense frente a otras más planificadas y de actividad más segmentada en las unidades epipaleolíticas, correspondientes a fases iniciales de captación y primera transformación en Santa Catalina, y a momentos más avanzados en Berniollo. Realmente los autores demuestran que debe contarse con el análisis funcional a la hora de definir el papel jugado por los yacimientos y las estrategias de aprovechamiento económico, y abren una importante vía de aproximación a estos problemas, acaso los más apasionantes en el estudio de los cazadores-recolectores. Pero es fundamental -y quizá imprescindible-el análisis integrado con otros tipos de información, precisamente para calibrar la incidencia de muchas de las limitaciones del análisis funcional (entre otras, la conservación diferencial de las huellas según sitios, materias primas y trabajos efectuados), o del mismo registro arqueológico. Sobre todo parecen convenientes los análisis de diversidad de recursos y procedencia, grado de polarización cinegética, partes llevadas al yacimiento, estacionalidad, huellas de procesamiento en materiales óseos etc. No estamos ante un libro más sobre prehistoria cantábrica, o sobre huellas de uso en instrumental lítico. Es un trabajo concienzudo, inteligente y ambicioso, que se fundamenta en unos resultados concretos (y verificables) del análisis funcional en varios yacimientos -lo que ya de por sí es tan inusual como positivo-y mantiene un alto interés a lo largo de todo su desarrollo por lo instructivo de sus contenidos y por la discusión permanente en la que se involucra al lector, especialmente en los capítulos más avanzados. Abre así en la investigación de los cazadores-recolectores de la región una forma de interrogar el registro arqueológico más amplia y compleja, y al tiempo, más capaz de acercarnos a lo que fue realmente la vida de aquellos grupos humanos. Con algunos años de retraso respecto a la fecha prevista aparece por fin este volumen cuyo objetivo fundamental, según declara en el prefacio uno de sus editores (N.M.), es informar al ámbito anglosajón de que existen otros muchos yacimientos en el Paleolítico peninsular aparte de Altamira, Ambrona y Atapuerca, que son los más divulgados a nivel internacional. Subsidiariamente se pretende también demostrar que son numerosos los proyectos de investigación que están en marcha sobre este período en España y Portugal y que muchos de ellos tienen un nivel, tanto de planteamientos como de ejecución, al menos similar al de sus homólogos de otros países. Estos objetivos, que a primera vista pueden parecer sorprendentes, resultan desde luego justificados cuando se observa la profunda ignorancia que tienen muchos autores anglosajones de la evidencia paleolítica peninsular -en marcado contraste con sus colegas continentales, generalmente mucho mejor informados-y patente sobre todo en algunas síntesis aparecidas en los últimos años. Ante la vastedad del tema elegido en este volumen, los editores han optado por centrar las aportaciones en la evaluación de un tópico muy manejado en la bibliografía de los últimos años: el determinismo de la materia prima en el aspecto de los conjuntos líticos, especialmente cuando esta materia prima es de peor calidad que el sílex. El resultado es una recopilación de 22 artículos (15 sobre España y 7 sobre Portugal) en los que se recogen investigaciones que cubren todas las regiones peninsulares. Su reparto cronológico es, sin embargo, muy desequilibrado: 12 tratan sobre conjuntos atribuidos al Paleolítico Inferior o al Inferior y el Medio indiferenciados, mientras que sólo 1 trata sobre Paleolítico Medio, 5 sobre Paleolítico Superior, 1 sobre Mesolítico, 1 sobre una secuencia que cubre todo el período (Castillo) y 2 sobre aspectos puramente técnicos. Un conjunto tan heterogéneo de aportaciones es en principio muy difícil de resumir en pocas líneas. Por su profundidad, extensión y nivel de detalle, es de destacar la síntesis sobre el Paleolítico Inferior español que inaugura el volumen, realizada por M. Santonja en la misma línea crítica que otras similares que ha publicado en los últimos años (Santonja y Villa, 1990; Santonja, 1992; Raposo y Santonja, 1995), aunque esta vez centrada en las relaciones entre materia prima y ocupación del territorio. Su equivalente portugués, realizado por J. Meireles y J.P Cunha-Ribeiro, resulta también interesante, sobre todo por basarse casi exclusivamente en conjuntos estudiados recientemente. En esta misma línea de análisis global puede situarse el artículo de N. T. P, 54, n.'' 2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Moloney sobre algunos conjuntos peninsulares del Pleistoceno Medio realizados en cuarcita, en los que la materia prima (naturaleza de la roca tallada, tamaño de los nodulos) condiciona algunos rasgos tanto de las cadenas tecnológicas (talla centrípeta, presencia de cortex...) como de la tipología de sus productos (abundancia de hendedores), pero en modo alguno sirve para explicar el aspecto global de las colecciones. Aparte de estos trabajos de síntesis y de dos artículos de contenido metodológico, uno sobre la talla de cantos de cuarcita por parte de los pescadores gallegos (J.A. Cano & J.M. Vázquez Várela) y otro sobre una aproximación experimental al análisis de huellas de uso en instrumentos de cuarcita (J.R Pereira), la mayor parte de las contribuciones tratan sobre análisis de materias primas a nivel regional o estudios tecnológicos más o menos detallados de localidades concretas. En el primer caso pueden englobarse las visiones de conjunto sobre el Achelense asturiano (J.A. Resulta complejo hacer una evaluación global de todas estas aportaciones. Dejando aparte las síntesis ya comentadas, en su mayor parte se trata de trabajos que sólo pretenden analizar la evidencia de un determinado ámbito o yacimiento y cumplen dicho objetivo con eficacia. Del resto de las contribuciones que forman esta recopilación, hay que reconocer que algunas presentan elementos que van más allá de estos objetivos concretos. El artículo de Utrilla y Mazo, por ejemplo, incluye interesantes aportaciones en el campo de la tracelogía, y las reflexiones sobre tecnología y tipología de L. Raposo en su estudio sobre la indUstria de Milharós son algunas de las más lúcidas del volumen, como era de esperar tratándose de este autor. Desgraciadamente, también hay que reconocer que algunos son sólo notas brevísimas de trabajos en vías de realización, cuyo interés es escaso y que muchas veces utilizan terminologías no estandarizadas de difícil comprensión. Un caso especialmente preocupante en este sentido es el de los trabajos realizados según el autodenominado'método Lógico-Analítico' (Carbonell et alii, 1983;1995) -aunque de analítico tiene poco y de lógico nada-, cuya utilización pertinaz en yacimientos importantes como Atapuerca o el abrigo Romaní impide conocer con el detalle deseado la composición de sus industrias. Dicho sistema, analizado a fondo, pretende enmascarar entre un aluvión de neologismos y siglas, muchas veces incomprensibles y totalmente innecesarios al no definir ningún concepto que no exista ya en la bibliografía, una enorme pobreza conceptual al reducir a unas pocas categorías (percutores, nodulos, núcleos, lascado, productos retocados y debris) los elementos analizables en las cadenas operativas, justo en un momento en el que cada vez se intenta matizar más en su diferenciación. El hecho de que en más de 10 años que lleva de divulgación obsesiva no haya conseguido convencer a ningún colega de prestigio, de que su uso haya demostrado que resuelve algún problema importante de la disciplina, y de que en todos los foros internacionales en los que se ha presentado haya sido calificado de innecesario e incomprensible, debería tal vez llevar a sus creadores a replantearse modificaciones sustanciales en su composición con vistas a enriquecerlo como instrumento de análisis y a compatibilizarlo con los esquemas conceptuales que utiliza el resto de la comunidad científica. A modo de conclusión cabe reflexionar, como lo hace N. Moloney, sobre cómo el análisis de materias primas se ha convertido en una moda en los últimos años que ha llevado a muchos investigadores a sobrevalorar su peso como determinante en la composición de los tecnocomplejos paleolíticos. Esta moda en el fondo es sólo una más de las manifestaciones del entusiasmo que desde la década pasada han despertado los análisis tecnológicos en detrimento de los tipológicos -hasta el extremo de que, hace unos años, un exaltado colega llegó a gritar en una reunión: «La Tipología ha muerto, jviva la Tecnología!»-, pero cuantos más trabajos se publican sobre el tema más se tiene la impresión de que dichos análisis conllevan una considerable inversión de esfuerzo y tiempo que no siempre proporcionan resultados en consonancia. Algo parecido ocurrió hace años con los análisis de huellas de uso en el material lítico: tanto en este caso como en el de la Tecnología, el resultado es que los aspectos morfológicos (la Tipología) salen reforzados en su papel de factores discriminantes más eficaces a la hora de identificar unidades culturales paleolíticas. La figura del Prof. Hugo Obermaier, demasiado olvidada por las jóvenes generaciones de estudiosos de la Prehistoria, se pone de relieve en esta obra colectiva. Se trata de 19 estudios reunidos por el Prof. Moure Romanillo con motivo de los respectivos aniversarios de la primera edición de El hombre fósil (Madrid, CIPP, 1916) y de la muerte de su autor. La obra se abre con una presentación de Rainero I, Príncipe de Monaco (pp. 9-10), que recuerda la obra científica de su antecesor el Príncipe Alberto 1, que acogió a Obermaier en el parisiense Institut de Paléontologie Humaine, una de sus fundaciones (1910). A continuación, a modo de fichas sintéticas, daremos cuenta de los interesantes trabajos que el libro contiene. El propio editor, Alfonso Moure Romanillo, en Hugo Obermaier, la institucionalización de las investigaciones y la integración de los estudios de Prehistoria en la universidad española (pp. 17-50, 9 figs.), pone de relieve la gran influencia de Obermaier en los estudios de la Prehistoria peninsular entre 1909 y 1936 y los avalares de su carrera científica (Institut de Paléntologie Humaine; Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas; catedrático de la Universidad de Madrid; Académico de la Historia; etc.). Aporta notable documentación inédita acerca de su renuncia a la cátedra de Madrid y su incorporación a la Universidad de Friburgo, en relación con los prolijos problemas suscitados por la guerra civil y las depuraciones de 1939/40. Le siguen una serie de estudios sobre aspectos concretos de las investigaciones del ilustre sabio bávaro. Benito Madariaga de la Campa, en Hugo Obermaier en el contexto de Id Prehistoria cántabra: una valoración de Altamira (pp. 51-77, 6 figs.), traza un panorama de la ciencia prehistórica en Cantabria desde los orígenes en el siglo XIX, destacando en la etapa siguiente la presencia de Obermaier, desde las excavaciones de la cueva del Castillo (Puente Viesgo) (1910)(1911)(1912)(1913)(1914) hasta las excavaciones de Altamira (1924). M^ del Carmen Márquez Uría, en Obermaier y el Conde de la Vega del Sella. El paradigma científico (pp. 79-98, 5 figs.), se ocupa de la relación de amistad y colaboración entre ambos personajes, en especial en el seno de la madrileña Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. La autora utiliza documentos de la época, principalmente los papeles del Conde de la Vega del Sella, analizando también las obras en las que colaboraron. Por su parte, Carmelo Fernández Ibáñez y Ramón Fábregas Valcarce, escriben sobre Obermaier y la Prehistoria del Noroeste de la Península Ibérica (pp. 99-126, 1 fig.), subrayando en que forma el trabajo de Obermaier «Impresiones de un viaje prehistórico por Galicia» {Boletín de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos de Orense, VII, nos. Los autores realizan un amplio análisis de aquellas obras, indicando los avances que se han realizado posteriormente. Otro grupo de trabajos diversifican la temática. Así, Emiliano Aguirre, en Orígenes del poblamiento de la Península Ibérica (pp. 127-151), revisa los fósiles humanos más antiguos del espacio peninsular (Cueva Vic-T. P, 54, n.° 2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es toria y Atapuerca TD.6), su cronología y contextos, en relación con los más o menos contemporáneos de otras regiones del Viejo Mundo. Evalúa, además, las hipótesis sobre parentesco, vías de penetración y tiempo. La primera ocupación tendría una antigüedad cercana al millón de años y hace medio millón de años se produjo un gran cambio (antecesores de los preneandertales europeos). El trabajo de Juan Carlos Castañón y Manuel Frochoso Sánchez, Hugo Obermaier y el glaciarismo pleistoceno (pp. 153-175, 5 figs.), recuerda que la formación de Obermaier con A. Penck y E. Bruckner le preparó para el estudio del glaciarismo en la Península Ibérica, en particular en Sierra Nevada, el Sistema central y la Cordillera Cantábrica. Se presenta el estado actual del conocimiento de dichos fenómenos que, en lo que se refiere a la cronología, difieren de los de aquel. Victoria Cabrera Valdés, Federico Bernaldo de Ouirós y Manuel Hoyos Gómez escriben sobre Hugo Obermaier y la cueva del 2 figs.), excavación realizada por el ilustre investigador con un amplio equipo internacional y que fue una de las más notables aportaciones al conocimiento de la Prehistoria europea antes de 1914. Aunque sus resultados sólo parcialmente fueron publicados, quedaron bien reflejados en sus obras de síntesis. Hay que recordar que la primera firmante reanudó los trabajos en el yacimiento del Pas en 1980, pudiendo confirmar la estratigrafía y las atribuciones crono-culturales, que se han podido precisar con dataciones radiocarbónicas. Otros estudios se refieren a diversos aspecto del Pleistoceno Superior. Lawrence Guy Straus, en Hugo Obermaier and the Cantabrian Solutrean (pp. 195-209, 1 fig. y 5 cuadros), recuerda las opiniones del catedrático madrileño sobre el Solutrense cantábrico, sus orígenes extra-ibéricos según él -y periodización tripartita-. Se tienen en cuenta las colecciones líticas de Castillo, Hornos de la Peña y Altamira, dando noticia de las existentes en museos de los EE.UU. (incluidas notas de una colección de Cueva Morín en el Peabody Museum, Harvard). Pilar Utrilla Miranda se ocupa de La.sistematización del Magdaleniense cantábrico: una revisión histórica de los datos (pp. 211-247), señalando la situación actual a partir de una revisión bibliográfica de los trabajos de principios de siglo, principalmente de Breuil, el Conde de la Vega del Sella y Obermaier. Además, subraya las características de la interpretación vigente (cuadro). Le sigue el estudio de Joaquín González Echegaray y Leslie Gordon Freeman, Obermaier y Altamira. Las nuevas excavaciones (pp. 249-269, 5 figs.), en el que se recuerda su atención a los problemas de conservación y a la promoción de la cueva de S antillana, en particular sus excavaciones de 1924-1925, comparando sus resultados con los conseguidos en una nueva excavación realizada en los años 1980/81. Acerca del arte, el primer trabajo es de Rodrigo de Balbín Behrmann y César González Sainz, Las pinturas y grabados paleolíticos del corredor B.7 de la cueva de La Pasiega (Cantabria) (pp. 271-294, 10 figs, y 5 láms.), en el que se hacen minuciosas identificaciones y análisis iconográficos de las representaciones de un corredor secundario de dicha cueva, con signos y animales de color rojo y grabados zoomorfos. La técnica y estilo de estos últimos permiten una datación probable entre 15.000 y 14.000 BR Las pinturas serían sincrónicas o ligeramente más antiguas. Uno de los problemas fundamentales del arte rupestre paleolítico es el de su datación. A un aspecto concreto, las fechas radiocarbónicas, se refieren Alfonso Moure Romanillo, César González Sainz, Federico Bernaldo de Quirós y Victoria Cabrera Valdés, Dataciones absolutas de pigmentos en cuevas cantábricas: Altamira, El Castillo, Chimeneas y Las Monedas (pp. 295-324, 12 figs, y 1 cuadro), que exponen los resultados y problemática de trece fechas obtenidas por el procedimiento de C14 por acelerador de partículas en muestras de pigmentos de pintura de dichas cuevas con arte paleolítico. Los análisis fueron realizados en el laboratorio de Gif-sur-Yvette (París). Casi todas las fechas obtenidas vienen a confirmar anteriores dataciones por medios técnico-estilísticos. De un tema concreto del arte paleolítico y su existencia en el postpaleolítico se ocupa Christian Züchner, The scaliform sign of Altamira and the origin of maps in Prehistoric Europe (pp. 325-343, 8 figs.), que interpreta varios signos paleolíticos como antecedente y origen de representaciones geográficas que perduraron hasta el Bronce Final. El autor destaca que en estas representaciones se unen hechos geográficos de la realidad con ideas sobre el mundo espiritual. Por su parte, Ignacio Barandiarán Maestu se ocupa de El arte mobiliar del hombre fósil cantábrico (pp. 345-369), situando a H. Obermaier en la investigación de su tiempo y subrayando su notable aportación al conocimiento del arte mueble cantábrico, así como sus ideas sobre el significado, los estilos y la cronología. El panorama de aquel tiempo en esta cuestión contrasta con el actual, muy denso gracias al incremento de los datos en el último cuarto de siglo. Otro grupo de trabajos se refiere a tiempos postpaleolíticos. Así, Manuel R. González Morales explica en Obermaier y el Asturiense: ocho décadas de investigación (pp. 371-389) cómo nació la idea de la cultura mesolítica llamada «Asturiense». El autor revisa los criterios con que fue establecida, la rectificación de su cronología en los años 50 y 60, las aportaciones de los veinte años siguientes y las novedades recientes. Por su parte, Pablo Arias Cabrai, en Los concheros con cerámica de la costa )? hace memoria de que ya en 1916 Obermaier apuntaba la importancia de los concheros con cerámica para entender el paso al Neolítico en dicha región. El autor realiza una revisión crítica de los yacimientos (mapa) que contienen datos al respecto. Concluye que la explotación intensiva del medio litoral se prolonga en el Cantábrico más allá del Mesolítico, en un contexto de sociedades indígenas «en vías de neolitización». Su desaparición se situaría en el IV milenio a.C. al desarrollarse los «sistemas económicos más centrados en la agricultura y la ganadería». En una cronología más avanzada, M. Concepción Blasco Bosqued y Javier Baena Preysler se ocupan de El yacimiento de Las Carolinas y la cerámica simbólica campaniforme. Algunos datos para su interpretación (pp. A\1-AA6, 4 figs.), reinterpretando los materiales del yacimiento madrileño como enterramientos individuales en fosa. Hay que recordar que de uno de los ajuares formaba parte un conocido cuenco con decoración simbólica (ciervos y esteliformes). Se establecen los oportunos paralelos de dichos motivos con otras cerámicas y con las pinturas rupestres. Un tema de arte postpaleolítico es el que desarrollan Bernât Martí Oliver, Rafael Martínez Valle y Valentín Villaverde Bonilla que se ocupan de Los pueblos capsienses y el arte rupestre de la España oriental en la obra de H. Obermaier (pp. 447-465, 2 figs.), comentando las aportaciones de Obermaier al conocimiento del arte levantino y sus opiniones sobre su edad pleistocénica (en estrecha relación con H. Breuil). Como es sabido, tal atribución se basaba en la creencia que el territorio peninsular extra-cantábrico estuvo en el Paleolítico Superior poblado por gentes de la cultura Capsiense norteafricana. Por último, otro tema de arte postpaleolítico es el desarrollado por Rodrigo de Balbín Behrmann y Primitiva Bueno Ramírez, Soto, un ejemplo de arte megalítico en el Suroeste de la Península (pp. 467-505, 12 figs, y 8 cuadros) acerca de la decoración del gran dolmen de la provincia de Huelva que fue dado a conocer por Obermaier en 1924. Por su decoración fue considerado como una excepción sureña del arte megalítico común en el noroeste peninsular. Los autores efectúan una revisión de aqíiella importante decoración grabada, dando también noticia del descubrimiento de pinturas. El aparato iconográfico de este trabajo es importante. Siempre hemos pensado que cuantos se ocupan de la Prehistoria hispánica estamos en deuda con la insigne personalidad del Prof. Hugo Obermaier. Sin duda su bibliografía y sus empresas investigadoras suscitarán nuevos estudios en el futuro. Pero, ahora, ya contamos con esta obra que es una feliz iniciativa del Prof. A. Moure Romanillo, convertida en una bella realidad. A él y a todos sus colaboradores hacemos llegar con estas páginas nuestra más cordial felicitación. Departamento de Prehistoria e Historia Antigua. Facultad de Geografía e Historia. Universidad Nacional de Educación a Distancia. 28071 Madrid (España) Desde su descubrimiento, el edificio de Cancho Roano ha causado tanto interés como sorpresa en el mundo académico, ya que la zona en la que se encuentra, en plena Extremadura, había sido poco valorada frente a otras del sur y oriente peninsular. La monumentalidad de la construcción arquitectónica, la riqueza de sus materiales y su situación geográfica constituyeron un reto para los investigadores, que intentaron arrojar algo de luz para comprender el sentido que pudo tener este lugar en su encuadre social, político, religioso, económico e histórico. El nombre de Juan Maluquer de Motes siempre irá unido al del yacimiento, ya que fué él quien comprendió su interés y la necesidad de una actuación rápida para salvar un conjunto cuya naturaleza era por entonces poco más que una intuición. Las excavaciones, iniciadas en 1978, han encontrado su continuador en S. Celestino y en toda una amplia lista de eficaces responsables y colaboradores, lo que ha permitido ir desgranando poco a poco las líneas maestras de un edificio, cuya planta es probablemente la más conocida de la Protohistoria española. Precisamente uno de los primeros aspectos a resaltar en estos trabajos es la paciente continuidad del equipo científico, que desde las primeras etapas ha ido avanzando, despacio y prudentemente, hacia la presentación de T. P, 54, n." 2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es los datos que nos ofrecen en sus memorias. Y este aspecto resulta doblemente apreciable cuando, a lo largo de todo este tiempo, prácticamente nadie se ha resistido a expresar su interpretación particular del yacimiento, unas veces de forma acertada, y otras no cabe duda que apresurada o infundada. El propio desarrollo de los trabajos ha obligado a rectificar ciertas valoraciones arqueológicas iniciales propuestas por Maluquer, como la presencia de una supuesta necrópolis, la existencia de cámaras subterráneas, etc., pero ésto no hace sino mostrar la honestidad de los excavadores, para quienes la evidencia no está necesariamente al servicio de presupuestos asumidos a priori. Los dos libros publicados suponen la presentación del conjunto de habitaciones que rodean el perímetro de esta magnífica construcción, dejándose para más adelante la edición de las excavaciones de la zona central. Existen, sin embargo, trabajos en los que se adelantan algunas de las novedades más importantes, estando la bibliografía específica recogida en ambos volúmenes, lo que se agradece teniendo en cuenta la dispersión de las revistas, congresos, etc., en donde puede recabarse información sobre Cancho Roano. La exposición es clara, intentando unificar el trabajo de los diversos equipos que se han ocupado de los distintos sectores del yacimiento, y sin cuya labor no podría haberse avanzado significativamente. Asimismo, la edición es cuidada, con un formato adecuado para la presentación de memorias de excavación, en donde se aprecia cómo el esfuerzo realizado ha permitido pasar de un único y admirable mecenazgo editorial a la colaboración de la Comunidad Autónoma y de un Proyecto Europeo, con la consiguiente mejora de calidad. Los dibujos son cuidados, y las reconstrucciones en color de las diversas zonas del edificio han supuesto sin duda un gran esfuerzo. Aunque mucho menos virulenta, la discusión latente en el fondo de estos trabajos sigue girando en tomo a la naturaleza de esta edificación, denominada por unos como palacio y por otros como santuario. En la propuesta de Almagro Gorbea (1989), los influjos de largo y diverso alcance provocados por la colonización fenicia, interaccionaron con la organización indígena, dando lugar a la fijación de una jerarquía imbuida de carácter divino denominada como «monarquía sacra». La consecución de este modelo no parece tener un espacio cronológico fijo en las diferentes zonas de la Península Ibérica, recurriéndose especialmente para su constatación a dos comprobantes arqueológicos: la torre funeraria de Pozo Moro y el palacio-santuario de Cancho Roano. En este caso, según Ruiz (1994), el personaje dirigente alcanzaría una máxima segregación respecto a su comunidad, alejándose su residencia del asentamiento popular. En el paso siguiente, la monarquía heroica, las élites dirigentes se imbrican orgánicamente en una sociedad piramidal más diversificada, asociándose a héroes más que a seres intrínsecamente divinos. Un amplio porcentaje de la población accede a parámetros sociales antes restringidos, desarrollándose así aspectos como la complejidad urbanística, los lugares de culto público o los cementerios extensos. Si se acepta el concepto de monarquía sacra, la dicotomía entre palacio y santuario debería carecer de sentido, ya que el edificio asume las principales funciones rectoras: vivienda del jerarca, lugar de culto y centro económico-administrativo. Por ello, denominar como santuario al palacio y viceversa sería emplear términos redundantes. Sin embargo, los autores desean resaltar especialmente su uso como lugar sagrado, y en las dos monografías presentadas otorgan una gran importancia al factor religioso, considerando las habitaciones periféricas como depósitos de ofrendas, y valorando por tanto los objetos que incluyen desde una perspectiva más simbólica que funcional o económica. Ciertamente, otorgar un papel concreto a estos cubículos, reconstruidos tras las diversas modificaciones del edificio, no es nada fácil. Las dependencias excavadas corresponden al último nivel de uso. Cancho Roano A, fechado a lo largo del siglo V a.C. por los diversos recipientes de cerámica ática, realizándose una serie de remodelaciones hasta la inutilización final de todo el conjunto mediante un incendio prolongado. La imagen que podemos obtener es, por tanto, la de la última etapa, si bien es probable que hubiera una cierta continuidad desde los primeros momentos constructivos. Los sectores este y sur se conservan mal, y por tanto las investigaciones se han centrado preferentemente en las zonas norte y oeste, que presentan una configuración muy similar y repetitiva. El acceso a las habitaciones, siempre desde el pasillo perimetral, da paso a unas estancias estrechas en las que se acumulan materiales muy diversos, en los que nunca falta una generosa provisión de recipientes cerámicos para almacenaje y consumo, fíbulas, fusayolas, pesas de telar, útiles de hierro, conchas, tabas, piezas de hueso, ponderales de bronce y plomo, y ricos ajuares metálicos consistentes en braseros, jarros, asadores e incluso figuras zoomorfas. Su disposición en el interior es diversa, pero con algunas recurrencias, como la presencia de bancos, acumulación de recipientes de almacén en los laterales, etc. Junto a los accesos, zonas de piedras revestidas de arcilla endurecida, que.bien pudieran ser indicio de puntos de luz. Como los autores señalan, la acumulación de objetos es tal en algunos de estos lugares que resultaría imposible desarrollar una actividad en ellos. Su lectura pasa entonces por considerarlos como depósitos, ya T. P., 54, n.« 2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sean simples almacenes, u ofrendas presentadas al lugar sacro, que estaría situado en la habitación n° 7 del edificio principal, opción ésta que, como ya se ha señalado, es la defendida en estos libros. El carácter de las piezas hace comprensible que Maluquer considerara a ésta una zona de cementerio, ya que casi ninguno de estos objetos desentonaría como ajuar de una sepultura. Sin embargo, este autor ya pudo comprobar que no existían restos humanos, sugiriendo entonces que las cenizas habrían sido arrojadas al río Cagancha. Esta argumentación suponía mantener la propuesta y excusar la evidencia, amparándose en una tradición local que no parece poder mantenerse, teniendo en cuenta que uno de los yacimientos más importantes de la zona es precisamente la necrópolis de Medellín. La presencia de algunos -muy escasos-elementos de armamento en el sector norte, y de telares en el oeste, han movido a proponer una vinculación con el universo masculino al primero y al femenino al segundo, pero lo cierto es que la variabilidad de los objetos incluidos es muy grande. Como se indica en el capítulo dedicado al sector oeste, lo más probable es que las habitaciones cumplieran un papel múltiple, tanto para guardar objetos dedicados al palacio, como de reserva o almacén. En todo caso, la distribución regularizada de equipos anfóricos, de recipientes de conserva, comida y bebida, hace pensar en una distribución individualizada de cada habitación, fuese cual fuese su causa o destino final. Se discute también la naturaleza del poder acumulado por los residentes en el palacio. Desechados los recursos mineros, se propone la importancia del control de la tierra como un bien básico. Ciertamente, la existencia de un monumento único no quedaría explicada simplemente por el control de la tierra, que es un recurso muy extendido. Sin embargo, todos los indicios parecen apuntar a que Cancho Roano no estaba sólo en el paisaje extremeño, sino que en cada unidad territorial pudo existir un monumento de características similares, que hasta ahora habían pasado desapercibidos. Debemos resaltar, por tanto, el carácter pionero y singular de estos trabajos, que afortunadamente siguen en curso, y que sin duda no dejarán de aportarnos sorpresas en los próximos años. ALMAGRO GORBEA, M. ( 1989 La Junta de Castilla y León, a través de su Dirección General de Patrimonio y Promoción Cultural, ha apostado decididamente por la puesta en valor de yacimientos y zonas arqueológicas; para ello está potenciando la creación de Aulas didácticas y una política de Guías Arqueológicas que acerquen esta riqueza patrimonial al gran público. Esta iniciativa conecta así con el interés creciente de nuestra sociedad, que, a través del turismo y del concepto más amplio de ocio cultural, demanda espacios naturales y actividades relacionadas con ellos, reclamando una amplia gama de atracciones, entre las que ocupa un lugar destacado el Patrimonio Cultural. Pero ésta no es una Guía informativa más sobre un yacimiento o unos restos arqueológicos, sino que los autores se han planteado mostrar al visitante un Paisaje Cultural, diseñado por el comportamiento y estructuras sociales de las comunidades del pasado, que ocuparon la Zona Arqueológica de Las Médulas, y sus procesos de cambio, que han dejado sus huellas en la articulación del espacio. Esta Guía ha sido posible por el trabajo de un equipo y una línea de investigación sobre Estructura Social y Territorio, articulados en el Departamento de Historia Antigua y Arqueología del C.S.LC, que recoge el peso que a partir de la década de los ochenta adquiere en la investigación arqueológica el estudio de la Arqueología del Paisaje, entendiendo que éste deja de ser natural en cuanto el hombre hace cualquier intervención en él, aunque sea exclusivamente mental (Orejas, 1995(Orejas, -1996: 63;: 63; Criado, 1993: 11 1995-96: 39-40). En este planteamiento se engloban los estudios genéricamente denominados territoriales, que han alcanzado una amplia proliferación en sintonía con la preocupación creciente en la sociedad sobre el medio ambiente (Orejas, 1995(Orejas, -96: 62 y 1995: 215): 215). El proyecto de Las Médulas aborda ahora lo que debe estar en el objetivo de toda investigación, que es proporcionar a la sociedad en general una mayor comprensión del pasado humano, que conlleva en este caso la puesta en valor de esta Zona Arqueológica desde la perspectiva de la Arqueología del Paisaje Cultural, en la que la Historia y el espacio en el que se desarrolla la acción humana se convierten en co-protagonistas, asumiendo que lo relacionado con el hombre, la sociedad y el espacio en el que éste se desenvuelve es algo cultural (Criado, 1993: 262; Orejas, 1995-96: 63). En realidad no estamos ante una guía en sentido estricto, tanto por su organización como por el tratamiento de los temas y la manera de abordar su estudio; más que de una guía turística se trata de los resultados del proyecto de investigación. Pero este libro es un buen ejemplo de cómo la información arqueológica, por muy variopinta que pueda ser, bien organizada y acompañada de un material gráfico adecuado y elaborado, puede hacerse atractiva para el gran público y además servir de guía. La Guía incluye mapas de información general con la localización de los lugares a visitar e itinerarios precisos, indicando la posibilidad de realizar los recorridos en todo terreno, bicicleta de montaña o a pie, así como distancias, tiempo, puntos de información; a su vez delante de cada capítulo se contemplan mapas específicos. Se inicia el recorrido por los castros prerromanos (El Castrelín de San Juan de Paluezas) y las características de su territorio (cap. II); para abordar a continuación (cap. III) el proceso de la conquista romana y el comportamiento del poblamiento castreño (Castro de Borrenes); la tecnología minera romana y la mina de oro de Las Médulas (cap. IV), a la que se aplica una verdadera radiografía desde la geología, sistemas de explotación, la infraestructura hidráulica y los canales de lavado y evacuación de los estériles; la ocupación y explotación del territorio con la pervivencia de los castros y el nuevo modelo de ocupación romana del territorio y la nueva administración y abandono posterior (cap. V). Completa esta visión diacrónica el último capítulo con la perspectiva sumamente necesaria de conectar el pasado con el presente a través de la época medieval. Está dotada esta Guía de un material gráfico excelente, que a veces no se puede aprovechar adecuadamente por estar excesivamente reducido para ajustarlo al formato (24 x 12,5 cm). Destacan el apoyo excepcional que para la comprensión del paisaje proporcionan las fotografías acompañadas de buenísimas y claras fotointerpretaciones, sobre todo en el capítulo central, dedicado a la tecnología minera romana y a las explotaciones auríferas. También son sumamente didácticas las reconstrucciones de las estructuras constructivas y las escenificaciones de los textos epigráficos. Las manchas de color, utilizadas para destacar diferentes informaciones de carácter general, ayudan a descargar de densidad la lectura; asimismo, la comprensión de los términos técnicos utilizados a lo largo del texto queda asegurada por el glosario incluido al final, delante de la bibliografía. Por otro lado, la divulgación de esta zona arqueológica pone de relieve cómo en la elección de un lugar de interés cultural para su acondicionamiento y puesta en valor no se debe contemplar únicamente el criterio de monumentalidad, fácil exponente por sus características y valor artístico de atracción turística -la exigencia de monumentalidad de los sitios a visitar es consecuencia de la Arqueología clásica del siglo XIX y principios del siglo XX (Emery, 1987: 55)-, ya que de otra manera estaríamos condicionando el conocimiento de amplias partes del Patrimonio Cultural y de la Historia (aspectos de la vida cotidiana y rural) al gran público (Reynaud, 1990: 50). En este sentido, la Arqueología del Paisaje amplía la perspectiva del Patrimonio Histórico y Arqueológico, superando la contemplación de yacimientos y monumentos aislados para incardinarlos en un marco más amplio como es su matriz ambiental y espacial (Criado, 1993: 262). Además, este planteamiento conecta con la sensibilidad de la sociedad actual, que frente al desprecio ha pasado al respeto, valoración y recuperación de lo antiguo, en sintonía con la sensibilidad ecológica y verde. En este sentido el vestigio arqueológico y los restos antiguos sirven para interpretar el pasado, para mostrar al público otros tiempos y espacios, y de esta manera despertar la actitud crítica en relación con nuestro momento y cultura (Gonzalez Méndez, 1996: 25). Este interés creciente por el Patrimonio Histórico y Arqueológico puede y debe ser encauzado hacia la rentabilidad del sitio -revertirá en su mantenimiento, mejora y desarrollo de proyectos de investigación-, compitiendo con otros multiples atractivos de la oferta turística. Pero si queremos que nuestro rico Patrimonio Cultural pueda ser valorado adecuadamente y ofrezca una rentabilidad económica y/o social, es necesario elaborar el producto e invertir en su acondicionamiento para hacer una oferta buena, que pueda ser luego demandada. Cada vez es más necesario en esta elección valorar aspectos integradores (Greffe, 1990), como facilidades de acceso y visita, o la relación del sitio elegido con la potenciación integral de una zona o región, en el desarrollo de una política de turismo cultural. T. R, 54, n." 2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es los procesos deposicionales y las formación de habitats. El excelente estado de conservación favorece el estudio de esta industria, característica de la fase antigua (hace 24.500 años B.P.). De esta manera pudimos apreciar la riqueza y diversidad de las tradiciones gravetienses instaladas en la gran llanura rusa, así como la complejidad de su evolución y la importante renovación metodológica que nuestros colegas rusos aplican a sus estudios. En particular, valga como ejemplo el sitio de Kostienki I, recientemente excavado por N. Praslov, que fue objeto de una nueva interpretación, particularmente referida a la coloración de las estatuillas antropomorfas. Toda la organización fue dirigida de manera excepcional en el plano científico por la maestría de H. Amirkhanov, y desde el punto de vista administrativo y técnico gracias a María V. Alexandrova. Olga Soffer, resignada a su tarea de intermediaria, fue siempre nuestro apoyo y su continua ayuda fue de gran valor. Realizar una exposición sobre los iberos en París era una idea excelente. Los arqueólogos conocen los significativos resultados adquiridos en España sobre el período ibérico, y saben que el gran público francés ignora casi todo acerca de esta formación social. El reto era, por tanto, mostrar cómo la arqueología había conseguido reconstruir esta sociedad, que ya era suficientemente compleja a mediados del primer milenio a.C. como para producir obras artísticas monumentales con objetivos específicos. Se trataba de dar a conocer y a comprender cómo, en algunos siglos de una historia nada lineal, la cultura ibérica había pasado de un modo de organización en jefaturas simples al estado, integrándose de forma activa en el concierto de las civilizaciones mediterráneas más desarrolladas. En este contexto, las fascinantes estatuas fragmentadas del Cerrillo Blanco de Porcuna podrían haber sido tratadas como un hecho social total, expresión e indicio de un cierto nivel de organización social, con todos sus componentes: ideológicos, políticos y económicos. Presentar esto en el Grand Palais bajo la dirección de la Asociación Francesa de Acción Artística y del Ministerio de Asuntos Exteriores parecía garantizar además unos medios museográficos a la altura del acontecimiento. Todo está allí: objetos de un gran valor, los principales conocimientos extraídos de las fuentes históricas y arqueológicas, un gran espacio de presentación... pero falta el mensaje. El plano es cronológico y temático, lo que en sí es contradictorio. Después de un gran mapa con los pueblos y los principales yacimientos implicados, los bronces figurativos de Los Higuerones y las cerámicas con decoración orientalizante de Carmona se encargan de ilustrar la adopción, en el Sur de España, de las técnicas y los motivos orientales. El visitante medio no será consciente de ello más que si se ha provisto previamente de la pequeña revista de la exposición, del voluminoso catálogo (a menudo los comprará después), o si forma parte de un grupo que ha reservado por escrito una visita-conferencia. La comparación ofrecida con algunas piezas próximo-orientales habría podido sugerir el fenómeno orientalizante con otra eficacia. A lo largo de una línea paralela a estas vitrinas se levantan cada cinco metros los fragmentos de Porcuna que subrayarían la fuerte jerarquización social alcanzada por la sociedad ibérica en el siglo V a.C. Aquí también, como durante toda la visita, la significación resulta opaca, sin texto, sin discurso y sin ambientación. Los objetos se presentan como obras de arte indiferentes al contexto de su producción y se supone que deben provocar una emoción estética espontánea. Lo mismo sucede en el caso del monumento funerario en forma de pilar sustentando un toro de Monforte del Cid, del caballo de Casas de Juan Núñez o del lobo de El Pajarillo. Un texto corto anuncia inmediatamente una evocación de la vida cotidiana. Las vitrinas presentan aquí cerámicas decoradas con escenas campestres, útiles agrícolas, estatuas otra vez, el cipo funerario de Jumilla y los útiles de orfebre de la tumba de Cabezo Lucero. Todas estas piezas desconectadas fracasan en su deseo de mostrar las manifestaciones de una economía de subsistencia y de un artesanado preparados para sustentar a unas formaciones políticas tan centralizadas y jerarquizadas como las ibéricas. Los intercambios están mejor tratados, con ayuda de piezas importadas desde talleres griegos, plomos grabados, ánforas y monedas. Sin embargo, nada permite comprender las modalidades de estos intercambios entre protagonistas desiguales, la manipu-T. P, 54, n.° 2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lación por las elites indígenas de los contactos -con los fenicios en un primer momento, o con los griegos después-, ni la reinterpretación de los elementos culturales importados en una síntesis muy original. Se pasa al tema de las necrópolis con una yuxtaposición de bellas piezas o de ricos ajuares funerarios, sin que nada deje trasparentar las informaciones proporcionadas por el estudio sociológico de estos cementerios; en particular de lo que ellos revelan sobre la historia escondida de la complejidad social en esta zona. Los ajuares funerarios de Ensérune señalan, con el apoyo de un mapa, pero muy directamente, que la civilización ibérica se extiende también por el Rosellón y por una parte del Languedoc francés. El armamento lateniense presente en Ensérune habría podido ser, además, un buen pretexto para, al menos, plantear el problema de la articulación entre el mundo ibérico y las sociedades más guerreras del interior, cuestión esencial tanto en Francia como en España, pero que tampoco se ha abordado. Seguidamente se llega a los objetos relacionados con el culto: los soberbios exvotos en bronce de Despeñaperros o las figurillas de La Serreta, que además de su calidad artística no parecen ilustrar más que la presencia de un sentido de lo sagrado entre los iberos, como si una sensación semejante no fuera universal, y su interés no alcanzara más allá. La impresión general es la de una evolución cronológica desprovista de los cambios y de las bifurcaciones que dan ritmo a cualquier historia; la impresión de unos orígenes bastante repentinos, a partir de un pasado oscuro, y de un continuum (en contradicción con la ruptura, citada pero no mostrada, en los modos de expresión funeraria) interrumpido solamente por la romanización. En paralelo, la yuxtaposición de temas de niveles muy diferentes produce en consecuencia separaciones artificiales y redundancias, y consiguen enredar la imagen que el espectador intenta memorizar. Este escenario sin relieve y esta museografía sin imaginación denotan un persistente servilismo ante el objeto; un anticuarismo que da algunas parsimoniosas bazas a los resultados de la arqueología. Cuando sale, el arqueólogo duda entre la irritación y la tristeza. Espera que las próximas presentaciones sepan dar una visión menos anticuada. A las puertas del siglo XXI constatamos, desde la Arqueología, una serie de hechos importantes. Por un lado el impresionante crecimiento del «turismo cultural» -dentro del cual la Arqueología constituye uno de sus puntos fuertes-, por otro una apuesta firme por la conservación y presentación del Patrimonio Arqueológico, y por último una necesidad de reorientar las salidas profesionales de los arqueólogos ante el bloqueo producido en el mundo académico o investigador. La nueva demanda turística, la inclinación de las administraciones por el patrimonio y la búsqueda de nuevos trabajos para los arqueólogos están produciendo una serie de experiencias imaginativas, arriesgadas y atrevidas para presentar al público monumentos y sitios arqueológicos (Jameson, 1997). Y aunque esta faceta de la gestión de la arqueología no es asumida por algunos arqueólogos como parte integrante de la disciplina, no cabe duda alguna que constituye ya un aspecto clave de la arqueología contemporánea, y su crecimiento será imparable a corto plazo (Reynaud, 1990; González Méndez, 1996). En todo caso en nuestro país estamos empezando a ocuparnos del tema (VV.AA., 1996) y ello es una prueba más del divorcio que ha existido entre investigación y divulgación arqueológica (Sanmartí y Santacana, 1989). Pero es que además los arqueólogos deberíamos apoyar fuertemente la interpretación del pasado para el público por una serie de razones contundentes (Davis, 1997: 85). Primero, porque el dinero de la arqueología viene mayoritariamente de fondos públicos, y si queremos contar con ellos es importante que el público la entienda y considere útil; si la gente no considera significativo el pasado, la preservación de la parte visible de ese pasado no será considerada necesaria y las subvenciones públicas se dirigirán a otros ámbitos. El público sólo apoya lo que entiende y lo que dice algo en sus vidas. Segundo, somos socialmente responsables no sólo de preservar el pasado sino también de hacerlo accesible -física e intelectualmente-al público. La arqueología despierta un gran interés popular pero la gente no tiene por lo general muchos conocimientos. Así que todas las vías para difundir el patrimonio arqueológico son bienvenidas; y una de las más eficaces es la presentación de yacimientos y monumentos por la inmediatez del mensaje y su dimensión emotiva y afectiva. Se ha llegado a decir que cuando «vendemos» arqueología como patrimonio vendemos nostalgia a un T. R, 54, n." 2, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es nivel muy básico (Bower, 1995: 38). Tercero, y por último, la apertura de la investigación arqueológica al público añade múltiples voces a la propia interpretación arqueológica; es decir los arqueólogos también tenemos que aprender del público, ya que éste puede realizar una evaluación crítica de las interpretaciones que se le ofrecen. Aunque, lógicamente, para ello tenemos que proporcionarle las oportunidades para participar y las claves y habilidades necesarias para ese proceso de evaluación. El sitio objeto de este comentario, el poblado ibérico de Calafell (Tarragona), constituye una experiencia única y muy especial de presentación de un yacimiento al público (Pou, 1994; Pou y Santacana, 1996). Los trabajos arqueológicos se iniciaron en 1982 y al cabo de más de 10 años de excavaciones y estudios se planteó -ante la dificultad de salvar el yacimiento en una zona turística con fuerte especulación del suelo-la opción de rehacer por completo murallas, casas y calles. Es decir, presentar sobre los propios cimientos ibéricos el aspecto completo del poblado, con la reconstrucción volumétrica de las estructuras, en las que se utilizaron técnicas de arqueología experimental. Así, desde 1995 en que se abrió, los visitantes ven un poblado «real» ibérico e incluso el interior de las casas con sus equipos domésticos, cerámicas, molinos, telares... animados por algunos maniquíes no especialmente afortunados. Una de las claves es ver, visualizar las hipótesis de los arqueólogos sobre el asentamiento. El poblado se fundó en un momento impreciso del siglo VI a.C; a fines de la siguiente centuria sufrió una profunda remodelación con un trazado más regular de las calles, y fue destruido a principios del siglo II a.C. por los romanos. El recinto tiene unos 3000 m^, una superficie asequible para la experiencia reconstructiva y para tener una buena visión de conjunto del asentamiento. Dentro de las murallas se encuentran la casa del aristócrata, otras casas con recintos anexos destinados a cultos domésticos, hornos de panificar, talleres metalúrgicos y torres-almacén. Los patios tienen desagües,y están parcialmente pavimentados. Las casas tienen dos, tres y hasta cinco estancias. Se emplearon zócalos de piedra, recrecidos con muros de tapial y adobes. Los techos de cañas se cubrieron con arcilla mezclada con paja. La impresión al deambular por el poblado es que uno se está moviendo por un poblado real del pasado. Aunque, seguramente por necesidades de protección y mantenimiento de las estructuras, se ve demasiada construcción en piedra. Un acierto del proyecto de presentación del sitio es la posibilidad de visita auto-guiada con la ayuda de un pequeño transmisor que se cuelga del cuello. El itinerario del sitio está marcado con puntos clave a los que uno puede acomodar la información hablada. De esta manera la visita resulta muy cómoda, realmente lo único que hay que hacer es mirar y escuchar. La estructura abierta del sitio y la autonomía que permiten los folletos explicativos y los transmisores invitan además a una visita personalizada, de alguna manera supone un rechazo del «turismo borreguil» tan frecuente en otros sitios. La información grabada es clara y asegura un buen nivel de conocimientos que quedarían fuera del alcance de la gran mayoría de visitantes. Una visita tranquila supone poco más de 30 minutos. La fórmula de «ver y escuchar» es realmente eficaz, sobre todo con los niños. Mis hijos, que huyen de todo lo que huela a «antiguo» como de la peste, al terminar el recorrido sin rechistar, preguntando y mirando con interés, exclamaron jAh, pero ya se ha terminado! y eso que venían de otra atracción más sugerente: el parque temático de Port Aventura. Calafell reúne dos atractivos básicos: por un lado el visitante está en el mismo lugar que fue ocupado por íberos hace 2.500 años, es decir tiene el «morbo» de lo auténticamente antiguo; y por otro lado tiene, al mismo tiempo, todas las características de un «parque-sin-arqueología», los parques de recreaciones del tipo del famoso Arqueódrome y muchos otros que están proliferando por Europa y América (Barrois et alii, 1992; Santacana, 1995). En este sentido la experiencia de Calafell es la primera en España (Santacana, 1995). Así pues, la cindadela de Calafell «engancha» al visitante mínimamente sensible. La pregunta siguiente es ¿Cuál es el precio? Y el precio, de alguna manera, es que no se muestra al espectador el proceso de excavación y el proceso de restitución, y eso puede llevar a equívocos. Se debería haber dejado una superficie simulando la propia tarea de excavación, otra en la que vieran los restos al término de la excavación, y una tercera presentando cómo se han realizado los trabajos de reconstrucción arquitectónica. Al no mostrar esos procesos el riesgo del «síndrome arqueológico de Disneylandia» es elevado. Se corre el peligro de quedarnos en el efecto de «cartón-piedra»: se observa el «exterior», el decorado, pero se desconoce el «interior», los propios restos arqueológicos. A pesar de esta reserva personal acepto plenamente que se ha transformado el yacimiento en una herramienta pedagógica, y que constituye un buen camino para acercarse al pasado. Aunque esto no quiere decir que sea un ejemplo a imitar. En las circunstancias concretas del caso creo que la solución es muy válida, original y atrevida, pero no puede tomarse como un modelo exportable. El equipo de arqueólogos de la Cindadela de Calafell es muy consciente de que una experiencia de estas características no puede concebirse como algo acabado, cerrado. Sobre el sitio es preciso pensar, imaginar y proponer al público nuevas propuestas y actividades. Pensando en los escolares, y tratando de restituir ese «pasado excluido» de los curricula de enseñanza primaria y secundaria (Ruiz Zapatero, 1995)
EDITORIAL M.« ISABEL MARTINEZ NAVARRETE (*) CARMEN CACHO QUESADA (**) El volumen 54 de Trabajos de Prehistoria busca dar un nuevo impulso a la trayectoria de la Revista en esta nueva etapa iniciada con el volumen 50. Los objetivos fundamentales son su consolidación como la revista puntera de Prehistoria y Protohistoria de la Península Ibérica y la ampliación de su proyección internacional. Fundamental en este sentido es la periodicidad semestral de la revista, lograda desde el volumen 51, 1994. Esta periodicidad, única en el panorama peninsular, permite mayor agilidad en la publicación y facilita una mejor comunicación de la información, esencial en una revista científica y propia del futuro al que nos acercamos. Otros elementos fundamentales son el interés de los temas tratados y su calidad. Para ello la revista ha reorganizado su equipo editorial, manteniendo gran parte de los miembros de los Consejos de Redacción y Asesor e incorporando nuevos investigadores. Este equipo es el responsable de fijar las líneas de actuación de la revista y de garantizar, mediante su tarea de evaluación, la calidad de los originales publicados. Trabajos de Prehistoria aparece recogida en el FRANCIS. Bulletin Signaletique, Ulrich ^s, índice Español de Humanidades y la B.D. ISOC, Repertorio de Arqueología Española (R.A.E.) e índice Histórico Español. Recientes trabajos bibliométricos han puesto de manifiesto su importancia en el panorama de las publicaciones peninsulares sobre arqueología (Rodríguez et alii, 1996; García et alii, 1996García et alii,, 1997)), al tiempo que los especialistas extranjeros la valoran también como una de las principales revistas de ese amblen) Departamento de Prehistoria. Centro de Estudios Históricos. Correo electrónico cehmn 1 g @ fresno.csic.es (**) Departamento de Prehistoria. Correo electrónico [EMAIL] to (Chapman, 1996: 33; Cunliffe y Keay, 1995: 2; Lillios, 1995: vi) El protagonismo de Trabajos de Prehistoria radica en la continuidad y regularidad de su publicación. Esta situación es casi insólita ya que muchas revistas son de aparición muy irregular, dificultando el objetivo fundamental de rápida transmisión de la información. El CSIC con su constante financiación y apoyo ha garantizado este relevante papel de la revista. La temática es, sin duda, otro elemento significativo a este respecto. Trabajos de Prehistoria está especializada en Prehistoria y Protohistoria de España. Precisamente uno de los propósitos del equipo actual es ampliar su espectro a toda la Península Ibérica, buscando reforzar los contactos con la vecina Portugal. Pretendemos, también, afianzar el carácter general de la revista y difundir los resultados de los estudios realizados en los distintos territorios peninsulares. Buscamos servir de complemento a la actual dispersión de la información en publicaciones de ámbito autonómico, regional o local, muy valiosas y necesarias pero, a menudo, con una difusión limitada. Esa dispersión limita no sólo la comunicación y diálogo entre especialistas en el interior de la Península, sino además la proyección extema de su investigación. No nos podemos engañar con respecto a la dificultad de acceso a artículos de síntesis que se agudiza para nuestros colegas de otros países. Esto, unido al frecuente desconocimiento del español y portugués fuera de nuestras fronteras, obstaculiza aún más la incorporación de nuestra Prehistoria al panorama internacional. La ampliación del Consejo Asesor con nuevos miembros, entre los que se encuentran varios científicos extranjeros, es uno de los factores que contribuirá a lograr una mayor fluidez en la comunicación hacia el exterior. La revista prima los artículos de síntesis, los estudios interdisciplinares, los trabajos de teoría y metodología y se interesa por los enfoques más novedosos de una disciplina joven en continua evolución. Trabajos de Prehistoria se hace eco, también, de las más recientes preocupaciones de los prehistoriadores ligadas con la gestión del patrimonio arqueológico y con el acercamiento de nuestro pasado al gran público. En esta nueva etapa de la revista queremos reorientar las secciones de Noticiario y Recensiones. La primera procurará dar a conocer los resultados de excavaciones o proyectos de investigación en curso, a través de breves informes. Con ello pretendemos contrarrestar la dispersión de la información, ya aludida, así como agilizar la difusión de los nuevos resultados inaccesibles por la dificultad de publicación de las memorias de excavaciones y/o de elaboración de las mismas. La segunda se potencia con la designación como editores de Teresa Chapa y Gonzalo Ruiz Zapatero (véase editorial). Entendemos que la crítica y la información bibliográfica son esenciales en una revista científica. Para garantizar la calidad de los trabajos y su adecuación a la línea editorial se ha articulado un sistema de evaluación que tiene en cuenta la reciente normativa de publicaciones del CSIC y la experiencia tanto de Trabajos de Prehistoria como de otras revistas internacionales. El CSIC establece que el Consejo de Redacción deba contar con la colaboración de un grupo amplio de científicos españoles y extranjeros, especialistas en el tema de cada artículo que se pretenda publicar, que colaborarán con el director para juzgar la calidad de los originales que se publiquen. Todos los informes serán confidenciales y se realizarán por escrito. La revista debe remitir anualmente a los responsables del CSIC un informe que incluya el niimero de originales recibidos, el porcentaje de artículos rechazados, revisados y aceptados, así como la relación de expertos que han intervenido en la evaluación de los artículos recibidos para su publicación. El primer criterio de evaluación es la adecuación de la temática a la línea editorial de la revista y la originalidad, interés y actualidad de la misma. Igualmente se valora la metodología empleada y si la argumentación justifica las conclusiones y está suficientemente fundamentada. Finalmente se considera la bibliografía y la calidad y pertinencia de la documentación gráfica. Cada original enviado a la revista es evaluado por un mínimo de dos especialistas del Consejo de Redacción y Asesor. En caso de desacuerdo la dirección puede solicitar informes adicionales. El Comité de Redacción no está comprometido con ninguna línea de opinión científica en las materias que son tratadas por la revista, sino únicamente con la tarea de asegurar el nivel científico de las contribuciones que en ella se publican, así como de garantizar claridad y coherencia en su presentación. En este sentido, la sencillez en la redacción nos parece fundamental para facilitar la comprensión a nuestros lectores extranjeros. Trabajos de Prehistoria tiene carácter general y, por tanto, sus lectores no siempre conocen el debate específico en un periodo o zona concreta, máxime cuando una parte significativa de ellos no son españoles. Desde este punto de vista el Comité de Redacción busca que los originales que publican resultados de investigación contengan en si mismos las suficientes referencias como para que un lector, sin información previa sobre el problema concreto de que se trate y sin acceso a la bibliografía local, pueda evaluar por si mismo las hipótesis consideradas. De la misma manera pretende que las exposiciones teóricas y metodológicas no requieran un conocimiento previo de la tradición a la que se refieren más allá de unos ciertos límites. Esa misma preocupación por facilitar la comprensión al lector y su acceso a la información justifica el criterio adoptado de no aceptar citas de inéditos. Consideramos que las memorias de licenciatura y tesis doctorales en España son trabajos inéditos en cuanto su consulta no es libre. Respecto a la difusión de la revista, el Comité de Redacción sigue dando una gran importancia a los intercambios. Ahora bien, la informatización de las bibliotecas del CSIC ha puesto de manifiesto duplicidades que conviene evitar. En estos casos se ha planteado la sustitución del intercambio por las suscripciones que deberán ir incrementándose en el futuro como prueba del interés de la revista. Una de las metas para los próximos años es, precisamente, ampliar notablemente la distribución de Trabajos de Prehistoria. La revista está suficientemente consolidada en el panorama peninsular pero es necesario mejorar su presencia fuera de él. En este sentido completaremos el esfuerzo de estos últimos años para reforzar las colaboraciones de carácter general con la publicación de otras en inglés o francés. Nuestros colegas extranjeros del Consejo Asesor jugarán en esto un T. P., 54, n.° 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es EDITORIAL papel decisivo. Otra iniciativa para aumentar el impacto de la revista y la captación de contribuciones es la confección de una página Web en Internet con el equipo científico, la línea editorial, los índices de la revista, los resúmenes y palabras clave de los artículos publicados y las normas de presentación de originales. Es obvio que, a medio plazo, el objetivo es la publicación de Trabajos de Prehistoria en soporte electrónico. Una revista científica es el resultado del diálogo entre la institución editorial, el comité científico responsable, los autores que envían artículos y los lectores que la consultan. Es un proyecto colectivo basado en el respeto y la confianza entre las personas implicadas y en la asunción de unos objetivos comunes. En nuestro caso confiamos seguir contando con el apoyo de todos los participantes en ese diálogo para lograr presentar el estado actual de la Prehistoria y Protohistoria de la Península Ibérica a través de contribuciones relevantes.
Trabajos de Prehistoria quiere aprovechar la publicación de su primer número del año 1997 para unirse a las felicitaciones al equipo de investigaciones paleoantropológicas de Átapuerca (Burgos) (Lam. I) por la concesión del premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 1997. Este premio, que lleva el nombre del heredero de la Corona española, fue establecido en 1980 para galardonar "la labor científica, técnica, cultural, social y humana realizada por personas, equipos de trabajo o instituciones en el ámbito internacional, prioritariamente en el de las naciones pertenecientes a la Comunidad Iberoamericana". Se concede "a la persona, grupo de trabajo, o institución cuyos descubrimientos o labor de investigación representen una contribución altamente significativa al progreso de la humanidad en los campos de las matemáticas, física, química, biología, medicina, ciencias de la tierra y del espacio, así como ciencias y tecnologías con ellas relacionadas". En la convocatoria de este año, el jurado acordó por unanimidad otorgarlo al "equipo investigador de Átapuerca, vinculado al Museo Nacional de Ciencias Naturales (Madrid) del CSIC y a las Universidades Complutense y Rovira i Virgili de Tarragona en atención al extraordinario interés de los descubrimientos paleoantropológicos de Átapuerca (Burgos) que permiten ofrecer respuestas sobre el origen y naturaleza de las primeras poblaciones en Europa desde hace más de 780.000 años, que están formadas por los homínidos más antiguos hasta ahora descubiertos en nuestro continente. El jurado reconoce la ejemplaridad de integración de varios grupos en un trabajo pluridisciplinar fundado por el profesor Emiliano Aguirre" (1). Es un orgullo para todos los que estamos interesados en el conocimiento del pasado de la humanidad la concesión de este galardón a un equipo realmente interdisciplinar donde prehistoriadores y paleoantropólogos juegan un papel tan relevante. Participan numerosos científicos de distintas universidades (Barcelona, Madrid, Tarragona, Zaragoza) y centros de investigación (CSIC, Madrid y Barcelona), especialistas en medio ambiente, antropología física, tecnología lítica además de ocasionales colaboraciones nacionales e internacionales para la datación absoluta (véase relación completa más abajo). No es frecuente lograr que los resultados de líneas de investigación tan diversas queden interrelacionados en una interpretación global. Es un premio a un trabajo en equipo eficaz que, seguro, alentará otras iniciativas de colaboración. También queremos destacar que se haya otorgado en el ámbito de la investigación científica y técnica por lo que supone de equiparación del tema con otros más frecuentemente reconocidos como los vinculados con las denominadas ciencias duras y la tecnología. Además, nosotros valoramos especialmente la repercusión que han tenido las investigaciones sobre Átapuerca en los medios de comunicación social y que, sin duda, se debe al buen quehacer de los miembros del equipo. Creemos que es un motivo más de felicitación que hayan puesto de manifiesto cómo es posible combinar la difusión científica al máximo nivel, en revistas de impacto internacional pero destinadas a especialistas, con una información seria y accesible al gran público. Resulta excepcional la publicación de editoriales en los principales diarios nacionales y de extensos artículos en sus dominicales, además de exposiciones, ciclos de conferencias, proyecciones de películas que han logrado despertar la atención de la sociedad española por nuestros primeros antepasados. Las referencias a Atapuerca han llegado a formar parte incluso del lenguaje político y humorístico cotidiano (Figs. Confiamos que, gracias a ello, este interés se extienda a otros temas relacionados con la Prehistoria, de modo que ésta deje de ser sólo motivo de relleno en los diarios durante los meses de verano. Trabajos de Prehistoria espera que esta información sirva para interesar a sus lectores en este proyecto de investigación cuya importancia, sin duda, quedará realzada en los próximos años. EQUIPO INVESTIGADOR DE ATAPUERCA El Equipo de Atapuerca persigue conocer todas aquellas variables que definen la evolución de los caracteres físicos, sociales y culturales de los grupos humanos pleistocenos así como de su entorno físico, ecológico y climático, bajo la concepción de que sólo una aproximación holística nos ayuda-rá a profundizar en el conocimiento de nuestra naturaleza. Estas tareas son realizadas por las siguientes personas. Colaboran de manera sistemática en la datación absoluta los Drs. El Dr. Josep Maria Parés, del Instituto de Ciencias de laTierra « JaumeAlmera» (CSIC) de Barcelona, realiza los análisis de paleomagnetismo. Santiago López Ipiña Mattem y Anabel Durand Alegría del Departamento de Matemática Aplicada, Facultad de Ciencias Biológicas, Universidad Complutense de Madrid, colaboran en el diseño de los análisis estadísticos. Exposición Universal de Sevilla (Expo 92). Pabellón de Castilla y León. Exposición conjunta sobrtPrimeros Europeos/ First Europeans. Organizada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales/The Natural History Museum. Evolución humana en Europa y los yacimientos de la Sierra de Atapuerca. Consejería de Cultura y Turismo. Junta de Castilla y León. Atapuerca y Evolución Humana. Los primeros pobladores de Europa. Libros y otras formas de divulgación Aula Arqueológica «Emiliano Aguirre». Situada en Ibeas de Juarros (Burgos), en este aula se expone una breve muestra de los descubrimientos arqueo-paleontológicos de la Sierra de Atapuerca. En la actualidad se abre al público por miembros de AC AHIA (Asociación Cultural de Amigos del Hombre de Ibeas y Atapuerca). Gran Dolina (Sierra de Atapuerca, Burgos). Museu ¿'Historia de Tarragona. El misterio de la Evolución Humana realizado por Javier Trueba y coproducido por ATEI, Madrid Scientific Films yUCM. Ciclo de conferencias sobre Atapuerca. Sociedad de Amigos del Museo Nacional de Ciencias Naturales. SELECCIÓN DE PUBLICACIONES ESPECIALIZADAS MÁS RELEVANTES Ciencias Naturales del CSIC
JOSÉ ANTONIO PEREZ GOLEAN (*) «El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo». Perseguida en España, su familia se acogió al refugio que le dio el gobierno del general Lázaro Cárdenas, en el momento más fulgurante del nacionalismo revolucionario. Incorporado posteriormente a la vigorosa corriente de la antropología mexicana, José Luis perteneció a un grupo de españoles republicanos que tuvo un importante papel en la vida académica de México, y que estaba integrado, entre otros, por fue educado en la tradición krausista del Instituto Escuela de Madrid. Su padre, periodista de profesión y ligado a la acción política del Partido Socialista Obrero Español, fue durante el gobierno de la República secretario privado del arquitecto Bernardo Giner de los Ríos, Ministro de Comunicaciones y Obras Públicas. Las vicisitudes de la guerra civil obligaron a la familia Lorenzo a mudar varias veces su lugar de residencia. En 1937 José Luis -para ese entonces miembro de la Juventud Socialista Unificada y de la Federación Universitaria Escolar-abandona Barcelona y se va a vivir a Marsella con su tío Andrés, donde ingresa a una red republicana clandestina dedicada al contrabando de alimentos y armas. La caída de la República obliga a los Lorenzo a tomar el camino del exilio. En París obtienen la documentación que les permite pasar a México como refugiados. Entran al puerto de Veracruz el 18 de abril de 1939 abordo del «Flandre», y el 25 llegan a la ciudad de México. Los primeros años del exilio, José Luis los pasa ganándose la vida en distintos empleos y tratando de terminar sus estudios de bachillerato: en un principio en el Instituto Hispano-Mexicano Juan Ruíz de Alarcón y luego, con la ayuda económica de una organización republicana, en la Academia Hispano Mexicana. Obtiene una beca para cursar la carrera universitaria de química biológica en el Instituto Politécnico Nacional, pero la situación familiar lo obliga a abandonar los estudios y buscar trabajo. En 1945 se inscribe en la especialidad de Arqueología de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), en un momento en que la Escuela se orientaba por el derrotero que marcaba la política cardenista de formar profesionales y técnicos comprometidos en hallar solución a los problemas sociales de México. Segiín esta concepción progresista, se mostró solidaria con los exiliados europeos que huían de las persecusiones políticas: así se incorporaron como catedráticos el alemán Paul Kirchhof y los españoles Pedro Bosch Gimpera y Pedro Armillas. Pero también formaron parte de su planta docente los norteamericanos Isabel Kelly, George Foster, Norman McQuown y Robert West mediante los convenios que tenía con el Departamento de Antropología Social de la Smithsonian Institution, y el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de California (Los Angeles y Berkeley). En los inicios, la enseñanza que se impartía en la ENAH era de corte europeo y con una clara orientación histórica; pero, posteriormente, con la presencia de los profesores estadounidenses cobrará importancia el enfoque del culturalismo boasiano. José Luis hace su primera experiencia de campo con Pedro Armillas en la sierra y costa grande del Estado de Guerrero: «El tiempo que pasé en Guerrero con Armillas fue fundamental en mi formación y, como siempre he dicho, creo que Pedro fue mi maestro. Con él descubrí algo que recientemente han descubierto en los Estados Unidos, el hilo negro, o sea la inscripción del hombre en el paisaje, el paisaje natural y el paisaje cultural. A Rémi [Bastien] y a mí nos hacía ver la disposición de los sitios arqueológicos, cómo estaban situados los antiguos poblados en el paisaje, en la topografía, porque indudablemente hay una razón en el asentamiento humano» (Lorenzo, 1982: 26-27). Posteriormente se incorpora a la VI Temporada en Tula, Hidalgo, bajo la dirección de Jorge Acosta y se iniciará en la excavación de un sitio con arquitectura monumental. Como requisito académico que impone la ENAH, tiene que realizar una práctica de campo en una especialidad distinta a la suya, y participa en la investigación etnológica que dirije la Dra. Isabel Kelly en la comunidad indígena de El Tajín, Veracruz. Para optar al título de Arqueólogo y Maestro en Ciencias Antropológicas, presentó en 1951 una tesis profesional bajo la dirección de Pedro Armillas y Daniel Rubín de la Borbolla con el tema «Los artefactos de Tlatilco»; posteriormente, se editará como Tlatilco. Los artefactos III (serie Investigaciones, 7; INAH, 1965). En 1953 obtiene una beca del British Council para hacer estudios de posgrado en el Instituto de Arqueología de la Universidad de Londres. Toma cursos de Prehistoria, técnicas arqueológicas y arqueología ambiental con Frederick Zeuner (su tutor). Recorre algunos sitios arqueológicos de Francia, donde conoce a F. Bordes, G. Laplace-Jauretche y A. Leroi-Gourhan; visita además el Geobotanisches Forschungsinstitut Rubel de Zurich, el Museo del Hombre y el Instituto de Paleontología Humana de París. El trabajo profesional más importante de José Luis Lorenzo se llevó a cabo en el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Allí fue Jefe del Departamento de Prehistoria y organizó el de Salvamento Arqueológico. En el primero creó distintos laboratorios para análisis especializados y para la restauración y conservación de los materiales arqueológicos. En 1964 dirigió los trabajos de salvamento arqueológico durante la construcción de la presa Presidente López Mateos (El Infiernillo) y en la Ciudad de México del Sistema de Transporte Colectivo (Metro); para apoyar este tipo de investigaciones promovió la creación de las secciones de cartografía, fotogrametría y fotointerpretación. Entre 1964 y 1967 fue Jefe del Departamento de Monumentos Prehispánicos del INAH; en 1971 se lo designó para dirigir el Departamento de Restauración del Patrimonio Cultural, la Escuela de Restauración y Museografía y el Centro Regional Latinoamericano de Estudios para la Conservación y Restauración de Bienes Culturales (Mexico-UNESCO). Reorganizó el Departamento de Restauración del Patrimonio Cultural para que abarcara, no sólo la restauración de pintura, sino también el tratamiento de materiales arqueológicos; regularizó la carrera de Restauración y Conservación e impulsó la formación de la Maestría para arqueólogos y arquitectos en restauración de edificios. Ocupó la presidencia A lo largo del año 1973 se desempeñó como arqueólogo en un proyecto de la UNESCO en Perú, para llevar a cabo la puesta en valor del patrimonio arqueológico entre el Cuzco y el Lago Titicaca. A su regreso de Inglaterra, se reincorporó a la docencia en la ENAH con el dictado de «Arqueología General», impartiendo materias para la maestría, tales como «Economía y Tecnología Primitivas», «Geología General» y «Estratigrafía y Materiales Arqueológicos». Dirigió un total de 22 tesis de maestría en la especialidad de Arqueología. Vinculados con la enseñanza, publicó Técnicas de exploración arqueológica. Empleo de las coordenadas cartesianas según G. Laplace-Jauretche y L. Meroc (1956), Técnicas auxiliares de la arqueología moderna (1958) y traduce para la editorial Fondo de Cultura Económica el cléiúco Arqueología de campo de Sir Mortimer Wheeler (1961). En 1958 es comisionado por el IN AH para participar en los trabajos del Año Geofísico Internacional, resultado de lo cual publica una serie de artículos especializados referidos a la problemática de los glaciares en México. En el campo de la enseñanza -siguiendo la línea trazada por Pedro ArmiUas-es notable su aporte a la divulgación, estudio y análisis de la obra de V. Gordon Childe. A ese empeño se deben los textos Homenaje a V, Gordon Childe (1959) y La revolución neolítica en Mesoamérica (1961). Coordina la edición de Hacia una arqueología social (1976) que refleja las conclusiones de una reunión de investigadores que, en el contexto de Latinoamérica, analiza las ideas de V.G. Childe sobre a la arqueología como ciencia social. Los museos también son un tema importante en la labor profesional de José Luis. Debido a que en 1947 se reunió en la ciudad de México la asamblea general de la UNESCO, presidida en ese entonces por el mexicano Jaime Torres Bodet, hubo un remozamiento general de las exhibiciones del Museo Nacional de Antropología en el antiguo edificio de la calle Moneda. Lorenzo se anotó como voluntario y fue su primer contacto con la museología. Posteriormente colabora en el montaje de los museos de Morelia y Puebla; en 1962 se lo designa responsable de la Sala de los Orígenes del nuevo Museo Nacional en el Bosque de Chapultepec. Al respecto, José Luis Lorenzo (1982: 28) reflexionó: «Para mí la museografía, como arqueólogo, es una de las cosas más importantes de nuestra profesión: dar al público lo aprendido en nuestro trabajo. Debemos saber cómo hacer llegar a los demás la expresión final de nuestras actividades, lo que es cosa muy difícil y que si no somos capaces de cumplirlo, no tenemos razón de existir. Si nos quedamos en nuestra publicaciones ad usum nada más, dirigida al superespecialista, al colega, para lo cual no hay necesidad de escribir, porque ya sabe lo que uno hace y si está de acuerdo no se va a modificar lo que piensa, y si no está, tampoco, no estamos cumpliendo ante la sociedad. Tenemos la obligación de facilitar lo nuestro a los demás y a su nivel». José Luis Lorenzo ocupó todas las jerarquías del INAH: desde el cargo de Guardián «G», como mozo de sala en el Museo Nacional de Antropología, hasta Presidente del Consejo de Arqueología. Pero, en realidad, estamos describiendo una trayectoria escalafonaria, sin hacer justicia a su tarea creativa e innovadora en el ámbito académico y científico. Podemos decir, entonces, que José Luis fue particularmente crítico con la arqueología mexicana, de marcado sesgo culturalista en ese entonces, debido a su formación de posgrado en Inglaterra y al contacto con los prehistoriadores franceses. Ante una práctica estatal monopolizada por el monumentalismo turístico, él se interesó por los humildes vestigios de las culturas de cazadores-recolectores, y por las relaciones de las sociedades con el ambiente natural. La concepción del pasado que había tomado de V.G. Childe -en parte a través de las enseñanzas de ArmiUas-lo llevó a preguntarse por las bases materiales de la civilización mesoamericana. Su renovada visión del paisaje lo impulsó a crear en el INAH laboratorios especializados en el análisis del medio ambiente (2), y le concedió gran importancia a las técnicas auxiliares que usan la cartografía y la interpretación aerofotográfica. A la vez, y buscando superar las metodologías de investigación imperantes en México, difundió la aplicación de métodos de excavación mediante el registro tridimensional según las técnicas más modernas de la arqueología europea. Como parte de su labor institucional se preocupó por dotar a la problemática del patrimonio cultural de un marco de refe- (2) En esta empresa contó con el asesoramiento de lan Cornwall, del Instituto de Arqueología de la Universidad de Londres.
Dedicado a Ahoua Raymond; amante del pasado y de sus gentes. Este artículo ofrece un acercamiento al estado de la cuestión de un tema poco tenido en cuenta hasta hace poco en la práctica arqueológica. Se hace referencia a una serie de casos procedentes de distintos contextos geográficos y temporales (Gran Zimbabwe, la Alemania nazi, los saamis, etc.) como muestra de la variedad de formas en que el sesgo xenófobo y racista se ha manifestado sobre la práctica arqueológica. Se presta especial atención a la situación actual de la Arqueología en Europa, no exenta de dificultades ante el surgimiento de movimientos nacionalistas, racistas, xenófobos y se plantea qué responsabilidad le corresponde al arqueólogo inmerso en esta realidad socio-política. La existencia de racismo en la práctica arqueológica tenemos que abordarla dentro de un contexto más amplio como es el de la relación entre la política y la Arqueología. En un sentido tradicional el concepto de racismo hace referencia al «comportamiento, la opinión y la doctrina que tiende a justificar las diferencias culturales o sociales por diferencias biológicas permanentes y hereditarias» (Adam, 1984: 90); sin embargo hoy este concepto resulta unas veces sobredi-(*) Departamento de Prehistoria. Facultad de Geografía e Historia. Universidad Complutense de Madrid. El artículo fue remitido en su versión final el 8-IV-97. (1) Este trabajo ha sido realizado durante la estancia (Febrero-Junio 1996) en el Departamento de Arqueología de la Universidad de Southampton (Inglaterra) como becaria del Programa Erasmus y se ha beneficiado de las enseñanzas y orientaciones de los profesores Julian Thomas y Thomas Dowson. T. P., 54, n.° 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mensionado y otras confuso, definiendo en ocasiones a toda fobia hacia el otro, mientras que comportamientos claramente racistas se remiten a la etnicidad concepto que empezó a generalizarse después de la Segunda Guerra Mundial por parecer más aséptico (Ventura i Oller, 1994: 131). Mi convicción personal en este trabajo es que la Arqueología no es una disciplina aislada y aséptica sino que está inmersa en un contexto socio-político determinado. En este sentido cuando las ideas racistas aparecen, la Arqueología se empapa de ellas. Un marco de referencia que puede resultamos útil en la valoración del racismo para entender por qué se valora ahora es el desarrollo de las últimas tendencias de la Arqueología, que ponen su atención en aspectos de la realidad humana pasada y presente que antes habían pasado desapercibidas: la arqueología de las minorías, la del género, la Arqueología en relación con el patrimonio y su difusión... La tónica a lo largo de la historia de la Arqueología, que se mantiene en el presente y que parece apuntar al futuro, ha sido una estrecha vinculación entre la Arqueología y la política. Esta conexión ha afectado a la sociedad de una manera amplia y diversa en el tiempo y el espacio, como veremos en los ejemplos, y su influencia se ha dejado sentir en los distintos aspectos de la Arqueología: en la selección del tipo de yacimiento a excavar, el tipo de estudios a realizar y el tipo de interpretaciones a difundir. La Arqueología como disciplina ha ido desarrollándose en etapas en todas las zonas del globo donde se ha ejercido. Se han percibido los cambios que el paso de una a otra ha supuesto, si bien su inicio y duración han sido diferentes y han estado marcadas por la situación singular de cada zona (Trigger, 1989). Es útil hacer referencia a estas etapas, que vamos a presentar a grandes rasgos, pues en los distintos ejemplos que veremos más adelante se observará cómo ejercen influencia en las investigaciones. 1) Una primera etapa se corresponde con el inicio de la disciplina a finales del siglo pasado y se extiende hasta mediados del presente. En ella las teorías explicativas de mayor peso fueron primero el evolucionismo y posteriormente el difusionismo. 2) Una segunda etapa, durante los años sesenta y setenta de este siglo corresponde a la denominada Nueva Arqueología o Arqueología Procesual. Supone una ruptura con lo anterior e intenta adaptar los presupuestos teóricos y metodológicos de las Ciencias Naturales a la Arqueología. El foco de atención se sitúa en los procesos de tipo general, alejándose de las teorías difusionistas como explicación del cambio cultural en favor de los procesos internos de cambio. 3) A partir de los años ochenta se inicia una nueva etapa que pretende superar la dependencia teórica y metodológica de las Ciencias Naturales y alejarse de la preocupación por la cuantificación. Sitúa su atención en aspectos simbólicos, ideológicos y sociales y enfatiza la pluralidad en la interpretación del pasado (Trigger, 1989; Hernando Gonzalo, 1992; Preucel, 1995). Las tendencias recientes rompen con el mito de la «inocencia» del arqueólogo, al que se ha considerado científico objetivo totalmente al margen de la problemática que le rodeaba. En este sentido surge la disyuntiva entre la neutralidad o la politización. Podemos tomar como ejemplo la organización del Congreso Arqueológico Mundial. Si en 1986 en Inglaterra surgió la duda sobre si excluir a los arqueólogos de Sudáfrica como parte del boicot internacional (Rao, 1995), en el WAC-3 en India en 1994 se prohibió explícitamente abordar el tema de la mezquita de Ayodhya ante la posibilidad de conflictos de consecuencias graves (Álvarez-Sanchís, 1995; Colley, 1995). Lo que se está planteando ahora es cuáles son los límites de esa politización derivada de los propios planteamientos del WAC (Podgorny, 1996), lo que Preucel (1995: 160-162) denomina los «dilemas del postmodemismo». Veremos cómo la mayoría de los autores que mencionaremos en el texto coincide en la necesidad de tomar conciencia de que la práctica arqueológica está determinada en mayor o menor medida por el contexto socio-político y en la importancia de una valoración del pasado que no parta de cero, sino que recupere materiales, gentes, historias no tenidas en cuenta antes. Se trata de una Arqueología activa en el presente, que recurre a los medios del momento (los «mass media», la información visual, etc.) para llevar a cabo los dos objetivos que expone como esenciales: concienciación y acción. Esto no puede desligarse de la importante renovación en los planteamientos museológicos que se ha producido en los últimos años en el ámbito francés (Hernández, 1994: 9) y en el anglo-americano cuyo eco empieza a sentirse también en nuestro país (Barril, 1995; Prats, 1994). Los ejemplos escogidos son diferentes en el La perspectiva eurocentrista no se ha perdido a juzgar por la política cultural europea (Shore, 1993(Shore, y 1996)). GRAN ZIMBABWE: UN EJEMPLO DE ARQUEOLOGÍA COLONIAL Gran Zimbabwe es un claro exponente de la relación entre la Arqueología y la política, en este caso, colonial y racista. En la práctica arqueológica en Zimbabwe se dieron cita las características que Trigger (1984: 361-363) señala como definidoras de las arqueologías coloniales. La Arqueología era practicada por población no nativa. Se enfatizaba el primitivismo de los colonizados como forma de justificar la conducta negativa hacia ellos. Las poblaciones colonizadas fueron objeto de mayor estudio por parte de la Etnografía (Olsen, 1986: 25). Se comparaban las poblaciones nativas contemporáneas con las fases más primitivas del desarrollo europeo. Se aceptaba un etnocentrismo o etno-nacionalismo en la visión de la evolución histórica. El primero mostraba una visión del pasado que glorificaba las acciones de los antepasados de un grupo dado como si fueran los artífices de los mayores logros de la cultura de toda la humanidad. El segundo ofrecía una interpretación del pasado tendente a la glorificación del «nosotros» europeo y a la infravaloración o la ignorancia de los otros pueblos, una forma de apropiación de otros pasados y otros logros culturales (Shnirelman, 1995: 3-5). La Prehistoria europea se percibía dinámica, en una línea de progreso frente a la Prehistoria de otros pueblos que se percibía estática, negándole toda posibilidad de avance. Este cuadro se completa con las pinceladas del Ministro de Museos y Monumentos de Zim-babwe sobre la Arqueología en esos momentos (Pwiti, 1994: 340). Se utilizó como propaganda para transmitir un mensaje concreto a la población colonial a través de la censura en museos y bibliotecas con el fin de anular la posibilidad de un pasado nativo propio. Las ruinas de Gran Zimbabwe ejemplifican habitualmente una arqueología racista. Dicho monumento, cercano a Fort Victoria, en el actual Zimbabwe, es una estructura de piedra muy sofisticada y con un acabado perfecto. Actualmente se interpreta como perteneciente al siglo XIII d.C., con su momento de máximo esplendor en el siglo XV d.C. y de origen autóctono (Renfrew y Bahn, 1991: 408; Huffman, 1987; HoU, 1996). Pero no siempre ha sido así; en el pasado se tejió en tomo suyo toda una mitología sobre su construcción, atribuida a las más diversas gentes, excepto a los antepasados de la población contemporánea. La primera descripción de las ruinas data de 1868. En 1890 Theodore Bent pone en relación las ruinas con la población fenicia. En esta misma época el exotismo y la fantasía se ven alimentados en la imaginación popular por novelas como las de Ridder Haggar (Posnansky, 1982: 347). A principios de este siglo Hall y Neal, dos aficionados, acrecientan el rnito de los logros de las poblaciones foráneas en África: los fenicios o gentes venidas de Arabia Saudí, poblaciones invasoras o de mercaderes o de metalúrgicos, etc.. En una fecha tan tardía como 1971, el arqueólogo P.S. Garlake, Inspector de Monumentos de Rhodesia, es obligado a dimitir por no interpretar Zimbabwe de acuerdo con las ideas del gobierno del momento, de corte anti-autoctonista. Posnansky (1982) sitúa las diferentes interpretaciones en un esquema evolutivo en el que aparecen, sin embargo, elementos discordantes frente a las teorías dominantes. Así, en los primeros momentos en que se imponen las teorías anti-autoctonistas, ya aparecen algunos defensores de las teorías autoctonistas. Otro investigador, Pwiti (1994), relaciona las diferentes interpretaciones sobre Zimbabwe con su contexto sociopolítico: una primera etapa se caracterizó por expediciones (1906; Gertrude Catón Thompson, 1931) destinadas a probar el origen foráneo que fracasaron. Una segunda etapa estaría caracterizada por la emergencia de los movimientos nacionalistas nativos posteriores a 1960. Gran Zimbabwe se convierte en símbolo de un brillante pasado cultural indígena. La Arqueología es un tema de debate en el Parlamento de Zimbabwe y todavía sigue habiendo defensores del origen foráneo de la cultura. Es una fecha clave en la historia política y de la investigación que marca cambios de objetivos e intereses: unas mismas ruinas sirven para propósitos diferentes. El interés de los foráneos por ellas pasa al de los nativos que las convierten en un elemento de reivindicación histórica y nacional cargado de significado. El objetivo principal es la recuperación del pasado principalmente mediante la investigación y la difusión (Pwiti, 1994). La investigación arqueológica se fomenta desde el convencimiento de que el conocimiento del pasado puede permitir planear el presente y el futuro. Lewis-Williams (1993: 49-50) recuerda que la Arqueología es una práctica política, de formación de conceptos. No es una ciencia libre de prejuicios sin impacto en la forma como la gente percibe sus propios valores y posiciones o las de otros. Las narrativas que producen los arqueólogos no deben hacerse a medida para materializar, justificar o explicar el presente; deben contarnos que el pasado pudo haber sido diferente. El pasado es un reto del presente. En relación con esto va cobrando cada vez más fuerza la idea de que el presente es el resultado de una de las posibles alternativas en el pasado, no la única. Ello supone en el contexto africano hacer frente a la «predestinación» o el «designio divino» que parecía envolver toda la política colonizadora. La educación debe potenciar la enseñanza del propio pasado, frente a la tradición practicada hasta la independencia, en 1980, según la cual no había historia africana antes de la era colonial. Otro vehículo de divulgación son los museos. Hay ya conciencia de la manipulación que ha habido del pasado local y de la necesidad de romper con falsas imágenes y de hacer públicos y accesibles los resultados de las investigaciones. Se considera de gran importancia para una nación que está surgiendo el derecho a conocer y tener un pasado de todos. Está implícito en estos argumentos, por un lado, el peligro de caer en un extremo «afrocentrismo» (MacDonald et alii, 1995: 6), frente al coloniaUsmo (Mcintosh et alii, 1989: 77) y por otro lado, la idea de democratizar el conocimiento. LA ARQUEOLOGÍA DE LOS ESTADOS UNIDOS EN RELACIÓN CON LA POBLACIÓN NATIVA Se pueden identificar dos grandes líneas de actuación. La tónica en la práctica arqueológica estadounidense ha sido un desinterés por los indígenas, con distintos matices a lo largo del tiempo. Sin embargo, las últimas tendencias muestran que los nativos tienen un interés activo por la práctica arqueológica y al mismo tiempo que sus nuevas interpretaciones se convierten en elemento de resistencia frente a la historia oficial. Expone cómo habían sido tratados como objetos de una forma peyorativa y sitúa la causa de la perduración de los estereotipos en la falta de contacto directo entre arqueólogos y población nativa. La historia de la investigación en relación con los «constructores de túmulos» de las cuencas del Ohio y el Missisipi (Renfrew y Bahn, 1991: 26-28) resulta muy expresiva de esa visión peyorativa. A pesar de que ha habido autores defensores del autoctonismo desde mediados del siglo pasado, la idea generalizada era que habían sido construidos por una raza mítica desaparecida. La razón según Trigger (1980: 665) es que no se creía que la población nativa pudiera haber creado culturas prehistóricas tan florecientes. Según otras hipótesis sus creadores serían poblaciones mexicanas desplazadas al sur o exterminadas por los antepasados de la población nativa actual, a los que se atribuía un carácter no civilizado. En esos momentos el registro arqueológico se empleó para justificar la guerra contra los indígenas y el derecho de apropiación de sus tierras (Fowler, 1987: 230). Todo ese discurso no surge ex-nihilo. Tiene sus antecedentes en mitos religiosos y raciales muy anteriores. Los primeros están en relación con la conquista del Nuevo Mundo y con una visión del nativo como ser inferior al hombre civilizado, lo que daba a éste último el derecho a apropiarse de las tierras indias. Como dice Trigger (1980: 663): «América, metafóricamente, se convierte en una segunda Canaan que Dios ha alejado de sus habitantes originales para dársela al nuevo pueblo elegido». Los mitos raciales atribuyen a la población indígena la brutalidad, la belicosidad y la incapacidad de progreso. Como muestras de esta segunda se pueden incluir tres estudios que reivindican una versión (1993) ponen en tela de juicio las rutas de huida de los nativos durante la «rebelión» cheyene de Fort Robinson en Nebraska durante el invierno de 1879, dado el desacuerdo entre las versiones locales y militares y las de la tradición nativa oral. El resultado de la investigación apunta hacia una mayor coherencia de las rutas defendidas por la tradición oral. Otros arqueólogos excavaron en el terreno delimitado como Monumento Nacional a la batalla de Custer, librada el 26 de Junio de 1876, entre el Séptimo de Caballería de los EE.UU. y los Sioux y los Cheyenes a orillas del río Little Bighorn en Montana. Recurrieron a tres fuentes principales de información, la arqueología, la historia y la tradición oral nativa concluyendo que la batalla sintetizó el choque de dos culturas, americananativa y euro-americana, con diferentes percepciones de la propiedad de la tierra, de los tratados y de las fronteras (Scott y Connor, 1986). Finalmente según Rubertone (1989: 32-33) la Arqueología evidencia acciones de resistencia de los indios Narragansett que dominaban el área del actual Rhode Island, destinadas a preservar su independencia frente a la dominación colonial y que la historia escrita no menciona. En la investigación sobre los nativos de EE.UU. empiezan a vislumbrarse una serie de líneas de actuación, tendentes a recuperar el pasado que había estado sesgado por el racismo de quienes escribieron su historia. Por un lado se percibe el interés de algunos grupos, como los Pueblo de Zuni (Trigger, 1980: 673) en Nuevo Mexico, los Hopi o los Navajo (McGuire, 1992: 238), por trabajar como arqueólogos o contratarlos para estudiar su pasado. En parte también se pretende utilizar el pasado como justificación de sus respectivas reclamaciones territoriales dando prioridad al propio pasado frente al de los otros pueblos. Se sustituye así el eurocentrismo colonial por un nuevo «indiocentrismo». Este activismo indígena que se asocia a reclamaciones de re-enterramiento o de repatriación de esqueletos y de control sobre su pasado (Ferguson, 1996; Rose et alii, 1996) no debe verse sólo como algo coyuntural ligado al desarrollo de las corrientes post-procesuales, sino que es una expresión más de toda una trayectoria reivindicativa de un grupo minoritario enfrentado a los mismos conflictos de marginación, segregación y pobreza que otras minorías dentro del multi-culturalismo de los Estados Unidos (McGuire, 1992: 240). La Arqueología se convierte así en instrumento político no inocente, en este caso de reversibilidad histórica: aquéllos cuyos antepasados fueron las «víctimas» de la historia en el pasado tratan ahora de legitimar sus propios proyectos y acciones (Shnirelman, 1995: 3). Por otro lado se acentúa la valoración de la Arqueología por su contribución al conocimiento de las culturas nativas desde los primeros tiempos y su desarrollo a lo largo de la Prehistoria. Así mismo se destaca el papel de la historia oral nativa respecto a las fuentes escritas, en su mayoría producto de la cultura euro-americana. Por último se cree necesario superar la definición de Historia como el estudio del hombre blanco y la de la Antropología como el de las gentes pretendidamente simples (Trigger, 1980: 673). La singularidad del caso alemán radica en la utilización explícita de la Arqueología por el estado. Para entenderla hay que tener en cuenta que la Arqueología, como disciplina, se hallaba bastante desprestigiada, por lo que no debe extrañar que los arqueólogos se unieran al partido Nacional Socialista, que se mostraba ampliamente interesado por ella. Por otro lado es precisamente en el período comprendido entre 1935 y 1945 cuando se produce la institucionalización de la Arqueología. Este contexto científico se combinaba a nivel general con el trauma tras la derrota de 1918. Como señala McCann (1990: 75) el pensamiento Nacional Socialista no es el creador de las ideas que maneja, pero sí su propagador. Entre ellas se encuentran las doctrinas de la desigualdad de las razas del filósofo del siglo XIX Gobineau. Por su parte Arnold (1990: 464) apunta, en el siglo XX, toda una serie de periódicos y publicaciones cuyo tema es la raza y la ingeniería genética y la teoría de los círculos culturales {kulturkreiss) que identificaba regiones geográficas con grupos étnicos basándose en la cultura material. Uno de los principales objetivos de las interpretaciones arqueológicas era justificar la expansión territorial alemana (Arnold, 1990: 466). Para justificar las nuevas fronteras (conflictos con Dinamarca y Francia) se apela bien a la per- tenencia de los pueblos vecinos a la familia de lenguas germánicas, bien a una Europa de dominación germánica o nórdica en la Prehistoria, poniendo a su vez en cuestión la estructura de estados y la distribución de poder en la Europa del momento (Wiwjorra, 1996: 175). La expansión se justifica declarando territorio germánico todo aquél donde apareciera un artefacto de una cultura arqueológica atribuida a los germanos. Se manejaba un argumento difusionista: desde la cuna germánica sucesivas oleadas transmitirían la civilización a las culturas menos desarrolladas del sur. Se defiende una política de colonización agrícola emulando a los antepasados medievales (McCann, 1990: 84). La superioridad de la raza germánica justifica que sólo los auténticos germanos tengan derecho a su lebens raum («espacio vital»), aunque para ello recurran a la recolocación de pueblos como los eslavos o al exterminio de otros. El otro gran anhelo era rehabilitar la propia estima alemana tras la derrota de 1918. De acuerdo con estos planteamientos se atribuyen a la cultura alemana todos los logros tecnológicos y culturales occidentales. Dentro de la práctica arqueológica diferentes autores comparten unas mismas ideas de fondo: la superioridad de una raza, la germánica, y los derechos que esto les da. Señalaremos solamente los nombres de algunos de los investigadores cuyos trabajos tuvieron una mayor repercusión. Los deseos expansionistas nazis sobre Europa central y oriental tomaron a Gustav Kossinna (1852-1932) como soporte teórico. Lingüista y luego arqueólogo introdujo en la Arqueología la teoría de los círculos culturales y adoptó su modelo de difusión cultural: las influencias, las ideas y los modelos se transmiten por contacto de las gentes más avanzadas a las menos. En 1934 Alfred Rosemberg creó un «Departamento de Prehistoria» (Amt Rosemberg) dirigido por el arqueólogo Hans Reinerth, con el objetivo de reorientar la arqueología prehistórica hacia una prehistoria germánica y en 1935 Himmler la organización Ahnenerbe cuya actividad era excavar y restaurar las reliquias germánicas reales o imaginadas (Hárke, 1991: 205). Dentro de lo que podemos considerar acciones de propaganda recurrieron a todos los medios a su alcance para conseguir la difusión de sus ideas, su asimilación y una masiva participación de la población alemana en esa ideología: en definitiva una política de adoctrinamiento. No se buscaba la objetividad, ni siquiera un respeto por el pasado, por lo que los prehistoriadores del partido distorsionaron los hechos y las SS destruyeron algunos yacimientos arqueológicos, como Biskupin en Polonia, que no encajaban dentro de sus presupuestos teóricos. En palabras del propio Himmler: se trataba de «proyectar en el débil y lejano pasado el cuadro de nuestra nación como la prevemos para el futuro. [...] [N]uestra enseñanza sobre los orígenes germánicos ha dependido durante siglos de la falsificación. Tenemos derecho a imponer un pasado nuestro en todo momento» (Arnold, 1992: 33). Vemos aquí uno de los peligros que arrancan de tener el sentimiento de un «pasado falsificado»: una radicalización de posturas que lleva a enfatizar el pasado desde el polo opuesto al previo. El partido nazi se apropió de datos prehistóricos y usó diseños simbólicos indoeuropeos y germánicos en los uniformes y condecoraciones. La esvástica, por ejemplo, se tomó de un símbolo solar indoeuropeo que aparece en decoraciones cerámicas neolíticas en Europa occidental y que continúa hasta época medieval (Arnold, 1992: 36). Cabe mencionar la realización de películas arqueológicas por parte del prehistoriador Lothar Zotz y la publicación de periódicos de entre los cuales los más conocidos eran Die Kunde («El mensaje»), Germanen Erbe («Patrimonio germánico») y Ahenenerbe («Historia antigua»). Se crearon museos al aire libre y se llevaron a cabo reconstrucciones de asentamientos neolíticos y de la Edad del Bronce en el lago Constanza (Arnold, 1992: 32). Toda la parafernalia se basaba en una conexión con el pasado remoto. Otra forma de actuación consistió en crear organizaciones amateur de carácter arqueológico, apelando al patriotismo. Las SS participaron activamente en las campañas arqueológicas. No hay que olvidar tampoco la práctica de una auténtica «rapiña» histórica, artística y cultural (McCann, 1990: 83). La organización «Ahnenerbe» en el Este se apropió de objetos de procedencia germánica. En este sentido podemos recordar la visión algo deformada, pero en la que también hay algo de verdad, que las películas de Indiana Jones ofrecen sobre la actividad arqueológica nazi: la búsqueda de objetos de carácter místico y esotérico. El propio Himmler sentía gran pasión por el misticismo y lo oculto. Un elemento curioso es el papel que Hitler desempeñó en relación con la Arqueología y su uso. «[NJosotros todavía estábamos lanzando hachas de piedra en torno a fuegos al aire libre... cuando Grecia y Roma habían alcanzado ya el más alto nivel cultural. Haríamos mejor manteniendo en silencio ese pasado» (Arnold, 1992: 36). Estos pensamientos no le impidieron, sin embargo, sancionar con su presencia en exhibiciones al aire libre, museos, etc. la glorificación del presente por medio del pasado. La valoración crítica de esa etapa de la arqueología alemana es, en cierto modo, una «asignatura pendiente». Por un lado se trata de afrontar una realidad pasada, no cubrirla como algo que debe esconderse (Arnold, 1992: 37). Esto se está haciendo poco a poco a través de artículos y libros (Arnold, 1995). En cuanto a los investigadores, no todos actuaron igual. Algunos fueron oportunistas o auténticos creyentes; otros, la mayoría, aceptaron la apropiación de la arqueología prehistórica sin crítica alguna; y otros ejercieron una oposición abierta. La metodología no siempre se vio afectada por la ideología, y sólo se adaptó el vocabulario: la Edad del Bronce y la Edad del Hierro pre-romana pasaron a denominarse «período germánico temprano» (Arnold, 1990: 473). Después de 1945 la situación de la Arqueología en Alemania no fue fácil. Por un lado la guerra, la emigración y el exterminio dejaron un número muy reducido de estudiantes. Por otro lado, éstos se enfrentaban a problemas de tipo psicológico: la humillación tras la derrota y la desprogramación metodológica. Como señala Arnold (1990: 475) tal vez ha habido hasta ahora falta de tiempo y de deseos de examinar las razones de la «prostitución de la arqueología germánica», por lo que llega el momento de tomar conciencia y actuar. Es necesario partir de la base de que la manipulación de la Arqueología y su instrumentalización como propaganda fue algo muy nega-tivo en el pasado y puede resultar un peligro presente y futuro. Las medidas a tomar deben iniciarse conociendo cómo funciona la propaganda para evitar caer en la distorsión que crea. Para Arnold (1990: 475) «la esencia de la propaganda radica en la habilidad de manipular el lenguaje y los símbolos». El lenguaje puede enfatizar el mensaje racista subyacente, lo cual es algo familiar en la práctica de la arqueología colonial etc. En definitiva «una raza, nación o individuo puede ser difamado por términos con implicaciones negativas como «bárbaro», «subdesarroUado», «primitivo» (Arnold, 1990: 475). En este sentido tiene gran importancia una labor de revisión de los textos arqueológicos y de los que aparecen en los diferentes medios de difusión: prensa, museos, etc. Es fundamental utilizar un lenguaje claro en todo momento para lograr la accesibilidad y comprensión de todos, evitando «la jerga profesional que tiende más a oscurecer que a revelar el significado» (Arnold, 1990: 475). A la hora de valorar la propaganda nazi desde el presente debemos hacerlo desde una perspectiva dinámica. No fue un plan uniforme, monolítico, sino que se fue configurando con el paso del tiempo. También tuvo sus contradicciones, al entrar enjuego conflictos entre intereses personales y estatales. Se dio una compleja combinación de ideologías previas, ideólogos del momento y de las propias circunstancias socio-económicas de la época. Por último el problema que se está planteando hoy en torno a la práctica arqueológica en la Alemania Nazi no es tanto describir qué excesos se cometieron sino cómo pudieron producirse. El hiperrelativismo en «un ambiente intelectual donde lo 'real' se ve como una red de ideologías en competición, todas ellas igualmente verdaderas y todas ellas igualmente falsas» (Anthony, 1995: 85) puede llevar a nuevas versiones nacionalistas o etno-nacionalistas del pasado igualmente peligrosas. Este es el caso de la Sociedad para la Prehistoria y la Protohistoria en Alemania cuyo discurso en términos de raza, pueblo y germanos sostiene la convicción de una superioridad cultural racialmente determinada en los tiempos prehistóricos (Wiwjorra, 1996: 164-188). La «arqueología profesional» no debería ignorar este tipo de discursos de «arqueología ficción» o «arqueología popular». CONFLICTO ÉTNICO EN EL NORTE DE EUROPA: LA POBLACIÓN SAAMI Lo más impactante de este caso es el hecho de que haya un enfrentamiento con minorías étnicas (2) dentro del propio continente europeo. El punto de partida es la existencia en la actualidad de dos grupos étnicos en Noruega: uno mayoritario, el noruego, y otro minoritario, el saami. La política gubernamental ha sido y es de carácter integracionista, por lo que se tiende a mostrar una sociedad homogénea, compuesta únicamente por la población noruega. Este esquema se traslada al pasado, de manera que la única Prehistoria es la noruega, los saami se convierten en «pueblos sin pre-historia». De hecho se sabe muy poco de ellos. Hoy se concentran en la región más septentrional de Noruega. Sin embargo, se ha documentado su presencia en el pasado en zonas más al norte de Finlandia y Suecia donde no se ha tomado conciencia de la situación de conflicto (Zachrisson, 1994: 366). Los estudios más recientes (Odner, 1985; Olsen, 1985; Aikio y Aikio, 1989; Zachrisson, 1994) parecen arrojar algo de luz sobre este grupo, más allá de las escasas referencias ofrecidas por la Etnografía. Las distintas investigaciones, tanto lingüísticas como culturales, apuntan cada vez más al carácter «diferente» de la población saami que constituye un grupo étnico con entidad propia. Estas diferencias son, por un lado, de carácter cultural en cuanto a su modo de vida tradicional, nómada y basado en el pastoreo de renos, frente al de las poblaciones escandinavas, agrícolas y sedentarias. Hay también diferencias a nivel lingúístico, ya que su lengua original era ugro-finesa, no germánica, como las escandinavas. No hay datos reveladores, por el momento, de carácter genético. En 1981 la población saami ha sido declarada comunidad indígena en la Convención lio 107, lo que le da derecho sobre un territorio y a mantener, recuperar y difundir su cultura, sus tradiciones y su historia. Lo que se estaba debatiendo no era solamente el carácter indígena de los saami. (2) Tradicionalmente etnia hacía referencia a «un grupo de individuos que comparten un cierto número de rasgos en común -antropológicos, lingüísticos, político-históricos, etc.-la asociación de los cuales constituye una cultura». Sin embargo cada vez más la identidad étnica se define por oposición, «la concepción del propio grupo por parte de los miembros que lo configuran y de los otros como categoría de personas con identidades en oposición a otras categorías» (Ventura i 011er, 1994: 120, 123). sino toda una justificación territorial: definir a los indígenas como usuarios pero no poseedores de las tierras suponía mantener el punto de vista del conquistador, esto es que esas tierras no tenían dueños (Aikio y Aikio, 1989: 117). El problema que se le plantea hoy a la Arqueología es que ha contribuido a mantener la imagen de homogeneidad que el estado pretendía y pretende difundir. La debilidad política y cultural de Noruega fomentó la necesidad de legitimarse como nación. Esta ideología nacionalista selecciona determinados elementos del pasado que se convierten en representativos del todo y en patrimonio nacional común (McGuire, 1992: 224). La Arqueología ha contribuido a este propósito en la búsqueda de ese pasado glorioso que se sitúa en la época vikinga (Olsen, 1986: 34). La tónica en la práctica arqueológica ha sido el estudio de yacimientos noruegos, mientras que eñ el área de ocupación saami las investigaciones han sido escasas y orientadas principalmente a yacimientos de Prehistoria inicial (Paleolítico), dándose un total desinterés por la prehistoria reciente (Edad del Hierro). Este modo de actuación ha ido perfilando la imagen de una prehistoria única, la noruega, que se proyecta hacia el presente, a través de una historia única. Se crea de este modo una dialéctica en la que, al negar el pasado, se está negando el presente. Ante esto ¿qué hacen los arqueólogos? Las tendencias, según su grado de compromiso, pueden resumirse en dos: «objetiva» y «activa». A lo largo de la historia de la Arqueología en Noruega ha tenido mayor peso la tendencia «objetiva», y todavía lo tiene hoy. La principal característica que la define es su intención de objetividad, de no politización. En esto podemos ver cierta semejanza con el caso de los nativos de Estados Unidos, estudiados desde distintos enfoques, pero siempre considerados como «objetos» desconectados de la población contemporánea. K. Odner (1985: 1), por ejemplo, dice explícitamente que quiere evitar entrar en la discusión política, dentro del contexto del debate sobre si los saami son población indígena o no. La segunda tendencia, que hemos denominado arqueología «activa», es más bien un fenómeno reciente, en consonancia con las preocupaciones sociales de la práctica arqueológica dentro de la corriente general post-procesual. Así Aikio y Aikio (1989), por un lado, sacan a la luz el problema actual de la pérdida de referente histórico del grupo saami que no es noruego ni finlandés, que ha ido aculturándose progresivamente, y por otro, buscan su legado arqueológico que hasta ahora no se veía por ningún lado. En definitiva, ponen en relación la labor investigadora del arqueólogo con el contexto en el que se mueve. Pasamos ahora a ver cuáles han sido los resultados de las investigaciones arqueológicas de las distintas tendencias. Dentro de la práctica arqueológica «objetiva» el trabajo de Odner (1985) está siendo revelador en muchos aspectos y supone una contribución esencial al conocimiento de los saami. Frente a la política uniformizadora estatal, su investigación apunta de una forma cada vez más clara hacia las diferencias lingüísticas y culturales desde un pasado lejano. Desde la perspectiva de una arqueología «activa», Olsen (1986) introduce aspectos teóricos en relación con la problemática de los saami. En este sentido diferencia el discurso «politizado» del «despolitizado». El primero se vincula al surgimiento de movimientos reivindicativos de los derechos políticos de las minorías étnicas. Frente a éste está el discurso «despolitizado» que, en el fondo, no es tal pues en él también subyace un motivo político: promover una Noruega integrada en la dinámica europea, en la que no haya cabida para los pueblos denominados «primitivos». Olsen cuestiona si es comparable la vinculación de la Arqueología en el tema de la supresión étnica saami, con otros casos, como por ejemplo la arqueología nazi. Entraría aquí, por tanto, poner en tela de juicio si podemos hablar de consecuencias «duras» o «blandas» de la relación entre la Arqueología y la política. Su propuesta de actuación es rotunda: una actitud consciente y autocrítica. El presente no es una consecuencia inevitable del pasado, sino resultado de una de las diversas opciones que se dieron entonces. Aikio y Aikio (1989) estudian un caso concreto, el destino de un grupo de pastores nómadas de renos saami desde 1800 hasta el presente. Estos saami se movieron desde el Lapland de las costas noruegas del Océano Ártico hacia los bosques interiores de coniferas de Finlandia y Suecia. Han sido víctimas de regulaciones fronterizas entre los países nórdicos y constituyen un ejemplo de cómo las poblaciones indígenas han sido afectadas por el proceso de colonización. La solución de los conflictos del momento pasa por la adopción de una arqueología activa. Olsen (1986) y Aikio y Aikio (1989) recogen una serie de iniciativas que pueden considerarse una «toma de posición». En 1981 los arqueólogos noruegos se pusieron de acuerdo en definir como región cultural saami la provincia más septentrional de Noruega (Finmark) y algunas partes de otras y concebir a los saami de Noruega como población indígena según los acuerdos de la convención lio Número 107. Se basaron en hallazgos arqueológicos y otros tipos de fuentes de la época de colonización noruega de Finlandia que comenzó en la Edad Media. En esta reunión se puso de manifiesto la necesidad de revisar los estudios de los yacimientos arqueológicos. Ello supondría subvertir la visión etnocéntrica del conquistador. Así por ejemplo el trabajo del arqueólogo noruego Zachrisson (1994: 361) puso de manifiesto que asentamientos vikingos de la provincia de Hárjedalen, en el sur de Suecia, interpretados, tradicionalmente como indicadores del progreso de las conquistas vikingas, eran en realidad antiguos asentamientos saami. Otro aspecto que se enfatiza es el interés de las poblaciones indígenas por investigar, descubrir e interpretar su propia historia, tradición y cultura. En este punto Zachrisson (1994: 366) indica la esperanza que se tiene en Suecia de alcanzar logros semejantes a los ya alcanzados en Noruega. En esta línea los estudiantes saami de la Universidad de Tromso, en Noruega, piden que no se realicen más excavaciones en territorio saami hasta que no puedan llevarlas a cabo arqueólogos saami. Opinan que desde su propia cultura pueden interpretar mejor los materiales arqueológicos (Aikio y Aikio, 1989: 128). Esta postura, sin embargo, constriñe la Arqueología al impedir que los investigadores no-indígenas estudien o interpreten el pasado nativo. En este caso como en el de la población indígena de los EE.UU. la Arqueología puede convertirse en un elemento de lucha política de un grupo minoritario y marginal donde a los conflictos de carácter étnico se unen los de clase: reivindicándose el derecho a la igualdad de oportunidades [y derechos] y a la diferencia. Los arqueólogos se mueven entre dos polos: el ideal de un «pasado real» (Watson, 1986) y el real de la manipulación del pasado. La consciencia de las influencias ideológicas y valores que están pesando sobre ellos a la hora de actuar debería llevarles a contar el pasado con la mayor exactitud posible y a utilizar la información para responder a cuestiones de interés común sobre el comportamiento humano. Estas cuestiones deben estar continuamente sometidas al análisis crítico y a la revisión. Teniendo en cuenta los ejemplos vistos anteriormente podemos concluir que la Historia es global, constituida por las historias interconectadas de «unos» y «otros». De ahí la importancia de recuperar cada fragmento antes no considerado, a cuya ignorancia ha contribuido la Arqueología. Dichos fragmentos son las historias de las minorías de todo tipo; son las historias de los «pueblos sin historia» (Wolf, 1982). La puesta en práctica de esos presupuestos teóricos puede concretarse en dos parcelas fundamentalmente: la investigación y la difusión en sentido amplio -educación y medios de comunicación. El conocimiento de la población local puede ayudar a la interpretación del material arqueológico, con tal que se evite el extremo opuesto de desestimar las interpretaciones no-nativas. Además los arqueólogos deben cambiar su actitud hacia los restos materiales de las poblaciones indígenas, en ocasiones muy valiosos para éstas. En el ámbito de la difusión parece claro el papel que la educación debe desempeñar. En algunos casos como en África, se pretende introducir por primera vez en las aulas la Arqueología y la Prehistoria (Barril, 1995: 66). En otros es más bien un proceso de cambio de enfoque, de ampliar los puntos de referencia. Así en Europa, al hablar de «identidad europea» se olvidan las contribuciones no-europeas de los residentes africanos, asiáticos, americanos u «otros» europeos (en términos de género, raza y clase) (Shore, 1993:79). Ésta es una línea de actuación a desarrollar en España (Tovías, 1988) donde la enseñanza de un pasado diferente y plural es algo urgente hoy. ¿De esta nueva visión podrían beneficiarse no sólo la herencia musulmana, sino minorías actuales como los gitanos? Las escasísimas referencias a estudios sobre cultura material gitana proceden del Reino Unido y están vinculadas a proyectos de etnoarqueología (Parker Pearson, 1982). Sin embargo, como en el caso de otros grupos minoritarios (Rubertone, 1989; McGuire, 1992), la Arqueología permite contradecir la ver-sión textual, y hasta ahora única, de la historia de estas comunidades defendida por el grupo social dominante. Frente a los estereotipos de estatismo y falta de historia que se les atribuye como «primitivos actuales» en la «España comunitaria» se podrían constatar los muchos cambios producidos en su forma de vida (Calvo, 1990: 21) y en su cultura material donde los signos de aculturación son evidentes. La divulgación empieza a enfatizar la necesidad de salir del marco estrictamente científico, cuidando las imágenes (Moser, 1992) y las publicaciones para evitar visiones deformadas que a menudo tienen más fuerza que las versiones científicas (MacDonald et alii, 1995: 83). No hay más que recordar la gran influencia que las novelas románticas, como Las minas del rey Salomón, ejercieron en el fortalecimiento de^ la mitología en tomo a Gran Zimbabwe a finales del siglo pasado (Posnansky, 1982: 347) o las películas como Indiana Jones o Star Gate en nuestros días. Se trata de adelantarse a lo que Kristiansen (1992: 28-29) denomina «arqueología ficticia y comercial». Los museos también adquieren un protagonismo cada vez mayor por lo que cuidar la exposición de la cultura material y su interpretación constituye un nuevo reto. Lograr una representatividad plural (Barril, 1995: 170) de las poblaciones que hasta ahora no se han visto reflejadas en los museos no resulta fácil, pues se da la controversia entre la educación étnica y culturalmente específica y el multiculturalismo (Molyneaux, 1994: 7). La importancia del pasado no radica sólo en su perpetuación, sino en que ayuda a definir nuestro lugar en un grupo social y una comunidad (Molyneaux, 1994: 9; Suffield, 1986: 8). El tipo de lenguaje que se utiliza es fundamental (Reid, 1991). Hay que evitar utilizar una jerga de iniciados (Arnold, 1990: 475), como instrumento de control del conocimiento que intente ocultar la información. Se da una paradoja entre la demanda social de la Arqueología para recuperar el pasado y la manipulación que se ha hecho de él. La práctica arqueológica tiene dos caras: una positiva que busca servir a una justicia social en cada país y en relación con cada grupo humano, reconociendo los múltiples pasados que han configurado el presente. Otra ha negado u ocultado el pasado de naciones y gentes diversas, a menudo con crite- Hablar del pasado no debe hacernos perder la referencia del presente (Ruíz, 1994a, b). En concreto en el contexto europeo cabe señalar dos fenómenos recientes: uno es lo que se ha empezado a denominar «la arqueología de la guerra» (Chapman, 1994) y el «memoricidio» (Goytisolo, 1994) en relación con la situación desencadenada tras la guerra de Yugoslavia y toda una serie de acciones orientadas a destruir y borrar la presencia de los pueblos en determinados lugares. El otro es el proceso de «creación» de un pasado común europeo en torno al que surge la duda de si no se tratará del pasado de sólo unos pocos. A nivel global se está produciendo un resurgimiento de los neo-nacionalismos y los renacimientos étnicos. Esto afecta a un número cada vez mayor de arqueólogos a sueldo de la administración pública que se ven presionados por la política y la práctica arqueológica (Kristiansen, 1992: 29; Kohl y Fawcet, 1995: 8). El problema que se plantea actualmente es la creación de una «identidad europea» supranacional (Shore, 1993: 792; Kohl y Fawcet, 1995: 17-18) o de nociones de cultura europea que se aproximan a discursos auténticamente racistas (Hall, 1991). Teniendo en cuenta que conceptos como «nación» o «Europa» hacen referencia a entidades imaginadas, construidas mediante símbolos ¿qué tipo de Europa estamos creando? En relación con esto la Arqueología entra en juego al «desenterrar» elementos simbólicos, por ejemplo la esvástica o el sol de 16 puntas, símbolo de la antigua Macedonia, y en la actualidad emblema nacional de la «Ex-República Yugoslava de Macedonia» (Brown, 1994:784; Kohly Fawcet, 1995:11). En ese proceso de delimitación de quiénes están dentro y quiénes fuera de Europa (Dennell, 1996: 32; Mirza y Bungworth, 1995: 352) surgen contradicciones entre los datos arqueológicos y la realidad política. Sin embargo, se incluyen en la Unión Europea regiones del norte de Alemania y Escandinavia, en las que no se hablaron lenguas célticas ni existió la cultura material del complejo de LaTéne y en cambio se excluyen amplias áreas de Europa oriental, claves en la definición de la cultura de La Téne (Dietler, 1994: 596). Lo que se pretende es dar autenticidad a la «comunidad imaginada» (Anderson, 1983) me-diante vínculos con la antigüedad céltica. Prueba de ello son las más de doce exposiciones sobre arqueología céltica realizadas desde 1980. Como expone Hobsbawm (1992: 7) se están dando una serie de circunstancias favorecedoras del racismo y la xenofobia. Unas, ya bien formadas, como el proceso de desorientación y crisis. Otras, en proceso de creación, como la idea del «nosotros común frente al otro». Señala asimismo otro de los factores clave el miedo a la anomia, la desorientación. Ante lo fácilmente manipulables que resultan los datos arqueológicos el arqueólogo en su interpretación del pasado no puede ignorar todos estos fenómenos contemporáneos. Los ejemplos vistos pueden dar la impresión de un cierto exotismo y a la vez de desconexión con la práctica arqueológica cotidiana en el contexto español. Sin embargo queda pendiente un análisis profundo y una autocrítica de la situación de la Arqueología en España y su relación con el racismo y la xenofobia. Aunque no podamos hablar de argumentos arqueológicos que apoyen o justifiquen la ocupación de territorios o que den validez a la versión histórica oficial frente a la historia de alguna minoría, esto no debe hacernos obviar toda una serie de interrogantes respecto a la práctica y a las motivaciones ideológicas que orientan la disciplina. ¿Qué implicaciones ha tenido una arqueología claramente nacionalista en la construcción de la identidad nacional, durante el regimen franquista, o de las identidades regionales con el surgimiento de la España de las autonomías? Partiendo de la relación existente entre la Arqueología y la ideología nacionalista desde sus comienzos (Díaz-Andreu, 1993; Díaz-Andreu y Mora, 1995) observamos la importancia que el pasado prehistórico ha tenido en los diversos discursos nacionalistas del siglo pasado, como en el andalucismo (Infante, 1984), el galleguismo (Maíz, 1983) y sigue teniendo en los nacionalismos vasco o catalán actuales. ¿Qué repercusiones puede tener una práctica arqueológica como la realizada en el País Vasco cuyo interés por la defensa de las diferencias raciales y étnicas ha sido y sigue siendo una constante avalada por los estudios antropológicos (Barandiarán, 1987)? ¿Qué posición deben tomar los arqueólogos ante la difusión y utilización de argumentos arqueológicos por políticos como Xa- vier Arzallus (Hidalgo, 1996: 149)? ¿Cómo interpretar que sea en Cataluña donde se realicen un mayor número de estudios sobre genética de las poblaciones (Calafell y Bertranpetit, 1993)? Afirmar que no puede haber una arqueología xenófoba en España puesto que no hay un «otro» excluido es algo que debería replantearse en el actual contexto pluricultural de nuestra sociedad. En la construcción histórica del origen de la nación el pasado andalusí ocupó un lugar liminal (Díaz-Andreu, 1996). ¿Hasta qué punto la Arqueología a través de las publicaciones y exposiciones sobre dicho pasado puede influir en la integración de la minoría islámica inmigrante o reforzar los estereotipos existentes (Andreu et alii, 1995)? La reacción frente a la reconstrucción uniforme del pasado en la Arqueología ha supuesto la proliferación de historias de minorías de todo tipo. Esta reorientación teórica no debe ser una solución de compromiso que se acomode a tendencias pasajeras, ni conducimos a un exceso de «corrección política» que acepte acríticamente estas reconstrucciones, evitando aplicar aquellos elementos de juicio que sin embargo nos hacen rechazar los abusos cometidos por la arqueología colonial o nazi en el pasado. Por el contrario debe permitimos valorar críticamente qué aspectos de la Arqueología están siendo actualmente utilizados, distorsionados o manipulados en favor de determinados intereses y qué factores externos condicionan o favorecen tales acciones. A Gonzalo Ruíz Zapatero, Margarita Díaz-Andreu, Isabel Martínez Navarrete, Juan Vicent García, Antonio Uriarte González y María García Hemández por animarme a profundizar en este tema, por sus valiosas críticas y sugerencias bibliográficas y especialmente por la generosa atención que me han prestado durante la realización de este trabajo.
Definimos las pautas de estudio de los arqueólogos españoles y portugueses y la comunicación entre ellos -y con colegas de otros países-a partir de una muestra de publicaciones especializadas ibéricas. Combinando el análisis de fuentes y citas, evaluamos cómo se investiga y sobre que territorio. Los resultados obtenidos facilitan indicadores bibliométricos sensibles a la especificidad de la Arqueología. No se advierten diferencias relevantes entre los arqueólogos ibéricos. El localismo determina la práctica ausencia de colaboración internacional y desanima la interregional. Favorece una escasa coautoría y el predominio de autores nacionales en las fuentes y del idioma nacional en la cita. La principal comunicación in-(*) Dpto. de Documentación Científica y Análisis Bibliométrico en Ciencias Humanas. Área de Arqueología y Prehistoria. La década de 1980 supone una llamada de atención sobre la influencia tanto de la teoría y metodología como de la sociología de la ciencia -incluyendo política y nacionalismo-en una investigación arqueológica hasta entonces fundamentalmente preocupada por los datos. Este artículo aborda esa temática definiendo algunas de las pautas de transferencia de información entre los arqueólogos ibéricos a partir de una muestra de publicaciones especializadas de ambos países. Se busca, en primer lugar, evaluar cómo se investiga (cuestiones formales, referencias bibliográficas, autoría, lengua y nacionalidad, etc.) y, en segundo lugar, sobre que territorio. En relación con el primer objetivo, se indaga en que medida la frontera nacional ha podido individualizar cada comunidad científica, así como su permeabilidad a la del país vecino y a las de otros países. En cuanto al segundo, se determina la importancia relativa de las distintas divisiones territoriales contemporáneas. La información que se maneja es las publicaciones aludidas, así como las citas y la cartografía que contienen. La bibliometría (a veces llamada cienciometría) se ha configurado como «aquélla disciplina que analiza estadísticamente una determinada literatura científica, su evolución histórica, sus campos y desarrollos temáticos, así como sus au-tores y usos en el ámbito científico propio o próximo» (Ferreiro, 1993: 18). La cartografía «conecta la creación de mapas y la utilización de los mismos en un sólo proceso» comunicativo en el que intervienen la realidad, el autor del mapa, el mapa y su perceptor. El mapa es un «instrumento de reflexión para el autor» (Matanzo, 1982: 15 y 17) y el mejor indicador de cómo el arqueólogo piensa el espacio. Si la comunicación es efectiva, el observador tendrá la misma percepción de la realidad que el autor. A su vez, al considerar en las pautas de publicación la lengua del documento citado y la nacionalidad de sus autores aportamos elementos al debate sobre la relevancia de las distintas tradiciones disciplinares e idiomas en la arqueología europea (Ruiz Zapatero, 1994). El estudio sólo facilita algunos datos de carácter diacrónico. Por haberse primado mas otros aspectos en la selección de la muestra que la fecha de publicación de los documentos fuente, los datos cronológicos son desiguales. No obstante, la selección estuvo abierta durante gran parte del proceso, interviniendo los sucesivos resultados del análisis bibliométrico en la muestra definitiva (Tab. La muestra de las publicaciones españolas toma como base un estudio previo sobre las mismas (Rodríguez et alii, 1996) y la proximidad a la frontera de sus lugares de edición. En Portugal, se tienen en cuenta los resultados de las consultas antes citadas y la vinculación entre las publicaciones y los centros regionales de investigación para dar una visión mas descentralizada. Se incluye Trabajos de Prehistoria (Madrid) por el elevado número de citas que recibe desde las revistas portuguesas a pesar de quedar fuera de la zona delimitada. Los tipos de fuentes escogidas han sido «Revistas y Series monográficas», «Congresos» y «Monografías» por ser los mas representativos de -Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología fB5AAj. Universidad de Santiago de Compostela. Grupo de Estudios Arqueológicos do Porto (GEAP). Secretaria de Estado da Cultura. Sociedade Portuguesa de Antropología e Etnología. Congresso de Arqueología Peninsular (Porto, 1993). Fuentes estudiadas. las distintas pautas de comunicación científica. Además, en los dos últimos, se busca evaluar la influencia sobre dichas pautas de un ámbito definido por el territorio nacional o por el ibérico. Se consideran únicamente los artículos, comunicaciones o capítulos relativos a Prehistoria y Protohistoria. Se quiere resaltar, mediante la discontinuidad de estos períodos históricos respecto al presente, los sesgos introducidos por la conceptualización actualista del territorio. Se estudian las tres últimas décadas iniciadas con importantes cambios políticos en ambos países. En las revistas se seleccionaron los volúmenes desde el presente (1995), salvo que lo impidiera la falta de normalización en la periodicidad o la publicación de congresos (por ejemplo, Setú-bal A. 1975). En esos casos, se sustituyeron por los que permitieran una serie equivalente. En los congresos españoles la fecha se cruzó con el lugar de celebración. Se han vaciado más actas españolas que portuguesas para tratar de paliar el escaso número de comunicaciones sobre la zona occidental ibérica en las primeras. La inclusión de las Actas del Congreso de Coimbra combina la opinión de expertos y el resultado del análisis de citas. Los volúmenes del Congreso de Oporto revisados eran los accesibles en las bibliotecas de Madrid en el momento de realización del estudio. La selección de monografías responde también a la opinión de expertos y al impacto de las mismas. En el caso de la síntesis peninsular (Almagro Gorbea y Ruiz Zapatero, 1992) y de las Actas del Congreso de Oporto se han estudiado de forma independiente las colaboraciones de autores españoles y portugueses. Para maximizar la recogida de datos (tiempo y normalización) uno de nosotros realizó una aplicación en dBase® V consistente en tres tablas (citas, documentos fuente, títulos de revista) relacionadas (Rodríguez et alii, 1996: 41). Se recogieron citas a siete tipos de documentos (Tab. 2) (Rodríguez ^í a///, 1996:40), introduciendo en «Informes», los inéditos, los 'trabalhos' para las pruebas de capacitación pedagógica y científica y los 'ordenamentos' y en «Otros» las memorias de los mapas y los diccionarios. Las «Revistas y Series monográficas» han recibido un tratamiento especial por su importancia en la comunicación científica. El uso de los ficheros de la biblioteca conjunta «Colección de Prehistoria» (CSIC) y del Museo Arqueológico Nacional, de repertorios bibliográficos y catálogos colectivos como Aleph (Catálogo colectivo automatizado de la red de bibliotecas del CSIC), ARIADNA (Biblioteca Nacional de España) y el del Instituto da Biblioteca Nacional e do Livro [URL] ha permitido identificar en gran parte la temática y los lugares de publicación de este tipo de documento. Los datos de localización, normalmente ausentes de las citas, se han obtenido para todas las «Revistas y Series monográficas» de España y Portugal publicadas dentro y fuera de la Península Ibérica más Madrider Mitteilungen (Mainz) y Mélanges de la Casa de Velazquez (París), editadas por instituciones vinculadas con la investiga- ción en ese ámbito. Los resultados se han agrupado por provincias en España y Regiones en Portugal. El resto de las publicaciones extranjeras se han estudiado por países. La fecha de la publicación es la de la última edición citada. Se han excluido las obras 'en prensa'. Los autores clásicos se citan por el comentarista de la edición. Los demás se identifican con nombre completo y dos apellidos, siempre que sea posible, indicándose su nacionalidad y la lengua en la que escriben. En los documentos fuente se toman hasta un máximo de cinco autores, mientras en las citas sólo el primero. Esta doble base de datos es fundamental para establecer las conexiones internas y externas de los investigadores de España y Portugal. La normalización del fichero de autores se ha visto dificultada por la forma inversa de citar los apellidos en España y Portugal, no siempre comprendida cuando la referencia se hace desde el otro país. Además, el mismo autor aparece identificado de forma variable en el mismo documento (Gonçalves, A.H.B.) sin que los índices onomásticos, repertorios bibliográficos y catálogos aludidos resuelvan siempre el problema: Gonçalves, Antonio A. Huet de B. (Oliveira, 1985: 52); Gonçalves, Antonio Huet de Bacelar (Kunst, 1995: 356). La casuística anterior insinúa algunos de los graves problemas que se plantean en la realización de la base de datos (Rodríguez et alii, 1996: 40). Respecto a la forma de citar de los investigadores, los obstáculos derivan de la aparición de citas incompletas, erróneas o contradictorias. Además se combinan formas diversas de llamada en el texto (año y autor, op.cit., ibidem, nota al pie) con localizaciones variadas en el mismo, introduciendo algunos errores insalvables en la cuantificación. Estos factores, unidos a la irregularidad en periodicidad, estructura y aspectos formales de «Revistas y Series monográficas», dificultan la realización de repertorios y penalizan la inclusión de la producción científica de ambos países en las bases de datos internacionales (García Marín et alii, 1996: 1000-1008). En cuanto a la información cartográfica asumimos que «la gran ventaja del mapa con respecto a T P., 54, n.° 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es los demás medios de comunicación es que puede ser visualizado instantáneamente» (Matanzo, 1982:15). En ese sentido, nuestra clasificación no ha tenido en cuenta el pie, ni el título del escrito. Por otra parte, cuando un autor recurre a una información cartográfica específica está asumiendo que el lector puede no ser especialista en el tema y desconocer el territorio salvo a escala nacional. Cabe esperar, entonces, que la identificación del mapa evite topónimos históricos (Bracara Augusta) e incluya otros de capitales (Oporto, Lisboa, Sevilla..), accidentes geográficos de primer orden (Duero, Tajo, Sierra de la Estrella, Sistema Central..) y líneas de costa o límites administrativos claramente identificables por la delincación o la rotulación. En consecuencia, nuestra clasificación valora la posibilidad o no de identificación inmediata. Después destaca si la identificación se hace mediante elementos del paisaje o centros y límites administrativos. En ese caso se establece cómo se relaciona con los segundos la información arqueológica. La aparición de la Península Ibérica y de la frontera hispano-portuguesa ha sido objeto de especial atención. La cartografía de un escrito que representa distintas capas de información de la niisma zona se considera unitariamente. La clasificación se hace en orden creciente (de O a 4) y acumulativo: 3C provinciales 3D municipales o inferiores Se incluye toda la Península Ibérica o mas zonas. 4A núcleo de la información 4B ventana complementaria 3. ANÁLISIS Se han definido las pautas de publicación de los arqueólogos de España y Portugal a partir de: A. Los documentos fuente: tipo de documento, páginas por tipo y por título de revista, lengua en la que están escritos, y su relación con la de las citas. Además, la autoría se conecta con la nacionalidad de los firmantes, la lengua del documento y la de las citas. Finalmente, se estudia una muestra de la cartografía. B. Las citas: se estudian los aspectos ya mencionados y se cuantifican por tipo de documento y por décadas. En las referidas a «Revistas y Series monográficas» se evalúan temática y lugar de publicación. Los resultados de estos análisis se combinan para evaluar aspectos formales de las publicaciones científicas, así como otros correspondientes a la autoría, la lengua y la nacionalidad y el ámbito territorial de las mismas. Se intenta averiguar si existen pautas específicas entre los tipos de documentos y, en su caso, si se relacionan con su publicación en España o Portugal (Tab. Por ello el comentario se centra en «Revistas y Series monográficas», «Congresos» y «Monografías», que cuentan con una muestra representativa. Se considera la extensión de los escritos y las referencias bibliográficas para todos los documentos fuente (lectura horizontal de la tabla) y el volumen de citas generadas por tipo de documento (lectura vertical). Finalmente se indica la actualización de las citas y las autocitas de revista. El número medio de páginas (Tab. 2:R) normalmente se emplea para caracterizar la extensión de los escritos de los documentos fuente. En nuestro caso permite comparar los tipos de documentos entre sí (revistas, monografías, congresos, etc.) pero no los documentos fuente incluidos en cada tipo. La extensión de los artículos en las mismas depende del número de los publicados (Tab. 2:B) y varía notablemente de unas a otras. Ello debe ponerse en relación con la escasa normalización de las revistas a este respecto: los artículos de Setúbal Arqueológica y Arqueología oscilan entre las 2 páginas y las 137 y 33 respectivamente, los de Zephyrus entre 2 y 28 páginas y los de Gallaecia entre 8 y 89. La edición en España o Portugal no resulta muy significativa y apenas insinúa una tendencia a reducir la extensión de los artículos para aumentar su número en el segundo. El ejemplo más claro es Arqueología más parecida a ese respecto a las actas de congresos que a las otras revistas. Cada tipo de documento tiene una media específica de citas por artículo (Tab. 2:B,C) con un máximo en las monografías y un mínimo en los congresos. Las únicas diferencias nacionales se advierten en las revistas, duplicando las españolas (31) a las portuguesas (15,3) en número de referencias. Como, por otra parte, todas las revistas lusas se acercan a la media portuguesa, consideramos que este puede ser un criterio indicativo de una cierta tradición científica. Las revistas espa-ñolas son muy distintas entre sí teniendo Gallaecia valores análogos a las portuguesas. La homogeneidad en la media de citas por artículo en las revistas portuguesas y las diferencias entre las españolas se observa también en la proporción de autocitas de revista respecto del total de citas a «Revistas y Series monográficas» (Tab. Esas autocitas representan aproximadamente el doble en las portuguesas (11%) que en las españolas (6%). El estudio de la evolución de las citas a cada tipo de documento (Tab. 3) debe tener en cuenta que, por las características de la muestra (Tab. 1), la última década está, generalmente, infrarrepresentada y, cuando el volumen más reciente es de los años 80, incluso la anterior. Los tipos de documentos más citados son «Revistas y Series monográficas» seguido de «Monografías» y de «Congresos». Por ello, sólo nos referiremos a los dos primeros. Un rasgo común a las publicaciones ibéricas, que comparten con revistas españolas (Rodríguez et alii, 1996: 55), es la actualización de la cita: en la década 1976-85 se concentra la tercera parte de las referencias, en tanto que toda la primera mitad del siglo apenas suma esta cantidad. Existe una gran variedad entre las distintas revistas españolas y portuguesas en cuanto al ma- nejo de «Revistas y Series monográficas» no ibéricas (Tab. 3:D) de forma que no se puede utilizar este rasgo para su distinción. Sí se advierte un uso mayor de la cita a éstas desde las portuguesas que desde las españolas: 31% y 18%, respectivamente, del total de citas a ese tipo de documento. Diacrónicamente, la cita sigue las pautas indicadas para las publicaciones ibéricas. Contenido de las «Revistas y Series monográficas» La temática se ha determinado según varios criterios: las palabras más significativas de los títulos de las publicaciones citadas, la consulta de los catálogos mencionados donde figuran la institución editora y la Clasificación Decimal Universal. No se advierten diferencias significativas entre ambos países. El primer grupo de materias corresponde al núcleo de la disciplina y recibe el mayor porcentaje de citas en ambos países (Tab. Le sigue en importancia el cuarto. Incluye publicaciones generales de las universidades, de los museos y de instituciones locales. Está conectado con dicho núcleo, ya que esas publicaciones suelen incluir artículos de Prehistoria y Arqueología {Revista de Guimaraes, Cuadernos de Estudios Gallegos). Los otros dos grupos identificados están representados por un número similar de títulos. En el de las Ciencias Naturales destaca la Geología con 15 títulos en España y 22 en Portugal que suponen prácticamente la mitad de este grupo. Las revistas de Ciencias sin especificar y de Historia Natural ocupan el segundo lugar. A su vez, en el de Humanidades predominan los títulos de Historia. Interpretamos estos resultados como indicadores de un uso especializado de la bibliografía en el mismo sentido que hemos comentado en relación con las misceláneas. Por último, relacionamos las publicaciones sin identificar con citas de principios de siglo o incorrectas. En cualquier caso, ninguna supera las tres citas. Las revistas con diez o más citas son realmente las que definen las pautas de consulta bibliográfica (Anexo y Tab. Los 274 títulos diferentes citados desde las fuentes españolas y los 284 desde las portuguesas cuantifican la dispersión de las publicaciones en Prehistoria y Ar- queología. Para valorar su significación hay que tener en cuenta que 113 y 99 de dichos títulos sólo se citaron una vez y los 52 y 34 respectivamente que aparecen diez o más veces acumulan el 75% y el 67% del total de referencias. La temática, tanto en España como en Portugal, mantiene la misma importancia relativa de todos los grupos que en el conjunto de las citas. En cambio, las publicaciones de Arqueología se duplican en detrimento de las misceláneas y, mientras en España están ausentes las de Ciencias Naturales, en Portugal dos de Geología ocupan los puestos tercero y vigésimo de la clasificación. Este núcleo de publicaciones caracteriza lo fun- Tabla 5. Datos del muestreo relativos a los autores 1. Autores por documento fuente; 2. Firmas por documento fuente; 3. Autores con un solo escrito; 4. Autores citados una sola vez; 6. Total de autocitas de autor emitidas; 7. Autocitas de autor emitidas a «Revistas y Series monográficas» ibéricas; 8. Autocitas de autor emitidas a «Congresos»; 9. Autocitas de autor emitidas a «Monografías»; 10. Autocitas de autor emitidas a «Tesis doctorales»; 11. Autocitas de autor emitidas a «Memorias de licenciatura»; 12. Autocitas de autor emitidas a «Revistas y Series monográficas» extranjeras; 13. Autocitas de autor emitidas a «Informes»; 14. Autocitas de autor emitidas a «Otros tipos de documentos». damental de la producción científica en estas disciplinas.Ahora bien, una historia de la ciencia que se restringiera al mismo podría dejar de lado parte de lo que esa producción debe a la especialización. En nuestro estudio hemos advertido la importancia del territorio, bien sea de la propia provincia. Región u otro, y de la temática, fundamentalmente cronológica (Rodríguez^í a///, 1996:56). La presencia de publicaciones españolas en la clasificación portuguesa es muy llamativa no sólo por el número de títulos (15) y de citas que reciben, sino por la cifra decepcionante de títulos portugueses en la lista española (5). Por lo menos, éstos tienen un importante número de citas... La presencia de cada autor en la investigación se fija a través del número de escritos que publica, el de citas que recibe y cuántas de ellas son autocitas. La referencia a la nacionalidad del autor permite estudiar la colaboración internacional. Como, por un lado, puede haber varios firmantes de un escrito y, por otro, la misma persona puede figurar en varios de ellos, la producción científica de los autores se ha calculado individualizando hasta cinco cofirmantes y a partir del número total de firmas (en Portugal 363 y en España 255) y no del de autores distin-El estudio agrupa los documentos fuente por su nacionalidad. A su vez, en términos generales, la baja coautoría permite igualar el número de firmas con el de escritos. Para que el volumen de datos fuera manejable, nos hemos centrado en los autores que han publicado tres o más escritos. Los autores con el mismo número se relacionan alfabéticamente. Como puede verse en la tabla 6:D hay 16 autores en los documentos fuente españoles y 22 en los portugueses. M. F. dos Santos aparece en ambas series y es el único extranjero en la española. Hay que esperar hasta la posición 34 para encontrar el siguiente (José Manuel Fernandes Rolao con 2 artículos). Por el contrario, en la portuguesa hay 5 autores de tres nacionalidades. La conexión entre la productividad de estos autores y su impacto se evalúa estudiando aquéllos que suman una tercera parte del total de citas emitidas (Tab. Los que reciben el mismo número se relacionan alfabéticamente. Desde los documentos fuente portugueses 45 autores concentran ese tercio de citas y 41 desde los españoles. Los únicos autores no ibéricos que aparecen en ambas series son Ph. Los españoles son G. Delibes de Castro, M. Almagro Gorbea, M. Almagro Basch, F. Criado Boado, J.M. Vázquez Várela, P. Bosch Gimpera y F López Cue villas. La presencia internacional en la serie portuguesa es mayor que en la española (15 y 6 respectivamente). Por otra parte, desde los documentos portugueses se citan 7 autores españoles, pero desde los españoles no se cita ninguno portugués. En resumen los autores extranjeros citados desde los documentos portugueses son un tercio del total, mientras que desde los españoles sólo una sexta parte. La especificidad de los ranking de autores desde cada serie de documentos fuente pone de manifiesto, en primer lugar, una frontera en lo que se refiere a las pautas de cita. En segundo lugar expresa con claridad la relatividad de cual- (2) Por ejemplo F. Jordá, M. Pellier, P. Acosta y M. Almagro-Gorbea (1986) y M. Almagro Gorbea y G. Ruiz Zapatero (eds.) (1992) son cinco autores distintos pero seis firmas. (3) Hay que tener en cuenta que un autor puede ser citado desde varios documentos. quier evaluación del impacto de la producción científica de un arqueólogo a partir únicamente del rango de citas que recibe. A este respecto el documento fuente y los límites cronológicos de la muestra son determinantes. Finalmente, como rasgo común a las series ibéricas y entrando ya en la posición concreta de cada autor en las mismas destacamos que, entre los diez primeros autores mas citados, figuran algunos de los fundadores de la arqueología peninsular. Estos se identifican en la tabla 6, bien por su ausencia de los documentos fuente, bien por su fallecimiento con anterioridajl a 1975 -quienes no tienen simultáneamente valores en las columnas D y C-, o bien porque publicaron menos de tres escritos, valor límite de la muestra. La evaluación del impacto de la producción de otros autores queda penalizada por haber publicado recientemente. Otros la ven favorecida por su vinculación a la edición de los documentos fuente. Todas esas circunstancias hacen que la comparación de los ranking de autores de las diferentes «Revistas y Series monográficas» de resultados notablemente divergentes. Una última precisión matiza la presencia extranjera en los documentos fuente y en las citas. Los autores extranjeros que aparecen, salvo E. Anati, pueden considerarse nacionales a los efectos de la investigación (J. Roche, Ph. Al menos parte de las citas desde los documentos portugueses a autores españoles y a otros extranjeros pueden deberse a su presencia como autores en las publicaciones portuguesas. Un aspecto significativo de la autoría es el trabajo en equipo. Nos vamos a centrar en la colaboración internacional a partir de los documentos fuente. Esta tarea se ve seriamente obstaculizada por la escasa coautoría en la muestra. Es difícil decidir si su completa ausencia de ciertas publicaciones españolas {Habis; XVII CNA; Jordá et alii, 1986) está determinada o no por nuestros criterios de selección. En segundo lugar, donde se constata corresponde mayoritariamente a autores de la misma nacionalidad, en nuestro caso portugueses o españoles. Finalmente tanto esos equipos como los internacionales, normalmente están integrados por las mismas personas. Centrándonos en los primeros, 44 (32,8%) corresponden a publi- En los 63 documentos fuente portugueses, las nacionalidades se distribuyen así: 113 autores portugueses, 14 franceses, 10 españoles, 6 alemanes, 2 británicos y 2 de otros países. En los 27 documentos restantes hay 35 autores españoles, 22 portugueses, 7 alemanes, 3 franceses, 1 británico y 2 de otros países. Sin embargo en la obra de Almagro Gorbea y Ruiz Zapatero (1992) la coautoría se da siempre entre autores de la misma nacionalidad. En este sentido las Actas del I'' Congresso de Arqueología Peninsular son el máximo exponente de la colaboración internacional en todas sus vertientes: sus 20 comunicaciones tienen firmantes de alguna de las nacionalidades siguientes: española, portuguesa, alemana, francesa, británica y otras. Otros indicadores de la influencia de las diferentes tradiciones científicas son la nacionalidad de los firmantes y la lengua en la que publican, así como la lengua de la cita y la nacionalidad de su autor (Tab. Como la coautoría es muy pequeña trabajamos con la nacionalidad del primer firmante del documento fuente. Las fuentes portuguesas y españolas se diferencian significativamente en la presencia de firmantes extranjeros que, en las primeras, rondan la mitad del total, mientras en las segundas son el 8,2%. En ambos casos la nacionalidad mejor representada es la del país vecino. En las portuguesas, además, hay firmantes de más de cuatro nacionalidades, destacando franceses y alemanes y en las españolas de dos. Es llamativa la reducción de la presencia extranjera en la lengua de los escritos. Su absoluta correlación con la nacionalidad de los firmantes ibéricos contrasta con la ausencia del alemán y la reducción del francés. La presencia del inglés es mínima aunque es la lengua más manejada por autores de v, arias nacionalidades. Todas las fuentes portuguesas, excepto la monografía, y siete españolas cuentan con colaboración extranjera. Coherentemente con esos resultados, en las referencias bibliográficas, lengua y nacionalidad se corresponden de modo casi absoluto. Los escritos en inglés no distorsionan la muestra ya que, aunque hay autores no británicos que lo manejan, el volumen de citas de autores de otras nacionalidades que lo hacen es irrelevante estadísticamente. La importancia de las citas extranjeras es distinta en los documentos fuente portugueses y españoles (Fig. 1.1). Sólo en los primeros, la cita extranjera supera a la del propio país. Para averiguar si estos resultados representan una tendencia nacional o se deben al comportamiento diferencial de alguno de los tipos de documento hemos analizado las citas desde «Revistas y Series monográficas». Estos documentos facilitan los datos más amplios y variados sobre las fuentes de información manejadas por los arqueólogos. Según estos resultados las fuentes de información de las revistas son las que definen la identidad entre la lengua de la cita y la nacionalidad del autor citado (Fig. 1.2). Los perfiles de las revistas ibéricas coinciden con los del conjunto de documentos fuente. De la consideración de cada una de las revistas (Fig. 1.3) resulta la homogeneidad de las españolas a ese respecto y la influencia del elevado número de citas desde Arqueología, en la conformación del perfil portugués. La importancia relativa de las distintas nacionalidades y lenguas en las revistas es la siguiente: desde las españolas la mayoría de los autores citados son españoles que publican en español (87,7%). A gran distancia figuran los artículos de autores franceses, ingleses, alemanes y portugueses cuyos valores e importancia relativa son análogos a los de las respectivas lenguas nacionales. Desde las revistas portuguesas la cita a autores extranjeros y, correlativamente, a bibliografía en idioma no portugués es mayor. Aquí el español es la segunda lengua seguida, como en la revistas españolas, del francés, el inglés y el alemán. Uno de los rasgos comunes a las revistas ibéricas es la importancia del francés y del alemán en relación con la influencia de la arqueología de estos países. Atribuimos el uso minoritario del italiano a la ausencia de la Arqueología Clásica de la muestra. En conclusión, los arqueólogos portugueses evidencian una mayor apertura al exterior que sus colegas españoles tanto en el número de firmantes extranjeros en sus publicaciones, como en la cita extranjera. Esto tiene implicaciones metodológicas en la evaluación nacional e internacional del impacto de autores y publicaciones. El lugar de edición de las referencias bibliográficas precisa la importancia relativa de las tradiciones científicas desde cada uno de los documentos fuente. Se ha estudiado a dos niveles a partir del país de publicación por tipo de documento (Tab. 8) y, en la Península Ibérica, a partir del lugar de publicación de las «Revistas y Series monográficas» (Tab. 9) y de la cartografía seleccionada. En este último caso se busca evaluar la regionalización de la investigación en cada país y redundar en la cuestión de la permeabilidad de la frontera. Las Comunidades Autónomas agrupan los datos para todos los documentos fuente en un primer análisis. Además, dada la diferente extensión de las unidades administrativas ibéricas, el análisis se amplía a la Región en Portugal (Real, 1995: 22) y la provincia en España. La tabla 2 presenta las citas a revistas españolas (E), portuguesas (F) y extranjeras (H). Las diferencias respecto a los totales corresponden a los títulos vinculados a España y Portugal pero editados en otros países. El frecuente manejo de la revista alemana Madrider Mitteilungen se reconoce en la columna G. La suma de los totales de citas recibidas por las revistas editadas en cada región portuguesa y en cada provincia española es la fuente para confeccionar los mapas de las conexiones territoriales de las respectivas comunidades científicas. Aparecen las tres mas citadas o las cuatro cuando sus valores coinciden y siempre que se citan mas de una vez. En cualquier caso, todas nuestras observaciones deben leerse recordando que la muestra incluye únicamente los artículos de Prehistoria y Protohistoria de la mitad occidental de la Península Ibérica. Distribución internacional de las citas El ámbito territorial de las publicaciones de la muestra incide en los datos obtenidos a partir del análisis de lengua y nacionalidad. La cita a países por tipo de documento es bastante similar. La diferencia fundamental se encuentra en el número de países europeos citados con un máximo en las monografías y un mínimo en los congresos (Tab. En cuanto a las fuentes ibéricas, coherentemente con los resultados del apartado 3.4, se citan muchas más publicaciones extranjeras desde las portuguesas. Globalmente están representados todos los continentes, pero casi el 90% de las citas son a Europa (prácticamente todos los países). Como Portugal y España concentran la mayor parte de las referencias serán objeto de un estudio específico. Francia destaca claramente con el doble de citas que el Reino Unido y Alemania. Italia supera el centenar, mientras que el resto no pasa de la veintena. En el caso de las fuentes ibéricas, las revistas se estudian en el apartado siguiente. Congresos y monografías son el 80% y el 70%, respectivamente, del total de citas europeas a estos tipos de documentos. Regionalización de las citas La tabla 9 sugiere el sesgo que puede introducir el documento fuente -especialmente las monografías-en la cita a Regiones y Comunidades Autónomas. Por ello nuestro primer comentario se basará en los totales. La importancia de las publicaciones madrileñas en el conjunto de citas es clara. Las de la Región Norte y Lisboa se citan prácticamente la mitad de veces, las de Castilla-León y Galicia en tomo a una tercera parte y las de Andalucía y Cataluña casi diez veces menos. La situación varía si se consideran por separado las fuentes portuguesas y españolas. Desde éstas, las publicaciones madrileñas siguen concentrando la mayor parte de las referencias, seguidas de las localizadas en Castilla-León y Galicia. Las revistas de la Región Norte y Andalucía se consultan dos veces menos. Todas las Comunidades Autónomas se citan, pero las insulares. Cantabria, La Rioja y Murcia no llegan a diez referencias. La Región del Algarve es la única ausente. Desde las fuentes portuguesas las publicaciones de la Región Norte y de Lisboa son las más citadas y se consultan de modo similar. Las de Madrid tienen casi la mitad de referencias que las anteriores y las de Galicia en torno a una quinta parte que no alcanzan las de Castilla-León, Alentejo y Centro. Las publicaciones de las Comunidades Autónomas insulares y La Rioja no se citan en absoluto y las de la Región del Algarve y las Comunidades Autónomas de Asturias, Cantabria, Castilla-La Mancha, Navarra y Murcia no pasan de 4 veces. Los resultados indican el interés compartido de los investigadores de la mitad occidental de la Península Ibérica por las publicaciones editadas en Castilla-León, Galicia, Lisboa, Madrid y la Región Norte. La cita a revistas andaluzas y catalanas sólo desde las fuentes españolas se debería a la relevancia que la investigación española sobre Prehistoria y Protohistoria concede al mediodía peninsular y al carácter general de las revistas catalanas mas citadas (Rodríguez Alcalde et alii, 1996: 51) (Anexo). Las referencias a revistas de las Regiones del Alentejo y Centro sólo desde las portuguesas tendría que ver con el lugar de edición de la fuente o con su proximidad a él. El análisis por Regiones y provincias, reitera la concentración de las citas (Fig. 2). Lisboa y Madrid, sedes de instituciones editoras de revis- tas de carácter general y de gran tradición, aparecen sistemáticamente (Rodríguez et alii, 1996: 48). El efecto centralizador de la capital no es la única razón que explica la importancia de Lisboa. La investigación regional también juega un papel en ese caso. Otras unidades administrativas no están presentes, en gran parte, por no contar con publicaciones en la muestra ya que las que sí las tienen siempre suman un elevado número de referencias. Su orden respectivo varía desde cada documento fuente. En cualquier caso, el segundo lugar por número de citas -y con valores claramente distanciados de los del primero-corresponde a las revistas editadas en la propia provincia o Región. Sólo en Habis y Zephyrus ocupa el tercero (García Marín et alii, 1997). Los documentos portugueses distribuyen la cita entre muchas provincias y la reiteran. Por contra los españoles la concentran en las mismas Regiones que los portugueses, limitándose el resto, en su caso, a una sola referencia. La regionalización es evidente en la figura 2. BSAA y Zephyrus, con los lugares de edición más próximos, citan las mismas provincias y Regiones. Mientras, Gallaecia y Habis, con los más alejados, sólo comparten la cita a publicaciones madrileñas. En cuanto a las revistas portuguesas, la Región Norte y Lisboa alternan su importancia por número de citas, dependiendo de su sede editorial. Las revistas del Álgarve no reciben citas desde las revistas ibéricas y sólo 4 desde otros tipos de documentos portugueses (Tab. Setúbal A. se ocupa significativamente del Alentejo. Los contactos transfronterizos revelan otro aspecto de la regionalización. Las revistas de Salamanca son manejadas con mucha frecuencia desde APort y Setúbal A., en tanto que las revistas de Oporto recurren mayoritariamente a las de Pontevedra y La Coruña. Arqueología, además, supera a las anteriores en la cita a Salamanca, lo que subraya la apertura de su línea editorial. Desde las revistas españolas, las de la Región Norte son las más consultadas. En Habis puede decirse que no hay referencia a Portugal. La cita a revistas de Barcelona y Valencia es susceptible de varias interpretaciones: el carácter general de las mismas, la temática de algunos de sus artículos, la presencia de autores portugueses, o la de equipos que investigan fuera de la unidad administrativa donde pubhcan. Análisis de la cartografía La importancia que se da a la cartografía es mayor en las fuentes españolas que en las portuguesas a juzgar por la relación entre el número de mapas (Tab. 10) y el de escritos (Tab. Por otra parte, las pautas de los autores a este respecto, es decir cuántos y cuáles incluyen, dependen del tipo de documento. El análisis de la cartografía revela alguna de las formas de percepción del espacio por parte de los investigadores. La mayor parte de los mapas cuyo territorio no se puede identificar (categoría 0) (Tab. 10) se localiza en los congresos nacionales, sean estos portugueses o españoles. Los bajos valores de la misma en las monografías se deben bien a la práctica ausencia de mapas -en Portugal-, bien a la inclusión de toda la Península Ibérica (92% de los mapas españoles). En cuanto a las revistas, en un 44,5% de las españolas y un 71% de las portuguesas, la cartografía tampoco es identificable. Sin embargo, cuando lo es, los autores portugueses recurren más que los españoles a la inclusión del territorio peninsular. El gran porcentaje de mapas inidentificables puede ser un reflejo del enorme localismo desde el que se concibe el objeto de estudio y la audiencia a la que va dirigida la investigación. Este hecho precisa la regionalización ya señalada. Los pocos autores que introducen mapas identiñcables, en el caso de las Revistas fuente, si son portugueses siempre señalan la frontera. Ahora bien, la distribución del registro arqueólo- Tabla 10. Tipos de mapas contenidos en las publicaciones de la muestra. El mismo mapa puede aparecer en varias categorías. gico a uno y otro lado de la «raya» (categoría 3A) sugiere que ésta no se entiende como un límite para la investigación. El límite administrativo fundamental para los autores españoles es la provincia (categoría 2C). En ese sentido no hay que ver con optimismo que, en los mapas de distribución, la «raya» no se dibuje (categoría 3A). En cuanto a los resultados de este estudio en las monografías, el hecho de que sólo hayamos incluido una de cada país limita sus posibilidades de generalización. Es llamativo que Alarcáo (coord.) (1990) incluya únicamente 10 mapas frente a los 50 de Jordá et alii (1986), de los cuales 41 presentan la dispersión de yacimientos en toda la Península Ibérica (categoría 3A). El análisis bibliométrico de las publicaciones de Prehistoria y Arqueología de la muestra se revela como un poderoso instrumento de análisis de las distintas escuelas, lenguas y países, temas especialmente vulnerables a los sesgos nacionalistas. Los resultados obtenidos facilitan, además, indicadores sensibles a la especificidad de nuestro ámbito disciplinar. La muestra es la clave de la calidad de los trabajos estadísticos. Una de las conclusiones de nuestro artículo es mostrar cómo sus parámetros son más relevantes que su tamaño: manejando 9.287 citas obtenemos resultados análogos a los de un estudio previo a partir de 33.474 (Rodríguez et alii, 1996: 39). Una muestra menor aumenta la calidad de la labor de documentación especializada indispensable para contrarrestar la heterogeneidad de los datos. Los obstáculos son insalvables cuando proceden de la estructura de la propia tradición disciplinar. Así el incumplimiento de la periodicidad de las revistas limita la significación de los resultados de un estudio diacrónico y la escasa coautoría reduce la base de cualquier análisis del trabajo en equipo. En el curso de la investigación hemos identificado algunas pautas de la comunicación científica que facilitan el análisis estadístico y otras que, por contra, introducen sesgos que es necesario controlar. Los tipos de documentos determinan la información accesible. Las «Revistas y Series monográficas», por su propia estructura (periodicidad, pluralidad temática y de autores), proporcionan la más variada, significativa y con más posibilidades de comparación entre los datos fuente y las referencias. Por ejemplo, es el tipo más adecuado para indicar la influencia relativa de cada país. Las «Monografías» dispersan la cita y los «Congresos» facilitan muy poca información. Un rasgo estructural de las revistas científicas es su especialización, que es inevitable sopesar para una correcta definición de la muestra y de los resultados de su análisis. Esto queda de manifiesto en la temática de «Revistas y Series monográficas» citadas. Pensamos que puede generalizarse la importancia de la cita a las revistas publicadas en las capitales de los estados y que suelen corresponder con las de temática más general. Otro rasgo específico es la fuerte orientación local, advertida en estudios bibliométricos sobre las Ciencias Sociales y Humanidades (Nederhof y Zwaan, 1991: 332) y la Medicina (Navarro, 1996: 22), y que está muy marcada en Arqueología, tanto en España (Ruiz Zapatero, 1988; Rodríguez et alii, 1996: 49 y 55), como en Francia (Aubin y Jourdy, 1996). Sospechamos que dicha orientación es extensible a la Arqueología de otros países pero no conocemos bibliografía al respecto. La concentración de la cita a autores y publicaciones simplifica la depuración de los datos ya que basta un tercio del total para tener garantizada una caracterización general. En este sentido, la escasa coautoría permite limitarse al primer firmante. La práctica correspondencia entre lengua del escrito, país de publicación y nacionalidad del autor justifica manejar sólo esta última variable. Una observación complementaria es que, en los documentos fuente, los autores extranjeros aumentan la cita a la producción científica de su país de origen. En definitiva, defendemos el estudio conjunto del documento fuente y sus referencias para la interpretación de los datos bibliométricos. La vinculación de los autores a la edición del documento fuente y los límites cronológicos de la muestra introducen un primer sesgo en la evaluación del impacto de su producción. La primera favorece a los autores (compárense las columnas P y Q de la tabla 2). Los escritos más recientes están penalizados respecto a los más antiguos. Ello remite a las limitaciones ya advertidas sobre el Factor de Impacto de las revistas (Rodríguez et alii, 1996: 54-55), extensibles al correspondiente a los autores. Así entre los autores más citados están los fundadores de la Arqueología peninsular que acumulan citas de todo el período. Además, en general, los autores más citados son los del propio país. La lengua del escrito es otro condicionante de su impacto. Los autores que escriben en la lengua de un país experimentan una discriminación positiva desde los análisis bibliométricos nacionales y negativa desde los internacionales. Este segundo aspecto ha sido denunciado reiteradamente a propósito del sesgo que introduce la inclusión preferente de revistas escritas en lengua inglesa en el Science Citation Index y Social Science Citation Index (EEUU) (Navarro, 1996: 611; Gómez y Bordons, 1996: 23). Nuestro trabajo redunda en el error que supone identificar la Ciencia con el impacto internacional de una determinada producción bibliográfica. Además, en el caso de la Arqueología ibérica, los datos hasta 1995 no justifican confundir «lo internacional» con la literatura en inglés. Las pautas de comunicación que comparten los arqueólogos españoles y portugueses marcan fronteras y pasos entre las respectivas comunidades científicas. La temática de las «Revistas y Series monográficas» ibéricas citadas muestra una gran especialización de la consulta bibliográfica: se manejan las de Prehistoria y Arqueología o misceláneas donde estas materias están siempre presentes. La aparición de títulos ajenos a las Humanidades y Ciencias Sociales se reduce a los de Geología y Ciencias Naturales. En general, la consulta de estas publicaciones se explicaría por la inclusión de artículos de Prehistoria antigua, sobre todo Paleolítico, o de las investigaciones de naturalistas y otros científicos aplicadas a la Arqueología. Las ventajas de la colaboración en la publicación son un tema tan discutido que, en los concursos para algunos departamentos del área de Prehistoria, se ha dividido la puntuación por artículo entre el número de autores o se ha rebajado (Universidades de Cantabria, Complutense...). En cualquier caso, la multidisciplinariedad, la especialización y el trabajo en equipo, de practicarse, no se reflejan en las publicaciones ibéricas de la muestra. Las relaciones transfronterizas no caracterizan las publicaciones hispano-portuguesas. Sus ras- gos comunes más significativos procederían, más bien, de la tradición histórico cultural que configuró la Arqueología prehistórica y protohistórica ibérica (Martínez Navarrete, 1989; Lillios, 1995c). A ella se debe la orientación local de la investigación. El territorio es la base para definir las culturas, los desplazamientos de sus miembros y la distribución de sus productos. El territorio satisface, además, las exigencias de objetividad y experiencia que se exigen al conocimiento científico. Su relevancia en la investigación queda reforzada asimismo al justificar el estudio del pasado por la recuperación y valoración del patrimonio histórico incluido en las fronteras nacionales. Variables como el idioma de las citas, el lugar de edición de las revistas citadas (Rodríguez et alii, 1996: 42) y la presencia de autores de esas nacionalidades en las fuentes y en las citas la identifican bibliométricamente. La implantación en España y Portugal del Instituto Arqueológico Alemán se manifiesta en la cita a sus publicaciones (Tab. 2:G) e investigadores y en la presencia de autores alemanes en las fuentes. Aunque publican en las lenguas ibéricas, sus referencias explican la presencia del alemán, idioma apenas manejado por autores de otras nacionalidades. La influencia francesa se hace patente en que el país, como lugar de publicación, aparece siempre tras España y Portugal y en que su lengua es la más citada de las extrapeninsulares. Su inspiración destaca en la investigación de los períodos más antiguos de la Prehistoria. Su peso es mayor en las fuentes portuguesas. Sus indicadores son el número significativo de autores franceses, la existencia de publicaciones portuguesas en ese idioma y la importancia de la cita a publicaciones de Geología. La baja intensidad de los contactos hispanoportugueses no excluye que los mejor representados, en ambos casos, sean los mantenidos con el país vecino. De hecho, ello es coherente con el localismo de la Arqueología. Casi todos los valores de los parámetros que hemos manejado para evaluar la comunicación entre los arqueólogos ibéricos están directamente relacionados con la proximidad entre fuente y cita. A pequeña escala, tenemos el gran porcentaje de mapas inidentificables. A una escala intermedia, la intensidad de las relaciones entre las regiones más próximas queda patente en publicaciones y autores citados. A mayor escala, las publicaciones del continente europeo concentran la cita y, por países, los más cercanos, geográficamente y/o por tradición científica. Estos pasos transfronterizos no llegan a ocultar la «raya» fundamental entre los arqueólogos portugueses y españoles: unas pautas de comunicación científica mucho más abiertas al exterior por parte de los primeros. Los indicadores de esta apertura son la presencia extranjera en la cita, en los autores de los documentos fuente y en la lengua en que se escriben. Recordemos la llamativa ausencia de arqueólogos portugueses en el tercio de autores más citados en las publicaciones españolas. Una investigación bibliométrica complementaria en fuentes, en primer término, francesas podría aclarar si esa pauta refleja el impacto de los arqueólogos portugueses o un sesgo nacionalista por parte de sus colegas españoles. Otra manifestación de la personalidad de cada una de las comunidades de arqueólogos peninsulares es la especificidad de los ranking de citas a autores y publicaciones. Insistimos, para finalizar, en que las diferencias advertidas nos parecen menos significativas, para entender la conceptualización de la Arqueología en España y Portugal, que la tradición científica común. No sabemos si otros factores que hemos detectado en la investigación arqueológica ibérica serían también generalizables. Pensamos en la «cortedad de miras» en el manejo de la bibliografía para la que sugerimos diferentes explicaciones. Con anterioridad a la década de los ochenta los estudios comparativos amplios eran una exigencia de cientificidad. Esta presión para manejar el registro arqueológico de otros países o zo- ñas desaparece con la puesta en cuestión del paradigma difusionista. Paralelamente la descentralización administrativa ha promovido una introversión de la investigación en España. Quizá esta nueva situación política -que no se da en Portugal-influya en este comportamiento. La investigación prehistórica ha ido ajustándose cada vez más a los límites administrativos actuales hasta el punto que su coincidencia con los de las culturas arqueológicas no se pone en cuestión. Pero en todo caso, los arqueólogos, al hacerlo, incurrimos en una grave falla metodológica que es nuestra responsabilidad específica denunciar. De cualquier modo, la definición del ámbito de estudio no justifica la cita mayoritaria y reiterada a los autores y publicaciones mas cercanos. En este sentido nuestro artículo querría sumarse a las denuncias recientes sobre los sesgos de manipulación nacionalista de la práctica arqueológica implícitos en esa forma de conceptualizar y practicar el estudio de las sociedades del pasado. A Antonio Oilman Guillen por su traducción. A los colegas de las Universidades de Alcalá, Valladolid y del Instituto Arqueológico Alemán que nos dieron su opinión de expertos para la selección de la muestra. Al personal de la Biblioteca del Museo Arqueológico Nacional-«Colección de Prehistoria» del CSIC (Ministerio de Educación y Cultura) por su ayuda en la consulta de los fondos. 0 No se identifica 1 Se identifica la zona sin límites adminis- trativos lA con topónimos IB con accidentes geográficos 2 Se identifica la zona con límites admi- nistrativos Aparece mas de un objeto de estudio (yacimientos, piezas, areas de distribu- ción) y su distribución trasciende los lí- mites administrativos.
Este trabajo analiza la evolución de las excavaciones arqueológicas en Andalucía desde la transferencia de competencias del Gobierno del Estado a la Junta de Andalucía. Se presta especial atención a los efectos negativos de la división entre una arqueología de investigación y otra de salvamento; y a cómo el interés en favorecer la primera ha entorpecido el desarrollo conceptual de la segunda, corriendo el riesgo de ser considerada como un mero acto administrativo carente de proyección científica. El presente trabajo tiene un ámbito temporal muy concreto. Se inicia en el momento en que se producen las transferencias de funciones y servicios en materia de patrimonio arqueológico de la Administración central -Ministerio de Cultura-, al Gobierno de la Comunidad Autónoma de Andalucía (Anexo 1, apartado B del R.D. 864/84, de 29 de febrero), y finaliza en la actualidad cuando, agotado un ciclo que coincide con el final del primer cuatrienio del Plan General de Bienes Culturales (PGBBCC) aprobado por el Parlamento de Andalucía en 1989 (Consejería de Cultura, 1993), se están sentando las bases de una nueva etapa de reflexión que bien podría aprovechar, como instrumento de lanzamiento, el II Plan General de Bienes Culturales (1996)(1997)(1998)(1999). Este período de tiempo ha sido ya objeto de atención por otros autores, que lo han valorado de forma diversa. A. Ruiz (1989), recogiendo el debate interno de la Comisión Asesora de Arqueología (CAÁ) presidida por él mismo, fue el primero en sistematizar y definir públicamente una forma diferente de entender la gestión de la arqueología, en un trabajo de carácter teórico y programático. Con los términos «presencias» y «ausencias» elabora una radiografía de la ciencia arqueológica de la segunda mitad del siglo XX en España. Esta vendría caracterizada por los siguientes componentes: subordinación de la prospección a la excavación, ausencia de un proyecto teórico reflexionado y separación entre trabajo inte-T. P., 54, n.M, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lectual (investigación) y trabajo manual (conservación). En su opinión, se configura lo que podría denominarse genéricamente un modelo andaluz de arqueología a finales de 1984 a partir de tres contingencias: la creación de la CAÁ y de los equipos técnicos en las delegaciones provinciales de la Consejería de Cultura, junto a la publicación de la orden reguladora de las subvenciones para las actividades arqueológicas. La decidida voluntad de ruptura con el periodo anterior se manifestaría fundamentalmente en las siguientes características que definen el modelo: el cambio de la actuación aislada por el proyecto como instrumento de conocimiento; la incorporación de la conservación al mismo, estableciéndose una interrelación entre conservación e investigación; y, por último, la sustitución de una difusión selectiva por otra, más social. Resultan muy relevantes para esta reflexión dos riesgos que señala el autor sobre la actividad de gestión del patrimonio arqueológico: el empleo inmoderado de la excavación como único instrumento de intervención, en detrimento de otras medidas de carácter preventivo, y el ser considerada como una actividad de segundo orden con respecto de la investigación. Por su parte V. Salvatierra (1994), asumiendo la definición del anterior, habla ya de un Modelo Andaluz de Arqueología como algo consolidado y perfectamente definido. Se centra en la historia de sus transformaciones desde su concepción, a la que atribuye cierto origen italiano, en los años 84/85 hasta el momento en que escribe. Esta evolución, para él, fue claramente positiva hasta alcanzar un momento crítico, en 1989, coincidiendo con el cambio de director general de Bienes Culturales. A partir de entonces comienza una inflexión en la andadura del Modelo caracterizada por su «sometimiento al poder político», que lo abocaba necesariamente a un periodo de crisis del que esperaba ver el final con el nuevo equipo surgido de las elecciones autonómicas de 1994. Su concepción de las actividades arqueológicas en Andalucía como un proceso en adaptación continua y su apreciación sobre la carencia de una teoría de la gestión arqueológica, nos parecen muy acertadas, pero no que haga descansar la comprensión de este proceso en un relato guiado por el aprecio que siente por la labor de unos y el desprecio por la de otros. Por su parte, M. Acién (1994), que inicialmen-te confiaba en la superación de la etapa precedente a partir de la nueva estructuración conceptual y administrativa de la arqueología en Andalucía, si se solventaban definitivamente determinadas cuestiones relacionadas con la intervención de escuelas-taller en castillos y otras fortificaciones medievales (Acién, 1991), advierte más tarde la insuficiencia del diseño planteado para garantizar por sí mismo su eficacia. Ve el fallo de estos dispositivos en la actitud complaciente con el poder político por parte de arqueólogos reticentes a comprometerse con sus responsabilidades. En la arqueología medieval, ámbito donde se centran la mayor parte de sus reflexiones, la culpa de todo parece tenerla el hecho de resultar ésta molesta por cuanto que, al añadir un campo más a la franja patrimonial, provoca fastidio en el resto de los arqueólogos, especialmente en aquellos con responsabilidades en su conservación. Su análisis sobre el perjuicio que supone para la intervención arqueológica la separación entre el arqueólogo profesional y el científico (o especialista), así como las consecuencias, en el plano práctico, derivadas de tal división (Acién, 1994: 69), merecen una especial consideración y sobre este tema volveremos más adelante. No obstante, este autor contribuye a tal separación asumiendo sin objeción alguna la existencia de una arqueología de urgencia y otra de investigación, como entidades completamente distintas. Finalmente, D. Vaquerizo Gil (1994) nos sorprende con una exposición de sus convicciones sobre el porqué del mal estado de la «arqueología fáctica» en España en general, y Andalucía en particular. La responsabilidad de ese estado de cosas recae directamente sobre la influencia ejercida por un cúmulo de factores de variada índole, como son la transferencia «sin orden ni criterio» de todas las competencias en materia de patrimonio histórico de la Administración del Estado a las Comunidades Autónomas; el desarrollo urbanístico de nuestras ciudades; la instauración de un sistema de gobierno basado en la pluralidad y el multipartidismo; la pérdida de calidad en la enseñanza; la falta de definición académica para la figura del arqueólogo; el paro o la improvisación continua en la «arqueología de gestión». A su juicio, la solución pasaría por la gestación de un programa científico de intervención en el patrimonio arqueológico que, convenientemente evaluado por una o más comisiones de expertos, habría de estar dirigido por profesores universi- Parece, pues, que mientras algunos caracterizan estos años como el momento de creación y puesta en funcionamiento del denominado Modelo Andaluz de Arqueología, otros han centrado su atención en las deficiencias advertidas en esta etapa. Pero, en general, todos reconocen la existencia de un nuevo enfoque en la gestión del patrimonio arqueológico en Andalucía a partir de 1984. Admitiendo esto último, en nuestra opinión, no ha existido tal Modelo Andaluz de Arqueología, si por ello debiéramos entender una concepción aglutinadora de toda la actividad arqueológica. Antes bien, la arqueología andaluza en el periodo analizado se ha caracterizado por la radical separación entre una «arqueología de investigación» -desarrollada por las universidades-y una mal denominada «arqueología de gestión» (creemos más apropiado llamarla gestión del patrimonio arqueológico), a cargo de profesionales y de los cuadros técnicos de las administraciones con responsabilidades en la protección y conservación de este patrimonio. Esta división se ha correspondido con desarrollos diferentes entre una y otra y en cierta medida, como procuraremos mostrar en las páginas siguientes, antagónicos. La idea sobre la que se ha definido el Modelo realmente oculta esa contradicción. El Modelo Andaluz de Arqueología ha sido un producto teórico elaborado con posterioridad para explicar determinadas actuaciones, cuya función era ordenar exclusivamente la investigación arqueológica a partir de 1984. Con el loable propósito de superar lo que había sido ésta en la etapa precedente, se forjaron un conjunto de criterios sobre los que fundamentar la nueva política en esta materia. Estos criterios, salvando el nuevo valor otorgado a los proyectos de investigación, instrumentalizaban conceptos y opiniones cuya aceptación estaba ampliamente generalizada entre las nuevas generaciones de arqueólogos. En materia de asociación entre excavación y restauración, otra de las reivindicaciones de la nueva etapa, ya existían notables precedentes entre los equipos que trabajaban en Andalucía. El proyecto de conservación y restauración de la muralla de Los Millares ejecutado parcialmente durante los años 1980, 1981 y 1983 no sólo muestra este temprano interés, sino que supone además un hito en este tipo de actuaciones. Quizás el elemento más destacable y, sin embargo, menos valorado haya sido el importante apoyo político que ha tenido la arqueología en este proceso, manifestado cabalmente no sólo en la generosa dotación económica a estas actividades, como se ha señalado (Salvatierra, 1994: 3 y 4), sino especialmente en la relevancia adquirida por el político en la nueva relación entre los arqueólogos y la Administración de Cultura. Con la Administración autonómica el responsable político deja de estar ausente para incorporarse a este escenario, como una presencia que asume el papel de referente de la actuación administrativa ante la arqueología profesional y académica. Esta percepción justifica no sólo las continuas alusiones, en la bibliografía antes citada, «al político de turno», sino que además haya quienes esperen de los partidos políticos -y no de las administraciones-un modelo de gestión coherente del patrimonio arqueológico (Salvatierra, 1994: 2; Vaquerizo, 1994: 11). En una Administración incipiente, carente de estructura técnica suficientemente amplia y consolidada laboralmente, este estado de cosas ha facilitado, cuando se ha creído conveniente, la marginación de la voluntad técnica -en ocasiones es preciso reconocer la existencia de una auténtica inhibición voluntaria-en favor de la directriz política. De ello no puede deducirse, sin embargo, la sospecha generalizada de connivencia entre estos técnicos y los políticos responsables de los departamentos en que prestan sus servicios para la sistemática destrucción del patrimonio arqueológico, como cabe interpretar de ciertas lecturas (Acién, 1994: 70). Así pues, el análisis riguroso de este periodo precisa entrar con profundidad en aspectos sobre los que se ha guardado un cauto silencio o, simplemente, se ha pasado de puntillas, especialmente si queremos desembarazarnos de inútiles cargas, producto de ciertos errores, y optimizar los aciertos habidos. Esta valoración la efectuaremos primordialmente desde un punto de vista concreto: la evolución en la concepción de la actividad arqueológica, fundamentalmente la excavación, al considerar que este aspecto, crucial en la institucionalización de la gestión del patrimonio arqueológico, está aún mal resuelto y, por tanto, necesitado de atención si se desean superar, en Comenzaremos analizando la situación heredada por la Junta de Andalucía en materia de investigación arqueológica, ya que muchos de los desajustes actuales hunden sus raíces en los inicios de la propia arqueología en España. Seguidamente, nos centraremos en la estructuración de esas actividades en el seno de la Consejería de Cultura, a partir de 1984, y cómo se asumieron determinadas premisas cuya consolidación ha impedido, en la práctica, el desarrollo de estrategias globales de tutela del patrimonio arqueológico. Igualmente fijaremos nuestra atención en el similar efecto producido por la dicotomía entre gestión e investigación, sustentada, en cierta medida, por la separación entre una arqueología técnica y otra académica. PRECEDENTES DEL TRASPASO DE COMPETENCIAS EN 1984 La arqueología heredada por la Comunidad Autónoma andaluza en 1984 se caracterizaba, amén de por los atavismos ya descritos (Ruiz, 1989), por la práctica reducción de su gestión, centralizada para entonces en la Subdirección General de Arqueología del Ministerio de Cultura, a la autorización y libramiento de partidas presupuestarias tanto para las campañas anuales realizadas por las universidades, como para las urgencias cuya responsabilidad recaía fundamentalmente sobre los museos arqueológicos. La asociación de estos dos conceptos (autorización y financiación) es un punto crucial. A partir de la conocida como Ley de Excavaciones de 1911, y su desarrollo reglamentario del año siguiente, el Estado se atribuye la prerrogativa de realizar excavaciones arqueológicas en terrenos públicos o privados, previo expediente de expropiación o indemnización en este último caso. Igualmente somete a su previa autorización administrativa la realización de excavaciones por parte de las corporaciones oficiales o los particulares que así lo deseen, corriendo a cargo de los solicitantes las indemnizaciones a que hubiese lugar. Así mismo crea un organismo administrativo para el control de estas actividades: la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, cuyas funciones son, entre otras, la autorización de excavaciones y la formación y conservación del registro de excavaciones y sus concesiones. nula en este campo, siendo su principal caballo de batalla la protección y conservación de los monumentos y conjuntos históricos. Prueba de ello es que, al menos en Andalucía, los primeros documentos de gestión del patrimonio arqueológico salieran de las diputaciones provinciales (Verdugo y Mendoza, 1983y Fernández-Baca et alii, 1984) que, además, tutelaban la mayoría de los yacimientos arqueológicos visitables. Sin embargo, no todas esas aportaciones tuvieron el mismo valor, y si se desea buscar el nacimiento del concepto moderno de gestión aplicado al patrimonio arqueológico, hay que dirigir la atención hacia el Departamento de Arqueología de la Diputación Provincial de Málaga, entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Efectivamente, creado en 1978 con el fin de ofrecer un estatuto de protección a los yacimientos arqueológicos mediante las figuras de planeamiento urbanístico, evolucionó a principios de la década de los 80 hacia una visión más amplia de la tutela, con unos fundamentos teóricos realmente avanzados para el entorno en que se movía. La filosofía que ordenaba sus actuaciones partía de unos presupuestos previos básicos: a) Radical separación entre investigación arqueológica y gestión como contenidos competenciales de órdenes administrativos distintos: la Universidad y la Diputación. b) El concepto global de gestión incluía una amplia panoplia de actuaciones agrupadas en tres apartados: protección (catálogos e inventarios), intervención (exclusivamente de urgencias) y difusión (Fernández-Baca et alii, 1984). Este modelo tuvo una vida efímera en esa Administración provincial, de hecho sólo se materializó en el I Plan Provincial de Arqueología en 1983, volviendo el Servicio de la Diputación a partir de 1985 hacia su primitiva dimensión (Machuca y Recio, 1984-85). No obstante, el paso de B. Ruiz, responsable del Departamento de Arqueología, a la Dirección General de Bellas Artes de la Consejería de Cultura, supuso el traslado de esta concepción a la Administración autonómica. aprobación de proyecto de investigación con financiación a cargo de la Consejería de Cultura. De forma que, si bien en teoría podrían darse licencia a proyectos sin financiación, en la práctica sólo investigarían quienes a la autorización del proyecto se le sumase una subvención para el mismo. El interés prestado durante los primeros años a las actividades de investigación, o sistemáticas, provocó la confluencia sobre ellas de la mayor parte de los esfuerzos administrativos, económicos (en 1985 tenían las actividades de urgencia y las sistemáticas presupuestos globales similares) y jurídicos. La citada Orden de 1985, por ejemplo, no contemplaba la regulación para autorizar actividades de urgencia. De hecho, desde 1984, para la atribución de la dirección de las mismas a los arqueólogos provinciales se recurría a un proceso bastante similar al de las actividades sistemáticas, si bien ya existían en aquel momento determinados requisitos imprescindibles para conseguir la autorización pertinente para cada intervención concreta que, significativamente, no emanaba del director general de Bienes Culturales, sino del delegado provincial, oída la correspondiente Comisión Provincial de Patrimonio Histórico. Esta ausencia en una norma, caracterizada por su afán reglamentador (1), lejos de ser anecdótica, clarifica el orden de prioridades de la Consejería en ese momento. Así pues, aunque la postura oficial (García León, 1985), hecha poco después del traspaso de competencias, apuntaba la unión indiscriminada de gestión e investigación en cada una de las etapas en que se estructuraba la arqueología en Andalucía: consolidación del soporte administrativo y promoción de proyectos científicos de investigación, tal visión sólo era un espejismo ya que ambas ramas eran entendidas, en la práctica, como compartimentos estanco. Este aislamiento ha impedido o, al menos, entorpecido el transvase de instrumentos desarrollados por los grupos de investigación con proyectos sistemáticos (fichas de prospección, sistemas de registro de excavaciones, etcétera) a los equipos (1) Esta orden llega al insólito extremo de exigir un permiso expreso para el estudio de materiales depositados en museos en función de criterios tales como el curriculum del investigador o la memoria de objetivos a corto plazo, en lugar de la mera autorización administrativa del director de la institución, a tenor de las disponibilidades del centro y del efecto de las investigaciones sobre la conservación del material arqueológico, como sucede en los archivos. que trabajaban en el entorno de las delegaciones, en urgencias y emergencias. Y, aún peor, también ha limitado la circulación de la información necesaria para mejorar el ejercicio de la tutela sobre el patrimonio arqueológico, a pesar de estar financiada dicha información con dinero de la propia Consejería, escudándose en una discutible interpretación del derecho a la propiedad intelectual. Las actuaciones de urgencia no han sido siempre bien acogidas por determinados sectores académicos, que incluso las han atacado, midiéndolas con un rasero bastante más severo que el usado para sus proyectos de investigación. Como se trasluce de algunas de estas invectivas (Pastor y Pachón, 1992), su trasfondo es el miedo a que las urgencias substrajeran buena parte de los recursos económicos destinados por la Consejería a financiar las actividades sistemáticas. Si bien en teoría existían relaciones entre la CÀA y el conjunto de los arqueólogos provinciales, en la práctica sólo se destinaron a separar aún más ambos bloques. En esa época los miembros de la CAÁ, y los responsables políticos de la Dirección General, se muestran terriblemente cautos con la autorización de las excavaciones de urgencia para evitar su conversión en sistemáticas encubiertas. A ello contribuía la existencia de una fuerte corriente de opinión favorable a la disociación de la arqueología de urgencia y la arqueología de investigación, en atención quizás a la consideración de aquella como actuaciones esporádicas, de finalidad muy concreta y que, en ningún caso, debían desencadenar campañas de duración prolongada. Siendo absolutamente cierto que, ante la fácil disponibilidad de medios económicos, algunos arqueólogos provinciales promovieron excavaciones por la vía de urgencia, insalvables desde el punto de vista de la gestión y sólo comprensibles por intereses de investigación personales, no lo es menos que la férrea aplicación de ese dogma ahogó la posibilidad de dar cobertura científica y metodológica a otro tipo de actuaciones de urgencia, como las excavaciones urbanas, cuya continuidad no podía evitarse. Muestras palmarias de este afán fueron las trabas puestas a los funcionarios de la Consejería de Cultura para impedir que dirigiesen o codirigiesen proyectos de investigación y, especialmente, la enucleación de todo contenido de investigación a las excavaciones de urgencia hecha por la Resolución de 28 de abril de 1988, donde se re- coge, en su punto 4°, que la finalidad de las mismas será «evitar la situación de urgencia», con independencia de cualquier otra consideración. De hecho, la afirmación del Plan General de Bienes Culturales «existen dos trabajos básicos en materia arqueológica que son la arqueología preventiva o de protección y la arqueología de investigación» (Consejería de Cultura, 1993), se ha tomado como la asunción por parte de la Consejería de esta actitud proclive a la drástica división. Evidentemente ayudaba a ello el escaso soporte económico, y de cualquier otro tipo, que tenían los equipos dedicados a urgencias (especialmente urbanas) para desarrollar un programa de investigación, a pesar del enorme interés de las intervenciones llevadas a cabo. Al hilo de esta última precisión conviene advertir que existe una diferencia importante en esta materia entre la legislación de ámbito nacional (LPHE) y la regional (Ley 1/91 de Patrimonio Histórico de Andalucía -LPHA-). El tratamiento dispensado por la LPHE -aplicable en Andalucía con carácter supletorio a la LPHA o en los aspectos no tratados por éstaal patrimonio arqueológico es el de un patrimonio especial cuyas actividades están sujetas a la pertinente autorización por parte de la administración competente, que deberá velar por que el desarrollo de los trabajos se ajuste a un «programa detallado y coherente que contenga los requisitos concernientes a la conveniencia, profesionalidad e interés científico» (art° 42 LPHE). En ningún caso se habla de separación entre actividades de urgencia y de investigación, siquiera a nivel procedimental. Por su parte la LPHA, recogiendo los precedentes ya analizados, sí hace esta diferenciación, dejándola en el límite mismo de la confusión entre procedimientos y objetivos. En los artículos 52, 53 y 54 se establecen los diferentes tipos de actividades arqueológicas que necesitan autorización previa de la Consejería de Cultura, quiénes pueden solicitar tales autorizaciones y, finalmente, las líneas básicas del procedimiento a seguir, previniendo su desarrollo reglamentario. El art° 59.1 introduce una diferencia al permitir a la Consejería autorizar actividades de urgencia mediante un procedimiento simplificado. Pero, además, su punto 2° señala como finalidad concreta superar la situación que las provoca. Para el legislador andaluz, pues, las actividades de urgencia se diferencian de las otras, fundamental-mente en una limitación de objetivos y no en el procedimiento a seguir, ya que es optativo del órgano autorizante (el art° 59.1 LPHA emplea el término «podrá») el establecimiento de un procedimiento abreviado para su aprobación. De ello cabe deducir que no todos los tipos de actividades arqueológicas contempladas en el mencionado art° 52 son susceptibles de ser consideradas dentro de la categoría de urgencias, sino exclusivamente aquellas cuya realización sirva para superar una situación de grave pérdida de bienes y elementos integrantes del Patrimonio Arqueológico andaluz. El Reglamento de Actividades Arqueológicas, aprobado mediante Decreto 32/1993, de 16 de marzo (RAA), al desarrollar cuestiones puramente procedimentales no resuelve esta situación sino que aumenta las trabas burocráticas. El RAA sigue considerando las actividades de urgencia como de «carácter menor» y trámite más aligerado, no siéndoles, en la práctica, de aplicación la mayoría de los contenidos previstos para los proyectos generales de investigación. Aunque se pida la entrega en el plazo de un año de la memoria científica, no se dispone de ninguna medida de ayuda o fomento a esa investigación, con lo que realmente se está limitando su producción. Sin menoscabo de sus valores y aportaciones, hoy es preciso admitir que tanto la LPHA como el RAA no han sabido apreciar la complejidad de la gestión del patrimonio arqueológico y, el insustituible papel desempeñado en ella por las actividades de urgencia. Olvido que ha pignorado su propia eficacia, al dejar fuera de su capacidad normalizadora aquellas actuaciones más decisivas y habituales en el quehacer diario y, para colmo, consolidando la nefasta división entre una arqueología a la que se reconoce capacidad investigadora y otra que, privada de esa dimensión, sólo interesa en su aspecto procedimental. Al margen de cómo fuesen contempladas en la normativa, las actuaciones de urgencia ya comenzaron a diversificarse desde 1986 en urgencias programadas, aquellas derivadas de las actuaciones urbanas o en medio rural ya conocidas y, por tanto, susceptibles de programación y emergencias o urgencias no programadas, producidas tras hallazgos casuales o paralizaciones de obras por destrucción de restos arqueológicos (Ibáñez Castro, 1987: 26 y 27). A esta división básica, prácticamente aceptada sin discusión, se añaden otros supuestos como fueron las interven- clones de apoyo a la restauración, que tuvieron su paradigma, en cuanto a financiación y duración, en las excavaciones realizadas en la Cartuja de Santa María de las Cuevas con motivo de la Exposición Universal Sevilla'92 (2). Pero fue, sin duda, en el campo de la arqueología urbana, uno de los principales caballos de batalla de la gestión del patrimonio arqueológico a partir de 1984, donde la situación era más compleja, debido a que la separación entre urgencia e investigación dejaba un amplio margen de indefinición cuyas consecuencias han sido verdaderamente desastrosas. Aunque desde 1985 entre las actividades sistemáticas había ciertos proyectos cuyo objeto de estudio se encontraba en medio urbano, la mayoría de ellos centraba su investigación en un periodo concreto o en un monumento, desentendiéndose del conjunto de la ciudad, por lo que no pueden ser considerados como auténticos proyectos de arqueología urbana. Así, pues, la mayoría de las ciudades se han convertido en una especie de «tierra de nadie» en la que, faltos de un proyecto de investigación que cualificase su metodología y diseñase una estrategia de intervención y objetivos a cubrir, trabajaban diversos profesionales sin vinculación entre sí, haciendo de cada solar un caso concreto sin conexión con el resto de las investigaciones realizadas en la misma ciudad. Extirpada de su función como instrumento de investigación, la excavación termina siendo entendida como un mero acto administrativo a realizar previo a una construcción, limitando su eficacia al propio hecho de producirse. Estos condicionantes, unidos a la desproporcionada presión ejercida por los agentes implicados en los procesos de sustitución inmobiliaria, precipitaron el surgimiento de una situación donde predominaba la gestión, evaluada en términos de «agilidad» y «eficiencia», sobre el contenido real de incremento del conocimiento. Esto ha propiciado la aparición de esas «reglas» comentadas por M. Acién (1994), de cuya aplicación se ex-(2) RAA sí resuelve la situación particular de estas excavaciones de apoyo a la restauración de inmuebles, definiendo un tercer tipo de actividades arqueológicas, denominadas «Actividades Arqueológicas no enmarcadas en Proyectos Generales de Investigación», para recoger, entre otras, estas intervenciones cuya finalidad como base informativa para los proyectos de restauración, les otorgaban unos contenidos de investigación incompatibles, al parecer, con su inicial consideración como actuaciones de urgencia. traía la obligada duración de un mes por excavación, o la inconveniencia de profundizar por debajo de la cota de construcción del proyecto de nueva planta. En muchos casos, la desproporción entre la superficie total de los solares y el área realmente excavada dentro de ellos ha sido tal, que permite albergar dudas muy razonables sobre la verdadera contribución al conocimiento de la ciudad de esas campañas de excavación (Rodríguez Temiño, 1991). Así pues, aunque la consolidación de la arqueología urbana en las ciudades andaluzas de mayor importancia había sido un logro de la Administración autonómica, ciertamente su producto no viene siendo el esperado aumento de información sobre la estructura urbana y social de los núcleos de población sujetos a estas intervenciones desde hace más de 10 años. A partir de 1992, en la propia Dirección General de Bienes Culturales, se propugna un cambio de rumbo en la arqueología en general y en la urbana especialmente, argumentando la necesidad de revisar «desfases y desequilibrios en aquellos campos vinculados directa o indirectamente con esta actividad debido, fundamentalmente, a que el afianzamiento y la institucionalización de ciertas bases, inicialmente de marcado carácter instrumental, ha supuesto en la práctica un desarrollo diferencial entre los distintos compartimentos en que se ha dividido el proceso global que comporta la tutela del Patrimonio Arqueológico» (Rodríguez Temiño y Puya García de Leaniz, 1993: 65). Estas lagunas eran fundamentalmente: a) la ausencia de proyectos de investigación de arqueología urbana, como consecuencia de una minusvaloración de la arqueología de urgencia; b) la inadecuación del marco jurídico otorgado por la figura jurídica de conjunto histórico (art. 15.3 LPHE) para amparar la arqueología urbana, con sus consiguientes efectos en el planeamiento urbanístico; c) el tratamiento fragmentario de la arqueología urbana potenciando, aunque de forma deficitaria, aspectos como la excavación en detrimento de otros como la conservación, la investigación o la protección. La respuesta de la Dirección General de Bienes Culturales no fue unitaria y adoleció de descoordinación, al no tener la arqueología urbana un reflejo administrativo claro, teniendo cada servicio competencias parciales sobre ese ámbito. Así durante un par de años funcionaron con El primero, tras el intento fallido de la catalogación específica de la zona arqueológica de Cádiz debido a la oposición municipal, sufrió un considerable estancamiento centrándose exclusivamente en la elaboración de la documentación de la zona arqueológica de Granada y la carta de riesgo de Sevilla. El segundo, con mayor autonomía administrativa, en 1992 y 1993 sacó sendas convocatorias para la presentación de proyectos de arqueología urbana en un conjunto de ciudades, seleccionadas en función de criterios como la preexistencia de proyectos sistemáticos que afectasen a cascos urbanos o la problemática arqueológica y situación del planeamiento en esas ciudades. A partir de 1994 los dos programas anteriores se unieron, sumándoseles además un tercero relativo al "Sistema de Registro de Excavaciones Arqueológicas" con la intención de vertebrar un "Programa Especial de Arqueología Urbana". Se procuraba que la tutela del patrimonio arqueológico elaborase unos nuevos presupuestos teóricos acordes con el desarrollo de la ciencia arqueológica, asumibles en un plano práctico por aquellos organismos vinculados a su gestión. Se precisaba abrir una nueva etapa que asumiese la experiencia acumulada y proyectase hacia el futuro un programa alternativo, cuyo fin fuese la consolidación de todos aquellos aspectos relacionados con la protección, conservación, investigación y difusión recogidos en el Plan General de Bienes Culturales. La arqueología urbana debía entenderse como un proceso global de tutela del patrimonio arqueológico y no meramente como un conjunto de excavaciones en medio urbano. Esa filosofía inspiró las directrices de una Comisión de Arqueología Urbana para la redacción de los proyectos de arqueología urbana de las principales ciudades andaluzas (3). Esta Comisión ha sido la primera en agrupar (3) Estas directrices, contenidas en sendos documentos distribuidos en las Jornadas de Arqueología Andaluza (Córdoba, 1994) y en una reunión de proyectos de arqueología urbana (Antequera, 1995), están aún inéditas. Los únicos proyectos que han visto la luz han sido el de Jaén (Pérez et alii, 1995) y el de Granada (Moreno, 1995). Estas directrices han tenido eco en determinadas propuestas de gestión del patrimonio arqueológico (Gerencia Municipal, 1995; Ayuntamiento de Córdoba, 1995). técnicos de la Dirección General y de las delegaciones, junto a profesores universitarios, para la evaluación de este nuevo tipo de proyectos. Su nombramiento ha coincidido con la virtual disolución de la CAÁ, una vez extinguido el periodo de seis años de los primeros proyectos generales de investigación aprobados, sin que hasta el momento se hayan nombrado los nuevos componentes de la misma. A lo largo de este proceso la propia CAÁ ha sufrido un amplio desgaste en la aplicación de la política trazada sobre investigaciones sistemáticas. Su traducción en un cierto distanciamiento entre ésta y la Dirección General ha sido reflejado por M. Acién (1994:78) como la transformación de la CAÁ «de asesora en consultiva», entendiendo que en ese cambio ha perdido capacidad de influir sobre los responsables políticos del centro directivo. Esta pérdida progresiva de protagonismo de la CAÁ en el quehacer de la Dirección General de Bienes Culturales no afectó, realmente, al control ejercido sobre los proyectos de investigación sistemática. En este terreno las fisuras en el bloque monolítico que suponían los principios rectores de su actuación aparecen cuando la denegación de autorizaciones para actividades arqueológicas son contestadas bien por la vía legal, bien siguiendo una política de hechos consumados. A través de ellas afloran no sólo las deficiencias del Modelo, sino especialmente el modo en que la disociación entre el criterio político y el académico se vuelve, por vez primera, contra la propia CAÁ. Un rápido examen de dos casos concretos arrojarán luz sobre estos extremos. Tras una primera aprobación de intervención en 1985 en la necrópolis de La Joya (Huelva) (Garrido, 1970), la Consejería deniega la autorización en 1986, aludiendo insuficiencia científica del proyecto. Agotada la vía administrativa, el solicitante emprende la contencioso-administrativa, recayendo Sentencia de la Sala de lo Contencioso-Administrativo de Sevilla, de 5/02/90, del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, que obligaba a la Administración a retrotraer el expediente a la fase de motivación. Vuelta a denegar la autorización para las campañas de 1987, 1988, 1989 y 1990, el Tribunal aprecia nuevamente falta de sustanciación en la justificación, amonestando a la Administración por su falta de claridad, y ordenando retrotraer el expediente nuevamente a la fase de argumentación (Sentencia de 28/6/ 93). Por último, ante la inconsistencia de las mo- En este caso, la contradicción y núcleo del conflicto radica, en nuestra opinión, en la imposibilidad de calificar un proyecto de científicamente insuficiente, sin poner en solfa la credibilidad científica del firmante y, de paso, el propio sistema académico. Por eso la CAÁ (cuyos miembros proceden del mundo universitario) encargada de elaborar la justificación de las resoluciones del director general en esta materia, se muestra incapaz de asumir el papel que se le había encomendado y no tiene más remedio que recurrir a un subterfugio, ajeno a los planteamientos iniciales, que no convence a los magistrados de la Sala. Sin embargo, de ello no cabe extraer que todo profesor universitario, al reconocérsele el deber de investigar, tenga adquirido el derecho a excavar (Garrido, 1995: 292). El propio Tribunal en las dos primeras sentencias no accede a otorgar al demandante permiso de excavaciones, entendiendo que, de estar correctamente motivadas, las denegaciones serían perfectamente admisibles. Sólo ante la evidente contradicción de no autorizar un proyecto de excavación en Huelva capital recurriendo a la existencia de otro que, con similares contenidos, tiene como territorio de estudio yacimientos diseminados por media provincia onubense, el Tribunal decide autorizar el proyecto de La Joya. Si en vez de acudir exclusivamente a los contenidos científicos y metodológicos de la investigación arqueológica, la discrecionalidad administrativa de las autorizaciones y denegaciones se centrase más en los efectos que las actuaciones previstas tendrían sobre la conservación del patrimonio arqueológico, la argumentación tocaría terreno más sólido amén de más acorde con las competencias de la Administración tuteladora de los bienes culturales y, por tanto, menos susceptible de ser recurrida por arbitraria. Lógicamente el órgano capacitado para valorar estos condicionantes debería estar compuesto por un espectro profesional más amplio, y ser independiente del juego de intereses académicos. Por su parte, los reparos de la CAÁ a las intervenciones anuales del proyecto «Presencia humana y ocupación antrópica en el Pleistoceno Inferior en la región de Orce (Granada)» han sido contestadas, por parte del equipo, mediante la vía política. Para ello se ha instrumentado el respaldo del Ayuntamiento de la localidad (Castellar, 1992) y del Parlamento de Andalucía (4) y, por último, el eco producido en los medios de difusión por la celebración en Orce del Congreso Internacional de Paleontología Humana, en septiembre de 1995 (5), usado como plataforma por el equipo de investigadores para quejarse del trato recibido por la Junta de Andalucía (6). Los efectos de esta estrategia no se hacen esperar y en la clausura se llega a un acuerdo con el consejero de Cultura para la viabilidad y financiación de las excavaciones en los yacimientos paleontológicos de Orce, responsabilizando a la Comisión Asesora de la situación creada (7). En ningún momento de esta polémica se mencionan siquiera los argumentos esgrimidos durante tantos años por la CAÁ para denegar las autorizaciones. El presidente del Parlamento de Andalucía en el acto de clausura titula lo acontecido: «J. Gibert ha ganado la batalla de la opinión pública y del Parlamento» (8). EL CRITERIO TÉCNICO DE LA ADMINISTRACIÓN Y EL DESARROLLO DEL CONCEPTO DE GESTIÓN La percepción de que una de las piezas claves del Modelo Andaluz de Arqueología ha sido la articulación al mismo de las tareas propias de gestión, realizadas por los arqueólogos provinciales (Ruiz, 1989) es manifiestamente errónea. En la práctica, se propició desde el inicio un desplazamiento en la elaboración de la voluntad técnica de la Administración de los arqueólo-(4) En la pasada legislatura el grupo parlamentario Izquierda Unida-Los Verdes presentó una Propuesta no de Ley, para que el Parlamento instase al Consejo de Gobierno la creación de una Comisión formada por representantes de la Consejería de Cultura, el Ayuntamiento de Orce, la Diputación de Granada y el propio equipo, para el desarrollo de la comarca a través de la puesta en valor del yacimiento {Boletín Oficial del Parlamento de Andalucía, 89. (5) Los organizadores del Congreso usaron como «reclamo» periodístico una disputa directa con el yacimiento de Atapuerca reivindicando para Orce el honor de haber entregado los restos del «primer europeo» {Ideal, Granada, 02.09.1995; Tribuna, 04.09.1995; Diario 16. Esta derivación, fomentada por los responsables de la Consejería de Cultura, acentuó la división entre gestión e investigación, si bien se proponía justamente lo contrario. Aún a riesgo de repetir algunas ideas ya expresadas, nos parece importante revisar la separación entre ambos términos desde la óptica enunciada en este apartado, al haber sido uno de los principales obstáculos para el desarrollo de una teoría de la tutela del patrimonio arqueológico más acorde con el marco disciplinar, social y legislativo en que nos movemos. La inicial filosofía de la gestión de la Diputación Provincial de Málaga no provenía de los conceptos presentes en la legislación sobre el Patrimonio Histórico-Artístico (que seguía siendo la citada Ley de 1933), sino de la aplicación de la virtualidad protectora que la legislación del suelo confiere a los instrumentos de ordenación del territorio (Machuca y Recio, 1984-85: 217). A tenor de lo publicado del Plan Provincial de Arqueología 1983, esa primera aportación se vio enriquecida con la adaptación de la teoría de la restauración, más cercana a la Carta de Atenas de 1931 que a la del Restauro de 1972 (Fernández-Baca, 1984), a los supuestos concretos de los yacimientos y monumentos arqueológicos (Fernández-Baca et alii, 1984). Ello no tiene nada de insólito, si reconocemos que las técnicas de protección urbanística y la conservación y restauración arquitectónicas han sido las fuentes más valiosas para extraer los conceptos básicos con los que armar una incipiente teoría y práctica de la gestión del patrimonio arqueológico (9). El impulso heredado de la Diputación malagueña pronto se vio desbordado, en la práctica, ante la necesidad de acometer una serie de actuaciones derivadas del nuevo marco institucional y legislativo (poco después del traspaso de competencias entró en vigor la LPHE), impensables en el horizonte competencial de una administración local. En su nueva andadura, la Administración autonómica procuró en primer lugar cubrir con técnicos los órganos periféricos -las delegaciones provinciales-que soportaron el peso de gestionar las nuevas competencias. En algún caso, como el de Málaga, fue la Diputación la depositarla de estas nuevas funciones, exclusivamente durante 1984, al ser el único organismo público de ámbito provincial con técnicos cualificados. El esquema organizativo de las delegaciones provinciales de la Consejería de Cultura se llenará de contenido real en 1986, cuando se doten de personal a través del Plan de Actuación Especial en Materia de Bellas Artes (PAEMBA), y se habilite a los arqueólogos provinciales para pedir subvenciones con objeto de poder atender las emergencias y urgencias que surgieran (Resolución de 25 de febrero de 1986, Disposición Adicional V). Ambas medidas supondrán el culmen del proceso en materia de gestión del patrimonio arqueológico. El desarrollo conceptual de esta etapa fue disparejo. Mientras que en el campo de las actividades sistemáticas, la Comisión Asesora perfilaba un modus operandi en torno a la exigencia de un proyecto de investigación, acorde a los avances teóricos y metodológicos de la disciplina, a los equipos que solicitaban autorización de excavaciones; el quehacer diario, cuyo abanico comprendía desde la protección hasta conferencias en centros docentes, sumía a los arqueólogos provinciales en una espiral de la que era difícil sustraerse para dedicarse a la teorización. A partir de 1987 comienza un episodio caracterizado por la generalización de un clima de debate, como prolegómenos a la redacción del Plan General de Bienes Culturales, que terminará con su aprobación por el Parlamento de Andalucía en 1989. Esta etapa, especialmente significativa para el marco teórico de la gestión del patrimonio arqueológico, vio su integración (especialmente en la vertiente de bienes inmuebles) como un componente más dentro de la tutela global del patrimonio histórico (10). Ello abrió paso a la incorporación de técnicos de otras especialidades en la reflexión sobre la protección, conservación, restauración y difusión de los bienes de carácter arqueológico así como, a los nuevos aires que, provenientes de Italia, propugnaban la revisión de la construcción (9) Otro ejemplo temprano de la extensión de conceptos arquitectónicos a la arqueología se encuentra en los valiosos comentarios de A. Jiménez (1982) a la Carta del Restauro de 1972. doctrinal sobre los bienes culturales (Perego, 1987). Si bien, el PGBBCC, en su redacción final, sólo acusa la renovación italiana superficialmente. Por otra parte, el Plan de Investigación Arqueológica -dentro del Programa de Investigación del PGBBCC-que resumía los criterios sobre esta materia mantenidos por la Comisión durante esos años, quedaba como un documento de difícil integración en el resto de la estructura del PGBBCC, debido a que sus objetivos seguían centrándose en el estudio de ciertos horizontes culturales y no en los aspectos patrimoniales. Esta divergencia de criterios cristalizará en 1991 con la promulgación de la LPHA, que contempla en su conjunto una forma de gestión del patrimonio arqueológico, desde su concepción como bienes muebles e inmuebles, bastante más completa que la derivada de su consideración como un patrimonio especial cuyas actividades están sujetas a determinado tipo de autorización. A comienzos de esta década la Dirección General de Bienes Culturales incorporó nuevos técnicos con objeto de poner en funcionamiento las competencias y el diseño administrativo emanados del PGBBCC. Como resultado de este aporte, ese centro directivo adquirió capacidad técnica para formular nuevos proyectos y programas de actuación. Ello, unido a la centralización de los expedientes económicos de inversión, provocó una descompensación administrativa en detrimento de los órganos periféricos que, hasta entonces, habían llevado de una u otra forma las iniciativas en esos ámbitos. Esta situación se verá sancionada en la distribución de. funciones establecida por el Reglamento de Organización Administrativa del Patrimonio Histórico de Andalucía (ROA), aprobado por Decreto 4/1993, de 26 de enero. En él, el director general se reserva las autorizaciones de proyectos generales de investigación arqueológica, las actuaciones fuera de los proyectos generales y las actuaciones de urgencia, sin perjuicio de aquellas competencias que ostenta en materia de protección y conservación de bienes muebles e inmuebles (zonas arqueológicas y zonas de servidumbre arqueológica, artículos 27.5 y 48 LPHA). Las delegaciones provinciales desempeñaban la mera función de información, supervisión, ejecución y propuesta en estas materias hasta la Resolución de 21 de junio de 1995, de la Dirección General de Bienes Culturales, por la que se delegan en los delegados provinciales de la Consejería, determinadas competencias en materia de Patrimonio Histórico. El esfuerzo del renovado cuadro técnico de la Dirección General de Bienes Culturales en el Servicio de Protección se concentró, fundamentalmente, sobre la sistematización del encajamiento de la arqueología en el planeamiento urbanístico (Rodríguez Temiño, 1992), las fichas de inventario de yacimientos (González-Campos y Fernández, 1996) y, sobre todo, la adecuación al nuevo escenario surgido de la LPHA de los criterios de actuación en arqueología urbana (Rodríguez Temiño y Puya García de Leaniz, 1993). Esta última propuesta dio lugar al "Programa Especial de Arqueología Urbana", cuyos desarrollos fundamentales han sido expuestos más arriba. Por otra parte, el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (lAPH), ideado como un programa especial dentro del PGBBCC, se crea mediante Decreto de 16 de mayo, como órgano dependiente de la Dirección General. A través de sus centros de Intervención, Documentación y Formación se ha consolidado durante estos años como pieza clave en la profundización del pensamiento patrimonial en Andalucía. El Boletín Informativo (más tarde Boletín del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico) y la colección de Cuadernos, editados por el lAPH, se han constituido como vehículo de difusión de nuevas experiencias, proyectos, cursos y aportaciones personales sobre temas relacionados con los bienes culturales. Las nuevas directrices del II Plan General de Bienes Culturales, expuestas en las Jornadas celebradas recientemente en Ubeda y Baeza, se han elaborado igualmente en su entorno (Fernández Salinas, 1996). Para dar una dimensión cuantitativa de la gestión diremos que, en la actualidad, se contabilizan aproximadamente 40 arqueólogos en la Consejería de Cultura entre funcionarios y otro personal con diverso tipo de contrato (incluidos los facultativos que prestan sus servicios en museos). En la última Relación de Puestos de Trabajo (RPT), aprobada en 1995, se contemplan 72 puestos para arqueólogos, pero el número actual no supone una «colmatación» proporcional de la lista contemplada en la RPT, sino que responde a una sucesión de coyunturas cuyo final ha favorecido más la dotación de plazas en servicios centrales, en detrimento de los órganos territoriales. Esta actitud ha sido coherente con el sentido aglutinador de competencias observable en el ROA. Para concluir quisiéramos hacer tres reflexiones puntuales a modo de consecuencia de lo dicho. En primer lugar, parece obvio admitir el cambio habido en el escenario desde 1984 hasta ahora. La investigación no puede ser considerada por más tiempo como un elemento paralelo a la gestión. Ha de integrarse como una faceta más dentro de un programa conjunto de tutela. Es más, junto a la difusión habría de ocupar la cabecera de la actuación patrimonial, si se desea que ésta cumpla la doble función de instrumento de conocimiento histórico-arqueológico y de gestión (Molina et alii, 1996). Parece ya obsoleto crear comisiones para especialistas en horizontes culturales, cuyos derroteros estén desgajados del resto del proceso administrativo sobre los bienes culturales. De igual manera habría que considerar si la Administración de Cultura debe seguir financiando proyectos de investigación histórica, o bien debe invertir sus recursos económicos en proteger, conservar, difundir y poner en valor el conocimiento adquirido, y los bienes involucrados, como fruto del proyecto. Ello sin renunciar, no obstante, a sus competencias de autorización de las actuaciones de cuyo resultado se derive riesgo evidente para la conservación del patrimonio arqueológico. A tenor de lo anterior, es necesario adecuar aquellos instrumentos normativoscomo el RAA-que se muestran poco aptos para la gestión de los bienes culturales. En segundo lugar, la irrupción de los responsables políticos no habría de suscitar mayor recelo sino fuese porque han incorporado, al quehacer diario, un nuevo marco de referencias bastante alejado de la realidad cotidiana. Esto ha provocado una polarización del proceso de gestión y va camino de abrir una fractura entre las decisiones y sus fundamentos técnicos. En tercer lugar, al menos en Andalucía, se percibe un cambio de actitud del hombre de la calle hacia estos temas. Hace diez o doce años, en general la mayoría de la opinión pública se alineaba con los arqueólogos en la batalla por la conservación del patrimonio arqueológico. Hoy día, como refleja un exhaustivo informe sobre la arqueología urbana en Córdoba (11), la sociedad percibe nuestra actuación como algo caótico, carente de (11) Diario Córdoba, 13.01.1996. criterios y sin finalidad aparente. Esta falta de sensibilidad hacia el entorno ha sido, sin lugar a duda, nuestra principal carencia. Recibimos gratuitamente un importante caudal de afecto y apoyo social que hemos dilapidado al imponer incomodidades y renuncias, sin explicar el porqué o, al menos, compensar por ello. Superar esta situación requiere plantearse la integración de la voluntad administrativa y política en programas diseñados para alcanzar objetivos concretos, que contemplen el proceso completo de tutela, suturando teoría y realidad de forma que se facilite al ciudadano la fruición de su pasado.
(1) Este editorial, aunque aparece firmado por los dos autores que han redactado el texto, es fruto de las ideas y debate que el Consejo de Redacción de Trabajos de Prehistoria mantuvo en sus reuniones de 10 de junio y 23 de septiembre de 2004. Todos los miembros del Consejo de Redacción suscriben plenamente el texto ahora publicado.** (*) Dpto. Prehistoria, Instituto de Historia (CSIC). La comunidad científica evalúa y juzga el trabajo de sus miembros principalmente a través de sus publicaciones. La publicación de artículos en revistas de impacto confiere un prestigio que redunda en la credibilidad del autor o autores entre sus colegas. De ello deriva su reconocimiento y prestigio nacional e internacional, la posibilidad de promoción interna, y de conseguir nuevos proyectos financiados. Trabajos de Prehistoria quiere llamar la atención en este editorial sobre dos aspectos conectados con esta situación. Se trata de la gran responsabilidad contraida, por un lado, por los equipos editoriales de las revistas científicas como garantes de la publicación de artículos ajustados a las buenas prácticas científicas y, por otro, de las agencias de evaluación para las que dichas publicaciones deben ser el referente. Estas agencias se están multiplicando. Fueron una de las novedades introducidas por la Ley Orgánica de Universidades (LOU) de 2001 que creó la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) encargada de la acreditación de enseñanzas y centros, la evaluación del profesorado y de la actividad universitaria. En este marco algunas comunidades autónomas están desarrollando sus respectivas agencias de evaluación de la calidad, aunque Cataluña, Galicia y Andalucía ya contaban previamente con un órgano similar. Las distintas agencias definen de manera genérica cuáles son los elementos que deben tenerse en cuenta para realizar las evaluaciones de las publicaciones insistiendo siempre en la calidad. 1525(DGOV no 4677 -26/ 1/ -1537)), en su Anexo II (Criterios generales para la evaluación de la actividad docente e investigadora del profesorado contratado) señala que «como norma general se valorarán preferentemente aquellas aportaciones de mayor índice de impacto". La Agencia para la Calidad del Sistema Universitario de Cataluña en su resolución UNI/3767/ 2003, de 9 de diciembre (DOGC no 4029 -12/12/ 2003, pág. 24339) determina que se considerarán las publicaciones de calidad en revistas especializadas y otras publicaciones de carácter científico o académico y que los estándares y referentes de valoración aprobados por la Comisión de Evaluación de la Investigación podrán consultarse en la página http://www.aqucatalunya.org. En el caso de la investigación avanzada para el ámbito de Humanidades se fija que las publicaciones constituyan el 70% de los méritos de investigación y se establecen tres categorías de revistas: A) Revista de ámbito internacional, del máximo nivel de calidad en su disciplina, situada en los índices internacionales con los coeficientes de impacto más elevados. B) a) Revista de ámbito internacional, situada en los índices internacionales con un coeficiente de impacto inferior a las del grupo A. B) b) Revista no indexada del máximo nivel de calidad en su ámbito, de alcance internacional, con un sistema de evaluación de originales riguroso y un comité científico internacional. C) Revista de buen nivel de calidad en su ámbito, con un sistema de evaluación riguroso. En la Comunidad de Madrid el acuerdo de 20 de octubre de 2003 de la Consejería de Educación (BOCM, no 259 30/10/2003, págs. 7-34) aprueba los criterios de evaluación y baremo para la contratación de profesorado universitario y determina el proceso de evaluación. Se indica que en la valoración de los artículos científicos se tendrá en cuenta el número de autores y la publicación en revistas de conocida relevancia como las que se incluyen en el Journal of Citation Report (JCR), Science Citation Index (SCI) o Social Science Citation Index (SSCI) del Institute for Scientific Information (ISI, Filadelfia, EE.UU.). Para aquellas revistas no recogidas en ellas establece que se tendrán en cuenta los criterios de valoración del CINDOC (CSIC) o del LATINDEX. La normalización de las revistas de referencia por su fuerte predominio de las de lengua inglesa desaconseja la aplicación directa de estos listados en la evaluación de la investigación en humanidades y ciencias sociales. El CINDOC ha venido trabajando desde hace tiempo para establecer una normalización científica alternativa (García Marín y Román 1998) habiendo realizando recientemente ( 2003) una valoración de las revistas españolas de humanidades y ciencias sociales (http:// www.cindoc.csic.es/info/inforev2.html). En este contexto se sitúa el futuro proyecto de la European Science Foundation 'European Citation Index in Humanities' (ESF Estrasburgo 24-25 de octubre 2002). Sin embargo, la falta de implantación de índices alternativos consensuados está llevando a su generación por parte de las agencias de evaluación que los necesitan para su tarea. Bajo estas circunstancias llama la atención el modelo de evaluación de revistas científicas de la Unidad para la Calidad de las Universidades Andaluzas (UCUA) para aquellas revistas no incluidas en el ISI (http:// 150.214.111.197/evaluacionComplementos/ e v a l u a c i o n C o m p l e m e n t o s / D o c u m e n t o s / listados.html). El listado, diseñado con la voluntad de que pueda ser usado por instituciones de este ámbito, marca cuatro categorías validadas, según se indica en la metodología seguida, por un «panel de expertos de reconocido prestigio a nivel nacional en cada campo». Al margen de significativas ausencias, se observan desequilibrios en la valoración de revistas de temas de Prehistoria (ninguna de categoría A, salvo Current Anthropology) en relación a las de Historia Antigua y Arqueología (al menos 18). Esto es debido a que incluso las revistas internacionales de Prehistoria incluidas en el ISI se valoran en categorías inferiores, resultando la parado-ja de que revistas españolas de ámbito local o regional que ni siquiera aparecen en el catalogo LATIN-DEX por no cumplir el mínimo de requisitos formales puedan encontrarse al mismo nivel de Antiquity (categoría B) o por encima de Archaeometry (categoría C), por poner algún ejemplo. Ante la falta de referencias específicas en los índices internacionales de la mayoría de las publicaciones españolas de Prehistoria, y atendiendo a la diversidad de criterios que las agencias de evaluación de la calidad pueden establecer ¿qué determina en realidad la calidad de nuestras revistas? Podemos separar la calidad formal, recogida en los 33 criterios que establece el LATINDEX (http:/ /www.latindex.org/), de la calidad científica que, en general, viene avalada por un sistema de evaluación por pares (peer review) de los originales. El sistema de evaluación filtra los contenidos y crea un cuerpo de opiniones que posibilita que la información publicada sea completa y clara. También la evaluación permite luchar contra el fraude científico. Se considera fraude científico (Sancho 2004) tanto los perjuicios al conocimiento como las malas prácticas en el proceso de publicación de la ciencia. Entre los fraudes más graves están la fabricación de datos, la modificación de datos reales para obtener resultados más favorables a las hipótesis de partida y el plagio. Entre los fraudes menores está la inclusión como autor de quien no ha contribuido al desarrollo del trabajo, la publicación duplicada o autoplagio, o la que se limita a inflar con datos conclusiones ya publicadas. También es una mala práctica el exceso de autocitas y la incorrección en las citas bibliográficas por omisión de citas relevantes, por atribución de ideas a los autores con citas generales, sin especificar las páginas donde se expresan, o por el contrario, por copiar referencias sin consultarlas con el riesgo de repetir y perpetuar errores. El papel de los evaluadores es, por tanto, determinante. Los evaluadores garantizan la novedad e interés científico del tema y la pertinencia de los métodos y procedimientos seguidos en la obtención y tratamiento de los datos. El evaluador no tiene por qué compartir las hipótesis de los autores para emitir un juicio favorable. Su función es señalar las deficiencias de argumentación, evitar la especulación y determinar si los datos que se aportan son o no suficientes. Su opinión permite evitar algunos de los fraudes menores señalados. Cuanto más numerosos y diversificados sean los evaluadores mayo-res garantías de determinar si en el texto «están todos los que son». Otros tipos de fraude menor se tratan de controlar a través de la exigencia de una declaración de originalidad firmada por todos los autores. Este es un aspecto fundamental ya que cada vez más la ciencia de calidad y competitiva se conecta con una investigación en equipo cuyos miembros proceden de muy diversas áreas de investigación y países. A partir de ahora, y en relación con la sentencia no 40/ 2004 de la Sección décimo-quinta del Tribunal Supremo de Cataluña, Trabajos de Prehistoria exigirá en aquellos artículos fruto de la participación en Proyectos de Investigación la referencia a los mismos con indicación del Investigador responsable, así como la autorización de publicación de este en caso de no ser autor, con el fin de evitar apropiaciones indebidas por parte de los miembros del equipo investigador. Trabajos de Prehistoria, consciente de su responsabilidad, ha implantado todos los mecanismos de control comentados con el fin de minimi-zar el fraude y conseguir el máximo de calidad. Es su responsabilidad elegir a los evaluadores externos adecuados a cada caso y resolver las controversias que puedan suscitarse. A partir de estos resultados, y en función de sus parámetros editoriales, se seleccionan los artículos que se publican. El comité de redacción quiere agradecer a los evaluadores su labor, y hace un llamamiento a los investigadores para que, a través de sus trabajos, participen en el compromiso de la revista con la publicación de los avances de la investigación en Prehistoria.
Pese a la abundante bibliografía generada en tomo a los depósitos pleistocenos de Ambrona, su industria lítica está escasamente documentada, hecho que se acentúa notablemente en el Complejo Superior, ya que sólo se ha publicado el número total de piezas de las que se compone su serie. Con este trabajo pretendemos paliar dicha carencia caracterizando tecnomorfológicamente la industria lítica de este importante sitio, y enmarcarla en Los depósitos pleistocenos de Ambrona, asociados tradicionalmente a los de Torralba, han generado abundante bibliografía, sobre todo desde que en 1961 Howell retomara las investigaciones iniciadas por el Marqués de Cerralbo a principios de siglo. Después de tres décadas en las que Howell y Freeman se hicieran cargo de estos yacimientos, y pese al largo período transcurrido desde que en 1983 concluyeran sus excavaciones, no se ha publicado ningún estudio en profundidad sobre aspectos como la geología, taxonomía y la industria lítica. De ésta disponemos T. P., 54, n.M, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mas fluviales del Ebro y Tajo respecto a la del Duero, que ha producido que a lo largo del Cuaternario hayan progresado hacia el norte, capturando valles o segmentos de valle, que inicialmente drenaban hacia el Duero (Pérez González et alii, 1995). Geográficamente se localiza en el SE de la provincia de Soria, a un kilómetro del pueblo que le da nombre. Sus coordenadas son 4r9 '41' N. y 2°29 '48' E. de la hoja de Maranchón número 462 del mapa topográfico nacional 1:50000, extendiéndose el valle Ambrona-Mansegal y la unidad de avenamiento a la hoja adyacente de Barahona número 434. de estudios parciales y someros para el Complejo Inferior, mientras que para el Superior la información se limita al número total de piezas y al aspecto general de la industria (Freeman y Howell, 1982). Ante la escasa información científica disponible para la interpretación de los citados yacimientos, D. Manuel Santonja Gómez y D. Alfredo Pérez González inician a principios de los noventa una nueva etapa investigadora. En este contexto se sitúa el presente trabajo (dentro del Proyecto PB93-0867 de la DGICYT), cuya finalidad es caracterizar tecnomorfológicamente la industria lítica de los Complejos Inferior y Superior de Ambrona, y enmarcarla en el Achelense de la Península Ibérica. Ambrona se sitúa en el Sistema Ibérico a unos 1140 m. sobre el nivel del mar y a 40-43 m. sobre el río Ambrona-Mansegal (drena en la actualidad el valle donde se ubican Torralba y Ambrona), en la divisoria de tres grandes cuencas hidrográficas: la del Duero al norte con el río Bordecorex, la del Ebro al sureste con el Jalón, en la que desemboca el Ambrona-Mansegal, y la del Tajo al suroeste con el Henares (Fig. 1). Desde un punto de vista regional el yacimiento se encuentra en la zona de cruce de estructuras del extremo oriental del Sistema Central en su límite con la Cordillera Ibérica. Fisiográficamente en la región destaca la superior capacidad erosiva remontante de los siste- Contexto geológico del yacimiento de Ambrona De más antiguos a más modernos afloran los siguientes materiales en la región: los tres pisos clásicos del Triásico (Buntsandstein, Musche-Ikalk y Keuper); Dolomías tableadas de Imón, Formación Camiolas de Cortes de Tajuña y Formaciones que alcanzan el Lias superior correspondientes al Jurásico; y arenas en faciès utrillas correspondientes al Cretácico. Para el Pleistoceno inferior o medio antiguo no se identifican formas en la región, durante este período se produjo la degradación de MI mediante alteración química y mecánica, evacuando por el Bordecorex, cuya divisoria hidrográfica podría haber alcanzado el paralelo de Torralba. La evolución del valle kárstico desmanteló la superficie carbonatada de MI hasta el contacto estratigráfico entre las faciès Keuper inferior y las Dolomías de Imón, constituyéndose un fondo amplio, impermeable y con débil pendiente hacia el norte. Este valle kárstico implicó "el descenso de los niveles freáticos locales hasta el contacto con el impermeable del keuper, produciéndose la descarga de los acuíferos colgados por numerosos manantiales al valle. La alimentación de los eventuales cauces que drenaban el valle del Bordecorex era principalmente de origen kárstico y dada las características geomorfológicas del fondo de valle el avenamiento muchas veces sería difuso lo que provocaría encharc amiento s o acumulaciones T. P., 54, n.M, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es temporales de agua en depresiones topográficas de escasa profundidad' (Pérez González et alii, 1991). En este ambiente se produce la sedimentación de la formación de Ambrona, con faciès de arenas, gravas y margas, que indican medios deposicionales fluviales y coluviales para las fases I, II y III, condiciones de medio palustres-lacustres para IV (Complejo Inferior); y detrítica, formada por depósitos de conos aluviales, para la V (siguiendo la estratigrafía planteada por Butzer en 1965). El Complejo Inferior correspondería al Pleistoceno medio pleno, situándose en un momento posterior el Superior de Ambrona (Pérez González et alii, 1991). En nuestro estudio analizamos la industria Ktica de Ambrona documentada entre 1962 y 1983, y depositada en los museos Arqueológico Nacional y Numantino de Soria. A lo largo de este dilatado período Howell y Butzer emplearon diferentes secuencias estratigráficas en base a las que registraron la unidad en la sigla de los útiles líticos. La mayor parte de la industria se ajusta a la publicada por el segundo autor en 1965, la cual no difiere sustancialmente de las otras empleadas (Howell, 1965; Biberson, 1964), por lo que la empleamos en nuestra exposición. Butzer (1965) paraleliza los depósitos pleistocenos del yacimiento de Torralba con los de Ambrona, dividiéndolos en dos Formaciones: Formación Torralba, que afecta a ambos sitios, y Formación Sabuco, que sólo está presente en Torralba (Tab. Ambrona presenta dos unidades bien diferenciadas geológica, cultural y cronológicamente denominadas Complejo Inferior y Complejo Superior. El Inferior se compone de las unidades II, III y IV de la Formación Torralba (la I no está presente en Ambrona), y el Superior de la V. A través del análisis de la industria lítica pretendemos caracterizar una parte de la tecnología de los grupos humanos que ocuparon o merodearon en torno a Ambrona. Basamos su caracterización en la identificación de las cadenas operativas líticas. Compartimos las propuestas de Karlin (1991), quien en líneas generales sostiene que la cadena operativa pone en evidencia la lógica interna de una actividad, presentándose como un encadenamiento de actos, gestos e instrumentos, y constituyendo un proceso técnico con sus grandes etapas más o menos previsibles: es más la ordenación de las fases técnicas en series, que el camino técnico seguido por una materia prima desde el estado inicial de ésta hasta el producto finalizado. Estudiar las cadenas operativas «implica» diferenciar como los hombres organizan sus operaciones técnicas, es decir como las combinan dentro de uno o varios órdenes determinados. El primero se define como el fraccionamiento de un volumen de materia prima, a través de una panoplia de métodos específicos, en diferentes unidades de formas y volúmenes que son obtenidas en series diferenciadas o estandarizadas. El segundo implica la adecuación de un volumen de materia prima concreto a una forma predeterminada, mediante la aproximación progresiva a dicha forma. En base a estos dos principios distinguimos entre cadenas operativas de débitage (c.o.d.) y de façonnage (c.o.f.). Ciertas piezas participan de los dos principios: núcleos y productos retocados, hendedores, bifaces sobre lasca, etc. Son encuadrados y estudiados dentro de lo que denominamos cadenas operativas mixtas (c.o.m.), en tanto en cuanto se han obtenido mediante la aplicación del principio de débitage, pero su volumen ha sido adecuado posteriormente, participando por tanto del principio de façonnage. En el caso de los hendedores o bifaces sobre lasca creemos oportuno incluir su estudio dentro de las cadenas operativas de façonnage, considerando que, salvo excepciones, prima sobre manera la adecuación del volumen sobre la obtención del soporte, es decir la c.o.f. sobre la c.o.d. -Cadenas operativas de débitage (c.o.d.). Están compuestas por núcleos y productos (lascas, debris y chunks). Mediante los primeros podemos identificar ciertos grupos de cadenas operativas, mientras que en función de los productos raramente lo podemos hacer (Tab. -Cadenas operativas mixtas (c.o.m.). Agrupan las piezas consideradas en la clasificación de Bordes, excluyendo los tipos que no pertenezcan a las cadenas operativas de débitage (cantos trabajados), y los que no están retocados (lascas levallois no retocadas). Las dividimos en los grupos clásicos. Sólo es posible su diferenciación a través de los elementos formatizados -excepto en el caso de las lascas de avivado de bifaz-(Tab. La industria lítica con referencia estratigráfica definida en la sigla, correspondiente a las campañas realizadas por Howell y Freeman (1962, 1963, 1973, 1980y 1981), y depositada en los Museos Arqueológico Nacional, Numantino de Soria y de Ambrona, está compuesta por 3150 piezas que se distribuyen estratigráficamente de forma muy desigual (Tab. También hemos registrado dos percutores, de los que uno presenta carácter de núcleo (Tab. En las materias primas predomina considerablemente la cuarcita (60,3%) sobre el sflex (37,9%) y la caliza (1,7%). La única alteración registrada en la industria ha sido un ligero redondeamiento de las aristas [72,5% Rl y 2,2% R2(l)], y desilicificación en dos piezas de sflex. Cadenas operativas de débitage (c.o.d.) 6), y llama la atención la inexistencia de núcleos levallois, aunque el conocimiento de esta técnica Tabla 6. Distribución de las cadenas operativas de débitage de la unidad II de Ambrona. (1) RO: lados sin redondeamiento aparente; Rl: ligero pero observable; R2: intenso. (2) Núcleos, lascas y chunks retocados se incluyen sólo en la categoría utensilios; la pieza núcleo/percutor se considera con los núcleos. Distribución del cortex, talón y bulbo de las lascas de la unidad II. casa preparación de las superficies de percusión. El bulbo se ha determinado en 49 casos, estando principalmente poco o nada marcados (Tab. 7), lo que induce a pensar en la mayor utilización del percutor de poco peso frente a los pesados. Cadenas operativas mixtas UII cuenta con veintiuna piezas retocadas, en las que hay un claro predominio del sflex con 14, 6 son de cuarcita y una de caliza. Sus dimensiones medias son 62 x 47 x 18 mm., y sus intervalos: 34/119 X 17/96 X 6/31 mm. Los soportes utilizados son en su mayoría lascas (17 frente a 3 núcleos, y un canto placa) que presentan dimensiones medias considerablemente superiores a las del lascado global (24 x 14 x 5 mm. más de media), pero similar corticalidad y plataformas de percusión. 8) hay un predominio claro del grupo II [52,9 de índice esencial (4), i.e. en adelante], seguido del IV (23,8%; 23,5 de i.e.), mientras el III está marginalmente representado (5,9 de i.e.) El retoque se muestra preferentemente en un sólo lado (en 15 ocasiones; en dos lados en 6), destacando el semiabrupto (38,5% de los lados retocados, el 34,6% son abruptos, y el 26,9% simples), altera ligeramente la forma inicial del soporte, es normal respecto a su morfología (sólo se ha registrado uno laminar), directo en cuanto a su dirección (de los 27 lados sólo en 5 es inverso), y continuo conforme a su articulación (sólo en cuatro lados es discontinuo). Clasificación de las cadenas operativas mixtas de la unidad II de Ambrona. GRUPO II GRUPO III GRUPO IV GRUPO OTROS Son siete piezas en las que no hay triedros o cantos trabajados, y sólo un hendedor (de cuarcita y del tipo II), siendo bifaces los seis ejemplares restantes. En la materia prima es significativa la total ausencia de sílex, ya que cinco son de cuarcita y dos de caliza. Todos se realizaron a partir de cantos globulares mediante la utilización de percutores duros que se emplearon exclusivamente en cuatro piezas, y se alternaron en (3) 1-Anverso cubierto totalmente por cortex; 2AG-lascas de gajo de naranja; 2A-menos de un tercio del anverso cubierto por cortex; 2B-entre 1/3 y 2/3; 2C-más de 2/3; 3-lascas acorticales. (4) Aunque es aconsejable contar con un mínimo número de cien utensilios para estimar con fiabilidad éstos índices, los ofrecemos a modo complementario. Siluetas de los bifaces de la unidad II de Ambrona (Soria). La percusión se realizó con percutores de piedra de peso y forma adecuados. La composición general de la industria deja patente que las cadenas operativas se exhiben claramente incompletas, como demuestra que: las proporciones de las categorías de las c.o.d., pese a que estén representadas todas las propuestas, no son equilibradas (se han identificado un mínimo de 87 negativos en los núcleos mientras que sólo hay 58 lascas, los tres debris documentados conforman una exigua cifra para una muestra como la presente, etc.); en las c.o. de façonnage ni siquiera están presentes todas las fases, no habiéndose reconocido ni un sólo elemento derivado de la formatización de sus productos. Si tenemos en cuenta que durante la producción de bifaces se obtuvieron un mínimo de 104 lascas y las sumamos a las 87 proporcionadas por los núcleos, queda más patente, si cabe, la fragmentariedad de la industria de UII. No obstante la pertenencia de la serie a una misma población parece evidente, como demuestra el carácter general de la industria y que las materias primas y talones estimados en los negativos de los núcleos y los reales del lascado tengan porcentajes similares. Sin embargo no podemos afirmar lo mismo con los de los bifaces, al menos respecto a la materia prima. La Unidad III responde a un panorama complejo de difícil interpretación geológica, al estar compuesta por diversos cuerpos sedimentarios. Butzer (1965) distingue dos niveles estratigráficos: «coluvio gris superior» o Illa (80 cm. de espesor máximo), y «gravas b» o Illb (15 cm.), que corresponden a ambientes sedimentarios diferenciados. En la distribución de las materias primas la cuarcita, aunque sigue siendo la más abundante (50,7%), pierde representatividad frente a la caliza (4,9%) y al grupo del sflex (43,6%), en el que se han identificado ópalos, liditas, chert, y al menos diez variedades de sflex, también se documenta cuarzo (0,7%). En cuanto al estado de la superficie cuatro piezas están patinadas (todas de sflex), la muestra aparece ligeramente rodada (64,2% Rl y 4,9% R2), y 34 desilicificadas en diferente grado (9,3% del sflex). La unidad III cuenta con 36 núcleos (22 de cuarcita, trece de sflex y uno de caliza), seis de ellos con retoque. Sus dimensiones medias son: 60 X 46 X 39 mm. y 135 gr., y sus intervalos: 27/98 X 22/79 x 8/52 mm. y 8/425 gr. Pese a que por tipos apreciamos una distribución más equitativa que en U II, continúan predominando los sistemas de remoción discoide, que junto con los desarrollados sobre lasca alcanzan la mitad de la muestra. Cabe destacar que casi el 11% son leva-Uois (Tab. Las extracciones conservadas en los 36 núcleos superan las 225. Sólo se ha reconocido tres productos de acondicionamiento (tres flancos de núcleo), y cuatro lascas con morfología laminar. Sus dimensiones medias son: 36 x 31 x 12 mm. y sus intervalos: 12/112 x 10/92 x 2/41 mm. El ta-lón se muestra poco elaborado, siendo en el sflex más complejo que en la cuarcita, y en el lascado retocado que en el lascado global, hecho que se acentúa en los productos identificadores de cadenas operativas de débitage. La baja proporción de bulbos pronunciados induce, en principio, a pensar en una mayor utilización de percutores livianos que de tipos pesados (Tab. En 31 lascas (5,2%) ha sido posible identificar su cadena operativa: catorce lascas levallois preferenciales (Fig. 3.2), ocho levallois recurrentes (Fig. 3.3,4 y 5), dos predeterminadas discoides, tres puntas seudolevallois (que se originan tanto en c.o. discoides, como c.o. levallois), y cuatro lascas kombewa. Los accidentes de talla son escasos: dos lascas sobrepasadas (ambas de sflex), 39 piezas con fractura Siret y 4 con bulbos gemelos. Hay 229 piezas que presentan algún tipo de fractura, seis se han originado por flexión, y en el resto la causa es indeterminada. Sus dimensiones medias son: 42 x 37 x 14 mm. y sus intervalos: 13/25 x 14/97 x 4/41 mm. En el 94% de las piezas el soporte seleccionado para realizar estos útiles son lascas (165, frente a 6 núcleos, 3 chunks y 2 cantos), cuyas características técnicas apenas difieren del lascado global: similar corticalidad y plataformas de percusión, sólo el 3,9% corresponden a cadenas operativas organizadas (13), etc., no obstante se prefiere el sflex a la cuarcita (20% más que en el lascado global) y las lascas de mayor tamaño (dimensiones medias cerca de 7 mm. superiores). El retoque es en más de la mitad de las ocasiones semiabrupto, siendo más comunes los abruptos que los simples; normal en cuanto a su morfología (sólo en tres piezas es laminar); de amplitud intermedia (47,9% de los útiles), aunque también abunda la profunda (33,6%); directo (78,3%), son pocos los inversos (12,4%), y aún menos los altemos (6%) o bifaciales (en una pieza); y continuo respecto a su articulación (89,4%). Casi una cuarta parte (23%) exhiben dos lados retocados, siendo muy escasos los que presentan más de dos (4,2%). Por grupos característicos (Tab. Clasificación de las cadenas operativas mixtas de la unidad III de Ambrona (Soria). Con veintidós ejemplares (9 de cuarcita, 8 de caliza y 5 de sílex), es la unidad con menor porcentaje de bifaces (13,2 de i.e.). Sólo uno cuenta con retoque secundario. La talla es amplia, y proporciona siluetas generalmente equilibradas, aristas regulares en la mitad de la muestra y sinuosas en la otra mitad, y secciones biconvexas asimétricas. Son todos espesos, excepto dos (uno es parcial, y el soporte del otro es una lasca), y cinco son parciales (cuatro de ellos de caliza). Entre las siluetas dominan las de aspecto subcircular a las que siguen las amigdaloides, mientras que de aspecto lanceolado sólo hay una (Tab. Solamente hay cuatro (2,4 de i.e.), de morfología equilibrada aunque de técnica simple (tres del tipo II, y uno del V atípico, tendente al 0), dos de sílex y dos de cuarcita. Los percutores empleados en su formatización fueron duros, aunque en dos casos pudieron haber sido alternados con blando. Con morfología y formatizaciones muy elementales: dos de caliza con filo simple y unifaciales, y otro de cuarcita con filo simple y bifacial. Siluetas de los bifaces de la unidad III de Ambrona (Soria). Aunque es la unidad con más industria la densidad sigue siendo muy baja, y faltan elementos de las cadenas operativas. En las de débitage en un primer momento no se plantean problemas en la cantidad de lascas estimadas mediante los negativos de los núcleos con las documentadas, ni siquiera si les sumamos las consideradas para los bifaces y cantos trabajados (583 lascas reales, frente a las 577 estimadas), pero cabe considerar que núcleos y bifaces se muestran en un avanzado estado de desbastado, por lo que reflejan una mínima parte de los elementos que han producido. En segundo lugar los productos identificadores de cadenas operativas no coinciden con los estimados en sus respectivos núcleos (se han estimado 10 lascas kombewa, pero sólo hay cuatro núcleos, etc.). En tercer lugar carecemos de lascas corticales de primer orden y en menor medida de segundo, lo que podría apuntar que la materia prima es introducida en el yacimiento con el proceso de desbastado iniciado. Del mismo modo tampoco hay núcleos de los que se hayan podido extraer los hendedores, aunque cabe la posibilidad de que fueran reexplotados hasta reducir considerablemente sus dimensiones. Pese a estas circunstancias podemos asegurar que las cadenas operativas de débitage pertenecen a una misma población, en función de las materias primas, talones y dimensiones de las extracciones estimadas en los núcleos con los reales, las cuales guardan una relación coherente. Sin embargo no sucede así con las á^ façonnage, que junto a la carencia de lascas y núcleos relacionados con estas cadenas operativas induce a considerar la posibilidad de que sus elementos característicos fueran introducidos ya elaborados en el yacimiento. A diferencia de las unidades precedentes UIV responde a un mismo ambiente sedimentario, lacustre-palustre, en el que a lo sumo se han diferenciado faciès. En U IV hay dos unidades: «margas con lentejones de gravas» o IV a (con espesor máximo de 220 cm.) y «marga gris» o IV b (200 cm.) que es arqueológicamente estéril. Es la única unidad en la que los valores del grupo del sílex (en el que se ha identificado ópalo, lidita, y al menos nueve variedades de sílex) son superiores a los de la cuarcita (54,2%, frente Tabla 16. Distribución de las cadenas operativas de débitage de la unidad IV de Ambrona. a 39,7%, 5,5% para la caliza, y 0,6% para el cuarzo). En cuanto al estado de superficie sólo hay una pieza patinada (de sflex), diecisiete desilicificadas (9% del sflex), y la serie se exhibe ligeramente redondeada (69% Rl, 3,8% R2). Se han identificado veintiún núcleos (11 de cuarcita, 8 de sflex y 2 de caliza), de los que se obtuvieron un mínimo de 142 lascas y tres fueron retocados. Los núcleos de sflex son los más explotados (70%, frente al 45% de cuarcita). En U IV hay 217 lascas, de las que 76 (35%) están retocadas y 9 corresponden a cadenas operativas complejas (4,2,%): tres lascas levallois preferenciales, tres levallois recurrentes, y tres kombewa. Sus dimensiones medias son: 36 x 33 X 12 mm. y sus intervalos: 13/82 x 13/84 x 2/46 mm. Se ha reconocido cuatro productos de acondicionamiento de núcleo: una arista y tres flancos, mientras que sólo una lasca cuenta con morfología laminar. Las plataformas de percusión son las más trabajadas del Complejo Inferior, el lascado retocado presenta talones ligeramente más elaborados que la muestra general, hecho que se acentúa en los productos identificadores de cadenas operativas. Es la unidad con mayor índice de bulbos marcados, debido a la mayor presencia de sflex, materia prima cuyos bulbos son más prominentes (Tab. De la observación de los contrabulbos conservados en los núcleos y de los bulbos del lascado, deducimos que los percutores empleados en la talla fueron fundamentalmente duros, utilizándose también los blandos, en cualquier caso serían de peso y morfología adecuados, considerando el bajo índice de bulbos marcados y los escasos accidentes de talla [cinco fracturas Siret (2,3%)]. Casi una tercera parte (68 piezas) está fracturada, sus causas sólo se han reconocido en tres ocasiones: una posiblemente térmica y dos por flexión. La Unidad IV cuenta con 81 piezas retocadas (63 de sflex y 18 de cuarcita), cuyas dimensiones medias son 39 x 36 x 13 mm. y sus intervalos 14/ 86 X 14/89 X 3/33 mm. Estos "utensilios" se han desarrollado fundamentalmente sobre lascas (77 ocasiones, en 3 sobre núcleo, y en una sobre chunk), que técnicamente apenas difieren de las del lascado global: similares índices de corticalidad, superficies de percusión incluso menos preparadas, el 7,4% (6) corresponden a cadenas operativas complejas, etc., no hay por tanto una selección de la lasca soporte en función de la técnica de extracción. Sin embargo sí se aprecia una predilección por la materia prima (predomina el sflex con un 18% más que en el lascado), y por el tamaño (entre 3 y 4 mm. de media superior). En los 81 útiles hay 111 lados retocados, retoque que es: fundamentalmente semiabrupto (44,9%), siendo más común el abrupto (37,7%) que el simple (16,3%), el plano sólo se presenta en una ocasión; de morfología normal (sólo hay uno laminar); de amplitud generalmente intermedia (45,9%), aunque están bien representados los profundos (25,2%) y marginales (26,1%), mientras que sólo hay dos escaleriformes; generalmente directo (75,7%) aunque los inversos no son escasos (20,7%), habiendo sólo uno bifacial; forma filos sobre todo convexos (43,2%) pero también cóncavos (27%) o rectos (23,4%). El 30% muestra dos lados retocados, y sólo tres piezas tienen más de dos. El grupo predominante sigue siendo el II (48,5 de i.e.) (Fig. 4.2), al que sigue el IV (36,8 de i.e.), mientras el III no tiene representación (excepto una pieza donde se combina un denticulado convergente con un frente de raspador) (Tab. Hay 15 (17,2 de i.e.), seis de cuarcita, ocho de sflex, y uno de caliza. Sus dimensio- Aunque en su formatización predominen los percutores duros, utilizándose exclusivamente en ocho piezas, el empleo de los blandos aumenta considerablemente respecto a las unidades inferiores ya que hay evidencias de su uso en siete casos (en tres exclusivamente y en cuatro se alternó con el duro). Predomina la talla amplia, completada con retoque en cinco bifaces, que proporciona siluetas normalizadas con aristas sinuosas o ligeramente sinuosas, y secciones biconvexas asimétricas. Con cuatro ejemplares es la unidad con mayor índice de bifaces planos, mientras que sólo hay uno parcial (Tab. Han proporcionado un mínimo de 327 lascas. Dos, uno de caliza y otro de sílex (2,3 de i.e.). De concepción técnica simple pero de formas regulares, uno es del tipo O y otro del II (Fig. 4.1). Hay uno, siendo el único documentado en Ambrona, tecnológicamente muy elemental pero equilibrado. El desbastado corresponde a un sistema de explotación simple, integrándose en el tipo 3a (Querol y Santonja, 1979). Sólo uno (1,1 de i.e.), de cuarcita, y formatizado con percutor duro, se sitúa en el tipo 3 de Querol. La muestra adolece de los problemas planteados en las unidades inferiores: bajísima densidad y fragmentariedad en las cadenas operativas. Las 217 lascas son escasas si consideramos que en los núcleos se han estimado un mínimo de 142 extracciones, que éstos aparecen mayoritariamente muy desbastados, que algunos chunks pueden ser núcleos supra-explotados, y que los elementos de las cadenas operativas de façonnage también han proporcionado lascas (más de 327). Los 43 debris clasificados son insuficientes para una muestra en la que hay 76 piezas retocadas y en la que casi la mitad de los núcleos identificables están agotados. Por su parte los productos identificadores de cadenas operativas contrastan cualitativa y cuantitativamente con sus núcleos correspondientes. En el lascado están ausentes los tipos de primer orden correspondientes al descortezado, que puede deberse a que los núcleos fueran desprovistos de este atributo fuera del yacimiento, o al menos en alguna zona no conservada o excavada. A diferencia de UII y UIII la distribución de los talones y materias primas de los negativos de los núcleos contrastan con los del lascado, por lo que no lo podemos utilizar como argumento para asegurar la pertenencia de todos los elementos a una misma población. No obstante el carácter tecnológico global de la industria (aprovechamiento muy elevado de la materia prima, percutores empleados, etc.) aboga por este planteamiento. En las de façonnage se agudizan los problemas planteados indicados para las unidades precedentes: no se ha podido adscribir ni una sola lasca a ningún bifaz, y tampoco se han observado núcleos que puedan haber proporcionado lascas aptas como soporte de hendedores, por lo que es posible que se introdujeran ya formatizados sus elementos característicos. El nivel VA, formado por depósitos aluvia-les, está compuesto por margas arenosas (de 90 cm. de-espesor máximo; Butzer, 1965). La muestra general contiene 991 piezas, de las que el 83,9% de la serie se puede adscribir a cadenas operativas de débitage, el 15% a cadenas operativas mixtas, y sólo el 1% a las de façonnage (Tab. En las materias primas domina el grupo del sflex (52,6%), seguida de la cuarcita (43%), y con un índice muy bajo la caliza (4,4%). Aunque no es una muestra muy alterada destaca la frecuente desilicificación del sílex (71,8%), y el redondeamiento observado en el 34,2% de la muestra, básicamente ligero. El nivel VA cuenta con 24 núcleos (16 de sflex, 7 de cuarcita y 1 de caliza), seis de ellos retocados. Las cadenas operativas más relevantes son las levallois seguidas de las discoides (Fig. 5.1), juntas superan el 70% de la muestra (Tab. 21), son las que presentan mayor grado de explotación, que es superior en el sflex que en la cuarcita, lo que podría relacionarse con una mayor escasez de dicha materia prima. Los núcleos reflejan al menos 240 extracciones. La serie es acortical en el 78,8% de los casos, y cuando presenta cortex ocupa menos de un tercio del anverso (Tab. Como productos de acondicionamiento sólo se han distinguido dos flancos de núcleo. Entre las superficies de percusión predominan las no preparadas. Los bulbos están poco o nada mar-cados (74,3%), sugiriendo el empleo en la talla de percutores poco pesados (Tabla 22). En 25 lascas se ha podido identificar la cadena operativa a la que pertenecen: 7 a las levallois de extracción preferencial, 13 levallois recurrentes, 1 discoides, 3 kombewa, y 4 bifaciales (lascas de avivado de bifaz), además de 1 punta seudolevallois. Cadenas operativas mixtas (c.o.m.) El nivel VA cuenta con 149 piezas retocadas. Los soportes más utilizados son las lascas (96%), aunque también se documentan núcleos o chunks (4%), y la ínateria prima predominante el sflex (73,6%). Las características técnicas de las lascas soporte no difieren de las del lascado general: bajo índice de corticalidad, superficies de percusión poco elaboradas y similar proporción de productos identificadores de cadenas operativas. Tipológicamente domina el grupo de las raederas (61,7%), al que siguen los denticulados (18,8%), mientras el grupo III está escasamente representado (1,3%) (Tab. El retoque es fundamentalmente simple (62,6%), aunque está bien documentado el semiabrupto (29,8%) y el abrupto (7,4%), éstos dos últimos se han observado con frecuencia en denticulados y puntas de Tayac; el 15,1% tiene dos lados retocados y sólo una pieza posee más de dos (0,6%); es directo en cuanto a su dirección (89,2%), y forma filos convexos o rectos (55,4% y 24,7% respectivamente, el resto son cóncavos). Ocho piezas (2 de cuarcita, 3 de caliza y 3 de sílex) que proporcionaron un mínimo de 195 lascas. Sólo los protolimandes muestran retoque secundario. Cinco cuentan con cortex que ocupa menos de un tercio de su volumen. Las formas más frecuentes son las amigdaloides, ovalares y limandes (Tab. Son de siluetas equilibradas y simétricas, con aristas medianamente sinuosas, y destaca el empleo del percutor blando tanto en la formatización como en el retoque. Sólo hay dos (0,2%) de morfología equilibrada y técnica simple (uno atípico y otro tipo VI). Uno formatizado con percutor duro, mientras que en el otro (tipo VI) se empleó percutor poco pesado en el retoque del filo. La composición general de la serie sugiere la existencia de cadenas operativas completas, como corrobora que: hay 700 lascas reales frente a las 435 extracciones estimadas para núcleos y bifaces; la materia prima estimada para los negativos de los núcleos y la del lascado real es similar, al igual que lo son las superficies de percusión y el tipo de percutor empleado, confirmando que ambas muestras pertenecen a una misma población; en las c.o. át façonnage, y concretamente en las bifaciales, se han documentado cinco lascas de bifaz frente a la existencia de ocho bifaces. El nivel VB está formado por las denominadas gravas C (Butzer, 1965), faciès que se documenta en las márgenes del yacimiento y que se constituyó deposicionalmente por episodios fluviales intermitentes. En las materias primas domina el grupo del sflex con el 58,2% (diferenciándose ópalos y chert), seguido de la cuarcita (38,4%), y en menor proporción de la caliza (3,4%). Las aristas están menos «redondeadas» que en el nivel anterior (30,3%). La desilicificación afecta al 57,6% del sflex, y sólo el 1,2% de la muestra está patinada. 26), que coinciden con los que mayor grado de explotación presentan. Prima, al igual que en la muestra general, el empleo del sflex (57,7%) sobre la cuarcita y caliza (39,6% y 2,7%). El lascado es predominantemente acortical, y las superficies de percusión elaboradas son escasas (Tab. El predominio generalizado en la talla del percutor blando, o poco pesado, viene marcado por el elevado porcentaje de bulbos poco o nada marcados. En 24 casos hemos identificado sus cadenas operativas: 14 lascas levallois preferenciales, 7 levallois recurrentes, y 3 puntas seudolevallois. Se han seleccionado en el 96,9% de los casos lascas como soporte (con características técnicas similares a las del lascado global), y núcleos o chunks en el 2,3% restante. Predomina el grupo de las raederas, donde destacan las simples, seguidas del grupo de los denticulados (Tab. En el retoque prevalece el tipo simple y plano (56,8%), y en menor medida el semiabrupto (28,7%) y abrupto (14,4%), en general es directo (86,2%), aunque están representadas las restantes categorías (inversos 11,8%, bifaciales 1,3% y alternantes 0,7%). Algo más de una cuarta parte (27%) tiene dos lados retocados y sólo el 0,7% posee más de dos. Sólo cuenta con nueve bifaces que representan el 1% de la serie global, 4 son de sílex, 3 de caliza y 2 de cuarcita. Los soportes más frecuentes son lascas (33,3%) y cantos rodados (22,2%), en sílex y cuarcita respectivamente. 29), con siluetas poco simétricas de aristas regularmente sinuosas. prevaleciendo en su formatización el percutor blando en al menos 6 piezas (uno exhibe retoque secundario). De los nueve ejemplares se obtuvieron un mínimo de 122 lascas. La distribución general de la industria sugiere la existencia de cadenas operativas completas como confirma que en los núcleos y en los bifa- ees hayamos estimado 337 extracciones, cifra inferior a las 501 lascas reales, y que haya veintiuna lascas levallois frente a ocho núcleos levallois, abogando por la existencia de varias series de acondicionamiento en estos núcleos. La escasez de lascas corticales puede interpretarse como que la materia prima se introduce con el proceso de descortezado iniciado, hecho que se acentúa notablemente en el sflex. Comparación entre el Complejo Inferior y Superior El primer elemento a considerar es la fragmentariedad de las cadenas operativas del Complejo Inferior, mientras que en el Superior se muestran ciertamente más completas (Fig. 7). La distribución de las materias primas no es muy disonante, aunque el sflex predomina con mayor margen sobre la cuarcita en el Superior, donde destaca la total ausencia de cuarzo. En las cadenas operativas de débitage del Complejo Superior hay una considerable mayor presencia de las más progresivas (en base a los núcleos), sobre todo respecto a las levallois (grupo VII), siendo destacable la escasa representación de las kombewa (grupo VIII), que están totalmente ausentes en VB, mientras que en U IV, la unidad del Complejo Inferior con las cadenas operativas menos elementales (Fig. 8), son, junto con las discoides, las más usuales. En el lascado las dimensiones y la corticalidad de ambos com-plejos son afines, mientras que los talones, poco elaborados en ambas muestras, se presentan en el Superior ligeramente menos preparados que en U IV (5), donde además los bulbos sugieren que el percutor blando fue más empleado. En la formatización de las cadenas operativas mixtas se seleccionaron los mismos soportes en ambas series, generalmente lascas que técnicamente sólo difieren de las del lascado global en las dimensiones, que son superiores, diferencia que se acentúa en el Complejo Superior donde se produce una mayor selección por el tamaño. La caracterización global del retoque es claramente más estandarizada y regular en el Complejo Superior, en el que las formas simples, profundas y directas son las predominantes, mientras que en el Inferior las proporciones están menos polarizadas, repartiéndose con mayor equilibrio entre las distintas categorías propuestas. Tipológicamente las cadenas operativas mixtas del Complejo Superior son claramente menos variadas, centrándose entorno al Grupo II, cuyas raederas presentan tipos mejor definidos y más progresivos, mientras que el Grupo III está prácticamente ausente (en contraste con U. III), y los denticulados y el grupo Otros están menos representados que en el Complejo Inferior. En las cadenas operativas de façonnage las discrepancias son considerables: en el Complejo Superior destaca en primer lugar la baja representación que alcanzan (1% frente a 3,4% y 5,5% para UIII y UIV), y en segundo la total ausencia de Cantos Trabajados y la exigua muestra de hendedores (sólo 2 pertenecientes a VA), aunque se trata de tipos más equilibrados que los del Inferior. En los bifaces de este Complejo, además de su baja proporción, cabe señalar que: dimensionalmente sea una muestra más homogénea y reducida que la del Complejo Inferior; sus siluetas están polarizadas en torno a las amigdaloides y ovalares, siendo las del Inferior mucho más variadas; los tipos planos están prácticamente ausentes en VA y VB, mientras alcanzan cierta importancia en U IV (una cuarta parte); las siluetas se regularizan mediante retoque con mayor frecuencia y el percutor blando también se evidencia con mayor solidez. Sintetizando, la primera diferencia característica es la fragmentariedad de las cadenas operativas del Complejo Inferior, frente a su presencia más completa en el Superior. Partiendo de similares materias primas en ambos complejos, la serie del Superior presenta elementos claramente más progresivos y elaborados (con mayor evidencia del empleo del percutor blando), cadenas operativas de débitage conceptualmente más complejas, cadenas operativas mixtas más estandarizadas y regulares, exigua proporción de cadenas operativas de façonnage, con bifaces menos variados y formatizados, y hendedores, aunque escasos, más simétricos, realizados con mayor ahorro de gestos técnicos. CONTEXTUALIZACION DE AMBRONA EN EL ACHELENSE PENINSULAR El Complejo Inferior se aleja notablemente de las series caracterizadas por la ausencia del conjunto bifacial y más o menos ricas en cantos trabajados, como El Aculadero o Los Llanos, cuyas cadenas operativas de débitage o mixtas exhiben un claro menor desarrollo. Algo similar sucede con Pinedo, donde las cadenas operativas de façonnage están menos formatizadas y realizadas con gestos técnicos más elementales que desarrollan tipos más "toscos" en su conjunto, estableciendo el mismo criterio que en los yacimientos anteriores para los otros grupos de cadenas operativas. Los sitios atribuibles al Achelense "pleno", como la Maya II y el Sartalejo a los que podemos añadir Áridos (aunque es un yacimiento peculiar), La Maya I terraza de +14 m. o Torralba (considerando que presentan elementos más "evolucionados" que los anteriores), comprenden una industria más próxima a la del Complejo Inferior, sobre todo en lo que respecta a las cadenas operativas de débitage, siendo en ocasiones francamente similar, sin embargo las mixtas y las de façonnage son más contrastables, mostrándose siempre más desarrolladas las del sitio soriano (excepto con respecto a Torralba). La Maya I, terraza de +8m. y la fase III de Atapuerca (TDll y TGll), adscritos al Achelense final, ostentan industrias claramente diferenciadas de las nuestras. La Maya I (T +8m.) contiene cadenas operativas de débitage y mixtas sensiblemente menos desarrolladas, al contrario de lo que sucede con las de façonnage que se presentan más elaboradas. En Atapuerca (TDll y TGll) disponemos de escasos datos objetivos para considerar su industria (6), las cadenas operativas mixtas se conforman claramente más progresivas que las sorianas, intuimos que sucede lo mismo con los otros dos grandes grupos de cadenas operativas. Los yacimientos de Pleistoceno medio con industria atribuible al Achelense superior, presentan rasgos claramente paralelizables con el Complejo Superior de Ambrona: las cadenas operativas se muestran generalmente completas, prevaleciendo las de débitage y mixtas sobre las át façonnage', primacía de núcleos con explotación organizada, dominando los discoides y con amplio desarrollo de los levallois, hecho que corrobora el "elevado" índice de lascas levallois y de talones facetados; cadenas operativas mixtas con predominio de las raederas, relativamente elaboradas y con cierta estandarización, seguidas en unos casos por los denticulados (Atapuerca), y en otros por el grupo Paleolítico superior (Porzuna), dominando siempre el retoque regular, de modo simple o plano; las cadenas operativas át façonnage cuentan con bifaces en los que sobresalen los tipos muy elaborados, ovalares y amigdaloides, como los hallados en Arenero de Oxígeno, regulares y simétricos, con fuerte grado de formatización y retoque de los filos empleando el percutor poco pesado, como en Oxígeno y Porzuna, aunque de inferiores dimen- Complejo Inferior de Ambrona. Complejo Superior de Ambrona. La Maya I (terraza de +8 m.). Atapuerca, fase III (TDll y TGll). Yacimientos del Pleistoceno medio, contrastados con el Complejo Inferior y Superior de Ambrona (Soria). siones a los del Complejo Superior, los hendedores no son frecuentes, y se definen por sus siluetas equilibradas y por el empleo del percutor blando. Como conclusión señalar que las diferencias y semejanzas existentes entre el yacimiento de Ambrona respecto a los sitios citados, hacen pensar que la industria del Complejo Inferior se sitúa en la "órbita" de Áridos, La Maya II, El Sartaiejo, y Torralba (Tab. 30), y los niveles superiores de Ambrona muestran rasgos paralelizables con los adscritos al Achelense superior, donde no existe una destacada presencia de las cadenas operativas do façonnage, los núcleos están organizados (Solana de Zamborino), y la relativa estandarización de la industria permite cierta aproximación al Paleolítico medio como sucede en la fase III de Atapuerca y en Porzuna. Alejándose de esta serie los conjuntos achelenses en los que predominan las cadenas operativas dt façonnage, presencia de núcleos con talla poco organizada (La Maya I), e incipiente desarrollo de las CO levallois (Torralba y Áridos I), utensilios toscos sobre lasca, con morfotipos poco característicos (Pinedo y La Maya III), y retoque no estandarizado (Torralba).
En este trabajo se aborda el estudio de las puntas de muesca de tipo mediterráneo, procedentes del yacimiento solutrense de La Cueva de Ambrosio (Vélez Blanco, Almería) y que se encuadran en el Solutrense Superior Evolucionado. Este tipo de proyectiles se caracterizan a partir de parámetros morfológicos y tipométricos. Asimismo, se propone un modelo teórico sobre los procesos de fabricación y su repercusión en el registro arqueológico. Por último, el análisis exhaustivo de estas puntas de proyectil permite establecer algunas hipótesis sobre su funcionalidad en relación a los sistemas de engaste y de propulsión. En la secuencia del Paleolítico Superior de la vertiente mediterránea el Solutrense es una industria bien conocida e individualizada desde el punto de vista material, artístico, climático y cronocultural. Sin embargo, aquellos elementos más característicos de esta cultura y que marcan un cambio fundamental y radical con respecto a momentos anteriores, las puntas líticas de proyectil, no han sido objeto de un estudio detallado. Debido a la gran extensión del levante peninsular, el trabajo se centrará en la Andalucía Oriental, donde se ubica el yacimiento de estudio -La Cueva de Ambrosio-, y el País Valenciano, donde se encuentran las estaciones más representativas de este periodo para establecer paralelos y comparaciones (Fig. 1). En Parpalló y Mallaetes, que poseen estratigrafías para los inicios de este período, los nive- les pertenecientes al Solutrense Inferior y Medio marcan un cambio fundamental y radical con respecto a las etapas anteriores. En el País Valenciano, tras un gravetiense bien individualizado, el Solutrense Inferior se ha caracterizado por la presencia de puntas de cara plana y la casi total ausencia de elementos con retoque abrupto (gravettes, microgravettes y hojitas de dorso). El segundo rasgo más relevante es la preeminencia de los raspadores sobre los buriles. En la siguiente etapa, el Solutrense Medio, hay una ocupación más intensa y consolidada, ampliándose el número de yacimientos en la región valenciana (Barranc Blanc) y extendiéndose al ámbito andaluz (Ambrosio, Los Ojos, Nerja). Las series industriales muestran la continuidad de las puntas de cara plana y la aparición de las primeras puntas foliáceas que van sustituyendo a las primeras. Por otro lado, se mantiene el predominio de los raspadores sobre los buriles. Al final de esta fase surgen las primeras puntas de proyectil pedunculadas (Parpalló y Ambrosio). El Solutrense Superior está integrado por las hojas de laurel. Todavía aparece de forma esporádica alguna punta de cara plana, y surgen por primera vez las puntas de muesca con retoque abrupto. Esta etapa se caracteriza por el predominio de las puntas de aletas y pedúnculo. Sus peculiaridades tecnológicas y morfológicas les con-fieren un altísima rentabilidad cinegética, como demuestra el hecho de la perduración de este morfotipo como punta de proyectil hasta la actualidad. Es ahora cuando este tipo de punta se extiende al resto de las áreas solutrenses de la península, exceptuando la comisa cantábrica. A partir de esta etapa y en la siguiente, se observa una extensión del fenómeno solutrense hacia el sur y el oeste, llegando hasta la provincia de Cádiz, como lo atestiguan los materiales de Cuevas de Levante y Cubeta de la Paja. El Solutrense Superior Evolucionado es la última etapa de esta cultura en la región mediterránea. En el utillaje característico del grupo solutrense hay una progresiva desaparición del retoque plano invasor, que es desplazado por la importancia del retoque abrupto representado, fundamentalmente, por las hojitas de dorso y por las puntas de muesca. En el final de esta etapa desciende el índice de escotaduras y asciende la industria ósea en general y, en particular, los proyectiles óseos. Estos cambios parecen documentar un proceso de lenta adaptación condicionada por el sustrato regional. Quedan esbozados así los principales rasgos y la evolución interna del Solutrense en la región valenciana y el SE peninsular. En cuanto al yacimiento de La Cueva de Ambrosio (Fig. 1), se encuentra situado en la comarca de Los Vélez (Vélez Blanco, Almería). En esta zona, el oeste de Almería, aparecen los relieves calizos más desarrollados. Esta región montañosa limita al norte con los llanos de Caravaca de la Cruz (Murcia) y, al sur, con las ramblas de Nogalte y Chirivel, vía de comunicación natural que une la zona costera del Levante y la Andalucía continental. Se sitúa, pues, en uno de los pasos obligados para acceder a la costa desde el interior y viceversa. Además, tiene una localización privilegiada, en la cabecera de un valle, lo que a priori dota a este habitat de gran interés para actividades cinegéticas. La Cueva de Ambrosio es propiamente un gran abrigo abierto en un farallón de calizas miocénicas, de casi 100 m. de altura. Actualmente, la cavidad se encuentra parcialmente rellena de sedimentos. Así, se atestigua una ocupación que abarca desde el Solutrense (Niveles VI, IV y II) hasta la Edad del Bronce (Ripoll, 1988). Este artículo se centrará en las puntas de muesca de tipo mediterráneo del Nivel IL Su industria se encuadra en un Solutrense Superior Evolucionado con una datación de 16.500+280 B.P. (Gif. El Grupo Solutrense (G.S. 21,71%) mantiene unos porcentajes muy elevados, sumando 133 piezas. Las puntas de muesca representan casi la mitad del Grupo Solutrense (44,36%). La elección de este morfotipo ha estado condicionada en gran medida por ser la punta de proyectil más característica y numerosa del Solutrense Superior Evolucionado. Estas se centraron fundamentalmente en el Nivel II, por lo que las puntas de muesca recuperadas del Nivel IV (Solutrense Superior) fueron muy escasas (cuatro ejemplares). Así, no se han podido comparar las de uno y otro nivel, ya que el resultado habría estado distorsionado y carecería de validez. LA PUNTA DE MUESCA DE TIPO MEDITERRÁNEO A pesar del interés que desde antiguo han despertado las industrias solutrenses y, por ende, su utillaje característico, no se ha creado una metodología propia para el estudio de las puntas líticas de proyectil. Asimismo, no hay unos parámetros generalizados para la comparación de colecciones y las correlaciones entre diferentes conjuntos suelen basarse en datos tipométricos y tipológicos, más que en datos tecnológicos y funcionales. No obstante, hay que destacar los trabajos de Geneste y Phsson (1986y 1990; PHsson y Geneste, 1989) sobre las puntas de muesca solutrenses del sur de Francia. Debido a la escasa atención que las listas tipológicas prestan al grupo solutrense, ninguna de las clasificaciones tipológicas existentes sirven para la definición y caracterización del morfotipo de la denominada punta de muesca de ámbito mediterráneo. Ésta quedaría incluida dentro del rf 70 de la lista-tipo de Sonneville-Bordes, que se corresponde con el amplio mundo de las "armaduras mediterráneas". No obstante, subsiste el problema de su individualización del resto de las armaduras ligeras. En el ámbito europeo diversos trabajos sobre proyec-tiles muy similares (Lenoir, 1975; Onoratini, 1978; Bietti, 1980; Broglio et alii, 1993) han centrado su atención más sobre su diversidad morfológica que sobre su definición. Para el levante español, el único trabajo monográfico de referencia (Villaverde y Peña, 1981) sigue las mismas pautas de los arriba citados, sus resultados son meramente descriptivos y adolece de una documentación exhaustiva. Ante estas circunstancias, parece oportuno mantener la denominación de "punta de muesca mediterránea" (RipoU, 1988) para este tipo de proyectil, que anteriormente se identificaba como "levantina" o "parpallense". La nomenclatura de punta de muesca mediterránea tendría su razón de ser por el ámbito geográfico en donde aparece: región valenciana. Murcia y Andalucía Oriental, aunque recientemente han aparecido algunos ejernplares en el valle del Ebro (Utrilla y Mazo, 1994). Constituye un elemento característico del final del Solutrense en el levante peninsular y, por tanto, con un valor cronológico intrínseco siempre que esté asociado a otros útiles solutrenses bifaciales, ya que este tipo de proyectiles se han documentado en contextos mesolítico y eneolíticos (Martí y Gil, 1978; Pía, 1978). Esta punta se define por su retoque abrupto muy localizado en el dorso y a veces en el borde opuesto. El pedúnculo está formado por una muesca generalmente con retoque también abrupto. En algunas ocasiones la pieza tiene un retoque simple en el otro borde. Este tipo de proyectil sería el equivalente de la punta de muesca solutrense de retoque plano, las puntas más numerosas y características del Solutrense Final francés. Están realizadas sobre una hoja generalmente corta, estrecha y plana. El retoque invasor, por presión, forma la punta. La muesca se realiza en el extremo proximal con un retoque más abrupto. La longitud y anchura del soporte disminuye muy poco durante el proceso de talla (Fig. 2). Otro elemento de polémica y confusión es la terminología para definir si el pedúnculo está formado por una muesca o una escotadura. El empleo de "punta de muesca" o "punta escotada", según de que investigador se trate, hace referencia al mismo concepto. Esta duplicidad de términos no tendría mayor importancia si previamente quedara definida y aclarada, por lo que parece conveniente pronunciarse sobre el tema. La confusión arranca de la traducción al castellano de los términos franceses "eran" y''encoche''. Para los primeros, el término "eran" lleva implícita una posición predeterminada en el soporte -proximal derecha-, mientras que "encoche" no implica una ubicación espacial precisa. Sin embargo, para los otros autores la traducción sería la opuesta. Si se admite la primera alternativa, nos encontramos con puntas cuya escotadura se presenta en el lado izquierdo o en el extremo distal. Sin embargo, siguiendo su propia argumentación, para definir con propiedad este tipo de proyectil habría que hablar de punta de muesca; ya que ésta última no tiene una posición predeterminada en el soporte y puede aparecer en el extremo distal o proximal y en su lado derecho o izquierdo. Esto parece tener más coherencia, desde el punto de vista semántico, si se admite el término de punta de muesca mediterránea, que es el adoptado en este trabajo. Todas las puntas de proyectil están elaboradas sobre sílex. En un primer examen macroscópico, el 56% de la muestra tiene como soporte un sílex criptocristalino, mientras que el 44% se realiza sobre un sflex jaspeado. Estos porcentajes demuestran que no hay una predeterminación en la elección de una variedad de sflex concreta. Parece confirmarse que las numerosas fuentes de materia prima detectadas en el área de captación del yacimiento son bastante aptas para la tallar laminar (Fig. 3 miento para escoger un determinado tipo de materia prima sobre otro, ya que el retoque abrupto por presión en el filo del soporte no plantearía grandes problemas de ejecución. Esto apuntaría a un rendimiento similar para la consecución de los soportes característicos, así como unas condiciones de obtención y transporte parejas. El 21% de la muestra presenta impurezas en la superficie extema del soporte. Normalmente son de pequeño tamaño y no parece que tengan gran incidencia en el proceso de transformación. En todos los casos aparecen en los subtipos de color gris o beige, fundamentalmente en el primero. En ninguna de las puntas se han observado fisuras que pudieran influir negativamente durante su elaboración o uso. En cuanto a las alteraciones, únicamente el 7% de las piezas están desilificadas. Este porcentaje se reparte de forma homogénea entre el sílex de color gris, beige y melado. La relativa abundancia de materia prima permite lograr productos sin impurezas o alteraciones que distorsionen su comportamiento mecánico durante los procesos de obtención y transformación del soporte. Una característica inherente a la punta de muesca mediterránea es su elaboración sobre soportes laminares. Un solo ejemplar estaba realizado sobre un soporte sin características tecnológicas que lo definieran (Fig. 4: 25). Los útiles sobre hojita que conservan su longitud total se aproximan casi siempre a los 20 mm., barrera teórica que separa la categoría de hoja y hojita. Las hojas y hojitas en su inmensa mayoría tienen el talón suprimido por el retoque, seguidas porcentualmente de las que no tienen talón, debido fundamentalmente a las fracturas (Fig. 3: B). Tan sólo en siete proyectiles se pueden individualizar dos tipos: liso y puntiforme. Esto indica que no hay una preparación previa para destacar el punto de impacto de la superficie de percusión. La supresión del talón no debe entenderse tan solo como una fase dentro del proceso de elaboración -realizar la muesca-, ya que en tal caso el talón quedaría solo parcialmente eliminado. El otro objetivo es suprimir la zona bulbar para garantizar un enmangue óptimo cuando la muesca se realiza en este punto y, conseguir un reverso lo más regular posible que asegure una mayor penetración, cuando el bulbo coincide con el extremo distal del proyectil. La media aritmética del espesor del talón es de 3 mm., cuando se conserva y se sitúa en la zona de la muesca, mientras que para toda la muestra dicha medida es de 1,88. Así, varía tan solo algo más de un milímetro. Cuando el talón se sitúa en el extremo distal de la punta de muesca su espesor es de 2 mm. y siempre se trata de proyectiles cuyo proceso de elaboración no se ha completado (Fig. 5: 3). Es decir, cuando se elige el talón para realizar el extremo distal del proyectil, aquél no sobrepasa un espesor determinado (2 mm.). No obstante, la mayoría de las veces la muesca se efectúa en la zona del talón (61%). En el 23% de los casos no ha sido posible identificar su posición y, en un 16% se sitúa en la punta. Estos porcentajes se refieren a toda la muestra de estudio, no solamente a las puntas que conservan el talón. Cuando éste falta, en la mayoría de las ocasiones su ubicación dentro del soporte se ha reconocido a partir de las ondas de percusión. Estos porcentajes parecen lógicos si se desea conseguir la mayor rentabilidad posible de la morfología que brinda el soporte. Así, el extremo proximal de la hoja tiene un mayor grosor, lo que facilita conseguir una muesca suficientemente espesa para asegurar un enmangue resistente y, al mismo tiempo, sin un espesor grande para dificultar su sujeción al astil. Por otro lado, el extremo distal de la hoja, si no tiene accidentes de talla como el reflejado, permite obtener una punta y un filo cortante con una escasa elaboración. La existencia de soportes reflejados puede obligar al tallador a optar por hacer la muesca en el extremo distal de la hoja al tener mayor grosor que la zona bulbar. Parece lógica la existencia de un cierto número de soportes sobrepasados, si se tiene en cuenta la técnica de talla empleada: muy probablemente percusión indirecta o presión. La longitud total de las puntas sobrepasadas se sitúa, en la mayoría de los casos, entre los 25 y los 30 mm. Considerando que la media aritmética para todo el conjunto es de 31,03 mm., la reducción de la longitud del soporte para eliminar este accidente de talla conllevaría la obtención de proyectiles demasiado peque- soporte o muy cerca de él. La presencia mayoritaria de estos atributos, junto con la casi ausencia total de cortex, indica que los soportes empleados en la fabricación de estos proyectiles se encuentran en una fase avanzada del proceso de reducción del niícleo. En su inmensa mayoría (94,23%) aristas y extracciones son paralelas al eje longitudinal del proyectil y solo en 3 casos (Fig. 6: 1, 3 y 6) oblicuas. Esta dirección dominante es consecuencia de la talla laminar, ya sea ésta unidireccional o bidireccional. Es difícil determinar si la elección de soportes con negativos de levantamientos previos es intencional o no. Lo cierto es que aristas y extracciones marcan el punto de inflexión hasta donde llega el retoque abrupto (Fig. 6: 14). En la mayoría de los casos, el grosor de la pieza en esta zona detiene el proceso de transformación. Esto se hace patente sobre todo en el filo del lado opuesto a la muesca y en la anchura que alcanza la misma. Sea predeterminada o no la elección de soportes con estas características, las líneas que delimitan estos levantamientos actúan como aristas-guía, haciendo que generalmente se consigan filos con un alto grado de rectitud. Puntas de muesca de tipo mediterráneo. La Cueva de Ambrosio (Vélez-Blanco, Almería): Solutrense Superior Evolucionado (Nivel II). T. P, 54, n." 1, 1997 Las diferentes asociaciones morfológicas hacen aconsejable establecer subtipos o categorías dentro de la punta de muesca a partir de la variación formal y de las implicaciones funcionales que se derivan de la misma: El borde situado en el lado de la muesca como el opuesto son rectilíneos. Son las más gráciles en su aspecto general. La muesca está bien diferenciada del fuste. El ángulo que forma el extremo distal oscila entre los 10° y 20°, siendo la media aritmética de esta magnitud para toda la población de 20°. Son las más idóneas para la sujeción al astil y su capacidad de penetración es la más alta. Sus características generales, a expensas de estudios experimentales, la confirman como la morfología más idónea para la función de punta de proyectil ligera. Subtipo B: Un segundo grupo, el 26,53% del total, presenta el borde de la muesca ligeramente convexo y el opuesto rectilíneo (Fig. 6: 6 y 8 y Fig. 4: 2 y 7). No llegan a alcanzar el contorno triangular casi perfecto de las anteriores, con formas más redondeadas. En ocasiones la muesca está muy poco insinuada. El ángulo formado en el extremo apical puede alcanzar los 30°. En este tipo de proyectil la capacidad de penetración queda algo mermada, ya que, al tener en general ángulos mayores, la fuerza que se debe imprimir al disparo para obtener la misma efectividad es mayor que en el tipo anterior. Subtipo C: El 12,24% de la población corresponde a proyectiles con el borde de la muesca rectilíneo y el opuesto ligeramente convexo (Fig. 6: 1 y 23 y Fig. 4: 11 y 12). El ángulo de la punta oscila entre los 30° y los 15°. Teóricamente, al igual que las del subtipo D, presentarían mayores problemas para su enmangue al presentar el borde opuesto al filo de la muesca una ligera convexidad. En cuanto a su capacidad de penetración, ésta sería algo menor que las del subtipo anterior. Subtipo D: El último grupo, 8,16%, son puntas más rechonchas y anchas que las anteriores. Su contorno se inscribe en una ojiva, donde los bordes convergentes de la punta son convexos (Fig. 6: 2, 4, 5 y 7). El ángulo oscila entre los 25° y 40°, siendo los valores máximos de la muestra. Las carencias funcionales de este subtipo son las más evidentes tanto para el engaste como para la penetración. Sin embargo, si son lanzadas con la fuerza suficiente, pueden causar más daños al blanco debido a su volumen algo mayor. El resto de la población de estudio (2,04%) tienen características comunes a las anteriores. Pero, debido a su variabilidad morfológica, habría que agruparlas en numerosos subtipos con una o dos unidades. Aquí, la delincación de los bordes contempla formas cóncavas, convexas y sinuosas; aunque casi siempre uno de ellos es rectilíneo. Los ángulos que forman el extremo apical oscilan entre los 25° y 35°. Por último, en el 12,24% de los casos, no ha sido posible establecer su morfología. Respecto a las muescas (Fig. 7: B), dominan las triangulares (Fig. 6: 17) seguidas de las rectangulares (Fig. 6: 21). En ambos casos constituyen una prolongación del borde opuesto donde se sitúan y, en algunas ocasiones, éste se estrecha progresivamente hasta la base. Por último, algunos ejemplares tienen forma de coma (Fig. 4: 23). Esta sería una variante de la muesca triangular que, en lugar de ser recta, se curva hacia el eje longitudinal de la pieza, dándole un aspecto de gancho (Fig. 6: 1). Este mismo fenómeno se observa en las puntas de muesca del ámbito valenciano (Villaverde y Peña, 1981) y en las puntas de muesca solutrenses de retoque plano del tipo "B" de la región francesa de la Dordoña (Geneste y Plisson, 1990). En el 89,47% de los casos la muesca está orientada a la derecha, mientras que en sólo cuatro ejemplares la orientación es izquierda (Fig. 6: 6 y Fig. 4: 25-27). No se advierte ninguna diferencia substancial que las pueda alejar o diferenciar de los proyectiles con la muesca en el lado derecho. Parámetros tipométricos, tecnológicos y morfológicos no hacen pensar que no sean verdaderas puntas de muesca. La existencia de proyectiles con la muesca en el lado izquierdo puede responder a ventajas morfológicas intrínsecas en el soporte como fracturas angulosas, mayor grosor, etc. La unión de la punta con la muesca en la zona de enmangue es en su inmensa mayoría (94,33%) cóncava y en solo 3 casos forma un ángulo recto (Fig. 8: 14, 18 y 19). Este sería otro elemento de diferenciación entre la punta de muesca solutrense de retoque plano -donde mayoritariamente la unión entre estos dos elementos forma un ángulo recto-y la punta de muesca mediterránea. El número y localización de las fracturas que afectan a una pieza y, por lo tanto, a la morfología de los fragmentos obtenidos, constituyen criterios muy significativos desde el punto de vista funcional y tecnológico. En la muestra analizada sólo el 17,54% de los proyectiles están completos, el 70,18 % tienen una sola fractura y el 12,58% presenta dos fracturas. En la localización de las mismas los porcentajes hacen referencia al total de fracturas. La distribución de la frecuencia de fragmentación depende en gran medida de los sistemas de sujeción al astil. Si la punta está unida al astil solamente con materiales adhesivos, experimentalmente se ha comprobado que, o bien se despega en el momento del impacto o bien se fractura en el extremo distal. Si por el contrario el proyectil está firmemente fijado al astil (atado y pegado) en el momento de la colisión la punta no puede retroceder. Así, ésta se rompe en diferentes fragmentos, con una elevada frecuencia de fracturas en la zona de enmangue o en la parte inmediatamente superior. Lógicamente en el registro arqueológico los fragmentos mesiales y distales serán mucho menos numerosos. Excluidas las piezas no acabadas, el 12,19% son extremos distales mientras que el 39,02% corresponden a fracturas situadas en la zona de enmangue o muy próximas a ella (Fig. 8: A). Los datos parecen indicar que las puntas de muesca de La Cueva de Ambrosio fueron cuando menos atadas al astil. Esto explicaría la abundancia de los fragmentos proximales de las puntas de muesca, que quedarían unidos a los astiles. Sin duda, para la tecnología desarrollada en este periodo era más fácil fabricar una punta de muesca que un astil con una rectitud, dureza y equilibrio direccional razonables. Entonces, parece lógico pensar que habría un interés importante en recuperar los astiles tanto de la pieza de caza como aquellos que no habían hecho blanco. Los extremos apicales llegarían al yacimiento alojados en los cuerpos de los animales cazados, bien porque se fracturara la punta durante la pe- netración o bien al intentar sacar el astil. Una vez desmontadas de los astiles serían arrojadas a las estructuras de combustión. Esta hipótesis ha sido ya planteada (Ripoll, 1988; Geneste y Plisson, 1990) y el material arqueológico parece confirmarla. No es probable que los procesos de fragmentación hayan tenido lugar en el yacimiento. Por un lado, se da una ausencia total de uniones entre los fragmentos de los proyectiles. Además, algo más de la mitad de la población de estudio procede de la zona denominada "Microestratigrafía", una sucesión de estructuras de combustión perfectamente delimitadas que contienen el material arqueológico. Son compartimentos estanco que albergan los desechos industriales de un momento concreto o de un periodo relativamente corto. Por otro lado, un considerable número de fracturas son características de un uso como proyectil. En cuanto a la causa de las fracturas (Fig. 8: B), los porcentajes siguen haciendo referencia al número total de las mismas. En su distribución sobresalen las fracturas por flexión, siguiendo la tónica general de los niveles solutrenses del yacimiento. Las fracturas características de un uso como proyectil son el 25,9%. Su frecuencia entre los diferentes campos es la siguiente: lengüeta (36%), burinoide (36%), levantamiento en anverso (14%) y levantamiento en anverso y reverso (14%). Estos porcentajes son menores que en las puntas solutrenses de los yacimientos franceses de la Dordoña, donde se ha realizado un estudio similar. Aquí, las fracturas burinoides pueden alcanzar hasta el 13% del total y las fracturas en lengüeta hasta el 40% (Geneste y Plisson, 1990). Esta ostensible diferencia puede responder a los distintos sistemas de propulsión, diferentes tipos de presas o una población de estudio mucho más numerosa en el caso francés, etc. En las fracturas de tipo burinoide (Fig. 9: A), la fuerza que las produce es aplicada bien en un área relativamente pequeña y la fractura se encuentra cerca del área de contacto o bien la fuerza se reparte sobre una superficie relativamente grande y la fractura no se inicia necesariamente cerca de donde se origina la presión. En el momento del impacto la fuerza ejercida sobre el borde menos ancho de la punta es oblicua al eje longitudinal de la misma. Esto provoca un levantamiento transversal terminado en un escalón o un reflejado que afecta a una gran parte del borde de la pieza y en ocasiones tiene cierta profundi-Fig. Esquema de los tipos de fractura de uso como punta de proyectil y la intensidad y dirección de los yectores de fuerza que las generan. A: Tipo burinoide; B. En forma de lengüeta; C: Con levantamientos en anverso y/o reverso. La fuerza del impacto es dirigida hacia el interior del proyectil, donde se difumina, y después aflora a la superficie levantando una esquirla de dimensiones variables. Su nombre se debe a la gran semejanza que mantiene con los levantamientos burinoides. Las fracturas en lengüeta (Fig. 9: B) se producen por la presión ejercida sobre los bordes anchos del proyectil por un impacto frontal con un objeto lo suficientemente duro como para no poder penetrarlo. La velocidad imprimida al proyectil hace que éste se rompa en dos, por flexión, y como consecuencia de la fuerza de la colisión se forma una lengüeta de considerables proporciones. Este proceso aparece sobre todo cuando el sistema de enmangue no permite un ligero retroceso de la punta sobre el astil. En realidad, se trata de una fractura por flexión que genera una lengüeta más o menos larga. Generalmente, tiene una amplitud de unos 2 mm. Como parámetro para diferenciar las fracturas por flexión de las fracturas de uso, la lengüeta tendrá una amplitud mínima de 2 mm. De esta forma, quedan descartadas las fracturas generadas por pisoteo, relleno sedimentario, intencionales y de fabricación. Las fracturas con levantamientos en anverso y/o reverso (Fig. 9: C) son las más fácilmente identificables y probablemente las más características de un uso como proyectil. Experimentalmente se ha demostrado que los levantamientos en los bordes anchos del proyectil están condicionados por el tipo de fuerzas que los generan y de las que deriva su conexión con las fracturas en lengüeta. Cuando se produce la fractura por flexión debido a la presión en el lado ancho del proyectil -que puede o no generar una lengüeta característica de uso-el levantamiento sólo aparecerá en un lado ancho y será relativamente pequeño. Cuando las fuerzas corren paralelas a los bordes anchos los levantamientos pueden producirse en el anverso, en el reverso o en ambos y tendrán unas dimensiones considerables. Inmediatamente después de completarse la fractura, un grado considerable de energía cinética queda en el astil. Las dos piezas fracturadas continúan su penetración entrechocándose, a veces con gran fuerza. Como la orientación de la fuerza del astil, siempre perpendicular a las superficies fracturadas, es óptima para la aparición de retoques, los levantamientos producidos en las superficies anchas son frecuentes. Las fracturas con levantamientos en ambos lados difícilmente pueden ocurrir por otro medio que no sea el de un uso como punta de proyectil, independientemente de sus dimensiones. Si la fractura solo tiene un levantamiento, es necesario una dimensión mínima para considerarla característica de uso. En el caso de las puntas ligeras de proyectil, como la punta de muesca mediterránea o la punta de aletas y pedúnculo, debe tener al menos 2 mm. de longitud, mientras que para los proyectiles más grandes y pesados, como las hojas de laurel, los levantamientos deben ofrecer, al menos, una extensión de al menos 4 mm. En esta parte del estudio todas las medidas aparecen expresadas en milímetros. Siempre que ha sido posible, estos resultados se han comparado con los principales yacimientos del levante peninsular con estudios estadísticos similares (Fig. 1). Estas estaciones son Parpalló, Mallaetes y Barranc Blanc (Villaverde y Peña, 1981) y Chaves (Utrilla y Mazo, 1994). Este último yacimiento no se puede considerar estrictamente del ámbito levantino, aunque la aparición de puntas de muesca mediterránea en el interior peninsular y los recientes estudios de las relaciones entre Aragón y el litoral mediterráneo (Utrilla, 1992) durante la Prehistoria hace aconsejable su inclu-sión. Pero lamentablemente los análisis estadísticos de estas cuatro estaciones no contemplan todas las variantes del examen tipométrico de estas puntas. En primer lugar, se analizan las magnitudes generales del proyectil (longitud, anchura y espesor) y sus correlaciones (Tablas 1 y 2). La longitud es la que presenta mayor variabilidad. Sin embargo, la diferencia entre los valores extremos de las medias aritméticas es menor de 2 cm. (16,1 mm.). Este valor es mucho menor (6 mm.) si se excluyen las piezas de Chaves. Con respecto a la anchura, la diferencia entre el valores mínimo y máximo de las medias aritméticas es de 2,43 mm. El espesor presenta una mayor modificación (2,84 mm.). Las variaciones son mínimas si se tiene en cuenta el número de ejemplares que forman la población. Así, parece que las técnicas de talla para la extracción de los soportes están encaminadas a una cierta homogeneización de la producción, salvando las distintas propiedades mecánicas de las materias primas empleadas. El índice de Alargamiento (I. AL: longitud total/anchura máxima) se ha establecido en el 45,61% del total del conjunto, siendo su media aritmética de 5,91 (Tab. Si se considera esta magnitud en aquellos proyectiles cuya longitud total no ha sido reconstruida, el L Al. se sitúa en 5,07, una variación mínima. Así, las puntas de La Cueva de Ambrosio serían las más estrechas de todas (Tab. 3), seguidas por las de Chaves. En los proyectiles del ámbito valenciano, este índice se aproxima a los 3,5 mm. En la Cueva de Ambrosio, el 15,38% de las piezas son anchas -I. El 42,31% del total de las piezas medibles corresponde a las puntas estrechas -I. Al. entre 4 y 6-y a las puntas muy estrechas -I. Así, vemos que hay una inversión de los porcentajes del yacimiento con respecto a las tres estaciones levantinas. El índice de Aplanamiento (I. Al.: longitud total/espesor máximo), ha podido ser establecido en el 45,61% de la población (Tab. Es decir, el grosor del proyectil representa el 6,4% de su longitud total. En el 76,92% de la población, estos porcentajes se sitúan en valores superiores al 6% de la longitud total. Desgraciadamente, La longitud total de la punta (Tab. La media aritmética es de 24,23 mm. Si solo se considera la población sin fracturas es de 28,16 mm. Los valores van desde los 9 mm. de longitud mínima hasta los 37 mm. de longitud máxima. Si comparamos la media aritmética (24,23 mm.) con el resto de yacimientos, encontramos en Mallaetes -al igual que con la longitud total del proyectilla cifra más próxima con 24,3 mm. En el resto de las estaciones, salvo en Chaves, la longitud de la punta en relación con la longitud total es bastante inferior si se correlaciona con Ambrosio o Mallaetes. En el 17,54% de la población se han detectado melladuras en los filos de la punta, que no se asocian específicamente con ninguna morfología determinada de la misma. Aquellas aparecen en los proyectiles más grandes, a partir de 23 mm. de longitud y 5 mm. de anchura. Si se parte de la hipótesis de un sistema de lanzamiento de estos proyectiles que acumulase en el astil una energía cinética similar, parece lógico Tabla 5. Tipometría de las puntas de muesca (II): Media Aritmética. LP: Longitud de la punta; LM: Longitud de la muesca; L/LM: Longitud total del proyectil/longitud de la muesca; %: Porcentaje de la longitud de la muesca en relación a la longitud total del proyectil. pensar que la presencia de estos atributos se produce a partir de un volumen mínimo de materia. Por supuesto, aquí entran en juego otros factores, en donde el azar tiene un papel muy importante, como el rozamiento con las partes duras del animal (huesos, tendones, etc.) o con ramas, tierra, piedras y otros elementos del entorno, en caso de errar el tiro. La relación entre la longitud total del proyectil y la longitud de la punta (L./L.P.) ha sido establecida en el 38,59% de la población total (Tab. La media aritmética se sitúa en 1,33. Aquí, los valores máximos y mínimos no presentan una gran amplitud (entre 1,14 y 1,65) y suponen entre el 86,5% y el 60,5% de la longitud total de la pieza. Se puede observar una correlación muy clara entre ambas medidas, pese a la gran amplitud entre los valores máximos y mínimos de la longitud total del proyectil. Estos datos implican una cierta estandarización en la producción. La variación en medidas absolutas puede ser más o menos elevada, pero se mantiene una proporción bastante coherente con respecto a la parte activa del útil, la punta. Además, como la longitud total de los proyectiles no sobrepasa los 50 mm., es difícil suponer que el azar fuera el responsable de esta proporción. Desgraciadamente no hay datos similares para los yacimientos del área valenciana, por lo que de momento toda comparación a este respecto es inviable. Experimentalmente habrá que in-ferir si estas proporciones (Longitud Total/Longitud de la Punta) responden a condicionamientos funcionales, o si por el contrario están dentro de parámetros tecnológicos, culturales, etc. La longitud de la muesca (Tablas 4 y 5) ha podido ser tomada en el 75,43% de la población. En ningún caso ha sido posible reconstruirla cuando la muesca se encontraba fracturada. Al igual que sucedía con la longitud total de la pieza y de la punta, la de la muesca presenta una gran amplitud: entre 2 y 25 mm. Sin embargo, en la mayoría de los ejemplares los valores están muy agrupados: en el 62,79% la muesca se sitúa entre los 5 mm. y los 10 mm. La media aritmética es de 8,55 mm., equiparable a los 8,2 mm. del Parpalló (4 -4,75 m.). En el resto de las estaciones es ligeramente superior: entre los 12 mm. y los 9 mm. Siguiendo la tónica general, en Chaves la longitud de la muesca se dispara hasta los 14,3 nam. Dejándole al margen, los datos de los yacimientos estrictamente mediterráneos son también muy similares. La relación entre la longitud del proyectil y de la muesca (L/L.M.) se ha establecido en el 45,61% de la población (Tab. La media aritmética es 4,83, es decir, un 20,7% de la longitud total del proyectil. Nuevamente, la proporción en los proyectiles que no tienen fracturas es muy similar, con una media aritmética de 4,41. Los valores máximos y mínimos oscilan entre 2,53 y 8. Esto supone que la longitud de la muesca representa entre el 39,5% y el 12,5% de la longitud total del proyectil. A pesar de esta amplitud se observa una concentración en los valores más bajos. La proporción entre la longitud total y la de la muesca en La Cueva de Ambrosio es la más baja de los yacimientos del ámbito mediterráneo. El valor más cercano se sitúa en el Parpalló (4-4,75 m) con 3,48, lo que significa que la muesca ocupa un 28,7% de la longitud total. Los otros yacimientos se disparan hasta el 36,4% en Barranc Blanc, el 35% del tramo inferior del Parpalló y el 31,9 de Les Mallaetes. Tradicionalmente, la relación L./L.M. era un elemento importante en la comparación de los distintos conjuntos industriales. Pero, por lo menos en el caso de La Cueva de Ambrosio, hay una mayor preocupación por conseguir una proporción estable entre la longitud total y la longitud de la punta (entre el 60% y el 80%) que entre la primera y la de la muesca. Aunque en las series de ambos índices hay valores extremos, la prime-T. P., 54, n.M, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ra relación mantiene parámetros más estables y agrupados. Como se corrobora más adelante con la anchura, las correlaciones de la zona de enmangue con las magnitudes totales del proyectil parecen tener un carácter secundario o, por lo menos, su papel funcional permite esta mayor variabilidad. La anchura de la muesca ha sido determinada en el 92,98% de la población. La distancia entre los valores mínimos y máximos es menor que en el caso anterior aunque significativa, de 0,5 a 8 mm. En la mayor parte de la muestra (60,39%) la anchura de la muesca se sitúa entre los 2 y los 4 nmi (Tab. Si la comparamos con la anchura máxima del proyectil (6,77 mm.), supone aproximadamente la mitad de la anchura total. Tanto en el caso de la anchura como en el espesor de la muesca, no hay datos publicados para los yacimientos de referencia. La relación entre la anchura total y la anchura de la muesca se ha establecido en el 85,96% de la población de estudio. Esto significa una grandísima amplitud de valores extremos que abarca desde el 85,5% hasta el 25% de la anchura máxima del proyectil (Tab. La media aritmética se sitúa en 2,2, es decir, el 45,4% de la anchura total. A pesar de la gran diferencia entre los valores máximos y mínimos, esta amplitud queda matizada por el hecho de que el 67,34% del total se incluye en el intervalo del 25-50%, que parece ser la proporción más buscada. El espesor de la muesca ha podido ser medido en el 92,98% del conjunto. Los valores se sitúan entre los 0,5 mm. y los 3,5 mm. La inmensa mayoría de la población está situada en el intervalo de 1,5-2,5 mm. (Tab. La media aritmética de esta magnitud (1,88) es ligeramente inferior al espesor máximo del proyectil (2,36) por la mayor amplitud de valores extremos de éste último. Como en ambos casos la mediana es la misma (2), se puede concluir que mayoritariamente el espesor de la muesca esta muy próximo o es coincidente con el espesor máximo. tecnológicos. Así, el estudio de la "cadena operativa" empieza a ser habitual en bastantes trabajos sobre el estudio del material lítico de las sociedades cazadoras-recolectoras. Esta metodología sistematiza desde la selección y captación de materiales líticos hasta su transformación, uso, distribución y abandono. El objetivo de la individualización de las cadenas operativas de fabricación lítica es doble: la estructuración en etapas de los procesos reductivos y la identificación de los gestos técnicos e instrumentos empleados en cada una de ellas. Las diferentes propuestas para establecerlas (Bradley, 1975; Ericson, 1984; Karlin, 1991; Martínez y Alfonso, 1994) presentan pocas diferencias substanciales, por lo que se ha optado por adaptarlas a la problemática específica de las puntas de muesca mediterránea: ETAPA I: MODIFICACIÓN PRIMARIA Aprovisionamiento de la materia prima. Primer conjunto de actividades de modificación. ETAPA II: MODIFICACIÓN SECUNDARIA Segundo conjunto de actividades de modificación. ETAPA III: ELABORACIÓN Tercer conjunto de actividades de modificación. ETAPA IV: MONTAJE Primer conjunto de actividades para hacer factible el uso del útil. ETAPA V: USO Conjunto de actividades de uso. Desecho, abandono o pérdida. ETAPA Illa / IVa: MANTENIMIENTO Segundo conjunto de actividades para hacer factible el uso del útil. Si bien la morfología y tipometría son datos importantes en el análisis del utillaje, no puede quedar relegado el hecho de que cada objeto es el resultado de un conjunto de procesos técnicos y En cada una de ellas se generan un conjunto de productos característicos que serán desechados o bien pasarán a la siguiente etapa de la cadena operativa y, por último, formarán parte del registro arqueológico (Fig. 10). Sin embargo, todos estos productos no tienen que encontrarse nece- sariamente en un mismo depósito arqueológico, ya que las actividades que integran la secuencia de reducción han podido o no llevarse a cabo en un mismo lugar. La presencia o ausencia de determinadas actividades marca las características técnicas del conjunto de estudio (Ericson, 1984). El análisis industrial del Nivel II de La Cueva de Ambrosio, parece indicar la ausencia de la ETAPA I. De los 117.483 restos líticos recuperados del Solutrense Superior Evolucionado, únicamente el 3,19% corresponden a piezas que tienen en más de las tres cuartas partes de su superficie presencia de cortex. Por el contrario las piezas que corresponden al tercer orden de extracción suponen el 81,39%. Solo el 1,45% de las hojas y hojitas son soportes de primer orden, mientras que el 84,96% son de tercer orden. Por otro lado, los núcleos son solo el 0,05% de la industria. Todos estos datos apuntan a que el primer conjunto de actividades de transformación no se producen en el yacimiento, sino, probablemente, en las propias áreas de captación o en sus proximidades. Al yacimiento llegarían los núcleos ya elaborados para la obtención de soportes y/o soportes ya preparados para la obtención del utillaje. Ambas opciones son posibles y no excluyentes. En cuanto a la ETAPA II, la presencia de productos generados durante la talla laminar no es abrumadora: un 0,28% de aristas y semiaristas, un 0,08% de flancos de núcleo y un 0,07% de tabletas. Además, el 63,01% del total de las piezas retocadas están realizadas sobre hojas y hojitas. Por lo tanto, la obtención de este tipo de soportes no va únicamente encaminada a la fabricación de puntas de muesca. El análisis de los soportes y sus implicaciones tecnológicas y funcionales ya ha sido realizado a lo largo de este trabajo. El estudio experimental de las etapas que corresponden al montaje, uso y mantenimiento de este tipo de proyectiles está en curso de realización. Por ello, el análisis de la cadena operativa lítica de las puntas de muesca se centrará, por el momento, en la ETAPA III: elaboración. En ésta cobran gran importancia las piezas cuyo proceso de transformación no ha sido completado (Fig. 5). Parece lógico pensar que, en los soportes laminares cuya modificación es parcial, la elaboración del proyectil empezaría por su elemento más delicado o frágil, es decir, la muesca (Fig. 5: 3 y 7). Debido a la cantidad de materia a eliminar para crearla y la anchura mínima que llega a alcanzar, las posibilidades de fracturar la hoja u hojita son más altas que en el retoque de los bordes de la punta. En 50 casos de la población total, la muesca es identificable. Sólo en un 4% del conjunto no se ha generado por un retoque sistemático y continuado (Tab. Esto es debido a que el soporte presenta una fractura angulosa que dota al proyectil de la morfología adecuada sin necesidad de retoque (Fig. 4: 25), o bien la muesca tiene un único levantamiento -semejante a una muesca clactoniense-cuya elaboración no ha sido completada (Fig. 5: 5). Lógicamente, la mayoría de las veces (91,67%) el punto de enmangue también presenta retoque (Tab. Su ausencia está asociada a dos factores: la muesca tampoco está retocada o el grosor del borde es muy fino, menor a 1 mm. (Fig. 4: 19). Una vez creada la muesca, el proceso de reducción del soporte puede tomar dos vías: bien se continúa retocando la zona de enmangue por el borde opuesto al filo de la muesca (Fig. 5: 2 y 6) o bien se comienza a retocar este borde por el extremo distal del proyectil para crear la punta (Fig. 5: 1 y 5). No se ha apreciado ninguna causa o pauta por la cual el proceso de transformación empiece por una u otra parte. Sin embargo, el retoque no necesariamente aparece en estas zonas. Así, en el borde opuesto a la muesca, el retoque está ausente del filo en el 26,53% de la población (Tab. En todos los casos esto sucede hasta el mismo borde de la punta, apareciendo el filo natural del soporte. En el filo opuesto al borde de la muesca, desde la altura del punto de enmangue hasta el extremo distal del proyectil (Tab. El proceso de reducción del soporte continúa por el borde del lado de la muesca, desde el punto de enmangue hasta el extremo distal de la punta (Tab. El último paso en el proceso de elaboración es el retoque del extremo proximal del proyectil para adelgazar su espesor. Esto sólo se observa en el 14,64% de la población. El grosor en esta zona oscila entre los 2 y los 3,5 mm., adaptándose a los valores medios de esta magnitud. El retoque de las puntas de muesca en la mayoría de los casos no está destinado a crear un filo útil. Tanto en la muesca como en el punto de enmangue y en todo el borde del proyectil opuesto al lado de la muesca los levantamientos son irregu- lares y el filo que crean no es uniforme. Aquí, parece confirmarse que el retoque busca destruir el filo natural para dar la forma deseada al soporte y para aplicar una mayor fuerza en el borde opuesto durante el corte o la punción. Se mantiene constante la hegemonía de retoques abruptos y directos que afectan en gran parte o en su totalidad al borde de la pieza y con una intensidad de transformación importante, distinguiéndose generalmente -salvo en el punto de enmangue-hasta tres series de levantamientos encadenados. La ausencia de retoques inversos en este caso concreto, y su baja frecuencia en el conjunto de los proyectiles, muy probablemente es debido a la tendencia convexa de los productos laminares, que los hacen más vulnerables a las fracturas si la fuerza es ejercida desde el anverso. Sin embargo, en el filo de la punta situado en el lado de la muesca la homogeneidad y uniformidad de los datos es evidente. Hay un predominio de retoques muy marginales, directos, regulares, que generan un filo uniforme mediante dos series de levantamientos encadenados y que afectan a menos de los dos tercios de la longitud total del borde (entre el 70% y el 80% del total de las piezas con retoque en esta zona). Además, en más de la mitad de la población no se produce ningún tipo de transformación. La observación directa de la muestra de estudio hace pensar que la finalidad del retoque en este borde es crear un filo útil, regularizando su morfología y aumentando su capacidad de corte y, por tanto, de penetración. Por ello, la intensidad de transformación es menor y selectiva: solo se aplica en aquellas zonas que la necesitan. El predominio del retoque simple y simple-abrupto, de forma conjunta, sobre los abruptos refuerza esta hipótesis. La formación de un borde mediante retoques abruptos a partir de un soporte con un filo natural y por tanto de escasísimo grosor necesita de varias series de levantamientos que aquí no aparecen. Por otro lado, en las otras zonas de la pieza la presencia de este tipo de retoques, simple y simple-abrupto, está en la mayoría de las ocasiones asociado a una o dos series de levantamientos. Del estudio tecnológico y morfométrico de la punta de muesca mediterránea se desprende, en primer lugar, un gran aprovechamiento de las características que ofrece el soporte. Tanto aristas como extracciones delimitan su morfología y el grado de transformación. La presencia de filos naturales permite crear frentes activos con T. R, 54, n.M, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es muy poca elaboración. La longitud, anchura y espesor de las hojas y hojitas marcan perfectamente la distribución de los distintos elementos que conforman el proyectil. Cuando aparecen ejemplares que se apartan de los parámetros generales, la mayoría de las veces es debido a las ventajas intrínsecas que ofrecen determinados soportes y, en menor medida, para salvar sus carencias morfológicas que repercutirían negativamente en su rendimiento funcional. Las ventajas que presentan los soportes laminares, en relación a sus características tecnológicas, permite la existencia de una variación formal relativamente importante. Además, si bien la talla laminar implica una cierta estandarización en la producción, la fractura de los materiales quebradizos como el sflex genera una inevitable diversidad en el formato de los soportes. Sin embargo, esta variabilidad queda matizada por las asociaciones morfológicas con una preponderancia de siluetas rectilíneas, como queda reflejado en los subtipos establecidos. Un fenómeno similar se constata en los valores absolutos de las magnitudes del proyectil. Las dimensiones volumétricas de la punta de muesca son también de una gran variabilidad. Sin embargo, las proporciones que guardan los diferentes elementos entre sí mantienen una gran homogeneidad. La anchura de la muesca, en más del 67% de los casos, abarca entre el 25% y el 50% de la total. Estas magnitudes son, en líneas generales, similares al resto de los yacimientos del núcleo valenciano, exceptuando la relación entre la longitud y la anchura totales. Aquí, se produce una inversión de valores, siendo las puntas de muesca de Ambrosio mucho más estrechas. En el caso de Chaves, los proyectiles se alejan de las concepciones volumétricas de las puntas de muesca del ámbito mediterráneo peninsular. El desarrollo técnico y morfológico responde a la punta de muesca mediterránea, pero su tipometría está mucho más cercana de la punta de muesca solutrense de retoque plano de la cornisa cantábrica. El retoque mayoritariamente tendría como objetivo dar forma a la pieza y no crear un filo útil. Sólo el situado en el mismo lado de la muesca -selectivo y con un escaso grado e intensidad de transformación del soporte-se encaminaría a crear un filo activo, regularizando su morfología y aumentado su capacidad de corte y, por tanto, de penetración. Estas características del retoque, junto con las del soporte, posibilitan en gran medida la uniformidad tipométrica de la población. La homogeneidad que muestran las características técnicas del soporte y el aprovechamiento intensivo de sus ventajas intrínsecas, la proporción de las diferentes partes del proyectil y la repetición sistemática de las diferentes pautas que definen el retoque sugieren el desarrollo de un mismo esquema técnico para la fabricación de la punta de muesca mediterránea que tiene como base un solo patrón de trabajo. Es decir, se podría hablar de una producción con un alto grado de estandarización, teniendo siempre presente el marco cronológico en que estos procesos se desarrollan. Se fabrican proyectiles de diferentes tamaños para astiles de distintas medidas, pero que responden a un mismo paradigma. El siguiente paso será intentar averiguar si este esquema técnico responde a motivaciones culturales, funcionales o ambas. Por último, este estudio aporta datos para abordar algunas cuestiones funcionales. Tanto la anchura como el espesor del punto de enmangue coinciden la mayoría de las veces con los valores máximos del proyectil. Asimismo, el retoque busca dar la forma deseada a esta zona. Es decir, no parece haber un tratamiento especial que la diferencie del resto de la muesca. Por otro lado, las fracturas situadas de 3 a 5 mm. por encima de la muesca son muy frecuentes. Además, teniendo en cuenta la longitud de la misma, con una media aritmética de 8,55 mm., parece lógico pensar que la punta no quedaría embutida en el astil desde la muesca, sino unos milímetros después de la misma. Un enmangue inferior a un centímetro no es lo bastante sólido para asegurar una buena sujeción. La anchura total del proyectil, con una media aritmética de 7,9 mm. y unos valores que oscilan entre los 15 y los 2 mm., marcaría el límite del diámetro máximo que alcanzaría el astil. Este presentaría en su extremo distal un cajeado paralelo a su eje longitudinal donde se alojaría el proyectil. También, no hay que descartar una morfología cónica del extremo distal para adaptarse mejor a las dimensiones de la punta. La muesca permitiría la fijación de la punta al astil mediante fibras vegetales eliminando de esta zona durante la penetración cualquier tipo de ro- zamiento (Fig. 11). La presencia en el borde opuesto de un retoque abrupto con varias series de levantamientos crea una superficie rugosa que favorece su sujeción mediante elementos adhesivos. Esto permite que el proyectil quede fijado firmemente. Así, cuando la punta se encuentra con un objeto que le impide seguir penetrando, no puede retroceder sobre el astil, fracturándose al nivel del enmangue. Esto explicaría la alta frecuencia de fracturas a esta altura. Trabajos de Prehistoria es la revista de consulta imprescindible para todos aquellos interesados en conocer el estado de la cuestión sobre el rico patrinnonio arqueológico de la Prehistoria y Protohistorio de la Península Ibérica. Sus páginas reflejan tendencias punteras de su especialidad, por lo que figura en los nnós significativos repertorios bibliográficos nacionales e internacionales...^..
En el presente artículo se expone un estudio detallado de las ocupaciones mesolíticas y neolíticas de la Font del Ros (Berga, Barcelona), con el propósito de caracterizar las estrategias organizativas de los grupos cazadores-recolectores del VIII milenio en el contexto de los Pirineos orientales, así como aportar nuevos elementos para la comprensión del proceso de neolitización de los mismos a lo largo del VI milenio. Tradicionalmente esta zona se ha caracterizado por la escasez de yacimientos estratificados con niveles mesolíticos y neolíticos que aporten nuevos datos sobre los orígenes del Neolítico en el nordeste de Cataluña, así como por la dificultad que ha supuesto el encuadramiento cronocultural de los escasos conjuntos mesolíticos documentados, dentro de las secuencias clásicas establecidas para el sur de Francia y la zona mediterránea de la Península Ibérica. En los últimos años, gracias a diferentes proyectos llevados a cabo tanto en la vertiente pirenaica como subpirenaica se han excavado nuevos yacimientos, como la El escaso interés mostrado por los neolitistas catalanes para desarrollar modelos explicativos generales sobre los orígenes del Neolítico en el nordeste de Cataluña aparece ampliamente reflejado en la literatura arqueológica, donde esta problemática normalmente se ha abordado a partir de la creación de periodizaciones culturales, mediante estudios puramente tipológicos y descriptivos. Este fenómeno es comprensible si tenemos en cuenta que nos enfrentamos a una situación arqueológica compleja, ya que la distribución de los yacimientos epipaleolíticos, mesolíticos y neolíticos presenta ciertas lagunas geográficas y cronológicas que dificultan el estudio de este período, así como cualquier intento de establecer modelos de validez general a partir de un registro sesgado que no aporta suficientes datos de orden económico y social. Hasta la década de los setenta los primeros intentos para explicar los orígenes del Neolítico en Cataluña se caracterizan por seguir un enfoque marcadamente difusionista, fruto de la tradición de los primeros trabajos realizados por Bosch Gimpera y los seguidores de la Escuela de Barcelona {cf. Tarradell, 1962; Muñoz, 1965). Posteriormente, las nuevas líneas de investigación reci-ben la influencia de la escuela francesa y especialmente de Guilaine (1976), a partir de cuyo modelo temario se abre la vía de la teoría aculturacionista que, por su carácter integrador y ecléctico, ha sido ampliamente aceptada por la mayoría de los neolitistas catalanes (Miró y Bosch, 1990), a pesar de su constante objetivo de establecer faciès culturales y periodizaciones regionales. En las dos últimas décadas, sin embargo, bajo la influencia de los trabajos de la escuela paleoeconómica de Cambridge, se han propuesto distintos modelos explicativos que han cuestionado en parte los presupuestos del enfoque difusionista y la búsqueda de faciès tipológico-culturales, reclamando la necesidad de establecer modelos de comportamiento socio-económico. Estas aproximaciones teóricas contemplan procesos lentos de aculturación de las comunidades mesolíticas y/o desarrollos autóctonos que buscarán los cambios eñ las contradicciones internas de los cazadoresrecolectores {cf. Lewthwaite, 1986; Vicent, 1990; Miró y Bosch, 1990; Donahue, 1992). Desgraciadamente, el interés de estas propuestas se ha visto mermado porque no han conseguido superar la brecha existente entre los postulados teóricos y la realidad del registro arqueológico del nordeste peninsular. Ante el fracaso de las tesis de desarrollo y evolución autóctonas, y a partir del modelo de frente de avance propuesto por Ammerman y Cavalli-Sforza (1984) para explicar la expansión de los sistemas agrícolas, ha resurgido un renovado difusionismo, que en nuestro país tiene su máximo exponente en el Modelo Dual planteado por los neolitistas valencianos (c/ Bernabeu^ía/n, 1993). Si bien este modelo explicativo surgió inicialmente en el marco de la investigación del País Valenciano (Portea, 1973; Martí 1978Martí, 1992;;Portea etalii, 19S7\ Martí et alii, 1987; Juan-Cabanilles, 1992; Bernabeu y Martí, 1992; Bernabeu et alii, 1993), gracias a los intentos de sistematización de sus progenitores, poco a poco ha ido extendiendo su influencia hasta abrazar prácticamente todo el mediterráneo peninsular y erigirse como el modelo imperante entre los círculos neolitistas de nuestro país. Este modelo de neolitización plantea la existencia de dos tradiciones culturales diferenciadas; la constituida por los grupos cazadores-recolectores del Epipaleolítico final (Epipaleolítico geométrico tipo Cocina) y una cultura alóctona, representada por Or y Sarsa, con una economía plenamente neolítica, que sería la promotora de las transformaciones económicas y sociales de los grupos mesolíticos locales. Este modelo interpretativo, de marcado sesgo difusionista, ha sido acríticamente aceptado por la mayor parte de los círculos académicos y todos aquellos casos que no han encajado en estos esquemas han sido puestos en tela de juicio, aduciendo problemas de control estratigráfico en las excavaciones, equívocas determinaciones faunísticas, o errores en las dataciones radiocarbónicas. Sin embargo, en los últimos años, gracias a los diferentes proyectos de investigación emprendidos y al aumento considerable de yacimientos con secuencias estratigráficas que cubren amplios lapsos temporales, se han propuesto nuevos modelos de neolitización que demuestran cómo este proceso se produce de una forma no sincrónica y diferencial, en función del área geográfica, y al mismo tiemxpo ponen de manifiesto el peligro que supone elevar casos particulares y desarrollos locales a modelos universales. En este sentido cabe destacar el modelo planteado por Barandiarán y Cava (1992) para el Bajo Aragón, a partir de los yacimientos clásicos de Botiquería deis Moros, Chaves y Costalena, que propone una situación continua de cambio evolutivo del sustrato epipaleolítico. Este modelo se ha visto recientemente ampliado {cf. Cava, 1994) a partir de los nuevos datos que han deparado los trabajos realizados en la cuenca del Ebro, donde yacimientos excavados recientemente, como Forças II y Pontet (Mazo y Montes, 1992), en Aragón, o los abrigos de la Peña (Cava y Beguiristain 1991/1992) y Aizpea, en Navarra (Cava, 1994), pueden aportar nuevos datos para conocer la transición de las estrategias económicas cazadoras-recolectoras a las primeras formas productoras neolíticas. Esta transformación, por el momento, parece ser la culminación de un largo proceso evolutivo, en el que los nuevos elementos o actitudes se van adoptando de forma escalonada, diferencial y no sincrónica en las distintas áreas de la Cuenca del Ebro (Cava, 1994). Por lo que respecta a Cataluña y a los Pirineos Orientales, en los últimos años se han excavado nuevos yacimientos estratificados como Balma Margineda, en la vertiente pirenaica, o Font del Ros y Dourgne en los prepirineos, que junto con las recientes excavaciones de laDragay Plansallosa, han pasado a ampliar el registro correspondiente al Neolítico antiguo de Cataluña y el nordeste peninsular. El objetivo de esta investigación es ofrecer nuevos datos sobre las ocupaciones mesolíticas y neolíticas de la Font del Ros, encuadrándolas en el contexto de los Pirineos Orientales, donde parecen documentarse algunos patrones recurrentes en la ocupación del territorio y la gestión de los recursos. Los yacimientos de la Font del Ros y Dourgne se asientan en espacios pirenaicos, en las cabeceras de la red fluvial pirenaica-mediterránea, a alturas moderadas, entre los 600 y 700 m. sobre el nivel del mar, mientras que la Balma Margineda se ubica en el espacio pirenaico de la alta montaña, a 970 m. Las características orográficas de los lugares donde se producen estas ocupaciones favorecen la existencia en las inmediaciones de estos asentamientos de ecotonos ricos en una gran variedad de recursos animales y vegetales, como consecuencia del crecimiento de la biomasa animal y vegetal después del calentamiento postglaciar, que son frecuentados y explotados de forma intensiva. Dataciones radiocarbónicas BP de las ocupaciones mesolíticas y neolíticas de los principales yacimientos referenciados en el texto. El yacimiento de la Font del Ros se sitúa en el término municipal de Berga (Berguedà, Barcelona), a una altura de 650 m., en una zona de contacto entre dos unidades fisiográficas diferenciadas, las sierras prepirenaicas de relieves abruptos y los valles abiertos, de formas suaves de la Depresión central Catalana (Fig. 1). Se han documentado tres unidades arqueológicas, dos de las cuales se sitúan en tomo al VIII milenio (-SGA-SG-) y una neolítica (-N-), adscrita al VI milenio (Tab. 1), compuesta por un suelo de ocupación de 112 m^, y un conjunto de 45 fosas, que se distribuyen sobre una superficie de 1300 m^. En este artículo presentamos un estudio comparativo de ambas ocupaciones para establecer la variabilidad diacrónica de dichos conjuntos, a la vez que se comparan las estrategias socioeconómicas de estos grupos con las propuestas para los casos de Dourgne y Balma Margineda, en un intento de aportar nuevos datos sobre la transición de los cazadores-recolectores mesolíticos a los primeros grupos agropastoriles en el contexto geográfico de los Pirineos Orientales. ESTRATEGIAS ECONÓMICAS Y EXPLOTACIÓN DE LOS RECURSOS En las ocupaciones mesolíticas se han documentado las asociaciones faunísticas mixtas típicas de principios del Holoceno en la Europa Mediterránea: especies de biotopos forestales {Cervus elaphus y Sus scrofa), abiertos y escarpados (Caprapyrenaica), abiertos y llanos (Bos sp.), junto con algunos lagomorfos {Oryctolagus cuniculus) (MoïSiet alii, 1991). Este conjunto faunístico se corresponde con la reconstrucción del medio vegetal realizada a partir de los análisis palinológicos y antracológicos, que indican la presencia de una vegetación forestal de tipo supramediterráneo, correspondiente a un momento templado y húmedo, con un predominio de los taxones de Quercus y Corylus avellana, que demuestran la temprana extensión del roble durante el postglaciar (Jordá et alii, 1992). A partir de los análisis paleocarpológicos se ha determinado una gran diversidad de restos macrobotánicos carbonizados, que atestiguan la recolección de frutos silvestres como endrino {Prunus spinosa), manzana silvestre (Malus silvestris) y pera silvestre (Pyrus piraster), así como avellana (Corylus corylus), en la línea de otros yacimien-tos epipaleolíticos y mesolíticos de los Pirineos orientales como Sota Palou, Balma Guilanyà, Balma Margineda y Dourgne. En estos yacimientos, también se han documentado productos de la recolección de otras especies locales como bellotas (Quercus sp.) en el Roe del Migdia (Rodríguez e YU, 1995) o cornicabra (Pistacia terebinthus), zarza (Rubus caesius L.), zarzamora (Rubusfruticosus L.)y sanguiñuelo (Cornus sanguínea), entre otros, en la Balma Margineda (Guilaine et alii, ce fuertemente arraigada entre los grupos mesolíticos sino que perdura en las ocupaciones neolíticas de La Font del Ros, Dourgne y Margineda, lo que demuestra el mantenimiento de las redes de circulación de estos bienes de lujo o prestigio a lo largo del Neolítico Antiguo. En la ocupación neolítica de la Font del Ros, encontramos, sin embargo, algunos cambios en las estrategias de subsistencia, fruto de la incorporación de las plantas domesticadas, mientras que los productos de la recolección como Corylus avellana y Quercus sp., aparecen de una forma tan solo testimonial. Este fenómeno podría apuntar a una menor intensidad de las prácticas recolectoras en beneficio de unas prácticas agrícolas técnicamente implantadas. A pesar de ello, debemos señalar que la muestra paleocarpológica corresponde exclusivamente a las fosas, cuyas dataciones son algo más recientes que las obtenidas para el suelo de ocupación (Tab. 1), del que por el momento no disponemos de información paleocarpológica. La mayor parte de las semillas identificadas en el conjunto neolítico corresponden a cereales, de los que el Hordeum vulgare L. y el Triticum dicoccum Schrank son los mejor representados, documentándose de forma testimonial Triticum aestivum/durum y Triticum monococcum (Bordas et alii, 1996). También aparQccnPolygonum convolvulus y Chenopodium album, típicas malas hierbas asociadas a cultivos de verano. Un elemento significativo es que las especies mejor representadas cuantitativamente, Hordeum vulgare L. y Triticum dicoccum Schrank, presentan una distribución espacial diferencial, apareciendo de forma conjunta tan sólo en una de las estructuras (Fig. 2, E40). Estas pautas pueden indicar un cultivo y una manipulación diferencial de ambas especies de cereales, que no se corresponde con el modelo planteado por Hopf y Muñoz (1974) para la cueva de Or y Murciélagos, donde el hecho de que estos cereales aparezcan mezclados ha sido interpretado como un cultivo conjunto para disminuir los riesgos de malas cosechas (Martí et alii, 1991). Uno de los aspectos a remarcar dentro del conjunto de cereales es el predominio de la escanda (Triticum dicoccum Schrank), trigo vestido tetraploide, fácil de trillar, que por sus características fisiológicas ha sido considerado una especie de segundo orden en las primeras prácticas agrícolas del Mediterráneo occidental (Marinval, 1988; Buxó, 1991Buxó,, 1992)), en relación al Triticum aestivum/durum o trigo desnudo, de mayor rentabilidad, cuya presencia ha sido ampliamente documentada en el sur de Francia y el levante peninsular (Buxó, 1991(Buxó,, 1992;;Marinval, 1988; Juan, 1993; Guilaine etalii, 1995). Por el contrario, el predominio de la escanda y la cebada es más característico de los yacimientos del sur de Italia, donde pasan a un segundo orden los cereales hexaploides (Constantini, 1991). Los resultados de los análisis arqueobotánicos de la Font del Ros plantean, así mismo, una mayor significación del trigo vestido que del desnudo, probablemente como consecuencia de la mayor adaptación de los cereales vestidos a terrenos de rendimiento más dificultoso o zonas montañosas, tal y como ha apuntado recientemente R. Buxó (1991). Por otro lado, la escanda también aparece representada en los niveles del Neolítico antiguo de otros yacimientos peninsulares en contextos ecológicos muy diversos, como Cueva de los Murciélagos, Cendres, Or, Sarsa, Cova 120, Plansallosa, La Draga (Buxó, 1991) y Estrato 2 del Filador (Juan, 1993), al igual que en yacimientos del sur de Francia como Grotte de Chazelles, la Grotte de l'Aigle, Baume Fontbréguoua y Oullins (Marinval, 1988;1991). Aunque hasta el momento se había aceptado el binomio Hordeum vulgare/Triticum aestivum para los silos de Cova de rOr, en base al peso de cada una de las especies (Hopf, 1966), si tenemos en cuenta el número total de individuos, el Triticum dicoccum es la especie mejor representada, alcanzando un 48% en el silo más antiguo, al igual que ocurre en Murciélagos, donde su predominio es aún mayor para cronologías entre el 6200 y 6000 BP (Tab. Estos resultados contradicen el modelo planteado por Bernabeu y Martí {cf. Bernabeu y Martí, 1992), en el que se utiliza una categoría dotada Tabla 2. Representación de las diferentes especies de cereales documentadas en algunos yacimientos peninsulares. ( 1 ) En los casos con más de una datación radiocarbónica se ha escogido la datación más antigua y más moderna respectivamente. (3) Al no disponer de las frecuencias absolutas para Murciélagos, los porcentajes corresponden al peso de cada una de las especies, según los trabajos de M. Hopf y A. Muñoz (1974). ( 4) Según B.Agustí^ífl/n, 1987. de una escasa significación, como es el peso de cada especie y se comparan frecuencias relativas obtenidas sobre peso y sobre individuos de diferentes conjuntos paleocarpológicos (cf. Bernabeu etalii, 1993). Los escasos restos de cereales documentados en Balma Margineda, correspondientes al nivel C3a-f 1, con una datación radiocarbónica que sitúa esta fosa en torno al 6640±160 BP, apuntan a la presencia de unas prácticas agrícolas con anterioridad a las documentadas en los yacimientos clásicos del litoral mediterráneo peninsular. No obstante, ni la palinología ni la antracología del abrigo parecen testimoniar una actividad agrícola, lo que ha llevado a plantear que los cereales llegan al abrigo desde cultivos localizados por debajo del mismo, probablemente en el valle Valira (Guilaine ^í a///, 1995). La presencia de un conjunto de 45 fosas distribuidas en una superficie de 1300 m.^ (Fig. 2), para unas cronologías de Neolítico Antiguo, otorgan a la Font de Ros un papel singular, ya que es el único yacimiento del Noreste de la Península Ibérica donde se ha documentado un número tan importante de estructuras de almacenamiento para una cronología de la primera mitad del VI milenio, en las que los remontajes realizados apuntan hacia un relleno sincrónico de las mismas, a la vez que han permitido contrastar la contemporaneidad entre algunas fosas. Por otro lado, la caracterización de las estrategias ganaderas resulta de difícil verificación, debido a la escasa información que aportan los restos faunísticos, afectados por un proceso de conservación diferencial, que tan solo ha preservado pequeños fragmentos de diáfisis alterados térmicamente y piezas dentarias. El hecho de disponer de una información tan sesgada debe considerarse con precaución a la hora de establecer la base económica de estos grupos. Si bien en la Font del Ros no podemos determinar ni cuantificar la representación de especies salvajes y domésticas, en el contexto que nos ocupa ya han sido documentadas especies de ovicápridos en niveles con una tecnología mesolítica como el nivel 8 y 7 de la Grotte de Dourgne (Guilaine et alii, 1993), para los que tan sólo tenemos una datación del nivel más moderno (C7), considerado Mesolítico final (6850±100 BP), mientras que en Balma Margineda aparecen especies de ovicápridos domésticos en las mismas cronologías, pero adscritos al Neolítico antiguo (nivel 3/ 6850±150 BP). La presencia de especies domésticas en niveles mesolíticos también se ha documentado en otros yacimientos del sur de Francia y Cataluña. Si bien en los casos de Cova Fosca, Gramari o Chateauneuf-les-Martigues este fenómeno ha sido reconsiderado y puesto en tela de juicio por problemas estratigráficos o de determinación osteológica {cf. Poplin et alii, 1986), no podemos ignorar su recurrencia en Grotte Gazel (F6-Porche 5955±100 bc), Fontbrégoua (niveles 47 y 48 6700±100 BP, GIf-2990), Saint-Mitre (Poplin et alii, 1986), así como en el estrato 4 del Filador (Fullola et alii, 1987), a pesar de que en este ultimo caso no se dispone de dataciones radiocarbónicas que permitan encuadrar estos restos de forma fiable en la secuencia estratigráfica. Todos estos datos parecen apuntar que la oveja doméstica se encuentra en el Mediterráneo occidental con anterioridad a la aparición de la agricultura cerealística y por lo tanto, a los asentamientos con una completa economía neolítica, tal y como ha sido formulado por varios investigadores {cf. Geddes, 1985; Donahue, 1992). Cualesquiera que sean las circunstancias que explicarían la aparición de estas especies domésticas y sin negar su posible origen exógeno, en los Pirineos Orientales, se ha documentado que las veles mesolíticos y neolíticos de Dourgne, según el análisis faunístico de Geddes (Guilaine etalii, 1993). comunidades mesolíticas adaptaron la explotación de estos nuevos recursos animales a sus estrategias de subsistencia de una forma lenta y progresiva (Tab. La presencia de ovicápridos en los últimos niveles mesolíticos de Dourgne no altera, por lo tanto, la configuración global de la economía animal, ya que ésta conserva todavía un aspecto mesolítico, con un claro predominio de las especies salvajes sobre las domésticas. Tan sólo se observan ciertos cambios en las prácticas cinegéticas, ya que disminuye la caza de la Capra pyrenaica para orientarse progresivamente hacia el Sus scofra y los cérvidos, en relación a la instalación del bosque mesófilo de esta altitud (Guilaine et alii, 1993). Por lo que respecta al resto de yacimientos del Neolítico antiguo de Cataluña, el espectro faunístico demuestra un predominio de los animales domésticos (ovicápridos, bóvidos y suidos) en los yacimientos de Cova del Frare, Plansallosa y Cova 120, aunque las dataciones radiocarbónicas de estos sitios no se equiparan en antigüedad a las de Dourgne y Balma Margineda. Igualmente, sigue documentándose la caza de especies salvajes como el ciervo (Cova del Frare, Plansallosa), la cabra (Cova 120) o el corzo (Cova del Frare), que en su conjunto representan alrededor de un 20% del total de restos faunísticos, y demuestran el papel complementario de la caza en las economías de producción. Al mismo tiempo, en las ocupaciones del Neolítico antiguo de Balma Margineda continúan explotándose los recursos piscícolas (Guilaine et alii, 1995) y la recolección todavía juega un papel importante, ya que se siguen recogiendo avellanas y sanguiñuelo (Guilaine et alii, 1995), aunque parece disminuir la recolección de otras plantas introducidas en las ocupaciones mesolíticas, como las pistaceas. GESTIÓN DE LOS RECURSOS LÍTICOS Por lo que respecta a los estudios tecnológicos y tipológicos, en Cataluña todavía sigue en vigor el modelo planteado por Portea, Juan-Cabanilles, Martí y Bemabeu (cf. Juan-Cabanilles, 1984;1985,1992; Portea et alii, 1987), a partir de su estudio tipo-morfológico de los complejos líticos de los yacimientos paradigmáticos del País Valenciano. Estos investigadores plantean un cambio acelerado y, por lo tanto, una ruptura significativa entre las tradiciones del Epipaleolítico final (tipo Cocina) y el Neolítico antiguo Cardial, acorde con su modelo explicativo de neolitización dual. Entre los principales criterios esgrimidos para establecer la ruptura que suponen los complejos líticos neolíticos en relación al sustrato epipaleolítico, se encuentran los siguientes elementos extraídos del modelo Cocina-Or: • Uso del sflex de forma casi exclusiva como materia prima • Talla laminar como técnica prioritaria • Ausencia de la técnica del microburil y del buril • Precariedad o ausencia de los útiles de sustrato • Industria estereotipada que contrastaría con la diversidad tipológica anterior • Geometrismo dominado por un fuerte componente trapezoidal • Mayor presencia de perforadores y taladros Estos supuestos «elementos diagnósticos» del Neolítico «más puro», han sido ampliamente aceptados por la mayor parte de los neolitistas catalanes que, en lugar de buscar un modelo explicativo para dar respuesta a las peculiaridades del registro arqueológico del nordeste peninsular, han tratado de validar la recurrencia de los criterios tecno-tipológicos propuestos para los grupos neolíticos del País Valenciano, desvirtuando en gran parte el significado original de dicho modelo [URL]. En este sentido, los parámetros técnicos establecidos para Or han sido los elementos clave para determinar la presencia de los grupos neolíticos en Cataluña, en lugar de buscar las situaciones intermedias de aculturación o posibles modelos alternativos de evolución autóctona. Los escasos trabajos que abogan por un mayor peso de las tradiciones tecnológicas epipaleolíticas defienden una continuidad entre las industrias de Cocina, Botiquería y Costalena y las industrias postcardiales del IV milenio en Catalunya (Alonso Norte, Timba de Barenys), pero siguen sin resolver el problema, ya que aceptan, paradójicamente, la ruptura entre el Epipaleolítico y el Neolítico antiguo cardial (v. A pesar de que en los últimos años los estudios tipológicos se han visto progresivamente reemplazados por aproximaciones más dinámicas sobre los procesos de producción lítica, lo cierto es que el elemento clave para establecer la ruptura o continuidad entre el sustrato epipaleolítico y los primeros grupos neolíticos continúa siendo el índice de' geometrización (cf. Juan-Cabanilles, 1984;1985;1992; Portea et alii, 1987; Miró, 1995). Se ha hecho especial hincapié en la disminución del número de triángulos y segmentos, así como en el aumento de las formas trapezoidales y los retoques abruptos en los niveles del Neolítico antiguo cardial La búsqueda constante de estos tipos ideales, discretos y estáticos con el objeto de establecer filiaciones culturales en base a su variabilidad mor-1985), Roe del Migdia (Rodríguez e Yll, 1991, 1995), Balma Guilanyà (nivel C) (Terradas et alii, 1993), Grotte de Dourgne (niveles 10-9) (Guilaine et alii, 1993), Balma Margineda (nivel 4) (Guilaine et alii, 1995), Grotte des Adoutx (Barbaza, 1986) o Roc d'en Bertrán (Guilaine et alii, 1993) se ha documentado una explotación mayoritaria de materias primas locales, procedentes de los depósitos secundarios de las terrazas de ríos y arroyos que discurren próximos a los asentamientos. Entre la gran variabilidad de litologías introducidas y procesadas destacan los cuarzos filonianos, las rocas silíceas, radiolaritas, las calizas y las cuarcitas (Tab. Las propiedades físicas de estos materiales así como el tamaño, la forma y la calidad de los cantos imponen ciertas restricciones en la producción de soportes. En general se trata de materias primas de escasa aptitud para la talla, ya que la mayor parte de ellas presentan fracturas granulares. Los cuarzos criptocristalinos o filonianos se presentan en forma de cantos irregulares con numerosas fisuras y planos de debilidad interna, que dan lugar a fragmentos de morfologías informes. Los nodulos de sílex, por lo general de reducido tamaño y fuertemente diaclasados, proporcionan igualmente soportes irregulares (Terradas, 1995b). Por lo que se refiere al aprovisionamiento de materias primas, en la Font del Ros nos encontramos ante unas estrategias expeditivas que reducen los costes asociados a la extracción y transporte de las mismas, así como el tiempo invertido en la manufactura y reparación de los útiles. Estas estrategias en la gestión de los recursos líticos pue- den entenderse por la proximidad de las fuentes de suministro y el subsecuente bajo coste de extracción. Puesto que la materia prima ha sido introducida en forma de nodulos no modificados, todo el procesado se lleva a cabo en el mismo asentamiento, lo que genera un gran volumen de restos de talla y elementos corticales, tal y como ha sido documentado en otros yacimientos de la zona, como Sota Palou, Roe del Migdia y Balma Guilanyà. En cuanto al Neolítico antiguo, en líneas generales se observa una continuidad en lo que se refiere a la gestión de los recursos líticos. Se siguen utilizando rocas de procedencia local de escasa calidad y las materias más representadas continúan siendo el sflex y el cuarzo (Tab. Tan solo se observa una ligera disminución de otras rocas como las calizas, que aunque todavía son explotadas, presentan unos efectivos inferiores a los de las ocupaciones mesolíticas. Por lo que respecta a los sistemas técnicos de explotación y extracción de soportes, en los niveles mesolíticos, la configuración de los núcleos es mínima, ya que han sido aprovechadas determinadas morfologías que presentan los bloques en estado natural. En cuanto a la explotación de los mismos, en general se observa un limitado grado de preparación de plataformas y superficies, aprovechándose planos de fractura natural y superficies corticales. Después de obtener un número escaso de soportes los núcleos son abandonados cuando todavía conservan parte de su superficie sin transformar. Este fenómeno explicaría asimismo el alto porcentaje de lascas corticales documentado. Aunque estos sistemas de explotación proporcionan un escaso número de soportes en relación a la gran cantidad de material introducida en el asentamiento, a pesar de ello creemos que es posible hablar de un bajo coste de producción (Terradas, 1995b) acorde con unas estrategias tecnológicas expeditivas, favorecidas por la gran accesibilidad de materias primas locales. Los sistemas técnicos de explotación documentados (Tab. 5) se pueden dividir en 4 grandes grupos: (a) unipolarizados, en los que a partir de un único plano de interacción se lleva a cabo una configuración cónica o cilindrica, (b) bipolarizado paralelo, cuando a partir de dos planos de interacción opuestos se desarrolla una configuración cilindrica y (c) bipolarizado ortogonal en el caso en que los planos se sitúan perpendicularmente. La explotación centrípeta así como los sistemas multipolarizados, aunque también se documentan, presentan escasos efectivos. Dentro del primer (a) y segundo grupo (b) se documenta la talla microlaminar. Al mismo tiempo se observa una adecuación de los sistemas de explotación a la naturaleza de las materias primas seleccionadas, reservándose los cantos de mejor calidad, para llevar a cabo sistemas de explotación más complejos y productivos. En este sentido, las técnicas de explotación microlaminar se documentan principalmente sobre cantos de sílex. Las laminas y laminillas presentan secciones estrechas y morfologías irregulares, por lo que no parecen haber sido objeto de una producción sistemática. De la misma forma también se constata un mayor grado de aprovechamiento de los núcleos sobre rocas silíceas que son, por lo tanto, los que presentan un menor grado de superficies corticales. Estas estrategias continúan documentándose en la ocupación adscrita al Neolítico antiguo, donde el sflex se asocia con la técnica unipolarizada laminar que, sin embargo, no constituye todavía la técnica prioritaria, mientras que el cuarzo se asimila a los grupos más sencillos, es decir, al tipo de explotación unipolarizada no laminar. Se aprecia un ligero cambio en los patrones tipométricos de los soportes laminares, que se alargan y regularizan, fruto de la talla por presión, aunque continúan perdurando las láminas estrechas e irregulares, obtenidas por percusión, con escasa preparación de plataformas y superficies de talla, que mantienen la tradición de los grupos mesolíticos precedentes. Por lo que se refiere a las técnicas de formatización de los soportes, en los niveles mesolíticos las piezas retocadas representan un porcentaje muy bajo (2-3%), en relación al total del material tallado. Se documenta, igualmente una selección preferencial del sflex y unas técnicas de adecuación sencillas, relacionadas con el mantenimiento de la operatividad de los filos, en función de las necesidades de tareas inmediatas. Los grupos tipológicos más comunes son los denticulados, muescas, raederas y écaillés (Tab. Estos instrumentos poco estandarizados responden a una decisión estratégica para reducir el esfuerzo invertido en la producción y el mantenimiento del conjunto lítico. Entre las piezas microlíticas, representadas tan sólo de forma testimonial, cabe destacar 2 micropuntas hiperpigmeas y 2 microraspadores. Este tipo de industria, que a menudo ha sido clasificada de «grosera» «arcaica» o «atípica», aparece también en otros yacimientos de la zona, como Sota Palou, Roe del Migdia, Balma Guilanyà. Apesar de que el conjunto lítico del nivel 10 de Dourgne ha tratado de adscri- birse al Sauveterriense por la presencia de una única punta de Sauveterre, un triángulo escaleno pigmeo y dos micropuntas pigmeas (Guilaine et alii, 1993), los trabajos más recientes alinean el límite meridional del Sauveterriense francés sobre los Pirineos, excluyendo los niveles mesolíticos de Margineda y Dourgne (Valdeyron, 1994). La ausencia de geométricos que permitan inscribir estos conjuntos en alguna de las faciès establecidas para el levante peninsular o el sur de Francia, ha llevado a caracterizar a estos sitios como una faciès de «circunstancia» o «fortuna» (Barbaza 1986), una mera adaptación a las condiciones locales de accesibilidad y características de las materias primas (García-Arguelles etalii, 1992; Terradas, 1995b; Bosch, 1991; Guilaine et alii, 1993), o incluso como un «arcaísmo que hace pensar en una situación de crisis» (Guilaine et alii, 1995). Tal y como hemos planteado en trabajos anteriores, a nuestro juicio es excesivamente reduccionista considerar las estrategias organizativas como el resultado adaptativo ante cuestiones única y exclusivamente geológicas. Los parámetros locales, como la calidad y la cantidad de materias asequibles pueden imponer algunas restricciones tecnológicas como se ha apuntado anteriormente. sin embargo, no son suficientes para explicar la organización de los procesos de producción lítica, ya que éstos no pueden desvincularse de las estrategias de organización socio-económica generales. El problema se encuentra, a nuestro juicio, en la tendencia a postular un sólo factor explicativo, ya sea tipológico o geológico olvidando que las industrias líticas, su variación y sus transformaciones resultan de la compleja interacción de múltiples factores que han sido ampliamente reconocidos en la literatura arqueológica, como las tradiciones técnicas del grupo, el tipo de actividades realizadas en el asentamiento, los patrones de movilidad, la duración e intensidad de la ocupación, la limitación de la materia prima y todas las dificultades organizativas impuestas por sistemas particulares de asentamiento y movilidad, que conforman el proceso productivo. Las tecnologías expeditivas documentadas en estos asentamientos parecen cubrir satisfactoriamente las necesidades de unas estrategias económicas diversificadas que hacen uso de la amplia gama de recursos vegetales y faunísticos existentes en los valles y montañas próximos a los asentamientos. La utilización de materias primas de escasa calidad no ha significado un obstáculo para la producción de piezas geométricas en Balma Margineda y Dourgne, o algunas puntas hiperpigmeas en la Font del Ros. La ausencia de geométricos en la Font del Ros o su disminución en el nivel C4 de Balma Margineda no puede explicarse, por lo tanto, en base a la geología de la zona, sino al hecho que decrece la necesidad de estos útiles formalizados, en función de las actividades realizadas en el asentamiento. Por lo que respecta a la ocupación neolítica de la Font del Ros, a diferencia de las hipótesis planteadas en cuanto a la precariedad o ausencia de los útiles de sustrato en el Neolítico antiguo, encontramos una buena representación de las piezas retocadas sobre lasca poco formalizadas (52,17%), repartidas principalmente entre raederas, denticulados, raspadores y écaillés, como resultado del mantenimiento de las estrategias expeditivas documentadas en los niveles mesolíticos. Las piezas retocadas sobre lámina, representan a su vez el 47,82% del total. El único cambio respecto a los niveles precedentes viene marcado por la aparición de las piezas geométricas, aunque éstas presentan un porcentaje muy bajo sobre el total de la industria (8,6%) y se reparten de forma proporcional entre trapecios y triángulos (Fig. 4). Aunque en los últimos años algunos investigadores han aceptado la continuidad en la explotación de las materias primas entre las industrias mesolíticas de Sota Palou, Font del Ros o Roe del Migdia en relación a las industrias líticas del Neolítico cardial {cf. Bosch, 1991), se ha defendido, sin embargo, una ruptura tipológica y tecnológica muy marcada entre el complejo lítico del Neolítico antiguo y el sustrato epipaleolítico en el área de Cataluña (c/;Bosch 1991; Baldellou, 1992; Bosch et alii, 1991). Los datos que aporta el estudio tecnológico de las ocupaciones de la Font del Ros, nos llevan, sin embargo, a defender la continuidad entre ambos conjuntos, ya que las estrategias de adquisición y de explotación de las materias primas son estables a lo largo de las tres ocupaciones (SGA-SG-N) y la concepción de los sistemas de talla no parece mostrar diferencias significativas. Este mismo modelo se repite en el contexto de los Pirineos Orientales en yacimientos como Balma Margineda o Dourgne, donde Guilaine (1993) plantea una clara continuidad entre los niveles C7 y C6 en cuanto a la explotación de materias primas, la perduración de un modelo de láminas estrechas y la continuación de útiles de sustrato en relación al fondo local, que tan sólo se vería afectada por la evolución morfológica de las armaduras. La introducción de nuevas actividades económicas no se traduce, por lo tanto, en cambios importantes en las estrategias de gestión de los recursos líticos. Parece ser, pues, que los parámetros técnicos de las tradiciones líticas mesolíticas no son abandonados a lo largo del Neolítico antiguo, al menos en el contexto de los Pirineos Orientales, a pesar de que se observan ciertas variaciones en la representación de determitados grupos y se incorporan nuevos elementos de forma gradual, como los geométricos, como consecuencia de la lenta transformación de los grupos mesolíticos autóctonos. La continuidad entre los parámetros tecnológicos del sustrato Epipaleolítico/Mesolítico y el Neolítico antiguo no es, sin embargo, un fenómeno extraño de los yacimientos estudiados, sino que se ha documentado igualmente en otras zonas peninsulares, como en Cova Fosca (Olaria, 1988) o la cueva de Nerja, con un neolítico microlaminar de fuerte tradición epipaleolítica (Pellicer, 1987). En el sur de Francia también se ha apuntado el mismo fenómeno en yacimientos como Grotte Gazel, donde la introducción de la cerámica no altera en absoluto la continuidad en la explotación de materias primas o las técnicas de talla de los niveles epipaleolíticos (Guilaine et alii, 1993). Al mismo tiempo Barandiarán y Cava (1985) también han propuesto unos procesos de evolución lentos y de difícil percepción para explicar la neolitización en el Bajo Aragón. En la cuenca del Ebro se han documentado toda una serie de niveles contemporáneos a las ocupaciones mesolíticas de la Font del Ros que presentan, infrapuestos a los niveles con geométricos, ocupaciones con colecciones industriales semejantes, compuestas fundamentalmente por piezas no microlíticas y abundantes denticulados (Cava, 1994). En Kanpanoste, de cronología neolítica y en Kanpanoste Goikoa parece ser que este tecnología se prolonga en el tiempo, para dataciones de 7700 BP (Cava, 1994), al igual que ocurre en el Roe del Migdia, donde la unidad II, carente de geométricos, tiene una datación situada en torno al 7280±370 BP {cf. Rodríguez eYU, 1995). La aparición de forma recurrente en el tiempo y el espacio de yacimientos donde se documentan unas estrategias tecnológicas expeditivas, asociadas a una economía diversificada, a lo largo del VIII-VII milenio, debe llevarnos a reconsiderar la importancia de estos conjuntos, considerados atípleos en su día, para entender las claves del proceso de neolitización en el nordeste peninsular. A pesar de la relevante importancia que adquiere la cerámica para este período, el tratamiento que se le ha dado en nuestro país raramente ha conseguido superar un enfoque puramente descriptivo y tipológico. Los pocos estudios tecnológicos no van más allá de la descripción de las técnicas de manufactura y en muy pocas ocasiones se analizan las relaciones sociales inmersas en estos procesos de trabajo. Posiblemente, uno de los factores que contribuye a este tipo de aproximaciones es el mal estado de conservación y el elevado grado de fracturación del registro cerámico, tal y como ocurre en La Font del Ros, Balma Margineda o Dourgne, lo que dificulta conocer las dimensiones de los vasos y su morfología. En cuanto a las características generales de la tecnología cerámica de la Font del Ros podemos remarcar que la cocción dominante es la oxidante, y que para su confección ha sido utilizado un desgrasante de procedencia granítica, de tamaño pequeño e irregular. El espesor de los fragmentos apunta hacia vasos pequeños y medianos, aunque también se han documentado algunos fragmentos informes de vasos de mayor tamaño. En cuanto al acabado de las superficies, en algunos casos se ha podido determinar algún proceso de alisado o pulido (Bordas et alii, 1996). Estas características indican unas técnicas de manufactura cerámica poco especializadas. Las dataciones radiocarbónicas sitúan el conjunto cerámico (Fig. 5) en tomo a la primera mitad del VI milenio, dentro del mismo marco cronológico en el que se encuadran otros yacimientos de Cataluña como la Cova del Parco (Martín, 1992; Bartrolí et alii, 1994), Cova del Frare (Martín et alii, 1985; Martín, 1992), La Draga (Tarrús et alii, 1993; MoHst et alii, 1996) o La Cova del Vidre (Bosch, 1993). Por lo que se refiere a la zona pirenaica, los yacimientos de Dourgne y Balma Margineda muestran secuencias cronológicas que se encabalgan a las de la Font del Ros (Fig. 6). El conjunto cerámico de la capa 3 de Balma Margineda, adscrito al mundo cardial (Guilaine et alii, 1995), presenta grandes similitudes a nivel tecnológico y decorativo con el registro de la Font del Ros, aunque en ambos casos la impresión cardial no constituye el elemento decorativo predominante. En cambio, la total ausencia de decoración cardial ha llevado a emplazar los conjuntos cerámicos de los niveles 5 y 6 de Dourgne en el epicardial y pericardial respectivamente (Guilaine et alii, 1993), equipa- rando esta última ocupación con el nivel 2 del yacimiento de Jean Cros. La cerámica cardial ha sido constantemente utilizada como fósil director para establecer periodizaciones culturales, y los casos que no se ajustan a este paradigma han sido sistemáticamente criticados desde algunos círculos académicos, como el sitio de Cova Fosca {cf. Olaria y Gusi, 1996). Sin embargo, cada día son más los yacimientos del Neolítico antiguo donde no aparece dicho motivo decorativo o su presencia es escasa. La zona de Andalucía es posiblemente uno de los ejes de esta problemática, con yacimientos como La Dehesilla, cueva Chica de Santiago, cueva de Nerja, cueva del Parralejo o Verdelpino (Olaria y Gusi, 1996; Portea y Martí, 1984-85), cuyas dataciones son mucho más antiguas que las del litoral levantino y por este motivo, han sido consideradas con recelo en las periodizaciones regionales {cf. Portea y Martí, 1984-85). A pesar de ello, recientes excavaciones en la zona de Andalucía ponen de relieve la ausencia de un predominio claro de esta técnica decorativa incluso en aquellos yacimientos adscritos al paradigma cardial {cf. Gnticnéz et alii, 1996). Situaciones similares también se ha documentado en el Midi francés, donde yacimientos como La Poujade, Roquemissou o Camprafaud, con niveles de cerámica lisa, presentan dataciones anteriores a la aparición de la decoración cardial en las zonas del litoral (Amal, 1989). Ante esta situación Amal (1989) plantea la posibilidad de establecer dos corrientes de neolitización: una paramediterránea, más antigua, con ausencia de decoración cardial, que se situaría en las zonas de relieve montañoso de la fachada mediterránea, y otra en la zona litoral, caracterizada por la presencia de decoración cardial. En nuestra área de estudio, las ocupaciones neolíticas de la Pont del Ros y Balma Margineda no se corresponden con dicho modelo, ya que a pesar de ubicarse en una zona interior, presentan motivos decorativos cardiales y unas dataciones radiocarbónicas que superan en antigüedad a los sitios próximos al litoral como la cova del Prare, en el que tampoco predomina esta técnica decorativa (Martín ^ía//¿, 1985, Martín, 1992). Por otro lado, los diferentes intentos realizados para encuadrar cronológicamente el Neolítico cardial y epicardial a partir de dataciones calibradas (v. Bosch, 1991; Miró, 1994) han demostrado cómo ambas faciès muestran problemas de encabalgamiento cronológico, que no han sido resuel-tos de forma satisfactoria. Todos estos ejemplos ponen en entredicho la utilización sistemática de la decoración cardial como fósil director que nos permita definir una secuencia temporal relativa. En todos los yacimientos considerados la cerámica cardial siempre se encuentra acompañada de otros tipos decorativos como las cerámicas impresas, incisas, lisas y, por tanto, no puede ser considerada como un elemento clave para diagnosticar una faciès crono-cultural, aún más cuando se documenta su presencia a lo largo de dos milenios (VI-IV). De esta forma, si comparamos los porcentajes de las técnicas decorativas de Pont del Ros, con Chaves y Or (Tab. 7), casos paradigmáticos de la implantación de la decoración cardial, observamos que en todos los niveles se hallan representadas la totalidad de las técnicas decorativas y que los motivos cardiales, a excepción de Or III, II, no sobresalen significativamente del resto del conjunto. Este aspecto en primera instancia debería apoyar la tesis de una implantación anterior y mayor de la decoración cardial en la zona litoral, tan defendida por los neolitistas, pero las dataciones radiocarbónicas (Tab. 1) otorgan cierta contemporaneidad a estos tres yacimientos. Todos estos datos deberían obligamos a asumir que existe cierta variabilidad de las respuestas estilísticas en la decoración cerámica para este momento y que, por lo tanto, el mayor o menor porcentaje de un tipo no puede ser indicativo de un cambio de faciès cultural, sino que deberemos explicar su presencia/ausencia en base a otros elementos como un posible valor social, tal y como algunos autores han apuntado {cf. Vicent, 1990; Lewthwaite, 1986), o en todo caso replanteamos que entendemos por "faciès cultural". En los yacimientos de los Pirineos Orientales, objeto del presente estudio, el proceso de neolitización se produce de una forma lenta y escalonada. Tal como hemos expuesto hasta aquí, durante el Neolítico antiguo se mantienen las tradiciones mesolíticas en la gestión de los recursos líticos y los patrones de asentamiento, a las cuales se van incorporando diferentes influencias y se insertan de forma progresiva nuevos elementos como los ovicápridos en Balma Margineda y los cereales en la Font del Ros. Aunque se ha aceptado que estas especies fueron domesticadas en el Próximo Oriente, ya que en el Mediterráneo occidental no se han documentado, por el momento, sus agriotipos silvestres, su introducción no se produce homogéneamente a lo largo del territorio peninsular, sino de forma escalonada y diferencial, en función de los procesos internos de transformación y capacidad selectiva de los grupos mesolíticos receptores, que valorarán la eficacia y los beneficios de los diferentes elementos productivos. A pesar de la introducción de los elementos agro-pastoriles foráneos, las estrategias de subsistencia durante el Neolítico antiguo continúan siendo diversificadas, como resultado del mantenimiento de las tradiciones mesolíticas. En estos momentos la caza, la recolección de frutos silvestres y la pesca, conservan un papel significativo en la base subsistencial de estos grupos. Tal y como se ha apuntado reiteradamente en la literatura arqueológica, es precisamente esa tendencia a diversificar los recursos explotados lo que favorece los procesos de experimentación y apertura a nuevas ideas. Parece ser, por lo tanto, que la aparición de la cerámica o de la especies domésticas no produce cambios realmente importantes en las formas de vida de los grupos cazadores-recolectores, como los patrones de asentamiento o las estrategias de gestión de los recursos líticos. A pesar de que el registro arqueológico en Cataluña para estas cronologías presenta vacíos significativos que dificultan la elaboración de modelos sobre los patrones de asentamiento, en el área geográfica objeto de estudio la presencia de yacimientos estratificados como Dourgne, Balma Margineda o La Font del Ros, demuestran una tradición arraigada en la explotación de determinados territorios y una frecuentación de los mismos abrigos, y espacios, que nos llevan a defender la continuidad en los patro-nes de asentamiento entre los cazadores recolectores del Boreal y los primeros grupos agropastoriles de los Pirineos Orientales. Por lo que respecta a los yacimientos del Neolítico antiguo que no disponen de un sustrato mesolítico, como Cova del Erare, Guixeres de Vilobí, Plansallosa, Pía de la Bruguera o Turó de Can Bellsolà, sus dataciones radiocarbónicas son más recientes que las de Dourgne o Balma Margineda y, por lo tanto, no se puede sostener la hipótesis que defiende una mayor antigüedad para las ocupaciones litorales de Cataluña. Al mismo tiempo, las evidencias arqueológicas documentadas no permiten contrastar el modelo de territorialidad dual (c/. Juan-Cabanilles, 1992), que defiende una dicotomía entre las zonas ocupadas por agricultores-pastores por un lado, y zonas ocupadas por cazadores, por otro. Los yacimientos mesolíticos y neolíticos peninsulares han demostrado que la realidad arqueológica es mucho mas compleja que el modelo Dual planteado para el País Valenciano y apuntan el peligro que supone elevar casos particulares de ámbito regional a modelos universales. Durante el VII y VI milenio se documentan ocupaciones que presentan un amplio abanico de posibilidades socio-económicas, desde grupos que mantienen una economía de cazadores-recolectores e incorporan la tecnología cerámica y/o algunas especies animales domésticas, a asentamientos con plenas economías agrícolas y tradiciones tecnológicas epipaleolíticas, o yacimientos del Neolítico antiguo con conjuntos cerámicos no cardiales. No se puede establecer, por lo tanto, un modelo sobre los orígenes del Neolítico en base a la presencia o ausencia de elementos puntuales del registro arqueológico, como un tipo decorativo cerámico o una especie faunística concreta, sino que debe tenerse en cuenta el conjunto de las estrategias de producción en las cuales se insertan dichos elementos {cf. Vicent, 1990). Al definir una transición en el modo de producción la pregunta adecuada no es cuando se documenta por primera vez un cambio dado, sino cuándo y en que medida llega a producir una diferencia, es decir, «un cambio en el modo de producción es importante operacionalmente sólo a partir de la diferencia en magnitud que acarrea» (Price, 1985). Por otro lado, la adopción de una economía de producción no se realiza de forma global y uniforme en todas las áreas geográficas, sino que es un conjunto de mecanismos complejos que se imbrican de forma diversa y que tiene lugar de una for- ma graduai y selectiva, según las regiones consideradas. Sin negar la validez del Modelo Dual para explicar un contexto arqueológico particular, debemos aceptar la manifestación diferencial del fenómeno neolítico en diferentes zonas de la Europa Mediterránea Occidental. En este sentido, cada día son más las evidencias arqueológicas que aportan nuevos datos en pro del papel activo de los grupos cazadores-recolectores, en la adquisición de los sistemas productivos agro-pastoriles. Modelos de neolitización progresiva han sido propuestos también para otras áreas peninsulares como el Bajo Aragón (Barandiarán y Cava, 1992), así como para el Macizo central francés (Auvergne, Velay y Limousin) (Philibert, 1986), el sur de Portugal (Tavares da Silva y Soares, 1987), Franchti, en Grecia (Jacobsen, 1981) o la Italia Meridional y Sicilia (Tusa, 1991). Todos estos datos parecen demostrar que en algunas zonas no son tantas las diferencias que el modelo difusionista se ha empeñado en establecer entre el Mesolítico y el Neolítico antiguo, tal y como ha defendido reiteradamente Philibert (1986), para quien ambos momentos corresponderían a una misma realidad. Los cambios importantes del proceso de neolitización parecen haberse producido, sin embargo, en el Neolítico medio {cf. Philibert, 1986; Vicent, 1990; Schuhmachery Weniger, 1995), cuando convergen todos los factores técnicos, económicos y sociales relativos a la plena neolitización. El estudio de los materiales de las ocupaciones mesolíticas se ha podido realizar gracias a la ayuda económica de una beca FI de la Generalitat de Catalunya, concedida a la primera autora, para la realización de una tesis doctoral, durante el período 1992-1995. Los trabajos de campo, analíticas y dataciones absolutas se han realizado con la ayuda económica del Servei d'Arqueología de la Generalitat de Catalunya.
Se define la Antracología aplicada a la Arqueología exponiendo detalladamente todas las etapas que constituyen su metodología de estudio. Desde la recogida de carbones en el yacimiento hasta la interpretación de los resultados en el laboratorio, esta disciplina ha revelado las múltiples implicaciones en áreas diversas de las Ciencias de la Tierra (Paleoecología) y de las Ciencias Históricas (Economía y Etnología prehistóricas). búsqueda constante de combustible para alimentar sus fuegos cotidianos. Estas relaciones se traducen en una serie de trayectos hacia formaciones vegetales diversas para las recogidas de leña. La dirección de estos trayectos dependerá tanto de la abundancia, disponibilidad e inmediatez de estos recursos, como del sistema económico practicado por cada sociedad en todo momento. La selección de la madera estará siempre condicionada por estos factores (Uzquiano, 1992a). En el presente trabajo se presenta la metodología de estudio de esta disciplina aplicada a la Arqueología. Los datos obtenidos dentro de este ámbito han permitido conocer la historia de la vegetación, del clima y de las relaciones hombremedio. LA MADERA OBJETO DE ESTUDIO La madera que el hombre trae al yacimiento puede agruparse en dos categorías funcionales: combustible y de manufactura para la construcción, la talla de objetos artesanales, etc. La primera facilita información de carácter paleoecológico; la segunda, de carácter paleoetnológico o etnobotánico (Vemet, 1992; Marguerie, 1992). De todas las categorías, la madera combustible es la que posee una mejor connotación ecológica de cara a la reconstrucción de los paleo-paisajes (Vemet, 1992a) y es este el punto de partida de todos los trabajos de síntesis antracológica realizados por la Escuela de Montpellier (Vemet, 1992b). A través de la identificación botánica de especies leñosas (árboles y arbustos) y teniendo en cuenta su ecología, se obtiene la reconstrucción del paisaje vegetal que caracterizaba el entorno de los habitats humanos. De este modo podrá trazarse la evolución y variaciones que las formaciones han ido sufriendo a lo largo de los períodos de la Prehistoria, como consecuencia tanto de las fluctuaciones climáticas (Paleolítico y Epipaleolítico) como de la presión del hombre sobre el medio desde el Neolítico en adelante (Thiébault and Vemet, 1987; Heinz, 1990Heinz,, 1991;;Vemet, 1991). Todas las maderas en general pueden ser utilizadas como leña, aunque según sus características (porosidad, densidad, etc.), su calidad como combustible es variable. Esta simple constatación nos está indicando que también la leña es objeto de selección por parte del hombre (Uzquiano, 1992a, b). Las diversas categorías de la madera nos ofrecen una información diferente que no hay que prejuzgar. Un buen conocimiento de sus propiedades y cualidades favorecerá las interpretaciones antracológicas. Los estudios etnológicos así como aquéllos procedentes de la economía prehistórica son necesarios para un mejor desarrollo de la Antracología. Sin embargo, no siempre encontramos con facilidad la información adecuada para cada análisis antracológico debido a que aquélla se halla dispersa, no publicada, o no goza de una buena difusión. El contexto arqueológico nos proporciona una información inmediata que nos ayudará a comprender la significación de la mayor o menor variabilidad de los espectros antracológicos (Uzquiano, 1992a). El hombre es el principal protagonista de las actividades que suponen la realización de fuegos diversos y de una serie de recogidas de leña en tomo a los yacimientos habitados. Los fuegos, las recogidas de leña y los trayectos recorridos para tal fin introducen un «filtro cultural» que condicionará siempre el espectro antracológico resultante a la vez que ponen de manifiesto la relación directa que el hombre ha mantenido con el medio. La metodología de estudio se divide en dos fases. La primera tiene lugar en el yacimiento, donde los carbones son recogidos en el curso de las campañas de excavación. La segunda, se desarrolla en el laboratorio y consiste en la determinación anatómica de las muestras antracológicas y en el tratamiento de datos e interpretación de los mismos. La recogida de carbones tiene que ser lo más completa posible con el fin de obtener buenos resultados tanto a nivel cuantitativo como cualitativo. Existen varias técnicas de recuperación de to- Hogares « recogida apañe, en general. pocas especies. A. Recogida sedimentos r ^^ Recogida de carbones por cribado de honres (B) y sedimentos (A). dos los restos orgánicos que pueden ser encontrados en un yacimiento. La conservación de carbones en el sedimento varía de una zona a otra. Los yacimientos situados en la región mediterránea occidental han ofrecido siempre bastantes restos ya que los carbones suelen ser fácilmente reconocibles a simple vista si bien éstos se recogen siguiendo un muestreo sistemático del nivel arqueológico mediante el cribado del sedimento en seco (Chabal, 1982). Sin embargo, las zonas húmedas de la Región Eurosiberiana, sometidas a regímenes de tipo oceánico, no ofrecen posibilidades tan óptimas para la conservación de los restos (Uzquiano, 1992a). Estos no suelen ser fácilmente visibles por ser más pequeños y, en el caso de las cuevas cantábricas, se encuentran impregnados de arcilla resultando muy delicada su extracción. Estos factores limitan la abundancia de muestras antracológicas, por lo que la recuperación debe seguir un protocolo mucho más exhaustivo. A. Técnicas de recogida Los carbones visibles se recogen con la mano y van depositándose en una bolsa o similar debidamente etiquetada. Pero la gran mayoría de los carbones suele ser de pequeño tamaño y buena parte de ellos pasaría desapercibida si no se emplearan técnicas de cribado y de flotación de manera sistemática para todo el sedimento (Fig. 1). Nuestra experiencia en el terreno aconseja que desde el inicio de la excavación se integren estas dos modalidades de recuperación ya que, de lo contrario, un buen número de otros restos orgánicos pasarían desapercibidos (semillas, microfauna, insectos, etc.). La recuperación de carbones por flotación manual es bien simple. El sedimento se introduce en una cubeta llena de agua donde se vierte calgón para disolver los carbonatos. Los carbones flotan y van separándose del sedimento con suavidad y sin fragmentarse. Se recuperan con ayuda de un colador y se depositan en un recipiente T. R, 54, n.M, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es debidamente etiquetado. El secado de las muestras se efectúa bien al aire libre o mediante un secador de aire caliente procurando que la fuente de calor no sea demasiado fuerte. En los casos donde el sedimento es particularmente denso y los carbones muy pequeños, la flotación no es suficiente ya que un buen número de ellos no sube a la superficie. Éstos se recuperan mediante la siguiente etapa de cribado con agua. El sedimento se dispone en cribas de 5 mm para la fracción gruesa y en cribas de 2 mm para la fracción fina, lavándose cuidadosamente con agua corriente, evitando la fuerte presión de la misma. Las cribas se dejan secar y los carbones van recogiéndose durante la labor de triado o selección de todos los restos orgánicos e inorgánicos. Todos estos pasos: recogida a mano, flotación, cribado y tría de sedimentos, deben ser empleados en yacimientos en cueva al tratarse de muestras muy frágiles para ser extraídas de su sedimento directamente. En asentamientos al aire libre, generalmente de ambiente más seco, la recogida a mano y el cribado en seco o con agua son suficientes. Es aconsejable lavar el sedimento ya que el grado de fragilidad de los carbones disminuye una vez que éstos han sido mojados y secados. El tipo de asentamiento, su funcionalidad, y contexto cultural y económico influirán de manera diferencial en la intensidad de ocupación y frecuentación del sitio (Uzquiano, 1992a). Todo ello repercutirá en la aparición de los carbones en la superficie excavada, así como en el espectro antracológico resultante (Uzquiano, 1992a(Uzquiano,, 1994)). La presencia del antracólogo en el yacimiento es muy necesaria sobre todo en las primeras campañas de excavación. Tendrá primero que familiarizarse con el entorno natural del yacimiento: topografía, estudio detallado de la repartición de las formaciones vegetales, toma de muestras de maderas actuales para la colección de referencia y conocimiento del contexto arqueológico. También pondrá en marcha las tareas de muestreo sistemático implicando en ellas a todos los miembros de la excavación. A medida que la operación de muestreo y recogida va realizándose, es necesario tener en cuenta la distribución espacial de los carbones en la superficie de excavación del yacimiento (Fig. 1). Estos suelen aparecer concentrados en estruc-formación. En este sentido, es más importante la realización de un estudio del modo de repartición de las muestras en la superficie excavada, que la simple distinción entre concentración y dispersión de carbones. Pero este trabajo deberá ir orientado a la reconstrucción y organización del habitat en tomo al fuego, y no únicamente a saber si los carbones presentan o no una distribución homogénea en el área excavada o bien cuál es la superficie mínima de muestreo (Heinz, 1990; Badal, 1992). La madera carbonizada ha sido generalmente recogida para efectuar dataciones por radiocarbono, siendo éstas necesarias. Al igual que ocurre en la palinología de lagos y turberas (Van Campo, 1976), las interpretaciones y atribuciones de los espectros resultarían peligrosas si no se contara con fechas, dadas las oscilaciones climáticas que han sucedido durante el Pleniglaciar. Ahora bien, situar cronológicamente un espectro no implica su atribución climática sin más. Esta última vendrá dada por la discusión previa acerca de la significación ecológica de las especies aparecidas. En yacimientos donde la abundancia de carbones sea considerable se aconseja hacer dos lotes: uno iría directamente al laboratorio de radiocarbono, y el otro, al laboratorio de análisis paleobotánicos. Sin embargo, en yacimientos donde la escasez de estos restos sea manifiesta, se aconseja el análisis antracológico previo a la datación ya que la muestra, al no ser destruida, puede ser recuperada para ser datada posteriormente (Fig. 1). En contra de lo que muchos arqueólogos piensan el carbón, al no pasar por ningún tratamiento químico, no se contamina (Vemet et alii, 1979). Lo ideal sería efectuar la determinación botánica previa a la datación, seleccionando por un lado, los taxa supuestamente acordes con cada período concreto; por otro, aquéllos considerados «problemáticos» (por ej. los mesotermófilos que aparecen en períodos fríos). Con ello se pretende confirmar cronológicamente la contemporaneidad de todos los taxa con su nivel correspondiente. En caso de producirse distorsiones de fechas, podrían detectarse las zonas de excavación con percolaciones de material antracológico. Esta operación debería ser obligada en los yacimien-tos del Paleolítico superior, especialmente si se sabe con seguridad que éstos han sufrido alteraciones en sus procesos postdeposicionales. En el laboratorio: análisis antracológico Los carbones, una vez recogidos, son trasladados al laboratorio donde comienza la segunda etapa metodológica. El análisis se basa en la determinación botánica de la madera carbonizada en función de sus características anatómicas. El carbón se secciona con la mano orientando cada fractura hacia los tres planos anatómicos o secciones transversal, longitudinal tangencial y longitudinal radial (Fig. 2). Cada una de estas tres secciones es observada en un microscopio de reflexión (OLYMPUS BH o BXM). Esta técnica sencilla y rápida permite estudiar un gran número de fragmentos sin precisar ningún tipo de manipulación química previa. Las técnicas de preparación de las muestras en láminas delgadas ya pertenecen a la historia de la Antracología (Couvert, 1970; Santa, 1961; Santa et Vernet, 1968). Estos procedimientos, si bien persisten aún en algún laboratorio, fueron abandonados a partir de los años 60 (Stieber, 1967) y 70 (Vernet, 1973; Castelletti, 1975) por ser muy lentos en el estudio de un gran número de mues- tras e imprecisos en las determinaciones botánicas, dado el gran número de manipulaciones químicas empleadas. Las muestras determinadas pueden ser recuperadas para efectuar dataciones radiométricas (Vemet et alii, 1979), o bien observadas en el Microscopio Electrónico de Barrido (M.E.B.) si se necesita una mayor precisión en la identificación de ciertos detalles anatómicos, dudosos en el microscopio óptico. Es necesario contar con una colección de referencia de especies actuales carbonizadas por no existir en la actualidad atlas de anatomía de carbones publicados. La determinación genérica y específica se consigue de manera más o menos rápida para un gran número de taxa. Sin embargo, existen algunas limitaciones en lo referente a las claves de identificación que contribuyen a que esta fase de trabajo sea delicada y laboriosa. Las Leguminosas presentan un problema a nivel de género por falta de caracteres precisos de diagnosis para diferenciar una especie de otra. En estos casos se recomienda utilizar las maderas de leguminosas actuales recolectadas en el entorno de cada yacimiento y carbonizarlas para poder identificar mediante comparaciones. En nuestro caso (yacimientos paleolíticos de la zona cantábrica, Uzquiano, 1992a), hemos podido determinar los géneros Cytisus y Ulex y, dentro de éste último, Ulex europaeus y Ulex gallii. Ciertas Ericáceas (Erica sp.) del cortejo atlántico también pueden presentar problemas de determinación específica, sobre todo si el ma-terial no se ha conservado en buenas condiciones. En el caso del género Juniperus, sí existen claves para la distinción específica en los atlas de anatomía (Greguss, 1955). A pesar de ello, en todos los trabajos antracológicos conocidos, Juniperus aparece generalmente sin especificación. La identificación específica del género Salix es mucho más delicada debido a la gran variedad de especies actuales que cohabitan dentro de su formación característica. Ciertos atlas de anatomía así lo sugieren (Schweingruber, 1978). En el caso de Quercus, la determinación específica es ambigua cuando se hace referencia a dos especies (por ej. Quercus robur-petraea ) por las hibridaciones de que son objeto los diversos robles caducifolios, observables en la gran variedad de sus planos leñosos. B. Tratamiento de datos En esta etapa los datos se trabajan cualitativa y cuantitativamente, aplicando diversas pruebas estadísticas. La unidad de base considerada es el fragmento de carbón sea cual sea su tamaño (Cha-bal, 1982(Cha-bal,, 1990)). La fragmentación de cada carbón es siempre aleatoria e inexplicable mostrando una gran variabilidad de un taxon a otro (Chabal, 1982). Cada uno presenta una sobrefragmentación o una subfragmentación que influye considerablemente en las frecuencias relativas del número de fragmentos (Chabal, 1988(Chabal,, 1991)). Los recientes estudios llevados a cabo en la reducción de masa y pérdida de peso (Loreau, 1994) intentan aproximarse al problema de la fragmentación todavía no resuelto mediante la combustión experimental. No obstante, los estudios comparativos fragmento-masa media convergen en resultados paleoecológicos equivalentes. La identificación botánica es más cómoda de obtener fragmento a fragmento que por cada gramo de carbón (Chabal, 1982), por lo que la hemos adoptado. La interpretación antracológica se basa en la variación de las frecuencias relativas de cada taxon determinado, siendo necesario saber el número mínimo de carbones que tendrán que estudiarse para que la imagen de la vegetación sea fiable. Las curvas taxonómicas que, en principio, sirven para ilustrar el mero análisis cualitativo, se elaboran para poner en relación la riqueza específica obtenida con el número de fragmentos analizados. A lo largo de la curva se observa siempre que el número de taxa aumenta a medida que el número de fragmentos analizados es mayor. Este presupuesto metodológico ha sido tenido en cuenta, reiteradamente en cada trabajo de síntesis antracoanalítica efectuado (Figueiral, 1990, etc.). Las curvas taxonómicas inéditas que hemos realizado presentaban una gran variabilidad. En un trabajo reciente (Uzquiano, 1994) utilizamos dos ejemplos de estas curvas un tanto extremos para minimizar la rigidez metodológica de este presupuesto. A nuestro parecer el número de fragmentos no es un principio metodológico en sí. La mera presencia/ausencia de los taxa, no es una información despreciable, teniendo en cuenta no sólo el problema de la fragmentación, sino que también el tipo de depósito en muchos casos, no ha permitido conservar un gran número de carbones. Una curva taxonómica nos pone en evidencia taxa que pertenecen a formaciones vegetales de ecología diversa, dependientes de las características del medio natural y de la selección intencionada con que se haya operado sobre las mismas. En lugares donde la topografía sea un factor determinante, y el terrritorio sea recorrido y explotado por el hombre de manera múltiple, puede obtenerse una gran variedad de taxa con sólo muy pocos fragmentos (Fig. 3a); pero donde los condicionantes sean climáticos (Fig. 3b), analizar un número elevado de muestras no es muy útil. C. Interpretación de los resultados Los resultados florísticos obtenidos, cuyas frecuencias relativas están representadas gráficamente en un diagrama, tienen que ser interpretados en términos de vegetación. Para ello es necesario tener un conocimiento profundo de la vegetación potencial en torno al yacimiento y de la repartición de las asociaciones vegetales a nivel de toda la región de estudio. El punto de partida es la vegetación actual y de ahí se pasa a considerar el comportamiento de los taxa de manera individual (autoecología) y en relación con su asociación vegetal (sinecología). La Interpretación Ecológica Preliminar de carbones dispersos y concentrados es siempre posible. Esta pone de manifiesto la paleovegetación y las condiciones ambientales que existían en el entorno de los yacimientos. La utilización de determinadas especies de una o varias formaciones nos sugiere además la selección que se opera en el interior de éstas por parte del hombre obedeciendo tanto a causas físicas (clima, medio físico) como socioeconómicas (duración de ocupación del habitat, funcionalidad, etc.). Un estudio en profundidad de estas causas conduce a integrar en la interpretación toda la información procedente del contexto arqueológico. De este modo, entramos en el capítulo Relaciones Hombre-Medio sobre la base de la Economía Prehistórica (Uzquiano, 1992a(Uzquiano,, b, 1995a)). Los paralelos etnográficos de sociedades actuales pueden aportarnos también buena infor- mación, si bien su búsqueda resulta bastante difícil y los datos existentes son muy escasos en lo referente a búsqueda de leña. Lo que en definitiva es importante es tener en cuenta las necesidades económicas que en cada momento de la Prehistoria han configurado el sistema de relaciones del hombre con su entorno natural. Su desarrollo supondría admitir claramente la selección de la madera, no sólo en casos concretos (Thiébault, 1988; Heinz, 1993), sino en general, con un estudio de las distancias recorridas para su recolección (Uzquiano, 1992a(Uzquiano,, b, 1995a;;Otto, 1993). Sin embargo este capítulo es un mero enunciado en la Escuela de Montpellier en la cual la consideración de la selección queda únicamente reservada a los carbones encontrados en el interior de estructuras de combustión, presuponiendo que la pobreza específica es sinónimo de una fuerte intervención humana, cuando la selección de madera está ya implícita en su recolección. Ello conduce a interpretaciones arbitrarias, contradictorias y, en algunos casos, muy discutibles. El estudio de las relaciones hombremedio debe preceder a la Discusión Paleoecológica, de cara a evaluar mejor las aportaciones de la Antracología en el terreno de la Paleoecología. Dentro del enfoque paleoecológico debe tenerse en cuenta el comportamiento histórico de cada taxon: la modalidad de aparición, la extensión y el papel desempeñado en cada ciclo climático del pasado, no ha sido siempre igual (Watts, 1988). Aquí entramos de lleno en la vertiente Paleobotánica. La recurrencia constante a referencias bibliográficas sobre este particular es una tarea obligada que implica una labor de búsqueda permanente, llevando al antracólogo al contacto con otras disciplinas naturalistas (por ej. las secuencias polínicas de lagos y turberas o el registro de los fondos oceánicos). La necesidad constante de combustible por parte del hombre ligada al tipo de movilidad efectuado («logistical mobility»/«logistical expeditions», Straus, 1987Straus,,1991) ) ha puesto de manifiesto una serie de taxa particulares (Uzquiano, 1992a(Uzquiano,, 1995b)), que han logrado mantenerse debido a condiciones de abrigo: zonas refugio a partir de las cuales estas especies pudieron extenderse una vez que fuesen favorecidas climáticamente (Webb, 1986; Huntley & Webb, 1989). De la misma manera se han evidenciado taxa ya extintos (caso de Picea en la zona Cantábrica, Uzquiano, 1995a). Hemos definido la Antracología como disciplina paleobotánica y arqueobotánica en virtud de sus numerosas implicaciones en áreas diversas de las Ciencias, ya sean Experimentales o Históricas. En su vertiente arqueobotánica, las maderas objeto de estudio sea cual sea su categoría tienen para nosotros una doble connotación, paleoecológica y paleoetnológica, indisociable. Los grupos humanos están implicados en su recogida, bien diaria como leña para fuegos de funcionalidad diversa, o bien buscada con alguna finalidad particular por adecuarse mejor a la manufactura de objetos varios, a la construcción e incluso el combustible. En cualquiera de estos casos, la madera siempre es objeto de selección y está condicionada por una serie de factores. Las características del medio físico configurarán de entrada la abundancia o escasez de los recursos, su accesibilidad y su proximidad o lejanía y, por consiguiente, la naturaleza de los trayectos recorridos en su búsqueda. Los factores climáticos así como los socioeconómicos completarán toda esta serie de condicionantes, llegando incluso a determinar la elección del asentamiento mismo (Fig. 4). Pero el hombre siempre es y está en el centro de la problemática antracológica que es la que a nosotros nos importa (Uzquiano, 1992a). La madera combustible es la que efectivamente ofrece mejores posibilidades en el terreno de la Paleoecología. Pero tomar esta vía no implica dejar de lado la connotación paleoetnológica que la leña lleva implícita tanto en carbones dispersos como en los concentrados. Si las recogidas de leña (en caso de haberse estudiado) obedecen a una misma naturaleza de trayectos, la diversidad o pobreza específica resultante se verá reflejada en los resultados obtenidos. La observación que L. Chabal (1991: 21) apunta a nivel teórico sobre los hogares culinarios y la duración de ocupación es muy acertada, si bien le reprochamos el que no incluya la selección humana ni el contexto arqueológico de donde provienen los carbones. Sus principios teórico-metodológicos caen en una rigidez formal en el momento de sus aplicaciones. Teoría y práctica parecen discurrir por caminos diferentes. La percepción, utilización y modificación del entorno natural, así como el modo de moverse dentro de éste han variado a lo largo del tiempo en función de los recursos buscados por los grupos humanos en cada momento: en una economía de subsistencia, en el paso hacia una economía de producción, etc. Un análisis antracológico es objeto de diferentes lecturas. La mayor o menor riqueza interpretativa dependerá de los aspectos que queramos poner de relieve. Pero para nosotros todos ellos forman un conjunto indisociable, producto de una realidad compleja que tendemos a simplificar por el hecho de haber tenido lugar en un pasado más o menos lejano. 2 lotes Q\ 1: carbones escasos (< 6 grs.) °^ 2: carbones • 6 grs.
La incorporación de la tecnología GPS a la arqueología es relativamente reciente y su uso cada vez mayor. Los excelentes resultados obtenidos en la georreferenciación de elementos arqueológicos han movido a muchos profesionales a la adquisición de equipos, unas veces profesionales y otras de bolsillo. Este trabajo pretende servir de presentación de esta tecnología exponiendo sus posibilidades y usos más frecuentes en arqueología, además de hacer una serie de puntualizaciones en cuanto a la fiabilidad, precisión de los diferentes tipos de receptores portátiles y formas de aplicación con carácter profesional de estos equipos. El Global Positioning System (GPS) es un sistema apoyado por satélite que posibilita el conocimiento de nuestra posición exacta a cualquier hora del día o de la noche para cualquier punto del globo terrestre. Este sistema fue diseñado y desarrollado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos de América con fines estratégicos estrechamente ligados a su aplicación bélica. Esta finalidad estratégica inicial pronto fue cambiando para convertirse en una herramienta de enormes posibilidades para la sociedad civil. Entre sus muchas aplicaciones posibles destacan las de navegación, movimiento y localización en lugares de morfología extremadamente regular donde no existen puntos de referencia reconocibles. Se fundamenta en una constelación de veinticuatro satélites (1) que giran en torno a la Tierra. Estos satélites describen una serie de órbitas a una (1) El total de satélites es de 24, aunque tan sólo 21 son operativos y los otros tres son de reserva. T. P., 54, n.M, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es distancia aproximada de 20.000 km. El funcionamiento de este sistema es relativamente sencillo, a pesar de la avanzada tecnología que requiere. Los satélites emiten una señal de radio constante, en la que se transmite información referida a su posición consignando el instante preciso en el que emite esta señal. El receptor, situado en un punto desconocido de la superficie terrestre, recibe la señal de un mínimo de tres o cuatro de estos satélites y por una serie de cálculos averigua su situación. Este principio de aparente sencillez no lo es tanto, ya que en este ejercicio de cálculo existen diversas variables que pueden llegar a falsear la medición substancialmente, por lo que todos estos aspectos deben ser evaluados y calcular las magnitudes de error que cada uno de ellos introduce (Ackroyd y Lorimer, 1990). Lo primero que el receptor calcula cuando recibe la señal de uno de estos satélites es la distancia que lo separa del mismo. Esta se averigua merced a la precisión horaria que el satélite emisor incorpora en su señal, por lo que el receptor puede calcular el tiempo transcurrido desde la emisión hasta la recepción. Como se puede suponer, en este proceso la clave reside en la sincronización horaria a la que deben estar sometidos tanto el emisor como el receptor, para ello los satélites están dotados de un reloj atómico de alta precisión que permite una gran exactitud en la especificación del instante de emisión. Los receptores, gracias a los grandes avances experimentados por la relojería electrónica, también disponen de mecanismos de medición con una precisión de nanosegundo, es decir, una cienmillonésima parte de segundo (Hurn, 1993a). La señal viaja a una velocidad teórica de 300.000 km/seg. Se compone de dos frecuencias que a su vez portan unos códigos que son los que permiten al receptor identificar su momento de emisión. Los modos de lectura de esta información se corresponden con los dos tipos básicos de receptores: de Código y de Fase. En el primer caso el receptor trabaja con la primera de las frecuencias de la señal, identificando una secuencia relativamente corta de la información codificada. Es el llamado código C/A pseudo-aleatorio o código civil. Sucesión compleja de unos y ceros digitales con una estructura aparentemente aleatoria. Los satélites transmiten este código repitiéndolo cada milisegundo, por lo que el receptor, que ya conoce este patrón, averigua inmediatamente el momento de emisión (Logsdon, 1995). Los receptores de Fase utilizan las dos frecuencias de la señal, leyendo el otro tipo de información llamada código P, o código preciso: una larga secuencia de modulaciones emitidas a una frecuencia muy diferente del anterior que se repite cada 267 días aproximadamente. Cada segmento de este código es único y exclusivo de cada satélite variando semanalmente, lo que confiere una precisión mucho mayor a aquellos sistemas que emplean esta información. El grado de error de las medidas corregidas es, en el primero de los casos de metros, mientras que en el segundo es apenas de unos pocos centímetros, razón por la cual estos receptores también son conocidos por el término submétricos. Los dos tipos de receptores trabajan de dos modos diferentes: un GPS sin el apoyo de un segundo receptor que le sirva de estación de referencia trabaja en modo autónomo. El trabajo en modo relativo se apoya en una estación que se sitúa en un punto conocido. Esta modalidad es la base de la técnica GPS diferencial a la que nos referiremos más adelante. Otras distinciones en cuanto al modo de trabajo son las denominadas modo estático y modo cinemático según haya o no desplazamiento del receptor. El primero de ellos se refiere al trabajo realizado en un punto fijo sin que exista desplazamiento del receptor y el segundo modo es aquél en el que el receptor va recorriendo diversos puntos en funcionamiento continuo. Esta diferenciación es importante dado que en la actualidad la mayor parte de los equipos permiten ambos tipos de funcionamiento, aunque sus capacidades se ven ligeramente mermadas en el caso de trabajar en modo cinemático (Fig. 1). Las siglas RTK y RTCM que aparecen en la figura designan sistemas y protocolos de radiotrans- Un sistema GPS tiene tres partes fundamentales: el satélite, la señal y el receptor. Estos tres componentes están sometidos a una serie de "contratiempos" de diversa naturaleza que provocarán ciertos errores en las mediciones resultantes. Las fuentes de los errores que pueden afectar al satélite son, por un lado, la imprecisión registrada por el reloj y por el otro cualquier desviación de su órbita. La precisión de los relojes de los satélites es altísima, pero cualquier variación mínima introduce una alteración en la medida. Las órbitas seguidas son perfectamente conocidas por los receptores, pero los efectos perturbadores de la capa superior de la atmósfera terrestre pueden modificarlas. La velocidad de transmisión de la señal de radio también está sujeta a variaciones. A medida que la señal de GPS atraviesa primero las partículas cargadas de la ionosfera y posteriormente el vapor de agua de la troposfera la velocidad disminuye de forma sensible. El receptor no puede averiguar por sí mismo el grado de alteración que ha sufrido, pero este error se puede minimizar de forma considerable (aunque no totalmente) con la corrección diferencial (Hum, 1993b). Los receptores por su parte tampoco están exentos de problemas. Los errores multisenda consisten en la recepción múltiple de la misma señal procedente directamente del satélite e inmediatamente después sus rebotes en las superficies circundantes al receptor. El segundo tipo de error, los llamados ruidos del receptor, son fallos en la calidad de la señal debidos a causas diversas, pero sobre todo a la propia calidad del aparato receptor y a la falta de nitidez e interferencia con otras señales. El error multisenda se puede mitigar parcialmente incorporando planos de tierra en las antenas receptoras y estableciendo una máscara de elevación que discrimine aquellas señales que entren en la antena con un ángulo inferior al que nosotros establezcamos, teniendo en cuenta que cuanto mayor sea esta máscara de elevación más estaremos constriñendo nuestra ventana (2) de recepción. Esta es la forma de evitar la entrada de señales procedentes de los rebotes con el propio suelo. La fuente de error más importante (hasta tres veces superior a la suma de los máximos posibles de todos los anteriores) es la SAiSelectiveAvailability) o disponibilidad selectiva (3), dispositivo que introduce el Departamento de Defensa de los Estados Unidos que consiste en una alteración con carácter aleatorio en la medida variando segundo a segundo. Este mecanismo establece los errores estándar de un receptor de GPS en tomo a los 100 m de radio con respecto a su posición real. La altitud presenta una variación mucho mayor. La consecuencia práctica es que, cuando el receptor se encuentra en el campo, las coordenadas suministradas no son unas coordenadas constantes que sabemos defectuosas y que pueden ser corregidas posteriormente, sino que van a ser tantas medidas distintas como instantes de medición (4) hayan transcurrido, con lo que se necesita guardar ese archivo con las medidas y los tiempos en los que fueron efectuadas para realizar el procesado posterior de todas ellas y su corrección. Un receptor de GPS de campo facilita unas coordenadas aproximadas de localización cuya magnitud de desviación potencial alcanza los 200 m. Aunque puede reducirse considerablemente con la corrección diferencial (Hurn, 1993b). El GPS diferencial implica el empleo de dos receptores simultáneamente. El primero, estático, se sitúa en un punto cuyas coordenadas conocemos con mucha precisión (estación de referencia). Este receptor almacena en un archivo el volumen total de información proporcionada por la constelación de satélites durante el transcurso de las mediciones de campo. La finalidad de este archivo es calcular posteriormente las magnitudes de error con que cuentan las señales de cada uno de esos satélites visibles en cada instante de medición. El cálculo se realiza contrastando los valores obtenidos con la posición real de la estación de referencia. El segundo de los receptores es una unidad portátil que se desplaza por los puntos que deben ser georreferenciados, con lo que a su vez se genera el archivo de valores no corregidos. La combinación de los dos archivos da como resultado un fichero con el conjunto de las medidas ya corregidas. Son mitigadas las alteraciones debidas a los relojes de los satélites, a los cambios en la órbita y la disponibilidad selectiva. Los restantes errores también son fuertemente corregidos excepto los que afectan al propio receptor (ruido y multisenda). Estas correcciones pueden realizarse en tiempo real o postprocesado. La primera transmite las correcciones a través de un radioenlace a los equipos portátiles obteniendo durante el propio trabajo de campo los valores reales. El postprocesado conlleva el almacenamiento y traslado de los archivos de campo para su posterior corrección en gabinete. El funcionamiento en tiempo real está limitado por las características de los sistemas de radioenlace cuyas capacidades de alcance reducen las posibilidades de trabajo a distancias relativamente cortas, entre 15 y 20 km de radio en el entorno de la estación de referencia (5), aunque estas cifras pueden variar de forma substancial en función de la orografía de la zona y según la tecnología de enlace que se utilice. El nivel de precisión que nos permite este mecanismo diferencial, bien sea en tiempo real o en postprocesado, es del orden de 1 a 2.5 m de radio de desviación máxima en el caso de los receptores de código. Su límite es el nivel de alcance que se establece en los 500 km (6) de distancia entre el receptor de referencia y el portátil, dado que más allá de esta distancia la constelación de satélites cambia, por lo que no podríamos calcular el grado de imprecisión de las medidas proporcionadas por algunos de los satélites con los que el receptor portátil pudo haber estado trabajando (Fig. 2). Los desarrollos más recientes tratan ya de conciliar la constelación de GPS rusa, conocida como GPS-GLONASS, con la americana que es la que hasta el momento venían usando los re-(5) Existen opciones para el establecimiento de radioenlaces consecutivos que amplían el radio de cobertura, aunque su aplicación es difícil y costosa. (6) La precisión no tiene el mismo valor a lo largo de esos 500 km sino que va variando, siendo óptima en el radio de los primeros 50 km. Su grado de error aumenta a medida que la distancia a la estación de referencia es mayor, a razón de 1 m por cada 100 km aproximadamente. ceptores actuales. La transcendencia de este hecho reside, por un lado, en el aumento considerable del número de satélites que permitirá un mayor posibilidad de recepción de señales y por el otro en la mayor exactitud que aportará el sistema ruso al estar libre del mecanismo de disponibilidad selectiva. LOS DIFERENTES TIPOS DE EQUIPAMIENTO La oferta de equipos profesionales de GPS en el Estado Español se concentra en torno a bases comunitarias, receptores portátiles con diferentes características y capacidades de almacenamiento, estaciones totales y sistemas de radioenlace que permiten el trabajo en tiempo real. Los equipos de bases comunitarias para la toma de datos pueden adquirirse a partir de un millón cuatrocientas mil pesetas, lo que incluye tanto el equipo como el software de captura de datos (7). Los receptores portátiles son de muy diversos tipos y capacidades por lo que sus precios varían entre los más baratos y sencillos de algo más de las doscientas mil pesetas a modelos con características superiores y mayor capacidad (7) La instalación de la base comunitaria debe realizarse siguiendo unas indicaciones muy precisas, que incluyen la construcción de un vértice geodésico sobre el que se instala la antena. T. R, 54, n.M, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de almacenamiento cuyo precio se aproxima a las cuatrocientas mil pesetas. Este es quizás el tipo de modelo más adecuado para la mayor parte de los usuarios profesionales. El software de tratamiento y corrección de estos equipos supera en todos los casos el precio del aparato receptor, con lo que el paquete de ambos componentes tiene un precio muy superior. Las estaciones totales presentan todavía mayor diversidad en función de un sinfín de características, accesorios, capacidades y software complementarios. Sus precios superan los dos millones y medio hasta alcanzar cifras en tomo a los seis u ocho millones. Los sistemas topográficos adaptados para el trabajo en tiempo real superan los cinco millones de pesetas. Los receptores submétricos más baratos se sitúan por encima del millón de pesetas e incluyen varios componentes. La tecnología GPS se ha popularizado con un nuevo producto: los GPS de bolsillo. Instrumentos de pequeño formato y de precio relativamente asequible que nos permiten averiguar nuestra posición aproximada con facilidad. El grado de precisión de estos aparatos es variable. Estos equipos ofertan unas precisiones máximas en condiciones óptimas que varían desde los 10 a los 100 m. Su precio en el mercado ha descendido considerablemente en los últimos tiempos y es posible que siga haciéndolo; en la actualidad estos equipos pueden adquirirse por precios que rondan las 100.000 pts o incluso más baratos. Las características técnicas que presentan son muy favorables, en principio: numerosos canales de recepción, capacidades de almacenamiento aparentemente amplias, escasos límites para la obtención del máximo de precisión, etc. Pero sin embargo esto no es totalmente cierto. Estos equipos reducen los márgenes de variación amparándose en su mayor capacidad de recepción simultánea de las señales de satélites, lo cual no es garantía suficiente para una localización más exacta, dado que son muchos los errores a los que están sometidas sus mediciones. El mundo arqueológico está en estos momentos en pleno proceso de incorporación a la "moda" GPS (English Heritage, 1995: 49). En algunas instituciones inglesas ya han sido adoptados los equipos de precisión submétrica de modo sistemático (8). En los EEUU la aplicación experimental en Arqueología es anterior, pero su uso más generalizado se registra a partir de 1994. En nuestro Estado la adopción de esta tecnología va más rezagada aunque se va incrementando de forma progresiva (Lam. L El trabajo de campo requiere de un equipamiento básico, compuesto de antena y receptor portátil. La posibilidad de apoyo en esta tecnología puede tener lugar en diversos momentos de la práctica arqueológica. La primera de ellas es el propio apoyo en las labores de topografía y levantamientos planimétricos de las fases preliminares (8) En el caso de English Heritage nuestro grupo de trabajo ha servido como precedente para la adopción del GPS a través del profesor Richard Bradley, quien tuvo la oportunidad de experimentar con nosotros la eficacia del sistema durante un trabajo de prospección de grabados rupestres en Galicia. de una intervención arqueológica. En este momento el GPS no sólo aportará una gran precisión, sino que también dotará de agilidad al trabajo permitiendo unos rendimientos excelentes en un tiempo inferior al que sería necesario con la topografía clásica. La segunda de las facetas en las que puede intervenir es en la georrefenciación de las diferentes cartografías empleadas en los procesos de análisis territorial y planteamiento de la intervención. Esta labor consistirá principalmente en la comprobación de las coordenadas de los puntos comunes de los diferentes sistemas y colecciones cartográficas que se manejen. Una de las aplicaciones de mayor potencial es la generación de Modelos Digitales del Terreno, lo que generalmente se conoce como MDT. En la actualidad existen ya diversos productos en el mercado que combinan la posibilidad de incorporar datos procedentes de trabajos de campo con GPS y la generación de triangulaciones, curvados y modelos tridimensionales sin necesidad de ningún paso intermedio. Generalmente estas aplicaciones son desarrollos específicos de aplicaciones topográficas y de delincación, una de las más usadas es Autocad y como consecuencia de ello varios de estos MDT son compatibles con este programa de delincación. El avance y desarrollo de estos productos puede conducir en breve a la desaparición de buena parte de los trabajos topográficos en arqueología que serán sustituidos por simples recorridos sistemáticos de la superficie del yacimiento con un aparato de GPS. Finalmente, la utilización fundamental se produce en forma de apoyo topográfico durante el proceso de excavación y la toma de coordenadas de los elementos arqueológicos, así como los cálculos de medidas, extensiones y superficies. Un caso específico es la definición de áreas de carácter diverso que al contar con la ayuda del GPS quedará reducido a un recorrido por sus límites sin que sea necesaria la realización de complicados cálculos y largos trabajos de campo. Algunos proyectos arqueológicos han diseñado soluciones específicas para sus problemas concretos como es el caso del Fallen Timbers Archaeology Proyect (9) de Ohio que pretendía localizar los restos de una batalla de 1794 en las proximidades de Maumee. La superficie que era necesario prospectar presentaba un relieve prác-ticamente homogéneo, al tiempo que los árboles impedían reconocer puntos de referencia en el terreno. La solución adoptada fue la prospección superficial de tres corredores paralelos en los que se fueron dando coordenadas GPS a los distintos artefactos localizados con el detector de metales. El resultado de la prospección fue la obtención de unas nubes de puntos que representaban la dispersión de restos metálicos en la zona y consecuentemente el área en la que se concentraban el mayor número de ellos. La necesidad de localizar con un alto grado de precisión todo tipo de restos está presente en muchos proyectos arqueológicos pero en algunos casos como en el de los petroglifos esta necesidad se incrementa. En El Morro National Monument (New Mexico) se localizan un total de 17.000 petroglifos que la legislación obligó a proteger y preservar en 1990, la mayor parte de estos grabados se encuentran sobre una roca volcánica fácilmente erosionable que los coloca en peligro de desaparición. El altísimo número de elementos que deben ser posicionados obliga a buscar una solución rápida, en este caso la corrección en tiempo real permitió el ahorro de miles de horas de procesado de gabinete (Fletcher y Sánchez, 1994). Otro ejemplo parecido es el ofrecido por los restos de una embarcación sajona en Essex que puso al descubierto una marea viva y que volverían a ser tapados por la arena en pocos días. En este caso el empleo del GPS fue imprescindible en primer lugar para trazar un área de protección para los restos y en segundo lugar fue posible realizar un modelo ideal de la embarcación (Shope et alii, 1995). Un proyecto en el que nosotros hemos tenido la oportunidad de participar ofrece otro ejemplo de aplicación del GPS, en este caso con una orientación patrimonial. El campamento romano de Cidadela (10) (Sobrado dos Monxes, A Coruña) es uno de los pocos campamentos romanos que se localizan en Galicia. Nuestro grupo de trabajo ha sido el encargado de realizar un sistema de Información (11) que contemple el yacimiento y su entorno, para lo que fue necesario considerar la localización de los diferentes elementos tanto arqueológicos como etnográficos, etc. Concretamente, la localización con GPS tuvo que atender en primer lugar a la geprreferenciación del mapa catastral de la zona, las cartografías de detalle y los dibujos de excavación en los que se situaban las principales estructuras del yacimiento. Una segunda fase del trabajo de campo establecerá los perímetros de las áreas con distintos niveles de protección exigidas por la legislación vigente. GPS Y ARQUEOLOGÍA: ALGUNAS PRECISIONES La adopción de este tipo de tecnologías no siempre ha conseguido el rigor y la eficacia que se perseguía, en muchos casos por haber acudido a equipos de bajo coste que no ofrecían gran flabilidad en los resultados. Por todo ello, creemos necesarias una serie de advertencias de carácter general acerca del uso y la calidad de los resultados, en función de dos aspectos básicos: la precisión que confieren los distintos tipos de receptores y la necesidad de la corrección diferencial de esos resultados. Nuestro Grupo de Investigación viene utilizando los receptores GPS desde hace tres años (12), lo que le confiere un bagaje nada despreciable en el tema, que ha permitido la valoración crítica de las ventajas e inconvenientes de la técnica. En un primer momento hemos utilizado los receptores portátiles de GPS para diferentes trabajos de prospección arqueológica, inventario y evaluación de impacto arqueológico en la construcción de obras públicas en Galicia. En este caso en concreto, la adopción de esta tecnología era imprescindible ante la necesidad perentoria de localizar con precisión los restos y estructuras que se encontraban en las proximidades de las diferentes actuaciones y que corrían el riesgo de verse afectados. Las coordenadas obtenidas resultaron tener una fiabilidad aceptable en algunos casos, pero en otros no. Esto último se puede entender de forma clara con un ejemplo gráfico: en una zona de fuerte concentración de petroglifos como el Concello de Campolameiro, decenas de rocas grabadas se localizan en un área de doscientos metros de radio, con lo que la variación sensible que sufren las coordenadas de GPS no diferencial no sólo hace al sistema inoperante sino que además genera confusión dado que será imposible volver a localizarlos e identificarlos correctamente siguiendo esas coordenadas. Otros errores que pueden llegar a ser incluso más graves son los derivados de la localización de elementos arqueológicos en el marco de un proyecto de evaluación de impacto arqueológico. La coordenada puede estar desplazada varios metros, lo que puede ocasionar la destrucción del yacimiento en el momento de ejecución de las obras. En la figura 3 se puede observar cómo una serie de yacimientos arqueológicos situados en un área muy reducida se pueden convertir en una maraña de difícil identificación, ante la cual la única solución es la aplicación de la corrección diferencial de las coordenadas tomada con GPS. Los primeros años de experiencia nos han llevado a adoptar la corrección diferencial de coordenadas de forma sistemática (13). Las coordenadas tomadas con anterioridad carecen no sólo de exactitud sino que, en la mayor parte de los casos conducen a la introducción de errores incontrolables tanto en las localizaciones cartográficas como en las conclusiones derivadas de las posiciones ocupadas por los restos y estructuras. Las principales aplicaciones arqueológicas de esta tecnología están destinadas a la localización exacta de yacimientos y estructuras de naturaleza arqueológica y su delimitación. La primera es necesaria para la mayor parte de los trabajos arqueológicos, bien sean éstos de investigación, intervención, gestión, etc. Las políticas de prevención y protección del Patrimonio han generado e impulsado la segunda. En el momento de acometer la elaboración de nuevas leyes de Patrimonio una de sus finalidades básicas es la protección y preservación del Patrimonio estableciendo la obligación de delimitación de los yacimientos inventariados o de aquellos que hayan de ser declarados Bien de Interés Cultural. Aunque esto no sea una obligación generalizada en estos momentos, se trata de una tendencia clara de las diferentes administraciones (12) Agradecemos a Víctor Fernández las primeras informaciones suministradas sobre el GPS, ya que a ellas debemos la decisión de adoptar esta tecnología. (13) Los equipos de GPS para la realización de corrección diferencial de coordenadas fueron adquiridos con una ayuda para equipamiento de infraestructura de investigación concedida en 1994 por la Consellería de Educación e Ordenación Universitaria de la Xunta de Galicia. encargadas del tutelaje del patrimonio, no sólo del arqueológico, sino del cultural en general. Es necesario pasar de la concepción del yacimiento arqueológico como un punto concreto y comenzar a entenderlo como lo que es: un espacio en el que se recuperan materiales u observan estructuras y que se reconoce como susceptible de ser delimitado, aunque en la mayor parte de los casos esto resulte bastante difícil, el GPS permite establecerlo. Se puede ir más allá en el ejercicio de delimitación e incluir un margen mínimo de seguridad. En cualquier caso, para ello es necesaria una precisión lo más exhaustiva posible. La figura 4 lo muestra gráficamente. Las posibilidades de apoyo que ofrecen estos sistema de georreferenciación no se agotan en el interior del propio campo de la arqueología sino que nos pueden llegar a ayudar a la hora de calibrar otras herramientas de trabajo como las propias cartografías ( 14). Para el caso de Galicia dos de las colecciones cartográficas más corrientes en el trabajo arqueológico son la colección 1:10.000 de la Conselleria de Ordenación do Territorio e Obras públicas que suele utilizarse en su versión reducida a escala 1:20.000 y la del Instituto Geográfico Nacional a escala 1:25.000. Sometidas a contrastación con el sistema de GPS diferencial estas dos cartografías en zonas de trabajo concretas hemos podido comprobar que las magnitudes de error de las coordenadas oscila entre los 15 y los 45 m en el primer caso y hasta un máximo de 15 m en el segundo. Si bien estos errores pueden ser despreciados para la mayor parte de los trabajos, lo que ya no es tan despreciable son los errores de las cartografías llamadas de detalle, cuyas escalas se sitúan por debajo del 1:5.000 y donde los errores pueden llegar a ser importantes. En la mayor parte de los planos de detalle, sobre todo los destinados a trabajos en zonas concretas, suelen utilizarse sistemas de referencia que si bien tienen el aspecto de un sistema de coordenadas y de esta forma funcionan, no reflejan con exactitud el sistema universal, sino que los valores varían a veces de forma estándar y otras de forma progresiva, por lo que su calibración se hace imprescindible. (14) En el caso de las cartografías del Instituto Geográfico Nacional, esta institución ofrece la posibilidad de proporcionar las coordenadas de los vértices geodésicos representados en los mapas, dirigiéndose a sus servicios centrales en Madrid: General Ibáñez de Ibero, 3, 28003 Madrid. También se pueden solicitar a los diferentes servicios territoriales. La utilización del GPS permite la automatización, hacia la que cada día se tiende más, a la hora de exportar los datos de campo a diferentes Sistemas de Información Geográfica. Para ello resultan idóneas las posibilidades de intercambio de información que ofrecen los software de los sistemas profesionales de GPS y no los equipos de bolsillo. La utilización de equipos de precisión submétrica permite elaborar croquis o levantamientos planimétricos sencillos realizando recorridos simples sobre estructuras, límites o ejes imaginarios de sección del yacimiento. La implantación de estos equipos es tremendamente reciente, pero las aplicaciones del GPS y del GPS diferencial crecen a medida que se incrementa el conocimiento de su existencia y potencialidad. La clave para entender este amplio abanico de aplicaciones, que se extiende cada vez más, es el nivel de precisión alcanzado por el GPS diferencial, que sitúa a este sistema más allá de una simple técnica de navegación convirtiéndose en una herramienta con capacidad de medición de casi todo tipo de posiciones, superficies y movimientos. La excepción son los trabajos en los que resulta imposible la recepción directa de las señales emitidas por los satélites como túneles, interiores de edificios, bosques espesos, proximidades extremas de edificaciones de notable tamaño y superficies cubiertas en general. Estos aparatos de bolsillo ciertamente pueden ser ideales para aquellos aficionados que puedan permitirse la adquisición de estos sistemas para sus prácticas deportivas, pero de ningún modo pueden satisfacer unos requerimientos profesionales de precisión y alta ñabilidad, dado que el tratamiento y corrección posterior de la información almacenada es inviable. No es necesario el uso de GPS para obtener una única coordenada en el interior de áreas de grandes dimensiones como reservas naturales, parajes, playas, bosques, etc. para los que no aporta mayor exactitud y sí mayores costes. La delimitación de estos elementos sí debe acudir a la técnica GPS que, con un simple recorrido por su perímetro y un procesado sencillo, proporciona de modo ágil el contorno deseado. La georreferenciación con GPS diferencial es necesaria para la localización puntual de entidades cuya dimensión no supere los 100 m de diámetro y para su delimitación siempre que se persiga la representación de los mismos en cartografías de escalas intermedias. En cartografías de detalle es recomendable la utilización del GPS con todo tipo de entidades materiales, sea cual sea su dimensión. El posicionamiento con coordenadas GPS no diferenciales tiene un margen de error lo suficientemente grande como para que los resultados sean inoperantes e ineficaces en proyectos que buscan o pretenden aproximaciones inferiores a la centena de metros en la localización o delimitación de elementos de naturaleza arqueológica. Cuando la escala de trabajo permita errores superiores resulta adecuada. Sirva como ejemplo la localización de elementos arqueológicos en zonas de una extensión muy amplia y desconocida por ejemplo, ambientes desérticos. Los trabajos de gran precisión, como pueden ser las evaluaciones de impacto o, por ejemplo, la localización de petroglifos en Galicia, necesitan de una precisión inferior a la decena de metros, por lo que la única tecnología recomendable, en este momento, es la corrección diferencial de coordenadas GPS. Esta advertencia es especialmente significativa para el mundo arqueológico, aunque no sólo éste debería ser el destinatario de la misma. A Víctor Fernández, Paloma Mier y Marta Fernández por la información suministrada en diferentes momentos, a Anxo Rodríguez Paz quien se ocupó de la elaboración de la parte gráfica del trabajo y a Felipe Criado Boado por las correcciones y sugerencias realizadas durante la redacción del texto.
La cámara funeraria de Toya (Jaén) fué encontrada a principios de siglo, y sus materiales se dispersaron en diversas colecciones. Se presenta aquí por primera vez la reconstrucción y estudio del ajuar completo de esta importante tumba ibérica. La personalidad funeraria del valle del Guadiana Menor en época ibérica reside principalmente en el empleo de cámaras para los enterramientos colectivos, siendo este uno de los rasgos característicos de la zona (Almagro, 1982). Se entiende por cámara toda aquella tumba cuyo acceso debe hacerse desde un plano horizontal y, por consiguiente, atravesando una puerta. Esta, la diferencia de la fosas complejas, que tienen un acceso vertical, aunque la disposición final de los enterramientos y ajuares en ellas depositados recuerden a las cámaras (como en Baza las tumbas 43 y 155 ó de la «Dama»). Según la anterior definición, las cámaras funerarias se localizan en Toya (Cabré, 1925; Mergelina, 1943-44), Castellones de Ceal (Chapa et alii 1990) y Galera (Cabré y Motos, 1920), aunque también se conoce algún otro ejemplo fuera de la Alta Andalucía, como es el caso de la tumba 22 de la necrópolis de los Villares, en Albacete (Blánquez, 1992: 252) o la citada por A. Fernández de Aviles (1943: 118) de Archena (Murcia). Su génesis ha sido siempre vinculada con diferentes áreas del Mediterráneo, siendo valoradas como elementos de aculturación. Será a partir de Fernández de Aviles (1942) cuando se proponga una filiación feno-púnica por paralelos arquitectónicos, siendo ésta la opinión actualmente más extendida (Alma-Lám. I. Vista general del Cerro de la Horca; en la cima, la vegetación marca la localización de la cámara. La cronología de estos enterramientos se sitúa a grandes rasgos desde la segunda mitad del siglo V a.C. -datación que tiene la tumba 20 de Galera (Sánchez, 1992: 327)-, hasta el siglo II a.C, que es la cronología propuesta para la tumba 150 del mismo yacimiento. De todas las tumbas de cámara se considera la más importante, no sólo por ser la primera en descubrirse y publicarse (Caro Riaño, 1914 y recogido por Cazaban, 1915), sino por su categoría arquitectónica y la gran abundancia y calidad de los materiales cerámicos y metálicos recuperados en su interior. Todo ello, además de su excelente estado de conservación, ha facilitado el acondicionamiento para su visita, encontrándose hoy día abierta al público. Desgraciadamente, la inmediata dispersión de los materiales después de su hallazgo en diversas colecciones particulares, no permitió un buen estudio de conjunto. Las palabras de Mergelina son muy ilustrativas al respecto cuando dice: «Gracias a la cuidadosa rebusca informativa del Sr. Cabré, pudo en gran parte reconstruirse [el ajuar], reseñándose como correspondiente a tan interesante monumento lo que sigue...» Son muchas las obras que utilizan esta cámara para el estudio de la Cultura Ibérica y de sus hábitos funerarios, pero hasta el momento actual no existía ningún estudio en el que se reunieran las piezas del ajuar original, por lo que éste era insuficientemente conocido. Resultaba, por tanto, imprescindible localizar las piezas mencionadas por Cabré en su trabajo de 1925, y ofrecer un catálogo lo más completo posible de este conjunto. Se ubica en la cota más elevada del Cerro de la Horca, frente a la aldea de Toya en Peal de Becerro, provincia de Jaén (Fig. 1 y Lám. Es una construcción de planta cuadrada, de unos 5 m. de lado, con una superficie total aproximada de 25,90 m^ (2). Para su construccción se efectuó una gran fosa excavada en el terreno, rompiendo tumbas anteriores; después de la nivelación se procedió al enlosado y levantamiento de los diferentes muros, terminando de tallar los sillares junto a la obra (Fernández-Miranda y Olmos, 1986: 11-15). Cuando la construción estuvo levantada, se procedió a su cerramiento superior con 28 grandes losas planas (Mergelina, 1943-44: Fig. 1), suponiéndose por sus paralelos en Galera que debió estar cubierta por un túmulo de tierra. Sobre su acceso, orientado hacia el noroeste, nada se sabe; evidentemente carece de corredor, tan característico de este tipo de enterramiento, y por su sistema de construcción se deduce que debió efectuarse mediante un pozo o una rampa acaso similar a la actual. La cámara consta de una sala principal rectangular a la que se accede directamente desde el exterior descenciendo un escalón. A ambos lados de la entrada tiene sendas puertas -sin hojas-que dan paso a pequeñas habitaciones cuadradas, estas a su vez tienen otra (2) Este cálculo es aproximado ya que se ignora si el grosor de los muros perimetrales da la planta publicada por Cabré (1925: Fig. 2) es el real, aunque coincide bastante con la presentada por Mergelina (1943-44: Fig. 1). Planta de la cámara de Toya con los análisis de circulación y visibilidad (dibujo de J. Sánchez). puerta, sobreelevada y con hoja, que dan acceso a las zonas más profundas y oscuras de la tumba (Fig. 2). En otro lugar (II Congreso de Arqueología Peninsular, celebrado en Zamora en 1996) hemos efectuado un análisis sobre la circulación y visibilidad en su interior y, como a través de ellos se puede relacionar esta construcción funeraria con los espacios domésticos de la misma época. BREVE HISTORIA DEL DESCUBRIMIENTO Para comprender mejor las vicisitudes pasadas por las diferentes piezas de su interior hay que repasar brevemente la historia de su descubrimiento. Durante el hallazgo se fracturaron varias piezas cerámicas, mientras que las completas fueron llevadas a Peal de Becerro. Unas quedaron allí (algunos recipientes (Cabré, 1925: 74-75), a un anticuario de Granada (cerámicas ibéricas y cajas de piedra), a Víctor Linares (cerámicas ibéricas y crátera griega), a Tomás Román Pulido (cerámicas ibéricas), a Emilio Camps Cazorla (escultura), a Pedro García Paria (cerámicas ibéricas) y a Antonio Vives (cerámicas ibéricas) (Bosch, 1913-14). A su vez, parte del lote comprado por el anticuario granadino fue adquirido por Manuel Gómez-Moreno (3) (cerámicas ibéricas), quien vendió una parte a Vives (Bosch, 1913-14) y donará otra parte al Museo de Granada (Eguaras, 1950-51). El descubrimiento de la tumba fue descrito por Caro Riaño al Marqués de Cerralbo (4) quien enviará a Juan Cabré a estudiar el sepulcro. Este trabajo se realizó en 1918 con datos proporcionados por Gómez-Moreno (Cazaban, 1926: 233; Cabré, 1925: 75), tras concluir las excavaciones de Cabré en los santuarios de Despeñaperros y Castellar de Santisteban, así como en la necrópolis de Galera. La estancia en el lugar del hallazgo y la entrevista con su descubridor permitieron a Cabré adquirir piezas cerámicas completas, no fragmentos, y restos metálicos. El informe elaborado por este autor fue decisivo para que la tumba fuera declarada Monumento Histórico Artístico por Real Orden de lO-VI-1918(Lainez, 1926; Mergelina, 1943-44: Lám. Por la notoriedad de ese hecho, el Museo Arqueológico Nacional adquiere en 1917 la escultura de E. Camps y en 1918 la crátera de V. Linares (Mélida, 1919). A esta institución llegarán más piezas cuando adquiera las colecciones de T. Román en 1919, procedentes de sus excavaciones autorizadas por la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades (Román, 1919: 267), de Vives, en 1913; de J. Cabré, después de 1932, y de Julio Martínez Santaolalla, en 1973, todas con piezas de la cámara. Durante el tiempo transcurrido desde el hallazgo de la cámara hasta 1924, debió sufrir tal deterioro natural y antrópico que A. Cazaban (1926: 233) tuvo que efectuar una inspección en calidad de Delegado Regio de Bellas Artes. EL AJUAR FUNERARIO RECUPERADO DE LA TUMBA Como se vio más arriba, la dispersión de los materiales aparecidos en el interior de la cámara fue inmediata a su descubrimiento. La mayoría pasó a engrosar las colecciones particulares de importantes estudiosos del momento, ya mencionados. Con el paso del tiempo esas colecciones, o parte de las mismas, ingresaron en diferentes (3) Vocal de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades y Conservación de Monumentos Históricos y Artísticos. (4) Vicepresidente de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades y Conservación de Monumentos Históricos y Artísticos. (5) Desde aquí nuestro agradecimiento por facilitarnos información sobre la restauración y excavación. T. R, 54, n.M, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es museos, a veces perdiendo la referencia de su origen. Otras piezas, por el contrario, se perdieron para siempre. Durante todo ese largo periplo, el material se mezcló con materiales procedentes de otros yacimientos ibéricos -como el Castellar de Santisteban, Archena, Villaricos-y en otros casos sólo conservó de su procedencia los topónimos más importantes y cercanos al de Toya, como Peal o Cazorla. La falta de publicaciones con una buena documentación fotográfica, y de correctas descripciones para los materiales de la cámara, colaboró a su extravío por diferentes museos. Durante el estudio de los materiales cerámicos y metálicos procedentes de las excavaciones antiguas de Toya, Castellones de Ceal, Galera (6) y Villaricos (7) conservados en distintas colecciones, hemos conseguido identificar las diferentes piezas de la cámara de Toya, empleando la documentación disponible de época antigua y reciente. CATALOGO DE MATERIALES DE LA CÁMARA DE TOYA Los materiales que, después de este estudio, consideramos procedentes de la cámara de Toya son los siguientes: Escultura en bulto redondo, tallada en piedra caliza, que representa un herbívoro echado. Falta la cabeza (Lám. Este tipo de representación no es desconocido en el Guadiana Menor, pues en la próxima necrópolis de Castellones de Ceal se recuperó un ejemplar muy parecido (Chapa, 1980:417). Dimensiones: alt.: 38,5 cm.; long.: 52,5 cm.; grosor: 19 cm. Depósito: Museo Arqueológico Nacional, colección E. Camps. Crátera de campana de figuras rojas. En su cara A aparece una escena de apoteosis formada por seis personajes; en el centro un varón imber- (6) Dentro del Proyecto PB 85-0011 de la C.LC.Y.T. del Ministerio de Educación y Ciencia « Arqueología Funeraria Ibérica: las necrópolis del Guadiana Menor», dirigido por Teresa Chapa y Juan Pereira. (7) Dentro del Proyecto «Catalogación y Estudio de los fondos de la necrópolis fénico púnica de Villaricos (Almería)», subvencionado por el Plan regional de Investigación de la Comunidad Autónoma de Madrid, y dirigido por Manuel Fernández-Miranda y Alicia Rodero. IL Escultura de cérvido de la cámara de Toya (García y Bellido, 1963). be, desnudo y sedente sobre su manto vuelve la cabeza, mientras sujeta una vara con la mano es coronado por dos erotes. Detrás otro varón sedente, desnudo y barbado es acompañado por otro joven desnudo. Enfrente una mujer sedente y vestida sostiene en su mano un tirso. En la cara B hay tres jóvenes vestidos con himation (Fig. 3 3. Dos fragmentos de pared de crátera de campana. Pertenenen a la caraA y muestran, según C. Sánchez, parte de una escena dionisiaca en la que una mujer en pie sostiene un tirso, detrás se sitúan un sátiro desnudo y una ménade de pie (Fig. 3, n° http://tp.revistas.csic.es Fig. 3. Dos asas de un kylix, en paradero desconocido. Urna ibérica de borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpo globular bitroncocónico y base hundida, tiene una decoración pintada de color vinoso, distibuida en tres bandas horizontales en los dos tercios superiores que enmarcan dos frisos de semicírculos concéntricos separados por rizos verticales (Fig. 4, n° 1 y Lám. Urna ibérica con borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpo globular, ligeramente bitroncocónico y base hundida, que presenta una decoración pintada de color vinoso que muestra tres finas bandas horizontales que enmarcan dos frisos formados por semicírculos concéntricos separados por rizos verticales (Fig. 4, n° 2 y Láms. Depósito: Museo Arqueológico Nacional, colección Vives; donde figura como procedente de Archena. Vaso ibérico de borde exvasado, cuerpo ovoide y base hundida con una decoración pintada bícroma. Sobre un fondo de barniz rojo que recubre casi toda la superficie exterior del vaso aparece, en el tercio superior, una banda con el mismo acabado enmarcada por finas bandas pintadas en negro y otras en reserva. Según Cabré, en la base tiene tres círculos concéntricos pintados en rojo (Fig. 3, n° 5). Pertenece al tipo 5-B-I de Pereira (1988: 906), que fecha en el siglo IV a.C, con paralelos en Fuente Tojar, Puente del Obispo y en otras tumbas de Toya. Kalathos ibérico de borde exvasado, cuello estrangulado, hombro marcado, cuerpo cilindrico y base levemente hundida con umbo. Tiene una decoración pintada monocroma formada por dos frisos de círculos concéntricos separados por grupos de rizos verticales, enmarcados por bandas horizontales (Lám. Se incluye dentro del tipo'8-A-2 de Pereira (1988: 950), datado en el siglo IV a.C, con paralelos en la misma necrópolis de Toya y en Castellones de Ceal, para la misma cronología. Cabré (1925: 88) menciona restos de kalathos decorados similares al anterior. Hoy en paradero desconocido. Urna ibérica de borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpo globular esférico y base hundida; con decoración pintada de color marrón formada por cuatro bandas horizontales en espiral, situadas en la zona media de la urna, enmarcadas por dos más anchas, debajo del cuello hay otra banda de la que penden cuartos de círculos concéntricos (Fig. 4, n° 4 y Láms. Pertenece al tipo 7-A de Pereira (1988: 940), con una cronología del siglo IV a.C, con paralelos en Almedinilla, Cástulo, Toya y Castellones de Ceal. Depósito: Museo Arqueológico Nacional, colección Román Pulido. Urna ibérica de borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpo globular esférico y base hundida, con decoración pintada en color vinoso a base de cuatro finas bandas horizontales, en espiral, en la zona de diámetro máximo, enmarcadas por otras más anchas, el borde y la parte inferior 4. Recipientes cerámicos procedentes de la cámara de Toya (dibujos del autor, excepto 1 y 3 a partir de Pereira, 1988; 6 a partir de Cabré, 1925). La urna número 3 sin escala. del cuello también presentan bandas del mismo color (Fig. 4, n° 5 y Lám. Depósito: Museo Arqueológico Nacional, colección Vives, donde figura como procedente de «Archena dudoso». Urna de borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpo globular esférico, algo bitroncocónico, y base hundida. Tiene una decoración pintada monocroma a base de bandas horizontales situadas en los dos tercios superiores de la pieza siendo más anchas las de los extremos, de la banda situada bajo el cuello caen cuartos de círculos concéntricos (Fig. 4, n° 3 y Lám. Fue publicada por Bosch como procedente del santuario del Castellar de Santisteban. Urna de borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpo globular esférico y base hundida. Tiene una decoración pintada monocroma a base un grupo de finas bandas horizontales, espiral, situadas en la zona de mayor diámetro de la urna, enmarcadas por otras dos más anchas, debajo del cuello hay otra banda de la que cuelgan cuartos de círculos concéntricos (Lám. Ha sido publicada como del Castellar de Santisteban por Bosch y Pericot. Urna de borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpo globular esférico con base hundida y decoración pintada monocroma a base bandas horizontales, debajo del cuello existe otra banda horizontal de la que penden cuartos de círculos concéntricos. Dos urnas de forma y decoración similares a las dos anteriores; formaban parte, entre otras colecciones, de las de Gómez-Moreno, Vives y Linares. Urna de borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpo glogular bitroncocónico y base hun-Lám. Urna decorada de la cámara de Toya (Iberos, 1983). dida, decorada con grupos de bandas horizontales pintadas monocromas. Ha sido pubUcada como de Castellar de Santisteban por Bosch Gimpera y Lantier. VI) pertenecía a Cabré. Urna de borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpoglobular bitroncocónico y base hundida. Presenta una decoración pintada monocroma a bade de bandas horizontales. Podría ser identificada en una urna de pequeñas dimensiones de la colección Vives del Museo Arqueológico Nacional, donde figura como procedente de Archena. Urna ibérica de borde exvasado, cuello estrangulado, cuerpo globular bitroncocónico y base hundida; presenta una decoración pintada a base de grupos de finas bandas horizontales situadas sobre la carena, tercio superior y bajo el cuello. Al igual que las anteriores pertenece al tipo 7-A de Pereira. Vasito caliciforme, de borde exvasado, cuello cilindrico, cuerpo bitroncocónico y base hundida, decorado con bandas horizontales pinta- en color vinoso (Fig. 3, n° 11). Depósito: Museo Arqueológico Provincial de Barcelona, donde figura como procedente de Villaricos (Almería). Cuenco de borde recto de labio apuntado, cuerpo con forma de casquete esférico, pie anular con umbo. En el interior presenta una decoración pintada de color vinoso a base de tres grupos de círculos concéntricos en espiral (Fig. 3, n° 10). Depósito: Museo Arqueológico Provincial de Barcelona, donde figura como procedente de Villaricos. Dos fragmentos de un cuenco de borde recto de labio apuntado, cuerpo con forma de casquete esférico, pie anular con umbo. Tiene una decoración pintada de color vinoso en el interior a base de tres grupos de círculos concéntricos en espiral (Fig. 3 16-b). Cabré cita fragmentos de otros cuencos similares que permanecen en paradero desconocido. Seis cajas de piedra en diferente estado de conservación y fragmentación. Tendrían forma rectangular con cuatro patas de sección cuadrangular y tapas con forma de tejado a doble vertiente. Todas en paradero desconocido. Disco de bronce con una cabeza de felino repujada y cincelada en el centro, junto al borde hay dos líneas grabadas. Según Cabré está partido intencionalmente en dos mitades. Puede interpretarse como un umbo de un escudo o una pátera (Fig. 3, n*" 14). Dimensiones: diámetro 13 cms. Depósito: pertene a la colección Cabré, aún no ha sido localizado. Fragmento de borde de una sítula de bronce. Dimensiones: diámetro boca: 12 cms. Fragmento de un vaso de bronce con anillos relevados hacia el exterior, en paradero desconocido. Fragmentos pertenecientes a la empuñadura y hoja de una falcata. Fragmentos pertenecientes a varias vainas de espadas, no localizados. Fragmento de regatón de hierro, no localizado. Casco de hierro tipo Montefortino, que ha de ser fechado hacia el siglo III a. Varias piezas de hierro pertenecientes a dos ruedas de carros. Fernández-Miranda y Olmos (1986: 71) clasificaron once fundas metálicas de radios, ocho belas sencillas, dos bocines, varios fragmentos de llantas metálicas algunas de ellos doblados intencionalmente, varios clavos y fragmentos no identificables (Lám. Depósito: Museo Arqueológico Nacional, colección Cabré. Varias cuentas de collar de plata y vidrio de colores azul oscuro y amarillo, no localizadas. Como se ha podido ver la cronología de las diferentes piezas remite a una primera utilización de la cámara durante la primera mitad del siglo IV a.C, prolongándose hasta el siglo III si nos atenemos a la cronología de ciertos tipos cerámicos y del casco de hierro. Dado que las cámaras están concebidas como panteones familiares o de linajes, es lógico pensar en un empleo prolonga- do a lo largo del tiempo, como se documenta en Galera. En todo caso hemos de resaltar la uniformidad de los tipos cerámicos, hecho generalizado a partir del siglo IV a.C. en otras necrópolis, como la de Castellones de Ceal. Otra posible interpretación para tal uniformidad de formas e, incluso de motivos decorativos, es que estemos ante un determinada producción cerámica manufacturada especialmente para servir de recipientes funerarios de los personajes enterrados en esta tumba. La cámara de Toya, como cualquier enterramiento ibérico con 2 ó más individuos, presenta restos de un importante equipo armamentístico con piezas tan significativas como el carro y el casco, elementos vinculados al importante estamento militar que, en la Alta Andalucía, se entierra en tumbas de cámara o en fosas complejas. Deseo expresar mi agradecimiento a todas las personas que han hecho posible la elaboración de este trabajo, en especial a Teresa Chapa, Juan Pereira, Julia Sánchez y Esperanza Manso. A José M^ Abenza y Alicia Torija por su apoyo incondicional. A Femando Quesada Sanz por permitirme utilizar los datos de su tesis doctoral inédita «El armamento ibérico».
El panorama general de las recensiones en las revistas de Prehistoria y Arqueología no es muy esperanzados En las revistas internacionales se está observando, en los últimos años, una tendencia hacia su disminución en favor de artículos y notas. Resultado, sin duda, de la confluencia de varios factores: el crecimiento vertiginoso de las publicaciones, la escasa consideración que la reseña tiene entre los propios investigadores, el poco tiempo del que éstos disponen para leer recensiones, su casi nulo reconocimiento académico y, en fin, las nuevas formas de acceso a las novedades publicadas (Abstracts, Bases de datos informatizadas. Publicaciones electrónicas, Internet y correo electrónico) que hacen poco competitivo el largo plazo que implica el proceso de recensión (Case 1995). En el caso español la situación que describía uno de nosotros hace diez años, apenas ha cambiado (Ruiz Zapatero 1987). Las revistas de más larga trayectoria no han modificado la política de excluirlas de sus páginas, mientras que las revistas surgidas en la última década tampoco han considerado que fuera un tema importante. La experiencia de la publicación de Arqritica, Crítica de Arqueología Española, revista dedicada exclusivamente a la publicación de reseñas amplias y artículos-recensión, entre 1991 y 1994, con ocho números aparecidos, puso de manifiesto la dificultad de contar con recensionistas sin miedo a la crítica honesta aunque fuera dura. Si teníamos serias sospechas de que en el mundo académico español los investigadores, en general, no quieren escribir críticas para no crearse «enemistades perjudiciales» en su futura carrera profesional, los problemas afrontados para encontrar recensionistas críticos nos lo confirmaron plenamente. Con todo la ex-de conocer la bibliografía arqueológica española debido a la atomización de las publicaciones. (d) una ampliación del propio concepto de la reseña, tradicionalmente limitada a las publicaciones. En la actualidad existen otras fórmulas de divulgación de nuestro conocimiento del pasado que merecen comentarios, como films y videos de arqueología, publicaciones en CD-ROM y CD-I y publicaciones en Internet. Pero también se puede decir lo mismo de exposiciones en museos, o de yacimientos, monumentos e itinerarios arqueológicos acondicionados para la visita pública. Nos gustaría extender las críticas a estas nuevas fórmulas. Contribuir al debate que se abre con las recensiones debería ser una responsabilidad personal de todos los investigadores (Runnels, 1994). Sólo con la disponibilidad para escribir reseñas de los autores a los que se les solicite junto a la de quienes deseen proponer publicaciones concretas, podrá salir adelante este nuevo impulso a la sección de recensiones de Trabajos de Prehistoria.
MARGARITA DÍAZ ANDREU y TIMOTHY CHAMPION (eds.). La nación, como principio rector de la vida de los habitantes de un territorio, apareció soslayando las diferencias de religión, estamento y clase para agruparlos en nuevos lugares sociales y simbólicos. La unidad por encima de las diferencias era el principio rector de esta nueva entidad que, por otro lado, tenía como características: a) la congruencia entre unidad nacional y política, y b) su situación jerárquicamente superior frente a cualquiera de las otras lealtades a las que un individuo podía adscribirse. En este marco, el nacionalismo puede definirse como el principio que establece esa congruencia. Jaffrelot (1993) ha clasificado las teorías sobre el nacionalismo en tres conjuntos: aquél que hace énfasis en el nacionalismo como sentimiento ligado a la modernización en términos económicos y técnicos (dentro de este grupo la escuela del Nation-building); un segundo que considera a la nación como "dato" (estudios primordialistas, donde nacionalismo se hace sinónimo de etnicidad); y un tercero en el cual el nacionalismo es tomado como fenómeno (las ideas se conciben como agentes de la historia). Si acordamos con los modelos que analizan a la nación y al nacionalismo como "construcciones" de la época moderna, podemos acordar también en definir al segundo como sistema de ideas en el cual la nación se carga de contenidos sagrados. Parte de éstos se relaciona con su invención, la fragua de un origen, de héroes anónimos o identificables y de mitos/hitos que inevitablemente contenían o presagiaban un destino que no era otro que el que conducía a la aparición de la nación. En ese mismo marco puede entenderse la escritura de la historia como búsqueda de antecedentes: el pasado se interpreta como huella de lo que vendrá, un gesto típico de algunos de los intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX para quienes los actos de la Historia cobraban sentido en función del fin que estaban cumpliendo. La reflexión teórica sobre el nacionalismo no es nueva y puede rastrearse casi tan atrás como la constitución de las nuevas entidades políticas que en el siglo XVIII empezaron a aparecer con el nombre de naciones (Hobsbawm, 1990: 1-5) (1). Pero como Hobsbawm (1990) también ha señalado, es a partir de 1968 y con los (1) Hobsbawm (1990) ha dado una guía de las principales obras que serían insoslayables para la historiografía del nacionalismo. Como punto inicial coloca a Walter Bagehot (Londres, 1887) Physics and Politics; John Stuart Mill (Londres, 1861) Considerations on representative government; Ernst Renan (París, 1882), Qu 'est ce que c' est une nation?, los debates de la Segunda Internacional (Kautsky, Luxemburgo, Bauer y Lenin) acerca de lo que Otto Bauer llamó Die Nationalitatenfrage (la cuestión nacional), El marxismo y la cuestión nacional y colonial de J. Stalin. Estas obras representan un tipo de reflexión teórica sobre el nacionalismo pero cuyo campo de acción era la práctica política. Por otro lado, es después de la primera guerra mundial que emerge el estudio académico del nacionalismo con los trabajos de Carleton Hayes (Nueva York, 1931), The historical evolution of modern nationalism y Hans Kohn (Nueva York, 1944), The idea of nationalism. trabajos de Miroslav Hroch (2) en Praga, cuando se abre una nueva era en los análisis de la composición de los movimientos de liberación nacionales. A partir de entonces se han ido agregando obras que, a fines de la década de 1990, pueden considerarse emblemáticas. También es cierto que muchos de estos libros fueron escritos antes de la disolución de la Unión Soviética y que el contexto en el que hoy han cobrado tanto sentido no era el que existía en el momento de su publicación (3). Por lo menos en Europa, la década de 1980 parece ser aquella en la cual, en el campo de la administración del Estado, se instaló la idea de las autonomías regionales y del refuerzo de las identidades más pequeñas que el Estado-nación. Asimismo, del otro lado del Atlántico, en Nicaragua se planteaba el problema de la relación entre un Estado-nación revolucionario y las comunidades étnicas que no se sometían al imperio de la revolución y, menos aún, a los límites de las naciones centroamericanas (4). En América Latina, la misma década presenció el derrumbe de las dictaduras militares. Muchos de los proyectos políticos que las sucederían trataron de definir principios aglutinantes de la sociedad que se opusieran a los que habían regido hasta entonces, entre ellos una búsqueda de la unidad iberoamericana. Pero, a partir de la desintegración de la Unión Soviética, el nacionalismo como principio de autoafirmación cobró nueva fuerza en zonas del planeta donde el mismo se había subsumido en otro mayor como el internacionalismo, la amistad entre los pueblos y la solidaridad obrera. No solamente aparecieron nuevas fronteras en los mapas, sino que a este fenómeno le siguió un abundante bibliografía. En el Reino Unido -o quizás debería decirse en el mundo editorial anglosajón-, los trabajos ya citados se transformaron en los nombres insoslayables de cualquier intento de acercarse al problema. La bibliografía que surgió trascendió el campo de las ciencias políticas y de la filosofía para empezar a buscar relaciones entre el nacionalismo y la vida cotidiana del ciudadano. La práctica de los arqueólogos no ha quedado ausente de estos análisis. De esta manera, entre 1995 y 1996 aparecieron por lo menos dos libros que se centraban en la relación entre la práctica de la arqueología y el nacionalismo. Uno, publicado en Estados Unidos por Cambridge University Press por Philip L. Kohl y Clare Fawcett (1995) tuvo su origen en un simposio sobre este tema realizado en el congreso anual de la American Anthropological Association (AAA), Chicago en 1991. En este volumen se analizan las arqueologías de Europa y de Asia oriental, aunque no todos los capítulos se refieren a un país. Los editores fundamentan el libro en la explosión de conflictos nacionalistas de los últimos años y definen el fenómeno que van a analizar según el concepto de arqueología nacionalista de Trigger y Glover (1981) sosteniendo que «puede postularse que existe una relación natural o insoslayable {unavoidable) entre arqueología y nacionalismo que no necesariamente es corrupta o sospechosa». Asimismo consideran que -frente a los mencionados conflictos-es necesario desmitificar creencias nacionalistas peligrosas y no caer en el relativismo extremo. En esta edición se publican trece casos de estudio clasificados por los editores según tres regiones: Europa occidental (España, Portugal, Alemania y dos capítulos temáticos, uno sobre la oposición civilizaciónbarbarie en la arqueología europea, otro sobre el eco-feminismo en la arqueología indo-europea), Europa oriental y Eurasia (sudeste de Europa, la arqueología soviética de las décadas de 1930 y 1940, la arqueología rusa post-soviética, el Cáucaso), y Asia oriental (China, Corea y Japón). Cerrando el volumen, los comentarios de Neil Silberman y Bruce Trigger añaden una visión global y compleja del problema. El segundo volumen, editado en el Reino Unido por University College London (UCL) Press por Margarita Díaz Andreu y Timothy Champion (1996) es un proyecto independiente fundado en lo que los editores denuncian como silencios frente a las preguntas que están surgiendo en el mundo contemporáneo. Este volumen se concentra en las arqueologías de Europa y cada uno de sus capítulos está dedicado a un país según las fronteras actuales del mismo. Uno de sus objetivos principales es demostrar que «el nacionalismo ha tenido su peso no sólo en la interpretación arqueológica de un período definido de la historia alemana o italiana o de la arqueología colonial, sino que está profundamente imbricado con el concepto de arqueología, su institucionalización y desarrollo». Además de la introducción de los editores y el epílogo de Miroslav Hroch, los doce capí- (2) Las obras de Hroch fueron publicadas en inglés en 1985 en Cambridge como Social preconditions of national revival in Europe. (3) Anderson (1994: xi), con evidente tono de asombro, comenta en el prólogo de la segunda edición de su libro: «Who would have thought that the storm blows harder the farther it leaves Paradise behind? Should all this have somehow been foreseen?» (4) El ejemplo paradigmático se refiere a lo sucedido con los Miskitos en la Costa Atlántica de Nicaragua y Honduras. T. P., 54, n.° 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tulos que componen el libro analizan los siguientes casos: Dinamarca en el siglo XIX, Francia, la arqueología islámica en España, Portugal, Italia, Gran Bretaña, Irlanda, Alemania, Polonia, Rusia, Lituania y Eslovenia. Estos libros conjugan en realidad los tres modelos que define Jaffrelot porque, aunque de los editores no puede decirse que adopten un modelo primordialista, algunos de los capítulos parecen adscribirse a la idea de la nación como "dato" (como el capítulo sobre Lituania de Puodziûnas y Girininkas en Díaz Andreu y Champion). Sin embargo, casi todos los capítulos oscilan en marcos que responden al modelo de la nación como construcción y el nacionalismo como fenómeno. Los capítulos de S0rensen sobre Dinamarca, de Wiwjorra sobre Alemania y de Fabiáo sobre Portugal (todos en Díaz Andreu y Champion) así como el de Lillios dedicado a la Edad del Cobre en Portugal en Kohl y Fawcett, muestran cómo el pasado ha suministrado símbolos a diversos proyectos políticos. Los textos de Díaz Andreu (que tratan sobre España en ambos volúmenes) tienden a demostrar cómo la diversidad cultural ha tendido a ser anulada en pos de una historia única que excluyera sistemáticamente las voces disidentes. La idea de una unidad de destino que tiene su origen en tiempos remotos, también es analizada en el capítulo de Nelson sobre Corea. Los reclamos territoriales que recurren a la evidencia arqueológica o a su destrucción se presentan en los capítulos de Kohl y Tsetskhladze sobre el Cáucaso y el de Kaiser sobre los Balcanes. En resumen, los trabajos de ambos volúmenes insisten en los siguientes tópicos: intelectuales co-optados por el Estado (las dictaduras como caso extremo), Estados que ignoran a la investigación arqueológica, y proyectos políticos que recurren, entre otras fuentes, a ciertos elementos que se derivan de la práctica de la arqueología para definir símbolos/héroes de referencia. Más allá de los casos específicos, considero que de ambos libros se desprenden varios temas importantes. Un primer punto a destacar es la intención de desvelar una relación que se naturalizó a lo largo del proceso de institucionalización de las ciencias: aquélla que puso a los científicos e intelectuales al servicio del Estado. Los análisis historiográficos muestran la entrada de la arqueología a los patrones de la esfera pública de la modernidad. Como señala Hroch en su comentario, existen determinados pautas científicas internacionales que los campos disciplinarios tienen que respetar: algo cierto tanto para el presente como para el pasado de la propia arqueología y que en los textos se pierde por el énfasis en lo nacional. Los sistemas científicos que se empezaron a establecer en el siglo XIX cobraban utilidad nacional si los contenidos locales adoptaban la forma retórica y visual de presentación aceptada internacionalmente. La expansión del capitalismo y la creación de mercados también significaban la circulación de instrumental y libros científicos, de saberes y metodologías, así como de lugares de encuentro y del mismo ritual del evento académico. En suma, la aparición del arqueólogo como especialista con un código común y específico. Ya fuera a través de las universidades o de los museos, a principios de siglo XX tal especialidad ya había sido creada y asumida por los Estados nacionales con proyectos modernizadores. Con esto quiero decir que en la institucionalización de la arqueología hay dos caras inseparables la una de la otra: salvo en proyectos de clausura interior, la ciencia nacional no podía plantearse sino como carta de presentación internacional. En la introducción de Díaz Andreu y Champion, se plantea la pregunta «¿cómo interpretar esta politización de la arqueología?», refiriéndose tanto al resurgimiento del nacionalismo en la arena política -y por lo tanto en la arqueología-como a la pérdida de la creencia en la objetividad en la interpretación del pasado. Como parte de la respuesta, subrayan que la arqueología de ningún país ha quedado totalmente libre de la influencia nacionalista, dado que ésta ha sido la teoría dominante en el ordenamiento político del mundo -subrayaría que también del mercado-en los últimos doscientos años. De este mismo objetivo surgen también varias preguntas que se le podrían formular a ambos libros: ¿cuál es el sujeto cuando se habla de la relación nacionalismo-práctica de la arqueología?, ¿cuáles son los términos que pueden definir esta relación? Kohl y Fawcett colocan el acento en los arqueólogos y su relación laboral de dependencia con el Estado, en lo que ellos llaman «los arqueólogos al servicio del Estado». Trigger, en su comentario final, sostiene que el nacionalismo aparejó el abandono del evolucionismo para documentar e interpretar el registro arqueológico de pueblos específicos. Sin desestimar el potencial papel positivo de las arqueologías étnicamente inspiradas, los editores acuerdan con el comentarista en que el problema surge frente a los abusos de las plataformas de ciertos movimientos políticos y de ciertas naciones-Estado. Si los arqueólogos dependen laboralmente de estos programas políticos es predecible que se pongan al servicio del Estado y se identifiquen con él. Esto acarrea para los individuos la consiguiente pérdida de independencia y el riesgo de quedar en evidencia frente a los cambios políticos abruptos. Kohl y Fawcett plantean que la arqueología es una disciplina que parece estar a la espera de ser interferida por el Estado. O, en otras palabras, el arqueólogo quiere y desea ser empleado (en el sentido laboral) por el Estado. Entonces, un primer punto para anclar el análisis se define no a partir de los símbolos sino por la situación generada por el trabajo del arqueólogo. Por otro lado, para Kohl y Fawcett la respuesta acerca de quiénes son los sujetos de esta relación también puede buscarse en la constitución de los grupos intelectuales que crean -y creen en-la nación y tratan de hacerla creíble. El despertar nacional está asociado a movimientos políticos que se orientaban a la construcción de naciones-Estado independientes o a lograr un mayor grado de autonomía dentro de esos Estados. En estos casos, los historiadores y/o arqueólogos ligados a estos movimientos actuaron como proveedores de materia prima. Para Kohl, el nacionalismo es algo diferente a la etnicidad y debe ser entendido como un fenómeno histórico asociado a la emergencia de una intelligentsia nacionalista articulada que recurre a los nuevos medios de comunicación de masas que surgen en la era moderna. Aquí se puede hallar un segundo eje: para analizar esta relación hay que observar el surgimiento y los conflictos del campo intelectual en la modernidad. Este punto, con respecto a la arqueología europea, se deshoja en la introducción de Díaz Andreu y Champion, en lo que ellos consideran un primer intento de sistematizar las fases que atravesó la relación entre nacionalismo y arqueología. Hubiese sido interesante analizar los lugares cambiantes de los arqueólogos con respecto a los grupos intelectuales, por lo menos historiadores y teóricos de la política. Los dos libros que aquí se reseñan comparten también la búsqueda de una explicación del desinterés de décadas anteriores hacia este tipo de reflexión. Kohl y Fawcett consideran que mientras en la arqueología norteamericana preprocesual era un dato, la arqueología de cuño procesualista tendió a negar al sujeto cognoscente y por consiguiente cualquier intento por analizar las marcas de éste en la investigación. A su vez, Kohl y Fawcett afirman que la arqueología postprocesual no da las herramientas necesarias para determinar en qué casos se debe aplaudir la construcción conciente de un orgullo nacional y en cuáles condenar el chauvinismo excesivo. El capítulo de David Anthony -tomando como caso de referencia el eco-feminismo-hace énfasis en lo mismo. Los editores sugieren no perder de vista las siguientes guías: a) la construcción del pasado nacional de un grupo no debe hacerse a expensas de otros; b) todas las tradiciones culturales merecen respeto, y c) no abandonar el reconocimiento de la existencia de una humanidad común. Otro punto que me gustaría destacar -y que no se subraya lo suficiente en los textos-es que la legitimidad del presente o de un proyecto político no necesariamente tiene o tuvo que recurrir a la historia o al pasado. Más aún, muchas de las revoluciones se hicieron en nombre del futuro y de identidades que se anclaban en el porvenir resultantes del cambio. No es del todo correcto sostener que los proyectos de identidad se fundan en el peso del pasado: el concepto de vanguardia -tan utilizado en política como en el arte-refutaría por si solo esta idea (Williams, 1989). Para el caso de la arqueología y de la investigación arqueológica, varios de los capítulos de ambos libros señalan que Estados fuertes, no necesitaron de ellas para afianzarse. Y lo contrario, según Schnapp (en Díaz Andreu y Champion) los arqueólogos franceses del XIX se resistieron a la co-optación de las sociedades científicas en aras de permanecer independientes. Por otro lado, los usos de la historia no siempre estuvieron orientados hacia el nacionalismo. En el libro de Kohl, los capítulos referidos a Portugal y el de Shnirelman con respecto a la ex Unión Soviética nos lo recuerdan. Y al mismo tiempo nos alertan sobre la multiplicidad de retóricas que sobre el pasado (como el capítulo de Wiwjorra demuestra con un excelente trabajo historiográfico) se pueden originar en un mismo país en la misma época según los destinatarios a los que se dirige la presentación de la historia. No es lo mismo la presentación de la historia en aras de las relaciones internacionales (que enfatizará conflictos o solidaridades según las coyunturas), que orientada hacia la creación de una conciencia de grupo (tampoco es lo mismo si se trata de la imposición de la identidad de un grupo sobre la de otro), o presentada a una audiencia académica. No quiero dejar de mencionar la distinción de Fabiao entre la producción académica y la apropiación de la misma por parte de otras esferas que no necesariamente los científicos pueden controlar. De todos modos, en una misma sociedad pueden circular retóricas aparentemente contradictorias entre sí, aún en boca del mismo individuo. La pregunta que vuelve a surgir es ¿quién es el autor de las mismas? Por otro lado, también me parece necesario recalcar que a veces se hace difícil subsumir o tratar de explicar las historias de la ciencia por las políticas nacionales: es más general que los grupos políticos académicos se unan en coaliciones de poder diferentes a las que marcan los rumbos en otras esferas y que las disputas se reduzcan a los espacios en la esfera específica institucional. Como señala Silberman en su comentario, el oportunismo político establece en la retórica de las justificaciones conexiones obvias con la política no académica. Pero no olvidemos que una regla de oro de la antropología -y del psicoanálisis-consiste en que las explicaciones del nativo a sus propias acciones no son las explicaciones que el antropólogo busca. Ni las que sirven para entender por qué un grupo actúa como lo hace. Peligro que se puede sortear, como muchos de los capítulos lo logran, haciendo historia recurriendo a fuentes primarias. Trabajar sólo con las secundarias es olvidar las voces divergentes a los proyectos que se impusieron y reproducir de esta manera la idea de una sociedad o de un grupo trabajando sin fisuras ni conflictos Asimismo, en ambos libros se hace evidente que la arqueología no ha sido la disciplina de referencia desde (Hodder, 1986) han llamado postprocesualismo y que no es más que la recepción en el campo de la arqueología británica de las obras traducidas de los estructuralistas y postestructuralistas franceses de las últimas tres décadas. Como comentario final quisiera mencionar -acordando con Silberman-el contexto en que se enmarca la práctica contemporánea de la arqueología y de las ciencias en general. En los últimos años la investigación científica fue alcanzada por el impacto de la crítica a las humanidades y a las ciencias en general. Esto ha desembocado, entre otras cosas, tanto en la disminución del apoyo económico como en la falta de seguridad de los mismos científicos. Asimismo, la idea de subsidiaridad ha ido ganando más y más adalides no sólo entre los equipos políticos sino también dentro de las comunidades científicas. Las menciones públicas de parte de los administradores del Estado a la falta de "utilidad" de las ciencias sociales "tradicionales" -como la historia, la antropología, la arqueología y la filosofía-ya no llaman la atención. Pero, resulta más extraño que tal idea fuera aceptada con cierto conformismo por parte de los afectados. A la vez que la mayoría de los países contemporáneos ha llevado al mínimo los presupuestos públicos, muchos científicos han empezado a aceptar el cuestionamiento al gasto en la investigación y en la práctica intelectual. De ahí a intentar colocar a nuestras disciplinas en el mundo del mercado no media más que un paso que, muchos, ya han dado. La tesis que establece que la productividad depende del uso de la ciencia y la tecnología es una idea umversalmente aceptada. De la inversión social en la investigación se prevee el crecimiento económico (Etzkowitz, 1994: 265). La capitalización del conocimiento, la transformación de la ciencia en bienes económicos, no es una novedad. Pero, lo novedoso reside en la intensificación de este proceso y en que la capitalización del conocimiento haya alcanzado a disciplinas y a instituciones académicas antes no involucradas, por ejemplo, la historia y las ciencias sociales cuyos resultados nunca antes habían sido percibidos desde su utilidad. Por el contrario, su papel en la sociedad era necesario más allá de potenciales usos pragmáticos y su significado e importancia residía en niveles simbólicos, entre ellos los que se analizan en estos volúmenes sobre el nacionalismo y la práctica de la arqueología. El estudio de la historia y del pasado casi se planteó al mismo tiempo que el problema de su enseñanza tanto a niveles generales como respecto a la formación de los historiadores. A fines de siglo, un español preocupado por la institucionalización de la historia, afirmaba que había dos objetivos para estudiarla: a) el amor a la historia misma (5), y b) razones políticas o de patriotismo, en lo que se confundía con la instrucción cívica (Altamira, 1894: 1-2). A fines del siglo XX parece que el amor a la historia no alcanza para ser co-optado por el Estado. Como afirma Silberman, la industria del placer y del ocio están por ocupar su lugar. En suma, ambos volúmenes no sólo tienen el valor de iniciar un nuevo campo de reflexión dentro del arqueología sino que también estimulan una discusión necesaria en este momento donde campean las visiones fundamentalistas y donde la desnacionalización más que a la pérdida de contenidos nacionalistas podría conducir a transformar el pasado en un parque de atracciones. Le agradezco a José Antonio Pérez Gollán la lectura atenta del manuscrito y sus múltiples sugerencias. Mucho antes de la escritura de estas páginas M.^ Isabel Martínez Navarrete, me había prestado bibliografía que aquí menciono. De todos modos, la responsabilidad de lo que escribo no se transmuta a ninguno de ellos. IRINA PODGORNY CONICET/ Universidad Nacional de La Plata Departamento científico de Arqueología del Museo de La Plata Paseo del Bosque s/n 1900 La Plata Argentina Correo electrónico: [EMAIL] (5) El amor a la historia significaba a la formación, con la mayor certeza posible, de conocimientos relativos a un cierto orden de la realidad. Residiendo la importancia de estos conocimientos en su enlace con cuestiones inmediatas y actuales para el conocedor en tanto hombre y ciudadano, las mismas estaban constituidas por: aspiraciones políticas, apreciación del carácter nacional en cuanto elemento para toda obra común, el amor y aún las preocupaciones de patria y raza. T. P, 54, n.« 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es país. Este estatuto exigía dedicar a la investigación arqueológica una suma no superior al 1% en todos los proyectos realizados en territorios federales, o sufragados por el Gobierno Federal. El enorme incremento que se produjo en el volumen de los trabajos y las excavaciones arqueológicas superó con creces las posibilidades de los Servicios existentes, muchos de ellos conectados con las universidades y los museos. Apareció entonces un nuevo grupo de profesionales de la Arqueología, organizados en compañías privadas, en lo que se ha denominado «Arqueología contractual» o «Arqueología pública». La comunidad arqueológica de los Estados Unidos tomó conciencia inmediatamente de las implicaciones éticas y profesionales de este nuevo campo de la Arqueología, a la que se le otorgó el nombre, en cierta manera equívoco, de «gestión de los recursos culturales» (Cultural Resource Management o CRM). Ya a finales de los sesenta, los arqueólogos que trabajaban en el Reino Unido habían reconocido la enorme destrucción de bienes arqueológicos que se estaba produciendo en las ciudades históricas británicas. Un trabajo fundamental publicado por el Consejo Británico de Arqueología (Heighway, 1973) puso de manifiesto la dramática escala de la pérdida potencial de información arqueológica. Por aquellos mismos años, una campaña intensiva de construcción de autopistas amenazó con afectar a varios cientos de kilómetros cuadrados de regiones arqueológicamente muy ricas, por lo que profesores universitarios y arqueólogos no vocacionales llevaron a cabo actuaciones de urgencia consistentes en prospectar y documentar aquella gran cantidad de yacimientos antes de que desaparecieran bajo el avance de las máquinas constructoras. El gobierno del Reino Unido reaccionó positivamente, de forma que la cantidad de dinero destinado a la «Arqueología de rescate» aumentó diez veces a lo largo de dos años. Al igual que en los Estados Unidos, estas actividades dieron lugar a la aparición de un nuevo tipo de arqueólogos y de equipos arqueológicos independientes. En ambos países se dieron los primeros pasos para establecer cuerpos profesionales adecuadamente regulados que aseguraran el mantenimiento de unos estándares apropiados: la Sociedad de Arqueólogos Profesionales (Society of Professional Archaeologists -SOPA-) en los Estados Unidos, y el Instituto de Arqueología de Campo (Institute of Field Archaeologists -IFA-) en el Reino Unido. Los problemas que se pusieron de manifiesto en este nuevo plano no fueron específicos de los países anglosajones, pero fueron ellos los que iniciaron en esta vía al resto del mundo. En 1985 se añadió una dimensión internacional, cuando el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS) creó el Comité Internacional de Gestión del Patrimonio Arqueológico (ICAHM: Biomstad 1989), iniciador del uso de ese término para describir este campo de actividad. Este Comité fue el responsable de la redacción de la Carta de Protección y Gestión del Patrimonio Arqueológico, aprobada por el ICOMOS en su Asamblea General de Lausana, en 1990. Este es el texto doctrinal básico para esta nueva esfera de actividad arqueológica, y las autoras del libro que estoy reseñando la describen, generosamente, como «el texto más completo e interesante que existe para la gestión del (Patrimonio arqueológico), y recoge todas las preocupaciones modernas por este tema». A pesar de que ya en los años ochenta se observa un reconocimiento general de la existencia de una nueva profesión, la literatura disponible sobre ella es, hasta la fecha, muy escasa. La mayoría, además, está escrita en inglés y se basa en las experiencias del Reino Unido o de los Estados Unidos (p.e. Sólo los dos libros editados por el autor de esta recensión (Cleere, 1984(Cleere, y 1989) ) han intentado ofrecer una perspectiva internacional sobre la gestión del Patrimonio arqueológico. El libro de Querol y Martínez Díaz debe considerarse, por lo tanto, un feliz complemento (y el primero en español), sobre todo porque trata de forma excepcional tanto las cuestiones generales como la situación particular de España. La primera parte puede definirse como el primer análisis profundo publicado sobre las relaciones entre la arqueología y el Patrimonio arqueológico. El capítulo 2, titulado «El Patrimonio arqueológico como producto de la arqueología», entra de lleno en esta materia. Es importante señalar que las autoras no consideran la gestión del Patrimonio como una derivación de la disciplina académica de la Arqueología como muchas otras veces se ha hecho. El caso de Polonia durante el periodo comunista puede servir como lección. Los arqueólogos de las universidades y del Instituto para la Historia de la Cultura Material, que trabajaban sólo en excavaciones de exclusiva investigación, trataron a sus colegas de la Organización Estatal para la Conservación, la PKZ, que estaban trabajando en la gestión del Patrimonio, como intelectuales de segunda clase. Como resultado, surgieron sentimientos de inferioridad y resentimientos de los últimos respecto a los primeros. Las autoras defienden aquí una opción más constructiva -además de más exacta-considerando ambas como profesiones complementarias, dependientes una de otra para su supervivencia, y coordinadas por unos objetivos comunes que los ligan de forma indisoluble. Este es, sin duda, un libro que debe ser leído por políticos, administradores y creadores de opinión a todos los niveles en España, así como por arqueólogos y gestores del Patrimonio. La descentralización del estado español, iniciada con la aprobación de la Constitución vigente, ha producido enormes discrepancias y anoma-T. R, 54, n.° 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lías en el diseño y la práctica de la gestión del Patrimonio Arqueológico, lo que sólo puede ser perjudicial para el enorme Patrimonio arqueológico español. La necesidad de una política concertada entre el gobierno central y las Comunidades Autónomas, y entre éstas entre sí, es un tema destacado y repetido por las autoras. Además, esa necesidad existe a todos los niveles. Muchos de los trabajos realizados se han llevado a cabo sobre la marcha, sin haber llegado a formar parte de una política global que tenga en cuenta el equilibrio entre los imperativos sociales, económicos y científicos. En todo caso, toda esta política debe derivarse de las necesidades que presenta el Patrimonio, tal y como las autoras señalan en uno de sus muchos ingeniosos y agudos comentarios, «la política debe estar al servicio del Patrimonio, y no el Patrimonio al servicio de la política». Las autoras también insisten en la necesidad de una cooperación más estrecha entre las administraciones y los grupos responsables de la protección y la gestión de los dos aspectos del Patrimonio, el cultural y el natural. España no está sola en este problema: Dinamarca es el único país europeo en el que existe una política integrada para la protección y gestión del Patrimonio natural y cultural, desarrollada por colegas que trabajan en una administración unificada. La imposibilidad de una gestión efectiva del Patrimonio, considerándolo de forma aislada, queda también muy remarcada por las autoras cuando explican cómo los gestores del Patrimonio arqueológico deben trabajar en estrecha colaboración con sus colegas responsables de otros servicios como obras públicas, planificación, turismo y educación. Buena parte de esta fragmentación se debe a los distintos conceptos que sobre el Patrimonio tienen los legisladores, los administradores y el público en general. Para que cualquier gestor del Patrimonio pueda sacar adelante su trabajo de forma efectiva, debe asegurarse de que la opinión pública está de su parte. El público debe conocer la importancia, tanto del Patrimonio Monumental como del subterráneo, a través de todos los medios de comunicación. Los trabajos arqueológicos no deben ser vistos como operaciones científicas arcanas de las que el público debe ser excluido debido a su falta de formación académica. En realidad, cuando el público se haya convencido de la importancia de la protección y de la gestión del Patrimonio, los legisladores y administradores lo tendrán todo más fácil. La necesidad fundamental e ineludible de tratar al público como seres inteligentes ha sido resumida con simplicidad por las autoras con una frase de gran impacto: «Para proteger, hay que valorar. Para valorar, hay que conocer. Este libro es también un valioso análisis de las necesidades de los propios gestores del Patrimonio arqueológico. La Asociación Profesional de Arqueólogos de España (APAE) ha ofrecido un código ético esencial para los profesionales que trabajan en la gestión del Patrimonio y en la Arqueología. Sin embargo, dentro del sistema español, continúa siendo necesario un mayor reconocimiento oficial antes de que los arqueólogos puedan situarse en pie de igualdad con los legisladores, los arquitectos y otros profesionales. Las largas luchas entre los prehistoriadores y los arqueólogos, que resultan extrañas para los que nos hemos educado en la tradición anglosajona, necesitan resolverse cuanto antes en los ámbitos universitarios españoles, de forma que la gestión del Patrimonio arqueológico pueda encontrar su lugar dentro de la Arqueología, entendiéndose ésta como una disciplina científica integrada. En esta breve revisión es imposible resaltar cada uno de los aspectos de este admirable libro, uno de los más completos que se han escrito sobre este tema tan sometido a cambios. Está lleno de perspicacia y de sabios consejos, y al mismo tiempo incorpora informaciones prácticas sobre la legislación y la organización. Es de desear fervientemente que este libro tenga el impacto que merece en los profesionales, legisladores, administradores, educadores y medios de opinión, de forma que cuando aparezca una nueva edición dentro de diez años, la gestión del Patrimonio arqueológico en España pueda ser un modelo para el resto del mundo. La limitación de espacio a que se ve sometido un comentario de estas características me obliga a resumir muy sucintamente las abundantes reflexiones que puede suscitar el estudio etnoarqueológico realizado por Gustavo Politis entre los Nukak, un grupo indígena de filiación Makú que habita la Amazonia colombiana en el interfluvio de los ríos Guaviare e Inírida. Porque lejos de tratarse simplemente, como se pretende en la Introducción, de un análisis de diversos aspectos directamente relacionados con la subsistencia del grupo, el trabajo esconde niveles diversos de sugerencias e implicaciones que le conceden una riqueza y un interés aún mayores que los previstos. 1°) El autor ofrece el resultado de cinco temporadas de campo repartidas a lo largo de los años 1990-1995, que contabilizan un total de 232 días de campaña, de los cuales 185 fueron de convivencia directa con el grupo. Los Nukak constituían un grupo prácticamente desconocido hasta el año 1988 en que, como resultado de la progresiva colonización de sus tierras, comenzaron a quedar en los límites de la zona de contacto. De hecho, la obtención de información de primera mano para facilitar el desarrollo de políticas de protección del territorio Nukak se sitúa entre los objetivos prioritarios del trabajo (p. 2°) Este se organiza en 8 capítulos y una Introducción, destinados todos ellos a presentar información «explícitamente orientada hacia un análisis etnoarqueológico» (p. 21), lo que ajuicio del autor significa centrada en el análisis de las implicaciones arqueológicas (p. 20) de «aspectos tales como subsistencia, movilidad, asentamiento y tecnología» (p. La génesis y autoría de los capítulos es diversa. Sólo algunos de ellos han sido escritos específicamente para el libro, siendo el resto versiones ampliadas y adaptadas de artículos publicados o en vías de hacerlo. Gustavo Martínez, Julián Rodríguez y Clive Gamble son co-autores de algunos de los capítulos, habiendo participado también los dos primeros en las campañas de campo. El resultado, sin embargo, es homogéneo y coherente, presentando una información detallada y precisa, basada tanto en técnicas cuantitativas como cualitativas de análisis, y ofrecida al lector de una manera atractiva y amena. A ello contribuyen tanto la abundante selección de fotografías y croquis que van ilustrando cada uno de los temas tratados, como la redacción ligera y ágil de sus líneas, que convierte a la obra en un agradable paseo por lo que, de otro modo, podrían haber sido los aspectos más áridos y menos sugerentes de una cultura en estudio. 3°) Ello se debe también a la flexibilidad de pensamiento que va demostrando el autor a medida que desarrolla el contenido propuesto, consiguiendo dotar a su trabajo de una riqueza de matices que no encontramos en otros estudios etnoarqueológicos que parten de los mismos principios. Como se sabe, la Etnoarqueología se constituyó como disciplina al ser formulada como una Teoría de Alcance Medio dentro de la corriente de la Nueva Arqueología. Y de hecho, G. Politis hace declaraciones explícitamente positivistas y vinculadas a los presupuestos teóricos de esa escuela en las páginas iniciales del libro (pp. 18-20). Pero sin embargo, a medida que analiza aspectos concretos de la cultura Nukak, va comprobando la incapacidad de esos mismos presupuestos para dar cuenta de la variedad de motivos y complejidad de actuaciones que provocan la formación de un determinado registro arqueológico. La reduccionista aplicación de «modelos de optimización basados en relaciones de costo-beneficio» (p. 279) se demuestra insuficiente para explicar el registro material Nukak, lo que lleva al autor a denunciar el «desinterés» demostrado por la escuela procesual «en la identificación de causales T. R, 54, n.« 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sicológicas, mentales, sociales, religiosas o históricas» para explicar aspectos tales como la movilidad del grupo (p. 136) o el aprovechamiento de los recursos económicos (p. En este sentido, el libro ofrece no sólo un muy buen ejemplo de lo que puede ser un trabajo de campo con objetivos etnoarqueológicos, sino que además, deja abierto un interesante horizonte de trabajo futuro, tanto a nivel empírico como teórico. 4°) En relación con lo anterior cabe situar el cuestionamiento de los estudios tradicionales sobre los grupos cazadores-recolectores. Tras discusiones en lugares distintos sobre la mayor o menor pertinencia de conceptos tales como «cazadores-recolectores», «bandas» (pp. 60-1) o «foragers» (337-8) para definir a estos grupos, demuestra la simplicidad que ha caracterizado nuestras clasificaciones (p. De especial interés me parece la demostración de la manipulación que los Nukak hacen de su entorno, favoreciendo el crecimiento selectivo de algunas plantas y con ello el aumento de la productividad del medio sin que ello suponga de ninguna manera su domesticación (p. De ello se siguen, además, dos importantes conclusiones de no menor trascendencia: 5°) Por un lado, junto a Clive Gamble, rebate en el cap.7 la tesis sostenida por Bailey y Headland (1991) respecto a que el hombre no habría podido ocupar las forestas tropicales lluviosas hasta no haber desarrollado la domesticación de plantas y animales debido a las deficiencias nutritivas naturales de ese medio (p.339-42). 6°) Por otro, expone la necesidad de revisar el concepto de «selva primaria», debido a la constatación de la alteración que de ella hacen los Nukak «a través de acciones sutiles pero prolongadas que progresivamente han modificado la estructura de los ecosistemas» (p.347). La idea subsiguiente de que el concepto de «adaptación» ha sido también utilizado de manera simplista y reduccionista, ya que los grupos humanos transforman su medio al adaptarse a él en una relación de influencia y dependencia mutua constituye, así, otra importante aportación de la obra. Trabajos como éste pueden ayudamos, en fin, a desarrollar modelos más realistas con que abordar la comprensión de un fenómeno tan complejo, rico e incomparable como es el de la cultura humana. Ojalá que su distribución comercial no frustre a quienes deseen disfrutar de la especial ocasión que siempre constituye la inmersión en una cultura extraña y de la excepcional oportunidad de conjugar, como el propio autor parece haber hecho en su realización, placer y aprendizaje. Si en general no puede pasar inadvertido para el investigador de la Edad del Bronce en el Suroeste de la Península Ibérica el interés de esta obra, en la que Mario Várela Gomes da cuenta de la campaña de excavaciones realizada en 1988 en la necrópolis de enterramientos en cista de Alfarrobeira, me resulta especialmente grato, dada mi implicación desde 1991 en un Proyecto de Investigación Sistemática centrado precisamente en el estudio de las comunidades de II milenio a.n.e. en el Suroeste peninsular {cf. Hurtado, 1993) disponer de la oportunidad de realizar algunas reflexiones en torno a su relevancia y significación en la situación actual de la investigación en este campo. Comienza el trabajo con un primer ca-pítulo A Nécropole de Alfarrobeira que permite al lector contextualizarse en el marco de las circunstancias que rodean al yacimiento y a la intervención, y en el que se describen la metodología seguida, la situación geográfica del yacimiento y la trayectoria historiográfica que precede a aquélla. La última sección de este capítulo Estruturas e Espolio ofrece una descripción en formato narrativo de los atributos constructivos y artefactuales de los trece contenedores funerarios excavados, uno por uno, por lo cual su lectura resulta algo tediosa: son treinta y siete páginas donde básicamente se suceden las descripciones de las dimensiones de los enterramientos y los túmulos que los cubrían, del número y dimensiones de las lajas de cada estructura, de su planta y orientación así como de las dimensiones de los seis vasos cerámicos que constituyen todo el ajuar de la necrópolis (una alternativa hubiera sido ofrecer estos datos tabulados). Sobre la base de esta descripción pormenorizada de las estructuras funerarias tomadas individualmente, viene M. Várela Gomes a ofrecemos en el Capítulo II Análise Interna un ensayo de reflexión general, todavía en una esfera estrictamente arqueográfica, de la necrópolis tomada en su conjunto. Aqui son formulados varios enunciados sobre las tendencias predominantes en cuanto a la habituales atributos de los contenedores funerarios y de sus depósitos, siendo de nuevo el formato elegido básicamente narrativo/literario, de forma que, en mi opinión, se echa de menos un intento de generalización cuantitativa descriptiva (sea gráfica o numérica) respecto a los datos presentados en el capítulo anterior, de forma que se genera una cierta aridez descriptiva que el lector percibe. Con el Capítulo III Integraçâo Cultural se plantea la contextualización de la necrópolis de Alfarrobeira en el marco del registro arqueológico de la Edad del Bronce de dos niveles de referencia espaciales inmediatamente superiores, esto es, en el Concelho de Silves primero y en el Suroeste peninsular después. En relación con el primero de los referentes (Sección III. 1: 79-92) realmente me cuesta dejar de preguntarme hasta qué punto está justificado seguir utilizando como marcos espaciales de referencia para la descripción o explicación de procesos sociales prehistóricos delimitaciones administrativas modernas o contemporáneas tales como concelhos, provincias, municipios, freguésias, comunidades autónomas, etc. Realmente no soy de los que piensan que los arqueólogos (o arqueólogas, claro) debamos acometer la empresa de ver el paisaje del Pasado (o el Pasado en general) en los términos simbólicos, mentales e ideológicos de sus actores (ni siquiera pienso que una tal perspectiva emic del Pasado prehistórico sea metodológicamente viable), pero tampoco creo que el asunto de la justificación argumentada y explicitada de la elección de los marcos geográficos o espaciales de referencia del análisis arqueológico pueda ser tan trivial como para llegar a reducir aquellos a unos límites burocráticos establecidos por el Estado contemporáneo. En cualquier caso, en esta sección se aporta una descripción (no un análisis territorial) de aquellas localizaciones arqueológicas adyacentes y coetáneas a Alfarrobeira, y entre las cuales destaca la ausencia de asentamientos, ausencia que sigue constituyendo un problema de orden arqueográfico en el estudio de la Edad del Bronce en algunas comarcas del Suroeste peninsular, y especialmente en el sur de Portugal. Es la sección titulada Análise Paleoantropológica e Conclusoes, dentro del Capítulo III (pp. 131-138) la parte del libro que sin duda ofrece mayores posibilidades de discusión, puesto que es allí donde el autor supera el nivel arqueográfico que ha caracterizado casi todo el relato precedente, para avanzar finalmente algunos enunciados de mayor alcance interpretativo. El contenido de dicha sección es los suficientemente sugerente como para generar una discusión amplia de múltiples aspectos, pero dadas las limitaciones de espacio a que está sujeta esta recensión trataré de circunscribirme a los que considero más relevantes. Básicamente se plantea M. Várela la interpretación del patrón funerario de Alfarrobeira en términos del nivel de organización sociopolítica de la comunidad que construyó la necrópolis, para lo cual comienza por declarar que asume el principio binfordiano del isomorfismo estructura social-patrón funerario (p. 132), premisa cuya asunción comparto como presupuesto metodológico, y que, como es sabido, viene siendo cuestionada por los teóricos postprocesuales {cf. por ejemplo Hodder, 1982). Asume el autor que el enterramiento 7 de Alfarrobeira, siendo el más antiguo de la necrópolis, y dado que presenta uno de los túmulos de mayores dimensiones y al ajuar más cuantioso (dos vasos cerámicos) corresponde a un "... personagem masculino importante na hierarchia social de entao...'' (p. En efecto, la caracterización funeraria de un individuo como líder es visible en otras necrópolis del II milenio a.n.e. en el Suroeste: en Vinha do Casáo (Vila Moura, Algarve), que el propio autor menciona. El Becerrero (Almonaster la Real, Huelva) o El Castañuelo (Aracena, Huelva), existe una sola cista cuyas dimensiones están por encima de las dimensiones medias de los restantes contenedores identificados dentro de la necrópolis; en Atalaia y Provença existen enterramientos centrales que disponen de una anillo de piedra completo sobre el que convergen los anillos tangentes de los restantes enterramientos; en la necrópolis de La Traviesa (Almadén de la Plata, Sevilla) es uno solo de los enterramientos el que, aparte de presentar dimensiones mucho mayores y un ajuar más completo, dispone de un anillo de lajas hincadas verticalmente y de un túmulo de bloques de piedra. Existen evidencias por tanto para suponer que las formaciones sociales de la Edad del Bronce en el Suroeste, al contra-T. R, 54, n.« 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es rio de lo que generalmente ocurre con las de la Edad del Cobre, tienden a enfatizar y subrayar el liderazgo mediante el ritual funerario de una forma arqueológicamente identificable. Ahora bien, asociando la estela de tipo alentejano hallada en la necrópolis a la sepultura número 2, que carece de túmulo y de ajuar (aunque había sido previamente expoliada), M. Várela Gomes prolonga su razonamiento al afirmar que esta estructura supone una forma de representación del liderazgo social alternativa a la reflejada en el enterramiento número 7 y que esta diferencia es producto de una evolución ideológica, ya que entre la construcción de ambos enterramientos mediaría un lapso temporal relativamente amplio (p. En mi opinión, M. Várela concede demasiada importancia al factor tiempo en la evolución interna de la necrópolis y en las implicaciones que tal evolución tiene, social e ideológicamente, dentro de la comunidad estudiada: si bien es verosímil que haya sido posible determinar la posterioridad constructiva del enterramiento 2 respecto del 7, parece más difícil (por no decir imposible) determinar el lapso de tiempo transcurrido entre la fabricación de ambas estructuras a menos que se disponga de dataciones absolutas muy precisas: difícilmente las evidencias estratigráficas que hayan permitido al excavador saber que la sepultura 2 es posterior a la 7 habrán indicado si esta posterioridad consiste en dos o tres generaciones. Esto es una suposición, perfectamente lícita por otra parte, que sin embargo no creo que pueda ser demostrada empíricamente. Por otro lado es preciso recordar que la asociación entre el enterramiento 2 y la estela no se realiza, de acuerdo con los excavadores, en el curso de la propia intervención de campo (es decir, la estela no es hallada in situ), sino que tal asociación se basa en testimonios recogidos cuando la estela fue hallada e identificada en los años 1970 (pp. 17-18 y 25). Insisto en este aspecto porque creo que, al menos en el estado actual de la investigación, hemos de acometer la interpretación de las agrupaciones de enterramientos individuales del II milenio a.n.e. en el Suroeste sobre la base de la representatividad de los patrones funerarios respecto de la estructura de relaciones sociales de producción de las comunidades que las producían en un lapso temporal dado, prescindiendo de introducir factores distorsionadores extra como por ejemplo que unos y otros enterramientos hayan estado separados por una distancia temporal (y por un proceso de evolución en la esfera ideológica) que no estamos en condiciones de precisar. El estudio de las asociaciones funerarias entre ajuares, caracteres arquitectónicos y categorías de sexo y edad de los individuos enterrados en la necrópolis de la Edad del Bronce en el Suroeste, y su interpretación como indicadores de los niveles de desigualdad subyacentes en las estructuras de relaciones sociales de producción de las comunidades que las construían, comporta suficientes dificultades a causa de la casi total inexistencia de registro osteológico en los enterramientos, lo que a su vez es debido a factores postdeposicionales (1), como para introducir ruido arqueográfico adicional. Precisamente, la última cuestión que deseo comentar a partir de la lectura de este libro gira en torno a la existencia de varios estatus sociales dentro de las comunidades y a su naturaleza. Si poco después, y citando también el caso de Vinha do Casáo, se vuelve a referir el autor a la naturaleza estratificada de las comunidades de c. 1700-1100 a.n.e. en el Suroeste, no dejo de discrepar con la forma en que se utiliza el concepto de sociedad estratificada, puesto que más adelante, el autor se refiere al''...sistema de chef aturas que julgamos ter administrativamente estruturado o Sudoeste Peninsular..."" y del que habrían evolucionado las''...sociedades proto-estatais, durante a Idade do Bronze Final" (p. Várela Gomes emplea los conceptos de sociedad estratificada, jefatura y sociedad protoestatal sin elaboración teórica previa. Parece evidente que un concepto como el de Estado está sujeto en todas las disciplinas de la Ciencia Social a las suficientes matizaciones teóricas como para que merezca la pena dejar claro y explícito el enfoque que se le está dando en su aplicación a casos históricos concretos. Personalmente no veo cómo puede hablarse de sociedades de jefaturas pre-estatales donde la estructura de relaciones sociales de producción {i.e. estructura de de la propiedad de los medios de producción y de circulación del producto) es a la vez estratificada, ya que entiendo que toda sociedad estratificada, es decir, de clases, es netamente estatal. El (tan discutido) concepto de jefatura puede ser útil siempre que se restrinja al ámbito de las sociedades jerarquizadas en el sentido que les dio M. Fried (1967), esto es, pre-estatales o no estratificadas, restricción que por cierto no ha seguido casi ningún teórico funcionalista ni incluso algunos marxistas. Por otra parte el concepto (1) La recientemente reanimada hipótesis cultual de la ausencia de restos humanos en números enterramientos del 11 milenio a.n.e. en el Suroeste (Amo, 1995) parece más inverosímil que nunca, puesto que los análisis edafológicos realizadas con muestras de la necrópolis de La Traviesa han venido a demostrar su relación con la extrema acidez de los suelos de la faja pirítica del Suroeste {cf. Manuel, 1995). T. R, 54, n." 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de sociedad protoestatal sencillamente carece de definición, no ya solo en esta obra de M. Várela Gomes, sino en la literatura antropológica sobre el origen de las sociedades complejas en la Prehistoria. En segundo lugar, creo que no existen evidencias que permitan clasificar como estratificadas a las formaciones sociales del II milenio a.n.e. en el Suroeste. Várela Gomes observa correctamente la posible existencia de diferentes estatus o categorías sociales entre aquellas, pero me gustaría apuntar que la existencia de estatus jerárquicamente ordenados no es equivalente a la existencia de clases donde una clase minoritaria controla la propiedad de los medios de producción básicos (sobre todo la tierra) y concentra la circulación del producto colectivo mediante un sistema basado en la coerción y la violencia física. Al contrario, las evidencias sugieren que la distribución (elementos de prestigio normalmente asociados a las clases dominantes en sociedades estratificadas primitivas y que, dicho sea de paso, entre las comunidades de la Edad del Bronce del cuadrante suroccidental de la Península Ibérica son extraordinariamente escasos en comparación con otras formaciones sociales europeas coetáneas) en aquellas necrópolis donde existen fuertes indicios arquitectónicos de jerarquización interna no es abiertamente diferencial a favor de la élite (García, 1994;1996). Otros indicadores clave como la existencia de enterramientos infantiles monumentales o dotados de ajuares de prestigio (que sugieran que los estatus sociales son adscritos por nacimiento y no adquiridos) son más difíciles de contrastar empíricamente en el marco del Suroeste debido a los problemas postdeposicionales citados anteriormente, pero el mismo Várela Gomes observa que en aquéllas escasísimas ocurrencias de enterramientos infantiles claramente identificados (Vinha do Casáo y Chichina) la contrastación es negativa (p. Aunque en los últimos años se están haciendo importantes esfuerzos en esta dirección, seguimos careciendo de un registro empírico de asentamientos apropiado para contrastar las hipótesis y teorías que sobre el origen y desarrollo de la Complejidad Social en el Suroeste de la Península Ibérica puedan construirse mediante el análisis de los patrones funerarios, pero, en mi opinión, va contra la realidad de las evidencias actualmente disponibles postular la existencia de sociedades estratificadas en dicho marco territorial, al menos con anterioridad al Bronce Final. En todo caso, confusionismos en la utilización de conceptos tales como Sociedad Estratificada, Estado o Jefatura no contribuirán en el futuro a ordenar programas de investigación racionales en tomo a este problema. En resumen, M. Várela Gomes ha ofrecido a la comunidad científica una nueva aportación, tan relevante como sugerente, para el conocimiento de la Prehistoria Reciente de la Península Ibérica. El tono general del trabajo es más descriptivo que interpretativo, pero no creo que pueda avanzarse una crítica negativa al volumen por esta razón, dado que constituye ante todo la memoria de una intervención arqueológica puntual. Desde un punto de vista empírico, con este libro M. Várela Gomes pone otro ladrillo en el muro. Desde un punto de vista teórico falta saber qué clase de edificio está construyendo. El final de la Edad del Bronce en el Mediterráneo oriental es uno de los temas más complejos de la arqueología europea y del Próximo Oriente. Los acontecimientos que se suceden hacia 1200 a.C. son muchos, dispersos y componen un cuadro difícil de precisar. ¿Cuáles fueron las causas de la llamada Catástrofe, que pone un final violento al desarrollo del Bronce en esta vasta región? La caída del Imperio hitita, el derrumbamiento de los principados de Palestina, Grecia y el Egeo, los disturbios del Delta del Nilo, a pesar de ser acontecimientos coetáneos e interconectados, tienen cada uno, a su vez, una problemática específica. No obstante, buena parte de la historiografía ha tendido a explicar las crisis, que sufren las distintas áreas citadas, de una manera focalizada hacia una causa comiin. Primero fue la teoría de las grandes migraciones. En Europa continental se desplazarían las gentes de Campos de Urnas, por lo que pueblos de origen balcánico invadirían el sur de Grecia, acabando con la civilización micénica (la invasión doria). Otras gentes de diversos orígenes aniquilarían el Imperio hitita y los principados sirio-palestinos; y los Pueblos del Mar devastan el delta del Nilo. En 1968, tras nuevas excavaciones en Ugarit, se propone un movimiento sísmico como causa de la destrucción de la ciudad. La hipótesis se amplía a todo el Próximo Oriente y el Peloponeso, donde las excavaciones alemanas de los años setenta encuentran restos de este desastre natural en Tirinto. Paralelamente se documentaban indicios de una sequía de grandes proporciones que habría provocado hambrunas y conflictos de subsistencia en el Próximo Oriente. Este hecho, asimismo, se trasladó a Grecia. No obstante, a medida que avanzaba la investigación en cada uno de los lugares afectados, y entre ciertos investigadores se fue abriendo paso la idea de plantear explicaciones complejas a una cuestión también compleja, que no es posible entender desde la óptica de una causa única extrapolable a todo el Mediterráneo oriental, sino desde la percepción del problema en la combinación de múltiples variables. Se llegó así a la propuesta de Tainter (1988) sobre el Colapso de las sociedades complejas. Ésta viene a decir que los grupos de gran complejidad social requieren cada vez mayor intensificación de la producción, en un proceso en el cual se llega a un punto en donde la rentabilidad de la explotación de los recursos se hace decreciente, iniciándose un proceso de descomposición que hace a aquella sociedad vulnerable al colapso. En el caso micénico habría habido un desmesurado programa de inversiones en sistemas defensivos, administración militar, posibles guerras internas entre los príncipes. Ese conjunto de circunstancias debilitaría los poderes políticos establecidos, lo que unido a posibles terremotos, presiones de pueblos desde el mar, y otros problemas, provocaría la desintegración del sistema palacial. La primera cuestión a abordar en la obra de Drews es que éste elabora su hipótesis a partir de una sola variable: los cambios en la forma de hacer la guerra que traerían los pueblos bárbaros (según su propia denominación). Con ello, además, vuelve sobre la antigua hipótesis de la invasión destructora procedente del norte, tesis tradicional que está en entredicho por carecer de evidencias aqueológicas claras. El libro comienza con una propuesta cronológica, basada en la datación comparada con Egipto, que le permite afinar las fechas absolutas del final del Heládico Reciente IIIB, momento crucial de la crisis, hacia el fin del reinado de Ramsés II (1212 a.C). El autor hace caso omiso de las críticas al sistema de la cronología comparada entre las culturas históricas próximo-orientales y las prehistóricas europeas, por la falta de contextos arqueológicos precisos, así como a los problemas de ajuste de las listas reales con el antiguo calendario astronómico egipcio. Tampoco tiene en cuenta la falta de sincronía entre las fechas históricas y las de C14, sin contar con los problemas que presenta hoy día la datación radiocarbónica (ver González Mareen et alii, 1992; James, 1993). Si bien es cierto que se acepta de forma casi unánime el período alrededor de 1200 a.C. como fecha T. P, 54, n.« 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es central de la crisis, esta asunción tiende a verse como una datación convencional, mientras no se resuelvan todos estos problemas que tienen planteados los sistemas de datación en el Egeo. Pero al margen de esto, el libro gira en tomo a la causa de la denominada Catástrofe. Siguiendo el discurso del autor, la táctica fundamental de combate en el Próximo Oriente y, por extensión, en el mundo micénico era el embate de los carros de guerra ligeros, portadores de arqueros y capaces de romper y diezmar las filas enemigas. Pero el hallazgo en Grecia de nuevos tipos de armas como grebas, escudos de pequeño tamaño y espadas Ñaue II, a partir de fines del siglo XIII, demostraría la introducción de nuevas formas de combate, en formaciones cerradas de infantes que, junto a la caballería, serían capaces de responder con eficacia a los asaltos de los carros. Para Drews, el mundo micénico habría sucumbido a manos de gentes procedentes del norte de Grecia que traían consigo ese nuevo armamento y esa nueva forma de hacer la guerra. Esta argumentación tiene múltiples posibilidades de réplica, comenzando con la propia controversia sobre la realidad o no de la migración doria. Otros puntos de la obra carecen de apoyos sólidos. El primero es que no está claro qué papel jugó el carro en la Grecia micénica, puesto que no se conoce ningún ejemplar, ni hay referencias escritas sobre su uso en los archivos de los palacios. Es verdad que aparece representado portando individuos armados en la cerámica pintada, pero pudieran ser escenas de caza. Asimismo, se discute si el carro micénico tuvo tan sólo una función simbólica, de manifestación extema de estatus privilegiado; y aun en el caso de aceptar su participación en el combate pudo constituir un mero medio de transporte, o ser usado para dispersar los restos de un ejército vencido, batiéndose en retirada. No está claro que el valor táctico del carro heládico fuera el mismo que el del hitita o el egipcio (ver Piggott, 1992). Por otra parte, el número de espadas Ñaue II, grebas y escudos pequeños es escaso durante el período de crisis, razón por la que Snodgrass (1973) ha interpretado aquellas armas como objetos de prestigio o. tal vez, como la panoplia de mercenarios bajo el mando de los príncipes aqueos. Por último, debiéramos hacernos una pregunta: ¿es posible que un cambio en las formas de combate provocara unas transformaciones tan profundas como para acabar con unas estructuras sociales y económicas fuertes y centralizadas, como eran los principados micénicos? La respuesta es con toda probabilidad negativa, el fin del mundo heládico no es una rápida ruptura, sino un lento proceso de transformación, entre el inicio del Heládico Reciente IIIB y el final del Heládico Reciente IIIC (con evidentes situaciones de violencia) que, de acuerdo con Sherrat y Sherrat (1993) o Whitley (1991), trae a Grecia nuevas formas tecnológicas y culturales; cambios en los sistemas de intercambio; nuevas formas de ejercicio del poder; nuevos poderes comerciales y artesanales que crean tensiones sociales desconocidas hasta entonces; cambios esenciales en el concepto de esclavitud, en las formas de propiedad de la tierra y de las relaciones sociales. Todo lo que hace más comprensible el final de la Edad del Bronce en el Egeo de acuerdo con explicaciones complejas que afectan a la estmctura socio-económica heládica, y no con otras que en definitiva se asientan sobre la existencia de unas docenas de armas. Aunque la obra de Drews tiene aciertos como recoger la historia de la investigación sobre el tema, lo que convierte la obra en consulta obligada, la hipótesis central que se defiende no parece acertada, puesto que cae en dos argumentaciones difíciles de mantener: la vuelta a la tesis invasionista, y la sustentación de su propuesta sobre la base de una escasez tal de elementos (espadas Ñaue II, grebas) durante el período de crisis que hace difícilmente operables unos razonamientos que quieren convertirse en ley general. «Telémaco mío, la guerra de Troya ha terminado...» Estas bellas palabras recogidas por el Ministro de Cultura de la Federación Rusa en la Introducción a este catálogo, desafortunadamente, no se han cumplido todavía. Después de 50 años en los que creímos que los materiales procedentes de las excavaciones de Schliemann habían desaparecido para siempre, se produce el acontecimiento de esta exposición para dar a conocer al mundo los llamados «tesoros» de Troya. Con ella resurgen el mito y la polémica. En la exposición de Moscú se exhibieron 260 piezas procedentes de los diferentes "tesoros" excavados por Schliemann entre 1872 y 1890. Se trata de joyas y recipientes de oro y plata, hachas ceremoniales de nefrita y lapislázuli, lentes de cristal de roca, un ídolo de bronce, una figura antropomorfa de plomo y una empuñadura o pomo de hierro. Son algunos de los objetos que volaron de Berlín a Moscú el 30 de Junio de 1945 y que se encontraban perfectamente embalados y clasificados. Parte de este transporte fue a parar al Hermitage de San Petersburgo (fundamentalmente bronces y algo de cerámica), donde se conserva actualmente a la espera de ser dado a conocer en una futura exposición (Easton, 1995). Sin embargo, existe material troyano procedente de las excavaciones decimonónicas en una cincuentena de Museos del mundo, debido a la historia rocambolesca de su hallazgo, a la extraña personalidad de su excavador y a las circunstancias históricas en las que se desarrolló lo que puede calificarse como el primer drama o aventura arqueológica digna del mejor, o peor, guión cinematográfico. Tanto es así que la personalidad de su protagonista, Schliemann, y de su inspirador, Homero, merecieron el interés de Emil Ludwig quien les dedicó una de sus biografías más novelescas y probablemente más noveladas: Schliemann, el descubridor de Troya (1958), que despertara tantas «vocaciones» e hiciera las delicias de juventud de muchos arqueólogos actuales. Pues bien, tanto la exposición como el atractivo catálogo, publicado en varias lenguas, cumplen una función científica de primer orden: primero informar y después desmitificar. Hubiera sido fácil para los investigadores rusos haber caido en el sentimentalismo y la espectacularidad de un tema que ha suscitado tantas especulaciones a lo largo de los cincuenta años que permaneció oculto, y tanta bibliografía en el breve tiempo desde su redescubrimiento en 1990 (ver por ej. Easton, 1994, donde se recoge la mayor parte de lo publicado). Afortunadamente no ha sido así, y tanto una como otro se caracterizan por la discreción, el rigor y la seriedad. El contenido del catálogo se ha organizado de manera muy tradicional pero eficaz. Una presentación por parte del poder político y una introducción por el académico preceden dos breves trabajos en torno a la biografía de Schliemann y el significado de la arqueología troyana. Ambos son fundamentales para comprender la complejidad de un material procedente de uno de los yacimientos clave para la Prehistoria europea y del Próximo Oriente. En ningún momento se elude la realidad, ni la científica: un material de difícil contextualización T. P, 54, n." 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es debido a lo inadecuado del método de excavación; ni la política: un material que reivindican como propio distintos países. Pero como dice la directora del Museo Pushkin, Irina Antonova: «...en el fondo, lo único que cuenta es el valor absoluto de esas piezas legendarias de la civilización mundial.» El catálogo general contiene las fichas de cada una de las piezas, con todos los datos morfológicos y arqueológicos, bibliografía y paralelos. Se organiza por conjuntos que en 1902 Schmidt ordenó y denominó «tesoros», nombrándolos con letras, de la A a la R, además de algunos hallazgos aislados. La clave para la interpretación de estos hallazgos está en el sentido que le demos al concepto «tesoro». La investigación actual, sobre todo por parte de Eastman en los archivos y Korfmann en el propio yacimiento, ha podido reconstruir, en la medida de lo posible, el contexto arqueológico de los hallazgos y la disposición de los niveles excavados por Schliemann. Así, sabemos que el tesoro A, todavía conocido como «tesoro de Príamo», se encontró en determinado nivel de cenizas atribuido al asentamiento denominado Troya II, fechado entre 2.600-2. Desconocemos, por tanto, si el «tesoro de Príamo» era un verdadero depósito o conjunto cerrado, o si por el contrario se trataba de los objetos encontrados más o menos dispersos por un determinado nivel y zona. El relato que el propio Schliemann hace del hallazgo confirma la teoría del depósito u ocultación, pero ello depende de la credibilidad que concedamos a un hombre cuya trayectoria vital hace sospechar que tenía ciertas dificultades para distinguir entre fantasía y realidad; bien es verdad que esa misma dificultad le convirtió en el descubridor de Troya. Sea como fuere, tesoros, depósitos, ajuares funerarios o hallazgos dispersos -y parece que hay de todo ello-las característcas del propio material aportan datos incuestionables sobre nivel tecnológico, organización artesanal, social y económica de la Edad del Bronce que hasta ahora desconocíamos. Sobre la cronología y el contexto histórico de los tesoros troyanos, trata el último capítulo del catálogo. Se aborda el estudio por grupos morfológicos y tipológicos, comparándolos con sus paralelos próximos y lejanos, lo que constituye un trabajo ingrato por lo descriptivo, pero fundamental por sentar las bases de posteriores investigaciones. No se descuidan los aspectos tecnológicos, que se han resuelto con acierto, para ser una primera aproximación a este complejo material que llevará años estudiar en su totalidad. Las conclusiones provisionales aconsejan fechar la mayoría de los tesoros troyanos en una cronología alta, entre mediados y tercer cuarto del III milenio a.C. Además, los tesoros A y B parecen auténticas ocultaciones, y por tanto conjuntos cerrados. En esa época Troya, con una situación geoestratégica privilegiada, era un centro artesanal metalúrgico, como lo demuestra la existencia de gran número de moldes, crisoles y toberas. En este sentido podríamos añadir que son las propias características de las piezas de oro la mejor prueba de la existencia de un importante taller de orfebrería; por ejemplo, aparece material semielaborado, como lingotes en forma de barra marcada con muescas que divide el material en fragmentos de un peso determinado. Si repasamos con paciencia todos los pesos de los pendientes o aros para el pelo (lunate earrings en denominación de Maxwell-Hyslop 1971: 49) de los tesoros A y B, probablemente el tipo más abundante, observaremos que responden a grupos de pesos determinados, y que estos grupos se ajustan con precisión de décimas de gramo, por ejemplo: el grupo más pesado oscila entre 9.9/11.7 gr.; el siguiente lo hace entre 3.8/4.4 gr.; y el más ligero entre 2.3/2.9 gr. (siendo 47 el número total de pendientes considerados en este recuento, realizado rápidamente por nosotros, y presentando muy poca dispersión las distribuciones de pesos en cada grupo). Esto quiere decir que la producción está altamente normalizada y controlada por un poder político o económico fuerte. Sin embargo, el lector no debe perder la perspectiva sobre la magnitud del oro troyano. Para ello, nada mejor que adherirse a la desmitificación de este material con unos ejemplos que nos sirvan de comparación. Siguiendo con los pesos, hay que señalar unos datos que me parecen importantes; el peso total del oro en cada uno de los tesoros, en que aparece este material, es el siguiente: tesoro A 2.270 gr.; tesoro D 57 gr.; tesoro F 143 gr.; tesoro Ha 8 gr.; tesoro Hb 14 gr.; tesoro J 132 gr.; tesoro N 7.5 gr.; tesoro O 13 gr.; tesoro R 22 gr. (siendo el total del oro conservado en el Museo Pushkin aproximadamente de 2.700 gr.). Como vemos las cifras no son espectaculares si las comparamos con algunas correspondientes a los depósitos de oro más conocidos del lector español; por ejemplo. Caldas de Reyes sobrepasaba los 20 kg., Villena supera los 9 kg. y El Carambolo sólo 750 gr. Si los tesoros troyanos no destacan por su peso en oro, si lo hacen por su tecnología. Son objetos que, fechándose en el Bronce Antiguo y Pleno, presentan ya los rasgos que van a definir una orfebrería «mediterránea», con dominio de técnicas como la soldadura, el granulado y la filigrana -que llegarán a la Península con los fenicios hacia el siglo VIII a.C-además del dominio de la composición y el diseño; tengamos en cuenta que la magnífica y archifamosa «diadema de Elena», con la que se fotografió Sophia Schliemann, está compuesta por más de 4.000 piezas independientes y pesa solamente 193 gr. Al margen del oro habría que destacar T. R, 54, n.° 1, 1997 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es las hachas votivas de nefrita y lapislázuli que indican una perfección sorprendente en el trabajo de las piedras duras y que pudieran haber estado cubiertas de pan de oro, al menos alguna de ellas que conserva todavía restos en la zona del enmangue. Junto con las llamadas «lentes» de cristal de roca forman el tesoro L, de significado todavía no esclarecido. Para terminar, solamente resta destacar la calidad de las fotografías, excelentemente reproducidas, y lamentar lo inadecuado de la traducción española de los textos, tanto en los artículos como en el propio catálogo. Es una pena que los textos se resientan por ello hasta el punto de hacer su lectura incomprensible en algunos párrafos, debido al desconocimiento de una terminología que debiera haber revisado un especialista. Por ejemplo, el término granulado se ignora y es sustituido por alternativas como «grano» o «protuberancia»; se habla de «gargantillas» para referirse a torques; se denominan «collares» lo que son cuentas; se traduce por «fundido en una sola cara» lo que debería haber sido «fundido en molde abierto o univalvo»; «brillo espejeante» por brillo especular; «doradura» por dorado; «rodajas de huso» por fusayolas... en fin, la lista sería interminable, y siempre queda la duda si lo que estamos leyendo es lo que quiso decir el autor o su traducción aproximada. Este libro inaugura una nueva etapa en la Arqueología mundial. El tiempo de los personajes excepcionales y sus grandes descubrimientos ha pasado. Demos la bienvenida al equipo de investigación y al trabajo reposado y anónimo. En relación con la exposición y coincidiendo con su inauguración, Irina A. Antonova, directora del Museo Pushkin invitó a 29 científicos, entre los que había 15 procedentes de la CEI y 14 de Europa y Estados Unidos. Fue un acontecimiento importante, tanto por el prestigio de la institución organizadora, como por el hecho de reunir a un número tan elevado de investigadores extranjeros. Se trataba de intercambiar ideas y resultados científicos de una investigación multidisciplinar en torno a' los hallazgos, la historia de Troya, y la personalidad de Heinrich Schliemann, aunque algunas otras cuestiones tangentes a estos temas se tocaran. Los países de origen de los participantes eran: Alemania, Bélgica, Canadá, Estados Unidos, Gran Bretaña, Grecia, Rusia y Ucrania; pertenecientes a ámbitos académicos tan diferentes como la Prehistoria, Arqueología Clásica, Historia del Arte, Historia, Filología, Ciencias Naturales, Mineralogía, Geografía y Metalurgia, por mencionar solamente algunas. Las sesiones se organizaron en torno a los siguientes epígrafes: 1. Heinrich Schliemann: nuevos datos; 2. El Mito troyano: Homero; 3. Los tesoros de la Tróade (cronología, contexto histórico y cultural); 4. Métodos científicos en el estudio del metal troyano; 5. La Tróade y regiones adyacentes durante el Bronce Antiguo. Sobre las novedades en torno a H. Schliemann, Edmund F. Bloedow (Ottawa) trató la información contenida en el diario de Schliemann, sobre todo sus notas del 31 de Mayo de 1873, que demuestran la autenticidad del llamado "Tesoro de Príamo". Armin Jaehne (Berlín) habló sobre la relación entre Schliemann y A.A. Polovcov (senador en 1876 y Secretario de Estado de Rusia en 1883) a quien envió algunas antigüedades troyanas a San Petersburgo. La comunicación de Ludmila Akimova y Anatolij Kifishin trataba el análisis estilístico de las diademas troyanas, comparándolas con paralelos sumerios y egipcios, e interpretando dos de ellas como adornos masculino y femenino de la pareja real troyana. La segunda sesión, sobre el mito troyano y Homero, empezó con la colaboración de Nikolaj Kazanskij (San Petersburgo) en torno a la "transición sacra". Leo Klein (San Petersburgo) disertó sobre la estructura y estratigrafía del barco en la Ilíada. La moral y la interpretación sicológica de troyanos y aqueos descritos en la Ilíada por el poeta, en comparación con sus características visuales y tectónicas, fue el tema de la comunicación de Leonid Taruashvili (Moscú). Tatyana Tsiv 'yan' s (Moscú) planteó la cuestión del pasado pastoril de Paris, ignorado en la Ilíada, con la comunicación: "Había una vez un pastor.". La siguiente sesión, que inauguró el segundo día de Conferencia, se dedicó a la cronología y contexto histórico cultural de los tesoros. Vladimir Tolstikov (Moscú), encargado de las antigüedades troyanas en el Pushkin desde 1993, resumió su historia a través de las "notas de viaje" desde 1945 a 1996, y explicó la investigación y documentación fotográfica de las piezas, publicada como resultado del trabajo en equipo con M.Y. Treister para el catálogo comentado más arriba. Katie Demakopoulou (Atenas) presentó la colección de antigüedades troyanas conservadas en el Museo Nacional de Atenas, donadas por la esposa de Schliemann, Sofía, en 1892. La mayoría de los objetos de esta colección se fechan en el Bronce Antiguo. Además de bronce, piedra, hueso y cerámica, hay varios pendientes y cuentas de oro. Philip P. Betancourt (Filadelfia) habló de los tesoros de la Tróade conservados en el Museo de Antropología de la Universidad de Pensilvania, adquiridos en 1966. Algunos de los objetos de oro son de especial interés porque muestran tal grado de similitud con los del Museo Pushkin que pudieron haber sido fabricados en el mismo taller, o en algún otro muy relacionado. También habló sobre los análisis de metal, que muestran un alto contenido en cobre, concluyendo que en el Bronce Antiguo se utilizaba ya una soldadura basada en sales de cobre. detalles tipológicos de la vajilla del tesoro A con vasos procedentes de las tumbas reales de Ur. Mediante un análisis estilístico llega a la conclusión de que existieron contactos e intercambios intensos en la zona, especialmente en el periodo Dinástico Antiguo Illa (ca. Robert Laffineur (Lieja) analizó el oro troyano en el contexto del Mediterráneo, el Egeo y el Próximo Oriente, haciendo referencia a rutas de tráfico e influencias culturales. Yuri Piotrovskij (San Petersburgo) trató del oro en la "Provincia metalúrgica Circumpóntica". Empezó con el oro de Varna y se centró el oro de Maikop y Novosvobofnaya en Caucasia, relacionando varios tipos de cuentas con ejemplares de Troya. Natalya Nikulina (Moscú) disertó sobre las hachas rituales del tesoro L, destacando su función ceremonial y como símbolos de poder. Georges Sines (Los Angeles) y Natalya Shishlina (Moscú) trataron sobre las 42 lentes de cristal del mismo tesoro, y explicaron su utilización para concentrar la luz del sol sobre algún objeto con el fin de calentarlo, para prender fuego, y para aumentar la visión. Compararon las hachas de piedra con ejemplares de Moldova y cuestionaron su datación en relación a Troya II. En la cuarta sesión se discutieron los métodos científico naturales para el estudio del metal de Troya. E. Chernykh y L. Avilova (Moscú) disertaron sobre el contexto de los hallazgos troyanos metálicos no férricos en el contexto del sistema metalúrgico circumpóntico. La contribución de Noel Gale (Oxford) informó sobre los recursos metalíferos del Bronce Antiguo en Troya y el Egeo. Basándose en el contenido de isótopos del plomo, presentó los resultados analíticos de metales y minerales, procedentes de menas y de más de 3000 objetos de diferentes yacimientos en el Mediterráneo oriental, concluyendo que Troya fue un importante centro relacionado con el transporte, intercambio y distribución de metales. Emst Pernicka (Heidelberg), Friedrich Begemann y Sigrid Helene Schmitt-Strecker (Mainz) presentaron un estudio sobre Troya y el desarrollo de la metalurgia en el Egeo norte durante el III y IV milenios a.C. Demostraron la existencia de dos centros independientes donde surgió la actividad metalúrgica en Anatolia del este y Europa sudoriental. A mediados del IV milenio ambas áreas se unificaban en una sola tradición metalúrgica dentro de la "Provincia Circumpóntica". La contribución de Barbara Armbruster (Schleswig) trató sobre los métodos de investigación para la interpretación tecnológica del trabajo del oro, en concreto macro y microscopía, arqueometría, arqueología experimental y razonamientos etnoarqueológicos. La última sesión se dedicó a problemas de carácter general sobre la Tróade y regiones adyacentes durante el Bronce Antiguo. La charla de Machteld J. Mellink (Bryn Mawr) tuvo en consideración la Troya II en el contexto del Bronce Antiguo anatólico, revisando las costumbres y ritos funerarios, así como los hábitos deposicionales de objetos preciosos. En su estudio comparativo incluyó distintas categorías de materiales: arquitectura, cerámica, herramientas metálicas, armas y adornos. Nikolaj Merpert (Moscú) trató el problema de los contactos etno-culturales en Eurasia durante el III milenio a.C. Boris Mikhailov (Melitopol) se refirió a los túmulos de piedra de un antiguo monumento sacro de Ucrania, su contexto y paralelos próximo-orientales y en la Ilíada. Finalmente, la conferencia de Yuri Shilov (Kiev) trató sobre Troya y la colonización griega de la costa norte del mar Negro. La traducción simultánea (ruso-inglés) permitió a los participantes seguir el programa e intervenir en las discusiones. Las comunicaciones más interesantes fueron las referidas a cuestiones cronológicas, estilísticas y tecnológicas de los materiales de la exposición, sus paralelos y analogías, así como aquellas contribuciones sobre métodos de investigación y análisis de materiales. Surgieron nuevas perspectivas y las detalladas descripciones de los objetos del catálogo podrán ser la base de estudios e ideas innovadoras en el futuro de esta investigación sobre Troya. Por el contrario, otras comunicaciones no aportaron gran cosa dado que se situaron al margen del tema central, o fueron planteadas de manera muy convencional y conservadora. Martin Albrecht (Berlín), Igor Bogdanov (San Petersburgo) y Georgis S. Korres (Atenas), que estaban incluidos en el programa, no asistieron. Por otro lado y desafortunadamente, hay que decir que algunos especialistas en antigüedades troyanas, que se esperaba pudieran unirse a la conferencia, no fueron incluidos. Por ejemplo, se echó de menos las novedades sobre la reciente investigación de los arqueólogos que actualmente excavan en Troya, como Manfred Korfmann y su equipo, y la de otros involucrados de una manera u otra en el tema (Donald Easton, Klaus Goldmannn, Wilfried Menghin), así como la de los colegas turcos. A lo largo de la reunión los participantes tuvieron la oportunidad de conocer unos materiales inaccesibles durante mucho tiempo, lo que originó discusiones, al margen de las sesiones oficiales, frente a las vitrinas. La filosofía expositiva es de absoluto respeto por las piezas, que se conservan exactamente en las mismas condiciones que cuando abandonaron Berlín en 1945. Todos y cada uno de los objetos expuestos pueden observarse con comodidad, pero el expectador no especializado necesitaría mucha más información sobre los tesoros troyanos de la que se facilita. Es necesario acudir al catálogo, publicado en varios idiomas. La traducción alemana, en contraste con la española, está mucho mejor realizada y las críticas apuntadas a la versión castellana no pueden hacerse extensibles a aquella. Es necesario hacer hincapié en el mérito de Vladimir Tolstikov y Mikhail Treister, que prepararon el catálogo y la exposición, y agradecer a la dirección del Pushkin y su equipo la organización de la conferencia, que probablemente se publicará a lo largo de este año. Esperamos que esto sólo sea el principio de una discusión científica interdisciplinar e internacional que nos permita avanzar en el conocimiento de la Edad del Bronce en el Mediterráneo. Durante el 2° Congreso de Arqueología Peninsular, realizado en Zamora en septiembre de 1996, se reunió una Comisión Científica que decidió efectuar el 3° Congreso en Portugal, en la UTAD, en septiembre de 1999, habiéndosele encargado al secretario general para Portugal emprender las acciones necesarias para el inicio del proceso de organización del referido congreso {Trabajos de Prehistoria, 53(2), 1996: 189-193). En la secuencia de esas acciones, y en coordinación con el Rectorado de la UTAD y con el nuevo secretario general de España, se definieron la Comisión Científica para el 3° Congreso y también el programa general, que se indican a continuación. También se decidió, por la parte portuguesa, constituir una asociación (ADECAP) que pasará a encargarse de la coordinación de los congresos peninsulares a realizar en Portugal, sin perjuicio, naturalmente, de que otras instituciones pudieran adherirse al proceso de organización, según modalidades todavía por definir. El modelo del 3° Congreso será descentralizado, basado en sesiones temáticas que ocuparán una mañana o una tarde. Cada una de ellas tendrá uno o dos coordinadores (en este caso uno por cada país) que se encargarán de invitar algunos ponentes, dejándose el tiempo siguiente para la presentación de otras comunicaciones que la comunidad arqueológica pueda proponer. Los coordinadores de sesión deberán encargarse igualmente de la recogida de los textos para publicación. En cuanto sea posible, se publicará una lista de las sesiones temáticas y de los respectivos coordinadores, a los que deberán dirigirse los arqueólogos interesados en participar con alguna comunicación. Antes de que finalice 1997 se divulgará una ficha de pre-inscripción en el congreso para participantes con comunicación. En 1998 se difundirá el programa completo y las fichas de inscripción definitiva para todos los participantes. Los secretarios generales del 3° Congreso saludan a la comunidad arqueológica peninsular y apelan a la máxima colaboración de todos sus elementos de cara a esta «reunión plenaria», científica y profesional. Esa colaboración podrá revestir desde ahora mismo la forma de divulgación de esta noticia. Es deseable que las personas interesadas tengan conocimiento del Congreso con anticipación, para poder planear su agenda; y sobre todo es muy importante que los arqueólogos mas capacitados, por su saber y experiencia, estén personalmente presentes en el Congreso, sin limitarse a enviar su texto para publicación, pues tal actitud es una negación del espíritu del Congreso. Desde ahora se anuncia también que habrá un estímulo muy especial a la participación de estudiantes y de jóvenes arqueólogos, según modalidades que serán anunciadas en su momento.
ALGUNAS CONSIDERACIONES TEÓRICAS EN TORNO A LA FAUNA COMO INDICADORA DE ESPACIOS AGRARIOS EN LA PREHISTORIA THEORETICAL REMARKS ON THE FAUNA AS AN INDICATOR OF AGRICULTURAL LANDSCAPES IN PREHISTORIC TIMES ARTURO MORALES MUÑIZ (*) La calidad bioindicadora de un taxón viene determinada por el grado de asociación con determinadas variables ambientales y no por otras circunstancias tales como su abundancia o tamaño. Desde esta perspectiva y desde el punto de vista del análisis del espacio agrario como un ecosistema de creciente importancia en la biosfera, el presente estudio analiza algunas de las circunstancias que permiten evaluar la calidad, como bioindicadores, de dos grupos de fauna bien diferentes, las aves y las garrapatas. El trabajo pretende asimismo sentar las bases de cara a una concepción más integradora y equilibrada de la arqueozoología COÍTIO ciencia pluridisciplinar. Aunque los espacios agrarios varían enormemente en su fisonomía según épocas y zonas geográficas, características botánicas, etc., e incluyen paisajes tan diferentes como las dehesas, huertos, jardines, arrozales, barbechos o campos de cereales, existe una serie de características que les resultan comunes. Entre éstas las más notables serían las siguientes: Energéticamente hablando su existencia depende, parcial o totalmente, de la actividad antrópica continuada (entendida ésta en sentido amplio, es decir, incluyendo también la de los animales domésticos) que asegura una inversión de esfuerzo considerable (abono, pastoreo, sembrado, etc.) ajena con frecuencia al propio ecosistema. El grado de complejidad estructural es muy inferior al de la mayoría de los ecosistemas no antrópicos. En general, los ecosistemas agrarios suelen enfatizar la productividad a base de asegurar que la mayor parte de la energía invertida podrá ser recuperada directa (consumo) o indirectamente (usos secundarios) por el hombre. Ello supone con frecuencia eliminar toda la estructura "superfina" (en términos de aprovechamiento) de un ecosistema maduro como puede ser la estratificación, las cadenas tróficas dilatadas o la distribución en parche de taxones. Todo ello con el fin de crear un sistema homogéneo, pobre en diversidad y con alta tasa de renovación que pueda ser explotado regularmente y con el mínimo esfuerzo posible. El paradigma de esta estrategia serían los monocultivos intensivos (por ejemplo, campos de cereales) en donde la energía de prácticamente toda la comunidad herbácea es aprovechada exclusivamente por el hombre o por sus animales domésticos (al menos desde una perspectiva teórica). Tales sistemas, como ha quedado sobradamente demostrado, suelen ser enormemente frágiles, costosos de mantener y, en general, de vida muy limitada con todas las repercusiones que para la población humana tales características conllevan. En cualquier caso, los espacios agrarios son ecosistemas que "impone" la actividad humana en una zona a costa de sacrificar comunidades preexistentes en mayor o menor grado y con mayor o menor fortuna. Básicamente, existen cuatro modalidades a través de las cuales el hombre es capaz de crear nuevos habitats en una zona determinada: 1) incendios; 2) sendas; 3) acúmulos de desechos y aparición de áreas con alto contenido de nitrógeno; y 4) creación de suelos "abiertos" (es decir, desprovistos de cobertura vegetal). La primera de estas modificaciones es posiblemente la más antigua y violenta forma de alteración del llamado "orden natural" (Anderson, 1956). Sin duda constituyó un modo importante de modificación de comunidades bióticas desde el Paleolítico y ha podido ser documentado tanto en culturas agrícolas como de cazadores-recolectores (Anderson, 1956; Iversen, 1956). En contraste con esta situación, la creación de suelo "abierto", como actividad antrópica regular, pertenece en mucha mayor medida que el incendio a la etapa agrícola de la humanidad. En la mayor parte de las áreas templadas, subtropicales o tropicales, el suelo desprovisto de vegetación -la tierra-no constituye parte del "orden natural": la mayoría de la flora de estas regiones no germina en la tierra expuesta o, si germina, no suele madurar. Parece que esta actividad de apertura de suelos discurre íntimamente asociada con la consohdación del sedentarismo y es a partir de la misma cuando podemos atestiguar la magnificación de la acción moduladora del entorno por parte del hombre (Simmons, 1982). Es en este entorno, sedentario en mayor o menor medida en una primera etapa, donde se consolida el sistema de producción agropecuario aunque el orden de ambos agentes (agricultura y ganadería) y el momento de la consohdación del sistema productivo varíen de zona en zona y continúen siendo motivo de debate (Maisels, 1990). De una u otra forma el sedentarismo supone, en palabras de Bernis (1988: 8), la aparición en la biosfera "... de pústulas destructoras rodeadas de un halo más o menos amplio sujeto a modificación". Tal concepto implica la existencia de un gradiente de biotopos entre el entorno natural y el protonúcleo antrópico sobre el cual actuarán diversos factores creando diferentes limitantes a los que responderán todos los organismos, tanto domésticos como no (Tchernov, 1992: figura 1). Sobre la base de la adaptación a los ambientes diferencialmente LA FAUNA AGRARIA: ACLARACIONES PREVIAS Diez milenios de existencia de espacios agrarios son, en términos geológicos, una fracción temporal despreciable a efectos de evolución de fauna (¡aunque no de flora!, véase Anderson, 1956). Si las características de estos espacios agrarios fuesen radicalmente diferentes de las existentes en otros ecosistemas terrestres, la única especie "agraria" en estos momentos sería el Homo sapiens. Sin embargo, muchas de las características fisionómicas de los espacios agrarios duplican las encontradas en numerosos biotopos naturales (por ejemplo, campos de cereales y estepas, dehesas y sabanas, arrozales y márgenes de ríos, setos y sotobosques, etc.). Por esta razón, y debido a que gran cantidad de animales responde en mayor medida a cambios generales en la estructura de los ecosistemas que a variaciones microflorísticas o microtopográficas específicas de los mismos, un nada despreciable número de especies ha sido capaz de colonizar los espacios agrarios. El caso de las aves, por ejemplo, es uno de los mejor conocidos. Las aves "... responden ante todo al reheve del terreno y a la fisonomía de la vegetación, y ello en gran parte por los condicionantes que ambos imponen a la conducta reproductora. En este sentido, podemos decir que aves esteparias son aquéllas propias de terrenos llanos, desarbolados y sin matorral alto..." No es de extrañar, por tanto, que tanto si la falta de árboles o matorral es debida a condiciones naturales (por ejemplo, aridez) como a la intervención humana, las especies que colonicen ambos tipos de ecosistemas sean similares, cuando no idénticas. En este sentido, cabe resaltar cómo la respuesta convergente de la avifauna a tales biotopos ha impedido zanjar la secular polémica sobre el carácter natural o antrópico de las estepas ibéricas (Juana, 1989). Por otra parte, los espacios agrarios gozan de una serie de alicientes a efectos de colonización que, aunque sea de pasada, resulta conve- Bandas ecológicas centrípetas surgidas alrededor de un asentamiento humano como consecuencia de una ocupación antrópica extensiva y prolongada así como por la explotación de los recursos circundantes, provocando una reversibilidad de los procesos ecológicos. El agotamiento mantenido de los recursos biológicos alrededor de los asentamientos humanos creó un peculiar y aislado miniecosistema prácticamente desprovisto de plantas y animales, al tiempo que abrió nuevas oportunidades (es decir, nichos) a especies, colonizadoras preadaptadas a su explotación (tomado de Tchernov, 1992). En primer lugar, el carácter "novedoso" dentro de la zona donde aparecen hace que los espacios agrarios se comporten, en una primera etapa, como "islas" recién emergidas, listas para ser colonizadas. La inicialmente baja diversidad de especies supone unos menores niveles de competencia interespecífica que constituye un indudable atractivo para organismos procedentes de ecosistemas maduros en donde apenas si existe espacio ecológico (es decir, nichos libres o recursos energéticos sin explotar). En segundo lugar, la gestión antrópica del espacio agrario supone, entre otros factores, la práctica desaparición de depredadores (carnívoros, aves de presa, serpientes, etc.) en las áreas "gestionadas" por el riesgo que para el hombre suponen. Para muchos animales, en especial pequeñas aves, roedores y ciertos insectos, la desaparición (o relajación) de esta predo-presión constituye un importante aliciente para colonizar zonas de cultivo. En tercer lugar, la propia dinámica del agrosistema resulta en sí misma atractiva para T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es multitud de especies. En particular, la existencia de biotopos en donde el énfasis del esfuerzo radica en maximizar la productividad primaria constituye un poderoso acicate en la medida en que la disponibilidad trófica es uno de los factores determinantes de la distribución espaciotemporal de la fauna. La producción de granos, semillas y frutos de los espacios agrarios resulta, por ejemplo, determinante para comprender la abundancia de fauna edáfica en ellos, la cual, a su vez, determina la existencia de una amplia gama de vertebrados insectívoros, omnívoros y fitófagos. Si a esto le añadimos el componente marcadamente estacional de la producción, en no pocas ocasiones complementario, cuando no contrapuesto, con la producción de alimentos en ecosistemas naturales, completaremos una panorámica de indudable interés para la subsistencia de numerosos taxones. Una última matización en este contexto es que, si bien el hombre intenta aprovechar la totalidad de la biomasa potencialmente consumible en cualquier cultivo, parte de ésta permanece siempre en la zona aún después de la cosecha y constituye una fuente de alimento prioritario para muchas especies. Por último, no debemos olvidar que la demografía humana en constante aumento ha supuesto el progresivo reemplazo de los ecosistemas naturales por agrosistemas, con frecuencia concentrando éstos en los suelos y zonas más fértiles de la biosfera. Desde esta perspectiva podemos comprender que existan fuertes presiones selectivas incitando a la disyunción ecológica en numerosas especies animales. Aunque la mayoría de los animales no ha sido estudiada desde este punto de vista de adaptación al medio agrario, algunos autores han realizado clasificaciones de las faunas de acuerdo con su grado de asociación a biotopos antrópicos (lankov, 1983; Boev, 1993). Sinantrópicas estacionales: crían fuera de los espacios agrícolas y urbanos aunque visitan éstos durante ciertas épocas del año debido a razones tróficas o microclimáticas. Sinantrópicas pasivas: crían en biotopos silvestres aunque algunos individuos pueden hacerlo en habitats antrópicos análogos a éstos. Sinurbanistas incipientes: especies en donde un sector importante de las poblaciones (se habla de hasta el 25% del total) invade los núcleos urbanos para criar. Sinurbanistas avanzados: especies que, a fuerza de criar sistemáticamente alrededor de asentamientos humanos, acaban estableciendo poblaciones segregadas de las silvestres. Sinurbanistas extremas: especies en donde la casi totahdad, cuando no la totalidad misma, de las poblaciones cría en asentamientos humanos, incluyendo los altamente urbanizados. Aunque esta clasificación se ha basado fundamentalmente en información proporcionada por las aves, creemos que resulta extrapolable, por lo operativa, a cualquier otro grupo de fauna. Quizás el punto más interesante sea destacar como las divisiones no se establecen sobre unos criterios absolutos sino basándose en porcentajes populacionales. Ello, entre otras cosas, evidencia el carácter eminentemente dinámico y progresivo de la disyunción ecológica que se va operando en las especies silvestres al ser sometidas a presión por parte de la actividad humana. Para nuestros propósitos, y dado que la fauna urbana viene condicionada por una distinta incidencia de las variables que consideraremos, las dos primeras categorías constituirían el objetivo primordial de anáhsis. LA FAUNA AGRARIA: ¿REALIDAD O IDEALIZACIÓN? La caracterización de una agrupación faunística como bioindicadora de paisaje agrario reposa, ante todo, sobre bases de inferencia analógica (Baird, 1989). Tales bases sólo pueden consolidarse tras estudios exhaustivos y concluyentes, algo que casi nunca ocurre. En efecto, mientras que el carácter bioindicador de la mayoría de los taxones de invertebrados resulta, en el mejor de los casos, vagamente conocido, en aquellos grupos de vertebrados que sí han sido objeto de investigación sistemática desde esta perspectiva, los resultados no dejan de ser con frecuencia ambiguos (Fig. 2). Por otra parte, la validez bioindicadora de una taxocenosis descansa sobre bases estadísticas am- La bioindicación faunística puede ser directa (A: gorrión asociado con asentamientos humanos) o indirecta, la cual, a su vez, puede revestir diversos grados de complejidad. Así, en B, la presencia de un piojo malófago del gorrión, indirectamente evidencia la existencia de un paisaje antrópico en un yacimiento, mientras que en C, se trata de un acaro (garrapata) específico del malófago el que evidencia tal paisaje. Obviamente, la calidad bioindicadora de cualquier especie depende directamente del grado de asociación con determinados elementos (bióticos o abióticos) relacionados con dicho espacio antrópico. Por otra parte, añadir eslabones a una "cadena bioindicadora" como la representada disminuye su calidad en la medida en que incrementa el grado de incertidumbre implícito en la evaluación. plias y obliga a disponer de muestras, sino abundantes, cuando menos aceptablemente diversificadas. Desde tal perspectiva, el aforismo "una golondrina no hace verano" resulta particularmente ilustrativo. Por encima de estas limitaciones se sitúa la posible invalidez de cualquier base de inferencia analógica obtenida con datos actuales debido a la imposibilidad de calibrar en qué medida tal información resulta extrapolable al pasado. No podemos olvidar que partimos de circunstancias peculiares en donde la acción antrópica moduladora del entorno ha alcanzado niveles tales que, en mayor o menor medida, han alterado irreversiblemente los biotopos originales de gran número de especies. En esta "pseudobiosfera" o "antroposfera" los hábitos de muchas especies pueden perfectamente ser pálidos, cuando no equívocos, reflejos de circunstancias pretéritas. La consideración de estas circunstancias, no debe ser, a pesar de todo, excusa para desestimar el análisis del tema aunque ello obügue a una profunda reflexión tendente a rechazar cualquier atisbo de dogmatización o simplificación relativo al carácter bioindicador de ciertos taxones. Para ilustrar algunas de las cuestiones teóricas antes referidas, expondremos muy someramente el caso de dos grupos faunísticos muy diferentes en cuanto a conocimiento y papel bioindicador que, sin embargo, revisten un enorme interés desde el punto de vista arqueozoológico. Las aves constituyen, sin duda alguna, el grupo animal mejor conocido a excepción hecha de la fauna doméstica. Además de la fiabihdad que el conocimiento de su biología implica, se trata de un grupo diversificado, taxonómica y ecológicamente, cuya identificación osteológica suele ser con frecuencia más que aceptable (Baird, 1989; Morales, 1993). Ello asegura, en principio, un alto valor como bioindicadores, en especial a efectos del prehistoriador. Lo cierto es que no todo son ventajas. Las aves, como animales voladores, tienen una gran capacidad de movimiento. Numerosas especies realizan migraciones. Esto implica que, a lo largo de un ciclo fenológico, pueden frecuentar diferentes zonas y biotopos. Normalmente, las migraciones implican disyunciones de hábitos ecológicos, especialmente tróficos. El caso de los estorninos (insectívoros en la Europa atlántica donde crían y azote de nuestros olivares durante la invernada) no es un caso aislado. Por encima de ello, como antes comentamos al hablar de aves esteparias, las aves responden a un conjunto de factores del entorno (topografía, fisionomía vegetal, etc.) que pueden haber sido producidos de modo convergente por diversos agentes, entre ellos el hombre. Tomemos el caso de la avifauna denominada agrícola (Tablas 1 y 2). Si bien tenemos una idea clara, a priori, de cuáles son las especies que encontraremos en zonas cultivadas (por ejemplo, codorniz, alondra, calandria, etc.), lo que no todos sabemos es que esta avifauna agrícola depende en no poca medida: a) Del entorno natural original sobre el que se asienta el paisaje agrario. b) Del tipo de cultivo y el grado de intensidad con el que se practica en una zona dada. Como ejemplo del primer punto, O'Connnor & Schrubb (1986) demuestran cómo la avifauna agrícola en Inglaterra se encuentra mayoritariamente constituida por especies forestales (tales como mirlos y pinzones) u, ocasionalmente, de orla de bosque (acentor común). De hecho, las 11 especies "agrícolas" más abundantes incluyen, si exceptuamos a la alondra y al escribano cerillo, a las 11 especies forestales más frecuentes (O'Connor & Schrubb, 1986: 13; Tabla 1). Está claro que en tal situación a un arqueozoólogo le resultaría en extremo difícil decidir si una avifauna se corresponde con un paisaje agrario o forestal y esta caracterización en Inglaterra es extensiva a la mayoría de los sectores agrícolas de la Europa eurosiberiana incluyendo el Cantábrico. Frente a ello, la avifauna de los espacios agrarios ibéricos se corresponde con elementos esteparios que posiblemente ya existían en la Península en el momento de introducción de la agricultura y que respondieron bien al aclaramiento y deforestación que aquella práctica introdujo (Tabla 1). En el caso de la avifauna reproductora asentada en los espacios agrarios estructuralmente menos complejos (es decir, las extensiones cerealistas), por ejemplo, encontramos comunidades dominadas por especies típicas del Mediterráneo semiárido (por ejemplo, terrera común, cogujada montesina, curruca carrasqueña, collalba rubia, etc.) Esta aseveración es particularmente Tabla 1. Principales especies de aves en diversos espacios abiertos, tanto agrícolas como naturales (en cursiva especies estivales; en negrita especies cuyos efectivos locales se incrementan en invierno con migrantes eurosiberianos). La relación de prados incluye, por orden decreciente de importancia, las 15 especies más frecuentes en Inglaterra (datos que, en principio, resultan extrapolables a la mayoría de los sectores agrícolas eurosiberianos). Otros símbolos: (*) origen forestal; (+) origen orla de bosque (ecotono). Como puede observarse, muchas especies aparecen en varias categorías de espacios y ninguna puede asociarse con exclusividad a un biotopo. Por ello, la calidad como bioindicadores es muy limitada. Por otra parte, las cambiantes fenologías de la mayoría de los taxones suponen alteraciones de envergadura a lo largo del año en las distintas taxocenosis (tomado de O' Connor & Schrubb, 1986; Juana, 1989). cierta en el caso de los eriales, un medio xérico peculiar que contrasta con los húmedos prados eurosiberianos, y en donde se asienta la mayor parte de la avifauna esteparia ibérica (Valverde, 1958). Este "sustrato" estepario en la avifauna de los espacios agrícolas de la Iberia mediterránea, coexiste, en mayor o menor medida, con Otros tipos de faunas acompañantes que hacen mucho más problemática la caracterización unívoca del entorno. Así, por ejemplo, los bosques de galería, sotos y setos albergan una avifauna de marcado carácter eurosiberiano forestal (por ejemplo, chochín, ruiseñor, mosquitero común, petirrojo, etc.) (Hernández y Alegre, 1991; Parra, 1982c), mientras que las especies acompañantes de avifauna esteparia abundan en los cultivos más abiertos (Tabla 2). Huelga decir que todas las categorías de sinurbanistas que antes hemos definido penetran con regularidad en los espacios agrícolas ampliando de este modo la lista de taxones potencialmente recuperables en los mismos. Por otra parte, en los espacios agrarios menos modificados (por ejemplo, dehesas) las diferencias avifaunísticas con espacios naturales son, a todos los efectos, imperceptibles (Parra, 1982a, b). Un último aspecto sobre el que conviene volver a insistir es el referido a los ciclos estacionales que, lejos de corregir ambigüedades, con frecuencia compücan la situación. Así, muchas de las especies caracterizadoras del paisaje agrario (por ejemplo, bisbitas, collalbas, codornices, currucas, etc.) son migrantes transaharianos que desaparecen durante las épocas inclementes del año (Tablas 1 y 2). Frente a éstos, muchas especies sedentarias ven sus efectivos incrementados durante otoño e invierno con la llegada masiva de poblaciones europeas. La mayoría de las invernantes pertenece al sector agrícola europeo que podríamos denominar "básico" (es decir, forestal) (Tabla 1) aunque durante la invernada frecuentan los biotopos agrícolas más abiertos, como baldíos, barbéchales, etc. En esta situación encontraríamos, por ejemplo, a la mayoría de los fringíhdos, en especial los pardillos. Tales cambios de abundancias y disyunciones de hábitos hacen que sea en extremo difícil una caracterización, no ya de taxones sino de toda una taxocenosis (actual o prehistórica), como paradigma de paisaje agrícola. Para complicar más aún las cosas, la propia fenología de muchas especies resulta ser en extremo dinámica. Así, tanto migrantes transaharianos como la codorniz o la cigüeña e inver- Avifauna acompañante en las estepas ibéricas clasificada según habitat de origen (negritas y cursivas como en la Tabla 1). Básicamente, la avifauna de origen urbano es avifauna rupícola (es decir, de roquedo). Dado que muchos de estos taxones pueden aparecer en diferentes tipos de medios, además de las estepas y sus biotopos de origen, su calidad bioindicadora de espacios agrarios es bastante pobre. nantes como las agujas, se han convertido progresivamente en especies sedentarias en nuestro suelo durante los últimos años, en parte como consecuencia de las nuevas disponibilidades de alimentos que ha introducido la intervención humana (O'Connor & Schrubb, 1986; Telleríaycols., 1988). Completamos este poco edificante panorama diciendo que, de una forma general, la avifauna ibérica indicadora de espacios agrarios está fundamentalmente compuesta por paseriformes (en especial alaiididos), aves cuya identificación osteológica resulta en extremo problemática en ausencia de determinados elementos diagnósticos (Morales, 1993). Todas estas limitaciones, unidas a las de carácter general comentadas al inicio de la sección, nos hace mantener serias reservas sobre la operatividad a efectos bioindicadores de un sector de fauna sobre el que, a priori, todas las cartas estarían a favor. Los ácaros, pequeños artrópodos emparentados con las arañas y colectivamente denominados garrapatas, constituyen un caso muy di- ferente al de las aves en lo que a posibilidades como bioindicadores se refiere (Morales & Sanz, 1994). Para empezar, se trata de un grupo ubicuo en prácticamente todos los ambientes del planeta, desde las trincheras oceánicas, y cimas de las cordilleras hasta biotopos antropogénicos (Schelvis, 1990(Schelvis,, 1992(Schelvis,, 1993)). Contrariamente a lo que podría pensarse, la mayoría de las especies es de vida libre (Fig. 3). Un segundo aspecto interesante es la aparentemente lenta tasa de diversificación morfológica del grupo, posiblemente como consecuencia de la estabilidad de sus nichos ecológicos (Krivolutsky & Druck, 1986) habiéndose descrito individuos de la actual famiha Ctenacaridae en el Devónico, hace más de 300 millones de años (Shear y cois. Esto, a efectos prácticos, significa que, para los "cor-tos^' lapsos temporales con los que trabaja el prehistoriador, las especies actuales pueden muy bien servir en la identificación de ejemplares subfósiles. Los ácaros suelen aparecer con frecuencia en grandes densidades en ambientes edáficos, lo cual asegura que muchos de ellos puedan acabar formando parte de las tafocenosis potencialmente recuperables por los excavadores (Schelvis, 1992(Schelvis,,1993)). Su metodología de análisis, por otra parte, es bien conocida y, desde el punto de vista del prehistoriador, no difiere mucho en cuanto a forma de la llevada a cabo con pólenes. Un cuarto punto de interés radica en que la capacidad de desplazamiento de estos animales en biotopos terrestres, por el hecho de ser ápteros, es francamente limitada y ello los convierte en buenos indicadores de condiciones locales. Obviamente, no todo son ventajas en el estudio de este grupo. Así, un problema importante es que muchos ácaros no se encuentran lo suficientemente quitinizados como para perdurar durante largo tiempo en el sedimento (Morales y Sanz, 1994). Afortunadamente, tres de los principales grupos para los arqueozoólogos (oribátidos, gamásidos y uropódidos) no presentan tal tipo de hmitación. Con diferencia, la limitante fundamental con la que nos encontramos reside en la diversidad taxonómica del grupo (más de 50.000 es-T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es pecies conocidas hasta la fecha) que obliga a disponer de especialistas en taxones concretos (géneros, famihas, subórdenes, etc.) e imposibilita a un solo investigador dedicarse al análisis de todos los ácaros potencialmente recuperables en yacimientos. En este sentido, también debemos decir que la fauna acarológica de carácter antrópico (o asociada a biotopos antropogenizados) es una fracción reducida de la actualmente existente aunque, con todo, resulta absolutamente inabarcable para un solo espe-ciaHsta y obliga a recurrir al trabajo de equipos especializados. El mayor incentivo para el estudio de ácaros en arqueozoología radica en su calidad como bioindicadores. En efecto, si bien conocemos actualmente muchas especies de ampüa valencia ecológica, no menos cierto es que el grado de especificidad con el que muchas otras se asocian a determinados biotopos/nichos las convierte en óptimos objetos de estudio (Morales y Sanz, 1994; Gil-Martín y Subías, 1995). Por eso, con el desarrollo en profundidad de las investigaciones de carácter biocenótico y biogeográfico ocurrido en España durante la década de los ochenta surgió el germen de la utilización de los distintos taxones, no ya como diferenciadores de los medios bióticos sino como tipificadores de diferentes niveles o grados de alteración de los medios como consecuencia de las actividades humanas. Para ello se han utilizado tres grupos de ácaros, cada uno de los cuales permite el análisis de un tipo diferente de alteración (Schelvis, 1992; Morales y Sanz, 1994; Gil-Martín y Subías, 1995). Los oribátidos y los suelos agrícolas Los oribátidos, ácaros de exoesqueleto esférico bien quitinizado, constituyen uno de los grupos de fauna edáfica más abundante y selectiva. Su pequeño tamaño, al igual que ocurre con los otros grupos considerados, asegura que su presencia en sedimentos arqueológicos no se deberá a los caprichosos dictados de la selección intencionada por parte del hombre sino a circunstancias edáficas por mucho que éstas respondan también a la intervención humana (Schelvis, 1992). Aunque la estrecha asociación entre determinados tipos de suelos y especies concretas de oribátidos había sido constatada desde hace años, no fué hasta que el conocimiento taxonómico se hizo lo suficientemente exhaustivo que se pudo constatar la calidad bioindicadora de estos artrópodos. A través de análisis detallados de las asociaciones de oribátidos se ha podido constatar, en espacios limitados tales como el monte de El Pardo (prov. Madrid) cómo las especies permiten diferenciar los suelos básicamente inalterados del encinar en sí, de los suelos compactados que lo surcan a modo de vereda, o de los suelos agrarios (campos cultivados) que eventualmente se intercalan entre aquél (Subías y Mínguez, 1985; Tabla 3). Con frecuencia son especies de distintos géneros las que caracterizan un tipo de suelo mientras que las incluidas dentro de un mismo género suelen distribuirse preferencialmente sobre distintas condiciones edáficas dando la sensación de que existen microradiaciones adaptativas dentro de los géneros, dictando un proceso de especiación sobre variables ecológicas ligeramente modificadas. Incluso sobre suelos alterados, los oribátidos responden a otros parámetros del entorno, tales como pueden ser los gradientes de humedad en junqueras, olmedas, etc. (Subías y Mínguez, 1985; Subías y cois., 1985; Tabla 3). Un problema interesante en la caracterización de espacios agrarios por parte de oribátidos es su calidad como bioindicadores en etapas de sucesión de suelos agrícolas. (1986) han sido capaces de tipificar la sucesión en eriales mediterráneos con lapsos de abandono de hasta 40 años (Tabla 4) o la existencia de especies bioindicadoras para lapsos de abandono cortos (2-4 años) (Mahmud y cois., 1984; Tabla 5). Este fenómeno de bioindicación resultaría de amplia trascendencia en el estudio sistemático de espacios agrarios en la Prehistoria ya que el abandono temporal o definitivo de cultivos podría permitir confirmar o refutar hipótesis relativas a la pervivencia de culturas o asentamientos concretos en momentos de crisis. La sobrexplotación del medio y subsiguiente abandono podría abordarse con un análisis pedo-acarológico sistemático en zonas concretas. El hecho de que muchos de estos estudios hayan sido iniciados en nuestro suelo (Arillo y cois., 1992) no impide reflexionar sobre el enorme grado de incertidumbre que aún poseemos sobre tales cuestiones como consecuencia del aún incipiente nivel de conocimiento de la fauna ibérica de oribátidos de la cual se estima que posiblemente la mitad esté aún pendiente de describir taxonómicamente (Subías, com. pers.). A pesar de ello, algunos de los usos cuyo efecto sobre suelos ha sido estudiado con oribátidos (por ejemplo, calidad y estructura del paisaje, irrigación, rotación de cultivos, manejo de malas hierbas, usos de setos, salinización de terrenos, etc.) sin duda acabarán encontrando, de la vía de especialistas interesados, su aplicación en el estudio de los paisajes agrícolas en el pasado. Los gamásidos y los depósitos de excrementos A diferencia de los oribátidos, los ácaros mesostigmáticos (Gamasida) son depredadores Especies dominantes de oribátidos en distintos medios agrícolas de la provincia de Toledo (tomado de Mahmud y cois., 1984). que proliferan en medios ricos en materia orgánica entre los cuales las choriocenosis (biocenosis específica de las boñigas) resultan ser biotopos ideales (Mena y cois., 1990). En realidad, la boñiga constituye un ecosistema en miniatura íntimamente ligado a determinados espacios agrarios (pastos, prados, etc.) los cuales, en buena medida, ha contribuido a formar. En efecto, la ineficiente capacidad digestiva de los ungulados hace que una sustancial proporción del alimento ingerido sea devuelto al suelo en forma de excrementos y permita el establecimiento de una coprofauna caracterizada por sucesiones biocenóticas destructivas que, unidas a las modificaciones del entorno, provocan la desintegración total de aquél. La boñiga es consustancial con el paisaje agrario en la medida en que absorbe calor aumentando la temperatura, capacidad de absorción y retención de agua del suelo subyacente. La coprofauna (sensu stricto) asegura, entre otros, un rápido reciclaje de la materia orgánica, su dispersión homogénea por el entorno y la conservación e incorporación al suelo del 80% del nitrógeno que dicha materia contiene. Dado que la íntima asociación existente entre ganado doméstico y determinados espacios agrarios no puede inferirse a través del estudio directo de los excrementos, la choriocenosis constituye una valiosa herramienta de inferencia cuyas potencialidades apenas han sido exploradas (Schelvis, 1990). En este sentido, el estudio de los principales depredadores de esta comunidad, está resultando particularmente relevante. El reciente análisis llevado a cabo por Schelvis sobre acarofaunas en diferentes tipos de excrementos de fauna doméstica ha revelado la existencia de comunidades restringidas en cuanto a número de especies pero bioindicadoras del tipo de animal doméstico productor del excremento (Schelvis, 1992; Tabla 6). El estudio se llevó a cabo tanto en condiciones de estabulación como de pastoreo libre y las especies se mantuvieron constantes. Las potencialidades de confirmación de determinadas prácticas de pastoreo (vacuno en suelos más fértiles; ovicaprinos en suelos pobres) o de montanera (detección de ganado porcino en suelos de dehesas) en la prehistoria parecen confirmarse tras los análisis de este investigador en espacios rurales holandeses en el pasado (Schelvis, 1992). Al igual que en el caso de los oribátidos el futuro parece lleno de promesas. Acaros gamásidos, bioindicadores de diferentes tipos de excrementos. Los asteriscos indican la calidad bioindicadora (* buena; ** muy buena; *** excelente) de los distintos taxones (tomado de Schelvis, 1992). El último grupo de acaros de interés como bioindicadores de espacios agrícolas en la Prehistoria constituye uno de los conjuntos que antes colonizan los cenizales que se producen tras un incendio (Athias-Binche, 1987). El fuego ha sido, antes lo mencionamos, la más antigua forma de manipulación del medio. Además de facilitar la deforestación, parece que la práctica de su uso pudo muy bien haber facilitado asimismo un tipo rudimentario de agricultura en la medida en que la ceniza contribuye a incrementar el ácido PH de muchos suelos forestales y elimina potenciales competidores para las plantas domésticas (Iversen, 1956; Simmons, 1982). De un modo o de otro, fuego y hombre parecen asociados desde el Pleistoceno medio y la quema sistemática de zonas continúa siendo aún hoy en día parte integral de las técnicas de gestión agrícola. En este contexto cobra interés el uso de faunas de uropodinos quienes, al igual que ocurría con los oribátidos en suelos abandonados o los gamásidos en boñigas, se estructuran en una sucesión de comunidades colonizadoras que van penetrando progresivamente en suelos quemados prácticamente desde el momento en que se enfría la ceniza. El carácter bioindicador llega hasta el punto de poder identificar suelos quemados incluso tras noventa años de haberse producido la agresión (Athias-Binche, 1987). Evidentemente, los breves comentarios realizados en este trabajo no pueden proporcionarnos un cuadro someramente representativo de los grupos de fauna bioindicadora de espacios agrarios (por ejemplo, micromamíferos, insectos, moluscos terrestres, isópodos, etc.) aunque, al menos, confiamos en que estas pinceladas sirvan para proporcionar un marco de referencia de cara a emprender actuaciones operativas en el futuro. Durante quizás demasiado tiempo la arqueozoología ha sido la "ciencia de los huesos" o, secundariamente, de las conchas. Pero ni unos ni otras agotan el amplio repertorio del mundo animal de nuestros antepasados, ni siquiera en relación con el proceso de la domesticación. Por esta razón, convendría empezar a llevar a cabo un repaso sistemático de la fauna y percatarse de que muchos otros animales han podido ser recursos fundamentales en determinados tipos de economías (por ejemplo, crustáceos) y que son, sobre todo, los taxones desconocidos, los insignificantes, los microscópicos, aquellos que nos permitirán alcanzar eventualmente la fiabilidad en las reconstrucciones paleoambientales que la fauna "clásica" nos niega sistemáticamente. Sólo ante la admisión de esta circunstancia y de nuestro profundo desconocimiento de sus posibilidades podremos ser capaces de concebir una arqueozoología más integradora.
M. a CONCEPCIÓN BLASCO BOSQUED (*) "Rechazada, siempre intempestiva, nunca la muerte resulta peor aceptada que cuando dirige sus arteros usos hacia personas que posan ante nuestros ojos en el disfrute pleno de su vida" (Fernández Miranda 1989) (1), hoy estas palabras de Manolo Fernández Miranda escritas para esta misma revista con ocasión del fallecimiento de Fernando Piñón, siguen teniendo plena vigencia referidas al propio Fernández Miranda, cuya muerte nos sorprendió hace ahora diez años, y en relación a Charo Lucas Pellicer, víctima, el pasado 26 de abril de 2004, de un absurdo y fatal accidente, pues pese a contar ya con años suficientes como para haber abandonado o, al menos, aminorado el ritmo de su actividad profesional, todavía seguía plenamente dedicada tanto a la docencia como a la investigación, unas tareas que siempre supo compaginar con la vida familiar y con el disfrute de sus amigos. Es cierto que en los últimos años se había planteado jubilarse en una fecha que todavía no había querido o sabido precisar pero, a poco que le insistiéramos, cedía y, finalmente, no encontraba el momento de dejar el trabajo que había elegido por verdadera vocación, tanto en su vertiente de docente como en el de investigadora, unas actividades respaldadas por una sólida formación porque en el fondo de todo ello estaba su excelente preparación basada en una insaciable ansia de aprender y en su enorme avidez de lectora empedernida. Nació en Monreal del Campo (Teruel) en 1937, localidad que abandonó muy pronto para estudiar bachillerato en Teruel y, posteriormente, licenciarse en Filosofía y Letras, Sección de Geografía e Historia. por la Universidad Complutense de Madrid (1955)(1956)(1957)(1958)(1959)(1960); perteneció a una generación con un amplio conocimiento adquirido en su relación con maestros de saber enciclopédico, lo que no fue obstáculo para poseer también una sólida formación específica como arqueóloga lo que permitía afrontar con autoridad trabajos, tanto del mundo clásico, como de la Prehistoria. En sus propias palabras: "éramos arqueólogos diversos y dispersos", siguiendo así los pasos de unos maestros dedicados la Arqueología sin límites temporales, especialmente en su caso concreto por su inicial vinculación, como Ayudante de Cátedra, a D. Martín Almagro Basch, en un momento en el que simultaneaba la Cátedra con la Dirección del Museo Arqueológico Nacional, el Instituto Español de Prehistoria y la Comisaría de Excavaciones Arqueológicas y, por tanto, por sus manos pasaba toda la Arqueología española. (*) Universidad Autónoma de Madrid. Dpto. de Prehistoria y Arqueología. Facultad de Filosofía y Letras. Esta circunstancia favoreció el que Charo pudiera completar su formación universitaria con una actividad muy diversificada y complementaria al incorporarse, entre 1962 y 1965, al Instituto Español de Prehistoria del CSIC y al Servicio Nacional de Excavaciones arqueológicas de la Dirección General de Bellas Artes, actividades que interrumpió para disfrutar de una Beca, durante el curso 1963-64, en la Universidad de Mainz. En esta corta etapa participó en distintos proyectos, entre los que cabe destacar la intervención en la segunda campaña de la Misión arqueológica española en Nubia y su colaboración en las dos exposiciones realizadas en torno a esta Misión. Así mismo, entre 1958 y 1962 estuvo becada por el Instituto Español de Prehistoria para participar, bajo la dirección de Purificación Atrián, en excavaciones arqueológicas de algunos yacimientos turolenses y colaborar en 1962 con el Instituto Arqueológico alemán en las excavaciones realizadas en el Cerro Real de Galera bajo la dirección de los Dres. A su regreso de Mainz en 1964, se hizo cargo de la dirección de las excavaciones en la necrópolis de Marroquíes Altos (Jaén). En 1966 abandona el Servicio Nacional de excavaciones arqueológicas al obtener una plaza del cuerpo de Ayudantes de Museo, vinculándose al Museo Arqueológico Nacional, puesto que simultaneó con el inicio de su carrera docente en la Escuela del Instituto de Conservación y Restauración. Dedicación que no le impidió mantener trabajos de campo, como la colaboración en las excavaciones de los dólmenes de Aguiar y Viseu con Vera Leisner y C. Riveiro (1966) y la responsabilidad del informe y excavación que, por encargo de la Comisaría Nacional de Excavaciones, realizó en 1968 sobre diversos yacimientos segovianos afectados por la concentración parcelaria. A partir de 1969, se incorporó plenamente a la actividad universitaria en la UAM donde realizaría toda su carrera docente que culminó en 1991 con la obtención de una Cátedra de Prehistoria adscrita al Departamento de Prehistoria y Arqueología. En estos 35 años fue un referente para compañeros y alumnos. Disfrutaba especialmente con la enseñanza de la Prehistoria peninsular e ideaba los más variados recursos para despertar en los alumnos la inquietud por la investigación mediante lecturas de libros y artículos y el planteamiento de "supuestos contextos arqueológicos" que debían de resolver justificando las asociaciones. Sus programas y clases tenían un sello muy particular. Pero donde Charo se sentía más a gusto era investigando, una actividad que nunca estuvo marcada por una linea continua, sino por la necesidad de adentrarse en un tema o un aspecto que le sugería una lectura o la revisión de los materiales de una colección, pero fuera cual fuera el objetivo de su investigación, puso siempre al servicio de ella un acertadísimo sentido crítico y la autoridad de su sólida formación. A contracorriente de una ciencia que tiende a encorsetarse en una línea monocorde de especialización puntual, su obra abarca trabajos que cubren desde el Paleolítico hasta el mundo visigodo y desde una excelente síntesis a un detallado análisis técnico, aunque dentro de esta variada obra en temas y enfoques, hay aspectos a los que dedicó una mayor atención, entre ellos resulta imprescindible destacar su contribución en trabajos de iconografía, particularmente del arte prehistórico y del mundo ibérico; pero tampoco podemos olvidar su síntesis sobre el paleolítico peninsular o las reflexiones dedicadas al megalitismo, a la Primera Edad del Hierro o al problema del celtismo peninsular. Otro capítulo importante de su obra es el dedicado al análisis minucioso de determinadas piezas singulares de nuestro patrimonio arqueológico, baste como referencia, la fíbula trilaminar visigoda publicada en esta misma revista o los más recientes trabajos dedicados al Thymaterion de Calaceite, el vaso teriomorfo del Tosal Redó o el Tesoro de Villena, donde pone en evidencia sus vastos conocimientos, de los que nunca hizo alarde, pero supo poner al servicio de alumnos y compañeros. Difícilmente su personalidad podrá ser remplazada.
El deterioro que padece el arte rupestre tanto por factores ambientales como antrópicos atañe a su conservación e investigación en el futuro. La documentación gráfica, en algunos casos el único vestigio disponible, se ve limitada también por problemas de conservación a largo plazo, en especial cuando se trata de fotografía en color. En este trabajo se plantean nuevas líneas de investigación para solventar estos problemas a partir de una investigación en curso en el Departamento de Prehistoria del Centro de Estudios Históricos (CSIC). Se trata de la conversión del importante archivo fotográfico del Corpus de Pintura Rupestre Levantina a formatos digitales (Kodak Photo CD) y la aplicación del tratamiento digital de imagen multiespectral a la investigación de estas manifestaciones artísticas. Presentamos en este trabajo un avance del proyecto de investigación "Aplicaciones del proceso digital de imagen al estudio y conservación del arte repestre prehistórico" (DGICYT PB-95-0227). El planteamiento de este programa es el resultado de la convergencia de dos líneas de investigación que en la actualidad se desarrollan en el Departamento de Prehistoria del Centro de Estudios Históricos (C.S.I.C.) La primera de ellas es la aplicación de las técnicas de procesamiento digital de la imagen a la conservación y potenciación del conjunto de colecciones fotográficas sobre arte prehistórico que constituyen el Archivo de Arte Rupestre (AAR) del Departamento. Los trabajos en este sentido se iniciaron en 1991 concentrándose en la más valiosa de estas colecciones desde el punto de vista documental: el Corpus de Pintura Ruprestre Levantina (CPRL) (1). La segunda línea de investigación es el desarrollo de las aplicaciones arqueológicas de la Teledetección Espacial, particularmente en el campo de la Arqueología del Paisaje. Como se verá la propuesta que presentamos consiste sencillamente en el ensayo de una transposición controlada de algunos de los enfoques y técnicas de este último campo a un contexto de aplicación diferente. El propósito del proyecto es evaluar experimentalmente la viabilidad de esta transposición y establecer las condiciones de su aplicación óptima. Este proceso de convergencia ha sido posible gracias a la creación del Laboratorio de proceso digital de imagen y teledetección del Departamento de Prehistoria, que desde 1995 proporciona el apoyo técnico tanto a los trabajos de digitalización del AAR como a los diver-(1) Proyecto de la DGYCIT (PB92-088) titulado "Bases para la investigación del arte rupestre postpaleolítico en la Península Ibérica: el archivo de arte rupestre del Departamento de Prehistoria del C.E.H. del C.S.I.C.", dirigido por Juan Manuel Vicent García y con la participación de Teresa Chapa Brunet, Almudena Hernando Gonzalo y M." SOS proyectos de Arqueología del Paisaje emprendidos por sus miembros. Ese campo es todavía experimental, pero tiene amplias posibilidades de desarrollo en el estudio y conservación de obras de arte. En general han venido utilizándose distintas técnicas de obtención de imágenes con un carácter documental que han permitido mejorar la percepción visual de las mismas o descubrir aspectos ocultos a la visión humana. De hecho la aplicación de imágenes ultravioleta, infrarrojas, la reflectografía o la radiografía se ha manifestado como una opción viable de investigación. Ahora se pretende avanzar un paso más y explorar todas las potencialidades que algunos de esos tipos de imágenes poseen mediante la aplicación de técnicas de trabajo desarrolladas hasta la fecha en la teledetección espacial.' La utilización del tratamiento digital de imágenes de arte rupestre postpaleolítico obtenidas en diversas longitudes de onda de la misma manera que en teledetección espacial puede permitir identificar, caracterizar y descubrir aspectos desconocidos hasta el momento de las técnicas pictóricas, la organización compositiva y la ejecución de los paneles, así como revelar problemas de conservación y deterioro de las pinturas. Posibilita además un seguimiento temporal de su estado y, por tanto, constituye una herramienta para el diagnóstico y la apHcación de estrategias para la conservación de las mismas. La posibilidad de aplicación de estas ideas generales es el principio de la respuesta diferencial de la materia a la energía en las distintas longitudes de onda de la radiación electromagnética. En nuestro caso, se trata de desarrollar una estrategia de trabajo que determine la opción óptima y de mayor rendimiento informativo entre las distintas posibiHdades de captura de una imagen en longitudes de onda diferentes (tipos de sensores, resolución espectral y espacial, etc.), y que permita diferenciar los cuatro elementos básicos que aparecen en las imágenes de Arte Levantino (roca base o soporte, pigmentos orgánicos e inorgánicos, humedad del medio y microorganismos presentes) atendiendo a los problemas específicos que cada uno de ellos plantea. PROBLEMAS DE LA PINTURA RUPESTRE POSTPALEOLÍTICA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA El arte rupestre postpaleolítico presenta en la actualidad un conjunto de limitaciones que inciden de forma negativa en su estudio. Los esfuerzos dedicados a su interpretación y significado, así como a la documentación de nuevos conjuntos no se ven acompañados por estrategias destinadas a salvaguardar este patrimonio y a profundizar en aspectos globales de la investigación. Además, en el caso de las manifestaciones artísticas pintadas, sus circunstancias concretas de ubicación y ejecución actúan de manera negativa para su conservación y limitan notablemente las posibilidades de estudio futuro. Las agresiones que las pinturas han de soportar son diversos tipos de actos vandálicos (desde los modernos grafittis hasta el robo de los paneles arrancando las piedras) y factores ambientales desfavorables (Beltrán, 1982:16-17). Las actuales lluvias acidas, filtraciones, grietas, descascarillados, y cambios bruscos de temperatura a los que se ven sometidas por su ubicación en espacios abiertos, y en muchos casos poco protegidos, impiden crear condiciones de estabilidad como las que suelen existir en los espacios donde se localizan la mayor parte de las manifestaciones artísticas paleolíticas (interior de cuevas). Consecuencia de todo ello ha sido la destrucción parcial (Lám. I) o completa de numerosos conjuntos o figuras que, en el mejor de los casos, han quedado documentados a través de calcos o imágenes fotográficas. Estos soportes gráficos, sin embargo, no representan una garantía documental permanente y corren el riesgo de desaparición debido a la fragilidad y/o alteración de los mismos. Este problema se ha puesto recientemente de manifiesto y exige la toma de una serie de acciones para afrontarlo. El trabajo de digitalización del CPRL es una de ellas. Dpsde 1991 se vienen promoviendo en el Departamento de Prehistoria del C.E.H. diversas iniciativas destinadas a asegurar la conservación de este archivo, mejorar sus condiciones de acceso para los investigadores y potenciar su importancia científica en el contexto de los estudios de arte prehistórico. El Corpus contiene documentación completa sobre 99 estaciones rupestres, agrupadas en 54 conjuntos, pertenecientes a las comunidades autónomas de Aragón, Castilla-La Mancha, Cataluña, Murcia y Valencia y fue realizado entre los años 1971 y 1976 por el fotógrafo valenciano Fernando Gil Cariés (de ahí que se le conozca genéricamente como "Archivo Gil Cariés") con la colaboración de diversos arqueólogos bajo la dirección del profesor Almagro Basch (Vicent García, 1993y 1994). En esta tarea de conservación se ha optado por el uso de nuevas tecnologías informáticas en vez de recurrir al duplicado de originales, único procedimiento asequible y disponible hasta hace unos pocos años (2). Su principal hmitación reside en que, al emplearse el mismo tipo de soporte físico, y aunque desde un principio puedan mejorarse las condiciones de almacenamiento y elegirse películas con mayor estabilidad, los problemas de conservación únicamente se postponen. Por el contrario el pro- (2) El duplicado ha sido el sistema seguido para preservar los archivos fotográficos en algunas instituciones (Fletcher, 1992; Lautenbach, 1992; Koch y Grubet, 1994). ceso de digitalización presenta numerosas ventajas en estas facetas de conservación y almacenamiento y se beneficia de las opciones de trabajo y reproducción que posee la información conservada en ficheros informáticos, tanto por su facilidad de acceso, rapidez en la consulta selectiva, como por evitar la manipulación directa de originales. Sin embargo, las potencialidades que la digitalización de imágenes tiene en la actualidad son mucho mayores que el simple almacenamiento y reproducibilidad del material y abren nuevas vías para desarrollar una investigación histórica y artística. La incorporación de la imagen a una base de datos documental constituye una herramienta indispensable para la investigación, pero ha de ir acompañada de otras estrategias que complementen la información disponible y el acceso a la misma. APLICACIÓN DE NUEVAS TECNOLOGÍAS EN OBRAS DE ARTE: ANTECEDENTES Las principales aplicaciones de métodos científicos al estudio de obras de arte en general y al arte rupestre en particular son (Lahanier, 1991): 1. examen de los objetos a través de diferentes tipos de imágenes; 2. métodos analíticos para determinar su naturaleza; y 3. técnicas de datación. De ellos nos interesa especialmente el primero, del que nos ocuparemos más adelante. En el campo de métodos analíticos destaca el trabajo realizado en los últimos años en los Laboratorios de Investigación de los Museos de Francia (por ejemplo Menu y Walter, 1992; Minzoni-Deroche et alii, 1995) para identificar pigmentos y aglutinantes en las pinturas rupestres, especialmente las de época paleolítica. En cuanto a la datación, el desarrollo de la técnica de carbono 14 mediante AMS, que trabaja con una cantidad mínima de muestra, ha permitido su aphcación directa con éxito a las pinturas rupestres en esta última década (Bednarik, 1993; Russ, 1994), suministrando en ciertos casos resultados sorprendentes en relación con algunas atribuciones estilísticas. El registro de imágenes a partir de fotografía en blanco y negro se inicia casi desde los primeros momentos de la investigación de las manifestaciones artísticas prehistóricas (Moneva, 1993: 431-434). Sin embargo la calidad y las condiciones del registro no eran garantías suficientes para sustentar su estudio únicamente en esta herramienta. La distorsión que producían en la imagen las superficies irregulares u ocultamientos parciales bajo costras, además del escaso contraste obtenido en muchas ocasiones, obligaban a los investigadores a calcar las figuras representadas. La validez y fiabilidad de estos calcos, sin embargo, es un aspecto repetidamente criticado. Cuando se reestudian los abrigos y cavidades se rectifican los trabajos previos dado el componente subjetivo que interviene en su elaboración al haberse tomado decisiones en condiciones de percepción dificultosa. La llegada de la fotografía en color supuso una mejora notable en la calidad de las imágenes, ya que el ojo humano tiene mayor capacidad de reconocimiento de matices en la gama de colores que en la de grises (Scanvic, 1989: 44). Sin embargo, para aceptar su validez había que superar los mismos problemas de registro que en la fotografía en blanco y negro, a los que se añadían otros nuevos como la distorsión del color que el procesado químico genera en la obtención de copias, su transformación y viraje con el tiempo y finalmente su deterioro, aspectos que influyen en la conservación de los archivos fotográficos. La aplicación de otros tipos de imagen, en longitudes de onda diferentes a las del espectro visible (Fig. 1), amplió el grado de observación del ojo humano mostrando aspectos ocultos de la realidad, intrínsecos a la propia materia. Esta ampliación del registro, suministrado principalmente por las imágenes en infrarrojo (IR), no ha tenido una aplicación sistemática en el arte rupestre a pesar de algunos intentos tempranos como el de Pedersen (1954), aunque sí ha sido frecuente en el campo de la pintura sobre henzo. Además del espectro infrarrojo obtenido por diversas técnicas más o menos complejas y costosas según la longitud de onda de trabajo deseada (fotografía, reflectografía o termografía), en general, en el estudio de las obras de arte se ha empleado también la fotografía ultravioleta y la radiografía. Todos estos tipos de imágenes han tenido hasta la fecha una utilidad directa como medio de desvelar elementos no percibidos y se han usado mediante una comparación directa con el propio objeto o con la imagen visible del mismo, observando e interpretando las diferencias existentes. Es decir, su aplicación no ha buscado profundizar más allá de la comparación directa entre dos imágenes o lo que es lo mismo no ha trascendido el análisis visual. La investigación apHcada ha buscado determinar las longitudes de onda más adecuadas o efectivas para cada caso de estudio ya sea de forma teórica (Delaney et alii, 1993) o a través de experiencias directas en campos tan diversos como los papiros (Andorlini et alii, 1993), tejidos (Andrew y Eastop, 1994) o pigmentos inorgánicos de pintura (Bacci etalii, 1992). La introducción de la informática ha generado, también en este terreno, nuevas estrategias de trabajo para aprovechar al máximo la información contenida en las imágenes analógicas fotográficas, radiográficas o digitales generadas por alguna de las diversas técnicas referidas. De hecho el tratamiento digital de las imágenes, además de por las posibihdades que tiene en los procesos de restauración de fotografías, ha sido incorporado en los últimos años, principal y casi exclusivamente, a la mejora de la cahdad de esas imágenes con el fin de destacar, resaltar o aislar los elementos presentes mediante la manipulación de las variables de contraste, intensidad, tono y saturación del color, o mediante la aplicación de filtros (por ejemplo Slack, 1994). La mejora de imágenes para su análisis visual es ahora amphamente usada en muy diversos campos gracias a la creciente accesibilidad del software comercial, acompañada por el aumento de las prestaciones del Hardware y sus periféricos, con costes asumibles por numerosas instituciones de investigación y empresas privadas. Pero este es un proceso todavía reciente, como se percibe en los primeros trabajos en esta línea aplicados directamente al arte rupestre (Ripp, 1983(Ripp, y 1989) ) y no olvidemos que el sistema Kodak Photo CD no se comercializa en España hasta 1992. Así, por ejemplo, resultan ilustrativos los comentarios de Consens (1989) a las citadas propuestas de trabajo basadas en la digitalización de| imágenes, donde manifestaba su escepticismo kobre la posibilidad de una aplicación generalizada de estas técnicas a la investigación de| arte rupestre en un futuro próximo, ya que se escaparía a los presupuestos de investigación "normales". Aunque afortunadamente las dudas de Consens no se han materializado, el tratamiento digital de imágenes no ha desarrollado aún todas sus potenciahdades. De hecho en sus comentarios a Ripp (1989), Dickman (1989) avanzaba aún más en las propuestas y señalaba la potencialidad de la aplicación de las técnicas de trabajo de la teledetección espacial al arte rupestre. Desgraciadamente en este no se han cumplido las expectativas de Dickman, ya que no nos consta que algún equipo de investigación haya intentado desarrollar esta línea de trabajo. En la bibliografía especializada sólo hemos encontrado el precedente del trabajo de Aujoulat (1987) sobre arte parietal paleolítico, en el que se plantean muchas de las cuestiones que inciden en el tratamiento de imágenes multiespectrales. De manera paralela se han reahzado trabajos experimentales sobre la utilización conjunta de imágenes en diferentes longitudes de onda para reconocer pigmentos en la pintura sobre tabla (Casini et alii, 1992) o la aplicación del análisis de componentes principales a un conjunto secuencial de imágenes (Baronü et alii, 1996). PRINCIPIOS DE LA TELEDETECCION ESPACIAL APLICABLES A LAS IMÁGENES DE PINTURA RUPESTRE La tarea fundamental de un sistema de teledetección es caracterizar los elementos que forman parte de la superficie terrestre y para ello utiliza la interacción que se produce entre una fuente de energía (el sol) y la materia (la tierra). Esa interacción se basa en el Principio de Conservación de la Energía y en que la energía se manifiesta en diferentes longitudes de onda. Cuando ésta se encuentra ante una materia sólida es reflejada, absorbida o transmitida. La proporción de cada una de ellas está en función de las propiedades de la materia y de la naturaleza de las ondas electromagnéticas que constituyen la energía inicialmente aplicada. De este modo dos objetos de naturaleza diferente reflejan y absorben la energía en una misma longitud de onda en proporción diferente. Pero además hay que tener presente que la respuesta de los objetos varía según sus propiedades químicas o físicas, su configuración superficial y rugosidad, y según la intensidad de la iluminación y su ángulo de incidencia. Todos estos factores deben tenerse en cuenta para una correcta interpretación de los resultados y sobre ellos volveremos más adelante. La reflectancia puede definirse como la relación entre la cantidad de radiaciones reflejadas por un material y la cantidad de energía recibida para una longitud de onda dada. Según la región del espectro electromagnético considerada, la reflectancia de un mismo material es variable (Scanvic, 1989: 27-28). Estas variaciones son las responsables del color de los objetos dentro del espectro de la luz visible, y las que sustentan la posibilidad de reconocimiento de los distintos elementos integrantes de una imagen. t)e manera simplificada, la teledetección espacial parte de la adquisición de imágenes en distintas longitudes de onda proporcionadas por unos sensores dispuestos en satélites. Estas imágenes son distribuidas en formatos digitales con unas determinadas características de resolución espacial, espectral y radiométrica. La imagen digital contiene la información en forma de una matriz bidimensional de elementos contiguos denominados celdillas (pixeles) expresadas en valores numéricos (formato numérico matricial). Las imágenes por tanto pueden ser tratadas mediante procedimientos matemáticos a partir del principio de la existencia de diferencias de reflectancia entre bandas espectrales de un mismo material. Esas diferencias caracterizan al material y constituyen lo que se llama signatura espectral. La reflectancia de los materiales ha sido estudiada en laboratorio en las partes visibles y del IR próximo, siendo indispensable conocer la signatura espectral de los diferentes elementos para la comprensión y funcionamiento de este método. Además ciertos factores pueden distorsionar la identificación de los distintos elementos para un fin determinado. Además del aire y la nubosidad o humedad ambiental que deben ser atravesados por la energía en el caso de la teledetección espacial, influyen la intensidad de iluminación, el ángulo de incidencia de la misma que genera sombras o el propio tipo de cobertura del suelo que, en los casos de finalidades de identificación geológica, enmascara las cualidades que deben ser investigadas por lo que es necesario recurrir a combinaciones de imágenes alternativas que ayuden a diferenciar elementos. A partir del trabajo de corrección se siguen diversas estrategias entre las que se incluye el realce de las imágenes y las transformaciones globales, definidas como las operaciones destinadas a la creación de nuevas imágenes a partir de la combinación lineal de bandas de la imagen original con el fin de hacer evidentes determinados rasgos o aislar algún tipo de información de interés (Pinilla, 1995:187). ESTRATEGIAS PARA LA ADQUISICIÓN DE IMÁGENES MULTIESPECTRALES La aplicación a otros campos de las técnicas de trabajo con imágenes multiespectrales desarrolladas por los laboratorios de teledetección debe plantearse mediante unos objetivos claros sobre la información que se quiere obtener y a partir de que recursos es posible obtenerla. Quedan por resolver, sin embargo, las estrategias de adquisición de las imágenes y de experimentación para diseñar las combinaciones de trabajo adecuadas en función de los elementos presentes en cada caso concreto. La respuesta espectral de los materiales es conocida parcialmente por la experiencia previa que proporciona la teledetección. Pero en su aplicación a la pintura rupestre postpaleolítica hay que tener en cuenta que las condiciones en las que se van a registrar las imágenes son diferentes a las que se obtienen por un satélite. Finalmente el procesado y clasificación de la imagen nos permitirá llegar a unos resultados que deberán ser evaluados. Por tanto el esquema de trabajo que ha de seguirse con las imágenes debe atender a los siguientes aspectos: Fase de adquisición 2. Estudio visual y matemático de la variabihdad interna de la imagen 3b. Clasificación de la imagen y asignación 3c. Toma de decisiones Para la realización de las mismas es necesario partir de una evaluación preliminar de los elementos integrantes de la imagen que en el caso de la asignación (3c) debe acompañarse de una identificación directa de los diferentes materiales a través del correspondiente anáhsis. A. Componentes de la pintura rupestre postpaleolítica En la pintura rupestre hay que discriminar el pigmento, compuesto por elementos orgánicos e inorgánicos, del soporte que, en la mayor parte de los casos, son rocas de naturaleza calcárea (calizas). En los pigmentos es necesario identificar sus compuestos minerales constituyentes ya que, aunque parece que nunca se combinan colores en una misma figura, dentro de la pintura esquemática y del arte levantino existe variedad de tonos, especialmente en los rojos y ocres, y en menor proporción los negros y blancos (Beltrán, 1982: 20; Acosta, 1986: 268 y 280). Tradicionalmente se ha considerado el empleo de hematites, otros óxidos de hierro y óxidos de manganeso en la elaboración de las pinturas prehistóricas. Estos compuestos han sido identificados analíticamente en algunas cuevas paleolíticas y postpaleolíticas francesas (Menu y Walter, 1992; Hameu et alii, 1995) y en algunos abrigos de la Comarca de Santolea en la provincia de Teruel (Beltran, 1982: 22). Además de estos minerales, en ciertas pinturas se ha detectado la presencia de compuestos orgánicos, ya sea como pigmentos, como es el caso del carbón, o como aglutinantes. Entre estos últimos pueden citarse proteínas animales procedentes de tejidos grasos o sangre o la utilización de fibras vegetales (Bednarik, 1993: 49). La aplicación experimental de las técnicas de tratamiento digital a las imágenes del arte esquemático y levantino de la Península Ibérica exige conocer con exactitud la naturaleza de los pigmentos empleados y determinar sus signaturas espectrales. Por ello dentro de la propuesta inicial de trabajo se contempla el estudio analítico de muestras procedentes de las pinturas seleccionadas para las pruebas experimentales, así como la utilización de radiómetros de campo. La identificación genérica de los soportes es más sencilla ya que el problema de la limitación en la toma de muestras no existe, aunque un estudio completo requiere el empleo de varias técnicas analíticas. La ubicación mayoritaria de estas pinturas es en abrigos u oquedades de naturaleza caliza formadas por procesos erosivos naturales, aunque también aparecen en otros soportes como areniscas (Benito et alii, 1991-92). El comportamiento espectral de este tipo de rocas y de muchas otras es sobradamente conocido (Vrhel et alii, 1994). A pesar de la variación de la reflectancia en las rocas segiin su composición en minerales básicos parece claro que presentan siempre un máximo de diferenciación (Fig. 2) (3) entre los 550-650 nanómetros (nm) dentro del espectro visible y alrededor de 900-1000 nm en el infrarrojo (Scanvic, 1989). Estas bandas de máxima diferenciación son aplicables también a los compuestos minerales que pudieran registrarse en los pigmentos. Además podemos encontrarnos situaciones en las que aparezcan costras que cubran de forma masiva o milimétrica los dibujos, microorganismos que hayan colonizado tanto el soporte como las pinturas, o filtraciones de agua sobre la superficie que pueden incluso haber arrastrado los pigmentos. Circunstancias que distorsionan la diferenciación visual de los dos componentes básicos del estudio artístico y estilístico en proporciones que son desconocidas, pero cuyo comportamiento espectral debe ser discriminado para una adecuada identificación e interpretación de los elementos pictóricos. Por otra parte, desde el punto de vista de la conservación y el diagnóstico del estado de las pinturas también deben ser observados y tenidos en cuenta. B. Sensores y bandas espectrales Las imágenes pueden capturarse mediante diferentes dispositivos o sensores con resolución en diferentes longitudes de onda. En la elección juegan varios factores entre los que se pueden destacar dos íntimamente relacionados: el coste y el lugar de adquisición de la imagen. Una gran parte del trabajo con longitudes de onda distintas a la radiación visible ha sido realizado en museos y laboratorios que cuentan con un acondicionamiento adecuado y en los que el objeto es estudiado bajo condiciones controladas. En el caso del arte rupestre, las pinturas se localizan siempre en espacios naturales, más o menos accesibles, con áreas útiles para el trabajo generalmente reducidas. Todo el equipo debería ser trasladado e instalado en condiciones extremas, siendo necesario un esfuerzo adaptativo del equipamiento al espacio físico disponible. En consecuencia, inicialmente no tiene sentido trabajar con técnicas complejas si existe posibiHdad de obtener información útil por otros medios. Las cámaras fotográficas pueden trabajar de forma sencilla dentro de una variedad de longitudes de onda mediante la utilización de filtros y películas especiales. La fotografía multibanda puede obtenerse por tanto con equipos de fotogrametría convencional, cuya aplicación permite además un trabajo de reconstitución mucho más detallado que el realizado a partir de calcos (4). La tarea de filtrado con el equipamiento adecuado logra eliminar la mayor parte de la (3) Agradecemos a Julia Sánchez, de la Unidad de Nuevas Tecnologías del Centro de Estudios Históricos del CSIC, la preparación y realización de las figuras 2 y 3 de este artículo. (4) Los tratamientos con CAD permiten generar una detallada información y reconstrucción de las pinturas (un ejemplo en Bell et alii, 1996). radiación no deseada, acotando la banda del espectro que interese. No se buscan anchuras de banda demasiado pequeñas, sino simplemente diferenciar las grandes regiones del espectro ultravioleta, visible (azul, verde y rojo) e infrarrojo próximo. En este último caso las películas especiales tienen sensibilidad hasta los 900 nm, y existen productos sensibilizados hasta los 1350 nm que se emplean para trabajos científicos (5). En el ultravioleta se trabaja a partir de los 300 nm, que es el límite de transmisión por objetivos de cristal. Por tanto la utilización de filtros y películas especiales nos facilita al menos 5 imágenes diferenciadas con las que trabajar: ultravioleta, azul, verde, rojo e infrarrojo próximo, aunque en este último podrían obtenerse dos bandas diferentes (700-900 nm y 900-1100 nm). La selección de un tipo u otro de películas debe regirse por la sensibilidad espectral necesitada. C. Condiciones de trabajo Una norma esencial para la fiabiüdad y contrastación del trabajo es operar con los mismos parámetros. Tanto la intensidad de iluminación como su ángulo de incidencia generan respuestas diferentes como ya se indicó anteriormente. La variación en la reflectancia a causa de esos factores se acentúa más o menos dependiendo de la longitud de onda. La transmitancia de los filtros o de las lentes cambia el registro según el ángulo de incidencia (por ejemplo, con un ángulo de 45° (cambia de los 1300 nm a 1265 nm) y el error aumenta cuanto más aumente el campo de visión (Casini et alii, 1992). También varía el grado de transmitancia en función de la longitud de onda, decreciendo significativamente a partir del infrarrojo próximo. En consecuencia, la captura de la imagen debe producirse bajo las mismas condiciones si deseamos establecer comparaciones entre figuras o entre conjuntos. Trabajar en abrigos con pinturas colocadas en distintas posiciones y cuya orientación en relación a la iluminación natural es diferente, plantea la opción de utilizar iluminación artificial. Puesto que la intensidad y el ángulo de incidencia sobre los motivos pictóricos cambia en función de la época del año y la hora del día, la única forma de controlar estos parámetros es el empleo de fuentes de luz artificial. La conveniencia de utilizar luz blanca o halógena (amarilla) deberá ser estudiada en detalle para valorar su influencia en el resultado final. Además las propias condiciones de la toma fotográfica, como el tiempo de exposición y la apertura del diafragma, pueden mantenerse también fijas al establecerse condiciones constantes de iluminación. Favorecen la estrategia de la iluminación artificial tanto el empleo de fotografía ultravioleta, que exige el uso de lámparas de iluminación especiales, como el sistema de luz polarizada propuesto por Henderson (1995) para mejorar los contrastes entre pigmento y soporte, que más, adelante comentaremos. Un problema fundamental en la documentación de las pinturas es el color. Son de todos conocidas las variaciones de color que generan la sensibiUdad de las películas y su procesado. Finalmente las alteraciones químicas que el paso del tiempo producen en las fotografías también transforman los colores registrados. Además en la percepción del color intervienen muchos factores distorsionantes que ocasionan una observación diferencial según cada individuo. La existencia de metámeros (6), así como las distorsiones según las condiciones de iluminación, forma y fondo (problema de la constancia del color) nos sitúan en un campo muy resbaladizo a la hora de la descripción de este elemento (Petrov, 1993). Sin embargo, el color es un elemento descriptivo y comparativo esencial dentro del estudio artístico. En el trabajo con imágenes multiespectrales, donde se selecciona una banda determinada del espectro visible o se trabaja con radiación no visible, no es un problema primordial puesto que las variaciones de reflectancia de la materia que se están registrando (5) Agradecemos a la casa Kodak la información suministrada sobre material fotográfico a través de sus prospectos y en especial el de "Películas kodak infrarrojas". (6) Según la definición del término por la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales: "cada uno de los estímulos luminosos con diferentes distribuciones espectrales de energía, capaces de producir en la visión fovela sensaciones idénticas de color". son las que interesa comparar, aunque una parte de ellas sea consecuencia del propio color. En este caso resulta más determinante el grado de resolución espacial y espectral que se pueda conseguir en la imagen digital. La investigación en arte rupestre no puede prescindir del registro general de las pinturas por la importancia de la documentación de estas manifestaciones artísticas sometidas a un constante riesgo de desaparición y deterioro. En este terreno el color es útil para la reconstrucción fiel de cada una de las representaciones. A pesar de las dificultades para su definición y de las transformaciones que ocurren en el paso de una imagen analógica a otra digital, la expresión numérica de esta última podría ser eficaz en una estrategia comparativa, si no existiesen factores como las pátinas superficiales que hacen variar la reflectancia del color original del pigmento. Además pequeñas variaciones en el color pueden obedecer a una disolución diferente del pigmento (pequeñas oscilaciones en las proporciones de los elementos integrantes), a la diferente absorción o porosidad del soporte, o al diferente grado de arrastre o disolución sufrido por la pintura con el tiempo, factores fortuitos que no responden al conocimiento y ejecución técnica por parte del artista prehistórico. En este sentido pueden ser más indicativos los anáhsis sobre la composición de los pigmentos que el color final observado en la actualidad. En nuestra investigación nos interesa discriminar en primer lugar la propia imagen pictórica y distinguir si existen diferencias dentro de ella; un segundo aspecto, más conflictivo a la vista de los comentarios anteriores, es la comparación de las características entre distintas imágenes, ya sea de una misma locaüdad o de otras. Recientemente se ha señalado la conveniencia del uso de una escala calibrada de color que permita la reconstitución de los colores, con independencia de los factores que hayan afectado a la fotografía original. Según Bednarik y Seshadri (1995) es posible una corrección digital de las imágenes siempre y cuando estas dispongan de unas referencias de color conocidas y la escala cubra un porcentaje significativo (>5%) de la imagen para permitir la calibración. La escala de color de la International Fe-deration of Rock Art Organizations (IFRAO) parece haberse convertido en una herramienta necesaria en el registro y documentación del arte rupestre. Su empleo en nuestra investigación permitiría una cierta homogeneización de los valores para la comparación de intensidades y tonos de color entre imágenes distintas, aunque una interpretación cultural a partir de las mismas resultaría muy arriesgada dada la dependencia de los factores físicos antes expuestos, cuya contrastación exigiría esfuerzos complementarios como estudios geomorfológicos de las estaciones rupestres. Por último conviene comentar la obtención de imágenes mejoradas mediante una técnica para fotografiar el arte rupestre aplicando luz polarizada que resalta y diferencia los pigmentos de su base y minimiza el efecto de las capas superficiales y de los actos vandálicos sufridos por la pintura (Henderson, 1995). La luz reflejada tiene dos componentes: la reflectancia de la superficie que sigue un comportamiento regular en función de la textura, y una reflectancia de la subsuperficie procedente de la parte de la energía que atraviesa parcialmente la materia y que finalmente sale al exterior en diferentes direcciones debido a las interacciones que se producen en su camino. La posibilidad de separar ambas reflectancias se consigue mediante la polarización de la luz incidente, que será reflejada en la superficie en el mismo plano de polarización, mientras que la retrodispersa mantendrá distintas direcciones. Con el uso de un segundo filtro rotado 90 grados (polarización cruzada) la reflexión unidireccional de la superficie queda absorbida y únicamente es atravesada por todas aquellas procedentes de la subsuperficie. Aunque las superficies rocosas no son planas, ni lisas y no toda la luz reflejada mantiene la misma dirección, la reducción de la reflectancia de la superficie permitirá que la reflectancia difusa sea apreciada y registrada en mejores condiciones mediante el empleo de películas que acentúan el contraste y la saturación, dado el bajo nivel energético con el que se trabaja. Todos estos elementos nos suministran imágenes que pueden ser sometidas a un proceso digital con la finalidad de mejorar nuestros conocimientos sobre el arte prehistórico y buscar nuevas vías de información. La combinación de diferentes imágenes ayuda a descubrir nuevos elementos que la imagen visible no registra, al igual que ocurre con el uso de la radiación no visible. La transformación de una imagen analógica a una digital (Fig. 3) no reviste en la actualidad grandes problemas dada la posibilidad de obtener directamente de la película un formato digital, sin necesidad de un revelado químico. Los escáneres de mesa también permiten conseguir resoluciones de trabajo adecuadas. En cambio las cámaras digitales que empiezan a comercializarse todavía mantienen precios elevados en relación a su resolución. El paso del tiempo quizás permita su utilización eliminando pasos en el proceso, pero nos queda la duda sobre su posible uso en la banda del infrarrojo. ANÁLISIS DE LAS IMÁGENES Una vez obtenida una determinada serie de imágenes en formato digital y dentro de las herramientas de trabajo disponibles en la teledetección espacial es posible estudiar la discriminación de los elementos presentes con métodos estadísticos o con un análisis previo de separabilidad a través de diagramas de signaturas, que son similares a las gráficas de reflectancia espectral (Pinilla, 1995: 231-235). Entramos, por tanto, en las fases de procesado y análisis, que trataremos brevemente a través de un ejemplo seleccionado para mostrar las potencialidades del sistema, manejando el análisis de Componentes Principales, aunque no responda a todas las exigencias previas de trabajo y su interpretación final pueda ser debatida por la falta de control en las variables de partida. A. Análisis de Componentes Principales La técnica de componentes principales trata de representar un conjunto de variables observadas en un grupo de elementos, mediante un número inferior de nuevas variables formadas a partir de combinaciones lineales de las variables originales. Desde el punto de vista geométrico, la técnica de componentes principales no es más que un cambio de coordenadas que define unos nuevos ejes ortogonales como direcciones principales del conjunto de puntos. La ventaja de esta nueva forma de representación es la ausencia de correlación entre las variables. Para comprender mejor por qué, y en aras de una cierta rigurosidad, es necesario un pequeño apunte sobre su razonamiento matemático puesto que es, esencialmente, una transformación geométrica (Fig. 4). Llamamos matriz de covarianzas a la siguiente matriz simétrica: Como S es simétrica, es diagonalizable (Loughlin, 1991(Loughlin,: 1964)) Como la varianza se conserva (7) a\ +... + a^ = X, ^ +... + X^y están ordenadas, la de mayor varianza es X^. De esta manera, las nue-(7) Teorema de la conservación de la traza (suma de los elementos de la diagonal principal) en una transformación lineal trÇL) = ír(D), siendo D la matriz diagonal (todos los elementos que no pertenecen a la diagonal principal son nulos). Veamos la representación geométrica de este razonamiento: supongamos 3 variables correlacionadas Xp X2, x^ (Fig. 5a), un ángulo recto tiene coseno de 0,0, lo que implica que la correlación entre las variables también será O, lo que es lo mismo, tendremos variables ortogonales o incorreladas (Fig. 5b). Obsérvese que aún no hemos hablado de Análisis de Componentes Principales (ACP) sino de Transformación a Componentes principales (TCP). Esta última es una técnica muy utilizada en proceso de imagen en general y en teledetección espacial particularmente, como herramienta para eliminar la redundancia en la información. Una cantidad indeterminada de información es aprehendida por el sensor en diferentes bandas, es decir, algunas de las características que se observan en el rojo, también están presentes en el Azul y el Verde o el infrarrojo. La TCP, como hemos visto, genera nuevas bandas que no sólo son distintas entre sí, sino que también lo son de las que se han obtenido. La principal utilidad de la TCP es la reducción de la variabihdad de la información suministrada por el sensor (8). Otra aplicación más importante, desde el punto de vista del arte rupestre, es la capacidad de obtener información no visible de los paneles con pinturas. La TCP supone, pues, la utilización de las nuevas variables, en nuestro caso bandas, que ya no son ni rojo, ni verde, ni azul, sino que presentan características de los elementos representados: como veremos más adelante, la humedad superficial, la diferente composición de los pigmentos o la estructura de la concreción calcárea. El problema de esta transformación es que no siempre estas nuevas imágenes, son fáciles de interpretar. Es en este momento cuando se inicia la fase de anáUsis. B. Un caso práctico: el arquero del abrigo de la Saltadora En el Laboratorio de Proceso Digital de Imagen y Teledetección se estudió una serie de imágenes pertenecientes a la figura 25 del abrigo de la Saltadora III (Cuevas de Vinromá, Castellón) (Lám. Como la imagen original es analógica, al digitalizarla pierde resolución espacial (el objeto más pequeño que puede observarse en una imagen). En nuestro caso esta pérdida de información no representó un grave inconveniente puesto que partimos del fotograma pancromático digital del CPRL. Se tomó la decisión de trabajar con imágenes a media resolución (9) que compensaba el tiempo de proceso con una cantidad de información aceptable. Una vez obtenidas las tres imágenes, y ya en la fase de procesado, se calculan los estadísticos que definen las poblaciones de puntos (pixeles). Esta tarea implica la localización y corrección de errores ocurridos durante la digitalización: la falta de alguna línea, la corrección de la gama debida al ajuste del escáner, o la presencia de algún tipo de ruido. Para ello se aplican técnicas típicas de retoque fotográfico como el filtrado. La labor es delicada debido a que cualquier tipo de retoque variará los valores originales de los pixeles y por tanto el resultado de los análisis de forma que, cuanto menos se retoque la imagen, menor será el error de asigna-Esto quiere decir que la varianza se redistribuye sin pérdidas sobre los componentes principales. (8) En el caso del sensor Landsat-5 TM, suministra siete bandas sobre la superficie cuya variabilidad puede ser reducida a tres (conteniendo alrededor del 98% de la varianza), facilitando la interpretación y el tiempo de cálculo del ordenador. (9) Esta resolución es la correspondiente a la media resolución del formato Kodak Photo CD, esto es: 512 x 768, en la cual conseguimos un tamaño de pixel de menos de 3 ó 4 milímetros. ción en la fase posterior. Así pues, en la fase de procesado, el retoque debe entenderse como un intento de acercamiento de la representación de la realidad (la imagen) al original. Obtenidas las imágenes con la calidad necesaria se ha procedido a su tratamiento como bandas independientes mediante un programa de proceso digital de imagen de satélite (10), dentro ya de la fase de análisis. Se realiza la transformación a componentes principales (CPI, CPII y CPIII) (Lám. III) y, una vez calculados los estadísticos de las nuevas bandas, se estudian sus histogramas. Se procede entonces a un anáUsis exploratorio de las mismas. En CPI está concentrada la mayor parte de la varianza de la escena de forma que podemos entender ésta como una generalización de las propiedades del conjunto: El histograma de ésta presenta dos picos, esto es, dos clases principales si dejamos al margen lo que representa el soporte. El segundo y tercer com-(10) ER-MAFFER versión 5.2. ponente discriminan información que podemos considerar como no visible, y contienen un porcentaje mucho menor de la varianza. Es aquí donde hemos observado los rasgos más destacables, puesto que se hacen ahora evidentes elementos que no eran apreciables en la imagen original: el CPII parece una imagen negativa del componente I, y si en este último podíamos observar de forma más clara que en la imagen pancromática tanto las escoriaciones del soporte como las concreciones calcáreas, es en el segundo componente donde podemos separar claramente unas de otras. El CPIII tiene un interés añadido para el seguimiento de los problemas de conservación. Claramente se destacan, en el lado derecho de la imagen (Lám. III) las flechas sobre las que apoya su mano el arquero. Hasta esta imagen no habíamos podido diferenciar el pigmento de la figura del de las flechas. Éstas se parecen en CPI y CPII a algunas áreas del interior del cuerpo de la figura. No podemos decir si estas diferencias se deben a su factura o a la conservación diferencial del pigmento debida a la acción de los agentes atmosféricos, pero sí podemos decir que existe una diferencia sustantiva entre estas partes de la figura. Esta fase finaliza con la realización de un mapa de clases del panel, para lo cual la mejor fuente son los componentes principales, puesto que, como hemos dicho, no se ha perdido prácticamente nada de la variación original de la escena. La presencia de pixeles con los mismos valores en algunas partes del arco, de las piernas y el torso de la figura hacen pensar que podía deberse al silueteado de la misma en alguna fase de su ejecución, e incluso que se utilizaron pigmentos distintos para las diferentes partes de la composición. De cualquier modo, como se puede observar en las imágenes, éstas tienen valor por sí mismas al revelar aspectos que se escapan al ojo humano o, al menos, el tiempo y el trabajo invertidos en su discriminación es mucho menor. Una interpretación ajustada de la variabihdad de la escena pasaría por la siguiente fase de anáUsis. Después de clasificar una imagen se necesita asignar el origen de la variación a cada una de las clases. La analítica físico-química de algunos puntos significativos del panel, la medi- da de la humedad superficial, o el grado de insolación de otros tantos permitirán generalizar los resultados a todo el panel y confeccionar un mapa exhaustivo de estas y otras variables. Como veíamos más arriba, la toma de imágenes con cámaras y técnicas de fotogrametría a corta distancia, permiten generar modelos digitales del panel de gran utilidad tanto en la evaluación de su estado de conservación, como en la modelización de algunos de los factores que inciden en el deterioro de las estaciones de arte rupestre. El último paso sería la toma de decisiones. Podemos separar en dos vertientes, no necesariamente antagónicas, los usos que se pueden dar a los sistemas de análisis que hemos presentado: por una parte la conservación de los conjuntos, por otra la investigación arqueológica en sentido estricto. El montaje de una estación de seguimiento (o en su defecto el alquiler de servicios a un equipo especializado) permite, con un coste reducido, estudiar de forma eficaz y con gran precisión el curso que sigue un conjunto mediante la realización de series temporales de imágenes. Se cuenta así con un diagnóstico solvente y actualizado para, en su caso, aplicar las medidas de protección necesarias (11). Además el tratamiento de las imágenes permite abordar algunas cuestiones como la ejecución técnica de las figuras, la realización de calcos, la visualización de aspectos ocultos con posibles implicaciones en el análisis de superposiciones, etc., que cubren los temas de investigación del presente proyecto. Su objetivo final es generar una rutina de trabajo válida para la aplicación de estas técnicas de tratamiento digital de la imagen al estudio y conservación del arte rupestre postpaleolítico. Confiamos que estas páginas hayan puesto de manifiesto la potencialidad y virtualidad de esta novedosa línea de investigación.
Este trabajo trata algunos aspectos relativos al origen del Neolítico en la Península Ibérica. En el mismo se propone el modelo dual como alternativa a la dicotomía entre las posturas que asumen puntos de vista basados en el movimiento de personas (migracionistas) o de ideas/bienes (indigenistas). Su aplicación a la fachada oriental del Mediterráneo español permite evaluar sus posibilidades, apostando por una mayor complejidad y una lectura territorial del proceso de neolitización. Modelos de difusión démica y no démica. En el último decenio el debate sobre los orígenes del Neolítico ha venido centrándose en torno al papel de los movimientos de población, al modo de los descritos en el modelo del frente de avance (Ammerman y Cavalli-Sforza, 1984). Aun a riesgo de simplificar en exceso, podría considerarse que los puntos de vista se han polarizado entre lo que denominaré migracionistas e indigenistas (Chapman, 1994: 134), de manera que: -Los indigenistas suponen que el origen de la subsistencia neolítica tuvo lugar a través de los mecanismos de intercambio y/o de las redes sociales existentes entre los grupos mesolíticos del continente europeo, sin necesidad de recurrir a movimientos de población; o suponiendo un papel mínimo de los mismos (por T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ejemplo, Zvelebil y Rowley-Conwy, 1984; Chapman, 1994; Runnel y van Andéis, 1988). -Los migracionistas, por el contrario, ven el proceso como una expansión del poblamiento, de acuerdo con el modelo del frente de avance. Tampoco se ignora en este caso el papel de los grupos mesolíticos en la transmisión de las novedades neolíticas, pero tiende a minimizarse (por ejemplo, Gallay, 1989). En ambos casos, la amplitud e intensidad del movimiento colonizador simplemente constituye una premisa, lo que en ocasiones lleva a tener que argumentar en contra de la información disponible (veáse Chapman, 1994, frente a Perlés, 1995, en relación al sudeste de Europa). Esta situación tiene también su traducción en la Península Ibérica, como ponen de relieve algunas de las propuestas más recientes (Mestres, 1991; Vicent, 1990Vicent, y 1996;;Rodríguez Alcalde et alii, 1995; Schuhmacher y Weniger, 1995). Aunque en general se tiene la impresión de que ambas posiciones se postulan como mutuamente excluyentes, lo cierto es que, salvo que se considere que los procesos de difusión se realizan siempre con ausencia de movimientos de población o, alternativamente, sobre regiones deshabitadas, ambos forman parte de una dinámica histórica común y son, lógica y empíricamente complementarias. Algunas propuestas intentan justamente una aproximación de estas características, dotando de mayor complejidad el concepto de frontera agrícola (Moore, 1985; Dennell, 1985). Lo que esta petición de mayor complejidad lleva implícito es que probablemente la situación fue regionalmente diversa. Ello equivale a desautorizar cualquier modelo que se limite a asumir una u otra posición, obligando a afrontar este asunto en concordancia con la evidencia empírica regional. Por tanto, resulta crucial disponer de un modelo que permita acercar las teorizaciones a los hechos. La propuesta del modelo dual pretende incidir en este aspecto trasladando la cuestión del alcance de la colonización agrícola desde el campo de las asunciones, al de la contrastación. Es decir, afirmando que las propuestas en esta materia no sólo deben, sino que pueden ser contrastadas sobre el registro arqueológico regional. El objetivo de este trabajo consistirá, primero, en presentar el modelo, sus implicaciones empíricas y algunas de las asunciones sobre las que se sustenta (apartados 2 y 3). A continuación, se procederá a su contrastación utilizando para ello la información que proporciona la región mediterránea española (apartado 4), investigando también las alternativas propuestas y los problemas que plantean (apartado 5). Finalmente, el apartado 6 incidirá en la valoración de los resultados. A lo largo de la exposición y a fin de mantener una mínima coherencia, todas las fechas C-14 utilizadas, así como las referencias cronológicas, lo serán en cronología antes del presente, sin calibrar, utilizando las siglas BP. De igual modo, todas las referencias geográficas de los asentamientos utilizados se recogen en el Cuadro 1, evitando su cita repetitiva en el texto. El modelo dual, en su estructuración más reciente (Bernabeu et alii, 1993), surge de la confluencia de dos corrientes de investigación. A. Por una parte, de las consecuencias del modelo de "frente de avance" o expansión démica. De acuerdo con la propuesta de la expansión mixta, podrían diferenciarse tres situaciones que caracterizarán otros tantos procesos de difusión: La expansión démica propiamente dicha, o proceso de colonización agrícola. Denominaremos este proceso "Colonización". Diversas regiones fueron colonizadas de este modo. Resulta necesario admitir que este proceso se mantuvo vigente más allá de la aparición de las primeras plantas y animales domésticos, como ocurre, por ejemplo, con la colonización agrícola del valle alto del Guadalquivir (Nocete, 1989:146). La interacción entre los agricultores en expansión y las poblaciones mesolíticas preexistentes. Denominaremos este proceso "Aculturación Directa". Tales procesos se dieron en las fronteras entre ambos grupos, y pueden considerarse como el detonante que inició el proceso posterior, descrito a continuación. La difusión, entre los grupos mesolíticos, y a través de sus mecanismos de interacción, de los elementos técnicos y económicos neolíticos. Denominaremos este proceso "Aculturación Indirecta". Los tres son igualmente posibles; sin embargo, sus consecuencias sobre el registro serán distintas en cada caso. Por tanto, si queremos contrastar, a nivel regional, la presencia de tal o cual proceso neolitizador, necesitaremos desarrollar previamente un modelo capaz de explicitar dichas consecuencias. Y es aquí donde se enlaza con la segunda de las corrientes de investigación de las que se nutre el modelo. B. Esta corriente es básicamente empírica. Tiene que ver con la investigación del fenómeno neolitizador en tierras valencianas y es anterior, en su formulación, al planteamiento del modelo de avance. Aunque sería posible rastrear sus orígenes con anterioridad, el trabajo de Portea (1973) marca el punto de inflexión respecto a la interpretación del registro valenciano en el momento de la neolitización. Este autor, al analizar distintas series líticas situadas entre el VIII y VII milenios BP, establece el modelo de la triple faciès: -La faciès geométrica, ejemplificada por Cocina, en la que el sustrato epipaleolítico precerámico (Cocina I y II) recibiría las primeras influencias neolíticas (cerámica. Cocina III) sin apenas cambios en su estructura tecno económica, continuando con posterioridad su evolución hasta la incorporación de los recursos domésticos (Cocina IV). -La faciès microlaminar, ejemplificada por Mallaetes, y que vendría a representar la perduración de la tradición microlaminar que entraría en contacto con las cerámicas cardiales. -La faciès neolítica, ejemplificada por Or, cuyo conjunto industrial no sería réductible a ninguno de los anteriores. En la interpretación de Portea, la faciès de Or representaría el auténtico Neolítico, o neolítico "puro", tal y como ha pasado a la literatura científica posterior; mientras que la faciès Cocina vendría a representar la progresiva neolitización del sustrato geométrico a partir de las influencias de la faciès Or. La posterior investigación demostró que las industrias microlaminares de la faciès Mallaetes no entraban en contacto con la cerámica (Aura y Pérez Ripoll, 1995). Por contra, la faciès Cocina queda ampliamente corroborada con la aparición de nuevos yacimientos en diferentes puntos del Mediterráneo peninsular, que confirman la secuencia de Cocina (Barandiarán y Cava, 1992; Aura y Pérez Ripoll, 1995). Como consecuencia, la propuesta inicial de la triple faciès quedaba reducida a la doble faciès (Geométrico-Neolítico), manteniendo en lo demás los dos supuestos básicos del trabajo de Portea (Portea et alii, 1987a; Martí et alii, 1987), a saber: -Que la fase cerámica Cocina III es equiparable cronológicamente a las fases más antiguas de Or que, a su vez, corresponden a las primeras etapas cerámicas en la Península Ibérica. Como consecuencia, las diferencias observadas entre ambas se interpretaron como el resultado de una dualidad cultural durante los períodos iniciales del Neolítico en la región central del Mediterráneo español. Las propuestas más recientes (Bernabeu y Martí, 1992; Bernabeu et alii, 1993; Bernabeu y Juan Cabanilles, e.p.), estructuran definitivamente este marco interpretativo, implementando las consecuencias de contrastación que se derivarían del mismo. De este modo, el modelo de la doble faciès se convierte en el modelo dual, el definido anteriormente como aculturación directa. Básicamente, el modelo dual trata de establecer la estructura del registro en una hipotética región donde se produzca una interacción entre los grupos colonizadores neolíticos y los representantes del Mesolítico final regional. Definida esta situación, podremos también caracterizar cuál debiera ser la estructura del registro para los procesos derivados de la colonización o la aculturación indirecta. Para ello se utilizan tres variables: tecnología, subsistencia y asentamiento. IMPLICACIONES EMPÍRICAS Y ASUNCIONES Comoquiera que la expansión del Neolítico en Europa conlleva la aparición simultánea de rasgos económicos y técnicos (cerámica), el modelo toma como punto de partida las etapas inmediatamente precerámicas de una región para ordenar cronológicamente el registro en tres fases. Sus características han sido descritas ampliamente en otras ocasiones (Bernabeu et alii, 1993) por lo que las enumeraremos sucintamente. Corresponde a las etapas inmediatamente precerámicas. La subsistencia, tecnología y asentamiento de esta fase definirán un sistema (BO) que se toma como referencia para su comparación con los presentes durante la fase L FASE 1. Su inicio coincide con la aparición de la cerámica. Su duración es variable y, por tanto, puede ser objeto de subdivisiones. Durante esta fase será posible definir en el registro dos sistemas que, por tanto, son homotaxiales. Sistema caracterizado por la ruptura ocupacional, tecnológica y de subsistencia con respecto a los definidos en la Fase 0. Manifestada a través de la ocupación de asentamientos no utilizados durante la Fase 0. Su cultura material presentará fuertes contrastes con la de los grupos mesolíticos de la Fase O y, en gran medida, no podrá hacerse derivar de aquélla. Como corresponde a la suposición de que nos encontramos ante los asentamientos representativos del Neolítico en expansión, su subsistencia se caracterizará por el predominio de la economía mixta agrícola y ganadera. Sistema caracterizado por su continuidad ocupacional, tecnológica y de subsistencia con respecto al BO. Los procesos de interacción con los asentamientos del grupo Al producirán ciertas modificaciones, más visibles en unos apartados que en otros. Manifestada a través de la ocupación de los mismos asentamientos que ya estaban habitados durante la Fase 0. Su cultura material presentará claras afinidades con la propia del grupo BO. Como resultado de la interacción, podrán incorporar algunas de las novedades tecnológicas características de los sistemas Al, en especial la cerámica. Su subsistencia seguirá siendo, en gran medida, similar a la tradicional durante el Mesolítico (Fase 0). La incorporación de los nuevos recursos será progresiva (ver más adelante). Corresponderá con el momento en que ya no sea visible en el registro la dualidad del sistema de subsistencia descrita en la Fase 1. Las asunciones sobre las que reposa el modelo son las siguientes: El sistema Al es plenamente neolítico; por tanto, deberán constatarse sociedades de agricultores y ganaderos desde las primeras fases cerámicas. En este punto convergen dos series de problemas que han puesto en tela de juicio el modelo: a) definir los horizontes cerámicos más antiguos; y, b) definir el carácter neolítico de estos mismos horizontes. La secuencia tradicional para el área mediterránea peninsular, y sobre la que se basa el modelo, considera que el horizonte cerámico más antiguo corresponde con el Neolítico Cardial (Bernabeu, 1989), cuyas fechas iniciales no sobrepasan el 7000 BF. Sin embargo, desde la publicación del abrigo de Verdelpino (Moure y Fernández Miranda, 1976), algunos yacimientos, situados en el interior mediterráneo y en Andalucía, han proporcionado un conjunto cerámico caracterizado por las decoraciones incisas e impresas no cardiales, con cronologías de pleno VIII milenio BP, generalmente asociado con animales domésticos, en especial ovicaprinos. No pretendo discutir ahora sobre los problemas de índole tafonómica (Fortea y Martí, 1985; Zilhao, 1992), ni los derivados de la estratigrafía comparada entre éstos y otros yacimientos de las mismas regiones con equipamiento material similar y cronología más baja (Bernabeu, 1989). Tan sólo señalaré que las dataciones anteriores al 7000 BP, son incongruentes con una hipótesis suficientemente contrastada: la ausencia de antecedentes silvestres para las especies domésticas más importantes de nuestro Neolítico (ovi-T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es caprinos, cereales, legumbres). Si ello es así, la presencia de animales domésticos en cualquier contexto debe explicarse desde el supuesto de su disponibilidad. Y, dado que en el Mediterráneo occidental las dataciones más antiguas sitúan el inicio de la neolitización en torno al 7500 BP en el área adriática y del 7000 BP en lo franco-ibérico, la aceptación de aquellos contextos necesariamente obligaría a considerar la domesticación local al menos de los ovicápridos, lo que no puede sostenerse. Pero, aun aceptando la premisa de que el Cardial constituye el horizonte cerámico más antiguo, todavía subsiste otro problema: demostrar que este horizonte asocia también un modo de vida plenamente neolítico. Aunque este asunto se retomará más adelante (apartado 5), convendrá clarificar qué se entiende por "modo de vida neolítico". Teniendo en cuenta el contexto histórico que nos ocupa, las variables significativas a considerar en este caso son: Sistema de subsistencia especializado, de rendimiento aplazado, basado en la plena dependencia de los recursos domésticos, tanto agrícolas (cereales + legumbres), como ganaderos (ovicápridos, suidos y bóvidos). Organización del territorio basada en la existencia de asentamientos (poblados) estables, entendiendo por estabilidad la ausencia de ciclos estacionales de agregación/dispersión. Como consecuencia, deberíamos encontrar grupos de trabajo estables (lo que comúnmente se denomina Comunidades Domésticas), con el equipamiento necesario para explotar, de forma autónoma, la tierra liberada al saltus, el ager, utilizando un símil latino que viene perfectamente al caso. Ligadas al producto almacenado, estas comunidades domésticas no necesitan de grandes inversiones para poner en producción la tierra, razón por la cual les resultará igualmente fácil abandonarla para buscar nuevos predios donde instalarse. La segmentación, por tanto, será una característica de estos grupos sociales, al menos hasta tanto no se encuentren límites a la misma (mientras sea posible proseguir la colonización sin entrar en conflicto con otros grupos, o sin que se perciba como una disminución del nivel de vida en el interior del grupo). Sólo desde este punto de vista podría decirse que estos "agricultores primitivos", a diferencia de los campesinos, no se encuentran ligados a los medios de producción. Considero que esta característica no mide la distancia entre modos de vida neolíticos y no neolíticos, sino entre agricultores y campesinos. Los primeros son el resultado inmediato de la Revolución Neolítica, los últimos, su consecuencia aplazada, aunque no inevitable (1). Los asentamientos de los sistemas Bl y Al son contemporáneos. El conjunto de asentamientos incluidos en Bl no representa una especialización funcional y/o estacional con respecto al conjunto incluido en Al. Dada la suposición de que los asentamientos Al se generan por colonización, vía expansión demográfica, es de esperar que exista entre ellos un cierto grado de uniformidad en su equipamiento material. Consecuentemente, cabe suponer que las primeras fases cerámicas constituyan horizontes cronoculturales homogéneos en territorios extensos. La contrastación de este punto siempre puede ser discutible, pero el análisis de ciertas variables cerámicas (técnicas decorativas), realizado en otra ocasión (Bernabeu, 1989) demostró que, en el conjunto de lo franco-ibérico, las primeras fases cerámicas, dominadas por el binomio decoración cardial+relieves, constituían un auténtico horizonte cultural interregional, cuya fragmentación resulta visible a partir de ca. 6400 BP, con la irrupción de los estilos epicardiales. A una escala regional convenientemente amplia el modelo dual será el único visible. La razón de ello reside en que cuanto mayor sea el área analizada tanto mayor será la probabili-(1) Tomo prestada esta diferenciación, ampliándola, de Wolf (1971: 12) quien define a los campesinos como "... labradores y ganaderos rurales cuyos excedentes son transferidos a un grupo dominante...". Considero, por tanto, que la mayor inversión en la tierra (como también en la estructuración interna del habitat) se encuentra relacionada con una complejidad (jerarquización) social también creciente, lo que produce una mayor circunscripción social y conlleva una mayor dificultad para abandonar el grupo. A menudo, los diferentes sistemas neolíticos presentan notables diferencias en lo que se refiere a esta característica, razón por la cual no creo que pueda utilizarse para definirlos. T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dad de que se incluyan procesos diversos. Y, cualquier combinación entre los procesos descritos, dará siempre una imagen similar a la "aculturación directa". LA REGION MEDITERRÁNEA PENINSULAR La fachada oriental del Mediterráneo español, desde los Pirineos al Segura, y desde las regiones costeras al interior montañoso que bordea la Meseta, constituye una región diversa, aunque dominada por los pisos bioclimáticos termomediterráneo y mesomediterráneo. La documentación disponible es, pese a sus limitaciones, mayor que en cualquier otra región peninsular, lo que proporciona el marco adecuado para la contrastación de la hipótesis dual. El sustrato epipaleolítico precerámico es suficientemente conocido, caracterizándose por el desarrollo de las industrias geométricas tipo Cocina, que denominaremos Complejo Geométrico. Diversas estratigrafías ejemplifican su evolución, que podría resumirse como el resultado del predominio alternante de las diferentes formas geométricas (trapecios, triángulos y segmentos). Junto a ello, la disminución progresiva de la técnica del microburil y del retoque abrupto, y el aumento del retoque en doble bisel, perfilan la secuencia. Sobre esta base se ha propuesto una evolución en cuatro horizontes, denominados con las letras A, B, C y D (Portea, 1973; Juan Cabanilles, 1990). Recientemente, Miró (e.p.), señala que los conjuntos caracterizados por el binomio seg-mentos+doble bisel derivan de la tradición geométrica, incorporando ya los elementos característicos del Complejo Neolítico. De ser cierta, esta hipótesis alargaría la secuencia del Complejo Geométrico más allá de la mitad del VI milenio BP, momento en el que los trabajos antes citados situaban el final de este complejo. Entre los horizontes B y C del Complejo Geométrico, la secuencia tradicional sitúa la aparición del Complejo Neolítico cuyas primeras manifestaciones se acompañan por las ya clásicas cerámicas cardiales y un sistema de subsistencia basado en la agricultura y ganadería. -Elevada proporción de útiles no retocados, especialmente hojas y hojitas con señales de utilización. -Dentro del utillaje retocado, predominio de las hojas y hojitas retocadas. -Geometrismo dominado por las formas trapezoidales mayoritariamente conformadas mediante el retoque abrupto. Estas características básicas parecen mantenerse a lo largo de toda su evolución, incorporando, hacia fines del VI o comienzos del V milenio BP, las puntas de flecha de retoque bifacial. Con el fin de contrastar esta supuesta estabilidad, así como correlacionarla con los conjuntos derivados del Complejo Geométrico, utilizaremos en el análisis dos colecciones del V milenio BP (Jovades y Arenal de la Costa). De esta forma se incluirán en el mismo diversos conjuntos arqueológicos escalonados entre ca. 7500 BP y 4000 BP Teniendo en cuenta que nuestro propósito consiste en medir adecuadamente la tecnología y subsistencia (el asentamiento se introducirá más adelante) en los Complejos Geométrico y Neolítico, así como la variabilidad temporal del primero, se han considerado significativas las siguientes variables: Tr = proporción de triángulos dentro del conjunto de los geométricos..375 Factor 2 B. Resultados del anáUsis. Planteado en los términos descritos, hemos realizado un análisis factorial de componentes principales. El anáHsis se realizó mediante el programa Statwiew 5.0 para Macintosh, reteniéndose únicamente aquellos factores con valores propios superiores a 1. Los resultados iniciales fueron rotados, mediante el procedimiento Varimax, a fin de obtener una matriz factorial donde los coeficientes de saturación de las variables en los factores fueran más fácilmente interpretables. Las siete variables originales se redujeron a dos factores, con una proporción de varianza explicada del 78,9%. La matriz factorial, una vez rotada ofreció los siguientes resultados (Fig. 1). El factor 1 asocia valores positivos de las variables Ilre+Dom, junto con valores negativos de las variables Tr + Mi.; el factor 2, asocia valores negativos de las variables Seg + Db, junto con valores positivos de Trp. Esta estructura sugiere que los asentamientos se organizarán, de acuerdo con la composición de su componente geométrico, a lo largo de eje del factor 2: con valores altos negativos, los definidos por el predominio de trapecios y del retoque abrupto; con valores altos positivos, los caracterizados por el predominio de segmentos y retoque en doble bisel. Con un valor medio (en torno a 0) en este factor, pero con valores negativos en el factor 1 se situarán aquellos yacimientos definidos por el predominio de los triángulos y altos valores porcentuales de microburiles. En contraposición, los valores altos positivos en el factor 1 definen el carácter técnico y económico del Complejo Neolítico, caracterizado por la dependencia de los domesticados (Dom) y la producción de hojas y hojitas retocadas (lire). Los gráficos de dispersión de puntos de la figura 2 ilustran esta situación. A partir de éstos se diferenciaron ocho grupos, siete si se consideran solamente las muestras superiores a 80 evidencias líticas retocadas. Para comprobar el grado de homogeneidad entre estos grupos, se ha realizado un anáhsis de varianza. Lo que nos interesa, sobre todo, es conocer las diferencias entre cada par de grupos. Para ello se retendrán como heterogeneidades significativas aquéllas con una probabiüdad asociada inferior a 0,01. Los resultados podrían resumirse del siguiente modo (Cuadro 2): -A todos los efectos, los grupos G.l y 2 pueden considerarse homogéneos y sus valores equiparables en los dos factores (p<01). -El resto de los grupos muestra rupturas en uno o los dos factores (p 80. En el primer caso, aparecería diferenciado el G.5, y se separarían los G. 7 y 8. En el segundo, además de la desaparición de G.5, la comparación entre G.7 y 8 en el factor 2 no permitiría rechazar la hipótesis de homogeneidad entre ambos. Consecuentemente, los ocho grupos iniciales podrían reestructurarse del siguiente modo: G.1+G.2; G.3; G4; G.6; G.7+G.8. El grupo 5, sólo presente si se incluyen todos los asentamientos, se considerará en relación con el grupo 4. Una vez aislados conviene pasar a su definición en términos de las variables originales (Cuadro 3). En la argumentación que sigue introduciremos algunos yacimientos no incluidos en el análisis factorial, de los que sólo se posee información cuaUtativa o parcial. Todos ellos se relacionan en el cuadro 1. Ambos grupos definen un horizonte en el que los trapecios de retoque abrupto son la forma geométrica dominante, siendo el resto de las variables de escasa o nula incidencia. Ambos grupos se corresponden con el horizonte A del Complejo Geométrico. Entre los que no han podido incluirse en el análisis cabría citar a El Pontet, nivel e. Debe considerarse una apreciación, por lo que respecta al nivel c.3 de Costalena. Los triángulos se convierten en la forma geométrica dominante y los microburiles adquieren ahora su máxima significación; el resto de las variables tiene escasa relevancia. Estas características se avienen bien con las propias del Horizonte B del Complejo Geométrico. Entre los conjuntos relacionables con este horizonte, pero que no han podido incluirse en el análisis destacan: El Pontet c.2. Aunque la secuencia tradicional sitúa la aparición de la cerámica dentro del Horizonte C (grupo 4 de nuestro análisis), los datos de El Pontet, donde aparece en los tramos superiores del nivel c.2; y la secuencia de la Falguera, donde el primer nivel cerámico presenta unas más claras afinidades con el Horizonte Cardial, plantean la posibilidad de una aparición escalonada a lo largo de este horizonte. Sólo disponemos de una fecha C-14: En su componente geométrico, este grupo está definido por el ligero predominio de los triángulos y la aparición significativa de los segmentos y el doble bisel. Sólo en un caso, Cocina III, se documentan los domésticos, aunque en proporciones irrelevantes. La cerámica se generaliza al conjunto de los asentamientos de la región, estando presentes tanto las decoraciones cardiales como las incisas e impresas no cardiales. Se incluirían también aquí Can Ballester 4 y El Pontet, nivel el. En un momento más avanzado debería situarse el grupo 5. Sus características se sitúan a medio camino entre el grupo 4 y el grupo 6. Por primera vez, las variables lire y Dom. adquieren proporciones significativas. Además de la cueva del Nacimiento, nivel 2 y Cocina IV podrían incluirse aquí la covacha de Llatas, El Pontet, nivel b; Can Ballester, nivel 3 y, de confirmarse las primeras noticias, el poblado de Riols. En todos ellos, su geometrismo se aviene bien con el descrito para el grupo 5; sin embargo, la concordancia es bastante menor en las variables lire y Dom. En lo que se refiere a esta última, la ausencia de evidencias (Riols, Costalena, El Pontet), o la falta de estudios sobre las mismas (Can Ballester y Llatas) es determinante. Por otra parte, la ausencia de cerámica cardial abunda en el criterio de mayor modernidad de estos conjuntos con respecto a los incluidos en el grupo 4, lo que se comprueba también con las dataciones C-14 disponibles. En resumen, aunque la evidencia empírica no permite extraer conclusiones definitivas, sería posible admitir la existencia de un grupo con unas características similares a las del grupo 5, donde comenzase a reflejarse una mayor variabilidad en la aceptación de los componentes neolíticos. Así, mientras en algunos lugares, los cambios son aún escasos, en otros son ya notables e incluso pueden suponer la plena neolitización del sustrato. Considerados conjuntamente, ambos grupos cubrirían los horizontes C y D del Complejo Geométrico. Sólo disponemos de cinco dataciones C-14: Este grupo viene definido por el predominio de los segmentos y el retoque en doble bisel. Asimismo, las variables lire y Dom. presentan valores comparables a los de los grupos 7 y 8. El yacimiento de Alonso Norte podría incluirse también aquí. El G.6 resulta una novedad en el marco de la secuencia tradicional, y vendría a apoyar la su- gerencia realizada por Miró (1996), antes comentada. Ello significaría que la tradición industrial geométrica resultaría perceptible bastante después de la plena neolitización del sustrato, como parece indicar el caso de Arenal de la Costa. Así, las fechas más antiguas corresponden a conjuntos cerámicos notablemente uniformes, con decoraciones incisas e impresas casi siempre combinadas sobre los mismos fragmentos. Arenal de la Costa, corresponde al Horizonte Campaniforme. Las características definitorias de este grupo son: importancia cuantitativa de las hojas y hojitas retocadas; predominio claro de las especies domésticas sobre las silvestres; y, dentro del geometrismo, de las formas trapezoidales y del retoque abrupto. Su correspondencia con el Complejo Neolítico de la secuencia clásica es evidente. Además de los utilizados en el análisis, se relacionarían con este grupo otros conjuntos del Mediterráneo peninsular. La información que podría añadirse a partir de estos últimos no desdice la proporcionada por los primeros, por lo que nos basaremos solamente en estos últimos. En su conjunto, esta situación refleja bastante bien lo esperado de acuerdo con la hipótesis dual de la aculturación directa. Desde esta perspectiva, los grupos 1 a 3 corresponderían a la Fase O del modelo (precerámica); los G.4 y 5 y los G.7 y 8, en sus horizontes más antiguos, a la Fase 1; mientras que G.6 y parte de G7 y G8 (Jovades) se situarían en la fase 2. "^ La ruptura ocupacional, prevista por el modelo para la Fase 1, debiera observarse entre los asentamientos de los G.4 y G.5, por un lado, y G.7 y 8 por otro. Así, mientras los primeros tenderían a mostrar una fuerte correlación (continuidad en la ocupación de los sitios) con los ocupados durante la Fase O, lo contrario debería observarse entre los del grupos 7 y 8 (Cuadro 4). / 7/8 con niveles atribuibles a la Fase O, precerámica. Puede verse la estrecha relación de los yacimientos del grupo 4/5 con la Fase 0. Lo contrario ocurre con los yacimientos del grupo 7/8, ninguno de los cuales presenta niveles relacionables con la Fase 0. En suma, los resultados anteriores parecen demostar que la neolitización se realizó en este región de acuerdo con la hipótesis de la aculturación directa, es decir, como consecuencia de la interacción entre los grupos de agricultores y ganaderos en expansión (G.7 y 8) y los representantes del Mesolítico final regional (G.l a 3). Al principio (G.4), las innovaciones aceptadas entre los grupos mesolíticos son más técnicas (cerámica) que económicas. La ausencia -o la muy escasa incidencia-de los recursos domésticos así lo atestigua. La aceptación de estos últimos pretende, en última instancia, salvaguardar el sistema de subsistencia tradicional. Media y desviación estándar para los distintos grupos en el factor 1. Arriba, con todos ios conjuntos; abajo, sólo conjunto con n>80. Los valores positivos de G. 6, 7 y 8 evidencian elevadas proporciones en las varibles lire y Dom. Son los conjuntos que pueden considerarse neolíticos técnica y económicamente antes que cambiarlo. Por esta razón debiéramos esperar que la incorporación de los recursos domésticos se realice siguiendo las mismas pautas de gestión aplicadas a los recursos silvestres. La comprobación de este extremo no es fácil, pero la investigación sobre los patrones de sacrificio o las marcas de carnicería indicativas de patrones de consumo (Pérez RipoU, 1992; Aura y Pérez Ripoll, 1995) pueden constituirse en vías de investigación adecuadas para ello. Las evidencias actuales indican que el final del proceso debe relacionarse con el grupo 6. Con todo, no debemos olvidar la posibilidad de que esta imagen sea resultado de la confluencia de situaciones distintas, de acuerdo con lo estipulado en el supuesto 5 del modelo (ver apartado 3). Como se ha reflejado más arriba, el carácter técnico y económico del Complejo Neolítico viene medido, respectivamente, por las variables lire y Dom. Ambas aparecen asociadas con altos valores positivos en el factor 1. En función de ello, los asentamientos se organizan en dos grandes bloques (Fig. 3): -Los grupos 1 a 4 (ó 5), caracterizados por la nula o escasa relevancia de estas variables. -Los grupos 6, 7 y 8, caracterizados por la situación opuesta. Si la neolitización se hubiese producido mediante la asimilación progresiva de las novedades técnico-económicas, sin participación en el proceso de grupos alóctonos, entonces cabría esperar que los yacimientos plenamente neolíticos de esta región fueran más recientes. En otras palabras, que los G.6, 7 y 8 fueran cronológicamente posteriores a los G.l a 4 (y G.5), con independencia de cualquier otra característica u organización interna de los mismos. Aunque el número de dataciones es todavía escaso, basta para darnos cuenta de que esta situación no encuentra apoyo empírico, lo que invalida la hipótesis de la aculturación indirecta formulada en su forma más simple. Sin embargo, recientemente se han propuesto otras alternativas que tratan de explicar la duahdad observada sin recurrir a la expansión demográfica, Barandiarán y Cava (1992) sugieren que la asimilación progresiva de los nuevos elementos neolíticos conllevaría una especialización funcional/estacional entre los asentamientos. Esta sugerencia ha sido retomada por Vicent (1996) integrándola en su propuesta del modelo de capilaridad, que a su vez deriva del modelo del filtro (Lewthwaite, 1986). Con independencia de los detalles concretos, el modelo de capilaridad asume una situación relativamente estática de la población, suponiendo que lo que se mueve es la información. Y, aunque no excluye la posibilidad de los procesos de expansión démica, elimina la dependencia de dichos procesos en las explicaciones relativas a los fenómenos de transmisión de información. Sobre esta asunción de partida, Rodrí- En este contexto, debe tenerse en cuenta que la interpretación funcional/estacional antes aludida, para que pueda ser alternativa, debe darse en el seno de subsistencias no neolíticas. Así, la plena dependencia agrícola conlleva sistemas de explotación del medio definidos por la constitución de equipos de trabajo estables, ligados al medio de producción y al producto almacenado, necesario tanto para la reproducción de la fuerza de trabajo como para la repetición del ciclo agrícola. Estabilidad y sedentarización (ausencia de ciclos estacionales) son características de este sistema. Sólo el componente ganadero está sujeto a cierta movilidad estacional. Pero no es ésta la estacionalidad que se propugna, dado que si así fuera, necesariamente deberíamos admitir la existencia de un sistema plenamente neolítico desde el inicio de la secuencia cerámica, lo que rompería el principio de progresividad que subyace detrás de esta propuesta. En efecto, con independencia de otras consideraciones, la diferencia básica entre los modelos de aculturación indirecta (que no suponen movimiento de población), y los de aculturación directa (caso contrario), reside en el cumplimiento de lo que podríamos denominar la premisa de la doble progresividad: a) Progresividad en la adquisición de los diferentes elementos tecno económicos del Neolítico. Esta exigencia simplemente establece que la aparición de estos elementos, tomados aisladamente, tendrá un claro gradiente cronológico, siendo tanto más reciente cuanto más alejado (o inconexo) del centro originario se encuentre un determinado asentamiento. Esta premisa obliga a ambas clases de modelos. b) Progresividad en la aparición de sistemas plenamente neolíticos. Ello significa que, en una región dada, la aparición de los elementos tecno-económicos novedosos precederá a la constitución de sistemas plenamente neolíticos. Esta premisa sólo obliga a aquellos modelos que suponen un movimiento de información; por el contrario, los que implican expansión demográ-apartado en la documentación arqueológica de hace tan sólo una década parecía una consecuencia del sesgo de la investigación en favor de aquellos asentamientos más fácilmente visibles en el paisaje arqueológico (Bemabeu y Martí, 1992). En consecuencia, cuando tras los primeros hallazgos más o menos fortuitos, se han iniciado programas de actuación sistemática sobre territorios delimitados, el resultado consiste en un aumento considerable de los asentamientos (poblados) atribuibles al Neolítico antiguo. Así, a los hallazgos catalanes (Mestres, 1991; Bosch et alii, 1991; Alcalde et alii, 1992; Bosch, 1994), se han de añadir los recientes descubrimientos en las comarcas centrales del País Valenciano, donde asentamientos como Mas d'Is (aún inédito), documentan una ocupación continuada entre el VII y el V milenio BP a juzgar por los materiales superficiales recogidos (cerámicas cardiales, incisas, esgrafiadas, peinadas y dientes de hoz). Los trabajos de excavación se encuentran, en la mayoría de los casos, inéditos o con pubHcaciones preliminares, de manera que no permiten definir la estructuración interna del espacio en estos asentamientos, pero cuando menos permiten afirmar que el corolario de la plena dependencia agrícola, la vida aldeana, no era desconocida durante el primer Neolítico. En resumen, la evidencia empírica disponible no permite corroborar la tesis de la progresividad en la aparición de los sistemas neolíticos. Por tanto, los modelos que implican una estabilidad de la población y una fluidez de la información no pueden pretender explicar el proceso de neolitización, al menos si se postulan de forma exclusiva. Consecuentemente, la propuesta de la especialización funcional/estacional debe rechazarse. Al comienzo de este trabajo comentábamos cómo el modelo dual pretendía superar la bipolaridad entre los enfoques indigenistas y migracionistas, presentando una fomulación según la cual ambos procesos no sólo podían darse juntos, sino que prácticamente se complementaban. Ello viene a significar, entre otras cosas, que es Fig. 4. Región mediterránea española con indicación de las áreas óptimas y marginales desde el punto de vista agrícola. Las estrellas huecas se corresponden con asentamientos del Complejo Geométrico; las estrellas negras, con los asentamientos del Complejo Neolítico (Horizonte Cardial clásico; primera mitad VII milenio BP); los puntos negros aserrados, con aquellos otros situables en la segunda mitad del VII milenio BP. Además de los asentamientos utilizados en este trabajo (que aparecen numerados), se han incluido otros sobre los que existe cierto consenso en su correcta atribución cultural. Regiones óptimas, definidas por la isoyeta de 500 mm^, en trazo grueso. En trazo discontinuo se señalan los isotermas de 4° y 6° C. Regiones marginales, con precipitacones inferiores a 500 mm-^. Regiones marginales, con temperaturas inferiores a 4° C. posible esperar un comportamiento territorial en los diferentes procesos de neolitización. Si fuéramos capaces de aislar las variables adecuadas, estos diferentes comportamientos podrían trasladarse con relativa comodidad sobre un plano. Lo que sigue constituye un pri- Considerando que la elección del territorio se realizaría sobre todo atendiendo a un criterio de subsistencia y, en especial, tratando de minimizar el riesgo en la agricultura, se ha supuesto que las áreas más favorables para la instalación de los primeros colonos serían aquéllas con suelos altamente productivos, que conserven bien la humedad, con una precipitación anual superior a 500 mm^ y escaso riesgo de heladas fuera de los meses invernales. En esta primera aproximación he utilizado solamente las dos últimas variables, la última medida de forma indirecta como la temperatura media del mes más frío, fijando su límite inferior en 4° C. La combinación de ambas definirá las regiones óptimas para la instalación de una agricultura de escasa inversión y elevado rendimiento, donde es de esperar se encuentren los asentamientos del Complejo Neolítico más antiguos. Progresivamente, la colonización agrícola penetrará regiones cada vez más marginales. Por contra, los asentamientos del Complejo Geométrico tenderán a distribuirse aleatoriamente, tanto entre las áreas óptimas como en las agrícolamente marginales. La coincidencia de ambos grupos sobre algunas de las regiones óptimas, o en sus límites, constituirá la zona de fronteras iniciales. Esta actuará como un filtro a través del cual aquellos grupos situados más allá conocerán y asimilarán, adaptándolas a sus propias necesidades, las novedades tecnoeconómicas del Neolítico. Si dispusiéramos de una foto fija de la situación en torno al 6500 BP, la imagen debería asemejarse bastante a un mosaico, donde las regiones con vestigios de colonización aparecerán limitadas por otras donde se documentará la presencia de grupos mesolíticos. A medida que nos alejemos de los núcleos iniciales, este mosaico tenderá a ser sustituido por una tapiz uniforme de grupos mesolíticos diferenciados por la presencia/ausencia de los nuevos elementos neolíticos en función de su distancia respecto de los centros de colonización agrícola inicial. Aunque expresada en forma manifiestamente mejorable (escala demasiado grande) la figura 4 sugiere una buena correlación entre la evidencia empírica disponible y las anteriores previsiones, de manera que: a) Unas regiones, situadas en las áreas óptimas, asisten a un proceso de neolitización basado en la progresiva expansión del poblamiento de los grupos de agricultores y ganaderos instalados en la región. Nos encontramos ante el territorio de la colonización. A título de ejemplo, y sin pretender ser exhaustivo, con la información disponible sería posible diferenciar dos núcleos iniciales dentro de la región mediterránea cuyas características se avendrían bien con un modelo de colonización: las comarcas litorales o prelitorales catalanas centradas en torno al curso medio-bajo del Llobregat y las comarcas litorales y prelitorales valencianas centradas en torno al curso del río Alcoi o Serpis, donde se localizan los clásicos yacimientos de Or y Sarsa. Ambas presentan una característica común: el evidente impacto de lo cardial. Probablemente, se podría afirmar sin exageración que ambas concentran la gran mayoría de las cerámicas cardiales de todo el territorio. Es posible que no sean éstos los únicos núcleos iniciales, pero no parece que puedan rastrearse muchos más. En ambas latitudes y con un lapso de tiempo que las dataciones C-14 y los conjuntos materiales dejan suponer rápido, aparecen otros situados más al interior, como los de las comarcas oscenses (Baldellou, 1987) o granadinas (Navarrete y Molina, 1987). b) En sus límites, las fronteras definirán las regiones de contacto con los grupos mesolíticos, conformando el territorio estricto de la hipótesis dual. La interacción entre éstos y los grupos neolíticos provocará, a lo largo de un lapso de tiempo difícil de determinar, un proceso de neolitización que, a grandes rasgos, vendría caracterizado en los siguientes términos: -Aceptación y difusión rápida de los elementos técnicos, como la cerámica. -La incorporación de los recursos domésticos refleja una mayor parsimonia. Excepción hecha del caso de Cocina, el resto de las estratigrafías o bien no proporcionan información, o muestran una escasa relevancia de los recursos domésticos hasta momentos cercanos al 5500 BP. Es posible que esta situación resulte del todavía escaso nivel de información disponible. Así, por ejemplo, de confirmarse las impresiones inciales del yacimiento de Riols (Royo y Gómez, 1992), la fecha anterior podría retrotraerse hasta ca. En este aspecto los datos no son concluyentes. c) Más allá de las fronteras, las redes sociales y económicas existentes entre los grupos mesolíticos serán las responsables de la difusión de los nuevos elementos. Nos encontramos ante el territorio de modelos como el de la capilaridad. Si las situaciones de colonización y de aculturación directa son visibles, como acabamos de ver, en algunas partes de la región mediterránea española, la aculturación indirecta se perfila claramente como un fenómeno mayoritario tanto en esta región como en aquellas otras situadas más al interior. Sería el caso de la cuenca del Ebro, donde las estratigrafías conocidas parecen abogar por una clara progresividad en la aparición de los sistemas neolíticos (Cava, 1986; García Gazólaz, 1993). Una situación similar, aunque dentro de un ambiente no mediterráneo, parece observarse en el Cantábrico (Arias, 1991). El corolario de esta situación resulta, creo, evidente: la neolitización de la Península Ibérica no fue un proceso uniforme, sino diverso y complejo. Complejidad que parece capaz de cobijar por igual tanto los planteamientos indigenistas como los colonialistas. Tal vez modelos como el de la geometría fractal podrían hacer frente a su descripción, no sólo con mayor elegancia, sino con mayor reahsmo que el del frente de avance, a condición, sin embargo, de que sean capaces de incluir en su planteamiento y desarrollo no sólo el movimiento de información, sino también de poblaciones que, como acabamos de ver, posee un componente territorial y no aleatorio.
La excavación de urgencia de Cerro Virtud (Almería, España) ha documentado nuevos datos que permiten cambiar algunas de las interpretaciones tradicionales sobre el Neolítico. La aparición de un enterramiento colectivo en un yacimiento al aire libre, así como las primeras evidencias de actividad metalúrgica en contexto neolítico son las principales novedades. Se discuten las implicaciones que la aparición del metal supone para comprender el desarrollo del Neolítico en la Península Ibérica, teniendo en cuenta la fuerte carga tecnológica que predomina en el uso de ese término "Neolítico". Durante las últimas dos décadas la investigación de la Prehistoria reciente en el Sudeste de la Península Ibérica ha estado centrada en el problema del surgimiento de la Complejidad Social, guiada principalmente por enfoques autoctonistas en los que este proceso se explica como producto de la dinámica cultural de las poblaciones locales. Ya sea de forma consciente o inconsciente los proyectos de investigación se han orientado en primer lugar hacia aquellos elementos de mayor relevancia o de mayor percepción de este fenómeno como son las manifestaciones explícitas de esa complejidad dentro de la zona (yacimientos y enterramientos argáricos y asentamientos fortificados calcolíticos). Las estrategias seguidas en la búsqueda de la definición de esa complejidad en el mundo argárico han partido por un lado de excavaciones en algunos de sus yacimientos más característicos, pasando a un estudio de su territorio inmediato, para finalmente atender a un ámbito de carácter comarcal que permitiera definir las interrelaciones entre comunidades y el nivel de organización alcanzado. De manera paralela una parte de los esfuerzos se han encaminado a definir la etapa previa, el Caleolítico, con el fin de apreciar con más claridad el proceso evolutivo y buscar sus causas. En general todos los investigadores aceptan el Neolítico como base sobre la que se producen las primeras transformaciones culturales que desembocarán en la organización argárica de la Edad del Bronce. Sin embargo, esa etapa ha recibido escasa atención a la hora de diseñar las estrategias generales de investigación y, como señala Román (1995: 13), hasta mediados de los años 80 (1) Queremos agradecer a Concepción Martín y a M.^ Dolores Fernández-Posse todo el apoyo recibido y que permitió en su día la realización de la excavación, así como el poder sacar adelante los resultados de la misma. Ese agradecimiento debe hacerse extensivo a la Fundación Ortega y Gasset que puso los medios necesarios para realizar todo este trabajo, así como a las personas que han colaborado con nosotros en las tareas de laboratorio. Los gastos del personal no técnico empleado en la excavación corrieron a cargo de la empresa MI-NERSA, quien en todo momento trató de facilitar nuestro trabajo y a quien expresamos también nuestra gratitud por su colaboración. Finalmente debemos agradecer a Peter F. Biehl la traducción de las publicaciones en alemán. apenas se había progresado en su estudio en el Sudeste. En estos momentos su definición es muy genérica y no existen argumentos concretos que marquen con claridad ni su cronología ni el momento de transición con el CalcoKtico. Proporcionalmente muy pocos yacimientos son conocidos a través de excavación y ni siquiera el conjunto ergológico se encuentra definido con una precisión suficiente para poder establecer una clasificación a través de materiales recopilados en superficie. Tradicionalmente se ha aceptado que la ocupación en cueva define el Neolítico Antiguo y Medio, y que en el Neolítico Final aparecen los primeros asentamientos al aire libre (Sáez y Martínez, 1981: 32). En los escasos yacimientos neolíticos al aire libre excavados recientemente, como Cuartillas (Fernández-Miranda et alii, 1993) o Cabecicos Negros (Martín Socas et alii, 1992-93), ambos en la Cuenca de Vera (Almería), apenas se han conseguido referencias concretas que ayuden a definir una secuencia del poblamiento en la zona, ya que parecen indicar ocupaciones breves (Fernández-Miranda et alii, 1993: 82). Las carencias en nuestros conocimientos en cuanto al modo de vida, estrategias económicas, características de la población o modos de enterramiento son enormes, generalizándose los escasos datos disponibles. Por ello las transformaciones producidas en estas etapas previas en relación con el Calcolítico se mantienen desconocidas, e incluso afectan a los primeros momentos de este segundo periodo, únicamente bien caracterizado en su etapa plena. En uno de los escasos intentos de definición y síntesis de la información sobre el Neolítico, realizado exclusivamente para la Cuenca de Vera en Almería (Fernández-Miranda et alii, 1993), se mostraba cómo existía un número considerable de poblados al aire libre de esta época con una tendencia a ocupar el mismo espacio que en la etapa siguiente, y se sugería que constituían la primera colonización agrícola de esa zona. De este modo quedaban englobados en el último momento del Neolítico todo el conjunto de materiales anteriores al Calcolí- calidad sobre un gran número de aspectos culturales de las poblaciones neolíticas al aire libre que permiten revisar con mayores elementos de juicio esta etapa inicial y cuestionar algunos conceptos fuertemente arraigados en la investigación (Román, 1995). Las principales novedades pueden resumirse en la ocupación continua de un yacimiento neolítico al aire libre, con una secuencia estratigráfica en la que se intercala un enterramiento colectivo, además de la presencia de actividad metalúrgica y dataciones radiocarbónicas que permiten encuadrar todos estos elementos en un tradicional Neolítico Medio. tico y se indicaba la continuidad tanto en el poblamiento, como en los modos de enterramiento, sistema social y estrategias alimentarias. Sin embargo, la visión dada del substrato neolítico, aunque correcta en líneas generales, es sin duda poco detallada dada la escasa información contrastable que existía en el momento de escribirse ese trabajo. Este panorama ha cambiado notablemente tras la excavación de urgencia realizada en Cerro Virtud de Las Herrerías (Cuevas de Almanzora, Almería) (Fig. 1). El yacimiento ha suministrado por vez primera información de ANTECEDENTES DE CERRO VIRTUD En la zona denominada genéricamente Las Herrerías se localizaban una gran cantidad de restos arqueológicos de varias épocas. Luis Siret (1907) publicó una gran parte de esa información de manera somera, pero en momentos posteriores a esa publicación fueron sucediéndose nuevos hallazgos, entre los que destacan las sepulturas argáricas de la Mina Iberia y de la Mina Alianza, quedando en su mayor parte inéditos. A Cerro Virtud o, según la denominación empleada por Siret (1907: 71, lam. I, xf 2), Virtud de San José corresponden estos breves datos: "En la cúspide del cabezo que contiene el afloramiento del criadero de la plata existía una población de la Edad neolítica más antigua: se encuentran instrumentos de pedernal muy pequeños; hachas, azuelas y escoplos de fibrolita y otras rocas; pulseras de mármol; cuentas de collar hechas con fragmentos de conchas marinas; molinos; percutores, tiestos de vasijas, etc." No existe representación gráfica de ninguna de esas piezas, ni se describe la realización de trabajos arqueológicos específicos. Sin embargo, algunos materiales de la colección Siret depositados en el Museo Arqueológico Nacional (M.A.N.) proceden de Virtud de San José y en líneas generales coinciden con la descripción realizada. Entre la documentación de Siret también se encuentran unos apuntes donde se enumeran esos mismos materiales y en los que se hace referencia al pésimo estado de conservación del yacimiento. En los años 80, Delibes y otros (1989) estudian la colección Siret del M.A.N. y hacen mención, en relación al vecino poblado de Almizaraque, a la mina Virtud y al poblado que se sitúa en lo alto del cerro. Señalan que se encontraba totalmente destruido por las explotaciones mineras pero que Siret pudo documentarlo en parte, hacen notar la existencia de cerámica campaniforme y culturalmente lo clasifican en época Calcolítica, además de rescatar dos antiguas fotos realizadas por el propio Siret que mostraban los trabajos mineros de esta zona. Finalmente, en la relación de yacimientos de la prospección realizada en el Bajo Almanzora por Camalich y otros (1987) aparece con el rf 3, volviéndose a destacar su mal estado de conservación. Estos eran los escasos datos conocidos sobre la ocupación prehistórica de Cerro Virtud hasta que a mediados del año 1992, con motivo de los trabajos de explotación minera que pretendía reanudar la empresa MINERSA, titular del permiso de investigación y explotación del terreno, se realiza un informe arqueológico para determinar las zonas que deberían documentarse antes de su destrucción. Su autor, Antonio Díaz Cantón, basándose en el material de superficie y en los diferentes perfiles de las zanjas practicadas previamente por la empresa minera, estableció dos áreas (A y B) con posible potencial arqueológico. En las conclusiones se mencionaba la presencia de material calcolítico (cerámica campaniforme) y algunos elementos que podrían indicar una posible ocupación anterior neolítica, pero sobre la que se mantenían ciertas dudas dado lo escaso del material y la recogida superficial descontextualizada. Además se identificaban materiales a torno de diversas épocas (púnica, ibérica, romana, hispanomusulmana). Las zanjas y remociones de tierra mostraban en todos los casos observados una escasa potencia arqueológica, con un posible nivel intacto de no más de 30 cm. Nuestras visitas al yacimiento antes de la concesión del permiso de excavación confirmaban los datos aportados en el informe de Díaz Cantón sobre la adscripción cultural de los materiales y el mal estado de conservación general del yacimiento. EL NEOLÍTICO EN CERRO VIRTUD La excavación de urgencia (2) realizada entre septiembre y noviembre de 1994 permitió documentar una ocupación neolítica sólo en la ladera norte del sector B (Fig. 1). Los trabajos efectuados en la plataforma superior del sector B revelaron una fase calcolítica asentada sobre la roca metalífera del cerro. El corte B2 (Fig. 2), situado en el inicio de la pendiente, sin embargo, presentaba un nivel calcolítico sobre otro neolítico, este último apoyado en la marga arcillosa que se encuentra ligeramente dislocada por una pequeña falla que atraviesa en sentido E-O el cerro. Por último, en el corte B3, situado en la ladera media y baja, la secuencia estratigráfica es más compleja con nueve niveles, todos ellos adscribibles al Neolítico, aunque los tres primeros están mal caracterizados al haberse conservado una superficie intacta muy reducida, y haber estado sometida a la erosión y remociones de tierra superficiales. El material recuperado durante la excavación de una trinchera minera, rellenada precisamente con esas diversas remociones realizadas a lo largo del tiempo, es principal-(2) En la excavación participaron además de los firmantes de este artículo, Emilio Aramburu, Ana Cabrera, Cristina González, Laura Pérez, Ana Reviejo y Alicia Torija. mente neolítico con un menor porcentaje de restos calcolíticos. Confirmada la ausencia de la ocupación neolítica en la parte superior, queda la duda de si el yacimiento pudo extenderse más hacia el norte, donde se encontraba uiía pequeña elevación que hacía que, topográficamente, el asentamiento neolítico quedará enmarcado en la vaguada formada por ambas cotas. Está pequeña loma, fuera de la delimitación inicial, había sido ya destruida en el momento de iniciarse los trabajos de excavación. Por tanto la superficie ocupada durante el Neolítico de Cerro Virtud se puede estimar entre 200 y 400 m^ en función de la inclusión o exclusión de probables zonas destruidas. La amplia secuencia estratigráfica documentada en el corte B3, única hasta el momento en la región para un yacimiento de este período y al aire libre, contrasta con el único nivel neolítico identificado en el corte B2 (Fig. 3) sin que, dada la configuración topográfica, pueda establecerse una conexión entre ambas áreas excavadas. La falla antes mencionada origina una elevación de la roca base entre ambos cortes y por tanto diferencia los procesos de colmatación. Es decir, inicialmente no se trataba de una pendiente continua, sino que existía en la parte más elevada (B2) una pequeña cubeta que fue aprovechada como lugar idóneo, mientras que la zona más baja (B3), delimitada por el afloramiento rocoso de la falla y el pequeño promontorio más al norte quedaba como zona con mayor capacidad de relleno. La estratigrafía del corte B3 (Fig. 4) nos permite diferenciar al menos tres fases en la formación de este relleno arqueológico, quedando dudosa la adscripción de los tres niveles superiores, que podrían constituir una cuarta fase neolítica. La primera de las fases corresponde a una ocupación de habitat, con presencia de algunos fuegos, hoyos de poste y cubetas excavadas en la roca de difícil interpretación. Engloba a los tres niveles inferiores (7, 8 y 9) documentados en el perfil norte. Estos niveles fueron cortados durante la fase II para acondicionar un espacio funerario múltiple que se describirá más adelante. La parte superior de este nivel de enterramiento presenta un estrato muy fino de color hgeramente más oscuro que lo separa del nivel superior, que inicia la fase III. En esta nueva fase, formada por los niveles 4 y 5, se retoma la ocupación doméstica del es-T. P., 53, n.° 2,1996 pació, y aunque no hay vestigios de ninguna estructura, los restos de adobe o barro endurecido por fuego y un trozo de viga de madera con un posible hoyo de poste apuntan a esa funcionahdad. De los tres niveles superiores, el denominado 2 parece corresponder a un silo o fosa que fue excavada en el terreno afectando a los niveles 3 y 4, y se realizó desde un nivel prácticamente desaparecido y cubierto por el nivel más superficial. El escaso material, cuya característica principal son los cordones digitados, nos inclina a englobarlos dentro del Neolítico, pero se mantiene separado de la fase III a los efectos de los cálculos estadísticos. El nivel neolítico del corte B2, podría pertenecer a la fase I, pero los argumentos que se manejan no son concluyentes. Aunque sea adelantar algunas cuestiones que se comentarán, apoyan esta hipótesis el que se asiente sobre la base geológica del cerro, algunos tipos de material cerámico, en especial la presencia de cordones lisos, y la aparición de las escorias, elementos estos exclusivos de la primera fase en el corte B3. Además el porcentaje de cerámicas peinadas también está claramente más próximo a la fase I que a la III. DESCRIPCIÓN GENERAL DE LOS MATERIALES La información que se va a presentar sobre los materiales se refiere exclusivamente a los niveles intactos, y como una descripción detallada por niveles sería excesiva además de poco significativa por la escasa muestra en algunos de ellos, preferimos ofrecer los datos agrupados por las fases descritas (Tabla 1). En la fase II, caracterizada por el enterramiento colectivo, el ajuar está compuesto por las vasijas completas. No es posible asignar con seguridad a este segundo momento el resto de objetos recuperados en el espacio funerario debido a que. Materiales Neolíticos de Cerro Virtud (Almería) (número de fragmentos). para el acondicionamiento del mismo, se cortaron los niveles anteriores y posteriormente se rellenó en parte con ese material más antiguo. No podemos concretar sobre todo que parte de la industria lítica fue depositada como ajuar y que parte obedece a la deposición secundaria como relleno. Los rasgos generales de los fragmentos de cerámica coinciden con los de las fases I y III, aunque mayoritariamente deberían adscribirse a la fase I, ya que la III cubre y sella al enterramiento. A partir de la cuantificación general llama la atención las grandes diferencias en la representación de la industria lítica de las distintas fases y áreas del yacimiento, y en concreto de los materiales de sflex. Mientras que en el corte B2 apenas se recuperaron son especialmente abundantes en la fase I, y dentro de ella en el nivel 9, con gran cantidad de elementos de talla y algunos núcleos que parecen indicar un área de trabajo. Este volumen de sílex no se registra en el resto de los niveles del yacimiento incluidos los calcolíticos, a excepción del enterramiento. La diferencia debe explicarse por tanto como una diferenciación funcional del espacio. La industria lítica está compuesta por unos pocos útiles pulimentados entre los que destaca un hacha completa, fragmentos de brazaletes de piedra caliza y esquisto de diversos diámetros (3), así como algunos restos de su proceso de fabricación (4); unos pocos adornos (3) Los diámetros oscilan entre 4,7 cm. y 12,5 cm., con un valor medio de 7,2 cm. (4) Las piedras con una perforación central han sido interpretadas por algunos autores como contrapesos de palos cavadores, pero nosotros nos inclinamos por la opción de la manufactura de brazaletes, ya que se encuentran piedras en diversos estados de manufactura tanto en caliza como esquisto y mantienen diámetros similares a los que tienen estos adornos. (cuentas de collar) y un gran número de piezas en sílex. Entre estas últimas, además de los núcleos y restos de talla mencionados, predominan las láminas y laminitas sin retoque, con una total ausencia de geométricos. Poco más del 2% de las piezas contabilizadas presenta retoque intencional y son frecuentes las alteraciones térniicas. La industria ósea (5) aunque escasa aparece en todas las fases del corte B3, pero no así en el nivel neolítico del B2. Se compone de punzones en hueso, y de unos pocos brazaletes y colgantes de concha. La cerámica es predominantemente lisa y aunque existe variedad en el color de la superficie dominan los tonos pardos y negrogrises, siendo el color rojizo anaranjado el de menor proporción. Como es habitual el material selecto reduce su número notablemente, y en este caso oscila entre el 12% y 16% de todos los fragmentos de cada fase. De entre este material selecto la cerámica con decoración vuelve a ser minoritaria (Tabla 2), oscilando los porcentajes en relación a la cerámica seleccionada entre el 36,8 % de la fase I y el 27,38 % de la fase III, situándose entre poco más del 4% y el 5% en relación al total de fragmentos. Las decoraciones entran dentro del grupo de las denominadas inciso-impresas (Fig. 5) y su distribución porcentual varía principalmente en el caso de las cerámicas peinadas. Los cordones y la almagra completan los grupos decorativos. Tan solo en un fragmento recupe- rado en el enterramiento se puede hablar de decoración pintada. Es frecuente la combinación de estas técnicas decorativas en los fragmentos por lo que la suma total de los porcentajes de cada grupo supera el 100% en función de esa mayor o menor presencia de técnicas combinadas. Los motivos representados son igualmente variados, con utilización de puntos, líneas paralelas en zig-zag, en ciertos casos muy finas, incisiones cortas y paralelas, triángulos rellenos, cordones lisos o digitados dispuestos vertical u horizontalmente así como arqueados. La única diferenciación significativa entre fases se produce con los cordones lisos, ausentes de la fase IIL La almagra, excepto en un caso, es más bien una aguada, que indistintamente se identifica en el interior o exterior, o en ambas caras, al igual que ocurre con el peinado, el cual en determinados fragmentos sólo cubre parcialmente la superficie. En dos casos se ha identificado el relleno con ocre rojizo de las líneas decorativas. En cuanto a formas se han identificado bastante pocas debido al elevado grado de fragmentación del material y el escaso nivel de reconstrucción conseguido, a excepción del enterramiento cuyo ajuar se describirá en el apartado correspondiente. Además de la gran vasija de almacenamiento de la fase I (nivel 9), que se encontraba asentada en un hoyo acondicionado sobre la marga y a la que le falta la parte superior, las formas reconstruibles son vasos de fondo ovoide y cuencos de diversos tamaños. Aparecen también algunas grandes vasijas de paredes rectas y ollas de borde entrante con asas, formas con cuellos poco marcados y bordes ligeramente salientes. Los elementos de prensión son indistintamente asas, con disposición tanto horizontal como vertical, y mamelones, algunos dispuestos junto al borde. Destacan dos asas multiforadas de la fase I (nivel 9) y la disposición en tres asas de cinta con ligero apéndice en la gran vasija antes mencionada. Todo este conjunto descrito de forma general nos sitúa claramente en una etapa neolítica, apareciendo motivos decorativos y formas cerámicas similares en el cercano poblado de Cuartillas (Fernández-Miranda et alii, 1993) y en el yacimiento de La Molaina de Pinos Puente en Granada (Sáez y Martínez, 1981). Además de los paralelos generales habituales en la bibliografía se encuentran paralelos específicos a algunas decoraciones en la cueva de Nerja (Málaga) en el caso del puntillado inscrito en triángulo de líneas incisas, que en el yacimiento malagueño se asocia exclusivamente al Neolítico medio (Pellicer y Acosta, 1986: 413 y Lam. Este motivo también aparece en la Sima de los Intentos (Granada) (Navarrete et alii, 1986), donde se identifican otras decoraciones presentes en Cerro Virtud, como los trazos incisos verticales dispuestos junto a la línea del borde. Casi ninguno de estos elementos es exclusivo de ningún periodo concreto del Neolítico como se aprecia en las descripciones de las secuencias de las cuevas neolíticas, y en algunos casos pueden aparecer también en el Calcolítico. Únicamente la combinación de todos ellos y su mayor o menor predominio sirven para encuadrar y caracterizar los niveles dentro de las estratigrafías de las cuevas. La proporción de las decoraciones puede servirnos en este caso como elemento comparativo, aprovechando además la presencia en Cerro Virtud de cerámicas peinadas, tipo que no aparece en ninguno de los yacimientos hasta ahora citados. Siguiendo la secuencia establecida por Bernabeu (1989) y el estudio comparativo realizado sobre las decoraciones cerámicas, que atiende a los principales yacimientos neolíticos excavados, nos encontraríamos dentro del Horizonte de las cerámicas inciso/ impresas debido tanto a la ausencia de decoraciones cardiales como al predominio de esas técnicas decorativas. Dentro de este Horizonte se aceptan diferenciaciones regionales (Bernabeu, 1989: 130-135) Bernabeu (1989: 134-135) la diferencia en este momento entre el neolítico andaluz en su conjunto y el del resto del área mediterránea se observa en la mayor importancia de la cerámica a la almagra y los relieves en la primera, así como por la ausencia de las cerámicas peinadas. Cerro Virtud quedaría en una posición intermedia al compartir rasgos de ambas zonas: cerámicas peinadas del área mediterránea, porcentaje de relieves inferior al de los yacimientos andaluces y presencia residual de almagra. Para una comparación correcta con los datos de Bernabeu debemos calcular el porcentaje de las decoraciones no en relación al número real de fragmentos decorados (Tabla 3), sino como suma de técnicas decorativas, de modo que el total no supere el 100%. Esta última forma es la utilizada por Bernabeu en sus tablas, ya que siempre asimila el número de fragmentos decorados con los porcentajes de técnicas decorativas, ignorando de este modo la coexistencia de técnicas en el mismo fragmento, circunstancia que por otra parte el mismo autor reconoce como característica de las fases 161 y IB2 (Bernabeu, 1989:118). La escasez numérica de algunas muestras hace que el peso relativo de cada fragmento sea elevado, por lo que en los resultados debe buscarse la similitud general o las tendencias de comportamiento. En cualquier caso los conjuntos comparados son similares en cuanto al tamaño de la muestra. De este modo los valores obtenidos para Cerro Virtud (Tabla 4) son claramente diferentes a los de yacimientos atribuidos a la fase lA de Bernabeu, y se encuentran próximos a los de la fase IB. Así el material del corte B2 se parece a Carigüela C en la proporción de incisas, impresas y relieves, pero la ausencia de cardial y almagra y la aparición de las cerámicas peinadas marcan las diferencias. La mayor similitud de Cerro Virtud con la Cueva del Nacimiento y con el nivel VIII de les Cendres en el uso de las técnicas decorativas, con un porcentaje conjunto de cerámicas inciso/impresas (en torno al 50%) y peinadas (en torno al 20%), que constituyen las características del grupo II.3 en el análisis de conglomerados, parece acotar los límites cronológicos de los materiales de Cerro Virtud. Estas proporciones serían más cercanas si adscribiéramos a la fase I el material no funerario recuperado en la fase II. Finalmente, el incremento de las cerámicas peinadas entre la fase I y la III se correspondería con la evolución señalada por Bernabeu hacia un progresivo predominio de estas cerámicas conforme nos acercamos a su fase IC, identificada de momento en el nivel Cendres VII con más del 60% de la decoración de este tipo. En consecuencia, y de acuerdo con estos porcentajes cerámicos los niveles neolíticos de Cerro Virtud pertenecerían a la fase IB2, con la tendencia a que la fase III de Cerro Virtud se aproximaría a la fase IC. Esta adscripción cultural de la cerámica a la secuencia establecida por Bernabeu se ve confirmada por las dos dataciones radiocarbónicas de Cerro Virtud disponibles en este momento: Corresponde a un fragmento de viga de madera carbonizado que apareció en la zona del enterramiento junto a unos huesos de extremidades de un adulto. Puede asignarse por tanto a la fase II. Fue tomada de una viga de madera carbonizada que se encontraba dentro de un hoyo de poste en la zona del enterramiento. Sin embargo, como el poste no sobresalía de su parte excavada en la roca, y los niveles de la fase I en esta zona fueron vaciados, cabe la posibilidad de que pudiera corresponder originariamente a esa fase I. En cualquier caso no existe contradicción en las dataciones ya pertenezcan ambas a la fase de enterramiento, lo que indicaría un amplio periodo de funcionamiento, ya la fecha más antigua pertenezca a la fase I. La datación a partir de muestras de huesos humanos, así como otras muestras correspondientes al hogar del propio enterramiento o de uno de los hogares del nivel 9 (fase I) y de una viga de madera de la fase III permitirán en un futuro ajustar con más precisión la cronología del yacimiento. En resumen, la coincidencia en los materiales cerámicos y en las dataciones permite asignar Cerro Virtud a la fase IB2 de Bernabeu y por tanto a la primera mitad del IV milenio aC sin calibrar. Durante el proceso de excavación en el corte B3 se descubrieron restos humanos y el esqueleto completo de un individuo en la mitad más meridional de la superficie inicialmente delimitada. La ampliación del área de trabajo nos han permitido documentar un espacio de tendencia rectangular, con su eje mayor en dirección SE-NO, delimitado en su lado más meridional por el desnivel de la roca natural y en el septentrional por el sedimento arqueológico que constituye la fase I (Fig. 6). La fosa excavada en esos niveles no presenta el lado completamente recto, sino que aproximadamente a mitad de su longitud subre una inflexión hacia el norte, aparentemente de forma paralela a la variación que sigue la roca en el otro lado. La anchura de este espacio oscila entre 2,2 y 2,5 m. En cuanto a la longitud debió ser algo superior a los 4,5 m, pudiéndose estimar en unos 11 m^ la superficie ocupada por el enterramiento. Como se indica en la figura 6, la zona NO fue vaciada en algún momento reciente y probablemente su sedimento sirvió para colmatar la trinchera minera que se localiza unos metros al NO, donde fueron recuperados restos de una mujer adulta. Otras dos fosas modernas de forma circular que perforan la roca cortaron parte de esta superficie, afectando una de ellas a la mayor parte del esqueleto postcraneal de uno de los enterramientos que se conservaba en posición primaria. El límite del lado SE no pudo identificarse con precisión al estar destruido por una fosa moderna que alcanzaba el suelo. Tampoco se registró ningún elemento estructural que sirviera para la delimitación de este espacio, que quedó sellado por el nivel 5. Si bien es cierto que en este nivel de cubrición hay más rocas que en otros niveles, su disposición no es continua, ni su número tan elevado como para suponer la existencia de un posible túmulo, ya que en la mayor parte del mismo no aparecieron piedras antes de su delimitación en planta. El número mínimo de individuos identificado en el estudio antropológico realizado por Cristina Rihuete (Universidad Autónoma de Barcelona) es de 11. Dos de ellos se encontraron completos, flexionados en posición decubito lateral izquierdo, y un tercero, según los restos conservados, presentaba esa misma disposición (7), aunque fue cortado por una fosa circular. Los demás individuos aparecieron en posición secundaria formando paquetes de huesos, que en un caso incluía restos de dos individuos, o de forma aislada. La disposición observada parece indicar su uso en varios momentos a lo largo de un periodo de tiempo comprendido entre las fases I y III, conservando los tres últimos inhumados la posición en que fueron depositados, y a su alrededor esparcidos los restos desplazados de enterramientos anteriores, quizás removidos para dejar sitio a los nuevos. Nos hace pensar en esta posibilidad la orientación en que se encontraron los esqueletos completos y la existencia de un fuego en torno al cual parecen situarse estos. Aunque los tres presentan el mismo sistema de deposición, la orientación en el caso de B3.22(3) y B3.30 puede decirse que es opuesta. Entre los pies de uno y otro precisamente se localiza ese fuego, pegado al borde de la fosa, con piedras (8) delimitadoras reconocidas únicamente en su lado occidental, y cortado parcialmente por la fosa circular moderna que destruyó el esqueleto postcraneal de B3.22(3). Por último B3.18S(2) apareció perpendicular a B3.30, quedando sus pies en la zona más próxima al fuego, aunque más separados que en los otros dos casos. Además en esa zona del entorno del fuego se recogieron otros huesos de pies (7) El cráneo apoyaba en su lado izquierdo y debajo de la mandíbula apareció la mano izquierda. (8) Una de las piedras era un fragmento de molino. que pudieron pertenecer al menos a otro esqueleto enterrado con anterioridad. En consecuencia, esa zona en torno al fuego parece configurarse como el núcleo central del enterramiento. En cuanto a los ajuares, como consecuencia de las circunstancias concretas que afectan al depósito solo tenemos seguridad de que las vasijas completas acompañaron a los muertos. En dos casos van asociadas directamente a un individuo pero la mayoría no pueden ser asignados con total seguridad, ya que al igual que los huesos también se encontraban desplazados de su posición original. B3.22(3), una mujer de edad madura o senil (9), tenía depositados dos cuencos en la (9) Las atribuciones de edad y sexo siempre siguen la identificación realizada por Cristina Rihuete. parte trasera del cráneo (uno de ellos pegado al occipital), cada uno con un solo mamelón. El ajuar asociado a B3.18S(2) es mucho más amplio y complejo. Se trata de un varón de edad senil (mayor de 50 años) que llevaba colocada entre los brazos y las piernas la parte superior de una vasija. II) no deja lugar a dudas de que se depositó ya partida, seleccionando la zona del borde y cuello. La fragmentación del borde se debe al derrumbe del perfil que se produjo durante el proceso de excavación. Tiene forma globular con cuello marcado y una ligera acanaladura junto al borde que recorre todo su perímetro (Fig. 7). Entraría dentro del grupo XII.2 de cántaros y anforoides con cuello exvasado de Bernabeu (1989: 31). Además, junto a las rodillas tenía otras dos ollas de base convexa y borde reentrante algo engrosado hacia afuera. Una de ellas se vio especialmente afectada por el derrumbe del perfil lo que unido a su mala cocción ha impedido su reconstrucción completa. Ambas ollas tienen un único elemento de prensión perforado verticalmente. Por último, sobre las costillas se encontraba una olla globular con gollete, B3.17S(2), completamente fragmentada y aplastada (Fig. 7). La reconstrucción ha sido casi completa y la forma presenta dos asas con perforación vertical unidas por una moldura irregular y en el cuello tres perforaciones intencionadas alineadas horizontalmente. Junto a esta vasija, pero situada más hacia la cadera había otro cuenco simple también fragmentado. El enterramiento B3.30 (dibujo de cubierta) correspondiente a un varón de entre 35-45 años no llevaba asociado ningún elemento de ajuar (Lám. En el paquete de huesos B3.30(5) apareció un cuenco con un asa vertical en la que se introducía parte de una extremidad superior. Próximo al conjunto B3.15W se encontraba un cuenco con un mamelón junto al borde, pero la disposición más interesante fue la correspondiente a B3.12W. Junto a unos huesos de adulto y en una pequeña oquedad de la roca que les preservó de la destrucción estaban colocadas dos vasijas boca abajo, una de ellas contenía a una tercera. Esta última era un vaso con el borde ligeramente engrosado hacia afuera y sin elementos de prensión, mientras que la que la cubría presenta una forma carenada (Fig. 7) diferente a las escudillas levantinas (Bernabeu, 1989: 21) y más próxima a algunos de los tipos carenados de Nerja asignados al Neolítico Reciente (Pellicer y Acosta, 1986: lám. 19). Junto a estas se encontraba un cuenco de labio engrosado con un asa horizontal. En el conjunto de 14 vasijas del ajuar llama la atención el predominio de formas sencillas, sin decoración y con un sólo elemento de prensión, así como el engrosamiento del borde en algunos de ellos. Su datación en el Neolítico Medio no resulta anómala ya que la mayor parte de estas formas aparecen asociadas en los niveles correspondientes de la Cueva de Nerja, si bien es verdad que no de forma exclusiva (Pellicer y Acosta, 1986: 381-401). En relación a cuestiones de ritual y en contra de lo inicialmente publicado (Montero y Ruíz-Taboada, 1996: 30-31; Montero et alii, 1996: 622) se desecha que los huesos humanos presenten huellas de cremación o hayan estado afectados por el fuego. El oscurecimiento observado en determinadas restos óseos parece consecuencia de la acción de los minerales de la roca base sobre los que apoyaban o proceder de la descomposición de alguna materia con la que estuvieron en contacto (10). La antigüedad de este enterramiento de carácter colectivo no tiene demasiados paralelos en el ámbito del Sudeste, y menos común es (10) Agradecemos a Cristina Rihuete sus observaciones sobre la presencia de esta característica en algunos huesos, descartando la acción del fuego. que se realice dentro de un área de habitación, eso sí, aparentemente abandonada de manera transitoria. Si bien es cierto que en La Molaina de Pinos Puente (Sáez y Martínez, 1981: 31) la presencia de huesos humanos podría corresponder a un enterramiento de este tipo, su identificación en superficie, sin una valoración sobre el número de individuos representados, no permite distinguir si se trataba de una inhumación individual o colectiva. En cambio, en ámbitos distintos al de Cerro Virtud (poblado al aire libre), existen otros ejemplos que permiten apreciar cómo a mediados del IV milenio aC sin calibrar empezaban a practicarse inhumaciones en espacios comunes. En el abrigo de El Milano (Muía, Murcia), aprovechando la curvatura natural de un pequeño abrigo se enterraron al menos 5 individuos en posición fetal y con los cráneos hacia el interior (VVAA., 1987). La fecha publicada es 5320 BP, y carece de los datos del laboratorio y la desviación estándar (Mederos, 1995: 54) Las circunstancias del descubrimiento de la Cueva de los Murciélagos de Albuñol (Granada) no permitieron una documentación exacta, pero en la reconstrucción de Góngora (1868) se mencionan varios espacios con enterramientos colectivos acompañados con ajuares de excelente caHdad y grado de conservación. Las dataciones realizadas sobre el material orgánico nos situarían en el 5400 ± 80 (CSIC 246), fecha confirmada por una serie más amplia realizada recientemente que se agrupa en torno a mediados del IV milenio aC sin calibrar (Cacho et alii, 1996). Finalmente hemos de señalar la presencia de un tipo singular de escoria del que hablaremos a continuación detectado en el relleno del enterramiento, con la circunstancia concreta de que, en los casos de los esqueletos en posición primaria, se recuperaron algunas de ellas al limpiar la tierra de entre los huesos y al levantarlos. Trataremos de explicar a continuación el significado y procedencia de estas escorias, que desde el primer momento llamaron nuestra atención sin que pudiéramos encontrar una justificación satisfactoria de su presencia en niveles claramente intactos, y por tanto sin poder otorgarles una tranquilizadora atribución moderna. Escorias recuperadas en la fase I del Cerro de Virtud (Almería). ¿METALURGIA O PREMETALURGIA EN EL NEOLÍTICO? Las escorias a las que nos referimos han aparecido tanto en el enterramiento, en los niveles de la fase I y en el nivel neolítico del corte B2. No existen en la fase III ni en los niveles calcolíticos del yacimiento. Físicamente se pueden describir como muy porosas y quebradizas, muy poco pesadas, de color superficial variando del verde/gris hasta el negro, con aspecto vitrificado, tamaños y formas variables que van desde las longitudinales de hasta 4-5 cm a simples gotas de apenas 2 mm de diámetro, otras forman masas globulares más compactas (Lám. Desde el punto de vista químico el sílice y el calcio son los elementos principales, estando presente el bario y el hierro en proporciones bajas (11). En ningún caso ha sido detectado ningún otro elemento metálico. Junto a estas escorias, en el corte B2 apareció un pequeño fragmento de cerámica con escoria adherida a su cara interna (Lám. Su aspecto es idéntico a otros fragmentos de vasijas-horno empleados para la reducción de minerales (Montero, 1994; Gómez Ramos, 1996), en los que no hay huellas de acción térmica en la cara externa. El anáhsis por Fluorescencia de Rayos (11) Los análisis de estas escorias se han realizado mediante SEM, un primero en la Universidad Autónoma de Madrid y el resto en el Instituto de Patrimonio Histórico Español (antiguo LC.R.B.C.) por parte de Montserrat Algüero. Los estudios metalúrgicos están a cargo de Salvador Rovira y cuando queden completados serán publicados detalladamente. Análisis por XRF (% en peso). Ahora bien, a la luz de este conocimiento metalúrgico ¿cómo pueden interpretarse las escorias que aparecen en estos niveles neolíticos? Las hipótesis que manejamos parten del hecho de su formación en una actividad de alta temperatura. En principio estas actividades podrían ser la metalúrgica, la cocción de cerámica, el fabricado de vidrio o un proceso fortuito o accidental. La fabricación de vidrio puede descartarse ya que necesita de una alta tecnología desconocida para estas épocas en cualquier parte del mundo, así como por el alto contenido en calcio de las escorias que las hacen inapropiadas para estas manufacturas (Biek y Bayley, 1979: 5). La diferenciación entre las otras dos actividades económicas resulta más conflictiva ya que este tipo de escoria denominada en la literatura inglesa como "fuel ash slag'' (Biek y Bayley, 1979: 6) puede formarse a partir de fuegos accidentales en entornos arcillosos además de encontrarse en residuos vinculados a actividades metalúrgicas, de producción cerámica o simplemente a estructuras de madera incendiadas. Glumac y Todd (1991: 16) mencionan su aparición frecuente en yacimientos neolíticos del Sudeste de Europa, como productos producidos en hogares de largo uso y por la destrucción de las cabanas construidas con madera y arcilla, señalando que su aspecto externo es similar a las escorias de cobre, aunque es posible diferenciarlas por la mayor gravedad específica de esas últimas. El tipo de escoria formado bajo esas condiciones comparte un bajo porcentaje de hierro y calcio según los análisis realizados por Biek (1977) a escorias procedentes del incendio de un granero de época romana. Sin embargo, la composición depende en gran medida de las características del medio en que se han producido. En Cerro Virtud, las condiciones del suelo constituido por el mineral de hierro-bario o por marga-arcillosa no son como las hasta ahora descritas por la literatura científica. Sin embargo la marga es una roca sedimentaria que contiene de un 40% a un 60% de carbonato calcico y el resto de arcilla. Es decir, puede responder al calor intenso o producir reacciones similares a las descritas para las arcillas, teniendo en cuenta que en nuestro caso la textura es bastante arcillosa. Además el alto contenido en calcio y el bario detectado en nuestras escorias, que nos indica que en su proceso de formación intervino un material con esas características, quedaría justificado. El contacto con la marga arcillosa necesario para su formación explicaría por qué sólo aparecen en los niveles inferiores de los cortes B2 y B3. Si las escorias proceden de la reacción accidental de la combustión de madera con la marga del lugar o con arcillas ¿Que es lo que se quemó? Los fuegos-hogares documentados apenas tienen elementos delimitadores y siempre son de piedra. Sólo en un caso una parte estaba acotada por marga arcillosa, pero las cenizas y carbones no fueron demasiado numerosos para hacer pensar en una larga duración ni intensidad de la combustión. Tampoco existen en la zona excavada huellas de grandes estructuras constructivas en madera, salvo un par de hoyos de poste claros y fragmentos de vigas carbonizadas que han permitido las dataciones. Tampoco hay indicios suficientes para pensar en manteados de barro asociados a estructuras de madera, salvo algunos restos de adobe pero que pertenecen a la fase IIL La opción de un incendio de bosque no es satisfactoria al distribuirse las escorias por varios niveles arqueológicos y no existir un nivel que lo demuestre. Una posible cubrición con madera del enterramiento a falta de otros elementos como responsable del proceso no explica que las escorias se concentren en la fase L Una hipótesis alternativa que hemos estado manejando, pero que de momento no puede demostrarse para descartar de manera definitiva la explicación accidental, es su formación en una actividad relacionada con la obtención de cobre nativo. La existencia de esos primeros conocimientos metalúrgicos que el fragmento de vasija-horno del corte B2 ha proporcionado, así como la asociación de ambos elementos en el mismo nivel la hacen viable. De hecho escorias similares procedentes de la región de Agadez (Niger) fueron estudiadas y analizadas por Tylecote (1982), quien deducía su formación a partir de un trabajo con metal nativo, coincidiendo con la interpretación dada por Bourhis sobre los mismos materiales (Grebenart, 1988: 110-121). Las escorias del sitio 175 de Afunfun aparecían en estructuras de horno datadas en la primera mitad del segundo milenio aC y en ellas se recuperaron algunas escorias con pequeñas cantidades de cobre, pero en la mayoría de ellas el metal no era detectado. Buscando contextos más próximos en el tiempo se puede mencionar la coexistencia de escorias con y sin partículas metálicas en el yacimiento de Selevac (Serbia) en niveles datados en el V milenio aC. De los 10 fragmentos de escorias analizados tan sólo en una se detectó cobre (Glumac y Todd, 1991:11). Pero independientemente de cuál sea la explicación para la formación de estas escorias, la documentación de una actividad metalúrgica en una cronología tan antigua como la proporcionada por Cerro Virtud y sin que se conozcan otros datos que permitan hablar de metalurgia hasta casi un milenio más tarde resulta llamativa. Aunque lógicamente en las primeras etapas metalúrgicas no abundan los restos arqueológicos que prueben el conocimiento de esta actividad, como así ocurre en el Próximo Oriente, donde además existen vacíos temporales amplios entre los sucesivos hallazgos de los primeros restos metalúrgicos, debemos estar prevenidos para que en su posible aparición futura no sean considerados sistemáticamente como elementos intrusivos o anómalos y por tanto rechazados sin que existan argumentos para ello. Hemos intentado rastrear posibles elementos metalúrgicos en contextos neolíticos que pudieran complementar el hallazgo de Cerro Virtud y hemos encontrado al menos dos casos que deberían ser revisados. No pretendemos con ello afirmar su adscripción neolítica, sino replantear las circunstancias del hallazgo. El primero de ellos proviene de la Cueva de la Cocina (Dos Aguas, Valencia). En la fase Cocina IV y procedente de las excavaciones más recientes se menciona un punzón con la siguiente posición estratigráfica: "...sobre un encostramiento calcáreo que en la zona separa a Cocina III de IV" (Portea et alii, 1987: 588). Cocina III se clasifica como Epipaleolítico y Cocina IV como Neolítico. Según Bernabeu (1989: 136) esta fase del yacimiento sería equi-parable con la Cueva del Nacimiento II y sus materiales no podrían situarse en momentos más modernos del Neolítico IB, que como hemos visto es la cronología propuesta para Cerro Virtud. Sin embargo, este punzón, cuya correcta posición estratigráfica nadie parece poner en duda, se explica por y a la vez permite argumentar una perduración de la industria geométrica hasta el Calcolítico y no por un posible conocimiento de la metalurgia en el Neolítico (Portea et alii, 1987: 588; Bernabeu, 1989: 136). El segundo caso es la Cueva del Tocino (Priego, Cordoba), donde apareció un fragmento de lo que parece ser una vasija-horno (Gavilán, 1985: 153). Aunque recogido en superficie, el resto del material se adscribe al Neolítico Medio y Piñal, excepto una forma carenada sobre la que la autora piensa que podría ser algo más reciente, pero que no parece ser muy diagnóstica. El fragmento de vasijahorno lleva a proponer la existencia de una ocupación calcolítica, al considerarse impensable el conocimiento metalúrgico en etapas anteriores. Los descubrimientos realizados en Cerro Virtud ponen en cuestión algunos principios fuertemente arraigados en la investigación y en especial el significado del termino Neolítico. El grado de aceptación de los diversos parámetros que definen un período cultural es directamente proporcional a las pruebas materiales que se hayan empleado en identificar dicho concepto. Uno de los primeros intentos de reflejar la inconsistencia de una excesiva consideración terminológica para definir períodos de tiempo fue llevado a cabo por Sherratt (1982;1984: 132), para quien cada época está definida por un sistema económico específico en donde el registro material sirve de complemento a dicho sistema y no necesariamente tiene por qué definirlo. En esta misma línea, se ha sugerido también que el uso estricto de un sistema de clasificación cultural puede ser improductivo a la hora de explicar el desarrollo de una comunidad durante la Prehistoria (Tringham, T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 1991: 283), dado que a fin de cuentas, los parámetros que se emplean son, la mayoría de las veces, subjetivos. Si se extrapolan estos conceptos a casos reales, desde la propuesta hecha por Christian Thomsen (1788-1865) del Sistema de las Tres Edades a principios del XIX, o poco tiempo después por John Lubbock (1865: 2-3) en el que por primera vez aparece reflejado el término Neolítico, la definición de época ha llevado implícita la existencia de un desarrollo social integrado en una determinada secuencia evolutiva (Shanks y Tilley, 1987: 120). El registro material es considerado por algunos investigadores como uno de los múltiples factores que condicionan el desarrollo y definición de una secuencia cultural. En dicha secuencia, han de reflejarse, a su vez, cuestiones de tipo económico, religioso, político, cultural, etc. (Lichardus, 1991: 763; Mann, 1986). En Arqueología parece lícito asumir que las innovaciones tecnológicas son el resultado de cambios dramáticos en la sociedad, sin tener en cuenta el entorno en el que se producen tales cambios (Sorensen, 1989:182-183). Cuando se habla de metalurgia en el Neolítico, todo este planteamiento terminológico reaparece con más fuerza. Sin embargo, el descubrimiento en la región de los Balcanes de los primeros indicios de actividad metalúrgica en Europa en un contexto neolítico, datado en la segunda mitad del VI milenio AC (Vlassa, 1972; Todorova, 1978; Glumac y Todd, 1991; Pernicka et alii, 1993; Jovanovic, 1994) lleva a finales de la década de los 80 a debatir en el Simposium Internacional de Saarbrücken (Noviembre de 1988), en qué circunstancias sociales y cronológicas debían ser considerados tales hallazgos. La lógica obhga a no cuestionar definiciones terminológicas en función de la presencia o ausencia de artefactos tipo, sino a evaluar el contexto en el que aparecen dichos artefactos. Según la definición de David Clarke (1978), el término cultura material alude a una jerarquía estructurada de microsistemas, pero a pesar de ello no deja de ser un subsistema arbitrario que depende de otra serie de condicionantes, en este caso, no materiales. El caso de la Península Ibérica es sensiblemente diferente al del resto de Europa. Hasta épocas recientes la investigación ha creído re-conocer en alguno de sus procesos de cambio cultural influencias provenientes de regiones alejadas de la misma. El reciente descubrimiento de los primeros restos de actividad metalúrgica en el Sureste peninsular, en un contexto claramente neolítico, plantea la necesidad de considerar la posibilidad de un cambio en los planteamientos empleados para explicar la evolución social durante la Prehistoria reciente. A principios de la década de los 90 se produce en España uno de los primeros intentos de llevar a cabo dicho cambio, con la reunión "El Calcolítico a debate" (Hurtado, 1995). En dicha reunión, al igual que se hiciera en Saarbrücken, se discutieron las bases para abordar el estudio de la Prehistoria tomando como referencia los nuevos descubrimientos de los últimos años. Aunque aún es pronto para analizar las repercusiones que foros como éste pueden tener eft el mundo académico, conviene tener presente que definir un período de tiempo implica buscar cuáles son los procesos de cambio cultural y cuáles son las causas que afectan a las transformaciones culturales. Con todo, la documentación de metalurgia en el Neolítico debe ser entendida no de forma aislada, sino como uno de los múltiples factores que confluyen en la identificación cultural de dicha época, al igual que las prácticas de enterramientos colectivos. BIBLIOGRAFÍA AGUAYO, P.;MARTÍNEZ, G. Y MORENO, F. (1989-90): "Articulación de los sistemas de habitats Neolítico y Eneolítico en función de la explotación de los recursos naturales en la Depresión de Ronda". Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada,[14][15]
Los resultados de los análisis espectrográficos sobre una muestra de minerales metálicos y de artefactos metálicos de la misma zona se han puesto en relación con las posibilidades extractivas reales de las menas por parte de las gentes de la Edad Bronce. Además se estudiaron otros aspectos como la distribución de los artefactos y de los yacimientos de la época, las capacidades de los metalurgistas, y su función y representación social. El resultado deja a la metalurgia prehistórica de la zona en un justo término, apareciendo en el inicio de la Edad del Bronce como una actividad que conferiría prestigio y con escaso peso económico, que iría modificando su importancia al final del período. social function. ciones realizadas hasta la fecha sobre el desarrollo de la metalurgia en el Sureste (Montero, 1994), Levante (Bernabeu et alii, 1989; Simón, 1995) y Meseta Sur (Montero et alii, 1990), de la Península Ibérica y algunos otros sobre las regiones de la Europa Atlántica o Mediterránea (Tylecote, 1986; Budd et alii, e.p.) han ofrecido una panorámica rica en matices en lo que se refiere a distribución de materias primas, comercio y transporte tanto de éstas como de sus formas semielaboradas y de objetos acabados, desarrollo de la técnica y papel económico y social de los metalurgistas. El estudio de estos mismos aspectos en el Sur de la Cuenca Media del Ebro no viene sino a completar esta panorámica de la Península Ibérica, con vistas a un futuro trabajo del mismo tipo aplicado a la totahdad de la Cuenca del Ebro. La elección de la zona de estudio (Fig. 1 a y b) vino dada por sus características geográficas. La orografía de este espacio geográfico es compUcada, pero delimita claramente el terreno de estudio. El río Ebro demarca por el Norte la región. La Sierra del Moncayo, la Sierra de la Virgen, la de Miraña, Santa Cruz, Mènera y Albarracín-Montes Universales limitan de Norte a Sur por el Oeste. La Sierra de Javalambre se sitúa al Sur, mientras que por el Este y de Norte a Sur, se disponen el río Matarraña y el Maestrazgo. RECURSOS MINERALES Y EVIDENCIAS DE EXTRACCIÓN EN EL SUR DEL MEDIO EBRO Tradicionalmente se comparte la idea de la exigüidad de los recursos cupríferos en el Sur del Medio Ebro (Alvarez Gracia, 1980; Martín Bueno y Pérez Arrondo, 1989; Coffyn, 1985). La interpretación general suministrada por el IGME (1971) resulta insuficiente y poco detallada al mostrarse en los mapas zonas interesantes para la extracción industrial, parámetro no apHcable a un estudio sobre la metalurgia en la Prehistoria. Por ello se hace necesario además emplear datos complementarios más específicos. En este caso se manejan dos tipos de referencias sobre la zona a partir de los cuales se diseñó una prospección sobre el terreno: A. Distribución general de minerales de cobre basada en los estudios del IGME (1972; Galán y Mírete, 1979) y del Gobierno de Aragón (1995). B. Noticias de antiguos trabajos de minería (Carbonel, 1958). A. Las mineralizaciones generales se han agrupado según su aparición geológica natural: elemento nativo, óxidos, carbonatos, sulfuros, sulfatos, fosfatos y silicatos (Galán y Mírete, 1979: 98). Hay indicios de cobre nativo en Biel (Zaragoza) y en forma de óxido de cobre (cuprita), en Biel y Ateca (Zaragoza) asociada a ümonita, cobre nativo, malaquita, azurita, y crisocola. Encontramos azurita y malaquita (carbonatos de cobre) en el Frasno y Litago (Zaragoza), y como cemento de pudingas en Biel. También ha habido indicios de minerahzaciones concentradas en Collado de la Plata y en las Cavernas del Collado de la Esperanza (Teruel) con cuarzo teñido de verde (Galán y Mírete, 1079: 368). La tetraedrita "Fahlerz" o "cobres grises" aparece en Zaragoza y Teruel: argentífera y asociada a carbonatos y óxidos de hierro, en Ateca. El yacimiento de Calcena (Zaragoza) es el más importante. En Teruel hay citas de su existencia en la Sierra de Albarracín, en donde no es raro encontrarla muy ferrífera y con algo de zinc. La calcopirita (sulfuro de cobre) se encuentra de forma diseminada al norte de la provincia de Teruel, en la Sierra de Albarracín y en Fombuena (Zaragoza). En Tabuenca se localizan unos indicios de cobre interestratificado en la serie roja continental del Buntsandstein. Los minerales más abundantes son los carbonatos de cobre (azurita y malaquita) y aparecen impregnando los restos orgánicos y rellenando fracturas y planos de laminación. En Zaragoza hay indicios estratiformes de cobre en Castihcar, Uncastillo, Luesia, Fuencalder y Lobera de Onsella (todos ellos sobre areniscas terciarias), e indicios indeterminados en los municipios de Zaragoza: Santa Eulalia de Gallego, Ardisa, Luna, Villafeliche, Linares de Mora y Villel. Podríamos denominar como otros indicios los detectados sobre areniscas y dolomías del Cretácico cerca del río Linares, el hallado en la confluencia de los ríos Turia y Camarena sobre margas del Cretácico y el hallado sobre areniscas y arcosas del Triásico, todos ellos en Teruel. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. n.d. Análisis de muestras de minerales (expresada en % en peso). (*) L.T.: Loma de la Tejería (Albarracín, Teruel B. El estudio de Carbonel (1958) sobre la Sierra de Albarracín recoge las concesiones mineras, en qué año se obtuvieron, el material beneficiado, el nombre de la concesión y su superficie en hectáreas. El resumen de los minerales de cobre (y otros) que fueron objeto de concesiones en distintos términos municipales de Teruel es el siguiente: Albarracín: hierro, cobre, cobre gris y cinabrio. Bronchales: hierro, cobre gris y azufre. Gea de Albarracín: plata, cobre y hierro. Torres de Albarracín: plomo, cobre gris, cobre argentífero y hierro. Advierte el autor (Carbonel, 1958: 18) que no siempre el criadero es de la sustancia que se declara. Estas son las consecuencias de las lla-madas "falsificaciones de hacienda" que quedaban registradas en los libros con la finahdad de pagar menos impuestos (Pan Montojo, 1993: 337-441) probablemente por la abundancia del hierro y la escasez del cobre. A partir de ambos estudios se realizaron dos prospecciones para buscar muestras minerales que pudieran ser analizadas dentro del proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica (1). Estas prospecciones se llevaron a (1) Los análisis han sido realizados en el Instituto de Patrimonio Histórico Español (antiguo I.C.R.B.C. del Ministerio de Cultura) con la técnica de Fluorescencia de Rayos X en energías dispersivas. Se ha cuantificado la fracción metálica de las muestras minerales expresadas en % en peso. cabo en julio de 1995 y en febrero de 1996. Se tomaron muestras de diferentes afloramientos localizados en Zaragoza y Teruel y los resultados son los que aparecen en la tabla 1. Estos análisis establecen más claramente los diferentes grupos mineralógicos. Uno al sur de Zaragoza está formado por minerales de cobre (azurita y malaquita) con presencia de altos niveles de hierro e impurezas de antimonio. La zona de Albarracín se caracteriza por otro grupo de minerales de cobre con altos contenidos de hierro, arsénico y antimonio, en el caso de la Loma de la Tejería van acompañados de zinc mientras que en El Barranco del Hontanar van acompañados de plomo. En estas muestras no se ha detectado el bismuto. EVIDENCIAS DE PRODUCCIÓN METALÚRGICA: INTERPRETACIÓN DE LA DISTRIBUCIÓN Y DE LOS ANÁLISIS Relación entre menas de cobre y materiales arqueológicos metálicos La distribución de yacimientos de la Edad del Bronce con algún vestigio metálico o de procesado de actividad metalúrgica se refleja en la figura 1 c. Se observa una localización de objetos metálicos con preferencia al Noreste, Suroeste, en las medianías del Sistema Ibérico, en la Sierra de Albarracín y en la Sierra del Javalambre, apreciándose también en las inmediaciones del Moncayo. En su mayoría, las piezas han sido localizadas sin contexto y en superficie, y de otras ni siquiera sabemos su procedencia exacta, lo que nos impide valorarlas tal y como recientemente se ha hecho en otros contextos (Ruíz-Gálvez, 1995: 32). En los estudios que hasta la fecha se han realizado se ha constatado que existen vacíos de yacimientos debidos por un lado a la propia elección de las comunidades prehistóricas del Sur de la Cuenca Media del Ebro (Buri-Uo, 1992: 177-185) y, por otro lado, a la falta de una sistematización en la investigación. Nos pareció importante analizar la localización geográfica y geológica de los recursos de cobre en la misma. Estos se encuentran de forma filoniana o estratiforme sobre todo en el Suroeste y también de forma filoniana pero no estratiforme, como depósitos aislados y en menor cantidad en el Noreste. Recientemente se ha señalado la existencia de cobre en Collado Mediano (Tabuenca), en las inmediaciones de Litago y Aranda de Moncayo. Las dos puntas pálmela encontradas en Litago y Bisimbre y los doce objetos procedentes de las excavaciones de Borja, de Majaladares y de Los Reajos de Beratón parecen indicar la importancia de la proximidad de estos recursos de cobre (García Serrano, 1995: 12). Sin embargo, la existencia de menas no implicaría que fueran explotables durante la Edad del Bronce. La erosión o el desmonte del suelo podrían haber dejado al descubierto afloramientos que en esa época se hallaran ocultos. Ello podría falsear la correlación entre su distribución y la de los yacimientos. Para demostrar que en la Prehistoria se explotaron estos recursos hacen falta pruebas de minería prehistórica, como el caso de la Loma de la Tejería, y también se necesitan evidencias indirectas a través de la caracterización de los minerales de cobre y de los artefactos metálicos de la zona. En la Península Ibérica los minerales de cobre no producen cobre puro, sino mezclado en diferentes proporciones con otros elementos que caracterizan el metal de cada zona. Lamentablemente, tal y como los geoquímicos han puesto de reheve, la composición del mineral de un mismo criadero puede ser tan diferente y variada que sólo se podrá relacionar de forma segura con un objeto cuando exista la certeza de trabajos de las comunidades prehistóricas en aquel estrato (Tylecote, 1990: 13-31). Existen otras evidencias que pueden tenerse en cuenta, como la cercanía a la mena de herramientas como martillos (La Loma de la Tejería, Albarracín) y picos de minero cuñas o simplemente señales de extracciones en la roca. La correlación entre la distribución de las piezas y la de los yacimientos cupríferos permite predicar como probable una metalurgia local y una distribución del metal a cortas distancias, sin excluir la posibiUdad de una importación de manufacturas y de metal procesado, ya fuera en lingotes de cobre, estaño, o formando ya la aleación. Existen evidencias de un comercio muy relevante de lingotes de cobre y estaño en el Mediterráneo oriental a partir de los hallazgos en el mar cercanos a las costas de Israel o los de Chipre y Turquía, entre 1550-1200 A.C. pertenecientes aproximadamente al Bronce Final (Mazar, 1990: 264-266). La evidencia de un comercio de metales durante la Edad del Bronce no resta interés a las investigaciones sobre las posibilidades metalogenéticas no industriales de la Cuenca del Ebro que no se adscriben a la teoría unifocal. Según esta última, los minerales proceden de lugares alejados del entorno del Ebro, excluyendo que pudieran darse varias situaciones simultáneas: explotación y producción local y explotación y producción alóctona de piezas posteriormente importadas que favorecería su reutilización dado su valor tanto intrínseco como adquirido. Además, la cercanía o no a la mina de vasijas-horno, crisoles y moldes, con sus adherencias y sus escorias que denotan la transformación del metal (Montero, 1994: 228) y la producción de objetos pueden indicar si el proceso se daba en aquel mismo lugar o en otros más lejanos a donde se transportaba el mineral bruto y donde se procesaba, pudiendo ser estos lugares centros productores y distribuidores. Evidencias de la transformación y producción Los fragmentos cerámicos con adherencias metálicas no son infrecuentes en la Península Ibérica (Gómez Ramos, 1996: 127-143). Lo difícil es diferenciar los fragmentos cerámicos que realmente pertenecieron a crisoles de aquéllos definidos como vasijas-horno, ya que en la bibliografía en su mayoría se describen como fragmentos de crisol con adherencias. tar, Teruel) con la segunda fase de La Hoya Quemada del Bronce Medio. Al Noroeste de la región que estudiamos, tenemos noticias de otros tres enclaves en donde se han localizado otros tantos fragmentos de cerámica con adherencias metálicas. En Moncín de Borja (Zaragoza) los análisis del British Museum de la escoria incrustada en fragmentos de crisol (Harrison et alii, 1987: 71) sugieren un recipiente para fundir metal limpio. Muy cerca, en Majaladares, se hallaron restos de un crisol con adherencias de cobre y gotas del mismo metal (Aguilera et alii, 1992: 44 y 75) y el de Siete Cabezos (Magallón, Zaragoza) estaba decorado con incisiones en el labio y con incrustaciones escoriáceas en el interior (Aguilera eí a///, 1990: 71-74). No podemos por ahora confirmar la función de los hallazgos de nuestra zona (Fig. Id). Su diferenciación es fundamental para la interpretación: si el mineral se fundió en vasijas no tendríamos que seguir buscando hornos, por otra parte, el empleo de crisoles lleva consigo el de moldes, por lo que la proliferación o ausencia de estos últimos en zonas como el Bajo Aragón o Albarracín debe tener alguna explicación. Si el mineral fue fundido en las vasijas-horno directamente y en pequeñas cantidades no hay duda de que la metalurgia no representaría la base económica fundamental de aquellas sociedades. Estos son más numerosos que los crisoles en la zona estudiada (Fig. le). Treinta y cinco moldes han aparecido en poblados pero de casi ninguno conocemos el nivel de procedencia. Once pertenecen a un Bronce Antiguo/Medio y veinticuatro a la etapa final del Bronce. Los más antiguos se hallaron en La Hoya Quemada (Mora de Rubielos, Teruel), La Escondilla (Villastar, Teruel), Cueva de los Encantados (Belchite, Zaragoza) y Cabezo del Cuervo (Alcañiz, Teruel) y los más modernos son de Siriguarach (Alcañiz, Teruel), Cabezo del Cascarujo (Alcañiz, Teruel) y Cabezo de Monleón (Caspe, Zaragoza). Todos los moldes conservados están realizados sobre arenisca rosada de granulado fino que fue empleada también en molinos de tipo barquiforme y afiladores (Domínguez 1981: 22; Aguilera et alii, 1992: 77; Barandiarán, 1971: 45). Actualmente se explotan estas areniscas en el Sur-Sureste de la región, exactamente en La Iglesuela del Cid y Mosqueruela (Teruel) (DGA, 1995: 343). Saber si la propia arenisca o los moldes ya manufacturados fueron objeto de algún tipo de transacción o, al menos, de demanda abriría un interesante campo de debate. Durante el primer período nos encontramos fundamentalmente con dos tipos de moldes: para hachas planas y varillas. Composición de los objetos de metal (valores en % en peso). Su presencia en los asentamientos, con independencia de la procedencia del metal y de la arenisca, significa que al menos una parte de la producción metalúrgica se llevó a cabo en estos asentamientos. Dicha actividad enlaza subsecuentemente con la que se deriva de la presencia de crisoles. Análisis y estudio de los artefactos metálicos Análisis de las piezas De la cifra total de piezas inventariadas se han analizado 26 para conocer la composición (Tabla 2). En los análisis de la tabla prevalecen los porcentajes de cobre y estaño. A pesar de ser éste un aspecto importante, no lo es menos la presencia de oligoelementos que, en muchas ocasiones, sirven para orientar sobre la procedencia del mineral utilizado. Llama la atención sobre todo la total ausencia del plomo en los análisis practicados, más aún cuando en ciertos filones aragoneses se detecta este polimetalismo natural, asociado a los cobres grises (Cu+As, Cu+Sb y Cu+As-FSb) y a la plata. Hay siete piezas con bismuto (Bi), un elemento poco habitual en los objetos analizados dentro del Proyecto de Arqueometalurgia, que puede ser una de las claves diferenciadoras de las relaciones objeto-mineral que estamos investigando. Este elemento puede encontrarse en la naturaleza asociado bien con As y Sb, bien con estaño, wolframio o molibdenita. En los anáhsis practicados casi siempre va vinculado al estaño. La paragénesis del bismuto se asocia a las menas de plata y cobalto, y con molibdenita, wolframita, casiterita y bismutina (Galán y Mirete, 1979:125). El níquel suele asociarse al cobre y plomo. En nuestro caso también el plomo sólo es detectado en las mineralizaciones y en los siete objetos que contienen níquel sin que se hayan detectado siquiera trazas de plomo. Encontramos la asociación cobre-níquel en la margen derecha del río Guadalaviar. P.,53, n.°2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lisis tan sólo tenemos una pieza con trazas de contener níquel. La asociación plomo-zincplata es muy habitual en la naturaleza donde, incluso, puede aparecer como intrusión de los minerales de cobre. En la zona de estudio, sin ser abundante, podemos encontrarla en Los Monegros cerca de menas de cobre-plomo o en asociaciones tipo cobre-plomo-zinc (Mapa 47, IGME, 1974). Lo mismo sucede en la zona de afloramientos situada en el margen derecho del río Huerva, en la confluencia de la Sierra del Cucalón y la Sierra de Herrera y en el margen derecho del río Aguasvivas (Mapa 40, IGME, 1974). Tras este estudio la interpretación de la evidencia metalúrgica en nuestra zona resulta más clara. Los minerales utilizados en el procesado podrían haberse obtenido perfectamente en la propia área, porque, como se ha demostrado, se observan las mismas asociaciones en los minerales que en los artefactos metálicos analizados. La contrastación de los datos obtenidos en los análisis de los objetos con la información metalogenética y de los minerales permite proponer las zonas de más probable extracción del mineral. Son las menas cercanas al río Jalón con asociaciones cobre-antimonio-plata y los filones de la Sierra de Albarracín y la zona del río Guadalaviar con asociaciones cobre-hierro, cobre-plata y cobre-plata-antimonio-arsénico. En cambio, por la clase de asociación que se da en Los Monegros, parece menos probable que los minerales extraídos procedieran de allí. El estudio tipológico se proponía averiguar cuáles eran las diferencias que se podrían llegar a percibir en las formas y composiciones de los artefactos metáhcos durante los períodos de la Edad del Bronce. A partir de un recuento global inicial de 93 objetos (59 metálicos y 34 moldes), establecimos una distribución, distinguiendo entre los propios objetos y sus moldes (Mohen y Balloud, 1987: 130 y ss), diferenciamos 12 tipos y además una categoría de indeterminados ya que su número es muy alto. Las hachas planas (15), las puntas pálmela (11) y las puntas de pedúnculo y aletas (13) son los tipos que más abundan en nuestra región, siempre relacionados con las actividades cinegética y guerrera. Más recientemente se ha empezado a pensar en la posibilidad de que, en concreto, las hachas fuesen objetos con un valor simbólico diferente del mero valor económico (Kristiansen, 1987: 74-85; Randsborg, 1979: 318). Es decir, que la posesión de estos objetos estaría en relación con el prestigio de los individuos y del grupo (Kristiansen, 1987: 79 y 83). Los restantes objetos representados son: cinco varillas, dos anillas, cuatro hachas con anillas, un cuchillo, un cincel y una alabarda. Clasificamos los objetos en dos subfases clásicas: 1.-Bronce Antiguo/Bronce Medio y 2.-Bronce Tardío/Bronce Final. Observamos que sobre 59 piezas predominan las hachas planas (11), las puntas pálmela (11) y los punzones,(9). Las puntas pálmela se asocian normalmente a Horizontes Campaniformes y Epicampaniformes, pareciendo tener su origen en el Caleolítico final y su desarrollo en el Bronce Inicial. No obstante, se han documentado en contextos mucho más recientes como en la Meseta Norte (Padilla de Abajo) en horizontes del Bronce Final (Rovira et alii, 1988: 269-270). Desde que Delibes (1977) clasificase en 3 grupos las puntas pálmela, se ha intentado dilucidar su técnica de fabricación. Según los autores mencionados, se aprecia a lo largo del tiempo un incremento en la aplicación del tratamiento térmico en la forja así como su disminución en las aleaciones broncíneas (Fig. 2 j). El grupo de las hachas planas parece tener relevancia en este período. Han aparecido por lo general de forma aislada y sin una estratigrafía definida en todo el Valle del Ebro (Pérez Arrondo y López de Calle, 1986:192). Las tipologías que hasta hoy hemos podido revisar las distinguen por su anchura, longitud, espesor y, por supuesto, la forma del filo. Los ejemplares por nosotros examinados tienen grosores considerables (entre 12 mm y 13 mm) y secciones rectangulares convexas. Las proporciones de cobre oscilan entre el 96% y el 99%, apreciándose normalmente un pequeño porcentaje de arsénico y en las dos de La Iglesuela del Cid de bismuto (0,029% y 0,275%). Hay un único cincel (Fig. 2 k) caracterizado por sus diminutas medidas en comparación con las demás hachas: 6,4 cm de longitud, 2,6 de anchura máxima y 1,2 cm de mínima. Este tipo de "hachitas" o "cinceles" parecen más propio del Bronce Medio. Debemos tener en cuenta que en este caso el anáHsis espectrográfico detectó un 7,53% de estaño. Uno de ellos (Manzanera, Teruel) decorado (Fig. 2 d) parece ser la reutilización de espada corta o puñal-espada tipológicamente perteneciente a un Bronce centroeuropeo (Briard y Verrón, 1976: fascículo II). Por otro lado, dos de ellos (el decorado y el hallado en Belchite) tienen dos remaches (Fig. 3 g). Se les ha vinculado con un posible origen centroeuropeo (Unetice-Cultura Rodaniana) o ibérico (Argar) (Pérez Arrondo y López de Calle, 1986: 177). El de Belchite parece un bronce pobre con un 4,92% de estaño, mientras que el de Albarracín contiene un 3% de arsénico. Asimismo, en la tercera campaña de excavaciones de El Castillo de Frías apareció un puñal de remaches completo. La descripción del mismo es: "...puñalito de bronce tipo triangular, con 3 remaches en la lengüeta..." Sin embargo, no lo hemos vuelto a ver mencionado o dibujado en otras publicaciones. Sin duda sería de gran interés su análisis en comparación con el fragmento de hoja que apareció en el nivel II de dicha excavación. La alabarda de La Partida de las Naves (Alloza, Teruel) apenas tiene impurezas (tan sólo un 0,20% de As). Las puntas pálmela son piezas de la metalurgia ibérica que perduran durante un amplio período de tiempo. Las que hemos estudiado tienen el pedúnculo de sección rectangular, lo que se asemeja más a los tipos mésetenos de Fuente-Olmedo (Valladolid) que a los salmantinos o Sorianos de sección oval (Delibes de Castro, 1977: 109). Esta forma oval de la sección del pedúnculo parece más evolucionada que las formas en lente. En el mismo valle del Ebro las de Sakulo (Navarra), Carrascoso (Zaragoza) y Corral Quemado (Luesia, Zaragoza) son buenos ejemplos paralelizables a los de nuestra zona (Pérez Arrondo y López de Calle, 1986:171). Bronce Tardío/Bronce Final Las puntas pedunculadas y con aletas son los tipos que más abundan, hallándose también en forma de moldes (2). De las cuatro puntas analizadas dos tenían una aleación de cobre y estaño con un porcentaje de 7,61% para la de Valdoria (Albalate del Arzobispo) y un 15,83% para la de Moncín de Borja. Las otras dos pertenecientes a Majaladares y Moncín (ambos de Borja) son de cobre con una proporción de arsénico de 0,64% y 0,80% respectivamente (Fig. 3 c,d,e,f). Hay un único puñal de dos remaches procedente de Moncín de Borja (Pérez Arrondo y López de Calle, 1986: 190). Se clasifica como puñal-lanza, a nuestro parecer, injustificadamente, ya que es de dimensiones más pequeñas y su morfología general y de la punta recuerda totalmente a los puñales y no a las lanzas. Los dos punzones también pertenecen a Moncín. Se clasifican como biapuntado y monoapuntado de sección cuadrada respectivamente. Finalmente, tenemos 2 hachas con apéndices, una con anillas y un molde perteneciente a un tipo similar a esta última. El hacha de talón y anillas es de Teruel, pero su procedencia es desconocida. Su composición (22,00% de estaño y 2% de plomo) parece adecuarse perfectamente a la tipología y composiciones típicas de las últimas etapas del Bronce Final. Las hachas de apéndices de El Castelillo de Alloza (13,83% de estaño) y de La Iglesia (Iglesuela del Cid) (20,89%) también pueden considerarse bronces de calidad. Por otra parte, el hallazgo de 21 moldes diversifica un poco la tipología, añadiendo varillas, anillas, y cuchillos. Los moldes pertenecientes a las varillas, anillas y algún indeterminado están depositados en el Taller de Arqueología de Alcañiz y se supone proceden de los yacimientos de Siriguarach y Cabezo del Cuervo. Valoración de la producción metalúrgica en el entorno meridional del Medio Ebro La producción metalúrgica aparece en el Sur de la Cuenca Media del Ebro durante el Calcolítico y sigue unos esquemas más o menos iguales hasta el llamado Bronce Medio, que es cuando se aprecia el inicio de un cambio. Pero, aun cuando la producción metalúrgica durante la Edad del Bronce aumenta considerablemente, no parece que las comunidades de este período dependiesen de ella. En el Bronce Antiguo y Medio, los tipos encontrados en el registro, herramientas-arma o armas (puñales, alabardas, punzones, hachas,...), parecen ser más un objeto de prestigio socio-ideológico, que un objeto necesario o imprescindible para la vida diaria. En el Bronce Final la diversificación y la proliferación de ciertos tipos hacen pensar en una pérdida de ese valor simbólico como consecuencia de esta generalización. Las poblaciones debieron conocer las técnicas y las ventajas de la producción metálica. Los recursos no eran muy abundantes, pero existían y eran conocidos, aunque no fuesen explotados de forma continua ni exhaustiva. Las causas son difíciles de determinar pero posiblemente no les era necesario, ya que eran poblaciones tan arraigadas en tradiciones eneolíticas que no habían entrado aún en la dinámica de explotación de mineral y producción masiva. Algunos investigadores han sugerido que esta zona adolecía durante la Edad del Bronce de un retraso tecnológico respecto a otras regiones situadas tanto en la Meseta Sur como en el Sureste. A mi juicio, no puede considerarse que las comunidades del Sur del Medio Ebro estuvieran sumidas en un "atraso". Estas poblaciones parecen conocer (a tenor de los vestigios estudiados) la tecnología extractiva, de procesado y producción, desde un momento bastante temprano. De vez en cuando la apHcan, pero no se decantan por una producción mayoritaria. Creo que lo que sería sensato pensar es que estas comunidades tuvieron en cuenta el coste de extracción y producción en relación con las ventajas que iban a obtener. Harrison (1994: 90) plantea que el nivel de producción e intercambio alcanzado no fue como para considerar que existieron grupos de artesanos especialistas o de metalurgistas a "tiempo completo", apuntando más hacia la existencia de una producción a escala doméstica. Nuestras evidencias, lamentablemente, no son lo suficientemente elocuentes como para poder hablar de los "talleres de metalurgistas" propuestos para otras zonas. Advertimos un modo y escala de la producción destinado exclusivamente a satisfacer la demanda interna, con independencia de que existiera una red de intercambios de productos de mejor factura. En este punto deberíamos pararnos a pensar si hubo la suficiente demanda de aquellos objetos como para que se produjese una oferta. Hablar de oferta y demanda no siempre implica parámetros comerciales o económicos. La demanda de ciertos materiales y objetos puede producirse por motivos de prestigio o competencia (Shçnnan, 1989). Normalmente se compite por un bien cuando este es escaso o confiere prestigio. La reutilización de alguno de los objetos que hemos analizado hace pensar que la amortización del metal era necesaria, es decir, que el metal no era abundante al menos en forma de aleación elaborada. Esta misma amortización nos está exponiendo claramente la existencia de una demanda sin una oferta suficiente para atenderla. A tenor de esto se distingue: a. una demanda de objetos vahosos bien por su calidad, bien por el prestigio que conlleva poseerlos, b. una producción de objetos de menor calidad y con menores connotaciones simbólicas. Un total de 94 objetos repartidos entre yacimientos de los tres subperíodos no parece ser un número elevado cuando hay unos 150 yacimientos de la Edad del Bronce localizados en la zona. De los 34 yacimientos analizados con elementos relacionados con la metalurgia, 21 pertenecen al período comprendido entre el Bronce Antiguo-Bronce Medio y 13 al Bronce Final. No todos han sido excavados y la superficie de los que sí lo han sido se puede estimar sólo en un 5-10%. En los prospectados no tenemos datos del tipo de prospección que se llevó a cabo ni de la superficie prospectada, aunque de algunos sí se da noticia de que se llevaron a cabo catas. El Castillo de Frías de Albarracín (Teruel) cuenta con el número mayor de hallazgos en una misma etapa del grupo más anti- guo (Teruel): una punta de puñal, un puñalito completo, 3 punzones y un hallazgo suelto de hacha plana. En el más reciente ese lugar corresponde a Moncín de Borja (Zaragoza) con 5 puntas de flecha, 2 punzones, fragmentos de alambre y una hoja de afeitar. VALORACIÓN ECONÓMICA Y CULTURAL La muestra que hemos manejado es muy reducida, por ello las conclusiones que se pueden plantear sobre aspectos como el impacto medioambiental, las comunicaciones, o la función y papel de los metalurgistas en el contexto socioeconómico, tan sólo pueden ser tratados de forma tentativa. La futura aplicabilidad de nuestro modelo dependerá de la ampliación del bagaje de nuestros datos. A tenor de lo expuesto y ciñéndonos a los datos manejados se pueden plantear las siguientes conclusiones: L-Que existen evidencias para afirmar que hubo actividades de extracción local de mineral de cobre en la época que tratamos y que su ejemplo es La Loma de la Tejería, Teruel; 2.-Además hubo un procesado del mineral y una producción local de objetos que se puede confirmar a partir de la comparación de los análisis de los minerales y de los objetos metálicos y del hallazgo de vasijas-horno/crisoles y moldes; 3.-A pesar de esto, el hallazgo de diferentes piezas metálicas de morfología centroeuropea parece establecer que hubo contactos que conllevaron la importación de artefactos con una composición y una manufactura diferente y, en muchos casos superior; 4.-La producción local debió de darse a escala doméstica, ya que en los yacimientos, por ahora, no se han encontrado vestigios de zonas especializadas en el procesado o la producción metalúrgica; 5.-El peso económico de las actividades metalúrgicas debió de ser bastante escaso en un principio, apareciendo quizás más como una actividad de prestigio que, llegando el final de la Edad del Bronce, iría modificando su importancia económica y social, así como ampliando la producción de los objetos, diversificándola y estandarizándola; 6.-A su vez la composición quí-mica y la tecnotipología de los artefactos metálicos analizados nos ha permitido definir dos períodos en la producción metalúrgica: el del Bronce Antiguo /Medio y el del Bronce Tardío/Final. Con respecto a la función económica y social que pudieron representar los metalurgistas en el Sur de la Cuenca Media del Ebro tampoco se puede aventurar demasiado. Por los datos que tenemos: A. La metalurgia local no requeriría especialistas a tiempo completo, aunque los metalurgistas conocieran unas técnicas y supieran desarrollarlas cuando les fuere requerido. B. Tampoco parece que durante la Edad del Bronce, la producción metalúrgica fuera ni industrial ni estandarizada, sin que ello excluya la presencia de tipos semejantes en diferentes yacimientos. C. Quizás este conocimiento tecnológico les acercase al poder, pero con los d^tos que hasta el momento hemos manejado no es posible determinar que esta situación se diera. D. Probablemente las mismas comunidades que extraían el cobre eran las que posteriormente lo procesaban y producían, mientras que el estaño podría proceder de alguna clase de intercambio/transacción, ya que por ahora no se conocen menas cercanas (2). Arqueología Aragonesa, 12: 90-93. -(1992)b: "Excavaciones arqueológicas en "Siete Cabezos' (Magallón, Zaragoza)". (2) Este artículo es parte de la Memoria de Licenciatura que se presentó el 29-V-1996 en el Departamento de Prehistoria de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Debo agradecer a Gonzalo Ruíz Zapatero, Catedrático de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid, la dirección de este trabajo y su apoyo y ánimo para que se publicase. A Ignacio Montero Ruíz, miembro del Departamento de Prehistoria del Centro de Estudios Históricos del CSIC, le estoy muy agradecida por sus comentarios tan pertinentes sobre la publicación de este artículo y, por su ayuda en general. Debo mencionar del mismo modo a las personas que en algún momento me han brindado su ayuda como M.''' Dolores Fernández-Posse, Concepción Martín, Salvador Rovira, y a los miembros del Departamento de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza. Toda responsabilidad sobre el contenido del artículo revierte en mi persona.
A partir de un análisis del comercio y de las secuencias cronológicas de la Península Ibérica y el área Chipro-Filistea durante parte del Bronce Final (1150-950 AC), se puede reconocer en los territorios más periféricos del Mediterráneo Oriental, la presencia de, al menos, algunas exportaciones de productos manufacturados como asadores articulados y fíbulas de codo tipo Huelva y de importaciones de vasos metálicos. Dichos productos aparecen en pequeños depósitos (Berzocana, España) o enterramientos (Amathus, Chipre) asociados a miembros de las élites dirigentes, insinuando un intercambio de regalos para establecer lazos comerciales. Se evalúan las implicaciones históricas y económicas que incentivaron dicho comercio. La existencia de supuestas relaciones comerciales entre Chipre y la Península Ibérica es un tema clásico en la bibliografía, y tiene su fundamento en el estudio de Almagro Basch (1940) del depósito de la ría de Huelva, donde las fíbulas de codo, que comienzan a denominarse entonces tipo Huelva, serán integradas dentro del grupo de las fíbulas de codo chipriotas distribuidas en distintos puntos del Mediterráneo. En España, este tipo de fíbula se ha considerado siempre chipriota incluso durante los últimos años, en los que el paradigma autoctonista ha sido el predominante. Mayor prudencia ha existido respecto a la recepción de asadores articulados (Almagro Gorbea, 1974) y vasos metálicos (Schauer, 1983). El objetivo de este trabajo es aportar una revisión del tema y plantear que en buena parte de estos artefactos, su procedencia responde tanto a una ruta Oeste-Este, como a otra Este-Oeste que atraviesa ambos extremos del Mediterráneo. No hay por qué interpretarla necesariamente de forma unidireccional, como siempre se ha venido afirmando desde las premisas de ex oriente lux, sino inserta dentro de un tráfico en el que participarían tanto productos orientales como otros procedentes de talleres atlánticos. La segunda meta que perseguimos es incidir sobre el argumento de la precolonización fenicia. Tradicionalmente,:ésta se ha estado enfocando como un proceso de acumulación de evidencias, más o menos dudosas, a fin de rellenar el desfase arqueológico entre las primeras colonias fenicias y la supuesta fundación histórica de Cádiz. Nuestro propósito es demostrar que estos contactos se encuadran en un proceso lógico y continuado de intercambios a lo largo del Mediterráneo. En tercer lugar, tratamos de analizar el área geográfica Sirio-Palestino-Chipriota, que ha sido defendida por Almagro Gorbea (1989Gorbea (: T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 283) como la región de procedencia de navegaciones precoloniales unidireccionales hacia Tartessos, lo que permitiría individualizar una fase de aculturación protoorientalizante en la Península Ibérica simultáneamente a la arribada de artefactos aportados por un comercio de lujo para las élites. Nuestro propósito es aproximarnos a la dinámica interna de dicha región del Mediterráneo Oriental para tratar de integrar estos intercambios dentro de un marco histórico con motivaciones comerciales concretas e intercambios en ambas direcciones, siguiendo las premisas del análisis de los Sistemas Mundiales Antiguos (Mederos, 1995:139-140). EL MARCO CRONOLÓGICO DE LOS INTERCAMBIOS Dentro de los objetivos de este análisis, las dataciones claves son las asignadas a las fíbulas tipo Huelva en la serie de fechas del depósito onubense y las fíbulas de codo procedentes de La Requejada y del Cerro de la Mora (Tabla 1). El depósito de Huelva cuenta con una notable serie de determinaciones, con valores medios entre ca. El problema de esta última atribución es que la sección del mango que presenta Ruiz-Gálvez es plana y no existe la nervadura central hasta el inicio del puño de las espadas tipo Huelva, por no hablar de los calados laterales que casi siempre caracterizan la guarda y casi tocan la nervadura central (p.e. No obstante, teniendo en cuenta la homogeneidad de la serie dataciones de C^^, preferimos tomarlas como representativas del momento de transición entre la metalurgia tipo Huelva, Bronce Final IIIA, y la metalurgia tipo Vénat, representada por las puntas de lanza que marcarían el inicio del Bronce Final IIIB. El depósito de Huelva suele tomarse tradicionalmente por la cantidad de artefactos metálicos documentados, como representativo del comienzo del Bronce Final III, escogiéndose las espadas y fíbulas de codo tipo Huelva como sus artefactos más emblemáticos, fechándose en la primera mitad del siglo IX a.C, en comparación con la metalurgia tipo Vénat que usualmente ha sido asignada a fines del siglo VIII y todo el siglo VII a.C, o sea 825-700 a.C. El segundo punto de referencia es La Requejada, donde la presencia de varias leznas y de un "puñal-alabarda" tipo Vale do Carvalho "hubiera dado pie a interpretarlo como una estación del Bronce Pleno de no mediar el descubrimiento de una fíbula de codo formando parte del enterramiento" (Delibes y Fernández Manzano, 1991: 208). No obstante, recientemente se ha ido admitiendo la datación más antigua, pues ahora la sepultura es "inexcusablemente" del inicio del siglo X a.C. (Delibes y Fernández Manzano, 1991: 208), lo cual es un punto intermedio entre el 1010 a.C. y el 870 a.C. Desde nuestro punto de vista, la desviación estándar de la determinación 870 ± 150 a.C. resulta más elevada que la datación más antigua, 1010 ± 95 a.C, que a nosotros nos parece más fiable, ca. Tal vez influyó que la primera procede de los huesos del esqueleto 3 y la segunda de un hogar exterior a la sepultura. Pero la presencia en dicho hogar de fragmentos de cerámica decorada de un vaso, que se encuentran también en el relleno de la sepultura donde apareció la fíbula de codo, indica la potencial vahdez de esta segunda determinación. Si por el contrario optamos por la segunda determinación de La Requejada y utilizamos dataciones calibradas, entonces la fíbula de codo tipo Huelva de San Román de la Hornija sirve para fijar la presencia de las mismas hacia ca. Consecuentemente, si se quiere seguir manteniendo la asociación espadas y fíbulas tipo Huelva como indicativa de los inicios del Bronce Final III, ello implicaría que dicho periodo ya habría comenzado hacia ca. Téngase en cuenta que si optásemos por escoger las fechas de Huelva como el inicio del Bronce Final III, ca. 950 AC, sólo nos quedarían unos 100 años de desarrollo de la metalurgia tipo Huelva y tipo Vénat, previo a la llegada de los fenicios a Morro de Mezquitilla, que en la fase A-Bl dan fechas ca. La del Cerro de la Miel, 1516 (1265) 926 AC, parece resultar demasiado alta ya que tradicionalmente se le ha asignado una cronología del Bronce Final III, mientras la fecha indica un riiomento del Bronce Final IL Sin embargo, al proceder de un poste de cabana, es posible que la madera esté datando un momento previo. Consecuentemente, la serie de Huelva debe datar más o menos el momento final del Bronce Final IIIA, y su transición con la metalurgia tipo Vénat del Bronce Final IIIB, ca. 950 AC, mientras que la fíbula de San Román marcaría el inicio del Bronce Final IIC, tipo Hío-Baioes, ca. 1150 AC, estrechamente relacionada con el Bronce Final IIIA tipo Huelva (Tabla 2). INDICIOS DE TRAFICO CON EL MEDITERRÁNEO ORIENTAL Dentro del registro arqueológico de la Península Ibérica contamos con algunos artefactos, como las fíbulas de codo tipo Huelva, los asadores articulados y un vaso metálico que pudieron haber sido objeto de intercambio comercial durante el Bronce Final Atlántico con uno o varios puntos del Mediterráneo Oriental. Fíbulas de codo tipo Huelva Distribución de las fíbulas de codo tipo Huelva en el Mediterráneo. Posiblemente de Kition procede otro (Buchholz, 1986). Finalmente, un tercer ejemplar fue recientemente localizado en la sepultura n° 523 de Amathus (Karageorghis, 1987), asignable al Protogeométrico o Geométrico Chipriota I, ca. En la última revisión de las fíbulas chipriotas, Buchholz (1986: 229-231, fig. 9) considera a la fíbulas tipo Huelva dentro de su grupo más antiguo, del que derivarían todos los demás ejemplares chipriotas, fechándolo ca. 1200-700 AC, modelo teórico a nivel tipológico y cronológico aún por contrastar adecuadamente. Lo Schiavo (1991: 220) opta por mantener un criterio algo más escéptico considerando al tipo Huelva como "aparentemente" chipriota, ya que podría tratarse de un tipo local imitando el gusto chipriota y sicihano (Lo Schiavo, 1993: 501). Uno de los principales problemas que ha existido al caracterizar estas fíbulas ha sido las genéricas atribuciones como tipo Huelva dadas por Almagro Basch en mapas, sin una adecuada caracterización interna de su morfología e indicación concreta de donde ha obtenido la referencia para otorgarle dicha asignación. Si observamos las listas aportadas por Almagro Basch (1957-58: 200, fig. 3 y 1966: 185, fig. 72), se aprecia que, junto al tipo XIII-14 de BHnkenberg que incluía sólo la fíbula chipriota de Kourion, Almagro Basch añade el tipo XIII-15 que corresponde a modelos más evolucionados. Otras fíbulas de Palestina que aparecen nuevas en su segundo mapa (Almagro Basch, 1966: fig 72) como Samaria, Gezer y Tell el-Mutesellim son del tipo desarrollado que toma de Birmingham (1963: 101), con la matización además de que Tell el-Mutesellim está repetida, pues es la actual denominación Megiddo. Recientemente, por segunda vez, los tipos XIII-14 y XIII-15 de Blinkenberg y los ejemplos palestinos ya citados son agrupadas por T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Coffyn (1985: 155, carte 24; Coffyn y Sien, 1993: 310, carte 5) como si se tratara del mismo tipo de fíbula, planteamiento que no compartimos y da una visión distorsionada de su distribución real. Desde nuestro punto de vista, la fíbula de codo tipo Huelva es un tipo fabricado en la Península Ibérica, que tiene una distribución concentrada en dos regiones, la Meseta Norte a ambas márgenes del Valle Alto y Medio del Duero y Andalucía Oriental (Tabla 3; Fig. 1). Esta fíbula se encuentra datada en La Requejada, ca. 1150 AC, en un contexto cerrado, y mientras no se documenten evidencias precisas en contextos claros de Chipre o Italia, no existen argumentos para presuponer una procedencia oriental, y sí al contrario, presumir un posible origen occidental para las tres fíbulas chipriotas. En todo caso debe quedar claro que entre las fíbulas tipo Huelva de la Península Ibérica existen matices diferenciales. Así, el ejemplar del Cerro de la Miel está elaborado con dos piezas remachadas (Carrasco et alii, 1985: 298) y por su decoración se aproxima particularmente a la fíbula de La Requejada, en contraposición con las procedentes de Huelva que parecen elaboradas en una sola pieza. La coincidencia formal entre los ejemplares más antiguos y macizos está reafirmada por la mayor antigüedad de las dataciones de sus contextos. Finalmente, la fíbula de Samaria-Sebaste nivel III (Crowfoot et alii, 1957), es correlacionable con Megido III, ca. 810-790 AC La presencia del ejemplar de Megiddo fue resaltada en su momento por Hencken (1956: 213-215), considerando que de él derivarían las fíbulas de codo sicihanas tipo Pantáhca II y las de codo tipo Huelva de Chipre y la Península Ibérica. Esta hipótesis pierde su vaHdez cuando trabajamos con cronologías calibradas, pues frente al ca. Además, desde la muerte de Salomón, ca. 931-922 AC, contamos con unas listas detalladas de cada monarca en Israel y Judea por lo que resulta difícil que en un futuro la cronología de Megiddo VA pueda retrotraerse demasiado. Un asador articulado procedente de la sepultura en cámara rf 523 de Amathus en Chipre (Karageorghis y Lo Schiavo, 1989: 16) se fecha hacia ca. 1000 AC El resto del ajuar de la sepultura se extiende (Karageorghis, 1987: 719, nota 98) entre el Protogeométrico o Geométrico Chipriota 1,1050-950 AC, y el Chipriota Arcaico I, 750-600 AC, ya que hay una reutilización, y aunque Karageorghis encuadra el asador en el Geométrico Chipriota I, duda si pertenecerá a la inhumación más reciente. Por otra parte, hay que tener presente que no necesariamente la pieza se hubo de depositar a su arribada a Chipre, con lo que la cronología del momento de su fabricación aún podría ser más antigua que la primera fase de utilización de la tumba. Un dato llamativo del carácter exógeno de una pieza de estas características en Chipre es que Karageorghis (1987: 719), en su publicación preliminar, reconoce que no ha podido identificar el tipo de artefacto al que correspondería pese a conservarse casi completo. A. Coffyn y H. Sion (1993: 287) advierten que la barra doblada en forma de U, habitualmente móvil, aquí parece maciza, lo que le da un matiz diferencial a la pieza, aunque señalan los problemas de corrosión que presenta. Su mal estado de conservación en ese sector dificulta su valoración y resulta desalentador el di- bujo, tanto del engarce del pivote móvil dentro de la barra del asador como de la unión de la barra doblada en forma de U, aunque se nos ofrece una reconstrucción del modelo. En todo caso, el pomo semicircular acabado en una anilla cilindrica, la punta, el pivote móvil y el arranque de un motivo decorativo en el lado opuesto de la barra doblada en forma de U responden al tipo habitual. Algunos autores como Burgess (1991: 40) consideran que los asadores articulados y los calderos con remaches proceden de Gran SU producción en regiones diferentes, aunque dado SU excepcionalidad, sólo veinte ejemplares conocidos, diez de ellos en la Península Ibérica, es obvio que hubo de existir una producción limitada a uno o pocos centros. Las similitudes que Lo Schiavo (1991: 216) encuentra entre los ejemplares de Grotte Pirosu y El Berrueco favorecen propugnar una procedencia ibérica para los ejemplares de Cerdeña. Quizás otro tanto suceda con el de Amathus. La cronología de los asadores articulados resulta problemática por la falta de contextos adecuados. Los del Berrueco y Monte da Costa carecen de datos al respecto. Los de Serra da Alvaiázere van acompañados por hachas unifaciales con una anilla, las cuales también aparecen en el depósito de N.S. da Guia de Baioes, junto a hoces de enmangue tubular, e indican para ambos casos una posible cronología dentro del Bronce Final IIC entre el 1150-1050 AC. Una presumible procedencia oriental cabe asignar al cuenco metálico del depósito de Berzocana (Cáceres) dado lo excepcional de su presencia en la Península Ibérica. Otros investigadores, por el contrario, encontraron paralelos centroeuropeos, hacia mediados del siglo VIII a.C. (Almagro Basch, 1967y 1969: 276), hipótesis que no ha gozado de aceptación. En un punto intermedio. Almagro Gorbea (1977: 29, 244) magro Gorbea, 1989: 283) se inclina hacia el año 1000 a.C. Esta orientación hacia referentes egipciopalestinos y una cronología antigua del siglo XII a.C. es desarrollada por Schauer (1983: 179, 182), quien plantea la presencia de este tipo de recipientes tanto en Palestina entre los siglos XV-XI a.C, coetáneos al Imperio Nuevo, dinastías XVIII-XX (1550-1070 a.C), como en Chipre, Hala Sultan Tekké (Chipriota Final IIIAl), Amathus sep. 6/8 (Protogeométrico) y Lapithos sep. Amathus y Lapithos también son los ejemplos tomados por Niemeyer (1984: 8-9) para apoyar la procedencia chipriota del recipiente de Berzocana, asignándolos a los siglos XIV-XII a.C, al igual que Alvar (1988: 434) y Burgess (1991: 26). 45-47) y Malassis (Berry) (Briard et alii, 1969: 37) a los que otorga una cronología de los siglos XIII-XII a.C. y Burgess (1991: 27) retrae estas fechas a los siglos XIV-XIII a.C. resaltando que la decoración incisa repite los motivos característicos de los brazaletes del Bronce Medio II Bretón tipo Bignan (Briard, 1965), los cuales se concentran en Francia (Briard et alii, 1969: 65) y el extremo sureste de Inglaterra (Rowlands, 1971:195, fig. 4). Por nuestra parte queremos propugnar una tesis diferente a partir de su distribución (Tabla 5; Fig. 3). Los recipientes metálicos presentes en la Península Ibérica, concretamente los del depósito de Baioes que son los únicos ejempla- Los ejemplares de Cerdeña, al igual que algún fragmento de asa no tratado aquí, se concentran en la mitad oriental de la isla alrededor de Nuoro, tal como sucede con las espadas pistiliformes del Bronce Final II, en conexión con las corrientes marinas que facilitan el acceso a la isla desde Italia. Según Lo Schiavo et alii (1985: 32-33) cabe atribuirles una manufactura local y cronologías recientes, muy del final de la Edad del Bronce, lo que equivaldría a un momento ya avanzado del Nurágico III. Los recipientes de Sicilia se distribuyen también en la prolongación de la corriente marina que desciende desde la mitad oriental de Cerdeña hacia el Sur de Sicilia, a lo largo de la costa sur y sureste. L. Vagnetti (1968), para el de Monte San Vincenzo, y Lo Schiavo et alii (1985: 32, 62) se incUnan por referentes chipriotas del siglo XIII AC, o lo que es lo mismo, del Chipriota Final IIC. Además, el patrón de deposición resulta aquí diferente a los ejemplos de la Península Ibérica, ya que tienden a localizarse dentro de ajuares en sepulturas y no en depósitos metálicos (Tabla 5). No obstante, sería deseable que se publicasen dibujos adecuados con secciones para pronunciarse con ciertas garantías sobre estos paralelos. Respecto al cuenco de Berzocana, habría que valorar los torques de oro macizos con decoración incisa, los cuales se reparten en diez casos en la Península Ibérica (Coffyn, 1985: 129, carte 15), frente a tres en el noroeste de Francia, dos en Bretaña, uno en el Pays de la Loire y dos en la región del sureste de Inglaterra. En la Bretaña francesa, serían asignables a un Bronce Final I, que podríamos correlacionar con un Bronce Final IC, circa 1425-1325/1300 AC de la Península Ibérica. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, dado el valor intrínseco de los mismos, puede esperarse un prolongado uso previo de dichos torques hasta su deposición. Un dato favorable para fechar el cuenco metálico de Berzocana en el Bronce Final IIIA, ca. Sus dimensiones, 15.1 cms. de diámetro máximo y 3.4 cms, de altura, se corresponden bien con el de Berzocana, 17 cms. de diámetro máximo y 4 cms. de altura. La sugerencia de Almagro Gorbea (1977: 24, 244) de que los dos agujeros se corresponderían con un asa perdida, creemos que podría interpretarse de forma diferente: como un lañado para reparar una fractura. Si se depositó con sólo dos torques de oro es presumible que su posesión fuera considerada valiosa. En favor de esta idea puede argüirse que ambas perforaciones no se disponen simétricamente y que una de las fracturas actuales está entre ambas perforaciones. El ejemplar chipriota posee además el borde convergente marcado -del que carece el de Lapithos sep. 409, referente esgrimido por Schauer (1983) Una cuestión diferente es atribuir necesariamente estos recipientes a la metalurgia chipriota a falta de análisis de procedencia. 50/270-271) ambos con diámetros de 15 cms., pero en las publicaciones originales encontramos varios más con una cronología relativamente amplia (Tabla 6). Lo interesante es que se trata de una forma que se distribuye en un marco temporal relativamente restringido, entre la dinastía XIX y comienzos de la XXI, ca. 1307-1050 AC, lo cual se correlaciona mejor con una fecha del Bronce Final IC para los torques de oro, ya que parecen ser los precedentes y coetáneos de los cuencos chipriotas y de Berzocana. En este sentido, algún autor como Fritchard (1968: 100, 109), apoyándose en lo espectaculares que resultan, en ocasiones, los hallazgos de vasos metáHcos en Palestina y el valle del Jordán, y en las evidencias de trabajo metalúrgico en algún yacimiento, plantea que el área central del Jordán funcionó como un gran centro de metalurgia del bronce durante el Hierro I en Palestina, periodo equivalente al Chipriota Final IIIC. Busca apoyos a su hipótesis en Samuel (XIII) quien comenta que ca. 1025-1000 AC los filisteos tenían el monopolio de la fabricación de útiles de metal y que todos los israelitas dependían de ellos para proveerse de los mismos. LOS CONTACTOS LEVANTINO-CHIPRIOTAS CON EL MEDITERRÁNEO CENTRAL Y OCCIDENTAL Actualmente no podemos determinar quién aportó los artefactos importados presentes en ambas orillas del Mediterráneo, bien embarcaciones de áreas del Mediterráneo Occidental, bien alguna procedente del Mediterráneo Central, caso de Cerdeña o Sur de Italia, o quizás una embarcación chipriota en el viaje de retorno, sin entrar en hipótesis meramente especulativas hasta que algún pecio nos dé información indicativa en este sentido. No obstante, lo primero que debemos tratar de definir es si se trata de productos llegados a lo largo de todo el Bronce Final o concentrados particularmente en unos periodos relativamente concretos, que nosotros situamos entre el Bronce Final IIC, y con más intensidad en el BFIIIA tipo Huelva, coetáneo con el Chipriota Final IIIBl-IIIB2 y el Protogeométrico o Geométrico Chipriota 1,1150-950 AC (Tabla 7). Las fíbulas tipo Huelva parecen estar presentes durante todo este periodo en la Península Ibérica, si nos atenemos a las dataciones de San Román de la Hornija, ca. La fíbula de codo tipo Huelva en Megiddo también tiende hacia fechas recientes, ca. Para los asadores articulados suelen faltar buenas asociaciones, sin embargo, se dan datos interesantes en los ejemplares del Bronce Final Atlántico en la Península Ibérica. En Serra de Alvaiázere, los cinco ejemplares están acompañados por hachas unifaciales con una anilla. Otro tanto sucede en N.S. da Guía, Baioes, donde junto al asador articulado, contamos con moldes y hachas unifaciales de una anilla que podrían corresponderse con el Bronce Final IIC-IIIA, 1150-950 AC, con una posible reutilización o continuidad de las hachas de talón con dos anillas. El ejemplar chipriota de Amathus del Protogeométrico o Geométrico Chipriota I, 1050-950 AC, concuerda con las cronologías de Huelva. Finalmente, en el depósito de Berzocana, los torques tienden a dar una cronología antigua pero, si nos atenemos a los paralelos chipriotas del cuenco metálico, particulamente los de Amathus sep. En suma, será durante el Bronce Final IIIA tipo Huelva y el Protogeométrico chipriota, ca. 1050-950 AC, cuando creemos que este tipo de relaciones se intensifican en ambas direcciones, y no es preciso remitirse exclusivamente al asador articulado de Amathus, como la evidencia más antigua de un renovado interés de comunidades del Mediterráneo Oriental por la Península Ibérica, tras un supuesto paréntesis comercial de un siglo en el Mediterráneo Central y Oriental (Burgess, 1991: 34, 36). Cabe plantearse, entonces, si en tales fechas se dieron unas condiciones especialmente favorables para este tipo de intercambios (Tabla 8). El comercio chipriota tras alcanzar su cénit en el Chipriota Final IIA, durante el Chipriota Final IIB, ca. Al finalizar el Chipriota Final IIC, ca. Regiones naturales que han sido prospectadas sistemáti-camente muestran la ausencia de habitats tras dicho periodo, caso de los valles de Vasilikos y Maroni (Todd y South, 1992: 203) o el de Alykps (Webb y Frankel, 1994: 20) en el sur de la isla. Poblados fortificados característicos de este último periodo como Maa-Palaeokastro, Pyla-Kokkinokremos, Lara o Sinda (Karageorghis, 1982: 713,723) son también abandonados. Algunos autores lo interpretan como fruto del final de la demanda de cobre chipriota por el colapso producido en el Mediterráneo Oriental a raíz de la presencia de los Pueblos del Mar (Webb y Frankel, 1994: 21). La tesis tradicional, sin embargo, ha defendido que tras la destrucción de algunas poblaciones por los Pueblos del Mar, se produjo una arribada de pobladores micénicos a la isla de Chipre, apoyándose particularmente en la historia de Agapenor, Hder de los Arcadios, recogida por Pausanias (VIII, 5, 2) (Gjerstad, 1944: 107-112, 123). Esta hipótesis sólo ha sido seriamente rechazada por Cook (1988: 14) quien, frente a la supuesta implantación de micénicos empujados por los dorios, reconoce mayores evidencias en el registro material que conectan con el Próximo Oriente. Lo paradójico es que el fósil director que se emplea para detectar a estos supuestos egeos micénicos en Chipre, la cerámica del Heládico Final IIIC: lb, es el misma que se utiliza en el Levante para documentar la arribada de los fiüsteos, tal como apunta correctamente Mazar (1985: 105). Este ejemplo demuestra las potenciales incongruencias de dos líneas de investigación en regiones vecinas las cuales, a fin de buscar una ratificación arqueológica de dos tradiciones literarias sobre hipotéticas coionizaciones, prefieren ignorarse mutuamente en este punto crucial. La cuestión es que durante el Chipriota Final IIIB (lacovou, 1989: 54), ca. 1150-1050 AC, hay un completo cambio de los patrones de asentamiento, continuando habitados sólo dos grandes habitats, Kition en el Sureste y Palaepaphos en el Sur, mientras surgen nuevos núcleos de habitación. Del mismo modo, las necrópolis que habían sido reutilizadas entre el Chipriota Final I-IIIA son abandonadas utilizándose un nuevo tipo de sepultura, la tumba artificial con corredor. Finalmente en el Protogeométrico o Geométrico Chipriota I, ca. 1050-950 AC, la evidencia indica que, frente a un mínimo número de importaciones egeas en Chipre con sólo tres vasos cerámicos del Heládico Final IIIC -Kaloriziki sep. Entre ella destacan las jarras "cananitas", indicativas de la continuidad de los lazos con el Levante, ya que en el puerto de Hala Sultan Tekke, durante el Chipriota Final IIIAl (Âstrôm, 1991: 150) antes de su destrucción, eran la forma cerámica más abundante. Otras jarras de Kition procedían de Ashdod en Palestina (Gunneweg et alii, 1987: 169-171), una de las áreas donde posteriormente se asentarán primero los filisteos. Asumiendo que Chipre se mueve en la órbita económica de las ciudades costeras del Levante en el periodo que nos interesa del Bronce Final IIIA Atlántico de la Península Ibérica, la cuestión es cuál sería la región litoral dominante del Mediterráneo Oriental. Alguno de los antiguos grandes núcleos urbanos costeros septentrionales como Biblos mostraba signos de recesión desde finales del Imperio Nuevo (Albright, 1950: 165). Mientras otros, caso de Ugarit, habían sido destruidos aparentemente por los Pueblos del Mar. Ello sólo nos deja dos alternativas: el núcleo fenicio, Sidón y Tiro, alrededor del actual Líbano o los fihsteos en Palestina. Si combinamos las referencias históricas con los datos arqueológicos claves que disponemos, se advierte que hacia 1050 AC los fihsteos derrotan militarmente a los israelitas en Ebenezer (Izbet Sartah) y se extienden hacia la Judea central. Por otra parte, el puerto de Dor, habitado por otro de los denominados Pueblos del Mar, los Sikuh-Sikilo-Sekel, que entonces con Sidón era uno de los dos puertos más importantes del Levante, presenta a partir del 1050 AC, estrato IX, un notable número de cerámicas Pintadas Blancas I del Chipriota Final me (Stern, 1993: 331-332). Éstas ponen en evidencia que la ruptura de los lazos comerciales con Chipre se circunscribe al 1150-1050 AC, el Chipriota Final IIIB, y nos indican la primacía de los filisteos, claramente al menos hasta ca. 1000 AC, los cuales, aparentemente, además están cooperando con los sidonios de acuerdo con varias alusiones presentes en el Antiguo Testamento. En los cincuenta años posteriores, sin embargo, se van a producir una serie de rápidos cambios que afectarán al mapa político de la región. Inicialmente, la caída de dos colonias asirlas cerca de Carchemish durante el reino de Ashur-rabi II (1012-972 AC) en manos de un rey arameo cortará los lazos entre Asirla y el Mediterráneo (Ikeda, 1982: 233). Este hecho, que sucedió bajo el mandato del rey David en Israel (1000-961 AC) (Albright, 1950:174), va a coincidir con el inicio de una nueva dinastía en Tiro, cuyo primer monarca, Abibaal {ca. 975 AC, sellando entonces Abibaal una presumible alianza con David para romper la hegemonía marítima y terrestre filistea (com. pers. de Albright a Katzenstein, 1973: 75). Todo ello será posible aprovechando los problemas de Asirla en su enfrentamiento con los árameos {vide supra) y los problemas internos en Egipto durante el III Periodo Intermedio, con una serie de faraones débiles durante la XXI dinastía, como Amenemope (993-984 AC) y Osorkón I (984-978 AC), que se verán afectados por la fractura del país entre el reino de Tanis en el norte y una teocracia en Tebas que controlará las regiones meridionales. A partir de entonces, con la alianza de Hiram I y Salomón, se abre una nueva etapa que supera los límites de este trabajo. Sin embargo, es importante señalar que ya en tiempos de Abibaal, padre de Hiram I, aparentemente la ciudad chipriota de Kition será conquistada, e Hiram posteriormente dirigirá una expedición contra la misma por negarse a pagar tributo a Tiro (Katzenstein, 1973: 84). De acuerdo con los puntos ya mencionados, para el periodo entre ca. 1050-1000 AC, que probablemente les otorgó ventaja en el comercio hacia el Mediterráneo Occidental aprovechando rutas entonces menos transitadas tras los problemas comerciales en el Mediterráneo Oriental durante el periodo de las invasiones de los Pueblos del Mar, ca. En la segunda parte de este periodo, ca. 1000-950 AC, la situación adquirirá mayor complejidad con una presumible coexistencia y rivalidad entre los filisteos y los tirios por el control de las rutas comerciales a larga distancia, rivahdad que probablemente afectó también al comercio y control de ciudades chipriotas. Cabe entonces plantear la hipótesis de que en este último momento se va a producir en Chipre la coexistencia de una influencia filistea en la actual región de Limasol, bahías de Episkopi (Kourion) y Akrotiri (Amathus), y una influencia O incluso dominio tirio en la actual región y bahía de Larnaca (Kition). El hecho de que en la inscripción de Esarhaddon, 673-672 AC se mencionen como reinos independientes, Kition, Amathus y Kourion, favorece la posibilidad de una potencial división política entre dichas regiones, en periodos previos al siglo VII AC, con intereses distintos y posible rivahdad comercial. En este marco de relaciones habría que interpretar la ahora más lógica presencia de alguna fíbula tipo Huelva en Megiddo VA, cuyo puerto más inmediato es Dor, o en el mismo sentido, que el asador articulado de Amathus y las fíbulas de codo tipo Huelva de Kourion y Amathus aparezcan en las regiones meridionales de Limasol y Larnaca. Datos que apoyarían la tesis de Albright (com. pers. a Katzenstein, 1973: 75) sobre las alianzas tirias con los israelitas -Abibaal y David, Hiram y David, Hiram y Salomón-para desbancar a los filisteos de las rutas con el Mediterráneo Central y Occidental podrían encontrarse en cómo los tirios dejan también a Israel beneficiarse comerciando con Ophir en el Mar Rojo, aprovechando la decadencia egipcia en el control de esas rutas, mientras en otras ocasiones imposibilitan a los israelitas acceder a cualquier tipo de control comercial en el Mediterráneo y no hay evidencias de colaboración mutua. En este sentido es interesante la observación de Ikeda (1982: 234) sobre cómo los tirios rechazan la presencia de agentes israelitas en el comercio de madera, desde su tala en los montes del Líbano hasta su transporte a la costa israelita, cuando se produce una petición en este sentido de Salomón a Hiram. No obstante, frente a este énfasis en la capacidad de maniobra tiria, que en ningún caso parece que se enfrenta militarmente a sus antiguos aliados, los filisteos, creemos que la anulación práctica de la antigua preponderancia fihstea va a resultar de un pacto entre Egipto e Israel. A finales de la Dinastía XXI, con el penúltimo faraón, la situación comienza a cambiar y se reanudará la política intervencionista en la región de Gaza. El faraón Siamón (978-958 AC) enviará una expedición mihtar que arrasará varias ciudades filisteas destruyendo Tel Mor (nivel III), quizás Beth-Shemesh (nivel lib) y Gezer, y situará a Fihstea bajo la órbita política egipcia (Malamat, 1963: 12-13, 17). Esta operación se cerrará con un pacto entre el faraón y Salomón, sellado con el matrimonio del rey israelita con la hija de Siamón, a la cual el faraón concederá en dote la ciudad de Gezer y los territorios inmediatos. Así pues, surge un panorama más complejo que atribuir simplemente (Burgess, 1991: 40) a fenicios operando vía Chipre-Siciha-Cerdeña el transporte del asador de Amathus a oriente y la fíbula de codo tipo Huelva a occidente, modelo que además creemos de procedencia occidental. En conclusión, el punto clave que conviene resaltar es que entre ca. 1050-950 AC hubo un proceso de intensificación de relaciones entre el eje Filisteo-Chipriota con la Península Ibérica, quizás también buscando acceder a los recursos mineros ibéricos, en el cual los fenicios de Tiro y los chipriotas de Kition tratarán de participar a partir del ca. Esta segunda opción se consohdará con el cambio de relaciones de poder en el Levante y la ya definitiva decadencia fihstea, a partir del 960-950 AC en adelante, tras la campaña del faraón Siamón. VISIONES DESDE LA PERIFERIA Si nos preguntamos qué impresión produce este tipo de intercambios desde un punto de vista estricto de las relaciones Centro-Periferia (Sherratt y Sherratt, 1991; Frank, 1993; Mederos, 1995), y hasta qué punto incidieron económicamente en la Península Ibérica es obvio que, cuantitativamente, no puede hablarse de un volumen de intercambios importante entre ambos extremos del Mediterráneo. Cualquier intento de argumentar una relación de dependencia entre un Centro situado en las regiones del Levante y Próximo Oriente, caso de Asirla, y una aparente región periférica como sería la Península Ibérica, exige un enfoque minimalista. La relación además, cuando se produce, es a través de estados litorales o insulares menos importantes. Si observamos los intercambios desde un punto de vista cualitativo, quizás la visión no resulte tan negativa. En principio, frente a la hipótesis de trabajo precedente sobre "contacto precolonial", que suponía la presencia de intercambios de productos de lujo de manufactura oriental a cambio de materias primas, nos encontramos ante un panorama más complejo. También productos manufacturados atlánticos, como los asadores articulados o las fíbulas de codo tipo Huelva, parecen alcanzar el Mediterráneo Oriental, y más concretamente, Chipre y la costa del Levante. Se podrá rebatir nuestra argumentación cronológica y técnica de las fíbulas, pero ello resulta más difícil para el caso de los asadores articulados. La evidencia puede considerarse parca si nos atenemos exclusivamente a los artefactos y no a representaciones iconográficas en las estelas decoradas del Suroeste, tradicionalmente consideradas de origen oriental (Almagro Gorbea, 1989: 280-282). Frente a unas pocas fíbulas y un único asador sólo podemos esgrimir el vaso metálico de Berzocana como una contrapartida con ciertas garantías de posible fabricación en el Mediterráneo Oriental. En segundo lugar, es obvio que nos encontramos ante productos destinados a las élites. Pero no sólo son regalos o bienes de intercambio de los mercaderes orientales para las clases dirigentes indígenas de la Península Ibérica, sino que también los productos manufacturados occidentales terminan en manos de personajes chipriotas importantes. El vaso metálico de Berzocana, acompañado por dos torques macizos de oro, es un claro ejemplo en la Península Ibérica. Otro tanto cabe decir de la sepultura 523 de Amathus en Chipre, de donde procede el asador articulado y una fíbula de codo que iría sujetando una túnica. Esta tumba está considerada una de las más ricas de la necrópolis, destacando la presencia de adornos discoidales de oro, un sello de faienza, un escarabeo de oro, un puñal de hierro con mango de marfil, etc. (Karageorghis, 1987: 719-723). En todos estos objetos, incluidos el asador articulado y la fíbula, está inherente el valor que se otorga a un producto de lujo bien elaborado, pero a él se agrega la dificultad de acceso a los mismos, interviendo aquí el valor suplementario que adquieren durante su transporte desde ambas márgenes del Mediterráneo, que incrementa su valor final y los hace más deseables. Un tercer punto que cabe inferir de este razonamiento es que, si se trata de objetos de lujo intercambiados, al menos en parte, como regalos para sellar algún tipo de acuerdo comercial que dé cierta lógica a estos largos y arriesgados desplazamientos a través del Mediterráneo, presumiblemente también debieron haber intervenido en la negociación otros productos quizás no tan elaborados, pero igualmente deseables, de momento invisibles en el registro arqueológico, como materias primas, telas, productos aromáticos, etc. Finalmente una última anotación que tiene trascendencia para todos los modelos de comercio dentro de una óptica de Centro-Periferia, y que da soporte a la noción y coexistencia de varios Sistemas Mundiales Antiguos. No existe un único Centro que generalmente controle o mediatice la toma de decisiones de todos los estados o unidades sociopolíticas que giran alrededor de él. Esto sólo sucedía en el periodo objeto de análisis en el caso de un verdadero centro como Asiria. Los estados son independientes políticamente, inclusive aunque cuentan con relaciones de dependencia económica respecto al Centro, y toman decisiones propias actuando autónomamente, como demuestra la búsqueda de nuevos mercados en el Mediterráneo Occidental por parte de algunas ciudades del Levante y Chipre, antes de que se acentuase la presión asiria que culminó en la conquista de ambos territorios.
La prospección magnética enfocada a la Arqueología, tiene unas peculiaridades específicas que afectan a la metodología de trabajo y a la operatividad del mismo. En este artículo se evalúan los condicionantes que existen y su influencia en el diseño de la prospección (tratamiento de restos superficiales, espaciado de las estaciones, etcétera) y estudio de las disposiciones óptimas de los sensores en función de las características del terreno. Finalmente, se plantea (1) Trabajo ligado al Proyecto Sec94-0633 de la CICYT, perteneciente al Plan Nacional de I+D y con una duración de tres años. Un resumen de este artículo fue presentado mediante comunicación oral en la Las publicaciones sobre prospección magnética de estructuras arqueológicas se han ido incrementando a partir de los años 70, con la disponibilidad de cada vez mejores modelos de magnetómetros portátiles, inicialmente los de saturación de flujo, y posteriormente los de protones y los de bombeo óptico (Telford, Goldart & Sheriff, 1990). La mayoría de los modelos actuales puede medir el campo magnético local con resolución de una décima o centésima de nanotesla (al menos según sus fabricantes), lo que unido a su portabihdad, facihdad de operación y trasvase de datos a ordenadores, los hacen muy adecuados para el trabajo de campo. El posterior tratamiento de los datos obtenidos en el terreno ha sido objeto de numerosos desarrollos teóricos, estando en la actualidad muy automatizado, con numerosos programas disponibles, que permiten resaltar en laboratorio los resultados de la prospección. Sin embargo, hay notables discrepancias entre los distintos autores en el planteamiento de la fase de adquisición de datos: temas como el empleo de uno o más sensores y en qué disposición mutua, altura del sensor que actiia como sonda sobre la superficie del terreno, densidad de la rejilla de prospección y tratamiento de los restos arqueológicos superficiales y del material no arqueológico, son resueltos por los distintos autores de maneras muy diferentes y a menudo contradictorias; es más, en muchas ocasiones la elección de un modo de operación u otro no se justifica de manera suficiente. CONDICIONANTES DE LA PROSPECCIÓN MAGNÉTICA DE ESTRUCTURAS ARQUEOLÓGICAS Las estructuras arqueológicas presentan unas características específicas (dimensiones pequeñas, escasa profundidad, geometría, etc.) diferentes de los objetos que se estudian en otros campos como la minería, etc. Estas peculiaridades, que condicionan la metodología a emplear y la interpretación de los resultados, provienen de múltiples factores entre los que pueden destacarse los más importantes: -Diversidad de tamaño y morfología de estructuras. Los yacimientos arqueológicos al aire libre presentan una gran variedad tipológica: desde la agrupación de varias cabanas en un espacio reducido, hasta ciudades de varias hectáreas de extensión con un urbanismo muy desarrollado donde calles, plazas, edificios públicos y áreas de actividad están separados y son fácilmente identificables. Igualmente, los hombres han creado múltiples ritos funerarios, para el depósito de los muertos o las cenizas (monumentos, fosas, covachas, etc.). Por tanto, esta diversidad en tamaños y morfologías va a condicionar en primer lugar, y según el yacimiento que queremos estudiar, la elección de la rejilla de muestreo, es decir, la distancia entre las estaciones. Esta habrá de ser menor en yacimientos con estructuras efímeras y en necrópolis, mientras que en poblados o ciudades una mayor distancia entre las estaciones no será un obstáculo para la localización de las grandes estructuras. -Débil contraste de susceptibilidad magnética entre las estructuras y su entorno. Los materiales del subsuelo ofrecen una respuesta magnética diferente frente a la acción de un campo excitador (campo magnético terrestre), denominada susceptibilidad magnética. En las estructuras arqueológicas es frecuente la utilización de los materiales del entorno (piedras, tierra, etc.) para la realización de las mismas, lo que hace que éstas tengan unas propiedades muy similares a las del substrato del que han sido extraídas. Asimismo, los derrumbes que envuelven a las estructuras son de la misma naturaleza que aquellas de las que proceden, por lo que el contraste de propiedades magnéticas es muy bajo. Por otra parte, los procesos postdeposicionales de tipo erosivo dejan en superficie restos desordenados que se convierten en una fuente de ruido que se añade a las señales que originan las estructuras subyacentes. Esto hace aconsejable el estudio, en un primer momento, del re- gistro arqueológico superficial, para definir la naturaleza del asentamiento, a fin de evitar una laboriosa prospección geofísica sobre un yacimiento secundario, y en segundo lugar, sería aconsejable la localización, recogida y catalogación de los restos superficiales para evitar una fuente de perturbación. Es decir, la prospección geofísica se ve facilitada por una previa preparación del terreno a estudiar. Existencia de materiales con magnetismo remanente. El origen antrópico de los yacimientos arqueológicos provoca que podamos encontrar metales ferromagnéticos (de acentuada respuesta en presencia de un campo excitador) y materiales termorremanentes (con magnetismo adquirido debido a la acción térmica). Estos últimos pueden clasificarse, desde el punto de vista del interés arqueológico, en dos categorías básicas: los que exigen altas temperaturas en el proceso de elaboración (ladrillos, cerámicas, etc.) y aquellos que han estado sometidos a la acción del fuego de una forma accidental, como consecuencia de grandes incendios. La existencia de alguno o del conjunto de estos materiales permite que, en algunos casos, lleguen a medirse anomalías muy notables, pudiéndose determinar en ocasiones estructuras como hornos y hogares, y áreas de actividades específicas como herrerías y almacenes. En el caso de los metales, una limpieza superficial podrá evitar la perturbación producida por algunos restos férricos modernos presentes en el yacimiento. Existencia de superposición de estructuras. La frecuente reutilización del espacio a lo largo del tiempo provoca, en la mayoría de las ocasiones, una reorganización de las estructuras y elementos de construcción, con la destrucción o sepultamiento de las precedentes, lo que puede complicar de manera notable los mapas de anomalías que obtenemos. En general, los mapas de anomalías serán reflejo de las estructuras más superficiales, siempre que se hayan dispuesto de manera adecuada los sensores (distancia entre ellos, altura del sensor inferior, distancia entre las estaciones), cuestiones metodológicas que serán abordadas con más profundidad en un apartado posterior. ESTRATEGIAS USADAS EN LAS TAREAS DE CAMPO EN PROSPECCIÓN MAGNÉTICA Al realizar una prospección con los condicionantes indicados, los diferentes autores proponen (como se indicó anteriormente) distintas estrategias referentes a la preparación del terreno, espaciado horizontal de las estaciones y sistemática de adquisición de datos (número y disposiciones de los sensores). Con la idea de encontrar las alternativas operativas más adecuadas, se ha realizado una serie de experimentos con un magnetómetro de protones marca Geometries, modelo G-856X, sobre un asentamiento romano próximo a Las Gabias, Granada. Se pretenden alcanzar unos objetivos metodológicos sobre la prospección magnética de estructuras arqueológicas (que se exponen en el presente trabajo) y unos objetivos arqueológicos que serán detallados en futuras publicaciones. Se quiere responder a las siguientes cuestiones: -Es o no conveniente una preparación del terreno antes de la prospección magnética. -Es mejor utilizar uno o dos sensores para la prospección. -Caso de usar dos sensores, es mejor la medición relativa o la de gradiente. -A qué altura debe estar el sensor que actúa como sonda. -Qué distancia debe haber entre sensores caso de medir gradiente. -Cuál es el espaciado ideal de las estaciones de lectura (Fig. 1). La serie de experimentos ha consistido en: -Realización de unos centenares de medidas sobre un mismo punto, tomadas a intervalos temporales regulares, con el fin de encontrar las condiciones reales (no las nominales publicadas por el fabrican- Fig. 1. Muestra una disposición típica de sensores en modo "gradiente" para una prospección magnética de estructuras arqueológicas, los dos sensores están unidos entre sí por un vastago de una longitud determinada. El sensor inferior se apoya a su vez sobre el suelo mediante otro vastago. En el diagrama se indican los parámetros cuyo valor óptimo se desea determinar: -Distancia entre los sensores. -Altura del sensor inferior sobre la superficie del terreno. -Distancias entre los sucesivos nodos de la rejilla. te) de resolución del magnetómetro actuando con dos sensores y una única consola. Visitas al terreno para obtener información sobre la geometría de las estructuras capaces de producir anomalías détectables por métodos magnéticos. Simulación numérica de las anomalías obtenidas en método sensor único o medición relativa y en modo gradiente. Simulación numérica de diferentes distancias entre sensores en modo gradiente. Cálculo de las longitudes de onda de las anomalías originadas por las estructuras observadas y determinación de la frecuencia espacial de muestreo óptima para representar tales anomalías de una manera adecuada. -Realización de perfiles a lo largo de una anomalía, con diferentes alturas del sensor inferior y en diferentes condiciones de preparación del terreno, a fin de encontrar la combinación más favorable. A continuación, se revisan las soluciones propuestas por los diferentes autores, a cada uno de los interrogantes planteados y se indican nuestras aportaciones, basadas en la serie de experiencias realizadas. Suele realizarse antes de la prospección, en ocasiones con levantamiento simultáneo del mapa topográfico mediante estaciones totales (Romero Sanz, 1995; Cole, Cottrell & Payne, 1995), para permitir la toma de lecturas de manera sistemática. El sistema adoptado en este estudio ha consistido en la realización de un estaquillado (se ha aplicado al ya citado yacimiento de Las Gabias), usando medios topográficos convencionales, con división del terreno en cuadrados de una superficie de un área cada uno y con rumbos N-IO-E y N-IOO-E. Posteriormente, se ha realizado un levantamiento topográfico detallado (escala 1:500) mediante estación total, incluyendo en el mismo el cuadriculado de prospección. La elección de este tamaño de cuadrícula de referencia es por su facilidad de prospección en un tiempo razonable (una hora con alta densidad del muestreo) y por el gran número de medidas redundantes que permiten un estricto control de la calidad de las lecturas (los perfiles se realizan N-S y S-N, de la cuadrícula, con los bordes de los cuadrados por duplicado), con el valor añadido de la facilidad que supone para cualquier cálculo el tener una longitud característica X de 10 m. ELIMINACIÓN DE ELEMENTOS PERTURBADORES MODERNOS Algunos autores (OCSA, 1993) recomiendan el uso de detectores de metales para la localización de la basura férrica que deberá ser eUminada antes de la prospección. Por otro lado, dado que se trata de yacimientos arqueológicos, es normal que el lugar haya recibido ya las atenciones de otros arqueólogos, así que en algunos casos estará sembrado de pequeños objetos metálicos (chapas de bebidas y similares) arrojados ex profeso como medida de protección para confundir a los detectores de metales de los furtivos, pero que también introducen ruido en las lecturas de los magnetómetros (aunque los materiales no magnéticos son indétectables por el magnetometro, p.e., el aluminio). Si el yacimiento fue parcialmente excavado en época pretérita, el problema es aún más agudo ya que a pesar de que hayan desaparecido las trazas de las excavaciones o "catas" realizadas, es frecuente que queden los clavos del sistema de referencia utilizado, clavos de notable tamaño fijados concienzudamente a distancias constantes y muy bien alineados en direcciones N-S y E-W, susceptibles de originar anomalías muy llamativas. En el asentamiento estudiado se ha usado el detector de metales para la localización de material férrico, comprobándose la notable conveniencia de esta práctica; se han encontrado herraduras, restos de aperos de labranza, chatarra de automóviles y otra variedad de objetos capaces de producir sus propias anomalías y enmascarar las que interesan. Este material es una fuente de ruido que se añade a las señales originadas por las estructuras subyacentes. En cualquier caso, la distribución de dichos restos debe ser estudiada previamente aunque sea de manera somera, a fin de evitar la realización de una laboriosa prospección geofísica sobre un yacimiento secundario. Es deseable que estos restos superficiales sean recogidos y catalogados en prospecciones arqueológicas superficiales previas a la excavación (éste debe ser el procedimiento normal). Por tanto, una solución correcta consiste en realizar la prospección magnética con posterioridad a la prospección arqueológica superficial, para eliminar una fuente de perturbación y conseguir algunas indicaciones acerca del material que puede existir bajo la superficie. Cuando la prospección magnética se realice, la superficie debe estar exenta de elementos perturbadores. Si esto no fuera posible, será necesario elevar la altura del sensor, en una cuantía que habrá de determinarse, de modo que los restos superficiales no influyan en las iecturas. Normalmente, esta elevación del sensor implicará una cierta pérdida de información sobre la capa más superficial. ESPACIADO HORIZONTAL DE LAS ESTACIONES TRATAMIENTO DE LOS ARTEFACTOS Y RESTOS ESTRUCTURALES DISPERSOS Son escasas en la bibliografía las referencias al tratamiento dado a los restos de artefactos, ecofactos y elementos estructurales esparcidos por la superficie debido a procesos postdeposicionales de tipo erosivo. La idea que subyace es que estos restos no deben ser tocados para no perturbar la información que puedan proporcionar, en la idea de que la prospección geofísica será previa a cualquiera otra intervención. Sin embargo, en algunos casos estos restos, aun proporcionando una notable información cultural acerca de los materiales infrayacentes, producen escasa información espacial, ya que han sido desplazados por las labores agrícolas durante cientos o miles de años. Este tema es abordado por la mayoría de los autores, que tratan de llegar a un compromiso entre lo deseable (las estructuras buscadas son poco profundas y generalmente de dimensiones métricas, y a menor distancia entre estaciones mejor es el muestreo) y lo razonable (con estaciones separadas 1 m. hay que realizar 10.000 medidas por hectárea, extensión de bastantes yacimientos, mientras que si la separación es de 0,5 m. el número de medidas se eleva a 40.000; dos semanas de trabajo de campo en el primer caso y dos meses en el segundo,..). Muchos autores optan por una distancia uniforme (normalmente de 1 m., ocasionalmente 0,5 m.) Los investigadores de la Historie Buildings & Monuments Commission for England, que realizan numerosos trabajos de gran extensión superficial, usan de manera sistemática desde 1992 perfiles N-S separados por una distancia de 1 m. y dentro de cada perfil toman las lecturas cada 25 cm. (AAVV, 1992(AAVV, -1995)). Otros prefieren usar una rejilla de prospección uniforme (normalmente mayor) para localizar las anomalías generales y otra dentro de ésta, de mayor densidad espacial, para delimitar mejor las anomalías detectadas por la primera red (Aitken, 1974; Tsokas, 1986; Casas, 1991; García, 1992). Una forma de abordar el problema consiste en fijar el espaciado de la rejilla de prospección a partir del conocimiento de la longitud de onda mínima que se espera produzcan las anomalías a prospectar, si ésta es conocida se puede aplicar el Teorema del Muestreo de Shanon, que permite calcular, en nuestro caso, la distancia máxima entre muestras para representar adecuadamente cierta longitud de onda. Este razonamiento ha sido aplicado recientemente por algún autor (Romero Sanz, 1995) que ha empleado un desarrollo del Teorema de Shanon realizado por Keating (1992) para la prospección gravimétrica. En esencia, el Teorema del Muestreo (Bâth, 1974) expresa que para que una onda sea adecuadamente representada mediante un muestreo discreto igualmente espaciado, la frecuencia del muestreo ha de ser, al menos, el doble de la frecuencia de la onda muestreada.* Es decir hay que tomar dos muestras, como mínimo, en un ciclo completo para que a partir de ellas se pueda reconstruir la onda original. Puesto que esto es válido, tanto para frecuencia temporal como para frecuencia espacial, quiere decir que la distancia máxima entre muestras ha de ser igual a una semilongitud de la onda que se pretende muestrear. La mínima longitud de onda esperada se puede calcular si existe un cierto conocimiento del tamaño y profundidad de las estructuras que cabe esperar, lo que suele conseguirse con un adecuado reconocimiento del terreno, en este caso se puede modelizar la perturbación producida por la estructura esperada, con algún programa como MAGPOLY (GEOSOFT, 1985) y calcular posteriormente X (mediante la transformada rápida de Fourier FFT, por ejemplo). Así, aplicando este método para el caso estudiado, que es adaptable a gran número de yacimientos: muros de 0,5 m. de anchura, enterrados a 0,5 m. de profundidad, con el campo total, declinación e inclinación de nuestras latitudes y con el sensor a 0,5 m. de altura, resultan longitudes de onda de unos 6,6 m., lo que implica, de acuerdo con el Teorema de Shanon, que se pueden muestrear perfectamente las anomalías tomando lecturas a una distancia horizontal de 3,3 m. Por tanto, la distancia de 1 m. tomada como estándar por muchos autores es más que suficiente; en realidad, origina un notable sobremuestreo (lo que no es totalmente malo, si hay tiempo y fondos), que permite detectar longitudes de onda menores (hasta 2 m.) producidas por estructuras más pequeñas o muy próximas a la superficie. Distancias mayores que 3 m. sólo deben tomarse si el cuerpo productor de la anomalía es más profundo y/o si el sensor se coloca a mayor altura; distancias de muestreo inferiores al metro (0,5 m. es también empleada de modo frecuente) permiten, por supuesto, muestrear mejor la señal, pero no proporcionan más información y en contrapartida, son notablemente más costosas. En el caso de tomar lecturas en modo gradiente, la longitud de onda resultante en iguales condiciones que las anteriores y con una separación entre sensores de 1 m., resulta ser de 5 m., lo que implica, de acuerdo con el Teorema antes citado, la necesidad de muestrear con una distancia horizontal de 2,5 m. De este modo un muestreo con distancia de 2 m. entre las estaciones será satisfactorio. La técnica usual de muestrear a 1 m. es también es admisible, ya que describe mejor la señal y permite la detección de anomalías producidas por estructuras más pequeñas o superficiales no previstas inicialmente. ELECCIÓN DEL NUMERO DE SENSORES Y DEL MÉTODO DE ADQUISICIÓN Es tratada de diferentes maneras por los distintos autores siendo las estrategias más usuales las siguientes: Medidas con un solo sensor y corrección temporal mediante puntos de control, que pueden ser puntos cualesquiera de la rejilla, sobre los que se realizan medidas redundantes o bien medidas repetidas cada cierto lapso de tiempo en un mismo punto que se toma como referencia. Es el método empleado cuando se dispone de un solo sensor (Sanz Núñez, 1992). Medida diferencial mediante un magnetómetro fijo que actúa como referencia y otro móvil que actúa como sonda. Es un método usual cuando se dispone de dos sensores y una sola consola (los dos sensores están unidos a la consola mediante un cable de longitud suficiente y son disparados sucesivamente con intervalo de escasos segundos). Cuando se dispone de dos magnetómetros completos, el magnetómetro que está en estación toma lecturas a intervalos regulares. Este último método es muy interesante al permitir programar la sonda móvil Muestra tres curvas obtenidas por simulación numérica para un paralelepípedo de 0,5x1 m. situado entre los 5 y 5,5, enterrado a 0,5 m. de profundidad (las condiciones de magnetismo reinantes en nuestra región son 55° de inclinación, 43.000 nanoteslas de campo externo y contraste de susceptibilidades de 10-3). La curva para el sensor superior (situado a 1 m. de altura) muestra una anomalía amplia, de extensión superior al tamaño del cuerpo productor; la curva para el sensor situado sobre el terreno muestra la anomalía mejor adaptada al cuerpo productor; la curva de gradiente está aún más ajustada (los picos casi coinciden con los límites S y N del cuerpo anómalo), aunque la amplitud medida es algo menor. El método de "gradiente" exige que los dos sensores se disparen en rápida sucesión, impidiendo aprovechar la máxima resolución nominal del magnetómetro (una mera cuestión instrumental). La realización de numerosas medidas en condiciones estacionarias muestra que la resolución, en estas condiciones es del orden de 1 nanotesla por metro. para una resolución máxima y poder eliminar eficientemente la variación diurna, mientras que si los dos sensores son disparados por la misma consola no se aprovecha la resolución máxima (por simples exigencias del aparataje), aunque la diferencia de tiempos entre las lecturas de los sensores sea mejor. Medida de "gradiente" mediante dos sensores situados en la misma vertical. Este último método suele ser el preferido mayoritariamente en la actualidad (Tsokas, 1986; Telford, 1990; Sanz Núñez, 1992; OCSA, 1993; AAVV 1992AAVV -1995) ) y es el usado en el presente trabajo, toda vez que evita la corrección temporal y atenúa las anomalías regionales a favor de las más locales y superficiales, midiendo de este modo unas anomalías bastante ajustadas al cuerpo productor (Fig. 2), de hecho la T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es longitud de onda del gradiente es menor que la longitud de onda del sensor inferior. Como contrapartida obliga a ajustar los switches (microinterruptores de control de las funciones internas) del aparato para disparos sucesivos en el intervalo de pocos segundos, lo que impide aprovechar la máxima resolución nominal del mismo, como lo demuestra la realización previa de lecturas en condiciones estáticas para determinar la resolución real del magnetómetro (un modelo Geometries de protones) actuando en estimación de gradiente, lo que permite concluir que su resolución en condiciones operativas es de 1 nanotesla, bastante lejos de las 0,1 nanoteslas de resolución nominal (Fig. 3). DISTANCIA ENTRE LOS SENSORES Y ALTURA DEL SENSOR INFERIOR EN EL MÉTODO DEL GRADIENTE Otros puntos de discrepancia entre los diferentes investigadores lo constituyen caso de medir "gradiente" la distancia entre los sensores y en cualquier caso, la altura de la sonda sobre el suelo. En cuanto al primero hay tres tendencias y se procura que la distancia sea: -La mínima posible, a fin de acercarse al ideal matemático de que sea un infinitésimo de la profundidad del objeto productor de la anomalía, tesis sostenida por los más puristas (Breiner, 1973; Sanz Núñez, 1992). -La máxima prácticamente admisible, a fin de maximizar la diferencia, tesis defendida por los más pragmáticos (Breiner, 1973; Tsokas, 1986). -Una distancia intermedia, solución adoptada por los más eclécticos (Telford, 1990; OCSA, 1993). Las experiencias que hemos realizado tanto por modelización, usando diferentes distancias entre sensores, como por lecturas sobre el terreno, también con diferentes separaciones entre los sensores, demuestran que para un contraste de susceptibilidades "normal" la distancia entre los sensores no es determinante, obteniéndose gráficas de lecturas de gradiente muy similares, excepto cuando el sensor infe-rior está demasiado alto (a más de 1 m. de altura) en el que la curva de anomalía aparece muy poco marcada (Fig. 4). Simulación numérica de lecturas con un solo sensor mediante perfiles sobre un cuerpo enterrado (las mismas condiciones que en la figura 2). Se utilizan diversas combinaciones de distancias entre sensores y altura del sensor inferior sobre la superficie (en 1, 2 y 3 el sensor inferior está a O m. sobre el terreno y el superior a 1, 2 y 3, respectivamente; en 4 y 5 el sensor inferior está a 1 m. de altura sobre el terreno y el superior a 2 y 3, respectivamente). Se observa que la distancia entre sensores no es relevante cuando el sensor inferior está muy cercano a la superficie. El tema de la altura sobre el terreno del sensor que actúa como sonda es tratado de distinto modo por los diferentes autores, con dos opciones principales: -La sonda lo más cerca posible del terreno, a fin de obtener la máxima señal, aun a costa (si se baja demasiado) de incluir un notable ruido. Así, entre las opciones más utilizadas, aparecen: bajo (Breiner, 1973); no menor de 0,3 m. Variación de la anomalía con la altura de un solo sensor. Simulación numérica que muestra la disminución de la señal en función inversa con la altura del sensor (el cuerpo anómalo es un cubo de 1 m. de arista enterrado a 0,5 m. de profundidad). En las mismas condiciones de entorno que en otras simulaciones anteriores. Con un sensor sobre la superficie la intensidad de la señal sería lo suficiente para saturar el magnetómetro; a 2 m. de altura la señal es muy débil y próxima al límite de resolución del aparato en las condiciones operacionales. chande la máxima resolución nominal del magnetómetro; Tsokas (1986) aconseja colocarlo a 1,5 m. En el yacimiento en estudio se ha optado por realizar algunas visitas al lugar a prospectar para hacer observaciones tendentes a determinar, en afloramientos cercanos, algunas morfologías, tamaños y profundidades de las estructuras. A continuación, se han realizado los cálculos, basados en las condiciones deducidas del paso anterior, de la variación de la señal con la altura para un cubo de 1 m. de arista enterrado a 0,5 m. de profundidad, puede comprobarse que se obtienen señales muy grandes a nivel del suelo y cercanas al límite de resolución del aparato a unos 2 m. de altura (Fig. 5). donde: T = intensidad de campo F = valor del campo inductor K = susceptibilidad magnética D = longitud de la arista del cubo r = distancia desde el centro del cubo a la sonda Esto sugiere, en principio, que para estructuras arqueológicas, enterradas a poca profundidad, el sensor ha de estar "bajo". Con el objeto de cuantificar esta altura mínima se ha realizado sobre el terreno una serie de lecturas sobre un mismo perfil, a través de una anomalía detectada en una exploración previa, usando cinco alturas diferentes del sensor inferior. La comparación de los perfiles realizados permite comprobar que éstos se unifican (en este caso concreto) a partir de 48 cm. de altura. Para alturas superiores el rango de la anomalía disminuye acercándose a los límites de resolución del gradiómetro. Este método, resumido en la figura 6, permite la determinación experimental de la altura óptima del sensor inferior para un asentamiento determinado. Como se ha indicado a lo largo del texto, la prospección magnética de estructuras arqueológicas presenta una serie de peculiaridades que tienen bastante influencia en los resultados obtenidos. En este trabajo se han analizado estas características, obteniéndose las siguientes conclusiones aplicables a asentamientos con bajo ruido antrópico: La determinación del espaciado horizontal debe realizarse en función del tipo de anomalías esperadas, teniendo en cuenta la longitud de onda de dichas anomalías. En este sentido, la decisión más operativa consiste en un compromiso entre lo deseable y lo posible, teniendo como directriz el Teorema de Shanon (p. e., el aumento de la frecuencia de muestreo no conduce automáticamente a una mejora en la discriminación, sino que está limitada por factores como la profundidad de la estructura buscada, distancia del sensor a la superficie, etc.). Es necesario llevar a cabo la recolección previa de los elementos perturbadores dispersos por la superficie (metales férricos, materiales con magnetismo termorremanente, etc.), que influyen en las mediciones. En su defecto puede colocarse el sensor a mayor altura, detectando únicamente las anomalías más importantes. En el método de estimación de gradiente, la resolución real no suele coincidir con la resolución nominal del dispositivo. Así, es recomendable la realización de pruebas en condiciones estáticas para determinar la resolución real del magnetómetro. Aunque existen distintas disposiciones de los sensores, el método de "gradiente" proporciona buenos resultados con un mínimo de complicaciones. Evita las correcciones temporales, atenúa las anomalías regionales y resalta las locales, que quedan muy ajustadas a la situación del cuerpo productor. La distancia del sensor inferior al suelo debe ser la menor posible, para detectar las anomalías producidas por las estructuras pequeñas y suficientemente grande para minimizar el ruido producido por los restos sueltos incluidos en las capas más superficiales. La altura óptima debe ser determinada de forma experimental en el propio asentamiento, según el método propuesto en la figura 6. La distancia entre los sensores no es determinante en lugares donde el contraste de susceptibihdades es "normal". La aplicación de estas recomendaciones permite un diseño de prospección bastante operativo, consiguiendo una buena relación señal-ruido y una adquisición de datos fiable y económica, al evitar sobremuestreos incontrolados.
En este trabajo se presenta un estudio etnoarqueológico orientado al refinamiento de las diagnosis de las pautas de conducta antrópicas en la intervención de carcasas y en las formas de alteración de los restos por efecto de la participación posterior de agentes carnívoros carroñeros. Se pretende conocer las formas de distribución espacial de ciertas actividades humanas elementales (desarticulación de la carcasa, lugares de consumo de carne y médula ósea), los sesgos de la información introducidos por la intervención de los otros agentes y el modo en que este conocimiento puede aplicarse al discernimiento de semejantes procesos en el registro arqueológico. El objeto es analizar las improntas de unos y otros factores en la acumulación ósea final y perfilar el marco referencial en el que se deben hacer inteligibles estas cuestiones a partir de la información obtenida en yacimientos paleolíticos. La disciplina etnoarqueológica constituye una herramienta de suma utilidad para la Arqueología, jugando un papel esencial en la comprensión de ciertos procesos conductuales antrópicos con resultados materiales concretos y diagnosis propias. Las referencias etnográficas a la hora de interpretar comportamientos humanos pretéritos a partir de registros arqueológicos son una constante que no se ha visto acompañada, en la mayor parte de las veces, por un desarrollo paralelo de estudios etnoarqueológicos. A menudo, algunos de estos estudios son descriptivos, dando la errónea imprensión de que la Etnoarqueología debe utilizarse como un referente estático, siendo en realidad todo lo contrario. En vez de constituir un campo de investigación descriptivo, su proceder debe ser analítico, implicando con semejante postura el análisis de procesos (causa-efecto) en cuya comprensión se establezcan diagnosis susceptibles de ser aplicadas al registro arqueológico, para distinguir entre formas distintas de comportamientos. Desde esta aproximación dinámica y con el afán de profundizar en lo que Binford (1981) denominó "teoría de alcance medio", decidimos llevar a cabo un estudio etnoarqueológico orientado por un lado a intentar establecer pautas para reconstruir algunas de las formas más básicas de la conducta humana (estudio espacial de la desarticulación, preparación y consumo de un animal, y análisis de los patrones de alteración antrópica sobre los restos conservados), y por otra parte, observar el modo en que las improntas materiales generadas de esta manera se manifiestan y conservan tras un proceso posterior de modificación y consumo/dispersión llevado a cabo por los animales carroñeros (hienas y chacales). En realidad, intentamos establecer categorías diagnósticas que permitieran aproximarnos mejor a la interpretación de la conducta humana en contextos arqueológicos (como los pHo-pleistocénicos) en los que la acción antrópica precede a un fuerte proceso destructivo por parte de hienas y chacales (Blumenschine, 1988; Blumenschine & Marean, 1993; Bunn, 1982; Capaldo, 1995; Marean et alii, 1992, Domínguez-Rodrigo, 1994). Aunque una parte de este tipo de investigación de consumo humano de carcasas y alteración de carnívoros ya se había realizado de manera experimental, con estudios concretos con carnívoros en zoológicos y sabanas africanas (Blumenschine & Marean, 1993; Marean et alii, 1992), no se había llevado a cabo reproduciendo el proceso completo de principio a fin (tal y como se supone que sucedió en buena parte del registro arqueológico) sin interrupción y sobre todos los elementos del esqueleto. Además, tampoco se había hecho sin la intervención del investigador en la modificación y disposición de los restos, que puede influir en la distorsión de dicho proceso. Los estudios etnoarqueológicos de Brain (1981) o Binford (1981) presentan el inconveniente de analizar sólo parte del proceso y con carnívoros que son perros domésticos, de menor capacidad destructiva que los hiénidos. Por otro lado, Bartram et alii (1991) realizaron un estudio considerable sobre la disposición "arqueológica" de los restos generados por poblaciones bosquimanas en sus campamentos, pero no consideraron del mismo modo que nosotros haremos en este trabajo las pautas de alteración antrópicas y carnívoras de los huesos. A este respecto, y para evitar la posible distorsión que introduce el investigador, hemos querido que fuesen poblaciones humanas acostumbradas a la manipulación de carcasas las que llevasen a cabo su explotación en sus lugares habituales, en contextos ecológicos de sabana, con una dinámica trófica similar a la que existió durante una buena parte del Plio-Pleistoceno no sólo en África, sino también en ciertas zonas de Eurasia, para poder evaluar los procesos de destrucción y conservación de restos y reconstruir a partir de éstos las conductas que los generaron. Como punto de partida necesitábamos un yacimiento etnoarqueológico de "alta resolución", es decir, un lugar utilizado por un grupo humano, en el que el número de actividades realizadas fuese reducido o que la cantidad de estas que dejan huellas materiales fuese limitada, para poder faciUtar su lectura. Durante el verano de 1995 empezamos la primera campa- ña de un nuevo proyecto de investigación etoarqueológica y tafonómica en las reservas faunísticas de Galana, Kulalu y el Parque Nacional de Tsavo Este, en el sureste de Kenia, bajo la dirección y subdirección de los que firmamos este artículo respectivamente (Fig. 1). En el curso de la realización de un estudio en Kulalu sobre la alteración de carcasas por parte de leones y hienas y de la distribución diferencial ósea según el tipo de habitat, localizamos una Boma (campamento) temporal de pastores nómadas Ndorobo (Maasai), que fue ocupada durante unos pocos días y en la que llevaron a cabo el consumo de una vaca. Juzgamos que era ideal para someter nuestros planteamientos a prueba y después de su abandono, tras un prudente período de exposición de los restos a la acción de los carnívoros carroñeros, decidimos acometer su estudio. LOS ASENTAMIENTOS NDOROBO (MAASAI) DE GALANA Y KULALU Los Maasai comprenden un nutrido grupo de gentes pertenecientes al grupo étnico nilótico, cuya expansión tuvo lugar históricamente desde la franja nororiental del continente africano hasta Tanzania. En la actualidad, se encuentran divididos en tres grandes grupos. El primero de ellos, el Maasai propiamente, abarca un amplio territorio del centro y sur de Kenia y norte de Tanzania. El segundo lo constituyen los Samburu, situados en las altas mesetas del norte de Kenia, entre el monte Kenia y el lago Turkana. El tercero está formado por los Ndorobo (distintos de los Dorobo de las tierras altas), localizados gegráficamente en el sector suroriental de Kenia. Aunque estructuralemente la cultura de todos estos grupos es la T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es misma, existen sutiles diferencias, sobre todo en sus conductas económicas y subsistenciales. En el caso de los Ndorobo, que es la etnia Maasai con la que hemos trabajado, una buena parte de sus integrantes, sobre todo los asentados en las zonas de Galana y Kulalu se dedica a la ganadería vacuna como asalariados, siendo controlada su explotación directamente por el gobierno keniata. Los campamentos de estos Maasai se caracterizan por una organización espacial sencilla, ya que se trata de asentamientos temporales utilizados básicamente durante la estación seca y cuyo período de ocupación no suele exceder los dos meses. Su estructura se compone esencialmente de un cercado para el ganado, al margen del cual se localizan las cabanas y cuyo número suele variar dependiendo del tamaño del grupo. Esta área suele a su vez estar protegida por un cercado de arbustos de menor altura. Todo ello está construido en materiales naturales, a excepción de las cabanas, para las cuales se emplea un material de contrachapado que facilita su construcción y posterior traslado. La elección del emplazamiento está determinada por dos factores: por un lado, la proximidad a los cursos de agua, y por otra parte, el acceso a buenas zonas de pasto para el ganado. Las actividades que se llevan a cabo en estos campamentos son esencialmente las destinadas al cuidado y mantenimiento del ganado y las relacionadas con la preparación y consumo de alimentos, siendo estas últimas realizadas en el exterior de las viviendas y en torno a los hogares. La alimentación de estos grupos se basa principalmente en el consumo de harina de maíz (posho), leche, carne vacuna y de pequeñas aves. Cuando descuartizan un animal, lo hacen en una zona periférica del campamento, utilizando para dicho proceso cuchillos y machetes de metal. La primera labor es la extracción de la piel, que posteriormente se extiende para su secado en una zona exterior del campamento o por el contrario, en un espacio cercano a la cabana. El animal es desarticulado en su totahdad, transportando prioritariamente las partes pertenecientes al esqueleto axial y apendicular. por este orden. La introducción del cráneo en el campamento no tiene una función subsistencial, ya que sólo se hace para servirse de él como asiento. La carne es asada para su consumo inmediato o, en algunas ocasiones, ahumada para un consumo posterior. Una vez finahzado el contenido cárnico, se pasa a la extracción de la médula ósea, que se consume generalmente sin ningún tipo de preparación previa, excepto el calentamiento ligero de los huesos. El resultado de todo este proceso crea zonas de acumulación y dispersión de restos bien diferenciadas, que tras el abandono de los asentamientos quedan expuestos a la acción de los animales carroñeros. ESTUDIO DE LA BOMA MAASAI El campamento temporal que procedimos a estudiar, denominado Boma Di, fue ocupado en el mes de julio, durante tres semanas y media y abandonado a finales de dicho mes, por nueve hombres, de los cuales seis eran Ndorobo, dos Maasais y un Giriama. En ella pernoctaban y comían, manteniendo el ganado pastando durante el día -alejado de la Boma-y en una zona reservada de la misma durante la noche (Fig. 2; Área D). El centro de la Boma, en torno al cual se realizó la mayoría de las actividades, lo constituía un hogar (Fig. 2; Área B). Durante la mayor parte de su ocupación, el grupo de pastores se alimentó de leche, té, alubias y posho (harina de maíz). Sólo en la última semana pudieron consumir una vaca adulta. Tras su abandono, durante todo el mes de agosto y la mitad de septiembre, los restos acumulados estuvieron expuestos a la acción de hienas y chacales. El 16 de septiembre procedimos a excavar la Boma. En una prospección preliminar observamos que la cantidad de materiales era escasa, siendo la mayor parte de ellos perecederos (palos para encender fuego, para preparar el posho, estacas para asar la carne y cuerdas vegetales) y los únicos restos óseos pertenecían a la mencionada vaca. Plano de distribución de las cuatro áreas principales del campamento, con las dos zonas acotadas con cuadrícula para su excavación. nos dimos cuenta de que los materiales aparecían concentrados en dos áreas concretas: una, en una explanada despejada, en donde se encontraba el hogar principal (Área B), y otra, a escasa distancia de la anterior (6 m. al este), en torno a un árbol (Área A) (Fig. 2). Entre ambas y en la periferia aparecían elementos aislados y en escaso níímero, especialmente en una zona umbrosa de arbustos a escasa distancia (Área C). Por ello, decidimos delimitar una zona de 100 m^ en la primera área y de 36 m^ en la segunda (abarcando sendas acumulaciones materiales), en las que establecimos cuadrículas de 2 x 2 m. Acto seguido, y tras limpiar de matojos la zona acotada, procedimos a documentar en coordenadas la situación de todos los restos y los retiramos. A continuación, excavamos cada cuadrícula, rebajando un nivel superficial de 5 cm. El objeto de esta estrategia era localizar todos los fragmentos pequeños y esquirlas óseas que nos indicasen los enclaves en los que se fracturaron los huesos apendiculares para extraer el tuétano. Debido al posible pisoteo de estos pequeños restos y su probable sedimentación, pensamos que un rebaje de dichas proporciones era necesario y suficiente. El sedimento de cada cuadrícula fue cribado meticulosamente en seco y se recogieron todas las astillas óseas que se observaron, detectándose hasta esquirlas menores de 1 cm. Además de las zonas delimitadas, posteriormente se procedió a prospectar y recoger los materiales dispersos en un radio de 250 m. entorno al área B. El objetivo era recuperar posibles fragmentos y piezas que los carnívoros suelen dispersar tras su acceso secundario. Luego, el material fue examinado de manera preliminar en el laboratorio de campo, y con más minuciosidad en el laboratorio de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid. Allí cada resto se escrutinó con lupa binocular de 20X-80X para asegurarse de la identidad de cada tipo de rnarca detectada (marcas de corte, dientes, percusión...). También se realizaron remontajes qe piezas. Distribución de los restos óseos Dentro de las cuatro áreas en las que se observaron evidencias de ocupación -el árbol al oeste (Área A), la zona despejada (Área B), la zona septentrional arbustiva (Área C) y la zona oriental para guardar el ganado (Área D) (Fig. 2)-, los restos óseos se restringen en más de un 90% a las dos primeras y la mayoría se encuentra en el área B, caracterizada por un gran hogar. En el área C aparecen algunos huesos dispersos y aislados, mientras que en el área D están ausentes. Si analizamos el área B, nos encontramos con una distribución espacial de restos significativa (Fig. 3). En el entorno inmediato del hogar aparecen palos de carne (usados para clavar trozos y mantenerlos al calor del hogar sin que el fuego los alcance) y bastones de posho (usados para remover la harina de maíz mientras se cocina). También aparecen huesos que, en los 36 m^ que rodean al hogar -y si-^tuándose éste como punto central (cuadrículas ^G8-G10, H8-H10,18-110)-son, salvo dos fragmentos apendiculares, pequeños restos de costillas y costillas más o menos completas. Los huesos de las extremidades aparecen a mayor distancia (cuadrículas G7, H7, 17 y G6). Esta distribución es el resultado de la conducta habitual de estas poblaciones al preparar la carne al fuego y consumirla en torno al mismo, siendo los elementos que sólo contienen carne procesados y descartados de inmediato alrededor del hogar. Precisamente, los huesos axiales, como elementos de estas características, son los que se abandonan en semejante lugar, tras un único acto de consumo, tal y como puede observarse en la figura 3. Los huesos apendiculares, sometidos al mismo proceso, puesto que se seccionan y se clavan en los palos de carne para prepararlos al fuego, sufren una manipulación antrópica dividida en dos fases: la primera, orientada al consumo de la carne, y la segunda, con el objeto de extraer su médula. Una buena parte de la primera fase -si no toda, dependiendo de la ocasión-se realiza en torno al fuego. Sin embargo, a veces, la segunda implica un desplazamiento de los huesos descarnados a otro sitio, en el que son fracturados. El consumo del tuétano puede realizarse allí o en un tercer lugar. Esta actitud podría explicar que los huesos apendiculares del área B aparezcan más alejados del hogar que las costillas. Para conocer con mayor precisión si el lugar en el que aparecen fue el sitio en el que también fueron fracturados y de consumo cárnico/medular o sólo consumo cárnico, es preciso cotejar la información espacial de los macrorrestos con la de los microrrestos (astillas y esquirlas óseas), como haremos posteriormente. También llama la atención la presencia de elementos escapulares fragmentados, que atestiguan parte de la desarticulación del animal en dicha área. Sabemos que el proceso completo de matanza, descuartizamiento y parte del consumo de la vaca tuvo lugar en la misma, por el hecho de que la mayor parte de los huesosespecialmente los axiales-se encuentra allí, junto con el cráneo, y porque en la cuadrícula J8 recuperamos un pequeño palo típico, seccionado en dos partes, utilizado para clavarlo al suelo y atar al animal para poder matarlo. En claro contraste con esta situación, la mayor parte de los huesos desplazados al área A, probablemente buscando la sombra del árbol allí existente, es de carácter apendicular: ocho de los nueve huesos recuperados dentro de la zona acotada pertenecen a las extremidades (Fig. 4). Normalmente, estos huesos se acercan al fuego cuando aún contienen carne y su preparación no deja ninguna alteración térmica sobre su superficie. Una vez que se extrae la carne, algunos de los huesos suelen someterse una vez más al fuego para calentar la médula previamente a su fractura e ingesta. En este proceso sí llegan a quemarse determinadas sec- ciones de los mismos. La presencia de un pequeño hogar en proximidad al árbol, insuficiente para calentar la carne, pero de dimensiones apropiadas para calentar huesos sueltos, indicaría que en dicho sitio se consumió el tuétano de algunos de ellos. El análisis de la distribución espacial de las astillas y esquirlas óseas dará mayor apoyo a dicha interpretación. Fuera de las zonas cuadriculadas aparecen huesos dispersos y en menor cantidad, cerca de las mismas y en el área C, también arbustiva y umbrosa como el área A. Distribución espacial de las astillas óseas Con el fin de conocer los lugares en los que se fracturaron los huesos para extraer el tuétano, la excavación superficial de las áreas acotadas y el cribado de sedimento permitió recuperar un total de 113 astillas y esquirlas óseas, la mayor parte (77%) menores de 2 cm. y el resto T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es entre 2 y 8 cm. Ante nuestra sorpresa nos encontramos -salvo el cuadro HIO, en el que sólo apareció un fragmento-con que los restos de estas características aparecían muy concentrados y en cantidades significativas dentro de ciertas cuadrículas, siendo inexistentes en el resto. Curiosamente, la primera agrupación aparece en el área B, en torno al hogar central. De hecho, el 64% de los restos de fractura -6% más si contamos los recuperados en el cuadro F6-se encuentran cerca del fuego, algo más alejados que los huesos axiales y junto con los macrorrestos pertenecientes a las extremidades (Fig. 5). La otra agrupación aparece en al área A, alrededor del pequeño hogar, y en conexión con los huesos apendiculares de mayor tamaño. El 30% de los fragmentos de fractura localizados aparece allí (Fig. 6). Esto indica la existencia de dos zonas claras de extracción de médula, ambas en torno al fuego y una de ellas -la del área A-explicable por el desplazamiento de restos a la misma debido probablemente a que dispensaba sombra. Este estudio confirma la presencia de dos áreas diferenciadas de actividad subsistencial en función del producto (carne/tuétano) consumido: el área B, en donde se mata y descuartiza al animal, se prepara y consume su carne, con cierto grado de ingesta de médula, y el área A, a donde se desplazan ciertos huesos descarnados para su aprovechamiento medular exclusi-Fig. Distribución porcentual y espacial de las astillas y pequeñas esquirlas óseas recuperadas en el área A, tras su excavación. vamente (salvo que se hubiese consumido su carne también allí, aunque hubiese sido preparada anteriormente en el hogar del área B). Remontajes de piezas óseas El intento de encontrar piezas que encajasen resultó arduo y con escasos frutos, dado el carácter de la alteración posdeposicional a la que se vio sometido todo el conjunto óseo. No obstante, fuera de los recintos acotados encontramos en el espacio situado entre las áreas A, B y C dos restos apendiculares que encajaban, estando situados a bastante distancia el uno del otro. Probablemente, los carnívoros carroñeros fueron los responsables de semejante dispersión, al ser ambos huesos de tipo epifisario. Sin embargo, en el área B pudimos remontar tres piezas, pertenecientes a un hiimero, que se encontraba cada una en cuadros diferentes (G7, H7 e 17). Con ello documentábamos que dicha zona, en la que el análisis de distribución de esquirlas óseas demostraba una actividad de fractura de huesos, también fue enclave de consumo de médula. Una gran cantidad de huesos posee marcas de corte producidas durante el procesamiento y consumo de la vaca (Tabla 1). Estas se encuen- tran distribuidas, en términos porcentuales, de la siguiente manera: -La mitad de los especímenes óseos (51%) con marcas de corte pertenecen a las costillas. -Las vértebras (7%), escápulas (7%) y pelvis (2%) también cuentan con este tipo de alteración. -Con respecto a las extremidades, el húmero (19%) y radio (5%) aglutinan el mayor porcentaje de marcas, mientras que el fémur (5%) y tibia (2%) poseen un índice menor, debido a su peor conservación. Si observamos la representación de estas macas en función del número de piezas del mismo tipo, los porcentajes son distintos. Distribución porcentual y anatómica de las marcas de corte en los restos de la vaca. costillas siguen manteniendo un índice superior al 50% de representación, mientras que las vértebras aumentan al 60%, la escápula al 50% y la pelvis al 100%. La sección distal del húmero también alcanza el 100% y su diáfisis central el 80%, algo más reducidos en el radio -33% la parte proximal y 50% la diáfisis central-. El resto de porcentajes aparece en la diáfisis del fémur (67%) y la sección distal de la tibia (50%) (Tablai, Fig. 7). Las marcas, que aparecen aisladamente o en grupos, se encuentran distribuidas de la siguiente manera: -Costillas: aparecen en varias partes de las mismas. Son frecuentes en la sección media (por ambas caras del hueso) y también en su sección proximal. -Vértebras: aparecen a lo largo de las apófisis y cerca del cuerpo óseo. -Extremidades: son mayoritarias en las secciones centrales de las diáfisis, aunque abundan también en las secciones diafisarias proximales y distales (Tabla 1). Tras el abandono del campamento, los restos depositados quedaron expuestos durante un mes y medio a la acción de los carnívoros carroñeros (chacales y hienas) que influyeron de dos maneras en la configuración difinitiva del conjunto óseo analizado: la alteración de un amplio número de piezas y la desaparición de otras por consumo y/o desplazamiento. Las piezas presentes en el conjunto óseo son: el cráneo completo, la práctica totalidad de las costillas, cinco vértebras, un fragmento del acetábulo pélvico, una escápula casi completa y varios fragmentos de la otra, dos húmeros, dos radios, una ulna, un fémur, dos tibias, un astrágalo, un calcáneo y un metápodo. Las secciones óseas de los huesos apendiculares son: un fragmento de epffisis proximal y las dos epífisis distales de húmero, un fragmento de la epífisis proximal de radio, un fragmento de la sección distal de la ulna, las dos epífisis distales de las tibias y una epífisis proximal del metacarpo. El resto de las piezas pertenecientes a las extremidades, que constituyen la mayor parte, son fragmentos diafisarios de la parte proximal/distal o central de cada elemento (Fig. 8). La ausencia de mandíbula, de la mayoría de las vértebras y la pelvis, así como de de las regiones epifisarias -especialmente, las de menor densidad (proximal de húmero y tibia, las distales de radio y las femorales)-son indicativos de una intensa acción destructiva de las hienas. Del mismo modo, la práctica ausencia de metápodos y huesos distales pequeños (tarsales, cárpales, falanges...) indica un transporte y dispersión por parte de estos agentes y/o chacales. La sobrerrepresentación de costillas (dada su categoría de conservación ateniéndose a los criterios de densidad ósea) en comparación con el resto de elementos axiales se explica por su estado de alteración antrópica. Al poseer una capa cárnica de escaso grosor y ser expuestas al fuego, su abandono se produce tras haber consumido la carne, quedando el hueso quemado. Esto resta atractivo para los carroñeros que, a pesar de ello, las modificaron de manera significativa como veremos a continuación. El índice de huesos con marcas de dientes es sumamente elevado en comparación con otros conjuntos antrópicos en los que los carroñeros intervienen de manera secundaria: 25 de los 80 huesos que forman parte de la acumulación de la Boma (31%) tienen al menos una marca de diente (Tabla 2). El 72% de todos los especímenes con marcas de este tipo lo constituyen costillas, seguidas por vértebras (8%) y escápulas (8%). El 12% restante lo forman huesos apendiculares: solamente 3 especímenes (un epífisis distal de húmero y dos fragmentos diafisarios de estilopodios). El tipo de marca más frecuente suele ser la fosa superficial (pit), casi exclusiva en los huesos apendiculares, junto con algunos surcos (scores) poco definidos. En las costillas y vértebras abundan las perforaciones (punctures) y las fosas (pits) más profundas. En las costillas suelen aparecer en las secciones distales, siendo menos frecuentes en las secciones proximales. El 44% de estos huesos tiene alguna marca de diente. Patrón de distribución espacial de restos en la periferia de las zonas acotadas. Ya hemos comentado anteriormente que la mayoría de los huesos aparece en dos concentraciones de origen antrópico, en sendas áreas A y B. Sin embargo, observamos que 16 de los 80 huesos recuperados (20%) se recogieron fuera de las áreas acotadas. Cinco de los siete huesos en torno al área A se encontraban dentro de un radio inferior a los 6 m. y tres de los ocho huesos recogidos cerca del área B estaban a similar distancia. Los otros (ocho especímenes) estaban más alejados (Fig. 9). Sin embargo, la mayoría estaba en el área C (Fig. 2), más umbrosa y podría deberse a aporte tanto humano, como carnívoro. El hecho de que cinco de ellos fuesen costillas, y que todos tuviesen marcas de dientes señalan a un agente carnívoro como responsable principal. Los huesos encontrados cerca de las áreas A y B podrían deber su presencia allí por haber sido arrojados desde las zonas de consumo. Los más alejados deben su situación, presumiblemente, a la acción de hienas y chacales. El hecho más extremo que pudimos documentar de la intervención de estos agentes fue el descubrimiento de una tibia distal y un fragmento de metápodo a 200 m. del centro del área B (Fig. 9). El estudio de la Boma Ndorobo aporta una serie de elementos para la reflexión sobre el estudio de los suelos de ocupación arqueológicos. Un episodio de ocupación tan breve y en el que se llevó a cabo una actividad tan puntual como fue el consumo de una vaca, ha dejado evidencia material en un área muy amplia. Si sólo quisiéremos abarcar mediante estrategia arqueológica las dos acumulaciones antrópicas principales, habría sido necesario acotar una zona de 10 x 5 cuadrículas (de 2x2 m.) en un total de 200 m^. Si deseásemos incluir la diseminación periférica de restos, se habría hecho necesario triplicar dicha extensión (excluyendo las piezas más alejadas). Esas dimensiones son similares (aunque ligeramente inferiores) a las documentadas por Gifford (1977) en los campamentos temporales de las poblaciones Dassanetch en el lago Turkana (Kenia) y a las de los bosquimanos (Bartram et alii, 1991). El estudio del grado (cantidad) y carácter (tipo de hueso) de las acumulaciones y su dis- 3. El análisis de la distribución espacial de los pequeños fragmentos óseos indica los lugares en los que se llevó a cabo la ruptura de huesos para extraer y consumir el tuétano. Los índices de representación de marcas de corte y su distribución anatómica indican el tipo de aprovechamiento cárnico obtenido del animal. Una frecuencia elevada de marcas en los elementos de mayor valor cárnico -huesos axiales y apendiculares superiores (diáfisis)sugiere su explotación primaria. La destrucción ósea debida a la intervención secundaria de carnívoros carroñeros se centra en los elementos axiales. A este respecto, la acumulación estudiada coincide con la experimentación realizada sobre la actuación de hienas en conjuntos antrópicos (Marean et alii, 1992). En el caso de la Boma, la elevada supervivencia de las costillas se debe a que una buena parte de ellas sufrió el efecto del fuego, mermando de esta manera el interés por parte de los carnívoros. Aun así, el 44% de ellas fue alterado por estos agentes y muchas desplazadas de su lugar de deposición original. La destrucción de epífisis con respecto a las diáfisis es evidente y el índice entre ambas secciones óseas resulta indicativo del acceso secundario de los carroñeros (Blumenschine, 1988; Blumenschine y Marean, 1993; Capaldo, 1995). Es interesante señalar la desaparición de las partes distales de las extremidades, transportadas del lugar. El porcentaje de huesos con marcas de dientes es muy elevado (31%), situándose en la parte alta del espectro obtenido en la experimentación con conjuntos antrópicos alterados por hienas (Blumenschine, 1988). Semejante índice se debe a la alta incidencia de marcas de dientes en los elementos axiales y a la elevada (y anómala) supervivencia de costillas. Si sólo nos fijamos en las extremidades, el porcentaje de este tipo de alteración se reduce al 12%, similar al término medio obtenido mediante la experimentación aludida (Blumenschine, 1988; Blumenschine & Marean, 1993). Un número reducido, pero significativo (dos especímenes), de fragmentos diafisarios muestran marcas de dientes. Este hecho contradice la aseveración de Blumenschine (1988) de que este tipo de secciones óseas queda prácticamente exento de alteraciones secundarias debidas a carnívoros, por no resultar de interés alimenticio. En este estudio hemos discernido los resultados materiales de una serie de procesos que han operado sobre un solo animal, en un período de ocupación corto en un mismo enclave. Desgraciadamente, la lectura de los procesos causantes de los yacimientos arqueológicos no resulta tan sencilla por presentar una resolución e integridad menores. Por ello, a partir de este primer paso, nuestra investigación, actualmente en curso, se encamina al análisis de asentamientos ocupados de una manera más prolongada, en los que el número de actividades realizadas es mayor y en los que se han consumido varios animales. De su estudio y cotejo con el asentamiento que hemos presentado en este trabajo esperamos poder definir diagnosis más seguras de apHcación al registro arqueológico para poder ayudar en su inteligibilidad y comprensión.
La Edad del Hierro, iniciada con la llegada fenicia, supuso la introducción y expansión de la siderurgia en España. Aunque las referencias arqueológicas son numerosas, los datos fiables acerca de la tecnología de obtención del nuevo metal son escasos. En este artículo se presenta el estudio analítico y microscópico de escorias y revestimientos de hornos, llegándose a la conclusión de que la siderurgia prerromana estaba basada en hornos de pequeño tamaño, generalmente sin sangrado de escoria. Las escorias, de composición irregular, son fayalíticas y en ocasiones con abundante wustita y magnetita. Todo ello, junto al hecho frecuente de contener sílice libre, indica una tecnología de rasgos rudimentarios a lo largo de todo el período. tudios y enconados debates. La idea tradicional que atribuía la introducción del hierro a invasores centroeuropeos llegados de allende los Pirineos, tiempo ha que fue desechada para relacionarla con la presencia de comerciantes o colonos semitas en el Mediterráneo Occidental. Así, la producción más antigua de hierro está constatada en los enclaves fenicios de la costa malagueña, como ejemplifica el hallazgo de escorias de hierro, restos de hornos y otros elementos relacionados con la fundición -también de cobre-en El Morro de Mezquitilla (Málaga) fechado a fines del siglo IX a.C. y principios del VIII, y en el Peñón de Toscanos y Cerro del Mar, en el siglo VII a.C. A estos hallazgos hay que unir el descubrimiento de piezas aisladas de hierro en contextos del Bronce Final, en un número cada vez mayor de yacimientos y que ha servido para replantear la hipótesis de contactos precoloniales con anterioridad al establecimiento de los primeros enclaves fenicios (Almagro-Gorbea, 1993). Sin embargo, frente a la relativa abundancia de datos arqueológicos sobre la introducción del nuevo metal en la Península Ibérica o la aparición más temprana de los primeros objetos férreos en ambientes de finales de la Edad del Bronce, escasean los estudios tecnológicos. En efecto, se desconocen casi totalmente aspectos relacionados con la reducción de minerales en hornos, minería, producción de materia prima en lingotes, tratamientos posteriores del metal, etc. Los únicos estudios metalúrgicos y/o metalográficos, como veremos más adelante, proceden de unos pocos poblados de la Meseta Norte o de artículos puntuales dedicados al estudio de los residuos metalúrgicos en varios poblados de la Segunda Edad del Hierro en la región de Aragón. Es en este contexto donde integramos nuestro trabajo. Apoyándonos en el análisis empírico de numerosas piezas relacionadas con la fundición primaria de hierro trataremos de demostrar que la siderurgia prerromana, al menos en España, se basó en una tecnología de hornos sencillos, con baja productividad, y por tanto, similar a la del trabajo del cobre y del bronce (Gómez Ramos, 1996a). No obstante, ambas metalurgias presentan diferencias importantes derivadas del proceso mismo de la fundición. por lo que resulta procedente comenzar presentando algunos datos referidos al funcionamiento general de los hornos de hierro. Queremos señalar que se ha dejado de lado el tema del trabajo del hierro posterior a su obtención, ya que su estudio no aporta datos significativos respecto a los hornos y minerales utilizados en la producción primera de hierro. LA REDUCCIÓN DE LOS MINERALES DE HIERRO La siderurgia antigua benefició para la obtención de hierro los abundantes depósitos minerales de óxidos, hidróxidos y carbonatos de hierro (hematites, limonita, magnetita, etc.). La reducción de estos minerales se hacía con carbón vegetal en los hornos de fundición. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con otros metales, los hornos siderúrgicos presentan como característica principal (al menos hasta época medieval avanzada) la imposibilidad de alcanzar en ellos la temperatura de fusión del hierro puro (aproximadamente 1.560° C) y por lo tanto, su licuado y trabajo en moldes. El producto principal obtenido en el horno era un amasijo sólido de hierro dulce y escoria que podía alcanzar varios kilogramos de peso, denominado con los vocablos esponja ferrífera, lupia, o bloom, término inglés que también sirve para designar estos hornos como bloomery furnaces. Ello se debe en gran medida al combustible empleado. El carbón vegetal utilizado en la antigüedad no tenía el poder calorífico suficiente para Hcuar el hierro, cosa que no se conseguió hasta que comenzó a explotarse el carbón mineral ya que con él había la posibilidad de que se formara una aleación hierro-carbono que funde a temperatura más baja. Así, según el diagrama Hierro-Carbono, con un 4,3% de carbono en disolución (2) se consigue hierro líquido a 1.130° C. La dificultad estribaba, en conseguir dicha disolución con los hornos primitivos. (2) El hierro sólido tiene la propiedad de disolver carbono por absorción, a alta temperatura. Esta propiedad es la base de la obtención de aceros carburados en fragua en las herrerías antiguas. pues los análisis de esponjas ferríferas de La Teñe no dan tasas de carbono superiores al 0'5% (Tylecote, 1976: 44, tabla 30), y a esa concentración el hierro funde a los inalcanzables 1.560° C. Las lupias debían trabajarse posteriormente por martilleado o forja en caliente para eliminar la mayor cantidad posible de escoria y formar el lingote. Lupias y lingotes manufacturados de hierro que son singularmente escasos en los contextos arqueológicos peninsulares. No es una tarea sencilla tipificar los hornos. En las excavaciones arqueológicas casi nunca aparecen intactos, las interpretaciones son variopintas y la literatura científica es tan extensa que se corre el riesgo de perderse en tipologías subjetivas basadas casi siempre en aspectos meramente formales. Partiendo de una primera clasificación general establecida por Coghlan en 1956Coghlan en (1977)), en la que se establecían hornos en forma de cuenco, hornos abovedados y hornos en forma de chimenea y que fue ampliada o modificada por otros autores como Cleere (1972) o Forbes (1972), actualmente se reconocen dos tipos básicos deducidos de las observaciones etnográficas y de los trabajos experimentales: Aparece mencionado en la bibhografía liltima con el término bowl furnace. Puede tener una construcción superior de forma troncocónica o abovedada, pero el factor a tener en cuenta para su diferenciación con el horno vertical de chimenea es que existan medidas similares entre la altura y la anchura (Tylecote y Merkel, 1985). Horno de chimenea, cuando la altura es netamente superior a la anchura del horno. A lo largo de la operación la escoria más o menos líquida caía al fondo de la solera, excavada en el suelo o no, y al igual que en los hornos de cobre, también era posible sangrarla fuera de la cámara; la diferencia estriba en la posición de las piqueras de sangrado, que en el caso del cobre ha de estar más alta, pues la escoria flota sobre el metal, y en el hierro sucede lo contrario, por lo que la saUda ha de estar en el punto más bajo. En ambos casos, se trata siempre de hornos de pequeño diámetro que no suelen superar los 50 cm. con una altura aproximada de un metro, y no deben con-fundirse en ningún caso con los altos hornos capaces de obtener hierro líquido, característicos por sus altas chimeneas que llegaron a alcanzar en Europa Occidental a finales del siglo XIII los 5 m., o los 8 m. en el siglo XVIII y que contaban con potentes sistemas de aireación y carbón mineral como combustible. Evidentemente, es difícil distinguir a través de los restos arqueológicos un horno de cubeta de un horno de chimenea ya que las partes estructurales superiores generalmente no se han conservado. La división útil o práctica en el terreno arqueológico estribará en si el horno, ya fuera de cubeta o de chimenea, tuvo o no piquera para el sangrado al exterior de sus escorias. Las escorias de sangrado se distinguen por mostrar en sus superficies signos evidentes de haber fluido en estado pastoso y se diferencian fácilmente de las escorias que quedan depositadas en el fondo del horno y que originan características tortas de forma plano-convexa. Ésta es la única división cierta (hornos con o sin sangrado de sus escorias) cuando los restos arqueológicos son realmente parcos, como ya señalara Tylecote (1987:162). VESTIGIOS RELACIONADOS CON LA SIDERURGIA PRERROMANA EN ESPAÑA Los hallazgos vinculados con tareas de producción de hierro (hornos, escorias y minerales) durante el último milenio a.C. son abundantísimos a juzgar por las referencias escritas (3). Sin embargo, un número elevado de ellos, tanto españoles como portugueses, se refieren simplemente a escorias localizadas en tal o cual yacimiento pero sin presentar ni análisis ni descripciones. También es destacable la ausencia casi total de lupias, lingotes y revestimientos de hornos. La documentación incluye todas las provincias españolas así como nume- (3) El total de estas referencias abarca 293 yacimientos, que divididos por regiones quedan del siguiente modo: Portugal,12; Andalucía,49; Extremadura,16; Galicia,31; Asturias y Cantabria,6; País Vasco,11; Navarra,3; Rioja,1; Aragón,46; Meseta Norte,44; Meseta Sur,13; Cataluña,31; Comunidad Valenciana,20; Murcia,7; e islas Baleares, 3. rosas zonas de Portugal, y en su mayor parte se encuadra cronológicamente en un momento avanzado del I milenio a.C. En este trabajo centraremos nuestra atención, por lo tanto, solamente en los mejor documentados y que se encuentran en España, remitiendo para el resto al estudio detallado de Gómez Ramos (1996b). La información más interesante proviene de los yacimientos fenicios de la costa de Málaga. El Morro de Mezquitilla (Algarrobo) ha proporcionado los restos de fundición fenicios más antiguos de la Península Ibérica, fechables a fines del siglo IX y principios del siglo VIII a.C. (Schubart, 1985a;1985b: 63 y 1990: 38). En la zona llamada "talleres", correspondiente a los estratos más antiguos del yacimiento, se hallaron varios hornos, escorias y toberas o boquillas de tobera de uno y dos conductos, algunas con restos de metal adheridos. Tanto H. Schubart en sus distintos trabajos como Keesmann y Hellermann (1989: 92-117) abogan por la existencia de un taller de herrero con escorias de forja y no una fundición para obtener el metal. Su importancia viene motivada por el hallazgo de restos de dos estructuras que han sido clasificadas como hornos metalúrgicos para el procesamiento de minerales de hierro en un horizonte relativamente antiguo, uno de la segunda mitad del siglo VIII-VII a.C. y otro en un momento más avanzado que abarcaría aproximadamente los siglos VI-V a.C. Las descripciones morfológicas y de funcionamiento que presenta la autora son discutibles ya que hablan de minerales contenidos en crisoles en el interior de una supuesta estructura cupular de adobes de grandes dimensiones. No obstante, los anáhsis de escorias y minerales efectuados por Arana y Pérez Sirvent (1993: 111-129) indican sin duda la producción de hierro en este poblado indígena. Dentro de la II Edad del Hierro cabe destacar, entre otros, el hallazgo de escorias y minerales en el yacimiento soriano de Castilmontán (Somaén) cuyo estudio analítico fue realizado por Madroñero et alii (1992). También contamos con análisis de una serie de escorias de reducción y de forja procedentes de distintos cas tros prerromanos de la provincia de Zamora como La Dehesa de Amor (La Tuda) y El Cerco de Sejas (Aliste) (Esparza, 1987: 285-287 y 399). Existen escorias analizadas de los poblados aragoneses de Monte Catma (La Ginebrosa) (Martín Costea et alii, 1993: 241-283), Vallipón (Castellote) (Martín Costea y Ruiz Zapatero, 1980: 31-40), en ambos casos con la mina de hierro cerca del asentamiento, y La Oruña (Veruela), no lejos del metalotecto ferrífero del Moncayo (Hernández Vera y Murillo, 1985: 181-184). Los pocos estudios analíticos de los restos de fundición inciden en producciones metalúrgicas a pequeña escala con explotación de los recursos minerales locales de cada zona, como ilustran las composiciones de las escorias analizadas. Todos estos datos se encuadran dentro de un panorama historiográfico en el que predominan ideas equivocadas sobre los hornos de fundición y la metalurgia extractiva del hierro que ya pusimos de relieve en nuestro trabajo doctoral (Gómez Ramos, 1996b). En cuanto a los hornos, porque muchas de las estructuras ideadas no cumplen los requisitos para que pudieran funcionar como tales, y en cuanto a la metalurgia, porque se toma como modelo de la fundición del hierro el del cobre y bronce, cosa que no puede ser así puesto que el hierro dulce o ligeramente acerado de la Prehistoria nunca pudo ser derretido en crisoles y vertido en moldes debido a su elevado punto de fusión, inalcanzable con los medios disponibles entonces, como se ha argumentado anteriormente. Las reconstrucciones y funcionamientos planteados para los hornos de Librilla en Murcia (Ros Sala, 1989y 1993) o los pacenses de Belén y Los Castillejos 2 (Berrocal, 1993), con la utihzación de "crisoles" para efectuar en su interior la fundición de minerales o de hierro metálico, "toberas" para el sangrado de escorias, etc.. junto a hornos de varios metros de diámetro como por ejemplo, los hornos de La Oruña en Zaragoza (Hernández Vera y Murillo Ramos, 1985) son sintomáticos a este respecto. Con la investigación que hemos llevado a cabo sobre numerosos materiales relacionados con la producción de hierro, especialmente escorias (Fig. 1), enviados por arqueólogos para su estudio en el laboratorio mediante espectrometría por fluorescencia de rayos X (energía dispersiva) (4) y microscopía óptica y electrónica en el I.C.R.B.C, Museo de América y Universidad Autónoma de Madrid, se amplía de manera notable el corpus de datos analíticos con los que poder precisar nuevos conocimientos de la siderurgia prerromana en España. Aunque el estudio de los materiales no nos permite conocer la morfología concreta de ningiín horno, hemos analizado un fragmento de revestimiento del yacimiento asturiano de La (4) En los análisis por fluorescencia de rayos X se han calculado los valores respectivos de los elementos en cuentas por segundo (análisis espectral), en las siguientes líneas: Fe(Ka), Mn(Ka), Ca(Ka), Ba(Ka), Cu(Ka), As(Kp), Sb(Ka), Ag(Ka), Sn(Kp) y Pb(LP). No se han podido determinar los elementos más ligeros que el calcio debido a la configuración del espectrómetro. Estos análisis por fluorescencia han sido realizados por Salvador Rovira (Museo Arqueológico Nacional, Madrid). Campa Torres (5) y otro de El Picu Castiellu (6), lo cual indica que al menos en algunos casos, la cámara contaba con una capa de recubrimiento refractario para igualar su superficie y mejorar el rendimiento térmico. El revestimiento de Campa Torres es simple arcilla con la superficie vidriada por efecto del calor. Más interesante y complejo es el revestimiento del horno de El Picu Castiellu, formado por una capa de arena fina, blanca, de unos 8 mm. de espesor, aplicada sobre arcilla. También presenta vidriado y escorificaciones. La carencia de grandes restos estructurales de hornos motiva que la mayor información provenga del estudio y análisis de las escorias recobradas en zonas de fundición, cuyos resultados se encuentran en la Tabla 1. Como puede comprobarse, las escorias son silicatos de hierro, ligeramente baritadas, y con calcio y/o manganeso en algunas ocasiones, como certifican los anáhsis de las muestras de Capote (7), Corona de Corporales (8) y Cerro de las Nieves (9). Se comprueba también la existencia de escorias ricas y pobres en hierro, hecho que parece indicar que las condiciones reductoras y el rendimiento en el interior del horno fueron irregulares, como ya había sido observado en las escorias del Morro de Mezquitilla (Keesmann y Hellermann, 1989). Con el fin de añadir criterios analíticos más precisos a nuestro trabajo, algunas escorias han sido estudiadas con microsonda electrónica, El castro de La Campa Torres (Gijón) se fecha entre los siglos XV-III a.C. (Maya et alii, 1993:151). Los materiales estudiados proceden de la estructura denominada "Horno 1". (6) El Picu Castiellu (Morlón, Villaviciosa) es un yacimiento con fases de habitación del Hierro I y II (Camino, 1992). No conocemos la posición estratigráfica de los materiales analizados dentro de dichas fases pero, en todo caso, resultan muy homogéneos. Es, por tanto, una escoria rica en metal. Por el contrario, la muestra PA6731 de Capote es una escoria pobre en hierro, con 29,7 c.p.s., pico que se corresponde con una cifra total del 12% de hierro. Los estudios microscópicos corroboran también procesos poco eficientes para la reducción de los minerales de hierro. Se lograba formar escorias fayalíticas (10), pero el ambiente del horno no acababa de ser el adecuado para reducir todo el hierro presente, por lo que gran parte de las escorias suele ser muy rica en óxidos de hierro (wustita y magnetita) y presenta propiedades ferromagnéticas (Lám. Es frecuente, igualmente, encontrar pequeños nodulos de hierro metálico en la escoria (Lám. I C), lo que indica una precaria tecnología del horno por las pérdidas de hierro que comportan, aunque es probable que tales escorias fueran reutilizadas en una fundición posterior, como ya señalaran Keesmann et alii (1989: 107) cuando estudiaron materiales similares hallados en Toscanos. La presencia de sílice libre es, por otro lado, signo evidente del empleo de arena como fundente, como se ha podido comprobar en El Picu Castiellu, Campa Torres y Cerro de las Nieves. Es normal observar granos de cuarzo intactos que no lograron fundirse ya que las temperaturas no fueron lo suficientemente altas, pero indican en todo caso un procedimiento correcto como es la adición de fundentes silícicos en la obtención de hierro. Estos materiales indican que la producción de hierro se efectuaba en pequeños hornos de morfología no determinada aunque, eso sí, sin sangrado de escorias, lo que conduce a la for-(10) La fayalita es un silicato de hierro que cristaliza en la escoria formando cristales aciculares. Funde en torno a los 1.100° C, por lo que su presencia y abundancia son indicadores de la temperatura de formación de la escoria. A: Microfotografía de la escoria PA5677-1 de El Picu Castiellu (Asturias (Berrocal, 1994), por lo que se trata, hasta la fecha, de un unicum que podría indicar la utilización de hornos de mayor capacidad. Con la adopción de la siderurgia, la Península Ibérica ingresa plenamente en la Edad del Hierro. La presencia de este nuevo metal, que ampliará notablemente las posibilidades de la producción metalúrgica, se atribuye a los contactos establecidos con fenicios y griegos a través de sus colonias más tempranas en Occidente (Snodgrass, 1980). Los restos más antiguos de estructuras de hornos de hierro en la Península, de los cuales contamos con mayor información, se limitan a los hallazgos murcianos de El Castellar de Librilla, fechados en los siglos VIII-VII a.C. (Ros Sala, 1989y 1993), y a Toscanos, Málaga, a mediados del siglo VII a.C. (Keesmann et alii, 1989). Las escorias no son de sangrado, lo cual indicaría cierto primitivismo de estos hornos, más sorprendente si consideramos que la metalurgia de Toscanos y también la de El Morro de Mezquitilla es la de dos asentamientos fenicios. Pero al carecer de datos sobre los hornos sirio-palestinos contemporáneos, tal primitivismo no deja de ser una impresión apriorística probablemente errónea, construida tras aceptar sin crítica que los fenicios debían conocer una tecnología mejor. Efectivamente, si bien no hay por el momento datos de la tecnología siderúrgica de la me- trópolis fenicia, sí tenemos algunos, aunque más tardíos, de locahdades itahanas que nos pueden servir de ilustración acerca del tema. Así, por ejemplo, en Populonia (Toscana) se encontraron restos de un horno cilindrico de unos 30 cm. de diámetro interior y unos 45 cm. de altura fechado en el 420 + 100 ca. Este horno se halla en un área de gran actividad siderúrgica, como demuestran los miles de toneladas de escorias entre los que se encuentra (aunque sólo una parte es de época etrusca, pues la mayor parte son de época romana y medieval). La escoria producida en este horno no es de sangrado y consiste en pequeños nodulos actualmente cementados formando capas en la playa de Baratti. En este mismo sitio se documentan grandes tortas de escoria de sangrado asociadas a hornos fechados en el 170 ± 70 ca. AC. cuyos restos responden a estructuras cilindricas de aproximadamente un metro de altura y 50 cm. de diámetro interior en la solera (Voss, 1988). Así, pues, si estos hornos mediterráneos son como acabamos de describir y con ellos se obtuvieron miles de kilogramos de hierro, no hay ninguna razón para pensar que los hornos fenicios de Toscanos y de El Morro de Mezquitilla, más antiguos, tuvieran que ser mayores y más evolucionados, cuando en ninguna factoría colonial se ha podido documentar un volumen de escorias ni siquiera mediano que los justifique. Todo parece señalar que la actividad siderúrgica hispánica fue muy limitada dada la inexistencia de buenos escoriales, pero la tecnología puesta en juego era tan moderna o si se prefiere, tan atrasada, como la de otras regiones mediterráneas. Nuestros análisis de escorias, coincidentes con los de otros investigadores, así lo corroboran. Dentro de este panorama general en el que no se observan diferencias significativas en la tecnología siderúrgica de distintas partes de Europa, encajan sin dificultad los datos aportados por nuestra investigación. Todos los fragmentos de escorias que hemos estudiado son de hornos sin sangrado con la excepción de una única muestra del Castrejón de Capote, probablemente moderna dentro del Hierro II, pero que por su carácter singular no conviene sobrevalorar. Las tortas de escoria de El Picu Castiellu. Capote, Cerro de las Nieves, etc., se forma-ron en el fondo de pequeños hornos de no másde 30-40 cm. de diámetro, si bien lo más normal es encontrar escorias en forma de agregados nodulares, característicos también de estos hornos sencillos cuya morfología no conocemos en detalle, pero que podían llevar revestimientos internos ricos en sflice. En los hornos se procesaban óxidos de hierro, utilizando como fundente arena. Sin embargo, las condiciones reductoras no eran siempre las más apropiadas, lo que motivaba con frecuencia la formación de magnetita. No será hasta época romana cuando la metalurgia extractiva del hierro alcance rasgos más evolucionados de la mano de hornos con sangrado de escorias de tipo fayalítico. En cualquier caso, el Hierro Antiguo es una etapa de nuestra Protohistoria que debe ser estudiada con más meticulosidad por lo que respecta a la metalurgia férrica, ya que muchos de los materiales aquí presentados carecen de precisa base cronológica. No obstante, no se observan grandes diferencias morfológicas ni químicas en el conjunto de las escorias, lo cual hace pensar que probablemente no encontraremos contrastes apreciables entre las tecnologías del Hierro I y II, sino una mayor extensión e intensificación del empleo del hierro. La escoria de sangrado de Capote podría interpretarse, no tanto como una mejora del horno sino como un aumento de la producción del mismo. En la Península Ibérica no se han documentado por ahora grandes acumulaciones de escorias de hierro con las que sustentar la tesis de la existencia de algún gran centro productor prerromano. Por el contrario, la frecuencia de sitios arqueológicos con pequeños restos de esta actividad, junto con la diseminación y abundancia de las mineralizaciones ferruginosas, remiten a una práctica siderúrgica a pequeña escala, local, dedicada al autoabastecimiento. Quizá por ello no se registran, a diferencia de lo que sucede en otras partes de Europa, hallazgos claros de lingotes de hierro, pues el ciclo se inicia y acaba en el propio taller del herrero.
Presentamos en este trabajo un conjunto de importaciones áticas halladas en las excavaciones del Cerro del Prado, situado en la bahía de Algeciras (Cádiz). El interés de este conjunto reside en su pertenencia a un momento cronológico muy concreto: el último tercio del siglo V a.C, no habiéndose hallado importaciones más modernas y en la presencia absoluta de vasos de barniz negro, lo que nos habla de una demanda muy determinada de la sociedad púnica peninsular frente al comercio de productos griegos. Palabras clave: Comercio griego. ninsular (Arteaga et alii, 1987), con dos ríos en sus inmediaciones, como son el Guadarranque y el Guadiaro, que posiblemente fuesen vías fluviales de comunicación con el interior. Este patrón de asentamiento se repite en otro yacimiento de las mismas características como es el Castillo de Doña Blanca (Ruiz Mata, 1986; Ruiz Mata, 1991; Ruiz Mata y Pérez, 1995), igualmente situado al fondo de una bahía y junto a un río, el Guadalete, que supone una vía de comunicación fluvial, con importantes yacimientos indígenas en su entorno, que en todo caso son núcleos de comercio y contactos con las factorías fenicias. Pero dada la situación geográfica del Cerro del Prado, creemos que el hinterland de este yacimiento abarca no sólo su entorno más inmediato como es el de tierra firme y vías fluviales, sino también el vecino Norte de África. Por ello deducimos que la presencia de este establecimiento en el mismo Estrecho de Gibraltar, situado al final de la costa malagueña y al principio de la costa gaditana, supone un control claro del comercio, desde un punto de inflexión geográfica, y especialmente de las relaciones comerciales con el mundo mediterráneo, frente al comercio gaditano, más específico del control de las grandes vías comerciales del interior de la Península Ibérica, sobre todo del comercio de los metales. El entorno más inmediato del Cerro del Prado nos es bien conocido. En 1977, el doctor Pellicer dirige un equipo que realiza una serie de investigaciones en la costa gaditana, descubriendo y dando a conocer el Cerro del Prado (Pellicer et alii,\911). Posteriormente, en el año 1985, Ángel Muñoz y Rafael Baliña (1987) realizan prospecciones superficiales en la zona, dando a conocer una serie de yacimientos situados entre la Ensenada de Getares (Algeciras) y la desembocadura del río Guadalmesí. En el año 1986, el doctor Schubart (1987), dentro de la campaña de sondeos que viene realizando el Instituto Arqueológico Alemán para el estudio de la evolución de la línea costera, realiza sondeos en la zona, localizando el yacimiento de Montilla, en la margen izquierda del Guadiaro, ya casi en su desembocadura. La década de los años 70 supuso la desaparición de gran parte del yacimiento, cuando se instala en la zona el complejo industrial aún existente. El yacimiento fue desmontado y utilizado para rellenar las marismas circundantes, conservándose del mismo pequeñas zonas y lo que aún subsiste bajo la factoría de Butano. Consideramos que es uno de los atentados más graves realizados contra el Patrimonio arqueológico. Sobre lo que aún queda del yacimiento planteamos un corte estratigráfico, donde se pudo documentar una estratigrafía que va al menos desde el siglo VIII hasta el siglo IV a.C. (Ulreich et alii, 1990). Fue en esta campaña de excavación cuando se halló el conjunto de importaciones áticas que damos a conocer en este trabajo. La colmatación aluvial que el Guadiaro produjo en el entorno del Cerro del Prado, hace que este yacimiento pierda su condición de puerto, por lo que en torno al siglo IV a.C. es abandonado el lugar, momento en el que es fundada la ciudad de Cartela, como corroboran los recientes estudios realizados por la doctora Roldan (1995). El conjunto de vasos áticos hallados en el Cerro del Prado presenta un interés muy especial, pues es un grupo con una cronología muy T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es definida y, sobre todo, poco dilatada, lo que permite definir un horizonte tipológico concreto en un tiempo determinado dentro de la historia del comercio griego en la Península Ibérica. Ya en las prospecciones realizadas por Pelhcer en 1977 se habían encontrado algunos fragmentos cerámicos griegos: un fragmento de copa "jonia" del siglo VI a.C, y dos bordes de ánforas, en su momento no identificadas como griegas, pero que corresponden seguramente, tal y como indica la descripción de su pasta y su perfil, al tipo de ánfora corintia A' (Pellicer et alii, 1911: fig. 3, nP^ 4 y 5), característico del siglo V a.C. El conjunto que ahora presentamos, hallado en las excavaciones de 1989 (Ulreich et alii, 1990), está compuesto por casi un centenar de fragmentos, donde predominan absolutamente los vasos de barniz negro, pues sólo se ha documentado un fragmento de una crátera de figuras rojas. Estas copas robustas de borde cóncavo y moldura interna fueron exportadas a la Península Ibérica en enormes cantidades, y podríamos decir que es el tipo de vaso ático más popular entre las poblaciones ibéricas y turdetanas durante la segunda mitad del siglo V a.C. (Sánchez, 1992a). Aunque su producción comienza en Atenas en el segundo cuarto del siglo V, en la Península Ibérica apenas se documentan hasta después de mediados del siglo -sólo algún ejemplar aislado hallado recientemente en Huelva se fecha en la primera mitad del siglo V (Rufete, 1996)-y continúan hasta el primer cuarto del siglo IV, cuando ya en Atenas han dejado de utilizarse. A lo largo de este tiempo la forma no experimenta ninguna variación, aunque sí su decoración. Al igual que en otros vasos de barniz negro, también en este tipo de copas se ha observado la presencia de zonas reservadas -lado exterior del pie y fondo externo, panel entre las asas-en momentos antiguos, zonas que a fines del siglo V y, sobre todo, en el siglo IV se recubrirán de barniz. Esta tendencia también ha sido constatada en la Península Ibérica en aquellas piezas con contextos cronológicos seguros. Copas Cástulo del Cerro del Prado (Algeciras, Cádiz). Aquí se han distinguido dos tipos de copas Cástulo: el primero, del último cuarto del siglo V, es una copa con el interior de las asas, el panel entre éstas y el lado externo del pie en reserva, y el fondo decorado con un círculo y punto central. El segundo, que como muy tarde se fecha en el primer cuarto del siglo IV, estaría totalmente barnizado al exterior y en el fondo externo se habría complicado la decoración incluyendo una o dos bandas (Sánchez, 1992a: 331-2). Las copas Cástulo del Cerro del Prado (n.°^ 1-39) (Figs. 2-4) pertenecen al grupo de las copas de la segunda mitad del siglo V: la n.° 5 presenta el panel entre las asas reservado, y los fragmentos de pies n.°^ 22-30 (Fig. 3) aparecen todos con el lado externo y el fondo reservados. Todas ellas, por tanto, nos dan una fecha no posterior a finales del siglo V, que será más precisa al datarlas, como veremos, en relación al resto del conjunto. La altura del fragmento no permite saber si existiría la moldura interna característica de las copas del segundo tipo. Las copas de borde recto son copas con cuerpo poco profundo, curva continua desde el pie al borde y un labio recto que no se marca ni al exterior ni al interior. Las asas arrancan de la parte central del cuerpo y suben hasta la altura del borde. El pie es en un principio de anillo, convexo en ambas caras, pero a partir del último cuarto del siglo V adopta la forma del de las copas Cástulo. Este tipo de copa se fabricó durante la segunda mitad del siglo V especialmente, y en el Agora no hay ejemplares del siglo IV. El mismo tipo de copa se decoró también con figuras rojas. Las copas de la "Clase Delicada" tienen un perfil similar a las anteriores, pero son características la moldura interna a media altura del cuerpo, la delicadeza y finura de sus paredes, y pies más elaborados y moldurados. Son más abundantes en la versión de figuras rojas: son las copas del Grupo del Pintor de Marlay, las copas con una figura de lechuza o con una cabeza femenina en el medallón, presentes en Ampurias y UUastret y en Castellones de Ceal, Huelva y Cancho Roano en contextos del último cuarto del siglo V (Cabrera, 1987). Las copas de la "Clase Delicada" aparecen siempre asociadas en el Sur de la Península Ibérica a copas Cástulo y otros vasos de la segunda mitad del siglo, y son especialmente abundantes en el líltimo cuarto del siglo (Cabrera y Sánchez, 1994). Los fragmentos de pie n.°^ 43 y 46 (Fig. 4) podrían pertenecer a copas de borde recto, así como el fragmento n.° 44 (Fig. 4), Uso, sin la decoración característica de las copas de la "Clase Delicada". Las Rheneia cups tienen un cuerpo bajo, labio ligeramente cóncavo y pie en anillo. Su producción comenzó en el segundo cuarto del siglo V y cesó algo antes del 400 a.C. A lo largo de esos años, el cuenco se hace menos redondeado, y las asas al comienzo salen del cuenco y más tarde del labio. Nuestro fragmento presenta el asa aún brotando del cuenco, por lo que debe estar entre los ejemplares no posteriores al 430 a.C. (Sparkes y Talcott, 1970, n.^^ 457, 458). Otra forma ática documentada en el Cerro del Prado es la de los cuencos pequeños, del tipo llamado en el Agora later and light (Sparkes y Talcott, 1970:134). Es una forma de cuenco muy popular en el último cuarto del siglo V, que se desarrolló a partir de la versión más pesada de los años anteriores. Es un cuenco ancho y bajo, de paredes ligeras, y con borde recto, del mismo grosor que la pared y redon-deado por arriba. Otro rasgo distintivo es la moldura cóncava en el fondo externo. Los fragmentos n.° 40 y n.° 45 (Fig. 4) pertenecen sin duda a este tipo. En Andalucía no se han documentado otros cuencos de este tipo durante el siglo V. Los cuencos de una sola asa, los llamados en el Agora one-handler (Sparkes y Talcott, 1970: 124-127), son relativamente numerosos en el Cerro del Prado (n.^^ 47-51) (Fip. Todos ellos pertenecen al tipo black del Agora (Sparkes y Talcott, 1970: 126, n.°^ 744-763), y algunos presentan el labio hgeramente inclinado hacia el interior, característica que los hace inconfundibles. La pared de estos cuencos varía a lo largo de los años: durante el siglo V es una curva continua desde el borde al pie, hacia fines del siglo empieza a marcarse una doble curva, y en el siglo IV el tercio superior de la pared es ligeramente recto, marcando un Hgero ángulo en el punto medio. La curvatura continua de nuestros cuencos nos inclina a datarlos en un tiempo anterior al cambio de siglo, hacia el 425-410 a.C. En Ampurias se han hallado cuencos de este tipo en contextos de fines del siglo V (Sanmartí et alii, 1986, figs. 11-9,10,14). Junto a copas y cuencos se han documentado también bolsales (n.°^ 452-57) (Fig. 5). Como ocurre con otro tipo de vasos, durante el siglo V la pared de los bolsales dibuja una curva continua, con el diámetro máximo en el borde o algo más abajo, mientras que en el siglo IV la pared se curva y el borde se vuelve hacia afuera, marcándose una doble curva. El pie característico queda establecido a fines del V: un pie saliente, que en el interior ofrece una curva continua, y en el exterior la unión con esta curva forma un ángulo agudo. El pie se une al cuerpo mediante la característica curva cóncava. Desde el último cuarto del siglo V el cambio de dirección se acentúa con una acanaladura reservada. La amplitud de la curva cóncava es también signo de antigüedad. Nuestros fragmentos de borde presentan paredes más delgadas de lo que es característico en el siglo IV, y una curva continua, y el fragmento de pie una amplia curva cóncava. Todo ello nos indica que se trata de ejemplares del último cuarto del siglo V, y no posteriores. No son muy frecuentes en Andalucía los bolsales del siglo V, pues sólo se documentan en Puentetablas, Cástulo y Galera (Sánchez, 1992b: n.^^ 244, 509, 925), siendo mucho más numerosos los ejemplares del siglo IV. Los escifos forman el segundo grupo más numeroso, después de las copas Cástulo, en el Cerro del Prado (n.°^ 71-82) (Fig. 6). Son vasos cuyas paredes trazan una línea continua desde el pie al borde, con el diámetro máximo en el borde, y labio ligeramente apuntado. El pie es robusto y de sección cuadrángulas Las asas, gruesas y redondeadas, tienen los arranques muy próximos (n.° 82), aunque todavía no han alcanzado la forma triangular característica del siglo IV Son, por tanto, escifos datables en el último cuarto del siglo V (Sparkes y Talcott, 1970, n.° 347), pues ya no presentan el diámetro máximo algo por debajo del borde, como los más antiguos, y, por otra parte, tampoco la doble curva característica de los escifos a partir del 400 a.C. En Andalucía oriental este tipo de escifo está escasamente representado, sólo con un ejemplar de fines del siglo V o inicios del IV en Toya (Sánchez, 1992 b: n.° 452). Parece que es una forma que en el área ibérica, y durante el siglo IV, no goza de gran popularidad. Su relativa abundancia en el Cerro del Prado es indicio de que nos encontramos en un momento más antiguo y, naturalmente, en un área cultural diferente. La patera es un vaso escaso en el Cerro del Prado (n.^^ 83-84) (Fig. 6). Esta forma no es muy común en Atenas antes del último cuarto del siglo V. Se trata de un cuenco bajo, con pie en anillo y borde engrosado que se proyecta hacia el exterior. Como ocurría con los cuencos de una sola asa y los bolsales, en las pateras del siglo V la pared describe una curva continua, y hacia el 410 empieza a hacerse vertical y a dibujar una doble curva, marcando un ángulo en la parte inferior, que será característico de las pateras del siglo IV. Nuestros fragmentos, cuyas paredes están lejos de la verticahdad, corresponden, por tanto, a pateras del último cuarto del V (Sparkes y Talcott, 1970: n.° 779). En Ampurias también están documentadas pateras de este tipo en contextos de fines del siglo V (Sanmartí etalii, 1986: figs. 11, 28). Otro tipo de vaso documentado en este yacimiento es la lucerna (n.°^ 58-70) (Fig. 5). Todas ellas pertenecen al mismo tipo: lucernas con bordes planos, cuerpos anchos y abiertos, definido como tipo 23 A del Agora de Atenas (Howland, 1958: fig. 7, n.^^ 209-220). Se caracterizan por tener el pie indicado, el fondo externo ligeramente cóncavo, un borde plano inclinado hacia adentro, y un cuerpo ancho y poco profundo. Los picos son anchos y largos, y la mayoría tiene asas de cinta. Están totalmente recubiertas de barniz, excepto el fondo externo. El n.° 58, sin embargo, pertenece al tipo 23 A Prima del Agora, que tiene las mismas características formales que el tipo anterior, pero la superficie exterior está reservada (Howland, 1958: n.os 221-222). Estos dos tipos se fechan desde el tercer cuarto del siglo V hasta el primer cuarto del IV. Las lucernas son formas abundantes en los yacimientos púnicos, como Ibiza (Sánchez, 1981), donde sobrepasan numéricamente a otros tipos de vasos y con gran diferencia, y escasos en los yacimientos ibéricos. En Andalucía oriental sólo se ha documentado una lucerna del tipo 23 del Agora en Baza, posiblemente asociada a una copa Cástulo (Sánchez, 1992b, n.° 99). Se ha hallado también un fragmento perteneciente a un lécito panzudo (n.° 85) (Fig. 6), del tipo squat lekythos del Agora (Sparkes y Talcott, 1970: 153), aunque por el tamaño conservado no sabríamos decir si pertenece a la versión de barniz negro o de figuras rojas. Su pie no presenta la moldura característica de estos vasos, por lo que dejamos abierta su atribución a un tipo determinado y su cronología. Lo mismo debemos decir de los fragmentos n.° 87 y n.° 88 (Fig. 6). El fragmento n.° 89 (Fig. 6) pertenece a una crátera de campana de figuras rojas, y con toda probabilidad a su cara B. Se conserva el meandro que delimitaría la escena por abajo y la parte inferior de dos figuras, seguramente dos jóvenes envueltos en himatia. Se trata de la característica escena de palestra que adorna las caras B de las cráteras de campana del Grupo de Telos, tan frecuentes en los yacimientos andaluces, especialmente de Andalucía oriental (Sánchez, 1992b). Es el único ejemplar, de todos los hallados en el Cerro del Prado, aparte de los fragmentos indeterminados, datable en el siglo IV a.C, y más concretamente en el segundo cuarto del siglo. El conjunto de importaciones áticas del Cerro del Prado ha resultado de enorme interés, pues define un momento muy preciso de las relaciones comerciales entre el mundo púnico del Sur y los comerciantes griegos. Ese momento se situaría en el último tercio del siglo V, entre el 430 y 400 a.C. Es además un indicador muy efectivo sobre los niveles de demanda específica de la sociedad púnica frente a los artículos griegos. Y, por otra parte, nos habla del proceso de desarrollo económico de estas sociedades en torno a un importante centro político, Cádiz, y en un contexto más ampHo, mediterráneo. Los hallazgos del Cerro del Prado confirman algo que ya se había apuntado en otros lugares, aunque con datos menos precisos: la preferencia del mundo púnico por los vasos griegos de barniz negro (BN) frente a los vasos de figuras rojas (FR). Aquí la proporción es abrumadora: 88 fragmentos de BN, y un fragmento de FR. Incluso, para ser más precisos, en el período estudiado sólo se documentan vasos de BN, pues el de FR es posterior. Este predominio de los vasos de BN no es exclusivo del siglo V, pues se sigue constatando en el siglo IV. Aunque en el siglo siguiente al que ahora nos ocupa se documentan en los yacimientos púnicos de la costa, desde Villaricos a Cádiz, importaciones de FR, son absolutamente minoritarias, al contrario de lo que ocurre en la Alta Andalucía (Cabrera, e.p.). La menor demanda de vasos figurados (en el Castillo de doña Blanca se constata una relación entre FR y BN de 20 a 100) podría estar relacionada, como ya señaló Olmos (1984), con la tradición anicónica del mundo púnico. También destaca el gusto por las formas abiertas, por los cuencos de diversos tipos y por los platos de pescado, lo que se podría relacionar con una costumbre alimentaria y una base económica muy determinada. Entre las producciones de BN de los siglos V y IV, en el área púnica predominan las pateras de borde saliente, los cuencos de borde entrante, las lucernas y los bolsales, seguidas de los cuencos-salero y platos de pescado. El rasgo más sobresaliente y diferenciador es la abundancia de lucernas, frente a su escasez en la Alta y Baja Andalucía. En conjunto, el ambiente de importaciones de los yacimientos púnicos está más relacionado con Ibiza (Sánchez, 1981) y el Norte de África, donde también encontramos este predominio abrumador del BN (Morel, 1983: 733; Morel, 1995), que con el resto de Andalucía. Los hallazgos griegos en el área púnica se han realizado todos ellos en habitats. Parece que la cerámica griega no se utiliza aquí normalmente como ajuar funerario, excepto en Villaricos, pero tenemos que tener en cuenta que en este yacimiento hay una duahdad de población y que es el puerto de entrada y redistribuidor de estas importaciones hacia la Alta Andalucía. Lo que nos están definiendo estos porcentajes es una demanda y un consumo muy específicos que deben responder a condicionamientos económicos y sociales particulares. Aquí los vasos griegos no se están utilizando, como entre las sociedades ibéricas de la Alta Andalucía, como elementos diacríticos en la estructura social, como indicadores de prestigio y poder. Es posible que haya razones más puramente mercantilistas en esta demanda púnica de productos griegos, que, por otra parte, no es tan fuerte ni tiene un peso tan decisivo en su estructura económica (Cabrera, 1994). Este conjunto de importaciones es también un claro indicador de la dinámica comercial establecida a partir de mediados del siglo V entre Ampurias y Cádiz (Cabrera, 1994). A cambio de vajilla ática y de aceite y vino griegos, Ampurias recibiría los productos que Gadir ha aglutinado procedentes de la Turdetania, Extremadura, zona atlántica y norteafricana. Que los intermediarios que trajeron estos productos griegos al Sur fueran púnicos no es relevante, pues lo que hay que hablar es de centros que actúan como motores económicos, como centros económicos de acumulación de capital, y en este caso son Ampurias, Cádiz y seguramente Ibiza, pero dentro de un sistema internacional más ampho, que tiene como últimos beneficiarios a Atenas y Cartago (Cabrera, 1994; Arteaga, 1994). La cerámica del Cerro del Prado nos habla de la existencia de factorías o enclaves productivos, seguramente en relación con la explotación de las salazones, que están inmersas en una dinámica de dependencia económica respecto a Cádiz, y, a través de ella, de las grandes economías desarrolladas del Mediterráneo Central y Oriental. Nos habla también de la creación en el área del Estrecho de un potente mercado que activará el desarrollo económico y político de las regiones implicadas en este comercio internacional.
Esta obra pretende ofrecer una visión general y actualizada de la gran riqueza y diversidad del proceso de investigación arqueológica mgderna. Pero hacer eso en poco más de 150 páginas exige pagar un alto precio: apenas esbozar un cuadro de la compleja realidad de la Arqueología actual. El manual, porque tiene explícitamente esa vocación, sólo puede ir dirigido al estudiante y profesor universitario y, en ese sentido, el libro necesariamente resulta elemental, demasiado elemental. Afirma el autor en el prólogo que el "modelo" de su síntesis es la Introducción a la Arqueología de C.A. Moberg, un libro ciertamente excelente y que fue uno de los mejores textos a finales de los años 60 y principios de los 70. Pero en los 90 el referente no resulta demasiado válido especialmente después de la aparición del manual de Renfrew y Bahn (1993), sin duda el mejor y mas completo manual que hoy puede manejarse (Ruiz Zapatero, 1992) o el interesante libro sobre el método arqueológico de Neustupny (1993) por citar un ejemplo fuera de la órbita anglosajona, además de un montón de manuales centrados en aspectos concretos del método arqueológico. Quizás esa alternativa hubiese sido más razonable, es decir, haber escogido monográficamente uno de los capítulos del libro. ¿Tal vez el dedicado a las formas de comunicación entre los arqueólogos y el púbhco? En cierto modo da la impresión de que este texto es una mínima depuración de notas o guiones de clase, complementados por un buen número de figuras y un detallado ensayo bibliográfico. El texto es muy breve y los capítulos descompensados, unos muy ligeros -1. El modelo de la investigación arqueológica, 2. La arqueología como experimento, 5. De los datos a la teoría y 6. Comunicar con los especialistas, comunicar con el púbhco-y otros más amphos que sustancian el libro, como el 2. El trabajo de campo, el 4. Clasificar, datar y encuadrar, el 7. El peso de la documentación gráfica, ilustraciones a la línea la gran mayoría a página completa, está pensado como un fuerte apoyo al texto principal: la ratio ilustración/texto es de 2.2. Las figuras tomadas de obras anglosajonas son casi el 38%, de itahanas el 52% y el 10% francesas. Pero los pies de las figuras, aunque extensos en ocasiones, no consiguen a veces explicar la figura y su conexión con el texto. A ello tampoco contribuye su colocación seguida dentro de cada capítulo. Hubiera sido mejor tomar el modelo de pequeñas "cajas" con textos cortos independientes pero complementarios del texto principal. Más interés se ha puesto en las notas y el buen ensayo bibhográfico que cierra la obra. Las referencias, como las ilustraciones, se dividen entre anglosajonas e itahanas, con un hgero predominio de las primeras y concesiones mínimas en otras lenguas. Probablemente el capítulo sobre prospección y excavación sea el más interesante con especial incidencia en los procesos de formación del registro arqueológico (Leonardi, 1992) y las matrices de Harris (Ruiz Zapatero, 1994), aunque ese interés es relativo ya que en la propia arqueología italiana existe un gran manual sobre estos temas (Carandini, 1991). También resulta interesante el comentario en torno al concepto de "cultura arqueológica" (p. 85 y ss.) y la observación de tender a sustituirlo por términos menos equívocos, como por ejemplo grupo arqueológico, especialmente en una época de resurgimiento nacionalista con los peligros de su instru- mentalización política a causa de sus connotaciones étnicas. En cambio la calibración del radiocarbono merece más interés y consideración que simplemente despacharlo diciendo que la construcción de una cronología cahbrada entre el Calcolítico y la Edad del Hierro resulta hoy indefinible p. La percepción del interés futuro por otras formas -diferentes a la publicación impresa-de comunicar los resultados de la investigación está bien vista (p. Los medios electrónicos son una realidad ya. Por ejemplo las conexiones con el National Archaeological Database del Servicio Nacional de Parques de los Estados Unidos de América a través de Internet están creciendo en mas de 2000 por mes y la audiencia mundial potencial en el futuro puede ser gigantesca (McManamon, 1995). Por otro lado centros especializados están abriendo consultas y debates en torno e las ventajas de publicaciones arqueológicas en CD-ROM como un medio alternativo de publicación para informes técnicos (Czaplicki, 1995). perficies y a los miles de quioscos, es en estos nuevos espacios de cultura donde se encuentran las ofertas de publicaciones de Arqueología. Estas van desde enciclopedias o Atlas de Arqueología rebajados en los grandes almacenes, a veces con precios muy interesantes, a las colecciones de fascículos que empiezan a inundar los quioscos de prensa. Eso es bueno en principio, sin duda alguna, la Arqueología sale de las aulas y los museos y llega a mucha gente. Pero ¿quién la lleva? y ¿de qué manera?. La primera colección de fascículos es la traducción castellana de The Times Atlas of Archaeology (1988) y al menos esa referencia consta explícitamente, aunque en esta versión se le coloque un título menos académico y con más gancho popular''Enigmas del Pasado'', que ciertamente no se ajusta al contenido del Atlas. Además, aunque se dice que ha sido preparado por un equipo internacional de eminentes arqueólogos reunidos bajo el prestigio de Thê Times, no se indica ni el nombre del coordinador de la obra, ni de los colaboradores. El formato está totalmente adaptado al de la edición original, incluyendo la calidad del papel y las ilustraciones a todo color. De alguna manera, una excelente obra de síntesis arqueológica mundial (Scarre, 1988) se transforma para su colocación en el mercado español: se busca el tirón de los fascículos y se complementa con una colección de videos -hoy todo lo que se precie en quiosco tiene que incluir video-de los que tampoco se indica autoría; sólo en la carátula del primero consta escuetamente: Productora ZDF/German Television. Además los videos no están originariamente producidos como complemento de la obra. Significativamente el primero es sobre el Antiguo Egipto con el subtítulo "La maldición de los faraones", enlazando con lo que es probablemente la identificación popular mas común de un tema arqueológico atractivo. El resto se reparte mayoritariamente entre temas de América -hasta ocho títuloscomo El Dorado, Mayas, Incas, Olmecas, etc...y de Asia, algunos africanos, como las pinturas del Sahara, la indispensable Isla de Pascua y unos pocos temas de temática eurçpea. Resulta claro que se busca lo exótico y lo lejano. La segunda colección, "£/ Maravilloso Mundo de la Arqueología'', resulta igualmente anónima, menos académica y con una estructura y aspecto más espectacular dirigido al púbUco en general. Así el folleto de presentación de la obra comienza: "Viajar en el tiempo es tan emocionante como viajar en el espacio. Superar los abismos de la historia y explorar el pasado es una aventura ilimitada que siempre ha apasionado al hombre. La arqueología es la ciencia que nos guía en este camino y nos proporciona los instrumentos necesarios para buscar, observar y comprender los testimonios de épocas remotas". Se informa de que "las imágenes no sólo son informativas sino también evocadoras y sugerentes". Se propone la visita a lugares y monumentos arqueológicos "no sólo en el estado en que se encuentran hoy, sino que gracias a espectaculares reconstrucciones, absolutamente fíeles, reviviremos su esplendor originario" (el subrayado es mío). Por su parte, "el lenguaje, sin renunciar a la precisión, es accesible a todos". En suma el objetivo es reconstruir la vida de los pueblos de la Antigüedad en todos sus aspectos a través de siete secciones: descubrimientos, pueblos, personajes, itinerarios, misterios, mitos y glosarios de términos. El primer fascículo no puede resultar más tópico: Roma, el mito de Orfeo, Cleopatra, el tesoro de Príamo y la Isla de Pascua. Todo ello bien aderezado con excelentes fotografías, reconstrucciones y grabados. La importancia de lo visual se repite en la propaganda de los 25 videos que completan a los textos: "gracias a la infografía, partiendo de la imagen de los restos actuales se reconstruye la estructura original de monumentos y sitios y así aparecen ante nuestros ojos tal como los vieron sus creadores" (el subrayado es mío). Como he señalado en otro lugar, realmente creo que el pasado interesa al piíblico en la medida en que puede ser visualizado, y por tanto a mayor riqueza de imágenes mayor interés suscitado. En esta colección los videos, por supuesto también anónimos, están claramente sesgados hacia el mundo clásico mediterráneo con un total de 15 títulos a los que hay que añadir los inevitables sobre Egipto y Mesopotamia. Lo exótico queda reducido a China, Incas, Mayas y Aztecas, Yemen y Petra. La divulgación es importante y debería constituir el referente final de cualquier actividad arqueológica, de hecho investigación y divulgación son caras de una misma moneda, pero eso no debería significar que todo vale, divulgar a cualquier precio. Las publicaciones que he comentado presentan algunos aspectos discutibles: 1. la propia consideración de un "piiblico general" o "gran púbhco" no deja de ser una simplificación que tiende a identificarse con todos los no iniciados en una determinada materia. La realidad es que hay muchos púbhcos: niños y ancianos, primeros lectores y lectores ya introducidos, no licenciados y universitarios. Pretender llegar a todos a la vez y con el mismo medio puede ser la mejor manera de no acertar. No importan para nada los autores y, aún reconociendo que es muy posible que a la mayoría de los potenciales compradores no les interese para nada saber quién ha escrito los fascículos, no es serio que una obra se presente como anónima. Lamentablemente en lugar de en investigadores reconocidos e instituciones de T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es prestigio la garantía se sitúa en la editorial. El sello RBA o Planeta es, en última instancia, el aval del proyecto. Según ésto, no tiene nada de extraño que los anuncios de televisión de fascículos de Arqueología los presenten Omar Shariff o Terenci Moix. 3. el despliegue visual, importante y necesario, puede llegar a desvirtuar el pasado, al proyectar la seguridad de que lo que vemos es directamente el pasado. La simplificación llega a su máxima expresión en la versión impresa del "túnel del tiempo". No convendría olvidar que una imagen puede engañar mas que mil palabras. 4. en gran medida el interés del pasado se sitúa en lo misterioso, lo oculto, lo no desvelado, lo asombroso...De ahí a que los fascículos los escriba el Dr. Jimenez del Oso falta poco, los videos de hecho ya los produce...Y el verdadero misterio es sencillamente mostrar cómo a partir de los vestigios materiales se puede llegar a recomponer el puzzle de nuestra historia. Sin ser aburrido o pedante se podrían introducir otros valores sobre el conocimiento del pasado. Informar al púbhco no consiste solamente en satisfacer su curiosidad intelectual sino también sensibilizarle con los problemas sociales y políticos en los que se mueve la Arqueología (Binant, 1991). En fin, queda claro que hay espacio para la Arqueología en los quioscos, grandes almacenes e hipermercados. Y como decía al principio eso es bueno, pero al mismo tiempo hay que reconocer que esa forma importante de divulgación escapa, en gran medida, al control de los arqueólogos. Supongo que, también en gran medida, por nuestra culpa; en general, hemos tendido a creer que nuestro ombligo, arqueológico o no, era lo mas importante. GONZALO RUÍZ ZAPATERO Departamento de Prehistoria Facultad de Geografía e Historia Universidad Complutense de Madrid 28040 Madrid BIBLIOGRAFÍA BINANT, P. (1991): "L 'Edition d' ouvrages d 'Archéologie à l' attention du gran public". Ruiz ZAPATERO, G. Y ALVAREZ, J.R. (1989): "Arqueología y Publicación". "Atlas The Times de Arqueología". J. ALCINA FRANCH:''Arqueólogos o anticuarios. Historia antigua de la Arqueología en la América española". Ediciones del Serbal (serie "Libros del buen andar", 39). El último libro del profesor Alcina, cuyas aportaciones a la arqueología y antropología americanas trascienden el ámbito estrictamente científico, está destinado tanto a los especialistas como a todos aquellos interesados en la arqueología americana. Al mismo tiempo, y desde el mismo título, se dirige a americanistas e historiadores de la Arqueología por igual. Tras una larga serie de obras dedicadas a la arqueología, antropología y arte de América, he aquí, por fin, su visión del desarrollo histórico de la propia disciplina. En este sentido, se trata de la primera historia de lo que fue la actuación española en América en el campo arqueológico, complemento necesario de importantes estudios como el de Paz Cabello (1989), conservadora del Museo de América de Madrid. Es cierto, como critica Alcina, que las historias anteriores -desde la especializada de Willey y Sabloff (1974) hasta la más general de Trigger (1992)-están concebidas desde el punto de vista anglosajón, más enfocadas hacia la Antropología y la Prehistoria que hacia la historiografía, y por supuesto centradas fundamentalmente en los países septentrionales del continente americano. Pero también hay que reconocer la escasez o poca difusión de trabajos españoles que den a conocer fuera de nuestro país al menos la documentación original relativa a la Arqueología hecha por España en América. El resultado es que el análisis de esta actuación española, desde el descubrimiento hasta la pérdida de las colonias, resultaba hasta ahora desenfocado a causa de la falta de una recopilación crítica de la documentación específica. Se puede así considerar este libro como la respuesta del profesor Alcina a las historias de la arqueología americana redactadas por especialistas anglosajones. Como afirma en el Prefacio, su objetivo es "dar una explicación de las diferentes actitudes respecto al pasado y de su averiguación, a partir de las condiciones sociales, culturales e ideológicas que se dan en el período colonial". El anáHsis de este interés por el pasado americano se enmarca en unos límites cronológicos y espaciales precisos: la época colonial española (desde 1492 hasta ca. 1820, fecha en que comienza el movimiento de independencia de los territorios americanos) y, consecuentemente, los territorios en que España ejerció su dominio (Nueva España, Antillas y los Andes). Para desarrollar su tesis ha elegido el autor una periodización inusual que no se basa en los criterios cronológicos habituales (es decir, las tres fases del período colonial: hasta 1670, 1670-1750 y 1750-independencia), sino que sigue pautas temático-geográficas. La consecuencia es que la estructura del libro resulta un tanto confusa y algunos capítulos quedan aislados o, al revés, podían haber sido integrados en otros. Para dar una idea al futuro lector, hay una introducción muy general sobre los anticuarios y coleccionistas de los siglos XVI y XVII en Europa y América; siguen capítulos sobre los aztecas y la arqueología, las áreas maya y andina en los siglos XVI y XVII, la leyenda negra (antiamericanismo y antihispanismo en el siglo XVIII), Pompeya y Herculano como precedentes, los Gabinetes de Historia Natural, los descubrimientos de Palenque, y la arqueología en México, las Antillas y los Andes. Como una pequeña crítica, me parece discutible la pertinencia del capítulo dedicado a Pompeya y Herculano en un libro sobre un tema tan específico como la arqueología americana. Además de por la aludida disonancia temática, porque recoge los estereotipos clásicos sobre el desarrollo de las excavaciones, algunos de ellos falsos o tergiversados, establecidos como un enfrentamiento patriótico entre la historiografía española y la extranjera (críticas de Winckelmann, defensa de Alcubierre, generosidad patrimonial de Carlos III, que no se trajo nada a España). El resultado es, así, un capítulo marginal que supone la repetición de lo ya dicho al respecto desde el XIX en diversos artículos y libros (Fernández Murga, 1989, recoge la bibhografía más importante). Es cierto que el descubrimiento de las ciudades sepultadas por el Vesubio es fundamental por muchos conceptos en el conjunto de la historia de la arqueología (Fernández Murga, 1989) y el arte (Calatrava Escobar, 1988), pero a la luz de los documentos originales y de los resultados reales considero que su influencia en España o en los intereses anticuaristas de los Borbones fue prácticamente nula, tanto en lo que respecta a las actuaciones arqueológicas como al reflejo del clasicismo en el arte, que se debió más bien a la presencia de artistas franceses e italianos en la corte (Mora y Cacciotti, 1996: 74-75). Si lo que se pretende es dar una visión de la arqueología clásica europea en el siglo XVIII a partir de un caso paradigmático para poder comparar con lo que se hacía en América, estas excavaciones constituyen, sin duda, el ejemplo más espectacular e imponente, pero no el más real: el caso de Pompeya y Herculano es excepcional incluso en Europa. Por otra parte, para entender las similitudes y diferencias entre la práctica americana (Palenque, por ejemplo) y la situación de la arqueología en España hubiera sido más coherente, en mi opinión, recurrir a las empresas histórico-arqueológicas de la Academia de la Historia en esa misma época o a los "viajes literarios" promocionados fundamentalmente por Fernando VI con el fin de recopilar las antigüedades de España (Mora, 1996). En conjunto, el lector interesado disfrutará de la cuidada edición y las maravillosas ilustraciones; el especiahsta agradecerá además la aportación de abundantísima documentación procedente de la Bibhoteca Nacional, Academia de la Historia, Archivo de Palacio, Museo de América, Archivos del Museo de Ciencias, General de Indias y Jardín Botánico. He de decir, por otra parte, que la última obra del profesor Alcina viene a integrarse en el actual ambiente de proliferación de trabajos, tesis doctorales y coloquios sobre historia de la arqueología. Recordemos que el / Congreso de Historiografía de la Arqueología en España, celebrado en 1988 (Arce y Olmos, 1991), inició un camino fructífero en la reunión de especiahstas e interesados en el tema, iniciativa seguida por los dos ciclos de conferencias organizados en la Universidad de Sevilla (Beltrán y Gaseó, 1993 y 1995) y por el // Congreso de Historiografía de la Arqueología en España (Madrid, 1995) (Mora y Díaz-Andreu, e.p.). Sin embargo, en este panorama de debates entre especiahstas proceden-T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tes de ámbitos diversos -prehistoriadores, historiadores del arte y del mundo contemporáneo, dieciochistas, arqueólogos "clásicos", museólogos...-cuyas valiosas aportaciones son indispensables para construir una visión general de la historia de la disciplina, se echa de menos la presencia de representantes de la historiografía americana. Pues salvo honrosas excepciones, entre las que cabe destacar la asistencia al II Congreso de Historiografía de algunos arqueólogos y antropólogos hispanoamericanos, ¿dónde estaban los americanistas españoles? GLORIA MORA Departamento de Historia Antigua y Arqueología Centro de Estudios Históricos CSIC c/ Duque de Medinaceh, 6 28040 Madrid BIBLIOGRAFÍA En la introducción señala el autor que el estudio se centra en los cinco milenios comprendidos entre el 7000 y el 2000 a.C, justificándolo en el hecho de ser este el momento en el que aparecen mayores concordancias cronoculturales y desajustes técnicos en la región mediterránea. Comienza con el inicio de la economía de producción, sedentaria, agropastoril, en el octavo milenio, acabando aproximadamente en el tercero a.C, momento en el que se desarrollan en el Mediterráneo oriental las culturas del Bronce medio. El mismo apunta que la obra es resultado de notas e impresiones particulares sacadas de los lugares que ha visitado desde Jericó en Próximo Oriente, a Zambujal en el extremo occidental de la cuenca mediterránea. Los nueve capítulos están planteados con un enfoque temático en el que la agricultura, demesticación y nacimiento de la cerámica marcan el cuadro general desde el que puede abordarse el análisis pormenorizado de yacimientos tan emblemáticos como Çatal Hoyük ó Khirokitia, incluyendo en este repaso la particularidad de la civilización egipcia, en la que, tras un paréntesis que abarca un periodo comprendido entre el 10000 y el 6000, el Neolítico agrícola comienza de forma clara poco antes del 5000 a.C marcando evidentes transformaciones en el modo de vida respecto a fases anteriores. En este mismo sentido se aborda el estudio de las culturas agrícolas del Mediterráneo central, el de las islas más occidentales, o el del Norte de Africa, si bien da una importancia primordial a las zonas consideradas privilegiadas. Próximo Oriente y Africa, no quedando muy clara la importancia que tuvo esta última en su papel de área difusora. La idea de un Mediterráneo unificado culturalmente debe ser abandonada, siendo aceptada la de un ámbito pluricultural en el que, a pesar de la especificidad propia de cada una de las regiones, el hombre neolítico debió ser determinante en su posterior desarrollo. El que denomina "fenómeno cardial", considerado como uno de los elementos más característicos del Mediterráneo occidental, es abordado desde el punto de vista técnico, indicando cómo desde éste llega a dar nombre a una cultura, sirviendo a su vez de base cronológica para la introducción de la agricultura cerealística y la extensión de la domesticación de ovicápridos en el Mediterráneo occidental. En el segundo capítulo, denominado "espacios culturales", trata de modo detallado el análisis de las distintas áreas geográficas que comparten la cuenca desde Palestina a Gibraltar, abarcando una cronología entre el sexto milenio a.C. y el denominado fenómeno campaniforme, firmemente enraizado en el Mediterráneo occidental y que subsiste hasta la transición del tercero al segundo milenio a.C. El Mediterráneo protohistórico, visto desde la vertiente de las técnicas y ritmos de la sociedad, pretende acercarnos al modo en el que se fueron introduciendo nuevos sistemas que implicaron diferentes instrumentos de trabajo a lo largo del tiempo. En este sentido expone claramente el avance de la agricultura gracias a la introducción del arado, del caballo o el desarrollo de la domesticación, siendo estos parte de los motores que provocaron el cambio sociocultural que llevaría a la división de clases originando, en último término, profundas transformaciones sociales. Esta diversidad cultural ha permitido apreciar denominadores comunes dentro del conjunto, a pesar de existir desniveles sensibles de unas regiones a otras que marcaron las leyes generales que han funcionado en el Mediterráneo desde el 6000 a.C. El mundo funerario y cotidiano son abordados en los capítulos IV a VI, en los que hay una abundante documentación gráfica que permite reconstruir con facihdad la vida en los poblados y los ritos funerarios, desde las tumbas artificiales palestinas, que se remontan al cuarto milenio a.C, a las construcciones navetiformes de las Baleares o los dólmenes del Norte de Africa. En todos ellos la piedra es el material común, siendo la construcción funeraria el mejor modo de identificación cultural, donde las tradiciones locales jugaron un fuerte papel, como en Sicilia, o donde la renovación fue el rasgo más notorio, como es el caso del Sur de Francia o España, donde las poblaciones de la Edad del Bronce ignoraron los sistemas de enterramiento anteriores. ¿Que papel jugó la metalurgia?. Esta pregunta queda contestada en el capítulo VIL Revisando los aspectos que dieron origen a su nacimiento, considera Guilaine que esta etapa fue capital en el desarrollo de las sociedades mediterráneas, surgiendo en primer lugar en el extremo oriental, fundamentalmente en Anatoha, produciéndose su difusión en Europa con un retraso de casi dos milenios. Como durante el Neolítico, no queda claro cuál fue el proceso de su desarrollo, siendo probable, o al menos no descartable, que pudieran ser varios los puntos de invención autónomos, originados en fechas próximas entre sí. El metal, utilizado durante mucho tiempo como elemento simbólico, es considerado como un valor seguro, siendo en las tumbas donde adquiere su mayor relevancia. El capítulo, ilustrado como en toda la obra, con expresivas fotografías de materiales anatólicos, recoge las técnicas metalúrgicas a lo largo de las diferentes áreas mediterráneas de Este a Oeste, incluyendo el inicio de la orfebrería europea que lleva consigo la introducción de nuevas técnicas, y la aparición de una evidente pirámide social. Los capítulos VIII y IX están dedicados a dos temas que complementan los datos ofrecidos hasta ahora. Se trata del poder y de lo sagrado por un lado, y del arte y los símbolos por otro, conceptos ambiguos difíciles de definir, cuando los únicos testigos son los elementos materiales que han permanecido, tanto en los lugares de habitación como en las sepulturas. La representación más evidente de esos aspectos puede verse reflejada en el tesoro de Troya, el depósito del valle de Mishmar en Palestina o las tumbas reales de Alaca Hoyük entre otros, junto a la que denomina arquitectura del poder, espiritual o material, que incluye edificios como el de El Obeid, Uruk, los templos de Megiddo, el conjunto egipcio de Saqqarah, o los grupos de palacios y templos del Mediterráneo central. La disparidad de este lado del Mediterráneo frente a su fachada occidental llevan al autor a diferenciar las regiones del Este de las del Oeste. Mientras en las primeras con una evolución precoz, la vida urbana se instala en el cuarto milenio a.C, y se puede constatar una diferenciación de clases, con estructura política organizada en torno a Estados, o ciudades autónomas, las segundas mantienen una estructura en la que es difícil distinguir una clara diferenciación social, siendo común el uso de sepulturas colectivas, en las que la mezcla de cuerpos y ajuares hace imposible determinar el estatus de cada uno de sus ocupantes. La organización del territorio sigue centrada en torno a un punto fortificado, siendo habituales los conocidos agrupamientos de los talayots en Baleares, las motillas en la Mancha o las pequeñas fortificaciones argáricas. La estatuaria muestra en este sentido las mismas divergencias. La representación del poderoso como forma de glorificar al rey, el jefe o el privilegiado, tiene uno de los mejores ejemplos en las tierras egipcias, donde ya en el tercer milenio a.C. aparecen las primeras obras maestras de la escultura universal. La europea, muy distinta de la anterior, presenta sus conocidas estatuas menhires con rostro humano fuertemente esquematizado, asimiladas, como en la estatuaria egipcia a personajes de alto rango. Con la noción de poder se penetra en el campo de lo religioso a través de los santuarios, los símbolos y el arte. Ello lleva al autor a reflexionar sobre las expresiones estéticas de la Prehistoria reciente del Mediterráneo: pintura cerámica, objetos grabados, figuras humanas y animales, arte rupestre, a lo largo de más de 4000 kilómetros entre ambos extremos de la cuenca. Desde la diosa madre, extendida profusamente en Próximo Oriente, considerada como la más antigua expresión de divinidad asociada al culto de la fertihdad, a las plaquetas decoradas del Alentejo portugués, un abundantísimo número de manifestaciones artísticas jalonan la geografía mediterránea. Entre todas ellas los elementos más abundantes son las figuras humanas, masculinas ó femeninas, realizadas sobre soportes diferentes y con diversos grados de esquematización. El tema de la maternidad parece recurrente a lo largo del tiempo y de todo el territorio, existiendo notables ejemplares en la costa oriental y central. Los países occidentales, principalmente la Península Ibérica, muestran inchnaciones artísticas alejadas del gusto oriental. Las figuras antropomorfas son representadas en placas de arcilla, piedra o hueso, de modo muy esquematizado, o en cilindros decorados prácticamente en su totalidad. El capítulo de conclusiones conciso y completo recoge de forma clara el hilo conductor que ha guiado toda la obra. Esta ha intentado mostrar el enraizamiento de la identidad histórica de los pueblos mediterráneos mucho antes del comienzo de la escritura, hito marcador del inicio de la Historia, demostrando que su riqueza cultural no tuvo que esperar a la aparición de ésta, sino que su verdadero germen se produjo en las estructuras del Neolítico, punto de partida de este libro de recomendable y entretenida lectura para todos aquéllos que quieran acercarse al origen de una sociedad mediterránea de indudable diversidad. La obra que aquí comentamos supone un paso más en el conocimiento de las sociedades del Paleolítico Final en la Europa Occidental. Varios y arriesgados son los objetivos de trabajo planteados por sus autores, trascendiendo de forma rápida, como el propio título del libro indica, los límites expositivos de una memoria de excavación singular para adentrarse en un amplio estudio de conjunto (tanto a nivel funcional como territorial) de los asentamientos del Paleolítico Final "el aire libre" adscritos al grupo Federmesser en el Noroeste del continente europeo, dando una completa visión general de esta problemática arqueológica y proponiendo interesantes teorías al respecto. La exposición se inicia con el relato de los distintos trabajos desarrollados en el yacimiento de Haule V (Ooststellingwerf, Friesland, País Bajos) desde la fecha de su descubrimiento en los años 50 hasta las últimas excavaciones realizadas por los autores a finales de los 80, que han permitido una datación del mismo entre el 11800 y el 10800 B.P. Se entra después en la determinación de la adscripción cultural del yacimiento, realizada mediante comparación estadística con otros establecimientos enteramente investigados e incluidos en el modelo de asentamiento del tipo Federmesser en esta parte del continente, teniendo como referencia en el análisis elementos como la estructura del yacimiento, la composición por grupos del conjunto de últiles, proporciones de los tipos (puntas y láminas), y finalmente el estudio del dominio ecológico. Para los autores, todos los resultados obtenidos encuadrarían el conjunto Haule V dentro del sistema funcional y de usos del territorio del grupo Federmesser, no obteniéndose sin embargo, al igual que ocurre en los otros asentamientos analizados, datos específicos para una mayor precisión en la determinación de unidades temporales o espaciales, y tampoco respuestas definitivas en cuanto a funcionalidad y uso de los mismos. Ante estas carencias de la investigación actual, se propone una posible e interesante línea de investigación mediante la analogía con sociedades afines, usando este estudio para obtener una serie de datos contrastables y susceptibles de ser comparados posteriormente con la reahdad arqueológica de Federmeser. Se expone así un detallado trabajo realizado sobre 70 sociedades con economías cazadoras-recolectoras "análogas" (América del Norte) buscando zonas que impliquen una afinidad ecológica y territorial con las que conoció el grupo de Federmesser para determinar de forma individual sus modelos de comportamiento, siguiendo las teorías de Heffey (1981) sobre estrategias de captación, aprovechamiento de recursos, y finalmente sobre su reflejo en el patrón de asentamiento. Para el estudio pormenorizado de los establecimientos constitutivos de estas sociedades, los autores aphcan los grupos y variantes de clasificación propuestos por Binford (1983) de cara a determinar su condición residencial o temporal (ecología, estructura-función, perdurabilidad, movilidad, demografía y sociedad, tamaño del asentamiento, tecnología, y redundancia en lo locacional, estructural y de composición de elementos). El objeto de esta investigación es esbozar un modelo váUdo de diferenciación entre los establecimientos residenciales y no residenciales de los grupos de cazadores-recolectores árticos y subárticos, que permita un análisis comparativo con los yacimientos mejor conocidos. Para ello se seleccionan 10 yacimientos de este grupo por su representatividad y posibiHdad de comparación. Estos son, a su vez, divididos por sus características individuales en 4 unidades taxonómicas relacionadas estudiadas según las pautas mencionadas anteriormente. Las conclusiones obtenidas por los autores apuntan a que, en ningún caso, se cumplen en estos yacimientos los atributos definidos para una categorización como establecimientos de carácter residencial, apuntando su posible clasificación funcional más bien a puestos de caza o centros temporales de aprovisionamiento de recursos, dependientes de centros residenciales de segundo o tercer rango con una estrategia de explotación estacional. Esta sería también la explicación dada para Haule V. Todos los yacimientos incluidos en el estudio, para los que admiten hipotéticas variantes locales, serían susceptibles de ser interpretados como estaciones de caza en unos territorios donde los recursos primarios, regulares y estables, hacen pensar en una explotación de recursos principalmente móviles, o bien de recursos secundarios de carácter disperso pero fiables. La exposición continúa con el planteamiento de un esquema teórico sobre los hipotéticos movimientos interzonales de estas sociedades, en una corriente de desplazamiento costa-interior que habría puesto en rela-T P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ción, y a través de grandes distancias geográficas, a muchas de estas poblaciones. Los autores hablan de una "cierta unidad cultural o étnica" entre los grupos, usando nuevamente el paralelo con las sociedades cazadoras-recolectoras "análogas". Desgraciadamente, la teoría se muestra incompleta por la falta de datos de excavaciones sobre los conjuntos residenciales en torno a los cuales giraría esta red de yacimientos, pese a ello aventuran una visión general de las culturas de Federmesser del Noroeste de Europa como una posible "Tribu única" de baja densidad poblacional y prácticamente de una estrategia extensiva de subsistencia. Conocedores de la relativa inconsistencia de los datos actuales y del riesgo de las teorías desarrolladas los autores apelan a modo de conclusión a investigaciones con menor carácter regionalista. A su juicio, ello posibilitará una mayor apertura y atención a los estudios sobre el habitat de estas culturas. Una vez completado el catálogo de yacimientos al aire libre, comparada la habitación en gruta y abrigo con este tipo de establecimientos, y considerados sus nichos ecológicos y su situación en el paisaje se podrá, por fin, profundizar en el conocimiento real de estas poblaciones a todos los niveles. Existen muchos puntos en común que permiten agrupar estos tres Hbros en un mismo comentario: el tema, su origen en reuniones científicas, e incluso su año de edición, sin embargo ni mucho menos pueden considerarse iguales u homogéneos. Sin hacer referencia a aspectos formales, las diferencias substanciales que existen T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es en su planteamiento se intuyen en los propios títulos y su lectura permite apreciar cómo la investigación es abordada con distintas perspectivas teóricas. En un plano más anecdótico incluso nos presentan distintas opciones de cómo responsabilizarse del resultado editorial. Aquellos que estén interesados en los cambios teóricos y metodológicos experimentados en la investigación de la Prehistoria reciente de la Península Ibérica disponen con estos tres libros de una buena fuente para trabajar en el tema. Sin embargo, aquellos otros que investigan sobre las primeras etapas metalúrgicas sentirán cierta decepción porque los contenidos no reflejan las últimas novedades del "mercado científico". En ciertos casos existen datos más recientes o actualizados que los que aquí se recogen, y en otros son los mismos ya publicados anterior, posterior o contemporáneamente a las fechas en que se celebraron las reuniones que finalmente han generado estos "nuevos" libros. En los índices pueden encontrarse a casi todos los investigadores o grupos de investigación que en aquella época estaban involucrados en el tema del inicio de la complejidad social o simplemente del Calcolítico. Esta generalidad no es aphcable a la representación territorial cuyo peso mayoritario no deja de ser Andalucía, y con una buena aportación de las regiones portuguesas como consecuencia de haber promovido dos de las reuniones personas vinculadas en su trabajo a este país (M. Kunst, K. Lillios). Curiosamente, la reunión de Sevilla (V. Hurtado) careció de representación portuguesa, intentándose subsanar este vacío con la incorporación en la publicación final de un texto sobre la diacronía cultural en Portugal por parte de Isabel Gomes Lisboa. Aunque cronológicamente el ámbito principal de estas tres reuniones fue el Calcolítico, existe cierta flexi-biUdad al incluirse algunos trabajos sobre el Neolítico, por ejemplo el dedicado al yacimiento del Cerro de Los López (Martínez, Blanco y Mellado) o las dataciones de las cuevas de Caldeirao y Feteira (Zilhao) en el libro de Kunst. En el otro extremo, la Edad del Bronce aparece tratada especialmente en varios trabajos del libro de Lillios, ya que este período es la culminación de la complejidad social que en algunas regiones comienza a manifestarse claramente en el Calcolítico. También se puede encontrar alguna información del Bronce Final en alguno de los estudios territoriales con perspectiva diacrónica. La diferente orientación teórica de cada una de estas reuniones ha motivado que no abunden las comparecencias repetidas, si consideramos en el libro de Hurtado las ponencias encargadas y no la participación en el debate. En cualquier caso el único investigador que participa en los tres libros es Germán Delibes, eso si, con trabajos dedicados a zonas diferentes: el Sureste de la Península Ibérica (Almizaraque) y la Meseta Norte. La presencia de investigadores extranjeros es significativa en el libro de Lillios, al igual que lo es su casi total ausencia en el debate dirigido por Hurtado. Los contenidos varían notablemente también en cada uno de ellos, y aunque el libro de Hurtado resulte singular por tratarse en una gran parte de comentarios realizados en vivo durante un debate sobre propuestas principalmente teóricas y metodológicas, la contraposición entre las otras dos publicaciones resulta notable. El planteamiento de la reunión de Torres Yedras, bajo unos conceptos difusionistas y de una arqueología que podemos denominar tradicional, lleva al predominio de estudios descriptivos sobre yacimientos y materiales. De los 32 artículos incluidos, la mayoría atienden a la presentación de una excavación (10) o de materiales con una única procedencia (5). En minoría (7) quedan los estudios de carácter regional o con perspectivas más amplias, y de ellos dos se refieren a prospecciones de áreas restringidas como el Pasillo de Tabernas y la Depresión de Ronda. El equilibrio entre los trabajos sobre Portugal y España es casi perfecto, 13 frente a 12, aunque 6 de ellos se centran en el yacimiento de Zambujal. En España el peso no deja de estar en Andalucía, y sobre todo en sus provincias orientales, con 8 de los 12 estudios publicados, con ausencia de las regiones del norte y levante. En el lado opuesto, los trabajos incluidos en el libro editado por Lillios abordan tanto aspectos de interpretación como de síntesis cultural, con una fuerte carga teórica en algunos de ellos (por ejemplo Mico y Vicent) y sin olvidar las cuestiones historiográficas, faceta de la investigación aún poco desarrollada en nuestra Prehistoria. Aunque se trabaje sobre yacimientos concretos o sobre aspectos particulares de algunos de ellos, como en el caso de la metalurgia en las Baleares basado en los yacimientos de Sont Matge y Son Ferrandell (Hoffman), se hace a partir de planteamientos sobre problemas de investigación generales. Así el interesante estudio demográfico y antropológico del yacimiento de Gatas (Buikstra y otros) se presenta como punto de partida y modelo en la interpretación de la organización social argárica. Las visiones regionales de la cuenca del río Mondego (Senna-Martinez) y de la Meseta Sur (Díaz-Andreu) abarcan hasta el Bronce Final, y no se limitan con exclusividad a ese marco territorial ya que se establecen comparaciones con áreas circundantes para marcar más los contrastes y simihtudes. El trabajo de da Mota sobre los talayots mallorquines es un ejercicio estadístico de comprobación de determinadas variables ambientales en la ubicación de estas construcciones, aun-T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es que sin grandes resultados como el propio autor reconoce al señalar que todavía queda mucho por hacer. Dentro del conjunto llama la atención el breve artículo de Susana Oliveira Jorge sobre el poblamiento Neolítico y Calcolítico del Norte de Portugal que ocupa únicamente dos páginas y que se incluye como visión resumida del mismo tema realizado en una pubhcación anterior (1990) a la celebración de la reunión, sin tablas ni figuras que acompañen al texto. Este tipo de investigación, más interpretativo que descriptivo, se manifiesta minoritariamente en el libro de Kunst en trabajos como los de Sherrat ("Reconstructing prehistoric farming), Harrison ("New aspects of the Tolicultivo Ganadero' in prehistoric Spain") o Gomes Lisboa ("Trade and interaction in the early Chalcohthic of Central Portugal") con una clara orientación económica y escritos en inglés. Otros pocos artículos incorporan nuevas tecnologías de análisis como el de Lillios sobre fosfatos para los suelos y la breve nota de Hoffman y Schulz sobre la variación de la línea de costa del río Sizandro. Quizás puedan observarse estos hechos como preludio del camino seguido por la Prehistoria peninsular en los años siguientes y cuyo hito intermedio podría encontrarse en la reunión celebrada en Sevilla. Contemplada hoy día la reunión de Torres Yedras y por una persona formada lejos de la visión tradicional colonialista de la arqueología, llama la atención la coexistencia de los últimos trabajos mencionados con artículos como el de Blance, cuyo título "Copper age colonies seen from the eighties" no necesita comentarios complementarios para conocer su orientación. Esa visión colonialista, que ha jugado un papel determinante en nuestra tradición investigadora, es lo único que hace comprensible la inclusión en este volumen del trabajo de Korfman sobre cerámica bruñida de Troya y el de Tusa sobre el Calcolítico en Sicilia, y bajo el amparo de los términos orígenes y relaciones que aparecen como título de la Reunión. El retraso en la publicación de reuniones científicas no resulta una situación excepcional ni una novedad en el ámbito de la comunidad científica internacional dedicada a la Prehistoria, siendo bastante común un plazo de entre dos y tres años desde la celebración hasta su aparición impresa, pero el caso de las Jornadas de Torres Yedras es excesivamente acusado. Este "envejecimiento" prematuro, además de por la falta de novedad ya indicada, se manifiesta en la bibhografía, que ni siquiera ha sido completada o actualizada para su publicación, muy especialmente en el caso de las citas de trabajos en preparación o en prensa. De hecho las referencias bibliográficas son en su gran mayoría anteriores a 1987, con unas pocas excepciones correspondientes a 1988 y sólo dos citas, si no hay error, de 1989. Por desgracia, los organizadores de reuniones, congresos, jornadas, cursos, cursillos, seminarios, coloquios, etc, que tanto han proliferado en los últimos años como supuestos foros de intercambio de información y de exposición de novedades, merman la finalidad y el impacto de los mismos al no prever y/o asegurar desde el inicio su publicación en plazos razonables de tiempo. Algunos autores ante esta situación no dudan en dar a conocer sus investigaciones por otras vías, o más frecuentemente se limitan a llevar a los Congresos sus trabajos recientemente publicados o enviados para publicar en revistas científicas sin ninguna aportación o cambios, con lo que se duplican las referencias bibliográficas innecesariamente. La oportunidad que brindan estas reuniones para conocer el trabajo de otros colegas, intercambiar opiniones e incluso planear proyectos y colaboraciones, así como el aunar información a veces dispersa y dispar y conocer algunas primicias, sigue siendo indudable, ahora bien su estructura y organización difícilmente permiten una adecuada presentación pública de resultados por los límites en los tiempos de exposición y finalmente por la demora en su publicación. Si bien es verdad que no siempre la razón de las demoras es la falta de previsión, ya que la "indisciplina" de algunos autores provoca efectos demoledores al no respetar plazos y normas, sí puede considerarse como uno de los factores principales. Las dificultades financieras y burocráticas, sin embargo, no deben conducir una vez celebrada la reunión a la renuncia y al olvido, ya que en estos casos es acertado el refrán más vale tarde que nunca. Estos retrasos que afectan a la fluidez en el trasvase de información, tampoco son el principal mal que sufre la investigación actual, tendente a una escueta, selectiva y parcial publicación de datos acompañada de una interpretación a la que esos datos se acomodan. Esto afecta especialmente a aquellos que dependen de los trabajos de campo para armar sus argumentaciones teóricas, siempre sometidos al rechazo de sus planteamientos por los colegas que justifican que precisamente en su yacimiento, y según la información que ellos tienen, eso no ocurre o no es así, y sin que exista la posibilidad de la contrastación o de hacer una lectura diferente. De acuerdo que los congresos y los artículos en revistas no son el sitio adecuado para una presentación primaria y completa de datos, pero la disminución en la publicación de monografías hace que sean la única fuente de información disponible. Los debates públicos quedan acotados por esa oposición informativa y la imposibilidad de entendimiento entre las partes, y únicamente la credibilidad personal T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es permanece como argumento. La publicación podrá recoger la opinión expresada pero difícilmente se incluirá en ella los datos precisos en los que se apoya la misma, por lo que el escepticismo gana la batalla al convencimiento. Aunque motivadas por un tema diferente como fue el del valor de los objetos arqueológicos, son oportunas y aplicables a esta cuestión las siguientes palabras de Rodanes (pag. 190) en el debate celebrado en Sevilla: "... por lo que hay que tener cierto sentido de lo efímero de nuestras investigaciones y aceptar que, posteriormente, dentro de unos años, otros investigadores revisaran nuestros trabajos y probablemente lo que menos valor tendrán serán las interpretaciones que hemos realizado". En este sentido el debate de Sevilla, aclara muchas cuestiones sobre cómo los investigadores pueden construir argumentaciones incluso opuestas entre sí según la lectura que hagan de los mismos datos, cómo el significado de los términos oscila según y para qué se utilicen y quien los utiliza. Pero las palabras se quedan vacías si no pueden ir avaladas por resultados concretos. Podría enumerar como ejemplo ciertas expresiones que se repiten en las intervenciones tales como "he oído", "según tengo entendido", "me parece", "aunque esto todavía no esta publicado" empleadas para justificar opiniones o reflexiones. Pero en muy pocos casos se argumenta con datos concretos. A lo largo de esas páginas se abordan muchos aspectos, surgidos unas veces de las ponencias específicas y otras veces ni siquiera recogidas o planteadas en las mismas, dada la pobreza de algunas de ellas. La ordenación en 4 sesiones temáticas sobre Cronología, Patrones de Asentamiento, Ritual y Rehgión y Tecnología permitió cubrir un amplio abanico de posibiHdades, quizás con un carácter más reflexivo que de debate. Aquí se encuentran comentarios y opiniones sobre cuestiones generales que desbordan el marco cronológico de la reunión como la validez del registro arqueológico y su contexto, el propiq objeto de conocimiento de la Prehistoria, o la validez de los estudios sobre el territorio (arqueología del paisaje), junto a otros específicos como el campaniforme, los enterramientos colectivos o los ídolos. Algunos temas pudieron incluso abordarse a partir de perspectivas diferentes como en el caso de la metalurgia y su abastecimiento de materias primas, tratado en el patrón de asentamiento como un posible factor condicionante del mismo (pags. 111-114), en la sesión de tecnologías con la ponencia de Rovira (166-1168) y en el debate siguiente a esa sesión con el planteamiento de la cuestión de la sustitución de tecnologías suscitado por Vallespí (pag. La lectura de estos tres libros me lleva a una última reflexión general. En ellos se percibe la fuerza y el dinamismo que se respiraba en la investigación de esos años finales de los 80 y principios de los 90, con una amplia variedad de proyectos, planteamientos teóricos y estrategias de trabajo de campo. Con las debidas excepciones y pasado el tiempo se plantean diversas cuestiones ¿dónde han quedado todas las expectativas que abrían esos proyectos? ¿Cuáles han sido sus resultados? ¿La información generada la poseen únicamente los investigadores que estuvieron directamente involucrados o ha sido compartida por la comunidad científica? ¿Nos quedaremos en las interpretaciones sin disponer de una contrastación de datos? ¿Se plasmarán alguna vez esos datos para que todos podamos valorar la información e interpretarla desde nuestros propios puntos de vista teóricos? ¿Sería posible celebrar un nuevo debate? ¿Todavía existe ese dinamismo o se ha perdido fuerza como consecuencia de una decepción sobre los resultados obtenidos o por el desbordamiento que estos han generado en cada caso y que impide asimilarlos y entenderlos? No voy a responder a estas cuestiones ya que cada uno debería de forma crítica valorarlo, pero no puedo resistirme a realizar un comentario que atañe directamente a la zona de mi investigación (Montero, 1994). Algunos autores denominan a esta etapa calcolítica en el sureste "Horizonte Millares", reconociendo la importancia tanto nacional como internacional que el yacimiento del mismo nombre ha tenido en el transcurso de la investigación, y que constituye un caso singular por su complejidad y tamaño. Como yacimiento emblemático era necesario que su estudio fuera realizado de manera seria y coherente dentro de un programa de actuaciones planificado y con medios adecuados para ello. Gracias al Departamento de Prehistoria de la Universidad de Granada encabezado por los doctores Arribas y MoUna esas garantías parecían aseguradas y los trabajos modélicos de excavación iniciados a partir de 1978 han continuado en diversas campañas, reconducidas a partir de 1985 dentro del ambicioso "Proyecto Millares" (Molina, 1991; Arribas y MoHna, 1993). Acabo de comentar tres libros que hacen especial referencia a esta etapa de la Prehistoria y en los que los estudios sobre el sureste de la Península Ibérica son mayoritarios, sin embargo, apenas hay referencias o datos sobre el yacimiento de Los Millares. A pesar de aparecer como ponencia específica en el libro de Hurtado, resulta ser la que menos extensión ocupa de todas ellas (apenas es capaz de cubrir una página), e incluso se habla mucho menos de este tema que de otros proyectos no solicitados en la estrategia de confección de la reunión. Pero aún es más significativa su ausencia en la reunión de Torres Yedras, celebrada en un momento en el que ya se habían realizado varias campañas de excavaciones en el yacimiento. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sultados de esas primeras campañas fueron parcialmente publicadas hasta la de 1983 (Arribas et alii, 1983) pasando después a convertirse en meras notas en los Anuarios Arqueológicos de Andalucía a partir de la campaña de 1985. De la última etapa, a partir del comienzo del mencionado proyecto, prácticamente todo nos es desconocido, y las expectativas creadas con esa nueva forma de recuperación del registro arqueológico, únicamente plasmada en el Fortín 1 (Molina et alii, 1986), han quedado defraudadas ante la ausencia de resultados tangibles. Ni siquiera un aspecto tan simple pero a la vez transcendental como la contemporaneidad entre el poblado y los fortines ha sido demostrada o al menos argumentada, aunque se da por supuesta. Si tenemos que opinar a partir de la información publicada las dudas que surgen son grandes, ya que por un lado se menciona la ausencia de cerámicas campaniformes en el Fortín 1, lo que lleva a sugerir su pertenencia a la fase I precampaniforme (MoHna et alii, 1987), y por otro la única fecha identificada como procedente de ese Fortín (Ambers et alii, 1987) resulta ser bastante más tardía que las escasas dataciones obtenidas para el poblado (Mederos, 1995: 57). Después de tantos años y de tanta inversión se echan de menos muchas cosas, pero ante la imposibihdad de una publicación detallada de tan magno proyecto no vendría mal un trabajo de puesta al día y síntesis general sobre las labores realizadas en el yacimiento. Alguna señal que indique que el proyecto en lo que se refiere al propio yacimiento de Los Millares y su entorno inmediato no está muerto ya que, excepto los trabajos de antracología y algunos aspectos de la metalurgia, no ha transcendido nada que no sea metodológico o sobre planes de trabajo. En estos años muchas reuniones científicas han sufrido la ausencia de "Los Millares", sin ir muy lejos el reciente II Congreso de Arqueología Peninsular celebrado en Zamora, pero también el primero celebrado en Oporto, y no puede ser debido a falta de información sobre los mismos puesto que Fernando MoHna figura como miembro del Comité Científico en ambos. La investigación sobre el Calcolítico en la Península Ibérica ha trabajado mucho en la última década, pero ya sea por el silencio voluntario, por el retraso de las pubhcaciones o por el hermetismo de los grupos de investigación se ha escrito muy poco sobre datos. Ninguno de los tres libros comentados refleja el estado actual del conocimiento, y probablemente tendremos que entrar en el III milenio dC para que las teorías empiecen a ser contrastadas y conozcamos algo mejor lo que ocurrió en el III milenio aC. Es previsible que la obra de J.F. Fabián García se convierta en uno de los trabajos sobre la Prehistoria Reciente de la Meseta peninsular más citados en los próximos años. La escasa publicación, tanto de memorias de excavación como de valoraciones globales del registro, hace que una obra como la aquí comentada resulte un referente obligado para todo investigador. Quizá por ello sea conveniente analizar desde una perspectiva crítica sus fundamentos, por cuanto en gran medida refleja la situación actual del pensamiento y práctica arqueológica en el centro peninsular. El volumen se estructura en tres capítulos de carácter temático. El primero presenta la memoria de excavación del yacimiento abulense de "El Tomillar". En él se documentaron cinco fosas de tendencia circular excavadas en el suelo geológico, de entre las que destaca la núm. 1, en la cual se halló un enterramiento colectivo no simultáneo correspondiente, según el autor, a una fase de transición al Bronce Antiguo. Dada la ya citada escasez de memorias arqueológicas publicadas, conviene destacar la detallada descripción del registro, acompañada, a falta de análisis faunístico o paleobotánico, de un análisis tipológico, antropológico, de cronologías absolutas, así como de un último apartado de interpretación. En gran medida, la virtud del texto se encuentra en la posibilidad de deslindar la presentación del registro de este nuevo yacimiento de su estudio dentro del conjunto de la Meseta (capítulos II y III), cuestión que examinaremos con mayor detenimiento. Por su trascendencia en la obra, el examen debe iniciarse explicitando la posición teórica del autor. Ciertamente, es en el ámbito teórico en el cual se muestra más transparente, tomando partido por una específica corriente de pensamiento, el Normativismo, abiertamente defendido en la Introducción: "Más vale por ahora una reflexión que el vértigo de una nueva teoría. Los hechos están ahí, no se trata de conjeturas..." (p. Esta perspectiva es aún más evidente en algunos comentarios explicativos respecto al cambio cultural, en los cuales se recurre generalmente al difusionismo o al movimiento de "gentes" (p.e., pp. 194 ó 206). El objeto de análisis del segundo capítulo es el denominado "aspecto funerario" de la Meseta. Su intención es demostrar cómo la "norma" generalmente aceptada hasta la actualidad, el paso del enterramiento colectivo al individual durante el Calcolítico, puede ser puesta en entredicho a raíz del registro recientemente recuperado. Sin embargo, el autor renuncia a parte de la tradición normativista, como es la rigurosa sistematización, cuestión que queda reflejada en dos de sus bases de estudio: los restos muebles y los enterramientos. J.F. Fabián no indica a qué tipología de restos muebles recurre, asignando a momentos "transicionales" yacimientos, que en todo caso y con la información presentada, podrían ser adscritos a otras fases. Sirva de ejemplo el yacimiento de Vivar de Fuentidueña (Segovia), el cual cuenta con "cerámicas con acordonamientos en relieve digitado o incisos (y) bordes ligeramente exvasados" (p. 115), que tendrían abundantes paralelos tipológicos del Bronce Pleno y que sin embargo son asignados sin discusión a "un momento transicional entre el Calcolítico y el Bronce Medio" (p. No se trata de un problema menor, ya que afecta directamente a la periodización de los yacimientos estudiados y, en último término, a su explicación en un contexto cultural. La terminología empleada (post-Calcolítico, Cobre Tardío-Final, Bronce Antiguo Pleno) podría tener contenido cronológico, tipológico o ambos, cuestión que no queda del todo aclarada en el texto. En cuanto a los enterramientos, Fabián recurre a lo que denomina "casos alternativos" (p. 108), tanto de la Meseta Norte como de la Submeseta Sur, defendiendo que "la semejanza cultural era no tener una pauta general para enterrar a los muertos, lo que no quiere decir que carecieran de un ritual funerario y de unas creencias" (p. Sin embargo, de los 18 yacimientos revisados en extenso por el autor, cuatro responden a hallazgos casuales no documentados arqueológicamente, dos conocidos exclusivamente por noticias puntuales, uno a materiales recogidos en superficie, otro sin restos antropológicos y seis excavados aunque parcialmente des-T. P.,53,n.°2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es truidos. De los cuatro restantes, los enterramientos individuales en fosa de La Loma del Lomo han sido adscritos al Bronce Pleno por su excavador (Valiente, 1987;1992), en Los Itueros se halló un único cráneo, en Santioste un enterramiento femenino en fosa (1830 ± 80 a.C.) y en el Tomillar un túmulo que contenía un enterramiento en posición primaria con ajuar campaniforme y dos en posición secundaria (1975 ± 40 a.C./1830± 100 a.C). En definitiva, aunque el capítulo II realice una propuesta interesante, la elección, calidad y sistematización de los datos presentados no parecen excesivamente concluyentes. El capítulo III aborda la cuestión del poblamiento prehistórico en el Sur de la Meseta Norte, del Paleolítico al Bronce Final. Contiene un amplio volumen de información inédita, en su mayor parte proveniente de Cartas Arqueológicas y excavaciones de urgencia, de las que el autor es responsable o conocedor directo. Desgraciadamente, su potencial utiHdad se ve muy limitada por el hecho de no presentar figuras en las cuales se especifiquen las unidades analizadas (valle del río Corneja, alto y medio Tormes, zona de Béjar) ni la disposición de los yacimientos en las mismas. En cuanto a cuestiones como el establecimiento de "faciès" (caso del Calcolítico en pp. 157-178), se echa en falta una valoración crítica previa, máxime cuando las diferencias se basan en materiales cerámicos minoritarios en los yacimientos: bases, decoraciones, pinturas o engobes. No se comparan las superficies excavadas lo que, unido a la ausencia de una cuantificación porcentual de los materiales seleccionados y al uso acrítico de las cronologías absolutas, impide al lector conocer si esta clasificación responde a datos évaluables o a apreciaciones particulares del autor. Por último, la obra presenta un apéndice con quince nuevas dataciones absolutas (no calibradas) de siete de los yacimientos citados en el texto. Así pues, el texto de J.F. Fabián consigue uno de sus objetivos prioritarios: provocar la reflexión. Compartamos o no sus propuestas. El aspecto funerario... merece ser leído, en especial por su voluminosa aportación de material inédito al debate en torno a la Prehistoria reciente de la Meseta peninsular. Sintetizar en un libro de 40000 palabras la Edad del Hierro de Gran Bretaña y que resulte un ensayo interpretativo atractivo y comprensible para el gran púbhco y estimulante y útil para el especiaüsta no es ciertamente una tarea fácil. El profesor Barry Cunliffe de la Universidad de Oxford lo ha conseguido en este volumen, quizás el mejor de una serie que cuenta con un excelente nivel. La obra está muy bien escrita, cuidadosa y bellamente ilustrada. Aborda los aspectos centrales de los problemas arqueológicos del período y resulta enormemente estimulante con nuevas y atractivas ideas y sugerencias. La necesidad de ser selectivo y exponer los hechos y tendencias más significativos de los siete u ocho siglos de la Edad del Hierro en Britanía obhga a dibujar de alguna manera una determinada "Edad del Hierro". En este sentido la Edad del Hierro de Cunliffe ofrece, a mi modo de ver, un hecho destacable y es el impacto de las ideas post-procesuales que están haciéndose notar con fuerza en los últimos años en la producción científica sobre la Edad del Hierro británica (Champion y Collis e.p.;Hill y Cumberpatch, 1995). P.,53,n.°2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ñera los planteamientos post-procesuales se advierten en varias cuestiones que ofrecen variaciones respecto a trabajos anteriores de Cunliffe, por ejemplo, la interpretación de Danebury como lugar central o la aceptación de los hillforts como símbolos de poder y dominio. Por otro lado es justo también reconocer que existen diferencias en las posiciones teóricas de los principales especiahstas británicos en Edad del Hierro. Las visiones de John Collis o Tim Champion suponen, en cierto modo, ideas menos tradicionales y más críticas con una "Edad del Hierro convencional"(Collis, 1994a; Champion y CoOis, e.p.) que los recientes trabajos de J.D. Hill (1989Hill (, 1995aHill (, 1995b)). Estos, aunando un gran rigor arqueológico e ideas post-procesuales, constituyen sin duda alguna la representación más radical de una Edad del Hierro diferente, en la línea de repensar interpretaciones tradicionales de la Edad del Hierro europea (Kristiansen y Jensen, 1994) y llegar a hablar de "diferentes edades del hierro"(Hill y Cumberpatch, 1995). El autor ha optado por una aproximación temática a la Edad del Hierro británica y así los diferentes capítulos se ocupan de la tierra y la gente, la transición Bronce-Hierro, la emergencia de las entidades tribales, su organización, jefes y reyes, la guerra y la religión, concluyendo con un balance general de la Edad del Hierro en una perspectiva ampHa. Un glosario, una útil orientación sobre museos y yacimientos para visitar, una breve Hsta bibhográfica -en la que por cierto no figura ni una sola referencia de los autores citados más arriba-y un buen índice temático completan la obra. Desde el punto de vista geográfico lo más interesante es subrayar la insularidad relativa de Britania, su conexión con el continente y la existencia de contactos y flujo de información a través del mar, que como señala Cunliffe, puede unir mientras que a veces la tierra separa. Aunque en la periferia de un mundo en rápida evolución -la Europa del primer milenio a.C.-Britania no fue periférica a los principales desarrollos de la Edad del Hierro europea, incluso puede ayudar a entender mejor los cambios y problemas de la Europa templada (HiU, 1995b: 90). Menos acertado resulta en mi opinión el empleo en el capítulo 2 de los términos raza y lengua, ya que aunque empleados literariamente evocan ecos de hace décadas que son rechazables. En cambio en el tema recurrente de las invasiones, aunque reconoce el autor que han existido en la Edad del Hierrro europea o que migraciones históricamente atestiguadas como la de celtas en Grecia en el 279 a.C. resultan prácticamente invisibles en el registro arqueológico, sigue apostando por su negación en el caso británico, por ejemplo al discutir los enterramientos de carro de Yorkshire tan similares a los del grupo del Marne en el Norte de Francia. No se trata de inclinarse por invasión sí-invasión no sin más, sino de analizar seriamente las posibihdades de las distintas explicaciones evaluando los datos arqueológicos. Quizás aunque en la Prehistoria final europea los movimientos de población han entrado a formar parte de la agenda de temas teóricos de discusión no ha llegado todavía el momento de aplicar la teoría a los casos prácticos. Otro "viejo problema" es el de la dimensión de "lo céltico". Si queremos afrontar críticamente la celticidad hay que hacerlo también en las obras de divulgación y decir que el arte lateniense es igual al arte céltico (p. 24) es una ecuación que hoy no debería seguir manteniéndose (Taylor, 1991) si queremos educar críticamente al público y no reproducir viejos errores. La polémica en torno a la función de los hillforts, en gran medida suscitada por la discusión sobre el ejemplo de Danebury propuesto por Cunliffe, ha polarizado las posiciones entre el modelo de Danebury -lugar Central-residencia de Jefatura y el modelo completamente descentralizado -sin jefes y sin celtas-en expresión de J.D. Hill. En este punto Cunliffe, como he señalado más arriba, parece aceptar parte de las propuestas de sus críticos, reconociendo la posibihdad tanto de un simboHsmo de las defensas de los hillforts como de que las éhtes residan en otro tipo de asentamiento. Pero también hace una defensa inteligente de sus ideas. Plantea que, aun aceptando que la gama de actividades desarrolladas en los hillforts se hubiera realizado también en las granjas y pequeños asentamientos rurales abiertos (HiU, 1995a), hay una serie de elementos en Danebury que resultan diferenciadores: un sistema de pesos, Ungotes de hierro y contenedores cerámicos de sal. Si a esto añadimos la evidencia clara de excedentes agropecuarios-grano y lana^ en el asentamiento parece que podría sostenerse aún la idea de los hillforts -al menos en el caso de Danebury-como centros redistribuidores de ciertas materias primas, hierro y sal, no accesibles en el ámbito local. Si esto hubiese sido así estaríamos probablemente ante un ejemplo de circulación de "bienes invisibles", de difícil identificación en el registro arqueológico. El correcto estudio de sitios conocidos de antiguo también está ayudando a mejorar la nueva visión de la Edad del Hierro. Por ejemplo el gigantesco "Caballo Blanco" de Uffington recortado sobre la ladera de una colina junto a un hillfort de la Edad del Hierro, tal vez un marcador territorial como sugiere Cunliffe (p. 58) y sobre el que han circulado muchas y variadas hipótesis y leyendas, acaba de ser datado por OSL en el Bronce Final (Miles y Palmer, 1995). Puede ser un dato más dentro de la numerosa serie que necesitamos todavía para vislumbrar el verdadero alcance de los cambios entre el final de la Edad del Bronce y los primeros compases de la Edad del Hierro. El reconocimiento de que no hubo un único modelo de sociedad británica de la Edad del Hierro se ajusta a las críticas de una supuesta sociedad céltica (CoUis, 1994b) y supone romper un importante tópico de los estudios de la Edad del Hierro. Hay motivos para pensar incluso que las diferencias en espacio y tiempo pudieron ser tan significativas en el primer milenio a.C. como en el segundo d.C. La diversidad social debió existir sin duda aunque por ahora nos resulta difícil percibir y medir las diferencias. La posición de los artesanos resulta también difícil de precisar pero la especulación inteligente y razonada, como la que hace el autor en torno al broncista de la granja de Gussage-AU-Saints (pp. 83-85), constituye un medio de situar la discusión y la indagación futura en un peldaño más elevado. En la presentación de la guerra y la religión se advierten dos hechos claros, por un lado el "leitmotiv" de un "arquetipo celta" y en segundo lugar la aparente prioridad de los datos escritos sobre los arqueológicos. ¿Por qué ir de un supuesto modo general de pelear céltico al caso concreto británico? ¿No sería mejor en todo caso al revés? Se reconoce que las notas etnográficas grecoromanas son poco más que anécdotas pero se afirma -peligrosamente a mi modo de ver-que tomadas en conjunto nos permiten reconstruir un amplio modelo. ¿Un modelo celta intemporal y universal? ¿Es esto una forma de "celticidad acumulativa" en otro sentido al acuñado por Hawkes? Eso parece desprenderse de la asociación del carnix representado en el caldero de Gundestrup, ciertas piezas británicas y la referencia al empleo de trompas en la batalla de Telemón (225 a.C), por más que se matice la variación en el tiempo y el espacio (p. Ese celtismo intemporal también reaparece, bajo la forma de las evidencias galas y galoromanas, a la hora de interpretar la religiosidad de las comunidades de Britania (Fizpatrick, 1991). En cuanto a la primacía del discurso histórico sobre el arqueológico, aún reconociendo la extrema dificultad de manejar la evidencia textual y la material, únicamente apuntar el intento tímido de usar las fuentes de diferentes épocas para trazar evoluciones en tiempo y espacio (p. 88) marca una dirección sin duda prometedora de cara al futuro, como ya puso de reheve Champion (1985). Prácticamente casi nada se dice sobre la introducción, significado y alcance del nuevo metal que define al período. La afirmación de que otro avance tecnológico -el molino circular-se produce en fecha sorprendentemente temprana (siglos IV-III a.C.) y mucho antes de ser conocido en el Mediterráneo (p. 114) es resultado del divorcio entre los estudios del Hierro del Norte y Sur de Europa; al menos en el mundo ibérico su cronología es ligeramente anterior. Por último no resisto la tentación de reproducir dos citas que resultan cuanto menos opinables y expresan la dependencia de los arqueólogos del contexto social en que viven: "...las sociedades de la Edad del Hierro no fueron probablemente en esto [la actitud hacia los dioses] diferentes de las sociedades más primitivas y menos desarrolladas" (p.98) y "El único efecto del interludio romano y las incursiones germánicas que le siguieron fue romper y retardar el crecimiento natural de la sociedad británica en 500 años" [URL]. Etnocentrismo y teleología no parecen buenos compañeros de una arqueología crítica. Con todo el libro de Cunliffe es ejemplar en cuanto ensayo interpretativo y texto accesible a todos los niveles. Para que exista crítica tiene que existir previamente una aportación notable y este libro ciertamente lo es. De alguna manera una Edad del Hierro cambiante con líneas de investigación sugestivas se abre ante el lector atento. Uno de los aspectos más llamativos de la Cultura Ibérica es el empleo de imágenes como vía de expresión religiosa, simbóhca y decorativa. El carácter original de estas manifestaciones y el hecho de que se trate de auténticas obras de arte ha hecho que sean numerosos los estudios que se han centrado en este tema, abordando la escultura en piedra o metal, el modelado en arcilla o la decoración pintada sobre cerámica. El hecho además de que su anáhsis fuera precisamente lo que puso en marcha toda la investigación sobre el mundo ibérico hace que los continuos trabajos que se vienen realizando deban revisar no sólo una extensa documentación previa, sino los principios en los que se asentaron las anteriores valoraciones. El interés fundamental de los estudios tradicionales era de carácter clasificatorio, ya que se hacía hincapié en los repertorios agrupados temáticamente, en la materia prima o el tamaño de las obras, y en el siempre difícil aspecto de la cronología. Durante los años setenta cobró un interés especial el estudio de los contextos arqueológicos, hasta entonces mal conocidos. Más adelante, y gracias a todo el desarrollo anterior, se ha entendido la imagen como un elemento más de la expresividad social, vinculada al nacimiento y desarrollo de una aristocracia necesitada de justificar su privilegiada posición. Clasificación y valoración social han sido por tanto los principales caminos de estudio de la imagen ibérica. Sin embargo, la comprensión de las imágenes parecía ser una vía cerrada, teniendo en cuenta tanto la falta de textos contemporáneos que aludieran al sentido de estas obras, como a sus diferencias palpables con las de otras áreas mediterráneas, lo que impedía importar con un mínimo rigor las lecturas que esos mismos temas pudieran tener en otros ambientes. El libro editado por R. Olmos pretende abrir nuevas puertas en el estudio de la imagen, y, en este sentido, se trata de un trabajo pionero que sin duda tendrá un ampHo desarrollo inmediato. El volumen es el fruto de las aportaciones que diversos especiahstas realizaron en un curso desarrollado en el CSIC, pero de hecho es también el inicio de un Proyecto de Investigación a largo plazo sobre el mundo de la imagen ibérica que se enmarca en la recién creada Asociación LYNX, a través de la cual se quiere potenciar no sólo los nuevos conocimientos, sino su transmisión y la necesaria discusión para el avance de la disciphna. El trabajo, aunque innovador, no nace de la nada, sino que tiene un claro precedente en el catálogo de la exposición La sociedad ibérica a través de la imagen (Olmos, 1992), en el que se hacía ya una aproximación muy similar a la que los autores nos presentan aquí. Aunque en esta recensión se hace alusión a los distintos trabajos que el lector puede encontrar en el desarrollo del libro, es preciso centrarse más en las directrices generales que rigen el desarrollo de la obra. Éstas básicamente consisten en penetrar en el sentido de las imágenes estudiándolas desde dentro, de forma que puedan desvelarse los códigos que rigen las figuras representadas. Esto implica dos cuestiones básicas: definir el objetivo concreto de la investigación y establecer la metodología idónea para llevarlo a cabo. El estudio de la imagen ha sido recientemente reivindicado por las distintas tendencias de la Arqueología Postprocesual, que suelen recurrir a métodos estructuralistas para el análisis y la interpretación iconográficos. Si bien se asume, como reivindicó en su día I. Hodder (1988), que todos los elementos de la cultura material están significativamente constituidos, se considera a la iconografía en sí misma como un lenguaje explícito, y por lo tanto debe ser abordada como un texto. Esto impHca la actuación a diversos niveles, que irían desde los elementos básicos de expresión a las unidades más complejas, así como a la detección de los códigos que asocian y disocian estas unidades. El mensaje deberá finalmente leerse en el contexto social que le da sentido, y T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es con el que mantiene una relación interactiva, reforzándose y modificándose entre sí. En esta línea, los autores subrayan la dificultad del estudio del pasado desde el presente. No sólo el lenguaje es ajeno, sino que nos separan de él más de veinte siglos. A este forzoso alejamiento se alude cuando se señala que la imagen se ve como en un espejo, donde puede que se refleje más la mirada del investigador que la realidad que se desea conocer. Habría que añadir además que la evidencia es parcial y fraccionada, y por lo tanto lo que contemplamos es un espejo roto, agudizándose así la transformación. El libro presenta, como se ha dicho, diversos artículos caracterizados por abordar diferentes tipos de expresión iconográfica, tanto en el ambiente ibérico como en el celtibérico. Los trabajos de Olmos marcan en gran medida el "espíritu" de este volumen, ofreciendo en primer lugar una deliciosa rememoración de textos nacidos en los primeros momentos del descubrimiento de la Cultura Ibérica, cuando se buscan unas raíces básicamente orientales para este arte. Es ésta una fórmula que evidencia bien a las claras cómo cada época se identifica de una manera con el pasado que analiza. De gran interés es su apreciación de las esculturas en piedra como símbolos de uso individual, en los que no se expresan secuencias gráficas, configurándose como representaciones "congeladas" cuyo sentido y discurso deben ser conocidos previamente por el espectador. Como excepción se presenta el monumento de Pozo Moro; en él mediante una interesante lectura se van desvelando los distintos reheves como capítulos heroicos de un personaje privilegiado. En el resto de los trabajos se observa que de ninguna manera el volumen hubiera podido ser redactado en común y firmado conjuntamente por todos los autores. Hay una clara diversidad de enfoques, fruto de distintas posturas y del propio carácter incipiente de la investigación, lo que es uno de los objetivos del libro. En todo caso, este aspecto no tiene que ser deducido por el lector, sino que ya R. Olmos y P. Cabrera, en un diálogo situado al comienzo del libro, pasan revista a las características de cada trabajo, examinando las diferencias y coincidencias con los presupuestos de partida. A. Perea realiza un gran esfuerzo de sistematización para establecer criterios explícitos de lectura y valoración de los mensajes iconográficos, lo que resulta muy útil para comprender los planteamientos generales de esta línea de trabajo. C. Sánchez estudia los vasos áticos importados en las tumbas ibéricas a través de las imágenes que contienen, señalando los temas más requeridos, e indicando la posible intención por parte del difunto de identificarse con el ambiente representado. J.A. Santos y L. Prados presentan fórmulas diferentes de aproximación a las esculturas en piedra o bronce, ya que no pretenden encontrar historias individuales, sino descubrir su función social. Éstos son quizás los trabajos que más se alejan de la línea marcada por el editor, y sin embargo resultan imprescindibles, ya que son los que incorporan una lectura más global y por tanto incluyen necesariamente ampHos datos de contexto. No se entendería, por tanto, una separación entre las dos maneras de enfocar el estudio de la iconografía ibérica. Por su parte, T. Tortosa aborda la evolución que se produce desde el ibérico antiguo, donde se observa una iconografía de uso restringido, al ibérico pleno, donde ciertos símbolos, como el lobo o ciertas figuras femeninas, pueden llegar a convertirse en identificadores de pueblos o ciudades en algunos casos, mientras que en otros las imágenes representan a la propia aristocracia. Gracias a estos trabajos y al estudio de los contextos sociales, la riqueza y temática de la cerámica de las costas mediterráneas van desvelando su sentido y función. Todo ello está en un estado inicial en el mundo celtibérico, donde F. Martínez Quirce se sincera con el lector planteando las dificultades y la confusión que surgen en el estudio de la imagen, proponiendo una doble vía de análisis: el estudio interno de las propias imágenes y la inserción de éstas en su contexto. Si tratamos una imagen como un texto, ¿cómo llegamos a descifrar las unidades de análisis o una tipología de elementos y asociaciones? ¿Estaban estas unidades definidas en el propio pincel del artista? ¿Cómo asignarles un significado? Sin duda, muchas de esas cuestiones no tienen respuesta fuera del contexto al que las figuras pertenecen, y éste dista mucho de ser bien conocido. Una interesante propuesta es la de considerar a cada recipiente decorado procedente de las tumbas celtibéricas como provisto de un significado específicamente buscado. A favor de esta voluntariedad se manifiesta M. Barril, al señalar que cada recipiente celtibérico es único, mientras que muchos de los que se encuentran en las tumbas ibéricas son fabricaciones en serie. En su trabajo se intentan reconocer aquellos rasgos de cultura material que pueden ser identificadores étnicos, y se resalta adecuadamente la importancia de los elementos de vestido en este papel. Resulta obvio que cualquier estudio de imágenes pasa por una catalogación exhaustiva y manejable, y por ello resulta interesante la introducción del trabajo de F. Fernández Izquierdo en el que se señalan cuáles son y qué características tienen las principales bases de datos relacionadas con la iconografía, así como los tratamientos y soportes más adecuados para su investigación y difusión. Finalmente, F. Quesada concluye el libro con un artículo que por su no pertenencia al curso antes citado se aisla del resto de una forma quizás excesiva, T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es al mantener incluso su propia bibhografía, cuando la de los demás trabajos se agrupa al final. Realiza este autor una amena revisión de las recreaciones modernas de hechos y personajes del pasado que no desentona con el primer artículo de Olmos. La edición del libro es correcta, si bien algo precipitada por parte de la imprenta, lo que ha obHgado a incluir una breve fe de erratas. Una vez más, se echa de menos el índice de términos que es habitual en todos los libros de corte anglosajón, y que apenas supone unas páginas más y algo de tratamientq del texto informatizado, siendo de gran ayuda para los lectores. Por el contrario, y a título personal, creo que la costumbre de limpiar completamente de texto las páginas que incluyen figuras supone una notable pérdida de espacio. En definitiva, estamos ante un libro de obligada lectura para todo aquel que se interese por la Cultura Ibérica, ya sea especialista o no en iconografía, ya que su lectura nos aporta una nueva vía de conocimiento sobre las ideas y los mensajes representados. Todavía queda mucho camino por andar, especialmente si consideramos que el sentido de las imágenes es difícilmente comprensible sin el conocimiento previo del contexto económico, político y social de cada zona, lo que es todavía un trabajo a largo plazo. El tema merece un esfuerzo colectivo, no sólo centrado en el mundo iconográfico, sino en la profundización de los ambientes en los que se produce, y asimismo en la definición de las causas por las cuales la imagen se evita en otras áreas y circunstancias. Dada la actividad incansable de R. Olmos y su equipo, y su esfuerzo por la comunicación y la discusión, es seguro que pronto tendremos nuevas pubhcaciones que ahonden en esta nueva línea de investigación. CRÓNICA DEL II CONGRESO DE ARQUEOLOGÍA PENINSULAR La presente crónica pretende ofrecer un breve resumen de lo que se hizo en el transcurso de las sesiones, además de dar a conocer un pequeño avance de los resultados científicos obtenidos y el Comunicado final que se presentó en el acto de clausura. Ambos textos fueron elaborados por miembros del Comité Científico a lo largo de los trabajos en Zamora, siendo el último una exposición consensuada de los temas que más nos preocupan hoy día como arqueólogos y como ciudadanos. En Zamora se reunieron a lo largo de los cuatro días de duración del Congreso una cifra próxima a las seiscientas personas. De esa cifra podemos deducir que el interés por la Arqueología en la Península Ibérica es alto, augurando para este tipo de reuniones un futuro enriquecedor. Los Congresistas fueron recibidos en el Palacio sede de la Diputación de Zamora, lugar en el que se les entregó la documentación, además de una serie de seis volúmenes dedicados a la arqueología zamorana, a los yacimientos visitados en las excursiones previstas y a la Prehistoria de la zona más próxima portuguesa. -Fernando Regueras Grande: San Pedro de la Nave: una iglesia en busca de autor. Todos ellos, al igual que el Libro-Guía que se entregó a todos los Congresistas, están editadas por la Fundación Rei Afonso Henriques en una Serie de Monografías y Estudios. La edición es propiedad de la misma Fundación. Una de nuestras intenciones al realizar esta segunda reunión de arqueólogos portugueses y españoles era la de dar a conocer en textos la arqueología de la zona en la que se desarrolla el evento y de ese modo dejar también un testimonio escrito, duradero, como recuerdo de la celebración del Congreso en un determinado lugar y como difusión de la riqueza arqueológica de éste. Tenemos que agradecer a todos los que han colaborado en la realización de estos volúmenes su cooperación en la rapidez de la publicación. Reuniones tan grandes tienen inconvenientes y ventajas. En el primer capítulo habría que contar el desplazamiento continuo a que todos nos vimos obligados, pues salas con capacidad e infraestructura suficiente en la bella ciudad de Zamora hay varias, pero algo dispersas. Ello obHgó a algunos Congresistas interesados en diferentes secciones a recorrer el centro de la ciudad reiteradamente. En el capítulo de las ventajas habría que situar la de encontrar a compañeros y amigos con los que no se coincide habitualmente. La convivencia entre arqueólogos españoles y portugueses ha sido muy fructífera y de hecho conocemos perspectivas de proyectos en común que serán útiles para todos. Las sesiones se desarrollaron en mañana y tarde, martes y miércoles, realizándose simultáneamente las dedicadas a Paleolítico y Epipaleolítico, la de Neolítico y Bronce, la de Primer Milenio y la de Arqueología Medieval. El jueves sólo hubo sesiones de mañana, pues por la tarde se realizaron excursiones para conocer Zamora y el entorno de Zamora: Toro, Petavonium, y Távara. Todos los Congresistas inscritos tenían opción a participar en estas excursiones gratuitamente. Jueves y viernes se desarrollaron las sesiones de Arqueología Clásica y Metodología. La tarde del viernes se dedicó al comentario de los Posters que, en su gran mayoría, ya estaban expuestos desde el primer día del Congreso en una sala de la Caja España muy digna que tenía guardia de seguridad para evitar problemas de robos. Cada una de las sesiones fue presidida por un colega español y uno portugués, de modo que muchos de los participantes fueron, además. Queremos agradecer expresamente su papel: en algunos casos hubieron de resolver incidencias de la sala y en todos, animaron el debate e hicieron más interesante el desarrollo de las sesiones. En cada una de las salas hubo permanentemente un Secretario de Sección que se encargó de tomar notas de lo dicho en el debate y serán estos Secretarios los que realizarán para las Actas la transcripción de las cuestiones planteadas. También ellos colaboraron arduamente en la consecución del Congreso. La valoración científica de las sesiones creemos que fue bastante satisfactoria. Ofrecer un resumen de lo tratado en cada una de ellas no es fácil, pero cuando menos el Comité intentó esbozar las líneas más importantes de lo tratado en cada una de las Secciones en un texto que reproducimos aquí: En la Sección I, Paleolítico y Epipaleolítico, algunas de las comunicaciones y buena parte del debate se centraron en la revisión de yacimientos de tanto renombre como la Carigüela (Granada) y Torralba-Ambrona (Soria). En el primer caso aportando nuevos datos que permiten retrotraer su ocupación a una etapa antigua del Pleistoceno Medio, lo que da pie a replantear la cuestión del origen de las industrias musterienses y, en el segundo, poniendo en tela de juicio la condición de "cazaderos" o desolladeros admitida a lo largo del último siglo. Se presentaron yacimientos nuevos de amplia secuencia como El Mirón, en Cantabria que permiten esperar mucho en años venideros para la explicación del inicio de las sociedades neolíticas. Por otra parte la presentación de numerosas estaciones inéditas con arte cuaternario augura grandes avances en el futuro próximo para el conocimiento de este tipo de manifestaciones. Se presentaron novedades en el interior de la Península Ibérica y en la zona clásica del Arte Cuaternario peninsular, algunas tan espectaculares como La Garma (Cantabria), donde al pie de los paneles pintados se conservan sorprendentemente in situ, a flor de superficie, los testimonios materiales de quienes presumiblemente fueron sus autores. El Neolítico y las etapas más antiguas de la Edad de los Metales recibieron aportaciones de diferentes estudios que, en conjunto, configuran un estado de la investigación permanentemente abierto a continuas novedades. Especial relevancia reviste la presentación de dos poblados fortificados: Os Palheiros, en la región de Tras-os-Montes, y Monte da Ponte, en la cuenca del Guadiana. El primero viene a acrecentar la do-T. P.,53,n.°2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cumentación disponible sobre un proceso, el de la primera sedentarización del poblamiento del valle del Duero, que deja su huella más patente en una serie de aldeas construidas de piedra y provistas de fenomenales defensas que sorprenden por su sofisticación y diversidad formal. El segundo tiene la virtud de poner en conexión directa esta monumentalización del habitat con el fenómeno funerario del megalitismo, de honda raigambre en la fachada atlántica peninsular. Parcela propia tuvieron los trabajos dedicados al Arte Esquemático, lo que es claro síntoma del auge que experimenta la comprensión de este rico y complejo lenguaje figurado. En la sección dedicada a I milenio a.C. quedó reflejada la diversidad de las culturas peninsulares y los procesos de cambio que las caracterizan: ese fue el objeto fundamental tanto de las comunicaciones como de los debates. En este sentido, resultaron muy enriquecedoras las aportaciones de portugueses y catalanes referidas al paso de la Edad del Bronce al Hierro, considerado tanto desde el análisis de los poblados fortificados como del registro funerario. En las zonas del interior peninsular destacamos, por lo novedoso de su enfoque, el estudio de los verracos del abulense valle de Ambles, así como, en general, la precisión cronológica de la secuencia cultural mediante la aportación de amplias series de dataciones radiocarbónicas. En este aspecto, el de las cuestiones cronológicas, especial interés ofreció el conocimiento de la existencia de un horizonte antiguo en el mundo de los castros asturianos, identificado en la ría de Villaviciosa. El análisis del mundo ibérico se condujo fundamentalmente a partir de la estatuaria, lo que motivó positivos debates a propósito de la panopha de estas sociedades guerreras. El horizonte fenicio-púnico se abordó desde sus sectores productivos y comerciales, como es el caso de la industria pesquera gaditana. En el ampho panorama de la arqueología romana hay que resaltar el contraste entre la espectacularidad de los nuevos hallazgos (teatro, anfiteatro, etc.) en la Colonia Patricia Cdrduba, cuyo urbanismo de época augustea era prácticamente desconocido, y el impulso que están adquiriendo las excavaciones de menor escala, como Labitolosa en Aragón, o Amaya y Tongóbriga en Portugal, que nos informan sobre la inserción dentro del mismo mundo de zonas hasta ahora menos conocidas de nuestra geografía peninsular. Si cada vez comprobamos con mayor claridad que la integración en el Imperio Romano incorporó aportaciones singulares de las comunidades indígenas, también constatamos que el patrón de poblamiento (urbanístico en la ciudad, territorial en el campo) responde a las imposiciones del nuevo Estado. Así lo han puesto de reheve las prospecciones realizadas en zonas como la Marina Baixa en Alicante, el Alto Támega, junto a Chaves o la leonesa zona de las Médulas. En este sentido, hemos de destacar que por primera vez se han descubierto las huellas de esa romanidad en las lejanas Islas Canarias, concretamente en Lanzarote. Subyace bajo la fuerza que está adquiriendo nuestro conocimiento sobre la Hispania romana, el interés de los arqueólogos por poner en valor sus investigaciones. Valga como ejemplo de ello las actuaciones que han hecho visitables los campamentos de Rosinos de Vidríales, según han podido comprobar los propios congresistas. En las comunicaciones dedicadas a Arqueología Medieval queremos subrayar diversas aportaciones que se han ocupado de diversas cuestiones relacionadas con la arquitectura y el mundo funerario de época visigoda. En el transcurso de la sesiones, han sobresalido una serie de trabajos, testimonio de novedosas orientaciones en la investigación que abordan el anáhsis del poblamiento y la utilización del espacio tanto en el ámbito feudal cristiano como en el musulmán. Destacan entre ellos los estudios de la estructuración del espacio agrario en varias villas asturianas y, en Al-Andalus, el de la organización territorial de Velez-Málaga, así como el dedicado al poblamiento de la Marca Media Occidental, frontera entre cristianos y musulmanes. Las aportaciones en este sentido de la "arqueología del agua" fueron también de gran interés. Igualmente llamaron la atención sendas comunicaciones que han dado a conocer el espectacular hallazgo en Haza del Carmen (Córdoba) de más de treinta kilogramos de monedas califales. Por supuesto, el propósito de reconstruir, el pasado se pertrecha en todos los casos de las más refinadas técnicas de anáhsis. Una sección del Congreso -la VI-sirvió de foro específico para éstas. El anáhsis de cuestiones historiográficas y bibhográficas fundamentaron algunas de las reflexiones sobre teoría en Arqueología. Otras aportaciones a teoría y método en Arqueología partían de puntos diversos y dieron lugar a discusiones de gran interés. La mejor evidencia de resultados nos la darán las Actas del Congreso que esperamos ver pubhcadas en breve. En esta ocasión cada uno de los tomos responderá a cada una de las Secciones incluyéndose el debate de las sesiones realizadas en Zamora. Para que la pubhcación esté cuanto antes hemos de acudir a la responsabilidad de todos pues, en su día, requerimos los trabajos para ser entregados en el Congreso. Como aún nos siguen faltando, hemos enviado una circular a los Congresistas rezagados para solicitarles los textos con un plazo máximo de 30 de octubre. Esperamos, por tanto, poder cumplir los plazos previstos y comenzar a sacar tomos en la primera parte de 1997. Como decíamos arriba, otro de los objetivos que nos propusimos con la realización de este Congreso era el de promocionar un foro de expresión como arqueólogos peninsulares. Como ciudadanos formamos parte de la sociedad en la que vivimos y como arqueólogos tenemos obligación moral de tomar postura ante las agresiones que sufre el Patrimonio. Por este motivo, el Comité se reunió con el fin de discutir algunos problemas recientes sobre estos aspectos y exponer una opinión que fuera objeto de consenso. En dicha reunión se acordaron una serie de puntos reflejados en el Comunicado Final que se dio a conocer a la prensa y que ahora transcribimos aquí: Los Congresos de Arqueología Peninsular nacieron como idea en el año 1990 para establecer cauces institucionales y continuos de relación entre los arqueólogos portugueses y españoles, dotados ambos de intereses comunes que hasta ese momento no se habían plasmado en relaciones ni actividades conjuntas. La primera concreción de la idea se produjo en el año 1993 en el Primer Congreso de Arqueología Peninsular celebrado en Oporto y la convocatoria actual de Zamora es la segunda de nuestras reuniones, y continúa con el mismo espíritu que la primera, siempre hacia el conocimiento y colaboración de la Arqueología de nuestros dos países. En primer lugar queremos expresar el agradecimiento de todos nosotros a las Instituciones de la ciudad de Zamora, que tan generosa y brillantemente nos han brindado esta posibilidad, acogiéndonos gentilmente en su seno. Dentro de ellas, y sin olvidar ninguna, hay que destacar la capacidad de trabajo, imaginación y probada eficacia de sus organismos culturales, encarnados sobre todo en la Institución Cultural Florián de Ocampo de la Exma. Diputación Provincial, y en la Fundación Rei Afonso Henriques, a las que le debemos toda la infraestructura de este Congreso. A todos ellos nuestro sincero agradecimiento y nuestra disposición para seguir colaborando en el futuro en todo aquello que pueda ser de interés común o simplemente se nos solicite. Por lo que se refiere a nuestra actividad científica, hemos de decir que la arqueología peninsular posee en la actualidad un desarrollo muy importante, el más importante de su historia, y que se enorgullece de estar fuertemente encardinada en la reahdad y las preocupaciones más vivas de nuestros dos países. No es la Arqueología una materia científica separada de la actualidad inmediata, sino que muy por el contrario vive de cerca los acontecimientos cotidianos, se interesa de modo muy próximo por todo aquello que tiene que ver con el patrimonio histórico y cultural, del que Portugal y España están excepcionalmente dotados. Nuestra preocupación se encuentra siempre donde existe alguna amenaza para nuestro legado histórico, como peninsulares, como europeos y como ciudadanos conscientes e informados de una comunidad internacional que cada vez tiende más a la destrucción de las fronteras. En este sentido debemos manifestar la inquietud que nos producen noticias como el peligro que corre el Museo del Hombre de Paris de dejar de ser una institución cultural modelo en Europa, o la falta de respeto que cotidianamente advertimos hacia nuestra Historia, con el desprecio o la utilización del Patrimonio Cultural como moneda de cambio al servicio de intereses políticos cambiantes y carentes de conciencia histórica y visión de futuro. Nuestra inquietud se ha plasmado siempre en la defensa de nuestro común legado cultural, en el respeto por el pasado de nuestra ciudadanía, en la valoración de nuestra riqueza cultural como definición de nuestro propio ser y bien de primera mano para dejar a nuestros descendientes. En este sentido nos sorprenden e inquietan actuaciones como la recientemente producida en la Plaza de Oriente de Madrid, donde personas poco reflexivas han llegado a infravalorar el valor de los testimonios históricos allí presentes por intereses políticos o económicos, sin el conocimiento y el respeto exigibles a las autoridades que nos representan. También nos preocupa que la presión intencionada de algunos intente mover y trasladar piezas como la Dama de Elche del Museo Arqueológico Nacional, olvidando el tiempo que lleva allí depositada en perfectas condiciones de conservación, su interés y posibihdad de contemplación, y el hecho incontrovertible de que lo mejor que se puede hacer con piezas de ese valor y antigüedad es mantenerlas al margen de intereses coyunturales y con frecuencia muy poco culturales. Nuestra preocupación se ha plasmado también en la defensa de yacimientos de un valor innegable para la humanidad entera, como el de Foz Coa en Portugal, donde el afán común y la actividad incesante de algunos colegas permitieron la valoración real y modélica de semejante sitio. Entonces se dijo, y muy acertadamente, que los bienes culturales de nuestro pasado no son solamente aquéllo que nos permite conocernos, saber quiénes somos y afrontar consciente y libremente el futuro, sino que también, y en países como los ibéricos, la organización de infraestructuras culturales bien dotadas bajo el punto de vista turístico puede ayudar de modo fundamental a levantar el nivel de vida de áreas económicamente deprimidas, como las interiores. En este sentido debemos apoyar la creación del Parque Cultural ya existente en las márgenes del Coa y el desarrollo del que se está gestando en el lado español de la frontera, dentro de la comarca de Ciudad Rodrigo, T. P., 53, n.° 2,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es en Salamanca, con manifestaciones artísticas también pertenecientes al Paleolítico Superior, que demuestran una vez más la inexistencia de fronteras culturales de importancia entre los dos países vecinos, que han vivido más tiempo del conveniente mutuamente de espaldas. El desarrollo de ambas iniciativas, en las que participamos directamente varios miembros de esta comunidad científica, debería llevarnos a la creación de un parque interfronterizo, con las manifestaciones hermanas del Coa y Siega Verde encuadradas en un ámbito común de visita, organización y valoración cultural. Sería éste también un modo muy positivo de demostrar a nuestras comunidades nacionales el interés real que tenemos, como europeos y peninsulares, de colaborar en empresas comunes y crear equipos de trabajo mixtos. La Arqueología puede ser un buen camino. Debemos por último hacer una llamada de atención a las autoridades responsables del Patrimonio Histórico, para que recuerden que éste es de todos, que no es objeto de compraventa ni de manipulación interesada, que son ellos los garantes de su conservación y que, como ciudadanos y profesionales, tenemos pleno derecho a pedirles cuentas, a exigirles responsabihdades y a ofrecerles nuestra colaboración fundada y reflexiva.También a aplaudir sus aciertos cuando se producen, que nos gustaría fuera más veces. Somos inevitablemente la conciencia de una realidad que vemos poco respetada y frecuentemente maltratada en su mismo concepto. El progreso requiere el respeto del pasado, que es útil y productivo, no solamente bajo el punto de vista de la propia realización y de la elevación de la condición humana, sino también por otros motivos, entre los que el económico no está ausente. A grandes rasgos, estas son las cuestiones tratadas, comentadas y objeto de reflexión en esta reunión de Zamora. Queremos aprovechar estas líneas escritas como portavoces del Comité Científico de los Congresos de Arqueología Peninsular, para agradecer a todos los participantes su presencia, su colaboración y su apoyo a esta idea de unión y conocimiento de la Arqueología de nuestros dos países. Esperamos vernos de nuevo en Vila Real (Tras-os-Montes, Portugal) en 1999.
La revisión del registro inferopaleolítico europeo permite identificar tres episodios de poblamiento. El segundo de los mismos, datado entre OIS25/OIS24-OIS19/OIS18, ofrece industrias líticas y fósiles humanos que indican un posible origen esteasiático. Se ofrece una síntesis sobre este episodio de dispersión, relacionado con el reemplazo de faunas galerienses. Se analizan las posibles vías migratorias que siguió y los motivos que pudieron ocasionar su interrupción. También se plantean las relaciones filogenéticas de estas poblaciones, insertándolas en el marco evolutivo del Pleistoceno inferior y medio. La Hipótesis de las Cronologías Recientes (Roebroeks y van Kolfschoten 1994) ha sido falseada por datos fiables que demuestran una presencia humana antigua en los márgenes meridionales del subcontinente (p. e. Se ha propuesto que estos datos representan un poblamiento esporádico, produciéndose la auténtica colonización de Europa con la penetración del Achelense y el establecimiento de grupos humanos en latitudes septentrionales a 40o N (Roebroeks y van Kolfschoten 1998; Roebroeks 2001). Raposo y Carreira 1985; Raynal et al. 1995), existen datos fiables que remontan la primera presencia humana en Europa al Pleistoceno inferior. El registro sostiene que el primer poblamiento del subcontinente es un proceso heterocrónico, documentando tres fenómenos de dispersión (1): 1) en un momento relativamente temprano del Pleistoceno inferior; 2) en torno al límite (*) Departamento de Prehistoria y Arqueología. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Edificio de Humanidades. c/ Senda del Rey, 7. Su significado en el contexto de la Evolución Humana y su relación con la dispersión de homínidos por el viejo mundo. Departamento de Prehistoria y Arqueología de la UNED, Madrid. Matuyama/Brunhes (M/B), y 3) desde la transición OIS16/OIS15. Los dos primeros se cierran con sendos hiatos del registro. Este trabajo ofrece una síntesis sobre el segundo, contextualizándolo en el proceso más amplio del poblamiento de Eurasia. REGISTRO DEL SEGUNDO EPISODIO Se documenta un segundo poblamiento en las últimas fases de Matuyama, circunscrito a latitudes meridionales (Fig. 1). Desarrollado entre OIS25/ OIS24 y OIS19/OIS18, está representado por Atapuerca Gran Dolina (A-TD) 4-6; Vallonet; Soleihac; Ca' Belvedere di Monte Poggiolo; Ceprano; y, posiblemente con cronologías cercanas al Episodio Jaramillo, Korolevo VII-VIII y Rossokovo. A tenor de una publicación preliminar, se uniría la Cueva de Santa Ana (Carbonell et al. 2005a). El final de este proceso se documenta en conjuntos ibéricos datados inmediatamente después del límite M/B, ente OIS19 y la transición OIS19/OIS18 (Raposo y Santonja 1995): A-TD7; Cúllar de Baza I; Monfarracinos; Quinta do Cónego/Pusias y Guadalquivir T6. Cabría añadir algunas localizaciones sin elementos fiables de datación, penecontempo-ráneas a los yacimientos citados a juzgar por sus características y ámbitos de localización, como Cabestany; Más Ferreol; Puig d'en Roca I-II y Palau, en el Pirineo oriental; Vidauban, en Francia; Collinaia, Bibbona, Arce, Fontana Liri y Castro dei Volsci, en Italia. Aquellos elementos de Cueva Victoria inicialmente calificados como arqueológicos pueden desestimarse (García Sánchez 2002) y la revisión de la falange CV-0 ha determinado que corresponde a Theropithecus sp. Aparece en un contexto detrítico-fluvial deltaico superpuesto a la Formación Argille Azzurre, un substrato arcilloso que proporciona un terminus post quem de 1,54±0,34 Ma BP. El depósito arqueológico se ha situado a fines de Matuyama, pero alteraciones pedogenéticas previenen sobre la fiabilidad de las estimaciones. La Formación Sabbie Gialle, relacionada con la génesis del yacimiento, cuenta con dataciones más precisas, a cierta distancia del registro: la malacología sugiere 1,2-1,1 Ma BP y la magnetoestratigrafía documenta Jaramillo y el límite M/B. El análisis ESR del sedimento que engloba la colección ofrece extremos de 1,29±0,53 Ma BP y 720±210 Ka BP, situándose la media en 1,065±0,165 Ma BP. Mussi (1995) cuestiona la correlación entre Sabbie Gialle y depósito arqueológico y Villa (2001) plantea que las dataciones ESR son provisionales, mostrando desacuerdo con la interpretación del yacimiento. Estratigrafía, bioestratigrafía, palinología y paleomagnetismo sitúan Vallonet en OIS24 (de Lumley 1988). Geología y bioestratigrafía datan Soleihac en ca. La bioestratigrafía de Cúllar de Baza-I apunta hacia OIS19 (Ruiz Bustos 2004). Finalmente, la magnetoestratigrafía de Korolevo (Ucrania), con el que se ha relacionado el cercano Rossokovo, sitúa sus unidades VIII y VII en torno a Jaramillo (Gladiline 1989; Gladiline y Sitlivyj 1991). Los datos disponibles sobre su conjunto y estratigrafía invitan a mantener cierta cautela para aceptar estas fechas. ACCESO A EUROPA DE ESTE EPISODIO DE DISPERSIÓN DE HOMÍNIDOS El registro se concentra en las regiones Occidental y Central de la Provincia Mediterránea, siguiendo el modelo regional de Gamble (1990), lo que invitaría a considerar una penetración vertical desde África septentrional. La abundancia de datos en las penínsulas Ibérica e Itálica podría señalar una conexión por medio de los estrechos Sículo-Tunecino y/o de Gibraltar. La paleobiogeografía, la naturaleza del registro maghrebí (ver epígrafe IV.2), la batimetría y la paleogeografía de ambos ofrecen argumentos que permiten desestimarlos como vía de tránsito durante el Pleistoceno inferior y medio. Este episodio de dispersión por Europa es contemporáneo al reemplazo faunístico Galeriense, iniciado ca. 900 Ka BP, coincidiendo con el establecimiento de una nueva pauta de oscilaciones climáticas. Éstas pasaron a estar dominadas por ciclos más largos y contrastados entre sí. Este cambio medioambiental coincide con importantes transformaciones tectónicas en Asia central y suroriental (Dennell 2004; Keates 2004). Según registros marinos y continentales, a fines de Matuyama descendieron de forma generalizada la humedad y las temperaturas y cambiaron pautas de circulación atmosférica y estacionalidad de la vegetación (p. e. El clima fue más variable desde finales del Pleistoceno inferior que en las fases anteriores, iniciando el establecimiento en Europa de un nuevo bioma, la Estepa del Mamut (Guthrie 1990; Rodríguez et al. 2004). Las comunidades europeas de macromamíferos se modificaron profundamente, con extinción de elementos Villafranquienses; evolución local de especies autóctonas; y llegada de taxa de la franja central y oriental de Eurasia y de África. Además de diversos Bovidae, el lobo es de procedencia asiática. Su acceso a Europa es contemporáneo a su llegada al Corredor Levantino (p. e. Esta misma característica se aprecia en Hemibos galerianus, especie del Subcontinente Indio identificada en el registro italiano en estas cronologías (Martínez-Navarro y Palombo 2004). Su dispersión pudo estar relacionada con la llegada a Próximo Oriente del proboscidio Stegodon, de origen indostaní, identificado desde fechas similares (Tchernov et al. 1994; Goren-Inbar et al. 2000). La ausencia de datos que sustenten una dispersión vertical a través de los estrechos de Gibraltar y Sículo-Tunecino y la coincidencia cronológica de este fenómeno con el Galeriense son circunstancias que invitan a considerar una ruta horizontal para el segundo episodio de poblamiento europeo. Es habitual situar el área originaria de estas poblaciones en África oriental y su acceso a Eurasia a través de Próximo Oriente (p. e. Pero existen algunos datos arqueológicos y paleoantropológicos que, junto al proceso de dispersión de faunas orientales implicado en el Episodio Galeriense, permiten plantear una alternativa: su origen último en Asia oriental. Es una hipótesis ya planteada (Rolland 1992), aunque ahora contamos con indicios más sólidos. EL MODO 1 EUROPEO EN UN CONTEXTO GLOBAL Las industrias líticas europeas de finales de la Cronozona Matuyama El análisis de Kada Gona EG 10 y 12; Lokalelei 1 y Fejej FJ-1, yacimientos esteafricanos datados entre 2,55 y 2 Ma BP, ha llevado a definir el Pre-Olduvaiense (de Lumley et al. 2004). Al mismo se han incorporado las industrias líticas de Dmanisi; Fuente Nueva-3 (FN-3) y Barranco León-5 (BL-5) (de Lumley et al. 2005). En este último rango cronológico se ubican las industrias inferiores de Atapuerca Sima del Elefante (A-TE) (Cuenca-Bescós y Rofés 2004; Rosas et al. 2004), sin datos concretos por el momento. Todos estos conjuntos líticos se caracterizan por (1) incluir algunos "cantos trabajados" poco estandarizados; (2) escasez de chopping-tools entre los (2) Durante la revisión de este texto ha podido consultarse un artículo (Palmqvist et al. 2005) donde la cronología propuesta para estos yacimientos se sitúa entre 1,3 y 1,2 Ma BP. mismos; (3) empleo de percusión dura y bipolar sobre yunque; (4) predominio de técnicas ortogonales de tipo unifacial (5) y de lascas sin modificar; (6) número muy reducido, cuando no ausente, de instrumental estandarizado y (7) micro-retoques y retoques irregulares marginales en los filos de lascas, débris y cantos fracturados. Dmanisi, FN-3, BL-5 y A-TE podrían representar un episodio inicial de poblamiento europeo con origen en África, acaecido con anterioridad al desarrollo del Olduvaiense clásico y relacionado con el primer poblamiento de Asia. 1,85 Ma BP el registro esteafricano cuenta con colecciones de rasgos más avanzados, documentadas en yacimientos como Olduvai DK1 y Gomboré 1 (Melka Kunturé). Agrupadas como Olduvaiense clásico (de Lumley et al. 2004;2005), estas industrias se diferencian del Pre-Olduvaiense por: (1) frecuencia alta de lascado bifacial, con abundancia de núcleos de tipo discoide bifacial; (2) desarrollo de esquemas técnicos multidireccionales, con núcleos de forma poliédrica o globulosos; (3) presencia de esferoides y poliedros; (4) existencia de productos de talla retocados que configuran un utillaje estandarizado, con presencia de raederas, raspadores, muescas y denticulados; y (5) los "cantos trabajados", sobre todo los chopper, ofrecen morfologías más estandarizadas, aumentando la frecuencia de chopping-tools. A este tecnocomplejo se han asimilado Atapuerca TD6; Soleihac; los conjuntos del Lacio relacionados con Ceprano; e Isernia La Pineta (de Lumley et al. 2005). Pero ninguno de ellos encaja plenamente en esta definición. Por ejemplo, en la colección de Atapuerca, aunque los esquemas centrípetos bifaciales están representados, predominan los de tipo ortogonal. Asimismo, son muy escasos los "cantos trabajados" y tienen muy baja incidencia los elementos retocados (Carbonell et al. 1999; Terradillos y Moncel 2004). En cuanto a Isernia, dataciones absolutas (Coltorti et al. 2005), aminoestratigrafía (Belluomi et al. 1997) y bioestratigrafía (Petronio y Sardella 1999), sitúan el yacimiento entre los más antiguos que documentan el tercer proceso de dispersión, caracterizado por el Achelense. La colección lítica de Isernia no exhibe sus rasgos más característicos, pero tampoco encaja en la definición del Olduvaiense clásico. Análisis líticos y experimentales han determinado que las peculiaridades del yacimiento se relacionan con el tamaño, la morfología y las características de los nódulos y bloques de materia prima empleados (Crovetto 1994; Crovetto et al. 1994a, b). Representa la explotación oportunista de litologías que no permitieron configurar los elementos típicos del Achelense (Villa 2001; Díez Martín 2002). Si el origen de este fenómeno de dispersión se localizó en África oriental, uno de los aspectos más intrigantes de las industrias líticas europeas datadas a fines del Pleistoceno inferior es su caracterización tecnomorfológica. En estas cronologías ya cuenta con una dilatada tradición en África y Próximo Oriente la modalidad más antigua del Achelense, definida por la presencia esporádica de herramientas bifaciales de gran formato y una mayor variabilidad del utillaje retocado. Dispersión del Olduvaiense evolucionado/Achelense antiguo El Achelense incipiente data sus primeros ejemplos ca. A fin de explicar esta circunstancia, se ha propuesto que desde ca. 1,5 Ma BP habrían coexistido en los ecosistemas del este y sur de África dos poblaciones (Carbonell et al. 1998), una de ellas caracterizada por las primeras tecnologías achelenses y otra continuadora de las Olduvaienses, supuestamente menos efectivas. (3) El yacimiento argelino de Aïn Hanech ha sido datado en 1,8 Ma, situándose en la nómina del Olduvaiense clásico africano (Sahnouni 1998; Sahnouni et al. 2002). La interpretación de magnetoestratigrafía y bioestratigrafía ha sido criticada por Geraads et al. (2004). Estos autores sitúan Aïn Hanech en 1,2 Ma BP, la misma cronología asignada a la localidad marroquí de Thomas Quarry 1-L. Las descripciones de la industria del yacimiento argelino invitan a considerar que se trata de Olduvaiense evolucionado/Achelense antiguo. Dejando a un lado la ausencia de bifaces y hendedores, elementos escasamente representados en este tecnocomplejo, Aïn Hanech comparte numerosos rasgos con los yacimientos atribuidos al mismo, ajenos al Olduvaiense clásico. Por ejemplo, cuenta con abundantes esferoides y facetados, además de algunos triedros. Parece significativo que en algunas localidades atribuidas al Olduvaiense evolucionado/Achelense antiguo, como Thomas Quarry 1-L o Tell'Ubeidiya, interestratifican niveles con y sin bifaces, sin que existan otras diferencias tecnológicas y tipológicas que permitan asignar los diferentes conjuntos y niveles a tecnocomplejos distintos (p. e. La competencia de ambos grupos por el mismo nicho habría obligado al segundo a la colonización de entornos marginales, dispersándose hacia Eurasia. Este planteamiento se enfrenta a tres problemas fundamentales: (1) Las primeras migraciones de homínidos se datan en cronologías sensiblemente anteriores a la aparición del Achelense incipiente en África. (2) No explica satisfactoriamente la no-dispersión de éste más allá de Próximo Oriente y el Mahgreb. (3) La dificultad que plantea explicar coherentemente la coexistencia de dos poblaciones ocupando el mismo nicho ecológico sin que una adoptara los desarrollos tecnológicos de la otra. Esta asunción pasa necesariamente por considerar que bien se trataba de dos especies con capacidades cognitivas distintas, bien se establecieron grupos étnicos. Los mismos debían estar muy diferenciados entre sí para mantenerse completamente aislados reproductiva y culturalmente. El registro de África oriental y meridional no permite sostener una u otra opción. Existió una dispersión del Achelense incipiente hacia Próximo Oriente y el Norte de África, sin que proliferara más allá de estos ámbitos (4). Esto tal vez se explique por las transformaciones medioambientales y tectónicas que empiezan a gestarse en estas cronologías. Las mismas pudieron romper la continuidad de los entornos abiertos similares a la sabana africana que se habían establecido en latitudes medias eurasiáticas (Dennell 2004). Otra alternativa es que el Achelense incipiente efectivamente proliferaran más allá de Próximo Oriente, transformándose por cuestiones sociales, cognitivas o adaptativas conforme los grupos portadores de ellas se alejaran de sus áreas originales (p. e. Una tercera posibilidad es que las poblaciones que alcanzaron Europa coincidiendo con el reemplazo de fauna del límite Plio-Pleistoceno convencional quedaran aisladas, continuando la tradición lítica que portaban en el momento de su llegada (5). Existen razones que invitan a considerar que aquel primer proceso de dispersión por Europa se extinguió. Asumir que las características industriales de los yacimientos europeos agrupados en torno al límite M/B son desarrollo local del Pre-Olduvaiense exige explicar la distancia cronológica que les separa de A-TE, FN-3 y BL-5. Existe un hiato de unos 300-350 Ka BP en el que no disponemos de datos que permitan postular la continuidad demográfica del episodio más antiguo de poblamiento. Un buen ejemplo de esta situación es la Sierra de Atapuerca, donde la yuxtaposición de sus diferentes secuencias sedimentarias ofrece un panorama casi completo del Pleistoceno. Se aprecia un dilatado vacío arqueológico entre las industrias líticas de A-TE y las de A-TD4-7. Esta misma situación se repite en la profusamente estudiada Depresión Guadix-Baza, donde existe un extenso hiato antrópico entre FN-3/BL-5 y Cúllar de Baza I. El vacío de auténtico registro arqueológico en el resto de Europa es completo hasta poco antes del límite M/B. No parece que exista un sesgo en la investiga-(4) En otro trabajo (nota 1) se ha comentado con detalle como las dataciones de las colecciones achelenses de Isampur (India), establecidas en ca. 1,2 Ma BP (Paddya et al. 2002), plantean problemas y requieren ser contrastadas. En el mejor de los casos la fecha data los procesos de formación de la litología donde se localizan los conjuntos, no el momento de realización de los mismos. Este matiz es importante, en un área tan fértil en yacimientos achelenses como el complejo de valles Hungsi-Baichbal, donde los estratos con industrias líticas del Paleolítico inferior aparecen cercanos a la superficie y en contacto con litologías muy alteradas y afloramientos rocosos (Paddyya y Petraglia 1993). No deja de ser significativo que exista un lapso tan dilatado entre Isampur y el resto de localidades y, sin embargo, todas sean muy similares desde un punto de vista tecnotipológico. Los siguientes en antigüedad, como Hungsi, Teggihalli o Yedurwadi, se datan por medio del método TH/U y estimaciones geomorfológicas de alcance regional, en momentos avanzados del Pleistoceno medio (ca. (5) A favor de esta opción se situarían las similitudes que se han encontrado entre los conjuntos de Vallonet y Ca' Belvedere di Monte Poggiolo con el Pre-Olduvaiense (de Lumley et al. 2005), que puede matizarse (nota 1). En primer lugar, porque, tal como se ha expuesto en el segundo epígrafe de este trabajo, la cronología de los mismos se relaciona con el episodio de poblamiento europeo sobre el que versa este texto y, como ya se ha argumentado, existe un dilatado hiato del registro entre los yacimientos que documentan este y los que permiten postular la existencia de un proceso colonizador anterior. Atendiendo a los aspectos tecnotipológicos, la colección de Vallonet es demasiado reducida en efectivos (de Lumley et al. 1988) como para abordar una comparación consistente. Su estudio ha determinado que fundamentalmente ofrece restos relacionados con actividades de talla. En el mismo predominan los percutores, muchos de ellos con negativos de lascas derivadas de la percusión (Terradillos y Moncel 2004). Por otra parte, el capítulo de utillaje retocado documenta dos raederas (de Lumley et al. 1988), que no encajan en el panorama esbozado para el Pre-Olduvaiense, donde este tipo de elementos brilla por su ausencia. El problema que plantea Monte Poggiolo es diferente al de Vallonet. Los vestigios arqueológicos del yacimiento italiano son muy numerosos, superando los 4.000 efectivos, y algunas de las características técnicas y tipológicas del mismo entroncan con las descritas para el Pre-Olduvaiense: poca transformación de los filos naturales y predominio de los productos sin modificaciones posteriores a su obtención. Se aleja del mismo por la documentación relativamente abundante de esquemas técnicos multifaciales, la presencia de algunos talones facetados y el alto grado de estandarización de los productos retocados (Terradillos y Moncel 2004). Rasgos todos ellos que son ajenos a las colecciones definidas como Pre-Olduvaienses o se encuentran escasamente representados en las mismas (Toro et al. 2003a; de Lumley et al. 2004;2005). El yacimiento documenta una variabilidad mucho más alta de esquemas técnicos, adaptándose éstos a las diferentes materias primas representadas en el registro (Terradillos y Moncel 2004). ción, en lo que atañe a Europa occidental y mediterránea central. Los datos disponibles indican la extinción de la primera ola de poblamiento europeo. La misma, protagonizada por poblaciones relacionadas con las documentadas en Dmanisi, habría alcanzado los márgenes occidentales de Europa siguiendo una ruta de dispersión circunmediterránea, aprovechando las masas de plataforma continental emergidas durante la regresión Aullan y el establecimiento de ecosistemas abiertos similares a los de sabana. Algunos grupos habrían quedado aislados en la Península Ibérica cuando la sucesión de cambios climáticos y el ascenso de los niveles marinos hubieran roto la continuidad de dichos medioambientes. La ausencia de datos en regiones más septentrionales, con mayor contraste estacional en la distribución de recursos, sugiere que estas comunidades no estuvieron adaptadas para habitar las mismas, cortándose la circulación genética con grupos orientales. La escasez de yacimientos denota una baja densidad demográfica, por lo que el aislamiento del flujo afroasiático tendría un efecto pernicioso en la viabilidad demográfica, culminando en su extinción. Proceso acelerado si las fluctuaciones climáticas repercutieron en una subsistencia más azarosa, con la consiguiente ralentización de la capacidad reproductiva. Las industrias líticas de Asia oriental A diferencia de Europa y el Cáucaso, el poblamiento de Asia oriental no se interrumpió. Por ejemplo, la Cuenca de Nihewan ofrece datos continuos desde 1,66 Ma BP hasta finales del Pleistoceno inferior (Zhu et al. 2004; Keates 2004), sin que falten yacimientos para cronologías posteriores en otras áreas esteasiáticas. Un aspecto llamativo de este registro es la aparente perpetuación de las mismas tecnologías hasta el Pleistoceno superior tardío (Corvinus 2004; Wu 2004). Tomando como base este aspecto y la interpretación del registro fósil, ha arraigado el concepto de que Asia oriental se mantuvo aislada durante buena parte del Pleistoceno (p. e. Teilhard de Chardin 1941; Coon 1962; Andrews 1984; Groves 1989; Wood 1991), interpretándose en tales términos las diferencias que manifiestan las tecnologías conservadoras y aparentemente menos sofisticadas del Paleolítico inferior y medio asiáticos (p. e. La ausencia de Achelense en el extremo oriental de Eurasia dio pie a la Línea de Movius, revalorizada a tenor de las cronologías de Dmanisi (Georgia), Sangiran, Mojokerto y Bapang (Java), que inducen a pensar en una salida de África anterior a la invención del Achelense. Esta dispersión temprana y un aislamiento posterior explicarían la ausencia del Modo 2 en Asia oriental y el Sureste Asiático (Larick y Ciochon 1996; Antón y Swisher 2004). Según Movius (1948) los territorios poblados durante el Pleistoceno inferior y medio se dividirían en dos grandes áreas culturales: la occidental (África, Próximo Oriente, India centromeridional y Europa), con predominio del Achelense y las tecnologías Levallois, y la oriental (India septentrional, Pakistán y Asia oriental y meridional), donde prevalecieron industrias dominadas por chopper, núcleos simples y lascas sin modificar. La investigación posterior ha mostrado que la persistencia de industrias de "cantos trabajados" no es exclusiva de las regiones orientales, matizando las cronologías de algunos conjuntos utilizados en estos planteamientos. Aún así, la distribución más oriental de las industrias achelenses parece estar limitada en el Indostán y Nepal (Corvinus 1998(Corvinus, 2004)). Las diferencias entre el oriente asiático y el resto del Viejo Mundo también existen en periodos más recientes, pudiendo apreciarse en Paleolítico medio y superior. En China el Modo 1 persistió hasta ca. 40 Ka BP, cuando se introdujo el Modo 4. Aún entonces los conjuntos líticos ofrecen porcentajes altos de elementos propios del primero (Wu 2004). Movius (1969) consideró Asia oriental una región marginal y retardada desde el punto de vista cultural, interpretando las tecnologías como manifestación de las habilidades cognitivas. Actualmente hay cierta reticencia a establecer dos esferas culturales mutuamente excluyentes a partir de la distribución de las industrias del Paleolítico inferior y medio, prestándose más atención a aspectos técnicos y funcionales que a las divisiones tipológicas de las ideas de Movius. No obstante, algunos autores mantienen que no hay evidencia suficiente para desechar radicalmente sus ideas (p. e. Si bien yacimientos orientales recientemente excavados (p. e. Se ha relacionado la especificidad de los conjuntos de Asia oriental con las limitaciones impuestas por las materias primas, desechando que manifiesten auténticas diferencias culturales (Leng y Shannon 2000; Leng 2001): las características litológicas y la forma y el tamaño de los nódulos afectaron a la producción de artefactos. La replicación de los esquemas técnicos de yacimientos indios y chinos y los análisis de las propiedades de las materias primas más abundantes en estas áreas, indican que los primeros se adecuan a las segundas, predeterminando éstas la morfología de los productos. Otro aspecto que influiría en la relación tipología/materias primas en Asia suroriental es la presencia de bambú. Algunos autores han especulado que los conjuntos orientales mantuvieron un alto grado de estabilidad porque ofrecen el equipo básico requerido para trabajar el bambú (Harrison 1978; Pope 1989). Chopper, chopping-tools y lascas habrían sido generados principalmente para su empleo en la realización de herramientas no líticas. Trabajos experimentales orientados a contrastar esta asunción han demostrado que la morfología de las lascas predominantes en los conjuntos chinos, buena parte de ellas generadas en la reducción de "cantos trabajados", otorga a éstas un alto grado de eficiencia en la modificación del bambú y otras materias vegetales (Clark 1992; Leng y Shannon 2000). Por otra parte, los datos bioestratigráficos sugieren que las áreas de dispersión de este registro grosso modo corresponden con aquellas regiones donde el bambú constituía un elemento importante de la flora autóctona (Pope 1984;1989). Traceología y experimentación con bifaces indican la eficacia de los mismos en el procesado de biomasa animal, especialmente en el despiece de macromamíferos (Jones 1980; Keeley 1980; Schick y Toth 1993; Roberts y Parfitt 1999). El instrumental realizado con bambú ha demostrado ser igualmente útil para este tipo de actividades y actualmente los habitantes de Irian Jaya (Nueva Guinea), expertos artesanos de la piedra, prefieren el empleo de de bambú al de instrumental lítico para descuartizar animales (Schick y Toth 1993; Leng y Shannon 2000). Si las poblaciones que habitaron Europa en torno al límite M/B tuvieron como lugar último de origen Asia oriental, podría explicarse su modelo tecnológico. Sería la descendencia de grupos que adapta-ron su repertorio a los condicionantes de su hábitat. No habían adoptado el Achelense, poco adecuado a sus litologías, para privilegiar el instrumental fabricado en materiales vegetales. En este sentido cabe destacar que los análisis de traceología de A-TD6 y Monte Poggiolo manifiestan la importancia que tuvo para sus artífices la manipulación de la madera (Carbonell et al. 1999; Vergès et al. 1999). Pudieron ser herederos de una tradición tecnológica adaptada al uso más intenso de materias vegetales, con las previsibles adecuaciones una vez se difundieron hacia regiones sin bambú y se dependiera tanto de plantas más leñosas como de un mayor énfasis en la obtención de filos líticos adecuados para la manipulación directa de biomasa animal. V. LOS DATOS PALEOANTROPOLÓGICOS La muestra A-TD6 y la calvaria de Ceprano representan las poblaciones que protagonizaron el segundo proceso de poblamiento europeo. El mosaico morfológico de la primera dio pie a la definición de Homo antecessor, inicialmente propuesto como último antepasado común de H. neanderthalensis y H. sapiens (Bermúdez de Castro et al. 1997). No es directamente comparable con A-TD6, pero Ceprano se ha incorporado al hipodigma (Manzi et al. 2001). Reevaluaciones posteriores de A-TD6, con nuevos especimenes, y su comparación con los fósiles mesopleistocenos de Europa han separado H. antecessor del linaje neandertal (Bermúdez de Castro et al. 2003Castro et al., 2004;;Carbonell et al. 2005b). En consecuencia, no habría continuidad demográfica entre estas poblaciones y las de H. heidelbergensis-H. neanderthalensis. de la escama temporal. El registro chino ofrece ejemplos con rasgos similares a las de A-TD6. Las características mesofaciales de H. antecessor, también se observan en los especimenes chinos que conservan el área anatómica (Etler 1996; Wang y Tobias 2000). Los rasgos de la caja craneal propuestos como específicos de H. antecessor al incluir Ceprano en el hipodigma, pueden identificarse en el registro chino (Wu y Poirier 1995; Etler 1996). Los especimenes de Yunxian son dos cráneos muy completos que bioestratigrafía, paleomagnetismo y dataciones ESR sitúan en torno al límite M/ B (Yan 1993; Etler y Li 1994; Chen et al. 1997). Aunque han sufrido deformación diagenética, importantes porciones del área facial, la región supraorbital y la base del cráneo aparecieron intactas y pueden utilizarse como base de comparación. El área mesofacial fue descrita por rasgos comunes a poblaciones arcaicas tardías no neandertales y a las de H. sapiens tempranos (Li y Etler 1992: 404): (1) cara aplanada y ortognata, con prognatismo alveolar moderado; (2) existencia de fossa canina bien desarrollada; (3) orientación coronal del área lateral del maxilar, con torsión acusada hacia el hueso zigomático; (4) origen alto de la raíz de éste; (5) horizontalidad del borde zigomaxilar inferior y (6) profunda incisión malar. Descripción virtualmente idéntica a la de A-TD6-69. Otras características de la combinación de rasgos apreciada en A-TD6, como el torus supraorbital en doble arcada y la convexidad del margen superior de la escama temporal, también se aprecian en el Cráneo 2 de Yunxian y otros fósiles chinos, entre los que se incluyen Lantian; Hexian; Nanjing y Zhoukoudian-L1 V (Wu y Poirier 1995; Etler 1996;2004). Asimismo, la comparación de la morfología mandibular (ATD6-5) descrita para Atapuerca (Bermúdez de Castro et al. 1997; Rosas y Bermúdez de Castro, 1999) con Lantian muestra identidad de todos los rasgos significativos. Esta mandíbula tiene un surco mylohideo que se extiende anteriormente de forma prácticamente horizontal y se desarrolla en el cuerpo mandibular hasta el nivel de M 2 /M 3 (Etler 1996), así como otras características apreciadas en A-TD6-5 y propuestas como específicas de H. antecessor respecto a H. erectus. Los restos dentales de A-TD6 incluyen incisivos superiores en forma de pala y una reducción mandibular de los terceros molares (Bermúdez de Castro et al. 1999a), rasgos habituales en las poblaciones fósiles posteriores de Asia oriental (Etler 1996; Liu 1999a, b; Wu 2004). logía general de Ceprano (inicialmente clasificado como H. erectus; Ascenzi et al. 1996) con las manifestadas por fósiles chinos penecontemporáneos invitan a considerar como plausible que el origen del proceso de dispersión hacia Europa que representan tuviera su origen en Asia oriental. Una explicación más sencilla es que A-TD6/ Ceprano y el registro chino representan los extremos geográficos de una población eurasiática de H. erectus que mantuvo un flujo genético ininterrumpido en el transcurso del Pleistoceno inferior. Sin embargo, esta opción encuentra tres escollos fundamentales: (2) Si existió un poblamiento de H. erectus en toda Eurasia, hay vastas regiones donde éste no se ha documentado hasta la fecha. En algunas ello podría obedecer a carencias de investigación o al predominio de contextos sedimentarios poco propicios para conservar restos. Pero existen otras bien prospectadas, como las llanuras loéssicas de Asia central. Allí se aprecia poblamiento intermitente desde finales del Pleistoceno inferior, coincidiendo con el reemplazo Galeriense (cfr. epígrafe VIII). (3) La no dispersión del Achelense incipiente hacia las regiones occidentales de Eurasia. Datos de genética de poblaciones apuntan la existencia de flujo genético entre Asia y África durante el Pleistoceno inferior (ver epígrafe V.2). En caso de haber existido un poblamiento continuado de toda Eurasia, Europa hubiera participado del aporte africano de genes con mayor intensidad que del asiático, aunque sólo fuera en razón de mera cercanía con Próximo Oriente. Esto exigiría explicar la existencia de lazos reproductivos entre poblaciones limítrofes sin que se produzca un fenómeno paralelo de transmisión de información y tecnología. Las limitaciones impuestas por las materias primas de Asia oriental pudieron limitar la adopción del Modo 2. No existen tales condicionantes en el repertorio litológico europeo, como demuestra la posterior difusión del Achelense pleno. Un excelente ejemplo de esta situación es el registro de la Sierra de Atapuerca, donde el Modo 1 de A-TD6 y los modos 2 y 3 documentados en el entorno burgalés utilizan las mismas materias primas (García- Antón et al. 2002). ¿Por qué el Achelense incipiente alcanzó Próximo Oriente sin llegar a Europa, mientras a esta última región lo hacían los genes? Porque tampoco llegaron los segundos, constituyendo un vacío de-mográfico entre el fin de su poblamiento más antiguo y el Pleistoceno inferior final. Una vez extinto el primero, no se habían reunido las condiciones adecuadas para otra dispersión hasta poco antes del límite M/B. Cuando Europa de nuevo contó con población, el origen último de la misma se situó en un área donde el Achelense no había prosperado. Implicaciones taxonómicas y evolutivas La reevaluación del papel evolutivo de H. antecessor lo ha desplazado del linaje neandertal (Bermúdez de Castro et al. 2003Castro et al., 2004)), sosteniéndose su ascendencia respecto a H. sapiens (Carbonell et al. 2005b). Si realmente A-TD6 y Ceprano representan una migración asiática, se hace obligado replantear el papel desempeñado por los homínidos de Asia oriental en la aparición de nuestra especie, algo que insinúan algunos datos genéticos. La afinidad que también manifiestan A-TD6 y Ceprano con los fósiles africanos datados en torno al límite M/B ha llevado a plantear que acaeció un episodio de especiación en África oriental poco antes, con una inmediata dispersión de homínidos (Manzi et al. 2003; Manzi 2004; Bermúdez de Castro et al. 2004). Una alternativa es que se hubiera producido un aporte significativo de genes asiáticos al acervo africano. Es habitual interpretar las diferencias entre H. ergaster y H. erectus como manifestación de evolución alopátrida en Asia y ruptura de la compatibilidad genética entre ambos grupos (p. e. Sin embargo, los cráneos de Buia, Danakil y Olorgesailie, todos ellos datados ca. 1 Ma BP, manifiestan rasgos muy característicos de H. erectus y marcadas similitudes con Ceprano (Abbate et al. 2001; Asfaw et al. 2002; Gilbert et al. 2003; Potts et al. 2004), pudiendo representar un aporte genético asiático al oriente africano. Esto implicaría que no se rompió la continuidad reproductiva. Estudios recientes de genética de poblaciones apoyan esta hipótesis, detectando la persistencia en África de haplotipos del Cromosoma X originados en Asia oriental durante el Pleistoceno inferior antiguo (Shimada y Hey 2005; Garrigan et al. 2005; Hammer et al. 2005). El fenómeno de dispersión de homínidos identificado en Europa a finales del Pleistoceno inferior podría haber tenido su origen en África tras la llegada de poblaciones asiáticas a este último conti-nente. Sin embargo, las diferencias mandibulares de A-TD6 con los fósiles africanos penecontemporáneos, el alto grado de afinidad que ofrece con sus penecontemporáneos asiáticos y las características de las industrias europeas invitan a considerar que la penetración en Europa se produjo desde Asia por vía directa. Taxonomía de los fósiles europeos del Pleistoceno inferior Alejar A-TD6 y Ceprano del linaje neandertal y mantenerlo en el de H. sapiens (Carbonell et al. 2005b) implica que las poblaciones asiáticas contribuyeron a la génesis de nuestra especie. Esta circunstancia tiene dos lecturas alternativas. (1) H. erectus es un taxón ubicuo y persistente, con manifestación de politipismo, consecuencia de transformaciones en el tiempo y adaptaciones a circunstancias locales (cfr. En consecuencia, A-TD6 y Ceprano habrían de incorporarse al hipodigma erectus, si se quiere como subespecie H. e. antecessor. (2) Si se considera que la denominación H. erectus debe restringirse a los especimenes asiáticos más antiguos y a los de todo el Pleistoceno indonesio (p. e. Carbonell et al. 2005b), pues la especie fue inicialmente definida tomando como base fósiles javaneses, A-TD6 y Ceprano deberían incorporarse al hipodigma H. pekinensis, si se quiere como subespecie H. p. antecessor. Asia en la génesis de Homo sapiens Para algunos autores el registro asiático del Pleistoceno inferior final y medio no encaja bien en el panorama evolutivo asumido para el resto del Viejo Mundo. En especial los fósiles mesopleistocenos chinos: exhiben mosaicos derivados respecto al grado erectus pero sus afinidades con los especimenes contemporáneos de Europa y África no están claras. Especialistas como Rightmire (1998) han destacado las similitudes de Yunxian con Zhoukoutien, reconociendo que algunos rasgos del área mesofacial recuerdan los de poblaciones modernas. En la misma línea se sitúan especimenes más recientes, como Dali y Jinniushan. Para este autor las características que comparten con el registro fósil africano y europeo son suficientes para incorporarlos al hipodigma heidelbergensis. Tal vez manifiesten la penetración esporádica de grupos procedentes de África, contemporánea a la que se produjo en Próximo Oriente, Oriente Medio, Europa y el Subcontinente Indio, denotada por la dispersión del Achelense pleno. Wu (1998Wu (, 2004) ) interpreta que no existe ruptura demográfica entre los fósiles chinos del Pleistoceno inferior y las poblaciones asiáticas actuales, base de su Hipótesis de Continuidad con Hibridación. Como apoyo a la misma ha esgrimido la vigencia del Modo 1 en Asia oriental hasta ca. Aunque existen conjuntos como Bose con elementos similares a los bifaces (Yamei et al. 2000), no se reconoce un auténtico Achelense en Asia oriental y suroriental (Corvinus 2004). La aparición esporádica en China y Corea de elementos similares a los más característicos del Achelense se ha interpretado como manifestación arqueológica de un limitado pero significativo aporte genético de las poblaciones africanas a las del oriente asiático (Wu 2004). La cronología de Bose es prácticamente idéntica a la del inicio del proceso de dispersión del Achelense pleno hacia las regiones occidentales de Eurasia, jalonado hacia el límite M/B por Gesher Benot Ya'akov (Goren-Inbar et al. 2000; Saragusti y Goren-Inbar 2001). La Continuidad con Hibridación encuentra un pequeño escollo en el norte de China. Un análisis multivariante aplicado al registro de Zhoukoudian ha evidenciado la uniformidad morfológica de la muestra, que abarca un segmento cronológico muy dilatado (Kidder y Durband 2004). Algunas plesiomorfías craneales diferencian estas poblaciones de aquellas documentadas en Indonesia, China meridional y África. El estudio plantea que podrían representar un endemismo regional, resultado de adaptaciones a climas más fríos y procesos de deriva genética. Es posible que el registro de Asia oriental manifieste un gradiente morfológico, con las poblaciones de China septentrional ligeramente alejadas del flujo genético general (Antón 2002). Todo apunta a que no existieron barreras reproductivas permanentes entre las poblaciones africanas, levantinas y esteasiáticas, existiendo continuidad hacia humanos modernos en Asia oriental. China septentrional e Indonesia pudieron albergar durante el Pleistoceno medio grupos que mantuvieron diferentes grados de aislamiento reproductivo. Aquellos que habitaron las regiones meridionales de China sostuvieron flujo genético significativo con África, lo que explicaría la manifestación de caracteres modernos apreciada en Dali, Hexian o Jinniushan. UNA RUTA DESDE ASIA ORIENTAL HACIA EUROPA Una dispersión con origen último en Asia oriental pudo estar relacionada con el establecimiento de ciclos climáticos más dilatados y contrastados a finales del Pleistoceno inferior, proceso acentuado en Asia septentrional por los levantamientos isostáticos resultantes en la configuración actual del Himalaya, el Altiplano Mongol y las cordilleras que dividen China septentrional y meridional (Dennell 2004; Keates 2004). Estos fenómenos implicarían aumento de la estacionalidad y descenso de la productividad primaria en los ecosistemas del norte de China, con fases en las que el área habría ofrecido malas condiciones de habitabilidad (Wang et al. 1997). El registro manifiesta que los homínidos se establecieron y proliferaron en esta región desde momentos tempranos del Pleistoceno inferior (Zhu 2001;2004). Las reconstrucciones paleoambientales indican que en momentos inmediatamente anteriores al tránsito M/B las cuencas de Nihewan, Quidan y Río Amarillo se caracterizaron por climas más templados y húmedos que los actuales (Jiang 1988; Wang et al. 1988; Zhang 1988; Zhen 1988; Wang et al. 1997), favorables al poblamiento. Una respuesta ante el incremento de la continentalidad climática pudo ser la ampliación de las áreas de captación de recursos y el inicio de dispersiones hacia el sur y el oeste en aquellas fases de clima menos favorables (Wang et al. 1997; Keates 2004). Constituiría un mecanismo más realista que la selección natural para adaptarse a cambios medioambientales en especies con tasas bajas de crecimiento demográfico y, por tanto, de cambio evolutivo (Pease et al. 1989). Una posible conexión entre Asia oriental y Europa mediterránea es el corredor biogeográfico eurasiático, cuyos macromamíferos manifiestan relaciones y continuidades entre China y Europa Occidental, por medio de Mongolia, Siberia y Europa Oriental (Alekseev 1970; Sher 1975; Khalke 1994). Los obstáculos que plantea para la dispersión de homínidos son la escasez de recursos animales y vegetales de la taiga siberiana, incluso en las oscilaciones templadas, y el establecimiento de glaciares en los márgenes occidentales del Corredor (Chard 1974; Rolland 1992). Los datos arqueológi-cos de Asia septentrional y la región nororiental de Eurasia no son consistentes hasta cronologías inmediatamente anteriores a la transición Paleolítico medio/Paleolítico superior (Ranov 1991; Praslov 1995; Pavlov et al. 2004). Algunos conjuntos líticos del cinturón montañoso meridional de Siberia se datan en torno al límite M/B (Lauhkin 2004), pero su distribución no apunta a una vía de conexión entre las regiones orientales y occidentales de Eurasia, sino a penetraciones puntuales desde el norte de China (Fig. 2), posiblemente coincidiendo con fases cálidas. Una ruta de dispersión alternativa es Asia central y el Cáucaso, comprendiendo Afganistán y China Oriental (Xinjuang/Uighur y Mongolia interior), una masa continental limitada al norte por la taiga siberiana y al sur por una serie de cadenas montañosas y altiplanicies con estrechos corredores internos. La conexión desde China septentrional sigue el pasillo conformado por el macizo de los Montes Kuenlun y el Desierto de Taklamakan (Fig. 2), en el área meridional de la Cuenca de Tarim, que no se estableció plenamente hasta el Pleistoceno medio avanzado. Su tránsito se hubiera visto favorecido durante los episodios de condiciones climáticas más favorables para flora y fauna (Olsen 1992; Keates 2004), permitiendo un poblamiento que se vería empujado hacia oriente y occidente durante los intervalos fríos. Los desiertos septentrionales y los que delimitan la altiplanicie septentrional iraní podrían evitarse por medio de valles fluviales como los de Sulo He y Tarim y las paleocuencas palustres de Kirghiziam, Uzbekistán, Tadjikistán y Afganistán (Olsen 1992; Rolland 1992). Este pasillo enlazaría con los ambientes más benignos de Transcaucasia y Anatolia, pudiendo estar indicada por la existencia de yacimientos ucranianos datados a finales del Pleistoceno inferior como Korolevo (Ranov 1991; Gladiline y Sitlivyj 1991), si la cronología asignada es correcta. Algunos conjuntos líticos datados en torno al tránsito M/B que podrían delimitar esta vía de tránsito (Fig. 2) son los localizados en las cuencas paleolacustres de Dash-i-Nawur, en Afganistán (Davis 1978); los ambientes fluviales del On-Orcha y el Vakhs, en Tadjikistán (Davis y Ranov 1999); la Cuenca del Kashafrud, en el norte de Irán (Ariai y Thibault 1977); los hallazgos aislados del Azerbaiyán iraní (Smith 1986); y el yacimiento iraní de Ganj Park, en los márgenes meridionales del Mar Caspio (Biglari et al. 2004). Las secuencias de loess de Asia central han ofre-cido evidencias de poblamiento intermitente con una mejor resolución cronoestratigráfica. Se trata de yacimientos, como Kul'dara, de cronología similar a Ceprano y A-TD4-7 (Ranov et al. 1995). Las faunas indican que el área no sólo participó del reemplazo Galeriense, sino que fue uno de sus fo-cos iniciales (Dodonov y Baiguzina 1995; Vishnyatsky 1999; Dodonov et al. 1999; Ranov y Schäfer 2000). Estos conjuntos corresponden a tecnologías del Modo 1 y, a juicio de algunos autores, podrían relacionarse con los que caracterizan el tramo final del Pleistoceno inferior en la Cuenca de Nihewan (Rolland 1992). Dado que los análisis líticos de una y otra región por ahora no son homologables, esta filiación no pasa de ser una mera especulación. En cualquier caso, Asia central parece haber funcionado alternativamente como área receptora y emisora de homínidos desde finales del Pleistoceno inferior. Una vez alcanzados los márgenes orientales de Europa, se ocuparía el área circunmediterránea del subcontinente, aprovechando las plataformas emergidas durante la regresión Cassian. Durante los periodos de mayor descenso marino existirían significativas extensiones terrestres en el Canal de Dardanelos; el área del Egeo, especialmente en torno a las Cícladas y la Península del Peloponeso; los mares Jónico y Adriático; y el Golfo de León (Flemming 1972; Broodbank 2000; Flemming et al. 2003). Es plausible que todas ellas desempeñaran un importante papel biogeográfico, pues estos territorios ofrecerían un alto potencial en recursos cuando estuvieran cubiertos de vegetación, atravesados por cursos fluviales y habitados por faunas terrestres. La inmersión de los mismos, consecuencia de nuevas transgresiones, y el progresivo establecimiento de glaciares en el área Alpina podría haber aislado los grupos establecidos en la Provincia Mediterránea Occidental y Central. El registro faunístico de A-TD6 indica una aparentemente buena adaptación al medio europeo de estas poblaciones. Se ha interpretado en términos de caza de herbívoros de talla pequeña y mediana, con preferencia por individuos jóvenes (Díez et al. 1999a, b). Más ambigua es la presencia de megamamíferos, representados sólo por aquellas partes de mayor rendimiento cárnico. Se ha determinado que el acceso antrópico a las mismas fue primario, pero no puede asegurarse si se obtuvieron por medio de caza o de carroñeo. En Soleihac el alto grado de disociación y fragmentación de la fauna no puede explicarse por procesos naturales. Teniendo en cuenta las industrias líticas asociadas, se ha propuesto carroñeo orienta- do a la obtención de médula ósea y carne (Fosse y Bonifay 1991). El único yacimiento para comienzos del Pleistoceno medio que ofrece datos económicos es Cúllar de Baza-I (Granada). Un reducido conjunto lítico se asocia a restos de fauna a orillas de un paleolago (Ruiz Bustos y Michaux 1976; Vega Toscano 1989). Éstos aparecen poco alterados, en conexión anatómica cuando se trata de huesos con bajo contenido en médula ósea. Por el contrario, las diáfisis de huesos largos están fracturadas longitudinalmente siguiendo una pauta que sugiere la extracción de tuétano. Tal vez el yacimiento recibiera visitas esporádicas de homínidos para aprovechar carcasas tras la intervención de carnívoros (Ruiz Bustos 1984). Todo ello induce a considerar que estos grupos desarrollaron un comportamiento flexible que combinaba caza y carroñeo, sin que por el momento conozcamos datos que permitan discernir el papel de los alimentos de origen vegetal o los recursos pesqueros. Pero el éxito adaptativo no fue condición suficiente para alcanzar la continuidad demográfica de estas poblaciones (Fig. 3). Desde finales de OIS19 estas poblaciones perdieron su viabilidad, desapareciendo con el establecimiento de las condiciones frías de OIS18. Ese es el momento en que puede datarse Atapuerca A-TD7, con escasos restos arqueológicos (López Antoñanzas y Cuenca-Bescós 2002). Podría plantearse que las poblaciones peninsulares se retrajeron hacia latitudes meridionales, buscando condiciones menos arduas. Tal vez Cúllar de Baza-I y las localizaciones de Guadalquivir T6 manifiesten esta circunstancia. La escasez de yacimientos, básicamente localizados en latitudes meridionales, correspondientes a este episodio de dispersión es un dato que cabe interpretar en términos de una baja densidad demográfica. El establecimiento progresivo de oscilaciones climáticas más amplias y contrastadas desde finales de Matuyama podría haber repercutido en la retracción de unas poblaciones de por si escasas, rompiéndose un equilibrio demográfico precario conforme la productividad primaria del medio disminuyera (Fig. 3). Asimismo, la práctica de canibalismo gastronómico documentada en A-TD6 (Fernández-Jalvo et al. 1999) podría matizar el éxito ante un medio cambiante de sus estrategias económicas. Litoestratigrafía y micromamíferos de TD6 reflejan una secuencia de pulsaciones frías con descenso progresivo de temperaturas (Hoyos y Aguirre 1995; López Antoñanzas y Cuenca-Bescós 2002). No implica un cambio climático brusco, si hemos de juzgar por otros indicadores biológicos (Sánchez Marco 1999; van der Made 1999; Díez et al. 1999b). No obstante, se aprecia cierta tendencia a la aridificación y el establecimiento de un paisaje más estépico. Aunque la macrofauna de A-TD6 superior no indica una crisis acusada en la disponibilidad de recursos, a partir de otros datos se detectan cambios ambientales que podrían haber repercutido en la densidad de los mismos. Asimismo, las piezas dentales de A-TD6 indican que estos individuos experimentaron periodos de hambruna durante su trayectoria vital (Bermúdez de Castro 2002). La incorporación de humanos a la dieta podría explicarse como respuesta a un descenso progresivo de la productividad del medio, así como una intensificación del carácter oportunista de las estrategias de subsistencia y/o un aumento de la competencia intergrupal (Fig. 3). Según datos etnográficos, la disminución de recursos puede incidir en grupos cazadores-recolectores en periodos de carestía y descenso de la densidad de población, consecuencia del deceso de efectivos fértiles y la caída de la capacidad de regeneración. Las posibilidades de reproducción de cazadores-recolectores contemporáneos desciende periódicamente hasta umbrales críticos a causa de hambrunas y brotes epidémicos, fenómenos a menudo relacionados, que redundan en tasas bajas de fertilidad (Pennington 2001). También repercute en la necesidad de ampliar las áreas de captación de las comunidades que habitan una región. Si las condiciones previas configuraban un umbral precario de viabilidad, el resultado podría ser la ruptura del universo reproductor; la endogamia; y, finalmente, la desaparición del poblamiento (Fig. 3; Menéndez Fernández 1996). Además, si se ampliaron los territorios económicos, tras una previa concentración demográfica en áreas refugio como consecuencia del empeoramiento climático, es posible que se produjeran episodios de intensa competitividad intraespecífica. El canibalismo gastronómico habría constituido una presión añadida, con independencia de sus causas. Sobre todo si se tiene en cuenta que parece haber incidido especialmente en individuos subadultos que no habrían cerrado su ciclo reproductivo. En algún caso siquiera lo habría empezado, si su desarrollo ontológico realmente fue similar al de H. sapiens (Bermúdez de Castro et al. 1999b). Esta circunstancia redundaría en el impacto que la práctica tendría en la viabilidad genética de estas poblaciones. El primer poblamiento de Europa es un proceso heterocrónico. La resolución actual del registro identifica tres episodios de dispersión. El segundo de ellos se documenta entre OIS25/OIS24 y OIS19/ OIS18, con yacimientos fundamentalmente concentrados en el área mediterránea como A-TD, Cúllar de Baza-I, Vallonet, Monte Poggiolo o Ceprano. Los fósiles de A-TD6 y Ceprano ofrecen un alto grado de afinidad con especimenes chinos penecontemporáneos, siendo menor con los africanos. Junto a las características de los conjuntos líticos, parecen indicar un origen asiático. En torno a la cronología en que se documenta esta dispersión, se detectan profundas transformaciones paleoclimáticas, estableciéndose oscilaciones más amplias y contrastadas. Cambios tectónicos y acentuación de la estacionalidad y la crudeza de las oscilaciones glaciares tuvieron un fuerte impacto medioambiental en las latitudes medias y septentrionales de China. Una consecuencia de estas transformaciones fue el reemplazo de faunas Galeriense. El mismo implicó la desaparición y evolución de las comunidades de taxa establecidos en Europa y Próximo Oriente, así como la penetración de algunas especies originarias de Asia oriental y central. Acompañando a las mismas parece que se dispersaron grupos humanos, estableciéndose algunos en la Europa mediterránea. La identificación entre los humanos actuales de un haplotipo del Cromosoma X originado ca. 2 Ma BP en poblaciones asiáticas, señala que la continuidad reproductiva entre los habitantes de las regiones orientales de Eurasia y los de Próximo Oriente y África no se había roto a resultas de los primeros procesos de dispersión. Las variantes africana y asiática del grado erectus habrían sido compatibles desde un punto de vista reproductivo, manifestando diferencias morfológicas por adaptaciones locales, dentro de una amplia variabilidad endocástica. Los datos relativos al comportamiento económico de las poblaciones establecidas en Europa meridional indican que se adaptaron bien a estos ecosistemas. Sin embargo, en la transición OIS19/ OIS18 este segundo poblamiento europeo parece extinguirse. La densidad demográfica habría sido baja, lo que se uniría a la ruptura del contacto con los grupos afroasiáticos en detrimento de su viabilidad genética. Esta situación podría haberse visto agravada por la práctica de canibalismo gastronómico documentada en A-TD6. El mismo parece haber incidido en aquellos sectores de población claves para la reproducción. Este hábito pudo adquirirse bien como forma de paliar una crisis de recursos, bien como consecuencia de competencia intraespecífica por los mismos cuando las oscilaciones climáticas hicieron descender la productividad primaria del medio. En cualquier caso, afectó negativamente a unos grupos de homínidos que hasta entonces mantuvieron un precario equilibrio en su viabilidad genética, llevándoles a la extinción.
Se aplicaron dos métodos de prospección geofísica: el magnético, en la modalidad de gradiente vertical, y el denominado Radar de Penetración Terrestre (GPR). Las imágenes de GPR definieron un reflector, cuya profundidad fluctuó entre 1,4 m y 2,2 m de profundidad, con una dirección NE-SW, formando un ángulo aproximado de 45° con relación al norte geográfico. Los datos magnéticos confirmaron la presencia de las estructuras definidas por el GPR, y además se pude advertir, mediante un análisis de filtrado, la presencia de un patrón de anomalías que podrían relacionarse con vestigios prehispánicos, más antiguos que los posibles restos de la nave anexa a la catedral. Palabras clave: Estudio urbano. Radar de penetración terrestre. Hasta mediados del siglo pasado, aproximadamente, la excavación era la única herramienta con que contaba el arqueólogo para la localización de estructuras arqueológicas enterradas. De Exploración, Instituto de Geofísica, UNAM. Universitaria, Circuito Exterior s/n, 04510 México D. F. Correo electrónico: [EMAIL], [EMAIL], [EMAIL] (**) Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, Universidad Politécnica de Madrid, C/ José Gutierrez Abascal 2. cuando Atkinson, en Inglaterra, y H. De Terra, en México, realizan los primeros ensayos de medidas en superficie (Hesse 1966). Sin embargo, es una decena de años más tarde cuando los métodos geofísicos adquieren un nuevo desarrollo en los laboratorios de varios países europeos. Los métodos más utilizados eran el método eléctrico y el método magnético. En España, aunque se había realizado con anterioridad algún estudio aislado, principalmente por equipos extranjeros, es a partir de 1983 cuando aparece un gran interés por la aplicación de la geofísica en la arqueología. Por una parte, surge la inquietud entre algunos geofísicos de adecuar los métodos convencionales de prospección para aplicarlos a estas investigaciones a pequeña escala, es decir, estructuras enterradas a poca profundidad y de pequeñas dimensiones. Por otra parte, y a la vista de los resultados obtenidos por los geofísicos, son muchos los arqueólogos que solicitan la realización de estudios geofísicos en sus yacimientos a fin de rentabilizar su tiempo y dinero, pues pueden dirigir desde el primer momento la excavación a las zonas de interés detectadas por los geofísicos. Durante la década de los 80 se realizaron estudios tanto en yacimientos situados en campo abierto, como en zonas urbanas y en el interior de edificios (Cámara 1989). En la literatura científica no aparecen documentados demasiados estudios realizados en el interior o en los alrededores de centros religiosos. Sin embargo, puede mencionarse el trabajo realizado por Blizkovski (1979). El, realiza un levantamiento de microgravimetría en el interior de la iglesia de San Venceslas (Checoeslovaquia). El mapa de anomalías de microgravedad muestran la existencia de una cripta conectada por un corredor bajo el suelo de esta iglesia. En 1988 se realizó en el interior de la Sinagoga del Tránsito (Toledo, España) un estudio geofísico mediante el método eléctrico en su modalidad de calicata eléctrica. El resultado del estudio puso en evidencia la presencia de estructuras arqueológicas en el subsuelo de la Gran Sala de la Sinagoga (Museo Sefardi, Ministerio de Cultura de España 1995). También existen estudios sobre localización de murallas romanas en algunas ciudades europeas utilizando distintos métodos de prospección (Scollar 1986; Hernández et al. 1988). En México se ha empezado recientemente la aplicación de los métodos geofísicos en arqueología. Se realizaron estudios para la localización de túneles ceremoniales en la pirámide de la Luna (Arzate et al. 1990) y en la pirámide del Sol (Chávez et al. 2001) en donde se utilizaron los métodos: magnético, eléctrico y de radar de penetración terrestre. Igualmente se han hecho estudios geofísicos en zonas cerradas, como es el caso del Templo Mayor de la Ciudad de México (Barba et al. 1997) Mediante la aplicación de métodos geofísicos en arqueología es posible localizar estructuras siempre y cuando el contraste en alguna magnitud física (resistividad eléctrica, susceptibilidad magnética,...) entre la estructura y el medio sea lo suficientemente grande como para poder ser medida, al igual que sucede en cualquier otra investigación geofísica. A pesar de ello, en algunas ocasiones, el llevar a cabo una investigación de este tipo no implica la consecución de un alto rendimiento de la misma. Por ejemplo, si el yacimiento está en zona urbana. Este tipo de yacimientos presenta una serie de limitaciones a la hora de llevar a cabo la investigación geofísica, como son: el trazado urbanístico de la zona, que influye en la elección de la dirección y el tamaño de los perfiles; la red subterránea de alcantarillado, que puede enmascarar la anomalía producida por estructuras de interés e incluso impedir la realización de medidas; o la existencia de tendidos eléctricos, que condiciona la elección del método geofísico a utilizar. Otra limitación de los estudios geofísicos realizados en zona urbana o en el interior de edificios, si el método que permite obtener un mayor rendimiento en la investigación es el método eléctrico, es la imposibilidad de introducir los electrodos convencionales en el terreno. Una posibilidad para superar este problema es utilizar, por ejemplo, electrodos blandos (Cámara 1989), que se sitúan directamente en la superficie sin necesidad de perforarla. Debido a la problemática que encierra este tipo de yacimientos, su investigación presenta un mayor interés para los geofísicos por los retos que se deben superar tanto en la fase de medición como en la de interpretación. En el presente artículo se recoge el estudio realizado en una zona urbana, en la ciudad de Pátzcuaro del estado de Michoacán en México (Fig. 1). El área de investigación se localiza en el atrio del costado sur de la Basílica de Nuestra Señora de la Salud, ubicada al oeste de la ciudad de Pátzcuaro. Este edificio ha tenido gran importancia social, cultural, religiosa e histórica para la población an- tigua y moderna. Su diseño, desde el punto de vista arquitectónico y de la visión religiosa de la época, representa una innovación como se puede deducir al observar la figura 2. El objetivo de la investigación geofísica era la localización, bajo la basílica actual, de los restos de la catedral que mandó construir Vasco de Quiroga en 1540. En Pátzcuaro se han llevado a cabo trabajos principalmente de tipo histórico, con bases documentales que han sugerido la existencia de los cimientos de cuatro naves anexas a la nave central de la actual basílica, formando una planta pentagonal (Ramírez 1986). Según reconstrucciones hechas a partir de documentos históricos (ver Fig. 2), se dedujo que la planta original, atribuida a Vasco de Quiroga, tenía "figura de mano" (Ramírez 1986) extendida, cuyos dedos representaban cada una de las naves; sin embargo, no se tenían evidencias físicas de que los muros de las otras cuatro naves se hubieran levantado realmente. Con el fin de comprobar la existencia de estos cimientos, surge la idea de utilizar métodos geofísicos de prospección que proporcionen la información necesaria para ello (Toussaint 1942; Ponce 2003). La importancia de esta iglesia, calificada un caso excepcional, radica tanto en su original planta como en las soluciones constructivas aplicadas. Posiblemente inspirado en las ideas de grandes humanistas de la época como Tomás Moro, entre otros, Quiroga concibió este singular diseño para la construcción de la sede catedralicia. Quiroga llevó a la práctica las ideas del libro de "Utopía", escrito por Moro, buscando separar a las distintas comunidades que componían la población de Pátzcuaro por barrios, sexos y edades dentro del templo, lugar donde convergían todos los sectores de la sociedad indígena y española. Los asistentes estarían congregados en un solo lugar pero sin mezclarse, de tal manera que tendrían una clara visión de las celebraciones y, a la vez, el sacerdote mantendría un buen control sobre los feligreses (Ramírez 1986). Sin embargo, la incomprensión, tanto de la funcionalidad como de las soluciones y las técnicas constructivas de esta obra, causó malestar entre las autoridades civiles y eclesiásticas quienes promovieron su cancelación y la mudanza de la sede catedralicia a otra ciudad. Hasta la fecha permanecen como incógnitas los avances logrados durante los casi 30 años de construcción -1540 a 1570-, ya que el proyecto quedó inconcluso debido, en parte, a los problemas con las autoridades, al traslado de sede y al abandono que sufrió después de la muerte del obispo Vasco de Quiroga. La única nave techada fue la central, la cual funcionó como catedral dedicada a San Salvador sólo durante seis años. Después de ese tiempo, a instancia de la mayoría de la población española, la sede se trasladó a otra ciudad; con el transcurso de los años, la piedra de los muros que conformaban las cuatro naves restantes fue reutilizada en otras construcciones, razón por la cual desaparecieron totalmente y su existencia, forma y dimensiones quedaron en el olvido. La iglesia actual, erigida basílica a partir del año 1924, consta de una sola nave que correspondería a la nave central del proyecto original. DESCRIPCIÓN DE LA ZONA DE ESTUDIO Se encuentra al sur del lago y a 64 km al este de Morelia, capital de Michoacán. Es un sitio que ha contenido tanto asentamientos de origen prehispánico, principalmente del período Posclásico (1200-1524 d.C.), e históricos como modernos. Ha sido sede de los poderes cívico y religioso desde la época prehispánica y durante el virreinato español. Muchos investigadores han sugerido la recuperación de los vestigios arqueológicos e históricos por medio de métodos que no destruyan el contexto histórico, pero que permitan evaluar y definir sitios precisos de excavación. La ciudad de Pátzcuaro esta dentro de una región lacustre conformada por una cuenca cerrada, que forma parte del sistema de cuencas lacustres elevadas dentro del Sistema Volcánico Transversal Mexicano. La región pertenece a una zona de continua actividad sísmica y volcánica. Está rodeada de un sistema montañoso de origen ígneo que forman las sierras de Santa Clara y Tingambato al Sur, la de Pátzcuaro y la Comanja al Oeste, y Tzirate al Norte (Macías 1978). La gran actividad sísmica de la región ha afectado continuamente la historia constructiva de esta iglesia, teniendo que ser restaurada y reconstruida en múltiples ocasiones, principalmente en el siglo XIX (Chanfón 1994). La iglesia actual (Lám. I) tiene una nave rectangular de orientación E-W, cuya fachada principal se encuentra hacia el W, con ábside semicircular. La sacristía, notaría parroquial y cuartos anexos están acoplados en el costado sur del presbiterio. Al frente y en el costado sur se desplazan el atrio y la plaza. El atrio está limitado por celosía de ladrillo interrumpida por pilares de cantera rematados con perillones y candiles de hierro forjado. En el costado sur (Lám. II) se encuentra la portada del atrio con rejas de hierro forjado estilo Art Nouveau a eje con la portada lateral, de grandes dimensiones, del templo. En este costado se aprecian las características constructivas de la basílica como los gruesos muros de mampostería de más de 2 m de espesor (los muros de la iglesia presentan un ancho que varía de los 2.30 a los 2.80, excepto en el presbiterio con muros de 1.80 m de ancho). Hacia el este del atrio se encuentra el edificio por el cual se accede a la notaria y oficinas parroquiales; su frente lo conforma un espacio semiabierto con cuatro columnas dóricas de madera (Lám. En este espacio sur de la basílica se realizaron los Lám. I. Imagen de la actual Basílica de Nuestra Señora de la Salud. Nótese la estructura actual y compárese con el plano de la figura 2. trabajos de prospección geofísica. Es un área libre de obstáculos y coincide con la ubicación de una las naves en dirección diagonal, de acuerdo a los documentos históricos consultados. Chanfon (1994) reporta que los cimientos de la iglesia estaban construidos sobre suelo rocoso (basaltos) muy compactado propio de la ladera y sobre una plataforma artificial (de origen prehispánico) formada por sedimentos consolidados y reforzada con restos de los edificios prehispánicos. Los muros y cimientos, construidos con técnicas indígenas, estaban hechos de mampostería con paramentos de cantería semilabrada muy regular con juntas uniformes y mortero de cal (Ramírez Romero 1986). Las naves se construyeron con diferente anchura siendo la central, de casi 22 m, la más ancha; las dos naves diagonales medirían 13 m de ancho y 10 m Lám. Imagen fotográfica de la zona de levantamiento geofísico. Obsérvese hacia el norte la pared sur de la Basílica, hacia el este las oficinas parroquiales y hacia el sur puede verse la sombra de las rejas que separan la propiedad de la iglesia con los jardines de la municipalidad. Plano arquitectónico de la iglesia actual (línea continua) y posición probable de las paredes de la nave SW (línea discontinua). Obsérvese el grosor de los muros de la iglesia actual. las dos perpendiculares (ver Fig. 2). La cubierta de las naves y la bóveda de la iglesia se construirían de madera, y sobre la entrada principal del templo se levantaría una torre (Toussaint 1981). Estos testimonios son de gran utilidad en la planificación del estudio geofísico. A partir de esta información se eligieron los métodos que pueden proporcionar mejores resultados, además de diseñar la logística del levantamiento: la distancia entre lecturas, la distancia entre perfiles, la dirección que deben tener éstos, etc. Se seleccionó un área de 16 x 15 m dentro del mencionado espacio abierto. Esta zona que se encuentra hacia el costado sur de la Basílica, posee un piso muy plano de laja de cantera (Lám. Tomando en cuenta lo discutido en la sección anterior, se consideró que los métodos más óptimos eran: el método magnético, en su modalidad de gradiente vertical con el fin de eliminar las variaciones temporales del campo magnético así como señales de alta frecuencia o ruido cultural producido por la gran cantidad de objetos metálicos y campos eléctricos espurios y, el método electromagnético de radar de penetración terrestre (GPR). Para el levantamiento de datos magnéticos se utilizó un magnetómetro SCINTREX, modelo ENVIMAG, en modo de gradiente. La altura al sensor inferior fue de 1 m y la separación entre sensores de 1 m. Se llevaron a cabo 18 perfiles de dirección E-W separados entre sí 0,8 m. La distancia entre lecturas fue de 0,4 m. Las dimensiones de la estructura a localizar determinó la elección de las distancias entre perfiles y entre estaciones. Como el objetivo del estudio era comprobar la posible existencia de la pared de una de las naves de la Basílica, no era necesario realizar una toma exhaustiva de datos, lo cual hubiera incrementado el tiempo de medición, con el correspondiente aumento económico del trabajo. Para el levantamiento mediante radar, se utilizó un equipo SIR 2000 con antena de 200 Mhz en modo mono-estático y blindada para permitir que la energía electromagnética penetre en su totalidad en el subsuelo, evitando pérdidas. Se tomaron datos continuos a lo largo de 20 líneas con orientación E-W de 15 m de longitud y una separación de 0,8 m entre cada línea. La ventana de tiempo de observación fue inicialmente dispuesta para observar 200 ns, aunque posteriormente fue modificada a 100 ns. Se llevaron a cabo una serie de experimentos para estimar la permitividad eléctrica relativa, encontrándose un valor de 15. Estos estudios previos se hicieron en un área en donde se sabía exactamente la posición y profundidad de un antiguo desagüe. Se hicieron varias líneas de prueba para estimar la velocidad de las ondas electromagnéticas y posteriormente obtener la constante. Este valor se utilizó para convertir las señales obtenidas en función del tiempo, en términos de profundidad. Procesamiento de los datos magnéticos Las observaciones de gradiente magnético vertical se muestran en la Fig. 4. Como pude observarse, se obtiene un mapa del gradiente vertical muy suave, debido a que la disposición de los sensores es tal, que atenúa las anomalías magnéticas asociadas con estructuras superficiales, actuando como un filtro. En esta figura se observa que hacia el W del área de estudio el campo medido parece ser muy suave y no existen rasgos de gran interés, probablemente debido a que hay material de relleno con idénticas características magnéticas. Sin embargo, hacia el E aparece una serie de anomalías que siguen un patrón geométrico muy singular. Éste presenta una forma rectangular, en cuyo interior existen anomalías magnéticas de mayor intensidad. Para definir mejor la tendencia de estas anomalías, se aplicó un filtro direccional con orientación hacia el norte magnético. Este filtro fue capaz de realzar los rasgos geométricos de los materiales del subsuelo. La Figura 5 muestra de manera más clara los rasgos de interés, los cuales han sido especificados con líneas punteadas y letras. Se observa principalmente una serie de anomalías de forma rectangular hacia la parte E del mapa (letra B). Posteriormente, se aplicó a la imagen un filtro en el dominio del espacio para la detección de bordes en todas sus direcciones, de forma que realzara los contornos de las anomalías más importantes y atenuará el resto de la información. Además se aplicó un filtro de dilatación, el cual aumenta las proporciones de los bordes, haciéndolos más visibles. Los filtros de detección de bordes enfatizan las áreas de contraste y los contornos de una imagen al oscurecer ésta después de iluminar los bordes (Jensen 1986). Para obtener contornos oscuros en un fondo blanco, ya sea por propósitos de visualización o impresión, se obtiene un negativo de la imagen anterior. El filtro de dilatación es un filtro morfológico que expande los elementos no blancos de una imagen; es decir, produce un crecimiento uniforme de los objetos de la imagen en su extensión espacial (Lira 2002). Con este procedimiento, anomalías magnéticas suaves pueden ser expuestas. Matemáticamente, la dilatación se define como Los resultados de aplicar estos filtros se observan en la Figura 6. En ella se pueden apreciar con mayor claridad una ligera tendencia en dirección NW-SE (letra A), que puede ser una evidencia de la presencia de los cimientos de la nave cuya dirección forma un ángulo de 45°, aproximadamente con respecto del cuerpo central del edificio principal y que pasaría por debajo de la zona de estudio. Se siguen apreciando también las anomalías magnéticas hacia el E del mapa (letra B). Muy claramente aparecen resaltadas, al lado de las representaciones anteriores, tres alineaciones de direc-ción E-W (letras C, D y E). En medio de ellas se encuentran anomalías más pequeñas, tal vez asociadas a material de derrumbe. Procesamiento de datos de GPR Los datos de GPR, esencialmente desplegados en forma de radargramas, fueron editados utilizando el programa RADAN (Geophysical Survey Systems, Inc. 1995-1997). Inicialmente fueron normalizados y puestos a un mismo origen para poder adecuar la escala de los mismos. Se hizo un recorte de la ventana de tiempo a 100 ns para eliminar los efectos de saturación. Posteriormente, los datos de GPR fueron procesados por medio del software REFLEX. Mediante este programa se aplicó un filtro pasa bandas tipo butterworth con una frecuen-Fig. Mapa filtrado del gradiente vertical magnético. Se aplica un filtro de detección de bordes que enfatiza las áreas de alto contraste, además se ha introducido un filtro de dilatación para expandir los elementos no nulos. Obsérvese el patrón magnético obtenido hacia la parte central del mapa (ver texto para explicación). Radargramas obtenidos en la zona de estudio. Se enmarcan en círculos punteados las anomalías más importantes detectadas por el radar. Obsérvese la continuidad y orientación del reflector interpretado. cia de corte a los 25 y 400 Mhz para eliminar señales de baja y alta frecuencia, de acuerdo al análisis de la señal en el dominio de las frecuencias. Se aplicó un filtro de substracción de la media (substractmean) y un filtro de promedios móviles (running average) para el suavizado de los datos, así como un declipping de 5 trazas para realzar las ganancias. La Figura 7 despliega 20 perfiles tomados en el patio interior de la Iglesia en forma de cortes transversales, siguiendo la dirección de observación. Los 20 perfiles presentan un conjunto de reflectores con características similares. Obsérvese que las reflexiones más superficiales en cada perfil, corresponden a los primeros estratos debajo del piso. Este es el relleno apisonado sobre el que se construye el piso actual de la Basílica. Se pone de manifiesto la existencia de una estructura que se refleja en todos los perfiles, a partir del quinto, de una forma más evidente. Haciendo un seguimiento global, ésta tiene una dirección NW-SE (Fig. 7, círculos punteados) y continúa en el resto alejándose paulatinamente del origen en esa dirección, con una inclinación aproximada de 45o. La profundidad media de las estructuras asociadas con las anomalías se encuentra entre los 0,5 m y los 2,0 m. Este alineamiento parece concordar con la posición de los cimientos de la nave buscada. En círculos continuos se han identificado otras anomalías sin aparente relación con la anterior. También se observan anomalías aisladas en los perfiles 18 y 19 que pueden corresponder a una tubería. En los radargramas 3, 4 y 5 se ven algunos rasgos más profundos, entorno a 2 m. Mediante el programa SLICER (Fortner Resear-ch LLC 1990-1996) es posible también construir cortes transversales y a profundidad, llamados niveles, que pueden ser en tiempo o en profundidad. En este caso se han realizado una serie de cortes en términos de la profundidad. La Figura 8 presenta una serie de cortes a diferentes intervalos de profundidad, en donde se señalan las tendencias principales con líneas punteadas y letras. El primer corte (z=0,6 m) corresponde a la parte más superficial. Como es de esperarse, se observan diferentes señales que no tienen mucha coherencia. Sin embargo, se empieza a descubrir la mencionada tendencia en la dirección NW-SE (obsérvese la alineación de los máximos, tonos claros en la Fig. 8). El segundo corte (z=1,4 m) muestra un menor número de anomalías, pero se observa con mayor claridad la tendencia de un reflector (letra A), que se asume corresponde a los vestigios de la estructura de la nave (obsérvese la alineación de los valores máximos). Hacia el tercer plano de información (z=2,2 m), se sigue apreciando la presencia de ese reflector y además aparecen nuevas anomalías. De ellas caben destacar dos de dirección E-W a 3,8 m (letra F) y a 14 m (letra E) unidas por otra anomalía de dirección N-S (letra G), observarda en la parte inferior del nivel (hacia el este), que podrían delimitar un recinto. Dentro de esta última anomalía, hacia los 6 m, aparece otra, muy puntual e intensa (letra D), que se aprecia también en niveles más profundos. El cuarto nivel (z=3,0 m) define con mucha claridad una pequeña estructura hacia la parte inferior del plano, que se correlaciona con la observada en el plano superior (letra D), siendo ya mucho más débil la presencia del alineamiento observado en los planos anteriores. Finalmente, en el plano obtenido a 3,8 m se observan dos alineamientos de dirección EW y unidos por uno de dirección NS (grupo B). A mayores profundidades no se observan claramente más reflectores de importancia. Correlación entre datos magnéticos y GPR El mapa de anomalías magnéticas muestra tendencias y estructuras que también aparecen reflejadas en los niveles más profundos de los datos de GPR, es decir, a partir del tercero (ver Fig. 8). Esto hace suponer que la información obtenida mediante el método de gradiente vertical está asociada a fuentes magnéticas situadas a una profundidad del orden de 2 m, pasando desapercibidas las estructuras más Fig. 8. Presentación en capas 3D de los resultados de la Fig. 7. Mediante un proceso de interpolación se forma un cubo de trabajo en 3D. Obsérvese la cantidad de anomalías sin coherencia aparente para la primera capa (0,6 m). Las siguientes dos capas (1,4 m y 2,2 m) muestran el reflector mostrado en la Fig. 7. La tercera capa muestra además otros reflectores (en letras, para explicación ver texto), que conforme se profundiza se atenúan de forma importante. Como ya se ha comentado anteriormente, ello es debido a que el sensor inferior estaba situado a un metro sobre el suelo, altura mayor de la que se suele emplear en arqueología (de 0,3 m a 0,5 m, Cámara 1989; Chávez et al. 1995), a fin de eliminar ruidos de tipo ambiental. Es posible que, por la posición del sensor, se hayan podido atenuar las anomalías debidas a estructuras de interés más superficiales y que aparecen reflejadas en el nivel 2 de GPR (letra A). Pero también puede suceder que en este nivel los contrastes magnéticos sean pequeños y no sean detectados por los sensores. Aún así, tanto en los mapas de GPR como en el de gradiente magnético existe una gran correspondencia en la posición de las anomalías (las cuales se han denominado con las mismas letras en ambos mapas). Por ejemplo, la tendencia A del mapa magnético se ve principalmente reflejada en los niveles 2 y 3 del radar; la figura rectangular demarcada por las tendencias E, F y G se muestra claramente en el nivel 2 del radar. Así mismo, el grupo de anomalías magnéticas B se ubica en el nivel 5. Según la posición a profundidad de las anomalías y atendiendo a la ley de superposición ampliamente aplicada en la arqueología, se podría sugerir que la tendencia A es menos antigua y que la B es más antigua, encontrándose en medio las demás. En la Figura 9 se ha esquematizado la posición y el ancho aproximado de las anomalías que representarían los cimientos de la nave buscada. Se han añadido la información suministrada por los perfiles que se realizaron en los jardines, fuera del patio interior, y que no se muestran en este artículo, como apoyo a la interpretación obtenida pues muestran la continuidad y tendencia de los supuestos restos de la antigua nave. Sobre este mismo mapa, se ha colocado esquemáticamente la posición del posible muro con base en testimonios documentales de la época. Obsérvese que la alineación de las anomalías de GPR y de gradiente vertical coinciden con la posición teórica del muro. La interpretación de los datos obtenidos en investigaciones geofísicas aplicadas a la Arqueología resulta complicada porque muchas de las estructuras a localizar dan una respuesta débil, y además no se encuentran aisladas por lo que sus efectos se superponen. Esta dificultad se incrementa cuando el estudio se realiza en zona urbana, donde los valores obtenidos recogen además el ruido ambiental producido por los materiales de construcción humana (cables de luz, rejas metálicas, edificios, etc.). Las limitaciones por el hecho de trabajar en un área urbana no sólo surgen en la fase de interpretación sino que ya se han dejado sentir en la fase de programación. El tamaño y dirección de los perfiles han tenido que acomodarse al trazado urbanístico, la elección del método geofísico o el modo de operar con dicho método está condicionada por el medio en que se trabaja (por ejemplo, con el método magnético es recomendable que se realice en el modo de gradiente vertical, como se ha hecho en este trabajo). A la vista de los resultados obtenidos y sin olvidar las limitaciones que se acaban de comentar, se puede inferir que existen evidencias para suponer que las anomalías encontradas hacia la parte sur de la Basílica se corresponden con la nave anexa a la principal de la Iglesia, que señalan los documentos históricos, al menos en esta zona estudiada. La existencia de una estructura de dirección NW-SE aparece reflejada por los dos métodos geofísicos aplicados, aunque con mejor resolución a través del método de GPR. La correlación entre los dos métodos es mayor a profundidad, debido a que la disposición de los sensores del gradiómetro, tal y como se ha señalado anteriormente, habrá atenuado anomalías magnéticas asociadas con estructuras superficiales. No cabe duda, que sería deseable disponer de la información de una excavación arqueológica para poder contrastar con los resultados geofísicos. Esto no es posible, por lo que sólo se pueden contrastar con la documentación bibliográfica. Hay que señalar que los métodos geofísicos no destruyen el contexto histórico (Scollar 1986) y se ha mostrado su utilidad en la definición y caracterización en sitios de interés arqueológico (Cámara et al. 1995; Chávez et al. 1995). En zonas urbanas, que poseen un contexto arqueológico, generalmente es imposible llevar a cabo una excavación; la realización de estudios geofísicos permite cartografiar esta riqueza arqueológica y así conocer y proteger el Patrimonio Arqueológico ante futuros cambios urbanísticos. El estudio realizado en la ciudad de Pátzcuaro, considerada patrimonio de la Humanidad, es un ejemplo donde los métodos geofísicos demuestran ser una herramienta fundamental para caracterizar sitios de interés arqueológico e histórico. Los autores agradecemos la participación en el trabajo de campo del M. en C. Pedro López y del Ing. Estamos en deuda con la familia Ponce por haber sido excelentes anfitriones durante el periodo de trabajo en la ciudad de Patzcuaro. Les damos las gracias también a las autoridades civiles y eclesiásticas por permitirnos trabajar dentro y en los alrededores de la Basílica de Nuestra Señora de la Salud. Finalmente, este trabajo fue parcialmente financiado por el proyecto interno IGE-B117; los doctores Chávez y Cámara fueron apoyados por un proyecto de intercambio académico entre la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Politécnica de Madrid.
El libro presenta un panorama actualizado sobre el tema en la arqueología rusa por investigadores que, salvo indicación en contrario, trabajan en la institución editora. Una introducción por los redactores precede a las colaboraciones: M. Andreeva, I. Sorokina y G. Dzanikian "ARLTREE/TUMULUS. Proyecto para una base de datos de materiales de excavaciones de kurganes de las estepas"; G.E. Afanasiev: "La necrópolis de Mayatsk en el sistema del ritual funerario de la cultura Saltovo"; V. Borisenko, V. Bubnov (Instituto de Estudios Espaciales de la Academia de Ciencias, Moscú) y A. Smirnov: "Paquete de programas que acompañan las bases de datos y el análisis de la distribución del mayor volumen de material procedente de estratos arqueológicos de poblados"; N. Goncharova: "Métodos multidimensionales para el análisis de materiales antropológicos"; M.R. Zatko: "Estudio informático de la imagen en Arqueología"; D. Korobov: "Ensayo de análisis estadístico multidimensional y multivariante de los materiales de la necrópolis Mokraya Balka I"; V.M. Morozov; A.P. Shivitski (Universidad de los Urales, Ekaterinburgo); y S.N. Dañina (Museo de Ekaterinburgo) "AR-CHEO-DWELLING. Principios de organización y muestreo de materiales"; A.F. Uryeva y N.B. Chernij: "Programa informático de estudio de datos dendrocronológicos"; E.N. Chernij, L.I. Avilova, T.B. Bartseva, V.I. Lunkov, L.V. Orlovskaia y T.O. Teneishvili: "Los programas informáticos en los estudios arqueometalúrgicos del Laboratorio del Instituto de Arqueología"; Y.L. Schapova (Departamento de Arqueología, Universidad de Moscú) "Aprovisionamiento lingüístico de las bases de datos en Arqueología" y B.E. Yanishevski y D.I. Kiselev "Bases de datos en yacimientos arqueológicos funerarios. Ensayos y perspectivas de uso".
La enseñanza y el estudio de la Prehistoria del Viejo Mundo están difundidos en los Estados Unidos. Sin embargo, la verdadera investigación (especialmente la excavación) está mucho más restringida en las numerosas instituciones que tienen supuestos especialistas en algunos aspectos de este campo académico. Hay bastante interés principalmente por el Paleolítico/Mesolítico de Europa y de África, generalmente asociado con una perspectiva paleoantropológica. Hay también numerosos investigadores norteamericanos ocupados en el estudio de la Prehistoria final/Protohistoria del Oriente Medio y Europa, con menos especialistas en el Neolítico per se. Este artículo expone muy brevemente la formación, financiación, organización, publicación y enfoques teóricos de la arqueología prehistórica en los EE. Subraya las razones por las cuales los investigadores norteamericanos se acercan al estudio del registro del Viejo Mundo desde unos puntos de vista diferentes pero sin embargo complementarios a los de sus colegas europeos, africanos y asiáticos. Espera que exista todavía un lugar para la investigación cooperativa que incluya a los norteamericanos en asociación plena con sus pares del Viejo Mundo en este mundo post-colonial y de la post-Guerra Fría. Lo que sigue es una nota breve e informal sobre el estado de la investigación y de la enseñanza de la Prehistoria del Viejo Mundo en los principales centros académicos y museos de los Estados Unidos de América, con un énfasis especial en lo relativo al Paleolítico de Europa. No tiene la pretensión de ser ni completa ni detallada, sino de dar una visión rápida de la situación actual desde el punto de vista de alguien que ha participado activamente en este mundo norteamericano del estudio de la Prehistoria del Viejo Mundo desde hace un cuarto de siglo. Se trata de pasar revista a la importancia relativa de los investigadores norteamericanos que trabajan en Europa, África, Asia occidental y oriental, a los períodos de su interés, a las instituciones y fundaciones que apoyan y financian sus trabajos, a la naturaleza de la enseñanza de la Prehistoria en los EE.UU., etc. Una revisión de este tipo no puede tener completamente en cuenta la gran variabilidad que existe en varios de los campos descritos, pero intentaré presentar al menos un esquema actualizado del panorama nacional tal como lo veo yo en 1996. La guía anual de la Sociedad para la Arqueología Americana (SAA) del año académico 1995-96 indica que un 15% de los 1.293 miembros de la Sociedad que respondieron a un cuestionario, expresaron "interés" por la arqueología del viejo mundo. La SAA tiene un total de >5.600 miembros y es la principal asociación arqueológica en los EE.UU. ¿Pero, qué quiere decir "interés"? Hay, evidentemente, una gran diferencia entre la enseñanza y la investigación en cuanto a la noción de "interés". Y dentro de la categoría de "investigación" hay una diferencia significativa entre los que realmente dirigen excavaciones en el Viejo Mundo y los que simplemente estudian las colecciones hechas por prehistoriadores del Viejo Mundo. Para profundizar un poco más, hemos seleccionado una muestra de los 226 departamentos universitarios de Antropología (o de "Sociología y Antropología") más significativos en cuanto a su tamaño, fama de la universidad, etc. (hay un total de 417 departamentos universitarios de enseñanza antropológica en los EE. UU.) y de los 24 departamentos de investigación antropológica en museos (hay un total de 68 en el país). Esta muestra proviene de la guía anual de la Asociación Americana de Antropología (AAA) del año 1995-96, que da unas listas completas del personal docente e investigador de todas las instituciones antropológicas del país. No he incluido en mi muestra los departamentos canadienses (relativamente pocos, aunque muchos de ellos líiuy buenos) que están incluidos en la guía. Por supuesto, tampoco he incluido en este estudio "la otra arqueología": la clásica, dedicada a las civilizaciones de Roma, Grecia, Egipto y Mesopotamia, y que tiene sus departamentos propios (normalmente, en asociación con las lenguas clásicas), con revistas y fuentes de financiación propias, etc. Hay algunos individuos que estudian las civilizaciones clásicas desde la perspectiva antropológica y que trabajan en departamentos de Antropología, pero no están sistemáticamente incluidos aquí. Los departamentos de Antropología que no hemos seleccionado pertenecen a instituciones realmente de carácter local y de muy pequeña escala (muchas veces son solamente secciones de Antropología dentro de departamentos de ciencias sociales). Esta guía de la AAA provee información sobre las áreas de competencia y de interés de los profesores o investigadores de cada departamento. Hemos dividido los 170 arqueólogos norteamericanos que se autodefinen como especialistas en el Viejo Mundo según cuatro categorías geográficas (África, Europa, Oriente Medio y Asia oriental) y según cuatro grandes períodos prehistóricos (Paleolítico-Mesolítico, Neolítico, Calcolítico-Bronce-Hierro, y "sin especificar "[y desconocido por mí]). Para el Paleo-Mesolítico hemos contabilizado 23 estudiosos que se declaran especialistas en África, 9 en Oriente Medio, 5 en Asia oriental y 33 en Es importante darse cuenta que (a diferencia de un país como España, que todavía tiene un sistema de educación superior bastante centralizado) Estados Unidos tiene un sistema totalmente autónomo; cada Universidad (o estado) establece sus propias normas, curricula, y reglamentos. Lo que sigue intenta describir el tipo "promedio" de formación que puede recibir un alumno de Prehistoria en un buen centro. Mi propia experiencia ha sido algo anormal para un norteamericano: he hecho todos mis periencia práctica en escuelas de campo veraniegas o incluso, después de cierto tiempo, en la Arqueología contractual. Terminado el diploma de "Bachelor", el alumno puede empezar su formación profesional. De ordinario, solicita la admisión en otra Universidad para cambiar de ambiente, para oír otros puntos de vista, para obtener instrucción distinta o más especializada, etc. A la vez, busca una beca a nivel nacional (muy escasas) o a nivel de la Universidad donde sea candidato (las becas son muy variables entre las Universidades ricas y pobres). A falta de beca, muchos alumnos reciben préstamos del gobierno y consiguen trabajos dentro de la Universidad que están subvencionados por el gobierno. Normalmente el programa de "Master" en Arqueología (que es bastante variable en contenido y en requerimientos de un centro a otro centro) cuesta un mínimo de dos años, con una mezcla de clases obligatorias y optativas en diferentes aspectos de la Arqueología (y también Antropología cultural y biológica, estadística, geología, etc.). Habitualmente el curso termina con un examen y/o una tesina. Si el alumno decide quedarse en el mismo centro para hacer un doctorado, a veces el examen de "Master" sirve también como prueba para la entrada a la candidatura al doctorado. Ahora, el alumno escoge un comité doctoral (normalmente, un director de tesis y otros dos profesores) y prepara la especialidad y el enfoque de su tesis, con clases y cursos de lectura individualizados. En algunos departamentos hay un examen sobre los temas (teóricos, cronológicos, geográficos, etc.) relacionados con la tesis que propone el alumno. Este examen (y el anterior) puede ser escrito, oral o una combinación de las dos formas. Luego, el alumno tiene que escribir una propuesta de tesis que debe ser aceptada por su comité, por la facultad de Arqueología o, a veces, por la facultad entera de Antropología. A la vez, el alumno solicita subvenciones ante fundaciones gubernamentales y/o privadas para hacer la investigación de la tesis. La tesis es juzgada y aprobada por este comité (a veces con la adición de un lector de fuera del departamento o incluso de fuera de la Universidad en cuestión). Por supuesto, todo esto es bastante más dificultoso para los alumnos norteamericanos que trabajan en el extranjero (especialmente en el Viejo Mundo) que para los que hacen sus tesis dentro de los EE.UU. y que tienen el acceso más fácil a las oportunidades de hacer prospecciones o excavaciones, de estudiar colecciones o de obtener becas o empleos arqueológicos a veces relacionados con el tema de sus tesis. Siendo grandes los obstáculos para los alumnos norteamericanos que quieren hacerse prehistoriadores del Viejo Mundo, son relativamente pocos los que terminan su doctorado en este campo. La gran mayoría de éstos está formada en unos pocos centros donde suele haber al menos un (o algunos) profesor(es) activo(s) en la investigación en el extranjero. El alumno doctoral norteamericano suele trabajar en las excavaciones de su "maestro" (o de los amigos de éste) y se beneficia de las relaciones que su profesor pueda tener con colegas en el Viejo Mundo para obtener acceso a colecciones para hacer su investigación doctoral. Una vez terminada la redacción de la tesis (y el proceso total después de obtener el "Master" puede llevar de tres a diez años o más, según la rapidez del alumno y especialmente la financiación con la que cuenta ya que muchos tienen que trabajar para vivir por lo que emplean más tiempo en los análisis y en la redacción) el recién doctorado se mete en el mercado de trabajo. Éste es bastante limitado para un especialista en la Prehistoria del Viejo Mundo, pero como resultado del heciio de que las plazas están más o menos ocupadas en las Universidades y museos que tradicionalmente han tenido especialistas en el Viejo Mundo, con el tiempo, estos especialistas se extienden a centros más pequeños o sin tradición a través del país. Sin embargo, es todavía el caso que la gran mayoría de los doctorados en la Paleoantropología o Prehistoria del Viejo Mundo es ofertada por unas pocas Universidades, notablemente Arizona, Arizona State, Berkeley, Boston, Chicago, Harvard, Michigan, New Mexico, New York, Southern Methodist (Dallas), Yale, etc. En los últimos años se han creado excelentes nuevos centros para la enseñanza de la Prehistoria paleolítica de África en las Universidades de Indiana y Rutgers (New Jersey), T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es para la de Europa en la Universidad de Pensylvania y para la del Viejo Mundo en general en la Universidad de Illinois. Y, desde luego, hay Otros programas excelentes (pero más pequeños), con investigación activa en varias partes del Viejo Mundo, en varias otras Universidades del país, especialmente cuando se incluyen los programas de Paleontología humana (que no constan en los sumarios citados arriba). Pero la producción anual de doctorados en Prehistoria del Viejo Mundo es todavía limitada: 13 en un total de 400 doctorados en Antropología en el año académico 1993-94 (cosa afortunada, dada la escasez de puestos de trabajo hoy en día). Desde luego, es bastante más caro hacer investigación prehistórica en el Viejo Mundo desde una base en EE.UU. que desde el mismo país donde se encuentran los yacimientos. Además de los billetes de avión, puede haber más gastos para la vivienda y para el transporte del investigador y de sus alumnos en el extranjero. Es un tipo de investigación costoso en relación con la arqueología nacional. Las investigaciones prehistóricas norteamericanas en el extranjero están subvencionadas por varias fuentes de financiación. Dos son del gobierno nacional y sus becas (las más importantes económicamente) son altamente competitivas: National Science Foundation y National Endowment for the Humanities. La NSF subvenciona generalmente los proyectos de carácter más bien "científico" y se concentra especialmente en las épocas más antiguas (orígenes del hombre. La NEH, por el contrario, subvenciona una Arqueología de carácter más bien humanístico, lo que quiere decir en la práctica las investigaciones de épocas más recientes (Edades de los Metales y altas civilizaciones). A veces, estas becas son para más de un año (hasta tres) y pueden cubrir los gastos no solamente de las excavaciones o prospecciones (y de los análisis arqueológicos), sino también de muchos estudios complementarios. Son difíciles de conseguir. Ambas fundaciones federales (y especial-mente la segunda) corren el peligro de sufrir importantes recortes de presupuesto (o incluso su eliminación) en el momento en que escribo, a raí de los cambios políticos en Washington. También existen algunas fundaciones o sociedades privadas que subvencionan (entre otras cosas) la investigación prehistórica en el Viejo Mundo: entre ellas las más importantes son la National Geographic Society, la Wenner-Gren Foundation for Anthropological Research, la L.S.B. Leakey Foundation y la American Philosophical Society. También existen organizaciones como "Earth Watch" que proveen voluntarios (que suelen ser adultos que pagan su viaje, su estancia y una contribución para el funcionamiento del proyecto) para las excavaciones. Las solicitudes para estas subvenciones privadas son documentos menos largos que las solicitudes para las becas del gobierno, pero todas exigen un planteamiento bien desarrollado apoyado en un contenido teórico y empírico sóHdo. En todo caso serán evaluados primero por varios lectores anónimos especializados (o menos especializados, pero siempre son arqueólogos en el caso de una solicitud de contenido arqueológico) y después por el comité de la fundación (o de la sección arqueológica de la fundación). Hay un juicio científico y otro económico según las posibilidades financieras de cada fundación y la cantidad de solicitudes anuales. Si ambos juicios son favorables, la suma (total o parcial) del presupuesto es pagada directamente a la institución del investigador, que a su vez entrega el dinero (o paga los gastos) al investigador. Las becas federales incluyen, como suplemento estatutario, una subvención indirecta a las instituciones que puede variar (por contrato institucional y según sus costes de operación) de un adicional 25% a un 75% de la propia suma de la beca. Así el gobierno federal provee fondos para mantener la infraestructura de las Universidades, que de otra manera no dependen de Washington (ya que son estatales, privadas o religiosas-y siempre autónomas). Finalmente, y con grandes diferencias entre Universidades ricas y pobres, existen fondos propios de investigación que, al menos, sirven para hacer excavaciones o estudios preliminares o para cubrir huecos en las becas de fuera cuando éstas han sufrido recortes presupuestarios. Hay becas a nivel nacional para visitas (largas y cortas) de académicos norteamericanos a centros extr ajeros y vice versa (Fulbright Foundation), para visitas e investigaciones en colaboración con estudiosos de países (ex-) comunistas (International Research and Exchange Board), y para la participación de norteamericanos en reuniones o congresos en el extranjero (American Council of Learned Societies, Social Science Research Council, etc.). Algunos prehistoriadores han creado "institutos" o fundaciones de investigación propias con el apoyo de mecenas particulares. LOS ENFOQUES TEÓRICOS DE LOS PREHISTORIADORES AMERICANOS Y EL CONCEPTO DE "PROYECTO DE INVESTIGACIÓN" Existe una diferencia de perspectiva fundamental, a mi juicio, entre los prehistoriadores que trabajan "en casa" y los que vienen "de fuera" para investigar el pasado de una región, país o continente que no es el suyo. Por definición, los norteamericanos que hacen investigación prehistórica en el Viejo Mundo están estudiando cosas muy remotas a su propia existencia en todos los sentidos. De hecho, la Arqueología de América desde sus comienzos en el siglo XVIII (con los trabajos personales de Thomas Jefferson, por ejemplo) siempre ha sido el estudio de "otros", de aborígenes sin relación genética, histórica o cultural alguna con los estudiosos. Cuando los norteamericanos "vuelven" al Viejo Mundo para hacer investigación arqueológica, tampoco les quedan normalmente vínculos significativos con el pasado objeto de su estudio. Así, ellos no consideran que estén reconstruyendo su historia -ni siquiera su historia ficticia-. El norteamericano que trabaja en una región del Viejo Mundo no tiene una implicación sentimental, patriótica o política con el objeto de su estudio; los fines de su investigación pueden ser simplemente "científicos" (y, tal vez, "fríos") en comparación con los fines (explícitos o implícitos) de un prehistoriador "nativo". (Personalmente, soy un caso algo ambiguo, ya que por un lado mi madre es francesa y mi abuelo y bisabuelo eran prehistoriadores en el Suroeste de Francia, y por otro lado mi esposa es montañesa, aunque vivo y he sido formado principalmente en los EE.UU.). No hay que olvidar que la arqueología prehistórica norteamericana forma parte de las ciencias sociales; en Europa forma parte de las humanidades. Es una distinción importante que trae consecuencias paradigmáticas. Veo muy normal que un español trabajando en España, un Israeli en Israel, un chino en la China, o un keniata en Kenia considere y plantee la Prehistoria de su país de manera distinta (y probablemente de modo más "histórico") que un norteamericano (o cualquier otro extranjero sin raíces en el país) que podría tener la perspectiva más "objetiva" de las ciencias sociales. En realidad, salvo en algunos casos contados -como el de los vascos (y a veces incluso discutibles)-los vínculos entre un prehistoriador nativo moderno y los seres prehistóricos de "su" país o región podrían ser casi o completamente tan remotos como los vínculos entre un prehistoriador norteamericano y estos últimos, pero este hecho no cambia la realidad de una diferencia de perspectiva que no se puede dejar escapar: la histórica frente a la sociológica. Esto no quiere decir en absoluto que los trabajos de unos o de otros sean por sistema más rigurosos o mejores; simplemente, tienen otra perspectiva distinta que tiene consecuencias prácticas en la manera de enfocar la investigación y (¡muy importante!) de buscar subvenciones. En Europa, me parece que está generalmente aceptado que es interesante y digna de financiación (si es que hay fondos y el prehistoriador que propone hacer un trabajo tiene la formación y el curriculum vitae adecuados -¡y las relaciones sociopolíticas apropiadas!) cualquier investigación seria que pueda aportar datos a la comprensión de la ocupación humana de un territorio determinado y del desarrollo de la cultura a través de los siglos y milenios. En EE.UU., en cambio, no es evidente por sí mismo que haya un interés implícito en la excavación de un yacimiento, en la construcción o refinamiento de una secuencia tecnocronológica, en un reconocimiento territorial, etc. -especialmente fuera del país-. Toda propuesta de subvención (incluso las "pequeñas") tiene que suponer una contribución signi-T. P., 53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ficativa a la resolución de un problema general (evolucionista, ecológico, etc.). La problemática es esencial y las ideas tienen que ser geniales; pero los hechos son a veces secundarios. Una fundación norteamericana no quiere dar dinero para contribuir a la historia de larga duración (longue durée) de una región del Viejo Mundo porque sí. Esta postura (lógica en cierto sentido) hace que los prehistoriadores norteamericanos tengan que prometer en sus solicitudes y en sus publicaciones (que cuentan mucho a la hora de decidir quién va a recibir subvenciones) muchos más resultados de los que pueden obtener normalmente y de manera realista con cualquier proyecto de investigación, especialmente con uno a corto plazo (que suele ser el máximo que uno puede esperar, dada la situación financiera actual para la Arqueología). Hay un círculo vicioso. Un problema serio es la dificultad de llevar a cabo proyectos a muy largo plazo; en esto los "nativos" tienen una ventaja obvia. Por un lado, las fundaciones norteamericanas quieren resolver grandes problemas teóricos de la Prehistoria, pero por otro lado no dan dinero a largo plazo. Así, los prehistoriadores norteamericanos que trabajan en el extranjero tienen que hacer campañas de investigación relativamente largas e intensivas. Pero, no obstante, muchas veces solamente pueden conseguir muestras hmitadas dentro de yacimientos o dentro de regiones. Desgraciadamente, no pueden permitirse el "lujo" de pasarse la vida conociendo muy a fondo el registro de una región. Sin embargo, ya que el registro prehistórico es finito (y en peligro de desaparición), no está mal que un prehistoriador tenga que justificar de manera muy seria y algo general las razones por las cuales quiere, con la excavación, destrozar una parte de este registro (una parte de la herencia universal del pasado humano) para aumentar la suma de nuestros conocimientos generales sobre la evolución humana. ¡Pero siempre sin llegar a los extremos ridículos de tener que decir, por ejemplo, que cualquier sondeo o reconocimiento va a resolver los problemas de la Prehistoria del mundo! El sistema norteamericano suele exigir la creación de proyectos de investigación con un comienzo y un fin. Y los plazos suelen ser muy cortos (un año o al máximo dos o tres). Esto quiere decir que el prehistoriador norteamericano tiene que tener resultados inmediatemente y tiene que pubhcarlos (por muy parciales y preliminares que sean) rápidamente para poder buscar más subvenciones. Vivimos de subvención en subvención; casi no hay instituciones como el CNRS en Francia donde uno puede ser investigador a tiempo completo y con fondos para la investigación. Casi todos vivimos de la enseñanza, lo cual significa también que los períodos para hacer investigación son muy limitados (es decir, la "vacación" de verano, y tal vez un año o medio año sabático cada siete años). Existen solamente algunos museos muy importantes (notablemente el Smithsonian) que tienen prehistoriadores cuyo trabajo es hacer investigación más o menos a tiempo completo y que tienen presupuestos para financiar una parte importante de esta investigación. Los museos universitarios -a veces grandes-son docentes y no suelen tener personal investigador a tiempo completo, sino conservadores y profesores. Casi no hay "institutos" como en el sistema arqueológico alemán, por ejemplo. Hay, evidentemente, consecuencias de este sistema que pueden ser malas. Pero, en el fondo, es bueno obligar a la pubhcación, la justificación y la divulgación por medio de la enseñanza de lo que uno hace en la investigación destructiva que es la excavación arqueológica. LA PUBLICACIÓN Y LA DIVULGACIÓN Es bastante difícil publicar monografías sobre excavaciones del Viejo Mundo en EE.UU.; no hay un gran mercado para ellas. Hay mayor interés en obras de teoría y de síntesis, actas de simposios, etc. Las series o editoriales principales que publican actualmente obras de Prehistoria del Viejo Mundo en el país incluyen Plenum Publishing, varias editoriales universitarias (por ejemplo, Chicago, Indiana, Harvard, California, Princeton, Arizona, Arizona State, New Mexico, Columbia) y del Smithsonian, algunas series particulares nuevas (International Monographs in Prehistory, Monographs in World Archaeology) y una serie oficial de la AAA (Archeological Papers of the American Anthropological Association). En general, las revistas arqueológicas prefieren publicar artículos generales con más énfasis en la teoría y en las síntesis; no suelen publicar descripciones simplemente empíricas. Tal vez, las excepciones son Journal of Field Archaeology y Journal of Archaeological Science (esta ultima es una revista anglo-americana). Las principales revistas norteamericanas de Antropología y de Arqueología publican artículos sobre la Prehistoria del Viejo Mundo con cierta regularidad: American Antiquity, American Anthropologist, Journal of Anthropological Research, Geoarchaeology, Quaternary Research, Journal of Anthropological Archaeology y especialmente Current Anthropology. La Prehistoria del Viejo Mundo tiene cierta importancia en las reuniones anuales de la SAA, con simposios temáticos (escogidos entre propuestas detalladas hechas unos ocho meses antes de cada reunión del mes de abril) y sesiones generales (donde se agrupan comunicaciones individuales que habían sido escogidas aunque no hubieran sido invitadas dentro del marco de un simposio). De los 106 simposios y sesiones en la reunión de 1994 (¡en Disneylandia!), hubo 11 (10%) que trataron de varios aspectos, temas o regiones de la Prehistoria del Viejo Mundo, por ejemplo. De los cerca de 400 simposios y sesiones de la reunión anual de la AAA de 1995, solamente 4 trataron parcial o totalmente temas de la Prehistoria del Viejo Mundo. Hay también comunicaciones relevantes (de paleontología humana) en las reuniones anuales de la American Association of Physical Anthropologists (AAPA). Pero, hace cinco años se ha fundado la Paleoanthropology Society, un grupo relativamente informal y pequeño que agrupa a los paleoantropólogos y prehistoriadores paleolitistas de los EE.UU. No tiene revista, pero tiene una reunión anual, alternando entre las reuniones de la SAA y de la AAPA. Finalmente, hay una asociación de arq[ueólogos norteamericanos que trabaja en África que también tiene reuniones, pero sin revista. Las grandes sociedades (AAA, SAA y AAPA) publican los resúmenes de las comunicaciones presentadas en sus reuniones, pero no pubHcan actas. Los prehistoriadores del Viejo Mundo (y los paleoantropólogos) son una pequeña minoría, pero son muy activos, especialmente en sus grupos especializados y dentro de la SAA y la AAPA. Naturalmente, los grandes temas son los del origen y evolución del hombre, la(s) migracion(es) fuera de África, la transición del Paleolítico Medio al Superior, las adaptaciones de los humanos en el Pleistoceno, el arte rupestre y mueble, la transición del Pleistoceno al Holoceno, el poblamiento de las Americas desde Siberia, el origen y expansión de la agricultura, la evolución y funcionamiento de las civilizaciones, etc. También en la actualidad hay mucha preocupación por los problemas metodológicos (tafonomía, naturaleza del registro, análisis faunístico, tecnología lítica y cerámica, etc.) y teóricos. El postprocesualismo todavía no ha afectado mucho al estudio de la Prehistoria del Viejo Mundo -especialmente la de los humanos del Paleolítico-en EE.UU. Sin embargo hay más interés ahora en la reconstrucción de aspectos sociales que en la "nueva arqueología" procesualista "clásica" de los años 1970. Esto es un buen signo y con ello el estudio de la Prehistoria en los EE.UU. se acerca más al del Viejo Mundo a la vez que éste adopta alguna de las características más interesantes del norteamericano. A mi juicio, hay dos papeles importantes para los norteamericanos en la práctica de la investigación prehistórica en el Viejo Mundo: Aportar ideas nuevas y distintas desde una perspectiva antropológica para complementar las perspectivas históricas y, a veces (como en el caso del estudio Bordesiano del Paleolítico en Francia) geológicas, que son más típicas (aunque no exclusivas) en el Viejo Mundo. Montar proyectos de investigación interdisciplinares con objetivos muy bien definidos, a la vez con enfoques generalistas y con fines específicos, y con financiación adecuada. El primer papel puede traer una dialéctica mutuamente fructífera con los colegas "nativos"; el segundo tiene que impUcar una colabo-T.P., 53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ración auténtica, ya que ambas partes tienen mucho en lo que contribuir: los "nativos" incorporan una experiencia que difícilmente puede tener un norteamericano, pero éste puede aportar el característico vigor y, a veces, organización norteamericanos -además de sus ideas "geniales", "ingenuas" o simplemente "diferentes". Sin ofender a nadie, espero haber expuesto una descripción y una justificación adecuadas de la investigación prehistórica en el Viejo Mundo por parte de arqueólogos del Nuevo Mundo. Quisiera agradecer a mi alumno, Jon Orphal, que ha compilado las listas de las especialidades de los arqueólogos con intereses en el Viejo Mundo a partir de la guía de la SAA. También quisiera agradecer a mi colega, la directora de Trabajos de Prehistoria, la doctora María Isabel Martínez Navarrete, por haberme invitado a escribir esta nota (y por haber corregido mi castellano rudimentario) ¡Espero que no haya quedado completamente decepcionada! es EL ESTUDIO DE LA PREHISTORIA DEL VIEJO MUNDO EN LOS ESTADOS UNIDOS DE AMERICA
Este trabajo pretende revisar la situación actual de la Arqueología en nuestro país. De partida acepta que la atención al Patrimonio Arqueológico constituye el horizonte de aplicación y futuro de la Arqueología; ésta deberá integrarse en el ámbito de la gestión de los Recursos Culturales, adaptarse para representar un papel específico dentro de la creciente Industria Cultural, y reconvertirse como disciplina de gestión del registro arqueológico. Se argüirá que es necesario diseñar un modelo integral de gestión y estudio del Patrimonio, que posibilite unificar la práctica arqueológica y supere la equívoca dicotomía gestión-investigación. Ese modelo debe estar orientado a partir de programas de investigación bien definidos, que primen las urgencias generadas por las necesidades del Patrimonio, y garanticen la compatibilidad entre esas demandas y la producción de conocimiento nuevo. Para ello se propone reconvertir la Arqueología en una Tecnología y adoptar un modelo adecuado de registro arqueológico. Paralelamente, se examinan los problemas que hoy presenta la Arqueología con el fin de superar éstos de forma crítica. Se planteará el papel que la Universidad podría desempeñar en este contexto. PATRIMONIO CULTURAL Y ARQUEOLOGÍA En una situación caracterizada por el cambio de paradigma histórico, cuando las transformaciones en marcha en el empleo, la economía y la sociedad afectan por igual a todos los segmentos de lo social, derrumban los contornos familiares de un Régimen Moderno que ya parece Antiguo, y establecen nuevas reglas de juego de las que, si se dejan exclusivamente en manos de las fuerzas del mercado y son abandonadas por la crítica social, se puede suponer todo, menos que sean realmente justas, este trabajo intenta, modestamente, contribuir a un debate necesario sobre el papel de la Arqueología en ese contexto (1). Para ello, se parte de la que parece ser la principal consecuencia en el ámbito de las Humanidades y la Cultura de ese proceso de cambio: la ampliación del concepto de Patrimonio Histórico, su transformación en Patrimonio Cultural (2), la emergencia de la necesidad de gestionar de forma ágil y rentable ese Patrimonio y, consiguientemente, la formación de una Industria Cultural en relación con esas actividades. La sociedad postindustrial, de la información y el ocio, genera una nueva actitud hacia el PH que no está determinada exclusivamente por los procesos y necesidades de constitución de la Identidad social. A diferencia de la actitud moderna (constituida durante el siglo pasado y hegemónica en (1) Este trabajo, como cualquier otro, tiene un contexto de génesis y significación. Por ello, debo reconocer la contribución de los compañeros con los que enfrento ese contexto (Fidel Méndez, Mariqui Martínez, Matilde González, Jesús Amado, Victoria Villoch, César Parcero, Lolo Santos, Pilar Prieto, Isabel Cobas y César González), así como el estímulo y aportación de aquellas personas que más me han ayudado para reorientar la práctica arqueológica dentro de esa situación, entre ellas especialmente Rogelio Conde Pumpido y M. J. Tallón Nieto. Además, tengo que agradecer los comentarios de M. A. Querol, M. I. Martínez Navarrete, F. Infante y E. Rodríguez para precisar el texto. (2) En este texto entendemos que el Patrimonio Histórico (PH en adelante) es una parte del Patrimonio Cultural (PC). Si mantenemos la primera denominación será bien porque ésta sigue siendo la más frecuente en la Arqueología, bien porque hagamos referencia exclusivamente a la parte histórica del PC. Igual sentido se otorga a la denominación Patrimonio Arqueológico (PA). Sobre la definición de ambos conceptos ver Querol (1995). éste), que encontraba en ese Patrimonio la fundamentación del Estado-nación y hacía de su estudio (la Historia) el discurso de legitimación fundamental, las nuevas estrategias de producción de la identidad (social y personal) en las sociedades finiseculares ya no necesitan apelar a la Historia y la Tradición. Una sociedad proteica, descentralizada, en la que se nos impone el mercado como arbitro de lo real y el individualismo como fuente esencial de legitimidad, produce un nuevo tipo de actitudes hacia el PH, caracterizadas esencialmente porque éste deja de ser un valor absoluto y perenne y pasa a ser un bien estratégico y de uso. Este cambio se concreta en la transformación de un concepto de PH constituido por monumentos que deben ser conservados y restaurados con fidelidad al original, en un concepto constituido por mercancías que deben ser consolidadas y puestas en valor.' Independientemente de las opciones ideológicas y personales en relación con las transformaciones referidas, éstas están hoy entre nosotros y la definición y práctica de nuestra disciplina debe tomar posición en relación con ellas (3). LAS RESPONSABILIDADES DE LA ARQUEOLOGÍA Ampliación y fragmentación de la Arqueología La Arqueología actual presenta, en nuestro país y en otros, un estado de buena salud. Aunque ello depende de la conjunción de una serie de factores compartidos por todas las naciones (3) Este debate ya ha sido iniciado por otros trabajos y autores; nosotros nos centraremos en la discusión sobre los modelos de gestión del Patrimonio Arqueológico, concretamente en las relaciones entre investigación y administración de ese Patrimonio y entre los diferentes sectores implicados en todo ello; refiriéndose específicamente al caso andaluz, esta temática ha sido tratada desde posiciones semejantes a las que aquí mantendremos en Salvatierra (1994), así como en Ruiz (1989) y Ruiz et alii (1986); desde otros puntos de vista, se puede ver también Blasco y Valle (1992), Abad (1995), Domínguez et alii (1992) y Velasco et alii (1992). Recientemente, Benavides (1995) y Querol et alii (1995) recogen reflexiones importantes para contribuir a este debate y que, en cierta medida, están próximas a algunas de las propuestas que aquí se mantienen. T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es occidentales y relacionados en parte con las características de las sociedades post industriales emergentes (y a lo largo de este trabajo volveremos con cierto detalle sobre algunos de ellos), la principal causa material del desarrollo reciente de nuestra disciplina radica en el énfasis que han adquirido el Patrimonio Histórico y Arqueológico como Recursos Culturales. Aunque los motivos y condiciones de este énfasis son bien conocidos, no está de más enunciar algunos de ellos en beneficio de la argumentación posterior: • Tutela pública que el constitucionalismo reciente (Italia, Portugal y España) ha establecido sobre los bienes que integran ese Patrimonio por ser testigos del espesor histórico de nuestras sociedades. • Necesidad de gestionar ese Patrimonio y solucionar los problemas que su presencia supone, concillando ésta con la ordenación del territorio, con la política del suelo y con la planificación urbana. • Valor social y económico que los bienes históricos adquieren dentro una creciente Industria Cultural. • Necesidad de buscar fórmulas de desarrollo sostenible y de asegurar la conservación del medio. • Tendencia a promocionar formas de turismo alternativo (ecoturismo, turismo cultural, etc.) basadas en la rentabilización socio-economo-cultural de los bienes históricos y arqueológicos. • Finalmente, la utilidad de ese Patrimonio para fundar identidades específicas y legitimar procesos de emancipación y reivindicación por parte de diferentes colectivos sociales o étnicos. Estos nuevos factores y necesidades han propiciado la constitución de un mercado que mueve alrededor de 6.000 millones de pesetas al año en toda España (4). La Arqueología es la disciplina humanística que mayor desarrollo ha experimentado durante la última década. De hecho, es la única entre las disciplinas históricas que ha sido capaz de configurar un sector profesional independiente de la docencia. Pero estos desarrollos implican nuevos desafíos y problemas. Es necesario, como en cual-(4) Esta cifra es el resultado de una estimación personal no contrastada y se basa en los presupuestos destinados a Arqueología por las diferentes CC.AA. quier otra ciencia, adaptar la Arqueología a las necesidades que han provocado el enriquecimiento actual de la Arqueología y, por ende, la pérdida del consenso tradicional en torno a su finalidad, orientación y métodos. La historia de la Arqueología en los últimos veinte años es la crónica de su ampliación y, al tiempo, fragmentación continua. Cuando todavía no se ha cerrado el proceso que supuso la emergencia de la New Archaeology^ la crítica del postprocesualismo y la explosión de las arqueologías alternativas, ni asimilado la variedad que todo ello generó, Asurando un campo que hasta ahora había dominado la Arqueología Académica y al que ésta confería una apariencia de unidad, surge un dominio nuevo de actividad vinculado al desarrollo y gestión del Patrimonio Arqueológico. Gestión e inyestigadón, debates o dislates Así, en unos pocos años, la Arqueología, antaño disciplina exclusivamente académica y diletante, ha pasado a estar constituida por la coexistencia de cuatro sectores distintos: a los dos campos tradicionales representados por la Arqueología Académica o universitaria y la Arqueología Divulgativa o museográfica, se han unido con especial intensidad la Arqueología Pública y la Arqueología Comercial o Contractual. Aunque lo normal es que, para designar a estos dos sectores, se hable directamente de Arqueología de Gestión y se contraponga a la expresión Arqueología de Investigación, que representaría en cambio a los dos primeros, preferimos utilizar estos otros términos y clasificación porque nos parece más apropiado y honesto. A diferencia de la denominación habitual, esta otra no presupone, y menos prejuzga, el tipo de actividad arqueológica que el colectivo al que se refiere practica. Debemos intentar definir a los arqueólogos no por lo que son, sino por el contexto en el que actúan. Con el término Arqueología Pública nos referiremos a la actividad arqueológica que se realiza desde instancias de las diferentes administraciones y que tiene como finalidad esencial administrar el PA y las competencias que sobre él mantiene el aparato del Estado en función de su interés social y utilidad pública. Y como Arqueología Comercial nos referiremos a la actividad que se genera en torno al PA cuando una gestión adecuada del mismo demanda la realización de actuaciones específicas que generalmente se desarrollan bajo contrato y, en todo caso, cumpliendo un determinado servicio y cobrando por él; como es bien sabido, este campo está ocupado fundamentalmente por pequeñas empresas y "consultings" de Arqueología que, sin embargo, las más de las veces no superan el umbral de una situación de precario auto empleo (5). Se ha constituido así el campo cuatrifacetado, disperso y rico de la Arqueología actual. Pero han aparecido inevitables conflictos de interés, perspectivas y competencias entre los cuatro sectores (su estado actual de desarrollo fue descrito recientemente en Querol et alii, 1995). Se echa en falta un modelo de gestión de la Arqueología que permita armonizar las relaciones entre ellos e, incluso, unifique el trabajo de todos en un proyecto común. Si se sigue hablando de Arqueología es poco menos que en un registro retórico. Lo normal en cambio es que, con la boca pequeña, a veces atiborrada de palabras groseras, unos se nieguen a otros el estatuto de arqueólogos. Es especialmente virulenta la confrontación en este sentido entre lo que algunos de los interesados en el conflicto denominan Arqueología de Investigación y Arqueología de Gestión. Desde ambientes académicos (6), sobre todo, es frecuente oír el reproche de que lo importante en la Arqueología es la investigación, aducido como crítica al hecho de que en la actuahdad la mayor parte de los recursos económicos existentes se invierta en el campo de la (5) Existe también dentro del campo de la Arqueología Comercial un área de actividad en la que convergen y, por lo tanto, compiten arqueólogos y restauradores. (6) No queremos ser injustos con muchos compañeros que se han esforzado y esfuerzan desde la Universidad por mantener la complementariedad entre ambas Arqueologías y adaptar el perfil de la investigación a las demandas de la gestión; su pensamiento y ejemplo es el que nos ha estimulado y servido de guía. Con todo, ese sector, aunque dinámico, es aún minoritario en el conjunto de la Arqueología Académica; se entenderá entonces que el carácter generalizador de las observaciones y críticas que se hacen a continuación no los comprende a ellos, sino que se deriva de la intención de referirse a todo lo que sigue constituyendo la normalidad académica. gestión del PA y por lo tanto reviertan fundamentalmente sobre las Arqueologías Pública y Comercial. En todas las Comunidades españolas, en muchos de sus cenáculos universitarios y en casi todas las capillas autonómicas, se está planteando este debate de forma cruda y el conflicto de forma violenta. Este debate, sin embargo, ya se anunciaba en algunos trabajos (7) en los que se llamaba la atención sobre la necesidad de mantener la convergencia de la Arqueología en torno a su dimensión investigadora. El modelo andaluz, por ejemplo, se estableció sobre el principio básico de que "la investigación pura debía dirigir todo el proceso" (Salvatierra, 1994: 5). Sin embargo, pocos fueron los que se dieron por enterados y obraron en consecuencia. Además, incluso cuando se disponía de la mejor voluntad de convergencia entre ambas perspectivas, se generaba "un divorcio entre investigación y gestión" derivado de la carencia de "mecanismos reales de integración" entre ambas y de una auténtica "teoría de la gestión" (Salvatierra, 1995: 6) (8). Así y al cabo, ocho años después, este debate ha alcanzado su punto más ácido. La discusión de esta temática está centrada en varios temas importantes. En primer lugar, procede aceptar que no se puede dar marcha atrás en el proceso de invertir en prioridades patrimoniales los escasos recursos de los que dispone la Administración pública. La invocación contraria por parte de los arqueólogos puede aportar elementos de (7) Algunas de las voces más autorizadas (y tempranas), en este sentido, son Ruiz et alii (1986) y Ruiz (1989), donde se defienden el avance en la investigación y teoría arqueológicas como garantías de una auténtica protección y gestión del Patrimonio Arqueológico. Ver Criado (1988); incluso en el artículo de réplica al anterior presentado por la APAE (Martínez Navarrete, 1988), aunque se criticaban algunas opiniones de nuestro trabajo, se mantenía la misma posición básica. (8) Estas observaciones, aunque se refieren al "modelo andaluz", se podrían aplicar en general a todas las CC.AA. del Estado español. En general, al igual que ocurrió en Andalucía, el único mecanismo previsto a efectos de compaginar investigación y gestión fue y siendo "el tratar de integrar los registros de las urgencias en la investigación y consiste simplemente en asegurar la publicación de los informes" de esas intervenciones; pero esta reclamación, como dice el autor que seguimos, es en realidad un parche que no profundiza en la necesidad de desarrollar modelos integrales de gestión del Patrimonio, auténtica raíz del problema. juicio que merezcan atención y consideración. Pero las prioridades de la conservación y acrecentamiento del PH son tales, que esta opción resulta bastante incuestionable. No se trata sólo de que haya que conservar, limpiar y proteger los bienes arqueológicos. Se trata sobre todo de que hay que inventariar, cautelar, ordenar, intervenir, documentar, consolidar, rentabilizar y divulgar esos bienes. Se trata de poner en marcha un programa global de actuación sobre el PA que, necesariamente, debe centralizar los recursos y el concurso de todos los sectores implicados. Ante ello, las prioridades, gustos e intenciones individuales, quedan arrinconados en un forzoso segundo plano. La excavación de un yacimiento singular para resolver un problema de investigación concreto, debe ser subsidiario en relación con el contexto general. Y ello no sólo por el imperativo legal que establece la cautela ptíblica de los bienes de interés público, ni por el volumen de esfuerzo que éstos requieren, sino también porque la investigación se puede alimentar suficientemente, tanto en datos como en temáticas, a partir de la realización y resultados de esos programas globales. Las reivindicaciones a favor de la investigación presentan, por demás, elementos muy paradójicos: sorprende por ejemplo que nadie exija la financiación del esfuerzo investigador en temas de Arqueología a las instancias rectoras de la política científica (CAICYT, Consejerías de Educación autonómicas...), y que en cambio se espere de las Direcciones de PH, como si los agrónomos o los ingenieros requiriesen a la Administración agrícola o de obras públicas para financiar sus investigaciones particulares, y criticasen la consolidación de una política agraria o de infraestructuras. En segundo lugar, hay que reconocer que las demandas en beneficio de la investigación adolecen, en general, de una rigurosa conceptuahzación de lo que la investigación arqueológica deba ser y de su relación con la gestión del PA. Muchos arqueólogos académicos arguyen que resulta peligroso que todo gire alrededor de este, que es una dimensión de la Arqueología pero no su totahdad, y que la investigación se centre en lo que le interesa a la Administración, pues sus intereses, que priman la conser-vación, no son precisamente los que la comunidad científica y la Arqueología necesitan para avanzar como ciencia histórica. Pero mientras tanto se manipula el lenguaje para hacer pasar por investigación la excavación de un yacimiento aislado, por ciencia la mera descripción de su registro, y por comunidad científica al colectivo de individualidades interesadas en mantener este status quo. Una manipulación, por demás, del mismo tipo que aquella que denomina "excavación sistemática" a la realizada por un profesor de Universidad durante veintiún días en verano, sin equipo, con alumnos a menudo de formación precaria y sin recursos técnicos suficientes; mientras el arqueólogo profesional que excava varios meses al año, interviene en un yacimiento de forma extensiva, trabaja con personal cualificado contratado y emplea instrumental y procedimientos de alta resolución, no sólo realiza "excavaciones de urgencia", sino que sigue cargando con el sanbenito de ser un arqueólogo sin formación suficiente. Éstos son, en parte, los problemas de haber pasado directamente del positivismo pre-científico al post-positivismo subjetivista. A este paso terminaremos deseando hacer la revolución burguesa (al menos en ciencia), en vez de apresurarnos a aprender de los límites de la modernidad para construir nuevos modelos de interpretación del mundo (también en Arqueología). En tercer lugar, enmarcaremos las cosas en sus justos términos si aceptamos que lo que está aquí y ahora en juego es la configuración de un nuevo equilibrio de poderes dentro de la Arqueología y el Patrimonio Arqueológico. Las Universidades han sido tradicionalmente las depositarías del saber y las beneficiarías de su gestión. Esta situación, que fue hegemónica también en Arqueología hasta no hace mucho, se está quebrando precisamente ahora cuando, después de diez años de administraciones autonómicas, son éstas las que acaparan el arbitrio de la disciplina. Ellas tienen las competencias, los presupuestos, los programas de acción y prioridades, los recursos humanos y, en muchos casos, técnicos; son en definitiva las que poseen las intenciones y los medios para intervenir en Arqueología. Frente a su hegemonía, el anti- Entra dentro de la casuística de lo concreto que las Administraciones autonómicas muchas veces obren despóticamente, no cuenten con el asesoramiento de otros sectores o carezcan de una política arqueológica racional. Pero estos puntos sólo se pueden negociar e intentar cambiar si se acepta el principio esencial y previo, de que hoy la actividad arqueológica depende en su mayor medida de la Arqueología Pública. Aunque esto guste más o más bien menos. No se puede pretender deslegitimar la legalidad sólo porque a los individuos no les conviene. En cambio, lo que habría que exigir es que, quien acceda al poder, que lo ejerza, que lo ejerza bien y que se le pueda criticar por ello. Sin embargo, las Comunidades españolas no siempre cumplen estas condiciones y entre ellas hay, incluso, algunas en las que la Arqueología y la administración del Patrimonio Arqueológico poseen un estatuto de existencia que apenas alcanza una posición testimonial. La Arqueología como disciplina de gestión del Patrimonio Arqueológico Ante esta situación creemos que hay que restablecer la unidad de acción (o al menos de comunicación) en la Arqueología, recuperar las fórmulas de convivencia y cooperación entre los diferentes sectores que la constituyen y, sobre todo, establecer las bases de una adaptación de la Arqueología académica en concreto y de la Arqueología en general al nuevo contexto finisecular. Se trata con ello de responder a las demandas sociales que hoy nuestra disciplina está llamada a jugar. Éstas y, sobre todo, las funciones relacionadas con la administración del PA, deben constituir el punto de referencia básico de la activi-(9) En Querol et alii (1995: 244), al tiempo que se propugna la necesidad de que sea objetivo básico de toda intervención arqueológica la producción de conocimiento, y no sólo el "salvamento" de la documentación, se cuestiona la incapacidad del saber universitario para, a través de una adecuada estrategia divulgativa, crear una opinión pública sobre el Patrimonio e influir sobre su política. dad arqueológica y centralizar la mayor parte de la capacidad inversora. Pero al reconocer esto, se reconoce asimismo que la Arqueología sí tiene algo que vender pues, en contra de lo que aduce Abad (1995: 309), produce beneficios y puede ser rentable económicamente. Esto no quiere decir que la Arqueología se deba limitar a ser un ejercicio meramente técnico e instrumental. Antes bien hay que readaptar nuestra disciplina para que sea capaz de subvenir a las demandas prácticas con una oferta de servicios cualificados y realistas (ap. 3.1). Esto supone, todavía, hacer mucha investigación, tanto de carácter aplicado como básico. Y no sólo porque haga falta desde un punto de vista utilitario, sino sobre todo porque los modelos de gestión del PA se deben basar en el doble postulado de que sólo se puede administrar lo que se conoce y de que esa administración es siempre una práctica interpretativa que manipula valores intelectuales. Sobre esta base se podría empezar a reorientar la colaboración entre investigación y gestión del PA. Pero la convergencia de investigación y gestión demanda además restablecer las constantes de la Arqueología como práctica interpretativa y empresa de conocimiento; requiere definir un modelo teórico de la disciplina que permita unificar toda la variedad de actuaciones que dentro de ella se pueden hacer y que, necesariamente, se debe fundar en una conceptualización rigurosa del registro arqueológico (ap. 3.2). Esta readaptación de la Arqueología implicaría un determinado modelo de vertebración del mercado de trabajo y, dentro de él, del papel que compete a la Universidad (ap. 3.3). Este proceso de readaptación se enfrenta, sin embargo, a múltiples problemas. LOS PROBLEMAS DE LA ARQUEOLOGÍA La definición de Arqueología que seguimos en este trabajo es la que entiende a ésta como una estrategia de investigación que intenta describir e interpretar, a través del registro arqueológico, la integración de la Cultura Material en los procesos socio-culturales de construcción T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es social de la realidad. Desde esta posición intentaremos argumentar y entender las circunstancias a las que la Arqueología se debe adaptar en la actualidad y bajo qué condiciones debe hacerlo. Pretendemos, en beneficio de la discusión y el debate, proponer algunas posibles alternativas. Nuevas demandas, nuevos riesgos: mercantílización y cosificación en la Arqueología La necesaria reconversión de la Arqueología como disciplina de gestión de un determinado tipo de recursos culturales, que constituyen el PA, no se realiza sin riesgos. Todos los factores (enunciados más arriba) que influyen en el actual desarrollo de la Arqueología, implican el tratamiento puro y simple de los elementos arqueológicos como objetos, como cosas. Precisamente, por eso se pueden valorar y revalorizar, pues son objetos sancionados por un prestigio antiguo; comprar y vender, pues son objetos introducidos merced a la práctica arqueológica en el mercado; manipular y alterar, pues son objetos mudos. La Arqueología encaja bien dentro del actual proceso de énfasis en los objetos, cosas y mercancías. Demuestra ser a la postre la ciencia social que mejor se aclimata a los tiempos que corren, de hegemonía de la imagen, la representación y el simulacro. El registro arqueológico, al igual que cualquier registro histórico, está configurado por elementos (documentos) que vinculan su sentido original al sentido actual que la Historia construye en torno a ellos. Pero se diferencia de otros documentos históricos en que está conformado (fundamentalmente) por objetos que son testigos mudos de un pasado desvanecido, un complejo de productos sociales que han perdido su conciencia social. Esto implica ante todo que la reconstrucción de su sentido original no sólo presenta arduos problemas teóricos y metodológicos, sino que además constituye una hermenéutica en la que reaparece (como en cualquier operación de lectura o traducción) un plus de sentido actual y que puede ser fácilmente manipulada para transmi-tir y legitimar significados presentes (10). Este riesgo se ha exacerbado a través del postprocesualismo que, en vez de corregir ese problema limitando la interpretación y estableciendo sus límites teóricos, epistemológicos y éticos, ante la dificultad (cuando no imposibilidad) de esta tarea, ha claudicado proponiendo en cambio la libre aceptación de cualquier uso de la Arqueología (11). También aquí se ha convertido el mercado (es decir, el éxito de las propuestas arqueológicas) en el criterio de validación de las prácticas. Pero además, como tales objetos, son forma y esto implica que pueden adquirir sentido por sí mismos, con total autonomía de su significación original o reconstruida. En una sociedad de mercado, que valora la pieza y la antigüedad, el valor del objeto arqueológico es independiente de su significación histórica ( 12). Su potencial manipulativo ha llevado a que en la actualidad se defienda la necesidad de limitar la interpretación; incluso los pensadores italianos que, desde el Eco de Obra Abierta, se habían destacado como los principales profetas de la hermenéutica libre, han reorientado sus posiciones en ese sentido (véase el propio Eco, 1991; Vattimo, 1995); asimismo, Fabbri (1995) establece que, incluso cuando se cree no decir nada, el discurso recrea un sentido que ya estaba dado en el horizonte de partida. (11) En Shanks y Tilley (1987: 103 y ss.) ya se trataban las implicaciones para la interpretación arqueológica de la filosofía hermenéutica; sin embargo, en esa obra, siguiendo la tendencia dominante en la teoría postprocesuaUsta de la pasada década, no se consideraban sus funciones o potencialidades manipulativas, sino que éstas eran valoradas como algo positivo y que permitía conciliar la Arqueología con las demandas del contexto social. Aunque el mismo Hodder (1991: 16) reconoció al término de la década "mágica" la necesidad de establecer un límite a la interpretación arqueológica, el postprocesualismo ha degenerado en muchos casos en una interpretación libre irremediablemente subjetiva (se puede ver como muestra de ello la obra individual de M. Shanks, por ejemplo. Johnsen y Olsen (1992) han mostrado la pobreza filosófica de la Arqueología Contextual, especialmente de la obra de I. Hodder, y han atribuido esa degeneración subjetivista a una deficiente comprensión de la Hermenéutica. Esta problemática se traduce en las aportaciones del volumen editado por Hodder et alii (1995), algunas de las cuales muestran esa tendencia, mientras otras la critican o intentan superarla. (12) Por significación histórica entendemos aquí el sentido original de un objeto o acontecimiento histórico; no equivale a su sentido reconstruido, que es el resultado de reinterpretar ese objeto en un contexto nuevo. Evidentemente, el valor de ese objeto depende en parte de su prestigio original, Obviamente, este rasgo es intrínseco al tráfico de antigüedades y, como tal, ha acompañado al origen y desarrollo de la Arqueología. Pero nunca fue tan hegemónico como ahora, pues ya no se trata de que esos objetos sean forma, sino de que como tales reportan una imagen y ésta, en la sociedad mediática, del espectáculo y el simulacro, se convierte en el soporte del auténtico valor económico del objeto, independientemente incluso de su valor como pieza preciosa o escasa. En este contexto, la Arqueología enfrenta ahora la necesidad de entrar en el mercado y, paralelamente, el riesgo de mercantilizarse sin más. No es ajena a los procesos de cosificación que hoy dominan todas las escalas de lo social, que ponen al servicio de la ideología ultraliberal y técnica un mundo del que se hurta el sentido y en el que sólo permanecen los objetos y sus simulacros. La Arqueología, como discipüna que trabaja sobre objetos, se encuentra mejor posicionada que otros saberes para desempeñar una función "adecuada" dentro de ese sistema de poder. Son buen ejemplo de este riesgo tanto el éxito de la Arqueología entre el gran público, como su estado de buena salud que se contrapone a la actual crisis de la Historia [antaño saber legitimador por excelencia y que se correspondía a tiempos en los que la función legitimadora radicaba sobre todo en discursos textuales y literarios (13)] o, viniéndonos a cosas más concretas, ciertos montajes museográficos y políticas expositivas que se pueden observar hoy por doquier, caracterizadas por el privilegio de la forma pura reducida al estado de cosa y por la elisión simultánea de toda referencia al contexto, único umbral sobre el que se crea y se negocia el sentido. antiguo, de los ecos que repite de un determinado contexto histórico, pero esa valoración le es otorgada de un modo que es relativamente autónomo en relación con ese contexto y que puede llegar, de hecho, a contradecirlo en beneficio del sentido nuevo. (13) A estas alturas, dada la gran cantidad de autores y obras que, desde puntos de vista más o menos próximos, han tratado esta temática, no es realmente necesario detallar referencias; sin embargo, por tratarse de un autor español y procedente del campo de la Historia, hay que insistir siempre que Bermejo Barrera (por ejemplo, 1987 y 1994) ha profundizado con agudeza crítica en diferentes obras suyas en la crisis de la Historia. La Arqueología ha sido llamada a representar en la actualidad un papel importante: en una situación histórica que persevera en la ilusión de que nada es más importante que el instante presente, desnudo de pasado e incluso de futuro, la Arqueología, tomando el relevo de la Historia como instrumento de creación de identidad, ha adoptado la función práctica de compensar la pérdida del pasado, de la memoria cultural en el sentido de Nietzsche, creando un pasado artificial de fósiles, una quimera de pasado constituido por objetos mudos que, no pudiendo pronunciar su propio discurso, son convenientemente forzados a decir lo que convenga decir. No es casualidad que la Arqueología, disciplina de objetos, goce de especial buena salud en estos tiempos en los que las cosas han ocupado todo el espacio de las palabras. En este contexto, la Arqueología se beneficia de su buena disposición para convertir los objetos en signos vacíos o, en todo caso, en significados provisionales: una pieza puede significar algo y su contrario porque la pieza, muerto el sujeto que le confirió sentido, no tiene más sentido que el que le confiere el sujeto que la reencuentra una y otra vez. Ante esta situación no es cierto que no exista alternativa. Pero seguirla es privilegio de cada cual. Modestamente, creemos que cinco son los hilos conductores de la alternativa. En primer lugar, la Arqueología se debe resistir a entrar en los cauces actuales de la mera cosificación; debemos reinventar una Arqueología sin objetos, una Arqueología liberada de la atadura a las cosas-piezas, a los fósiles. En segundo lugar, debemos resistirnos ante la hipocresía arqueológica frente a la destrucción: el énfasis conservacionista en Arqueología, además de negar cínicamente la misma condición de existencia de la Arqueología (tanto de la profesional, como de la académica) que se construye sobre la destrucción del yacimiento arqueológico, tiene como racionahdad fundamental consohdar la sacrahdad del objeto: detrás de la pulsión por conservarlo todo (las piezas, se entiende), se esconde la intención de no conservar nada (la naturaleza, la memoria, los valores, las inmaterialidades inefectivas, se sobreentiende). En tercer lugar, en vez de conservar y enriquecer el Patrimonio mientras se destruye la vida social, se debe destruir un poco el Patrimonio para conservar la memoria, del mismo modo que, como ya Nietzsche aducía, se debe olvidar para poder recordar; se debe reivindicar la Arqueología como práctica constructora de conocimiento. Esto en Arqueología quiere decir que en vez de insistir en el dogmatismo de documentarlo todo, porque ese todo no existe, se deben forzar las palabras y el pensamiento para poder reinventar las cosas. En quinto lugar, y para todo ello, la Arqueología debe estar dentro de una Teoría de la Historia o, más en general, de una teoría que ofrezca modelos interpretativos coherentes de la realidad social. Teniendo en cuenta estas observaciones, creemos que el principio que debe orientar la adaptación de la Arqueología y permitir superar muchos de los riesgos actuales, se debe basar en la asunción de que el PA no está integrado únicamente por bienes materiales, sino que éstos son además y ante todo valores intelectuales. En suma, que el PA no es algo que exista independientemente de la acción social, sino que es un conjunto de bienes producidos a través de la destrucción y gestión ordenada del registro arqueológico. Nuevos riesgos, nuevas necesidades: apuntes para una reconversión de la Arqueología Además del riesgo anterior, que a algunos podría parecer demasiado teórico, la Arqueología actual también presenta otros problemas concretos hacia los que nos debemos volver. Así, empezando de hecho por el final, lo primero en lo que tenemos que insistir es en que la Arqueología necesita en nuestro país el amparo de una titulación universitaria específica y, a su vera, realizar una reforma en profundidad del plan de estudios. Mientras en otros países de nuestro entorno existe como título individual desde hace años, en España sigue siendo una mera línea de especialización curricular dentro de las carreras de Historia. De todos modos, antes de obsesionarse con la idea difícil de conseguir una Titulación de Arqueología, procede ensayar otras posibles soluciones de concreción práctica más sencilla. Nos referimos por ejemplo a la plasmación de Titulaciones en Gestión del PH o de Recursos Culturales dentro de los cuales tendría perfectamente cabida una línea de especialización curricular en PA ( 14). La potencialidad de esta solución se basa en apoyarse en otros dominios de desarrollo igualmente pujante que resultan compatibles con la Arqueología. Es necesario reclamar nuevos y decididos apoyos políticos, legales y administrativos para el ejercicio de la práctica arqueológica. En nuestro país la Arqueología se ha desarrollado hasta ahora gracias al amparo de la Administración que, al aplicar sus competencias de tutela y control del PA, ha demandado y fomentado las intervenciones sobre éste. Pero además, en un país como el nuestro en el que muchos segmentos del mercado dependen de la inversión y promoción pública, la Administración ha sido la mayor parte de las veces el promotor directo del trabajo arqueológico. Por lo tanto, en el actual contexto de recorte del déficit e inversión públicos, de predominio de las fuerzas puras del mercado y de supresión del Estado intervencionista, no está nada claro qué puede llegar a pasar con el incipiente mercado arqueológico aún no consolidado. En este dominio como en otros parece claro que, detrás de las demandas por cortar el desarrollo afuncional del sector público y fomentar en cambio la iniciativa privada, se esconde la intención de maximizar los beneficios del capital privado no poniendo coto alguno, en el caso que afecta al Patrimonio Arqueológico, a la especulación del suelo, a la privatización de los bienes realmente rentables y al desarrollo de acciones agresivas sobre el medio. (14) Una solución de este tipo se ha apresurado, bajo la iniciativa de Arturo Ruiz, Vicente Salvatierra y Manuel Molinos, a poner en marcha la Facultad de Humanidades de la Universidad de Jaén, configurando así una experiencia pionera que muestra una alternativa posible para las restantes Facultades del Estado. Itinerarios semejantes tienen las Universidades de Santander y La Rioja, aunque no conocemos su organización (debo la información a M." Cuando las recetas políticas y económicas de la Europa que viene, las demandas neoliberales para reducir el déficit e intervencionismo público y, en definitiva, las transformaciones en marcha del Estado del Bienestar, no permiten estar seguros de cuál vaya a ser el papel de la Administración pública en la gestión del PH, debemos demandar que se mantenga e incremente el amparo legal y político de éste por parte de aquélla. Debemos exigir que, al tiempo que aceptamos un recorte en los presupuestos públicos relacionados con el PH, la Administración responsable de ese Patrimonio fuerce al sector privado a cumplir la legislación vigente y garantice así el mantenimiento de un mercado ágil en el que la iniciativa y financiación privada sustituyan cada vez más a la pública. En esto, como en otros sectores, se debe aplicar el principio de "quien deteriora, paga", en consonancia con la tendencia hacia una nueva fiscalidad que traslada el énfasis de la imposición sobre el trabajo hacia la utilización de recursos y la degradación de bienes escasos. En este proceso se deben cumplir, en concreto, dos condiciones. La primera sería que la Administración sea cada vez más una Administración orientada hacia la gestión de servicios y el mantenimiento de las reglas generales de juego (cumplimiento de la normativa, conservación del Patrimonio y salvaguarda de los criterios de calidad) en vez de a la ejecución directa de esos servicios; de este modo se fomentaría la consolidación y desarrollo de un sector privado ágil. La segunda es que la Administración exija al que deteriora el bien no sólo la financiación de la intervención correctora, sino un programa de financiación que abarque desde la fase de proyecto hasta el trabajo de gabinete y elaboración de Memoria; sólo así se evitará el acopio de información descontextualizada y que se mantenga la ruptura entre intervención y conocimiento arqueológico que ya se había instaurado cuando no teníamos más que una Arqueología académica (15). No podemos estar seguros de que llegue a ser así. La política arqueológica depende, de un modo tan intangible como real, de la política del suelo. Es más, en el mismo sentido en que resulta, por desgracia, impensable que llegue a existir una política arqueológica sustantiva y propia, el desarrollo y configuración de ésta depende enteramente de la política del suelo. Pero en España sigue estando pendiente la transición arquitectónica, entendiendo por ello el desarrollo de una auténtica normativa de ordenación del suelo (rural y urbano) que compatibilice los diferentes intereses (públicos y privados, de respeto a la tradición y de modernización, de preservación del medio y dotación de servicios) que concurren en el uso del espacio social. La falta de esta normativa fue uno de los pilares de la política económica de la pasada década al h^ber fomentado el capitalismo inmobiliario y su posterior emigración al sector financiero y, después, una de las condiciones básicas del juego de intereses clientelistas y corrupciones en el que degeneró la política. Esa actitud no sólo se dio en el nivel de la alta política y el gran capital, sino que penetró capilarmente el conjunto del cuerpo social, hasta el extremo (notable en Galicia) de que los equilibrios políticos de cualquier ayuntamiento se dirimen principalmente en relación con el suelo y con los intereses de los propietarios. La política del suelo constituye un ámbito de especial sensibilidad para todos los sectores sociales. Dada la relación entre est?» y el PH, tanto por ser sus bienes espacios concretos, como por las restricciones que éstos imponen al uso libre del espacio, no parece muy factible suponer que exista una auténtica política arqueológica mientras no se garantice la plena ordenación del medio. Ahora bien, la formación, la profesión y la administración arqueológicas sólo serán de utilidad efectiva si se adapta la base metodológica y teórica de la Arqueología. En este sentido, ésta se encuentra impehda, y (15) Pues, a fin de cuentas, la improductividad o lentitud de los arqueólogos para publicar no empezó precisamente con la Arqueología de Rescate y, a pesar de que es frecuente criticar a ésta por no publicar los datos recuperados, se olvida que este problema empezó antes de que se desarrollase aquélla; algún día habrá que evaluar comparativamente la relación inversión-publicación de las Aqueologías sistemática y "de urgencia". T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es es sólo la resistencia de la disciplina tradicional la que frena la necesaria respuesta en este campo, a ofrecer nuevos esquemas interpretativos, algo que podríamos denominar nuevos patrones de (pre)historicidady que permitan superar de una vez la obsoleta periodización tipológica heredada del siglo pasado que, en la misma medida en que reproduce la voluntad de saber tecnológica y productiva de la primera revolución industrial, ciñe nuestras mentes e inhibe la posibilidad de que una abultada nómina de especialistas dedicados a la investigación arqueológica seamos capaces de producir un mejor número de resultados. No se trata de hacer una Arqueología espectacular, sino de compaginar nuestra práctica con las corrientes de debate e investigación que ocupan actualmente el campo de las ciencias sociales, y cuya discusión resulta especialmente prioritaria en el contexto actual de cambio epistémico y social. Ya no llega ni tan siquiera con hacer Arqueología social o simbólica; tendríamos que desplazar de una vez por todas una terminología periódica que nos ata y encierra, que implica unos paradigmas interpretativos y una forma de proceder determinada. En este sentido, resulta especialmente perentorio desplazar la prioridad cronológica en la investigación arqueológica. Necesita también la Arqueología explorar nuevas temáticas, ampliar su esfera de acción hacia dominios cronológicos y culturales habitualmente ajenos a su competencia. En esencia, la Arqueología es una disciplina que estudia la cultura material realizada por la humanidad observando como estos productos se vinculan a determinados contextos sociales. Aunque el ámbito específico de la Arqueología ha sido el pasado remoto, del que no quedan más huellas que sus materiales, la Arqueología podría también considerar la cultura material de otros momentos y situaciones históricos, incluyendo en ellos nuestro propio presente. Este trabajo debería ser tanto más urgente cuanto, si se considera con detenimiento, no existe ninguna disciplina que de una forma sistemática se dedique a estudiar la vida social de los objetos, pues la Historia del Arte, la Semiótica, la Sociología del Diseño o la misma Arqueología Industrial se centran en segmentos muy específicos de la Cultura Material. Existe la posibilidad de desarrollar toda una Arqueología Histórica, tal y como propone S. Gutiérrez (1995a: 248; ver también Gutiérrez, 1995b) en un trabajo en el que decididamente apuesta por la "asunción del registro material moderno y contemporáneo como fuente histórica, tanto por los historiadores, como por los mismos arqueólogos". Esto ofrece la gran posibilidad de compaginar Historia y Arqueología, con lo que no sólo se podrán aproximar ambas disciplinas, sino que, al disponer de un registro escrito que refleja de forma más directa el patrón de racionalidad de la situación que se estudia, se podrían superar los problemas teóricos inherentes a la interpretación arqueológica y que, como vimos en el apartado anterior, conducen de un modo u otro al peligro de la manipulación del objeto histórico (primero) y a su cosificación (después). Y, a medio plazo, cuando se diluya la hegemonía de la actual prioridad en la gestión y rentabilizacion del PH, será sin duda ese nuevo dominio el que permita todavía que los campos de estudio y aplicación de la Arqueología sigan creciendo. LAS POSIBILIDADES DE LA ARQUEOLOGÍA Si la Arqueología pretende generar una oferta que permita satisfacer el nuevo tipo de demandas prácticas que ahora, la mayor parte de ellas por primera vez, se le plantean, necesita reconvertirse y generar nuevos procedimientos de investigación e intervención sobre el PA. Para ello es necesario adaptar objetivos, metodologías y teorías. La Arqueología como tecnología A menudo se ha defendido la idea de que la Arqueología es en reahdad una técnica, un procedimiento instrumental y auxiliar del saber histórico. Esta noción, que tuvo una cierta vigencia en nuestro país durante algún tiempo, recuperó nuevo vigor con el desarrollo de la Arqueología como actividad liberal. Parecería que el modelo de trabajo arqueológico que mejor se adapta a las necesidades de gestión del PA es el que se representase a aquél como una actividad aséptica y especializada. Pero la Arqueología no es una técnica. Se pueden argüir varias razones para ello. En primer lugar, porque produce conocimiento, y no parece factible dejar en manos de una disciplina articulada como mera técnica la gestión y producción de conocimiento. Además, la Arqueología es una práctica que destruye los objetos con los que trabaja y, por lo tanto, la manipulación de los mismos no se puede dejar al técnico. Añádasele a ello que las condiciones de formación del registro arqueológico implican la operación de una instancia social que es previa al proceso de recuperación de ese registro. La imagen de la Arqueología como vulgar procedimiento es en realidad una quimera que alienta a los profesionales que, por las razones que sean, quieren servirse de ella de un modo utilitarista, y que apoya procesos manipulativos del tipo tratado en 2.1. La Arqueología en cambio es un saber que permite hacer cosas. Estas cosas son cada vez más demandadas por una sociedad que tiene que utilizar el PA. Para hacer esas cosas no sólo se aplica un procedimiento instrumental, sino que su aplicación depende del conocimiento disponible sobre el contexto (arqueológico y social) considerado y, además, genera como valor añadido conocimiento nuevo. En este sentido, la Arqueología es una tecnología. Vaya por delante que el concepto dominante hoy de tecnología es una caricatura de lo que el concepto significa. Por tecnología se entienden construcciones automáticas, fantasías maquinistas de funcionamiento ideal. En un cierto momento se ha confundido lo que la tecnología es como proceso con los resultados de ese proceso, y así se identifican como tecnología los productos, en vez de la producción. Porque tecnología es ante todo una forma de hacer cosas que implica a la vez un objetivo, un modo y un saber. Es, en su sentido más radical, una pro-ducción, un proceso que hace aparecer lo que no existía, que pone delante lo que falta. De este modo constituye la dimensión social de la técnica. Es técnica aplicada en un contexto, procedimiento basado en un conocimiento, efectividad derivada de una idealidad. De hecho, el sentido original de técnica en griego (técne) entronca con el verbo tícto, que significa precisamente pro-ducir (Heidegger, 1994). En esta reorientación tecnológica las disciplinas históricas deberían remedar experiencias y transformaciones que, antes que ellas, sufrieron otras ciencias y disciplinas académicas. Es cierto que, tratándose de Humanidades, creerán muchos que esta reactualización de la Historia no sólo es improcedente sino imposible. Pero habría que recordar que lo que caracteriza a una tecnología no es ser de-ciencias o deletras, sino ser capaz de transformar un saber abstracto en un saber-hacer (Conde, 1994). rio para desenvolverse de forma satisfactoria en su entorno ( 16). Por ello, la tecnología misma persiste como la capacidad para poner en práctica el saber. La Arqueología tecnológica no intenta hacer prevalecer la asepsia del procedimiento, otorgar más importancia a la técnica que a la teoría misma, sino mudar problemas en soluciones, reconvertir a la Arqueología en disciphna suministradora de servicios, orientada hacia objetivos efectivos, basada en programas eficaces, fundada sobre un conocimiento teórico y crítico. La Arqueología tecnológica deberá centrarse sobre todo en el diseño de nuevas metodologías y formas de ver el mundo. Esta reconversión tecnológica implica, en la Arqueología al igual que en otras disciplinas, la necesidad de diferenciar entre una investigación básica y otra aplicada; mientras la primera perseguiría la ampliación del saber arqueológico en abstracto y la producción de innovaciones científicas y debería ser financiada fundamentalmente con cargo a los programas públicos de promoción del conocimiento, la segunda se debe orientar hacia el desarrollo de nuevas metodologías y procedimientos que permitan satisfacer demandas sociales en relación con la gestión de recursos culturales y, como tal, debe ser pagada por las Administraciones autonómicas o locales y por las empresas o instancias que actúan y degradan el PA. La información recuperada en las actuaciones de carácter prioritariamente patrimonial o de rescate, puede retroalimentar ambos tipos de investigación y contribuir al incremento del conocimiento arqueológico. Sobre una base de este estilo se podrían articular programas coherentes e integrales de gestión del PA. Con ellos se garantizaría la satisfacción de las prioridades públicas, se maximizarían las inversiones, se unificarían los esfuerzos de los cuatro ámbitos impUcados en la Arqueología (Administración, empresas. Universidad y museos), y se rentabilizarían todas las dimensiones de la actividad arqueológica. (16) Definición que en este caso concreto tomamos de Lyotard (1984: 43) pero que es también la que constituye la noción foucaltiana de saber (Foucault, 1979). Habría que demandar a las Administraciones competentes la articulación de unos planes racionales de gestión de ese Patrimonio que incluyan la necesaria atención a sus funciones metodológicas y cognitivas y que, sobre esas bases, funden su efectividad. Y habría que requerir a los investigadores para que respondan a estas demandas. Si, creyendo que el país no cuenta con alternativas en este sentido, hiciera falta buscar precedentes exteriores para ver qué hacer o cómo hacerlo, ejemplos como el Uplands Project en Gales o Inglaterra (Darvill, 1986), el Monuments Protection Programme en Inglaterra (Darvill, Gerrard et alii, 1993, Darvill, Saunders et alii, 1993) y su extensión en el proyecto MARS {Monuments At Risk Survey de la Universidad de Bournemouth y English Heritage), o la Megalithic Campaign en Dinamarca (Dehn, e.p.), podrían mostrar la senda a seguir. La gestión del Patrimonio Arqueológico como cadena interpretativa El desarrollo de la Arqueología como tecnología, como disciplina de gestión y manipulación del tipo especial de recursos culturales que constituyen el Patrimonio Arqueológico, se debe basar en la aceptación de ciertos postulados. El registro arqueológico no préexiste a la observación actual que lo recupera; se construye a través de un proceso específico de formación en el que se conjugan múltiples instancias y circunstancias. Del mismo modo, el Patrimonio Arqueológico no es algo que nos venga dado; sino que depende de la consideración que sobre él vuelve un determinado contexto histórico, tal y como muestra el hecho de que hasta los albores de la modernidad no existiese algo así como el PA. Este se genera a partir de valoraciones realizadas a través de prácticas sociales y, como tal, está constituido sobre todo por valores intelectuales adscritos convencionalmente a elementos físicos que existen fuera de la sociedad, pero que no-son nada sin ella, ya que fueron el producto de otra sociedad distinta que, una vez extinta, no puede dar cuenta de ellos. La Arqueología, como intervención que intenta restablecer el sentido original de esos objetos en un universo actual, tendrá que ser siempre una empresa intelectual, cognitiva, y la gestión de los recursos arqueológicos una práctica interpretativa realizada desde códigos concretos y en niveles diferentes. La Arqueología, sea Pública, Comercial, Académica o Divulgativa, se tiene que basar siempre en un modelo coherente de registro arqueológico. Su formación y, en concreto, la formación del PA (que es una parte privilegiada de aquél), depende de prácticas sociales actuales, determinadas por circunstancias contextúales concretas, y que constituyen un tipo de trabajo especial que, en realidad, adopta siempre el modo de una interpretación o valoración. En un trabajo anterior (Criado, 1993) propusimos utilizar un modelo de registro arqueológico que entiende a éste como el registro de las formas producidas por la acción social pretérita y que muestran la orientación específica del contexto socio cultural (o pensamiento) hacia la realidad circundante (o mundo). Esto supone reconocer que en la formación de este registro intervienen tres tipos de instancias: una social y pretérita, que produce un conjunto específico de elementos formales originales; otra post-deposicional, que afecta a esos elementos a través de procesos físicos o ambientales; y otra social y actual, que los hace accesibles a través de un determinado contexto socio institucional en el que se realiza la práctica arqueológica. Este planteamiento posee implicaciones tanto para el conocimiento arqueológico, como para las restantes dimensiones o ámbitos de la práctica arqueológica. En efecto, al plantear que el registro arqueológico posee una historia actual se acepta que aquél depende de un proceso valorativo que recoge los elementos arqueológicos como materia prima y los reintroduce en un contexto de uso actual dentro del cual adoptan valores nuevos (17). Ahora bien, la evaluación, que es un tipo especial de práctica teórica, no se puede confundir sin más con la mera opinión: se diferencia de ella en que es un estudio racional de supuestos alternativos basado en el diagnóstico de toda la información disponible (18). La re-construcción arqueológica surge como el resultado de la aplicación y adición de prácticas valorativas sucesivas. Estas constituyen una cadena interpretativa en la que unas valoraciones descansan sobre otras previas y en la que se pueden establecer diferentes niveles o tipos de valoración. Este proceso, aunque complejo, es factible de ser ordenado y regulado estableciendo niveles diferentes de prácticas arqueológicas en función de las características del proceso de valoración inmerso en cada una de ellas. Dado que en un trabajo reciente (Criado, e.p.) expusimos con detenimiento este modelo, simplificaremos la argumentación en beneficio de la brevedad (véase elresumengráfico adjunto). En primer lugar, se sitúa la valoración arqueológica estricto sensu (19) que se puede definir como la práctica interpretativa que intenta descubrir o estimar el valor original de un elemento del registro arqueológico. Esta práctica genera una representación o modelo descriptivo-interpretativo de las entidades arqueológicas que puede ser: material (es decir, bien o elemento arqueológico) o inmaterial (o sea, valor intelectual o conceptual). Es obvio que el primero implica siempre la existencia del segundo; pero la relación no es directa ya que un elemento puede connotar más de un valor intelectual. (17) Nuestra posición intenta seguir las propuestas de una epistemología realista (Gibbon, 1989; Lakoff, 1987) y de una teoría del significado que entiende que éste se crea lingüísticamente en el seno de "juegos de lenguaje" (véase Lyotard, 1984). Es importante destacar esta diferencia porque, como conviene a veces recordar, la postmodernidad ha causado estragos: hemos llegado a una situación extrema en la que todo sujeto lingüístico expresa, por el mero hecho de hablar, opiniones, incluso cuando balbucea y éstas, además, son postuladas por unos y aceptadas por otros como verdades canónicas. Pero estos excesos derivan de haber olvidado las más elementales reglas a las que están sometidos las prácticas discursivas y los "juegos de lenguaje". (19) En castellano "valorar" y "evaluar" son sinónimos; si utilizamos el término "valoración" en vez de "evaluación" para referirnos a esta fase es porque, dentro del lenguaje tecnocrático vigente en la gestión de recursos y del medio, el segundo ha pasado a denotar el acto de revisar problemas para hacer diagnósticos con finalidad práctica; éste es el uso dentro del cual aparece el término en la expresión evaluación de impacto ambiental (véase su definición en Gómez Orea, 1988). La validez de los modelos así producidos es siempre provisional y está en función de los ámbitos que, por así decirlo, constituyen de hecho el horizonte de vahdación de la valoración arqueológica en cuestión. Precisamente, por ello, ese modelo no tiene auténtica capacidad explicativa; pero tampoco puede depender exclusivamente de la subjetividad que lo enuncia), sino que debe poseer un nítido carácter inter-subjetivo. En segundo lugar, se sitúa la valoración patrimonial y a la que llamaremos evaluación, entendiendo por ella la práctica interpretativa que intenta señalar o calcular el valor actual de un elemento del registro arqueológico desde el punto de vista Patrimonial. Esta práctica genera un modelo de gestión, protección y/o revalorización de esa entidad o grupo de entidades. Como tal, el principal resultado de la misma es la constitución del PA a partir del registro arqueológico. La tercera fase de la valoración está constituida por la reyalorización, que es una práctica interpretativa que convierte al PA en bienes (cosas, productos) factibles de entrar y funcionar dentro de los mecanismos del mercado, genera una alternativa que posibilita la rentabihzación socio-cultural de ese conjunto, y supone por lo tanto una ampliación de su sentido y valor previo (20). Se pueden diferenciar dos tipos diferentes de prácticas de revalorización: rentabilización sería la forma de revalorizar un elemento arqueológico a través de una acción intangible, dotando meramente a ese elemento de un argumento; rehabilitación en cambio sería la acción física sobre él. Mientras la primera puede funcionar de forma autónoma, debería ser regla básica en los procesos de revalorización aceptar que la segunda siempre debe acompañar a lo primero. Existe todavía un nivel ulterior en los procesos de revalorización que nos conduce, de hecho, a otro tipo distinto de práctica: la mercantilización, o plena introducción de los bienes arqueológicos en el mercado. Para ello habría que añadir (otorgar o suponer) a las (20) Esta última precisión se la debemos a nuestra compañera Matilde González Méndez. entidades arqueológicas un valor económico. Sería además la revalorización de un bien (un monumento) o valor (un catálogo) del PA contrastada ante el mercado. Creemos que el conceptualizar la práctica arqueológica como un proceso de encadenamiento de valoraciones posee varias ventajas: 1) permite seleccionar los bienes que integran el PA y establecer niveles de gradación y prioridad entre ellos; 2) ofrece un modelo coherente e integral de gestión del PA, desde la fase de búsqueda y localización hasta, llegado el caso, su introducción en el mercado como bien económico; 3) ese modelo es lo suficientemente amplio y plural como para permitir que dentro de él quepan todos los dominios que hoy constituyen la Arqueología; y 4) posee una organización y equilibrio internos tal que permiten derivar de ellos un conjunto de normas que orientan como principios de acción práctica el ejercicio, coordinación e intercambio entre todos esos dominios. Entre todas esas normas hay tres básicas. La primera es que la totahdad del trabajo arqueológico moviliza dimensiones interpretativas y cognitivas. La segunda es que cada nivel de valoración posee su propio horizonte de validación que justifica y fundamenta su aplicación. La tercera es que, si bien es legítimo un amplio elenco de intervenciones sobre el PA, su legitimidad procede, además del citado horizonte de validación, de su coherencia con las valoraciones previas. La función de las Universidades No queremos acabar estas notas sin apuntar la función que, desde nuestro punto de vista, debería competir a los Organismos Públicos de Investigación (OPIs), fundamentalmente las Universidades, en este contexto. Pues, aunque sean sobre todo los profesionales que trabajan en la Arqueología desde las Administraciones públicas o desde empresas privadas los que en mayor medida afrontan los retos de actualización urgente de nuestra disciplina, la superación de la mera proyección académica de la Arqueología, su adaptación como disciplina adecuada a la gestión del Patrimonio Histórico y Arqueológico, y la misma vertebración del mercado de trabajo emergente, hacen necesario adoptar, también en la Arqueología, las aptitudes que, como arguye el Libro Blanco sobre el Empleo de la Unión Europea (21), requieren las transformaciones en marcha en el mercado de trabajo y en el conjunto social: "Aptitud para aprender, para comunicar, para trabajar en grupo, para evaluar la propia situación.... Los oficios de mañana exigirán aptitud para formular diagnósticos y hacer propuestas de mejora en todos los niveles, exigirán autonomía, independencia de espíritu y capacidad de análisis basadas en el saber" (p. Capacidad, en definitiva, para gestionar información y conocimiento y aplicar éste a la resolución de problemas o situaciones concretas. Los nuevos servicios relacionados con el Patrimonio Arqueológico e Histórico, que pertenecen a ese grupo de oficios de mañana pero que ya están presentes, requieren formar un nuevo tipo de especialistas, abrir o consolidar nuevos mercados de trabajo y, simultáneamente, producir los instrumentos metodológicos y prácticos necesarios para operar en ellos. En todo ello tiene una función que ejercer la Universidad. Evidentemente, no es necesario que esos desafíos se solucionen desde ella, y en realidad es muy posible que se solventen a expensas y sin contar con ella. Pocos indicios apuntan a que la Universidad española consiga recuperar algún día la conjunción con la sociedad y que se haga cierto el postulado del Libro Blanco según el cual "la cooperación entre las Universidades y el mundo económico constituye una vía fundamental de transmisión de los conocimientos, un vector de innovación y un factor de crecimiento de la productividad en los sectores en desarrollo, potenciales creadores de empleo" (pp. 207-8, Parte B, cap. 7.4). (21) Nos referimos lógicamente al volumen Crecimiento, competitividad, empleo. Retos y pistas para entrar en el siglo XXL Libro Blanco, preparado por la Comisión de las Comunidades Europeas y editado en Luxemburgo en 1993. La edición que utilizamos aquí es la reproducida y distribuida por la Fundación Galicia-Europa (Santiago, 1994, 262 pp.). Para facilitar la identificación de las citas, se indicará, además del número de páginas, la referencia completa de la parte y capítulo a los que pertenece. El cierre en falso de la reforma de los planes de estudio y la ausencia de una auténtica autonomía universitaria, que penetrase a ésta capilarmente y la dispusiera para poder competir y adaptarse con celeridad a las circunstancias cambiantes del entorno, en vez de limitarse a la falsa autonomía de administrar el presupuesto de personal y predeterminar los tribunales de plazas, no nos hacen suponer que en un futuro próximo se pueda concebir mayor optimismo en la capacidad de la Universidad para superarse a sí misma y, a continuación, superar los nuevos problemas emergentes en la sociedad. Sin embargo, si los arqueólogos que trabajamos en la Universidad fuésemos capaces de responder a este contexto, ese esfuerzo se podría combinar con el ejercido por otras instancias para que todo redundase en beneficio de nuestra disciplina, en abstracto, y de los individuos que trabajan en ella, en concreto. Lo primero que la Universidad puede y debe ofrecer en este contexto es una contribución decidida para mantener unida las prioridades de investigación con las de gestión del Patrimonio Arqueológico y superar así la nociva dicotomía que aquí hemos criticado. En ese sentido, puede formular programas de investigación que armonicen ambas prioridades y que equilibren las demandas de una investigación de carácter apHcado con el mantenimiento de una investigación básica en la que esa otra se pudiese fundar. En segundo lugar, puede actualizar los programas de estudio para formar a un nuevo tipo de especialistas, reorientando tanto la docencia de post-grado como la de grado y tendiendo a la institucionalización de estudios especializados, sino en Arqueología pura, al menos en Recursos Culturales y en los procedimientos de gestión de los mismos. Estos objetivos, aun siendo positivos y complejos, son tópicos. Habitualmente, es lo que se espera de la Universidad. Pero ésta todavía puede ir más allá. A la Universidad debería competir liderar en parte la reorganización del propio mercado de trabajo. Desde las Universidades y organismos públicos de investigación se podría, utilizando sus recursos económicos, técnicos y humanos, cohesionar grupos de tra-T. P., 53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es bajo que pudiesen acometer los esfuerzos técnicos y de investigación que la galaxia atomizada de pequeñas empresas y arqueólogos autoempleados no puede asumir. No se trata sólo de poner a punto procedimientos técnico-metodológicos que requieren cuantiosos esfuerzos. La Arqueología es, cada vez más, una actividad tecnificada, cara, y que requiere equipos costosos; es inviable suponer, por ejemplo, que la red de empresas de Arqueología actualmente existentes pueda dotarse de costosas infraestructuras de trabajo. Sobre todo, teniendo en cuenta la escasa cuantía de los presupuestos que se mueven en la actividad arqueológica y el hecho de que la mayor parte de éstos está comprometidos en personal. En cambio, la Universidad puede poner a punto técnicas, equipos y laboratorios que, a precio económico, apenas cubriendo más que los gastos, se pueden ofertar a una red de pequeñas empresas que, de este modo, dispon-drían de mejores garantías de supervivencia al aliviar parte de los gastos de inversión y asegurarse, de todas formas, la posibilidad de acceder a procedimientos sofisticados. La Universidad podría así constituir unidades arqueológicas, que emanando de una entidad pública y con firme voluntad pública, funcionasen en cambio como grupos auto-financiados y pudieran jugar una función importante en un mercado dinámico. Es cierto que esta función de las Universidades puede levantar muchos recelos, tanto dentro de los propios profesionales de la Universidad como entre los de fuera. Los de dentro alegarán sin duda que de este modo la Universidad se convierte en un consulting privado y pierde su propia y elevada naturaleza. Los de fuera argüirán que se pretende hacer competencia desleal al sector privado, cuya supervivencia ya atraviesa por ingentes peligros como para añadírsele un competidor más. Sin embargo, este tipo de funcionamiento, aunque inédito en la Arqueología, ya ha sido adoptado por la Universidad española en otros ámbitos del saber y por la extranjera dentro de la propia Arqueología (22). Sólo el tiempo y las prácticas concretas podrán aliviar esas tensiones y mostrar que hay de cierto en una u otra opinión. Lo más probable es que, como en todo, algunas experiencias salgan bien y otras sean manifiestamente nocivas. Entre éstas, nosotros no dudaríamos en situar todas aquellas iniciativas que, prostituyendo el sentido último de la imbricación del saber universitario en este contexto, se planteen como meras empresas comerciales y operaciones privadas hechas desde el aparato púbhco. De un modo que intenta ser coherente con una reorganización de las prácticas arqueológicas ajustada a la propuesta de cadena valorativa, así como con el proyecto enunciado de reconversión de la Arqueología en Tecnología, hemos planteado un programa de investigación que intenta ofrecer un marco posible para gestionar el registro y recursos arqueológicos. Este programa lo hemos basado en la Arqueología del Paisaje (23). Evidentemente, no es la única alternativa posible, ni pretende ser mejor que otras. Es sólo la que a nosotros se nos ocurre y que, desde nuestro punto de vista, presenta varias ventajas prácticas. En la actualidad, se tiende a ampliar el concepto de Patrimonio para comprender desde un elemento histórico concreto hasta el conjunto del paisaje como entorno construido y huella de la humanidad (24). ( 22) En el Reino Unido, por ejemplo, son las llamadas Archaeological Units, que en unos casos son empresas priva-das, en otros servicios autofinanciados de instituciones públicas (Museos, Cámaras Municipales...), y en otros son una especie de unidad de intervención de los Departamentos universitarios de Arqueología (véase Lawson, 1994o Jones, 1984: 26-30). (23) Se pueden ver al respecto varias comunicaciones aparecidas en las Actas del Congreso Nacional de Arqueología celebrado en Vigo en 1993. (24) Así se pronunció la convención Heritages for Europe convocada por el Consejo de Europa en septiembre de 1994. Ver también el volumen Macinnes y Wickham-Jones (1992), especialmente los artículos que consideran la interrelación entre PH y Patrimonio Natural desde el punto de vista de la administración común de ambos (por ejemplo, Kristiansen, 1992) y de las fórmulas de trabajo que posibilitan tratar el paisaje como una integridad que unifica PA, PH y PN (es interesante la propuesta de Lambrick, 1992). Independientemente de este ejemplo, queremos creer que la definición y aplicación de programas integrales de éste u otro tipo debería ser el instrumento básico de gestión del PA. Resumiendo el análisis que hemos desarrollado en este trabajo, podemos apuntar varios principios orientadores para la puesta en práctica de estos programas. Su diseño general debe partir de la necesidad de solventar el imperativo de orden patrimonial, atender después a la satisfacción de demandas sociales concretas, y unificar por último la perspectiva patrimonial y la de investigación concillando posiciones que interesadamente tienden a plantearse como antagónicas. Ahora bien, un programa no es una declaración de objetivos, ni la mera intención de hacer algo y ni tan siquiera una programación entendida como enumeración de trabajos a realizar. Esta acepción del término "programa" deriva del mal uso del mismo por parte de las instituciones de investigación o la Administración. En las primeras tiende a ser un disfraz para integrar aspiraciones individuales, a menudo contrapuestas entre sí, en un simulacro de plan unitario, y en las segundas una máscara para consolidar el vigor e inevitabilidad de una determinada línea de actuación. Dejando a un lado esta corrupción interesada del término, los programas de gestión que aquí se propugnan deben poseer las características y dimensiones necesarias para responder a las siguientes/wnc/on^^; 1. Unos objetivos prácticos bien definidos y realistas. Una definición de su alcance en términos de: rentabilización social, producción de conocimiento y satisfacción de demandas patrimoniales. Una base teórico-metodológica explícita. Un modelo de flujo y organización del trabajo, así como hipótesis orientadoras del mismo. Una definición de los recursos humanos y técnicos disponibles y un plan de adaptación y formación de los mismos. Un plan de intervención. Un plan de integración de resultados y de formalización de éstos como productos factibles de ser rentabilizados de un modo u otro. Un plan de diseminación de resultados, que integre pero vaya más allá de la publica-ción pues ésta es sólo una de las estrategias posibles de divulgación. Dentro de estos programas correspondería a cada uno de los ámbitos de la práctica arqueológica una determinada función. La administración del Patrimonio debería adaptarse a las condiciones que establece la transición hacia la sociedad de la información y postindustrial: Respondiendo ante todo a la demanda creciente de crear industrias culturales y del ocio. Sustituyendo la burocracia moderna tradicional centrada en la administración de individuos y recursos, por una burocracia orientada hacia la gestión de servicios. Basando la legitimidad de su acción en el diálogo y el consenso, como requiere una sociedad plural y descentrada en la que la realidad cotidiana la constituyen "juegos de lenguaje". Enfocando ese consenso hacia funciones de coordinación y organización de programas de trabajo como los que aquí se proponen. A las Universidades y OPIs les competería colaborar en las siguientes funciones: Abrir campo de trabajo y experimentar nuevas líneas de acción. Adaptar la Arqueología y desarrollar las metodologías necesarias para intervenir en esos campos (tarea de investigación aplicada). Garantizar la compatibilidad entre gestión del PA y conocimiento (tarea propia de la investigación básica). Ofrecer servicios especializados al sector público (Administración), al privado (compañías industriales y constructoras, fundamentalmente) y al profesional (empresas de Arqueología), apoyando así el desarrollo de la Arqueología en todos esos ámbitos. El mercado de trabajo, por su parte, debería reorganizarse de modo que: O bien se fomente la concentración de Empresas y la superación del excesivo desmigaj amiento de la Arqueología Profesional centrada en trabajadores autónomos y autoempleados (25). (25) Téngase en cuenta que, en Europa, la referencia de lo que es una Empresa de Arqueología lo aporta el MoLAS (servicio de Arqueología del Museo de Londres, institución pública autofinanciada, con una plantilla fija de 160 arqueólogos y hasta 250 incluyendo los temporales) o Arkeologikonsult (empresa privada sueca que cuenta también 200 con profesionales). T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 2. O bien se fuerce la coordinación de todas esas instancias minúsculas en el seno de proyectos más amplios. En todo caso, es preciso superar un modelo liberal de Arqueología Profesional que, intentando estimular la formación de Empresas, ha propiciado la fragmentación del mercado y de la fuerza de trabajo en grupos celulares que, a la postre, resultan más fáciles de controlar (26). La divulgación debería ser concebida como la primera y principal forma de rentabilización; es necesario: Garantizar la difusión de los resultados asumiendo no sólo que el trabajo arqueológico no publicado es patrimonio perdido (como avanzaba la Arqueología tradicional), sino que esos resultados (informes, memorias y sistemas de archivo) son en sí mismos registro arqueológico. Aceptar que el incumplimiento de la obligación de escribir-pubhcar memorias es debido a la indefinición del carácter y alcance de la memoria, y a la falta de criterios estables de actuación profesional y de tratamiento de la información. Que las estrategias de diseminación de resultados aprovechen las potencias de las nuevas tecnologías de la información y construyan (26) Con todo nuestro respeto a lo que siempre son "iniciativas desde el filo", ejemplifica esta opción y sus problemas el llamado "modelo Madrid" (véase el dosier sobre Arqueología de Gestión publicado en el Boletín del CDL en Filosofía y Letras de Madrid, n.° 55, mayo de 1994). El efecto de este modelo se deja sentir en sus resultados: la Reunión de Arqueología Madrileña (celebrada en enero de 1996 y que fue prepublicada en un elaborado dossier gracias a la esforzada iniciativa del.Comité Organizador) muestra el despropósito que supone actuar en una misma ciudad a través de intervenciones puntuales y mediante instancias (empresas) autónomas: se pierde la posibilidad de recuperar la información en un proceso unitario de producción de conocimiento arqueológico que, al tiempo permitiría rentabilizar socialmente ese esfuerzo, retroalimentaría el propio trabajo de protección. Este es un problema común a la mayor parte de la Arqueología Urbana en nuestro país. Este modelo se puede comparar con el que representa el MoLAS, que además de garantizar la realización de un problema unitario de recuperación y estudio del Patrimonio Arqueológico de Londres, genera recursos económicos suficientes para mantener una gran empresa y produce valores intelectuales que, adecuadamente expuestos en el Museum of London, revierten en el público en forma de consumo cultural. formas de tratamiento y archivo de esta, que simplifiquen y abaraten el trabajo de elaboración. Permanecen con nosotros varias dudas. Pero el peligro no debe cercenar la posibihdad, pues en Arqueología, como en otros campos, también se apHca el enunciado aquel que exige "reconciliar Cultura y Economía, obra y público, estructuras artesanales e imperativo industrial", que, aunque haya sido extraído del Libro Verde sobre el sector Audiovisual de la Unión Europea, marca muy claramente los desafíos a los que, como arqueólogos y ciudadanos, nos enfrentamos en este apurado final de milenio.
El artículo da cuenta de ciertos aspectos de la actividad científica en Prehistoria y Arqueología a través del análisis de citas desde revistas españolas entre otros factores. Plantea las dificultades derivadas del incumplimiento sistemático de la periodicidad y la notable falta de normalización en la recogida de referencias bibliográficas por parte de las revistas, lo que dificulta la participación de las publicaciones españolas en los circuitos internacionales de citas y contribuye al ostracismo de la producción científica española. Se ofrecen datos sobre coautoría, temática y lengua. Se analiza la importancia del territorio advirtiendo que entre las re- En la actualidad prácticamente todas las áreas científicas utilizan con éxito los estudios cuantitativos como método para progresar en el conocimiento. Durante los últimos años, la "sociología de la ciencia" ha supuesto una seria revisión de los mismos y la bibliometría (a veces llamada cienciometría) se ha configurado como "aquella disciplina que analiza estadísticamente una determinada literatura científica, su evolución histórica, sus campos y desarrollos temáticos, así como sus autores y usos en el ámbito científico propio o próximo" (Ferreiro, 1993: 18). Conceptos como cita, vida media, indicadores de caUdad, factor de impacto, coautoría, redes de colaboración, difusión del conocimiento, etc., se han incorporado ya como indicadores del desarrollo de una materia. En bibliometría los parámetros más generalmente admitidos por su objetividad se derivan del análisis de las citas bibhográficas en revistas. Sus resultados se consideran indicativos de la caHdad de estas últimas y se utilizan para que los científicos puedan planificar su investigación y sus pubücaciones de forma más racional al conocer la opinión de sus colegas al respecto. Además, los editores y responsables de subvenciones pueden mejorar y mantener la caHdad de sus publicaciones más efectivamente al saber cómo son evaluadas y las bibliotecas pueden obtener datos objetivos para el sostenimiento de las publicaciones nucleares. Muy extendidos en los campos de las ciencias puras y tecnológicas, los análisis bibliométricos están ampliándose ahora a las Humanidades y Ciencias Sociales (Abt, 1992; Finkenstaedt, 1990). La relevancia de los "rankings" de citas ha sido cuestionada por varios autores, pero al menos se puede coincidir con Singleton (1976: 258-259) en que "las citas aportan una medida cuantitativa de 'algo', y que el debate que debe mantenerse justamente, es el de averiguar qué es ese 'algo'". En ese sentido, extraer consecuencias de la comparación de los datos obtenidos en Humanidades y en ciencias puras puede deslizar errores conceptuales en los análisis de carácter fi-naUsta, errores ajenos al tratamiento científico de la documentación. Para vigilarlos, son importantes y deben fomentarse los estudios de citas aplicados a áreas concretas del saber mediante la descripción de modelos, perfiles o pautas de pubhcación de su literatura, en un momento dado o a través del tiempo. En esta tarea es recomendable la conjunción de equipos de documentalistas y especialistas en la materia que se trate. Este artículo se propone dar cuenta de ciertos aspectos de la actividad científica española en Prehistoria y Arqueología a través de una investigación sobre el conocimiento y uso que de las publicaciones tienen los autores a partir de las citas y de los artículos de una muestra de revistas españolas (Rodríguez et alii, e.p.). La oportunidad de un estudio de esas características viene dada por el escaso desarrollo en aquellas disciplinas de la bibliometría, que se ha demostrado tan relevante en otras áreas de conocimiento. Además, quiere ser una llamada a la reflexión sobre el perjuicio que, para la investigación arqueológica española, supone que el grado de cobertura de sus revistas en las bases y repertorios internacionales sea mínimo cuando no inexistente. Los estudios sobre el T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es impacto de la investigación española en Historia Antigua apuntan en este mismo sentido (Remesaleífl///, 1991). La validez del análisis bibliométrico depende de la significación, tanto del tipo de documento seleccionado, en este caso los artículos, como de la definición de la muestra. En cuanto a la consideración del artículo como representativo de la investigación en un área, baste decir que la publicación periódica es actualmente el vehículo más utilizado en la difusión del conocimiento científico. La muestra que hemos seleccionado viene avalada por la opinión de los expertos. La muestra es la clave de la calidad de los trabajos estadísticos. Para determinarla, enviamos a los comités de redacción de las 73 revistas españolas con las que Trabajos de Prehistoria tiene intercambio una relación donde figuraban todas ellas solicitando que marcaran y/o, en su caso, añadieran las que consideraran más relevantes. Las condiciones fijadas para la selección eran que la representatividad territorial e institucional quedara garantizada y que tuvieran al menos diez años de antigüedad. Se comenzó la toma de datos por los diez últimos años de diversas revistas (Cuadro 1). Los resultados del análisis pusieron de manifiesto que los cinco últimos años garantizaban la representatividad de la muestra. La falta de correspondencia entre años y números vaciados fue la principal dificultad que hubo que afrontar. Por otra parte, la serie Excavaciones Arqueológicas en España, muy valorada por los investigadores (Anexo) y cuyos datos aparecen en el cuadro 1, fue excluida de algunos apartados del estudio general por su carácter monográfico. El trabajo se centró en el análisis y recogida de las citas incluidas en los artículos de los cinco últimos números publicados de 16 revistas tomando como tope retrospectivo el año 1979. Se establecieron dos bloques de documentos citados por su lugar de publicación: España y otros países. El estudio partió de las citas hechas a publicaciones españolas desde 1.745 artículos. Hay citas a 837 revistas distintas, de las que 324 únicamente reciben una cita y 68 aparecen debido a autocitas de autor. En las revistas de la muestra la proporción de citas españolas -todas las del Estado-sobre extranjeras es aproximadamente del 61,37%. En el anexo están las 107 revistas y series monográficas que han recibido al menos 30 citas en la muestra. Sobre esta lista hay que advertir: 1) que es un "ranking" de citas absolutas, es decir, pueden estar penalizadas las revistas más jóvenes; y 2) que incluye publicaciones seriadas por su relevancia en la investigación reciente. Se recogieron citas a siete tipos de documentos: «Revistas y Series monográficas»: los congresos publicados en revistas, los anejos y los números con un solo documento se consideran revistas. El empleo del mismo tratamiento tipográfico para éstas y las Series ha imposibihtado en muchos casos su diferenciación. Por otro lado, las segundas también se citan por el título de la monografía, por ejemplo Scripta Praehistorica. Francisco Jordá Oblata es Acta Salmanticensia, 156. «Monografías»: incluyen todas las citas que sólo tienen título y año, los catálogos, las mis-celáneas y los homenajes, excepto que se hayan organizado como congresos. «Congresos»: las publicaciones de actas de reuniones científicas salvo cuando aparecen en revistas, si bien no siempre se facilita esa información. «Tesis» y «Memorias de Licenciatura»: sólo inéditas. Las publicadas se citan por el tipo de documento correspondiente. «Informes»: inéditos depositados en la Administración e informes técnicos manejados por los autores. «Otros»: guías, memorias de actividades, adquisiciones, diccionarios, enciclopedias, discursos, conferencias, programas de fiestas, folletos, y publicaciones escolares inéditas o no. La casuística anterior ya insinúa los graves problemas en la realización de una base de datos con las varias decenas de miles de documentos exigibles para un análisis bibliométrico concluyente. Algunos obstáculos se deben al hábito y la forma de citar de los investigadores, a la precariedad de medios materiales y humanos de los editores de publicaciones periódicas, en su mayoría instituciones, y a la desidia de los responsables científicos de su edición. Todo esto se manifiesta, respecto a los primeros, en la aparición de citas incompletas y erróneas que sugieren la falta de un conocimiento directo de la fuente. La cita bibliográfica combina diversas formas de llamada en el texto (año y autor; op. cit., ibidem, nota al pie) con diversas localizaciones en el mismo. La heterogeneidad de la referencia introduce errores en la cuantiíiuación. La falta de normalización en periodicidad, estructura y aspectos formales en revistas y series expresa la poca importancia que, en último término, les prestan sus instituciones editoras. Pareciera que la escasa dotación de medios materiales se correlacionara con una falta de atención a la profesionalidad de las publicaciones que repercute, también, en los comités de redacción. Por otro lado, la ya comentada ausencia de las mismas en bases de datos internacionales se explica también por la práctica exclusividad de editores institucionales, con menor sensibilización hacia la explotación comercial que los privados que sí fomentan el desarrollo de una política de difusión de sus publicaciones hacia cauces más amplios (Sánchez Nistal, 1995: 563). Para la recogida de datos se realizó una aplicación en dBase IV (1) que supuso el diseño de tres bases de datos relacionadas entre sí, de forma que la utilización del sistema por parte del usuario era única. Una primera base fuente recogía los datos catalográficos de los artículos vaciados: título de la revista, volumen, niimero, año, primera y última página, autor y número de colaboradores. Una segunda base de revistas registraba el título de cualquier publicación periódica citada en los artículos fuente, guardándolo en memoria de manera que si volvía a necesitarse bastaba su identificación en esta base para incorporarlo a la cita. Este sistema permitía cotejar los títulos de las revistas citadas que aparecen de muy distintas formas en los artículos fuente y recogerlos de forma unívoca. La base de revistas citadas se concibió para poder consultar rápidamente las aparecidas e incorporar en el momento las nuevas de forma normalizada. Por fin, una tercera base de datos, la más compleja, permitía recoger individualmente cada una de las citas españolas de los artículos vaciados. Para ello el sistema preguntaba primero por el tipo de documento citado. En todos los casos, introducía el año citado y si era una autocita de autor. Cuando era una cita a revista española, se registraba su título homologado a través de la segunda base de datos y el programa contabilizaba automáticamente las autocitas de la propia revista. El programa incorporaba una serie de validaciones y pedía confirmación de algunos datos para evitar errores. Para todos los datos recogidos (Cuadro 1) se utilizó dBase IV en el cálculo de las clasificaciones jerarquizadas, listados de trabajo, conteos, etc., de manera global e individualizada por revistas y años vaciados. Se utilizaron tres equipos informáticos independientes: al principio, máquinas i386 y posteriormente un i486 y dos i386. Obviamente, cuando la base de revistas citadas fue adqui-riendo un volumen considerable, el equipo utilizado era determinante en cuanto a la rapidez de respuesta del sistema. Los tres equipos trabajaron de forma autónoma reuniéndose periódicamente para unificar la recogida de los datos. Para el proceso final se utilizó un Pentium 90. TIPOS DE DOCUMENTOS Y DIFUSIÓN DE LA INVESTIGACIÓN Las citas a publicaciones extranjeras Las citas a publicaciones extranjeras son el 38,62%. Su proporción respecto a las españolas (2) así como la conexión entre tipo de documento e idioma se aborda a partir del último volumen de las revistas de la muestra (Cuadro 2). Las 3.684 referencias extranjeras Idiomas por tipo de documento en el último volumen de las revistas de la muestra. Ar: Revistas y Series monográficas. ML: Memorias de licenciatura. El epígrafe "Español" corresponde a los documentos en este idioma publicados fuera de España. de esta base de datos son suficientes para iniciar una aproximación global a la permeabilidad de la investigación arqueológica y precisar el ámbito territorial de las publicaciones (apartado 5). En cuanto al estudio por revistas, sólo el caso de Empúries merece tratarse con cautela ya que representa la producción de cuatro años. (1) La aplicación fue diseñada por Gregorio de Vicente (CINDOC). La recogida de datos la llevaron a cabo los autores del artículo y Juan Carlos García Santos. (2) Madrider Mitteilungen y Mélanges de la Casa de Velazquez se han incluido en el estudio de citas españolas. Totales por idiomas y tipo de documento en el último volumen de las revistas de la muestra (cft. El 70% de las citas son a obras en francés e inglés cuya temática abarca desde la Prehistoria hasta la Historia Moderna. Las siguientes lenguas más citadas son el alemán y el italiano que podemos vincular con la arqueología clásica y medieval (Salvatierra, 1990: 39-40). También hay que tener en cuenta el influjo de instituciones extranjeras como la Casa de Velazquez (Gran-Aymerich y Gran-Aymerich, 1991) y el Instituto Arqueológico Alemán tanto en relación con esos estudios como con la investigación prehistórica (Grünhagen, 1979; Schubart, 1995). En conjunto itaUano, alemán y portugués no superan el 25%. Las referencias a publicaciones en español editadas fuera de España rondan el 5%, mientras otras lenguas no llegan al 1% y sólo están presentes en siete revistas. El 90% de los documentos son monografías y artículos, siendo las primeras más citadas que los segundos excepto en la lengua francesa. La comparación con los documentos españoles análogos es improcedente debido a las diferencias en la muestra (apartado 3.2). El estudio por revistas de las citas extranjeras muestra que la mayoría ronda la media (38,62%) (Cuadro 3). Por encima y por debajo aparecen revistas con valores muy similares pero de muy diferente ámbito territorial: de carácter general como Trabajos de Prehistoria (45,7%) y Zephyrus (26,6%), y regional como Cypsela (43%) y Estudios de Arqueología Alavesa (16,6%). Los valores extremos están representados por esta última y Caesaraugusta (64,7%) y, a juzgar por la media ponderada (38,49%), son irrelevantes en la configuración de la muestra. La interpretación de la citas debe tener en cuenta, primero, los artículos referidos a materiales o yacimientos arqueológicos extranjeros; en segundo lugar, aquellos cuya temática requiere o aconseja una ampHa contextualización espacial (Paleolítico, Colonizaciones, Romano/Paleocristiano, Epigrafía/Numismática...) o bibüográfica (Teoría y Metodología); y, en tercer lugar, la proximidad de la zona de estudio a las fronteras actuales. En cada volumen estos factores aparecen aislados o asociados de distinta forma. Así, por ejemplo, la mitad de los artículos de Cypsela y todos los de Caesaraugusta menos uno, son de Arqueología Clásica incluyendo en esta última dos sobre Gerasa (Jordania). Empuñes está en una situación similar ya que del total de 79 artículos, 34 son de estudios clásicos y otros 16 tratan cuestiones de otros países tanto por autores extranjeros como nacionales. Por su parte, el contenido descriptivo del volumen de Estudios de Arqueología Alavesa y del Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología reduce significativamente la cita extranjera. Munibe, en cambio, publica tres artículos en lengua francesa sobre el Suroeste francés y uno en inglés de un total de 13. Si a ello añadimos los tres artículos sobre Paleolítico podemos entender la importancia de la cita extranjera, fundamentalmente en francés. En el mismo sentido, seis de los nueve artículos del volumen de Cuadernos de Prehistoria y Arqueología Castellonense son de estudios clásicos o consideran el registro arqueológico de otros países. Por el contrario, Zephyrus con 34 artículos, dos sobre temas extrapeninsulares, siete sobre estudios clásicos -cuatro de ellos sobre epigrafía-y 11 sobre arte -desde el Paleolítico a época medieval-tiene unos valores de citas extranjeras inesperados. Sin embargo, para interpretar globalmente el manejo de la cita extranjera es necesario contar con una serie más amplia de cada revista. Las citas a publicaciones españolas La importancia relativa de las diversas publicaciones en la muestra queda reflejada en el cuadro 4. Las «Revistas y Series monográficas» y las «Monografías», por su peso en la muestra y por la antigüedad de sus citas, se estudian por décadas durante los siglos XIX y XX (Fig. 1). El diferente comportamiento de los dos tipos de documentos está en relación con las pautas de difusión científica de cada época. Para saber si las citas anteriores a las primeras (cinco del siglo XVIII) y a las segundas (14 del siglo XVI, 22 del siglo XVII y 55 del siglo XVIII) son indicativas del desarrollo de la investigación arqueológica, sería necesario pasar de la cita al tipo de documento a la identificación de su título, ya que en las revistas figuran artículos de Arte e Historia Medieval y Mo- Durante las cuatro primeras décadas del siglo XIX, a pesar de las alternancias en las citas que relacionamos con la inestabilidad política, los valores son siempre crecientes. Este desarrollo de las monografías sobre Arqueología coincide con la aparición de citas a revistas en la década de los 30. Sin embargo, el volumen de citas por décadas a ambos tipos de documentos es diferente. Las «Monografías» tienen un crecimiento sostenido durante todo el siglo mientras las citas a «Revistas y Series monográficas» sufren altibajos, si bien pasan de una cita en la década de 1830 a 67 en la de 1890. Este papel preponderante de las primeras respecto a las segundas en el siglo XIX refleja bien los primeros tanteos de institucionalización de la Arqueología. El rasgo más llamativo de la evolución de las citas durante el siglo XX es que, desde su inicio, las recibidas por «Revistas y Series monográficas» superan a las correspondientes a «Monografías». En general, hasta los años 50 las citas se duplican prácticamente de una fase a la siguiente con la única excepción de la Guerra Civil. La década de los 70 supone un cambio en el volumen de citas, ya que más de la mitad del total se concentra desde entonces. La importancia de este período en el conjunto de la muestra expresa el enorme desarrollo de la investigación arqueológica durante el mismo, ya señalado para las revistas de Arqueología medieval (Salvatierra, 1990: 19-27) y paralelo al que se constata en otros campos de las Ciencias Sociales y Humanas (Sánchez Nistal, 1995: 560). Los «Congresos», «Informes» y «Otros» están presentes a lo largo del siglo XX (Fig. 2). La mayor proporción de citas de los primeros (3) A este respecto no valoramos los datos de la presente década por estar infrarrepresentada en la cita por falta de perspectiva temporal. T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es se debe a que, generalmente, son los únicos publicados. «Tesis» y «Memorias de licenciatura» aparecen a mediados de los 50, y cada vez más desde entonces, en relación con la consolidación de la enseñanza universitaria y las disposiciones legales correspondientes (Ruiz-Zapatero, 1993: 48). Tratándose de documentos inéditos, los altos valores de autocitas de autor (Cuadro 4) sugieren una utilización restringida fundamentalmente a los equipos de investigación donde se generan posiblemente por la inadecuada difusión de este tipo de documentos. La mayor parte de los artículos publicados está firmada por un solo autor. El valor medio de la coautoría, calculado a partir de la relación número de firmas/número de trabajos (F*N/N), es de 1,74 (Fig. 3A). Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada y Cypsela destacan y, especialmente, la primera donde los artículos de tres o más autores están igualmente representados (por encima del 10%). En cuanto a su evolución durante el período estudiado se observa un crecimiento de los artículos firmados por más de cuatro autores (5%), y una relación complementaria entre los artículos publicados por uno y dos autores hasta 1990 (Fig. 3C). Desde entonces el decrecimiento de los firmados por un autor se complenienta con un ascenso de los firmados por más de tres. Esta clara tendencia al incremento de la coautoría, aunque no supera la media de dos autores (Fig. 3B), sigue la tónica general de las Humanidades y Ciencias Sociales (Sánchez Nistal, 1995: 571-572). La relación n"* pags./n** arts. (P/A) es un indicador adicional de la importancia de la publicación individual. Sólo un tercio de la muestra se sitúa por debajo del valor medio ponderado de F/A (21,6) (Fig. 4 y Cuadro 1). Algunas consecuencias derivadas de la tendencia a publicar artículos cuya longitud se aproxima más a la de las monografías, y de la irregularidad en la aparición de las revistas, se comentan en el apartado 6. Las ventajas de la colaboración en la pubhcación son un tema discutido. La transferencia de información es independiente del número de firmantes. Sin embargo, en todos los campos científicos, salvo quizá en Humanidades, cada vez más el aumento del número de firmantes se correlaciona con la calidad del artículo y, por lo tanto, con su impacto (Ferreiro, 1993: 76-77; Villagrá, 1992: 12-13). La significación que sigue teniendo la publicación individual en Prehistoria y Arqueología (Rovira, 1994: 58) sugiere que la especialización, la multidisciplinariedad y la práctica del trabajo en equipo (Rodríguez et alii, 1993: 24 y 36), no han calado todavía suficientemente en estas disciplinas. La gran cantidad de publicaciones sobre Prehistoria y Arqueología identificadas desde las citas de las revistas de la muestra aconsejó manejar la Comunidad Autónoma como unidad espacial de análisis. Este marco es meramente convencional. Los resultados de nuestro estudio muestran que, en unos casos, explica algunos aspectos del panorama editorial mientras que en otros lo realmente significativo es la propia revista, que comparte su orientación temática específica con revistas de otras Comunidades. Esto debe tenerse en cuenta cuando se vean clasificadas de forma global las publicaciones como "catalanas", "castellano-leonesas", etc. El desarrollo regional de la investigación arqueológica se ha estudiado a partir del lugar de publicación con una doble estrategia. Primero, se ha definido la distribución territorial de las revistas distinguiendo el papel de las capitales de provincia en la edición. Después, se ha reducido la muestra a aquellas pubHcaciones con un mínimo de 10 citas para valorar de dos maneras las interrelaciones entre los investigadores que publican en ellas: a) desde las citas que reciben las Comunidades Autónomas; y b) extrayendo las publicaciones citadas por un máximo de dos revistas. El lugar de edición no basta como indicador de la temática de una publicación. Para soslayar esta limitación se han manejado, junto a una muestra representativa, otros datos como los territorios a los que se refieren los artículos de las revistas de la muestra, excepto la serie Excavaciones Arqueológicas en España. Igualmente, la cita extranjera (apartado 3.1) por sí sola no es un buen marcador de la posible ampliación del ámbito territorial aunque, en ocasiones, puede reforzar los resultados obtenidos con las estrategias anteriores. El resultado confirma la representatividad de esa vigencia: 18 publicaciones aparecen todos esos años, cuatro en tres, cuatro en dos y cuatro sólo en uno. Las Comunidades Autónomas que tienen más publicaciones son Cataluña y Madrid (Fig. 5A), la primera por el desarrollo de la investi-gación arqueológica en las cuatro provincias catalanas desde principios de siglo y la segunda por la concentración en la capital de las instituciones estatales de investigación y de gestión de la arqueología junto a las Universidades con mayor peso. Además, la importancia de sus publicaciones no se puede explicar por el desarrollo de la investigación arqueológica en la propia región. No existe una relación directa entre el territorio de la Comunidad Autónoma y las publicaciones que editan. Sirva como ejemplo la semejanza en el número de revistas de Castilla-La Mancha y la Región de Murcia. Las publicaciones se concentran en las capitales de provincia (Fig. 5B), sedes de los centros de investigación y los organismos de gestión. La excepción la constituyen Cataluña, la Comunidad Valenciana y Baleares donde la comarcalización es muy marcada: una media del 39% de las publicaciones se edita fuera de las capitales. En cuanto a la segunda estrategia, se han establecido las tres Comunidades más citadas en cada caso (Fig. 6 mapa superior y Cuadro 5). Madrid es la única siempre citada. Además, recibe el mayor número de citas en todos los casos menos desde Cataluña, Comunidad Valenciana y País Vasco, donde ocupa el segundo lugar tras la respectiva Comunidad Autónoma. En las dos primeras, en el tercer lugar está la Comunidad de su ámbito lingüístico y en el País Vasco, Navarra. En las restantes el segundo lugar se corresponde con la propia Comunidad. Otras se citan por tres de ellas (Andalucía, Castilla-León y Cataluña) y la Comunidad Valenciana por dos. Hay Comunidades que no se citan. Ahora bien, esto no significa necesariamente que las citas a una Comunidad Autónoma desde una revista concreta de fuera de ella expresen un interés por esa comunidad (véase más abajo Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada). Para evaluar esta última cuestión, se han clasificado las revistas de la muestra (salvo el Boletín. Museo de Zaragoza) en tres categorías segiín el niimero de Comunidades citadas y en orden creciente (Cuadro 6). En el grupo III se sitúan las revistas de las Comunidades Autónomas donde la comarcalización es más fuerte: todas las catalanas, una de la Comunidad Valenciana y una vasca. Por ejemplo, Cypsela sólo cita revistas catalanas y madrileñas (5%). En sus normas de publicación (volumen X, 1993: 210) señala como ámbito territorial preferente «las comarcas gerundenses, Cataluña y regiones adyacentes». Ello no excluye que en algún volumen dicho ámbito se amplíe por la temática de los artículos (apartado 3.1). Esa revista es un ejemplo extremo de una tendencia general de las publicaciones arqueológicas en España: entre las revistas citadas la intensidad de citas decrece con la distancia a la región de publicación. En este contextcf, la cita a revistas de fuera de la región se debería a que publican trabajos referidos a ella. Esa tendencia se expresa también en la importancia relativa de las citas a la propia Comunidad Autónoma de cada revista (Cuadro 7). Las revistas madrileñas, donde los valores de esas citas no llegan al 5%, serán objeto de un comentario El análisis de los artículos permite contrastar esa hipótesis destacando los referidos a varias Comunidades y también a las tres que merecen una atención preferente (Fig. 6 mapa inferior y Cuadro 8). Los sumarios no suelen ser suficientemente informativos ya que no siempre reflejan fielmente los títulos ni la referencia temática, espacial y cronológica, al contrario de lo que suele suceder en las revistas de Ciencia y Tecnología. Para interpretar los resultados bibliométricos es necesaria su progresiva contextualización desde el ámbito general, en nuestro caso la Comunidad Autónoma, al más restringido de la revista. Si las publicaciones reflejan un notable localismo, su explicación en cada Comunidad Autónoma requiere un estudio especffico ya que el desarrollo de la investigación arqueológica no es uniforme en todo el Estado, ni en infraestructura, ni en la atención a los distintos períodos históricos (Fig. 7A) ni a la temática (Fig. 7B). mientos extranjeros, sobresalen las catalanas, madrileñas y vascas. Sin embargo, como puede verse, la inmensa mayoría de los artículos aborda una temática que tiene en cuenta dichos límites. La comparación de los mapas de la figura 6 y de sus datos fuente (Cuadros 6 y 8) ayuda a comprender.la dinámica de las conexiones regionales pre/eren-* tes en tanto que los cuadros 9,10 y 11 expresan el énfasis sobre la propia región. Si las revistas de Madrid no reflejan la investigación regional sino la del conjunto de España, las citas a las publicaciones de las demás Comunidades Autónomas serían indicativas del desarrollo de la investigación arqueológica en cada una de ellas. Excluyendo las autocitas, todas las revistas madrileñas de la muestra citan, entre las tres primeras, a revistas de Castilla-León y Cataluña, dos de la Comunidad Valenciana y las otras dos de Andalucía. La referencia a la Comunidad de Madrid desaparece desde los artículos confirmando el carácter subsidiario que tiene la investigación arqueológica en la propia región para explicar la cita a las revistas madrileñas. La primera posición que ocupaba en citas es sustituida por la propia Comunidad de Andalucía, Aragón y Castilla-León en artículos. Donde figuraba en segundo lugar se encuentran ahora otras Comunidades: en Cataluña, Andalucía; en la Comunidad Valenciana, Cataluña y en el País Vasco, Castilla-León. Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada cita revistas catalanas, las cuales no citan revistas andaluzas. Empúries y Pyrenae publican artículos, tanto de investigadores catalanes como andaluces, sobre Andalucía. En cambio, en Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada no hay artículos sobre Cataluña. De hecho, todos se ocupan de Andalucía salvo uno relativo a Castilla-La Mancha, área vinculada a la investigación de la Universidad de Granada, otro sobre el extranjero y dos referidos a varias Comunidades Autónomas. El hecho de que la revista granadina se encuentre en el grupo II del cuadro 6 pone de manifiesto la necesidad de combinar los datos de citas y de temática de los artículos para conocer adecuadamente las conexiones interterritoriales. La atención que muestra Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada por revistas de otras Comunidades se puede relacionar con el hecho de que Andalucía es una zona clásica de la investigación arqueológica española desde el Calcolítico hasta la época romana (Rodríguez et alii, 1993: 21). Esto se refleja en la presencia de artículos sobre esta Comunidad en las revistas de todas las restantes y en el papel destacado que tiene en las más generales como las madrileñas y las castellano-le-.onesas (Cuadro 6, grupos I y II). Tanto Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología y Zephyrus, como las revistas madrileñas manifiestan una orientación de la investigación hacia la mitad occidental peninsular. Sólo las primeras dedican un número significativo de artículos a Cantabria, indicativos del interés de la Universidad de Valladolid y, sobre todo, de Salamanca por la investigación sobre el Paleolítico (Fig. 7A). El peso' correspondiente a los artículos sobre Extremadura en las revistas castellanoleonesas y madrileñas puede explicarse por los estudios sobre Edad del Hierro y Colonizaciones reforzados, en las primeras, por los dedicados al Calcolítico. El hecho de que la lengua portuguesa (Cuadro 3) tenga en todas ellas, salvo Archivo Español de Arqueología, y muy especialmente en Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (18%) y Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid (11,8%) valores muy superiores a su media (3,4%) en el conjunto de las citas extranjeras apoya esa orientación territorial. No existe una conexión significativa entre los investigadores de las Comunidades vecinas catalana y aragonesa a juzgar por la baja intensidad tanto de las citas como de los artículos que respectivamente reciben. La segunda mantiene la importancia en artículos de la Comunidad castellano-leonesa comentada en relación con las citas. Sólo estas últimas y las aragonesas abordan temas riojanos. Las revistas de la Comunidad Valenciana se ocupan preferentemente de tópicos tradicionales de la investigación arqueológica de la fachada mediterránea como las colonizaciones, la romanización y la neolitización (Fig. 7A). De ahí la importancia que, tanto por citas como por artículos, tienen Cataluña y Andalucía. La aparente ampliación del ámbito territorial de las revistas vascas se debe exclusivamente a los artículos sobre el Condado de Treviño, enclave castellano-leonés en Álava. La focalización de las publicaciones vascas se acompaña por la ausencia tanto de un volumen significativo de citas a las mismas desde las revistas de las restantes Comunidades Autónomas, salvo desde las de Madrid y Navarra, como de artículos sobre temas de arqueología vasca. Como hemos visto, la línea editorial puede explicar la presencia e importancia relativa de las distintas regiones peninsulares. Sería necesario un estudio específico de cada revista para precisar la influencia de este factor en cada caso. Concluimos este apartado comentando los cuadros 9 a 12 que expresan de forma muy clara la influencia del territorio y de la temática La columna C indica el grado de generalización de una publicación -las cifras más altas corresponden a las revistas más especializadas-y la columna D su orientación: valores altos indican que la especialización es territorial, y bajos, temática. Los resultados son coherentes con los que se han venido definiendo hasta ahora. Todas las revistas citadas por Cypsela y Empúries (Cuadro 9) están publicadas en Cataluña pero, mientras en la primera representan más de la cuarta parte, en la segunda sólo son el 10%. En Zephyrus el valor relativamente elevado de la columna C se debe, sobre todo, a la cita a revistas con una especialización temática más que espacial; por ejemplo, entre las 14 que únicamente se citan desde ella están Ars Praehistorica, el Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural y la Serie Universitaria de la Fundación Juan March. Cuando sucede lo contrario se trata de publicaciones editadas fuera de Castilla-León como Gallaecia, Mainake o Bajo Aragón. En consecuencia el porcentaje de citas a revistas de la propia Comunidad es de los más bajos. La proporción significativa de citas a revistas madrileñas por parte de Archivo Español de Arqueología, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid y Trabajos de Prehistoria corresponde a medios de difusión de instituciones de ámbito nacional. calidad científica de publicaciones periódicas es el Factor de Impacto (FI). Mide la frecuencia con la que un artículo cualquiera de una revista ha sido citado en un año particular. Básicamente, es la proporción entre citas y artículos citables recientemente publicados. Esto es, el FI de la revista X se calcularía dividiendo el número de citas recibidas en un año por los artículos publicados durante los dos años anteriores en la revista X, por el número de artículos publicados en la revista X en esos dos años. El FI es útil para matizar el significado del número de citas absolutas. Tiende a disminuir la ventaja que en los "rankings" tienen las revistas grandes sobre las pequeñas, o las revistas de periodicidad larga sobre las que la tienen corta, y de las revistas más antiguas sobre las más nuevas. A igualdad de condiciones cuanto mayor sea el cuerpo citable, más a menudo se citará una revista. Sin embargo, al no haberse obtenido, que sepamos, el FI para revistas de Humanidades, y en concreto para Prehistoria y Arqueología, desconocíamos a priori el grado de fiabilidad de dicho parámetro. Sabemos que cualquier análisis de citas basado únicamente en un número y tipo limitado de fuentes debe mirarse con recelo (Line, 1979), y que ni siquiera, para algunas ciencias (Física, por ejemplo), existe un grado de correlación satisfactorio entre el FI y la opinión de los expertos (Gordon, 1982: 56). Es obvio que el FI varía según la muestra de revistas vaciadas que aportan las citas. Por eso, en nuestro caso, al ser únicamente 16 revistas y una serie monográfica las analizadas, sólo podrá hablarse de una aproximación al mismo. Además, la absoluta disparidad manifiesta en la edición de las revistas españolas de esta materia dificulta, cuando no invalida, la obtención del FI en muestras pequeñas. En efecto, hay números de revista que publican un solo artículo en un año y otras 87; revistas que no se editan durante tres años consecutivos y acumulan en un volumen posterior toda su producción, etc. hacen prácticamente imposible comparar con un mínimo de credibilidad sus FI. Es decir, una revista no editada durante un año disminuye a la mitad sus posibilidades de ser citada. Por eso, además del FI estándar obtenemos el derivado de considerar las citas totales a los ar- Por otro lado, dado el comportamiento espacial observado y analizado en el epígrafe anterior, se presenta otro tipo de lecturas que debemos mencionar. El mayor volumen de las citas a las revistas de una Comunidad Autónoma se produce desde revistas de la misma Comunidad cuando no desde ella misma (autocitas). Por eso, cuando se acumula la edición de dos años seguidos de varias revistas de una Comunidad, aumenta su FI proporcionalmente con el resto de revistas. Nederhof y Zwaan (1991: 332) recogen literalmente: "A causa de su fuerte orientación local, algunas disciplinas de las Ciencias Sociales y Humanidades pueden tene/sólo impacto local, y carecer completamente de impacto internacional." En nuestro caso, como ocurre también en Sociología (Gordon, 1982: 56), se observa un paralelismo significativo entre la evaluación subjetiva de expertos, y el número total de citas a revistas, mientras que dicho paralelismo se desdibuja al comparar la evaluación subjetiva con el FI. Nuestros datos por tanto, apuntan a considerar como indicador válido para la evaluación cualitativa de las revistas españolas de Arqueología y Prehistoria, el que considera globalmente el monto total de las citas recibidas por cada revista en un período de tiempo significativo. Pero creemos que deberían seguir obteniéndose los factores de impacto durante más años y con más revistas, para poder decidir más definitivamente sobre la vaUdez de dicho factor en la evaluación cualitativa de las revistas de esta área. Todas estas consideraciones deben reseñarse antes de aceptar como significativos los datos que recogemos a continuación (Cuadro 13). Es decir, deben relativizarse los FI que aportamos, hasta compararlos con los obtenidos en muestras más numerosas de revistas y años vaciados. Los trabajos bibliométricos aplicados a las Humanidades en España deben potenciarse no sólo para distintos procesos de evaluación sino para profundizar en el conocimiento científico de las materias a las que se refieren. En el caso de la Arqueología y Prehistoria españolas la falta de normalización que observan autores y editores dificulta los estudios de citas. Este hecho, junto al incumplimiento casi sistemático de la periodicidad de las revistas, influye también en su difusión nacional e internacional. Confiamos que este artículo sirva de llamada de atención sobre la urgente necesidad de superar este grave problema. En la investigación cuyos resultados hemos presentado existe una correlación manifiesta entre la opinión de los expertos y el "ranking" de revistas obtenido por la cuantificación de las citas que reciben salvo, quizá, en alguna revista de muy reciente aparición. Ello justifica la utilización de este último parámetro en estudios de calidad y pone de manifiesto loi infundado de las reticencias que algunos investigadores del ámbito de las Humanidades y las Ciencias Sociales todavía mantienen respecto a la bibliometría como forma de evaluación de la producción científica. Sin embargo, la validez del FI, obtenido con las limitaciones apuntadas, debe relativizarse a la espera de trabajos con mayor número de revistas vaciadas. La vida media de las publicaciones en Prehistoria y Arqueología es mayor que la de las de Ciencia y Tecnología. Ello no obsta para que las más recientes sean las más valoradas. En todos los tipos de documentos no sólo las citas se concentran en las dos últimas décadas, sino que suponen aquí más de la mitad del total. Además la valoración de la vida media del documento ha de tener en cuenta los desfases entre la fecha de envío de un original para su publicación, la de su aparición real -como se ha dicho, no siempre coincidente con la que consta en el volumen-y la de su distribución (Rovira, 1994: 65). Estos desfases tienen a su vez efectos sobre la propiedad intelectual. Los arqueólogos españoles manejan, preferentemente, publicaciones editadas en España, pero las citas extranjeras rondan el 40% del total de referencias. Los 837 títulos diferentes citados cuantifican la dispersión de las publicaciones en Prehistoria y Arqueología. Para valorar su significación recordemos que 324 sólo se T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es citaron una vez y las 34 que tienen más de 100 citas (Anexo) acumulan el 63% del total. Por otro lado, muchas han dejado de publicarse. Ahora bien, aunque este núcleo de publicaciones baste para caracterizar la producción científica en estas disciplinas, una historia de la ciencia que se restringiera a ese núcleo podría dejar de lado parte de lo que esa producción debe a la especialización. En nuestro estudio hemos advertido la importancia del territorio, bien sea el de la propia Comunidad Autónoma u otro y de la temática, fundamentalmente cronológica. La importancia del estudio del pasado por períodos ya ha sido apuntada en otras ocasiones (Rodríguez et alii, 1993:14) y se advierte en la baja presencia de artículos de síntesis (Fig. 7B). En cuanto al territorio, el sesgo localista revelado por las citas y la preferencia por los artículos de carácter tipológico refuerzan nuestras conclusiones sobre la distribución territorial de las revistas, revelan la orientación descriptiva de la investigación y sugieren aspectos de la sociología de la ciencia. La multiplicación de revistas durante los últimos cincuenta años se conecta con "la profesionalización, cada vez mayor, que adquiere la arqueología" (Salvatierra, 1990: 25) sobre la que se superpone la voluntad de las instituciones editoras de facilitar un vehículo de difusión a la investigación propia. Esto implica, simultáneamente, unas ciertas dificultades de publicación para los autores que no pertenecen a esas instituciones. Una alternativa ha sido la creación de revistas de ámbito restringido o la publicación en revistas de estudios locales volviendo a una estrategia que definió parte de la producción científica durante el primer tercio de siglo (Salvatierra, 1990: 21-22). Otro factor de crecimiento es el papel que juegan en el acrecentamiento de bibliotecas por intercambios. Algunos de los aspectos negativos de este panorama editorial se refieren a la dificultad de contar tanto con un conocimiento exhaustivo de todas las publicaciones como con la financiación e infraestructura necesarias para su adquisición y gestión. Estos aspectos ponen de relieve la extraordinaria importancia de las bases de datos para la investigación. Pero el rasgo más preocupante que hemos observado es de carácter metodológico. El localismo expresa una orientación descriptiva en la investigación arqueológica que reduce las posibi-Udades de generalización, de elaboración de síntesis y de reflexión teórica. De esta manera, cabe entender la conexión entre la cita a una Comunidad y la existencia de publicaciones editadas en ella. En ausencia de éstas, la representación de ese territorio en la bibUografía suele restringirse a citas aisladas en las de carácter general más o menos numerosas según la tradición de investigación en el mismo (compárense Gaücia y Murcia). Además, las interpretaciones del pasado tienen como referencia unidades administrativas actuales como municipios, provincias, comarcas, siendo este un rasgo común a todas las pubHcaciones con independencia de su lugar de edición. El problema no es que se delimite de esta manera la zona de estudio, sino que este sesgo actualista condicione la propia conceptualización del problema histórico en Prehistoria y Arqueología. Las unidades administrativas actuales se proyectan al pasado como si hubieran existido desde siempre, y se estudian manejando una documentación preferentemente local. Esta falla metodológica conlleva el riesgo de caer en un provincianismo y autonomismo a ultranza por desconocimiento y aislamiento que puede facilitar interesadas tergiversaciones del pasado. El anáüsis bibüométrico facilita datos explícitos y comparables para evaluar estas cuestiones. La realización de este artículo se ha visto enormemente facilitada por la colaboración que nos prestó en todo momento el personal de la biblioteca del Museo Arqueológico Nacional de Madrid ("Colección de Prehistoria" del CSIC y Ministerio de Cultura).
JOSEP BOSCH ARGILAGOS (*) ALICIA ESTRADA MARTÍN (*) MARÍA JOSÉ NO AIN MAURA (**) RESUMEN A partir de los resultados de la excavación arqueológica, del estudio geológico y de la experimentación se plantean los procesos del trabajo minero y de la variscita durante el Neolítico Antiguo Evolucionado y el Neolítico Medio en Gavá. Se analizan: las estructuras de explotación, con diferencias formales y de distribución entre un período y otro; los utensilios mineros, con variaciones materiales, formales y funcionales; los productos extraídos, identificándose únicamente la variscita; la elaboración de cuentas de variscita realizada en el mismo yacimiento; el contexto económico y social de estos procesos de trabajo, no aceptando una especialización de las comunidades neolíticas de Gavá en la minería y en la elaboración de cuentas; y los aspectos ideológicos ligados a la minería, proponiendo una unión con los de la agricultura y la ganadería. extraído, los objetos manufacturados con él, el instrumental minero y de elaboración de estos objetos, así como al contexto económico, social e ideológico en el que se produjeron dichos procesos de trabajo. Las fuentes utilizadas son los resultados de la excavación arqueológica en el yacimiento de las Minas Prehistóricas de Gavá, el estudio y cartografía geológica del mismo, y la experimentación arqueológica sobre la minería neolítica. Las excavaciones del Museo de Gavá en las Minas Prehistóricas de Can Tintorer se iniciaron el año 1991 y desde entonces se han continuado hasta la actualidad, alternándolas con períodos de estudio y de trabajos de conservación. Las excavaciones se han practicado al aire libre, con el objetivo de localizar posibles restos en superficie (habitat, necrópolis, etc.), y en los rellenos del interior de algunas de las minas neolíticas. Al aire libre, los resultados han sido prácticamente nulos, ya que no se han localizado restos arqueológicos contemporáneos a la explotación de las minas. De haber existido restos del Neolítico en superficie, éstos habrían desaparecido por diversos motivos. El estudio geológico ha sido realizado por J. C. Melgarejo, F. Costa y A. Camprubí de la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona, seleccionando tres de las minas en un estado de excavación más avanzado (1/2, 8 y 5/11) (Costa et alii, 1994). Su objetivo era elaborar una cartografía geológica del interior de las minas, en la que poder ver qué unidades geológicas siguen e intentar establecer así los recursos explotados. Asimismo, la disposición de las estructuras mineras sobre la geología podía revelar datos acerca de cómo plantearon los mineros del Neolítico la explotación y, adicionalmente, una aproximación a sus conocimientos de geología. La experimentación arqueológica pretende validar las hipótesis formuladas sobre los diferentes aspectos del proceso de trabajo minero, y consiste en la excavación de una estructura subterránea de extracción de mineral similar a las neolíticas, siguiendo los procedimientos técnicos del Neolítico. Los objetivos son diversos: comprender a través de la práctica los modos de excavación, la funcionalidad de los instru- mentos que nos aparecen en el relleno de las minas, conocer el volumen de materia prima extraído, los sistemas de selección del mineral, el número necesario de trabajadores, el tiempo utilizado para la excavación de una longitud de mina dada, poner en práctica los posibles sistemas de iluminación, etc. MARCO GEOGRÁFICO DEL YACIMIENTO Las Minas Prehistóricas de Gavá se encuentran en el extremo meridional del llano de Barcelona, planicie de casi 170 km2 de superficie situada en el centro del litoral catalán (Fig. 1). Éste está constituido por formaciones cuaternarias y se extiende desde el mar hasta la Cordillera Litoral, la cual adquiere alturas de hasta 500 m.s.n.m. y lo delimita por el Noreste, Oeste y Suroeste. Al Este y Sureste está bañado por el Mediterráneo. El río Llobregat, que atraviesa dicha Cordillera, separa el macizo del Garraf, al Sur, de la sierra de Collserola, al Norte, y desemboca en el mar en el Sur del llano de Barcelona, donde ha formado su delta. La zona de las Minas Prehistóricas de Gavá está situada en la margen derecha de la desembocadura de dicho río, al pie de la vertiente oriental del macizo del Garraf. Dicha vertiente se caracteriza geológicamente por la presencia escalonada, en dirección SO-NE, de materiales del Cretácico-Jurásico, los más elevados; del Trías, donde las pendientes asumen los máximos valores y son frecuentes grandes escarpados; del Paleozoico, rocas que han estado expuestas mucho tiempo a la acción de agentes externos y que presentan topografías suaves y onduladas; a éste le suceden terrenos cuaternarios con muy poco declive. Las minas de época neolítica conocidas hasta el momento están concentradas en el extremo SE de la franja formada por el zócalo paleozoico que aflora en el extremo NE del Macizo del Garraf, concretamente en el sector del mismo conocido como cerro de Can Tintorer. Aislado del resto, está rodeado por sedimentos cuaternarios por todos los lados excepto por el Oeste, donde se une a la citada franja paleozoica. Las Minas Prehistóricas de Gavá fueron explotadas ininterrumpidamente durante dos períodos del Neolítico: el Neolítico Antiguo Evolucionado y el Neolítico Medio. Por un lado, las cerámicas de las minas 42, 68 y 70 muestran afinidades con el llamado Neolítico Antiguo Evolucionado Postcardial o Molinot, bien representado en la comarca vecina del Penedés (Mestres, 1981), que corresponde al horizonte neolítico de las cerámicas peinadas. Son características de este grupo las formas simples, pastas poco depuradas, superficies más o menos alisadas, junto a un número significativo de peinadas, con abundantes y variados elementos de prensión y decoradas con cordones lisos y nervaduras. Por otro lado, las cerámicas procedentes de otras minas muestran afinidades con yacimien-Fig. tos del Neolítico Medio correspondientes a la Cultura de los Sepulcros de Fosa. En general, presentan una calidad técnica superior a las de la etapa anterior, con superficies lisas, acabado bruñido cuidado y coloración oscura, en algunos casos se decoran con esgrafiado. Es importante la representación de las formas compuestas (Ripoll y Llongueras, 1963; Muñoz, 1965 Durante el Neolítico, los sistemas de obtención de materias primas líticas en Gavá fueron siempre subterráneos, es decir en estructuras mineras desarrolladas en profundidad de forma más o menos extensa y en condiciones de ausencia total o parcial de luz solar. Puede sorprender, dada la poca profundidad de algunas de las minas, que en ningún caso se optase por una explotación en cantera, más segura que la subterránea. Quizás la explicación esté en la mayor rentabilidad de esta última respecto a la efectuada a cielo abierto, al restringir el volumen de estériles. La distribución y la morfología de las estructuras de extracción parecen haber estado condicionadas por la geología de la zona. En ella aflora el Paleozoico (Silúrico y Devónico), representado por pizarras alumínicas sericíticas grises que alternan con calizas y dolomías. La orogenia hercínica produjo dos grupos de pliegues coaxiales, de ejes aproximadamente NO-SE, con una primera generación de vergencia NE y otra SO. En la esquistosidad predomina la dirección NE-SO, estando sus capas fuertemente inclinadas hacia el S, en ocasiones llegando a la verticalidad. Estos materiales están recubiertos discordantemente por otros del Cuaternario (caliche y arcilla). Los minerales que fueron explotados durante el Neolítico se encuentran dentro de las pizarras. En ellas se han reconocido dos tipos fundamentales de mineralizaciones de fosfatos: una estratiforme con niveles monomineráhcos de estrengita, variscita y apatito y otra en vetas de variscita, sobre todo, pero también de estrengita y fosfosiderita, a los que se asocian alunita y jarosita. Cabe destacar, asimismo, la presencia tanto de niveles con grandes nodulos de chert (ópalo) como monomineráhcos de hematites. Dos aspectos de la geología de la zona parecen haber influido claramente sobre la forma como se realizó la explotación minera durante el Neolítico: la dirección NE-SO de la esquistosidad y la fuerte inclinación tanto de las capas de pizarra como de los estratos minerales. Las estructuras mineras del Neolítico Antiguo Evolucionado muestran una implantación lineal, de acuerdo con la orientación de la esquistosidad NE-SO, a poca distancia de la divisoria entre las dos vertientes principales (N y S) del cerro de Can Tintorer, siempre en la expuesta al Sur. En sus cotas más elevadas la cubierta cuaternaria debía ser más débil pudiendo aflorar en algún sector las pizarras. La morfología completa de las minas de este período, hasta el momento sólo ha podido ser estudiada en la número 70, la única íntegramente excavada. La forman una galería, estrecha, alargada y poco inclinada, y un único pozo de acceso, de muy reducidas dimensiones. El pozo es elíptico con una profundidad de 140 cm. y una abertura máxima de 110 cm. Se abre paso a través de una débil capa de arcilla y de caliche hasta la pizarra, donde comunica con una galería rectilínea de sección más o menos circular excavada en dirección Sur-Norte, tiene unos 5 m. de largo y 110 cm. de diámetro, con un recorrido semihorizontal que va formando escalones. Con esta longitud, bien por interrupción del mineral o bien por limitaciones técnicas, fue abandonada y debió buscarse el mismo banco de mineral algunos metros al Este o al Oeste con una nueva estructura, sin establecerse una comunicación interna entre las diferentes minas. Si bien estas minas dan una impresión de simplicidad y de rudimentaria eficacia, la observación de su estructura y distribución revela una comprensión de la geología del terreno por parte de los mineros neolíticos (noción de estratigrafía litológica, inclinación de las capas de roca y mineral y orientación de la esquistosi-T.P., 53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dad), asimismo revela su habilidad en repartir las cargas de los terrenos superiores a las galerías mediante la configuración del techo en bóveda de cañón. En el Neolítico Medio las estructuras mineras son más numerosas que en la etapa anterior, alcanzan mayor profundidad y extensión, ahora ya en zonas donde una potente capa de caliche y arcilla oculta por completo las pizarras. Como las del Neolítico Antiguo Evolucionado se sitúan en la vertiente Sur del cerro de Can Tintorer y siguen la orientación NE-SO de los esquistos que se refleja en la implantación lineal de los accesos a las estructuras subterráneas y en la morfología general de éstas. Las estructuras son extremadamente más complejas que las anteriores y, a diferencia de éstas, difíciles de aislar unas de otras. Analizando el conjunto de las estructuras subterráneas del Neolítico Medio conocidas se puede observar cómo forman largas franjas paralelas de cavidades discontinuas e irregulares, a modo de hormiguero, que siguen la orientación de la esquistosidad y de la mineralización estratoligada. El acceso desde el exterior se realiza mediante pozos semiverticales, que pueden alcanzar los 10 m de profundidad, que atraviesan la capa de arcillas y de caliche, hasta llegar a las pizarras. Estos pozos parecen tener una implantación equidistante, siguiendo la aUneación citada de los esquistos; de su fondo parte la excavación minera en el interior del nivel geológico de explotación, las pizarras, con formas y dimensiones variables. Se distinguen cámaras, con o sin pilastra, galerías, que conectan estas cámaras entre sí, y pozos interiores, que siguen la orientación de la esquistosidad. Las estructuras, dentro de una misma franja, pueden encontrarse a distintos niveles, formando pisos de explotación. Las franjas explotadas pueden medir unos 5 m. de ancho y llegar hasta 15 de profundidad, desconocemos aún su longitud. A veces, galerías transversales a la orientación de la esquistosidad comunican cámaras de franjas distintas (Fig. 3). La discontinuidad e irregularidad de las cavidades en las franjas explotadas pudo tener varias causas: 1) la mineralización no aparecía de forma continua; 2) el hueco discontinuo hace más segura la estructura al repartir las cargas de los terrenos superiores y laterales, mientras que en las grandes cavidades los desprendimientos serían más frecuentes; y 3) facilitaría los movimientos de los mineros y de los materiales, especialmente en la vertical. Una posible expHcación de las galerías transversales es que fueran galerías de prospección que partiendo de una franja de explotación en dirección a un sector no explotado, buscaran una nueva capa rica en mineralización. Esto permitiría saber a que distancia de la franja conocida practicar los pozos de acceso a la nueva. Hay qué tener en cuenta que, si bien buena parte de pozo se excavaba en arcilla, su abertura no dejaba de ser costosa. Hemos visto cómo con el paso del Neolítico Antiguo Evolucionado al Neolítico Medio, el sistema de explotación se transformó; esto pudo deberse a un mayor conocimiento del T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es medio geológico y de la tecnología, quizá promovido por una mayor demanda de los productos extraídos. No sabemos hasta qué punto el paso de las estructuras simples de la primera etapa a las complejas de la segunda fue brusco o gradual. Nos lo impiden varios hechos. En muchas zonas del yacimiento la excavación arqueológica ha sido incompleta y, por otro lado, la larga explotación motivó probablemente que algunas formas estructurales quedasen desfiguradas por las posteriores. Es necesario poner un mayor cuidado en datar los diferentes sectores de las estructuras mineras, antes de poder ensayar una reconstrucción de su desarrollo en el tiempo más precisa. Instrumentos mineros: pico de corneana, cincel de hueso, percutor de cuarzo y pulidor de arenisca de las Minas Prehistóricas de Gavá (Baix Llobregat, Barcelona). La actividad minera debió comportar, seguramente, el uso de muchos utensilios, fabricados con materiales diversos, sean de origen orgánico o inorgánico. La documentación arqueológica únicamente nos permite conocer algunos de ellos: instrumentos pesados, como los picos de piedra, y utensilios ligeros, como cinceles de hueso (Lám. Los primeros son herramientas dotadas de masa inercial, más o menos consistentes, alargados, de sección circular o elíptica, con una o dos extremidades apuntadas, a veces presentan un encaje o muesca que sugiere su enmangue. Los de hueso son biselados, fabricados sobre metápodos de buey. Un análisis más profundo que aglutinara morfometría, peso, trazas sean de elaboración, reafilado o uso, materias primas y experimentación, muy probablemente nos permitiría diferenciar una mayor variedad de usos: picos más o menos ligeros, azuelas, mazas, cinceles, cuñas, etc. Instrumentos de trabajo indirectos son los utilizados en la fabricación y reafilado de las herramientas citadas: útiles de rocas abrasivas, para los cinceles de hueso, y percutores esféricos de cuarzo, para los picos de piedra (Lám. La Arqueología experimental ha puesto en evidencia la necesidad de una continua fabricación y reparación de los instrumentos de hueso y de piedra. Los percutores de cuarzo pudieron utilizarse, también, para golpear los cinceles de hueso. Una parte de los materiales líticos pudo obtenerse en la misma zona de explotación, en el curso de los torrentes de la vertiente Norte del macizo del Garraf que atraviesan terrenos del Triásico y del Paleozoico. Su aprovisionamiento por recolección superficial de material en posición secundaria queda sugerido por algunas piezas que conservan el pulido natural (cantos rodados). En cambio los picos de minero se elaboraron principalmente de corneana, roca alóctona para la que se propone como lugar de procedencia, dada la proximidad, la vertiente meridional de la sierra de CoUserola (Alvarez y Clop, 1994: 244). Los grupos de mineros de Gavá la obtendrían por sí mismos desplazándose hasta dicha sierra, o por intercambio con la comunidad que la explotaba. Si bien la fuente de materia prima propuesta para la corneana se encuentra fuera del área de captación teórica del asentamiento de Gavá (una hora de marcha a su alrededor), la importancia para sus miembros y la proximidad, al hallarse también en el bajo Llobregat, hace que nos inchnemos por una explotación directa, que correspondería al llamado "suministro territorial" (Ramos, 1984:111). La experimentación arqueológica nos permite deducir el posible uso de estos instrumentos en el proceso de trabajo minero: para los picos una función de martilleado de la roca provocando en ella fracturas y grietas, para los cinceles una de dilatación de estas grietas a partir de las cuales extraer lajas de roca. Nos ha permitido comprobar, también que el calentamiento de la roca con fuego y su enfriamiento brusco con agua, previos al martilleado, pudo ser un método efectivo para facilitar su agrietado y fractura. El registro arqueológico de Gavá, sin embargo, no prueba este tratamiento térmico de la roca, a no ser que interpretemos en este sentido parte de los abundantes restos de madera carbonizada, generalmente de buena calidad combustible, encontrados en niveles de relleno de las minas, y la desforestación de la zona que pone de manifiesto el análisis antracológico para estas épocas (Ros, 1986;1994: 217). También según la experimentación, durante todo el proceso de trabajo es necesario un frecuente reafilado de las herramientas y la fabricación de otras nuevas. Es conveniente, para no entorpecer el ritmo de trabajo, que un miembro del equipo se ocupe únicamente de estas tareas. Tanto el trabajo del picador como el de fabricación y cuidado de los instrumentos son duros y es necesario efectuar descansos. Así, el número idóneo de obreros es de tres: el picador, el encargado del mantenimiento y un tercero que los releve. De esta forma no se interrumpe el trabajo. A medida que la mina vaya alcanzando mayor profundidad, será necesario ampliar el equipo para la evacuación de estériles al exterior. Uuminación de las estructuras mineras La iluminación constituye un problema de gran interés en la reconstrucción del ambiente de trabajo. El corto recorrido de las minas del Neolítico Antiguo Evolucionado (5 m), junto a la exposición Sur de su apertura y la orientación Sur-Norte de su galería, pudo hacer innecesarios los sistemas de iluminación artificial, al menos en las horas centrales del día cuando la luz solar es más intensa. No puede decirse lo mismo de las estructuras del Neolítico Medio, cuya complejidad y profundidad obstaculizan, en cualquier momento del día, la llegada de la luz solar. Buena parte de ellas está permanentemente en la oscuridad, siendo imposible el trabajo sin iluminación artificial. No contamos con ninguna evidencia arqueológica clara al respecto, como son las cazoletas de piedra de forma y profundidad variables, supuestas lámparas de aceites o grasas conocidas en otras minas neolíticas, como las de la Defensola (PouíUes-Italia) (Galiberti y Guáraselo, 1990: 305, Fig. 4.2). Quizás sean indicio de iluminación artificial, algunos de los abundantes carbones aparecidos entre los rellenos de las minas, especialmente los de madera de Juniperus, según algunos autores, buen combustible para la iluminación y utilizada con este fin en diversas épocas (OUve y Taborin (dir.), 1989: 87). La determinación de las materias líticas extraídas de Gavá dista mucho de ser un tema resuelto. Desde un primer momento se aceptó que una de estas materias era la variscita. Es un mineral del grupo de los fosfatos, dominante entre los objetos de adorno elaborados con el material pétreo de coloración verdosa genéricamente llamado calaíta. Confirmaban el interés durante el Neolítico por la calaíta su amplia distribución en los ajuares de la Cultura de los Sepulcros de Fosa con la que se asociaba la explotación de Gavá, las señales de las herramientas de trabajo minero visibles alrededor de las vetas de variscita y la elaboración de piezas de collar en el mismo yacimiento. Aceptar que la variscita fue el único material explotado o el objetivo primordial de las minas de Gavá en el Neolítico presentaba problemas, al menos en el momento en que iniciamos nuestros estudios. Dudábamos que un trabajo de tal envergadura se hubiese practicado con el único objetivo de obtener un material con finalidades suntuarias; también nos sorprendía documentar el inicio de la explotación durante el Neolítico Antiguo Postcardial, cuando el apogeo del uso de la variscita parecía producirse en el período posterior (Neolítico Medio). Así pues, un objetivo inicial de nuestra investigación era confirmar o descartar la obtención en Gavá de otros materiales además de la variscita. Si bien en las paredes de las estructuras subterráneas no se reconocía, había sido pu- blicada la existencia de corneana en un afloramiento dentro del mismo contexto geológico y no lejos de los pozos conocidos, sin estar basada su identificación en análisis petrológicos (Villalba et alii, 1986: 19). La corneana fue utilizada para elaborar buena parte del utillaje lítico pulido neolítico en Cataluña (Bosch, 1984; Alvarez, 1993). Sin embargo, las muestras de dicho afloramiento analizadas por A. Alvarez y X. Clop (1994: 234) en lámina delgada, constatan que no es corneana sino cuarcita y cuarcita esquistosa y descartan la explotación de corneana en la zona de Gavá. Otro material que sí se reconoce en las paredes de algunos sectores de la explotación subterránea es un chert de color gris oscuro con bandas. Su posible explotación se ha estudiado mediante: -La cartografía geológica de las estructuras mineras para ver qué unidades geológicas siguen, analizar la disposición de los niveles de mineral y compararla con la distribución de las minas (Costa etalii, 1994). -El estudio de las industrias líticas sobre materiales oscuros de yacimientos contemporáneos y próximos geográficamente, considerando la posibilidad de que su fuente de materia prima fuera Gavá. El trabajo se ha iniciado juntamente con R.M. Senabre y J. Socias, colaboradores del Museo de Vilafranca del Penedés. En el primer caso, se observa que la traza de las galerías no sigue necesariamente la de las estructuras geológicas que contienen el chert. Por el contrario, aquéllas atraviesan niveles de este mineral, sin presentar frentes de explotación, hasta alcanzar nuevas mineralizaciones de variscita. El segundo estudio se ha centrado por ahora en las industrias postcardiales de la comarca vecina del Penedés, el simple análisis macroscópico de las cuales muestra diferencias patentes con los cherts de Gavá. A pesar de que las evidencias actuales no demuestran la obtención de corneana o de chert oscuro en las minas neolíticas de Gavá, además de variscita, creemos que aún no puede descartarse la posible obtención de otros minerales y que ésta debe continuar siendo indagada. Las cuentas de variscita en proceso de elaboración que se han recuperado en la excavación de algunas de las minas nos permiten afirmar con toda certeza que el trabajo del mineral se realizaba en el mismo yacimiento. Ello otorga a las minas un doble papel e importancia, como centro de explotación y de producción al mismo tiempo. EL TRABAJO DEL MINERAL Presentamos ahora aquí los resultados provisionales del estudio de una muestra de 190 cuentas de variscita, provenientes de las minas 68 y 70 (Neolítico Antiguo Postcardial) y de las 16 y 72 (Neolítico Medio). La distribución de las cuentas es la siguiente: Mina 68, nivel 5:1' Mina 70, nivel 8:1 Mina 16, nivel 2: 24 nivel 4:1 nivel 5: 5 nivel 6:118 nivel 7:12 nivel 8: 27 Mina 72, nivel 1:1 La muestra es bastante significativa, incluye cuentas y fragmentos de muy reducido tamaño, la recuperación de las cuales ha sido posible gracias a la metodología de excavación empleada: cribado con agua y una malla de 2 mm de luz de todo el sedimento. Finalmente, hay 45 fragmentos (23,68%) con señales de manipulación que podrían ser restos del proceso de elaboración. No es de extrañar que el número de cuentas rotas sea muy elevado, ya que la variscita tiene poca dureza, de 4 a 5 en la escala de Mohs, y es un material frágil. Por otro lado, el tamaño muy reducido de muchas de ellas debió hacer difícil su manipulación y frecuente su fractura. Incluso los joyeros que trabajan este mineral hoy día con técnicas actuales, pierden una elevada proporción del mineral. Para el estudio de las cuentas de collar hemos creado una ficha de trabajo que contem- pía los siguientes aspectos: número de inventario, color, materia prima, estado de la pieza, fractura y aspectos métricos (diámetro máximo y mínimo de la cuenta y de la perforación, espesor/altura). Dentro del estado de la pieza hay varias posibilidades: enteras con perforación (EP), con inicio de perforación (EIP) y sin perforación (ESP); partidas por la mitad con perforación (PMP), y sin ella (PSP). En otros (OTR) se incluyen aquellos fragmentos con señales claras de haber sido manipulados, pero que por su morfología difícilmente pueden considerarse cuentas. El tipo de perforación atiende a su morfología (cilindrica, cónica, bicónica) y dirección (bidireccional/unidireccional). Finalmente, un apartado de huellas describe su tipología. La ficha se completa con un croquis de la cuenta y un apartado de observaciones. La ficha se basa en una observación macroscópica y mediante lupa binocular de 20X y 40X. Paralelamente, hemos iniciado el análisis de diferentes utensilios relacionados con la fabricación de las cuentas, como son las brocas de sílex y los pulidores de arenisca. El proceso de elaboración de una cuenta de collar se iniciaba separando la veta de variscita del bloque de pizarra. El fragmento obtenido se trabajaba mediante la talla y/o el pulimento/abrasión para configurar la cuenta. La mayoría de las estudiadas parecen haberlo sido mediante el segundo procedimiento. En el conjunto aparecen nueve ejemplares que no pasaron de este estadio de la cadena operativa, la mayoría discoidales, y sólo algunas cilindricas y de tonelete. Estas cuentas presentan unas finas estrías lineales paralelas en la mayor parte de los casos, que se aprecian en las dos superficies así como en los bordes. Normalmente, las estrías identificadas en los bordes son perpendiculares a las caras aunque en algunos casos aparecen oblicuas. Algunos ejemplares, a los que ya se les ha iniciado la perforación, presentan unos leves "retoques" producto de la talla, por lo que creemos que ésta podía haber intervenido en algún momento del proceso de fabricación, siendo previa a la abrasión/pulimento. El siguiente paso sería la perforación. La mayoría de las cuentas recuperadas está partida por la mitad con la perforación ya casi acabada (108). La perforación se realizaba desde las dos caras de la cuenta (se ha podido identificar en 97 casos), era en el momento de unión cuando se fragmentaban, aunque once fragmentos en los que no se aprecia perforación igualmente están partidos por la mitad. Asimismo, hay doce ejemplares en los que la perforación únicamente se ha iniciado desde una o las dos caras. La morfología de las perforaciones resultantes varía siendo en muchos casos bicónica, cónica en otros y, las menos, cilindricas. Las perforaciones cónicas y bicórneas no implican el uso de un perforador de este tipo. Probablemente todos los perforadores son cilindricos, obteniéndose la forma cónica por el propio movimiento de rotación, que hace el agujero algo más ancho en superficie que en la parte central de la cuenta. En muchos casos se aprecian finas estrías producto de la rotación del perforador así como un brillo acentuado a su alrededor.' La perforación podría haberse realizado mediante perforadores manuales, que están presentes en la industria lítica del yacimiento, o con instrumentos algo más complejos como los taladros de arco o de disco (Arenas y Bañólas, 1989). Éstos estarían realizados sobre materiales perecederos (madera, fibras vegetales, etc.), y en el extremo se sujetaría la base de la broca o perforador con algún tipo de almáciga, del mismo modo que la cuenta se fijaría a algún soporte para perforarla. De este complejo sistema de perforación hemos recuperado diez brocas, procedentes del relleno de la Mina 16. El proceso de fabricación de las brocas está también representado en el conjunto estudiado. Se elaboraban a partir de pequeñas laminitas de dorso (2 brocas) de sección triangular/trapezoidal. Posteriormente, estas laminitas serían regularizadas mediante pulimento. Ocho de ellas presentan la superficie pulida, y con finísimas estrías longitudinales. La sección es prismática o circular, con cuatro ejemplos en cada caso. Los extremos están redondeados, y a veces presentan una débil concavidad. En dos casos parecen facetados/retocados. El grosor de las laminitas de dorso está entre 2 mm. y 4 mm. El diámetro de las brocas oscila entre 1,5 mm (2 ejemplares) y 2 mm. (6 ejemplares). La forma discoidal de la cuenta se obtenía antes de perforarla a pesar de que la perforación era la fase más difícil y delicada del proceso de fabricación. Esto puede ser exigencia del proceso de fabricación. La fijación de las cuentas a un soporte y su perforación es más fácil si todas tienen ya el tamaño y la forma regularizada. Es probable de todas formas que después hubiera un nuevo pulido para perfeccionar la superficie de la cuenta. Los pulidores conservan, en algunos casos, surcos muy netos, más o menos rectilíneos y de sección más o menos en forma de U. La confirmación de que estos pulidores eran los empleados para configurar las cuentas y no piezas de hueso o piedra, sólo vendrá dada por la analítica. Llama la atención el hecho de que la práctica totalidad de las cuentas estudiadas sean discoidales (171 cuentas, 90% frente a 19 cilindricas y/o de tonelete 10%), mientras que esta tipología es sólo una más entre las presentes en los ajuares de la Cultura de los Sepulcros de Fosa. La mayoría de los datos de estos últimos proviene de excavaciones antiguas (Muñoz, 1965) y es posible que las cuentas de menor tamaño se perdieran, ya que en nuestro caso casi siempre han aparecido en el proceso de criba con agua. De esta forma, su número estaría desequilibrado respecto al de otros tipos de cuentas. Esto no explica, en cualquier caso, por qué en las Minas son tan escasos los restos de cuentas mayores, cilindricas o de tonelete. Tal vez se deba a que, por su tamaño y forma, estas últimas fueran menos frágiles o a que sus restos se reaprovecharan para realizar más cuentas discoidales. El hecho de que los restos de fabricación de las cuentas de collar aparezcan como un material de desecho más, incluidos los cinco ejem-plares enteros conservados, en el relleno de las minas, nos lleva a plantear la cuestión de cuál era el valor de la variscita en el Neolítico. ¿Era apreciado el mineral en sí?. El rechazo de los desperdicios de la fabricación de cuentas parece desmentirlo. ¿Cuál era el valor de la variscita en particular para sus explotadores directos?. El hecho de que en sepulturas neolíticas efectuadas en minas abandonadas no aparezca este mineral junto a los restos humanos, ¿es debido a que los mineros no podían acceder a la variscita o a un defecto de la excavación?. Recuérdese que la práctica totalidad de las cuentas estudiadas, ha sido hallada gracias al cribado con agua y malla fina del relleno. ¿Son posibles otras explicaciones relacionadas con su rentabilidad en el intercambio?. Elementos de adorno, a través de circuitos de distribución todavía no bien conocidos, partieron de Gavá ya elaborados. Desde Gavá se accede a las vías naturales de comunicación con el resto de Cataluña. Ahora bien, que las perlas más antiguas sean anteriores al inicio de las explotaciones en Gavá y el descubrimiento de otros yacimientos minerales de variscita (Melgarejo, 1992; Camprubí et alii, 1994), impide afirmar que las Minas de Gavá fueron la fuente de la variscita de toda Cataluña. Aun siendo de gran interés paleoetnológico, el aprovisionamiento de materias primas ha tenido una incorporación reciente en la investigación de las sociedades prehistóricas, a diferencia de campos como la cronología, la tipología de los materiales arqueológicos o la economía. Debemos evitar caer en el extremo opuesto de considerar la Arqueología minera un problema exclusivamente tecnológico. El aprovisionamiento de materias primas no puede ser estudiado aislado del resto de los fenómenos económicos y sociales del marco en el que se produjo. Ha sido planteada una posible especialización de las comunidades neolíticas de Gavá en la minería que, desde nuestro punto de vista, los vestigios arqueológicos no permiten demostrar. Éstos, por el contrario, sugieren además la práctica de otras actividades. Los restos faunísticos indican la gestión y explotación de recursos animales con finalidades alimentarias: durante el Neolítico Antiguo Evolucionado una ganadería de ovicaprinos, seguidos por bóvidos y suidos (Saña, 1994: 183) y durante el Neolítico Medio una ganadería bien establecida, fuertemente orientada a la explotación de carne, en la que los bóvidos tendrían una importancia fundamental (Estévez, 1986). El estudio paleocarpológico ha identificado claramente, si bien en un número escaso, Hordeum vulgare en el Neolítico Antiguo Evolucionado (análisis inédito de R. Buxó recogido en Bosch y Estrada, 1994a: 264 y ss.). En el Neolítico Medio las plantas cultivadas están representadas básicamente por cereales entre los que la cebada (Hordeum vulgare L. y Hordeum vulgare L. var. nudum) tiene el porcentaje más elevado, mientras que la proporción de granos de trigo es inferior: escanda (Triticum monococcum L.), trigo almidón {Triticum dicoccum), y trigo blando {Triticum aestivum s. /.). En menor proporción aparecen las leguminosas {Vicia sp.) Los primeros análisis palinológicos en el yacimiento mostraron ya una abundante presencia de gramíneas, de las cuales más de la mitad era cultivada. Corrobora la práctica agrícola la asociación Rumex-Plantago-Cyperaceae (Yll, 1987: 17-18). Significativos para la identificación de una actividad agrícola en Gavá durante el Neolítico Medio, han sido también los análisis palinológicos posteriores efectuados por S. Riera (1). que o bien los campos de cereal estaban muy cerca del yacimiento, o bien fueron tirados en la mina restos de cultivo cerealístico. Existen, por otro lado, numerosos táxones herbáceos que corresponden a plantas ruderales y adventicias, las cuales ponen de manifiesto la existencia de suelos perturbados y nitrificados debido a actividades humanas, que pudieron ser tanto agrícolas como pecuarias. Los estudios malacológicos constatan la recolección de especies malacológicas marinas con finalidades alimentarias, junto a otras de uso quizás únicamente ornamental (OUer, 1986: 185 y ss.; Estrada y Nadal, 1994:188). La localización del área minera explotada sugiere también otras actividades además de la minera. En la actualidad, las estructuras mineras neolíticas están concentradas en la elevación o cerro de Can Tintorer; mientras que el área explotable desde el punto de vista geológico (afloramiento paleozoico en la vertiente norte del Garraf) supera sobradamente la superficie de dicho cerro. Se desconocen las causas de esta distribución de la explotación. Proponemos como hipótesis la elección de su ubicación no sólo en función de la riqueza mineral del subsuelo, sino también de la proximidad a medios ecológicos diversos que proporcionasen una complementariedad de recursos cerca del asentamiento: llano litoral, línea de costa, marismas, mar y montaña. La agricultura y la ganadería en el litoral del llano de Barcelona, contemporáneamente al funcionamiento de las minas de Gavá, están constatadas por diagramas polínicos y de cenizas obtenidos por sondeos en diferentes puntos del mismo (Riera, 1994: 206-208). En un marco de robledales mezclados con encinares y pinares se documentan, en una cronología anterior al 3150 a.C. (no cal), las primeras modificaciones humanas del medio vegetal: deforestaciones de cierta extensión consecuencia de incendios provocados, cláreos temporales y espacialmente irregulares localizados en áreas próximas al litoral, como demuestran los altos valores de macrocenizas registrados. En estas zonas los sistemas forestales debían ser por naturaleza más frágiles, al ser zonas marginales del bosque donde se debieron llevar a término con mayor facilidad las primeras actividades productoras. Durante estas fases de perturbación forestal los arbustos se expandieron, así como numerosos t axones ruderales y nitrófilos que pueden relacionarse con la existencia de prados húmedos nitrificados, muy probablemente por la presencia de rebaños. Por otro lado, comienzan a estar presentes los táxones secundarios indicadores de actividad agrícola, paralelamente al incremento sustancial de los valores del taxón Cerealia, si bien en sectores litorales este taxon incluye también especies silvestres. Finalmente, tampoco creemos que comporte una especialización el trabajo requerido para la explotación de las minas. La experimentación no nos permite calcular aún de forma satisfactoria el tiempo que costaría excavar un tramo determinado de mina en la litología de Gavá con herramientas copiadas de las neolíticas. A modo de aproximación podemos utilizar los datos estimados por G. Clark para las minas neolíticas de Grime's Graves (Norfolk, Inglaterra): tres hombres durante seis meses abrirían un pozo de 140 m^ (citado en Nougier, 1977: 106). Según estos datos una mina tipo del Neolítico Antiguo Evolucionado de Gavá, que representa un volumen aproximado de 6,14 m3 de roca, pudo ser explotada en 8 días. Evidentemente, estas cifras sólo son aproximativas, pero revelan que el tiempo necesario para el trabajo minero no parece requerir una especialización. Los problemas simbólicos y/o "religiosos" que pudieron estar ligados a una explotación minera cuentan con un reducido espacio dentro de la Arqueología minera por las restricciones que impone a su estudio el registro. Los indicadores arqueológicos directos son escasos: grafitos de Krzemionki, y estatuillas de Grimes Graves y Petit Spiennes (Lernia y Galiberti, 1993: 80). Por ello, el hallazgo de una figurilla de cerámica, representando muy probablemente una diosa de la fertilidad, en una de las Minas de Gavá, tiene un gran significado. Algunos de nosotros (Bosch y Estrada, 1994b: 157) expresábamos la hipótesis que la fertihdad a la que debió estar vinculada no fuera únicamente la agrícola, sino que ésta hubiera que entenderla en un sentido más amplio incluyendo también la fertilidad mineral de la tierra. Reco-gíamos el paralelo arqueológico de Grimes Graves, interpretado en un sentido parecido (Green, 1993); y el etnológico de los mineros quechuas bolivianos, que practicaban, como los agricultores, un culto a la diosa Pacha Mama (madre tierra). El mundo simbólico y religioso ligado a la minería debía sin duda ser tan complejo como difícil de llegar a ser conocido hoy; el estudio detallado de objetos como la figura antropomorfa de Gavá y de su contexto arqueológico quizás nos permitirá acercarnos a él.
El descubrimiento en el año de 1860 de un conjunto de 30 jabalinas sin un contexto arqueológico preciso constituye un hallazgo excepcional, siendo hasta la fecha el conjunto más numeroso de este tipo de arma encontrado en toda el área del Mediterráneo y regiones circundantes. El correcto encuadramiento histórico de estas piezas exige un estudio tipológico comparativo y la utilización, por primera vez, del anáUsis de la composición del metal. Los análisis químicos señalan una producción local, mientras que los paralelos establecidos con piezas Las puntas de jabalina (2) recuperadas en 1860 en el dolmen de la Cueva de La Pastora constituyen aún hoy día, tanto por su forma como por el número y lugar de aparición, un hallazgo singular en la Prehistoria de la Península Ibérica. A pesar del tiempo transcurrido desde su aparición no se conocen nuevos ejemplares similares que puedan aportar información complementaria sobre su contexto, y es por ello que continúan siendo un referente ambiguo utilizado en la investigación para apoyar las posiciones que interesen. La ausencia de un contexto arqueológico definido y su excepcionalidad han hecho difícil encuadrar estas piezas de manera definitiva. Ante la falta de referentes precisos y su reciente reivindicación como elementos importados o de contacto entre la Península Ibérica y el Mediterráneo Oriental en una fecha a partir de mediados del segundo milenio a.C. (Martín de la Cruz, 1991:113), creemos necesario su estudio actualizado. Dos son las aportaciones que podemos realizar, por un lado el estudio tecnológico, incorporando los resultados analíticos sobre su composición y compararlos con el resto de materiales metálicos de la Edad del Bronce del área sevillana, y por otro un estudio tipológico comparativo con las puntas de jabalina próximo orientales, que actualice el estudio clásico de Almagro (1962) y que permita valorar adecuadamente los parale-Hsmos existentes. (2) A lo largo del texto usaremos indistintamente los términos "jabalina" o "lanza", dado que no hay diferencia semántica entre ellos. Los diccionarios únicamente señalan una variación en cuanto a tamaño entre estas piezas, que coinciden con otros términos como los de "dardo" o "venablo" en su carácter de arma arrojadiza y en su definición como tipos de lanzas. DESCUBRIMIENTO, CONTEXTO Y PRIMERAS INTERPRETACIONES Los escasos datos que aporta Tubino (1868: 52-53 y 58) sobre su localización debajo de una gran piedra en la pendiente occidental del túmulo que configura el dolmen, hacen pensar que no se encontraban directamente relacionadas con la utilización inicial como espacio funerario del monumento. Del mismo modo su supuesta aparición dentro de una "urna cerámica" (Almagro, 1962: 7), sin más precisiones sobre su forma, individualizan el hallazgo del resto de la estructura y predisponen a considerar su deposición en un momento posterior a la construcción y uso del mismo. Aunque la opción propuesta por Almagro (1962: 9) de que pudieron depositarse en el interior del dolmen y su ubicación final fue consecuencia de una limpieza o saqueo no es del todo descartable, sin embargo, nos parece poco creíble dado el número tan elevado de piezas y su aparición conjunta en un contenedor cerámico y no desperdigadas o mezcladas con otros materiales. La documentación obtenida en las diversas intervenciones realizadas en el monumento tampoco aporta información complementaria que ayude a su comprensión. Siempre han sido escasos los restos arqueológicos recuperados en esta estructura funeraria. Inicialmente, Tubino (1868) apenas menciona datos que no sean los arquitectónicos, siendo muy pocos los restos de ajuar encontrados en el corredor y la cámara, y hasta las citas de Cañal (1894) y de Candan (1894) (3) a restos humanos, no se tiene constancia segura de la presencia de enterramientos, aunque Tubino (1868: 57-58) ya indicara su funcionalidad. En 1962 Almagro Basch publica por primera vez en detalle todo el conjunto de puntas de jabalina junto con otros materiales donados al Museo Arqueológico Nacional (M.A.N., Madrid) por la Duquesa de la Unión de Cuba y Condesa de Peña Ramiro en el año 1945 y que aparecen como pertenecientes al dolmen. La información documental aportada sobre el hallazgo de las puntas apenas se incrementa, a ex-cepción de esos nuevos materiales cuyo origen exacto o modo en que fueron recuperados no queda especificado ni en la publicación (Almagro, 1962) ni en el expediente de donación. Llama la atención que entre todos estos objetos se encuentre también una fíbula de metal, no citada por Almagro, que señala la existencia de elementos más modernos en este entorno y la posible reutilización del dolmen en etapas más tardías, si realmente fue recuperada en él (4). Sin embargo, su estudio comparativo de las puntas de jabalina constituirá un referente imprescindible para los investigadores de las siguientes décadas, tanto por la cronología propuesta como por la aparente vinculación que se establece con el mundo del Mediterráneo Oriental y que ha podido servir de apoyo a las hipótesis colonialistas, a pesar de que Almagro (1962: 34) manifestase su creencia de una manufactura local. En estas fechas de principios de los años 60 se realiza una primera intervención de urgencia motivada por el deterioro sufrido por el monumento y en ella se documenta una parte aún desconocida del corredor, que llega a alcanzar hasta 42 m de longitud. Los materiales son brevemente mencionados por Carriazo (1974) años más tarde con una somera descripción, pero resaltando su escasez. En estos mismos años salen también a la luz datos sobre las excavaciones de otros dos dólmenes de similares características (con largos corredores) como el de Matarrubilla (5) (Collantes de Terán, 1969) y el de Ontiveros (Carriazo, 1961-62), ambos próximos al de La Pastora. En ninguno de estos dos dólmenes se documentó ningún elemento paralelizable con las puntas de jabalina, pero el conjunto de los restos aparecidos son perfectamente encuadrables en el contexto Calcolítico con el que se asocian tradicionalmente estas estructuras. En los años 70 se inician las excavaciones en el vecino poblado de Valencina de la Concepción (Ruiz Mata, 1983), identificado como el lugar de habitat de los constructores de estos dólmenes. Los datos publicados, que confirman una cronología calcolítica para muchos de sus materiales, señalan una amplia ocupación temporal del yacimiento, y en la cronología que inicialmente se propone se utiliza como referente las fechas de 1800-1600 a.C. argumentada por Almagro para las puntas de jabalina. Las recientes intervenciones de urgencia vuelven a presentar un material claramente Calcolítico (Fernández Gómez y Oliva, 1985), destacando la presencia de algunos enterramientos o restos humanos dentro de las estructuras excavadas en el terreno y los indicios de una actividad metalúrgica (Ruiz Moreno, 1991; Murillo Díaz, 1991). Las fechas radiocarbónicas obtenidas nos situarían en un momento de transición entre el segundo y tercer milenio a.C, con una tercera fecha de mediados del II milenio a.C. y relacionada según los excavadores con cerámica campaniforme (Fernández Gómez y Oliva, 1985:117) (6). En este entorno sevillano se concentra una numerosa serie de estructuras de enterramiento, ya señalada pqr Cañal (1894:144-145) en las inmediaciones de La Pastora, y comprobadas recientemente en las excavaciones de urgencia realizadas en la zona (Murillo et alii, 1990) donde se han identificado varias cámaras circulares con corredor excavadas en el suelo. De entre ellas la denominada Roquetito I presentaba el mejor estado de conservación y proporcionó los restos de 31 individuos y un abundante ajuar cerámico, lítico [entre ellos un vaso calizo (7)] y metálico, con tres hachas planas, un puñal y una sierra. Estas piezas constituyen el conjunto de metal más numeroso de las sepulturas descubiertas, al margen de las puntas de jabalina de La Pastora y los fragmentos de láminas de oro de Matarrubilla. Las últimas intervenciones realizadas en el Dolmen de La Pastora con el fin de consolidar y acondicionar el monumento (Ruiz y Martín, 1993) han continuado aportando escaso mate-(4) En el cercano dolmen de Matarrubilla (Collantes de Terán, 1969) y en el de Ontiveros (Carriazo, 1961-62) también fueron recuperados algunos elementos de época ibérica y romana dentro de la estructura de corredor. (5) El dolmen de Matarrubilla ya había sido excavado y publicado anteriormente por Obermaier (1919). (7) Otro vaso calizo apareció en las excavaciones de Collantes de Terán (1969) en el dolmen de Matarrubilla. rial (algunos fragmentos cerámicos, cuentas de collar y dientes humanos). Ruiz y Martín (1993: 556) hacen referencia a la realización de un futuro estudio que incluirá los materiales inéditos de la excavación de 1961 y sobre el que en estos momentos no tenemos noticia de que haya sido publicado, pero que sin duda es necesario para completar la escasa información disponible. En cuanto al conjunto de jabalinas hemos de precisar algunos de los datos publicados por Almagro (1962). El primer aspecto controvertido es el número de piezas que constituía el hallazgo. Tubino (1868: 52-53) expresa la existencia de "hasta 30 flechas", pero de una forma poco categórica sin una contabilización segura, y esta estimación es recogida por Candan (1894) y el resto de investigadores incluido Almagro, aun-que en su trabajo únicamente se especifica la existencia de 28 de estas piezas: 14 depositadas en el Museo Arqueológico Nacional, y otras 14 en el Museo Arqueológico de Sevilla. Sin embargo, en la actuahdad la ubicación de las piezas es diferente: en el M.A.N. se encuentran 13 de estas puntas (Lám. I), habiendo sido intercambiada la restante con la Cámara de Compto Reales de Pamplona por fragmentos del mosaico de Arróniz (8). En el Museo Arqueológico de Sevilla, por el contrario, están registradas 15 puntas, la última de las cuales, siglada con fecha de 1982, sin especificarse su procedencia concreta o la forma de ingreso. En consecuencia, en estos momentos hay localizadas 29 puntas de jabalina, por lo que si se acepta el número de 30 mencionado por Tubino aún quedaría en paradero desconocido una de ellas. Las investigaciones previas sobre la composición de estas piezas han sido siempre ambiguas y poco claras. La primera referencia procede de Siret (1913: 400) quien dice haber analizado una de las piezas del M.A.N. con el resultado de ser de cobre. En este comentario no debe buscarse más sentido que la valoración genérica que se realiza sobre una pieza fabricada en cobre como elemento principal y en contraposición a la posibilidad de que hubiera sido un bronce o aleación de cobre con estaño, como erróneamente apuntó Almagro (1962: 25) al calificarlo de "puro". Dentro del proyecto de metalurgia europea realizado por el Landesmuseum de Stuttgart se analizaron algunas de estas puntas de jabalina. Una procedente del Museo de Sevilla (Junghans et alii, 1960: n° 830) ofrecía un valor de 1,9 % Sn y 1,3 % As, lo que contradecía la opinión expresada por Siret y colocaba a estas piezas en una situación próxima a la aleación con estaño, aunque un valor tan bajo de este elemento no demuestra (8) La localización del paradero de esta punta de jabalina se debe a las investigaciones realizadas por Ruth Maleas, ayudante del Departamento de Prehistoria del M.A.N., a quien queremos agradecer el haber aclarado esta cuestión y haber puesto a nuestra disposición esta información. sénico parece responder a una distribución normal agrupada en torno al 1%, valor convencionalmente establecido para separar los cobres arsenicados, pero que en este caso puede ser interpretada como consecuencia de la no intencionalidad de su presencia en el metal, y cuyo origen, al igual que el resto de impurezas, debe obedecer al tipo de mineral empleado. No conocemos de momento las características de los metalotectos del Suroeste peninsular, pero sí disponemos de otros materiales analizados procedentes de esta zona que nos permiten comparar los resultados y apreciar en qué posición quedan situadas las puntas de jabalina en relación al resto de la producción metálica de su entorno geográfico. En las figuras 1 y 2 se comparan los resultados analíticos de las 28 puntas con los de otras 44 piezas de la provincia de Sevilla pertenecientes al Calcolítico, Bronce Antiguo y Bronce Medio, etapas en las que pensamos pudieron fabricarse estos singulares objetos de cobre. De momento, tampoco disponemos de fechas precisas para situar las primeras aleaciones de bronce en la región, aunque suponemos que, al igual que en el Sureste (Fernández-Miranda et alii, 1995), esto debió acontecer en un momento no muy anterior al Bronce Tardío y ya dentro de la segunda mitad del II milenio a.C. en fechas sin calibrar. Esta comparación de análisis nos permite apreciar la gran homogeneidad del conjunto del Dolmen de La Pastora antes comentada, ya que los valores de todos los elementos quedan mucho más agrupados que los del resto de piezas de la provincia, según se aprecia en los histogramas (Fig. 1). A la vez, un estudio bidimensional con las impurezas de Ag-Sb y Sn-Sb (Fig. 2) muestra cómo la serie de las jabalinas queda englobada dentro de la distribución del resto de los materiales sevillanos, sin que ninguna de las primeras presente valores dispares o alejados. Al tratarse el conjunto comparativo de piezas de diversa cronología y procedencia dentro de la provincia de Sevilla es lógico que pueda aparecer mayor variabilidad, pero en cualquier caso el rango de variación sigue siendo reducido, lo que acentúa aún más la homogeneidad de las puntas de jabalina. Ampliando el área de estudio y empleando los análisis obtenidos en el Proyecto "Investigación arqueometalúrgica de la Península Ibérica" podemos comentar que algunos materiales onubenses y gaditanos responden a características similares, aunque aparecen esporádicamente valores más altos de plata y antimonio que elevan la media, especialmente en el caso de la plata para la provincia de Huelva. En la necrópolis gaditana de las Cumbres (con materiales algo más tardíos, en su mayoría de bronce), por comparar series amplias de un mismo yacimiento, los valores de plata y antimonio son en general más elevados (9). Del mismo modo, es más frecuente encontrar impurezas de estaño y con valores más altos en los materiales cordobeses. Y, finalmente, utilizando como referencia otros materiales peninsulares que ya han sido estudiados, aunque procedentes de zonas más alejadas, podemos mencionar la clara diferencia que (9) La media para Las Cumbres es de 0,013 % Ag y 0,035 Sb, mientras que las puntas de jabalina tienen 0,002 % Ag y 0,008 Sb, y en el resto de la provincia de Sevilla es de 0,010 % Ag y 0,015 Sb. En los cálculos se han eliminado en cada caso los valores superiores extremos que tienden a distorsionar la media, y en realidad constituyen excepciones (Rovira y Montero, 1994b). existe con las series de materiales argáricos de la Cuenca de Vera (Almería) (Montero Ruiz, 1992: tabla 3) o con los estudiados de la provincia de Madrid (Rovira y Montero, 1994a). En cuanto a la técnica de fabricación, aunque no disponemos de análisis metalográficos, su aspecto exterior y la experiencia que tenemos de otros tipos nos permiten reconstruir el proceso sin excesivas dudas. A partir de una barra metálica de sección circular y mediante la combinación del trabajo de forja en frío y recocido se da forma a la hoja en uno de los extremos, adelgazando y alargando levemente las superficies. En el otro extremo, el pedúnculo se adelgaza y estira mediante la misma combinación de técnicas, para conseguir la zona de enmangue con una sección cuadrángulas Este trabajo manual explica la diversidad de formas que estas jabalinas presentan en las hojas (Fig. 3), así como en el adelgazamiento del enmangue o la variación en sus dimensiones y pesos, sin que ninguna de ellas pueda considerarse estrictamente igual a otra. Por el contrario, si hubieran sido fabricadas en molde presentarían más semejanzas formales. Desconocemos, sin embargo, cuál fue el trabajo final en el que quedaron las piezas, es decir, si el último tratamiento recibido fue un martillado o por el contrario quedaron en estado de recocido, y la intensidad o calidad del mismo, lo que quizás podría acercarnos algo a su cronología por comparación con los datos observados en la manufactura de las Puntas Pálmela (Rovira et alii, 1992). En definitiva, los datos que nos proporcionan estos análisis son que fueron fabricadas en el entorno de su área de descubrimiento, empleando un mismo tipo de mineral para todas ellas, con una alta probabilidad de que éste proceda de zonas no excesivamente alejadas o al menos del mismo lugar de aprovisionamiento que otras piezas contemporáneas. Debido a su gran homogeneidad quizá pudiera también aceptarse que se manufacturaron en un período breve de tiempo mediante un trabajo de forja sin intervención de molde, lo que produce un producto poco estandarizado. La ausencia de bronces nos lleva a situar su cronología de manera tentativa en fechas sin calibrar anteriores a la mitad del II milenio a.C. Tabla 2. (*) Depósito de Arslantepe/(+) Resto tipo "Kara-Hasan". Ltol = Media de la longitud total. Lhoja = Media de la longitud de la hoja. Lenm = Media de la longitud de la zona de enmangue. En la descripción tipológica de las jabalinas del Dolmen de La Pastora debemos destacar, en primer lugar, la propia estructura tripartita de las piezas (hoja, pedúnculo y zona de enmangue diferenciada) como rasgo particular de este tipo de arma. La hoja foliácea presenta una forma de tendencia triangular con nervadura central, que en algunos casos (Museo de Sevilla n.° 328-2) apenas es visible, y en ciertos ejemplares se conjuga con la presencia de bordes biselados. El pedúnculo es de sección circular, mientras la espiga del enmangue se transforma en una sección cuadrada. El paso de la sección circular u oval a la sección cuadrada resulta esencial y comporta un especial punto de apoyo para asegurar la unión con el mango (Chernij et alii, 1990: 82). Disponiendo de los datos métricos, ya expuestos con bastante precisión en la publicación de Almagro (1962: 11-19) pero con algunos errores, nos parece útil establecer a través de los mismos la relación numérica entre cada uno de los componentes estructurales de estas piezas y calcular los valores medios en el diámetro del pedúnculo y en el ancho máximo de la hoja (Tabla 2). Por sí mismas estas cifras no indican más que la proporción entre los distintos elementos, pero nos permiten apreciar el grado de homogeneidad en su concepción y fabricación, y lo que es más importante, nos suministran unos parámetros para establecer las comparaciones con el resto de modelos de puntas de lanza (jabalinas) en el Mundo Antiguo. Esta descripción métrica nos permite observar, en primer, lugar una diferencia entre el ancho máximo de las hojas y establecer dos grupos equilibrados: las hojas más estrechas (17-20 mm: 13 ejemplares) y las más anchas (21-25 mm: 14 ejemplares). Sin embargo, si atendemos a la relación entre el ancho máximo y la longitud de la hoja cambia esta agrupación formándose un grupo minoritario de 5 ejemplares entre aquellas que presentan las hojas más estrechas (proporción superior a 3: M.A. N. 10.190; 10.191; 10.194; y 10.196; Museo de Sevilla n.° 328-13) y definiéndose como más característico una longitud entre 2 y 3 veces el ancho de la hoja (22 ejemplares). Esta división, que es bastante evidente con una simple observación visual, nos recuerda una vez más la importancia de las proporciones entre los distintos componentes estructurales de la pieza, al margen de los datos métricos absolutos en sí. En esta' actualización debemos dar paso al estudio comparativo buscando los puntos de semejanza y diferencia con otros elementos tanto dentro como fuera de la Península Ibérica. Las puntas de lanza, como categoría de arma, aparecen en la Península Ibérica sólo a partir del Bronce Final, caracterizándose los ejemplares conocidos por su enmangue tubular. En períodos anteriores únicamente encontramos un tipo de pieza como es la punta de flecha, encuadrable en la categoría de herramienta-arma (Montero, 1994: 56) por su doble funcionalidad (cinegética y de lucha), que pueda aproximarse en cierta medida a las jabalinas, a pesar de las diferencias tipológicas estructurales. La esencial carga funcional como arma arrojadiza, basada en la fuerza manual, que poseen las puntas de lanza marca la diferencia con las puntas de flecha, que funcionan a través del arco, lo que condiciona su estructura bipartita (hoja-pedúnculo), tamaño y peso. El tipo de punta de flecha metálica más común y generalizado en la Península Ibérica es la punta Pálmela, asociada con el fenómeno campaniforme. En alguna ocasión han sido consideradas poco efectivas como flechas dado su elevado peso, especialmente las procedentes de la Meseta Norte, y en consecuencia podrían haberse usado como "extremos de jabalinas o lanzas de escasa envergadura" (Delibes, 1977: 109), aunque la presencia de brazales de arquero dentro del ajuar "típico" campaniforme haría necesario plantear un estudio más exhaustivo sobre la funcionahdad de los distintos tipos o variantes de estas puntas. Basándonos en esta supuesta correlación funcional de las puntas de lanza y de algunas flechas, podrían plantearse unas comparaciones métricas como una de las posibilidades de estudio, pero dada la evidente diferencia en la longitud total entre ambos grupos, con valores medios de 92 mm para las puntas Pálmela y 256 mm en las puntas de jabalina, nos fijaremos en la forma y tamaño de las hojas. La media del ancho máximo de las Pálmelas que están recogidas en la base de datos del Proyecto "Investigación arqueometalúrgica de la Península Ibérica" da un cifra de 21,8 mm, valor muy próximo al que nos proporciona el conjunto de jabalinas (21,2 mm); sin embargo, la variabilidad es más acusada en las primeras donde existe un numeroso grupo que supera los 30 mm de anchura. El diseño de las hojas de algunas de estas jabalinas (Fig. 3) levemente se acerca a las Pálmela del tipo B de Delibes (1977: 110), aunque éstas se caracterizan por la ausencia de nervadura central. En general, la estructura de la hoja es marcadamente diferente de las puntas Pálmela. Además de este intento general de comparación con las Pálmela, debemos mencionar ciertas piezas singulares cuya longitud las aproxima en cierta medida a las jabalinas. En primer lugar, se encuentra una punta de flecha de la colección particular de D. Emilio Aramburu procedente del yacimiento de Cuartillas (Mojácar, Almería) (Montero Ruiz, 1994: 118, Apéndice IV: PA0797; PA0798) con 170 mm de largo total y una hoja de forma lanceolada que ocupa casi la mitad de la longitud total. Otra procede del poblado jiennense de Los Alcores (Porcuna), que los autores del hallazgo llaman de "tipo Pastora" para distinguirla de otra punta encontrada allí mismo que es de tipo Pálmela (González Navarrete y Arteaga, 1980: 205, Fig. 9 E, D). La punta de "tipo Pastora" tiene la hoja triangular con una anchura de 15 mm y 116 mm de largo total y aunque la forma de la hoja es similar a la de las jabalinas, el resto de su estructura (bipartita) no puede paralelizarse, por lo que consideramos poco adecuada su denominación. Las piezas más largas que conocemos, aunque de cronología algo posterior a la que hemos señalado para las jabalinas de La Pastora, son dos puntas de Encinas de Esgueva (Valladolid) con longitudes de 195 mm y 181 mm y hojas triangulares de bordes biselados (Delibes, 1977: 63, Fig. 23). En estas dos últimas piezas la estructura de la hoja se parece más al tipo de puntas de flecha con hombro marcado (Rovira et alii, 1992). Si en el caso de las Pálmelas lo que hemos comparado con las jabalinas de La Pastora son los parámetros de la hoja, en estos casos particulares, podemos utilizar también la proporción entre la longitud de la hoja y el largo total de la pieza para destacar las diferencias. Sólo la hoja de la punta de Los Alco- T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es res ocupa 1/4 del largo total del objeto, como las de La Pastora (Tabla 2), mientras que en las otras tres las hojas ocupan un poco menos de la mitad de la longitud total. Siendo conscientes de que estas comparaciones pueden resultar algo forzadas, intentamos únicamente subrayar la marginalidad y singularidad de las jabalinas de La Pastora en el contexto de la Península Ibérica antes de pasar a una visión más amplia de este tipo de arma en el Mundo Antiguo. LAS PUNTAS DE JABALINA EN EL MEDITERRÁNEO ORIENTAL Las puntas de lanza o jabalinas de espiga son conocidas desde épocas muy antiguas en el Mediterráneo Oriental y en el Próximo y Medio Oriente. A partir del período Uruk en Mesopotamia (3500-2800 a.C.) aparecen escenas en estelas, sellos y figuritas (Fig. 4) con representaciones de largas puntas de lanza. Esta tradición se continua durante el Dinástico Antiguo (2800-2400 a.C), tal y como se puede apreciar en algunas de las piezas más espectaculares y conocidas como el estandarte de Ur (Woolley, 1934: Pl. 92) y la "estela de los buitres" de Eannatum (Blanco Frejeiro, 1972: Lam. VII), y durante el período Acadio (2370-2220 a.C), siendo la estela de Naramsin el ejemplo más característico (portada). Este tipo de imágenes podría seguir rastreándose hasta la época aqueménida. El aspecto de la hoja más frecuente en estas representaciones es el foHáceo. Sin embargo, el sistema de enmangue es más difícil de identificar correctamente, quedando en parte desvirtuado en algunos casos por el escaso detallismo de las imágenes (Fig. 4: 1) y en otros por quedar oculto en el astil (Fig. 4: 3), propiciando las especulaciones de los investigadores a la hora de establecer paralelos directos entre los ejemplares de lanzas halladas en yacimientos arqueológicos con las imágenes realizadas en otros soportes (Tufnell, 1953: 164). En efecto, esta tradición iconográfica fue la base de todos los trabajos de tipología comparada (Schaeffer, 1948; Stronach, 1957) destacándose la prioridad de aparición de los ejemplares sumerios. Reconocemos que el estudio iconográfico de estas escenas podría permitir una investigación muy interesante sobre la importancia que se otorgaba a este tipo de arma, como objeto vinculado a la "Casa Real" (Fig. 4: 1, 2), su modo de empleo o sobre el tipo del ejército y guerra organizada de la época (Quesada Sanz, 1985: 80). Pero nosotros pretendemos centrar nuestro estudio comparativo en la información proporcionada por el registro arqueológico. Contrariamente a los datos mencionados en los estudios de Schaeffer (1948) y Strohach (1957), las jabalinas más antiguas que conocemos proceden de la necrópolis de Varna I, a inicios del IV milenio a.C. En las tumbas 43 y 97 se recuperaron dos jabalinas (Eluère, 1989: 140), aunque ambas presentan una estructura bipartita (hoja-vástago), una longitud del pedúnculo considerable y el extremo del enmangue curvado, son bastante diferentes entre sí: la de la tumba 43 tiene una hoja corta, fohácea y el vastago de sección circular bastante grueso, mientras que la de la tumba 97 tiene la hoja triangular y el vastago de sección rectangular. En relación con la situación que se plantea con las puntas de jabalina del Dolmen de La Pastora, dos aspectos destacan de este hallazgo. El primero es la aparición de este tipo de pieza metálica en un contexto geográfico y cronológico alejado de los modelos proximo-orient ales y mesopotámicos, en este caso antecediendo a los mismos. El segundo es la ausencia total de este tipo de armas en la zona de los Balcanes y los Cárpatos (Chernij et alii, 1990: 85; Fig. 15) a lo largo del Calcolítico y de la Edad del Bronce Antiguo y Pleno, que indica que el modelo iniciado en Varna no prosperó dentro de estas sociedades. En general, el área de distribución de las jabahnas de espiga dentro del Mundo Antiguo se limita al Asia Menor, Siria-Palestina, Mesopotamia, Transcáucaso y Mundo Egeo, estando ausentes, además de los Balcanes y los Cárpatos ya indicados, en el Cáucaso del Norte y el resto de Europa Oriental (Chernij etalii, 1990: 83-85). Entre la enorme variedad de tipos de jabalinas repartidas en las distintas áreas citadas, fácilmente accesibles a partir de los trabajos de síntesis y catálogos pubUcados en la última década (Avilova y Chernij, 1989; Philip, 1989; Ta- lion, 1987), vamos a referirnos únicamente a los tipos más parecidos a los ejemplares en estudio y que estuvieran en uso en una época contemporánea. En primer lugar, debemos recordar que las jabalinas que nos interesan son aquéllas con estructura tripartita, con hoja foliácea, pedúnculo de sección circular y enmangue de sección cuadrada ("lance à soie" o "tanged spearhead"). Teniendo en cuenta como punto de partida los ejemplares de Siria-Palestina y del Cáucaso mencionados en el artículo de Almagro (1962: 25-32), podemos establecer una relación numérica entre los distintos componentes estructurales de estas piezas (Tabla 2). Los resultados nos permiten formar dos grupos generales convencionales a partir de todos los tipos citados y en función de las proporciones entre la longitud total de las jabalinas y la longitud de la hoja: el tipo "Kara-Hasan" (Fig: 5-1, 2 y 3), donde la hoja es casi la mitad del objeto y el tipo "Tell Duweir" (Fig. 5-4, 5 y 6) en el que la hoja ocupa entre 1/4 y 1/5 del total, proporción que, por cierto, es semejante a la de las jabalinas de La Pastora. En esta aproximación tipológica prescindimos de un detalle morfológico como es el extremo del enmangue curvado (Figs. A través de la comparación visual entre los distintos ejemplares de puntas de lanza (Fig. 5) T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es vemos claramente la delicadeza y elegancia de los ejemplares peninsulares, de menor tamaño y con grosores de los vastagos bastante más reducidos. Las jabalinas de La Pastora mantienen casi todas las proporciones, especialmente con el tipo "Tell Duweir", pero con tamaños absolutos menores (10), al margen de que la mayoría de las piezas de este tipo oriental presenta la espiga del enmangue curvada. La delimitación cronológica es un poco más complicada, sobre todo teniendo en cuenta la desviación que existe en las fechas asignadas a los términos Calcolítico, Bronce Antiguo y Medio de la Prehistoria de la Península Ibérica, del Mediterráneo Oriental y del Próximo Oriente. El límite cronológico nos viene impuesto por la propia tipología de las piezas, y ésta no es otra que la marcada por la sustitución de las jabalinas con vastago por las de enmangue tubular, que empieza a producirse a finales de la Edad del Bronce Antiguo (EBAIII)-Dinástico Tardío en la periodización mesopotámica (2700-2350 a.C.) y se produce definitivamente a lo largo de la Edad del Bronce Medio (2350-1750 a.C). En consecuencia, en fechas absolutas el período de utilización de las jabalinas de vastago podría quedar definido de forma genérica entre la segunda mitad del IV milenio hasta los primeros siglos del II milenio a.C. Esta cronología concuerda bien con las fechas atribuidas a los sistemas transculturales del área como son la Provincia Metalúrgica Circumpóntica (PCM) (Chernij et alii, 1990) o de el/los sistema(s) mundiales de la Edad de Bronce en Asia Occidental (Kohl, 1989: 231). Una vez definidos los dos principales tipos de lanzas tripartitas que más puntos en común pre-(10) Se conocen casos de fabricaciones de objetos metálicos inspirados por algunas ideas foráneas muy reducidos en los volúmenes generales, como son las hachas tubulares halladas en los kurganes de la cultura de pozos (yamno-poltavkinskaya) del Bronce Medio en los Urales del Sur (Morgunova y Kravtsov, 1994: 45). Estas últimas repiten en volúmenes más delicados y afinados los ejemplares del Bronce Antiguo del Cáucaso y la región de los Balcanes y Cárpatos fundidas en los moldes bivalvos de tipo I (Chernij et alii., 1990: 87). sentan con los ejemplares hispanos, queremos analizar su reparto geográfico. Este estudio territorial nos muestra que su distribución queda reducida a áreas más o menos concretas (Fig. 6) como son la propia Palestina (Fig. 6F), Mesopotamia e Irán (Fig. 6G), Cilicia; el Norte de Siria y la cuenca media y alta del Eufrates (Fig. 6E) y el Transcáucaso (Fig. 6D), quedando vacía toda la Anatolia occidental y la costa meridional del Mar Negro, menos la necrópolis de Ikiz-tepe (Fig. 6C), el Mundo Egeo, ciertas áreas de Ana-toUa oriental y toda Europa Oriental y Meridional. En los mapas se aprecia además cómo el tipo "Kara-Hasan" es más numeroso y aparece repartido por una área mucho mayor que el tipo "Tell Duweir", el cual, si excluimos dos casos singulares de hallazgos aislados del Transcáucaso (Fig. 6D), queda casi concentrado en Palestina, entre la costa y el Mar Muerto (Fig. 6F), manifestándose como una variante que podríamos denominar local de este tipo de arma. La cuantificación realizada sobre las jabalinas tripartitas conocidas y publicadas hasta la fecha nos ofrece la cantidad de 150 ejemplares para toda el área de referencia, el 80 % de las cuales procede de contextos funerarios. Si excluimos de este número aquellas que presentan el extremo del enmangue curvado nos quedarían únicamente 90 piezas. Si además consideramos que el conjunto más numeroso corresponde a las 12 piezas recuperadas en el depósito del nivel VIA de Arslantepe (Palmieri, 1981), el hallazgo de casi 30 jabalinas en el Dolmen de La Pastora destaca aún más. Desgraciadamente, no tenemos datos de las composiciones químicas de todas las jabalinas para poder hacer un estudio exhaustivo, pero algunos de los conjuntos están analizados y presentan todas la variaciones posibles de la época. Así las piezas de Arslantepe están fabricadas con cobres arsenicados, con un porcentaje medio de 2,7 % As (máx. 4,3 %, mín. 1,3 %) (Palmieri, 1981: 109), y las puntas de la necrópolis de Ikiztepe, pertenecientes al EBA III y por tanto más tardías que las de Arslante- (Moorey, 1972: 189), muy parecidas a las de Arslantepe, son de cobre, así como las de Tell Duweir (Philip, 1989: 516) y Tell'Ajjul (Tufnell, 1958: P1.22), aunque algunos ejemplares de tipo "Tell Duweir", como el de la tumba G83 de Jericó lleva 3,4 % de arsénico (Philip, 1989: 516). La particularidad de las jabalinas de Susa es la cantidad notable de níquel junto a una alta tasa de arsénico (Tallón, 1987: 320). Por último, las jabalinas del nivel de la destrucción entre II/III de Ras-Shamra que, segiín la opinión de Schaeffer, coexisten con puntas de enmangue tubular, son ya de bronce, con porcentajes de estaño (3,01%, 4,41% y 9,67%) y plomo (1,5% y 1,21%) (Schaeffer, 1948: 605 Apéndice II) y corresponderían a los ejemplares más tardíos (2000-1800 a.C). La diversidad en las composiciones de los metales usados para fabricar las jabalinas independientemente de su morfología refleja en cierta medida la variedad del mineral usado en distintas partes del Mundo Antiguo, probando una vez más la ausencia de un punto común en la producción de este tipo de objeto. La información sobre la técnica de fabricación es todavía más escasa que la de la composición química. Disponemos de pocos datos entre los cuales se encuentra el único hallazgo de un molde de fundición, procedente del poblado de Tepecik en AnatoHa Central (Fig. 6E: 16) en los niveles del Bronce Antiguo I (Esin, 1974: tafel Id). El molde univalvo representa un negativo de una lanza bipartita de hoja foliácea bastante corta, con largo pedúnculo y sin la zona del enmangue diferenciada. Esta pieza puede interpretarse como el molde de un objeto semifabricado. (11) El depósito está compuesto de 12 puntas de lanzas, 9 espadas, y una placa de terminaciones espiraliformes. La cronología del nivel VIA del yacimiento de Arslantepe, basado en una serie de dataciones radiocarbónicas es antigua (finales del IV milenio a.C), aunque algunos investigadores ponen en duda esta fecha, en función de la posición estratigráfica del depósito que, quizás, pudiera vincularse con el nivel de la invasión transcaucásica de mediados del III milenio a.C. (Yakar, 1984: 68). al que le falta un trabajo de forja en frío y recocido para dar forma al enmangue. Por otra parte, disponemos de otros casos completamente diferentes como son los fragmentos de enmangues curvados de jabalinas tipo "Kara Hasan" procedentes del yacimiento epónimo, y que se encuentran en el Ashmolean Museum de Oxford (Watkins, 1974: Fig. 2). El interés de estos fragmentos está en las rebabas metálicas que son una prueba de su manufactura en moldes bivalvos, técnica que siempre se ha mencionado como habitual para la fabricación de las jabalinas de tipo "Kara-Hasan" (Palmieri, 1981: 109; Philip, 1989: 73). Incluso estos escasos datos demuestran la diversidad de tecnologías aplicadas en la fabricación de estos tipos de arma. A la vista de los comentarios anteriores, la actualización del estudio de las jabalinas del Dolmen de La Pastora nos permite expresar las siguientes conclusiones: A partir del análisis de la composición química de todo el conjunto de las jabalinas es evidente la fabricación local de estas piezas utilizando minerales procedentes del entorno de la zona del descubrimiento y usados durante el Calcolítico-Bronce Antiguo. A pesar de los años pasados desde el hallazgo de este conjunto y ante la ausencia de ejemplares semejantes, la jabalina como tipo de arma debe considerarse totalmente ajena al contexto de la Prehistoria de la Península Ibérica. Nuestros esfuerzos comparativos con los objetos metálicos contemporáneos nos lleva a reafirmar su excepcionalidad. El análisis de las jabalinas con la misma estructura morfológica en el Mediterráneo Oriental y en el Próximo Oriente demuestra grandes diferencias en los tamaños absolutos, en las proporciones entre los componentes estructurales, o en la ausencia de algunos detalles morfológicos, que pueden ser en ciertos casos producidos por la distinta técnica de fabricación empleada en cada área concreta. En resumen, las semejanzas formales no son consideradas suficientes para poder establecer vínculos o relaciones directas entre los tipos T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es orientales y las jabalinas de La Pastora. La inspiración formal, que no puede ser descartada, sin embargo debe quedar matizada por el ejemplo antes comentado de las jabalinas de Varna, y en cualquier caso exige una reflexión más profunda sobre los posibles mecanismos (12) que pudieron generarla. Tampoco conviene olvidar que no existe ningún conjunto tan numeroso de este tipo de arma en las regiones donde es conocido su uso y que, sin embargo, las representaciones iconográficas y su aparición en distintos contextos arqueológicos señalan su integración cultural y su empleo con funciones diversas. Al hilo de este último comentario nos surgen algunos planteamientos sobre el significado del hallazgo de las jabalinas en la Península Ibérica, aun cuando pudieran aparecer otras piezas en futuras excavaciones. Parece que por razones que no están bastante claras ya sea el contexto histórico-cultural de la sociedad prehistórica del Calcolítico-Bronce Antiguo, el concepto de los símbolos de prestigio, el tipo de guerra o la manera en que se manifiesta el conflicto, la idea de las jabalinas con vastago es rechazada o no admitida (Chernij et alii, 1990: 97) y ha quedado en la Prehistoria de la Península Ibérica sólo como un ejemplo-intento de inspiración foránea (Gilman, 1993:106) sin que se generara ningún tipo de interdependencia material con el Mediterráneo Oriental. Dispondríamos en este caso de un proceso de invención desde un punto de vista local, ya fuera por imitación de un modelo foráneo o por la aparición de una nueva idea, cuya adopción fracasó debido a unos factores sociales que se nos escapan pero que deberían obedecer a alguno de los mecanismos de rechazo expresados por Mc-Glade y McGlade (1989: 283-288).
JUAN ANTONIO CÁMARA SERRANO (*) FRANCISCO CONTRERAS CORTÉS (*) CRISTÓBAL PÉREZ BAREAS (*) RAFAEL LIZCANO FRESTEL (*) RESUMEN Se plantea aquí la relación del ritual de enterramiento con la reproducción social prestando especial atención a las inhumaciones de la Edad del Bronce del Sur de la Península Ibérica, así como a los mecanismos de herencia a los que pueden estar vinculados. También se discute el papel de la apropiación de los rebaños en la jerarquización social y el carácter servil y aristocrático de esas sociedades. Por último, se encontrarán algunas reflexiones sobre los límites de lo que llamamos "Horizonte Argárico" y las causas de la expansión de los rasgos de cultura material que lo definen. logia dominante, se cumplan automáticamente, aunque los instrumentos de dominio pueden utilizar también las tergiversaciones de estos fenómenos en su propio provecho. De este modo, por un lado, en un primer momento en la periferia de la Ideología oficial, los funerales pueden ofrecer el medio de reproducir las relaciones personales (familiares) del difunto (Lindstrom, 1988) en favor de su descendencia o su familia inmediata. Por otro lado, el monopoHo de la dirección ritual (Scarduelli, 1988: 103; GodeHer, 1989: 32), o de alguna de sus fases, actuando y respondiendo a los mecanismos referidos de acumulación familiar, y desigual, puede conducir a la permanencia simbóhca de sólo algunos de los miembros de la sociedad, aquéllos que vuelven a veces a través de sus descendientes directos, que de esta forma pueden acceder a reclamar directamente su herencia, especialmente pecuaria en los inicios de la jerarquización. La utilización del ritual funerario, y por tanto de los difuntos, en la reproducción del grupo social y su posición adquiere dos importantes variantes, que se combinan en distinta manera en cada formación social, y que se manifiestan con especial claridad en los inicios de la jerarquización durante la Prehistoria Reciente. En primer lugar, puede implicar a toda la comunidad, ya sea de forma real en las sociedades comunitarias (1) cuando la oposición hacia el exterior se unía a la cohesión/control de la fuerza de trabajo interna (Lizcano et alii, e.p.), ya sea de manera ilusoria cuando los representantes de algunos de los grupos sociales (clanes) logran en provecho suyo y de sus parientes cercanos acceder al control coercitivo de toda la comunidad a través de la manipulación de los mecanismos ideológicos que les permiten la identificación con la comunidad/divinidad (Godelier, 1989: 28; Scar-dueUi, 1988: 123), así como por el uso en provecho propio de los instrumentos de amenaza física (Gailey y Patterson, 1987: 8). En estos casos, se honra a los ancestros genéricos, impersonales, que domaron la tierra y guardaron la semilla e hicieron crecer los rebaños (Bloch, 1981: 138-141), cuyo aspecto personal desaparece en el curso de los funerales, hasta su definitivo destino en la tumba, en la tierra comunitaria domada. Cualquier referencia a los difuntos se coloca en un terreno mítico, atemporal y eterno. En segundo lugar, a medida que los conflictos sociales se agudizan, como resultado del crecimiento del propio aparato del Estado y de las ambiciones que se desatan entre aquellos que garantizan su funcionamiento, la reclamación del poder, de la reproducción de la fortuna acumulada, adquiere la forma de la demanda de la linealidad familiar. Lo importante ahora son los antepasados, los muertos recientes, cuyos cadáveres son ahora tratados normalmente con mayor cuidado. Es en los momentos de descentralización aristocrática, como el que tiene lugar durante la Edad del Bronce, cuando la estructura de la tumba no va a ser lo más importante. Así, en el Sureste y la Alta Andalucía suele quedar oculta bajo lo doméstico, que ahora pasa a un primer plano, expresando aún más la continuidad física entre los miembros familiares (Chapman, 1991: 268; Oilman, 1991), como lo hace también la unión de hombre-mujer y niños. Ahora adquiere mayor relevancia el ajuar (Shennan, 1982) cuya normalización debe expresar los equipos de lujo individuales destinados a la ostentación (Oilman, 1987) en los casos principescos y, en general, a hacer visible una posición social de la que, a la larga, pese a los intentos de emulación incitados por una ideología que resalta la apariencia y determinadas actividades sociales sobre otras, no se podía escapar. Riqueza, poder y herencia Ha sido Oodelier (1989:137-143) quien recientemente ha demandado mayor atención sobre los mecanismos diferenciales de apropiación de la Naturaleza en las sociedades comunitarias señalando que en todas las sociedades presentes o pasadas existe un determinado grado de propiedad individual. Si a ello le unimos el hecho, de que en determinadas comunidades parte de los medios de producción, particularmente el ganado (que es en si también un producto directamente aprovechable), no sólo se convierten en elementos susceptibles de apropiación individual (familiar) sino que, a través de la reproducción de las alianzas del difunto en sus funerales, se convierten en una heredad directa de la familia y no del clan (Lindstrom, 1988), podemos comprender que el traspaso de la propiedad en todas las sociedades debía regularse de alguna manera, especialmente cuando con el desarrollo de las clases, la aparición de la explotación tributaria y la separación radical de determinadas personas de la propiedad, la colectividad de ésta se convierte en una falacia y la posesión no queda como una propiedad representativa, tal y como había sucedido en las sociedades comunitarias, sino disminuida, sujeta al tributo, aunque sea al Estado como genérico. Al dominio de las esferas fantasmales se le une siempre en las sociedades teocráticas la propiedad eminente del suelo por parte de la unidad-Estado (Godelier, 1989:189-191). Aun cuando esta apropiación no pudiera ser reproducida también desde la división de la tierra comunitaria en beneficio de las famihas aristocráticas, nos queda sin embargo la apropiación diferencial del ganado (Kristiansen, 1984), ya que contrariamente a lo que se ha reseñado frecuentemente para la Península Ibérica (Vicent, 1990; Hernando, 1993), el proceso de acumulación desigual y la sedentarización plena no tienen lugar como resultado de la competencia por la tierra agrícola (2) sino por el control de la fuerza de trabajo humana y de los rebaños (Lizcano et alii, e.p.). Quedaría ahora por discutir si es la posición la que da la riqueza o viceversa. Como hemos indicado sólo los que tienen propiedad importante (incluyendo no sólo los rebaños sino la capacidad de movilizar gentes como clientes y por tanto de aumentar su potencial coercitivo de rapiña y dominio sobre los campesinos sometidos, que se expresa a su vez en las armas) acceden al poder y sólo el poder estatal garantiza la reproducción del sistema aristocrático visible en la propia evolución histórica. Bien es cierto que en estas socieda-des la riqueza no es un fin en sí misma y la ideología aceptada marca otros objetivos: ser el mejor guerrero o ciudadano por ejemplo, lo que supone ejercer el poder y gozar de sus prebendas. El que sigan existiendo ritos de iniciación (tal vez rapiñas) al estado adulto no invahda el argumento más bien lo reafirma ya que la adscripción a un estamento no borra la pertenencia a una clase por la posición en torno a la producción y sus resultados. Numerosos autores europeos han señalado la disminución de la importancia de la diferenciación social según el sexo y la edad (Shennan, 1982; Harding, 1984) pero Mays (1989) rechaza el papel de la herencia señalando que los niños enterrados indican el estatus de los parientes más que el propio. Sin embargo, es evidente que, aunque los elementos que acompañan como ajuar al niño no forman un equipo infantil, aquellos planteamientos son una falacia por tres razones (3): en primer lugar, debemos destacar que especialmente en las clases altas durante las ceremonias importantes se tiende a mostrar a los niños como adultos, siendo una forma de disuadir a los competidores al presentar al sucesor en los conflictos y en las alianzas. En segundo lugar, volviendo a la muerte, cualquier tratamiento de los difuntos, y no sólo éste, pretende influir en los vivos y reproducir las relaciones sociales existentes, afirmar las diferencias entre las familias y, en general, la jerarquía. Por último, para negar la herencia por este argumento habría que establecer primero qué tipo de relación se da entre el fallecido y los parientes, hasta qué grado de parentesco tiene lugar la participación directa en las ceremonias funerarias ya que como estamos viendo en estas sociedades la famiha se ha restringido bastante con respecto a momentos anteriores de la Prehistoria europea. La muerte y la subordinación Un último punto a tratar aquí es la especificidad de lo que se han denominado "enterra- (2) Dado que, en primer lugar, no puede existir competencia sino por los medios de producción en tanto que productos; en segundo lugar, la importancia de la agricultura en el Neolítico Final debe demostrarse; y, por último, lo importante no es el grueso de la producción sino aquella parte que es susceptible de ser utilizada en el dominio social. (3) Como ya se señaló en la Memoria de Licenciatura de uno de nosotros, J.A. Cámara, titulada El ritual funerario y el conflicto social. Aproximaciones teóricas y dirigida por Fernando Molina González. T.F.,53,n.°l,1996 (c) mientes típicos argáricos", aquellos que se sitúan al interior de las viviendas, bajo el suelo, bajo los bancos, o embutidos en las paredes de ellas. Si el enterramiento bajo las casas en el área argárica destaca las diferencias entre unidades familiares (Chapman, 1991: 268; Oilman, 1991) como expresión del éxito aristocrático (Shennan, 1982: 158-160), no parece sin embargo que sea un contexto apropiado para la exhibición pública; pero aquí se olvida que la tumba argárica no es una entidad aislada sino que se incluye en un contexto visible y a la vez privado, la casa. Así ésta se convierte en el "túmulo" de exhibición sacra (4) pero acentuando (4) En la primera parte de este artículo (Contreras et alii, 1995: 97) ya se utilizó esta fórmula en sentido figurado, refiriéndonos también a la disposición total de los poblados y su relación con la organización social. la adscripción privada del antepasado y su secreto. Por contra el enmascaramiento queda atenuado al colocarse el antepasado en el contexto socioeconómico propio y no romperse en absoluto la relación. Pero es también esto lo que facihta nuestra comprensión de la jerarquización social, máxime si consideramos la colocación de los cuentes (e incluso de los siervos domésticos) junto a los aristócratas, elemento que se deduce ya de los resultados de otros yacimientos del Sur de la Península Ibérica (MoHna, 1983:100). I) en el contexto cronoespacial que le corresponde, un grupo de formaciones sociales del Alto Guadalquivir (Fig. 1), deberemos recordar antes que los rasgos de cultura material expresan, y son el resultado de la jerarquización y el desarrollo de las clases so- ciales: tanto las diferencias en el tratamiento, tipos, usos de las cerámicas y los otros elementos de la cultura material mueble (Lull y Estévez, 1986; Contreras et alii, 1987Contreras et alii, -88, 1995;;Buikstra et alii, 1992), como las diferencias en situación y tipo de sepulturas (Molina y Pareja, 1975; Schubart y Arteaga, 1986; Contreras et alii, 1991Contreras et alii,, 1995;;Chapman, 1991: 271), o el estado físico de los cadáveres como resultado de su tipo de vida (Jiménez y García Sánchez, 1989-90; Contreras et alii, 1995), y, en este sentido, habría que recordar que no toda la población de los asentamientos argáricos entraba en los niveles de clientela aristocrática ni en los siervos domésticos que podían tener sistemas de vinculación semejantes (o ser producto de la conquista y la rapiña) pero agudizados y dirigidos a otros fines. El resto de la población, en un porcentaje aún muy numeroso, mantendría su teórica autonomía (Contreras et alii, 1995), pero la presión coercitiva, por la vía del temor militar o por el dominio de las esferas de reproducción ideológica, vendría facilitada y enmascarada por los deseos de emular las ricas exhibiciones de los poderosos. Esto, a su vez, derivaba en un endeudamiento mayor y en la agudización de las contradicciones, especialmente cuando su subordinación a los aristócratas supone la aceptación de otras formas de tributo, especialmente defenderlos. LOS ENTERRAMIENTOS DE LA EDAD DEL BRONCE EN EL ALTO GUADALQUIVIR. LOS LÍMITES CULTURALES Y LOS LIMITES GEOGRÁFICOS Para poder definir aquello que denominamos "Horizonte Argárico del Alto Guadalquivir ( 5)" (Contreras et alii, 1995) como el grupo de formaciones sociales cuya vinculación en la lado, son escasas las excavaciones realizadas en Las Campiñas (reducidas al entorno de Porcuna, Arteaga, 1987; Arteaga et alii, 1987; Nocete, 1994: 52) y se desconoce casi totalmente el ritual de enterramiento en éstas. Pese a todo podemos señalar que el límite occidental de lo que hemos llamado "Horizonte Argárico" se situaría entre los cursos del Rumblar y el Jándula, viéndose que la articulación entre los poblados de este último (Pérez et alii, 1992a) es muy diferente a la relativa homogeneidad del poblamiento en el primero durante la Edad del Bronce. Más al Sur, según los datos con que actualmente contamos, difícilmente alcanzarían estas sociedades el cauce del río Guadalbullón y, con seguridad, las formaciones sociales del pasillo de Alcalá-Moclín formarían parte de otra gran unidad social como resultado de las relaciones entre la costa malagueña y el Alto-Medio Guadalquivir. Ni siquiera en el interior de la zona del Alto Guadalquivir incluida en ese "Horizonte Argárico" está presente la homogeneidad pudiendo pensarse en la existencia de varias formaciones sociales, aunque en el área central de nuestro estudio, constituida por La Loma de Úbeda, la cuenca del Rumblar y la Depresión Linares-Bailen (Fig. 1), las diferencias se explican en gran medida en base a la aparición de poblados de nueva planta y poblados que perviven (Contreras, 1982), no siendo los poblados nuevos la avanzadilla de prospectores metalúrgicos como se había pretendido (Ruiz et alii, 1986). Debemos referirnos aquí a las causas de la denominada expansión argárica y en primer lugar qué debemos entender por tal. En nuestra opinión la difusión de los rasgos de cultura material por amplias zonas durante la Edad del Bronce se basa en el desarrollo de las relaciones comarcales entre las élites aristocráticas, en sus alianzas matrimoniales, el intercambio de dones y la emulación, así como en el sustrato previo que suponían los estados que se desmembraron con las revueltas de las aristocracias periféricas (como sugiere Nocete, 1994: 360 para el caso de Las Campiñas). Los elementos que indican prestigio naturalmente pueden variar como resultado de su distancia al foco de origen cambiando incluso su significado (Shennan, 1982). En el caso del Sureste y la Alta Andalucía estos elementos de prestigio están constituidos especialmente por una gran cantidad de armas, exponentes de una sociedad ideológicamente guerrera, adornos en metales preciosos y por elementos que han sido considerados típicos de la "norma argárica" (copas, botellas, vasos carenados, etc.). Las relaciones tan estrechas son las que explican las dificultades de delimitación de las fronteras de las formaciones sociales en un mundo descentralizado en el que las posesiones de las élites pueden estar, a veces, separadas en el espacio, aunque la estabiüdad a largo plazo exigía la búsqueda de territorios continuos y la reproducción del sistema la agresión constante sobre las formas de riqueza móviles. De esta forma la difusión en ningún caso puede leerse como la expansión de un pueblo conquistador desde el Sureste (Vano, 1963), o simplemente una migración pacífica a la búsqueda de nuevas tierras de explotación agropecuaria (Valiente, 1980), ni siquiera se puede generalizar la búsqueda de yacimientos minerales (Molina, 1983: 92; Lull, 1983: 456) más allá de la escala comarcal, aunque es indudable que para explicar los poblados de nueva planta, dada su situación en zonas prácticamente despobladas anteriormente pero inmediatas al centro de poblamiento, debemos recurrir a desplazamientos desde los núcleos cercanos preexistentes tanto en el Este de Granada (Molina et alii, 1986) como en el Norte de Jaén (Nocete et alii, 1987; Lizcano et alii, 1990) donde podemos rastrear cómo a la dispersión de los nuevos núcleos de poblamiento a la búsqueda de minerales, y también de un control más estricto del territorio de explotación, acompañó por un lado la reestructuración de algunos centros como el Castro de la Magdalena o Cástulo (Lizcano et alii, 1992; Pérez et alii, 1992b) (Lám. Ill) y, (6) Con las argumentaciones que luego se desarrollarán sobre las formaciones sociales (o formación social) que ocuparon La Loma de Úbeda y la Depresión Linares-Bailen en la segunda mitad del II milenio a.C. puede chocar la ausencia de enterramientos bajo las viviendas en Cerro del Salto pero ello puede deberse al hecho de que la mayoría de los sondeos estratigráficos (excepto el corte 2) tuvo por objeto documentar los sistemas de fortificación y la secuencia que contra ellos se depositó (Hornos et alii, 1987a; Nocete et alii, 1986). A. LI-2L Cástulo (Linares, Jaén), el más famoso yacimiento de la Depresión Linares-Bailen, si bien la ocupación prehistórica ha sido eclipsada en la investigación por el habitat ibérico y romano. Cerro del Salto (Vilches, Jaén), exponente de la ocupación de nuevas tierras en el II milenio a.C, fue objeto de una intervención arqueológica de urgencia en 1985 (Hornos et alii, 1987a; Nocete et alii, 1986). Los Guindos (La Carolina, Jaén), exponente de la colonización de la Edad del Bronce hacia el interior de Sierra Morena y vinculado a yacimientos mineros. por otro, una intensificación de la explotación de las zonas agropecuarias (Ruiz et alii, 1986; Sánchez y Casas, 1984; Zafra, 1991; Zafra y Pérez, 1992), que no creemos se circunscriba únicamente al secano sino, como hemos dicho, a una deUmitación más precisa y cercana de los territorios de explotación tradicional, como muestra la presencia de poblamiento previo en Úbeda (Hornos et alii, 1987b), Sabiote (Hornos et alii, 1987c), Iznatoraf (Lizcano, 1990), y posiblemente en Úbeda la Vieja (Molina et alii, 1979) y las inmediaciones de Baeza (Zafra y Pérez, 1992). En cualquier caso lo que nos interesaba reseñar es cómo con la dispersión de un poblamiento fortificado, y dependiente en cierto grado, a través de las alianzas y el soporte ideológico, los centros nucleares se vieron libres en parte de la presión interna, en algunos casos por la fuerza secesionista de las aristocracias periféricas como sucedió en Las Campiñas (Nocete, 1994: 360), pero reprodujeron en sí mismos el encastillamiento y los símbolos que renovaban la conexión, las alianzas, y que dirigían ideológicamente los resultados de la explotación descentralizada. Sólo en este contexto se comprende la gran producción metáhca en Peñalosa (Contreras et alii, 1991(Contreras et alii,, 1992) ) y la dependencia entre unos poblados y otros. Por tanto, las diferencias internas que documentamos en el poblado de Peñalosa deben referirse a un contexto más amplio, en primer lugar la formación social que ocupó, al menos, el Oeste de la Depresión Linares-Bailen y la cuenca del Rumblar, penetrando a través del río Grande (como expone, por ejemplo, el yacimiento de Los Guindos, López y Soria, 1978) (Lám. Por ello, no debemos olvidar que las alianzas tendieron a reproducir el sistema a lo largo de una ruta que remontaba el Guadiana Menor hacia el Alto Guadalquivir. Pero, de hecho, si el único objetivo hubiese sido el metal, a toda costa, desde el este de la Vega de Granada donde se sitúa un importante núcleo argárico (Molina, 1983: 100-107; Fresneda et alii, 1987-88) el camino más corto hacia los filones metalíferos del Alto Guadalquivir hubiese sido el pasillo de Alcalá-Moclín donde no existen los yacimientos típicos, sino necrópolis al exterior del poblado como en el Oeste de la Vega de Granada (Navarrete y Carrasco, 1979) y el Este de la provincia de Málaga (Baldomcro y Ferrer, 1984) pese a que algunos autores lo consideran una importante ruta de comunicación (Lull, 1983: 406-407; Carrasco y Pachón, 1986), lo que es cierto pero no con respecto a formaciones sociales que incluyan los rasgos argáricos y, por tanto, no en relación al poblado de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén). Las Campiñas Occidentales del Alto Guadalquivir no sufrieron la espectacular transformación por emulación, visible en la zona oriental de la provincia sino más bien una reacción similar ante la expansión de las comunidades de la Depresión hasta la Vega del Guadalquivir (Roca et alii, 1987; Contreras et alii, 1987a) (7) que ayudó primero a la consolidación del sistema de control a base de fortines y después a la fragmentación territorial (Nocete, 1994: 336-338 y 360). No se trata así de un simple bloqueo continuista (Ruiz et alii, 1986). Serán las comunidades de la zona del Segura y el Este de Granada las que expandan sus (7) Lamentablemente, el estado de las excavaciones en Sevilleja (Contreras et alii, 1987a) (Lám. IV) no permite afirmar este punto con rotundidad al haberse localizado únicamente enterramientos que estaban expoliados o destruidos por fases culturales posteriores. Junto a un importante habitat aterrazado aparece una cultura material mueble perfectamente relacionable con la de la Depresión Linares-Bailen y La Loma de Úbeda, con las que no existe discontinuidad en el poblamiento (Lizcano et alii, 1992; Pérez et alii, 1992b; Zafra y Pérez, 1992). relaciones (8) hacia el Alto Guadalquivir, y es allí donde, posiblemente por oposición Las Campiñas reaccionan resolviendo sus propias contradicciones y reactivando las rutas de comunicación occidentales hacia la costa malagueña. En este sentido, es interesante la potenciación de las comunidades del Piedemonte Occidental (Ruiz et alii, 1990), e incluso del pasillo de Alcalá-Moclín desde momentos del Cobre Final (Ruiz et alii, 1986; Nocete, 1994: 338). LAJERARQUIZACIONENELALTO GUADALQUIVIR Y LA UTILIZACIÓN DE LA MUERTE EN LA LUCHA SOCIAL Producción y desigualdad social Para nosotros la clase es ante todo una relación (Ste. Croix, 1988: 60), el resultado de la posición de los diferentes grupos humanos en torno al proceso de producción (Godelier, 1989), incluyendo tanto los medios materiales empleados como los resultados a que da lugar, y por tanto el proceso de apropiación desigual (Ste. De esta forma queda claro cuan absurdo es hablar de niveles de riqueza sin estudiar el funcionamiento de la producción incluyendo la distribución de los productos en el interior de una formación social prehistórica, la forma en que se apropiaba la gente del trabajo ajeno (9), y en este sentido debemos criticar que en la discusión reciente sobre el grado de jerarquización en las sociedades de la Edad del Bronce del Sur peninsular se haya tendido a buscar un descenso gradual en el nivel de riqueza y se haya querido extrapolar éste a la organización social en función de un número igual de clases o estamentos a los definidos a través de la estadística (8) Y no en la forma de desplazamientos masivos, aunque posiblemente sí de matrimonios entre aristócratas bastante alejados. (9) Un problema diferente es la determinación del modo de producción dominante en base no a qué sistema de explotación predominaba en términos numéricos, sino a qué sistema empleaba la cúspide social para extraer el excedente que le garantizaba su dominio. Sevilleja (Espeluy, Jaén), situado en el entorno del Guadalquivir, fue objeto de una breve campaña con objetivos estratigráficos en el marco del proyecto ya referido Análisis histórico... (Lull y Estévez, 1986; Buikstra et alii, 1992), por más que la articulación de diferentes relaciones sociales en una misma formación social, el diferente juego de las relaciones dominantes y dominadas aun bajo el dominio de un mismo modo de producción enmascare las oposiciones fundamentales. La organización familiar, por otro lado, actúa no sólo como discutimos al principio del artículo facilitando la herencia lineal justificada por el culto a los antepasados más o menos directos y justificando el origen mítico de los nobles, sino también perpetuando la desigualdad al desvincular las ramas empobrecidas de los clanes que podían socorrerlas, de forma similar a como el poder de una comunidad, o clan, atraía extranjeros o extraños hacia él. La única salida que quedaba a los pobres, y de fundamental importancia para la reproducción del sistema, era vincularse ahora a la sección fami-Har aristocrática lo que, al mismo tiempo, con-vertía la explotación en más personal y directa. El análisis de la clientela y la servidumbre lo dejaremos, sin embargo, para el próximo apartado, y nos centraremos ahora en las formas en que se organiza la producción en favor de sólo algunos miembros de la sociedad. Uno de los rasgos más repetidos con respecto al registro arqueológico de Peñalosa es la escasez de elementos relacionados con la producción agraria (Contreras et alii, 1987b; Nocete, 1994) lo que contrasta profundamente con otros de los yacimientos del Alto Guadalquivir, como Sevilleja (Contreras et alii, 1987a) (Lám. IV) o el Cerro del Alcázar de Baeza (Zafra y Pérez, 1992); sin embargo, la presencia de abundante cereal almacenado en algunas casas (Contreras et alii, 1991(Contreras et alii,, 1992) ) había llevado a plantear la necesidad del intercambio, a resultas también de la escasez de terrenos cultivables en las inmediaciones del cerro (Contreras et alii, 1987b), aunque por el con-T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es trario éstos no están ausentes de las cercanías (Nocete et alii, 1987), y se sitúan apenas a veinte minutos de marcha, si no consideramos los terrenos aluviales que quedaron ocultos por la construcción de la presa del Rumblar. A estas objeciones hay que unir la dificultad de transporte de elementos continuamente demandados para la subsistencia. Por eso, debemos pensar que la abundante producción metalúrgica de Peñalosa y de los poblados circundantes (Contreras et alii, 1991(Contreras et alii,, 1992;;Pérez et alii, 1992aPérez et alii,, 1992b)), destinada sin duda, en gran parte, hacia el exterior, en principio hacia otros poblados de su misma formación social pero también hacia zonas más alejadas en función de las relaciones entre las élites a las que hemos hecho referencia, debió encontrar contrapartidas diferentes al grano, que formaría la base alimentaria, cuyo suministro debía garantizarse en todos los casos. El ganado choca con muchas de las objeciones que hemos planteado en relación al cereal, pero si los rebaños de diferentes especies podían pastar fácilmente en el entorno de Peñalosa debemos considerar en nuestra valoración también la importancia del ganado como elemento de riqueza acumulable y móvil, al mismo tiempo como producto y como medio de producción (10) y por tanto como entidad con valor de cambio, a lo que debemos añadir el hecho constantemente referido de su capacidad de ser objeto de apropiación individual, especialmente en las rapiñas o los intercambios que conseguirían estos animales ya crecidos y listos para el consumo (o la exhibición en algunos casos, especialmente en el del caballo). De tal forma halla más contenido la distribución diferencial de los animales en cuanto a número y especies en el poblado de Peñalosa (Contreras et alii, 1995: 93-95) y especialmente la presencia de caballos y bóvidos consumidos en las casas ocupadas por las familias que monopolizan el poder. Un poder que se hace también evidente en la aparición de cerámicas decora-das en gran parte de estos contextos domésticos (Contreras et alii, 1995: 95-96). Por el contrario, la metalurgia, el proceso que tradicionalmente se había considerado que impulsaba la jerarquización a través del desarrollo de las fuerzas productivas, por la acción exterior o la propia evolución autóctona (Lull, 1983: 456; Molina, 1983: 92) muestra escasas diferencias entre las familias de Peñalosa, incluso en los ajuares de las sepulturas. Así, sólo la presencia de almacenamiento de galena argentífera en el CE Vlle (Contreras et alii, 1991: 229) o la aparición de elementos de este material en el ajuar de la sepultura num. 7 muestra importantes diferencias de acumulación (11) (Contreras et alii, 1995:102) que, en el segundo caso, se relacionan perfectamente con las referidas anteriormente sobre la distribución de équidos, bóvidos y cerámicas decoradas, especialmente si consideramos las tumbas pobres o aisladas en las mismas casas como las que corresponden a siervos (Contreras et alii, 1995:104-105). Al igual que sugerimos en su día que la producción metalúrgica no garantizaba la posición social, que era debida por el contrario al control de su canalización y de los beneficios que reportaba (Contreras et alii, 1991: 236), como ya se había referido (Lull, 1983: 456-457; Gilman, 1987a), debemos añadir ahora el hecho de que aún en el propio poblado la producción especializada no era suficiente para conseguir el culmen del poder y sus beneficios, lo cual no debe extrañar si recordamos que la explotación se debía realizar fundamentalmente a través del control de la fuerza de trabajo, incluyendo el control sobre estos herreros. De tal forma, se comprende que sepulturas excepcionalmente ricas se encuentren en áreas alejadas de los filones (Carrasco et alii, 1979) e incluso fuera de los límites de lo que hemos considerado "Hori-(10) El cereal por el contrario sólo se puede acumular en sí como producto pero para su reproducción desigual precisa un control excluyente de la tierra, convertida ahora sí por el trabajo en medio de producción. La movilidad del ganado, por el contrario, provoca que los rebaños apropiados puedan crecer aun manteniendo el régimen comunal de los pastos. (11) La presencia de elementos de plata es excepcional en un hallazgo aislado de una sepultura en las cercanías del conocido yacimiento de Los Villares de Andújar (Carrasco et alii, 1979) si bien en función de este mismo aislamiento parece difícil, como después argumentaremos, que esta zona se incluya durante la Edad del Bronce en la misma formación social que Peñalosa, hecho que viene avalado también por la evolución posterior del área. En cualquier caso, la excepcionahdad del ajuar muestra que en las zonas más alejadas del área productora metalúrgica las diferencias en riqueza mobiliaria debieron hacerse más acusadas. T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es zonte Argárico del Alto Guadalquivir", hecho que ya habíamos reseñado para la cuenca del Jándula y las zonas más occidentales (Pérez et alii, 1992a) (Fig. 1) y que tal vez podamos extender a áreas más orientales de la Vega del río Guadalquivir (Zafra y Pérez, 1992). Clientes, siervos y príncipes. Dominio y difusión de símbolos A partir del análisis del registro funerario de Peñalosa (Contreras et alii, 1995: 103-105) pudimos plantear un modelo de sociedad tripolar basada en la alta tasa de explotación de un grupo social, los siervos, que desarrollando su actividad en favor de la nobleza residían y adquirían su derecho al enterramiento junto a ésta. En la línea teórica que hemos desarrollado en las páginas que anteceden ello supone la pérdida de cualquier derecho individual de estos siervos a los bienes comunitarios y su adscripción de por vida a los que garantizan su subsistencia. Un problema adicional que hasta ahora no habíamos explorado suficientemente es el origen del empobrecimiento tratándose sin duda de un proceso, que se inició en el seno de las "sociedades teocráticas" que dominaron en el Calcolítico y en las que se produce una baja tasa de explotación de una amplia capa de población. La reestructuración a que condujo la "revuelta periférica" que dio al traste con este tipo de sociedades, por sobreexplotación y ambiciones aristocráticas, al menos en el área mejor estudiada de Las Campiñas (Nocete, 1994: 360) debió suponer un factor de inestabihdad añadido para aquellos a los que el doble tributo había empobrecido y especialmente si el resto de la población periférica experimentó una mejora en su situación, tanto en la forma de "beneficios reales" derivados de su participación en la defensa (y las rapiñas) y su acceso a los bienes comunitarios como en forma de beneficios ideológicos derivados de la extensión del deseo de emulación y el acceso más o menos restringido a ciertos productos exóticos o de prestigio. En cualquier caso, por una parte, esa emulación y la ambición de las élites parecían conducir a la formación de séquitos clientelares que evidenciaban la fragilidad de un sistema esta-blecido ya sobre la base de la distinción clasista, mientras por otra parte, como muestran las prospecciones arqueológicas, la descentralización no había conducido a una igualdad total entre los poblados (Nocete et alii, 1987; Lizcano et alii, 1990; Pérez et alii, 1992b), y ello se encuentra en la base de la explicación de la circulación tributaria del metal y determinados recursos acumulativos y subsistenciales, así como en la difusión de los elementos de prestigio trascendentales para el sistema, como justificación de la exacción generalizada del producto social. La explotación sobre la capa de campesinos/guerreros de esta manera también existía en la forma de prestaciones más esporádicas de productos y servicios, y especialmente en este caso del servicio como "ejército", aunque tal hecho no Se percibiera como explotación. Se trata de fenómenos que han recibido el nombre de "explotación colectiva indirecta" (Ste. PERSPECTIVAS PARA LA INVESTIGACIÓN DE LA EDAD DEL BRONCE EN EL ALTO GUADALQUIVIR. LAS CLASES SOCIALES Y LA ORGANIZACIÓN DEL TERRITORIO La relatividad de la riqueza y el papel del metal Los escasos datos sobre sepulturas cercanas, dentro de los límites del "Horizonte Argárico" del Norte y Este de la provincia de Jaén, ínues-tran importantes diferencias de riqueza (Zafra, 1991; Zafra y Pérez, 1992) (12), incluso con (12) Sepulturas de este tipo, incluyendo pithoi, se han referido no sólo para los casos de Úbeda y Baeza (Vano, 1963; Ruiz et alii, 1986; Hornos et alii, 1987b; Zafra, 1991; Zafra y Pérez, 1992), sino para otras zonas de La Loma como Sabiote (Hornos et alii, 1987c), Úbeda la Vieja (Molina et alii, 1979), Iznatoraf (Lizcano, 1990), Torreperogil (Zafra y Pérez, 1992), o incluso más hacia el Este en el Cerro de la Coja de Creerá (Crespo y Pérez, 1990) o en Hornos de Segura (Maluquer, 1974). Sin embargo, dado el escaso número de sepulturas documentadas, excepto en los casos de IJbeda y Baeza, y teniendo en cuenta que algunas veces sólo proceden del expoHo, como en el caso de Orcera, estos hallazgos proporcionan poca infor-T.P., 53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es abundancia en algunas sepulturas del valle del Guadalquivir de elementos de plata (Carrasco et alii, 1979), cuya problemática relación con el "Horizonte Argárico" ya hemos referido arriba, de forma especial si se confirma su aislamiento de cualquier poblado, y así los mismos autores la relacionan con el valle medio y bajo del Guadalquivir (Carrasco et alii, 1979; Carrasco y Pachón, 1986). En este sentido, los estudios exhaustivos que se están llevando a cabo sobre la documentación del Cerro del Alcázar de Baeza serán bastante esclarecedores (13). En cualquier caso, no nos parece sorprendente que la jerarquización quede relativamente enmascarada en los puestos de avanzada metalúrgica al mismo tiempo que en los centros nucleares, a los que nos hemos referido, el poder tiende a exhibirse, como forma de mantener la posición, por la capacidad de uso de la fuerza y por ser el lazo de unión con los centros dependientes y con las aristocracias exteriores que garantizan la afluencia de bienes de prestigio. Por otra parte, y durante un cierto tiempo las posibilidades de nuevas fundaciones actuaban como mecanismos flexibilizadores del conflicto social, especialmente en los núcleos rectores, aunque a su vez ello debía obligar o bien a un reparto de los terrenos agrícolas o de pasto entre los nuevos "colonos" o bien a una cesión a la nobleza periférica de su gestión o control. Con ello se garantizaba el acceso a la mación en torno a lo que se discute aquí, salvo el hecho de que podamos afirmar que se sitúan bajo los niveles de habitat, bajo las viviendas. En este sentido, uno de los yacimientos más interesantes al carecer de poblamiento actual superpuesto, y haber sido objeto de excavaciones arqueológicas recientes, es el Rincón de Olvera (Úbeda), al Norte de La Loma, y en el que se conocen enterramientos bajo las casas y otros en fisuras, atribuidos por sus excavadores a la última fase de ocupación (Carrasco y Pachón, 1986). (13) La muestra aquí es, sin embargo, pese a su mejor conservación, más problemática que la de Peñalosa, al incluirse sepulturas de varios momentos de ocupación del Cerro del Alcázar durante la Edad del Bronce (Zafra y Pérez, 1992), si bien esto apoya nuestra idea de que los centros nucleares no especializados consiguieron mantenerse tras el fin del sistema social, como muestran también los hallazgos de Úbeda (Ruiz et alii,, 1986; Hornos et alii, 1987b), que estaba enfocado por la dispersión de los poblados dependientes a asegurar el control de recursos alejados de las tierras más ricas (pastos de invierno y metal). nueva fundación de familias con sus rebaños pero a su vez se abría una vía rápida para la exacción tributaria hasta consolidar el empobrecimiento servil de algunos. Aristocracia y Estado descentralizado A la hora de valorar la subordinación social en el área de Peñalosa y la planificación de la ocupación del territorio presente en la articulación de poblados encastillados ( 14), aterrazados y de tamaño similar, desde los bordes de la Depresión hasta el interior de las cuencas mineras debemos tener en cuenta la posición de aquellos niícleos que parecen arrancar de períodos anteriores y subsistir más allá del fin de El Argar, especialmente Cástulo (Lizcano et alii, 1992; Pérez et alii, 1992b) (Lám. En la definición de los límites de las formaciones sociales y de la subordinación dentro de ellas chocamos con un obstáculo fundamental, el carácter descentralizado de los Estados de la Edad del Bronce como consecuencia de las ambiciones de las aristocracias que, sin embargo, se ven mediatizadas por las alianzas famihares, y los lazos clientelares y de servidumbre en la relación entre las capas altas y bajas. En el caso de la periferia occidental del "Horizonte Argárico" nos encontramos con la imposibilidad de hallar relaciones permanentes al otro lado de una frontera hostil, que no se puede conquistar y manejar en provecho propio y que debió incidir en el mantenimiento de las tasas de explotación de las clases bajas dentro de un límite para evitar la defección y garantizar la defensa. Por otra parte, las comunidades del otro lado de esa frontera reaccionan y desarrollan, sobre bases propias, nuevos sistemas de defensa descentralizados (Nocete, 1994: 358-360) (15). ( 14) Otro rasgo que podría tenerse en cuenta para explicar la relativa indiferenciación social de estos poblados periféricos es el papel que las necesidades de defensa, al menos de los rebaños y los recursos estratégicos como el mineral, pudieron tener en el mantenimiento de cierto grado de cohesión interna y una capacidad de movilización más general. (15) Al exterior de lo que hemos considerado Horizonte Argárico del Alto Guadalquivir la articulación de los poblados del Jándula en torno a Las Cabrerizas y remontando el T.P., 53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Además, la continuidad territorial era una condición ineludible para la subsistencia del sistema de explotación durante un período amplio. Tal vez por todo ello el sistema del valle del Rumblar/Depresión Linares-Bailen parece más estable y centralizado que el sugerido para áreas cercanas en la misma época, como sería el caso de Las Campiñas (Nocete, 1994: 346-348), donde además la explotación precedente habría facilitado la exacción nobiliaria (16). En ello también pudo influir el que la colonización reciente de algunas zonas provocara que las vinculaciones ideológicas con la comunidad central no se disolvieran con tanta rapidez por la ambición aristocrática, tal y como sucedió a ñnes del Calcolítico en las zonas ocupadas por los poblados centrales en determinadas áreas del Sur peninsular. Naturalmente, esto último no significa que el poblamiento calcolítico estuviera totalmente ausente de la cuenca del Rumblar, tal y como muestra el Cerro del Tambor, con continuidad hacia la Edad del Bronce y donde nuestras prospecciones documentaron la actividad metalúrgica (17) (Lizcano et alii, 1990; Pérez et alii, 1992b), y pese a que su escasa entidad y su rápido abandono impiden considerarlo un yacimiento de primer nivel, aunque sí es interesante que domine las tierras más productivas. Lo que podemos señalar es que la estructuración definitiva de la periferia de la Depresión sólo tuvo lugar en los momentos en que las aristo-cracias, según sugirió Shennan (1982) demandan elementos de prestigio que sirvan para exhibir su poder sin recurrir a los mecanismos tradicionales de las sociedades teocráticas (18) precedentes. Es decir, cuando la demanda de metal como símbolo de relaciones y como medio de conseguir riqueza, en forma de ganado, y de hombres que explotar al máximo, provoca en el Sur de la Península una reacción en cadena que conduce a cierta homogeneización de los elementos de prestigio mientras el territorio apropiado se articula de forma más militarista, incluso al interior de unas mismas formaciones sociales, mucho más dinámicas (en términos de reestructuración política) que las precedentes. De esta forma comprendemos que el sistema de explotación territorial en torno a La Loma de Ubeda permanezca en sus líneas fundamentales aun cuando el sistema de jerarquización de los asentamientos del Cobre Pleno se reestructure en función de una nueva organización social, de forma que si bien perviven yacimientos del reborde de La Loma, aquéllos cuya continuidad hemos resaltado: Baeza (Zafra, 1991; Zafra y Pérez, 1992), Úbeda (Ruiz et alii, 1986; Hornos et alii, 1987b), Sabiote (Hornos et alii, 1987c), etc., en los valles se produce una reestructuración que supondrá el abandono de algunos asentamientos, aunque no el fin de la ocupación de las zonas que controlaban. En los poblados del Valle del Guadalquivir al Sur de curso fluvial hacia los filones (Pérez et alii, 1992a) debe sin embargo ser contrastada con la evolución del núcleo de Los Villares de Andújar (Roca et alii, 1987) y los enterramientos de esa zona (Carrasco et alii, 1979; Carrasco y Pachón, 1986), donde al menos el poblamiento del Bronce Final es excepcional. (16) Y donde la resolución de la triple contradicción de clases, al interior de los núcleos jerárquicos, entre éstos y las aldeas dependientes, y entre las élites del centro y las de la periferia, representada en una agudización de la explotación, al hacerse insoportable, pese a todo, para las masas dominadas, y al potenciar la ambición aristocrática condujo a la desintegración del sistema desde el 1600 a.C. (Nocete, 1994: 337-338). (17) En zonas cercanas también documentamos la técnica metalúrgica desde la Edad del Cobre, tanto en la Depresión con El Cerro del Pino (Pérez et alii, 1992b) como en el entorno de La Loma de Úbeda con el Puente de la Reina (Pérez et alii, 1992c), así como incluso en la zona que hemos considerado exterior al "Horizonte Argárico del Alto Guadalquivir" con el yacimiento de Los Santos (Pérez et alii, 1992a). (18) Entendemos aquí como sociedades teocráticas aquellas formaciones sociales tributarias, en las que el poder de clase, ejemplificado en un solo personaje o un clan, se basaba en su consideración como representante de la comunidad o de las potencias sobrenaturales que regulaban la vida, y que no eran sino la trasposición al plano ideal de la misma comunidad. Los servicios de clase adquirían así la forma de prestaciones voluntarias realizadas en bien de la comunidad, usándose también la fuerza en el mantenimiento del sistema, especialmente cuando la captación de comunidades dependientes, como forma de asegurar un grado de asentimiento relativo en la comunidad central, alcanzaba los límites de la capacidad de movilización de recursos para la reproducción del sistema. La diferenciación de otros tipos de formaciones sociales tributarias no deriva así de la oposición de clases fundamental (servidumbre) sino de la forma del poder político, como resultado también del grado de resistencia de otras relaciones sociales dominadas a ese nuevo sistema de opresión, cuyo desenmascaramiento inicial, pero no total, en el caso que nos ocupa tendrá lugar en la Edad del Bronce. La Loma el Campaniforme Ciempozuelos había alcanzado un importante desarrollo en muchos casos como demuestran los yacimientos de Gil De Olid (Puente del Obispo, Baeza) (Crespo et alii, 1987), Puente Mazuecos, Puente del Río de la Vega de Santo Tomé (Ruiz et alii, 1986), pero sin embargo otros debieron abandonarse en momentos anteriores y la presencia de campaniforme en el Puente de la Reina sólo se ha documentado en superficie (Pérez et alii, 1992c). Se incrementará por el contrario en la Edad del Bronce el poblamiento junto al Guadalimar, como avanzada de la nueva colonización, no meramente "metalúrgica", impulsada desde los centros de poblamiento anterior y no directamente desde el Sureste. Los poblados de la Depresión Linares-Bailen tienden a ocupar las zonas de control de pasos, vados especialmente, como sucede con Cerro del Salto (Hornos et alii, 1987a; Noce te et alii, 1987) entre el Rumblar y La Loma, y especialmente en el Guadiel (Cerro de Buena Plata, Lizcano et alii, 1992). En este sentido, debemos reseñar hoy que naturalmente la concentración del poblamiento, o su dispersión posterior, no resultan mecánicamente de la intensificación agraria sino de los conflictos de clase, incluyendo, como se ha visto, los que tienen lugar al interior de la clase dominante, los procesos que conducen a la restricción, o, raramente, la ampliación de ésta. De esta forma la denominada "crisis del Bronce Final" sólo tiene sentido para los poblados especializados y no para el conjunto de las formaciones sociales, para un determinado sistema de poder y no para la continuidad del poblamiento en términos absolutos.
El trabajo intenta presentar una visión actualizada de la evolución de la metalurgia prehistórica del cobre en tierras alicantinas desde mediados del III milenio hasta los inicios de la Edad del Hierro, incidiendo en la existencia de una metalurgia ya desde momentos pre-campaniformes. En el Bronce Antiguo la tipología metálica cambia, aún con útiles fabricados de cobre arsenicado. Desde 1600 a.C. comienzan a aparecer objetos de bronce binario, generalizándose en el Bronce Final. El conocimiento de las actividades metalúrgicas en la provincia de Alicante (Fig. 1) viene estrechamente condicionado, en primer lugar, por la escasez de mineralizaciones de cobre -^fenómeno extensible al resto del País Valenciano-, considerándose como un área secundaria en la génesis de la metalurgia. Y, en segundo lugar, por la propia naturaleza de los datos. La información de que disponemos para el tramo cronológico a través del cual se desarro-Fig. Situación de la provincia de Alicante en la Península Ibérica. lia la metalurgia prehistórica y protohistórica de base cobre -entre 2400 y 650 a.C.-es bastante desigual, en ocasiones incompleta y a menudo carente de contexto. Como ocurre en otras áreas, la dedicación de las investigaciones en poblados prehistóricos principalmente del II milenio a.C, ha posibilitado un mayor volumen de datos no sólo sobre los objetos manufacturados, sino también sobre las actividades estrictamente tecnológicas (escorias, crisoles, martillos, etc.). En líneas generales, podríamos subrayar la cuahdad y la cantidad de los elementos de análisis en tres áreas principales: en primer lugar, en las Sierras de Orihuela-Callosa-Crevillente; en segundo lugar, en el corredor del Vinalopó y, por último, en la montaña alcoyana. Esto es así merced básicamente a los trabajos de Furgús. LA METALURGIA DEL m MILENIO a.C. El marco conceptual en el que se inscriben las interpretaciones sobre el origen y evolución de las actividades metalúrgicas en la zona objeto del trabajo no es otro que el mismo que afecta al resto del territorio peninsular: la cuestión de la génesis de la metalurgia hispana como un proceso autóctono o como una tecnología adquirida por el contacto con otras sociedades que la conocían, todo ello en un momento más o menos avanzado de la Edad del Cobre. El trabajo más reciente sobre el particular, referido al Sudeste peninsular, se decanta por considerar más adecuada a la realidad la hipótesis de un desarrollo local de la metalurgia, contemplando los tres fenómenos siguientes: la ausencia de contactos con culturas metalúrgicas alóctonas, el primitivismo tecnológico peninsular en relación con otros focos y el continuismo cultural (Montero Ruiz, 1992: 204;y 1994: 272). En la actualidad, la información disponible apunta hacia la existencia de una metalurgia precampaniforme más o menos generalizada por toda la Península Ibérica (Almagro Gorbea, 1978; Delibes et alii, 1988Delibes et alii, y 1989;;Arribas et alii, 1989; Dos Santos Gonçalves, 1989; Montero Ruiz, 1992). Para el País Valenciano, la cuestión de una actividad metalúrgica en época precampaniforme ha sido ampliamente debatida, encontrándonos con autores que han apoyado decididamente su existencia (Aparicio et alii, 1981; Lerma, 1981; Soler García, 1981; Corral Cañón, 1986) al lado de otros que niegan su entidad con anterioridad al Horizonte Campaniforme de Transición (HCT) (Bernabeu Auban, 1984y 1986; Bernabeu Aubán et alii, 1987) (Fig. 2). Uno de los últimos trabajos de conjunto sobre la metalurgia en el País Valenciano es la tesis doctoral de J.L. Simón García, defendida en junio de 1995 en la Universidad de Alicante. El autor desmitifica enconadamente la metalurgia precampaniforme haciendo uso de argumentos dispares. Uno de ellos es la cronología campaniforme del poblado de Les Moreres (González Prats y Ruiz Segura, 1994), en su día catalogado como precampaniforme (González T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es VA _-0 á Fig. 2. Objetos de metal de la etapa precampaniforme: escoplos y punzones de la Cova de la Barcella en Torremanzanas, Alicante (Borrego et alii, 1992). Prats, 1986c) ante la ausencia de esta especie decorada en los primeros registros. Al hilo de este hecho hemos de puntualizar dos cuestiones. Por un lado, el estrecho marco cronológico que concede el citado autor al desarrollo del campaniforme, acorde con la datación tradicional del HCT, a caballo entre el III y II milenios a.C. (Fig. 3). Diversos trabajos sobre esta problemática (Harrison, 1988; Martín Valls y Delibes, 1989) aconsejan considerar un espacio temporal más amplio que cubriría toda la segunda mitad del III milenio y las dos primeras centurias del II. En esa línea, las fases con cerámica campaniforme de Les Moreres deben hallar su lugar cronológico en el último tercio del III milenio, acorde con lo que indica el resto del contexto material, propio de un enclave del tipo Millares-Malagón. Por otro, seguimos desconociendo detalles de la fase más antigua del poblado calcolítico. En el registro de las fases campaniformes, en efecto, ha aparecido un pequeño puñal de lengüeta, toda vez que en superficie se han recuperado dos puntas Pálmela. Pero el conjunto mayor de objetos metálicos viene definido por punzones biapuntados de sección cuadrada y un pequeño escoplo, cuya producción no tiene por qué vincularse necesariamente a aquellos objetos asociados tradicionalmente al fenómeno campaniforme. Otro argumento esgrimido incide en la validación de la tesis tendente a considerar las alabardas o cuchillos bifaciales de sílex que hallamos en varios enclaves calcolíticos del Sudeste y Levante meridional como imitaciones de los puñales metálicos (Courtin, 1974; Cabanilles, 1990), con lo que su cronología sería necesariamente tardía: "De este conjunto, el único elemento distorsionador es el punzón de cobre, que posee todas las características de estos instrumentos en las fases más antiguas, es decir, su gran longitud, extremos biapuntados y una sección y grosor similares a lo largo de toda su longitud. En nuestra opinión, se trata de un punzón de momentos precampaniformes, perteneciente a uno de los últimos enterramientos efectuados en la necrópolis" (Simón García, 1995: 846, inédito). De este modo, Simón García, a pesar de reconocer que el punzón de La Algorfa pertene- ce a la etapa precampaniforme, no tiene inconveniente alguno para -apoyándose en la existencia de uno de estos puñales de sflex en dicha necrópolis y dando por sentada su cronología avanzada-asumir que se trata, en última instancia, de un objeto de prestigio: "Coetáneamente a las primeras cerámicas campaniformes, las cuales todavía no se habían incorporado a estos grupos humanos culturalmente calcolíticos en momentos cronológicos campaniformes" (Simón García, 1995: 847, inédito). Con tales argumentos, muchos de los punzones primitivos hallados en contextos de cuevas de enterramiento colectivo han sido trasladados a época campaniforme -en cronología corta tradicional-, asignándoseles incluso una funcionalidad -harto cuestionable-como sustitutos de las agujas de hueso para el tocado del cabello. Los análisis realizados sobre las piezas metálicas de Les Moreres han deparado un conjunto homogéneo de cobres arsenicales (Tabla 1). Estos valores nos emplazan ante la problemática de si estos contenidos en arsénico son fruto del polimetalismo de los minerales originarios, considerándose así un componente no separado, o si, en cambio, se trata de un elemento aleado intencionadamente, tal y como han venido defendiendo algunos investigadores (Charles, 1967; Harrison y Craddock, 1981; Hook et alii, 1987; Delibes et alii, 1988; Arribas et alii, 1989). Estos valores entran en los parámetros de la composición de los objetos de cobre de los yacimientos tipo Millares, con concentraciones de arsénico entre 1 y 3% (Arribas eía/¿/, 1989:77). Como colofón a la cuestión del origen de la metalurgia del cobre en el III milenio a.C. en la fachada sudeste de la Península Ibérica, permítasenos llamar la atención sobre la presencia de cerámicas monocromas rojas de origen anatólico en Les Moreres (González Prats et alii, 1995), por cuanto su difusión por la cuenca mediterránea ha sido relacionada con el inicio de las actividades metalúrgicas (Mellink, 1993), con lo que podríamos manejar una posible argumentación para explicar la aparición de la metalurgia en la Península Ibérica de modo paralelo a la recepción de estas cerámicas importadas, en una línea no desechada por algunos investigadores (Delibes et alii, 1988). Para la Edad del Bronce, disponemos de un mayor volumen de información propiciado, como decíamos, por la existencia de un más amplio registro arqueológico a través de excavaciones en yacimientos tan paradigmáticos como San Antón, Laderas del Castillo, Caramoro I, Tabayá, La Horna, Isleta del Campello, Cabezo Redondo, Mas de Menente, Ull del Moro, Mola Alta de Serelles o Peña Negra (Fig. 4). En el apartado de las actividades mineras y metalúrgicas, ahora contamos con una buena representación de crisoles, moldes de arenisca, mazas, morteros con cazoletas y escorias, que nos ilustra sobre la generalización de las actividades metalúrgicas en la provincia alicantina, al compás de lo que sucede en el resto del territorio peninsular. La primitiva tipología a base de punzones, escoplos y anillos, ampliada con los tipos que se asocian al campaniforme, ve acrecentado el número de objetos a partir del Bronce Antiguo. Numerosos útiles y armas hacen su aparición por primera vez en Alicante, como es el caso de las hachas planas, inexistentes en épocas precedentes en la zona, junto con los tipos clásicos del II milenio a.C. 4. Pero no creo que podamos establecer una relación de paridad incluso entre aquellos yacimientos mejor conocidos citados, ya que ofrecen una notoria disimetría en la cualidad del registro al tratarse en unos casos de poblados y en otros de poblados asociados a necrópolis, como sería el caso de los enclaves pertenecientes al ámbito argárico (San Antón, Laderas del Castillo, Tabayá, Isleta de Campello), cuyas sepulturas han deparado importantes ajuares metálicos, difíciles de igualar en los registros estratigráficos de los poblados. La adscripción cultural de estos yacimientos al Argar o al Bronce Valenciano actúa, por tanto, de factor distorsionador en el registro material. Este fenómeno se aprecia ante una mayor representación de tipos en el área argárica de la provincia de Alicante, en donde el número de puñales de remaches, hachas y alabardas resulta significativo en relación con el resto del territorio, más desvinculado de la influencia del Sudeste. Alabardas y objetos de marfil constituirían elementos de prestigio que escasean o se enrarecen hacia el Norte, a la par que no se ha constatado claramente ninguna espada y los adornos de oro y plata se polarizan en dos zonas: Orihuela, un núcleo argárico de primer orden que B. Blance (1971) equiparó al propio de El Argar, y Villena, un área de transición que denota su predilección por dicha orfebrería desde el Bronce Antiguo. Precisamente, el desconocimiento de la fades funeraria en la mayoría de los poblados alicantinos de la Edad del Bronce impide llevar a efecto con éxito reconstrucciones socio económicas en base al equipamiento metálico, a pesar de lo cual se puede caer en la tentación de teorizar sobre el grado de jerarquización social, jefatura y capitalidad territorial en contados núcleos. Esta vía interpretativa no sólo necesita del concurso de bienes relevantes dotados de significación social y prestigio -objetos metálicos, marfil, orfebrería-sino más bien de una información precisa sobre el grado y el modo de la explotación, control y dominio del territorio, en consonancia con las tendencias actuales que tienden a minimizar el papel desempeñado por el metal como elemento de diferenciación social (Chapman, 1991; Oilman, 1976Oilman, y 1987;;Montero, 1992). COS y por tanto la aleación con estaño debió producirse más tarde, no parece consistente. En primer lugar, tanto en San Antón como en Las Laderas existen materiales demostrativos de una perduración o, al menos, ocupación durante el Bronce Tardío (cerámicas excisas e incisas). En segundo lugar, la industria metalúrgica local de esta zona se abastecía de metalotectos carentes de estaño, lo que no significa tanto que en época argárica no se conociera el bronce binario como que en la zona de Orihuela-Callosa no se utilizaba al abastecerse de materia prima local y por tanto no necesitar importar objetos metálicos de otras zonas productoras del Sudeste. Otra de estas importaciones de bronce binario, sí llegó -como se puede apreciar en el escoplo núm. 589-a Caramoro I, posiblemente acompañando al grupo de cerámicas importadas procedentes de la región murciano-almeriense, es decir, a un yacimiento cuya cronología no baja más allá del 1600-1500 a.C. Uno de los puntales, pues, de la tesis de Simón García corre el peligro de convertirse en un apriorismo no contrastado. La convicción del autor en la ecuación Cobre + Estaño = Bronce Tardío en el País Valenciano, lo conduce a defender la utilización hasta esa época del rito del enterramiento colectivo en cuevas y covactios, como propugna para la Cueva del Cantal de Biar, la Casa Colora de Elda o la Cueva de las Delicias de Villena. Resulta, a todas luces, menos forzado admitir la posibilidad de la adscripción de los objetos de bronce hallados en estos lugares, que sobresalen de los otros objetos de cobre arsenical, a un momento del Bronce Antiguo o Pleno y considerarlos objetos importados, constriñendo unas tradiciones funerarias del neolítico Il-Calcolítico que pare-cen estar totalmente caducadas a mediados del II milenio a.C. No creo, permítaseme insistir, que el contenido en estaño del puñal de remaches del Mas de Felip en Ibi deba utilizarse para situar en este momento tardío de la Edad del Bronce la necrópolis de inhumación. Objetos metálicos y evidencias de laboreo metalúrgico en los yacimientos prehistóricos y protohistóricos alicantinos. <: En cuanto a las actividades metalúrgicas, a pesar del escaso número de yacimientos conocidos y excavados, disponemos de una información de primer orden traducida en el hallazgo de un impresionante taller de fundición en el gran poblado de La Peña Negra, un excelente exponente de las nuevas tecnologías que se imponen en el Bronce Final III, entre los siglos IX y VIII a.C, en estas tierras del Sudeste (González Frats, 1989, 1990a, 1992ay 1993a; González Prats y Ruiz Gálvez, 1989). La disponibilidad, además, de una información contrastada entre las actividades realizadas en el poblado, los objetos recuperados en sus registros estratigráficos y aquéllos procedentes de las tumbas de cremación de la necrópolis correspondiente, nos sitúa en condiciones óptimas de manejar datos de suma fiabilidad, cuya representatividad puede aplicarse a todo el Sudeste y el Levante meridional en esta época. La tradicional tecnología de elaboración de piezas mediante moldes bivalvos de piedra que podíamos observar en varios poblados del II milenio a.C, cede su lugar ante una nueva técnica basada en el empleo mayoritario de los moldes de arcilla -algunos moldes de arenisca siguen utilizándose-, que se generaliza contemporáneamente en el Occidente europeo, como demostrarían los hallazgos de Fort-Harrouard (Mohen, 1973(Mohen,, 1984(Mohen,, 1984(Mohen, -85 y 1985;;Mohen y Bailloud, 1987), Soto de Medinilla en Valladolid (Delibes, 1985: 93) o del castro de El Royo en Soria (Eiroa, 1981), con una cronología paralela al taller de fundidor de Peña Negra. Los más de 400 fragmentos de moldes de arcilla del yacimiento de la Sierra de Crevillente sitúan en pleno Sudeste una febril actividad metalúrgica cuyo indudable aire atlántico confiere un destacado papel a esta región como hito en la progresión de dicha metalurgia por el Mediterráneo (Ruiz Gálvez, 1986). Un elevado número de objetos característicos del Bronce Final III se elaboraban en los talleres de Crevillente: espadas, puntas de lanza, hachas de apéndices laterales, hoces, agujas y brazaletes, entre otros muchos objetos no identificables por el grado de fragmentación de los moldes. La producción del poblado no tiene representación en la necrópolis, en donde únicamente hallamos pequeños adornos metálicos (anillas, brazaletes, cuentas de collar). Como tampoco ha sido hallada en el poblado siquiera una mínima representación de las piezas fabricadas, da la impresión de que se trata de una producción destinada al abastecimiento de una demanda exterior, de proyección mediterránea. Si contemplamos los útiles metálicos "hispánicos" hallados en el depósito de Sa Idda, en Cerdeña (TarameUi, 1921), junto a la presencia de fíbulas de codo de tipo sículo en el Sudeste (Mola d'Agres, Peña Negra, Cerro de los Infantes, Cerro de la Miel, Cerro Alcalá y Cerro de la Mora) que se distribuyen hacia el interior, como dan fe los ejemplares de Perales del Río, San Román de la Hornija (Delibes, 1978) o del castro húrgales de Yecla en Silos (González Salas, 1945), entre otros, dispondremos de claras evidencias de este movimiento comercial entre la fachada oriental de la Península Ibérica y el Mediterráneo central en época precolonial, al que posiblemente debamos atribuir la presencia de tipos metálicos tan genuinamente "mediterráneos" como las hachas de apéndices laterales (Coffyn, 1985; Molina, 1978) fabricadas tanto en Peña Negra como en Verdolay (Ros Sala, 1980). Los análisis realizados sobre escorias y objetos del poblado y sobre ajuares de la necrópolis ofrecen un panorama diversificado de aleaciones, en donde se emplean los componentes de acuerdo con las necesidades (González Prats y Ruiz Gálvez, 1989; González Prats, 1993d): cobres prácticamente puros, cobres arsenicales, bronces binarios y ternarios conviven y se elaboran conjuntamente en virtud del distinto destino o funcionalidad de las piezas metálicas. Así, el bronce binario se reserva, entre otras, para aquellas piezas que requieren un elevado grado de dureza y tenacidad -espadas, puntas de lanza, hachas-mientras el cobre o bronce plomado constituye la base de la fabricación de objetos que no requieren, en principio, tales propiedades, como es el caso de los adornos. Sin embargo, podemos observar en los análisis que presentamos a continuación, cómo el bronce binario se utiliza perfectamente para la confección de objetos suntuarios (Tabla 5). Ofrecemos en este trabajo, un avance de los resultados de la analítica arqueometalúrgica aplicada a un muestreo de los ajuares de la necrópolis del Bronce Final de Peña Negra, ubicada sobre el nivel calcolítico de Les Moreres. La ausencia de arsénico en casi todas las piezas, nos emplazaría ante la cuestión de nuevo de su representación como elemento añadido inten- El volumen de las actividades metalúrgicas realizadas en los talleres de Peña Negra fue de tal envergadura que ahora sí puede concederse a éstas el papel de factor determinante en la diferenciación social, entreviendo en el extenso poblado del Bronce Final la existencia de una jefatura política -que no negamos pudiera haberse dado con anterioridad en poblados del II milenio a.C. (Orihuela, Callosa, Villena)-que podría haber ostentado atributos de riqueza como los que adornaban al régulo que se vio obligado a ocultar su tesoro en la Rambla del Panadero de Villena, seguramente en una acción de paso. Ese proceso hacia la jerarquización social, delatado desde el Calcolítico con la introducción de objetos de rango -marfil, metal, ítems religiosos, cerámica campaniforme-, alcanzará en el final de la Edad del Bronce su conclusión. De la presencia de estos regios personajes se hacen eco las posteriores fuentes escritas, válidas para las épocas orientalizante e ibérica. Lógicamente, el control de estas actividades metalúrgicas, tanto de extracción como de producción, por sí solo no debió de constituir el detonante de dicha jerarquización -que bien pudo estar configurada en el Bronce Pleno-, pero en conjunción con un control de las vías de intercambio comercial, derivado de una capitahdad evidente sobre un ampho territorio, actuaría como factor coadyuvante en la eclosión de semejante proceso de diferenciación social, que no en vano adjetiva la época protohistórica. Esta configuración socio-económica debió acelerarse aún más ante la presencia de gentes orientales que, atraídas por la producción metalúrgica indígena, habían comenzado a instalarse hacia el siglo VIII a.C. no sólo en el conjunto portuario de la desembocadura del río Segura (González Prats, 1990ay b, 1991y 1992b; García Menarguez, 1995; González Prats y García Menarguez, e.p.), sino incluso en el propio poblado de Peña Negra (González Prats, 1983ay 1986a), originando aquí un rápido despegue del núcleo urbano hacia lo que hemos de calificar con absoluta propiedad como una floreciente ciudad orientalizante, hasta tal punto que su nombre -Herna-llegó a ser registrado en las fuentes escritas prerromanas (González Prats, 1982, 1983ay f, 1992b, 1993a y b). La dinámica social, cultural y económica que se instauró con estos contactos tuvo una última consecuencia en la producción metáhca del último tramo del Bronce Final y en el Hierro Antiguo del Sudeste: la creación de un sistema monetal de intercambio a través de barras planas de metal cuya composición -cobres puros, bronces binarios y plomos-podría traducir los diversos valores que podían haberse conferido a tales piezas (González Prats, 1985b). La entidad de este sistema parece arrancar ya en el Bronce Final y se encuentra plenamente en vigor en el siglo VII a.C, en la etapa orientalizante. El hallazgo de una de estas piezas en el Arenero de La Fábrica, en la provincia de Madrid, no haría sino confirmar el flujo comercial que existe durante la primera mitad del I milenio a.C. entre la Meseta oriental y el Sudeste. Con el siglo VII a.C. llegamos al momento en que en el ámbito indígena los utensüios de hierro comienzan a sustituir a las piezas de bronce, que quedarán relegadas al ámbito suntuario y rehgioso. Los hornos de Librilla (Ros Sala, 1989y 1993) nos emplazarían ante los inicios de la actividad siderúrgica entre las poblaciones protohistóricas del Sudeste, cuyo desarrollo máximo lo llevarán a cabo los herreros ibéricos. (2) En el listado bibliográfico se incluyen, además de los trabajos citados en el texto, las obras utilizadas para la confección de la Tablas 3a y b. Análisis metálicos de ajuares de la necrópolis de Peña Negra I, Crevillente, Alicante (Bronce final).
En este trabajo se presentan las características principales de los hornos de reducción de minerales de cobre y estaño, cotejadas por vez primera con el estudio analítico de restos metalúrgicos hallados en la Península Ibérica desde el Calcolítico hasta la romanización. Tras la crítica bibliográfica y el análisis empírico llevados a cabo se establece como aportación que la vasija-horno fue el método más comúnmente empleado a lo largo de la Pre y Protohistoria peninsular tanto para la producción de cobre como de bronce. La metalurgia peninsular ha sido estudiada desde muchos puntos de vista, principalmente en lo que atañe a tipologías y composición de metales. Sin embargo, un tema en gran medida descuidado es el referido a los procesos tecnológicos de la producción de metal. Apenas existen estudios sobre elementos primarios tales como escorias, lingotes u hornos de fundición. La carencia explicativa en estos temas ha llevado a los T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es arqueólogos, como práctica habitual, a reconstrucciones de hornos y procesos de fundición que, sin desmerecer los intentos, no siempre son acertados desde el punto de vista técnico y demuestran el desconocimiento teórico en este campo. A tenor de este panorama emprendimos una exhaustiva investigación sobre la tecnología metalúrgica basada en una revisión y crítica bibliográfica y apoyada en anáhsis de laboratorio (fluorescencia de rayos X, microscopía óptica y electrónica y análisis ceramológicos) de materiales relacionados con la fundición primaria procedentes de más de 120 yacimientos de toda la Pre y Protohistoria de la Península Ibérica (Gómez Ramos, 1995). Aunque allí estudiamos también otras producciones como hierro y plata, en este artículo nos hemos centrado únicamente en el trabajo del cobre y del bronce. En el tema de la fundición en hornos antiguos, los trabajos experimentales llevados a cabo en laboratorios o recreados en el terreno por avezados arqueometalúrgicos, en su mayoría extranjeros, así como la observación etnográfica han permitido que los procesos de fundición sean hoy día conocidos en detalle y, con las precauciones necesarias, muchas de sus conclusiones extrapolables a la fundición prehistórica y antigua. En toda esta problemática subyace sin duda la dificultad que implica reconocer e identificar arqueológicamente las estructuras de hornos, que han llegado a nuestros días casi siempre en condiciones precarias. No existen muchas veces indicios claros para asegurar si nos encontramos ante un horno y si lo es, cuál sería su finalidad. El problema se agudiza ante restos de suelos rubefactados de forma circular, pero sin evidencias metalúrgicas seguras. Tahonas, hornos de cocción cerámica, etc., dejan muchas veces áreas cenicientas o quemadas que pueden perfectamente confundirse e identificarse profanamente como estructuras metalúrgicas. Pero si es complicado distinguir un horno metalúrgico de otro de finalidad indeterminada, igualmente difícil es, muchas veces, proceder a la diferenciación entre hornos de reducción de minerales y hornos de fundición de metales. Los hornos de reducción se caracterizan por tener un diámetro inferior a los 60 cm.. elementos refractarios empleados (revestimientos, toberas...) fuertemente vidriados y escoriados, una pobre conservación de las estructuras, proximidad a las fuentes de mineral y su asociación a grandes cantidades de escorias. Por el contrario, los hornos de fundición de metal tienen fuerte vidriosidad pero poca escoriación, suelen llevar asociados objetos utilizados en el trabajo del metal: crisoles, moldes, etc. y aparecen en áreas de talleres. Destacamos estos aspectos porque la identificación y análisis de los hornos metalúrgicos se presenta como una labor complicada. Con el objetivo de paliar, en la medida de lo posible, esas carencias y evitar conjeturas imposibles desde el punto de vista práctico, damos a conocer lo más destacado y riguroso que se ha escrito sobre este tema, que servirá de punto de arranque con cuyos datos cotejar los hallazgos arqueológicos y los restos estudiados analíticamente dentro de nuestra investigación. CARACTERÍSTICAS TÉCNICAS Y TIPOLOGÍA DE LOS HORNOS DE REDUCCIÓN Y FUNDICIÓN Sucintamente puede decirse que un homo es una cámara donde se producen las transformaciones químicas que convertirán un mineral metalífero en metal. La propia dinámica de la fundición y los requisitos para llevarla a cabo hacen que todos los hornos, independientemente de los minerales que en él se procesen y del metal que de él se obtenga, compartan una serie de características técnicas comunes entre las que cabe señalar: el rendimento térmico del horno, el empleo de minerales y fundentes, y el procedimiento seguido para llevar a cabo la fundición. En el rendimiento térmico influyen el combustible, la capacidad aislante de la estructura, el volumen del horno y una aireación adecuada. En la Pre y Protohistoria de Europa Occidental el combustible empleado es el carbón vegetal con el que se consigue la temperatura adecuada y un ambiente reductor (monóxido de carbono). Las pérdidas de calor se producen por conducción y convección, por lo que era normal que muchos hornos se enterraran en el suelo y que se construyeran con material re- fractario (revestimientos arcillosos). En cuanto al volumen, los datos recogidos de la bibliografía especializada indican que se trataba siempre de estructuras de pequeña capacidad (en torno a unos 50 cm. de diámetro) ya que con los sistemas de aireación utilizados y con el empleo de carbón vegetal, no se podían alcanzar ni mantener las temperaturas si los hornos fueran de mayor envergadura. La aireación se conseguía, bien mediante tiro natural, es decir, una corriente conseguida por la circulación de aire a través de orificios abiertos en determinados puntos de las paredes del horno, o tiro inducido o forzado artificialmente con tubos de soplado o fuelles, empleando toberas. La riqueza del mineral así como la naturaleza y concentración de otros elementos asociados que forman la ganga inciden en el rendimiento, tiempo de fundición, temperatura necesaria y procedimientos para transformar el mineral en metal. Para ello son precisos tratamientos preliminares del mineral, que pueden ser físicos, como la trituración, enriquecimiento, etc., o químicos, previos a su conversión en metal (oxidación/tostación de los sulfuros, calcinación de los carbonatos) y/o durante su transformación en el horno (reducción de óxidos). En la fundición de minerales era práctica común el empleo de fundentes con el objetivo de obtener un silicato (escoria) de bajo punto de fusión. Suelen ser sihcatados o ferruginosos, dependiendo de la naturaleza de la ganga, con contenidos de As, Pb, Co, etc. que pueden pasar al metal como elementos minoritarios y trazas. Por lo que respecta al proceso de fundición, una vez construido y seco el horno, se procedía al caldeo, comprobándose así sus posibilidades y a continuación se cargaba de mineral y combustible en las proporciones adecuadas. El mineral se solía machacar para aumentar las superficies de contacto y con ello favorecer las reacciones de reducción. El tiempo de operación estaba en función de la capacidad del horno y se estima que duraba varias horas. Las estructuras u hornos de reducción antiguos pudieron y debieron ser diversos. Sin embargo, aunque una primera sistematización parte de los propios minerales procesados, la variedad y el estado fragmentario de los restos arqueológicos dificulta en gran medida cual-quier intento de tipificación, se ve facilitado, no obstante, por los trabajos experimentales que a lo largo de muchos años se han venido realizando, recogidos concisamente por Tylecote y Merkel (1985) y por las evidencias etnográficas. Una de las primeras divisiones generales fue realizada por Forbes en 1964Forbes en (1971: 122-132): 122-132) que según el tamaño de las estructuras individualizó los hornos antiguos en los que estaba en contacto el mineral y el combustible en dos tipos básicos: hornos de hogar, cuando la altura es igual o menor que el diámetro, y hornos con chimenea cuando la altura es considerablemente mayor que el diámetro. Sin embargo, como ha señalado Craddock (1989: 203), la diferenciación es más aparente que real ya que en ningún caso se ha preservado la construcción exterior. A problemas inherentes de degradación se une el desmantelamiento voluntario que sufría la mayoría de las estructuras, en orden a extraer el metal que quedaba depositado en el fondo. Si bien las complicaciones formales existen en cualquier división, podemos simplificar la tipología de los hornos de producción cobre/bronce destacando como tipos básicos y principales: Aunque en nuestro país ha sido un "descubrimiento" relativamente reciente desde la primera notificación dada por S. Rovira en 1987Rovira en (1989)), trabajos experimentales, a partir de la lectura de los restos arqueológicos, estaban confirmando desde hacía tiempo que el tipo de horno más sencillo utilizado para reducir minerales con efectividad era una simple vasija o recipiente de barro, denominado en la bibliografía anglosajona con el término un tanto equívoco de "crucible furnace". Se trata de vasijas de pastas groseras, sin una preparación o tratamiento especial destinadas a la metalización de minerales de cobre. Morfológicamente son piezas cerámicas de mayor tamaño que el habitual de un crisol y por lo general suelen tener formas muy abiertas. La producción obtenida en estas vasijas-horno suele ser nodulos o goterones de metal embebidos en una masa compuesta por "escoria", minerales de cobre parcialmente reducidos y restos de combustible a medio quemar formando los denominados conglomerados de horno (Bachmann, 1980). Para extraer el material del horno era necesario romper la cerámica, de ahí que sólo encontremos en el registro arqueológico los fragmentos. Mediante el machacamiento de esta masa se lograba desgajar del compuesto escoriáceo, los nodulos de metal que se fundían posteriormente en crisoles. Tylecote (1974: 54) demostró que la reducción de minerales de cobre (óxidos y carbonatos) no implicaba dificultades siempre que no se tratara de sulfuros de cobre. Otros investigadores continuaron en la misma línea confirmando estos resultados. Así, por ejemplo, a principios de los años 80 Khalil y Bachmann (1981), tras el hallazgo de minerales parcialmente reducidos y goterones de metal en el yacimiento palestino de Jericó llevaron a cabo un experimento similar. Aspectos puntuales de la fundición en estos vasos han sido señalados por otros autores. Así el estudio de recipientes similares hallados en el poblado de Los Millares demuestra que la fuente de calor era interna, con el objetivo beneficioso de que al mantener la superficie exterior fría se produzca la rigidez y tensión suficientes que eviten la rotura del recipiente cuando éste se somete a temperaturas altas (Hook et alii, 1991:68). También dentro de los trabajos experimentales cabe destacar el llevado a cabo por Zwicker et alii (1985), por su doble interés: por un lado, el haber demostrado la posibilidad de la tostación y reducción de sulfuros de cobre en vasijas, y por otro, el haber recogido pruebas arqueológicas que atestiguan la pervivencia de este tipo de horno hasta momentos muy avanzados. En efecto, hallazgos de vasijas en contextos del Bronce Antiguo en Norsun Tepe (Anatolia) o del Bronce Final en Enkomi y Kition (Chipre), algunas estas últimas con un agujero para la introducción de la tobera, reflejan una continuidad en su utilización como hornos de reducción en distintas zonas para la obtención de cobre, bronce e incluso latón en época romana. Con el refrendo de estos trabajos se han podido identificar numerosos hallazgos de fragmentos de vasijas groseras con adherencias es-coriáceas y huellas térmicas, procedentes de las excavaciones arqueológicas y descritos en la bibliografía durante mucho tiempo como crisoles de fundición. Si bien la duración del tratamiento, los minerales empleados, la destreza del fundidor, etc. determinarán la mayor o menor eficacia del proceso, los experimentos han demostrado, y la arqueología lo ha corroborado, que la reducción de minerales de cobre a metal es factible con el empleo de una sencilla vasija de cerámica, minerales ricos en metal y una tobera dirigida hacia la carga. La faciUdad y rapidez en su elaboración y un trabajo de mantenimiento prácticamente nulo determinaron, posiblemente, que fuera un método utilizado durante mucho tiempo para la obtención del metal en zonas retardatarias desde el punto de vista metalúrgico. Hornos en hoyo excavado u hornos-cuenco Otro tipo de horno sencillo, no necesariamente posterior en el tiempo, consistió en la excavación de un hoyo en el suelo. Son los primitivos "hole in the ground" o también "open fire" (Forbes, 1971: 126) que perdurarán hasta época romana conviviendo con tipos más sofisticados. En este caso hoyos abiertos de forma circular y fondo cóncavo ("bowl furnace") con un diámetro entre 20 y 50 cm. eran excavados en la tierra, a veces, revestidos de arcilla, para realizar la función de cámara de reducción. Para desalojar la escoria y lograr sacar el metal depositado en el fondo por ser de mayor densidad, era necesario romper la estructura, por lo que la operación de recubrimiento del hoyo e incluso su excavación debía volver hacerse, sirviendo por tanto, al igual que en el caso de las vasijas-horno para una sola operación. Los hornos calcolíticos del sitio 39 de Timna (Sinaí), a base de hoyos de 45 cm. de diámetro por 45 cm. de profundidad cavados en el suelo y con goterones de metal embebidos en escorias no sangradas (Rothenberg, 1985(Rothenberg, y 1990) ) datados en el IV milenio a.C; los vestigios de fundición del III milenio a.C. en Tawi Aarja, Omán (Weisgerber, 1978) y los hornos hallados en distintas zonas mauritanas también de la Edad del Cobre (Lambert, 1983: 67) tos ejemplos de hornos-hoyo con fondos de arcilla excavados a ras del suelo y por lo general con toberas asociadas. Aunque en el caso de Tawi Aarja se han relacionado estos hornos con el hallazgo de lingotes-torta de peso entre 1,5 y 3 kg. lo cierto es que los restos de metal conservados en el interior de los hornos y los trabajos experimentales demuestran que la producción en estos sencillos hornos debía ser mucho menor (goterones o nodulos de cobre embebidos en una escoria pastosa sin sangrar). En la misma idea inciden otros experimentos infructuosos y que han señalado también la importancia del ambiente reductor creado por una cámara envolvente excavada o no y la necesidad de un tiro artificial aportado al menos por una tobera (Coghlan, 1975: 28-29). Hornos con cámara exterior Progresivamente los hornos fueron mejorando sus capacidades técnicas mediante la construcción de un cuerpo superior de altura y forma variable (troncocónica, abovedada, circular formando una chimenea, etc.). Aunque fueron siempre hornos de pequeño diámetro y de fondo excavado en el suelo se trata ya de hornos de mayor volumen que presentan como características principales el tiro forzado por una o más toberas así como canales y pozos para el sangrado de las escorias, aunque esta última característica no es imprescindible. Su interpretación se basa no tanto en los vestigios arquitectónicos recobrados como en la producción rescatada: Hngotes-torta y escorias de sangrado. Ambos productos requieren temperaturas elevadas y acreditan una producción mayor y mejorada que la obtenida en hornos más simples. El principio de obtención del metal sigue siendo muy sencillo. Así, debido a que el cobre tiene mayor densidad (su peso específico es 8,89) se depositaba en el fondo mientras que la escoria, más ligera, de peso específico en torno a 4, sobrenadaba encima del lingote. Las temperaturas para la licuación del cobre es de 1.084° C y la de la escoria de unos 1.150° C, por lo que la escoria fundida indica hornos donde la temperatura debió ser superior a esa cifra. Hacia el final de la operación la escoria es extraída abriendo un camino hacia afuera a través de un agujero o piquera de sangrado. Una vez que se ha enfriado el horno se extrae la torta del fondo para lo cual es necesario muchas veces desmantelar la superestructura. Si bien depende del grado de desarrollo tecnológico alcanzado, los hornos con chimenea parecen tener su punto de arranque en el Bronce Final ya que hornos de este tipo se localizan en el siglo XII a.C. en Timna (Tylecote, 1980:190-191) y los hornos de reducción de minerales de cobre hallados en Nigeria se fechan a partir del 800 a.C. (Grébénart, 1983:112;1988:121-123). Para finalizar este apartado hemos de referirnos, aunque sea brevemente, a los hornos de fundición de metal. Una vez conseguida la reducción, el licuado o fusión del cobre (1.083° C) o del bronce (950° C) es una labor mucho más rápida y sencilla. La simplicidad lleva a que el registro arqueológico sea por lo tanto parco en hallazgos. Empero, Tylecote (1976: 17) recoge como uno de los hornos de fundición más antiguos el hallado en el sitio calcolítico de Abu Matar, Israel entre el 3300-3000 a.C. Se trata de pequeños hornos circulares de 30-40 cm. de diámetro con paredes de unos 12-15 cm. de altura y 3 cm. de espesor en cuyo interior se calentaría el crisol en una estructura sencilla a modo de brasero. Otro ejemplo de horno de fundición de metal lo proporciona los hornos del Bronce Final-Hierro Antiguo hallados en Timna, consistentes en una especie de cistas formadas por 4 piedras cuyo interior apareció relleno de cenizas (Tylecote, 1980:198). HALLAZGOS DE HORNOS DE REDUCCIÓN EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Calcolítico y Bronce Antiguo El número de referencias sobre hornos de reducción en la Península Ibérica recabado de Para los períodos más antiguos, Calcolítico y Bronce Antiguo se ha señalado numerosos hallazgos, si bien un análisis crítico y atento evidencia identificaciones que en la mayor parte de los casos han de ser desestimadas, bien por falta de pruebas, bien porque las que hay no son concluyentes en modo alguno. Los hallazgos más antiguos cuentan en efecto, con reconstrucciones imposibles que deben contextualizarse en la época en que se hicieron, donde apenas había estudios dedicados a hornos metalúrgicos. En concreto, nos referimos a los hornos del Cerro de las Canteras, Almizaraque y Mas de Menente. En el primero de los casos Motos (1918: 57-60) apunta una construcción abovedada construida con arcos y tortas de arcilla agujereadas. Ponsell (1926: 8) y Luis Siret (1948: 119) presentan reconstrucciones similares para los yacimientos de Mas de Menente (Alicante) y Almizaraque (Almería) respectivamente. El horno de Mas de Menente, adscrito al Bronce Medio-Pleno, trata de un ejemplo muy similar a la reconstrucción otorgada por Siret para hornos de fundición de plata en Almizaraque donde intervenían también bóvedas de arcos yuxtapuestos y tubos de barro a modo de chimeneas. A estos hallazgos hay que unir otras identificaciones basadas en restos cuando menos escasos. Así se cita un posible horno para fundir cobre en el horizonte campaniforme del Cerrillo de Ciavieja, basado únicamente en el hallazgo de unos trozos de piedra y adobes endurecidos próximos a escorias de cobre (Carrilero y Suárez, 1989-90: 125). En el caso de Chinflón un trozo de piedra con escoria adherida fue interpretada como vestigio de un horno de fundición (Rothenberg y Blanco, 1980: 52; Blanco y Rothenberg, 1981: 35-41), pero imposible de determinar formal e incluso cronológicamente por la mezcla y procedencia heterogénea de materiales hallados en el yacimiento. Los restos de hornos en Los Millares son también exiguos ya que se basan únicamente en el hallazgo de elementos de combustión en uno de los casos y en el otro en la proximidad de fragmentos de crisoles y de gotas de metal a una estructura circular (Arribas et alii, 1987: 253-254 Análisis elemental de adherencias en vasijas-hornos del Calcolítico y Bronce Antiguo, despreciando la ganga (% en mentes es la vasija-horno, no habiéndose recogido hasta la fecha restos de revestimientos que pudieran indicar la utilización de hornos de otro tipo. Los análisis cuantitativos figuran en la tabla 1. Éstos y los de las siguientes tablas han sido realizados por la técnica espectrométrica de fluorescencia de rayos X (energía dispersiva), directamente sobre la superficie escorificada, en el I.C.R.B.C. (Madrid). No se ha podido determinar el contenido de silicio y otros elementos ligeros, componentes importantes de la escoria. Los resultados, ajustados para sumar 100, no son representativos de la escoria como tal, sino de una "aleación teórica", y pueden usarse con fines comparativos con análisis de minerales y metales efectuados por el mismo método. La cronología concreta de los materiales, fruto en su mayor parte de excavaciones, viene determinada por la información facilitada por los excavadores al solicitar los análisis, la mayoría de los cuales son inéditos. En todos los casos se trata de vasijas similares a las de uso doméstico que presentan adherencias escoriáceas por su cara interna y de ta- Microfotografía de la sección de la vasija-horno PA3047 del Yacimiento n° 4 de Villaviciosa de Odón. Inclusiones de cobre (color blanco) en una matriz silícica donde se observan formaciones aciculares de fayalita y nodulillos blanquecinos de wustita y magnetita. lOOx. maño superior al de los crisoles. Por los análisis se observa el procesamiento reductor de minerales oxídicos de cobre con contenidos variables en hierro, plomo y arsénico dependiendo del polimetalismo de los minerales de partida. En el caso del hierro, es normal una pérdida acusada en el paso del mineral al metal, eliminado a través de la escoria. El ambiente excesivamente oxidante de estos hornos motivaba la formación de estructuras ferromagnéticas, corroboradas por la presencia de wustita y magnetita en goterones de metal bruto que junto con estructuras fayalíticas indican temperaturas del orden de 1100° C (Lám. Otro metal atrapado en la escoria es el plomo aunque gran parte se pierde en los humos en forma de óxido gaseoso. También el arsénico queda como elemento remanente en las adherencias cerámicas, bien a través de la formación de speiss, bien porque los óxidos volátiles han impregnado el material poroso de la escoria y de la pasta cerámica. Existen también varios ejemplos, como una vasija del Llanete de los Moros y otra del Yacimiento rf 4 de Villaviciosa de Odón, donde se observa la utilización de minerales con estaño pero que debido a que las condiciones del horno no eran las adecuadas no se aleó de forma natural con el cobre, perdiéndose en su mayoría en la formación de la escoria. Del estudio espectográfico y sobre todo, microscópico de estas vasijas y de los minerales y productos de fundición obtenidos en ellas se deduce que los minerales de cobre eran desmenuzados para aumentar la superficie de contacto con el agente reductor (carbón y monóxido de carbono) y se avivaba el hogar con la ayuda de tubos de soplado o fuelles. De este modo se conseguían temperaturas entre 1.100° y 1.200° C, suficientes para fundir, como hemos observado repetidamente, los minerales -aunque éstos se reducen a temperaturas inferiores-y escoriar la poca ganga existente, pues no parece que se añadieran fundentes. Ello explica la escasez e incluso inexistencia de escorias en yacimientos meticulosamente excavados como Almizaraque o Llanete de los Moros. Dichas escorias, cuando existen, suelen arrastrar mucho cobre y/o mineral, siendo más propio hablar de conglomerados de horno, es decir, masas compuestas por gotas de metal, mineral parcialmente reducido y combustible a medio quemar, material perfectamente coherente con el primitivismo de estos procesos metalúrgicos. Lo normal es que el material escoriáceo obtenido al final de la hornada fuera machacado finamente para recuperar la mayor cantidad posible de cobre y minerales útiles, razón por la cual no se han conservado fragmentos de escorias de tamaño apreciable. Una característica muy común de las escoriaciones de las vasijas-horno es su acusado ferromagnetismo. Significa que gran parte del hierro presente en las mismas se halla en forma de magnetita, mineral que se produce por oxidación del óxido ferroso existente en la ganga o en la pasta cerámica; su presencia indica que las condiciones reductoras en el interior de la vasija-horno eran poco estrictas, lo cual concuerda con el hecho de ser vasijas de formas muy abiertas (Montero, 1994: 228, fig. 17) cuyo ambiente reductor es difícil de controlar. Formas abiertas que además inciden en una mayor oxigenación y, por tanto, dificultan la conversión de los óxidos a metal. La tecnología de los hornos en forma de vasija, detectada hasta ahora en la región de Madrid (Rovira, 1989; Rovira y Montero, 1994) y en el Sureste (Montero, 1994) tiene una distribución geográfica mucho mayor, como muestra la figura 1, siendo probablemente un método generalizado en la toda la Península Ibérica durante el Calcolítico y el Bronce Antiguo. A tenor de lo publicado también existe un elevado número de hallazgos de hornos de reducción y fundición en la Península Ibérica durante el Bronce Medio. Tres de los hallazgos presentados son estructuras cupulares: El Argar, Peña de Sax y Mas de Menente. El horno de El Argar fue señalado por Lull (1983: 254) al encontrarse varios crisoles y moldes en un espacio redondeado que al parecer estaba cubierto con una tosca bóveda de piedra y tierra. Similar es el apunte sobre el horno de Peña de Sax, donde únicamente se menciona el hallazgo de una estructura circular cubierta por una cúpula o bóveda (López Mira y Ortega, 1991: 38). Estos dos inciertos ejemplos destacan aún más al compararlos con el homo del yacimiento de Mas de Menente (Ponsell, 1926: 8; Aparicio, 1976: 47 y 194) que ya fue señalado anteriormente al hacer referencia a otros hornos de reconstrucción similar como fueron el de Almizaraque y el Cerro de las Canteras. Son hornos abovedados construidos con arcos de arcilla que han servido como modelo a seguir en una serie de reconstrucciones de difícil realidad. En cuanto a las referencias al horno de fundición en el yacimiento murciano del Cerro de la Campana se limita a su única mención (Martínez Peñarroya y Sánchez Meseguer, 1988: 296), y los hornos albacetenses de la Morra de la Casa de los Arboles se basan en el hallazgo antiguo de un conglomerado de mineral de cobre (Sánchez Jiménez, 1947: 80-81) y, aunque no se describe estructura de fundición alguna, indican un proceso de fundición muy primitivo basado, según indicios, en hornos-vasija. Tan sólo los pequeños pozos y construcciones de La Bastida de Totana (Inchaurrandieta, 1869: 349), Peñalosa (Contreras, Nocete y Sánchez Ruiz, 1987: 349-351) y La Horna (Hernández Pérez, 1988: 20, 29-31), algunos de ellos con adherencias o gotas de metal en su interior, podrían ser partes residuales de hornos excavados, pero desgraciadamente las descripciones son sumarias. En un contexto singularizado por la falta de estructuras claras de fundición despunta el hecho de que los hallazgos mejor conocidos sean nuevamente, las vasijas-horno (Fig. 2) incidiendo a su vez en una tecnología metalúrgica de producción primaria bastante sencilla (véanse los análisis en la tabla 2). Al igual que en el período precedente, la obtención de cobre se llevaba a cabo a partir de minerales oxídicos (Lám. II) de composición variable y con las mismas características anteriormente señaladas, es decir, formación de minerales parcialmente reducidos, no utilización de fundentes apropiados y condiciones excesivamente oxidantes, con la consiguiente formación de estructuras ferromagnéticas. Sin embargo, en este momento se dan dos novedades significativas; por un lado, la utilización de vasi- jas-horno para la obtención de plomo como demuestra una cerámica de Acinipo y por otro, la producción de aleaciones cobre-estaño. Microfotografía de la sección de la vasija-horno PA6326 de la Bauma del Serrât. Obsérvese el aspecto poroso de la escoriación, compuesta principalmente de óxido cuproso fundido en cuyo seno se alojan numerosos glóbulos blancos de cobre. primer caso, la escasa tasa de plata en la adherencia de Acinipo desestima la posibilidad de que se trate de un fragmento de copela siendo más razonable pensar en una producción de plomo bruto. En efecto, la proporción plomo/plata es del 99,35/0,145, un plomo argentífero del que se podrían obtener unos 150 grs. de plata por cada 100 kg. de plomo copelado, proporción que según otros análisis no tendría interés ni siquiera en época romana. En cualquier caso, es el único ejemplo que hemos tenido ocasión de estudiar y que convendrá en el futuro poner en relación con los fragmentos de plomo metálico encontrados por los Siret (1890: 245) en una casa argárica de El Oficio o con las posibles escorias de producción de plomo-plata de la necrópolis de La Parrita (Pérez Macías y Frías, 1989: 13-14). En cuanto a, la producción de los primeros bronces, el cotejo de datos de los análisis de los vasos de Monte Aguilar I con los análisis de minerales del mismo yacimiento evidencia la preparación de bronce por primera vez en España mediante la reducción directa de una mezcla de minerales independientes de cobre y estaño. Debido a que la morfología de estas vasijas no parece cambiar, persisten los problemas para conseguir las condiciones reductoras adecuadas, y que la reducción de la casiterita (óxido de estaño) requiere un ambiente reductor más estricto, son razones que llevan a suponer que la reducción se conseguía a base de quemar mucho carbón para conseguir así el monóxido de carbono necesario. El número de hallazgos durante el Bronce Final es sumamente parco aunque existen algunas referencias. En Corta del Lago (Blanco y Rothenberg, 1981: 104-107) y El Trastejen (Hurtado y García Sanjuán, 1994, passim) se basan únicamente en indicios como son la presencia de trozos de arcilla quemada, y aunque en Corta del Lago presentan escorias adheridas, en ningún caso posibilitan su reconstrucción. Análisis elemental de escoriaciones en vasijas-horno del Bronce Medio, despreciando la ganga (% en peso). Tan sólo el horno localizado en el interior de una vivienda de Peña Negra I responde al prototipo de estructura buscada. Se trata de un pequeño horno de fundición, formado por un anillo de arcilla de 60 cm de diámetro con un hueco interior de 20 cm (González Prats, 1993: 23-24). Sin embargo, aquí también surgen algunos problemas. Aparte del hecho de que la estructura mencionada no presente indicio alguno de escorias, material rubefactado, etc. el anáhsis de numerosos restos de vasijas-horno de este yacimiento por parte del Proyecto de Arqueometalurgia evidencia una tecnología primitiva de producción basada, una vez más, en las vasijas como receptáculos para la reducción de minerales. La falta de escorias de sangrado en el yacimiento (las escorias de este poblado son conglomerados) aboga igualmente por esta interpretación. Tal vez el repeti-do hoyo de Peña Negra fuese un horno de fusión de metal. Sin embargo, recientemente se ha señalado (Ruiz-Gálvez, 1993: 53) que la colada no se haría en esta estructura sino en el exterior de la vivienda, lugar donde se acumulan los moldes y otros elementos relacionados con la producción metalúrgica por lo que se deja sin explicación cuál fue entonces la funcionahdad del supuesto horno pues la unicidad de vasijas-horno en el yacimiento y la falta de fragmentos de revestimiento descartan su vinculación directa con la reducción de minerales. Los análisis de materiales del Bronce Final (Tabla 3) certifican en los dos casos casos la utilización de vasijas para la obtención de cobres y bronces (Lám. La escasa cantidad de hierro presente indica la ausencia de fundentes férricos, con la consiguiente dificultad de formación de verdaderas escorias de bajo punto de fusión. La reducción (con grandes pérdidas de mineral) debía conseguirse a expensas de un Análisis elemental de las escoriaciones en vasijas-homo del'Bronce Final, despreciando la ganga (% en peso). elevado consumo de carbón. En el caso de Peña Negra los análisis realizados también a minerales y restos de metal bruto indican que el proceso de reducción llevado a cabo en las vasijas implicaba pérdidas significativas de estaño, lo que explica por qué muchos de los bronces de Peña Negra, obtenidos por reducción directa de minerales de cobre y estaño, son pobres en este último metal. Microfotografía de la sección de la vasija-horno PA6537 de Ronda. El campo está ocupado por dos granos de óxido cuproso conteniendo inclusiones esféricas de metal. ción es sumamente sugestiva ya que indica que la existencia de tasas bajas de estaño en los bronces no es sólo consecuencia de la escasa disponibilidad de materia prima (explicación a la que se recurre frecuentemente y que ha sido también empleada para explicar el fenómeno de la adición de plomo a los bronces) sino de la tecnología metalúrgica empleada. En este caso parece claro que no es un problema de abastecimiento de minerales de estaño sino de una deficiente tecnología de horno. De la lectura de éstos y otros ejemplos, se observa que en el Bronce Final todavía no se domina la metalurgia productiva con ayuda de fundentes y todo el volumen de cobre o bronce local se consigue a base de multiplicar la pequeña producción de la vasija-horno. Las referencias sobre hallazgos de hornos y otros restos de fundición durante toda la Edad del Hierro son numerosísimas si bien la inmensa mayoría son descripciones confusas y al carecer de estudios metalúrgicos no se pueden especificar correctamente. El trabajo de cobre y Tabla 4. AnáHsis elemental de las adherencias en vasijas-horno de la Edad del Hierro, despreciando la ganga (% en peso). bronce queda, a juzgar por los hallazgos, relegado a un segundo término ya que gran parte de la información refiere a hornos siderúrgicos o bien a hornos para la obtención de plata, éstos últimos en yacimientos orientalizantes. Existen sin embargo, referencias a hornos de procesado de cobre y bronce en algunos yacimientos de la Segunda Edad del Hierro. En la zona de habitat del asentamiento indígena prerromano de La Campa Torres (Gijón) aparecieron numerosos elementos relacionados con la metalurgia del bronce (Maya et alii, 1993: 85-94) entre ellos vestigios de zonas de fundición de crisoles y vasijas-hornos que parece ser el tipo de horno empleado en éste y otros yacimientos como los leoneses de El Castrelín (Fernández-Posse et alii, 1993, passim) y La Corona de Corporales (Fernández-Posse et alii, 1993, passim). De la bibhografía se infiere que la vasija-horno se combina con hornos de tipo excavado en el yacimiento gerundense de Illa d'en Reixac (Rovira i Hortalà, 1993: 65-149). Analíticamente hemos estudiado materiales cerámicos correspondientes a los yacimientos de la tabla 4. El proceso de reducción de cobre y bronce va a seguir prácticamente hasta época romana funcionando a base de la multiplicación de la vasija-horno (Fig. 3). Los análisis de materiales de yacimientos como Medellín indican la producción de bronces ternarios mediante la reducción conjunta de minerales de cobre, estaño y plomo. La dinámica de fundición da por distintos requerimientos de metal en un momento dado. En todo caso, ambos son procedimientos muy simples. sigue siendo la misma: ambientes excesivamente oxidantes que forman escoriaciones ferromagnéticas, con grandes pérdidas de metal (Lám. IV), desperdicio de minerales y ausencia o uso inapropiado de fundentes. En efecto, las escorias de cobre o bronce son, en general, de mala calidad (no existen escorias de sangrado), muy silicatadas y poco ferruginosas debido a que no se añaden fundentes o se añade arena, demostrando un escaso conocimiento de la composición de los minerales y de los principios metalúrgicos de la formación de escoria. Son muy pocas las evidencias de hornos de otro tipo, y siempre extraídas de fragmentos de revestimiento, no de estructuras claramente atribuibles a hornos por el registro arqueológico. Encontramos sin embargo los primeros indicios del uso de hornos más complejos a través del hallazgo de revestimientos en Capote, El Castrelín y Piedra de Ángeles (Tabla 5), relacionados con la obtención de bronces ternarios en los dos primeros ejemplos. Quizá lo más sorprendente es la utilización conjunta de la vasija y del horno excavado como se observa en El Castrelín y que podría venir condiciona- Sin lugar a dudas la primera conclusión que se extrae tras la consulta atenta a la bibliografía y al análisis de materiales es el primitivismo de la tecnología de fundición en toda la Pre y Protohistoria peninsular. Es una tecnología que descansa hasta la Edad del Hierro inclusive, en un tipo de horno preferente: la vasija cerámica. Somos conscientes de que la naturaleza cerámica de estas vasijas hace que, como material inorgánico, sea muy estable y por tanto se conserve bien durante milenios, lo que podría parecer en un principio una desvirtualización de los tipos y variedades de hornos utilizados en la Prehistoria peninsular. Sin embargo, aunque las posibles estructuras de hornos excavadas en el suelo o con muretes de barro son mucho más perecederas, lo cierto es que dichos hornos dejarían algún tipo de residuo pirometalúrgico que por el momento no ha sido hallado. Las pruebas analíticas indican que el ambiente reductor en el interior de las vasijas no era muy estricto, pues se forman frecuentemente óxidos ferromagnéticos. Es lógico que así sea en unos recipientes muy abiertos y quizá exce- Tabla 5. Análisis elemental de revestimientos de horno (% en peso). Afortunadamente la reducción de los óxidos de cobre no necesita unas condiciones reductoras pronunciadas. El metal obtenido en estos sencillos hornos se encontraba en forma de pequeños nodulos y filamentos, probablemente embebidos en una masa de minerales parcialmente reducidos y fundidos que era necesario machacar para extraerlos. También es muy probable que después de la operación fuera requisito romper la vasija pues la masa solidificaría rápidamente y quedaría adherida a las paredes y al fondo de la misma. Ello explicaría el estado fragmentario en que aparecen todas las vasijas. Ni la capacidad del horno ni las condiciones térmicas son las adecuadas para la formación de metal en bruto, lo cual concuerda con la carencia de lingotes bien definidos en las etapas más antiguas de la Edad del Bronce Europeo (Tylecote, 1976). Las porciones de cobre obtenidas eran refundidas en crisoles para formar coladas con el volumen suficiente para fabricar las piezas. Avezados metalúrgicos han fracasado en los intentos experimentales para obtener tortas grandes de metal por lo que nada tendría de particular que los metalúrgicos prehistóricos hispánicos adoptaran la vasija-horno como una forma práctica de producir metal, sin experimentar otras posibilidades. También es característica de la vasija-horno la baja producción de escoria. Este no es un fenómeno particular de la Península Ibérica y ya había sido puesto de manifiesto para toda la Edad del Bronce del Occidente europeo por Craddock y Meeks (1987). Con nuestro trabajo confirmamos dicha apreciación, con los que coincidimos también en que las causas son el empleo de minerales de cobre con poca ganga procesados sin la ayuda de fundentes. La abundancia en la Península Ibérica de mineralizaciones de cobre a cielo abierto y la pureza de los minerales son argumentos indirectos que apoyan la adopción de la vasija-horno como método sencillo y práctico de obtención de metal sin necesidad de recurrir a procedimientos más sofisticados. Otro hecho cierto es que la vasija-horno no fue característica sólo de la Península Ibérica como demostraron Zwicker et alii (1985). Habrá que esperar a que otros países europeos aborden trabajos sistemáticos como el que hemos iniciado para conocer mejor la extensión de esta tecnología, que quizá se encuentre más difundida de lo que en principio pudiera parecer y cuya realidad no se ha podido percibir antes debido a la errónea asunción apriorística de que la metalurgia productiva requiere hornos de cierta complejidad. Sin embargo, de lo que no cabe la menor duda es del éxito funcional de este método de obtención de metales pues en la Península Ibérica se siguió empleando sin modificaciones perceptibles a lo largo de tres milenios desde el Calcolítico antiguo hasta la romanización. No parece apreciarse aquí la evolución dada, por ejemplo, en el Valle de Timna donde desde los asentamientos calcolíticos del IV milenio a.C. hasta los de época romana se ha documentado una metalurgia extractiva basada en hornos que evolucionaron desde simples hoyos en el suelo hasta estructuras de construcción más compleja (Rothenberg, 1985(Rothenberg, y 1990)). HORNOS DE REDUCCIÓN DE COBRE Y BRONCE EN LA PRE Y PROTOfflSTORIA...
Entre los recientes estudios dentro de la Arqueología del Paisaje, uno de los aspectos que presenta mayor potencial interpretativo es el análisis de la relación entre sus distintos componentes naturales y culturales: la articulación del paisaje -con la identificación de las prácticas sociales que se realizarían en torno a estos elementos y de las pautas de movimiento entre unos y otros. Este movimiento dependería tanto de las características naturales del terreno como de decisiones prácticas de carácter socio-cultural. A partir del estudio de la distribución del poblamiento y abrigos con arte rupestre neolíticos en las tierras centro-meridionales valencianas, se propone un sistema para la introducción y valoración del papel de los componentes culturales del paisaje en el cálculo de caminos óptimos mediante Sistemas de Información Geográfica. PAISAJE, MOVIMIENTO Y SISTEMAS DE INFORMACIÓN GEOGRÁFICA El concepto de paisaje vigente en la investigación arqueológica de tradición postprocesual es el de una categoría que media entre naturaleza y cultura, sin pertenecer exclusivamente a ninguna, pero con elementos de ambas: un arreglo o estructuración del espacio creado a partir de la mirada de un observador, es decir, una imagen cultural de la naturaleza, que no reflejaría tanto la realidad abstracta como una percepción particular de ésta (Ingold 1993; Lemaire 1997). El origen de este concepto puede situarse en la pintura del Renacimiento como término técnico -una forma pictórica de representar el entorno basada en la perspectiva y la geometría-. Esta idea se adecuará perfectamente a los postulados del pensamiento contemporáneo desarrollado posteriormente con la Ilustración -que defiende la separación entre cultura y naturaleza, entre el ser humano y su entorno, y cómo este último puede ser cultivado e impregnado de cultura a través del primero. Así, el mundo se percibirá por primera vez como una imagen que puede ser aprehendida por el hombre, donde la adquisición de conocimiento pasa por la visión y experiencia del entorno (Thomas 2001). En la historiografía arqueológica, esta dicotomía entre naturaleza y cultura se refleja en la distinción conceptual entre espacio y paisaje. Frente a la ima-(*) Área de Prehistoria. gen estática del espacio que planteaba la Nueva Arqueología, como una categoría física universal y aprehensible heredera de la tradición ilustrada, en las últimas décadas desde las escuelas de Geografía más humanistas comenzó a plantearse una visión distinta, basada en un enfoque fenomenológico que atiende a las experiencias particulares y subjetivas de los grupos e individuos que en él habitan; estas experiencias se basarían en el procesado de los datos sensoriales recogidos del entorno, a través del filtro de la percepción particular, los condicionamientos socio-culturales, e incluso las experiencias previas del individuo o grupo. De esta manera, de la fusión conceptual entre los principios de la geografía humanista y las críticas post-procesuales a la teoría y práctica de la Nueva Arqueología, se desarrollará una Arqueología del Paisaje basada explícitamente en la percepción, el estructuralismo simbólico y la fenomenología (Orejas 1991); que atiende a la interpretación de las relaciones recíprocas establecidas entre el paisaje y sus habitantes en el contexto de sus actividades cotidianas, especialmente en sus aspectos sociales y simbólicos. Se habla así del paisaje como entorno mediatizado por la percepción subjetiva del individuo y del grupo; es decir, un elemento socialmente construido, domesticado y apropiado por los grupos que lo habitan (Bender 1993). Una idea similar había sido planteada años antes por A. Leroi-Gourhan: con el desarrollo de las actividades funcionales ligadas al discurrir de su existencia y por mediación de símbolos, los grupos humanos toman posesión del tiempo y el espacio, en un progresivo proceso de domesticación y apropiación de su entorno -con el establecimiento de una serie de referentes que contribuyen a estructurar este espacio de acuerdo con sus normas y necesidades (Leroi-Gourhan 1964). De acuerdo con este concepto, los paisajes sociales representarían sistemas de referencia para la acción humana, inteligible en el contexto de pasadas y futuras acciones (Gosden y Head 1994). Así, el paisaje no sería únicamente el espacio que puede ser aprehendido visualmente, sino todo un conjunto de relaciones entre personas y lugares que proporcionaría el marco necesario para el desarrollo de las actividades y conductas cotidianas. Por ello, constituye además un marco de trabajo válido para integrar el estudio de distintas fuentes de información y distintos aspectos de la actividad humana en el espacio (Thomas 2001). El estudio del movimiento de los grupos sociales en su entorno es uno de los aspectos fundamen-tales desarrollados por las aproximaciones postprocesuales y fenomenológicas al estudio arqueológico del paisaje, en claro contraste con el carácter estático de los estudios espaciales de carácter procesual. Estas aproximaciones se basan en la valoración del movimiento como factor determinante en la percepción de su entorno para los grupos de cazadores-recolectores -T. Ingold (1993: 156) define el paisaje como "el mundo tal y como es percibido por aquellos que viven en él, que habitan determinados lugares y viajan a lo largo de los caminos que los conectan"-; aunque de nuevo podemos encontrar el germen de esta idea en los trabajos de Leroi-Gourhan (1964), quien hizo hincapié en las diferencias presentes entre la percepción del entorno de los cazadores-recolectores, dinámica y basada en el movimiento, y la de los grupos agrícolas, estática y creada en círculos concéntricos que se extienden desde un punto de referencia. De esta manera, se considera que los grupos sociales perciben y articulan su entorno a través de su incorporación a sus actividades cotidianas y el movimiento en éste; desde esta perspectiva particular y subjetiva, la localización, orientación y movimiento de los grupos constituyen factores fundamentales en su interpretación del mundo que les rodea (Tilley 1994; Ingold 2000). Por ello, los más recientes análisis arqueológicos del paisaje han trasladado su atención desde el emplazamiento de los yacimientos hacia el reconocimiento de las actividades que tienen lugar en este paisaje: cómo su naturaleza, emplazamiento y cambios en el tiempo y en su distribución otorgan significado a una serie de lugares, dentro de un proceso de reproducción de las relaciones sociales (Llobera 1996). Pero, como han hecho notar algunos autores, este tipo de estudios se ven limitados por la carencia de una metodología adecuada para la reconstrucción de la dimensión espacial de las prácticas sociales, su posible relación con los elementos percibidos del paisaje, y la importancia del movimiento en todo ello (Llobera 1996; Harris 2000). Esto puede apreciarse en el que a pesar de todo constituye uno de los ejemplos clave del énfasis en la experimentación subjetiva del paisaje por la aplicación de un enfoque fenomenológico, la obra de C. Tilley The fenomenology of Landscape (1996). En ésta la fenomenología se asume como teoría de rango medio, proporcionando una metodología para la interpretación arqueológica de la organización del paisaje que parte de una premisa básica: la docu-T. P., 61, n. o 2, 2004 mentación del movimiento del autor alrededor de una serie de monumentos permitiría comprender cómo los grupos neolíticos percibieron y experimentaron ese mismo paisaje. A pesar de sus indudables aportes, este enfoque ha recibido también numerosas críticas por su carácter reduccionistapues asume que la experiencia de los seres humanos es estática y no varía con aspectos como el tiempo, la clase, el género o incluso las expectativas personales del individuo (Brück 1998). Pero además, como hace notar M. Llobera (1996), uno de sus problemas fundamentales sería precisamente la metodología planteada para esta recreación de la experiencia pasada, que se limita al establecimiento de conclusiones personales a través de la repetición del posible movimiento de estos grupos por parte del investigador. Para salvar estas carencias en las estrategias de reconstrucción del movimiento en el paisaje, algunos autores han defendido la potencialidad del cálculo de caminos óptimos mediante Sistemas de Información Geográfica. Este tipo de análisis se ha aplicado en algunas zonas para el estudio de las relaciones entre los distintos tipos de asentamiento (Lock y Harris 1996); o, asociadas al cálculo de cuencas visuales, para explorar las relaciones entre el emplazamiento de los asentamientos y el trazado de posibles rutas de comunicación entre ellos (Madry y Rakos 1996; Bell y Lock 2000). Sin embargo, en estos estudios la validez de los modelos recreados se supedita en última instancia a su comparación con el trazado de rutas históricas conocidas, o cuya existencia se había documentado previamente. Por ello, como señala Harris (2000), sigue existiendo un problema a la hora de analizar el movimiento no documentado en el paisaje, el de los grupos sociales prehistóricos; especialmente en aquellas zonas que por sus características topográficas ofrezcan un amplio abanico de posibilidades para el trazado de caminos óptimos. En este sentido, como aporte para la superación de los modelos espaciales funcionalistas de la Arqueología procesual, debe destacarse la propuesta de M. Llobera (2000) de analizar la sociología del movimiento: intentando identificar no caminos concretos sino pautas generales del movimiento, atendiendo a los factores que condicionan su creación, uso y evolución. Estos no se limitarían a los atributos naturales del terreno, sino que incluirían también la posibilidad de que algunos elementos culturales actuasen como focos de atracción o repulsión en el trazado de las rutas de comunicación. Siguiendo este planteamiento, proponemos una posible vía para la valoración del papel de los elementos naturales y culturales que conforman el paisaje prehistórico en el cálculo de caminos óptimos mediante Sistemas de Información Geográfica. Consideramos que los resultados obtenidos, los denominados least-cost paths (1), permiten analizar las pautas de movilidad en relación con la configuración topográfica del área de estudio; definiendo lo que algunos autores han denominado red de permeabilidad del espacio o mapa de tránsito teórico (Criado 1999: 32), es decir, una muestra de las rutas que pueden ser potencialmente usadas con un mínimo esfuerzo en unas circunstancias concretas. Establecida esta red preliminar, la valoración de las diferencias que imprime a su trazado la influencia de determinados condicionantes culturales (como la presencia de abrigos con arte rupestre), permite analizar en qué circunstancias se habría dado el movimiento a lo largo de unas u otras rutas de comunicación. Nuestro análisis del movimiento, así, no pretende tanto la identificación de caminos concretos como la valoración de estas circunstancias y sus implicaciones históricas. COMPONENTES NATURALES Y CULTURALES DEL PAISAJE NEOLÍTICO EN LAS TIERRAS CENTRO-MERIDIONALES VALENCIANAS Este estudio forma parte de un proyecto de investigación aún en curso que analiza los cambios en la organización del paisaje que se producen en las comarcas centro-meridionales del País Valenciano con el inicio del Neolítico, por las transformaciones sociales e ideológicas que acompañan el cambio del modo de vida cazador-recolector de las poblaciones locales a uno basado en la producción agropecuaria. En esta zona, que tradicionalmente ha sido destacada como uno los focos principales en el proceso de neolitización de la Península Ibérica, la abundancia de yacimientos conocidos permite una precisa aproximación al proceso de (1) El término de least-cost path hace referencia a los trazados cuyo recorrido por parte de un individuo requiere un menor esfuerzo en términos de energía invertida (coste). De ahí se deriva el concepto de cost-surface o superficie de fricción, como modelo del terreno que incluye todos aquellos factores que pueden entorpecer o favorecer el movimiento: no sólo sus atributos cartesianos (la distancia en kilómetros entre un punto y otro) sino también otros elementos como la inclinación del suelo (pendientes), cursos de agua, tipos de suelo o vegetación. apropiación y estructuración del espacio que realizarán los primeros grupos de economía productora. Estos cambios pueden ser observados en el registro arqueológico a través del análisis conjunto de dos elementos: los yacimientos de hábitat y enterramiento, por un lado, y los abrigos con Arte rupestre por otro. Un ejemplo de la potencialidad de los Sistemas de Información Geográfica para conocer el modo en que estos grupos percibían y estructuraban su entorno ya se ha mostrado en esta zona, con el análisis del emplazamiento de los distintos tipos de yacimientos a partir de sus cuencas visuales o áreas de captación (Fairén y García e.p.). Las tierras centro-meridionales del País Valenciano forman parte del extremo nor-oriental de las Cordilleras Béticas, conocido como dominio Prebético externo. Se trata de un paisaje caracterizado por una secuencia de pliegues en los que alternan los grandes anticlinales, de naturaleza calcárea y con abundancia de fenómenos kársticos, y las depresiones rellenas de margas miocenas, todos ellos de disposición típicamente bética (SO-NE). Estas sierras calcáreas, que en el Neolítico serán empleadas como soporte de distintas manifestaciones gráficas, son abruptas, presentando a menudo crestones y espolones, cantiles, pedrizas y profundos abarrancamientos (Costa 1985). En contraste, esta unidad geomorfológica bien definida queda rodeada por una serie de corredores más amplios (la Vall d'Albaida al Norte o el corredor del Vinalopó al Sur), a los que se une bien en dirección N-S mediante estrechos pasos y puertos de montaña, o en dirección SO-NE a través de los sinclinales béticos que siguen los valles. Hacia el Este, la zona costera se caracteriza por la presencia de pequeños humedales que se prolongan desde la cuenca de deyección del río Serpis (en la zona de la Safor) hacia el sur (en el marjal de Oliva-Pego), interrumpidos a partir de la zona de Denia por una serie de desniveles tectónicos de fallas paralelas y perpendiculares a la costa. Estos desniveles compartimentan la unidad estructural impidiendo el tránsito por la costa, que a partir de este punto debe orientarse hacia los pequeños valles y barrancos que se adentran en el interior montañoso. En cuanto al paisaje vegetal en momentos neolíticos, los estudios antracológicos realizados para algunos yacimientos de la zona muestran cómo desde mediados del VI milenio cal. BC se produce un proceso de degradación del paisaje vegetal. Así, frente al paisaje anterior a esta fecha, dominado por un bosque mediterráneo, a partir de estos momentos la acción antrópica sobre esta formación se dejará sentir con más fuerza, con la tala o quema del bosque en busca de pastos y tierras de cultivo dentro de un sistema agrícola de barbecho inestable a medio plazo (Dupré 1988; Bernabeu y Badal 1990). Esta degradación, más evidente en el entorno inmediato de los asentamientos, se evidencia por la apertura de la vegetación y el avance de formaciones secundarias, como el Pinus halepensis y un matorral de maquis y garrigas, que son dominantes ya en el horizonte Neolítico II (2). Así, el paisaje alrededor de las zonas de hábitat a partir del III milenio BC sería abierto, con pinos dispersos y algunos caducifolios en las zonas (no roturadas) de mayor humedad edáfica, iniciando un proceso denudativo de las laderas montañosas cuya culminación puede apreciarse actualmente, con vertientes de roca descubierta, desprovistas de cualquier tipo de suelo y con una vegetación rala (Fumanal 1986). El poblamiento en esta zona se caracteriza, desde los primeros momentos del Neolítico, por una dualidad entre asentamientos al aire libre y la ocupación de cuevas y abrigos. Estos yacimientos se concentran en dos núcleos principales, donde encontramos los yacimientos con secuencias estratigráficas más completas o conjuntos materiales más abundantes: por un lado, los yacimientos presentes en las zonas de la Safor y el marjal de Oliva-Pego, así como algunos situados cerca de la línea de costa como la Cova de les Cendres (Teulada) o la Cova Ampla del Montgó (Xàbia); por otro lado, la cuenca media y alta del río Serpis, con yacimientos en cueva como l'Or (Beniarrés) o Sarsa (Bocairent) y poblados al aire libre como Mas d'Is (Penàguila). Entre estos dos núcleos de poblamiento se disponen unos valles de orientación SO-NE, a lo largo de los cuales encontramos una serie de cuevas y abrigos cuya escasa potencia estratigráfica pero variedad de materiales reflejaría un uso esporádico pero reiterado a lo largo de toda la secuencia neolítica. De forma general, se ha señalado que la frecuentación de estos abrigos debe ponerse en relación con el movimiento de personas y ganado entre los dos núcleos principales de poblamiento (Fairén 2004), ante la reconocida funcionalidad de muchos de ellos como redil durante el Neolítico (Badal 1999); sin embargo, hasta el momento no existía ninguna evidencia empírica que confirmase el uso de estos valles como corredores de comunicación en estos momentos, y si existía alguna jerarquización en este tránsito que determinase el uso preferente de unas rutas frente a otras. Por otro lado, es también a lo largo de estos valles donde encontramos la mayor parte de los yacimientos con Arte rupestre conocidos en esta comarca. En estos abrigos se representan motivos pertenecientes a tres estilos distintos, Macroesquemático, Esquemático y Levantino, aunque todos ellos de cronología neolítica si atendemos a sus paralelos muebles y las superposiciones cromáticas (Hernández y Martí 2000-2001; Fairén 2004). Las diferencias encontradas entre los distintos abrigos en cuanto a su emplazamiento (visibilidad, tamaño o accesibilidad) y número y complejidad de los motivos representados, permiten realizar una distinción funcional entre ellos: si bien algunos de ellos se ubican en lugares destinados a ceremonias (2) Sin embargo, en algunos yacimientos de llanura se mantiene el aprovechamiento del carrascal hasta el III milenio BC, lo cual se explica por ser ésta la primera ocupación de esas zonas de valle, que aún no estarían afectadas por la degradación antrópica; mientras que los altos niveles de Quercus ilex-coccifera en los análisis antracológicos de esos yacimientos evidenciarían el inicio de la tala sistemática del carrascal para abrir nuevos campos de cultivo y pastos (Badal 1999). de agregación social o ritual, otros deben ponerse en relación con el control del señalado tránsito a lo largo de estos valles, de los puntos de paso y de los recursos disponibles en la zona (Fairén 2002). ¿De qué manera se realizaría este movimiento? Como ha señalado A. Whittle (1997), aunque en los estudios sobre el Neolítico se asume de forma inequívoca la ecuación "agricultura = sedentarización", entre estas poblaciones pueden reconocerse distintas pautas de movimiento; éstas comprenderían un amplio abanico de posibilidades, desde la reubicación del hábitat (por agotamiento de los recursos en el entorno inmediato, higiene, etc.), hasta pautas de movimiento estructurado y repetitivo a distintas escalas espaciales y temporales. Entre estas últimas, dos nos parecen especialmente significativas: por un lado la movilidad logística, destinada a la explotación específica de determinados recursos por parte de un grupo reducido, y que requeriría la existencia junto a los asentamientos estables de algunos yacimientos ocupados temporalmente (estacionalmente o no); por otro lado, una movilidad residencial a través del paisaje, que incluiría la presencia de refugios frecuentados sólo esporádicamente y lugares destinados a rituales de agregación social. Hemos señalado que en el área centro-meridional valenciana puede reconocerse desde el inicio de la secuencia neolítica el uso simultáneo de asentamientos al aire libre, cuevas y abrigos. Las diferencias apreciables entre estos yacimientos en cuanto a materiales documentados, secuencia de ocupación (estable o temporal) o emplazamiento (que afectaría a los tipos de suelo y cercanía a determinados recursos), estarían reflejando una diversificación en las pautas de poblamiento debida posiblemente a una voluntad de aprovechamiento integral de los recursos del entorno: asentamientos al aire libre de dedicación agrícola, frecuentemente trasladados a lugares cercanos para mantener los niveles de producción agrícola ante el agotamiento de los suelos -lo cual explica la concentración de hallazgos contemporáneos en torno a zonas concretas; cuevas y abrigos usados esporádicamente como refugio o en relación con actividades que complementarían esta economía-caza y pastoreo-; y algunas cavidades cuyo uso parece ser ritual a juzgar por el carácter extraordinario de su registro (presencia de cerámicas cardiales de gran calidad y con decoración simbólica, peculiares patrones de sacrificio de la fauna, o tubos de hueso que se han interpretado en relación con actividades musicales en contex-tos rituales), en la línea señalada por algunos autores (Vicent 1997; Martí et al. 2001). Entre estos distintos yacimientos se darían movimientos a pequeña escala, sea en el seno de las actividades cotidianas (desplazamientos circulares alrededor del lugar de hábitat), sea a escala media dentro de estas estrategias de explotación integral del entorno. Por otro lado y a mayor escala, la existencia de varios núcleos de poblamiento en el espacio analizado y de refugios y abrigos con arte rupestre entre ellos, permite también plantear el análisis de la comunicación entre los grupos que habitarían en cada zona; así como la identificación de las pautas de movimiento y prácticas sociales que se llevarían a cabo a larga escala a través de este paisaje socializado. Estaríamos hablando en este caso de un tránsito no mecanizado, formado por pequeños grupos de personas y animales (fundamentalmente ovicápridos, el elemento más abundante en la cabaña ganadera de estas comunidades). Por ello, el cálculo de caminos óptimos entre yacimientos pertenecientes a estos dos núcleos de poblamiento mediante el SIG ArcView 3.2 permite comprobar en qué medida y en qué circunstancias los valles situados entre ambos núcleos podían considerarse vías potenciales de comunicación. MOVIMIENTO Y SISTEMAS DE INFORMACIÓN GEOGRÁFICA: EL CÁLCULO DE CAMINOS ÓPTIMOS Los Sistemas de Información Geográfica (SIG) pueden definirse de forma genérica como programas informáticos que permiten el almacenamiento y representación de datos digitalizados y referenciados por coordenadas geográficas, así como la manipulación y análisis de esta información para generar nuevos datos. Entre estos nuevos datos, destaca la capacidad de crear Modelos Digitales del Terreno (Digital Elevation Model, DEM, en su nomenclatura anglosajona) a partir de las curvas de nivel; es decir, transformar estas polilíneas en una malla continua de celdas que refleje las irregularidades topográficas del terreno, al tener asignada cada una de ellas una altura determinada. En este caso, esta función ha sido facilitada por existir una cartografía digital de toda la Comunidad Valenciana (con curvas de nivel cada 10, 20 y 100 m) realizada por la COPUT (Conselleria d'Obres Publiques, Urbanisme i Transport). Este DEM puede ser transformado, a su vez, en una superficie de fricción (cost surface), que permita medir el coste del movimiento entre dos puntos mediante un trazado teórico en función del tiempo o esfuerzo que deba ser invertido para ello. De no realizarse esta transformación, el cálculo de este trazado dependería exclusivamente de los atributos espaciales cartesianos (la distancia), los únicos contenidos en el DEM; de esta manera, se buscaría la opción más corta sin atender a factores condicionantes del movimiento tan básicos como la existencia de pendientes. Por ello, es precisamente el cálculo de las pendientes el primer paso que debe darse para la transformación del DEM en una superficie de fricción, diversificándose las posibilidades a partir de este momento en función del objetivo que se desee alcanzar. Una de ellas sería la aplicación de una función matemática que permita medir este movimiento en términos de tiempo, lo cual es fundamental en los análisis de áreas de captación (Site Catchment Analysis) para delimitar el perímetro de esta área; sobre la fórmula a aplicar existen también diversas posibilidades, recientemente publicadas y valoradas por otro autor (Van Leusen 1999) -aunque la más simple y divulgada es la de Gorenflo y Gale (1990), que mide la velocidad como una función exponencial ligada a la pendiente-. Sin embargo, consideramos que con esto se mantendría una de las asunciones más criticadas en la Nueva Arqueología, que es pensar que las sociedades prehistóricas se rigen únicamente por una doctrina de búsqueda del mínimo esfuerzo. En cambio, en nuestro análisis no nos interesaba tanto la velocidad del movimiento como la definición la red de permeabilidad del área de estudio basada en las pendientes y los cursos de agua, para a continuación valorar la influencia sobre estos trazados de unos elementos culturales que podrían actuar como foco de atracción del movimiento (3). Por ello, para este análisis en concreto nos hemos limitado a una reclasificación manual de las pendientes derivadas del DEM en grupos de esfuerzo según su grado -lo cual permite que actúen como una red de drenaje que identifica los trazados de menor coste para el movimiento. Este DEM, creado a partir de las curvas de nivel cada 20 m, presentaba una resolución de 30 m; sobre esta superficie, los demás atributos podían ser fácilmente incluidos mediante el uso de la herramienta map calculator (4) del SIG ArcView 3.2. La idea básica de este análisis ha sido la recreación de varios escenarios para el movimiento a partir de la introducción diferencial de los distintos componentes del paisaje, y su valoración en relación con el conocimiento empírico del espacio analizado y las posibilidades que presenta para el tránsito a pie de un individuo o grupo reducido. Con este objetivo, se diseñaron varias superficies de fricción incluyendo variables de distinto tipo (naturales y culturales), analizando las diferencias observables entre los caminos resultantes; ante la ausencia de rutas de comunicación documentadas para la época neolítica, los resultados se contrastaron con el conocimiento acerca del movimiento actual en este territorio, así como con la distribución de los yacimientos neolíticos en relación con los caminos obtenidos. En todos estos cálculos, los puntos de origen y destino han sido yacimientos de hábitat conocidos y situados en puntos periféricos de la zona de estudio, para que su emplazamiento condicionase lo menos posible los trazados resultantes. Como hemos señalado, los cálculos iniciales se hicieron exclusivamente sobre la pendiente derivada de la topografía. Sobre un mismo ejemplo, el trazado óptimo entre la Cova de la Sarsa (Bocairent) y Cova Ampla del Montgó (Xàbia), podían observarse diferencias en el resultado si el cálculo se hacía directamente sobre las pendientes (medidas en grados) o si, por el contrario, estas pendientes se reclasificaban en clases de esfuerzo en función de su grado. Este último caso parecía ser el que mejor se adecuaba a la variabilidad topográfica del área: los caminos resultantes eran menos rectilí- (3) Existen múltiples factores naturales que pueden condicionar el movimiento además de las pendientes y los cursos de agua, siendo los más habitualmente citados el tipo de suelo o la vegetación; sin embargo, su valoración presenta mayores dificultades que los dos primeros, al requerir algoritmos específicos por un lado, y por otro unos datos paleoambientales muy exactos -en la zona de estudio, los datos disponibles son muy generales, obtenidos a partir de una serie reducida de yacimientos-; por tanto, aunque resultan informativos sobre los cambios producidos en el paisaje con la puesta en marcha de un sistema de producción agrícola, a pequeña escala su valoración sería más difícil. Entre los culturales, puede señalarse como elemento a favor la existencia de caminos previos que pudieran reutilizarse; o la voluntad de acercarse o evitar determinados puntos en el territorio que puedan tener un significado social o ritual añadido, como ha sido señalado por M. Llobera (2000). (4) Como su propio nombre indica, esta herramienta permite la combinación de distintas capas mediante operaciones aritméticas, entre las cuales las más básicas serían la adición y sustracción de distintos atributos. neos, adecuándose mejor a los pequeños cambios de pendiente del terreno (Fig. 2a). En segundo lugar se consideró la introducción de un valor de fricción para los principales cursos de agua de la zona (ríos Serpis, Xaló-Gorgos, Penàguila, Clariano o Vinalopó) que, al tener un mayor caudal, serían más difíciles de cruzar que sus afluentes o los pequeños torrentes creados en cada barranco en las estaciones lluviosas. En realidad, no creemos que ninguno de estos ríos presentase problemas para ser cruzado en cualquiera de sus tramos si fuese necesario; sin embargo, dado que las pendientes reclasificadas actúan como una red de drenaje de líquidos, al otorgar un valor de fricción a los ríos se busca evitar el solapamiento de los caminos al lecho del río en aquellos casos en que ambos discurran en paralelo -el lecho de los ríos corresponde siempre a la zona más llana y por tanto óptima para el tránsito si no existe información sobre el caudal que soporta; con esto lo que se pretendía era dar al programa información sobre este caudal, que no impide cruzar el río pero sí caminar por su lecho-. En la Figura 2b pueden apreciarse los distintos trazados que surgen de acuerdo con el valor de fricción otorgado a los ríos. Finalmente, se estableció una barrera artificial en la estrecha garganta que comunica la cuenca media y baja del río Serpis, hacia donde confluían de forma natural todos los caminos calculados desde puntos situados en el interior de la zona montañosa alicantina hacia el litoral (Fig. 2c). El topónimo actual de esta garganta, Estret de l'Infern, refleja gráficamente las dificultades que presentaría su uso como acceso entre las comarcas del Comtat (cuenca media del río Serpis) y la Safor (cuenca baja); este paso es impracticable hoy en día y seguramente lo sería también en momentos neolíticos, cuando el caudal del río sería mayor. La superficie de fricción resultante de la inclusión de todas estas variables ha sido usada para calcular los caminos óptimos entre los yacimientos mejor conocidos durante los horizontes Neolítico IA o cardial y el Neolítico IB o postcardial, comparando estos trazados con la distribución de los yacimientos de hábitat y abrigos con Arte rupestre que estarían en funcionamiento de forma simultánea en cada fase (ver Fig. 3). El trazado de estas vías potenciales de comunicación estaría condicionado únicamente por variables medioambientales, mostrando los valles que favorecerían el tránsito con un menor esfuerzo si únicamente se atendiese a los atributos naturales del terreno descritos (pendientes topográficas y cursos de agua). Como pautas generales de este movimiento, podemos señalar que parece evitarse el tránsito en dirección S-N, dada la gran cantidad de obstáculos topográficos que dificultarían el movimiento en este sentido. Así, los potenciales corredores naturales calculados entre yacimientos situados en los extremos meridional y septentrional del territorio estudiado intentarían rodear los obstáculos topográficos de mayor envergadura, siguiendo los amplios corredores que lo bordean por el SO y NO (cuenca del río Vinalopó, corredor de Almansa y corredor de Montesa), y nunca siguiendo la línea de costa -caracterizada, especialmente en la zona de la Marina Baja, por su accidentada topografía-. En los casos necesarios para el movimiento en dirección S-N se utilizan pequeños pasos, como el paso del Biscoi para el tránsito entre el corredor de Beneixama y la Foia de Castalla. En cuanto al movimiento en dirección SO-NE, éste se canaliza por los valles de la zona: hasta la cuenca media del río Serpis por la Canal Ibi-Alcoi y el corredor de Beneixama -Bocairent-Valleta d'Agres; y a partir de ahí existen también dos opciones, la Vall de Gallinera o el eje Vall de Seta -Barranc de Famorca-río Xaló/ Gorgos. Éstas podrían ser valoradas como las rutas que facilitarían el desplazamiento en un entorno en el que únicamente existieran obstáculos topográficos y medioambientales; es decir, los corredores naturales que potencialmente permitirían la articulación de este espacio. Por otro lado, planteamos la inclusión dentro de la superficie de fricción de los abrigos con arte rupestre para contrastar la hipótesis de que funcionasen como centros de agregación social -y, por tanto, como focos de atracción para el movimiento-. Se intentaba comprobar en qué medida el poder de atracción de estos abrigos podría modificar los condicionantes meramente ambientales del movimiento, valorando las diferencias que presentan los resultados obtenidos respecto a los caminos únicamente dependientes del entorno natural. Estaríamos hablando en este caso de corredores no naturales sino culturales, usados en función de una voluntad específica de los grupos sociales que habitaban este territorio. Es decir, su uso no buscaría un menor esfuerzo para el movimiento, sino que estaría determinado por una serie de factores socioculturales que se superpondrían a los atributos naturales del terreno. La inclusión de los abrigos con arte rupestre se ha realizado creando una serie de áreas a su alrededor a las que se ha otorgado un valor de atracción, y que se han sumado a la superficie de fricción antes definida; este valor de atracción debía ser tan elevado que compensase las dificultades de acceso impuestas por los atributos naturales del terreno, ya que estaríamos hablando de una voluntad cultural de llegar a los lugares donde se localiza el arte rupestre sin atender al esfuerzo de desplazamiento. Pero además, la introducción en cada caso de abrigos con Arte rupestre Macroesquemático, Esquemático o Levantino no sólo permitía apreciar una variabilidad respecto a las vías potenciales de comunicación obtenidas anteriormente, sino que existían también importantes variaciones en los resultados en cada caso. De esta manera, si se otorga un valor de atracción a los abrigos con Arte rupestre Macroesquemático, vemos cómo se usan dos corredores distintos a los señalados con anterioridad: la Canal Ibi-Alcoi, que comunicaría la cuenca alta del río Vinalopó con la del río Serpis; y el Barranc de Malafí para comunicar la cuenca media del Serpis con las zonas litorales (ver Fig. 4b). Por otro lado, la comunicación con la zona de la Safor ya no se realiza rodeando este territorio, a través del corredor de Montesa, sino que se canalizaría por el interior. De esta manera, la presencia de los abrigos macroesquemáticos forzaría una nueva tendencia de movimiento, recorriendo el interior del territorio en dirección SE-NO siguiendo los valles sinclinales, y aprovechando pequeños pasos de montaña para cruzar los obstáculos topográficos de mayor envergadura; los trazados serían así más cortos, pero también más abruptos. Respecto a las rutas mencionadas, debe señalarse que al menos el uso del Barranc de Malafí está documentado en época histórica. En cambio, si el valor de atracción se otorga a los yacimientos con Arte Esquemático, de nuevo se presentan opciones distintas para el tránsito: para llegar a la zona de la Safor y Vall d'Albaida se usaría el Barranc de Bocairent, un pequeño paso en dirección S-N en la cabecera del río Clariano, jalonado por numerosos abrigos con pinturas; y para comunicar el curso medio del río Serpis con la costa, aunque se mantiene el uso del Barranc de Malafí, se plantea el uso de un nuevo eje (Barranc de l'Encantà -Vall d'Alcalà-Vall d'Ebo) (Fig. 4c). Esta misma tendencia se mantendría al calcular caminos desde yacimientos del horizonte Neolítico IB (Fig. 5b). Respecto a los abrigos con Arte Levantino, su introducción en la superficie de fricción marca en general escasos cambios respecto a los caminos condicionados por los abrigos con Arte Esquemático -aunque debe destacarse que en este caso no se incluye el curso del río Clariano como potencial vía de comunicación, confirmando que se trata de un espacio exclusivamente esquemático (Fig. 5c)-. Estas coincidencias vienen a confirmar la idea ya se-ñalada en otras ocasiones de que ambos estilos no sólo estarían en funcionamiento simultáneamente, sino que presentarían un papel común en la articulación del espacio realizada por los grupos neolíticos de la zona (Fairén 2002). Los resultados obtenidos de la inclusión de distintos elementos en la superficie de fricción sobre la que se han calculado las potenciales vías de comu-nicación, muestran un abanico de posibilidades para la articulación del territorio relativamente amplio. Estas posibilidades son distintas no sólo respecto a la distancia recorrida sino también en función de los desniveles topográficos que deben atravesarse en cada caso, como puede verse en la Fig. 6. Como valoración personal de esta variabilidad, consideramos que todas estas vías pudieron haber sido usadas a lo largo del Neolítico, en distintos momentos o incluso de forma simultánea: que todos ellos fueron usados parece cierto si consideramos la distribución que muestran los abrigos con arte rupestre y los yacimientos de hábitat y enterramiento respecto a estas potenciales vías de comu-nicación, y el hecho de que en muchos casos su uso pueda documentarse en épocas posteriores. Sin embargo, debe remarcarse que en cada caso su uso respondería a unos condicionamientos naturales y socio-culturales particulares: mientras algunos trazados mostrarían una aptitud natural para el tránsito, otros serían más abruptos y la elección de usarlos sólo podría responder a una voluntad que no atendiese al esfuerzo sino a factores de otro tipo. En primer lugar, a la vista de estos resultados quizás habría que replantear la idea de que el arte rupestre en las tierras centro-meridionales valencianas se realizase en lugares vinculados al movimiento a través de las rutas óptimas para la comunica-Fig. Exploración de las variables culturales en el Neolítico IB. A) Caminos óptimos según atributos naturales del terreno. B) Caminos óptimos con la introducción de los abrigos con Arte Esquemático. C) Caminos óptimos con la introducción de los abrigos con Arte Levantino. ción, como se ha señalado para otras zonas de la Península (Bradley et al. 1994; Martínez García 1998). En cambio, en esta zona los únicos casos en que existe coincidencia entre los caminos óptimos de acuerdo con los atributos naturales del terreno y la distribución de los abrigos con Arte rupestre son los de la Vall de Gallinera y el Barranc de Famorca; por el contrario, los demás valles en los que existen destacadas concentraciones de abrigos únicamente se podrían considerar vías potenciales de tránsito si se les otorgase un valor añadido -un valor cultural, como foco de atracción del movimiento-. El caso de los abrigos del Barranc de l'Infern es especialmente sintomático de este hecho, dado que en ninguno de los escenarios planteados pueden ponerse en relación con las potenciales vías de comuni-Fig. Secciones topográficas de las potenciales vías de comunicación entre Casa de Lara y Cova de les Cendres. A) Según atributos naturales del terreno. B) Con la introducción de los abrigos con Arte Macroesquemático. C) Con la introducción de los abrigos con Arte Esquemático. D) Con la introducción de los abrigos con Arte Levantino. Obsérvese que el trazado A implica atravesar menores desniveles topográficos, aunque en cambio es el más extenso en su recorrido. Así, tal vez la reflexión debiera hacerse a la inversa: en la mayor parte de los casos el arte rupestre no se localiza a lo largo de los corredores más favorables para el tránsito de acuerdo con sus atributos naturales, sino en algunos más abruptos y que presentan mayores dificultades; sin embargo éstos se usan, pero sólo a consecuencia de pasar por unos lugares que tienen una especial significación a nivel social o ritual para los grupos que habitaban la zona. Es decir, que son los lugares donde se emplazan los abrigos con Arte rupestre los que tienen un significado cultural que atraería el movimiento y favorecería la creación de nuevas vías de comunicación cuyo trazado incluyera estos núcleos. De esta manera, serían las prácticas sociales realizadas en torno a estos lugares en los que se representa el arte rupestre las que obligarían a la creación y uso de esos caminos, en una mezcla no siempre equilibrada de factores funcionales y rituales. Respecto a los abrigos del Barranc de l'Infern, que quedan al margen de estas pautas generales de movimiento, tal vez habría que pensar que su funcionalidad no responde a una asociación a puntos de paso. En cambio, parecen constituir puntos con un valor social propio y tan elevado que justifique en sí mismo el desplazamiento: no serían puntos de paso sino de destino, lugares destacados dentro de las creencias del grupo donde podrían celebrarse ceremonias de distinto tipo. Esto explicaría la presencia en un lugar de topografía tan singular e inaccesible de un elevado número de abrigos conteniendo representaciones pertenecientes a tres estilos diferentes. Por otro lado, la coincidencia de los caminos computados con rutas de comunicación elaboradas con procedimientos semejantes y cuyo uso se documenta a partir de época ibérica (Grau 2002), podría indicar que algunos de estos caminos de la Edad del Hierro estarían fosilizando rutas previas -cuyo uso podría, así, retraerse hasta los momentos iniciales de la secuencia neolítica-. La zona analizada, por su propia configuración topográfica, ofrece un número relativamente amplio aunque finito de posibilidades para el movimiento; la elección de cada una de estas opciones puede variar en función del modo en que se realice el tránsito (a pie, con ganado, o con carros), pero también y como hemos visto por pautas de decisión de carácter socio-cultural. De esta manera, la coincidencia entre las vías usadas en época neolítica y momentos posteriores sería lógica en el caso de aquellas rutas consideradas óptimas de acuerdo con los condicio-namientos naturales del terreno; pues, mientras no cambiasen las condiciones en que se produce el movimiento, se mantendrían sus posibilidades de uso: este sería el caso de las rutas señaladas en la Vall de Gallinera o el eje Vall de Seta -Barranc de Famorca. Esta coincidencia, sin embargo, es más difícil de explicar en el caso de otras rutas tan abruptas que en el Neolítico sólo se escogerían si se quisiese pasar cerca de unos abrigos determinados -como es el caso del Barranc de Malafí-. En este caso, una posible explicación sería que su uso respondiese a un hábito de tránsito creado desde los primeros momentos del Neolítico de acuerdo con factores socio-culturales: la necesidad de acceder a una serie de lugares sacralizados donde se representarían pinturas macroesquemáticas, y posteriormente esquemáticas y levantinas. La persistencia de este hábito haría que se mantuviera el uso de estos caminos más allá del Neolítico, en momentos en que los abrigos y manifestaciones gráficas que condicionaron su trazado habrían perdido su significación original. De acuerdo con esta idea, podría decirse que durante el Neolítico existe un paisaje articulado en torno a una serie de focos con arte rupestre, que no se localizarían en puntos de paso sino que serían lugares de destino en sí mismos, y cuyo acceso condicionaría el trazado de una serie de líneas de movimiento que no responden a los atributos naturales del terreno: aunque se conocen las potenciales rutas que requerirían un esfuerzo mínimo para el tránsito, en cambio se utilizarían otras muchas cuyo trazado respondería fundamentalmente a decisiones de carácter cultural. Además, el uso de estas rutas culturales favorecerá el desarrollo de unas pautas de movimiento fundamentadas en el hábito, que perdurarán incluso cuando estos abrigos hayan perdido su significado original; por ello, a partir de estos momentos el uso de los caminos dependerá menos de los factores que originaron su trazado que de su adecuación a las condiciones en que se produce el movimiento: mientras el tránsito siga produciéndose a pie (individuos aislados o con ganado), donde ya existen vías transitables no se crean nuevos caminos sino que se fosilizan los ya conocidos. De esta manera, se mantendrá el uso de algunas de las potenciales rutas de comunicación neolíticas hasta el momento en que las necesidades del tránsito hagan necesario buscar nuevas opciones viarias -como ha sido señalado por I. Grau para la época romana: estos valles intramontanos no serán adecuados para un tráfico rodado de carretas, pues atraviesan nume-rosos y marcados desniveles topográficos; por ello, tras su introducción deberán buscarse rutas alternativas que bordeen este territorio y que, aunque impliquen recorrer una mayor distancia, requieran un menor esfuerzo en su recorrido (Grau 2000). Dado el carácter exploratorio de este estudio, lo que interesaba valorar no era tanto el tránsito en sí sino cómo las pautas de movimiento podían verse afectadas por los componentes naturales y culturales del paisaje. Por ello, debe señalarse que estos cálculos se han basado únicamente en una ecuación simple que considera un incremento proporcional del esfuerzo en relación con el valor de la pendiente que debe atravesarse. Sin duda, nuevos y significativos resultados pueden obtenerse con la exploración de algoritmos que permitan modelar con mayor precisión el movimiento de las personas, o la inclusión de variables naturales como la vegetación o los tipos de suelo. Sin embargo, la introducción de variables culturales en las superficies de fricción es un aspecto distinto cuya exploración presenta también un gran potencial en el cálculo de caminos óptimos. La variabilidad existente en los caminos obtenidos en este estudio de acuerdo con la introducción diferencial de los distintos componentes del paisaje parece apuntar en esta dirección. La valoración de estas diferencias, a partir de su comparación con la distribución de los yacimientos conocidos, permite mejorar el conocimiento cualitativo de la articulación del paisaje en períodos en que no existe documentación acerca de las pautas de movimiento, integrando además en un mismo análisis yacimientos de distinto tipo. De esta manera, el análisis de esta variabilidad permite llevar el debate más allá de los caminos óptimos basados exclusivamente en los atributos cartesianos del terreno, explorando los aspectos cognitivos de las sociedades prehistóricas y el rol del movimiento en la percepción y articulación del paisaje en que habitan y desarrollan sus actividades. Estos aspectos constituirían la dimensión espacial de la identidad grupal de los grupos prehistóricos. Los análisis que fundamentan este estudio se han llevado a cabo durante una estancia en el Institute of Archaeology (Oxford, Reino Unido) subvencionada por la Oficina de Ciencia y Tecnología de la Generalitat Valenciana. Quisiera agradecer al profesor G. Lock su orientación durante esta estancia y a V. Trifkovic su ayuda con los aspectos prácticos del análisis. Gracias también a I. Grau por sus acertados comentarios sobre el planteamiento y proceso interpretativo. Los errores que se puedan encontrar son sólo míos.
La Draga es un poblado neolítico de finales del VI milenio que se encuentra en la orilla oriental del lago de Banyoles. El resultado más destacable de la excavación en el sector subacuático ha sido la aparición de cuatro utensilios de madera, objetos hasta ahora poco conocidos en la prehistoria de la zona mediterránea. El hallazgo de objetos prehistóricos de madera u otras fibras vegetales es un fenómeno excepcional limitado a condiciones particulares de conservación, ya sea de permanente humedad o de extrema aridez. En Europa, este tipo de hallazgos han sido frecuentes en medios húmedos (lagos y turberas) de las zonas continentales y atlánticas, en las que se ha obtenido un importante conjunto de útiles cuyas interpretaciones funcionales, basándose en afinidades geográficas o cronoculturales, se han adoptado en las correspondientes a los utensilios líticos y óseos de las T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es zonas mediterráneas, aun a sabiendas de que los condicionantes culturales y medioambientales de cada zona podían haber aportado elementos característicos y diferenciadores propios. Sin embargo, en el Mediterráneo occidental se conocen hallazgos puntuales en medios áridos, como los de la cueva de los Murciélagos (Góngora, 1868) o la cueva Sagrada de Lorca (Ayala, 1987(Ayala,, 1990)), que en los últimos años se han visto considerablemente enriquecidos por los realizados en los primeros asentamientos lacustres neolíticos descubiertos: La Marmotta, en un pequeño lago en el centro de la península italiana (Fugazzola et alii, 1993) y La Draga, a orillas.4el lago de Banyoles (Girona), en el Nordeste de la Península Ibérica. El yacimiento arqueológico de La Draga fue descubierto en abril de 1990 en la orilla oriental del lago de Banyoles, conocido localmente como Vestany, como consecuencia de las obras de construcción de un parque en la sede olímpica de remo de los juegos olímpicos de 1992. Se trata de un poblado al aire libre de finales del VI milenio, dentro de la tradición de cerámicas impresas de la orilla occidental del Mediterráneo. Su situación en una zona pantanosa, y periódicamente inundada, ha proporcionado una conservación extraordinaria de los restos orgánicos (Fig. 1). En mayo de 1990 se realizó una primera campaña de prospección para delimitar el asentamiento y, a partir de los buenos resultados obtenidos, se inició al año siguiente la excavación arqueológica sistemática en una zona situada a unos 50 metros de la orilla. Ésta y las siguientes campañas de 1992 y 1994 han permitido documentar (Tarrús et alii, 1992(Tarrús et alii,, 1993;;1994a, b) un gran número de estructuras construidas directamente sobre el suelo de creta lacustre, entre las que destacan las de combustión (hogares) y las plataformas enlosadas de travertino. Sin embargo, la principal característica de este yacimiento es la multitud de agujeros de poste identificados que conservan en su interior los restos de las puntas de madera, siempre a partir de unos 60 cm. por debajo del nivel arqueológico, debido a las condiciones freáticas de la zona. Estos fragmentos de pilares de madera, de los que el mayor conservado llega a medir más de dos metros de largo, permitirán reconstruir, después de su análisis dendrocronológico, la forma de las estructuras y su cronología relativa en relación al período de ocupación del poblado. La determinante edafológica de la zona excavada es, sin duda, la oscilación permanente del nivel de la capa freática, ocasionalmente superior a 1 metro en un mismo año. Ésta ha provocado que los restos de madera sólo puedan conservarse a partir del nivel mínimo de oscilación. Pero, por otra parte, la vegetación adaptada a estas condiciones creó un suelo de turba después del abandono del poblado que, aunque no permitió la conservación de la madera, sí lo hizo de otros restos orgánicos. De esta forma, los frutos, semillas y restos de maderas carbonizadas, y los restos de fauna pueden contabilizarse por miles, aportando una valiosa información paleoeconómica sobre sus antiguos pobladores. De forma parecida puede calificarse la conservación de los restos de la cultura material, excepto en el caso de la cerámica, que es el elemento que peor ha soportado la oscilación continua del grado de humedad. Aun no siendo el objeto de este artículo, no quisiéramos dejar de citar algunos elementos singulares dentro de la cultura material, como es el caso de varios fragmentos de un pequeño vaso de mármol y un resto de talla La excepcionalidad de La Draga guardaba aún una nueva sorpresa cuando en el año 1994, dentro de los trabajos de delimitación del poblado, se solicitó la intervención del Centre d'Arqueologia Subaquàtica de Catalunya, para prospectar el interior del lago, en la orilla situada frente al yacimiento. El objetivo de esta intervención era el de determinar la situación de esta orilla durante el período de ocupación. Los primeros resultados pusieron de manifiesto que el asentamiento neolítico continúa unos metros en el interior del lago y que el suelo arqueológico se encuentra a 2,05 m. por debajo del nivel medio actual del agua y a 1,45 m. del fondo lacustre, en el punto más cercano a la orilla. De esta forma, se han incrementado enormemente las posibilidades arqueológicas de la excavación, así como la complejidad de los trabajos a realizar. A partir de 1995 este organismo se ha incorporado a la excavación arqueológica, que ahora se realiza en dos sectores diferentes, uno terrestre y otro subacuático, con metodologías adaptadas a las condiciones medioambientales de cada caso, que se complementan entre sí. Con esta intervención, el Centre d'Arqueologia Subaquàtica de Catalunya, dirigido por Xavier Nieto, realiza su primera excavación en un período prehistórico y en un medio de aguas interiores. Fruto destacado de ello es el hallazgo de los cuatro utensilios de madera que presentamos. PRIMEROS UTENSILIOS DE MADERA Los cuatro objetos hallados en la Draga se encuentran actualmente en proceso de análisis y de restauración (secado por liofilización) en el Museo cantonal de Neuchâtel (Suiza); sin embargo, el interés que tienen para el conocimiento del Neolítico peninsular justifica su presentación, aunque limitada por el momento a una breve descripción de sus características y a un intento de determinar su probable funcionahdad. Utensilio de madera número 2 y detalle de la sujeción de la hoja de sílex mediante resina (poblado neolítico de La Draga, Banyoles, Girona). mente, en el extremo distal, existe una protube-circular, de 1,3 cm. de diámetro, realizada a rancia curva de 12 cm. de longitud, de sección partir de una rama de la propia planta. Se sitúa transversalmente al eje de enmangue y a un plano diferente, tanto de la hoja de sflex como de la ranura longitudinal. Es un utensilio que presenta numerosas afinidades con los descubiertos en las fases medias (Cortaillod y Pfyn antiguos) del Neolítico de la Región Alpina, donde han sido clasificados como hoces con enmangamiento oblicuo directo, tal como aparecen por ejemplo en Egolzwil LU (Bandais, 1989; Mueller-Beck, 1965; Voruz, 1991; Schlichtherle, 1992). Su uso, en principio, parece de fácil concepción: un extremo distal para recoger los tallos que son apresados por la mano libre, para seguidamente dar una pequeña rotación al mango y situar a la hoja de sflex en el plano de corte. Sin embargo, resulta difícil evidenciar la utihdad de la ranura longitudinal (¿posible reutiüzación de un mango que llevaba láminas de sflex encastadas en paralelo?, ¿adición de algún elemento auxiüar?, ¿facihtar el recambio de la hoja presionando desde el interior de la ranura?, etc.). III) está realizado con madera de acebnche y mide 52,4 cm de longitud por 2,1 cm de diámetro máximo. Se trata de un bastón recto de forma cilindrica, que presenta una superficie completamente regularizada y pulimentada. El extreme proximal es completamente romo y no presenta señales de haber sido zona activa. En las proximidades de este extremo aparecen varias incisiones transversales, paralelas entre sí. Por contra, el extremo proximal está fracturado. Probablemente se trata de un bastón o vara, objeto de uso personal, destinado a numerosos usos no específicos. El cuarto utensiüo (Lám. III) es de madera de roble. Se encuentra afectado por la combustión y se conserva sólo parcialmente. Presenta una forma cónica, con el interior ahuecado, con una longitud de 17,5 cm. y una sección máxima de 5,5 cm. Posiblemente, se trate de una vaina o funda de un objeto lítico u óseo, que formaría parte de un utensilio complejo. Finalmente, podrían hacerse algunas apreciaciones sobre la elección de la madera empleada: -El roble {Quercus sp.) es la especie más explotada en La Draga sobre todo como elemento constructivo. En la confección de útiles su madera, dura y compacta, ha sido seleccionada en los utensilios primero y cuarto, que requerían como elemento común una gran resistencia. -La opción por el saúco (Sambucus sp.), en el segundo caso, parece que está motivada por la facilidad de realizar ranuras aprovechando la médula blanda del interior de sus ramas, hecho que se ha podido constatar por experimentación (2). Por otra parte, es una especie bien adaptada a las condiciones ambientales de humedad y que debió ser frecuente en las inmediaciones del poblado. -Finalmente, la opción del acebnche (Olea europaea) debió estar determinada por el hecho de ser ésta una de las maderas más compactas y homogéneas y con posibilidades de adquirir un buen pulimento, motivos por los que aún actualmente es muy apreciada en diferentes artes que trabajan la madera, siendo utilizada en la fabricación de bastones, también, por su gran rigidez. Sin embargo, es una especie de chma mediterráneo seco, que no concuerda con la vegetación potencial que aportan los análisis paleoambientales. Se la podría considerar como un aporte foráneo. Actualmente, el acebnche se encuentra en la costa ampurdanesa, a unos 50 kilómetros del yacimiento. La excavación de un yacimiento sobre un medio permanentemente húmedo, como es el caso de La Draga, precisa de una infraestructura mucho más compleja, pero, a cambio, proporciona una cantidad y calidad de información que difícilmente puede darse en los yacimientos sobre medio seco. (2) De forma complementaria al análisis de estos objetos de madera, el prehistoriador Antoni Palomo Pérez, participante en el proyecto de excavación y con una ya larga trayectoria en la experimentación de utensilios prehistóricos, ha reproducido de forma sistemática todo el proceso de manufactura de estos útiles con un doble objetivo: analítico y didáctico. La conservación de objetos de madera aporta una visión mucho más completa del instrumental utilizado por las poblaciones neolíticas, a la vez que sirve como punto de referencia para constatar la funcionalidad de los numerosos objetos líticos y óseos proporcionados por las excavaciones. Por otra parte, es un nuevo elemento a considerar en la explotación del medio ambiente circundante. La continuación de la excavación en la zona subacuática de La Draga (Banyoles) debe aportar nuevos utensilios de madera que nos ayudarán a comprender mejor una parte esencial de la cultura material del Neolítico antiguo mediterráneo, hasta ahora muy poco conocida. Se tiene prevista la realización de reuniones periódica de trabajo en las que se contará con la participación de especialistas de reconocido prestigio internacional. El Grupo de Trabajo está abierto a todo aquel interesado en esta disciplina. -Promover y consolidar los estudios arqueobotánicos en la Península Ibérica. -Unificación de criterios metodológicos y su difusión entre la comunidad arqueológica.
En este trabajo se analiza una interesante cuenta de pasta vitrea del Bronce Medio localizada en un túmulo catalán y publicada en 1927 por J. Serra Vilaró del Museo de Solsona. La pieza muestra una decoración oculada y se trata, sin duda, de un elemento importado desde el Mediterráneo oriental o central, quizás a través del comercio micénico o circunmicénico. occidente europeo, subyace una importante información indispensable para llegar a conocer el entramado de relaciones comerciales y contactos entre los diversos territorios europeos y una parte substancial de las áreas mediterráneas. No hace falta incidir aquí en la ya clásica polémica sobre el origen de las piezas manufacturadas en ámbar de fechación pre y protohistórica, y tampoco es nuestra intención abordar aquí en profundidad la problemática de los objetos elaborados en distintos tipos de pasta vitrea que aparecen cada vez con mayor asiduidad y cuantía en un gran número de yacimientos de la Europa occidental. De hecho, todas estas cuestiones han sido ya analizadas por nosotros mismos en un denso trabajo que ha precedido a otros futuros que elaboraremos (Rovira, 1995). Así, el objeto del artículo que ahora nos ocupa es presentar, reestudiar y valorar a la luz Fig. 1. Localización de los yacimientos que han proporcionado elementos de pasta vitrea en la Península Ibérica datables entre el Calcolítico/Bronce Antiguo y el siglo VIII a.C. La flecha señala la ubicación del túmulo I de El Bosc de Correa. La relación de los yacimientos representados en el mapa es la siguiente: 1. Cal Colau (Montanissell, Lérida); 3. Roca del Frare (La Llacuna, Barcelona); 8. Bell-Pla (Guissona, Lérida); 10. La Pedrera (Térmens, Lérida); IL Tossal de Carretela (Aitona, Lérida); 12. Tossal de Solibernat (Torres de Segre, Lérida); 13. Pajaroncillo (Cuenca); 14. de nuestros conocimientos actuales, un elemento ornamental y simbólico elaborado en pasta vitrea y procedente de los ajuares sepulcrales de un túmulo catalán (Fig. 1), excavado, estudiado y publicado hace casi setenta años -en 1927-por Mossén J. Serra Vilaró (1927), a la sazón director del Museu Arqueologic Diocesà de Solsona. EL ELEMENTO ESTUDLI.DO Y SU ANÁLISIS La pieza en cuestión consiste en una cuenta subesferoidal fuertemente achatada en sus caras superior e inferior (1). La cuenta aparece atravesada axialmente por una bien visible perforación cilindrica que se ensancha levemente en ambos extremos de salida al exterior y fue elaborada a partir de una pasta muy maleable, posteriormente vitrificada -ahora de color marrón rojizo/verdoso-, a semejanza de las piezas de vidrio rudimentario o pasta vitrea. Muestra en su desarrollo lateral una singular y compleja ornamentación consistente en surcos y ondulaciones marcadas profundamente en la masa moldeada, en un proceso previo a la vitrificación. Se trata de ondulaciones longitudinales que constituyen una cenefa compuesta de tres triángulos, pseudohojas o motivos similares relacionados con la ondulación que conforma el motivo superior decorativo de la pieza. Hay que resaltar que esta particular combinatoria está al servicio de un efecto global en la cuenta que persigue realzar el motivo principal dibujado en las caras achatadas, es decir, delinear perfectamente, tanto en la cara superior como en la inferior, la silueta de un oudja, un oculus, cuya pupila estaría constituida por la perforación circular central (Rovira, 1982). Por lo que respecta al iris, éste se insinúa mediante las curvaturas rebajadas, y, en lo que concierne al dibujo del perímetro ocular -fuertemente rasgado o almendrado en una (1) A pesar de los años transcurridos, no queremos perder la ocasión de dejar aquí constancia de nuestra gratitud para con el ya extinto Dr. Antoni Llorens, antiguo director del Museu Arqueologic Diocesà de Solsona por su colaboración en pro de facilitar el estudio de la pieza que nos ocupa. Anverso, reverso y desarrollo lateral de la cuenta de pasta vitrificada con decoración oculada del túmulo I de El Bosc de Correa (Berguedà, Cataluña). de las caras y menos marcado en la otra-, aparece representado con total claridad y expresionismo (2) (Fig. 2). En cuanto a las características físico-químicas de este elemento oculado, su análisis mediante espectrografía de rayos infrarrojos (3), ofreció como resultado una composición que engloba carbonato calcico, cuarzo/sílice y paratacamita (cloruro básico de cobre en forma pulverulenta sin cristalización) junto con algún resto orgánico carbonoso. Así, la paratacamita cumple aquí un papel similar al que poseen los óxidos de cobre en piezas similares, mientras que el carbonato calcico delata una probable procedencia marina, concretamente de una zona calcárea con inclusión de micronummulites. Por otro lado, la materia que compone la cuenta presenta un desprendimiento gaseoso a una temperatura superior a los SSO/QUO"" C, y su aspecto al microscopio confirma la existencia (2) La cuenta oculada de El Bosc fue clasificada como una cuenta de ámbar más en la relación de materiales efectuada en su momento por J. Serra Vilaró, y así consta en su monografía del año 1927 en la que se habla de 20 cuentas de resina cuando en realidad se exhumaron 19. Ya en 1972 y con motivo de una nueva reordenación y rotulación de materiales arqueológicos del Museo de Solsona, advertimos las características singulares de este elemento y el hecho de que había sido elaborado en pasta vitrea, y así lo hicimos constar en 1974 (Rovira Port, 1982). (3) El análisis espectrográfico fue efectuado por el analista Sr. P. de la Morena, a quien agradecemos su colaboración. de abundantes burbujas bien definidas, así como una vitrificación superficial notable. De hecho, estamos en presencia de un elemento de pasta vitrea o vitrificada, de un vidrio rudimentario. Su peso específico es Pe<2.65 y su peso total antes de la toma de la muestra analizada llegaba hasta los 3,0150 gramos. Sus dimensiones son las siguientes: 16 mm de diámetro máximo por 12 mm de altura. Ya en el momento de su exhumación, la cuenta apareció ligeramente fragmentada e incompleta (Fig. 3). La cuenta con decoración oculada procede del túmulo número I de la zona de El Bosc de Correa, municipio de L'Espunyola, comarca del Berguedà, provincia de Barcelona. De este modo, aunque el sepulcro, ya antes de su excavación en 1927, había sufrido abundantes remociones y rebuscas incontroladas, aún fue posible recuperar un muestrario significativo de los ajuares sepulcrales que acompañaban a las quince inhumaciones existentes en el monumento. EL MONUMENTO SEPULCRAL Y LA ARQUITECTURA FUNERARIA DEL BRONCE ANTIGUO/ MEDIO DE CATALUÑA A lo largo de un buen niimero de décadas, desde comienzos de siglo y, sobre todo, desde algunas de las primeras sistematizaciones sobre los sepulcros megalíticos catalanes y pirenaicos (Cazurro, 1912; Bosch Gimpera y Pericot, 1915-1920; Bosch Gimpera, 1915-1920,1919; Gudiol y Colominas, 1923; Pericot, 1925Pericot,,1950;;Serra Vilaró, 1927) hemos asistido a una constante recopilación y a un más afinado análisis tipológico y cronológico de las sepulturas confeccionadas con ortostatos de variados tamaños. Sin duda, la polémica subsiste y las sistematizaciones no siempre responden a filiaciones y agrupaciones de monumentos claramente diferenciadas o, incluso, consensuadas entre distintos investigadores. Por lo que respecta al monumento que nos ocupa, J. Serra Vilaró lo incluyó en su grupo "megalits amb túmul circular amb l 'entrada a la vora del túmul" y aunque posteriormente, tanto Pericot (1950) como otros sistematizadores lo incluyeron sin más dentro de la denominación genérica de sepulcros megalíticos, lo cierto es que estamos en presencia de un auténtico túmulo de la plena Edad del Bronce (Rovira y Cura, 1989). Se trataría, probablemente, de un túmulo que encerraría un arca o cista con vestíbulopozo, es decir, una cámara rectangular o cuadrada, cerrada y precedida de un vestíbulo rectan- guiar que, funcionando a modo de pozo de acceso, posibilitaría la reutilización de la cámara sin necesidad de desmontar el túmulo que la protegía a través de un acceso -disimulado o noen la superficie de la estructura tumular. Así lo vemos en la planta y sección publicadas por J. Serra Vilaró puesto que apreciamos en el lado oeste de la cámara central, la existencia de dos losas originariamente dispuestas en un pequeño tramo, de manera paralela a los dos grandes ortostatos norte y sur, respectivamente, de la cámara sepulcral. Se trataría de las losas A y B, componentes líticos de la mencionada antecámara de acceso (Fig. 4). De hecho, otras estruc-turas líticas internas similares a las del túmulo I de El Bosc aparecen documentadas en Cataluña a lo largo de distintos territorios, especialmente en las comarcas interiores y de poniente del Principado, y así lo constatamos en el túmulo I de la Serra de Clarena en Castellfollit del Boix (L'Anoia, Barcelona) (Castells etalii, 1983). En efecto, precisamente este último sepulcro ejemplificaría parcialmente tanto la arquitectura como la práctica funeraria utilizadas en muchos de los túmulos catalanes de la Edad del Bronce, puesto que su cámara rectangular y su vestíbulopozo de pared seca con su estructura adyacente, nos muestran una vez más el sistema más profusamente empleado para depositar las inhumaciones en el interior de la estructura tumular. Es decir, tras la construcción del túmulo y la cubrición de la cámara central, el interior sólo era practicable^ a través de un pozo convertido en el único acceso delantero disponible para efectuar la introducción tanto de los restos humanos como de sus correspondientes ofrendas funerarias o lo que restase de ellos. En este sentido, el mundo tumular catalán de la plena Edad del Bronce evidencia la proliferación de las deposiciones funerarias secundarias tras un proceso previo de descamación o incluso de cremación, al cual no eran ajenos determinados ajuares u ofrendas. Así pues, los túmulos con cámara central como el que nos ocupa, muy a menudo eran construidos para ser utilizados una o pocas veces antes de sufrir una clausura definitiva del acceso al interior de la estructura funeraria. Otros muchos túmulos -caso, por ejemplo, de los sepulcros de la Mare de Déu de Correa, Clara, Senyús, Pía de Beret, etc.-respondían a las mismas características ahora mencionadas o a especificaciones similares a lo largo de gran parte del territorio del noreste peninsular y durante un período de tiempo que abarcó lato sensu toda la Edad del Bronce (Rovira y Cura, 1989). En definitiva, hay que adscribir al complejo tumular del segundo milenio de antes de la Era, a una gran parte de aquellas estructuras que hasta hace poco habían sido asimiladas a los grupos megalíticos compuestos de cámaras pirenaicas, cistas y cámaras con vestíbulo-pozo, y su origen hay que filiarlo en los monumentos tumulares del Neolítico Antiguo/Medio postcardial de Cataluña (Cura et alii, 1991). IL Fotomontaje del anverso y reverso de la cuenta oculada de El Bosc de Correa. La escala gráfica da idea de la ampliación. LA CUENTA CON DECORACIÓN OCULAR. APRECIACIONES aluminio, plata, antimonio y óxido de magnesio. Ya anteriormente (Rovira Port, 1995) hemos analizado la problemática de las cuentas de pasta vitrea y sus implicaciones crono culturales por lo cual no insistiremos aquí en estas cuestiones. En cuanto a la decoración compleja que porta la pieza, podemos apreciar que ésta se obtuvo mediante la utilización de un objeto de punta roma o redondeada que se empleó presionando ligeramente la masa cuando aiín se encontraba tierna y maleable, dando lugar a los motivos visibles en forma de surcos o depresiones continuadas de sección de media caña a lo largo y ancho de toda la pieza. En el proceso de decoración hubo que sujetar la pieza por su eje -que ahora se halla perforado-y, en su momento, la perforación resultante fue ensanchada y uniformada mediante pulirnentación (Lám. Por lo que respecta a los motivos presentes en la cuenta, ya hemos comentado que el desarrollo lateral muestra una decoración constituida por ondulaciones y sinuosidades, que conforman una cenefa compuesta básicamente por una ondulación horizontal combinada con tres pseudotriángulos o pseudohojas, y cuya misión fundamental es dar lugar a la representación ocular y arroparla. De este modo, a pesar de las diferencias de soporte y formales y de las distintas soluciones técnicas empleadas para conseguir una imagen esencial similar, nuestra pieza de El Bosc posee un paralelo indiscutible por su iconografía principal y su simbolismo, en la cuenta discoidal de ámbar de la Grotte au Collier (Lastours, Aude) que muestra otro elemento ocular grabado como tema iconográfico omnipresente (Charles y Guilaine, 1963a y b). La excepcionalidad de la cuenta del túmulo I de El Bosc reside esencialmente en la singularidad de su decoración global y en el simbolismo de su motivo principal. Como hemos visto, sus componentes principales -carbonato calcico, sílice y paratacamita-coinciden grosso modo con los componentes mayoritarios existentes en muchas de las cuentas de pasta vitrea analizadas a lo largo del continente europeo, y que consisten, fundamentalmente, en sílice y cobre, en ocasiones junto con estaño, plomo, No abundaremos aquí en consideraciones sobre la iconografía ocular (AA.VV., 1994) presente en la pieza de El Bosc y su paralelo en ámbar de la Grotte au Collier, ni en apreciaciones crono culturales ya tratadas en su momento por R.P. Charles y J. Guilaine, aunque sí haremos hincapié en el paralelismo de ambos hallazgos y en las características concomitantes de los complejos materiales acompañantes, sobre todo, la presencia abundante de cuentas y separadores de ámbar, el origen de cuya materia prima hay que situar en el ámbito báltico, lato sensu. Otra cuestión muy distinta concierne a la manipulación del ámbar en bruto y a su transformación en elementos de prestigio sumamente codiciados por las élites locales y las jefaturas emergentes o consolidadas en toda Europa a lo largo del segundo milenio antes de nuestra Era. En este sentido, la cuenta ocular del túmulo I de El Bosc, se inscribe en una compleja y secular corriente de importaciones de elementos suntuarios que no sólo valoraba la materia prima sino que, por encima de todo, apreciaba el prestigio y el simbolismo otorgados a dichos elementos en sus territorios de origen inmediato y en sus lugares de manufacturación. Ahora bien, ¿de dónde proceden tanto la cuenta oculada vitrificada como sus cuentas de ámbar acompañantes? Una aproximación a este interrogante se halla en nuestro trabajo sobre las piezas suntuarias de ámbar y pasta vitrea de Cataluña y sus homologas ibéricas de la Edad del Bronce (Rovira Port, 1995). De hecho, es bien sabido que tanto determinados talleres micénicos continentales como insulares, pudieron proveer de este tipo de objetos suntuarios a un buen número de grupos culturales europeos y, concretamente, peninsulares, ya fuese mediante rutas directas ya fuese a través de factorías o comunidades intermediarias situadas en distintos puntos del Mediterráneo central, caso de las islas de Cerdeña o Sicilia. No obstante, simultáneamente al declive micénico continental, es muy probable que como señalan distintos autores, ya desde el siglo XIII a.C, el mundo chipriota y otros territorios emergentes (Sherratt y Sherratt, 1991; Ruiz-Gálvez, 1993) tomasen la iniciativa del comercio y el transporte de distintas mercancías, de entre las cuales, las suntuarias, ocuparían un lugar no menospreciable. Así, los hallazgos arqueológicos demuestran que, tanto a lo largo de todo el segundo milenio como durante las primeras centurias del primero antes de nuestra Era, las vías de comunicación y los canales seculares de comercialización, en absoluto fueron yugulados por coyunturales turbulencias zonales, sino que se mantuvieron inalterables con los altibajos propios de cualquier actividad comercial o transaccional a larga distancia. Y así, la secular asociación de elementos de ámbar y pasta vitrea presente en innumerables yacimientos europeos y peninsulares durante el segundo milenio antes de la Era, se mantiene y resurge con fuerza a lo largo del Bronce Final y en los períodos formativos de nuestras comunidades protohistóricas, como hemos tenido ocasión de comprobar en el yacimiento de La Peña Negra de Crevillente (Alicante) entre los siglos IX/VIII a.C. (González Prats, 1985:170). En resumen, los depósitos funerarios presentes en el túmulo I de El Bosc de Correa nos muestran un ambiente de cultura material que encaja bien con un horizonte avanzado del Bronce Medio zonal. Quizás una datación entre 1600 y 1400 a.C. se aproximaría suficientemente a la etapa final de su utilización y señalaría el lapso cronológico en el cual habría que enmarcar la llegada de los elementos suntuarios reseñados y, específicamente, de la cuenta oculada. En todo caso, aunque es difícil precisar su lugar de origen, no es menos cierto que los puntos de procedencia pudieron ser numerosos: Chipre, Cerdeña, Sicilia, o quizás centros continentales, fueron tal vez zonas primarias de elaboración o pudieron haber disfrutado también del papel de territorios intermediarios. -(1915-1920): "L 'estat actual del coneixement de la civilització neolítica i eneolítica de la Península Ibérica".
El volumen que comentamos recoge las contribuciones a la primera reunión sobre el Sahara prehistórico convocada en Montignac-Lascaux en 1988 por el grupo GDR 848 del CNRS {Néolithisation en régions sahariennes et ses incidences sur la désertification), formado por investigadores franceses en su mayoría, junto con varios autores de otros países europeos (España, It aha, Alemania y Holanda) y africanos (Argelia y Mauritania). En general se puede decir que la mayoría de los trabajos se ciñen a la investigación francófona, absolutamente predominante en el norte de África desde el comienzo de la investigación y la época colonial, lo cual no es sólo evidente en el título, que muestra la perenne influencia de Leroi-Gourhan, sino sobre todo en su orientación teórica. Dos aspectos fundamentales destacan en la obra, con independencia y antes de entrar en detalles concretos. El primero se refiere a la exposición de los temas, con un estilo a veces enrevesado y típicamente francés que, aunque pueda contener alguna elegancia literaria, sigue sorprendiendo a quienes de forma progresiva disfrutamos del tono escueto, ceñido a los datos pero a la vez rico en teoría, de los escritos angloamericanos, y que hace que el paso de las páginas sea una inútil labor de búsqueda de conclusiones y hechos comprobados, sencillamente inexistentes en gran parte del volumen. A lo anterior contribuye la esencia del libro, la presentación de los "problemas actuales" según reza el título, que debe ser la causa de una exposición plagada de frases entre interrogantes y de los constantes llamamientos a la prudencia. Al segundo aspecto lo podríamos llamar un "tradicionalismo institucional", que, como ya señalaba Antonio Gilman en una reseña sobre una síntesis del Magreb en Trabajos de Prehistoria, 52 (2), acepta como "hechos" los resultados de investigaciones antiguas sin apenas tener en cuenta las revisiones posteriores o las contradicciones que aquéllos muestran con trabajos más recientes y, por ello, en general más fiables. Si bien esta aproximación tiene parte de sus causas en que la mayoría de las prospecciones y excavaciones fueron realizadas en los tiempos coloniales, el hecho de que arqueólogos de otros países no muestren ningún pudor en tirar por tierra teorías bien asentadas -actitud que, por otro lado, parece ser definitoria de la Arqueología actualnos lleva a sospechar de la rígida estructura y de la "autoridad" de la academia francesa como soporte también fundamental del citado problema. Esta posición de "respeto" por la tradición investigadora nacional, que no puede confundirse con la revisión historiográfica o con el justo reconocimiento de la meritoria labor de los pioneros de la arqueología norteafricana, se aprecia en el mantenimiento de las bajas cronologías del Ateriense, la relación difusionista del Capsiense con el Natufiense levantino y la llegada del tronco mediterránido desde el Próximo Oriente, las cronologías altas para el comienzo del arte rupestre, la pretendidamente necesaria imbricación lógica entre cerá- mica y agricultura, la difusión de los rasgos "acualíticos" desde África Central (arpones del yacimiento de Ishango, hoy fechado mucho antes del fenómeno sahariano), o la reaparición de un fósil animal que ya se creía desaparecido, el Bos ihéricüs. El autor de esta reseña, aun comprendiendo las dificultades que plantean todas estas cuestiones (carácter "prematuro" de las conclusiones arqueológicas, investigación todavía muy parcial en toda África, escasez de trabajos desde la independencia, amplitud geográfica, etc.), no puede evitar sentirse atraído por algunas de sus revisiones recientes. Así, las nuevas fechas de Uranio para los niveles lacustres del último húmedo pleistocénico contradicen las anteriores dataciones radiocarbónicas entre 40 y 20.000 BP y lo llevan al último interglaciar, y con él al Ateriense sahariano, lo que además resulta congruente con otras líneas de evidencia (fechas antiguas del Ateriense en el desierto egipcio, escasez de yacimientos musterienses "puros" para llenar el vacío que deja un Ateriense tan tardío, contraste con las precoces industrias de la Middle Stone Age del África subsahariana, presencia de industrias ya laminares en Libia y Egipto entre 40 y 30.000 BP, etc.) Los análisis líticos comparativos de Angela Close (1977) sobre las industrias norte-africanas y levantinas muestran diferencias esenciales (en especial por el uso intensivo de la técnica del micro-buril en las primeras) que contradicen el pretendido origen proximo-oriental propuesto por Camps-Fabrer para el Paleolítico Superior del Nilo y el Magreb, los cuales además muestran una gran simiUtud (entre el Iberomauritano y el Kubbaniyense-Halfiense, entre el Capsiense y el Qaruniense-Elkabiense-Shamarkiense) y ciertos elementos de continuidad general durante todo el período (c. 20.000-7000 BP) que de nuevo hacen innecesario el recurso a nuevas poblaciones llegadas del Levante hacia mediados del mismo. En el mismo sentido, y aunque más discutibles, algunos anáüsis estadísticos de los fósiles humanos del Iberomauritano (tipo Mechta) y el Capsiense (proto-mediterráneo) también muestran signos de continuidad entre ambos (Lubell et alii, 1984) en contra de las opiniones de M.C. Chamla. Respecto al arte rupestre, la radical revisión de Alfred Muzzolini, difundida en un gran número de publicaciones [URL]. 1988-89) y de gran interés a pesar del escaso eco que provoca entre los autores del volumen que comentamos, incide sobre la presencia de animales con signos claros de domesticación en los períodos bubaüense y de las Cabezas Redondas (aunque también existan ejemplares salvajes), convirtiendo ambas fases en estilos contemporáneos del Bovidiense en clara oposición a la clásica secuencia cronológica de Monod-Lhote-Mori, lo que a su vez concuerda con la ausencia de restos claros del Paleolítico superior y del Epipaleolítico pre-cerámico, y la más bien corta duración de la fase pre-pastoral (Mesolítico) en el Sahara. Sobre el problema de la agricultura, es algo claro que la presencia de cerámica en la fase pre-pastoral, al igual que ocurre en otras culturas prehistóricas hacia la misma época (Japón, Tailandia, etc.), no implica necesariamente la práctica de esa actividad económica. Por un lado, desde la fecha de redacción del libro se ha comprobado que muchos de los pretendidos signos de cereales cultivados en época antigua (grano en el abrigo de Gobedra en Etiopía y en el desierto egipcio, improntas cerámicas en yacimientos del Neolítico de Jartum) correspondían a intrusiones recientes o bien se trataba de especies todavía silvestres. Por otro, los autores parecen ignorar las interesantes explicaciones propuestas para enfrentar el hecho de que la agricultura propiamente dicha fue un fenómeno muy tardío en el Sahara y en las regiones al sur del desierto (Stemmler en Williams y Faure, 1980; Abdel-Magid, 1989). También resulta curioso observar la permanencia de la especie de bóvido salvaje Bos ibéricus, de pequeña talla y detectado en Argelia a fines del siglo pasado por Pomel, basándose en dos recientes tesis de Tercer Ciclo (de Hadjouis y Chaid-Saoudi), en contra de las opiniones que le identifican como hembra del Bos primigenius o como ejemplares ya domesticados (Muzzolini y Gautier en Close, 1987). Por último, el mismo efecto producen las referencias a los "pastores hamitas", de raza blanca, como introductores de la domesticación y el arte bovidiense desde Egipto, término y concepto ampliamente denostados por la historiografía africana reciente (el "mito hamita", p.ej. Con todo, y a pesar de los inconvenientes señalados, la obra reseñada resulta interesante para conocer las posiciones de la investigación francesa actual, tan importante en el área como antes señalábamos. De entre los muchos artículos que la componen, destacaríamos el de Vernet y Aumassip que expone la terminología empleada para denominar las culturas holocénicas saharianas, tan comphcada como resultado del tiempo transcurrido y los diferentes enfoques teóricos (Epipalelítico y Neolítico con y sin cerámica. Neolítico antiguo, pre-pastoral, pastoral, Mesolítico, etc.) y necesitada de una labor de crítica y agrupamiento de conceptos que, por cierto, los autores no abordan. También resulta atractivo el resumen de la primera metalurgia en la región de Agadez (Niger) por su descubridor Grébénart, que admite que su "Cobre I" del III milenio a.C. no tiene suficiente entidad, y los problemas que plantean las fechas radiocarbónicas de los yacimientos con cobre y hierro en el primer milenio a.C, a causa del uso de "madera vieja" en los hornos y sobre todo de la calibración de las T. P., 53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dataciones de este período, prácticamente "invisible" con detalle para el método. Por último, destacar por su claridad expositiva los artículos de Dutour, Vernet y Aumassip sobre el poblamiento humano, con las revisiones recientes de antiguas atribuciones negroides y los problemas que plantea el mismo reconocimiento osteológico del tipo melanodermo, y de Vernet y Onrubia sobre el rastreo del origen prehistórico de los actuales bereberes. En resumen, un libro con muchas más preguntas que respuestas, punto de partida para los trabajos futuros, y a la vez muestra de una importante tradición investigadora, que historiadores y semiólogos de la arqueología podrán algún comparar con síntesis elaboradas con predominio de autores de otras tradiciones [URL]. En el marco del 118° Congreso Nacional de las Sociedades Históricas y Científicas celebrado en Fau entre el 25 y 29 de Octubre de 1993, la sección de Fre y Frotohistoria estuvo coordinada por H. Delporte y J. Clottes, dos grandes conocedores del tema del Coloquio, dedicado a los Firineos que aquí aparecen concebidos no ya como una frontera, sino como una zona de interacción o lugar de paso en el que son frecuentes las relaciones de influencia entre las dos vertientes. La obra está compuesta por algo más de cuarenta artículos que abarcan desde el Paleolítico Medio hasta la Edad del Hierro. La mayor parte de los trabajos afectan a Francia -Ariège, Altos Pirineos, Laudas, Perigord...-, aunque también existe una buena representación de la fachada pirenaica española y en particular del País Vasco, Cantabria, Valle del Ebro y el sur de Cataluña. Tras una be ve revisión del Paleolítico Medio en el Pirineo central (J. Jaubert y T. Bismuth), se aborda el espinoso tema de la transición del Paleolítico Medio al Superior en Gatzarria y Castillo. Este, uno de los yacimientos prehistóricos más emblemáticos de la cornisa cantábrica, ha sido en estos últimos años objeto de investigación, en particular sus niveles musterienses más recientes y sobre todo el primer nivel de ocupación auriñaciense (nivel 18), interpretado a su vez como un momento de transición del Musteriense charentiense tipo Quina al Auriñaciense Típico. El estudio estratigráfico y sedimentológico ha permitido reconstruir el marco paleoclimático, así como varias dataciones por AMS establecer unas referencias cronológicas para estos períodos Siguen varios trabajos sobre el Perigordiense entre los que destaca la revisión de la secuencia de la cueva de Isturitz, tema de la tesis doctoral de J. Esparza, a partir de las colecciones líticas y óseas. El núcleo principal de la obra, como es natural dada la importante densidad de yacimientos, corresponde al Solutrense y especialmente al Magdaleniense y Aziliense que son abordados desde diversas perspectivas. Especialmente sugestivo resulta el trabajo de L.G. Straus, fundamentado sobre todo en los datos faunísticos, donde se analizan las diferencias adaptativas al entorno y las estrategias de subsistencia de los grupos humanos, distintas a uno y otro lado de los Pirineos que actúan de frontera bioclimática, dominando así durante los períodos fríos el reno en la vertiente norte y el ciervo en la sur. Otros aspectos referidos a la materia prima, como son el aprovisionamiento del sílex (R. Simonnet) y el uso diferencial de ciertos instrumentos sobre cantos (percutores; compresores, yunques,...) en determinadas zonas o yacimientos (S. de Beaune y D. Buisson), permiten deducir importantes variaciones cronológicas y regionales, así como plantear la posibilidad de una especialización de los yacimientos dentro de una misma cultura. Esta especialización, señalada ya en el trabajo de Straus, queda claramente reflejada en el anáHsis que J. Altuna y K. Mariezkurrena realizan de los mamíferos de los yacimientos magdalenienses del País Vasco meridional, Asturias, Santander y las Laudas. La estacionahdad de las ocupaciones se aborda también en otras contribuciones y junto a la selección cinegética es interpretada como el motivo diferencial del registro faunístico en importantes sitios magdalenienses como Duruthy, Dufaure o la Vache A continuación se suceden una serie de síntesis regionales del Magdaleniense de mayor o menor amplitud y/ o profundidad, pero a través de las cuales se detectan diferencias de matices significativos. Especialmente relevante nos parece el trabajo de F. Delpech y M. Lenoir al incidir sobre la complejidad y enorme variabilidad espacio-temporal del Magdaleniense, así como sobre la necesidad de una mejor definición y estructuración que debe tener en cuenta los diferentes modos de adaptación al medio y sus consecuencias en las características de las culturas materiales. En esta misma línea se presenta el trabajo de J.C. Merlet, referido a la cuenca del Adour, donde se estudian los modelos de explotación de los recursos naturales por los magdalenienses distinguiendo los conceptos de territorio de subsistencia, espacio recorrido y espacio cultural. El yacimiento de Brassempouy (Laudas) ocupa un lugar preferente y es objeto de varios trabajos en los que se aborda además de su historiografía, la problemática de sus excavaciones recientes, el análisis de sus restos faunísticos y el estudio tecnológico, en particular, de la industria lítica del nivel auriñaciense 2A de la cueva de las Hienas. Un artículo de D. Gambier analiza los escasos restos humanos del Pirineo francés y concluye que la inhumación primaria no fue una práctica funeraria habitual durante el Tardiglaciar. Otro bloque importante de la obra está dedicado a las manifestaciones artísticas, fundamentalmente durante el Magdaleniense. Algunas cuevas como Enlene, Labastide, Gourdan o Bédeilhac son objeto de estudios específicos de sus representaciones parietales. El análisis tecnológico del arte mueble pirenaico (M. Crémades) muestra analogías en las decoraciones y en las técnicas utilizadas en objetos procedentes de lugares bastante alejados, lo que supone unos desplazamientos frecuentes y a distancias a veces bastante grandes. La perduración de estas similitudes decorativas y tecnológicas implican que estos desplazamientos y contactos se mantendrían y adquirirían una extensión cronológica importante. Un interesante anáhsis factorial de correspondencia en los contornos recortados de cabezas de caballo (D. Buisson et alii,) parece haber constatado en el área pirenaica una cierta homogeneidad, desde el punto de vista morfológico, a partir de este tipo de objetos, repartidos por un área geográfica bastante amplia, desde el Mediterráneo (La Crouzade, Aude) hasta Asturias (La Viña), incluyendo el Perigord (Laugerie-Basse), y fechados todos ellos en el Magdaleniense Medio. A continuación se aborda también en un par de trabajos el arte rupestre postpaleolítico en el que de nuevo se vuelve a señalar la existencia de evidentes similitudes entre las dos vertientes pirenaicas, y concretamente al T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es estudiar el abrigo de Quartier des Jospins, en los Pirineos Atlánticos, se establecen paralelos con los abrigos decorados de Huesca y Lérida. Por último, se incluyen algunos artículos dedicados a la Prehistoria reciente (Neolítico, fenómeno megalítico) y a la Protohistoria, insistiendo de nuevo en que los Pirineos jamas han sido una barrera infranqueable sino más bien han actuado de filtro que nunca ha evitado la llegada de ideas y técnicas innovadoras. Como valoración general de la obra hay que lamentar una edición poco cuidada en la que son frecuentes los errores tipográficos y las traducciones (en los resúmenes) de escasa cahdad. Se trata, además, de una pubhcación mal estructurada. En principio, los artículos parecen estar ordenados cronológicamente, así como por temas dentro de las distintas etapas culturales, sin embargo algunos de los trabajos aparecen fuera del lugar que en teoría les correspondería. En este sentido quizá el ejemplo más flagrante sea el artículo de A.Thevenin y C. Welte sobre el arte azihense, ubicado al final del libro y tras un estudio paleoeconómico de Cortes de Navarra, un yacimiento de la Edad del Hierro... Como es lógico este desorden o falta de estructuración en la obra, y cuyo motivo real desconocemos, provoca una sensación de caos en su lectura. A este hecho contribuye también la ausencia de unas introducciones o balances de las distintas épocas y/o temas tratados, de tal manera que el lector adquiera una visión clara (tanto en cuanto se pueda) de los temas abordados y las distintas problemáticas que se plantean. Pero no sucede así, sino al contrario y el lector se ve abocado a un sinfín de información, en muchos casos desigual, y casi siempre desordenada, "paseándose" desde el Paleolítico Medio hasta la Edad del Hierro por un territorio que supera ampliamente los Pirineos y que abarca desde Galicia hasta Cataluña. Por último, no podemos dejar de mostrar nuestra sorpresa por la inclusión aquí del trabajo de Cassen, Garnier y Rojo {Un programme informatique pour la représentation graphique des series de dates Cl4 corrigées: appliquation aux sépultures monumentales néolihiques de la Péninsule Ibérique), de ámbito claramente peninsular, en una obra que en principio parecía esta dedicada -tal y conío se subraya en el prólogo-a resaltar el importante papel que jugaron los Pirineos como vía de comunicación durante la Prehistoria. A pesar de estas deficiencias, fundamentalmente de tipo editorial, es justo reconocer la importante aportación de algunos de los trabajos incluidos en estas actas. A pesar de ser un hallazgo relativamente reciente -19 de septiembre de 1991-los artículos y libros de distinto nivel y orientación sobre el cuerpo momificado hallado en el Glaciar de Similaun han sido numerosos. En el índice Bibhográfico de este libro se recogen hasta 65 referencias, la mayoría procedente de los trabajos presentados en el Symposium Internacional celebrado en Innsbruck en 1992 sobre este excepcional hallazgo de la Prehistoria Europea (Hopfel et alii, 1992). En 1993, Spindler, director coordinador del Programa de Investigaciones sobre el Hombre de los Hielos, pubHca una monografía de orientación divulgativa, tributaria en cierto modo del Symposium de Innsbruck. En 1994 ve la luz la edición en lengua inglesa, y en 1995 le llega el turno a esta edición española, cuya presentación editorial en el mes de junio del mismo año, contó con la asistencia del autor. Las circunstancias del hallazgo de este cuerpo momificado, el frenesí informativo, los pequeños conflictos académicos, políticos y legales que promovió su descubrimiento, los estudios realizados sobre el cadáver y sus T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es pertenencias, así como las distintas hipótesis propuestas sobre quién era, a qué cultura pertenecía, cómo y por qué murió, configuran los contenidos de este trabajo, de innegable voluntad divulgativa, que no le resta el interés con que será acogido, tanto por los aficionados, como por la comunidad científica y académica. Organizado el libro en seis apartados, el primero de ellos está dedicado a las circunstancias que rodearon el decubrimiento y extracción del cuerpo momificado, así como las medidas administrativas y científicas que se adoptaron una vez que se constató la antigüedad y excepcionalidad del hallazgo. La excepcionalidad no sólo se atribuye a la conservación del cuerpo por el glaciar, sino también a las especiales alteraciones climáticas que influyeron para que, en el verano de 1991, se produjera un deshielo de magnitudes poco habituales en los glaciares del Sur del Tirol, lo que permitió el afloramiento del cadáver del Hombre de los Hielos, cuyo descubrimiento no despertará inicialmente gran expectación, debido a que durante 1991 los glaciares alpinos habían ya "liberado" en distinto grado de conservación otros cinco cuerpos, cantidad poco frecuente en la historia de estos hallazgos. A lo largo de los capítulos de esta primera parte, seguimos paso a paso, y día a día los detalles sobre todas y cada una de las personas que, primero como descubridores y después como curiosos, visitaron el lugar, así como qué restos vieron, si los documentaron o recogieron, y dónde y cómo los entregaron. Este afán por la exactitud preside también la expUcación de las medidas adoptadas, una vez realizada la valoración cronológica del hallazgo. Se detecta un cierto tono defensivo, de justificación personal y de los miembros del equipo responsable del hallazgo, ante las críticas interesadas o no, tanto de colegas como de medios de comunicación, que se citan aunque sin grandes precisiones. La posición de Spindler queda fijada en que, si bien las tareas de extracción del cuerpo momificado del glaciar, carecieron de cualquier tipo de control metodológico -la impresión que causaron las imágenes difundidas por Eurovisión fue penosa-, se debió a la idea de que se trataba de un cadáver de época actual, para el que en determinado momento se propuso una posible identificación. Una vez que se tomó conciencia de la extraordinaria importancia del hallazgo, en cuestión de horas se tomaron decisiones: Científicas: destinadas a la preservación y conservación del cuerpo. Administrativas: para que el Ministerio de Cultura de Austria aplicase la legislación destinada a la protección de monumentos, y canalizase los recursos y reclamaciones legales de descubridores y autoridades provinciales y locales. Políticas: como el envío de los restos asociados al cuerpo al Museo Central Romano-Germánico de Maguncia (Alemania) para su restauración y conservación, así como revisar los datos geodésicos en la frontera con Italia, para la correcta localización del hallazgo. Académicas: creación del "Instituto de Investigación", que coordinaría el proyecto sobre el Hombre de los Hielos, así como la organización de los trabajos de campo en el lugar del hallazgo, y la encuesta destinada a la recogida de todos los restos y testimonios de descubridores y visitantes. Con un breve apartado, destinado a comentar las distintas metodologías de fechación que se centrarán en los análisis de C-14, cuyos resultados van a delimitar la cronología del Hombre de los Hielos entre el 3300 y el 3000 aC, se pasa a los apartados segundo y tercero del libro donde se analizan los pertrechos y la indumentaria que pertenecieron a nuestro protagonista. Estos resultados van precedidos de una reflexión que matiza la importancia y valoración del hallazgo. A saber, que aunque el hallazgo cuenta con un cadáver, no se trata de un conjunto funerario, y que si bien el cuerpo aparece momificado, no se debe a un proceso ritual o accidental que afectó a los restos depositados en una tumba con su ajuar. Por lo tanto, no se trata de un conjunto depositado siguiendo las ceremonias funerarias propias de una o varias comunidades en el territorio alpino. Si ése hubiese sido el caso, su ajuar comprendería quizás el hacha de cobre, la cuenca perforada de mármol y los artefactos de sflex, lo que la hubiese convertido en una tumba de gran riqueza en el Neolítico Alpino. Y si el hacha de cobre no hubiese sido amortizada, el enterramiento no se distinguiría de otros similares de la misma época. Ello ejemplifica los problemas y paradojas que se le plantean a la Arqueología de la Muerte considerada como un espejo en el que se refleja la imagen que nos quieren ofrecer sobre sí mismas las sociedades del pasado. En este caso, la información que obtendremos de este hecho accidental tiene el interés de lo no manipulado. El estudio de los pertrechos muestra cómo la concurrencia interdisciplinar permite obtener un alto nivel de información del registro arqueológico. En el caso del Hombre de los Hielos, se han podido determinar las características y procedencia de los materiales con que se fabricaron sus armas, herramientas y pertenencias, así como su funcionahdad, como es el caso de los recipientes de abedul, el zurrón, la escarcela con su encendedor, la red o el carcaj. Mención especial merece un objeto hasta ahora nunca documentado, semejante a un lápiz, T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es que consta de una varilla de asta incrustada en el canal medular de una rama y que se ha identificado como un retocador para la talla de artefactos líticos. También se han podido estudiar las técnicas de elaboración de algunos de estos pertrechos, como la funda trenzada del cuchillo o el carcaj. A esta pieza, junto con su contenido de dos flechas completas rotas y varias en proceso de fabricación al igual que el arco de tejo, dedica Spindler un especial énfasis en el que va sugiriendo algunos de los argumentos que van a configurar su interpretación sobre los últimos días del Hombre de los Hielos. En cuanto a la indumentaria, este hallazgo ha permitido el estudio de un equipo completo -zapatos, calzas, taparrabos, sobretodo, gorro-, la procedencia de las pieles, la selección y técnicas de confección, así como la identificación a partir de los datos etnológicos, de la "zamarra herbácea" de gran capacidad aislante ante las inclemencias del tiempo, todavía en uso a mediados del siglo XX en distintos puntos de Europa como por ejemplo GaHcia donde recibe el nombre de "coroza" (Lorenzo, 1979: 667-8). La impresión que se obtiene tras la lectura de estos dos apartados es que estamos ante alguien bien equipado, en lo que se refiere a vestimenta, armas y utensiHos. Prácticamente, no le falta nada para moverse por el medio montañoso: ropa adecuada, equipaje y recipientes ligeros y resistentes, propios de quien está sujeto en sus actividades a movimientos estacionales. Incluso la no inmediata disponibilidad del arco y las flechas, a tenor de los demás pertrechos disponibles entre los que hay que contar el hacha de cobre, no parece que debiera afectar de manera sustancial a sus posibilidades de supervivencia. El cuarto capítulo dedicado al estudio del cuerpo momificado se abre con un resumen de los distintos casos que se conocen de momificaciones artificiales y naturales, junto con la explicación de cómo se desarrolló, en este caso, concreto el proceso de momificación. Es en este capítulo donde Spindler, debería haber incluido las referencias a las momias de congelación prolongada que, en forma de anexo, aparecen en la parte final del libro, después de las conclusiones y antes de los índices, dando la impresión de que se ha incorporado en el último momento con el texto ya redactado y entregado a la imprenta. A lo largo del capítulo se presentan los resultados de los análisis que la antropología forense ha ido sistematizando, con el estudio de otros cuerpos de distintas procedencias y cronologías (Brothwell, 1986; Hansen et alii, 1989Hansen et alii,, 1991)). Destacan no sólo la determinación del sexo, edad, morfología, lesiones y patologías óseas, o el desmentido de la inexistencia de una castración de tipo ritual, sino también el desarrollo de nuevas metodologías de análisis no destructivo, así como el espíritu que anima al equipo que coordina la investigación de restringir al mínimo indispensable la toma de muestras -como las necesarias para la identificación de su A.D.N-a la espera que desarrollos futuros de la investigación permitan obtener más información sin deterioro para la momia. También es en esta parte del libro donde algunas de las explicaciones que sostiene Spindler suscitan algunas dudas o, cuando menos cierta perplejidad. Así, se afirma que la postura del cadáver se debe al arrastre provocado por la capa de hielo del glaciar que lo cubría, ante lo que otros autores como Bahn (1995), han indicado que de haberse dado tal circunstancia, el peso del hielo habría destrozado el cuerpo. También ofrece dudas la explicación de que los tatuajes son el resultado de ciertas prácticas curativas, aportando ejemplos etnográficos, e indicando su coincidencia según las radiografías con zonas de desgaste óseo en articulaciones y vértebras. En las zonas donde esa coincidencia no se da, se afirma que se trata de una práctica para paliar las molestias de las "agujetas". Pero donde plantean más dudas las interpretaciones de Spindler es en el análisis de los dos grupos de costillas fracturadas detectadas en las radiografías. El primer grupo corresponde al lado izquierdo donde las costillas aparecen perfectamente cicatrizadas. Este tipo de lesión, en palabras de Spindler, es habitual en "... alcohólicos, deportistas, alpinistas..."; en resumen, gente que sufre caídas por su actividad, lo abrupto del terreno, o por trastornos en el equilibrio. El segundo grupo de fracturas localizadas en el lado derecho, al no presentar signos de cicatrización, se podían haber producido por el peso del hielo sobre el cadáver, o durante las labores de su extracción. Sin embargo, ante la evidencia de la repetición del tipo de lesión, las condiciones del terreno y las dificultades para transitar por él, aún en nuestro días, se propone la explicación de que el Hombre de los Hielos debió sufrir una caída poco antes de su muerte, y es en este punto cuando Spindler, sin casi argumentar, defiende que estas lesiones recientes son el resultado de un enfrentamiento violento, de un "desastre", que obligó a nuestro hombre a una huida ¡al límite de sus fuerzas!, encadenando esta explicación con su valoración del equipamiento del Hombre de los Hielos como insuficiente para sobrevivir en la zona de montaña donde falleció. En el capítulo quinto, que se puede considerar de conclusiones, de nuevo la información que se nos ofrece oscila entre la razonada y sistemática argumentación en la reconstrucción de la economía neolítica de la comunidad a la que perteneció nuestro protagonista, y el intento de apurar la información para localizar su "aldea (Sherrat, 1994:198). natal" en un lugar concreto y en un valle concreto. Destaca la valoración rigurosa de los datos disponibles para defender su actividad habitual como pastor, frente a otras que se inclinan por la de que se trata de un cazador (Bahn, 1995), y se derrocha espacio en demostrar con paralelos del arte cuaternario de ambigua identificación con la figura de un chamán, que el Hombre de los Hielos no es un chamán. En cuanto a su encuadre cultural, cabe señalar que, tras la síntesis que se efectúa de las posibles culturas desarrolladas entre el final del Neolítico y la Edad del Cobre con las que se podría relacionar este hallazgo, sólo se establecen paralelos a partir del hacha de cobre, el puñal y las puntas de flecha de sílex, con la cultura de Remedello y con la estela n.° 2 de Algund, en la que aparecen representaciones de hachas similares a la procedente del hallazgo en el glaciar. Sin embargo, no se hace ninguna referencia a la estela n."" 30 del área megalítica de Aosta que, aunque algo alejada por su localización en el extremo occidental del arco montañoso alpino, llama la atención por su iconografía. Esta estela antropomorfa, de más de dos metros y medio de altura, presenta una decoración en la que destacan con los adornos personales en forma de collar la representación de un hacha, un arco, dos flechas y un cinturón de donde cuelga un bolso o escarcela (Burroni y Mezzena, 1988: 424; Delibes, 1992; Sherrat, 1994: 198) prácticamente un "retrato" del Hombre de los Hielos (Fig. 1). Pero lo que causa una cierta perplejidad es que el conjunto de estelas de Aosta se considera como una réplica de otro conjunto, el localizado en la vertiente Norte de los Alpes Apeninos, en el alto valle del Ródano, en el yacimiento transalpino de Sion y es en este yacimiento, en la cista I donde se documentó una estela antropomorfa en la que aparecen un arco y flechas, que fue estudiada por Spindler (Gallay y Spindler, 1972). Se puede argumentar que la distancia entre los yacimientos mencionados y el Tirol es un dato negativo a la hora de relacionarlos, pero dado el volumen y la calidad de la información sobre el Neolítico Final en el área alpina, llama la atención los esfuerzos del autor para dirigir la interpretación cultural del hallazgo hacia una posición predeterminada, descartando con gran seguridad y poca argumentación algunas de las sugerentes posibilidades que planteaba este hallazgo. Spindler crítica la interpretación mecánica que asocia la posesión de objetos de metal, en este caso, un hacha de cobre, con la pertenencia a un status social elevado, pero se echa de menos que no desarrolle o profundice en los interrogantes que se plantean al contrastar el registro arqueológico funerario -esencialmente manipulado y en ocasiones insuficiente-del NeoKtico alpino, con la información no manipulada de un hecho accidental como el que nos ocupa, que con gran finura planteaba Delibes a finales del año 1991 (Delibes, 1992), así como las posibiüdades de asociar este hallazgo con el origen de las estelas antropomorfas del megahtismo alpino (Fig. 2). En las conclusiones finales de este capítulo se plantea la expHcación que se ha venido sugiriendo o preparando en los capítulos anteriores: que el Hombre de los Hielos es el superviviente de un conflicto en su comunidad, malherido, intenta escapar por los pasos montañosos que conoce por su actividad de pastor, pero las inclemencias de la alta montaña, sus lesiones y el insuficiente equipamiento precipitan su fin. Pero los datos presentados no son tan determinantes. El tal fugitivo, pese a lo que diga Spindler, huye con un equipo bastante completo entre vestimenta, carcaj, zurrón y recipientes. Equipo completo y embarazoso de transportar, por lo menos si se pretende efectuar el recorrido con la mayor velocidad posible. Si el arco está en proceso constructivo después del desastre, es difícil explicar cómo alguien con fracturas costales en el lado derecho puede fabricar un arco en el que se aprecian las huellas de los cortes dados por el hacha. Tanto si fuera diestro y utilizara el hacha con dicha mano, como si fuera zurdo y sujetara con la diestra la rama de tejo, dicha actividad le habría resultado dolorosa, aparte de restarle tiempo en su huida. Dicha huida, de la que se dice que se prolongó durante más de un mes ya que se hacen referencias a la inmovilización del brazo derecho durante ese tiempo, lo que provocó una ligera descalcificación en el húmero derecho, era tiempo suficiente para que las fracturas costales iniciaran una cicatrización que no aparece. Si el brazo derecho estuvo inmóvil, aumentaría la dificultad para transportar sus pertrechos, o dedicarse a la fabricación de un nuevo arco y flechas. Y, por último, las lesiones costales retardarían su huida por dificultades respiratorias, que se harían más apremiantes en la ascensión por los pasos montañosos. El reciente trabajo de Capasso (1994) sobre la única uña recuperada del Hombre de los Hielos muestra, en el estudio de unas marcas específicas denominadas líneas de Beau-Reil, que nuestro hombre sufrió tres episodios críticos que podrían relacionarse con algún tipo de afección digestiva o hepática (Bahn, 1995: 70). Estos ataques tuvieron lugar cuatro, tres y dos meses antes de su muerte. El último fue el más grave y duró dos semanas. Pudo ocurrir, por lo tanto, que el hombre de los Hielos, en uno de sus recorridos, sorprendido por un cambio de tiempo, lo que no es raro en los Alpes, y afectado por un ataque similar a los que venía padeciendo en los últimos meses, sufriera una caída, buscara refugio para descansar, y la combinación de mal tiempo, frío y enfermedad acabaran con su vida. Concluye el libro con un apartado dedicado al impacto social del descubrimiento del Hombre de los Hielos en los medios de comunicación, la política local y nacional, el humor, la industria turística, e incluso los intentos sensacionalistas por demostrar que el Hombre de los Hielos era un fraude. El resultado final es un trabajo que cumple con eficacia su orientación divulgativa, ayudado por una abundante documentación gráfica en la que destacan las fotografías en color que, con una maquetación más generosa, se podrían distribuir haciéndolas coincidir con el texto que pretenden ilustrar. En cuanto a la traducción del texto es, en general, correcta si bien se deslizan de vez en cuando términos que evidencian una falta de dominio del vocabulario prehistórico, así cuando al describir el hallazgo del australopiteco afarensis llamado "Lucy", se utiliza el término "la mona..." o al hablar de los cuerpos humanos recuperados en las turberas europeas el de "...homínidos...". Como conclusión se puede afirmar que el libro de Spindler, por la temática, presentación e incluso expectativas, satisfacerá la curíosidad y el interés del lector aficionado, sea o no estudiante de Prehistoria o Arqueología. Sin embargo, el que tenga un interés mas profundo puede quedar decepcionado por el derroche de trabajo en aspectos en ocasiones anecdóticos, la falta de argumentación en la conversión de las posibilidades en certezas, y el no profundizar aunque sea en la mera exposición de problemas, en las nuevas posibilidades de interpretación y discusión al contrastar este excepcional hallazgo y el registro arqueológico conocido del NeoKtico Final para el área alpina. Como las matriuskas rusas, el hallazgo del Hombre de los Hielos desmiente el subtítulo del libro, no se desvelan los secretos de la Edad de Piedra, se constata la amplitud y variedad de los interrogantes que cada nuevo secreto desvelado plantea. Desde que en 1968 Jackson publicase el primer trabajo sobre la minería prehistórica en Mount Gabriel (Irlanda), la investigación sobre este tema en las Islas Británicas se ha multiphcado a partir de fines de los 80, una vez superado el escepticismo sobre la antigüedad de estas minas que el artículo de Briggs (1983) generó en su momento y los grandes problemas de investigación que el propio tema presenta. Por esta razón, la síntesis pubhcada por O'Brien en 1994 -y significativamente dedicada al primer autor citado-parece colmar una serie de aspiraciones y, sobre todo, resulta muy oportuna dada la reunión de expertos en la materia que acaba de tener lugar en Londres y Bangor en septiembre de 1995. Constituye una grata sorpresa que el tema venga suscitando de manera creciente la atención de los arqueólogos como prueban las publicaciones aparecidas en los últimos años: Craddock (1995), Chernykh (1994), Crew y Crew (1990), Montero (1994) o Dutton y Fasham (1994). La monografía está equilibrada tanto en la extensión de los capítulos como en la calidad de las ilustraciones, por su alta capacidad informativa, sencillez y buena edición. Las reconstrucciones gráficas sobre las actividades humanas en las minas (págs. 166, 167, 176 y 186), son hipótesis de trabajo rigurosas que aportan esas imágenes a veces tan esenciales para reconstruir el pasado. La breve introducción nos pone al corriente de las investigaciones previas a las campañas de 1985 en Mount Gabriel destinadas a examinar las relaciones entre las minas y el contexto social y económico. El segundo capítulo expUca la geología del monte y el tercero las mineralizaciones que pueden hallarse: cobre-bario, plomo-plata, y hierro-manganeso. Este capítulo junto con el siguiente pueden considerarse, como el corpus central de la obra. Tras exponer brevemente la historia del descubrimiento los antiguos trabajos de explotación minera en Mount Gabriel, el autor se centra en el período más moderno de la investigación, que arranca con la prospección de Jackson en la mina 1 en 1962. Desde entonces ha sido identificado un total de 31 minas prehistóricas y tres zonas de actividades principales: 1) una de extracción de la roca con mineralizaciones cupríferas; 2) depósitos de cantos con supuestas concentraciones de mineral primario; y 3) áreas periféricas donde, además del procesamiento del mineral, se realizaron actividades de servicio y acomodamiento del yacimiento. La inundación de la mayoría de las minas ha sido la causa de que se hayan creado unas condiciones anaeróbicas idóneas para la conservación de elementos orgánicos como maderas. Otra cuestión que se aborda extensamente en éste y en otros capítulos es el de los amontonamientos de roca y de carbón desechados en los alrededores de la entrada de la mina procedentes del machacado del mineral y de la técnica del fuego empleada en el interior, respectivamente. En general, el grado de conservación de las minas de Mount Gabriel es bueno. Aunque agentes naturales como el conejo y la oveja han causado algún estrago, la acción antrópica ha sido la más perjudicial. En efecto, a pesar de que en 1970 se promulgó una ley de conservación de estas minas, su ámbito de apHcación no se extendía a la totalidad del complejo arqueológico y unos años más tarde una compañía minera pudo trabajar muy cerca de las minas prehistóricas. El autor, por ello, reclama una legislación de carácter preventivo más eficaz, como la existente en el resto de Europa. El capítulo quinto informa de las excavaciones llevadas a cabo en la mina 3/4 desde 1985 a 1987 y la metodología empleada. El enfoque de los trabajos fue similar al seguido en Timna y Huelva (Rothenberg y Blanco Freijeiro, 1981). Es este momento oportuno para reconocer el justo tratamiento que se le da a la Península Ibérica en toda la obra. La excavación de la mina reveló tres áreas de trabajo: extracción, procesado y actividades complementarias. La mina 3 estaba completamente sellada y la excavación incluyó la remoción de un depósito de turba que contenía instrumentos de piedra y madera saturada de agua. Las escombreras revelaban las actividades de extracción y tratamiento inicial del mineral. Otras áreas de actividad se concentraban en la falda de la montaña al ser éste un lugar relativamente horizontal y con condiciones para resguardarse. La interpretación de la secuencia sedimentaria propuesta para la mina 3 incluye la secuencia de post abandono y de las operaciones en la mina primaria. La primera comprende los niveles de las exploraciones del XIX, la capa vegetal y los restos de mineral y madera procedentes de las actividades de la mina 4. Los sedimentos de la mina corresponden al final de las operaciones y a los acumulados durante la explotación. El exhaustivo análisis incluye estudios de la turba, de la morfología de la mina en cada nivel sedimentario, mapas de cada uno de los seis niveles de excavación, análisis del mineral de desecho -distinguiéndose entre carbones, materiales finos y groseros. La limitada variedad de artefactos encontrada refleja tanto la especialización del yacimiento mismo como la tecnología allí empleada. Martillos y machacadores son los útiles más comunes. Aparecieron en grandes cantidades en todas partes. El suministro de las piedras de cuarzo, mica y caliza provenía de la costa, por lo que fue necesario una organización para el transporte, que quizás se llevó a cabo con caballos o vacas. Esta última aseveración, sin embargo, no se ve respaldada por ningún tipo de referencia. Del análisis morfológico de los 2.589 martillos, machacadores y otros objetos encontrados se dedujo su utilización para romper las rocas de las minas. La madera era empleada como carburante y para el equipamiento de la mina. Las maderas preferidas por los mineros fueron la del avellano, el roble, el pino, el sauce, el fresno y, en menor importancia, el abedul. Se hizo un cálculo aproximado de la cantidad de madera que se utilizó en Mount Gabriel: entre 4.000-15.000 Tn. Las siete dataciones C-14 (calibradas) obtenidas sobre muestras de madera, carbón y turba, establecen una cronología entre 1745-1520 BC. El capítulo séptimo se refiere a la tecnología minera. Se afirma que la técnica más extendida para la extracción del mineral era la del fuego. Sin embargo, siguiendo a Dutton y Fasham (1994: 284) parece más adecuado ser cautos en esa aseveración. En este mismo cuerpo temático se aborda también la utilización de los diferentes útiles de trabajo hallados habiéndose realizado experimentos tal y como se hiciera en Great Orme. En el capítulo octavo se trata el contexto de la metalurgia. La falta de evidencias de fundición lleva a pensar acertadamente que este proceso se llevó a cabo en otros lugares. Los análisis de metal, realizados en Oxford en el British Museum y en Stuttgart, han permitido establecer conexiones directas entre los recursos mineros y los hallazgos irlandeses. Es un mineral de alto contenido en arsénico, antimonio y plata, bajo en níquel y bismuto, y apenas de plomo, zinc y estaño. Explica cómo la aleación de cobre y estaño empezó a producirse cronológicamente en la cuarta fase del Bronce Inicial y geográficamente en el Noreste y Suroeste de Irlanda, lugares donde, paradójicamente, no se dan los mayores recursos de cobre (salvo en Mount Gabriel). Desafortunadamente, faltan mapas de distribución de los minerales de estaño en la zona y en el resto de Europa occidental a los que hace varias referencias. El capítulo noveno relaciona los monumentos, las tumbas megalíticas y los centros mineros. Este interesante tema debería haberse incluido en el último capítulo. Finalmente, el capítulo décimo de amplias perspectivas, cumple perfectamente su función compiladora y hace al lector disfrutar de los anteriores. El brevísimo apartado en el que compara las diferentes minas prehis-T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tóricas de Irlanda y Gran Bretaña es brillante por su carácter sintético. Aspectos como la organización de la producción y sus estrategias, el contexto social y el papel que jugó el metal en la Europa del Bronce se abordan sobre la base de las últimas teorías. Así, sostiene, siguiendo a Bradley (1990: 240), que el metal fue un distintivo de élite, pero que, aun siendo un recurso importante, no fue crítico. Termina con una reflexión sobre si el control sobre la producción y distribución del metal fue el primer motor para el incremento de la complejidad social en la línea de autores postprocesuales como Shennan (1993). A modo de conclusión podemos decir que es un trabajo muy cuidado, sumamente elaborado -merced, por lo demás, a un elogiable trabajo interdisciplinar-y de lectura recomendada para todos los que nos interesamos por la minería y la metalurgia prehistórica y su contexto socio económico. MARIA JESUS RODRIGUEZ DE LA ESPERANZA Departamento de Prehistoria Facultad de Geografía e Historia Universidad Complutense 28040 Madrid turno de los hallazgos de cobre y los amuletos, y desde este mismo volumen, se anuncia la publicación de un cuarto que, de la mano de M. y H.P. Uerpmann, se destinará al estudio de los utensilios en hueso. El volumen que se comenta recoge dos estudios elaborados en fechas distintas que, por una cuestión editorial, se publican conjuntamente. La fecha de su edición es bastante posterior a la de su elaboración. La bibliografía no sobrepasa el año 1987 en el estudio de E. Sangmeister y sólo alcanza el año 1983 en el de M.C. Jiménez. La tremenda solidez de la obra de E. Sangmeister (1) resta fuerza a cualquier lamento por su falta de actualidad y, en todo caso, su aparición varios años después de su última corrección provoca pensar en la influencia que hubiera podido ejercer en las distintas líneas de investigación actuales en torno a la primera metalurgia peninsular {vide, por ejemplo. Su riguroso método, aunque complejo de entender, es, sin duda, lo mejor de todo el volumen. A partir del capítulo III (pp. 6-36) entra en materia definiendo las distintas categorías formales de los dos grandes grupos de hallazgos: objetos y elementos de fundición. Al texto le acompañan las tablas 1 a 4 (pp. 125-137) con los 871 hallazgos ordenados según las 5 fases de ocupación y las áreas de la excavación donde se encontraron. En su opinión, su mayor documentación en las fases 3 y 4 no se explica por una producción más intensiva, sino que más bien debe ponerse en relación con la mayor documentación de estructuras en la fase 3 o con la destrucción súbita que se asocia al final de la fase 4. A lo largo de la ocupación de Zambujal las actividades de fundición no se realizaron siempre en los mismos sitios, la producción debió ser regular y la técnica empleada en la misma muy similar. La casa "V" (fase 3) tiene el registro más completo (gotas, fragmentos de crisoles, hogares y otras estructuras funcionales) de un área relacionada con tareas propias de una de fundición que, por los análisis de escoria realizados por G. Sperl, no se considera primaria. A la utilización estadística de los 363 análisis espectográficos pubUcados del yacimiento y a 622 más localizados en el Sur y Centro de Portugal (Junghans et alii, 1968 y 1974) dedica el capítulo IV (pp. 37-69), donde presenta un sistema de denominación que mejora la identificación de los grupos de análisis conforme a su diferente composición. Para entender la nueva nomenclatura resulta fundamental la observación de los diagramas logarítmicos, 1, 2 y 3 (pp. 39-41) donde los análisis -en puntos de color rojo los propios de Zambujal y en puntos de color negro los del Sur de Portugal-se agrupan conforme a la diferente importancia que guardan en la composición de las piezas el níquel y el arsénico (diagrama 1), el bismuto y el arsénico (diagrama 2) y la plata y el antimonio (diagrama 3). Todos los diagramas se dividen en una serie de áreas identificadas por una letra latina mayúscula, observándose la mayor concentración de punto en el área D en el primer diagrama, en la E en el segundo y en la K en el tercero, por lo que ya puede escribir que el grupo más representativo del Suroeste de la Península Ibérica es aquel que en adelante denomina DEK. Todavía mejora la definición de los distintos grupos añadiendo pares de dígitos a esa denominación previa en función de la ausencia, presencia menor o significativa de estaño y/o plomo en los distintos análisis. Para ello se vale del diagrama logarítmico 4 (p. Hay que destacar también que traza un catálogo que, a modo de apéndice, recoge los análisis de Zambujal y del Sur de Portugal desde el Cobre Precampaniforme al Bronce Medio (pp. 101-121) ordenados según los grupos de nueva denominación (de WAK a DIG) con el que se consigue una exposición total de los datos. Todos los grupos resultantes de la nueva clasificación se analizan en el mismo capítulo, destacando el mínimo porcentaje de Sn y Pb en el grupo mayoritario (DEK) y la mayor presencia de Sn en el grupo DEG. Es interesante indicar que este grupo de análisis solamente está claramente representado en la fase cronológica más reciente de Zambujal donde sigue observándose una producción propia del grupo DEK. El testimonio de una aleación previa solamente descansa en el análisis de una gota de fundición asimilada al período campaniforme del yacimiento (fase 3), lo que, en opinión del autor, podría responder a un error de laboratorio. Para la comparación de los grupos de análisis propios del Sur de Portugal con los del resto de Europa se vale de los diagramas 11-17 (pp. 61, 63 y 65) siguiendo la misma división geográfica que ya se propuso en SAM 2. En su comentario ya no se defiende la elaboración de algunas piezas con cobres propios del Egeo, sino que los objetos cuyo análisis se integraba en el grupo C6 de SAM 2 podrían haberse realizado con variedades indígenas asimilables a los grupos DEG y PEG de la nueva nomenclatura. (1) Agradezco a M. Kunst la traducción del texto del autor, así como la ayuda que me ha prestado para la realización de esta recensión. T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es RECENSIONES m ción de los grupos de análisis plantea una utilización diacrónica de ellos. De este modo, el uso de los materiales asimilados al grupo WAK -cobre puro-sería el más antiguo por la presencia superficial del mismo en los filones. Agotado pronto, la metalurgia se surtiría de materiales asimilados al grupo DEK -cobre con presencia de arsénico-que aparece de manera natural en capas más bajas de los afloramientos. Estando todavía vigente el uso de esa materia se comenzarían a realizar las aleaciones de cobre con estaño que caracterizan al grupo DEG. En el capítulo V (pp. 70-76) se constata ese orden diacrónico en la utilización de los materiales valiéndose de la tabla 11 (pp. 143-153) donde se establece un registro de hallazgos por yacimientos formas y tipos de materia prima. Los resultados son más que satisfactorios: en los yacimientos cronológicamente menos avanzados se anota una mayor presencia de materiales asimilables al grupo WAK y a partir del período adscrito al campaniforme empiezan a determinarse elementos característicos -^puntas Pálmela y puñales de lengüeta-asimilables al grupo DEK prefiriéndose el uso de un material asimilable a WAK para la producción de tipos específicos de hachas. Al final del proceso se realizan elementos con un material propio del grupo DEG como algunos tipos especiales de puñales, si bien parece que se prefiere seguir trabajando con un material más fácil de obtener (DEK) piezas que, como las puntas de flechas de aletas y pedúnculo, pueden perderse con facihdad. Aunque las conclusiones se presentan como un capítulo aparte (pp. 77-80), son realmente el final del V. Hay que advertir que, siendo la única parte también escrita en castellano, no se retoman datos previos que permitan con su sola lectura un entendimiento de lo que se expresa. Mediante dos diagramas -n.° 20 y n.° 21-se relacionan los grupos de análisis, las piezas guardando el orden de tipos que se determina en la tabla 11 y la relación Pb/Sn. 79) ofrece los resultados finales considerando tres complejos cronológicos con los distintos grupos de análisis: A) el de cobre de tendencia temprana, alrededor de WAK; B: el de la producción principal, alrededor de DEK y el de los productos de tendencia tardía (C, D, y E) alrededor de los grupos DEK y PEG que serán los que en la Edad del Bronce llegarán a ocupar un lugar dominante. El trabajo de M.C. Jiménez, se estructura diferenciando los objetos considerando las denominaciones morfológicas más comunes, para luego abordar en un solo capítulo las materias primas (pp. 194-215), centrándose en la problemática que encierra la piedra verde para la que tradicionalmente se propuso un origen oriental. La analítica que aplica sugiere el uso de materias propias de la Península que son susceptibles de coincidir con afloramientos metalíferos y su significación o aprecio se pone en relación con la posible relación mágica que hubieran podido guardar con los metales. El carácter indígena de la materia prima podría haber constituido un buen dato para no suscribir de un modo tan fehaciente, sin ningún tipo de apoyo en una discución científica actualizada, el protagonismo que se adjudica a los prospectores metalúrgicos procedentes de una zona no concretada del Mediterráneo Oriental en la eclosión y mayor variedad formal de los adornos durante el Eneolítico (p. La relación que se propone entre los elementos de color verde y la metalurgia también podría haber servido para ampliar su concepto o significación no remitiéndose exclusivamente a la defensa de su acepción como amuletos o talismanes (pp. 158-159). Es en la definición conceptual y morfológica donde siempre se hecha de menos una revisión de otras obras. No en vano, ya han pasado nueve años desde la publicación de la última síntesis en la que se resume la dicusión que afecta a la noción de adorno (Pérez y López, 1986:17-18) y hay propuestas como las de Y. Taborin o H. Barge que defienden una concepción amplia de estos objetos en la que pueden intervenir valores religiosos, jerárquicos, sexuales, sentimentales o personales (Barge et alii, 1991,0.1) dejando su sola acepción mágica, profiláctica o terapéutica para los tiempos vinculados al Paleolítico Superior (Barge, 1982:5-6). En lo que respecta al análisis tipológico, la enorme variedad de sub variantes en los alfileres o en las cuentas no resulta operativa, pudiendo haberse consultado otras tipologías que, con una definición bastante más sencilla, recogen un número amplísimo de elementos (Barge, 1982o Barge et alii, 1991). Finalmente, la mayor presencia de estos objetos en las fases 3 y 4 de Zambujal quizá también deba ponerse en relación con las causas coyunturales que se señalan para los hallazgos de cobre en el trabajo de E. Sangmeister, y la parquedad de la muestra que se trata (18 alfileres, 20 espigas, 1 botón, 9 colgantes y 220 cuentas) siempre podría haber constituido un buen dato para considerar el uso de materias perecerás como un recurso importante en la elaboración de estos objetos. Desde el inicio de la investigación sistemática de la secuencia prehistórica del Sureste de España hasta el presente los que han trabajado sobre el tema han supuesto, en su gran mayoría, que la metalurgia era la clave de los procesos culturales de la región. Hasta hace menos de quince años el papel del metal se concebía en términos difusionistas: los centros ya desarrollados de Oriente habrían organizado expediciones para buscar metales en la Península Ibérica y la introducción consecuente de nuevas ideas y nuevas técnicas habría transformado progresivamente a los indígenas, especialmente en zonas con recursos metalúrgicos ricos, como el Sureste. Este argumento chocó con diversas dificultades empíricas (especialmente con respecto a la cronología que implicaba). En estos últimos años, por lo tanto, ha sido substituido por varios guiones evolucionistas, de los cuales el que más aceptación ha tenido también subraya la importancia de la metalurgia. El desarrollo de esa industria durante el curso de las Edades del Cobre y del Bronce habría creado una producción especializada a gran escala, que habría a su vez suscitado unas desigualdades sociales crecientes (y las instituciones estales necesarias para apoyarlas), hasta llegar (en las versiones más sensacionalistas) a la degradación radical del medioambiente y al hundimiento del sistema social jerarquizado. Para contrastar la relevancia de la metalurgia en el Sureste, Ignacio Montero ha llevado a cabo tres líneas de investigación: 1) una investigación de los recursos potenciales existentes en la cuenca de Vera y de sus composiciones isotópicas; 2) una recensión bibliográfica sistemática de los objetos de metal que se han encontrado en los contextos arqueológicos calcolíticos y argáricos de las provincias de Almería, Granada y Murcia; 3) un estudio tecnológico de la composición y fabricación de una amplia serie de esos artefactos y residuos metálicos mediante el análisis químico y la metalografía microscópica. Este trabajo, efectuado bajo los auspicios de los proyectos "Desarrollo cultural y aprovechamiento de recursos durante el Calcolítico de la cuenca baja del Almanzora" y "Arqueometalurgia de la Península Ibérica" dirigidos por Germán Delibes y Manuel Fernández-Miranda, ha sido la tesis doctoral de Montero, revisada y publicada en la excelente monografía aquí reseñada. T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Los primeros capítulos presentan una recensión breve y aguda del desarrollo de la investigación sobre las Edades del Cobre y del Bronce del Sureste, anuncian el plan del trabajo, y tratan sus problemas metodológicos. Primero, se discuten los posibles errores de los análisis químicos, sean por la heterogeneidad en la composición de las muestras o por las limitaciones presentadas por las diversas técnicas analíticas. Luego se describen las características y las limitaciones del equipo de espectrometría de fluorescencia de rayos-X empleado por Montero en sus análisis y se comparan los resultados obtenidos con los correspondientes resultados de los otros métodos analíticos y equipos utilizados, porque han investigado la composición de los metales prehistóricos del Sureste, desde los Siret, pasando por el equipo de Stuttgart, hasta llegar a los estudios recientes del Museo Británico (éstos últimos siendo equiparables con los del Proyecto Arqueometalurgia). Por fin se tratan el sistema de clasificación de los objetos estudiados en términos funcionales, morfológicos y cronológicos y los problemas de enumerar sistemáticamente esos objetos desde las fuentes publicadas. Debe resaltarse el carácter sobrio y riguroso de estas discusiones. El tercer capítulo presenta los resultados de la prospección de recursos de cobre en la cuenca de Vera, y de los análisis de su composición efectuados en los distintos puntos encontrados. Estos demuestran que hay asociaciones elementales diferenciadas que permiten distinguir los varios puntos entre si. El cuarto capítulo cuantifica, zona por zona, y yacimiento por yacimiento, todos los artefactos de metal encontrados en yacimientos de la Edad del Cobre y de la Cultura del Argar de la Edad del Bronce en el Sureste. Los resultados son devastadores para las posturas que defienden la gran escala de la producción metalúrgica en el Sureste durante esos periodos. Montero discute las varias dificultades que presenta hacer una extrapolación aproximada del peso de cada tipo de objeto sobre la limitada base de datos disponibles, pero queda claro que el total no excede los 30 y los 100 kg de cobre calcolíticos y argáricos respectivamente. Como subraya el autor en sus conclusiones, éstas son unas cantidades ínfimas comparadas con lo que se encuentra en otras provincias de Europa en tiempos contemporáneos. El quinto capítulo discute la tecnología metalúrgica a base, por una parte, de los datos contextúales disponibles, y por otra de los resultados de los análisis químicos de los objetos estudiados por el Proyecto Arqueometalurgia y la comparación de éstos con los resultados obtenidos por otros investigadores. Dentro de la cuenca de Vera la erosión y la minería de épocas recientes han destruido toda traza de minería prehistórica, pero la composición de los objetos analizados de los grandes yacimientos de la zona (Almizaraque, El Argar, Fuente Álamo, Gatas, El Oficio) indica que cada uno explotaba recursos diferentes. En algunos casos estas fuentes corresponden bastante bien a los recursos potenciales más cercanos (Fuente Álamo con los de la Sierra de Almagro, Gatas con los de Sierra Cabrera, etcétera). La fundición del mineral parece efectuarse dentro de vasijas-horno, o sea cerámicas corrientes, y los restos de ese proceso se encuentran en espacios domésticos. En cuanto a las aleaciones, las predominantes tanto en época calcolítica como argárica son de cobre y arsénico, pero los valores de éste elemento "dependen en cada uno de los yacimientos del mineral procesado y reflejan una falta de control absoluta en el resultado final" (p. Se distinguen varios avances técnicos de un período al otro: durante el argárico hay el primer uso de la plata (aparentemente en forma nativa, ya que no existen trazas de copelación de galenas argentíferas), se utilizan algunas aleaciones con estaño (aunque éstas se aplican predominantemente no a utensilios cortantes, como uno esperaría si el desarrollo tecnológico respondiera a necesidades prácticas, sino a ornamentos), hay cierta intensificación de la forja y el recocido (según se desprende de la metalografía), etc. Sin embargo, el panorama general de ambas épocas que surge del trabajo de Montero es el de una industria complementaria poco especializada, primitiva en sus técnicas y escasa en el volumen de su producción. En sus conclusiones Montero trata la interpretación cultural de la metalurgia. Demuestra que el desarrollo metalúrgico en el Sureste es tardío (comparado con el Próximo Oriente o los Balcanes) pero autóctono, por una parte porque las zonas por las cuales las técnicas forzosamente tendrían que llegar al Sureste (el Noreste peninsular y el sur de Francia, las islas mediterráneas y el sur de ItaHa, el norte de Africa) tienen una desarrollo metalúrgico aún más limitado, y por otra porque, al llegar directamente desde el Mediterráneo oriental, el nivel técnico que se encontrarían en el Sureste sería más sofisticado. Por otra parte, demuestra que las versiones evolucionistas de la metalurgia tropiezan con la pequeñísima escala y el carácter rudimentario de la producción (ésta "nunca aparece como trabajo de especialistas a tiempo completo" (p. 295) y no se lleva a cabo con criterios de rentabilidad económica) y del intercambio de metales (no hay lingotes u otros objetos de intercambio normalizados, aparentemente hay poca refundición de chatarra). Cuando se compara la industria del bronce en el Sureste con la de Centroeuropa en la misma época la situación queda patente: sólo en las minas de Mitterberg en los Alpes centrales se calcula que se produciría más en un día que toda la producción calcolí-T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tica y argárica documentada en el registro arqueológico vigente (véase Coles & Harding 1979: 64-65). Con cierta ironía, Montero demuestra que el impacto ecológico de la producción argárica sería nulo. En el Bajo Almanzora hoy, "con menos de una hectárea [de pinos repoblados] se puede abastecer la demanda de combustible de toda la metalurgia argárica sin romper el equilibrio ecológico de esa hectárea, e incluso admitiría una producción casi tres veces superior a la estimada" (p. Este estudio representa una auténtica revolución en nuestros conocimientos de la metalurgia de las Edades del Cobre y del Bronce del Sureste y demuestra lo mucho que se puede hacer en los estudios prehistóricos con un trabajo comprensivo, minucioso y transparente. El autor se ha dirigido al registro completo, ha llevado a cabo o manejado análisis inteligentes y cuidadosos de una buena proporción de él, y ha presentado sus resultados con sencillez y elegancia. Este es un gran libro. A semejanza de la egiptología o la etruscología, parece que ha llegado el momento, en opinión de algunos, de pasar a denominar el estudio-de-la-cultura-fenicia-en-todo-el-Mediterráneo como "fenicología" porque ha pasado a ser una disciplina independiente (Baurain, p. Establecida esta premisa el problema que se plantea es la delimitación del objeto científico de la nueva disciplina. La cuestión la resuelve Moscati con soltura: el pueblo fenicio, entendiendo por pueblo un agregado de personas que pueden ser de diversa raza y procedencia pero que asumen caracteres suficientemente homogéneos y distintivos, una lengua, un área geográfica y un proceso histórico-cultural comunes. Y esta realidad así definida tiene un espacio temporal también acotado: comienza en el 1200 aC (p. No voy a entrar aquí en una discusión teórico-filosófico-ideológica, pero sí quiero apuntar que el planteamiento me parece superficial, insuficiente y manipulador, y no hace justicia a los indudables progresos que la Arqueología fenicia, como especiahdad y no como nueva disciplina, ha realizado en casi todos los países mediterráneos, ni a la capacidad organizativa y poder de convocatoria de los que siempre ha hecho gala el Instituto per la Civiltà Fenicia e Fuñica del C.N.R. El libro que comento es el resultado de una reunión internacional "por encargo", y como tal, refleja todos los vicios y las virtudes de un acto de este tipo: se supone que son todos los que están, pero no están todos los que son. Además, el encargo incluía una orientación muy concreta para las comunicaciones; se intentaba que cada una de ellas relatase las experiencias y reflexiones personales del autor sobre su investigación. Mientras que otros salen al paso del compromiso "institucionalizando" esa experiencia, o simplemente haciendo caso omiso. El resultado es un Congreso con una expresa finalidad: reflexión conjunta para recordar el pasado, valorar el pre-T.P.,53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sente y preparar el futuro (Moscati, p. 16), que cada participante ha interpretado a su manera, como era de esperar. Esta heterogeneidad de planteamientos se refleja, ya de entrada, en el índice de materias en que han quedado clasificadas las intervenciones: Historia, Religión, Filología-Epigrafía, Economía-Comercio, Arqueología, Artesanado-Arte. Y dado que estamos imbuidos de experiencias personales después de leer la totahdad de las 551 páginas de este libro, voy a dar mi opinión personal. No entiendo la distinción entre el epígrafe Historia y todos los demás, salvo por el hecho que los que han sido adscritos a este apartado no practican la arqueología de campo, aunque hacen uso de los datos obtenidos por ella. Por la misma razón, no entiendo la distinción entre Arqueología y el resto de los epígrafes, salvo por el hecho que los que han sido clasificados en él practican asiduamente la excavación de yacimientos. Por lo demás, los temas que tratan son los mismos. Por ejemplo, el excelente artículo de M. Botto sobre comercio en el Tirreno central que plantea cuestiones de interpretación socioeconómica, basándose en el conocimiento arqueológico de la región, se incluye dentro del apartado Historia, mientras que el igualmente excelente de M.E. Aubet, sobre comercio de metales y la integración de las redes de intercambio regionales en el Mediterráneo occidental, lo hace dentro de Economía-Comercio. Todo esto no tendría la menor importacia, salvo la estrictamente formal, si no reflejara una cuestión de fondo: el marco teórico subyacente al conjunto de la obra que indica una gran confusión epistemológica. Confusión y no confusión, porque se trata de un conjunto de trabajos heterogéneos fundidos en un libro, que desde luego no reflejan la coherencia que de una disciphna científica independiente cabría esperar. Por el contrario, se hace patente la existencia de una crisis total de planteamientos. Y no lo digo en su sentido peyorativo, sino en el de cambio muy marcado. En su intervención, Costa y Fernández se lamentan de las "serias limitaciones conceptuales" que la Arqueología fenicia ha padecido y propugnan un cuestionamiento de sus bases epistemológicas: "En definitiva, nos parece evidente que la renovación, el progreso y el avance en el futuro pasan por un proceso de autocrítica y replanteamiento en el presente de la labor realizada en el pasado" (p. El diagnóstico de ambos autores se hace evidente: concepción positivista del objeto arqueológico, excesiva preocupación cronológica como consecuencia del enfoque normativo historicista, y ausencia de la noción de proceso. Sobre este punto incide igualmente M.E. Aubet, matizando que las etapas positivistas, o el enfoque positivista, han sido objeto de crítica fácil y superñcial, pero que en el fondo "esas etapas, con todo lo que implicaba de exceso de analítica de artefactos y estratigrafías, han sido necesarias para Uegar al punto en que nos encontramos" (p. Es precisamente en este juicio sobre la "necesidad" de una etapa positivista donde reside la confusión, en este caso efectivamente confusión, porque se identifica "positivismo" con "obtención de datos". Los datos, en mi opinión, son siempre necesarios porque sin ellos ¿de dónde partiríamos para plantear nuestros modelos explicativos? Lo que no es necesario, aunque probablemente fuera inevitable, es la aplicación de un marco teórico positivista al método de obtención y tratamiento de esos datos. Una estratigrafía es un argumento tanto para la arqueología positivista como para la arqueología procesual o postprocesual. Digámoslo con otras palabras, la arqueología post procesual no prescinde de las estratigrafías, pero no sólo vive de ellas. Lo que se debe criticar a la Arqueología positivista no es su "minucioso análisis de los artefactos" sino el empleo que hace de ese análisis, o precisamente que su finalidad sea el propio análisis. Ejemplos de este enfoque positivista abundan en el libro que comentamos, tanto entre los investigadores españoles, como entre los itahanos, tunecinos, etc., y no por ello, aunque sí sólo algunos de ellos, son excelentes e imprescindibles trabajos de investigación. Si hubiera que hacer una crítica, ésta se centraría en la selección de los autores invitados. Por lo menos en lo que toca a la investigación española, la selección se limita a un sector muy concreto de nuestro ámbito académico. Se echa en falta alguna representación de otro amplio sector, quizá en diferente escalón jerárquico o al margen de esa jerarquía, que hubiese reflejado la diversidad, y calidad, que actualmente presenta la Arqueología fenicia española. Existen muchos aspectos interesantes en este libro que merecería la pena comentar, pero resultaría una reseña interminable. La conclusión general parece clara, la Arqueología fenicia es una especialidad que sienta sus pilares en la acción más que en la reflexión, lo que parece lógico para una especiahdad todavía joven. Dejemos constancia de la historia en este libro para el recuerdo y la nostalgia porque es tiempo de volver la mirada a paisajes insospechados... sin borrar de nuestra retina el camino recorrido. Es ya un lugar común en el ámbito académico referirse, acercándose a la publicación de cualquier nuevo trabajo, a los importantes avances logrados y la gran renovación metodológica experimentada en su campo de estudio durante las últimas décadas. Por lo que se refiere a la investigación sobre la colonización fenicia esto puede tenerse por bastante cierto. No obstante, si de los focos principales de atención sobre los que se ha centrado este progreso (básicamente, la evolución del proceso entre los siglos VIII y III a.n.e.) nos desplazamos hacia los márgenes cronológicos que tradicionalmente delimitan la frontera entre la Prehistoria y la Historia Antigua, apreciaremos una creciente desolación del panorama, hasta llegar a una amplia franja, disputada por ambas disciplinas académicas, a veces con manifiesta hostilidad, pero que raras veces es objeto de un tratamiento global e integrado, y que por tanto permanece apenas sin explorar. El libro que aquí reseñamos constituye una de esas escasas ocasiones en que se entra con decisión en lo que el propio autor denomina la "tierra de nadie absurda", generada por la estrechez de miras con que a menudo se plantea la investigación histórica. Teniendo bien presente la relatividad del valor de las fuentes escritas (en tanto que producto de unas clases dominantes protagonistas del triunfo del imperiaüsmo romano), López Castro rechaza el enfoque filológico tradicional para reclamar el valor de la información arqueológica. Desde su punto de vista el registro material nos informa sobre totahdades sociales de un modo que la Arqueología clásica o las fuentes, casi siempre centradas en los complejos monumentales o las grandes personalidades políticas, no pueden hacerlo. Pero el valor de esta crítica no se limita a una dimensión metodológica, sino que apunta más alto para señalar otras ausencias fundamentales en el estudio del mundo fenicio-occidental tardío. Radican éstas, sobre todo, en la asunción de una rápida y completa disolución de la cultura y formas de vida de las ciudades fenicias, para pasar a convertirse automáticamente en comunidades organizadas según el modelo romano. Es éste el enfoque que ha prodigado el estudio del período romano-republicano en Hispania, para el cual la historia del mundo púnico peninsular a partir del 218 a.n.e. es esencialmente historia romana. De hecho "Romanización" es un término ausente en el índice alfabético de la obra, y se rechaza manifiestamente por ser considerado portador de una fuerte carga de idealismo. En virtud de dicha concepción las transformaciones operadas en este período se explican por sí mismas a través de la observación de una inevitable sustitución de un complejo cultural por otro. Es preciso, como dice el autor, "que consideremos a los fenicios occidentales como sujetos de su propia historia" (Introducción, p. Como bien se señala en la Introducción, este papel activo de los "romanizados" ya ha sido reiteradamente resaltado por autores como Bendala (1981), y en su continuación y definición parecen centrarse algunos destacados esfuerzos "en los albores del año 2000" (Roldan Gómez, 1995). Pero este antirromano-centrismo, que abunda en la búsqueda de pervivencias tanto greco fenicias como ibéricas en el registro arqueológico de los siglos en torno al cambio de era, no rompe con una lógica centrada en la transmisión y adopción de rasgos culturales, ahora insistiendo más en el carácter lento y gradual de los cambios, pero sin cuestionarse ni el porqué ni el cómo del resultado final. A mi modo de ver la verdadera diferencia, el auténtico plano de ruptura en el que se sitúan obras como Hispania Poena lo marca una aproximación basada en el análisis de clase, según los principios del materialismo histórico. Saludablemente, alejado de las técnicas de recetario de la "nouvelle cuisine" arqueológica anglosajona, el enfoque histórico científico de López Castro aporta una visión sobre el mundo fenicio peninsular que hasta la fecha no ha sido muy frecuente fuera de los límites de la historia de Grecia y Roma, y que posibilita un fértil diálogo con esfuerzos similares en la interpretación de la cultura ibérica (por ejemplo, Ruiz y Molinos, 1993). Resulta refrescante y esperanzador comprobar como, considerando el avanzado estado de descomposición en que supuestamente se encuentra el cadáver del marxismo en el panorama de las ciencias sociales, la testarudez a la que ha hecho alusión en ocasiones F. Bate (Bate y Nocete, 1993: 7) no se ha extinguido. Adentrémonos ahora en la estructura de la obra. Siguiendo un desarrollo básicamente diacrónico, López Castro va recorriendo los distintos aspectos del proceso histórico de cambio en las ciudades feni-T.P., 53,n.°l,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cias de la Península entre los siglos III a.n.e. y I d.n.e. La tesis fundamental que articula toda esta andadura es que las relaciones de producción características de los asentamientos coloniales durante el período previo a la intervención cartaginesa, sufren un proceso de crisis y disolución que tendría su punto culminante en la transición del siglo II al I a.n.e. con el apogeo del imperialismo romano, y que se consuma definitivamente con la generalización del modelo de organización municipal romana en tiempos de la dinastía flavia. En el aspecto socio económico la clave de esta transformación sería la introducción de mano de obra esclava en sectores críticos como la agricultura y las salazones. Alineándose con interpretaciones como la de Ste. Croix (1981: 33), López Castro tiende a relativizar la importancia numérica de este grupo social frente al de pequeños productores y artesanos. El factor crucial del cambio sería el papel de estos esclavos en un incremento sin precedentes de la acumulación de riqueza y el desarrollo del valor de cambio. La historia del cambio social que todo esto conlleva es esencialmente la historia de la habilidad de la clase dominante fenicia, la oligarquía de comerciantes, para mantenerse en la cúspide del sistema en medio de un período de intensas transformaciones. En la culminación del proceso, los descendientes de estas élites habrán pasado a integrarse en los cuadros de la clase dirigente del imperio como jerarcas municipales y miembros de la administración imperial. Mutatis mutandis, en ciertos aspectos se trataría de un "cambiemos para que todo siga como estaba", aunque el único caso en que esto se percibe con claridad sería el de Gádir. No debe olvidarse que el resto de las comunidades fenicias peninsulares lograrían su integración en el Imperio Romano posteriormente a esta ciudad, y después de haber permanecido como comunidades estipendiarías sujetas a todo tipo de arbitrariedades por parte de los conquistadores (1). Resulta de gran interés el tratamiento dado en el libro a los aspectos rehgiosos. López Castro destaca su papel en la argumentación ideológica y la justificación de la reproducción de la clase dominante, a través de una hábil reinterpretación que se adecúa a las necesidades políticas del momento, que suponen un discurso y una iconografía romanos. Igual atención merece la actitud crítica del autor ante la visión tradicional sobre la difusión del latín, una imagen derivada de la versión propagandística transmitida por Estrabón. El pretendido olvido de las lenguas peninsulares, púnico o ibérico (problema planteado por otros autores como Keay, 1992: 275), sólo habría tenido trascendencia real para las clases altas, que ven en la adopción del latín un recurso ideológico para la integración en la clase dirigente del Imperio. La solidez y coherencia con que está construida toda esta explicación se resiente, no obstante, de los desequilibrios y carencias de los datos disponibles, fruto en gran medida de las discontinuidades y omisiones a las que aludíamos más arriba. Así, contrasta vivamente el amplio uso de datos faunísticos y paleo ambientales o sobre patrones de poblamiento en el capítulo introductorio (siglos VIII-III a.n.e), con la fuerte dependencia de los testimonios numismáticos y epigráficos para las fases posteriores. Pese a ello hay en la obra una oportuna y continua valoración de otros elementos arqueológicos como la circulación de producciones cerámicas o las instalaciones industriales, aunque aquí el peso de la balanza se desequilibra de nuevo, esta vez a favor del voluminoso registro material de la etapa imperial plena. Por lo que se refiere a las fuentes escritas, también éstas dan una imagen sesgada del proceso. En un sentido positivo, su adecuada contextualización histórica conduce a López Castro a una segunda lectura de las mismas, en la que se hacen evidentes los brutales conflictos de clase existentes tanto en el seno de la República romana como en las comunidades fenicias (2). Pero por las omisiones que estos textos presentan volvemos al terreno de las conjeturas. Así, es posible reconstruir a través de ellas tanto el desarrollo fáctico y político como los entresijos del cambio social en Gádir, mientras que es mínima la información que aportan sobre Sexs, Malaka, Abdera o Baria. De cualquier manera el enfoque ampho e integrador que preside Hispania Poena hace que el edificio se sostenga sin tener que recurrir al viejo aserto positivista de "esperamos que nuevas excavaciones...", pese a los cinco años transcurridos desde la elaboración de la Tesis Doctoral que sirve de núcleo a la obra (para seguir los trabajos de este autor sobre el tema con posterioridad a esta fecha ver López Castro 1993Castro,1994aCastro y 1994b)). Pasando finalmente a cuestiones de forma, a la elegancia de presentación y manejabilidad de formato habituales en la serie Crítica de Arqueología, hay que añadir una útil profusión de mapas, gráficos y láminas que complementan al texto de una forma muy adecuada. (1) De todos modos también, en estos casos, a través del complejo juego del patronazgo y la clientela, hubo un entendimiento en el nivel de las clases dominantes. (2) El mejor ejemplo sería la interpretación planteada del discurso "Pro Balbo" de Cicerón. Se trata en definitiva de una obra de gran atractivo, no sólo ya por abundar en un campo de estudio muy necesitado de trabajos de síntesis, sino también como muestra de una determinada manera de escribir historia, que revela sus esenciales diferencias con los enfoques tradicionales precisamente en períodos de grandes cambios como el considerado. La obra objeto de reseña se halla estructurada en tres partes y 20 capítulos y es, en síntesis, un compendio de artículos publicados anteriormente por los autores en revistas nacionales y extranjeras. Y ésta es una de las ventajas que aporta la publicación, es decir, la de facilitar el acercamiento a trabajos que, de otra manera puede resultar a veces complicado por la diversidad y difícil accesibilidad de las revistas que los contienen. La misma naturaleza de la obra hace que en la lectura del volumen hallemos una compilación de documentación muy heterogénea, y en ocasiones repetitiva, que si bien no aporta datos excepcionales a la problemática de las culturas que trata: Bronce Final, ibera y romana, tiene la virtud de trazar líneas de investigación que pueden ser seguidas, y que de hecho lo son, no sólo por los propios autores en posteriores publicaciones, sino también por investigadores tanto de la Frotohistoria como de la evolución del mundo romano y su interconexión con la realidad autóctona de la Península Ibérica. Las investigaciones realizadas por los profesores Blázquez Martínez y García-Gelabert se han centrado, por lo que respecta a la obra, casi monográficamente en el yacimiento de Cástulo, cercano a la locaUdad de Li-T. P., 53, n.° 1,1996 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es nares, en Jaén, cuya importancia radica en que constituye una de las principales ciudades de la antigua Oretania protohistórica, convertida con posterioridad en municipium romano. Los autores basan sus trabajos en los materiales arqueológicos inéditos, muebles e inmuebles, recuperados en las excavaciones arqueológicas sistemáticas y en las prospecciones de superficie, para cuya interpretación se apoyan en el estudio de los textos clásicos greco-latinos, aunque siempre con la debida rigurosidad teniendo en cuenta la parcialidad de los mismos y a veces la lejanía de los hechos comentados. Los artículos que componen el libro no son una recolección de fichas y datos, una sencilla relación de hallazgos, sino que constituyen una visión no totalizadora desde luego, porque el yacimiento se halla excavado en proporción a su extensión en una parte mínima, pero sí parcial y documentada de la evolución de Cástulo desde el Bronce Final hasta la Edad Media, con todas las vicisitudes que de ello se derivan, evolución que se puede aplicar no sólo a los poblados de similares características de la Alta Andalucía, sino también a aquéllos de otras áreas geográficas con similar problemática, y ésta es una de las aportaciones más interesantes del trabajo que tratamos. Y así podemos contemplar a través de sus páginas cómo se desarrolla el mundo primitivo en aquella zona; las interconexiones con los pueblos de la Meseta norte, concretamente con la cultura de Cogotas I, que probablemente llegan a Cástulo no en función de un poblamiento estable, sino estacional; las relaciones, más estrechas que las antedichas, con la costa onubense, bien con Tartessos o con los colonizadores fenicios, potenciadas por la riqueza en metales de Sierra Morena, los cuales dejan una impronta nítida y rotunda en el santuario orientalizante de la Muela y en numeroso material cerámico y metálico; la evolución de la cultura oretana hacia formas de vida más complejas, que se estudia a través de las necrópolis que rodean el oppidum, está perfectamente atestiguada en la eclosión demográfica, social y política hacia una sociedad de jefatura en el período de tiempo comprendido desde finales del siglo V a.C. hasta la primera mitad del IV a.C; la impronta de Roma en la sociedad autóctona y la muy compleja aculturación que tendió a absorber la rica cultura ibérica; y, finalmente, la vuelta a una ruralización, la desaparición de las instituciones ciudadanas, la disolución de la alta cultura latina y el deterioro paulatino e irreversible de la ciudad. La obra se halla ilustrada con dibujos de materiales y planos, bien reproducidos, aunque no todos los que serían deseables. Asimismo, se echa en falta un apartado destinado a bibliografía al final del volumen, no obstante su presentación amplia y actualizada integrada en cada capítulo, bien en notas bien en relación. A pesar de ello, el conjunto de la obra constituye una aportación de gran interés para el conocimiento de la historia de Cástulo.
Leningrado, 1986, 238 ils. blanco y negro y color, 249 pp. sin ISBN Este libro es un álbum de los espectaculares objetos de oro, depositados en los distintos Museos de Georgia. Su enorme interés se acrecienta por la circunstancia de que su publicación en inglés facilita a los investigadores españoles el acceso a datos sobre la Prehistoria y Arqueología de esta República ex-soviética. Su primera parte se dedica a la orfebrería y el trabajo del metal de la Georgia pre-cristiana. Contiene un texto escrito por Alejandro Yavajishvili, jefe del Departamento de Prehistoria del Museo Estatal de Georgia "S. Yanashia", explicando las ilustraciones de las piezas singulares de este museo de la épocas prehistóricas y clásicas, procedentes de las excavaciones en yacimientos georgianos. La segunda parte del libro presenta la orfebrería y el trabajo del metal de la época medieval (siglos IV-XVIII A.D.) correspondientes a las colecciones de los Museos de Bellas Artes de Tbilisi y de Historia y Etnología de Svaneti en Mestia, la capital de la región montañosa de Svaneti en el Caúcaso Occidental. Su autor, Guram Abramishvili, es conservador de la sección del Tesoro del Museo de Bellas Artes. En este caso, las imágenes reflejan el patrimonio mueble eclesiástico de Georgia, fijándose en las famosas técnicas de esmalte "emaux cloisonnées" de los iconos medievales y las obras maestras de los orfebres Beka y Beshken Opizari. El libro es donación de Doña Tamara Beridze Lominadze a la biblioteca "Colección de Prehistoria" (CSIC). Contiene: Guia Didàctica-E.G.B., 9 pp., texto en valenciano; Guia Didáctica-Secundaria, 8 pp., texto en valenciano; Guia Didàctica-Professor, 8 pp., texto en valenciano; Guia Breu, 3 pp., texto en valenciano, y 3 pp., texto en castellano. NAVARRO CABALLERO, Milagros: La epigrafía romana de Teruel. Instituto de Estudios Turolenses, Diputación Provincial de Teruel; Departamento de Ciencias de Antigüedad y Arqueología, Universidad de Zaragoza. JO VER MAESTRE, Francisco
El pasado 4 de noviembre de 1994 fallecía en Las Palmas de Gran Canaria, víctima de un súbito empeoramiento de la grave dolencia con la que convivía desde hacía algún tiempo, el profesor Ce Iso Martín de Guzmán. El sigilo, la dignidad y la entereza con que afrontó los últimos meses de su vida alimentaron, en muchos de nosotros, el espejismo de un relativo éxito en el control del progreso de su enfermedad, e incluso, entre los más ingenuamente esperanzados, de una franca, y hasta pronta, recuperación. Desde su cama del hospital aún se empeñaba, testarudamente, en preparar y supervisar el texto de un postrero informe arqueológico cuando la muerte, esta vez pudorosa y discreta, vino a clausurar una biografía fecunda con su inflexible contundencia. Rotundidad cruel contra la que, no sin cierta contradicción intelectual, acostumbramos a rebelarnos, supongo que por una simple cuestión de malas maneras y ausencia de trasparencia del procedimiento y los plazos de selección, aquellos de nosotros que, por diversas razones, hemos decidido, voluntariamente, no incluir en nuestra lista de adverbios de lugar ningún trascendental y resignado «más allá». Ángel Celso Martín de Guzmán nació el 23 de octubre de 1946 en la norteña ciudad grallcanaría de Gáldar. Para abominación de un cierto nacionalismo «guanchista», generalmente converso y advenedizo, que con una miopía sólo comparable a su incontinencia verbal siempre le consideró un «españolista», sus orígenes familiares, vinculados a la pequeña burguesía terrateniente local, entroncaban directamente por línea materna, como él gustaba argumentar con la erudición del más conspicuo heraldista, con el árbol genealógico de uno de los linajes aristocráticos indígenas de la isla. Fueron sus años de infancia y adolescencia fundamentales en el despertar de su temprana curiosidad por el pasado y, a la postre, en la afirmación de su sólida y lúcida vocación por la historia de su tierra. Desde muy joven, Celso se aficionó a escudriñar, a menudo en compañía de un selecto y fiel grupo de amigos sobre los que ejercía un indiscutible ascendiente, los numerosos y excepcionales vestigios prehispánicos de los pagos galdenses. Más adelante, este precoz interés se transformaría, primero, en un inmoderado afán de conocimiento y, con el correr del tiempo, en una beligerante actitud en favor de la documentación y preservación del patrimonio arqueológico insular. Uno y otra le acompañarían hasta el final de sus días. Tras cursar el bachillerato de Letras en. el colegio Cardenal Cisne ros de su ciudad natal y superar la prueba de madurez pre-universitaria en el instituto Pérez Galdós de Las Palmas, Celso Martín de Guzmán se traslada a La Laguna para iniciar sus estudios universitarios. En la universidad de esta rancia ciudad tinerfeña se licencia en Filosofía y Letras, en la especialidad de Ciencias Históricas, en 1970; el mismo año en que se inician, tras una intensa campaña periodística de sensibilización social e institucional por él orquestada, los trabajos de limpieza y aconJicionamit: nto dd singular yacimit: nto dt: la Cueva Pintada (k GÚldar. St: ría harto difícil comprender los derrotnus intdectuales y profesionales por los que. a partir dt: ese momento. discurre la vida de Celso si hact: mos abstracción de su etapa lagunera y. sobre todo. del incuestionable magisterio que sobre él ejercen tres de sus profesores: D. Elías Serra Ráfols en el campo de la historia y la arqueología. D. Jesús Hernández Perera en la esfera de la historia del arte. y D. Emilio Lledó Iñigo en el ámbito de la filosofía de la historia y del lenguaje. En 1971 se inaugura una intensa y decisiva fase en la vida académica y científica del flamante licenciado Martín de Guzmán. Ese año obtiene una beca del Servicio de Cooperación con Iberoamérica para viajar a Argentina al objeto de integrarse, como profesor auxiliar, en la plantilla docente de la Universidad de Neuquén. Durante su estancia en este centro y, desde 1972, en la entonces naciente Universidad Nacional de Comahue, Celso simultanea el disfrute de su beca con contratos locales a tiempo parcial, sucesivamente en calidad de profesor contratado, encargado y adjunto, para acceder, a partir de 1973, a un régimen contractual de profesor investigador con dedicación exclusiva. Su actividad docente, que abarca desde las culturas prehistóricas a la antropología, pasando por la crítica de estilo, se completa con una incansable labor investigadora materializada en sus múltiples trabajos de campo en el área patagónica y en su vinculación, desde su concepción en 1972 hasta su apertura en 1975, a la sección de arqueología prehistórica del Museo de Ciencias Naturales y Regional de la Universidad Nacional de Comahue. A estas tareas científicas se sumarán su continuada relación con el grupo bonaerense del profesor Osvaldo F.A. Menghin, decididamente anclado en el doctrinarismo histórico-cultural de la escuela de Viena, sus lazos académicos con el profesor Juan Schobinger, sus viajes de estudios por distintos países suramericanos y caribeños y, en fin, su participación en el I Congreso del Hombre Andino, celebrado en Chile en junio de 1973. Allí conoce a John V. Murra cuya inteligente obra, esencialmente consagrada al mundo incaico, ejercerá un notable estímulo en todos sus estudios ulteriores sobre la arqueología prehispánica canaria. Pero el saldo intelectual de la experiencia americana de'Celso Martín de Guzmán, que concluye en 1975, no se reduce, ni con mucho, al T. P., 52, n.O 2, 1995 Jorge Onrubia Pintado influjo de los trabajos de inspiración marxista de este célehre americanista estadounidense de origen rumano. hrigadista inteTllacional en la guerra civil española y una de las muchas víctimas propiciatorias de la oscura represión maccarthistao Su dilatada estancia en Argentina le sirvió para acercarse. siguiendo una práctica común en la investigación histórica de las formaciones sociales amerindias, a la antropología y la etnohistoria y para familiarizarse, como no podía ser de otra manera, con la escuela procesualista anglosajona y su neopositivismo lógico en un período significativamente contemporáneo al redescuhrimiento de la < <llueva arqueología» estadounidense por parte de los americanistas hispanos vinculados al Seminario Español de Antropología de la Universidad Complutense. En modo alguno ajeno a la contestación social y a la efervescencia ideológica y cultural que van a caracterizar el lustro centrado por la fugaz restauración peronista, en este momento se fragua en Celso el gusto conceptual, rayano en el teoricismo, y el dinamizador eclecticismo epistemológico y metodológico que caracterizarán el conjunto de su obra. Su provechoso paso por las universidades argentinas le servirá para aproximarse desde la antropología cultural, bien es verdad que con desigual fortuna, no sólo al historicismo cultural explícito o al materialismo histórico, sino, también, al funcionalismo y al evolucionismo ambientalista. Y, fundamentalmente, este tránsito transoceánico de ida y vuelta será el gran responsable del aglutinante estructuralista que, alternativamente inspirado por la lingüística, la semiología y la antropología, cimentará la amalgama teórica de buena parte de su producción científica. De regreso a España, Ce Iso Martín de Guzmán se incorpora, haciendo buena una relación cordial aunque episódica con el profesor Martín Almagro Basch, cuyo origen se remontaba a su época de estudiante en La Laguna, a la nutrida y generacionalmente homogénea clientela académica de este último. En Madrid, Ce Iso cubre, disciplinada y provechosamente, todos y cada uno de los puestos y etapas que el paternalismo severo del patrón reservaba a sus discípulos más aventajados y dóciles. Beneficiario de una beca de formación de personal investigador en el Instituto Español de Prehistoria de 1976 a 1978, becario post-doctoral adscrito a la misma institución el año siguiente, tras la defensa de su tesis sobre las culturas prehistóricas de Gran Canaria que merecería el premio Viera y Clavijo otorgado por el Cabildo Insular de esta isla, y, más tarde, doctor vinculado al CSIC. Meritorio en el Museo Arqueológico Nacional. donde colabora en el montaje de las salas de arqueología canaria y realiza, entre los años 1977 y 1978, las prácticas de museo, reconocido modo de arbitrario y servil subempleo y entonces inevitable trámite para acceder a los cuerpos de funcionarios de museos. Profesor encargado de prehistoria en el Colegio Universitario de Toledo durante el curso 1978-1979 y, a partir de 1980, en la U niversidad Complutense de Madrid hasta obtener, a finales de 1982, el estatuto de profesor colaborador con dedicación exclusiva, moderada e histórica reivindicación de mejora de las condiciones laborales de los también históricos, y ahora generalmente desmemoriados y acomodados, PNNs universitarios. Desde estos primeros años de dedicación a la enseñanza universitaria en España, toma cuerpo en Celso una concepción generosa, participativa y progresista del magisterio que se resume, cabalmente, en una máxima, capaz de ilustrar toda su labor docente, que repetía con cierta frecuencia: «el profesor debe alumbrar, no deslumbrar». Paralelamente a esta actividad científica y académica, el profesor Martín de Guzmán sienta las bases de una estrategia, coherente y ejemplar, de investigación arqueológica a medio y largo plazo en la isla de Gran Canaria. En 1975 inicia, con una prospección sistemática del territorio, la primera campaña de una serie de trabajos de campo en el valle de Guayedra que se perpetuarán, con alguna interrupción episódica, a lo largo de toda una década. De forma complementaria, va a desarrollar durante el bienio 1982-1983, esta vez en colaboración con otros amigos y colegas, nuevas indagaciones arqueológicas en dos importantes conjuntos prehispánicos de Gáldar: los caseríos y necrópolis de la costa de El Agujero y el complejo troglodita de la Cueva Pintada. El año 1984 representa, a todos los efectos, un punto de inflexión en su vida profesional y en su carrera docente. Por un lado, firmemente resuelto a retornar a Gran Canaria, gana un concurso-oposición a una plaza específica del cuerpo facultativo de conservadores de museos estatales, con destino en el Museo Canario de Las Palmas, de la que, ante la intransigencia interesada de los menos y la indiferente inhibición de los demás, jamás llegará a tomar posesión efec-hacen que la Consejt: ría de Educación. Cultura y Deportes quede en manos de los segundos. Celso, llevado por su ya antiguo compromiso ético con la defensa del patrimonio histórico del archipiélago y su sintonía crítica con el proyecto social y político del socialismo canario, acepta el cargo de asesor para asuntos de patrimonio que los nuevos responsables de este departamento le ofrecen. Desde este puesto, labora con perseverancia para la adecuada inserción de la gestión diferenciada de aquéllos en el organigrama administrativo regional. Así logra la creación de la Dirección General de Patrimonio Histórico, de la que será el más acérrimo defensor y, a partir de finales de ese mismo año, el primer titular. Con todo, su paso por esta administración fue breve. La anunciada y oportunista crisis' de la inestable coalición de gobierno, larvada desde su propia constitución. pone fin en 1993 a una gestión discutida y sin duda opinable. pero que, contrariamente a lo aireado por inconfesables intereses sectarios y reaccionarias banderías corporativas, sólo puede ser globalmente calificada de racional. posibilista y eficaz. Gestión que tuvo en la miseria presupuestaria. la hipoteca pactista de la pura y simple compensación territorial, la atomización de competencias impuesta por los cabildos insulares, y la ausencia de un marco jurídico específico, sus principales obstáculos y desafíos. La vuelta del profesor Martín de Guzmán a las tareas docentes, que había preparado, con la dedicación de un debutante, durante los meses que precedieron a su reincorporación a su puesto de la Universidad Complutense, fue prácticamente testimonial. Apenas llegado a Madrid, en febrero del pasado año, se le diagnostica la enfermedad que acaba fatalmente con su vida en un tiempo que, a pesar de su injusta escasez, Celso supo aprovechar con la fruición vitalista que caracterizó toda su existencia para reencontrarse definitivamente con los suyos. Sería un vano empeño, digno de más gratas circunstancias, pretender resumir en pocas palabras las aportaciones conceptuales y metodológicas de una obra diversa y densa, cuajada de matices, discordancias y sugerencias, que huye, como del diablo que el mismo Celso proclamaba con ironía poco antes de morir estar empeñado en echar de su propio cuerpo, del monolitismo conceptual y del esquematismo reduccionista. Difícilmente los coleccionistas y usuarios de «ismos» estarán de enhorabuena ante una pro-T. P., 52, n.o 2, 1995 Jorge Onrubia Pintado ducción científica y literaria de estas características y envergadura. Ni los apresurados, a menudo por necesidades curriculares, exégetas de una hermenéutica arqueológica de fortuna podrán aplicar. con impune comodidad, sus alambicados corsés taxonómicos. Ni los cada vez más numerosos practicantes de una pseudosociología de la arqueología a la moda, que no es sino una renovada manifestación de la impostura arrivista y de un carrerismo militante que oculta sistemáticamente sus propios intereses y servidumbres, encontrarán, sin esfuerzo, materia para alimentar sus habituales banalidades sobre la intencionalidad del discurso arqueológico. Bien es verdad que, para empezar. tal y como ilustra la relación bibliográfica adjunta. la dispersión y fragmentación de los trabajos del profesor Martín de Guzmán, y el restringido ámbito de difusión de muchas de las publicaciones que los acogen. no contribuyen en modo alguno a facilitar el acceso a los mismos. De otro lado, la enjundia teórica y el abigarramiento metodológico que destilan sus estudios se acomodan mal al recetario de la crítica urgente y no participante. cerrilmente obstinada en etiquetar, con el afán clasificatorio de una suerte de entomología académica de ocasión, biografías y obras completas. Así las cosas, no es de extrañar que Celso pase por ser, fundamentalmente a partir de su célebre comunicación al congreso de metodología arqueológica de Soria o de su menos comentado artículo aparecido en Revista de Occidente, ni más ni menos que un auténtico precursor, desde un tránsito catártico por el neo-positivismo lógico, de la arqueología estructuralista anglosajona. Sin embargo, de la misma manera, no es imposible encontrar, en éstos y en otros textos, evidentes paralelismos con el tipo de análisis literario del discurso arqueológico propuesto por el criticismo positivista de la escuela logicista francesa, articulada en torno a Gardin y Gallay, o con la reflexividad epistemológica, tendente a objetivar el proceso de objetivación, preconizada por Bourdieu. Su estructuralismo laxo y ambiguo, en el que el término estructura apenas sobrepasa la noción de realidad no aparente para aproximarse a veces, según los casos, a la idea de sistema o al concepto de modo de producción, intenta conciliarse, desde sus primeros trabajos, con un ambientalismo no determinista, casi consustancial con las arqueologías isleñas. Este ecologismo cultural, que a veces recurre a préstamos instrumentales del materialismo mecanicista y vulgar de Harris. coexiste. con inevitables fricciones. con la referencia continuada a un materialismo histórico terminológica y conceptualmente vacilante, más formal que real, en el que es fácil rastrear la influencia teórica del neo-marxismo estructural de Godelier. Pero, también, el impacto metodológico de la obra de Murra, junto a la inspiración, más episódica, de la arqueología materialista de Childe o del marxismo explícito de la historia social de Vilar o Fontana. Esta particular «arrogancia ecléctica», por utilizar sus propias palabras. se completa con reiterados guiños metodológicos al historicismo de la escuela de Viena, patentes por ejemplo en su concepto de horizonte cultural, con frecuentes y provechosas excursiones por el funcionalismo cientificista de la «nueva historia» francesa, o con su reciente interés por lo que podríamos denominar globalmente, por simplificar, «historias alternativas», como la historia feminista o la indigenista. En este permanente y elegante discurrir por los territorios fronterizos de la sincronía y la diacronía, la estructura y la coyuntura, lo ideal y lo material, lo individual y lo social, la antropología y la historia, la obra del profesor Martín de Guzmán se esfuerza en trascender las antinomias que minan el desarrollo de la ciencia social. Su trabajo aparece como una invitación a reflexionar, desde una complejidad intelectual que sólo puede ser cándidamente calificada de bastarda al amparo de las vulgatas teóricas y las ortodoxias epistemológicas anquilosantes, sobre la historia de la cultura. Si el legado científico y literario de Celso Martín de Guzmán se encuentra para siempre protocolado en sus publicaciones, yen los centenares de páginas que dejó inéditas, su memoria de hombre de bien está ya imborrablemente fijada en el recuerdo de todos los que tuvimos la inmensa fortuna de contarnos entre sus amigos. Cómo olvidar fácilmente su inteligencia natural y generosa, su cautivadora y barroca elocuencia, su ironía provocadora e insolente, su humor chispeante, su pluma ágil y afilada, su altiva intransigencia frente a la estulticia sectaria o la osadía bienintencionadamente ignorante. Cómo no evocar en este momento su vitalismo apasionado y contagioso, su antiguo y caballeresco sentido de la lealtad, sus maneras refinadas y anacrónicas, su proverbial desprendimiento que prodigaba con la liberalidad de los maestros clá-sicos o de los mecenas de la cristiandad renacentista con los que. en tono socarrón. gustaba compararse. Amigo de sus amigos. amante de sus amantes, buen compañero y mejor maestro, paisano locuaz y púdicamente cariñoso, conocido cortés sólo artificiosamente arrogante; somos muchos los que apenas empezamos a acostumbrarnos a echarle de menos en la intimidad de una confidencia o en la complicidad de una mirada. Yo, por mi parte, confieso que, a día de hoy"la ausencia definitiva de su fraternal compañía y la quiebra brutal de su afectuoso magisterio se me antojan trabajosamente soportables. Celso, ahora irrevocablemente, ni está, ni se le espera... BIBLIOGRAFÍA DE CELSO MARTÍN DE GUZMÁN La relación bibliográfica que sigue no recoge los numerosos artículos y colaboraciones publicados por el profesor Martín de Guzmán en la prensa diaria, fundamentalmente I canaria. Tampoco incluye sus textos aparecidos en folletos de muy diversa índole (discursos. presentaciones de programas de actos... ). 1976: a: «Fechas de Carbono-14 para la arqueología prehistórica de las Islas Canarias». Trabajos de Prehistoria, b: «Informe preliminar de los estudios arqueológicos del valle de Guayedra (Gran Canaria)>>. Trabajos de Prehistoria, 33:
Definir los contenidos, objetivos y metodología de la Etnoarqueología constituye una difícil tarea. Aunque el término había sido utilizado con anterioridad, su nacimiento como disciplina o heurística para el conocimiento del pasado se corresponde con el de la Nueva Arqueología americana, en tanto que una de sus Teorías de Alcance Medio. Como tal, implicaba toda una serie de asunciones teóricas rebatidas posteriormente por la corriente post-procesual. Ambas posiciones teóricas defienden modelos opuestos de concebir la Etnoarqueología, a la vez que ésta es confundida a menudo con la «Arqueología viva» o con la analogía etnográfica. La propuesta de estas páginas es doble: por un lado, se intentará clarificar el alcance y la especificidad de la Etnoarqueología frente a otras heurísticas desde una argumentación exclusivamente teórica; por otro, se planteará un caso concreto para ejemplificar las nuevas vías de aproximación al pasado que hoy ofrece la Etnoarqueología. La Prehistoria, como todas las Ciencias Sociales, atraviesa un momento interesante. Por (1) Este trabajo forma parte del estudio realizado durante los meses de marzo-mayo 1995 en el Departamento de Antropología de la Universidad de California, Los Ángeles (UeLA). La estancia fue financiada por una Beca Complutense Del Amo, concedida por el Rectorado de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, y posibilitada por la hospitalidad y generosidad de aquel Departamento, pero muy especialmente del Dr. Timothy Earle, a quien deseo agradecer las facilidades que, de todo tipo, me ofreció siempre para la realización del estudio. Al Dr. Antonio Gilman no sólo debo la posibilidad de haberlo iniciado, sino el haber conseguido, junto a Benedicte Gilman, hacerme sentir que Los Ángeles es una ciudad a la que cuesta trabajo abandonar. un lado. las len(kncias hisioricistas que han dominado su historiografía nos han permitido disponer en la actualidad de una sólida reconstrucción histórica de la mayor parle de las secuencias culturales en cada una de las zonas. La investigación centrada en la tipología o en la cronología de los restos materiales empieza. por ello. a resultar poco estimulante incluso a quienes siguen manteniendo posiciones historicistas. Pero. sobre todo. muchas de las premisas sohn.:: las que construía su conocimiento parecen puestas en cuestión. El desarrollo de las posiciones post-procesuales, tan insertas en la «Postmodernidad», hicieron tambalear la seguridad ontológica que parecían desbordar quienes confiaban en las posibilidades explicativas de los grandes modelos tradicionales -léase Materialismo Histórico o Ecología Cultural, por ejemplo--. Sin embargo, el relativismo en el que'algunos se dejaron caer no ofrecía ninguna alternativa válida que estimulara los estudios prehistóricos. ¿Para qué estudiar el pasado, si era imposible conocerlo? Dentro de este clima de duda e incertidumbre, de pérdida generalizada de las grandes convicciones de antaño, comenzamos a asistir al nacimiento, reposición o desarrollo de determinadas tendencias de análisis que empiezan a marcar un nuevo período en la Historia de la disciplina. Los nuevos acercamientos no consisten en la profundización epistemológica o en la discusión teórica de los antiguos modelos. Se alejan, igualmente, del énfasis frustrante en la toma de conciencia del subjetivismo inherente a todo conocimiento. En general, se trata de propuestas que tratan de encarar el conocimiento del pasado prehistórico desde vertientes diferentes a las tradicionales, en las que la cultura material constituía el único foco de interés. Aún si se trataba de integrar esta información en sólidas propuestas teóricas, los resultados tendían en general a centrarse en los aspectos materiales de las culturas, aquellos que se consideraban más susceptibles de contrastación empírica. Sin embargo, últimamente parece constatarse un interés por descubrir pautas más amplias de funcionamiento de las culturas, en las que tenga cabida la interrelación entre construcción simbólica y material de la sociedad, la lógica interna que posibilita la supervivencia de determinadas formas culturales. Es en este sentido en el que creo puede definirse una de las aportaciones de la Etnoarqueo-T. P., 52, n.o 2, 1995 Almudena Hemando Gonzalo logía al conocimiento de la Prehistoria europea. Ciertamente. la Etnoarqueología constituye la continuación de una ya larga tradición de estudio. iniciada en Estados Unidos a raíz de la evidente conexión entre restos arqueológicos y antepasados de los grupos indígenas actuales. Pero últimamente, las discusiones teóricas que está suscitando se presentan bajo una sensibilidad profundamente diferente, por lo que me parece interesante analizar cuáles pueden ser sus aportaciones actuales al estudio de la Prehistoria europea. Para ello. será necesario acotar primeramente el término definiendo su contenido, cuestión en absoluto cerrada ni mucho menos consensuada por quienes practican la Etnoarqueología. En segundo lugar, utilizaré, a modo de ejemplo del alcance y posibilidades que puede ofrecer hoy la Etnoarqueología, el planteamiento de un caso de estudio, sólo iniciado por el momento, entre los kekchíes de Alta Verapaz, Guatemala. LA ETNOARQUEOLOGÍA: DEFINI-CIÓN, OBJETIVOS, CONTENIDO Como se sabe, la Antropología americana fue la primera en relacionar evidencia arqueológica y comportamiento etnográfico, dada la relación directa entre los restos arqueológicos que se estaban excavando y los sucesores, vivos, de los grupos indígenas que los habían producido (Gould, 1974: 29). De hecho, la palabra «etnoarqueología» fue utilizada por primera vez en 1900 por Jesse W. Fewkes, para referirse a sus intentos de identificar yacimientos Hopi asociados tradicionalmente por los indios Hopi actuales a determinados mitos (Oswalt, 1974: 5). Por su lado, Pitt Rivers fue el primero en dar cabida en los estudios antropológicos a la cultura material, a través de sus análisis sistemáticos de colecciones etnográficas a principios de siglo (Oswalt, 1974: 9). Sin embargo, no fue hasta 60 años después cuando empezó a hablarse de etnoarqueología como una disciplina con identidad propia. Mientras, artículos como el de J ulian H. Steward (1942) habían tratado de llamar la atención sobre la importancia de las fuentes etnográficas para los estudios prehistóricos, pero sin mayores consecuencias. En 1958 se produce el primer intento monográfico de analizar informes etnográficos sobre cultura material con una perspec- liva arqueológica (Thompson. 1958). y es en 1967 cuando vuelve a aparecer el término «etnoarqueología» en un estudio de Oswalt y VanStone sobre la cultura material, y la información oral que sobre ella podía conseguirse, de un yacimiento esquimal ocupado entre 1840 y 1910 (Oswalt, 1974: 5). Pero los desarrollos existentes hasta ese momento no integraban en realidad una nueva disciplina. Se trataba, simplemente, de analizar con «perspectiva arqueológica» la cultura material de pueblos actuales, sin otras implicaciones o elaboraciones teóricas. En realidad. el nacimiento de la etnoarqueología como una disciplina con identidad propia, sobreviene con el desarrollo de la Nueva Arqueología americana. L.R. Binford, su principal representante, preocupado por el tema de la analogía etnográfica desde fechas tempranas (Binford, 1967), comenzó a desarrollar estudios sistemáticos, caracterizados por la exhaustividad en la recolección de información, sobre la utilización y dispersión de la cultura material entre los Nunamiut de Alaska (Binford, 1978). De esta manera, una de las manifestaciones de la Nueva Arqueología (no olvidemos que uno de los hitos que marcan su constitución como corriente de pensamiento fue el artículo de Binford (1962) «Archaeology as Anthropology») fue el desarrollo de estudios sobre grupos actuales para derivar analogías útiles a la comprensión del modo de vida de los grupos prehistóricos. Ahora bien, todos estos desarrollos compartían un cuerpo teórico y unas asunciones básicas perfectamente definidas. Como sabemos, la Etnoarqueología formaba parte de la Nueva Arqueología en tanto que una de sus llamadas Teorías de Alcance Medio. Es decir, se trataba de un intento de elaborar generalizaciones en forma de ley que dieran cuenta de las condiciones -económicas, sociales, ambientales o ideo-lógicas-en las que un determinado tipo de comportamiento o el material que resulta de ese comportamiento pueden aparecer. Las Teorías de Alcance Medio son generalizaciones de nivel medio que intentan conectar el estático registro arqueológico con la dinámica actividad social de la que es resultado. No intentan dar explicaciones globales sobre procesos de cambio cultural, sino llegar a conocer qué tipos de comportamientos pueden originar los conjuntos de cultura material que encontramos en los yacimientos. Por todo ello. la Etnoarqueología asume principios a) evolucionistas y b) positivistas. a) Los primeros, porque su aplicabilidad reside en la convicción de que existen similitudes entre distintos procesos de transformación cultural; que existen condiciones de comparabilidad entre desarrollos culturales diferentes, porque los grupos humanos se transforman siguiendo unas tendencias que pueden generalizarse. Se ha denominado «uniformismo» a esta asunción. b) Los segundos, porque considera que existe una correlación que se repite entre determinados comportamientos humanos y el registro material que producen, por lo que, averiguada dicha correlación en grupos vivos, puede suponerse la misma en grupos del pasado. Se asume así que el registro material es un reflejo directo del comportamiento humano. Ahora bien, semejantes presupuestos fueron seriamente discutidos desde las posiciones postprocesuales, que propusieron un enfoque esencialmente diferente para este tipo de estudios. Como sabemos, la arqueología «contextual» proponía la sustitución de las Teorías de Alcance Medio por el análisis del contexto social y conceptual de la producción de la cultura material (Hodder, 1988: 141). A su juicio, una relación cultural universal entre lo estático y lo dinámico resulta imposible, dado que intervienen los principios de estructuración, históricamente contextuales. Así pues, la Etnoarqueología debería estudiar cada cultura desde «el interior», para comprender las pautas culturales de cada caso, inseparables por cierto, «del sentido estético y de la calidad emocional del deseo, del orgullo, etc.» Como vemos, definir el contenido y alcance de la Etnoarqueología no es fácil. Para hacerlo, habría que comenzar por aclarar y definir sus objetivos, metodología y presupuestos, para lo cual parece oportuno intentar disolver ciertas confusiones y solapamientos con estudios que, a mi juicio. no pueden definirse como etnoarqueológicos si utilizamos el término senSli strictu. Sin embargo, así se autodefinen en la bibliografía. De hecho, en un excelente trabajo de síntesis, V. Fernández Martínez (I994: 137) ofrece el amplio espectro de trabajos que podemos encontrar bajo ese epígrafe. Para ello, diferencia dos definiciones de Etnoarqueología: una en sentido amplio y otra en sentido estricto. La primera incluiría todas las relaciones entre Antropología y Arqueología, desde la utilización de paralelos etnográficos aislados a la interpretación arqueológica, hasta la elaboración de leyes transculturales generales. La segunda haría alusión al trabajo de campo etnográfico realizado con criterios arqueológicos, para obtener infor-. mación relativa a la cultura material, aspecto descuidado por los antropólogos tradicionales. A'Partir de ahí, pasa revisión a los principales resultados concretos (clasificados en los concernientes a «la formación del depósito arqueológico», «tecnología y subsistencia», «organización social» y «arte y ritual» )(v. también Orme, 1981). Ahora bien, ¿pueden considerarse etnoarqueológicos todos los trabajos que así han sido denominados si nos atenemos estrictamente a la definición y contenido original del término? A mi juicio, en un orden de progresiva abstracción, puede hacerse alusión a tres focos de confusión general alrededor de la Etnoarqueología que nos ayudarán a definir su alcance y contenido: 1) el que se refiere a su identificación con los procedimientos y técnicas empleados para la obtención de información de primera mano utilizable en un razonamiento analógico. 2) la identificación entre Etnoarqueología y Analogía Etnográfica. 3) la definición del ámbito cultural objeto de estudio por parte de la Etnoarqueología. Etnoarqueología y ~Arqueología viva» Desde comienzos de siglo, como veíamos al principio, se ha identificado a veces la Etnoarqueología con el estudio de la cultura material de pueblos vivos desde una perspectiva arqueológica. De hecho, la Antropología ha olvidado sistemáticamente la éultura material como parte esencial de la definición de cada cultura. Es muy T. P., 52, n.o 2,1995 Almudena Hemando Gonzalo difícil encontrar estudios etnológicos que poder utilizar con propiedad como fuente de analogías con la Prehistoria, debido al desinterés mostrado en sus páginas por la cultura material, punto de contacto y de interés para el arqueólogo. De ahí que sea necesario desarrollar este tipo de análisis, hasta ahora inexistentes, y que sólo un investigador entrenado arqueológicamente disponga de la metodología adecuada para hacerlo. Para continuar el argumento, debe hacerse siquiera una mínima alusión a las dificultades que han caracterizado las relaciones entre Antropología y Arqueología (en el sentido norteamericano del término, como disciplina que estudia el pasado). Como han señalado diversos autores (Leone, 1972: 16; Smith, 1976: 275-6; Gould, 1980: 2-3), la Arqueología no historicista se ha venido desarrollando como una disciplina «receptora» de las ideas y conocimientos generados en otra disciplina «donante», la Antropología. Los arqueólogos han seguido punto por punto los avatares de la discusión antropológica, en busca de sugerencias, leyes, ideas que poder aplicar al estudio del pasado. De hecho, dos de los textos clave para explicar el nacimiento de la Nueva Arqueología americana, que tantísima fuerza ha tenido y tiene en ese continente fueron «Archaeology as Anthropology» (Binford, 1962) y «Archaeology systematics and the study of culture process» (Binford, 1965), donde quedó claramente establecida la vinculación dependiente de la Arqueología respecto de la Antropología. En este sentido, la Arqueología ha sido considerada, a menudo, como una disciplina secundaria, cuyo objetivo esencial, el estudio de la cultura material, podía complementar, como mucho, el conocimiento que de las culturas ofrecía la Antropología, pero que nunca ofrecería sus propios métodos y sistemas de análisis, que nunca sería autónoma. Los aspectos más interesantes del comportamiento humano sólo pueden aspirar a conocerse, a juicio de los antropólogos, a través del estudio de sociedades vivas, por lo que la Arqueología siempre ocuparía un lugar oscuro e irrelevante en el camino hacia dicho conocimiento. Además, paradójicamente, a medida que los arqueólogos se interesaban por el estudio de los procesos de cambio en el comportamiento humano del pasado, y no sólo de la cultura material, se hacían aún más dependientes de la Antropología, por lo que no parecía encontrarse solución a este dilema: o se queda- ban reducidos a meros cronistas de sucesos particulares del pasado, si mantenían su historicista alejamiento de la Antropología, o se veían obligados a utilizar información de segunda mano, elaborada por los antropólogos a partir de los etnólogos que trabajaban con las culturas vivas (Gould, 1980: 3). Dados estos precedentes, puede ser más fácil entender el auge que determinados estudios etnológicos de campo realizados por arqueólogos tuvieron dentro de nuestra disciplina. y, fundamentalmente, entender por qué estos estudios fueron llevados a cabo esencialmente en Estados Unidos, escenario de las competencias y conflictos entre ambas disciplinas. En efecto, a partir de finales de los años 70 y durante toda la década de los 80, comienzan a proliferar en la bibliografía especializada detallados estudios etnográficos de sociedades vivas, contemporáneas, realizados bien por arqueólogos o bien por etnógrafos entrenados arqueológicamente (Gould, 1980: 3). Se trataba de un intento, por parte de los arqueólogos de superar las limitaciones inherentes a sus datos, sin que ello supusiera una dependencia paralela de las informaciones ofrecidas por la Antropología Social y Cultural. O, como tan acertadamente define Gould (1980: 3), se trataba del «desarrollo de un nuevo tipo de Antropología que está basado en las habilidades de observación e interpretación que son peculiares de la Arqueología». Esto es, por primera vez, los arqueólogos estaban planteando principios generales con los que conectar comportamiento humano y cultura material, obteniendo con ello conclusiones que, en absoluto, dependían del campo teórico de la Antropología, y que, sin embargo, podían complementar su conocimiento. La preocupación prioritaria de los arqueólogos por la cultura material estaba estimulando nuevas formas de registro etnológico (Gándara, 1990: 46). A este tipo de estudios, consistentes en la obtención de información de primera mano sobre el comportamiento humano, mediante trabajo etnográfico realizado por arqueólogos se le ha llamado Etnoarqueología. Pero ¿se trata en realidad de Etnoarqueología? Es decir, ¿es Etnoarqueología el conjunto de principios, métodos y técnicas destinados a la obtención de información etnográfica con fines de razonamiento analógico en Prehistoria? R.A. Gould (1968) inventó el término «Arqueología viva» (<<living archaeology») para Como bien señalaba Gould, (v. supra), la «Arqueología viva » puede ser parte de I.a Et~~ arqueología. pero no necesariamente se IdentIfIca con ella. Etnoarqueología y Analogía Etnográfica Una de las confusiones más recurrentes en la bibliografía es la que se refiere a los contenidos, métodos y objetivos de la Etnoarqueología y de la analogía etnográfica. A mi juicio, la Etnoarqueología y el uso de la analogía etnográfica son dos modos de aproximación al pasado prehistórico profundamente diferentes, por lo que su confusión sólo conduce a la descalificación de los resultados de una y otra cuando se intentan juzgar como lo mismo o a la obtención de resultados poco fiables cuando no se tienen claros sus respectivos niveles de geperalización. La analogía etnográfica forma parte inevitable del razonamiento arqueológico. No hubiéramos podido imaginar un pasado diferente de nuestro presente si no fuera por la evidencia de un presente también diferente; no hubiéramos atribuido funcionalidades o usos, y ni siquiera hubiéramos podido clasificar determinados objetos de no ser por la analogía etnográfica. La atribución de significados a objetos, estructuras, espacios, etc., su identificación, no hubiera podido realizarse sin ella. Desde el comienzo de su Historia como disciplina, la Arqueología basó muchas de sus reconstrucciones en la analogía etnográfica. Como ya demostró Orme (1974Orme (,1981)), el impacto que el creciente conocimiento de otros pueblos había tenido en la sociedad occidental fue fundamental a la hora de poder plantear las primeras imágenes de la Prehistoria con una apariencia diferente a la del presente; por su parte, el reconocimiento de los mismos tipos de artefactos que los hallados en los yacimientos arqueológicos, en grupos vivos, permitió atribuirles un origen y una función ajenos ya a los míticos o mágicos, que en principio les fueron atribuídos (Wylie, 1985: 65). De hecho, Wilson (1851), Evans (1860) o las primeras interpretaciones del Arte Paleolítico hicieron depender con exclusividad de la analogía sus conclusiones (Yellen, 1977: 2), porque, sencillamente, no era posible reconstruir una imagen del pasado sin llenarla de imágen~s del presente. Se explicite o no, toda reconstrucción del pasado es analógica T. P., 52, n.o 2,1995 en algún sentido. Ahora bien, ello no significa que pueda pensarse el pasado integrando indiscriminadamente retazos del presente, tal y como sucedió durante toda la primera parte de nuestro siglo (v. Los excesos alcanzados llevaron a profundizar seriamente en el alcance y posibilidades de aplicación de la analogía como método de razonamiento en Arqueología (Wylie, 1985; Kent, 1987; Gándara, 1990) y recientemente, empiezan a precisarse sus límites con la Etnoarqueología (2). Como bien señala Gándara (1990: 52), la argumentación por analogía es un «procedimiento que subyace en la expansión del conocimiento que caracteriza incluso a aplicaciones del sentido común»; y que se define por la «aplicación básica del procedimiento de inferencia inductiva, de proyección de lo conocido a lo desconocido». Es decir, la argumentación por analogía consiste en suponer que si tenemos dos contextos dados, que comparten determinadas características, podemos asumir que otra determinada característica, presente en el contexto fuente de la comparación, es también presumible en el contexto objeto de la analogía. Ahora bien, como sigue señalando dicho autor (Gándara, 1990: 55), no sólo se trata de comparar propiedades comunes, sino de poder establecer que éstas son más abundantes que las propiedades que ambos contextos no comparten; y además, es necesario establecer que las propiedades que comparten son relevantes. Estas dos últimas condiciones han sido, precisamente, el centro de la discusión sobre la legitimidad del «enfoque histórico directo» basado en la aplicación de la llamada analogía «continua» (Gould, 1980: 35). Este tipo de analogía vincula, en una secuencia ininterrumpida estratigráficamente, los procesos culturales que intenta conocer/explicar/interpretar el arqueólogo, con los contextos de desarrollo de los actuales habitantes de la zona. Su definición se hace por oposición a la analogía «discontinua», que ofrece modelos de adaptación cultural observados en áreas muy lejanas en tiempo o espacio a las arqueológicas cuya interpretación se desea, pero con las mismas características ecológicas y ambientales (Gould, 1980: 34). (2) Sirva de inmejorable ejemplo la comunicación «Ethnoarchaeology: what is it good for?», presentada por S. Kent al World Archaeological Congress-IIl, celebrado en Delhi. En general. se ha supuesto que la analogía «continua» ofrecía mucha mayor garantía de aplicabilidad que la «discontinua». Sin embargo. en diversos ámbitos (Gould,19~0: 35, por ejemplo) se ha cuestionado dicha convicción, dado que en todo caso. el contexto fuente que estamos utilizando es siempre una sociedad contemporánea. Y esto significa que cualquiera que sea el grupo o la zona donde se centre el análisis. pertenece, en general, a una órbita de actuación e influencia socio-política que puede haber transformado los parámetros más básicos que estructuran dicha sociedad, y por tanto, la relación de sus actividades con la cultura material que producen (v. el caso de Vogt y los indios mayas de los altos de Chiapas en Gándara, 1990: 55-56). Se ha escrito mucho sobre aplicabilidad de la analogía entre rasgos de sociedades del presente y del pasado y en general, entre sociedades diferentes, bien en tiempo, bien en espacio. Desde cualquier posición teórica que podamos adoptar es necesario una base de semejanza que haga viable la comparación. Así, por ejemplo, desde una posición marxista (Gándara, 1990: 68) la viabilidad de la analogía está en función del grado de semejanza estructural que presenten el contexto fuente y aquel que se intenta conocer. Ahora bien, si tomamos al pie de la letra este principio, «nos quedamos inmediatamente sin análogos para la formación cazadora-recolectora, la formación tribal y la clasista inicial» (Gándara, 1990: 68). Ello, según Gándara, nos enfrenta a un serio dilema: por un lado, «si todo lo que podemos aprender sobre el pasado está en el presente, entonces no tiene mucho sentido estudiar el pasado; por otro lado, si para estudiar el pasado hemos de depender de la existencia de casos "legítimos" (esto es, históricamente comparables, homotaxiales), entonces hemos de aceptar que no existen análogos para muchos problemas de interés central. La analogía etnográfica sería irrelevante para la arqueología. porque la arqueología misma sería irrelevante» (Gándara, 1990: 69). Así pues, ¿tiene sentido, en la presente coyuntura de la disciplina, la aplicación de analogías etnográficas? Creo que la respuesta depende del tipo de conocimiento a que aspiremos a través de ella. Y la definición de éste viene ligada a la que demos a la cuestión que está guiando la elaboración de estas líneas: ¿es Etnoarqueología la analogía etnográfica? ¿Hacemos Etnoarqueología cuando compara-mos dos contextos históricos concretos, suponiendo que las características comunes son suficientes. y relevantes. y que por tanto. podemos asumir la presencia en el contexto más desconocido de otras características asociadas a las primeras en el contexto "visible "? ¿Tienen ambas el mismo objetivo de conocimiento? Susan Kent (3) ha centrado en este punto una discusión reciente. que servirá de base para las puntualizaciones que, a modo de respuesta, podría~ hacerse sobre estas cuestiones. Sin embargo. antes de desarrollarlas, convendría anticipar la crítica que, de seguro, puede hacerse a toda la argumentación que sigue, y que se deriva del hecho irrenunciable de que toda ella se sostiene sobre un paradigma procesual, positivista. ya que en él nació y se ha desarrollado la Etnoarqueología. Además, es dentro de este paradigma donde se confunden ambas heurísticas (la Arqueología post-procesual, por razones obvias, nunca aplicaría la analogía etnográfica), por lo que considero oportuno establecer desde ella sus diferencias. Más tarde (punto 3) tendremos oportunidad de precisar la idoneidad yoperatividad de este tipo de asunciones. Para delimitar las diferencias que pueden concebirse entre ambas, es preciso volver a recordar que la Etnoarqueología surgió con el desarrollo de la Nueva Arqueología como una de sus Teorías de Alcance Medio. Así pues, por pura definición, puede empezar por señalarse que: 1°) Mientras la analogía etnográfica establece semejanzas entre casos particulares, la Etnoarqueología hace generalizaciones que aspiran a tener rango de ley. Esto quiere decir que mientras la analogía etnográfica compara casos etnográficos particulares con casos arqueológicos particulares, la etnoarqueología busca la generalización: su objetivo es llegar a comprender bajo qué circunstancias puede esperarse un cierto tipo de comportamiento o la aparición de un' cierto registro material (Gilman, 1987: 540). Para ello, necesita construir modelos de comportamiento derivados de estudios etnográficos comparativos que garanticen que dichos modelos no están vinculados a un período o cultura particular (4). V. nota (2), pág. 9 del trabajo original. 2") Es decir. la analogía etnográfica establece comparaciones puntuales entre dos culturas --del presente y del pasado-concretas. La etnoarqueología. en cambio. revisa la variabilidad presente en el registro etnográfico respecto a un cierto comportamiento, proceso de cambio, etc. Si de la contrastación del modelo propuesto en los casos revisados puede derivarse alguna regla general aplicable a todos ellos, podrá entonces presumirse que dicha regla será aplicable también a las culturas del pasado. Es decir, «una vez que un modelo se ha validado en distintas culturas y los factores que influyen en la variabilidad del modelo han sido comprendidos. puede considerarse apropiado para su aplicación a los datos arqueológicos, que no sólo son de una cultura diferente, sino además, de un tiempo diferente» (5). 3°) Esto nos lleva a una distinción más entre analogía etnográfica y etnoarqueología: la primera extrapola los términos bajo comparación de sus respectivos contextos culturales. Es decir, establece identidades de funcionamiento, uso, etc., entre elementos que pertenecen a culturas muy alejadas en tiempo o espacio, sin prestar mayor consideración a las diferencias del resto de las características culturales. Sin embargo, la principal preocupación de la etnoarqueología es exactamente la opuesta: llegar a comprender en qué contextos culturales, bajo qué condiciones socio-económicas, ideológicas o ambientales, puede aparecer un determinado modelo de comportamiento. Lo que nos lleva a que: 4°) La analogía etnográfica se ocupa de los elementos que integran la cultura, mientras que la etnoarqueología está preocupada por los contextos culturales (6). O lo que es lo mismo: 5°) La analogía etnográfica es descriptiva: identifica el uso, función, relación con, etc., de objetos, estructuras, espacios, áreas de actividad, etc.; la etnoarqueología, en cambio, es explicativa/interpretativa: intenta comprender qué condiciones deben darse en una cultura para que aparezcan determinados rasgos en su cultura material. 6°) La etnoarqueología tiene como resultado la obtención de generalizaciones en forma de (5) V. nota (2), ¡)ág. 7 del trabajo original. T. P., 52, n.o 2,1995 Almudena Hemando Gonzalo ley. o de proposiciones generales (v. infra) que pueden aplicarse no sólo a culturas del pasado. sino también del presente. Es decir, establece contextos de funcionamiento, causas o significados similares en culturas diferentes; si la diferencia reside en el tiempo o en el espacio resulta irrelevante. Así pues, todas estas condiciones debieran permitir diferenciar estudios etnoarqueológicos sensu stricfU de estudios de analogía etnográfica preocupados por obtener mediante trabajo directo de campo (<<arqueología viva») datos de primera mano que poder aplicar a un caso particular del pasado. Como claramente se establece, la diferencia no radica sólo en estudiar uno o más casos particulares. sino en el tipo de información que se busca y en el grado de generalización que ésa permite. Así pues, aunque la laxitud con que se ha empleado el término Etnoarqueología ha permitido acoger estudios de analogía etnográfica, ambas heurísticas, útiles y lícitas para el conocimiento de las culturas del pasado, tienen, sensu strictu contenidos, objetivos y alcances diferentes. ¿Qué ámbito cultural estudia la Etnoarqueología? Como hemos visto, el enfoque procesual, iniciado con la Nueva Arqueología liderada por L.R. Binford, y el post-procesual, a cuya cabeza encontramos a 1. Hodder, han defendido posiciones diametralmente opuestas en relación a la Etnoarqueología. Mientras los primeros buscaban generalizaciones en forma de ley que poder aplicar a distintas culturas, los segundos negaban siquiera su posibilidad, dado que lo relevante de una cultura es el código de significados particulares que constituye la clave de su funcionamiento. De una manera sintética, puede resumirse la oposición entre ambas a través de los siguientes rasgos (David, 1992: 334): 1) uso preferencial, por parte de los procesuales, de enfoques cuantitativos y de la inferencia estadística, dado el positivismo que les define. Como sabemos, la Nueva Arqueología pretendía adoptar los métodos y técnicas de las Ciencias Naturales como los únicos que podían garantizar la objetividad del conocimiento; 2) un interés por conocer el comportamiento de los grupos humanos de los primeros, frente al interés de los postprocesuales por el significado oculto de ese.3) un énfasis de los primeros en el contexto de la justificación de una hipótesis sobre el del descubrimiento, que caracterizaha a los segundos. De hecho. para Binford (1968: 18), la analogía sólo era el punto de partida de una hipótesis que habría de ser independientemente evaluada (Gándara. 1990: 75). lo que garantizaba la objetividad de las conclusiones finales, sin depender del origen o carácter de la analogía (v. El argumento era compartido por los marxistas para quienes. «a fin de cuentas, si somos materialistas, la palabra final la tiene la realidad» (Gándara, 1990: 67). Sin embargo, desde la Arqueología Con textual la hipótesis sobre el significado de los códigos que se manifiestan en la cultura material sólo puede derivarse del conocimiento interno de una cultura, por lo que es el planteamiento de la hipótesis la única y total aspiración del etnoarqueólogo; 4) un énfasis de los procesuales en la deducción, como consecuente derivación de la aspiración a asemejarse en sus métodos a los de las Ciencias Naturales, frente al énfasis en la inducción de los post-procesuales. Para éstos, la particularidad del funcionamiento de los códigos de significado en cada cultura, obliga a un procedimiento de inferencia inductiva para conocerlos; y 5) la confianza que los primeros depositan en la existencia de leyes trans-culturales que puedan explicar determinados aspectos culturales -en el caso de la Etnoarqueología las que dan cuenta de la relación entre cultura material y comportamiento humano-o En contra, el interés de los segundos por el estudio de lo que denominan la «pauta cultural» que define a cada grupo humano, en la suposición de que consiste en relaciones de significado que se manifiestan en cada una de las expresiones culturales de un modo particular y no generalizable a ningún otro. Pero las diferencias que existen entre ambas van más allá, pues están referidas al ámbito de la cultura por el que cada una de ellas se interesa. La escuela procesual únicamente tiene en consideración lo que Goodenough (1964) definió como el «Orden Fenomenológico» de la Cultura, que estaría integrado por las «actividades», pautas de comportamiento, etc., vinculadas a las esferas tecnológica, social o ideológica, y manifestadas a través de la cultura material (David. El interés de la etnoarqueología procesual es establecer regularidades en forma de ley que expliquen la formación de ese registro material a partir del Orden Fenomenológico que lo ha creado. Es decir, su objetivo es establecer la relación entre el dinámico comportamiento humano y el estático registro arqueológico: qué tipos de comportamientos y actividades pueden haber originado determinadas funciones, usos, dispersión o asociaciones de elementos materiales. En un principio, los procesuales aspiraron a poder encontrar leyes_que pudieran «prescribir la naturaleza funcional de los fenómenos» (Stickel y Chartkoff, 1973: 665 en Gould, 1980: 41), lo que es igual a leyes de dependencia funcional en las que no tenía cabida el factor tiempo. Conside-' raban que el objetivo de la arqueología era descubrir las pautas y tendencias generales del comportamiento humano, en lugar de preocuparse por historias particulares de individuos o comunidades (Gould, 1980: 41). Numerosas voces se levantaron frente a semejante declaración de principios, arguyendo la implicación de la Arqueología con la totalidad del comportamiento representado en los restos que estudia. A consecuencia de ello. se propuso sustituir la búsqueda de «leyes» generales de comportamiento por la de «proposiciones» de distinta índole que dieran cuenta de los distintos comportamientos ohservables en el pasado (Gould, 1980: 41). Como resultado, la etnoarqueología pasó a definirse como la disciplina que «intenta observar relaciones entre los requerimientos esenciales para sostener la vida humana en unas situaciones dadas y las formas en que la gente se comporta en respuesta a esos requerimientos» (Gould, 1980: 43). La explícita declaración de Gould (1980: 43) no deja lugar a dudas: como etnoarqueólogos, nuestro objetivo principal es «comprender la naturaleza esencial de estas relaciones, y no descubrir una "cosa" denominada cultura o incluso culturas particulares».. El problema de este planteamiento es que, necesariamente, presenta conclusiones de alcance reducido, afectando esencialmente a comportamientos técnicos o sociales (David, 1992: 351). Además, el tipo de conclusiones que alcanzaban fueron ridiculizadas por muchos, al considerarlas de un nivel tan amplio de generalización, que no resultaban informativas. Sin embargo, la cultura no estaría integrada sólo por dicho nivel de actuación de las estructuras, sino también por aquel otro donde éstas se definen, lo que Goodenough (1964) llamó el Orden Ideacional. Éste estaría integrado por las ideas, valores, normas y representaciones que sirven de materia básica para la construcción del orden cultural (David, 1992: 334). Es decir, constituiría el patrón de racionalidad de cada sociedad, la definición de los parámetros esenciales de identidad de un grupo social. Este Orden Ideacional no puede pensarse, en modo alguno, aislado o previo al Orden Fenomenológico de la Cultura. Su definición no puede concebirse sino en una relación de estrecha interrelación con éste, de manera que sólo a través del conoci-. miento de uno puede entenderse el otro y viceversa. A su vez, sólo entendiendo ambos como parte de un conjunto más amplio integrado por el medio en el que se desarrolla esa cultura y las relaciones que se establecen con otros órdenes culturales podremos dar cuenta de sus respectivas características (Fig. 1) (David, 1992: 334). Así pues, sólo entendiendo las relaciones entre ambos órdenes podremos entender el comportamiento de una determinada sociedad, T. P., 52, n.o 2, 1995 Almudcna Hemando Gonzalo yen consecuencia la cultura material que de ése se deriva. Desde este punto de vista, pierde sentido la aproximación procesual a la Etnoarqueología, donde se intenta conectar registro arqueológico con comportamientos socio-tecnológicos generalizables a lo largo del tiempo y del espacio. Sin embargo, lo mismo sucede con la aproximación protagonizada por la escuela post-procesual que, con 1. Hodder a la cabeza, propuso una Etnoarqueología dedicada a desvelar los códigos de significado ocultos en la cultura material. Es decir, la conexión volvía a demostrarse insuficiente, ya que únicamente se establecía entre la cultura material y el orden ideacional, sin prestar al orden fenomenológico de la cultura más atención que la necesaria para desvelar aquél. La Etnoarqueología se convertía así en una disciplina de objetivos exclusivamente particularistas, cuyas conclusiones sólo aspiraban a comprender la estructura que informaba la cultura en la que se estaba trabajando, a descubrir las normas e ideas que definían, individualizando, a cada grupo humano. Como muchas de sus propuestas (Ruiz el alii, 1988: 15), su aplicación sólo tenía sentido en el presente, con grupos vivos; pero dada su negación del «uniformismo» y la desaparición de las sociedades del pasado, resulta verdaderamente difícil imaginar la contribución concreta que podría aportar a los estudios prehistóricos. Puestas así las cosas, dadas las decepciones que tanto los planteamientos procesuales como los post-procesuales han provocado a sus propios defensores, y dado el clima de cierta insatisfacción que, como decíamos al principio, parece respirarse hoy en la Prehistoria europea, ¿qué sentido puede tener hoy hacer Etnoarqueología? A mi juicio, puede suponer una vía de salida a la presente situación, ofreciendo una atractiva alternativa para seguir profundizando en el conocimiento del pasado. Pero para ello, el énfasis debe situarse en la relación entre el orden ideacional y el orden fenomenológico de la cultura, en lugar de enfocar el análisis de cualquiera de ellos por separado. Quiero decir, que sólo entendiendo la profunda interrelación entre pautas de racionalidad y orden social podremos entender las pautas observables de la cultura material que esa sociedad produce. En este sentido, como bien apunta David (1992: 351), <<la etnoarqueología se está haciendo menos restringida a los tópicos de interés arqueológico específico e inmediato». Creo que la Etnoarqueología puede ofrecernos referencias que sirvan para ir construyendo un marco de comprensión general de una cultura. Puede señalarnos qué tipo de racionalidad debió estar presente para que se formara determinado registro material: o al menos, indicarnos qué pautas de racionalidad no pudieron estar presentes y por tanto, cómo no debe pensarse en determinados comportamientos -ideológicos, sociales, tecnológicos-como agentes de dicho registro. Para ilustrar el alcance de la información que creo puede obtenerse desde este nuevo planteamiento, utilizaré un caso de estudio particular, limitándome a esbozar el planteamiento que lo sustenta dado el estado preliminar del trabajo (8). Como todos sabemos, el Neolítico europeo fue una fase histórica caracterizada por cambios trascendentales en la cultura. Tradicionalmente éstos se identificaron con la aparición de determinados restos materiales: las especies domésticas, la cerámica o la piedra pulimentada. Sin embargo, hace tiempo que se viene señalando (Hernando, 1994) que esta aparición no trajo aparejada una transformación relevante del orden cultural. Éste sólo se habría producido al final del Neolítico, cuando hacen su aparición las aldeas, las necrópolis o una tecnología más especializada, indicadores, todos ellos, de un patrón de racionalidad diferente (Criado, 1989; Criado, 1993: 40; Vicent, 1990). Pero si el registro material presenta esta transformación es porque el binomio orden ideacional-fenomenológico es también distinto, porque se han alterado las pautas básicas de funcionamiento de la cultura, tendentes ahora a un mayor nivel de complejidad: «surgimiento de (8) Financiado gracias a la concesión de un Proyecto a Grupos Precompetitivos (PR 19/94-5375/94) de la Universidad Complutense de Madrid, bajo el título: «Pautas de poblamiento y ocupación del territorio en el área kekchí de Chahal (Alta Verapaz. Guatemala)>>.. la tecnología como eskra especializada de actividad (... ), aparición de racionalidades económicas maximizadoras de la productividad, emergencia de formas monumentales de expresión del poder, despuntar de las primeras imágenes del tiempo como base de la tradición y la memoria social» (Criado, 1993: 40). y esta transformación de las pautas de racionalidad y de las actividades de una cultura se produce de manera simultánea y esencialmente similar en gran parte de Europa. como nos han demostrado las secuencias particulares de desarrollo tan detalladamente reconstruidas en la mayor parte de su territorio. Personalmente, considero prioritario investigar las claves de dicha transformación, si queremos comprender después las características particulares que luego revestirá la cultura en cada uno de los casos. Para ello, he fijado la atención en dos parámetros esenciales para la construcción de cualquier orden cultural: la percepción del tiempo y que un grupo humano tiene del espacio parece objetivable a través de la disposición. visibilidad. carácter. etc. de los elementos que lo integran. resulta difícil imaginar cómo puede investigarse la percepción que dicho grupo tenía del tiempo. y, sobre todo. en qué medida dicha percepción puede resultar relevante para comprender el comportamiento. proceso de cambio. etc.. del grupo bajo análisis. Sin embargo. considero que el intento de averiguar cuáles son las pautas de racionalidad basadas en los parámetros tiempo-espacio que se asocian a una economía de caza-recolección, a una economía de agricultura de subsistencia y a una economía maximizadora de beneficios, puede constituir una vía enormemente fructífera en la profundización de las claves fundamentales del cambio que se produce en el Neolítico. Mi objetivo. por tanto, consiste en desvelar las pautas de racionalidad esencial que se asocian a cada tipo de construcción social y a su racionalidad económica, esto es, a su Orden Fenomenológico en palabras de Goodenough. No pretendo establecer analogías entre grupos actuales y determinadas fases de la Prehistoria, sino llegar a averiguar cuáles son las pautas comunes que permiten y a la vez son resultado de, en una interrelación retroalimentada, la existencia de cada una de las modalidades de relacionarse con el entorno que el hombre ha sido capaz de desarrollar. En este sentido, el objetivo de mi búsqueda son proposiciones generales sobre la relación entre el Orden Fenomenológico y el Orden Ideacional de la cultura que, por poder generalizarse en los diferentes grupos vivos que paulatinamente irán siendo objeto de análisis, sean igualmente de aplicación a los que protagonizaron la Prehistoria. Para comenzar el análisis he elegido a los kekchíes, un grupo de agricultores de subsistencia que habitan en las montañas que rodean el municipio de Chahal, Departamento de Alta Verapaz, Guatemala (Fig. 2). La estructura de organización de los Kekchíes está perfectamente definida, a través de lo que E. Wolf (1955Wolf (, 1968Wolf (, 1982) ) llamó una «comunidad corporativa cerrada», que, a su juicio, constituye uno de los dos tipos principales de formaciones campesinas de Latinoamérica. Esta forma de organización podría definirse (Wolf, 1955: 456-461) por establecerse en tierras marginales, usar tecnología tradicional, mantener el grado de pobreza necesaria para preservar el T. P., 52, n.o 2, 1995 Almudena Hemando Gonzalo orden cultural tradicional (hasta el punto de poder definirse un «culto a la pobreza»). la jurisdicción comunal sobre el libre uso de la tierra. un sistema político-religioso que define los límites de la comunidad y es el símbolo de la unidad colectiva. un rechazo activo de la posibilidad de encontrar alternativas culturales que pudieran transformar su orden cultural y la familia nuclear como base del sistema. El mantenimiento del orden tradicional, del orden interno de la comunidad, es el objetivo absolutamente prioritario del kekchí. Y éste. viene dado, en esencia, por su vinculación al sistema de cultivo de la milpa, que vertebra las categorías de tiempo y espacio, la cosmogonía kekchí (Medina, 1990: 457). Así pues, mantener el orden interno y, en definitiva, sobrevivir con identidad cultural propia, deriya del mantenimiento del modo productivo. Este no ha cambiado en los últimos tres mil años: consiste en lo que se ha llamado agricultura de rozas, tala y quema o cultivo de «milpa» en Mesoamérica. Se caracteriza por a) utilizar exclusivamente hombres y animales, y no energías producidas por combustibles o elementos artificiales; b) largos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es períodos de barbecho -entre 4 y 6 años-y utilización del fuego para clarear y preparar para el cultivo las parcelas (Pacheco, 1995: 57): c) el palo cavador o vara de sembrar, el hacha de piedra y la bolsa de fibra para llevar la semilla se mantienen a 10 largo del tiempo, aunque en algunos lugares han agregado el cuchillo, el hacha de metal y el azadón (Pacheco, 1985: 57). Ni arado, ni tracción animal, ni abono químico, ni ningún otro medio de intensificación económica han entrado nunca en estas tierras. El caso kekchí puede parecer alejado como contexto-fuente para extraer información útil a la Prehistoria europea. Habitan una zona montañosa, entre las Sierra de Chamá y Santa Cruz, las últimas estribaciones de la Cordillera de los Cuchumatanes, con una media pluviométrica entre 2.300 y 3.800 mm. (Arnauld, 1986: 24) y una altitud media superior a los 2.000 mts., decreciendo lentamente a medida que descienden a la selva del Petén. y ciertamente lo sería si lo que estuviéramos tratando de hacer fuera aplicar una analogía etnográfica. No presentan similitud étnica, como querría un «enfoque histórico directo», ni ecológica, como necesitaría cualquier investigador procesual. Pero, sin embargo, no creo que ambas condiciones sean necesarias para desarrollar un estudio etnoarqueológico útil. Porque, como hemos ido viendo, allí donde la Analogía describe, identifica y compara, la Etnoarqueología interpreta, contextualiza y sugiere. En este sentido, el conocimiento de la percepción del tiempo y el espacio por parte de los kekchíes puede servir de inicio a la investigación de las pautas de racionalidad ql, le se asocian a una agricultura de subsistencia, de roza y quema, como las que debieron desarrollarse en las primeras fases neolíticas europeas. De ellas pueden derivarse sugerencias sobre la lógica de actuación sobre el paisaje y en las relaciones socio-económicas que nos sería imposible pensar desde Europa. La percepción del tiempo entre los kekchíes coincide, en sus rasgos esenciales, con la detectada por Bourdieu (1990) para los Kabyle de Argelia. Ambos siguen manteniendo una actitud de dependencia y solidaridad hacia la Naturaleza, de la que aún, como los cazadores, se consideran parte. Y esta posición conflictiva y contradictoria, en la que el agricultor se ve obligado a actuar sobre la naturaleza, ejerciendo sobre ella algún tipo de violencia, para de esa manera fecundarla y sobrevivir, se asocia a una percepción determinada del tiempo, que puede servir de guía para comprender su racionalidad. La tierra no es un medio de producción de naturaleza ajena a la del agricultor, sino que éste se considera aún parte de ella, sometido a sus ritmos. Su sentido del tiempo, por tanto, está muy vinculado a su sometimiento a la naturaleza. Tanto para los kabyle como para los kekchíes, el lapso de tiempo que constituye el presente abarca una unidad de percepción que incluye el pasado inmediato y el futuro que puede anticiparse por estar estrechamente vinculado a él. Todo ello pertenece a un mismo horizonte de significado, que a su vez, se asocia a la experiencia de actividad y al espacio en que ésta tiene lugar: la duración y el espacio no son pensables si no es desde la referencia que da la realización de alguna tarea concreta (Bourdieu, 1990: 223-4). Ello refuerza la vinculación al suelo, base de su estructura social, que de esta manera sustituye al parentesco, garantizando, mediante mitos y atribuciones de identidad a cada uno de los elementos del paisaje, la permanencia y supervivencia del grupo. No contemplan un futuro como el nuestro. Pueden planear la cosecha y el ciclo agrícola siguiente, pero siempre como un modo de anticipación del mismo presente vivido, de repetición insaciable de los ritmos conocidos. Mientras nuestra sociedad se caracteriza por el constante cambio, el deseo perpetuo de transformación, la suya lo hace por la repetición, el desesperado deseo de permanencia de lo mismo. No tienen la posibilidad de plantear un futuro diferente al presente. Es decir, para ellos el futuro no es un conjunto de posibilidades, tan amplio como la imaginación sea capaz de concebir. Para ellos, el futuro debe ser de una determinada manera, la manera del presente, aquélla que ha garantizado la supervivencia hasta el momento. Cualquier otra posibilidad entraña riesgo, y por tanto, se descarta. Al contrario que nosotros, que aspiramos a construir un presente a la medida del futuro que imaginamos, ellos aspiran a construir un futuro a la medida del presente que conocen. Por ello, mientras nuestra sociedad valora el cambio como la clave del funcionamiento social y personal y, por tanto, como lo deseable y positivo, la suya no contempla el cambio como parte del sistema. Las escasas alusiones a cambios tie- nen siempn: su rdaencia en'Otra lógica. inmersa en el munJo mítico con el que tan estrechamente se relaciona la realidad percibida (Bourdicu. Siempre se identifica con castigo. sin que parta nunca de una motivación personal ni pueda asociarse a consecuencias positivas. Por ejemplo. los kekchíes atribuyen el agotamiento de sus tierras y el menor rendimiento de sus cosechas al enfado de Tzultzaká. el dios del Cerro. Éste. en castigo por la relajación de los rituales tradicionales por parte de los más jóvenes. les está retirando las cosechas. los animales salvajes que antes podían cazar, etc., etc.. De todo ello se deriva que mientras nuestro pensamiento se caracteriza por la capacidad de abstracción, de imaginación de posibilidades no experimentadas, el suyo es un pensamiento mucho más concreto, vinculándose en su necesidad de fantasía al mundo mítico, el cuaL por su parte. se define, como todos sabemos, por el estatismo y la falta de referencia al tiempo. Una mentalidad como la de los kekchíes se relaciona estructuralmente con una economía de rendimientos no-diferidos, donde todo el ciclo productivo pueda contemplarse como una misma unidad de acción. Es decir, un ciclo en el que el productor no separe el presente que es el trabajo, del futuro que son sus resultados económicos (Bourdieu, 1990: 230), bien porque el ciclo sea inmediato o corto, o bien porque los resultados puedan anticiparse por la ausencia de variables de cambio. Ésta es la situación en la que se encuentran los grupos cazadores-recolectores y los primeros horticultores y agricultores de rozas, como los kekchíes. Pero el sistema se refuerza a sí mismo. Es decir, ninguno de ellos puede concebir el cambio, luego ninguno lo introducirá si son capaces de evitarlo. No podemos olvidarnos de esto a la hora de pensar en las lógicas de actuación de las distintas sociedades de la Prehistoria. Como señalaba algunos párrafos atrás, he querido utilizar este caso a modo de ejemplo de lo que, personalmente, considero puede ser una de las aportaciones que la Etnoarqueología pueda ofrecer al estudio de la Prehistoria europea. El estado preliminar de mi trabajo impide, sin embargo, desarrollos más amplios que los consistentes en demostrar qué vías de aproximación al pasado pueden abrirse utilizando metodologías y heurísticas diferentes a las tradicionales. T. P., 52, n. o 2,1995 Almudenll Hernando Gonzalo Las sociedades del Neolítico Antiguo y Medio. a juzgar por la información arqueológica de que disponemos, debieron caracterizarse por estrategias agrícolas semejantes a las utilizadas por los kekchíes o los kabyle. Sería impensable establecer una analogía «discontinua» entre ellos y nuestro pasado. No podemos olvidar que su forma de organización y relación con el medio es el resultado de muchos años y mucha Historia. y que su estructura socio-económica actual es «contemporánea». es una forma de supervivencia hoy. y no un reducto prístino del pasado. Sin embargo. su estrategia económica tiene que tener un correlato en el Orden Ideacional, sin el cual no podría mantenerse y éste está definido por unas ciertas coordenadas espacio-tiempo. Creo que está relación puede demostrarse sostenida para niveles de complejidad socio-económica dados. En este sentido, creo que la Etnoarqueología, entendida como disciplina que aspira a comprender esta relación, y a ponerla en conexión después con las expresiones materiales básicas de cada una de ellas, puede ofrecernos un marco de pensamiento de enorme valor para entender las culturas de la Prehistoria. No se trata de comparar culturas, sino de comprender otros órdenes de pensamiento, otras formas de identidad personal y cultural. Me parece necesario conocer otras lógicas de actuación diferentes a la occidental-capitalista que guía nuestro pensamiento. Y para ello, no basta con leer literatura antropológica, con realizar trabajo de campo etnológico. Es necesario establecer correlaciones que se mantengan en diversos grupos del presente, para poder presumir que podrían haber estado igualmente presentes en los grupos del pasado. Y sobre todo, encontrar qué relación existe entre ellas y el registro material concreto, qué tipo de regularidades corresponden a cada forma de racionalidad. Por ejemplo, qué significa la dependencia de la naturaleza a efectos de modalidades de hábitats, enterramientos, almacenamiento, vinculación a un «territorio», conflictos territoriales, demarcadores territoriales, amplitud de los desplazamientos, etc., etc., etc.. Creo que faltan por hacer preguntas previas a las que ya nos hemos hecho en Prehistoria; que faltan respuestas que servirían para orientar futuras preguntas concretas al registro arqueológico; y que la Etnoarqueología puede ser una vía eficaz para sugerirlas.
Se analizan las características sedimentológicas de los niveles del corte de Gran Dolina (TD) en la Trinchera de Atapuerca (Burgos) y el clima que se deduce. referenciando el contenido faunístico y arqueológico de cada nivel. Se indican las bases para la datación geocronométrica. así como la correlación de las fluctuaciones climáticas inferidas en Gran Dolina con los episodios 0 18 del océano, contrastando aquéllas con evidencias paleontológicas. Se consideran en particular las fluctuaciones en la humedad y régimen pluvial. El sistema kárstico de la Sierra de Atapuerca se extiende por la mitad sur de este accidente geográfico, con vergencia al Sur y al Oeste. Las cavidades conocidas, restos de otras mayores, se hallan dentro de un área de medio kilómetro cuadrado en número de 38 (Martín Merino ei alii, 1981), situadas entre las cotas de 1030 y 971 m. Pertenecen a subsistemas kársticos o «aparatos kársticos» (en el sentido de Llopis Lladó, 1970) diferentes, debido a condicionantes fundamentalmente tectónicos, ya que los estructurales y litológicos son comunes a todos ellos. Muchas de las cavidades censadas en esta zona se conocen por cortes en canteras y por los de la trinchera de un ferrocarril desmantelado (Fig. 1). Entre estos subsistemas kársticos destacan los siguientes: -Aparato kárstico de Cueva Mayor-Cueva del Silo. al que corresponde el complejo de cavidades BU-IV-A. 1 Y 2. de Martín Merino (Martín Merino el alii, 1981). que incluye la Sima de los Huesos excepcionalmente rica en restos fósiles humanos. -Aparato del Complejo Tres Simas-Cueva de los Zarpazos (n.o 4 del citado censo). con conductos fosilizados por sedimentos y cuya entrada pudo estar relacionada con la Cueva de los Zorros (n.o 27). -Aparato de Gran Dolina con las cavidades asociadas de El Penal y las residuales n, os 16, 17 Y 18, también fosilizadas por rellenos sedimentarios, prolongándose la primera por el interior del macizo calcáreo. Dentro del interés general del karst de Atapuerca por el singular yacimiento de fósiles humanos preneandertalenses de la Sima de los Huesos, por el registro paleolítico desde conjuntos preachelenses hasta achelenses finales, y el diverso, largo y bien calibrado registro paleoecológico, es el corte de Gran Dolina el que ofrece una secuencia más completa de depósitos bien estratificados, con más niveles fértiles en T. P., 52, n. O 2, 1995 fósiles e industria lítica, y los registros de mayor antigüedad en estos aspectos. Además, recientemente se han encontrado fósiles humanos asociados a industria, polen y a un complejo faunístico anterior al de Mauer, del que hasta ahora no se conocían fósiles humanos en Europa. En el presente trabajo se analizan las características sedimentológicas y paleoclimáticas de los rellenos sedimentarios de Gran Dolina, señalándose los niveles con industria del Paleolítico inferior y restos humanos. LA SECUENCIA SEDIMENTARIA DE GRAN DOLINA y SU INTERPRETA• CIÓN PALEOCLIMÁTICA En todas las secuencias se han distinguido unidades sedimentarias con características genéticas y de posicionales específicas, separadas por discontinuidades, aunque los hiatus representados por éstas no tengan, por otros criterios, un valor temporal amplio. Dichas unidades son susceptibles de dividirse a su vez en subunidades con caracteres sedimentarios particulares. REGISTRO PAtEOCLlMÁTlCO PLEISTOCENO EN L\ E\OLLiCIÚN I)EL I\ARST I>t:... bién se corrigen y reinterpretan los datos preliminares aportados anteriormente (Gil el alii. 19R7). conservando en lo posible la nomenclatura dada entonces a los diferentes niveles. Los depósitos más antiguos de las secuencias más amplias conocidas en el karst de Atapuerca se encuentran por el momento en la Gran Dolina (Aguirre. Este corte tiene una potencia visible desde el suelo de la trinchera a la parte superior de ésta de 18-19 m. por lo que ahora puede considerarse como la serie tipo con la que correlacionar otros depósitos. La parte basal del relleno se encuentra diferenciada en dos zonas. separadas por una prominencia calcárea intermedia de forma apuntada. cuyo ápice alcanza el nivel superior de TD-5. El análisis de conjunto de ambas zonas muestra como más representativa la situada en el flanco NW. por lo que nos referiremos a ella. Análisis global de la secuencia En un primer análisis de conjunto de las características de los rellenos de la Gran Dolina se pueden hacer las consideraciones siguientes: Excepto los dos-tres metros terminales de la secuencia, el resto de los sedimentos se encuentran afectados por deformaciones de colapsos gravitacionales con hundimientos en las zonas central y marginal, más acentuados y con mayor desplazamiento y mezcla de sedimentos en las proximidades del contacto entre depósitos y paredes de la cavidad, sobre todo en el borde Sureste. al añadirse a estos procesos los también postdeposicionales de circulación vertical de agua por dicha zona. En la evolución de la secuencia de Gran Dolina se han distinguido tres grandes fases kársticas (Fig. 2):. Fl -Una primera fase endokárstica a la que corresponden los sedimentos de los niveles TD-1 Y TD-2, relacionados con un sistema de cavidades internas, sin comunicación con el exterior por la vertical. F 2 -Una segunda fase de conducto abierto al exterior, con depósitos de cueva relacionados en su génesis con las condiciones climáticas exteriores (TD-3 a TD-9). F3 -Una tercera fase exokárstica (dolina), a la que corresponden los niveles TD-lO a TD-ll. que indican la apertura cenital de la cavidad en la vertical considerada, aunque lateralmente esta cavidad se prolongue hacia el interior del karst. Las dirl: cciones predominantes de aportes han estado también ligadas a las diferentes etapas morfokársticas de la cavidad: -En los depósitos basales (TD-l y TD-2) es difícil la determinación de las direcciones de flujo. como se verá más adelante. -De TD-3 a TD-7 los aportes presentan direcciones preferentes o dominantes próximas a Oeste-Este. procedentes de lo que falta en la trinchera excavada. o de la zona denominada «El P~nal», en dirección casi contraria a la pendiente de la ladera actuaL de donde se deduce que tenía que existir forzosamente una morfología que impidiera. por una parte, el acceso directo y normal de los depósitos de la vertiente, y por otra que condujese a su vez los sedimentos en dirección casi contraria a ésta. Dicha morfología sólo es explicable por la existencia de un conducto kárstico abierto al exterior, es decir, una cueva. -Los depósitos de TD-8 y TD-9 presentan un cambio, con direcciones próximas a N-S y E-W más relacionadas ya con aperturas cenitales y con la pendiente. indicadoras por tanto del comienzo de un mayor desmantelamiento del techo de la cueva. debido a la erosión producida por la evolución de la vertiente. Al menos una entrada queda ocluida temporalmente. -Finalmente. en los niveles terminales TD-\O y TD-ll, las direcciones de los aportes en torno a la dirección Oeste-Este y la pendiente deposicional de los sedimentos indican, por una parte, que los aportes están ya directamente relacionados con la vertiente, y por otra que existía ya en esta zona una cavidad abierta al exterior que constituía una depresión en la ladera (dolina), que se prolongaba hacia el interior del karst por el conducto que constituía el drenaje principal, tanto en etapas anteriores como en ésta. Dadas las características de los depósitos y las direcciones de los aportes, la morfología de la cavidad encajante de los sedimentos debe pro"longarse por tanto, en forma de conducto endokárstico hacia el Este, hecho que podrá comprobarse en el futuro con las excavaciones que se están realizando. Características sedimentológicas y paleoclimáticas La serie estudiada corresponde en la base a la zona más septentrional. En ella se han distinguido las siguientes unidades (Fig. 2 Fig. 2. Columna esquemática de la serie de depósitos de Gran Dolina, Atapuerca. Se indican los niveles con fósiles de vertebrados e industria; fases kársticas; curvas relativas de las variaciones de temperatura y humedad, señalando con trazo discontinuo las etapas de humedad estacional; correlación estimada con los episodios isotópicos del océano. Aflora en la base del corte, presentando el techo deformado por carga y/o erosionado. Consiste en limos arenosos y arcillas de color verdoso masivas, de facies de inundación de una corriente hipogea T. P., 52, n.O 2,1995 de escasa capacidad de carga. Estos materiales son de origen endokárstico, procedentes de la disolución de las calizas encajantes en la zona interna del karst en ambiente no oxidante. Dicha corriente debería constituir o estar próxi-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ma al freático local. marcando el límite entre las zonas freática y vadosa del karst en ese punto y en ese tiempo. Ello implica también que no existía en ese momento conexión con el exterior por la vertical de la cavidad. No es posible una interpretación paleoclimática de estos depósitos dado su aislamiento del exterior cuando se generaron, ni siquiera establecer su relación con la humedad en función de los aportes de agua de infiltración, debido a su posición límite o próxima entre las zonas vadosa y freática del karst. Se distinguen dos subunidades TD-2.1 y TD-2.2 de características diferentes: TD-2.l.-Subunidad inferior compuesta por bloques heterométricos, algunos de gran talla, cantos y gravas calcáreas angulosas escasamente evolucionadas y restos de espeleotemas parietales y/o cenitales englobados en una matriz arcilloso-arenosa de color marrón rojizo; masivo y caótico, más escaso de matriz en la parte superior por lavado posterior. Corresponden a desprendimientos gravitacionales del techo de la cavidad, no necesariamente de la vertical de su situación actual, mezclados con aportes de finos por aguas de infiltración. Estos últimos proceden de la zona exokárstica y/o de rellenos previos de conductos y fisuras que desembocasen en la cavidad. La atribución de estos depósitos a procesos de gelivación es arriesgada y no parece ser la más apropiada ya que falta en el conjunto de los detríticos gruesos alguna de las fracciones canto y son muy escasas las plaquetas. No se han encontrado criterios suficientes para su atribución a procesos sísmicos o tectónicos, por lo que parece más razonable atribuir estos desprendimientos a evolución cenital de la cavidad con colapso parcial del techo y apertura de una o más comunicaciones con el exterior. Quizá estén relacionados también con actividad biológica de raíces que ampliarían fracturas y diaclasas en el sustrato calcáreo. TD-2.2.-Una segunda etapa sedimentaria está representada por una corteza estalagmítica pavimentaria cíclica, constituida por cristales de calcita en empalizada, de escasa potencia (máximo 4-5 cm) que recubre el depósito anterior, con raíces de la misma y carbonataciones parciales en los huecos y fisuras. La formación de este depósito se debe exclusivamente a aportes de aguas bicarbonatadas en régimen laminar con la práctica ausencia de detríticos. Este tipo de espeleotema se genera siempre en ambiente endokárstico, por lo que es factible que una eventual apertura al exterior de la cavidad generada en la etapa anterior se situase alejada de la vertical de la misma, y por tanto el depósito infrayacente deba su situación a rodamiento y/o deslizamiento inmediato o posterior a su llegada al suelo por el desplome. Este tipo de espeleotema se asocia generalmente a clima templado y seco en el área mediterránea. En este caso y pese a la posición endokárstica de la corteza, la asociación a un clima seco, con lluvias estacionales, es admisible, ya que por comparación con el resto de los niveles de la serie, en los que el agua es un factor importante en el transporte de los sedimentos, es necesaria para la formación de ésta una disminución del régimen de circulación del agua hasta aportes laminares y/o cenitales de aguas carbonatadas y sin detríticos. Por el contrario, la asociación de dicha corteza con un clima templado o cálido, no es tan clara en este caso por la situación mencionada de la misma, sin embargo la ausencia de indicadores de clima frío, como los que existen en otros puntos de la serie, permite por exclusión relacionar esta costra con un clima benigno. Arcillas marrón rojizas compactas con un cierto tendido paralelo, aunque deformado por colapso, marcado por algunos lechos discontinuos de orden centimétrico de detríticos arenoso-limosos con alguna grava calcárea alterada en superficie y abundantes restos fósiles de microvertebrados, probablemente procedentes de la disgregación y arrastre de restos de aegagrópilas de la zona próxima al exterior, que se han comportado como c1astos. Corresponden con aportes esporádicos de aguas de escorrentía no canalizadas y de escasa competencia, procedentes del exterior. Dada la relación de este nivel con el exterior. y la ausencia de indicadores de clima frío y el grado de alteración de los elementos gruesos (gravas), se interpreta este nivel como generado en condiciones climáticas templadas y más húmedas que las del nivel anterior. Contiene fósiles de macro y micromamíferos (Aguirre, 1995, con referencias). Contacto con el anterior deformado y erosivo. Depósito muy heterométrico de cantos y bloques de caliza angulosos y frescos o con escasa alteración, algunos con Iracturaciún secundaria por gdivación en el sudo. con matriz arenoso-arcillosa amarillento-grisácea. Presenta estratificación en lechos irregulares de orden decimétrico escasamente estructurados interiormente. con cantos y bloques más abundantes en las zonas centrales. con aspecto masivo y caótico. y mayor abundancia de finos hacia los extremos. El conjunto aparece deformado a su vez por colapso y deslizamiento. Los procesos de gelivación. de acusada intensidad en relación con otros existentes en la secuencia. son las características fundamentales en la génesis de este depósito. Dichos procesos son más importantes en la base y tramo central con una pulsación menor entre ambas fases. disminuyendo posteriormente a techo. Están acompañados de finos aportados por aguas de escorrentía en las etapas de deshielo, deslizando en conjunto al interior de la cavidad a lo largo de diferentes etapas de solifluxión. Por lo anteriormente expresado. estos depósitos se asocian a un clima frío, más riguroso en la base y tramo central, más benigno hacia el techo. Mientras, la humedad pasa de condiciones poco húmedas en los tramos basal y medio a condiciones más húmedas a techo. Antes de la sedimentación de la unidad siguiente (TD-5), en el flanco NW se produce el colapso y deslizamiento de parte de esta unidad y depósitos infrayacentes, generándose una pequeña depresión que será rellenada por los sedimentos basales de TD-5. Contienen abundantes fósiles de mamíferos (Aguirre, 1995), sobre todo en la parte superior, y artefactos líticos del Paleolítico inferior a techo (Mosquera y Carbonell, 1992). Se trata de una unidad compleja en la que se distinguen cuatro subunidades de características genéticas y sedimentarias diferentes. TD-5.1.-Corresponde a la subunidad inferior, con una potencia 1,10 a 0,75 m, mayor en la zona NW del corte. Está formada por una alternancia de niveles de dos tipos que se repiten constituyendo secuencias producidas por idénticos procesos sedimentarios aunque de diferente intensidad. Las facies corresponden a lo siguiente: A) Por una parte se encuentran tres niveles de conglomerado masivo o pobremente estructurado con un cierto tendido paralelo a la estra-T. Estün compuestos de cantos y gravas calcán.:as angulosas. con dos «stocks» en función de la alteración. unos escasamente alterados y otros. mayoritarios, bastante más alterados. por ser en parte heredados del tramo infrayacente. todo ello englobado en una matriz arenoso-arcillosa de color rojo. Estas facies corresponden a flujos de barro que incluyen cantos de gelivación heredados de etapas anteriores y otros debidos a procesos de gelivación contemporáneos y de escasa intensidad. B) Por otra parte. alternando con los anteriores. se aprecian tres niveles. el primero en la base. uno intermedio y otro finalmente a techo, constituidos por microconglomerado de potencia decimétrica (0,25 a 0,08 m) de gravas y gravi-lIas calcáreas con algunos cantos y plaquetas dispersos, y matriz arenosa-arcillosa, a veces muy escasa por lavado posterior. Presentan estratificación interna paralela, y la general adaptándose inicialmente a la morfología de la cubeta preexistente. Son ligeramente erosivos sobre los anteriores en la zona SE; el último de estos niveles erosiona el techo de TD-4. Corresponden estos niveles a aportes de aguas de escorrentía pobremente organizada en pequeños canales planos de régimen discontinuo y con poco espesor de lámina de agua. La secuencia tipo está formada por la asociación de facies B-A. En ella, a los aportes de los microconglomerados (B) les siguen fases de lavado superficial de la zona externa e incluso de los depósitos previos recién sedimentados y de los fangos, que dan lugar a las facies A. Se interpretan estos depósitos como formados en una alternancia de pulsaciones climáticas que comenzarían (Facies B) por unas condiciones climáticas «frescas», (algo más frías que las actuales Hoyos, 1979;1981), en las que se producirían algunas heladas invernales a veces de cierta intensidad, con unas condiciones poco húmedas. A éstas les siguen pulsaciones de clima más templado en el que las heladas invernales siguen existiendo pero los procesos a los que dan lugar son aún menos importantes que en los anteriores (Facies A). Por su parte la humedad aumenta de B a A, donde además las lluvias son más estacionales. Contienen fósiles de pequeños vertebrados. TD-5.2.-El contacto con la subunidad anterior es ligeramente erosivo. Potencia variable de 1,70-1,60 m en la zona NW y 1,20-1,10 m en la (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es zona meridional. Está constituido por un conjunto de dos cuerpos conglomeráticos en forma de cuña procedentes del W con una intercalación de detríticos más finos. Los cuerpos conglomeráticos inferior y superior, corresponden a conglomerados muy heterométricos de cantos y gravas calcáreas con algunos hloques englohados en una matriz arcilloso-arenosa de color marrón rojizo. Los detríticos gruesos son angulosos o subredondeados con una cara fresca, algunos presentan fracturación secundaria por hielo en el suelo y son escasos los heredados. La estructuración interna es masiva, caótica, con los ejes mayores de los cantos en diferentes posiciones del espacio, siendo más desorganizada aún en el inferior. Se interpretan como lóbulos de deslizamiento en masa, correspondiente el inferior, por su geometría, más a una colada de barro que de solifluxión, ya que acaba de forma brusca en un amontonamiento caótico de cantos, y el superior a una colada de solifluxión, aunque la terminación en forma más acuñada se de he a procesos erosivos posteriores de lavado lateral por circulación de agua superficial. Ambos transportan clastos de gelivación de procesos en su mayor parte coetáneos con los respectivos depósitos. La intercalación de detríticos más finos está compuesta por gravas, plaquetas medianas y gravillas calcáreas con matriz arcilloso-arenosa marrón rojiza, con una cierta estratificación paralela en lechos discontinuos marcada por alineaciones de los elementos más gruesos. Corresponden estos depósitos a aportes esporádicos de aguas de escorrentía laminares, no canalizadas, de baja energía y capacidad de carga, procedentes del exterior, con las mismas direcciones de aporte que los lóbulos citados. Rellenan en primer lugar la zona deprimida generada en su parte distal por la geometría del lóbulo inferior, recubriéndolo posteriormente y regularizando la superficie del suelo. Estos depósitos se interpretan como correspondientes a dos pulsaciones de carácter frío y húmedo, separadas por un intervalo templado y húmedo. La primera pulsación sería algo más cruda que la segunda, con heladas más intensas. Por su parte el depósito intermedio correspondería con un clima templado en el que no desaparecerían por completo las heladas en la estación invernal, como indica la presencia de plaquetas, aunque aquéllas serían escasas y poco intensas. Contiene f()siles de pequeños vertehrados (Aguirre, I <}«5). Esta suhunidad está formada por fangos de color marrón claro. que empastan ahundantes gravas calcáreas angulosas y subangulosas con algunas plaquetas y cantos de la misma naturaleza y pequeña talla. las primeras más frescas que las de la unidad infrayacente. La estratificación es predominantemente masiva con alguna alineación poco definida de elementos gruesos en diferentes posiciones del espacio. A techo en la zona SE. aparecen restos de carhonataciones de origen diagenético. Se interpreta como un depósito formado por aguas de escorrentía no canalizadas en régimen laminar que incorpora elementos calcáreos procedentes de procesos de gelivación de poca entidad. Corresponden a unas facies intermedias, que pueden representar la transición entre las del techo de TD-5.3 y las que le siguen a continuación, TD-6., Desde un punto de vista paleoclimático representan el inicio de un cambio hacia condiciones frías y más húmedas en relación a la sub unidad anterior, donde comienzan a sentirse los efectos de las heladas y un aumento de la humedad, que se caracteriza sobre todo por no ser ya estacional. Es una unidad también compleja cuya base es erosiva sobre la infrayacente y su techo está erosionado por la siguiente TD-7. Estos depósitos llegan en su parte superior a fosilizar el resalte NW en forma de escalón que debía corresponder en ese momento al suelo de la cavidad, apoyándose y extendiéndose más ampliamente por dicha zona. En conjunto se trata de un depósito constituido fundamentalmente por conglomerados calcáreos en los que se distinguen hasta cinco episodios de cuerpos conglomeráticos de secciones irregulares y diferente potencia, donde los elementos más gruesos se sitúan en la zona central de forma caótica, en todas posiciones y con escasa matriz, aumentando el tamaño y la abundancia de éstos en la vertical hasta el cuarto episodio. Los bloques y cantos presentan aristas frescas y superficie poco alterada, siendo escasos los elementos heredados. Hacia los flancos la matriz es más abundante y el tamaño de los cantos disminuye, tendiendo la estratificación a ser paralela, marcada por lechos discontinuos de cantos y gravas cuyos ejes mayores se sitúan en posiciones más estables. Entre el tercero y cuarto episodios se detecta una discontinuidad erosi-T. P., 52, n.o 2, 1995 va previa a la sedimentación de este último. donde la distrihución interna de los materiales presenta una mayor organización paralela. La génesis de estos depósitos está relaciona• da con aportes gravitacionales de importantes productos de gelivación, a los que se suman aportes por aguas de escorrentía no canalizada durante las épocas de deshielo. Los procesos de gelivación presentan pulsaciones que crecieron en intensidad en la vertical hasta la penúltima de t: stas pulsaciones. decreciendo ligeramente en la última. Los aportes hídricos son de caracterÍsticas similares en toda la unidad excepto en el momento correspondiente a la discontinuidad, donde debieron de ser más intensos erosionando y redistribuyendo los materiales más superficiales y regularizando la superficie del suelo; también durante el quinto episodio sedimentario, donde los aportes de finos y la regularización y distribución tendente a la paralela indican una mayor actividad de las aguas de escorrentía. La falta de matriz y las recristalizaciones de carbonato existentes en algunos huecos entre los cantos, corresponden a lavados y precipitación de carbonatos postsedimentarios respectivamente, ocurridos de forma selectiva en función de la diferente permeabilidad de las capas y a favor de las discontinuidades entre éstas. El conjunto de esta unidad se generó en un clima frío y húmedo, más crudo que los representados en etapas anteriores, marcado por cinco pulsaciones crecientes en la vertical, con un máximo en la cuarta y una ligera disminución en la última. Cada pulsación comienza por una fase menos fría y húmeda en la base, que da paso a condiciones más rigurosas y también húmedas a techo, para retornar de forma más rápida otra vez a un clima menos riguroso, inicio de una nueva pulsación. La última pulsación representa una regresión de las condiciones frías con.respecto a la anterior; a la vez puede afirmarse que las condiciones de humedad por el contrario aumentan. Abundan los vestigios de fauna de vertebrados (Aguirre, 1995) y de industria lítica (Mosquera y Carbonell, 1992). Recientemente se han encontrado fósiles humanos en un tramo superior de esta unidad. TD-7.-Presenta sección de canal acuñándose hacia el NW, con mayor espesor en la zona central de la cavidad dando una geometría convexa en la base, erosiva sobre el techo de la unidad infrayacente, con su techo plano, y una potencia en la zona central de 1,80-2,00 m. Está formada por conglomerados de gravas gruesas y arenas calcáreas y escasos cantos de pequeña talla. todos ellos redondeados o subredondeados. con escasa o nula matriz arcillosa y fuerte cementación carbonatada. Presenta estructuras internas hidrodinámicas con cuerpos sigmoidales y barras separadas por cicatrices erosivas, con estratificación cruzada, en surco y paralela. La dirección general de los aportes se sitúa próxima a Oeste-Este. Se interpreta como un depósito fluvial de aguas torrenciales, asociado a fuertes y ocasionales lluvias, preferentemente tormentas, de un arroyo cuyo cauce sería de colector de las aguas superficiales de la vertiente y se sumía por la cueva. La carbonatación que presentan estos materiales es postsedimentaria, producida durante una etapa seca posterior no determinada. La ausencia de indicadores de clima frío, teniendo en cuenta lo evolucionados que están los materiales gruesos y que ni siquiera se observa en ellos la presencia de plaquetas, siendo procedentes todos ellos de un área restringida de drenaje en la vertiente, y dado que si hubiese habido c1astos generados en procesos de gelivació n contemporáneos los habría incorporado igualmente el arroyo, nos inclina a asociar la génesis de esta unidad a un clima cálido, al menos templado. En cuanto a la humedad puede decirse que corresponde a un clima estacional, no necesariamente muy húmedo pero con lluvias importantes y cortas, de características parecidas a las actuales o más húmedas, con reducción posterior de la humedad. TD-8.-La potencia observable en la zona NW de este depósito es variable, de 5,20 m en el extremo NW, donde alcanza prácticamente el techo de la cavidad existente todavía en esa zona, a 2,60 m hacia el centro, donde está fuertemente erosionada. Constituye una unidad compleja básicamente conglomerática, en la que se distinguen tres sub unidades separadas por discordancias erosivas y susceptibles de subdividirse a su vez en niveles internos, así como una cuarta de características sedimentológicas diferentes, en la que por no variar la nomenclatura ya publicada mantenemos su denominación, añadiendo algunas correcciones necesarias. TD-8.1.-Potencia de 1,50 m en la zona más al NW, y se acuña en el centro. Corresponde a un conjunto de tres acumulaciones sucesivas de lechos de bloques y cantos calcáreos bastante heterométricos, con predomino de los elementos frescos sobre los heredados, más redondeados: la matriz arenosa-arcillosa es escasa, a veces ausente por lavados postdcposicionalcs. Hay zonas o niveles de abundante carbonatación secundaria. Presentan un buzamiento aparente entre 10° y 15° con una dirección de aportes próxima a Norte-Sur, sensiblemente diferente a las direcciones dominantes en las unidades inferiores que procedían de la dirección Oeste. Los diferentes niveles son erosivos sobre los infrayacentes y progradantes en la vertical, extendiéndose progresivamente sobre el techo de la unidad anterior. La estructuración interna de los diferentes cuerpos presenta un cierto ordenamiento en el sentido de la sedimentación. En la zona NW, presentan deformación local por colapso, con la generación de una ligera depresión previa a la sub unidad siguiente. Este cambio en la dirección de aportes hacia el Norte y la disposición con buzamiento acusado de los depósitos implican un cambio en la morfología externa de la cavidad, al abrirse un nuevo acceso al exterior por el Norte, que evolucionará más tarde hacia lo que será una parte de la apertura cenital generalizada de la «Gran Dolina». Estos depósitos corresponden a diferentes etapas de aportes de un cono de derrubios, retocados superficialmente por las aguas de escorrentía sobre todo los superiores. La presencia dominante de cantos frescos y la amplia heterometría de éstos implican la existencia de procesos de gelivación contemporáneos del depósito, procediendo los c1astos tanto del exterior como de aportes gravitacionales de las paredes y techo de la zona externa de la cueva. La intensidad y duración de estos procesos no es tan acusada como en la unidad TD-6, incluso disminuye sensiblemente a techo, presentando un máximo relativo en la etapa intermedia. Por su parte, la progradación de los depósitos, los aportes de finos y la estructuración interna son más importantes en la etapa superior, donde las removilizaciones del techo del depósito y la erosión del mismo con la generación de una zona deprimida hacia el centro de la cavidad se manifiestan en el tenue ordenamiento de los cantos y gravas en la misma dirección de la superficie de erosión que se está generando. Se interpreta esta subunidad como formada en unas condiciones climáticas frías crecientes hasta un máximo relativo en su zona central, para mejorar (kspués (1 techo. A la Vt..:Z. las condiciones de humedad aumentan progresivamente de muro a techo. pasando de un clima con unas características de humedad análogas o algo inferiores a las de la unidad precedente. a un clima más húmedo a techo con mayores aportes de agua. Es fuertemente erosivo sohre el anterior. Está formado por un conglomerado inicialmente fangoso plástico de cantos de caliza angulosos y suhangulosos hastante frescos con matriz arcillosa rojiza y cementaciones carhonáticas secundarias en zonas preferenciales, que se adapta a la depresión existente en la zona central. La estructuración interna es masiva y caótica. presentando una geometría externa de forma lobular compuesta o polilohular coalescente.. Se interpreta este conjunto como lóhulos de solifluxión coalescente. tendentes principalmente hacia la zona central y procedentes de una dirección algo más virada al Este, próxima al N-NE. El techo de esta subunidad se encuentra ondulado y presenta mayor proporción de plaquetas en la zona central, llegando en ella a faltar la subunidad siguiente TD-8.3 debido a la erosión posterior a esta última y previa a TD-8.4. Corresponde esta subunidad con una fase fría y húmeda en la que por el momento no es posible distinguir episodios interiores. Puede considerarse como continuación más amortiguada de la fase fría de TD-8.1. TD-8.3.-Potencia variable por estar fuertemente erosionado este tramo a techo. Estos depósitos llegaron a colmatar la apertura abierta por el flanco NW de donde procedían. Presenta las características conglomeráticas de los anteriores, aunque con tamaños de clastos menores y mayor abundancia de gravas y arenas. Su interpretación sedimentológica y climática es análoga a la de las subunidades anteriores, precisando que en ésta la intensidad de los procesos de gelivación remitieron considerablemente con respecto a aquéllas, y la humedad aumenta con respecto a las mismas. Posteriormente a esta unidad se producen una serie de procesos de erosión intensos sobre los materiales del. techo, creándose sobre aquélla un paleorrelieve erosivo, ligado a la circulación de agua procedente del exterior que coinci-T. 1995 Manuel H(J~()s y Emiliano Aguirre de con una fase húmeda importante. pero sin evidencias de clima frío. TD-K4.-A la formación de este paleorrelicve le sigue una etapa de carhonatación por aguas de infiltración que cementa los sedimentos de TD-K3. Posteriormente. cuando el conjunto superficial es impermeahle por la cementación citada. comienza el recuhrimiento con la formación de una costra estalagmítica discontinua. generada por las mismas aguas ya en un régimen de circulación superficial. laminar y discontinuo. coincidente con una fase más seca y cálida. La costra no se extiende sohre toda la superficie de los depósitos precedentes. sino que se restringe a la zona noroeste extendiéndose hasta el centro. La generación de este tipo de espeoleotema es un fenómeno normal sobre depósitos que colmatan el acceso exterior de una cueva. sea colmatación por relleno hasta el techo o por hundimiento de la cornisa de entrada (Hoyos, 1979; Hoyos el alli. En este caso, en el que sedimentos de TD-8.3 llegaron al techo y fueron luego parcialmente erosionados, caben dos posibilidades. La primera y más factible es que cayesen algunos bloques de la entrada y se obstruyese ésta por completo; la segunda sería que las dimensiones del acceso fuesen tan reducidas que los sedimentos exteriores quedasen retenidos al exterior, de modo que sólo penetrara el agua por infiltración, pero en este caso tendrían que encontrarse arcillas entre las laminaciones de la corteza. El registro paleontológico de TD-8 empieza a aumentar en la última campaña de excavación. destacando la presencia de hipopótamo. TD-9.-Potencia media 0,25-0,30 m, estando este nivel erosionado por la entrada de los materiales de la unidad siguiente. Está formado por arcillas limosas marrones, con manchas ver<;les de hidromorfismo en algunas zonas y marrones rojizas en otras. Engloba algunos cantos pequeños de caliza alterados. Presenta estratificación masiva, aunque en algunas zonas las discontinuidades internas están marcadas por nivelillos de carbonataciones finas secundarias. Se interpreta como un depósito generado por aguas de escorrentía estacionales, que se infiltran por grietas y pequeñas aberturas en la zona de la antigua entrada. Corresponde con unas condiciones de clima templado o cálido y algo más húmedo que en la fase climática precedente. Se considera como la fase final de una amplia etapa interglacial cuyo comienzo podría estar en la fase de erosión sohre el techo de TD-K Entre TD-9 y TD-lO se produce una nueva apertura o ensanche por caída de bloques del techo de la mitad noroccidental de la cueva. Apertura y desmantelamiento del techo que continuará durante la sedimentación de TD-IO, incorporando bloques a los sedimentos procedentes del exterior de esta unidad; algunos de aquéllos, de grandes dimensiones, sobrepasan ampliamente 1 m. Puede afirmarse por tanto, que a partir de este momento la cueva, en la vertical del ámbito estudiado, comienza a perder su techo por hundimiento y la comunicación con el exterior se extiende progresivamente por toda la superficie de lo que conocemos actualmente como Gran Dolina, pasando a comportarse como una forma exokárstica. En dirección Nornoreste debía continuar la cueva hacia el interior del macizo calcáreo. Con esta disposición morfológica, la dolina actuaba como colector y la cueva, ya casi colmatada, como sumidero de las aguas y sedimentos detríticos. TD-IO.-Lo que en publicaciones anteriores (Gil el a/U, 1987) llamamos TD-lO es una unidad detrítica compleja, susceptible de dividirse. Contiene evidencias de cambio de régimen, y de evolución notable de la cavidad en un nuevo ciclo de actividad kárstica ya muy tardío. Las direcciones de aporte son centrípetas y convergentes hacia el Este del corte expuesto, donde se sitúa el centro de la depresión que estaría comunicado horizontalmente con la cueva; ésta se prolongaría en esa misma dirección hacia el interior del macizo calcáreo, es decir actuaría como colector de aportes hacia lo que quedase de cueva. La pendiente deposicional, al principio más acusada, se amortigua paulatinamente en la vertical hasta completarse más tarde el relleno con la sedimentación de TD-ll. TD-I0.1.-Con una potencia variable, que suele alcanzar y rebasar 0,75 m. Está compuesta por dos niveles de cantos y gravas de caliza angulosos empastados en una matriz arcillosa, separados por un nivel más arcilloso rojizo que incorpora algunos cantos y gravas dispersos. Todos ellos proceden del NW dirigiéndose hacia el centro. El primer nivel de cantos tiene forma lobular con la base ligeramente convexa que erosiona y se encaja en TD-9, con mayor potencia en el centro (0,20-0,30 m). Los cantos heterométricos y angulosos presentan ocasionalmente fractura-ción secundaria por hielo. La estratificación presenta una cierta tendencia a la organización interna en forma de lechos paralelos marcados por alineaciones discontinuas de cantos y plaquetas en sus posiciones más estahles. Todo el conjunto se encuentra buzando hacia el centro de la depresión. Se interpreta este nivel como una acumulación cíclica de lechos de cantos de gelivación con aportes escasos de finos por aguas de deshielo. Cuando.el depósito alcanzó suficiente masa, deslizó como una colada densa a favor de la pendiente erosionando el nivel infrayacente y adquiriendo la forma lobular mencionada. Dicho transporte fue corto y no modificó prácticamente la estructuración interna primaria. Corresponde con una pulsación fría y poco húmeda, en la que se dan fenómenos de gelivación en el suelo, aunque no importantes. heterométricos. en todas las posiciones del espacio, englobados en una matriz limoso-arcillosa roja. La matriz arcillosa presenta cierta disyunción prismática deformada por los bloques y un cierto deslizamiento postdeposicional hacia el centro de la depresión. Corresponde a un depósito mixto. en el que mientras se producía la sedimentación de las lutitas aportadas por aguas de escorrt: ntía discontinuas. con etapas de desecación, se producía la caída gravitacional de grandes bloques del techo que se incrustaban o incorporaban al depósito de finos. Después todo el depósito deslizó ligeramente a favor de la pendiente, posiblemente favorecido por la deformación por colapso de los depósitos anteriores en la zona nororiental. Los bloques corresponden al inicio de la etapa final de desmantelamiento del techo de la cueva. La caída de estos grandes bloques y placas debe atribuirse a la evolución interior de la cavidad por erosión inversa y exterior por erosión de la vertiente, que dieron lugar al adelgazamiento del techo de la cueva y a la ampliación de fisuras y diaclasas, hasta alcanzar el grado de inestabilidad que provocó su caída. Su atribución a procesos de gelivación no parece suficiente por falta de claros indicadores de climas fríos, aunque no se descarta la posibilidad de que el hielo haya cooperado a estos desplomes, siendo también probable la intervención en estos procesos de las raíces de la vegetación arbórea. Adaptándose a las irregularidades superficiales del nivel anterior debidas al deslizamiento, o erosionándolo ligeramente, discordante sobre él, se encuentra un nivel intermedio de 0,20 a 0,25 m de potencia. Está formado por arenas arcillosas y arcillas arenosas según las zonas, con gravas y algunos cantos dispersos y alterados en su interior, masivas y con algunas concreciones calcáreas. A techo se reconoce un horizonte con huesos fósiles. Presenta mayor buzamiento hacia el borde, atenuándose hacia el interior. Este nivel corresponde a materiales transportados desde la zona externa por procesos de arrollada difusa de carácter esporádico, en un ambiente de clima templado y húmedo. Sobre el anterior se sitúa el nivel superior de potencia variable hasta 0,30 m. Está compuesto por arcillas rojas masivas, con escasos cantos alterados dispersos en su interior, así como algunos huesos fósiles qrientados en el sentido de la estratificación, e incorporando algún bloque caído de mediana talla. Corresponden a aguas de T. P., 52, n.o 2, 1995 escorrentía de muy baja energía, en un medio en el que prácticamente se mantienen las condiciones climáticas anteriores y si acaso disminuye algo la humedad. En conjunto esta suhunidad representa una amplia fase templada y húmeda, destacando ligeramente la humedad en el tramo intermedio. Esta subunidad se ha separado de la anterior por situarse en discordancia sohre aquélla. Está formada por una secuencia de niveles predominantemente arcillosos rojizos con intercalaciones, discontinuas o en forma de lentejones, de detríticos más gruesos en los que predominan las gravas y gravillas, procedentes todos ellos del entorno exterior. Los niveles detríticos más gruesos presentan algunas nodulizaciones carbonatadas. En estos sedimentos se intercalan grandes bloques de desplomes del techo, que terminan por convertir la antigua cueva en una dolina. Dichos bloques condicionan y modifican localmente y en detalle las áreas de sedimentación en el interior de la depresión. En la zona noroccidental se han distinguido los siguientes niveles de muro a techo: Erosivo sobre la unidad anterior. Formado por gravillas alteradas y escasos cantos hacia la zona central, englobados en una matriz arcillosa roja, con estratificación masiva y deformado por la caída de grandes bloques de orden métrico, previa a la sedimentación del siguiente. Arcillas rojas masivas englobando algunas gravas y cantos en la parte superior, sobre todo hacia el centro, donde incluye también algunos bloques. Recubre hacia la zona central parte de los bloques caídos previamente. Contiene fósiles de mamíferos. Recientemente se ha recogido industria lítica del Paleolítico inferior (Mosquera y Carbonell, como pers.).. -Potencia 0,30-0,60 m. Corresponde a otro nivel de gravillas calcáreas análogo al anterior, pero con mayor proporción de cantos frescos y algún bloque. Contiene huesos fósiles e industria lítica en la zona central de la cubeta. -Potencia variable en torno a 0,80 m. Compuesto por arcillas rojas masivas, con un cierto tendido en la estratificación, marcado por alineaciones de cantos o niveles de gravas discontinuos. Estos depósitos se interpretan como aportes procedentes de los bordes de la dolina, trans- portados por aguas de cscorrentía no canalizadas o pobremente estructuradas. Además de los procesos de hundimiento y colapso acompañantes. se producen aportes gravitacionales debidos a procesos de gelivación. escasos y de escasa intensidad. muy inferior a la registrada en unidades precedentes. Corresponde con un clima «fresco» en el sentido de Hoyos (Hoyos. 1981). con variaciones dentro de un ambiente de humedad estacional parecido al actual. Entre esta sub unidad y la siguiente se produce un último reajuste por colapso de los depósitos preexistentes. con ligera deformación cóncava del fondo de la depresión. lo que facilita la sedimentación de la última unidad. Representan los depósitos más recientes de la zona estudiada del flanco noroccidental de Gran Dolina, sólo cubiertos parcialmente por la unidad terminal TD-ll de Gil el alii (1987). En ella se han distinguido dos niveles. -El nivel inferior de 0.30 m de potencia. está formado por arcillas arenosas. masivas o con laminaciones en alguna zona; incluyen hiladas discontinuas de pequeños cantos alterados que marcan el sentido de la estratificación, una más continua, o con más bloques en la base. A techo presenta un lecho de gravillas con la misma matriz, que contiene restos óseos e industria en el contacto y en su interior. -El nivel superior 0,40-0,50 m de potencia. es de características parecidas al anterior, sólo que incluye dos alineaciones discontinuas de cantos. A techo está erosionado por la vertiente. Algunas acumulaciones de bloques ocurren en el contacto inferior. Se interpretan sedimentológicamente como los de la subunidad anterior. salvo que en éstos no aparecen vestigios de gelivación, por lo que se les hace corresponder con un clima templado y más húmedo que el anterior. Las evidencias de encharcamiento y las direcciones de cantos relacionados con lavados laterales, sugieren más humedad que en la subunidad precedente. Abundante fauna e industria del Paleolítico inferior (Aguirre, 1995; Mosquera y Carbonell, 1992). TD-l1.-Todavía por encima de la unidad anterior se encuentra en la zona central de la dolina un conjunto predominantemente arcilloso rosáceo, que engloba algunos bloques, cantos y gravas alterados y dispersos en la matriz y un nivel con grandes placas en la base. Todo el con-junto aparece carbonatado diferencialmente, con nodulizaciones. manchas dispersas y vermiculaciones de carbonatos. debidas a la superposición de procesos edáficos que enmascaran su significado paleoclimático inicial. No se ha estudiado esta parte en detalle. En la parte inferior del corte de Gran Dolina (TD). la polaridad magnética inversa dentro y cerca de la base de la unidad TD-3, indica que estas unidades inferiores preceden al evento magnético Matuyama/Brunhes (Carracedo, Soler y Chicharro, como pers.). Ello es coherente con las evidencias geodinámicas según Zazo el alli (1983), del cambio a karst freático maduro entre las terrazas 3 y 4 del Arlanzón, del Pleistoceno Inferior y con las faunísticas (Aguirre, 1995). La fecha de la inversión Matuyama/Brunhes varía según los autores. La serie de depósitos de la Trinchera habría comenzado, según ese dato, hace más de 750.000 años con seguridad, pero no mucho más, al final del Pleistoceno Inferior. Se pueden atribuir datos de edad a los niveles intermedios de Gran Dolina, con calibración fiable, por interpolación entre los datos mencionados arriba, controlada por correlación paleofaunística con yacimientos de Europa directamente datados (Aguirre, 1995). Así podemos asegurar una edad superior a 510 ka -la edad de Belle-Roche y Mauer para TD6, nivel con los recientes restos de fósiles humanos aparecidos en 1994, y 300/325 ka para TDI0, esto es no más moderna que Castel di Guido y Bilzingsleben. Los niveles intermedios TD7, TD8 Y TD9 tendrían correspondencia predecible con las fluctuaciones climáticas de entre hace 500 y 350 ka. GRAN DOLINA y EPISODIOS ISOTÓ-PICOS OCEÁNICOS Entre los datos basal y terminal de la secuencia de depósitos de Atapuerca, poco más de 800 ka B.P. y cerca de 200 ka B.P., respectivamente, se puede trazar una curva relativa y cualitativa de ciclos mayores de calor y frío a lo largo de la secuencia Gran Dolina. El número de ciclos principales es de h episodios dominantemente cálidos o templados (TO-3. Dada la duración total de la secuencia, algo más de 550.000 años, cada ciclo completo -frío y cálido-, representado aunque de modo discontinuo por dichas unidades sedimentarias y sus alteraciones epigenéticas, habría durado más de RO.OOO años como media. La duración media es equivalente a la de los ciclos isotópicos del océano basados en las relaciones de oxígeno 16/18. Teniendo en cuenta que podría faltar el registro de un ciclo climático principal -difícilmente más de uno-en hiato sedimentario, no es improbable que tengamos el mismo número de ~iclos calientes y fríos registrados en la secuencia sedimentaria del karst de Atapuerca que en el océano, entre las fechas que enmarcan el Pleistoceno Medio. Lo más probable es que coincidan los unos con los otros y se pueda dar como bastante segura su equivalencia, según se muestra en la figura 4 de Aguirre y Hoyos (1992), y en la figura 2 de este trabajo. s. VARIACIONES DE HUMEDAD EN EL PLEISTOCENO MEDIO SEGÚN EL REGISTRO DE GRAN DOLINA Los gradientes de humedad en relación con los distintos ciclos cálidos y fríos en esta parte de España y a lo largo del Pleistoceno Medio, tal como se registran en el corte de TD en la Trinchera de Atapuerca, no son siempre iguales. Se entiende en este trabajo con el adjetivo «estacional» el hecho de que las etapas de lluvia anuales, una o dos, están separadas por estaciones más secas, independientemente de la pluviosidad total, que define el carácter básicamente húmedo o seco del clima. En general, los episodios cálidos tal como se reflejan en la serie de depósitos de Gran Dolina, comienzan con humedad alta o en aumento, pero con diferente tendencia y evolución. Así, al final de TO-2 la humedad decrece y vuelve a aumentar discretamente, siempre estacional en TO-3. Entre TO-6 y TO-7, la humedad que ha venido creciendo causa una fuerte erosión; la precipitación es estacional y alta en la primera mitad de TO-7, decayendo en la segunda mitad. T. P., 52, n.O 2, 1995 A lo largo de TO-H aumenta considerahlemente la humedad, con mejoría térmica al final. Después de TO-H se registra una fuerte erosión: cae la humedad y el clima pasa a seco, y torna a hacerse medianamente húmedo en TD-9. En el episodio cálido representado en TD-I 0.2 a TD-lOA, e intervalo hasta la base de TD-lI, se parte de condiciones de haja humedad, y se continúa con una humedad creciente con oscilaciones menores y carácter estacional. produciendo efectos erosivos y deslizamientos, con mayor intensidad al final. Oos casos netamente inversos se presentan en las fluctuaciones de TD-5.1 y TD-5.3: en la primera, fresca y templada, hay una acusada estacionalidad de lluvias inicialmente que decrecen sensiblemente con oscilaciones, presentando una ligera recuperación al final (antes y en los rigores fríos de TD-5.2); en el caso TO-5.3, el clima es cálido y fuertemente estacional, con precipitaciones escasas frente a una larga estación estival, si bien con una oscilación en medio debida a un aumento transitorio de la humedad, que se llega a recuperar con los primeros fríos que siguen (Fig. 2). En los episodios fríos registrados en Gran Dolina también varía de diverso modo la humedad. Un aumento decidido de la humedad a lo largo del episodio frío, aun cuando con inflexiones menores, se observa en nuestros niveles TO-4, TD-6 Y TO-8. Una oscilación regular en la humedad, que viene a ser mayor que la de los dos períodos cálidos precedente y siguiente, se aprecia en TO-5.2, y una caída considerable de la humedad, aunque breve, en TO-lO.1. Las variaciones de humedad a lo largo del Pleistoceno Medio que inferimos del carácter de los tramos sedimentarios que se suceden en la exposición del corte TO de Gran Dolina muestran, pues, lo primero unas oscilaciones o ciclos que no coinciden con los ciclos de temperatur~, como hemos señalado en otro trabajo (Aguirre y Hoyos, 1992). Se ha de concluir por ello que para construir los modelos de cambio climático se ha de tener en cuenta, en latitudes medias, no sólo las variables orbitarias que afectan a la insolación y al deshielo y se reflejan en las temperaturas del agua oceánica, sino además las modificaciones en la circulación atmosférica que se relacionan con la distribución de la humedad en general y con el régimen de lluvias, y sus gradientes regionales. Estas variables pueden estar condicionadas por factores geomorfológicos añadidos a las variaciones térmicas en los océa- En segundo lugar, observamos otras irregularidades en los cicios de humedad: Una es su duración o frecuencia. Los máximos de humedad registrados en TD se pueden datar. de acuerdo con las correlaciones que proponemos: en torno a 700 ka, hacia 520 y 420 ka, y cerca de 330 ka. Por análisis palinológico sohre muestras de sondeo en plataforma continental africana, en el Atlántico oriental cerca del trópico de Cáncer, se han señalado varias crisis de aridificació n cerca de 580 ka, en 480 y 470 ka, cerca de 400 ka y de 360 ka, y recuperaciones de humedad cerca de 340 ka y de 240 ka (Dupont, 1992;v. Estas crisis pueden compararse con las obtenidas con nuestras inferencias y datadas indirectamente por correlación con los episodios oceánicos (Aguirre, 1995).
Se presentan listas paleofaunísticas provisionales de cortes distintos en las localidades de Atapuerca e Ibeas de Juarros (Burgos). Los niveles inferiores de Gran Dolina (TD.3-6) contienen constantes restos de la asociación faunística conocida desde el final del Pleistoceno Inferior (post-Jaramillo) hasta las Freshwater Beds de West Runton (Cromer). Las capas superiores en Gran Dolina (TD.1O-11) Y en el complejo Tres Simas (crS.3) se correlacionan por sus conjuntos faunísticos con los de Europa del Pleistoceno Medio medio-alto, como La Fage, Swanscombe, Steinheim 2, Bilzingsleben, Castel di Guido (c.300 kaBP), Ehringsdorf. Los fósiles humanos y restos asociados de Ursus deningeri en «Sima de los Huesos" corresponden con toda probabilidad a una parte mediana del Pleistoceno Medio. Se comentan las asociaciones de vestigios arqueológicos con éstos y otros conjuntos faunísticos y las cuestiones que de ello derivan sobre la evolución de las poblaciones humanas en Europa. El rt: gistro pakofaunístico del karst pleistoceno de Ataput: rca es excepcional. pues aharca el final del Pleistoceno Inferior y casi todo el Pleistoceno Medio. y tiene muy alta resolución, por contener conjuntos de fósiks en distintos niveles estratigráficos que se correlacionan con faunas locales de Europa entre datos fiahles (Aguirre et alií. No ohstante este registro es por ahora desigual. pues algunos niveles son pohres o carecen de fósiles debido a las circunstancias de posicionales y otras. Las condiciones del afloramiento y la estrategia obligada de la excavación, sólo han permitido hasta ahora excavar en extensión parte de los niveles superiores en dos afloramientos y un área muy pequeña en la parte inferior de uno de ellos. Oe la mayoría de los niveles res-'tantes sólo se han obtenido fósiles de pequeños vertebrados por muestreo en el corte expuesto, y algunos de grandes mamíferos lavados en el propio corte por meteorización; también se han recogido fósiles a pie del corte, en general caídos con bloques desprendidos accidentalmente. Con todo y con estar las excavaciones y los estudios sobre Atapuerca en sus comienzos, lo que hasta el momento conocemos de este registro faunística constituye una importante contribución al conocimiento de la evolución de la fauna de vertebrados en España, y en el sur y oeste de Europa, que afectan a las evidencias arqueológicas y paleantropológicas de poblamientos de Europa en el Pleistoceno Medio y Pleistoceno Inferior. De estos autores y trabajos se toman las listas citadas más abajo, y se tienen en cuenta las recopilaciones o puestas al día de Aguirre (1989a) y B. Sánchez (1989). En algunos casos se cambia la nomenclatura para adaptarla a revisiones taxonómicas recientes del grupo o T. P., 52, n.o 2, 1995 [miliann Aguirrc por criterio del autor de este trahajo. Actualmente se renueva el estudio de los roedores por G. Cuenca y colahoradores: de sus trahajos en curso se toman las listas de roedores de los niveles TO.3 a TO.6. REGISTRO PALEOFAUNÍSTICO DE GRAN DOLlNA Conservo el nomhre de «Gran Oolina» (dado por T. Torres desde sus primeros trabajos en 1976) para una cavidad de evolución senil compleja, con cerca de veinte metros vistos de relleno en vertical. Son muy fosilíferas las capas (sigladas con las letras TO) de la mitad inferior y un tramo de la mitad superior. El estudio descriptivo de cada uno de estos niveles, de sus procesos sedimentarios y el clima inferido se tratan en este mismo volumen de Trabajos de Prehistoria (Hoyos y Aguirre, 1995). Sólo un fósil de vertebrados se atribuye al nivel T02. un cráneo de Bison d. schoetensacki voigstedtensis. La identificación del fósil se debe a E. Soto (1987). El fósil fue extraído de este nivel en la excavación preliminar conducida por T. Torres en 1976 (según comunicación oral de este último). La presencia del fósil en este nivel sólo puede explicarse por una abertura inicial de la cueva tras descender el nivel acuífero y al entrar consiguientemente la cavidad en fase de karst maduro. Una muestra con escaso polen (García Antón, 1989) incluye Quercus, abedul y Artemisia, pinos y enebros. Una variedad temprana de bisonte ocurre en Europa al final del Pleistoceno Inferior en Jockgrim, Untermassfield. Meiningen (Alemania), Betfia 5 (Rumania), yen Akhalkalaki (Georgia). Nivel T03 La presencia de Mimomys savini y Stenocra-llillS grega/oides. asociados a otros microtinos primitivos y a P/iomys episcopalis sugiere la correlación del nivel TD3 con yacimientos del llamado Bihariense superior. con referencia al tramo Nagyharsanyhégy superior para Centroeuropa (Sesé y Gil. 1990) con parecida asociación de roedores fósiles. y de edad post-Jaramillo y pre-Brunhes. Fernández-Jalvo (1995) reconoce además la acción de otros predadores, 10 que añadiría al menos otra especie más a la lista. La lista de roedores de TD3 y TD4 se correlaciona con los sitios de Grace en Francia, Somssich-hégy 2, Villany 6,8 (Hungría) y Zamkova Dolna C (Polonia), a uno y otro lado del límite entre Pleistoceno Inferior y Medio. El conjunto de grandes mamíferos de TD4 se correlaciona bien con los de Voigstedt y Gombasek; Cervus elaphus se cita por primera vez en Jockgrim para Europa. La única cita europea de una Crocuta anterior al final del Matuyama es en Betfia 5, además de Akhalkalaki. El nivel TD4 se interpreta como una secuencia de depósitos acumulados en un episodio de frío a fresco bastante húmedo con dos fases muy frías seguidas respectivamente de tramos frescos y humedad más elevada en estos últimos (Hoyos y Aguirre, 1995). La acumulación de fósiles de vertebrados incluso de grandes mamíferos es importante. No se ha publicado un estudio en curso para discernir la parte que en ello tuvieran humanos y otros carroñeros. La cueva estaba abierta. y la presencia de humanos queda atestiguada por el hallazgo de un núcleo de cuarcita poco e"plotado y algunas lascas (Carbonell y Rodríguez. En el complejo nivel TD5 se ha señalado la presencia de las siguientes especies de vertebrados no mamíferos y de pequeños mamíferos: Tri-lUrus sp. cf. major (con duda de si corresponde al nivel superior), Beremendia cL fissidens, Sorex sp., Crocidura sp, Oryctolagus sp. cf. /acosti. Los depósitos del nivel TD5 reflejan un ciclo completo con episodio cálido a fresco inicial (TD5.1), frío a tibio en la segunda parte (TD5.2), y TD5.3 de nuevo cálido. La humedad decrece en la base y en TD5.3, y aumenta la estacionalidad de las lluvia~ (Hoyos y Aguirre, 1995). El cárabo común, Strix aluco, es el elemento predador probable identificado por el patrón de alteración de los huesos de roedor (Fernández-Jalvo, 1995; Fernández-Jalva y Andrews, 1992). Del nivel TD6, dominantemente frío con oscilaciones, y con mejoría gradual y humedad creciente en su segunda mitad, se han identifica-. do (Sanchiz, 1987; Carbonell et (Polonia). hasta Süssenborn (Alemania) y las Forest Beds del Cromer (Inglaterra): esto es, entre hace casi 900 y c. Dos grandes núcleos de sílex y una gran lasca fueron obtenidos in situ de niveles intermedios en TD6, al observarse que afloraban por meteorización en el corte (Aguirre, 1991), además de otras piezas recuperadas de bloques caídos a pie del corte, y'en últimas campañas (Carbonell et alii, 1995 b). No se han recogido fósiles en las muestras del nivel T07 hasta 1994, salvo escasas piezas de Bufo calamita, Alytes obstericans, Pelodytes punctatus, Anguis fragilis, y dos de lacértidos, uno grande, otro pequeño, según Sanchiz (1987). Se ven huesos cementados de grandes mamíferos en planos inferiores de estratificación, por ahora inaccesibles, También hasta 1994 se conocían pocos fósiles de roedores (Gil, 1987) del nivel TD 8, Y piezas herpetológicas, identificadas por Sanchiz (1987): Bufo calamita, Lacertidae indet., Colubrinae indet., Terricola subte- rraneus, lberomys brecciensis, Allocricetus bursae, Oryctolagus lacosti. Todos estos taxones son triviales hacia la mitad del Pleistoceno Medio. El nivel TD8 no se ha podido muestrear sino en una mínima parte de su corte expuesto. Tiene su mayor desarrollo en el lado Oeste de la sección, donde el depósito llega al techo de la cueva. En el centro se adelgazan los bancos y se erosionan; en el extremo Este desaparece el depósito, y queda muy poco de este nivel en el tercio central que sea accesible desde el andamio para muestreo. Los depósitos de T08 llegan a taponar una antigua entrada a la cueva desde el Oeste (Hoyos y Aguirre, 1995). Cabe esperar algún registro faunístico en el lado externo de los tramos bajos del T08, cuando sean accesibles; no mucho en los tramos altos. Como resultado de una cata de muestreo vertical en el corte de Gran Dolina, practicada en ra excavación de 1994, me fueron mostrados por su director y equipo sendos fósi-T. P., 52, n.o 2, 1995 Emiliano Aguirre les de los géneros Híppopotamus y Crocuta, y uno de oso, que J. Cervera (com. oral) atribuye al grupo arctoide, procedentes de T08. En T07 se hallaron huesos de la extremidad posterior de un bóvido, casi en conexión, actualmente en estudio. No se han hallado fósiles en muestras del nivel TD 9. La cueva se abre de nuevo a partir de aquí cenitalmente y a la ladera. Los pequeños vertebrados del nivel TO 10, son: (Gil, 1987): Las asociaciones faunísticas de TOlO no serían anteriores a las primeras apariciones de Arvicola sapidus en España y Francia, que los autores sitúan ya avanzado el segundo tercio del Pleistoceno Medio. La variedad E. caballus ger- manicus es típica de los travertinos de Ehringsdorf-Taubach. Es por tanto inevitable, desde el punto de vista de la correlación biostratigráfica, enmarcar las ocupaciones de TOlO final en las oscilaciones climáticas del episodio isotópico 7 ó en el 9, más probablemente en el episodio 9 (Hoyos y Aguirre, 1995). En estas capas se contiene un considerable registro arqueológico (Carbonell et alii, 1994; 1995a). El nivel TOll es prácticamente estéril por lo que se refiere a grandes mamíferos. Los que se citan de este nivel se pueden referir al intervalo interdeposicional, O la misma base de TD 11. Las capas estrictamente basales de TD II proporcionaron fósiles de pequeños vertebrados (Gil, 1987): Rana sp., Sorex sp., Terricola subterraneus, Pliomys lenki, Iberomys brecciensis, Microtus arva/is-agrestis, Arvicola sp. cf. sapidus, Allocricetus bursae, Apodemus sp. cf. flavicollis, Eliomys quercinus. El predador inferido del estado en que se encuentran estos fósiles de roedores es el buho chico, Asio otus (Fernández-Jalvo, 1995). La base de TDll contiene un registro arqueológico de importancia (Carbonell et ahi, 1994; 1995). Doadrio (fide Sanchiz, 1987), en casi todos los niveles, por lo menos los inferiores e intermedios, de TD, se encuentran vértebras de trucha, Salmo trutta, y restos de Ciprínidos referidos con probabilidad al género Leuciscus. Vemos que el registro paleofaunístico de Gran Dolina es muy rico en las capas inferiores, que cubren con bastante fina calibración el final del Pleistoceno Inferior; su correlación con yacimientos del centro y este de Europa, a uno y otro lado de la inversión magnética Matuyama/Brunhes es coherente con el estudio morfológico de Zazo y otros (1983) y con un reciente estudio paleomagnético (Parés y Pérez González, 1995). Las capas altas ilustran un intervalo de buen clima, mediano a tardío, de hace entre cerca de 340 ka y poco menos de 300 ka comprendiendo quizás las oscilaciones del episodio OIS 9, según la correlación que parece más probable, sin excluir que se trate del episodio 7. Queda entre T07 y la base de TOlO la mitad del Bruhnes y del Pleistoceno Medio (750 a 370 Ka) con grandes hiatos sedimentarios. Hay indicios de un contenido faunístico importante, apenas muestreado aún, en TD6 final y TD8 inferior. Otros cortes y afloramientos dentro de la misma área de la Trinchera también ofrecen niveles fosilíferos; por lo tanto, hay no sólo posibilidades de enriquecer el conocimiento de niveles que se pueden correlacionar aportando nuevos datos y contraste al variar más o menos algunas condiciones del medio, sino también de llenar lagunas del corte TD. Se podrá así completar la secuencia, si se encuentran capas fértiles en otro corte correlacionadas con capas estériles o hiatos sedimentarios de éste. Recientemente se ha muestreado el depósito llamado Penal, de algún modo relacionado con Gran Oolina, y comenzado el análisis taxonómico de sus muestras. Identificaciones prelimina-res por G. Cuenca y A. van der Meulen se incluyen en la tesis de Y. Fernández-Jalvo(1995). Según dichas listas se puede proponer una correlación entre los tramos Penal TP3 a g y Gran Dolina TD4 a 6, sólo global, dado que la paleofauna es duradera, en Gran Dolina ocurren hiatos, y Penal tiene tramos estériles. REGISTRO FAUNÍSTICO DEL APA-RATO KÁRSTICO DE TRES SIMAS El nombre de «Tres Simas» fue dado por T. Torres a los rellenos de tres conductos más o menos verticales que abren a la superficie separadamente y convergen cerca del fondo actual de la Trinchera a unos 30 m al sur de Gran Dolina. Los niveles más bajos en este subsistema de cuya fauna terrícola se tiene algún conocimiento son las capas CTS.2 (Hoyos y Aguirre, 1995), bajo el conducto vertical TN (el más septentrional de las Tres Simas) y en la Galería que conecta con él. En uno y otro lado, estas capas están por encima de los niveles inferiores con murcielaguina, a techo de CTS.1.2. En los tramos intermedios de esta unidad CTS.2.2 (v. Hoyos y Aguirre, 1995) los fósiles de quirópteros fueron identificados por P. Sevilla (1986), los anfibios por Sanchiz (1987) En una brecha cementada de la parte alta de. esta subunidad (antiguo TG8), y aflorando en el corte por meteorización, se recuperó una serie dentaria inferior de caballo, que en la opinión de este firmante, presenta afinidad con los rasgos de Equus mosbachensis más que con otra subespecie de caballo (aparece referido a Equus caballus d. germanicus en Sánchez y Soto, 1987: 126 y Lám. Con respecto al tramo superior de esta unidad, crS.23, E. Gil (1987) cita en el lado de la sima, los taxones de la lista que sigue, en la que Con todas las reservas necesarias. deho referir que un número considerable de fósiles de équido se recuperaron al comenzar los trahajos previos a la excavación. en 197X: éstos llevan la sigla AT-7XET. y se recogieron fuera del contexto estratigráfico y fuera de la trinchera, con algunos otros fósiles. de un montón donde se hahían acumulado. Estahan englobados en terrones de gravilla de pequeños hloques calcáreos con matriz arenosoarcillosa rojiza. La mayoría de estas piezas se atribuyen a Eq/llIs cahal/lIs cf. germaniclIs y E. c Los taxones significativos referidos más arriba reducen por correlación la banda hipotética para situar cronológicamente esta asociación faunística a los 350.000 años del episodio 10 como tope máximo de antigüedad, y los 190.000 del comienzo del episodio 6 frío, como tope mínimo, a semejanza de lo indicado más arriba para TD10-TDll. La presencia de osos modernos, concretamente de Ursus spelaeus en CTS.3 (Torres, 1987b) avala esta asignación cronológica sin permitir mayor precisión. Las primeras citas de U. spelaeus se hallan en yacimientos correlacionados con el episodio 9, ó próximos a los 300 kaAA, como Swanscombe y Castel di Guido. La correlación de CTS.3 con Steinheim, Swanscombe, Malagrotta, y niveles superiores de La Fage parece sólida, y con Bilzingsleben y Orgnac 3 datados respectivamente en 325 y más de 300 ka. Por otra parte, CTS-3 podría correlacionarse con el episodio 7 de la escala isotópica al que se atribuyen también Pinilla (Alférez el afij, 1985) y la Solana de Zamborino (Martín Penela, 1988). No hallo razón decisiva para excluir esta correlación alternativa. Hay infradatos para la serie de Tres Simas en una costra estalagmítica terminal en Galería: cerca de 200 kaAA por ESR, y cerca de 100 ka según el Uranio (Grün y Aguirre, 1987): el margen de error equivale a un ciclo entero de la escala isotópica del océano. Entre dicha costra y el nivel fosilífero superior se interpone un estadio frío. La representación de aves en CTS.3 varía considerablemente, desde los horizontes inferiores, en los que se encuentra la mayor diversidad, y concretamente las frecuentadoras de lugares húmedos, hasta los superiores, en los que sólo quedan representados los córvidos y la perdiz fósil (Sánchez, 1987). Si el registro responde en este aspecto a la realidad y no a sesgo tafonómico, ello estaría en correspondencia con la indicación palinológica de un deterioro en la cuhierta vegetal, con disminución de especies arbóreas, que más tarde pasa, tras una mejoría térmica y de humedad, a un paisaje abierto de tipo mediterráneo-continental (García Antón y Sainz Ollero, 1991) concretamente de páramo. En este intervalo hay evidencia de reses caídas accidentalmente por la boca de torca, y de acción de cánidos y de pobladores humanos para aprovecharlas como sustento (Díez y Moreno, 1994). Detrás venía aún el puercoespín a roer los huesos. REPRESENTACiÓN FAUNÍSTICA DE LA SIMA DE LOS HUESOS, CUEVA MAYOR En la Sima de los Huesos de Cueva Mayor la brecha osífera principal y superior contiene (Cervera, 1992): Panthera feo, Lynx pardina spefaea, Vil/pes vu/pes y Urslls deningeri (en gran abundancia). En otro depósito de la Sima de los Huesos, al parecer inferior al ya mencionado, se encuentran: Horno sapiens ssp. (en número considerable, con afinidades complejas) y Ursl/s deningeri. En la Sala de los Cíclopes y divertículos adyacentes se hallan esqueletos de Urslls deningeri (Cervera). La presencia de UrSllS deningeri asociado con los fósiles humanos y en un nivel suprayacente -parece excluida toda duda al respecto (Arsuaga, como oral)-permite asignar con criterio paleofaunístico una edad no inferior a los 300.000 años en que este taxón es sustituido por U. spelaeus en La Fage, según datos no seguros pero fiables. La cita más moderna de U. den ingeri es, hasta ahora, la de La Fage 5, probablemente correlacionado con el OIS episodio 10 (Mourer-Chauviré, 1975). Las menciones de Ursus spe/aeus y Ursus deningeri -versosímilmente distintos sólo a nivel de subespecie-en muchas listas comunmente citadas y las edades atribuidas a sus yacimientos necesitan revisión, así como los équidos, rumiantes y otros grupos. Como resumen, pueden distinguirse en el conjunto de la trinchera: una unidad inferior, sólo identificada hasta ahora en Gran Dolina y Penal con representación de los conjuntos faunísticos llamados «Bihariense superior», «Galeriano», «Tiraspoliense», «Forest Beds»; una uni-dad superior bien representada en el Complejo Tres Simas y en Gran Dolina con palcofauna típica del último lI: rcio del Pleistoceno Medio europeo, y otra u otras unidades intermedias en las que cabe predecir un conjunto faunístico semejante a los de Mauer, Arago, L'Escale, Be-lIe-Roche, Boxgrove, no sin notables vacíos sedimentarios. El sesgo regional es nulo prácticamente respecto al oeste de Europa; más diferencia s,e encuentra con las regiones centroeuropeas. pero con todo subsisten elementos de correlación significativos en el grupo de los roedores. La calihración cronológica de la escala de referencia atapuerquense ofrece una finura considerahle, en los tramos conocidos por ahora, y éstos se pueden cotejar con las fases de la curva paleotérmica global. Todavía no se conocen resultados de un muestreo en el corte de la trinchera llamado «Sima del Elefante» (TF o TE, según AA.), que comunica con relleno subyacente a la «Galería Baja» de Cueva Mayor. La brecha terminal de este relleno es fosilífera. Contiene fósiles de Equus sp. asociados a industria, que afloraban en la parte superior del corte, junto con algunos utensilios líticos que pueden corresponder a un conjunto del Paleolítico medio. LAS RELACIONES ENTRE REGIS-TROS FAUNÍSTICOS Y ARQUEOLÓ-GICOS EN TIEMPOS PLEISTOCENOS ANTIGUOS El registro arqueológico de la dispersión y afianzamiento de una especie humana en Europa y Asia empieza a ser variado y relativamente ubicuo en fechas inferiores a un millón de años. De todos modos, la mayoría de yacimientos de vertebrados fósiles hasta hace 500 ka no contienen registro arqueológico. Este caso ya es más raro a partir de esta última fecha. Desde entonces, la gran mayoría de los yacimientos paleomastológicos, en todos los medios sedimentarios -lacustres, fluviales, kársticos-, son también yacimientos arqueológicos, y lo contrario es la excepción. Son escasos los sitios en que se habla de industria lítica asociada a vertebrados fósiles en el Pleistoceno Inferior de Europa: entre ellos Vallonet, de unos 900 ka (Lumley el a/ii, 1988) y Solilhac (Bonifay, 1991) algo más joven, en Francia; cerca o más de 850 ka tendría una lasca de sílex de Irsina. En cJ área de Orce. con edad próxima o posterior al Jaramillo. se presentan algunos núclos y lascas en Barranco León y Fuentenueva 3 (Gibert el alii. 1992: es más que dudoso un conjunto de cantos dolomíticos de Barranco del Paso. ibidem). Algo más joven es un canto trabajado del Cortijo Doña Milagros (Gibert el alií. Más de 700 ka se atribuyen a un conjunto de piezas en caliza --cantos tallados. bases con escasas extracciones, alguna raedera con retoque denticulado-de Colle Marino (Bidittu y Segre, 1984a). sin fauna referida. En Stranska Skala se identifica la microfauna bihariense superior en una Emiliano Aguirre sucesión con el Jaramillo en el nivel 4. la inversión Brunhes/Matuyama en el nivel 6 e industria prcachelcnsc en el nivel 13. Los objetos excavados en TD4 y TD6 (Carbonell y Rodríguez, 1994) Y los núcleos del corte en TD5 y TD6 ( Aguirre. Cabe pues. afirmar la expansión de grupos humanos en Europa anterior al medio millón de años, contrariamente a la opinión de C. Gamble ( 1994). Vidauban;42, Lazaret;43, Vallonnet;44, Colle Marino;45, Torre in Pietra;46, Grotta Romanelli;47, Malagrotta;48, Castel Los autores aplican el término «Tayacicnse arcaico» a conjuntos líticos como el citado de Stranska Skala y los de Venosa-Loreto (Barral y Simone, 1984), Isernia-La Pineta (Peretto, 1991), L'Arago (Lumley el alii, 1984), Aldene nivel I (Barral y Simone, 1976), que incluyen utensilios sobre lasca a veces con retoque denticulado, cantos trabajados, y algún que otro bifaz o protobifaz. Semejante es el caso de Belle-Roche (Cordy el alii, 1992), Visogliano (Cattani el alii, 1991), Fontana Ranuccio, (Bidittu el alii, 1984), Cava Pompi (Bidittu y Segre, 1984c): estos conjuntos protoachelenses ó achelenses arcaicos se datan entre más de 400 y unos 500 ka AA, o bien se correlacionan con los episodios OIS 13 y 12. Del episodio 13 son también los conjuntos, escasos, de L'Escale (Bonifay, 1976a) y Cúllar-Baza (Ruiz Bustos el a/ü, 1982). Semejante es la industria recolectada en Lunel-Viel (Bonifay, 1976b) en que dominan los cantos trabajados, y que se correlaciona con el episodio OIS 11 más bien que con el 13. Tengo por más probable la correlación con el episodio OIS 13 de Pinedo (Querol y Santonja, 1979; Santonja, 1981), donde dominan los picos triédricos en cuarcita, así como en Transfesa inferior, ambos sitios con representación faunística pobre y cuya industria ha sido referida como «achelense antiguo». El conjunto de Boxgrove, con bifaces, se asigna por algunos al episodio OIS 13 (c. 520-470 ka AA) por la presencia de Arvicola cantiana y semejanza con la fauna de Westbury (Roberts et alii, 1994; Gamble, 1994); pero Westbury alcanza el episodio OIS 12, y su conjunto faunístico pudo sobrevivir a la glaciación angliense: esta última pudo ser contemporánea en parte y en parte anterior a los depósitos de Boxgrove. La situación de este lugar no excluye su correlación con el episodio 11. La composición de microfauna de Arago, en el episodio OIS 12, apenas difiere de la del episodio 13, y son varios los elementos característicos de la macrofauna del episodio 13 que llegan hasta el episodio 11, entre ellos la comunidad de carnívoros que encontramos en Sima de los Huesos, y el caballo de Mosbach. Es obvio que se trata de una doble tanda de cambios en la fauna: hace algo más de 500 ka y hace menos de 400 ka, con relativa constancia en el intervalo. Algo semejante ocurre con la industria lítica: es extraordinario el incremento de indicios de ocupación y actividad humana hace en torno a los 500 ka, y hasta apenas antes de 400 ka no se halla un ple-no «Achelense» con seguridad. Dichos cambios pueden justificar el aserto de que el «Achclense» no procede en Europa por evolución in situ (Peretto. 1991): pero sería imprudente hablar de un único fenómeno de inmigración en el Pleistoceno Medio, o de un solo cambio brusco en la evolución cultural o técnica. Con conjuntos de instrumental lítico más diverso que florecen en Europa en torno a 300-200 ka, se comparan los de Atapuerca TD 10-11 Y TG 1'I/CTS.3. La propia diversidad en la confección de utensilios yen sus situaciones de aplicación dentro de un sistema operativo común y relativamente sencillo se puede apreciar de modo diferente en Atapuerca (Díez el alii, 1986; Mosquera y Carbonell, 1992), y es ya un signo de expansión, de madurez y de éxito adaptativo. Este se añade a la abundancia de yacimientos arqueológicos, y a la alta proporción de sitios paleontológicos con impronta de acción antrópica. En Carbonell el alii (1995a) se comparan los conjuntos de niveles superiores de Atapuerca con el de Aridos 1, y también con los de Clactonon-Sea, La Cotte St. Brélade y la situación de Pinilla. Un cambio significativo y mayor aproximación a los complejos musterienses se mencionan en yacimientos que se datan bien en el episodio frío OIS 6, como Lazaret (Lumley el alii, 1976) y Fontéchevade, o bien al final del episodio 7 y transición al frío, como es el caso de Monte delle Gioie (Segre y Segre-Naldini, 1984) y Casal de Pazzi (Anzidei, 1984), no representados con fósiles en Atapuerca. Es un hecho fuera de duda, y llamativo, la escasez y casi falta total de registro paleontológico en Europa entre la base del Brunhes -base convencional del Pleistoceno Medio-y el episodio 15 (esto es, entre hace unos 750 milenios y unos 510 milenios); por otra parte, en el episodio OIS 14 se mantiene, con muy pocos cambios, un conjunto faunístico casi igual al de. final del Pleistoceno Inferior (Fig. 2). Este hiato es practicamente total en lo que se refiere al registro arqueológico, y tal ausencia ha influido en la idea de que la humanidad estuvo ausente de Europa en dicho lapso de tiempo, y hasta hace 500 ka. Si los factores responsables de estas ausencias son tafonómicos o del tipo de discordancias y hiatos sedimentarios, entonces será difícil demostrar que hubo una escasez de biomasa, o una debilitación de la ocupación humana en toda Europa por influencia de condiciones climáticas adversas. Creímos tener en unidades inferiores de la Trinchera de Atapuerca (TD4-TD6) evidencias sólidas de procesos sedimentarios y cambios ecológicos, comparables a los que se registran en Holanda y el Bajo Rhin, y se refieren al lapso entre 750, ó más, y 500 milenios como «Complejo Cromeriense» con un triple ciclo cálido-frío registrado, por ejemplo, en la serie de Karlich (Kolfschoten, 1990). Pueden hallarse aún en otra cavidad próxima: la fauna apenas cambió en este intervalo. Los fósiles humanos sólo comienzan a encontrarse y a ser frecuentes, de modo semejante a lo que ocurre con vestigios arqueológicos, a partir del episodio OIS 13 con Visogliano, Ranuccio, Mauer, Boxgrove, Cava Pompi, Arago, Sima de los Huesos. Es por ello relevante el reciente hallazgo de fósiles humanos en el nivel TD 6 de Gran Dolina (Carbonell el a/ti, 1995), asociados al conjunto faunístico y arqueológico que aquí precede a la inversión Brunhes/Matuyama. Es cierto por otra parte, que hace poco más de medio millón de años ocurren importantes cambios faunísticos, un cambio notable en la población humana de Europa y un cambio cultural, y que se registran nuevos cambios significativos en fauna y en cultura hace en torno a 400 milenios. También lo es que falta base en los registros para evaluar la presencia humana en el primer tercio del Pleistoceno Medio, y no parece que ello se deba a grave error en los datos y correlaciones admitidas para las escalas oceánica, magnética y sitios del continente. El conferir las evidencias de cambio físico y cultural en la humanidad y de eventos ambientales, con cronologías fiables y finamente calibradas, sigue siendo tarea pendiente y apasionante, para conocer las vicisitudes de poblaciones humanas mesopleistocenas en Europa. El autor quiere aprovechar esta oportunidad de expresar su gratitud a cuantos le ayudaron en esta tarea y contribuyeron a que los trabajos de la Sierra de Atapuerca llegaran al punto a que han llegado -aunque es imposible nombrarlos aquí a todos-o La ayuda económica vino de la CA ICYT, hoy DGICYT en sucesivas convocatorias desde 1978 hasta hoy. Patrocinaron las campañas de excavación primero la Subdirección General de Arqueología del Ministerio de
En la primavera de 1995 se produjo el descubrimiento de la Cueva del Moro con un conjunto de figuraciones grabadas de équidos con. una filiación superopaleolítica indudable. Los numerosos hallazgos que se están produciendo desde hace unos años en la zona del Campo de Gibraltar nos indican que se trata de una área con una (*) Codirectores del Proyecto d~ Documentación del En abril de 1995 se produjo un importante hallazgo en las sierras del Campo de Gibraltar, en el término municipal de Tarifa (Cádiz) (Fig. 1), que por su interés creemos oportuno dar a 1.-Cueva del Moro. 3.-Conjunto rupestre del Tajo de las Figuras. 6.-Cueva de la Pileta. 8.-La Cueva de Ambrosio. conocer en este primer avance a su estudio.. Durante la colaboración que mantiene Lothar Bergmann con la Delegación Provincial de la Consejería de Cultura en Cádiz en la realización del «Catálogo de Zonas Arqueológicas de la Ensenada de Bolonia», al objeto de su inclusión en el documento urbanístico «Plan Especial de Protección y Mejora de la Ensenada de Bolonia y Núcleo de El Lentiscal», se descubrió una nueva cavidad con pinturas y grabados. Desde el Conjunto Arqueológico de «Baelo Claudia» y a través de su director, José Castiñeira Sánchez, se contactó con los investigadores del proyecto: Mapa en el que figuran los yacimientos con manifestaciones artísticas paleolíticas al aire libre o en abrigos rocosos. de Andalucía citados en texto. Como puede observarse se concentran en las provincias de Cádiz (Campo de Gibraltar y sierras que bordean la antigua Laguna de la Janda) y Almería. T. P., 52, n.o 2, 1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es «Las manifestaciones rupestres prehistóricas de la zona gaditana» (actividades arqueológicas autorizadas y subvencionadas por la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía), que en colaboración con el Departamento de Prehistoria e Historia Antigua de la U.N.E.D. y otras instituciones vienen trabajando enla zona desde 1988 (Más Cornellá, 1993). Este proyecto contempla la prospección, documentación e investigación de los yacimientos con pinturas y grabados rupestres del Campo de Gibraltar, sierras que bordean la antigua Laguna de la Janda y áreas próximas algo más alejadas, así como su contexto arqueológico. En esta zona existen algo más de ciento veinte estaciones conocidas con manifestaciones artísticas postpaleolíticas, la mayoría de los cuales fueron dadas a conocer por J. Cabré y E. Hernández-Pacheco (1914), H. Breuil y M.e. Burkitt (1929),mientras que otras han sido divulgadas más recientemente (Más Cornellá et alii, 1995). Debido a la importancia de la estación descubierta, los trabajos de reproducción, estudio directo y documentación se realizaron con toda urgencia (mayo de 1995), aunque el análisis definitivo deberá ser completado y revisado en futuras campañas. 1 A), a pesar de su denominación se trata de una de las características cavidades o abrigos rocosos, originados • por corrosión y erosión eólica, junto con superficies desgastadas en extensión, dando lugar en conjunto a una morfología de «tafonis» en areniscas silíceas como las que forman las sierras del Campo de Gibraltar (<<Formación Areniscas del Aljibe»). Estan constituidas por granos de cuarzo, bien redondeados, de tamaño pequeño a grueso, a veces conglomeráticas, con apenas matriz de limos y arenas de grano muy fino y mala cementación, de tipo ferruginoso, no muy consistentes, por lo que la roca tiene una cierta friabilidad. La «Formación Areniscas del Aljibe» llega a alcanzar una potencia de 2.000-1.500 m. y está formada predominantemente por areniscas de aspecto masivo, que son exclusivamente silíceas y tienen una coloración blanquecina o amarillenta en fractura fresca, que pasa a parda por meteorización, con finas intercalaciones de materiales pelíticos de color marrón claro (Más Cornellá et alii, e~p.). 1 A. Vista desde la Cueva del Moro. Su situación sobre el Estrecho de Gibraltar le confiere una posición privilegiada. B. Vista de la Sierra de la Plata donde se sitúa la Cueva del Moro. 1 B) consta de dos pisos superpuestos y está situado sobre un escarpe rocoso de unos 40 m. de altura. En la actualidad la cavidad está totalmente vacía de sedimento y no tenemos ningún dato para pensar que alguna vez hubiera tenido un depósito realmente importante. De cualquier forma, hoy en día, el piso está totalmente lavado. En el nivel inferior, al fondo del abrigo, se sitúan los dos paneles que contienen cuatro representaciones incisa~ de équidos. El surco de todas las figuras es bastante ancho y profundo llegando, en algún caso, a dar la sensación -de bajo relieve. La línea del grabado se encuentra totalmente patinada y en T. P., 52, n.o 2, 1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ningún caso se nos han planteado dudasen cuanto a su autenticidad. Se encuentra localizado a 90 cm. del suelo actual del abrig() y tiene unas dimensionesaproximadas de 380 cm. de longitud por 90 cm. de anchura. Morfológicamente, esta superficie tiende al rectángulo y posee un color rojo amarillento (HUE 5YR 5/6-6/8 según las tablas Munsell). Tiene una orientación general de 69" Oeste y un buzamiento de 45° Sur. En él se han documentado tres figuraciones naturalistas grabadas que representan dos «protomos» de équidos y una tercera figura, prácticamente completa, también de équido. II A) que incluye los cuartos delanteros orientado hacia la izquierda (45 cm. de longitud por 40 cm. de'. anchura y 38 cm. de máxima entre paralelas con un buzamiento de 4° Este). La figura se inicia con la línea cérvico dorsal a la altura del cuello, continúa hasta la nuca y a partir de este punto el autor aprovechó una grieta natural para completar el trazo grabado, realizando la frente y la testuz. No se representó la crinera, ni siquiera un esbozo de la misma. A la altura del morro, de tendencia cuadrangular, la incisión se prolonga, alejándose de la grieta para dar forma a una fuerte quijada que marca el barboquejo (Lám. El resultado adopta el característico «pico de pato», convención estilística adscrita al Solutrense. La cabeza, que no presenta ningún detalle, como orejas, ojos.., está resuelta con unas proporciones bien equilibradas, consecuencia del perfecto dominio técnico y del buen acabado estilístico. El équido continúa con la línea del pecho. que desemboca en las extremidades delanteras, apareciendo una sola pata claramenté representada, resuelta en trazo doble, sin ningún tipo de despiece, salvo el casco que se correspondería con la extremidad derecha. De forma paralela, pero en una posición ligeramente más alta y faltando la parte inferior, perdida por erosión~ también se distingue la otra pata, la izquierda, que se conforma a base de sendos trazos paralelos. La diferencia de posición de las patas podría indicarnos una cierta aplicación de la perspectiva. En el interior de la figura se observa una incisión (9,5 cm. de longitud), hori-T. P., 52, n.o 2, 1995 zontal y perpendicular a la línea del pecho, siendo esta última anterior al trazo descrito, ya que se superpone a la misma. El grabado de tipo lineal en «U»,en todo.su contorno, tiene una anchura media de 20 mm. y, en la zona de la quiJada, alcanza los 7 mm. de profundidad, lo cual produce una sensación de volumen en toda la figura, siendo en la cabeza tan acentuado que podría llegar a confundirse con un relieve. En el resto de la figura la inci-. sión es más somera «3 mm.) y fina. En cuanto al proceso de ejecución es destacable la ausencia aparente tanto de interrupciones como de líneas de fuga o correcciones, todo ello quizá sea consecuencia de la técnica utilizada para la realización del grabado o debido al soporte, cuyas características permiten una técnica depurada, sin rectificaciones. La perspectiva utilizada es el clásico perfil absoluto, ya que se representa únicamente una de las extremidades en primer plano junto con una pequeña aplicación de la perspectiva biangular en las extremidades anteriores. En conjunto, llama poderosamente la atención la gracilidad de esta figuración. A la derecha de la figura anterior y a la altura donde terminaría su crinera, aparece un segundo «pro tomos» de équido dispuesto hacia la derecha y de dimensiones más reducidas (19 cm. de longitud por 9 cm. de anchura y 20 cm. de máxima entre paralelas, con un buzamiento de 29° Sur) (Lám III). Realizado en un solo trazo, sin interrupciones, el grabado se inicia en la base del cuello y, sin solución de continuidad, desciende hasta la nuca para formar una cabeza subrredondeada, que se presenta completa y sin ningún detalle. A la altura de la quijada aparece una inflexión que da lugar a una corta línea pectoral. La figura está representada en un perfil absoluto. El surco es de tipo lineal en «U » con una media de 17 mm. de anchura máxima y 3 mm. de profundidad. En cualqúier caso, la sensación de relieve es menor a la del resto de las representaciones figuradas en el abrigo, bien debido a que el grabado se encuentra más perdido, bien a causa de la menor profundidad alcanzada por el trazo. Esta figuración, hallada durante el proceso de estudio de la cavidad, no posee la espectacularidad de las otras representaciones y únicamente es observable con una iluminación adecuada. Pro tomos de ca ba ll o gra bado pro fund a me nte, descrit o en e l tex to co mo fi gura I del panel A. Se halla a la izqui e rd a de l conjunto. B. De tall e de la ca beza de la fi g ura l. do nd e se a precia cl a rame nte el contorno de la ca beza que e n a lgún caso puede ll ega r a se r un bajo re li eve. IV), situada a la derecha de las anteriores y en un plano ligeramente superior, con un buzamiento distinto al de la roca soporte (41° W), nos muestra una espléndida representación de équido prácticamente completa orientada hacia la izquierda (108 cm. de lo ngitud por 77 cm. de anchura y 106 cm. de máxima entre paralelas con un buzamiento de 34° Sur). Presenta una cabeza pequeña (Lám. V A) en relación al resto de la figura, con el barboquejo bastante destacado, adquiriendo la ya mencionada característica solutrense. La quijada es tá muy marcada (Lám. V B), casi en á ngulo recto y a continua ción el morro de morfología subredondeada da paso a la testuz y la frente, algo abombadas. Tras una pequeña inflexión aparece la crinera desdoblada y caída hacia atrás, de escaso recorrido y amplitud. 1995 ningún detalle interior en la cabeza a excepción de dos trazos situados e n la parte posterior y bajo la crinera que podrían representar la oreja izquierda. La línea cérvico dorsal se prolonga hasta la cola, corta y leva ntada, resuelta con dos trazos individuales, siendo uno de ellos continuación de la lín ea cérvico dorsal y el otro origen de los cuartos traseros. Parece querer representar una característica peculiar de este animal, ya que normalmente los caballos figurados en el arte pleistoceno poseen largas colas (Lám. E n este punto la figura desaparece por un efracto natural de la roca, sin poderse determinar si, en su momento, figuraban los cuartos traseros en su totalidad. Se insinúan claramente el inicio de las nalgas y una parte de las patas traseras que a l igual que las delanteras están grabadas en perspectiva torcida. Retomamos el trazo a la altura de la ba billa desde donde arranca la línea del vientre mediante una incisión curva Vi sta de conjunto de l gran équido casi completo (figura 3 pan el A). Se distingue bien e l vientre ab ultado así como la cabeza y los cuartos anteriores. Seguidamente los cuartos delanteros se representan individualizando las dos patas con un trazo doble (Lám. La pata izquierda no aparece cerrada debido a un desco nchón en la zona del casco, pieza que encontra mos al pie de la representación y qu e encajaba perfectamente e n su lugar. Dicho elemento ha sido entregado a la Dirección del Conjunto Arqueológico de «Baelo Claudia», para ser depositado e n el Museo de Cádiz, con la finalidad de que en un futuro próximo pueda resta urarse la figura y devolverle al conjunto su aspecto original o ser utilizado, si en un determinado momento se cree oportuno, para posibles dataciones directas. Al documentar el motivo algun as de las fotos se realizaron restituyendo este elemento. Por otro lado, la pata derecha aparece completa presentando el despiece del casco. En realidad su apariencia es. más de pezuña que de casco, ya que morfológica mente se prolonga hacia adelante. La línea del pecho es continuación de esta última pata hasta su unión con la quijada. Está realizada con un grabado de tipo lineal en «U» con una anchura media de 11 mm. y una profundidad que en muchas zonas alcanza los 4 mm. La se nsación de volumen en este caso es menos acusada, destacando más en la cabeza, quizá por su menor tamaño. Es evidente que existe una gran desproporción entre la cabeza y las extremidades delanteras y el resto del cuerpo. El esquema de realización es semejante al de la figura 1, resolviéndose en un solo trazo que sólo se interrumpe a la altura de la cola. En la transición de la pata delantera al cuell o, el borde interior del grabado aparece muy perdido, sin poderse precisar si se debe a una modificación e n la técnica o a alteraciones producidas por agentes naturales, Ene! interior de la figura aparecen varias cazoletas, algunas de ellas naturales, aunque otras fueron claramente piqueteadas por una acción antrópica antigua, intencionada, ya que poseen una, patina idéntica al resto de los surcos. Evidentemente es imposible establecer, sin acudir a técnicas de datación directa, todavía experimentales para los grabados (Doro, 1983), la contemporaneidad o no de estos motivos piqueteados, que no son recientes, con el équido.' Cabe señalar que algunas representaCiones de este tipo existen también en relación a la figura 1 del panel B y en la pared de una de las Cuevas de Levante, a la que haremos alusión más adelante y en la que además identificamos otros restos de figuras difícilmente definibles ylíneas verticales irregulares. La perspectiva empleada es biangular, observándose tanto las dos patas delanteras como las traseras en posición de marcha y el resto del cuerpo en perfil absoluto. La pronunciada curva'ele la línea del vientre nos podría sugerir que estamos en presencia de una yegua preñada, pero en otro apartado abordaremos la problemática de este tipo de équidos. La cabeza, inclinada hacia delante, se sitúa a la misma altura que la línea cérvico dorsal, semejando una posible posición de alerta o movimiento. Por otra. parte al encontrarse en una posición ligeramente inclinada hacia la izquierda, la visión general del conjunto nos muestra una figura un tanto deforme. Cuando se observa detenidamente, rectificando el buzamiento, apreciamos un animal en posición de olisquear o bien frenando en un descenso pronunciado. Este panel, con unas dimensiones más reducidas, se encuentra situado a unos 50 cm. por debajo de la figura 1 del panel A, • en un plano diferente (33 0 E), y presenta una tonalidad marrón rojiza (HUE 2.5 YR 4/4 -3/4 según la tabla Munsell), que lo diferencia de la parte superior, además de poseer una textura distinta. Estas circunstancias son las que nos han inducido a individualizar este segundo panel. «Protomos» de équido mirando hacia la derecha (21 cm. de longitud por 20 cm. de anchura, 23 cm. de máxima entre paralelas y con un buzamiento de 18 0 N) (Lám. La línea T. P., 52, n.o 2, 1995 cérvico dorsal está incompleta, comenzando tras un desconchón a la altura del cuello y subiendo prácticamente desde la cruz hasta la crinera para. finalizar en una de las orejas. Éstas están indivi-dualizadas, en posición enhiesta y ligeramente echadas hacia delante. Desde la oreja delantera continúa el trazo hacia la testuz. y la frente. El morro redondeado presenta un claro «pico de pato» con una quijada no excesivamente marcada. La línea del pecho arranca desde aquí, sin solución de continuidad y sin que aparezcan las extremidades delanteras. La cabeza no presenta ningún despiece interior. La figura está realizada con un grabado de tipo lineal en «U» de 21 mm. de anchura media y 3 mm. de profundidad. Además se procedió, enla parte inferior de la quijada, a un rebaje del soporte mediante piqueteado. Esta técnica no la hemos apreciado en los otros motivos del abrigo, a excepción del inicio de la línea cérvico dorsal de la figura 3 del panel A. La consecuencia directa de esta acción es un relieve, cuya intencionalidad no podemos valorar, al quedar resaltada la superficie delimitada por el grabado. Se R-a-realizado en perspectiva biangular con las dos orejas de frente y la cabeza de perfil. Por toda la superficie del fondo del abrigo existen otras líneas grabadas con unas características similares, pero de momento, a falta de un análisis más pormenorizado, no hemos conseguido identificar otras representaciones naturalistas que en futuras campañas de documentación se investigarán en profundidad. En la Cueva del Moro encontramos también pinturas, especialmente centenares de puntuaciones agrupadas en diferentes composiciones ejecutadas en rojo, atribuidas generalmente a fases postpaleolíticas. Su posición tanto en las zonas adyacentes de los paneles que acabamos de describir como fundamentalmente. en el piso superior del abrigo, nos hacen pensar que puedan tener una filiación superopaleolítica, pero al no contar con datos objetivos, esperamos poder aportar un análisis más exhaustivo en un futuro próximo. Los paralelos existentes para las representaciones de la Cueva del Moro (Fig. 2), nos sirven a su vez junto con las características estilísticas para establecer un encuadre cronológico compa- rada de estas fi guras. No es nu es tra intención ex te nd ern os en este apartado pues son numerosos los paralelos qu e podemos encontrar en diversas plaquetas de los niveles solutre nses de la Cava del Parpalló. A lgun as de las conve nciones de es tilo de los dos gra nd es ca ballos del Panel A (figs. 1 y 3), se encuentran también presentes e n los niveles solutrenses iniciales de la cueva va lenciana. En co ncreto se paralelizan con la placa número 104 (Pericot García, 1942: 143), encuadrada en un Solutrense Inferior que presenta un esplé ndid o caballo co n un a cabeza de reducidas dimension es y un cuerpo vo luminoso, y por otro lado con la número 150 (Pericot García, 1942: 160), hallada en el nivel Solutrense Medio e n la que se grabó con un a incisión profunda una magnífica cabeza de caballo. La quijada y barboquejo de esta última fig ura poseen las mi smas características que los analizados por nosotros. Pero no acaban aquí las a nalogías y limitándonos a Andalucía, cuando se observa por primera vez el gran équido de la Cueva del Moro, inmediatamente se prese nta la imagen de la llamada yegua pre ñada de l camarín de la cercana Cueva de la Pileta (Benaojá n, Málaga). Si ten emos e n cuenta las características morfomé tricas y estilísticas de los équidos e n ella representados, con un a posición cronológica bastante clara e n un momento del Solutrense Medio (Ripoll Perelló, 1961-1962), argume ntada no sólo por los trazos pareados, que también aparecen en otras cavidades, sino también por la forma de representar los volúmenes corporales, podemos comprobar que en líneas generales ambas cavidades están muy próximas en el tiempo y en el estilo. Por otro lado nos encontramos con el «protomos» de équido del Panel B, que como hemos explicado, se realizó con una técnica diferente a los anteriores. Sus características estilísticas difieren también ya que las proporciones son más equilibradas. Para esta figura podemos establecer un claro paralelismo con los caballos de La Cueva de Ambrosio, uno de ellos grabado (Panel 1) y otro pintado (Panel II) (Ripoll López et alii, 1994), cuya cronología como ya hemos explicado en otras publicaciones para el primero de ellos se sitúa en el Solutrense Superior Evo-_ lucionado, mientras que el segundo se encuadra en el Solutrense Superior. Por otra parte recurrimos de nuevo a la Cova del Parpalló, donde en los niveles tanto del Solutrense Superior (placa 220) (Pericot García, 1942;175), como en el nivel llamado Solutreo-Auriñaciense Final que se corresponde con un Solutrense Superior Evolucionado (placa 256) (Pericot García, 1942: 182), hallamos sendas representaciones de équidos con una cabeza proporcionada, barboquejo marcado y un cuello ancho, como el que hemos hallado en el Moro. Teniendo en cuenta el conjunto de características hasta ahora expuestas, tanto estilísticas como técnicas, pensamos que el repertorio iconográfico de la Cueva del Moro se realizó posiblemente en dos momentos dentro del horizonte cultural solutrense. Para ello nos basamos por un lado en la diferencias tecnológicas y por otro en los paralelos cuya cronología está bien contrastada. En definitiva, y a modo de hipótesis de trabajo, que deberá comprobarse en un futuro, creemos que el Panel A pudo haberse realizado en un momento inicial del Solutrense, mientras que el «protomos» del Panel B tendría una cronología ligeramente posterior, posiblemente durante el Solutrense final. Los cánones fuertemente estereotipados junto con los convencionalismos nos sitúan pues en un momento pleno del Paleolítico Superior. En el estilo III de A. Leroi-Gourhan (1965), la convención domina sobre la representación. Los análisis que se han realizado para intentar diferenciar las distintas razas de caballos que sirvieron como modelos a los artistas pleistocenos no han aportado ningún dato significativo. Los hombres prehistóricos, como los artistas de todas las épocas, veían con los ojos de su tiempo, no reproducían animales concretos, sino imágenes, en un concepto mucho más genérico. A pesar de nuestro deseo de presentar un trabajo objetivo, nos vemos obligados a tratar brevemente lo que la Cueva del Moro aporta al significado del arte rupestre paleolítico y entrar en el siempre resbaladizo campo de las hipótesis. Han sido innumerables, casi tantas como investigadores, las teorías que se han esforzado en explicar el porqué de las representaciones parietales. Nosotros únicamente nos referiremos a dos de ellas por ser las que se aproximan más al conjunto analizado y a su posible simbolismo. Las figuras pintadas o grabadas que han llegado hasta nosotros en un mejor o peor estado de conservación constituyen la documentación más importante que poseemos, relacionada con la evolución del espíritu humano. Las obras imaginativas, abstractas, analíticas o bien con una clara-función comunicativa, son los testimonios de unos procesos mentales, conceptuales, estéticos y éticos que han modelado nuestro devenir hasta el estadio actual. Los vestigios descritos, ya sean pictóricos o incisos, son testimonios vivos de la creatividad del hombre prehistórico. El arte en sí es una interpretación, más que una representación, que nos transmite mensajes implícitos pero no necesariamente informaciones. La teoría de la magia propiciatoria para la caza, ha sido una de las corrientes más comúnmente admitidas. Ésta es una explicación evidentemente muy racional para un mundo de cazadores-recolectores, pero únicamente reposa sobre algunos elementos muy específicos cuya repartición es muy restringida. En apoyo de esta tesis cabría citar las selectivas representaciones de heridas, armas o trampas. Por otra parte la hipótesis de la magia de la fecundidad se basa fundamentalmente sobre otros argumentos, pero una de sus bases concretas es la representación de animales grávidos, dado su prominente vientre. Si el motivo de esta teoría es la multiplicación de las especies, es sorprendente que no se encuentren más imágenes de acoplamientos, escenas de parto o de animales jóvenes. A finales del invierno, en el mundo T. P., 52, n.o 2, 1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es animal salvaje, poco antes de los pa.rtos, es normal observar numerosas bestias can vientres abultados. ¿No pudo el artista paleolítico inspirarse en ellos sin otro fin que inmortalizarlos fielmente? Pero por otra parte, ¿se trata realmente de animales grávidos? No debemos de olvidar que actualmente, a menudo el pelaje de los animales de regiones frías es mucho más largo que el que puedan presentar sus homólogos estabulados, y esto en cierta forma puede deformar la silueta del animal. Campo de Gibraltar y durante el período en el que se grabaron estos équidos, no parece que hiciera un frío especialmente intenso como para provocar el cambio de pelaje adoptando la capa invernal. De ahí que haya que buscar otras explicaciones a la existencia de algunas figuras (El Moro, La Pileta... ) con vientres prominentes. El excesivo vientre que reflejan algunos équidos encuadrables en este estilo, desarrollado durante el Solutrense y Magdaleniense, interpretado como hemos visto como determinante del estado de gestación de las yeguas, y como ya propuso R. Lión Valderrábano (1971), podría tratarse en realidad de un estado físico de •los équidos debido a un tipo de alimentación basado en grandes masas herbáceas con poca riqueza proteínica. Al parecer, durante el desarrollo de esta etapa cronocultural finipleistocena, disminuyeron las praderas y aumentaron • sensiblemente las masas arbóreas, en un clima templado y húmedo, lo que sin duda favoreció la alimentación arriba reseñada. EL ARTE PALEOLÍTICO DEL CAMPO DE GIBRALTAR En 1991, cuando realizábamos lostrabajos de campo correspondientes a una de las campañas del proyecto de investigación arqueológica. «Las manifestaciones rupestres prehistóricas. de la zona gaditana», al observar nuevamente los paneles pintados de la Cueva del Tajo de las Figuras (Sierra Momia, Benalup) nos dimos cuenta de la existencia de un gran número de líneas incisas que habían pasado desapercibidas en anteriores investigaciones (Ripoll López et alii, 1991). Se trata de tres motivos figurativos -que interpretamos como cérvido, équido y cáprido-y otros trazos que no podemos definir formalmente (Fig. 3). Los grabados se localizan en el techo, fondo y pared izquierda, del interior T. P., 52, n.o 2, 1995 deIa cavidad. A pesar de los numerosos investigadores que habían estudiado o visitado la Cueva del Tajo de las Figuras, no hay ninguna refe~ rencia en la literatura científica a grabados, que convierten a este importante yacimiento en único y abren nuevas. perspectivas a su lectura.::: 10 15: llano Fig. 3. Grabados paleolíticos de la Cueva del Tajo de las Figuras. En la parte superior se distingue una posible silueta de cabeza de cierva, en el centro una cabeza de cáprido y abajo el protomos de équido que aprovecha un resalte natural de la roca para completar la cabeza. La primera de las representaciones es una cabeza de cierva orientada hacia la izquierda (62 cm. de longitud por 37 cm. de anchura). Su factura no es espectacular, ya que además de las líneas incisas, también aprovecha en algunas zonas resaltes naturales de la roca. En la parte inicial del cuello, se superpone un pequeño cuadrúpedo (12 cm. por 7 cm.) de tendencia esquemática, pintado en rojo. La segunda figura resulta más nítida, dada su posición en un plano subvertical. Hemos identificado un «protomos» de équido dispuesto hacia la derecha (40 cm. de largo por 28 cm. de ancho). Para la realización de la cabeza se-aprovechó un resalte natural de la roca, siendo muy evidente la crinera que se encuentra desdoblada en sen-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dos trazos. El tupé se prolonga por encima de la cabeza que sin duda debió de tener un trazo inciso mucho más profundo, alterado en la actualidad por la existencia en esta zona de un nido de avispas terreras. Al igual que en el caso anterior, en el inicio de la línea cérvico dorsal, se observa otro cuadrúpedo de tendencia esquemática pintado en rojo (15 cm. de largo por 14 cm. de ancho) claramente superpuesto al surco. La tercera representación, una cabeza de cáprido con unas proporciones equilibradas (19 cm. de largo por 9 cm. de ancho), se dispone hacia la izquierda. El cuerno, curvo, se prolonga hacia atrás y prácticamente pegada a él se distingue la oreja. También se encuentra infrapuesta a otra figura roja de tendencia esquemática (7 cm. de largo por 8 cm. de ancho). Los posibles paralelos estilísticos nos llevaron a situar estas representaciones en un momento Solutrense «sensu lato» (Ripoll López et alii, 1991). Este encuadre paleolítico queda reafirmado al encontrarse infrapuestas a toda la secuencia pictográfica postpaleolítica, lo cual ratifica su antigÜedad, que viene avalada además por la presencia en sus cercanías de dos nuevos asentamientos con industrias solutrenses. Ya en 1990 una prospección arqueológica superficial (Más Cornellá y Sanchidrián Torti, 1990), realizada con la finalidad de aproximarnos al prácticamente desconocido contexto arqueológico de las pinturas rupestres ejecutadas en los abrigos de Sierra Momia, nos había revelado la existencia de dos yacimientos al aire libre de un interés inesperado, que ofreCÍan un importante caudal de información y cuya distribución espacial se veía constreñida a áreas muy reducidas. Se trata de la Cubeta de la Paja, dentro del Conjunto rupestre del Tajo de las Figuras, y las Cuevas de Levante. Del conjunto global de las colecciones líticas y su deposición planteamos como hipótesis de trabajo que la funcionalidad de los yacimientos estaría acorde con los patrones de asentamientos estacionales destinados fundamentalmente al abastecimiento de recursos pétreos y su manufactura y los encuadramos cronológicamente en el Solutrense Superior Evolucionado. En 1991 llevamos a cabo una actuación de urgencia con el fin de diagnosticar y matizar el estado de la cuestión y plantear la intervención más idónea en función de la problemática en torno a la conservación de estos lugares. Un sondeo estratigráfico en las Cuevas de Levante y el análisis de la serie industrial confirmaron el encuadre Solutrense (Ripoll López et alii, 1991). Durante los trabajos de campo de 1992 (Más Cornellá, 1993) se revisaron y estudiaron un importante número de nuevas cavidades, descubriendo otros grabados cuya filiación paleolítica podría parecer evidente, en tres abrigos rocosos conocidos por sus pinturas postpaleolíticas, la Cueva del Arco, dentro del Conjunto rupestre del Tajo de las Figuras, y las Cuevas de Levante (dos cavidades) -como puede verse coinciden los dos lugares en donde hemos localizado los yacimientos al aire libre con los grabados que aparecen en cavidades cercanas-, cuyo análisis en profundidad aún no hemos finalizado. Puede destacarse, sin embargo, que se trata de unos trazos finos, largos, horizontales y curvados, uno -de ellos infrapuesto a diferentes motivos pintados de la Cueva del Arco y restos de figuras difícilmente definibles, unas líneas irregulares trazadas verticalmente, varias cazoletas y un triángulo, en este caso muy próximo a las pinturas, en las Cuevas de Levante. Éstas constituyen un complejo de cavidades (abrigos rocosos) y los grabados se sitúan en la conocida por sus pinturas P9 §2-~leolíticas (Breuil y Burkitt, 1929) y en la que se sitúa más hacia el norte. Algunos autores han puesto en duda la catalogación como paleolíticas de las decoraciones de la Cueva del Tajo de las Figuras (Sanchidrián Torti, 1994). Quizá nuestra interpretación, paralelos tipológicos, puede parecer algo forzada en el caso de alguna figura en concreto, y que existan dos yacimientos al aire libre con industria lítica atribuible al Solutrense a escasos metros de estas cavidades, conjunto rupestre del Tajo de las Figuras y Cuevas de Levante, los únicos conocidos en la zona, que coinciden también con los únicos abrigos que contienen representaciones, no tiene porqué ser un condicionante cronológico estricto. Pero creemos que la infraposición de estos grabados, en treinta y cuatro casos, a figuras de la secuencia pictórica postpaleolítica, sin que nunca ocurra lo contrario, y teniendo ejemplos desde las fases más antiguas a las más recientes en el proceso de ejecución de las pinturas, es indicativo de su antigüedad. Consideramos, también, que no podemos relacionar estas tipologías con ningún motivo postpaleolítico conocido, ni técnica ni estilísticamente y es muy evidente que se trata de auténticos grabados. Esto se hace más patente aún en los trazos no figurativos, que nada tienen que ver con las T. P., 52, n.O 2, 1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es características formas que crea la erosión natural en la arenisca. Tenie ndo e n cuenta, además que el cáprido, la figura más conflictiva en el momento de intentar encontrar para lelos, presenta un a forma muy clara, creemos que no podemos concluir más que afirmando que nos hallamos ante un fe nómeno muy importa nte, que no puede olvidarse y que hay que continuar estudiando. Sería absurdo, en plena época postestilística (Lorblanchet y Bahn, 1993), lo cual no quiere decir que el estilo sea irreleva nte o inútil (Bahn y Lorblanchet, 1994), marginar estas manifestaciones rupestres, como ha venido sucediendo e n la bibliografía científica, de ntro de nuestras lí- neas prioritarias de investigación porque no encajan holgadame nte en los estrechos parámetros tecnoestilísticos, formales y de ubicación al uso. Estamos de acuerdo e n que hay que ser prudentes, pero tamb ié n debe aceptarse que con criterios mucho más subj etivos que éstos se han aceptado axiomas que ahora permiten criticar nuestro planteami ento. Recordemos que tan sólo hace algunos años el arte paleolítico al aire libre en la Península Ibé rica era considerado algo marginal. Quizá el descubrimiento de la Cueva del Moro y la cada vez más conocida ocupación durante el Paleolítico Superior de las sierras que bordea n la antigua Laguna de la landa pueda hacernos replantear estos te mas y considerar nuevas hipótesis de trabajo. E l équido de la Cueva de Palomas 1 (Sierra del Niño, Tarifa) (Fig. 4), de estilo naturalista, quedó e nm arcado cronológicame nte, a partir de los trabajos de H. Bre uil y M.e. Burkitt (1929), al igual que unas bandas de puntuaciones dobl es muy próximas a este motivo y del mi smo color, e n el Paleolítico, relacion ándose tipológicamente co n algun as representaciones de la Cueva de la Pileta, opinión que compartía tambié n l. R ecord emos, sin embargo, que en este mome nto se defendía un a cronología paleolítica para el arte leva ntino, con el cual se esta blecía n paralelos de algun as represe ntaciones de otras estacio nes de la zona gaditana, a unque ya comenzaba a co nsiderarse, por parte dí': algunos de los autores que trabajaban en las sierras del Campo de Gibraltar (Cabré Aguiló y H ern ández-Pacheco, 1914), una posible atribución postpaleolítica (Cabré Aguiló, 1915;H ernández-Pacheco, 1924) (1). Hace unos años se planteó un análisis de estos motivos (Sanchidri á n Torti y Más Cornellá, e.p.) e n el que considerando la técnica de ejecución, el estilo figurati vo, el registro gráfico, los patron es topo-icono-gráficos, el marco cultural y otros argum entos se aportaban hipótesis de trabajo e n relación tanto de su adscripción a momentos pal eolíticos como postpaleo líticos. Aunque e ntonces no contábamos con estudios directos recientes parecía que la información disponible sobre la figura no pe rmitía comparaciones claras co n las manifestaciones paleolíticas conocidas (2). Las puntuaciones, que forman un esquema similar a los ramiformes, y siempre se han queri- «Los calcos, reproducciones y restituciones que e n la actu alidad pode mos dispon er sobre esta figura nos muestran un prot0ll10S en perspectiva lateral de recha con a lgun os detall es a natómi cos secunda ri os y líneas de despiece fruto de un trazo modela nte, lo qu e e n un principio sinto ni za ría co n el es tilo IV de A. Leroi-Gourh a n (1965), au nque a l mismo ti empo es probable la comparación con zoomo rfos solútreo-gravetienses de la Cova de Parpalló (Gandía, Valencia) y la C ueva de la Pil eta, pero el «pe laje facia l» en base a cortos trazos parale los se da en exclusividad e n determinados animales de un horizo nt e Magdalen ie nse Superior de la C ueva de la Pileta, entrando ambos carácteres en clara contradicción estilístico cronológica ». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es do paralelizar a nivel formal con un determinado signo de la Cueva de la Pileta, tampoco parecían tener cabida en unas estructuras topo-iconográficas definidas de forma muy concreta en las cavidades subterráneas de Andalucía (Sanchidrián Torti, inédita). Se concluía diciendo que, mientras no se dispusiera de otros juicios relevantes que convencieran de lo contrario, había que ser reacios a incorporar esta estación rupestre al listado de yacimientos pleistocenos de Andalucía. Cabe decir que se han descubierto un gran número de pinturas postpaleolíticas en la pared frente a la que siempre se había considerado principal (Breuil y Burkitt, 1929). El panel con el «protomos» de équido y las puntuaciones, situado en esta zona, queda, no obstante, claramente diferenciado por su localización. Ambos tipos de representaciones tienen una misma tonalidad roja, aunque aparece cQn más o menos intensidad en función del lugar que ocupan, ya que el panel ha sufrido una fuerte erosión y la zona en que se encuentra el équido está muy afectada por una gruesa capa de alteración ennegrecida, presentando un aspecto distinto a la parte en donde aparecen las puntuaciones, que tiene también una apariencia desigual debido a una degradación diferencial. A partir de la nueva reproducción realizada a partir de una documentación muy especializada (fotografías infrarrojas, etc.) puede apreciarse una figura silueteada con un trazo grueso (10-15 mm.). La línea cérvico dorsal sube prácticamente desde la cruz y finaliza en una de las orejas. Éstas están individualizadas, en posición enhiesta y echadas hacia adelante. La testuz es ligeramente convexa, el morro redondeado, se aprecia el barboquejo, y la quijada no está excesivamente marcada. La línea del pecho arranca desde la cabeza. No presenta despiece interior. Creemos que la forma del morro se debe más a un trazo inseguro que al intento de reflejar el ollar. La cabeza mira hacia abajo. Observamos un evidente paralelismo tipológico entre esta representación, la figura 1 del panel B de la Cueva del Moro y uno de los équidos (figuras 1 del panel I y 5 del panel 11) de la Cueva de Ambrosio (Ripoll López et alii, 1994), interrelacionable perfectamente con los niveles arqueológicos claramente definidos desde el punto de vista cultural y cronoestratigráfico del mismo yacimiento, cQmo se. ha indicado con anterioridad, y con el estilo III-IV de A. Leroi-Gourhan (1965). Sorprende en el «pro tomos» de la Cueva de Palomas 1 una cierta inflexión entre la testuz y el morro, pero cabe señalar que puede ser debido a un ligero desprendimiento del pigmento en esta parte. Así pués, sólo unos años más tarde creemos que nuestros planteamientos iniciales pueden reformularse. Las consideraciones del momento referentes a la cultura material en Andalucía Occidental y al arte paleolítico al aire libre en la Península Ibérica han quedado desfasadas. Si nos ceñimos estrictamente al Campo de Gibraltar cabe decir que se han localizado cinco nuevas cavidades con manifestaciones artísticas paleolí-_ ticas (Cuevas del Tajo de las Figuras, del Arco, de Levante 1 y 2 Y del Moro) y dos asentamientos al aire libre (Cuevas de Levante y Cubeta de la Paja), que deben sumarse a los escasos yacimientos conocidos hasta entonces, la Cueva de Palomas 1, el nivel B de Gorham's Cave (Waechter, 1953(Waechter,, 1964) ) Y las pinturas, aunque problemáticas, de St Michel's Cave (Breuil, 1921(Breuil,, 1922)), aparte de los recientes descubrimientos-ue Gibraltar (Giles Pacheco et alii, 1994). En cuanto a las bandas de puntuaciones (hemos contabilizado 231 puntos) (Lám. VIII) cabe decir que adoptan una morfología difícilmente definible. En su momento H. Breuil y M.e. Curiosamente este tipo de motivos (puntuaciones, aisladas o creando diferentes tipos de composiciones, muy próximas a los signos del mundo de los cazadoresrecolectores del Pleistoceno Superior Final) aparecen abundantemente tanto en la Cueva del' Moro como en la de Palomas 1 (y también en las primeras fases pictóricas de la Cueva del Tajo de las Figuras), aunque no creemos que puedan generalizarse conclusiones, ya que agrupaciones de puntos formando diferentes estructuras son un tema frecuente en la pintura esquemática de la Península Ibérica, ampliamente ejecutado en otros yacimientos con representaciones postpaleolíticas de la zona que nos ocupa. "Tectiforme " a base de puntuaciones rojas localizadas e n e l piso superior de la Cueva del Moro. En relación a la cronología relativa de un a de las figuras de la Cueva de Levante 1 podemos avanzar algun os datos. La secuencia de procesos que se desprenden del análisis de la estratigrafía que ofrece el sond eo realizado en las Cuevas de Levante (es tudio geoarqueológico realizado por J.F. Jordá Pardo, que se dará a conocer dentro de la memoria cie ntífica de esta actu ació n arqueológica) puede articul arse en cinco fases. Fase 1: Génesis de la cavidad en algún momento indetermin ado del Pleistoceno, en cualquier caso anterior a los últimos estadios del Pleistoceno Superi or. Fase 2: Ocupación del abrigo (1 y 2) por grupos humanos del Paleolítico Superior, disponiéndose los restos tecnoculturales sobre sedimentos producto de la alteració n de las areni scas que constituyen el abrigo. La industria recuperada corresponde al Solutrense Superior Evolucionado. Este dato si túa la fase de ocupación humana y del relleno del abrigo con materi ales antrópi cos hacia los últimos estadi os del Pleistoceno Superior. Fase 3: Desarrollo de pro-T. Fase 4: D esmantelamiento del depósito que rellenaba parcialmente el abrigo y distribución por la pendiente de los materiales arqueológicos, actuando como mecanismo de transporte la arroyada difusa, con una energía superior a la de la fase 3, dando lugar a los depósitos del nivel 2 (en las paredes del abrigo 1 observamos marcas de sedimento a una altura sobre el suelo actual que varía entre 100 y 60 cm. y que indican la existencia de un antiguo relleno que, al menos, alcanzó esta cota en su interior). Estos procesos se situaría n probablemente en el tránsito Pleistoceno Superior-Holoceno, en un momento de cierta pluviosidad detectada en otros yacimientos andaluces (Jordá Pardo el alii, 1990). Fase 5: Infiltración gravitacional de sedimentos finos en los niveles más profundos (nivel 1), removilización del tramo superior de los depósitos resedimentados en la fa se 3 por procesos de bioturbación (nivel 3) y desarrollo de acti- En la zona descrita, a 70 cm. del suelo y totalmente cubierto por las marcas de sedimento, observamos un triángulo equilátero inciso, que debemos situar cronológicamente en el momento de formación del relleno (proceso de origen natural y cultural) o en una fase anterior. Recordemos que en la secuencia de la Cova de Parpa-lIó el triángulo está escasamente representado (nueve sujetos, un 0,09%), aunque tiende a aparecer concentrado en el Solutrense Medio y Superior (Villaverde Bonilla, 1994). En este mismo abrigo hay una banda de veintiséis trazos verticales paralelos pintados en rojo que queda al margen de las marcas de sedimento, en una parte algo más alta (unos centímetros) de la pared. Llegados a este punto debemos plantearnos si los grabados del suelo de la Cueva del Arco, que dimos a conocer hace unos años y situamos en fases avanzadas de la Prehistoria Reciente no cabrÚlll más holgadamente desde una perspectiva estrictamente tipológica en el Paleolítico Superior. «Se trata de dos representaciones que definimos como trazos paralelos, «barras de tres a seis milímetros de grosor y entre dos y tres de profundidad que configuran un triángulo cortado por una incisión en uno de sus lados», y una retícula, «conjunto de líneas de un milímetro a un centímetro de grosor y entre un milímetro y tres de profundidad, ejecutadas irregularmente» (Más Cornellá, 1986-1987: 249). Algunos signos de la secuencia de la Cova de Parpalló con una tendencia u orientación triangular, bandas o haces de líneas paralelas y bandas de trazos cor-tos paralelos oblicuos en serie, corresponden respectivamente al Solutrense Inferior, Solutrense Superior y Magdaleniense Antiguo B. Las retículas aparecen documentadas en prácticamente todos los períodos (Villaverde Bonilla, 1994). Se justificaría también de este modo, en cierta forma, la cronología paleolítica para el haz de líneas verticales irregulares paralelas de la Cueva de Levante 2, que no desentona, en conjunto, con los demás grabados de la zona. En cuanto a las cazoletas, sorprende también encontrarlas tanto en la Cueva de Levante 2 como en la del Moro, asociadas aquí con la figuras 3 del panel A y 1 del B. No es un motivo habitual dentro del arte postpaleolítico de la zona gaditana. Nos preguntamos si no sería el elemento grabado equivalente a la puntuación pintada. No vamos a entrar en más consideraciones sobre la pintura rupestre del área, sólo precisar que al igual que éste (puntuaciones) podrían detectarse temas paleolíticos o de tradición paleolítica -este sustrato se define cada vez como más importante-en unas manifesülciones caracterizadas por su originalidad estilística, como hemos remarcado numerosas veces en QtJQs_artículos. A propósito de la aclaración de P. Graziosi (1968), en la que sugiere que la provincia mediterránea con todas sus características de estilo no constituye más que una fase de la evolución del arte paleolítico, es decir la fase más reciente de este arte podría estar precedida por la difusión de otro arte de origen franco-cantábrico, el cual nos ofrece, en algunos casos, unas características de sabor arcaico. La provincia mediterránea podría constituir una evolución independiente en relación a la del arte clásico de Francia y España. Nosotros creemos que las características estilísticas, técnicas y morfométricas de las representaciones figurativas de la zona andaluza, no deben de incluirse en este mundo de transición que proponía el investigador italiano, sino que deben estar incluidas por méritos propios dentro de las corrientes pictóricas más clásicas tal como opinaba en su momento P. Graziosi. La Cueva del Moro viene a reafirmar la importancia del Paleolítico Superior en Andalucía Occidental y añade un nuevo yacimiento a la reducida lista de estaciones al aire libre (o en abrigo) con pinturas o grabados conocidas hasta ahora en la Comunidad Autónoma: Cueva de Ambrosio (Vélez Blanco, Almería) (Ripoll López et alii, 1994), Piedras Blancas (Escúllar, T. P., 52, n.o 2, 1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Almería) (Martínez García, 1986-1987) y Cue-• vas del Tajo de las Figuras (Ripoll Lópezet alii, 1991), del Arco y de Levante (Benalup, Cádiz) (Más Cornellá, 1993), sin olvidar la Cueva de Palomas 1 (Tarifa, Cádiz) (Breuil y Burkitt, 1929; Leroi-Gourhan, 1965; Breuil, 1974; Fortea Pérez, 1978; Santiago Vílchez, 1979-1980). Los numerosos hallazgos que se están produciendo en la zona objeto de estudio y los que aún faltan por conocer, nos indican que hay que ser más flexibles en cuanto a los planteamientos. De ahí la necesidad de estar abierto a las novedades que se producen y prescindir de esquemas o patrones iconográficos rígidos y subjetivos que tantas veces se han formulado para nuestro arte paleolítico y que dificultan la comprensión de nuevos rasgos o elementos y en definitiva una valoración más global. Además, tenemos que tener en cuenta que a este hecho se le une la singularidad de que se trata del arte rupestre más meridional de Europa. Esto plantea una cuestión importante y es la de saber si a lo largo de los milenios en que se desarrolló el arte pleistoceno, las ideas intrínsecas del mismo llegaron a cruzar el Estrecho de Gibraltar. Hasta ahora no se conoce ninguna estación, sin duda por la falta de prospecciones sitemáticas, pero creemos, a la luz de los recientes hallazgos al aire libre, que la investigación en el vecino país alauita debería dirigirse en este sentido.
estudio comparativo de los yacimientos del Epipaleolítico y Neolítico antiguo con dataciones de carbono-14 y/o estudios de fauna y hallazgos de cereales se proponen tres modelos para explicar el registro arqueológico. La transición de una economía de cazadores y recolectores a otra basada en la agricultura y el pastoreo es, sin duda, uno de los fenómenos más interesantes de la Prehistoria europea. Gracias a la diversidad y complejidad de sus datos arqueológicos, la Península Ibérica -y sobre todo su parte oriental-se presenta como una de las áreas más emblemáticas para investigar distintas hipótesis y modelos sobre el cambio social y eco-o nómico y su visibilidad arqueológica. Las ideas acerca del proceso de neolitización en el Mediterráneo occidental han experimentado nuevos impulsos decisivos en los años 80 y se ha abierto paso un cambio de paradigmas (Buxó el alii, 1991: 7s; Gamble, 1990; Miró y Bosch, 1990). El concepto tradicional, que parte de una ola de inmigración por parte de pobladores neolíticos, se ve cuestionado cada vez más y se están probando distintos modelos explicativos alternativos. Estos abarcan desde distintas formas de un pruceso ue aculluraci(' m ur las c()muniuades epipalt: olíticas hasta una innovación autóctona. Los dos polos extn: mus ue este espectro ue hipótesis, inmigración uesde el Oriente e innovación autóctona. hoy por hoy aparecen como los menos probahlt:s. Parecen meras simplificaciones de un proceso altamente complicado. Lo más importante es la cuestión de cómo se pueuen explicar y reconstruir estos camhios económicos y sociales, BASE DE DATOS Y CRíTICA En el Este de la Península Ihérica se suele diferenciar dos unidades culturales. estrechamente relacionadas con el proceso de neolitización: el Epipaleolílico -sohre todo en su facies geométrica-y el Neolítico antiguo. Estos tér-IJ1inos tienen una larga tradición dentro de la historia de la investigación y corresponden al deseo de los arqueólogos de trabajar con clasificaciones, que descrihen unidades claramente diferenciadas entre si, o que por lo menos se pueden entender como tales. Pero las dos unidades arqueológicas se superponen entre el 6500 y el 5500 caIBC (2) según las dataciones de carbono-14 por un periodo de, al menos. mil años o incluso más (Fig. 1). La cuestión central ahora es qué pasó en estos aproximadamente 1000 años en la costa oriental de la Península Ibérica. La distribución y la estructura interna de los yacimientos del Epipaleolítico tardío y del Neolítico antiguo nos dan una imagen compleja. En ellos se unen elementos culturales de una economía de cazadores-recolectores y elementos de una economía de agricultura y pastoreo de un modo muy peculiar. Conocemos al menos cinco tipos diferentes de yacimientos con distintas combinaciones entre elementos culturales del Epipaleolítico y del Neolítico (Cuadro 1): Yacimientos que documentan una subsistencia exclusiva de cazadores sin ningún indicio de elementos culturales neolíticos. Esto significa que la fauna silvestre nos habla de la caza como principal estrategia de subsistencia y el inventario de útiles muestra el típico espectro microlítico. (2) Todas las. dataciones de carbono-14 en este texto han sido calibradas con el Radiocarbon Calibration Program Rev. Gcrd-C Wcni~cr ") Yacimientos con una fauna de caza. que hahla en favor de una suhsistencia de cazadores. y una i.,dustria lítica igual a la de los primeros. pero en los que además aparece cerámica. Yacimientos con una fauna de caza dominante aunque acompañada de pequeñas cantidades de animales domésticos. Aquí encontramos una economía de cazadores. aunque con conocimiento y explotación limitada de animales domésticos. Además. aparte de la industria lítica. hay tamhién cerámica. Yacimientos con una ahundante fauna de animales domésticos y sólo algunos restos de una fauna de caza. La subsistencia se hasa principalmente en la explotación de animales domésticos. Aparte de la industria lítica hay cerámica. Yacimientos con una abundante fauna de animales domésticos. existen restos de cereales y además la cerámica juega un papel importante, Aquí estamos ante una subsistencia plenamente neolítica en la que los elementos de los cazadores son marginales. Las investigaciones sobre los yacimientos con cerámica en el País Valencia, que dispone de bastantes datos, muestran una coexistencia de diferentes formas de subsistencia (Schuhmacher, 1990(Schuhmacher, y 1994;;May el aUí, 1992). Los yacimientos del tipo Cova Fosca documentando una subsistencia mayoritariamente cazadora contienen además elementos neolíticos como animales domesticados en cantidades pequeñas y sobre todo una cerámica incisa o con decoración plástica. La industria lítica es microlaminar. Los yacimientos del tipo Cueva de la Cocina muestran también una subsistencia de cazadoresrecolectores con un escaso número de animales domesticados. J unto con una industria lítica geométrica aparece cerámica cardial, impresa, incisa y con decoración plástica. Solamente los yacimientos del tipo Cova de rOr tienen' una subsistencia neolítica con agricultura de cereales y ganadería. La cerámica cardial es aquí el elemento dominante entre la cerámica decorada. También la industria de sílex parece adaptada a las necesidades neolíticas. Por sus características geográficas se pueden unir al País Valencia el valle del Ebro y las zonas montañosas adjuntas, el resto de Catalunya en el norte, las zonas premontañosas de la Meseta oriental y algunas zonas de Murcia en el sur. Toda esta región desde Euskadi peninsular, a través de Andorra, las comunidades autónomas En la presente investigación incluímos yacimientos del Epipaleolítico y del Neolítico antiguo, que datan entre el 8000 y el 5000 calBC, limitándonos a yacimientos con dataciones de carbono-14 y/ o estudios de fauna y hallazgos de cereales. Entre los yacimientos de la zona de estudio se diferencian tres grupos (Cuadro 1; Fig. 2): Se trata de yacimientos con una subsistencia de cazadoresrecolectores sin elementos neolíticos. Grupo B: Epipaleolítico con cerámica y/o animales domésticos. La forma de subsistencia es mayoritariamente cazadora-recolectora. Se trata de yacimientos en los que suele aparecer cerámica y con una economía productora, atestiguada por el predominio de animales domesticados sobre los salvajes y/o el hallazgo de cereales. En este grupo incluímos de momento también los estratos arqueológicos de Pontet e (Maella, Zaragoza), Tossal 1 y 2a.b (Vall d' AlcaUt, Alicante), aunque todavía no disponemos de los estudios de la fauna (Mazo Pérez y Montes Ramírez, 1992) (4). De todas formas todavía no se ha descubierto ningún elemento neolítico en estos niveles. Del estrato lB de la Cova Fosca (Ares del Maestrat, Castellón) procede un hueso de un ovicáprido domestica-, 1992). No incluimos la datación CSIC-30 de la Cueva Matutano (Villafamés, CastelIón) porque no ha sido posible aclarar la relación estratigráfica de esta fecha de 1977 con la estratigrafía de las excavaciones posteriores (Olaria, 1977(Olaria, y 1981;;Gusi i Jener, 1990/91). Pero como se trata del único elemento neolítico dentro de este horizonte y cabe la posibilidad, dado el método de excavación aplicado, que una pieza de un estrato superior fuese atribuida al estrato III, clasificamos el estrato III como un estrato epipaleolítico puro (5). Con Font del Ros (Berga, Barcelona) también aparece un yacimiento al aire libre dentro de este grupo (Terradas el alií, 1992) (6). Los.animales cazados más frecuentes son la cabra montés, el ciervo, el jabalí y el conejo aparte del corzo y el caballo salvaje. Muchas veces detectamos una preferencia por una sola especie (7). El mismo fenómeno ya lo observamos en el País Valencia, en la Cova Fosca o en el ejemplo 'clásico' de la Cueva de la Cocina (Dos Aguas, Valencia). Sería además posible diferenciar entre yacimientos con cerámica y otros en los que también hay animales domésticos. Teniendo en cuenta la limitación que hicimos arriba los siete fragmentos de ovicápridos domesticados de Fosca 11 nos datan el hallazgo más antiguo de cabras y ovejas domésticas en esta región en el 6540-6375 calBC. La misma datación es válida para la cerámica más antigua, (5) Aquí hay que anotar que, aunque la mayoría de los yacimientos son cuevas y abrigos, en muchos casos no se ha aplicado el método de estratigrafía fina y de área pequeña, que• requieren las excavaciones en cuevas. (6) Desgraciadamente disponemos de pocas informaciones sobre el nivel neolítico superpuesto N, así que no lo podemos incluir en nuestra clasificación. Los animales de caza apenas sufren cambios en comparación con el grupo A, pero ahora los ~nimales domesticados aparecen en porcentajes muy pequeños, entre un 0,5% y un 2%. Pero llama la atención que entre el máximum de las dataciones entre 5750 y 5250 calBC y esta datación más antigua de Cendres X haya un vacío que hace cuestionable esta datación singular, por lo menos hasta que no aparezcan otras dataciones parecidas (Fig. 1). ( 9) CSIC-353 de Fosca 11. Pero se trata aquí de la única datación de dicho estrato, que no solamente es mucho más alta que las dos dataciones del estrato superpuesto, Verdelpino III (CSIC-150B.152B), sino que es la datación más alta para el grupo B. aparte de que se ha sospechado una contaminación del nivel IV con materiales del nivel III (Martí, 1978: 65s). Tal vez hay que retrasar un poco mas el final teniendo en cuenta la datación GrN-12685 de Chaves 2b. T. P., 52, n.o 2,1995 No en todos los yacimientos del grupo C se puede detectar cerámica cardial, aunque la falta de esta técnica decorativa parece ser la excepción. Nos parece interesante el caso de Filador 4, donde hasta hoy en día la cerámica falta por completo, aunque en cambio se hallaron pólenes de cereales (García-Argüelles el alii, 1990: 73) (13). Solamente para Or, Cendres y Sarsa disponemos de datos sobre el porcentaje de las distintas técnicas de decoración y en los tres yacimientos la cerámica cardial es mayoritaria entre la cerámica decorada. Además aparece decoración incisa, plástica, impresa-no-cardial y cerámica lisa. Para el País Valencia ya sospechamos que una mayoría de cerámica cardial entre la decorada puede ser un indicador entre otros de yacimientos con una economía plenamente neolítica que allí llamamos de tipo Cova de rOr (aquí grupo C; Schuhmacher, 1994). Desgraciadamente a muchos arqueólogos les parece suficiente demostrar la mera presencia de cerámica cardial, pero esta tan sólo nos da una referencia cronológica, no sobre el tipo de economía, como nos demuestran las dataciones de carbono-14 (Figs. Más importante sería una estadística de las distintas formas decorativas. Con los yacimientos del grupo C comienza la economía neolítica, siendo posible distinguir entre yacimientos con o sin agricultura de cereales. Los cereales aparecen al mismo tiempo que el predominio de animales domesticados sobre salvajes en Cendres VI/V respectivamente A-XlIX y en la Cova de rOr ( 14). Aparte del silo de cereales en la Cova de rOr (Hopf y Schubart, 1965: 20-38; Hopf, 1966; Martí el alU, 1980: 175-192) se pudo demostrar la presencia de trigo con esprilla (Triticum monococcum), escanda (Triticum dicoccum), trigo común (Triticum aestivum, Tr. aestivo-compactum) y cebada desnuda y de varias líneas (Hordeum vulga- (13) Aparte de los pólenes de cereales aparecen los de malas hierbas, lo que según los autores hace más probable el aprovechamiento de cereales por parte de los habitantes del yacimiento. Pero no se puede descartar por completo que el polen haya sido transportado por el viento desde una considerable distancia o que existieran grupos neolíticos cerca de Filadar, sin que los mismos habitantes de Filador hubieran practicado la agricultura. Los porcentajes de los animales domesticados según el número de fragmentos de huesos encontrados suelen estar entre un 55% y un 75(~o. predominando los ovicápridos con proporciones que varían entre un 46% y un 66%. El mayor porcentaje de ovicápridos nos lo suministra el estrato 6 de Frare con un 65.7°¡(). pero su proporción disminuye hasta un 44.2'}-;, calculando e I peso de la carne aprovechada ( 16). Un caso excepcional es Draga J por su predominio de 80S tal/m.\" con un 62% de todos los fragmentos. Pcro los investigadores de este yacimiento admiten que la diferenciación entre Bos primigenills y 80S tal/rus está sujeta a errores por el pequeño tamaño de la muestra. Por eso cabe la posibilidad de que entre los hueyes se escondan algunos uros (Apellániz. Todos los yacimientos del grupo C con la excepción de Margineda parecen ser de primera planta. por lo menos no se ha podido demostrar la presencia de estratos epi paleolíticos infrapuestos. Incluso en el caso de Margineda la diferencia cronológica entre el estrato epi paleolítico Margineda 4 y el estrato con una economía neolítica Margineda 3b es notahle y parece indicar un hiatus (17). Aparte de las cuevas y abrigos. que predominan. también se encuentran tres yacimientos al aire libre en Catalunya Guixeres, Pla de la Bruguera y La Draga (Miró. Como para muchos yacimientos sólamente se nos da el número de fragmentos. una comparación a nivel interregional muchas veces sólo es posible a hase de este dato bastante impreciso. (18) Se puede incluir en este grupo de yacimientos neolíticos al aire libre. aunque con cierta reserva. el nivel neolítico de Font del Ros. cuyos materiales arqueológicos no han sido T. P., 52, n. o 2, 1995 Thnmll\ X. Schuhmllcher~• (;erd-C. Weniger Una comparación cntre las dataciones de carhono-14 de los tres grupos en una calibración 2-0 de dispersión C2D-Oispersionskalibration': Weninger. 19~6: 1 ~-3X) (19) nos muestra una superposición de los tres entre 6500 y 5500 calBC (Fig. 1). lo que no se puede explicar simplemente por un nivel cultural que desciende de la costa hacia el interior (Fig. 2). Aunque existen ciertas concentraciones de yacimientos del grupo C cerca de la costa en Catalunya y en la sierra entre Valencia y Alicante (País Valencia). al mismo tiempo hay comunidades con una economía neolítica bastante antigua como Los Husos (Elvillar. Álava) muy lejos de la costa mediterránea. aunque en la cuenca del Ebro y por eso en conexión directa con los yacimientos de la costa. Los yacimientos del grupo C al contrario que los de los grupos A y B. suelen estar situados en llanuras o en la parte haja de las sierras colindantes. U na excepción supone la Balma Margineda (Guilaine el alii. En Balma Margineda se hallaron, aparte de animales domésticos. Parece muy poco probable la agricultura de cereales a esta altitud en el Neolítico antiguo. El análisis de los restos de cereales demuestra que el desgrane no se efectuó allí. Como ni el análisis de macrorestos ni el análisis de polen dan un indicio a favor de la práctica de la agricultura, hay que suponer, de acuerdo con los propios excavadores, que los cereales fueron introducidos en la cueva por pastores neolíticos. El mapa de distribución de los yacimientos nos demuestra también las lagunas existentes en el registro arqueológico (Fig. 2). Así, nos faltan por completo yacimientos para toda la zona sur del Ehro medio. Además, de toda la zona orien-. tal, desde los Pirineos hasta Murcia, conocemos solamente 27 yacimientos o niveles arqueológicos cuyas dataciones radiométricas proceden de la fase entre el 6500 y el 5500 caIBC y que podemos asignar a uno de nuestros grupos. publicados por completo (Terradas el alii. La datación de carbono-14 Hd-15451 de La Draga 3 fue presentada por J. De muchos yacimientos se han excavado únicamente áreas muy restringidas, o son excavaciones antiguas con graves defectos en su documentación. Aparte de cuatro excepciones se trata tan sólo de cuevas y abrigos cuya estratigrafía y dinámica de sedimentación solamente se puede controlar con técnicas de excavación muy detalladas, utilizadas en excavaciones paleolíticas. Yacimientos al aire libre bien conservados y con una estratigrafía clara faltan casi por completo. Esto nos lleva a preguntarnos, si entonces también falta la parte más representativa del patrón de asentamiento entre el 6500 y el 5500 caIBC ¿Es posible que los yacimientos en cueva constituyan sólo una parte, poco representativa del sistema de subsistencia humana de aquella época? LA INTERPRETACIÓN DEL REGISTRO ARQUEOLÓGICO Esta complicada coexistencia de elementos típicos de una economía de cazadores y de agricultores/ pastores requiere una explicación compleja, a pesar de las dudas acerca del registro arqueológico, ya que difumina el concepto clasificatorio tan estimado por nosotros, los arqueólogos. Partiendo de la base actual de datos esta situación puede plasmarse en tres modelos: Modelo 1: El modelo de los' dos mundos' ('modelo étnico'). Este parte del supuesto de dos poblaciones diferentes. Habría grupos neolíticos asentados principalmente en la llanura costera oriental, equipados con todos los elementos culturales del Neolítico como cerámica, animales domésticos y cultivo de cereales y otras plantas. Los grupos epipaleolíticos, en cambio, parece que se orientaban más hacia las zonas montañosas del interior con una economía de caza. No obstante, mantendrían contactos e intercambiarían productos con los agricultores de la llanura, de modo que ocasionalmente entraban piezas de cerámica, e incluso animales domésticos (Fig. 4). Modelo 2: El modelo del 'mundo único'. Este parte de una forma de subsistencia unificada, conocedora ya de todos los elementos culturales del Neolítico. No se trataría, sin embargo, de una forma de vida plenamente asentada, sino de un patrón de asentamiento en campamentos centrales, desde donde, y siguiendo las temporadas del año, todo el grupo o una parte del mismo Interpretación del registro arqueológico según t!I' modelo de los dos mundos', intentaría aprovechar distintos recursos ambientales como la caza, las materias primas y el pastoreo, estableciendo campamentos temporales. En estos campamentos el espectro de los elementos neolíticos no es completo (Fig. 5). Modelo 3: El modelo 'mosaico'. Este parte de un amplio espectro de diferentes formas de subsistencia que, variando según las zonas locales, pueden ser más bien neolíticas o bien orientadas hacia la caza. Junto con el aprovechamiento de campamentos temporales y de múltiples fuentes de subsistencia ofrecen una imagen, sumamente heterogénea en el contexto arqueológico (Fig. 6). Cada uno de estos modelos podría servir para explicarnos la imagen que nos ofrece el registro arqueológico y una encuesta entre arqueólogos ibéricos lograría recabar apoyos para cada uno de estos modelos. No obstante resulta difícil defender una sola posición, ya que estamos ante una situación cultural altamente complicada cuya documentación arqueológica tiene numerosos espacios en blanco. Sin embargo la respuesta a la pregunta, acerca de cómo llegaron los elementos culturales neolíticos, cerámica, pastoreo y agricultura, hay que tratarla independientemente de la elección de uno de los tres modelos. Una innovación autóctona parece ser el caso menos probable, porque las formas silvestres de los cereales y de los animales domésticos predominantes como oveja y cabra no se encuentran en la Península Ibérica y tienen que haber llegado desde fuera a la región de estudio. Si examinamos los yacimientos llamados neolíticos, su cultura material y su extensión, además del patrón de asentamiento en cuevas y abrigos, no nos parecen tan distintos de los yacimientos con una subsistencia plenamente cazadora. El cambio decisivo de la forma de subsistencia y del patrón de asentamiento parece haberse producido, no solamente en el Este, sino también en otras zonas de la Península Ibérica, en el Neolítico medio o tal vez incluso al final del Neolítico y comienzos de la Edad del Cobre (Kalb, 1989: 31-54). Este dato refuerza la suposición de que los elementos culturales del Neolítico no fueron introducidos en la Península Ibérica por nuevos inmigrantes, sino que los grupos de cazadores indígenas integraron ideas nuevas en su tradicional forma de vida. Ya en el Epipaleolítico parece comenzar una navegación marítima, indicada por la ocupación de las islas del Mediterráneo occidental, que podemos calificar de requisito indispensable para una red de comunicación. Redes de comunicación de este tipo parecen haberse formado en el Mediterráneo occidental al principio del Holoceno (Müller, 1994: 261-266). A esta red afluirían ideas y productos nuevos procedentes del Mediterráneo oriental, distribuyéndose rápi- Este rápido proceso de distribución no tendría explicación si no fuera porque se podía apoyar en unas estructuras ya existentes. En este contexto hasta hoy no se ha aclarado si hubo variaciones de las líneas costeras, ocasionadas por la subida del nivel del mar durante el Holoceno antiguo que también en las costas orientales ocasionaron perdidas substanciales de terreno, han podido influir en este proceso (Shackelton, 1984: 307-314; van Andel, 1989: 733-745; Weniger y Estévez, 1993: 1-31). Aquí hay una tarea de investigación importante para el futuro. A pesar de todas las interrogantes que todavía plantea el contexto arqueológico, sí resulta evidente que los conceptos habituales como Epipaleolítico y Neolítico antiguo no funcionan bien para describir una situación arqueológica y cultural mucho más compleja. Si además tenemos en cuenta los datos etnohistóricos que nos documentan una gran cantidad de formas transitorias entre una subsistencia cazadora y otra agricultora/ pastora, esta dicotomía nos parece aún menos adecuada. Estos datos etnohistóricos, aparte de los otros argumentos mencionados, apoyan la hipótesis de que el modelo 3 tiene hoy por hoy la máxima probabilidad. (1978): "Fauna del yacimiento prehistórico de Botiquería deIs Moros, Mazaleón (Terue!»>. Cuadernos de Prehistoria y Arqueología Castellonenses, 5: 139- es ThollWi X. Schuhmac: her y
Se estudia el arte rupestre del Arco Mediterráneo (que incluye a los convencionalmente conocidos como Arte Levantino, Arte Esquemático y Arte Macroesquemático, entre otros estilos), nombrado Patrimonio de la Humanidad en 1998, desde el punto de vista de su localización. Las fuentes de información utilizadas fueron trabajo de campo, revisión cartográfica y análisis en Sistema de Información Geográfica, además de dos archivos de arte rupestre: el Expediente UNESCO y el Corpus de Pintura Rupestre Levantina. La hipótesis inicial fue que este arte rupestre se imbrica en el proceso de neolitización del Levante peninsular, del que es síntoma y resultado, y debe entenderse como un elemento de construcción paisajística, de lo que se deduce que ha de presentar una distribución determinable en forma de patrones locacionales. Por medio tanto de contrastes y descripciones estadísticas como de aproximaciones más heurísticas, se ha constatado la existencia de una estructura del paisaje neolítico definida por el arte rupestre, que es posible interpretar en términos funcionales y económicos. La Arqueología del Paisaje es desde hace algunos años una de las principales líneas de investigación del Dpto. de Prehistoria, IH, CSIC, desarrollada por Juan Vicent en distintos proyectos (1). Uno de los programas de investigación abordados es el análisis del arte rupestre desde el punto de vista del paisaje, y en concreto, del arte rupestre del ámbito (*) Dpto. de Prehistoria. mediterráneo de la Península Ibérica (2), objeto del presente artículo. Los objetivos concretos de este estudio fueron el análisis del arte rupestre desde un punto de vista no cronológico, sino eminentemente geográfico o locacional, atendiendo a una caracterización sociológica y funcional. Esta aproximación se utiliza como una alternativa a los estudios tradicionales, que han tendido a interpretar la diversidad estilística del arte rupestre del Levante (Levantino, Esquemático, Macroesquemático) en términos cronológicos, como una sucesión relacionada con cambios étnicos y poblacionales o con una evolución interna de largo recorrido. En segundo lugar se impuso como objetivo una cuestión de escala y tratamiento. Normalmente los análisis de arte rupestre, o al menos los que se han venido realizando para la zona levantina, no contemplan grandes territorios y suelen centrarse en la iconografía. En este trabajo se aborda por primera vez el fenómeno a nivel interregional, regional, microrregional y local, con comparaciones entre las diversas escalas que han aportado información adi-cional al análisis de cada una (Fig. 1). El trabajo además ha mostrado el gran potencial que pueden tener recopilaciones recientes de información no elaboradas expresamente con fines de investigación, como es el caso del Expediente UNESCO, que trataremos más adelante, confeccionado en primer término con fines de gestión patrimonial (Hernández 2000). La propuesta fundamental, a la vez punto de partida y de llegada de este trabajo, es que el origen del arte rupestre mediterráneo (descartado el arte paleolítico) solamente puede entenderse si se observa como un marcador y un síntoma del proceso histórico de neolitización de la Península Ibérica. Los principales argumentos implicados en esta tesis son tres. En primer lugar se ha manejado una base cronológica de tipo arqueológico fundamentada en paralelos cerámicos y superposiciones de figuras, propuesta por Martí y Hernández (1988) y perfeccionada en estos últimos años, por la cual el arte del Levante se data en el neolítico. Aunque hay autores que disienten (por ejemplo Alonso y Grimal 1999) los argumentos contrarios no son suficientemente potentes en la actualidad para defender una datación alternativa. En segundo lugar se ha buscado en todo momento la coherencia interna de toda la argumentación, en relación con el contexto histórico y lo que significa sociológicamente que se comience a elaborar arte rupestre. En tercer lugar se ha desarrollado un argumento funcional, que relaciona el paisaje del arte rupestre con ciertas actividades económicas productivas, y no solamente con una monumentalización de tipo simbólico. De hecho es posible considerar que el nudo de este trabajo no reside en el estudio del arte rupestre en sí mediante su descripción, sino en dilucidar las condiciones sociales e históricas en las que es posible comprender su origen. De ahí que el problema se retrotraiga a la discusión sobre el proceso de neolitización de la península, que aquí se presentará brevemente. En este artículo, en cualquier caso, no entraremos en extensión en el análisis de dichas condiciones. Durante los últimos decenios los estudios de arte rupestre se han enmarcado en el modelo dual de explicación del neolítico ibérico. En este trabajo se empleó un punto de vista alternativo, representado por los modelos que ponen el peso de la transforma-Fig. Unidades de análisis: 1) interregional, 2) regional, 3) microrregional, 4) local. A: grupo regional y microrregional 1: área de Prepirineos. B: grupo regional y microrregional 2: zona catalana y norte valenciana. C: grupo regional y microrregional 3: cuenca del Júcar. D: grupo regional y microrregional 4: cuenca del Segura. (2) Entre otros trabajos, este programa se ha materializado en una tesis doctoral de título "Paisaje y arte rupestre: ensayo de contextualización arqueológica y geográfica de la pintura levantina", defendida el presente año en la Universidad Complutense. Este artículo es una síntesis de la metodología empleada y los resultados de dicha tesis doctoral, que será editada por el Servicio de Publicaciones de la UCM. ción neolítica en las formaciones sociales indígenas. El hecho básico que da pie a la existencia de los dos modelos es fundamentalmente la distinta explicación que dan a la introducción de los animales y plantas domésticas en la Península Ibérica, donde no se encuentran los agriotipos salvajes de esas especies. El paradigma dominante en la investigación del neolítico y por lo tanto del arte rupestre del arco mediterráneo hasta la actualidad es el modelo dual. Los autores que se identifican con él explican el inicio del proceso histórico de neolitización por la llegada a la fachada mediterránea de la Península Ibérica de contingentes humanos foráneos, en el sexto milenio a.C., que traen consigo los elementos neolíticos (los domesticados -plantas, animales-y la cerámica). Las poblaciones autóctonas cazadoras-recolectoras en contacto con estos grupos de neolíticos puros comienzan su propio proceso de neolitización, por aculturación directa o indirecta, según las circunstancias y la proximidad a los asentamientos originarios de los pioneros neolíticos (Martí y Hernández 1988, Bernabeu et al. 1993, Martí y Juan-Cabanilles 2002...). Los distintos estilos de arte rupestre que se documentan en la zona inicial de asentamiento y por tanto de aculturación y neolitización responderían a este esquema dual de poblamiento y formación socioeconómica. Los estilos se integran en una secuencia arqueológica en la que se les confiere un sentido temporal y étnico: responden a dos poblaciones diferentes, y varían a lo largo del tiempo (Fig. 2). Los problemas de dicha secuencia (Cruz Berrocal 2004a), han provocado ciertas matizaciones en las propuestas de los investigadores adscritos al modelo dual que flexibilizan la estructura previa sin llegar a abandonarla. Por ejemplo Martí y Juan-Cabanilles (2002: 166) proponen explícitamente que el arte de estilo levantino de los Abrigos de la Sarga fue hecho por una población neolítica, ya que en esta zona no encuentran las evidencias de dualidad con las que habían sostenido el modelo hasta el momento. De hecho ciertas evidencias que anteriormente eran prueba de dualidad se utilizan ahora para apuntar más bien a la existencia de un reforzamiento de la unidad [neolítica] (Martí en Fairén 2002: 14) y Fairén (2002: 95): "la correspondencia en cuanto a voluntad de visibilidad entre el Arte Esquemático y el Levantino, sumado a los datos que proporciona el resto del registro arqueológico, sugiere la idea de que ambos puedan formar parte de una misma realidad (...) [y] a nivel de poblamiento el registro arqueológico es unitario (...) [d]ebiéndose las diferencias que podamos encontrar entre los distintos yacimientos más bien a una diferenciación funcional de éstos". Sin embargo esta autora no excluye tajantemente la posibilidad de una cierta dualidad en las bases de subsistencia de uno y otro estilo. Torregrosa (2002) también cree que ambos estilos coexistirían en un mismo territorio, producidos por poblaciones neolíticas. Este cambio de parecer entre los autores adscribibles al modelo dual hace que todos los estilos reconocidos (macroesquemático, levantino y esquemático) sean explicados en términos cronológicos (o incluso funcionales, como apunta Fairén) más que poblacionales. Por ello Martí y Juan-Cabanilles (2002: 162 y ss) insisten en que solamente pretenden cambiar una adscripción cultural sin modificar el resto de su modelo explicativo, lo que parece algo forzado teniendo en cuenta que uno de los argumentos más relevantes para sostener el modelo dual es precisamente la dualidad territorial, definida sobre todo en función del arte rupestre. En el momento actual la secuencia arqueológica per se indica la coexistencia de estilos dentro del arte rupestre neolítico, que deben considerarse, como primera aproximación, contemporáneos a escala arqueológica (con un margen temporal amplio e indeterminado). No existen argumentos alternativos para proponer una secuencia de estilos más ajustada, puesto que los únicos con los que se cuenta son los iconográficos, insuficientes porque ni los estilos ni las superposiciones portan en sí información cronológica medible con exactitud. Tomando como premisa la sincronía, en términos arqueológicos, de los estilos, la distribución territorial diferencial de estaciones con distintos estilos debe interpretarse, no como sucesión temporal, sino más bien en clave funcional. Las divergencias locacionales deben explicarse en sí mismas, en función de las características particulares de las ubicaciones. Llegado el caso se deberían intentar ajustar las cronologías para evaluar mejor la posible independencia temporal de unos estilos sobre otros y sus eventuales períodos de solapamiento. Pero de momento no existen condiciones para este análisis, ya que la datación del arte rupestre es indirecta e imprecisa. No obstante en este trabajo el estilo ha jugado un papel importante porque se ha utilizado para diferenciar objetos arqueológicos (los estilos levantino y esquemático, sobre todo), y analizar y comparar su distribución. Pero el concepto y reconocimiento del estilo no es automático sino que, al menos en el ámbito del que estamos tratando, es altamente problemático. El estilo tiende a utilizarse como un rasgo ontológico del objeto de estudio, cuando en realidad es una herramienta de clasificación de dicho objeto. Esta confusión requiere una crítica al uso del estilo en los estudios de arte rupestre neolítico (Cruz Berrocal 2004a, b). Para este trabajo se ha empleado un argumento complementario para utilizar los estilos levantino y esquemático como se definen en el Expediente UNESCO: el criterio estilístico se ha conjugado con el de contenido iconográfico. Se tomaron las combinaciones de motivos de los estilos levantino y esquemático y las frecuencias de cada categoría (Tab. Aparentemente la relación entre las distribuciones de frecuencias es inversa, y esto se confirmó en el análisis estadístico (realizado con tablas de contingencia y contraste de la chi-cuadrado). En las combinaciones zoomorfo-signo, antropomorfo-zoomorfo-signo y antropomorfo (3) se cruzan las dos distribuciones: estos motivos aparecen con una frecuencia similar en los dos estilos. Pero el contraste general indica que existe una distinción entre ambos, y por tanto, que existen argumentos extraestilísticos suficientes para hacer una comparación locacional de estaciones de los grupos levantino y esquemático, puesto que son dos objetos arqueológicos diferenciados. Además del estilo se manejan otros conceptos en este estudio que normalmente tienden a ser empleados de manera dispar en múltiples trabajos de muy distinto cariz: paisaje y arte [rupestre]. Su aplicación indistinta y en intercambio con otros términos (paisaje=territorio=espacio=...) o su consideración como autoexplicativos (arte), requiere un esfuerzo previo para situarse correctamente frente al objeto de estudio. El arte no es una expresión natural propia del ser humano y que, por tanto, no necesita de explicaciones adicionales. Por el contrario, es la manifestación de un tipo muy específico de trabajo social, y por ello se sitúa en una posición especial dentro de ese ámbito, definida por dos condiciones: el arte puede ser considerado (1) como una actividad de especialistas con los conocimientos técnicos y de significado indispensables para crear ese objeto, y Tab. Frecuencias (entre paréntesis) de cada combinación iconográfica, de menor a mayor. (3) En la diagnosis, sin residuos corregidos mayores que 2. además (2) como un núcleo en torno al cual se desarrollan relaciones sociales específicas (Gell 1998(Gell, 1999a, b, c), b, c). Estas dos características son las que permiten considerar al 'objeto artístico' como tal incluyéndolo en un contexto social y funcional y no meramente estético, más propio de la aproximación de la historia del arte que de la aproximación antropológica y, al menos en teoría, arqueológica. Con estas premisas el arte [rupestre] debe ser estudiado como una institución social cuya lógica interna se materializa, por ejemplo, en la ubicación concreta de sus manifestaciones. Esta propuesta sobre el arte no es solamente una precisión terminológica, sino que permite dotarse de nuevas herramientas conceptuales para la investigación en desarrollo. Lo mismo puede decirse del 'paisaje', concepto central en la historiografía arqueológica y geográfica, marcadas por la evolución conceptual del término desde el 'espacio' neutro hasta el 'paisaje' como construcción social y cultural. En el contexto español la arqueología social del paisaje (Vicent 1991(Vicent, 1998) ) y la arqueología cultural-simbólica (Criado 1993b(Criado, 1999) ) han sido las artífices de esta transformación. Este trabajo se fundamenta en la noción central de la arqueología social del paisaje de que existe una relación dialéctica entre la formación económico-social y su entorno, por la cual el paisaje es producto y agente en un proceso histórico no determinado a priori (Vicent 1991). La herramienta más importante aportada por este pensamiento y utilizada en este trabajo es la teoría de la localización, basada en la necesidad de comprender las relaciones que se dan entre diferentes factores y elementos del paisaje conforme a un principio organizativo y jerárquico, no neutral (Vicent 1991). De la arqueología cultural-simbólica se ha empleado el concepto de visibilidad como metáfora de las relaciones sociales subyacentes a los objetos arqueológicos (Criado 1993a(Criado, b, 1999)). Sobre estas bases se sostiene la hipótesis de trabajo explicativa del origen del arte rupestre neolítico del Levante que se presenta aquí. Su premisa fundamental es que dicho fenómeno se asocia intrínsecamente a la territorialización y fragmentación crecientes de los territorios levantinos, paralelas a la consolidación de un modelo económico basado en la producción de alimentos. El arte rupestre neolítico sería un síntoma de este proceso, que requiere de una cierta monumentalización del paisaje (que empieza a ser modificado de forma duradera) probablemente asociada a ciertas relaciones de propiedad/posesión específicas de este cambio socioeconómico. Así se reconocen o se marcan las distintas nuevas relaciones que se establecen en los grupos sociales en sí, entre sí y con su paisaje. Esta hipótesis tiene algunas implicaciones de tipo geográfico, que se contrastaron en el análisis. La más importante puede formularse de la siguiente manera: debe haber una recurrencia en las ubicaciones del arte rupestre que permita reconocer la existencia de patrones, que a su vez permitan inferir la existencia de las decisiones locacionales que los motivaron. Estas decisiones responden a un modelo de construcción y uso del paisaje estructurado (Vicent 1991), materializado en el patrón de asentamiento pero también, de una forma intencional y simbólica, en el patrón de distribución del arte rupestre. En síntesis se propone que existe desde el neolítico una monumentalización del paisaje del ámbito mediterráno a través del arte rupestre, la cual puede interpretarse en términos económico-funcionales. Esto se opone a las concepciones más habituales que ponen en relación el arte rupestre y el paisaje, en las que funciona prioritariamente un nexo simbólico y/o religioso que convierte al arte rupestre en un elemento sacro atrapado en una argumentación circular (Cruz Berrocal 2002). La ventaja de la propuesta económico-funcional es que es contrastable mediante análisis experimentales y aproximaciones descriptivo-interpretativas. Ambas estrategias son complementarias porque las observaciones de una sirven para orientar las de la otra, y viceversa. METODOLOGÍA Y FUENTES DE DATOS Enfoque experimental: se ha trabajado en un Sistema de Información Geográfica (SIG) con matrices numéricas de datos que recrean un modelo de paisaje elaborado a partir de ciertas variables elegidas por su significación para la hipótesis propuesta. Dichas matrices numéricas proceden en gran medida de la cartografía digital. Su metodología, concebida por Juan Vicent (1991,1998), se fundamenta en la creación de un modelo de paisaje económico 'estructural' con datos actuales. El uso de datos actuales es ineludible, pero no constituye un obstáculo. Por una parte, al modelizarse un paisaje se eligen las variables que lo constituyen esencialmente. De ahí la idea de paisaje estructural. Por otra parte, las reconstrucciones de paleopaisaje mediterráneo no son incompatibles de modo absoluto con el paisaje contemporáneo, sino que hasta cierto punto se puede suponer que existe cierta continuidad durante el holoceno, sin grandes modificaciones (Dupré 1988, Badal y Roiron 1995). El paisaje modelizado sirve como término de la comparación estadística con los vestigios de paisaje neolítico que representan las estaciones de arte rupestre. Esta comparación confronta dos muestras: una, constituida por las estaciones, y otra, generada en el SIG para representar el paisaje, como un conjunto de puntos distribuidos aleatoriamente en él. Se han efectuado pruebas de comparación entre las dos muestras, de medias (ANOVA), y de frecuencias (chi-cuadrado), en función del tipo de variable de que se tratara (continua o nominal). Es necesario puntualizar dos cosas relativas al análisis estadístico. En primer lugar, se han tratado todas las estaciones de la misma manera a partir de la información contenida en el Expediente UNES-CO, ciertamente problemática (ver más abajo). Esto se deriva de la imposibilidad de hacer un trabajo de campo generalizado, que permitiera comprobar todos sus datos (los casos en que se ha hecho se tratarán en el apartado correspondiente). En el análisis estadístico se ha hecho una aproximación no exhaustiva tratando los datos en conjunto, de forma que las posibles anomalías han quedado disueltas en la muestra general y no se han detectado ni han modificado los resultados, de lo que se deduce, primero, que son pocas, y segundo, que si se discriminaran probablemente los resultados tenderían a reforzarse. Lo mismo sucede con la posible conservación diferencial, que no se ha revelado en el estudio. En segundo lugar, el análisis estadístico se ha basado en conceptos rudimentarios debido a la naturaleza de los datos arqueológicos con que se cuenta. No se pueden descartar en el futuro otras aproximaciones, como la elaboración de muestreos estratificados, bloques aleatorizados o la generación de muestras aleatorias con criterios distintos del que se ha seguido aquí: recoger la mayor cantidad de representación paisajística posible, gene-rando puntos que cubrieran un 20% de los territorios analizados. Enfoque descriptivo-interpretativo: sistematiza las observaciones obtenidas en el trabajo de campo y la exploración cartográfica analógica, guiadas por medio de fichas elaboradas previamente. A partir de ellas se han conformado ciertos sistemas de localización de estaciones de arte rupestre, que se han intentado explicar. Frente al procedimiento análitico anterior, este enfoque busca la interpretación del paisaje del arte rupestre a escala local a través del conocimiento derivado de fuentes variadas de carácter sintético. El Expediente UNESCO y el Corpus de Pintura Rupestre Levantina, la cartografía digital y analógica, el trabajo de campo y la revisión cartográfica se han utilizado en las estrategias arriba mencionadas a veces conjuntamente y a veces de manera específica para una de las dos. El "Expediente de la Declaración como Patrimonio Mundial de la Humanidad 'Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica', Archivo I.P.H. 1997-98", fue entregado a la UNESCO por un grupo de trabajo formado por la Comunidades Autónomas de Valencia, Aragón, Cataluña, Castilla la Mancha, Comunidad Valenciana, Murcia y Andalucía, involucradas en la candidatura y consecución de la declaración de Patrimonio de la Humanidad de esta manifestación arqueológica en 1997 (Hernández 2000). Fue consultado en el Instituto del Patrimonio Histórico Español (Ministerio de Educación y Ciencia, Madrid), por mediación de Ma Dolores Fernández-Posse, a la que agradecemos su amabilidad. Consta de 759 estaciones de las provincias de Albacete, Alicante, Almería, Barcelona, Castellón, Cuenca, Granada, Guadalajara, Huesca, Jaén, Lleida, Murcia, Tarragona, Teruel, Valencia y Zaragoza, e informa sobre las variables (resumidas): tipo de arte, número y figuras de las estaciones, coordenadas geográficas, condiciones administrativas y de conservación y número de inventario. Es el documento más completo de cuantos pueden manejarse, aunque contiene errores de localización de estaciones y en él se usaron sistemas de referencia geográfica no especificados. Por ello se excluyeron del análisis las estaciones con problemas: la mues-tra final es de 726. En caso de discrepancia entre el contenido iconográfico recogido en el Expediente y la bibliografía, se utilizó la información del Expediente con preferencia, que se sistematizó con tres motivos principales (antropomorfos, zoomorfos, signos) y sus combinaciones. El Corpus de Pintura Rupestre Levantina [URL] es un archivo fotográfico histórico conservado en el Departamento de Prehistoria del CSIC, con información relativa a la localización y contenido iconográfico de 95 estaciones de arte rupestre. Fue elaborado por Martín Almagro Basch y Fernando Gil Carles en los años 70. Presenta características opuestas y complementarias con el Expediente UNESCO, porque las coordenadas de localización de los sitios son poco ajustadas, pero contiene una información pictórica exhaustiva (Vicent 1994, Vicent et al. 1999). La cartografía digital integrada en un SIG se utilizó para informar distintas variables para las muestras de estaciones y de puntos aleatorios. Se usó un Modelo Digital del Terreno (MDT) a distintas escalas para cada unidad de análisis para el cálculo de la altitud, la pendiente y la orientación; cartografía de hidrografía y vías pecuarias para el cálculo de distancias a estos elementos; el Mapa Geológico de España para la adscripción geológica; y el proyecto Corine Land Cover para la adscripción a usos del suelo. La forma final de los datos son tablas de valores de todas esas varia-bles asignados a cada estación y a cada punto aleatorio. En el mapa 1:50000 del Servicio Geográfico del Ejército se localizaron las estaciones del Expediente UNESCO a partir de las coordenadas contenidas en este documento, proceso en el cual se descubrieron sus incorrecciones. Una vez situadas las estaciones en los mapas se recogió información exhaustiva, destacando el tipo de unidad geográfica en que se encuentra la estación, sus características (en el caso de los barrancos), proximidad al agua y vías de paso. El trabajo de campo fue decisivo al proporcionar un conocimiento directo del paisaje del arte. En seis campañas entre 1999 y 2000 en las zonas de Villar del Humo (Cuenca), Albarracín y Tormón (Teruel), Júcar (Valencia), Sarga (Alicante) y Gasulla (Castellón), se visitaron 39 estaciones (Fig. 3). La selección de estas zonas tuvo en cuenta, entre otros criterios, que se tratara de conjuntos incluidos en el CPRL y de unidades geográficas reconocibles, y que existiera una variedad suficiente de motivos y estilos para dar juego al análisis. Algunas de las variables que se documentaron sistemáticamente en estas campañas fueron tamaño y resguardo del abrigo, visibilidad de pinturas y abrigo, rediles construidos, dificultad de acceso, estancia en el abrigo y en el exterior y si se trataba o no de un monumento natural. Es decir, información que sólo era accesible mediante la visita directa, y además siempre encaminada a corroborar o desechar un modelo económico del paisaje. Como es natural la preparación de los datos requirió un trabajo específico de cara a los análisis que no es preciso detallar aquí. Escalas y unidades de análisis Se trabajó con cuatro escalas: interregional, regional, microrregional y local, materializadas en distintas unidades de análisis (Fig. 1). La unidad de análisis regional, que se manejó a su vez transregionalmente para cubrir toda la extensión del arte rupestre neolítico, se definió convencionalmente utilizando la cuadrícula 1:200000. La suma de todas las unidades regionales (grupo regional 1: área de Prepirineos, grupo regional 2: zona catalana y norte valenciana, grupo regional 3: cuenca del Júcar, grupo regional 4: cuenca del Segura) forma la unidad interregional. La unidad microrregional se definió creando áreas de 30 km de radio alrededor de cada estación, de manera que se acotaron territorios relativamente próximos en los que cualquier diferencia entre la localización de las estaciones y el entorno resulta más significativa que a escala regional. La unidad local se definió a partir del Mapa de España 1:50000, eligiendo la hoja 520, Albocácer, siguiendo criterios de máxima rentabilidad en el análisis: se trataba de la hoja con mayor concentración de estaciones recogidas al mismo tiempo en el CPRL, y además se tenía conocimiento directo de la zona. La escala de análisis local fue particularmente útil porque se contrastaron las observaciones hechas a otras escalas y se comprobó que no existen contradicciones entre ellas. En el trabajo de campo todas las unidades de análisis se combinan en cierto modo, aunque con evidente mayor relevancia de la local. Las distintas escalas del análisis son un factor muy importante en el enfoque de este estudio. Tienen que ver también con la calidad de las fuentes de datos (ajustadas a cada unidad de análisis). Conviene tener presente que cada escala y unidad de análisis condicionan la resolución de las conclusiones que es posible obtener de ellas. RESULTADOS DEL ANÁLISIS EXPERIMENTAL El objetivo del análisis fue buscar y definir sistemáticamente patrones locacionales subyacentes al emplazamiento del arte rupestre neolítico, que pudieran ser interpretados posteriormente como patrones funcionales, en función del modelo definido. Las variables estudiadas fueron la altitud, pendiente, orientación, geología, usos del suelo, unidad geográfica, cuenca y rango hidrográfico, subunidad geográfica, fuentes y distancia al agua, distancia a vías de paso y vías pecuarias. Los datos de las cinco primeras procedían de la cartografía digital, por lo que se pudieron generar tanto para las estaciones como para los puntos aleatorios, posibilitando la comparación entre ambos. Los análisis de las otras cinco variables se centraron en las estaciones. El objetivo fue siempre comprobar si las estaciones se distribuían o no aleatoriamente en el paisaje en función de las variables. En todos los casos se demostró (Tab. 2) que se eligieron ciertas localizaciones y no todas las posibles, y se trataron de de-Tab. Resultados de pruebas ANOVA y chi-cuadrado (p-valor o significación). La orientación se contrastó en octantes. La geología se reclasificó disminuyendo el número de categorías geológicas (agrupando las minoritarias). Los usos del suelo también se reclasificaron en tres grandes categorías. terminar las características de dichas elecciones. Para saber si las localizaciones escogidas eran siempre las mismas se comparó el comportamiento de las estaciones de cada grupo regional con el de las demás, lo que sirvió en la mayor parte de los casos para desmentir la existencia de patrones rígidos "universales". Las variables para las que se contaba con datos de los puntos aleatorios también se compararon, dentro de cada grupo regional, con los subgrupos de estaciones (formados con el criterio de alguna variable iconográfica, como estilo, combinación iconográfica o cantidad de figuras) con las muestras aleatorias en cada unidad de análisis (regional y microrregional), para calibrar la variabilidad de la muestra de estaciones. En estos análisis se dio el caso de que un subgrupo no se diferenciara de la muestra aleatoria, mientras que sí lo hacía el grupo regional entero al que pertenecía dicho subgrupo. Esto, más que merecer una interpretación concreta en términos reales, implicaba una variabilidad importante en la muestra, que merecía ser analizada de forma interna. Para esto se escogió como criterio de agrupación el estilo (matizado por el criterio de contenido iconográfico, como se expuso más arriba). Así dentro de cada grupo regional se compararon los comportamientos de los subgrupos de estilo levantino y esquemático para cada variable, tomando siempre como valores de referencia los del estilo esquemático (porque son las estaciones más abundantes en todos los grupos y categorías), siendo los resultados variables, como se verá después. La estructura de los análisis y presentación de los resultados siguió el siguiente esquema: descripción general de la variable a escala peninsular, comparación de estaciones y puntos aleatorios en cada grupo regional, comparación de los grupos regionales entre sí, comparación de subgrupos iconográficos entre sí, y descripción de su comportamiento (Cruz Berrocal 2004b). Por razones de espacio a continuación se recoge simplemente una síntesis variable por variable de los resultados más destacables. Existen decisiones locacionales en relación con la altitud (Tab. 2: a nivel regional los resultados no fueron positivos en los grupos 1 y 2, pero se ha primado la escala microrregional por las razones anteriormente expuestas). Dentro de cada grupo regional existe una adaptación específica al territorio, y cierta tendencia a escoger localizacio-nes situadas en rangos medios regionales de altitud. En cuanto a la variabilidad intrarregional, los subgrupos estilísticos siguen distintas pautas de localización altitudinal, sin patrón recurrente de región a región. Existen decisiones locacionales en relación con la pendiente, coherentes a escala regional y microrregional, y se ciñen a la elección de pendientes medias en todos los grupos regionales. En cambio los subgrupos estilísticos sí presentan comportamientos distintos, puesto que las estaciones con estilo esquemático tienden a situarse sistemáticamente en pendientes altas. Presenta una escasa variabilidad interregional e intrarregional: se produce una exclusión sistemática de la orientación al oeste y una selección preferente de las orientaciones de componente este y sur en todos los grupos y subgrupos regionales. Las escasas diferencias existentes derivan de la estructura general de cada territorio. La ubicación en términos geológicos es muy variable. En cada grupo regional se siguen ciertas pautas altamente selectivas de sustratos geológicos minoritarios. Además dentro de cada grupo las estaciones de estilo levantino y esquemático tienden a situarse en localizaciones geológicas distintas, a veces incluso de forma inversamente proporcional. Esta variable presenta la mayor ausencia de variabilidad inter e intrarregional. El predominio de la localización en "Zonas forestales de vegetación natural y espacios abiertos" es absoluto. Existe una asociación general de arte rupestre y zonas montañosas, pero en los grupos regionales 2 y 3 se da también una representación relativamente importante de zonas costeras. Rango en cuenca hidrográfica. Se constata una cierta preferencia por rangos intermedios, de altitud relativa media dentro de cada cuenca hidrográfica. Las estaciones se encuentran mayoritariamente en barrancos de tamaño pequeño, habiéndose descartado además una relación entre el tamaño de los barrancos y el número de estaciones que contienen. Respecto a la localización en barrancos existe una muy escasa variabilidad interregional e intrarregional. Las situaciones preferentes son sistemáticamente las desembocaduras y cabeceras en los pequeños, y las confluencias en los mayores. Fuentes y distancia al agua. La variabilidad a este respecto entre grupos regionales y dentro de ellos es prácticamente nula. Existe una regularidad absoluta en la cercanía al agua de las estaciones, y el tipo de fuente predominante es la corriente de agua estacional, en clara relación con la situación en barrancos. Distancia a vías de paso. La regularidad de la proximidad entre estaciones y vías de paso en todas las unidades analizadas es también absoluta. En síntesis se observaron claras decisiones locacionales en relación con todas estas variables. Las estaciones de arte rupestre no están situadas en cualquier localización posible entre las existentes en el paisaje, sino solamente en algunas de ellas. Es interesante destacar que existe también una relación entre las estaciones y las unidades geográficas montañosas, pero no es absoluta. De hecho parece más bien que se ocupan tanto zonas de montaña como zonas más periféricas, costeras (no obstante con mucha menor incidencia). Lo importante de esta relación es que pone en cierto compromiso una de las asunciones tradicionales de la investigación: la de que el 'arte levantino' se situaría en zonas montañosas marginales, correspondientes a los ámbitos de acción de los cazadores-recolectores acorralados por los grupos neolíticos (por ejemplo, Beltrán 1993). La selección preferente de altitudes en rangos intermedios hay que relacionarla con los pisos bioclimáticos mesomediterráneo y supramediterráneo, los más adecuados para un aprovechamiento económico ganadero, forestal y en cualquier caso estacional y complementario. En esta dirección apunta también la clara preponderancia de ubicaciones con usos del suelo en zonas forestales y de espacios abiertos, que se relacionan con la explotación forestal y ganadera (a pesar del gran avance de los campos de cultivo en época moderna y contemporánea, fruto de la mecanización y otros factores). Sobre este tema se volverá más abajo. En cuanto a la geología la selección de ciertos sustratos minoritarios debe relacionarse probablemente con la topografía. La conclusión más importante que se puede extraer acerca de la variabilidad interregional detectada en relación con altitud, geología, orientación y pendiente, es que los patrones descubiertos no son rígidos, sino que se adaptan regionalmente a las condiciones de cada territorio. Por ello es necesario insistir en la necesidad de llevar a cabo estudios regionales, los únicos que pueden detectar estas interesantes adaptaciones. Las diferencias entre los grupos de estaciones de estilo levantino y esquemático se deben sobre todo a la influencia de las variables de altitud, pendiente y geología (esta última, como ya se ha dicho, en relación probable con la topografía): cada uno de los estilos habría sido realizado tomando en consideración sus distintas características. Estas distinciones se expresan más claramente en las observaciones a escala local. RESULTADOS DEL ENFOQUE DESCRIPTIVO-INTERPRETATIVO Esta parte del trabajo se subdividió en trabajo de campo y análisis a escala local en laboratorio. El trabajo de campo tenía como finalidad principal buscar ciertas claves y factores que orientaran la modelización del paisaje en el análisis experimental. Las observaciones indicaron que el arte rupestre se ubica siguiendo criterios selectivos que es posible rastrear, y las estaciones se organizan en sistemas coherentes a nivel regional y local. Para comprender estos sistemas es preciso primero partir del nivel de las estaciones: tiende a pintarse en abrigos rocosos con un tamaño y condiciones de estancia óptimas, que no han pasado desapercibidas a los usuarios tradicionales de estos paisajes. El 45'5% de los abrigos visitados en el trabajo de campo se han usado como encerraderos de ganado, el 58% ha sido usado por pastores, y el 54'6%, sin encerradero construido ni ahumados por el uso humano, son aptos para la estancia (se han interpretado las huellas de humo como uso de pastores, por lo que es preciso tener una prevención evidente con estos datos). La noción de abrigo como recurso se extiende también al entorno de la estación, concretamente los barrancos. En el trabajo de campo se observó, y se demostró en el análisis con otros datos, que las estaciones se ubican predominantemente en barrancos de pequeño tamaño, subsidiarios de otros más importantes. Probablemente se trate con preferencia de áreas de destino en las que se penetra en busca de agua y vegetación, de abundancia relativa respecto al entorno. Abrigos y barrancos como recursos en sí mismos son complementados con una presencia relevante de lo que hemos denominado Monumentos Naturales (MN), elementos destacados del paisaje sobre los que a menudo recae la atención del observador por su singularidad (4): son puntos de orientación y denotan simbólicamente la importancia de las estaciones con las que se asocian. Las características que deben cumplir son, además de la singularidad morfológica, la visibilidad selectiva en el territorio y tamaño destacado respecto al entorno. Al menos las dos primeras condiciones deben darse juntas. La aplicación de estos criterios en el trabajo de campo ha permitido detectar MNs en el 29% de las estaciones visitadas. Además el 49% de las estaciones son muy visibles aunque no alcancen la categoría de MN. Esto contrasta con la escasa visibilidad que tienen la mayor parte de las pinturas, que indudablemente han perdido calidad desde su ejecución, pero que en cualquier caso podría decirse que difícilmente fueron hechas para ser vistas a distancia. Las pinturas no suelen verse desde otro sitio que no sea el propio abrigo, porque los espacios para pintar se subordinan a los espacios para estar. Se suele pintar en las zonas que permiten al ejecutante o al observador estar de pie, o sentado (en los abrigos más pequeños). No se ocultan las pinturas dentro del abrigo, sino que simplemente se hacen en los sitios aparentemente más cómodos. Tampoco la visibilidad desde los abrigos parece tener mayor interés para la elección de los sitios. En el trabajo de campo sólo se pudo realizar una evaluación subjetiva de este factor, pero los análisis posteriores a escala local (ver más abajo) confirmaron que predominan los abrigos con visibilidad escasa: aquellos que permiten percibir apenas los barrancos en que están insertos. Todo ello pone el mayor peso a la hora de elegir una localización en el abrigo, como se ha dicho. Pero hay excepciones (estaciones que presentan un tamaño anómalamente pequeño) que sólo pueden entenderse por su relación topológica con las otras estaciones. La conformación de los sistemas de arte ramente de las otras estaciones por su morfología (son pinturas efectuadas en paredes lisas) y su localización (áreas exteriores a barrancos). Están en áreas de mayor altitud y entornos diferenciados. No es sorprendente constatar que el contenido iconográfico y estilístico de estas estaciones es completamente ajeno a los estilos levantino y esquemático clásicos. En el conjunto de Albarracín se detecta como excepción el Abrigo del Barranco del Cabrerizo, situado fuera del afloramiento de arenisca rodeno, en una unidad morfológica distinta. En Villar del Humo la estación de Castellón de los Machos tiene una localización (a mayor altitud, y con orientación hacia el interior del afloramiento) y contenido anómalos respecto al núcleo central definido anteriormente, a pesar de la heterogeneidad de este conjunto. Todas las excepciones mencionadas comparten rasgos comunes: los abrigos tienen paredes lisas, están cercanos o directamente asociados con un MN, y contienen representaciones que se suelen adscribir a una cronología histórica. Se encuentran en rangos de mayor altitud, con la excepción de Fuente del Cabrerizo, en una zona más baja que las otras estaciones de Albarracín. La propuesta que cabe plantear para estas estaciones 'anómalas' es que se sitúan en los márgenes de los sistemas de arte rupestre neolítico descritos. Si la cronología de aquellas estaciones es efectivamente posterior se trataría en cierto sentido de ampliaciones de los sistemas prehistóricos que se mantuvieron inalterados: las estaciones prehistóricas raramente son reutilizadas pictóricamente. De esa distinta posición se podría deducir, tentativamente, un distinto impacto social de cada una de las dos manifestaciones, que podrían clasificarse según ese criterio: por un lado, el arte rupestre prehistórico, institución con connotaciones organizativas, constructivas y vinculantes; por otro, el arte rupestre de época histórica, actividad de carácter probablemente esencialmente privado. El análisis realizado a escala local complementó el análisis por variables y de trabajo de campo. Los resultados, de carácter esencialmente cualitativo, permitieron plantear una posible articulación entre las estaciones y su entorno, y entre las propias estaciones entre sí, como parte de un sistema de construcción de un paisaje. El análisis incluyó 78 estaciones, agrupadas en 36 conjuntos que constituyeron la muestra. Están gestionadas dentro del Parque Cultural de Valltorta-Gasulla por el Instituto de Arte Rupestre del Museo de la Valltorta (Martínez Valle 2000). Esta concentración de estaciones, recogidas en el Expediente UNESCO y bien representadas también en el CPRL, junto con el interés geográfico de esta unidad (cabecera de cuatro cuencas hidrográficas) justifican su elección. Las estaciones, correspondientes al grupo regional 2, se dividieron en función de su pertenencia a una cuenca hidrográfica en dos agrupaciones significativas: la del río Cuevas y la del río Mijares. Estas agrupaciones pueden denominarse de una manera más familiar según los topónimos más conocidos de cada una de ellas: de ahí la utilización del Grupo de Valltorta y del Grupo de Gasulla (Fig. 4). El Grupo de Valltorta consta de 19 estaciones con estilo levantino (Tab. 3) distribuidas en tres unidades geográficas: la Rambla de Valltorta, el Macizo de Montegordo y las formaciones montañosas de Narravaes y Povets (según Mapa Topográfico 1:50000). La comparación de esta muestra de estaciones con la de estaciones levantinas del grupo regional 2 mostró que ambas se diferencian en las variables relativas a la morfología locacional. Los 'localismos' del Grupo de Valltorta sirvieron para constatar que las descripciones geográficas a nivel regional y microrregional son útiles a esa escala, pero no pueden generalizarse a todas, siendo necesario complementarlas con las de escala local. De esta forma se ponen de manifiesto las posibles irregularidades existentes: la topografía de cada territorio condiciona las pautas de localización sobre todo morfológicas. El Grupo de Gasulla consta de 15 estaciones (Tab. 3) con estilo levantino y esquemático en cinco formaciones de serranía distintas. A priori no se diferencian en su distribución de las estaciones (levantinas o esquemáticas) de su grupo regional, quizá debido a que, al contrario de lo que ocurría con el Grupo de Valltorta, su especificidad local no es suficientemente marcada. Por otro lado el Grupo de Gasulla confirmó las diferencias en la localización de las estaciones levantinas y esquemáticas en todas las escalas de análisis (ver más abajo). En cualquier caso el comportamiento de las estaciones de arte rupestre neolítico, independientemente del grupo y estilo a que pertenezcan, es muy similar respecto a variables de significado econó-mico como los usos del suelo, la geología, la distancia al agua o a caminos. Para la interpretación este hecho es muy significativo, al igual que los resultados de los análisis de visibilidad y distancia a vías pecuarias, que sólo pudieron realizarse a esta escala por carecer de datos aceptables para las otras. La visibilidad (Fig. 5) se midió en función de la extensión y fragmentación del área visible desde la estación. El objetivo era caracterizar el control visual, destacable o irrelevante, de su emplazamiento sobre su entorno próximo y/o lejano. La extensión del área visible, generada en el SIG, se midió como un porcentaje de visión real sobre el área visible potencial para 5 km y 20 km de radio alrededor de la estación. Ahora bien, el área visible no siempre es continua sino que está compartimentada en áreas más o menos amplias. Esta fragmentación se midió a través del número y la extensión de los polígonos del área visible. Tanto en el Grupo de Valltorta como en el de Gasulla (Tab. 3) las áreas visibles son bastante reducidas con la excepción de la Coveta de Montegordo y el Abric del Barranc d'en Cabrera (en el primero). En el Grupo de Gasulla la visibilidad es todavía menor. La fragmentación es muy grande en prácticamente todos los casos de ambos grupos. Es decir, la visibilidad está poco focalizada, y cuando existe una menor fragmentación se debe a una visibilidad extremadamente reducida. La morfología de las áreas visibles no presenta ninguna tendencia predominante. Todo ello indica un control visual escaso desde las estaciones. La visibilidad en torno a los 20 km ni siquiera difiere fundamentalmente de la de los 5 km, más significativa. En general se puede decir que desde las estaciones sólo es posible controlar visualmente el entorno más próximo, que se refiere normalmente al propio barranco. El uso de las vías pecuarias requirió una crítica previa porque se trata de vestigios de sistemas dinámicos que no se han fosilizado sin más en el paisaje, sino que han estado sujetos a modificaciones importantes, sobre todo en épocas recientes. En la unidad de estudio local las vías pecuarias presentan una densidad muy notable, y se aceptaron para el análisis porque siendo de un orden bajo (tomando la cañada como el orden superior) y estando en zona poco alterada agrícolamente, se consideraron más susceptibles de conservación que en los casos donde no se dan estas condiciones (Cruz Berrocal 2004b). En conjunto las estaciones de los Grupos de Gasulla y Valltorta distan 172 m de media a las vías pecuarias (Fig. 6). Para determinar si se trata de una distancia significativamente corta, como parece serlo, se procedió de la misma manera que en el análisis experimental, generando una muestra de comparación de puntos aleatorios equivalente al 5% del territorio para el área de análisis. De ella se excluyeron los términos municipales de Salsadella, Villar de Canes y Castellfort, sin arte rupestre ni datos de vías pecuarias. El resultado de la comparación entre las medias de distancia a las vías pecuarias de las estaciones y de la muestra aleatoria fue que las estaciones se encuentran mucho más cerca de las vías pecuarias de lo que sería de esperar si no hubiera relación alguna entre ambos fenómenos. La visibilidad y las vías pecuarias tienen un significado funcional de interpretación más o menos inmediata, y además, junto con el contenido de las estaciones (número de figuras, estilo y motivos), se han utilizado como 'factores articuladores' para convertir a los Grupos de Valltorta y Gasulla en sistemas de arte rupestre con sentido, al vincular entre sí las estaciones que los componen. Tal articulación es primero física y después funcional. Su existencia permite tratar a las meras agrupaciones como sistemas significativos, es decir, construcciones paisajísticas realizadas con fines concretos. Por medio de la visibilidad se establece un enlace entre dos puntos, en este caso estaciones de arte rupestre, de manera que ambos quedan definidos por una relación. Esta herramienta se ha usado así también en otros trabajos sobre arte de estilo esquemático (Martínez García 1998, Torregrosa 2002). Las vías pecuarias se utilizan de la misma manera. Se interpretan como síntomas de la rela- T. P., 61, n. o 2, 2004 ción que establecen entre los lugares que atraviesan. Es decir, no se puede sostener que las vías pecuarias existieran como tales en época neolítica, pero sí que de alguna forma señalan líneas estructurales del territorio que involucran también a las estaciones de arte rupestre. El último factor, el contenido de las estaciones, jerarquiza internamente el sistema, sustentándolo al mismo tiempo porque los diferentes elementos (funcionales y formales) se apoyan entre sí. A continuación se presentan los resultados de la aplicación del concepto de articulación. Formado por tres núcleos (Rambla de Valltorta, Macizo de Montegordo y zonas serranas al oeste), en el Grupo de Valltorta las vías pecuarias son un nexo que los interconecta, con una coincidencia casi total entre sus trazados y la localización del arte rupestre. La visibilidad permite relacionar estos núcleos aún mejor (Fig. 7), como se observa en el En la propia Rambla de Valltorta existen otras relaciones menores formadas por la intervisibilidad entre estaciones. Se pueden aislar así tres grupos, cada uno con tres estaciones, que se pueden jerarquizar en función de su número de figuras. Cada grupo sólo tiene una estación con más de 50 figuras: Covetes del Puntal tiene 52, Cavalls 86 y La Saltadora 122. Estas estaciones se encuentran en lugares peculiares del barranco, que en términos generales pueden hacerse corresponder con buenas salidas o entradas al mismo (Cruz Berrocal 2004b). Quizá se deba a que los recursos existentes en él, como los tolls (charcos de agua) que perviven largamente en su fondo, definen a la Rambla de la Valltorta más como un lugar de destino que de paso. La otra estación que tiene más de 50 figuras dentro del sistema completo es Centelles, en el núcleo occidental opuesto a Rambla de Valltorta. Esta estación es la que enlaza visualmente con Montegordo y por tanto con Rambla de Valltorta. Así pues el sistema de Valltorta sería un modelo de paisaje lineal centralizado en un MN con dos extremos enfatizados por medio de las pinturas: Rambla de Valltorta y Centelles. En el Grupo de Gasulla las estaciones están en una zona serrana fracturada por un eje principal (Rambla Carbonera), y su disposición delimita la periferia y la zona central de este territorio. Además los estilos pictóricos marcan esa disposición: en la zona central están todas las estaciones de estilo levantino. También hay dos de estilo esquemático, asociadas con dos de estilo levantino hasta el punto de ser literalmente el mismo punto en el mapa (Expediente UNESCO): Cingle de la Mola Remigia y Cueva Remigia, levantinas, con Cingle del Puig, esquemática, y Raco Molero, levantina, con Rocas del Mas de Molero, esquemática. Cingle de la Mola Remigia y Cueva Remigia son abrigos especialmente destacados por su tamaño, utilizados como encerradero hasta época reciente. En la periferia están las restantes estaciones de estilo esquemático y geométrico (tratadas en conjunto), en forma radial en torno al núcleo, que contienen escasas figuras y además son sólo signos (lo que quizá ha condicionado su adscripción estilística) (Fig. 8). Por lo tanto el centro del Grupo de Gasulla no es un MN como en Valltorta, sino un hecho pictórico. Las estaciones centrales y periféricas son complementarias en sentido geográfico, estilístico e iconográfico, y en conjunto abarcan todo el territorio definido por la Rambla Carbonera y sus pequeños barrancos subsidiarios. El estudio a escala local culmina la progresión en el uso de las escalas de análisis que ha caracterizado todo este trabajo. Las escalas local y regional se han revelado como las más apropiadas para el análisis del arte rupestre. Todas las observaciones previas confirman que las estaciones de arte rupestre neolítico de ámbito mediterráneo no pueden entenderse de forma aislada. Existe una lógica tras su ubicación que permite comprenderlas como sistemas, por mediación de ciertos factores que las vinculan. Los dos sistemas detectados en el caso estudiado son equiparables en cuanto a su función de construcciones paisajísticas (con el estilo levantino siempre como núcleo), a pesar de que su configuración, que responde a la topografía peculiar en que se producen, sea distinta: las variaciones se producen en torno a qué configura el centro (un MN o un hecho pictórico), la conformación general (abierta y lineal o cerrada y poligonal), qué se enfatiza pictó-ricamente (los extremos de un área sin apenas cuerpo o el centro de un amplio territorio), o los estilos utilizados (levantino o levantino y esquemático). No hay en la actualidad elementos que permitan discriminar cronológicamente los dos sistemas. Los resultados presentados hasta aquí pueden sintetizarse en tres tipos de conclusiones: las locacionales desde la escala regional a la local, las arqueológico/artísticas y las funcionales. Para dar significado conjunto a todos los datos se utilizó un modelo de tipo etnográfico que permitió interpretar el paisaje del arte rupestre en su sentido más estructural. En primer lugar merece la pena reiterar que se ha considerado al arte rupestre del ámbito mediterráneo peninsular un solo fenómeno fechable arqueológicamente en el neolítico inicial, sin precisión de su fecha de extinción. La formulación más económica, para la que no existe hasta el momento ningún argumento contrario, es la de tratar todas las mani-Fig. Sistema de Gasulla: (1) los cuadros representan estaciones con estilo esquemático y geométrico, y los círculos estaciones con estilo levantino. En el centro hay dos estaciones esquemáticas ocultas por las levantinas; (2) los cuadros representan estaciones con signos, y los triángulos estaciones con antropomorfos y zoomorfos. (2) festaciones estilísticas (levantino, esquemático, macroesquemático) que lo forman como sincrónicas (en términos arqueológicos), sin que sea posible precisar hasta qué punto son o no simultáneas. Habría que pensar por lo tanto en un proceso histórico en el que una misma formación social habría producido objetos formalmente distintos, pero insertos en una misma lógica simbólica y económica. El análisis conjunto de todas ellas ha mostrado que las estaciones de arte rupestre neolítico no están localizadas aleatoriamente en el paisaje, sino en áreas muy concretas respecto a las variables de altura, pendiente, orientación, geología y usos del suelo. Para las variables de unidad geográfica, subunidad, distancia al agua y a vías de paso existe tal concentración de estaciones en ciertas clases que es posible considerar que éstas presentan un comportamiento con fuerte tendencia, lo que implica una influencia de aquéllas en su ubicación. Por tanto la localización de las estaciones de arte rupestre es comprensible solamente en términos de ciertas decisiones locacionales subyacentes que responden a objetivos concretos. Sigue unos patrones determinables que han podido definirse parcialmente, sin hacer uso de los asentamientos. Esto, entre otras cosas, tiene el interés de poner a prueba los límites de la validez arqueológica del arte rupestre: se ha mostrado, al dejar de lado el estudio de la iconografía y las estaciones aisladas, que el arte rupestre es una fuente independiente de interpretación perfectamente significativa, con un enorme potencial que sistemáticamente ha sido subestimado a lo largo de la historia de la investigación. Obviamente las posibilidades que ofrecen las investigaciones combinadas de asentamientos y estaciones de arte rupestre son muy importantes, como se ha probado en el caso alicantino (Fairén 2002(Fairén, 2004;;Bernabeu et al. 2003), aunque su generalización se ve dificultada por dos hechos: el primero, que no es posible establecer vínculos cronológicos seguros entre los asentamientos y las estaciones de arte rupestre; el segundo, que las dificultades de acceso a los datos arqueológicos en la mayoría de las regiones donde se encuentra el arte rupestre del ámbito mediterráneo son enormes. En cualquier caso la existencia de patrones locacionales de arte rupestre ha permitido deducir a su vez la existencia de un paisaje estructurado por él desde el neolítico, en todas las escalas con que se ha trabajado, desde la regional a la local. Estas escalas se articulan entre sí, de manera que deben ser entendidas en conjunto, y estudiadas sucesivamen-te paso por paso. Las variaciones constatadas en la localización de las estaciones en las distintas unidades de análisis responde sobre todo a la diferenciación territorial de estas unidades, derivadas de sus diversas características biogeográficas. Por tanto se demuestra que la investigación del arte rupestre debe realizarse en su contexto local y regional, y nunca aislando a las estaciones. Además de las variaciones en la localización de las estaciones debidas a las diferentes morfologías de los territorios implicados, se han encontrado patrones de distribución diferenciados para los estilos levantino y esquemático, tanto a escala regional como a escala local. No es posible universalizar estas diferencias abstrayendo una estructura topológica concreta en la que los estilos se sitúen siempre de la misma manera. Se pueden encontrar pautas tanto de inversión como de complementariedad entre ambos, no explicables cronológicamente. En cada caso debe determinarse cuál es la relación activa, que puede interpretarse en términos de lógica funcional. Para darle contenido a esta lógica se utilizó comparativamente el modelo etnográfico forestal y ganadero tradicional en la fachada mediterránea de la Península Ibérica, porque es un patrón de utilización real del territorio a todas las escalas, continuada en el tiempo, con pautas sistemáticas, y reconocible materialmente. El paisaje forestal y ganadero tradicional responde a los mismos patrones detectados para la pintura neolítica, de una manera que no parece casual. Los diversos argumentos utilizados para esta propuesta no son concluyentes por separado, pero en conjunto sugieren que existe un fondo común explicativo para ambos modelos de uso del paisaje. En primer lugar se da una preferencia clara por la ubicación de las estaciones en zonas altitudinales (pisos bioclimáticos mesomediterráneo y supramediterráneo) que son las más adecuadas para la práctica ganadera y forestal, y presentan, al ser zonas transicionales, recursos más ricos y variados que otros rangos altitudinales. Además los usos del suelo actuales en los que, con abrumadora mayoría, se encuentran las estaciones son precisamente los de zonas forestales y de vegetación abierta. Por otro lado existe una gran coincidencia entre las infraestructuras ganaderas existentes sobre el terreno, la toponimia y las estaciones de arte rupestre. Asimismo, tanto barrancos como estaciones son recursos en sí mismos, lo que permite considerarlos desde un punto de vista económico e interpretarlos teniendo en cuenta estos usos tradicionales mencionados. Por último se solapan prácticamente por completo la red de vías pecuarias, las zonas de agostada e invernada ganaderas tradicionales, y la ubicación del arte rupestre (Bacaicoa et al. 1993, Farnós et al. 1993, Fernández et al. 1996, Mangas 1992, Roigé et al. 1993). La coincidencia estructural entre los dos modelos (el ganadero tradicional y el paisaje del arte rupestre neolítico) no implica exactamente la equiparación punto por punto entre ambos, sino que ciertos factores sirven para comprender los dos. Tales factores, por otro lado, están presentes en la esencia del ámbito mediterráneo: movilidad, uso complementario de distintos ámbitos ecológicos y alternancia estacional. Por tanto la pintura neolítica sería la primera manifestación material de que tenemos constancia de la estructuración de un sistema de aprovechamiento económico del medio mediterráneo que ha perdurado hasta época histórica en sus rasgos esenciales. Juan Manuel Vicent García ideó y dirigió esta investigación, e hizo posible su realización en todos los aspectos. También muy importantes fueron Maribel Martínez Navarrete y Teresa Chapa, que la acompañaron desde sus orígenes. La oportunidad de llevarla a cabo surgió con la concesión de una beca predoctoral FPI del MEC (convocatoria de 1996), en el marco del proyecto PB95-0227 "Aplicaciones del Proceso Digital de Imagen al estudio y conservación del arte rupestre prehistórico", dirigido por Juan Vicent en el Departamento de Prehistoria del CSIC. También de este departamento, Teresa del Río, Andrés Pumares, Vicente Serrano y los miembros del LabTel me dieron su apoyo cuando fue necesario. Pablo Arias Cabal, Felipe Criado Boado, Matilde Múzquiz, Luiz Oosterbeek y Gonzalo Ruiz Zapatero aportaron críticas constructivas necesarias. Gabriel Varea y José Martí, del Servicio de Vías Pecuarias de la Consejería de Medio Ambiente de la Diputación de Castellón, me facilitaron gran parte de la información que he manejado sobre este tema. José Luis González Corbí, Antonio Uriarte González, Juan Gaspar Leal Valladares, Carmen Pérez Maestro y Alex Suárez Linares hicieron realidad el trabajo de campo, entre otras muchas cosas. Porcentajes de área visible desde las estaciones (ordenadas de menor a mayor en las generadas para 5 km de radio), polígonos del área visible y área media de los polígonos, en porcentaje (para 5 km). Grupos de Valltorta y Gasulla.
PEDRO DÍAZ-DEL-RÍO ESPAÑOL (*) RESUMEN Este trabajo propone un marco teórico alternativo para el análisis de la Prehistoria reciente de la Meseta peninsular, incidiendo en el caracter pluriactivo de la racionalidad económica campesina. Desde esta perspectiva, se discuten diversas hipótesis en las que prevalece el elemento pastoril como factor determinante en la economía prehistórica. Como conclusión, se presenta la evolución social de la Meseta como una anomalía histórica, en la que un tipo específico de gestión económica mitigó el desarrollo de desigualdades sociales permanentes. El presente trabajo pretende defender la viabilidad del uso del concepto de «campesinado» para el análisis de las sociedades de la Prehistoria reciente en la Península Ibérica. Su objetivo final es romper con el antagonismo pastor-agricultor presupuesto por la gran mayoría de los prehistoria dores a la hora de interpretar las sociedades del III y II milenio a.e. Esta tentati-. va no es en forma alguna novedosa, encontrando antecedentes directos en trabajos como el de Chapman (1979) sobre el megalitismo peninsular o de Lewthwaite (1981) sobre la trashumancia mediterránea. Sin embargo difiere en el enfoque utilizado, reivindicando la potencialidad analítica y descriptiva de las herramientas desarrolladas a lo largo de más de dos décadas por la corriente multidisciplinar denominada «Estudios Campesinos», Para confrontar d modelo propuesto. se han seleccionado Jos inkrpn: taeiones actualmente vigentes. La primera postula la existencia Je una economía fundamentalmente ganaJera para las poblaciones del 111 Y 11 milenio a.c.. utilizando para ello una perspectiva normativista. La segunda. defendida Jesdc una perspectiva procesual por RJ. Harrison. postula la existencia de un modo pastoril integrado durante la Edad del Bronce en la Meseta peninsular. El marco geográfico. en el cual los tópicos en torno a las sociedades de carácter pastoril han sido reiteradamente utilizados. es la Meseta peninsular. Dada la amplitud del espacio propuesto, se recurre como puntual objeto de estudio al área de la Comunidad de Madrid, por cuanto. a pesar de sus especiales características, puede considerarse como paradigmática en la defensa normativista de una economía ganadera para la Prehistoria reciente de la Meseta. MADRID COMO CASO DE ESTUDIO: LAS BASES EMPÍRICAS DE UNA INTERPRETACIÓN NORMATIVISTA La actual Comunidad de Madrid es una división administrativa situada en el área central de la Península Ibérica. Queda delimitada al norte por el Sistema Central y al sur por el cauce del río Tajo, límites que establecen una de las principales características geográficas del área: el contraste entre la sierra y las fértiles cuencas sedimentarias de los afluentes del Tajo. Las intervenciones arqueológicas desarrolladas en la región se remontan a finales del siglo XIX, siempre dependientes de las obras de crecimiento urbano y explotación industrial. Esta dependencia, vigente en algunos casos, ha creado un singular registro arqueológico, en gran medida deficiente dada la ausencia de excavaciones estratigráficas (Domínguez el alü, 1993). Asimismo, ha limitado las interpretaciones a áreas muy concretas, en especial a los cauces fluviales. Estas y otras muchas deficiencias han mediatizado la interpretación normativista imperante, fundamentada en la inducción directa del registro arqueológico. Por una parte, la falta de una periodización basada en referentes estratigráficos ha llevado construir la misma sobre bases exclusivamente morfotipológicas. Por otra, la información arqueológica respecto a algunas T. P., 52, n.O 2, 1995 Pedro Díal-del-Río Español cuencas seJimentarias ha pcrmitiJo defender la hipótesis del carácter primordialmente pastoril Jc la economía durante la Prehistoria reciente. Los inJicadores arqueológicos utilizados para interpretar la sociedad del 111 y 11 milenio a.e. en Madrid son los siguientes: -La eclosión de yacimientos en llano durante el Calcolítico y la continuidad de un patrón de asentamiento lineal a lo largo de toda la Edad del Bronce. El absoluto desconocimiento de los aspectos económicos de la neolitización en el interior de la Península Ibérica, y en particular en la región de Madrid (Antona, 1987). convierte al Calcolítico en la primera fase en que abunda el registro arqueológico. Los yacimientos se distribuyen a lo largo de los cauces fluviales. en algunos casos distanciados entre sí no más de un kilómetro (p.e. -La continuidad de asentamientos puntuales en altura sin un patente carácter defensivo. Aunque tradicionalmente se han considerado una característica relevante del Bronce Final, los yacimientos en altura, generalmente en cerros testigo o antecerros, han sido documentados para el Calcolítico (Martínez Navarrete, 1984), Bronce Medio (1) Y Bronce Final (Almagro y Fernández-Galiano. -La aparición en ambos tipos de yacimientos de acumulaciones de subestructuras, conocidas como «fondos de cabaña». Generalmente, y salvo raras excepciones, se trata de amplias áreas en las que aparecen elementos interfaciales sin relación de superposición, rellenos de diversos tipos de depósitos. Son, por tanto, yacimientos no estratificados si por ello entendemos que no existen superposiciones físicas entre los diversos períodos cronológicos. Con escasísimas excepciones, como el yacimiento de El Capricho (Rus y Velasco, 1993), el Ventorro (Priego y Quero, 1992) o el Arenero de Soto (Pyrnia y Leira, 1992), los únicos restos de estructuras de habitación son puntuales hallazgos de agujeros de poste dispuestos de manera dispersa y sin relación estratigráfica. Este fenómeno ha sido tradicionalmente achacado a la existencia de los nunca analizados procesos postdeposicionales. mientras se han obviado las evidentes deficiencias que acarrea la falta de aplicación de técnicas estratigráficas a la hora de extraer el registro arqueológico. A pesar de todo ello, el problema no es exclusivo de la región madrileña. ni siquiera de la Meseta, distribuyéndose a lo largo de la Península Ibérica en aquellos lugares donde no aparecen construcciones en piedra. Sin embargo. este registro no conduce directamente a la formulación del caracter pastoril de los pobladores de la Meseta Peninsular. El origen de la interpretación puede remontarse a la explicación clásica del «fenómeno Campaniforme» y el posterior desarrollo de la «cultura de Cogotas I» durante el Bronce Final. El normativismo, al huir de cualquier tentativa evolucionista, recurre (consciente o inconscientemente) a la difusión y el contacto a la hora de explicar la aparición de algun tipo específico de resto arqueológico en diversos contextos peninsulares (p.e. cerámicas campaniformes o excisas de Cogotas 1). Dentro de este clásico marco difusionista, la trasmisión cultural y la distribución geográfica de «fósiles directores» era consecuencia directa de la movilidad de las poblaciones, siendo el recurso más frecuente el uso del tópico etnográfico del pastor nómada o trashumante. Ya establecidos los fundamentos de la difusión de los fenómenos Campaniforme y Cogotas 1, no resultó difícil su extrapolación al resto de los períodos que conforman la Prehistoria reciente de la Meseta Peninsular. De esta forma, la corriente normativista ha tenido en cuenta ciertos aspectos del registro arqueológico madrileño, de entre los que destacan: -La existencia de humedales en las terrazas fluviales, las cuales conservan actualmente pastos frescos a lo largo de todo el año. Esto permite suponer un movimiento de población basado en una economía principalmente de pastoreo (p.e. Se utiliza como elementos de apoyo a dicha interpretación la distribución lineal del hábitat a lo largo de los cauces fluviales, la supremacía del ganado ovicaprino en los análisis faunísticos y las supuestas escasas condiciones de las vegas para el desarrollo de una actividad agrícola (p.e. -La inexistencia de construcciones en piedra como indicador de la escasa estabilidad del hábitat. -La dualidad en la gestión económica durante la totalidad de la Prehistoria reciente. Frente a la actividad pastoril supuesta para los pobladores del llano. las interpretaciones normativistas inciden en el componente agrícola y comercial de los asentados en altura (p.e. Implícitamente. la interpretación conlleva una dualidad de poblaciones. Gran parte de estas explicaciones se fundamentan en diversos tópicos etnográficos. utilizados de, manera recurrente por los investigadores a la hora de defender una economía de pastoreo para la Prehistoria reciente en Europa, como son: -La errónea dicotomía supuesta entre agricultura-sedentarismo y pastoreo-movilidad. La diferencia clave entre una sociedad agrícola o pastoril se encuentra, al margen de la posible movilidad del grupo, en el anclaje sobre el cual se sitúan las relaciones de producción dominantes: tierra o ganado (Ingold, 1987). La pronunciada sedentarización de la población rural no representa un rasgo diacrónico especificamente distintivo de ningún tipo de sociedad precapitalista. por lo que un patrón lineal de distribución del hábitat no puede ser utilizado como indicador determinante del carácter pastoril de la misma. La propia dinámica interpretativa lleva a casos extremos, como considerar la presencia de un registro arqueológico con más de dos períodos de ocupación la constatación de las «idas y venidas» de diversos grupos de pastores. Otro referente empírico de este mismo tópico es el recurso a la ausencia de construcciones en piedra, lo cual implica considerar que un pastor deja menos huella arqueológica que un agricultor. Con ello se anula todo posible grado de determinación generado tanto por el acceso directo a materiales constructivos como por la tradición cultural preexistente. -La supuesta contraposición entre ganadería y agricultura. Uno de los elementos fundamentales que tradicionalmente han unido a las' poblaciones campesinas mediterráneas ha sido la constante vinculación del elemento ganadero a los factores estrictamente agrícolas. Frente al término «agrícola», la valoración de la economía doméstica como economía agraria subraya la constante vinculación entre ambos elementos. Las especies domésticas aportan una serie de funciones básicas para los campesinos, entre las que destacan el apoyo como fuerza de tiro en labores agrícolas, la reconstitución de la fertili- dad de la tierra mediante el abonado. el aporte proteínico a la dicta. el transporte de productos y, en su caso. de excedentes. Partiendo de una contraposición inexistente, la dualidad de hábitat en llano y altura ha sido vista como una dualidad económica de poblaciones diferentes. Se trata de un recurso reiteradamente utilizado por las corrientes normativistas, aunque en el caso madrileño sorprende la inversión de actividades supuestas por algunos investigadores (p.e. 1992): pastores en el llano, con el complemento de la caza y en último término de la agricultura: pastores en altura, aunque con intereses económicos como el comercio o la agricultura. La aceptación de esta interpretación proviene, sin lugar a duda, de la conversión de una hipótesis en dogma (Harding, 1980). Todos los datos seleccionados tradicionalmente resultaban fácilmente asimilables desde. una hipótesis ganadera. Las incongruentes dificultades derivadas de incluir los yacimientos en altura dentro de dicha hipótesis lleva a concederles diferente función económica e, inevitablemente, diferente grupo poblacional. Los fundamentos de la interpretación son claramente normativistas, en cuanto obvian problemas como la dificultad de aislar elementos diferenciadores entre los yacimientos, al margen de su altitud. -El uso acrítico de fenómenos históricamente determinados a la hora de interpretar sociedades prehistóricas. La trashumancia continua siendo uno de los recursos argumentales más utilizados por los prehistoriadores peninsulares. Se obvia, sin embargo, que dicho fenómeno representa una adaptación táctica de época medieval, más que una estrategia a largo plazo que deba buscarse en la Prehistoria europea (Lewthwaite, 1981). La trashumancia se asocia al movimiento de grandes rebaños a lo largo de largas distancias, implicando «una división del trabajo, una agricultura omnipresente y, en consecuencia, una continuidad de cultivos, moradas fijas y pueblos» (Braudel, 1976: 112). La escasamente explícita interpretación defendida hasta la actualidad permite el uso de toda una serie de términos ambiguos, utilizando supuestos sinónimos como nomadismo, trasterminancia, trashumancia, temporalidad o itinerancia, junto con conceptos como «economías mixtas» o «agrícolas marginales». En ningún caso queda determinado el peso específico concedido al factor agrícola dentro del conjunto, T. P., 52, n.O 2, 1995 Pedro Díaz-del-Río Español mientras se continua defendiendo la determinante importancia del componente animal. Esta ambigüedad permite que todo nuevo dato arqueológico sea absorbido dentro del sistema. Al no existir formulación contrastable, la hipótesis ganadera se presenta como un clásico ejemplo de razonamiento normativo, una de cuyas objeciones continua siendo la imposibilidad de refutar las hipótesis mediante el registro, siendo por tanto científicamente inoperantes. Frente a ello, el Procesualismo estableció la importancia de un marco teórico que permitiera contrastar las hipótesis generadas con el creciente registro arqueológico. Una de las más sugerentes propuestas, en torno a la evolución socioeconómica en parte de la España seca, ha sido la desarrollada a lo largo de la última década por R.J. Harrison. UNA TENTATIVA PROCESUAL: EL MODO PASTORIL INTEGRADO DE R. Harrison (1985) se debe el primer modelo teórico, en el que se defiende la importancia del componente animal doméstico dentro de las sociedades del 111 y 11 milenios a.e. en el Norte y centro de la Península Ibérica. Este modelo de gestión económica, denominado «Policultivo ganadero», se define como «un proceso sistemático de intensificación agrícola en donde los animales son progresivamente utilizados más por su fuerza de tracción, movilidad, estiercol, lana o productos lácteos, que por su carne» (Harrison, 1994: 273). El proceso no se presenta como una auténtica revolución, sino como un efecto acumulativo con dos tendencias previsibles: la concentración de riqueza en menos manos y la regionalización de los patrones económicos basados en el intercambio de animales o de sus productos (Harrison, 1985: 100). La propuesta pretende explicar uno de los fenómenos más relevantes de la Prehistoria reciente de la Península Ibérica: el desarrollo diferencial (Fig. 1). A pesar de la diversidad de enfoques, existe un amplio consenso en torno a la existencia de formas más o menos consolidadas de desigualdad social en el Suroeste, el Sureste o La Mancha (Gilman, 1981; Lull, 1983; Chapman, 1991; Díaz-Andreu, 1995). Al contrario, el resto de la denominada España seca cuenta con escasos indicadores arqueológicos que permitan considerar la existencia de las mismas. Al establecer el centro de su investigación en esta última, Harrison introduce un problema particular dentro de un marco general de debate: los mecanismos generados por las «sociedades primitivas» para impedir el desarrollo de formas de explotación consolidadas.. _.. _. Según Harrison (1993), los problemas básicos de subsistencia con los que se encuentran este tipo de sociedades parten de factores como la extensión de la tierra y mano de obra disponibles. En este sentido, la mano de obra es considerada el factor clave por cuanto la presión sobre la tierra resulta empíricamente indefendible en gran parte de la España seca durante el In y 11 milenios a.e. Frente a dicho problema, y siguiendo a Halstead (1989), propone cuatro estrategias que permiten mitigar la carencia de mano de obra: almacenaje, intercambio, diversidad y movilidad, siendo las dos últimas las adoptadas durante la Edad del Bronce. A partir de ello, establece tres momentos de evolución económica dentro de la Prehistoria reciente en la España seca: -La base económica agrícola combinada, con un importante papel concedido al cerdo, durante el Eneolítico. En este período se desarrollaron amplias redes de intercambio de bienes de prestigio. -La base agrícola de la Edad del Bronce, con un componente ganadero variado y móvil. Esta propuesta se fundamenta en la reducción de la cabaña porcina y el aumento del caballo, al cual se le concede una repentina importancia, desapareciendo a su vez las redes de intercambio. -La renovación de las redes de intercambio de bienes de prestigio a partir del 1200 a.e. La argumentación propone explicar la ausencia de evolución hacia formas permanentes de desigualdad social en la España seca, considerando que la clave de su inexistencia se encuentra en la introducción del elemento pastoril dentro de la economía agrícola. Esta hipótesis se basa en la identificación de transformaciones en el paisaje a partir de datos polínicos obtenidos en el Suroeste peninsular (Stevenson y Harrison, 1992), interpretadas como la implantación, ya desde el Eneolítico, de un sistema de dehesas (2), así como en el análisis de una serie de muestras faunísticas peninsulares (Harrison, 1985). Las dos premisas de las que parte son: a) que la dehesa es producto de la transformación social del paisaje natural, presentándose como un indicador de la intensificación económica y b) que el elemento pastoril se encuentra plenamente integrado dentro de una economía agrícola. Esta estricta primacía del factor agrícola sobre el ganadero ha sido recientemente matizada por el autor, el cual, estableciendo un paralelismo con las abundantes poblaciones pastoriles conocidas por la etnografía en las cuales la coacción se evita mediante la posesión de bienes móviles, considera que el «elemento ganadero engendra cierta independencia muy codiciada)) (Harrison, 1993: 298). Sin embargo, la propuesta de Harrison resulta matizable si se tienen en cuenta las reflexiones respecto a la clasificación de las sociedades pastoriles y agrícolas realizada por Ingold (1984;1987). Según dicho autor, el factor trascendental. es determinar si las relaciones sociales dominantes se fundamentan sobre la posesión de medios de producción inmóviles o móviles (básicamente tierra o ganado). (2) El término "dehesa" (del latín defensa), suele referirse a espacios acotados generalmente de pastos, protegidos frente al avance de las tierras de cultivo. Su carga histórica hace que quizás resulte poco apropiado para la descripción de un paisaje prehistórico. Al establecer la primordial importancia dd modo pastoril durante la Edad dd Bronce, Harrison plantea implícitamente la existencia de un cambio en las relaciones sociales de producción, las cuales pasarían de quedar determinadas por la posesión de la tierra como medio de producción principal a determinarse por la posesión de medios de producción móviles, como mecanismo mitigador del desarrollo de formas permanentes de desigualdad social. Esta supuesta transformación de las relaciones de producción resulta contradictoria con la inversión diferida de fuerza de trabajo necesaria para la creación, conservación y explotación de un sistema de dehesas, la cual ineludiblemente vincularía las relaciones de producción a la posesión o control de inmóviles, es decir, a la tierra. En este sentido, la gestión ganadera de una dehesa como «elemento integrado» depende estrictamente del factor inmóvil, siendo el papel social de la ganadería no tanto determinante como subordinado. La alternativa propuesta a continuación se diferencia del modelo de integración pastoril por su énfasis en la vinculación de los productores con sus medios de producción inmóviles. Asimismo considera que, en gran medida, el proceso histórico desarrollado en la Meseta peninsular durante la Prehistoria reciente puede explicarse desde el denominado principio de pluriactividad campesina. LA FORMULACIÓN DEL CONCEPTO DE CAMPESINADO La revitalización del análisis de las economías campesinas, a raíz de la reedición de las obras de Chayanov en los años 1960 (Durrenberger, 1984), perfiló un lugar de debate común para investigadores provenientes de las más diversas áreas de conocimiento: antropología, etnología, historia, geografía, sociología, economía o política. El acceso a puestos académicos de nuevas generaciones de prehistoriadores en la Península Ibérica revitalizó en gran medida el debate en torno a la necesidad de establecer los fundamentos teóricos de la disciplina. Aunque aún queda un amplio espectro de prehistoriadores normativistas, muchos de ellos bajo apariencias funcionalistas (Gilman, 1995), el desarrollo de perspectivas postprocesuales ha sido una de las principales características de la reciente investigación. Sin embargo, la potencialidad de las T. P., 52, n. o 2,1995 Pedro Díaz-del-Río Español herramientas analíticas de los Estudios Campesinos han recibido, salvo excepciones (Vicent,199Ia). escasa atención entre los investigadores. La presente perspectiva pretende sugerir una formulación teórica del concepto de campesino válida para el estudio de las formaciones sociales de la Prehistoria reciente para, a través de ella, proponer una alternativa a las discutidas hipótesis sobre la economía pastoril de la Meseta peninsular durante el 111 y 11 milenio a.C. Analizada desde una perspectiva histórica, la acumulación originaria de capital, por la que el productor se vio desposeído de sus medios de producción (Marx, 1978a), debió ser precedida por una acumulación primitiva, en la cual aquel quedó ineludiblemente vinculado a los mismos (Vicent, 1995). Este fenómeno, conocido como «revolución neolítica», debió culminar en la formación del primer «modo de vida campesino» (Vicent, 1991b; Hurtado, 1995), siendo la consolidación del primer campesinado la principal característica histórica del Calcolítico y la Edad del Bronce. El campesino es productor directo, poseedor de sus propios medios de producción de los que el principal es la tierra. Caracteriza su modo de vida la ineludible e indisoluble vinculación y dependencia entre el productor y la tierra, su laboratorio natural (Marx, 1985), por oposición a aquellas formaciones sociales en las cuales la tierra representa exclusivamente un objeto de trabajo. Establecer las condiciones necesarias para la transformación de los diversos ecosistemas en medios naturales modificados (Toledo, 1993) implicó no solo un profundo conocimiento de la naturaleza sino una auténtica revolución social. En este proceso, la inversión de trabajo social en el medio ambiente natural transformó al mismo en medio de producción, de tal forma que desde entonces resultase superior el coste de su abandono y de una nueva inversión al mantenimiento de una productividad mínima. En definitiva, el desarrollo de una serie de medios de producción de rendimiento diferido provocó la progresiva dependencia de sus productores. Desde esta perspectiva, la trampa agrícola resultó ser una auténtica trampa social (Vicent, 1991b). Tradicionalmente los Estudios Campesinos han utilizado la presencia de grupos dominantes que extraen el excedente (p.e. Wolf, 1982: 12) como frontera de demarcación entre las denominadas economías primitivas (Sahlins, 1977) o aldeas agrícolas tribales (Toledo, 1993), y la «auténtica» comunidad campesina. Sin embargo, esta demarcación resulta matizable desde el punto de vista aquí expuesto. La característica que define la comunidad campesi~a no es I~ presencia o ausencia del grupo dommante, smo la existencia de una condición específica que permite el desarrollo del mismo: las ataduras generadas por una inversión de trabajo para una producción diferida. La racionalidad económica campesina gira en torno a la resolución de su principal problema: la incertidumbre proveniente de una naturaleza impredecible (3). El safety-first peasant (Ellis, 1988) minimiza dicha incertidumbre mediante el principio de la diversidad, que afecta tanto a la producción y reproduc~i~n agraria c?m~ ~ la diversificación de la actiVidad: la plunactlvldad campesina (Domínguez Martín, 1992). La adopción de esta estrategia multiuso nada tiene que ver con el campesino maximizador de la producción propuesto por las corrientes neoclásicas (Ellis, 1988: 63-79). Frente a ellas, el denominado Neopopulismo marxista (Sevilla, 1990; Sevilla y González de Molina, 1993) defiende la existencia de un intercambio ecológico, no económico, fundamentado en el desarrollo de una producción no especializada. Este tipo de producción implica el uso de diversos ecosistemas, así como «la integración y combinación de diferentes prácticas, el reciclaje de materias, energía, agua y residuos, y la diversificación de los productos obtenidos» de los mismos (Toledo, 1993: 208). Sin embargo, el campesino no «utiliza» dichos ecosistemas, los manipula de tal forma que consigue mantener una amplia heterogeneidad espacial así como una considerable diversidad biológica (Toledo, 1993: 209). La seguridad, como hilo racionalizador del comportamiento económico campesino, plantea una primera contradicción en el modo de vida: el necesario equilibrio entre reciprocidad extragrupal negativa y positiva. A pesar del alto componente autosubsistencial de la economía doméstica, la prístina comuna campesina jamás ha respondido a un microcosmos localizado (Marx en Shanin, 1990: 145), resultando necesaria la asociación supradoméstica para la producción y reproducción social. (3) La utopía campesina de Chayanov, publicada bajo el seudónimo de Ivan Kremnev (1976), necesitó de un artilugio fantástico, el "meteoforo", como solución a la impredecible fluctuación climática. La reciprocidad negativa conlleva la restricción del acceso a la tierra a todo aquel que no pertenezca al grupo. En estas condiciones, el parentesco genealógico institucionaliza la reciprocidad negativa extragrupal, negando el acceso a la tierra, como conjunto de ecosistemas y medio de producción principal, a todos aquellos que no estén unidos mediante lazos de consanguinidad. impidiendo a su vez la posible «fuga» de fuerza de trabajo. La identidad colectiva del grupo ~a no se fundamenta en la referencia a un antepasado mítico. sino a un antepasado genealógico, estableciendo un nuevo mecanismo que asegura la continuidad y reconocibilidad del grupo (Habermas, 1981). Este fenómeno permite hablar de la noción campesina de territorio, entendido, siguiendo a Foucault (1991: 116), como «lo que es controlado por un cierto tipo de poder». Bajo estas condiciones, la asignación libre de los recursos del grupo pasa por un control político del territorio, siendo el ideal autárquico el medio para la afirmación del ideal de independencia política (Clastres, 1987: 196). Es por ello que, en estos términos, puede hablarse de territorio político campesino. La propia reproducción del grupo convierte en necesaria la defensa del plusproducto. Por cuanto el mantenimiento de un sistema agrario exitoso supone la previsión de un fondo de seguridad y reproducción, el almacenaje se convierte en un factor indispensable en la economía doméstica campesina. En este caso, la función de la reciprocidad negativa es impedir el acceso al plusproducto a todo componente foráneo y aplazar el acceso del grupo productivo al mismo. Frente a ello, la reciprocidad positiva exige el establecimiento de un sistema capilar de relaciones políticas intercomunitarias. La seguridad campesina considera como factores imprescindibles para su subsistencia tanto la reproducción del grupo doméstico como el potencial apoyo externo en caso de una pérdida máxima en la producción doméstica. La trascendencia de la' reproducción se encuentra en el reparto de descendencia como futura fuerza de trabajo, desarrollando lo que ha venido en denominarse un «intercambio igual» de reciprocidad absoluta (Meillassoux, 1987). A su vez, el peligro de una crisis subsistencial lleva al campesino a rechazar el riesgo, minimizando la probabilidad de una crisis subsistencial antes de maximizar su rendimiento medio (Domínguez Martín, 1992). Este último fenómeno refiere directamente a una característica del campesin' ado originalmentt: propuesto por Chayanov: su rechazo a lo que es percibido como un esfuerzo innecesario. Mientras no exista la necesidad de recurrir a otro grupo. la unidad doméstica se ve en la tesitura de conservar los vínculos intercomunitarios. siendo la forma más frecuente de acción la visita a los vecinos, el intercambio de bienes de uso o la organización de festines con la finalidad de agasajarlos. Las características expuestas han eludido, sin embargo. un factor fundamental dentro del proceso histórico. La vinculación campesino-tierra trasciende la mera clasificación. por cuanto la «trampa agrícola» consumada (Vicent, 1991 b: 45) establece las bases que permiten el desarrollo de formas de coacción extraeconómica (Marx, 1978b). Al resultar excesivamente costoso el abandono de un medio de producción en el que se ha invertido amplias cantidades de traba-. jo social, el campesino se convierte en presa fácil para el poder externo (Meillassoux, 1973). Esta perspectiva permite explicar el desarrollo de episodios de la Prehistoria reciente en los cuales la movilización de fuerza de trabajo hacia factores no productivos (murallas, fortines... ) crea espacios de coerción arqueológicamente registrables. La imposibilidad de perpetuar a largo plazo el poder en una sociedad que sólo admite el prestigio (Clastres, 1987), la incapacidad para acumular valor, así como la no descartable resistencia campesina (4) (Scott, 1986; Gilman, 1987) lleva al fracaso de estas «culturas». Sin embargo, el campesinado, sobre el cual recaen todos estos sistemas prototributarios, se conserva como personaje continuo del proceso histórico. Las condiciones específicas de la Meseta peninsular han permitido el desarrollo histórico (4) Entendemos la resistencia campesina no como un movimiento organizado con expresión política (Hobsbawn, 1973), sino como formas no coordinadas, siquiera necesariamente colectivas, de resistencia diaria ( Scott. 1986): ratería, furtivismo, ignoran,?ia, etc. Esta conceptualización de la resistencia tiene su antecedente más directo en la "economía moral de la multitud" desarrollada por E.P. Thompson (1979). T. P., 52, n.O 2, 1995 Pedro Díaz-del-Río Español de un sistema de gestión campesina del ecosistema: la estrategia agroforestal. Se entiende como tal el «uso de la tierra en donde las plantas leñosas (árboles y matorrales) crecen deliberadamente en la misma unidad de suelo con cultivos agrícolas y/o animales. y donde existen, simultáneamente interacciones ecológicas y económicas entre los diferentes componentes» (Stocking en Campos Palacín. La estrategia permite el acceso tanto a recursos domésticos como silvestres, sean animales o vegetales, combinación que concede a la comunidad campesina la requerida seguridad, intrínseca a una concepción de la producción en la cual se minimiza el riesgo. Este tipo de gestión del territorio implica un conocimiento tan profundo de la diversidad del ecosistema como para invertir la necesaria fuerza de trabajo social en su mantenimiento. Un sistema agroforestal no puede ser entendido como el uso racional de un medio ambiente natural, sino como la combinación y el equilibrio racional entre un medio ambiente natural y modificado. Por ello, las comunidades campesinas con gestión agroforestal, agregados conscientes de grupos domésticos interrelacionados (Sevilla y González, 1993), pueden llegar a encontrarse tan vinculadas a su territorio como lo estan aquellas formaciones sociales campesinas en las cuales la gestión se realiza fundamentalmente mediante la inversión de trabajo social en sistemas de regadío. La gestión agroforestal requiere la manipulación combinada del ecosistema, del cual se extrae una amplia variedad de productos: alimentos silvestres y agrícolas, herramientas de producción, instrumentos domésticos, alimentos para los animales, combustibles, así como gomas, resinas, colorantes, medicamentos y estimulantes (Toledo, 1993: 209). Desde esta perspectiva puede entenderse que las estrategias de diversificación, almacenaje, intercambio o movilidad (Halstead, 1989) sean asumidas en su conjunto, y no necesariamente de forma individual, por cuanto todas ellas son componentes de este modo de vida: -La diversificación indica el conocimiento y manipulación de vegetales silvestres, la producción y reproducción del ciclo agrícola, el control social de la reproducción de especies domésticas y el acceso a recursos cinegéticos presentes dentro del territorio político campesino. -El almacenaje de restos vegetales silvestres y agrícolas se convierte en un factor funda- mental en la economía campesina. Es un fondo de seguridad establecido mediante un mecanismo social de acceso diferido a la producción. que permite a su vez la renovación del ciclo ecológico modificado. -El intercambio se presenta como materialización de la reciprocidad positiva intergrupal. sin que necesariamente circulen herramientas de producción o elementos básicos dentro del proceso productivo. Este tipo de intercambios no deben ser entendidos como flujos unidireccionales, sino como una red dendriforme de carácter multidireccional, en la que se encuentra comprometida la totalidad de las unidades domésticas. -La movilidad a corto, medio o largo plazo, factor recurrente en las «hipótesis ganaderas», puede ser tanto indicativa de la pluriactividad campesina como un elemento común a gran parte de las sociedades precapitalistas. El acceso a diversos tipos de productos en diversos momentos del año puede crear un patrón de distribución de yacimientos similar al documentado en gran parte de la Meseta peninsular. Esta movilidad no tiene por qué referirse a la totalidad del grupo doméstico, por cuanto los factores inmóviles básicos tenderán a situarse en las proximidades del hábitat agrario, un ejemplo más de la minimización de esfuerzo característica de las sociedades campesinas. Como proceso histórico, el origen del uso de sistemas agroforestales de gestión del territorio puede paralelizarse con lo definido como Revolución de los Productos Secundarios (Sherrat, 1981) en su forma meseteña. Como afirma Harrison (1993: 294), la intensificación es «una realidad más vinculada al ejercicio de una opción, para manipular el orden social a largo plazo, que a los cambios económicos». Sin embargo, esta manipulación del orden social no debe ser asumida desde un evolucionismo lineal, por el que se llegaría ineludiblemente al establecimiento de una sociedad de clases. La estrategia multiuso se encuentra específicamente vinculada al concepto de seguridad campesina, y como tal mecanismo, pretende manipular el orden social con una finalidad inmovilista. El campesino no es en exclusiva ecológicamente conservador (González y Sevilla, 1993: 96) sino también, y sobre todo, socialmente conservador. Esta condición ha llevado a que gran parte de los analistas comprometidos con la transformación social revolucionaria hayan, de diversas maneras. vinculado al campesinado con una forma reaccionaria de producción económica (5). En todo caso la intensificación no manipula de por si el orden social. sino que puede estahlecer las bases para el desarrollo de formas permanentes de desigualdad social. entendidas como la presencia de relaciones de explotación consolidadas, fundamentadas en la coerción extraeconómica. El desarrollo de la investigación prehistórica en las últimas décadas, volcada en interpretar los procesos sociales del Sudeste, ha marcado en gran medida los modelos de explicación histórica aplicados al resto de la Península Ibérica. Sin embargo, la presencia de los indicadores arqueológicos tradicionalmente utilizados para identificar la desigualdad social resultan escasos en la Meseta peninsular, siendo actualmente problemático defender la existencia de una apropiación diferencial permanente, tanto de plusproducto como de plustrabajo. La resolución de este problema histórico pasa por dos alternativas no excluyentes: la búsqueda de otro tipo de indicadores arqueológicos o la aceptación de una hipotética evolución autónoma del campesinado en la Meseta. Esta última propuesta incidiría en la existencia, en estos grupos sociales campesinos, de los suficientes mecanismos como para mitigar el desarrollo de formas de explotación consolidadas, abriendo a su vez un camino no investigado hasta la actualidad: la gestión agroforestal como una forma originaria de resistencia campesina frente al poder. El trabajo se debe en gran medida a la conti-. nua orientación recibida del Dr. Juan Manuel Vicent (C.E.H., C.S.I.c.) en la cuestión de los denominados «Estudios Campesinos», asi como (5) Nos referimos al intenso debate desarrollado inicialmente por Marx y los Populistas rusos (Shanin, 1990), el posterior debate sobre la Cuestión Agraria en la que participaron figuras como V. I. Lenin (1981) o K. Kautski (1974), o las más recientes formulaciones del potencial revolucionario campesino desarrolladas por Mao y los diversos seguidores de su doctrina política (p. e.
«The Age of Plastic») RESUMEN Ninguno de los varios intentos previos de establecer un marco cronológico para las primeras piezas metálicas gallegas ha resultado totalmente satisfactorio. La metalurgia ha sido considerada en términos de tradiciones e industrias pobremente definidas y la terminología convencional ha tendido a encorsetar excesivamente los objetos. LA PRIMERA METALURGIA GALLE-GA: ESTADO DE LA CUESTIÓN Varios son los problemas que impiden una buena caracterización tanto de la aparición de la tecnología metalúrgica en Galicia, como de su contexto cultural de desarrollo. La documentación en el ámbito doméstico se reduce a escasos elementos del proceso de elaboración, por lo que el estudio se limita casi exclusivamente a objetos procedentes del mundo funerario, don-de la muestra es mayor a pesar de haber estado sometida a continuos saqueos centrados especialmente en los objetos metálicos. Por otro lado, el desconocimiento de las circunstancias de muchos de los hallazgos y/o la precaria información recogida dificulta su contextualización. Ya en un ámbito más amplio, la indefinición de los yacimientos del Bronce Inicial respecto a los del Calcolítico y la escasez de dataciones, complican aún más su adscripción cultural. La problemática articulación de la metalurgia con el «Fenómeno Tumular» en el Noroeste no deriva tanto del registro de las piezas, como de la complejidad de este fenómeno sepulcral de múltiples manifestaciones. El término «fenómeno tumular» atiende a la presencia, al menos en origen, de un túmulo de cubrición que constituye el único elemento común de una serie de enterramientos de gran diversidad estructural {1). Además de esta definición que incide en sus aspectos arquitectónicos, otras de las más recientes valoran su intención de monumentalidad, a través de la que diversas comunidades afirmarían de modo visible su presencia (Fábregas y Ruiz-Gálvez, 1994: 145). Sin embargo se ha señalado que la apariencia uniforme de los túmulos debe ser entendida como la de «arquitecturas arqueológicas alejadas en mayor o menor grado, de un estado original alterado durante el proceso de construcción del yacimiento» (Vaquero, 1993: 39). En cuanto a su duración, como han puesto de manifiesto algunos autores, si bien hasta hace poco se daba por concluido hacia el 1800 a.c., coincidiendo de forma aproximada con la aparición de las cistas rectangulares sepultadas bajo tierra, en años recientes comienza a defenderse su persistencia (Fábregas y Ruiz-Gálvez, 1994: 146). Aunque es problemático, se suele considerar que un menor tamaño de los monumentos y una visibilidad menor sobre el entorno denota una cronología más tardía, en la transición 111-11 milenio a.c., en relación con el supuesto paso de enterramientos colectivos y diacrónicos, a enterramientos individuales. De este segundo tipo se consideran las cistas, cajas de piedras de mediano tamaño utilizadas como tumbas y generalmente sepultadas bajo tierra, cuyos «ajuares» se presuponen unipersonales y de deposición sincrónica. La falta de (1) En este trabajo designamos «túmulo» sólo a los monumentos con túmulo. T. P., 52, n.o 2, 1995 Beatriz Comendadur Rey túmulo o de cualquier otro elemento (quizás no conservado). sugiere un menor interés por hacer visible el enterramiento. De hecho la mayor parte de los hallazgos de cistas son casuales y han estado menos sometidas a los saqueos. En general han sido planteadas corno el enterramiento típico del Bronce Antiguo (Vázquez, 1980), aunque hasta el momento no han sido objeto de un trabajo exhaustivo que aborde su problemática. Por todas estas circunstancias es difícil el establecimiento de comparaciones con los contextos tumulares. Un aspecto especialmente problemático en Galicia es la relación de la metalurgia con el «Fenómeno Campaniforme». El terna de la cerámica campaniforme en Galicia, tratado globalmente (Vázquez y Criado, 1980), precisa de una nueva síntesis que incluya recientes resultados y actualice el estado de la cuestión. Por ejemplo. respecto al período de vigencia de la cerámica campaniforme (o de tradición campaniforme). últimamente se ha defendido incluso hasta finales del 11 milenio a.c., lo que supone un marco cronológico más amplio que el tradicionalmente aceptado (Prieto, 1993: 21) (2). Del mismo modo, se acepta la existencia de una tradición metalúrgica campaniforme, o con un fuerte sustrato campaniforme durante el Bronce Antiguo (Sierra, 1976: 213; Ruiz-Gálvez, 1984: 223). Sin embargo, ninguno de estos autores caracteriza esta metalurgia, a excepción de alusiones de Sierra (1976: 213) a una metalurgia de cobre sin alear y de cobre arseniado. Por su parte Ruiz-Gálvez (1984: 335), que recoge escasos y heterogéneos análisis, reconoce las limitaciones de sus observaciones sobre la tecnología metalúrgica.. Rovira y Montero (1994: 137-171) estiman que no es correcto hablar de una metalurgia campaniforme definida por sí misma y de aplicación general, sino de metalurgias asociadas al fenómeno campaniforme que evolucionan territorialmente de manera diferente en función de cada sociedad (3), lo que pone de relieve la necesidad de replantear sobre una base más sóli-( 2) Suárez (1993) considera que perdura no sólo más allá de sus límites cronológicos, sino también culturales. (3) Susana Jorge (1986) sugiere ya este aspecto para el Noroeste de la Península Ibérica. En Galicia, desde el punto de vista tecnológico, los estudios son muy limitados y carecen de una base analítica cuantiosa y de calidad, principalmente por su heterogeneidad. El corpus más amplio publicado es el de los análisis de tipo compositivo realizados por el equipo de Stuttgart (Junghans ec alii, 1968), que muestran, como tendencia general, presencias altas de arsénico, así como trazas de otras impurezas como antimonio, plata o hierro. En relación con la interpretación de estos resultados, un aspecto que no ha sido suficientemente estudiado es el de la caracterización mineralógica del Noroeste desde un punto de vista «no industrial», orientada a una aproximación sobre accesibilidad de los recursos mineros en la Prehistoria. Son destacables los trabajos de Monteagudo (1954: 70-71) sobre minería, que sugieren la existencia de criaderos de cobre en Galicia de fácil beneficio. En una introducción a este tema (Comendador, 1993), y frente a la creencia en una escasa presencia de minerales de cobre en Galicia, concluimos que, si se valoran criterios no industriales, el cobre gallego habría bastado perfectamente para abastecer las necesidades de esta primera metalurgia. Lo mismo ocurre con otros minerales considerados foráneos, como la variscita. Respecto a la caracterización de estos recursos de cobre, hasta el momento contamos con datos muy fragmentarios, pero hay una clara tendencia a la asociación con minerales de arsénico (pirrotina, mispiquel) en la zona central y norte de Galicia, y con arsénico y oro en el sur de la provincia de Pontevedra, por lo que las presencias de arsénico pueden ser debidas a la propia composición de las menas que se están explotando. Ya por último, en relación con la tecnología de fabricación y acabado de las piezas, la ausencia de metalografías, de momento, no permite aproximaciones certeras para la mayor parte del conjunto. Todo ello nos lleva a concluir que, hasta el presente, la producción metalúrgica que hemos estudiado carece de caracterización tecnológica. Sin embargo, el establecimiento del Bronce Antiguo en el Noroeste se ha venido definiendo por la disociación entre la cerámica campani-forme y las industrias metálicas «propias». De este modo, especialmente los puñales de lengüeta (largos y puñales-espada) han sido por lo general incluidos en los inicios de la Edad del Bronce (Ruiz-Gálvez, 1979: 52), en lo que Harrison (1974: 85) denominó «Horizonte Montelavar» cuya definición excluiría a un buen número de ajuares gallegos que no cumplen la condición de que se asocien un puñal y al menos dos puntas del tipo «Palmela» en enterramientos individwales sin cerámica campaniforme. Harrison los incluye bajo el epígrafe de «hallazgos relacionados» o «grupo intermedio». Varios autores han argumentado tanto en contra de la disociación metal/cerámica campaniforme en el registro (al menos en un determinado momento del campaniforme), como de la propia construcción del «Horizonte Montelavar», en Galicia (Criado y Vázquez, 1980: 12,62) y en el Norte de Portugal (Jorge, 1986: 876-877). En términos generales, la Prehistoria gallega ha utilizado la metalurgia como elemento diagnóstico aislado para solventar algunos de problemas que tiene planteados. Ahora precisamos observar qué ocurre cuando el proceso es a la inversa, y se pretende estudiar la metalurgia recurriendo a sus contextos. ORDENACiÓN DEL REGISTRO ARQUEOLÓGICO: UN NUEVO INTENTO DE CONTEXTUALIZACiÓN Con el objetivo de contextualizar la primera metalurgia gallega, hemos recopilado (4) un total de 163 objetos, procedentes de 82 Puntos Arqueológicos (PAs) (5), estudiando las prime-(4) El «Catálogo de piezas metálicas gallegas relativas a los inicios de la metalurgia» se realizó con la colaboración de la D.x.P.H. de la Xunta de Galicia. Había sido en cierto modo comenzado en tres memorias de licenciatura defendidas en la Universidad de Santiago en 1991: A. Balseiro (1994): «Orfebrería prerromana en la provincia de Lugo». Lugo; B. Comendador, «Los inicios de la metalurgia en la provincia de Pontevedra» (inédita) y N. Reboredo, «Orfebrería perromana en la provincia de La Coruña» (inédita). Al mismo tiempo iniciamos la colaboración con el proyecto de investigación «Arqueometalurgia de la Península Ibérica: Tecnología y Cambio Cultural durante la Edad del Bronce» (DGCYT PB92-0315). De modo personal, y lamentablemente póstumo a su fallecimiento, quisiera agradecer a M. Fernández-Miranda la confianza que depositó en mí al admitirme como colaboradora del mencionado proyecto. (5) Como un número importante de piezas están descontextualizadas, recogemos el concepto de Punto Arqueoló-T. P., 52, n.O 2, 1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ras producciom:s metálicas (o piezas relativas al proceso de su elaboración) en cobre. oro y plata. así como algunas de las primeras aleaciones binarias (bronce. posibles cobres arsenicales). importadas o de producción autóctona (Tabla 1). Es destacable. en relación a la distribución geográfica de estos PAso el vacío existente en las sierras orientales y surorientales de Galicia con las cotas más elevadas. pero también con los recursos cupríft: ros más abundantes y accesibles. que contrasta con su presencia en las regiones costeras occidentales, en la zona central de Galicia y en la zona de ATerra Chá (Fig. 1). Clasificamos la muestra estructurando el conjunto en cinco grupos morfofuncionales (Montero, 1994: 53-61) (6). Cada uno de ellos está formado por diversos tipos (7) (Figs. Además hemos revisado las circunstancias de los descubrimientos de las piezas con el objetivo de constatar tendencias o posibles irregularidagico (PA) (Criado el a/ii, 1991: 60•61) como aquellos puntos en el espacio de trabajo en los que aparece material arqueológico (metálico). (6) Grupo 1 Herramientas; Grupo 2 Herramientas o armas; Grupo 3 Armas; Grupo 4 Adornos y Objetos de Complemento; 5 Elementos del proceso de elaboración. En la clasificación de Montero, el Grupo 4 engloba Adornos y el 5 Objetos de Complemento o Accesorios. (7) Grupo: 1 Punzones; Grupo 2: Hachas planas, Puñales, Puntas de flecha; Grupo 3 Alabardas y Puñales alabardados, Puñales-espada; Grupo 4: Joyas de tiras, Pulseras, Diademas simples, Peine, Espirales, Cadenas de Espirales, Láminas, Cilindros, Cuencos, Jarras, Barras abiertas y cerradas; Grupo 5: Preforma de producción, Gotas, Moldes, Fragmentos de crisoles. T. P., 52, n.o 2,1995 Beatriz Comendador Rey des en su contextualización (Tablas 2 y 3), conscientes de que este estudio de la/s metalurgia/s no deja de ser un aspecto parcial de la/s sociedad/es correspondientes. Las particularidades de las relaciones entre los distintos grupos/clases/tipologías y los contextos quedan parcialmente resumidas en las tablas 4 y 5. « Tesouros dos mouros» guardados en túmulos Hemos constatado la presencia de metal en los siguientes tipos de túmulos: con cámara ortostática interna, sin cámara ortostática aparente, indefinidos, y fosa bajo túmulo. -Túmulos con cámara ortostática interna: Las referencias para el análisis de estos contextos son muy desiguales, ya que unas proceden de excavaciones recientes, y otras son referencias «orales» recogidas por eruditos. Así Arquiña (8) de Vilaseco (Vimianzo, La Coruña), «megalito bajo túmulo» donde se recogió un hacha plana (Montegudo, 1977: n.o 296A); Mámoa de Boel (Outes, La Coruña), «dolmen tumular» en cuya cámara fueron localizados dos puñales, junto a un «esqueleto de un guerrero» (?) (Murguía, 1888: 55); Mámoa de Monte Penamá (Allariz, Orense) «con cámara no determinada, de la cual conservaba algunas piedras» en cuyo interior apareció un puñal (Cuevillas, 1955: 11); Anta de Penacoba (Melide, La Coruña) de la que procedería una «espada de bronce» (Álvarez, 1907); y Túmulo dolméni, co de Lobán (Vilalba, Lugo), explorado por Angel del Castillo en 1916, a quien los paisanos habían referido que albergaba piedras de cámara y donde se localizó un hacha plana (Pérez Bustamante et alii, 1924: 23). Según su propia descripción, era entonces uno de los mayores de la comarca ortegalesa, con un diámetro de 29 metros. A su pie se localizó una «cuña de cobre». Desconocemos cualquier otro aspecto de estos contextos, considerando toda la prudencia (8) En la toponimia gallega «Arquiña» es una cámara ortostática. «Mámoa», sin embargo, sólo es en principio un túmulo. que merece su inclusión en un estudio de conjunto. poligonal con corredor corto, se localizaron dos chapitas de oro. La memoria de la necrópolis de Oirós (Vila de Cruces, Pontevedra), excavada en 1976 por Sierra Rodríguez, no ha sido publicada. Según las referencias de que disponemos (Ruiz-Gálvez, 1984: 436) en el terreno tumular de un monumento que cobijaba una pequeña cámara T. P., 52, n.O 2, 1995 Las únicas piezas recogidas sistemáticamente proceden de las excavaciones dirigidas por Rodríguez Casal (1989) en dos monumentos con cámara de la necrópolis de Parxubeira (San Fins de Eirón, La Coruña). El «Monumento 2» (A Mina de Parxubeira) presentaba una estructura.-';.'.¡.;. de acceso (<<atrio») en donde fueron exhumados diversos artefactos, como estelas y betilos. Dentro de la cámara, poligonal y con corredor corto, apareció un fragmento de punta tipo «Palmela». El «Monumento 4» albergaba en su zona central un anta de forma general subcircular, sin corredor (definida así por los calzos), cuya entrada estaba tapiada por un relleno irregular de piedras. Una punta tipo «Palmela» fue hallada sobre la coraza que cubría el túmulo. -Túmulos sin cámara: Tres túmulos distintos de Vilavella (As Pontes, La Coruña), todos pequeños y sin piedras, proporcionaron: un hacha plana, una punta tipo «Palmela» y fragmentos de otras respectivamente (Cuevillas, 1955: 8). Respecto al túmulo 240 de Veiga dos T. P., 52, n.O 2, 1995 Mauros, también en Vilavella, al parecer no alcanzaba el metro de altura, pero no está claro si estaba formado exclusivamente de tierra (Cuevillas, 1955) o si lo recubría una capa o coraza de pequeños pedruscos (Maciñeira, 1941: 365). Sobre la composición del ajuar tampoco hay acuerdo, puesto que el primero alude a una diadema, un puñal y cuatro puntas tipo «Palmela)), y el segundo añade una punta más. El conjunto de Monte das Cabras (Lalín, Pontevedra) procede al parecer, de un túmulo sencillo (García, 1980: 29), y el hacha plana de A Cótara (A Fonsagrada, Lugo) de una mámoa que no presentaba cámara (López Fernández, 1992). -Túmulos indefinidos: Álvarez Carballido (1907) refiere que en Campo Grande (Melide, La Coruña) apareció una lanza de cobre al deshacerse un túmulo. Otros dos conjuntos arqueológicos de gran importancia, ambos constituidos por piezas de oro, como son Cícere (Santa Comba, La Coruña) y Agolada (Pontevedra), tampoco detallan las circunstancias del hallazgo. El segundo fue un hallazgo casual producido hacia 1920 al realizarse las obras de la carretera entre Lalín y Agolada, aunque otra versión refiere que procede de un túmulo de la necrópolis del Campo do Xastre (Filgueira y García Alén, 1978: 91). -Fosa bajo túmulo: No incluimos el Túmulo de Roupar (Xermade, Lugo) dentro del grupo de túmulos con cámara por parecernos que su mayor complejidad merece un tratamiento aparte. En el piso del túmulo, dos piedras paralelas delimitaban un pequeño agujero con material campaniforme. El metal (una espiral de cobre y fragmentos amorfos) apareció «en diversos puntos de la zona excavada». La publicación de este yacimiento, no aclara si la «fosa» se trata de una intrusión, o es sincrónica con el resto de los materiales (Criado el alii, 1981: 455)..2. Cajas de piedra bajo tierra En Galicia han aparecido objetos metálicos en siete cistas: Camota, Taraio (Malpica) y Santa Comba en La Coruña; Chedeiro (Cualedro) en Orense; As Antas (Rodeiro), Gandón 2 En Camota y Gandón 2 se localizó un brazal de arquero asociado con un puñal de lengüeta y una posible punta tipo «Palmela» respectivamente. En Taraio y As Antas, el puñal de lengüeta se relaciona con vasos cerámicos lisos subcilíndricos (10). De Santa Comba procede un (9) Para la bibliografía sobre las cistas, así como los asentamientos, remitimos a Ruiz-Gálvez (1984) o Comendador Rey. (10) También denominados tipo «florero» o cerámica «Tipo Taraio», se trata de vasos de pequeño tamaño con una morfología genérica de tipo subcilíndrico, fondo plano y con la boca suavemente abierta. Como se ha puesto de manifiesto (Suárez, 1993), la sencílIez de la forma no permite una caracterización específica, por resultar demasiado genérica. En tres de ellas se recogieron precarios restos de inhumaciones que no han sido estudiados o se han perdido (Camota, Chedeiro, Taraio). Gandón 1, cista de pequeñas dimensiones vecina de Gandón 2, albergaba una cremación (Peña Santos y Rey, 1993: 30). Arquitectónicamente algunas cistas mantienen rasgos «megalíticos», como Gandón 1 que apareció rodeada de un tosco cinturón lítico, o Camota y Chedeiro, cuyas lajas estaban calzadas por cantos. En ocasiones se presentan en conjuntos (¿necrópolis?), donde no todas contienen ajuares metálicos (Gandón, Chedeiro, Camota). En el caso de Chedeiro, una de las cistas proporcionó una espiral de plata, mientras otras vasos cerámicos troncocónicos, estos últimos. de amplia presencia y perduración en el Norte de Portugal (Bettencourt, 1995: 111). Es bastante frecuente la consideración como procedentes de castros de algunas piezas metálicas aisladas, aunque para ninguna se especifica su localización concreta. Su vinculación con los castros, aparte de por su proximidad física, debe entenderse dentro de las construcciones teóricas de una determinada fase de la investigación, aunque posiblemente proceden de ocupaciones previas o asentamientos de localil3ción cercana. tanto domésticos como funerarios. La aparición de objetos metálicos acahados en los núcleos habitacionales más antiguos es casi nula. Sólo dos yacimientos localizados en la Península del Morrazo (Pontevedra) testimonian la práctica de la actividad metalúrgica. Del nivel reciente de Lavapés (Hío, Cangas. Pontevedra) proceden dos fragmentos de barro con escorias en su interior. Este nivel arqueológico proporcionó vasos globulares de pequeño y medio tamaño con decoración inciso metopada del tipo Penha, cerámica impresa, industria lítica de lascas de pizarra y cuarzo. así como abundantes cotiledones carbonizados de bellotas, que han servido para datar por C14 el nivel reciente: Gak-11188: 3930±120 a.p., 1980±120 a.c. Los análisis palinológicos y edafológicos indicaron la presencia de cereal. En el nivel reciente del yacimiento de O Fixón (Hío, Cangas, Pontevedra) un fragmento de crisol se localizó en relación directa con una concentración de carbones. Otros materiales significativos son: cerámica campaniforme, mayoritariamente de estilo internacional pero también con decoración incisa e impresa; industria lítica de lascas de cristal de roca, pulidores, manos de molino; fragmentos amorfos de hematites. A este nivel se asocia una datación GaK-12317: 3830±130 a.p., 1880±130 a.c., a partir de carbones procedentes de las tierras que conformaban un cambio de coloración en el suelo natural, delimitado por tres pequeños agujeros de poste. Los análisis palinológicos no detectaron polen de cereal ni de las plantas que generalmente lo acompañan. A unos 200 m. de O Fixón, se sitúa otra concentración de materiales que Suárez (1993) denomina O Fixón-Costa da Seixeira y que considera de ergología postcampaniforme. Además de un alfiler de cabeza enrollada de problemática contextualización, se localizó un resto de fundición con aleación Cu/Sn (11). Cercano a los anteriores se sitúa el yacimiento de Mesa de Montes que, a diferencia de aquéllos situados a poca distancia de la línea de playa, está enclavado en una pequeña meseta de un (11) Análisis realizado en el Instituto de Cerámica de la Universidad de Santiago, por el Dr. Francisco Guitián Ojea en 1993. Se destruyó la muestra, por lo que lamentablemente sus resultados no son contrástables con los del Proyecto de Arqueometalurgia. En uno de los cortafuegos de la pendiente apareció un pequeño puñal de remaches. Es muy probable la relación de la pieza con este asentamiento, aunque desconocemos si hay una o varias ocupaciones con las que pudiera relacionarse (12). Como un conjunto de materiales retirados intencionalmente de la circulación mediante su ocultación, recogemos dos hallazgos: Roufeiro (Nocelo da Pena, Sarreaus, Orense) y Caldas de Reis (Pontevedra). En Roufeiro (López Cuevillas, 1955: 12) las piezas se localizaron casualmente dentro de una vasija de barro que se perdió. El conjunto asocia elementos diversos: dos hachas planas de tipologías distintas, seis puñales de remaches, dos piezas que podrían ser consideradas alabardas atípicas o puñales alabardados, un puñal de lengüeta, y una punta de flecha de base pedunculada con tope y aleta. Además se recogió un objeto considerado corrientemente como «perforador», cuyo reciente examen ha permitido plantear la hipótesis de que se trate de una forma previa de producción de puñales por forja, hecho que apoya su peso, similar al de los del mismo depósito (13). Respecto al Conjunto de Caldas, compuesto en la actualidad por 36 objetos de oro, no apareció en el interior de una vasija trípode, como es creencia extendida (Ruiz-Gálvez, 1978), sino agrupado directamente sobre el substrato de roca disgregada (14). Repartidos en dos aros grandes, se insertaban diversos lingotes-aro (denominados generalmente brazaletes), en medio de los cuales se disponían tres recipientes, uno con un peine en su interior, y todo cubierto por una diadema de lámina que fue troceada y de la que sólo quedan fragmentos. (12) Este yacimiento ofrece en superficie cerámicas del tipo Penha. Sin embargo, podrían existir indicios de la existencia de un asentamiento posterior, según comunicación personal de José Suárez Otero, a quien queremos agradecer su amabilidad tanto por permitirnos el estudio de ésta y otras piezas, como por toda la información al respecto que nos proporcionó. (13) Agradecemos la sugerencia de esta hipótesis a Bárbara Armbruster (Universidad de Tübingen), con quien compartimos gran parte de nuestra tarea de catalogación. (14) Informaciones contrastadas con las del propio descubridor, D. Amalio Touceda. En el islote de Guidoiro Areoso (Vilanova de Arosa, Pontevedra), situado en la Ría de Arosa, se localizó un complejo yacimiento de difícil definición del que se conocen, al menos, tres estructuras, dos de ellas de carácter funerario. La estructura 11, de tipología singular y funcionalidad no definida, apareció al ampliar el sondeo de un «concheiro» con restos claros de actividad antrópica. Sellada por una formación dunar, no manifestaba indicios de su existencia en superficie. Se compone de una anillo pétreo exterior de un metro de ancho, en cuyo interior, en disposición casi concéntrica y por debajo del nivel de base del anillo externo, aparece otro formado por una veintena de losas imbricadas. En una primera intervención realizada en este yacimiento se había documentado una estratigrafía muy simple: un paleosuelo cubierto por arena, atravesado en su parte media por un «concheiro» en el que se localizaron materiales idénticos a los del interior de la estructura 11, a la que se adosa (sin pasar por debajo ni por encima), por lo que se puede deducir que era o bien sincrónica, o bien posterior a esta estructura, pero nunca anterior. La cerámica es el material más representado, respondiendo en términos generales al tipo Penha. Asimismo, en prospección superficial se había documentado campaniforme de estilo internacional en su variedad lineal. En el interior de la estructura II apareció un punzón en una zona intacta. En la siguiente intervención se complicó esta estratigrafía al asomar otra acumulación de piedras alineadas situadas por encima del «concheiro», y por tanto posiblemente posterior a él, aunque carecemos de referentes para cuantificar el intervalo. En relación con ella se localizó un segundo punzón, junto a otra serie de materiales que podrían apuntar cierta modernidad: perfiles cerámicos evolucionados, fondos planos, decoración plástica, cerámica campaniforme. Están siempre por encima de la cota de nivel de base de la cerámica inciso metopada tipo Penha que se articula con el «concheiro» (Rey García, 1991). De momento no es posible precisar más sobre la contextualización concreta de estos materiales dentro del yacimiento, dado que es necesaria una nueva intervención para definir su estratigrafía. Un conjunto al que podría atrihuirse el carácter de depósito (Meijide Cameselle, 1989: 151), es el recuperado en el Monte Lioira (Leiro, Rianxo). Más conocido como « Depósito de Leiro», agrupa cinco puñales de lengüeta y una alabarda. Sin embargo Meijide indica que las piezas se hallaron diseminadas y que existe la posibilidad de que procedan del arrasamiento de un campo de cistas. Relacionadas con rocas o abrigos rocosos, han apa.recido varias piezas: un hacha plana entre las grietas del petroglifo Lombo da Costa (Cotobade, Pontevedra); una punta tipo «Palmela» extraída por un niño de una concavidad en la Pena Grande de Oleiros (Toques, La Coruña), «donde pendía de un alhambre que se amarraba con dos anillos a dos clavos en una casiña labrada en la propia roca»; una (o dos) punta del mismo tipo localizada al pie de una piedra oscilante de amplia tradición oral en Samarugo (Vilalba, Lugo); otras dos recuperadas en Liméns (Cangas, Pontevedra) al dinamitar un peñasco; por último, durante una reciente prospección en el Monte das Penas (Melide, La Coruña), se recogió un puñal de lengüeta al pie de un abrigo rocoso (15). Aunque carecemos de información para determinarlo, podría existir algún tipo de intencionalidad o pauta en su deposición. METALURGIA Y CAMPANIFORME: ANÁLISIS DE LOS PLANTEAMIENTOS Y PLANTEAMIENTOS PARA SU ANÁLISIS El análisis de los presupuestos sobre la relación metalurgia-campaniforme en Galicia se articula según la siguiente secuencia: -Un momento precampaniforme, en el que la metalurgia se introduce. -Un momento campaniforme en el que aparecen nuevos tipos metálicos característicos y se desarrollan nuevas técnicas. Para otros es un momento no necesariamente posterior al campaniforme (o solapándose con éste) cuya producción metálica continúa con las mismas características. Sobre la existencia de una producción metalúrgica precampaniforme en Galicia Algunos autores (Vázquez, 1992: 49; Bias Cortina. 1987: 66-67) defienden una producción metalúrgica previa a la introducción del campaniforme en base a: la presencia de objetos metálicos considerados de tecnología arcaica. como ciertas hachas planas; la continuidad megalitismo-metalurgia (López Cuevillas. ReCientemente la cuestión de la actividad meta~~rgica precampaniforme ha sido planteada tamblen para la orfebrería «precastreña» (Almeida el ali;, 1994). R~specto a las hachas planas, tienen un por-centaJe alto de descontextualización. Algunos de los ejemplares más toscos proceden de contextos tumulares, como el túmulo sin cámara de A Cótara (A Fonsagrada, Lugo) y el dolmen de Lobán (Vilalba, Lugo), sin embargo no tenemos noticia de su aparición en cistas (16). Tampoco se han encontrado en asociación con otros objet?S excepto en el depósito de Roufeiro (17), ni ftguran en las representaciones al aire libre. La aparición de un molde en los «alrededores» del dolmen Ca~ela ~os Mouros (Vilalba, Lugo) pru~ba la eXistencia de una producción local ya mtUlble por la homogeneidad del conjunto. Sin embargo, los datos tecnológicos son aún escasos. La falta de control del proceso puede apreciarse en contracturas o deformaciones. El acabado de algunas hachas es rudo, ya que presentan la e.structura de bruto de fundición apenas regula-rIzada. Tampoco se observa un especial cuidado en la configuración del filo. La inclusión de estas piezas metálicas en túmulos justifica la hipótesis de la introducción de la metalurgia sobre tradiciones anteriores (16) A excepción de la más que dudosa existencia de una ne~rópolis d~ cistas en Mou! ente. de donde procedería una (Lopez Cu~vlllas, 1925: 101; Alvarez Limeses. (17) ReCientemente en Fragi'io da Pitorca (Chaves), en el Norte de Portugal. s~ localizaron asociadas con cerámica tipo Penha, un hacha plana y una espiral de oro (Inventario. T. P., 52, n.o 2, 1995 Belltriz Comendlldor Rey neolíticas. sin un impacto importante al menos sobre las funerarias. Más difícil es el establecimiento de este «impacto» para los asentamientos, debido a los escasos restos de actividad metalúrgica. así como a las dificultades de conexión con sus correspondientes enterramientos. ~l único testimonio de Lavapés aporta una mfo! ma~ión mu~ limitada. Sin embargo. es posible mfenr del mismo yacimiento que la práctica de la metalurgia es una actividad esporádica y posiblemente experimental. Sobre la vía de entrada de esta técnica, Vázquez (1992: 50) ha sugerido un origen meridional. vía litoral portugués y en relación con las culturas calcolíticas de la desembocadura del Tajo, basándose en la dispersión geográfica de ciertos tipos metálicos. En cualquier caso, resulta más factible la hipótesis de la introducción inicial de objetos metálic?s. ~ posteriormente la de su tecnología de fabncaclon, que la de un origen autóctono. En el mismo sentido apuntan los datos sobre los inicios de la producción de la metalurgia en el área asturiana y cántabra. A pesar de proponerse momentos anteriores al campaniforme en recientes publicaciones (Ontañón, 1994: 134-151), los hallazgos son escasos y, en general, presentan particulares diferencias, especialmente los de la mitad oriental asturiana con respecto a los gallegos. Por ello es poco probable que los contactos con este área resultaran en la introducción de esta técnica en Galicia, aparte el obstáculo que constituye la orografía de las sierras orientales gallegas, con un número mínimo de hallazgos.. Resumie.~do, consideramos que la hipótesis de la mtroducclon de elementos metálicos y de la tecnología metalúrgica (en una o varias ocasiones) en un período previo a la aparición del «fenómeno campani~orrne» es factible tal y como se ha planteado. Sm embargo, características tecnológicas como la falta de control sobre el proceso metalúrgico o la ausencia de acabados cuidados en las piezas ~~eden ser indicativas de esta primera producclon, pero no son exclusivas de la misma. Sobre la existencia de una metalurgia «epicampaniforme» o de «tradición campaniforme» en Galicia Este problema se extiende al replanteamiento general de todo el «fenómeno campaniforme», tema muy amplio que se sale de los límites de este trabajo. El análisis de las distintas opiniones de los autores que han tratado este tema en pocos casos deja claro qué es lo que imprime su tradicional carácter a esta metalurgia: si la tecnología productiva o la morfología-tipología de los objetos y su asociación con elementos no cerámicos del ajuar campaniforme. Resulta complejo definir tal «tradición», cuando se carece de una buena caracterización de la metalurgia/as vinculada/as al fenómeno campaniforme en Galicia. Desde un punto de vista tecnológico ya hemos visto cómo al menos de momento, no se puede hablar con propiedad de «metalurgia epicampaniforme o de tradición campaniforme». Desde un enfoque morfo-tipológico-asociativo, en el registro arqueológico gallego aparecen objetos no cerámicos que se consideran de la particular panoplia campaniforme (Delibes y Fernández-Miranda, 1993: 50), siendo su contexto mayoritario de aparición, el funerario, especialmente de los grupos morfofuncionales 2-Herramientas-Armas, 3-Armas, y 4-Adornos, ausentes de los asentamientos. El tipo que más veces aparece relacionado con otros objetos (cerámicos, líticos, metálicos) es el puñal de lengüeta. Procede tanto de monumentos con túmulo como de cistas sin túmulo y es el más representado, junto a las alabardas, en los petroglifos. En cistas sin túmulo, los puñales se asocian con vasos subcilíndricos (denominados tipo «florero» o «Tarayo») de amplia diversidad morfológica, considerados característicos del Bronce Antiguo. En túmulos sin cámara los puñales de lengüeta aparecen con varias puntas tipo «Palmela» (Monte. das Cabras, Veiga dos Mouros) tal y como observó Harrison (1974b: 85). No parece haber indicios de la presencia de cerámica, si bien se señala para el último, que monumentos similares contenían vasos campaniformes. Veiga dos Mouros integra cuatro puntas tipo «Palmela» de tipologías diversas. Esta particularidad, unida a la evidencia de su reutilización y a su distinta composición química, podría aludir a una reunión de materiales heterogéneos para un mismo ajuar, bien por intercambios, bien por otros medios, y no a una fabricación única y expresa para este fin (18). Esta problemática ha sido recientemente planteada también para el Norte de Portugal donde Bettencourt (1995: 111) sugiere que las alteraciones enunciadas para este período son fenómenos puntuales en un período en que algunas (19) Es una excepción el reciente estudio de Méndez (1994: 85) sobre un conjunto de hábitat s localizados en un valle interior de la Sierra de O Bocelo. Sin embargo entendemos que los considera pertenecientes al Bronce Inicial atendiendo a criterios cronotipológicos. Aporta varias dataciones que señalan una ocupación reiterada a lo largo del tiempo, definiendo los materiales de estas «áreas de acumulación» por sus cerámicas decoradas que inscribe «dentro de la tradición campaniforme o estilísticamente inscritas en la campaniformidad», sin grandes diferencias estilísticas entre unos PAs y otros. comunidades, en interacción con nuevos conocimientos. desenvuelven a distintos ritmos temporales un proceso de intensificación socio-económico que en varios aspectos parece perpetuar las tradiciones del Calcolítico Pleno. Sobre la existencia de una producción metálica durante el período de vigencia de la cerámica campanifonne A la vista de las síntesis y estudios, desde el 2400-2200 a.e. cuando se introducirían los primeros objetos metálicos, hasta el 1750-1500 a.e. (cronología del supuesto Horizonte Montelavar) la producción metálica adquiriría nuevas técnicas y formas que le imprimirían un «carácter campaniforme». Sin embargo, como hemos discutido, la ausencia de cerámica campaniforme en contextos funerarios donde sí hay piezas metálicas y la asociación de dichas piezas con ceramicas lisas lleva a un gran número de autores a incluir aquéllas en un momento posterior al apogeo del fenómeno campaniforme. Como resultado, y si observamos las propuestas cronológicas para piezas o conjuntos metálicos contextualizados, la producción que sería propia de la transición 111-11 milenio a.e. ha desaparecido. Terminológicamente resulta paradójico que las piezas básicamente de cobre se incluyan en la Edad del Bronce. Otra cuestión que llama la atención es que, si bien se da como cierta la relación de ciertos objetos con el fenómeno campaniforme (como los brazales de arquero), sólo se acepta para los objetos metálicos cuando están en relación con el tipo cerámico característico. En Galicia se ha documentado en pocas ocasiones, pero sí la de objetos metálicos con brazales de arquero. A modo de conclusión de esta parte, nuestra propuesta consiste en la necesidad de replantear tanto la cronología de esta producción metálica vinculada al Bronce Antiguo de acuerdo con la periodización tradicional, como su posible relación con otros fenómenos propios de la transición 111-11 milenio a.e. Esta propuesta incluye tener en cuenta los datos aportados por el estudio tecnológico. Al mismo tiempo, si se opta por mantener una terminología-estructura convencional Calcolítico/ Bronce Antiguo, es necesario definir en cada caso a qué nos referimos y con qué criterios, ya que consideramos que tal división en Galicia no se ajusta a la realidad ergológica, causando problemas de entendimiento entre los investigadores. NUEVOS ELEMENTOS, NUEVAS HIPÓTESIS Hemos pretendido señalar cómo se ha construido una periodización teórica en base a supuestas fases de producción metalúrgica sucesivas, que no son demostrables al menos de momento por una evidencia tecnológica, y difícilmente por evidencia arqueológica. Un nuevo elemento de contrastación al que pronto podremos recurrir es el análisis tecnológico del conjunto de piezas incluidas en el Programa «Arqueometalurgia de la Península Ibérica: tecnología y cambio cultural durante la Edad del Bronce» (DGCYT PB92-0315), que ya ha comenzado a ofrecer algunos resultados. La analítica no va a solucionar los grandes problemas de la Prehistoria gallega que hemos planteado, sin embargo con la combinación de la información arqueológica y tecnológica (especial-mente las micrografías) esperamos obtener una mejor caracterización de las producciones metálicas, advertir sus diferencias o similitudes y trasladar nuevas preguntas al propio registro, comparando este modelo con el de otras áreas geográficas y culturales. Este procedimiento puede ser de utilidad para contrastar y/o rebatir algunas hipótesis relativas al tópico atraso cultural del Noroeste en la Prehistoria, entre otros en relación con la metalurgia (tópico tan recurrente como el del papel innovador del Argar en el Sureste). En cuanto a la caracterización de la producción metálica, para aclarar si los cobres arsenicales son aleaciones fortuitas o intencionales y si son comunes a toda la producción metalúrgica o sólo a una parte de la misma, es necesario tanto el estudio de las piezas, como de los recursos minerales. Respecto a la aleación Cu-Sn en el Noroeste, su aparición se viene atribuyendo al Bronce Medio con la presencia paulatina de aleaciones pobres de estaño en hachas de rebordes y del tipo Bujres-Barcelos (Ruiz-Gálvez, 1984: 360-361). Se ha considerado que la introducción de esta técnica fue consecuencia de la presencia de prospectores-mineros argáricos en el Noroeste en busca de estaño (Sierra, 1976: 56). Actualmente es interesante tener en cuenta nuevos elementos: dos punzones de Guidoiro Areoso y una gota de fundición de O Fixón-Costa da Seixeira. Los punzones, a excepción de los localizados en el yacimiento de Guidoiro Areoso, son una clase morfológica ausente en Galicia, aunque sí se han documentado en asentamientos del Norte de Portugal y también en la cornisa cantábrica. Su estudio tecnológico demuestra que se trata de piezas de bronce de buena calidad, con una composición Cu+Sn y cierto contenido en As muy similar en ambas piezas (los portugueses y cántabros son de cobre). El punzón 1 fue conformado a martillo en frío sobre un yunque, y luego recocido para eliminar las tensiones del metal. Dado el contexto arqueológico ya comentado en el que aparecieron, y si se mantiene una datación de finales del III milenio a.e., nos encontraríamos ante dos piezas de bronce excepcionalmente prematuras en la Península Ibérica. Al menos en este caso, la vinculación con el Sureste debería ponerse en duda, ya que no se comienza a fabricar objetos de bronce hasta momentos avanzados de la cultura del Argar y los punzones calcolíticos del Sureste no presentan recocidos de este tipo (Montero, 1994: 288, 267). Más sorprendente aún es la aparición de una gota de fundición en el yacimiento O Fixón-Costa da Seixeira, cuyo análisis determinó la presencia de bronce, ya que si en el primer caso podríamos pensar en una importación, en éste se trata de un indicio de producción local que demostraría la fundición in situ de bronce dentro de una cronología 1700-1500 a.e. La hipótesis de una introducción de esta técnica en la Península Ibérica por vía atlántica de Norte a Sur va tomando entidad con estos hallazgos, cuya posición litoral queremos remarcar, aunque deba ser completada con otros para ser concluyentes. Otros deben ser desmentidos, como la supuesta aleación Cu+Sn+Pb de un puñal de lengüeta de A Bastida (Pantón, Lugo) (Eiroa, 1973: 52). Hemos contrastado este análisis con el realizado en los laboratorios de Stuttgart (Junghans el alU, 1968: n.o 7558), resultando notoria la diferencia en cuanto al porcentaje de Sn (20,5% el primero y 0,25 el segundo), así como incierta la presencia de Pb, por lo que creemos que se trata de un error. Respecto a las puntas tipo «Palmela», si bien alguna ha sido considerada de bronce, como las de Veiga dos Mouros (Monteagudo, 1954: 78), los análisis recientemente realizados indican que son todas de cobre. Además de las pertenecientes a cistas sin túmulo gallegas (Atios, Chedeiro) y el aro con cadenas de espirales de Antas de Ulla, en el Norte de Portugal se han localizado: en el interior de la cámara violada de Duteiro de Cregos I (Baioo), en cuya estructura periférica apareció un vaso troncocónico con asa, decorado con mamelones; en la zona violada del túmulo pétreo de Meninas do Crasto IV (Baioo); y en la base de una de las lajas de la Mamoa do Monte da Cerca (Esposende) (Jorge, 1986: 865). También se documentan espirales y anillos de cobre, de oro y cadenas formadas por espirales de oro. El análisis de las espirales portuguesas señala que son obtenidas a partir de plata nativa, cuya existencia en el subsuelo noroccidental permite plantear la posibilidad de una producción local, al menos de algunas de estas espirales de analogía formal con las argáricas discutible. Por ello es necesaria una profunda revisión de este tema, que debe considerar conjuntamente nuestra información sobre Galicia con la del Norte de Portugal y otras áreas limítrofes (20). Otro conjunto que espera ser revisado es el de Caldas de Reis. Bouza Brey (1942: 193-194) publicó inmediatamente a su hallazgo la descripción más acertada sobre su producción, haciendo alusión al uso de la fundición. Ruiz-Gálvez (1978) publica la versión más conocida, que lamentablemente presenta algunos errores, tanto sobre las circunstancias, como en algunas medidas. Estima que las piezas fueron obtenidas por martillado, siguiendo la versión de Monteagudo (1953: 308). Además de resultar más acorde con la cronología que propone (fines del Bronce Antiguo), le permite establecer paralelismos tecno-formales con piezas inglesas como la jarra de Rillaton, obtenida por repujado (Ruiz-Gálvez, 1984: 180). Hernando (1983) recoge este estudio, incorporando este conjunto al resto de la orfebrería del Calcolítico y Bronce Antiguo. La última revisión tecnológica realizada por Armbruster y Perea (1994: 80) demuestra (20) Trabajo que estamos desarrollando en nuestra tesis doctoral «Los inicios de la metalurgia en el Noroeste de la Pen{nsula Ibérica", dirigida por J.M. Vázquez Varela. que las piezas han sido ontenidas por fundición mediante «cera perdida». Si mantenemos la cronología de fines del Bronce Antiguo para este conjunto. hemos de pensar en la primacía de la utilización de esta técnica en el Noroeste. que después podremos ver desarrollada en los brazaletes gallonados. o los de imitación al estilo Villena-Estremoz datados por las mismas autoras en un momento más avanzado. Por otro lado, la decoración de los vasos obtenida mediante un punzón u objeto cortante fino y duro (¿bronce?) podría hacer pensar en la posibilidad de suponer para Caldas de Reis una cronología más tardía, aunque debemos esperar la pronta publicación de su estudio tecnológico completo. Para terminar sólo añadir que en el Noroeste de la Península Ibérica, como en otras partes, a la metalurgia le ha sido concedido un importante papel cultural que debe ser revisado, tanto por la vía analítica (sin negar sus limitaciones) como por la evaluación global de los contextos culturales que se hallan implicados. Al mismo tiempo la minimización de la relevancia de la metalurgia como explicación causal de la dinámica argárica en el Sureste y toda la reflexión teórica subsiguiente, constituye un buen punto de partida para la revalorización de la importancia de la difusión y asimilación de estímulos en el Noroeste, tanto de procedencia meridional como del área atlántica.
Desde fines de los años ochenta un número creciente de aproximaciones al comercio en el Mediterráneo durante la Prehistoria Reciente está enfatizando la presencia de Sistemas Mundiales Antiguos lo cual podría interpretarse como una vuelta al difusionismo. Se señala el contexto sociopolítico europeo y los nuevos estudios de procedencia de los productos como la razón de su popularidad, sus bases teóricas en el materialismo de enfoque circulacionista junto a los peligros y beneficios de dichos enfoques. Con el inicio de la década de los años noventa, una nueva estrategia de análisis del comercio está ganando protagonismo dentro del estudio de la Prehistoria del Mediterráneo y Próximo Oriente, interpretando la presencia de intercambios dentro de un contexto supranacional íntimamente relacionado, denominado «World System» o Sistema Mundial. El elemento determinante en este tipo de análisis es que todos los elementos integrados en el mismo interactúan entre sí, y que cada fenómeno, aunque sea indirectamente, resulta explicable dentro de la totalidad del Sistema Mundial. El individuo o los colectivos, consecuentemente, se ven relativamente mediatizados por el Sistema Mundial en el que se insertan, y sus actos tienen una última explicación dentro del mismo. Las relaciones de dependencia entre centro y periferia del Sistema Mundial es el rasgo más característico del mismo, y son explicables por la presencia de un intercambio desigual, a priori, entre un centro más avanzado en la producción de productos manufacturados, parte de los cuales son intercambiados con su periferia a cambio de materias primas I.!xúticas o productos scmielahorados. Este interl: amhio desigual favorece los procesos de acumulación de las ¿lites del centro. pero no dehemos olvidar que esta acumulación de riqueza procedería aún en mayor medida de la obtención de tributos. impuestos, botín, etc.. en territorios donde junto a una dependencia económica coexistió un control militar o político de los mismos. o simplemente en áreas que eran objeto de razzias ocasionales. El ohjetivo de este trahajo es analizar algunas de las hase s teóricas de esta nueva estrategia de análisis en sus aplicaciones a la Prehistoria Reciente del Mediterráneo, en el marco del contexto sociopolítico contemporáneo en el que se está desarrollando. ¿EL RETORNO DE LOS DIFUSIONISTAS? Este fenómeno, que podría interpretarse por algunos investigadores como una nueva versión del difusionismo, ya que centra su mayor interés en la presencia de algún tipo de contacto comercial entre dos territorios relativamente distantes, aún cuando el número de evidencias cuantificables sea relativamente escaso, tiene su fundamento en la relativa crisis de la New Archaeology, frente al empuje de las estrategias post-procesuales, y en el progresivo desarrollo de nuevas técnicas analíticas para interpretar la procedencia de los productos. En este sentido, hay que agradecer el atrevimiento de A. Sherratt (1993a: 249), quien tras preguntarse si los medios de esta estrategia suenan muy próximos al difusionismo responde, «sí, pero, ¿por qué no?». Sin embargo, existen notables diferencias entre ambas estrategias de investigación. El difusionismo parte del principio de que el ser humano es un sujeto pasivo poco partidario o contrario al cambio, escasamente inventivo o imaginativo, y capaz de rechazar o incluso eliminar a los innovadores que puedan poner en cuestión aspectos básicos de su modo y medios de vida. Este principio resultaba asumible desde el momento en que se presuponía la presencia de centros culturales más desarrollados que serían los que estimulaban el cambio cultural. El desequilibrio en la variedad y riqueza del registro artefactual, arquitectónico y literario del Mediterráneo Oriental y Próximo Oriente respecto al Mediterráneo Occidental o el Centro y Norte de Europa aportaba el argumento bási-T. La posibilidad de rcconstruir las secuencias de la Europa Occidental y Septentrional a partir de importaciones o imitaciones de artefactos típicos supuestamente bien fechados en el Mediterráneo Oriental a partir de la cronología histórica, implicaba poder disponer de la cronología comparada absoluta, entonces única alternativa para reconstruir las secuencias históricas occidentales, ante la inexistencia del método de datación por carbono 14. Interpretar los Sistemas Mundiales como una nueva versión refinada del neodifusionismo no resulta una apreciación correcta. Ahora no se trata de analizar la presencia de algún tipo de intercambios a larga distancia, inclusive con una red de contactos a través de la cual circulan regularmente cierto número de productos, sino de determinar si existen relaciones de dependencia económica entre dos regiones vecinas o relativamente distantes por la presencia de relaciones de intercambio desiguales. La cuestión crucial a determinar en este tipo de análisis es a partir de cuando puede esgrimirse la presencia de estas relaciones de dependencia en función del registro arqueológico o literario disponible. No basta con utilizar evidencias puntuales sobre algún tipo de intercambio comercial, y tampoco con la mera acumulación de artefactos dispares que son enumerados en algunos artículos, sin tratar de aportar una cuantificación de los mismos. Finalmente, la intuición de considerar que los artefactos ya documentados son una punta de «iceberg» dentro del registro arqueológico es admisible desde el punto de vista de una hipótesis de trabajo, pero no como una evidencia empírica demostrada. Consecuentemente, los límites del registro arqueológico abren siempre la duda ante este tipo de argumentaciones, y a medida que se incrementa la distancia entre dos regiones y se debilitan las posibles evidencias de intercambios comerciales, se acentua la fragilidad de las pruebas que pueden esgrimir los autores que las defienden. Es entonces cuando surge el dilema de que si priorizamos el siempre modesto volúmen de intercambios, y el fenómeno de aculturación que pudo estar interactuando paralelamente, podemos estar infravalorando registros artefactuales mayoritariamente autóctonos insertos en procesos autónomos de desarrollo de las diferentes Formaciones Sociales objeto de análisis, pudien- En cierto modo, todos estos planteamientos rompen con el paradigma autoctonista actualmente vigente en la investigación de la Prehistoria de la Europa Occidental. Es a mediados de los sesenta, con la lectura de la tesis doctoral de C. Renfrew, «The Neolithic and Early Bronze Age cultures of the Cyclades and their external relations» (1965), reelaborada para su publicación (Renfrew, 1972), cuando se abría la brecha más profunda contra los enfoques difusionistas hasta entonces dominantes, al plantear un desarrollo autónomo del Egeo, Cicládicos, Minoicos y Micénicos, frente a los centros urbanos estatales del Próximo Oriente, de acuerdo con los enfoques autoctonistas propios de las estrategias procesuales, liberándose la primera civilización europea de su deuda con áreas asiáticas y africanas, que acababan de buscar en la independencia un desarrollo político autónomo de las antiguas metrópolis colonialistas europeas. Su estrategia de ataque contra los argumentos tradicionales se orientó hacia cuatro objetivos: 1) La interacción tradicionalmente esgrimida entre la denominada «Cultura)) Wessex 1, y su monumento más representativo, Stonehenge, con la Grecia Micénica del Bronce Final, que implicaba un fuerte impacto social en el gran público británico (Renfrew, 1968). 2) La supuesta arribada de colonizadores egeos o del Próximo Oriente al Mediterráneo Occidental, y concretamente la Península Ibérica (Renfrew, 1967) y la Península Itálica (Renfrew y Whitehouse, 1974), cuya fragilidad argumental puso en evidencia a partir de su conocimiento directo de una de las tradicionales presuntas áreas de partida, las islas Cícladas. 3) La necesidad de buscar técnicas analíticas adecuadas que confirmasen, o refutasen, el tradicional recurso a paralelos tipológicos o estilísticos, caso de la obsidiana (Cann y Renfrew, 1964), el mármol (Renfrew y Peacey, 1968) o las cuentas de fayenza (Newton y Renfrew, 1970). 4) Y la utilización de las dataciones radiocarbónicas calibradas por dendrocronología, que demostraba la primacía de muchos fenómenos de la Europa Occidental con respecto a sus paralelos en el Egeo o el Próximo Oriente, particularmente del megalitismo (Renfrew, 1970). Del triunfo de sus argumentos a nivel continental europeo no cabe la menor duda, a pesar de la osadía de su empresa. inclusive tardíamente en el Estado español, donde hemos vivido una corriente profundamente antidifusionista desde mediados de los años ochenta. Por esas paradojas del destino. el desarrollo de nuevas técnicas analíticas, algunas de las cuales inicialmente dieron lugar a uno de los mayores fracasos científicos dentro de las estrategias difusionistas, el comercio del metal defendido por el grupo de Stuttgart que publicó los primeros volúmenes de los «Studien zu den Anfangen der Metallurgic ) (Junghans el alii, 1960) bajo la impronta de E. Sangmeister, ha ido proporcionando progresivamente un mayor corpus de datos sobre el intercambio de distintos productos entre el Mediterráneo Central y la India. Los análisis de isótopos de plomo para dilucidar el comercio del cobre, bronce, plata, o plomo, los de absorción de rayos X y espectro de infrarrojos para el ámbar, los análisis de isótopos estables para el mármol, la petrografía de láminas delgadas y la espectrometría de fluorescencia de rayos X para las rocas, o esta última para la fayenza, los de activación neutrónica y petrográficos en los análisis de cerámica, etc., en suma los denominados estudios de procedencia, van aportando un corpus de datos que, una vez que se tengan suficientes muestras de un gran número de regiones, abrirá aún nuevas perspectivas de investigación, aunque todas estas analíticas progresivamente van mostrando los límites en su precisión. En este contexto, la aparición de cerámica micénica del Heládico Final 111 A2 o IIIB en la Península Ibérica, concretamente en el Llanete de los Moros (Montoro, Córdoba) (Martín de la Cruz, 1987: 63), marcó un hito al abrir la posibilidad de que existiera algún tipo de comercio entre el Egeo y el Mediterráneo Occidental al menos durante el Bronce Final, siendo ratificado a nivel institucional por la Exposición «El Mundo Micénico)) en Madrid (1992), donde se presentó a los micénicos como la primera civilización europea que interrelacionó el Mediterráneo Oriental con el Mediterráneo Central y Occidental. EL NUEVO CONTEXTO POLÍTICO EUROPEO Esta rápida reacción de las instituciones públicas ante un descubrimiento arqueológico pone en evidencia. en este caso por los gohiernos de España y Grecia, que vivimos en un nuevo contexto sociopolítico al que difícilmente resulta ajena la arqueología europea. A partir de la 3 a Conferencia Europea de Ministros reponsables del Patrimonio Cultural (La Valletta, Malta, enero 1992), se presentó ello Plan Europeo de Arqueología en el cual se tomó como lema «La Edad del Bronce: la primera edad de oro de Europa», que en su acepción anglosajona incluye nuestro Calcolítico. Bronce y colonizaciones. circa cal. Tal como refleja el catálogo de dicho programa, «La Edad del Bronce fue un apasionante periodo de la historia de Europa cuando los contactos entre las diferentes partes de la gran Europa comenzaron a desarrollarse, reflejando la moderna interacci(m entre los estados miembros del Consejo de Europa». «Ella representa la primera industrialización en la historia de Europa... » con «... una dependencia del comercio internacional de materias primas importadas. Esta expansión del comercio internacional (... ) aceleró la marcha del cambio en Europa... ». «Fue durante la Edad del Bronce cuando la mayoría de Europa entró en la arena de la historia mundial. (... ) en una nueva era de comunicaciones internacionales e interdependencia la cual ha permanecido como una condición básica desde entonces». Como puede observarse, el nuevo contexto europeo exige comenzar a ir sentado las bases para reinterpretar la historia de Europa desde un marco de interacción entre los distintos Estados miembros que la componen. Dentro de esta nueva realidad, los arqueólogos habrán de prestar especial interés en aportar a la Prehistoria europea nuevas evidencias de relaciones supranacionales que ayuden a fortalecer los nuevos lazos económicos y políticos. Este tipo de enfoques, que en ocasiones tienden a ser minusvalorados por los profesionales con una educación superior universitaria, choca con la evidencia práctica reflejada recientemente, por ejemplo, en una encuesta a los estudiantes entre 11 y 14 años de las escuelas públicas de Gran Bretaña, según la cual a 50 años del final de la 11 Guerra Mundial, un 25 % no identificó a A. Hitler, un 36 % desconocía quien fue W. Clrurchill, un 40 % el día de la victoria de los aliados en Europa, un 60 % el Holocausto de los T. P., 52, n.O 2, 1995 Alfredo Mederos Martín judíos () de que bando había luchado Italia, y un l)() <Yo al general Montgomery. a pesar de tratarse de un país que sufrió duramente pero ganó la guerra, participaron en ella buena parte de sus abuelos y hay una numerosa serie de filmes bélicos sobre el tema que son repuestos por las televisiones cada cierto tiempo. En este nuevo marco histórico habría que interpretar las propuestas de crear un Instituto Europeo de Arqueología, los cada vez más claros intentos de reconvertir la reunión anual del Theoretical Archaeological Group, en un Euro-TAG, tal como se presentó la reunión en Southampton en diciembre de 1992 (Ucko, 1995), o la creación de la European Association of Archaeologist y del Journal o/ European Archaeology, también en diciembre de 1992 todos ellos, como puede apreciarse, un mes antes del comienzo de Mercado Unico Europeo en enero de 1993. Es preciso matizar que lo que se trata de reflejar no es una estrecha relación de convergencia de intereses, sino la progresiva adaptación de una ciencia social como la Arqueología a una nueva realidad política, en la búsqueda de recursos financieros para sustentar líneas de investigación, y ante la necesidad de crear nuevas organizaciones que ayuden a defender mejor los intereses comunes de la profesión a nivel europeo. En todo caso, sí se aprecia que en el futuro los soportes analíticos que sustentan estas estrategias de investigación, probablemente gozarán de cauces de financiación adecuados o, al menos, con dotaciones mayores o tan relevantes como otras líneas de trabajo. En este sentido, es interesante plantear que los estudios sobre procedencia de metales a partir de isótopos de pIorno, desarrollados en el Mediterráneo Oriental por investigadores de la Universidad de Oxford (Gale y Stos-Gale, 1982), han gozado de una especial financiación en los últimos años por parte del «Science and Engineering Research Council», que si bien resulta lógico por su carácter innovador, priorizado por dicha comisión, y los aparentemente espectaculares resultados obtenidos, no conviene olvidar que ha sido el segundo programa de investigación arqueológica mejor financiado en los últimos años en el Reino Unido, detrás de la Unidad de Espectroscopía de Masas de Aceleración (A.M.S.) del «Research Laboratory for Archaeology» en Oxford. LOS ORÍGENES DE LOS SISTEMAS MUNDIALES ANTIGUOS Y SU PRECURSOR: VERE GORDON CHILDE El antecedente más obvio de la presencia de Sistemas Mundiales desde el Calcolítico en Egipto, Mesopotamia y la 1 ndia es la obra de v.G. Childe. Un repaso a sus trabajos más representativos resulta clarificador, y pone en evidencia que buena parte de las nuevas propuestas siguen sus pasos, ahora con un soporte analítico cada vez más adecuado, aunque cuantitativamente con datos aún insuficientes, Su criterio determinante es que «la completa autosuficiencia económica tal vez no se ha logrado en ninguna parte», pero además sucedía que «a pesar de su abundancia de alimentos, los valles de aluvión son extraordinariamente pobres en otras materias primas fundamentales», caso de la piedra, la madera, el sílex, las rocas pulimentadas, el cobre, etc. Partiendo de esta necesaria premisa, «los habitantes de Egipto, Sumer y la cuenca del Indo se vieron obligados a organizar algún sistema regular de comercio o de trueque, para asegurarse el abastecimiento de materias primas esenciales. La fertilidad de las tierras dió a sus habitantes los medios de satisfacer su necesidad de importaciones». Este «intercambio se hizo más estrecho que nunca en el momento de ocurrir la revolución (urbana), o inmediatamente después de ella». Pronto «El excedente (... ) también debió servir para sostener un cuerpo de comerciantes (oo.) soldados para proteger (oo.) los convoyes (oo.) los escribas para llevar registro de las transacciones cada vez más numerosas y complicadas y los funcionarios del Estado para conciliar los intereses en conflicto» (Childe, 1954: 118, 189-190,224). «El tráfico regular establecido sobre estas bases entre los mercados urbanos y las minas, o canteras, o bosques, proporcionó el mecanismo para la distribución de materias primas a las regiones intermedias, demasiado pobres para mantener por sí solas un comercio regular». «Al mismo tiempo, el tráfico regular con (los) centros urbanos debió promover una aproximación a la organización civilizada en las regiones productoras de materias primas, y en las intermedias por donde pasaba la vía comercial. El representante de la comunidad local (.oo) debió encontrarse controlando un superavit de riquezas que ya no dependía (.oo) de los dones habituales de los miembros de la comunidad. De esta forma ohtuvo una cierta independencia económica ». De tal forma que «hacia el 2500 a.e. tenemos pruebas concretas de una red comercial que enlazaba todo el área desde el Tigris alIndo y al Oxus, y que se extendía al Eufrates y hasta el Nilo» (Childe, 1986: 203, 291), creándose «una relación continua, que comprendía el intercambio de mercancías, ideas y artesanos» (Childe, 1954: 225). Consecuentemente, «la revolución urbana (oO.) en los valles del Nilo, del Tigris y del Eufrates. y del Indo» acabó «creando en el terreno económico la primera acumulación de capital necesario», De tal forma que el «establecimiento en el Egeo de una economía de la Edad del Bronce se produjo, de hecho, gracias al capital oriental (oo.) debido a la acumulación de las reservas esenciales y al descubrimiento y perfeccionamiento de nuevas técnicas y métodos en respuesta a una demanda de los mercados orientales». Pronto «las comunidades del primitivo Egeo eran ya lo bastante ricas como para ser centros secundarios de demanda, así como mercados para los productos de la Europa bárbara». «Andando el tiempo, también Europa contribuiría a satisfacer la demanda oriental a base de materias primas y de artículos de lujo, de forma que las sociedades neolíticas europeas pudieron beneficiarse de una industria cuyo establecimiento había sido posible gracias a los mercados egipcio y mesopotámico» (Childe, 1978: 94, 123, 128). Parte de estas premisas de Childe acabarán por ser retomadas por investigadores como Ce. Lamberg-Karlovsky y M. Tosi (1973) o P. Kohl (1978), que resaltarán el papel intermediario de la llanura iraní y del Asia Central, respecto a Mesopotamia y el valle del Indo. En todo caso, la base determinante de este tipo de aproximaciones, y de ahí la actualidad de las propuestas de Childe, es su intento de aportar análisis globales de los procesos históricos objeto de estudio, rompiendo la compartimentación que los distintos conjuntos artefactuales regionales y nacionales van creando con el incremento de la información disponible, y que consolida la multiplicidad lingüística, de tal forma que en la actualidad atenaza seriamente a la investigación arqueológica al contreñirse la gran mayoría de los estudios, incluso de síntesis, como mucho a un análisis regional de una fase temporal concreta. La importancia de los procesos de circulación en la economía capitalista es desarrollada por K. Marx (1959) en los libros 11 y 111 de El Capital; se refleja en el debate presente en la correspondencia entre F. Engels y K. Kautsky en la primera mitad de los años HO del siglo XIX, y tiene su continuidad en la obra de Lenin (1960). quien al igual que Marx hace particular énfasis en la importancia del capital financiero como instrumento de sometimiento de la independencia política de los países al entonces dominante capitalismo británico. Un nuevo desarrollo sobre la expansión del capitalismo es ofrecido por R. Luxemburg (1967) en su polémica con O. Bauer. Luxemburg se inclina por buscar en la necesidad de nuevos mercados el fenómeno estimulador del capitalismo imperialista, mientras que para Bauer la razón habría que encontrarla en la necesidad de reclutar nueva fuerza de trabajo de la cual extraer plusvalías, argumento rechazado por Luxemburg ya que entonces se seguía produciendo un permanente éxodo migratorio de mano de obra proletaria sobrante desde los países capitalistas hacia las colonias o nuevos estados independientes americanos. El estudio de esta problemática recibió en los años sesenta la denominación de Teoría de la Dependencia al incentivarse estos análisis, tras la descolonización progresiva después de la 11 Guerra Mundial, orientados a estudiar los procesos de desarrollo en la periferia, actual Tercer Mundo, del sistema capitalista. Tras el precursor trabajo de P. Baran (1959), se desencadenará una polémica (Sweezy el alii, 1977) entre M. Dobb y P. Sweezy acerca del elemento determinante para la transición al capitalismo, al defender este último que fue la ampliación de los mercados hacia Africa, Asia y América el elemento determinante en la transformación de las relaciones de producción, frente a la tesis clásica con los enfoques materialistas de Dobb, partidario de una expansión mundial a posterior; de la transformación de dichas relaciones en Europa. retomando parte de la vieja discusión. T. P., 52, n. o 2, 1995 Alrredo Mederos Martín El papel desempeñado por la periferia, y su subdesarrollo generado por la presencia de un intercambio desigual de materias primas a camhio de productos manufacturados como elemento fundamental en el desarrollo de la acumulación del capital en Europa Occidental y posteriormente en los Estados Unidos, ha sido la tesis defendida por A.G. Frank (1973Frank (, 1979) Y S. Amin (1974). destacando la labor realizada por A. Emmanuel (1973) para individualizar las características que definen el intercambio desigual. En esta línea, la obra que ha gozado de una mayor repercusión ha sido la tesis defendida por 1. Wallerstein 1979), particularmente en su primer volumen, partidario de la existencia de un Sistema Mundial desde el siglo XVI d.C. En su trabajo se aprecia la huella de uno de los miembros de la escuela de los «Annales», F. Braudel (1994), particularmente la incorporación de sus nociones de la economía-mundo mediterránea y de los ciclos de larga y corta duración. Un dato significativo es que Wallerstein (1988: 30) pone su énfasis en que el Sistema Mundial capitalista no se ha expansionado en búsqueda de nuevos mercados, ya que las áreas externas al sistema en general carecían básicamente de capacidad adquisitiva para comprar productos manufacturados, y en parte, porque no les hacían falta, planteando que el fin último de esta expansión ha sido la búsqueda de mano de obra a bajo coste que redujera los costes de producción y contribuyese, además, a no incrementar los salarios de los trabajadores europeos. Wallerstein mantiene en su planteamiento los enfoques del sustantivismo primitivista o marginalista de la antropología económica, que considera inaplicables al pasado las categorías elaboradas para economías de sistemas capitalistas con mercado. Para ello se adhiere a las tesis neoricardianas propugnadas por K. Polanyi (Polanyi el alii, 1976: 289-316), seguidas por G. Dalton (1976), que distinguen economías organizadas bajo la reciprocidad y el parentesco, otras articuladas bajo la redistribución por la élite gobernante y, finalmente, aquéllas en las que el mercado funciona como el elemento determinante de la economía. Esta tesis, por lo tanto, rechaza los planteamientos formalistas que consideran aplicables a las sociedades pretéritas categorías propias de la economía capitalista como la competición por el beneficio, el valor, el precio o la acumulación propugnadas entre Schneider (1957). Sin embargo, este «rígido» marco temporal ceñido al capitalismo moderno fue pronto matizado, cuando J. Schneider (1977: 25) se planteó si «¿Había un Sistema Mundial Pre-capitalista?». En dicho trabajo defendió su presencia desde el Calcolítico mesopotámico a partir del intercambio desigual de un centro exportador de manufacturas, particularmente tejidos, y acumuladora de metales preciosos recibidos como pago de las áreas periféricas, a veces junto con esclavos. No obstante, Wallerstein (1991: 192) continúa rechazando retrotraer su Sistema Mundial, admitiendo como mucho el límite del 1450 de. El Symposio celebrado en Copenhagen (1977) sobre «Empires in the Ancient World» (Larsen, 1979) ejemplificó en un artículo del asiriologo M.T. Larsen las posibilidades inherentes al modelo de Wallerstein para el ámbito mesopotámico, mientras K. Ekholm y J. Friedman (1979) propusieron ya entonces la presencia de unos Sistemas Mundiales Antiguos. Esta línea de trabajo continuó en la conferencia de Aarhus, Dinamarca (1980) sobre «Relations between the Near East, the Mediterranean World and Europe. 3rd to 1st millenium a.c.», sin embargo no será publicada hasta siete años después (Rowlands el alii, 1987). Pese a la creciente bibliografía, a nivel práctico las propuestas concretas no abundan, destacando para el Nuevo Mundo las de R. Pailes y J. Whitecotton (1979) y R. Banton y G. Feinman (1984) que comienzan a proponer la presencia de un Sistema Mundial en Mesoamérica, aún por desarrollar. En el caso del Viejo Mundo, P. Kohl (1989) hace lo propio para Mesopotamia, Asia Central y la Meseta Iraní, y C. Edens (1992) lo interconecta con el Golfo de Arabia y Golfo de Omán, apuntando sus relaciones, aún por exponer en detalle, con el Valle del Indo, siendo el primer investigador que aporta datos cuantitativos para determinar el volumen de intercambios, y las fluctuaciones que estos presentan. En este sentido, las aproximaciones a los Sistemas Mundiales a partir de la Edad del Hierro, ya se habían producido previamente desde el trabajo de S. Frankestein y M. Rowlands (197R) para el sur de Alemania, e in extenso en monografías de investigadores especialistas en tal fase temporal, caso de P. Brun (1987), 850-450 aC. o B. Cunliffe (1988),530 BC-IO BC/43 AD. Un C11foque particular está presente en K. Randsborg (1991,1992), quien dado el papel relativamente marginal de Dinamarca respecto al proceso histórico que se desarrolla en el Mediterráneo, propone una línea de continuidad entre las poblaciones del Norte de Europa desde la Edad del Bronce, Hierro (c. 400 AC) hasta el Imperio Carolingio, como cierto sustrato de la actual Europa comunitaria. Un dato interesante de los estudios sobre los Sistemas Mundiales es que se trata de un enfoque definido inicialmente por sociólogos, con formación histórica y antropológica, Frank, Wallerstein y Friedman, que ha sido retomado a nivel práctico por investigadores próximos a algunas de las mayores bibliotecas arqueológicas actualmente disponibles, Harvard (Lamberg-Karlovsky, Kohl, Edens) y Oxford (Cunliffe, los Sherratt), quienes disponen de suficientes recursos bibliográficos para remitirse a los trabajos originales de áreas geográficas muy dispersas, desde la Península Ibérica hasta la India, lo que obviamente no está al alcance de muchos investigadores. Sin embargo, se trata de estrategias diferenciadas de análisis. El interés de sociólogos como Frank o Gills es prioritariamente obtener en el pasado respuestas que expliquen las características que definen al actual sistema capitalista. Por tal circunstancia, es importante definir la presencia incluso en el pasado de un único Sistema Mundial Antiguo en el cual se suceden ciclos económicos de crecimiento seguidos de otros de estancamiento, que tienen su reflejo igualmente en la construcción y posterior decadencia de centros políticos hegemónicos. Además, en esta ambiciosa propuesta, se trata de proponer una lectura renovada del materialismo histórico (Gills y Frank, 1990: 31) en la cual, frente a la tradicional transición de sucesivos Modos de Producción, se propone desarrollar ahora un estudio de transiciones entre cuatro Modos de Acumulación de excedentes, estatal, privada, dominante estataL y dominante privada. en la cual juega un papel prioritario la progresión desde la acumulación primitiva de excedentes iniciada en la Prehistoria Reciente hasta la actual acumulación masiva de capital en pocas personas de un número reducido de países del actual centro. Por el contrario, prehistoriadores como Kohl (1987: 16,23) han defendido la presencia de una serie de Sistemas Mundiales que interactuaban entre sí, pero con un elevado grado de independencia, lo que creemos se ajusta mejor al actual registro arqueológico disponible. De esta manera, se interpretaría más coherentemente la articulación entre subsistemas que parecen tener un notable grado de autonomía, como el Egeo, Egipto, Levante, Mesopotamia, Golfo Arábigo-Golfo de Omán, Turkestán Occidental o Valle del Indo entre otros, hipótesis de trabajo a la qutf parece que también va inclinándose progresivamente Frank (1993: 387, 425) cuando ahora habla de un Sistema Mundial Central dentro de los Sistemas Mundiales Antiguos. En segundo lugar, se trata de una alternativa interesante para orientalistas familiarizados con los textos escritos del Próximo Oriente (Larsen, 1979; Liverani, 1987), ya que dichas fuentes aportan un volumen de información sobre intercambios y presencia de relaciones diplomáticas entre países que nunca podremos encontrar en una magnitud similar a nivel arqueológico, siendo particularmente importantes en lo referente a intercambios de productos orgánicos, cereales, tejidos..., muy difícilmente contrastables por el arqueólogo. En tercer lugar, ha sido utilizado por Randsborg, quizás sin una amplia formación académica clásica o en la Prehistoria mediterránea, como una alternativa para insertar algunas prehistorias nacionales que resultan periféricas a las pautas marcadas por el Mediterráneo europeo, tratando de salvar los desfases cronológicos que suponen la tardía aparición de las distintas etapas de la metalurgia del cobre, bronce y hierro, y de liberarse de la tradicional dependencia de la secuencia de O. Montelius por las aún escasas dataciones radiocarbónicas disponibles, a veces desde un enfoque actualista discutible que extiende el desarrollo de su Prehistoria, Bronce I-V y Hierro, hasta la disolución del Imperio Romano, con tentaciones de que culminaría en la creación del Imperio de Cario magno, a modo de sustrato de la actual Europa comunitaria. T. P., 52, n.o 2, 1995 Alfredo Mederos Martín Sin embargo. este enfoque actualista de buscar explicaciones contemporáneas en la Prehistoria europea, tiene el inconveniente de que el Imperio Carolingio apenas sobrepasó hacia el norte el límite de Hamburgo. con lo que en la práctica no afectó a Dinamarca ni al resto de los países escandinavos. y realmente lo que hace inconscientemente es abrir caminos a algunos defensores del pangermanismo, «atentando» paralelamente contra algunos principios aparentemente esenciales de la identidad europea, Grecia como cuna de la Democracia o el Imperio Romano como máxima extensión de los principios clásicos occidentales, y hablando más en serio, simplifica en ocasiones la interrelación entre la Edad del Bronce y del Hierro italiana y griega con buena parte de las de centroeuropa, y obviamente, de las propias de Escandinavia [URL]., Harding, 1984; Bouzek, 1985). LOS RIESGOS DE LOS ENFOQUES CIRCULACIONISTAS Entre los problemas que subyacen en esta estrategia de investigación, podríamos reseñar varios de los más relevantes: En principio, al enfatizar los procesos de acumulación generados por el comercio de bienes de difícil acceso entre las élites, se minusvalora que la fuente básica de obtención de excedentes sigue proveniendo del campesinado a través de tributos o impuestos, la cual permite su manutención y les posibilita disponer de tales productos para ser intercambiados. Por otra parte, aunque las élites suelen ser las que detentan finalmente su propiedad o disfrute, no son quienes elaboran los productos manufacturados u obtienen las materias primas que se intercambian, o quienes transportan y comercian con dichos productos en contextos foráneos. En segundo lugar, se tiende a conceder a las élites el papel de «gestor» en la toma de decisiones que posibilitan tal tipo de intercambios. Como interesadas en obtener determinados productos para detentar públicamente su estatus social, planificarían la elaboración de determinados productos manufacturados por artesanos a tiempo parcial o completo, establecerían relaciones diplomáticas con sus iguales de otras unidades políticas, organizarían expediciones comerciales o militares orientadas a la obtención Este punto de vista resulta muy grato a los enfoques funcionalistas ya que pone su énfasis en la competición por el estatus social entre las élites, y concretamente entre individuos particulares, como el elemento básico que conduce el proceso histórico, ya que a través de la toma de decisiones personales, el deseo de obtener mayores riquezas o prestigio personal, se crean redes de intercambio, circulan productos, artesanos, esclavos especialistas o información, se desencadenan guerras, o se firman tratados diplomáticos. Consecuentemente, cuando ese énfasis en la competición por el prestigio cesa, o se produce por causas exogénas la ruptura de los canales comerciales creados, léase invasiones p.ej., dichas élites se debilitan y tiende a producirse el colapso de las unidades políticas que dirigen. En todo caso, tal como plantean Ekholm y Friedman (1979: 48), uno de los elementos esenciales de los Sistemas Mundiales es que, al tratarse de una producción dirigida y restringida a su consumo por las élites dirigentes, las únicas posibilidades de expansión del mercado son el comercio a larga distancia que incorpora nuevos efectivos de las élites locales. Sin embargo, conviene hacer la matización que probablemente algunos productos tuvieron un consumo más ámplio, caso del cobre o los productos textiles, p.ej., tal como hacen presuponer los volúmenes cuantificables documentados en determinadas fuentes escritas, y ambos tipos de comercio interactúan dentro de los Sistemas Mundiales. Al llegar a este punto, hemos de preguntarnos finalmente, ¿vale la pena desarrollar este tipo de enfoques circulacionistas? Desde nuestro punto de vista creemos que sí, pese a los problemas que subyacen en esta estrategia de investigación, tal como hemos planteado. Dado que partimos de la desventaja de que en periodos como la Prehistoria Reciente de la Península Ibérica nos encontramos ante poblaciones que desconocían la escritura, creemos que resulta una falacia hacer depender de por vida las estrategias de investigación orientadas a estudiar sociedades desiguales exclusivamente de argume ntar la posible presencia de unos presuntos impuestos o tributos, modos de propiedad o tenencia de la tierra determinados, etc, que nunca podrán demostrarse adecuadamente a falta de textos escritos, salvo bajo el consabido argumento de la hipótesis de trabajo. El análisis de los Sistemas Mundiales Antiguas, por el contrario, puede abrir una vía más empírica de aproximarnos a la posible presencia de relaciqnes de dependencia económica entre dos territorios más o menos distantes, por la presencia de relaciones de intercambio desiguales. Para ello, el primer paso debería ser comenzar analizando los sistemas de comercio a escala comarcal, regional, nacional y supranacional que vayan aportando información positiva o negativa sobre los productos, cantidad y procedencia de las materias primas o artefactos objeto de tal tráfico, y que aporten nuevos elementos de discusión para ver si realmente será necesario o no modificar el actual paradigma peninsular rígidamente autoctonista, aislacionista y autosuficiente. La presencia de Sistemas Mundiales, si existieron, y concretamente, si la Península Ibérica estuvo integrada en alguno, surgirá como consecuencia de la información empírica acumulada sobre las redes de comercio y el carácter de las mismas, pero creemos que ha de dejarse una puerta abierta a la posibilidad de trabajar en el futuro, a modo de hipótesis de trabajo, sobre la presencia de un Sistema Mundial durante uno o varios periodos de nuestra Prehistoria Reciente. Si no asumimos la presencia de un único Sistema Mundial Antiguo, surge una visión más compleja, pero quizás más realista, que no depende simplemente de cuándo y cómo se produjo la integración dentro del Sistema Mundial único. Resulta obvio que se trata de una estrategia arriesgada, pero aún así puede ser también prometedora. Un ejemplo claro es el periodo Bronce Final en las regiones meridionales de la Península Italiana, y particularmente Cerdeña, cuya visión en esta última década ha cambiado radicalmente (Vagnetti, 1993), frente a la noción estática previamente vigente. En cierta medida, la actual presunción de la necesidad de esperar hasta el periodo de las colonizaciones fenicia y griega en el litoral mediterráneo y atlántico de la Península Ibérica para la integración ibérica en las redes de comercio mediterráneas, donde las poblaciones indígenas representan el papel de receptores pasivos tk los productos fabricados en regiones centraks como la costa siria-palestina. tamhién implica asumir un enfoque conservador dc partida. Pero además. el estudio de los Sistemas Mundiales Antiguos aporta otras nociones implícitas. pero fundamentales. Es el análisis de los procesos históricos desde una perpectiva a largo plazo en el tiempo. pero también. a gran escala en el espacio. Puede resultar en ocasiones una minusvaloración de las variaciones locales o regionales. pero por el contrario. intenta siempre superar las actuales barreras provinciales. regionales y nacionales. Esa permanente creación de fronteras políticas de estudio donde en su momento no existieron, como entre Almería y Murcia, Tarragona y Zaragoza, Gerona y Rosellón, Pontevedra y Minho o Alentejo y Extremadura, por citar algunas. Pero también Córcega y Cerdeña, Malta y Sicilia o Epiro y Albania, por reseñar otras fuera de nuestras fronteras. Es en suma, preguntarnos si pueden llegar a existir crisis macroregionales, porque hay simultáneamente desarrollos regionales en unas áreas y crisis en otros territorios vecinos anteriormente pujantes, e incluso, si ciertas áreas pueden llegar a expandirse económicamente a expensas de otras dependientes comercial o políticamente. Queremos agradecer los comentarios al texto de R.J. Harrison, y de dos evaluadores del Comité de Redacción de T.P. que revisaron el primer y segundo manuscrito.
La aplicación del análisis químico orgánico a muestras arqueológicas es una técnica de desarrollo reciente. El estudio de la fracción lipídica (eso es, la fracción de materia extraíble mediante disolventes orgánicos) de restos sedimentarios en yacimientos permite recuperar una información inaccesible a otras técnicas de identificación aplicadas a la Arqueología. Este artículo describe de forma comparativa la fracción aromática del sedimento en el interior y en el exterior de un área de cQmbustión en un yacimiento paleolítico previamente excavado. Asimismo, presenta el análisis de indicadores químicos pirogénicos con una técnica de gran potencial para la identificación de áreas de combustión en yacimientos donde éstos no están claramente definidos (simples manchas sin carbones, agrupación de piedras sin evidencias externas de termo alteración, etc.), siempre comparándo-(") Los análisis químicos aplicados a la arqueología se han utilizado desde antiguo. Los primeros análisis químicos estudiaban sólo la materia inorgánica. El objeto de estudio eran los elementos arqueológicos en sí, cerámica, útiles de piedra, utensilios metálicos, etc., con el fin de conocer tanto su origen como su composición. Es posteriormente cuando se empiezan a realizar análisis químicos de la materia orgánica, tanto de los objetos (madera, hueso, etc.) como de los sedimentos arqueológicos. El estudio de los ácidos grasos de sedimentos arqueológicos se inicia con los trabajos de Rottlander (1976,1986,1990) quien identificó los restos de un caballo en el yacimiento de la Caune de l'Arago en Tautavel de una antigüedad entre 230000-500000 años -demostrando la perduración de la materia orgánica en sedimentos arqueológicos -, así como los restos de un elefante en el yacimiento pleistocénico de Stuttgart-Bad Cannstatter. La técnica que utilizaba se basaba en el estudio de los ácidos grasos de sedimentos mediante cromatografía de gases. Un salto cualitativo lo tenemos con los trabajos de March (1989March (, 1991) ) sobre ácidos grasos contenidos en sedimentos de estructuras de combustión arqueológicas de los yacimientos argentinos de Túnel 1, Tomayoc 1, etc. La técnica empleada es cada vez más sofisticada: cromatografía de gases acoplada a un espectómetro de masas. El objetivo de sus trabajos es conocer el combustible empleado en los fogones y la duración de los mismos. Los datos que obtenemos mediante el análisis químico de la fracción lipídica de los sedimentos arqueológicos aumentan y completan la información obtenida mediante otros tipos de análisis como la micromorfología de suelos, antracología, etc. El análisis de la fracción lipídica aromática nos revela si el sedimento arqueológico ha sufrido alguna termoalteración, sobre todo en yacimientos donde no aparezca claramente la asociación de elementos que conforman un área de combustión (cenizas, carbones, etc.). EL YACIMIENTO DE MEDIONA 1: MARCO GEOGRÁFICO Y GEOLÓGICO Las muestras analizadas en este trabajo proceden de un área de combustión, previamente Barcelona), dentro del marco del proyecto «El poblamiento prehistórico en la cuenca del Mediona» (Estévez et alii, 1990, 1991, 1993). El área de combustión ha sido estudiado mediante análisis de micromorfología de suelos (Taulé, 1994), y análisis antracológico (Piqué, 1992), de esta manera podremos comprobar la potencialidad de la técnica para su posterior aplicación a otros yacimientos sin posibilidad de este tipo de análisis. El yacimiento de Mediona 1 se encuentra en la zona de contacto entre el Macizo de GaÜl y la Depresión del Penedes, en el valle del río Riudevitlles (Fig. 1). El Macizo de Gaia forma parte de la Cordillera Pre-litoral de Catalunya; por otro lado, la Depresión del Penedes forma parte de un gran paso natural de orientación NE-SO. Su situación sobre la falla que separa el Macizo de Gaia de la Fosa del Penedes provoca la surgencia de numerosas fuentes. Estas aguas presentan un alto contenido calcáreo que, al aflorar, ha ido produciendo formaciones travertínicas. Los travertinos han dejado registro de la existencia de una superposición de dos sistemas, con _ _ s_~I).dos pequeños lagos, en el Cuaternario reciente. El yacimiento se ubica en la zona norte de travertinos, en la ladera derecha del valle del río Mediona. Se extiende sobre una terraza de culti-Lám. Ha proporcionado una serie de niveles arqueológicos que han sido excavados en sucesivas campañas entre los años 1987 y 1994 por arqueólogos de la Universitat Autonoma de Barcelona y del Instituto Arqueológico Alemán, y con la colaboración del CSIC. Mediante el estudio de los registros lítico y faunístico, se ha situado el yacimiento en la tradición del Paleolítico Medio en Catalunya, lo cual se ha visto corroborado por algunas dataciones absolutas. Durante la campaña de 1989 se excavó el área de combustión siguiendo la metodología desarrollada por G. Wúnsch (1991). Se hallaba ubicado en las cuadrículas }-33 y K-33. Previa delimitación, la excavación en corte sagital permitió descubrir que se trataba de un hogar en cubeta (Lám. En su parte superior aparecía una capa amarillenta de 1 ó 2 cm de ancho, aparentemente termoalterada. El cuerpo del hogar se situaba en el nivel arqueológico RO, y lo constituía un sedimento gris alterado, con piedras negruzcas y algunos carbones determinables. Su base ya pertenecía al siguiente nivel (ROl), era de textura más compacta y presentaba una tonalidad rojiza, con manchas amarillas (Fig. 2). MÉTODO EXPERIMENTAL Toma de muestras La recogida de muestras para análisis químico debe realizarse con el mínimo contacto posible con materiales u objetos que puedan contener sustancias orgánicas. Los objetos metálicos utilizados han de lavarse previamente con disolventes orgánicos (acetona, diclorometano,... ). Hay que evitar cualquier tipo de etiquetaje y sigla en contacto con el material a estudiar, T. P., 52, n.o 2, 1995 Joan Miquel Lozano, Rafel Simó, Joan O. Grimalt, Jordi Estévez Lám. JI: Sección del área de combustión en cubeta (Mediona 1, Barcelona). envolver el sedimento u objeto en papel de aluminio, y etiquetarlo exteriormente para que no pueda contaminarse la muestra. La cantidad mínima de sedimento necesaria para el análisis debe ser entre 25-50 gr, aunque es recomendable recoger, siempre que sea posible, unos 100 gr por si hay que realizar más de un análisis. El tiempo aproximado del proceso de análisis de las muestras de sedimento (de 3 a 5 muestras) dura sobre 4 ó 5 días, dependiendo de la disponibilidad material del laboratorio. Económicamente, hay que tener en cuenta que si bien el material fungible empleado en los análisis no representa un alto coste, el instrumental analítico necesario sólo se encuentra en departamentos de investigación altamente especializados por su alto coste de inversión y mantenimiento. Debido a los pocos químicos con capacitación arqueológica y viceversa, nos encontramos ante T. P.. 1995 la necesidad de formar una especialidad interdisciplinar que combine los conocimientos de las dos ciencias: química orgánica y arqueología. El sedimento del área de combustión de Mediana 1 se recogió en su mayor parte, separando las muestras según la diferencia cromática del sedimento. Se tomaron 5 muestras para el análisis de HAP (Hidrocarburos Aromáticos Policíclicos): -FOGIS -capa termoalterada en la superficie. -FOG2E -sedimento de la mitad este del interior. -FOG3W -sedimento de la mitad oeste del interior. Color rojizo con manchas amarillas. -SETl -sedimento del nivel geológico RO, no termoalterado (cuadrícula L-33). Situación del área de combustión en el yacimiento de Mediana 1 (. área de combustión, • muestra sedimento exterior). Descripción gráfica del área de combustión: 1. DESCRIPCIÓN DEL PROCEDIMIENTO ANALÍTICO Extracción y fraccionamiento Muestras de SO gr de sedimento se extrajeron en un aparato Soxhlet, durante 24 h, con una mezcla de diclorometano y metanol2:1 (v:v). La solución resultante se concentró por rotavaporación hasta un volumen de 2 mI, al que se añadieron 3S mI de KOH al 6 % en metanol. Después de unas lS h de hidrólisis, se extrajo la fracción neutra con n-hexano (3x30 mI), y de nuevo se concentró hasta un volumen de O.S mI. Los distintos grupos de lípidos neutros fueron separados mediante cromatografía de adsorción en una columna rellena con 8 gr de sílica (arriba) y 8 gr de alúmina (abajo), ambas desactivadas al S % con agua. Siguiendo procedimientos previamen-te optimizados (Simó et alii., 1991a), se recogieron tres fracciones eluyendo con disolventes de polaridad creciente: F1, 20 mI de hexano (hidrocarburos alifáticos); F2, 40 mI de diclorometano al SO % en hexano (hidrocarburos aromáticos); F3, 40 mI de metanol al 20 % en diclorometano (lípidos polares). Cada una de las fracciones se concentró, primero al vacío y posteriormente con una corriente suave de nitrógeno, hasta llegar casi a sequedad. La determinación cualitativa y cuantitativa de la fracción aromática (F2) se llevó a cabo mediante cromatografía de gases con columna capilar (CG) acoplada a espectrometría de masas (EM), en un sistema Fisons MD800. La columna era una DB-S (metilsiliconas) de 30 m x 0.25 mm, con helio como gas portador y una T. P., 52, n.o 2, 1995 programación de temperatura entre 60 y 300°C. Temperaturas del EM: fuente de iones, 200°C; línea de transferencia, 300°C. Los datos de HAP se adquirieron mediante Impacto Electrónico (70 e V) con Registro Selectivo de Iones, de acuerdo con un programa puesto a punto en trabajos anteriores (Simó el alii, 1991b )(Fig. 3). T. P., 52, n.o 2, 1995 combustión como la que tiene lugar en un área de combustión doméstica o en un fuego al aire libre, lejos de las condiciones ideales, suele producir también un residuo sólido carbonáceo (hollín) y una gran variedad de moléculas orgánicas. El hollín es un material polimérico aromatizado que se forma a partir de radicales pequeños producidos durante la combustión (Miller y Fisk, 1987). Polimerizaciones incompletas en condiciones deficientes de oxígeno conducen a la formación, junto con el hollín, de hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), los cuales constituyen una familia de contaminantes ampliamente difundidos en el medio ambiente. Además, independientemente de su concentración, los HAP constituyen excelentes indicadores de residuos de combustión en mues- Ello es debido, por una parte, a que, a pesar de ser también constituyentes de combustibles fósiles crudos, ciertas distribuciones relativas de HAP tienen un origen unívocamente pirogénico. Por otra parte, son compuestos bastante persistentes en el medio, y esa resistencia a la degradación se ve aumentada al quedar adsorbidos sobre la superficie del hollín. Un ejemplo reciente de la aplicación de los HAP como indicadores de combustión en paleoambientes lo constituye un estudio de la transición geológica Cretacio/Terciario en el que, por medio de la distribución de los HAP, se sugirió que un episodio generalizado de fuegos forestales arrasó la superficie terrestre tras el impacto de un meteorito (Ven ka tesan y Dahl, 1989). La figura 4 muestra las distribuciones de los HAP determinados en los extractos de Mediona 1 (sus concentraciones se indican en la Tabla 1). En todas ellas los componentes mayoritarios son los de 3-4 anillos aromáticos (del dibenzotiofeno, DBT, al pireno, Py), siendo máximos los derivados me tila dos y en especial los dimetilfenantrenos (C 2 -Ph). El predominio de los derivados metiiados de fenantreno y dibenzotiofeno sobre sus homólogos no metilados es una característica de los petróleos y bitúmenes, y se ha observado en suelos con nulo impacto antropogénico (Venkatesan y Dahl, 1989). Una combustión a temperatura moderada provoca un incremento de los derivados no metilados, llegando éstos a dominar netamente sobre los metilados en residuos de pirólisis a alta temperatura. En este sentido, los porcentajes de derivados metilados sobre el total de HAP en el sedimento del yacimiento (Tabla 1) son claramente inferiores en el interior del área de combustión con respecto a las restantes muestras, lo que indica una probable presencia de residuos de combustión. En lo que se refiere, en concreto, a la serie del fenantreno, en la muestra exterior al área de combustión la relación fenantreno/(fenantreno + metil-+ dimetilfenantrenos) es claramente favorable a los derivados metilados (0.07), yeso mismo se observa en la base del área de combustión (0.07). En cambio, en el interior y la superficie del área de combustión dicha relación aumenta significativamente (0.15-0.25), lo que de nuevo es coherente con la presencia de residuos pirolizados. Otra diferencia destacable entre el interior del área de combustión y las restantes muestras son las concentraciones relativas mucho mayores tanto de compuestos pericondensados (pireno, benzopirenos, benzo[g,h,i]perileno, coroneno) como de estructuras con un anillo alicíclico de 5 átomos de carbono (f1uoranteno, benzo-f1uorantenos). Su presencia da una nueva evidencia de la combustión de materia orgánica, puesto que dichos compuestos son poco frecuentes en petróleos y en cambio han sido hallados en pirolizados de madera, carbón, gasolina y gasoil (Li y Kamens, 1993). Así, si consideramos como un solo grupo a los componentes pirogénicos de mayor peso molecular (eso es: benzo[ a ]antraceno, criseno+ trifenileno, benzofluoranteno, benzo[ a ]pireno, indeno [1,2,3-cd]pireno, benzo[g,h,i]perileno y coroneno), el porcentaje de dicho grupo con respecto al total de HAP es significativamente superior en el interior del hogar (ver Tabla 1). A nivel cuantitativo, la muestra exterior al área de combustión es la que presenta una concentración menor del total de HAP, lo que parece indicar que se trata del nivel de fondo, o blanco, del yacimiento. En el interior y la base del área de combustión, las concentraciones son significativamente mayores, a la vez que el contenido máximo se observa en la superficie. Debe notarse, no obstante, que la muestra de la superficie (FOG1S) se encuentra muy enriquecida en componentes volátiles con respecto a las del interior del área de combustión e incluso con respecto a la muestra exterior (ver porcentajes en la Tabla 1). De hecho, FOG1S correspondía a una capa delgada de sedimento que presentaba coloración y textura distintas de las del resto de sedimento excavado, y que precedía inmediatamente al relleno de la cubeta del área de combustión. El enriquecimiento en componentes volátiles podría haberse producido por adsorción de éstos al cubrir con tierra el área de combustión humeante. Los HAP de hasta 4 anillos aromáticos se encuentran, en contacto con el aire a temperatura ambiente, preferentemente en la fase gas, por lo que en su mayoría escapan fácilmente a la acumulación de cenizas, forman parte del humo y se dispersan en el aire, a menos que encuentren superficies sólidas donde condensar. En la combustión de madera, estos componentes volátiles o semivolátiles constituyen cuantitativamente la mayor parte del total de los HAP producidos (Ramdahl, 1985), de ahí que no es de extrañar que FOG1S presente las concentraciones más elevadas del área de combustión. El reteno (1-metil-7 -isopropilfenantreno) es un HAP alquil-substituido que resulta de la deshidrogenación del ácido abiético, un diterpenoide muy abundante en resinas de árboles, principalmente de coníferas en climas templados. El proceso de deshidrogenación puede tener lugar por diagénesis natural en la acumulación de ácido abiético en el suelo (Simoneit y Mazurek, 1982), pero las proporciones mayores de reteno se producen durante la combustión de biomasa de coníferas en fuegos forestales o domésticos, (Ramdahl,1983). El reten o aparece en todas las muestras del yacimiento (Tabla 1). La concentración mínima corresponde al exterior del hogar, por lo que, como en el caso de los demás HAP, puede considerarse que se trata del nivel de fondo diagenético. La máxima concentración corresponde a la superficie del hogar, por encima del contenido en el interior, de forma parecida a lo qUe sucedía con el total de HAP. Ello se explica por el carácter semivolátil del reteno, y indica un origen común de este componente con los demás HAP ligeros. Por lo que se refiere al contenido relativo, los mayores porcentajes de reten o se observan en el interior del área de combustión. La formación pirolítica de reteno se ve favorecida a bajas temperaturas y con una mala aireación, pudiendo llegar a ser, en estas condiciones, el componente mayoritario (Ramdahl, 1985). El estudio micromorfológico del suelo de una muestra del área de combustión de Mediona I (Taulé, 1992) ha demostrado que éste funcionó en un ambiente reductor, con una temperatura entre 600-800°C, con lo que cabía esperar niveles moderados de reteno como los que se han observado. La distribución del reteno confirma, pues, la utilización del área de combustión como tal, e indica que los antiguos pobladores utilizaron madera de conífera como combustible. De hecho, el estudio antracológico del yacimiento (Piqué, 1992) demuestra la presencia de pino (Pinus halepensis, Pinus silvestris y Pinus sp.) en la zona, contemporánea a la utilización del poblamiento. Las composiciones cualitativas y cuantitativas de HAP en las muestras de Mediona I muestran que, a pesar de existir un nivel de fondo de estos compuestos en el yacimiento, en el interior del área de combustión aparece superpuesta una contribución pirogénica claramente diferenciable, que confirma su utilización para la combustión de materia orgánica, y en concreto de madera. La identificación de reteno en proporciones significativamente altas permite concretar que se utilizó pino como una (aunque quizás no la única) fuente de combustible. Además, la distribución de los HAP en el plano vertical parece confirmar que el hogar fue apagado y abandonado cubriéndolo con tierra. El análisis de HAP en muestras arqueológicas de aspecto termoalterado puede ser de gran utilidad para identificar y/o confirmar procesos de combustión cuando la observación macroscópica no ofrece suficiente información. El presente estudio revela inequívocamente la existencia de un área de combustión y complementa los datos de los otros análisis (antracología, micromorfología de suelos, etc.) referidos al funcionamiento de áreas de combustión prehistóricas. Los trabajos de investigación han sido subvencionados por el Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya, el landesdenkmalamnt de Baden-Wüttemberg, el Instituto Arqueológico Alemán y la empresa Würth.
Se presenta el estudio etnoarqueológico de la obtención con técnicas tradicionales del oro fluvial en el curso del río Sil en Galicia. La aplicación del modelo a la joyería prehistórica del Noroeste de la Penísula Ibérica permite pensar la posibilidad de que toda ella fuese hecha con oro de los placeres fluviales usando una técnica de bateado sencillo con una inversión de tiempo y esfuerzo limitada. En consecuencia el valor de ostentación social de las joyas en las zonas ricas en oro pudo ser menor de lo que tradicionalmente se piensa. Dentro de un programa de investigación etnoarqueológica en Galicia se ha realizado en septiembre de 1994 un estudio sobre las técnicas tradicionales de la recogida del oro del río Sil en la aldea de Pumares, ayuntamiento de O Barco de Valdeorras en el este de la provincia de Ourense (Vázquez y Rodríguez, e.p.). Su finalidad era conocer una actividad sobre la cual sólo existían pocas y genéricas referencias etnográficas (García, 1974; Sánchez, 1983) y a partir de los datos obtenidos elaborar hipótesis de trabajo aplicables a la interpretación de los aspectos económicos y sociales de la joyería prerromana de la región. Aquí se presenta una síntesis de los datos etnográficos, descritos con mayor detalle en la publicación citada (Vázquez y Rodríguez, e.p.), su interpretación y aplicación al conocimiento de diferentes cuestiones relativas al aprovechamiento del oro en las comunidades castreñas de cronología avanzada e incluso a la joyería más antigua de la región. Los datos se recogieron de varios informantes de edad avanzada quienes describieron la práctica de la actividad hace cuarenta años cuando cesó el oficio. El trabajo de explotación de los placeres fluviales estaba en la mayor parte de los casos en manos de mujeres solteras que trabajaban en grupo durante el verano a lo largo de un tramo, de linos setenta kilómetros aproximadamente, del río Sil, desde los alrededores de Quiroga hasta la provincia de León (Fig. 1).. _.. _. La dedicación plena al oficio cesaba en el momento del matrimonio, si bien de un modo ocasional, alguna persona cuando disponía de un momento libre en las tareas domésticas o campesinas propias de una casada, cogía la batea y bajaba al río inmediato a la aldea donde trabajaba un rato. El oficio se practicaba en el pueblo al menos desde el siglo pasado. En el diccionario de Madoz (1845) se cita como una de sus industrias el trabajo en el río para el aprovechamiento del oro. Otros autores señalan la presencia de «aureanas» en amplias zonas del Sil (Becerro de Bengoa, 1833) y en otros ríos de Galicia. Su labor consistía en el aprovechamiento del oro, contenido en el sedimento, que las crecidas del río Sil dejaba sobre sus orillas. Aquél se cogía con una azada de cortas dimensiones, en pequeñas cantidades que se introducían en un cuenco de madera de castaño con la forma aproximada de cono, de un diámetro máximo de cincuenta centímetros. Sumergido en el agua y en la superficie alternativamente se le imprimía, con ambas manos, una serie de movimientos circulares, de modo que se depositase en su fondo el oro, que inevitablemente iba acompañado de arenas finas y se desprendiese la parte estéril. La labor se realizaba durante los meses de verano, en jornadas muy largas, desde la mañana a la noche, con un descanso en las horas centrales del día para comer a la orilla del río. La porción de sedimentos que contenían el oro se concentraba en el fondo del cuenco y se recogía en una lata de conservas. Cuando había una cierta cantidad de material se mezclaba todo en el cuenco con mercurio y se azogaba hasta que la masa de éste tomaba el color dorado del oro. A continuación se colocaba el líquido en un recipiente metálico que se calentaba con brasas de brezo por arriba y por abajo. Como consecuencia de esta operación parte del mercurio se evaporaba y el oro quedaba puro. La cantidad de oro recogida variaba de un lugar a otro, desde sitios en los que no se obtenía nada en toda una jornada hasta otros, excepcionales, donde en el mismo plazo, en un golpe de suerte se podían obtener hasta 5 gramos. Calculan que por término medio, un día con otro, conseguían unos 2 ó 3 gramos por jornada de trabajo. Noticias verbales indirectas de gentes que aún hoy en día buscan esporádicamente oro en zonas cercanas, como Salas de la Ribera, próximo a Pumares, o en Carucedo, en el oeste de la provincia de León, confirman rendimientos equivalentes, en torno a 2 ó 2,5 gramos por jornada de trabajo. No recuerdan ningún hallazgo excepcional por su cantidad, ni a nadie que se hubiese enriquecido con este trabajo. Algunas «aureanas», a veces, guardaban algo de oro para hacerse una sortija, pulsera o pendientes para ellas o para sus hijos, pero lo habitual era la venta íntegra de lo obtenido, por ser necesario el dinero para la economía doméstica. Llama la atención que el grupo familiar doméstico pudiese prescindir de brazos jóvenes para dedicarlos a este trabajo, en una época del año en que aparentemente todos son necesarios para las faenas agrícolas, particularmente variadas y complejas en la zona por su rico policultivo. Las entrevistadas explican esta aparente contradicción diciendo que, debido al tamaño de las familias y lo reducido de las fincas pues en la zona se practica el sistema de la herencia a partes iguales, siempre había personas dispuestas para estas tareas. El oficio de «aureana» puede ser entendido como una estrategia de adaptación al medio en una sociedad que, a pesar de estar en un territorio potencialmente rico, no sale de la pobreza a causa del tamaño de la población, y del sistema de transmisión de la propiedad en las herencias, que condenan a ésta a una división perpetua. La aportación de las mujeres solteras a la comunidad doméstica era apreciada en este tipo de economía, en el que la disponibilidad de dinero contante y sonante era escasa. Posiblemente el que no fuese una actividad muy rentable explica que se dedicasen a ella las solteras, y sólo de un modo excl..!pcional gente apremiada por la necesidad. La construcción de los embalses dedicados a la producción de energía hidroeléctrica controla la circulación del río, e impide que sus crecidas depositen el sedimento, del que se obtenía el oro, en las orillas. Con este mecanismo desapareció la fuente de este metal y el viejo, al menos bimilenario, oficio de «aureana». LA APLICACIÓN DEL MODELO El proceso descrito de explotación del oro fluvial coincide bien a grandes rasgos con la descripción que hace Estrabón (3,2,9) del aprovechamiento de las arenas fluviales en los ríos del Noroeste. Por ello se podría pensar que lo estudiado por nosotros es una «sobrevivencia», y que por tanto su valor para entender el trabajo del oro en el pasado sería ideal pues habría llegado hasta nuestros días prácticamente intacto un modo de hacer las cosas propio de la Protohistoria. Este tipo de uso de la información etnoarqueológica no es posible pues, aunque la técnica fuese la misma, el sistema social en cuyo seno opera es distinto y es evidente que hay profundas diferencias entre la cultura de la Galicia de fines del siglo XX y la de hace dos mil años. Hay dos diferencias importantes entre la técnica actual y la citada por Estrabón: ahora se emplea un cuenco de madera y el mercurio mientras que las poblaciones prerromanas usaban cestos hechos de fibra vegetal y no parecen haber conocido el citado metal. La segunda es quizás más importante que la primera ya que permite concentrar el oro de un modo que no era posible en el pasado por lo cual los rendimientos actuales pueden ser mayores que los de entonces..Por otra parte, aunque la coincidencia fuese absoluta entre la técnica actual y la descrita por el clásico, no se puede demostrar que no haya habido solución de continuidad entre ambas épocas. También se documenta la explotación durante las época medieval y moderna (Sánchez, 1983). Las condiciones ambientales también han variado ya que la explotación de la misma comarca durante mucho tiempo ha ido agotando los recursos y éstos aunque renovables lo son a unos plazos muy largos pues dependen de las crecidas del río que arrastran materiales erosionados en otro lugar. Si bien las limitaciones citadas impiden tomar los datos etnoarqueológicos como una representación lineal del pasado sí tienen un valor indicativo que los hace sumamente útiles a la hora de hacer hipótesis de trabajo. Desde este punto de vista cabe hacer consideraciones de tipo económico y social: el tipo de técnica y su rendimiento, el valor social de las joyas y el origen del oro de la joyería prerromana. La técnica, su rendimiento y el valor social de las joyas El proceso de recuperación del oro de las arenas fluviales sólo emplea el cuenco y prescinde por completo de algún tipo de criba, por otra parte, el procedimiento más generalizado (Sánchez, 1983). Tal vez esta aplicación más sencilla de la técnica esté relacionada con las características del sedimento lavado, que es el que el río abandona sobre las orillas durante las crecidas. De acuerdo con los datos recogidos y transmitidos por Schulz (IH38) en la primera mitad del siglo pasado se ha calculado (Sánchez. 1983) que, si el rendimiento de las aureanas se extrapola a las buscadoras de oro prerromanas. éstas recogerían por persona un promedio de 12-14 gramos por estación estival de trabajo por lo cual sería necesario el trabajo de 149 de ellas durante una estación para hacer un torques como el de Burela que pesa 1800 gramos aproximadamente. Una «aureana» podría obtener el oro necesario para hacer un par de arracadas como la de Villar de Santos. de 18 gramos, en tres campañas de verano. Con los datos del modelo etnoarqueológico se ha comprobado que el rendimiento es de 2 a 3 gramos diarios. Si se toma como valor promedio 2,5 gramos de oro por persona por día, la I? roducción del período estival sería de 150 gramos resultado de multiplicar por el número de días laborales, cinco por semana, en tres meses de acuerdo con nuestro sistema de trabajo, que nos daría 60 días útiles. Esta cifra es aproximadamente diez veces mayor, que la calculada por Schulz (1838) en base a informes globales de gentes del país que le comunicaron el valor total de la producción de la comarca, cosa muy difícil de fiscalizar a nuestro entender. Con nuestro módulo la arracada de Vilar de Santos de 18 gramos pudo ser hecha con el trabajo de una persona en semana y media y el par en tres semanas, y el torques de Burela, el más grande de los gallegos, 1800 gramos, con el trabajo de 12 mujeres en un verano. El peso de los torques de oro de la región oscila entre el máximo del citado y los 219 gramos del menor. Uno de éstos requeriría aproximadamente el trabajo de 3 personas durante un verano. En el caso de la orfebrería más antigua de la región el esfuerzo sería menor ya que las piezas, por lo general, son de peso más reducido (Vázquez, 1993). Estas nuevas cifras dan una imagen del esfuerzo social que encierran las joyas más moderado que el derivado de los datos de Schulz. Como consecuencia de ello queda clara la posibilidad de que, en las zonas donde había oro fluvial, estuviera al alcance de cualquiera el hacerse con la cantidad necesaria para una arracada en una corta temporada de trabajo y que las piezas de gran envergadura representen la exhibición de un poder social que permitió la T. P., 52, n.o 2, 1995 acumulación de un esfuerzo laboral más amplio pero no excepcional. De acuerdo con estos datos parece que a las joyas de la época procedentes de las zonas ricas en oro fluvial ha de concedérseles menos valor indicativo de alto estatus del que se les viene otorgando tradicionalmente sobre la base de la dificultad para la obtención del oro. Es discutible que las cifras estimadas por nosotros sean idénticas a las de la época prerromana por cuanto no se ha documentado el uso del mercurio que permite rendimientos más altos y más cómodos, con menos trabajo e inversión de energía, sobre todo cuando se trabaja sobre partículas finas de oro como es el caso de las que se encuentran en el limo depositado por el río en sus orillas durante las crecidas. Sin el empleo del citado metal sería necesaria una labor más prolongada para obtener la misma cantidad de oro, pero también se puede considerar que su concentración podía ser más elevada ya que las «aureanas» de ahora trabajan sobre lo que dejaron los anteriores explotadores del río más lo que éste ha ido aportando desde entonces. Las noticias de los autores citados del siglo pasado mencionan también el hallazgo de alguna pepita de oro que daba alegría a quienes la hallaban pero ninguno de los cuales salía de pobre, de lo que se puede deducir que también utilizaban el sedimento del fondo del río. En este caso al explotarse una fracción más gruesa no sería tan importante el empleo del mercurio. El origen del oro de la joyería prerromana El relativo buen rendimiento y facilidad del trabajo en los placeres fluviales documentado por el modelo etnoarqueológico favorece la tesis de Sánchez Palencia (1983) de que posiblemente en el mundo prerromano del Noroeste sólo hubo explotación de placeres fluviales ya que su rendimiento era suficiente para la realización de la joyería de la época. Su afirmación basada en los datos de Schulz (1838) se refuerza con los cálculos etnoarqueológicos que multiplican por diez la supuesta capacidad productiva de la técnica empleada en la época prerromana en el Noroeste de la Península Ibérica. Para confirmar esta hipótesis es necesario hacer una investigación de tipo geoquímico que, mediante los análisis de las piezas, pueda indicar con gran precisión su origen fluvial o no frente al actual estado de la cuestión que no permite solucionar el tema con toda la seguridad deseable (Sánchcz y Pérez, llJX9). Dado que algunas «aureanas» conservan algo del oro sacado del río, a título de recuerdo, y algunas joyas hechas con él es posible analizar materia prima y piezas para conocer sus contenidos en impurezas y así estahlecer con más precisión el origen del oro de las piezas prehistóricas y el esfuerzo técnico, económico y social que representan. La sencilla técnica descrita de recuperación de los placeres fluviales y especialmente los rendimientos calculados han de ser tenidos en cuenta a la hora de valorar la función social de las joyas de oro y su relación con el poder. De lo contrario se corre el riesgo de reconstruir el pasado a nuestra imagen y semejanza por la proyección de los valores del Horno economiCliS de nuestro tiempo. El modelo etnoarqueológico permite contrastar esta visión actualista y comprender que, en sociedades distintas y con visiones diferentes de lo económico, las cosas han podido ser de un modo distinto al nuestro. U na joya de tamaño medio puede ser el resultado del trabajo de una persona o de un grupo reducido durante un período de tiempo no muy dilatado, días o quizás meses. No tiene por qué suponer un despliegue de poder económico y social sino que puede tener una lectura más doméstica y ser considerada como el fruto de algo accesible a un mayor grupo de personas en un terreno donde el oro era de fácil recogida y suficiente para las necesidades de la población. El desarrollo de investigaciones etnoarqueológicas actualmente en marcha sobre diferentes aspectos de la metalurgia puede ayudar a la elaboración de hipótesis que nos permitan nuevas y más fundamentadas lecturas del pasado.
En los últimos años se ha editado un buen número de libros, en particular en lengua inglesa, sobre temas relacionados con la museología, la «presentación de la arqueología» y «del pasado» y la «interpretación del pasado». El término «pasado» se entiende aquí como el patrimonio cultural heredado o reconstruido a partir de vestigios arquitectónicos, arqueológicos, tradiciones, etc., con una fuerte incidencia en el estudio de los pueblos indígenas. Los libros seleccionados para su comentario nos ofrecen un compendio de los actuales planteamientos teóricos y prácticos sobre la interpretación y presentación de las culturas materiales heredadas en su contexto integral y su relación con el público y están editados por una organización y dos instituciones que actualmente están desarrollando una labor sumamente importante en su terreno: la organización de Los tres libros se complementan entre sí. El primero presenta un estado de la cuestión en diversas partes del mundo y los problemas y soluciones que se intentan adoptar, con puntos de vista indigenistas, nacionalistas e individualistas con una especial dedicación a los «curricula escolares» y a los proyectos que incluyen historias locales, talleres para el aprendizaje de habilidades, narraciones, etc. El segundo se refiere a las relaciones entre los poderes públicos, económicos y culturales, las colecciones y recursos de que disponen los centros y las posibilidades y objetivos educativos o de distracción de las exposiciones resulta ntes. El tercer libro, el más centrado en la realidad de los museos, aborda desde posiciones y metodologías funcionalistas, estructura listas y simbolistas cómo extraer la máxima información de los objetos de manera que nos comuniquen los aspectos sociales, religiosos, etc. de las gentes que los fabricaron y la forma en que podemos obtener esa información a partir de colecciones creadas por gentes particulares y sabios en siglos pasados, cuando se guiaban por normas distintas a los actuales tanto para las clasificaciones como para las interpretaciones y criterios de valor. «The Presented Past» es el resultado de las conferencias, rigurosamente revisadas para su publicación, que se celebraron sobre el tema educativo durante el 2 0 Congreso Mundial de Arqueología (WAC 2, Barquisimeto, Venezuela, septiembre de 1990) y de aportaciones encargadas especialmente para la edición. A los treinta y cinco artículos sobre distintos países, hay que añadir las introducciones de cada uno de los editores y el prefacio del Profesor Ucko, director del WAC sobre los objetivos y gestación del volumen. Los textos se refieren a planteamientos teóricos sobre la forma de integrar el pasado en la vida cotidiana, a la evolución histórica y transcendencia de la arqueología y el pasado reciente en los curricula escolares (por ejemplo en Líbano, Argentina, Zimbabue o Inglaterra), a proyectos que unen la arqueología experimental con los talleres didácticos (en Colombia, Estados Unidos y Canadá entre otros lugares) y a ejemplos concretos de exposición en museos y actividades en aulas (como la del Museo de Avebury por el Englisb Heritage o el Museo Paulista de Brasil). En cierta medida «Tbe presented past» es la continuación del Primer W AC donde se habló del «pasado excluído» en términos tanto de la prehistoria que no se incluye en los curricula escolares, como del pasado de los pueblos indígenas sojuzgados (S tone y Mackenzie, 1990). El segundo libro es el resultado de las conferencias «Museums and Communities», en el International Center of the Smithsonian Institution (Washington del 21 al 23 de marzo de 1990), con un total de diecisiete artículos de ámbito general o referidos a casos concretos de presentación en Norteamérica y Europa del pasado de pueblos de todos los continentes (por ejemplo de los chinos o los hawainos), agrupados en tres apartados cuyos enunciados son reveladores de su contenido: «Sobre la Sociedad civil y la Identidad social», «Audiencia, propiedad y autoridad: diseño de relaciones entre museos y comunidades» y «Definiendo comunidades a través de la exhibición y la colección». Al igual que el anterior nos ofrece planteamientos teóricos, proyectos y ejemplos de museos en los que se ha intentado llevar a la práctica la integración del pasado de distintas culturas para un público heterogéneo. Pero mientras el anterior tiene un planteamiento relacionado con los poderes públicos y educativos, éste añade y enfatiza el poder económico de los patrocinadores en la presentación e interpretación del pasado y su explotación y rentabilidad. También «Museums and Communities» es la continuación de otra sesión de conferencias, «La exhibición de culturas, la poesía y la política de las exposiciones museísticas» celebrada en 1988 (Karp y Lavine, 1992). S. Pearce selecciona por sus planteamientos metodológicos y teóricos treinta y ocho artículos aparecidos en publicaciones en lengua inglesa entre 1977 y 1992, a los que agrupa en dos apartados: «Interpretando objetos» e «Interpretando colecciones». Algunos son de autores tan conocidos en la arqueología como I. Hodder, D. Clarke, C. Tilley o M. Shanks, lo que indica el interés de los especialistas acerca de cómo investigar y presentar el pasado y la demanda social que subyace. Los títulos de los libros y su contenido reflejan la actual preocupación de los sectores encargados de la protección del Patrimonio y de algunos grupos de la sociedad por la creciente pérdida de los restos de un pasado, en algunos casos muy cercano y ligado a los denominados «pueblos indígenas»; sus implicaciones para las generaciones futuras y la forma en que los arqueólogos, antropólogos, los especialistas de los museos y los educadores pueden presentarlo y acercarlo a un público multicultural y multirracial. A estos aspectos hay que añadir la posible rentabilidad política o económica del pasado a través de la educación y el turismo. Dichas preocupaciones quedaron reflejadas en el manifiesto del ICOMOS sobre el Patrimonio Cultural de 1993, en el «IVth Global Congress on Heritage Interpretation: sense of identity, sen se of place» (Barcelona, marzo de 1995) y en el tema central, «Los Museos y las comunidades», de la XVII Conferencia General del ICOM (Stavanger, Noruega, julio de 1995). La interpretación del pasado no es algo inocuo y objetivo. Por el contrario, cuando una persona entra en un museo, no deja su propia identidad atrás sino que su interpretación de lo que se le ofrece depende de sus valores y su experiencia previa. Varios de los artículos en especial los relativos a las reacciones de los indios nativos norteamericanos y canadienses ante la recreación de sus técnicas tradicionales así nos lo demuestran. Un mismo «artefacto», objetivo principal de las exhibiciones, puede tener connotaciones distintas -un símbolo religioso, de riqueza o de opresión-según quién lo mira. Todos estos aspectos precisan ser tenidos en cuenta a la hora de preparar una exposición para un público plural que además puede ser local o turista. Por ello, una de las conclusiones que extraemos de las lecturas es cómo la forma de presentar el pasado a través de textos, museos, yacimientos o propaganda puede influir en la conciencia de los ciudadanos sobre la necesidad de conservarlo y como puede también manipularse el pasado políticamente y con trasfondos ideológicos contrarios, según se potencien o anulen determinados aspectos. Esto afecta especialmente a aquellos pueblos cuyos poderes públicos desean que adquieran un sentimiento de identidad cultural frente a otros pueblos o ligado a ellos. A este respecto las colaboraciones de 1. Las nuevas visiones de las Edades del Bronce y del Hierro europeas que intenta promover la UE y su plasmación en congresos y exposiciones serían ejemplos que afectan a la investigación de nuestro propio legado arqueológico (Ruiz Gálvez, 1994y Ruiz Zapatero, 1994). Este planteamiento lleva implícitas varias preguntas «¿ quiénes son los usuarios de los museos y del pasado?, ¿por qué acude el público a los museos y qué busca? ». La respuesta a estas preguntas precisa un estudio exhaustivo de la audiencia, no sólo del grado de conocimientos o entretenimiento que adquiere al visitar un museo, sino también de los intereses según edad, sexo, nivel social y cultural, tanto de la audiencia real como de la que se desea captar, similar al que Merriman (1989 y 1995) realizó en Inglaterra y le ha servido para plantear la nueva exposición del Museo de Londres y que tímidamente se lleva a cabo en nuestro país (Prats, 1994; Sánchez el alii, 1995). No debemos perder en ningún momento de vista que los poderes públicos y económicos que sostienen los museos y la presentación del pasado exigen cada vez más que su inversión sea rentable, y el mundo anglosajón en el que se han gestado las publicaciones que comentamos, es pionero en ello. Un aspecto ampliamente tratado en los artículos, en especial de los dos primeros libros, es cómo la presentación tradicional de ese pasado desde el punto de vista del mundo occidental ha podido herir la sensibilidad de ciudadanos y oriundos de países africanos, americanos o asiáticos al observar que los objetos de su vida cotidiana, sus antepasados y sus imágenes quedaban descontextualizadas en museos y textos. Pienso que para entender esa problemática necesitamos tener un conocimiento básico de la historia moderna y contemporánea mundial y en particular de los procesos de colonización y descolonización, y de la realidad social y cultural de los distintos países. Debemos también tener una mente abierta y crítica para discernir los problemas nacionalistas y de identidad cultural, sociales y económicos que subyacen bajo los planteamientos y proyectos de acercamiento a un mejor conocimiento de los pueblos indígenas dentro de sus propios países, tanto por parte de ellos mismos como por parte del resto de la sociedad. Ello se refleja en la presentación de los objetos y culturas en los museos y en las explicaciones y actitudes de los profesores, alumnos y público en general. En síntesis, el tipo de público al que deben dirigirse los nuevos planteamientos de los museos es el siguiente: -Europeos o gentes totalmente inmersas en las culturas de origen europeo con poder económico y social que les permite dirigir la vida, el trabajo y la educación del resto de sus conciudanos. En algunos países son los descendientes de los primeros colonos o emigrantes que han mantenido su cultura de origen y la han desarrollado en ocasiones con mestizajes. -Nativos que fueron colonizados y han recibido una educación europea con poco conocimiento de sus antepasados. -Indígenas, norteamericanos, canadienses o sudamericanos que viven en reservas o lugares marginales en su propio territorio originario. Ahora, se intenta paliar el desarraigo provocado, tratando de que ellos conozcan sus raíces y desarrollen un sentimiento positivo de identidad, para que simultáneamente se integren en la sociedad occidentalizada que les rodea y que les observa como «material de estudio». -Emigrantes o descendientes de pueblos desplazados de sus lugares de origen por razones de trabajo o esclavitud y que tenían culturas diferentes tanto de las occidentales como de las de los lugares donde están asentados y que han conservado algunos aspectos de esas culturas tradicionales. Muchos de ellos T. P., 52, n. o 2, 1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es también se mantienen en círculos cerrados por diversos motivos. Se trata igualmente de asimilarlos dentro de la «diversidad». El tema es muy grave y en nuestro propio país, aunque a escala distinta, se dan ese tipo de situaciones culturales, tanto con inmigrantes y emigrantes nacionales como con los que están llegando procedentes de otros continentes. En algunos museos, como el municipal de Gavá (Barcelona), ya se está haciendo una revisión del tema y en las salas que remodelan periódicamente se reflejan las migraciones y vida cotidiana desde la prehistoria a la actualidad y su relación con los recursos medioambientales y económicos (Museu de Gavá, 1994). Se justifica el hecho de que los indígenas hayan visto a los arqueólogos como «cazadores de objetos» que expolian y descontextualizan su pasado por haberse aplicado un tipo de estudio metodológico yempírico sobre los materiales que los aislan de las creencias, tradiciones o ritos que los acompañan o justifican. Se asegura que esta visión está cambiando ya que los arqueólogos y antropólogos se han dado cuenta de que su estudio refleja realidades sociales y por lo tanto no es tan objetivo como creían. Para paliar la situación creada se está procurando conciliar las posturas de los educadores, de los especialistas y de los propios indígenas para llegar a resultados fiables y del gusto de todos. Así en la actual exposición permanente del Museum of Mankind de Londres, se indica que han participado algunos jefes de los Waghi de Papúa, Nueva Guinea (cartel de sala) y también en la exposición sobre el mundo saharauí celebrada en el Museo Etnológico de Madrid, en 1990 colaboraron varios nativos (folleto). En este punto, es conveniente recordar las diversas corrientes metodológicas anglosajonas sobre la Arqueología y la Antropología que se han desarrollado desde los años sesenta como la «Arqueología social», que subyacen bajo los planteamientos de los textos, y también el desarrollo de la «Arqueología experimental» ligado a la «Etnoarqueología». Estas corrientes deben contextualizarse históricamente, sin considerarlas sólo una cuestión metodológica. Tampoco podemos perder de vista el hecho de que las síntesis de tipo cultural y social, precisan un trabajo previo de recopilación de datos y de contrastación de los mismos (d. Otro punto de discusión son las experiencias de los talleres didácticos y proyectos y sus dificultades debido a que, en muchas ocasiones, los actuales habitantes no son los descendientes directos de los pobladores indígenas. Así, mientras un buen número de artículos muestran las actividades en museos y escuelas para adquirir habilidades creativas e interpretativas de los objetos que se exponen a fin de comprender su función y la forma de trabajo de quienes los fabricaron, otros critican que falte en ellos la enseñanza y comprensión del «espíritu» que las inspiraba, tanto en pueblos prehistóricos como indígenas. En España, en los años ochenta se desarrollaron experiencias en este sentido como demuestran las Actas de las Jornadas Nacionales de los DEAC de Museos (en 1995 se ha celebrado el décimo en Canarias), pero, lamentablemente, las que perduran se han quedado efectivamente en esa parte formal y de habilidad, quizás debido a que a) responder a los «por qué» es más difícil, b) muchos de los que participaron en ese movimiento dejaron su tarea para desempeñar otros puestos, quizás también por el debate y enfrentamiento surgido en muchas ocasiones entre los conservadores y técnicos de museos y los educadores sobre ¿quién debe enseñar, dónde y cómo? (d. Actas de las Jornadas) y c) a la falta de equipamiento básico disponible. Otras problemáticas expuestas son las referentes a las señas de identidad de los pueblos y mientras unas exposiciones tratan de hacer hincapié en los aspectos localistas, por ejemplo las relativas a los indios canadienses (Devine, en Stone y Molyneaux, 1994: 478-494); otras buscan destacar lo que une, como la del Museo de Arnhem de los Países Bajos, que toma a Stonehenge como prototipo de la cultura megalítica holandesa (Borman en Stone y Molyneaux, 1994: 179-188). En relación a los curricula escolares vemos estas mismas alternativas. Los ingleses comienzan en el mundo romano y su expansión, dejando a un lado la Prehistoria, que se estudia de manera interdisciplinar con asignaturas de medioambiente o matemáticas si los profesores lo desean (Corbishley y Stone, en Stone y Molyneaux, 1994: 383-397). En otros lugares, se potencia el estudio de las culturas locales soslayando lo que les une con las de otras fronteras (Mazael y Ritchie, en Stone y Molyneaux, 1994: 225-236). Las propuestas no pretenden convertir los museos en una especie de museos etnológicos universales, sino que como indican los proyectos de la Galería 33 del Museo de Birmighan (Inglaterra) (Peirson en Karp et alii, 1992: 221-242) o del Museo Canadiense de las Civilizaciones (MacDonald en Karp el alii, 1992: 158-181) se trata de buscar aquello que emocione a un público heterogéneo y plural y de explicar la vida cotidiana y los movimientos de pueblos y culturas a lo largo de la historia. Podemos decir que la recién inaugurada exposición permanente del Museo de América de Madrid, se ha planteado esta problemática al presentarnos los objetos según su destino y comparando unos pueblos con otros, en vez de seguir la tradicional exposición cronológica y geográfica. Por otro lado, no debemos olvidar que, ya en el T. P., 52, 0. ° 2, 1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cambio de centuria, se hablaba de la conveniencia de que los museos sirviesen para mostrar la vida y el trabajo de nuestros antepasados paralelamente a la conservación de sus restos (Museo Arqueológico Nacional de Madrid, 1993). Se tiende a evitar dar soluciones concluyentes a cuestiones, especialmente de tipo social, a partir de extrapolaciones extraídas de los restos materiales, tumbas, etc., y a plantear, en cambio, teorías alternativas, lo que obliga al visitante a un esfuerzo analítico para tomar una decisión. Un ejemplo sería el Museo de Avebury donde el visitante debe decidir si los hombres neolíticos que vivieron en la zona tenían una sociedad elaborada o simple en base a las estructuras, materiales, premisas y gráficos que se le presentan de forma «esquizofrénica» según Stone (en Stone y Molyneaux, 1994: 190-205). Un tema que actualmente preocupa mucho a los museos y a los especialistas en la presentación del pasado es el planteado por Perin (Karp el alií, 1992: 182-220) a nivel general y por MacDonald para el Canadían Museum af Civili zatían (Karp et alíi, 1992: 158-181) sobre el turismo mal dirigido y el auge de los parques temáticos de Disney que intentan presentar culturas de forma divertida pero que suelen adolecer de falta de cientifismo. Se pueden hacer divertidas las visitas de niños y adultos a los museos para que aprendan entreteniéndose y permitiendo que algunos objetos pierdan el carácter de fetiches de que disfrutan actualmente, pero siempre que lo que se ofrezca tenga veracidad científica y calidad, sin caer en simplificaciones excesivas. En España el debate se ha planteado en relación a la presentación y reconstrucción incluyendo las cubiertas e interiores de las casas del poblado ibérico de Calafell de Segur (Tarragona) (Lám. Estas interpretaciones se basan en un trabajo serio y continuo de investigación científica (Pou, el ahí, 1995), con presupuestos y respaldo institucional (Ayuntamiento de Calafell y Generalitat de Catalunya) y se está procurando recuperar la inversión mediante una propaganda adecuada. Pienso que el público desea este tipo de propuesta cultural, pero no es una solución universal ya que las leyes de la oferta y la demanda son limitadas y requieren que se cree previamente una necesidad y existan los medios para proporcionar la dignidad y calid ad necesaria a la propuesta. Como S. Pearce nos recuerda, las colecciones son el corazón del museo, la conservación de sus «artefactos » ha sido prioritaria durante años y debe seguir siendo así. De hecho, actualmente se empeña n en el estudio de la cultura material los «nuevos antropólogos» y los «nuevos arqueólogos». Los museos deben adaptarse a los nuevos tiempos, pero aceptando que no todos los objetos son susceptibles de ser estudiados con igual profundidad y respetando en la medida de lo posible la génesis de su recogida. Lo que sacamos en claro de la lectura de estos libros es que la sociedad actual demanda a los museos y educadores unas prestaciones que se adecúen a las preocupaciones de un público cada vez más concienciado de su sexo, raza, esta tus social o cultura, y que desea disfrutar de unos medios que gracias a la tecnología moderna no son elitistas como se consideraba hasta ahora. No hay soluciones únicas y todas dependen de la bienintencionada predisposición de los encargados de dirigir las actividades destinadas a presentar el pasado al público, de los presupuestos de que dispongan y del grado de interés y participación de ese mismo público. La lectura de los tres volúmenes debe hacernos reflexionar sobre el grado de comunicación de los museos con su público, y sobre la adecuación de las recientes investigaciones científicas a las demandas culturales de nuestra sociedad. La sociedad está cambiando y los temas que ello plantea son lo suficientemente importantes como para que pensemos que el futuro de los museos debe proyectarse de un a forma global y con la participación de todos los integrantes en su gestión, conservación y estudio, sino queremos que mueran o se conviertan en inútiles. Esta contribución a la serie de obras sobre arq ueología universal y comparativa establecida por el Prof. Müller-Karpe pretende dar una visión de conjunto de la prehistoria del Maghreb que ponga al día y corrija a base de la investigación reciente la síntesis hecha por Ca mps hace ya veinte años. Los dos volúmenes están producidos con el cuidado y el lujo característicos de las publicaciones de von Zabern. El primero contiene el texto de la obra (capítulos sobre la geografía de la región, la historia de la investigación, las aportaciones de las «ciencias vecinas», y las varias épocas prehistóricas en su orden cronológico) y una amplia y completa bibliografía. El segundo contiene un catálogo de los casi 1300 yacimientos arqueológicos conocidos en estos países (las estaciones de arte rupestre, casi quinientas más, están enumeradas pero no descritas), láminas que ilustran los materiales típicos de cada época, y mapas de distribución de yacimientos. El trabajo que el autor, Rudolf Nehren, ha invertido en su obra es ingente, y es una pena que el valor de sus resultados no esté a la altura de los costes que su producción ha requerido. El desarrollo de la investigación prehistórica en el norte de Africa ha estado vinculado a la presencia colonial y post-colonial francesa. El cuadro siguiente ofrece las últimas fechas de excavación de yacimientos en el Maghreb (a base de los datos presentados en el catálogo). En Argelia una actividad iniciada por eruditos aficionados a estudios anticuarios fué profesionalizada a partir de los años 1930 por la actividad científica de Vaufrey e institucionalizada por el C.R.A.P.E. bajo la dirección primero de Balout y (después de la independencia) de Camps. A partir de los años 1970, con la retirada del personal francés de esa institución, la actividad arqueológica cae a pique. En Túnez la trayectoria de las excavaciones corrresponde casi en su tota- lidad a la larga actividad de Gobert. En Marruecos las investigaciones pioneras del erudito local Antaine hasta los años 1950 fué acompañada por proyectos expedicionarios, proyectos reanudados en los lustros más recientes. La Prehistoria nunca ha conseguido desarrollar un arraigo local en ninguno de los países del Maghreb. Esto refleja, por una parte, la falta de interés en la prehistoria pre-islámica por parte del mundo intelectual y de las autoridades culturales de esos países, y por otra el carácter implicitamente colonialista del discurso científico de los prehistoriadores que podrían haber inspirado tal interés. Segun ellos, el norte de Africa sería una región conservadora y retardataria cuyo desarrollo dependería de presencias extranjeras púnicas o romanas (y luego francesas, naturalmente): «Le Maroc préhistorique emprunte ou re¡;oit, il ne crée pas et n 'exporte pas» (Antaine, 1950: 28). Este no es el punto de vista que podría inspirar un desarrollo autóctono de la arqueología prehistórica en un Maghreb independiente. Como otro efecto tiene que el paradigma normativista y taxonómico de la prehistoria francesa de los años 1950 y 1960 siga siendo el que domina los estudios, ya que una alternativa de índole funcionalista no ha tenido la oportunidad de desarrollar datos e interpretaciones nuevos. Es lamentable que, con todo el trabajo que ha invertido en esta obra (o quizás a causa de ese esfuerzo), Nehren no haya podido o querido transcender los límites teóricos y metodológicos impuestos por la bibliografía que ha sintetizado. Este problema se hace sentir en todo el trabajo, con lo cual só lo puedo dar unos pocos ejemplos. La cronología del Paleolítico inferior elaborada hace treinta años o más por investigadores como Biberson y Alimen se fundaba necesariamente en relacionar terrazas marinas y depósitos terrestres de la región con el esquema cronol ógico cuatripartito tradicional para el Pleistoceno. Ahora que conocemos la complejidad del asunto mediante el estudio isotópico de muestras del sondeo de depósitos submarinos, fases como el Anfatiense o el Tensiftiense se han quedado huérfanas. Nehren, sin embargo, ni se refiere a estas novedades: relata lo publicado sin críticas. Con respecto a la interpretación de épocas posteriores sucede lo mismo: Nehren critica lo publicado en sus propios términos. Muestra su escepticismo sobre la importancia que Camps otorga al Neolítico del Sáhara para el desarrollo del Neolítico en el Maghreb, pero su alternativa es subrayar las aportaciones mediterráneas. Se T. P., 52, n.o 2, 1995 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es limita, por así decir, a cambiar el sentido de las flechas difusionistas. Se refiere al poco trabajo evolucionista que se ha hecho, el de Lubell y sus compañeros (e. g. Lubell et alii, 1976), pero sólo como defensores de una postura continuista, sin darse cuenta que esas contribuciones pretendían cambiar los términos del debate. La mayor novedad (relegada a un apéndice) es la aplicación de un análisis multivariante de correspondencias de series líticas del Iberomauritánico al Neolítico clasificadas según el sistema Bordesiano de Tixier, pero esto también presenta dificultades: las cargas de los primeros dos factores son relativamente bajas, y la discusión se limita a constatar que la taxonomía numérica que uno puede derivar del análisis cuadra bastante bien con la taxonomía tradicional establecida por curvas cumulativas de porcentajes. Hace una generación tal trabajo pudiera haber sido interesante, pero hoy en día constituye una manifestación más de una arqueología fósil. «Die Interpretation schwankt, die Tatsachen bleiben», dicen los alemanes. Todo lo dicho sería de menor importancia si el catálogo, la base fundamental del trabajo, fuera válido. No cabe duda que Nehren ha realizado un trabajo exhaustivo, pero desgraciadamente no es del todo sistemático. Me di cuenta del problema cuando manejé el inventario de yacimientos para establecer el cuadro que he presentado. Nehren ofrece una breve recensión de las características y contenidos de cada yacimiento. También da el nombre de los investigadores, la fecha en la cual trabajaron, el tipo de trabajo que efectuaron, y las fuentes bibliográficas donde el yacimiento queda descrito. Yo busqué los yacimientos donde la actividad científica se describe con los términos «Grabungen» o «Sondagen» y donde se da la fecha de esa actividad: si, por ejemplo, un yacimiento se excavó en 1930, 1932-35, Y 1970, quedaría enumerado bajo el lustro más reciente (1970-74, en este caso). Ahora bien, al repasar el catálogo, vi que para algunos yacimientos que indudablemente habían sido excavados (el famoso abrigo de Relilai, por ejemplo) la actividad científica se describía con el término «Untersuchung». ¿Cuántos de los muchos más yacimientos menos conocidos y descritos con menos detalles en los cuales la actividad científica se describe como «Untersuchungen » pueden haber sido excavados? Esa pregunta sólo podría contestarse mediante un estudio de las fuentes primarias. Debo advertir al lector que al preparar el cuadro no volví a ellas, y que por lo tanto los datos que éste contiene sólo pueden considerarse una aproximación a la realidad de los hechos. Otra faceta del mismo problema es que lo que parece ser la misma actividad científica se describe con diferentes términos: el lector no alemán (la mayoría de los que se interesarán por este libro) pu ede quedar en la duda de si, por ejemplo, varios sinónimos que traduciría como «prospección» (<<Prospecktionen», «Survey», «systematische Begehungen») pueden tener matices diferentes que Nehren no explica. Todo esto reduce la utilidad del inventario. Lo más grave, sin embargo, es que Nehren no explica la base de sus juicios sobre lo que constituyen las «Tatsachen». Me limito a un ejemplo que conozco de primera mano. Nehren rechaza la validez cronológica de la estratigrafía del yacimiento de Mugharet es-Saifiya, excavado por Hencken y Coon en 1947, pero acepta la integridad de la secuencia de Caf Taht el Gar, excavada por Tarradell pocos años después. Cuando hace 25 años yo estudié esas colecciones al preparar mi tesis (Gilman, 1975) sobre el Neolítico del norte de Marruecos, llegué a la conclusión de que ambas estratigrafías eran defectuosas (que los depósitos estaban algo mezclados y que se habían excavado mediante niveles arbitrarios) y que de ambos con cierto trabajo se podían sacar conclusiones cronológicas valederas. Lo que encuentro preocupante al evaluar el conjunto de datos que Nehren presenta en su catálogo no es que esté en desacuerdo conmigo en este caso, sino que no dé los criterios explícitos sobre los cuales fundamenta su opinión. Un positivismo tan inocente que considera que la definición de lo que es un «hecho» arqueológico pueda ser tan evidente que no merece discusión no puede servir como base de un catálogo fiable. A pesar de l gran trabajo que el autor ha invertido en esta obra, su contenido no está a la altura de su esmerada presentación y alto precio. (Oviedo, 1955), no se había publicado ninguna síntesis sobre el Solutrense ibérico, a pesar del número creciente de nuevas excavaciones y descubrimientos importantes en todas las regiones concernidas: cantábrica, mediterránea y portuguesa. Algunos aspectos generales habían sido presentados en el coloquio sobre las industrias con puntas foliáceas del Paleolítico superior europeo, organizado por la 8" Comisión de la Unión Internacional de Ciencias Pre y Protohistóricas en Cracovia-Karniowice en 1989 (Kozlowski, 1990). Teniendo en cuenta el progreso que hemos podido advertir desde esa fecha, el volumen publicado en 1994 sobre el Solutrense ibérico ha llenado una laguna importante en el estudio del Paleolítico superior del Sudoeste europeo. Siguiendo las ideas ya formuladas en el coloquio de Cracovia-Karniowice M. de la Rasilla Vives en la < <Introducción» ha situado el fenómeno solutrense en el contexto de los cambios tecnológicos y culturales del periodo del último máximo glaciar (LGM). Al mismo tiempo, presenta de forma crítica las bases de la subdivisión clásica del Solutrense en Francia, sobre todo la débil fiabilidad de los datos referidos a la distinción del Protosolutrense. Los tres artículos siguientes están consagrados al marco geocronológico y paleoecológico del Solutrense ibérico. Es particularmente significativo constatar las diferencias fundamentales en la imagen paleoambiental reconstruida a partir de los datos sedimento lógicos en las cuevas y de los datos palinológicos. M. Hoyos Gómez hace notar, tras el 20000 BP, una oscilación -paralelizada con el Würm IlI-IV-húmeda seguida del periodo frío «Ca ntábrico 1» que sitúa entre el 18800 y el 18000 BP y que paraleliza con el Dryas 1. Este último paralelismo parece erróneo a la vista de los datos de Europa central y septentrional. La fase siguiente, «Cantábrico 11», debe corresponder al interestadio de Lascaux que terminaría entorno al 16200 BP. De nuevo esta fase está marcada por una humedad importante y por la reactivación de las actividades kársticas. Los datos paleobotánicos, prese ntados por P. Ramil Rego, se oponen a los datos sedimentológicos obtenidos en los medios kársticos y muestran una perduración, durante todo el periodo entre el 25000 y el 15000 BP, de las condiciones árticas o similares a los estadios subalpinos. El estudio de la macrofauna por J. Altuna no da ninguna respuesta en relación con el medio ambiente puesto que las especies ubicuas, que toleran biotopos diferentes, dominan en los niveles solutrenses tanto cantábricos como mediterráneos. Las especies mas significativas para el medio ambiente del Pleniglaciar superior como el mamut, el reno y el buey almizclero son raras en los niveles solutrenses pero están presentes, por ejemplo, en Cueto de la Mina E. Es de lamentar que los niveles con presencia de reno -por ejemplo un 3% en Ermittia-no hayan sido examinados ni desde el punto de vista sedimentológico, ni palinológico. Estos datos contradictorios en relación con el medio ambiente no permiten establecer de una manera clara el impacto del máximo del Pleniglaciar superior sobre el medio ambiente ibérico, lo que debilita los argumentos paleoambientales en la explicación del origen del fenómeno Solutrense, sobre todo si se cree en los datos radiométricos que sitúan el centro primario del fenómeno en la Península Ibérica. El artículo de M. de la Rasilla Vives y C. Llana Rodríguez nos aporta una lista completa y una excelente recensión de los datos radio métricos para el Solutrense ibérico. En él, el lector apreciará sobre todo las observaciones críticas re lativas a las dataciones C14 de La Riera y de Caldeirao, así como los intentos de paralelizar las seriaciones tipológicas con las dataciones radiométricas. Los artículos siguientes abordan el Solutrense ibérico desde enfoques regionales. M. de la Rasilla Vives presenta una excelente síntesis del Solutrense de la Cornisa Cantábrica. Un enfoque que considera las industrias líticas desde múltiples aspectos nos permite evaluar la importancia de las materias primas en la tecnología de la producción lítica y, sobre todo, en la fabricación de los útiles diagnósticos. El autor propone también una secuencia original basada en la estratigrafía de los yacimientos, distinguiendo un «Solutrense medio», cuya existencia fue objeto de discusión, seguido de un «Solutrense superior» y de un «Solutrense superior' desolutreanizado'». (1) La traducción al castell ano del texto francés ha sido realizada por M" 1. MartÍnez avarrete y revisada por el autor. El Solutrense del valle del Ebro se discute sobre la base de los nuevos descubrimientos de P. Utrilla y C. Mazo. Esta zona presenta una superposición de influencias mediterráneas -Ievantinas-y del Episolutrense -o Salpetriense-del Languedoc, asi como de la zona franco-cantábrica. La zona mediterránea española es objeto de una síntesis debida a 1.M. Fullola y Pericot. Hay que lamentar que el Solutrense antiguo de esta zona, que podría ser uno de los núcleos primitivos del Solutrense, no haya sido mas ampliamente caracterizado. Falta sobre todo una reflexión sobre la tecnología de la talla lítica, las formas de los útiles foliáceospresentados sumariamente en la figura 2 pero cuya calidad, desgraciadamente, es muy mediocre-y su contexto lítico. Las observaciones relativas al Solutrense superior y «Solútreo-gravetiense» son mucho mas detenidas e interesantes, incluyendo las propuestas concernientes a los sincronismos entre las diferentes regiones donde aparecen, por ejemplo, las puntas con pedúnculo y aletas. Al final de este enfoque regional se encuentra el estudio del Solutrense en Portugal debido al. Zilhao. La ventaja de este estudio es un tratamiento muy detenido del aspecto tecnológico fundamentado en la reconstrucción de las cadenas operativas. Zilhao ha distinguido dos fases tecnológicas importantes: el Gravetiense con las industrias de Vale Comprido -emparentadas con el Proto-Solutrensey por otro lado el Solutrense medio. Sólo este último presenta innovaciones tecnológicas importantes como el microfacetado de los talones practicado no solamente en la talla laminar sino también en los esbozos de las puntas foliáceas, el tratamiento térmico previo y el retoque por presión. Podemos preguntarnos si estas innovaciones son efecto de una opción cultural o de una imposición ambiental como hace el autor, pero también cabe plantearse si estas innovaciones tecnológicas ligadas al Solutrense medio son el resultado de una evolución local o de un impacto alógeno. Esta cuestión nos lleva al problema ya señalado por diversos autores: si el Proto-Solutrense septentrional -sobre todo el de Trilobite, puesto que estamos de acuerdo con las críticas de M. de la Rasilla Vives a propósito del Proto-Solutrense del Perigord-podría encontrarse en el origen del Solutrense clásico con hojas de laurel en el ámbito franco-cantábrico. La distancia tecnológica y morfológica que separa estos dos utillajes es tan importante como la existente entre el «Proto-Solutrense» de Vale Comprido y el Solutrense medio clásico. Los dos artículos siguientes están consagrados al problema del arte mueble solutrense. Este arte, poco conocido en Francia, resulta particularmente abundante en el territorio ibérico. M.S. Corchón Rodríguez presenta los objetos artísticos de la Cornisa Cantábrica, donde ella constata una continuidad en las tradiciones artísticas y tecnológicas a partir del Perigordiense final -facies de Noailles-y, al mismo tiempo, una prolongación de estas tradiciones hacia el Magdaleniense arcaico -facies del País Vasco y de El luyo-o Esta continuación coincide bien con las observaciones de M.1. Lejeune en el coloquio de Cracovia-Karniowice relativas al enraizamiento del arte parietal Solutrense en Francia en el arte del Perigordiense y a la continuación de los motivos artísticos hacia el Magdaleniense. Se trata, sin duda, del argumento mas sólido para justificar el desarrollo local del Solutrense en sus diferentes centros. Quizá no ocurra lo mismo en la zona levantina donde las series de plaquetas grabadas y pintadas de El Parpalló, publicadas en el notable libro de Valentín Villaverde Bonilla (1994), tienen el sabor mas regional del arte solutrense. Ello es particularmente válido para el periodo final del Solutrense levantino, contemporáneo del Magdaleniense. En las «Consideraciones finales » M. de la Rasilla Vives y E. Ramil Rego mas bien plantean las cuestiones que dan soluciones a los problemas abordados en este volumen. La importancia de esta obra deriva no sólo de la evaluación de las adquisiciones recientes en el ámbito de los estudios sobre e l Solutrense ibérico, sino sobre todo de la perspectiva que abre a investigaciones futuras.
El reconocimiento en Occidente de que cada disciplina está influida por su contexto socio-político llevó a la (*) 3-5-820 Hyderguda. El artículo fue remitido en su versión final el 7-IV-95. reil'ú/{!iCl/ciríl/ de ul/a arql/('o!o!!.ía reflexiva y a la Jilfllll/cilÍl/ l'/I NHó, pOI' lo.\' arqueólogos "políticamente (,O/lSCiellle. \• ", del Congreso A rqlleológico Mundial (WA O. El WA C reconoce explícitamente el contexto.\'ociopolítico de la prác/iea arqueológica y las re~'P0n sahilidade.l' políticas, sociales y académicas de la arqueolo!!.ía. El Congreso, ql/e se celehra cada cuatro años, tuvo lugar en India en diciembre de 1994. Los arqueólogos indios han negado durante mucho tiempo la influencia de los contextos socio-políticos sobre los investigadores. Pero ello no ha impedido que algunos de ellos hayan utilizado de forma incorrecta la evidencia arqueológica con objetivos políticos ulteriores y resultados catastróficos. En el Congreso no se permitió ninguna discusión sobre este tema de forma que, ocho años después de.1'/1 creación, el W A C transigió y suprimió /In debate abierto sobre IIn aSlInto vital. Este artículo csboza la génesis de! WA C y las razones por las cualcs sc constitllYó, antes de analizar el contexto indio de la tercera reunión del Congreso. También examina la resp/wsta de los arqueólogos indios en el WAC en relación con la protesta contra tal abuso político de la arqueología y reclama l/na reflexión sobre si el WAC ha logrado su objetivo de llegar a ser una organización mundial significativa. cúíl/ de la ¡del/tit/lId hil/dú. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Martínez Navarrete for inviting me to contribute to Trabajos de Prehistoria, F. Criado, M.aJ.
Se propone un modelo de evolución de sistemas en los que sus elementos se articulan mediante relaciones que implican intercambio de información. Éstas se analizan a partir del concepto de percolación. El resultado son sistemas dinámicos que se auto-organizan hacia un estado crítico. como consecuencia de la iteración de sucesos espacio-temporales a pequeña escala. La red de relaciones presenta estructura fractal. Como ejemplo se aborda el problema de la expansión de las especies domésticas en la cuenca mediterránea, proponiendo un modelo alternativo a la difusión dé mica. En condiciones normales, el investigador científico es no un innovador, sino -en palabras de T.S. Kuhn (1975)un desentrañador de rompecabezas, y los enigmas en que se concentra son precisamente aquéllos que cree definibles y resolubles dentro del ámbito de la tradición científica existente. No obstante, hay revoluciones. Con frecuencia, la revolución tiene carácter interdisciplinario: sus descubrimientos centrales y sus propuestas principales se deben a investigaciones que salvan las fronteras establecidas por la disciplina en que ejercen los profesionales. En todo cuanto veremos a continuación subyace esta idea, la necesidad del trabajo desde diferentes ámbitos. Pero la ciencia es fundamentalmente planteamiento de preguntas. Una forma de pregun-tarse acerca de la naturaleza es la creación de modelos ya que sugieren lugares de explicaciones plausibles. promueven la inteligibilidad. No obstante. los modelos sólo son útiles si no imponen su forma al objeto modelizado. como explica Hanson (1985: 61). Las teorías que utilizaremos en adelante salvan este problema con eficacia y una gran degancia desde sus hipúlt: sis básicas. El planteamiento de modelos en Arqueología nos ayuda a definir y comprender los procesos con cierta garantía de éxito. Esta es una de las experiencias que hemos aprendido de la aplicación de conceptos de otras disciplinas a las humanidades, ejemplo de lo cual puede ser la utilización de elementos de la Teoría General de Sistemas en la Antropología y, por ende, en la Arqueología: no se trataba del descubrimiento de hechos, sino de la búsqueda de nuevas formas de pensar acerca de ellos, aquí está lo importante de esta adecuación interdisciplinar. La Teoría de Sistemas permitía a los arqueólogos trascender las limitaciones de los tradicionales análisis sociales y antropológicos de conjuntos estáticos, estudiando no solo el mantenimiento de la estructura sino también, como escribe Trigger (1992: 284), sus procesos de elaboración -o morfogenéticos-. Muchos de los más importantes estudios que se hicieron trataron de aplicar conceptos de la cibernética. Uno de los que tuvo mayor fortuna fue el de retroalimentación que ofrecía a los arqueólogos un mecanismo preciso y cuantificable para el análisis de la interrelación de varios componentes de un sistema cultural. En muy pocas ocasiones los arqueólogos aplicaron la Teoría General de Sistemas con todo su rigor matemático (Trigger, 1992: 285) sin embargo proporcionaba un modelo para el estudio del cambio cultural. La teoría que adoptamos en este artículo fue propuesta por una serie de físicos y matemáticos que, desde mediados de los setenta, repensaron la Naturaleza (Mandelbrot, 1993). La idea de ésta que surgió de aquí fue tan diferente de la que daba cuenta la geometría euclídea que hubo que redefinir sus conceptos básicos. Al cuerpo conceptual que surgió de este ejercicio de redefinición del Mundo se le dió el nombre de Teorías del Caos. Estas teorías no son valiosas únicamente por su fuerte aparato matemático debido a sll: o~i~en cie~tífic~-natural, sino también por su slgmÍlcado fIlosófico que más adelante preci-T. P., 52, n.O 1, 1995 saremos. pero adelantemos que hemos replanteado la dinámica de una serie de procesos que poseen características básicas comunes, el resultado ha sido un nuevo lenguaje. Este resultado hace necesario un método expositivo en el que se entrecruce la definición teórica con la ejemplificación práctica. En este artículo se ha utilizado como soporte de la presentación de la teoría y su discusión matemática, la resolución de un problema concreto: la expansión de las especies domésticas por el Mediterráneo occidental. La expansión de la producción de alimentos por la cuenca occidental mediterránea es, como se verá, un buen ejemplo de sistema dinámico. No obstante es pertinente hacer algunas matizaciones a su interpretación como tal sistema, al tiempo que se da un breve repaso a los planteamientos actuales de esta cuestión. Este problema tiene una formulación relativamente simple: se trata de un único hecho «histórico» que lleva aparejados dos procesos, a saber: La transformación biológica de plantas y animales. La transformación cultural basada en la producción de alimentos. La corriente mayoritaria en la explicación del origen de la producción de alimentos es de carácter difusionista -iniciada por Bernabó Brea en sus estudios en Arene Candide-, y tiene como punto de partida la inexistencia de agriotipos silvestres en la cuenca occidental del Mediterráneo. Si bien es cierto que algunos autores proponen un origen autóctono para los sistemas agrícolas europeos (Barker, 1985; Dennell, 1987), concretamente el modelo más influyente en la actualidad es el propuesto por Ammerman y Cavalli-Sforza en los años setenta (1). Lo llamaron "Ola de Avance", y relaciona la expansión de las especies domésticas con un modelo dé mico, coherente con la secuencia cronológica sugerida para el Mediterráneo Occidental. Para esta cuenca mediterránea, la tesis difusionista defiende la introducción del nuevo modelo socioeconómico por vía marítima (Cherry, 1981) y su correspondencia con una tradición (1) Aunque lanzaron su propuesta en los años setenta, no fue hasta 1984 cuando publicaron, de forma completa, sus tesis. cultural plenamente formada, cuyo origen se sitúa en el Mediterráneo Oriental (Bernahó Brea, 1946-)956). Esto plantea una ruptura con el substrato cultural post-paleolítico existente. En la Península Ibérica, ello ha promovido la identificación de los "colonos" orientales en su región levantina, o lo que es lo mismo, que debemos encontrar en el horizonte neolítico del Levante peninsular, grupos con las características de los colonos orientales. El rasgo que mejor identifica a este planteamiento, aunque ligeramente matizado en su versión más reciente (Bernabeu el ahi, 1993), es la dependencia de una explicación en términos de "difusión démica" como soporte de la difusión cultural (Bertranpetit y Cavalli-Sforza, 1991; Bernabeu, 1989: 137 y ss.).. 1.M. Vicent (e.p.) define un "modelo capilar" para el mecanismo de transmisión como oposición al tradicional modelo difusionista "axial" en los siguientes términos: si la estructura social de los grupos post-paleolíticos implicados en el proceso no sobrepasó el nivel de "banda", como es asumible, las relaciones intergrupales debieron ser las de sociedades segmentarias. En ellas las relaciones de reciprocidad entre grupos locales son de una especial importancia y las especies domésticas podrían haber circulado por estas redes. Parece claro que esta dinámica social favorecería la expansión de los genotipos domésticos, o al menos no ofrecería ningún tipo de resistencia al flujo. En este contexto es importante destacar el papel que juegan las relaciones interindividuales, como relaciones "emisor-receptor", para comprender la manera como este tráfico de información se produce (Layton, 1989: 47). Por nuestro lado, partimos de un principio contrario a la difusión démica. Adoptamos como marco de nuestro trabajo el "modelo capilar", que propone una situación relativamente estática de la distribución poblacional y que, aunque no implica la ausencia total de movimientos, sí elimina la dependencia de cualquier tipo de "argumentos démicos" para explicar los procesos de transmisión de información. EL CONCEPTO DE PERCOLACIÓN Tanto los modelos evolucionistas como los difusionistas propuestos para explicar la neolitización de la cuenca mediterránea occidental contienen problemas en su propIa estructura lógica. Estos problemas se deben, en cierta medida, a que las teorías que los articulan tratan de dar cuenta de todas las "fuerzas" que los componen. Lo que queremos decir es que todo proceso histórico es la resultante de componentes culturales y naturales, debiendo explicarse éstas a partir de encuadres diferenciados. No es posible comprender un sistema de la complejidad de un hecho histórico, observando el infinito cúmulo de sucesos individuales que lo componen. No obstante, si esto fuera posible, cualquier teoría explicativa del sistema sería de una tal complejidad, que haría ininteligibles sus posibles modelos derivados. Sería, pués, deseable una teoría de alto nivel que permitiera formular hipótesis y contrastar resultados sin necesidad de un conocimiento total y detallado del sistema a modelar; un marco general que pueda generar complejidad a partir de reglas simples. U na tal teoría existe: La Teoría del Caos en Sistemas Deterministas. Lejos de hacer referencia al vacío primigenio y a los espacios infinitos que existían antes de la creación del Universo, según la cosmogonía griega, la Teoría del Caos alude a la imposibilidad de predecir el comportamiento de sistemas complejos a largo plazo (Lorenz, 1963: 130), de aquéllos donde está presente la no linealidad, esto es, donde los efectos no son proporcionales a las causas. El Caos, aplicado originariamente a sistemas dinámicos, se ha ido revelando de gran utilidad en el dominio de la casi totalidad de las ciencias naturales, aunque no únicamente aquí. Así, en medicina, da cuenta del crecimiento y estructura de los sistemas arterial y venoso o de las arrítmias del corazón antes de un infarto de miocardio; en biología explica la coexistencia de especies distintas en un mismo ecosistema; en economía se ha utilizado para predecir las fluctuaciones del precio de las mercancías, etc. La Teoría del Caos, intuída por Henri Poincaré a principios de siglo, ha surgido como tal en los últimos veinte años. En el momento actual está siendo dotada del aparato matemático necesario para poder ser útil cuantitativamente allá donde lo es cualitativamente. Bajo términos como fractal, atractor extraño, efecto mariposa o exponentes de Lyapunov, subyace la posibilidad de cuantificar y entender el comportamiento de sistemas cuya complejidad impediría su conocimiento determinista. Algunos de los conceptos definidos al amparo de esta teoría pue-den aplicarse con éxito a la t! xplicación de prohlemas históricos como los relativos a la transmisión dt: información genética o tecnológica ~omo la expansión de los elementos neolíticos que veíamos anteriormente-o Hemos utilizado dos de ellos: la percolación y la geometría fractal (Mandelbrot, 1977). El concepto de perca/ación fUt: ideado por S.R. Broadbent y J.M. Hammersley (1957), para describir el flujo de un fluido a través de un medio poroso. Este flujo resultó ser un proceso de nuevo tipo que difiere considerablemente del de difusión clásico: llamaron a tales fenómenos «procesos de percolación». En su opinión, mientras que los procesos de difusión suponen una componente de aleatoriedad en la trayectoria de un elemento sobre un medio regular y homogéneo, los percolativos suponen un movimiento regular del mismo a través de un medio con cierta componente de aleatoriedad. La percolación permite una descripción estadística de los sistemas constituidos por un gran número de elementos que pueden estar relacionados entre sí. En un sistema de este tipo, la comunicación a gran distancia puede ser posible o imposible dependiendo del número de elementos y de sus conexiones. Supongamos un sistema constituido por una red de puntos, a los que vamos a llamar nudos, algunos de los cuales pueden estar conectados entre sí. Formalmente la red de nudos equivale al espacio Z2 de los puntos de R2 con coordenadas enteras. Dos nudos de Z2 son contiguos si tienen todas sus coordenadas iguales excepto una, que se diferencia en una unidad. Cada par de nudos contiguos determina un contacto, que puede estar en uno de los estados siguientes: abierto o cerrado. Se llama E2 al conjunto de todos los posibles puntos de contacto, o lo que es lo mismo, la malla o red, siendo G!;; R2 el subconjunto de E2 de todos los contactos abiertos (Guzman et alii, 1993). De este modo, si un contacto pertenece a G diremos que está abierto y lo llamaremos camino, de forma que podemos imaginar los contac- tos abiertos como caminos que conectan puntos contiguos de la red, a través de los cuales puede circular la información entre dos puntos cualesquiera arbitrariamente alejados. El conjunto de los puntos conectados con sus vecinos forma un racimo. C. Alonso Jiménez y J. Velázquez Cano El problema así planteado lo denominaremos perco/ación por conexiones. Del mismo modo podemos definir la perca/ación por nudos, puesto que podemos tener un nudo en alguno de los dos estados -abierto o cerrado-, caso en el que G es el conjunto de todos los nudos abiertos. Nos centraremos en el primer problema. En una configuración G dada, tomamos un punto (origen) a partir del cual podrá fluir la información; llamaremos C (O) al conjunto de puntos conectados al mismo, siendo IC (0)1 el tamaño del racimo. La mayor parte del estudio de la percolación se centra en la distribución de estos racimos de caminos abiertos. En particular, si el suceso que IC (0)1 es infinito (2), tiene probabilidad positiva, diremos que los enlaces percalan. Sea p la densidad de caminos, o lo que es lo mismo, la probabilidad de que haya un camino que conecte dos puntos contiguos, esto es, que un contacto esté abierto. El problema es encontrar el tamaño de un racimo típico en función de p. Cuando p es suficientemente grande, existe un racimo que se extiende por todo el sistema, conectando los extremos más alejados del mismo. Cuando, por el contrario, p es muy pequeña no existe esta conexión "a larga distancia". Existe un valor crítico Pe -tal que O < Pc< 1-a partir del cual es posible recorrer el sistema de un extremo a otro. Se dice, entonces, que el sistema ha percolado y se caracteriza por la existencia de un racimo de longitud infinita. El concepto que acabamos de definir no es inmediato, por tanto, vamos a proponer un ejemplo que será suficiente, por el momento, para tener una idea intuitiva de su significado. Consideremos un grupo de islas entre dos continentes (red) y supongamos que el nivel del mar baje progresivamente; poco a poco aumenta la superficie de tierra emergida, pudiendo quedar unidas algunas de ellas mediante una suerte de istmos (caminos). Un náufrago qll:e se salvara de una catástrofe al principio del proceso se encontraría confinado en una sola isla. A medida que bajara el nivel de las aguas, la isla de nuestro amigo Robinson se iría conectando con otras (racimo), aumentando su dominio de excursión. En un momento concreto, cuando el nivel del mar alcanzara una altura determinada (valor crítico), el náufrago podría alejarse arbi-trariamente de su isla primitiva, pudiendo pasar de un continente a otro sin atravesar nunca un brazo de mar (perca/ación). Estadísticamente, podemos definir la distribución de racimos de tamaño finito s -s-racimo-, por la densidad de los mismos (n s (p), es decir el número de racimos que poseen s caminos por unidad de superficie. El producto s. n. \, (p) corresponde a la probabilidad de que un camino dado forme parte de un s-racimo. El tamaño medio de los racimos, S (p), puede definirse mediante Se define probabilidad de perca/ación, P (p), como la probabilidad de que, cuando la fracción de caminos abiertos es p, un nudo determinado pertenezca a un racimo "infinito". En particular diremos que P 00 (p) es la probabilidad de que el origen forme parte del racimo "infinito". La p más pequeña que hace que P 00 (p) sea positiva la denotaremos por Pe Y le llamaremos umbral de perco/ación, esto es, Los conceptos de probabilidades que hemos definido son suficientes para estudiar un problema de percolación en una red simple constituida por seis yacimientos. Queremos poder encontrar entidades tomando como base de su diferenciación una característica -en el mismo sentido que se utiliza el desarrollo de redes de intervisivilidad o los análisis estadísticos para definir grupos y señalar fronteras-que dé coherencia interna a las primeras de forma que quede definida una estructura de conexiones. La manera de hacerlo es estudiando la probabilidad de transmisión de una cierta información, esto es, analizando el establecimiento de relaciones entre puntos extremos de la red a partir de la existencia de una relación unitaria en yacimientos vecinos. Lo plantearemos del siguiente modo: estudiaremos la existencia de relación entre dos puntos contiguos (caminos) con probabilidad p, o la ausencia de ella con probabilidad I-p. ¿Que relaciones han de existir entre los nudos para que se transmita información de A a B? Hemos considerado la hipótesis de que la información sólo puede transmitirse por caminos que conecten nudos contiguos. Si estuviesen conectados todos, la probabilidad de que una información pase de A a B es máxima, es decir, forman un grupo coherente: si no existe conexión entre los nudos, la información no puede transmitirse y podríamos entender que no existe coherencia interna entre los puntos. Es evidente que debe haber un número mínimo de caminos para que la información se transmita entre los dos extremos. Tratamos de calcular ese número mínimo y P como la probabilidad de percolación, concepto que llamaremos desde ahora Índice de Agrupamiento (lA). Definimos la probabilidad p como: p= n° conexiones existentes n° máximo conexiones Analizamos lo que ocurre con la información que se propaga de A hasta B en función de las distintas configuraciones de existencia o inexistencia de las conexiones entre yacimientos contiguos (Fig. 1). Suponemos la situación de la figura la, en que se bloquea la conexión A-I (el esquema de razonamientos y los resultados finales son independientes de la primera conexión en ser bloqueada). Aquí la información se transmite. Si en otro momento resulta bloqueado el camino 1-2, los puntos A y B continúan estando conectados (Fig. 1 b). Cuando se bloquean las conexiones 2-4 y 4-B, la transmisión de la información queda interrumpida. En este caso (Fig. le), la parte crítica de los caminos bloqueados es igual a 1/2. Por otra parte, si la segunda conexión bloqueada es la A-3 (Fig. Id), A Y B dejarán de estar conectados y la fracción crítica sera 1/4, de forma que el umbral de percolación Pc es una variable aleatoria discreta que puede tener alguno de los siguientes valores: para el problema de las conexiones 1/4, 3/8, 1/2, 5/8 y 3/4. Oifcrt: ntes posibilidadt:s en el hloqueo de conexiones entre yacimientos contiguos. La red utilizada para calcular el lA está compuesta por seis yacimientos. En la figura 2 se ha representado la dependencia del lA en función de la fracción de caminos bloqueados, p, de una configuración dada. Cuando las probabilidades son pequeñas no existe conexión entre A y B, si continuamos el análisis, aparece una probabilidad crítica Pc a partir de la cual comienza a crecer el número de configuraciones posibles que permiten paso de información, de forma que se van definiendo grupos hasta gue el lA = 1, en que todos los elementos poseen una cierta homogeneidad. T. P., 52, n.O 1, 1995 En sistemas constituidos por gran número de elementos, este método de análisis permite definir asociaciones, es decir, permite agrupar los ítems de forma homogénea. La suma de todas la probabilidades que tiene un camino de pertenecer a un s-racimo o al racimo infinito que ha de ser igual a p 00 LsnsCP) + poo(P) = p s = 1 Se conoce como fracción accesible XA (p), a la fracción de caminos abiertos pertenecientes al racimo infinito. El valor de la densidad de caminos crítica, Pe, depende de la dimensión espacial d -para los problemas que pueden presentarse en arqueología, d = 2-, del problema planteado (enlaces o nudos) y del tipo de red. En dos dimensiones se puede calcular Pc exactamente en algunos casos, en otros el cálculo debe realizarse mediante técnicas de simulación numérica (3). En la tabla 1 se muestran los valores del umbral de percolación para tres tipos de redes y para los problemas de caminos y nudos. Una forma de calcular el tamaño típico de un racimo es definiendo la longitud de correlación, ~(p), como el radio típico de los racimos de conexiones para p Pc' Sea P(r) la probabilidad de que sea posible unir, mediante caminos, dos puntos elegidos al azar separados por una distancia r. Si p < PC' P(r) es pequeño para grandes distancias r, y posee una dependencia con r del tipo: r P(r) a exp ( ---) de manera que P(r) ~ 1 cuando ~(p) ~ 00 (p ~ Pc)• En la figura 3 se muestra el resultado de la simulación numérica de un proceso similar al del náufrago que veíamos más arriba. En esta simulación aplicamos los conceptos vistos hasta el momento. Los cuadraditos blancos se corresponderían con porciones de tierra firme y los negros con zonas ocupadas por el mar (Fig. 3a ). A medida que va descendiendo el nivel del agua (Fig. 3b) nuevas porciones de tierra van apareciendo. Esto ocurre hasta que el proceso llega a cierto nivel crítico de la altura del agua en que ya es posible pasar entre dos puntos alejados sin necesidad de mojarse los pies (Fig. 3c). Los valores numéricos de estas magnitudes que acabamos de definir, para cualquier p ~ Pc' dependen de detalles topológicos de la red que constituye el sistema; por ejemplo, el número de a b vecinos más próximos a un nudo dado. No obstante, en las proximidades del umbral de percolación, Pc' escribe P. Grassberger (1992: 766), estas cantidades obedecen a leyes de escala que son independientes de la estructura de la red y de sus detalles locales. En las proximidades del valor crítico, PC' el comportamiento de las diferentes cantidades resulta ser T. P., 52, n.o 1, 1995 P(p) -Ip -pJI ~(p) -Ip -Pcl-lJ S(p) -Ip -Pcl-Y donde los exponentes e, \) y y se conocen con el nombre de exponentes criticos y su característica fundamental es que son universales, es decir,. son independientes de los detalles locales del sIstema (4). Una de las aplicaciones más interesantes de la percolación, el estudio y seguimiento de ~~ propagación de incendios forestales (Bak el alll, 1990: 297), nos va a servir para explicar un punto importante de la teoría: según sea la disposición geométrica y la cantidad de árbol~s, u~ incendio se propagará o no. Para cada dISpOSIción geométrica particular de los árboles, el fuego no avanzará si la cantidad de árboles. es menor que un cierto número; por contra, SI es mayor, el bosque quedará arrasado totalmente. Tenemos aquí una dinámica percolativa: se trata de un fenómeno umbral. Es importante señalar que, debido a una serie de causas exte~n~s -en este caso un fuerte viento-, puede eXIstir una perco/ación dirigida. Estudio de la componente temporal Supongamos la situación en la que aparecen caminos bloqueados, es decir, no existe relación entre dos grupos, o ésta se ha interrumpido en un momento determinado; diremos que esta relación se produce o se reestablece en una escala de tiempo de expansión suficientemente grande. Estudiaremos cuándo es posible la relación entre grupos-expansión de elementos a través de caminos bloqueados, o lo que es lo mismo, cuán- do se desbloquean estos caminos. Esto es factible en un problema como el de la expansión de la producción de alimentos, en el que tenemos un amplio intervalo temporal. Para una configuración w, es interesante considerar el tiempo mínimo, que llamaremos t (w), necesario para que se transmita la infor- n-+ oo existe con probabilidad 1, es finita y la denominamos «first-passage time» (Chayes y Chayes, 1986: 1051); esto es, el tiempo necesario para que se produzca el paso de un e~emento cualquiera desde un grupo a otro.contlguo. En. este contexto es interesante consIderar el conjunto C r (úJ) de puntos conectados en un tiempo't después de que se haya efectuado un contacto entre dos grupos. Nuestro problema consiste en asignar independientemente a cada conexión de la red de relaciones un «estado» -representado por un número no negativo-o A este número lo llamamos «coordenada tiempo» y se corresponderá con el tiempo necesario para atravesar la conexión, o lo que es lo mismo, el tiempo que tran~ curre entre la salida de un elemento de un pnmer grupo y la llegada de éste a un segundo. Estos tiempos se asignan de acuerdo con una distribución de probabilidad que llamaremos e. Estudiaremos el comportamiento asintótico del camino con un tiempo mínimo que conecta puntos distantes. En parti~ular, tratare~os el «first-passage time» entendIdo com? el t~emp? medio necesario para recorrer una distanCia UnIdad a lo largo del camino mínimo. El primero y más importante resultado de la teoría es la propia existencia del «first-passage time»: esto significa que la apertura-cierre de canales de difusión entre grupos depende de la amplitud temporal, es decir, sólo es necesario un amplio intervalo de tiempo para que exista percolación, o lo que es lo mismo, para que la relación entre dos puntos suficientemente alejados de la red sea efectiva. La existencia de este número tiene una segunda consecuencia que podemos form~lar arqueológicamente del siguiente modo: el tler: zpo necesario para que un elemento se transmlfa entre dos puntos es independiente, tanto de la cantidad de puntos intermedios, como de la configuración de caminos formados entre ~r:z~os. Una propiedad de este modo de anahsls es su aplicabilidad, también, a elementos singulares del sistema; punto que podemos relacionar con el modelo de adopción de innovaciones tecnológicas de Layton (1989). Como veíamos en el apartado l. los yacimientos pre-neolíticos mediterráneos conformaban una estructura de bandas igualitarias, cuyas relaciones de reciprocidad configuran una red posiblemente isotrópica, que funcionaba como un sistema interactivo. Este tipo de sistemas se organizan perpetuamente a sí mismos hasta llegar a un estado crítico en el que un acontecimiento da inicio a una "reacción en cadena" capaz de afectar a un número cualquiera de elementos del mismo. Esta idea, conocida como Teoría de la Criticalidad Auto-organizada, fué concebida por Per Bak, Ch. Tang y Kurt A. Wiesenfeld (1987) para explicar el comportamiento de los sistemas que contienen infinidad de elementos que interactúan a pequeña escala. Ésta constituye una teoría holística (6). Resulta imposible comprender la dinámica general de tales sistemas estudiando, por separado, las partes que lo componen. ¿Pueden estas hipótesis de criticalidad autoorganizada describir la evolución del proceso de neolitización del Mediterráneo occidental? responder a esta cuestión tomemos una distribución de sitios y sus interconexiones como conjunto de partida. Superponemos sobre el plano que conforman una retícula cuadrada de lado E. A continuación contamos los cuadrados que contienen algún elemento del conjunto, de forma que obtenemos un número N que está relacionado con el tamaño de la malla según una función potencial del tipo Si repetimos el proceso con mallas de E cada vez más pequeños y representamos los resultados en un eje doblemente logarítmico (7) (Fig. 4), éstos se disponen sobre una línea recta con (6) Las características globales no dependen de los mecanismos locales. (7) Esto es así ya que donde n es el número de copias en que puede ser descompuesto un fractal a escala r de sí mismo (Guzmán et alii. pendiente D. la cual se conoce como dimensión fractal. WJ V-¡:;: \'""-' }..., -í ) Esta dimensión caracteriza un nuevo tipo de objetos que suelen denominarse fractales (Gleick, 1988: 105) -que son el elemento singular de la Geometría Fractal-, los cuales se carac-T. Los fractales se podrían entender, en opinión de Bak y Chan (1991: 23), como "instantáneas" de procesos críticos auto-organizados. Si, como hemos dicho, la evolución del proceso neolitizador se comporta como un sistema interactivo, puede ser descrito mediante la geometría fractal. Desde este punto de vista, el concepto de dimensión, como característica fundamental de tales sistemas para todo punto singular de su desarrollo, se hace relevante debido a que la dimensión fractal define tales sistemas. Pero, ¿qué sentido tiene decir que la estructura de yacimientos y sus relaciones es un fractal? Lo que significa es que podemos definir un modelo matemático fractal que aproxima satisfactoriamente la red real de relaciones en toda una franja de escalas, limitada por ciertos valores máximo y mínimo que, siguiendo a Mandelbrot (1993), llamaremos Corte Superior e Inferior; en nuestro caso: la escala mediterránea y la escala individual respectivamente. Este es el sentido de decir que la red estudiada posee determinada dimensión, nos estamos refiriendo únicamente a las propiedades del modelo matemático que explica el sistema. El procedimiento que hemos visto no es meramente matemático sino que es aplicable a objetos reales, tales como la estructura capilar del sistema circulatorio, la propagación de un incendio en un bosque, la expansión de información genética en poblaciones humanas, las redes de intervisibilidad entre asentamientos, o los procesos de adopción de innovaciones tecnológicas proporcionando, en cada caso, su dimensión fractal correspondiente. Generalizando, podemos decir que es útil para el análisis de todo tipo de procesos de expansión de información y, debido a que éstos tienen un caracter que podemos considerar natural, esto es, fuera del dominio de la cultura, la aplicación de la geometría fractal, basada en la dinámica percolativa, es general a todos ellos. Imaginemos la misma red de asentamientos sobre una topografía cualquiera -una red bidimensional-en un instante determinado, desde uno de ellos, que consideramos asentamiento origen, se propaga una cierta característica, tenga carácter genético, tecnológico, etc. Ésta solo puede propagarse a asentamientos vecinos. La influencia sobre las poblaciones más cercanas a T. P., 52, n.o 1,1995 éste es fácil de imaginar: por hallarse directamente conectadas con él, tendrán una gran probabilidad de "adquirir" la información transmitida (8). Que esa probabilidad no se alcance, y lo que falte para llegar a ella, depende del valor de p, o probabilidad de conexión entre dos asentamientos. Los puntos más distantes carecen de conexión directa con el foco originario, pero esto no significa que su influencia termine en sus vecinos directos. A medida que pasa el tiempo, la red de asentamientos evoluciona, es decir, se van abriendo nuevas conexiones entre sus individuos, cada vez más alejados de él -puesto que cada uno de los puntos vecinos al foco originario se transforma en un nuevo origen-, de forma que la información puede circular por gran parte de la red (Fig. 5). El alcance de la influencia del foco originario puede medirse observando la característica en poblaciones alejadas y equidistantes del mismo. Diremos que los yacimientos están correlaciona- dos si la observamos en ellos. La distancia máxima a la que tal correlación puede detectarse la llamamos longitud de correlación. Los puntos separados por una distancia mayor que ésta, decimos que son independientes. Cuando p es pequeña, la longitud de correlación también lo es. Con el tiempo p crece, debido a que se abren nuevas conexiones entre asentamientos, apareciendo correlaciones entre distancias mayores. Cuando la magnitud temporal es suficientemente grande, p se acerca a Peo aumentando más rápidamente la longitud de correlación. Cuando p alcanza Pe' la longitud de correlación se hace infinita, es decir, cualquier par de asentamientos están correlacionados, independientemente de cuál sea la distancia entre ellos. En este momento, observamos que cualquier característica transmisible y transmitida desde el foco original puede encontrarse en otra' población cualquiera en los extremos de la red. Lo que es más significativo en el aumento de la longitud de correlación es que, cuando mayor es el tamaño máximo del conjunto de poblaciones conectadas, la correlación en conjuntos más pequeños no desaparece; simplemente se transforma en una estructura más "fina" superpuesta a una mayor. Desde esta perspectiva podemos plantear dos fases en el desarrollo general del proceso neolitizador: • Mientras la longitud de correlación sea finita -p < Pc-' en el sistema encontramos grupos con lo que podríamos llamar características neolíticas y grupos sin ellas. Según las hipótesis de la criticalidad autoorganizada, esta fase es dinámica, evolucionando el sistema hacia la segunda fase • en la que la longitud de correlación se hace infinita -p = Pc-y, el sistema puede considerarse, en su totalidad, homogéneo a cualquier escala, esto es, la práctica totalidad de los grupos poseen caracteres neolíticos, quedando núcleos aislados sin éstos. El modelo que hemos planteado no persigue la explicación de las causas de la expansión de elementos neolíticos en la Cuenca Mediterrá-nea, sino que explica la dinámica de los procesos de transmisión de información, procesos que, aquí, no hemos considerado en sus aspectos específicamente culturales sino en un sentido general. En el modelo que proponemos, el flujo de información se realiza sobre una estructura de asentamientos relativamente estática y con cierta componente estocástica en la que, aquél discurre por la red de relaciones segmentarias entre grupos vecinos de forma regular. De este modo podemos explicar la existencia de características neolíticas en lugares suficientemente alejados sin recurrir a movimientos de grupos. La naturaleza fractal de la red le viene dada por el proceso de ramificación y subramificación -desde escala individual hasta escala mediterránea-. En definitiva, el análisis de estas estructuras a partir de la geometría fractal posibilita la definición del sistema de forma integral: permite estudiar sus componentes externos -fronteras (Feder, 1988)y sus características internas -estructuración sobre el espacio (Guzmán, 1993)-, T. P., 52, n.o 1, 1995 posihilitando la comparación entre áreas y grupos. Por otro lado. la percolación se encuadra en un marco conceptual que se ha mostrado eficiente en la solución de problemas abordados por otras disciplinas. En el ámbito de la Arqueología. un razonamiento de este tipo puede utilizarse en el análisis y la comprensión de otros problemas como los estudios de estructuración del espacio a partir de relaciones de intervisibilidad, la distribución de ideas, objetos e innovaciones tecnológicas o la dispersión de patrones artísticos en grandes áreas; en definitiva, cualquier proceso que implique transmisión de información.
En este artículo se ofrecen unas notas para una historia de la arqueología española en los siglos XVIII, XIX Y XX. Hemos elegido como eje de la exposición la relación entre el desarrollo de la arqueología y los intereses políticos que caracterizaron cada momento histórico. España se halla inmersa dentro de un contexto europeo y, como en los demás países, la arqueología se ha visto mediatizada por los cambios de régimen a lo largo de las tres últimas centurias. Desde su uso por parte de la monarquía como medio de legitimar sus prerrogativas en el siglo XVIII, la influencia que en ella ejerce la emergencia de los nacionalismos en el XIX y su plasmación en la creación de instituciones, y las distintas visicitudes políticas de este siglo, en todas las épocas se constata la poco explícita pero indudable relación entre arqueología y poder. En los últimos años se ha ido extendiendo entre arqueólogos e historiadores de la antigüedad españoles un interés por la historia de su propia disciplina. entenoicndo. como sucede ya en otras ciencias. que t:I conocimiento de ésta es fundamental para la comprensión de prohlemas y teorías vigentes derivados de su práctica en el transcurso oe los siglos. Este interés se ha traducido en la publicación de diversos trabajos sobre historiografía de la arqueología. unos enfocados al modo tradicional hacia la pura historia cronológica de la excavación de determinados yacimientos, mientras que otros, más teóricos. se han propuesto integrar el desarrollo de las actuaciones arqueológicas que tratan en el contexto social y cultural de la época correspondiente (2). Nuestro propósito al escribir este artículo es establecer una línea argumental coherente sobre la que puedan basarse ambas tendencias historiográficas en ulteriores trabajos. En este sentido nuestra intención no es otra que apuntar una serie de rasgos significativos, así como trazar. una historia general de la arqueología en España desde sus inicios como método de conocimiento del pasado en la época de la Ilustración, sus primeros pasos como disciplina a través de la creación de sociedades arqueológicas, museos y otras instituciones en el XIX hasta su integración plena en la actividad universitaria y profesional a lo largo del siglo XX. LA ARQUEOLOGÍA DE LA ILUSTRA-CIÓN Es evidente que el concepto de arqueología como ciencia o disciplina autónoma no puede aplicarse con propiedad hasta la segunda mitad del siglo XIX, por razones que luego veremos, pero ya desde mediados del XVI se puede detectar en España -como en otros lugares de Europa-un claro interés por el coleccionismo y estudio de determinados vestigios de la Antigüedad (monedas, inscripciones y, en menor medida, escultura) como método directo de conocimiento histórico (Mora, 1994: capítulo 11; Cacciotti y Mora, e.p.) (3). Sin embargo, se puede considerar que es en el siglo XVIII cuando la arqueolo- (2) Puede verse un panorama significativo de estas posibilidades en las Actas del primer Congreso de Historiografía de la Arqueología y la Historia Antigua en España (siglos XVIII• XX), celebrado en Madrid en diciembre de 1988 (Arce y Olmos, 1991). (3) El capítulo dedicado a los antecedentes de la arque• ología española, centrado en los trabajos y empresas anticua• T. P., 52, n.O 1, 1995 Mllrgllrita Díaz-Andreu y Gloria Morll gía. considerada como ciencia auxiliar de la Historia. da sus primeros pasos gracias a la protección de la monarquía y a la labor de ciertas instituciones oficiales. El establecimiento de la nueva dinastía borbónica en España tras la Guerra de Sucesión supuso un cambio drástico en la situación del país gracias a las mejoras introducidas por Felipe V y sus sucesores en múltiples aspectos relativos al gobierno de la nación. A lo largo del siglo los Borbones intentarán legitimar su presencia en España mediante la recurrencia constante al pasado grecorromano en campos como la historia, el arte o la iconografía real, hecho que se refleja también en la promoción de diversas actividades de carácter arqueológico (Mora, 1994: capítulos III y IV). Por lo que respecta a las ciencias, los Borbones, y especialmente Fernando VI, dan impulso a los estudios anticuaristas a través de dos líneas de actuación fundamentales: por una parte la creación de Academias como la Real de la Historia o la de Buenas Letras de Sevilla (Aguilar, 1966), dedicadas a la elaboración de una Historia nacional desbrozada, como pedían Nicolás Antonio en el siglo anterior y el deán Martí a comienzos de éste, de todas las leyendas sobre el origen mítico-bíblico de España propiciadas por Annio de Viterbo y los falsos cronicones (Godoy, 1868); por otra, la realización de los llamados "viajes literarios", organizados y en gran parte financiados por Fernando VI a imitación de las empresas topográfico-anticuarias de Felipe II y continuados por Carlos 111 y Carlos IV, llevados a cabo por comisionados reales y miembros de la Real Academia de la Historia con el fin de recoger documentos de toda clase (entre ellos restos arqueológicos, especialmente inscripciones) que apoyasen las pretensiones reales en la cuestión del Patronato Regio, es decir, la lucha de la monarquía contra los beneficios eclesiásticos impuestos por el Papado. Destacá entre ellos, por el volumen de sus resultados, el viaje del marqués de Valdeflores entre 1747 y 1765 para registrar todas las antigüedades de España, cuyos 67 tomos manuscritos e inéditos se conservan en la Academia de la Historia (Mora, 1991(Mora, y 1994: cap. 111.3: cap. 111.3). ristas de los siglos XVI y XVII, ha debido ser eliminado de este texto a causa de las limitaciones de espacio. Por tanto, será tema en el futuro de otro artículo más amplio. La Real Academia de la Historia. fundada en 1737, es la institución centralizadora de las actividades históricas y anticuaristas del siglo XVIII. Después de las Instrucciones sobre la protección y conservación de antigüedades dadas como Real Orden por el marqués de la Ensenada, ministro de Estado, el 8 de abril 1752, ella controlará cuantos hallazgos y excavaciones se hacen en España en materia de antigüedades, así como la publicación de obras al respecto a través de la figura del censor o la aprobación de excavaciones en lugares con vestigios arqueológicos. Esto dará lugar a una sutil manipulación en la práctica y difusión de la arqueología, como sucede por ejemplo en el caso de la polémica sobre la romanización de Cantabria y su pertenencia al País Vascongado (Duplá y Emborujo, 1991), o bien en el dictamen negativo del conde de Lumiares acerca de la conveniencia de excavar en Elche, en una zona donde había aparecido una serie de fragmentos escultóricos ahora identificados como ibéricos, pero que en aquel momento se consideraron "romanos de baja época" o medievales y, por tanto, de escaso interés (Albertini, 1934). Por encargo directo de la Academia, o mediante su protección, se realizaron una serie de trabajos que tendrán gran importancia en el desarrollo de la arqueología española, porque, aun cuando permanecen inéditos, sus resultados fueron aprovechados por especialistas posteriores. Así, el epigrafista alemán Emil Hübner, que por encargo de la Academia de Berlín recorrió la Península entre 1860 y 1862 para elaborar el tomo 11 del Corpus Inscriptionum Latinan/m (Berlín, 1869), recogió en su obra todas las inscripciones mencionadas por eruditos del XVII y XVIII, pero sobre todo se basó en la recopilación hecha por el académico de la Historia Cándido María Trigueros en la última década del siglo, titulada Diccionario geográfico antiguo o Colección litográfica y que constaba de más de un millar de epígrafes (Mora, 1988y 1994: cap. IY.3, especialmente pp. 144 ss.). Otros proyectos importantes de la segunda mitad del siglo fueron el reconocimiento y dibujo de restos arqueológicos, así como las excavaciones en yacimientos de gran tradición histórica y erudita como Segóbriga (Comide, 1799), Sagunto, Itálica, Mérida, Numancia, Clunia, Munigua, Illici, etc. (Mora, 1994: cap. IY.4.2). Cabe destacar el hecho de que a finales de siglo los estudios sobre el pasado de la nación no se circunscriben exclusivamente a la época romana: el naciente interés por el mundo árabe se manifiesta en la redacción de la primera Historia de la dominación de los árahes en España por José Antonio Conde, pionero del arabismo en España. y soore todo en la empresa oficial de José de Hermosilla. quien en 1766-1767 dirige el levantamiento de las antigüedades árabes de Córdoba y Granada realizado por los arquitectos Juan de Villanueva y Pedro Amal (Rodríguez Ruíz, 1992). Por lo que respecta a los contactos entre anticuarios españoles y europeos, parece que fueron escasos y muy puntuales; en todo caso son mal conocidos debido a la ausencia o pérdida de documentación. Un precedente constatado es el envío por parte del deán de Alicante Manuel Martí al erudito y anticuario benedictino Bernard de Montfaucon de una serie de dibujos de antigüedades españolas que fueron reproducidas en su gran corpus L'Antiquité expliquée et represenlée en figures (t. II, lám. XVII, 1): teatro de Sagunto, anfiteatro de Itálica, bajorrelieves de la colección del duque de Alcalá, pátera argéntea de Alicante, hoy desaparecida; Martí prestó también su colección de monedas y una recopilación de 414 inscripciones hispanas hecha por él al marqués Scipione Maffei, erudito de Verona, para que las incluyera en su obra (Mora, 1994: 143 y 153). Años después, el conde de Caylus recibió una serie de envíos españoles para su Recueil d'Antiquités: Gregorio Mayans, disCÍpulo de Martí, contribuyó con un dibujo y discurso sobre el mosaico de Baco hallado en 1745 en Sagunto, aunque sólo se publicó el dibujo (t. 11, lám. CVII); el marqués de la Cañada envió también trece láminas con dibujos de cincuenta objetos antiguos de su colección, de las que Caylus reprodujo sólo algunos (suppl. t. Durante los primeros años del XIX continuaron los trabajos comenzados por los eruditos académicos, tanto de la Real de la Historia como de las Academias de Buenas Letras de Sevilla y Barcelona, los cuales, como se ha visto, se decantaban principalmente por el estudio de las antigüedades nacionales, produciendo obras de la importancia del Sumario de las Antigüedades Romanas que hay en España de Juan Agustín Ceán Bermúdez (publicado en fecha tan tardía como 1832 a causa de los avatares de la Guerra de la Independencia). La invasión francesa (pese al iIlkrés por la arqucol, ogía demostrado por el rey José Ronapartc. como veremos) y la guerra paralizaron durante largo tiempo las actividades histórico-arqueológicas, que no se reanudarán con cierta regularidad hasta mediados de siglo (Mora,c.p.: n. LA FORMACiÓN DE LA ARQUEOLO- GÍA PROFESIONAL EN EL SIGLO XIX La Revolución Francesa de 1789 supone el triunfo del nacionalismo como ideología política basada en el Estado-Nación y la adquisición por parte de las clases medias de un papel protagonista. El nacionalismo liberal cumple inicialmente una función legitimadora de un nuevo sistema político que ha dejado de contar con el recurso a las viejas prerrogativas, la tradición, el principio dinástico o la religión. Esta función centralizadora adquirida por la nación refuerza definitivamente la importancia ya sabida en siglos anteriores del estudio del pasado, ya que en él se justifica su existencia. Uno de los factores claves del nuevo régimen será el énfasis en la educación del ciudadano, en su formación para ser parte de la nación, conocerla, saber de su origen y desarrollo, ayudar a su mantenimiento y si es necesario defenderla. Para llevar a cabo esta labor formativa se hará necesaria la sistematización e institucionalización del saber, en el que adquiere un papel primordial el discurso histórico. Éste ahora ya no centra en la monarquía su objeto de estudio, sino en un sujeto colectivo y por tanto en la nación, y su fin es didáctico, enseñar a los ciudadanos, dar "ejemplos y lecciones a un pueblo" (José Zaragoza en 1852, cit. en Cirujano Marín el alii, 1985: 8). El desarrollo de los estudios históricos presenta en la Europa del siglo XIX ritmos dispares en cada país, siendo los económicamente más avanzados los primeros en lIevarIa a cabo y los que ejercen de modelo para los más retrasados, entre los que se encuentra España. El factor común a toda Europa, clave para entender el desarrollo de la arqueología y su institucionalización, será la transformación de la base social. En el siglo XIX el estudio de las antigüedades deja de ser patrimonio casi exclusivo de los estamentos noble y eclesiástico, como lo había sido en centurias anteriores por la razón obvia del acceso a la educación. Las clases medias, en su lucha por hacerse' un lugar en la sociedad y des-T. P., 52, n.O 1, 1995 nancar al Antiguo Régimen. identifican los intereses de la comunidad con los suyos propios personificando la colectividad en un solo ser, la nación. Sólo la exclusiva personalidad de ésta la habilita -es decir, habilita a sus clases medias-a detentar un poder político. Por ello para éstas el pasado, la génesis de la nación, presenta el máximo interés, y sus miembros comienzan a organizarse para llevar a cabo su estudio. En España este proceso comienza a darse en época más tardía que en Francia, pues tras el paréntesis que suponen el reinado de José 1 y la constitución de Cádiz, la restauración de la monarquía borbónica acarrea una censura de las nuevas ideologías, entre elIas del nacionalismo. Sin embargo, la muerte del rey Fernando VII en 1833 y el advenimiento del liberalismo durante la regencia de M a Cristina posibilitará el surgimiento de asociaciones y sociedades culturales, que canalizarán el interés por lo pretérito. Basilio Sebastián CastelIanos de Losada y Francisco Bermúdez de Sotomayor son sus principales artífices y comparten su procedencia de las clases medias (4). La presencia de éstas en la base social de la arqueología española quedará reforzada a partir de la profesionalización de la disciplina en la segunda mitad del XIX, puesto que individuos de la clase media son los que en su mayoría ocupan los puestos de la docencia y de los museos. Fuera del cuerpo profesional, pero todavía avalados por instituciones que conservan un gran prestigio como las Reales Academias, quedan los sabios y los aficionados, grupo formado en gran parte por religiosos, por ejemplo el padre Fita, académico de la Historia desde 1879 y director de su Academia desde 1912 a 1916, o el padre Capelle, el excavador de la Cueva del Fraile junto a Segóbriga. La nueva preocupación por las antigüedades necesita para hacerse efectiva la organización legal de los procedimientos para llevar a cabo su recogida, estudio y exposición. En este sentido, y basándose en las Instrucciones de 1752, en 1803 la Real Academia de la Historia redacta la (4) Esta posibilidad de profesionalización de las clases medias por supuesto no es independiente del decidido impulso a la alfabetización llevado a cabo por el Estado liberal, proyecto que de todas formas se realizó de forma insuficiente en Espaila. primera norma legal relativa a la conservación del patrimonio antiguo, la Real Cédula del Consejo de Carlos IV, de 6 de julio de 1803, por la que se manda observar la "instrucción formada por la Real Academia de la Historia sobre el modo de recoger y conservar los monumentos antiguos descubiertos o que se descubran en el Reyno" (citado en Barandiarán, 1988: 103). La situación cambia radicalmente a partir de 1833 en España debido al repentino aumento de la circulación del número de obras de arte y de antigüedades tras la disolución de las órdenes religiosas. Estas colecciones son el germen de multitud de archivos, bibliotecas y, lo que es más importante para la arqueología, de nuevos museos que, dada la procedencia de sus colecciones, constan de una mayoría de obras de arte pero también incluyen objetos arqueológicos -o lo que en el siglo XIX se considera como tales. Estos nuevos museos vienen a sumarse a los gabinetes de antigüedades particulares y de las academias, con la particularidad de que son estatales y se distribuyen geográficamente de forma más repartida, ya que además de abrirse museos en grandes ciudades como el Nacional de Madrid en 1840, también lo hacen otros en entidades urbanas pequeñas como las de Castellón, Gerona o Huesca por poner sólo tres ejemplos (Sanz Pastor, 1990). En este contexto hemos de entender la aparición de las Comisiones de Monumentos Históricos y Artísticos en 1844, cuyo fin será el cuidado y protección de edificios, monumentos y objetos artísticos que tanto por "la belleza de su construcción, bien por su antigüedad, por su origen, el destino que han tenido o los recuerdos históricos que ofrecen" sean dignos de conservarse (R. O. 2 abril 1844). La creación masiva de museos lleva a la profesionalización de la arqueología. Este paso necesita para su realización, sin embargo, la superación de la barrera que supone la desconfianza que todavía producen los resultados obtenidos mediante el estudio de los monumentos frente a los provenientes del documento escrito. Esta parece ser la razón por la que, a pesar de que la Escuela Superior de Diplomática, creada en 1856, tenga como objetivo formar a archive-ros. bibliotecarios y anticuarios, el cuerpo profesional excluye en su denominación a estos últimos (5). Sólo en 1868, un año después de la creación del Museo Arqueológico Nacional, los englobará. transformando su nombre por el de Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios (Marcos Pous, 1993: 25). En la Escuela se incluyen desde un principio asignaturas como la de "Arqueología y Numismática". La Escuela Superior de Diplomática queda en pocos años anticuada, puesto que en los setenta estos estudios pasan en Francia a la universidad, cambio impedido en España por el mayor conservadurismo imperante y pese a los intentos realizados en este sentido durante el Sexenio Democrático, en 1873 (Peiró y Pasamar, 1991: 145). Parece importante definir qué se entiende en el siglo XIX por arqueología, y por tanto qué es lo que se está enseñando y a la postre profesionalizando. El término arqueología incluye entonces lo que ahora consideraríamos arqueología de la época clásica a la moderna, así como la historia del arte de estos mismos períodos. La prehistoria, por tanto, queda excluida, a excepción si acaso de alguna incursión en el ámbito de la protohistoria. La arqueología se define en estos años como la ciencia que estudia las obras de arte y de la industria bajo el exclusivo aspecto de su antigüedad (Peiró y Pasamar Alzuría, 1991: 147). La falta de obras de arte en la prehistoria y su ausencia de los textos clásicos le resta interés y prácticamente la excluye de los estudios arqueológicos oficiales, hecho que es general en toda la Europa meridional (ver para el caso francés Schnapp, 1984: 49). Los estudios prehistóricos se hallan en manos de profesionales de otras ramas ajenas a la historia. Sus máximos representantes son los geólogos Casiano de Prado y Vallo y Juan Vilanova y Piera, junto con etnólogos que a su vez ejercían profesionalmente en campos tan dispersos como el periodismo (Francisco María Tubino), la biología (Antonio Machado y Núñez) o la botánica y etnografía (Telesforo de Aranzadi). No será hasta el siglo XX cuando el estudio de la prehistoria pase a manos de historiadores. Decíamos al principio que la institucionalización de la arqueología española surge como resultado de la aparición del nacionalismo político. Este hecho hace comprender la imposibilidad de la inocencia política de la arqueología en la construcción del Estado español del siglo XIX, característica que como hemos visto era también evidente en los siglos anteriores. Las citas de los autores de este siglo están llenas de alusiones a la nación, y el ejercicio de la arqueología se percibe por sus actores como un acto patriótico. Esto no significa que el Estado español esté especialmente interesado en la arqueología, puesto que los símbolos principales por los que se define apuntan más hacia el período medieval cristiano y al triunfo del catolicismo en la Edad Moderna, y permite entender que las instituciones españolas muestren un cierto retraso con respecto a las de sus vecinos septentrionales. El interés proviene más bien de un grupo que no deja de ser minoritario entre los intelectuales del momento, pero que pretende que los demás perciban la imagen que tienen de sí mismos. En la segunda mitad del siglo veremos la aparición de actitudes contrapuestas, ya que el surgimiento de los nacionalismos periféricos opuestos al español hará cambiar de signo el discurso en ciertas regiones, que ahora se basará en la interpretación de las antigüedades como demarcadoras del origen de la nación catalana, vasca o gallega. A este proceso, que en algunos casos, como en el vasco, se remonta al siglo XVI (Duplá y Emborujo, 1991; Juaristi, 1992), lo veremos actuar con fuerza clara ya en la centu-(6) Sobre la presencia de temas arqueológicos en revistas de arte y semanarios ilustrados españoles del siglo XIX, cf. Mora, e.p. Margarita Díaz-Andreu y Gloria Mora ria siguiente. Por último resaltaremos una opción de escasa fuerza y de presencia principalmente en el siglo XIX y principios del XX: el pan-iherismo. Este se plantea como posibilidad política en la época de la unificación de Italia y de Alemania en 1870 y 1871, respectivamente, y pretende la unidad estatal de la Península Ibérica. Los arqueólogos Vilanova y Piera y Rada y Delgado, por ejemplo, señalan en 1892 a España y Portugal como "territorios que si en lo político constituyen por desgracia dos nacionalidades, en orden a su primitiva historia, deben formar uno solo, pues ningún límite natural los separa, siendo iguales así la estructura geológica según queda dicho como las gentes que desde remotos tiempos la poblaron". Pero sea o no por parte de pan-iberistas, lo cierto es que lo corriente es referirse a la arqueología de la Península Ibérica en su conjunto en obras generales, algo que en el siglo XX, sobre todo en sus décadas centrales, no será tan común. Por lo que respecta a las relaciones científicas internacionales, la actitud de los arqueólogos españoles no es totalmente pasiva con respecto a Europa (7), aunque quizá haya que atribuir a la escasez de medios y a su real lejanía geográfica el hecho de que les resulte más costoso participar en la misma medida que sus ricos vecinos septentrionales. Sólo unos pocos arqueólogos se animan a asistir a los congresos internacionales o exposiciones universales, lo que indica que de nuevo su presencia no responde a una planificación institucional sino a la intención meramente personal de una minoría, como Vilanova o Tubino. A pesar de los esfuerzos de estos pocos y conectando con la faIta de medios y con su reducido número, las contribuciones teóricas a la arqueología mundial --europea-son más bien modestas, aunque cabe citar como las más sobresalientes el descubrimiento del arte paleolítico y la definición (Ayarzagüena, 1992: 599) o por lo menos la defensa (Bosch Gimpera, 1919: 5) (8) de la existencia del Mesolítico y de la Edad del Cobre.." A finales del siglo X IX, por tanto, existen ya las bases de la arqueología española, con un cuerpo profesional formado y las primeras revistas especializadas en la calle. Sin embargo los esfuerzos hechos por este país, situado en la periferia de Europa y con graves problemas económicos y políticos, todavía no son homologabies al nivel alcanzado por los centroeuropeos, aunque las aportaciones de grandes figuras como Sautuola o Vilanova quedan finalmente aceptadas entre los avances de la ciencia arqueológica del siglo XIX. NACIONES Y ARQUEOLOGÍAS DEN-TRO DEL ESTADO ESPAÑOL: EL PRI-MER TERCIO DE SIGLO La crisis finisecular que atraviesa España obliga al país a un replantamiento de su situación social, política e intelectual. La pérdida de las últimas colonias se percibe como el culmen del desastre que se ha estado gestando durante tuda la centuria anterior. La sensación de decadencia conlleva como reacción una apertura intelectual de corte reformador que afecta también a la arqueología, Ésta experimenta un gran cambio en el primer tercio de siglo, y sobre todo a partir de los años veinte, que se materializa en la modernización de la enseñanza, la puesta al día de la legislación, la creación de toda una serie de asociaciones que apoyan la arqueología y de medios de comunicación estables. El Estado español intenta remediar los fallos del siglo anterior y crear un sentimiento de nación que una a todos sus ciudadanos y para ello invierte en instituciones que hagan esto posible, entre ellas las que dedican sus esfuerzos a la creación de un pasado común homogeneizador del país que lo haga indiscutible. Sin embargo, en algunas regiones este impulso llega tarde, pues ya desde décadas antes se han ido formando identificaciones diferentes a las del proyecto español, que perciben la realidad cultural y política desde un ángulo divergente y que relatan el pasado tomando como base exclusiva o fundamentalmente su propio territorio, que conciben como nación. Por ello en la medida de sus posibilidades -y de lo que se les permite-también los (8) Bosch Gimpera opina que la idea inicial fue del austríaco Mateu Muth (1886), mientras que Daniel (1987: 139) afirma que de arqueólogos italianos. nacionalismos periféricos suscrihirán el interés en crear instituciones propias, como en Cataluña el lnstitut d'Estudis Catalans, que cuenta entre sus secciones con una de arqueología dirigida por Bosch Gimpera, o como en el País Vasco la Eusko Ikaskuntza (Sociedad de Estudios Vascos), uno de los principales apoyos del padre Barandiarán. La inusual situación en la que se halla la enseñanza de la arqueología que todavía se impartía en la Escuela Superior de Diplomática se corrige en 1900 al pasar estos estudios a la universidad. aunque esta medida de poco sirve en los primeros años, dado que lo que se produce es un trasvase de los profesores de una institución a otra. Este estancamiento en el que se encuentra la arqueología sólo experimentará una efectiva renovación en los años veinte a través fundamentalmente de la influencia de los prehistoriadores. La prehistoria entra oficialmente en la universidad española con la cátedra de la Universidad de Madrid de Historia Primitiva del Hombre de Hugo Obermaier en 1922 (9), lo que no deja de ser una fecha tardía puesto que en Francia ya lo había hecho en los años setenta de la centuria anterior. Es verdad que desde 1916 Bosch Gimpera había impartido lecciones sobre este período, pero la cátedra que ocupa sólo en 1933 pasa a incluir en su título el término "Prehistoria", pues hasta esa fecha es "de Historia Antigua y Media". Para que este cambio sea posible en la prehistoria es importante tener en cuenta el espíritu renovador de la ciencia española en estos años, así como la política estatal de fomentar el acercamiento de ésta a la europea, que tiene como consecuencia la mejora evidente del nivel de enseñanza. Esto se logra, por ejemplo, gracias a la dotación de becas en el extranjero por la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) creada en 1907, de las que se benefician al menos 23 arqueólogos, que escogen como países preferentes donde realizar sus estudios Italia -donde la JAE tenía desde 1910 hasta la 1 Guerra Mundial la Escuela de Arte y Arqueología de Roma (10)-, y Alemania, entre los que se halla Pere Bosch (9) La noticia más temprana que conocemos sobre la docencia de prehistoria en la universidad es la del curso impartido en 1872, durante el Sexenio Democrático, sobre Ciencia Prehistórica que Vilanova y Tubino dieron en la universidad de Sevilla (Ayarzagüena, 1992: 20). (JO) La Escuela Española en Roma para Arqueología e Historia fue creada por R.O. de 3 de junio de 1910 y entre sus Gimpera (Díaz-Andreu. A través de ellos las teorías pujantes por entonces en toda Europa penetran en el sistema académico español. elevándolo al rango de sus contemporáneos. Desde un punto de vista metodológico supone la introducción del método histórico-cultural, y, por lo que respecta a la técnica, en este período comienza la planificación del trabajo de campo, innovaciones ambas que, pese a producirse con mayor intensidad en la prehistoria, poco a poco van introduciéndose en la arqueología clásica. que todavía arrastra el peso de la tradición anticuarista decimonónica. Todos estos cambios están acompañados por la creación de un cuerpo legislativo que pretende ordenar, preservar y proteger el patrimonio histórico y arqueológico, que ya nadie discute como definitorio de la nación española -o catalana, vasca o gallega... Según Bosch Gimpera (1980: 52) el escándalo provocado por la salida del país de la escultura ibérica de la Dama de Elche rumbo al Museo del Louvre en 1897 lleva a la creación de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades (JSEA), lo que implica que aquel hecho influyó en la promulgación en 1911 de la Ley de Excavaciones Arqueológicas. Esta ya había estado precedida por el Real Decreto de 1889 sobre "tesoros ocultos" (art. 350-352 del Código Civil), promulgado a causa de diversos antecedentes de exportación semejantes al mencionado, como la polémica provocada por la venta del tesoro de Guarrazar y de otras piezas en 1859. Por la ley de 1911 se regulan por primera vez de forma total las actuaciones arqueológicas y se prohibe la exportación de antigüedades al extranjero. La JSEA será el organismo administrativo encargado de que dicha ley se cumpla. La ley de Patrimonio de 1933 recogerá el espíritu de la ley de 1911 y lógicamente lo ampliará en el culmen del proceso de la importancia de la historia experimentado en el primer tercio de siglo. La respuesta institucional de la percepción de un hecho diferencial en los naciofines estaba el proporcionar a sus miembros medios para las investigaciones arqueológicas e históricas. Al poco de empezar la 1 Guerra Mundial se cerró. quedando la custodia del local en manos de la Embajada española ante la Santa Sede. En 1920 se pretendió abrir de nuevo, pero se encontraron con que la Obra Pía lo había dado en arriendo a particulares, por lo que comenzaron interminables gestiones para obtener otro local a cambio (información obtenida de las memorias de la JAE de los años 1912a1923).. Mllrgllritll I>íllz-Andreu y Gloria Morll nalismos periféricos será el traspaso de competencias a determinadas regiones como Cataluña, que por unos pocos años llegan a detentar mayor autonomía -la Mancomunitat catalana-o a tener sus competencias traspasadas -la Generalitat-en la toma de decisiones respecto a la arqueología (Marc-7, 1986). También en estos años surgen servicios de •arqueología en otras regiones, como en Valencia (Pla Ballester, 1980), donde si el nacionalismo no es triunfante, sí que destaca su presencia y refleja un cierto sentimiento fuerte de diferenciación. La importancia del nacionalismo se muestra en el hecho de que las figuras más sobresalientes en la arqueología de cada país europeo ya no sólo se encontrarán en las capitales de las naciones, sino también en aquellas regiones que luchan por obtener su independencia o autonomía. Este es el caso en España de Cataluña y del País Vasco, donde dos figuras, Pere Bosch Gimpera y José Miguel de Barandiarán, dirigen las actuaciones arqueológicas de sus respectivas regiones realizando interpretaciones de corte nacionalista. El primero, proveniente de la región más rica del estado, Cataluña, logra organizar la llamada Escuela Catalana de Arqueología, de gran peso en la arqueología catalana y española durante varias décadas de este siglo. Será el creador y dirigente de esta escuela, Bosch Gimpera, quien en 1932 publique su obra Etnologia de la Península ¡berica, buen indicador del alto nivel alcanzado por la arqueología española en este período. La base social de la arqueología muestra una continuidad con respecto al siglo XIX, con un aumento lento del número de profesionales que hacia 1930 todavía sólo rondan los cuarenta en toda España, entre los que se incluyen los conservadores de museos, unos treinta, y los catedráticos de universidad de arqueología y prehistoria (11). Entre estos pocos arqueólogos se incluye por primera vez una mujer en 1928, que entra a trabajar en un museo de arqueología, a la que en 1936 se le han añadido cuatro más. A este exiguo número de profesionales habría que añadir los que se dedican a la arqueología sin ser oficialmente arqueólogos, que son todavía muchos. Como ejemplo de estos últimos, entre los que reciben subvenciones sustanciosas de la (11) A éstos se podría añadir algunos más integrados en museos de menor entidad dedicados tanto a la arqueología como al arte o la etnografía. JSEA O gran número de permisos de excavación se hallan arquitectos como Ricardo Ve1ázqucz Bosco o personajes de la aristocracia como el marqués de Cerralbo, a cuyos trabajos se sigue acudiendo todavía hoy por su valor científico. La influencia de estos pocos profesionales o semi-profesionales no se mide sólo por sus trabajos, sino más aún por la difusión que éstos tienen a través de los manuales escolares, los libros de lectura, la literatura de tema arqueológico. los periódicos y revistas ilustradas. los cromos infantiles con escenas históricas, etc. (ver los diversos artículos publicados sobre el tema, especialmente los de Ricardo Olmos, en la Revista de Arqueología durante los años 1993 y 1994; Mora, e.p.). Esta propaganda produce en ocasiones resultados más allá de lo que el Estado se plantea apoyar, y un ejemplo claro de esto es que mientras que todo español conoce la gesta de Numancia, los monumentos levantados en el yacimiento y su museo responden a la iniciativa privada y no a la estatal. Bien es cierto que actuaciones como la de Numancia pertenecen más bien a las últimas décadas del siglo anterior (y de hecho el primer monumento de los tres allí erigidos es de aquella época), pero hacen que, a diferencia de Francia, donde existe toda una ritualización histórica del paisaje que toma como demarcadores objetos como estatuas o monumentos conmemorativos, el Estado español siga descuidando estos factores. Como venimos subrayando, la arqueología europea en el primer tercio de siglo se ve profundamente marcada por el nacionalismo, hecho especialmente señalado a partir de la primera Guerra Mundial, cuando por primera vez se aplica el principio de las nacionalidades en los acuerdos de fin de guerra. En la conexión entre nacionalismo y arqueología Alemania tendrá un papel preponderante no sólo por su peso científico, sino también por haber sido el país donde entre finales del siglo XIX y muy principios del XX se ha formulado y popularizado el método histórico-cultural en antropología (Zwernemann, 1983: 31-37), íntimamente vinculado a esta ideología política (Díaz-Andreu, e.p. d). En arqueología, según Bosch Gimpera (1980: 65), sólo en 1914 Gustaf Kossinna, su principal difusor, había aprendido "lo que eran los círculos de cultura y su relación con los pueblos, y [había comenzado] a interesarse por el problema de los indoeuropeos". Como repercusión del ambiente politizado de los años veinte y treinta, las ar-queologías europeas se ven profundamente impregnadas de las ideas nacionalistas. Un nacionalismo de corte diferentt:. que ahora más que nunca se ve unido a otros conceptos como raza. etnia y lengua ( Hobsbawm. De estas conexiones son fruto las asociaciones de antropología, prehistoria y etnología, que si en Alemania. que lleva la antorcha de esta nueva tendencia, han aparecido ya en el siglo XIX, se copian hacia los años 1920 en Cataluña y Madrid. La arqueología alemana repercute en Barcelona, donde Bosch Gimpera adopta el método histórico-cultural, así como en Madrid. El grupo de arqueólogos aquí formado experimenta una conexión directa con aquélla, en primer lugar porque el primer catedrático de prehistoria es de aquel país -Hugo Obermaier-, y en segundo porque otros que obtienen puestos importantes en arqueología clásica, como Antonio García y Bellido, se consideran alumnos de éste y además gracias a las becas de la JAE han establecido fuertes contactos con sus homólogos alemanes, como en el caso anterior con Gehart Rodenwaldt (Díaz-Andreu, e.p. c). Todos ellos desde su práctica arqueológica apoyarán institucionalmente la nueva formulación del pasado nacional. La mayor importancia que ha adquirido la arqueología se traduce en un aumento del número de publicaciones especializadas, que ahora incluyen además la divulgación de los resultados obtenidos en excavaciones. Dedicado a esto último exclusivamente estarán las Memorias de la JAE. Este tipo de publicaciones, de tendencia más moderna, convive con la aparición de otras de tipo más tradicional, como la revista Archivo Español de Arte y Arqueología, creada según la concepción decimonónica de unificación de dichas disciplinas que aún sigue lastrando la arqueología clásica (Díaz-Andreu, e.p. a). Por otra parte, la influencia extranjera, aún siendo importante, adquiere un carácter.menos fundamental que en el siglo anterior, lo que en cierto modo se puede interpretar como resultado de un deseo de controlar el proyecto de la creación de las historias nacionales. Ejemplo claro de esta mayor paridad será la presencia de españoles en proyectos de tipo internacional, como el del Corpus Vasorum Antiquorum (Olmos, 1989) o la Tabula Imperii Romani, que cuentan con representantes españoles desde la primera reunión (Olmos el alii, 1993: 58). LA ARQUEOLOGIAEN EL PERIODO FRANQUISTA Esta dictadura afecta a la arqueología desde un punto de vista organizativa, puesto que lleva a una centralización dirigida desde la capital de la nación -Madrid-aboliendo todos los pasos que se han dado en pro del gobierno autónomo de ciertas regiones con aspiraciones nacionalistas, y por tanto de la autogestión de su patrimonio arqueológico. El régimen apoya en cierta forma a la arqueología ya que ésta le ofrece argumentos que lo justifican (Díaz-Andreu, 1993 y 1994), aunque, como en épocas anteriores, ésta diste de ser uno de los intereses prioritarios del Estado. Los arqueólogos, por su parte, se esfuerzan por ganarse su legitimidad y así enfatizan ciertos temas para acreditar la validez del régimen político, que se proclama heredero de los celtas o de los visigodos (Olmo, 1991). Quizá por el activismo político de algunos arqueólogos (aunque ninguno estuvo entre los destacados), o más bien por la importancia que la arqueología tiene para los regímenes fascistas, ésta logra en las primeras décadas del franquismo mantener sus instituciones e incluso ampliar sus medios de difusión. Aparecen publicaciones especializadas como Ampurias en 1939, Archivo Español de Arqueología (que se separa definitivamente de Arte) en 1940 o en 1950 Zephyrus. Durante el franquismo se produce el tránsito definitivo hacia la arqueología profesional, eliminándose progresivamente la aceptación de aquéllos que no han sido entrenados como arqueólogos y que no se hallan dentro del cuerpo profesional. Todavía en los años cuarenta y cincuenta son frecuentes los sacerdotes, ingenieros, médicos, etc. que se dedican a la arqueología (Lucas Pellicer, 1991). Pero ya apenas hay nuevas incorporaciones a partir de los años setenta. Esto se relaciona no sólo con un corporativismo progresivo entre los profesionales, sino también con la creciente sofisticación y tecnificación que adopta la arqueología a partir de los años sesenta y sobre todo en los setenta que la aleja, y esto es lo que pretende, de los relatos míticos sobre el pasado, y que por lo tanto disminuye drásticamente su popularidad y de T. P., 52, n.o 1, 1995 Margarita Díaz-Andreu y Gloria Mora hecho la rentabilidad política de su subvención, efecto que, como veremos, es en nuestros días cuando se t! stá produciendo. Como lógico resultado de la situación política, en el ámbito internacional la presencia de los arqueólogos españoles disminuye. Se interrumpe su participación en los proyectos del Corpus Vasorum Antiquorum y Tabula Imperii Romani, y se sustituyen por proyectos más nacionales como el Corpus Vasorum Hispanorum y las Cartas Arqueológicas Provinciales, de escasos resultados (Olmos et alii, 1993). Hay que recordar, sin embargo, que donde existe una proyección internacional importante es en Marruecos, proyección que será de tipo colonial con tintes explícitamente nacionalistas (ver por ejemplo Pérez de Barradas el alii, 1940). Continuando con una tendencia iniciada en el siglo XIX, se buscan conexiones entre las culturas arqueológi~as de la Península Ibérica y las del norte de Africa, como forma de justificar los derechos españoles sobre el Protectorado, pálido reflejo de ese imperio que el franquismo recalca como una de las glorias del pasado español. La arqueología refleja también la crisis final del franquismo: hay un intento de disociación por parte de los arqueólogos de su disciplina con respecto a la vida política. La consecuencia es que, a pesar de que sobre todo desde los años setenta se produce una renovación técnica con la introducción de métodos como la datación radiocarbónica, dendrocronología, análisis de silicatos, de rayos X, de activación neutrónica, de isótopos de oxígeno, etc. (de ella son testigos los artículos publicados por Martín Almagro Gorbea y otros desde 1970 a 1976 en Trabajos de Prehistoria), lo que apenas experimenta cambio alguno es la teoría (Vázquez Varela y Risch, 1991: 27-31). Se continúa empleando el método histórico-cultural, aunque progresivamente éste va perdiendo su carga ideológica (lo que Ruíz Rodríguez (1993: 307) denomina arqueología entre el historicismo de marcado talante idealista y el eclecticismo "inocente" de fuerte tradición positivista), de tal manera que se acude a él de una manera mecánica, dando como resultado una arqueografía de tendencia historicista con escasez de generalizaciones. Por lo tanto serán arqueologías de tipo tradicional, aunque con innovaciones técnicas, las que en 1974 y 1975 se enfrentarán a un profundo cambio político que las transformará de forma importante. La transición a un sistema democrático a mediados de los años setenta supone grandes innovaciones en diversos campos. Los nuevos aires impulsan la reactivación de la importancia de la arqueología dentro del contexto político del momento, con mayor intensidad en los primeros años (ver por ejemplo Lul!, 1991: 234-237; Riu, 1992), aires que también fomentan en algunos la adopción de nuevas teorías (Lul!, 1991: 237-249; Vázquez Yarela y Risch, 1991). Por otra parte la transformación legislativa provoca una metamorfosis radical en la administración del patrimonio, lo que junto con la prosperidad económica vivida en los años ochenta hace que la composición social del cuerpo de arqueólogos varíe de forma importante, influyendo el carácter mismo de la práctica arqueológica. De todo lo expuesto quizá lo más tangible sea lo que se refiere a la reforma administrativa. Tras la división del estado en 17 autonomías con posibilidad de decisión sobre sus políticas culturales (Dupré i Raventós, 1991; García Fernández, 1989), la gestión arqueológica ha tomado diferentes rumbos según las regiones. González Morales (1992: 21-22) es el que más claramente ha expresado las implicaciones del nuevo sistema. Según él la dependencia para las subvenciones de las autonomías ha llevado a que sólo se esté promoci( 1I1ando la investigación de tipo local, siendo imposible en aquéllas encontrar financiación para proyectos de carácter más general. También se muestran reticentes las autonomías a publicar trabajos de carácter científico, ya que no son rentables en términos políticos, mientras que sí se promociona la edición de obras menores pero de mayor acceso al público, en las que además el pasado autonómico queda legitimado. Como ejemplo de esto último entre 1981 y 1991 se llegó a dejar sin publicar en Cataluña la enorme cantidad de un 85% de las excavaciones realizadas, decisión apoyada explícitamente por el Director General de Patrimoni (Dupré, 1991; YY.AA., 1992). Una última tendencia se refiere a la mayor cobertura proporcionada a aquellos proyectos de ideología más cercana a la mantenida oficialmente por cada gobierno autónomo, es decir, normalmente a aquéllos que justifican su propia existencia en el pasado. El hecho de que el período medieval sea el preferentemente elegido en el estudio del pasado ha llevado a una intensificación especta-cular oe trahajos sohrc su arqueología, fenómeno que como veremos está rdacionado con otras características de la arqueología española postfranquista. Así, por primera vez se está trabajando en profundidad sobre la arqueología medieval islámica en regiones como Andalucía, Murcia y Valencia. Esto, que en principio puede considerarse como positivo (en el caso de que no vaya en contra de la investigación sobre otras épocas), no impide observar que todavía, y no siempre para bien, influyen poderosamente las actitudes nacionalistas. Este es el caso de la probable falsificación de la piedra Zenata, defendida incluso por determinados académicos canarios, y cuya autenticidad apoyaría uno de los mitos del nacionalismo canario al constituir el eslabón perdido entre los bereberes y los actuales canarios (Eddy, 1993). Este giro en la investigación se halla íntimamente relacionado con un cambio radical en la composición social de la arqueología. La década de los ochenta se vió marcada por un aumento significativo del número de profesionales, que aún así todavía se muestra muy reducido en comparación con otros países como Francia o Gran Bretaña. En la actualidad el número de especialistas en España en la universidad es de casi 200 y en museos de titularidad estatal de unos 40, cifra que habría que multiplicar por dos si añadimos los de las autonomías. Este incremento contrasta con la disminución del número de aficionados y de su autoridad para expresar sus opiniones entre los arqueólogos (12). Pero lo que presenta una relevancia especial para explicar el cambio en la investigación sobre el período medieval ha sido la aparición en estos años de la arqueología de gestión, que ha supuesto una transformación significativa en la composición del cuerpo profesional, hasta ahora formado casi en exclusiva por docentes universitarios y arqueólogos de los centros de investigación. Ahora al menos un 50% de los profesionales viven de la arqueología de gestión y suponen una gran fuerza (Ruiz Zapatero, 1993: tabla 2). La arqueología de gestión o patrimonial, lejos de constituir únicamente una alternativa pro-(12) Tan es así que incluso en la Asociación de Amigos de la Arqueología, una sociedad en principio compuesta por aficionados, son casi exclusivamente profesionales los que en la actualidad escriben en su Bolelin y dan las conferencias semanales. Todavía siguen existiendo los correspondientes de la Academia de la Historia, pero no son sino una reminiscencia marginal de importancia local. resional, ha provocado un viraje importante en el carácter de la misma. Al estar asociada casi en su totalidad a proyectos urhanísticos, ha supuesto un fomento de la arqueología realizada en las ciudades y por tanto de la medieval, en detrimento de la de investigación, o lo que es lo mismo en detrimento de la arqueología preme-dieval y de la de campo tradicional. Los recursos de la arqueología de gestión normalmente provienen de los constructores, y por tanto no gravan al Estado. Estas suhvenciones fáciles centradas en la época medieval, que como ya hemos adelantado es el período más vinculado tradicionalmente a la narración del pasado español -y por tanto al de sus provincias, regiones o naciones, a excepción del País Vasco-, permiten a los servicios de arqueología desentenderse cada vez más de la costosa y, desde un punto de vista político, poco rentable arqueología de investigación, con casos extremos como el de la Comunidad de Madrid, donde ésta se puede considerar ya anulada. La nueva situación política y el fomento por parte de la arqueología española de una apertura hacia nuevas corrientes teóricas se ha reflejado en una vuelta aún débil a la internacionalización de la arqueología, saliendo del cierto aislacionismo de la disciplina en época franquista. En consecuencia se ha potenciado la colaboración con equipos extranjeros en términos igualitarios, la asistencia a reuniones internacionales y la creación de becas en el extranjero. La aspiración a una absoluta objetividad en las interpretaciones arqueológicas es una quimera imposible. A lo largo de este artículo hemos intentado demostrar cómo la arqueología no es sólo una disciplina que estudia el pasado sino además una manifestación o reflejo más de su tiempo y que sus objetivos y resultados están íntimamente unidos a los intereses del momento. En el siglo XVIII se intentó contribuir con ella a la redacción de un discurso histórico que beneficiara a los intereses de la monarquía, objetivo sustituido en las dos centurias siguientes por la descripción de un pasado que dotara a la nación de una vida propia. Hoy en día somos conscientes de la manipulación que se ha hecho y en parte se sigue haciendo de los datos arqueológicos, lo que podría o debería llevar a plantearnos la necesidad de reorientar los fines de la disciplina de manera que, aun privándola de su utilidad como instrumento del poder, todavía sea posible rentabilizar su mantenimiento. La arqueología ha de ser útil. y lo es desde el momento en que nos planteamos el enorme potencial que presenta como elemento de comparación en la reflexión sobre nuevos problemas que atenazan al mundo de hoy. El Estado ya no es algo cultural mente compacto, y en realidad nunca lo ha sido. La inmigración y los movimientos pohlacionales han destruido la imagen de homogeneidad que reinaha anteriormente y que permitía imaginar a la nación como un ente inmóvil y eterno. El pasado, la arqueología, puede ayudar, y esto es una propuesta entre otras posibles, a acercarnos al pluralismo cultural y a la multietnicidad, a la diversidad cultural humana y a la enorme riqueza que ésta supone en la construcción de la realidad. Esta es una alternativa, marcada por las preocupaciones personales y enmarcada en los tiempos en que vivimos. Otros trazarán otros planteamientos según sus propias inquietudes. Olvidémonos de la ciencia pura. La arqueología nunca lo ha sido, ni lo será. y esto es lo que le confiere esa riqueza que hace válido su mantenimiento. AGUILAR PIÑAL, F. (1966): La Real Academia Sevillana de Buenas Letras en el siglo XVIII. Homenaje a Mélida, III. Anuario del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. ARCE, J. y OLMOS, R. (coords.) (1991): Historiografía de la Arqueología y de la Historia Antigua en España (siglos XVIII-XX). AYARZAGÜENA SANZ, M. (1992): La arqueología prehistórica y protohistórica española en el siglo XIX. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Anejos de Archivo Español de Arqueología,13.
La simplicidad estructural de dos grandes túmulos y la carencia de ofrendas sintetizan modalidades sepulcrales enigmáticas que, si bien instaladas en la tradición megalítica, podrían situarse en el Bronce Antiguo (Monte Deva V). A su cómoda catalogación como "tumbas pobres" (¿grandes tumbas pobres?) se le debe oponer la plausibilidad de otras opciones. Construidos por sociedades poco nucleadas, en un contexto de baja densidad demográfica y de limitadas posibilidades de intercambio, es probable que se deban más a una precisa normativa funeraria, cuyas variantes son consideradas, que a razones exclusivamente económicas. La uniforme apariencia externa de muchos de los túmulos del norte de la península ibérica en-cubre filiaciones culturales y cronológicas variadas. Junto a la claridad, siempre relativa, de los megalíticos, coexisten otros, a veces no menos eminentes en el paisaje, cuya estructura constructiva y significado se resisten a una interpretación obvia. Las excavaciones de Monte Deva, un extenso mirador sobre la bahía de Gijón, la rasa costera y los valles que unen la cuenca central de Asturias con el Mar Cantábrico, nos enfrentan, una vez más, al universo de los túmulos enigmáticos. Uno de tales, Monte Deva V, nos hizo recordar otro gran túmulo apenas conocido, A Tumba (Berducedo, Allande), éste ya en las comarcas interiores, de extensas sierras, altas y de relieve envejecido, del suroccidente asturiano (Fig. 1). Ambos son túmulos voluminosos, aunque de somera composición arquitectónica. Su plausible destino funerario sería fácilmente cuestionable si, a menudo, no se vincularan espacialmente con tumbas megalíticas, aunque somos conscientes de que en el dominio de los suelos ácidos "los muertos son abstracción" (Masset 1993: 135). Concretan, en suma, factores herméticos, reclamando, más allá de un cómodo y, al fin, improductivo acortamiento argumental, una tentativa de interpretación restableciendo, de paso, su dignidad de vestigios de un (*) Dpto. de Historia (Prehistoria). Facultad de Geografía e Historia. acontecimiento intencional, no fortuito, del pasado prehistórico. EL TÚMULO V DE MONTE DEVA (GIJÓN) La ciudad de Gijón se instala en un hemiciclo abierto por el norte hacia el Cantábrico. Un amplio arco de sierras prelitorales, prolongadas desde levante a poniente, establece la delimitación de ese territorio bajo, ribereño del océano. En dos de tales sierras perviven los testimonios más explícitos de época neolítica, consistentes en arquitecturas tumulares que, en parte, armonizan con los atributos genéricos de lo que conocemos como sepulcros megalíticos; otras, de diseño menos inteligible, pueden integrase en el mismo ámbito cultural o, paralelamente, responder a un episodio colateral de la expresión arquitectónica de las comunidades paleocampesinas. Esta dualidad, que parece hundir sus raíces en las centurias postreras del V milenio, fue observada en Monte Areo, la sierra aplanada que delimita por el oeste el espacio gijonés (de Blas Cortina 1999 a y b). Al este, la otra sucesión montuosa que nos interesa, algo más alta que la anterior, acoge también arquitecturas tumulares. Su nombre no puede ser más sugerente: Deva, tomado del mismo hidrónimo (la divinidad acuática céltica que denomina a tantas corrientes de agua europeas; Cf: Holder 1961: S.V.) correspondiente a un pequeño río que nace de la roca, al pie de la sierra, en una llamativa surgencia objeto de veneración remota, acaso ya sentida por los constructores de los túmulos. Con sus 426 m. de altitud máxima, ejerce Monte Deva un innegable dominio visual sobre la cuenca de Gijón, su tramo costero y el arco orográfico que la circunda, extendiéndose hacia los accesos que comunican este enclave marítimo con la cuenca central de Asturias. Son pues controlables ámbitos de morfología y recursos variados -también a la vista el Monte Areo, centro funerario capital en la zona-, gozando el sector cumbreño de Deva de una perspectiva panorámica que permitiría un detallado análisis territorial cuya potencialidad nos limitamos a consignar. Entre 1988 y 2002 se efectuaron los trabajos de campo, aplicados sobre varias de las estructuras tumulares allí conservadas y en los vestigios de una cantera explotada por las comunidades prehistóricas para la edificación de algunas de las tumbas en cuestión (de Blas et al. e.p.). De entre los túmulos analizados, el reseñado como Monte Deva V resultó de sumo interés pese al carácter oscuro de su estructura, diseccionada en tres campañas de excavación, labores simultaneadas con las investigaciones en otras zonas de la sierra. El túmulo V se emplaza a solo una treintena de metros al suroeste de otro, Monte Deva III (Fig. 2), una arquitectura de gran porte en la que el montículo constituido por grandes bloques de arenisca encerraba una cámara funeraria abierta parcialmente, a modo de gran cubeta, en la roca madre, y cuyo recinto se completaba superiormente con paredes pétreas. Se ofrecía, en síntesis, como un claro testimonio megalítico, si bien ofreciendo una estructura interna sui generis. Los vestigios de las ofrendas aportaron el conjunto de puntas de flechas de retoque plano más notable entre lo hasta ahora conocido en Asturias, pro-ductos que, aunque numéricamente limitados, concuerdan con la notabilidad de la tumba, señalando, de paso, que al menos aquella conoció su empleo en un momento neolítico tardío. Ajeno al patrón constructivo dolménico, Monte Deva V concreta una estructura en la que a la piedra le corresponde un papel muy restringido, debiéndose el montículo tumular, casi únicamente, a la acumulación de arcillas limosas, de tonos rojizos, ocres o amarillentos, provenientes de la alteración del sustrato rocoso local: areniscas jurásicas de composición cuarzo-feldespática. Este rasgo constructivo es llamativo dada la inmediatez, ya indicada, de una cantera. El túmulo conservaba un tamaño todavía estimable pese a la segura alta incidencia de los agentes erosivos, incluidas las remociones humanas, inevitables en una arquitectura de composición térrea: la planta circular alcanzaba un diámetro de 21 m en el rumbo N-S y una altura máxima de 0,70 m con respecto al sector más bajo de un suelo en plano ligeramente inclinado. La excavación inicial en la campaña de 1999 afectó a una superficie de 68 m2, en un dispositivo en cruz a partir de los rumbos diametrales SE-NO y SO-NE (Lám. De esa amplia disección inicial se derivaba la imagen de un dispositivo estructural homogéneo, afectado en el centro por un saqueo denunciado por un cráter de unos 3 metros de diámetro que llegaba hasta el solum. El hueco estaba colmatado por sedimentos del propio túmulo. El análisis de la zona destruida no aportó indicios de cámara ortostática, posibilidad muy improbable ya que no fue detectado el menor indicio de bloques parietales, ni tam-Fig. Localización de los túmulos y cantera prehistóricos en Monte Deva. Nótese la orientación del rumbo norte. I. Monte Deva V durante la primera campaña de 1999. La flecha blanca señala la zona de localización del gran bloque de piedra; la negra indica la posición de la estructura de lajas. Fotografía de O. Requejo/C. Arca. poco de los pertinentes hoyos de cimentación. La propia entidad del saqueo, de amplitud discreta, en particular en su base, parece excluir la existencia original de un sepulcro dolménico típico, salvo que se tratase de una estructura muy pequeña, sin cimentación en el solum y de ortostatos tan livianos como para que pudieran ser retirados sin ocasionar amplios destrozos en todo el sector central del túmulo. Realmente, parece bastante improbable que tales circunstancias hayan concurrido en Monte Deva V. Así pues, la monotonía de la masa de sedimentos apenas era alterada por la presencia, en principio aleatoria, de algunas piedras a la altura del suelo, en ningún caso sugerentes de estructuras concretas. Un único elemento pétreo resultaba notable en el cúmulo térreo: un gran bloque de arenisca, de volumen paralelepipédico, de más de 0,70 m de largo en su lado mayor (Fig. 4). En varias de sus caras se apreciaba la talla regularizadora; en defi-nitiva, era un cuerpo pétreo solitario, dispuesto en el sector SE del círculo dibujado por la planta del túmulo. No podemos proponer su hipotética interpretación como un bloque-estela, aunque sí afirmar su emplazamiento intencionado, previo su transporte hasta la posición que ocupa, después recubierto por los sedimentos integrantes del monumento. Resulta, en suma, un más que probable atributo estructural del complejo arquitectónico prehistórico, por mucho que hoy se nos haga incomprensible su utilidad o significado. La matriz sedimentaria es diversa, hecho concordante con la naturaleza material de un montículo surgido del acopio de tierras del entorno. La extracción fue superficial puesto que no se observan zanjas o depresiones del suelo que pudieran delatar una zona única de arranque de la tierra. Ciertos detalles, como la presencia frecuente de indicios de la putrefacción de trozos de tapín (tepes), insisten en el desmantelamiento de la cobertera vegetal y de las tierras del suelo contemporáneo para conseguir los sedimentos integrantes del volumen tumular (Fig. 5). La secuencia de la matriz monumental es, de acuerdo con las indicaciones de los cortes estratigráficos que se incluyen, expresiva de lo comentado: I. Horizonte vegetal húmico. Sedimento terroso de color marrón oscuro con intrusiones de arcillas amarillas, de estructura heterogénea y revuelta. Corresponde en el sector central del túmulo al relleno de cráter resultante del expolio. Capa de matriz arcillosa color marrón oscuro con lentejones de tonalidad aún más oscura, probablemente debidos a la putrefacción de vegetales, en los que se reconocen fragmentos de tepes. Matriz arcillosa marrón rojiza con paquetes de arcillas amarillas, junto con pequeños blo-ques de arenisca amarilla, de lógico aporte humano, además de manchones rojizos y cenicientos también de probable génesis antrópica. V. Capa de matriz terrosa y coloración gris oscura, casi negra, con alto contenido orgánico, dispuesta entre bloques de piedra. Se trata del fondo del hoyo de saqueo y su formación es posterior a la erección del túmulo. Horizonte de matriz arcillosa amarilla con intrusiones arcillosas grises: constituye el paleosuelo subyacente a la arquitectura prehistórica. Otro detalle a consignar es la falta de caracterización, a la altura del paleosuelo, de un claro horizonte de acumulación orgánica, esperable de la putrefacción de la cobertera vegetal primitiva tras su soterramiento por los materiales del túmulo. Tal circunstancia no deja de recordarnos la falta, ya observada en otros, de vestigios del tapiz vegetal que deberían de soterrar (p.e. de Blas Cortina 1992: 121). Esa carencia parece intencional, consecuencia de las ceremonias relativas a la inauguración del túmulo: tal vez la limpieza purificadora del lugar (da Cruz 1992: 64). La necesaria ampliación en 2000 y 2001 del área excavada permitió identificar, rompiendo con la uniformidad hasta entonces vista en Deva V, una estructura en cierta medida excéntrica con respecto a lo que sería el ámbito central del túmulo. Es probable que tal ubicación provenga de la propia evolución del mismo, desplazada con el tiempo parte de su masa térrea. Gracias a esa excentricidad, accidental o perseguida, la estructura pétrea resultó intacta. Una vez excavada se pudo establecer tanto la disposición original de los bloques y lajas de arenisca que la conforman como el orden, igualmente inalterado, de los sedimentos que la recubrían. Consistía el dispositivo lítico en un cúmulo de pequeñas lajas de la arenisca local, dibujando una planta subrectangular con su eje en el rumbo E.NE-O.SO. La longitud del conjunto es de 3,30-3,50 m, con una anchura exterior máxima de 1,50-1,80 m y de 0,70-0,80 m en el interior. La planta no es demasiado regular, pero la dispersión periférica de algunas piedras no impide reconocer una forma específica, marcada por las pequeñas lajas que originalmente estarían colocadas sobre los lados menores, claramente erguidas. La planta insinúa, en definitiva, un primitivo receptáculo, suficiente para contener, al menos, un cuerpo humano. Sin explicación segura, acaso por manipulación de la estructura en la época de uso del supuesto receptáculo, aparecen los dos bloques mayores del conjunto en los extremos SO y NE de la misma. Ambos yacen tumbados, alcanzando el del SO unas dimensiones que superan en el lado mayor los 0,90 m (Fig. 6 y Lám. La impresión general que provoca tal acumulación de lajas es la misma que la de cualquier tumba simple. Tras su detenida excavación se mostró, sin embargo, reacia al descifrado incontestable de su cometido: no apareció elemento industrial alguno susceptible de ser aceptado como ofrenda funeraria; tampoco el más mínimo fragmento óseo que confirmara nuestras suposiciones, situación que, por otra parte, se repite lamentablemente en tantas tumbas prehistóricas, empezando por los dólmenes instalados en suelos de alta acidez. Aún con tanta carencia, no parece razonable conjeturar que el cúmulo pétreo descrito responda a razones distintas a las de carácter sepulcral. Morfología, dimensiones y ubicación en el túmulo hablan de ese más que plausible fin, sin que nada aliente una lectura distinta. Es además muy verosímil que, aunque aparentemente lateral, señalara en su época, grosso modo, el centro del túmulo, volumen en casquete de esfera que, al fin y a la postre, estaría destinado a ocultar la tumba y, a la vez, a clamar su soterrada presencia. La contigüidad de Monte Deva III, el megalito pseudohipogéico, y de los restantes túmulos en el mismo cordal, no deja de abundar en el presumible carácter funerario de Deva V. No parece forzada, en resumen, la aceptación de la sepultura; acaso, de uso restringido y único, seguido de su definitiva cancelación por la masa térrea, algo que formal y conceptualmente distingue a Deva III de los monumentos megalíticos convencionales, sin renunciar a los beneficios que se deriven de la inmediatez a los mismos. Estructura de lajas de Monte Deva V. La sección visible a la derecha, con manchas negras debidas a fragmentos de tepes, no es la original: corresponde, por el contrario, al relleno de aquella zona tumular excavada en la campaña anterior. Fotografía: M. A. de Blas. El área de Berducedo, en la Asturias suroccidental, se localiza en los tramos superiores del potente sistema orográfico de la Sierra del Palo, inscrito su drenaje hídrico en la cuenca alta del río Navia. Es un paisaje marcado por la altitud, entre los 900 y 1.000 m., y por una extraordinaria posesión visual de las comarcas circundantes: un medio de relieves desarrollados, aunque envejecidos, entre los que se encajan valles profundos. En un territorio tan quebrado es comprensible que buena parte de la red viaria antigua se instalara en las altas planicies inmediatas a la línea de cumbres, obviando la angostura de los valles y las laderas raudas. Constituían precisamente tales corredores serranos la base del sistema de comunicaciones con las comarcas del interior de Galicia y, con una mayor perspectiva, parte fundamental en la estructura de las relaciones interregionales entre el cantábrico occidental y el NO peninsular desde el neolítico hasta la Edad del Bronce y posteriormente, según señaláramos tiempo atrás (de Blas Cortina 1987y 1991-1992). No lejos del pueblo de Berducedo, a menos de 500 m en vuelo de pájaro (Fig. 7), sobre una despejada plataforma al NE, conocida expresivamente como El Chau (El Llano sería su traducción al castellano), se destaca un volumen en casquete de esfera al que J. M. González identificara como túmulo prehistórico el 25 de julio de 1962 (González 1973: 32). Doce años más tarde, en el verano de 1974, sería excavado por Emilio Olavarri, acreditado experto en arqueología del Oriente Próximo (González Echegaray y Menéndez 1999: 11-13), quien por entonces dirigía el escueto Servicio de Investigaciones Arqueológicas de la extinta Diputación Provincial de Asturias. Solitario, en un enclave desde el que se domina un amplio horizonte que en giro completo alcanza a los fronterizos concejos de Allande, Illano, Grandas de Salime e Ibias, manifiesta aún, pese a los efectos destructivos de las diversas roturaciones sufridas, un cuerpo de planta subcircular que Olávarri estimó en 28 m en el diámetro N-S y de 26 m en el E-O. La altura máxima en la época de la excavación se cifraba en 1,65 m. Las investigaciones que en esta edificación prehistórica realizara aquel arqueólogo, fallecido en 2001, quedaron inéditas, si se exceptúa una breve referencia bibliográfica (de Blas 1983: 77-78 y 245). La información que aquí reunimos procede de las notas de campo de Olávarri, de algunos croquis y fotografías y de la relación oral que él mismo nos hiciera años atrás. Los trabajos fueron de suficiente amplitud como para dar una cierta solidez a la interpretación de las peculiaridades estructurales del monumento. En efecto, alcanzaban los tres sectores excavados una superficie de 76 m2 (Fig. 8) sobre el sector central del túmulo y un amplio corte radial del mismo. En consecuencia, tal método de trabajo no sólo permitía una lectura en varios frentes de la secuencia vertical, estratigráfica, sino también un considerable ámbito de registro horizontal de las estructuras detectables que, como veremos, resultó eficaz. Como acontece siempre, las excavaciones certificaron varios expolios y también el uso del montículo artificial para el entierro de algún ganado; se infiere tal proceder del encuentro en sus respectivos hoyos de huesos de vaca y équido, vestigios por otra parte ilustrativos de la capacidad destructora de los suelos ácidos generados por un sustrato de pizarras negras, las llamadas pizarras de Luarca, de génesis Ordovícica. La composición general del túmulo es térrea, con la presencia escasa y desigual de cascotes de piedra, entremezclados con los gruesos aportes de sedimentos. La secuencia vertical descrita sobre el testigo que se orienta sobre el eje E-O. puede ser simplificada en tres episodios: I. Superficie y sector inmediato con una potencia promedio de 0,40 m con la capa húmica y tierra negruzca muy desagregada. Prueba la incidencia de saqueos y remociones con el arado. El relleno tumular propiamente dicho: grandes bolsas de arena arcillosa en las que de vez en cuando se entremezclan cenizas de origen no establecido. Piso de arcillas amarillentas de alteración de la roca madre (solum). En este horizonte de base del túmulo aparecieron depositadas algunas cenizas (sobre las que no se especificó si formaban manchones que permitieran el reconocimiento de fuegos u hogueras..., ni tampoco su número). El control vertical permitió establecer que el fondo del cráter de expolio no superaba el metro de ancho, mientras que el horizontal pudo aportar elementos de interés que contrastaban netamente con la monotonía térrea de la masa tumular: fueron identificadas tres estructuras determinadas por la acumulación de piedras, dos bien conservadas (las que llamaremos X e Y) y una tercera ( Z ), bastandiacronía, acaso un lapso temporal no muy prolongado entre ambos, supuestos, dispositivos sepulcrales. Se puede admitir la hipótesis de entierros distintos, progresivamente sepultados por el túmulo antes de que se le confiriera su aspecto monticular definitivo. No obstante, este matiz requeriría de unas observaciones sedimentológicas siempre problemáticas que no estaban, desde luego, al alcance de los investigadores de 1974; nos referimos a la posibilidad de distinguir ciclos en la constitución del relleno de sedimentos, de modo que acaso se hicieran disociables diferentes etapas de uso del monumento y, por tanto, de las estructuras pétreas exhumadas. Poco pueden aportar a las consideraciones precedentes los restos de la estructura Z. Localizada en el sector central del túmulo, a una profundidad de entre 0,50 m y 1 m, aparecía desmantelada por un expolio, circunstancia que excluye toda seguridad en atribuirle similitudes con las acumulaciones X e Y. Como balance general de sus observaciones, señalaba Olávarri que, en cualquier caso, A Tumba nunca habría conocido una cámara central de piedra, al estilo de las típicamente dolménicas, ni cualquier estructura cameral en parte alguna del ámbito indagado en las excavaciones. Estaríamos pues, como en Deva V, ante un túmulo de gran tamaño pero igualmente ajeno a la composición arquitectónica de los sepulcros megalíticos. De aceptar las estructuras descritas como correspondientes a inhumaciones individuales nos hallaríamos ante una preceptiva funeraria que restringe el acceso al interior del montículo sepulcral, destinado solo a algunos individuos. Lamentablemente, no hay dataciones radiocarbónicas de A tumba e ignoramos si se produjo siquiera la recogida de muestras cenicientas. vegetal con un grado de confianza no exento de sombras. A los varios mínimos fragmentos de madera carbonizada hallados en lo que entendemos como ámbito estrictamente sepulcral, la referida acumulación de lajas, les corresponde la fecha radiocarbónica 3580 ± 70 BP. Otra muestra, de la misma naturaleza, fue recogida del solum sobre el que se levanta el túmulo; por tanto, en posición fronteriza entre la masa arquitectónica y el horizonte edáfico subyacente, resultando su fecha convencional 5070 ± 50 BP. Ciertamente, es muy limitada la utilidad de dos únicas fechas, pero la deseada consecución de un número mayor tropezó, entre otras, con las dificultades apuntadas más arriba. La distancia entre ambas datas las hace, en principio, poco compatibles. Si la primera (2130-1740 cal.BC.) pudiera corresponder al agrupamiento de lajas, situándolo en un momento coordenable en el calcolítico avanzado-Bronce Antiguo, la segunda, por el contrario, mucho más antigua si se reconoce como sincrónica de la edificación del sector basal del túmulo, señalaría hacia el primer tercio del IV milenio a. de J.C., época en la que los monumentos tumulares, con o sin cámaras expresas, se hallan en plena expansión en el norte de la Península e, igualmente, en Asturias. Tal discordancia no plantearía mayores problemas si en la disección del túmulo se hubieran observado indicios del carácter posterior, claramente añadido a la arquitectura primera, de la estructura de piedras. Sin embargo, la homogeneidad del sedimento integrante del montículo artificial, en el sector en que aquella se instala, no ofrece, en una minuciosa percepción visual, la sugerencia de que, en efecto, nos hallemos ante una estructura intrusiva, en neto contraste con la masa tumular preexistente. Otro factor que vendría a respaldar la hipótesis de que agrupación de piedras y túmulo son del mismo momento, y no la suma de acontecimientos estructurales y de uso de épocas distintas, es la posición de aquella en la proximidad del centro del monumento, sin interferirse con cualquier otro dispositivo, ni rupturas en la masa de sedimentos. In-cluso, aunque el saqueo sufrido hubiera determinado la desaparición de cualquier otro tipo de estructura inmediata (como una pequeña cámara ortostática), deberíamos considerar la simultaneidad de ambas y no la subordinación temporal de una con respecto a la otra. Ya en la pertinente toma de muestras de carbón vegetal, siempre en pequeñas fracciones, fue anotada la primera como inserta en el cúmulo pétreo, entre dos de las lajas en posición subvertical que determinan su perímetro, mientras que la que produjo la fecha más antigua procede de la contigüidad del túmulo con el solum: entre el nivel IV del relleno tumular y el horizonte de arcillas grises basales que en el orden secuencial denominamos VI. En realidad VI corresponde al horizonte edáfico A, eluvial o de lixiviación, habiendo desaparecido el tramo superior AO que integraba la capa húmica sobre la que debería de levantarse el túmulo. Tal truncadura del suelo no es fortuita: como ya indicábamos más atrás es un hecho observado en bastantes ocasiones, atribuible a supuestas prácticas rituales como la limpieza del espacio que iría a ocupar la arquitectura. En consecuencia, es inseguro el origen de la muestra a pesar de que su medición radiocronológica arroje una fecha compatible con alguna de las épocas de empleo de la planicie superior de Monte Deva como cementerio megalítico; al fin y al cabo, el pseudohipogeo Deva V, en su momento dotado de un voluminoso túmulo pétreo, se yergue a pocos metros. Serían bien distintas las circunstancias si las muestras en discusión pertenecieran a materiales asociados de modo inequívoco, huesos, ofrendas o restos del proceso constructivo, con las zonas del monumento implicadas. La señalada proximidad de Deva III y Deva V, y todavía la de un probable tercer túmulo destruido tiempo atrás (Deva IV) podría animarnos, cómodamente, a asignarles un mismo horizonte cultural. Todo ello, aún cuando los monumentos muestren una radical diferencia en su estructura, rasgo que también determinaría diferentes formas de uso. Deva III aprovecha ampliamente la abundancia de piedras en la inmediata cantera, mientras que en Deva V, el túmulo en causa, se desprecia un material tan sólido como abundante y a mano, optando por el empleo exclusivo de sedimentos. La desigualdad de los modelos arquitectónicos no debería de erigirse, como hicimos notar en más de una ocasión, en argumento definitivo para asignarles distintos ámbitos cronoculturales, del mismo modo que es un hecho probado el que megalitos y tumbas posteriores, incluso de la Edad del Bronce, compartan un mismo enclave: el prestigio ancestral determina la longevidad, incluso transcultural, de muchos espacios de uso fúnebre. No cabría, por tanto, despreciar la hipótesis de que la fecha del IV milenio apuntara a la actividad de gentes neolíticas en la zona implicada, empeñadas entre otras tareas en la construcción de megalitos, con la explotación de la contigua cantera y el arranque de tierras, y que Deva V se debiera a un tiempo bastante posterior. Se nos antoja mucho menos convincente, por el contrario, que el agrupamiento pétreo de Deva, el verosímil recinto sepulcral, fuera de época megalítica, y que la muestra con fecha 2130-1740 cal. BC se hubiera filtrado hasta el mismo, llegando al lugar recóndito, entre dos lajas, donde fue hallada. Siendo pues posibles ambas opciones, entendemos más convincente la primera que la segunda, demasiado forzada esta última aunque se le prestara especial atención a la incontrolable complejidad de los procesos edafogénicos. En consecuencia, y sin que debamos alinearnos de modo categórico con ninguna de las dos alternativas, no cabría proponer que la probada multiplicidad formal de los túmulos de época megalítica comporte el alegato incuestionable en contra de la longevidad y naturaleza pluricultural de las construcciones tumulares que, además, con frecuencia comparten el mismo emplazamiento. Un último apunte merece consideración: que se deba a las remociones sufridas por el megalito Deva III la fecha, con una probabilidad del 95%, 1885-1490 cal.BC. (Beta-125598), data que acaso denunciara intervenciones en el dolmen durante el Bronce Antiguo, tal vez de la misma autoría de quienes determinaron construir, con pautas ya bien distintas, el hermético túmulo que se viene considerando. Por lo que se refiere a la supuesta, por verosímil, dedicación funeraria del recinto de lajas, no sabríamos como contraponerle objeciones de peso o nuevos argumentos a los ya ofrecidos más atrás. Tal estructura no es fruto de la casualidad, resultando demasiado arbitraria cualquier otra misión que pretendiéramos asignarle. Desde luego, no contamos con el apoyo de los despojos esqueléticos; en caso contrario sería ocioso todo lo dicho. Exagerando las posibilidades especulativas, ni siquiera los huesos tendrían que deberse irremediablemente a una práctica sepulcral, cabiendo otras razones. Pero si la ausencia de restos óseos constituye la negación radical de la finalidad tumular, entonces deberíamos revisar todo lo escrito sobre la función sepulcral de tantos dolmenes: esa lamentable carencia testimonial es no sólo común en Galicia y Asturias; acontece, recordémoslo, en la mayoría de los excepcionales megalitos bretones. Sea como fuere, otra sensible falta, la de toda clase de elementos industriales no corruptibles, y alguna circunstancia más, reclaman a partir de aquí nuestra atención. Monumentalidad arquitectónica y ausencia de ajuares sustancian un declarado contraste que requiere, al menos, un intento de explicación: la discutida posición cronocultural de Deva V y Berducedo no debiera de plantear, en todo caso, graves impedimentos a su búsqueda. La falta de ofrendas: opciones alternativas a la impresión de pobreza material A. Una modalidad tumular como la que nos ocupa, planteada y resuelta con una movilización de recursos de innegable consideración, no parece que guarde concordancia con la falta de ofrendas. Es de entender que ante tal carencia se concluya en la pobreza del grupo social autor y usuario de la tumba; al fin una valoración tan cómoda como acaso imprecisa. Habría que considerar, al menos en términos de valor material, si la medición de la riqueza únicamente puede ser efectuada a partir de los objetos hallados, haciendo abstracción de la entidad y características del continente que los encierra (o pudiera haber encerrado). La construcción de túmulos como Deva V o "A Tumba" de Berducedo no hubiera requerido, parece probable, la concurrencia de un gran número de personas. Es, en efecto, una fórmula constructiva en la que el trabajo sumado de pocos individuos permite alcanzar una gran entidad: el túmulo como la repetición del acto sencillo de arrancar tierras, transportarlas y acumularlas. Obviamente, es bien distinta la cuestión cuando se trata de manipular lastras de gran peso: entonces el trabajo sólo es practicable mediante la conjunción de muchos brazos. La necesidad de colaboración y apoyo es así distinta en ambos casos: un túmulo térreo estaría, en principio, al alcance de cualquier pequeña comunidad, con el imperativo de que la misma fuera capaz de disponer del tiempo y de la energía suficientes. Nos conduce este razonamiento a la estima de la ecuación tiempo-trabajo dos o tres milenios antes de Cristo. Es orientadora al respecto la elaboración de hojas de hacha de extremado pulimento. Su perfección artesanal implica un seguro valor añadido al acto, en principio mucho menos exigente, de la confección de un utensilio común, lo que a la postre haría del producto final un bien sumamente apreciado. Tal estima resulta inseparable del empeño laboral durante bastante tiempo, aún cuando aquella ecuación contara de forma muy relativa en las sociedades primitivas. Como observa Godelier, la palabra trabajo es desconocida en muchas lenguas en las que "no existen las representaciones a que corresponde"; además, en las sociedades arcaicas de ganaderos y agricultores el individuo es también un medio de producción al que se le agregan los utensilios (Godelier 1990: 109 y 172). La cercanía entre hombre e instrumento ("una extensión artificial de la persona"; Sahlins, 1974: 88), le otorga una especial dimensión a este último, mientras que el factor tiempo (el invertido en una operación determinada) resulta inconcreto. Esta factor, en su relación con la actividad humana sólo se asentaría cuando la fabricación de un producto pudo ser referida a magnitudes temporales bien definidas, de ahí que la idea de productividad resulte desconocida antes de la invención del reloj. No es pues extraño que las labores fueran independientes del tiempo preciso para su ejecución, un acontecer todavía ordinario en la vida campesina tradicional (Landes 1999: 60; Pounds 1992: 266-273). No se deriva de lo antedicho que el valor del trabajo, junto con el del tiempo ocupado, no subyazcan en el aprecio que un bien hubo de gozar, de modo que su intercambio dependiera de una buena compensación, a veces en productos raros, por lo que, de una u otra manera, al final llegaban a adquirir un cierto valor de cambio. Tras el trueque, y ya en el interior de cada sociedad, se manifestarían esos artículos como objetos para dar o distribuir en el ámbito de los complejos procesos sociales de parentesco, producción y poder (Godelier 1974: 269-271). En otras palabras: pese a la distancia conceptual señalada, el trabajo es dimensionable en toda sociedad por muy arcaica que parezca; no en vano constituye un acontecimiento de la experiencia común. La edificación de un túmulo voluminoso implica operaciones diversas: preparación de instrumentos para cavar, de palas y útiles de carga, de recipientes y soportes para el transporte de los sedimentos y piedras, de cordajes..., además del esfuerzo invertido en la fase estrictamente constructiva. En definitiva, el trabajo resulta por su amplitud un desen-cadenante de relaciones sociales, "de parentesco y comunidad" (Sahlins 1974: 127), que lo atraviesan y superan; de tal trabazón social dependen, al cabo, sus condiciones concretas y, por ello, sus resultados. En túmulos como Deva V y "A Tumba" de Berducedo, la falta de ofrendas acentúa, para percibir su sentido, la necesidad de valoración del continente sepulcral: que, aunque estructuralmente simple, hubo de requerir un cierto un tiempo para su erección, lo que significaría, como en los productos artesanales prestigiados, una cierta expresión de su importancia. Ofrendas y túmulos conllevan un consumo de energía; ambos, objeto y tumba, también atenderían, más allá del primer nivel utilitario, a la satisfacción de fines como el prestigio personal o de grupo, o a la de otras intenciones de naturaleza múltiple (determinación de un ámbito de ratificación de los vínculos sociales, de configuración jurisdiccional de territorios: Fleming 1973; Bradley 1984; Earle 1991), entre tantas del extenso catálogo de la teorética arqueológica de los últimos lustros. Hay un evidente acuerdo en que la función de los muertos en la profundidad de sus tumbas no es ajena a la determinación de un anclaje para cada grupo humano, asegurándole estabilidad en el espacio y continuidad en el tiempo (Vernant 1982: 8-9). Toda arquitectura es, en efecto, creadora de espacio y de relaciones espaciales, y a ella se debe acceder por una doble aproximación: la interior y la externa. El lenguaje arquitectónico sólo puede ser comprendido si se asocia con el contexto cultural que lo produce y del que se infiere la jerarquía de normas y valores. En el caso de la arquitectura primitiva su significación total y específica no aparece fundida únicamente con la realidad constructiva, sino también con las interpretaciones que sobre la misma idearan sus constructores y destinatarios (Guidoni 1980: 16). De acuerdo con tales postulados, el exterior del túmulo, su apariencia monticular, no sería indisociable de su interior (por muy discreto estructuralmente que este se ofrezca), ámbito que, además, permanece oculto y desconocido para un observador no iniciado. No parece pues que haya una razón terminante para que la ausencia de ajuar -de algunas sencillas puntas de flecha o de otro instrumento cualquiera de piedra-, debiera de ser mecánicamente justificada por la escasez y carestía de los recursos materiales; quizá resulte más conveniente atender la sensata observación de que "la apariencia de los hechos no revela su esencia" (Godelier 1990: 156). Sin duda, un campesino prehistórico, también un cazador o guerrero, por muy parcos que fueran sus medios materiales usaría y perdería un número considerable de flechas, de calidad desigual en materia y talla, a lo largo de su vida activa. Si, como vienen a sugerir sus estructuras, los túmulos V de Monte Deva y "A Tumba" fueron creados para la deposición de algún cadáver o, en todo caso, de un número reducido de restos humanos (en situaciones semejantes la microquímica y la micromorfología, no siempre accesibles, tendrán mucho que decir en el futuro), la falta de un mínimo ajuar resulta cuando menos reseñable: cada gran tumba y el esfuerzo invertido en su construcción parecen denunciar un destino concreto, relacionable con posiciones de jerarquía o con un estatus social prevalente. Sin embargo, con un proceder rutinario, suele aplicárseles la calificación de tumbas pobres, lo que incorpora la imagen de sociedades marcadas por la penuria material. Pero la realidad de un trabajo adicional en los túmulos, el esfuerzo de "casi todos para unos cuantos", no deja de traslucir, asunto en el que abundan las referencias etnográficas, el disfrute de los recursos comunitarios por una cierta "aristocracia" que se apropia de diversas facetas rituales, entre otras la de la comunicación (en la órbita de lo funerario) con los antepasados (Godelier 1990: 144). Es bien cierto que, desde el momento en que las sociedades neolíticas deciden canalizar sus prácticas mortuorias hacia la edificación de túmulos y dolmenes, la composición de los viáticos fúnebres muestra situaciones de neta desigualdad, al menos bajo la óptica del registro arqueológico. También lo es en bastantes casos que un dolmen de cámara desarrollada y túmulo voluminoso exhiba todavía vestigios de ajuares cuantiosos. Un testimonio del noroccidente ibérico se ofrece elocuente: el dolmen de Galisancho (Salamanca) conservaba, pese a los saqueos, unas 40 hachas pulimentadas, 200 puntas de flecha, más de medio centenar de láminas de sílex, unas 2.000 cuentas de collar de variscita y esquisto, numerosos fragmentos de vasos cerámicos, etc. (Delibes y Santonja 1986: 75). Ocurre algo parecido en otro sepulcro también salmantino, el de La Veguilla, muy expoliado aunque aportara un buen repertorio industrial (Soler Díaz 1991) del que una gran parte (196 puntas foliáceas o 26 hojas pulimentadas de hacha y azuela, además de elementos singulares, como 86 prismas de cristal de roca) se acomoda a las categorías ajuar funerario personal o ajuar cúltico (Andrés 1998: 180) y no a la de pseudo-ajuar: los útiles de trabajo u otros materiales presentes en la tumba por razones ajenas a la estricta práctica sepulcral. Por otra parte, aparecen estos megalitos salmantinos en número discreto, sin los cuantiosos agrupamientos que túmulos y dolmenes muestran en otras áreas noroccidentales como las Beiras portuguesas, distintas comarcas de Galicia y Asturias, y en general, en toda la Región Cantábrica, no olvidando que en esos territorios hubo también de dejarse sentir la acción destructiva de las sociedades posteriores. Los de Salamanca de "ricos" ajuares se ubican, no por casualidad, en medios abiertos, de suelos aptos para el beneficio agropecuario: un ambiente calificado genéricamente de "fondo de valle" (Delibes y Santonja 1986: 135 y 136) en el que las grandes tumbas actuarían como elementos rectores del paisaje paleocampesino. Todo habla en ellos de capacidad de acumulación de objetos rituales, verificada tanto a causa de la reiteración de los entierros en el mismo recinto durante mucho tiempo (piénsese en la ampliación de la cámara de Galisancho con la apertura en el suelo de una amplia fosa circular), como a una modalidad del poblamiento más nucleada que la imaginable en territorios montañosos y de menor rentabilidad agrícola. En suma, una acumulación que alude a positivos rendimientos agropecuarios -y por ello al intercambio de excedentes por bienes como armas, piedras de calidad, etc.-, y a un cierto aglutinamiento del hábitat. De manera bien distinta, en buena parte de las tierras ribereñas del Mar Cantábrico imperaría el poblamiento diseminado y de baja densidad (de Blas Cortina 2000). La región, dotada de un acusado desarrollo orográfico, presenta a menudo un terrazgo discontinuo, con retazos repartidos entre los valles y ciertas áreas cóncavas de las laderas, sometido además al régimen de barbecho que dio lugar a la pequeña aldea de elementos disociados (García Fernández 1975: 33-36), modalidad que, aunque de conformación histórica y determinada por los intereses de la oligarquía terrateniente (García Fernández 1980: 61-69), no se contradice con la que sugiere la documentación arqueológica para los milenios preliterarios. Habrá que llegar a las postrimerías de la Edad del Bronce y a la Edad del Hierro para que en ese espacio se visualice un hábitat agrupado cuya imagen es la de los castros, fortificados con murallas y fosos. La endeblez de los restos de hábitat asociables a las áreas de concentración de túmulos y megali-tos en la Iberia Húmeda, o el casi total desconocimiento de los mismos, no dejan igualmente de oponerse a lo que se pueda observar en las tierras de Salamanca consideradas, donde, al menos, se constata la realidad de poblados en la proximidad, siempre relativa, de los dólmenes. Allí, la amplitud del terrazgo y su más fácil acceso en un medio de más discretos contrastes topográficos, son factores propiciatorios de la concentración del poblamiento. En fin, si la relación monumento-ajuar resulta compleja e irregular, según diversas circunstancias como las apuntadas, conviene atender otras opciones interpretativas de la falta de ofrendas en tantos túmulos, sin que haya que resignarse a la aceptación, absoluta, de la pobreza como causa inapelable. La pobreza es una condición relativa sólo aplicable con respecto a quién o a qué características socioeconómicas dominantes. Lo que en una sociedad resulta pobre en otra es más que suficiente o incluso hasta podría entenderse como abundancia (Casado 1971: 23); además, la determinación de la pobreza basada en la desigualdad es un concepto propio de las sociedades estatales. En cualquier caso, debiera ofrecer como rasgo necesario una acusada escasez material: la miseria. En poblaciones poco relacionadas, la adscripción a un determinado estatus (como el de pobreza) se produciría casi siempre en la dimensión local (Casado 1971: 23), ámbito en el que las comparaciones resultan pertinentes. Así pues, pobreza se define culturalmente y, por tanto, no puede ser calibrada según un nivel de privación universal, dependiendo en cada caso de la consideración de qué es lo imprescindible (Giddens 2002: 399-400): las necesidades de subsistencia son, a la postre, un producto social. La privación real, de alimentos, cobijo, tiempo de ocio..., es únicamente mensurable en concierto con las expectativas culturales de cada sociedad y en su tiempo. Nada nos conduce, tras los presupuestos enunciados, a imaginar situaciones de verdadera penuria en los constructores de los túmulos que estudiamos, por lo que la adjetivación de pobreza debe ser sometida a las cautelas expresadas, y únicamente resultaría de atribución en sus mismas coordenadas regionales y cronoculturales; nunca proyectada sobre realidades distantes y ajenas. La proximidad del mar en Monte Deva, con espacios de playa, ría y acantilados, de bajíos en los que desembocan distintas corrientes de agua dulce (fue tal la geografía del territorio de Gijón), compone un medio de gran diversidad biológica capaz de ofrecer considerables recursos: pesca, marisqueo y captura de aves en el borde costero, mientras cerca de este se extienden los sedimentos cuaternarios, tan aptos agrícolamente, y el ámbito serrano y forestal adecuado para la caza, la recolección vegetal y el pastoreo. En Berducedo, y pese a la altitud de la zona, las extensas planicies propias de una gastada orografía ofrecen tierras cultivables a expensas de amplias manchas de sedimentarios de origen pleistocénico (I.G.M. Mapa geológico de España. Hoja 50[10-5], 1978) y extensas áreas de pasto, además de un denso bosque, arraigado en las laderas que bajan a valles encajados y sombríos. Tampoco hubo de ser, en definitiva, un medio hostil económicamente, de bajo rendimiento en un modelo de subsistencia que hiciera compatibles los beneficios agropecuarios con una provechosa persistencia de las actividades venatorias y recolectoras. En tales condiciones no cabría rehusar una cierta capacidad de acumulación de excedentes en las poblaciones que mediante los túmulos afirman su vínculo con aquellos territorios. Tal posibilidad no se contradice, sin solución, con la realidad de un hábitat disperso y una economía autárquica: en todas partes hay excedentes potenciales disponibles; lo "esencial son los medios institucionales para materializarlos" (Pearson 1976: 385). Ahora bien, en un ambiente en el que el hombre produce sus alimentos y crea su equipo básico, la cantidad de excedentes que necesita para obtener otros bienes del exterior será siempre limitada (Godelier 1976: 266). Como es razonable, la capacidad de trueque depende de que las sociedades implicadas en el mismo ofrezcan productos distintos, puesto que la uniformidad de lo producido resta incentivos a la acumulación (Sahlins 1977: 123; Gluckman 1978: 32 y 93-100). Pese a tal coyuntura, el acopio excedentario puede producirse, apenas sin más estímulos, gracias a la bondad de las condiciones naturales. En tales circunstancias, de economía cerrada pero provista de excedentes difícilmente intercambiables, el acopio puede propiciar actuaciones extraordinarias como la creación de un "fondo ceremonial" que permita, pongamos por caso, la erección de arquitecturas costosas. En suma, túmulos como Monte Deva V y "A Tumba" de Berducedo, aunque carentes de ajuares, significarían un modo de exhibición de posibilidades materiales, de una cierta riqueza sustanciada en la construcción monumental, acontecimiento que en su trasfondo social desencadena la serie de funciones ideológicas, jurisdiccionales, etc. que recor-dábamos más atrás y que no dejan de tener vigencia en otros ciclos históricos, incluso próximos. Los cementerios construidos a lo largo del XIX en las ciudades españolas fueron pronto un buen escenario de "representación social". Lo que no era posible, por razones de espacio, en las criptas eclesiales o en los pequeños cementerios adosados a los templos parroquiales, lo sería en los más capaces cementerios públicos: los mausoleos constituían una manifiesta imagen pública de estatus (Quirós Linares 1991: 141-142). Anotemos que la monumentalidad de esa tumbas burguesas no implicaba que los difuntos contaran con la compañía de valiosos viáticos mortuorios. Tampoco parece desechable, bajo otro enfoque, la consideración de un proceder funerario en el que fueran excluidas las ofrendas. Desde luego, tal actitud no se concilia con lo constatado, aunque sumariamente, en el vecino megalito Monte Deva III, o en otros túmulos de la costa central de Asturias, tanto los provistos de cámaras ortostáticas (monumentos VI, XV, XVI y XXII de Monte Areo; La Llaguna C o El Cantón), como los de estructura diversa, carentes del clásico recinto dolménico (Monte Areo V o La Llaguna A y D) (de Blas Cortina 1999 y 1995 a). En todos ellos sufrieron sus ajuares la merma derivada de los saqueos; sin embargo, no es ese el acontecimiento reseñable en Deva V, cuya estructura pétrea estaba inviolada. En los túmulos megalíticos y posteriores cantábricos es también común la ofrenda, siempre discreta, de hojas pulimentadas de hacha y azuela, láminas de sílex, microlitos geométricos o puntas foliáceas de retoque plano; elementos presentes a lo largo de un tiempo dilatado, con lógicos cambios tecnomorfológicos, entre fines del V hasta bien entrados en el III milenios a. de J.C. Observando la variedad ritual asociada a los túmulos, según fases y áreas culturales, se descubren igualmente prácticas multiformes; la retirada de las ofrendas (constatada, en particular, con el detallado análisis del dolmen MVI de Petit-Chasseur; Bocksberger 1976: 156), acaso sea consecuencia de la clausura expresa del recinto sepulcral, acto que a menudo confiere a los túmulos su forma definitiva. Nos referimos, claro está, a la llamada "condena" de las tumbas, fenómeno que se viene detectando desde hace varios lustros (Leclerc y Masset 1980), y que nosotros percibimos en algunos túmulos de la Asturias central de fecha temprana, fines del V a inicios del IV milenios a de J. C.: necrópo-lis de Monte Areo (Carreño) y la Llaguna de Niévares (Villaviciosa), ambas en la comarca costera del entorno de Gijón (de Blas 1992, 1995 a, 1999 a, b y c). Retirados los ajuares, destruidos o no depositados, lo cierto es que no todos debieron de contar con oblaciones, individuales o colectivas, y es improbable que los saqueos determinaran su desaparición, en particular cuando buena parte son inadvertibles o carentes de valor (geométricos, pequeñas láminas de sílex...) para los buscadores de tesoros. En el cantábrico, la ya amplia experiencia en arqueología funeraria en un marco físico muy concreto, el de las cuevas, no deja de alentar la idea de la ausencia normativa del viático mortuorio (Armendariz y Etxberría 1983: 340-341). Alguna reciente y detallada observación puede venir en apoyo de esta conclusión: la inhumación primaria, neolítica (fines del V milenio a. de J.C. en fechas calibradas), descubierta en la gruta vizcaína de Kobaederra, no ofrecía el menor rastro de ajuar. Por otra parte, ciertos indicios en el proceso de carbonatación del lecho sedimentario que la acogía permitieron suponer el uso de materiales orgánicos hoy desaparecidos, acaso madera, pieles, corteza de árbol o cestería; en fín, una materia putrescente constitutiva del contenedor del cadáver (Ibáñez et al. 1999). Del mismo modo, también cabría la presencia original en el entierro de otros objetos corruptibles. En el caso de nuestros túmulos cabría pensar en vestigios rituales remanentes en los sectores no excavados. Si así fuera, aunque nunca nos tropezamos con ellos, deberían ser reconocidos como elementos cultuales periféricos -los mobiliers rituels en términos de A. Gallay: ofrendas dedicadas al conjunto de la tumba, en ocasiones cuando la fase funeraria había finalizado (Gallay 1987: 22)-, puesto que la focalidad de la disección arqueológica nunca desatiende, con independencia de la amplitud de lo excavado, como en Monte Deva V, los sectores centrales, críticos, del edificio monumental. C. Requeriría también atención, tras lo comentado, la hipótesis de los viáticos perecederos: una opción tan verosímil como difícilmente comprobable, a no ser que medien factores excepcionales, el primero de tales la baja acidez de los suelos, justamente lo contrario de lo que sucede en Monte Deva o Berducedo. No es insólito que en ciertas sociedades primitivas la acumulación de bienes lograda por sus jefes radicara en aquellos de naturaleza perecedera como mantas y pieles (Herskovits 1954: 241), riquezas que muy rara vez dejan huella arqueológica. Tales situaciones no nos son demasiado ajenas: en la Praga del siglo X se utilizaban para pagos corrientes trozos de un tejido "finísimo", sobre el que se calculaba el valor de cualquier objeto (Spufford 1991: 101). Si se toman como documento para entender los ajuares mortuorios convencionales las puntas de flecha, hay una vasta documentación etnográfica que acredita la frecuencia y universalidad de su confección con materiales orgánicos (Leroi-Gourhan 1973: 64; Valdés 1977: 20). Las puntas de hueso y marfil, por ejemplo, abundaron tanto entre los esquimales como entre los indios de la costa NW o los sioux, al igual que las flechas rematadas por una cabeza hiriente de simple madera (Miles 1986: 20-29). Estos, y tantos otros testimonios, perderían fuerza sino dispusiéramos de estrechas similitudes en la Prehistoria europea. Las más expresivas suelen proceder de los poblados lacustres de la periferia alpina (Petrequin y Petrequin 1988: 37-38). Flechas de hueso, asta y madera atendían distintos usos, desde las más potencialmente hirientes hasta las más livianas para el abatimiento de aves. Fueron precisamente puntas de asta de ciervo las que portaba en su carcaj el "hombre de Similaun" (Capasso et al. 1999: 454), recurso ya común en el mesolítico con un solvente registro en contexto, una vez más, palustre (Clark 1975: 126). Lamentablemente, tal clase de yacimientos es casi ignota en la dilatada Iberia, con alguna salvedad como el neolítico de la Draga (Gerona): allí un notable instrumental en madera incluye varias flechas, si se admiten como tales las varillas de boj, sauce o avellano, dotadas de una punta resistente que tal vez hiciera innecesaria la inclusión de armaduras líticas (Bosch et al. 1999: 319). Al sur de los Pirineos son bastante mejor conocidas las puntas de hueso, en contextos que van del campaniforme al Bronce Medio. Como artículo funerario se encuentran en sepulcros de inhumación múltiple como el túmulo riojano de La Atalayuela (Barandiarán 1978), o en megalitos como el alavés de El Sotillo, o los navarros de Sakulo y Mina de Farangortea (Maluquer 1964: 20 y 33). Sin embargo, en la región cantábrica es preciso un contexto cavernario, con sedimentos calcáreos, para que se preserven objetos de naturaleza orgánica, circunstancia infrecuente en los túmulos y megalitos regionales, en su mayoría sitos en suelos de alta acidez. Hay otros indicios que nos reafirman en la cau-acaso inspirados en bolsas de cuero (Guilaine 1994: 21-22); también es señalada la influencia que los recipientes de madera y de piel habrían tenido en la génesis de la alfarería de la Battle axe culture del Neolítico Medio escandinavo, con expresivos ejemplos propuestos por Nielsen en 1983 (Stenköld 2002: 26-28). Traemos a colación todas estas consideraciones para recordar la ausencia en el registro arqueológico de materiales variados tan habituales como corruptibles. Obviamente, de los cestos y vasos de madera o cuero apenas perduran vestigios. Tal vez, como ya señalaran otros para explicar la naturaleza del registro arqueológico en los yacimientos vascos (Aranzadi et al. 1931: 69), y nosotros venimos considerando desde hace tiempo, sea esa la causa de la extrema rareza de los vasos de barro en los megalitos de Asturias, región rica en madera y pieles (de Blas Cortina 1995 b). Además, influyen en la preponderancia de un tipo u otro de tradición material las pautas culturales de cada sociedad implicada. En la Early Bronze Age británica tuvieron un amplio uso los contenedores en materiales perecederos, mientras que la cerámica era apenas requerida, a no ser en ciertas ceremonias como la bebida ritualizada o la quema de sustancias aromáticas (Allen y Hopkins 2000). Por el contrario, la normalidad de la cestería se induce del hecho de que se crearan joyas en forma de pequeños canastos, orfebrería constatada tanto en Inglaterra como en varias regiones continentales (Taylor 1980: 313). Algunos hallazgos singulares acreditan la cestería en ambientes sepulcrales neolíticos (de nuevo la señalada Cueva de los Murciélagos) como parte del ajuar; el probable carcaj del hipogeo de Mournouards, tejido en juncos de pantano, concreta el infrecuente testimonio de algo que hubo de ser muy habitual (Leroi-Gorhan et al. 1962: 97-98). Las ofrendas corruptibles debieron de ser, en definitiva, totalmente compatibles con el esfuerzo que requiere la edificación de túmulos que, antes de saqueos y erosiones, ofrecerían una estampa de monumentalidad bastante más acentuada que la que hoy manifiestan tras su milenaria degradación. Algunas notas más sobre el hecho arqueológico en causa La casi contigüidad de Deva V con Deva III, este último de incuestionable filiación megalítica (tanto en la acepción cultural como en la arquitectónica), acrecienta la distancia entre ambos modelos monumentales, con independencia de que respondan a una misma cronología o a tiempos distintos. Esta última opción nos situaría ante cambios, no menores, en la práctica funeraria: acaso el contraste entre colectivismo sepulcral y el túmulo con tumba o tumbas claramente individualizadas; también ante ciertas modificaciones en la estructura social, al menos cargando el acento en la exaltación post mortem de individuos dotados de ciertas prerrogativas. La ubicación de ambas arquitecturas, inmediatas y en la misma eminencia topográfica, habla de la importancia del enclave y la vigencia de su multisecular poder. El megalito de cámara seudohipogéica Monte Deva III ocupa la máxima cota, pero Monte Deva V, aunque más discreto en altura y volumen, no renuncia a la notabilidad: bien perfilada su masa constructiva, busca una clara ligazón con la tumba megalítica y, en consecuencia, con el ancestral prestigio de la misma. "A Tumba" de Berducedo tampoco pretendía pasar inadvertida, reproduciendo las pautas de notabilidad topográfica y visual, en suma espaciales, seguidas por los constructores de los dólmenes; también la importancia otorgada a la entidad arquitectónica (Fig. 9). Es pues probable que, una vez más, la conformación del territorio funerario se produjera con la adición monumental a lo largo de los siglos, de modo que llegaran a reunirse tipos sepulcrales diversos en un mismo lugar o en otros contiguos; arquitecturas no domésticas adscribibles, al menos en parte, a circunstancias culturales distintas: acaso desde el dominio, incluso en la muerte, de las elites y linajes megalíticos hasta la aparición de minorías aventajadas en un neolítico epigónico en el que los metales empiezan a jugar, en la doble vertiente material y simbólica, una creciente estima y consumo. En "A Tumba" y Deva V, en los que su materialidad habla de gasto energético y empeño laboral, bien se pudiera satisfacer la buscada exhibición del prestigio del enterrado (o de los pocos inhumados), y de sus especiales prerrogativas ante el común de sus contemporáneos. Es pues atendible en semejante contexto que los posibles ajuares putrescentes gozaran de un valor que despreciaba su naturaleza contingente (qué decir de nuestro hábito funerario de la ofrenda floral, pese a su carácter efímero) (2). Pero la discusión cronológica de Monte Deva V nos sitúa, atendiendo a la hipótesis de su filiación metalúrgica, ante el panorama, tan en parte incierto como multiforme, del universo funerario postmegalítico. Empezaban, por entonces, a menudear en el NO las tumbas cistoides, de inhumación individual, conteniendo ofrendas de valor como joyas de oro, armas de cobre o, más modestamente, vasos de barro. En la propia Asturias central, algún túmulo con pequeña cámara pétrea testimonia su contemporaneidad con la metalurgia alboral o ya desarrollada; tumbas, al cabo, que procuran la proximidad, sin duda benéfica y legitimadora, de los viejos megalitos (de Blas Cortina 1983: 105-107;1994). En paralelo con las tumbas dotadas de ajuares "ricos", se reconocen también túmulos e incluso cistas carentes de ofrendas. Es ese un fenómeno que va tomando progresivo cuerpo en el registro sepulcral del noroccidente ibérico durante el Bronce Antiguo (Fábregas y Vilaseco 1998: 200). Entre el Cobre y fines de la Edad del Bronce no es poca ya la variedad sepulcral que hoy se atisba: desde las pequeñas cistas sin túmulo, hasta las fosas abiertas en el suelo, o los túmulos de raigambre formal megalítica y la reutilizacíon de dolmenes, entre otras manifestaciones. Todavía durante el Bronce Pleno y Final la realidad de los túmulos de diseño variado se impone, como ya señalábamos tras la sugerente experiencia de Piedrafita, en la cuenca media del río Nalón (de Blas 1985), circunstancia que se refuerza con las excavaciones de túmulos de diferentes proporciones, sin estructuras internas claras, también sin ajuares, pero con una búsqueda de posiciones topográficas destacadas, situación bien establecida en la Beira portuguesa. Las dataciones radiocarbónicas vienen a señalarles a tales túmulos esa correspondencia con las centurias de continuidad entre el Bronce Antiguo/Pleno o, ya francamente, con el Bronce final (Da Cruz y Vilaça 1999; da Cruz et al. 2000). Contradice tal panorama el "mito de la ausencia sepulcral" durante Bronce medio y final del NO peninsular para ofrecernos un cuadro de situación mucho más complejo (Bettencourt 1997: 629); incluso, agrandando el enfoque, no estaría demás tener presente la multiplicidad de las fórmulas estructurales de los túmulos neolíticos, bien separables en proyecto constructivo, y en inteligibilidad, de los megalitos clásicos. De aquellos no dejamos de ocuparnos en reiteradas ocasiones, describiendo algunos de singularidad notable y razonando tanto su significado como sus vínculos o situaciones de colateralidad con respecto al megalitismo más convencional (de Blas 1983;1995a, 1999 a y b). En definitiva, cabe un flujo de expresiones varias de la conmemoración de la muerte a través de la tumba bajo túmulo que ya comienza a manifestarse a fines del V milenio a. de J.C.: todo un universo poliédrico en el que se conjugan la localización en el espacio, a veces con matices de escala meramente local, microtopográfica, las modalidades arquitectónicas y la distinta morfología del procedimiento ritual. No podríamos por tanto compartir la conclusión, si bien ingeniosa, ante hechos tan desconcertantes de que acaso "la norma pudo ser, precisamente, la falta de norma fija de enterramiento " (Fabian 1995: 131). Debiéramos, al contrario, partir de la certeza de que las prácticas sepulcrales son a menudo un eje vertebrador de las relaciones sociales y que difícilmente se prestan al proceder arbitrario. Incluso la exposición o abandono de los cadáveres, consumidos por aves y carroñeros -algo que hallamos en culturas tan diversas como separadas en el tiempo y en el espacio: Torres del silencio iraníes, entrega a los cuervos en los kwakiutl canadienses, o a las alimañas del bosque en los masai de Kenia-Tanzania (Guiart s/f.: 69; Barley 2000: 176; Thomas 1989: 305-307)-, concreta una modalidad fúnebre con intenciones precisas, respaldadas por un pensamiento elaborado. Además, las referencias movilizables no tienen por qué ser obligadamente exóticas: entre los celtíberos, según Silio Itálico (Púnica III, 341-343) o, con más precisión, en los vacceos, siguiendo esta vez a Claudio (2) Costumbre que goza de una remota antigüedad, anterior a la civilización romana y claramente presente en ésta. Asunto de naturaleza religiosa y después funeraria, cuenta con un extenso reflejo testimonial desde las coronas de laurel ciñendo las cabezas de los muertos, hasta el cuidado de los jardines que ornan los sepulcros, o a la preocupación de algún personaje por que siempre, el día de su aniversario, hubiera flores sobre su tumba, tal como reza un epígrafe ligur (Prieur 1986: 39 y 161-163). También el consumo de velas de cera es un gasto funerario que no deja recuerdos. Un buen ejemplo de su cuantioso empleo se ofrece en los ritos funerarios vascos vigentes hace sólo algunas décadas (VV. Animalium 10,22), se entregaban a los buitres, aves sagradas y conductoras al ámbito celeste, los cadáveres de los que perdían la vida en la guerra. Cada vez es más evidente que la diversidad funeraria nace con la propia riqueza de las opciones culturales: la muerte siempre forma parte de una concepción general de la vida (Barley 2000: 14). Ante la variedad de prácticas la oposición riquezapobreza es claramente subjetiva, por lo que la falta de ofrendas perennes acaso deba de plantearse no como la imposibilidad de disponer de las mismas, sino como una actitud formal, reglada, que las considera prescindibles. Desde luego, sería un exceso imaginar que hasta la mentira pudiera jugar su papel en la oblación mortuoria: el engaño tras la promesa a los muertos de bienes que finalmente no se les entregan; una opción más entre tantos procederes en el universo funerario, ocasionalmente documentada con un refrescante desenfado (Barley 2000: 99-100). Algo de todo lo expuesto tiene que acontecer en nuestros túmulos, en los que lo más difícil, la propia arquitectura, se había conseguido: ¿cómo aceptar la imposibilidad de la entrega a los muertos de un viático sumario: algún sílex, cualquier hoja de hacha de cuarcita, roca, esta última, tan abundante en los pedreros de los ríos y playas de Asturias? Es inevitable, al final de este trayecto, reconocer la justeza del ponderado escepticismo de Leroi Gourhan (1994: 14) quien veía a la Prehistoria como una especie de "gigante con la cabeza de barro, tanto más frágil cuanto se asciende del suelo hacia el cerebro". Gratiarum nota: Pude contar en el tratamiento infográfico de las ilustraciones con la siempre desinteresada colaboración de José Luis Seoane, del Dpto. de Geografía de la Universidad de Oviedo, y de Otilia Requejo Pagés, de "Gabinete arqueológico S. A.".
Podemos ir donde digas tú y ver aquello que nadie vió. El objetivo de este trabajo es realizar una aproximación a la construcción del espacio en las sociedades prehistóricas del Noroeste peninsular, desde la perspectiva de la Arqueología del Paisaje. Para ello hemos procedido al análisis del emplazamiento de los monumentos tumulares en tres zonas del occidente gallego, aplicando un modelo convencional que prima cuatro factores de vinculación que determinan el emplazamiento: las líneas naturales de desplazamiento, los elementos naturales, la tradición y los lugares de asentamiento de los constructores de túmulos. Por otra parte, hemos podido observar la existencia de una relación significativ~ entre los túmulos y los petroglifos, lo que nos ha llevado a definir un nuevo factor de emplazamiento que parece determinante en la El estudio del megalitismo gallego. () más propiamente el fenómeno tumular. ha conocido en los últimos años un nuevo impulso. no sólo a través de la realización de nuevas investigaciones de campo sino mediante planteamientos teórico-metodológicos asimismo novedosos. Una de las consecuencias de esta dinámica es la constatación de la complejidad que alberga el término tumular: en primer lugar por lo que se refiere a las estructuras internas (pétreas o no) que hoy en día rebasan claramente la distinción entre dolmen y sepulcro de corredor, para introducir nuevos elementos como fosas. estelas o suelos preparados. a lo que habría que añadir las estructuras de acceso descubiertas últimamente en algunos sepulcros de corredor (Criado y Fábregas, 1989; Alonso y Bello, e.p.). Respecto a la cronología, hay novedades también, pues a la secuencia clásica dolmen-sepultura de corredorcistas se le superpone la evidencia suministrada por el radiocarbono, en principio coherente con la tesis expuesta y dictando un abanico temporal entre fines del IV-fines del lB milenio a.e. (en fechas convencionales), pero indicando al tiempo la convivencia de diversos tipos de túmulos en áreas diferentes o incluso en la misma zona (Fábregas, 1988 y e.p.). Más recientemente se apunta una pervivencia, incluso dilatada, de construcciones tumulares bien adentro del II milenio, con una tendencia marcada hacia la disminución del tamaño y la complejidad de las sepulturas (Fábregas, 1993 y e.p.). Un aspecto importante es el de la cultura material recuperada en el interior de los monumentos (Fábregas, 1991; Fábregas y Fuente, 1988) que dentro de su austeridad se hace eco de la adscripción cronológico-cultural genérica de éstos, incluyendo un buen número de elementos neolíticos como el utillaje pulimentado o ciertos elementos de piedra tallada (puntas de flecha, grandes hojas de sílex), junto a cerámicas predominantemente li- (1) Este trabajo se enmarca dentro del proyecto" A Culturización da Paisaxe Prehistórica", desarrollado en el departamento de Historia 1 de la Universidad de Santiago y financiado en 1992 y 1993 por la D.X.P.H.D. de la Xunta de Galicia. Más concretamente se relaciona con el Seguimiento Arqueológico de la Construcción del Oleoducto A Coruña-Vigo, llevado a cabo por la empresa C.L.H. Quisiera expresar mi agradecimiento a todos los que me han ayudado durante la elaboración de este trabajo: á mis compañeros del proyecto, Felipe Criado y Ramón Fábregas. Aparecen sin embargo en contextos tumulares objetos indicadores de la utilización de esta clase de tumbas en el Calcolítico o en la Edad del Bronce. manifiestos en los hallazgos de campaniforme, armas y joyas metálicas. Hay que destacar por último que algunos objetos de ajuar por sus características formales [URL]. campaniforme, ídolos y mazas) o su materia prima [URL]. variscita o el sílex) invocan la existencia de intercambios de cierta importancia en un mundo tradicionalmente contemplado como aislado. Queda como una de las cuestiones más importantes pendiente de solución el problema de los asentamientos más o menos contemporáneos a los túmulos, algo sobre lo que disponemos de muy escasos datos todavía, si bien un número creciente de indicios apunta a la ubicación de los hábitats en zonas más o menos inmediatas a las ocupadas por las sepulturas y a su carácter temporal y poco estructurado (González, 1991; Fábregas y Ruíz-Gálvez, 1994). En este trabajo pretendemos realizar una aproximación al análisis del emplazamiento de los monumentos tumulares gallegos desde la perspectiva de la Arqueología del Paisaje, concretando y contrastando interpretaciones enunciadas sobre este tema en otros trabajos. Para ello partimos de la base de que el fenómeno tumular presenta unas características claramente espaciales configuradas a través del emplazamiento de los monumentos y de su arquitectura, mediante las cuales podemos intentar acceder a la racionalidad de los procesos de construcción del paisaje de las comunidades que los edificaron. Creemos necesario indicar que entendemos por paisaje el resultado de la concepción espacial específica que cada sociedad posee del medio, por lo que debe ser entendido como categoría cultural (Criado el alii, 1991) Y no como mero escenario de la actividad humana (Escribano el alii, 1987); no es el entorno natural, sino lo que percibimos de éste tras ser transformado por diferentes factores socioculturales, es decir, el paisaje es el resultado de la socialización del espacio. De esta consideración trataremos de extraer la racionalidad subyacente a ciertos procesos de la acción social que generalmente poseen una voluntad de visibilidad, sea ésta intencional o no (Criado, 1993 ye.p.). Teniendo en cuenta los elementos configuradores de la espacialidad tumular antes citados, expondremos en primer lugar los niveles espaciales (Criado, 1989; Criado y Fábregas, 19R9) que a nuestro entender se distinguen en la arquitectura tumular, así como los factores que determinan el emplazamiento tumular, intentando con todo ello concretar sus regularidades. Con esta finalidad hemos creído oportuno desarrollar una metodología de análisis del relieve adaptada a nuestras necesidades, que más adelante especificaremos. Así. las categorías de análisis a considerar son: (a) El asentamiento de los constructores de túmulos o distribución de los grupos sociales en su entorno. (f) Cámara -cultura material. Dentro de estas tensiones se distinguen claramente tres grupos: (1) en los tres primeros se subraya la monumentalidad exterior, mientras que (2) en los dos siguientes el predominio viene dado por los elementos intrínsecos al monumento y (3) en el último por la deposición y tratamiento de la cultura material. De esta forma tenemos gUI: el análisis de algunas de estas tensiones nos permite racionalizar los procesos de elección del emplazamiento de los monumentos, mientras que el de otras pcrmik racionalizar el análisis arquitectónico (Criado, c.p.). Debido a la escasez de datos para poder valorar los aspectos arquitectónicos de los monumentos, prestaremos únicamente atención a los niveles que condicionan su lugar de emplazamiento. Entendemos por emplazamiento el resultado del proceso cultural que determina la elección del punto concreto donde el monumento va a ser construido (Vaquero, 1990b). Los factores que lo definen dependen básicamente de las condiciones de visibilidad que vinculan el monumento a elementos físicos y materiales concretos, no debiendo ser entendido como la simple disposición de unos en relación con los otros. De entre los factores que determinan el emplazamiento tumular, aparentemente el más significativo es la vinculación de los monumentos a las vfas naturales de tránsito, es decir, a zonas de control de paso y a aquellos lugares en los que la fisiografía facilita los desplazamientos por el territorio. Este factor ha sido comprobado tanto en trabajos de ámbito gallego (Criado et alii, 1990/91; Villoch, e.p.) como en otras partes de la Península Ibérica (Galán y Martín, 1991/92). Los trabajos realizados por J. Vaquero (1989Vaquero (, 1990aVaquero ( y 1992) ) han permitido concretar algunas de las claves de desplazamiento, como pueden ser la cuerda que se caracteriza por facilitar el desplazamiento por una divisoria generalmente llana y sin problemas de encharcamiento, o la dorsal de estribación que facilita la comunicación entre las tierras altas y las bajas. Por otra parte, el punto de unión entre dos cuerdas o una cuerda y una dorsal da lugar a una cruz, que generalmente constituye un cruce fisiográfico, y es frecuente que en ella exista un cruce de caminos con un "cruceiro" o algún tipo de sacralización del lugar (ermitas, etc.). Las zonas más deprimidas que permiten atravesar transversalmente una divisoria o zona más elevada constituyen los collados. Finalmente, las corrientes de agua son cruzadas por las vías naturales de tránsito en lugares que no necesitan obras artificiales denominados portas y vados (éstos últimos se diferencian de los primeros en que presentan una serie de piedras que facilitan el cruce de la corriente). Un indicador del grado de facilidad de los movimientos por el territorio puede venir dado por la obser- El segundo factor a tener en cuenta en el análisis del emplazamiento tumular viene dado por la vinculación a elementos naturales. Destaca en primer lugar la relación con afloramientos rocosos, que en ocasiones contribuyen a destacar la monumentalidad del túmulo por su proximidad, situación. volumen o color. Sin emhargo, deberíamos reconocer también el papel del relieve o fisiugrafía como forma de potenciar dicha monumentalidad. Por otra parte, parece tener relevancia la vinculación a áreas deprimidas, también condicionadas por el relieve, que constituyen lugares de control de recursos ya desde momentos anteriores al fenómeno tumular (Cerqueiro, 1991). El tercer factor de vinculación lo constituye el asentamiento de los constructores de monumentos del que poco podemos decir, dada la escasez de datos en Galicia, aunque las informaciones obtenidas en Portugal (Cleto y Faro, 1988; Jorge, 1991) permiten hacer una aproximación a su emplazamiento. Así creemos que podrían situarse en áreas cercanas que posean una re/ación visual directa con los túmulos y con las cubetas o cabeceras de los pequeños valles interiores que, como hemos indicado al tratar los elementos naturales que determinan el emplazamiento tumular, pudieron haber constituido lugares de obtención de recursos. Además, los datos existentes hasta el momento parecen indicar que estarían emplazados en zonas poco umbrías y protegidas de las inclemencias (González, 1991; Gil, 1993). Asentamiento y túmulos se complementarían para dar lugar a un espacio cóncavo de dimensiones reducidas diferente del espacio tradicional (Criado, 1991: 252). El cuarto factor lo constituye la tradición que llevaría a que un túmulo se sitúe donde ya existía otro anteriormente, por lo que el nuevo monumento estaría vinculado directamente al ya existente, conformando así un grupo con una (2) Los factores que han determinado la formación de los caminos tradicionales, sus características y tipos. así como las distintas solucipnes para salvar corrientes de agua han sido estudiados por B. Bas (1989). T. P., 52, n. o 1, 1995 Victoria Villoch Vázquez utilización y planteamientos comunes. Este factor es muy posiblemente el que determinó los procesos de formación de las necrópolis, jugando en estos casos un papel importante tanto la visibilidad entre los diferentes monumentos que componen el conjunto como los elementos que los hacen visibles entre sí. Por otra parte. nuestro trabajo de campo nos han permitido documentar la existencia de otro tipo de elemento arqueológico que, al menos en las zonas por nosotros estudiadas, comparte el mismo espacio con los monumentos tumulares. Éstos son los petroglifos con cazoletas. Su proximidad a los túmulos nos ha llevado a analizar su emplazamiento con la misma metodología empleada con éstos (3) considerando su vinculación a vías naturales de tránsito, elementos naturales (tomando aquí especial relevancia la topografía), asentamientos y túmulos. El trabajo de campo realizado para la contrastación de nuestros planteamientos fue posibilitado por la construcción del oleoducto A Coruña-Vigo, que atraviesa Galicia de N a S por su sector occidental. Esta obra, de carácter público, fue promovida por la Compañía Logística de Hidrocarburos con la finalidad de transportar petróleo y derivados entre la refinería de A Coruña y un planta receptora terminal en Vigo. Ante la magnitud de la obra, la Dirección Xeral do Patrimonio Histórico e Documental de la Xunta de Galicia encargó el seguimiento de las obras al Departamento de Historia 1 de la Universidad de Santiago. Dentro de esta institución un grupo de arqueólogos desarrolló dichos trabajos enmarcándolos dentro de la perspectiva de la Arqueología del Paisaje, buscando minimizar el impacto arqueológico e integrar los datos en una línea de investigación bien definida. En nuestro caso concreto prestamos especial atención a tres comarcas, atravesadas por las obras del oleoducto, seleccionadas tanto por la considerable densidad de monumentos allí existentes como por su localización en lugares significativos de la geografía gallega (Fig. 1). Los trabajos de campo fueron realizados en fases sucesivas siguiendo la cadencia de las obras. Tras una prospección superficial, previa a la construcción del oleoducto, en la que se constató que la obra atravesaba diferentes conjuntos tumulares, procedimos a efectuar uI!a prospección intensiva de carácter selectivo. Esta consistió en la inspección extensiva de la totalidad del terreno e inspección intensiva de zonas seleccionadas (Méndez et alií, 1993). A continuación se procedió a la prospección intensiva de la pista y la zanja abiertas por la Fig. 1. Mapa de Galicia con la situación de las tres zonas de trabajo en el trazado general y perfil topográfico del oleoducto. obra (4). aunque dada la intensiliad con la que se realizó este trabajo. se puliría definir como una prospección de cobertura total. Esta labor posibilitó la localización de puntos de especial interés tanto por permitir recuperar elementos de cultura material como por registrar estructuras no visibles en superficie. Simultáneamente a las fases arriba enumeradas abordamos la recopilación de los datos necesarios para el análisis del emplazamiento de túmulos, petroglifos y posibles asentamientos, comparando además los resultados del análisis geográfico, ejecutado en gabinete, con las observaciones de campo. Fue también durante el trabajo de campo cuando procedimos a poner en práctica un método que permitiera objetivar las condiciones y ámbitos de visibilidad desde los monumentos. Así, al tratar las condiciones de visibilidad desde el monumento se deben tener en cuenta tanto los tipos de formas fisiográficas que se observan, como la existencia o no de elementos arqueológicos en ellas. Por otra parte, y teniendo en cuenta el arco visual abarcado desde los túmulos, hemos diferenciado dos categorías: el ámbito de visibilidad general al considerar el sector del paisaje que se domina predominantemente desde el monumento aunque puedan quedar pequeños ángulos muertos, y el ámbito de visibilidad inmediato al referirnos al sector del paisaje abarcado sin ningún tipo de interrupción. Además, al tratar la percepción del monumento desde el entorno hablaremos de visibilización tumular o visibilización zonal según se observe el monumento o el sector del territorio en el que se emplaza. Teniendo en cuenta situaciones concretas, distinguiremos cuatro tipos de campos visuales (Criado y Vaquero, 1993): circular cuando el monumento se percibe desde cualquier punto del entorno, en abanico cuando sólo se distingue desde un determinado sector, lineal cuando únicamente es visible al adoptar una línea concr(íta de aproximación, y puntual cuando éste sólo se aprecia al estar a su lado. Procedimos también a realizar un análisis cartográfico que permitiera comprender la geografía y el paisaje actual de cada una de las zonas (Fig. 2), para así poder llegar a entender la con-(4) Dicha pista tiene doce metros de ancho y en ella se retira la capa vegetal para proceder a continuación a excavar una zanja de un metro de ancho y metro y medio de profundidad aproximadamente. iio/les fisiográfic(ls existentes en cada una de las comarcas estudiadas, es decir, las formas fundamentales del relieve como pueden ser zonas de cumbres, penillanuras, escarpes de sierra, plataformas litorales o valles. A continuación llevamos a cabo un tipo de análisis a menor escala, valorando otros factores además del aportado por el relieve, como por ejemplo los suelos, la vegetación y el aprovechamiento y el poblamiento, que están íntimamente ligados entre sí. Para ello se descompuso la cartografía con el fin de diferenciar el relieve simplificado, ríos, divisorias, aldeas tradicionales y cultivos. De este modo intentábamos comprender la configuración del paisaje y definir su articulación interna individualizando las principales cuencas, unidades fisiográficas y unidades geográficas. Todo ello fue revisado y precisado con la experiencia y con los datos etnográficos adquiridos en el trabajo de campo. Una vez definidas las cuencas hidrográficas significativas desde un punto de vista fisiográfico, así como las divisorias principales entre ellas, procedimos a diferenciar unidades fisiográficas dentro de cada una de ellas, trazándolas a partir de cuencas hidrográficas de menor rango y sus correspondientes divisorias. Finalmente delimitamos de manera convencional una serie de unidades geográficas tanto en función del poblamiento tradicional como de variables geográficas. Así, consideramos que: (1) el centro o eje del territorio lo constituyen los núcleos de poblamiento tradicionales y (2) engloba dentro de sus límites a todos los núcleos que componen un mismo grupo. Este límite se señala atendiendo especialmente a dos circunstancias: (a) que discurra por accidentes naturales tales como divisorias, corrientes de agua o zonas de escarpe, y (b) que envuelva o rodee las tierras de cultivo de un mismo núcleo o grupo de núcleos (Fig. 2e) Otro aspecto tratado fue la definición de las vías naturales de tránsito, principalmente a partir de un análisis fisiográfico, en el que se prestó atención a los accidentes del relieve que facilitan la comunicación entre zonas geográficas distintas. También los elementos etnográficos han determinado la definición de dichas vías, tanto por las encuestas realizadas a los vecinos como por la existencia actualmente de elementos inequívocos de tránsito tales como cruceiros y cami-nos. Otro elemento <.ktcrminante ha sido el movimiento del ganado semisalvaje. Todos estos aspectos se vieron apoyados además en la experiencia adquirida durante los trClhajos de campo y complementados con datos aportados por la bihliografía. Para estos análisis utilizamos básicamente el Mapa Topográfico del Instituto Geográfico Nacional escala 1:25.000, complementándolo en 10 que a cultivos se refiere con la cartografía escala 1:50.000 de la misma institución. Otra cartografía empleada ocasionalmente fue el Levantamiento Fotogramétrico escala 1:10.000 de la Consellería de Ordenación del Territorio de la Xunta de Galicia, reducido a escala 1:20.000. Por otra parte, contamos con mapas 1:1.000 reducidos a escala 1:2.000 proporcionados por la promotora del oleoducto y que fueron de gran utilidad para los sectores adyacentes a la obra La cartografía fue desglosada mediante el programa Autocad a fin de poder obtener los distintos componentes individualmente (base topográfica, hidrografía, aldeas, etc.), al tiempo que se le añadían los resultados del trabajo de campo tales como vías naturales de desplazamiento o yacimientos; la finalidad de esto era poder superponer los distintos tipos de datos según las necesidades para el análisis. APLICACIÓN DE LOS FACTORES DE EMPLAZAMIENTO TUMULAR Partiendo de los planteamientos anteriores procedimos a su contrastación en tres zonas bien diferenciadas del occidente de Galicia, localizadas en lugares significativos en un transepto N-S. La más septentrional, As Travesas, se caracteriza por su situación en el límite entre las tierras bajas del litoral coruñés y las altas que constituyen la llanura de Ordes; en esta zona están ausentes los grabados rupestres. Ya en la provincia de Pontevedra se encuentra As Rozas, la única en la que se localizan grabados con representaciones de carácter naturalista. Finalmente, al S de la anterior, se localiza la zona de Amoedo. Estas dos zonas más meridionales se localizan en lugares de transición entre costa e interior en sentido E-W y entre valles en sentido N-S. Todas ellas por lo tanto constituyen sectores del territorio gallego de especial importancia por ejercer al mismo tiempo de límite y zona de comunicación, hecho que ya ha sido observado en otras comarcas del territorio gallego (Criado e[ ahi, I Y90fl) 1). Los datos obtenidos en todas ellas servirán como hase para reconstruir el paisaje social pretérito, que a continuación analizaremos en función de los factores de emplazamiento antes expuestos. Las Vías Naturales de Tránsito Casi todos los túmulos están vinculados a alguna de la líneas de tránsito que se pueden definir en cada zona. Así, teniendo en cuenta las claves de desplazamiento, hemos observado que en las tres zonas existen monumentos tumulares en las dorsales de estribación que conducen a las tierras altas, generalmente siguiendo la configuración del terreno, y presentando una vinculación directa con las líneas de desplazamiento que por ellas discurren, También se ha constatado la gran importancia que parecen tener los cruces de dichas líneas de tránsito, ya que en los tres casos se ha documentado la existencia de un grupo de monumentos en el que confluyen las principales vías definidas; siendo destacable el hecho de que en As Travesas presenta forma de H (Fig. 3), mientras que en el caso de Amoedo la organización interna del grupo ejerce de distribuidor del tránsito. La existencia de monumentos en collados que facilitan el tránsito ha sido documentada también en las zonas estudiadas; es el caso de varios túmulos de As Rozas o de Amoedo emplazados bien en dicha forma fisiográfica o bien dominándola desde puntos predominantes de su entorno. Por otra parte, ejemplos de vinculación a portas han sido registrados también en algún caso, como por ejemplo As Travesas. A esto hay que añadir que al discurrir por la vías de desplazamiento se aprecian con mayor nitidez las formas fisiográficas que poseen algún tipo de elemento arqueológico, generándose así un patrón de visibilización que además se orienta en el mismo sentido que las vías naturales de desplazamiento, por lo que los monumentos podrían estar marcándolas. En estos casos juega un papel importante la tensión antes señalada entre el entorno y la necrópolis o, lo que es lo mismo, entre el espacio natural y el artificial. Respecto al movimiento de animales, sólo ha podido ser constatado en la zona de As Rozas en la que se ha observado que el ganado semisalvaje, concretamente équidos y bóvidos, utilizan el T. P., 52, n.o 1,1995 Victoria Villoch Vázquez entorno de algunas necrópolis como lugar de pasto, lo cual apoya el hecho dI;! que ésta es una zona cuya fisiografía facilita el tránsito entre los valles del Lérez y el Umia. As ira esas: túmulus t.), ya<.:imie ntus prehistóricos ( • ), castros (e) y líneas de tránsito. Esquema ideal del tránsito a partir del análisis de la articulación interna de la necrópolis. En lo que a caminos tradicionales se refiere, éstos coinciden con las vías naturales de tránsito definidas; así por ejemplo, en la zona de As Travesas se documenta el paso de un Camiño Real (5) y una vía medieval de peregrinación hacia Santiago de Compostela conocida como Camiño do Norte o Inglés. Además, la importancia que esta zona debió tener en los desplazamientos queda avalada por los numerosos topónimos (6). En As Rozas hemos averiguado, mediante encuesta etnográfica, que la principal vía de tránsi-(5) Aparentemente el más importante en ésta zona (Ferreira, 1988: 129) (6) Mesón puede aludir a un camino, hospedaje o casa de postas tanto romana como medieval (Ferreira, 1988: 30) lo en senlido N-S es conocida aún hoy en día como Camiño de Santiago; ésta se cruza con otro camino tradicional conocido como Camiño da Feira en el punto en que se localiza un grupo de nueve monumentos en cuyas inmediaciones se erigen tres cruce iros, elementos etnográficos situados generalmente en encrucijadas de caminos de cierta entidad en las que no es extraño encontrar monumentos tumulares (7). Hemos de considerar en primer lugar los afloramientos rocosos, que pueden influir de muy distinta manera en el emplazamiento de los túmulos, ya que su ubicación sobre ellos potencia la monumentalidad al destacar más sobre el entorno inmediato y presentar un volumen más aparente que real: casos de este tipo han sido registrados en las tres zonas de estudio. En otros ejemplos, como ha sido observado en Amoedo, un afloramiento localizado a escasos metros de un túmulo puede tomar gran relevancia por el hecho de limitar la visibilidad desde el monumento hacia una zona concreta, potenciando con ello la orientación del monumento hacia otra, que en el caso que nos ocupa es concretamente la de fluidez del tránsito. Finalmente queremos indicar que existen también tanto en As Rozas como en Amoedo rocas rodeando los monumentos que cobran importancia por presentar grabados, pero éstas serán tratadas más adelante. Por otra parte, y en lo que se refiere a una posible vinculación de su emplazamiento con vetas del sustrato, no hemos localizado ninguna significativa en las inmediaciones de los túmulos (8). Sin embargo, este factor pudo haber tenido alguna importancia en el caso de As Travesas, ya más importantes o que atraviesa una divisoria de montaña (Ferreira. Brea es una variente de la vereda del Bajo Imperio (Ferreira, 1988: 28), Malata indica la existencia de una leprosería que en la Edad media no solían estar lejos de las principales vías de comunicación, Hospital hace clara referencia a un hospital de peregrinos (Ferreira, 1988: 32). (7) Elementos de este tipo en zonas en las que se emplazan monumentos tumulares ha sido constatados en Galicia en más ocasiones; un ejemplo son los túmulos del Cruceiro de Moldes en la Península do Barbanza-A Coruña (Agrafoxo. (8) La excavación de la zanja del oleoducto atravesando las tres zonas en un transepto N -S ha servido para proceder a una inspección detenida del sustrato en las proximidades de algunos monumentos. que han sido localizados nUIlH: rosos hloques de cuarzo en superficie. lo que parece indicar la existencia de vetas de este material en las inmediaciones. Tamhién en esta zona. en los monumentos en que se han podido documentar restos de coraza. ésta estaba siempre compuesta por bloques de cuarzo blanquecino que contribuirían a potenciar la visión de los túmulos, de pequeño tamaño, desde el entorno. Además, en las zonas en que hemos realizado nuestro análisis. parecen tener especial relevancia las formas fisiográficas, sobre todo las convexas y destacadas sobre el entorno, que potencian la visión de los elementos arqueológicos en ellas existentes desde distintos puntos. Un buen ejemplo de esto lo hallamos en un monumento de As Rozas, que aparece aislado y no vinculado a ninguna vía de tránsito, aunque es visible desde largas distancias (9), mientras que en Amoedo los túmulos se localizan en formas fisiográficas visibles desde largas distancias y parecen estar indicando el sentido de fluidez del tránsito Al mismo tiempo, se ha observado una vinculación a formas cóncavas, en las que generalmente existe una formación de tipo braña (10). Estas formaciones parecen haber tenido un interés específico en la Prehistoria como lugares de obtención de recursos, tanto para caza como para pasto (Méndez, 1994; Bradley el alii, 1994). En este sentido es destacable el hecho de que dichas cubetas están generalmente dentro del ámbito de visibilidad general. Tenemos constancia de lugares de actividad en las proximidades de monumentos tumulares presentando una vinculación visual con éstos; en el único caso documentado en As Travesas ha sido localizada cerámica, tanto lisa como decorada, que por sus características podría ser adscrita al Neolítico Final o a la Edad del Bronce; además, alguno de Amoedo, nos ha ofrecido cerámica lisa de época prehistórica de características indefinidas cultural mente. En estos casos (9) Casos como éste, que además se visibilizan recortados en el horizonte desde largas distancias. han sido constatados en otros puntos de Galicia. (10) Área higroturbosa de origen natural que se desarrolla en terrenos deprimidos y presenta un encharcamiento casi permanente a lo largo del año. La oscilación temporal del nivel de agua la hace susceptible de convertirse en pasto de verano para el ganado. --1o -1fig. As Rozas: área de excavación, su localización respecto a la necrópolis y planta y secciones de las estructuras localizadas. se observan con claridad monumentos tumulares. En otros casos, las zonas con alguna evidencia de actividad en época prehistórica aparecen compartiendo el mismo espacio que las necrópolis, localizándose estructuras y elementos de cultura material entre los monumentos, aunque en ningún caso podemos afirmar si esto se dio en época coetánea al uso de los túmulos funerarios. Ejemplos de este tipo han sido detectados en la necrópolis principal de As Rozas entre cuyos monumentos se han encontrado elementos de cultura material, tanto líticos como cerámicos, adscribibles a la Edad del Bronce y dos estructuras, una de ellas una fosa de planta circular, en cuyo interior se registró un fragmento de cerámica prehistórica en una bolsada de tierra con pequeños carbones, y la otra, no excavada en su T. P., 52, n. O 1, 1995 totalidad, de forma aparentemente arriñonada que bien pudo haber sido una zanja de cimentación de una estructura habitacional (Fig. 4) semejante a las documentadas en yacimientos excavados de esta época (Méndez, 1994). Otro ejemplo de este tipo fue localizado en Amoedo en las proximidades de dos monumentos; aquí han sido recogidas cerámicas tanto lisas como decoradas de tradición campaniforme y algún moviente de molino, y documentadas algunas fosas de estructura indeterminada. Todos los lugares que han suministrado evidencias de este tipo aparecen vinculados a zonas aptas para la obtención de recursos tal y como acabamos de decir en el punto anterior. Suelen estar en sectores favorables para el cultivo de rozas y desde ellos generalmente se divisa alguna cuenca susceptible de ser explotada tempo- ralmente como lugar de pasto ( 11). hecho sugerido ya para el caso de los háhitats de la Edad del Bronce (Méndez. Aunque recientemente se ha apuntado la idea de que la constitución de una necrópolis se basa en la proximidad y distribución de los monumentos en torno a uno inicial, que ocuparía el lugar central y más prominente (1.'eira, ~ 994: 99), nosotros creemos que es la eXistencia de un planteamiento común la qu.e habría ~egulado la disposición del conjunto, mdependle~temente de su posible simultaneidad o no. Temendo en cuenta las tensiones expuestas al principio de este trabajo no descartamos que algún grupo haya sido construido en función de la intervisibilidad propiciada por el tránsito. Así, en As Rozas, la articulación interna del grupo está aparentemente propiciada por las líneas de. desplazamiento que discurren paralel~s a la almeación que presentan los túmulos (Flg. En otros casos, tomando como ejemplo grupos de dos monumentos en Amoedo, podemos decir que el mayor, situado además en lugar predominante del terreno parece ser de factura anterior a su vecino de menor tamaño y con un emplazamiento menos prominente (12). Por otra parte, analizando cada zona como un territorio unitario y a pesar de estar los monumentos distribuidos en pequeños grupos, parece intuirse en todos los casos una concepción organizativa determinada por las líneas fundamentales de tránsito. Hacia la definición de un nuevo factor: petroglifos Ha sido valorado hasta el momento en contadas ocasiones (Villoch, 1993; Filgueiras y Rodríguez, e.p.). Los grabados han sido divididos para su estudio en dos grupos, tanto por los motivos que en ellos figuran como porque pre-(11) En algunos casos estas cuencas con formaciones brañosas son aprovechadas aún en la actualidad para pasto. apareciendo para ello cerradas con muros de piedra; como en las proximidades de la necrópolis de As Rozas y en varias ocasiones también en Amoedo. (12) Trabajos recientes apuntan a una pérdida de la monumentalidad exterior de los túmulos funerarios en los últimos momentos del megalitismo. ya en la Edad del Bronce (Fábregas. sentan pautas de emplazamiento diferentes: por una parte los que presentan grabados de carácter naturalista y/o ahstracto. es decir, animales y círculos concéntricos. y por otra los que tienen como motivo principal las cazoletas. Ya durante los primeros trabajos realizados en As Rozas observamos que las rocas que presentan motivos de cazoletas aparecen vinculadas a las mismas líneas de tránsito que los túmulos (Fig. 5). En Amoedo también se registraron este tipo de grabados en las líneas de acceso a los monumentos tumulares. En ambas zonas se documentó la relación visual entre las rocas con cazoletas y las formas fisiográficas a las que se vinculan los monumentos; así, están generalmente ligadas a las mismas cubetas que los monumentos próximos, a los cuales al mismo tiempo limitan. Esto mismo ocurre con las zonas constatadas de actividad para época prehistórica. Es reseñable también la circunstancia de que en ocasiones este tipo de motivos en las rocas aparecen a escasos metros de los monumentos. Tras realizar estas apreciaciones durante los trabajos de campo en As Rozas y comprobar en gabinete que, además, en ocasiones los petroglifos con cazoletas aparecían localizados en zonas que ejercían de límite natural entr: los territ~ rios definidos en el análisis geográfico, procedimos en Amoedo a realizar un análisis más exhaustivo a fin de contrastar nuestras apreciaciones. Para ello definimos el ámbito de visibilidad tanto inmediato como general desde los túmulos. Observamos de este modo que las rocas que presentaban este tipo de grabados coincidían con el límite de los ámbitos de visibilidad, en mayor medida con el inmediato (Fig. 6), apreciación que se vio reforzada por la aparición de más cazoletas en rocas liminares del ámbito visual inmediato de algunos túmulos, que no habían sido localizadas en una primera prospección. Por otra parte, se han documentado casos en As Rozas, en los que, al dirigirnos al petroglif() desde el monumento más próximo, la roca a ras de suelo en la que se localiza resulta visible al mismo tiempo que comienza a apreciarse con claridad la cubeta a la que se vincula y que es visible totalmente desde el grabado; por otra parte, al desplazarnos en sentido inverso, el túmulo comienza a ser visible al tiempo que dejan de serlo el petroglifo y la cubeta. Respecto a los grabados con representa~io nes de carácter naturalista, que sólo han Sido localizados en la zona de As Rozas y en sectores periféricos de Amoedo, hemos comprobado que aparecen en una posición que no indica relación con los túmulos que se sitúan a bastante distancia, aunque parecen tener ligazón directa con un T. P., 52, n.o 1, 1995 Victoria Villoch Vázquez tipo distinto de líneas de tránsito que, por el escarpe, comunican las tierras altas con las de valle. Todo esto parece confirmar la aparente función delimitadora del espacio funerario que habrían desempeñado las cazoletas, ya que una vez trazados los ámbitos de visibilidad inmediatos de los túmulos, y en ocasiones los generales, observamos que éstos están limitados por tales petroglifos. CONSECUENCIAS: LOS GRABADOS RUPESTRES COMO ELEMENTO DE DEFINICIÓN DEL ENTORNO TUMU-LAR En el curso de este trabajo hemos contrastado el modelo de emplazamiento tumular enunciado por otros autores con las observaciones de campo realizadas en tres zonas de Galicia. Para ello hemos empezado por documentar la existencia de tres tipos de elementos arqueológicos diferenciados espacial y/o cronológicamente: túmulos, petroglifos con cazoletas y grabados con representaciones de carácter naturalista. Desde un punto de vista hipotético debemos examinar la posibilidad de que estos elementos hayan configurado distintas estrategias de construcción del paisaje social. Así, en primer lugar hemos de considerar un paisaje que pudo estar configurado a través de los monumentos tumulares, cuya característica principal sería ser visibles en el paisaje en el que se inscriben, y que presentan unas regularidades de emplazamiento bien definidas. Los factores que condicionan este emplazamiento son la vinculación a líneas de tránsito a través del terreno, a elementos naturales como afloramientos o pequeñas cubetas, a lugares de asentamiento de los constructores de túmulos, y posiblemente en bastantes ocasiones a otros túmulos existentes en el lugar con anterioridad. A esto hay que añadir, como un factor nuevo comprobado en este trabajo, la visibilización desde los monumentos de los petroglifos que presentan cazoletas. En relación con este segundo tipo de elemento es pertinente plantear hipotéticamente si constituyen un fenómeno relacionado con los túmulos o es totalmente independiente de éstos. De hecho parece oportuno valorar la existencia de un paisaje especial configurado mediante los petroglifos con cazoletas ya que presentan unas regularidades de emplazamiento bien definidas, similares a las de los túmulos, en las que los factores más importantes habrían sido la vinculación a las líneas de tránsito por las tierras altas y a pequeñas cubetas o valles interiores; todo ello a pesar de su dudosa cronología (Peña y Vázquez, 1979: 15-16) que posibilita que estos grabados pertenezcan a un paisaje cultural distinto. Por otra parte, cabe destacar que entre este tipo de representaciones existe una relación de visibilidad directa, generalmente de carácter zonal, que apoyaría también la hipótesis de un paisaje específico. Además, debemos tener en cuenta para profundizar en nuestro análisis que, en un momento cronológico próximo al que nos ocupa y que parcialmente al menos se solapa con él, se comprueba la existencia de un tercer tipo de paisaje totalmente distinto configurado por los petroglifos con representaciones de carácter naturalista y/o esquemático-abstracto. En nuestras zonas de estudio, estos petroglifos están vinculados a las líneas de tránsito por zonas de ladera que unen dos ambientes naturales distintos como pueden ser las tierras altas y las de valle, y desde los que no se visibilizan ni los túmulos ni los petroglifos con cazoletas. Este tipo de paisaje, que está siendo estudiado por otros autores (Bradley et alii, 1994), no ha sido considerado en este trabajo por no haber sido constatada una vinculación directa ni con los monumentos tumulares, objeto principal de nuestro estudio, ni con los petroglifos que presentan como motivo exclusivo las cazoletas. De todas formas, y dado que este tipo de representaciones, concretamente cérvidos, han sido documentadas en la zona de As Rozas, creemos oportuno reseñar aquí las observaciones realizadas respecto a ellos, ya que éstas nos han llevado a descartar que tengan algún tipo de relación tanto con los monumentos tumulares como con los petroglifos con cazoletas. En primer lugar está el hecho de que las figuraciones de ambos tipos de petroglifos son distintas, ya que mientras en unas nos encontramos con un dominio casi total de cazoletas (a veces acompañadas de combinaciones sencillas de CÍrculos concéntricos que podrían no ser coetáneos), en las otras nos encontramos con un predominio de figuraciones naturalistas (en ocasiones acompañadas de cazoletas que al igual que en el caso anterior podrían no ser coetáneas). Además, existen diferencias de emplazamiento, ya que las representaciones naturalistas aparecen distribuidas en zonas de ladera que comunican ambientes distintos, mientras que las cazoletas aparecen compartiendo las zonas altas con los monumentos tumulares; incluso las cazoletas que aparecen acompañando motivos naturalis-T. P., 52, n.o 1, 1995 las se disponen en las parks s.uperiorcs de las rocas, mientras que las figuraciones de animales se distrihuyen por las zonas medias y hajas de las piedras. Por otra parte lenemos que los motivus naturalistas conforman un espacio lineal marcado por las vías de desplazamiento. mientras que los petroglifos que presentan cazoletas parecen conformar un espacio circular en torno a los túmulos, datos que han sido observados también en casos ingleses (Bradley, 1991) Y gallegos (Filgueiras y Rodríguez, e.p.). Finalmente cabe destacar el hecho significativo de que no existe una relación visual directa entre los petroglifos con representaciones de carácter naturalista por una parte, y los que presentan cazoletas y los túmulos por otra. Además el patrón de visibilidad de unos y otros es diferente en nuestro caso de estudio, ya que en los petroglifos naturalistas y/o abstractos tenemos una visibilidad de arco amplio a larga distancia (en el caso de As Rozas) o'corto e inmediato (en el caso de Amoedo), mientras que los petroglifos con cazoletas presentan un ámbito de visibilidad diferente (13), abarcando las pequeñas cubetas a las que se vinculan los túmulos y marcando el límite de los ámbitos visuales desde estos monumentos. Basándonos en todo esto, podemos descartar que los grabados con representaciones de carácter naturalista compartan una misma concepción espacial con los túmulos y con las rocas que presentan como motivo principal las cazoletas. En lo que a los petroglifos con cazoletas se refiere, y dadas las características anteriormente expuestas, podemos pensar que éstos se integran en un tipo de paisaje particular; pero tampoco descartamos que puedan estar relacionados con el paisaje tumular, por 10 que a continuación pasaremos a valorar los datos que corroboran o invalidan cada una de las hipótesis. Así, los argumentos que hacen descartar la hipótesis de que el paisaje con cazoletas constituya una unidad diferente, vienen dados por la aparición de este tipo de elementos en contextos tumulares, y por el hecho de que este tipo de motivos acompañan en ocasiones a los grabados de tipo naturalista. Respecto a la posibilidad de que las rocas con cazoletas formen parte del paisaje con túmulos podemos enumerar varios argumentos a favor. El primero de ellos es la aparición de cazoletas (13) Pautas visuales semejantes han sido documentadas en otras zonas (Concheiro y Gil, e.p.). Pero además existen datos que permiten concluir la existencia de petroglifos con cazoletas en las inmediaciones de monumentos tumulares, el primero de los cuales viene dado por las zonas analizadas en este trabajo en las que existen algún tipo de petroglifos. Mayor relevancia tiene esta proximidad cuando las cazoletas aparecen en zonas en las que no se ha documentado la existencia de otro' tipo de petroglifos (15): éste sería el caso de la piedra con cazoletas localizada en las proximidades de una necrópolis en Aranga-Coruña (Criado, 1980: 19); las distintas rocas con este tipo de motivos documentadas alrededor de un grupo de túmulos en Coirós-Coruña (Prieto et alii, 1993); o bien, fuera de Galicia, ejemplos como los de Santa Eulalia de Oscos (Villa, 1992: 224) o los del concejo de Salas (Rodríguez, 1992: 233), ambos en la vecina Asturias. Otro factor que contribuye a considerar que las cazoletas forman eventualmente parte del paisaje social configurado mediante los monumentos tumulares 10 constituye su emplazamiento, ya que en los casos estudiados resulta coincidente en cuanto a los factores a los que se ligan ambos tipos de elementos; así tenemos que unos y otros se vinculan a las mismas líneas de tránsito y elementos naturales. A esto hay que añadir la relación de visibilidad existente entre ambos tipos de elementos, marcada por el hecho de que las piedras con cazoletas parecen disponerse a modo de límite del arco de visibilidad inmediata, y el hecho de que, de este modo, la distribución de los petroglifos con cazoletas complementa espacialmente, como ya hemos indicado anteriormente, la distribución de los túmulos. (14) Motivos de este tipo en monumentos funerarios han sido localizados tanto en Galicia como en otras parte.s de la Península Ibérica; algunos de estos ejemplos gallegos son la necrópolis de Santa Mariña (Samos-Sarria) en la que se documentan cazoletas en las losas que conforman las estructuras intratumulares (Filgueiras y Rodríguez, e.p.) o el túmulo 6 de Os Campiños (Leiro-Rianxo) en el que fue hallada una piedra con cazoletas sobre la coraza (Fábregas y Fuente, 1991/92), mientras que a nivel peninsular han sido documentados en el centro de la cámara del dolmen de Azután (Toledo) en una piedra hallada in situ (Bueno y Balbín, 1992) o en Chá de Santinhos 1 (Portugal) en una piedra que formaba parte de la coraza (Jorge, 1985). (15) Téngase en cuenta que en Galicia los petroglifos naturalistas tiene una distribución muy localizda que se restringe a la provincia de Pontevedra y Suroeste de la de Coruña. Por lo tanto, y a la luz de los datos expuestos, parece más oportuno sostener la hipótesis de que los petroglifos con cazoletas están inmersos en el paisaje monumental creado por los túmulos. De este modo, resulta posible plantearse la articulación y funcionamiento de un paisaje de carácter monumental constituido por túmulos y petroglifos con cazoletas, que se materializa a través de construcciones artificiales que dan lugar a juegos de espacios de carácter permanente a lo largo del tiempo y se articulan con base en recursos tales como el emplazamiento o la arquitectura de los monumentos. Es a través del análisis de estos recursos como podemos llegar a conocer la racionalidad que se encuentra tras esos procesos. Para ello es necesario analizar la visibilidad y vinculación tumular a ciertos elementos como las líneas de tránsito, elementos naturales como las formas fisiográficas visibles desde largas distancias o pequeñas cubetas, monumentos anteriores o hábitats, a los que habría que añadir, a la luz de los datos obtenidos en nuestro trabajo, un quinto factor de vinculación para el emplazamiento tumular, que viene dado por la vinculación a los petroglifos con cazoletas como motivo exclusivo. Por otra parte, parece existir una relación clara entre los monumentos tumulares y el espacio circular que se percibe en torno a ellos (Criado, e.p.), constituyendo así los túmulos el centro del espacio percibido desde el que se visibilizan los petroglifos con cazoletas, pero no los petroglifos con representaciones de tipo naturalista al menos en el caso estudiado por nosotros. De cualquier modo, no debemos descartar el hecho de que estas rocas con motivos simples, pertenecientes al orden cultural por los grabados en ellas realizados, supusieran una forma de sustituir y/o enfatizar la función desempeñada por los afloramientos rocosos o elementos naturales señeros que pueden condicionar el emplazamiento tumular (Criado y Vaquero, 1991), sobre todo si tenemos en cuenta que en nuestros casos de estudio la vinculación entre túmulos y rocas no resulta especialmente significativa. Además, al igual que sucede con el fenómeno tumular, los grabados con cazoletas aparentemente también configuran un espacio circular, aunque el elemento arqueológico no parece constituir el centro del espacio funerario, sino que su función sería delimitarlo exteriormente. Sin embargo, no debemos descartar en futuros análisis otras hipótesis en las que los petroglifos con cazoletas constituyan el eje central en torno al que se distribuyan los túmulos como límites del territorio o que amhos marquen conjuntamente éste límite, por lo que los grabados con cazoletas podrían cumplir una función de límite de la necrópolis, del hábitat de sus constructores (pudiera ser que acompañados por los túmulos), de ambas en conjunto o de límite entre una y otro. Lo que parece claro tras lo expuesto en el párrafo anterior es el papel delimitador que poseen los petroglifos con cazoletas junto con los túmulos dentro del paisaje en que se enmarcan, y que viene definido por su vinculación a las cubetas que, al menos con los datos existentes hasta la actualidad, parecen constituir un foco de atracción para el asentamiento megalítico, como ya hemos citado. Este relieve deprimido posibilita que en torno a él se configure un espacio circular en cuyo límite se encuentran los túmulos junto con los petroglifos con cazoletas. Esta función liminar es corroborada por la coincidencia existente entre la ubicación de estos elementos arqueológicos y los territorios naturales definidos para las zonas objeto de estudio. De todo lo expuesto hasta aquí podemos concluir que, al menos en dos de las zonas de estudio tratadas en nuestro trabajo, existe una relación clara entre el espacio configurado por los monumentos tumulares y el creado por los petroglifos con cazoletas. Creemos pues que con esto queda abierta una nueva línea en el estudio de ambos tipos de elementos arqueológicos en la que debemos profudizar para, en la medida de lo posible, contribuir al enriquecimiento de la Prehistoria del Noroeste peninsular.,
se analizan las relaciones culturales e intercambios que tienen lugar entre los diversos grupos culturales. Al principio la disponibilidad de recursos minerales de estaño condicionó la composición de la aleación, pero más tarde el establecimiento de relaciones comerciales condujo a una mayor homogeneización en la producción. La Península Ibérica aparece durante el Bronce Antiguo desconectada de las interacciones actuantes en el Occidente de Europa, acusando un retraso en el conocimiento del bronce de al menos dos siglos. La difusión de la aleación se produce de norte a sur, \legando al Sureste a fines del Bronce Medio como consecuencia de su aislamiento. En la actualidad se intenta definir la Edad del Bronce en la Península Ibérica mediante la individualización de grupos culturales con identidad propia, de carácter regional, según una imagen alejada ya de la uniformidad argárica planteada por Bosch Gimpera. Pero, aun aceptando la diversidad regional y la delimitación espacial de la cultura de El Argar en las tierras del sureste peninsular (Tarradell, 1950(Tarradell, y 1964)), se ha seguido admitiendo de forma más o menos velada un cierto predominio cultural del Sureste, calificando como típicamente argáricos ciertos elementos materiales usados como marcado-res dc su influencia por toda la Península e incluso más allá dc nuestras fronteras. Esta división regionalizada de la Edad del Bronce necesita aún concretar con mayor precisión las variables que identifican y diferencian cada uno de los grupos establecidos, ponderar el grado de relación que existe entre ellos y valorar el peso de las influencias externas (extrapeninsulares) en su configuración. Las ideas difusionistas, de tanto arraigo en nuestra disciplina, han buscado el origen de tales influencias que, según el caso y la época en cuestión, procederían de los tres ámbitos que nos envuelven: el mediterráneo, el atlántico y el centroeuropeo. A lo largo de la historia de la investigación, las hipótesis colonialistas, la primacía cultural del Mediterráneo oriental surgida tras el desarrollo de los primeros estados palaciales y la asunción de una mejor navegabilidad por ese Mare Nostrum hicieron concebir un grado de relación y contacto entre los países ribereños, incluidas las islas y costas más occidentales, mucho más activo y dinámico en la Edad del Bronce que el que pudo darse durante la misma época en el mundo atlántico. A esta situación contribuyó el mayor conocimiento adquirido sobre la cultura de El Argar, a la que se consideró inmersa en esas intensas relaciones marítimas del Mediterráneo (Schubart, 1976). En la actualidad, y como consecuencia de las investigaciones llevadas a cabo a lo largo de los últimos años, es más prudente admitir una menor frecuencia y alcance de los contactos por vía marítima durante la Prehistoria reciente, especialmente en el Mediterráneo central y occidental, que no parecen entrar en ese juego hasta mediados del 11 milenio a.e. En la Península Ibérica no se detectan contactos "comerciales" hasta los inicios del último cuarto de dicho milenio, a partir de los hallazgos de cerámicas micénicas, claros exponentes de la arribada de objetos y quizá de viajeros tras un largo periplo (Martín de la Cruz, 1988). Por otro lado, los mundos atlántico y centroeuropeo definen su Edad del Bronce en torno al desarrollo de la metalurgia y la emergencia (2) Dado que en el presente artículo se van a manejar fechas radiocarbónicas y sus calibraciones, seguiremos la notación convencional anglosajona traducida al castellano. Así, ap y a.e. indican fechas radiocarbónicas sin calibrar, antes del presente y antes de Cristo, respectivamente; AP y AC, las correspondientes fechas calibradas. Se ha utilizado el programa de calibración de lit Universidad de Washington en su versión CALlB 3.0.3. T. P., 52, n.o 1, 1995 de unas ¿lites que controlan dicha actividad (Champion et alii, 1988: 283 y 287). entendidas inicialmente como consecuencia de las beneficiosas relaciones comerciales con los emporios mediterráneos consumidores de materias primas tales como el estaño o el ámbar (Childe, 1925). Esas relaciones comerciales, algo más matizadas al contemplarlas a la luz de los modelos centro-periferia, según Gilman (1993: 106-108) no produjeron una interdependencia materialmente significativa ni afectaron culturalmente al desarrollo de la Europa bárbara en la Edad del Bronce, por lo que no debe considerársela como un mundo periférico del Egeo, sino externo a él. En la Península Ibérica las regiones atlánticas presentaban un menor interés al ofrecer un registro arqueológico peor definido, pues tras el Calcolítico no se detectaba la existencia de poblados con entidad y predominaban los hallazgos sin contextos precisos. La Edad del Bronce surgía en toda la Europa occidental después (yen ciertos casos paralelamente) al fenómeno Campaniforme, al que se consideraba responsable o promotor del uso generalizado del metal, aunque no su introductor en las regiones donde se conocen materiales campaniformes. Su extensión por la Península Ibérica y Baleares, Francia, Inglaterra, Países Bajos, parte de Alemania, norte de Italia y Cerdeña proporciona un nexo cultural entre dichos países, si bien la variedad regional de sus culturas caracterizará la posterior Edad del Bronce. Las razones que motivaron el proceso de expan-. sión, difusión y adopción de unos elementos materiales concretos todavía resultan poco claras, y uno de los elementos materiales diagnósticos mejor estudiados, la cerámica con decoración campaniforme, no muestra producciones uniformes o estereotipadas (aunque existen rasgos comunes que las agrupan) sino una gran variedad de estilos, evoluciones y perduraciones diferentes según el país del que tratemos. Al margen de la situación expuesta, generada por la tradición investigadora, las relaciones e influencias (internas y externas) que puedan identificarse en la Península conviene analizarlas desde una perspectiva que permita la valoración de los mecanismos de difusión y/o adopción de elementos culturales. Tanto la repercusión o impacto cultural de esos elementos como su representatividad dentro del registro arqueológico son indicadores del nivel de relación o ais-lamiento de una comunidad, y ayudan a definir su receptividad y dinamismo trente a los cambios. Al mismo tiempo, el seguimiento de esos elementos permiten valorar el papel difusor o transmisor que juega una comunidad o, por el contrario, su actitud de filtro hacia las comunidades vecinas. Este trabajo se articula en torno a un elemento material característico, el metal, pero insistiendo más en el aspecto tecnológico de la aleación cobre-estaño (bronce) que hace su aparición en estos momentos, que en los aspectos formales o tipológicos de las piezas. Los mecanismos de difusión y adopción de cada uno de ellos fueron probablemente diferentes, siendo también diferente la velocidad con la que se produjeron los cambios que podemos observar. El estudio de la morfología presenta un doble problema: por un lado, cuando se trata de formas simples y no estandarizadas, la similitud formal no es prueba concluyente de la existencia de relaciones dada la posibilidad de que hayan tenido lugar fenómenos de convergencia. Por otro lado, en el caso de que pueda establecerse que existe una clara imitación de modelos, el grado de relación habido puede ser muy tenue, débil o indirecto. La tecnología proporciona, en cambio, una mayor precisión en algunos aspectos. Cualquier elemento nuevo y con cierta complejidad tecnológica encontrado en espacios y tiempos próximos suele considerarse síntoma de relación entre zonas y no el resultado de un proceso de innovación independiente. En el caso de la aleación de cobre y estaño para producir bronce, la existencia o no de materia prima es un factor condicionante más enérgico aún a la hora de considerar la posibilidad de una invención simultánea. La presencia minoritaria de objetos de bronce en la metalistería de un grupo cultural puede ser prueba de una relación entre grupos como resultado de una importación o intercambio comercial esporádico, pero no indica necesariamente la transmisión del conocimiento técnico. Podría confundirse con una situación inicial de incorporación de la nueva técnica, en una fase en la que cabe presumir una producción todavía baja. La incorporación de una nueva tecnología es probablemente lenta en los inicios, y el estadio podría deducirse por los escasos hallazgos de objetos con esas características concretas (3). tipología como criterio genérico de datación. Sin embargo, la perduración y coexistencia de tipos impiden asignar intervalos cronológicos fiables y detallados a los mismos, y cuando así se hace pueden entrar en contradicción con dataciones de 14C conocidas, como en el caso de Inglaterra que comentaremos más adelante. A pesar de estos inconvenientes, el manejo combinado de la información disponible indica unas pautas y tendencias que pueden asumirse como próximas al panorama real de la fabricación temprana de aleaciones Cu-Sn en la Edad procesos crece lentamente, pero su velocidad dependerá de la posición relativa desde la cual seamos capaces de observarlo. lJn período de unos pocos años difícilmente puede apreciarse desde el registro arqueológico. Parece lógico pensar, desde una óptica moderna, que un metalúrgico que adquiere un nuevo conocimiento lo incorporará rápidamente a su quehacer. Sin embargo, tal y como apreciamos la evolución de la tecnología prehistórica del cobre y sus aleados, los procesos parecen ser lentos. Es muy probable que las innovaciones en este campo tuvieran una repercusión social muy amortiguada por un sentido de la utilidad-modernidad poco desarrollado o por unas ventajas reales poco evidentes respecto a los productos tradicionales. La propia longevidad tipológica avalaría estos supuestos. Ciertas matizaciones geográfico-culturales son también imprescindibles, pues las cosas no sucedieron de igual modo en todas partes. O 1, 1995 del Bronce y. por tanto. utilizarJas como explicación de las relaciones culturales que se dieron en esos momentos. CRONOLOGÍA DE LOS PRIMEROS BRONCES Aunque el área de interés es el occidente de Europa. conviene recordar que los primeros objetos de bronce aparecen en la región balcánica con bastante antigüedad. Durante el V y IV milenio a.e. se registran esporádicamente piezas con porcentajes de estaño comprendidos entre el 6 y el 10%. recopiladas por Glumac y Todd (1991), pero no hubo un uso continuado de la aleación hasta bien entrado el 111 milenio a.e. En Italia, según los datos recogIdos por Eaton (1980), los hronces más antiguos se adscriben al Calco lítico de Remedello y Rinaldone, por tanto de fechas anteriores al 2200 AC (4). La proporción de objetos broncíneos es pequeña (6% de una muestra de 110 análisis). Durante el Bronce Antiguo (Polada-Protoapenínico, 2200-1800 AC) la aleación de bronce pasa a ser mayoritaria (73% de una muestra de 172 piezas), aunque escasean los bronces ricos con más ~el.lO% Sn. La calidad general de los bronces Itahanos no es, sin embargo, uniforme. Además de perceptibles variaciones en las impurezas aco~pa ñantes, en la región de Lombardía predomman los bronces pobres (3-5% Sn), en el Veneto apenas se ha documentado esta aleación y en la italia central se elaboran bronces con algo más de estaño (5-8%), quizás como consecuencia del aprovechamiento de las mineralizaciones estanníferas de la Toscana (Northover, 1988: 50). A partir del Bronce Medio el 90% del material metálico es de bronce, predominando las aleaciones con entre 5 y 8% Sn. Trasladándonos hacia occidente, en la región de Bretaña (Túmulos Armoricanos) disponemos de unos pocos hallazgos bien fechados que permiten situar mejor la presencia de las primeras aleaciones de bronce (Briard, 1984). El ejemplo más antiguo procede del túmulo de. La sepultura contenía un remache de bronce, al que se añade un fragmento tamhién de bronce, procedente del exterior del túmulo, ambos en tan mal estado de conservación que sólo fue posible su análisis cualitativo. El ajuar estaba compuesto por un vaso de plata con remaches, tres puñales de cobre (uno de ellos (4) El hacha plana de Castelleccio (Cultura de Rinaldone), con un 7'5% Sn, es un bronce producto de aleación intencionada. Probablemente estos bronces más antiguos son importaciones del área balcánica. con remaches de hronce), otro de bronce y un hacha de ligeros rehordes tamhién de bronce. Aunque los análisis practicados no precisan la cantidad de estaño de la aleación por estar el metal bastante mal conservado, sí señalan en todos los casos elevadas cantidades de dicho elemento, junto con arsénico también en cantidades notables (Briard, 1979). La falta de un estudio de conjunto sobre la proporción de objetos de bronce en los metales armoricanos no impide obtener como impresión general su empleo hastante frecuente. La ordenación cronológica de la metalurgia de la Edad del Bronce en Inglaterra tiene una fuerte base tipológica ya que, como indicaba Needham (1986: 143), es infrecuente encontrar objetos de metal en los contextos domésticos datados y falta también la asociación entre objetos de metal y otros materiales fechados por radiocarbono. El trabajo de Needham y otros (1989), cuya armadura es la clasificación cronológica basada en la tipología de las hachas del sur de Inglaterra estahlecida por el propio Needham en 1985. aborda el estudio de la composición de esos materiales. Según el mismo, en el período del 2500-2000 AC las hachas son en su mayoría de bronce (muestra de 82 análisis, un 70% de los cuales titula el estaño por encima del 2%), especialmente los tipos considerados más evolucionados, y a partir del 2000-1800 AC todos los análisis que presentan son de aleaciones Cu-Sn (muestra de 26 objetos). Sin embargo, la cronología propuesta para cada tipo de hacha es poco fiable debido al conservadurismo apreciado en ciertas zonas, y ya ha ocurrido con otros materiales como los puñales, que tipos considerados antiguos aparecen en contextos sepulcrales fechados más modernamente (Champion el alii, 1988: 274). Otra cuestión es la presencia de aleaciones de bronce en contextos Campaniformes, principalmente enterramientos, la mayoría de ellos pertenecientes a los grupos Campaniformes del Sur de Inglaterra, considerados como tardíos. Aunque los objetos campaniformes de metal analizados son en general de cobre, existe una larga lista de piezas de bronce que se puede consultar en Clarke (1970: 438-447) yen Kinnes T. P., 52, n.o 1. Desconocemos su cronología precisa por carecer de asociación con fechas de 14C, y por tanto debemos aceptar con todas las reservas las cronologías propuestas, que caen entre 1800-1(0) a.e. El caso más interesante es otro de los enterramiento de Dorchester-on-Thames con cerámica campaniforme tipo Wessex/Middle Rhin (Case. El ajuar estaba compuesto por un puñal de lengüeta de cobre y un pequeño puñal de tres remaches, uno de los cuales tiene en su composición 6'6% Sn y 1'4% As. Esta asociación podría estar evidenciando, para algunos estudiosos, un momento inicial de la introducción de la aleación en la región, tanto por la presencia de dos tipos de puñales de composición y morfología distinta como por el elevado contenido de arsénico que todavía lleva el remache de bronce (5). Las demás sepulturas campaniformes conocidas y fechadas sólo han dado objetos de cobre. Por tanto carecemos de buenos argumentos para fechar con rigor el inicio de la producción de bronces en Inglaterra, a pesar de tratarse de un país con abundantes recursos de estaño, circunstancia que ha llevado a aceptar de manera poco crítica una implantación temprana de dicha tecnología. En Irlanda, por el contrario, la aleación Cu-Sn no se registra hasta un momento avanzado del Bronce Antiguo, observándose (5) Es de soh r" (¡"l<lcida la postura de buena parte de los investigadores,k I, 11 ", talurgia prehistórica, aceptando una fase de tanteo o C\I',:r i 'IlL' ntación antes de abandonar definitivamente la prodll' l'j,'11 de cobres arsenicales y sustituirlos por bronces al estal"', I, una postura a la que no nos adherimos, por considerar " li t I"s cobres arsenicados no son aleaciones intencionadas " "" loIrtuitas (De1ibes et alii, 1989: 89). Desde nuestra perspn'l \:, las aleaciones ternarias Cu-Sn-As se explican por el US¡ l • 11', consciente) de cobre arsenicado ligado a propósito con l'" d í' ll, Encontramos estos curiosos bronces ternarios allí dOl1 d: I' rcviamente había cobre arsenicado, lo cual refuerza nUl',I "I'!,lInto de vista. Por otro lado,;¡ I, lse de tanteo tendría su hipotética razón de ser únicamclll, L' I d punto de invención del bronce al estaño. Una vez la IL' t 11¡'¡ Il~ía consolidada se transmitiría sin necesidad de nueva','I', rimentaciones locales. LOS PRIMEROS ORJETOS m: RRONCE EN EL OCCIDENTE DE EUROPA además una variación regional en el contenido medio de estaño durante este período (Northover, 1988: 48). En la parte sur de la isla se recogen porcentajes entre, 6-9% ~n mientras que en la oriental y norte solIan fabncar bronces con el 10-12% Sn. LA PENíNSULA IBÉRICA En la Península Ibérica la situación es bastante compleja dada la diversidad geográfica y cultural que presenta nuestra Edad del Bronce. Los ya catorce años de actividad del Programa de Investigación Arqueometalúrgica nos han permitido reunir una amplia base de datos con análisis de los objetos de metal, pero los contextos cronológicos son en la mayoría de los casos poco precisos por tratarse en gran.medida d.e materiales recuperados en excavacIOnes antIguas, actualmente depositados en museos. Por fortuna el panorama general está cambiando en los últimos años gracias a las recientes excavaciones en poblados de la Edad del Bronce que han proporcionado materiales con buenas asociaciones crono-estratigráficas. De momento manejaremos únicamente unos cuantos da.tos significativos, pues aún quedan zonas necesItadas de una mayor investigación. Los vestigios más antiguos y concretos sobre la utilización de aleaciones cobre-estaño proceden del tercio norte peninsular. El yacimiento de Monte Aguilar en las Bárdenas Reales (Navarra) acumula una secuencia que abarca desde el Bronce Antiguo hasta el Bronce Medio evolucionado-Bronce Tardío, con diversas dataciones (Sesma y García, 1994). De las once piezas del Nivel VII del Sector B, con una fecha similar pero con menor definición (351O±100 ap, I 16809), cuatro son también de bronce. Otras cinco piezas procedentes de niveles más modernos son todas de bronce. Por tanto, de las dieciocho piezas analizadas (sin contar los restos de fundición que demuestran la producción local de estos metales), onc~ son bronces con un porcentaje de estaño supenor al 2% y las otras siete cobres o cobres arsenicados. La principal característica es el bajo contenido medio de estaño, pues sólo una pieza supera el 10% Sn. Otras piezas a tener en cuenta son los punzones de bronce de Guidoiro Areoso (Pontevedra), yacimiento en curso de investigación para determinar su secuencia y la asociación de los objetos de metal con las dataciones de 14C (Comendador, 1991-92: 186). En cualq uier caso indican el uso de la aleación en tierras gallegas desde fechas bastante antiguas, comparable quizás con lo observado en las regiones atlánticas francesas. Los contenidos de estaño son elevados en los dos piezas analizadas, sobrepasando el 15% Sn. Existen otros argumentos para hablar de la presencia relativamente temprana, dentro de la Edad del Bronce, de aleaciones con estaño en la mitad septentrional de la Península. Citaremos primero tres puñales de lengüeta de. bronc~: Clunia, Burgos (9'6% Sn); Numancla, Sona (15'7% Sn), y Mondreganes, León (6'8% Sn), analizados por el Programa de Arqueometalurgia. Otros materiales han sido publicados de forma errónea o contradictoria, como el puñal de La Bastida o Castro de Babela (6) (Lugo), con un 20'2% Sn y 3% Pb (Ruiz Gálvez, 1984: ~39-340), aunque Ruiz Gálvez (1984: 359) cuestiona la tipología de la pieza y duda de l~ validez?,el análisis. Este mismo puñal había Sido tamblen analizado por el Grupo de Stuttgart, y no encontraron estaño en la composición (Junghans, Sangmeister y Schroder, 1968: n° 7558). Sin duda es una pieza conflictiva que requeriría un tercer análisis. De la lista de bronces antiguos de la Meseta Norte habría que suprimir un puñal de lengüeta y una Palmela de Fuente Olmedo (Delibes y Fernández-Miranda, 1981), ya que en los nuevos análisis realizados por nosotros se ha visto que son de cobre arsenicado y no contienen estaño, a diferencia de los resultados inicialmente publicados (7). (6) Agradecemos a Beatriz Comendador, becaria en la Universidad de Santiago de Compostela, las aclaraciones que nos ha proporcionado sobre esta controvertida pieza gallega. (7) El caso de estas piezas con análisis contradictorios ha de prevenirnos a la hora de realizar trabajos arqueometalúrgicos fuera de los laboratorios especializados sin un, ade~u~ do asesoramiento sobre los problemas de la metalurgIa pnml- Otra pieza controvertida 0n cuanto a su asignación cronológica es el punzón biapuntado de la Cueva del Asno (Los Rábanos. La evidente alteración de los niveles estratigráficos del yacimiento (se recogieron fragmentos de hierro en el mismo nivel en que se encontró el punzón) hace imposible establecer una relación concreta con las fechas radiocarbónicas conocidas: 3380±50 ap (CSIC 341) Y 3860±80 ap (CSIC 340) (Eiroa, 1980; Rovira. El conocimiento de la aleación no indica necesariamente su uso generalizado en toda la Meseta Norte antes del Bronce Final pues, salvo que estemos ante una situación excepcional, en los Tolmos de Caracena (Soria), con cinco dataciones muy homogéneas entre el 3380±50 ap y el 3360±50 ap, equivalentes a 1850-1520 AC, las ocho piezas analizadas (un • hacha plana, tres puntas de flecha con aletas, tres punzones y un' puñal) son todas de cobre o cobre arsenicado (Jimeno y Fernández, 1991: 111-120; Rovira, Montero y Consuegra, 1992). La situación en las tierras centrales de la Península puede ser completada con los datos conocidos del yacimiento de la Loma del Lomo (Cogolludo, Guadalajara) (Valiente Malla, 1992 y 1993). En las excavaciones realizadas se han recuperado ocho piezas de metal, además de otros restos de fundición, de las que seis son bronces y dos cobres o cobres arsenicados. Estos bronces se caracterizan por un contenido elevado de estaño (media de 11'7% Sn). Según Valiente Malla (1992: 190), la actividad metalúrgica del poblado quedaría englobada entre las fechas de 1670-1390 a.e., aunque las dataciones radiocarbónicas del yacimiento abarcan un tramo inicial más amplio correspondiente a una ocupación calcolítica. C. (1890C. ( -1420 AC) AC), por lo que debemos aceptar esta banda cronológica para situar con seguridad el conocimiento de la aleación, aunque la calidad de la datación no es buena. En Madrid conocemos los primeros bronces en un período clasificado como Proto-Cogotas del yacimiento de la Cooperativa de Perales del Río. habiéndose fechado de manera tentativa en torno al 1500-1400 a.e. De este yacimiento y de esta fase se han analizado seis piezas, todas ellas de bronce. con algunos casos en los que también se supera el 1 % As o el 1 % Sb en la composición. El contenido medio de estaño se sitúa en el 12'3%, cantidad elevada que no debe, sin embargo, sorprender dada la existencia de recursos estanníferos en las proximidades (Rovira y Montero, 1994: 154-159). En la región manchega, según un reciente estudio (Fernández-Miranda et alii, e.p.), la metalurgia del bronce fue desconocida hasta momentos bien avanzados de la Edad del Bronce. La ausencia de materiales aleados con estaño es clara en las Fases 1 y n, como demuestran más de un centenar de análisis de piezas procedentes de yacimientos bien datados de Albacete (El Acequión y Morra del Quintanar), Ciudad Real (La Encantada y Motilla del Azuer) y Cuenca (Los Dornajos y Cerro del Cuco) (Martín et alii, 1993). Las dos únicas piezas de bronce conocidas en la región carecen de contexto preciso, por lo que cabe aceptar su adscripción a la Fase III (1700-1500 AC) propuesta por Martín y otros (1993), ya que por desgracia no hay objetos analizados encuadrables en ella en ninguno de los yacimientos mencionados con los que corroborar el conocimiento de la aleación. Estos bronces encajarían bien dentro de la última ocupación del poblado (1700-1500 AC), coincidiendo su aparición con la Fase 111 del Bronce de La Mancha y con los primeros bronces argáricos, como veremos a continuación. En el área argárica, a pesar del volumen de información sobre metalurgia reunido, disponemos de muy pocos datos concretos para situar los primeros bronces (Montero Ruiz, 1994: 258-59 Y 288). Hasta en tanto no se den a conocer los análisis de las piezas y las fechas del yacimiento de Gatas (aunque según Lull, comunicación personal, el bronce sólo hace acto de presencia en (Montero Ruiz, 1994: 195 y 363) son seis piezas de diversa tipología, de las cuales tres son auténticos bronces (Sn>2%) y el resto cobres. Los porcentajes de estaño son muy diversos, desde el 12'87% Sn de una punta de flecha hasta el 3'80% Sn de un punzón. En otros yacimientos con fechas más antiguas no se conocen objetos de bronce, marcando Terrera del Reloj con su fecha de 3440±50 ap (BM 2354) (1880-1620 AC) y trece análisis de piezas de cobre o cobre arsenicado (Hook el a/ü, 1987), un hito post quem para la introducción de la nueva aleación. No conocemos ningún dato concreto de Andalucía occidental que permita una aproximación cronológica al margen de las deducciones tipológicas, y en Portugal la situación es similar, si bien cabe citar una punta de Palmela de Alcoba~as que, según el análisis de Junghans, Sangmeister y Schroder (1968: n. Por último, en las Baleares la presencia de objetos de bronce se puede rastrear en el yacimiento de Son Matge donde, además de su secuencia cronológica detallada, se conocen diversos objetos metálicos. Aunque Waldren (1986) cita como bronces un depósito de punzones recuperado en el estrato 11, no conocemos la composición de los mismos ni los argumentos para poder clasificarlos como tales, y los análisis de las adherencias escoriáceas sobre cerámicas de los estratos 11 y 12 se relacionan con la producción de cobres únicamente. Sin embargo, la punta del estrato 10 ya constituye una verdadera aleación con una cantidad en torno al 10% Sn, según el análisis semicuantitativo realizado por Peter Northover. Esta visión de conjunto acerca de los primeros objetos de bronce registrados en las diferentes culturas del occidente de Europa nos ofrece algunos datos de gran significación para comprender mejor algunas facetas de las relaciones culturales establecidas sobre esta vasta región durante la Edad del Bronce. En primer lugar, y a pesar de las limitaciones de la información cronológica manejable, hay evidencias suficientes para situar la introducción del bronce en la Europa templada a fines del III milenio AC, probablemente como consecuencia de contactos con la región balcánica. Los mate.. riales de Singen en Alemania, además de proporcionarnos una fecha de referencia en este sentido (2300-2000 AC), evidencian intercambios de objetos de metal y por tanto relaciones con la fachada atlántica, en este caso a través de los puñales armoricanos hallados en el sitio. Aunque con particularismos culturales que las diferencian, todas estas regiones europeas poseen elementos comunes que demuestran contactos y raíces compartidas, identificables por medio de los objetos de prestigio acumulados por (,(, las élites emergidas del entramado social. Los ohjetos de metal, incluyendo los de oro y plata, la cerámica, el sílex o el hueso ofrecen numerosos paralelos desde el punto de vista tipológico que se explican mejor desde la óptica de los contactos que recurriendo a los movimientos migratorios (aunque cabe admitir cierta movilidad grupal, máxime teniendo en cuenta que contemplamos procesos acaecidos dentro de un dilatado período de tiempo). Elementos inmateriales como los tan característicos ritos de enterramiento abundan en la misma dirección (Roussot-Larroque, 1987). La interacción entre unidades políticas paritarias (peer polity) definida por Renfrew (1986: 6-7) y entendida como fenómeno intrarregional, permite una evolución sustancialmente independiente de cada región que alimenta la variedad cultural de la Edad del Bronce, al tiempo que potencia los contactos como consecuencia de la emulación competitiva de las élites (Shennan, 1986: 137; Gilman, 1993: 105). Dentro de esa emulación competitiva cabría situar la difusión y perfeccionamiento de la tecnología del bronce. Durante el Bronce Antiguo ya se observa la tendencia a mejorar la calidad de las aleaciones mediante el incremento paulatino de la proporción de estaño (9), pero también se comprueba que la disponibilidad local de recursos estanníferos influye en dicha tendencia. Es difícil valorar el papel de los intercambios de objetos elaborados en la difusión de esta nueva tecnología, aunque parece obvio suponer que las incipientes redes comerciales preexistentes serían los canales idóneos. De ese modo, la tecnología del bronce iría extendiéndose y progresando con más facilidad en las regiones poseedoras de las materias primas esenciales, pero alcanzaría también regiones peor pertrechadas cuyos talleres metalúrgicos (ya activos previamente) produjeron bronces de menos calidad o con más dificultad. Así se deduce del estudio analítico comparativo de los metales de Turingia y sus áreas vecinas, en el cual se ha puesto de relieve que los patrones de impurezas características del cobre son similares antes y después de la aparición del bronce pero la cantidad y calidad de los (9) Los bronces pobres ofrecen unas prestaciones mecánicas muy similares a las del cobre. Para que el efecto mejorador del estado ligado pueda ser apreciado en un arma o un instrumento hay que, emplear proporciones del 8% Sn o superiores. Más sensible es el efecto cromático, pues contenidos del orden del 4% Sn ya amarillean el color cobrizo. Montero Ruiz y S. ROl'ira Llorens ohjetos broncíneos disminuye conforme nos alejamos de las minas de estaño. La adopción de la nueva tecnología en áreas sin recursos debió llevar a la pronta circulación de materias primas por los circuitos comerciales ya establecidos, si no a larga distancia sí al menos dentro de un área sensible al efecto oferta/demanda, superponiéndose al movimiento de los objetos acabados (lO). El predominio de los bronces ricos en las zonas con recursos propios, mientras que en las alejadas los bronces se empobrecen, no deja de ser una paradoja desde el punto de vista tecnológico, pues podría significar que la adición del estaño no estaba en función directa con las mejoras que aporta la aleación, sino con las disponibilidades y costes de adquisición de la materia prima. Tal parece, pues, que la producción de bronces, al menos durante una etapa inicial, no fue una cuestión de sustitución tecnológica estrictamente sino que a la aleación -al hecho de llevar estaño-se le otorgaba un valor añadido, ¿de prestigio?, pasando a un segundo término sus prestaciones mecánicas. Cabría considerar hasta qué punto la imitación en materiales menos nobles de los objetos emblemáticos típicos de regiones productoras de aleaciones de buena calidad no es sino una respuesta en la línea de la reflexión anterior, escondiendo tras esta imitación formal una especie de "falsificación del contenido de estaño" para satisfacer con dichos objetos el ego de unas élites menos afortunadas (11). Durante el Bronce Medio parece asistirse a una normalización de las proporciones de estaño en los bronces (en términos de valores medios) en aquellas regiones deficitarias, al tiempo que la producción de objetos de bronce es mayor (lO) Es muy probable que la circulación de objetos manufacturados salidos de un taller bien aprovisionado de cobre y estado siguiera rutas distintas a las de circulación del estado, si asumimos que el mercado consumidor de objetos se debería encontrar en zonas sin talleres productores pero con una economía capaz de afrontar las transacciones. En cambio cuando existen ya los talleres metalúrgicos pero falta el estado, lo que debería primar es la circulación de éste, pasando a un segundo plano los objetos de producción exógena. El modelo es, sin duda, demasiado simplista y resulta de dudoso acierto aplicar conceptos de la teoría de mercado, aun elementales, a una situación tan pretérita, pero puede ser de ayuda para explicar ciertas observaciones a nivel regional. (11) Uno de los efectos más fácilmente perceptible de la aleación cobre-estado es el cambio de coloración: el estado amarillea el cobre aun en proporciones bajas (3-4% Sn), aumentando la tonalidad amarilla con la cantidad de estado y cambiando hacia tonos plateados a partir del 20%. frente a los de cobre. De cllo podría deducirse una comercialización más estable y regular del estaño y la consolidación de la aleación por sus mejores cualidades mecánicas, por gran parte del occidente europeo. El Mediterráneo central y occidental parece haber quedado al margen de esta movilidad general del Bronce Antiguo y no entrar en esa dinámica hasta finales del Bronce Medio. En el sur de Francia y en el valle del Ebro se aprecia una etapa de mayor intercambio cultural en ese momento, puesta de manifiesto por elementos concretos tales como las asas con apéndice de botón (Ruiz Zapatero y Barril, 1980; Maya, 1989-90), los vasos polípodos (Maya, 1983) o la presencia de algunas formas metálicas nuevas en la Península Ibérica como las hachas de rebordes, desconocidas con anterioridad (Barril, 1982) y algunos puñales con acanaladuras paralelas en la hoja, de origen centroeuropeo (12). Sin embargo, ya en un momento anterior hay elementos como arandelas y alfileres de hueso, botones cónicos y cuentas segmentadas de tradición centroeuropea que, tras ir rarificándose en el sur de Francia, alcanzan esporádicamente el País Vasco y valle del Ebro a través de los Pirineos (Delibes, 1983: 156). Por ello no ha de extrañar que la fecha más antigua de que disponemos para el bronce proceda de Navarra (Bárdenas Reales). Los bronces aparecen en esta zona a finales del Bronce Antiguo, y con porcentajes pequeños de estaño, penetrando lentamente hacia el interior de la Península en los momentos iniciales del Bronce Medio hasta alcanzar las regiones de la mitad sur dos siglos más tarde, con un retraso de casi cuatro con respecto a la Europa templada. La coincidencia en el tiempo en La Mancha, costa levantina, el Sureste y las Baleares, hacia mediados del siglo XIV a.e. (es decir casi al final del período), o 1700-1500 AC en fechas calibradas, junto con la ausencia de formas o tipos metálicos "modernos", son signos del aislamiento de estas tierras respecto de los movimientos apreciados al norte de los Pirineos con anterioridad, aislamiento que no comienza a romperse hasta esas fechas. La producción de bronces en la Península Itálica durante el Bronce Antiguo (2200-1800 AC) tampoco repercutió en las costas más occidentales del Mediterráneo, con el mar como barrera poco permeable entonces. (12) Estos puñales, como los de La Font Mayor (5'8 % Sn) y Las Alhambras en Teruel (18'1 % Sn), así como el hacha de rebordes de Les Paules en Huesca (12'7%), son de bronce. La progresión de la tecnología del bronce sobre la Península Ibérica, además de ser lenta afectó o se adoptó de forma desigual en sus regiones, según un proceso a baja velocidad que contrasta ciertamente con la gran difusión alcanzada en el mismo ámbito por otros elementos culturales de sobra conocidos. Este fenómeno de ralentización pudo ser debido a la menor entidad de los grupos culturales intermedios, que no tenían capacidad de transmisión yactuaban como filtros de unas novedades cuya utilidad quizás tampoco alcanzaban a comprender. La cultura de El Argar, que pudo haber actuado de catalizador pero no lo hizo (13), debió ejercer una presión muy limitada sobre los grupos del interior, por lo que los intercambios se mantuvieron en niveles muy bajos de aportación mutua. Como señala Shennan (1986: 147), la existencia de élites, deseo de emulación y acumulación de bienes de prestigio no fueron suficientes para mantener a la Península Ibérica, y en especial al Sureste, en el amplio modelo de relaciones europeo inicialmente definido por el Campaniforme, debido a su escasa necesidad de mantener lazos de intercambio para el abastecimiento de metal u otros bienes considerados de prestigio. En resumen, pues, los datos indican que el conocimiento inicial de la aleación había alcanzado a fines del III milenio AC la Europa central y norte de Francia, transmitido probablemente desde las regiones balcánicas, donde el uso del bronce había comenzado de forma irregular en fechas más tempranas pero se hallaba ya consolidado en el último cuarto del III milenio, al igual que sucedía en todas las regiones del Próximo Oriente. Este momento constituye sin duda la eclosión de la metalurgia del bronce, que irá sustituyendo paulatinamente desde los inicios del 11 milenio AC la producción de objetos de cobre. En los mecanismos de difusión no sólo fueron decisivas las relaciones intergrupales, sino la capacidad de los grupos periféricos para transmitir el conocimiento. Así, la llegada temprana a una región no implicó su transmisión a otra región vecina de forma inmediata. Este fue el caso de la Península Ibérica, a donde el conocimien-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lo de la aleación cobre-estano llegó con cierto retraso porque ni las comunicaciones marítimas eran lo fluidas que a menudo se pretende, ni la situación sociocultural al norte de los Pirineos, en la Francia meridional, era caldo de cultivo adecuado para una transmisión por tierra. Una vez en la Península, la tecnología del bronce continúa el avance lentamente de norte a sur, como rumiada en el seno de grupos poco estructurados espacialmente, requiriendo más de dos siglos recorrer el camino que separa Navarra del Sureste.
1'J()5. pp. 71-Xó EL ARGAR Y EL BRONCE VALENCIANO. REFLEXIONES EN TORNO AL MUNDO.. ~FUNERARIO EL ARGAR AND BRONCE VALENCIA-NO. JAVIER JOVER MAESTRE (*) JUAN A. LÓPEZ PADILLA (**) A la memoria de Milagros Gil-Mascarell Con este texto pretendemos revisar un buen número de noticias publicadas sobre yacimientos de la Provincia de Alicante en los que se ha registrado la presencia de enterramientos adscribibles a la Edad del Bronce, y al mismo tiempo exponer, a partir de las evidencias funerarias, algunas reflexiones sobre la coexistencia en suelo alicantino de dos formaciones sociales diferentes: la Cultura Argárica y el denominado Bronce Valenciano. Desde que en la década de los sesenta M. Tarradell (1963a;1969) trazara la divisoria del Argar y del Bronce Valenciano siguiendo la cuenca del Vi nalopó, quedó patente la existencia en suelo alicantino de dos tradiciones culturales distintas que coexistieron durante el 11 milenio a.e. Entre los rasgos que diferenciaban al Bronce Valenciano del argárico estaba el rito funerario, caracterizado éste último por el enterramiento bajo y entre las casas, y en cualquier caso dentro de lo que se podía considerar el espacio habitado. Por el contrario, en el Bronce Valenciano se empleaban las grietas y pequeñas covachas que se abrían en las laderas de los cerros donde se asentaban los poblados (Tarradell, 1963b). Los trabajos de M. Tarradell abrieron una nueva perspectiva en la investigación. Durante los años 70 y 80 se localizaron nuevos enterramientos y se publicaron algunos inéditos que confirmaban plenamente las tesis propuestas. Así lo recogía M.S, Hernández (1985: 108) al detallar el estado de la cuestión de la arqueología del 11 milenio a.C. en el País Valenciano. Han pasado ya casi diez años desde entonces y el número de yacimientos excavados y de hallazgos publicados ha aumentado de modo considerable. En algunos casos, la nueva información disponible ha sido de gran interés, de modo que ha hecho necesaria una labor d~ reflexión y de reintcrprctación de los datos conocidos hasta la fecha (Martí y Bemaheu. En las siguientes páginas revisaremos las evidencias funerarias en la zona de contacto entre El Argar y el Bronce Valenciano (Fig. 1) Y trataremos posteriormente de analizar de qué modo pueden interpretarse y relacionarse de forma coherente con el panorama que actualmente ofrece la Edad del Bronce en el Sureste peninsular ( I ). precisar con suficientes garantías su adscripción a la Edad del Bronce. De hecho. en ocasiones ni tan siquiera se puede tener seguridad de que se esté hahlando de una cueva o de una grieta o covacha, términos todos ellos empleados con profusión en la bibliografía y que ni pueden ni deben utilizarse como sinónimos. Tradicionalmente se ha insistido en que la diversidad de los lugares empleados como espacios funerarios supone a la vez una matización de tipo cultural y también cronológico. En realidad Enterramientos fuera de zonas de hábitat Son numerosas las referencias acerca de enterramientos en cuevas de los que difícilmente se puede (1) Queremos agradecer a los Doctores Mauro S. Hemández Pérez. José L. Simón García y Sonia Gutiérrez L10ret los valiosos consejos. correccion~ y matizaciones aportados a la redacción definiti va de este artículo. T. P., 52, n.o 1,1995 resulta muy ambigua una discriminación de cuevas y covachas atendiendo al tamaño, número de inhumados, denominación toponímica o referencias bibliográficas, ya que con frecuencia estos criterios entran en contradicción unos con otros. Conscientes de que superar esta problemática -y la confusión y polémica que puede generarse-resulta un escollo importante sobre la base de los datos disponibles hasta el momento, hemos decidido mantener la diferenciación realizada hasta la fecha entre cuevas y covachas. Que se sigue utilizando la cueva como lugar de enterramiento durante toda, o al menos una parte, de la Edad del Bronce en tierras alicantinas viene confirmado por unos pocos, pero en nuestra opinión suficientemente contrastados, hallazgos documentados en varios yacimientos: Cova de la Barsella (Torremanzanas) (Borrego el alíí, 1992), Cova Bolumini (Benimeli-Beniarbeig) (Mata, 1986; Guillem el alii, 1993), Cova de la Casa Colorá (Elda) (Segura, 1993), Cova del Cantal (Biar) (López el alií, 1991). Sin embargo, de un buen número de yacimientos los datos disponibles no permiten afirmar con rotundidad su adscripción a la Edad del Bronce, ya que la información que proporciona el material arqueológico asociado a estos enterramientos es bastante vaga y llena de ambigüedades. Un buen ejemplo de ello serían los enterramientos de Les Llometes (Alcoi) (Pascual, 1963) de los que no se ha conservado el ajuar que les acompañaba a excepción de una lámina de metal (Vicens, 1989: 64) mientras que la información sobre la disposición de los cadáveres y ajuares fue proporcionada a E. Vilaplana por los labradores que descubrieron la cueva, de modo que no proceden de su observación directa (Pascual, 1963: 43). En condiciones similares se encontraría la Cova de Beni-Sid (Val d'Ebo). Su excavación se remonta a mediados de siglo y la información de que se dispone es bastante parcial y poco precisa. A lo largo de unos 3,50 m de estratigrafía E. Pla (1955: 199) halló restos de esqueletos y cráneos junto con fragmentos cerámicos, pero sólo en el nivel más profundo localizó objetos metálicos -cinco anillos y una pulsera, todos al parecer de bronce (Hemández, 1985: 108)-en compañía de al menos 20 individuos. Llama la atención sin duda la asociación de los adornos de metal con un número tan elevado de inhumados, sin que podamos, por otra parte, relacionar ningún elemento del ajuar con algún cadáver en particular ni precisar la disposición de los enterramientos. Determinadas cuevas en las que se han hallado objetos adscribibles a la Edad del Bronce han proporcionado también algunos restos humanos, motivo por el que en ocasiones se las ha citado como posibles cuevas de enterramiento. J. Vicens (1989: 64), por ejemplo, habla en este sentido de la Cova Boira y la Cava del Conill, ambas en Alcoi pero la lista podría ser mucho más extensa (Aparicio el alií. Con frecuencia la existem: ia de niveles funerarios del 11 milenio a.e. en cuevas de enterramiento múltiple no puede más que suponerse a partir de la presencia de algunos objetos que sólo excepcionalmente pueden asociarse a algún cadáver en concreto. Ese podría ser el caso de la Cova de la Barsella, en la que algunos de los inhumados descubiertos por el P. J. Belda, acompañados de ajuares metálicos -puñales de remaches y aretes de plata, entre otros elementos-, deben corresponder, como ya se ha indicado, a la Edad del Bronce. En otros casos ha sido el análisis de algunas piezas de metal el que ha dado la pista: dos punzones de bronce localizados en la Cova del Cantal (López el alii, 1991: 48) y en la Cueva de la Casa Colorá (Segura, 1993), respectivamente, invitan a pensar en un uso funerario de estas cavidades durante el II milenio a.e. En resumen, las características tafonómicas de los yacimientos en cueva, unidas a las lamentables condiciones en que las rebuscas clandestinas suelen dejar los depósitos arqueológicos en ellas contenidos, hacen que a menudo sea sumamente difícil separar con garantías los posibles enterramientos de la Edad del Bronce de los pertenecientes a momentos anteriores. Este problema se agudiza con respecto a enterramientos Campaniformes en los que falten los elementos característicos del llamado Horizonte Campaniforme de Transición (Bemabeu, 1984). Enterramientos en grieta o covacha Aunque no exentas de vaguedades y de lagunas importantes, las referencias acerca de enterramientos en pequeñas oquedades naturales de la roca son más numerosas y en general bastante más precisas. No faltan, como es natural, noticias que nunca han llegado a confirmarse o que están sumidas en una gran confusión. Entre las primeras podernos citar algunas referencias orales que han sido recogidas en la bibliografía por varios investigadores: LIorna Redona (Monforte del Cid) y Montagut (Novelda) (Navarro Mederos, 1982: 26-28), Catí Forada (Petrer) (Jiménez de Cisneros, 1925: 5), El Comanaor (Torremanzanas) (Tarradell, 1969: 24) o El Castellar (Elche) (Jiménez, 1909: 356; Ibarra, 1926: 6). Sólo en algunas ocasiones estas referencias orales se han visto respaldadas posteriormente corno en el caso de la Mola d' Agres (Agres), donde las recientes excavaciones han localizado restos humanos en algunas grietas de la ladera (De Pedro, e.p.) que han de ponerse en relación con otros descubiertos en grietas Hay tamhién varios ejemplos que no por ser ampliamente citados en la bibliografía dejan de presentar serios problemas de interpretación. No obstante, la lectura atenta de las descripciones dadas por C. Visedo obligan a replantearse, en nuestra opinión, algunos extremos. En primer lugar este autor no hace referencia en ningún momento a una covacha o cueva como receptáculo del enterramiento, sino que tan sólo señala que se localizó en la zona más alta de la ladera, justo donde se iniciaba el escarpe rocoso que bordea las cimas del barranco. Por otra parte, se indica con precisión que el inhu-' mado se hallaba con las extremidades extendidas, en decúbito lateral derecho, señalándose con exactitud su orientación en un gráfico publicado por el autor y que refleja claramente un eje Sur-Norte (Visedo, 1937). Por fin, C. Visedo pudo detectar la presencia de un estrato de unos 20 cm de espesor que contenía cerámicas medievales y que se superponía a otro con materiales de la Edad del Bronce, de aproximadamente 50 cm de grosor, que cubría el enterramiento. Descartadas las cerámicas recogidas por C. Visedo como parte del enterramiento (Vicens, 1989: 64), del posible ajuar tan sólo quedaría un fragmento de molino colocado junto a la cabeza. Teniendo presentes algunos datos que recomendarían aún cierta cautela, dudamos de que se deba considerar prehistórico este enterramiento. Esta conclusión se extrae tras tener en cuenta diversos datos: primero, la posición y orientación del cadáver, un inhumado en una fosa con las extremidades extendidas, apoyado en su lado derecho y con el cráneo orientado hacia el Sur; segundo, la similitud evidente entre éste y algunos pocos pero significativos enterramientos islámicos que se han localizado en algunos puntos de la Provincia: en el yacimiento de Pu~a (Petrer) (Navarro Poveda, 1988: 18-19) y en los cascos urbanos de Novelda (Navarro Po veda, 1992) y de San Juan de Alicante (Ortega, e.p.), todos ellos fosas sin tapadera, conteniendo individuos sin ajuar apoyados en el costado derecho y la cabeza orientada hacia el Sur. Este tipo de enterramientos, sin embargo, se halla bien documentado en otras zonas del Sudeste. Un ejemplo significativo es la maqbara de San Nicolás de Murcia (Navarro, 1985), T. P., 52, n.o 1, 1995 en la que la mayor parte de las 5(X) inhumaciones excavadas se veriticaron en fosas estrechas, excavadas directamente en la tierra y sin obra de ningún tipo, Todos los esqueletos de esta necrópolis islámica guardaban una disposición en decúbito lateral derecho, orientados los pies al NE, la cabeza al SO y el rostro al SE, para lo que en algunos casos el cráneo aparecía apoyado sobre una piedra o ladrillo con el fin de que la cabeza quedara perfectamente orientada -<:omo podría ser también el caso del fragmento de molino hallado en la inhumación del Barranc del Sint-. Finalmente, si a todo ello añadimos la presencia de cerámicas medievales en el lugar del hallazgo, como refiere C. Visedo, deberemos considerar seriamente la posibilidad de que el enterramiento del Barranc del Sint sea en realidad una inhumación asociada al nivel medieval, afectando la fosa excavada a los estratos de la Edad del Bronce subyacentes. Se explicarían así las extrañas características que para la Edad del Bronce ha presentado desde el principio este enterramiento y que han hecho difícil su interpretación. Otro enterramiento, también muy conocido pero del que se dispone de mucha menos información aún es el de Les Covatelles o Coveta de I'Or (Gaianes), citado en la bibliografía por el hallazgo, asociado a restos humanos, de dos piezas de oro que se han descrito como "cuentas de collar cilíndricas", "canutillos" o "tubitos". Estos objetos al parecer fueron fundidos y por tanto han desaparecido, y tampoco se conoce con certeza la ubicación del yacimiento. Algunos autores, como l. Ballester, dudaron abiertamente de la veracidad del hallazgo, mientras que otros se inclinan a aceptar en parte las noticias recogidas en la bibliografía (Rubio, 1987: 57). Lo cierto es que las similitudes de este enterramiento con otros ejemplos documentados en Alicante invitan en principio a tomar en cierta consideración la información publicada sobre él: dos individuos inhumados en una pequeña covacha, con algunas piedras al parecer colocadas en la boca de entrada y con un ajuar (asociado a uno de los cráneos) compuesto por un arete del que pendía un pequeño "tubo" de oro es exactamente lo que encontramos en el enterramiento excavado por J.M. Soler (1986: 385) en el Cabezo de la Escoba (Villena). Se nos antoja sensato, por consiguiente, tener presente este hecho aun manteniendo las reservas lógicas dadas la deficiente información y la imposibilidad de confirmarla en la actualidad. En cualquier caso, aunque hay algunos otros ejemplos también muy confusos -los enterramientos de Mas de Felip (Ibi) (Pascual, 1969: 71-73)-, lo cierto es que el enlerramiento en grieta asociado a poblados de la Edad del Bronce -ya sea dohle. triple o múltiple-está bien documentado. Así. en el Alto Vinalopó además del enterramiento del Cabezo de la Escoba, ya referido, tenemos las covachas de la ladera oriental del Cabezo Redondo (Villena) (Soler, 1987) y la Cueva de la Mina (Canyada) (Garda, 1992); en el Vinalopó Medio la grieta de La Horna (Aspe) (Hernández, 1986a: 101;1994); en el Alcoia los enterramientos del Mas del Corral (Alcoi) (Trelis, 1992: 87), Mola d' Agres (Agres) (Pascual, 1990: 98) Enterramiento dentro de la zona de hábitat La información que se dispone acerca de este tipo de enterramientos en los poblados alicantinos de la Edad del Bronce es relativamente abundante y comparativamente de mucha más calidad que en los casos anteriores. Tres son los tipos de inhumación a los que la bibliografía se refiere con más frecuencia: cistas -<le mampostería o de lajas de piedra-, fosas y urnas de cerámica o pithoi. Sin embargo, en algunas ocasiones se ha mencionado la existencia de otros tipos de tumbas. Es el caso de los túmulos y cromlechs de J. Furgús (1901: 712), para los que no resulta sencillo hallar paralelos en la Península. No faltan tampoco las noticias polémicas, pues sin duda debemos calificar de tales las referentes a los enterramientos localizados en el Sercat (Gaianes) (Pla, 1947), seis de ellos al parecer en urna, que fueron excavados a principios de siglo. Las referencias en tomo a casi una veintena de inhumaciones con los esqueletos acurrucados y con "ollas" debajo de la cabeza nos resulta a todas luces exagerada. Sin embargo, la localización de nuevos enterramientos en urna en el poblado del Mas del Corral (Alcoi) (Trelis, 1992: 87) obliga a plantearse ahora si estas antiguas noticias del Sercat no esconden una parte de verdad, posiblemente inflada y exagerada posteriormente por sus excavadores, para los que contaban también otros intereses además de los puramente arqueológicos. Las cistas de lajas están documentadas en la Illeta deis Banyets (El Campello), San Antón (Orihuela) y Laderas del Castillo (Callosa del Segura), donde las antiguas noticias de F. Figueras Pacheco (1950) Y J. Furgús (1937) no dejan dudas acerca de la forma. dimensiones y númeru tk las halladas t:n estos tres poblados. Las cislas de mamposlería. por otra parte. eSlán documenladas lambién en Tabaia (Aspe) (Hernández. Numerosas son las referencias de J. Furgús (1937) acerca de fosas -a veces conteniendo más de un individuo-en el poblado de San Antón, con ajuares que en ocasiones proporcionaron objetos de oro. También se mencionan algunas fosas en la lIIeta deIs Banyets y J. Colominas (1936) señala en las Laderas del Castillo varias fosas cubiertas con piedras. Finalmente. las urnas -mayoritariamente conteniendo esqueletos de niños o adolescentes-se han descubierto en San Antón y en las Laderas del Castillo (Furgús. 1937), así como en el Tabaia (Jover el alii, e.p.), Cabezo Redondo (Soler, 1987) y Mas del Corral (Trelis, 1992), aunque en estos casos en mucho menor número. Como ya hemos comentado, de los varios tipos de tumbas que J. Furgús individualizó en San Antón y Laderas del Castillo los más controvertidos han sido los llamados cromlechs y túmulos, para los que se han propuesto diversas explicaciones según los autores. Para V. Lull (1983: 337) los túmulos estarían formados por restos de construcciones o de derrumbes situados sobre las sepulturas que no habrían sido identificados por J. Furgús, aunque también considera la posibilidad, poco probable, de que fuera un tipo de enterramiento característico de estos dos yacimientos que, de este modo, evidenciarían una clara "afinidad ideológica" forzada por su gran proximidad geográfica (Lull, 1983: 341). M.S. Hernández (\ 985: 107), por su parte. los considera del Bronce Tardío al comparar el ajuar de uno de ellos con los célebres "conos" de oro del Tesorillo de Cabezo Redondo. Finalmente, R. Soriano (1989: 54) insistirá en la idea de que se trata de un tipo de enterramiento característico de los poblados de la Vega Baja del Segura, señalando paralelos -ya recogidos con anterioridad por M. Ayala (1981)-en la necrópolis murciana de Cañada Alba. No obstante, un ligero repaso a la noticia publicada por E. Jiménei (1950: 183) sobre la excavación realizada en esta "necrópolis" en 1944 nos plantea serias dudas a la hora de admitir esta identificación con los "túmulos" de San Antón. Aunque poco clarificadoras en ambos casos, no sólo difieren las descripciones de J. Furgús de las de E. Jiménez, sino que además sorprende el hecho de que ni en sus excavaciones, ni en las realizadas por L. Siret en 1918 ni en ninguno de los treinta "túmulos" explorados por el Conde de la Vega del Sella en esta necrópolis de Cañada Alba fueran en-T. 1995 c()lltrados jamás rcstos óscos que, justiticaran la presencia de un cadáver en alguna de estas supuestas tumhas Uirnénez. V. Lull (19~3: 337) apuntó la posihilidad de que estos "túmulos" pudieran ser en realidad cistas de mamposteria semejantes a las documentadas en La Ba'itida (Totana. Murcia) y Cerro de la Virgen (Orce. Es probable que tumbas de este mismo tipo fueran documentadas también por los hennanos Siret (1890: 1 ó I ) en El Oficio y en el propio yacimiento de El Argar. aunque no eran las más emplea-das. Sin duda hemos de interpretar como tales la mayoría de los enterramientos que en su álhum se describen con un lacónico "sepulcro hecho de piedras" y que diferenciaron expresamente de las cistas compuestas por seis losas. mucho más abundantes. El caso de la tumba 275 de El Argar, descrito como "sepulcro de forma redondeada. formado por piedras trabadas con tierra" es sin duda el máo; claro. En la Provincia de Alicante este tipo también está presente en TabaUl (Hernández, 1990: 88) y, aunque la infonnación es mucho más confusa, creemos que a éste se podrían añadir la cista del Puntal del Búho y uno de los enterramientos hallados por F. Figueras (1950: 30) en la Illeta deis Banyets. Al margen de San Antón y Laderas del Castillo, la presencia de piedras cubriendo al cadáver se menciona expresamente en el caso de la Illeta deis Banyets y Tabaia, por lo que se ha de suponer que estas cistas tenían también una tapadera de piedras. Al respecto pueden ser ilustrativas las noticias publicadas por G. Schüle (1967: 119) acerca de algunas de las tumbas del Cerro de la Virgen (Orce. Aunque este autor las considera "fosas con paredes de piedra", indica que la sepultura 14, una de las de mayores dimensiones, contaba con postes de madera empotrados en los muretes y que en su interior se hallaron grandes cantidades de madera podrida, lo que era nonna general encontrar en todas las sepulturas de buena construcción. Creemos verosímil que el hundimiento de la tapa de estas cistas, construídas con maderas y piedras, junto con los restos de estructuras murarias que ni el excavador jesuíta ni J. Colominas supieron identificar, les hiciera sugerir a estos dos investigadores la forma tumular con las que han pasado a la bibliografía. Así se explicaría sin duda el gran número de estas tumbas en San Antón y Laderas del Castillo en comparación con las cistas de seis losas, para cuya construcción era necesario, como el propio J. Furgús señala, utilizar lajas de piedra que exigían desplazarse a una considerable distancia. En 10 que respecta al problema de la cronología hemos de afrontar un obstáculo verdaderamente im-T. Ja\'ier Maestre y Juan A. I,ópez Padilla ponante. ya que son muy pocos los casos en que conocemos detalladamente los ajuares que acompañaban a estas sepulturas. De hecho, excluyendo el enterramiento con los pequeños conos de oro perforados del que trataremos un poco más adelante, de San Antón sólo conocemos el ajuar de una de estas tumbas, compuesto por una tulipa de carena baja y una pequeña copa (Furgús, 1937: 57). Del resto no conocemos más que referencias generales sobre los ajuares pero no asociaciones significativas que permitan deducir cronologías. De las Laderas del Castillo no tenemos mucha más información. Furgús una de las tumbas contenía, además de una vasija -sin que pueda especificarse su forma-y varios adornos metálicos -espirales, anillos y brazalete de plata junto con dos anillos de oro-un cuchillo y un hacha de metal cruzados uno sobre el otro. Por su pane, J. Colominas (1937) sólo publicó el ajuar de un "túmulo" en el que aparecieron un vaso de cerámica carenado y un pequeño puñal de remaches. Nada sabemos al respecto de las tumbas de Puntal del Búho ni de la Illeta deIs Banyets, pero en cambio sí estamos bien informados del ajuar hallado en la cista de Tabaia, compuesto de un pequeño vaso de la forma 5 y una alabarda con 6 remaches en su placa de enmangue (Fig. 2). La aparición de algunas alabardas, cuchillos y puñales en "túmulos" de las.. ~... Laderas del Castillo está confirmada por el propio J. Furgús (1937: 65). En el Sureste, la tumba 100 de La Bastida -una cista de mampostería-no tenía ajuar. y tampoco se conoce en detalle el ajuar de las del Cerro de la Virgen a excepción de las dos que cegaban la acequia: una, además de varios adornos metálicos de plata y bronce, contenía un cuchillo de remaches, la parte superior de una copa y una vasija de forma ovoide; la otra una tulipa y un brazalete de plata (Schüle, 1967). En la tumba 275 de El Argar. a la que nos hemos referido más arriba, se halló un pequeño cuchillo de remaches y un punzón de metal. Los otros cuatro "sepulcros hechos de piedras" en los que se documentó ajuar proporcionaron, respectivamente. botones de marfil de perforación en V, una vasija de la forma 3 y un punzón de metal en la cista 202; un fragmento de colmillo de jabalí en la 214; un hacha de metal en la 427 y un pendiente de plata en la 577 (Siret, 1890, lám. 30, 37. Por tanto, en casi todos los casos en los que se ha identificado el ajuar de estas cistas de mampostería se observa una afinidad clara con los ajuares argáricos más clásicos: copas y tulipas cerámicas. alabardas, hachas y cuchillos de metal, adornos de plata, oro y cobre y en algún caso botones de marfil. De acuerdo con todo lo expuesto anteriormente, creemos posible afirmar que la mayor parte de los enterramientos definidos por J. Furgús como "túmulos" corresponden en realidad a cistas de mampostería semejantes a las que se han documentado en otros ámbitos del mundo argárico y que ocuparían un horizonte cronológico similar al de aquéllas, y no al del Bronce Tardío como en alguna ocasión se ha propuesto. Esta idea, estimulada fundamentalmente por el ajuar de uno de los "túmulos" de San Antón debería, en nuestra opinión, matizarse. De hecho, el paralelismo formal de los famosos "conos" de oro de este enterramiento con los aún más célebres "conos" del Tesorillo de Cabezo Redondo resulta tanto más lejano cuanto más se insiste en la visión de conjunto de la sepultura, cuyas similitudes con la norma general del enterramiento argárico parecen evidentes (Fig. 3). En cualquier caso, estas piezas de San Antón continúan siendo excepcionales, y no creemos fácil precisar una cronología para ellas ni para estos enterramientos en cistas de mampostería dada la escasa información disponible acerca de sus ajuares. No obstante, nos inclinamos a pensar que la gran mayoría podría corresponder a las fases argáricas de estos dos poblados de la Vega Baja del Segura. Para finalizar, de los llamados enterramientos en cromlech poco es lo que se puede decir, salvo que muy probablemente correspondían a inhumaciones practicadas en la parte más alta del cerro asociadas C) 00, Fig. 3. Reconstrucción ideal de una de las inhumaciones en cista de mampostería definidas por J. Furgús y J. El ajuar metálico (excepto el punzón) de V. Pingel (1992: 15, fig. 7), el punzón y el vaso cerámico de J. Furgús (1905: 14, fig. directa o indirectamente por Furgús a restos de estructuras que evidentemente no supo identificar. El excavador jesuíta, sin embargo, menciona que estos inhumados, aparte de carecer prácticamente de ajuar, estaban "... ordinariamente adosados a algún saliente de la sierra (y) (... ) descansaban sobre la dura peña..... Ésta podría ser una referencia a enterramientos en grietas naturales, aunque también se las ha interpretado como fosas (Soriano, 1989: 54). Reflexiones sobre la evidencia A la luz de lo anteriormente expuesto, parece claro que hay indicios suficientes para considerar la existencia en tierras alicantinas de, al menos, cinco yacimientos en los que se practicó el enterramiento dentro de los más puros "cánones" argáricos: estos son San Antón, Laderas del Castillo, Illeta deIs Banyets, Tabaia y Puntal del Búho. De todos ellos, los dos primeros gozaron desde muy antiguo de la plena consideración de "argáricos". Las publicaciones de J. Furgús dejaban pocas dudas al respecto, ya que la cantidad de tumbas excavadas -entre 800 y 1000 en San Antón-, su morfología y el ajuar que contenían evidenciaban sus relaciones culturales con los yacimientos almerienses (Siret, 1905: 375). Sobre el resto, sin embargo, el debate se ha cerrado en fechas bastante más recientes (Simón, 1988; Hemández, 1990). La forma más empleada para la inhumación en San Antón y Laderas del Castillo part! ce ser la urna. En lTIt! nOf medida se han documentado en Tabaia. no registrándose en la lIIeta deis Banyets ni Puntal del Buho. Su ausencia en el caso de la IIIeta deis Banyets podría explicarse si tenemos en cuenta que este tipo de tumba se ha considerado tradicionalmente como característico de la fase B del Argar (Blance. 1975). mientras que la cronología propuesta para el nivel que contiene los enterramientos de este poblado es antigua (Simón, 1988). En el Puntal del Búho su inexistencia no resulta significativa dado el carácter superficial de los datos de que disponemos. Aspectos destacados de los enterramientos en urna son la abundancia de las inhumaciones infantiles y el escaso ajuar que suele acompañarlas, lo que las diferencia en poco de lo observado en los yacimientos más emblemáticos de la Cultura Argárica. Por los comentarios de J. Furgús (1937), sabemos que la disposición de las urnas y sus características son similares a otros yacimientos del Sudeste. Son de diferente tamaño según se trate de adultos o niños; la boca de las vasijas se tapaba habitualmente con una losa, aunque en alguna ocasión se utilizaba otra vasija, tal como ocurre por ejemplo en la Bastida de Totana (Martínez el alii, 1948). Junto a las urnas encontramos fosas. Su representación es amplia al menos en San Antón, y en menor medida en las Laderas del Castillo e Illeta deis Banyets. La abundancia en San Antón contrasta claramente con su escasez en el resto de yacimientos argáricos alicantinos, murcianos y almerienses (Lull, 1981(Lull,, 1983)). Es curioso observar como 1. Furgús no consideró la "fosa" dentro de los tipos de enterramiento registrados en sus trabajos arqueológicos en Laderas del Castillo (Furgús, 1937). Por el contrario, este tipo sí lo constató J. Colominas (1936) en las excavaciones emprendidas años más tarde. En San Antón, las inhumaciones con objetos de oro como ajuar se asocian en buena medida a fosas. Se puede entrever que en este poblado las fosas eran en su mayor parte individuales -en algún caso se da la doble inhumación-con ajuares muy ricos consistentes en adornos de plata y oro. En algunas ocasiones estas fosas estaban asociadas a cráneos sueltos situados en sus bordes, lo que indujo a pensar al jesuita en la importancia social de estos inhumados frente al resto. Esta noticia tiene difícil explicación, ya que no conocemos ejemplos de tumbas de otros yacimientos del Sureste de cronología contemporánea donde se repita esta circunstancia. Javier Maestre y Juan A. López Padilla afectaran a inhumaciones anteriores o incluso que se utilizara la misma fosa para más de un individuo. Frente al escaso número de cistas de mamposteria constatadas en los yacimientos clásicos del Argar. en los de Alicante parece ser el tipo de cista más generalizado. No obstante, de ellas sólo conocemos detalladamente las que sorprendieron por la riqueza de sus ajuares. Como ocurre en yacimientos del Sureste e incluso como también señaló Furgús, otras tumbas de mamposteria debieron de ir acompañadas de escaso ajuar -a lo sumo algún vaso cerámico y conchas perforadas-y algunas carecerían por completo de éste. Quizá este tipo de cistas sea el más extendido y generalizado ante la dificultad en conseguir grandes lajas que permitiesen construir tumbas de 6 losas. No obstante, las cistas de lajas también se han registrado en San Antón, Laderas del Castillo e IlIeta deis Banyets. En principio, son el tipo menos numeroso -20 en San Antón, 7 en Laderas del Castillo y al menos 4 en la IIIeta deIs Banyets-. Respecto a los ajuares. es el único tipo de tumba al que se asocia la forma 6 de Siret (Lull, 1983: 65) (Fig. 4). Ignoramos si también corresponde a este tipo de vaso el que J. Furgús califica como de "forma desusada" y hallado en una cista en las Laderas del Castillo junto con un hacha de cobre, tres espirales, un anillo de plata y cerca de 6 docenas de botones de marfil. Esta cista no es la única donde aparecen gran cantidad de botones de perforación en "V", ya que en una de las de la Illeta deis Banyets, aparecieron otros 58 junto con un puñal de remaches (Simón, 1988: 119). En definitiva, podemos asegurar que todos los tipos de tumbas característicos del mundo argárico o 10 Fig. 4. Vaso de la forma 6 de L. Siret procedente de un enterramiento en cista de lajas de San Antón (Orihuela) (Furgús, 1937: 57, lám Por el contrario, en el resto de la Provincia -Zona Prebético Meridional-el tipo de enterramiento más extendido es el realizado en grieta o pequeña covacha situada en las proximidades del poblado. Las grietas, que en algunas ocasiones han sido acondicionadas para crear una cista -UIl del Moro (Rubio, 1987: 151), La Horna (Hernández, 1986a: 100)-suelen contener inhumaciones dobles, triples e incluso múltiples. De los cadáveres desconocemos su posición aunque las escasas noticias apuntan hacia decúbito lateral flexionado. En algunas ocasiones los individuos están acompañados de ajuar, en su mayoría adornos metálicos -aretes, pulseras, cuentas de cobre, plata u oro-, o conchas perforadas. También existe algún caso, más discutible, en que pueden asociarse a útiles metálicos como cuchillos o puñales de cobre (Pascual, 1969; González, 1973). Junto a las grietas cercanas al poblado, determinadas cuevas de enterramiento múltiple calcolíticas se siguieron utilizando, al menos durante algún tiempo, como lugar de enterramiento. Las evidencias de la Cava de la Barsella, de la Cava del Cantal o de la misma Cueva de la Casa Colará lo ponen de manifiesto, aunque en ningún momento dispongamos de datos referentes al número de individuos. Hemos dejado para el final los enterramientos de Cabezo Redondo (Villena) (Soler, 1953;1986;1987), alguno de los cuales fueron la base para la consideración argárica del Alto Vinalopó (Tarradell, 1950), y los hallados recientemente en el poblado del Mas del Corral (Alcoi) (Trelis, 1992). En el poblado villenense encontramos tanto enterramientos en grietas o covachas situadas en la cima del cabezo como en el interior de los departamentos, en la zona de hábitat. Mientras en las covachas pueden aparecer varias inhumaciones (hasta cuatro en la Cueva 3) en el interior del poblado lo más común son inhumaciones individuales y dobles. Al individuo inhumado 1:11 cista en la Cueva l le acompañaba un cono de oro (Soler. Pequeño vaso cerámico procedente de una inhumación en el Departamento X (Soler. En el interior del poblado la variedad de formas de enterramiento es relativamente amplia. Encontramos la utilización de grietas naturales situadas bajo el piso de las casas -Departamento Xy tumbas artificiales "en pozo" excavadas en la roca yesosa -Departamento U-, en ambos casos con inhumacio-' nes dobles. También existe una fosa-cista de mampostería en el Departamento IV. Cuando puede determinarse, el cadáver se encuentra en posición flexionada, con escaso ajuar -tan sólo aparece un vaso cerámico carenado en el Departamento X (Fig. 6)-. De acuerdo con las estratigrafías publicadas por J.M. Soler (1987) todos estos enterramientos deberían ponerse en relación con niveles del Bronce Tardío. Resulta curioso observar las evidentes similitudes que ofrece en determinados aspectos la forma 6. Ajuar cerámico de Cahezo Redondo (Villena). Vaso geminado que acompañaba a uno de los inhumados de la Cue• va 1 de Cabezo Redondo (Soler, 1987: 98, lám. 35). de enterramiento documentado en algunos poblados granadinos -al menos en un caso relacionados también con cerámicas típicas del Bronce Tardío del Sureste (Molina et alii, 1986: 359)-con los registrados en el poblado del Cabezo Redondo. En lo que concierne al enterramiento dentro de los recintos de habitación y al margen de excepciones particulares -que se dan por ambas partes-, se aprecia una preferencia por el enterramiento en grieta o fosa excavada en la roca en yacimientos como Cuesta del Negro, Loma de la Balunca o Castellón Alto (Lull, 1983; Molina et alii, 1986: 356). Este tipo de inhumación aparece documentada, como acabamos de ver, en los departamentos 11 y X de Cabezo Redondo, cobijando en ambos casos los cuerpos de dos inhumados. Este hecho es más significativo aún si consideramos el número tan elevado de inhumaciones dobles realizado en esas covachas artificiales granadinas -en ocasiones con una especie de nicho lateral que como vimos también aparece en Cabezo Redondo (Departamento II)-en las que al igual que en Vi llena se aprecia una remoción del cadáver inhumado en primer lugar. No menos interesante es destacar que en todos estos poblados parecen ser los niños y adolescentes los únicos inhumados en urnas, además de hacerlo en algún caso acompañando a individuos adultos en oquedades abiertas en la roca. Recientemente, en el yacimiento del Mas del Corral (Alcoi) se han localizado nuevas inhumaciones dentro del poblado. Se trata de dos enterramientos infantiles en cuenco -uno de ellos tapado con otra vasija-y una cista de mampostería con un individuo T. P., 52, n.O 1, 1995 adulto en posición de decúbito lateral flexionado que como ajuar presentaba un vaso cerámico y una concha perforada (Trelis, 1992: 87). Según su excavador, estas tres inhumaciones se asocian a un nivel con cerámicas decoradas -incisas con motivos en zig-zag, cuadrados y reticulados-y vasos con carenas típicas del Bronce Tardío. Estos dos yacimientos suponen, como es evidente, una excepción a la norma hasta ahora ampliamente admitida acerca del tipo de enterramiento característico en el área geográfica adscrita al Bronce Valenciano. Si durante mucho tiempo las sepulturas del Cabezo Redondo sirvieron para considerar argárico este yacimiento y desplazar la frontera con el Bronce Valenciano hasta el Alto Vinalopó, hoy las nuevas evidencias exigen otra interpretación. El Argar y el Bronce Valenciano: el mundo funerario en sus zonas de contacto Con todo lo expuesto y a pesar de existir un panorama tan poco alagüeño ante una información tan heterogénea, es evidente que de las diversas formas o tipos de enterramiento constatados en las dos áreas -una argárica y otra no argárica-que el registro nos ha permitido distinguir para las fases previas al Bronce Tardío unas -enterramiento en grieta o cueva, bien sea múltiple, doble o individual-ya están presentes en momentos previos -Campaniforme (Ruiz, 1990) u Horizonte Campaniforme de Transición (Bernabeu, 1984)-, mientras que otras -enterramiento individual en el interior de poblados- parecen gestarse a inicios del 11 milenio a.e. en determinadas áreas de la Península Ibérica al modificarse las estructuras sociales en un proceso tendente hacia una clara estratificación social. En el territorio alicantino. asociado al Campaniforme. documentamos cambios en el patrón de asentamiento. Íntimamente unidos al proceso histórico desarrollado en zonas más meridionales del Sureste. A este respecto. la investigación desarrollada en los últimos años en Alicante ha permitido distinguir dos zonas (Ruiz. Por una parte. un área meridional. comprendida entre los ríos Segura y cuenca del Vinalopó. donde encontramos un hábitat bastante diversificado -tanto en llano como en altura-con la constatación de las primeras estructuras estables en altura -Las Espeñetas (Orihuela), Les Moreres (Crevillente), Puntal de los Carniceros (ViIlena), Peñón de la Zorra (ViIlena)-, situados tanto en lugares con una riqueza potencial elevada por la existencia de recursos mineros o agrícolas, como en puntos estratégicos para el control del territorio. Por otra parte, una zona septentrional correspondiente en terminos generales a la montaña alicantina y su área de costa, en donde por el momento y según los datos disponibles, parece mantenerse un hábitat en llano ocupando los fondos de los valles, e incluso cuevas -Cova de les Cendres (Teulada) (Vento, 1986: 129)-, pudiendo ser extensible a las comarcas valencianas en contacto, como así lo demuestran las excavaciones recientemente publicadas de l' Arenal de la Costa (Ontinyent) (Bernabeu el alii. El yacimiento de las Espeñetas (Orihuela), situado en altura es uno de los pocos donde podemos hablar de una ocupación campaniforme temprana. basándonos en un registro bastante importante de cerámicas de estilo marítimo (Ruiz, 1990: 80), participando plenamente de la dinámica general del Sureste (Arribas y Molina. E. Ruiz (1990: 80) opina en lo que respecta a la vajilla doméstica de estos poblados ex-novo y ya dentro del 11 milenio a.c., que ésta evolucionaría por ósmosis con las influencias del Sureste hacia decoraciones incisas. Debió de ser en este momento cuando se produjo una generalización del hábitat en altura en todo el corredor de la Vega Baja del Segura, Camp d'Elx, y cuenca Media y Alta del río Vinalopó, emplazándose en lugares estratégicos, con el objeto de controlar los pasos hacia la montaña alicantina, Valencia y La Meseta. Ahora bien, con independencia de que la generalización del hábitat en altura se produzca únicamente en la parte más meridional de la Provincia de Alicante, parece claro que el tipo de enterramiento más hahitual cn amhas lOnas cs el múltiple en cueva o grieta. asociat!l> tanto a p()blados en altura como en llano. Ejempl()s significativos son las asociaciones del poblado del Puntal de los Carniceros a la Cueva del mismo nombre 4ue contenía al menos cinco inhumados (Soler. No obstante. al igual que ocurre con muchas de las cuevas utilizadas durante la Edad del Bronce como lugar de enterramiento. las empleadas en el Campaniforme también presentan deficiencias en su registro e interpretación, al haber sido excavadas hace bastantes décadas, ser yacimientos con varios niveles funerarios difícilmente distinguibles por alteraciones posteriores o conocer su existencia a causa de su destrucción. Junto a las cuevas de enterramiento múltiple, es reseñable por su unicidad la documentación de un enterramiento individual en grieta en la Cueva Oriental del Peñón de la Zorra, adscrito al poblado situado en su cima, y cuyo ajuar estaba compuesto por un puñal de lengüeta, dos puntas de Palmela, un arete de plata, catorce vértebras de pez perforadas y algunos fragmentos de cerámica (Soler, 1981: 98-106) (2). Por tanto, es importante insistir en el hecho de que, al menos en la cuenca del Vinalopó, previamente a la formación de las sociedades que van a caracterizar la Edad del Bronce en estas tierras, ya se registra tanto el hábitat en altura como un mundo funerario con enterramientos múltiples o individuales en grieta o cueva. En este sentido, conviene no olvidar que estas características, además de algunas otras que eran la negación de las argáricas, fueron la base utilizada por M. Tarradell (1963aTarradell (, 1963bTarradell (, 1969) ) para la definición del Bronce Valenciano. Teniendo en cuenta esta serie de ideas cabría preguntarse por la gestación de las entidades sociales de la Edad del Bronce que coexistieron con el mundo argárico en la Provincia de Alicante. J. Bemabeu (1984) barajó dos hipótesis con respecto al origen del Bronce Valenciano. Consideró, en primer lugar, que se podía formar a partir de una evolución local paralela a la Cultura Argárica, incidiendo las influencias de esta última sobre la primera ya formada. La segunda posibilidad consideraba que las in- tluencias argáricas comenzaron a actuar en un momento en el que el Horizonte Campaniforme de Transición estaba presente, contribuyendo a su formación, junto a las tendencias locales. Al igual que otros autores, J. Bernabeu estuvo a favor de esta segunda posibilidad, aunque los indicios eran escasos. Éstos se concretaban en la posibilidad de que existieran determinados intercambios materiales entre unos grupos y otros -<:erámicas campaniformes en San Antón (Orihuela) y determinadas formas argáricas en asentamientos del Horizonte Campaniforme de Transición-, y sobre todo la presencia de adornos metálicos -<:omo el arete de plata-. característicos del mundo argárico, acompañando a la inhumación individual de la Cueva Oriental del Peñón de la Zorra (VilIena), con ajuar claramente campaniforme (Soler, 1981: 98-106). Aunque han pasado diez años, todavía no tenemos constancia de elementos que nos puedan confirmar un surgimiento de la Edad del Bronce en Alicante independiente del Argar a pesar de disponer actualmente de nuevas dataciones absolutas bastante elevadas. Los avances en la investigación realizados en los últimos años no permiten aún pronunciarse en uno u otro sentido, aunque sigue siendo la hipótesis valorada por J. Bernabeu la más aceptada en la actualidad. Se ha podido documentar que gran parte del territorio alicantino durante el Campaniforme está intimamente ligado al Sureste, participando de su dinámica social, con una intensificación de los contactos e intercambios. Además, el único lugar del Sureste en donde parecen gestarse cambios hacia una sociedad de clases durante tránsito del III al 11 milenio a.c., es la cuenca del Vera (Almeria) en torno al núcleo de El Argar. La constatación de dependencia entre poblados y la existencia de segregaciones clasistas a nivel local y territorial son las bases que hacen pensar que "... el desarrollo de las fuerzas productivas argáricas fue centralizado por un aparato de Estado que dotado de soberanía, poder y fuerza coercitiva, lograría suministrar las relaciones productivas que desde comienzos del 11 milenio a. C. se desarrollaron de forma complementaria entre los asentamientos comprendidos alrededor de la cuenca Terciaria de Vera" (Arteaga, 1992: 188). Después de un proceso de consolidación del Estado argárico sobre el territorio de gestación, disponiendo de un aparato centralizado y con poder coercitivo, los distintos centros argáricos iniciaron una política expansiva de ampliación territorial, presionando sobre algunas. cuencas y penetrando en otras, en donde se seguía manteniendo un sistema social de T. P., 52, n.O 1,1995 Feo. Javier Maestre y JUliO A. López Plldillll estamentos parentales, incluida la del Andarax, Vega de Granada e incluso la Vega del Segura. El proceso expansivo hacia tierras alicantinas debió de producirse en los primeros siglos del 11 milenio a.e. La proyección argárica sobre el territorio se concretó siguiendo la fosa intrabética con dirección Suroeste-Noreste -<:orredor Lorca-Totana-Murcia, Vega Baja del Segura, Camp d 'Elx y Camp d' Alacant-. Los asentamientos se emplazaron en las sierras de Orihuela y Callosa (con vetas de minerales) y en las tierras cuaternarias de mejor calidad. Al mismo tiempo se establecieron enclaves en puntos estratégicos -Pic de les Moreres (Crevillente), Puntal del Buho (Elche), Tabaia (Aspe)-situados en las estribaciones meridionales de las sierras subbéticas y prebéticas meridionales que delimitan el Corredor de la Vega Baja-Elche. La IlIeta deIs Banyets -promontorio rocoso en la misma línea de costasería el punto más septentrional de la expansión (Fig. 7). La presencia de algún fragmento de cerámica incisa campaniforme en poblados netamente argáricos como San Antón, Laderas del Castillo o Pie de Les Moreres, podría ser indicativo de un momento de convivencia con poblaciones campaniformes. Bajo este prisma, no cabe la menor duda de que la expansión argárica tuvo que influir en la gestación de las formaciones sociales de la Edad del Bronce limítrofes, situadas en las tierras alicantinas de la Zona del Prebético Meridional. Ahora bien, si parece evidente que de forma previa al surgimiento de las sociedades de la Edad del Bronce no argáricas, los grupos argáricos en su proceso expansivo entraron en contacto con los campaniformes, todavía existe la duda de si el enterramiento individual de la Cueva Oriental del Peñón de la Zorra es la primera evidencia de los cambios que empiezan a generar las influencias de aquéllos, o si por el contrario, tal como ponen de manifiesto los enterramientos individuales en fosa del poblado campaniforme del Arenal de la Costa (Ontinyent) (Bemabeu, 1993; Pascual y Ribera, 1993), ese proceso acelerado de jerarquización fue previo e independiente a la implantación del Argar en el territorio alicantino. Frente a una sociedad de clases y expansiva como la argárica, con un rito funerario caracterizado por la inhumación individual dentro del área de poblado, con diferencias en los ajuares que prueban una clara estratificación social (Lull y Estévez, 1986), las comunidades no argáricas van a cons~rvar sus códigos ideológicos, evidenciados en el mante-Herrena. http://tp.revistas.csic.es nimiento de los enterramientus en cueva o grieta -preferentemente dohles () triples y en ocasiones múltipks-cercanos al asentamiento. En algunos l: asos, estos últimos adoptaron como ajuar funerario determinados objetos de adorno de cobre, plata y oro, que se van a constituir en los símbolos identificadores de las élites, teniendo necesariamente su origen en los prototipos del mundo argárico con independencia de que se trate de manufacturas propias o adquiridas. Por el contrario las armas, auténtico símbolo de la élites del mundo argárico, no fueron, al parecer, adoptadas. Al mismo tiempo, es evidente que la expansión argárica hacia tierras alicantinas supuso la coexistencia de dos sociedades con bases económicas e ideologías diferentes. Los límites entre ambas formaciones en un primer momento se establecerían en el arco montañoso que delimita el corredor de la Vega Baja-Camp d' Alacant. No obstante, el registro parece mostrar el abandono de determinados poblados argáricos a inicios o durante la fase B del Argar, al menos, algunos de los más septentrionales -lIIeta deis Banyets (Simón, 1989), Pic de les Moreres (González, 1986)-, manteniéndose los asentamientos de la Vega Baja. Ello podría interpretarse como un indicio de cierta reorganización del territorio, ignorando si pudo influir en una nueva definición de los límites "fronterizos". Necesariamente la ausencia de recursos mineros al Norte de las Cordilleras Béticas tuvo que suponer el mantenimiento de unos sistemas de intercambio que cubriesen la demanda, bien en forma de materia prima, bien como objetos manufacturados, estableciéndose un proceso de interacción social que generaría un c1ientelismo de los grupos limítrofes respecto de los centros argáricos. La adopción de formas ajenas al modo de enterramiento tradicional por parte de los grupos no argáricos -introducción de la cista en las grietas, etc-, es la evidencia más contrastable de esa interacción producida a lo largo de un intervalo temporal todavía por definir. El hecho de que los enterramientos en grieta estén desvinculados de las estratigrafías de los poblados, amén de otras circustancias relativas a deficiencias en los re$istros, obliga a no pronunciarse en este sentido. Unicamente un pequeño tubo de oro procedente de una grieta del Cabezo de la Escoba (Villena) y quizás, aunque desconocemos su morfología, los de Les Covatelles (Gaianes) tienen sus paralelos más directos en tumbas en urna de los asentamientos de La Bastida (Totana, Murcia) (Martínez Santaola-lIa el alii, 1948) y El Argar (Antas, Almena) (Siret, 1890) considerados de momentos avanzados del T. P., 52, n.o 1, 1995 F•co. Javier Maestre y Juan A. tópez Padilla Argar (Pingd. Respedo a las cistas en grieta, la única a la que se podría otorgar una cronología aproximada es la excavada en el poblado de La Horna (Aspe), datado en momentos avanzados de la segunda mitad del II milenio a.e. Todos los datos parecen señalar que las élites sociales del Prebético Meridional alicantino se mantendrán como clientelas del mundo argárico hasta finales del siglo XIV a.e. aproximadamente, después de un largo proceso de interacción, crecimiento y consolidación socio-económica. Con la disgregación de la formación argárica, coincidente con el desarrollo de la fase arqueológica conocida como Bronce Tardío, serán precisamente estas élites las que constituyan una nueva entidad política en torno al asentamiento del Cabezo Redondo (Villena), de la que todavía no están definidos los límites territoriales. Los cambios registrados en la ocupación de la cuenca del Vinalopó con poblados ex-novo, el crecimiento en tamaño de los mismos (lover y Segura, 1993: 53) Y la adopción por parte de las élites sociales existentes en el Alto Vinalopó de las formas funerarias argáricas, aunque reinterpretadas -enterramientos individuales dentro de las casas en urna, fosa, cista y covacha, junto al mantenimiento de las inhumaciones en cista dentro de grieta con o sin ajuar-son los indicadores arqueológicos que van a caracterizar a una nueva entidad social, cuyas élites seguirán manteniendo los adornos como símbolos identificadores de su posición social hasta el tránsito del JI al 1 milenio a.C.
H. Peñalosa: Unidad Habitacional IV. Contextos de actividad textil Ca) y de transformación y almacenaje de grano (b). valle que se cierra al este por las Sierras de Cazorla y Segura y, por el contrario, se abre hacia occidente por las campiñas de Córdoba, hacia la Baja Andalucía (Hernández Pacheco, 1926; Cabanas, 1953; Corchado Soriano, 1963; Higueras Arnal, 1961). Tanto al norte como al sur está delimitado por dos barreras montañosas: Sierra Morena y el Subbético, franqueadas, sin embargo, por una serie de pasos y afluentes del Guadalquivir que abren esta zona tanto a la Meseta como al Sureste de la Península Ibérica. Esta zona geográfica, en la que se enmarca Peñalosa, presenta un estado de la investigación bastante precario hasta mediados de los 80 cuando se inicia el Proyecto de Investigación "Análisis histórico de las comunidades de la Edad del Bronce en la Depresión Linares-Bailén y estribaciones meridionales de Sierra Morena" (1), aunque eran muchas las noticias recogidas y los yacimientos detectados, pasando para la Edad del Bronce de los cincuenta. Por ello, vemos como lo que podríamos considerar como una primera fase del análisis regional, es decir, la definición de las entidades arqueológicas en el tiempo y en el espacio aún no había sido concluida en el Alto Guadalquivir. Ello ha hecho que apenas se haya avanzado en el estudio sistemático del registro arqueológico y que la mayor parte de las síntesis construidas hasta el momento (Lull, 1983; Ruiz el ahí, 1986) estén muy limitadas por la falta de datos secuenciales y cronológicos. Peñalosa se haya ubicado en la margen derecha del río Rumblar, dentro del término municipal de Baños de la Encina, siendo sus coordenadas geográficas 38° 10' 19" de latitud norte y T 47' 37" de longitud oeste. El poblado se asienta sobre un espolón de pizarra en forma de lengua, con pendientes pronunciadas, estando enmarcado por el arroyo Salsipuedes y el propio río Rumblar (Lám. Se alza, por tanto, sobre dicho río, cuyo valle está inundado actualmente por las aguas del embalse del Rumblar. Este yacimiento ha tenido y tiene un gran papel en la valoración cultural de la Edad del Bronce del mediodía peninsular, al haber sido considerado como el poblado más septentrional de la expansión de la Cultura del Argar en su búsqueda de mineral de cobre (Valiente, 1980; Lull, 1983). Este proyecto de Investigación ha sido dirigido en su primera fase por F. Contreras, F. Nocete y M. Sánchez y financiado por la Dirección General de Bienes Culturales de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Localización del poblado de la Edad del Bronce de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén). Sin embargo, la documentación de dicha actuación, centrada en la parte superior del poblado, nunca fue publicada, desconociéndose en la actualidad los resultados de la misma. Las primeras noticias publicadas al respecto y de las que se derivaron las adscripciones culturales con que se dotó a este yacimiento son las referentes a una colección de materiales obtenidos del expolio (Muñoz Cabo, 1976). Los restos constructivos que actualmente son visibles en la superficie del cerro son el fruto de cuatro campañas de excavación realizadas en los años 1986, 1987, 1989 Y 1991 por un equipo de investigadores del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada dirigido por F. Contreras Cortés, F. Nocete Calvo y M. Sánchez Ruiz. Peñalosa se ha convertido tras estas campañas de excavación en un yacimiento modélico para el estudio y contrastación del mundo de la Edad del Bronce en el Alto Guadalquivir. Ello se debe no sólo a su localización en la zona minera de Sierra Morena, sino también al buen estado de conservación de su registro arqueológico, a pesar de la erosión postdeposicional que ha sufrido por el efecto del embalsamiento del agua, presentando una última fase del poblado marcada por el abandono repentino del mismo. también de la cultura material asociada a ellos. Esta situación ha propiciado el desarrollo de un detallado análisis microespacial que nos ha conducido a la interpretación funcional del espacio en el asentamiento, factor clave para la reconstrucción socioeconómica de estas comunidades. Se ha podido definir la existencia de al menos dos grandes fases constructivas en la ocupación prehistórica del yacimiento de Peñalosa (lIlA y IlIB) (2). Los niveles estratigráficos de la fase más antigua (IIlB) están muy mal conservados como consecuencia de la reestructuración espacial que se hace en la siguiente fase (lIlA). En este momento el poblado se expande hacia el norte, bajando hacia el río Rumblar. (Contreras el alii, 1991), no pudiendo precisarse por ahora el momento de fundación del poblado. LA ORGANIZACIÓN DEL ESPACIO ENPEÑALOSA El esquema urbanístico de Peñalosa responde a los patrones típicos de la Edad del Bronce en el Sureste. Se adapta perfectamente a las características morfológicas del terreno aterrazando las laderas del cerro a través de la construcción de grandes muros de pizarra que recorren longitudinalmente dichas laderas y otros que, perpendicularmente a los anteriores y transversales a la pendiente, organizan escalonadamente el espacio destinado a las viviendas, que cuentan además con compartimentaciones. Así en cada una de las terrazas artificiales la distribución espacial viene marcada por la existencia de varias unidades de habitación de variado tamaño y complejidad. En todas ellas se documentan diversos espacios dedicados tanto a acti-(2) Las fases 1 y II de Peñalosa corresponden a esporádicas ocupaciones de época medieval y romana respectivamente, hasta ahora sólo documentadas en la forma de grandes fosas y también de un enterramiento de incineración en urna. La ocupación altomedieval del entorno de Baños de la Encina fue bastante importante tal y como demuestra el propio castillo de Baños de la Encina en el que también hay restos del Calcolítico y posiblemente de la Edad del Bronce (Nocete el alii, 1986; Lizcano el alii, 1990) y las "granjas" localizadas en los bordes del pantano del río Rumblar, que debieron formar parte de un hábitat disperso desaparecido con los conflictos de fines del Califato. Los distintos grupos de unidades habitacionales están perfectamente comunicados por una serie de calles y pasillos estrechos que van recorriendo el poblado y que ponen en comunicación las distintas áreas de habitación. En Peñalosa se han distinguido cuatro grandes áreas: Terraza Inferior, Terraza Media, Terraza Superior y Fortificación, en base a las zonas de excavación (Fig. 2). El poblado está defendido naturalmente en la parte occidental, mientras que en la oriental está cerrado por un gran muro, reforzado con bastiones macizos, y que a su vez dirigen la estructuración del espacio en la fase lIlA. En él se ha localizado una puerta estrecha de acceso que conduce a un pasillo zizagueante y fácilmente defendible. En la parte superior del cerro se han documentado restos de una fortificación central compleja, afectada en gran parte por las excavaciones antiguas (Lám. Actividades de producción y consumo. La unidad doméstica Se han determinado en la zona excavada un total de 10 Unidades de Habitación -UH- (Contreras el alii, 1993a(Contreras el alii,, 1993b) ) que incluyen diversos espacios separados (Complejos Estructurales, CE), dedicados a diferentes actividades, aunque a veces más de una compartió la misma zona. La especialización de los espacios en los poblados de la Edad del Bronce ya había sido referida en algunos lugares del sur de la Península Ibérica (Lull, 1983; Malina el alii, 1986), habiéndose señalado también para algunos poblados "especializados en la coerción" de la Edad del Cobre (Ruiz el alii, 1986; Nocete el alii, 1987; Nocete, 1994) y existiendo también en momentos del Neolítico Final en estructuras muy diferentes excavadas en el suelo y que tradicionalmente habían sido desestimadas bajo el nombre genérico de silos (Lizcano el alii, e.p., 1993). En este contexto lo importante en la configuración del espacio en el poblado de Peñalosa no es la especialización de las diversas áreas sino la consolidación de la unidad familiar reflejada no sólo en la presencia de las tumbas familiares (3), sino también en la definitiva asociación a las unidades de habitación de determinadas actividades que antes se hallaban en algunos casos separadas, como la metalurgia del cobre a gran escala tal y como se había documentado en Los Millares (Arribas et alii, 1987; Delibes el alii, 1988; Moreno, 1993). De tal manera en diferentes casas del poblado (UH l, n, V, VI) se han podido rastrear espacialmente diversas fases del proceso metalúrgico del cobre: molienda del mineral, reducción, fundición y vertido en moldes. No se aprecia una especialización de las viviendas en cada una de estas fases, tal como plantea Lull (1983: 319) Lám. nI. Peñalosa: fortificación. p. ej. para La Bastida de Totana (Murcia), sino que se realizan en distintas habitaciones de la misma casa. Algunos de los espacios dedicados a la metalurgia solían estar descubiertos como se manifi esta en los CE Vlh, Vlg y IIa (Figs. U n hecho que las excavaciones aun no han podido demostrar es si la presencia de múltiples espacios dedicados a la metalurgia en algunas casas (VI) está en relación con la posición social de sus ocupantes, que viene indicada por la presencia de cerámicas específicas en el contexto doméstico (incluyendo algunas cerámicas decoradas) y por el ajuar y el tratamiento de los cadáveres que incluye. En La Bastida de Totana (Murcia), Lull (1983: 319 y 324) plantea esa diferenciación en base a la cantidad de instrumentos y la presencia de elementos de prestigiolriqueza en los enterramientos infantiles que incluía la habitación/casa XXI/XI. El problema fundamental es que al noroeste de Peñalosa el panta-no d. el Rumblar con su actividad erosiva ha cercenado el extremo de muchas de las casas documentadas en el área más baja (especialmente la conexión entre las UH III y IV). Más fácil es, de momento, comparar el ajuar cerámico presente en las diversas casas. El análisis morfométrico de la muestra (Contreras el alii, 1992) indica una diferenciación entre los elementos presentes en la Terraza Media y los que localizamos en la Terraza Inferior, y sobre todo, y respecto a los demás, destacan los materiales que constituyen la casa VI. Incluso hay indicios para señalar la diferenciación entre las casas en que está presente la metalurgia y las que no, naturalmente dejando a un lado los elementos propiamente relacionados con esta actividad (crisoles, vasijas-horno, moldes, etc.), aunque debemos precisar que esa relación se deriva de la oposición entre almacenaje de grano a gran escala y metalurgia en cuanto a las subdivisiones de las casas, y a su vez entre la diferente representación de las especies animales consumidas en la Terraza Inferior y en la Superior. Almacenamiento de determinados productos. La diferenciación entre las unidades familiares La oposición entre los espacios dedicados al almacenaje de grano (Lám. IIb) Y los dedicados a las actividades metalúrgicas se da al interior de las mismas casas, como exponen claramente las UH. Sin embargo, la modalidad de los sistemas de almacenaje y la cantidad de recipientes empleados varía en cada caso. Merece destacarse el CE IVa (Lám. IV) por el gran número de orzas que contenía así como por la gran cantidad y variedad de especies cereales, acompañadas de malas hierbas (Contreras el alii, 1992). Ello nos permite aproximarnos con más cautela a los restos de recipientes de almacenaje recuperados en la zona más elevada y más fuertemente fortificada del yacimiento (UH X), descartando un control centralizado del almacenaje de grano (Contreras el alii, 1987, 1991). Por ello, viendo en conjunto los datos del registro arqueológico de Peñalosa, nos inclinamos por valorar otros elementos como más claros exponentes de la diferenciación social y objetivos del poder. Nos referimos a los rebaños, especialmente los compuestos por bóvidos y équidos cuyos restos se concentran en la zona alta del poblado. Esto constituye una prueba indirecta de la apropiación de los rebaños de forma familiar o, al menos, de su consumo en tal forma. La reproducción del poder de estas élites en esta zona serrana se basó sin emb argo en el control de la canalización del metal que aportaba beneficios relativos al resto de la población y que garantizaba las contrapartidas desde los centros políticos de la D epresión Linares-Bailén; pero que también servía aquí para exhibir el rango de los poderosos, su derecho a la propiedad de determinados elementos de acumulación de riqueza (como los animales arriba referidos), y en definitiva la dirección de la comunidad. Así aun cuando suprimamos del total de équidos y bóvidos de las casas VI, VII Y X el ajuar faunístico de la tumba n° 7, localizado, como después señalaremos, en un a estructura aneja, la diferencia con las otras zonas del poblado sigue siendo im portante y además la movilización en favor de los antepasados resulta aún más significativa, especíalmente al incluir las partes anatómicas de más valor nutritivo. Símbolos domésticos y producción economlca. La cerámica decorada y su distribución desigual Si los elementos decorados están presentes en casi todas las casas de Peñalosa (4) ni su ca ntidad ni su variedad de motivos es comparable, des tacando de nuevo en estos aspectos las U H VI y VII. Prescindiendo de la descripción de los motivos decorativos presentes, debemos resaltar su asociación con espacios inmediatos a la producción metalúrgica, a excepción de la casa nI, cuyo límite oeste no se ha podido determinar debido a la erosión del pantano. E llo abre interesantes posibilidades en cuanto al origen de estos elementos en conexió n con los motivos campaniformes, que numerosos autores (S henn an, 1982) han vinculado con la expansión de la metalurgia. No debe olvidarse en es te caso que en las estribaciones meridionales de Sierra Morena y las zo nas aledañas la metalurgia se constata desde el Cobre Enal (Pérez et ahí, 1992a(Pérez et ahí,, 1992b(Pérez et ahí,, 1992c;;Nocete, 1994). Otra posi bilidad es más indirecta y vincul a estos eleme ntos con las poblaciones meseteñas a través del río Grande (5), aunque, en cualquier caso, la metalurgia presente en Las Motillas, al menos en las fases de segunda fundición y vertido en moldes, tie-(4) Se trata de un elemento q ue podría diferenciar las formacion es social es del " Horizonte argá rico del Alto Guada lquivir" de aquéll as q ue se sitúan en el orien te granadino, donde los eleme ntos decorados parece n más escasos o ligera mente más tardíos (Molin a, 1978), y en el caso de Purullena tambi én mucho más puros y relaciona bies con la Meseta (Molina y Pareja, 1975; Moli na, 1978; Contreras, 1986). E n otras zo nas del va ll e del G uadalqui vir, exteriores a tal horizonte, también se ha co nstatado el fe nómeno (Aubet el alü, 1983), qu e permite la conex ió n co n el complejo " Horizonte Ca mpani form e" de dicho va lle (Caro, 1989). Sin embargo, o bien se ha negado la ev idencia querié ndola retrasar en el tiempo (Martín de la Cr uz, 1989), o bien se ha recurrido a la misma explicación di fusionista con respecto al boquique y a la excisión que ahora algunos au tores (Ca ro, 1989) señalan que se difundiría n desd e el Guadalqu ivi r a la Meseta, olvidando que tampoco all í hay rupturas co n el Campaniforme (Delibes y Fernández-Mirand a, 1986-87; incluso al ni vel de los enterrami entos Jim eno, 1984; Esparza, 1990) a través de lo que se ha denominado Proto-Cogotas. (5) O más al oeste, a través de l río Jándula, un a vía tradiciona lmente casi tan importante como Despeñaperros. Sería útil relacionar estos elementos decorados con la posición social de los habitantes de las casas en las que aparecieron no sólo en Peñalosa sino en otras zonas del "Horizonte Argárico del Alto Guadalquivir" alejadas de los filones (7). En este sentido contamos con algunos datos que pueden apoyar la hipótesis de la relación de estos elementos con determinadas capas de la población. Así, en las excavaciones de la provincia de Jaén frente a la concentración documentada en lznatoraf (Ruiz et alii, 1986) contamos con algunos fragmentos decorados en los niveles de habitación de Baeza (Zafra y Pérez, 1992) y muy pocas referencias en Úbeda (Ruiz et alii, 1986), lo que sugiere que estos elementos se concentraban en todos los casos en determinadas zonas del poblado, y que la presencia diferencial de la cerámica decorada no es así el resultado de un mayor o menor arcaísmo como se había sugerido (Ruiz et alii, 1986), sino la combinación de la concentración en determinadas viviendas y la aleatoriedad de los sondeos arqueológicos. (6) Lo cual no implica que deba rechazarse o minusvalorarse la actividad metalúrgica en todas las zonas de la Submeseta Sur como pretende Ruiz Taboada (1993: 314) dado que la propia evidencia presentada por el autor desmiente este hecho (sobre todo en el yacimiento de El Guijo). Indudablemente no existe comercio en sentido estricto pero ello no supone que no existan redes de distribución entre las élites de las diversas formaciones sociales y sobre todo relaciones tributarias entre los diversos poblados de una misma formación social (como incluso parece plantear para los pequeños poblados agrícolas del valle del Algodor). En otro orden de cosas su valoración de la actividad ganadera y los desplazamientos no desemboca en una apreciación del papel del ganado en sí como elemento de acumulación y jerarquización social sino sólo como un alimento o un bien intercambiable por elementos presuntamente permanentes como el metal (Ruiz Taboada, 1993: 318). (7) El "Horizonte Argárico del Alto Guadalquivir" será objeto de la segunda parte de este trabajo (Trabajos de Prehistoria, 52, 2, 1995), pero adelantamos aquí que utilizamos el término para referirnos a aquellas comunidades del este y norte de la provincia de Jaén que tanto por su patrón de asentamiento como por las características internas del habitat, incluyendo la generalización de los enterramientos bajo las viviendas, se relacionan con las comunidades argáricas del Sureste. Pero remarcamos el hecho de que ambos grupos no forman parte de una única Formación Social y que ni siquiera dentro de cada uno de ellos podemos hablar de unidad social en tales términos. EL REGISTRO FUNERARIO EN PEÑALOSA Las sepulturas: tipos y distribución La presencia diferencial de las sepulturas en los distintos espacios domésticos y en las distintas fases Las sepulturas se caracterizan no sólo por sus rasgos formales (cista o urnas), sino también por su localización, bajo las unidades de habitación. El poblado, por tanto, funcionaba como lugar de morada de los vivos y de los muertos. Esto traduce de una manera clara la significación que para los habitantes de Peñalosa tenían sus difuntos, a los cuales no solo rendían cultos rituales, cifrados en las creencias relativas al "más allá", sino que también llegaban a venerarlos como antepasados notables, manteniéndolos cerca, seguramente para simbolizar de una manera directa la ascendencia que algunos vivos mostraban con orgullo, sobre todo en aquellos casos en que importaba justificar conceptos de sangre y lina-Je. El-ritual es siempre la inhumación, individual o doble, casi siempre incluyendo en esos casos hombre y mujer, y en algunas ocasiones niños. Esto nos demuestra el gran papel que dentro del seno de las organizaciones sociales de la Edad del Bronce del sur peninsular habían llegado a desempeñar los núcleos familiares y los individuos, siendo elementos capaces de sugerir la ostentación del prestigio, la alcurnia, la riqueza y el poder. Las sepulturas son un buen indicador para poder delimitar los distintos conjuntos espaciales, ya que normalmente cada unidad habitacional cuenta con una o dos sepulturas. No en todos los espacios de Peña losa se han localizado enterramientos ni tampoco existe una representación igual para las fases lIlA y lllB. Los escasos restos humanos de la fase IIlB se han recuperado bajo el CE VIl e, afectados por la construcción de uno de los muros que lo delimitan y mostrando cómo en esa primera fase los enterramientos se realizaron en el espacio abierto que quedaba junto al muro de cierre original del poblado (Contreras et alii, 1991). Otras evidencias sobre enterramientos en espacios abiertos no pueden situarse en una fase u otra y se reducen a hallazgos superficiales de determinados recipientes y a la tumba 12 en el farallón rocoso, muy afectada por la erosión e imposible de asignar a cualquiera de los dos momentos. Sin embargo contamos con una documentación mucho mejor de los enterramientos que se sitúan al interior de las viviendas en la fase lIla, especialmente porque, debido al abandono del poblado, no han sido afectados por construcciones posteriores. Hay por el contrario determinados espacios en los que no se producen inhumaciones, especialmente en las Terrazas Media y Superior de la ladera norte, relacionados en muchos casos con las actividades metalúrgicas. En la Terraza Superior la mayoría de las tumbas de la fase lIlA se realizaron en habitaciones de uso exclusivamente funerario, en algunos casos embutiendo verdaderas cistas en espacios estrechos (CE Xld y VIlg). Por el contrario, hemos de señalar que en el complejo estructural -VIIa, donde no podemos relacionar los enterramientos con las actividades que allí tuvieron lugar, debido a las alteraciones producidas por una fosa romana en el extremo oriental y a la erosión en el occidental, tenemos inhumaciones en huecos de la roca revestidos y también un pithos con enterramiento infantil (Lám. En la Terraza Media la tumba 7 (Lám. Vb), construida en el centro de la vivienda (CE Vlc) a través de una estructura de mampostería de grandes dimensiones, adquiere un carácter verdaderamente monumental (Contreras et alii, 1991). En la Terraza Inferior las tumbas localizadas se sitúan junto al muro de fortificación, al fondo de las casas, en cistas embutidas en estructuras de mampostería utilizadas como bancos después de la inhumación, sobre los que se sitúan recipientes de almacenaje u otros elementos, lo que marca aún más la continuidad entre la vida y la muerte. Por último, dados los datos obtenidos de las excavaciones en extensión en las zonas arriba referidas, podemos plantear como hipótesis la existencia de espacios destinados a los enterramientos en el área inmediata a la fortificación central. Estas diferencias en situación y tipología de las tumbas tienen una importante relación con la desigualdad social a la que después nos referiremos tras estudiar los ajuares y las características físicas de los esqueletos. Conviene recordar aquí que las sepulturas bajo las viviendas quedan enmascaradas para el resto de la sociedad en lo referente a contemplación, percepción de su monumentalidad y contenido; aunque, por un lado, la continuidad con los vivos justifica la herencia de éstos, su. posición y, por otro lado, la fuerza simbólica de la tumba queda aumentada por su continente, las viviendas entre las que ya se apreciaba la desigualdad, incluso como veremos entre los que viven y mueren en ellas, y que en cierto modo podrían considerarse una nueva forma de túmulo con respecto a las tumbas que incluye. El número de inhumados y el carácter del poblado Aun teniendo en cuenta las pocas fases de ocupación documentadas en el poblado de Peñalosa durante la Edad del Bronce (fases lIlA y I1IB), las tumbas hasta ahora localizadas pueden considerarse muy escasas en relación a la superficie excavada en profundidad. Así con la salvedad de que la introducción de varios cadáveres, emparentados sin duda en la misma tumba, y el hecho de la concentración de estas estructuras funerarias en determinados espacios pueden distorsionar los resultados, podemos señalar que no toda la población accedía al enterramiento en el interior del poblado. En cualquier caso, debemos resaltar la interesante diferencia que parece apreciarse en la proporción de enterramientos por superficie excavada entre Peñalosa y los poblados que consideramos políticamente centrales en la zona, tanto por sus antecedentes o perduración como por los resultados de algunas excavaciones en la zona de La Loma de Ubeda (Zafra, 1991; Zafra y Pérez, 1992). En estos últimos, la concentración de enterramientos, aun teniendo en cuenta la superposición de fases estratigráficas, es mucho más evidente (Ruiz el alii, 1986; Hornos el alil, 1987; Zafra, 1991; Zafra y Pérez, 1992). Parecería así un poco sorprendente esta diferencia si se contrasta con la argumentación de que en la "periferia" de estas formaciones sociales, en los poblados metalúrgicos de los límites de su expansión hacia el oeste, la abundancia de material metálico conduce a un mayor enmascaramiento de la desigualdad por la emulación entre las diferentes unidades familiares. Este viene auspiciado también por la necesidad de mantener la cohesión interna en las cercanías de la frontera de las formaciones sociales que ocuparon la Depresión Linares-Bailén, entendida ésta, indudablemente, en términos políticos, y que viene sugerida por las características del hábitat, cultura material mueble y enterramientos Sin embargo, creemos que lo importante en este caso era establecer el sistema en un primer momento, simbolizar la posición social en la construcción de la casa, en los primeros enterramientos y en su contenido. Ello además impediría el empobrecimiento exagerado de la capa social de base, al no tener que movilizar constantemente recursos en la emulación de los nobles, evitando de esta forma, temporalmente, la ruptura del sistema social vigente. Los enterramientos han sido analizados individualmente identificando todas las piezas, en los casos en que ello fue posible, para obtener información sobre sexo, edad, patología, caracteres cualitativos, dimorfismo sexual, actividades ocupacionales, etc. Para ello han sido utilizadas las técnicas antropológicas habituales (Olivier, 1960; Bass, 1971; Finnegan, 1978; Ferembach et alü, 1979; Lovejoy et alii, 1985; Ortner y Putschar, 1985). El material se encuentra en mal estado de conservación, debido posiblemente a la composición química y acidez del suelo. En general son los huesos largos y piezas dentarias los mejor preservados. La metodología empleada, gracias al proceso de flotación de tierra tanto del suelo de ocupación como del sedimento procedente de recipientes, ha hecho posible encontrar piezas dentarias de individuos infantiles. La diferente representación de sexos y edades En el total de las 17 tumbas excavadas en Peñalosa la representación de los sexos, pese al problema de identificación de los individuos infantiles (hasta 12 años), muestra importantes diferencias, hasta el punto de que los hombres, en los casos determinados, doblan a las mujeres. Ello es consecuencia directa del hecho de que en la mayoría de las ocasiones las mujeres acompañan en las tumbas a los hombres (excepto en la tumba 9). En este sentido es significativo que en las tumbas con dos inhumaciones encontremos bien enterramientos de individuos infantiles con adultos (tumbas 4 y 13), bien un hombre y una mujer (tumba 1), mientras en los enterramientos triples encontramos, en los dos casos hasta ah 0- ra excavados, dos varones y una mujer (tumbas 2 y 7)'. También en cuanto a las edades (Tabla 1) la distribución es muy diferente, y si la ausencia de individuos seniles puede indicar la esperada baja esperanza de vida, el corto número de niños no se relaciona con la mortalidad infantil que se daría en la época, hasta el punto de que sólo contamos con un individuo entre los 6 y los 12 años. Un hecho interesante, en relación a los enterramientos infantiles es su importante concentración en la UH III (tumbas 11, 15A Y 15B), especialmente por la tipología de la tumba 15 (Lám. VI), al tratarse de recipientes embutidos en un banco y con restos de niños al interior, en el caso de la 15A con indicios de combustión. Las distintas enfermedades y el esfuerzo diferencial. La apropiación del trabajo El individuo depende del medio que le rodea como fuente de vida, viéndose sometido a distintos factores de estrés que afectan a su adaptación. La respuesta a la presión ambiental depende entre otros factores de la edad, el sexo, la resistencia y 1a susceptibilidad genética de cada individuo (Goodman et alii, 1988; Woods et ahi, 1992), al igual que de la duración y, sobre todo, la severidad del estrés al que se vea subordinado (Walker y Hollimon, 1989). Entre los numerosos marcadores de estrés que permiten evaluar las respuestas adaptativas del individuo al medio ambiente, hemos elegido un total de diez indicadores: cribra, hiperostosis, hipoplasia, caries, pérdida ante mortem, parodontosis, fracturas, periostitis, exóstosis y artrosis. Las lesiones más frecuentes son la artrosis, exóstosis, periostitis (respuesta inflamatoria del periostio que tiene origen en lesiones traumáticas, enfermedades infecciosas, deficiencias nutricionales y trastornos hemodinámicos), así como las relacionadas con las piezas dentarias, caries e hipoplasia (deficiencias en el grosor del esmalte dentario relacionado con fases de detención del crecimiento como consecuencia de diversos factores, entre otros períodos de malnutrición ). El estudio paleopatológico indica que al menos el 50% de los individuos analizados presentan algún tipo de lesión. Las artrosis podrían estar relacionadas con fenómenos de actividad física prolongada en el tiempo y esta hipótesis, estaría apoyada en la edad madura de la mayoría de los individuos afectados y en la actividad minera que sabemos se desarrolla en el poblado. No se ha detectado ningun a patología inesperada. Es relativamente frecuente la existencia de hipoplasia dental y cribra orbitalia, conocidas carse por un a escasa hi gie ne bucal y/o la me no r resiste ncia tisul ar a los agen tes bacterianos de bido a una dieta deficiente) e n los indi viduos adu ltos, mi e ntras que las a lteraciones m ás graves del tejido óseo, como la artrosis y exóstosis, suelen afectar a personas de edad ava nzada. Llama la atención las patologías asociadas a la frac-tura de clavícula de l varó n de la Tumba 2 (Lám. VI I) Y la fractura de l radio de l varón de esa misma tumba, producidas muy probablemente por un a caída. Los datos paleopatológicos d e Peñalosa muestra n una importante difere nciación e ntre los individ uos que se sit úa n e n la tumba 7 y los resta ntes. E n casi todos los casos existe n anomalías que pueden a tribuirse a problemas nutricionales o de presión a mbie ntal gene ral, como la cribra orbitalia y la hiperostosis, y sobre todo la hipoplasia de l esmalte relacionada con pe ríodos de detención del crecimi e nto, localizada e n cinco de los nueve individuos que conservaban los ca ninos permanentes, sie ndo destacable el hecho de que el individuo masculino adulto de la tu mba 7 pese a conservar la m ayoría de los caninos no presenta ba tal lesión, a unque sí la te nía el juvenil de la mism a tumba. Más diferencias muestran las alteraciones relacionadas co n los patrones de actividad, siendo especialm e nte importa ntes las malformaciones de los individuos masculin os de la tumba 2 (e incluso del indi viduo femenino de la misma tumba con exostosis) que cue nta n con fracturas, periostitis, exostosis y artrosis. Lesiones importa ntes también se e ncue ntra n e n los individuos masculin os adultos de las tumbas 10 y 12, Y e n la muj e r madura de la tumba 9 con a rtrosis. P ese a que esta e nfe rmed ad está tambié n presente e n las vé rte bras del varó n ad ulto de la tumba 7 el hecho de que esta parte del cuerpo no se conserve en los otros indi viduos puede distorsionar las conclusion es, de bi e ndo te ne rse e n cuenta ade más que pese a la a bunda nci a d e costillas y e xtre mid ades de esta tumba no se ha localizado e n ningun o de estos ele me ntos la re ferida patología. Por otra parte la presencia de esthesopatías, lesiones claramente re lac ion ad as co n el sobreesfu e rzo muscular, se da de nuevo e n dos individuos de la tumba 2 (Lá m. VII), do nde también co nta mos con fracturas. Aun teniendo e n c ue nta lo precario d e la muestra creemos qu e los resultados prueban algun as de las hipó tesis sobre je rarquización social que había mos propuesto y cuyos res ultados desarrollamos a pa rtir d e aq uí. El ajuar y su significación Los e lem entos cerá micos localizados hasta a hora e n las tumbas excavadas d e Pe ñalosa muestra n escasas similitudes con los que se han T. P., 52, n. o 1, 1995 recuperado de las habitaciones (8). Muy proble-. mática es, sin embargo, la localización de una copa en el CE Ha (UH 11) que el estudio microespacial y estratigráfico ha permitido relacionar con un banco/cista construido en un momento avanzado del uso de la casa, como muestra la sustitución de un hoyo de poste por otro situado al otro lado del tabique que lo separa del CE lIb, Y que se encuentra parcialmente violada como otras de la zona baja del poblado al descender las aguas y quedar al descubierto ante los expoliadores, por lo que no se ha incluido en el listado de sepulturas al no localizarse restos humanos en ella. El otro ejemplar de copa, decorado con mameloncillos junto al borde, se halló en la tumba 6, acompañando a una botella, dos pequeños cuencos y un puñal. La mayoría de los materiales depositados e n colecciones particulares proceden, como se esperaba, de sepulturas, según los resultados del análisis morfométrico multivariante que incluye como elementos típicos funerarios, junto a las copas, determinados vasos carenados, botellas y vasitos de fondo convexo. En cuanto a las piezas metálicas de cobre, tampoco los grandes puñales se han recuperado fuera de las sepulturas, siendo punzones y puntas de flecha los hallazgos metálicos más corrientes en los contextos domésticos. En relación a esto hemos de señalar que los elementos metálicos individuales de prestigio (puñales, hachas, etc.) debieron acompañar a los habitantes de Peñalosa cuando abandonaron el poblado y no así los recipientes pesados o los elementos fácilmente sustituibles. Incluso en el caso de los brazaletes, aquéllos que proceden con seguridad del interior de sepulturas están realizados en plata, mientras otro localizado en superficie fu e realizado en cobre, aunque también podía proceder de una sepultura destruida. En general, la frecuencia de tumbas dobles y triples en el asentamiento de Peñalosa, teniendo en cuenta las que hemos excavado hasta ahora, impide precisar la asociación de elementos cerámicos y metálicos a un sexo determinado y, en cualquier caso, algunos de los elementos de (8) Un fenóm e no que se ha sugerido también para la provincia de Granada (Carrasco, 1979; Contre ras, 1986: Contre ras el alii, 1987-88) pero qu e no parece darse en la zo na alm e ri ense según los resultados de Fu e nte Alamo p. ej. (Lu ll, 1983: 237). 52, n.o 1, 1995 ajuar revelan lo problemático de tal adscripción y de la identificación sin estudios antropológicos previos, fenómeno que también se detectó en Purullena (Molina, 1983). En este sentido, las pulseras de plata presentes en la tumba 7 se relacionan con un enterramiento en el que los dos individuos mejor conservados son varones, aunque hay una mujer. Más importante aún es la asociación en la tumba 9 de un puñal a una muj er adulta, lo que habría que relacionar con la concentración en esta habitación (UH 111) de enterramientos de niños menores de dos años en todos los casos, tanto en las tumbas 15a y 15b (embutidas en el banco (Lám. VI) y utilizando recipientes medianos para la inclusión de los restos), como en la tumba 11 (adosada al muro sur y cubierta por una laja). La asociación de ambos hechos, el enterramiento femenino con puñal y la concentración de niños, puede destacar la importancia del lazo familiar. Para explicar el ajuar incluido en la tumba 9 (puñal y punzón de cobre y tres vasos cerámicos) debemos tener presente la posibilidad de que el mi embro masculino de la familia desapareciera en cualquier expedición, aunque por ello mismo no se puede descartar que a través de la madre el nivel guerrero asignado a esta familia se mantuviera para sus hijos supervivientes (los que lograran alcanzar la edad requerida), impidiendo así la caída de la familia en la servidumbre. De tal forma la oposición hombre/muj er habría pasado a segundo plano frente a la diferenciación en clases, lo que vendría avalado también por la asociación a enterramientos femeninos de ricos ajuares con adornos en metales preciosos y armas en las tumbas de Purullena (Molina, 1983). Dos situaciones más hay que discutir en relación a este tema. En primer lugar el nivel de riqueza similar al de la tumba 9 que presenta el ajuar de la tumba 6, aunque incluyendo la copa, un elemento que tradicionalmente se ha considerado qu e indica una elevada posición social (Molina, 1983; Lull y Estévez, 1986). En este se ntido lamentablemente la otra sepultura que se loca li zaba en la UH IV (tumba 16) fue expoliada aunqu e los restos de un cuenco parabólico parecen indicar un ajuar similar. Del mismo modo en la UH TI el hallazgo de una copa en las inmediaciones de una cista/banco expoliada nos reafirma en la consideración de las tumbas de esta parte del poblado, al menos las excavadas, como las correspondientes a la población gue-rrera/campesina, susceptible de movilización general y de formar el séquito aristocrático en algunos casos, no exenta, especialmente en el caso femenino, de la realización de trabajos pesados como muestran los análisis paleopatológicoso Se trataba así de una comunidad fuertemente jerarquizada como indican el rico ajuar, por su excepcionalidad, y el estado de los cadáveres de la tumba 7, junto al repertorio material de la casa en que se sitúa, pero en la que la base aun no había caído en un estado de servidumbre y opresión generalizada. Sin embargo, hay indicios de que esto sí afectaba a parte de la población, probablemente sin ninguna propiedad, obligada, al menos, a enterrarse con sus señores, y constituyendo, junto al ganado apropiado, la base de su poder, de su capacidad de acumulación. Podría ser éste el caso de la tumba 1 en la Terraza Superior en un contexto habitacional importante pero mostrando ajuares pobres y estado físico lamentable. Se daría así una alta tasa de explotación de una pequeña capa de la población lo que se combinaría con la explotación tributaria entre los poblados que perteneciesen a la misma formación social y con la rapiña esporádica sobre otras comunidades. En la zona más elevada del área excavada (Terraza Superior, Fig. 2), sólo la tumba 2 (Lám. VII), con un hombre adulto y una mujer madura, presenta un ajuar relativamente abundante (un puñal y una lezna de cobre y dos vasos cerámicos) debiendo destacarse la posibilidad de que se tratara en los demás casos de esta zona (tumbas 1, 15... ) de siervos o, al menos, capas no guerreras de la población, encargadas de las tareas más duras, tal y como sugiere el análisis paleopatológico. Como hemos dicho, la tumba 7 (Lám. Vb), situada en la Terraza Media (Fig. 4), durante la fase lIlA, corresponde, sin duda, a los miembros de la clase nobiliaria de Peñalosa, dada la presencia de elementos en plata, los caracteres fisiológicos de los inhumados y sobre todo las características de la tumba en sí, en una habitación creada expresamente para ella en un momento posterior a la primera utilización de la casa VI (Contreras el alií, 1991 y 1993a). Dicha tumba se diferencia tanto de las de la Terraza Superior, en espacios estrechos inutilizados, como de las de la Terraza Inferior en cistas incluidas en bancos que sobresalen del suelo y sobre los que apoyan los recipientes del suelo de ocupación de las casas. Otro elemento que apoya la división en clases, junto a la referida tumba 7 (Lám. Vb) del poblado y la pérdida de significado relativo de la división sexual, es la presencia junto al individuo femenino de edad adulta de la UH X de un arete de oro, hallazgo excepcional en Peñalosa. La infección que presenta esta mujer, anomalía única en su esqueleto, tal vez fue la que le provocó la muerte. La relación con la posición en el poblado y en las unidades domésticas En la Terraza Inferior de Peñalosa todas las tumbas localizadas con certeza se situaban en la zona oriental (Fig. 3), la más alejada de la entrada y junto al gran muro de fortificación que sirve de límite al poblado al este durante la fase lIlA, aunque antes de afirmar concluyentemente nada debemos tener en cuenta que se trata de la zona mejor conservada de estas casas, tanto por la entidad del muro de cierre como por la dirección de los embites del pantano. En cualquier caso las tumbas en esta zona son todas bancos/cistas realizadas a través de una excavación primaria sobre la roca, después revestida de" lajas de pizarra que quedan incluidas en un banco sobre el que se situarían incluso recipientes (Contreras el alií, 1991). Las diferencias entre las tumbas al interior de la misma casa en este área no se pueden analizar dado que en ningún caso hemos localizado dos intactas (a excepción del tratamiento diferencial que reciben los niños de pequeña edad, según se documenta en la casa III), pero las tumbas hasta ahora estudiadas parecen corresponder a los guerreros/campesinos (o sus esposas) del poblado, la base del poder aristocrático. Las tumbas situadas en la Terraza Media durante la fase lIlA corresponden a los miembros de la clase nobiliaria de Peñalosa, dada la presencia de elementos en plata, los caracteres fisiológicos de los inhumados y sobre todo las características de las tumbas en sí, realizadas ocupando pasillos, habitaciones que quedan inutilizadas o en habitaciones creadas a tal fin (Contreras el alii, 1991, 1993a). En cualquier caso, en muchas de estas tumbas el ajuar y los caracteres físicos de los inhumados revelan el hecho de que en estas casas se inhumaron también siervos que realizaron los trabajos más du-T. P., 52, 0.° 1, 1995 ros en favor de los nobles, dándose incluso posibles enterramientos con poca preparación embutidos en los muros como la tumba 3 en el CE Vigo De todas formas los datos paleopatológicos debemos manejarlos con cuidado, como muestra la tumba 13 (CE Xb) en la que las enfermedades infecciosas pudieron producir la muerte a la mujer adulta que incluía, pero cuya vinculación al poder viene mostrada no sólo por su posición junto a la fortificación (9), sino por la presencia de un anillo de oro en esta tumba. LAS DIFERENCIAS SOCIALES EN UN AVANCE En el registro de Peña losa los análisis antropológicos han sido fundamentales a la hora de determinar el importante papel de los lazos familiares, dada la asociación de hombres y mujeres en las mismas tumbas y de niños en las cercanías de algunas tumbas de adultos, ya referidos en numerosas publicaciones (Molina el alü, 1975; García Sánchez, 1979). También en este sentido debemos agradecer que los estudios paleopatológicos, en concordancia con otros anteriores para otras zonas del sur de la Península Ibérica (Jiménez y García Sánchez, 1989-90), hayan mostrado la importante diferencia- (9) Hecho presente también por ejemplo en el rico enterramiento infantil de Monachil (Molina, 1983), y en las tumbas "principescas" del área superior de Fuente A1amo (Schubart el a/ii, 1987a(Schubart el a/ii,, 1987b(Schubart el a/ii,, 1993) ) donde destacan las largas espadas y los brazaletes de oro de las tumbas 1 y 75, Y el ajuar de adornos de la tumba 101. También en Gatas está muy agudizada la diferenciación social destacando especialmente la tumba 2 (Siret y Siret, 1890: 223-224; Chapman el alií, 1987) aun entre las que se han excavado en las campañas recientes (Castro el alii, 1990, 1991; Buikstra el a/ii, 1991), en las que se han localizado incluso algunos elementos de plata en las tumbas 24 y 29, que sólo pueden compararse al brazalete de la tumba 8, aunque es la alta proporción de enterramientos sin ajuar, si bien la mayoría de ellos eran infantiles, lo que más destaca, y en este sentido no podemos olvidar la tumba 26 (Castro el alii, 1991) en la que el esqueleto de una mujer, asociado a un enterramiento infantil, presenta hipoplasia y artritis (Buikstra el alii, 1991). Tampoco otros enterramientos de adultos en cista, como las tumbas 33 y 35 (Castro el alií, 1993) muestran un ajuar relevante, lo que parece destacar aún más la jerarquización que hemos referido y muestra además diferencias con el uso que en el Bronce Pleno de Fuente A1amo tendrán las cistas como enterramiento de la élite (Schubart el alii, 1987a). T. P., 52, n.o 1, 1995 ción interna en estas comunidades en términos de trabajo realizado y malformaciones consiguientes, hasta tal punto que aquéllos que han trabajado menos tienen asociados los elementos de ajuar más interesantes (aretes de plata p. ej.) y se sitúan en la tumba más espectacular (Contreras el alii, 1991). En otros casos se ha llegado a probar no sólo la diferencia tipológica entre la cerámica del poblado y la de la necrópolis (Molina el alü, 1975; Contreras, 1986) presente también en Peñalosa (Contreras el alü, 1990) sino incluso la diferencia en manufactura y materias primas empleadas, hasta tal punto que algunos elementos se realizan expresamente para su utilización como ofrendas funerarias, especialmente para la clase alta (Contreras el alii, 1987-88). Es interesante también la presencia de una estructura sellada con abundantes restos animales en el entorno de la gran tumba n° 7 de mampostería y con rico ajuar. Con el estudio del yacimiento ya muy avanzado y pese a la variedad de especies que incluye podemos concluir que se trata de ofrendas funerarias dado que la limpieza de los pisos de ocupación sugiere que la basura se arrojaría generalmente fuera del poblado. Allí también se desarrollarían las actividades metalúrgicas más contaminantes, documentadas gracias a las estructuras de la primera fase de ocupación (lIlE) selladas por las nuevas terrazas de hábitat que acompañaron la expansión del poblado en la fase lIlA (Contreras el alii, 1991(Contreras el alii,, 1993a)). En cualquier caso y pese a las limitaciones de la muestra la clasificación tripolar de la sociedad (nobleza, guerreros/campesinos, siervos), que desarrollaremos en la segunda parte de este trabajo, ayuda a comprender lo fundamental de las asociaciones documentadas en cada vivienda. Así todos estos elementos, junto con el análisis de las unidades domésticas, permiten discernir la presencia de siervos domésticos, al documentarse enterramientos ricos y pobres en las mismas estructuras de habitación (UH VIII). Esto se aprecia también en Purullena al eliminar de la muestra los enterramientos infantiles sin ajuar o asociarlos al grupo empobrecido (Molina, ] 983: 98), siendo muy significativo que numerosas veces cuando los niños presentan ajuar éste es abundante. No hemos documentado la unión de una clientela de guerreros en las mismas casas de los aristócratas pero su presencia en las casas inmediatas, dada la topografía de los asentamientos argáricos adquiere un doble sentido descendente y anular con respecto a las élites que pudo, sin embargo, ser más agudo en el caso de Fuente Alama (Schubart y Arteaga, 1986), y que tiende a reproducir el modelo tumular presente en otras zonas europeas y otros momentos históricos en los que las relaciones sociales estuvieron dirigidas por una clase noble. Esos siervos (10) pudieron desarrollar labores domésticas y ocuparse de los rebaños mientras los nobles se encargaban de la rapiña y la guerra, organizaban la distribución de los productos y el aprovechamiento de la tierra que en teoría aún no había pasado a propiedad familiar. En cualquier caso la oposición fundamental de clase al interior de esta sociedad se da entre la aristocracia y los siervos, adquiriendo las relaciones sociales entre la aristocracia y la capa de campesinos/guerreros un carácter subordinado que, sin embargo, puede tener un importante papel en la transformación social por la lucha de esta capa por evitar su empobrecimiento y la caída en servidumbre. (10) La caracterización como siervo se toma aquí e n un sentido restringido para referirnos a las personas directamente dependie ntes de las familias nobles, pero el término lo podemos e mplea r también para definir al conjunto de las clases explotadas de la época desde el momento en que la militarizació n supon e un freno a su libertad de desplazamiento y una amenaza sobre su vida y sus posesiones. De igual forma en las sociedades centralizadas anteriores, qu e consideramos formaciones sociales de tipo "asiático" se puede considerar que todos los campesinos son siervos del Estado. En cualquier caso el sistema no fue tan efectivo como e n otras sociedades aristocráticas mucho más recientes, con un excede nte enajenable mayor y un mayor desa rrollo de las fuerzas productivas que facilitaba no sólo éste sino la capacidad de exacción a través de las armas o la simple ex hibición de poder. es 94 F. Contreras Cortés, J. Antonio Cámara Serrano, R. Lizcano Prestel, C. Pérez Bareas, B. Robledo Sanz, G. Trancho Gallo ~ CONTENEDOR [d ESCALON • rOSA ffi1 HOYO POSTE • ),I a U NO O SIW gg:¡ ESTRl'c.T. HOYO POSTE [[1 ESTRUCT.
La colonización fenicia durante los siglos VIII y VI a.e. se concibe como una forma de comercio a larga distancia y de intercambio desigual con ulteriores implicaciones en el cambio social -pero no cultural-de las comunidades campesinas de la Edad del Bronce Final del Suroeste de la Península Ibérica, debido a la dependencia de las élites locales de aquellas relaciones y a la desestructuración económica que provocan. Se discute la importancia del trabajo del metal. La presencia fenicia en el interior, en contraste con los asentamientos costeros, se comenta para comprender mejor la fuerte aculturación orientalizante que se observa en el registro arqueológico (evidencia funeraria). Pese al avance de recientes aproximaciones (Plácido, 1989(Plácido,, 1993a(Plácido, y 1993b;;Cruz Andreotti, 1991) logrando una mejor contextualización de la imagen de Tartessos como producto de un proceso histórico -el de la Grecia arcaica-que nos proporcionan las escasas noticias de las fuentes literarias, lo insuficiente de su informa-clon. con su alto contenido de amhigüedad (Wagner. IYH6a: De Hoz. }YH9) hacen recaer el peso de la investigación en el estudio de los materiales arqueológicos. Este estudio. claro está. se efectúa según un enfoque y una metodología que responden. en realidad, a las ideas que tiene cada investigador de los fenómenos históricos. de lo que entiende por los factores que propician cambios y transformaciones en la dinámica de los acontecimientos y los procesos que los configuran. Algo. al parecer. tan evidente que casi nunca se explicita. Así, toda la discusión sobre las diversas interpretaciones que reposan en el análisis del registro arqueológico versa, en último término, sobre la forma de trabajar de cada uno, condicionada, se reconozca o no, por tales ideas previas. Hay quien, con una concepción idealista de la cultura y de los aconteceres históricos, se sirve sin más de los datos arqueológicos y literarios, ordenándolos e interpretándolos en una síntesis descriptiva basada en procedimientos inductivos según el más puro proceder normativista. Esta fuerte confianza en los datos en sí mismos, y en la información que proporcionan, se adereza otras veces con explicaciones a posteriori, utilizadas para justificar, implícita o explícitamente, la ordenación y selección mismas de los datos previamente realizadas. En tales ocasiones predominan las de carácter historicista y difusionista, y hay también algunas muestras de un acusado eclecticismo (Iudice Gamito, 1988) de decepcionantes resultados. Sólo en contadas ocasiones (Barceló, 1992) se procede a un planteamiento previo del modelo teórico del que se nutren las hipótesis a validar y contrastar. No obstante el dato en sí no es algo valioso, sino que adquiere su significado dentro de un marco teórico en el que se contextualiza, por lo que estoy totalmente de acuerdo con Carrilero (1993: 164) cuando afirma que: "el dato no es algo aséptico que aparece en una excavación arqueológica o en un texto escrito suceptible de ser interpretado, el dato es una elaboración intelectual de ordenación y evaluación según un modelo explícito, por lo tanto, éste constituye una síntesis, un punto de llegada que nos sirve para construir hipótesis que han de ser validadas o contrastadas". Así, el modelo que a lo largo de estas páginas se propone para su discusión, y que de forma menos articulada he defendido en publicaciones anteriores (Wagner, 1991(Wagner, y 1993a)). está elaborado desde una perspectiva que concihe la expansión fenicia arcaica (siglos VIII-VI a.e.) como una modalidad de comercio lejano inserta en un sistema mundial de relaciones centro/periferia, y caracterizada por una estrategia dinamizadora de los intercambios que origina la colonización, con la aparición de asentamientos próximos a las zonas en que se efectúan aquellos, y en la que la necesaria explicación de los procesos que ligan el centro y la periferia (Gilman, 1993: 107) se articula en un conjunto de relaciones sociales, económicas y políticas que se establecen en un contexto de intercambio desigual (Wagner, 1991(Wagner,: 15 y 24, 1993a:: 105 y e.p.). Un modelo que, desde la perspectiva de la arqueoantropología materialista, pone el énfasis en las relaciones sociales, la desigualdad y la explotación, en vez de en los aspectos puramente culturales que creo justificadamente criticados (Alvar, 1994: 39), y cuyas implicaciones son: a) el carácter aldeano de la formación social tartésica antes de su contacto con los colonizadores fenicios; una sociedad estructurada en torno al parentesco y con un modo de producción doméstico como forma económica domi- nante, que se verá transformada a consecuencia del contacto colonial. Contacto que se articula en el ámbito de un b) comercio colonial, como una modalidad de comercio lejano y de intercambio desigual que aquél conlleva como modos de transferir riqueza desde una formación social a otra, dando como resultado c) una transformación que se produce, no en el sentido de "progreso" histórico a que tantas veces se alude y sin las consecuencias "modernizantes" ("apogeo económico", "economía de mercado") que se le atribuyen, y en la que es preciso distinguir el cambio cultural del ca. mbio social que tan frecuentemente se confunden. Una transformación que, por el contrario, permite a las élites emergentes utilizar el comercio colonial para apropiarse del excedente, manteniendo una posición de prestigio y privilegio en la que el control de la redistribución favorece los intereses de los fenicios al capacitarlas para movilizar la fuerza de trabajo que éstos demandan en forma de materias primas, pero que acentúa la tensión con las formas de organización tradicionales, favoreciendo el tránsito a formas acusadas de desigualdad económica, al tiempo que produce dl 'pl' ndl'ncia técnica y subordinación económica. En tal contexto d) la aculturación orientalizante se constituye en una estrategia no violenta de explotación colonial, mediante la cual las élites autóctonas quedan subordinadas a las decisiones e intereses que se imponen desde la jerarquía colonial. y e) la presencia colonial en el interior en un medio de dinamizar los intercambios y de atenuar las tensiones en el centro (las ciudades de Fenicia) mediante la manipulación de la periferia. Procede, por tanto, la validación y contrastación de tales propuestas. A tal respecto el registro arqueológico no es lo completo que se desearía, consecuencia en gran parte de que las investigaciones arqueológicas se hallan realizado muchas veces desde posiciones puramente intuitivas y especulativas sin más referencias teóricas de partida (Carrilero, 1993: 163; López Castro, 1993), pese a todo lo cual la documentación disponible no desarmoniza, en mi opinión, con la interpretación que propongo. EL CARÁCTER DE LA FORMACIÓN SOCIAL TARTÉSICA Pese a los variados intentos por despejarla, el carácter de la formación social tartésica antes de su contacto con los fenicios continúa siendo en gran medida una incógnita. Ello no ha impedido que se realicen diversas aproximaciones desde otras tantas perspectivas. Algunas, como la que defiende la existencia de las élites con el argumento de que es precisamente a estas élites a quién va destinado el comercio fenicio y sin cuya presencia no habría podido articularse la relación implícita en el comercio colonial, constituyen un claro ejemplo de hipótesis ad hoc, que de momento no está contrastada en el registro arqueológico. Como bien ha observado Gilman (1993: 109), la evidencia sobre la organización económica y social que fundamente cualquier hipótesis sobre el carácter de la formación social tartésica ha de ser aún desarrollada, al mismo tiempo que "el impacto de los contactos fenicios y griegos durante el Primer Milenio en Iberia sólo puede proponerse en un ámbito que dé primacía explicativa al marco político y económico del intercambio". Como también se ha señalado recientemente (Carrilero, 1993: 166) "de momento no constatamos una sociedad que esté claramente estratificada en el Bronce Final, ni que existan unas élites definidas, sencillamente porque no se han puesto los medios ni teóricos ni prácticos para desentrañar que organización social encuentran los fenicios en el sur peninsular a su llegada a nuestras costas". Los únicos vestigios que podían inducirnos a pensar en la existencia de élites t.:n las comunidades del Bronce Final, las estelas decoradas del Suroeste, presentan un grado de variabilidad tan alto en los patrones iconográficos que se puede deducir de ello la inexistencia de una definición nítida del prestigio, lo que indicaría una ausencia de cohesión social entre las élites representadas en ellas (Barceló, 1992: 269) o, sencillamente, la inexistencia de tales élites al corresponder las estelas a un sistema de representación de rangos en una "sociedad donde los guerreros participen en la producción y donde exista una total ausencia de lazo directo entre poder y riqueza" (Carrilero, 1993: 166). Una interpretación distinta de las estelas, que las desvincula parcialmente del supuesto contexto funerario a que normalmente se adscriben (Bendala Galán et a/ü, 1994: 66 ss.), las considera señales en el territorio, a modo de indicadores de rutas ganaderas y comerciales (Ruiz-Gálvez Priego y Galán Domingo, 1991) que trasmiten al mismo tiempo, mediante un lenguaje iconográfico y simbólico complejo, ideas de posesión territorial a la vez que expresan relaciones sociales, aunque se reconoce también su vinculación con grupos elitistas que se están consolidando en una zona marginal del principal foco tartésico (Galán Domingo, 1993). Como se ve, ante la falta de otros datos, las estelas pueden interpretarse en sentidos muy diferentes, sobre todo si se piensa que la metalurgia y el comercio no siempre son indicios seguros de complejidad sociocultural. Aunque en ocasiones se me ha atribuido, no' he afirmado nunca que las comunidades tartésicas del Bronce Final, o preorientalizantes, constituyeran sociedades igualitarias. Por el contrario, he insistido desde un principio en su carácter incipientemente jerarquizado (Wagner, 1983: 12;1986b: 154;1992: 93 y 1993a: 104), lo que no implica la existencia necesaria de élites desarrolladas y estratificación social sino posiciones de prestigio al frente de una red re di stributiva suprafamiliar. Posiciones centralizadas (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es l1Z de lidaazgo que en términos políticos denominamos jefaturas y que no suponen la formación de un grupo social de índole aristocrática capaz de realizar la apropiación de la tierra comunitaria. Por eso estoy en desacuerdo con aquéllos que consideran el mundo tartésico del Bronce Final como una cultura compleja y muy elaborada. A este respecto me parece que gran parte de la discrepancia proviene de los indicadores que cada uno considera adecuados a un determinado nivel de complejidad cultural, y que algunos arqueólogos y prehistoriadores identifican. de manera errónea, sociedad aldeana con "ambiente neolítico". Yo interpreto que el registro arqueológico del Bronce Final. allí donde es mínimamente fiable, nos muestra unas comunidades aldeanas que se caracterizan por la presencia generalizada de poblados de cabañas, cerámicas a mano, escasa o muy localizada actividad metalúrgica, utillaje mayoritariamente lítico y un modo de producción doméstico (Wagner, 1983(Wagner,: 9. La ausencia de necrópolis conocidas de este periodo añade una dificultad más a la contrastación de mi hipótesis, y de cualquier otra, pero lo que conocemos de los enterramientos más antiguos de la necrópolis de Las Cumbres, como el túmulo 1, sugiere la existencia de prácticas funerarias de carácter comunitario (Ruiz Mata, 1991b: 215 ss.; Ruiz Mata y Pérez, 1989: 292 ss.) que encajan bien con lo propuesto. Dado que, sin embargo, la metalurgia ha sido uno de los elementos principales sobre el que se ha generado la idea de una notoria complejidad cultural tartésica durante el Bronce Final, la tomaré ahora como objeto central de mi análisis. Identificar automáticamente la presencia de trabajo metalúrgico con altos niveles de complejidad sociocultural constituye un error hace tiempo señalado (Rowlands, 1971). Por ello no interesa tanto conocer la supuesta antigüedad de las técnicas minerometalúrgicas entre las poblaciones del Suroeste peninsular, sino evaluar su incidencia concreta en el ámbito de los procesos de trabajo locales y de las relaciones socioeconómicas dominantes. El que se conociese el beneficio de la plata desde el segundo milenio (Aubet, 1991: 36) parece un dato en sí mismo no demasiado significativo, si no lo contextualizamos debidamente en un determinado modo de T. P., 52, n.O 1,1995 producción en que adquiera significado. En otras palabras. este dato en sí no constituye indicador fiable que nos sitúe en un determinado nivel de complejidad cultural. Tal y como ha mostrado Carrilero (1992a: 970) en su análisis de las sociedades de la Prehistoria reciente en el Sureste peninsular, la experiencia histórica y etnoantropológica coin-ciden en señalar que la presencia de artesanos especialistas no equivale automáticamente a la existencia de una acusada división del trabajo, sino que éstos son perfectamente posibles en un marco caracterizado por las relaciones entre linajes cuyas actividades productivas dependan de la agricultura y la ganadería (Rowlands, 1971: 215; Godelier, 1974: 275 ss.). Del mismo modo, ciertas tareas de interés común pueden ser emprendidas a niveles más altos que las simples unidades domésticas productivas por grupos de descendencia o por la comunidad de aldea en su conjunto (Sahlins, 1972: 121). Y la propia experiencia empírica viene a mostrar cómo la metalurgia fue conocida durante un milenio en Europa antes que la intensificación de los sistemas de subsistencia creara el contexto social adecuado para la acumulación de riqueza y estimulara el desarrollo de la tecnología (Gilman, 1981: 19). Por consiguiente habría que averiguar si tal intensificación tuvo lugar. A este respecto se discute acerca de la expansión agrícola que habría, según algunos, carac-terizado el periodo (Aubet, 1977 -8: 106; Barceló, 1992: 266; Carrilero, 1993: 165) lo que tal vez se perciba también en una mayor estabilidad del hábitat (Galán Domingo, 1993: 57 ss.) a medida que, por causa quizá de un aumento de la población, la agricultura obtuviera un mayor peso que antes en el control y explotación de los recursos. Con todo, nada seguro se sabe al respecto. Por otra parte, incluso durante el "orientalizante" los vestigios de actividades relacionadas con la minería y la metalurgia raramente se asocian a una especialización funcional de los espacios en zonas específicas, sino a una especialización por asentamientos que, no obstante, presentan en muchos casos claros indicios de una organización doméstica de los procesos de trabajo al vincularse los hallazgos, como en Cerro Salomón (Fig. 1), no con zonas concretas de producción sino con las mismas estructuras de habitación que conforman el poblado. En otras ocasiones asentamientos claramente caracterizados por su funcionalidad minero-metalúr- esto no sucede así, como es el caso de Huelva o Tejada, todos los indicadores apuntan a una clara presencia del elemento colonial (Garrido, 1979: 39 ss.;Ruiz Mata, 1989: 229; Fernández Jurado, 1989: 353). Si en el registro arqueológico los vestIgIos de una especialización en los procesos de trahajo relacionados con la metalurgia se asocian a huellas inequívocas de la presencia fenicia. documentándose una organización doméstica de los procesos de trabajo o un ritmo de ocupación estacional cuando éstas faltan. difícilmente podremos concluir que el trabajo del metal constituye un exponente de elevada complejidad sociocultural en Tartessos. Por lo que al volumen de los hallazgos respecta. resulta indicativo el que la metalistería tartésica, en contraste con el número de hallazgos en culturas europeas contemporáneas, haya sido calificada como un mito creado en gran parte por la erudición (Pellicer, 1989: 157) y que se haya señalado la sobrevaloración que se hace de estos objetos, normalmente descontextualizados, que han servido para crear un mito sobre Tartessos, heredado en gran medida de una lectura acrítica de las noticias recogidas por las fuentes literarias (Carrilero, 1993: 164). No deja de ser significativo que la mayor proporción de estos hallazgos se concentre en depósitos "utilitarios" o "votivos" que han sido interpretados como prueba del control ejercido localmente en la redistribución de los artefactos metálicos (Barceló, 1992: 267), de los que se ha resaltado también la escasez de útiles frente al predominio de armas y joyas (Ruiz-Gálvez, 1987: 256; Galán Domingo, 1993: 69). En el contexto de las relaciones sociales, la presencia de estos objetos metálicos y otros artefactos no productivos sólo constituye un indicador de la existencia de "bienes de prestigio" que pueden conseguirse mediante desplazamientos e intercambios con grupos lejanos, como pudieron ser los contactos atlánticos y mediterráneos (Ruiz-Gálvez, 1986). También pueden darse artesanos a tiempo parcial, ya que los ciclos agrícolas no ocupan todo el año, o especialistas, itinerantes o no, integrados de diversas formas en las relaciones de producción existentes (Rowlands, 1971: 213 ss.). Con todo, estos bienes de prestigio no son en si riqueza sino su imagen (Carrilero, 1992a: 969; Wagner, 1991: 18), ya que la auténtica riqueza en estas sociedades la proporciona el control sobre los medios de producción mediante la redistribución y las alianzas matrimoniales (Meillassoux, 1972), al tratarse de unas condiciones en las que el efecto de la eficacia tecnológica hace innecesaria la apropiación de la tierra, resultando mucho más fructífero el control de la fuerza de trabajo y su pro-T. Es así, precisamente, que los bienes de prestigio adquieren su significado al poder ser utilizados como elementos de la dote para la adquisición de mujeres y regalos para sellar alianzas. Significativamente los objetos de prestigio representados en las estelas decoradas del Suroeste (Barceló, 1989; Celestino Pérez, 1991; Galán Domingo, 1993) son muy escasos en los hallazgos arqueológicos. ¿Se debe a que no se conocen las necrópolis de este periodo? En dichas necrópolis se enterrarían estos símbolos de rango, dado que es preciso neutralizarlos finalmente para evitar una acumulación excesiva que pudiera desvirtuarlos, ya que en sociedades de esta índole la competencia social toma la forma de una acumulación de mujeres o una multiplicación de los aliados (Godelier, 1981: 92-3) que se obtienen gracias a estos bienes de prestigio en manos de los jefes de linaje. ¿Se debe esta ausencia de necrópolis no tanto a factores que inciden de forma aleatoria en la investigación arqueológica, cuanto al mismo carácter de las prácticas funerarias de aquellas poblaciones del Bronce Final, tal y como se viene defendiendo últimamente (Belén y Escacena, 1992b: 517; Barceló, 1992, 265)? En cualquier caso, la presencia de depósitos, en los que tampoco aparecen las espadas y las fíbulas (Barceló, 1992: 266), contrasta con la ausencia de enterramientos de este periodo en los que supuestamente se hallarían tales ajuares metálicos, y puede interpretarse, en mi opinión, como prueba de las escasez de aquellas. De toda la cantidad de metal que circulaba entre la Península Ibérica, el llamado Círculo Atlántico y el Mediterráneo central durante este periodo sólo una pequeña parte se quedó en Tartessos a juzgar por la distribución y el volumen de los hallazgos. En este sentido se sugiere que, aunque se produjo un incremento durante el Bronce Final en el uso de metal procedente de la Península Ibérica y una disminución del centroeuropeo, "dado que no son muchos los testimonios de comercialización directa de la materia prima, es posible que ésta fuese conseguida por la refundición de objetos manufacturados en circulación" (Barceló, 1992: 268), idea que yo mismo he defendido (Wagner, 1983: 7) y que constituye una de las prácticas comunes en la obtención de metal en contextos poco especializados, donde el metalúrgico es aprovisionado por su "cliente" (Rowlands, 1971: 211 y 212). Tampoco carece de significación que la mayor concentración de tales objetos en el Suroeste peninsular se produzca en un momento, finales del siglo VIII-siglo VII a.c., en que se detecta el auge del comercio fenicio, si bien más significativo aún re~ulta el descubrimiento de un núcleo metalúrgico en cuyos talleres se elaboraban útiles y armas del más puro estilo atlántico en un lugar tan periférico de Tartessos como la Peña Negra de Crevillente (Alicante), constatando allí, en un lugar claramente autóctono, además del comercio colonial desde la última mitad del siglo IX, la presencia misma de los artesanos fenicios (González Prats, 1991: 114). ¿Debemos interpretar todos aquellos intercambios como otro signo de la supuesta complejidad cultural? Cabe señalar que un comercio de largo alcance es perfectamente posible en una sociedad aldeana como la tartésica del Bronce Final. Dicho comercio, responsable seguramente de la introducción de objetos de origen europeo y mediterráneo, que suelen agruparse bajo la rúbrica de relaciones de tipo precolonial, no constituye tampoco una prueba de diversidad económica, especialización y complejidad sociocultural. Las gentes de las sociedades aldeanas pueden organizar, desde las posiciones de rango que presiden sus redes redistributivas, incursiones o expediciones hacia objetivos lejanos con el fin de procurarse objetos escasos u exóticos o conseguir botín de guerra. En ambos casos las dificultades estructurales son salvadas por la eficaz actuación del liderazgo centralizado al frente de la movilización ceremonial del esfuerzo que tales actividades requieren y del consenso para llevarlas a cabo. Además, la evidencia arqueológica acumulada es de tal índole que puede ser utilizada de muy distinta manera, tanto para afirmar (Ruiz-Gálvez, 1986: 22 ss.) como para negar (Alvar, 1988: 436 ss.) un protagonismo de los autóctonos en estas navegaciones e intercambios. Para aceptar que el desarrollo de sistemas de intercambio de gran alcance tuviera alguna in-cidencia notable en la aparición de una mayor complejidad socio-cultural habría que probar que ejercieron un impacto positivo en el incremento de la producción agrícola, favoreciendo el desarrollo de nuevas y más eficaces tecnologías, o que la alta calidad del trabajo en metal con que se comerciaba estimuló una demanda capaz de provocar finalmente un aumento de su producción que implicara una especialización en la jt.:rar4uía social. son con quienes licnen más interés los demás en establecer alianzas. pero cuyas mujeres resultan más •'caras". Finalmente, pero de forma paralela, el crecimiento de la población y su concentración en asentamientos estratégicos (Aubet, 1977-8: 89ss.;1991: 36; Almagro y Gorbea, 1991: 98; Belén y Escacena, 1992a) provocaría la segmentación de muchos poblados con el subsiguiente aprovechamiento de nuevas tierras puestas en explotación con técnicas tradicionales (Carrilero, 1993: 165; Wagner, 1993a: 105), así como una incipiente competencia por los recursos, tercera esfera en que se produce el conflicto, lo que se puede advertir en el carácter de centro territorial, si bien a pequeña escala, que adquieren durante el Bronce Final los asentamientos más grandes, que se rodean de fortificaciones (Aubet, 1991: 37). En este ambiente, la jerarqui-~ación de los grupos de descendencia supedita unos linajes a otros apareciendo posiciones centralizadas de decisión no coactiva que denominamos jefaturas (Wagner, 1990). Pero las diferencias de autoridad y de prestigio no descansan aún en la acumulación de riqueza, o sea, en la apropiación del excedente, sino en la misma capacidad para aumentar la base productiva (incrementando el intercambio de mujeres) y los circuitos de redistribución (consiguiendo más aliados). PACTOS, ALIANZAS, MATRIMONIOS: EL MARCO SOCIAL Y POLÍTICO DE LOS INTERCAMBIOS COLONIALES Si bien se siguen utilizando conceptos como "mercado" aplicados a lugares como Huelva (Fernández Jurado, 1991: 172) en la interpretación de los lazos económicos entre autóctonos y colonizadores, el comercio, en un contexto como aquel, constituía una relación exclusiva con una parte externa específica, estableciéndose de antemano y con exactitud quién intercambia con quién. De esta manera eran las relaciones sociales y no los precios las que conectaban a los "compradores" con los "vendedores" (Sahlins, 1977: 319 ss.). Precios y mercado pudieron existir, pero no dirigían los procesos económicos, El intercambio a través del mercado sólo llega a dominar el proceso económico en la medida en que la tierra y los ali-T. P., 52, n.O 1, 1995 mentos son movilizados por ese intercambio y allí donde la fuerza de trabajo se ha convertido en una mercancía que puede adquirirse libremente. Lo que el registro arqueológico sugiere es más bien un intercambio limitado a productos muy específicos y a sectores sociales restringidos (Aubet, 1984: 447). Y si bien es cierto que pudo haber existido competencia por el volumen del comercio externo, y que de hecho los sistemas internos de prestigio de las sociedades aldeanas jerarquizadas descansan a menudo sobre ella, no surge como una manipulación de los precios u otros procedimientos similares, sino que suele reposar sobre el aumento de los "socios" externos o del volumen del comercio ya existente (Sahlins, 1977: 322). Por el contrario en una situación como la que, creo, caracterizó el encuentro y la "coexistencia" entre autóctonos y fenicios en el Suroeste de la Península, las actividades "económicas", "sociales" y "políticas" quedan entretejidas en un único marco de relaciones sociales que es el que posibilita la fluidez de los contactos e intercambios en el ámbito colonial. La presencia de santuarios, centrales, como el de Gadir o periféricos, como los de Cástulo y Alcacer do Sal, los regalos, pactos, alianzas y matrimonios mixtos constituían otros tantos elementos que posibilitaban la vertebración de las relaciones entre unos y otros en un ambiente de marcado carácter colonial. La funcionalidad polivalente de los santuarios (Grottanelli, 1981) ilustra la mezcla de intereses y actitudes a que me refería líneas arriba. Además de lugar de culto poseían un cometido en la organización y preservación de los intercambios comerciales, de los que se constituían en última instancia en garantes. Los santuarios facilitaban, con su misma presencia, la consecución de objetivos relacionados con el interés por establecer vínculos de amistad con la población autóctona (López Pardo, 1992: 96 ss.) Así, el santuario de Melkart en Gadir era expresión, al mismo tiempo, de la eficacia organizativa que caracterizaba al comercio fenicio, del carácter pacífico que se le quería imprimir a las relaciones que posibilitaban tal comercio, y nexo entre la periferia colonial y el centro, constituyendo un elemento clave en el trasvase de la riqueza que se extraía en el lejano Occidente. Por ello, si por un lado el templo de Melkart constituía un factor de integración que proporcionaba y garantizaba seguridad y fluidez en los intercambios (Aubet, 1<)~7: 23<) ss.), era también, por otra parte, el más claro exponente del desequilibrio de una política de pactos y alianzas que resultaban en la práctica desiguales, ya que la población autóctona no gozaba de las mismas condiciones técnicas y organizativas que preservaban los intereses de los colonizadores fenicios. Los regalos cumplían así mismo una finalidad diversa. Representados en el registro arqueológico por los objetos de lujo "orientalizantes" que se difunden por los mismos lugares que antes los bienes de prestigio (armas, joyas, cerámicas) durante el Bronce Final (Barceló, 1992: 264), fueron utilizados por los colonizadores para procurarse el interés y la amistad de los "jefes redistribuidores" locales así como para penetrar en las redes de redistribución que quedaron conectadas, de este modo, con el comercio colonial. Mediante los regalos se establecieron vínculos de reciprocidad que más tarde se transformarán en dependencia. Los matrimonios mixtos, que han sido considerados como vehículos de la aculturación (Whittaker, 1974: 74; Almagro Gorbea, 1983: 446), serían otro de los medios empleados en la articulación de vínculos sociales entre los colonizadores y los autóctonos, además de una necesidad inherente a muchos procesos de colonización en que se desplazan mayoritariamente los varones. La obtención de mujeres serviría para establecer relaciones de alianza y asegurar lazos de parentesco entre los colonizadores fenicios y las poblaciones autóctonas, mediante un sistema de intercambio de dones, similar al que posibilitaba el intercambio de manufacturas y materias primas (López Castro, 1995: 46). Sería tentador vislumbrar su huella arqueológica en algunos de los enterramientos presentes en las necrópolis tartésicas pero soy consciente de las dificultades de su interpretación. Aún así se puede decir que matrimonios mixtos y regalos constituían en realidad dos aspectos del mismo proceso cuyo objetivo consistía en crear las condiciones de una "coexistencia" que se refleja, por ejemplo, en la presencia de espacios funerarios fenicios en un contexto de enterramientos autóctonos, como en el túmulo 1 de la necrópolis de Las Cumbres, cerca de Cádiz (Ruiz Mata, 1991a: 94, 1989a: 213), lo que implica que los colonizadores habían sido admitidos dentro de la estructura social del grupo autóctono. Los procedimientos bien pudieron haher sido la adopción y/o el matrimonio. COMERCIO COLONIAL E INTERCAMBIO DESIGUAL: EL MARCO ECONÓMICO DE LAS TRANSACCIONES Constituye, cuanto menos, una postcton ingenua considerar que las relaciones entre los colonizadores fenicios y las comunidades tartésicas se establecieron en un plano de igualdad. La ausencia de agresión manifiesta, de violencia directa como una característica de la presencia fenicia en Occidente señalada en ocasiones (Ruiz Mata, 1991a: 94) no da pie para afirmar el resultado mutuamente beneficioso de unas relaciones que se establecen entre miembros de dos formaciones sociales muy distintas. Quienes tal cosa argumentan olvidan, o desconocen, que el comercio colonial, como una de las formas en que se manifiesta el comercio lejano, constituye en realidad un modo de transferir una fracción del excedente desde una formación social a otra, lo que implica ganancia y un intercambio no equitativo (Wagner, 1993d: 16 ss) que también va más allá de las diferencias de "precios" ocasionadas por la "distancia" social (Bradley, 1985). Todo ello se materializa en las condiciones de desigualdad en que se realiza el tráfico comercial. Desigualdad en el ámbito de las capacidades técnicas y en aquel de la organización de los procesos productivos, que se manifestará en diferencias netas en los costes sociales de producción de lo que se intercambia. Desigualdad, en suma, que se concreta en un trasvase de riqueza en el que la parte económica, tecnológica y organizativamente más avanzada, en términos convencionales, consigue grandes cantidades de materias primas a cambio de un modesto volumen de manufacturas y objetos exóticos, como consecuencia precisamente de la di-' versa escala de valores en uso en ambos polos del sistema de intercambios (cfr: López Pardo, 1987: 410). Por ello supone un error considerar que para que las grandes inversiones en materia de comercio a larga distancia resultasen rentables era necesario un intercambio a gran escala (Barceló, 1992: 262). En realidad no se trata tanto de una cuestión cuantitativa como cualitativa, ya que las ganancias no proceden tanto del volumen de los intercambios cuanto de las T. P., 52, n.o 1,1995 diferencias en costes sociales de producción de los productos que se intercamhian. Claro está que hahía heneficios. pero éstos estahan hasados en la diferencia de valores suhjetivos (utilidades sociales) apreciados desigualmente en dos sociedades distintas que intercambiaban productos cuyos costes sociales de producción no compartían, y no deben confundirse con la ganancia de capital comercial (Amín. Había otras formas de asegurar las inversiones como eran eliminar costes de transporte y almacenamiento aproximando lo más posible los centros de producción a los lugares de intercambio. sobre todo cuando el volumen de las mercancías así como su valor de uso implica cargamentos voluminosos (López Pardo, 1987: 342 ss.;Wagner, 1993b: 86). Ello explica, de paso, la proliferación de centros fenicios sobre la costa del litoral mediterráneo andaluz en un patrón de asenta-,miento que se caracteriza por su extraordinaria densidad y con muestras evidentes de actividades económicas diversificadas (Wagner, 1988: 426 ss.). Por supuesto todo ello no supone desinterés por parte de los colonizadores en dinamizar los intercambios, pero tal dinamizació n afecta no sólo al volumen, sino a la intensidad y a la penetración en nuevos contextos autóctonos, ampliando de esta forma el alcance de las relaciones de índole colonial. De todo ello constituyen claros indicadores la presencia fenicia en lugares como la Peña Negra de Crevillente (González Prats, 1986) Y la existencia de asentamientos coloniales como el de Guardamar, junto a la desembocadura del río Segura (González Prats, 1991: 113), el de Sa Caleta en Ibiza, con sus claras evidencias de una procedencia del "Círculo fenicio del Estrecho" (Ramón, 1991), así como el recientemente descubierto de Abul en Alcácer do Sal (Mayet el alii, 1993). Debe quedar igualmente claro que la parte que obtiene el beneficio, en este caso los colonizadores fenicios, no se está tan sólo aprovechando de las mencionadas diferencias en costes sociales de producción, sino que, precisamente por ello, el intercambio desigual encubre una realidad de sobre-explotación del trabajo (Meillassoux, 1977: 131 ss.), que se articula en la transferencia de riqueza entre sectores económicos que funcionan sobre la base de relaciones de producción diferentes. En este contexto el modo de producción propio de las comunidades autóctonas, al entrar en contacto con el modo de producción de los colonos orientales queda domi-T. WlIgner nado por él y sometido a un proceso de transformación. La contradicción característica de tal transformación. la que realmente la define, es aquella que toma su entidad en las relaciones económicas que se establecen entre el modo de producción local y el modo de producción dominante. en las que éste preserva a aquél para explotarle, como modo de organización social que produce valor en beneficio del colonialismo, y al mismo tiempo lo destruye al ir privándole, mediante la explotación, de los medios que aseguran su reproducción. El problema, por tanto, es más amplio y complejo que una simple política de pactos y alianzas (desiguales) con las élites locales. Por una parte el contacto con los colonizadores incidió acentuando la diversificación de las prácticas económicas (Wagner, 1983: 10) al propiciar una demanda externa de minerales que creó el incentivo para que los jefes situados en el centro de los sistemas redistributivos locales movilizaran la mano de obra necesaria para la intensificación de las tareas de extracción minera. La experiencia acumulada procedente de otros entornos nos muestra que la capacidad intensificadora y la eficacia para movilizar mano de obra de las personas situadas en el centro de los sistemas redistributivos es sumamente operativa (Sahlins, 1972: 148 ss.;1979 280 ss.;Renfrew, 1984: 74), por lo que no es necesario recurrir a imaginar relaciones sociales de dependencia de tipo servil o esclavistas, propias de sociedades estratificadas. Por supuesto, las élites locales (Aubet, 1984), en pleno proceso de formación, respondieron positivamente a los requerimientos de la demanda de los colonizadores fenicios. En un sistema de rango y jerarquía, como aquél, el comercio con los colonizadores les proporcionaba la capacidad no sólo de adquirir nuevos bienes de prestigio que contribuían a repreducir las relaciones sociales que les habían encumbrado sino que mediante su adquisición se apropiaban, al movilizar la fuerza de trabajo necesaria para dar respuesta a los requerimientos de los colonizadores, de una parte del excedente en forma de trabajo extra (cfr: Gudeman, 1981: 256). No fue por tanto el trabajo artesanal el que propició las condiciones necesarias para que la élite se apropiara del excedente (Barceló, 1992: 261 y 270), Y no poseemos tampoco claros indicios de un fuerte desarrollo de la especialización durante el I'ENICIOS \' AlJ1'Ó~TONOS EN TARTESSOS. CONSIDERACIONES S08RE "AS REI.AUONES... orientalizante. sino la redistribución asimétrica o desigual de lo obtenido a partir del trabajo extra que era capaz de movilizar desde su control de la red redistribuliva. Por eso creo erróneo considerar que la desigualdad intrínseca al intercambio radicara en que la naturaleza del beneficio que cada parte perseguía era distinta, obteniendo los fenicios "dinero", valor de cambio, y las élites tartésicas prestigio, reconocimiento y poder (López Castro, 1995: 52). Las élites locales en Tartessos también se enriquecieron con el comercio con los colonizadores fenicios, pero el proceso y la forma en que se produjo tal enriquecimiento fueron distintos. Por un lado, la riqueza "oriental izante" en manos de las élites emergentes diversificó su procedencia al dejar de ser proporcionada en exclusiva por el control ejercido sobre los medios de producción a través de las alianzas y el intercambio de mujeres, pero al mismo tiempo, y por ello, las élites quedaron supeditadas a su colaboración en el mantenimiento del comercio colonial. Tales intercambios, al proporcionar una forma de "realizar" el excedente (Terray, 1977: 149 ss.) controlado por las élites, desempeñaba un importante papel en el sostenimiento del sistema económico y las élites autóctonas pasaron a depender cada vez en mayor medida del comercio con los colonizadores para poder seguir practicando en el seno de sus comunidades una redistribución asimétrica que producía beneficios económicos, amén de sociopolíticos, permitiéndoles apropiarse del excedente en forma del trabajo invertido en la obtención del mineral (Wagner, 1991(Wagner,: 21,1993: 106): 106). Quizá por ello, al produ-cirse un aumento neto del fondo de poder sobre el que se situaban, actuaron con un alcance cada vez más amplio, tal y como la distribución de los objetos orientalizantes en Portugal o Extremadura sugiere, introduciendo de este modo una serie de relaciones centro/periferia que esbozan un sistema formado por círculos económicos concéntricos y jerarquizados, lo que permitió finalmente a las élites tartésicas acceder a recursos situados fuera de los territorios que directamente controlaban, de forma más regular que mediante los anteriores intercambios esporádicos, asegurando de esta forma el incremento del volumen de materias primas y recursos que permitiera perpetuar y reproducir su rol dominante en Tartessos (Aubet, 1991: 40-1). Seguramente los propios fenicios se encontraban interesados en ello, ya que de esta forma se reproducían al mismo tiempo las condiciones que dinamizaban el comercio colonial. y es en este contexto, al margen de la interpretación específica de su carácter como palacio/santuario etc, que puede hallar su significación Cancho Roano (López Pardo, 1990: Celestino Pérez y Jiménez Avila, 1993: 154 ss.) como un elemento inserto en una estrategia colonial que persigue ampliar el horizonte de los intercambios. Pero al mismo tiempo que las élites se consolidaban era necesario preservar las redes redistributivas que controlaban, lo que les permitía, en suma, movilizar la fuerza de trabajo necesaria para las tareas minero-metalúrgicas. Aunque prácticamente carecemos de información al respecto, la pervivencia de las prácticas económicas tradicionales adquiere un valor significativo. Tal pervivencia se advierte en la continuidad del patrón de asentamiento (Amores y Rodriguez Temiño, 1984; efr: Barceló, 1992: 263), en la escasa renovación tecnológica que supuso la tardía incorporación del utillaje de hierro, así como en un desarrollo artesanal lento que se percibe en hechos tales como el más de siglo y medio que fueron necesarios para que se generalizara la cerámica a torno. Tal es la dinámica que explica la continuidad del modo de producción doméstico en Tartessos (Wagner, 1993a: 110 ss.) así como los cambios que al término del periodo "orientalizante" (fines del siglo VI a.e.) modificaron las relaciones entre los colonizadores fenicios y la población autóctona. Tales cambios fueron, en última instancia, consecuencia de la tensión que introdujo la aparición de formas simples de economía política sobre las estructuras tradicionales en un momento en que comenzaba a producirse el agotamiento de los recursos bajo formas de dependencia tecnológica colonial. La desarticulación de la formación social tartésica, que desapareció finalmente para dar paso a la posterior formación iberoturdetana, su desestructuración, fue en definitiva, y por más que desconozcamos los detalles, la consecuencia histórica de la dinámica contradictoria del proceso por el cual los colonizadores fenicios se beneficiaban de la sobre-explotación del trabajo de las poblaciones del extremo occidental mediterráneo. 1989: 293) realiza una interpretación de las consecuencias del contacto intercultural durante el orientalizante en términos de lo que describen como una aculturación rápida e intensa, así como bastante generalizada, de las poblaciones del Suroeste peninsular, mientras que otros investigadores interpretan los resultados de dicho contacto como una aculturación mucho más lenta, parcial y selectiva, un fenómeno que afectó sobre todo ~ las élites (Aubet, 1977-8: 98 ss., Wagner, 1986b, 1993a: 107; Tsirkin, 1981: 417 ss.), permaneciendo el resto de la población al margen o bajo el "impacto" de una aculturación ciertamente superficial. Tales discrepancias ponen una vez más de manifiesto como los datos que poseemos no bastan por sí solos para explicar los procesos por lo que se hace necesario su estudio dentro de un modelo elaborado a partir de unas proposiciones teóricas previas. En los estudios sobre Tartessos, y sobre la Protohistoria de la Península Ibérica en general, no se suele diferenciar entre aculturación y "difusión cultural", entre aculturación impuesta o espontánea, o entre "asimilación e integración" (Wagner, 1993c) y se tiende a percibir el resultado de la interacción cultural como un conjunto de fenómenos positivos, y por consiguiente "necesarios", en tanto que generan "progreso" histórico o mejoran, mediante las innovaciones que introducen, las condiciones en que se desenvuelven las comunidades que reciben su impacto. Más raramente se advierte que la aculturación puede obrar destructivamente, como la evidencia procedente de otros entornos ha señalado (Wachtel, 1978: 154; Murphy y Steward, 1981: 219 ss.;Burke, 1987: 127), dando lugar a fenómenos de rechazo y supervivencia cultural, o contraculturación, que se pueden manifestar de muy diversas formas (Gruzinski y Rouveret, 1976: 199-204). En otras ocasiones la aculturación puede ocasionar una situación que -se conoce como "pluralismo estabilizado", allí donde las culturas implicadas T. P., 52, n.O 1, 1995 se atienen a un mutuo acomodo en una misma área en una relación asimétrica que les permite persistir respectivamente en su línea distintiva (Morel. Tampoco se suele tener presente que la aculturación es un proceso dinámico. con diferentes fases y niveles por lo que sus resultados diferirán dependiendo del momento en que tal proceso se encuentre (Alvar. 1990). y que por tanto se trata de algo más complejo que las simplificaciones que a menudo se hacen. También se confunden otras veces cambio cultural y cambio social. Ello es en gran parte consecuencia de la mayoritaria adscripción de los investigadores a la arqueología histórico-cultural en la que el difusionismo constituye la explicación por excelencia de las distintas secuencias históricas (López Castro, 1992: 48 ss.;1993) Aunque, en general, los cambios culturales se relacionan estrechamente con los sociales, a los que pueden preceder o de los que, en algunas ocasiones, pueden actuar como desencadenantes, es preciso establecer una distinción nÍtida entre ambos, en tanto que afectan a distintos tipos de prácticas y conductas. El cambio cultural implica alteraciones en ideas y creencias, afectando por tanto a las actitudes y las costumbres, mientras que el cambio social entraña transformaciones en la estructura de las relaciones sociales, de sus cometidos y funciones. Creo, en contra de una idea bastante extendida, que la población de Tartessos se vio a la larga afectada por un cambio social como consecuencia de la desarticulación de las relaciones de parentesco que fueron sustituidas por formas de dependencia "clientelar" (Wagner, 1993a: 111), en las que la apropiación de la riqueza no entrañaba la de la tierra sino la del trabajo extra no agrícola, tal y como se percibe en las escasas modificaciones del patróp de asentamiento en contraste con el proceso que caracterizará el ámbito ibérico (Ruiz y Molinos, 1993: 262 ss.;Santacana, 1995: 151 ss.), lo que en último término no fue sino el resultado de la tensión provocada por la explotación colonial sobre las formas tradicionales de organización social. Pero el cambio cultural incidió poco en ella, y cuando lo hizo fue mediante la reinterpretación de las innovaciones que adquirían de esta manera sentido acorde a las pautas, ideas, valores y costumbres propios de la tradición local. Como ya he expuesto mis argumentos en otra parte (Wagner, l 986b, 1991(Wagner, l 986b,, 1993a(Wagner, l 986b, y 1993d) ) no insistiré nuevamente sobre ello, pero sí diré que en consonancia con el modelo que defiendo a lo largo de estas páginas, la aculturación orientalizante constituyó el resultado de una estrategia colonial no violenta, en términos convencionales, de control que reposaba sobre la subordinación económica de las élites tartésicas, lo que hacía posible su supeditación a la jerarquía colonial en el proceso de toma de decisiones. Fue resultado, por tanto, del marco económico y político en que se establecieron los intercambios, y sus consecuencias no parecen tan beneficiosas como comunmente se pretende, o en todo caso cabe preguntarse a quién beneficiaron más y a quienes menos los cambios producidos durante dicho período. Las fuerzas productivas no parecen haberse desarrollado especialmente, pues aún admitiendo que la mayoría de los objetos "orientalizantes" que aparecen en las tumbas de carácter "principesco" (Ruiz Delgado, 1989) hubieran sido manufacturados por artesanos autóctonos que hubieran adquirido sus habilidades de los colonizadores, lo que no es seguro (Belén, 1994: 500), dicha tecnología, al no participar en las tareas productivas sino en otras de carácter simbólico no constituye sino un exponente de una economía de prestigio y no documenta ningún desarrollo de aquellas (Carrilera, 1992b: 131 ss.). La especialización artesanal no parece haber adquirido tampoco un desarrollo notable como consecuencia, precisamente, de la dependencia tecnológica que implicaba el intercambio desigual. Dependencia que se aprecia en la especialización colonial que utilizaba la fuerza de trabajo autóctona en la extracción del mineral y en los niveles menos complejos de los procesos de trabajo metalúrgicos, mientras que reservaba las fases que implican una mayor complejidad y por tanto conocimientos más especializados a los colonizadores, tal y como se observa en el registro arqueólogico, ya que siempre que constatamos una especialización acusada en el seno de las actividades metalúrgicas, constatamos simultáneamente la presencia de los colonizadores en el mismo lugar, como ya dijimos que ocurre en Huelva o Tejada. Tal es la razón por la que probablemente cesa la fabricación de bronces orientalizantes en el Suroeste desde finales del siglo VI, momento en que culminará la desestructuración de la formación social tartésica. Así, la dinámica de cambio, sometida a la tensión inherente al contacto colonial, se plasmó en un cambio social paulatino en el que la aculturación no tuvo demasiado protagonismo. A este respecto la asimilación de los objetos no conlleva necesariamente, como a veces se piensa, la de "las ideas conexas" ya que es preciso diferenciar entre forma (categorías, modelos) y contenido (información cultural) (Wagner, 1993c: 446) Y la aceptación de la una no implica siempre la del otro, sino que es posible, sobre todo en situaciones de aculturación no impuesta como la que nos concierne, adoptar una forma cultural externa y dotarla de un contenido propio. Si, como creo, las élites tartésicas surgieron a partir de posiciones sociales de prestigio (liderazgo centralizado) gracias a la oportunidad que el comercio colonial les brindó para apropiarse del excedente en forma de trabajo extra invertido en las actividades minero-metalúrgicas, y no sobre la base de una apropiación real de la tierra que no es posible constatar en parte alguna, entonces las distorsiones en el comercio que se detectan hacia finales del orientalizante, hubieron de afectarlas negativamente. De ahí, seguramente su interés en dinamizar un sistema propio de intercambios entre el centro (el Suroeste) y una periferia (Extremadura) que acusa ahora el impacto tardío de los contactos orientalizantes (Aubet, 1991: 40) como una alternativa al comercio colonial que las había encumbrado y del que tan estrechamente dependían. En su conjunto la formación social tartésica sufrió a la larga las consecuencias de una "desestructuración" (Alvar, 1990: 23 ss.), cuyo alcance real no estamos aún en condiciones de precisar, en la que la desigualdad y la dependencia tecnológica, siempre a favor de los colonizadores, desempeñaron un importante papel. Por contra, los supuestos avances de la más compleja cultura colonial (como la escritura y la tecnología del hierro), a los que se responsabiliza a menudo del "progreso" de las comunidades tartésicas durante el "orientalizante", tardaron en incorporarse a las prácticas autóctonas o lo hicieron muy parcialmente (Wagner, 1986b(Wagner,: 134 ss., 1991b)), como corresponde a un modelo colonial de "intercambio desigual", y cuando novedades formales alóctonas fueron aceptadas, los mecanismos de integración de-T. O 1,1995 terminaron casi siempre una aculturación muy superficial. Por todas estas consideraciones no me parecen convincentes los argumentos que abogan por una fuerte aculturación, perceptible incluso en el marco de las creencias y prácticas funerarias, a partir de contactos predominantemente comerciales y realizados fundamentalmente desde los centros coloniales de la costa. Tal vez esto pueda ser posible en un sitio tan próximo a la colonia fenicia de Gadir como Torre de Doña Blanca, con indicios, además. de coexistencia estrecha entre colonizadores y autóctonos (Ruiz Mata, 1993), pero resulta menos verosímil a medida que penetramos hacia el interior. En todo caso quienes defienden la aculturación rápida e intensa dejan sin explicar el porqué ha de producirse la atracción cultural, puesto que dan por supuesto que ésta era inevitable, pero como h~ dicho la evidencia empírica procedente de otros contextos muestra que esto no siempre es así. Tampoco se explica cómo es posible que una sociedad, la autóctona, adopte con tanta facilidad rituales funerarios ajenos mientras que en otras ocasiones, y en relación a actividades que implicarían niveles mucho más superficiales de aculturación, se muestre mucho más conservadora discriminando, por ejemplo, qué tipo de recipientes cerámicos se imitan y cuáles no. En mi opinión existe una mejor manera de comprender la presencia de tumbas y rituales de procedencia fenicia en el seno de un ambiente marcadamente autóctono, lo que pasa por admitir la presencia fenicia en el interior e incluso cierto grado de mestizaje. Parto para ello de la consideración de que es difícil admitir un fuerte protagonismo de las relaciones comerciales en los cambios culturales supuestamente detectados. En ninguna parte el comercio, por intenso que sea, actúa como factor que propicie la aculturación (Wagner, e.p.), siendo en todo caso responsable de la aparición de fenómenos de difusión cultural que no deben confundirse con aquélla. Por ello la presencia de tumbas y rituales fenicios en el interior ha de interpretarse de una manera distinta a como se ha venido haciendo hasta ahora por lo que, si las gentes que se entierran siguiendo costumbres fenicias en el Valle del Guadalquivir o Extremadura no eran fenicios sino autóctonos profundamente aculturados, debemos sospechar la presencia cercana y permanente de aquéllos para que tal aculturación fuera posible por lo que se impone T. P., 52. n.O 1. 1995 <-'arios G, Wagner su verificación en el registro arqueológico. Pero puesto que. debido al peso de las concepciones académicas imperantes (López Castro, 1993; Belén, 1994: 50 l Y 506), se parte de la consideración previa de que no es posible encontrar fenicios muy alejados de la costa. difícilmente, si antes no nos desprendemos de aquel, podremos verificar su presencia, puesto que de inmediato lo interpretaremos como consecuencia de algún tipo de aculturación. LOS FENICIOS EN LA COSTA Y EN EL INTERIOR La proliferación de asentamientos fenicios en la costa se corresponde con una proliferación de datos que pueden ser leídos como testimonios de una presencia fenicia en el interior (Belén, 1994: 506) a poco que nos libremos del tópico que convierte a los fenicios en mercaderes exclusivamente asentados en el litoral. Cada vez más, por otra parte, la evidencia procedente de otros lugares del Mediterráneo muestra cómo en realidad esto no siempre fue así (cfr: Gómez Bellard, 1991: 52, Manfredi, 1994: 214). Si las estructuras y las prácticas funerarias que advertimos en lugares como la Cruz del Negro (Carmona, Sevilla), con su réplica arqueológica en el sector arcaico de la necrópolis ibicenca del Puig des Molins (Goméz Bellard, 1990) se encontraran en algún lugar de la costa probablemente no tendríamos tanta dificultad para admitir su carácter fenicio. Al menos no lo tenemos en sitios como la necrópolis de Las Cumbres correspondiente al Castillo de Doña Blanca (Ruiz Mata, 1989) o en la de ViIlaricos (Astruc, 1951, Chapa, e.p.) donde también conviven prácticas funerarias propias de los autóctonos y de los colonizadores. Cabe preguntarse qué tipo de razón metodológica nos obliga a pensar que la tumba fenicia encontrada en un contexto funerario mixto, que por lo demás no es exclusivo de la Península, corresponde a la sepultura de un fenicio cuando se halla en la costa y a la de un autóctono profundamente aculturado cuando la hallamos en el interior. Más aún, cabe preguntarse qué clase de criterio metodológico nos induce a pensar que el comercio con los colonizadores establecidos en la costa, por intenso y asiduo que lo consideremos, es la relación responsable de tal aculturación expresada en el terreno funerario, máxime si tenemos en cuenta que las tumbas fenicias de este tipo no constituyen precisamente, aunque las conozcamos en Ibiza y otros lugares fenicios del Mediterráneo, la forma de enterramiento predominante en las necrópolis coloniales del litoral, como Trayamar, Almuñecar o la misma Cádiz (Wagner, 1993b: 89 ss.). Dado que no encuentro respuesta apropiada, me inclino a considerar que en realidad, y a despecho de nuestros tópicos más enraizados, las tumbas fenicias que encontramos en el interior corresponden a sepulturas de fenicios en los que, por supuesto, se puede percibir también el impacto de la aculturación de procedencia autóctona (Belén, 1994: 511). Una cuestión bien distinta es que podamos proporcionar una explicación medianamente convincente que nos permita contextualizar su presencia en lugares que no siempre aparecen vinculados de forma clara con el comercio orientalizante. La cosa, por supuesto, no resulta sencilla. Una primera dificultad consiste en hallar formas que nos permitan conceptualizar la situación, en su relación con la tierra, de tales fenicios, al menos si consideramos que probablemente no todos fueron comerciantes y artesanos. En este sentido las fuentes literarias pueden echarnos una mano cuando leemos que Argantonio ofreció a los focenses la posibilidad de establecerse en su "reino" (Herodoto, 1, 163, 3) lo que lleva a pensar en formas de implantación o presencia territorial que no entrañen necesariamente tensión o violencia. En cualquier caso es el mismo tipo de problema que debemos plantearnos en relación con la ubicación de los asentamientos fenicios en los territorios de la costa. Otra dificultad procede de la conveniencia o no de admitir una penetración agrícola fenicia a lo largo del valle del Guadalquivir, dificultad que se percibe más notoria si nos empeñamos en concebir tal empresa de forma aislada de la realidad que debía conformaria. Pero, si nos es posible asimilar la idea de una coexistencia entre autóctonos y colonizadores fenicios en un lugar de la costa como Doña Blanca o más al interior como en la Peña Negra ¿qué tipo de prevención nos impide imaginar una situación igual, digamos, en los A1cores de Carmona? Aún asumiendo plenamente la crítica de Carrilero (l993: 178 ss.) sobre nuestra interpretación de tales necrópolis -aún no se habían producido las recientes excavaciones en Cruz del Negroy entendiendo que en ellas conviven una multiplicidad de formas y ritos en los que, además, el prestigio no aparece aún claramente definido, ¿sobre qué descansa entonces la imposibilidad de pensar yue las tumbas fenicias que aparecen en tales lugares correspondan efectivamente a fenicios allí enterrados? La solución que se propone como alternativa tampoco explica porqué determinados grupos de la población tartésica escogen las formas y el ritual fenicio y otros no, y al convertirlo en una consecuencia del cambio social producido durante el "oriental izan te", la transición entre las formas antiguas y las nuevas en la que aún no está nada plenamente definido, lo que explicaría la variabilidad de rituales y de las diversas manifestaciones de prestigio con ellos asociadas, tampoco se deja claro de qué manera el cambio cultural influye en el cambio social. En mi opinión, el cambio social operado en Tartessos durante el orientalizante no es incompatible con la presencia de colonizadores agrícolas en el interior, lo que aclararía de paso la toponímia de origen semita en el mediodía peninsular que no creo pueda achacarse a la ulterior etapa de influencia cartaginesa (Wagner, 1993b(Wagner,: 82 ss., 1994)), como consecuencia de una estrategia mediante la cual "el centro" (las ciudades de Fenicia) logran atenuar la tensión y los conflictos desatados, en último término, por las invasiones asirias, transfiriendo una parte de la población rural desarraigada a la periferia (Wagner y Alvar, 1989; Wagner, 1993d: 33). Así, la explo-tación a que el centro somete a la periferia no se manifiesta sólo en el trasvase de riqueza desde ésta hacia aquel sino también en el traslado del "sobrante" de su población hacia aquella. Ya que estamos trabajando en una reelaboración de nuestra hipótesis sobre "la colonización agrícola" que publicaremos próximamente no trataré más el tema aquí por el momento. No obstante me gustaría advertir que no es necesario pensar en una migración de grandes proporciones, sino en grupos distri..: buidos aquí y allá en los diversos lugares en que los fenicios se encuentran asentados en el Mediterráneo, lo que también explica porque crecen todos sus asentamientos coloniales en el mismo periodo. En el Valle del Guadalquivir, y en algunos otros lugares, su presencia posibilitó una convivencia más estrecha con los autóctonos, posiblemente hasta un mestizaje, fenómeno que no es desconocido en el marco de la expansión fenicia (Whittaker, 1974: 70; López T. P., 52, n.o 1, 1995
CÉSAR PARCERO OUBIÑA (*) "Nunca se sabrá cómo hay que contar esto. si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada". Las babas del diablo. Se presenta una visión de la Edad del Hierro del Noroeste ibérico desde una óptica de Arqueología del Paisaje, como base para el estudio futuro de los paisajes castreños. Se recogen planteamientos acerca del paisaje como construcción cultural y se reconsidera la validez del análisis espacial. Se desarrolla una distinción operativa entre tres dimensiones del paisaje: la subsistencial, a través del análisis del uso del suelo; la socio-política. con el tratamiento de la ocupación del espacio; y la simbólica o imaginaria, reflejada en la concepción del espacio. Se aplica este esquema a la Edad del Hierro del Noroeste (Cultura Castreña), mostrando como rasgos más señalados social y culturalmente su carácter campesino y guerrero. Palabras clave: Arqueología del Paisaje. Este texto intenta ofrecer una aproximación a los paisajes sociales de la Edad del Hierro en el Noroeste peninsular, planteada como una síntesis de un programa de investigación sobre el mundo castrei10 y su paisaje (1). Pretendemos aportar un punto de vista para el desarrollo de trahajos en esta línea, con algunas novedades de carácter teórico y metodológico, y proponer una perspectiva sintética que unifique ámbitos de estudio y fenómenos generalmente dispersos en la investigación. Debe entenderse, pues, que nuestros ohjetios no radican tanto en aportar un cúmulo de conocimientos tangibles sobre la cultura castreña como en exponer un nuevo punto de partida para llegar a ellos, desde tres direcciones principales. La primera, de carácter teórico, recoge una serie de concepciones generales acerca de las diferentes dimensiones que conforman la espacialidad en el seno de cualquier grupo social, aunque con centro en la castreña. En segundo lugar recogemos una reformulación de los esquemas metodológicos del análisis espacial tradicional, entendiendo que el empleo este tipo de técnicas cobra sentido como un método de contrastación empírica de propuestas de trabajo previas. El tercer objetivo se deriva de la conjunción de los precedentes. Considerando imprescindible la elaboración de hipótesis y teniendo en cuenta las diferentes dimensiones de la espacialidad, se propondrán elementos para elaborar modelos que permitan abordar el estudio de la espacialidad del mundo castreño. Podemos establecer tres apartados que, aunque no se entienden como compartimentos inconexos, dotarán de mayor claridad a la exposición, siguiendo lo avanzado en los párrafos anteriores: planteamientos teóricos, sobre la espacialidad; metodológicos, referidos a los análisis de tipo espacial, e interpretati os, acerca de los caracteres que identifican al mundo castreño. El espacio no es tan sólo el marco físico en el que tienen lugar las acciones sociales y cultura-(1) Este texto es parte del trabajo que venimos desarrollando dentro del Grupo de Investigación en Arqueología del Paisaje. Agradezco la colaboración de todos los compañeros y especialmente la de su director, Felipe Criado. Además he de mostrar mi gratitlold al Dr. Marco García Quintela por sus sugerencias, a Anxo Rodríguez Paz por los dibujos y, por un montón de buenas razones, a Emilio Abad y Roberto Aboal. T. P., 52, n.O 1, 1995 César Parcero Oubiña les de un grupo humano; este postulado no es desde luego una novedad. El nacimiento de los estudios espaciales en Arqueología, a partir de los desarrollados por la Geografía (Haggett, 1976), inserta sus raíces en el reconocimiento del papel fundamental del hombre no sólo como ocupante sino como participante del espacio, de lo que surge la idea, amparada por la Nueva Arqueología, de que el espacio es una conjunción del entorno natural y de la acción social del homhre, a través de sus actividades de carácter económico y, en segundo plano, socio-político (Ruiz y Molinos, 1993: 112-3). Esta concepción del espacio estaría basada en la racionalidad burguesa, que persigue un espacio finito, mensurable y real, susceptible de ser capitalizado (Criado, e.p.). Sin embargo en los últimos tiempos se han producido una serie de llamadas de atención relativas a la necesidad de adoptar una perspectiva con textual en todo estudio histórico; se reformula el concepto de espacio, como fruto de prácticas sociales no sólo materiales sino también imaginarias (Criado, 1993: 42) y se llega a concebirlo no sólo como producto social sino como creación cultural. Cada grupo social no sólo construye un espacio a través de su acción social, sino que, y por encima de todo, lo imagina por medio de su acción cultural (Bermejo, 1992: 40 y ss.); el paisaje sería el resultado de la conceptualización del espacio, el paisaje es el espacio pensado. En virtud de estas nociones, la construcción del paisaje resulta de la interacción de múltiples dimensiones de la espacialidad: (1) La dimensión ambiental, que, a efectos del estudio histórico, se convierte en paleoambiental, lo cual añade un factor de complejidad a su conocimiento como es el cambio temporal. (2) La dimensión económica, el más inmediato ámbito de manifestación de la espacialidad, especialmente en el caso de sociedades agrícolas complejas como es la castreña. Es el aspecto tradicionalmente más abordado por los arqueólogos porque, en cierto sentido, es quizá el único plenamente abordable desde la Arqueología. (3) Los aspectos socio-políticos también han sido tratados por la Arqueología, pero su estudio no puede prescindir del concurso de otras aportaciones, especialmente en el caso de un mundo como el castreño para el que disponemos de fuentes extra-arqueológicas. (4) La dimensián simhálica supone el acercamiento a las formas de conceptual izar e imaginar el espacio. Desde el momento en que actúa a partir de racionalidades ya inexistentes, su conocimiento se vuelve tremendamente difícil. El problema radica en remontarse desde las obras derivadas de la acción social hasta las ideas que las hacen posibles y que las dotan de sentido. En este aspecto y para el mundo castreño vuelve a ser importante la existencia de fuentes extra-arqueológicas. El reconocimiento de la existencia de esta dimensión del paisaje supone el paso fundamental que separa la tradicional Arqueología Espacial de los nuevos estudios relativos al espacio como un producto eminentemente cultural: la Arqueología del Paisaje. Trataremos ahora de presentar la forma en que se concibe la validez del análisis espacial en Arqueología. El nacimiento de la Arqueología Espacial supuso la adopción de unas técnicas de trabajo tomadas en su inmensa mayoría del ámbito de la Geografía. Por medio de ellas el análisis espacial empezó a ser utilizado de forma masiva a partir del convencimiento de que podría servir para alcanzar datos acerca de aspectos no muy conocidos de una sociedad dada, en otras palabras, como una forma de extraer información acerca de aquello que se desconocía. Per- mitiría, por ejemplo, conocer la base económica de un grupo a través del solo examen de su ubicación en el espacio, en virtud de esquemas de trabajo del siguiente tipo: un poblado se localiza en una zona fundamentalmente agrícola -su base económica era la agricultura. Las técnicas de análisis espacial se han empleado, pues, como fórmulas de extracción de información, orientadas ante todo hacia los factores económicos como condicionantes de la distribución poblacional. De este planteamiento se derivan hoy no sólo el carácter de la mayor parte de los estudios sino también los grandes problemas que ofrecen unas técnicas (Site Catchment Analysis, polígonos de Thyssen, etc.) desarrolladas en función de criterios de trabajo eminentemente funcionalistas y economicistas, revestidas de un gran matiz de presentismo; en su empleo tradicional no pueden ser entendidas sino a partir de ideas como la centralidad de un poblado en el espacio o la existencia universal de espacios propios de cada grupo humano (territorios). Dos son los problemas: el primero. la propia validez de los estudios espaciales en Arqueología: el segundo, relacionado con unas técnicas de trabajo que se ven condicionadas por aquélla. Sin embargo resulta obvio que, modificando la concepción general sobre el estudio del espacio, resultará tamhién diferente el empleo de las técnicas de trabajo. Esta reformulación es algo todavía reci ente. Una de las exposiciones más detalladas es la que hace J. Vicent (1991). Según este planteamiento, el desarrollo de análisis espaciales en Arqueología deja de tener sentido por sí mismo, para integrarse como un proceder metodológico dentro de un esquema de trabajo. El análisis espacial ya no puede entenderse como un sistema de extracción de conocimiento en cualquier circunstancia; no es sino una forma más, entre otras, de proceder a la contrastación de hipótesis previamente planteadas: "la' Ar- queología del Paisaje Agrario' exige un enfoque arqueológico no convencional, cuyo objetivo no sea la reconstrucción positiva de los hechos, sino la contrastación de hipótesis sobre los aspectos no directamente observables del proceso (... ) a partir de los que sí lo son" (Vicent, 1991: 37). De esta reformulación se deriva, además, un nuevo carácter para las técnicas de análisis, que no son más que herramientas de contrastación. Es menos relevante el hecho de que deriven de planteamientos actualistas, pues la información que aportan no es ya pretendidamente aséptica sino condicionada por el tipo de modelos que hayamos planteado a priori. No quiere esto decir que desaparezcan las limitaciones; simplemente, al hacerlas evidentes, podemos controlar su efecto. En primer lugar se tratarán los rasgos que caracterizarían, en general, al campesinado y a las sociedades de tipo heroico, basadas en el desarrollo de la guerra. A partir de esta base y El campesinado puede definirse, en esencia. como "un grupo social formado por pequeños productores agrarios que, con la ayuda de un equipo simple y del trabajo de sus familias, producen principalmente para su propio consumo y para cumplir con las obligaciones prescritas por quienes detentan el poder económico y político" (Shanin. El campesinado no se vincula a un único modelo de sociedad, sino que constituye "un fenómeno simbólico, social y tecnoeconómico muy homogéneo desde un punto de vista general, y que, sin embargo, subsiste bajo la imposición de estructuras socio-políticas y de dominación muy diferentes" (Criado, e.p.). Como tal grupo de productores vinculados directamente a sus medios de producción, se define por oposición a otros productores primarios no campesinos, como las sociedades primitivas (Wolf, 1982: 12) o los agricultores pertenecientes a sociedades capitalistas (Shanin, 1976: 27). Podemos aislar cuatro principios claves para caracterizarlo: (1) Su carácter de pequeños productores agríco- las. (2) La explotación familiar como base de las actividades productivas y las relaciones sociales. (3) La vida en pequeñas comunidades rurales. (4) La subordinación respecto a otros grupos sociales. La relación con la tierra viene caracterizada por una vinculación directa con ella, como principal medio de producción (Shanin, 1983: 277). Sin embargo lo importante no es tanto su posesión como su apropiación, realizada a través de vínculos políticos y materializada en la inversión de trabajo sobre ella y en su uso como medio de producción (2). Así la relación con la tierra trasciende la esfera de la subsistencia para fundamentarse en relaciones socio-políticas. Estas relaciones, por su parte, se basan en la estructura familiar, lo que convierte al matrimonio en "un postulado absoluto" (Shanin, 1983: 279): el parentesco, las relaciones sociales excluyentes, son los que determinan la existencia de unos recursos propios por oposición a los ajenos -o, más (2) Idea tomada de un trabajo en desarrollo por J. Vicent García, expuesta en un curso perteneciente al programa de tercer ciclo del departamento de Historia I de la Universidad de Santiago impartido en 1993. T. P., 52, n.O 1, 1995 César Parcero Oubiña bien, de unos recursos ajenos por oposición a los propios (3). Es la familia y no el individuo la base de las relaciones sociales. Sin embargo existen por encima otros niveles de relación: la comunidad (aldea) y, sobre ella, por un lado la relación entre aldeas y por otro la subordinación a las redes de dominación que penetran en el campesinado (Shanin, 1976: 16) y que implican la existencia de formas de jerarquización social. Su base para la Edad del Hierro, usualmente, ha querido asentarse en aspectos relacionados con la supremacía económica, como la centralización de actividades redistributivas, etc. (p.e. Sin embargo, como ha hecho notar A. Gilman (1993), el ejercicio de la supremacía sobre la riqueza es, más que la causa última de la desigualdad, la más evidente manifestación del ejercicio de un poder coercitivo, físico y simbólico, que es condición indispensable para aquélla. Esta clara interferencia entre las esferas subsistencial, socio-política, simbólica, muestra que la división entre ellas no es más que una sencilla herramienta operativa de clarificación. Las construcciones simbólicas de la Edad del Hierro no sólo fundamentan las concepciones 'religiosas' sino que penetran en todos los ámbitos de una vida social que se construye a imagen de la vida religiosa (Le Roux y Gouyonvarc'h, 1991: 12, 108) (4). En este punto surgen las mayores dificultades para la reconstrucción moderna, pues las sociedades con las que estamos trabajando se estructuran a partir de nociones organizativas muy diferentes a las que estamos acostumbrados a emplear: "Estado, Sociedad, Nación, son parónimos, incluso sinónimos (oo.) y precisamente el mayor reproche hecho a los Celtas de la Antigüedad y Edad Media por los modernos historiadores es el no haber conocido una organización social o política que se corresponda con los criterios actuales al uso" (Le Roux y Gouyonvarc'h, 1991: 17).. Esta línea de reflexión ha llevado a diferenciar entre una Edad del Hierro familiar, emanada de los estudios tradicionales, y una Edad del Hierro diferente, resultante del reconocimiento de unas categorías sociales y simbólicas particulares (Hill y Cumberpatch, 1993). En este sentido debe prestarse atención al papel fundamental que en la sociedad humana y en la divina juega 1991: 39). Las actividades guerreras muestran una importancia no sólo simbólico-religiosa o social; además de ello, extienden su influencia sobre ámbitos tan "prosaicos" y evidentes como la protección de los medios de producción (la tierra) y de los propios poblados, o la adquisición de riqueza a través del pillaje. La guerra, sin embargo, no se puede explicar única o esencialmente por razones económicas (Cunliffe, 1988: 89) ya que no se trata de un belicismo "normal" alterado por las circunstancias, sino que se justifica más por razones sociales y simbólicas que por el inadecuado concepto de beneficio (Marco, 1993: 153; García Quintela, 1991: 362). Las comunidades de la Edad del Hierro en el Noroeste ibérico según la Historia Antigua Los rasgos generales que acabamos de dibujar requieren cierta matización para ser aplicados a un contexto como el Noroeste peninsular durante la Edad del Hierro (cultura castreña). Para ello examinaremos brevemente lo que se conoce respecto a la organización social y cultural del mundo castreño. El parentesco es uno de los aspectos más inaccesibles (García Quintela, 1991: 350-3); no obstante parece claro que son las relaciones familiares, los sistemas de herencia, los que establecen una primera categoría dentro de las relaciones sociales y de las formas de apropiación de los medios de producción económica (tierra, ganado) (5). Sobre ellas se superponen una serie de formas de organización de las que, en muchos casos, apenas se conoce más que su mera existencia. Si bien el carácter de cada una de ellas es todavía oscuro, parece claro que responden a un esquema de concepciones en absoluto extrañas en el mundo antiguo (García Quintela, 1991: 358). El papel de la guerra dentro del mundo castreño parece revelarse cada vez más notable. En esta situación no sólo basta con proponer la existencia de matices guerreros dentro de la sociedad castreña; debe reconocerse que la guerra es más que una actividad complementaria o adjetiva, ni (5) Ha de constatarse que no es una opinión unánime. Una corriente dentro de la Historia Antigua propugna el predominio de la adscripción social territorial (asentamientos) frente a unos diluidos vínculos de parentesco (p.e. La guerra se convierte en un elemento sustantivo, en consonancia con unas concepciones simbólicas que parecen mostrar rasgos acordes con el modelo de pensamiento trifuncional indoeuropeo (García Quintela, 1993; García Fernández-Albalat, 1990;1993). La guerra condiciona diferentes aspectos de la vida social castreña: (a) Se trataría de una guerra de pillaje y escaramuzas, a pequeña escala, que no se corresponde con el concepto clásico (Le Roux y Gouyonvarc'h, 1986: 113; Marco, 1993: 154). En buena medida supone un medio de consecución y acumulación de riqueza en manos de un grupo social (guerreros), enfocada a un tipo de bienes determinado (ganado) (García Quintela, 1991). (b) Socialmente, su importancia se manifestaría en la existencia de estos grupos guerreros, que formarían peculiares asociaciones tipo cofra- día, en particular relación con el resto de la sociedad; su existencia y características pueden suponerse a partir del análisis de los textos clásicos (García Quintela 1993: 116 y ss.) o del culto a determinadas divinidades (Bermejo, 1986b; García Fernández-Albalat, 1990). (c) En este sentido el concepto de guerra constituye un elemento fundamental de la construcción simbólica. Esto es especialmente comprensible si estamos de acuerdo en vincular al mundo castreño con la ideología trifuncional indoeuropea, como parece que podría hacerse (García Quintela, 1993; García Fernández-Albalat, 1990). En síntesis y como modelo general e hipotético, concebimos el mundo castreño del Noroeste como un conjunto de comunidades campesinas articuladas en una estructura social no igualitaria, organizadas elementalmente a partir de formas de base parental y territorial poco definidas (gentilitates, territoria, populi... ), que podrían a su vez incluir la desigualdad, y en cuyas construcciones social e imaginaria la guerra desempeña un papel determinante. CONTRASTACIÓN A TRAVÉS DE LA DOCUMENTACIÓN ARQUEOLÓGICA UN MODELO TEÓRICO DEL PAISAJE CASTREÑO Operativamente, la construcción de este modelo podría adoptar diferentes formas. P., 52, n.O 1, 1995 hargo l:S sencillo optar por un esquema que parta de las dimensiones del paisaje consideraoas en los Planteamientos (subsistencial, socio-política e imaginaria) organizadas en tres pasos: (a) el uso del suelo, reflejo oel desarrollo de unas prácticas de producción de subsistencias que se caracterizan por la intensa alteración del medio: (b) la ocupación del espacio, condicionada por prácticas sociales y relaciones socio-políticas en las que la fortificación por un lado y la territorialidad por otro actúan como elementos capitales: (e) la concepción del espacio, la construcción de un paisaje a través de la aplicación de categorías de pensamiento que convierten un elemento en principio "neutro" como el espacio en una creación cultural. En esta construcción la simbología relacionada con la guerra tiene gran importancia y nos servirá como hilo conductor. U n paso previo para plantear un modelo de uso del espacio es la ilustración del tipo de actividades en relación con su aprovechamiento, una definición del tipo de producción de subsistencias. No obstante, el modelo debe ir más allá de una fundamentación meramente económica y vincularse a otros condicionantes, entre los que hay que considerar: el factor ambiental, el tecnológico, pero también el social e incluso el imaginario, que son los que propician el desarrollo de unas actividades subsistenciales frente a otras (Ruiz y Molinos, 1993: 108). Respecto a estos dos últimos, podemos remitirnos a los planteamien- tos interpretativos precedentes; tratemos, aunque sea de forma sumaria, los primeros. Los constreñimientos ambientales son difíciles de aprehender, pero, en general, podemos asumir para el primer milenio a.e. unas condiciones ambientales equiparables a las que han influido sobre el sistema agrario tradicional gallego (Aira y Díaz-Fierros, 1991; Ramil, 1994). En cuanto a los condicionantes tecnológicos, el registro paleontológico permite suponer la existencia de elementos como el arado, el abonado y la tracción animal (Penedo, 1988), que posibilitarían el trabajo de algunos suelos profundos y pesados. Se ha planteado también la realización de obras de acondicionamiento del terreno, como surcos para el drenaje de la tierra (Criado, 1988: 103-4), o -la construcción de estructuras T. P., 52, n.O 1, 1995 César Parcero Oubiña artificiales que parece empezar a verificarse en el registro arqueológico (Parcero, e.p.) (6). Por otra parte la Eoao del Hierro europea ofrece ejemplos de la viabilidad de estas suposiciones (p.e. El registro polínico muestra, desde los inicios del asentamiento en castros, la práctica generalizada de la deforestación, de forma que en el 1 milenio a.e. se va produciendo un progresivo descenso del arbolado en beneficio de un paisaje abierto (Aira et a/ii, 1989: 80, 85, 92; Ramil, 1994: 122). Paralelamente se documenta en excavaciones la presencia de abundante se~illa de cereal (sobre todo trigo, centeno y mijo: Alvarez, 1991: 42) que las propias columnas polínicas confirman, tanto de forma directa como a través de sus plantas acompañantes (Aira el alií, 1989). Por otra parte, estudios bien conocidos desde el campo de la Historia Antigua han permitido situar en su lugar las afirmaciones de autores como Estrabón (Bermejo, 1986a; García Quintela, 1991: 360), que tradicionalmente habían servido como base para la defensa de un primitivismo productivo y de una economía fundada en la recolección y el pastoreo. A grandes rasgos se puede dibujar un esquema de producción alimentaria basado en dos cIases de cereal, uno de invierno (trigo y/o centeno) ElEMENTOS PARA El. ESTUmO DE LOS PAISAJES CASTREÑOS OEL NOROESTE PENINSUI.AR tU realia. Este es el soporte más adecuado para los cereales de invierno (trigo y/o centeno). que requieren amplias extensiones de suelos bien drenados y aireados, a cambio de un laboreo muy escaso (Barker, 1985: 44). También es idónea para el cultivo de leguminosas. de buenos rendimientos sobre suelos pobres. -Espacio de cultivo intensivo, de campos permanentes. El mijo, muy exigente en laboreo. abonado y reserva hídrica, no soporta un cultivo de roza y/o extensivo; requiere una fuerte inversión de trabajo sobre suelos profundos y permanentemente cuidados (Papadakis, 1960). En este tipo de terreno es donde debe esperarse una mayor claridad del efecto antrópico, incluyendo la posibilidad de estructuras de organización del cultivo artificiales como terrazas o agras (7), cuya existencia parece empezar a mostrar el registro arqueológico (Parcero, c.p.) (8). Las actividades ganaderas han sido normalmente sobrevaloradas. Si bien parece erróneo otorgarles un predominio cuantitativo, las evidencias apuntan en la línea de considerarla una actividad complementaria importante. No obstante creemos que deben cuidarse dos aspectos. En primer lugar, como ha sido señalado en otras áreas culturales (Ruiz y Molinos, 1993: 103 Y ss.), no es suficiente un análisis independiente de cada componente de un sistema productivo. La relación entre diversos tipos de actividades es más que el resultado de una simple operación aditiva; hay que considerar que cada una de ellas condiciona y es condicionada por las restantes, de forma que el verdadero interés no reside en su individualidad sino en el sistema articulado que conforman entre todas. Por ello y desde una óptica cualitativa, la ganadería no puede ser considerada una actividad de segundo orden, puesto que con ella se satisfacen exigencias como la fuerza de trabajo o el complemento calórico de la dieta (carne, lácteos, etc.). En segundo lugar debe evitarse una valoración meramente económica de las actividades productivas, lo cual es especialmente importante en el caso de la ganadería, actividad que parece haber estado dotada de importancia en el marco de las rela-(7) "El término agra o agro se refiere a un bloque de tierras cultivadas, individualizadas del resto del terrazgo mediante un cercado, mientras que en su interior se divide en diferentes parcelas sin límites físicos entre ellas" (Bouhier, 1979: 243). (8) Ver también el trabajo de M,J. Candal (nota 6). ciones sociales y simbólicas (García Quintela. Los restos paleontológicos constituyen la evidencia más directa de las especies animales, aunque la acidez del terreno gallego, que dificulta la conservación de los restos orgánicos, hace que sean muy escasos. Las cabañas más representadas son la vacuna, ovicaprina y porcina. Los análisis hasta hoy publicados (Vázquez, 1986; Penedo, 1988) muestran un aprovechamiento alimentario en todas las especies, aunque con importantes matices de diferencia. Los bóvidos ofrecen unas edades de sacrificio muy avanzadas, al contrario de las restantes especies. Este dato permite suponer que vacas y bueyes hayan sido utilizados preferentemente como fuerza de trabajo (en este sentido serían más significativos en relación con la agricultura que en sí mismos). Sin embargo también se puede intuir un mantenimiento intencional de la vida de los bóvidos por su importancia dentro de las relaciones sociales, en las que actuarían como bien mueble acaparado y atesorado en relación con actividades guerreras de tipo rapiña o saqueo o, en otro contexto, como parte esencial del sistema matrimonial (dotes) (Bermejo, 1986a: 33 y ss.). En el contexto europeo, el consumo de carne y lácteos de vacuno parece haber sido un lujo antes de épocas postmedievales (Barker, 1985: 31). La cabaña ovicaprina parece más apta para estos usos, así como para el aprovechamiento de su abono, de mejor calidad. Además son menos exigentes en cuidados ya que -y esto es importante-pueden pastar incluso dentro de los campos de cereal, frente a las amplias extensiones de pasto que requieren los bóvidos. El cerdo, por su parte, ofrece un alto aporte cárnico a cambio de una alimentación poco exigente; si a ello se añade su carácter prolífico, se puede obtener una compensación al menor aporte de carne de ovejas/cabras respecto a los bóvidos. Este esquema muestra evidentes semejanzas con otros coetáneos de áreas culturales diferentes (Ruiz y Molinos, 1993: 106 y ss.). La incidencia en el paisaje de las actividades ganaderas se reduciría a la apertura de terrenos de pasto. En algún caso las propias tierras de cultivo podrían haber servido para la alimentación del ganado (ovicápridos), pero en otros son necesarias superficies abiertas, de pradera, de cierta extensión. El registro polínico, una vez más, confirma la presencia de estas áreas, en cuya génesis la acción antrópica debió de estar T. P., 52, n.O 1, 1995 presente a través de la tala (Ramil. En muchos casos estas zonas serían las resultantes del abandono del cultivo de roza una vez que los suelos se hacen inadecuados ante la pérdida de agregación, que dificulta el drenaje -entre los 3 y 6 años de roturación (Criado, 1988: 102). Se suscita así una especie de ciclo muy elemental y sencillo de rotación, que incluso podría tener carácter no intencional, ya que parece difícil sostener ciclos complejos para la Edad del Hierro. Una fuente adicional de recursos es el terreno inculto. El uso tradicional del monte en Galicia muestra (Balboa, 1990) que se ha tratado de un elemento de primer orden del sistema productivo campesino: además de proveer de materias primas, actúa como espacio de cultivos extensivos de roza y en relación con la cría del ganado: pasto fresco, alimento para el invierno y abonado para los campos, como el eslrume, a partir de la fermentación del loxo en los establos con los excrementos animales (Balboa, 1990). La recolección es una actividad comúnmente admitida para el mundo castreño, si bien su importancia se ha ido matizando. La explotación de recursos cinegéticos está atestiguada (Vázquez, 1986; Penedo, 1988), aunque no resulta fácil valorar su entidad cuantitativa. Usualmente se le ha otorgado un papel anecdótico fundado tanto en la escasez de restos de fauna no doméstica como en una exageración del antiprimitivismo productivo castreño. Sin embargo el registro paleontológico no es en el Noroeste una evidencia absolutamente fiable; por otra parte es factible pensar en la caza en términos semejantes a los del ganado vacuno, como una actividad más simbólica o social que puramente económica (García Quintela, 1991: 366-8). A partir del esquema de actividades productivas que hemos venido exponiendo puede plantearse un modelo de uso del suelo para época castreña. En este punto hay que considerar la diferencia que existe entre dibujar un esquema de la subsistencia, a partir de distintos tipos de evidencias, y tratar de plantear los caracteres de un complejo sistema de uso del suelo desaparecido. Por ello es necesario recurrir a alguna analogía metodológica que fundamente la re-construcción; en este caso será el sistema agrario tradicional de Galicia, un complejo a grandes rasgos uniforme desde la Edad Media hasta los inicios del siglo XX (Bouhier, 1979; Balboa, 1990). La base para establecer la matriz física de este modelo debe buscarse en la idea común que -El espacio de cultivo, dividido en dos: un cultivo de amplias superficies, con sistema de TOza, extensivo, y un cultivo intensivo, de pequeños terrenos, con fuerte inversión de trabajo y rendimientos abundantes. -El espacio de pastoreo, con tres posibles localizaciones: la determinada por el abandono del cultivo, temporal o definitivo, según el sistema de rotación no intencional antes planteado; el aprovechamiento del inculto y las áreas de suelos hidromorfos, localizadas bien en las partes más bajas de los valles o bien en pequeñas cubetas de zonas altas, que desarrollan un pasto húmedo natural que pudo haber sido aprovechado sobre todo en verano. -El espacio no cultivado, que adoptaría dos posiciones: las zonas de divisoria, que actúan como límite dentro del modelo de paisaje cóncavo (Criado, 1988: 91), en las que la escasa profundidad de sus suelos sólo posibilita el desarrollo de matorral y, a lo sumo, formaciones boscosas abiertas. En segundo lugar estarían las partes bajas de los valles, en las que se supone la existencia de bosques amplios y cerrados (Aira et alii, 1989). LA OCUPACiÓN DEL ESPACIO El estudio de los condicionantes económicos sólo puede darnos las claves de lo que se ha dado en llamar localización o posición de los yacimientos (Carballo, 1990: 173), esto es, su situación a gran escala. Según esto, son las actividades subsistencia les primer y más amplio determinante de la ocupación del espacio. Sin embargo, más allá de este condicionamiento general se esconden otras razones que son las que explican "el proceso complejo de interacción entre circunstancias espaciales y socio-culturales que subyace a la localización puntual de un yacimiento" (Criado, 1992: 248). Llegamos así al estudio del emplazamiento. Lo que tratamos de plantear es lo siguiente: si bien los cas- tros se asocian en general a zonas de valle en función de su modelo de producción económica, las posibilidades de emplazamiento en un valle son múltiples, como también son múltiples los tipos y posiciones de valle posibles. Debe, pues, delimitarse por qué se opta por unas en detrimento de otras que podrían responder igualmente a los patrones de aprovechamiento del medio. Entre los factores condicionantes del emplazamiento castreño se ha venido insistiendo con fuerza en varios, como el buen dominio visual (Carballo, 1993: 57-9) y las buenas condiciones defensivas naturales (Rodríguez el alii, 1990-1: 176). El dominio del entorno guarda relación con la conformación de un paisaje cóncavo entendido como cuenca visual, dentro de la que se escogen los puntos de emplazamiento que permiten observarlo en su totalidad. Ambos factores convergen a la hora de establecer como puntos preferentes de emplazamiento aquellos claramente destacados sobre el entorno (Peña, 1992: 378). Sin embargo a nuestro juicio ninguno de los factores apuntados sería definitivo, sino un nuevo concepto que, incluyendo a los anteriores, los amplía: la monumentalidad. Según esta idea, un castro no es solamente un poblado, ni siquiera un recinto fortificado, sino un monumento, un hito que más que situarse en el paisaje lo organiza y lo dota de sentido -de forma consciente y ostensible (Penedo y Rodríguez, 1992: 211). La monumentalización (Criado, 1993: 50-1) se realiza fundamentalmente a través de la creación de obras artificiales destacadas y emplazadas de modo que se resalte su visibilización (9) y su permanencia en el tiempo. La visibilización consciente de un objeto en el paisaje supone algo más que un rasgo adjetivo, representa "una categoría sustantiva que (... ) debió presidir la generación cultural del mismo" (Criado, 1988: 99). El estudio del emplazamiento castreño debería partir, pues, de la imbricación de tres elementos: condiciones defensivas, visibilidad y (9) Atracción visual de un objeto en el espacio. 4Ul." se articulan en el concepto de mOlluml'lltalid(l(l aplicado a los'castros (Parcero. El emplazamiento es una de las claves para diseñar un mudelo concerniente a la dimensión social del paisaje castreño. pero la idea de monumento trasciende la mera dimensión social para adentrarse en el campo de los condicionantes simbólicos; no es difícil adivinar los matices imaginarios que devienen del propio concepto de monumento (Criado, 1993). La monumentalidad castreña se expresa ante todo a través de la fortificación, en función de unas prácticas sociales y concepciones culturales determinadas. Los castros, concebidos como monumentos, reflejan la trascendencia de la fortificación en un doble sentido: (a) Como medio de crear un espacio doméstico definido, cerrado y delimitado que, además, es significativo espacial y temporalmente. Esto supone un factor de evidente novedad frente a la situación característica de momentos culturales anteriores (Méndez, 1994); implica un cambio notable en los modos de concebir el espacio de habitación y su relación con el entorno, sin duda en relación con la aparición de la sedentarización (Peña, 1992: 378), entendida como el paso hacia una agricultura de campos permanentes (Criado, 1988: 99) (Bermejo, 1992: 43-5). Más escasas son las tentativas de acotar el espacio geográfico que abarcarían esos modelos territoriales. En este punto la complejidad es grande, pues todavía no está claro si existían más de un tipo de organizaciones territoriales, cuál era su carácter, etc. La Arqueología por sí sola poco puede aportar, a menos que le concedamos un valor inferencial absoluto que, como apuntamos en los planteamientos, no es sostenible. De todas formas para el estudio de la Edad del Hierro contamos con la aportación de la epigrafía o las fuentes textuales clásicas, e incluso podemos admitir la validez de la documentación altomedieval (Pena, 1991;1993). Es a través de estos testimonios como se ha logrado avanzar en el conocimiento de los sistemas de pertenencia social y territorial, a pesar de su persistente desatención desde la Arqueología. La epigrafía y los textos antiguos muestran como, al lado de instituciones de un indefinido carácter parental, étnico, etc. (tipo gen tilita tes, populus), debieron existir entidades de base territorial (territorium, castrum o castellum, etc.) que, igual que las primeras, se superpondrían de una forma todavía poco clara (García Quintela, 1991: 354-8). Parece que cada aldea (poblado) debió actuar como el primer nivel de organización territorial, pues "el castro, de un modo u otro, tuvo que constituir un elemento definidor de la pertenencia social de cualquier individuo" (García Quintela, 1991: 353), cuyo carácter e inmersión en unidades más amplias se nos escapa a través de las fuentes clásicas. La investigación desarrollada por A. Pena en el área del señorío medieval de Trasancos (Noroeste de A Coruña) permite enfocar el tema a través del estudio de la documentación altomedieval; según este autor el escaso impacto de la romanización en las estructuras de organización del mundo castreño se traducirá en la pervivencia de los modos de distribución territorial hasta época altomedieval. Será entonces cuando la cristianización (Rodríguez Fernández, e.p.) introduzca un nuevo modelo de territorio con sedes episcopales y territoria señoriales que, en lo esencial, se basaría en las estructuras precedentes (Pena, 1991;1993). Pero, ¿es posible aproximarse a una delimitación de la territorialidad al nivel más elemental? En este sentido lo más interesante es volver a la idea del paisaje cóncavo, no sólo como elemento que articula el paisaje agrario sino también como factor de importancia territorial; no sólo como ámbito de desarrollo de la actividades subsistenciales, sino como patrón de apropiación de un territorio basado en ellas. De esta forma, los territorios teóricos de las aldeas gallegas (determinados por medio de la técnica de los polígonos de Thyssen) coinciden a menudo con las divisorias de valles, ofreciendo "una concordancia entre ambas superficies que muestra la adecuación del asentamiento tradicional al principio del paisaje cóncavo" (Criado, 1992: 250). Esta adecuación revierte en una habitual coincidencia entre dichos territorios y las actuales parroquias, que, por consiguiente, suelen mostrar una correlación con los territorios definidos también de forma teórica para el mundo castreño (Parcero, 1995). Esta coincidencia es uno de los elementos de mayor importancia a la hora de articular la relación entre paisaje tradicional y paisaje castreño, recurriendo para ello a invocar la presencia del paisaje cóncavo detrás de ambos procesos. La correlación, no obstante, no debe leerse de modo lineal, como una mera perduración o fosilización en el tiempo de un modelo de organización territorial. Supone, por el contrario, un ejemplo claro de lógica del tercer factor. Es así como podemos considerar las cuencas visuales que responden al modelo de paisaje cóncavo como unidad significativa a nivel territorial básico. Su aplicabilidad al mundo castreño viene refrendada por el papel de límites que parecen haber jugado los montes y los bosques, las tierras de nadie, alejadas de las zonas de habitación y cultivo (García Fernández-Albalat, 1990). De esta manera entroncamos con las dimensiones simbólicas del paisaje. LA CONCEPCIÓN DEL ESPACIO Los elementos que configuran la concepción del espacio no conforman una relación materializada sino un vínculo imaginado, que podría de-rinirse como la dimensión simbólica o imaginaria del paisaje. Su estudio significa intentar acceder a aspectos completamente no evidentes (el pensamiento) él través de su plasmación en otros sí perceptibles (el paisaje). El prohlema fundamental reside en tratar con grupos sociales regidos por patrones de racionalidad diferentes de los nuestros, que no pueden ser encajados en nuestras categorías de pensamiento de una forma directa y "natural" (Hill y Cumberpatch, 1993). Aquí, más que en ningún otro punto, es evidente 10 inadecuado de los procedimientos tradicionales de la Arqueología espacial, en la medida en que una lectura acrítica y directa de las evidencias espaciales, de los datos, sólo permite adaptarlos a nuestros propios esquemas de racionalidad y de lo simbólico, privándolos de contexto y, por tanto, validez. Por otra parte hay que reconocer la imposibilidad de reconstruir los elementos simbólicos del mismo modo en que fueron concebidos (Tilley, 1989en Bermejo, 1990: 229), lo cual no implica renunciar a su análisis. La única forma de superar las limitaciones anteriores es a través de la creación de propuestas hipotéticas, elaboradas a partir de dos componentes. Por una parte el análisis de los elementos simbólicos (no funcionales) del registro material de la cultura (Bermejo, 1990: 228); por otra parte la conjugación de ese registro así analizado con el recurso a modelos antropológicos (Criado, e.p.). Al ser un campo escasamente abordado, la base para la construcción de un modelo del imaginario castreño es muy limitada. La Arqueología en el Noroeste peninsular ha desatendido, por norma general, el análisis de los aspectos simbólicos del mundo castreño, al contrario de lo que ocurre con otros estadios culturales como el mundo megalítico. La paradoja es todavía mayor al considerar que disponemos de puntos de apoyo extra-arqueológicos para su estudio, inexistentes para esas otras etapas. A partir del análisis de las evidencias de estructuras de organización social y simbólica disponibles parece llegarse a la necesidad de reconocer que el modelo más válido para su interpretación es el que ofrece el mundo céltico (Bermejo, 1986b; García Fernández-Albalat, 1990;1993; García Quintela, 1991). Todavía es pronto para proponer un modelo de la concepción del espacio castreño, de forma similar a lo que ocurría con el estudio de su ocupación. Sin embargo es importante poder apun-T. En concreto el estudio del espacio imaginado dehe progresar a partir del concepto de geogra- fía mítica. El importante trabajo de B. García Fernández-Albalat (1990) ha abierto un camino todavía poco transitado. Su propuesta parte del recurso a los modelos indoeuropeos, intentando establecer algunas de las bases hipotéticas para el estudio de la ¡;eografía mítica (10); en los párrafos que siguen intentamos ofrecer un~ serie de consideraciones sobre su trascendencIa para el estudio del paisaje castreño. El primer espacio definido con contornos simbólicos es la llanura. Su simbolismo responde a un conocido tema indoeuropeo relacionado con la soberanía y la guerra: la llanura es el lugar en que se desarrollan los combates! llític.os, I;>ero es también la forma asignada en ellmagmano al Otro Mundo (García Femández-Albalat, 1990: 322). Su relación con la guerra se refleja en los propios nombres de algunas divinidades como Macha ("llanura"), divinidad relacionada con la soberanía guerrera. La llanura, al igual que estas divinidades, se relaciona también con el mundo de los muertos y el Más Al/á, especialmente los muertos en la guerra (García Femández-Albalat, 1990: 343). Entendidas la organización social y la sociedad divina indoeuropea como reflejo mutuo y recíproco (Le Roux y Gouyonvarc'h, 1986: 16-7), el correlato de esta asociación mítica se realiza con la consideración de la llanura como lugar en el que corresponde desarrollar ciertos ritos, en especial conexión con las actividades guerreras. La llanura en este contexto, sin embargo, es un concepto perteneciente a la geografía mítica, no una idea puramente topográfica. Su correlato físico parece distar bastante del concepto de lugar plano y abierto: parece relacionarse con la idea de centralidad, con un lugar libre en el sentido simbólico, con significación religiosa y cultual. Estos lugares simbólicamente centrales suelen tener paradójicamente su traslación física en áreas distantes de nuestra idea de llano: cimas de montes, altos generalmente señalados por la presencia de hitos naturales (bosques, (10) "Una concepción del espacio como algo que puede ser organizado desde un _ punto de vista religioso y no meramente geográfico" (García Fernández-Albalat, 1990: 136). T. P., 52, n.O 1, 1995 César Parcero Oubiña rocas). a veces levemente artificializados a través de. por ejemplo, inscripciones (Penas, 1986; García Fernández-Albalat. El estudio teonímico y toponímico ha permitido identificar elementos relacionados con el simholismo de la llanura en el mundo castreño. En concreto parece clara la identificación de una divinidad (Reua, equivalente a Macha) y de algunos epítetos con este tema mítico: Laraucus o Laroucus, Lanobrigae (García Femández-Albalat, 1990: 320, 31, 133 Y ss). También se ha puesto en relación con esto la existencia de restos de los que podrían ser santuarios de época castreña, que responderían al correlato físico de ese concepto de llanura, como los del Castro de Novás (García Femández-Albalat, 1990: 341) o Panoias (Silva, 1986). El segundo espacio simbólico es el de la frontera. Entronca en muchos sentidos con la territorialidad, pero adquiere connotacione~ ~~s amplias ya que no se reduce a una mera slgmflcación socio-política. El mundo indoeuropeo nos muestra una concepción de estos lugares como tierras de nadie, y como tales, áreas adecuadas para el desarrollo de actividades intergrupales. Entre ellas las más representativas son las asambleas y las celebraciones festivas, aunque también acontecimientos más periódicos como mercados (fora). Estas áreas coincidirían normalmente con zonas de bosque y en relación, de nuevo, con afloramientos rocosos señalados (García Femández-Albalat, 1990: 341), lejos del espacio doméstico (11). A partir de la consideración de. estos dos espacios simbólicos se conforma una mteresante dualidad, común a numerosas culturas (Bermejo, 1992: 44-6; para el mundo griego Vemant, 1983: 135 y ss.): -Por un lado el espacio doméstico, monumentalizado en el paisaje de forma evidente espacial y temporal, constituido por las áreas de habitación, pero también las de desarrollo de la actividad productiva, a través de sistemas de organización y parcelación del terrazgo (Parcero, e.p.) Es un espacio esencialmente cerrado, finito, delimitado por obras artificiales que se destacan sobre su entorno y marcan su diferencia respecto al área no domesticada por la actividad humana continua, las zonas de monte, el sa/tus. El valor de los afloramientos rocosos como elementos simbólicos parece operar también en el megalitismo (Villoch, e.p.). través del espacio doméstico como en este momento se hace evidente la presencia humana en el entorno, al contrario de lo que caracteriza a momentos anteriores (Méndez, 1994), pero lo es, además, en forma de paisaje fortificado, lo cual añade un claro matiz bélico. -El espacio no doméstico, alejado permanente o usualmente del desarrollo de actividades productivas. Es un espacio abierto, ilimitado, carente de una definición estricta, lo que introduce el primer punto de oposición con el espacio doméstico. El segundo es que en él no se concentran las"¡ actividades productivas (12); no es un área aje'na a la actividad humana, pero el tipo de actividadés que acoge son muy distintas, bien de tipo guerrero o bien de tipo sagrado o soberano (fiestas y asambleas). La plasmación concreta de las anteriores ideas plantea numerosos problemas. El mayor de ellos es la necesidad previa de conocer satisfactoriamente los elementos no imaginarios, problema que se hace evidente después de haber propuesto un esquema bipartito de las formas de concebir el espacio, en el cual los modos de pertenencia social y territorialidad juegan un papel importante. Sin conocer en detalle estos sistemas, la construcción se debilita. Sin embargo queda el recurso a la forma de significación territorial que hemos reconocido como paisaje (12) Al menos de forma continua, con una alteración directa y consciente del medio. cóncavo. Dentro de este modelo la distinción entre el espacio doméstico, cotidiano y el espacio no artificializado puede relacionarse con la separación entre lo culto y lo inculto, según se vio en el modelo subsistencial (Fig. 1). Así el territorio doméstico adquiere una conformación central en el plano simbólico, situándose en el eje entre dos espacios carentes de una presencia humana evidente pero foco de los referentes imaginarios: (1) las zonas de divisoria, llanura y/o frontera, abordadas con anterioridad, y (2) los cursos de agua y sus espacios anejos, cuyo simbolismo no hemos tratado pero que parecen estar también en conexión con el imaginario castreño -vía de entrada en el más allá y lugar ocupado por ciertas divinidades, en relación una vez más con el mundo de la guerra (García Fernández-Albalat, 1990: 306-10). ELEMENTOS PARA LA CONTRASTA-CIÓN Los apartados anteriores contemplan una serie de formulaciones hipotéticas acerca del mundo castreño que, como tales, tienen un intencionado carácter genérico y global, que nos permite considerarlas de dos maneras distintas: como hipótesis puntuales, pero también como modelos generales, que dejan de ser herramientas operativas válidas únicamente para este trabajo y se convierten en parte de la síntesis, en T. P., 52, n.o 1, 1995 Fig. 3. Localización de la zona de lrahajo. elementos que, por su validez global, son tanto un medio como un fin. En este último sentido se agotan en el apartado anterior. Sin embargo en su utilización como hipótesis están todavía pendientes de contrastación. Para ello hemos recurrido a un área de unos 150 km 2, al Noroeste de la provincia de La Coruña, en los términos municipales de Ferrol, Narón y Valdoviño (Fig. 3). En esta zona se han documentado a través del trabajo de campo (13) un total de 32 yacimientos fortificados previsiblemente pertenecientes a la Edad del Hierro (Fig. 4). Considerada desde una perspectiva general, su distribución muestra preferencia por las áreas bajas, de relieve suave, reflejada en la concentración de los castros en torno a las zonas de valle. La configuración topográfica de la zona no (13) Prospección superficial de la zona desarrollada en 1992 a cargo de Emilio Abad Vidal y Roberto Aboal Fernández, además del autor, con el pertinente permiso de la Dirección Xeral do Patrimonio. T. P., 52, n.o 1, 1995 César Parcero Oubiña permite delimitar cuencas con demasiada claridad. pero allí donde sí es posible hacerlo (yacimientos n° 2.3,4.6,20,21 ó 22) resulta clara su inclusión en modelos de paisaje cóncavo. Esta correlación se corresponde, en lo referente al uso del suelo. con una vinculación de los castros a las zonas de mejor potencialidad agrícola (Fig. 5); así, dentro de una distribución de yacimientos bastante dispersa, se aprecian significativos vacíos en las zonas altas, cimas de divisorias y áreas de relieve accidentado, de baja o nula productividad. A un nivel más detallado trataremos de delimitar teóricamente un entorno de uso y ocupación para cada yacimiento. Para ello hemos combinado tres procedimientos analíticos bien conocidos: los polígonos de Thyssen, las líneas de isocronas (14) Y el área de visibilidad en un radio de 700 metros (15). La presentación detallada de algunos de los asentamientos así analizados (Figs. 6 y 7) muestra una convergencia (14) Se ha optado por la isocrona de 15 minutos debido al suave relieve de gran parte de la zona y a la gran densidad de yacimientos. (15) Límite de la "posibilidad de observación de elementos visualmente atractivos" (Escribano, 1991: 84). hacia las superficies actualmente en cultivo,'lU\;! coinciden, además, con las zonas en las que hemos propuesto la hipotética localización de los campos de cultivo permanentes: el entorno inmediato dd yacimiento, y especialmente las partes inferiores de las ver! ientes. Este patrón de localización se complementa y matiza con el análisis de los emplazamientos. En la zona de trabajo escogida los asentamientos muestran una preocupación por potenciar las tres variables que hemos acotado anteriormente (visibilidad, visibilización y condiciones defensivas), tanto en el entorno inmediato (Fig. 8) como en largas distancias, posicionándose como elementos claramente visibles (e intervisibles) en el paisaje (Fig. 9). De todas maneras la combinación de estos tres elementos no es constante y uniforme, sino que en algunos casos se registra el predominio de alguno. En estos casos se produce una compensación a través de los elementos artificiales, de forma que los castros emplazados en posiciones peor defendidas o visibles T. P., 52, n.o 1, 1995 son los que registran unas estJ; ucturas más evidentes y monumentales (p.e. los n" 9. La preferencia en la localización por zonas bajas se refuerza con una orientación general de los asentamientos hacia las partes inferiores de las cuencas, con notable o completo desinterés por un control visual o un acceso inmediato a las áreas productivamente desaprovecha bIes y topográficamente de difícil acceso (Figs. Este hecho complementa la aludida ausencia de yacimientos en las zonas más destacadas del paisaje, como las líneas de divisoria, conformando una dualidad entre el grado de ocupación y apropiación de unas y otras, entre una zona dominada y conceptual izada desde los yacimientos y otra de espaldas a éstos. Precisamente en estas zonas "marginales" se concentran referentes de carácter hipotéticamente simbólico: la toponimia alude a su papel tradicional como límites; en ellas se concentran las principales necrópolis megalíticas (Fig. 10), que, asimismo, habrían jugado también un importante papel para la delimitación territorial desde, al menos, la Edad Media (Pena, 1991: 25 y ss.). Equidistancia CUf'VO$ de ni....!: 100 """ro. El análisis que hemos presentado es tan sólo una muestra muy sintética del tipo de uso de los procedimientos espaciales que hemos propuesto y ofrece una pequeña muestra de su rentabilidad, que se resume en la capacidad de nuestra elaboración hipotética acerca del paisaje castreño de funcionar como herramienta de trabajo, como aproximación a una concepción global y cohesionada de la dimensión espacial de un grupo socio-cultural cuyos contornos pueden empezar a atisbarse.
Se ha realizado, con medios de bricolage, un equipo para hacer perfiles (calicatas) eléctricos. A fin de probar su viabilidad práctica se han llevado a cabo una serie de experimentos programados cuidadosamente, seguidos de su correspondiente tratamiento numérico, que han permitido conocer los límites de aplicación del equipo. Los resultados obtenidos son válidos y reproducibles, demostrándose que con unos medios materiales muy limitados se pueden realizar prospecciones geofísicas mediante perfiles eléctricos de poca profundidad, útiles en Arqueología. La realización de estudios de resistividad con el objetivo de obtener información sobre yacimientos arqueológicos requiere el uso de equipos geofísicos. Dado que tales equipos son caros (entre 800.000 y 1.200.000 ptas. actualmente en España) y que, en contrapartida, los principios en que se basan son muy sencillos, hemos decidido realizar un equipo con medios de bajo cos- te (lo que se puede encontrar esparcido sobre la mesa de cualquier laboratorio de electrónica), que sea válido, que se pueda montar sobre la marcha y, por supuesto, muy económico. La idea directriz de este trabajo es que los equipos comerciales están enfocados, en general, a su empleo en sondeo eléctrico vertical, para aplicación en hidrogeología o para calicateo de bastante profundidad en minería. En arqueología, por el contrario, las estructuras investiga-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 14M das están, normalmente, a muy poca profundidad y recubiertas, en bastantes ocasiones, de materiales poco resistivos, lo que permite obtener buenos resultados con aparatos de menores prestaciones. Lógicamente, hemos realizado una serie de experimentos que permitan conocer la fiabilidad de las lecturas que el equipo realiza, y señalar sus límites de utilización. En el desarrollo de estos experimentos se ha adquirido también cierta experiencia sohre cuestiones prácticas de uso del equipo, que se indican con la idea de evitar que los potenciales usuarios tengan que redescubrirlas. Se detallan los aparatos usados, los experimentos planteados y los resultados brutos obtenidos, así como los resultados del tratamiento estadístico de dichos datos. En resumen, se proporciona la información necesaria para reproducir y comprobar las experiencias que permitan usar con confianza el equipo diseñado, tan tosco en apariencia. Sea un conductor de longitud l. Si la superficie de la sección es S, se demuestra que la resistencia R al paso de la corriente eléctrica aumenta con la longitud y disminuye con la sección según la ecuación: R=p~ S siendo p una constante de proporcionalidad (denominada resistividad) que permite ajustar la ecuación. Al repetir el experimento con otro conductor de las mismas características geométricas pero de distinta naturaleza, se observará un diferente valor de p, con lo que se comprueba que dicho valor depende de la naturaleza del conductor. Dimensionalmente, S es una longitud al cuadrado, es decir, [S] es decir, la resistividad tiene las dimensiones de una resistencia por una longitud. La resistencia eléctrica R puede calcularse a partir de la Ley de Ohm: El fundamento de los estudios de resistividad del terreno p es que este parámetro puede ser calculado conociendo la resistencia eléctrica del terreno R y multiplicando por una constante K, cuya dimensión, como se ha indicado, es una longitud, que es controlable en función del dispositivo (disposición de electrodos) empleado. La resistencia eléctrica se calcula midiendo tanto la intensidad I de corriente introducida en el terreno mediante los electrodos de corriente (A,B), conectados a un generador y a un amperímetro, como la diferencia de potencial generada.1 V, que se detecta en los electrodos de medida (M,N). Estas variables se rigen por la siguiente expresión: El dispositivo que muestra la figura 1 sería suficiente, a pesar de su simpleza, si no existiesen perturbaciones externas derivadas de factores tan diversos como (Martín Marfil, 1973) -Corrientes telúricas, derivadas en último extremo de la rotación terrestre y de las actividades atmosférica y solar. Suelen variar en períodos muy largos y tener un valor absoluto pequeño. -Polarización de electrodos, originadas por el contacto de los electrodos con el terreno. Este efecto crea el problema más importante puesto que puede dar lugar a diferencias de potencial en torno a la décima de voltio, con una variación rápida durante un par de minutos en un rango de valores de milivoltios; después cambia muy lentamente en este mismo orden de magnitudes. Estos problemas se solucionan, en parte, mediante el uso de electrodos impolarizables de porcelana porosa, que resultan útiles cuando se deben realizar gran cantidad de medidas en el mismo punto (caso de los sondeos eléctricos), pero son poco prácticos cuando los electrodos deben cambiar continuamente de sitio (caso normal en arqueología, donde se emplean métodos de calicatas con preferencia a los de sondeo). En este último caso es mas sencillo usar como electrodos picas de cobre, que pueden servir indistintamente como electrodos de corriente o de potencial. Por otra parte, casi todos los equipos llevan un sistema de compensación electrónica que pone a cero el milivoltímetro durante el intervalo de tiempo necesario para realizar la lectura o, en su defecto, algún sistema de cambio de polaridad de la fuente. Descripción del equipo diseñado El equipo utilizado en este trabajo emplea picas de cobre de longitud comprendida entre 50 y 70 cm y diámetro comprendido entre 1 y 2 cm, como electrodos válidos para todo uso; además, se ha utilizado cable 1 mm de diámetro, soldado a la pica y aislado, terminado por el otro extremo en un conector tipo banana. El cable empleado es de tipo standard (monofilar de 1 mm. de diámetro y de 100 m. de longitud, más que suficiente para los trabajos normales en Arqueología) y como instrumento de medida se utiliza un polímetro digital totalmente standard para medir la intensidad (incluso el más barato supera con creces el rango de valores y la sensibilidad necesarios en este tipo de pros-pección geofísica). Las diferencias de potencial se miden con un multímetro que permite medición relativa, es decir, un polímetro con puesta a cero. Este tipo de instrumento era relativamente caro hace unos años (en torno a las 100.000 ptas), pero en la actualidad se puede adquirir por precios inferiores a un tercio del citado valor. Como fuente de alimentación hemos usado indistintamente pilas secas de 4.5 voltios, soldadas en serie (por operatividad hemos limitado la salida máxima a 145 voltios, aunque no existe límite al voltaje de salida) o minibaterias recargables de plomo ácido, convenientemente conectadas en serie. El resto del equipo, cintas métricas, martillos, etc, no tiene ninguna característica especial. Para estudiar la estabilidad del sistema, se han diseñado y realizado una serie de experimentos orientados a establecer la fiabilidad del equipo y los valores límite entre los cuales el aparato es operacional, utilizando diferentes configuraciones de electrodos. Estos aspectos se han comprobado mediante experimentos encaminados a evaluar: -tiempo de estabilización de la lectura de corriente -tiempo de estabilización del potencial de polarización -registro de condiciones ambientales -análisis de estabilidad: -con dispositivo Wenner simétrico -con dispositivo dipolo-dipolo -con dispositivo asimétrico -conservación de la linealidad -reproducibilidad Tiempo de estabilización de la lectura de corriente Un aspecto importante, fundamentalmente de tipo operativo, es el conocimiento del tiempo que necesita el equipo en alcanzar la estabilidad para, de esta forma, poder realizar lecturas fiables. A este fin, se han realizado varias medidas destinadas a determinar el tiempo que tarda en estabilizarse la lectura del miliamperímetro desde el momento en que se le aplica corriente. Como criterio de estabilidad se ha adoptado que el dígito de la décima de miliamperio se man-T. P., 52, n.o 1, 1995 tenga invariable durante 5 segundos, tiempo suficiente para realizar la lectura (el criterio temporal es arbitrario, pero adecuado para conseguir lecturas cómodas y homogéneas): normalmente la intensidad di sminuye rápidamente en los primeros momentos, pero la estabilización se obtiene antes de 10 segundos si se emplean baterías recargables. Utilizando pilas secas el tiempo de estabilización puede llegar a l minuto y, en este caso, la intensidad disminuye al principio, alcanza un mínimo en el que se mantiene unos segundos y puede subir posteriormente (normalmente se han realizado las lecturas en este mínimo temporal). Este parámetro se ha considerado de tipo operativo. por lo que no se ha efectuado ningún tratamiento especial de los datos obtenidos (Tabla la). Para los datos expuestos en dicha tabla se ha utilizado como fuente de alimentación una minibatería recargable de 12 voltios y las picas se colocaron con una separación de 3 m. A efectos prácticos, el comportamiento de la fuente de alimentación empleada debe determinarse en el propio campo (dado que ésta muestra cierta variabilidad según su estado de carga), a fin de realizar todas las medidas subsiguientes con el mismo criterio. Tiempo de estabilización del potencial de polarización Como en el caso anterior, es importante conocer el tiempo de estabilización de los electrodos de potencial; para ello, se han realizado las medidas correspondientes siguiendo una metodología similar a la utilizada en operación real. En primer lugar se han clavado los dos electrodos a 1 m. de distancia y se ha realizado una primera medida. Posteriormente se ha ido substituyendo el electrodo delantero por uno nuevo, mientras que el antiguo delantero pasaba a ser electrodo trasero sin cambiar su situación en el terreno, manteniendo la distancia interelectródica en 1 m. en cada cambio de situación. En este experimento se ha considerado que el sistema era estable cuando la cifra del milivoltio se mantenía durante 5 segundos. Este hecho marca uno de los límites del sistema, esto es, la imposibilidad de realizar lecturas con mayor precisión que 1 milivoltio, de la misma forma que el experimento anterior estableció el límite para la lectura del input en la décima de miliamperio. El tiempo de estabilización es normalmente inferior a los dos minutos (Tabla lb), lo que'permite tomar un número suficiente de medidas en un tiempo razonable (sin embargo, las condiciones ambientales pueden aumentar esta cantidad y disminuir la rapidez en la obtención de las medidas). De igual forma que en el experimento anterior, los datos no han sufrido ningún tratamiento de tipo matemático. Y, como antes, se recomienda estudiar en cada caso el comportamiento sobre el terreno del equipo utilizado, a fin de realizar las lecturas con un criterio homogéneo. Registro de condiciones ambientales Como complemento al experimento anterior. y con la idea de conocer la evolución del potencial que sufren los electrodos de medida (CO- rrientes vagabundas. de polarización de electrodos y telúricas). se han realizado registros de potencial en papel continuo. con un registrador analógico colocado a su sensibilidad máxima ( 10 milivoltios de fondo de escala) y con diferentes velocidades de registro (entre 1 mm/s y 0.5 mm/minuto). En todos los casos se confirman los resultados expresados en la Tabla 1 b, es decir, existen variaciones del orden del milivoltio durante los primeros 2 minutos transcurridos desde el momento de colocar los electrodos en el terreno para, posteriormente, estabilizarse y mantener variaciones de décimas de milivoltio. En los registros de más duración se observan los efectos de las corrientes telúricas, cuya influencia es nula a efectos de prospección, dada su baja frecuencia. En todos los casos se han usado como electrodos de medida picas de cobre clavadas a 1 m. de distancia. Análisis de estabilidad con dispositivo Wenner Para comprobar la estabilidad del sistema se ha montado un dispositivo Wenner con separación de electrodos de 1 m., realizándose 58 medidas de las que las 13 primeras no se han usado en los cálculos puesto que eran medidas de prueba destinadas a observar el comportamiento del sistema. Las lecturas se han realizado sin cambiar la posición de los electrodos, colocados en el jardín del Instituto Andaluz de Geofísica, utilizando como fuente de alimentación pilas secas, conectadas en serie, proporcionando una salida de 9 voltios. El amperímetro proporcionaba lecturas que descendían rápidamente y, posteriormente, se estabilizaban para iniciar una lenta subida final. Las lecturas de intensidad y voltaje se ha tomado en este mínimo. El jardín había sido regado concienzudamente durante los días anteriores, lo que garantizaba la presencia de potenciales de infiltración; además hay varias tomas de tierra cercanas, lo que permite asegurar la existencia de corrientes vagabundas (en definitiva, unas condiciones bastante desfavorables para la prospección). La figura 2 muestra los valores proporcionados por el miliamperímetro para cada una de las lecturas efectuadas. observandosc un descenso del inpul que puede deberse al progresivo agotamiento de la pilas secas empleadas. El eje x de la figura representa el número de orden de las sucesivas lecturas. mientras que el eje y representa la magnitud medida. La figura 3 muestra las lecturas del milivoltímetro para cada valor de entrada mostrado en la figura 2; la similitud de las curvas de entrada y salida sugiere inicialmente que la correlación es buena. La figura 4 muestra el resul~ado. traducido a resistividad aparente. de las dos figuras anteriores. Las diferencias entre picos. achacahles a lus errores de operación. se mantienen dentro de las décimas de ohmio por metro; por otra parte, la tendencia creciente de la curva puede achacarse a la desecación progresiva del suelo debida al calor del Sol durante el desarrollo del experimento. El análisis estadístico de estos datos se ha enfocado a tres aspectos fundamentales: A) Ajuste de cada variable a una curva normal univariante. Un aspecto importante del experimento consiste en conocer que los datos, fundamentalmente los de salida (los valores de entrada son deterministas), siguen una ley determinada (la ley teórica en la que se basa el dispositivo). En este sentido, se ha estudiado el ajuste de la distribución de frecuencias de la salida (voltios) a las distintas distribuciones más usuales, encontrándose que no se ajusta a ninguna de ellas. La figura 5 muestra el gráfico de ajuste a una distribución normal que, aunque de forma intuitiva, ya indica la no normalidad de los datos (se ha comprobado relizando un test de ajuste, aunque realmente no era necesario hacer esta prueba). que exista una clara correspondencia entre el input y el output, para mantener la consistencia de los resultados. El estudio de la existencia de diferencias se ha llevado a cabo mediante la realización de un test de Kolmogorov-Smirnov, que no exige el cumplimiento de ninguna hipótesis previa acerca de los datos (debido a la diferencia que existe entre las unidades de medida de la entrada y la salida, los valores se han estandarizado a media O y varianza 1). Intuitivamente, la gráfica de los coeficientes de diferencias acumuladas muestra la coincidencia casi total entre los valores de las dos variables (Fig. 6). C) Estudio de la correlación entre entrada y salida. Un funcionamiento correcto del aparato exige que exista una correlación lineal prácticamente perfecta entre la aplicación de la intensidad (amperios) y la obtención del voltaje de salida (voltios). De la misma for- -0.1 0.9 1.9 2.9 observaciones Fig. 6 ma, es necesario obtener un ajuste casi perfecto de los datos a la recta de regresión determinada por los mismos. La recta de regresión ajustada a los datos viene explicitada en la forma: y = 0.0065 + 20.7021x siendo los voltios la variable dependiente (y) y los amperios la variable independiente (x). El ajuste de los puntos a la recta de regresión se muestra en la figura 7, donde las líneas discontinuas determinan el intervalo de ajuste al 95 % de significación (estas líneas coinciden con el intervalo de predicción del modelo, también al 95 % de significación). El experimento se ha repetido con el mismo dispositivo y con un input de 25 voltios (en lugar de los 9 utilizados en la experiencia anterior), proporcionando unos resultados totalmente coherentes con los obtenidos en el primer experimento. Análisis de estabilidad con dispositivo dipolodipolo Los experimentos anteriores se han repetido con idénticas características excepto que, en este caso, la disposición de los electrodos es de tipo dipolo-dipolo en línea. Se ha utilizado como entrada una fuerza electromotriz de 9 voltios, lo que proporciona una intensidad de 1.6 miliamperios y origina una diferencia de potencial en los electrodos de medida de unos 13.5 milivoltios, obteniéndose unos resultados aceptables aunque inferiores a los obtenidos en los experimentos anteriores (r = 0.923705 Y R2 = 85.32%). La figura 8 muestra la recta de regresión y los intervalos de confianza (líneas discontinuas) y de predicción del modelo, con una significación del 95%. La enseñanza que cabe deducir de esta experiencia es que conviene introducir la suficiente corriente para obtener un input mayor. Esta afirmación se confirma en el siguiente experimento, realizado en idénticas condiciones pero con una entrada de 25 voltios, obteniéndose resultados prácticamente idénticos a los de las experiencias con los dispositivos Wenner (Tabla 1c) (1). (1) En cualquiera de los experimentos de estabilidad, el análisis de los residuos de los modelos regresivos, mostró una total falta de pautas en los mismos (no se exponen los resultados por no recargar el texto con más gráficos y parámetros estadísticos ). Análisis de estabilidad con dispositivo asimétrico El estudio de la estabilidad del instrumento utilizando un dispositivo asimétrico se realizó mediante otro experimento en condiciones similares a los anteriores. En esta ocasión se utilizó un dispositivo Wenner asimétrico, con separación interelectródica de 1 m. con el electrodo B situado en el "infinito". En nuestro caso concreto, la limitación del recinto donde se realizaron los experimentos obligó a que el infinito estuviese situado a tan solo 22 m, lo que proporciona unos resultados de resistividad anormalmente altos, aunque perfectamente comparables entre sÍ. El input usado fue una corriente continua de 25 voltios, lo que originó lecturas de corriente de 5.6 miliamperios y diferencias de potencial de 156 milivoltios. Se realizaron 30 lecturas con resultados totalmente homologables tanto a los obtenidos en el dispositivo Wenner simétrico como al dipolo-dipolo con entrada de 25 voltios. Conservación de la linealidad Los anteriores experimentos demuestran que el aparato es estable y que responde de una manera predecible entre diferentes lecturas. No T. P., 52, n.o 1, 1995 José Antonio Peña y José Antonio Esquh'cl obstante, es necesario dar un paso más: puesto que las mediciones se basan en la ley de Ohm, que varía de forma lineal, el instrumento debe comportarse también linealmente cuando se empleen valores extremos de corriente, y no solamente con las pequeñas variaciones debidas a la caída de corriente entre diferentes lecturas. Con este fin se realizó un dispositivo Wenner simétrico con separación interelectródica de 1 m. y se aplicó al sistema, sucesivamente, corriente continua con entradas de 9, 25, 50, 100 Y 145 voltios, realizando 6 lecturas con cada una de estas entradas y midiendo las correspondientes intensidades y diferencias de potencial de las respuestas. El dispositivo se mantuvo en la misma posición a lo largo de las lecturas, empleando como fuente de alimentación un conjunto de pilas secas conectadas en serie. La simple inspección visual de la figura 9 muestra que el ajuste es excelente (los puntos se confunden con la recta de regresión), y el análisis de regresión confirma esta idea intuitiva. La recta de regresión toma la forma y = 41.1102x, con un valor para el término constante de 0.00016 y una probabilidad de 81.3 % de que Regresión voltios-a+b.amperios Estos parámetros confirman un ajuste prácticamente perfecto de los datos al modelo teórico, y el valor de 41.1102 corresponde, lógicamente, a la resistencia calculada. Experimento de perfiles en condiciones reales ( reproducibilidad) Una vez finalizados los anteriores experimentos, se abordó la realización de una prueba en condiciones equivalentes a las reales. Así. se planificó una calicata con dispositivo Wenner asimétrico, con electrodos AMN separados 1 m. y dispuesto perpendicularmente a los cimientos de una antigua construcción hoy desaparecida, aunque perfectamente documentada. Si todo funcionaba correctamente, el aparato debía detectar la anomalía y, al repetir la experiencia en otro momento, usando exactamente los mismos puntos para clavar los electrodos, debía proporcionar resultados comparables. Los dos perfiles resultantes se han incluido en la misma figura 10, y la comparación cualitativa de los mismos muestra que los resultados son perfectamente reproducibles (las diferencias entre ambos perfiles pueden llegar a los 20 11m pero, en cualquier caso, los picos coinciden y el orden de magnitud de las anomalías tamhién). Si se emplean polímetros provistos de la función ho/d, que permite "congelar" las lecturas en el momento más oportuno, los errores operacionales se reducen y los resultados son aún más ajustados. El estudio de la existencia de diferencias entre ambos perfiles se ha llevado a cabo mediante la aplicación del test de Kolmogorov-Smirnov, que ha proporcionado los resultados DN=0.125, KS=0.25 y l-a=0.9999 Estos valores indican la inexistencia de diferencias significativas entre ambos conjuntos de medidas. La gráfica de los coeficientes de diferencias acumuladas (Fig. 11) muestra, de forma intuitiva, la coincidencia casi absoluta entre los valores de las dos variables. CONCLUSIONES Creemos haber demostrado de manera convincente que se pueden realizar perfiles geoeléctricos adecuados a la investigación arqueológica, con unos medios muy limitados y, por tanto, con un desembolso igualmente limitado.
RESUMEN El estudio del torques de Sintra (Lisboa) ha revelado detalles tecnológicos y tipológicos que indican una mezcla (*) Seminar für Vor-und Frühgeschichte, Johann-Wolfgang Goethe Universitat, Arndtstr. de dos tipos óiim conocidos durante el Bronce Final Atlántico de la Península Ibérica: Sagrajas-Berzocana y Villena-Estremoz. Esta combinación refuerza la tesis según la cual ambas tradiciones orfebres coexistieron durante un tiempo. El torques está formado por distintos elementos fabricados con técnicas avanzadas, como la fusión adicional además de una variante de la cera perdida que requiere la utilización del torno. Se pone de relieve la importancia de la investigación tecnológica en los estudios sobre tipología y cronología de objetos metálicos. Bracelet de La Torrecilla (Madrid). Fermeture a base d'un fragment de bracelet Villena/Estremoz (Sintra).
En estas líneas se da noticia de la aparición de una urna de orejetas y otras cerámicas de importación mediterránea en el nivel inferior del castro de El Ceremeño y se valora la importancia que los contactos con la costa pudieron tener en los momentos de formación de la cultura celtibérica. Aunque todavía no ha concluido el estudio completo de los datos obtenidos hasta la fecha en el castro celtibérico de El Ceremeño (Herrería, Guadalajara), queremos resaltar la importancia que a nuestro juicio tiene la aparición, en el nivel antiguo de poblamiento, de un conjunto de cerámicas de importación mediterránea entre las que destaca una tapadera completa de una urna de orejetas. Los trabajos en el yacimiento se iniciaron hace ya algunos años, siguiendo nuestra línea de estudio sobre el mundo celtibérico y ante la escasez de datos disponibles procedentes de asentamientos. El buen estado de conservación de este castro y su ubicación en la región de Molina de Aragón, formando parte del territorio de la antigua Celtiberia, hacían idónea su excavación ya que se identificaron viviendas de dos poblados superpuestos, conservados en perfectas condiciones, además de un destacado sistema defensivo integrado por una muralla, que rodea el perímetro del cerro y dos torres adosadas a ella (Cerdeño et alii, e.p.). Las variadas estructuras arquitectónicas descubiertas hasta la fecha, su buen estado de conservación y otra serie de características adicionales merecieron que el yacimiento fuera declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica en 1990 y que en la actualidad se esté llevando a cabo un Proyecto para convertirlo en Yacimiento Arqueológico Visitable, financiado por la Consejería de Cultu-ra de la Junta de Comunida~les de Castilla-La M ancha (Cerdeño,I<N5). Los trahajos sistemáticos de los últimos años han confirmado la existencia de dos pohlamientos sucesivos que cuhren una amplia secuencia de la cultura celtibérica y cuyas características generales resumimos (Fig. l): 1) La primera ocupación del castro, denominada Ceremeño 1, se identificó en el nivel arqueológico inferior que descansaha sohre las margas naturales del cerro. La construcción de la muralla se inició en esta fase y se ha podido delimitar su trazado de 65 m. a lo largo de las vertientes Sur y Oeste, con una anchura que oscila entre los 2,5 y 4 m. Está fabricada con piedra caliza cuyos bloques se dispusieron levantando dos paramentos verticales y paralelos, con un relleno entre ambos de tierra, piedras y lajas de diferentes tamaños. El interior del recinto responde al modelo de ~'espacio central" y en él se han identificado hasta el momento cuatro viviendas adosadas entre sí y a la muralla que les sirve de pared trasera. Estas viviendas se organizan en torno a dos calles perpendiculares que discurren en dirección Este-Oeste y Sur-Norte respectivamente. De las cuatro viviendas identificadas -A,B,C y D-cabe destacar la designada con la letra A porque ofrece una distribución tripartita, con vestíbulo, habitación central y despensa, y un espacio útil de 57 m 2. Las restantes son casi cuadradas, con unas dimensiones cercanas a los 33 m 2 y no conservan separación evidente del espacio interior. Sin embargo, también se han localizado las despensas, situadas en el recinto más interior pegado a la muralla, donde aparecieron gran cantidad de vasijas de diferentes tamaños y formas, conservadas "in situ". Llama la atención la vivienda C por el espectacular número de recipientes que ha proporcionado, entre los que se encontraba la urna de orejetas antes citada. Aparte de los datos que proporciona el estudio de los materiales, en este nivel antiguo se cuenta con dataciones de C-14, obtenidas en ellaboratorío Teledyne Isotopes, a partir de las muestras de las vigas de madera quemada, procedentes del incendio que destruyó el poblado. La fecha que consideramos más significativa es la siguiente: Muestra -8 C-14 ) La última ocupación del castro. denominada Ceremeño JI. se asentó justo encima de la precedente. presumihlemente después de un intervalo de tiempo. lo que se deduce tanto por el nivel de relleno entre una y otra, como por el cambio en la orientación de las viviendas que parece indicar que las antiguas ya estarían cubiertas y no podían reutilizarse. El sistema defensivo se mantiene aunque con algunas variaciones. En la vertiente Oeste, la muralla modifica ligeramente su trazado al quehrar su línea en un ángulo o codo. reforzado en el interior por dos contrafuertes. La segunda novedad es la construcción de una torre, justamente en el ángulo Suroeste de la muralla, que en la actualidad conserva una altura de casi 2 m. En el interior del recinto, el esquema urbano es parecido al anterior, siguiendo el modelo de "espacio central" aunque en esta ocasión articulado en torno a dos calles paralelas que discurren en dirección Sureste-Suroeste y Noreste-Noroeste. La calle Sur, que es donde más se ha excavado hasta el momento, tiene una longitud aproximada de 30 m. y una anchura que oscila entre 2,7 y 4 m. A lo largo de la calle Sur se han identificado siete viviendas y una en la calle Norte, adosadas entre sí, con la trasera en la muralla y respondiendo todas ellas a características muy similares. Son rectangulares, con un espacio interno de aproximadamente 19 m 2 y construidas mediante un zócalo de piedras sobre el que se levantarían las paredes de adobe, según muestran los numerosos bloques encontrados. Los objetos recuperados en este nivel son más escasos que en el anterior y se trata, sobre todo, de cerámica de tipo celtibérico que constituyen casi el 80% del total; su estado de fragmentación es mayor y sólo en contadas ocasiones se han recuperado recipientes completos. Tampoco los elementos metálicos son abundantes y sólo cabe destacar la presencia de un broche de cinturón de tipo ibérico, dos fíbulas anulares y una de pie vuelto, todos ellos de bronce. También se han encontrado numerosos fragmentos de varillas, arandelas y piezas varias de hierro aunque en muy mal estado de conservación. Su mera presencia, sin embargo, es interesante porque indica un momento cronológico en el que ya se había generalizado su uso y manufactura. A partir de estos materiales adelantamos una fecha del siglo IV aC para esta segunda ocupación del Castro. Como acabamos de indicar, la urna de orejetas y las otras cerámicas ibéricas aparecieron en la despensa de la vivienda C, correspondiente a la Fase Antigua o Ceremeño 1. Dicha vivienda está adosada a otras dos circundantes con las que comparte muro medianero, abriendo sus puertas a la calle delantera, que atraviesa el poblado en dirección Sureste-Suroeste. Tiene planta casi cuadrada, con unas medidas aproximadas de 6 por 5,5 m. que proporcionan un espacio útil de unos 33 m 2 ( Fig. 1 ). Al fondo de la vivienda, cuya trasera es la propia muralla, y también a lo largo de uno de los muros laterales aparecieron gran cantidad de vasijas cerámicas -más de 40 recipientes-de variado tamaño y tipología, casi todas ellas completas aunque volcadas y fragmentadas por efecto tanto de la presión de la tierra como del derrumbe producido por el incendio que destruyó el poblado, cuyas huellas son perfectamente visibles en forma de numerosos tablones quemados procedentes del entramado del techo. Los abundantes recipientes identificados permiten hacer una primera clasificación en dos grandes grupos, con distintas variantes en cada uno de ellos: 1) Cerámica a mano Las formas cerámicas fabricadas a mano son las más abundantes en esta primera fase de ocupación y las consideramos formas de fabricación local, típicas de estas poblaciones meseteñas desde la fase del período Protoceltibérico y claramente enraizadas en la tradición cerámica de los Campos de Urnas cuya influencia es evidente en la zona oriental de la Meseta. En general. en toda la zona excavada y en particular en la vivienda que nos ocupa, podemos identificar tres variantes dentro del grupo de estos recipientes fabricados a mano: A) Cerámica de almacén: Son grandes recipientes de paredes gruesas, de hasta 50 cms. de diámetro de panza, realizados de manera tosca, con pastas poco depuradas, desgrasante grueso y en general mal cocidas. Se ha identificado un mínimo de 15 recipientes susceptibles de reconstrucción. Por el contenido de alguno de ellos (mijo, trigo y bellotas) así como por sus características formales, pensamos que estaTÍan destinados a contener alimentos para d consumo humano. Aunque la tipología de estos recipientes no es demasiado significativa, tanto por carecer de decoración o reducirse a cordones digitados, como por sus características ya descritas, hemos constatado que su presencia es habitual en todos los poblados de la 1 Edad del Hierro de esta comarca y del cercano Bajo Aragón. B) Cerámicas finas: Incluimos en este grupo los más de veinte recipientes recuperados en la despensa, que responden a la característica de ser cerámicas de paredes de grosor medio, pastas más depuradas, mejor cocidas y con la superficie alisada e, incluso alguna, bruñida. Sus formas son variadas destacando las jarritas de perfil en S, vasos bicónicos, cuencos troncocónieos, copas similares de pie alto, etc. La mayoría de estas formas estaban ya documentadas en los ~iveles antiguos de los poblados de la región del Alto Jalón y Alto Tajo (García Huerta, 1990) pero algunas son novedosas, como los cuencos con asa tipo Roquizal de El RuJIo (Fig. 2). C) Cerámicas grafitadas: Solamente hemos encontrado fragmentos de paredes que por su acabado y grosor podemos incluir en el grupo de cerámicas finas. Sin embargo, las tratamos de forma individual por la significación cultural que se viene dando a la presencia del grafito. Los fragmentos son escasos aunque se enontraron en casi todas las habitaciones excavadas, hecho que debe ser analizado para determinar su funcionalidad y procedencia. Cada vez son más numerosos los ejemplos de cerámicas grafitadas aparecidas en los niveles de la 1 Edad del Hierro de los poblados de la Meseta Oriental y también del Bajo Aragón y desde hace años se les viene considerando característicos de los ambientes de Campos de Urnas (Valiente, 1981). En cualquier caso, creemos necesaria una 2) Cerámica a torno En la fase antigua del poblado, las cerámicas fabricadas a torno son minoritarias consideradas a nivel global, aunque varía el porcentaje en cada una de las viviendas excavadas, representando en la vivienda C en torno al 20% del total de cerámicas encontradas. Pese a la provisionalidad de los estudios y a falta de los análisis de pastas, consideramos estas cerámicas a torno, tanto por la cronología temprana que podemos otorgarles como por sus características, importadas desde la zona levantina donde se pueden encontrar sus mejores paralelos formales, aunque no descartamos que alguno de los ejemplares pueda ser una imitación local de los modelos foráneos. Creemos esto porque en Celtiberia, la adopción generalizada del torno del alfarero y la pro-,..' o, ducción masiva de la típica cerámica celtihérica no parece documentada hasta bien entrado el siglo V aC, en momentos de máximo auge de la cultura ibérica y coincidiendo con la aparición de otros objetos típicos de dicha cultura como son los broches de cinturón de tipo ibérico, alguna falcata y los puñales de frontón. La cerámica a torno recuperada en el castro y representada en la vivienda C puede agruparse en tres tipos fundamentales: A) Cerámica de tipo ibérico: de pastas muy cuidadas y superficies acabadas con un engobe brillante sobre el que destaca la decoración pintada a base de líneas y bandas de color rojo vinoso. En general, los fragmentos recuperados responden a recipientes de tamaño mediano y grande, con bordes de formas cefálica o triangular y fondos cóncavos, características típicas de la fase del Ibérico Antiguo que llegarían a estas zonas del interior quizás conteniendo algún producto de lujo (Fig. 3: 1 y 2). Materiales procedentes de la fase Ceremeño 1 (dibujos J.P. Benito). 1 y 2: Cerámica de tipo ibérico. 3: Plato de cerámica gris. T. P., 52, n.O 1, 1995 B) Urna de orejeras: Aunque se trata de una de las formas más clásicas de la cerámica ibérica. queremos destacar por su significación el hallazgo de la tapadera completa. ~e una ~rn~ de orejetas en la despensa de la vIvienda e (Flg. Tapadera de la urna de orejelas aparecida en la despensa de la vivienda C, de la fase antigua de El Ceremeño (dibujo J.P. Benito). Está fabricada con pastas depuradas de color claro, con la superficie recubierta de un engobe brillante de color anaranjado oscuro. no apreciándose restos de pintura. Tiene 10 cms. de diámetro -14 cms. máximo en las orejetas-, 4,5 cms. de altura y está rematada por un botón cónico. Las orejetas perforadas están situadas en los extremos de la tapadera que, junto a su borde cortado en bisel, permitirían el cierre hermético del recipiente, que es precisamente la característica definitoria de estos envases, incluso reforzado por el paso de una cuerda o alambre. Estas vasijas son bien conocidas en el mundo'lrientalizante e Ibérico Antiguo, tanto en la 1\: Ilínsula Ibérica como en el Sureste de Francia y 1);111 "ido objeto de algunos estudios monográfico" (Iktcher, 1964; Jully y Nordstrom, 1966; Pereira \ 1~lldero, 1983) que han establecido con bastant~ rl.ll idad su origen y desarrollo, en cualquier caso <t h:t (!nO a la región de la Meseta Oriental (Fig.:' 1. Sobre el origL '1l dL' esta forma cerámica se han planteado varia" lIiptltesis que podrían resumirse como sigue: -Llegada a la Penín"ula Ibérica de una forma cerámica ya definida que es aceptada e imitada por los indígenas. Jully y Nordstrom (1966: 119 y ss.) piensan que deriva del aglutinamiento de una serie de elementos originarios de Grecia continental y asiática y de Chipre donde, desde el siglo X aC, detectan sus posibles precedentes T. P., 52, n.o 1, 1995 M: Luisa Cerdeño. José Luis Pérez de Inestrosa, Emilio Cabanes o prototipos. Alcanzaría nuestro territorio, donde acabaría adoptando un papel eminentemente funerario a través de las rutas comerciales establecidas en torno a los siglos VII-VI aC. -Llegada por el Mediterráneo de la idea generalizada de un cierre hermético para recipientes cerámicos que sería aceptada y reelaborada por los indígenas (Pereira y Rodero, 1983: 50). Estos autores constatan que, en los asentamientos coloniales de los siglos VIII -VII aC, no aparece definida esta forma pero sí a.lgunos elementos que más tarde aparecen reUnIdos en las típicas urnas de orejetas cuyo momento de auge serían los siglos V Y IV aC. C) Cerámica gris: Se han recuperado tres platos casi completos, exceptuando el fondo, y algunos fragmentos sueltos de otros, con algunas variaciones entre ellos. De los platos completos, uno es a torno y los otros dos a mano o a torno lento que, aunque con buen acabado, podrían considerarse copias locales de modelos costeros porque incluso están fabricados con pastas claras. Las pastas de los primeros son grises y las superficies negras (Fig. 3: 3). Los bordes son redondeados y exvasados en ala, formas habituales en el mundo orientalizante de toda Andalucía y en la fase del Ibérico Antiguo de los yacimientos levantinos y, al igual que en el caso anterior, podemos considerarlas excepcionales en el ámbito de la Meseta Oriental. En líneas generales, pueden distinguirse dos grandes grupos de cerámica gris en la Península Ibérica: la cerámica gris de importación y la gris indígena (Hornero, 1990: 172).. En el'pri~ero d.e los grupos se incluye la cerámica gns mas antigua relacionada con el mundo griego, en con~re to con los colonizadores focenses y caractenzada por superficies brillantes o con engobe cuyo color oscila entre el gris claro y el negro, centrándose su dispersión en la zona del Noreste entre los siglos VII Y VI ac' El segundo grupo de cerámica gris es el localizado en gran número de yacimientos de la Comunidad Valenciana en ambientes típicamente ibéricos con cronologías entre los siglos IV al aC (Aranegui, 1969). Pensamos que los fragmentos con barniz negro encontrados en El Ceremeño podrían incluirse en el primero de los grupos y los restantes platos ser imitaciones hechas en la Meseta. Los objetos metálicos encontrados en el poblado han sido realmente escasos y se reducen Fig. 5. Dispersión de las urnas de orejetas. Zona rayada: zona clásica de distribución. 2: Aguilar de Anguitao 3: Luzaga. a algunas varillas y fragmentos varios de bronce, una larga aguja y, como únicas piezas completas, dos fíbulas de bronce procedentes precisamente de la despensa de la vivienda e ( Fig. 2 ). El primer ejemplar es una fíbula de pie vuelto de tipo Acebuchal, en regular estado de conservación, perdidos la aguja y el resorte que, presumiblemente, sería bilateral. El puente es de cinta, de 9 mm. de anchura máxima y 2 mm. de grosor y está decorado con técnica incisa y de ruedecilla, formando motivos geométricos. Se prolonga en un largo pie de 25 mm. que se eleva en ángulo recto formando un largo apéndice de 17 mm, rematado por un botón en forma de doble cilindro. Sus medidas totales son 33 mm. de altura y 84 mm. de longitud. El segundo ejemplo es una fíbula de pie vuelto casi completa, pero en regular estado de conservación. La aguja se enrolla sobre el eje, de sección circular de 2 mm. de diámetro, formando ocho espiras que dan lugar al resorte bilateral. La espira central se prolonga en el estrecho puente, en forma de varilla de sección cuadrada de 2 mm. de lado. Falta una parte del pie y por ello no sabemos como estaría rematado. Sus medidas generales son 25 mm. de altura y 50 mm. de longitud. La primera fíbula descrita puede incluirse en el grupo 7a de Argente (1994: 78), denominado tipo Acebuchal-Alcores-Bencarrón por los modelos representados en varios yacimientos andaluces, aunque también está localizado desde T. P., 52, n.o 1, 1995 hace años en típicas necrópolis de incineración celtibéricas como Alpanseque (Soria), Valdenovillos. Aguilar de Anguita y Molina de Aragón, todas en la provincia de Guadalajara y. ahora también. en un lugar de habitación como El Ceremeño. Ya Cuadrado (1963) habló de estas fíbulas emparentándolas con modelos itálicos y hallstátticos del norte de los Alpes de donde creía habrían pasado al Languedoc y a la Península. La ruta de llegada que defiende tanto este autor como Argente es la vía marítima desde Europa hasta Andalucía y desde allí a la Meseta. A la vista de los datos, podría pensarse en revisar dicha hipótesis ya que algunos ejemplares de la Meseta -como éste que nos ocupa-pueden situarse cronológicamente en el siglo VI aC y también porque el número de ejemplares de estos territorios del interior es igual, si no mayor que el de los andaluces, planteándose de nuevo la'disyuntiva de si el lugar de mayor difusión coincide o no con el lugar de origen. Aunque no queremos abusar de una enumeración tediosa de paralelos formales para definir los hallazgos de El Ceremeño 1, sí queremos resaltar la importancia que la identificación tanto de determinados esquemas constructivos, como de distintos tipos cerámicos y metálicos puede tener para precisar las relaciones culturales del mundo celtibérico. La mayor parte de los elementos materiales del poblado apuntan un parentesco cercano a formas bien identificadas en los poblados de la Edad del Hierro del valle del Ebro. Nos referimos, en primer término, al propio modelo de asentamiento en altura dominando las tierras fértiles de un valle pero, sobre todo, a la organización interna del mismo respondiendo al esquema urbano de "espacio central", con las viviendas rectangulares adosadas entre sí, apoyada la trasera en la muralla que rodea el perímetro del cerro y con las puertas abiertas a la calle o calles interiores. En el plano constructivo queremos resaltar también la presencia de una vivienda con disposición tripartita, semejante al tipo ya clásico del nivel PUb del yacimiento de Cortes de Navarra (Maluquer, 1954 y' 1958; Maluquer el alii, 1990). José tuis Pérez de Inellitrollia. F.milio ea han es Este modelo urbano y constructivo está acompañado en El Ceremeño de la colección de cerámicas fabricadas a mano. anteriormente descritas. emparentadas con la misma zona. La existencia de mijo en el interior de uno de los recipientes de la despensa es un elemento más que aproxima ambas regiones puesto que su presencia en la Meseta no está documentada en esta época y. en cambio. es bien conocida en el mencionado yacimiento de Cortes. Con todo esto -a lo que habría que añadir el significativo rito funerario de la incineraciónqueremos insistir en que la mayoría de los rasgos culturales de los pueblos meseteños orientales de la 1 Edad del Hierro, a los que quizás habría que denominar todavía protoceltibéricos, enlazan con el mundo cultural de los Campos de Urnas, dejando ahora al margen el tema del origen de la lengua celta que hablaron dichas poblaciones. La ubicación del yacimiento que ahora estudiamos en el núcleo arqueológico de Malina de Aragón explica perfectamente estas relaciones puesto que se trata del sector más oriental de la Meseta, limítrofe con Aragón, con el que le unen distintas rutas naturales. Desde el punto de vista geográfico, Molina es una comarca a caballo entre ambas regiones y puede ser considerada como una zona de paso entre unidades geográficas distintas, habiéndola definido algunos autores (Navarro, 1982: 5-7) como puerta de comunicaciones, quizás no muy utilizada por su gran altitud y su clima extremo. Una de las rutas de contacto sería el río Jalón a través de los afluentes de su cuenca media que, como el Mesa o el Piedra, conectan ambas regiones y que en los últimos años van jalonándose de nuevos yacimientos arqueológicos, algunos con cronología del Bronce Final, que empiezan a confirmar dichas influencias (Martínez Sastre, 1992) Con estos precedentes culturales, aceptamos de manera genérica que la cultura celtibérica quedó perfectamente formada a partir del siglo V aC y que en su gestación intervinieron elementos procedentes de la cultura ibérica asimilados, sin duda, por todo este bagaje cultural "meseteño" que acabamos de mencionar. Algunos de los rasgos materiales nuevos, como los objetos de hierro o, sobre todo, la característica cerámica a torno de pastas claras con decoración pintada acabaron convirtiéndose en auténticos fósiles-guía de dicha cultura, hasta el punto de que su presencia en otras regiones ha servido para identificar un paulatino proceso de aculturación, denominado celtiberización, que acabó afectando a todos los territorios próximos, a lo largo de la 11 Edad del Hierro. Los hallazgos cerámicos que está deparando El Ceremeño 1, permiten añadir nuevos datos para confirmar la existencia de relaciones culturales entre el mundo interior y las zonas costeras desde el final de la I Edad del Hierro, con anterioridad al momento de esplendor de la cultura celtibérica y de la intensificación de las relaciones con el mundo ibérico. Los platos de cerámica gris ahora encontrados ofrecen similitudes con modelos presentes en amplias zonas de la Península durante los últimos tiempos del mundo orientalizante y en el Ibérico Antiguo, por ejemplo, en el yacimiento levantino de la Peña Negra (González Prats, 1983: 193) donde se clasifican como tipo B5, que parece tener su origen en ambientes del s. VI aC en lugares del Sur Peninsular como La Esperanza (Belén et alii, 1977: 314) o en el Cabezo de San Pedro (Blázquez et alií, 1970). En cuanto a las urnas de orejetas, se viene admitiendo que los ejemplares más antiguos claramente fechados se remontan al siglo VI aC en numerosos yacimientos andaluces como Alhama (Granada), Cástula, Toya, Castellones de Ceal o Úbeda la Vieja (Jaén) y también en Levante, región que nos resulta más interesante puesto que desde ella es más fácil establecer relaciones con los territorios del interior, tanto por la clásica vía del Ebro, como por otras alternativas como podría ser, para la zona de Malina, la ruta natural del río Jiloca. En el yacimiento de Los Saladares (Orihuela) aparecen documentadas por primera vez en la fase IIB, fechada entre 575-550 aC (Arteaga y Serna, 1975: 72) y en Peña Negra (Crevillente) aparecen en la fase 11, en un ambiente orientalizante del siglo VI aC (González Prats, 1982). Otros ejemplares fechados también en el siglo VI aC son los aparecidos en los yacimientos languedocienses de Grand Bassin 11 y Cayla 11 (Louis y Taffanel, 1958) que mencionamos por las evidentes semejanzas entre nuestra tapadera y la de la sepultura 14 de Grand Bassin. Fuera de su territorio clásico de dispersión (Fig. 5 ) se conocen pocos ejemplares, como el del Cerro de Garvao (Mello et alii, 1987: 214) y el de la Necrópolis de Galeado (Berrocal, 1992: 306), ambas en el Bajo Alentejo y los ya más cer-canos de la cuenca del Ebro. La llegada de estas cerámicas hacia los territorios del interior debió ser temprana puesto que su presencia se documenta durante el siglo VI aC en el Coll del Moro (Gandesa), con recipientes a mano y a torno (Sanmartí y Padró, 197ó-7X: 165), Y ya en el Bajo Aragón en San Cristobal de Mazaleón (Pereira y Rodero, 1983: 54). Con cronologías más recientes están documentadas en Piuró del Barranc Fond, San Antonio de Calaceite, Alloza y, remontando el río, en la Torraza de Valtierra y La Atalaya de Cortes (Fletcher, 1964: 314). En los territorios de la Meseta Oriental y Norte se conocían esporádicos ejemplos y todos ellos con cronologías más tardías, en general del siglo IV aC, coincidiendo con el auge de las relaciones entre el mundo celtibérico y el ibérico, suponiendo algunos autores que debieron ser de las primeras piezas realizadas a torno, asimilándose al modelo sin especiales variaciones, pero ya de fabricación local (Escudero, 1990: 152). De esta época avanzada, las más septentrionales proceden del castro de Lara, en Burgos, según noticia que no hemos podido confirmar (Fletcher, 1964). y quizás otra de Ubierna (Burgas) donde Abasolo (1979: 177-78) describe un vaso con un asa perforada de dudosa catalogación. En la provincia de Soria hay que mencionar los ejemplares de Ucero, donde se citan urnas a mano ya torno (García Soto, 1990: 22) y los de Osma y Gormaz (Bosch Gimpera, 1931); sobre la necrópolis de este último lugar, las noticias son más vagas puesto que García Merino (1973: 40) sólo habla de vasos con asas en ocasiones perforadas, aunque Escudero (1990: 142) confirma la existencia de, al menos, dos vasijas de este tipo conservadas en el Museo Arqueológico de Barcelona. En el norte de la provincia de Guadalajara, territorio clásico de la Celtiberia, sólo se conocían las urnas procedentes de las necrópolis de Aguilar de Anguita (Schüle, 1969: lam. El hallazgo en El Ceremeño de la urna de orejetas junto a los demás modelos de cerámica ibérica, representa el punto más oriental de la Meseta y el lugar donde ofrecen una cronología más antigua, demostrativa de sus tempranas relaciones con el área mediterránea. Desde allí seguirían llegando materiales e ideas que acabaron cristalizando en el mundo celtibérico clásico, ya tras la convulsión generalizada que se ha venido denominando crisis del Ibérico Antiguo, T. P., 52, n.o 1, 1995 alteración que supuso la destrucción de numerosos poblados en toda la Península Ibérica, bien documentada en el Bajo Aragón (Burillo, 1989-90) y. ahora también, en la Celtiberia Oriental donde el asentamiento antiguo del castro que nos ocupa quedó destruido por un violento incendio y abandonado por su población a finales del siglo VI aC. Si consideramos que las urnas de orejetas, dado su cierre hermético, debían de estar pensadas para el transporte de algún material delicado, seguramente caro como el vino o el aceite, y que los platos de cerámica gris constituyen una vajilla más fina que la habitual en aquella época en la Meseta. podemos deducir como ya hemos apuntado en otras ocasiones (Cerdeño y García Huerta, 1990: 91), que las relaciones entre estas poblaciones del interior y las costeras debían incluir un comercio de productos de lujo cuyo control debía estar en manos de unos pocos que, tras su consumo y uso, ritualizarían el envase que los contenía, como parece indicar el hecho de que gran parte de las urnas de orejetas fueran amortizadas como urnas cinerarias en las necrópolis. Todos estos hallazgos de El Ceremeño creemos que pueden repetirse en otros poblados de la comarca, según apuntan las prospecciones en ellos realizadas, y su mayor interés estriba sobre todo en que amplían las perspectivas que hasta el momento teníamos sobre los momentos de gestación de la cultura celtibérica ya que, basándonos en el conjunto de las formas cerámicas encontradas, en el modelo de urbanismo y en la fecha radiocarbónica, podemos apuntar una fecha del siglo VI aC para la fase Ceremeño 1.
En este trabajo se estudia un disco o placa circular en bronce procedente de la necrópolis celtibérica de Aguilar de Anguita, exp uesto en el Museo Arqueológico Nacional. Se intentan rastrear la dispersión y origen de este tipo d e objetos e n e l interior de la Meseta. También se hace un análisis d e su estructura decora tiva, con el fin de precisar la importanci a del objeto desde e l punto de vista social e ideológico, tanto como bien de prestigio como integrante del ajuar e n una tumba. En las páginas siguientes describiremos y comentaremos los motivos decorativos y la técnica de realización del disco con láminas de plata de Aguilar de Anguita (Fig. 1) descubierto por el Marqués de Cerralbo en una necrópolis celtibérica de esta localidad alcarreña (Fig. 2). La primera noticia que tenemos de esta pieza excepcional la encontramos en la obra inédita del Marqués titulada Páginas de la Historia patria por mis exca aciones arqueológicas (2); el autor nos la muestra en dos fotografías junto a otros objetos. En la primera, bajo el epígrafe Objetos encontrados sueltos en sepultura, y se refiere a este disco como preciosa placa (3); en la segunda se representa junto a parte de los elementos de un pectoral con decoración repujada bajo la leyenda Detalle de discos bronGÍneos (vol. I11, lám. CXLVIII, n° 2) y un dibujo coloreado del disco con sus motivos decorativos. En el dibujo se reconstituyen los vacíos (vol. III, lám. CXLIX, n° 2) con el texto Hermoso disco de bronce con aplicaciones de plata, en todo lo que se figura blanco, hallado en la Nec. de la Vía Romana, en Aguilar; no obstante, no hace mención a este disco. Posteriormente, en 1915 da una conferencia en Valladolid donde interpreta iconográficamente los motivos centrales como una alternancia de espadas de antenas y tiaras, emblemas del poder real y religioso, y ofrece una explicación sobre su técnica de fabricación (Aguilera, 1916: 35) (4). El Marqués (Aguilera, 1916: lám. VIII) pensó que tanto este disco como los discos con decoración repujada pertenecieron a grandes jefes, máxime cuando al menos dos grupos de estos (3) El volumen III está dedicado a la necrópolis de Aguilar de Anguita. La placa aparece en la lámina CXXX, número 2, junto a bocados de caballo, espadas, umbos de escudo, láminas de bronce y otros objetos indeterminados. (4)...Las planchitas de plata sobre el disco de bronce debieron aplicarlas por presión o también con alguna resina que así en las necrópolis de Arcóbriga hallé piezas de bronce con una especie de clavitos pegados por medio de un unto, que aún les conserva sin desprenderse. T. P., 52, n.o 1, 1995 Magdalena Barril Vicente y Francisco J. Martínez Quirce discos aparecieron en sepulturas compuestas por ajuares ricos en objetos de la panoplia de guerrero. En su conferencia no dice nada respecto al contexto en que apareció el disco que estudiamos en estas páginas. Guillermo Kurtz (1985: 19), en su trabajo sobre las corazas metálicas, lo menciona indicando únicamente que apareció sin contexto y que iría montado sobre algún material que lo reforzaba, pues sólo lleva perforación central. Actualmente se conserva en el Museo Arqueológico Nacional donde tiene el número de Inventario 1940/27/AA/76. Sabemos que fue restaurado a comienzos de los años setenta para su exposición en las Salas Permanentes del Museo, pero no tenemos constancia del tratamiento que se le dió con la finalidad de consolidar la delgada lámina de plata que constituye el soporte de la decoración y que está perdida en aproximadamente una cuarta parte de su superficie. Afortunadamente, y gracias a su técnica de elaboración, es posible restituir los motivos decorativos que faltan con bastante exactitud. La técnica de realización El disco se ha analizado por el sistema de fluorescencia de rayos X (5) Y ello, unido al análisis de los componentes de la parte decorativa, nos permite hacer un breve esbozo de la metodología de trabajo que pensamos siguió el taller que fabricó la pieza (Lám. Se elaboró el disco de bronce 2. Se recubrió el anverso con alguna cera sobre la que se procedió a trazar las líneas generales del dibujo.. Se recortó la cera dejando al descubierto las superficies que debían recibir la decoración y se preparó tal vez una leve superficie rugosa que debía servir como base al aplicar por calor la lámina de plata. El borde exterior de esta ligerísima capa, de aspecto estañado, supera en unos 3 mm. al de la lámina de plata y nos muestra la silueta y el negativo de los motivos allí donde la lámina ha desaparecido. Se colocó la lámina de plata, que posiblemente estaba ya recortada, y se estamparon con fuerte presión los cuños de las bandas decorativas y de los ojos de los animales centrales; finalmente se completó con el uso de finas espátulas. Se retiró la cera y se retocaron los bordes de las láminas de plata (cuyo pequeño porcentaje de oro le da un efecto cromático dorado). Pensamos que este es el método empleado por la impresión en positivo y en negativo que tenemos de los cuños. En éstos los contornos estarían rehun didos puesto que en el positivo, sobre la lámina, se presentan en realce; y observamos el negativo del motivo en los lugares donde falta la lámina de plata: vemos el contorno del dibujo en el color del bronce del disco base y el interior de motivo con el color del estaño, que al haberse quedado pegado a las zonas en realce de la lámina, ha desaparecido junto con ella. De haberse estampado los motivos decorativos sobre una pasta de base, la superposición de la lámina de plata seguramente no hubiese supuesto el despegue de esta pasta del bronce. Puesto que en la composición del bronce entra el estaño, éste no destacaría. Para terminar el disco se realizaron las perforaciones indicadas por medio de la técnica de abrasión desde el reverso, puesto que observamos unas ligeras rebabas en los bordes de las láminas de plata, especialmente en las dos más cercanas al punto de convergencia. Estas rebabas podrían estar incluso causadas por el cordón que se introduj ese por ellas puesto que afecta a la lámina. La pérdida de la línea recta de la perforación situada junto a la boca del animal número 2 podría estar motivada por el deseo de taparla con el botón que pensamos se¡ colocaría en la perforación central de mayor.-"tamaño y que pudo tener form a de octógono de...'0. lados curvos. Se trata de un disco de bronce de 158 mm. de diámetro y entre 1 mm. y 1,4 mm. de grosor. El anverso está decorado sobre lámina de plata superpuesta al bronce; el reverso es liso. En el centro presenta una perforación de 4 mm. de diámetro, que seguramente permitiría remachar un botón que serviría de tema central a la decoración. En torno a aquélla hay otras seis perforaciones de 1 mm. de diámetro dispuestas de manera convergente, tres a tres, aunque algo di simétricas, y que seguramente tendrían como finalidad el permitir pasar un cordón para colgar o coser el disco, quizás en un soporte de cuero (Lám.I). Los motivos iconográficos que constituyen la decoración se distribuyen de for ma concéntrica en tres niveles, que del exterior al interior son: Banda exterior de 16 mm. de anchura de lámina de plata; en todo su contorno se han estampado mediante cuño dos filas contrapuestas de palmeta y roleos; posteriormente se han debido retocar. E l cuño estampado repetidamente está compuesto por una palmeta de cinco hojas y dos roleos enfrentados bajo ella; estos roleos tienen el aspecto de un nueve abierto el de la izq uierda y una e cursiva el de la derecha, aplicados de manera rápida. E ntre ambas filas de palmetas y roleos y en los bordes de la banda se estampó un a línea de pequeñas ovas o cuentas unidas por línea en resalte. Se ha podido comprobar que el cuño comprende una palmeta y dos roleos por la posición más o menos inclinada de cada grupo. Cada una de las cinco hojas de la palmeta está dibujada individualmente y los dos roleos también son independientes entre sí y la palmeta, y tienen borde derecho e izquierdo. Banda de bronce base, sin decorar, de 12 mm. Banda de unos 4 mm. sobre lámina de plata decorada mediante la estampación de un cuño con un círculo formado por tres circunferencias concéntricas que en ocasiones parece haberse repetido la impresión, por lo que ésta es de cuatro circunferencias excéntricas. Los bordes superior e inferior de esta banda están contorneados irregularmente por sendas líneas de cuentas unidas por línea en realce similares a las de la banda exterior. Motivo central que parece formar parte de la lámina que cubre la banda anterior. Está formado por ocho figuras semejantes cuatro a cuatro y dispuestas en alternancia con respecto a un eje casi axial, de manera que a una figura abierta que podría inscribirse en un triángulo isósceles con el vértice hacia el centro, le sigue otra T. P., 52, n.O 1, 1995 cerrada que se inscribiría en un triángulo con el vértice hacia el exterior. Creemos que el conjunto del motivo representa, en silueta, una transposición de palmetas y lotos (o brotes vegetales) en alternancia y que cada una de las figuras es, internamente, una representación zoomorfa esqu emática, por lo que las describiremos con arreglo a la morfología animal. Las figuras 1, 3, 5 Y 7 (Fig. 2), están compuestas por una cabeza oval horizontal en la que se representan dos ojos vistos de frente mediante un círculo de dos circunferencias concéntricas y punto central y de la que parte un gran morro o pico, abierto hacia el centro del disco desde una perspectiva lateral. El cuerpo es de forma trapezoidal, con su lado menor junto a la cabeza y los ángulos del lado mayor ligeramente redondeados e n las figuras 3 y 5; tiene marcada una línea a modo de columna vertebral hacia la que convergen por ambos lados, dos series de acanaladuras paralelas diagonales que pueden interpretarse como costillas, crines, o plumas. El cuerpo se continúa en lo que pueden considerarse las extremidades inferiores: una forma rectangular con una línea vertical ligeramente realzada, del centro de cuya base sale un pequeño apéndice a modo de cola; las esquinas de estas extremidades inferiores se convierten e n dos prolongaciones cuadrangulares horizontales y rematadas cada una en un círculo de cuatro circunferencias concéntricas, los cuales está n unidos a la banda de círculos concéntricos. En el exterior del círculo del pie izquierdo de la figura 7, se marcaron cuatro pequeños dientes. Hay que indicar que el pequeño apéndice que parte de la base de las extremidades inferiores de la figura 3, está excéntrico y nos muestra un pequeño punto repujado, por lo que nos hemos planteado la posibilidad de que se trate de una marca del artesano o taller (Lám. lIa). IIb), está formado por una cabeza ancha de costados romboidales con dos ojos consistentes en un círculo con dos circunferencias concéntricas, un punto interior y una circunferencia exterior de trece pequeños trapecios, a modo de rosetas. Los dos vértices de los rombos que constituyen la cabeza se prolongan y e nsanchan formando unos labios abiertos que difieren ligeramente en cada figura. Al igual que e n el grupo anterior la cabeza y ojos están vistos de frente mientras que la boca lo está de perfil. El cuerpo, más ancho junto a la cabeza y más a b Disco de Ag uil ar de Anguita (G uada lajara, Soria) a. D etall e de la banda de círculos concéntricos y de la posible marca de artesano. b. T. P., 52, n.o 1, 1995 situarse en el siglo IV, aunque pudiera ser utilizado en los siglos IV-I1I a.e. Respecto a la forma de uso de la pieza de Aguilar de Anguita consideramos del máximo interés la presencia de las perforaciones, que nos indica que se trata de un disco que no iría unido a otros en la forma en que lo hacen los de otras tumbas de Aguilar (6), sino cosido o remachado a un soporte, tal y como indica Kurtz (1985: 20), paralelizando este sistema con el de unos discos procedentes de Solivella y El Puig. De hecho, en un primer momento nos planteamos la posibilidad de que pudiera ir remachado a una fíbula al modo de las fíbulas-placa de la Meseta, tipo 9 de Argente (7). Dicha hipótesis no nos parece ahora posible debido al considerable tamaño y peso del disco. El botón, que pensamos iría situado en el centro, adoptaría forma de estrella octogonal, aunque también pudo ser circular, de bronce, con circunferencias concéntricas repujadas y borde con lámina de plata con decoración de círculos o roleos estampados como los ejemplos de la tumba. Estos botones o apliques presentan un esquema compositivo similar al del disco y tienen la peculiaridad de mostrarnos una decoración de ascendencia mediterránea. Los motivos decorativos de esta placa creemos que pueden leerse desde un punto de vista iconográfico estableciendo tres niveles. El primer nivel sería el relativo a la distribución en forma concéntrica y radial de los motivos que convergen hacia el centro. Podría interpretarse como una rueda de ocho radios como la que tiene el aro decorado con una greca, llevada entre dos personajes grabados sobre una vaina tipo La Tene de Hallstatt. Su datación se situaría en la primera mitad del s. IV a.e. Este motivo puede estar relacionado con las ruedas solares, tema ampliamente difundido desde la Edad del Bronce hasta época romana por toda Europa (Briard, 1994: 65-87). En ámbito griego contamos con la presencia en la Península Ibérica de platos áticos de barniz negro con decoración estampillada que dibujan en su centro orlas de palmetas unidas mediante tallos. La disposición del desarrollo de estos tipos figurativos es también radial. Las encontramos también en ámbito funerario, como la aparecida en la tumba número 47 de Tútugi (Galera, Granada) (Olmos el alii., 1992: 82, fig. 37.2), tema que se imita en los platos argénteos de Abengibre, fabricados para un personaje local de elevada posición que reconocía el lenguaje mediterráneo (Olmos y Perea, 1994) ( 8). En el segundo nivel de la lectura iconográfica se analizan las bandas con decoración concéntricas. Muestran motivos de palmetas y roleos, círculos concéntricos y alternancia de palmetas y lotos. Esta disposición concéntrica y temática es también muy frecuente en el mundo mediterráneo y a través de él en el céltico, como vemos en los desarrollos de los motivos sobre vasijas cerámicas, escudos, faleras, etc. ya desde fines del s. VII, con ejemplos como los representados ep. los objetos de la Italia Central (Stary, 1981: lám. 4). Hemos intentado rastrear los motivos decorativos descritos tanto en los repertorios iconográficos sobre metal del mundo celtíbero como del mundo ibérico, pero el resultado ha sido desigual. Los círculos de circunferencias concéntricas aparecen repetidas veces sobre petos de bronce, discos-coraza, broches de cinturón, fíbulas y pomos de espadas, con cronologías que se remontan al s. VII a.e. Se ha querido ver en ellos símbolos solares de carácter apotropaico que en algún momento se transformarían en meros motivos decorativos (Esparza, 1991-92). La banda externa del disco ofrece grupos de palmetas y roleos dispuestos de forma simétrica, con un aspecto muy clásico, como los representados sobre alabastrones griegos. No hemos localizado grupos de palmetas y roleos de tal tipo en la Península Ibérica, si exceptuamos el conocido tipo liriforme de la diadema de Javea (Perea, 1991: 266). La mayoría de las representaciones que vemos son adaptaciones con distintos grados de transformación estilística que tienen como modelo tipos mediterráneos. Este el es caso de las falcatas de Almedinilla o Illora (8) Agradecemos la generosidad que R. Olmos ha mostrado en indicarnos las vinculaciones mediterráneas de los motivos decorativos del disco objeto de estudio. T. P., 52, n.o 1, 1995 (Quesada, 1992: fig. 37); de los broches de cinturón damasquinados, como el de la tumba 712, de la zona V de la necrópolis de La Osera (Cabré, 1937: lám. XI); de las vainas y pomos de espadas de tipo Arcóbriga, como el pomo de espada de La Osera con una palmeta naturalista (Lenerz, 1991, número 134, lám. 54) y otra estilizada en la sepultura 1060 (Lenerz, 1991: fig. 60.1); o de las estilizadísimas de las enjutas entre los discos de una posible barca solar de la vaina de la sepultura 16 de la necrópolis de Cerro Pozo en Atienza (Cabré, 1930, lám. XVIII). Otra estilización de palmetas sería la representada sobre el peto de Calaceite, donde se aprecia una combinación de CÍrculos concéntricos y motivos en e contrapuestos (Kurtz, 1985: 20, fig. 13), que consideramos como una estilización máxima de los grupos formados por palmetas y roleos. Con respecto al tema central del disco este parece representar los tipos zoomorfos dispuestos radialmente e inscritos en siluetas de palmetas (números 2, 4, 6 Y 8) Y motivos vegetales, a modo de lotos o brotes florales (números 1, 3, 5 Los motivos de palmetas, lotos y roleos, en ocasiones adoptando forma de liras, se difunden rápidamente al ámbito etrusco y céltico donde vemos cómo se estilizan, transforman y adaptan (Stead 1989: 16) (Fig. 3), tanto de forma conjunta como individual, sobre distintos elementos materiales como torques, broches, y cerámicas. A este respecto, Fernando Quesada (1992: 171) critica el interés de algunos autores en señalar orígenes centroeuropeos para las transformaciones de estos motivos, que a partir de prototipos helénicos y orientalizantes se observan sobre las armas ibéricas; piensa que se trata de interpretaciones independientes a la seguida por los celtas latenianos en un momento cronológico coetáneo; piensa, asimismo, que los motivos meseteños se rigen por otros mecanismos de adaptación estilística que les son propios y tal vez el disco de Aguilar sea un ejemplo. El disco que estudiamos tiene clara ascendencia tipológica etrusco-itálica, como ya hemos visto anteriormente, y algunos de los motivos tienen indudablemente esa misma procedencia. Pero este tercer nivel de lectura figurativa ha de hacerse desde dentro de las pautas de evolución local; por ello, creemos conveniente citar algunos ejemplos de mecanismos iconográficos que creemos paralelizables con el seguido en el disco de Aguilar de Anguita. Señalaremos el torques T. P., 52, n.o 1, 1995 Magdalena Barril Vicente y Francisco J. Martínez Quirce céltico de la tumba número 30 de Beine de L'Argentelle, donde unas palmetas dobles estilizadas se sitúan simétricamente cerca de los extremos del junco (Roualet, 1991: fig. 6.1) o el torques de la tumba 17 d'Etoyes Les petites noyers con unas palmetas simplificadas (Roualet, 1991: También podemos interpretar como palmetas la forma externa de algunos elementos de cinturón como el del túmulo de Hochscheild (Renania) (Haffner, 1991: 158) o el de la sepultura 116 de Este, Villa Benvenutti (Bulard, 1982: fig. 1.3) o el marco externo que sobre la parte superior de las vainas latenianas contiene animales fantásticos como la de Mitrovica (Yugoslavia) (Petres, 1982: fig. 7), o aves de picos abier-tos O cerrados como una de La Tene, del s. IV, con cuatro prótomos de ave enfrentados dos a dos con los picos en distinta posición y los ojos señalados por círculos concéntricos (Bulard, 1982: fig. 1.4), o la húngara de Kosd, datada a principios del s. III con dos aves de pico abierto sobre los que se volverá más adelante (Bulard, 1982: fig. 2.4). Este tema de las parejas de animales enfrentados que se encuentra en Centroeuropa desde La Tene antiguo, parte de influencias orientalizantes de desarrollo local (Bulard, 1982: 155). Esta adaptación externa a la forma de la palmeta la recogemos también en las carrilleras de cascos como el aparecido en Agris (Charente), de mediados del s. IV (Megaw, 1991: lám. X); presenta además una rica decoración repartida en bandas, dos de las cuales tienen motivos de palmetas de siete y cinco pétalos respectivamente, sobre círculos y hojas. Otro ejemplo sería el de un casco procedente de Umbría, de fines del s. IV a.C, con carrilleras en forma de palmeta y un aplique de forma similar que contiene en su interior una figura antropomorfa (Megaw, 1991: fig. 149). La palmeta sobre cascos, lanzas y otras armas, tiene en el mundo greco-etrusco una finalidad profiláctica, protectora del guerrero; no podemos descartar una interpretación similar en el mundo céltico ni en el hispánico, donde llegaría partiendo de las cerámicas áticas del s. V a.C como ya hemos indicado tras haber recorrido un camino seguramente a través de cauces comerciales y de intercambio de bienes de prestigio (9). El disco de Aguilar de Anguita es un ejemplo de esa conjunción local de elementos alóctonos y autóctonos. Por un lado, nos encontramos con una densa combinación de tipos decorativos propios de ámbito mediterráneo (palmetas-roleos, palmetas-lotos); por otro, el resultado de estas combinaciones de motivos articulan un discurso figurativo inscrito en los parámetros culturales del área celtibérica. La lectura autóctona parte del supuesto de que los tipos zoomorfos son paralelizables, tanto formal como iconográficamente, con otros del ámbito meseteño. Por otra parte, dichos tipos categorizan un tipo de representación donde se combina perspectiva cenital y lateral. Ya hemos indicado que los tipos números 2, 4, 6 y 8 son peces inscritos en motivos de palme-( 9) Sobre el comercio de tipo premonetal en sociedades protohistóricas, ver Perea (1994). tao La representación del pez, como es bien sabido, no es extraña en las composiciones figurativas peninsulares. Motivos pisciformes también aparecen en el norte e interior de la Península Ibérica: no debemos olvidar, por ejemplo, las escenas donde aparece el pez en las diademas de Mones (Piloña, Asturias) (Marco, 1993) (10), las estelas romanas de Lara de los Infantes (Salinas, 1993: 514-515). Pero los ejemplos más cercanos al disco objeto de análisis son ciertas composiciones que aparecen en la cerámica de Numancia. Nos referimos, concretamente, al cuenco con peana corta numantino número 85 de la serie polícroma que recatalogó y estudió Fernando Romero (1976: 34, fig. 20) cuya decoración interior representa un motivo de peces y triángulos (... ) enmarcado por bandas blancas entre líneas y franjas de espirales y puntos. El tipo de composición es el mismo que el disco que nosotros tratamos: cinco peces y cinco motivos triangulares (que pueden considerarse brotes vegetales o florales) se alternan de tal manera que forman radios que convergen a un centro formado por circunferencias inscritas. Toda esta estructura de representación queda inscrita en una banda de roleos y de líneas quebradas. La interpretación de este tipo de combinaciones figurativas aparecen, a nuestro parecer, en ámbito mediterráneo, aunque el ejemplo numantino parezca, a priori, mucho más esquemático. Un plato ibérico de Liria muestra peces entre un universo vegetal que le sirve de marco explicativo. Según varios autores (Olmos et alii, 1992: 84), la naturaleza es aquí representada como manifestación fecundadora que sirve de alimento al pez. Pero es en Hoya de Santa Ana (Albacete), donde se puede hacer un paralelo iconográfico más preciso. En esa localidad apareció un plato de pescado (s. III a.C) que en su interior tiene peces representados radialmente; convergen hacia el centro del plato, donde se dibuja un motivo estrellado, todo entre roleos de tipo vegetal. Es el mismo modo de (10) F. Marco (1993: 325) data la pieza en algún momento del cambio de era, y para ello se basa en paralelos de tipo estilístico e iconográfico con otras piezas de orfebrería castreña. No obstante, no existen, hoy por hoy, unos criterios sólidos, ni desde el punto de vista técnico ni incluso iconográfico, que avalen dicha fecha tan tardía (Perea, 1995). T. P., 52, n.o 1, 1995 componer imagen que aparece en Numancia y en Aguilar de Anguita. Por otro lado, las representaciones vistas desde arriba de un pez parecen poco comunes; algún ejemplo se puede rastrear, como en una cabeza de ave sobre un gran pez que aparece un una gran vaso de Liria (Olmos el alii, 1992: 143; Ballester el alii, 1954: 48, fig. 31) con abundantes escenas de caza. El modo de representar la cabeza es la misma que aparece en peces sobre cerámicas numantinas y sobre el disco de Aguilar. En Numancia hay dos ejemplos muy significativos. Por un lado, los peces representados en el cuenco carenado con mango número 47 y el cuenco número 139 con peana de la serie monócroma, estudiada por M.A. Arlegui (11). En ambos ejemplos, la forma de representar es la misma que en el disco coraza de Aguilar de Anguita. Al menos, la cabeza está vista desde arriba, y la boca de perfil. En el segundo ejemplo numantino aparecen los peces en el interior de la copa alternando en la composición con aves, a modo de bandas; en el centro, un motivo en círculo, seguramente un astro presidiendo la composición. En este caso no hay convergencia a un punto (disposición radial), sino que estos giran en torno a este motivo central, de manera que presupone en la mirada la sensación de movimiento (posiblemente de carácter ascensional, si tenemos presente la representación de un sol o astro). En cuanto a los tipos números 1, 3, 5 Y 7, parece que pueden ser representaciones de aves o, lo que parece más seguro, prótomos zoomorfizados. Al igual que los peces, las aves aparecen representadas con relativa frecuencia en ámbito peninsular; al igual que el pez, su presencia integra frases figurativas muy diversas, con multivalentes significados. Frecuentemente se relaciona con el ámbito fecundador de la naturaleza, como en AzaiJa (Cabré, 1944: fig. 56), o con el trasunto del alma del difunto al espacio simbólico de la muerte (Martínez Quirce, e. p.). En Liria encontramos aves pintadas en perspectiva cenital, así como en Numancia y Azaila. No obstante, en estos dos últimos ejemplos dichos tipos se asocian a córvidos o buitres, por lo que puede haber formas específicas de representación de ciertas especies animales. (11 ) M.A. Arlegui, Las cerámicas monócromas de Numancia. Tesis de Licenciatura inédita. Agradecemos a la autora la posibilidad de su consulta. T. P., 52, 0. ° 1, 1995 Magdalena Barril Vicente y Francisco J. Martínez Quirce Las aves se representa con alas, uno de los elementos que a nuestros ojos parece el más identificativo. En el disco de Aguilar el animal representado no tiene alas, por lo que se plantean dos interpretaciones: que sean aves en reposo, muy geometrizadas, o que se traten de zoomorfizaciones de prótomos. E l problema de la ausencia de unos paralelos figurativos convincentes nos mantiene en la laguna de la hipótesis, aunque inclinarse por la segunda opción parece menos arriesgado. Los fundamentos de esta aseveración se deduj eron tras el rastreo realizado en las vainas de espada tipo La Tene decoradas en su parte superior con animales enfrentados (Bulard, 1982: 155, fig. 2). Hay un tipo, procedente du una vaina de Kosd, en Hungría (Fig. 4), que representa estilizaciones zoomorfas muy similares a la de nuestro disco; Bulard (1982: 152) supone que la decoración de dicha vaina es resultado de una evolución caracterizada por influencias estilísticas en la producción de imágenes con dos prótomos o con la lira zoomorfa. E n tal tipo de prótomos enfrentados, tanto las extremidades inferiores como la boca u hocico pueden hacernos suponer una interpretación estilística local de un motivo que se desenvuelve en el ámbito de Celtique Occidentale (Bulard, 1982: 152) con bastante frecuencia. No obstante, lejos de caer en determinismos difusionistas tendentes a catalogar estilos en función de su expansión y correrías por el espacio europeo, consideramos dicho supuesto como una hipótesis en estos momentos difícilmente demostrable. Por otro lado, la evidencia de prótomos de animales enfrentados en un ánfora de bronce aparecida en Veii (Italia Central) del s. VIII a.e. y en otra de Gevlinghausen (Oeste de Alemania), -esta última, de la misma centuria y probablemente fabricada al norte de los Alpes, imitando las producciones de Veii (Jockenhovel, 1974: 32 en Kristiansen, 1993: 147)-, nos ofrecen un ejemplo de como ciertas composiciones iconográficas se expandieron en un corto espacio cronológico por el norte y centro de Europa y pudieron permanecer en la memoria colectiva. A pesar de ello, parece evidente que el modelo objeto de análisis puede presentar similitudes con algunos tipos figurativos del círculo numantino. Recordemos algunas objetos cerámicos, donde se representan prótomos de animales protegiendo una banda vertical con motivos en cruz-aspa, cruz-esvástica y, frecuente-mente, brotes de tipo vegetal (muy geometrizados, como los vistos en el cuenco con peana corta publicado por Romero). Normalmente, este tipo de representación se asocia a jarras tipo bocho El prótomo suele representarse en tres formas básicas: cabeza-cuello, zoomorfizado (como en Izana, Soria, Fig. 5) Y antropomorfizado (Numancia). Como podemos ver, el espacio simbólico se adecúa a realidades concretas de expresión multivariante difíciles de entender. No obstante, la idea de la continua metamorfosis fundamenta esquemas compositivos configuradores de ámbitos relacionados con el paso de la vida a la muerte y el carácter regenerador de la naturaleza (Olmos el alii, 1992: 122-123). Por ello, es posible que el tipo iconográfico del disco pueda tratarse de un prótomo con cuerpo y patas posteriores, zoomorfizado. La cabeza, representada en perspectiva cenital y hocico en perfil, no es extraña en Numancia; mucha veces se asocia a prótomos de caballo, o a animales fantásticos (Romero, 1976: figs. 8 y 14). Y, por otro lado, el prótomo, de manera común se representa con motivos de tipo astral. Por otro lado, llamamos en especial la atención sobre la figura polícroma que se ha considerado una representación de Cernunnos y que muestra al igual que las nuestras la cabeza frontal y la boca de perfil (Romero-Sanz, 1991: 469, figs. 1 Y 2). Por todo ello, puede decirse que la asociación entre peces y prótomos convergiendo hacia un punto central representado a modo de estrella apoya la idea de que nos encontramos ante un objeto de prestigio que, desde el punto de vista compositivo e iconográfico, valida su utilización en ritos de muerte. Tanto el pez como el prótomo de animal generan un discurso simbólico basado en experiencias de cambio de la vida al espacio simbólico del más allá (Marco, 1993; Salinas, 1993; Martínez Quirce, e.p.). No hay duda de que nos encontramos ante un objeto de cierto prestigio social: el disco, tipológicamente, es único en el área celtibérica, y adopta modelos compositivos de raigambre mediterránea. Está fabricado en bronce y plata, y a pesar de carecer actualmente de contexto, es muy posible que integrara un ajuar compuesto por una completa panoplia de guerrero. En sí mismo adopta un discurso iconológico no ajeno al área que nos ocupa. Dicho discurso relaciona el motivo de "palmetas-peces" y "brotes vegetales-prótomos zoomorfizados" dispuestos radialmente en torno a un motivo geométrico a modo de solo estrella. Puede, por tanto ser interpretado en un contexto de ritualización consistente en el paso de la vida a la muerte. Dicho tránsito se materializaría en un objeto indudablemente de prestigio. Sintetiza, por tanto, una situación social y religiosa en un momento de la segunda mitad del S. IV o S. nI a.e. Estudio analítico del disco de Aguilar de Anguita La pieza ha sido estudiada empleando la técnica no destructiva de espectro me tría de Fluorescencia de rayos X, con el espectrómetro Kevex modo 7.000 del Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales (Ministerio de Cultura). T. P., 52, n.o 1, 1995 La placa base ha proporcionado la siguiente composición (valores expresados en % en peso): Se trata de un bronce ternario o bronce plomado con un porcentaje elevado de estaño y bajo de plomo. Este resultado permite comprender la formación de segregados de estaño, visibles en la superficie en aquellas zonas que se encontraban bajo la lámina de plata que decora el disco y que perdieron su cubrición. El análisis cualitativo de esas áreas blanquecinas no detecta ningún otro componente que justifique su coloración plateada. La lámina empleada en las franjas decorativas del disco es de plata, con la siguiente c,?mposición: Los valores obtenidos muestran el uso de una plata bastante pura, con impurezas de cobre y una presencia de oro cercana al 3%. A lo largo de las series de análisis realizadas dentro del Proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica se observa la frecuente aparición de pequeñas ligas de oro en la plata utilizada en materiales de la II Edad del Hierro del área de las dos Mesetas. Los espectros obtenidos de las láminas de plata muestran también la presencia de estaño, que confirman la existencia de acumulaciones de sales de este elemento en las microgrietas formadas en las láminas, fruto del paso del tiempo y de las tensiones producidas en su ajuste por presión a la placa base donde debió prepararse una superficie rugosa que facilitara la fijación de la lámina (técnica de damasquinado). No se ha detectado el empleo de ningún elemento soldante.
Este trabajo presenta un modelo político para la interpretación de los grandes poblados de la Edad del Cobre en la Península Ibérica. Considera que la competencia entre facciones en sociedades segmentarias genera las condiciones para el auge de procesos de agregación, y es a su vez la base de su debilidad, situación que frecuentemente provoca la fisión de los grupos. El momento clave para la con-solidación del poder de los líderes faccionales es el momento inicial de movilización de trabajo colectivo. Caso de no consolidarse, la competencia entre facciones y el desarrollo de los intereses familiares multiplica los frentes de resistencia. El modelo se aplica al registro arqueológico regional y local del Alto Guadalquivir. Finalmente se sugiere que la dinámica de agregación a gran escala únicamente puede darse en aquellos lugares en los que exista suficiente población, recursos potenciales y la tecnología suficiente para su explotación y mantenimiento. Sin embargo, para explicar la variabilidad observada durante el Calcolítico de la Península Ibérica se requiere incorporar factores políticos. MARROQUÍES BAJOS (JAÉN, SPAIN) The evolution of Marroquíes Bajos
ENCARNACIÓN RUANO RUIZ (*) P. HOFFMAN (**) J.M a RINCÓN (***) "La sabiduría no la igualan, ni el oro, ni el vidrio / ni cabe cambiarla por vaso de oro fino". las piezas encontradas en la tumba 204 fue puesta de manifiesto por su excavador (Cuadrado, 1964). Para este estudio hemos contado con los materiales procedentes de 200 tumbas inéditas excavadas durante los últimos años. El total de tumbas excavadas ha sido de 550; 350 se fechan según la Memoria de Excavaciones entre los siglos V al IV a.e. Las 200 tumbas inéditas estarían fechadas dentro de un margen más amplio es decir del siglo V al II a.e. fecha en que se dejó de enterrar en la necrópolis. ANÁLISIS DE LOS MATERIALES Hemos estudiado 1099 objetos de vidrio procedentes de 87 tumbas (Fig. 1) que según nuestra propia clasificación corresponden a los siguientes apartados: 1) CUENTAS; 2) FUSA-YOLAS; 3) COLGANTES; 4) APLIQUES; 5) VASOS; 6) VARIOS. 1) CUENTAS: Entre los materiales de vidrio de El Cigarralejo las cuentas ocupan un lugar destacado, existen 1018 que suponen el 92,63 % NECROPOLlS IBERICA DE EL CIGARRALEJO Jel total (Ruano, e.p., a). Hemos agrupado las cuentas de collar siguiendo criterios morfológicos en: a) Planas; b) Agallonadas; c) An ulares; J) Cilíndricas; e) Esféricas; f) Tonelete; g) Otras formas; h) Indeterminadas. a) Planas: Dentro de esta modalidad existe una cuenta decorada de forma ovalada y de poco grosor, de color blanco nacarado, que tiene un conducto que la atraviesa por la mediana mayor. La singularidad de la pieza viene dada por el grabado del anverso, donde se representó la figura de un grifo (Cuadrado, 1964: 11). Aunque se pensó podría formar parte de una sortija, sus medidas (2,75 x 2,23 X 0,51 cm.) aconsejan interpretarla como una cuenta que se insertaría en un collar. Curiosamente conocemos otro ejemplar procedente de la tumba 70 de la vecina necrópolis de Coimbra de Barranco Ancho (Jumilla, Murcia) (Iniesta el a/ii, 1987: 46). Existen entalles para sortijas en el mundo griego y etrusco con iconografías parecidas realizados en otros materiales (Boardman y Vollenweider, 1978: nOs 112;114;150;234).. ~ n ejemplar con características iconográficas SImIlares a la cuenta de El Cigarralejo, en este caso, realizado en calcedonia y fechado en el siglo V a.e. se exhibe en el Ashmolean Museum de Oxford (Ogden, 1982: 168). Existen tres piezas sin decorar también de color blanco, cuyo paralelo mas cercano se encuentra en la necrópolis ibérica de La Serreta (Alcoy, Alicante) en las tumbas 6,9,10 fechadas entre los siglos V y primera mitad del siglo lB a.e. De éstas,11 están fechadas en el siglo IV a.e. y 7 se podrían fechar entre los siglos V al 11 a.e. Proceden de 18 tumbas, son siempre monócromas y están realizadas en diferentes colores azul, blanco, gris con distintas tonalidades. Las tumbas corresponden a personajes femeninos y la 200 es doble. El banco de datos que realiza uno de nosotros (E. Ruano), inédito hasta el momento (1), (1) Damos las gracias a todos los Directores y Conservadores de los Museos Arqueológicos españoles por haber permitido la consulta directa de la casi totalidad de los materiales de vidrio aquí citados. permite establecer que este tipo de cuentas aparecen en España alrededor del siglo VII al VI a.e. en las necrópolis malagueñas de Trayamar y Jardín. En el siglo VI a.e. aparecen en l~s necrópolis de Ampurias (Gerona) y postenormente centrados en los siglos V Y IV se difunden por Ibiza, Levante y la Meseta. El siglo 111 es el límite cronológico. Fuera de la Península Ibérica los antecedentes formales nos.lIevan a Egipto (XXII Dinastía) donde se reahzaron en materias diversas, además de vidrio. c) Anulares: Se han encontrado en El Cigarralejo un total de 799 cuentas que representan el 78,48 %. Las cuentas se diferencian por el color y el tamaño son casi siempre monócromas de colores blanco azul y marrón en todas las gamas. Sólo existen cuatro ejemplares decorados con "ojos". La sencillez de estas cuentas dificulta el conocimiento de sus datos específicos poco valorados entre los otros elementos del ajuar. Existe un grupo homogéneo de cuentas que hemos clasificado con el nombre de diminutas ya que apenas alcanzan el milímetro de altura. Las cuentas anulares aparecen en 32 tumbas con cronologías entre los siglos V al II a.e. Destaca la tumba 230 con 126 cuentas de este tipo; son.muy frecuentes en la Península Ibérica yen las Islas, aparecen tanto en necrópolis como en poblados. Tenemos constancia de su existencia en numerosas áreas ya sean del Levante, Sur, Las cuentas cilíndricas polícromas de El Cigarralejo tienen unas características propias: apenas alcanzan un centímetro, están decoradas con rebordes amarillos en los extremos y con hilos de colores en la zona central, representando ondulaciones o rameados muy peculiares que tambien veremos en otras piezas de vidrio procedentes de la necrópolis murciana. Existe un solo fragmento de cuenta polícroma con protuberancias en el borde, hallado en la tumba 213. Esta pieza es una clara importación de un taller de Cartago (Ruano, e.p., a). Sólo existen ejemplares de este tipo en la vecina necrópolis de Coimbra de Barranco Ancho. No siempre las cuentas se ajustan a una verdadera esfera. puesto que casi siempre los extremos están achatados. Las cuentas esféricas monócromas son frecuentes en todos los yacimientos españoles y en todas las épocas. sus datos específicos no se reflejan siempre en la bibliografía, como hemos comprobado en las cuentas anulares. No sucede lo mismo con las denominadas cuentas de "ojos" puesto que su aspecto multicolor y atractivo permite encontrarlas individualizadas cuando se describen los ajuares de las tumbas. Las cuentas de "ojos" de El Cigarralejo (66) presentan gran variedad de colores. El fondo es monócromo y lleva incrustraciones de círculos concéntricos de otros colores (Fig. 4). La combinación se logra mediante gotas o anillos o bien mediante pigmentos embutidos. Conviene recordar que el primer trabajo y único dedicado exclusivamente a la clasificación de las cuentas de "ojos" basado en la técnica de ejecución, fue el escrito por Eisen en 1916. Beck en 1928 realizó una clasificación mas general de las cuentas sin excluir las multicolores. El ejemplar más antiguo para este tipo es el encontrado en un sepulcro megalítico de El Alto U rgeL fechado de 14(x) a 1100 a.e. La cuenta de fondo negro tiene los "ojos" blancos. Cuentas con esta decoración se encuentran en todo el ámbito peninsular: Levante, Sureste y Sur, Meseta y Extremadura. La mayor cantidad de este tipo se encuentran en las necrópolis de Ibiza. Existe una gran variedad técnica y morfológica de las cuentas de "ojos" halladas en los yacimientos españoles, su conocimiento global permite atribuirlas a distintos centros productores no siempre ibicencos, aspecto hasta ahora poco estudiado (Ruano, e.p., c). La comparación de las cuentas procedentes de la necrópolis murciana con ejemplares de Ibiza nos permite suponer que se importaron de la isla. f) Tonelete (Fig. 5): Hemos denominado cuentas de tonelete aquellas que presentan el cuerpo engrosado en el centro y llevan en los extremos unos rebordes de color amarillo. Estas cuentas son polícromas y en ocasiones se decoran con hilos de colores con motivos de ondas o ramas. Las cuentas de tonelete son como las cilíndricas características de la necrópolis de El Cigarralejo. El resto de los enterramientos, sólo tenía una cuenta por tumba. Solamente se han encontrado dos ejemplares con las misma tipología en la tumba 70 de la vecina necrópolis de Coimbra de Barranco Ancho. g) Otras formas: Sólo hay nueve ejemplares entre elipsoidales y bicónicas, representan el O.X5% dcl total. h) Indeterminadas: No aportan ninguna característica especial ya que están fragmentadas o carecen de datos. 2) FUSAYOLAS (Fig. 6): Aunque es posible que estuvieran incluidas entre las cuentas formando parte de los collares su forma, su tamaño, la manera de estar decoradas y su comparación con piezas cerámicas estudiadas por Castro (1980) Destacan en las piezas la forma troncocónica, la altura oscila entre los 2,70 cms. y 1,30 cms. En la parte mas estrecha, que corresponde a la zona T. P., 52, n.O 1, 1995 inferior. se observa un rehorde amarillo que refuerza la pieza. Todas las fusayolas están decoradas con motivos fitomorfos, líneas en zig-zag o presentan ondulaciones. Rebordes amarillos y decoración coinciden con las características apuntadas en las cuentas polícromas cilíndricas y de tonelete. La escasa distribución de todos estos ejemplares de morfología y técnica similar, permite establecer la hipótesis de un taller cercano a la necrópolis murciana y que tambien distribuyó su producto en Coimbra de Barranco Ancho, como hemos podido comprohar al estudiar los materiales de ésta necrópolis depositados en el Museo Arqueológico de Murcia. Existen otros paralelos aunque no iguales para estas piezas polícromas en: El Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo, Albacete) (Giménez Ortuño, 1984); en Vall de Uxó (Castellón) (Lázaro, Mesado y Aranegui, 1981); C~brera del Mar (Barcelona) (Barberá, 1968) y en El Puntal deis Llops (Bonet y Mata, 1981). Fusayolas de vidrio monócromas de mayor tamaño que las citadas, interpretadas hasta el momento como cuentas de collar proceden de algunas tumbas púnicas de Ibiza. 3) COLGANTES: Dentro de este apartado incluimos los objetos que se usaron para ser suspendidos bien por medio de orificios practicados en las mismas pastas o mediante anillas. Se han encontrado nueve colgantes, tres muy fragmentados, que representan el 0,82 % del total de las piezas. Las cronologías oscilan entre comienzos del siglo IV y finales del III a.e. Hemos clasificado las piezas por su forma en: a) Acorazonada; b) Piriforme; 3) Amuleto. a) Acorazonada: Se hallaron tres ejemplares que pertenecen respectivamente a las tumbas 104, 139 Y 230 todos ellos están policromados con inclusión de hilos de colores. Todos los colgantes conservan el anillo de suspensión de cobre. El paralelo mas cercano está en los diez adornos de vidrio monócromos y de forma globular, con anilla de suspensión de la necrópolis de El Tesorico (Albacete), interpretados como cuentas de collar por sus editores (Broncano el alii, 1981(Broncano el alii,: 1985)). b) Piriforme: Procede de la tumba 391, la pieza está fragment.ada en la parte superior y no conserva el orificio para colgar, la base está hue-T. Rincón ca en el centro. No hemos encontrado ningún paralelo para este tipo de colgante. c) Amuleto: En la tumba 180 se encontró un colgante con la representación de Horus, mide de altura 5,8 cms. La pieza está fechada según Cuadrado (1987) en el tercer cuarto del siglo IV a.e. El amuleto tiene paralelos con otros hallazgos procedentes de la necrópolis de Ampurias (Gerona), La Bastida de los Alcuses (Valencia), La Albufereta y el Tossal de Manises (Alicante), El Cabecico de El Tesoro (Verdolay, Murcia). 4) APLIQUES: Hemos denominado así las piezas de vidrio que: a) aparecen independientes entre los ajuares de las sepulturas; b) forman parte de otros elementos de adorno o de otra clase de objetos. Se han contabilizado 29 apliques (2,63% ). a) Independientes: Estos apliques presentan parecida tipología y su diferencia está en el color. 1) Monócromos: Los apliques son blancos y pueden estar decorados o carecer de motivos ornamentales. Todos se encontraron formando parte de la tumba 204. Las piezas que están decoradas son dos, presentan sendos personajes en el anverso. La singularidad de las piezas fue puesta de manifiesto por E. Cuadrado (1964: 11-12) quien identificó como una cabeza de Medusa, al aplique más completo. El investigador sugiere que esta pieza y la otra mas fragmentada pudieran formar parte de algún vaso que no se ha encontrado. Los apliques planos lisos parecen ser la matriz para elaborar otros adornos. 2) Polícromos (Fig. 7): Esta clase de apliques tienen una morfología bastante parecida, son siempre circulares con las caras cóncavo-pla.nas o cóncavo-convexas. La variación está en el tamaño y en color. El color del fondo puede ser amarillo, azul verde o negro apreciándose en el anverso espirales muy decorativas. Las piezas han recibido diferentes nombres en la bibliografía: "vidrios de incrustación" (Figueras Pacheco, 1956: 47), "entalles", "chatones o cabujones" (Llobregat, 1991: 479) y "Button Bead" (Eisen, 1916). Los ejemplares procedentes de la necrópolis alicantina de La Albufereta son piezas planoconvexas o ligeramente cóncavo-convexas. Sus tamaños oscilan entre los 7 y 2,1 cms., el grueso es proporcional para no perder el aspecto de discos o botones. Los colores son variados, blancos o lechosos, azulinas, verdes de distintas tonalidades y están decorados con espirales blancas por el anverso. En la isleta de Campello se encontraron ejemplares parecidos a los descritos, en este caso el color era siena, con irisaciones verdosas (Figueras Pacheco, 1956: 226). Estos apliques son frecuentes en muchos yacimientos de época ibérica. Valgan algunos ejemplos que lo corroboran en Alicante: La Alcudia (Norsdtron, 1967); La Serreta; Puig de Alcoy; Tossal de la Cala (Llobregat, 1991); Tossal de Manises (Figueras Pacheco, 1957); Cabezo Lucero (Guardamar del Segura) (Aranegui et a/U, 1993) y Torre del Mal Paso (Fletcher, 1954) yen Granada: Galera (Cabré y Motos, 1920). Los adornos polícromos existen entre los materiales procedentes del Palacio-Santuario de Zalamea la Serena (Badajoz), en este caso son cuatro piezas bastante deterioradas. El material se encuentra inédito en el Museo Arqueológico de Badajoz. Fuera de la Península Ibérica estos materiales aparecen en Siria, Egipto y en Italia. Los apliques de colores fueron frecuentes en el mundo etrusco y existen varios ejemplares en la colección Barberini en el Museo Etrusco y en el Museo de las Termas de Roma. Estos ejemplares se fechan entre el siglo V-IV a.e. Aparecen como parte del ajuar en algunos enterramientos de la necrópolis de Benacci de Bolonia. En Montefortino los mismos objetos, aparecen tanto en tumbas masculinas como femeninas. Concretamente en la tumba 23 una veintena de estos apliques circulares estaban acompañados de tres dados de hueso (Déchelette, 1927: 902-903 ). b) Formando parte de objetos: Existen en El Cigarralejo algunos objetos que se decoraron con aplicaciones de pastas vítreas. Este sería el caso del colgante de forma acorazonada encontrado en la tumba 325. La pieza presenta un hueco central donde existen indicios de vidrio. Aplicaciones de vidrio formaron parte de algunas fíbulas como las halladas en la tumba 200. En este caso el aplique de color blanco representaba una cara. A este respecto conviene recordar la fíbula con adorno de vidrio y representación humana hallada en la necrópolis de La Albufereta (Alicante). En El Cigarralejo y en la necrópolis alicantina se encontraron pasadores adornados con pasta vítrea de color blanco. 5) VASOS: Este elemento de vidrio es bastante restringido en la necrópolis de El Cigarralejo, se han encontrado nueve vasos (0,82 %). Sólo había un ejemplar completo y pequeños fragmentos de otros recipientes. En la tumba 277, calificada como principesca, se encontraron fragmentos diminutos de dos vasos y restos de otro que pudo ser reconstruido. El recipiente es un "eonocoe", casi negro con bandas en zig-zag y rectas realizadas en varios colores entre los que se detecta el blanco y el amarillo. Según Feugere (1989) corresponde a un "eonocoe" del grupo 2 forma. Esta forma es poco frecuente en la Península Ibérica. Otro vaso de este tipo se localizó en la necrópolis del Molino de Cazlona (Jaén) en el ajuar de la tumba 5 (Arribas y Molina, 1969) y varios proceden de las tumbas de Ampurias (Gerona). El número de tumbas excavadas hasta la actualidad en la necrópolis de El Cigarralejo es aproximadamente de 550 de éstas solo 87 tumbas tenían objetos de vidrio lo que supone un 15%. A la restricción de tumbas se añade el hecho que la presencia de vidrio suele coincidir con tumbas de ajuares calificados como ricos. De ello se infiere el carácter elitista de la disposición de materiales vítreos en los enterramientos. Resulta interesante relacionar los ajuares de vidrio con el sexo de los individuos cremados. El estudio osteológico realizado por el doctor Santonja (1985Santonja ( -1986Santonja (, 1989Santonja ( Y 1993) ) para la necrópolis de El Cigarralejo permite, unido a los datos proporcionados por el doctor Cuadrado, determinar con mas precisión qué personajes tenían objetos de vidrio. De las 87 tumbas mencionadas: 25 corresponden a mujeres; 12 a varones 7 a niños; 16 entrarían en la categoría de alofixos adolescentes que por su anatomía son difíciles asignar a uno u otro sexo; no ha podido determinarse el sexo de 17 individuos. Hay que tener en cuenta la existencia de cinco tumbas dobles. Las conclusiones que permiten la comparación de los materiales con los individuos enterrados es la siguiente: 1) Las cuentas de vidrio se depositaron tanto en tumbas masculinas como femeninas sin distinción de edad, ya que aparecen en los enterramientos infantiles. Se ha observado que, a medida que aumenta el número de cuentas en cada ajuar, disminuye considerablemente el número de tumbas con este tipo de adorno. 2) Las fusayolas sólo se han encontrado en tumbas femeninas. Hay que destacar el gran número de estos elementos de telar (26) no superado hasta el momento por otra necrópolis ibérica. 3) Los colgantes y los vasos se depositaron en ajuares de individuos de ambos sexos. 4) Los apliques aparecen en sepulturas masculinas o dobles. La inclusión de ajuares en los enterramientos infantiles, nos informa de la existencia del prestigio de los niños por vínculos de sangre, como nos sugiere Lull (1983: 445) para la cultura del Argar (2). (2) Los cálculos estimativos de la diferente estratificación social de cada una de las comunidades donde fue posible Como argumento de que los objetos de vidrio en general y las cuentas de vidrio en particular fueron utilizadas por una clase social determinada, merece la pena recordar la representación de ornamentos en forma de collar en la plástica ibérica. No cabe duda de que muchos de ellos estarían formados, en realidad, por cuentas de vidrio y en este caso sí se puede concluir que esta ornamentación corresponde principalmente al sexo femenino. El estudio pormenorizado de las esculturas humanas ibéricas, realizado por uno de nosotros (Ruano, 1987), permitió comprobar el lujoso adorno que ostentaban las damas. T. Chapa y J. Pereira analizan en nuestro catálogo 131 collares en sólo 50 esculturas femeninas. Los hallazgos de ejemplares completos o de colgantes que pudieran formar parte de collares, sólo son 24. Este hecho fundamentalmente, les permite conjeturar que el oro no se incluiría en los ajuares funerarios y que según los autores pasaría a ser hereditario en vida. "Es cierto que el recuento que hacemos alude solo al oro y las esculturas impiden discernir si el adorno es de ese metal, de plata o de bronce. Pero de todos modos la desproporción es enorme" (Chapa y Pereira, 1991: 28). ¿Qué inconveniente habría que muchas de estas cuentas fueran de vidrio y no de metal? D. Antonio García y Bellido (1943: 24) ya supuso que muchas de las cuentas que formaban parte de los collares de la Dama de Elche (Museo Arqueológico Nacional) podían ser de esta materia. Como puede verse en esta escultura, de los tres collares que cuelgan sobre su pecho, el primero está formado por una sarta de cuentas estriadas que bien podría corresponder a las cuentas con gallones descritas entre los ajuares de la necrópolis de El Cigarralejo. Si nos fijamos en el tercer collar que ostenta la Dama ilicitana las cuentas de vidrio podrían corresponder a cuentas cilíndricas, que alternarían con cuentas anulares. La Dama de Baza (Museo Arqueológico Nacional) se adorna con cuatro gargantillas, realizadas con cuentas anulares de tonelete y agallonadas, entre otros tipos de collares. Debemos tener en cuenta que los adornos de vidrio el análisis nos permitió demostrar que en algunas ocasiones se enterraba ya a niños con un rico ajuar, lo que implica a todas luces el paso de una sociedad cuyo sistema de funciones individuales se deben a la actividad, edad y representación de cada uno de sus mienbros, a otra donde esos derechos se obtienen (Lull, 1985: 455). T. P., 52, n.O 1,1995 hallados en la necrópolis gralladina difieren poco de los adornos representados en la escultura. La Dama de Cahezo Lucero (Museo Arqueológico de Alicante) luce cuentas en sus collares que no presentan diferencias formales con las halladas en la necrópolis de Mula. ¿ Cumplieron estos adornos, es decir específicamente las cuentas de "ojos", otra función añadida o complementaria de la puramente ornamental? La respuesta no es contundente, pero no podemos descartar la función profiláctica que algunos investigadores (Dechelette, 1927; Dubin, 1987) confieren a las cuentas de "ojos", por otra parte muy representadas en la necrópolis. Aparecen tanto en sepulturas masculinas corno femeninas, con la coincidencia en la tumba infantil 406 de la asociación a otro tipo de cuentas y a un colgante en forma de brazo con la mano cerrada y pulgar entre los dedos índice y corazón. Cronológicamente todos los hallazgos vítreos están enmarcados entre los siglos V al 11 a.e. A nivel social y económico la restringida presencia en número de tumbas y la asociación de materiales lleva a la conclusión que los objetos de pasta vítrea estuvieron al alcance de reducidas personas. Las cuentas, aunque sin diferencias netas respecto a la edad y el sexo, son mas frecuentes en tumbas femeninas, hecho coincidente con las representaciones plásticas. No podemos descartar que las cuentas decoradas con "ojos" tuvieran un carácter profiláctico como parece aconsejarlo la inclusión en treinta y cuatro tumbas y en un collar con un amuleto de hueso. Las fusayolas y los colgantes se incluyeron en sepulturas femeninas. La fragilidad de las piezas de telar demuestra de una manera simbólica, la categoría de la dama enterrada. Los apliques parecen destinados a decorar objetos usados por los varones. Aunque no dudamos de la importación de algunas cuentas halladas en El Cigarralejo corno las cilíndricas polícromas con protuberancias y de "ojos" y de algunos apliques polícromos, a manera de hipótesis, es razonable la conjetura de la existencia de un taller en los alrededores de esta necrópolis. De este taller procederían las T. P., 52, n.o 1, 1995 Encamación Ruano Ruiz, P. Hoffman y J. M." Rincón cuentas cilíndricas con decoración polícroma, las de tonelete con idéntica decoración y tambien las fusayolas de vidrio. Hasta el momento los únicos paralelos para este tipo de piezas los hallamos en la necrópolis del Barranco Ancho en Jumilla, situada justamente a unos pocos kilómetros de El Cigarra leja. A estas conclusiones derivadas del estudio formal de las piezas y de su reducida dispersión espacial habría que añadir otras argumentaciones derivadas del análisis químico de estos tres modelos tan peculiares y que actualmente se encuentran en el laboratorio en fase de estudio. V. COMPOSICIÓN QUÍMICA DE VARIAS CUENTAS DE COLLAR El Doctor Hoffman ha analizado en los Laboratorios Merck de Darmstadt siete piezas, pertenecientes a las tumbas de El Cigarralejo nOs: 391,439,480,481,484a,484b y 526 que corresponden a seis cuentas de vidrio de diversos colores y distinta morfología y a un disco plano blanco, que podría formar parte de otra cuenta de collar. El método de análisis químico utilizado ha sido el de Fluorescencia de Rayos X con un equipo ARL-ODS trabajando con un espectómetro de cristal analizador de longitud de onda de FLi, Ge, PET y AP. El resultado de estos análisis se refleja en las tablas I a VII. Los datos han sido interpretados por el Doctor J.M a Rincón, según se expone a continuación: Las tablas VIII y IX muestran los resultados de los análisis químicos expresándose en la tabla VIII los datos para los elementos mayoritarios que constituyen generalmente los vidrios y en la tabla IX los datos de los elementos minoritarios como: colorantes, afinantes o impurezas provenientes de las materias primas y/o del procesq de fusión. Debido a que todos los vidrios antiguos están basados en el sistema de composición N a2 O-Ca O-Si 02, se ha expresado en la tabla VIII la composición en el mismo orden, como es habitual en formulaciones vítreas, intercalando otros elementos alcalinos (K2 O) ó alcalinotérreos (Mg O) o bivalentes (Pb O ó Zn O), así como el óxido intermedio Al2 03 que forman generalmente parte de la composición. Se ha incluido el Fe2 03 despues de la sílice por considerar a este óxido como un elemento colorante o de impureza que no forma parte generalmen- te de la composición básica del vidrio (Fernández Navarro, 1986). Respecto al P2 05 se trata de un óxido que no suele estar presente en vidrios convencionales y menos aún en otros tipos de vidrios antiguos como los de época romana o árabe por h) que se ha incluido en la tabla VIII despues, dd Si 02, ya que este óxido es bien conocido que en proporciones importantes actúa en el vidrio como formador de la red vítrea (Fernández Navarro, 1986). Cuando se consideran los elementos mayoritarios que componen estos vidrios de cuentas de collar y el vidrio plano recogido en una de las tumbas de la necrópolis de El Cigarralejo, lo primero que destaca es el bajo contenido en Na2 O de estos vidrios respecto a otros vidrios antiguos (Rincón, 1984;1993) posiblemente porque dicho elemento se haya removido por lixiviación a lo largo de los casi 2500 años del enterramiento de los mismos, o bien porque fueran elaborados a partir de materias primas empobrecidas en elementos alcalinos. Los contenidos en Ca O pueden considerarse en un amplio margen y mas bien inferiores a los de los vidrios convencionales (Rincón, 1984), pero semejantes a las cuentas de vidrio encontradas en yacimientos arqueológicos de Mallorca (Rincón, 1993). En cuanto al contenido de sílice se mueve en un margen del 43% al 79% en peso lo que, a excepción de los vidrios de la tumba 439 y 484b que presentan un contenido muy bajo en sílice, está en el orden de magnitud de otros vidrios tradicionales (Rincón, 1984). No obstante, es necesario resaltar que excepto la cuenta cilíndrica de la tumba 484 y el fragmento plano de la tumba 391 tienen un contenido en sílice del 70% y 79% respectivamente, la sílice que es el óxido formador de la red vítrea se encuentra en relativas bajas proporciones respecto a otros vidrios tradicionales. Junto a este hecho se observa que todos estos vidrios contienen cantidades notables de P2 05, entre 1,4 Y un 1,6% de peso, lo cual es un hecho muy significativo, pues éste es un óxido que no se presenta en vidrios de época romana (Rincón, 1984) o incluso en piezas similares de Mallorca (Rincón, 1993). Unicamente se han encontrado contenidos de P2 05 relativamente bajos (1,5%) en cuentas de vidrio muy rudimentarias encontradas en la isla del Hierro (Rincón y Navarro, 1990). Así pues este hecho junto con un contenido relativamente elevado en AI2 03 (entre 4,1 %-8,5%) sería lo mas destacable de este tipo de vidrios. Coincide además esta presencia de P2 05 con la existencia de cantidades importantes de ZnO y Ca O en las muestras que contienen mas proporción de P2 05, lo que podría dar lugar a pensar que se usaron huesos o materia orgánica como una de las materias primas para la obtención de estos vidrios. Respecto al contenido en Pb O, este óxido está presente en la cuenta de la tumba 484 (3,7%) Y en una importante proporción en la cuenta procedente de tumba 439 (17,8%). Algunas de las cuentas de las cuevas mallorquinas presentan también contenidos importantes de plomo (Rincón, 1993). Como se comentará mas adelante, estas muestras son además las únicas que contienen Ni O en una proporción apreciable como óxido minoritario por lo que cabría pensar en principio que son de procedencia diferente al resto de las muestras, aunque la muestra de la tumba 439 tenga un aspecto muy semejante a otras de la misma serie. La cuenta procedente de la tumba 526 con forma agallonada de color gris metálico contiene los constituyentes básicos de un vidrio en proporciones similares al resto de las cuentas, aunque con un contenido mayor en Ca O, por lo que se trata de un material de similares características, aunque en los elementos minoritarios esté su diferencia (mayor contenido en MnO). Destaca su bajo contenido en Fe2 03 respecto a las demás y su mayor contenido en Na2 O respecto a las muestras de las cuentas de collar. Según hemos podido observar con la lupa binocular, la pátina blanca en la superficie de esta pieza corresponde a figuras de corrosión, por lo que se trata de un vidrio antiguo fuertemente corroido, durante su enterramiento. Respecto a los óxidos minoritarios contenidos en estas muestras del cementerio de cremación de El Cigarralejo (tabla IX) destaca el contenido en elementos colorantes C03 04; Mn O; Ni O Y Cu O en todas ellas en mayor o menor proporción según la muestra. Así la cuenta de la tumba 439 de color verde tiene 1,4% de Cu O junto a un elevado contenido de Sb2 03 que es un elemento afinante que facilita la eliminación T. P., 52, n.O 1, 1995 de burbujas en el proceso de fusión del vidrio. Esta inclusión tle Sb2 03 en todos estos vidrios no parece casual. debió ser intencionada e indica un grado de conocimiento bastante elevado de la tecnología del vidrio. Rincón do serían los óxidos responsables del aspecto y color metálico de esta cuenta agallonada. Por último, hay que señalar la presencia de S 02 Y de cloruros en mayor o menor proporción según las muestras estén relacionadas con las materias primas utilizadas en cada caso y la utilización de materia orgánica como aditivo en la fusión de estos vidrios. Análisis químico de cuentas de collar halladas en las tumbas: 391.
Con el largo y multilingüe título anterio se recogen en edición "preliminar", pero rápida y más que aceptablemente presentada, las comunicaciones de un seminario sobre formación del depósito arqueológico en el que participaron arqueólogos y geoarqueólogos italianos de diversos centros, junto con una pequeña representación extranjera en la que predominaron las contribuciones españolas (C.V. de Teruel y V. de Granada-Campus de Jaén). Junto a trabajos de presentación teórica de diversos aspectos de la formación y componentes de los yacimientos arqueológicos (deposición y post-deposición, estratigrafía, sedimentología, pedología, análisis de fosfatos, antropología física), completan el volumen trece comunicaciones sobre aspectos particulares del tema en proyectos italianos y de otras regiones (España, Tailandia, y Pakistán). Antes de seguir con el resumen de sus partes, es posible advertir que el libro, dotado de abundantísima información gráfica, será altamente valorado por los arqueólogos interesados en la comprensión de los procesos formativos y por tanto de los yacimientos mismos (¿es necesario decir que hoy esta categoría debería incluir a todos los investigadores sin excepción?), y que constituye un paso importante en la elaboración de una amplia teoría que permitan la discriminación de los aspectos culturales y naturales presentes en los restos del pasado. En el capítulo introductorio, G. Leonardi nos advierte de su posición contraria a la de los importantes trabajos de Binford y Schiffer, demasiado centrados en las relaciones comportamiento-cultura y que por ello olvidan la importancia del mismo depósito arqueológico (lo que, por ejemplo, lleva a una excavación por capas gruesas que necesita una reconstitución estadística a posteriori). Por el contrario, Leonardi, siguiendo la línea marcada por E.C. Harris, no contempla la estratigrafía como un simple "recipiente" de la cultura, sino como "un insustituible factor concausal de la génesis del depósito", defendiendo consiguientemente un tipo de excavación "microestratigráfica" para reconstruir la "historia" del depósito (con todo, se advierte, esta labor es también antropológica, en el sentido de descubrir regularidades o tendencias del comportamiento humano, a través de esas mismas huellas en el depósito). En el resto del estudio se traducen en ejemplos concretos (muro de ladrillos, pozo, fosa, vivienda protohistórica), con gráficos secuenciales muy claros, algunos conceptos fundamentales: contexto (mejor que depósito, "cuenca", bacino) de origen y contexto de deposición (no muy diferentes de los contextos "sistémico" y "arqueológico" de Schiffer), para terminar con las ideas de origen "local" y "alóctono" en una nueva aplicación de la variable de área de "captación" de Higgs y Vita-Finzi, aunque introduciendo el concepto de contextos "conceptuales", que incluyen la delimi-tación de las causas socio-culturales que provocaron los diferentes transportes de materiales hacia su definitiva deposición. En otro trahajo te órico del volumen. acompañado por el geoarqueólogo C. Balista (quien antes sintetiza admirahlemente en dos hreves capítulos las ideas fundamentales de la sedimentología y pedología aplicadas a la arqueología). Lconardi lleva a caho una reelaboración de los principios estratigráficos de Harris, en lo que llama análisis "conjuntista" (insiemistica), y explica el concepto de "filtro post-deposicional" (con un ejemplo de mezcla parcial de estratos a causa de las raíces vegetales), útil para la distinción de los contextos antrópicos y los naturales. A los anteriores les siguen dos capítulos de autores españoles, que sintetizan para los lectores italianos dos amplios proyectos arqueológicos bine conocidos en nuestro país, por su importancia no sólo históricocultural sino sohre todo de "globalidad" metodológica: la prospección intensiva y excavación prehistórica de la zona de Mora de Rubielos en Temel (por F. Burillo y J.V. Picaza). y la excavación y modélica reconstrucción micro-espacial del oppidum ibérico de Puente Tablas en Jaén (por A. Ruiz y M. Molinos). Del primero sólo recordaremos aquí la reconstrucción geoarqueológica de algunos yacimientos parcialmente erosionados como Hoya Quemada, y del segundo el modelo de reconocimiento de los diferentes contextos (aquí llamados "coyunturas" y traducidos por status) hasta llegar al original ligado al comportamiento humano prehistórico ("coyuntura cero"), y la relación entre material cerámico y áreas de actividad. El resto de artículos incluidos en el volumen se refieren a casos concretos de delimitación deposicional. C. Balista y G. Leonardi analizan la estratigrafía de los poblados palafíticos del norte de Italia (yacimiento de Ledro), intentado ir más allá de la polémica sobre la situación original de las viviendas elevadas y describiendo las condiciones de un gran número de posibilidades de depósito y estudio actual en diferentes grados de humedad. También sobre casas elevadas en ambiente húmedo (monzónico), aunque de una región más alejada, es el estudio de R. Ciarla y S. Natapintu sobre el sitio portohistórico de Tha Rae en Tailandia, don- Hasta hace poco, los estudios acerca del fenómeno megalítico trataban de solucionar las grandes cuestiones que habían interesado a la comunidad científica en relación con el origen de esta peculiar forma de enterrar y los mecanismos que hicieron posible su extensión por un territorio tan vasto en un lapso temporal relativamente corto. Actualmente, casi por una especie de tácita convención general, se tiende al análisis y caracterización de distintos focos o áreas bien delimitadas que permitan un acercamiento en profundidad a realidades locales. y ésto ha sido así porque la complejidad del magalitismo ha ido obligando a buscar soluciones a escala más reducida ante la evidente inoperancia de los grandes planteamientos y soluciones a nivel general. En esta dinámica debemos entender y valorar la aparición de este libro sobre el Megalitismo en Cantabria, cuyo subtítulo nos introduce en lo que será una de las grandes aportaciones del mismo: dar a conocer una "realidad arqueológica olvidada". Teira demuestra fehacientemente en el capítulo 2 (Historia de la Investigación) la existencia de una tradición megalítica arraigada en la Cornisa Cantábrica pero que el olvido había convertido en un solar vacío. Desde una óptica restringida ofrece una visión retrospectiva modélica del desarrollo y tratamiento del megalitismo en toda la Cordillera. Además, en una lectura entre líneas, presenta una especie de historia del pensamiento popular e intelectual sobre el término megalítico en su acepción más amplia. Un capítulo, sin duda, que lejos de presentarse, como es habitual en muchos casos, como una sucesión bibliográfica sin conexión, se articula magistralmente en torno a las corrientes de opinión e interpretación de cada época. Su lectura es, indudablemente, fuente y espejo en el que pueden o deben mirarse futuros tratamientos historiográficos. En efecto, la base documental en torno a la que se organiza toda la discusión teórica proviene de la revisión de 150 referencias bibliográficas (o lo que su autor denomina "hallazgos bibliográficos"), de los que han sido contrastados como ciertos 74 que corresponden a auténticos túmulos o menhires y de la prospección intensa del terreno, labor que ha aumentado el número total de evidencias hasta los 144 monumentos. Con este Corpus General de evidencias megalíticas se cumple el primer objetivo que Teira se propone en su libro: reflejar que Cantábria es una zona más dentro de la Cornisa Cantábrica en cuanto a manifestaciones megalíticas se refiere y que si, en principio, no está a la altura en cuanto a densidades del resto del territorio (700 yacimientos en Asturias y más de 800 en el País Vasco), sí comparte idénticas características en cuanto a variedad arquitectónica y situación ambiental. El hecho de que apenas existan monumentos excavados en la región cantábrica -hecho reconocido en el prólogo como la asignatura pendiente-hace que todo el trabajo se oriente hacia la sistematización de datos descriptivos en torno al monumento y el entorno "en detrimento de planteamientos conceptualmente más interesantes pero carentes de una base documental concreta en la región". Sin embargo Teira supera en su discurso teórico cláramente la, en algunos casos, parquedad de los datos que utiliza creando un alud de ideas interesantes o cuando menos novedosas. Así, por ejemplo, en el capítuclo 4 sobre El análisis y caracterización -que no deja de ser, junto con la exposición de los datos, lo más novedoso del trabajo por cuanto nos retrata casi definitivamente la faz del megalitismo cántabro-plantea interesantísimas cuestiones sobre la disposición de los túmulos en el paisaje desde perspectivas diferentes a las de trabajos más elaborados sobre el tema como los publicados por algunos colegas gallegos. Gradación. desde el mar a la montaña; altura sobre el fondo del valle; desde la horizontal al recurso de agua más próximo... son algunas de las observaciones que Teira explota y que le harán extraer una serie de reflexiones de índole económica (ya en el capítulo 5) como puedan ser la propia independencia de los espacios económicos en relación con el monumento o la existencia de una actividad en torno al monumento en posición inferior a la localización de las tumbas. Aunque la conclusión final no sea del todo original porque la realidad es la misma que en otras regiones megalíticas, sí es novedoso el planteamiento que extrae de la ubicación de las estructuras y de su asociación. En general ocupan lugares altos, alomados, pequeñas crestas montañosas (quizás en relación con zonas de paso) que ostentan un amplio dominio del paisaje y en donde encuentren una zona alomada sobre la que consolidar el túmulo. Esta última apreciación está en relación con un aspecto que trata inmediatamente (pág. 98 Y ss.) referido a la asociación y distribución de estructuras, constatando auténticas necrópolis y una T. P., 52, n.O 1, 1995 especie de gradación cronológica y jerilr4uica en virtud de unas zonas óptimas frente a otras marginales dentro de la campa en razón, también, de la naturaleza orográfica a pequeña escala y de la distancia de respeto entre ellos. Atendiendo a todos estos considerandos establece para algunas asociaciones de tumbas, por ejemplo Peña Oviedo, una secuencia diacrónica de los distintos túmulos aún cuando las características arquitectónicas obliguen a pensar en una secuencia temporal de utilización de la misma relativamente corta. En el capítulo 4.4. asistimos nuevamente a una sistematización de datos en cuanto a la organización interna de los monumentos. Tenemos que volver a decir que a un número reducido de datos se le saca mucho partido aunque de forma un tanto descompensada en virtud del desigual conocimiento y definición de todos los componentes de la tumba: túmulo, estructuras propiamente megalíticas y ajuar. Esta misma descompensación se aprecia en el capítulo 5 referente a la contextualización del megalitismo cántabro en el conjunto de focos megalíticos vecinos. Metodológicamente la intención es correcta e interesante, pero se observa una gran desproporción de tratamiento entre las áreas analizadas: Occidente y Oriente de la Cornisa y la Meseta Norte. La proliferación de datos en relación con los primeros sectores contrasta con la parquedad de los mismos referidos a la Meseta Norte, en especial en lo que concierne a la disposición en el relieve de las tumbas que es el punto de partida para establecer afinidades incuestionables entre toda la Cornisa y plantear una cierta uniformidad de todo el ámbito cantábrico. En cualquier caso, cada vez son más abundantes las publicaciones sobre el megalitismo de la Meseta Norte que ubican los monumentos en su entorno y en donde se pueden rastrear sorprendentes afinidades con otras áreas que obligan a plantear el estudio de estas cuestiones dentro de parámetros explicativos menos localistas. Con todos los datos Teira, en el capítulo 5.4, realiza una reconstrucción de un ambiente megalítico cantábrico que en algunas cuestiones, como pueda ser el contexto cronológico, es demasiado dependiente de los estudios realizados en áreas vecinas como Asturias, el País Vasco o la Meseta Norte. Ello no puede ser de otra manera debido a que el estudio del megalitismo en Cantabria se encuentra en una fase inicial (de reconocimiento deberíamos decir) que debe tener en breve una mayor continuidad en aras a profundizar en el desarrollo interno de este foco. El libro que tenemos ante nosotros creemos que más que cerrar ninguna fase de estudio ni ser el fin de un trabajo, es la espuela que debe incentivar la continuación de la investigación y, a la vez, es una garantía de éxito por la enorme proliferación de datos e interpretaciones de los mismos que nos presenta. Hace más de sesenta años, cuando Bosch Gimpera abordó la tarea de emparejar los datos sobre la etnología peninsular, proporcionados por las fuentes epigráficas y literarias de la antigüedad con los datos proporcionados por la arqueología, esa labor se consideraba, al menos, factible: la premisa de la prehistoria de la época era la existencia de una correspondencia entre un pueblo, su lengua, y su cultura material. Los participantes en la reunión celebrada en 1989 en la Universidad Complutense sobre este mismo tema, cuyas actas se recogen en este volumen, emprendieron este mismo trabajo bajo circunstancias muy diferentes. Por una parte, la investigación arqueológica ha avanzado muy considerablemente: hay muchos más datos, y mejor establecidos, que integrar con las fuentes literarias. Fue ese progreso en nuestros conocimientos concretos lo que sugirió a los organizadores la oportunidad de debatir nuevamente el problema. Por otra parte, el marco teórico fundamentalmente normativista, dentro del cual la tarea cobraba sentido, ha perdido su fuerza. Primero, a raíz de las consecuencias prácticas del desarrollo de la paleoetnología en sus versiones más racistas, la gran mayoría de los arqueológos se disoció de los aspectos biológicos del concepto kossinniano de "cultura". Luego, los grandes desacuerdos entre quienes se dedicahan a proponer correspondencias entre complejos de cultura material prehistóricos y entidades lingüísticas produjeron un cierto escepticismo en la profesión arqueológica sobre la viabilidad de establecer tales enlaces. Por último, las asociaciones representadas en el registro arqueológico empezaron a ser interpretadas no tanto como el producto de una tradición normativa, cuya filiación podría trazarse de una época a otra, sino como el resultado de unos comportamientos funcionales que se ajustarían a las circunstancias de cada momento. Por lo tanto, la tarea de este volumen debería ser no sólo emparejar el registro arqueológico con las referencias étnicas de las fuentes geográficas e históricas sobrevivientes sino encuadrar esas propuestas dentro de un marco teórico funcionalistao La mayor parte de este volumen consiste en artículos de enfoque regional: los coordinadores han dividido la Península en zonas geográficas y para cada zona han solicitado contribuciones sobre las secuencias arqueológicas desde el Bronce Final hasta la Romanización, por una parte, y sobre las distribuciones étnicas deducibles de las fuentes antiguas, por otra. Es significativo que estas ponencias paralelas apenas se confronten entre sí. Los historiadores se orientan simplemente a resolver los rompecabezas concretos contenidos en las fuentes clásicas. La posible relación entre sus datos y el registro arqueológico de las respectivas zonas rara vez se discute. En estos capítulos sólo G. Pereira Menaut y M. a Pilar González-Conde Puente expresan inquietudes metodológicas sobre la información literaria en si misma: en general las fuentes se tratan como si produjeran una información transparente y evidentemente superior a lo que pudiera rendir el registro material (al que referirse sería por lo tanto supérfluo). Igualmente, la gran mayoría de los capítulos arqueológicos se limitan a presentar resúmenes de las secuencias arqueológicas de sus regiones sin establecer correspondencias con etnias particulares. Los autores o bien no dicen nada sobre la cuestión o bien dicen que poco pueden decir: "nos sentimos bastante impotentes para superar la barrera entre culturas arqueológicas, en el mejor sentido childeano, y grupos étnicos propiamente dichos" (Delibes de Castro y Romero Carnicero, p. 253); "no es fácil ver una correspondencia clara entre las demarcaciones de los espacios tribales y los elementos de carácter arqueológico, correspondientes a cada una de sus áreas" (Llanos Ortiz de Landaluce, p. Muchas de estas contribuciones son excelentes en sus propios términos (en este volumen, la desigualdad de las mismas es mucho menor de lo que cabría esperar en las actas de una reunión cualquiera), con lo cual el volumen podrá servir como una buena guía del estado de la investigación sobre la cronología protohistórica peninsular, pero el pesimismo metodológico (que también podría llamarse prudencia) de la mayor parte de los participantes inhibe el establecimiento de correspondencias específicas entre entidades arqueológicas y agrupaciones sociopolíticas. Entre las contribuciones que sí tratan de establecer tales correspondencias pueden definirse dos corrientes principales. Una mantiene las premisas del normativismo tradicional con que Bosch Gimpera, en su momento, abordó el tema. En términos metodológicos se trata de ver cuáles de los elementos arqueológicos de un horizonte cronológico particular pueden acomodarse en sus distribuciones geográficas a lo que las fuentes antiguas nos dicen sobre la ubicación de entidades étnicas. En Andalucía oriental, comentan Pastor Muñoz, Carrasco Rus y Pachón Romero (p. "existe un tipo de olla, con asa trasversal sobre la boca de la vasija, en la zona de dominio turdetano oo, Esta dispersión de un tipo cerámico tan concreto, en la parte media del valle del Guadalquivir, debe indicar una uniformidad económica, o de costumbres por lo menos, del pueblo que habitó esta zona" oo' En la cuenca del Duero, las cerámicas a mano decoradas a peine pertenecen al "mundo protovacceo y protovetón" (Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero, p. Podrían escogerse muchos más ejemplos, y de hecho, en su síntesis final, los editores de este libro reúnen en una serie de mapas (pp. 474-477) las distribuciones de los elementos culturales del 1000, 700, 500, y 250 a.e. que ellos consideran que mejor corresponden con las distribuciones étnicas deducibles de las fuentes literarias (presentadas cartográficamente en la p. El problema que presenta este procedimiento es que no parece haber criterios fijos para seleccionar los elementos definitorios de los grupos étnicos. ¿Por qué escoger para el 700 a.e. "estelas sin escudo en V", "cerámicas incisas tipo «Pico Buitre»", y "topónimos en -ippo, -uba y -urgi" como características de las zonas que llegarían a ser turdetanas, celtibéricas, y oretanas respectivamente? Estos rasgos no son en ningún sen-T. P., 52, n.o 1, 1995 lido equiparabks: al parecer sólo, fueron escogidas porque: se ajuslaban a las conclusiones a las que las fuentes históricas indican que uno debe llegar. Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero señalan, sin embargo, una alternativa analítica que se aleja del normativismo: "existe al menos una posibilidad de explorar las etnias a partir de la constatación de que éstas, para reforzar su autoconciencia, emplean rasgos culturales específicos como «demarcadores» yesos rasgos pueden rastrearse en el registro arqueológico" (p. Esto implica una perspectiva funciona lista sobre los «rasgos culturales», una visión más notablemente desarrollada en este volumen en las contribuciones de Ruiz Rodríguez, Burillo Mozota, y Martins y Jorge. Cada uno de ellos expone sus argumentos de manera algo diferente. pero todos están de acuerdo con respecto a que la etnogénesis del primer milenio a.e. ocurrió mientras que se desarrollaba una sociedad aristocrática. Ruiz Rodríguez considera, por ejemplo, que la destrucción de esculturas como las de Porcuna responde a las "contradicciones aristocráticas que reconducirían las clientelas hacia uno u otro lado, pero exigiendo, lógicamente, una drástica actuación contra los símbolos del vencido" (p. Esto viene a decir que los rasgos culturales que definen fronteras o que animan unidades sociales se determinarían en términos políticos, que se «inventarían tradiciones» (d. Hobsbawm y Ranger 1983) para reivindicar el poder (y los recursos que lo apoyan). Todo esto implica que las cosas no pueden ser sencillas. Como Burillo Mozota subraya, la unidades políticas, los oppida en vías de desarrollo, cada cual con sus emblemas en principio rastreables en el registro, no tienen ninguna necesidad de corresponder a las amplias unidades étnicas definidas por las fuentes clásicas. Al mismo tiempo, la precisión cronológica y contextual del registro arqueológico difícilmente podrá permitirnos desentrañar agrupaciones sociales cuya vida es corta: un siglo es mucho tiempo para una coalición política coyuntural y muy poco para una subdivisión secuencial arqueológica. La información contradictoria cóntenida en las fuentes clásicas puede ser el resultado no sólo de los datos deficientes manejados por escritores alejados de su tema. sino también de la volatilidad del fenómeno que describen. El camino de una arqueología política es indudablemente difícil. El gran mérito de este volumen es que su lectura crítica nos indica con toda claridad la dirección que deberíamos tomar. Es tradicional en la labor editorial francesa su preocupación por la publicación de manuales, obras didácticas y de síntesis, y grandes repertorios de arte y arqueología. Creo que hay que aplaudir este afán en un momento en que la especialización de los conocimientos, la multiplicación de datos y de análisis diversos y, felizmente, contrapuestos apabullan las mejores intenciones de lectores decididos a acercarse a mundos cada vez más complejos, por caminos cada vez más intrincados. Obras de síntesis, puestas al día, que, sin perder de vista la complejidad del tema abordado ni la diversidad de enfoques habidos en su análisis, nos allanen un camino sembrado de innumerables artículos y trabajos monográficos especializados, detallados y minu- Sea, pues, bienvenida esta obra concebida como manual. que trata de ofrecer una visión de conjunto y. sobre todo, una puesta al dia de un tema tan complejo como es el de la escultura griega. Un tema que. frente a lo que una visión demasiado simplista pudiera suponer. presenta cada día más preguntas que respuestas. Quizás la larga historia de una tradición de estudio que abarca más de dos siglos (pongamos la fecha tópica de comienzo en la publicación de la obra de Winckelmann: 1767), y un ingente número de contribuciones, debatidas unas y decisivas otras, pudiera dar la impresión a los no iniciados de que poco más se puede decir sobre manifestaciones culturales tan conocidas como, por ejemplo, las korés de la Acrópolis, el Auriga de Delfos, el Diadumeno o el Altar de Zeus en Pérgamo. Creo que el arte griego es uno de los temas que con mayor frecuencia ha caído en el tópico de lo ya sabido, del conocimiento inmutable o mÍnimamente modificable. No sólo los nuevos hallazgos, sino también las nuevas corrientes teóricas y de análisis, y la ruptura de los viejos límites trazados a los conceptos "escultura" y "griega", desmontan rapidamente las ideas preconcebidas. Se enmarca la obra de Rolley en una colección, Les Manuels d 'Art et d' Archéologie Antiques, dirigida por Gérard Nicolini, de la que éste es el primer tomo publicado de una serie en la que se anuncian otros dedicados a la arquitectura y pintura griegas, y arquitectura, escultura y pintura romanas. Se presenta como una colección dirigida fundamentalmente a universitarios, pero también a un público amplio no especialista. Ello, sin embargo, no impide, y éste es uno de los grandes méritos de esta obra, que predominen en ella el rigor, la actualidad y la novedad científica. Se trata, en este primer tomo, de la historia de la creación escultórica griega desde sus inicios en el siglo X hasta mediados del siglo V a.e. La obra está estructurada en seis partes: una introducción referida a toda la historia de la escultura griega, desde el siglo X a la época helenística, en la que se se define la materia a tratar y se habla de los artistas, materiales y técnicas; una segunda parte dedicada a los comienzos de la escultura griega, desde el siglo X al VIII; la tercera parte está dedicada a la escultura del VII; la cuarta a la escultura del siglo VI; y la quinta al estilo severo de la primera mitad del siglo V. Se cierra este primer tomo en el momento anterior a Fidias y al programa escultórico del Partenón. Presenta esta obra dos grandes novedades, al menos en el contexto de los manuales: la ampliación del concepto "escultura", y la ampliación del concepto "griego". Estamos acostumbrados a manuales en los que por escultura se entiende sólo la "gran escultura" en mármol, piedra o bronce, y se desentiende o minimiza la pequeña toreútica en bronce o en terracota, respondiendo a aquella división decimonónica de la creación artística en "Bellas Artes" y "artes menores". Rolley trata por igual, al menos valora por igual, la escultura de un frontón de un templo, como una acrótera, una estela funeraria, como un pequeño bronce votivo, una figura de un atleta en mármol de tamaño mayor que el natural, como un pinax de terracota. Incluso nos muestra cómo son a veces los pequeños bronces o las terracotas las que mejor pueden definir un estilo, la transición o evolución de un periodo a otro. Por otra parte, muchos manuales, si no estaban marcados por un claro "atenocentrismo", se limitaban a la escultura producida en estos siglos (X-V a.e.) en Grecia continental y, como mucho, daban un rapidísimo vistazo a las creaciones de las colonias griegas de Asia Menor y Magna Grecia. Rolley amplía el círculo hasta la Península Ibérica, pero de ello hablaremos más adelante. También se amplían los límites cronológicos tradicionales, muchas veces fijados en el siglo VII, con el comienzo de la llamada "escultura dedálica". Llama la atención, por lo inusual, el espacio dedicado precisamente a la plástica geométrica, de los siglos X al VIII. Entre los aspectos más destacables y novedosos (siempre referidos al contexto de los grandes manuales de arte), se sitúa la introducción, que Rolley titula ¿Qué es la escultura griega? En ella trata, efectivamente, de mostrarnos no sólo qué debemos entender por escultura, sino también cuáles fueron los tipos principales, qué función tuvieron y en los contextos para los que fueron realizadas. Para ello utiliza tanto los datos arqueológicos, como las referencias de los autores antiguos, ofreciéndonos así un panorama más amplio, no limitado a lo que se ha conservado. Nos presenta de esta forma una tipología muy variada de la escultura griega, inmersa en su contexto funcional: templos, santuarios, necrópolis, palacios, ágoras, etc. Destacaría también, en esta primera parte, el capítulo tercero, dedicado a materiales y técnicas, claro, detallado y riguroso, y con planteamientos y perspectivas novedosas, especialmente en cuanto al bronce, materia en la que Rolley es un gran especialista. Lo es en cuanto a la descripción de las técnicas, y también en cuanto a la valoración de los métodos de análisis fisico-químicos y su finalidad (más clara en relación al bronce, porque en relación a la piedra s. e limita a decir que son fundamentales para identificar las canteras, T. P., 52, n.o 1, 1995 y no habla de su importancia para, estudiar sistemas de producción. comercialización, etc.). A través de ejemplos de diversas épocas trata de recorrer el amplio espectro de posihilidades técnicas y de soluciones dadas con los diversos materiales empicados. para mostrarnos cuan diverso y rico es el universo de la plástica griega. El prohlema de la policromía y el color no es nuevo. pero se le presta la atención que merece para recordarnos que la visión de una estatuaria griega "desnuda". "hlanca" o del color del bronce, es una recreación idealizada e idealizante dieciochesca, heredada del Renacimiento. La policromía a base no sólo de pintura, sino del contraste de materiales: mármol y piedra, mármol y bronce, oro y marfil, incluso vidrio. Y la pintura, su empleo para reforzar efectos y detalles de la composición, o resaltar elementos del modelado, y en algún caso su valor simbólico. El resto del libro está dedicado al análisis de la plástica griega desde los siglos X al V, y es en su comentario donde debemos detenernos. En esta parte la obra de Rolley presenta, a mi parecer, grandes aportaciones. pero también algunos problemas. La aportación mayor es el reconocimiento. la definición de escuelas y estilos locales, especialmente para los siglos VIII al VI. pues para el siglo V el panhelenismo del estilo severo enmascara las peculiaridades regionales que tan claramente se podían percibir en la escultura arcaica. En esta parte el mérito consiste en ofrecer un cuadro completo, complejo pero preciso, de los estilos, valorando todos en su justa medida, sin caer en "centrismos" y resaltando lo problemático de las calificaciones de "periférico" o "provincial". El tema del estilo es tratado con acierto. Es un tema que, aún reconociendo la posible subjetividad en su definición, Rolley liga a la polis, como elemento definidor de una ciudad frente a las demás, de su identidad cultural (Cf. en este sentido, aunque en un análisis más ligado al desarrollo socio-político, Whitley, 1991). Sólo hay estilos originales y definidos en la parte del mundo griego que adopta la forma política de la ciudad, y sÓlo en ellas. Las regiones definidas como pueblos, etnias, o ligas, suelen adaptar, copiar o mezclar formas y fórmulas de otros (afirmación que habría que matizar para muchos de los casos, especialmente los occidentales). El desarrollo en la definición de estos estilos y escuelas, especialmente logrado a pesar de la complejidad y dificultades del tema, y la importancia que le concede, le han obligado a concebir una estructura de la obra un tanto problemática. Y creo que el problema reside en el intento de contemporizar entre dos lineas de argumentación diferentes, muy evidente, sobre todo, en la parte dedicada a la escultura arcaica. Así, el autor critica a Richter (1960,1968) por negar, en el estudio de los kouroi y korai, las distinciones regionales, "que se pierden en un progreso común". Para Rolley el esquema evolutivo de Richter es falsamente meridiano, critica su visión de una evolución absolutamente coherente, olvidando las rutinas, los conservadurismos, incluso las incoherencias. Frente a esta línea, que prima el análisis evolutivo de la escultura, el progreso, la cronología, ejemplificada por Richter, pero de la que participa toda la escuela anglosajona, "el problema importante para muchos historiadores de la escultura griega no es tanto datar las obras, sino el atribuirlas a una región, a un pueblo, a una ciudad, y definir estilos que tengan un significado de alguna manera geográfico, y no cronológico" (pág. 243). Si el análisis "cronológico" difumina la variedad de las escuelas y la riqueza creativa de las ciudades, el "geográfico" tiende a difuminar la visión de conjunto y a perder de vista el proceso evolutivo. Lo que no sabemos es cuál de las dos opciones elige Rolley, porque parece intentar contemporizar con las dos, y, de ahí, la estructura un tanto confusa de la obra. Efectivamente, en la segunda parte, dedicada al nacimiento de la escultura griega, desde el siglo X al VIII, hay una división u ordenación que en principio parece cronológica (cáp. 4), pero que luego continúa desde el punto de vista tipológico (cáp. 5), para pasar a los estilos del siglo VIII (cáp. No entiendo muy bien la separación entre el capítulo 6 (Los estilos del siglo VIII. l. La Grecia del Sur), ordenado tip.ológicamente y por talleres, y el capítulo 7 (Los estilos del siglo VIII. ll. Santuarios, ciudades y pueblos), ordenado por talleres, donde vuelve a repetir muchos de los datos mencionados en el capítulo anterior, aunque introduce los talleres de Grecia del Norte. En la cuarta parte, la escultura arcaica, al principio (cáp. 16) habla de la evolución de la escultura arcaica, cronología y dataciones, luego (cáps. 17-21) nos muestra una ordenación tipológica (kouroi, korai, escultura arquitectónica, relieves), donde nos habla de cronología yevolución (excepto en el capítulo dedicado a los relieves, que no es un estudio evolutivo, sino una enumeración y descripción de ejemplos ordenados tipológicamente y luego geográficamente). Luego, en los capítulos siguientes (cáps. 22-26), pasa a describirnos las escuelas y los estilos, ordenados geográficamente, con lo que muchos datos se repiten de unos capítulos a otros. Quizás, si Rolley concede tanta importancia a las diferenciaciones regionales, hubiera sido más clara una estructura ordenada por escuelas y zonas geográficas, y dentro de ellas por tipos y por dataciones. Podría haber hablado, por ejemplo, de Atenas o de Corinto, y mostrarnos los kouroi, korai, relieves, frontones y metopas áticos o corintios. Pero para ello tendría que haber elegido una opción, y elegir supone definirse. El problema de fondo es el enfrentarse a una valoración de la escultura griega como ••progreso". estudio. análisis de posibilidades técnicas y estilísticas. conquistas. etc. Pero, ello supondría aceptar que hay un fin hacia el que tiende el progreso, que bien podría ser la conquista de la representación natural. por ejemplo, y de ahí a la consideración evolucionista de un arte "primitivo", no desarrollado, inexperto, balhuciente, y de un arte pleno, absolutamente realizado y perfecto, no hay más que un tenue hilo de separación. Rolley califica el problema de "lo real", "lo natural", como una serie de prejuicios frente al arcaismo, "mezcla de gusto burgués y de ilusión positivista con la idea de un progreso consistente en acercarse a una "verdad" que, en el límite, será el modelado del cuerpo viviente" (pág. 161). En relación con el Estilo Severo (pág. 318), Rolley califica las nociones de progreso, de conquista del realismo, como nociones falsas, pero no puede negar que ha habido transformaciones, esencialmente la ruptura de la frontalidad. Pero, ¿en qué consiste, entonces, la transformación? Más adelante dice: "El cambio es claro. Mattisch tiene razón al ponerlo en relación con el desarrollo de la gran estatuaria de bronce, que técnicamente hace más fáciles las posturas agitadas, en algunas estatuas divinas como en las estatuas de atletas" (pág. 320). ¿Se trata, entonces, de una mera evolución de la técnica, que permitió nuevas posibilidades expresivas? ¿Se trata sólo de un cambio de estilo, de "gusto", de convenciones? y esto nos lleva a otro problema que está presente en la obra de Rolley: su excesivo énfasis en los aspectos técnicos, en la tipología, su análisis formal, pero raramente conceptual. A lo largo de los capítulos he echado en falta, en las esculturas de bulto redondo, nociones y conceptos tan importantes como reglas de composición, estructura general de las figuras, paratactismo, análisis, descomposición de elementos, síntesis, visión unitaria, o, por qué no, inmutabilidad, esencia, existencia, devenir. En el capítulo dedicado a la escultura arquitectural de época arcaica no menciona problemas tan importantes como la unidad de composición, unidad de tema o unidad de escala, es decir, de nuevo el análisis frente a la síntesis. Rolley lo enfoca todo desde un punto de vista técnico, no "ontológico". Así, por ejemplo, cuando compara la Cabeza Rayet con el Efebo Rubio (pág. 287). Aunque ésta última sea anterior a la destrucción de la Acrópolis por los persas, es decir anterior al momento en el que se suele marcar la transición del arcaismo al estilo severo, es algo nuevo. Hay una ruptura entre una obra y otra que en el texto de Rolley no queda suficientemente marcada. Si se analizan sólo los aspectos técnicos y de estilo, se pierde de vista que hay algo más profundo: el diferente espíritu que anima a una y a otra, la visión analítica frente a la unidad y la síntesis, o siguiendo a W.Fusch (1963), la representación del ser frente a la representación del existir, del devenir, o, como dice Pollitt (1984), de lo inmutable frente a lo mutable. Y éstos no son simples conceptos estéticos, sino que son expresiones metafóricas de una "realidad", que responden a determinadas concepciones del hombre y del mundo, y que están condicionadas por un sistema ideológico concreto. Se trata, en suma, de dotar de contenido a la obra escultórica, de saber cuál fue el sitema económico, la ideología sociopolítica que condicionó el mensaje que el escultor trasmitió. Se trata, por tanto, de entender que la creación artística es un proceso de comunicación, y de sabér cómo se produce, qué es lo que se comunica, con qué intención y de qué forma se comunica. Vna apreciación surge tras la lectura de los capítulos dedicados a la escultura desde el siglo X al VI (el tratamiento del estilo severo se aparta algo más de estos reparos): hemos obtenido una visión muy clara de las tipologías, de las series, estilos, grupos, talleres y cronologías. Pero, al final, seguimos sin saber a qué concepción del mundo, de la naturaleza y de la sociedad responden, y qué cambios en esa concepción reflejan (por ejemplo: en pág. 110 nos dice que el descubrimiento del rostro a fines del siglo VIII "refleja un cambio profundo en las mentalidades", pero no nos dice cuáles son esas mentalidades ni en qué consiste el cambio). No se establece una conexión entre estas figuras de dioses y hombres, y la representación de sus acciones, con el sistema ético, o religioso, o ideológico de la sociedad griega de estos siglos. Nos gustaría, por ejemplo, saber en qué medida se reflejan ciertos valores, como los agonísticos, o la ética del "parecer" frente al "ser" (Rodriguez Adrados, 1983), o de la areté aristocrática (Finley, 1961; Vernant et alü, 1991), es decir, la ideología que sustenta y legitima el predominio de determinadas élites sociales, en la plástica griega. En definitiva, y a pesar de breves y esporádicas referencias, falta un análisis de conjunto del contexto social, político e ideológico en el que se enmarca la plástica de los siglos X al V. Así, en el capítulo 2 de la introducción nos habla de el escultor y su público, del estatus social de los escultores a partir del estudio de las dedicaciones y de las referencias antiguas a los salarios. Muy interesante es el problema del cambio en la con! iiideración del escultor a partir del siglo V, la diferenciación entre "artista" y "artesano", un problema que Rolley aborda desde la perspectiva de las referencias en los autores antiguos, pero que se queda en el mero enunciado. Efectivamente, no nos explica a qué se debe ese cambio desde el arcaismo al clasicismo, cuál es el trasfondo social, político e ideológico que lo condiciona. Aunque al comienzo de cada parte introduce un capítuloen el que traza un marco histórico, a veces (cáp. 15) se trata de una T. P., 52, n.O 1, 1995 narración de hechos y no de un análisis de la evolución de las estructuras económicas, sociales y políticas que determinan las diferentes realizaciones artísticas. Ni siquiera en el terreno iconográfico hay una explicación del transfondo sociopolítico que condiciona la elección de los temas. La gran excepción, además de breves referencias para los programas iconográficos de los templos y para otros ejemplos puntuales, es el capítulo dedicado al Templo de Zeus en Olimpia, excelente, claro, conciso, pero también profundo, y ofreciendo respuestas a las preguntas que hemos planteado más arriba. El análisis iconográfico es uno de los grandes ausentes, un análisis desde perspectivas actuales, semióticas, estructuralistas, o como fueran. Pues no debemos olvidar que la escultura (y no sólo los frontones, metopas o relieves), como la pintura, narra algo y esa narración tiene sus propias leyes, estructuras y códigos, que debemos traducir o desentrañar. Quizás una obra de este tipo no pueda pretender abarcar un campo tan amplio como éste, pero debía haber introducido al menos algunos de sus planteamientos, si quiera como breve referencia historiográfica. La obra se cierra con un capítulo dedicado a la "irradiación" de la escultura griega en ámbitos no griegos. La introducción de este capítulo supone una novedad en manuales de este tipo, y también un cierto atrevimiento que aplaudimos, pues el tema es difícil. Rolley nos plantea tres círculos, culturales y geográficos: el primero en el que se incluyen obras cuyos autores y los que las encargaron conocían directamente la escultura griega y querían que fuera de estilo griego; un segundo círculo donde incluye producciones que dependen de la escultura griega pero con una autonomía que no tienen las del primer círculo; y un tercer círculo en el que el estilo no tiene nada de griego, pero no existirían en su contexto sin el desarrollo de la escultura griega (divisiones que implican a veces matices bastante subjetivos). En el segundo círculo incluye ciertas producciones escultóricas de Chipre, Etruria e Iberia (en este caso sólo la cabeza del Llano de la Consolación y la cabeza de Porcuna). Lo peligroso de introducir un capítulo de este tipo, con un espacio tan limitado que no permite precisiones ni matizaciones, es valorar las producciones ibéricas o etruscas siempre en referencia a las griegas y, por tanto, siempre como derivaciones "periféricas" -por mucho que el autor reniegue de esta plabra-, y por mucho que se reconozca su autonomía. Todo queda reducido a un problema de estilos, donde buscar semejanzas, "inspiraciones", rasgos técnicos comunes. Pero no se trata de recepción estática de técnicas e imagenes, sino de transformaciones dialécticas, o, dicho con mayor rigor, de cambios en el sistema sociotecnológico (Perea, e.p.), algo muy diferente a la "adopción" o "inspiración", y a través de muy diversos sistemas y procesos de interacción, algo muy diferente de la "aculturación". Y ello implica muchas otras cuestiones, económicas, sociales, políticas, ideológicas, que quizás no sea éste el sitio para tratar, pero que en la obra de Rolley no aparecen. En definitiva, una obra con grandes y decisivas aportaciones, pero con algunas ausencias que, en los tiempos en los que nos movemos en el análisis histórico, me parecen excesivamente llamativas. Durante los pasados días 16, 17 Y 18 de Diciembre de 1994 se celebró en el Departament de Prehistoria i d'Arqueologia de la Universitat de VaU: ncia la JO Reunión de Trabajo sobre Aprovisionamiento de Recursos Líticos en la Prehistoria. Esta reunión fue organizada con la intención de propiciar un encuentro entre los distintos profesionales que en el ámbito nacional realizan estudios referentes a esta temática, con la finalidad de debatir y contrastar los distintos marcos teóricos, metodológicos y analíticos que se vienen desarrollando, así como los resultados alcanzados a pa n i r de la aplicación de los mismos. El carácter que se quiso imprimir a este primer ~ IKuentro (reunión de trabajo) tenía como objetivo priorizar el debate frente a la simple exposición de resultados, para lo cual ya existen otros mecanismos más apropiados (congresos y revistas especializadas). Con esta finalidad, se requirió a los participantes que remitieran sus intervenciones por escrito a la organización para que las mismas fueran difundidas mediante la elaboración de un dossier de trabajo a la totalidad de los participantes con anterioridad a la celebración de la reunión. Como punto de partida, la organización propuso cuatro sesiones en tomo a las que se estructuró el debate: -el marco teórico de las investigaciones -métodos de caracterización de las diferentes litologías y su empleo en los estudios arqueológicos. -interpretación de resultados en economías de caza-recolección -interpretación de resultados en economías productoras. Finalmente, la reunión se completó con una última jornada de visita a distintos yacimientos arqueológicos del País Valenciano. Dada la especificidad de la temática de la reunión, cabe considerar un éxito el nivel de participación, tanto a nivel de asistencia (acudieron unos 50 investigadores de distintos puntos de la geografía estatal) como de intervenciones (fueron remitidas un total de 19 intervenciones al comité organizador). El grado de participación fue desigual para las distintas sesiones celebradas. Las sesiones correspondientes a los métodos de caracterización de las diversas litologías y aquellas dedicadas a la interpretación de resultados alcanzaron un número similar de intervenciones, mientras que en la sesión correspondiente al marco teórico de las investigaciones el nivel de participación fue notablemente menor. Cabe señalar, en esta sesión, la presentación del concepto de producción lítica como una alternativa generada al concepto de chaine operatoire, muy extendido especialmente entre los estudios referentes a cronologías de Prehistoria antigua. La sesión correspondiente a los métodos de caracterización de las diferentes litologías y su empleo en los estudios arqueológicos fue, quizás, la más plural, dada la variedad de métodos y técnicas que sobre esta cuestión se están desarrollando en la actualidad y la diversidad de la naturaleza de los materiales sobre los que se están aplicando (calizas, sílex, variscita, cerámica, etc.). Con todo, se convino en que los distintos métodos de caracterización deben ser aplicados en función de la naturaleza de los materiales a analizar y de los objetivos que a partir de su estudio se espera alcanzar, rehuyendo la vieja analogía técnica más sofisticada/mayor validez de los datos. Finalmente, en las sesiones correspondientes a la interpretación de resultados, se expusieron y debatieron los resultados obtenidos en los trabajos que están llevando a cabo diferentes investigadores. Para acabar, recoger la opinión unánime entre los participantes en la JO Reunión de Trabajo sobre Aprovisionamiento de Recursos Líticos en la Prehistoria sobre el interés de repetir estos encuentros en el futuro con cierta asiduidad, planteando una periodicidad de dos o tres años, en distintos puntos de la geografía nacional. El año 1990 comenzó nuestro contacto con el Prof. Vitor Oliveira Jorge, Catedrático de Prehistoria de la universidad portuguesa de Oporto. Siguiendo una idea de su propiedad, comenzamos a organizar el primer Congreso de Arqueología Peninsular, con sede en Oporto y con tres Secretarios Generales, el Prof. Oliveira Jorge por la parte portuguesa. y nosotros dos por la parte española. La idea entonces iniciada por el Dr. Jorge y secundada por nosotros recogía una inquietud que ya habíamos tratado en los círculos del gremio. tanto españoles como portugueses, y que consistía en la necesidad de establecer sistemas regularizados de reunión entre los arqueólogos peninsulares, pues nuestros problemas e intereses eran muy coincidentes, y el contacto organizado podía dar resultados científicos que aceleraran nuestro trabajo, aparte de significar un nexo de relación real y útil entre nuestros dos países, secularmente acostumbrados a vivir mutuamente de espaldas. La propuesta de relación científica organizada no se refería solamente, sin embargo, a los arqueólogos portugueses y españoles. A ellos en primer y fundamental lugar, pero también a todos aquellos europeos y norteamericanos que trabajaran en la arqueología de nuestros dos países, que son muchos y cualificados, al tratarse de una de las regiones naturales con mayor riqueza arqueológica de Europa. Se buscaba una auténtica reunión internacional, con presencia de los mejores especialistas mundiales. Naturalmente lo que se pretendió y realizó en el primer encuentro de Oporto, nació con vocación de continuidad, con el afán de repetirse periódicamente a uno y otro lado de la frontera. El l Congreso fué un evidente éxito, tanto en la concurrencia de especialistas al mismo, como en las comunicaciones presentadas, como, de modo muy importante, en la velocidad de publicación de los volúmenes de actas, de los cuales ya hay 8 publicados. En la ocasión actual nos corresponde a los españoles la organización del 11 Congreso Peninsular de Arqueología, ocasión que habrá de producirse dentro de cinco años de nuevo, pues hemos previsto una periodicidad de tres años en la realización de las reuniones, alternativas en Portugal y España. El conocimiento de la creación de la Fundación Alfonso Henriques en Zamora dentro de los programas europeos dedicados a las regiones fronterizas fué el primer acento que nos impulsó a la elección de la ciudad sede del 11 Congreso, pues nuestros intereses parecían de todo punto coincidentes. La situación de Zamora junto a la frontera del país vecino, con fenómenos arqueológicos claramente comparables, la riqueza arqueológica de la zona que nos permitiría visitas y excursiones, y sobre todo, la existencia de un grupo intelectual muy activo causante de la creación de la Fundación europea y de la vitalidad del Instituto F10rián acampo de Estudios Zamoranos, nos acabaron de convencer del interés de una propuesta conducente a la realización de este segundo Congreso Peninsular en la ciudad de Zamora. Los Congresos Peninsulares de Arqueología tienen una estructura sencilla, que intenta ser funcional y respetuosa al máximo. En primer lugar existen tres Secretarios Generales de los mismos, uno portugués y dos españoles, proponiendo una proporción que se verá repetida cuando se necesite establecer relaciones numéricas. El doble de españoles que de portugueses, proporción que responde en parte al número real de investigadores de uno y otro país y a la dimensión de los dos territorios. No se pretende una correspondéncia absoluta sino una referencia general de utilidad operativa. Junto a los Secretarios Generales, existen dos comités científicos, formados por 7 profesionales cualificados, en el caso portugués, y 17 en el caso español, que se ocupan fundamentalmente de la selección y control científico de las comunicaciones y ponencias presentadas, con un criterio abierto aunque estricto que pretende conseguir reuniones de alto nivel y manifestaciones científicas punteras, donde, además del contacto con los colegas del país vecino, se consigan avances importantes en nuestra ciencia. Cada comité funciona de un modo muy autónomo, empezando por el concepto económico, que para las versiones portuguesas gestionan los portugueses y para las españolas los españoles. Cada uno es responsable de la selección que realiza con las comunicaciones procedentes de su país, y de las determinaciones que cada comité adopta, que se ponen de acuerdo con el otro país a través de los Secretarios Generales, hasta ahora con éxito absoluto. Tan absoluto como el respeto hacia los vecinos, que ha sido para nosotros norma de conducta y ha dado resultados claramente satisfactorios. http://tp.revistas.csic.es de un poster, o presentar solamen~e la información en forma de poster, de modo Iihre y opcional, compatihle con cual4uicr otro soporte, entre los que se cuentan naturalmente los informáticos, en Mc Intosh o pe, 4ue también podrán ser presentados como complemento o como hase directa de la comunicación. Las comunicaciones se podrán presentar por tanto, en forma oral, de poster. bajo soporte informático o en varias opciones al mismo tiempo. Se pretende reunir a todos los arqueólogos que lo deseen. procedentes de todas las instituciones, eSClIe- las y perspectivas, superando posibles diferencias entre personas o instituciones. Desde este momento, pues, nos gustaría que los colegas considerasen esta circular como invitación a participar, haciéndose al mismo tiempo eco de la convocatoria, hacia sus colaboradores o compañeros de trabajo más directos. Las comunicaciones se presentarán mañana y tarde. en un número de diez. salvo miércoles y viernes, donde se reducirá el número, por la realización de excursiones in ter-Congreso y clausura del mismo. Aquellas habrán sido seleccionadas por la Comisión Científica. sobre la base de su interés en el momento científico. sin menoscabo de la calidad de las demás. que serán publicadas si se envían a tiempo y cumplen las exigencias básicas de calidad científica y originalidad. pues no es deseable que aquí se presenten comunicaciones ya presentadas en otras reuniones o publicaciones. Se seleccionará un número determinado de intervenciones públicas, con una serie de suplentes por si alguna de las seleccionadas fallara. Tendrán preferencia. a la hora de su selección, todas aquellas comunicaciones que se refieran al tema de: Transición cultural, técnica o económica entre períodos y épocas. Cada una de las secciones poseerá una serie de Coordinadores, miembros o no del Comité Científico, que se ocuparán de promocionar su parcela, moverla y buscar colaboraciones de interés, además de seleccionar las personas que actuarán como presidentes sobre el terreno en las diversas sesiones. Los secretarios serán nombrados entre universitarios o licenciados portugueses y españoles, Las sesiones serán de 10 a 14,05 h. y 16 a 19,30 h., con media hora en cada caso para descanso. Habrá en consecuencia 6 comunicaciones por la mañana y 4 comunicaciones por la tarde. Se prevén 35 minutos por intervención y diez para discusión tras cada intervención. Si ocasionalmente no hubiera intervenciones suficientes, podría establecerse un tiempo final por la tarde para discusiones de mayor profundidad o duración. Con esta organización se pueden presentar en público las siguientes intervenciones: 1) Paleolítico y Epipaleolítico: 14 comunicaciones. 3) Primer Milenio a.e.: 23 comunicaciones. 4) Arqueología clásica: 23 comunicaciones. 5) Arqueología medieval: 35 comunicaciones. 6) Metodología: 16 comunicaciones. Este es un esquema provisional que se cambiará si es necesario en relación directa con el número de comunicaciones presentadas en cada sección. En todo caso se trata de revisar la actualidad de las investigaciones en Arqueología peninsular a lo largo de cinco días de reunión científica, donde también se contempla la posibilidad de realizar excursiones cortas durante el desarrollo, quizás de mañana o tarde, algún acto social colectivo de homenaje y confraternización para los asistentes, y alguna excursión post-congreso que acerque a los congresistas a la realidad de la arqueología de la zona. Los interesados en participar en este JI Congreso de Arqueología Peninsular, deberán remitir a la Secretaría, en el Area de Prehistoria de la Universidad de Alcalá de Henares, sus fichas de pre-inscripción, antes del 30 de Noviembre de 1995. El 28 de Febrero de 1996, hecha ya la selección de comunicaciones e intervenciones finales, será elaborado un programa definitivo, que se enviará a todos los participantes en forma de segunda circular, momento en el que se deberá proceder al pago de las cuotas de inscripción. Esperamos que esta convocatoria iguale al menos el éxito obtenido por la anterior de Oporto, y que esta reunión y las que sigan sirvan para consolidar las relaciones profesionales y personales entre los arqueólogos portugueses y españoles, en un espíritu de colaboración que se inició en el I Congreso de Arqueología Peninsular y que nos proponernos que continúe y aumente en el futuro.
FERNÁNDEZ DEL POZO, Luis: "La propiedad inmueble y el registro de la propiedad en el Egipto faraónico". Colegio de Registradores de la Propiedad y Mercantiles de España. Centro de Estudios Registrales.
La ~... tr~r.:h¡¡ ami st ad que. a lo lar~o d~ casi vdn t ~ añm. me uni ó a Fernández-Miranda hac~ que sea d recuerdo de su arrolladora y atracti va pasonalidad el que re pique con insistencia en mi r.:a oeza. permaneciendo e n un segu ndo plano nuestra relación profesional. Ello no quita para que... ea de justicia reconocer el extraordina ri o rd il.'\l.' d\.• FernámÍt:z-Miranda co m o an.,¡ul.' ó logu y reclamar para él un puesto destacado en tr~ los mas grande... arq ueólogos españo les del siglo XX. tanto por el impulso que llegó a cobrar la idea de Patrimonio Arqueológico e n nuestro país a partir d e su paso por el Ministerio de Cultura. como por su prolífica labor investigadora. Pese a ello. descarto pormenorizar aq uí los méritos ingentes de su fl orido wrSII.!i JWllorum. y en su lugar trataré de hace rme eco de aq uellos rasgos de su personalidad que considero más sobresal ientes. en la esperanza de que tras ellos pueda quedar algo del fino bouquet personal y profesional que destilaba nuestro amigo. Tal vez por mis carencias en este aspecto. me impresionaron desde e l mismo momento c.:n que conocí a Mano lo sus dotes como gestor y su capacidad de o rga ni zación. Siempre tenía las ideas elaras sobre 10 que había que hacer y sobre el proct: dimiento para ll eva rlo a cabo. Sabía. ade más. elegir las personas adec uadas para cada empresa y. por en cima de ello. las inculcaba su ilimitada ilusió n. de donde resultaban grupos de trabajo tesoneros y fuertemente cohesion ados. Nada me sorprende, por eso. advertir ahora. pasados los años. l:úmo. en... ú lo un lustro al fre nte de la Sun• d irecció n de An..¡ueologia y de la Dirección Ge neral de Bellas Artes. co nsiguió prácticamente dohlar e l número de publicaciones arqueológicas que hahía a su ll egada. Y sólo con esas cualidades y un perfecto orden puede uno Ih: gar a entende r la \'e rsatilidad de que dio muestras Fcrnández-Mira nd a en el terreno de 1<1 in vestigación. dir i• giendo con acierlo proyectos sonre tem<lS lan dis• pares como la Prehistoria reciente balear. e l Calcolft ico en d Sureste. la Edad del Bro nce en La Mancha, la metalurgia prehistórica. fe nicios y tartessios. la joyería prcrromana. la Protohistoria en el Marruecos at lántico. los canarios prehispánicos o. más inexplicable para mí pero comprensible dada su de bi lidad por el terruño. sobre romanos y aún románicos en su querida Asturias. Sería. asimismo, partidario de destacar su extraordinaria facilidad para la comunicación. Tenía la virtud de expresarse de forma apasionada y de provocar invariablemente el entusiasmo de sus interlocutores. lo que la conve rt ía en un inigualable seductor. Po r e llo Fernández• Miranda fue siempre tan popular en tre sus alumn os -centenares de ellos pasaron por sus c)(cavac io nes-y por e llo. por transmi tir tan atractiva men te lo que conocía. lo que desconocía y lo que le parecía importante llegar a conoce r. surgió en torno a él una pléyade de discípulos. una escuela si n igual e ntre los arqueólogos españoles de nuestra ge neración. Seguramente así ocurrió porque Manolo, además de ser un hombre imaginativo. un excepcional organizador y el o rigen del aliento de múltiples proyectos. era también un maestro comprometido y generoso, que creía en la eficacia del trabajo en eq uipo. que no eludía su cuota de participación en las tareas más ingratas y. sobre todo. que nunca sucu mbió a la tentación de capitali za r los éxitos científicos comunes. De ahí la legión de libros y artículos colect ivos de su curriculum, sobre todo en los últimos años. que constituían para él -de nuevo e l nosotros antepuesto al yo-más que el El hahitual JI.!~nf'IJtl de fernando •Miranda en el trato personal Irasn: nJi¡¡ nm fn: cucncia al plano de las relacione", pr{lfc~i(\nak!'l. Su -.cotillo del humor y l'O\'idi¡¡hlc: aplomo, ollao't:r JI,.'L' i,i • VIro; para fundir d hi,,:to 1.'11 la.. m;;..... l.•.. uJ;¡,'I,.'.. jones cil,.' ntifil,.';¡' ~ 1,.'lJo, JUl1lol'on un k\l' Inllo.mli.. -caJclllló.. ta. puJo!!r Ira~ la l':<tron: rsiún y d I.!ar;h: ll.'r divertido JI.' ~1anlJlo "kmn frivolidaJ. pOHluC se Iralaha de una persona Ircmt: ndamc: ntc exigente consigo mismo y. pese a la hilaridad que le hubiera producido tan sólo insinuárselo. con una concepción del trabajo quasi protestante. ¿Cómo hubieran resultado posibles, de no ser así. las dos docenas largas de libros o los doscientos artículos por él escritos durante poco más de veinte años, siendo cinco de éstos de intenso ser• vicio al Ministerio de Cultura'? Su capacidad de tral1ajo era gigantesca, tan ~rande como su voluntad... y bastante mayor, por lo general. que la resistencia de sus compañeros de tarea, Me vienen a la cabeza algunos recuerdos de este Manolo infatigable, por ejemplo en las frecuentes sesiones de doce horas de la Facultad. casi siempre a comienzos de los 80, cuando al frente de un grupo de discípulos ultimaba la Memoria de las excavaciones del verano previo en la taula d'En Salord: en los destajos inacabables, fuera de cualquier horario lógico, dibujando y tomando notas, en los Museos de Barcelona o de las Baleares: en las jornadas no pocas veces asfixiantes de la Fundación. Pero sobre todo guardo me• moria muy especial de aquellos meses que. a lo largo de varios años. dedicamos a la excavación del sitio de Almizaraque. en Almería. en cuyo transcurso se fraguó una fraternal e irrenunciable amistad entre los miembros del equipo. Las siete primeras horas de una jornada cualquiera, entre otro y tres, transcurrían en el tell, al frente de un nutrido y no siempre cómodo retén de operarios reclutados en el INEM de Cuevas: utilizábamos apenas otra en duchamos y en dar cuenta de una escueta e improvisada tortilla, para, a partir de las cuatro, emprender la rutinaria tarea de lavar los materiales en el porche de poniente de la Casa Siret, a la cadencia, bien es cierto, de cualquier musiquilla rancia de los 60, de una ópera de Mozart, cuando no, los domingos, del acelerado soniquete del carrusel deportivo. pendientes del resultado del Sporting o del Valladolid. Las últimas luces del día. de un tibio sol de membrillo invernal. nos T.P.• 51.n. 0 2.1994 I: mplit/ahan. a tit~... ide,,k la tardl:. va en el inte -rHlr. it nUl'\a!'> I,:mprl•~a.... ahora oflenlaLla~ a sigLar. a dihujar y a ordenar diarios. E-.tl si. illa~ nue\'C en punto. dcl1idamente acicalados. nos dcscolgál1amus. ~()z()s()s. a Garrucha en pos de una buena cena. de un rato de esparcimiento y de una prolong.ada tertulia. que prohahlemente necesitáhamo... hxl,,, pcm ljue. sin duda. hada especialmente fdil a \1<111010. Eran esas ~otas de hedonismo repar;¡L1or¡¡..... in la~..;ualcs resultaría casi imposible rel'on\1I.:1..'f la p¡:r... onaliJad Jc nuestro ami~o. pero ljUI.'.... uhrayn. IIq!.ah<ln im.k: kl'tihlemente tras una a,!!otadora jurnaJa dI: trahajo. Adornaha tamhit.!n a Fcrn<indcz•Miranda la virtud de la clcgancia. Lid sal1cr moverse en lodos los terrenos con naluralidad y sin atropellos. No me refiero tanto a su apariencia externa o a su indumentaria. que en esto tampoco le faltaba un punto de coquetería. como a su elegancia de espíritu. Ahierto. dialogante y profundamente antisectario. consideraba antes un privilegio que un deha moral ampliar cl círculo de sus contactos prufesionalcs, habiendo oídos sordos a complicidades CUlres y a esos lamentables celos provincianos lan frecuentes entre colegas. Era un auténtico ciudadano del mundo. un gijonés universal. diría... de no ser porque el propio Manolo me hubiera recordado, divertido. que eso era una imperdonable redundancia. Añadiría. en todo caso. para dejar constancia de su extrema delicadeza. una confidencia: en tantas veces como coincidimos en tribunales de oposición, pese a la absoluta confianza que mediaba entre nosotros, jamás se deslizó la más leve insinuación sobre la posible conveniencia de un determinado voto. siendo cierto que, al final. no siempre coincidieron nuestras decisiones. Éstas eran. en fin, algunas de las cualidades de mi amigo. Un ser que irradiaba alegría: un inigualable compendio de vitalidad e inteligencia. de vigor y sensibilidad: un hombre generoso y sabio. trabajador y divertido que. por encima de cualquier otra cosa. cultivó la amistad, Una persona que. por ello. se convirtió en verdadero lugar de encuentro de las gentes más distintas. Un personaje, en suma. irrepetible. que soportaba con gusto y desenfado un enorme paraguas bajo el que sus amigos teníamos el privilegio de olvidarnos de la pesadumbre de vivir. En este mundo más bien oscuro. un insólito chorro de optimismo y bondad que -cada vez lo veo más cJaramenteno se había fijado otra meta para su vida que hacer más llevadera la de [os demás. Ésta es la imagen que conservo de Manolo.
El autor bosqueja las relaciones enlre el estudio de las práclicas calendáricas y aslronómicas y el contexto sociocultural al que corresponden durante los últimos treinta años. Los diversos cambios experimenlados pueden simbolizarse en los nombres de la astroarqueologfa. la aSlronomfa megalítica, la arqueoastronomía. la etnoastronomía y la astronomía cultural. El autor describe, además. el eSlado actual de esta disciplina y proporciona una amplia bibliografía sobre el tema con fines de promover la investigación en España. Aún hoy, casi 30 años después de las publicaciones de Gerald Hawkins (1963, 1964; Hawkins y White, 1965) sobre el significado astronómico del conjunto megalítico de Stonehenge. Inglaterra, el tema sigue siendo controvertido. Aunque el problema de Stonehenge ha sido gradualmente introducido en los libros de texto astronómicos y se convirtió, en cierto modo, en un tema clásico, los libros generales sobre la prehistoria europea ignoran esta materia. Esta actitud hacia la arqueoastronomía se puede atribuir, en parte, a su desorden metodológico y caos conceptual. Este artículo pretende cubrir dos objetivos: presentar el desarrollo de la arqueoastronomía y su estado actual y proporcionar una amplia bibliografía sobre el tema. Su combinación facilitará al lector los elementos necesarios para utilizar las ideas allí expuestas con prudencia. Por razones de espacio, no será posible exponer aquí su evolución en detalle (sobre todo en Mesoamérica, Perú y Suroeste en Américas, en Europa continental y otras partes del mundo), sino s610 sus lineas principales..... 11.1(,)) fueron decisivos pan¡!' >acar a la' /UI el prohkm;1 Jt.: lo!' > alint: arnicntth a, lronúnlll',I' JI.' 111' rnOI1Un1¡;n • lo! megalitil:u, l.'n I;¡ ~ ¡.. ]a, Bril: II1I1.:.I\ (1). 1%7 y otros) se limitó a los aspectos tccnicos (2). Los primeros autores (Hawkins. 19(4) se centraron en la metodología del trabajo de campo y en la asociación de los alineamientos de los monumentos megalíticos con los movimientos de los astros en el horizonte. apoyándose en los COnCl! plo!. dI! Aunque Thom (IY54 Y 1955) publicó sus primeros artículos a mediados de los cincuenta. hasta JO anos más tarde sus estudios no se co• nocerían ampliamente. Su primer libro se editó en 1967 durante el debate sobre "Slonehenge decoded". Este libro. donde Thom reunió datos de más de 300 sitios megalíticos y presentó una investigación minuciosa enfocada a demostrar la alta precisión de sus alineamientos. iba a po. ner la discusión en otra dimensión. La posible existencia del ractor astronómico en los alineamientos megalíticos. dado el número de sitios investigados y la aplicación de la estadística. simplemente no se pudo rechazar. Thom estableció cuatro líneas de investigación: 1) el estu• dio de la astronomía megalítica (1966b. más tarde puso mayor énfasis en las observaciones de los extremos lunares. 1966b): 3) la hipótesis sobre una (1) Naturalmente. en el pasado ellistieron pioneros de la utroarqucolosla, como Lockyer (1906). (2) E.sI:o se debió a que los primeros invesligadores provenfan de las cieooas enetas y de las disciplinas técnicas (as• tronomfa. ingenierfa. arquitectura) y en el debate utilizaban argumentos matem'licos que. al parecer, eran incomprensi. bies (vl! ase, por ejemplo. Por olro lado. hay que recordar que el primer an! culo de Hawkins (1963) salió a la luz un ailo antes de "'ArchaeololY as Anthropology" de Binford y cinco atlas antes de la edK: ión del "Analylical A.,charology" de Clarke. 51.n• 2. l994 unidild de medida e~tándar. llamada " yarda megalitiea "" (1%4): -') la prohahilidad de la exi stencia de un calendario de 16 meses (este tema. abandonado duranle muchos anos volvió a discutirse a finales de los ochenta). Thom insistió en la necesidad de lograr una gran precisión en el trabajo de campo y en la e\laluación estadística de los alineamientos astronómicos. Aunque "Uli ideas sohre la "yarda megalítica"" y el calendario fueron criticadas. la metodología empleada en 'u in" cliligación fue generalmente aceplad" ~ dio él la astrtlarqueología una impresión dc madura.. Los cstutlios tic esta época se centraron en Stonchcngc y olros monumentos megalíticos. Sus autores trataron de demostrar que los sim• pies alineamientos de piedras se erigieron con una precisión asombrosa gracias a la cual se habían podido observar las salidas y puestas del sol y de la luna y calcular las fechas de los eclipses (aparte de los trabajos citados consúltense Colton y Martin. Dichos alineamientos fueron considerados como observatorios astronómicos (Hawkins. 1966). que indicaban un cierto conocimiento astronómico. tratado como si fuera un saber científico en el sentido occiden• tal. Las actividades astronómicas del Neolítico y de la Edad del Bronce (Brinckerhoff, 1976: Be• ach. 1977) se describían como "ciencia megalí• tica ". "ciencia de la Edad de Piedra" y. sobre todo. como astronomía megalítica (Thom. Donde los alineamientos de los conjuntos megalíticos eran menos complejos y precisos se decía que sus constructores estaban menos desarrollados científicamente (Hawkins. A finales de este período MacKie (1974: 188•190) formuló su lesis sobre la presen• cia de una élite intelectual (los sacerdotes•astrónomos) que conslruyó observatorios megalíti. cos y manejó el saber científico durante el Neolítico y la Edad del Bronce. Otros invcsti~adorc~ sc propusicron n..'visar sus métodos visitando los sitios mc~alíti coso excavando algunos I.k ellos y repitiendo sus estudios (MacKie. IlJ7-l) o poniendo a prueha estadística sus resultados ( Kendall. También se iniciaron los trahajos en el continenlC americano (Dow. 1(72) y los de Marshack (1 WW l sohre los sistemas de notación astronómica en el Paleolítico Superior que. posteriormente. recihirían mayor atención (Marshack.It.J72). La rigidez con la que se diseñaha el trahajo de campo. el uso de la trigonometría y de un lenguaje técnico fueron sólo alguno de los aspectos que obstaculizaban la entrada en este campo de los arqueólogos. Lo realmente perjudicial para la imagen de la astroarqueología era la falta de una teoría que tratara el saher astronómico en las sociedades prehistóricas (salvo MacKie. La idea de que las sociedadcs preliterarias fueron capaces de observar y registrar objetos astronómicos y predecir algunos de los fenómenos astronómicos era lo suficiente• mente atractiva para que varios astrónomos. matemáticos o ingenieros abandonaran sus despachos y talleres para sufrir la incomodidad del arduo y laborioso trabajo de campo. La actitud de reserva e incluso de hostilidad (Atkinson. 1967). entre los arqueólogos. antropólogos e historiadores provocó un "desarrollo desequilibrado" de la astroarqueología: su parte técnica y relacionada con los métodos del trabajo de campo se estabilizó antes de que el debate teórico. arqueológico. antropológico o histórico hubiera sido iniciado. En esta situación. los astrónomos especularon. por ejemplo. sobre si el concepto de nodos. necesario para predecir eclipses en la ciencia moderna. pudo originar la noción de un dios potente ("tiene el poder" de eclipsar la luna y el sol) e invisible (ya que los nodos son sólo puntos imaginarios) de Isaac biblico (Hoyle. La narración de Diódoro sobre un dios lunar que visitaba las islas boreales cada 19 años o sobre la isla en donde se veneraba al dios solar fue pronto identificada como una descripción de las observaciones del ciclo de nodos lunares (18.61 años) y con el monumento de Stonehenge (Hawkins, 1964: 1258: Hawkins y White, 1 %5). No extraña entonces que los antropólogos se alejaran de este campo de investigación. Como resultado. a finales de la década de los sesenta aumentó el caos conceptual. La iR;-\' c'IL~¡Kltín,e limitó a la discusión tccnica (sin duda muy importante). a la presentación dc nucvos monumentos con orientacioncs astronómica s o;¡ la verificación de los estudiados por A. Thom. La "cxplosión" de nuevos datos y la precisión de los alinL' <.tmil..:ntns megalíticos parti• culares dieron la imprcsiún dI.' una verdadera "caza de orientacioncs". Dos cvcntos señalaron una nueva etapa dc la astroarqucología. En!%lJ se cekhró la primera reunión local sohre c.:ltc.:ma. en la Universidad de Glasgow (MacKie. It.JXI) y. c.:n 1972. el primer simposio de gran alcance. "El lugar de la astronomía en el mundo antiguo". con participantes procedentes de varios campos de la historia de la astronomía y de la astroarqueología. financiado por la Real Sociedad y la Academia Británica. Los artículos dedicados a los monumentos megalíticos (Atkinson. 1974 y otros) discutieron la rigidez dd trahajo de campo y la prl..:cisión dI.! los alineamientos para las ohservaciones de eventos circumhorizontales. Aaboe (1974) presentó un esquema descriptivo del desarrollo del saber astronómico en tres niveles y estableció una división conceptual entre la astronomía precientífica y científica. Lamentablemente este artículo quedó casi olvidado. Por otro lado. la revista británica Joumal for the History o/ Astronomy empezó a publicar artículos astroarqueológicos (sobre todo de Thom), lo que parecía demostrar cierta madurez y legitimidad de este nuevo campo de investigación. La autora empleó el término "arqueoastronomía" dándole un sentido más amplio que a los de "astroarqueología" o "astronomía megalítica" asociados con Jos monumentos megalíticos de Europa Occidental. También introdujo el concepto de "et• noastronomía" para denominar un campo ¡nterdisciplinario en el que se unían la astronomía. la etnología. la historia del arte y otros. En las Américas la "arqueoastronomía" pronto reero• plazó a la "astroarqueología". Pero su estatus no estaba definido. Para Baity, eran subdisciplinas particulares. mientras que para los demás la arqueoastronomía se convertía en un campo interdisciplinario. Si bien la mayoría de los trabajos trataban de las actividades astronómicas de las altas culturas de Mcsoamérica y Perú. la tercera conferencia internacional (Santa Fe. También la edición de "The Hislorica/ Supernovae" (C1ark y Stephenson. 1977) despertó mucho interés ya que reunió los datos de las fuentes del Lejano Oriente sobre varias explosiones de novas y supernovas. Pareció que estos y otros datos podían usarse para verificar las estimaciones astronómicas acerca de la edad de la Nebulosa del Cangrejo (los restos de la supernova de 1054 d.C.) y de este modo contribuir al desarrollo de conceptos sobre la evolución estelar. Pronto se inició la búsqueda de relatos antiguos sobre otros fenómenos astronómicos (cometas, la estrella Sirio... 1977) con fines de corregir el conocimiento astronómico actual. Este campo se definió como arqueoastrofísica. Entre las décadas de los setenta y los ochenta en las Américas, la mayoría de los investigadores votó por el estatus interdisciplinario de la arqueoastronomía (y/o etooastrooomía). Estos estudios interdisciplinarios fueron considerados idóneos para la colaboración entre astrónomos y antropólogos ( Eddy. Uno de los principales exponentes de este punto de vista, Anthony F. Aveni. siendo astrónomo, colaboró con HOTSt Hanung (historiador de la arquitectura mesoamericana), Tom Zuidema (antropólogo). Sharon Gibbs (historiadora de la astronomía) entre otros. Sus trabajos en Mesoamérica y en el Perú, publicados en inglés y espai\ol y en revistas arqueológicas, así como su libro (Aveni. 1980), preparado como un manual, dieron una enorme publicidad a la arqueoastronomía. Su posición recibió críti• T. P.• 51.no2,1994 cas cuando Edwin Krupp (1 (}XI: 56) observó que la intcrdisciplinariedad de la misma engendra el peligro de convertirla en un estudio cientffico superficial. Otros científicos veían en la arqucoastronomía una prolongación de la historia de la astronomía. Mientras que ésta estudiaba la astronomía científica (en el sentido de Aaboe. 1974) aquélla debía ocuparse de la astronomía precientífica ( Gibbs. Esta división de tareas investigadoras es precisa y clara. pero no define la metodología de la arqueoastronomía. Por eso Jane Young (1979: 14) propuso que fuera sólo una técnica de investigación cuyo objetivo fuera el de la historia de la astronomía. Así un científico era arqueoastrónomo cuando estaba en el campo e historiador de la ciencia cuando sacaba conclusiones. John B. Carlson (1979). parti• dario del enfoque interdisciplinar, consideró que la arqueoastronomía (o la astroarqueología) en el sentido más restringido se limitaba a evaluar el saber astronómico a partir de la evidencia arqueológica no escrita, pero en el sentido más amplio. holístico. abarcaba la etnoastronomía y se refería al estudio del pasado y del presente. La posición de Jonathao Reyman (1976,1979) fue diferente: los estudios arqueoastronómicos deberían orientarse a resolver los problemas particulares de los sistemas sociales y no limitarse a demostrar ciertos alineamientos astronómicos. Insistiendo en definir los valores adaptativos de las actividades astronómicas antiguas. fue el primero en aplicar los conceptos cibernéticos al estudio arqueoastronómico. Se• gún Reyrnan, la astronomía sirve como base para construir los calendarios que organizan y planean varias actividades sociales relacionadas con las estrategias de subsistencia y par~ hacer predicciones estrictas sobre ciertos fenómenos. Con estas dos funciones contribuye al mantenimiento de una población en un medio ambiente fluctuante e, incorporada a la religión, participa en la formación de un programa general adaptativo. Tomando ideas de Rappaport (197la,b), considera la religión como un sistema ideológico que genera el programa básico del sistema social para lograr su equilibrio con respecto al medio ambiente. Aveni (1981c) propuso el concepto de "arqueoastronomía tropical" para subrayar las diferencias existentes con respecto a la arqueoastronornía megalítica. Debido a la posición geográfica. en latitudes tropicales dominan los movimientos de los astros hacia arriba. encima. hacia abajo y por debajo. mientras que en latitudes altas prevalecen los movimientos hacia arriba, alrededor. y hacia abajo. Estas diferencias podrían tener como resultado diferentes cosmovisiones. Cambios importantes sucedieron en los estudios megalíticos en Europa. Mientras Alexander Thom desarrollaba el paradigma de que las sociedades prehistóricas fueron capaces no sólo de observar sino también de registrar y predecir los fenómenos celestes. sin conocer la escritura, los arqueólogos cambiaban poco a poco su visión tradicional. En las Américas. los antropólogos pronto empezaron a participar en la investigación (p.e. Reyrnan, Hudson, Young, Broda). pero en Europa los arqueólogos tardaron más tiempo en reaccionar. Al comentar el desarrollo de la arqueoastronomía (astroarqueología) diez años después del "Stonehenge de- coded", R.J. c. Atkinson (1975: 51) subrayó que reconocer la importancia de los estudios de A. Thom significaba cambiar la visión de las sociedades prehistóricas en Europa y que, ahora. a diferencia de su posición en la década de los sesenta. estaba dispuesto a ello. Pronto se editaron en Inglaterra libros cuyos autores intentaban relacionar ciertos hechos arqueológicos con la existencia de un alto saber astronómico en el Neolítico y la Edad del Bronce (Burl, 1979a,b; MacKie, 1977a,b; Wood, 197X). Burlll1l7fJ) trató sohre todo de la arqueologia hrit; inica. incluyendo una descripción de la ohra dI..' Thom. sin intentar siluar la astronomía dentro del marco sociocultural antiguo. A la lista de ~acimientos mcgaliticos agregaba simplemente la men ción de los alineamientos astronómicos. E!'.crihi~ndo sohre Avehury discutió que la entrada a la tumha y la posición del muerto en su interior estuvieran orientadas astronomicament e. 1979b) su tesis sobre una astronomía megalítica ceremonial. expresando su desconfianza hacia el concepto dominante dc una astronomía megalítica científica. Sur! negó también la existencia de la yarda megalítica definida como una unidad de medida uniforme. Considerando los círculos de piedra como mo• numen tos funerarios concluyó que. posiblemente. la luna fuera el astro importante del culto a los muertos. A su vez MacKie (1977a.b) asoció el surgimiento del alto saber astronómico con la formación de una élite sacerdotal en las sociedades neolíticas. Los funcionarios del culto, especializados en el conocimiento geométrico y astronómico, los sacerdotes -astrónomos a tiempo completo-o se ocuparon de la conservación de ese saber. Partidario de esta hipótesis fue también Wood (1978) para quien la menor precisión de los monumentos megalíticos del Neolítico (zanjas y terraplenes), respecto a los de la Edad del Bronce (círculos e hileras de piedra). reflejaba la transición de una astronomía menos precisa, ceremonial, a otra especulativa, más precisa. Otros investigadores aceptaron también esa distinción. iniciándose el famoso debate sobre astronomía científica versus astronomía ritual (Ruggles y Whiltle, 1981). Los investigadores de aquel período estaban cada vez más convencidos de que debería emplearse la estadística para determinar si los alineamientos astronómicos eran casuales o no (Freeman y Elmore, 1979). Empezó a cambiar la opinión sobre la astronomía megalítica. Ya Heggie (1978: 456-457) observó que las orientaciones de los complejos megalíticos pudieron tener sentido en relación con actividades religiosas. rituales o simbólicas más que científicas o prácticas. El ya clásico artículo de ElIegArd (1981) resumió el debate sobre astronomía ce• remonial versus astronomía científica. A su vez, Thom (Thom, Thom y Burl, 1980) dio a conocer,,, la mayor rart~ de ~u~ dalO!. ~.. ohn..' la pn.:cisión de 10\ alincamicnlo:-, solares y lunares. En resumen. en las dél.:iHJas de los setenta y ochcnla se discutían los siguicntt!!I aspectos de la in 'r' t!'stigación: 1) El desarrollo de la estimación estadística. Para saber cuáles fueron las preferencias en la orientación de las sociedades nt: olíti¡;a:-. tl de la Edad del Bronce era ncú":-.a rio cnl'onlrar un método ohjctivo que C\ilJuara I.t intL-ndpnar¡ • dad de lo s alincamil'nlo,;¡,tron,' mlic{h. Con dio se planlt.:ahan Jo, d a!o.r.:~ de cslwJio,: d n:-131 1\'0 a lo~ propios illineamientos y a su evaluación (con la ayuda de excavaciones), asi como el estudio de líneas visuales definidas a partir de forma s en el horizonte que pudieron servir como puntos de referencia astronómica (Thom y Thom. 2) El problema de la intencionalidad en el, rado de precisión de las orientaciones. Uno de los primeros en detallar el método para el trabajo de campo fue Heggie (198Ia.b). Los aspectos estadísticos fueron estudiados por freeman (freeman y Elmore, 1979Elmore,: freeman. Otros investigadores verificaron de nuevo los estudios de A. Thom (Pa'rick. En el debate (Moir el aJii. 1980) se advirtió que los "observatorios lunares" que postuló no eran tan precisos como parecía. Surl (1980: 192) comentó que los antiguos orientaron los alineamientos hacia los eventos astronómicos circumhorizontalt:s. no porque quisieran investigarlos sino porque tenían un se ntido cosmológico (3) para ellos. Nuevos simposios. congresos y reuniones de trabajo marcaron otra etapa en el desarrollo de la arqueoaslronomía. A partir de 1979 se organiza un simposio sobre la arqueoastronomía y la etnoastronomía durante los Congresos Internacionales de los Americanistas. Además. se presentan sesiones durante las reuniones anuales de la Sociedad Astronómica Americana y también, a partir de 1980, en las de la Sociedad (3) En la literatura etnológica y arqueológica se acostumbró uur e l vocablo ~cosmologfa" para denotar los conceptos sobre el Univcno cntre lu sociedades no literarias. Sin embargo. el uso moderno de la -cosmologJa" implica un conocimiento científico. en el sentido de la ciencia occidental. Es mejor usar la palabra "C05movisión~ para separar esla noción cientfftca de la que flO lo es (sicmpre y cuando se Irale de la ciencia occidental). En eSla ocasión. manluve la palabra ~cos mologfa" tal como la usó A. Surl. Se organizaron tre!> grandes simposios (Tabla 2). Se crearon las primeras revistas especializadas como el Arc: hof! oanrOlwml' Bulletill (1<)77). posteriormente Arc: hoeoanfIJIIOIlIy. Editado por John B. Carlson y Roy A. William son se convirtió en un cómodo vehículo para la transmi siún L1e infurmaciones sobre el desarrollo de la arqucoastronomía en las Américas y. en menor!!-raLlt'. en el resto del mundo. Lamentablemente. la utili~lmLl ~el.:ciún hihliográfica incluyó pocos artículos puhlicados en idiomas que no fueran ingles y españu l. En 197Y sa lió una segunda revi sta Ardweou. \'lrollomy. como suplemento al Juurnal fo, rhe l/islOry of An'haeoas-lrlJllom y. Editada por Michacl A. Hoskin. desde sus inicios publicó a rtículos sob re monumentos megalíticos y la arqueoastronomía americana. En 1981 se celebró en Oxford la Prime ra Conferencia Internacional Sobre Arqueoastronomía (Aveni. Los participantes e uropeos prese ntaron una serie de trabajos relacionados con cuestiones metodológicas correspondientes al grado de precisión de la investigación y la validez de los conceptos estadísticos para confirmar alineamientos astronómicos. Los norteamericanos. aparte de las ponencias sobre ciertos a lineamientos astronómi cos de estructuras arquitectónicas particulares. en vez de limitarse al enfoque estadístico trataron de utilizar toda la evidencia antropológica (registros etnohistóricos, relaciones etnográficas incluso del siglo pasado), documentos escritos (códices e inscripciones prehispánicas en Mesoamérica), la evidencia arqueológica y la de la historia del arte para apoyar sus conclusiones. Se hizo pate nte que existían dos conc~ptos distintos sobre los estudios arqueoastronómicoso En la primera parte de la década de los ochenta, se publicaron en Europa numerosas obras sobre el megalitismo. Heggie (198la,b) reunió el material existente relacionado con los estudios sobre la astronomía y geometría megalíticas. Burl (1983) desarrolló su hipótesis sobre el uso simbólico de la astronomía en el contexto ritual asociado con las prácticas funerarias. Siguiendo la pauta establecida por Heggie, Ruggles (1981Ruggles (, 1982aRuggles (.b, 1983) reevaluó y sistematizó la metodología para investigar el punto de mira (jort'! iixht) ya 4uc el analisis meticuloso de. Ia o ora de: A. Thom pa reci ó indicar que c~tt.' 10vestigador lo!' > c mplc aha con mucha suhjcti vidad. Rugglcs ( 19X4a) reunió dato!'o sobre los yacimientos meg alíticos e n Escocia Occidental rccva luados y medidos de nuevo por su g rupo, Esta inve sti gac ión se nt ó unas ha scs sól id as para revisar los trahajos de Thom y. a l puhlicar la li sta dI.! yacimientos con los dihujos del ho rizo nt e haci a donde se dirigían los puntos de mira. junto con el análisis detall ado de s u ~ aci mul os. clt: vó el estándar de las puhlicacioncs arqucoastronómicas. Tho m. por su parte. siguió refin ando sus evaluaciones de la s orientaciones lunares (Thom y Thom. ) 983). Mientras tanto. e n las Américas la discusión sobre el estatus de la arqueoastronomía e ntró en un a nueva fase. Zcilik ( 19R3: 5) fu e un o de los primeros (el propio Zeilik cita a Reyman'! Aveni) e n reclamar la contextualización cultural de esta investigac ió n que sin e mba rgo. segú n él. no había mad urado todavía lo sufi cien te para converti rse en una disciplina científica. También se seña ló que la in siste nci a en la interdisciplinariedad de la a rqueoastron omía podía produci r una falta de comprensión entre arqueólogos o etnólogos por un lado y astrónomos por otro (p.e. e n Kehoe. Apareciero n importantes mo nografías etnoastronómicas ( Urton. En una de sus co ntribuciones. McClu skey (1981) reconstruyó el ho rizonte de observación de los hop; utiliza ndo las fuentes etnográficas de la década de los tre inta. Broda (1982) usó por primera vez e n inglés el términ o espa ñol "cosmovisión" (visión estructurada del universo. véase Broda. 1986) detalló las posibles estaciones de observació n e n e l Suroeste. estableciendo los métodos de trabaj o y resum iendo la información. Aumentó e l núme ro de simposios y reuniones sobre el tema. A las reunio nes celebradas anualmente por varias asociaciones científicas se anaden simposios regionales y/o dedicados a un tema específico. En un período de cinco anos se celebraron siete internacionales más uno nacional en Italia. donde antes no hubo mayores estudios (Tabla 2). Puede concluirse que, entre 1981 y 1986. las actitudes metodológicas en este ca: mpo podían reducirse a dos (Aveni. 1989b: 5): mientras que j¡" in vt.:,ti 1!<tdon.:s americanos tratahan de cxpli -Glr la~ Ol/;. \(I\ de la s act ividades astron6micas y l a~ prat.:llt.:óI' (a kndaricas en el contex to de la s sm: inJ'H.k~ ant¡guCl~. los in"c st i!!adores europeos Chrilánil:o!<o) di ~c u tiCln su prt'"üii",. Nueu generación (19K6 -1990' Durante la Segun¡Ja Conf!.!rencia Int e rn acio nal OXFORD:! (Av!.!ni. \t}XlJa) sohrc Arqucoaslronomla c!.!lch rad a en \IJ XIí en Mé-riJa, Ml!x ico. el p rim e r e nfoque fue ll amado arqueoastronomía café y e l segun do arqueoas• tronomía verde (Aveni.!1JH6,19XIJh) por los colore s del volumen dedi ca do a l Nuevo ( Aven i. En Mé rida. varios investigadores del Nuevo Mundo e nfat iza ro n que los estudios arqueoastronómicos dchían atender al contexto cultural. Gingcrich (1IJX9: 41) observó que. en el pasado. la arqueoastronomía se veía como un a parte de la histo ria de la cie ncia lo que condujo a considera r el conocimiento ast ro nó mico prehistórico como si fuera científico. y a evaluar entonces las culturas antiguas como si hubieran poseido una cie ncia en e l se ntido occidental. Ca rrasco (1989: 47) por su parte subrayó su estatus interdisciplinar y el papel de la astronomía en lo ritual, ceremonial y/o mítico. Eliade (1973) ) Y Wheatley (197\ ) para ubica r las orientaciones astronóm icas de los ed ificios e n un conte xto simbólico. En la segunda mit ad de la década de lo s años oche nta. un gran número de investigadores reconoce y adopta gradualmente el paradigma metodológico que sitúa las prácticas astronómicas e n e l contexto cultural. Aparecen. las prime ras publicaciones que, con el estudio del a linea miento. tratan de establecer su valor preciso e investiga n las posibles visuales hacia el horizonte en su contexto. ten ie ndo en cuenta el registro mítico. la evidencia arqueológica y la etnohistórica (Aveni el alii, 1988; Hedges, 1987). En este período nació el concepto de astrono• mía cultural (Iwaniszewski, 1990(Iwaniszewski,, 1991a. Tabla 1) considerada como una disciplina aparte. Aparece también la corriente "revisionista". La nueva generación de investigadores cuestionó los resultados de los trabajos anteriores Schadcr. EII.Jt: l1alc sohrc la arqueoastronomía andina /Ucarhorn'i Schrciber. 1989) entró en una fa~ muy intc: nsa y "caliente" (en Arc: haeooslronom,' (1CA). 10: 22•34), En Europa. después de la OXFORD 2. l.' 1 paradigma de la arqucoastronomía \'l.'n.k Ul."'.pareció (sobre todo la jJI,.'¡¡ lk hu"clr alineamientos aSlronúmi¡,:m mu~ prL'\,." Indu~o se pudo f.:on stalar I R{)~. ]9X7: 2.t5) 4lll: lo~ " deseuhrimicntos " I.k alinea ciones en monumentos megalíticos 4uc causaron la impresión del alto saber astronómico de las sociedades neolíticas. en muchos casos. se dehían al propio investigador que conocia de antemano las orientaciones pertinentes y las "descubría" luego en el yacimiento. Por su parte. los arqueólogos al hablar de las orientaciones de ciertos monumentos megalíticos ignoraban totalmente el rigor metodológico tal como era propUCSIO. por ejemplo. por Ruggles (Midgley. En la teoría arqueológica se reconocía un simbolismo astronómico en las prácticas funerarias. en la localización y disposición espacial de los lugares ceremoniales. pero nada se decía sobre las observaciones astronómicas. Aparecieron nuevas interpretaciones sobre el posible significado de los monumentos de Stonehenge (Burl, 1987: Roy, 1987), Stonehenge I (ca. 3100 a.c.) se considera el lugar sagrado donde fueron depositados los restos simbólicos de los muertos (huesos calcinados. etc.). Para Surl fue un lugar de enterramientos colectivos como otros monumentos funerarios de tierra. madera o piedra ("túmulos", "tumbas megalíticas"); para Roy. una especie de locus sagradus donde se realizaban enterramientos simbólicos o dedicatorios. Estos ritos particulares relacionaban las comunidades de los vivos con el mundo de sus ancestros y con los individuos enterrados recientemente. La orientación astronómica solsticial tenía el propósito de coordinar los ciclos de los vivos con los del mundo de los muertos. Stonehenge 11 (ca, 21SO a,C.) refleja un paso hacia lo ceremonial. En el lugar se celebraban rituales cuyas fechas coincidían con los solsticios de verano. Ya que los muertos no se enterraban dentro del recinto. se supone que se produjo un cambio de culto hacia una religión orientada al cielo. Stonehenge JI pudo conver-lirse en el lugar donde Ins lideres y jefes de las comunidades locales se idenlificaoan con los símoolos universales del poder religioso a través de ceremonias celebradas en fechas determinadas astronómicamente. Los monumentos erigidos en el cenlro del recinto fueron utilizados por soberanos locales 4uicnes efectuaban rituales anuales para renovar su posición social y legitimarla. La perim.liciuad de eslos rituales dependió de los cidos astron(lmicos. Amhos enfoques no explicaban por qué Slonchengc continuó como un centro focal cuando los demás sitios neolíticos fueron abandonados. Revivió la idea de A. Thom sobre la posible existencia de un calendario solar dividido en 16 meses (de 22 ó 23 días. 1988) y se esludiaron los antiguos calendarios a partir de varias fuentes etnohistóricas e incluso etnográficas (McCluskey, 1989). En 19AA-R9 se organizaron los primeros simposios europeos sobre arqueoastronomía (Tabla 2. Pero el aconte- cimiento más importante para su desarrollo en Europa fue la organización de las reuniones semestrales "Astronomie et Sciences Humaines", la sucesiva edición de las memorias por Carlos Jaschek y Pierre Erny de la Universidad de Estrasburgo lo que significó practicamente la aparición de una revista nueva, ASlronomie el Sciences Humaines a partir de 1988. En general, en este período se inician los trabajos arqueoaslronómicos en Europa continental, intensificándose los anteriores (p.e. sobre las orientaciones de los entierros. Tnnsfonnación (1990Tnnsfonnación ( -1993) ) La Tercera Conferencia Internacional OX-FORD 3 sobre Arqueoastronomía reunió a los investigadores en Europa (en 1990, en Saint Andrews. Ruggles, 1993) y abordó problemas metodológicos. Mientras unos investigadores (Farrer. 1990) intentaron separar y dar una forma congruente a la subdisciplina de la etnoastronomía. denominada.rqueo.stronomía azul (por el color de la portada de los "abs- ) se e: mpeñó e:n desarrollar tres campos nuevos para la astronomia cultural: la verificación de las hipótesis astronómicas por una excavación sistemática de toda la región con la aplicación de los enfoques de la arqueología simhólica (la recomotrucción del paisaje simbólico): el uso de nuevos tipos de estadísticas (ya que las tradicionale s no pueden aplicarse hien a los fenómenos sociak-s. 1990) y la ap licación del Geographic Information System en la investigación arqueoastronómica (Ruggles el a/ii. Europa Centra l y Suroriental se multiplicaron las investigaciones y. lo que es mas importante. se iniciaron trabajos donde la arqueoastronomía se incorpora (a l fin) a la teoría arqueológica (p.e. Farrcr y Williamson (1991) discutieron la metodología de la et noastronomía. Aparecieron también publicaciones importantes que combi nan la arqueoastro nomía (líneas visuales) con la información arqueológica y etnohistórica y que. en cierto modo. constituyen un reto para la arqueología s imbólica británica: se trata de las líneas de Nazca ( Aveni. 1990) y de la reconstrucción del paisaje cullural del México Ce ntra l ( Aveni. La astronomía cultural europea entró en una fase madura. Cada año se celebran reunione s sobre la arqueoastronomía europea en un país diferente (Tabla 2). Los más activos son ahora: e l Reino Unido, Italia. Hungría y Polonia lo que provoca problemas adiciona les. ya que aumenta considerablemente el número de trabajos publicados en diferentes idiomas. Por eso. salieron las primeras recopilaciones sobre la investigación arqueoastronómica en Italia. Los esfuerzos (sobre todo de C. Jaschek) por crear una asociación ¡; I ~ntili~a fru¡;tifiL"aflln en 1t, l93 en Hulgaria. La Conferencia OXFORD 4. cc lehrada en Stara Zagora. Bulgaria produjo la impresión de que se hahía ll egado a una fase: critica en e l desarrollo Ul: la astronomía cultura l. A pesar de tratar ue situar la inves tigación en el contexto sociocultural. fUl: dara la falt<l Lk teoría. A l parecer. las investigacionl's han lle gado a un punto de sa turación y ya no puede:n crearse nuevos enfoques capaces de generar modelos sohn.: el sa hcr calendárico-astronómico en los siste: mas cultura les. Por otro lado. al mantener la visión de la interdisciplinariedad d e la astronomía cu ltural se conservó la convicción de que los logros del trabajo proceden de la co laboración entre científicos y humanistas. Los próximos años nos darán a conocer cuál será e l destino de la astronomía cultural. Para los objetivos de este artículo presento las siguientes fase s de desarrollo de la arqueoastronomía (Iwaniszewski. 1) El período de recopilar. registrar y publicar datos. Domi nan los estudios que describen las posibles orientaciones astronómicas de monumentos y comp lejos arquitectónicos, 2) La etapa de las interpretaciones calendárico-rituales. Aquí se trata de relacionar las orie nt aciones astronómicas con las prácticas ceremoniales de las sociedades antiguas o de describir los patrones de las distribuciones acimutales en categorías de fechas ca lendá ri cas importantes. 3) El período de las interpretaciones socioculturales. Abundan los trabajos que unen orientaciones particulares. observaciones de T.P.. 5I.no2.1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es,. CierlO'i fcnóm~no s a~lronómicos O los mismos aconlcclmienlos astronómicos. con necesidades generadas pnr el ", islCma sociocultural taJes como práclicas agrícolas. guerras. legitimación del poder de linajes particulares o de toda la clase elitista. creación de una cosmovisión dominante. etc. 4) Es lógico esperar el surgimiento de otra etapa. la de presentación de modelos generales sobre el papel de los fenómenos celestes en los sistemas culturales. Debcrian aparecer estudios que relacionaran fenómenos celestes con elementos del medio ambiente natural. necesidades sociales y sicofisiológicas del hombre percibidas en el contexto cultural. El conocimiento de la teoría arqueológica. etnológica u otra es aquí indispensable. Para terminar, resumiré mi opinión sobre la fase donde se encuentran las arqueoastrono•'mías particulares a partir del esquema anterior. California y Suroeste americano: entre la fase 2 y 3. Mesoamérica: culminando la fase 3. Región andina: entre la fase 2 y 3. Europll Occidental megalilica: aproximada• mente en la fase 2. Europa continental restante: apenas la fase 1. aunque parece, que en ciertas regiones (p.e. la Europa Central neolítica y eneolítica). se sitúa entre las fases 1 y 2. Otras regiones: fuera de la clasificación ya que nunca se formaron núcleos de investigado• res que de forma sistemática enfocaran sus estudios a una región particular o fase cronológica. Es de esperar que, con el crecimiento de los estudios europeos. también en Espana aumen• tará el interés por impulsar la investigación arqueoastronómica. investigación paralc!a a la astroarqueología de Hawkins. referente a los estudius t:n las Américas ( Baity. 1969: 85) tratamiento del conocimiento astronómico de los constructores de monumentos megalíticos como un sa~r científico ( Thom. 1981: 6) subdisciplina particular. complementaria de la etnoastronomía ( Baity. 422) interdisciplina que resulta de la cooperación entre investigadores procedentes de las ciencias exactas (astrónomos. sobre todo): y de las humanidades (arqueÓlogos. antropólogos. etnólogos, etc.) (Ayeni, 1975: xiv y trabajos posteriores) parte de la historia de la astronomía ( Gibbs. 1979) parte de la historia de la ciencia que estudia también el contexto social de la ciencia ( McCluskey. 1982: 350) enfoque particular de la arqueoastronomía orientado a contribuir al desarrollo de la ciencia moderna (noyas. supcrnoyas, comelas, colores de estrellas) ( Brecher. 1977) el estudio de las relaciones entre el hombre y los fenómenos astronómicos dentro del contexto cultural; se compone de 4 subdisciplinas: la arqueoaslronomía, la etnoastro• nomía, la historia de la astronomía y la socioastronomía ( Iwaniszewski.
En el yacimiento solutrense de La Cueva de Ambrosio se han encontrado durante las campañas de 1992 y 1994 un conjunto de representaciones artísticas parietales pintadas y grabadas del Paleolítico Superior. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 22 S. Ripoll López, F. Javier Muñoz, S. Pérez, M. Muñiz, F. Calleja, J. A. Martos, R. López, C. Amaya sentation of a horse, a bird, one bovidae and another protome of a horse. Palabras clave: Arte rupestre. Durante la campaña de excavaciones sistemáticas del año 1992 en el yacimiento de La Cueva de Ambrosio (Vélez-Blanco, Almería) (Fig. 1), actividad autorizada por la Dirección de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía, se produjo un hallazgo de singular importancia para la prehistoria nacional e internacional. En esta estación, en la que llevamos trabajando desde hace algo más de 10 años, se ha encontrado una de las secuencias más completas e interesantes para el período Solutrense del Mediterráneo español. Según las investigaciones llevadas a cabo hasta ahora, parece que este abrigo no se trataría de un lugar de habitación permanente, sino más bien de un lugar al que se acudía en determinados momentos a renovar el utillaje lítico (Ripoll López et alii, 1988) y donde a pesar de la brevedad de sus estancias, constatado a través de la escasa potencia pero gran extensión de los hogares y la poca fauna susceptible de haber constituido un alimento, tuvieron tiempo para plasmar en sus paredes unas muestras de Arte Rupestre Parietal Paleolítico. Hasta ahora la única representación figurativa que habíamos encontrado se localizaba sobre un compresor-retocador de caliza, de T. P., 51, n.O 2, 1994 pequeño tamaño, con un protomos de caballll. Este hallazgo ya fue publicado en su momellll) (Cacho y Ripoll López, 1987; Ripoll Lópel. y Cacho, 1990) y el encuadre cultural se vió dificultado por la circunstancia de haber sido hallado en el sedimento revuelto durante la campaña de excavaciones del año 1983. Sin embargo, sus características estilísticas nos permitieron incluirlo en un momento evolucionado del Solutrense, perfectamente documentado, por otra parte, en el nivel fI del actual relleno del abrigo. En La Cueva de Ambrosio el punto "O" de referencia o plano horizontal del yacimiento a partir del cual se miden todas la profundidades se encuentra situado sobre una zona más o menos lisa de la pared izquierda del abrigo. Por otra parte, teníamos noticias de que en este área quedaba algún resto de los niveles epipaleolíticos que por el momento no pensábamos investigar, preservándolos como reserva arqueológica. La superficie, a la que antes aludíamos, se sitúa a la derecha y por debajo de aquellos estratos y conservaba adheridos abundantes restos de sedimento de color amarillento que siempre habíamos encuadrado en el nivel estéril que separa los niveles superiores del Solutrense y los del Epipaleolítico. Además, al tratarse del umbral del abrigo, en algunas zonas se había depositado algún material de arrastre y una parte había cubierto la marca del punto "O", dificultando su visión, motivo por el que decidimos limpiarlo. Al limpiar esta zona de la pared del abrigo, nos dimos cuenta de la idoneidad de la misma para contener representaciones incisas y continuamos esta tarea sin demasiadas esperanzas ya que han sido numerosos los investigadores que nos han precedido en el estudio de esta estación y no habían constatado representaciones parietales de ningún período (2). Pero para nuestra sorpresa, nos dimos cuenta de la existencia de algunas líneas grabadas que se extendían hacia el interior del abrigo. (2) Tenemos que hacer una breve referencia al conjunto de bloques pintados con ocre rojo sin formar ninguna figura hall ados por el Prof. E. Ripoll durante las campañas de los años 60 y que segú n sus diarios de excavación aparecían en el nivel inferior de la ll amada trinchera de acceso al fondo del covacho. Durante nuestra campaña de limpieza del año 1994, hemos localizado dicha trinchera y también gran cantidad de bloques pintados y grabados que están pendientes de estudio. Este descubrimiento nos llevó a realizar una exhaustiva revisión de todas las paredes de la estación, con el fin de determinar si existían más representaciones. De esta forma en la parte inferior del panel grabado localizado en primer lugar, hallamos abundantes restos pictóricos y más hacia el interior del abrigo, al limpiar otra zona que contenía numerosas líneas incisas, también encontramos algunas figuras pintadas. A raíz del descubrimiento en el año 1992, la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía, junto con el director del Proyecto de Investigación, iniciaron una serie de gestiones con el fin de preservar el yacimiento y las representaciones. De esta forma en el año 1994, el organismo antes citado, autorizó una actuación puntual de limpieza y conservación de cara a valorar el yacimiento y poder contextualizar de una forma definitiva las representaciones paleolíticas. Esta labor se ha llevado a cabo de una forma exhaustiva por parte del equipo de investigación pero sin haber contado en absoluto con el apoyo institucional autonómico. Con todo ello iniciamos una serie de trabajos sistemáticos, como es el calco a tamaño natural de las figuras sobre poliester transparente, que posteriormente se completó y contrastó con calcos realizados sobre televisión a través de la cámara de vídeo y una documentación fotográfica exhaustiva con diferentes tipos de luz, soporte y bajo diferentes condiciones atmosféricas. Por el momento las manifestaciones de arte rupestre se concentran en tres paneles. El panel 1 se sitúa en el área exterior de la pared izquierda del abrigo; en la misma pared, a unos 4,50 metros del anterior, hacia el fondo de la cavidad y en una posición claramente inferior se encuentran los paneles II y III (Lam. T. P., 51, n.o 2, 1994 Todas las representaciones localizadas hasta el momento han sido realizadas sobre una superficie rocosa, más o menos lisa, limpia o ligeramente concrecionada de color blanquecino o beige (HUE 10YR-8/1) (3). (3) Especificación de color según las tablas Munsell (1954). la colada calcítica que recubre la parte inferior del panel 1 se debe a una fase húmeda, claramente posterior a su ejecución. DESCRIPCIÓN DE LAS FIGURAS PANEL 1 En el panel 1 hemos distinguido a su vez la parte superior y la inferior. En la de arriba, caracterizada por encontrarse exclusivamente r~ presentaciones incisas, hemos identificado un total de cinco figuras. Procederemos a describirlas de izquierda a derecha, en el sentido de las agujas del reloj, haciendo referencia, si hace al caso, a su color, según el código o tablas Mun-seIl (1954). 1.-En primer lugar se aprecia una figura de ave (30,4 cm. de longitud por 18,1 cm. de anchura) que mira hacia la derecha (Fig. 2, Lam. 1), con un cuerpo fusiforme bien diferenciado y un pico que se prolonga a partir de la cabeza redondeada. La zona ventral esta bastante perdida y no se aprecian las patas que podrían proporcionarnos una identificación zootécnica más precisa. Esta figura esta realizada mediante un surco de 2-3 mm. de anchura y tiene una profundidad que oscila entre los 2 mm. de la parte posterior y 0,05 mm. del pico. Por el tipo de pico podría tratarse de una anátida, pero por otra parte la silueta, en general, recuerda a una perdiz, especie de la que hemos encontrado restos en los niveles de ocupación (Sánchez Marco, 1988), y que sin duda integró la dieta alimenticia de estas grupos del Paleolítico Superior final. 2.-En este mismo panel 1, hacia la derecha y a escasos centímetros de la anterior, se encuentra la primera figura incisa que descubrimos en La Cueva de Ambrosio. Se trata de una espléndida figura de équido (29 cm. de longitud por 16,2 cm. de anchura) orientada hacia la derecha, cuya línea cérvico-dorsal forma casi un ángulo recto (Fig. 2, Lam. Esta última línea se prolonga desde la grupa hasta la crinera, donde se desdobla en un haz de trazos más finos, representando el despiece de la misma y tal vez el pelaje. La cabeza, de forma subcuadrangular, ligeramente inclinada hacia arriba, esta realizada aprovec hando un resalte natural de la roca base. La oreja esta confeccionada mediante un simple ángulo en la parte superior y la línea de la cara se desarroIla hasta el morro, a partir de donde se aprovecha en mayor medida el resalte, incidiendo únicamente con un trazo más somero, en la parte del belfo que adquiere la característica convención en forma de " pico de pato". A continuación se perfila la quijada que asciende ligeramente hacia el interior de la cabeza en su parte final. En la zona interior de la testuz se distingue con bastante claridad lo que hemos identificado como el ojo, realizado mediante un impacto piqueteado circular. Escasamente relacionada con el resto de la figura se diferencia la línea del pecho. Parece que de forma intencional no se ha querido representar la parte inferior del cuerpo, es decir las extremidades y la línea ventral. La línea cérvico dorsal esta realizada mediante un surco bastante amplio (2-3 mm.) y profundo, de sección en U, frente al despiece de la crin era, cuyos trazos son muy finos y someros, sin poder llegar a medir su profundidad. La incisión de la quijada es casi inexistente observándose, sin embargo, algunas estrías que permiten completar la figura junto con los resaltes naturales de la roca. Se trata de un animal con unas proporciones equilibradas en el que se pone de manifiesto su acusado realismo, aunque no esta exento de tendencias estilizan tes. El contorno de esta representación muestra un équido asustado o alarmado con la parte anterior de su cuerpo en posición erguida como para distinguir la causa que lo ha alertado, ya fuera sonido u olor. 3.-En la parte inferior derecha de este panel 1 hemos distinguido otras figuras. En primer lugar hay que señalar una línea cérvico-dorsal y la oreja de un équido (17,5 cm. de longitud por 10,4 cm. de anchura) que mira hacia la derecha. El trazo es ancho y profundo, alcanzando los 2 mm. de espesor y de sección en U, pero al encontrarse sobre una pequeña inflexión de la roca, que cambia de dirección, no se ha conservado el resto de la figuración. 4.-También bastante incompleto, pero más identificable, es un protomos de bóvido (5,8 cm. de longitud por 3,5 cm. de anchura) orientado hacia la izquierda. Se diferencia bien el cuerno curvado hacia atrás, en perspectiva simple y la cabeza ligeramente subtriangular, y a continuación el inicio de la línea dorsal, así como la del pecho. El trazo es bastante profundo y amplio en todo el contorno (2 mm.) con una sección en U, salvo en el cuerno que es más tenue y de sección en V. Fotografía que coincide casi totalmente con el calco de la figura 3 con la parte anterior del ave consignada con el número 1 y el caballo grabado número 2. Existen otros grabados de las mismas características por toda esta extensa superficie, pero de momento, a falta de un análisis más pormenorizado, no hemos conseguido identificar otras representaciones naturalistas. Además se adivinan otras líneas sumamente someras -como si hubiesen sido raspadas-sobre esta misma superficie que tendremos que investigar en futuras campañas de documentación. En la parte inferior del panel 1, distante unos 40 cm. del superior, por debajo de la inflexión antes mencionada, hemos hallado unos restos pictóricos en ocre rojo muy desvaído (HUE 10R-3/6). Todos ellos se localizan por debajo de una espesa colada calcítica, que los hace poco visibles y que no hemos querido retirar, si no es con la colaboración de un especialista, ya que el pigmento corre peligro de desaparecer. Entre estas figuras se distingue una silueta subcuadrangular (HUE 10R-4/8) que tal vez y con carácter provisional, podría clasificarse como un típico signo paleolítico (¿tectiforme?). Más hacia la derecha, y en una posición se nsiblemente inferior, existe otro T. P., 51, n.o 2, 1994 trazo también en ocre anaranjado (HUE 2.5YR-4/8), bastante evidente que podría corresponder a los cuartos traseros e inicio de la línea ventral de un cuadrúpedo. Pero, como ya hemos explicado, hasta que no se limpie la calcita de este panel, preferimos no aventurar hipótesis. Sin duda su limpieza nos proporcionará un amplio repertorio de figuras que engrosarán el inventario de este inusual descubrimiento. El segundo panel, situado más hacia el interior del abrigo, se encontraba oculto por una espesa capa de sedimento revuelto y bloques procedentes de excavaciones incontroladas. Empezamos a retirarla con mucha precaución, ya que se adivinaba una gran superficie lisa e inmediatamente distinguimos un conjunto de trazos grabados de enorme complejidad, así como dos pequeñas manchas de ocre rojo en la parte inferior (Fig. 3).., La superficie del panel II es mucho más regular, de un color gris marronáceo (HUE 7.5YR-6/4), en todo caso más oscura que la del panel 1. Esta surcada por finas grietas que no restan uniformidad al conjunto de figuras. En el momento de su descubrimiento aparecieron pequeñas escamas de concreción caliza, sobre todo en la zona ocupada por el équido grabado (núm. 8). De una manera totalmente accidental, tuvo lugar el descubrimiento de la figura más espectacular de toda la campaña: un espléndido caballo pintado en color ocre rojo, en una zona en la que ya habíamos empezado a trabajar. Sorprende por su buen estado de conservación general y sobre todo contrasta con las otras figuras descritas en el panel 1 por su claridad y notables dimensiones. 5.-Esta magnífica representación de équido (92 cm. de longitud por 37 cm. de anchura desde las orejas hasta la línea del pecho y 53 cm. de anchura desde la grupa hasta el final de la pata trasera), orientado hacia la izquierda, esta pintado en ocre rojo (HUE 10R-3/3) (Fig. 4; Lam. Toda la figura esta silueteada mediante un trazo grueso que varía entre 1.y 2 centímetros de espesor en casi todo el contorno salvo la cabeza en donde oscila entre 1 y 1,5 cm. Se conserva perfectamente la parte superior de la figuración, es decir la cabeza, línea del pecho, la crinera li geramente dañada y toda la línea cérvico dorsal hasta la grupa. En un principio pensamos que el caballo tenía el inicio de la cola, tal como representamos en los primeros calcos publicados (Ripoll López el alii, 1992; Rípoll López, 1994). En la actualidad un estudio má s detallado de la figura nos ha permitido apreciar que se trata de una mayor acumulación de pigmento en la zona de la grupa. Al haber excavado durante la campaña de 1994 en esta zona, debajo del panel I1, se ha mejorado notablemente la visualización de esta figura en la que se distinguen pequeños restos de pigmento que conforman lo que sería el muslo y la babilla de la pata trasera, por otra parte muy desvaída. En la cabeza se aprecia una de las orejas y un fragmento de la otra en la parte superior hacia adelante. Así mismo la quijada con su inflexión, Lám. Protomos del espléndido cabaUo pintado en ocre rojo número 5, situado en el centro del panel TI. E l resto de las representaciones se sitúan a su alrededor. T. P., 51, 0.° 2, 1994 que sin embargo, no llega a adquirir totalmente la característica forma de "pico de pato". La línea se prolonga hasta unirse al trazo del pecho, penetrando de forma más o menos curva hacia el interior de la cabeza para marcar la mandíbula. Es en esta zona, precisamente, junto con la crin era donde se aprecia una mayor concentración de colorante, e incluso se podría pensar que al pintor, al aplicar la pintura, se le corrió un poco, produciendo una ligera mancha de pigmento, sin que por el momento podamos pensar que se trata de un lavado posterior. La crinera parte de la misma altura que la oreja y, a pesar de existir un efracto natural de la roca, su continuidad hacia el dorso se hace patente por unos puntos pictóricos en la parte superior. Una observación de detalle de esta zona nos permite comprobar la técnica de realización de la misma. En un primer momento se silueteó con una línea exterior, rellenándose posteriormente mediante líneas de grosor variable hasta cubrir todo el espacio interior. Es en esta zona, donde la pintura esta más "fresca", mejor conservada y delimitada, ya que la línea cérvico-dorsal se difumina desde la crinera hacia la grupa. La línea del pecho se une a la pata anterior por un trazo sinuoso bastante desvaído y tenue, aunque visible en una observación ocular muy próxima. Nada indica que la parte posterior de la pata delantera, la línea del vientre y los cuartos traseros fueran jamás pintados, aunque no descartamos su existencia después de una limpieza exhaustiva y la aplicación de algunos métodos fotográficos especializados (infrarrojos, falso color, etc.). Es comunmente conocido que la viveza del color, sobre todo de los óxidos de hierro (hematites y ocre) depende del grado de humedad de las paredes. La frescura de la pintura del équido del panel 11 de La Cueva de Ambrosio estaba en su grado optimo, gracias a una hidrometría favorable. En esta zona -la más baja del abrigocuando llueve, se produce un goteo continuado. La existencia por otra parte de un nivel de arenas estériles depositado encima de un nivel de ocupación, que actúa como una capa impermeable dado el alto contenido de materia orgánica, provoca que aquellas arenas conserven mucho la humedad, lo que sin duda ha favorecido el excelente estado de conservación de esta figura. 6.-En el ángulo superior derecho de este panel JI se encuentra una zona particularmente densa en trazos incisos en la que hemos T. P., 51, n.o 2, 1994 identificado dos protomos grabados de caballos enfrentados. El de la derecha, esta de momento mucho más completo que el de la izquierda, ya que no se ha limpiado del todo la colada ca\cítica que lo cubría y que, en principio, definimos como simples trazos en X e Y (Ripoll López et alii, 1992). La figura que nos ocupa con unas medidas de 62 cm de longitud y 28 cm. de anchura, es de una excelente factura y nos presenta un caballo robusto con una quijada " barbuda" (Fig. 5, Lam. La cabeza de forma subtriangular es muy caracterÍstica de este tipo de representaciones. La testuz esta realizada mediante un único trazo de sección en V y tiene una profundidad de 1 a 1,5 mm.; se distingue una pequeña rectificación en la zona media debida sin duda a una mínima execrencia de la roca. En el morro se puede ver claramente el ollar situado en la parte superior hecho con un trazo casi circular en cuyo interior hay otros breves surcos. El morro en sí es rectilíneo siguiendo con un trazo único y en el inicio de la quijada pierde su continuidad siendo interrumpido por un conjunto de 16 trazos más o menos profundos que representan las barbas. En la inflexión posterior de la mandíbula inferior se vuelve al trazo continuo, aunque en este caso la característica es que es múltiple como si el artista hubiese querido resaltar la fortaleza del animal; la quijada se prolonga hasta la parte superior del cuello uniéndose prácticamente con la línea de la crinera. No se aprecia el ojo, aunque en el interior de la cabeza existen numerosos trazos que, a falta de un estudio más profundo, creemos que se trata de despieces de la figura. En la parte superior, las dos orejas se proyectan hacia adelante en sendos trazos dobles, que adquieren una posición semejante a las del caballo pintado (núm. 5). La crinera se inicia en las orejas desdoblándose en dos trazos más o menos paralelos que se separan a medida que nos alejamos de la cabeza. La línea cérvico dorsal se prolonga hasta la grupa y por ahora no hemos podido identificar las extremidades, por su parte la línea del pecho, en trazo múltiple, se alarga hasta el encuentro o inicio de las patas delanteras. 7.-El otro caballo grabado (22 cm. de longitud por 23 cm. de anchura) orientado hacia la derecha, de factura muy similar al que acabamos de describir, aunque quizás su aspecto en conjunto sea menos completo que el ante- Lám. Detalle de la cabeza de uno de los caballos enfrentados (num. 6) con las "barbas" que como ya hemos explicado en el texto, en un primer momento los consideramos simples trazos en X e Y. rior pero ello es debido a la colada ca\cítica antes mencionada. La cabeza posee una testuz más pronunciada con un trazo simple bien marcado que se prolonga hasta el morro donde posee una inflexión. La zona del ollar se ha perdido por un mínimo efracto de la roca base y los trazos de la barba, en un número de 13, son algo más profundos en la zona de la mandíbula y a medida que se alejan de ella se hacen más finos y tenues. La quijada es menos pronunciada y penetra en un ángulo casi recto en la cabeza. En la parte alta únicamente se aprecia una oreja claramente elíptica en contraposición al resto de las representadas en las otras figuras y el inicio de la crinera no se distingue, aunque si podemos seguirla en la zona del lomo, punto éste donde de momento se pierde la representación. La línea del pecho, realizada mediante un único surco, se prolonga también hasta el encuentro. En el interior de esta figuración se identifican numerosas incisiones que se encuentran ocultas en parte por costras calcíticas y que por el momento no podemos descifrar. T. P., 51, n.O 2,1994 8.-A la derecha de este conjunto de trazos hemos podido identificar otra representación de caballo, realizada también con la técnica de grabado lineal muy fino. Posee unas dimensiones de 28,7 cm. de largo por 15,2 cm. de ancho, y creemos que esta orientado hacia la derecha, ya que no se aprecia claramente ni los cuartos traseros ni la zona de la cabeza, sin embargo se distingue una incipiente línea del pecho. La incisión es muy somera y posee las mismas características que las descritas anteriormente. La línea ventral, en trazo múltiple, se alarga hacia la izquierda, partiendo desde lo que hemos considerado como la pata delantera que se ha resuelto mediante sendos trazos subparalelos, cerrándose la parte correspondiente a la pezuña con un surco perpendicular. 9.-A la izquierda de aquellos dos magníficos caballos, bajo la costra ca\cítica que también los recubría, hemos identificado una cabeza de caballo (15 cm. de longitud y 12 cm. de anchura), orientada hacia la derecha que, si bien sigue la misma estructura morfológica que los descritos anteriormente, presenta una realización mucho más tosca sin duda condicionada por las numerosas fisuras de la roca soporte. 10.-En la parte inferior del panel II, cubierto claramente por restos de limos fluviales de color amarillo encontramos en la campaña de 1994 un pequeño protomos de caballo (11 cm. de longitud y 7 cm. de anchura) pintado en negro y rojo (Fig. 6, Lam. A simple vista se trata de una silueta elíptica, aunque un examen en detalle de la misma nos muestra la línea de la testuz, el morro bastante desvaído y una quijada muy marcada con su correspondiente inflexión hacia el interior de la cabeza. Lo excepcional de esta figura es que la línea del pecho esta realizada en ocre rojo-anaranjado (HU E 2.5YR-4/8) de escaso recorrido que junto con la cabeza negra sería un indicio de bicromía. El artista supo expresar con tres líneas una figura que claramente es un caballo. 11.-En la parte izquierda de este panel II, junto con la inferior, es donde más novedades se han producido durante la campaña de 1994. En el ángulo inferior izquierdo se distingue un a amplia mancha de color negro que provisionalmente consideramos como otro équido orientado hacia la izquierda (38 cm. de longitud y 10,5 cm. de anchura). Se trata de dos trazos más o me nos curvos con una anchura que oscila entre 1 y 2,5 cm. que configuran con bastante claridad la crinera y línea cérvico-dorsal de un caballo. El color, sin duda realizado con carbón vegetal, es muy intenso en algunos puntos (HUE 10YR 2/1), mientras que en el arranque de la cabeza se difumina poco a poco (HUE 10YR 6/1) hasta desaparecer. D e esta representación se ha tomado una muestra que esta siendo analizada por la Dra. Hélene Valladas mediante el acelerador de par-tÍCulas en el Centre des Faibles Radioactivités de Gif-Sur-Yvette (Francia), para obtener una datación radiocarbónica que nos permita encuadrar con una mayor precisión cronológica las representaciones parietales. 12.-Por último, en el ángulo superior izquierdo, después de haber retirado una considerabl e extensión de costra calcítica, hemos ha-T. V. La simplicidad de líneas, no es un obstáculo para ide ntificar una pequeña cabeza de caballo pintada en negro, mi entras que la línea del pecho es en ocre rojizo. liado una pequeña cabeza de caballo (6,3 cm. de longitud por 7,6 de anchura) orientado hacia la izquierda, realizado mediante un trazo sumamente fino y somero y que dado lo fragmentario de esta representación completaremos su descripción cuando se posea una mayor superficie al descubierto. Por toda la superficie del panel 11 hemos descubierto numerosas manchas de ocre. Algunos restos situados a ambos lados y por encima del caballo pintado, son por el momento completamente indescifrables y no merecen más comentarios que señalar su presencia y tonalidad. Así, los que se encuentran a la izquierda del équido, es decir por delante de su cabeza, son de color marrón muy oscuro, casi negro (HUE 10YR-2/2) y rojo muy intenso (HUE 10R-4/8), mientras que los que se sitúan por detrás de la grupa son de un matiz ocre mas desvaído (HUE lOR-6/6). Como ya hemos mencionado al inicio de la descripción del panel interior, apreciamos la existencia de algunas escamas de caliza, que al T. P., 51, n.O 2, 1994 no estar situadas encima de manchas de colorante, pero sí sobre los caballos grabados y sobre el gran caballo pintado, procedimos a retirar algunas de ellas con un cuidado extremo, mediante una serie de útiles de precisión, apareciendo casi al completo estas representaciones. Por último, en la parte superior de este panel, y por encima de la parte que se encontraba oculta por el sedimento, descubrimos otro conjunto de trazos grabados, estriados, que fueron los que nos indujeron:a iniciar la limpieza de esta zona. Estas incisiones tienen una mayor complejidad identificativa ya que infrapuesta a la concreción pero rellenando el surco de los grabados, se aprecian restos pictóricos de color ocre rojo muy claro (HUE lOR-6/6). Se trata de un conjunto de trazos organizados, largos y tenues, formando haces de líneas compactas, cuya dirección es variable. Este conjunto deberá ser analizado en profundidad después de su limpieza y restauración. Durante la campaña de limpieza del año 1994, al excavar frente al panel 11 que en su parte más profunda coincide de forma oblicua con el fondo del abrigo, localizamos un nuevo panel con representaciones pintadas. Sobre una superficie bastante alterada de color blanquecino (HU E 5YR 8/1) se encuentran tres conjuntos pictóricos de escasa representatividad dado que se encuentran muy desvaídos, pero que sin duda engrosan el inventario provisional de figuras paleolíticas de este yacimiento. 13.-Se trata, de izquierda a derecha de una puntuación elíptica en ocre rojo intenso (HUE 10R 3/4) con unas dimensiones de 9,8 cm. de longitud por 7,5 cm. de anchura. Se encuentra ais lada en una superficie exenta de la pared y no tiene conexión con otras figuras. 14.-En el centro del panel In muy tenue, hemos distinguido otra mancha rojiza (HUE 2.5YR 4/8) (15 cm. de longitud por 14 cm. de anchura) que aparece de forma inconexa con respecto al resto del conjunto 15.-Por último, en la zona de la derecha, se identifica una representación de mayor complejidad realizada en ocre rojo (HUE lOR 4/8) (9,8 cm. de longitud por 21 cm. de anchura) (Lam. VI), que se compone de una mancha muy desvaída a la izquierda, de cuya zona inferior parte un trazo horizontal de 2 cm. de anchura que se prolonga a lo largo de 35 cm. En el extremo de esta línea, de nuevo hacia arriba y con una coloración muy intensa (HUE lOR 4/6) hemos diferenciado un signo rectangular cuyos lados mayores son concavos. La interpretación es sumamente dificil ya que se encuentra en un estado muy fragmentario y no posee una forma concreta, ni tampoco se adapta a los contornos morfológicos de alguna especie animal. Raras son las estaciones en las que se encuentran representaciones parietales cubiertas por niveles arqueológicos que permiten datarlos con precisión, y éste es el caso de La Cueva de T. P., 51, n.o 2, 1994 s. Ripoll López, F. Javier Muñoz, S. Pérez, M. Muñiz, F. Calleja, J. A. Martos, R. López, C. Amaya Ambrosio. Si bien el panel 1 actualmente esta a la intemperie, en su momento estuvo cubierto por los niveles intactos que se encuentran a escasos centímetros hacia la izquierda y que fueron removidos por excavadores incontrolados así como por el natural desmoronamiento de los cortes de la trinchera abierta por E. Ripoll Perelló en los años 60. Hasta el momento no hemos podido constatar el suelo de habitación desde el cual se debieron de realizar estas figuras, pero es de suponer que una próxima campaña rigurosa y sistemática de estudio de esta zona permitirá localizar los elementos propios que se debieron de utilizar para la factura. Con esta idea sometimos a la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía un proyecto de excavación, consolidación y valoración, que como ya hemos comentado se ha desarrollado durante la campaña del año 1994. Sin embargo las labores de limpieza se prolongaron más de lo que inicialmente teníamos previsto y no se pudo llevar a cabo la excavación de los niveles arqueológicos intactos situados al pie de los paneles con figuraciones. A continuación describiremos brevemente la secuencia estratigráfica establecida por nosotros en esta zona, que nos permite de una forma provisional encuadrar cada una de las representaciones en un horizonte cultural concreto. En esta zona del abrigo, se encuentra, en primer lugar, un nivel de sedimento revuelto de escasa potencia (38 cm.) que posee abundante material arqueológico, conteniendo seguramente los restos de los niveles postpaleolíticos que ya se habían constatado en los proyectos anteriores. Este horizonte cultural se conservaba presumiblemente sólo en esta zona del abrigo, habiendo desaparecido en el resto. El material aparece entre grandes bloques de piedras y el sedimento es muy suelto y polvoriento lo que en ocasiones le confiere un cierto aspecto de estar removido. Debajo, sin una aparente discontinuidad, salvo por un ligero cambio de coloración del sedimento, se presenta el Nivel I de color amarillento, que es estéril, sin industria lítica, pero con algunos restos faunÍsticos de colonias naturales, fundamentalmente microfauna, lagomorfos y T. P., 51, n.O 2, 1994 aves. Este estrato tiene un espesor de casi un metro (93 cm.) y posee gran cantidad de cantos angulosos procedentes de desprendimientos de la visera que además esta n muy lavados debido a un alto grado de pluviosidad según demostró el análisis sedimentológico realizado por J. Jordá Pardo y M.P. Carral (1988). Así mismo el nivel 1 de esta zona se paraleliza perfectamente con nuestro también nivel I encontrado en el centro del abrigo (Ripoll López el alii, 1988) En la secuencia estratigráfica que estamos describiendo, seguidamente se encuentra nuestro nivel Il, encuadrado en el Solutrense Superior Evolucionado, que en esta zona tiene poco espesor (oscila entre 12 y 18 cms.). Este nivel más reciente del Solutrense en La Cueva de Ambrosio posee una datación de 16500 ± 280 B.P. y una composición industrial del grupo solutrense con algunas hojas de laurel, abundantes puntas de aletas y pedúnculo y puntas de muesca de retoque abrupto y ausencia total de puntas de cara plana. El componente de hojitas de dorso adquiere una gran representatividad al igual que el de los buriles que casi siempre son diedros de ángulo (Ripoll López el alii, 1988). El siguiente nivel (111), también estéril y de color amarillento, vuelve a tener las mismas características que las descritas en el Nivel 1. Hay que destacar la existencia de algunos restos de talla, procedentes sin duda de la filtración del nivel superpuesto. En esta zona podemos diferenciar la parte superior con mayor número de cantos angulosos y la parte inferior compuesta por arenas. En la zona central del abrigo que nosotros hemos excavado, alcanza este estrato una potencia de 85 cms. En la parte oeste del abrigo, hemos llegado hasta la base del nivel, con una potencia de 70 cm., que se asemeja mucho a la excavada anteriormente. Este nivel estéril (111) en la parte interior del abrigo, donde se sitúa el panel 11, se convierte en una acumulación de arenas de transporte fluvial que en parte todavía cubre la representación pintada de la cabeza de caballo negra (núm. 10). Inmediatamente debajo de esta capa se encuentra un paquete sedimentario mucho más húmedo de lo que normalmente aparece en esta estación y que encuadramos con toda seguridad en el Solutrense Superior ya que se correspondería con el nivel IV excavado anteriormente por nosotros y datado en el 16620 ± 280 B.P. El conjunto industrial solutrense de este nivel esta compuesto por numerosas hojas de laurel, algunas puntas de cara plana, algunas puntas de muesca de retoque abrupto y de forma esporádica aparecen puntas de aletas y pedúnculo. Son muy raras las hojas de sauce y el grupo de las hojitas y los buriles pierden representatividad con respecto a la descripción que hemos hecho para el nivelll. Todos estos niveles hasta aquí descritos, que juntos tienen una potencia de 2,97 metros, serían los que cubrirían el panel I tanto en su parte superior como inferior y el panel 11. El panel III situado a la misma altura que el II únicamente estaría cubierto por el nivel 11 y 111 ya que la bóveda del abrigo en esta zona es muy baja. Además de una posición cronológica perfectamente establecida por los niveles arqueológicos que como hemos visto cubrían estas represe ntaciones, estilísticamente su adscripción cultural es muy próxima ya que casi todas ellas se incluirían en el estilo III del Prof. A. Leroi-Gourhan. Los motivos que nos llevan a clasificarlas dentro de este apartado es que la línea cérvico-dorsal de las figuras tiende a desvanecerse haciéndose muy tenue en el caso de la pintura y perdiéndose casi totalmente en el caso del grabado. La naturalidad que tienen todas las representaciones, alejándose de los elementos estereotipados que caracterizan al estilo 11, así como algunas de las líneas de despiece de las crines de los équidos, junto con la ya mencionada desaparición de la curva cérvico-dorsal, nos hacen pensar que nos encontramos en un momento avanzado del estilo 111 propuesto por Leroi-Gourhan (1965). Así mismo los caballos barbados cuyo paralelismo con los hallados en la cueva de Les Combarelles (Eyzies, Francia) (Barriere, 1985) y cuyo encuadre solutrense ya fué asignado en su día, redunda en la idea de que estas representaciones se tienen que adscribir necesariamente a este período. De cualquier forma, si aceptamos la subdivisión estilística de este investigador francés, las representaciones de La Cueva de Ambrosio habría que situarlas en un momento final del Solutrense o tal vez en el inicio del Magdaleniense. Como ya hemos expuesto en otros trabajos este momento final del Solutrense se correspondería con el Solutrense Superior mientras que el Solutrense Superior Evolucionado sustituiría en esta zona levantina al Magdaleniense Inferior y Medio (Ripoll López, 1988). En definitiva, la adscripción crono-cultural es la misma tanto desde el punto de vista arqueológico como estilístico. En cuanto a la posible interpretación del conjunto pictórico de La Cueva de Ambrosio, podríamos caer en las ya manidas teorías de la magia propuestas por Salomon Reinach o Begouen y la del arte por el arte seguida fundamentalmente por Boule, entre otras. Sin embargo la mayoría de los autores contemporáneos prefieren conjugar ambas teorías. Esta diversidad de interpretaciones se corresponde con una realidad sumamente compleja y sería vano el buscar explicaciones de carácter general para una justa y correcta explicación del arte paleolítico. Sin duda al analizar las representaciones prehistóricas podemos pensar que hay algo más y que los artistas no plasmaron este, cada día más amplio, repertorio de figuras simplemente para sentirse fuertes frente a las especies que iban a cazar, o bien como una simple zooteca. Pensamos que la constatación de la existencia de arte rupestre paleolítico en estaciones de carácter no permanente como La Cueva de Ambrosio, obliga a revisar las líneas de investigación seguidas hasta ahora y a contemplar el fenómeno artístico paleolítico en un contexto amplio que comprenda el marco geográfico regional y socioeconómico de las sociedades que lo desarrollaron. Sólo así pueden surgir nuevos planteamientos y cuestiones de interés en torno al siempre resbaladizo tema de la comprensión del arte paleolítico o su porqué. Aún así nosotros no queremos abordar de momento esta ardua cuestión de la interpretación, que creemos esconde un motivo intrínseco, aunque indescifrable para nosotros, en su realización. También pensamos que este delicado campo de la investigación sobre el papel que jugó el arte prehistórico, es limitado y la mayor parte nos es absolutamente desconocido y por ello las especulaciones interpretativas suelen llevar a resultados excesivamente simplistas. Es por todo ello que por ahora nos limitaremos a constatar que en las paredes del abrigo de La Cueva de Ambrosio existe una serie de figuras, fundamentalmente équidos, grabados y pintados. En una región donde las manifestaciones pictóricas paleolíticas son muy escasas, cuando no ausentes, estas representaciones son sorprendentemente clásicas. La Cueva de Ambrosio es una de las pocas estaciones con arte rupestre parietal de la Península Ibérica datada de T. P., 51, n.O 2, 1994 una manera absoluta, que además posee la característica de hallarse en la zona mediterránea, donde casi siempre se hace referencia a la colección de plaquetas de la cueva del Parpalló (Gandía, Valencia) (Pericot García, 1942; Villaverde Bonilla, 1994), así como de encontrarse las figuras al aire libre al tratarse de un abrigo y no en la profundidad de una cueva desprovistas de iluminación natural. Estas figuras parietales además de ofrecer un gran interés por su importancia y calidad artística, ciertamente superior a las que normalmente se presentan en los escasos conjuntos de arte rupestre paleolítico de la región mediterránea, lo tienen por su situación geográfica en el Sureste español. El descubrimiento de estas figuraciones viene a llenar el vacío que existía en esta zona en la dispersión geográfica del arte parietal cuaternario de la Península Ibérica, únicamente representado por e l équido piquete ado de estilo paleolítico de Piedras Blancas (Escullar, Almería) (Martínez, 1986/87). Como ya hemos explicado en numerosas ocasiones, la Cueva de Ambrosio se encuentra situada en la cabecera del valle del arroyo del Moral siendo su posición geográfica de gran importancia ya que constituye el centro de una e ncrucijada de vías naturales para acceder desde el Levante mediterráneo al interior de Andalucía. Esta zona montañosa esta limitada al Norte por los extensos llanos que unen Caravaca de la Cruz, en la provincia de Murcia con La Puebla de Don Fadrique, Huescar y Baza ya en la provincia de Granada, donde se encuentra con la otra vía sureña de penetración. Se trata de las Ramblas de Nogalte y de Chirivel que unen Puerto Lumbreras, también en Murcia, con la población antes citada (Baza). La situación privilegiada en esta zona pudo contribuir a la difusión y síntesis de determinados tratamientos estéticos, estilísticos y temáticos, ya sea desde la Andalucía continental hacia el Levante o bien al contrario. Hay que señalar que, cuando se pueda retirar totalmente los depósitos de piedra y sedimento intacto que cubrían, y en parte todavía cubren parte de estos paneles de la cueva, seguramente aparecerán nuevas figuras que engrosarán el inventario y será entonces cuando abordemos el estudio de posibles paralelos, es decir cuando la documentación y registro esté totalmente completo. En Europa únicamente existen dos yacimientos paleolíticos que posean las caracterÍsti-T. P., 51, n.O 2, 1994 cas de posibilidad de datación absoluta por estar cubiertas las representaciones por niveles arqueológicos y se trata de la cueva de La Viña (Asturias), donde se encontraron algunas representaciones naturalistas cubiertas por niveles encuadrados en el Magdaleniense medio cantábrico evolucionado (Fortea, 1981(Fortea, y 1990) y la grotte de La Tete du Lion en Francia (Ardeche, Francia) (Combier, 1972(Combier, y 1977) ) en la que las representaciones pictóricas no estaban propiamente cubiertas por los estratos, pero la excavación sistemática realizada en la base de las pinturas, proporcionó los útiles, " lápices" y carbones utilizados para su realización, que permitieron datarlas. A partir de ahora habrá que añadir el conjunto de figuraciones halladas en La Cueva de Ambrosio. Los frecuentes descubrimientos de estaciones con arte prehistórico al aire libre o en yacimientos, como puede ser el caso que nos ocupa, sin duda introducirán numerosos e importantes cambios en las ideas generalmente admitidas referentes a la distribución geográfica, tanto del arte paleolítico como del llamado arte postpale-oHtico. Los esquemas impuestos por grandes investigadores han provocado que estas zonas fueran tenidas como excepciones que contradecían objetivamente los pragmatismos al uso, de cómodo manejo y que incorporaban marginalmente, a lo sumo, a sucesivas puestas al día que, al poco tiempo, quedaban a su vez anticuadas al no modificar la base de los problemas, limitándose a aceptar supuestos anómalos que al multiplicarse, nos obligan a realizar una revisión de estos problemas, hasta ahora admitidos como indiscutibles. Estas cuestiones deberán de ser abordadas en profundidad en reuniones científicas específicas que aporten alguna luz a la distribución y datación del arte rupestre paleolítico peninsular.
En el artícul o se pasa revista a los principales problemas de conservación que afectan a los grabados rupestres ga laicos y se propone un Plan de Gestión de los mismos. La idea básica es que se determina un Patrimonio, se eva lúa y se actúa sobre e l mismo para obtener una protección más efectiva y una mayor rentabilización social. Se sugieren acciones profundas sobre conjuntos relevantes y significativos científica y socialmente. El millar largo de complejos de grabados rupestres al aire libre sobre soporte granítico que integran lo que en otro lugar hemos definido como "Grupo Galaico de Arte Rupestre" (Peña Santos, 1992; Peña Santos y Rey García, 1993), con su acusadísima personalidad y fuerte carga estética, constituye sin lugar a dudas el fenómeno más peculiar de los producidos en el área galaica durante la Antigüedad (1). Con una dispersión geográfica coincidente en esencia con el área de las Rías Bajas y pequeñas y puntuales filtraciones hacia el interior y hacia el sur, el repertorio iconográfico de los grabados rupestres galaicos ha sido tradicional-(1) Alguna bibliografía tradicional sobre el tema puede ser la sigui ente: Sobrino Buhígas (1935); Sobrino Lorenzo-Ruza (1955); Anati (1968);Peña Santos y Vázquez Varela (1979); Ga r cía Alén y Peña Santos (1980);Peña Santos (1984); Vázquez Varela (1990). mente dividido en dos grandes bloques temáticos: geométrico y seminaturalista (Fig. 1). El bloque geométrico es el más numeroso. Lo integran simples puntos o cazoletas y una amplísima y compleja serie de combinaciones de círculos concéntricos, espirales y trazos diversos. Por su parte, el bloque seminaturalista está compuesto por figuras muy sucintas de ciervos, caballos, serpientes, armas muy concretas -puñales, espadas cortas, alabardas y escudos-, antropomorfos y figuras humanas participando en escenas de cacerías y de equitación. Recientes estudios están aportando interesantes novedades en el análisis de este fenómeno, concretando su cronología -transición III-II Milenios (Peña Santos, e.p.;Peña Santos y Rey García, 1993) y poniendo de relieve su fortísimo componente simbólico e ideológico (Yázquez Yarela, 1991; Peña Santos, e.p.;Peña Santos y Rey García, 1993). Pese a su evidente relevancia cultural, en los últimos años asistimos a un deterioro tan extraordinario y progresivo que hace temer seriamente por la integridad de este grupo de arte rupestre. Se constata la destrucción total de estaciones completas y la desaparición de numerosos conjuntos particulares; por si ésto T. P., 51, n.o 2, 1994 fuera poco, la acción de los incendios forestales y del vandalismo están provocando efectos demoledores. La consciencia de esta situación es la que nos ha movido a presentar este artículo, con el que pretendemos resumir la realidad actual de la conservación del Grupo Galaico de Arte Rupestre y las medidas que se nos ocurren para frenar en la medida de lo posible su deterioro y lograr su necesaria rentabilización social. AGENTES DE DEGRADACIÓN DEL ARTE RUPESTRE GALAICO A lo largo de los siglos se ha venido produciendo una lenta alteración natural que afecta a todos los petroglifos por igual pero que ha permitido su conservación. En efecto, aunque la alteración es considerable, en la mayoría de los casos ni destruye los grabados ni impide su lectura. Frente a ello, en los últimos años, y siempre inducidas por actividades humanas, aumentan cuantitativa y cualitativamente las agresiones, acelerándose el proceso destructivo hasta un punto sin retorno. El momento de poner freno a esta situación parece haber llegado. El régimen climático gallego impide que la meteorización física tenga una relevancia especial sobre nuestros grabados. Los fuertes procesos de lavado derivados de un clima lluvioso impiden el desarrollo de fenómenos de cristalización de sales, al tiempo que la inexistencia de saltos térmicos importantes, ya sean estacionales, ya sean diarios, hace que la alteración térmica sea insignificante. Aunque en la mayoría de las ocasiones tiene un origen antrópico, podemos introducir en este grupo el efecto de los incendios forestales (Láms. Con seguridad se trata del más alto factor de alteración en la actualidad, habiéndose constatado importantes pérdidas de grabados en los últimos años (Alvarez Núñez, 1982). Las altas temperaturas alcanzadas durante la combustión del bosque, el diferente grado de expansión térmica de los minerales del granito, y las diferencias de temperatura entre interior/exterior o zonas cubiertas/descubiertas, son los agentes que traen consigo la aparición de escarnaciones (termoclastos) sobre la superficie. Estas escamas, que surgen en un tiempo variable que va desde días a meses, acaban saltando, con la consiguiente pérdida de superficie grabada. Un último elemento de meteorización física a tener en cuenta por su incidencia directa sobre los grabados lo constituye el crecimiento de la vegetación superior -pino, eucalipto y tojo en el caso gallego-hasta el borde mismo de los paneles. Por contra, el clima gallego sí que favorece el desarrollo de una importante meteorización química. Sin entrar en explicaciones profundas -para las que tampoco estamos capacitados-, podríamos citar la hidrólisis de feldespatos y micas como el factor predominante en este tipo de alteraciones. Como es de sobra conocido, su efecto a largo plazo es una lenta pero progresiva arenización que va suavizando las formas y rebajando los surcos hasta su inexorable desaparición en muchos de los casos. Pese a que, por fortuna, la mayoría del Patrimonio Rupestre galaico se encuentra alejado de las zonas industriales, es necesario empezar a considerar el aumento de los contaminantes en la atmósfera como un posible potenciador y ace lerador de los procesos químicos de meteorización. Prácticamente, todos los agentes biológicos ejercen una doble acción, mecánica y química, sobre los petroglifos. En general, el proceso más evidente es la agresión física; esto es, el paso de animales, raíces de árboles y arbustos, rizo ides de líquenes, etc., siendo más difícil establecer las transformaciones químicas causa- Lám. Efectos de los incendios forestales. Escamación de la superficie y pérdida total o parcial de los grabados. das por ellos, bien conocidas, por el contrario, en el caso de los líquenes. En otros casos -bacterias, por ejemplo-, la investigación no ha progresado lo suficiente, aunque parece que su papel podría ser bastante relevante. En nuestra opinión, y por lo que a la degradación biológica se refiere, deben considerarse dos procesos negativos. De un lado, el crecimiento de árboles y arbustos en el entorno inmediato de los petroglifos causa importantes agresiones físicas -penetración de raíces a través de las diaclasas-y favorece el negativo impacto del fuego. De otro, el desarrollo de la importante colonización liquénica tiene un efecto negativo sobre muchas de las rocas grabadas al acentuar la meteorización física y química (Carrera Ramírez, 1987) (Lám. Roca con grabados rupestres muy afectada por colonias de musgos y líque nes, así como por la acció n de canteras. Desgraciadamente, los agentes antrópicos son los más graves, hasta el punto de que tal y como ya han señalado algunos autores, el peor enemigo del arte rupestre es el ser humano (Beltrán, 1990: 25). Puede establecerse una distinción inicial entre los que tienen una incidencia física directa sobre la conservación de los grabados y aquellos otros, de incidencia indirecta, que coadyuvan y generan el clima necesario para que las agresiones físicas puedan llevarse, impunemente, a cabo. El agente antrópico directo que tradicionalmente más ha afectado a nuestros complejos rupestres ha sido la labor de extracción de piedra para la construcción, ya sea a pequeña escala (Lám. IV), ya en un nivel de gran explotación industrial. Tanto es así, que son francamente escasos los petroglifos que han llegado íntegros a nuestros días. Pero las canteras no sólo han supuesto la pérdida, total o parcial, de numerosos complejos rupestres, sino que su acción se deja sentir en otros aspectos, destacando entre ellos las profundas alteraciones en el paisaje causadas por la desaparición de masas rocosas y la acumulación de depósitos de restos de cantería que no sólo sepultan otras rocas con grabados sino que favorecen el crecimiento de vegetación arbustiva y arbórea en lugares antes abiertos. Directamente relacionado con lo anterior, la apertura incontrolada de vías de comunicación -ya sean pequeños caminos, pistas forestales (Lám. V) o grandes carreteras-, de extraor-Lám. Efectos de las canteras a pequeña escala, muy comunes en Galicia. T. P., 51, n.O 2, 1994 dinario desarrollo en Galicia en el último decenio, ha supuesto la destrucción de no pocos grupos de arte rupestre. Muchas de las vías abiertas recientemente están en relación directa con otros agentes directos de destrucción del Patrimonio Arqueológico como son, por poner algún ejemplo, la concentración parcelaria, las roturaciones de terrenos para pastizal, y, por supuesto, la repoblación forestal con especies de rápido crecimiento que además de alterar el paisaje abierto característico de los grabados rupestres, potencian el demoledor efecto de los incendios. y ya para finalizar estas breves pinceladas sobre los agentes degradantes de carácter antrópico directo, no dejaremos de mencionar la abrasión de las superficies grabadas causada por los visitantes con la finalidad de resaltar las figuras. A falta de tiza, hemos comprobado hasta la saciedad la existencia de petroglifos remarcados con trozos de ladrillo, piedras de todo tipo (Lám. VI), pinturas acrílicas de todas las gamas y colores, e incluso... con lápiz de labios. No cabe duda que es preciso atajar este grave problema facilitando al observador interesado los medios adecuados para la debida comprensión de los grabados. No se trata de una disquisición teórica, pues está más que demostrado que el público responde de una forma positiva a los yacimientos bien interpretados, con lo que el problema del vandalismo disminuye (Sicari, 1990: 106). Existen, a nuestro entender, además de los evidentes agentes antrópicos de incidencia física directa, toda una serie de factores que ejercen Lám. Otra muestra de frecuente vandalismo: Figuras marcadas con un material de gran dureza, presumiblemente piedra. Por nuestra parte, los arqueólogos somos responsables de inhibirnos demasiadas veces ante los peliagudos y conflictivos aspectos que la (2) Actuaciones como las llevadas a cabo en Campo Lameiro o Cotobade, limitadas a rozar la vegetación circundante, a la habilitación de caminos de acceso y a la instalación de señales, unen a su ineficacia por falta de continuidad en años sucesivos, el deterioro causado por el vandalismo atraido por los ca rteles indicadores. Parece bastante coherente exigir que se establezcan los mecanismos necesarios para la debida protección de todo aquéllo que se señalice. (3) Los casos de Mogor (Marin, Pontevedra) -actuación insensata donde las haya-y de Cangas (Pontevedra) -donde se instalaron unos carteles de tamaño tan descomunal que pueden ser vistos facilmente desde la otra orilla de la ría de Vigo-so n sólo dos ejemplos significativos. Por supuesto, el deterioro causado por el vandalismo atraido por la señalización es brutal en estos importantes complejos. Ejemplo de actuació n oficial en el complejo rupestre de Mogor. Obras para un a presunta protección de los grabados. protección y gestión de nuestro Patrimonio conlleva. También lo somos de perpetuarnos como detentadores de un saber especializado, aislados e indiferentes a la demanda de información del conjunto social. Es justo reconocer, llegados a este punto, que toda generalización genera injusticias, y que de sobra sabemos que hay arqueólogos que a nivel particular se han significado reiteradamente hasta caer en el desencanto ante el nulo efecto que sus denuncias ejercen sobre la Administración, pero no es menos cierto también que casi nunca tenemos presente que uno de los fines que como colectivo profesional nos compete a los arqueólogos es la promoción de la defensa y la divulgación del Patrimonio Arqueológico. Tal vez estemos ante una especie de ingrato círculo vicioso, pero aunque así fuera, ello no nos exime de la parte de culpa que nos corresponde. EL PLAN DE'GESTIÓN DEL PATRI-MONIO RUPESTRE GALAICO El Plan que proponemos, lo confesamos, no resulta excesivamente novedoso en cuanto a su concepción general. Presenta ciertas similitudes con las propuestas de otros autores para gestionar el Patrimonio Arqueológico general (Velasco Steigrad, 1992; Barbi Alonso y Carrera Ramírez, e.p.) y el Rupestre en particular (Sicari, 1990). Sin embargo, se aleja de los mismos en cuanto a su desarrollo y estructuración interna. La idea básica es que se determina un Patrimonio, se evalúa y se actúa sobre el mismo con la finalidad de obtener una protec- T. P., 51, n.O 2,1994 ción más efectiva y una mayor rentabilización social (Fig. 2). Constituye la primera de las fases definidas dentro del modelo de gestión y protección que proponemos (4). En ella, a partir de las técnicas de inventario y catalogación, se produce la determinación de los recursos disponibles para, a continuación y a través de las distintas variables contempladas en la Carta de Riesgo, proceder a establecer las prioridades en cuanto a las actuaciones que se pretende llevar a cabo. Finalmente, el grado de actuación a desarrollar estará condicionado a la relevancia cultural que se defina en el Informe de Valoración. Inventario, catálogo y documentación Parece lógico suponer que antes de plantearse cualquier tipo de intervención sobre nuestro Patrimonio Rupestre, será preciso contar con un exhaustivo inventario y catálogo de los recursos disponibles. En la actualidad, numerosas y muy diferentes actuaciones llevadas a cabo hasta la fecha nos permiten contar con (4) Una propuesta similar puede verse en Barbi Alonso y Carrera Ramírez (e.p.). T. P., 51, n.O 2, 1994 una amplia relación de complejos de grabados rupestres catalogados. Dada la dispersión de estos complejos por una buena parte de nuestra geografía y su más que evidente importancia histórica y relevancia estética, ha existido desde antiguo una cierta preocupación por su inventariado, desde iniciativas totalmente privadas y de carácter personal (Sobrino Buhigas, 1935; Peña Santos, 1978; Alvarez Núñez, 1982; Costas Goberna, 1984, Costas Goberna y Fernández Pintos, 1987), hasta actuaciones más recientes auspiciadas y financiadas íntegramente por la Administración, pasando por catalogaciones subvencionadas en parte por Fundaciones privadas (García Alén y Peña Santos, 1980). Sin embargo, dada la dispersión de estas iniciativas, los trabajos resultantes reflejan una acusada y manifiesta disparidad en cuanto a su concepción y al tratamiento de la información. En este sentido, sería deseable que se llegase a una necesaria estandarización en lo que respecta a la recogida de la documentación, estableciendo unos mínimos al respecto: planimetría, revelado, tipos de calcos, fotografías, reproducciones en látex, silicona o por otros métodos, etc. Otro de los aspectos que deberían ser abordados dentro de una adecuada estrategia de documentación y registro de nuestros grabados rupestres sería la exigencia de una ficha que recogiese el estado de conservación de cada petroglifo y los factores potenciales de alteración. Tradicionalmente, en el mejor de los casos estos aspectos han sido relegados a un segundo plano, y cuando se contemplan, como es el caso de la actual ficha de catalogación de la Xunta de Galicia, son de todo punto insuficientes y restringidos a aspectos muy concretos y determinados. Debería, pues, elaborarse una ficha estandarizada en la que además de la información usual se plasmasen todos los factores potenciales de alteración. Su posterior tratamiento informático facilitaría enormemente los trabajos y permitiría abordar la elaboración de una Carta de Riesgo. Con los datos anteriores en la mano, estaríamos ya en condiciones de elaborar una cartografía en la que se reflejase con detalle la distribución y la concentración de nuestro Patrimonio Rupestre, así como su situación de riesgo potencial frente a los diversos agentes de alteración, tanto de orden natural como antrópicos -inme-diatez a canteras o a zonas con elevada presión constructiva, emplazamiento sobre suelo urbano o urbanizable, concentración parcelaria, proximidad a vías de comunicación, etc.-. Obtendríamos de esta forma un útil instrumento de trabajo que permitiría el posterior diseño de actuaciones efectivas. La selección de los recursos Una vez inventariado el Patrimonio Rupestre y determinada su situación de riesgo ante los diversos agentes de alteración, el paso siguiente sería seleccionar los recursos sobre los que diseñar las estrategias de actuación. Parece obvio suponer que el punto de partida debería ser la consideración de que no se puede, ni se debe, intervenir sobre la totalidad de nuestro Patrimonio Rupestre con la misma intensidad, por lo que se hace inevitable el establecimiento de un estricto proceso de selección de aquellos complejos más rentables científica y socialmente. Ya en trabajos precedentes, alguno de nosotros ha senalado los criterios que deberían regir este proceso de selección. En tal sentido, sería necesario contemplar criterios relevantes para la sociedad en general -económico/utilitario, estético/ artístico o asociativo/simbólico-, evitando la consideración exclusiva de aquellos valores que el arqueólogo suele considerar más importantes; es decir, el científico o el histórico (Carrera Ramírez y Barbi Alonso, 1992: 23). Sólo de esta manera estaríamos en condiciones de garantizar que nuestra valoración fuera coincidente con la que la sociedad en general haría del yacimiento en cuestión. El plan general de protección del Arte Tras los trabajos anteriormente señalados, deberíamos estar ya en condiciones de definir, con criterios objetivos y con la suficiente y deseada exactitud, los siguientes extremos: -La extensión e importancia del Arte Rupestre Galaico. -Su estado de conservación. -Los factores de riesgo que condicionan su conservación. -Las prioridades de actuación para limitar los factores de riesgo más importantes. -Los grupos objetivamente seleccionados para el desarrollo de actuaciones más profundas a partir de la declaración de Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica y su posible conversión en áreas visitables o Parques Arqueológicos. La adopción de una política eficaz de conservación debe constituir uno de los pilares sobre los que se asiente la actuación administrativa en el diseño de un Plan General de Protección que se aleje de criterios basados en la disparidad y en la improvisación. En este sentido, y para evitar los problemas creados por la desigualdad de las actuaciones realizadas hasta el presente, consideramos que sin duda habría sido bastante más interesante y fructífero haber destinado una mínima parte del dinero invertido en actuaciones puntuales a ponerse de acuerdo en qué es lo que debemos hacer con nuestro Patrimonio Rupestre para conseguir que éste llegue a ser contemplado y apreciado por las generaciones futuras. El Plan General de Protección trataría pues, en esta segunda fase, de establecer los mecanismos adecuados para la protección del Patrimonio Rupestre evaluado en la anterior fase de Determinación de Recursos, reflexionando sobre los aspectos normativos de la protección, y potenciando su rentabilización social a partir de la conversión de determinados conjuntos significativos en áreas visitables o, en el mejor de los casos, en Parques Arqueológicos. Este Plan debería partir de la asunción de que no todos los complejos rupestres pueden ser protegidos con la misma intensidad, a pesar de que todos deben contar con unas medidas mínimas de protección. Por ello, se establecen propuestas a dos niveles: inicialmente, medidas de protección general; con posterioridad, acciones profundas sobre los conjuntos más relevantes y significativos desde un punto de vista científico y social. Una reflexión en torno a las medidas genéricas de protección Resulta lógico suponer, en principio, que es a la Xunta de Galicia, en tanto que ente obligado a la tutela y gestión de nuestro Patrimonio Arqueológico, a quien compete la promoción de un marco adecuado para el establecimiento de un Plan General de Protección del Arte Rupestre Galaico que reflexione, críticamente, sobre tres aspectos que, a nuestro entender, tienen una especial incidencia sobre el régimen de protección y conservación de nuestros complejos rupestres: T. P., 51, n.o 2, 1994 a) El establecimiento de mecanismos de protección eficaces En virtud del imperativo constitucional (5), la Administración competente debe ser la primera en plantear la necesidad de establecer mecanismo. s de protección eficaces que partan, inicialmente, de la racionalización y de la reflexión sobre el desan: oll<? de su propia actividad. En nuestra opini~n, esta reflexiva política institucional debería atender a determinados elementos que in<t, ide 'n' directamente sobre el Patrimonio, Arqueológico en general y el Rupestre en particular. Un primer punto para la reflexión loconstituye la potenciación de los aspectos jurídicos de la protección del Patrimonio. Parece obvio suponer que el punto de partida debería ser la' exigenciade cumplimiento de la normativa legal vigente para, a partir de aquí, potenciar los mecaiüsmos. de protección que contempla la Ley del Patrimonio.Histórico Español y suprimir las evidentes lagunas jurídicas que condicionan la protección de nuestro arte rupestre (6). En este sentido, cúnsideramos de suma importancia la solicitud de su declaración como PATRI-MONIO DE LA HUMANIDAD, tal y como acontece con otros! fócos de grabados rupestres mundiales, muchos de ellos de bastante menor relevancia que los' galaicos. Esta declaración significaría la garantía del incremento de la proteccióri' legal y la posibilidad de acceder a fondos comunitarios, lo que permitiría, a su vez, aligerar la carga económica que su protección supondría para la Administración Autonómica. Un segundo aspecto a considerar es la coordinación institucional. Es bien sabido que en nuestra Carta Magna (7) la coordinación y la (5) Art. 46 CE: "Los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del Patrimonio Histórico, Cultl! ral y Artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. La ley penal sancionará los atentados contra este Patrimonio". (6) En este sentido es realmente ilustrativa la.situación existente al respecto d ~ la repoblación forestal, sin lugar a dudas uno de l.os factores de riesgo más importantes para nuestros grabados rupestres: Al no requerir licencia municipal, escapa con mucha más frecuencia de la deseada al control y fiscalización por la AdministraCión competente.para la protec-cIón del Patrimonio Arqueológico. 103.1 CE: "La Administración Pública sirve con • objetividad los intereses generales y actua de acuerdo con los principios de efícacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, con sometimiento pleno a la Ley y al Derecho".. T. P., 51, n.O 2,1994 eficacia constituyen imperativos legales que no siempre son atendidos en la medida en que sería necesario. Creemos que todos los que de una u otra forma estamos relacionados con el mundo de la Arqueología somos conscientes de que, desafortunadamente, este es un problema de bastante más relevancia de lo que el sentido común podría dar a entender. La falta de coordinación y, a veces, incluso la beligerancia entre distintas Consellerías, ha traido consigo una importante destrucción de Patrimonio Arqueológico en general y complejos rupestres en particular. Pensemos simplemente, al menos en el caso gallego, en las obras de infraestructura viaria, en la concentración parcelaria, en la apertura de áreas de pastizal, o en la repoblación forestal. Tres cuartos de lo mismo ocurre con o. bras prom~)Vi? as por Ayuntamientos y Diputa-cIOnes Provmc¡ales que escapan, con frecuencia, al debido control de la Administración competente para la tutela y gestión del Patrimonio Arqueológico. En este sentido, parece lógico pensar que sería necesario establecer los adecuados mec' anismos de coordinación necesarios para una efectiva y eficaz protección del Patrimonio Arqueológico. Un último elemento a contemplar dentro del establecimiento de mecanismos de protección eficaces lo constituye la fiscalización de la normativa sectorial de aplicación en el régimen de protección del Patrimonio Arqueológico. El importante volumen de obras de todo tipo, derivadas del "presente desarrollismo" lleva parejo el incremento del riesgo de que nuestro Patrimonio Rupestre se vea afectado. Parece tarea imprescindible fomentar la presencia, bien a nivel institucional, bien a nivel particular, de los arqueólogos en todas aquellas situaciones en las que exista riesgo de menoscabo de nuestro Patrimonio. En este sentido, la beligerancia en los proyectos de planeamiento urbanístico municipal, en los de impacto ambiental y en todas aquellas acciones que supongan la más mínima remoción de tierras sobre zonas de riesgo potencial, debería ser el camino a seguir. b) La importancia de la investigación interdisciplinar Otro de los aspectos a considerar por parte de la Administración competente debería ser la urgente puesta en marcha de la investigación interdisciplinar necesaria para atajar ciertos procesos de degradación de los grabados y cer-tificar la idoneidad de determinados tratamientos de conservación. Es preciso abordar, de forma inmediata y decidida, determinadas lagunas de conocimiento que son imprescindibles para ciertas actuaciones sobre el Arte Rupestre Galaico. Algunos de estos interrogantes serían: -Acción meteorizadora de los líquenes: conveniencia de su eliminación y sistemas para hacerlo. Conveniencia de la consolidación del panel en los casos de fuerte meteorización: productos y sistemas para hacerlo. -Sistemas para una mejor visión de los petroglifos: pinturas, plataformas de observación, etc.; conveniencia de su utilización. -Sistemas de tratamiento del entorno de las rocas grabadas: tratamientos edafológicos, eliminación de la vegetación y depósitos recientes (Lám. VIII) y su sustitución o no por césped, vías de acceso a los complejos rupestres, etc. Mínimo ejemplo de vandalismo: Basurero sobre una roca con grabados rupestres. c) El desarrollo de una adecuada política de difusión Resulta obvio suponer que el último aspecto a considerar en la política de protección de nuestros complejos rupestres debería ser el desarrollo de actuaciones de tipo cultural y educativo que favorecieran su aprecio y defensa por el gran público. La Administración y los arqueólogos debemos acostumbrarnos a pensar que, afortunadamente, el arte rupestre es algo que también interesa a la sociedad. Es tarea de la Administración competente en general, y de los arqueólogos en particular, la preocupación porque las actuaciones financiadas con cargo al era-rio público reviertan, en virtud del derecho constitucional a la cultura, en la masa social. La creación de áreas visitables constituye, en tal sentido, no la única pero sí una de las medidas que se nos antojan más eficaces. Reforzamiento de la protección legal y rentabilización social: una propuesta para la gestión de conjuntos significativos a) La declaración de Zona Arqueológica Uno de los avances más importantes que se ha producido en Arqueología en las últimas décadas ha sido la incorporación del contexto espacial en el que se enmarcan los yacimientos arqueológicos para su adecuada valoración e interpretación. En el caso que nos ocupa, los grabados rupestres se asocian a un paisaje característico, de relieves suaves y amplio dominio visual, definiendo lo que algunos de nosotros hemos caracterizado como "el espacio de la representación" (Peña Santos y Rey García, 1991). Parece lógico suponer, pues, que una correcta política de protección y recuperación de nuestro arte rupestre considere, además de los propios paneles grabados, el contexto espacial y paisajístico en el que se engloban. Esta especial sensibilidad por el contexto ambiental ya fue puesta de manifiesto por el legislador en la Ley del Patrimonio Histórico Español al contemplar -eso sí, de forma bastante ambigua y genérica-, el entorno en su articulado (8). Esta espacialidad, a partir de la cual las manifestaciones arqueológicas adquieren sentido, es recogida de nuevo en la definición de Zona Arqueológica (9). Su declaración como Bien de Interés Cultural, a pesar de constituir el mecanismo más eficaz que la Ley 16/1985 contempla para la protección de los grabados rupestres, presenta, como veremos, graves limitaciones en su aplicación práctica. Las más importantes y reiteradamente repetidas consecuencias jurídicas derivadas de dicha declaración son: -La suspensión, desde el momento de la incoación de expediente de declaración de interés cultural respecto de un bien inmueble, de las licencias municipales de parcelación, (8) Véase para esta problemática García Bellido (1988). ( 9) " Zona Arqueológica es el lugar o paraje natural donde existen bienes muebles o inmuebles susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica, hayan sido o no extraidos y tanto si se encuentran en la superficie, en el subsuelo o bajo las aguas territoriales españolas" (Art. T. P., 51, n.O 2, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 50 F. Carrera Ramírez, F. J. Costas Goberna, A. de la Peña Santos y J. M. Rey García edificación o demolición de las zonas afectadas, así como de los efectos de las ya otorgadas (Art. Se obliga así al municipio o municipios en los que se encontrare a redactar un Plan Especial de Protección del área afectada por la declaración, u otro instrumento de planeamiento de los previstos en la legislación urbanística (Art. 20.1 LPH), lo que supone involucrar, de forma más efectiva, a los municipios en la protección de su Patrimonio Arqueológico superando, de esta forma, el limitado y restrictivo marco del artículo 7 de la Ley. Se fiscaliza toda remoción de obras en la zona, pudiendo la Administración competente, bien paralizar la obra (Art. 37.1 LPH), bien ordenar la realización de prospecciones, y en su caso excavaciones, arqueológicas (Art. 22.1 y 43 LPH), pudiéndose llegar, dado el caso, a la expropiación forzosa (Art. Sin embargo, ya hemos aludido anteriormente a la existencia de graves problemas de aplicación práctica en el régimen de las Zonas Arqueológicas. En este sentido, el primero es el de su propia delimitación. La delimitación a partir de coordenadas geográficas traspasadas a un frío papel no parece el más adecuado de los sistemas. Más bien, aunando criterios arqueológicos y urbanísticos, debería procederse a una delimitación gráfica sobre el plano que pudiera ser fácilmente identificada, utilizando para ello como sistema de referencia los accidentes geográficos del terreno, las infraestructuras existentes, las parcelaciones o incluso los usos actuales del suelo; es decir, aquellos elementos de referencia de fácil percepción visual y siempre teniendo muy en cuenta las particularísimas características naturales y culturales del país gallego. Por otra parte, la prohibición de construir sobre una Zona Arqueológica que la Ley 16/1985 regula, parece más ficticia que real. Si bien es cierto que el antedicho artículo 37.1 faculta a la Administración competente a paralizar cualquier obra que afecte a un bien arqueológico, también lo es que en ninguna parte del articulado se prohibe, expresamente, la construcción dentro de una Zona Arqueológica, siempre que la misma se ajuste a la calificación del suelo (10). Abundando en este sentido, y en (10) No obstante, las Normas Complementarias y Subsidiarias de Planea miento de las provincias de La Coruñ a, T. P., 51, n.o 2, 1994 el caso gallego, tampoco está claro que dicha calificación pueda ser determinada por la Administración competente en materia de Patrimonio Histórico, y sí lo es, en cambio, por la de Urbanismo. ¿Qué pasaría si la declaración de Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica, con todas las teóricas bendiciones y protecciones que la Ley del Patrimonio le confiere, se solapara espacialmente con suelo calificado por el planeamiento urbanístico como urbano o urbanizable? (11). El artículo 22.2 de la Ley prohibe la instalación de cables y publicidad aparente, pero ¿se obliga en algún sitio de la misma a retirar esas instalaciones cuando su existencia es previa a la declaración de Zona Arqueológica? Las lagunas de la Ley del Patrimonio Histórico se nos antojan más que evidentes. Creemos que existe una manifiesta y peligrosa desvinculación entre la legislación urbanística y la del Patrimonio Histórico. Si de verdad deseamos avanzar en una correcta política de protección y de conservación de los yacimientos arqueológicos, si queremos que el espíritu de la Ley del Patrimonio y la práctica y la realidad diarias sean una misma cosa, parece tarea inaplazable proceder a una armonización y convergencia entre estas dos legislaciones. b) La conversión en áreas visitables o Parques Arqueológicos: el Plan de Actuación Establecida la protección legal, el siguiente paso debería ser la redacción de un Plan de Actuación orientado a su difusión y rentabilización social. El punto de partida de esta última etapa Lugo, Orense y Pontevedra, de 14 de mayo de 1991 (Diario Oficial de Galicia nO 116 de 19 de junio), establecen para los grabados rupestres un radio de protección de 200 m., dentro del cual será preciso el informe previo y vinculante de la Comisión Territorial de Patrimonio para la realización de cualquier tipo de obra. Aquí sí que se prohibe construir, pero curiosamente, se trata de una normativa urbanística, no de Patrimonio Histórico... Otra cosa es que se incumpla de forma reiterada. (11) En este sentido, según la Sentencia de 3 de octubre de 1986 del Tribunal Supremo, " Las Normas Urbanísticas y las que regulan el Patrimonio Histórico responden a hipótesis diferentes, prevaleciendo las segundas en caso de conflicto en función del derecho a la Cultura, a cuya defensa responde, y en consecuenci a, los órganos encargados de la conservación y defensa de este Patrimonio no están vinculados por las Normas Urbanísticas o de cualquier otra materia, y pueden separarse de e ll as y adoptar e imponer las limit acio nes que discrecionalmente estimen necesarias para dicha defensa". Tal vez sea un planteamiento excesivamente optimista para que tenga una plasmación rea l efectiva. en el modelo de gestión del arte rupestre galaico que proponemos, lo constituye nuestra firme creencia en que la divulgación y la difusión de nuestro Patrimonio Arqueológico genera un mayor aprecio por el mismo y, en última instancia, constituye un mecanismo que potencia y reafirma la protección legal. Además, parte de la asunción de la onerosa deuda que para con la sociedad tenemos los arqueólogos. Consideramos que debe ser tarea común avanzar en el camino de establecer mecanismos de compensación de tipo cultural y social que garanticen el disfrute por parte de la masa social de aquellas actividades que financia. Disponemos, en nuestra opinjón, de dos caminos para ello: de un lado, socializar el discurso arqueológico potenciando su componente div ulgativo sin que ello suponga renunciar, obviamente, al científico; de otro, convirtiendo estas zonas, una vez dotadas de los oportunos sistemas de protección, en áreas visitables y, si ello es posible, en Parques Arqueológicos, el más útil e importante mecanismo para rentabilizar socialmente nuestro Patrimonio Rupestre. El Plan de Actuación para la creación de un Parque Arqueológico (12) debería ir precedido de una Fase de Estudio (Carrera Ramírez, 1993) en la que se considerasen aspectos tan variados como los factores de alteración específicos, cuestiones legales diversas -propietarios, servidumbres de paso, etc.-, infraestructuras, etc. Esta fase de estudio no constituye una elucubración teórica, sino que tiene tal importancia que podría ser posible que una vez realizada se llegase a desestimar, dada la magnitud de los problemas que se plantean, seguir adelante con el Plan de Actuación. Tras esta fase estaremos en condiciones de establecer los objetivos generales y las líneas de actuación, con lo que podríamos pasar a la Fase de Proyecto. En el Plan de Actuación deberían contemplarse actuaciones directas e indirectas. Las propuestas que siguen deben considerarse de carácter hipotético, pues no dejan de (12) Según una definición ampliamente difundida, "Un Parque Arqueológico es un instrumento de intervención y gestión del Patrimonio, entendido como "cultura material"; orientado a su tutela y reserva, a la exposición de sus componentes históricos y a facilitar su comprensión, uso y disfrute público" (García Blanco y Caballero Zoreda, 1992: 375). constituir meras sugerencias ante la relevancia del objeto a tratar y el insuficiente conocimiento de muchos de los tratamientos que se proponen. Surgen de nuestra larga experiencia en el estudio de los grabados rupestres y de la convivencia durante muchos años con esta problemática. En todo caso, y dado que más arriba hemos citado la necesidad de desarrollar ciertas investigaciones sobre esta temática, el propio Parque Arqueológico sería el lugar idóneo para la experimentación de dichos tratamientos. Las actuaciones directas se ejercen sobre los propios paneles grabados o sobre su entorno más inmediato, y tienen un doble objetivo: de un lado, favorecer la detención de ciertos procesos de alteración; de otro, mejorar la legibilidad de los petroglifos en los casos en que esta sea insuficiente. Ya hemos establecido con anterioridad el estado de conservación y los factores de alteración que, hoy por hoy, afectan a nuestros grabados rupestres. De todo ello se deduce que es urgente la toma de decisiones, siempre como acciones muy sopesadas y desde posiciones de extremo respeto. En nuestra opinión, es útil pensar que los grabados han llegado a nosotros tras una prolongada y lenta alteración a lo largo de cuatro milenios, por lo que se deben rechazar acciones profundas e irreversibles. -La eliminación de los depósitos recientes: Constituye una de las tareas prioritarias la eliminación de derrubios, restos de canteras y de cualquier actividad antrópica reciente. Evidentemente, esta tarea debe estar sometida a un estricto control arqueológico, al ser muy posible la aparición de restos relacionados con el grabado de los petroglifos y, con total seguridad, el descubrimiento de nuevos grabados bajo la ingente masa de depósitos. La supresión de estas acumulaciones, que reduciría al tiempo algunos aspectos de alteración biológica -raÍCesy física -incendios-, estaría avalada por excavaciones arqueológicas relativamente recientes que confirman la modernidad de los depósitos que cubren y rodean muchas de las superficies grabadas (Peña Santos, 1981:59;1982;1984-1985) (13). (13) Agradecemos al prof. Vázquez Varela el dato, en el mismo sentido, procedente de la excavación en la Pedra das Ferradu.ras (Cotobade, Pontevedra). T. P., 51, n.O 2, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 52 F. Carrera Ramírez, F. J. Costas Goberna, A. de la Peña Santos y J. M. Rey García -El control de árboles y arbustos: La acción de la vegetación es de las más perjudiciales, y su eliminación no representa peligro por efecto secundario alguno para la conservación de los petroglifos. Las tareas periódicas de roza, además del coste económico que suponen, se han revelado absolutamente ineficaces. Tampoco es recomendable el empleo de los tradicionales herbicidas químicos por sus posibles efectos negativos sobre el entorno y los todavía no bien definidos sobre la piedra. Por tanto, nuestra propuesta se orienta a la eliminación de la vegetación circundante y su sustitución por hierba baja cuando sea necesario, con un posible tratamiento intermedio del suelo, bien a través de su enriquecimiento, bien mediante el cambio de su PH. -La limpieza de los paneles grabados: Puede tener efectos negativos si no se rige por ciertos criterios. Debe entenderse como una tarea de mantenimiento en la que la prudencia ha de ser extrema, evitando para ello el empleo de agentes químicos agresivos -tales como ácidos y bases fuertes-y de sistemas mecánicos fuertemente agresivos. Debe contemplarse también la eliminación de los residuos de los tratamientos empleados. En casos de poca complicación, el uso de cepillo suave empapado en abundante agua con jabón neutro se ha revelado muy positivo para eliminar la suciedad adherida a la superficie sin afectar a la pátina natural protectora. No obstante, se hace preciso experimentar más tratamientos. El caso de los líquenes es especialmente delicado debido al doble efecto que producen sobre el sustrato: de un lado provocan un lento efecto destructivo; de otro, proporcionan una considerable protección frente a otros agentes de alteración. La penetración de rizoides a través de los cristales de la roca hace que la eliminación de los líquenes conlleve una segura agresión a la misma, ya sea disgregando una parte superficial, ya sea dejándola abierta a la penetración de otros agentes de alteración. Por tanto, y aunque se conocen productos que facilitan la eliminación de las colonias liquénicas (Caneva y Salvadori, 1988), no recomendamos su utilización en tanto no se haya realizado un estudio profundo de sus efectos. Lo que sí parece fuera de toda duda es que, en casos puntuales, la supresión de las capas de líquenes que T. P., 51, n.o 2, 1994 cubren muchos de nuestros grabados rupestres es inevitable para poder observar, y en su caso destacar, las figuras. Se hace necesaria la aplicación de tratamientos de consolidación química en ciertos grabados muy deteriorados, pero adoptamos el mismo criterio preventivo anterior; esto es, no actuar en tanto no se conozcan bien los efectos a largo plazo de las sustancias empleadas. Los requerimientos de una efectiva consolidación -penetración profunda, permeabilidad, reversibilidad, hidrorrepelencia, etc.-y la dificultad de aplicación " in situ", nos hacen ser extremadamente cautelosos a la hora de sugerir el empleo de productos químicos sobre los petroglifos en tanto, insistimos, no se hayan experimentado debidamente. -El pintado de los grabados: Muchas de las agresiones que sufren los petroglifos son fruto del deseo del espectador por poder observarlos mejor. La propuesta de pintarlo s tiene, por tanto, un objetivo eminentemente protector al producir una sensible mejora en la lectura de los mismos por parte del profano. Por el momento, y a falta de que se conozca una pintura de recomendable aplicación por su permeabilidad y reversibilidad, nuestra propuesta se basa en el simple uso de pigmentos sin aglutinar, que si bien presenta como única desventaja aparente la temporalidad de la actuación y la consiguiente necesidad de repetirla cada primavera, ofrece como contrapartida una sencillísima reversibilidad y nula agresividad. El método que proponemos es una variante mejorada y debidamente contrastada del tradicional " bianchinero" o bicromático (Anati, 1976; Borgna, 1980: 18). Tras la limpieza del panel grabado siguiendo las directrices más arriba expuestas, se aplica con esponja dura y cuidadosamente un pigmento disuelto en agua que reproduzca el color de la roca antes de su limpieza. Con ello se logra la perfecta visión de los surcos de los grabados, ya que éstos contrastarán con el entorno al presentar la pátina natural de la roca, sensiblemente más clara. Este método, además de sus nulos efectos agresivos -no olvidemos además que el pigmento no se aplica nunca sobre el surco sino sobre la superficie no grabada-presenta la gran ventaja de revelar el estado preciso de los surcos, sin la dosis de subjetividad y el falseamiento que pro-ducen los sistemas que se basan en marcar el interior de los mismos. Su reversibilidad (14) permite además la eliminación sencillísima del pigmento si la ocasión -algún estudio técnico, por ejemplo-así lo requiriese. -La reproducción directa de los grabados: La reproducción directa de los grabados se debe al interés por obtener una documentación lo más fidedigna posible de los mismos. Como ya hemos reiterado, cualquier tipo de tratamiento ha de ser convenientemente valorado: hay determinados sistemas de reproducción -calcos, por ejemplo-que en principio no parecen representar riesgo alguno; otros, como los moldes, pueden producir ligeras alteraciones por la capacidad adhesiva de los materiales de moldeo: látex, silicona, etc.. Por tanto, y a riesgo de parecer repetitivos, sugerimos el estudio y la experimentación previos a la generalización de los tratamientos. En todo caso, y como documentación imprescindible de aquéllos grabados con riesgo inminente de desaparición, se propone, sin dudarlo, el moldeo de los mismos, recomendándose para ello, dada su fiabilidad y durabilidad, el empleo controlado de la silicona. Se orientan básicamente a determinados aspectos didácticos y de difusión que exigen la participación de otros profesionales ajenos a la Arqueología -museólogos, paisajistas, arquitectos, ingenieros, antropólogos, etc.-. Es por ello por lo que no podemos ni debemos extendernos en este apartado. Las acciones indirectas sólo podrán ser decididas en cada caso particular. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar, siquiera de pasada, la necesidad de facilitar la observación de determinados complejos por medio de la instalación de discretas plataformas y entarimados de madera a semejanza de los existentes desde antiguo en otras zonas europeas de arte rupestre (15). De igual manera, se hará precisa la apertu-( 14) Para evitar que suceda algo semejante a los efectos claramente negativos que el uso de pinturas acrílicas de difícil reversibilidad está ocasionando en determinadas zonas europeas con arte rupestre. Es el caso, por ejemplo, de los complejos rupestres de Luine-Crape en Italia (Riba, 1984), Alta en Noruega (Helskog, 1986) o Vitlycke en Suecia (Christiansen y Rolstholm, 1986). (15) Ejemplos relevantes pueden verse en los parques de Naquane en Italia (Riba, 1984), Alta en Noruega (Helskog, 1986) y Vitlycke en Suecia (Christensen y Rostbolm, 1986). ra de accesos a los complejos con los debidos aparcamientos, señalizaciones, etc. Tema aparte es el de la información general, que debería partir de la instalación de señales codificadas en las principales vías de comunicación, para traducirse en el lugar en todo un sistema específico pero discreto; al respecto, se hará necesaria la existencia de un edificio en el que, como mínimo, el vistante pueda hacer acopio de la documentación necesaria: mapas de rutas, folletos y bibliografía explicativa, sistemas audiovisuales, etc., etc. Ello serviría además para la necesaria autofinanciación del Parque. En todo caso, insistimos una vez más, este tipo de actuaciones sólo podrá ser diseñado en casos concretos (16). ): 13-59. CARRERA RAMÍREZ, F. (1987): " Degradación del granito por efecto de los líquenes. Aplicación a la conservación de los petroglifos gallegos". Revista de la Escuela de Conservación y Restauración de Bienes Culturales, 2: 19-21. Madrid. -(1988): "La conservación de los petroglifos de Campo Lameiro". Revista de la Escuela de Conservación y Restauración de Bienes Culturales 2: 9-18. Madrid. -(1993): "La conservación de yacimientos arqueológicos excavados ". Actas del (16) Dejamos constancia de nuestro profundo agradecimiento por las valiosas sugerencias recibidas de Victor Barbi Alonso y Luis Xúlio Carballo Arceo.
El articulo es una introducción al problema de la in• rerdefMndencia entre la melalurgia antigua y las ca/óstrofes eco/6gicas. El método de estudio propuesto depende de los enfoques planteados en e/trabajo. El principal, la determillaci6n de dos estadios, 11110 pre•indllsrrial yo/ro illtltwria/, en el desarrollo de la meralurgia se basa en el tipo de energía I/tilizoilo para la reducción del melal. Como conclusión U propont' una paiodi: ación dt' las P, imt'f(J$ Edodt 's dtl Mt' tol, y u dtl"rmin(lTI los (trrilarios dondt' st' podría t 'spt' rar di¡•trsQS grados dt' prtsión t 'coló' gica, asl como Mots-<Ufs: EXlraction Minie n:.
El estudio de los brazaletes del tesoro de Villena es el punto de partida de una investigación en equipo que ha tenido como resultado la constatación de un estadio tecnológico más avanzado del que hasta ahora se pensaba para la metalurgia del Bronce Atlántico en la Península Ibérica. Se demuestra la práctica de una sofisticada técnica de fundición a la cera perdida en oro y la existencia del torno de eje horizontal. Finalmente planteamos un modelo interpretativo para este importante depósito y situamos en un marco de cronología relativa toda una serie de hallazgos de orfebrería del suroeste peninsular que hasta la fecha se encontraban descontextualizados. Experiencia de un trabajo en equipo En el ámbito de la investigación arqueológica es ya imprescindible el planteamiento del trabajo desde una perspectiva interdisciplinar. El equipo se beneficia de la multiplicidad de enfoques y la potencialidad intelectual acumulativa de cada uno de sus miembros. Estos, tienen sus foros de discusión específica en las revistas especializadas y en los Congresos y Symposia, pero, en general, no trascienden la mera exposición pública y reafirmación personal o institucional; en definitiva, cumplen con la labor de difusión, pero en contadas ocasiones con la de debate. Nuestro planteamiento al abordar este estudio fue precisamente beneficiarnos del trabajo en equipo y huir de la re afirmación. El nuestro es, por tanto, un equipo interdisciplinar, independiente y no institucional. Tuvo su origen en la divergencia de opiniones y la discusión científica, y se enriqueció con la diversidad de procedencia y formación académica de sus dos componentes, e incluso con la lingüística. Llevar a la práctica estos planteamientos no está exento de ciertos inconvenientes. En primer lugar, huir de la reafirmación supone adoptar una actitud de autocrítica y permeabildad teórica y metodológica. Nuestro origen académico se situaba entre la tradición clásica germana y la postmodernidad anglosajona matizada por el filtro peninsular. En el caso de B. Armbruster enriquecido por la práctica del oficio de orfebre, una gran ayuda a la hora de descender del limbo intelectual y pisar tierra sórdida y firme. La independencia se paga con la escasez de medios y la falta de continuidad, aunque se suple con el entusiasmo. Finalmente, la diversidad lingüística requiere un esfuerzo suplementario en la función comunicativa, base fundamental del entendimiento y requisito imprescindible de un equipo, pero obliga a esclarecer conceptos y organizar ideas. Esperamos que haya merecido la pena. La identificación de huellas de trabajado sobre metales para la reconstrucción de técnicas y herramientas es una metodología que empezó a aplicarse de manera sistemática en Arqueología hacia los años 70 (por ejemplo: Lowery, Savage, Wilkins, 1971). La base teórica de este método estriba en lo que L. Biek (1963: 54 y ss.) denominó "aproximación vertical". Existe una gran cantidad y va-' riedad de información en un objeto según vayamos ganando en aumentos, desde la observación a ojo desnudo, hasta el examen con microscopios de alta resolución (por ejemplo 01sen, 1988; Perea, 1990). No es lo mismo el dato T. P., 51, nO 2, 1994 Barbara R. Armbruster, Alicia Perea que aporta un estudio con lupa binocular de 2 aumentos, que el que podamos obtener con una metalografía de la misma pieza a 120. Las posibilidades son enormes y sólo se ven limitadas por la disponibilidad de un equipo adecuado y el estado de conservación de las piezas. En el caso del depósito de Villena contábamos con un condicionante previo: las piezas debían ser examinadas en el Museo local y con el equipo que nosotras trasladásemos a él. Creímos suficiente una lupa binocular, portátil, con capacidad hasta de 2 aumentos, y sendos equipos de macrofotografía para la documentación gráfica de las incidencias tecnológicas. Cuando se acomete un "trabajo de Museo" de este tipo es inevitable el olvido de alguna observación concreta que, con el paso del tiempo, se vuelve imprescindible a ojos del investigador que se encuentra ya lejos de su objeto de deseo. Para evitarlo adoptámos la elemental solución de tomar pequeños moldes de silicona en aquellas zonas de las piezas que creímos más interesantes. Estos moldes, con su correspondiente identificación grabada, reproducen micrométricamente la superficie del metal, de manera que pueden ser examinados bajo cualquier instrumento óptico como si fuera un negativo del original (ver por ejemplo: Lowery, Savage, 1972; Larsen, 1987). Una vez finalizada la fase de observación, planteamos nuestra hipótesis tecnológica y pasamos a la de experimentación. Con ello tratábamos de comprobar el grado de probabilidad que tenía nuestra hipótesis de cumplirse, reproduciendo la técnica en las condiciones supuestamente originales. Consideramos imprescindible la metodología experimental a la hora de abordar el estudio de técnicas, que por cuestiones económicas o de otro tipo han dejado de practicarse en el e ntorno tecnológico actual (por ejemplo: Schiffer, Skibo, 1987). En este sentido defendemos igualmente para este tipo de investigación el enfoque y la colaboración que aportan otras disciplinas y profesiones. La Etnología y la Etnoarqueología son de especial interés al ponernos en contacto con artesanos y técnicas que han desaparecido de nuestro entorno (Armbruster, 1992(Armbruster,, 1993b)); la filología nos permite interpretar las fuentes antiguas y medievales; la iconografía, representaciones figuradas de herramientas y procesos técnicos; arqueometría, macro y microscopía, etc. son otras de las técnicas analíticas que deben incor-porarse de manera sistemática a la reconstrucción de nuestro pasado tecnológico. Finalmente, los datos técnicos y arqueológicos han sido la base para la elaboración de dos modelos explicativos. El primer modelo concierne exclusivamente al depósito de Villena. No se ha intentado solventar todos los problemas de este complejo hallazgo, sino de plantear un marco interpretativo más coherente con nuestro conocimiento actual. El segundo modelo, más general, es conclusió n y síntesis de la trayectoria de la metalurgia del oro durante el Bronce Final en la fachada atlántica peninsular. El depósito de Villena La vega de Villena (Alicante), recorrida en su último tramo por el río Vinalopó, es un amplio corredor que pone en contacto tres ámbitos geográficos diferentes: el Mediterráneo, Andalucía y la Meseta. Los recursos naturales (Soler, 1987: 11-15) y su situación estra tégica (Rubiera, 1985; Ruiz-Gálvez, 1989: 54-55), así como una peculiar e intensa historia de trabajos de campo arqueológicos, explican la densidad de yacimientos y hallazgos fortuitos conocidos en la zona, cuyo descubrimiento se debe, casi en exclusiva, a la dedicación de Don J.M. Soler a lo largo de toda una vida (Soler, 1987, donde se recoge su bibliografía anterior). Entre Octubre y Noviembre de 1963 se produce el hallazgo de un depósito en una rambla utilizada como gravera, compuesto por 9 kg. 112 gr. de oro, entre brazaletes, elementos de vajilla y posibles restos de guarniciones de armas, además de algunas piezas en plata, dos de hierro y una que contenía ámbar. Las primeras piezas de oro -unos brazaletes-se encontraron casualmente, pero el grueso del llamado "tesoro de Villena" apareció en el curso de las excavaciones efectuadas en el lugar del hallazgo inicial (Soler, 1965). No existe, sin embargo, indicio de contexto arquitectónico o de otro tipo, salvo el propio de la tosca vasija que lo contenía en ordenada disposición. Unos meses antes, y a unos 6 km. del anterior, había aparecido fortuitamente otro depósito de oro, más modesto (Soler, 1965). En este caso las piezas se encontraron de manera dispersa y desordenada durante los trabajos de desmonte en una cantera de yeso. El lugar estaba próximo a los restos de las viviendas del poblado de Cabezo Redondo, pero no en su interior, y a poca profundidad de la superficie. Por oposición al anterior, este hallazgo fue conocido como " tesorillo de Cabezo Redondo". Ambos se conservan en la actualidad en el Museo J.M. Soler de Villena (1). Las circunstancias temporales y espaciales de los dos hallazgos han condicionado en gran medida su estudio, puesto que tanto uno como otro se han asociado indefectiblemente, y sin cuestionamiento, al poblado de Cabezo Redondo y, en consecuencia, se han considerado metodológicamente como un único hallazgo. HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN Y NUEVAS ORIENTACIONES Omclusiones obtenidas con una metodología tradicional La investigación sobre Villena se ha centrado en dos aspectos casi únicos: situación cronológica y técnica de fabricación de los brazaletes. La cuestión cronológica se ha basado en argumentos tipológicos y paralelos formales. En la base de todo el razonamiento de Soler (1965) subyace, en primer lugar, la idea de coetaneidad entre "tesoro" y " tesorillo" (Soler,43), y en segundo, la de una fabricación local dentro del poblado de Cabezo Redondo (Soler,49) por lo que la fecha no puede en ningún caso anteceder o preceder a la de ocupación del yacimiento. Propone un momento en torno al año 1000 a.c., fase final de ocupación. Además, otros brazaletes conocidos de la misma tipología, como los portugueses de Estremoz y Portalegre, serían importaciones del taller villenense (Soler,47 y 51). Este localismo se apoya en una forzada argumentación sobre la posible existencia de arenas fluviales auríferas en la zona (Soler, 1969;1987: 151) y en los paralelos formales entre la cerámica del poblado y los cuencos del tesoro (Soler, 1965: 44). Por su parte Almagro Gorbea (1974) institucionaliza el concepto "orfebrería tipo Villena" y defiende un origen centroeuropeo para los cuencos, mediterráneo para las botellas. En cuanto a los brazaletes, se decanta por una posible fabricación local, pero con un origen exterior, igualmente centroeuropeo. El ámbito de desarrollo cronológico para este tipo de orfebrería se prolonga entre el siglo IX y el VII a.e. En toda su argumentación subyace la influencia del ya clásico estudio de Blanco Freijeiro (1957) donde se definía la orfebrería hallstáttica. Finalmente Ruíz-Gálvez (1992), junto con Schüle (1976), cree en la fabricación local de todo el conjunto, basándose ambos en que cuencos y botellas serían la traducción al metal de formas cerámicas de la cultura Cogotas I que están presentes en Cabezo Redondo. Para Ruíz-Gálvez la aparición de hierro en alguna de las piezas del depósito es determinante para su situación cronológica; el límite inferior se sitúa en el siglo VIII a.e. y el superior, más problemático, hacia el siglo XIII-XII a.e. en relación con un momento anterior a la desaparición del asentamiento de Cabezo Redondo y las cerámicas tipo Cogotas I. El aspecto técnico ha sido otro de los temas polémicos y debatidos y se ha referido exclusivamente al problema planteado por los brazaletes con decoración de molduras, púas y calados. En este sentido nos parece importante destacar que entre todos los estudios publicados ninguno de ellos se ha basado en datos analíticos o en la observación de las piezas mediante algún tipo de ayuda óptica; incluso algunas de las opiniones emitidas, se hicieron sobre base documental exclusivamente fotográfica. Excepcionalmente, Blanco Freijeiro (1957) estudió el brazalete de Estremoz con una lupa binocular, pero su desconocimiento sobre tecnología del oro hizo que la interpretación fuera totalmente errónea. La polémica comienza ya en 1912, cuando Reinach publica por vez primera el famoso brazalete de Estremoz. Se pueden resumir las distintas hipótesis emitidas en dos grandes grupos: aquellas que admiten el empleo de técnicas metalúrgicas avanzadas, como el moldeado o la soldadura, y las que no lo admiten. Entre las primeras Blanco Freijeiro (1957: 8, fig. 3) se decanta por el empleo de la soldadura para supuestos componentes individualizados, mientras que Russel (1954) apoya una técnica combinada de moldeado y soldadura por "percusión". Entre las segundas se encuentra Soler (1965: 19) quien propone una combinación de batido T. P., 51, n° 2, 1994 Barbara R. Armbruster, Alicia Perea sobre molde para las molduras y cincelado para púas y perforaciones. Por su parte Schüle (1976: 153 y ss.) defiende el tallado o conformado del metal en caliente, sin pérdida de material. Concerniente a los aspectos socioeconómicos del depósito, las interpretaciones han alternado entre su consideración como depósito de fundidor u orfebre (Soler, 1965; Almagro Gorbea 1974; Perea, 1991) y su consideración como tesoro o posesión personal (Tarradell, 1964; Soler, 1965; Maluquer, 1970). Recientemente Ruíz-Gálvez (1992: 232-236) ha realizado un sugerente estudio en donde relaciona la aparición de piezas de vajilla de oro con formas comunitarias de comida y bebida dentro del entorno social masculino, por ello, interpreta el depósito como la propiedad personal de un único individuo, siendo los brazaletes posibles formas de pago o tributo. En la base de su argumentación está la idea de la fabricación y utilización de estas piezas en la zona de Villena, muy en relación con el asentamiento de Cabezo Redondo; los brazaletes encontrados en la fachada atlántica serían prueba de la llegada a esa zona de técnicas, y quizá mujeres, desde el levante peninsular. Nuevas propuestas de trabajo e hipótesis tecnológica En la publicación de una de nosotras sobre orfebrería prerromana (Perea, 1991) se abordó el espinoso tema de la técnica empleada en la fabricación de los brazaletes tipo Villena-Estremozo El estudio se había realizado sobre la observación del ejemplar de Estremoz y un fragmento de procedencia dudosa, posiblemente León, conservados ambos en el Museo Arqueológico Nacional, ya que en el Museo de Villena no existían medios ópticos para el estudio de sus ejemplares. Entonces (Perea, 1991: 98-100) se descartó el empleo de técnicas como el fundido en molde y la soldadura por dos motivos, primero, porque las huellas observadas no encajaban con estas técnicas, y segundo, porque el ambiente tecnológico en el que había que encuadrar esta producción tampoco avalaba su empleo. Se tomó, por tanto, una variante de la hipótesis de Schüle (1976) como válida, dado que era la que mejor se podía ajustar a la realidad de lo observado. Y esa realidad eran huellas aparentemente de talla, sobre todo en la zona de púas del fragmento. Posteriormente, Perea (1993) creyó importante plantear la cuestión del artesanado; según su propuesta, debió existir un taller de orfebrería relacionado con los brazaletes de este tipo. Se trataría del primer taller identificable en la Península Ibérica. Paralelamente, Armbruster había estudiado varios ejemplares portugueses del tipo Villena-Estremoz, conservados en el Museu Nacional de Arqueologia e Etnologia de Lisboa (Inventario 1993: 130-137,140-143). Su reciente estancia en el Africa subsahariana, compartiendo los conocimientos artesanales de los orfebres de Mali y Burkina Faso, además de otros centros artesanales de Egipto, India y Sri Lanka, habían enriquecido y matizado su visión sobre la práctica de la orfebrería y la interpretación tecnológica prehistórica (Armbruster, 1992(Armbruster,, 1993a(Armbruster,, 1993b)). Su hipótesis partía de la base de una mayor capacidad técnica de los orfebres de la Edad del Bronce, y de una errónea interpretación de las huellas de trabajado por parte de los autores que habían tocado el tema. Efectivamente, en nuestras discusiones previas y durante el estudio realizado, quedó patente que Perea había tomado la imagen del espejo por la real. Esto es, lo que creía huellas del trabajo directo sobre el metal, eran huellas dejadas por las herramientas sobre el molde de cera que posteriormente iban a reflejarse de manera fiel en el negativo metálico. Otro de los errores cometido fue la elección del ejemplar de Estremoz como objeto de estudio ya que su perfecta fabricación y acabado lo invalidan prácticamente para este tipo de estudios, donde las piezas defectuosas muestran más claramente huellas y procesos difíciles de identificar en su perfección. El empleo de herramientas y técnicas hasta ahora no identificadas en la Edad del Bronce supuso un cambio de actitud y de visión hacia el análisis arqueológico y hacia los parámetros tecnológicos establecidos por la investigación tradicional. Intentamos una investigación autocrítica, para la que tuvimos que prescindir de todos los presupuestos anteriores, y partir prácticamente de cero. Ello nos obligó a analizar el depósito de Villena aislándolo del entorno cultural de su zona de hallazgo, para situarlo en un entorno tecnológico coherente con su realidad. Hemos sido conscientes de los riesgos que ello implica. ASPECTOS FORMALES Y TECNOLÓGICOS Debido a las nuevas investigaciones que hemos llevado a cabo, creemos ineludible definir nuevamente la llamada orfebrería "tipo Villena". Este tipo supone los siguientes aspectos formales: objetos perfectamente cilíndricos, en su origen, con alguno de los siguientes elementos decorativos: molduras de diferentes tamaños y grosores que ocasionaJmente pueden presentar incisiones o cortes paralelos; perforaciones rectangulares u ovaladas en series lineales; púas piramidales o cónicas igualmente alineadas en series. Con respecto a los aspectos tecnológicos, el tipo implica el empleo de instrumentos rotativos para la fabricación de moldes en cera y para el acabado de la pieza metálica, ello demuestra una tecnología avanzada de la fundición a la cera perdida. La definición de este tipo excluye, por tanto, todas las piezas del depósito de Villena que no sean los brazaletes. Queremos hacer hincapié en e llo porque la denominación "tipo Villena" puede inducir a error por generalización; por ello, creemos más adecuada la denominación "tipo Villena-Estremoz" (tipo V/E). El tipo V/E incluye piezas anulares que desde el punto de vista actual denominaríamos brazaletes y anillos. Existen otra serie de piezas que presentan alguno de los aspectos formales señalados en el tipo V/E, y algunas de las técnicas apuntadas, pero no todas, y que consideramos como productos derivados o evolucionados a partir del tipo, y para cuya fabricación ha sido necesaria la transmisión del know how mediante algún tipo de contacto personal. Estas piezas las denominaremos "derivadas" o "evolucionadas" sin que ello suponga mayor complejidad, avance tecnológico, o pericia artesanal. Solamente en un caso (Monte da Saia, Braga) hemos encontrado una pieza que podría calificarse de "imitación", entendiendo por ello el intento de reproducir el tipo V/E sin que haya existido una transmisión personal de la tecnología. Creemos que la transmisión tecnológica de procesos complejos sólo es posible mediante el contacto personal entre artesanos. La naturaleza del conocimiento tecnológico, simple o complejo, se basa en tres principios (Schiffer, Skibo, 1987): a) comportamiento tecnológico, o T. P., 51, n02, 1994 Lám. Algunas variantes de los brazaletes del depósito de Villena. proceso de transformación de la materia prima en producto elaborado; b) aprendizaje, o método de transmisión de ese proceso mediante Barbara R. Armbruster, Alicia Perea imitación, contacto verbal o autoaprendizaje mediante prueba y error; y c) tecno-ciencia, o conocimiento de los principios científicos que rigen el comportamiento tecnológico. En la tecnología V lE no existía tecno-ciencia, y creemos que su transmisión se realizó mediante aprendizaje, por visualización del comportamiento tecnológico y no únicamente por visualización del producto acabado. Los brazaletes del depósito de Villena. Los 28 brazaletes del tesoro de Villena (Lám. 1) forman una serie de combinaciones posibles entre los elementos antes mencionados, molduras, púas y perforaciones: modelo plano-convexo; modelo combinado con una linea de perforaciones entre dos aros plano-con- A: Hallazgos de piezas tipo Villena-Estremoz. B: Hallazgos de piezas derivadas o evolucionadas. 2: Cabezo Redondo (Villena, Alicante). 3: Abía de la Obispalía (Cuenca). 5: El Torrión (Navamorales, Salamanca). 6: El Carambolo (Camas, Sevilla). No se han incluido dos ejemplares de procedencia desconocida en el Museo Soares dos Reis de Oporto, ni el brazalete n° 16.853 del Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Estas series reflejan de manera simplificada los pasos sucesivos necesarios en la fabricación del modelo de cera; lo mismo que las secciones. Contrariamente a lo que hasta ahora se pensaba los brazaletes de sección plano-convexa también fueron fabricados con la técnica que se describe a continuación. Conocemos un total de 58 piezas tipo V/E (Fig. 1), de las que 47 son brazaletes, seis de sección plano-co~vexa, y cuarenta con molduras, púas y perfo-racIOnes. De estos 47 brazaletes, siete aparecen cerrados. En un estudio reciente se estableció la clara pertenencia del brazalete de "Orense" al tipo V/E, que hasta la fecha se había clasificado como una imitación trabajada en lámina. Huellas de herramientas y uso Todos los brazaletes se fundieron a la cera perdida, y la prueba se encuentra en las huellas evidentes de una estructura de fundición en la superficie, tanto en el interior como el exterior en las púas y en las molduras.' Mediante las huellas que las herramientas dejan sobre la superficie se pueden deducir los métodos de fabricación y los útiles empleados. La perfecta simetría de las molduras nos obliga a suponer el empleo de un instrumento rotativo para la fabricación del modelo en cera' además son visibles huellas de pulido que pru~ban qu~ los brazaletes se retocaron en un torno tras la fundición. Otro indicio del empleo del torno es la perfecta circularidad de los cilindros que se puede observar en los ejemplares de Estremoz, Evora y La Torrecilla, conservados en su forma original cerrada. En cuanto al torno utilizado tendríamos que imaginar una herramienta sen~ cilla, con eje horizontal que rota mediante un arco o accionamiento de cuerda. También las huellas de puLido que aparecen en las púas cónicas están indicando el empleo de una broca, o herramienta con eje vertical y punta hueca, que podría reconstruirse como un sencillo taladro accionado a cuerda o arco con ~na cabeza donde las púas aparecen en ~ega hvo. Las singularidades de los tipos V lE: el brazalete abierto de Cantonha, Guimaraes Este brazalete (Lám. JI) es una pieza extraordi naria dentro del tipo V/E (Inventario, 1993: Lám. 140-143), que además presenta una técnica de unión raramente empleada, y que podría describirse como un antecedente de la soldadura. El brazalete se compone de una parte central que responde por entero al tipo V/E, con molduras y púas; dos brazaletes exteriores, macizos, con deco ración incisa, del tipo Sagrajas/Berzocana (Almagro Garbea, 1974); y seis hilos de sección cuadrada torsionados, similares a los fragmentos q~e aparecen en el depósito de Sagrajas, BadaJoz. El orfebre montó los diferentes elementos mediante la técnica del "casting-on" (fusión o fundición adicional). Los dos brazaletes exteriores, de sección circular, presentan unos extremos engrosados, añadidos en una fundición adicional. La decoración, cincelada sin levantamiento de viruta, es geométrica a base de rombos reticulados y líneas paralelas; e.ste mismo tipo de decoración se imitó postenormente, con otro cincel, en la zona de fusión adicional, entre el cuerpo central y los brazaletes exteriores. Esto prueba que los brazaletes presentaban una decoración incisa con anterioridad a que el orfebre uniera los diferentes elementos del conjunto. Todavía hoy se debate la fecha del brazalete de Cantonha y de los torques macizos (siglos XIII a 111 a.c.), con diferentes propuestas que oscilan entre el siglo VIII y el I a.c. (Kalb, 1991: 188). Las toscas uniones trabajadas mediante la técnica del "casting-on" nos inducen a pensar que el brazalete de Cantonha quedó montado en el Bronce Final. En el torques doble de Sagrajas se empleó una técnica de unión parecida; y según el estado actual de nuestros conocimientos, las soldaduras de inicios de la Edad del Hierro son de realización más fina. Evolución e "imitación" del tipo V lE. Los brazaletes que se relacionan a continuación pueden describirse como evoluciones o imitaciones del tipo V/E. Se diferencian en que no presentan todas las características formales y técnicas que definen el tipo, sino una o varias. Además, presentan elementos técnicos y tipológicos de ámbitos culturales limítrofes geográfica o temporalmente, lo que puede ser prueba de contactos interculturales, con o sin transferencia tecnológica. También denotan la amplia identidad que llegan a alcanzar la tradición e imitación de determinados elementos formales y decorativos, y el significado simbólico de objetos en metales preciosos, dentro de los sistemas de comunicación no verbales. Pese a los profundos cambios en la orfebrería peninsular bajo -influencia orientalizante durante la Edad del Hierro, los elementos estilísticos de la Edad del Bronce se mantienen, perfeccionados y combinados con otros orientalizantes, como nos muestra el ejemplo de los brazaletes cilíndricos de El Carambolo. Cilindro cerrado, fragmentado, forma ondulada forjada, decoración a punzón. Este brazalete cerrado presupone la existencia de contactos sin transmisión del know-how puesto que recuerda el tipo V/E por su forma cilíndrica, y su organización en bandas. Sin embargo, un examen de detalle muestra una fabricación muy distinta. Se forjó a partir de una barra anular hasta conseguir un cilindro laminar. Las molduras están repujadas desde el interior. Con un punzón de cabeza circular se marcaron varias lineas de circulos que parecen imitar la decoración de púas de l()s tipos V/E. Cilindro cerrado, forma ondulada a la cera perdida. La forma ondulada de estos tres brazaletes se trabajó sobre el molde de cera antes de fundirlo. Se reconoce claramente la estructura de fundición en toda la superficie, lo que prueba el empleo de la cera perdida. El brazalete de Urdiñeira se decoró después con un punzón. La cera perdida los relaciona con el tipo V/E, lo mismo que la circularidad de los cilindros no T. P., 51, nO 2, 1994 Barbara R. Armbruster, Alicia Perea puede excluir el empleo de una herramienta de eje rotativo. Por todo ello, estos tres brazaletes se diferencian del conjunto de aros ondulados en lámina fina de Arnozela, Braga (Inventario, 1993: 126-127) que están fabricados a forja y repujado. Lám.IIJ. Detalle del borde superior, trabajado a torno, del brazalete de Lebu¡;ao, Vila Real. Cilindro cerrado, cera perdida, torno, forma ondulada por repujado, decoración a punzón. El brazalete de Lebuc;:ao puede considerarse una forma desarrollada de los brazaletes ondulados. Su forma cilíndrica se fundió a la cera perdida, y posiblemente el molde de cera fuera trabajado en un torno. La parte central del cilindro se repujó para hacer las ondulaciones, por lo que esta zona aparece más delgada; no así las zonas inferior y superior que permanecen macizas, con estrías trabajadas a torno (Lám. La decoración de la zona ondulada se realizó con un punzón especialmente elaborado para ello, y con el cuerpo del brazalete relleno de una sustancia que le diera consistencia. Cilíndricos, decoración de púas, soldadura. a) Transición Bronce Final, Primer Hierro; b) Orientalizante. En este grupo se unen la tradición orfebre del Bronce Atlántico con la orientalizante de la Edad del Hierro. Los dos brazaletes del Museo Soares dos Reis, casi idénticos, se han re lacio-Lám. Detalle del borde superior de uno de los brazaletes del Museo Soares dos Reis, Oporto, con decoración de púas e incisiones. Destacan por las siguientes particularidades: se han fabricado mediante soldadura de láminas, hilos y tiras con púas, parcialmente en hueco; las tiras con púas están fundidas a la cera perdida, como en los tipos V/E. El cuádruple cierre machihembrado es similar a los de piezas del Bronce Final, como el triple del torques de Alama, Beja, y el doble del de Sagrajas, Badajoz. Se ha tomado el elemento formal de los torques y brazaletes macizos, de sección circular y decoración incisa, tipo Sagrajas/Berzocana, modificando la técnica y trabajando en Lám. V. Placa, con púas, de El Carambolo, Sevilla. hueco para ahorrar material valioso; es en este aspecto en el que se puede establecer la comparación con Alama. Finalmente, las molduras de los extremos, inferior y superior, estan decoradas con incisiones, y las tiras con púas se sueldan entre las molduras centrales (Lám. Algunas de las piezas del tesoro de El Carambolo, con decoración de púas realizada a la cera perdida (Lám. V), se pueden relacionar también con el tipo V/E. Ya Schüle (1960: 80-81, figs. 28, 29) las había comparado con las púas del brazalete de Estremoz. Pero sobre todo, son los dos brazaletes cilíndricos los que aquí nos interesan. Se trata de brazaletes cilíndricos fabricados con técnicas de fundición de la Edad del Bronce, con soldadura de la Edad del Hierro, y rasgos del Bronce Final. La combinación con elementos de estilo orientalizante es un fenómeno nuevo. TORNO Y TALADRO EN LA ORFEBRERÍA DEL BRONCE FINAL ATLÁNTICO A partir de las huellas de trabajado y de uso, así como las diferentes texturas de la superficie que se observan con lupa binocular o incluso a ojo desnudo, podemos deducir los procesos de fabricación y herramientas empleadas sobre objetos metálicos. En las piezas del tipo V/E no se observan huellas de soldadura, de cincelado o deformaciones plásticas realizadas con punzón, de manera que hay que rechazar las teorías propuestas hasta la fecha sobre la fabricación de los brazaletes cilíndricos. Por el contrario, se ven claramente huellas que apuntan a un proceso de fabricación complejo que incluye la técnica de la cera perdida y el empleo de instrumentos rotativos. La reconstrucción de posibles herramientas rotativas se basa en diferentes analogías etnoarqueológicas e históricas, representaciones pictográficas y en la arqueología experimental. Instrumentos rotativos y su datación El descubrimiento del movimiento rotativo y la fuerza de giro fue la condición básica para el desarrollo de los instrumentos rotativos. Estos incluyen desde taladros, husos fusayolas, sellos ci líndricos, molinos, tornos, ruedas o carros hasta máquinas y motores (Horwitz, 1941). P., 51, n° 2,1994 remos referencia a algunas de estas herramientas primitivas como ejemplo. La fusayola y el huso El desarrollo del hilado y los tejidos tuvo lugar durante el Neolítico. Los husos conservados son casi siempre de madera o hueso; la pieza giratoria de madera, barro o piedra. La varilla se pasa por la fusa yola perforada. Estas suelen ser bicónicas, cónicas o discoides; se conservan sobre todo en barro. Se conoce una primitiva representación de hilado, con el huso girando libremente, en la pintura mural de una tumba egipcia de la XII dinastía (2.000-1.800 a.e.) en Beni Hasan (Horwitz, 1941(Horwitz,: 1802)). Perforadores con eje vertical. Por el término "taladrar" entendemos la realización de orificios circulares y cilíndricos en materiales duros mediante el empleo de perforadores (o taladros) de movimiento rotativo. Es un proceso de lijado o molido por frotamiento que se diferencia del perforado con herramientas punzantes mediante tallado, raspado o golpeado. Las puntas para perforar, epi paleolíticas o neolíticas, de silex, así como las cuentas de hueso, bastones de cuerna o hachas de piedra perforadas, indican un conocimiento primitivo del proceso de taladro. El taladro más simple es el palo de hacer fuego que gira entre las manos. Las representaciones más antiguas de perforadores, para ahuecar recipientes de piedra egipcios, se fechan en el III milenio a.e. Herramientas rotativas más evolucionadas son el taladro de accionamiento con arco y el de cuerda, cuyo eje de rotación presenta al menos un cojinete. Ambos consisten en un eje vertical en cuyo extremo se sujeta una punta para taladrar; en el extremo opuesto se dispone un revestimiento de sujeción que puede dirigirse con la mano, la boca o el pecho (Fig. 2a). Este revestimiente tiene generalmente forma de casquete y, además de servir de mango y protección del artesano contra el roce, sirve para hacer presión con el taladro sobre el objeto que se trabaja. El eje se pone en movimiento rotativo accionando la cuerda o el arco; en el primer caso se requieren dos personas; por el contrario, en el de arco sólo es necesario una. Además de numerosas analogías etnográficas, se conocen ejemplos pictográficos de taladros por arco en,.,. Fig. 2. a) T aladro o perforador de arco (según Untracht 1982). b) Herramienta de eje vertical con punta hueca. En la fabricación de nuestros brazaletes no se utilizó un taladro de eje vertical para las perforaciones; todas ellas, ovaladas o cuadradas, se realizaron previamente en el molde de cera, y más bien se utilizó una herramienta de eje vertical con punta hueca para el pulimento de las púas después de la fundición (Fig. 2b). Torno de eje horizontal El torno es una herramienta de eje horizontal que se sujeta en dos pies, como mínimo, y tiene un apoyo para el útil cortante que se maneja con la mano (Fig. 3). El eje se pone en movimiento mediante cuerda o arco, como en los perforadores, por lo que la rotación es igualmente alternativa, y se pueden trabajar materiales relativamente duros. El útil cortante, manejado a mano, se apoya contra el objeto que rota levantando virutas, por lo que este tipo de tra- bajo sólo se puede efectuar girando el torno en una sola dirección. De esta manera el proceso tiene un momento activo y otro pasivo, ya que el torno de rotación continua sólo está documentado a partir de época romana (Mutz, 1972: 29-30). Los objetos torneados son piezas cilíndricas, macizas o huecas, que se trabajan sobre un núcleo. La representación más antigua conocida hasta el momento de un torno procede del relieve de un tumba egipcia del siglo II a.e. (Lefebure, 1924: lám. 10); mediante una cuerda el trabajador lo pone en movimiento, mientras que otro sujeta una herramienta afilada contra el objeto (Fig. 4). Si transformamos este torno de manera que, en vez de un soporte en el extremo del eje, instalamos una punta de lijar, se podría utilizar como perforador horizontal, en cuyo caso ya no es necesaria la herramienta de cortar sino que es la propia pieza que se trabaja la que se acerca al elemento fijo que gira. Los pulidores de piedra, por ejemplo, utilizan este tipo de herramienta (Lefant, 1979: 238) que encontramos en ilustraciones etnográficas para la fabricación de recipientes. La reconstrucción del perforador de rotación vertical durante el Neolítico (Drescher, 1976-77: fig. 49c) se considera el precursor del torno. Hasta la fecha, los tornos más antiguos de Europa central se datan en el Hallstatt (Drescher, 1980: 59). Se ha comprobado que el torno se utilizaba para trabajar madera, marfil, ámbar, piedra, bronce y cera para la fundición de campanas medievales (Rieth, 1939-40; Drescher, 1984: 44-55). En la reconstrucción de instrumentos rotativos en material perecedero no conservados, se han utilizado numerosas descripciones e ilustraciones de crónicas etnológicas, así como fuentes escritas medievales. Debido a que en tornería y alfarería se aprovecha el movimiento giratorio mediante un eje de rotación, en la bibliografía al uso se concluye frecuentemente que el torno de tornear ha evolucionado directamente del torno de alfarero. Aunque el torno de alfarero consiste en un eje vertical en cuyo centro se sitúa un disco horizontal (Childe, 1954: figs. 120, 121) Y el producto obtenido es también un objeto con simetría de revolución, sin embargo y con razón, Mutz (1972: 17) considera que, desde el punto de vista tecnológico, no es problable esa evolución. Desde el punto de vista mecánico, ambas herramientas no tienen nada que ver, como tampoco tienen que ver su manejo y las propiedades físicas del material trabajado. Además, existen objetos torneados antes de la aparición del torno de alfarero. El empleo del torno para el trabajo del metal no se había podido comprobar hasta hoy. Por primera vez se ha documentado en la fabricación de los brazaletes tipo V lE en el suroeste de Europa durante el Bronce Final. La técnica de la cera perdida: problemas técnicos y soluciones La cera perdida es una técnica evolucionada que, frente a la fundición en molde de dos o más valvas, tiene la ventaja de permitir fundir objetos de formas complejas y paredes más finas. Un inconveniente sería que tras el vaciado hay que romper el molde; de manera que no es posible una producción en serie, sino vaciados individualizados. El principio sobre el que se basa la técnica es el siguiente: un modelo en cera del objeto deseado se recubre con varias capas de arcilla mezclada con material orgánico en la proporción adecuada; una vez seco se calienta la arcilla y se derrite la cera; en esta cavidad se vierte el metal fundido y una vez enfriado se rompe el molde y se limpia el objeto (Hunt 1985). La cera perdida fué una técnica muy conocida en la Península durante el Bronce Final T. P., 51, nO 2, 1994 Atlántico; por ejemplo, entre los hallazgos calificados como "depósitos de fundidor" el del castro de Nossa Sen hora da Guia, Baioes, Viseu (Silva et alii., 1984) se encuentran excelentes trabajos en bronce fabricados a la cera perdida. Parece que en orfebrería se conocía la técnica con anterioridad; así, en el reciente estudio tecnológico que hicimos del tesoro de Caldas de Reyes, Pontevedra, se ha podido constatar que los cuerpos de las tres tazas de oro se fabricaron con esta técnica. Sin embargo, en los moldes de cera no se empleó el torno. Aún hoy los fundidores de oro de Baulé y Ashanti, en Ghana y Costa de Marfil, testifican la fundición a la cera perdida de objetos de relieve complejo, en diferentes grosores y de excelente calidad (Frbhlich, 1981). Descripción técnica de la fabricación de brazaletes de oro Sobre la base de una amplia información interdisciplinar reconstruimos la fabricación de los brazaletes tipo V/E de la siguiente manera. La cera de abeja es un material relativamente blando, según la temperatura a la que se trabaje. Para su empleo en un torno es conveniente endurecerla; conocemos algunas recetas procedentes de textos antiguos y medievales para endurecerla mezclándola con carbón en polvo o colofonia. La preparación del modelo en el torno es el primer paso. La forma básica -cilindro hueco y cerrado-comienza con la aplicación de una capa de cera en un núcleo de arcilla torneado sobre el eje (Lám. Girando el torno, el orfebre corta el cilindro de cera en estrías antes de conformar las molduras (Fig. 5). Este modelo moldurado sotamente se puede sacar del eje junto con el núcleo de arcilla. El interior de los brazaletes se deja generalmente liso. En los tipos que presentan perforaciones, estas se realizan perforando sucesivamente la cera con puntas de metal calentadas, alisando después los espacios intermedios con raspadores. Modelos de cera en distintas fases de trabajado sobre el eje de un torno horizontal. Seccion es sucesivas del mod elo en cera durante el proceso de fabricación de un brazalete tipo Villena-Estremoz. En los tipos con púas, el orfebre las realiza cortando perpendicularmente con una cuchilla caliente una de las molduras, formando así púas piramidales de base cuadrangular (Fig. 6). La cera se deforma plasticamente con facilidad empleando he rramientas cortantes previamente calentadas; de este modo, con un punzón hueco de cavidad cónica, correspondiente al negativo de una púa de este tipo, se transforma la pirámide en cono (Fig. 6 Y Lám. El fragmento de brazalete procedente del M.A.N. (nO inv. 1962/7) muestra con claridad los cortes transversales realizados sobre la moldura. Finalmente, se fijan sobre el modelo los canales y conos de fundición en cera. Lamentablemente, no se puede comprobar su situación original pu e sto que todos los brazaletes conservados han sido pulidos con posterioridad a este proceso. El paso siguiente consiste en la fabricación del molde de arcilla y el vaciado. Para ello se necesita en el taller un crisol, un fuelle con toberas y un horno de carbón. El modelo de cera se recubre con varias capas de arcilla finamente molida y con desgra-Fig. Proceso de elaboración de las púas en el modelo de cera. Una vez seco el molde se calienta derritiéndose la cera, y cuando alcanza el rojo se vierte el oro fundido en la cavidad. Después de enfriarse, el molde se rompe y el objeto se limpia de restos de arcilla y se cortan los canales de fundición. Las rebabas de fundición, grietas o burbujas, se eliminan con cincelo piedra de lijar. En el torno se quitan las irregularidades de la superficie exterior del brazalete con ayuda de abrasivos. El empleo de fibras para aplicar estos abrasivos permite además pulir la superficie de estos objetos con simetría de revolución y topografía compleja, como el interior de las molduras. Las púas se pulen con un perforador provisto de una broca con punta hueca; se ha comprobado la existencia de huellas de trabajado concéntricas no sólo en la superficie de las púas sino en su base. Para el pulimento de los puentes de sección plano-convexa que quedan entre las perforaciones se pasan fibras por el interior de una y el exterior de la siguiente alternativamente. Enhebradas de esta manera, las fibras impregnadas de abrasivo pulen la superficie metálica frotando en uno y otro sentido. De este modo se pueden retocar también zonas de difícil acceso, donde están documentadas huellas de pulido. La zona interna del brazalete aparece tambié n pulida, sobre todo en aquella zona, más delgada, que se corresponde, por el exterior, con la línea de perforaciones; por el contrario, la zona correspondiente a las molduras, más gruesa, presenta todavía la superficie de fundición. Esto se explica por el comportamiento del metal al enfriarse tras el vaciado: la superficie interna del brazalete se contrae en función del correspondiente relieve externo. Los restos de esta superficie de fundición, a pesar del posterior pulido de acabado, son prueba fehaciente de que los brazaletes fueron vaciados. Todos los brazaletes del tipo V lE estaban originalmente cerrados. Los 28 ejemplares de Villena se abrieron con posterioridad a su fabricación. Aquellos que presentan huellas de uso se abrieron de manera que cupiera el brazo. En los que no presentan esta huellas se puede observar perfectamente que los cortes se efectuaron "serrando", probablemente con fibras y arena. En algunas piezas se observa claramente la rebaba que dejó el corte realizado desde el exterior hacia el interior, sin respetar los elementos decorativos; el brazalete n° 28 (según numeración del catálogo de Soler 1965), presenta un corte, que pasa por el centro de una púa, con los bordes a ras. Hasta la fecha no se T. P., 51, n0 2, 1994 ha podido explicar por qué la mayor parte de los brazaletes aparecen abiertos, ¿quizá porque hubieran perdido su función simbólica y social? ¿se utilzarían desde la infancia y sólo cortándolos pudieron quitarse? ¿fueron chatarra que se transportaba más comodamente introduciéndose unos en otros, y cuyo valor se medía al peso? En el apartado donde se explica el modelo Villena se trata esta cuestión con más detalle. Reparaciones, defectos, huellas de uso El estudio técnico se realiza más fácilmente sobre objetos metálicos defectuosos o dañados. En el depósito de Villena se asocian brazaletes simples y complejos, de buena y mala calidad, defectuosos o con reparaciones. Por ejemplo, los brazaletes defectuosos nO 25 y 27 (según numeración de Soler, 1965) presentan huellas de uso, de donde se deduce que las piezas defectuosas o reparadas no se desechaban. Lógicamente, las piezas de mala calidad se utilizaban, sin embargo, hay piezas excelentes que no presentan huellas de uso (nO 28 y 29). VII) se reparó un defecto de fundición -una grieta en la parte externa-mediante una fundición adicional en la parte interna. Esta técnica sólo pudo aplicarse con anterioridad al conocimiento de la soldadura, como método de unión y arreglo. Anteriormente ya habíamos apuntado la existencia de esta técnica de unión en oro durante la Edad del Bronce en relación con el brazalete de Cantonha, Braga, y el torques macizo de Sagrajas, Badajoz. Detalle de un brazalete de Villeoa con defecto de fundición. En la base de las púas se observa la huella circular de una herramienta de punta cónica hueca. Materiales y herramientas de orfebre Lamentablemente apenas conocemos útiles para el trabajo del metal en la Europa del suroeste, excepto los moldes. Sin embargo, no se puede concluir a partir de este dato que los objetos metálicos no fueran fabricados en la Peninsula Ibérica. Se trata más bien de un vacío en la investigación. Mientras nuevas excavaciones no saquen a la luz este tipo de hallazgos, tendremos que basarnos en el estudio técnico de los objetos para poder reconstruir la historia de la metalurgia. Aunque carezcamos de este tipo de información, es posible extraer conclusiones sobre las herramientas necesarias para la fabricación de un objeto en oro a través de las huellas de trabajado. Por la extraordinaria calidad de numerosas piezas prehistóricas deducimos que el orfebre sabía exactamente qué tipo de instrumento y en qué momento habría de utilizarlo, y que tenía a su disposición una amplia gama de herramientas. Para la fabricación de los brazaletes tipo V/E podemos suponer la siguiente lista de herramientas y materiales: cera para los modelos; útiles fabricados en cerámica como el horno, crisoles, toberas y arcilla acondicionada con material orgánico para los moldes; en bronce, cincel, punzón, puntas huecas, espátulas y leznas; en madera, el torno, el preforador de cuerda o arco con broca, quizá en piedra; abrasivos como arena, arcilla o ceniza y fibras para su aplicación. La Arqueología experimental se ocupa principalmente de la reconstrucción de los procesos técnicos en las culturas del pasado. Frecuentemente ocurre que conozcamos la herencia material de una cultura pero que desconozcamos los procesos, los usos, la función y el simbolismo de esos objetos. Para reconstruir técnicas perdidas en la actualidad es imprescindible recurrir a los modelos que nos proporcionan la experimentación práctica y las analogías funcionales de la etnoarqueología. La experimentación debe aplicarse de manera crítica, y en función del problema específico, ajustarse a las condiciones prehistóricas. Para ello es necesario el máximo de información técnica y la posibilidad de una práctica constatable. Sobre esta base práctica podremos desarrollar modelos que ha-gan probable un modo de fabricación del objeto entre varias posibilidades. H. Drescher (1980: fig. 1.1) reconstruyó un torno manual de rotación alternativa según las indicaciones del monje Theophilus Presbyter (siglo XII) y las representaciones pictográficas egipcias (Fig. 4). El experimento que efectuamos para la fabricación de un modelo de brazalete tipo V/E se realizó con cera sobre capas de arcilla acondicionada con material orgánico en un eje de madera en un torno de rotación lenta. Primero se torneó un cilindro de arcilla, secada en cuero, mediante un cincel aguzado. Tras cubrirlo con capas de cera, se torneó en liso y se delimitaron los bordes (Lám. Se siguió torneando hasta conseguir una sección plano-convexa y después una serie de molduras y surcos perfectamente paralelos y regulares (Fig. 5). Todo el proceso de torneado se realizó con ayuda de cuchillos, cinceles y puntas metálicas. El experimento respalda nuestra tésis de que los brazaletes tipo V/E se fabricaron a partir de modelos de cera torneada y se fundieron a la cera perdida. EL MODELO VILLENA (Fig. 7) El modelo que proponemos condensa la trayectoria temporal de los brazaletes tipo Villena-Estremoz. Es una propuesta a grandes rasgos de su biografía, que puede describirse como un largo proceso de mercantilización del objeto y se fundamenta en la contrastación del modelo Don-Mercadería (Appadurai, 1986) y el análisis de la evolución en los conceptos de "valor" y " demanda" (Perea, 1994 donde se explica la base teórica y conceptual). La finalidad última de este modelo es la verificación del mayor número de datos arqueológicos posible. Partimos de una serie de presupuestos basados en el análisis detallado del depósito de Villena y materiales relacionados. Consideramos Villena un depósito heterogéneo y posiblemente diacrónico por las siguientes razones: a) diversidad funcional entre adornos, armas y vajilla; b) diversidad en el valor tecnológico de piezas de distintos tipos; c) diversidad de calidad técnica dentro de un mismo tipo, como los brazaletes; y d) distinto grado de conservación entre los distintos grupos funcionales. El valor tecnológico es función de la complejidad de la técnica por un lado, y del grado de control que El segundo presupuesto es la consideración de Villena como un único. No existe en la zona un patrón deposicional que avale tradición o costumbre de este tipo de acumulación o destrucción de riqueza. Por el contrario tendríamos que volvernos a la fachada atlántica para encontrar algo semejante; y allí, la norma son depósitos de oro con un peso que oscila entre 1.500 gr. y 2.800 gr., cifra muy alejada de los 9 kg. de Villena. Centrándonos exclusivamente en los bra-T. P., 51, n° 2, 1994 zaletes tipo Villena-Estremoz, todos los hallazgos, excepto Villena con 28, se componen de un sólo ejemplar y a lo sumo dos, hecho que sí parece responder a un patrón deposicional intencionado. Finalmente, los 28 ejemplares de Villena, y gran parte de los hallazgos aislados, presentan un corte intencional a manera de destrucción simbólica del objeto; sólo algunos de los ejemplares de la fachada atlántica, como el de Estremoz, se han mantenido íntegros. Esos cortes no responden a ninguna solución funcional o técnica. Por todo ello, y lo anteriormente expuesto, creemos que Villena no tiene carácter de tesoro personal como se ha venido defendiendo, sino de material de desecho "para la exportación", por pérdida de su significado simbólico y cambio en su concepto de valor, bien por el paso del tiempo, traslado de ámbito cultural o transformaciones de tipo social y económjco. El tipo diagnóstico son los brazaletes, cuya producción y consumo se desarrolló en la fachada atlántica peninsular, único ámbito tecnológico donde se daban las condiciones necesarias que permitieran el surgimiento de una tecnología punta. Para la elaboración del gráfico de la figura 7 se han tenido en cuenta las tres variables del análisis económico: producción, distribución y consumo, que traducidas al lenguaje arqueológico serían: tecnología, mecanismos de circulación, y dispersión geográfica. La variable temporal se expresa en términos relativos. El depósito de Villena, o lo que es lo mismo, la última etapa de consumo de los brazaletes tipo Villena-Estremoz, estaría en conexión con el circuito internacional de materias primas que se desarrolla a lo largo del siglo VIII a.e. entre la fachada atlántica y el Mediterráneo central (Ruíz-Gálvez, 1986; Sherrat y Sherrat, 1993). Su destino final hay que ponerlo en relación con el asentamiento de Peña Negra (Gonzalez Prats, 1993), Alicante, a pocos kilómetros de las desembocaduras de los ríos Segura y Vinalopó que debieron ser excelentes lugares de arribada. Según Ruíz-Gálvez (1989: 55;1992) la ocultación de Villena se explica por la lucha del monopolio comercial con el Mediterráneo. Pero mientras la autora argumenta que el origen y fabricación de los brazaletes tuvo lugar en el levante, nosotros defendemos lo contrario por las razones ya expuestas. Villena era una zona estratégica y de paso obligado para el transporte por tierra, pero Cabezo Redondo era ya un lu-T. P., 51, n° 2, 1994 Barbara R. Armbruster, Alicia Perea gar para el olvido, mientras que Peña Negra se encontraba en plena actividad artesanal y comercial. CONCLUSIONES (Fig. 8) A través del estudio tecnológico de un grupo de materiales de oro dispersos, hemos podido identificar y agrupar una corriente tecnológica que hasta la fecha no había sido aislada como tal (Armbruster, 1993a). La manifestación más espectacular de esta corriente han sido los brazaletes del depósito de Villena. La investigación tradicional había considerado este depósito como un conjunto de materiales sincrónicos, homogéneos y, para la mayoría de los autores, de origen local, lo que impidió su identificación y aislamiento de manera individualizada. Nos parece evidente, pero necesario señalar, que la existencia de un depósito no implica necesariamente homogeneidad tecnológica, cultural o cronológica de sus componentes. El despiezo de Villena es, en nuestra opinión, la clave para aproximarse a su mejor entendimento. En esta ocasión, nos hemos centrado exclusivamente en I~~CEI • "---~I ~m~~UZANTE I el análisis de los brazaletes por ser el material que presenta mayores retos interpretativos. En el gráfico de la figura 8 planteamos una propuesta interpretativa sobre la orfebrería del Bronce Final en la fachada atlántica peninsular, en donde queda reflejada la cuestión cronológica y las interacciones tecnológicas. Los círculos mayores representan dos gran-:les focos tecnológicos diferenciados y sin contactos aparentes, pertenecientes al entorno de la metalurgia atlántica; sus correspondientes manifestaciones arqueológicas son la "orfebrería tipo Sagrajas-Berzocana", definida en su momento por Almagro Gorbea (1974), y la "orfebrería tipo ViLlena-Estremoz", tal como la hemos definido en este estudio. Si partimos de la Ilipótesis que el material tipo Villena-Estremoz y el material Sagrajas-Berzocana han sido sin-:::rónicos en determinado momento -y hay datos para pensar así-podemos plantear que la variabilidad entre ambos materiales se debe a las siguientes causas: a) Primero, a su pertenencia a distintos grupos sociales con diferente grado de desarrollo tecnológico, al menos en el trabajo del oro. La base teórica de esta premisa es nuestra creencia en que determinada tecnología en particular, y los procesos tecnológicos en general, son producto de la capacidad de elección del hombre y del e ntorno socia l en el que se desenvuelve (Pfaffenberger, 1988). El conocimiento de la técnica del moldeado en su versión más sofisticada, la cera perdida, y la fabricación de moldes de cera a torno, utilizado igualmente en el acabado final de la pieza metálica, es prueba suficiente de la superioridad tecnológica del grupo Villena-Estremoz; entendiendo por superioridad la capacidad para resolver problemas formales y estructurales complejos. b) Segundo, a una estrategia de identificación, entendida como la búsqueda de un lenguaje expresivo de la diferenciación entre dos grupos sociales a través de los signos de cultura mate rial (Wiessner, 1984: 226-229; Conkey, 1989: 122-123; Pfaffenberger, 1992: 505), y en este caso concreto, a través de los símbolos de poder o estatus. La variabilidad formal y tecnológica entre los dos grupos de orfebrería del Bronce Final no puede ser explicada en términos de mutación, adaptación, evolución, o algún proceso aleatorio, por emplear el marco conceptual de la biología, sino que parece respon-der a una dinámica intencional en la generación de nuevas, o distintas, formas y procesos. c) Tercero, a unos mecanismos de interacción social, incluido el intercambio de objetos y productos, que se desarrollan por diferentes canales. Solamente fuera del núcleo de origen de ambos círculos existe el dato de la integración de uno de los tipos en el otro: el brazalete de Cantonha (Braga). Esta pieza es la que aporta la base documental que permite defender la sincronía, aunque parece bien probado que la tecnología y los tipos Sagrajas-Berzocana tienen su origen en una tradición bastante más antigua dentro de la metalurgia atlántica (Almagro Gorbea, 1977). En este sentido, la tecnología Sagrajas-Berzocana sería el exponente de un producto maduro, mientras que Villena-Estremoz representaría la tecnología punta de un momento que perdura cuando la anterior ya ha desaparecido; sin embargo, hay que tener en cuenta que el elemento formal, la tipología Sagrajas-Berzocana, subsiste durante un tiempo empleando ya técnicas foráneas -piezas huecas, soldadura, etc.-propias de la transición al Primer Hierro, como demuestra, por ejemplo, el tesoro de Alamo, Beja (Inventario, 1993: 74-83). En cuanto al problema cronológico, el límite inferior viene marcado por el depósito de El Carambolo. En este caso el círculo que lo representa no es secante sino tangente al tipo Villena-Estremoz porque no participa de todas sus características. En El Carambolo se integran rasgos tecnológicos, e iconográficos, de claro origen mediterráneo oriental -como las rosetas estampadas-con otros -como la fabricación de púas-con tecnología Villena-Estremoz. Este conjunto prueba que ha existido contacto y transmisión tecnológica directa. La situación cronológica de la orfebrería Villena-Estremoz viene, entonces, enmarcada en su inicio y final por la orfebrería Sagrajas-Berzocana y por el fenómeno de la colonización fenicia. Sin embargo, carecemos de datos en términos absolutos, puesto que no existen piezas en contexto arqueológico fechable. El conjunto de El Carambolo ha sido fechado aproximadamente hacia finales del siglo VII a.e. por una de nosotras (Perea, 1991: 211-212), pero el estudio que ahora presentamos nos induce a elevar ligeramente esa fecha, puesto que no creemos en la larga perdurabilidad de la tecnología Villena-Estremoz, y menos aún dentro del ambiente de T. P., 51, n° 2, 1994 aculturación tecnológica que se produce en el Sur (Perea, 1991, 201-202). También con esta argumentación reivindicamos lo que ya en otra ocasión hemos defendido: la capacidad y alto nivel tecnológico del indígena, siempre cuestionada con respecto al colono fenicio, y la fabricación local e indígena de la llamada "orfebrería tartéssica" (Perea, 1991, 202). Por el contrario, será en la zona más apartada del NW peninsular donde la tecnología de instrumentos rotativos y de la cera perdida perdure hasta fechas muy avanzadas, aunque las manifestaciones materiales conocidas pertenezcan ya a un ámbito cultural muy distinto, como el de la cultura castreña. En este sentido es importante concluir que la orfebrería castreña tiene su origen en la orfebrería del Bronce Fi ~ nal, al menos desde el punto de vista tecnológico -como demuestra el brazalete de Lebw; aoy sólo posteriormente se verá enriquecida por las innovaciones procedentes del sur peninsular, tanto como por las suyas propias. La metalurgia del oro durante el Bronce Final es uno de los aspectos clave de la historia de la tecnología en la fachada atlántica peninsular a la hora de explicar fenómenos posteriores cuyo análisis requiere la perspectiva de larga duración. Esperamos haber contribuido a perfilar esa historia. Darmstadt-Madrid, Noviembre 1993 BIBLIOGRAFÍA
CÁDIZ y EL COMERCIO DE PRODUCTOS GRIEGOS EN ANDALUcíA OCCIDENTAL DURANTE LOS SIGLOS V Y IV a.C. GADES AND THE TRADE OF GREEK GOODS IN WESTERN ANDA LUCIA DURING THE 5th AND 4th CENTURIES b.C. PALOMA CABRERA 1*) RESUMEN Analizamos e n este articulo el prOCI! SO de dl! sarrollo del sistema comercial gaditano durante los siglos V y IV a.e. a través del estudio de las importaciones griegas. El trabajo se aborda desde una perspectiva mediterránea. dentro del marco de las relaciones centro-periferia establecidas e ntre el Med ite rráneo onental y ce ntral y el Sur de la Península Ibérica. Ampunas e Ibiza jugaron un papel fundamental en estas relaciones. Se propone que la configuración de este sistema come rcia l contribuyó decisivamente al desarrollo económico de la T urde tania. que se sumerge a través de Cádiz e n un sistema económico mundial. cuyos grandes motores será n Ate nas y Cartago. La idea. o mejor. el imperativo expresado J? Or Frank puede muy bien introducir el marco h.:úril'O y pro!!ram.itko de la,:-.iguientcs paginas. donde ahordo algunos rJe los aspectos del prohlema del comercio ~rieg() en la Pl'ninsula Ibérica, y más concretamente-en el Sur y durante los siglos V y IV a.C Nos encontramos hoy ante una larga tradición de estudio, entre cuyos últimos productos incluyo mis propios trahajos. l.jue ha ahordado el prohlema desde muy diferentes puntos de vista. Pero "il' mpre, y en contra del impl'rativo rc,:co~iJtl por Fr;\Ok, desde una 6ptic,a Itx•al. rL'JU\,:~: illni, ta, fr; t~m..:n taria. La prcscnci<l d..: importacioOl!s griegas Sl' ha entendido normalmente sólo como la prueba visible del establecimiento de relaciones comerciales, directas o indirectas. con el mundo griego. y, en todo caso. como el signo de la inmersión del Sur en cierta medida en la dinámica comercial mediterránea. El análisis de los condicionantes económicos existentes, el marco económico. social y político en el que se desarrolló dicha relación. o las consecuencias de diverso orden que provocó, cuando lo ha habido, ha sido un análisis aislado. excesivamente focahzado hacia los dos extremos de esa relación. o, con mayor frecuencia, sola~m: nte hacia uno de ellos. Pero el comercio es un fenómeno mucho más amplio que no se reduce al simple intercambio de mercancías y productos, Es un vehículo de interacción entre diferentes sistemas sociales, económicos y políticos. y. en ciertas circunstancias, un elemento esencial de dominio y explotación (Rowlands, 1987), y uno de los factores clave que conducen al cambio cultural. Pero, además, el comercio, especialmente en el contexto mediterráneo de los siglos V y IV, está entretejiendo relaciones de dependencia económica a una escala multinacional. En un momento en el que se ha consolidado una alta especialización económica y productiva de las diversas áreas mediterráneas, con grandes centros de acumulación de capital, no se puede entender la relación comercial como un mero fenómeno económico y reducido exclusivamente a los dos sistemas protagonistas (Atenas y Andalucía Oriental, o Atenas y Cádiz), Cada una de las áreas mediterráneas es un elemento importante, una ficha de un juego económico y político en el que los efectos sobre una de ellas se multiplican, como en el "dominó", al resto de los participantes. 1994 E.. necesariu. por tanto, ahordar el análisis de este fenómeno económico desde una perspectiva mas amplia, "holística", mediterránea y multinacional. Y es necesario hacerlo con todos los elementos que integran esa relación. Efectivamente, las relaciones de intercambio no son relaciones socialmente "neutrales", sino relaciones profundamente sistémicas, En palabras de Gills y Frank (Gills y Frank. Además, como decía Frank, "el principio holístico no niega la necesaria micro historia de sus partes", No creo que exista contradicción con los "principios" defendidos anteriormente. si propongo un análisis basado principalmente en las importaciones griegas. pues, como se verá. y a pesar de lo parcial del registro arqueológico utilizado, mi punto de referencia es el del desarrollo económico del Sur como parte y consecuencia del desarrollo mediterráneo, Es decir, parto de la idea de que "Ias partes fueron confonnadas por -y sólo pueden ser adecuadamente comprendidas en relación a-su participación en el conjunto y su relación con otras partes", Para conjurar las nefastas consecuencias que la hybris que se esconde tras mis propuestas pudiera acarrearme, reconoceré que el análisis que aquí presento se encuentra limitado precisamente por la utilización de un registro parcial, y por la escasez de los datos arqueológicos, en primer lugar en la propia Cádiz y, en segundo lugar. en la Turdetania, donde la ausencia de necrópolis excavadas agrava el problema. Trataré, por tanto, de sugerir, más que de afinnar, partiendo de un breve recorrido por el inventa• rio de las importaciones griegas en Andalucía Occidental. Y defenderé la necesidad de reali• zar otros análisis desde registros diferentes, para poder completar un cuadro múltiple y complejo, LAS IMPORTACIONES GRIEGAS EN ANDALUciAOCCIDENTAL DURANTE LOS SIGLOS V Y IV a.c. Si durante la época arcaica la región comprendida entre la costa de Almeria y Hueh'a había sido activamente frecuentada por los comerciantes foceos. a partir de comienzos del si• glo V se produce una interrupción en los intercambios con el mundo griego. Las causas. múltiples e interrelacionadas. han sido expuestas en airas trabajos (Cabrera. c.p. a). aunque aquí volveremos más adelante sobre algunos aspectos de este problema. Efectivamente. un gran vacío marca el mapa de dispersión de las importaciones griegas entre los años 480-440 a.c.. y éste no es un fenomeno exclusivo de Andalucía. pues afecta también a la región levantina y del Sudeste. No es que haya una ausencia total de importaciones. pero sí un descenso muy acusado de su número. Podríamos decir que se trata de elementos puntuales y aislados los que se pueden datar en la primera mitad del siglo V a.e. (Cabrera y Sánchez. c.p.). En cualquier caso. estas importaciones. que no alcanzan a la Alta Andalucía. no documentan un Iráfico regular ni un intercambio a gran escala con el Mediterráneo Noroccidental en estos momentos. Es a partir de mediados del siglo V cuando comienzan a aparecer de nuevo importaciones griegas en Andalucía. cuando asistimos al establecimiento de relaciones continuadas y cada vez más intensas entre Ampurias y el Sureste. y. por tanto. con las poblaciones interiores de Andalucía oriental. y entre Ampurias y Cádiz. Las importaciones áticas se documentan ahora a lo largo de las costas meridionales. desde Vi-lIaricos a Huelva. y en las rutas que conectan la costa con la Alta Andalucía y con Extremadura (Fernández Jurado y Cabrera. Parece que estas primeras importaciones áticas tuvieron en la región más meridional de la Península. una distribución costera. ligada a los grandes centros comerciales redistribuidores (Villaricos. Cádiz) o a aquellos enclaves costeros que abren rutas secundarias de intercambio con el inteTior (Málaga, Huelva. Estas impar• taciones en Andalucía Occidental penetran muy débilmente hacia el interior. y sólo apare• cen en puntos situados en zonas básicas de aprovisionamiento (Cerro Macareno. Tejada). ti en la s rutas principaks hacia olras regiones proJul,.'tora.. La cer<Ímica aliea c:n e!'.los momentos no es una nll.: n.: an(Ía generalizada, ni un producto ampliarnenlt.: Ji strihuiJo. Pt.:ro no es sólo la cerámica ática la que cOnftlrma d registro de importacionl! s. sino lamhic n las ánforas corintias y áticas halladas en la Torn: de Dña. Blanca y en las factorías de sala Zón dt: la hahía de Cádiz (Mu• ñoz, Frutos_ Bt: rriatua,!lJXX). y en el Cerro Ma• careno (Pelllcer. De todas formas. la ausencia Je nl! crópolis dc esta época en Andalucía Occidental nos impide ver. en primer lugar el volumen real de las importacio. nes en esta zona. si es que. como ocurre en Andalucía Oriental. fuera la tumba donde se amortizarían finalmente estos vasos. y. en segundo lugar. la dinámica de su aceptación so' cial y de sus usos entre las poblaciones turdetanas (Cabrera. e.p. b). La fisionomía de las importaciones griegas cambia ligeramente durante el siglo IV Durante los primeros años del siglo parece paralizarse. o al menos di sminuir notablemente. el volumen dc importaciones. Es éste un hecho con statado no sólo en Andalucia Occidental. sino en la mayoría de las regiones peninsulares. El prublema es que no sabemos si se trata de un hecho real o si es un "espejismo" de la investigación. relacionado con las seriaciones tipológicas del Agora de Atenas (Sánchez. A partir del 380 se produce un salto especta• cular. tanto en repertorio tipológico, como en el número de vasos que llegan a Andalucía Occidental. Entre 380 y 350 se registra el máximo volumen de importaciones. al igual que en las restantes zonas peninsulares (Rouillard. El elenco tipológico se amplía. aunque en Andalucía Occidental sigue habiendo un predominio claro de los vasos de BN frente a los de FR. en contraste con lo que sucede en Andalucía oriental. donde son mucho más numerosos los vasos figurados (Sánchez, 1992). La cerámica ática llega ahora por primera vez a muchos asentamientos y se extiende capi. larmente desde la costa hacia el interior. Podemos decir que su uso se ha generalizado y extendido. y que la mayoría de los yacimientos andaluces de esta época excavados han propor• cionado al menos algún fragmento ático (Sánchez, 1992; Cabrera. e.p. b). En conjunto. la cerámica ática del IV en An-.dalucía Occidental presenta diferencias eviden- tes con la de Andalucía Oriental. Además de las ya señaladas. es un dato importante el menor nivel. cuantitativo y cualitativo. de las importaciones con respecto a aquella área. Ello puede responder a que estamos en presencia de diferentes estructuras socioeconómicas. con comportamientos diferentes, pero también puede tratarse de otro •"espejismo" de la investigación. Efectivamente la ausencia de necrópolis de esta época (Escacena y Belén. En Andalucía Oriental la cerámica ática es un producto destinado fun -damentalment~ a su amortización suntuaria en la tumba, como elemento de prestigio necesario para la reproducción de un sistema social jerar-T. 1994 quizado y ligado al consumo ostentoso de las élites aristocráticas y de sus clientes (Ruiz y Molinos. Si ace ptamos. aquí en Andalucía Occidental. la afirmación "nunca encontraremos las necrópolis", entonces las interpretaciones serán totalmente diferentes. pero antes debemos rendirnos definitivamente a esa posible evidencia. Dadas estas limitaciones. tampoco podemos afirmar que en Andalucía occidental hubiera una demanda determinada de productos áticos. ni una respuesta específica de los talleres del Cerámico. como ocurre en Andalucía Oriental ( Sánchez. Sí parece haber una predilección mayor entre la sociedad fenicio-pú- ni ca por los vasos de harni z nt.:gro. La menor demanda de vasos figurados (en 1" Torre de Dña. Blanca Se co nstata una rc!¡¡ciún cnln: FK v BN de 20 a 100) podría estar rt.:la cio n¡¡dil. como ya se ña ló Olmos (19M). con la tradición anic6nica del mundo púnico. En ca mhio, e ntre las pobl aciones turdetanas la proporción vasos de FRI vasos de BN es prácticamente simila r. Tamhién destaca el gusto por la s forma s ahiertaso por los cuencos de diversos tipos y por los pl atos de pescado, lo que se podría rel acio na r con una cos lUmhn: a lim e nt ar ia y un a hase económica muy determinada (Cah rcra. c.p. h). Este es el panorama. sintetizado y con las lagunas a las que e l registro arqueológico nos ob liga. de las importaciones griegas en Andalucía Occidental de los siglos V Y IV a.e. Debemos ahora inte ntar valorar esas importaciones en el contexto del desarrollo económico. social y político de esta región y, de una fo rm a más amplia. del Mediterráneo durante esos siglos. LOS GRANDES CENTROS DE PODER EN EL SIGLO V: ATENAS Y CARTAGO Durante el siglo VI habían sido las ciudades jonias. gracias a su especialización e n la actividad comercial y a su expansión colonial en e l Mar Negro, los grandes centros económicos y de acumulación de capital del mundo grie go. Pero la Revuelta Jonia. el cierre de los circuitos comerciales entre la costa jonia y el hinterland anatólico y. finalmente. la conquista persa abrieron la crisis económica de esta región. El dominio político de Atenas tras la victoria del 480 y su actividad comercial, así como la creciente importancia del Mediterráneo Occidental en este "sistema-mundo", hizo que el centra de operaciones del comercio a gran escala y del mercado se transfiriera al continente griego. La primera mitad del siglo V es el esce nario de los grandes conflictos entre tres ciudades rivales en la competencia comercial: Atenas, Corinto y Egina. La intervención militar ateniense en Egina y la sumisión de la isla como tributaria de la Liga Délica en 459. eliminó a uno de los competidores. El establecimiento de Naupactus e n el Golfo Corintio, la alianza con Corcira y la anexión de Mégara iban conducidas al intento de cerrar a Corinto la ruta occidental. La paz finnada con Persia en 449. y las pérdi<;las de territorio como resultado de los enfrentamientos L"On la ligil pelnponésica impulsa run il Pcricles a diri!!lr ~us esfuerzus a consolidar su imperio maritimo. Todo dio cri stali7.ará en la formación dc un \"l' rd adc.:ro im pl 'rio a tenÍl' nse. El afi<.. t n;,¡tnlÍenltl de All'nas como ce;: nlro de poder t.:contimicn o..: n d siglo V fue;: posihle. e n primera in stanc1 <.. 1. g. ra t.:1<..I~ a la posesión de un producto sumamt.:n tc \'ali o~o para e l sistema: la plata de las mina~ del Laurion. La acumulación de ca pital fu I.' posi hk gracias a la poscsión de este mctal. a su exporlal'iún y a la rt.:c¡¡u daciún de t r il1 ulo~. Esta ac umul aciú n primaria puso las hases para un a formidable t.:xpansión de la producción industria l y de la actividad mercantil. factores que a su vez contribuyeron a aume ntar la riqueza acumulada. Pero. para mante ner esta estructura económica. neces itaba imper iosamente co ntrol a r el sistem a de mercado y las grandes redes de intercambio en la s que se inscrihía. para lo cual desa rrolló una se rie de mecanismos politico-militares de caracte r imperiali sta (E khol m y Fried man, 1(79). Para sostene r su producción ind ustri al y el (rahajo especia li za do, Atena:-, ucoía importar oienes de subsis tencia. La producción cerea lista en el Atica era totalme nte insuficiente, y d área culti vab le del Atica se hahía destinado principalmente a la producción de aceite y vino. que se había convertido e n uno de los pilares. junto con la producción ce rámica, de su indust ri a de exportación. Era, por tanto, una necesidad imperiosa impo rtar cereales, trigo en especial. Lemnos y Eubea proporcionaban algunas ca ntidades. pero insufi cie ntes para los requerimientos de Atenas. Sicilia también proporcionó algunas cant id ades de grano. pero no era un mercado en el que poder apoyarse, pues Siracusa era un potencial enemigo que podía embargar las exportacio nes a Atenas o dar prioridad a otros clientes. Fue el tri go tracio y de las estepas de Ucrania el objetivo prioritario. Pero será también el Medite rrán eo Occide ntal o tra de sus fuentes de abastecimiento de trigo y de otros productos de diversa naturaleza procedentes del hinterland e uropeo y de la Península Ibérica. La alta presencia de importaciones áticas en esta zona del Mediterráneo Occidental es una prueba del interés ateniense por los productos llegados desde esta región. El siglo V es también el gran momento de la e xpansión colonial y comercial cartaginesa.:A-unque esta política había si do iniciada años. atrás, desde la segunda mitad del VI (Aubet,1986). ahora el proceso se amplia geográficamente, se profundiza y consolida. El proceso marcha ahora en tres direcciones (Plácido el alii. -la colonización del territorio africano. como respuesta ante la necesidad urgente de aliviar la presión demográfica de la ciudad. y ante la necesidad de apoyar su expansión económica en la obtención de tierras de cultivo. evitando la dependencia del co mercio exterior en el terreno de los hienc.:s de suhsistcncia. -la presencia comercial activa en el Occidente mediterráneo a través de su vinculación con las antiguas colonias fenicias sicilianas y sardas, el establecimiento de factorías como Ibiza o Baria. desde donde accede a las rutas comerciales griegas y a los productos peninsulares. El establecimiento de factorías como Kouass y Banasa en el Norte de Africa. y su apoyo en las antiguas colonias fenicias del Círculo del Estrecho. a través de las cuales accede al tráfico atlántico del estaño y a los productos controlados o elaborados en esta zona (metales. salazón, aceite, púrpura, etc.) y al oro y marfil de origen africano. la consolidación y salvaguarda de sus intereses comerciales en el Mediterráneo Central, especialmente en Sicilia, frente al expansionismo agresivo griego. traducidas en constantes enfrentamientos militares contra los poderes tiránicos de Siracusa y Agrigento. Con esta política Cartago se convertirá en uno de los grandes poderes imperialistas del Mediterráneo. situada en un punto de confluencia de las rutas E-W y N-S, frente a otro gran núcleo de desarrollo económico y político (Magna Grecia y Sicilia), en directa competencia por el dominio y control de las áreas de aprovisionamiento y de las rutas sobre las que se desarrolla el tráfico de mercancías. Los centros del Mediterráneo Central podían actuar como agente de aniculación comercial entre las grandes zonas de aprovisionamiento de la periferia europea y peninsular por un lado, y africana por otro, y los grandes y desarrollados sistemas económicos del Mediterráneo Oriental: Atenas y su imperio marítimo, Persia y Egipto. El Mediterráneo Central es la "bisagra" que articula diferentes sistemas económicos, por lo que el control de los tráficos y las rutas es especialmente conflictivo en esta zona. pues de ello Pero centremonos ahora en esta región y en el papel que Marsella y Ampurias van a jugar es este proceso. Para ello debemos retroceder hasta la época arcaica. y tener presentes diversos acontecimientos ocurridos a finales del VI y comienzos del V: el enfrentamiento en Alalia entre foceos. etruscos y cartagineses. la expulsión de los etruscos de sus mercados tradicionales sudgálicos. la interrupción del mercado massaliota con las jefaturas Hallsttat y el traslado del centro neurálgico del mercado europeo hacia regiones más orientales. y la consolidación cada vez mayor de la participación de Ca rtago en este ámbito. Todos estos factores repercutieron sobre la organización del sistema comercial interregional (Dominguez Monedero. A partir de estos acontecimientos, Marsella, que ha perdido su papel hegemónico en el comercio hacia la periferia europea. parece más encerrada. o volcada hacia su propio hinterland, abandonando su predominio comercial en los mercados del Languedoc, Cataluña y Levante. La prueba nos la ofrecen tanto los hallazgos cerámicos (fuerte disminución en la presencia de ánforas y vajillas masaliotas. mayor vinculación de los horizontes de importaciones áticas con Ampurias: Sanmartí, 1992), como los numismáticos (circuito restringido de las monedas massaliotas de Auriol: García Bellido, e.p.). Desde la primera mitad del V, pero muy especialmente a partir de la segunda mitad, y como consecuencia de la reorganización de las redes de intercambio y del sistema comercial en el Mediterráneo Occidental, el comercio griego se dirigirá hacia una zona de la que apenas se habían extraido anteriormente sus potenciales beneficios, aunque había sido explorada comercialmente y se habían establecido algunos puntos de contacto: el Levante y Sureste peninsular y, con ellos, las zonas del interior con las que se comunican. Y va a ser Ampurias la que actúe como intermediario. la que canalice los inter- Ampurias durante los siglos V y IV actuará como una "gateway community", en el sentido recogido por Cunliffe (l9AA), respecto a las re• giones ibéricas: situada en un punto crítico entre un área de alta demanda de productos mineros, agrícolas o pesqueros (las ciudades mediterrá• neas) y otra, abundante en esos recursos y sus• ceptible de un elevado grado de explotación donde crear una demanda de productos manu• facturados de alto nive!. El mecanismo es bien conocido: se impone una demanda que se tra• duce en intercambios de objetos de alto nivel y en pequeño volumen por productos. esencial• mente materias primas. a gran volumen. estableciendose una relación de explotación, a través de un intercambio desigual, y de dependencia para la reproducción social del sistema de las éli• tes locales respecto a las redes comerciales exte• riores. típica de un sistema basado en la relación centro/periferia ( Rowlands. Ampurias actuará como punto de articulación en este sistema de relación económica Centro/periferia. entre el Mediterrá• neo (principalmente el Mediterráneo Central y Occidental. pero como motor último el imperio comercial ateniense) y las sociedades ibéricas. la existencia de este mercado mediterráneo su• pondrá, para el mundo ibérico. la consolidación de las élites cuyo poder y prestigio están basados en su habilidad para controlar el aprovisiona• miento y redistribución interna de los productos de lujo mediterráneos. El siglo V es el momento de afianzamiento y auge de Ampurias, el momento en que se convierte en una verdadera polis, y ya no en un mero "comptoir" o establecimiento comercial. y es el momento en el que alcanza una situación privilegiada entre las ciudades comerciales del Occidente mediterráneo. Pero este proceso se intensifica y adquiere su máxima expresión a partir de mediados del siglo V. Es entonces cuando se documenta la llegada masiva de vajilla ática a Ampurias, cuando se construye la muralla y un santuario, y cuando se ponen en explotación los territorios periampuritanos desde el punto de vista de la agricultura cerealista extensiva, como prueban los numerosos campos de silos hallados en la comarca del Ampurdán (Sanmartí, 1990(Sanmartí,,1992)). Como señala Sanmartí, uno de los motores de la expansión económica de Ampurias a par-tir del segundo cuarto del V fue la demanda ah: niense de trigo. que no hará sino crecer con los años. especialmente a partir de las dificultades con Magna Grecia y Sicilia. Ampurias no sólo va a suministrar trigo a Atenas. también se va a convertir en el intermediario entre este gran estado comercial y los amplios recursos de la Península Ibérica. Es ahora cuando se constata la ampliación del radio de acción comercial ampuritana hacia la costa levantina y meridional. como documentan el creciente número de importaciones áticas halladas en los poblados ibéricos a partir de mediados del V (Rouillard. 1991). y la presencia de ánforas vinarias y de salazón ibero--púnicas y gaditanas halladas en Emporion, que representan el 68% de los hallazgos anfóricos del yacimiento (Sanmartí, 1992). La cerámica ática. cuyo número alcanza ahora su mayor proporción, no sólo en Ampurias, sino en los oppida indígenas bajo su más directa influencia (Ullastret. 1992). se va a convertir en un elemento de primera importancia para los intercambios en este sistema económico. Precisamente, además. hacia mediados del V, Ampurias emite las primeras monedas fraccionarias, seguidas de las inspiradas en los tipos atenienses con la cabeza de Atenea y la lechuza, marcadas AM, que sustituyen a las monedas arcaicas inspiradas en el tipo Aurio!. La copia masiva por Ampunas, a partir de la primera mitad del siglo IV, de los tipos de los trióbolos atenienses pudo deberse a unas relaciones directas con Atenas quien tras los desastres políticos de Sicilía y Magna Grecia, necesita abrir los nuevos mercados de grano más a Occidente, conectando con el mercado emporitano. La acuñación, en opinión de Garcia Bellido, es la respuesta a una necesidad económica fija y en relación con el Atica (García Bellido, e.p.). La expansión comercial de Ampunas hacia las regiones ibéricas de la costa se documenta también en dos plomos comerciales recientemente hallados en Pech Maho (Lejeune el al;;, 1988) y en la misma Ampunas (Sanmartí y Santiago, 1988), donde se menciona probablemente a Sagunto, y que nos hablan de tráficos comerciales en un medio abierto y entremezclado, con el establecimiento de centros costeros de distribuición y redistribuición, cada vez más numerosos, como serían Sagunto, Alonis, La Bastida o Los Nietos, centros que alimentan de cerámica CÁDlZ y EL MUNDO TURDETANO Como han señaladu diversos autores (Escacena, lYX7: Ruiz Mata. IYX7: Fcrnándcz Jurado, IYX7, ¡\NI). la cuestión del origen de la cultura lunklana dcht! relacionarse con \'ilritJ~ aconlc -cimicnlOs: la i.kpn: siún l.:cllnÚmil"a lk T<tr1t: ssos. la crisis dr.: un si:-.lcma productivo y coml.!rdal basado en la metalurgia y. particularmente. en la plata. y con una posihle crisis agropecuaria. y añadiré. con el colapso dd flujo que conectaba a Tarlessos con las economías desarrolladas orientales (Cabrera. e.p. a). Todos estos problemas condujeron. a lo largo de la segunda mitad del VI. a la crisis definitiva de Tartessos. al colapso de un sistema económico. social y polÍlico que afectó tanto a sus grandes centros. como. de forma más matizada. a su periferia. Sin embargo. en esta estructura de relación y dependencia de los indígenas respecto a los colonizadores se fraguaron las senas de identidad de la cultura tartésica orientalizante. que perdurarán en la zona de Cádiz, Bajo Guadalquivir y Huelva más allá del desmoronamiento de determinadas estructuras socio-políticas. y que conforman los rasgos culturales propios de las sociedades turdetanas. Los síntomas de esta crisis han sido expuestas con mayor conocimiento que yo por dichos autores (Escacena. Las consecuencias para toda el área de la Baja Andalucía fueron: una importante recesión económica. un importante descenso demográfico. un cambio en la estructura productiva y en el modelo de poblamiento. con el abandono definitivo o temporal de algunos núcleos habitacionales y la reducción del perímetro urbano de otros. una interrupción de los sistemas de intercambio generados por la anterior inmersión de esta zona en el comercio internacional mediterráneo, y una ruptura en la unifonnidad cultural y de relaciones económicas (Ruiz Mata. Estos son los signos más evidentes; lógicamente. las consecuencias también lo fueron en el orden social y político. pero aquí la investigación todavía no ha sabido definirlas con precisión. Lo ljUI: \'a a sur~ir ahora viene dctl: rminado por ntu, hl•cho!'l. pero tamhién por la nucva dinámil'a cconúmica quc, a partir dcl siglo V. Y sohrc todo en su segunda mitad. se impone como consecuencia de la reestructuración económica y de la inmersión de esta región. de nuevo. en el comercio internacional. Y en este proceso, como ocurriú en etapas anteriores. Cádiz será la gran protagonista. Erectivamcnte. la crisis de la producción metalúrgica y de un sistema comercial basado en la I.!xportación de plata. impuso la necesaria reoricnlación del sistema productivo. que se centrará ahora cn la cxplotación agropecuaria. en la industria dc las salazones. y en las actividades pesqueras. Es Cádiz la que primero aborda esta reestructuración hacia rines del Vllcomienzos del V. tal y como se deduce de la puesta en explotación de las factorías de salazones en torno a la bahía (Ruiz Mata. 1987: 313). a las que está ligada la producción de ánforas del tipo A-4. cuyo volumen y nivel de expansión por todo el Mediterránc:o a lo largo del V. son muy ilustrativos de la pujanza de esta industria de exportación. Por su parte. en el Bajo Guadalquivir. incluidas las campiñas jerezanas. se advierte a partir del siglo V una concentración del hábitat en grandes núcleos urbanos cuyo fundamento económico reside en la explotación agropecuaria, en la pesca. y en el comercio fluvial y marítimo o hacia el interior (Escacena, 1987: 294: Escacena y Belén, c.p.). En la lOna onubense. la recuperación económica nO se produce hasta la segunda mitad del V. Hay aquí también un cambio evidente en su orientación productiva. dirigida ahora hacia la explotación agropecuaria y pesquera. Aunque no se abandonan totalmente las explotaciones mineras de la Sierra. su volumen de producción ha descendido considerablemente. El cambio explica la pervivencia de un centro metalúrgico como Tejada. en una época en la que esta actividad. aunque se sigue manteniendo. no es el fundamento económico, pues ahora este centro parece volcarse hacia la explotación de las tierras agrícolas adyacentes. El cambio explica también la existencia o surgimiento de factorías como Aljaraque o la Tiñosa. con una actividad centrada en la pesca y recolección de mariscos. y en las salazones (Escacena y Belén, e.p.). Y explica. por último, la recuperación económica de Huelva como ciudad abierta y comercial, que canaliza los excedentes productivos hacia Cádiz y que actua como intermediaria con la ~ pohla-..:iones del interior (Fernández Jurado. 1<11 ~. como se demuestra por la difusión a partir d t: Hudva de la cerámica griega que llega a la zona dt: la Sierra y a Extremadura (Fernándcz Jurado y Cabrera. Este cambio. y el auge de las industrias de exportación. darán lugar al relanzamiento económico de la región turdetana. en el que creo tiene un peso fundamental su relación con Cádiz. pues es precisamente esta relación la que permitió la inmersión de esta zona en el comercio internacional. No en vano Estrabón. al hablar de la Turdetania y de sus ciudades (111.2.1,. resalta aquellas cuya actividad se centra en el tráfico comercial: "las ciudades son. empero. numerosísimas. pues dicen ser doscientas. Las más importantes por su trálico comercial son las que se alzan junto a los ríos. los esteros o el mar" (Trad. Como hemos señalado en la primera parte de este trabajo. es a partir de mediados del sig.lo V cuando se establecen relaciones estrechas de intercambio entre Cádiz y el mundo griego a través de Ampurias. relaciones que se traducen. como evidencias más directas. en la presencia de importaciones áticas y corintias en el área de Cádiz. punto a partir del cual se redistribuyen hacia el Bajo Guadalquivir y Huelva. y en la presencia de ánforas del tipo A-4. o tipo Tagomago. en Ampurias (Sanmartí el alii. Las relaciones entre Ampurias y Cádiz son evidentes a lo largo de la segunda mitad del si• glo V. pero ¿qué ocurre durante el siglo IV? Tradicionalmente se ha subrayado el papel pro• tagonista de los comerciantes punicos en la di• fusión de las cerámicas áticas en el Sur. Los gra• fitos púnicos sobre vasos griegos hallados en el pecio de El Sec (Hoz. Sin embargo. una cosa son los agentes comerciales. que evidentemente se benefician de su actividad como intermediarios, y otra los centros económicos que rigen, estructu• ran y dominan el sistema comercial. Tengamos en cuenta que, como demuestran también los plomos de Pech Maho o de Emporion, desde época arcaica existe en el Mediterráneo Occidental un sistema comercial en el que actúan comerciantes privados de muy diversa "nacionalidad", en el que también intervienen indíge• nas, con bases comerciales y agentes c. omisiona• dos en enclaves puramente indígenas, como S;¡gunto. pero 4ue tit: nen su base financiera y \:l'onúmica t:n Emporion. Es esta ciudad la que o frt: ct: la infrae~lructura comercial nt: ccsaria. la 4ut: ot!!,lulina \:1;,¡hotSlt: c imienlo de ceramica ¡itic<l. la qUt: canali/.a su distrihución en manos de unos y dt: nlf(l'o. la 4ue centraliza y almacena los productu~ intt:n.:otmhiaJos. y la que final • mente se cnriqut: ct: y sale: ht: ndiciada con el sistema. Evidentemente. ese papt:l de gran centro comercial no es exclusivu de Ampurias. pues tamhién lhiza dt: hió serlu. El harco de El Sec part: cc indicar qUt: t:l c<lrgamt:n!u Se hahía formado en el Egt:o y. con escalas en el Medit erráneo Central. se dirigía hacia Ibiza. Pero ello no impide que Ampurias siguiera funcionando como centro aglutinador de los productos áti• coso De hecho, los conjuntos más similares a los de Andalucía (crateras del Pintor del Tirso Ne• gro y Pintor del Bizco. copas del Grupo de Viena 116. escifos del Fat Boy. vasos de BN) se encuentran en Ampurias y en Aleria. el centro corso que ahora está sumergido en la órbita ampuritana. Dc hecho. tamhién. las ánforas iberopúnicas y de la zona dd Estrecho (tipo Tagomago) siguen llegando a Ampurias durante la primera mitad del siglo IV. Que las relaciones entre Ampurias y Cádiz. entre estos dos grandes centros comerciales. se siguieron manteniendo durante el siglo IV. por medio de los púnicos o de otros agentes comerciales. es testimonio de primer orden la moneda. Un reciente trabajo de M.P. García-Be-IIido nos ofrece un panorama muy esclarecedor. Según esta autora. a partir del siglo V las histo• rias de Massalia y Emporion parecen iniciar un distanciamiento: ambas ciudades introducen cambios en sus tipos y valores monetales. hasta generar de sde el siglo IV dos amonedaciones distintas y dos circuitos diferentes. Massalia elige el patrón del stater y Emporion el de la di• dracma. "Las relaciones entre Ampurias y An• dalucía justifican quizás que el patrón elegido por Ampurias sea el de la didracma y no el del stater, puesto que aquel coincide plenamente con el del shekel cartaginés. También explica que un siglo después Emporion emita dracmas con tipo púnico y Gades acuñe valores iguales a los emporitanos" (García Bellido. e.p.). Efectivamente, a partir de los últimos años del IV, Rode y Emporion acuñarán su primera moneda grande. Los únicos paralelos de este nominal se encuentran en las dracmas de Gades. Este cambio radical en el sistema monetal ampuritano des del mismo \'alor mont.:lal es el mc.:jor justifi. cante (h! que la moneda c: mporitana hahía arraigado en el sistema económico de Andalucía. lo que indudahlemcnte conlleva no sólo intensidad de relaciones económicas. sino un largo pretérito en ellas" (García Bellido. c.p.). Esta relación entre los dos sistemas económicos y comerciales se complementa con la entrada en el juego de Ibiza. que a su vez también mantiene estrechas relaciones con Ampunas. y de las colonias punicas asentadas en el SE y Sur peninsular. es decir. con la participación. en ultima instancia. de Carlago. Las relaciones entre Cádiz y el mundo cartaginés. caracterizadas por la independencia y la autonomía. pero también por la vinculación que supone la pertenencia a un mismo mundo cultural semita. se tradujo en vinculaciones comerciales. económicas y. naturalmente. culturales. Cartago. además. podía ser el gran articulador del comercio a larga distancia gaditano hacia el Mediterráneo Oriental. incluido el Egeo. El texto del Pseudo-Aristóteles (Mir.. 136). podria apoyar esta idea: "Dicen que los fenicios que habitan la llamada Gadira y navegan más allá de las Columnas de Heracles llegan a parajes desiertos (... ) en los que se encuentran en abundancia atunes asombrosos por su longitud y grosor (... ) Los cartagineses los ponen en conserva y juntándolos en unos depósitos los llevan a Cartago. de donde no sólo los exportan. sino que por su excelente calidad los toman ellos mismos como alimento". Otros más expertos que yo nos podrán hablar de los testimonios materiales de esta relación (materiales púnicos. centromediterráneos y orienlales presentes en el área gaditana. por ejemplo. las ánforas Merlin-Drapier 3 halladas en algunas factorías gaditanas (Muñoz el alii. 1988); materiales gaditanos en Ibiza o en el Mediterráneo Central y Oriental (Peacock. Ello no impide, de todas formas, que la propia Cádiz exportara sus salazones hasta la misma Grecia. sin T. P.• 51. n.o 2.1994 Palo_ Cabren mediaciún de emporitanos o c<Jrlagineses. lo eual e"i un si~no de su vitalidad económica. pero C! ita cuestión no es relevante ni determinante dentro del! listema. ¡.Como se estructuró este sistema comercial? El sistema gaditano. cuyo eje gravitaha simbólica y económicamente en torno al templo de HeracleslMelqart. parece basado en una fuerte industria propia: las salazones. un verdadero monopolio proporcionado por la situación de las factonas gaditanas junto a extensas zonas salineras, ~. junto al mar y a las rutas naturales de movimiento del atun. y por su capacidad de dar salida haci<J el Mediterráneo a esa producción. Se hasaba tamhién en una fuerte industria de construcción naval. indispensahle para la pesca y el comercio. y de producción ánforica. Quizas también en una industria artesanal especializada. que por estas fechas conocemos mal. posiblemente textiles (su control de la púrpura le proporcionaba un elemento básico en esta industria. y a un nivel de productos de alto valor). posihlemente tamhién hronces. marfiles y quizás mercancías mas corrientes. productos destinados a abastecer los mercados interiores de la Turdetania (la orfehrería no parece salir del círculo de consumo de la propia ciudad: Perea. A cambio se obtendrían los siguientes productos: plata y plomo de la región de Linares. hierro de Sierra Morena. cinabrio extremeño. cereales de las campiñas béticas y seguramente aceite. y productos derivados de la explotación ganadera en todas esta regiones. Cádiz se abastece en estos mercados. aunque no controla en exclusividad la comercialización de estos productos. al menos los extremeños y de la Alta Andalucía. también dirigidos. a través de las rutas W-E (via Sisapo-Cástulo. vía norte de Sierra Morena o "de los santuarios ". vía Cástulo-Villaricos: Cabrera. 1987) hacia el Levante. es decir. hacia los puertos de comercio griegos y púnicos. Pero Cádiz controla. y esta vez sí directamente. el área productiva y comercial del Estrecho. las mercancías que en ella se producen (salazones. púrpura) y aquellas que llegan desde la periferia africana a través de las rutas de caravanas (oro. marfil. esclavos. exótica). y desde la periferia atlántica. fundamentalmente el estaño. A través de Ampurias y de Ibiza. o bien directamente. todos estos productos se comercializarían hacia el Mediterráneo Central y Oriental. El desarrollo de este sistema comercial permitió un nuevo impulso en el crecimiento eco-nómico dr.: Gadir. qur.: alcanza a partir lk r.:~Ir.: momr.:nto su mayor dr.:sarrollo urhano (Auhr.:l. IYl'\ó: óI4). y qur.: ahora r.:s un gran centro de acumulación de capital. famoso por su templu. por su producción de gamm (la murena tartesia: Aristófanes. 475) y su bronce (que revestirá los muros del Tesoro de los sicionios en Olimpia: Pausanias. 6.11). donde también llegarán sus ánforas de salazón (Gauer. Este desarrollo permitió el mantenimiento de las viejas estructuras sociales. en las que el poder estaba en manos de una vieja oligarquía mercantil. de navieros-comerciantes. pero compartido ahora con aquellos que controlan los medios de la producción en la industria de salazones. que son todos ellos los que se entierran en los sarcófagos antropoides de origen oriental y en los hipogeos de la necrópolis de Punta de Vaca. Tenemos pocos datos que nos hablen de cómo se concreta la estructura social y las relaciones de producción y de dependencia. y éstt.! es un campo en el que la investigación debe hoy en día profundizar con mayor urgencia. El desarrollo de este sistema comercial contribuyó. asimismo. al desarrollo económico de la Turdetania, y en concreto del Bajo Guadalquivir y Huelva. A partir de los siglos V y IV se desarrollan y multiplican grandes centros urbanos en las áreas cerealísticas y de explotación ganadera, pero también en los puntos que controlan rutas y redes secundarias de intercambio. El comercio con Gadir permitió el mantenimiento y/o desarrollo de estructuras sociales de dominio, basadas en la propiedad de las tierras y de los medios de producción. y en el control de los sistemas de intercambio. El dominio territorial va a ser ahora clave en un proceso en el que la explotación agrícola intensiva del territorio es la fuente prioritaria de riqueza, y ello se traducirá en una jerarquización evidente a partir de grandes núcleos urbanos (Carmona, Osuna, Estepa, Asta Regia, Cerro del Casar), situados en terrenos ampliamente productivos y con inmejorables condiciones para la defensa y control de territorio, que imponen su domi• nio sobre núcleos productores más pequeños, hasta llegar a las unidades mínimas de producción doméstica, como las situadas en la campiña sureste de la provincia de Sevilla (Belén y Escacena, e.p.), a través de diversos modelos de relación, en los que quizás no faltase el de servidumbre (el caso tópico de Torre Lascutana Carecemos. aquí también, de datos que nos permitan conocer cómo se estructuran las relaciones de producción. cómo se concretan las relaciones de dominio. y, en suma, cuáles son las estructuras sociales y políticas. La investigación sobre la Turdetania todavía tiene que recorrer en este sentido un largo camino (cf. en este sen• tido Belén y Escacena. e.p.). El estudio de la cerámica griega no puede ayudar. por el momento. a esclarecer este problema. pues nos falta un dato de primera importancia. como es la configuración de los ajuares funerarios. En Andalucía Oriental, o en el SE. se han podido obtener, con ayuda de las cerámicas griegas, datos sobre la estructura social: así, sabemos que entre estas sociedades ibéricas los grupos sociales se distinguen no sólo por la posesión de armas o de importaciones griegas, sino, en el seno mismo de la clase que detenta el poder. por la capacidad de atesoramiento de tales objetos, o por la posesión de determinados objetos singulares (las crateras áticas de fR, frente a las copas de fR o los vasos de BN), y que la distribución de dichas importaciones en las tumbas del siglo IV indican un cierto grado de isonomía en el poder aristocrático (Ruíz y Molinos, 1993; Santos, 1989; Sánchez, e.p.). En Andalucía Occidental, al carecer de necrópolis, no sabemos cómo se materializarían en el momento de la muerte esas estructuras sociales. A modo de síntesis diremos que las importaciones griegas son un testimonio más de la inmersión de Cádiz, y a través de ella de la Turdetania, en un sistema económico "mundial", en una amplia red de sistemas, encadenados e interligados. No podemos entender el desarrollo de unos sin la participación en este sistema de olros, sin entender que todos los elementos tienen un papel decisivo en este juego. La subsis-'00 tencia de: lo), g.randcs pt )lkrc!<. \.:c nlr:.lk.. ~c ha • ~a"a en el dc, arwllo de: "us.. istt.'mas productivos yen el control de las redes de intercamhio y de los mercados. El desarrollo de las periferias cstaha condicionado por su participación en esas redes de intcrcamhio. Entre unos y otras hay sistemas que articulan las relaciones de explotación'! depc: ndcncia y que salen beneficiadas de su misma posición. Atenas en el Mediterráneo Oril: nta1.'! Carlag.o en el üecident'l!.'icr: in lo"!!r¡mJcs molores económicos en este sish: ma mundial. en el que las colonias griegas de la zona póntica. las del sur de Italia y las del Golfo de León por un lado. y las colonias punicas y antiguas fenicias del Mediterráneo Central y del Círculo del Estrecho por otro. actuarán como intermediarios con las periferias y como puntos de articulación.. o de conflicto y ruptura. dentro del sistema. De todas formas. quiero dejar claro que. desde mi punto de vista. las importaciones grie~ gas no son la única prueha. ni quizás la más importanle. del desarrollo económico de Cádiz durante los siglos V y IV. ni del auge de su comercio a larga distancia. ni de la creación de un sistema de mercado y de intercambio en la zona del Estrecho y de la Baja Andalucía. De hecho. cuando a partir del último tercio del siglo IV ce~ san las importaciones griegas en el Sur. es decir. cuando Atenas deja de ser un Centro. Cádiz y la Baja Andalucía no sufren un grave revés eco~ nómico. A pesar de haberse detectado diversos problemas en las factorías gaditanas, en algunos poblados vinculados al Guadalquivir como el Cerro Macareno. o el abandono de poblados como Tejada. 1994, e.p.), estos signos no indican la crisis económica del sistema. sino reestructura~ ción y ajustes internos. aunque es un tema que queda aún por investigar. En la Alta Andalucía sí parece que la crisis de mediados del IV está relacionada con la ruptura de las rutas y redes que cubrían de productos griegos a esta zona (Ruiz y Molinos. En la Turdetania o en Cádiz no se percibe tal crisis. quizás porque su sistema era menos dependiente. más autónomo, porque Gadir supo crear un mercado potente en el área norteafricana (hay ahora una mayor vinculación en el registro material con el Norte de Atrica: Ruíz Mata.
El objetivo de este trabajo es realizar un análisis de las formas de desigualdad social de las sociedades castreñas del Noroeste que tenga en cuenta la diversidad regional así como el papel de la influencia romana anterior a la conquista en el desarrollo de estas comunidades. Para ello se recurre a dos modelos interpretativos: el de los castros segmentarios y el de los grandes asentamientos castreños. Esto permite afirmar que existen diversas formas de articularse las relaciones sociales en el Noroeste prerromano que no son reducibles a modelos uniformes y homogenizadores como los que tradicionalmente se han aplicado. A partir de esta constatación es posible integrar la información en el estudio de las fuentes literarias, de manera convergente con el análisis arqueológico. El análisis detallado de las formas de organización territorial y social permite afirmar que la integración del Noroeste hispano en el Imperio Romano fue un proceso de ruptura respecto a la historia anterior de las comunidades castreñas, y no una mera evolución de las mismas. Esto no quiere decir que Roma arrasara las realidades indígenas para que le resultara más cómoda la labor imperialista, ni que toda realidad cultural documentada a partir de finales del siglo I a.C. en el Noroeste sea una importación romana. Es simplemente una manera de decir que la provincialización puso en marcha factores históricos nuevos que alteraron enormemente las formas de relación social. Y que las realidades sociales resultantes no pueden explicarse recurriendo al peso del pasado prerromano, sino teniendo en cuenta estos nuevos factores históricos y la necesaria adaptación a ellos de las realidades indígenas. El cambio esencial fue la aparición de auténticas aristocracias locales y de una nueva ordenación suprarregional de la producción y de la organización del territorio. Esto implica afirmar que la dominación romana en el Noroeste supuso la alteración radical de las *(*) Este trabajo se ha desarrollado en el marco de los proyectos de investigación La formación de los paisajes antiguos en el Occidente de la Península Ibérica (AGER), financiado por el MCyT (BHA 2001-1680-C02-01) y Aportaciones teóricas para el estudio de las sociedades antiguas de la Península Ibérica, financiado por la CAM (06/0136/2003). Ha Antigua y Arqueología, Instituto de Historia (CSIC). C/ Duque de Medinaceli, 6. Inés Sastre comunidades indígenas en muy poco tiempo. No creo que ello sea "mérito" de los romanos ni de su supuestamente portentosa capacidad de organización. Creo, por el contrario, que se trata de un resultado bastante previsible ante las necesidades de la maquinaria de tributación romana. De hecho, los procesos de expansión de las diversas potencias imperialistas a lo largo de la historia están plagados de casos semejantes. Naturalmente, la tarea de convencer a los escépticos de la existencia de esta ruptura radica en la definición de las sociedades prerromanas y de sus diferencias en comparación con la sociedad provincial. Lo primero que hay que tener en cuenta es que esa ruptura generalizada presenta una gran variabilidad particular. En primer lugar, porque los intereses romanos fueron diferentes dependiendo de las zonas (1). En segundo lugar, porque no todas las comunidades prerromanas eran iguales. A pesar de lo razonable que pueda parecer esta segunda afirmación, exige una argumentación relativamente extensa, puesto que en la actualidad, incluso con la importancia creciente de los estudios regionales, impera una imagen falsamente homogénea del Noroeste castreño en lo que respecta a la interpretación sobre las formaciones sociales. Homogénea en sus dos coordenadas: temporal, sobre todo en lo que se refiere a la primera época de dominación romana, considerada una mera continuación de la segunda Edad del Hierro (Fernández-Posse 1998: 233-4 y 2002), pero también espacial, puesto que, para este momento previo a la conquista se suele considerar que todos los territorios muestran formas de organización social semejantes. Estas se caracterizan, según puntos de vista marcadamente evolucionistas, por la tendencia a la consolidación de formas de organización social controladas por una potente aristocracia, en todo semejante a la de otras regiones europeas contemporáneas (2). En este proceso de evolución tienen un papel esencial los grandes castros del norte de Portugal, área galaica meridional y territorio astur meseteño que, en este contexto evolucionista, han sido considerados -principalmente los primeros-, paradigmáticos y un eslabón esencial de este proceso de la complejidad social que pone al mundo castreño "a la altura" de otras culturas del Hierro II. Sin embargo, su desarrollo es muy diferente del de las demás comunidades del Noroeste. Aunque la morfología final de sus formas de articulación del espacio sea de fase augustea, parece que los procesos que le dieron forman comienzan antes de la provincialización, fundamentalmente la concentración poblacional. Esta evolución, que se inicia hacia el siglo II a.C., debe considerarse también, como han defendido varios autores, un proceso secundario, condicionado por la influencia romana en los territorios cercanos. Pero esto no ha sido óbice para que muchos investigadores hayan tomado estos asentamientos como el modelo y el referente para una fase de esplendor de la cultura castreña que, gracias a la influencia romana, termina de desarrollar los potenciales existentes de manera embrionaria en su estructura social y territorial. La dominación romana no implica, así, ruptura, sino continuidad. La conversión de los grandes castros en casos "ejemplares" o "paradigmáticos" de la cultura castreña tiene una grave consecuencia: la trasposición directa de sus características al resto de los asentamientos del Noroeste. Este no es un fenómeno reciente. En realidad, puede remontarse a Estrabón, como se indicará más adelante. Se ha favorecido, así, la distorsión de las realidades sociales de aquellas regiones que no responden en absoluto al modelo de los grandes castros. Frente a estas ideas que consideran el proceso de la complejidad social como el desarrollo progresivo de potencialidades y "realidades embrionarias", quiero proponer una interpretación que tenga en cuenta la necesidad de las "rupturas" históricas en la consolidación de las desigualdades sociales. Propongo, así, que la importancia de estos grandes castros radica en que éstos permiten documentar la ruptura del modelo segmentario y exógamo que caracteriza a una gran parte del territorio nordoccidental (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia 1998; Sastre 2002), dando lugar, a su vez, a unas formaciones sociales bastante diferentes de lo que será la posterior sociedad provincial. (1) Fueron especialmente intensos, por ejemplo, en las zonas mineras o en el territorio de las capitales conventuales. Sin embargo, la imposición del sistema tributario afectó muy notablemente a todos los territorios y a todas las poblaciones. (2) Parcero, en un trabajo reciente, presenta un modelo de interpretación que matiza estas ideas (Parcero 2002). Se basa en la combinación de los conceptos de Modo de Producción Germánico y de Sociedad Heroica. El primero, que plantea la "convivencia" de explotadores y explotados dentro de los mismos lugares de habitación, pretende dar cuenta de la ambigüedad de un registro arqueológico en el que los síntomas de jerarquización del poblamiento son inexistentes. El segundo mantiene la tradición de los estudios indoeuropeos y atañe fundamentalmente al universo simbólico. Esta interesante aproximación presenta el problema, a mi juicio, de ser heredera directa de las teorías de la aristocracia céltica, de modo que la matización "germánica" como forma de explotación no clasista resulta difícil de casar con una ideología heroica propia de una clase dominante de guerreros. Uno de los elementos básicos en la definición de los asentamientos y de las comunidades que albergan, pero que en ocasiones se pasa por alto, es su tamaño. Naturalmente éste no es un factor determinante por sí mismo, pero sí un indicador importante del tipo de organización social "esperable", principalmente en lo que se refiere a los asentamientos "pequeños", cuando su tamaño se pone en relación con las formas de organización del espacio interno y externo. En el caso del Noroeste prerromano, la gran mayoría de los castros se sitúan en torno a una hectárea, raramente alcanzan las dos. Aunque faltan por hacer estimaciones demográficas exactas, puede afirmarse que su población no superaría los 150-200 habitantes, en el mejor de los casos (3). (3) Estos datos demográficos se basan en los asentamientos del Hierro II excavados en la Zona Arqueológica de Las Médulas y en la Cabrera (León) (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia 1998). El modelo desarrollado para estos castros astures es aplicable en términos generales a otras zonas del Noroeste en las que se han llevado a cabo estudios territoriales: Trás-os-Montes y occidente zamorano, el territorio leonés en general (a excepción del área meseteña más meridional), prácticamente toda Asturia Transmontana, y en gran medida el área galaica interior, aunque con algunas zonas divergentes, sobre todo las zonas de contacto con las áreas de los grandes castros (Orejas y Sánchez-Palencia Estos asentamientos se caracterizan, además, por su "negativa a crecer". Como se ha documentado en las zonas leonesas antes indicadas (4), la muralla parece ser la primera estructura que se levanta cuando comienza a construirse un nuevo asentamiento. Esta muralla delimita claramente el espacio y su población, restringiendo de esa manera el crecimiento de la comunidad a unos límites culturalmente fijados. La población nunca se extiende más allá de estos límites, ni desborda este perímetro inicial e, incluso, en ocasiones, ni siquiera llega a ocupar densamente todo el recinto (5). Así mismo, la muralla hace visible a la comunidad en el paisaje, marcando al mismo tiempo su relación con su diversificado territorio de explotación, igualmente caracterizada por el exclusivismo. Puede afirmarse que la producción tampoco crece, sino que se mantiene en niveles constantes, algo propio de mentalidades económicas precapitalistas (Vicent 1991). Esto se percibe arqueológicamente en la estabilidad del tamaño de los almacenes, que permanece casi inmutable a lo largo del tiempo. La comunidad mantiene una relación excluyente con su territorio, dentro de límites culturalmente fijados tanto para la población como para la producción. El carácter segmentario de estos asentamientos, y sus limitaciones culturales al crecimiento de la población y de los recursos, son rasgos destacados en relación con las formas de complejidad social y, en concreto, con su característica ausencia de jerarquización. Los conflictos internos pueden resolverse por segmentación (Gilman 1991) pero, al mismo tiempo, esta misma es, a su vez, fuente de conflictos en las relaciones intercomunitarias. Estas comunidades que no superan los doscientos habitantes son, forzosamente, exógamas (Bintliff 1999: 532; Ortega 1999), aunque tal vez en un porcentaje no demasiado alto (6). Esto crea tensiones entre la necesaria interacción entre asentamientos y la salvaguardia del exclusivismo territorial de los mismos, dando lugar, sin duda, a la existencia de relaciones intercomunitarias de base parental, que posiblemente incluyen varios aspectos socioeconómicos que en la actualidad aún no podemos definir. Lo que tal vez sea más fácil de describir -naturalmente de forma genérica-son las formas de relación social intracomunitarias. El análisis espacial de estos asentamientos pone de manifiesto la importancia de las familias nucleares en la articulación del espacio (7). De hecho, arqueológicamente sólo son visibles dos niveles dentro de la comunidad: la familia nuclear y la comunidad-castro. Esto no quiere decir que no existieran relaciones de parentesco entre diversas unidades familiares dentro del asentamiento (algo, de hecho, muy probable) (8). Pero lo que parece claro es que las familias nucleares tuvieron un papel específico, siempre dentro del marco general de la comunidad. Un argumento de peso a favor de esta idea es el control directo que ejercen sobre la producción. Esto se ve a través de la existencia de almacenes familiares, no comunitarios ni interfamiliares. Esto permite afirmar que todas las familias tendrían un papel semejante dentro de la comunidad, siendo la comunidad como un todo el referente último tanto para los intercambios matrimoniales (en muchos casos exógamos) y las relaciones de parentesco, como en la ordenación de la producción. Todo esto permite suponer que el control de la comunidad era ejercido por los cabezas de familia de estas unidades familiares, sin que ninguna de ellas se situara por encima de las demás. Se trata de un sistema que permite que todas las familias que componen esa comunidad estén representadas en sus formas de ordenación política, algo facilitado, además, por el restringido número de habitantes del asentamiento, que hacía posible la existencia de contactos directos entre las distintas familias. Este modelo debe concebirse como una especie de equilibrio inestable en el que aquellos capaces de manipular las relaciones de parentesco de manera más eficaz, o con más éxito en sus estrategias de explotación agraria, pudieron llegar a disfrutar de posiciones más favorables. Esto pudo dar lugar a ciertas desigualdades entre las familias, cuya repercusión en las relaciones políticas estuvo limitada por el hecho de que la comunidad funcionaba como estructura de poder. En algunas zonas y a partir de un cierto momento, los límites culturalmente fijados para el crecimiento de la población y la producción se rompen y se documenta la tendencia a la concentración demográfica en varios asentamientos (9). En otras zonas europeas este fenómeno suele producirse cuando los procesos de segmentación dan lugar, a lo largo del tiempo, a una ocupación del territorio densa, de modo que la fundación de nuevos asentamientos progresivamente va reduciendo el territorio tradicionalmente definido entre ellos (Bintliff 1999: 253ss). La falta de estudios territoriales al respecto impide verificar un proceso semejante en el caso del Noroeste hispano. Por otra parte, en este caso, y tal y como han puesto de manifiesto varios investigadores, el fenómeno coincide con el desarrollo de contactos con zonas en las que la presencia romana era ya evidente, bien meridionales, bien meseteñas, (Esparza 1986: 375; Naveiro 1991; Rey 1999; Orejas 1996: 94 ss; Orejas y Sánchez-Palencia 1999). Considero que éste es un factor importante para comprender el fenómeno, aunque reconozco que, ante la falta de análisis arqueológicos territoriales, es difícil intentar definir su desarrollo particular. De cualquier manera, lo que sí es interesante destacar en este momento es que la ruptura de la "disciplina demográfica", que era un rasgo esencial de los castros segmentarios, parece síntoma de la existencia de cambios en las formas de organización social. Esto se puede rastrear en la organización del espacio interior de estos grandes asentamientos. Están sin hacer los estudios demográficos que permitan cuantificar la población que encierran estos asentamientos, pero puede partirse de la base de que superan o pueden superar los 500 habitantes, cifra que puede servir de referencia para afirmar que una población puede ser endógama (Bintliff 1999: 532), realidad que suele coincidir con la aparición de asentamientos de más de 2-3 Ha. El elemento más característico de la ordenación del espacio dentro de estos grandes asentamientos es la agrupación de varias construcciones con hogar (suelen ser las llamadas "casas con atrio") y de varios almacenes en unidades marcadamente independientes dentro del asentamiento, y volcadas sobre sí mismas en torno a un pequeño patio enlosado. Este tipo de vivienda está especialmente bien documentado para las fases provinciales de los grandes castros, como ocurre en Sanfins (Silva 1986: 43ss) o Santa Trega (Peña 2001), pero es posible un origen anterior, como parecen indicar asentamientos como el de Terroso, si la datación proporcionada es la correcta (Silva 1986: 39-40). Es posible pensar que estas unidades albergaban a varias familias nucleares. Así parece indicarlo el hecho de que existan varias viviendas y almacenes en cada una de ellas. Si consideramos que puede haber hasta cuatro viviendas por unidad, dispondrían de una cantidad total de espacio semejante al de las familias de los castros segmentarios (cuyas unidades tienen un tamaño medio de unos 60 m 2 ), teniendo en cuenta, además, en el caso de las unidades de los castros grandes, que estas familias podían compartir espacios comunes. Esta organización espacial parece indicar que la (9) Se trata de los grandes asentamientos «clásicos» de la Cultura Castreña. El principal problema que plantean estos castros es cronológico. Parece que el proceso de concentración de la población que los va definiendo tiene un origen en época preprovincial, como ya se ha indicado. Pero su morfología característica, clásica, corresponde ya a la dominación romana. En ocasiones parece tratarse de auténticas fundaciones nuevas de finales del siglo I a.C. o comienzos del siglo I d.C. Esto puede afirmarse para San Cibrán de Lás (Ourense), Monte Mozinho (Porto) o Santa Trega (Pontevedra) y, tal vez, Sanfins o Âncora. Otros asentamientos como San Martín de Torres, Fuentes de Ropel, Villasabariego entre los astures, o Briteiros y Santa Luzia en territorio portugués parecen tener un origen anterior a la conquista, aunque su consolidación como lugares centrales responde ya a los procesos de integración en el mundo romano. De cualquier manera, parece que los investigadores no han prestado demasiada atención a esta diferenciación entre época provincial y anterior, al considerar que el siglo I d.C. es continuación natural del desarrollo de la cultura castreña. familia nuclear, a pesar de conservar cierta individualidad, queda en parte diluida en el contexto de una "familia extensa". Frente a los dos niveles sociales segmentarios (familia nuclear/comunidad), en estos asentamientos se pueden definir tres (familia nuclear/familia extensa/comunidad). Dada la posibilidad de que estas comunidades tendieran a ser endógamas, este segundo nivel pudo funcionar con entidad propia en los intercambios matrimoniales dentro del asentamiento. Esto pudo haber facilitado la aparición de "linajes" como elemento de identificación y diferenciación dentro de la comunidad. En la fase provincial inicial están documentados los "barrios", que agrupan a varias de estas unidades familiares y ordenan el asentamiento dotándole de una morfología articulada en torno a calles que se cruzan en retícula. Los casos más claros de este sistema de ordenación, como Sanfins, parecen corresponderse con fundaciones tardías cuya homogeneidad implica un desarrollo muy centralizado en un plazo de tiempo corto (Silva 1983-84: 128). Sin embargo, en una etapa anterior podrían existir ya formas de planificación que complementan la mera definición del espacio por la muralla. Así, en Terroso parece existir un eje de ordenación enlosado con dos posibles calles orientadas norte-sur y este-oeste que dividen el castro en cuatro unidades (Silva 1986: 39). La aparición de estos linajes alteró las relaciones de las diversas unidades familiares entre sí. Éstas perdieron, por decirlo de alguna manera, su independencia dentro del asentamiento -la que caracteriza a las familias de los castros segmentarios-y pasaron a depender, en su gran mayoría, de las decisiones tomadas dentro de cada agrupación familiar. Esto coincide con la tendencia, dada la concentración de la población, a la ruptura de esas relaciones directas entre todas las familias, algo que era posible en los asentamientos más pequeños. Así, desaparece un elemento importante en las relaciones sociales: la identificación recíproca directa, la relación "face-to-face" (Alarcâo 2003, basado en Forge; Bintliff 1999; Johnson 1982). Todo esto no presupone, necesariamente, la existencia de desigualdades entre las familias dentro de estos linajes, pero esta posibilidad queda abierta. Se trataría, naturalmente, de desigualdades centradas en el Lám. Foto: F. J. Sánchez-Palencia. parentesco y, más en concreto, en la presumible patrilinealidad de estas comunidades agrarias, con una subordinación -plasmada en las relaciones espaciales-de los descendientes respecto al cabeza de familia. En el caso de los castros segmentarios, parece clara la autonomía de la que gozan las diversas familias nucleares, tanto en la ocupación progresiva de los castros, como en la posibilidad de ir a fundar nuevos asentamientos. Frente a esto, en los grandes castros, las unidades familiares parecen estar mucho más determinadas por su subordinación física y espacial al "linaje". En este sentido puede tener interés el modelo de "comunidad corporativa" (corporate community) desarrollado por Bintliff para explicar el origen de las poleis griegas, pero que también es aplicable a algunos hillforts durante la Edad de Hierro (Bintliff 1999 y 2002). Según este modelo, es probable que el control de estas comunidades estuviera en manos de las familias que se situaban a la cabeza de estos linajes y que ejercían el control por medio de asambleas. En éstas estarían representados todos los segmentos de la comunidad, pero no todas las familias, como por el contrario debía de ocurrir en los castros segmentarios. Esto implica la ruptura de la igualdad entre grupos familiares, pero la reproducción de las relaciones "igualitarias" entre los linajes. Es posible plantear, por lo tanto, la existencia de formas de dependencia dentro de los segmentos o linajes, fundamentadas en las relaciones de parentesco, que harían posible la aparición de posiciones preeminentes dentro del grupo familiar, y también en el marco comunitario, como "cabezas de linaje" (10). Esto pudo dar lugar a "formas parentales de extracción del excedente" tal y como las define J. Vicent. Siguiendo a este autor (Vicent 1998), en este tipo de sociedades no pueden documentarse otros grupos sociales que los individualizados por el parentesco, de modo que, al igual que ocurre en el caso de los castros segmentarios, se trata de formas preclasistas de organización social. Tal vez en favor de esta afirmación puede esgrimirse el hecho de que, a pesar de la unificación espacial de los grupos familiares, las formas de almacenaje documen-tadas en algunos asentamientos, como Santa Trega, incluso durante la dominación romana (Peña 2001), continúan correspondiendo con las familias nucleares, aunque su identificación espacial permita pensar en una gestión en gran medida dependiente del "linaje". La concentración del excedente en grandes almacenes comunes es un rasgo claro de la nueva sociedad provincial de clases y de su sistema tributario. Un aspecto fundamental para definir estas formas de organización social es el de las relaciones de estos asentamientos con su territorio. Parece fuera de duda que el crecimiento concentrado de la población debió ir acompañado de un aumento de la producción (Orejas y Sánchez-Palencia 1999: 25) bien por medio de la intensificación, bien por el control de un territorio más amplio. Más problemática parece la cuestión de si estos procesos se vieron acompañados de la aparición de una jerarquización del poblamiento. La jerarquización implica una diferenciación funcional de los asentamientos y no sólo una variabilidad de tamaños, es decir, requiere la aparición de lugares centrales de los que depende la articulación de un territorio poblado por asentamientos de carácter secundario. Y está claro que esto se produjo de manera bastante rápida después de la conquista romana, favoreciendo, de hecho, a algunos de los asentamientos que nos ocupan (11). La duda radica en si éstos eran auténticos "lugares centrales" antes de la dominación augustea. Las interpretaciones de Martins sobre la evolución del poblamiento en el valle del Cavado (Martins 1990) apuntan en esa dirección, aunque plantean, desde mi punto de vista, ciertos problemas en cuanto al contenido real de esa jerarquización, que realmente se apoya principalmente en el tamaño de los asentamientos y no tanto en su diferenciación funcional. En la mayoría de las ocasiones faltan trabajos al respecto, pero se han puesto de manifiesto posibles procesos de concentración de la población, antes dispersa en varios castros, en un único asentamiento. Esta es la hipótesis general que plantea Silva para el final de la Edad de Hierro en el norte de Portugal (Silva 1986: 43). Posiblemente puede plantearse también en el caso de Santa Tre-( 10) "La organización interna de la comunidad sobre principios genealógicos abre la posibilidad de introducir grados legítimos de insolidaridad en el interior de la misma al ir desplazando al linaje los límites de la reciprocidad generalizada que antes eran coextensivos a todo el agregado de familias que constituye el grupo. Esto implica, a largo plazo, que la contradicción entre apropiación comunitaria y solidaridad intergrupal se desplaza al interior mismo de la comunidad" (Vicent 1998: 831). (11) Así, por ejemplo, en la región astur meseteña muchas de las civitates definidas por Roma se articulan en torno a grandes castros Brigaecium (Fuentes de Ropel), Baedunia (San Martín de Torres), Lancia (posiblemente Villasabariego). TIR, K-30. ga, cuyo surgimiento tal vez conllevó la desaparición de otros asentamientos cercanos como el de A Forca (Carballo 1987). Algo similar pudo ocurrir en el caso de Troña. En este castro se documenta desde finales del siglo II el crecimiento del asentamiento en un segundo recinto adosado. Por su parte, el gran castro de Las Labradas (Arrabalde, Zamora), con sus 23 Ha. globales surge también posiblemente como el resultado de la concentración de población, pero en este caso en un momento que parece directamente atribuible a la presión de la conquista romana (Esparza 1986: 376; Delibes et al. 1996: 12). Hay que tener en cuenta que la existencia de procesos de concentración poblacional no tiene por qué coincidir necesariamente con la jerarquización del territorio. Pudieron existir grandes castros conviviendo con asentamientos segmentarios independientes, de modo que los procesos de cambio afectaron más claramente a la estructura interna de los primeros, al menos en una primera fase. También pudo ocurrir que la tendencia a la concentración diera lugar a paisajes marcados sólo por grandes asentamientos (12). De todos modos, la consolidación de formas de desigualdad parentales y el crecimiento demográfico, necesitados de una intensificación de la producción, pudieron favorecer que progresivamente el territorio de otros asentamientos comenzara a caer bajo la influencia de estos grandes poblados. De cualquier manera, hay que tener en cuenta que se trataría de procesos históricos largos y fluctuantes. La jerarquización y la desigualdad de clases se consolidan y extienden en época provincial, no como "herencia" de los grandes castros, sino como el resultado de la acción de nuevos factores históricos en esos procesos. tes y las comunidades campesinas se resolverían, posiblemente, por medio de la reproducción de relaciones clientelares y por la necesidad de entrar en dependencia de las grandes familias para tener garantizado el acceso a la tierra que Roma reconoce a la civitas como comunidad peregrina. LAS FUENTES LITERARIAS: LA DESCRIPCIÓN DE ESTRABÓN DE LAS COMUNIDADES MONTAÑESAS Hasta aquí se ha intentado proponer una interpretación sobre los procesos de cambio del Noroeste hispano que tenga en cuenta tanto las diversidades como las rupturas, frente a la uniformidad habitualmente imperante en los estudios sobre estas realidades históricas. Merece la pena detenerse ahora, aunque sea brevemente, en las fuentes literarias y su posible relación con estos procesos de cambio descritos más arriba. La homogenización artificial de las comunidades del Noroeste conforme a unos puntos de referencia uniformes se remonta a Estrabón. Esto ha tenido una enorme importancia en la construcción de la imagen actual de los pueblos del Norte desde la Historia Antigua, deudora directa de enfoques que sitúan la importancia de las fuentes literarias por encima de la información arqueológica. De hecho, las descripciones de Estrabón han sido la base a partir de la cual se han construido las interpretaciones actualmente vigentes sobre las sociedades nordoccidentales prerromanas, tanto en el caso de los estudiosos de las fuentes literarias como también en el de muchos arqueólogos. La primera consecuencia importante de ello ha sido el tratamiento homogéneo dado a los llamados "pueblos montañeses", que Estrabón define como aquellos que se localizan junto a la costa norte de Iberia, es decir, galaicos, astures y cántabros hasta los vascones y los Pirineos (Str. La descripción de estas comunidades se opone en algunas ocasiones a la de otros grupos con los que, en realidad, se solapan: los treinta pueblos que ocupan el espacio entre el Tajo y los ártabros, estos últimos situados, a su vez, en el sector más occidental y septentrional de Iberia (Str. Se trata de las poblaciones definidas como lusitanas o como aquellas que habitan a ambos lados del Duero (Str. Se solapan porque, como puede fácilmente deducirse, los galaicos además de "montañeses" se sitúan en el grupo de los que están entre el Tajo y los ártabros (éstos incluidos teóricamente). Esto explica, posiblemente, la necesidad que Estrabón tiene de distinguir entre los "montañeses" y "los otros" al hablar de estas treinta comunidades. La característica forma de vida violenta de estas poblaciones se explica por "contagio" de la actitud de los montañeses. Éstos se dan a la guerra por la escasez natural de su entorno, y arrastran hacia ella a comunidades que, sin embargo, viven en terrenos fértiles en recursos agrarios y minerales. A continuación, Estrabón procede a describir ciertos rasgos particulares de los lusitanos (técnicas bélicas y armamento, baños de vapor -referidos a los grupos del Duero-, y formas de adivinación por medio de sacrificios humanos). Luego les llega el turno a los montañeses, a los que se dedica una descripción más larga. Hace tiempo se puso de manifiesto que el discurso de Estrabón se articula en torno al eje civilizador de Roma que marca un antes y un después en las costumbres de las poblaciones provinciales (Clavel-Lévêque 1974; Plácido 1987-88). Roma hace progresar a estas comunidades desde estadios de aislamiento y barbarie, generalmente caracterizados por la guerra permanente, hacia una situación de paz y prosperidad generalizadas. Para construir ese "antes" Estrabón recurre a estereotipos que han sido ya analizados por otros investigadores y que caracterizan al "bárbaro occidental", sin civilizar, aquél que prefiere la cerveza al vino y la mantequilla al aceite, y rechaza la agricultura (Str. Sin embargo, es posible que, por debajo del estereotipo, fluya una corriente de datos "reales", tal vez recopilados y elaborados inicialmente por otros autores, posiblemente Posidonio o Polibio, a partir de la información disponible en su momento, y posteriormente reelaborados por Estrabón, naturalmente reinterpretados a la luz de los diversos intereses ideológicos que entraban en juego a la hora de redactar las diversas obras literarias El origen de la información que transmiten los autores grecorromanos sobre el Noroeste antes de la conquista de Augusto parece emanar principalmente de la expedición de Décimo Junio Bruto de los años 137-136 a.C (15). Es posible que Posidonio utilizara directamente esta información, que (14) Se trata del concepto del «bárbaro del norte», definido por Dauge (1981), desarrollado por los autores antiguos en relación con los climas fríos y húmedos de Europa (Brañas 1995: 112). (15) El texto de Estrabón hace referencia a Bruto al menos en dos ocasiones: III, 3, 4 y III, 3, 7, esta última como referente temporal del "antes". luego fue reutilizada por Estrabón (García Quintela 1999, 43, n.21). Pero también se ha afirmado que Posidonio se basó en Polibio, que sería de este modo el elaborador originario de la narración literaria (Lasserre 1966: 11). Tal vez pueda considerarse, como hipótesis, que, dado el conocimiento directo de Polibio de la región celtibérica y parte de la cantábrica ( 16), es posible que las informaciones sobre los cántabros que pudo recoger Posidonio, y que pasaron posteriormente Estrabón, procedieran directamente del primero. Tendríamos así dos fuentes convergentes: la expedición de Bruto contra los galaicos, y las posibles informaciones obtenidas por Polibio sobre la región cantábrica. Todas estas noticias de época republicana, reelaboradas por los autores grecorromanos, dieron lugar a un estereotipo uniforme (transmitido en último término por Estrabón) sobre las formas de vida de las comunidades del Noroeste. Lo que interesa destacar aquí es que las noticias, datos e informaciones variados, utilizados para construir el estereotipo del bárbaro montañés del Noroeste, se basan en gran medida en el conocimiento de las regiones de los "grandes castros" que he definido más arriba, aunque puedan unirse a ellas algunos rasgos de carácter más segmentario, principalmente en lo que se refiere al área cantábrica. Se trata, como ya se ha indicado, de las zonas que muestran unos contactos más tempranos con los territorios meseteños y meridionales que estaban ya bajo dominio romano hacia mediados del siglo II a.C. Como respaldo a estas afirmaciones pueden utilizarse las referencias al Limia y al, que están en relación con la campaña de Bruto Galaico. En primer lugar está la conocida narración sobre el Río del Olvido, el flumen Oblivionem (Liv. 55), que Estrabón denomina Limaias (Str. III, 3, 5) y Plinio flumen Limia (Plin. Se identifica con el Limia (TIR K-29: Porto). Independientemente de si el mito es de origen indígena o no (García Quintela 1999: 158ss), lo interesante en este momento es resaltar que la geografía mítica romana sobre estos territorios desconocidos del extremo Occidente otorga al Limia un carácter fronterizo, como el último límite antes del Océano, traspasado con decisión por el general Junio Bruto en su avance desde el sur hacia el fin del mundo. El otro río limítrofe es el Benis o Minius, el Miño (TIR K-29: Porto), que según Estrabón marcó el límite de la campaña de Bruto (Str. III, 3, 4), indicando que más allá quedan otros cursos de agua que no se molesta en mencionar. En relación con estos ríos es interesante que el límite no se sitúe en el Duero, sino más al Norte, incluyendo en el "Más Acá" la zona de los grandes castros galaicos, y dejando en el terreno del olvido la zona desconocida de los pequeños castros segmentarios. Esto se corresponde directamente con la realidad histórica de un sector de la cultura castreña que presenta un desarrollo propio debido, en gran medida, a su mayor contacto con las formaciones sociales vecinas. Así mismo, esto explica también la relativa facilidad con la que P. Carisio, al mando del ejército que atacó desde el sur durante la guerra de conquista, se hizo con lo que posteriormente sería el territorio bracarense, fenómeno que tiene su equivalencia también en el área astur meseteña (Orejas y Sánchez-Palencia 1999: 28). Algunas noticias particulares sobre las comunidades montañesas que proporciona Estrabón pueden casar muy directamente con estas realidades sociales de los grandes castros, pero no con las de los castros segmentarios. Se trata, muy particularmente, de aquellas que han permitido hablar a los autores modernos de la existencia de una cierta jerarquización social que marcaría las relaciones de poder de estas comunidades. Me centraré especialmente en la referencia a los grupos de parentesco mencionados al hilo de la descripción de los célebres banquetes (syngeneia) y a la existencia de desigualdades por edad (helikía) y por rango (timé) (Str. III, 3, 7) porque han sido lo que ha merecido más atención (18). En relación con esto creo que González tiene razón al insistir en su carácter político (González 1993: 54-55;1997: 63), en el sentido de que las formas de desigualdad basadas en la timé y la helikía, y los propios banquetes y danzas que los acompañaban, hacen referencia a grupos dominantes de la comunidad. Sin embargo habría que matizar el carácter de "nobles" otorgado a estos grupos. Creo que este matiz se debe principalmente a la interpretación griega, y no tanto a la realidad histórica. (17) Las fuentes de época romana suelen identificar el Sil con el Minius. (18) "[Los pueblos montañeses] beben generalmente cerveza y no vino, y el poco que tienen lo consumen enseguida en banquetes familiares. Utilizan mantequilla en lugar de aceite. Sus banquetes son así: a cada uno le corresponde un puesto en un asiento construido en el muro, de acuerdo con su edad y su rango; el alimento va pasando de mano en mano. Mientras beben los hombres bailan con música de flautas y trompetas, saltando en alto y cayendo de rodillas» (Str. Siguiendo a González, la timé es una "recompensa por los servicios prestados a la comunidad, servicios que no son otra cosa que los actos de valor que aseguran la victoria a la comunidad y los comportamientos que le procuran seguridad y concordia" (González 1997: 54). Por su parte, la helikía hace referencia a la existencia de grupos de edad bien definidos dentro de estas comunidades. Este tipo de realidades y valores sociales parecen adecuados para favorecer la diferenciación de algunos individuos, sobre la base del parentesco, dentro de las comunidades de los grandes castros. Asimismo, en este contexto, cobrarían valor político los banquetes, como marcadores de las desigualdades entre familias y, al mismo tiempo, referentes de cohesión de los diferentes linajes y de la comunidad. En el mismo sentido cabe interpretar las informaciones de Estrabón sobre el ejército, diferenciando hoplitas y caballería, así como distintas formas de combate (Str. Son noticias que, transmitidas por un griego, se tiñen del referente aristocrático propio de una sociedad de clases, pero que, haciendo abstracción de este interpretación etnocentrista, son perfectamente aplicables a una sociedad desigual como la de los grandes castros. Los problemas se plantean cuando estas noticias pretenden generalizarse a todas las comunidades castreñas del Noroeste. Como ya se ha visto, en una gran parte del territorio y durante la mayor parte de la Edad de Hierro, se desarrollaron sociedades segmentarias con formas de desigualdad diferentes (19). Para ellas son presumibles formas ideológicas marcadamente comunitarias, en las que sería extraño un reconocimiento explícito y ritualizado de diferencias de prestigio como las que menciona Estrabón.
Se subraya la existencia de numerosas representaciones de jabalí, mayoritariamente fíbulas zoomorfas, en la Meseta Occidental, territorio en el que se habló una lengua celta. Se apuntan las posibles similitudes con el mundo celta europeo donde el jabalí jugó un papel destacado y cuyas representaciones fueron igualmente abundantes. Las representaciones animalísticas de los pueblos antiguos siempre han suscitado la atención de los investigadores puesto que, al ser consideradas exponentes de ciertos valores rituales o símbolos de determinadas creencias, su est udio podía proporcionar información sobre aspectos menos tangibles de la actividad social. Aunque no siempre estas interpretaciones son necesariamente acertadas, es evidente que las figurillas zoomorfas fueron fabricadas y utilizadas con una determinada finalidad. La existencia de numerosas imágenes de jabalí en la España prerromana, especialmente en el ámbito de la Meseta Occidental, nos parece interesante tanto por la interpretación que de ellas podamos hacer como por constituir un elemento más que parece avalar las relaciones que tiertas zonas peninsulares mantuvieron con Europa continental, si tenemos en cuenta que la caza del jabalí, así como la cría de cerdos ha estado tradicionalmente asociada al mundo de los Celtas (Green, 1992: 17) quienes lo incluyeron entre sus animales sagrados, junto al caballo o al toro. La coincidencia del territorio peninsular aludido con las regiones en las que se hablaron las lenguas celtíbera y lusitana, al menos la primera considerada indiscutiblemente celta, no deja de resultar significativa a este respecto. La caza del jabalí, por ser éste una especie salvaje prolífica y típica de zonas boscosas, constituyó una práctica común entre dichos pueblos y es posible que esta actividad conlle-vase cierta carga simbólica y la necesidad de determinados rituales, no tanto porque el jabalí sea un animal especialmente agresivo, sino porque su captura con sólo armas arrojadizas debía ser difícil dada su gruesa piel, que haría necesaria una gran destreza o su persecución después del primer tiro, momento en que ya sí se revuelve con fiereza contra sus perseguidores. Su condición de animal nocturno, así como su manera de obtener el alimento rebuscando bajo tierra, debieron contribuir a conferir a esta especie un peculiar significado. Las representaciones de jabalí que han llamado nuestra atención son de diversos tipos, desde pequeñas figurillas de bronce hasta las grandes esculturas de piedra y aunque es seguro que existieron diferencias de concepto entre unas y otras, pensamos que debieron ser consideradas por la sociedad que las fabricó como símbolos, entendiendo como tales «las imágenes o figuras con que se representa un concepto moral e intelectual, por alguna semejanza entre ese concepto y dicha imagen», según definición del diccionario de la Real Academia. Esta utilización de símbolos no sólo es exclusiva de pueblos primitivos, sino que puede observarse hasta nuestros días en cualquier sociedad, pues si aceptamos la idea del profesor Aranguren (1992: 256), «el hombre es animal simbólico: entiende el mundo, opera sobre él, lo transforma y se comporta siempre a través de símbolos. Los símbolos son imágenes investidas de sentido y no cristalizadas, sino plásticas, cambiantes, vivas. Los símbolos se articulan en sistemas y se colectivizan en los mitos». El simbolismo, pues, ha sido uno de los temas que ha interesado siempre a los antropólogos, habiéndose contemplado su estudio a través de distintos planteamientos teóricos, desde la visión estructuralista de considerar la cultura como un sistema de símbolos compartidos, hasta las matizaciones apuntadas por la Antrología Cognitiva (Sperber, 1978). LAS REPRESENTACIONES DE JA-BALÍ EN EL TERRITORIO MESE-TEÑO Las figuraciones de esta especie que más llamaron nuestra atención fueron las que procedían de diferentes yacimientos de época prerromana de la Meseta, puesto que vienen siendo T. P., 51, n° 2,1994 M.a Luisa Cerdeño, Emilio Cabanes nuestro objeto de estudio en los últimos años, y sobre su origen e interpretación tratan estas líneas. Ello no impide que recordemos también, la existencia de figuras de jabalí en otros ámbitos geográficos de la Península, aunque su presencia no es tan significativa y sus vinculaciones culturales creemos que son diferentes. Como puede verse en la figura 1, el jabalí fue representado de numerosas formas y sobre distintos objetos, que hemos agrupado en seis apartados diferentes: 2) Broches de cinturón. 3) Figurillas diversas, entre las que se pueden distinguir algunas variantes. 4) Téseras de hospitalidad. 5) Estelas de piedra. 6) Verracos, grupo muy abundante formando un conjunto de características especiales. No es nuestro objetivo hacer un exhaustivo estudio tipológico de cada uno de estos grupos de objetos, pero hemos procedido a una ordenación general de los ejemplares conocidos por una mera cuestión de orden y para comprobar si los distintos modelos responden a una premeditada idea que se hubiera ido suscediendo a lo largo del tiempo, sobre todo si aceptamos el presupuesto de que en cualquier objeto «la forma no resulta escogida al azar, sino que es el resultado de una tradición estética y de una funcionalidad, entre otros factores » (Chapa, 1984: 253). La mayoría de las representaciones de jabalí que se conservan en la Meseta corresponden a fíbulas de bronce, de las que hemos recopilado 55, sin contar otros ejemplos zoomorfos en los que es muy problemático identificar la especie. Desde el punto de vista tipológico, siempre se ha considerado que el conjunto de las fíbulas zoomorfas se incluye en el grupo denominado de La Tene, cuya característica más relevante es que el pie se prolonga excesivamente hasta terminar uniéndose y fusionándose con el puente que, en este caso, ha sido sustituido por la figura de un animal. El resorte de estas fíbulas es bilateral, soportado por un eje que atravesaría el orificio que casi todos los ejemplares conservan en la cabecera del puente, es decir, en la zona inferior de las patas traseras del animal representado. Según Argente (1986-87: 155), la evolución de las fíbulas zoomorfas se iniciaría al final del período La Tene 1 y llegaría a su pleni-tud en La Tene JI, centrándose, por tanto, en los siglos IV y sobre todo III a.e. El aspecto estilístico mas diferenciador de nuestras fíbulas es la forma de representar el cuerpo del jabalí y en este dato nos hemos basado para hacer una somera agrupación de tipos en los que también se constatan otros atributos prolongarse y, por tanto, no alcanza a fusionarse con el morro del animal (Figs. Podríamos interpretar esta característica, en términos esencialmente tecnocronológicos, como signo de mayor antigüedad ya que la progresiva elevación del pie se considera sucesiva en el tiempo. 1) Representación naturalista del animal; el pie no se prolonga. Constituye el 13% del total de las fíbulas revisadas. 11) Representación naturalista del cuerpo del animal, pero cabeza estilizada, identificada por un hocico alargado que se eleva a modo de trompa y acaba constituyendo el rasgo más distintivo. En este grupo, con ven ti una piezas que representan el 38%, pueden independizarse algunas variantes: a) Hocico poco elevado. En los pocos casos conocidos, el pie no se prolonga. b) Hocico poco elevado y patas delanteras prolongadas, sin llegar a tocar el puente. Estas extremidades están rematadas por una cabecita humana. c) Hocico alargado y levantado hacia arriba a modo de trompa. Las patas delanteras llegan a tocar el puente y, bien entre ellas, bien en el extremo del hocico, suele aparecer una cabecita humana. Algunas de ellas podrían considerarse tipos intermedios, por ejemplo; las dos procedentes de Palencia, en las que el pie se fusiona con el puente pero el hocico no es muy largo, y la procedente de Iruña que, por el contrario, posee un hocico muy levantado y el pie no se prolonga. Estos modelos son los que algunos autores definieron como elefantes, pero creemos que debe descartarse tal hipótesis tanto por la cla- T. P., 51, n° 2, 1994 ridad de los demás rasgos estilísticos de la figura, como porque estas comunidades indígenas sólo podrían haber visto paquidermos en época de Aníbal y no resulta coherente que los incorporaran tan rápidamente a su tradicional repertorio iconográfico. Debemos recordar, además, que en el lenguaje de los cazadores se denomina siempre trompa al hocico del jabalí por ser una parte muy potente de su cuerpo y su único medio de voltear la tierra u otros elementos para rebuscar en ellos los alimentos. d) Tendencia general a la estilización de toda la figura del animal pero conservando el hocico levantado. 111) Representación esquemática del cuerpo, del que penden una serie de anillas; constituye el 25%. A pesar de su esquematismo, consideramos que estas representaciones son figuras de jabalí porque la prolongación de las patas delanteras, hasta formar el propio hocico, parece sintetizar lo más distintivo de la especie. IV) Representaciones zoomorfas muy esquematizadas que debemos calificar de dudosas puesto que es más problemático identificar la es pecie; representan el 24%. Sin embargo, el apéndice caudal elevado y curvo, a modo de trompa, podría sugerir la representación del hocico del jabalí. No incluimos otras fíbulas zoomorfas, por ejemplo las cuatro procedentes de Palencia reproducidas en el mencionado catálogo de Álvarez Ossorio, en las que se encuentran muy diluidos los atributos más típicos. Aparte del valor simbólico que pudiera tener la figura del propio jabalí, queremos destacar también la existencia de cabecitas humanas sobre algunas de las piezas del grupo I1, bien entre la prolongación de las patas delanteras, bien en el extremo del hocico elevado (Figs. R elación numérica de la distribución por provincias de las fíbulas zoomorfas de jabalí. Coincidimos con la propuesta de Almagro y Lorrio (1992: 435) de considerar de prestigio las piezas con cabecita por su gran valor ideológico en relación con la costumbre, típicamente celta, de exponer la cabeza cortada del enemigo como trofeo. Tanto por los textos clásicos que hacen referencia a este ritual, como por las representaciones conservadas se acepta que en el mundo céltico se cortaba la cabeza del enemigo caído y se la sujetaba al caballo; más tarde, los cráneos eran colgados en las casas y, si eran ilustres, se las guardaba en una caja (Sopeña, 1987: 99 y ss.). Aunque en el ámbito celtibérico no se conservan demasiados documentos plásticos y literarios, creemos que las fíbulas de caballito y las de jabalí pueden ser un buen ejemplo. Otro de los datos reseñables es su distribución geográfica pues, como vemos en el gráfico de la figura 6, ocupa casi toda la Meseta Occidental. Básicamente es el territorio ocupado por los vacceos algunas de cuyas poblaciones importantes fueron, precisamente, Pallantia, Intercantia (Villalpando), Rauda (Roa) o Arbocala (Toro). 2) Broches de cinturón Existen, al menos, dos piezas hembras de broches de cinturón de tipo ibérico sobre las que aparecen grabadas figuras de jabalí. -La primera de ellas procede de la sepultura 60 de la necrópolis de Miraveche (Burgos) (Fig. 7, 2) cuya decoración de finas líneas de puntos impresos rodea los bordes laterales y el vano central y forma una cenefa curva bajo los clavos de la base; entre dicha cenefa y el vano central está dibujada una figura de jabalí con el cuerpo bien proporcionado y la cabeza según el típico esquema de nuestro grupo 11. Se conserva T. P., 51, nO 2, 1994 M.a Luisa Cerdeño, Emilio Cabanes también la parte macho completa, decorada con líneas de puntos formando en el centro una estrella de cuatro puntas dobladas. -El segundo ejemplar procede de un lugar indeterminado de la provincia de Toledo (Cabré, 1937: lám. XXIV) (Fig. 7, 2). Sobre la fina lámina de plata que lo cubre se han repujado una serie de volutas y, en el espacio entre el segundo y tercer vano, dos figuritas muy esquemáticas de jabalí, siguiendo el esquema observado en las fíbulas del grupo 11. Se viene aceptando el origen y desarrollo de estos broches en el mundo ibérico y ya Cabré (1928 y 1937) los denominó de «tipo andaluz». Su presencia en el territorio meseteño (Soria, Guadalajara, Burgos, Ávila) puede interpretarse como producto de la influencia que esta cultura ejerció sobre las poblaciones del inteflor. La mayoría de los ejemplares conocidos procede de necrópolis de incineración, donde formaban parte de los ajuares funerarios que en muchas ocasiones, como la del broche de Miraveche, eran los más ricos del yacimiento. Esta circunstancia nos ha llevado a pensar si las relaciones comerciales que existieron entre las gentes de la costa y las del interior podrían haber incluido la importación de objetos lujo, o bien haber estimulado su imitación, precisamente por no ser los que de forma habitual se utilizaban en la zona (Cerdeño y García Huerta, 1990: 91). Sin embargo, el motivo del jabalí sólo aparece en los dos ejemplares de la Meseta y ello parece confirmar que se trata de una aportación típicamente local y que en estas regiones fue donde dicho animal tuvo mayores connotaciones simbólicas. Por su aparición en santuarios y necrópolis y sobre todo por su rica ornamentación, incluyendo el motivo de un jabalí, se puede pensar que tuvieron alguna significación, aparte de la mera función utilitaria. Algunos autores (Morán, 1975: 595-604) ya opinaron que los motivos decorativos parecen rebasar el puro carácter ornamental para convertirse en verdaderos amuletos. El propio Cabré (1937: 115) interpretó la figurita de jabalí que ahora mencionamos como una muestra más del culto totémico o mágico que aquellos pueblos tributarían a esta especie. Existen otras figuritas de jabalí, bien solas, bien formando parte de la decoración de otros objetos, con algunas variaciones entre sí: a) Figuritas de bronce aisladas que podrían considerarse exvotos, aunque no sabemos si pudieron formar parte de un conjunto de mayor entidad. Una procede de un lugar incierto de la Meseta Occidental (Fig. 2, 3), conservada en el Instituto Valencia de Don Juan y otras dos proceden de la provincia de Palencia o León, conservándose en las antiguas colecciones del Museo Arqueológico Nacional. Fueron conocidas por los antiguos investigadores que ya comentaron su visible parecido con los verracos o «cerdos de Ávila» (Paris, 1904: 204). Un cuarto ejemplar podría ser la pesa de bronce macizo en forma de jabalí, procedente de Azaila y conservada en el Museo Arqueológico Nacional (Blánquez y Álvaro, 1983), aunque creemos que su cronología es ya romana. También nos parece de cronología tardía la figurita de bronce denominada el «Jinete de Palencia» publicada por P. Paris (1904: 223, 233 Y lám. VI) que la interpretaba como encarnación de un dios de la caza. b) Figuritas de jabalí como motivo ornamental de otras piezas mayores. Los ejemplos más conocidos son los remates calados encontrados en dos sepulturas de la necrópolis de Miraveche (Schüle, 1969: láms. En la sepultura 80 de la misma necrópolis (Schüle, 1969: lám. 152) apareció una espada de hierro cuyo gavilán conservado está rematado por una cabeza animal de bronce, atribuible a un cerdo por su hocico achatado (Eg. Un adorno, aunque de diferente naturaleza, es la lúnula de plata del tesoro de Chao do Lamas (Coimbra, Portugal), con decoración repujada en la que aparecen cuatro cerdos o jabalíes, todos ellos vinculables al mundo religioso y funerario (Marco Simón, 1991). c) Incluimos en este apartado dos figuritas fabricadas en arcilla y de peor ejecución que las de bronce. La primera de ellas procede de Numancia y aunque tiene un ligero reborde sobre la línea de lomo, como las cerdas de un jabalí, Fig.8. Espada y rema tes, con adornos de cerdo y jabalíes, procedentes de la necrópolis de Miraveche, según Schüle (1969). T. P., 51, n° 2,1994 podría tratarse de un cerdo ya que el hocico es achatado y toda la figura corta y redondeada. La segunda figurita procede del castro de Las Arribillas (Guadalajara) y, aunque muy incompleta, se considera un jabalí por tener destacado el pelaje de la línea del lomo (Galán, 1989-90: 181). 4) Téseras de hospitalidad Algunas téseras de hospitalidad que tienen forma de jabalí son prueba de la pervivencia que siguió teniendo la representación de esta especie hasta momentos avanzados, ya en contacto con el mundo romano. Existen téseras con inscripciones en alfabeto ibérico y lengua celtibérica y otras en las que las inscripciones son ya latinas (Tovar, 1948: 78). Estas piezas confirman la existencia del hos- pitium como institución social entre los pueblos prerromanos meseteños de carácter hispanocelta. Es una antigua costumbre que delimita los derechos y deberes de quienes acuerdan la hospitalidad. Pueden ser también una muestra del sistema gentilicio de aquellas sociedades, cuyas relaciones descansaban sobre la base del parentesco. Sin embargo, la aparición, tanto en las téseras como en otros textos epigráficos, del nombre de la ciudad o lugar de procedencia como nombre principal parece indicar que la organización jurídico-territorial en torno a ciudades o castros llegó a tener mayor importancia institucional que las organizaciones familiares (Fatas, 1991: 54). 5) Relieves y grabados en piedra Se conocen algunas estelas de piedra, con inscripciones latinas, en las que vuelve a aparecer el motivo de la caza del jabalí. La más representativa podría ser la procedente de Lara de los Infantes (Burgos), con jinete armado, ayudado por otro personaje a pie, persiguiendo un jabalí (Osaba, 1955). Al igual que en otros ejemplos, la escena está acompañada por una serie de signos, motivos en ángulo recto, etc., de carácter astral en relación con la consideración del dominio celeste como residencia de las almas (Sopeña, 1987: 123). Mencionamos también en este apartado una de las insculturas de la muralla del castro de Yeda de Yeltes en la que aparece una escena de caza en la que dos jinetes persiguen a dos supuestos jabalíes. Martín Valls (1983: 223 y 231) T. P., 51, nO 2,1994 M.a Luisa Cerdeño, Emilio Cabanes relaciona estos grabados, técnica y estilísticamente, con los petroglifos gallegos, fechándolos a partir del conjunto arqueológico del castro, que se ocupó desde la segunda Edad del Hierro hasta época romana y medieval. Las figuraciones más conocidas de cerdo o jabalí de la España prerromana posiblemente sean las grandes esculturas de piedra denominadas verracos, nombre quizás impropio, ya que no todas representan a un «macho porcino reproductor». Por conservarse en la mayoría de los casos al aire libre han sido citadas en la bibliografía desde hace varios siglos, conociéndose alguna descripción de ellas del siglo XVI (Hernández, 1982: 211). Desde entonces, los intentos de interpretación se han multiplicado existiendo multitud de opiniones al respecto. Entre los últimos trabajos, destaca el de López Monteagudo (1989) que defiende su carácter funerario, basándose en su vinculación a necrópolis o a lugares sagrados y también en la naturaleza de las inscripciones latinas que algunos ejemplares llevan grabadas. Por su parte, Álvarez Sanchís (1990: 277 y ss.) observa que sólo un pequeño porcentaje de piezas está asociado a necrópolis o conserva inscripciones votivas y, en cambio, su emplazamiento parece bien planificado, delimitando áreas explotables como pastos. Aceptando que el ganado sería propiedad sólo de determinados grupos sociales, estas piezas habrían sido colocadas para demarcar el control de un determinado territorio y, en definitiva, simbolizarían la riqueza en un entorno básicamente ganadero. Al margen de su posible significación, nos parece interesante su distribución geográfica, pues completa casi toda la Meseta Occidental si la añadimos a la de las fíbulas, broches y demás figuritas anteriormente descritas. Ya Blanco (1988: 69 y ss.) señaló la coincidencia del reparto de los verracos y las fíbulas zoomorfas, aceptando su procedencia del mundo «hallstáttico». Su máxima concentración (Fig. 9) viene a coincidir con el territorio ocupado por los vettones, algunas de cuyas ciudades importantes fueron Salmantica o Abela (Ávila). López Monteagudo (1989: 47) mejor tienen representada su anatomía, frente a los rasgos más diluidos de los toros. Varios autores han relacionado las representaciones de Suidos con Marte y, por ejemplo, Acevedo (1982: 324) considera que una de las metamorfosis de esta divinidad, con el propósito de matar a Adonos, sería la de jabalí, basándose sobre todo en una inscripción hallada en Tuy en la que se puede leer «A Marte, en la forma divina de jabalí». Tras esta rápida descripción de las diferentes imágenes de jabalí y observando el gráfico y su mapa de dispersión, comprobamos una especial concentración en las provincias noroccidentales. Las regiones meseteñas son las que con mayor propiedad podemos calificar de «célticas» sobre todo si consideramos este término desde el punto de vista lingüístico aunque no debemos olvidar la región peninsular del Suroeste que, según los textos greco-latinos, fue ocupada por celtas, si bien se suele aceptar que esas gentes llegaron al territorio de la Beturia procedentes de Lusitania (Berrocal, 1993). El término celta es complejo y ha llegado a significar cosas muy distintas por lo que, para evitar confusiones y establecimiento de paralelos a veces forzados, la tendencia de gran número de investigadores, sobre todo filólogos, es considerar el término celta desde el punto de vista de la lengua. Como ya hemos recordado en otras ocasiones (Cerdeño, 1991), uno de los puntos que aceptaba Pauli (1985: 26) para definir a los celtas era: «a Celt is one who speaks Celtic», aunque añadía que este presupuesto puede demostrarse claramente en los últimos T. P., 51, nO 2,1994 períodos de su desarrollo pero con mayores dificultades en las etapas antiguas de las que no se conservan fuentes documentales. Considerando estos argumentos, es interesante revisar los mapas lingüísticos peninsulares para confirmar que las regiones meseteñas en que ahora nos fijamos hablaron indudablemente lenguas indoeuropeas, presumiblemente celtas. Unterman (e.p.) acepta que, excepto en la franja costera mediterránea y andaluza, se utilizó alguna lengua indoeuropea con más de un dialecto, uno de los cuales sería el hablado en Celtiberia al que consideró una subfamilia celta. Parecido mapa lingüístico presentan otros autores, como Mallory (1989: 95) quien opina que el celtíbero o hispanocelta es uno de los tres grandes grupos del Celta Continental. Villar (1991: 443) ha identificado en la Península tres lenguas indoeuropeas, siendo la mejor conocida la celta, cuyo principal territorio de expansión fue la Celtiberia y, por ende, los celtíberos serían los habitantes de Iberia que hablaban celta. Según estas hipótesis, la lengua o lenguas célticas peninsulares tuvieron su mayor expansión en los territorios del centro y del centrooeste, lo que no deja de ser significativo a la hora de intentar establecer el origen de dichos dialectos. En los últimos años está siendo cada vez más valorada la vía atlántica como posible ruta de entrada de las lenguas celtas, incluso del tronco indoeuropeo en general. Nos parece interesante la propuesta de Ruiz-Gálvez (1991) al interpretar el indoeuropeo, esencialmente el lusitano, como una especie de lengua franca utilizada por las comunidades atlánticas. A pesar de que sus argumentos han sido rebatidos desde el punto de vista de los filólogos, creemos que no debe rechazarse precipitadamente esta interpretación. La mayoría de los investigadores han centrado siempre sus estudios en los territorios peninsulares más occidentales, sobre todo el Noroeste, la zona portuguesa e incluso Extremadura, quedando siempre más desatendida la Meseta y, aunque la problemática de las mencionadas relaciones no debe simplificarse, sí queremos llamar la atención sobre algunas características culturales que parecen avalarlas. La presencia constatada del jabalí, tan representativa de todo el mundo celta europeo, podría ser uno más de otra serie de paralelis- T. P., 51, nO 2, 1994 M.a Luisa Cerdeño, Emilio Cabanes mos cuyo desarrollo debería ser tratado ampliamente; valga como ejemplo, el cierto parecido entre la rica decoración que ornamenta la mayoría de las piezas metálicas (vainas, empuñaduras, broches de cinturón, etc.) utilizadas por los grupos prerromanos del occidente de la Meseta, con las decoraciones sobrecargadas de los diferentes estilos del Arte Céltico. OTROS ÁMBITOS GEOGRÁFICOS PENINSULARES Fuera de los territorios del interior peninsular, a los que hemos considerado en la órbita celta, también existen representaciones de jabalí, pero en proporción ostensiblemente menor y respondiendo a la influencia de corrientes culturales llegadas por el Mediterráneo, donde este motivo también formó parte de numerosas iconografías. -Figurita de jabalí de Riotinto (Huelva), paralelizada con algunas de la Grecia clásica de época orientalizante (Blanco, 1964: 339-343). -Bien representativos de la cultura ibérica son los relieves del monumento funerario de Pozo moro (Albacete) (Almagro Gorbea, 1978: 264-266), uno de los cuales muestra un jabalí con claro sentido funerario y el otro un jabalí bifronte, ambos al modo de las luchas de monstruos mixtos de la mitología orientalizante. -Entre las esculturas ibéricas zoomorfas en piedra podemos destacar el ejemplar, de influjos helenísticos, procedente de Cartima (Málaga) (Paris, 1903: 136; Chapa, 1985: 202) y el jabalí alado de Torelló (Menorca), vinculado también al gusto mediterráneo (García y Bellido, 1936: 41 y láms. -En algunas cerámicas ibéricas ha aparecido el tema del jabalí, como en un vaso funerario de la necrópolis de Archena, donde se le representa en una escena de caza (Blázquez, 1977: 236). También orientalizante es la páter a de plata de Tivissa (Tarragona), con una escena en la que el protagonista es el jabalí (Blázquez, 1977: 221, 354). -Son interesantes las fíbulas de plata con escenas venatorias procedentes del Alto Guadalquivir. Sobre sus puentes se representa la caza del jabalí por parte de un jinete, con ayuda de perros (Angoso y Cuadrado, 1981: 18-30). Una pertenece al tesorillo de Chiclana de Segura (Jaén), otra procede de Cañete de las To- Los autores antes citados incluyen también en su estudio una fíbula procedente de la Muela de Taracena (Guadalajara) por ser casi idéntica a las dos primeras. Nosotros pensamos, por su evidente parentesco tipológico e iconográfico, que su presencia en la Meseta es fruto de las influencias llegadas a esta zona desde el sur. Dudamos, pues, que estas fíbulas sean un buen ejemplo del Arte Celta según la idea de Almagro y Lorrio (1992: 419 y 433), quienes las definen como la «mejor obra de orfebrería céltica», a pesar de relacionar la escena de caza con los relieves ibéricos de simbolismo funerario y valorar positivamente los elementos estilísticos y técnicos procedentes de las culturas del Mediterráneo. -Otra pieza meridional es el bronce de Maquiz (Mengíbar, Jaén), con jabalíes enfrentados de marcado carácter funerario (Almagro Basch, 1979: 176-181). -El carrito votivo de Mérida también representa la típica escena de la caza del jabalí. -Por último, queremos mencionar algunos ejemplos procedentes del mundo romano peninsular: El Ara funeraria de Barcelona, con la caza de un jabalí (García y Bellido, 1949: 306 y 370) Y el Acueducto de Segovia, con la representación de Hércules junto al jabalí de Erimanto en uno de sus sillares (Basarte, 1802: 29). También es destacable el bronce del Instituto Valencia de Don Juan sobre el que se disponen una serie de figuras animales, incluido un suido (Obermaier, 1921: 130). Esta escena podría ser una versión indígena de una suovetauritia romana, sacrificio de varios animales ante los dioses, que podría tener raíces indoeuropeas. No podemos dejar de mencionar que en el mundo griego aparece el jabalí como protagonista de algunos de sus mitos más relevantes (Noel;1987). Baste recordar la leyenda del «Jabalí de Calidón», que narra cómo Diana envió contra esa ciudad de Etolia un fiero jabalí que con sus grandes dimensiones y enormes colmillos destrozaba inclemente los árboles y las cosechas. El héroe Meneagro, hijo de Eneas, convocó a numerosos reyes y héroes de toda Grecia para participar en su cacería que fue difícil y peligrosa hasta que, él mismo y Atalanta, consiguieron dar muerte al animal cuya cabeza y piel fueron consideradas como un trofeo. Se trata de un antiguo mito local inspirado en las fuerzas de la naturaleza, en el que se valora que la verdadera amenaza de los jabalíes no es que ataquen al hombre, sino su rapidez y contundencia en destrozar cosechas y romper canales de regadío, que poco a poco fue aumentando su carga poética y dramática hasta llegar a convertirse en una leyenda panhelénica. Otro de los mitos clásicos destacables sería el tercer trabajo de Hércules, que acorraló y capturó vivo al terrible Jabalí de Erimanto (Arcadia), que hacía enormes estragos en los sembrados de la región, historia que ha quedado reflejada incluso en la pintura de algunos vasos áticos. Tanto este mito como el anterior está considerado de los más antiguos de Grecia, lo que hace pensar que hunden sus raíces en épocas muy anteriores al momento clásico y podrían remontarse incluso a la llegada de los pueblos continentales al comienzo del primer milenio. Posteriormente, el mito del jabalí tuvo gran difusión en el mundo romano hasta el punto de que Augusto mandó trasladar a Roma los dientes y colmillos que estaban consagrados a Diana en el templo de Tegea, supuestamente pertenecientes al Jabalí de Calidón. Normalmente, tuvo una clara significación mortuoria y es frecuente encontrarlo en la iconografía funeraria, en relieves de tumbas y sarcófagos o en estatuillas exentas. Los ejemplos que de esta época se conservan en España ya han sido comentados en el apartado anterior. Es obligada la cita del mundo céltico europeo, aunque sea en forma de breve apunte, puesto que pensamos que las representaciones de jabalí meseteñas tiene en él su referente más próximo. En dicho contexto existen numerosos T. P., 51, nO 2, 1994 ejemplos no sólo en piezas zoomorfas, sino tam-. bién en mitos y leyendas cuyo protagonista es el jabalí. No podemos detenernos en la recopilación y descripción de todas ellas, por lo que sólo queremos recordar que las piezas arqueológicas son abundantes, bien en forma de figurillas o exvotos de bronce, de grabados sobre recipientes u otros objetos o, ya en los últimos tiempos, en el reverso de algunas monedas. Las figurillas de bronce conservadas podrían ser exvotos puesto que no puede atribuírseles ni siquiera la función práctica de nuestras fíbulas. En las figurillas europeas se observan algunas diferencias estilísticas con respecto a las peninsulares pues si en estas últimas, sobre todo en las fíbulas zoomorfas, el rasgo elegido como identificador de la especie es el largo y elevado hocico, en aquéllas se destaca el rasgo distintivo de un dorsal exagerado, con las cerdas de encima del lomo muy señaladas mediante un festoneado o un calado. Este atributo plástico responde, al igual que en las peninsulares, a una característica de los jabalíes, que en cualquier ocasión de peligro o tensión erizan todo el pelamen de la parte superior del lomo. Dicho motivo iconográfico se conservó hasta época romana según parecen atestiguarlo algunas monedas, que podemos ejemplificar en el denario de plata de La Villeneuve-Ie-Roi (Haute Mame) en cuyo reverso aparece un jabalí muy estilizado, con todos los rasgos distintivos de la especie (Duval, 1989: 116). Aparte de las representaciones materiales, también existen leyendas y mitos celtas en los que aparece el jabalí como protagonista lo que parece lógico en un contexto en el que muchas deidades tuvieron una representación zoomorfa y algunos animales fueron sacralizados. Es habitual que, tanto a los jabalíes como a las otras especies singulares, se les represente o mencione como anormalmente grandes y fuertes o como poseedores de poderes mágicos. Tal ocurre en el cuento irlandés «Mac Dáthór 's Boar» (MacCulloch, 1992: 122), donde un extraordina- T. P., 51, nO 2,1994 rio jabalí fue finalmente cazado por el nieto del rey y se necesitaron 60 bueyes para arrastrar su cuerpo; seguramente puede conmemorar una antigua fiesta ritual en honor de un animal al que se atrib uían cualidades míticas. Semejantes características contienen algunas leyendas galesas del ciclo artúrico, por ejemplo, la de «Culhwch y Olwen» en la que se habla de un enorme jabalí blanco, o en la de Pwyll que recibe como regalo del rey Arawn una piara de cerdos (Green, 1992: 169). Los cerdos y los jabalíes tuvieron un gran protagonismo en las viejas tradiciones de las Islas y siempre estaban presentes en las fiestas importantes o fueron considerados como seres del otro mundo (Green, 1992: 171). En todas estas historias que narran cómo algunas divinidades o héroes cazaban jabalíes o cerdos fabulosos se observa una dualidad en dichos animales pue unas veces representan algún peligro o poder dañino para el entorno, o bien (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es aparecen como los animales que eran sacrificados a la divinidad (MacCulloch, 1992: 126). Tras este breve repaso a la mayoría de las figuraciones de jabalí del ámbito peninsular, parece evidente que esta especie animal fue, tras el caballo y quizás el toro, una de las más utilizadas selectivamente en la plástica e iconografía de los pueblos prerromanos. Teniendo en cuenta la variedad de soportes utilizados para las representaciones de este motivo, así como sus diferentes lugares de utilización, hay que suponer que su finalidad y significación no fue idéntica en todos los casos. Es inevitable pensar que constituyeron un símbolo o encarnaron determinados conceptos, pero no siempre en la misma dirección. Hay que diferenciar en qué momento están resaltando el papel que jugaron en la economía doméstica y colectiva, y en consecuencia su repercusión social, y en qué otro responden a rituales funerarios o creencias religiosas, sin olvidar otras posibles interpretaciones. En este último sentido, recordamos las apreciaciones de Galán (1989-90: 188) sobre las figurillas de arcilla encontradas en el castro celtibérico de Las Arribillas (Guadalajara), entre las que se encontraba un supuesto jabalí. Por proceder de un espacio doméstico y por la tosquedad de su ejecución, el citado autor deduce que se trata de objetos destinados al juego infantil más que de elementos simbólicos o sacralizados. Dada la naturaleza de esas piezas creemos acertada su interpretación pero destacamos su evidente diferencia, tanto en manufactura como en materia prima, respecto a la mayoría de los demás ejemplares mencionados. En muchas ocasiones, los rasgos distintivos de la especie salvaje y de la doméstica son suficientemente expresivos pero hay ejemplos en los que podría dudarse entre la identificación del cerdo o del jabalí, que sí debieron tener un valor distinto entre aquellas gentes. Las descripciones, a veces fantásticas, que sobre estos animales dejaron los autores clásicos, el desconocimiento que tenemos de la exacta morfología del jabalí de la Edad del Hierro, por la escasez de restos en los yacimientos arqueológicos (Meniel, 1987: 9), así como el menor tamaño de aquellos cerdos respecto a los actuales, han contribuido a la confusión entre ambos. Desde el punto de vista económico es indudable que el cerdo jugó un papel destacado en la vida doméstica de las poblaciones antiguas e incluso hoy día lo sigue jugando en las economías rurales. Desde el Neolítico está documentada como una de las especies más productivas y tuvo una distribución geográfica extensa similar a la del jabalí, aunque no está demasiado claro su lugar de domesticación (Davis, 1989: 131). Se les dedicó principalmente a la alimentación pues sus posibilidades de aprovechamiento son menores que en los bóvidos, utilizados también para la producción lechera y el transporte, pero su rendimiento es muy alto e incluso son útiles para la agricultura pues dejándoles hozar por los campos en primavera y otoño, remueven la tierra y la orean para la siguiente cosecha (Green, 1992: 18). A través de los resultados obtenidos en algunos yacimientos franceses, se conocen las edades en que los cerdos eran sacrificados, entre uno y dos años una vez finalizado el período de crecimiento, y en general, los machos eran eliminados antes que las hembras debido en parte a que su agresividad aumenta con la edad (Meniel, 1987: 60). Por algunos instrumentos conservados y por los cortes y secciones que presentan los huesos y vértebras, se puede deducir la forma en que el cerdo era descuartizado, de manera similar a como se hace hoy día. Los estudios faunísticos de diversos lugares latenienses indican que el cerdo ocupaba la segunda posición detrás de los bóvidos, pero se sitúa en el primer puesto si se atiende al número de individuos identificados (Meniel, 1987: 65, 68). Por nuestra parte, la información que poseemos procedente de yacimientos celtibéricos, meseteños en general, es escasa y no permite ofrecer una valoración estadística completa. Podemos citar como ejemplo el poblado de La Coronilla (Guadalajara), ubicado en la Celtiberia oriental y excavado por uno de nosotros, donde el cerdo doméstico ocupa la tercera o cuarta posición, dependiendo de los niveles estratigráficos, con un NMI total de 40 individuos, casi todos ellos jóvenes, indicadores de un destino fundamentalmente alimenticio (Molero y cols., 1992: 109, 129; Sánchez y Cerdeño, 1992: 133-136). Es evidente el gran valor que ha tenido el cerdo en las sociedades preindustriales e incluso T. P., 51, n° 2, 1994 hoy día, como recordaba A. Blanco (1983), el símbolo del ahorro doméstico sigue siendo una hucha en forma de cerdito. Este concepto del cerdo, del cochinillo, como animal beneficioso y productivo en los ambientes rurales debió encarnar también atributos divinos y es significativa su asociación a muchos santos católicos del centro y oeste de Europa, como San Martín, San Antón, San Bias, San Leonardo, patrón de la ganadería en Baviera y así hasta 61, relación que se considera muy antigua y producto de la cristianización de ancestrales prácticas de magia profiláctica (Blanco, 1983: 105-115). A pesar de la indudable importancia económica que tuvo el cerdo, no cabe duda que fue el jabalí el animal que mayoritariamente aparece en la iconografía celta europea y celtibérica peninsular. Aunque también fuera aprovechado como alimento una vez cazado, no debió jugar un papel fundamental en la dieta, según los indicios conservados, por lo que aceptamos que las figuraciones que conocemos representaban determinados atributos o símbolos religioso-funerarios o rituales. De los ejemplos mencionados en el texto, excluyendo los verracos, solamente dos parecen cerdos (espada de la figura 8 y quizás la fíbula de la figura 2, 1) siendo jabalíes los restantes, con casi total seguridad. Pensamos que las esculturas de verracos son un caso especial por su tamaño, materia prima y lugar de ubicación y ya hemos comentado, líneas atrás, que algunos autores se inclinan por una interpretación socioeconómica más que por su tradicional consideración funeraria o mágica. Entre las figuritas de bronce destacan numéricamente las fíbulas que eran objetos que cumplían una función práctica, aunque ello no impide pensar que la adopción de determinadas figuras zoomorfas encerrase un significado especial. El hecho de que estas piezas sean encontradas normalmente entre los ajuares funerarios podría ser una prueba de ello, sobre todo si recordamos el ejemplo de las armas cuyo tratamiento ritual, antes de ser depositadas en las tumbas, indica algo más que su mera función práctica; en el caso de las fíbulas quizás sea una hipótesis aventurada ya que en las necrópolis se encuentran todos los modelos y no sólo los que poseen figuraciones. de animales. Independientemente del lugar de aparición de las piezas, que en muchos casos es muy signi-T. P., 51, n° 2, 1994 M.a Luisa Cerdeño, Emilio Cabanes ficativo, está demostrado que en el mundo celta algunos animales fueron sacralizados, reverenciados y admirados por sus particulares cualidades (Green, 1989: 131-132) e incluso que ciertas deidades tomaron su forma, como por ejemplo Epona, la diosa-caballo, o Arduinna, la diosajabalí, a pesar de la aversión existente entre los celtas a la plasmación icónica de la divinidad (Marco Simón, 1987: 59). Algunos animales ocuparon un lugar relevante en la imaginería religiosa, tanto como sacrificio a los dioses, caso del cerdo o del lechón, como por ser considerados la encarnación de ciertos principios, lo que conllevaba la exageración de determinadas partes de su cuerpo (Green, 1992: 218), por ejemplo, el prominente hocico en las representaciones celtibéricas o las cerdas dorsales erizadas de las figuritas europeas. En general, las creencias religiosas de los celtas estuvieron estrechamente vinculadas al mundo natural en todas sus manifestaciones, en una constante interacción con la naturaleza que poseía poderes especiales (Green, 1989: 131 y 1992: 1), lo que motivó que muchos de sus cultos y rituales girasen en torno a ciertos animales, árboles, montañas o ríos. En este sentido, recordamos los interesantes, aunque discutibles, puntos de vista de los sociobiólogos que consideran la religiosidad como algo innato, como una tendencia intrínseca, profundamente vinculada al entorno natural donde los animales juegan un papel importante que puede explicar por qué el hombre les atribuye capacidad para inspirar miedo y los adopta como símbolos de sus seculares y profundas emociones religiosas, independientemente de su ferocidad o no (Mundkur, 1988: 142). A partir de estudios realizados desde la psicología y la biología sobre la emoción en relación con los cultos animales, aceptan que la sensibilidad psicológica hacia ciertos estímulos del entorno es innata y por ello provoca miedos y ansiedades y la atribución de extrañas cualidades a determinados animales. Esto no ocurre sólo en sociedades primitivas, sino también en otras épocas (animales fantásticos de la iconografía medieval) y en la actualidad, como puede observarse en las encuestas realizadas a escolares americanos que denotan un excesivo temor a algunos animales, especialmente salvajes, que acaban estando presentes hasta en sus sueños (Mudkur, 1988: 146, 157). Por su parte Douglas (1990: 25-36), en uno de sus recientes trabajos sobre el simbolismo animal, cree que la incorporación de animales a las categorías sociales humanas es una simple extensión de los principios que sirven para organizar las relaciones humanas; idea más cercana a algunos antropólogos estructurales que, ya desde Durkheim, consideraban la religiosidad como un reflejo ilusorio de lo social. Además de las figuras de jabalí, aisladas o formando parte de algún otro objeto, típicas del mundo celta y celtibérico, es frecuente que aparezca en escenas de caza, actividad que debió practicarse con asiduidad dado que es una especie prolífica y, por ello, abundante. Su condición de animal nocturno, su costumbre de hozar en la tierra y las dificultades que conlleva su captura sólo con armas arrojadizas, propiciaron su vinculación al mundo misterioso y subterráneo y, de hecho, estuvo asociado al dios Endovélico, considerado una deidad infernal (Blázquez, 1977). Las escenas de la caza fantástica del jabalí fueron comunes en todos los pueblos del mundo antiguo, especialmente en la cuenca mediterránea, y siempre tuvieron un sentido funerario, representando la victoria del héroe sobre el mal y la muerte, idea que según el profesor Blázquez (1977) pervivió en el folklore europeo hasta época medieval. Esta relación del jabalí con el mundo de ultratumba está atestiguada no sólo en el mundo greco-etrusco sino también en el mundo celta y celtibérico, donde podrían ser un buen ejemplo las fíbulas zoomorfas que tienen entre sus patas o en el extremo del hocico una pequeña cabeza humana. Es bien sabido que el rito de las «cabezas cortadas» o «cabezas trofeo» fue practicado entre los pueblos celtas que consideraban la cabeza como centro del ser humano y, por ello, poseedora de propiedades mágicas, aun después de la muerte del cuerpo. Este sentido funerario del jabalí también puede deducirse de su presencia en estelas de piedras donde aparece acompañado de numerosos signos de carácter astral. Todas estas creencias harían que la caza del jabalí gozara de cierto prestigio y la consagración como cazador debió formar parte de determinados ritos iniciáticos que incluso hoy día podemos rastrear en algunas actitudes festivas. Por ejemplo, en la región de los Montes de Toledo, donde todavía existen numerosos jaba-líes (1), pervive una costumbre que viene a ser el bautizo de un cazador; cuando éste ha cobrado su primera pieza, los compañeros cogen al animal, lo abren en canal, sacan las vísceras y colocan el cárcavo sobre el nuevo cazador, sobre el que chorrea la sangre quien, ya iniciado en las lides cazadoras, invita a beber a todo el grupo. Esta costumbre y otras similares demuestran la singularidad que todavía tiene la caza de esta especie entre los aficionados a la caza mayor. En resumen y al margen de estos ejemplos actuales, hemos visto a lo largo de este trabajo que la imagen del jabalí, tanto en escenas de caza como, sobre todo, aislada fue un motivo habitual en la plástica de los pueblos prerromanos del interior de la Península. Su distribución geográfica, coincidente con los territorios occidentales en los que se habló una lengua celta, así como los contextos arqueológicos de los que proceden sugieren una serie de vinculaciones culturales que no hemos hecho más que esbozar en las líneas precedentes. (1) Agradecemos a d. l.A. García Castro la información proporcionada sobre la caza del jabalí.
IW-'. pp. 121 -1."' 1 UN TALLER IBÉRICO DE TRATAMIENTO DE LINO EN EL COLL DEL MORO DE GANDESA (TARRAGONA) AN IBERIAN TEXTIL WORKSHOPAT COLL DEL MORO DE GANDESA (TARRAGONA) NÚRIA RAFEL I FONTANALS (*) MONICA BLASCO I ARASANZ (U) JORDlNA SALES I CARBONELL (***) RESUMEN St: prekntan los result ados de la cxcavación de un conjunto arquitectónico dc la segunda mitad dd siglo 111 a.e. compuesto por dos estancias que se comunican con una de las torres del recinto fort ificado. En una de dichas estancias se han documentado dos depósilos impermeabilizados y estancos donde se procedía al enriado de la planta del lino para extraer la fibra. Fortificaciones. r Guerra punica. (.) Univenidad de U eida. Este articulo fue re milido en 5U versiÓn final el tO-VI -94. El área arqueológica del Coll del Moro está ubicada sobre una serie de pequeñas elevado• nes montañosas del término municipal de Gan• desa (Terra Alta. provincia de Tarragona). a unos 6 Km. al oeste de la población y al pie de la carretera que la une co n Ca laceite, ya en la provincia de Terue\. El yacimiento comprende una extensa necrópolis de incineración tumular, con tres sectores diferenciados. que se encuadra cronológicamente entre el 800 a.e. y el siglo IV a.C. (Molas. Rafel y Puig, 1 986a, b; Rafel, 1989Rafel,, 1991Rafel,, 1993; Rafel y Hernández, 1992) y un poblado fortificado situado a 1 Km. escaso de las zonas sepulcrales. protegido en la parte alta por una gran torre de planta elipsoidal. exterior y avanzada respecto al recinto amurallado, que está además asociada a un conjunto de estructuras de notable complejidad entre las cuales des• taca un foso. Detrás de la torre se halla el poblado, asentado en la pendiente de un espolón y d~fendido por una muralla, de la cual se cono- Las excavaciunes realizada s ha sta el m0 4 mento han centrado su atención en el conocimiento de las estructuras defensivas de la zona alta del asentamiento. de manera que d interior del poblado todavía no ha podido ser estudiado. Las estructuras más antiguas son la torre y el foso. que corresponden a principios del s. V a.c.. mi entras que la muralla del pohlado sc ft.> cha provisionalmente en la segunda mitad Lkl s. 111 a.e. Los niveles más tardíos del yacimiento han sido muy destruidos a causa de los trabajos agrícolas. pero hay indicios de ocupación hasta el altoimperio (Rafel y Blasco. El desarro llo y consolidación del poblamiento en el eoll del Moro se debió en gran parte a su emplazamiento geográfico (Fig. 1). en un punto neurálgico de las vías de comunicación que unen la desembocadura de l Ebro y li4 toral próximo con el Bajo Aragón y los valles del Segre y del Cinca. situación que le habría permitido integrarse. y quizás también co ntrolar. los nujos de intercambio entre la costa y el interior. activos al menos desde la segunda mitad del siglo VII a.c. (Rafe!. Las recientes excavaciones realizadas en el poblado han puesto al descubierto. en un eX 4 cepcional estado de conservación. tres ámbitos interconectados que han sido identificados como una instalación destinada al tratamiento del lino y a la manufactura de tejidos. El taller se ha localizado en el ángulo noroccidental del recinto fortificado. adosado a la cara interna de las murallas. La pieza principal y central del complejo es una habitación cuadrangular (ámbito 7) que contiene dos depósitos rectangulares y simétricos adosados a una de sus esquinas. mientras que el resto de la estancia está libre de estructuras a excepción de un cuerpo de escaleras por las cuales. y a través de una puerta. se accede a la pieza contigua por el Este (ámbito 6), que presenta un hogar de dimensiones considerables en la cabecera. También desde el ámbito de los depósitos. pero por el extremo opuesto, se accede al interior de la torre noroccidental del recinto fortificado, a través de una puerta practicada en el muro rectilíneo que la ¡,:ierr¡t ror el "' Uf. lk miln c ra 4u e 4ucda intcgrada cn la mi:-.ma unidad estructural. Tanto la morfología dc los dcpúsit o:-.. cu idildosa mentc impcrmt: ahili zados con arcillil. t; omo sohrc to do los análisi~ re<tlizados de los se di 4 rnentos localizados en su interior (ver Anexo). permiten afirmar que hahían contr.: nido gran cantidad de lin o en mace rac ión. proceso que constituye uno de los primeros pasos en la transformación de c.:sta pl ant a c.: n ma teria ap ta para ser tej ida. Por cua nt o atañe a la torrr.:. el sondco practicado e n su interior pro porc ionó una notahk cantidad dr.: tinajas y grandes recipientes. entc.:TOS aunque muy fragmentados. que hacen plausible supo ner la existencia de un al• macén. Por otro lado. el hogar situado en el ámbito 6. sin ningún indicio fehaciente de actividad estricta y exclusivamente doméstica. podría eS 4 tar vinculado también al me ncionado proceso de transformación del lino. No podemos excluir. sin em bargo. la posibilidad de que se realizaran otra s actividades y operaciones. algunas de ellas relacionadas con la actividad te xtil. Efectiva 4 me nt e. la exhumación de 107 pondera en los estrat os de derrumbe de la supe rest ructura del ámbito 7 permiten considerar no sólo la preparación de la materia prima sino también la posterior manufactura de tejidos_ El objetivo del artículo es la presentación de este conjunto en el momento en que fue utiJi• zado como taller textil (las posteriores reutilizaciones documentadas no tenían ya esta función). Hemos creído de interés ofrecer un avance de la publicación de conjunto en curso de elaboración por el ca rácter singul ar de los restos que nos ocupan. Aunque ya desde el Calcolítico se procesaba el lino para uso textil. posiblemente en agua corriente. como permiten suponer los hallazgos de lino de dicho período en la Península Ibérica, los restos del CoII del Moro constituyen el único ejemplo claramente documentado del procesado del enriado en aguas estancadas. El momento más antiguo documentado en el sondeo de la torre formada por el muro semicircular 111 (mera prolongación de la muralla oeste del recinto fortificado) y el muro rectilíneo 258 que cierra el se micírculo es su propia construcción (Fig. 2). Como ya es usual en las edificaciones del yacimiento que nos ocupa. asienta directamente sobre la roca, sin ningún tipo de cimentación. con todo lo que ello implica a nivel de posibilidades de (echación. Los niveles designados como U.E. 271 y 272 corresponden al nivel de uso de la estructura, son de escasa potencia. con poco material mueble que. por otra parte. no es significativo cronológicamente hablando. Este horizonte de uso es contemporáneo al de las estructuras del taller propiamente dichas. cuyo sedimento arqueológico comentaremos más adelante. A continuación documentamos en este son• deo de la torre un potente horizonte de derrumbe ( U. Es. A pesar de que las unidades estrat igrá ficas que formaban dicho hori • zonte eran nítidamente diferenciables pertenecen. sin lugar a dudas. a un mismo momento cronológico: la distinción entre unas y otras se origina por un proceso deposicional diferencial de los diversos materiales constructivos que formaban parte de la estructura. fundamentalmente. arcilla, adobes, argamasa y. en menor cantidad. piedra. Sobre este horizonte de derrumbe. se documenta un acondicionamiento para la reutilización de la estructura formado por una nivela• ción (U.E. 257=259). la colocación de do s posibles bases para soporte de la cubierta (U.Es. 254 y 255) cuya finalidad fuera posihlemenle rdorzar los muro~ lk 1... lorn: ~ una remodelación y reconstrucción l.le la torre: que pone de manifiesto la construcción oc un nuevo muro de piedra (U.E. 171) que asienta sobre el de la fase anterior (U.E. 25X'! JOY). aunque corrigiendo levemente su trazado. El pavimento de tierra apisonada 240 corresponde a esta reutilización. Un nuevo horizonte de derrumbe-colmatación (U.Es. Las paredes y estructuras que conforman los ámbitos ó y 7 del taller fueron construidas. al igual que las que definen el perímetro de la torre, directamente sobre la roca sin trinchera de cimentación. La edificación de estas habitaciones en un extremo del recinto fortificado. y en el punto de inflexión donde la vertiente del cerro inicia la pendiente, hizo necesario nivclar el terreno con la aportación de ticrras a fin de asentar el pavimento enlosado que cuhre parte de la superficie del ámbito 7 para situarlo a una cota similar a la que presenta la roca en el resto de la habitación. Cabe mencionar. aún cuando no podamos aquí extendernos en este aspecto. los enterramientos infantiles localizados en el ángulo formado por los muros 111 y 309. bajo el enlosado. Corresponden a tres individuos con edades de 4 a 6 meses. de 5.5 a 6.5 meses y de 7 a 9 meses de vida intrauterina. respectivamente, que fueron depositados sucesivamente en el mismo lugar. En cuanto al ámbito 6. las paredes que lo forman reposan. en la mitad norte de la estancia, sobre una banqueta corrida labrada en la roca calcárea, que se eleva entre 13 y 40 cms. en relación a la superficie central de la habitación. y que sin lugar a dudas fue retocada para tal finalidad. También, y de la misma manera que se ha identificado en el interior de la torre, la roca presenta una pendiente ligeramente descendiente hacia el NW, fruto de la basculación de las placas calcáreas que conforman el terreno, que en este caso fue salvado con un estrato de nivelación encima del cual se pavimentó a una cota aproximadamente horizontal y uniforme. Sobre los diversos pavimentos han sido individualizados los correspondientes niveles de uso en cada una de las estancias. Inmediatamente,", oh rl.' lo,", ll1\'de:~ dl' uso Sl' ha documentado un horil\Hlte: JI,.' ul'rrumoc de gran poten cia que supon e la illutili, al.'Íón ddinitivéI de las c!o.tructuras oe la instalaclt' \Il que: nn~ ocupa y 4ue corresponde:n al hUlllhmie: nln de: las paredes y cubiertas de mane: ra unitaria. La destrUt.:ción dt:1 complejo se produjo inJuJ; thleme: nte de forma repentina. a tenor Oe la homogene idad t.'n la composición dc los makriale:~ que contie: nen todos los estratos. esto e~. auohe:~. mgamasa, arcilla y piedras en menor mediJa. La inexistencia de estratos intermedios de aportación ¡Je tierras o rellenos y. soh re todo, el hecho mismo dc la directa deposición del derrumbe sobre los niveles de uso. posibilitando la recuperación de los recipientes y materiales in sifU. abogan esta afirmació n. A grandes rasgos, podemos decir quc el sedimento del ámbito 6 estaba compuesto básicamente por adobes enteros, fragmentados o dt.!shechos al igual que gran parte del localizado en d inter ior dt: los depósitos de la estancia contigua. En el resto dd ámhito 7. sin embargo. d derrumbe estaba constituido de manera preferente y casi exclusiva por una capa, muy potente (por término medio, entre 1 y 1.40 m.). de argamasa de color blanco. con alto porcentaje de cal. y gran cantidad de cerámicas y otros ma• teriales, así como también algunos adobes mezclados y dispersos. Sobre este horizonte de derrumbe que cubre y oblitera totalmente la instalación para el tratamiento del lino se ha individualizado una nueva facies de ocupación paralelizable a la documen• tada en el interior de la torre. que consistió en la edificación de una nueva habitación en el espacio antes ocupado por e l ámbito 7. A esta se• gunda fase constructiva corresponde el recreci• miento (U.E. 128 y 171) del muro rectilíneo que cerraba el ámbito por el norte y que lo separaba de la torre colindante. siendo así la única estructura reutilizada de la fase más antigua. Se trala de un hanco calcáreo característico de la zona. donde las calcáreas tabulares. de probahlc origen lacustre. suelen formar plataformas planas. muy regulares. con un basculamiento de entre 5° y 100 hacia el N-NW (Carulla,1(91). La parte conservada en pie de los muros está hecha con piedra del lugar sin desbastar o groseramente desbastada formando bloques cuadrangulares irregulares unidos con arcilla. El muro rectilíneo que cierra la torre por el SE (U.E. 2)8=309) tiene una altura conservada de 1.50 m. La excavación del sondeo pone en evidencia que en esta primera fase constructiva los muros tenían una superestructura de adobe. Efectivamente. los potentes sedimentos correspondientes al primer hori• lonte de derrumbe muestran una extraordina• tia abundancia de materiales constructivos. en• tre los cuales destacan los adobes hechos de arcilla y materia vegetal, paralelepípedos (40 x 14 x 14 cm.. por término medio) y con digita• ciones formando aspas múltiples o líneas paralelas situadas en sus caras no vistas para facili• tar la adherencia. Las caras vistas presentan un revestimiento aplicado una vez construido el muro y hecho con una variedad de lutita de la zona, seleccionada y de textura fina (Labemia, 1993). En el curso de la excavación aparecieron tres pequenos fragmentos de este revestimiento pinlados de rojo oscuro. Pero no es éste el único elemento constructivo del derrumbe que presenta interés: aparece, como ya hemos enun• ciado, gran cantidad de argamasa hecha con ar• cilla de baja pureza y conglomerado de cal (52,6% de carbonalo cálcico; Labemia, 1993). Este material forma casi exclusivamente las U.Es. 266 y 269 que suman una potencia de 0,96 a 1,20 metros, siendo pues una cantidad sufi• cientemente significatica como para tratar de situarla en su contexto original. Diversas evideo• cias, que la brevedad de este artículo nos impide detallar, ponen de manifiesto que la ar• gamasa en cuestión formaba parte de un piso superior con vigas de madera dispuestas trans• versalmente (3.30 m. de luz máxima). Así pues creemos que la torre tenía dos pisos de altura: el inferior con una puerta en el muro 258 que daba acceso al enlosado del ámbito 7 y el supe• rior al cual se accedería por una escalera de T. P., 51, n.o 2,1994:"Ii. Ba..ro I AfM,U.,t, J. Sales i (aJ'boMII mano. (l desde una puerta. no conservada. que daria a la plataforma superior del recinto o hicn de ambas formas. Dicho de otro modo. puesto que la torre se adosa por el NW a la plataforma superior del yacimiento y por la parte SE a la que denominamos plataforma l. situada a una cota inferior, se aprovechó dicha circunstancia para construirla. con relativamente poco esfuerzo, a un doble nivel. técnica constructiva que supone una optimización de la topografía y que, por otra parte, está ámpliamente documen• tada en el mundo ihérico. El limite septentrional del ámbito 6 lo cons• tituye un muro de piedras (U.E. 129), adosado longitudinalmente al paramento interno del lienzo de muralla que une dos de las torres del recinto fortificado (U.E. 174), el cual fue edifi• cado unitariamente con los que de manera per• pendicular conforman los límites este y oeste del mismo (U.Es. Todos los muros están construídos con aparejo irregular de pie. dras de distintos tamanos sin desbastar o ligeramente retocadas unidas con barro o en seco y se conservan a una altura que oscila entre 0,70 y 0.90 m. A tenor de la gran cantidad de adobes exhumados en el derrumbe interior del ámbito. algunos con revestimiento de arcilla más fina y blancuzca en alguna de sus caras, se puede de• ducir que estas paredes debían tener además una elevación hecha con estos materiales. En cuanto al cierre del espacio por el sur, la existencia de un corte vertical en la roca de, al menos, 40 cm. de altura hace suponer el límite de la habitación por este punto aunque también podría indicar un pronunciado cambio de cota dentro de la misma estancia de modo que definiría un espacio a dos niveles, solución muy ha• bitual en la arquitectura de los poblados ibéricos asentados sobre relieves en pendiente, entre los cuales uno de los ejemplos más paradigmáti• cos lo constituye San Antonio de Calaceite, a unos 20 km. al oeste del eoll del Moro. De fonna provisional y como hipótesis de trabajo. nos decantamos por esta interpretación de la pieza a dos niveles, extremo que deberá ser ne• cesariamente contrastado en futuras campañas de excavación. La habitación resultante a tenor de los lími• tes mencionados es de planta rectangular deci• "" dl! jam,-'nll.: aléH!!aJit r ~.21J ¡¡ 2.40 m. x SAO, 1 -".XO m l. E,¡,i P¡I\ imell l: uj¡¡ I.."on una capa de Jr¡,;-illa cndufc(.'i¡Ja ljuc no ".: dücumc.:nta homogcncaml'nlc en hK.la la'iupcrficic puc~IO que en algunos punto!'o anora ya la roca. y en.. u tl.!rcio norte se uhic,J un ho!!,ar circular de cic: rta entidad y dimcnsiont:s (U.E. 2Kh), que constituye el único demento constructivo docurncntadu en el interior. La estructura de comhustión está configuradti por una anilla de losas planas. la mayor!a (,'on una caractcristit' a pátina producida por el uso y algunos cantos I.k río. dcfinir.:ndo un diámetro exterior máximo de l.hU m. Pocos indicios de su uso podemos deducir del escaso y poco significativo material exhumado del estrato de cenizas correspondiente al hogar. Su función debe más bien inferirse de su situación'dentro del ámbito 6 y sobre todo de la imbricación y conexión física de éste en relación al ámbito contiguo, el de los depósitos para enriar lino. Desdr.: la estancia descrita se accede. por una puerta practicada en el muro occidr.:ntal (U.E. 3{)I). al ámbito 7. cuyo pavimento se halla a una cota inferior, por lo que un cuerpo de escaleras de cuatro peldaños (U.E. 313) salva el desnivel existente entre uno y olro, Esle ámbito está definido. además. por la muralla oeste del recinto fortificado (U.E. 111), por el muro rectilíneo que cierra la torre semicircular colindante (U.E. 258=]Ot)) y por una pared de adobes sobre un zócalo de piedras. que adosándose a la muralla, constituye el límite sur del mismo (U.E. 300). Los dos depósitos rectangulares y simétricos (aprox. 1.80 x 1.60 m.) fueron edificados unitariamente sobre la roca adosados a uno de los ángulos de la habitación. Su pavimento está constituido por piezas paralelepípedas (medidas: 25 x 50 x 13/15 cms) de arcilla sin cocer que fueron dispuestas con bastante regularidad sin romper junta (U.Es. Las paredes sur. oeste y la medianera entre ambos (U.Es. 299, 364 Y 339) están hechas de adobes revestidos por una capa de arcilla más depurada y de color blanquecino. En el interior del depósito este se ha podido individualizar también una serie de losetas de piedra dispuestas horizontalmente y restos de yeso en las juntas del depósito que podrían corresponder a una refacción o refuerzo de este pavimento. Esta pileta tiene a~lmi"m() la particularidad dI..' prr.:sc ntar grur.:sm revc!'itimiento!'i de arcilla forrando los paramenlos de la ~ paret.Jcs de piedra pcrimetralcs a lo~ que se adosa (U.Es.. "'02 y )(t"). solución no em-pIcada en el depósito contíguo. dondc sólo la fina capa de arcilla depurada y blanquecina impermeahiliza y aisla la estructura del paramento de piedra. Por el hecho de haberse podido localizar en dos puntos sendos tramos de los muros que definen los depósitos completamente vencidos. pero conservando todavía la conexión fí-~ü:a de SU'i componentes, es posible restituir su f un enlosado de grandes piedras irregulares (U.E. 372). a menudo trabadas por otras más pequeflas. solución que se localiza allá donde la roca natural inicia la pendiente del espolón. En relación a la estructura compuesta por dos piedras superpuestas que está incorporada al muro de cierre sur de los depósitos creemos que debería ser la base de un elemento leñoso de soporte del segundo piso o de la cubierta. Esta hipótesis se apoya en el hecho de que este elemento se halla a una distancia equidistante entre los muros este y oeste del ámbito. probablemente con la finalidad de dividir la luz existente entre ellos (6,50 m.) y facilitar su cobertura. ANÁLISIS DE LOS MATERIALES Por lo que respecta al conjunto de los materiales. cabe destacar en primer lugar que muestran un predominio significativo. especialmente por lo que respecta a los niveles de la torre, de los grandes contenedores: tinajas de l tipo llamado IIduratin, ánforas y grandes jarras con borde de ánade. En relación con estos contenedores destacaremos la aparición de crecientes y piezas circulares planas, a veces, con elementos de prensión. que eran soportes y tapaderas, respectivamente, de los vasos citados. Este tipo de producciones son frecuentes en el área Que nos ocupa con cronologías que van del siglo VI a.e'--- En cuanto al repertorio de formas documentadas son. en síntesis. además de las ya citadas: platos de borde entrante imitando formas del repertorio del barniz negro y realizados en cerámica oxidada a torno con decoración pintada. generalmente de bandas: páteras de cerámica de cocción oxidante. sin decorar. imitaciones también de las correspondientes al barniz negro; diversas variantes de ollas o urnas de perfiles de tipo globular, borde exvasado y factura grosera Que suelen presentar en la inflexión de l cuello, incisiones o cordones decorados: jarros con cuello de cocción oxidante y sin decoración; vasitos esquifoides de cocción oxidante. con o sin decoración pintada; un oenochoe de barniz rojo ilergeta; un kalathos con decoración pintada; un vaso ornitomorfo (¿askos?) en forma de paloma, de cocción oxidante y sin decorar (Fig, 4); un vaso con pico vertedor inferior y un bol de barniz negro del taller de las peq ueñas estampillas. Entre los materiales no cerámicos merecen ser destacados: 107 pesos de telar y un fragmento de vaina de espada, una contera. un mango de cuchillo. un fragmento de cuchillo y varios clavos, todo ello de hierro y procedente del sondeo de la torre. Las decoraciones pintadas que aparecen en el conjunto de estos materiales ofrecen motivos geométricos y vegetales (en un caso que comentaremos a continuación también figurados). El motivo vegetal único que aparece es la hoja de hiedra con apéndices filiformes serpenteantes f rig.:'). Dicho motivo es propio en principio I.h:1 1.', lilo Elchl'-Archc na desde dond e se di-fUlHk iI otro~ amhitos. entrl! ellos d área ilergeta y 1.' 1 llalll.tJ~l l"tilo nrnamcntal del Bajo Aragon. El motivo ¡ielll.' unét evolución que va dI! las hojas con filallll.:nlm delgados y serpentcantes como los nue s tro ~. que arMeCl!n en Li• ria (CVH Liria: lOó. moti\"()~ 2~7. ~J I. 132. 2J7) Y se documentan a partir dd siglo 111 en d País Valenciano (Mata, l41tJl: 12'1) y en yacimien tos dd área que nos oc upa como Tivissa (Vi lasl.!ca er alii. XIlI.I y XXI). ha sta los filamentos mu y barrocos que acaban transformándose en brácteas. que son propias y características del estilo ornamental del Bajo Aragón y tienen una magnífica representación en Azaila con cronologías de siglo 11 y primer cuarto del 1 a.e. El kalathos (Fig. 6). exhumado en el curso del sondl!o de la torre. tiene labio con engrosamiento ve rtical. cuerpo ci líndrico y asas horizontales. Se trata de un tipo presente en Azaila (Beltran Lloris. 975, 976) Y otros yacimientos aragoneses como Alloza y Tiro del Cañón de Alcañiz (Perales el alii. Corresponde a los tipos BI-3 de la clasificación de Conde (1992) que se fechan en los últimos años del siglo tJI y la primera mitad del 11. Kalathos con labio con engrosamiento vertical aparecen en el Bajo Aragón con cronologías de siglo 11 y I a.c.. asociados. sin embargo, a decoraciones de hojas de hiedra evolucionadas. En nuestro caso. a parte de los materiales que aquí exponemos, contamos en el mismo yacimiento con otro fragmento del mismo tipo en un horizonte estratigráfico anterior a la forma Morel 68 de la campaniense A. La pieza de que tratamos se asocia. entre otros, a barniz rojo ilergeta y pequeñas estampillas. lo que, como comentaremos más detalladamente, nos obliga a fechar el kalathos en cuestión en la segunda mitad del siglo 111 a.e. La decoración de la pieza está dividida en tres registros horizontales. de los que el más completo es el superior dividido, a su vez, en cuatro metopas. Todos los elementos decorativos son de tipo geométrico (líneas rectas y onduladas verticales, círculos concéntricos, trazos paraJe- In:.. segmentos l1e circulo I.:on¡;cntricos.:'I.'ril.''i l1e undas o hueles verticales. l1ientcs l1e luho). ¡¡ excepción de dos motivos rigural.Ios situados en el registro superior y uno de los cuales interpretamos como un posible telar vertical. Nos basamos para ello en la frecuencia de este tipo de re presentaciones en diversa s culturas, pero esencialmente. t.!n d mundo cerámico griego, y, sobre todo en la existencia de un paralelo formal en un fragmento de la Serreta de Alcoi (Visedo y Pascual. 1. entre otros), sin co ntexto. donde se represe nta una escena con una mujer que sostiene lo que parece ser una lanzadera o huso que cuelga de un artefacto conservado solo parcialmente. aunque no cabe duda de que se trata de un telar. Desde un punto de vista iconográfico. vemos, pues, que las representaciones de telares son frecuentes en cerámicas de diferentes culturas. que no son desconocidas en el mundo decorativo ibérico y que el ejemplar que éste último ha proporcionado hasta ahora. el de la Serreta. puede ponerse en relación con la representació n del ColI del Moro. Debido a lo grosero y poco detallado del elemento de que tratamos. quizá no hubiéramos planteado el tema de no ser el claro contexto del cual procede nuestra pieza: un conjunto arquitectónico donde se procedía al enriado del lino y donde, a juzgar por la serie de 107 pesos de telar en él hallada. también se tejía. El oenochoe de barniz rojo (Fig. 7) que acompañaba a esta pieza pertenece a la forma 1.1. de este tipo de producción y se fecha en el tercer cuarto y final del siglo 111 a.c. (Junyent. Por lo que respecta al barniz negro correspondiente a este horizonte. cabe mencionar un ejemplar del taller de las pequeñas estampillas que se ha exhumado prácticamente entero en el derrumbe de la superestructura del ámbito 7 (Fig. 8). Se trata de una forma Lamb. 27. a medio camino entre las variantes a y b definidas por Morel (1969: 60-62). con el pie más bien recto como en el tipo a, aunque con el borde menos reentrante característico de la b. Las cuatro rosetas impresas en relieve en el fondo del recipiente tienen siete pétalos reseguidos exteriormente por una línea de realce, más ténue y están separados por puntos (Morel, 1969: Fig. 7. <Xnochoc de barniz rojo i1ergeta. fig.5. núm.8). El centro de las rosetas es un botón. La pasta es de color beige-anaranjado suave, relativamente blanda y en el corte presenta una superficie ligeramente rugosa. El barniz es negro. denso, rugoso en el interior y más brillante y fin o en el exterior. estando el fondo externo rese rvado. En la Peníns ula Ibérica se conocen varios eje mplares de este taller procedentes de diversos yacimientos. desde Catalunya hasta Murcia (Sanmartí, 1973). y, hacia el interior, los puntos más avanzados se hallan en la zona ilergeta y en San Antonio de Calaceite (Sanmartí, 1973: 162-63, fig. 11,1). Para finalizar, comentaremos brevemente las características del lote de 107 pesos de telar. Se trata en su mayoría de piezas enteras, alguna con desgastes o pequeñas fracturas. Sólo seis de ellas se conservan en menos de la mitad. Las formas predominantes son las rectangulares. 52 de las piezas tienen tanto los frontales como los laterales rectangulare s. mientras que otras 20 lación a sus frontales. Todas las piezas ticnen una pt! rforación, excepción hecha de cinco de ellas que presentan dos. Las pastas son. por lu general. depuradas y compactas. con cocción a fuego oxidante y superficies alisadas o bien tratadas con cngol: lcs arcillosos a la aguada. El conjunto ofrece diversos tipos de decoración: acanalada. incisa e impresa (Fig. 9). Nueve de las piezas están decoradas con acanaladuras anchas y poco profundas que rodean los frontaks. laterales y cúspides, formando figuras cuadrangulares. Cinco de ellas tienen. a la vez, aspas incisas en sus frontales y una tres registros en la cúspide delimitados por líneas incisas y con sen-,, Jos a"tcrisco~ l!n ellos. Diccinul! ve cjcmplart.:s pn: scnlan imprcsumes de puntos troncocónicos o, c:n un caso, cónicos. poco profundos que aparecen alineados en las cúspides l!n cantidades que oscilan entre:\ y 11. Finalmente, hay 31 ejemplares con decoración incisa que combina los signos "X" y "0", formando "OXO" en cuatro casos y "XOOX" en el resto. Los cuatro pes.os de tdar con "OXO" miden 8 x 6 x 3 cm. y pesan ](X),:\OI. 311 Y:\24 gramos; se trata de un caso claro de relación tamaño-peso-decoración. o. quizá dchamos decir, marca. Los materiales más significativos para la fechación del conjunto que nos ocupa son el bol de barniz negro, forma Lamb. 27. del taller de las pequeñas estampillas hallado en el derrumbe de la superestructura del ámbito de los depósitos y los motivos decorativos de la cerámica ibérica pintada, el kalathos atribuible al grupo 81-3 de la clasificación de Conde y el ocnochoe de barniz rojo ilergeta recuperados en el derrumbe individualizado en el interior de la torre y paralelizable al primero. En relación al kalathos pintado. a los motivos decorativos de hoja de hiedra de la cerámica ibérica pintada y al oenochoe de barniz rojo iJergeta hemos hecho ya las suficientes consideraciones. Recordemos solamente que las cerámicas pintadas y el kalathos pueden situarse a partir de la segunda mitad del siglo III a.e. y que el oenochoe de barniz rojo está bien fechado en otros contextos desde el tercer cuarto del siglo 111 a.e. En cuanto a la producción y difusión del taller de las pequenas estampillas. la cronología inicial propuesta por Morel (1969) durante la primera mitad del siglo 111 a.c.. corroborada según parece por los hallazgos de la Península Ibérica (Sanmartí. Este autor admite, si bien con reservas, la posibilidad de unas producciones tar-días de mediados (l de la segunda mitaLl del.. iglo 111 a.C, pero insiste en la difícil o ténut' penetración de los productos itálicos en el sur de la Galia y la costa de Iberia durante este periodo marcado por la Primera y Segunda Guerra Púnica (Morel. Sea como sea, la coexistencia del bol citado con el oenochoe de barniz rojo ilergete no creemos que implique contradicción alguna en relación a sus respectivas cronologías. puesto que dchemos considerar la más que probable perduración y uso de determinadas piezas, especialmente las de calidad como nuestro ejemplar de harniz negro, más allá de su estricto período de producción y comercialización directa. En ambos casos se trata de recipientes que estuvieron en uso hasta la destrucción del complejo, puesto que se hallaron, aunque fragmentados. prácticamente enteros y su rotura fue debida al mismo proceso de ruina, tal como se aprecia en la gran mayoría de vasos exhumados, aplastados en su posición original o caídos desde el piso superior. Cabe destacar, asimismo, que el conjunto de los materiales, que no es lugar aquí de analizar pormenorizadamente. presenta una clara homogeneidad. Por otro lado, la práctica inexistencia de campaniense A en los estratos de uso y subsiguiente derrumbe. que se reduce a un fragmento de asa de un pequeño vaso procedente del estrato de nivelación del ámbito 6 que por sus características bien podría tratarse de una importación temprana, aunque ex silentio, es un argumento de refuerzo que nos remite asimismo a un momento inmediatamente anterior a la eclosión comercial de las cerámicas campanianas del tipo A. En base a lo que hasta aquí llevamos expuesto, proponemos una datación para el momento final de uso y consiguiente destrucción del taller de lino y para el primer derrumbe de la torre, ambos simultáneos, en la segunda mitad del siglo III a.e. En cuanto a la fecha precisa de construcción nada podemos decir salvo que antecede. seguramente en poco tiempo. a la fecha citada, puesto que no nos lo permite el registro arqueológico: cimentación sobre la roca, ausencia de trincheras y estratos de nivelación de pa\'imcnlos prácticamente estériles y sin ele-mcnw~ fcchahle s. Uno de los aspectos dc stacahles de los resultados de la excavación de este conjunto es la fechación del encintado fortificado con torres semicirculares en un momento situahle provisionalmente a mediados del siglo 111 a.e. o ya en su segunda mitad. La cuestión plantea un importante problema histórico claramente vinculado a aquellas relaciones entre Roma y Cartago que tuvieron como escenario la Península Ibérica y, más concretamente, la zona del Ebro, a partir del último cuarto del siglo 111 a.e. Tratar a fondo este aspecto rebasa con mucho el ámbito de este artículo puesto que ello obliga a afrontar unas circunstancias prolijas e insuficientemente conocidas y que. en cualquier caso, precisan de dataciones del registro arqueológico muy precisas, dataciones que la mayoría de los yacimientos de la zona aún no ofrecen. Hechas estas advertencias, intentaremos hacer una aproximación muy global a la cuestión. La construcción del conjunto fortificado de que nos estamos ocupando, que transformó un hábitat defendido por una torre-atalaya en un recinto completamente fortificado, puede ponerse en relación. sin dificultades dignas de mención, con la época de cambios que vive la zona en la segunda mitad del siglo 111 a.e. El tratado del Ebro y el desembarco de Cneo Escipión en Ampurias no son más que los episodios más significativos de una situación que había tardado años en aflorar y desembocar finalmente en la Segunda Guerra Púnica. La actividad diplomática romana y, por supuesto. la presencia carta• ginesa son anteriores. Los primeros debieron desplegar una notable actividad para coostrarrestar la influencia cartaginesa, hasta el punto que ello llevó muy tempranamente a la formación de facciones prorromanas o procartaginesas entre los indígenas (Cabo y Vigil, 1975: 281). La voluntad de ambas partes de atacar al enemigo en su propio territorio tuvo como consecuencia largos preparativos, no sólo bélicos en s!!ntido estricto. No es de extrai'iar, pues, que F.I horizonte de derrumhe de la torre y el taller textil señala que el área no fuI.! abandonada ni limpiada. como lo mUl.:stran los vasos cnlcro~ desplomadus de los pisos superiores y alguna!!> piezas in.,'¡tu en los inferiores. En consecuencia. el derrumbe no afectó a una única estructura constructiva sino a un conjunto de ellas (si la magnitud del mismo fue aún mayor sólo pcxirán determinarlo futuras excavaciones) y. en segundo lugar. se produjo bruscamente. Creemos que tales evidencias autorizan a sugerir. a tÍlulo de hipótt: sis. que el dcrrumhe. que. por otra parte. parece que se produce en un lapso de tiempo relativamente breve después de la construcción. tuvo una causa excepcional. Aunque. como ya hemos dicho. no es posible en el estado actual de conocimientos. establecer relación directa entre los hechos históricos referidos por las fuentes y los datos que de momento ha proporcionado el registro arqueológico. es muy plausible. a nuestro modo de ver. que esta relación exista y que próximas investigaciones puedan aclararla y matizarla. El resultado de los análisis que se han llevado a cabo de los sedimentos orgánicos recogidos del fondo de los depósitos ha sido determinante para la interpretación global del complejo. puesto que ha permitido fijar la funcionalidad especifica de estas singulares estructuras en el momento de su destrucción. La individualización de gran cantidad de fitolitos y fibras de lino (véase Anexo) denlro de las piletas, convenientemente impermeabilizadas y. por consiguiente, preparadas para contener líquido, permiten inferir que sirvieron para enriar lino, proceso que consiste en su maceración en agua a fin de poder separar y extraer de la planta las fibras apropiadas para la confección de tejidos. Por otro lado, la gran concentración de pondero en el mismo ámbito, probablemente caídos de T. P., 51, n.o 2, 1994 un pi.. o )<,upcrior. nos n.:milC otra vcz a la activi • dad kxt il. P"Tcce evidente. en consecuencia. que nos encuntramos anle un recinto donde no sólo se preparaha una materia prima. el lino. para su JX)sterior uso textil sino que también se realiza han otras operaciones relacionadas con esta actividad. como la propia manufactura de tejidos. En cuanto a l ámhito adyacente. si bien no podemo~ fijar su funcionalidad precisa por la ausencia de elementos muebles o estructurales suficient e mente indicativos. parece lógico que.: de la conexión espacial de ambas piezas se pueda deducir que se trataba de una área de servicios auxiliares relacionados con el mismo proceso de tratami e nto y tran sformación del lino. Hipotéticamente. pues. el hogar del ámbito 6 podría haber servido por ejemplo para calentar el agua de las piletas a fin de acelerar el proceso de putrefacción de los tallos de lino o hien para el teñido en caliente de las fibra s. aunque de todo ello no existan trazas en el registro arqueológico. También como área de servicios auxiliares debe mos calificar por el momento el espacio inte rior de la torre. además de la función defensiva que debía ejercer; a tenor de su conexión física con el taller debió estar vinculado al proceso textil. En cuanto a los grandes recipientes prácticamente enteros recuperados del derrumbe de la superestructura de la torre. nos inclinamos a pensar que provenían. como ya ha sido argumentado. de un piso superior. en el cual existiría un almacén de líquidos o de áridos. aunque por el momento no atisbamos relación posible con las necesidades del proceso de transformación del lino. Respecto a las características de la segunda planta, sólo cabe añadir que el potente derrumbe depositado sobre los nive les de uso y compuesto casi exclusivamente por argamasa'i vasos enteros pero fragmentados. hallado tanto en el interior de la torre como del ámbito 7 y que, a nuestro entender, podría ser indicativo de un piso superior. no existía contrariamente en el derrumbe del ámbito 6, donde sólo se hallaron nódulos dispersos de este material sin constituir en absoluto un estrato similar al de los otros dos espacios. Esta distribución diferencial podría sugerir que este ámbito disponía (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es li, "" T AI.U:R IRt: MWO nt: TMA T'\~1It: NTO I)t: U:"IiO t:., u. (•01.1. Ut: SA súlo de una plan la haja. cosa qU!.:. por litro I"Jo. fal"ilitari.. 1" salida de humos producido~ por la wmhusliún dd hogar. Evidcntcmcnh:. c!>tahkccr las características de cste segundu piso y de su cubierta. ahsolutamente destruidos. cs una larca árdua y compleja de la cual por el momcnto sólo podcmos cshozar una aproximación a tenor de los escasos y remotos indicios que hemos presentado a lo largo de este trabajo. Son!:lien conocidas las referencias de la s fuentes clásicas a la calidad y producción uc tejidos de lino en la Península Ih¿rica, especialmentc de Saitabi. los alrededores de Ampurias y Tarragona (Castro. Por otro lado, los testimonios arqueológi• cos de la actividad textil en general están ampliamente atestiguados en numerosos poblados por la frecuente localización de piezas identificadas como pesos de telar y también de fusayolas, aunque respecto a la producción y confección específica de tejidos de lino los vestigios son bastante má s escasos. En algunos yacimientos se han encontrado restos de telas de lino o improntas de las mismas sobre recipientes cerámicos u objetos de metal (Castro. 1983-84: 9R). si bien no se han podido identificar inequívocamente instrumentos o instalaciones destinados al tratamiento exclusivo de esta fibra. La excepcionalidad de las piletas de ColI del Moro. faltas hasta el momento de paralelos directos. frente a la evidencia de una notable producción de lino en la sociedad ibérica. lleva a suponer que de forma habitual su enriado debía llevarse a caho en otros lugares. como podría se r. por ejemplo. en ríos (extremo éste que para el caso de Tarragona refieren las ruentes escritas). estanques o albercas destinadas a usos diversos. donde el hallazgo de trazas de este proceso resulta de muy difícil o imposible identificación. Por otro lado. creemos probable que algunos depósitos de ciertos yacimientos pudieran haber servido para la misma finalidad. pero la falta de análisis de los sedimentos no ha permitido su precisa atribución funcional. inversamente, tampoco podemos descartar que las piletas de eoll del Moro pudieran haber sido usadas para otros menesteres. quizás para el curtido de las pieles, el teñido de las fibras o telas. o para el enriado del cáñamo. Sea como sea, 1..' 1 hl.'(ho de que cI tratamienlo dcllino y tal vez \k tl!f"\ makri;¡\. g.l.'ncrasc en cstc pohlado una e~lru(lura arquill.:ctúnicil específica pouría ser indicativo Je un,t lltllahk Iccn ificación'! especia lización por panl.' JI..' la l"o nlUnidad l.'n estas ma nufactura s. Sin l.'mha rgo. y hasla qUl: nuevas in\"c stigacione s no su mini ~IH'n m,i~ Jatos al respecto. no podemos. a partir Je la morfo logía de la s piletas. fijar las ca ra cte rís tlca~ y cI volumen de su producción. En este mismo ~entidn. cahl.'!>cñala r que. si hicn el lino cs una planta que ~ó lo permite una cosec ha anual. tamhicn cs cierto que puede ser almacenada. con lo cual las operaciones de enriado podrían sucede rse repetidamente a lo largo del año. de modo que cualquier estimación de volumen está sujeta a una variable de frecuencia totalmente desconocida. Por otro lado. cl hecho de que hasta el momento só lo se haya excavado una pequeña pan!! dd poblado del ColI dcl Moro. que corrc::sponucría mayoritariamente a un complejo de cstructuras ddensivas. impid e el co nocimiento general de su organización urhan ística. cosa que tal vez podría sumin istrar inform ación sobre la magnitud y alcance de la producción o el uso social de estas instalaciones textiles. Así. quizás la generalización de los talleres en otras unidades del poblado o su excepcionalidad dentro del conjunto del asentamiento. su vinculación o autonomía respecto de las estructuras domésticas o de otra índole. sirvan de indicios para inferir, entre otras cuestiones. e l destino de la producción. ya fuera el autoabastecimiento o el comercio exterior, o también para una aproxi mación al uso. comu nitario o privatizado. de estas instalaciones. Agradecemos a M.J. Conde sus interesantes comentarios y opiniones sobre el kalathos de la figura 6.
En el presellte estudio presentamos los resultados oblenidos en las illvestigaciones realizadas sobre la fun + cionalidad de las piletas del poblado ibérico del ColI del Moro (Gandesa), en las cuales detectamos una imporlallle presencia de fibras de lino. En la base de dos piletas localizadas en el poblado del ColI del Moro se detectó un sedimento de coloración gris-negruzca qu e presentaba abundantes restos vegetales (UE 314 y UE 341) y que fue muestreado para su estudio posterior. Tras la extracción de la muestra del contene~ dar estéril. por la gran abundancia de materia orgánica, se procedió a su eliminación mediante un tratamiento con Peróxido de Hidrógeno (33%), A continuación se procedió a realizar la separación de las diferel)tes fracciones. En particular nos centramos en las fracciones de arenas finas (250-50 ~m) y limos (50-2 ~m) dado que son las que presentan una mayor concen~ tración de microrrestos vegetales. Se cribaron 50 gr. de sedimento, con agua destilada, en una columna de dos cedazos de 250 jJ.m. Las arenas finas se reservaron para su análisis, mientras que los limos resultantes del ce• daza de SO 11m, en una suspensión con hexame• sistc: ma. hásico en la mineralogia. ha demostrado ser muy útil en el estudio de filOJitos en scdimentos arqueológicos. ya que se agrupan las fracciones mencionadas. facilitando el conlaje. la distrihución en difc:n.:nh:s morfologías y la identificación (Garcia-Caldl! rón el t1lii, lWJ). Las fracciones obtenidas se estudiaron por microscnpía dcclrúnica 0': harrido (SEM l. utili • zando un modelo Camhrid~c Stc: rc(.s/".m s -I~(I. con microanáli s is fEDS) link. im: orporaJo. aplicando las técnicas desarrolladas para el cs- Las fibras del floema del lino. clasificadas como blandas desde un punto de vista comercial. son fibras extraxilares que se componen de celulosa prácticamente pura con una tolerancia de 2 a 4% de lignina que se elimina en el blanqueo (Esau. Las fibras se hallan en grupos o haces con diámetros que alcanzan medio milímetro. consistiendo cada uno de ellos en un número de células de fibra de un diámetro de 11100 de mm. El haz. en conjunto. parece como una fibra de 30 a 90 cm. de longitud después de agramada (Schery, 1956). El análisis antracológico realizado por Jaume Enrie Zamora (comunicación personal) en las mismas unidades se ha visto dificultado por el proceso de mineralización que han sufrido los fragmentos de carbón vegetal. Este estado distorsiona su estructura anatómica original provocando que su identificación no sea posible de una forma clara y precisa. A pesar de ello. podría tratarse de lentisco (Pistada lentiscw L.) o de alguna leguminosa. EL LINO (L/oum us/lalls.r/mum L.) El lino es una planta herbácea anual perteneciente a la familia de las Linaceae. de tallo-T. P.. n° 51. n.O 2.1994 úelgado. ramificado. úe O.)() a 1 m. de alturél: hnjas plana~. lineales. enteras. las superion:~ más estrechas: flores en cimas terminales. gran• des. de unos! cm.. de pétalos azules o blancos y semillas aplanadas en cápsulas. Existen dos tipos de linos cultivados: elUllo d~ jm'jerno o frío y el lino de verano o caliente (Sena. El lino de invierno se cultiva en España y en otrus países mediterráneos. y tiene la ventaja de adaptarse con facilidad a cualquier suelo. sea cual fuere su fertilidad. factor que lo diferencia de las variedades ~(.:mhradas en primavera. Sus tallos son más gruesos. más altos y ramificados. produciendo cápsulas de mayor volumen. siendo también más productivo que el lino de verano, pero su hilaza es más áspera y ordinaria. Existen variedades de lino para fibra (texti• les) y para semilla (oleaginosos). En el caso que nos ocupa nos centraremos específicamente en el aprovechamiento del lino con finalidad textil. variedad más delicada que precisa una ausencia de heladas durante la germinación. lluvias poco intensas y repartidas. así como temperaturas frescas durante el proceso de crecimiento. y más cálidas y secas durante la fructificación y cosecha. Los lugares más apropiados para el cultivo del lino son los situados cerca del mar. que atenúa las variaciones bruscas de clima. Un ambiente seco. con cielo siempre despejado y las alternativas de calor y frío. dan fibras cortas. bastas y quebradizas. Los suelos de mediana fertilidad con un buen drenaje son los apropiados para su cultivo. Aparte de las condiciones propias del suelo es muy importante que en el mismo no haya una excesiva cantidad de semillas de malas hierbas. ya que el lino se defiende muy mal de esta vegetación espontánea. Antes de la siembra se tiene que arar. profundamente ya que la semilla de lino es de pe- Posterior a la siembra. la unica labor que necesita el lino es el desmalezado. En el lino textil las mala s hierbas son más perjudiciales que en el oleaginoso. ya que entorpecen los procesos a que se somete la paja para la ohtención dI.! la fibra. Esta variedad también se dikrencia de la de grano en su cosecha que se efectúa unos 20 ó 30 días antes. La cosecha se realizaba en diferentes épocas según el uso que se iba a dar a la fibras: todavía verde. daba fibras bastante flexibles para tejidos muy finos; amarillo daba fibras más resistentes: y completamente maduro. se adaptaba mejor a los trabajos de cuerdas y cestas (Leospo, Pedrini & Chiostaso. Si se espera a que las semillas estén maduras la paja se pasa de punto volviéndose quebradiza y de fibra áspera. De todas maneras la se milla completa su estado durante el secado de la paja. El rendimiento y la calidad de la fibra a obtener depende de cómo se realice la cosecha. Las plantas no se cortan. sino que se arrancan para aprovechar todo el largo del tallo. Los talios se colocan en gavillas o haces y se amontonan en grupos de 3 ó 4 para que terminen de secarse, uno o dos días después de efectuarse el arrancado. 12.5) calcula e l coste de tiempo que lleva el cultivo del lino: "Ocho o diez modios de lino se siembran con cuatro dias de labor. se gradan en Ires jornadas. se deshierban en una, se arrancan en tres, lolal: once jornadas". EL PROCESO DE PRODUCCIÓN DE LA ABRA DE LINO La fibra de lino es la más difícil de preparar para tejer. Se consigue a partir de una serie de procesos: el desbolillado o desemillado, el enriado. el secado de la paja, el agramado y el desfibrado. Las principales operaciones de preparación del lino. así como los útiles empleados. han llegado a nosotros casi sin cambio. Pinturas egipcias del Imperio Antiguo nos muestran un tlrtJl'n \.:<I~i ancilogo. y aunque las pruehas malen; tlc:" ",.:an ptlC¡¡~ ~l' puede suponer una s u ce~iú n igual lIe opl'r;¡c ionc" e n la prehistoria europea (C lark. Pedrini & Ch iosla so.II¡IK9). Coml'nl¡.trl'mo~ hrevernente cada una de estas opera¡;Hml,:'~. Desbolillado: tiene por ohjeto ~I..'p<irar las semillas dc los tallos. Se realiza con un peine. genr.:ralmente fijo. en el que se introlludan ItI ~ manojos por la part e su perior y se tiraha. Al ser d diámetro lIc las cápsu las mayor a la distancia I..'xistente entre los dientes. éstas queda bétO separadas de los lallos. Enriado: es un proceso de fermentación en e l que. por medio de microorganismos que traen consigo las mismas plantas. se produce la disolución del cemento péctico que une entre sí las fibras, transformándose en ácido péctico. Este proceso es el más interesante para nosotros, ya que podría considerarse como uno de los usos de las estructuras conservadas en el poblado del ColJ del Moro. Existen diversos tipos de enriado: naturales (en agua corriente. agua estancada o al rocío) o artificiales (en agua caliente o por medios físico-químicos). El que más se acerca a nuestras estructuras se ría el enriado en agua estancada, en concreto el llamado enriado en piletas. En este tipo de enriado las gavillas de lino se depositan en el interior de la pileta, ya sea vertical u horizontalmente. y se cubren con agua. seguidamente se colocan unos pesos e ncima (piedras o troncos) para que queden bien sumergidas. Generalmente las piletas son de forma rectangular y con una profundidad no superior a 1.50 m. (en el caso de que el lino se coloque en posición vertical). A partir de aquí vendrán tres fermentaciones sucesivas: -una fermentación insensible en la que el agua penetra en los tallos haciendo salir el aire. con las consecuentes burbujas, y en la que el agua va tomando un color pardo-negruzgo; -una fermentación acética (que produce ácido carbónico), a las ocho o diez horas cuando empiezan a desarrollarse los microorgamsmos; -finalmente una fermentación putrida (produce hidrógeno carbonatado), las bacterias atacan las partes fácilmente descomponibles. el agua cambia de olor, Secado de la paja: una vez finalizado el enriado se vacia la pileta y se sacan las gavillas. llevándolas a un espacio abierto para que se sequen. Apamaclo: consiste en la fragmentación en pe- queños trozos de la parte leñosa de los tallos (agramiza), para el mismo tiempo anojarlos. Esta operación se llevaba a cabo a base de golpes. ejecutados con una maza. hasta que en el siglo XIV fue substituida por la agramadera. Desfibrado: consiste en separar los trozos de leño y efectuar un primer peinado de la fibra. La hilaza es el conjunto de fibras largas resultantes del agramado que posteriormente pasan al proceso del peinado a fin de paralelizar las fibras y eliminar Jos elementos que no le confieren buena calidad (productos leñosos. malas hierbas. fibras cortas. restos de estopa). El rendimiento del lino, según Plinio (H.N.• XIX. Este resultado puede parecer mínimo pero se compensa por el rendimiento de los otros productos que se obtienen. Las fibras más cortas, los fragmentos y la estopa. separados durante la operación de agramado, son recuperados y utilizados para hacer telas bastas y cuerdas; la estopa se utilizó como combustible. Por otro lado. las semillas maduran a pesar de que la planta T. P.. La preservación de los restos de tallos y las fihras de lino en los depósitos del ColI del Moro (Gandesa) responde a condiciones similares de conservación de materiales orgánicos en un medio humedo y carente de aire (anaerohio) producidas en lagos. pantanos... si un yacimiento humedo se seca incluso sólo de forma estacional se puede producir la descomposición de los materiales orgánicos (Renfrew & Bahn. Las características del proceso del enriado del lino en piletas. en el que se produce un estadio inicial en el que actúan las bacterias aerobias que luego ceden su lugar a las anaerobias que consumen el oxígeno del agua. conllevan a determinar que en el momento de destrucción de este estahlecimiento industrial. se dieran estas condiciones especiales que han permitido la conservación de las fibras. restos de tallos e incluso fragmentos de madera mineralizada. Por otro lado. la presencia de carbonato cálcico en unos de los depósitos. puede ser un indicativo de este proceso. ya que es utilizado para neutralizar los ácidos que se generan durante la descomposición (Lazarkévitch. Los paralelos más cercanos los tendríamos en los yacimientos lacustres suizos en los que el proceso de fermentación ha permitido conservar tallos. cápsulas. semillas. fibras y restos de tejidos (Geijer. Por otro lado. un caso similar sería la tumba de un jefe celta de Hochdorf (Alemania), cronológicamente situada entorno al 550 AD en la qU' e los análisis por SEM descubrieron que el.lecho mortuorio había estado cubierto por tejidos con urdimbres hiladas y retorcidas de cáñamo y lino (Korber-Grohne. El lino en la zona de Gandesa es un cultivo tradicional que. junto al cáñamo. no sólo formaba parte de las especies básicas para la subsistencia. sino que representaba una de las especies que ha caracterizado una industria artesanal en las comarca catalanas del Valle del Ebro, el Matarraña. el Bajo Aragón y el norte de Castellón. En el caso del cultivo del lino en el poblado ibérico del Coll del Moro, éste podría tener una doble finalidad: el uso de las fibras. como las Las condiciones actuales. en una 7.ona de transición hacia características continentales. el período frío invernal de dos me ses y la aridcl. estival elevada (con sólo SO mm de precipita• ción en los meses de verano) permiten el cultivo del lino de invierno. A pesar de dio las condiciones existentes en el momento de ocupación del poblado serían parcialmente diferentes dado que si tenemos en cuenta los estudios realizado s sobre el desplazamiento latitudinal de la vegetación en el litoral mediterráneo a través de los análisis polínicos ohservaríamos que, a medida que avanza la maqu ia sobre e l encinar, se ha producido un alargamiento del periodo estival seco (Parra. 199.3). la reducción de los bosques y la sobreexp lotación agrícola ha contribuido a la degradación actual. los suelos eran mucho más ricos. y la circulación de corrientes de agua mucho mayores que las actuales.
MANUEL HOYOS GOMEZ (') MARCO DE LA RASILLA VIVES (") RESUMEN Se presentan unas dataciones radiocarbónicas del Solulrense Superior y Perigordiense Superior del abrigo de Cuelo de la Mina, las cuales contribuyen a situar en el tiempo esos episodios, a reconsiderar los límites de ciertas fases de la cronologfa polínica al uso, y plantean la necesidad, como están haciendo varios yacimientos cantábricos en estudio, de renovar la visión del Perigordiense en la Cornisa Cantábrica. El abrigo de Cueto de la Mina (Posada de Llanes, Asturias) fue excavado por el Conde de la Vega del Sella (1916) en el ámbito de las investigaciones asumidas por la Comisión de In• vestigaciones Paleontológicas y Prehistóricas (Fig. 1). La excavación entregó varios niveles rcrtcncl'i~'ntcs a múltiples episodios del Paleolí----. --,.. Solutrcnsc "antiguo" y superior. Mag.dalenicnst:: inferior. medio y superior. Azilicnsc. y ASluricnsc), y ha constituido un rdcrc nlc ooligado de los estudios prehistóricos regionales y nacionales. De 19HI a ¡qHIí se han rt: alizado unas campañas arqueológicas para recuperar un nuevo registro. incluir el yacimiento. dentro de lo posible. en el moderno protocolo analítico. y rcconoccr algunos niveles a fin de definir mejor sus cualiJades culturales y estahlecer su posición crono-estratigráfica (Rasilla. \l)<.)O). En ese sentido. se han cft: clUado además unas dalacioncs radiométricas que facilitan la interpretación del yacimiento. y su comparación con otras del mismo ámbito geográfico. LAS DATACIONES DE C" DE CUETO DELAMINA Se han datado tres muestras. dos proceden de sendos huesos de los niveles V y VII de las recientes campañas (Rasilla y Hoyos, 1988; Rasilla. 1990) equivalentes respectivamente a los niveles E y H de las excavaciones del Conde de la Vega del Sella y pertenecientes al Solutrense superior y al Perigordiense superior sensu lato. La otra muestra corresponde a un hueso procedente del nivel F (Solutrense "antiguo") de las excavaciones de Vega del Sella, depositado desde 1916 en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. La razón que indujo a utilizar esa muestra es que en las recientes excavaciones no ha aparecido el nivel equivalente al llamado F por Vega del Sella, debido a que en ese episodio se produjo en el abrigo una erosión que eliminó casi en su totalidad el nivel (Rasilla y Hoyos, 1988: 13-14,18-20; Rasilla, 1990). Las dataciones se han efectuado en el Svedberg-laboratoriet de la Universidad de Uppsala (Suecia) por el Dr. Goran Possnert, y son las siguientes: REFLEXIONES EN TORNO A LAS DATACIONES Consideramos anómala la datación del nivel F y coherentes, para una adscripción cultural similar.las de los niveles V y VII. aun cuando hay cierta escasez de dataciones correspondientes a esas etapas. El nivel VII (Perigordiense superior) Hay hastantes problemas en la Región Cantáhrica para encuadrar en el tiempo al Perigordicnse superior. tanto por la parvedad de dataciones como de registro arqueológico fiable, aunque hay buenas perspectivas para el futuro. Las referencias dadas por Vega del Sella (1916:16-18.21-24) para los niveles H y G y l. constatación de su realidad en las nuevas campañas arqueológicas nos indujo a correlacionar el nivel VII con el nivel H (Rasilla y Hoyos, 1988). En principio. puede afirmarse que hay alguna punta de La Gravette en el nivel VII, además de la mencionada para el nivel G (Vega del Sella. Las características sedimentológicas del nivel VII corresponden a una fase interestadial "templada" y húmeda atribuida al interestadio de Tursac, por ser ésta la primera con esas cualidades situada por debajo de la crisis de Laugerie y porque el nivel VII no presenta ruptura con el nivel Vlb (Rasilla y Hoyos, 1988). Si nos atenemos a los límites de la cronología polínica esa fase está comprendida entre 23000 y 24000 BP (Leroi-Gourhan y Renault-Miskovsky, 1977), por lo que hay una clara discrepancia entre la fecha obtenida, que entonces resulta demasiado antigua, y los límites del interestadio de Tursac. No obstante, los límites propuestos para el interestadio son imprecisos, porque la fecha obtenida en el sitio tipo del Abri du Facteur en Tursac (23182 BP) corresponde " a la parte alta del nivel 11, es decir al principio de la oscilación (Leroi-Gourhan, 1968: 130), por lo que el'echo de la misma debería situarse en edades más modernas y no en 24000 BP, con lo cual los límites deben reconsiderarse al no estar suficientemente definida su situación en el tiempo. A pesar de ello, la datación de Cueto de la Mina VII puede aparentemente ser un poco antigua. Actualmente van acrece nt á ndose los datos que manifiestan la existe ncia de un proceso perigordiensc nítido e n la Región Ca ntáb ri ca (La Viña, Amalda, Aitzbitarte 111...), con un conjunto de dataciones subdivisib les en cuatro grupos: A. E nlrc ±20000 y 23500 BP (La Riera 1, Morin 5a, Aitzbitarte 111. niv. El regis tro a rqu eológico mue stra una se rie de ni ve les adscribibl es a l Perigordicnse, algunos incluibles e n una etapa final segú n propone Fortea ( 1992: 24-25). carac te riza dos gené ricamente por la presencia de puntas de la Grave tte, microgravettes, laminitas de borde abatido, puntas pedunculadas y azagayas de marfil, y ubicados por encima de unos nive le s claramente noailJenses (Amalda VI. Por ahora, aparte de las fechas radiomét ri cas, si el noaillense de Ama lda se situa e n la in te rfase fría Kesse lt l Tursac (Alt un a. 1990). e l ni ve l VII de Cueto de la Mina e n Tursac. y e l nivel VII de La Viña en los inicios de Lauge rie (Fortea, 1992) (2), el episodio post-noai lle nse. donde parece haber un a "mezcla" (3) más o menos equilibrada de varios útiles típicos. comenzaría grosso modo en algún punto próximo al muro de Tursac compre ndiendo al menos todo ese interestadio más la interfase Tursac/La ugerie, y e n ese lapso se ubicarían los diferentes niveles con ese registro arqueológico (Mo rin 4 y 5a, Pe ndo V y Va, Cueto de la Mina VII (= H ) Y G, La Viña VII y VIII, Amalda V, Aitzbitarte 111 nivel V... ). El nivel VI de Aitzbitarte III introduce sin embargo cie rtas modificaciones a l esquem a expuesto, porque teniendo ab und antes buriles de Noailles sus dataciones son más recientes que la de Cue to de la Mina, con lo cua l habría niveles claramente noaillenses junto a otros que no lo son. El estudio definitivo de aqué l yaci miento permitirá ajustar las cualidades del proceso y su posición pa leocli mática, perfilar mejor la bondad de las diferentes dataciones, y establecer e l (1) El nivel VI de Aitzbitarle 111.ambién ofrece abun• dantes buriles de Noailles (Alt una, 1992). pero au n encuentra en estudio. (2) Con la problemática existente para el final de l WUrm 111 e inicios del "interestadio" (Hoyos. e/p). (3) Como ya se observó para e l Perigordiense V en Francia (Laville y Rigaud. 1991). interva lo de Tursac y de la int e rfase Tur sacl Laugcric. Si n mc noscaho de una mayor precis ión e n las cua lidades y denom inación de los procesos referidos li t sllpm. hay un matiz importante que afecta a la posición de l muro de Laugerie, dado que las fases finales del Würm ¡JI en la Región Ca n táb ri ca ese nc ia lm enle no difieren. en cuanto a l ca rácte r y rango de los procesos climáticos. de lo obse rvado para la cri sis de Laugerie: si n que por el mome nto pueda precisarse si el límite de ése inl e restadio debe situarse por debajo de los 20.000 B.P.. au nqu e hay datos que a punt a n e n esa dirección (Hoyos, e.p.). Si e ll o fuese as í, probable me nte el inte restadio de Tursac tendría que ser también más antiguo y no esta ría tan a lejado de la fecha obten ida para e l ni vel VII de Cueto de la Mina. De ladas formas act ua lmen te no es posible precisar más, pues no hay nivel equivalente directamente correlacionab le con una industri a post-noaillense que te nga características sedimentarias de interestadio. separado al menos por otro nivel sedime ntario de la interfase Tursac/Laugerie. El nivel F (Solutrense medio) La atribución cu ltu ra l de ese nivel y sus circunstancias se exponen en Rasi ll a ( 1989, e.p,) y Rasilla y Hoyos (1988). Segú n Vega del Sella el nive l F presentaba a techo y muro sendas capas esté riles y estaba intercalado e ntre los niveles G y E, por lo que la datación ofrecida no se corresponde con lo conocido ni e n tie mpo absolul a ni e n relativo, E n efec to. grosso modo puede decirse que e n la Región Cantábrica el Sol utre nse med io abarca desde el 2(xx)() hasta el 19200/19000 B.P. Y se situa en la crisis climática de Laugerie (Rasilla, 1989 y e.p.; Rasilla y Hoyos, 1988; Hoyos, e.p.). E ntre las posibles causas de tal anomalía resaltamos dos: 1. Aunque el hueso se extrajo de una bolsa de plástico e n la que figuraba e l r6tulo "Cueto de la Min a. Nivel F", era un ejemplar si n rotulación de aq ue lla época; por lo que el hu eso util izado como muestra podría pertenecer a otro nive l. Ello es posible dado el trasiego que en más de sete nta a Bas han podido sufrir los materiales en el Museo Nacional de Cienci as Naturales. Que por la cantidad de años transcurridos el hueso no poseyera las condiciones más adecuadas, incluso podría estar co nt aminado, para se r datado con suficie ntes garantías, T. P.,51.n.o2. El nivel V CSolutrense superior) Aum~uc escasa en dalacionc s es posible uhicar con cierra precisión la fase plena del 501u-(Tcnse superior a la que pertenece ese nivel. en-Ire 192! Desde un punto de vista arqueológico se correlaciona con Las Caldas 10-7. La Viña V. La LLucra. Cova Rosa E, Altamira. y se ubica en el episodio frío inler Laugerie/Lasca ux (Rasilla. Con todo. si tomamos en cuenta las dataciones dI:! Las Ca ldas 9 (19390 BP). la del nivel V de C ue lo de la Mina ( 19110 BP) Y la posición, atestiguada en varios niveles de la Cornisa Cantábrica, de esa fase plena de l Solutrense superior en el ínter Laugerie/Lascaux. y atendemos también a que por debajo de ellos se encuentran otros con las mismas cualidades culturales (La Riera 2/3, Las Caldas 10) pero de transición desde el punto de vista climático (5). es decir a finales de la crisis de La uge rie (Rasilla, 1989: 44), es ractible proponer que e l techo de l int erestadio de Laugerie (18800 BP Leroi -Gourhan y Renault -Miskovsky. (5) Cuyo estudio sedimenlológico y asignación paleoclimilica se encuentra en Laville (1986) para La Riera y en Hoyos (1981) el estudio de las diversas legislaciones que a lo largo de la histQria de la arque logla espanola han apoyado su hacer. Todo esto quedarfa descontextualizado si no se tuviera en cuenta su integración en el panorama europeo, por lo que igualmente serán bienvenidas las comunicaciones que traten de otros paises. Se entiende que la información apenada no se limitará a una descripCión de los hechos realizados por cada uno de estos grupos, sino que se analizarán ademas otros aspectos como las intenciones de los sujetos que en ellas tomaron parte, las conexiones con otras instituciones, la base social y política que conformaba un determinado grupo, etc. Todos aquellos que quieran participar en este congreso deberán mandar un resumen de una página con título y contenido de la comunicación, entendiendo que las aportack>nes que no se ajusten a la finalidad de la reunión o que el comité organizador considere que no ttenen la calidad necesaria serán rechazadas.
Las excavaciones arqueológicas en las Minas Prehistóri cas de Gava (Barcelona), ex plotadas durante el neolítico, han puesto al descubierto recientemente en el interior de uno de sus pozos la Venus de Gava. Es un a fig ura antropomorfa femenina de cerámica, sobre la que se han dibuj ado las partes de l cuerp o y su ornamen tació n med iante decor ación en relieve y esgr afiad a con pintura blanca incrustada. Es la única figura humana del Neolítico de la Penínsul a Ibéri ca con una morfología y motivos decorativos que permiten suponerle un valor religioso relacionado con el culto a la di osa de la fertilidad. La figura que estudiamos en este artículo procede del yacimiento arqueológico de las Minas Prehistóricas de Gava (Barcelona), situado en la vertiente marítima de la Cordillera Litoral Catalana, sobre uno de los contrafuertes del macizo del Garraf, al sur de la desembocadura del río Llobregat. Se trata de las minas subterráneas en galería más antiguas de Europa. El yacimiento fue descubierto como tal en la década de los años 70 y desde entonces ha sido objeto de diferentes estudios (Villalba el alii, 1986) (Fig. 1) Ya desde su descubrimiento se reconoció como una explotación minera del Neolítico Medio, dentro del horizonte cultural de los Sepulcros de Fosa. Los minerales extraídos debieron ser varios, utilizados tanto para la fabricación de útiles como de ornamentos, destacando por su si ngularidad la variscita. Las intervenciones arqueológicas realizadas han sido numerosas, así como los estudios derivados de éstas, si bien quedan aún cuestiones por aclarar. Aspectos como cuáles fueron los recursos explotados y la importancia de cada uno de ellos, las fases de la explotación y su cronología o el significado del T. P., 51, n.O 2,1994 Josep Bosch Argilagós, A licia Estrada Martín complejo minero dentro de l contexto económico, social y cultural de su época, no se conocen de una forma plena. A todo ésto había que añadir los problemas de conservación que presenta el yacimiento, así como la escasa difusión a nivel divulgativo de los resultados de las diferentes investigaciones (Lám. En el año 1991, desde el Museo de Gava, se inició un proyecto integral sobre el yacimiento. Los objetivos del proyecto eran: desarrollar una actuación global que contemplase su conservación, estudio y difusión tanto a nivel científico como general. La complejidad del yacimiento requería una intervención interdisciplinar, por 10 que se establecieron convenios con diferentes universidades para formar el equipo necesario: Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona y Escuela Universitaria de Ingeniería de Minas de Manresa de la Universidad Politécnica de Cataluña. La actuación arqueológica en el propio yacimiento es fundamental dentro del Proyecto Minas Prehistóricas. Desde su puesta en marcha se ha intervenido e n varios sectores del mismo, tanto por medio de actuaciones programadas como de excavaciones de urgencia. En una de las minas en las que el Museo de Gava ha efectuado excavaciones dirigidas por los autores de este artículo (la mina nO 16), aparecieron varios trozos de una figurita antropomorfa de cerámica incompleta (véase portada de la revista) (1), repartidos por diferentes niveles del relleno del pozo. Dicha figurita fue elaborada siguiendo el mismo procedimiento que en un recipiente de cerámica. Su calidad es muy buena. El grosor de la pared es más o menos constante, de unos 5 mm. La pasta presenta los colores negro en la mitad externa y rojo en la interna. El desgrasante visib le es mayoritariamente de cuarzo y de un tamaño inferior a 1 mm. El acabado de las paredes interna y externa es bruñido, y su coloración oscura, siendo más negra la externa que la interna (Láms. Presenta tres sistemas decorativos distintos: el relieve, el grabado o esgrafiado y el pintado. (1) El dibujo ha sido exp resa me nte reali zado para la portada de Trabajos de Prehisto ria, 51, 2, 1994 por Ram ón Álvarez. Detalle interior de la mina número 8 del conj unto de las Minas Prehistóricas de Gava (Barcelona) (Estudio de Fotografía Martín García). Este último utilizado como complemento de l esgrafiado ya qu e la pintura aparece únicamente incrustada dentro de las líneas grabadas. Esta técnica fue documentada por J. Vaquer (1975) e ntre la cerámica correspondiente al Chasense del Languedoc. Dichas líneas, un a vez practicadas, fueron rellenadas con una pasta blanca, quizás e labo rada con co nchas de molusco trituradas. No se ha conservado la pintura blanca en toda la extensión de las mismas, aunque posiblemente debieron tenerla. La decoración en relieve aparece en la representación de la nariz, las extremidades superiores y los ojos, mi entras que la decoración esgrafiada y pintada se utilizó en la representación de los ornamentos corporales (braza letes, collar y qui zás anillos), de l vestuario, de 10 que parecen ser las pesta ñas, y quizás del pei nado. La parte conservada de la fi gura tiene unas dimensiones de 16 cm de alto por 11 cm de ancho. Se distingue la mitad izquierda de la cara y parte de la derecha, el tórax entero, la extremidad superior izquierda completa, buena parte de la derecha, y la parte superior del abdomen. D e la ca ra parece que únicame nte se represe ntaro n los ojos y la nariz, obviándose la boca y quizás las orejas. La nariz es alargada, estrecha y de perfil estilizado. Su promine ncia decrece progresivamente d e la parte inferior, donde presenta los dos orificios, hacia la superior. Los ojos so n circulares, representados por un a pastilla en relieve poco resaltado, rodeada por un a serie de rayos grabados (posibles pestañas), forma ndo en conjunto 10 que parece una representación solar. Por debajo de la cara se encu entra un motivo esgrafi ado, que por su forma y situación in -T. Está formado por varias líneas rectas: una horizontal, de la que cuelgan otras dieciseis, verticales y paralelas, más cortas que la primera. De los dos extremos de la horizontal, en la parte superior, parten otras dos líneas verticales que podrían representar la ligadura al cuello. Hemos de decir, sin embargo, que el diseño difiere de los collares neolíticos conocidos, la mayor parte procedentes de ajuares funerarios, los cuales no son rígidos como el representado en la figura estudiada. No creemos que esta rigidez sea el resultado de una convención artística. Más bien nos parece un ideomorfo del que desconocemos el significado. La cabeza está encajada directamente sobre el cuerpo, sin el cuello, y sobre el tórax se representan en relieve circular poco resaltado dos p~ chos. Sobre las extremidades superiores también en relieve se grabaron, con cuidadoso detalle, unos ornamentos y los cinco dedos de cada mano. Estos ornamentos recuerdan los brazaletes, hechos de concha de molusco (glycymeris) o de mármol, hallados en numerosos yacimientos neolíticos. Aparecen en las dos extremidades agrupados y paralelos, ocho en la parte inferior de cada antebrazo, y otros cuatro en la superior del brazo izquierdo, si bien como el hombro está fracturado pudieron haber existido algunos más. El brazo derecho no conserva la parte superior. Las extremidades aparecen completamente pegadas al cuerpo, con los codos flexionados en ángulo recto, las manos con los dedos largos, estirados y juntos, descansando planas sobre el vientre. En la mano derecha parecen observarse unos anillos, representados igualmente mediante esgrafiado. De la zona abdominal se conserva solamente la parte superior, que aparece abultada, como si se tratara de un embarazo. En el centro se observa grabado el extremo de lo que parece una espiga en posición vertical invertida, con líneas horizontales y paralelas también esgrafiadas a cada lado. Pueden representar el vestido (falda), que no cubre la parte superior del cuerpo. Otras líneas, que se encuentran en el costado de la figura, quizás representan los cabellos. No disponemos todavía de ninguna datación absoluta para el relleno donde apareció esta pieza. Sin embargo, en función de las características técnicas y morfológicas de la misma y de las de otros materiales que proceden del mismo relleno, podemos situarla en el Neolítico Medio. El acabado bruñido, la coloración oscura de la superficie y la decoración esgrafiada, presentes en la figurita y en otros materiales de su contexto, encuentran sus paralelos más próximos en las culturas de los Sepulcros de Fosa y Chasense. Según el conjunto de dataciones e 14 disponibles para el yacimiento de las Minas Prehistóricas de Gava, en este yacimiento parece detectarse una fácies cultural postcardial, dentro de la segunda mitad del IV milenio a.e. (cronología no calibrada), que conviviría ya con algunos elementos de la cultura de los Sepulcros de Fosa, la cual acabaría por imponerse en la primera mitad de III milenio a.e. A este segundo momento corresponde muy posiblemente la figurita que aquí estudiamos, si bien será necesario esperar dataciones absolutas para el contexto del hallazgo que lo confirmen y permitan precisar más su cronología. Con el fin de que nos ayude a valorar y comprender el significado de la Venus de Gava, hemos recopilado un primer corpus de figuras antropomorfas neolíticas del Mediterráneo occidental y regiones limítrofes. Incluimos todos aquellos objetos que puedan ser considerados figuras en un sentido general. Dicho corpus no es exhaustivo, y es un tanto descompensado al incluir piezas de tipos diferentes (material, técnica y forma), correspondientes a contextos y cronologías no necesariamente equiparables. Si comparamos las figuras antropomorfas neolíticas del Mediterráneo occidental con las balcánicas y próximo orientales, podemos ver como las primeras son menores en número y de una calidad inferior. En Cataluña y su área más próxima durante el Neolítico únicamente se conocían tres representaciones supuestamente antropomorfas: -Una placa cruciforme de hueso, de 68 mm de largo, con dos perforaciones en la parte central encontrada en el yacimiento postcardial de la Timba del Barenys (Riudoms, Tarragona), integrando el ajuar correspondiente a una inhumación múltiple (estructura nO 1). -Un objeto de piedra formado por un cuerpo más o menos elíptico, del que parte una prolongación centrada a manera de mango. Procede del yacimiento también postcardial de Cal Metge (Montmeló, Barcelona), fue hallado en antiguas excavaciones de lo que parecen restos de una estructura de conservación de alimentos en fosa. Presenta, no sin dudas, paralelos con los llamados ídolos en forma de "caja de violín", también de la cultura de Almería (Bosch, 1991: 28). -Un fragmento proximal de segunda falange de ciervo, encontrado en el yacimiento de Botiquería deis Moros (Mazaleón, Bajo Aragón), en el nivel correspondiente al neolítico cardial. Tiene una serie de muescas talladas transversales sobre su arista dorsal y otras incisiones, también paralelas y en la misma orientación. Barandiarán (1978: 98) propone clasificarlo dentro de la categoría de supuestos ídolos. A la citada cultura de Almería corresponde un conjunto de pequeños objetos considerados ídolos antropomorfos, algunos con atributos femeninos (pechos). Tradicionalmente han sido adscritos al Calco lítico o a los inicios de la Edad del Bronce; sin embargo, hallazgos efectuados en los últimos años permiten que muchos de ellos sean considerados cronológicamente circunscritos al Neolítico Medio y Final (Martí, 1990: 221). Un número más elevado de figuras ha proporcionado el territorio francés. Por lo que se refiere a las modeladas en arcilla, aparecen repartidos en cuatro zonas: mediodía francés, Macizo Central, zona septentrional y Franco-Condado (Guilaine, 1980: 120-122; Montjardin Roger, 1993: 87-91). A pesar de la simplicidad y la fragmentación de estas figuritas, se puede decir que casi todas corresponden al sexo femenino. A veces tienen representados los pechos, los ojos, la nariz, los brazos y las piernas, nunca las orejas y la boca (Montjardin Roger, 1993: 88). En función de los paralelos disponibles son incluídas por estos autores en una corriente ideológica o religiosa mediterránea. Italia, dada su posición central y abundancia de ejemplares de figuras, debió tener un importante papel en esta corriente (Montjardin Roger, 1993: 90). También en Francia fué hallada la llamada diosa de Capdenac-Ie-Haut (Lot), considerada la estatua prehistórica más antigua de dicho país y hasta el momento sin ningún equivalente dentro del Neolítico francés. Fué descubierta y publicada por J. Clottes y M. Carriere (1974-76), en excavaciones practicadas en un campamento establecido al pie de un abrigo, sobre una terraza que domina desde unos treinta metros el valle de Lot. Se trata de una pieza esculpida sobre roca, de apariencia rudimentaria y maciza, en la que se representan con caracteres no realistas la cabeza y el tronco. Las dimensiones son: altura 27 cm, ancho de cara 17 cm y ancho de perfil 25 cm. En la cabeza se distinguen dos ojos redondos en relieve, una nariz muy larga y la boca circular. Está colocada directamente sobre el tronco, de manera que forma una especie de volumen cúbico. Estan representados los pechos y las extremidades superiores, pegadas al cuerpo, con los codos doblados y las manos con únicamente tres dedos sobre el vientre. Por lo que se refiere a Francia, las últimas figuras neolíticas pueden encontrarse entre las llamadas estelas o estatuas-menhires provenzales en piedra. La cronología de estas figuras en su conjunto no es segura y la mayoría corresponden a descubrimientos antiguos mal documentados. A pesar de ésto algunos fragmentos han sido hallados en sepulturas del neolítico medio o reciente, por lo que algunas se atribuyen a la población del final del IV milenio y la primera mitad del In (Guilaine, 1980: 123-124). Acostumbran a ser de pequeña talla, alrededor de 30 cm de alto. Como caracteres generales presentan una cabeza esquematizada y sin cuello, si bien en ocasiones también aparece separada. La cara tiene forma de rectángulo o cuadrado en vacío, abierto por su parte inferior. La nariz en relieve se destaca netamente de este cuadrilátero. Se representan también los brazos y las manos apoyadas sobre el vientre. A menudo los pechos son figurados y lo mismo sucede con un collar. Masculinas, femeninas o indeterminables, extremamente estilizadas, carecen sistemáticamente de boca. Entre las femeninas se constata la exigüidad de los pechos, que parecen únicamente representados para señalar la feminidad de los ídolos. Vestidas con túnica corta, algunas están representadas provistas de armas (arcos, flechas puñales o hachas) (Bordreuil, 1993: 72). Italia, como ya se ha dicho, ha proporcionado un número elevado de figuras humanas, T. P., 51, n.O 2, 1994 del Neolítico Antiguo y del Medio. Destacamos por sus similitudes en la decoración con la de Gava algunas pertenecientes al grupo de Gaban, Neolítico Antiguo de Italia septentrional. Coinciden en el motivo interpretado como collar, que en las italianas parece un cinturón, y en la espiga del abdomen (Kozlowski, 1990: fig.11.4). Según M. Gimbutas (1989: 103), quien añade a los casos italianos una figurita procedente de Jela (norte de la antigua Yugoslavia), espigas en esta posición están relacionadas con la vulva femenina. En el sureste de la Península Ibérica, Extremadura y Portugal han sido halladas diversas figuras antropomorfas que se agrupan dentro de la cultura de Los Millares. Se trata de los ídolos elaborados sobre soportes diversos (pequeñas plaquetas de esquisto decoradas, cilindros de mármol o calcárea, cerámicas funerarias y huesos). Su principio básico es la combinación de motivos geométricos con los elementos esenciales para sugerir a la diosa madre. La cabeza se indica por una inflexión poco marcada y, sobre todo, por la representación de los ojos (Áberg, 1921). Estos aparecen a menudo con forma de soles, los cuales prese ntan un estrecho parecido con los de la figura de Gava. Si bien la cronología de la cultura de Los Millares presenta problemas, las dataciones de la fase pre-MiIlares son escasas y los yacimientos con ídolos fueron excavados de antiguo, el contexto cultural parece distinto al del resto de las figuras citadas, dentro ya de la Edad del Cobre. A partir del principal grupo de fechas absolutas disponibles, la cultura de los Millares aparece comprendida entre el 2400 y el 1800 a.e. Finalmente, y aunque localizadas fuera del Mediterráneo occidental, hemos de citar las figuritas antropomorfas encontradas en el sureste de Europa, por ser éstas las que presentan un mayor parecido material, técnico, morfológico y decorativo con la figura de Gava (Srejovic, 1968; Garasanin, 1968; Kalicz, 1970; Gimbutas, 1989Gimbutas, y 1991)). Al igual que las del Neolítico sirio-palestino donde, a partir de los milenios VI y V, la figura de la diosa madre pasa a un primer plano. Está representada generalmente sentada, algunas veces con los rasgos de la cara deformados y en muchas ocasiones embarazada. La expansión de este tema va ligada a la de la agricultura y la sedentarización, aunque no por ello se T. P., 51, n.O 2,1994 Josep Bosch Argilagós, Alicia Estrada Martín debió tratar únicamente de una divinidad agrícola (Cauvin, 1972). A pesar de la distancia que las separa, es especialmente destacable el estrecho parecido con el grupo de las diosas preñadas de la vegetación, definido por M. Gimbutas en la zona de los Balcanes. Estas se manifiestan en la representación naturalista de una mujer embarazada con la s manos desca nsando por encima del vientre y entronizada o sentada. Dicha divinidad es, según M. Gimbutas, una adición particular del Neolítico al panteón de las prehistóricas, que simboliza la fertilidad de la tierra, respuesta natural en una forma de vida agrícola. En un primer orden de cosas la Venus de Gava es un importante dato que se suma a los qu e sugieren una vinculación entre la cultura Chasense del norte de los Pirineos y la de los Sepulcros de Fosa de Cataluña. Ya hemos citado las figuras femeninas del Neolítico Medio francés, pero es en el esgrafiado sobre la superficie bruñida de la cerámica, en particular utilizado para el diseño de motivos solares, donde pueden encontrarse los paralelos más estrechos. El motivo solar esgrafiado sobre cerámica bruñida, al parecer, pertenece específicamente a la cultura Chasense, aunque establecer una cronología en base a él es aún imposible (Paccard, 1988: 196). Aparece en Villeneuve Tolosan e (Alto Garona), representado en el centro de la base interna de una copa (Vaquer, 1990: 262, fig. 136.2). Un recipiente cerámico con decoración solar procede del abrigo 4 de Fraischamp (La Roq ue-sur-Pe rnes). Se trata de un fragmento con decoración esgrafiada posterior a la cocción, compuesta por tres soles completos de forma ovoide (Paccard, 1988: 195, fig.3). En Cataluña conocemos únicamente las decoraciones soliformes esgrafiadas sobre dos fragmentos de cerámica que corresponden al mismo yacimiento de las Minas Prehistóricas de Gava (Villalba el alii, 1992: 225, fig. 2.7 Y 2.8. Excavaciones inéditas de Bosch, Cuesta y Arenas). Por lo que se refiere al ~ignificfldp de la Venus de Gava, desde nuestro punto de vista puede interpretarse como figura antropomorfa femenina. Esto se deduce de la representación de los pechos, del abdomen abultado y de la posible vulva en forma de espiga invertida. Asf mismo, creemos que puede relacionarse con la estructura ideológica de las sociedades neolíticas de Gava. Son aceptadas las prácticas religiosas en el Neolítico, sin embargo es poco abundante la documentación al respecto, especialmente en ia Europa occidental. Por otro lado, los escasos ejemplos de objetos supuestamente relacionados con dichas prácticas (estatuillas, probablemente copas con pie y objetos diversos) no parecen, dada su repartición geográfica muy contrastada, traducir un ejercicio religioso regular ni una preocupación continuada por lo sobrenatural. El descubrimiento de figuritas femeninas (em barazadas o con los caracteres sexuales acentuados), relativamente similares en yacimientos distantes, ha inspirado una tradición erudita sobre una religión prehistórica generalizada basada en el culto a la diosa madre y a la fecundidad. Si bien éste debió ser, junto al de los muertos, uno de los principales cultos del Neolítico, éstos pudieron abarcar otros muchos aspectos y diferir radicalmente de unas ~ocieda des a otras. No estando demostrada la primacía de la diosa madre. Por otro lado un mismo objeto u objetos similares pudieron tener significados diferentes. Así mismo, su asociación mayoritaria a un contexto no ritual, sugiere una religiosidad sin un principio unificado. En el caso de la Venus de Gava, y a pesar de la distancia que las separa, el estrecho parecido con las citadas diosas preñadas de la vegetación, definido como hemos visto por M. Gimbutas en la zona de los Balcanes, creemos que hace muy probable su vinculación a cultos a la fertilidad. Ahora bien, es posible que esta fertilidad hayamos de entenderla no únicamente en un sentido agrícola, sino en uno más ámplio que incluya también la fertilidad mineral de la tierra. El hecho de haber encontrado la figurita de Gava en el interior de una mina y correspondiendo a una comunidad de mineros lo sugiere. Los miembros de las sociedades neolíticas de Gava no debieron ser los únicos mineros en adoptar un culto inicialmente agrícola. En las minas de Grimes Graves (Norfolk, Gran Bre-taña) una presunta diosa de la fertilidad ejecutada sobre yeso fue encontrada en el fondo de uno de los pozos. La interpretación dada a este hecho por algunos de los arqueólogos que habían estudiado las citadas minas es la de que fue llevada y depositada allí con el fin de realizar una ceremonia ritual, asociada al trabajo minero, quizás para pedir bien una mayor calidad y cantidad en el sílex extraído en el próximo pozo, o bien buena suerte para librarse de posibles accidentes (Green, 1993). Más moderno, y de carácter etnográfico, es el ejemplo de los indios quéchuas bolivianos. Los mineros de este pueblo practican, comó los agricultores, un culto a la diosa Pacha Mama (madre tierra). Un último aspecto queremos comentar en re lación con el significado, que pudo tener la Venus de Gava. Al igual que, otras muchas estatuillas neolíticas, ha aparecido rota y con una dispersión de los fragmentos'difícil de interpretar y, dado el caracter cerrado del lugar en el que fue hallada (interior de una mina), no justificable por alteraciones postdeposicionales. Una posible explicación es que en ocasiones la plástica neolítica tuviese funciones Iimitadas.. y momentáneas. Su ayuda solamente sería necesaria unos días precisos, durante acontecimientos importantes o en la ejecución de determinado s trabajos. Una vez finalizados éstos o alcanzado el objetivo, las figuritas perderían su contenido y significación (Srejovic, 1968). Finalmente, y una vez considerados los ejemplos de figuras neolíticas recogidos en este artículo, podemos comprobar que la Venus de Gava es la primera figura claramente antropomorfa conocida para el Neolítico de la Península Ibérica. Es la más completa, de mejor calidad.y mayor detalle en la figuración de la Europa occidental. Su morfología general y la presencia de determinados motivos decorativos permiten suponerle un valor simbólico y religioso, y empezar a considerar con una cierta base la existencia entre las sociedades del Neolítico Medio del occidente europeo de unas prácticas religiosas centradas en el culto a la diosa madre o ala fertilidad.
Se presentan los primeros resultados de un proyecto de investigación en curso de realización cuyo objetivo es estudiar los petroglifos gallegos desde la perspectiva de la Arqueología del Paisaje. Se prima el análisis de las condiciones de emplazamiento de los grabados y de su relación con la topografía circundante, sobre el estudio estilístico y artístico de los motivos. Se consideran tres zonas distintas, dos de ellas situadas en diferentes puntos litorales y otra interior. Las observaciones realizadas permiten reconocer una relación significativa de los petrofligos con zonas de paso o con áreas en las que existen buenas reservas de pasto. Sin embargo, las diferencias entre las tres zonas permiten observar diferentes situaciones de presión sobre los recursos y, en relación con ello, diferencias notables en la distribución y densidad del arte rupestre de cada zona. des itinerantes, sugiere que en zonas de ecolo" gía variada o en las que la densidad de población es elevada, los grupos sociales tienden a definir sus derechos territoriales de forma explícita. Coincidiendo con ello, la literatura etnográfica ha resaltado que el arte rupestre fue utilizado a menudo para delimitar recursos específicos (Hartley, 1992, cap. 4). Evidentemente ésta sería sólo una de las funciones del arte rupestre que, en general, parece haber sido el soporte de combinaciones complejas de valores sagrados y profanos (Layton, 1986). Por otra parte, tal y como Ingold (1986) ha mostrado, los grupos con un patrón de obtención de recursos itinerantes a menudo dejan "se ñales " para aquellos que utilizan el mismo medio. En este caso, los petroglifos son sólo un medio más por el cual se comunican los individuos de estos grupos entre sí. En la Prehistoria se pueden documentar diferentes ejemplos de correlación entre movilidad y fenómenos arqueológicos que podrían haber servido para materializar esas reclamaciones territoriales (Álvarez, 1990), y, aunque en un orden distinto, en Galicia se verifica una estrecha relación entre líneas de tránsito a través del paisaje y el emplazamiento de los monumentos megalíticos (Infante el alií, 1992). Independientemente de los ejemplos anteriores, las sugerencias de Casimir, Hartley e Ingoldofrecen una gran potencialidad para estudiar el arte rupestre prehistórico y, en nuestro caso, los petroglifos gallegos. Una de las razones fundamentales de su utilidad radica en el hecho de que para adoptar esa aproximación no es necesario comprender el significado original de las representaciones contenidas en el arte rupestre. Así, en nuestro caso, se observa por un lado que los grabados prehistóricos gallegos se concentran en zonas de topografía variada en las que existen importantes contrastes a lo largo del año en el crecimiento de la vegetación, precipitación, humedad y sequía. En momentos en los que el movimiento de animales parece haber sido significativo, sería lógico sospechar que, al menos en algunas de estas zonas, se darían situaciones de presión sobre los recursos. Por otra parte, parece existir, tal y como empezamos a estudiar en otro punto (Bradley et alií, 1994) una relación significativa entre la distribución de los petroglifos y las líneas de tránsito o movimiento a través del terreno. El presente trabajo pretende explorar y concretar ambas lí-T. P., 51, nO 2.1994 Richard Bradley, Felipe Criado Boado y Ramón Fábregas Valcarce neas de reflexión en relación con el arte rupestre gallego. A menudo se ha argüido que el arte rupestre gallego es muy homogéneo. Sin embargo existen importantes diferencias en la distribución de los distintos tipos de motivos. Así, por ejemplo, mientras los motivos abstractos son comunes en la península de Morrazo, los grabados de animales son sobre todo abundantes en las tierras más al interior. Dentro de una investigación centrada en aspectos cronológicos, estilísticos y en las comparaciones a una escala geográfica amplia, estas diferencias no han sido analizadas en profundidad. En cambio, nosotros creemos que la especificidad de los petroglifos se puede y debe definir, en primera instancia, a una escala local, dejando para un momento ulterior la posibilidad de acceder a niveles más amplios, suprarregionales, de análisis. Por esta razón en el presente trabajo nos centraremos en el estudio de la relación entre los motivos grabados y su distribución en el paisaje. El arte rupestre gallego es bastante simple. Los motivos son fundamentalmente de dos tipos: el primero es de carácter abstracto y se basa en cazoletas a las que se pueden añadir CÍrculos concéntricos y líneas; el segundo lo constituyen las representaciones figurativas, entre las que destacan sobre todo los animales (ciervos y caballos) y, ocasionalmente, armas, antropomorfos y escenas de caza. Si aceptamos la sugerencia planteada más arriba de que el arte rupestre puede jugar un papel activo en las estrategias de apropiación del espacio de grupos itinerantes, ¿cómo se puede comprobar en el campo esta propuesta? Nuestro trabajo se basa en tres premisas: En primer lugar, si los petroglifos sirvieron como "mensajes" entre grupos y personas que no estaban presentes simultáneamente, entonces es obvio que los destinatarios de esos mensajes deberían ser capaces de localizar los petroglifos de algún modo. Esto implica presuponer la existencia de un código bien definido de emplazamiento y localización de los grabados y, por lo tanto, su existencia se puede verificar de algún modo comparando las características de emplazamiento de las rocas decoradas con las de las rocas no decoradas de las mismas zonas (Bradley el alii, 1993). En segundo lugar, si los grabados formaron realmente parte de un sistema espacial más amplio, entonces deberíamos prever su aparición alrededor de recursos particulares. Del mismo modo que ha sido posible en Galicia definir de una forma bastante precisa el patrón de emplazamiento de los monumentos tumulares (Criado y Vaquero, 1993), podríamos esperar asimismo que los petroglifos mostraran una pauta igualmente previsible. Teniendo en cuenta las numerosas representaciones de animales, se podría esperar que existiera una estrecha relación entre la localización de los petroglifos y las zonas que fueran importantes para estos animales. Por último, si el aserto de Casimir plantea que los grupos itinerantes marcan sus recursos sobre todo en zonas suj etas a competición, entonces deberíamos poder relacionar los petroglifos con situaciones de este tipo. De hecho ya hemos aootado que los grabados rupestres gallegos se localizan en zonas del país en las que, posiblemente, los grupos prehistóricos habrían necesitado utilizar estacionalmente diferentes tipos de entornos. En esas zonas existe un fuerte contraste entre las condiciones bioclimáticas de la costa y las de las tierras interiores. Dado que esas diferencias no son siempre de la misma magnitud, podríamos prever que las áreas que presentan un mayor contraste a lo largo del año habrían favorecido situaciones de mayor competencia (ver Bradley el alii, 1994: figs. 2 y 3). En estos casos, si los destinatarios del arte fueron muchos y muy diversos, entonces los petroglifos de esas zonas podrían haber contenido una mayor carga de información. Así, aunque en el presente sigamos sin poder leer sus mensajes, podríamos al menos esperar que en esas circunstancias las composiciones y los atributos formales de los grabados hayan sido más complejos que en las restantes áreas. Para desarrollar este programa de investigación era básico seleccionar unas zonas de trabajo que poseyeran, por un lado, un arte rupestre representativo y, por otro, un contraste significativo entre costa e interior (Fig. 1). Así e legimos una zona litoral con un arte lo más simple posible: la costa norte de la ría de Muros presentaba petroglifos con motivos abstractos catalogados previamente (Eiroa y Rey, 1984) que representan bien el tipo de grabados característicos de la costa. Sin embargo, existen dos zonas litorales (las pequeñas penínsulas de Poio en la ría de Pontevedra (Aparicio, 1989: 85-160) y la de Rianxo en la de Arousa) excepcionales por poseer una gran cantidad de representaciones de animales. Por este motivo elegimos la segunda de ellas para completar nuestro muestreo en áreas costeras. Para ejemplificar las zonas interiores nos centramos en pequeñas áreas de Campo Lameiro (Álvarez, 1985-86, García y Peña, 1981). 1994 El trabajo de campo de Muros y Campo Lameiro se planteó de un modo similar. Se realizó una prospección intensiva para localizar todas las rocas con petroglifos, se compararon las características de l~s rocas grabadas con las no grabadas y, además se estudió la situación de los petroglifos en relación con la micro topografía y su disposición sobre la roca. En Rianxo (área estudiada recientemente en Bonilla, 1993), no necesitamos realizar un trabajo de campo tan intensivo y nos limitamos a caracterizar la distribución y localización de los petroglifos. De un modo muy esquemático, presentaremos las características topográficas y las pautas de emplazamiento de los petroglifos reconocidos en cada uno de los casos de estudio. Esta zona está conformada por tres ambientes bien diferenciados e interrelacionados entre sí: (a) un pequeño valle litoral, fértil y ocupado por las aldeas y tierras de cultivo intensivo tradicionales, y en cuyo centro se sitúa el Monasterio de San Francisco; (b) un valle estrecho y accidentado que une el área anterior con las tierras superiores y que se podría definir casi como un " desfiladero»; y (c) una cuenca elevada, rodeada por cumbres más altas y accidentadas, y destinada tradicionalmente a aprovechamientos extensivos (pasto de verano y cultivo de roza). La distribución de los petroglifos y sus motivos en relación con estas diferencias ambientales es muy significativa (Fig. 2). Los límites de la cuenca inferior están marcados por tres petroglifos con representaciones de escasa complejidad (CÍrculos concéntricos con líneas radiales) situados en zonas desde las que dominan amplias panorámicas sobre la zona litoral y que marcan, de hecho, el borde de las tierras abrigadas inferiores adecuadas para su ocupación continuada. Por encima de estos petroglifos aparecen algunos grabados con representaciones sencillas (meras cazoletas), situados en zonas accidentadas y prominentes, que dominan los petroglifos anteriores y la cuenca inferior en su totalidad; el más septentrional de ellos domina el trazado del desfiladero en el que, en cambio y al igual que en los T. P., 51, nO 2. 1994 Richard Bradley, Felipe Criado Boado y Ramón Fábregas Valcarce restantes valles que conducen a la cuenca superior, no han aparecido petroglifos. En la cuenca superior aparece, sobre una roca de grandes proporciones, el petroglifo bien conocido de Laxe das Rodas, que posee las representaciones más complejas de todo el sistema. Se sitúa casi en la entrada sur de la cuenca, alIado de la línea de tránsito que atraviesa ésta y en el punto en el que convergen los dos desfiladeros que, desde la zona litoral, conducen a ella. Su posición resulta visible desde cualquier punto de esta cuenca. Sin embargo no lo es desde las tierras bajas y litorales que, además, tampoco se divisan desde el petroglifo. Los motivos representados sólo se pueden observar desde la parte más elevada de la roca y mirando en dirección hacia el interior de la cuenca. Al igual que en uno de los petroglifos del valle inferior, en la parte más alta de la roca se encuentran varias cazoletas. Alrededor de Laxe das Rodas se han descubierto siete rocas grabadas con cazoletas (en algún caso presentan hasta cinco cazoletas juntas y en otros aparece sólo una). Se localizan todas sobre rocas prominentes, en la parte más elevada de la cuenca y bordeándola. Cuatro de ellas se encuentran en zonas de entrada a dicha cuenca: dos (1 y 3) dominan los dos valles o desfiladeros que unen a ésta con las tierras litorales, una (5) se sitúa en un punto desde el que es intervisible con los petroglifos inferiores y la última (4) domina el punto donde la cuenca converge con un amplio valle que desciende hacia el norte (Fig. 2). En síntesis nos encontramos delante de un conjunto aparentemente muy sistemático, en el que los puntos importantes de la topografía (la cuenca inferior y la superior) son resaltados por representaciones complejas que, a su vez, son dominadas por meras cazoletas. Estas últimas se emplazan sobre posiciones conspicuas y prominentes, cerca de hecho de su cota superior, lo que sugiere que fueron realizadas en lugares cuya significación ya estaba bien establecida con anterioridad. Esta distribución, por lo tanto, no parece fruto del azar, sino que se sitúa en relación con dos zonas bien definidas cuya utilización, tenjendo en cuenta que una es abrigada y apta para su ocupación continuada y otra más alta y adecuada para su uso extensivo, podría haber sido complementaria. Distribución y emplazamiento de los petroglifos en la zona de San Francisco. Los petroglifos con cazoletas se representan con un punto negro. Las vistas panorámicas dan un detalle de los niveles superior e inferior de la cuenca topográfica y de la situación relativa de los petroglifos en relación con ellos. Esta zona, capital en el arte rupestre gallego y que marca el centro aproximado de su distribución, contrasta con la anterior en que en ella, además de motivos abstractos, son frecuentes las representaciones de animales. E~ el.la se han analizado en detalle tres grupos pnnclpales de grabados (Paredes, Fentáns y Chan da Lagoa) y considerado datos procedentes de otros dos (Caneda y Ratea de Menda) (Bradley et alii, 1994). La topografía, condiciones naturales y uso del suelo en esta zona son muy distintas a las de la anterior. Los petroglifos se encuentran sobre todo en áreas de monte (1), en las partes elevadas de los valles y en las tierras altas. Si hubieran existido en las zonas bajas en torno al Lé-T. P., 51, n° 2.1994 Richard Bradley, Felipe Criado Boado y Ramón Fábregas Valcarce rez la utilización intensiva de las mismas habría he~ho muy difícil su conservación hasta la actualidad. Los grabados se sitúan en torno a pequeñas cuencas cerradas, ocupadas por u.na braña o turbera incipiente, y que son espacIOs de reserva de humedad y pasto durante la estación seca, especialmente pronunciada en esta zona de Galicia. Los petroglifos se sitúan dominando generalmente esas cuencas y dando en cambio la espalda a las panorámicas amplias sobre valles y tierras bajas (Lám. Del mismo modo, aunque se localizan a menudo en posiciones conspicuas, existen en sus inmediaciones rocas que poseen emplazamientos más prominentes. f\demás, s.e sitúan a lo largo de las líneas de tránSIto y camInos que atraviesan estas zonas y discurren alrededor de sus cubetas interiores. En los grabados son frecuentes las figuraciones de caballos y ciervos. Éstos raramente se representan aislados, sino en grupos, de perfil y orientados casi siempre en la misma dirección que, sorprenden-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Lám. Panorámica de la zona estudiada en Rianxo desde el petroglifo con armas de Foxa da Vella. temen te, coincide casi siempre con la de la línea de tránsito a la que se asocia el petroglifo. Cuando los petroglifos aparecen en otras posiciones, fuera de las cuencas anteriores, se localizan a lo largo de los caminos que conducen a fuentes o que comunican cuencas individuales entre sí. Excepcionalmente algunos se emplazan fuera de los límites de valles estrechos y cuencas tratados hasta aquí, aislados en relación con los sistemas de grabados asociados a éstas y sobre rocas visibles que controlan ampbas panorámicas visuales. En estos casos aparecen grabados de ciervos con grandes cornamentas que parecen representar machos adultos durante la estación de celo, que es cuando estos animales ocupan las partes altas del terreno y adoptan poses agresivas. Con todo, no debemos pensar que estos ejemplos ofrezcan una representación literal de la fauna local, sino que, al igual que ocurre con las figuraciones de armas que poseen el mismo tipo de localización, parecen denotar un sentido de agresión competitiva. Aquí los petroglifos se extienden entre la costa y una penillanura situada 2 km. hacia el interior, con diferencias de cota entre 20 y 110 m. La modificación del paisaje introducida por el desarrollo de la zona hace que en la actualidad se diferencien dos áreas de concentración de petroglifos: la más baja se distribuye en torno a valles litorales estrechos, y la más elevada se concentra en la citada llanura. Más allá de ambas áreas aparecen petroglifos aislados. Mientras en las dos primeras zonas son frecuentes lo grabados de animales, fuera de ellas el arte es más abstracto, semejante al de San Francisco (2). Aunque la distorsión que las labores de extracción de piedra han ocasionado en la distribución de los petroglifos no permite realizar aná lisis detallados, se observa que la locali zación de los petroglifos de esta zona responde a un patrón muy consistente. Al igual que los grabados de Campo Lameiro, dominan una serie de valles o cuencas abrigadas, aunque en este caso esos valles unen la costa y las tierras más interiores y elevadas. Los animales se representan moviéndose a lo largo de esa línea y parece que sólo son característicos de las dos concentraciones principales, mientras que el arte abstracto posee un a posición más periférica. Dentro de esas dos concentraciones se percibe n algunos rasgos de variación interna aunque so n de carácter incierto. Las tres zonas que hemos revisado hasta aquí presentan rasgos comunes y distintivos. Cada una conforma un sistema de arte rupestre específico. A continuación intentaremos correlacionar esos sistemas entre sí. El sistema más simple es el de San Francisco. La distribución de petroglifos no es muy densa, se localizan sobre afloracion es prominentes y conspicuas y la variedad de motivos es pequeña. La utilización de CÍrculos concéntricos y cazoletas fue suficiente para delimitar las áreas más productivas del entorno: un pequeño valle abrigado al borde de la ría y una cuenca elevada de terrenos aptos para usos extensivos. La distribución de los motivos sobre las rocas refleja la distribución de los petroglifos en el paisaje: los motivos circulares ocupan las zonas más deprimidas de las afloraciones, en tanto las cazoletas se sitúan en sus puntos prominentes (3). En las otras dos zonas, en cambio, el arte es más complejo y su distribución más densa. En ambas existe n representaciones de animales, pero en Rianxo éstas se concentran en grupos compactos que están rodeados por motivos abstractos en las zonas vecinas. Al igual que en San Francisco, los petroglifos se concentran en pe-(3) Aunque este dato nos ll evaría a cuestiones distintas, conviene decir que los únicos ejemplos de petroglifos con representaciones naturalistas existentes en esta zona geográfica, ocupan un a posición topográfica totalmente distinta a las dos que documentamos en San Francisco, tal es el caso del petroglifo de Cova da Bruxa (Eiroa y Rey, 1984: 62 y ss.). 1994 Richard Bradley, Felipe Criado Boado y Ramón Fábregas Valcarce queños valles litorales que se extienden hacia el interior y se sitúa n sobre afloraciones prominentes descartando, en cambio, rocas menos visibles. Y a diferencia de San Francisco, los petroglifos no dominan amplias panorámicas, si no que parecen haberse situado para controlar áreas concretas del entorno. La orientación de los animales representados coincide con la línea topográfica entre el litoral y las zonas altas intenares. Campo Lameiro comparte muchos de los rasgos anteriores, aunque el patrón de emplazamiento de los petroglifos y la variedad de motivos representados son más complejos. La densidad de petroglifos es muy elevada pero éstos se distribuyen a lo largo de una superficie mucho más amplia. Al igual que en Ri anxo, los petroglifos están relacionados con el control visual de zonas concretas, generalmente brañas y cuencas estrechas que constituyen áreas de reserva de pasto para el verano. Sin embargo los petroglifas evitan situarse sobre las afloraciones más conspicuas y se sitúan a lo largo de las sendas seguid as en sus movimientos por los animales salvajes. Los animales representados se orientan en el mismo sentido que esas se ndas y, en ocasiones, flanquean a los motivos circulares, configurando un patrón que replica en cierta medida la distribución genérica de los petroglifos sobre el entorno (rasgo que de algún modo aparece también en San Francisco). Sólo los petroglifos con armas o machos de grandes cornamentas buscan emplazamientos más prominentes y panorámicas más ampli as (rasgo que también está presente en Rianxo -ver lámina II). E n las tres zonas que hemos analizado existe un a estrecha relación entre el emplazamiento de los petroglifos y la localización de los recursos críticos del entorno, representados fundamentalmente por la presencia de brañas y cuencas húmedas y equiparable en cierta medida a la relación significativa percibida por F. Méndez (1991) entre este mismo tipo de áreas y yacimientos habitacionales de la Edad del Bronce. En dos de ellas (Rianxo y Ca mpo Lameiro) también se documenta una clara relación entre los petroglifos y las líneas de tránsito (4). En síntesis, se puede argüir que el emplazamiento y localización de las representaciones se ajusta a un patrón homogé neo y predecible que, ade-más, podría haber servido para definir el acceso a recursos específicos dentro de un patrón de subsistencia de carácter itinerante, al menos en ciertos aspectos. Cuando menos, existen evidencias suficientes para mantener esta idea como hipótesis de trabajo (5). Por otra parte, tanto en la densidad de los petroglifos como en su variedad de motivos, cada una de las tres zonas consideradas presenta un distinto nivel de complejidad. Si aceptamos la sugerencia •de M. Casimir (1992a) presentada al principio de este trabajo, y aceptamos asimismo que los petroglifos galaicos actuaron como un sistema de apropiación del espacio, entonces debemos sospechar que, en aquellas zonas que hubieran sufrido una presión mayor sobre los recursos, el arte rupestre habría poseído un mayor grado de complejidad. Contrastes de este tipo (en precipitación, sequía, temperatura, humedad y amplitud de período vegetativo) se encuentran al comparar la zona interior de Campo Lameiro con las áreas de costa (Bradley el alii, 1994: figs. 2 y 3). Pero esta misma escala de contrastes se documenta entre el litoral de la ría de Arousa y el interior de la península de Barbanza, situándose, además, su gradiente máximo en la península de Rianxo. Esta circunstancia hace de esta zona una región óptima para la migración de cérvidos pero, sobre todo, significa que en ella los recursos habrían tenido una distribución estacional. En San Franci sco y en otras zonas del litoral gallego con petroglifos no se documenta en cambio un contraste de este tipo. Podría ser ésta la razón de que en Rianxo la distribución y variedad de los petroglifos presente un carácter tan peculiar. Sin embargo, esta última interpretación deberá ser definida a la luz de ulteriores investigaciones. A fin de cuentas, el propósito de este breve trabajo es meramente apuntar la potencialidad de una metodología basada en la Arqueología del Paisaje para el estudio del arte rupestre galaico y, simultáneamente, presentar los primeros datos relativos al análisis de los petroglifos en su dimensión espacial. Esto, evidentemente, no agota todos los niveles significati-(5) La relación e ntre zonas de reserva de pasto y yacimi e ntos de la Edad del Bronce ha si do definida por Fidel Méndez como un e lemento indi ca tivo de un patrón de subsiste ncia en el que el ga nado vacun o y la movilidad estacional habrían jugado un pape l socia l dete rminado; véase su trabajo e n e l número ante rio r de este volumen. vos distintos en los que el análisis del arte rupestre debe ser realizado. Este artículo forma parte de un proyecto sobre el arte gallego actualmente en curso con la autorización de la Dirección Xeral do Patrimonio Histórico e Documental de la Xunta de Galicia y la financiación parcial de esta misma institución, la British Academy, la Reading University y la Universidade de Santiago de Compostela. La labor de documentación previa fue realizada por J. Amado y D. Soto, Y los dibujos delineados por Anxo Rodríguez Paz. Además, los autores queremos agradecer a las siguientes personas su colaboración y ayuda en diferentes aspectos del trabajo: Andrés Bonilla, Ángel Concheiro, Dolores Gil, Matilde González, Fausto Infante, Fidel Méndez, Steve Mithen, Antonio de la Peña, Rafael Penedo, Sofía Quiroga, Pepa Rey, Manuel Santos y Maruchi Tallón.
Este artículo se propone analiza r e l aprovechamiento económico del medio natural que se llevó a cabo en El Recuenco, poblado de la Edad de Bronce situado en la comarca de La Mancha. Para ello se exponen los resultados del estudio de los restos e improntas de origen vegetal recogidos en la campaña de excavaciones aro queológicas de 1988 en la llamada vivienda n° l. fechada por radiocarbono hacia mediados del siglo XV a.e. Estos demuestran el cultivo de trigo, cebada. olivo. encina. haba y lino. lo que indica la convivencia de la agricultura intensiva y extensiva. Las implicaciones de tipo económico. social y político que esto conlleva representan una herramienta rundamental para la interpretación histórica contextual del poblado de El Recuenco. en la última década. aunque no faltaran análisis anteriores como los de María Hopf. Sin cm• bargo con frecuencia, y en conexión con el predominio del enfoque disciplinar de naturaleza histórico positivista. estos trabajos han quedado relegados a poco más que simples apéndices en las publicaciones. El estudio del medio natural impulsado desde los años sesenta por el mundo anglosajón integraba de una manera más di• recta los datos del medio como parte primordial en la interpretación arqueológi ca. AUOllue a4uel énfasis ha recibido cuantiosas críticas y en consecuencia su influencia ha decrecido en la actualidad. parece acertado indicar que ahora, quizá más que nunca. para realizar cualquier tipo de interpretación. ya no funcional. sino incluso simbólica, se ha de conocer el medio en el que la sociedad y el individuo se desenvolvie-. ron, y cómo a través de su conocimiento plantearon sus estrategias. El Recuenco se sitúa en el sector septentrional de la comarca natural de la Mancha, al su• reste de la población de Cervera del Llano (Cuenca) (1) (Fig. 1). Es un poblado de unos 1417 m 2 (Martínez Navarrete, 1988: 2303) loca• lizado sobre un espolón del alto de Viñas Viejas y defendido en su lado más vulnerable por al menos dos líneas de muralla que no durante toda la vida del poblado tuvieron tal funcionalidad. pues, por lo menos en el periodo final de la vivienda 1 la muralla interior había pasado a ser únicamente su pared noreste (aunque esto no significa que la muralla exterior hubiera quedado inutilizada en aquel momento). Presenta varios niveles de habitación, en los que todavía no se ha logrado delimitar por completo nin• guna estructura doméstica, aunque se ha excavado en la campaña de 1988 parte de la llamada "vivienda 1" (Martínez Navarrete, 1988: 2306 y Dial-Andreu, 1992) (Fig. 2). En ella se han obtenido varias muestras de c-14, cuyo análisis ha dado como resultado una fecha de 3410 ± 100 BP (muestra GrN-17439), que se interpreta (1) Los trabajos de excavación comenzaron en 1971 bajo la dirección de Teresa Chapa. Pilar López y M' Isabel Martfnez Navarrete. y en la actualidad ha pasado a la dirección de uno de nosotros, Margarita Dfaz•Andreu. Dfaz-Andreu (1991: 396-4(4) como 1460 ± )(X) a.c.. y. para el momento de derrumhe del edificio cuando éste ya había sido abandonado de 3240 ± 95 BP (muestra 111891) o 1290 a.c. Sin embargo creemos necesario aclarar que esta última fecha podría entrar en contradicción con la muestra 1-11892, que podría provenir igualmente de la vivienda 1, Y que fue recogida en el llamado por Martínez Navarrete nivel 1 (que estaba bajo el superficial) de la cala H (corle D5). Su mayor antigüedad no parece muy lógica con respecto a la muestra del corte C4, pero cabria la posibilidad de que fechara el nivel 3. que en este punto de la excavación se halla muy superficial. puesto que la campaña de excavaciones realizada en 1994 ha confirmado una fase de la vivienda anterior a la del nivel 2. Una última muestra fue recogida en lo que en un primer momento Martínez Navarrete denominó como cata extensión y poste• riormente corte C2. Proviene de un agujero de poste que horadaba un suelo de arcilla compacta que parece corresponder al del nivel 2 de la vivienda 1. Se recogió a medio metro bajo la superficie actual del cerrO, es decir. aproximadamente a -2,00 m. Como hemos visto, el suelo del nivel 2 de la vivienda 1 se halla a una pro• fundidad aproximada de -1,85 m. a -1,95 m. y la muestra de carbón proviene de un agujero de poste excavado en el llamado por Martínez Navarrele nivel 3 de la cata extensión que se corresponde con un piso de tierra compacta, pro• bablemente el suelo de la vivienda l. La vivienda 1 presenta unas dimensiones de más de 60 m 2 de superficie (las excavaciones apuntan que Quizá pueda llegar a 100 m 2 ). Por ahora s610 se conoce la delimitación por sus lados noreste, por la (ex-)muralla o muro A, y sureste, por un muro de muy buena factura, el F. En la parte interior de la vivienda se documentan dos muretes paralelos entre sí (muros J y K) Y perpendiculares al muro A, del que arrancan. Al sureste de éstos se halla un empedrado a modo de banquillo Localización del yacimiento de El Recuenco. adosado al muro A, que en un punto se ensancha. Asociado a él se encontraron multitud de recipientes cerámicos de tipología diversa (Díaz-Andreu, 1991: Fig. 195-198). Cerca de la intersección entre los muros A y F se excavó una estructura de arcilla de forma semicircular. El alzado de este espacio doméstico era de muros de piedra y, a partir de una determinada altura imposible de concretar en este momento de la excavación, de arcillas de construcción. La cubrición del techo se realizó con ramajes con un recubrimiento arcilloso. Las arcillas de contrucción se emplearon por tanto para las paredes y probablemente, como parece demostrar la excavación (Oíaz-Andreu, 1992), para la construcción de alguna alacena o estante. De ellas han quedado como prueba un nivel de unos 30 cm. de potencia de arcillas trabajadas. El estudio de las improntas conservadas de es.tos restos, y en menor medida de las muestras de tie-na. es lo que nos ha permitido sacar conclusiones de primera mano sobre el medio ambiente de aquel momento y del aprovechamiento que de él hacían los habitantes de El Recuenco. 2, ESTUDIO DE LOS MATERIALES VEGETALES DE LAS MUESTRAS DE TIERRA El análisis de las muestras de tierra ha dado resultados pobres dado el carácter superficial del nivel 2 de los cortes C4, C5, D4 y 05. La mayoría de los restos eran de introducción reciente por la acción de animales cavadores, contaminación durante el proceso de excavación (acción del viento, restos adheridos a la ropa y al calzado de los excavadores. etc.) o por la contaminación poslerior durante el almacenam. iento de las muestras, que se efectuó en una " "Mi' RI.,l"IfIlNltild. Croquis de la excavación de El Reeuenco. casa de campo (cámaras o almacenes a los que pueden acceder animales cavadores. ctc.), finalmente también se han podido introducir en las muestras durante el proceso de lavado y secado de las mismas. Se han considerado como probablemente antiguos los restos carbonizados. pero su datación es incierta. Las únicas muestras que han dado resultados positivos en la vivienda 1. recogidas en el corte C4. sector 111 o cuadrante oeste del corte han sido la 6/90. Parece ser un sector particularmente fértil en restos antiguos dentro del conjunto. La muestra 6/90 contiene cuatro fragmentos de semillas de una gramínea perteneciente a la tribu tritíceas, probablemente Hordeum vu/gare, que aparecen carbonizadas. La muestra 20/90 presenta un fragmento carbonizado de semilla de tritícea, posiblemente perteneciente a una especie de trigo. género Triti- cum. La 32/90 muestra una semilla diminuta de trigo y un fragmento de la misma especie, posiblemente Triticum aesrivum. ambos carbonizados. En conclusión los materiales vegetales antiguos han resultado extremadamente escasos y por lo tanto pueden aportar poca información sobre el modo de vida de estas gentes. Indudablemente resulta de interés la presencia cierta de cereales, con unos restos de mala calidad, quizá debido a que procedían de material de desecho. ESTUDIO DE LAS IMPRONTAS DE ORIGEN VEGETAL PRESENTES EN LOS FRAGMENTOS DE ARCILLAS DE CONSTRUCCION DE LA VIVIENDA l. El estudio de las improntas ha proporcionado resultados más positivos que el de los restos vegetales en las muestras de tierra. Esto se debe a la mejor fiabilidad de los elementos vegetales identificados, puesto que no existen dudas sobre su datación. como ocurría el análisis anterior y a la gran cantidad de restos de arcillas de construcción que se han acumulado sobre el piso de habitación, con una potencia en ocasiones hasta de 30 cm. Las muestras están recogidas en su gran mayoría del conjunto de arcillas de construcción provenientes del estrato 4 del nivel 2 del corte C4 que tiene su continuación en el corte D4 (Díaz-Andreu, e.p.). El resto de las m"uestras han sido recogidas en forma de algún fragmento aislado en dichos cortes en los estratos que se corresponden co n el derrumbe de la vivit! nd<l 1. práctica de la agricultura por parte de los habitantes de El Recuenco. Ninguno de los elementos culturales con los que habitualmente se identifica esta actividad económica son en realidad adecuados para ello: ni los dientes de hoz ni los molinos de mano sirven para asegurar su existencia. puesto que pueden reflejar la recolección de plantas no cultivadas. La agricultura efectuada corresponde al po-¡¡cultivo mediterráneo en el que conviven dos tipos de cultivos. los intensivos y los extensivos. La agricultura intensiva aparece representada por los cultivos de plantas de ciclo anual, predominando los cereales. las leguminosas y el lino (Renfrew. Dos de estas especies pudieron incluso haber sido domesticadas en la Península Ibérica, las habas y quizá el lino, ya que existen especies silvestres que podrían ser antecesoras de las cultivadas (Zeven y Zhukovsky. En el yacimiento de El Recuenco se hallan representados los cuatro cultivos intensivos citados. En cuanto a los cereales. parece predominar la cebada sobre el trigo, algo que puede explicarse en función de una agricultura tradicional de secano en condiciones de clima mediterráneo no muy húmedo. La abundancia de improntas de cebada, en concreto de tallos, parece indicar una utilización intencionada de éstos como trama de la arciUa o barro. Posiblemente se trate de tallos de cereales sobrantes del proceso tradicional de trilla, con los que irían mezclados algunos restos de las espigas de la cosecha y algún grano perdido. La presencia de improntas de habas parece apuntar hacia la existencia de un cultivo de esta especie, lo que no es inhabitual en este periodo (Rivera, Obón y Asensio, 1988). En cuanto al lino cultivado, Linum usitatissimum, no se tiene ninguna evidencia de qué uso pudo tener entre los característicos de este cultivo, la elaboración de tejidos o la extracción de aceite. La agricultura extensiva está asociada a especies arbóreas y arbustivas como la encina o el olivo. La domesticación de éstas lleva consigo una profunda y progresiva modificación del paisaje, en el que se realiza una eliminación selectiva de especies competidoras, tanto arbóreas como arbustivas (quejigos, arces, etc.) y de los individuos de la especie domesticada que no proporcionan frutos en cantidad y calidad adecuadas. Aunque la literatura especializada ha prestado mayor atención a la domesticación del olivo en épocas prehistóricas (Gilman y Thornes. 1985) que a la de la encina. parece necesario reconsiderar la importancia que esta última pudo tener en el contexto de la agricultura prehistórica tradicional. Esta hasta ahora se consideraba basada casi en exclusividad en el cultivo de cereales, complementado acaso con el de leguminosas. vid y el olivo. lo que significaba que la subsistencia de un grupo dependía desde la cosecha de principios de verano y hasta el año siguiente principalmente de las reservas de cereal. La cosecha de bellotas de la encina se obtiene sin embargo a final del otoño, lo que supone un adecuado complemento a los cereales y leguminosas. Este ciclo anual basado en cereal-leguminosas-bellotas reduciría a la mitad los riesgos del almacenaje, puesto que se dependería de los dos primeros productos agrícolas entre junio y noviembre y del último el resto del periodo. Diversos hallazgos en otros yacimientos de la Edad del Bronce que parecen apoyar la importancia de la recogida de este producto en contextos domésticos, como es el caso del vaso cerámico en cuyo interior aparecieron restos de abundantes bellotas, documentado en El Castillejo de La Parra de Las Vegas (Pérez Ortiz y Ruiz Argilés, 1976: 276), situado a unos 20 kilómetros al Noreste de El Recuenco. Un aspecto a discutir sería la importancia concedida (por las consecuencias sociales y políticas que conlleva) al lapso de tiempo transcurrido entre la siembra de este tipo de cultivos extensivos hasta el momento en el que son productivos, doce años en el caso del olivo y hasta unos veinte o treinta en el de la encina. La trascendencia dada a este periodo improductivo de la planta deriva de una visión actualista y en cierta forma simple de la agricultura tradicional y del proceso de adopción de estos cultivos. Parece más plausible que éste consistiría en sus primeras fases no en una plantación en sí, sino en la modificación de las poblaciones vegetales preexistentes, lo que significaría una recolección selectiva efectuada sólo en los árboles productivos y la eliminación de los que no lo fueran. Quizá el ejemplo de la fase final del proceso de la domesticación del Quercus rotundifolia se halle representado por los carrascales manchegos, mientras que sin embargo no se ha documentado en la actualidad olivo silvestre en zonas tan al interior (Zohary y Hopf, 1988; Rivera y Obón, 1991),10 que puede reflej¡u su desaparición o efectivamente su introducción como cultivo ya elaborado. En el estudio palinológico de El Recuenco se documentó la presencia de Quercus y de Olea. Junto a la documentación sobre los tipos de agricultura efectuados en El Recuenco, el estudio de los restos e improntas vegetales puede ofrecer información de otro carácter. Así parece probable la existencia de un lugar húmedo cercano al poblado, lo que se deduce por el hallazgo de improntas de habas, Vicia faba. adelfas. Nerfum oleander. carrizo o Phragmiles austra/is y chopo. Populus sp.• del que se ha encontrado una impronta poco clara. Estos restos indican la existencia de un regadío, bien aprovechando el caudal de agua del arroyo de Cañahonda, bien el de fuentes, posibilidad que ya fue apuntada por Martínez Navarrete (1988Navarrete (: 2309)). Precisamente a pocos metros a extramuros del poblado se localiza una zona de mayor frondosidad que parece corresponder a un antiguo manantial. Esta debía ser una surgencia más de un nivel freático existente a unos 920 m. sobre el nivel del mar, que presenta otras salidas al exterior por todas las laderas que delimitan el alto de Viñas Viejas sobre el que se halla asentado el poblado. En la actualidad se hallan en una de éstas unas huertas situadas bajo el poblado del Bronce Inicial de El Gurugú, a unos 300 m. de El Recuenco. El posible aprovechamiento económico de estas plantas de regadío ya se ha comentado en el caso de las habas y en el de las adelfas podría explicarse por su empleo como material de cestería, dada la flexibilidad de su tallo. Todos estos cultivos se realizarían en detrimento del medio natural, lo que estaría marcado por la aparición de plantas específicamente sinantrópicas como el carretón o Mendicago sp. y el Cauca/is platycarpos. La impronta de un fruto de gamón, Asphodelus sp., abunda en el mismo sentido de los hallazgos anteriores, ya que son plantas particularmente frecuentes en terrenos incendiados o excesivamente pastoreados. La agricultura de tipo intensivo se documenta en La Mancha en yacimientos con cerámicas campaniformes tipo Dornajos del Bronce Inicial. Por la controversia que puede suponer esta afirmación (aunque parece que ya va siendo aceptada por algunos autores (Muñoz Lópcz-Astilleros. La cro nología de Bronce Ini cial (y qui zá Calcolítico final) para los yacimientos con cerámicas tipo Dornajos. a pesar de ser contraria a las propias fechas del yacimiento homónimo. lo que a nuestro entender exige una revisión de las mismas, se puede defender por varias razones. En primer lugar por la asociación de este tipo de cerámicas con otras campaniformes Ciempozuelos en los yacimientos del cerro de La Virgen de Orce (Schüle. En segundo lugar por la centralidad que muestra la distribución espacial de los yacimientos con cerámicas Dornajos con respecto a los que presentan cerámicas campaniformes con decoración junto al borde interior (Fig. 3), que parece indicar su coetaneidad. ya que las segundas parecen ser una degeneración de las primeras, Por último, y este es un razonamiento só lo comprobado para el sector noreste de la Meseta Sur. es de ~ cir, la provincia de Cuenca ( Díaz-Andreu, 1991), por la incompatibilidad de la estructuración del paisaje entre los yacimientos con presencia de cerámicas campaniformes Dornajos y los que las presentan lisas. En Los Dornajos, yacimiento que ha dado nombre a las cerámicas aludidas en el párrafo anterior y que se localiza a tan sólo cinco kilómetros de El Recuenco, se han documentado los restos más antiguos en el noroeste de la Meseta Sur de la presencia de trigo (Galán y Fernández Vega, 1982-83; Galán y Poyato, 1980) (3). Lo que parece importante resaltar en su contexto histórico es que esta aparición viene acompañada por un abandono de los asentamientos poco estables y la aparición de (3) Se carece de análisis para determinar si la aparición de este cultivo venía acompañado por otros como los existen• tes en El Recuenco. Co~pdón Obón, Mal'laarilll Oíaz-Andrt'u otros fijos. que en algún caso. como es el de La Morrota de Lus Cotos y el Gurugú. ambos en d mismo valle de Ce rvcra del Llano. se en~ cuentran amurallados (Díaz-Andreu, 1991: 362-375). La exclusividad de elementos defensivos sólo en algunos yacimientos, junto con su distribución sesgada en el territorio. hace concluir para el Bronce Inicial del valle de Cervera del Llano un reparto desigual del poblamiento en el espacio y por tanto la visibilidad de la tensión política. El Bronce Medio hereda y agudiza estas características. Las murallas se hacen más visibles. la diferencia de tamaño entre los yacimientos es mayor, y la relación entre la dimensión y los recursos en el área de captación se vuelve inversa. Es un paisaje claramente de connicto. Esta jerarquización política y por tanto hemos de suponer social, viene acompañada de una fuerte dependencia de la agricultura, reflejada en el empleo de una mayor variedad de cultivos (si bien es cierto que la inexistencia de análisis en otros poblados datados en el periodo inmediatamente anterior obliga a ser prudentes en esta afirmación), lo que termina encadenando a las poblaciones al territorio del que extraen sus recursos. En este contexto histórico, El Recuenco no sería sino un poblado subordinado a la expropiación del excedente que sobre él ejercerían otros núcleos de población mayores en el propio valle de Cervera del Llano que, sin embargo. estarían alejados de tierras buenas para la agricultura, como El Cerro Pelado, yacimiento unas cinco veces mayor en dimensiones y localizado junto a una V'ega pequeña. La explotación demostrada en este artículo de cultivos de tipo mediterráneo en El Recuenco impediría la negación por parte de sus habitantes de la extorsión sobre ellos ejercida'.
Se presentan los resultados del análisis paleopalinológico llevado a cabo en el yacimiento arqueológico del Llanete de los Moros, con una cronología arqueológica. encuadrable en la Edad del Bronce. y que lo sitúa climáticamente en el Subboreal-Subatlántico. Se pone de manifiesto una amplia representación de especies nitrófilas así como una cobertura arbórea poco manifiesta. Se comenta la presencia de Vitis y Olea. La escasez de análisis polínicos para el Holacena ibérico, mayor en el caso de yacimientos arqueológicos (Asquerino, 1987) queda igualmente de manifiesto en la recopilación de López García (1978). Es por ello, que resulta no sólo difícil sino imposible establecer correlacio• nes y delimitar características ambientales de un momento dado de la Prehistoria andaluza, más aún si cabe, dada la gran variedad de ecosiste• mas y por ende, de formaciones vegetales de Andalucía, lo que implicaría un número mucho mayor de este tipo de trabajos para conseguir al menos conclusiones relativamente válidas acerca del paisaje andaluz a lo largo del Cuaternario. Los yacimientos arqueológicos plantean más problemas a la hora de la interpretación de los ~nálisis polínicos que los depósitos de turba o presr.:ntan son la filtración del polen con contaminación de niveles más viejos, destrucción diferencial del mismo, hiatus sedimentarios frecut::ntes e importantes y gran pobreza polínica (Couleaux. Aunque la sedimentación polínica en grutas no es muy conocida y hay que cuidar la interpretación de sus espectros polínicos por la posibilidad de distorsión, mediante acciones humanas o animales dt: aporte de coprolitos. desechos. etc. muchos de estos inconvenientes también existen en turberas y lagos pero más atenuados (Vázquez. En todo caso. la interpretación de los espectros fósiles de yacimientos arqueológicos, aunque complicada, proporciona una información valiosa. La esca-¡ez de turberas y otros medios lacustres, sobre todo en la región andaluza. donde exceptuando la provincia de Huelva. el resto son realmente pobres en este tipo de medios. se solventa gracias a la posibilidad complementaria de poseer análisis de sedimentos arqueológicos, que a su vez pueden verse ayudados por otras investigaciones sedimentológicas, antracológicas. paleontológicas, etc. En la provincia de Córdoba únicamente disponemos de dos análisis esporopolínicos, uno en una turbera de Sierra Madrona (Díaz Fernández, 1992) y otro en sedimentos arqueológicos del yacimiento de Ategua (López Garda. En este trabajo presentamos los resultados del análisis palinológico llevado a cabo en el yacimiento del L1anete de los Moros, con el que pretendemos contribuir a un mejor conocimiento de la vegetación durante la Prehistoria de Andalucía. LOCALIZACIÓN: EL MEDIO FÍSICO Y LA VEGETACIÓN El yacimiento del L1anete de los Moros se encuentra situado en la localidad cordobesa de Montoro, en una posición estratégica desde el punto de vista fisiográfico, siendo sus coordenadas las siguientes: 00 41' de longitud W. y 38° l' de lalitud N. Se halla limitado al Norte. Este y Oeste por uno de los meandros del río Guadalquivir. asentándose sobre un cerro de 246 m. de altura. a caballo entre la vertiente sur de Sierra Morena y la Campiña. Esta posición le confiere un importante privilegio desde el punto de vista natural y paisajístico. Dentro del entorno físico del yacimiento se distinguen cuatro unidades paisajísticas: la sierra. el piedemonte. la campiña y la vega. Cada una de ellas. con características litológicas y climáticas propias. son soporte de una vegetación potencial diferente. El clima de la zona puede definirse como templado-cálido. en base a veranos muy secos, caracterizados por las altas temperaturas y la falta de precipitaciones, así como por inviernos suaves. posibilitando por ello la entrada de especies terrnófilas en la vegetación del entorno. La precipitación media anual se acerca a los 550 mm y la amplitud térmica es de 18° C. Por tanto, bioclimáticamente, la zona de estudio se'" encuadra dentro del piso mesomedit errán co cálido. aunque en zonas fluviales. donde la tcrmi* cidad es mayor. aparecen formaciones termo* mediterráneas de ombroclima seco-subhúmedo (Rivas Martínez. Desde el punto de vista edafológico. existe una gran variedad de suelos. en función del tipo de sustrato. principalmente ácido. y con distinto grado de evolución. Se desarrollan rankers en la sierra. suelos pardos alóctonos sobre el piedemonte. dedicados tradicionalmente a la dehesa de encina y alcornoque y, actualmente ocupados por el olivar y coníferas de repobla* ción (MAPA. 1977) Por encima de estas formaciones termome* diterráneas, ceñidas a las zonas más bajas de la vega, de influencia fluvial, se encuentra el encinar con piruétanos, mesomediterráneo silicícola luso*extremadurense o Pyro bourgaeanae-Quercetum rotundifoliae Rivas Martínez 1987, que se extiende por todo el piedemonte se* rrano. La degradación de dicho encinar, predominantemente por la introducción del olivo, permite la entrada en el encinar de especies propias de sus etapas seriales degradativas. Es por ello frecuente, que junto a la encina, se encuentren Cislus ladanifer L., Quercus coceifera L., Phillyrea angustifolia L.. Sweet, Retama sphaerocarpa L., Genista hirsuta Vahl., etc. En la actualidad. el dominio climácico de tal encinar está siendo utilizado para labores forestales y explotación del olivar. En la campiña, se desarrolla la asociación basófila del encinar mariánico monchiquense Pae(mlrJ ("()r; lll."l 'lII'-Querl•etum rorflfl(lifo/ill(, Rivas Martínez 1')84. co n Piswóa lemi.\•CIIs en su faciación termófila. Actualmente se encuentra sustituído por cultivos de olivos, vid y cerealísticoso así como por algodón y girasol. Al localizarse en un territorio tan amplio, con gradientes ecológicos muy variahles. la diversificación de esta serie es muy grande. dando lugar a nume* rosas variaciones (Gómez Mercado y Valle Ten* dero. Es típica la estratificación de estos bosques cuando se desarrollan sobre sue los pTO* fundos. distinguiéndose cuatro estratos: el for* mado básicamente por encinas. que al unir sus copas crean un microclima nemoral. mucho más fresco que el macroclima general reinante. Un segundo estrato agruparía plantas trepadoras y lianas tales como Asparagus acutifolius L.. Hedera helix L.. etc. El tercer estrato arbustivo se vería formado por un denso matorral de Genista cinerea (Will.) DC subsp. speeiosa R. Go* day & T. Losa ex R. Martínez el alii y Rhamnus a/arernus L. Finalmente, el cuarto estrato lo compondrían un dosel de herbáceas y Paeonia coriacea Boiss., Bupleurum rigidum L., así como una alfombra de musgos que nos acerca a esa idea de las húmedas condiciones microclimáticas del interior de tales formaciones. No obstante, es casi imposible encontrar tal tipo de bosques en la actualidad, reducidos en su totali* dad a pequeños restos de esas antiguas forma* ciones forestales. En zonas de alta explotación ganadera, el bosque ha sido conducido a un ade* hesamiento extremo. implantándose comunida* des retamoides en la que domina la retama y la genista cinérea. La situación más común es en* contrar ctapas degradativas del tipo chaparral* coscojar, e incluso tomillares de marcado carác* ter nitró filo donde se hacen dominantes SantoJina rosmarinifolia L., Santolina chamaecy* parissus L. y Thymus l.ygis L. Todas las formaciones descritas han seguido en general una dinámica regresiva, de tal modo que hoy en día sólo persisten vestigios a modo de "bosques isla", regulados por la intervención humana, sobre todo para explotaciones agrope* cuarias y silvopastoriles. En zonas riparias, la vegetación típica es la olmeda de Aro italici*Ulmetum minoris R. Goday en G. López 1976. aunque su área potencial ha sido ocupada por cultivos y únicamente apareccn especies termófilas como Nerium oleander L. Los adelfares son formaciones domina~ T.P.. 51.n. 2.1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 11<2 das risiunómicamt.:ntt.: por la <lddfa que. pueden llegar a constituir formaci o nl!s relativamente ut: nsas. sohre todo e n ramhlas pedregosas. Prescntan su óptimo en la provincia corológica murciano-almeriense. aunque también existen en ciertos enclaves termófilos de la provincia luso-extremadurense (Sánchez Mata y de la Fuente. 19R6). tales como la encajonada vega del Uuadalquivir a su paso por Montoro. El yacimiento. situado en la localidad de Montoro. en la provincia de Córdoba se compone de dos cerros. el denominado El Palomarejo y el Llanete de los Moros. ubicados en uno de los grandes meandros que describe el río Guadalquivir. Excavado el segundo de ellos, muestra un primer amesetamiento de 233 me• tros de altitud, seguido de otro a 10 metros por debajo del anterior, y un tercero, sin signos de ocupación, a 15 metros por debajo del segundo. En la zona NE se realizaron tre s cortes, R-l, R-2 Y R-3. De este último proceden las muestras de este análisis. CuIturalmente se ha podido documentar una secuencia de hábitat prácticamente ininterrumpida, entre un momento tardío de la Edad del Cobre y los siglos 11-111 d.e. El corte R3 documenta una superposición directa entre los estratos previos y los que con• tienen los primeros elementos de Cogotas 1. El estrato inicial se encuadra en una fase avanzada del Calcolítico. Hasta el denominado estrato Y, se localizan materiales, correspondientes a la Edad del Bronce, produciéndose en este fase de la estratigrafía un gran derrumbe que sella y di• ferencia esta fase de la posterior, de cronología mucho mas moderna, en torno al 1100 a.C. (Martín de la Cruz, 1984-5). Las muestras objeto de estudio proceden, como ya se ha-.indicado, del corte R-3, localizado en la zona NE del yacimiento. Sus dimensiones son de 8 x 4 m, alcanzando una profundi-T. J~ Antonio l.ópez•Sá~z dad relativa de unos 7 m. respecto de la cola O m. que dista de la superficie unos 0.30 m. Se lOmaron un 10lal de 42 muestras. cada 10 cm, siguiendo una columna vertical. sólo interrumpida en los niveles superiores del corte. en el que. por aparecer restos de construcción de piedra, se tuvo que desplazar. Una vez superados, se retomó la columna vertical. De esta manera, se alcanzaron los 498 cm de profundidad. Los niveles superiores. hasta 98 cm. no son considerados en el análisis. en base a la construcción. antes mencionada. De las 42 muestras señaladas, y dado que los resultados eran muy similares entre unas y otras, se optó por analizar la mitad, es decir 21 muestras. de las que figuran en el diagrama lO, por ser las únicas que presentaban un número suficiente de táxones para poder ser consideradas válidas. El método químico utilizado ha sido el clásico: tratamiento de las muestras con ácidos c1orbídrico y fluorhídrico. seguido de álcalis (López García. 1984), con concentración del polen mediante flotación en licor denso de Thoulet (Goeury y Beaulieu, 1979), tinción de la muestra con fuschina básica y montaje en glicerol para su observación al microscopio óptico. En la preparación de las muestras se utilizó así mismo un Agitador de Ultrasonidos (Sranson, model 250/450 Sonifier), así como fibras de vidrio (Iype ALE) de 25 mm de Gelman Sciences. La determinación de los tipos polínicos se realizó según Moore y Webb (1978Y 1992) Y con la ayuda de la palinoteca del Laboratorio de Palinología del Centro de Estudios Históricos del e.S.I.e. Con los datos obtenidos se elaboró el correspondiente diagrama polinico (Fig. 2), en el que figuran el número de palinomorfos por nivel arqueológico. los porcentajes de cada táxon así como la curva que relaciona el polen arbóreo (A.P.) y no arbóreo (N.A.P.). La confección del diagrama se realizó gracias al programa informático Mac. Tanto la preparación química, como la realización del diagrama ha corrido a cargo de Dña Rosario Macías, Ayudante de investigación del Laboratorio. Una primera visió n del diagrama polínico pone de mllnifiesto la inexistencia de un bosque como formación forestal densa. dado que éste sigu ió un a evo lución fuertemente regresiva. Para faci litar nuestro es tu dio hemos subdivido los táxones identificados en e l diagrama en tres grupos: De una parte está n aque ll as especies relícticaso atribuíb le s a l encinar. bosque potencial ex istent e previo a la defo restación. cuya presencia vie ne definida por Querc: tts rOfundi!o! ia. E n todo momento los porcentajes de polen de Q uerClls no sob repasa n e l 10% del A.P., a un que su presencia es re lativa me nte co nstant e a 10 largo de todo el perfil. except ua ndo claro está los niveles esté riles. Igua lmente. se denota la presencia en e l diagrama de táxones propios del cortejo norístico del encina r o de sus etapas seriales regresivas. caso de las Ericaceae, Cislllceae, Buxlts y Lamiaceae a partir de los 318 cm. La presencia de Ephedra en los nive les más in feriores (418 cm) de nota condiciones cl imáticas de marcada seq uedad y termicidad. La identificación de algunos pó lenes adscrib ibles a Pinus halepensis e n Ca rihu e la (Gra nada) por Ca rri ón (1991). confirman la mediterraneidad de este estatus vegetal, el cua l junto a Ephedra fragilis debió ocupar los ambientes más xéricos. Curi osa me nte, la presencia e n e l diagrama de pólenes de Vitis coinciden co n un a umen to porce ntua l de los niveles de Cistaceae. lo que es claramente indicativo de la degradación del encinar en favo r de los cultivos vitivinícolas, apareciendo por ello e tapas seriales tales como los jarales. Aunque la presencia de Vitis es escasa porce ntualmente, sí debemos destacar su constancia y coincide ncia con una mayo r degradación del medi o fore stal y por tanto, hace r unos come ntarios al respecto. Sin lugar a dudas. la presencia de polen de vid en análisis polínicos anda luces ha sido una de las mayores problemáticas con las que se ha enfre ntado el conocimiento de la historia de la vegetación del sur de España. Stevenson (1985) y Stevenson y Moore (1988) citan la presencia de pólen de vid e n un sondeo de la Laguna de las Madres (Huelva) fechado alrededor del 4480 BP, y e n El Acebró n (Huelva) alrededor del 4340 BP res pectiv a me nt e, testimonio in equí- voco del cultivo de vid en las inmediaciones, ya que sus altos porcentajes. superiores generalmente al 0.5-1.5 % que supondría su prcs~ncia natural así lo atestiguan. En el registro de la histuria vegetal de La Laguna de las Madres (Stevenson. El autor llama la atención sobre la edad tan temprana en que se desarrolla el cultivo de V¡,;s. que contrasta con la opinión de otros autores que consideran que la vid rue introducida por los fenicios en la Peninsula ¡hérica hacia el.,000 BP o incluso por los romanos hacia el 2200 BP. El diagrama de la misma zona de Menéndez-Amor & Florschutz (1964) es semejante al de Slevenson (1985). siendo en torno al 4550 BP cuando aparecen aportes continuos de polen de Vilis. López García (1986) denota la presencia de Vitis en Almizaraque (Almería) durante el Subboreal. junto a cultivos cerealísticos y de regadío. La presencia asociada de polen de Vili.\• junto a indicadores del uso del fuego (CiSIUS) es muestra de su cultivo local (Stevenson y Moore. En este sentido. las afirmaciones de tal autor concuerdan con nuestras conclusiones. Otros datos palinológicos refieren la existencia de polen de vid espontánea en el Pleistoceno medio en la localidad granadina de Padul (Florschutz el alii, 1971) así como durante el Paleolítico Superior de la Cueva de los Calaveres de Alicante (Fumanal y Dupré. Interesante resulta en este sentido la recopilación realizada por Walker (1984) para todo el Mediterráneo. En segundo lugar. debemos referirnos a los táxones propios de medios ribereños. Resultado del diagrama podemos concluir la inexistencia de formaciones riparias densas, fenómeno atribuible a una paralela degradación antrópica del bosque ripario, aunque no debe olvidarse la gran capacidad erosiva del río. por su encajamiento y el fuerte condicionamiento climático. No obstante, táxones tales como las Ranunculaceae, Juncaceae, Rumex, Lycopodium, etc.. ponen de manifiesto la presencia de una vegetación herbácea anexa a la ribera. La presencia constante a lo largo de todo el perfil de PoJypodium puede ser indicativa de condiciones de mayor humedad ambiental y edáfica. De hecho, este elenco de especies de ámbitos higrófilos aparecen puntualmente en un mismo momento T.P.,51.n. José Antonio l.ópt'z.SlÍu del diagrama polínico (158 cm). indicativo de ese microclima más húmedo. La presencia de AJnu.'i y Tilia. excepcionalmente puntual. debe ser causa de una contaminación o aporte exógeno en base a la dispersión del polen por el viento. Asquerino (1987) cita la presencia durante el Atlántico de Jaen (5490 BP) de una serie de táxones arbóreos caducifolios tales como Tilia. Tanto el tilo como el chopo. desaparecen con la llegada del Subhoreal apareciendo por contra polen de haya (3990 SP). La ausencia en nuestros resultados de tales hechos nos llevan a considerar estas conclusiones. Finalmente. debernos citar el numeroso y variado elenco de táxones de marcado carácter nitrófilo que aparecen en el diagrama. Su presencia puede ser debida bien a la propia acción degradativa del hombre o bien al carácter nitrófilo que éste determina. Convolvufus, Malvaceae, etc. son reflejo de lo anteriormente expuesto. Deben destacarse los altos porcentajes alcanzados por Carduaceae. que llegan hasta un 24% del P.N.A. y de Cichoriae que llegan al 70%. Respecto a especies propias del pastizal, cabe señalar la aparición de máximos alternantes que presentan Poaceae y Cyperaceae. Además. se observa una evolución coincidente en la presencia de Cyperaceae, Apiaceae, Cruciferae y Campanulaceae. La aparición de tales táxones junto a Carduaceae y Chenopodiaceae/Amaranthaceae, nos induce a pensar en una situación de pastizal abandonado. cuyo desarrollo tiene lugar tras la actividad humana. Cuando ésta se reanuda aumentan notablemente las Poaceae y disminuyen las Cyperaceae y, las especies ~itr6filas ahora acompañantes. corresponden a Ochoriae y Centaureae. En ambos casos, los porcentajes de Anthemideae son relativamente constantes. En Córdoba, López Gareía (1986) estudia el yacimiento de Ategua, de edad Subboreal-Subatlántico, que muestra un paisaje totalmente deforestado dominado por las Cichoriae y, con presencia importante de Cerea/ia y ruderales, estas últimas indicadoras de una fuerte actividad agrícola. Los aportes lejanos de A.P. corresponden a Pinus, Quercus, Buxus, UJmus, Jug/ans, Juniperus y PopuJus. En nuestro caso. no se pon e de ma nifie sto la presencia de polen de ce real. Fin a lm e nte, deben citarse la existencia de dos táxones arbóreos: Pinus y Olea. La aparición de polen de pino, e n un porcentaje inferior al 10%, poco significativo, y únicamente a partir del nivel 298 cm, nos induce a pensar en una prese ncia alóctona de tal táxon en el diagrama. La aparición de Olea se observa a partir de lo s 3 18 cm, mo me nto en que se supone comie nza la sustitución del e ncinar por el olivar. Los porce ntaj es de Olea son ya constantes tras su primera prese ncia, coincidiento precisamente con los valores porcentuales más altos de Carduaceae y Fabaceae. No obstante. al aparecer un nivel estéril previo a esos 318 cm., no nos permite precisar con rotundidad el momento de cultivo del olivo. Curiosamente, OJea desaparece a los 158 cm, momentos antes de lo que lo hacen otros táxones (138 cm). Esta desaparición es fácilmente explicable en base a la eliminación del olivar para la construcción de viviendas, cuyos re stos han quedado constatados arqueológicamente (Martín de la Cruz, 1978). El reciente trabajo de Carrión ( 199 1) en la cueva de Carihuela (Granada), cuyos depósitos pertenecen cronológicamente al Pleistoce no, hace referencia a la abundancia de Olea, que parece sugerir una extensión en las proximidades de la cavidad. El yacimiento de Almizaraque, Almería (López García, 1986,1988) muestra una secuencia polínica con una datación de 4090 BP, en la que Pinus domina los nivele s inferiores. Los aportes de especies mediterráneas como Buxus, Vicis y O/eaceae no son nada despreciables. En los niveles superiores Pinus decrece y el P.N.A., en especial Cichoriae se hacen dominantes. Cerealia y otros táxones ruderales están presentes en la secuencia. En resumen, e l diagrama polínico estudiado es muy semejante al de Ategua (Lópe z García, 1986), aunque posiblemente más moderno, y por ello su cronología sea únicamente subatlántica. A juzgar por nuestros resultados cabe desta• carse el amplio desarrollo agrícola de los habi• tan tes del yacimiento, lo que concuerda con la abundancia de restos arqueológicos romanos (Martín de la Cruz, 1978). Se puede pues afirmar que la romanización caló pronfundamente en los habitantes indígenas del L1anete de los Moros o bien. son testimonio del ase ntamientll de colonos latinos e n dichas ti e rras. Ouizás esto últim o sea lo más acertado, por lo que podríamo s pensa r en un poblado ibérico pero con cierta cantidad de latinos instalados en él. -(1980): "Análisis polínico de sedime ntos arqueológicos de la Cueva de les Mal1adetes (Barx.
A pesar del tradicional eurocentrismo de la Prehistoria la verdad es que no abundan los libros recientes que aborden de forma conjunta la Prehistoria de Europa. y los pocos disponibles o lo han hecho de una forma muy personal (Milisauskas, 1978: Philips. Esta Prehistoria de Europa editada por Barry Cunliffe, catedrático de Arqueología de Oxford. se ofrece como una síntesis que trata de responder a la nueva situación del continente tras la caida del muro de Berlin y el hundimiento de la URSS y los regimenes de la Europa del Este. Pero esto lleva a plantearse seriamente de qué Europa estamos hablando. Porque está bien destacar la diversidad ambiental. étnica y cultural de Europa como algo que ha sido siempre su esencia pero si luego se dice que el proceso de unidad política está llegando a cotas nunca alcanzadas y que las fronteras cada vez son más irrelevantes (¿!) me da la impresión de que es una determinada Europa. la Occidental, en la que se está pensando. Por otro lado la propia diversidad y complejidad de Europa hacen muy difícil conseguir síntesis en las que exista un equilibrio entre los distintos periodos y una representación sustancial de las diferentes áreas. Posiblemente la tradición arqueológica británica sea la más europeista y los 11 autores -todos británicos-que han escrito esta obra se cuentan si n duda entre los mejores especialistas mundiales. pero a pesar de ello resulta difícil sustraerse a la impresión de que es una visión muy anglosajona. El libro consta de 13 capítulos, una breve introducción del editor. una corta orientación bibliográfica y unas simplificadísimas tablas cronológicas. Cada capítulo ofrece una clara exposición por periodos --sólo en tres se tratan áreas específicas: dos para el Bronce del Egeo y uno para la Edad del Hierro de la Europa Oriental-bien ilustrada con figuras. mapas y fotografías en blanco y negro y color. No en vano el título de la obra incluye la referencia de prehistoria ilustrada. Los primeros capítulos de C. Gamble, P. Mellars y S. Mithen, entre los mejores del libro, ofrecen una excelente visión de conjunto del Paleolítico Inferior y Medio, el Paleolítico Superior y el Mesolítico. La expansión del Neolítico en Europa es tratada por A. Whittle. Los dos capítulos de A. Sherrat presentan una buena exposición desde el final del Neolítico hasta comienzos del Bronce Final. Mientras que el mundo minoico y el micénico son discutidos en sendos capítulos por K.A. Wardle y M. Popham. Por su parte A. Harding resume el Bronce Final en la Europa Templada en un capítulo preparatorio de los dedicados a la Edad del Hierro. B. Cunliffe cubre la Primera y Segunda Edad del Hierro y T. TayJor la misma etapa en los Balcanes y las estepas, en una excelente síntesis que tiene doble interés: las reflexiones teórico-metodológicas y la cantidad de información y materiales reunidos sobre un área tradicionalmente poco conocida. Por último el propio Cunliffe analiza el impacto de Roma en las sociedades de finales del Hierro y M. Todd se ocupa del periodo de las migraciones. Las ilustraciones, por el propio título d~llibro. merecen algún comentario aparte. En primer lugar aunque todas las ilustraciones son de una gran calidad, especialmente las fotografias en color, uno esperaría en- contrar -insisto que por el propio título--un mayor número. Con todo la ratio ilustración: página es de alrededor de 0.7 que desde luego no está nada mal para cualquier texto general. Pero es sobre todo en el tipo de ilustraciones donde se pueden descubrir algunos sesgos importantes. Así en once capítulos las ilustraciones más numerosas son las de objetos y materiales arqueológicos (entre 43% y 76%), seguidas de las de sitios y yacimientos (entre 8% y 30%). Y sólo en dos el primer lugar lo ocupan [os monumentos y yacimientos (el de Whittle sobre Neolítico 45% y el de Sherrat sobre Neolítico final y CaJcolítico 52%). Casi todos los capítulos son "fotográficos", con más del 8Q..85% de los materiales y los sitios presentados en fotografía. Los mapas de todo tipo son muy escasos. llegando a faltar por completo en algún capítulo y no alcanzan una decena las reconstrucciones de cualquier clase. En otras palabras el soporte visual es bastante clásico con un peso aplastante de objetos y materiales arqueológicos y una mínima concesión a las reconstrucciones y diagramas. Todo ello muy posiblemente por las orientaciones dadas por el editor. ya que en algunos capítulos las ilustraciones en general no se situan en las mismas coordenadas que los textos. Eso sin contar con que las figuras no van referidas al texto.10 que debilita su integración. o que en ocasiones se describen sitios o decoraciones que no cuentan con documentación gráfica. El enfoque de cada capítulo varía según los autores y en ocasiones, como en los 4 de la Edad del Bronce. las divergencias son demasiadas como para ofrecer una buena introducción a los no especialistas. Al ser textos relativamente cortos (30)(31)(32)(33)(34)(35) págs. por término mediO) y sin apoyo bibliográfico se tiende a una buena escritura pero sin mucho detallismo y a veces las generalizaciones resultan excesivas. Los primeros capítulos son muy buenos. especialmente el de C Gamble sobre el primer poblamiento europeo y el de S. Mithen sobre el Mesolftico. probablemente el más completo y detallado que incluye una excelente orientación bibliográfica de casi tres páginas. La capacidad de manejar todos los datos relevantes a estos primeros capítulos se va diluyendo a medida que avanzamos en el tiempo. y a pesar de los varios capítulos dedicados a la Edad del Bronce y a la Edad del Hierro resulta obvio que para estas etapas hay que seleccionar fuertemente los contenidos. En los últimos capítulos dedicados a la Edad del Hierro este hecho es más notorio. A ello hay que añadir la fuerte orientación histórica que impregna sus páginas --especialmente en los de B. Cunliffe-que quizás no deja espacio suficiente a lo que debiera ser un análisis fundamentalmente arqueológico. En ocasiones parece que la información escrita en protohistoria tiende más a oscurecer y empobrecer el enfoque arqueológico que a iluminarlo desde otra perspectiva y enriquecerlo, lo que exige un manejo inteligente de los textos. La relación textos -arqueología sigue siendo un reto importante para los arqueólogos de la Edad del Hierro. Y todavía se tiene que luchar vigorosamente contra la tiranía que las crónicas de pueblos y hechos "históricos" han impuesto a la arqueología protohistórica. No conviene olvidar, como se-~ala acertadamente T. TayJor. que la comprensión del pasado lograda a través de la arqueología es de naturaleza muy diferente a la comprensión obtenida por medio de los textos históricos. El contraste entre el estudio de T. Taylor y los de B. Cunliffe puede resultar muy instructivo sobre todo lo anterior. El trabajo de T. Taylor por otro lado hace una valiente reflexión sobre la complejidad étnica del área balcánica, dadas las dramáticas circustancias de la región, y encima ¡emplea con ingenio para ello una cita del Drácula de Bram Stoker! El libro tiene vocación de ser un texto básico en las listas de lectura de introducción a la Prehistoria eu• ropea, y hoy por hoy probablemente sea el mejor libro disponible, sin olvidar "Prehistoric Europe" (Champion el alii, 1984). En todo caso creo que una Prehistoria Europea que lo sea de verdad. con profundidad en los temas tratados y considerando todas las áreas, está todavía por escribir. Necesariamente deberia ser una empresa colectiva que aunara los conocimientos y aproximaciones de muchos especialistas con una clara línea editorial para poder vertebrar la diversidad del pasado europeo. ¿Tal vez una empresa que podría abordarse desde la joven European Association oC Archaeologists? Sería al menos una buena plataforma desde la que diseñar el proyecto. BIBLIOGRAFÍA GONZALO RUIZ ZAPATERO Departamento de Prehistoria Facultad de Geografía de Historia Universidad Complutense 28040 Madrid La caída del muro de Berlín y la disolución de los sistemas políticos de la URSS y los países de la Europa del Este han permitido que, a comienzos de los noventa, la larga tradición de colaboración y de intercambio de información entre los arqueólogos europeos cuente con una plataforma de encuentro y discusión científica. Ese foro es la European Association of Archaeologists (EA.A.) que por iniciativa de un grupo de arqueólogos de catorce países ha quedado recientemente constituida cubriendo toda Europa, del Báltico al Mediterráneo y del Atlántico a los Urales. Sus objetivos son: (1) promocionar el desarrollo de la investigación arqueológica y el intercambio de información arqueológica en Europa, (2) promover la gestión y la interpretación del Patrimonio Arqueológico Europeo, (3) promocionar los adecuados niveles éticos y científicos para el trabajo arqueológico, (4) promocionar los intereses de los arqueólogos profesionales europeos y (5) promover la cooperación con otras organizaciones que tienen fines parecidos. Para conseguir estos objetivos la EA.A. ha empezado a publicar en 1993 una revista, Joumal of European Archaeology, y un boletín, The European Archaeologist (nO 1. diciembre 1993). El Congreso inaugural de la Asociación se celebró en septiembre de 1994 en Ljubljana (Eslovenia) y la idea es organizar reuniones anuales y otras conferencias y seminarios. Una primera valoración de la aceptación inicial que ha tenido la EA.A. puede ha• cerse a partir de los cerca de 500 arqueólogos de más de 25 países europeos inscritos a comienzos de 1994, que sin duda crecerá a medida que la Asociación y sus publicaciones vayan siendo más conocidas. El Joumal o[ European Archaeology (J.E.A.). como órgano de la E.A.A., declara que intenta promover el debate abierto entre los arqueólogos comprometidos con una nueva Europa en la que haya más comunicación a través de las fronteras nacionales y más interés en la interpretación. Al mismo tiempo anima al debate sobre el papel que la arqueología juega en la sociedad y cómo debería organizarse en esta Europa cambiante, así como sobre el código ético de la práctica arqueológica. El establecimiento de una revista de arqueología de estas características es importante, por un lado, por lo que significa de construcción de un foro verdaderamente europeo y por otro lado, por la posibilidad de seleccionar los trabajos y planteamientos más importantes e interesantes de la gran cantidad de datos que anualmente se publican en un número creciente de revistas europeas. La impresionante marea de artículos que cada ano ven la luz puede tener una mínima referencia en las cerca de 3000 publicaciones periódicas, la mayoría europeas, recogidas recientemente por la Romisch-Germanische Kommission (Parzinger el alii, 1994), La idea de crear una publicación europea de este tipo ya tenía, de alguna manera, un precedente en la revista Prehistoire Europeenne (1991) publicada por la Universidad de Lieja. Por otro lado quizás sería bueno que el J.E.A. se planteara la publicación de grandes síntesis por áreas/periodos, al estilo de lo que está haciendo el Joumal o[ World Prehistory a una escala mayor obviamente. Algo casi necesario si la revista pretende ser una referencia obligada para los arqueólogos del resto del mundo. El l.E.A. tiene una periodicidad de dos volúmenes al ano, que aparecen en primavera y otoño. Cada nú• mero incluye artículos más o menos extensos y una pequei\a sección de crítica con "review-artic1es" y re• censiones cortas. El formato es pequeño (23.5 x 15.5 cm~) con algo más de 200 páginas por volumen y unas Si st! acepta que el contenido del primer número de una revista es indicativo de su orientación general hay una serie de consideraciones que juzgo relevantes. Para comenzar. sobre la radiografía de los artículos y sus autores. Por periodos el núcleo central de los dos volúmenes son trabajos de Prehistoria Final de la Europa Templada (Neolítico. Bronce y Hierro) con pocos estudios verdaderamente generales como el excelente artículo de Andrew Sherrat sobre el sistema-mundial de la Edad del Bronce: Europa Templada I Mediterráneo. Sólamente hay dos trabajos sobre arqueología romana y la arqueología medieval está presente exclusivamente por la reseña del libro de K. Randsborg. La temática de los artículos también incluye rencxiones sobre el uso del pasado en el presente, como el interesante estudio de K. Krislianscn sobre el caso de Dinamarca. o sobre el empleo de la arqueología en la polÍ1ica de los nac.:ionalismos actuales. como el ensayo de Ph. Kohl sobre el caso de Transcaucasia y el de B. Slapsak sobre el -hoy ya drámatico caso-de los Bateanes. Por áreas geográficas la Europa noroccidental y Centroeuropa constituyen el escenario de la mayoría de los artículos. con mínimas concesiones a la Europa Mediterránea y la Europa Oriental. Consecuentemente por autores la presencia mayoritaria es de británicos y escandinavos. La nómina de los primeros todavía sería mayor si añadimos los europeos trabajando en Gran Bretaña o en algún caso en EE.UU. El "eje británico-escandinavo" es. sin duda. por un lado renejo de la propia composición del Comité Editorial y núcleo de la E.AA., y por olro de que la tradición arqueológica anglosajona es la más pujante en la Europa actuaL. Todos los trabajos están publicados en inglés. que es la lengua oficial de trabajo de la E.AA. Y esto me lleva a plantear una cuestión delicada con la que no estoy de acuerdo: el monolingüismo del lE.A. Pero vayamos por partes. primero hay que evaluar el criterio de lengua oficial de trabajo. en segundo lugar el peso de la literatura arqueológica europea escrita en inglés y. por último. la pertinencia de una red lingüística única o una malla de redes lingüísticas. Que el inglés se ha convertido en el mundo actual de la ciencia y la investigación de cualquier tema en ellatin medieval es algo fuera de toda duda y que se está imponiendo por su propio peso. En ese sentido si es preciso que la lengua de trabajo sea una no me parece mal que la E.A.A haya elegido el inglés. Se podría defender el plurilingüismo pero ciertamente sería económicamente inviable y poco eficaz. El peso de la literatura arqueológica escrita en inglés es de difícil evaluación, pero nadie negará que es muy grande y que a nivel internacional no tiene rival posible; la distancia con el segundo idioma es inmensa. Sobre la muestra de la bibliografía citada en los artículos del número 1 del J. E.A. he intentado sacar algunas conclusiones. Los valores medios de trabajos citados por idiomas en los estudios de británicos y el Así parece claro que los únicos idiomas arqueológicos pan-europeos son el inglés. el alemán y el francés, y por ese orden. El peso aplastante del inglés no sólo se encuentra en los estudios de británicos, porque en los artículos de los daneses K. Kristiansen y S.Th. Andersen representa entre el 63 % Y 76 % Y en los de la polaca Stos-Gale o el griego Fotiadis alcanza el 75 % Y 94 % respectivamente. Cierto que se trata de trabajos analíticos donde la influencia del inglés se amplía todavía más. El danés, polaco, checo o griego sólo aparecen en aquellos estudios donde el trabajo gira en torno a datos y/o problemas de esos países. Y a pesar de eso. sólo en dos artículos el idioma nativo del autor rebasa con dificultades el 50 % de la bibliografía citada. La única cita en español es una traducción de R. Bianchi-Bandinelli. Aunque. evidentemente, la muestra está sesgada creo que puede dar una buena idea de la situación: el inglés tiene una clarísima preeminencia en la arqueología europea, especialmente. en los campos analítico, teórico y metodológico, donde lógicamente se beneficia además de la investigación arqueológica estadounidense. Lo que no significa que no existan problemas hasta con el propio uso del inglés en arqueología (Reíd, 1991) y no digamos con el inglés arqueológico ce los no angloparlantes. A pesar de estos datos, o mejor precisamente por estos datos, creo que es una equivocación la imposición de un idioma único. La importancia del inglés está fuera de toda duda, todo juega a su favor y muchos T. P.. 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es invest igadores con otra leng ua materna optan sin dudar por este idioma a la hora de publicar (p.c. todas las autocitas del sueco S.Th. Andersen son en inglés). Por eso no me parece bien la imposición monolingüista. Si Europa ha sido algo culturalmente hablando lo ha sido por su diversidad, por su pluralidad, por la ri • queza de matices de pueblos y de lenguas. No deja de ser tri ste que esa primera E.A.A. e limin e de entrada esa diversidad lingüística. No estoy defendiendo que todos los idiomas europeos tengan cabida en las páginas del J.E.A. pero sí que existen "redes lingüísticas arqueológicas" amplias. como e l alemán, e l francés o incluso el ruso para buena parte de la Europa OrientaL aunque ahora nadie quiera saber nada de este idioma en aquellos países. Algunos de esos idiomas. y tal vez otros más como el italiano o e l propio espa• ñol. deberían te ner espacio en una Arqueología europea y por lo tanto plural y diversa. que debería promover tanto el conocimiento arqueológico como el conocimiento de las lenguas. El peso anglosajón también puede asomarse en la propia selección de los trabajos que result an más interesan tes. Y desde luego parece inevitable en e l sistema de " referees" para informar la calidad de los originales remitidos. El sistema de la " Peer Review" o evaluación e ntre pares. con se r infinitamente mejor que la decisión arbitraria de un "director", está encontrando se rias críticas en su aplicación práctica (Ernst et alii, 1993; Taubes, 1993). De hecho la supe rioridad anglosajona puede llevar a evaluaciones poco justas por el desconocimiento del área/periodo de partes de Europa poco conocidas arqueológicamente para quienes sólo manejan el inglés. E.A. va a promover la idea de una Europa ámplia y diversa debería, en mi opinión, revisar seriamente el planteamiento monolingüista adoptado. Por lo demás, y a juzgar por la muestra del primer número, hay razones para confiar y apoyar la iniciativa. (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) by P. López Gareía and oí ils Department of Prehislory by J.M. Vice n! Con la rapidez y fortuna que ha caracterizado a la Fundación Cultural Banesto a lo largo de su corta pero muy productiva vida, ven la luz estos dos tomos que reúnen, por un lado. las intervenciones de las personas invitadas como conferenciantes al "Foro del Patrimonio Histórico" a lo largo del curso 93-94, así como los debates; por otro la transcripción de las "Jornadas sobre Patrimonio", que cerraron el Foro los días 3 y 4 de Junio de 1994. y en las que participamos 29 personas de muy diversos campos. Como rasgo común a las dos publicaciones destaca su objetivo: no es frecuente en nuestro país que un Organismo no estatal se proponga como principal finalidad la conservación del P.H. y favorezca un ámbito abierto y cómodo en el que se mediten, se expongan y se discutan los muchos problemas que el P.H. tiene. También en común tienen ambos una dedicatoria, escrita con cariño y delicadeza por la Directora General de la Fundación. Araceli Pereda, a nuestro compañero Manuel Fernández-Miranda, desaparecido de la tierra. pero no de nuestros corazones. El formó parte del Consejo Asesor de estos foros y dedicó' una buena parte de su fértil actividad al P.H. desde muchas vertientes. Javier Tusell fue el director y moderador de Foros y Jornadas. Administró tiempo y temas con la elegancia y prudencia que le caracterizan. Por lo que respecta al primer libro, recoge una presentación de A. Pereda que centra el interés en los Patrimonios urbanos, insistiendo en la importancia de la revitalización de las ciudades, a la que sigue una interesante introducción de J. Tussel. Los Foros celebrados fueron 11 y están publicados por orden cronológico. Tanto los temas como lasllos participantes fueron bastante variados. Por géneros, sólo conferenciamos 3 mujeres -en mi opinión, una exagerada minoría-; por profesiones, ganaron los arquitectos (13), seguidos de lasllos gestoras/es (9). Conservadores/as de Museos y profesoras/es de Universidad (5 en cada grupo), Investigadores del CSIC (2), eclesiásticos (2), anticuarios (2) y un notario. Lo que supuso una gran diferencia con otras conferencias o lecciones, fue la participación. No es frecuente la intervención activa y apasionada del público y creo que esto fue una de las cosas que convirtieron a los foros Banesto en auténticos acicates para el debate. Sin contar con las intervenciones del moderador ni de lasllos con ferenciantes. sc dio una media de I 1 intervenciones. con un máximo de 18 -e n P.H. y Mercado Un ico-y un mínimo de 6 -e n P.H. y Planes Generales-. De e ntre todos. el debate que me pareció más interesante. incluso divc rtido. fu e el que se produjo. tras la exposición del caso del Teatro de Sagunto. entre los Srs. Sanc hcz. representado cada uno una opción o punto de mira extremo; la revolucionari a y la conse rvadora --e n todos los sentidos-. Los temas debatidos se fueron seleccionando en el transcurso del año. sin un progra ma prefijado. lo que permitió. sobre todo. actualid ad. Ninguno se dedicó a los.. tipos" de P.H. definidos por la Ley 16/85, si no que se plantearon te mas tan puntuales y actuales como la Pl aza de Oriente de Madrid. el Museo del Prado, el Teatro de Sagunto. e l Acueducto de Segovia. Altamira. el Palacio Rea l o la Catedral de Burgos. junto a otros bastante más amplios como los Pl anes Generales. el Mercado Unico. e l Pat rimonio de la Iglesia o la formación de lasllos conservadoras/es. Este último tema. bajo el título "Formación de especialistas de Conservac ión del Patrimonio: el Instituto de Con servaci ón y Resta uración de Bi enes Culturales (I CRB C)". precisamente el que puso punto final a los Foros. fue el único que, en mi opinión. se planteó de un a manera equívoca. cosa que ya se señaló en el debate. En realidad todo e l mundo sabe que ellCRBC es una extensión de la Dirección General de Bellas Artes. Su finalidad ha sido la gestión del Patrimonio y. en casos concretos. la intervenció n o Restauración, incluso la investigació n. Pe ro está muy lejos de la "formación" aunque se sit úe físicamente en terrenos universitarios. El posible futuro "formativo" de este centro pasa por tantos problemas --e n rivalidad, por supuesto, con la Facultad de Bellas Artes y con la Escuela Superior de Conse rvadores y Restauradores de Bienes Culturales-, que no parece ni siquiera adecuado plantearlo cuando en lo relativo a la inte rvención estatal en el PH, el ICRBe debería centrarse en el apoyo y coordinación de las Comunidades Autónomas, representación en Organismos internacionales y el establecimiento de criterios comunes de conservación. El reencuentro con aquel debate. a través de su lectura, confirma esa impresión curiosa de confusión entre el lCRB C --donde trabaja n profesionales de la Arqueología. de la Arquitectura. de la Documentación y de la Restauración-, y el antiguo y desaparecido Instituto de Restauración que. como su nombre indica. estaba lleno de restauradores que restauraban. Algunas intervenciones, sin emba rgo. se zafa ron con energía de esta confusión -y destaco, entre e ll as. la de Nieves Valen tín con su presentación de las " Pes"; prioridades, pautas. política y planificación-. Salvando esta crítica menor, la lectura de este libro sirve para medi r el pulso y el ritmo de pensamiento del escaso número de personas que trabajamos de una manera u otra en el P.H. y para calcular, con esa medida, cuánto tiempo y cuánto esfuerzo falta aún para que toda esa preocupación. todas estas ideas. alcancen realmente a la sociedad. En cuanto al segundo libro que comento, menor en tamaño y muy relacionado con el primero, recoge como dije la transcripción de [o debatido en las Jornadas de Junio, que se centraron en tres temas propuestos por el organizador. Con diferencia. el más controvertido fue el primero -" La Ley de Patrimonio Histórico: una década de aplicación"-. con 44 páginas. que casi desde el principio derivó hacia una discusión de enorme interés sobre la existencia de una "conciencia común del P.H.". nunca resuelta, así como a la pregunta varias veces planteada de por qué no se cumple o no se conoce esta Ley. Muchas personas respondieron con atrayentes y documentadas palabras. Mi preferida fu e si mple; Carmen Ortucla. de Hispania Nostra. dijo "no se cumple porque se ha olvidado de la sociedad". El segundo tema -"El P.H. Y las prioridades del gasto público"-ocupa 18 densas páginas. Se debatió sobre necesidades y sobre tendencias. sobre lo efímero frente a lo duradero y e n especial. sobre la urgencia de un pacto político para el futuro del P.H.. con una discusión previa en el Parl ame nto sobre el tema. La tercera sesión. con sólo 13 páginas. se dedicó a "El P.H.: una inversión productiva". En esta ocasión el protagonista principal fue José María Perez (Peridis), que nos presentó su particular camino para demostrar que la difusión, conservación y explotación del P.H. son un a riqueza de primer orden. Su historia, repleta de entusiasmo y de humor, nos hizo ver de nuevo el valor de las inciativas particulares y lo lejos que aún se encuentra la sociedad de tener una conciencia positiva del P.H., en el sentido de tratarlo como un recurso económico. Las Jornadas terminaron con la redacción de un catálogo en defensa del P.H.: que no es un asunto de partidos, sino de consenso; que hay que modificar la educación incluyendo en ella al P.H.; que hay que promover un gran debate nacional sobre el tema; que la legislación, que no es mala, se aplica de forma insuficiente y el desarrollo regalmentario es escaso; que hay que abrir e l P.H. al sector privado; que todas las Administraciones deben cumplir de forma. estricta sus competencias y el Estado debe establecer criterios comunes de conservación; que es necesario acordar prioridades sin favorecer lo efímero. ya que todo en el Con este decálogo de sueños, que muestra mejor que nada cuá les fueron los niveles en los que se movió el debate. termina este libro y acaba también la labor de la Fundación Cultural Banesto. con Araccli Pereda al frente -y siempre-o La Fundación ha encendido una antorcha necesaria. la de la defensa del P.H.. que ha brillado con ¡nlensidad. interés y bucn hacer durante un tiempo corto. Ahora. cuando los avatares económicos -lejos. muy lejos del P.H.-. obligan a abandonarla. nos preguntamos con inquietud si existirá algui en que se atreva a recoger esa antorcha y que pueda encenderla con un brillo semejante. No es frecuente que las publicaciones arqueológicas combinen rigor y capacidad divulgativa. como si ambas cuestiones. dirigidas a públicos diferentes. fueran incompatibles entre sí. Quizás por ello los catálogos de exposiciones han alcanzado en los últimos tiempos un elevado nivel de calidad, al asumir explícitamente esa doble función científica y comunicativa. dedicada por igual al público profano y al especializado. La obra que nos ocupa es también un fiel reflejo de la tendencia actual a convertir estos catálogos en apretadas síntesis o puestas al día de los más diversos temas. Los autores consiguen dar en conjunto una visión coherente a la vez que variada del objeto de estudio propuesto, que si bien se refiere directamente a un marco regional muy estricto aborda un problema más amplio y que implica en mayor o menor medida a grandes áreas de Europa Occidental a lo largo de diversos momentos de la Prehistoria (vide Chenorkian, 1988). Es precisamente la diversidad de enfoques empleados en e l análisis de las estatuas-este las el rasgo más destacable de la obra, porque entre todos permiten reconstruir las diferentes facetas que se encuentran encenadas en un mismo objeto, que es a la vez fruto de un diseño y un proceso técnico de realización (capítulos 4, 5 Y 8), concebido en el marco de un pensamiento simbólico desarrollado (capítulos 2. 5 Y 9) e instalado en un lugar y un momento precisos para cumplir una función determinada en el seno de la sociedad que lo ha gene rado (capítulos 1,6 Y 7). Si esto es cierto para cualquier realización humana aún lo es más cuando los objetos parecen carecer de utilidad práctica y referirse directamente al ámbito ritual de una cultura prehistórica. Sin embargo no hay que hacer una lectura demasiado rápida y superficial de la cuestión. puesto que también simbolismo y ritualización del comportamiento tienen una vertiente funcional o práctica. El mundo anímico es inseparable del mundo material del ser humano, aun si nosotros hemos perdido el código necesario para reconstruir las delicadas conexiones entre ambos en el seno de sociedades desaparecidas. Por todo ello me parece que el mayor mérito del libro es el empeño de algunos de sus autores en romper el estrecho marco que los estudios al uso imponen para estos elementos de plástica prehistórica -que oscilan sin término medio entre el tipologismo exacerbado y las interpretaciones artísticas o rituales sin base arqueológica firme-relacionando simbolismo y función a través de lo que puede considerarse como una explicación "pragmática" de las estelas. De todos es conocido que la práctica totalidad de las estelas prehistóricas aparecen sin contexto arqueológico definido, aunque son frecuentes los hallazgos de representaciones reutilizadas, que nos informan de T. P.,51.no2, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es KH' t: NSIONt:S' \1' 1 la pérdida de su va lor original. A pe!\~r de ello su consideración globa l como monumentos funerarios se mantiene como una cuest ión de fe. En el caso de las estelas que nos ocupan e l dogma cae por su propio PC!\o. El mundo fun erario con temporáneo a las representaciones es bien conocido y en nada se relaciona con e ll as. Por el contrario las localizaciones de los monolitos tienen en sí mi smas características se mejantes. ocupando zonas de paso. áreas de contro l de recursos críticos. lugares destacados en el paisaje... lo que hace pensar que además del valor simbólico (sea éste de heroizació n individual o identificación de stat us) existe un sentido práctico. terri torial y espacialmente coherente e n la existencia de las estelas. Los dos grandes momentos de apa rición de las estelas li gures parecen si tuarse en el Ca1colítico-Bronce Antiguo y en la Primera Edad del Hi erro. períodos que. si lejanos en el tiempo. tienen en común en la región ser épocas de transición entre formas de ap rovechamiento económico distintas. lo que es tanto como decir períodos de ca mbio soc ial. En ello se asemejan a nuestras conocidas estelas decoradas del Suroeste (Ruiz-Gálvez. 1991 ), pero también a las de otras re gio nes del plane ta como Ce ntroa mér ica (Marcus. 1981). con la característica común de la exa ltación del va rón gue rrero. típica de los momentos de establecimiento de una desigualdad socia l. el tiempo en el que más necesaria es la exposición pública de fuerza, riqueza y en suma poder. En la Lunigiana la transición entre el Ca1colítico y e l Bronce Antiguo está marcada por el desarrollo de una economía ganade ra transhumante. Es en el marco de la imposición de ese nuevo modelo económico en el que las estelas cob ran pleno sentido. porque la demarcación del territorio se hace necesaria y con ello se produce un cambio sign ificativo en la concepción del espacio por parte del hombre (vide Ingold. Quizás también ésto explique el que las este las no reaparezcan en la región hasta la Primera Edad del Hierro. en el mome nto e n el que ese modelo económico en uso desde un milenio antes empieza a ser sustituido por un aprovechamiento agrícola ligado al asentamiento estable de la población. En ambos casos cuando el proceso se encuentra ya avanzado las estelas parecen desvanecerse, porque ha desaparecido su razón última de ser. la sociedad ha cambiado y nuevas formas de expresión las sustitu yen. Creo que este tipo de análisis que relaciona el arte co n el espacio en que se desarrolla y la sociedad en cuyo seno se gesta constituye una línea de investigac ió n futura para los eSludi os sob re el arte prehistórico. Citaré como ejemplo los trabajos en curso sobre los petroglifos británicos y ga llegos (Bradley, 199 1: Bradley. 1994) o a lguna de las más recie ntes interpretaciones del arte levanl ino (Llavorí. En concl usión solo me resta felicitar a los autores por entreabrir esa nueva vía de estudio sobre un campo tan necesitado de una revisión e n profundidad de sus métodos e interpretaciones como el de las realizacio nes plásticas de las sociedades prehistóricas. Ibe, ians (1913) el armamento protohistórico de la Península Ibérica ha ejercido una innegablt: fa!)Cinaciún en la literatura científica. Fascinación sólo pareja con e l real y e mpírico desco nocimiento del mismo, la escasísima investigación (no me refiero a la aoundanll.: literatura poiétil:a. SI..' puhlicara o no en revistas del ramo) que le ha sido de• dicada. y la acumulación,k tupicos y lugare ~ comunes de que hOl sido objeto. Tan es así. que hasta hace poco era posible citar como fUl..'nt e de primera mano el innegablemente vetusto artículo de Sandars. Ellihro de P.F. Stary pretende. como toda obra científica que se precie. llenar este vacío. Digo pretende no porque no lo consiga (que de eso se tratará después). sino porque el tiempo le ha jugado una mala pa• sada al autor. Según indica en un pequeño suplemento (pp. 309•310) a su trabajo. cerró la fase de documen• tación en 1986. y la mayor parte de los trabajos sobre hoplología peninsular. algunos ciertamente innovado• res, ha aparecido con posterioridad a dicha fecha. Es de agradecer la honradez del autor al incluir la relación de estos trabajos. alguno de los cuales contradice abiertamente sus conclusiones. y en presentar su trabajo tal y como lo había realizado. El desfase entre investigación y publicación afecta seriamente a la actualidad de la obra. pero se ría injusto achacárselo al autor, no debiendo el lector prevenido dejar de tenerlo en cuenta. El autor se propone presentar un panorama a la vez extensivo y exhaustivo de todo aquello que tenga que ver con el armamento y la guerra (más bien la forma de hacerla) en la Penín• sula Ibérica entre el final de la Edad del Bronce (inclusive) y la conquista romana (no del todo exclusive). El objetivo es ciertamente ambicioso. aunque acostumbrado en este investigador. que ya hizo lo mismo para la Península Itálica (Stary 1981). Ésta es, a mi juicio. la utilidad mayor de esta obra. que sin duda se convertirá en un repertorio de obligada consulta, pero también su punto más débil. Primero por el cúmulo de dificultades inherentes al planteamiento (extensivo• exhaustivo), con el peligro omnipresente de que el cúmulo de datos anegue el valor informativo del discurso. Segundo. porque depende en exceso de la calidad de la investigación primaria que le ha precedido, no siempre buena, ciertamente heterogénea, y más llena de lagunas que de soluciones. El autor es consciente de ello, lo recuerda cada vez que es necesario y hace lo posible por remediar tos problemas y no caer en ellos. P.F. Stary es un autor muy claro (lo que ya de por sí es una rareza en arqueología) tanto en su organización del trabajo como en su redacción. lo que es de agradecer por lo inhabitual. Pero ello no le exime de caer en contradicciones, quizás inevitables en una obra de este calibre, pero que son siempre de lamentar. Tras la necesaria introducción. con capítulos dedicados a la geografía. las fuentes utilizadas, el estado de la investigación y demás prolegómenos, el autor divide el estudio (primer volumen) en dos grandes secciones: el primero está dedicado a los antecedentes en la Edad de Bronce final, el segundo constituye el núcleo del trabajo al abordar el armamento y formas de combate en la Edad del Hierro. Dentro de éstas utiliza un esquema similar. Primero hace diversas consideraciones por regiones (en todo el libro, y a efectos de estudio, divide la Península en: norte, levante y sureste, sur, meseta. oeste y noroeste), para después pasar revista a cada tipo de arma (subdivididos por categorías: defensivas, ofensivas, otros medios de combate), y terminar con un análisis derivado de los datos expuestos. Este punto varía sustancialmente en una y otra sección. Al tratar de la Edad del Bronce se limita a ofrecer una visión panorámica de las piezas aparecidas y su posible significado, las asociaciones de armas en las estelas del Suroeste y la relación de la Península Ibérica con el sistema de interrelaciones europeo•mediterráneos desde el punto de vista armamentístico. Con la Edad del Hierro particulariza bastante más. Dedica grandes capítulos al Bewaftnung (término casi intraducible que engloba los conceptos de armamento y de panoplia) y a las formas de combate, ambas di• vididas por apartados regionales. y en los que dedica gran atención a las asociaciones constatadas de armas y a las representaciones figurativas. Dedica un capítulo a considerar las fortificaciones, y termina con sendos capítulos dedicados a las relaciones intrapeninsulares y extra peninsulares del armamento hispano. En cada sección inserta sendos capítulos dedicados al Sur de Francia y a las Baleares, lo que el autor justifica por la proximidad geográfica, que no son (en mi opinión) esenciales para el conjunto. T. P.. nO 51, n.'" 2.1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es El segundo vol umen es la base de datos. primarios y complementarios: li stas de piezas, listas de combinaciones de piezas, cartografía, planos de estratigrafía horizontal. Bt'ilii¡.W (unos a modo de cuadros/gráficos resumen de la panoplia), y. nalUralmente. ilustraciones. La riqueza informativa es importante. aunque cabe se ñalar algunos errores y omisiones puntuales que no menoscaban el conjunto. Veamos qué dice e l autor, en líneas generales y sin descender a demasiados detalles. En la Edad del Bronce final se forma un modelo armamentístico constituido por escudo redondo pequeño. lanza, espada y armadura corporal. Este modelo, como modelo. es la base sobre la que evoluciona todo el desarrollo armamentístico de la Península Ibérica hasta su conquista por Roma. con cambios y modificaciones, claro está. En lo que respecta a la Edad del Hierro, el modelo predominante en toda la Península es el del armamento ligero, una forma de combate que primaba la movilidad del guerrero individual sobre las formaciones en grupo, y una fuerte componente de la caballería (en grado diferente según las zonas). De geografía armamentística, resalta la latenización del Nordeste (a partir del siglo IV d.C.), la influencia fenicio-púnica (y algo griega) en Levante. Su reste y Andalucía, la singularidad de la Meseta (relacionada, eso sí, con todas las otras áreas), y el casi absoluto vacío del occidente peninsular. Así, en forma esquemática, no hay nada que objetar. El problema está en los detalles y en algunos desarrollos. El primer problema que quiero apuntar. y que afecta a la totalidad de la obra, es la ambigüedad, cuando no franca contradicción, del autor en todo lo que concierne a la dinámica de transmisión cultural y al origen de los tipos. En cada ocasión, P.F.S. tiende a buscar el origen último de cada tipo/forma, lo que en sí no es incorrecto. Pero una vez localizado (no siempre convincentemente como en el caso de los discos-coraza y su origen asirio, p. 103) lo transcendentaliza y obvia los mecanismos de transmisión. Por ejemplo, y volviendo a tomar el caso de los discos-coraza para ilustrar e l argumento, al asignarles un origen asirio, su presencia en otras áreas cultura les (Hallstatt, Vilanova, Etruria, Península Ibérica) se explica como importaciones desde el área nuclear. El que las piezas occidentales (sobre todo en Italia) evidencien una dinámica evolutiva propia en nada ligada a Oriente queda relegado en la explicación (aunque nunca escondido, debo advertirlo). Su vehículo preferido para efectuar las transmisiones de modelos/tipo son, como en toda dinámica clásica. los contactos comerciales coloniales griegos y/o fenicios. o los movimientos célticos. según la dirección de procedencia. En conjunto, queda la impresión de que para P.F.S.los pueblos pueden dividirse en netamente transmisores (Oriente, griegos, celtas) y en netamente receptores (los de la Península Ibérica entre ellos). Refuerza esta impresión el que casi todos los tipos tendrían un origen extrapeninsular y fueron traídos aquí por alguien exógeno, lo que ciertamente no es el caso desde mi punto de vista pues si bien es raro el tipo de arma que no tenga algún paralelo extrapeninsular, ello no implica que sea un derivado de aquél. Pero esta impresión no es del todo correcta, y de ahí la calificación de ambigüedad y contradictoriedad que he utilizado. En varias ocasiones se distancia explícitamente de las escuelas de la Kulcurgeschichte, y su crítica (pp.13-15, 247) del abuso de las keltische Zuwandenmgen (movimientos célticos) en la Península Ibérica, articulada sobre la inexistencia en este territorio de un sólo yacimiento con un horizonte material característicamente laténico (Stary es de la escuela para la cual celta y La Tene son sinónimos), podría ser asumida por el anticeltista más conve ncido. entre los que me cuento. Así, no se entiende cómo ni porqué recurre a estos movimientos para explicar (por ejemplo) la introducción del bocado de anillas o las espadas laténicas, entre otros casos, ni porqué las menciona frecuentemente. En este orden de cosas, y por las mis• mas razones, sobrevalora el autor la importancia de las colonias griegas y fenicias en las costas peninsulares como puerto de entrada de inOujos armamentísticos. Le son necesarias para explicar la transmisión desde los focos griego y oriental, pero debe admitir que en el área ampuritana no hay material bélico griego (el poco que hay aparece todo en el entorno de las colonias fenicias del sur, p. 248) Y que no se sabe nada del armamento fenicio-púnico. Es sólo una impresión, pero parece que el autor es consciente de los fallos del modelo aun careciendo de una alternativa. Es, sinceramente, de lamentar, porque devalúa todos los capítulos dedicados a relacionar el armamento hispano con el de otras áreas culturales al impedir la construcción de un marco (o panorama) teórico de rango general en el que insertar la copiosa y valiosa información básica contenida en la obra. Esta ambigüedad se manifiesta igualmente al afrontar las culturas (o manifestaciones culturales) penin• sulares. Coloca a éstas en el incómodo papel de receptoras netas de impulsos foráneos, y raramente las aborda desde su propia dinámica [URL].: apenas menciona al Periodo Orientalizante como tal, y llega a llamar "necrópolis fenicia" a La Joya, aunque en otros lugares lo clasifica correctamente como propio de una élite local). Esta falta de punto de acercamiento interno lo soluciona únicamente con la adjudicación casi monódica de las tumbas en que aparecen. armas a una élite militar-guerrera (aquí la traducción me puede hacer caer en involuntaria injusticia, Stary usa los términ?s Herrenschicht y Kriegergriiber). RECl-.:NSIONES lir su cualidad de élitt!. pero desde hace años me viene siendo sospechosamente insuficiente su adjetivación militar. o "de guerrero", No es lugar para extenderse. pero baso la insuficiencia en que una élite militar es un concepto que debe ser demostrado. entre cuyos requisitos inexcusables está el de ejercer su dominio por medio de las armas, lo que no parece haber sido el caso entre las culturas protohistóricas peninsulares: y que su uso como concepto (o modelo heurístico) apriorístico no soluciona gran cosa, aparte de ser metodológicamente inaceptable. Máxime cuando. como demuestra P,F.S.. la variedad de proporciones de tumbas con armas es grande. la variedad de combinaciones de armas en ajuares es enorme. y es escaso la propor• ción de conjuntos armamentísticos verdaderamente útiles para el combate. Sea como fuere, y al margen de estas últimas consideraciones. la imagen de las culturas peninsulares en la obra de referencia es demasiado estática como para ser real, y el autor desaprovecha la ocasión para explicar lo que. a mi modo de ver. es una de las cuestiones centrales del fenómeno: porqué en la Península Ibérica (y no sólo en ella) hay tantas tumbas con armas en sus ajuares. Hecha esta enmienda a la totalidad. pasemos a algunas parciales. Será necesario abreviar. pues ya he sobrepasado el límite atribuido a estas recensiones. y porque existen bastantes puntos de desacuerdo. lo que. por otra parte. era de esperar al afrontar una obra tan extensa. Un punto que considero que no debe pasarse por alto es la interpretación que hace de la falcata (p. 119 Y passim). de su origen en concreto. Como creo que hemos demostrado suficientemente F. Quesada (1990) y yo mismo (1991) (y trabajando independientemente. lo que quiero resaltar). la falcata no es de origen griego. sino nor-balcánico. y llega a la Península Ibérica a través de un derivado etrusco. De hecho, en Grecia apenas han aparecido ejemplares de llóXalpa (término griego que supuestamente denota un sable curvo). Stary mantiene el lugar común de su origen griego y ello le lleva a sobrevalorar la influencia helénica en el armamento hispano. al ser el único arma que teóricamente adoptarían los iberos de la panoplia griega. lo que no resulta ni creíble ni posible a la luz de los datos. Es más, y en base a una mala lectura institucionalizada de Jenofonte (de re eq. XII.II) según la cual se demostraría que la llóXalpa era el arma habitual de la caballería. P.F.S. utiliza el argumento de que la falcata es indicio de la importancia militar de la caballería entre los iberos. Pero esta lectura tiene varios problemas. no siendo el menor el que la citada obra es un manual que expone los medios idóneos. no necesariamente los realmente utilizados. y que Jenofonte explícitamente recomienda el uso de este arma, lo que hace pensar que no debía ser ésta un práctica habitual. No es mantenible el uso de la falcata como herramienta prioritariamente de caballería. Y no olvidemos, como bien demuestra Anderson (1961), que la caballería en Grecia tenía un valor militar marginal. Teniendo en cuenta la centralidad de la falcata en la panoplia ibérica, la postura apriorística de Stary afecta seriamente a sus conclusiones, pues a ella remite cada vez que debe tratar de esta espada o de la influencia helénica. Hubiera sido de desear que se ajustara al empirismo de los objetos en vez de dejarse dominar por un presupuesto que se revela equivocado. Otro aspecto que debe tratarse es de orden semántico. Se trata del uso del término Dolch, que en genérico puede traducirse como punal. P.F.S. lo utiliza casi, resalto el casi, como sinónimo de espada corta [URL]. Reconozco las dificultades que existen para distinguir formalmente un punal de una espada de antenas, y que en los ajuares funerarios ocupan el mismo lugar estructural. pero clasificar como puñales al grupo de espadas de antenas atrofiadas de la Meseta resulta desconcertante y, desde mi punto de vista. innecesario. Una mayor definición tipológica hubiera resuelto este punto. De hecho. y como no podía ser menos y sin que ello signifique nada en especial, en algunos puntos difiero del autor en sus clasificaciones y/o definiciones. Existen otros puntos que quisiera comentar, como sus estratigrafías horizontales (brevemente: al cenirse a fíbulas y armas utiliza un repertorio estadísticamente no-significativo del conjunto de piezas. al menos en el caso de Las Cogotas. por lo que sus conclusiones, que me parecen correctas. tienen más valor indicativo que probatorio). algunas cuestiones de detalle (como la indemostrable y tradicionalmente estipulada indigeneidad de la primera fase de las murallas de Tarragona. cuando las investigaciones demuestran que es de construcción netamente romana, Hauschild. 1983, p.ej.), manifiestos errores (pocos, y casi todos geográficos, como situar Olérdola en el Sur, p. 181), algunas ausencias (como los filetes de bocado de bronce de Cancho Roano), y también algún punto que me parece excelente (como su tratamiento de las fuentes clásicas, siempre en función de las realia y no al revés). Pero ya excedería la extensión con mucho, además que tampoco afectan a la visión del conjunto de la obra. Para terminar es exigible del recensor una evaluación global del trabajo. Aunque no concuerde con muchos de sus planteamientos y postulados, debo reconocer que es una importante aportación al tema de la investigación del armamento protohistórico en la Península Ibérica. y en este sentido debe considerarse una obra fundamental. Su aportación es definir, mejor: reflejar, un estado de la cuestión hasta 1986 y recopilar en un solo instrumento (casi) toda la informació n pertinente. lo que le dOla de una innegable utilidad instrumental. Como estado de la cuestión que es, no supon!! un replanteamiento global del tema, y no sabría decir si contiene o no los gérmenes para efect uarlo (pues la fUIUTología no es mi punto fuerte). De lo que sí estny convencido es que los estudios de hoplología peninsular reclaman una urgente renovación, y que el estudio de Stary, al cerrar y agotar una vía que ya está sie ndo superada en la práctica. es un punto de partida necesario para acometerla. En suma. e l valor de la obra es positivo. y debe ag.radecérsele al Dr. P.F. Stary el haberla realizado. A lo largo de los últimos años se ha asistido a un desarrollo creciente en la aplicación de técnicas complejas de análisis físico -químico al estudio de materiales cerámicos arqueológicos. Una metodología heredada de las técnicas de caracterización derivadas de la Ciencia de Materiales que es capaz de incrementar de forma notable el conocimiento de los materiales utilizados por las sociedades del pasado y de los requerimientos tecnológicos necesarios para su transformación. En contraposición a la situación que muestran en este tipo de aplicaciones los países de nuestro entorno más inmediato. esta vía analítica no ha experimentado por elmolllt! nto un despegue notable dentro de la investigación española. Ante esta situación, se celebró el pasado 3 de Junio en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (C.S.I.c.) de Madrid. el lf:..[ Encuentro que tiene lugar sobre este tema en el ámbito científico español. Su organización fue propugnada por D. Manuel García Heras del Dpto. de Prehis-T. P., 51. n02, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es RECENSIONES toria de la Universidad Complutense de Madrid en colaboración con Dña. Ana M a De Andrés del Instituto de Ciencia de Materiales del C.S.I.c. Al Encuentro asistieron más de 20 investigadores procedentes de distintos centros. así como de los diferentes campos de estudio implicados en estas aplicaciones. En el Encuentro se debatieron temas de gran interés. como los relacionados con el panorama actual de la investigación, la problemática del trabajo interdisciplinar o el desarrollo y posibilidades de nuevas líneas teórico-metodológicas. Como resultado de la preocupación mostrada por los asistentes por el futuro de este campo de estudio, se planteó la necesidad de continuar con estos encuentros como base desde la cual desarrollar un marco de referencia para todos aquellos investigadores no sólo relacionados de manera específica con la caracteriza-ciÓn de materiales cerámicos. sino también y de forma general con los estudios arqueométricos en su sentido más amplio. De este modo. quedó constituida una comisión de tres miembros que será la encargada de canalizar la información hasta la siguiente reunión a celebrar en Granada el mes de Mayo próximo. Por este motivo. se pretende confeccionar una lista anual de publicaciones así como la creación de la primera Sección de Arqueometría en una revista arqueológica de nuestro país. El nombre de la revista es Complufilm y está editada por el Opto. de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid. Dicha sección nace, por tanto, con el propósito de servir como estímulo a la investigación arqueométrica española. Desde estas páginas, se hace un llamamiento para colaborar con la misma en la lista propuesta, en el envío de trabajos originales y en los sucesivos encuentros que vayan teniendo lugar en el futuro. Para más información dirigirse a: Manuel García Heras. Facultad de Geografía e Historia.
A YARZAGÜENA SANZ, Mariano. " La arqueología prehistórica y protohistórica española en el siglo XIX'. Universidad Nacional de Educación a Distancia. BLASCO SANCHO, María Fernanda: " Tafanomía y Prehistoria. Métodos y procedimientos de investigación". Opto. de Ciencias de la Antigüedad (Prehistoria). Opto. de Cultura y Educación, Gobierno de Aragón. Síntesis bastante completa y bien estructurada sobre las posibles aportaciones de esta todavfa reciente línea de investigación, la Tafonomía, a la Prehistoria. El análisis tafonómico permite, a través de una serie de procedimientos como la identificación y estimación del conjunto original, una mejor aproximación al registro arqueofaunfstico, asf como un conocimiento más real de la relación hombre-animal en un contexto (geográfico BUSTILLO. María Angeles y RAMOS MILLÁN. Instituto Tecnológico Geominero de España. Esta publicación. en inglés. recoge los resúmenes del último simposio internacional sobre el sílex, celebrado en esta ocasión en España. Casi un centenar de comunicaciones. agrupadas en dos grandes bloques (Geología y Arqueología). presentan los distintos temas de interés relacionados con la investigación sobre el sílex: medios ambientes sedimentarios y diagenéticos de las rocas silíceas, petrología y geoquímica. rocas silíceas industriales. geoarqueología y minería, petroarqueología y aprovisionamiento, tecnología y, por último. el estudio de las huellas de uso. Acompaña a este volumen la guía de las excursiones del simposio. organizadas por el Opto. de Prehistoria de Granada y dedicadas al tema de la producción e intercambio del sílex en el Sureste español durante el II1 milenio A.C (v ide infra RAMOS MILLÁN, A. elalii, 1991) El ROA, Jorge Juan; BLASCO BOSQUED, M. Concepción; ANDREO GARCIA, Juan; RAMOS GÓMEZ, Luis J.; GUILLAMÓN ÁLVAREZ, Javier; ARMILLAS VICENTE, José Antonio y SÁNCHEZ GONZÁLEZ, María Jesús: "Problemas de Prehistoria e Historia de América Hispana". Universidad de Murcia, Cátedra de Prehistoria. Dirección General de Educación y Universidad, CA. de la Región de Murcia. El ROA, Jorge Juan; PÉREZ, Pablo Fernando; GÁLVEZ MORA, César A.; RIPOLL, E.; CANZIANI, J.; JARA. María Dolores; POZZI•SCOT Denisse y SÁNCHEZ GARRIDO, Araceli: 11 Curso de Prehistoria de América Hispana. Dirección General de Educación y Universidad. CA. de la Región de Murcia. ERLIJ, V.R.: "Jstokov Ranneskifskogo Komplexa " (Sobre los orígenes de la fase antigua escita). V.R Erlij INION RAN (Instituto de Información Científica en Ciencias Sociales. Academia de Ciencias de Rusia). FORTEA, Javier (ed.): " La protección y conservación del arte rupestre paleolítico". Mesa redonda hispanofrancesa (Colombres, Asturias, 2 al6 de Junio de 1991). Principado de Asturias, Consejería de Educación, Cultura, Deportes y Juventud. Diversos especialistas, españoles y franceses, del arte rupestre paleolítico participaron en esta Mesa redonda de Asturias, centrando el debate en la situación actual de protección y conservación de las cavidades decoradas, así como en su documentación, investigación, publicación y futura conservación. Por último, y como conclusión de la reunión, se incluye un documento redactado por los participantes donde se proponen una serie de medidas preventivas para intentar asegurar la investigación-conservación y protección del Patrimonio rupestre.